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Drácula

Este documento es el diario del viaje de Jonathan Harker a Transilvania, Rumania para encontrarse con el Conde Drácula. Describe su viaje en tren a través de Hungría y Rumania, observando los paisajes y a la gente. Llega a la posada Golden Krone en Bistritz según las instrucciones de Drácula. Aunque la posadera y su esposo parecen nerviosos cuando Harker pregunta sobre Drácula y su castillo, parte en diligencia al día siguiente para encontrarse con el Conde.

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Drácula

Este documento es el diario del viaje de Jonathan Harker a Transilvania, Rumania para encontrarse con el Conde Drácula. Describe su viaje en tren a través de Hungría y Rumania, observando los paisajes y a la gente. Llega a la posada Golden Krone en Bistritz según las instrucciones de Drácula. Aunque la posadera y su esposo parecen nerviosos cuando Harker pregunta sobre Drácula y su castillo, parte en diligencia al día siguiente para encontrarse con el Conde.

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Bram Stoker

DRÁCULA

EDITORIALANTO
Drácula

NoveladeBram Stoker
Editadaenelañode 1897

Clásicos Universales
Edición e-book del mes de diciembre del 2011 realizada por Editorial Anto

www.editorialanto.com.ar

[email protected]

Buenos Aires-Argentina

Diseño e ilustración

Enrique Gustavo Sosa

[email protected]

ISBN 978-987-27246-1-0

Obra de dominio público.

Los derechos de la obra están protegidos por la ley.


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Drácula de Bram Stoker

I
Del diario de Jonathan Harker

istritz, 3 de mayo. Salí de Münich a las 8:35 de la


noche del primero de mayo, llegué a Viena a la
B mañana siguiente, temprano; debí haber llegado
a las seis cuarenta y seis; el tren llevaba una hora
de retraso. Budapest parece un lugar maravilloso,
a juzgar por lo poco que pude ver de ella desde el tren y por la
pequeña caminata que di por sus calles. Temí alejarme mucho
de la estación, ya que, como habíamos llegado tarde, saldríamos
lo más cerca posible de la hora fijada. La impresión que tuve fue
que estábamos saliendo del oeste y entrando al este. Por el más
occidental de los espléndidos puentes sobre el Danubio, que
aquí es de gran anchura y profundidad, llegamos a los lugares
en otro tiempo sujetos al dominio de los turcos.
Salimos con bastante buen tiempo, y era noche cerrada
cuando llegamos a Klausenburg, donde pasé la noche en el
hotel Royale. En la comida, o mejor dicho, en la cena, comí pollo
preparado con pimentón rojo, que estaba muy sabroso, pero que
me dio mucha sed. (Recordar obtener la receta para Mina). Le
pregunté al camarero y me dijo que se llamaba "paprika hendl", y
que, como era un plato nacional, me sería muy fácil obtenerlo en
cualquier lugar de los Cárpatos. Descubrí que mis escasos co
nocimientos del alemán me servían allí de mucho; de hecho, no
sé cómo me las habría arreglado sin ellos.
Como dispuse de algún tiempo libre cuando estuve en
Londres, visité el British Museum y estudié los libros y mapas de
la biblioteca que se referían a Transilvania; se me había ocurrido
que un previo conocimiento del país siempre sería de utilidad e
importancia para tratar con un noble de la región. Descubrí que
el distrito que él me había mencionado se encontraba en el ex
tremo oriental del país, justamente en la frontera de tres estados:
Transilvania, Moldavia y Bucovina, en el centro de los montes
Cárpatos; una de las partes más salvajes y menos conocidas de
Europa. No pude descubrir ningún mapa ni obra que arrojara luz
sobre la exacta localización del castillo de Drácula, pues no hay
mapas en este país que se puedan comparar en exactitud con

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Drácula de Bram Stoker

los nuestros; pero descubrí que Bistritz, el pueblo de posta men


cionado por el conde Drácula, era un lugar bastante conocido.
Voy a incluir aquí algunas de mis notas, pues pueden refrescar
me la memoria cuando le relate mis viajes a Mina.
En la población de Transilvania hay cuatro nacionalida
des distintas: sajones en el sur, y mezclados con ellos los vala
cos, que son descendientes de los dacios; magiares en el oeste,
y escequelios en el este y el norte. Voy entre estos últimos, que
aseguran ser descendientes de Atila y los hunos. Esto puede ser
cierto, puesto que cuando los magiares conquistaron el país, en
el siglo XI, encontraron a los hunos, que ya se habían estableci
do en él. Leo que todas las supersticiones conocidas en el mun
do están reunidas en la herradura de los Cárpatos, como si fue
se el centro de alguna especie de remolino imaginativo; si es así,
mi estancia puede ser muy interesante. (Recordar que debo
preguntarle al conde acerca de esas supersticiones).
No dormí bien, aunque mi cama era suficientemente
cómoda, pues tuve toda clase de extraños sueños. Durante toda
la noche un perro aulló bajo mi ventana, lo cual puede haber
tenido que ver algo con ello; o puede haber sido también el pi
mentón, puesto que tuve que beberme toda el agua de mi garra
fón, y todavía me quedé sediento.
Ya de madrugada me dormí, pero fui despertado por
unos golpes insistentes en mi puerta, por lo que supongo que en
esos momentos estaba durmiendo profundamente. Comí más
pimentón en el desayuno, una especie de potaje hecho de hari
na de maíz que dicen era "mamaliga", y berenjena rellena con
picadillo, un excelente plato al cual llaman "impletata" (recordar
obtener también la receta de esto). Me apresuré a desayunarme,
ya que el tren salía un poco después de las ocho, o, mejor dicho,
debió haber salido, pues después de correr a la estación a las
siete y media tuve que aguardar sentado en el vagón durante
más de una hora antes de que nos pusiéramos en movimiento.
Me parece que cuanto más al este se vaya, menos puntuales
son los trenes. ¿Cómo serán en China?.
Pareció que durante todo el día vagábamos a través de
un país que estaba lleno de toda clase de bellezas. A veces
vimos pueblecitos o castillos en la cúspide de empinadas coli
nas, tales como se ven en los antiguos misales; algunas veces
corrimos a la par de ríos y arroyuelos, que por el amplio y pedre
goso margen a cada lado de ellos, parecían estar sujetos a
grandes inundaciones. Se necesita gran cantidad de agua, con

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Drácula de Bram Stoker

una corriente muy fuerte, para poder limpiar la orilla exterior de


un río. En todas las estaciones había grupos de gente, algunas
veces multitudes, y con toda clase de atuendos. Algunos de ellos
eran exactamente iguales a los campesinos de mi país, o a los
que había visto cuando atravesaba Francia y Alemania, con
chaquetas cortas y sombreros redondos y pantalones hechos
por ellos mismos; pero otros eran muy pintorescos. Las mujeres
eran bonitas, excepto cuando uno se les acercaba, pues eran
bastante gruesas alrededor de la cintura. Todas llevaban largas
mangas blancas, y la mayor parte de ellas tenían anchos cintu
rones con un montón de flecos de algo que les colgaba como en
los vestidos en un ballet, pero por supuesto que llevaban ena
guas debajo de ellos. Las figuras más extrañas que vimos fueron
los eslovacos, que eran más bárbaros que el resto, con sus am
plios sombreros de vaquero, grandes pantalones bombachos y
sucios, camisas blancas de lino y enormes y pesados cinturones
de cuero, casi de un pie de ancho, completamente tachonados
con clavos de hojalata. Usaban botas altas, con los pantalones
metidos dentro de ellas, y tenían el pelo largo y negro, y bigotes
negros y pesados. Eran muy pintorescos, pero no parecían sim
páticos. En cualquier escenario se les reconocería inmediata
mente como alguna vieja pandilla de bandoleros. Sin embargo,
me dicen que son bastante inofensivos y, lo que es más, bastan
te tímidos.
Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a Bistritz, que
es una antigua localidad muy interesante. Como está práctica
mente en la frontera, pues el paso de Borgo conduce desde ahí
a Bucovina, ha tenido una existencia bastante agitada, y desde
luego pueden verse las señales de ella. Hace cincuenta años se
produjeron grandes incendios que causaron terribles estragos en
cinco ocasiones diferentes. A comienzos del siglo XVII sufrió un
sitio de tres semanas y perdió trece mil personas, y a las bajas
de la guerra se agregaron las del hambre y las enfermedades.
El conde Drácula me había indicado que fuese al hotel
Golden Krone, el cual, para mi gran satisfacción, era bastante
anticuado, pues por supuesto, yo quería conocer todo lo que me
fuese posible de las costumbres del país. Evidentemente me
esperaban, pues cuando me acerqué a la puerta me encontré
frente a una mujer ya entrada en años, de rostro alegre, vestida
a la usanza campesina: ropa interior blanca con un doble delan
tal, por delante y por detrás, de tela vistosa, tan ajustado al
cuerpo que no podía calificarse de modesto. Cuando me acer
qué, ella se inclinó y dijo:

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Drácula de Bram Stoker

—¿El señor inglés?—.


—Sí—. Le respondí: —Jonathan Harker—.
Ella sonrió y le dio algunas instrucciones a un hombre
anciano en camisa de blancas mangas, que la había seguido
hasta la puerta. El hombre se fue, pero regresó inmediatamente
con una carta:
"Mi querido amigo: bienvenido a los Cárpatos. Lo estoy
esperando ansiosamente. Duerma bien, esta noche. Mañana a
las tres saldrá la diligencia para Bucovina; ya tiene un lugar re
servado. En el desfiladero de Borgo mi carruaje lo estará espe
rando y lo traerá a mi casa. Espero que su viaje desde Londres
haya transcurrido sin tropiezos, y que disfrute de su estancia en
mi bello país.
Su amigo,
DRÁCULA"

4 de mayo. Averigüé que mi posadero había recibido


una carta del conde, ordenándole que asegurara el mejor lugar
del coche para mí; pero al inquirir acerca de los detalles, se mos
tró un tanto reticente y pretendió no poder entender mi alemán.
Esto no podía ser cierto, porque hasta esos momentos lo había
entendido perfectamente; por lo menos respondía a mis pregun
tas exactamente como si las entendiera. Él y su mujer, la ancia
na que me había recibido, se miraron con temor. Él murmuró
que el dinero le había sido enviado en una carta, y que era todo
lo que sabía. Cuando le pregunté si conocía al Conde Drácula y
si podía decirme algo de su castillo, tanto él como su mujer se
persignaron, y diciendo que no sabían nada de nada, se negaron
simplemente a decir nada más.
Era ya tan cerca a la hora de la partida que no tuve
tiempo de preguntarle a nadie más, pero todo me parecía muy
misterioso y de ninguna manera tranquilizante.
Unos instantes antes de que saliera, la anciana subió
hasta mi cuarto y dijo, con voz nerviosa:
—¿Tiene que ir? ¡Oh! Joven señor, ¿tiene que ir?
Estaba en tal estado de excitación que pareció haber
perdido la noción del poco alemán que sabía, y lo mezcló todo
con otro idioma del cual yo no entendí ni una palabra. Apenas

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Drácula de Bram Stoker

comprendí algo haciéndole numerosas preguntas. Cuando le dije


que me tenía que ir inmediatamente, y que estaba comprometido
en negocios importantes, preguntó otra vez:
—¿Sabe usted qué día es hoy?—.
Le respondí que era el cuatro de mayo. Ella movió la ca
beza y habló otra vez:
—¡Oh, sí! Eso ya lo sé. Eso ya lo sé, pero, ¿sabe usted
qué día es hoy?—.
Al responderle yo que no le entendía, ella continuó:
—Es la víspera del día de San Jorge. ¿No sabe usted
que hoy por la noche, cuando el reloj marque la medianoche,
todas las cosas demoníacas del mundo tendrán pleno poder?
¿Sabe usted adónde va y a lo que va?—.
Estaba en tal grado de desesperación que yo traté de
calmarla, pero sin efecto. Finalmente, cayó de rodillas y me im
ploró que no fuera; que por lo menos esperara uno o dos días
antes de partir. Todo aquello era bastante ridículo, pero yo no
me sentí tranquilo. Sin embargo, tenía un negocio que arreglar y
no podía permitir que nada se interpusiera. Por lo tanto traté de
levantarla, y le dije, tan seriamente como pude, que le agrade
cía, pero que mi deber era imperativo y yo tenía que partir. En
tonces ella se levantó y secó sus ojos, y tomando un crucifijo de
su cuello me lo ofreció. Yo no sabía qué hacer, pues como fiel
de la Iglesia Anglicana, me he acostumbrado a ver semejantes
cosas como símbolos de idolatría, y sin embargo, me pareció
descortés rechazárselo a una anciana con tan buenos propósitos
y en tal estado mental. Supongo que ella pudo leer la duda en mi
rostro, pues me puso el rosario alrededor del cuello, y dijo: "Por
amor a su madre", y luego salió del cuarto. Estoy escribiendo
esta parte de mi diario mientras, espero el coche, que por su
puesto, está retrasado; y el crucifijo todavía cuelga alrededor de
mi cuello. No sé si es el miedo de la anciana o las múltiples tra
diciones fantasmales de este lugar, o el mismo crucifijo, pero lo
cierto es que no me siento tan tranquilo como de costumbre. Si
este libro llega alguna vez a manos de Mina antes que yo, que le
lleve mi adiós ¡Aquí viene mi coche!

5 de mayo. El castillo. La oscuridad de la mañana ha pa


sado y el sol está muy alto sobre el horizonte distante, que pare

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Drácula de Bram Stoker

ce perseguido, no sé si por árboles o por colinas, pues está tan


alejado que las cosas grandes y pequeñas se mezclan. No tengo
sueño y, como no se me llamará hasta que despierte solo, natu
ralmente escribo hasta que llegue el sueño. Hay muchas cosas
raras que quisiera anotar, y para que nadie al leerlas pueda ima
ginarse que cené demasiado bien antes de salir de Bistritz, tam
bién anotaré exactamente mi cena. Cené lo que ellos llaman
"biftec robado", con rodajas de tocino, cebolla y carne de res,
todo sazonado con pimiento rojo ensartado en palos y asado.
¡En el estilo sencillo de la "carne de gato" de Londres! El vino
era Mediasch Dorado, que produce una rara picazón en la len
gua, la cual, sin embargo, no es desagradable. Sólo bebí un par
de vasos de este vino, y nada más.
Cuando llegué al coche, el conductor todavía no había
tomado su asiento, y lo vi hablando con la dueña de la posada.
Evidentemente hablaban de mí, pues de vez en cuando se vol
vían para verme, y algunas de las personas que estaban senta
das en el banco fuera de la puerta (a las que llaman con un
nombre que significa "Portadores de palabra") se acercaron y
escucharon, y luego me miraron, la mayor parte de ellos compa
deciéndome. Pude escuchar muchas palabras que se repetían a
menudo: palabras raras, pues había muchas nacionalidades en
el grupo; así es que tranquilamente extraje mi diccionario políglo
ta de mi petaca, y las busqué. Debo admitir que no me produje
ron ninguna alegría, pues entre ellas estaban "Ordog" (Satanás),
"pokol" (infierno), "stregoica" (bruja), "vrolok" y "vlkoslak" (las que
significan la misma cosa, una en eslovaco y la otra en servio,
designando algo que es un hombre lobo o un vampiro). (Recor
dar: debo preguntarle al conde acerca de estas supersticiones.)
Cuando partimos, la multitud alrededor de la puerta de la posa
da, que para entonces ya había crecido a un número considera
ble, todos hicieron el signo de la cruz y dirigieron dos dedos
hacia mí. Con alguna dificultad conseguí que un pasajero acom
pañante me dijera qué significaba todo aquello; al principio no
quería responderme, pero cuando supo que yo era inglés, me
explicó que era el encanto o hechizo contra el mal de ojo. Esto
tampoco me agradó mayormente cuando salía hacia un lugar
desconocido con un hombre desconocido; pero todo el mundo
parecía tan bondadoso, tan compasivo y tan simpático que no
pude evitar sentirme emocionado.
Nunca olvidaré el último vistazo que eché al patio interior
de la posada y su multitud de pintorescos personajes, todos
persignándose, mientras estaban alrededor del amplio pórtico,

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Drácula de Bram Stoker

con su fondo de rico follaje de adelfas y árboles de naranjo en


verdes tonelitos agrupados en el centro del patio. Entonces
nuestro conductor, cuyo amplio pantalón de lino cubría todo el
asiento frontal (ellos lo llaman "gotza"), fustigó su gran látigo
sobre los cuatro pequeños caballos que corrían de dos en dos, e
iniciamos nuestro viaje…
Pronto perdí de vista y de la memoria los fantasmales
temores en la belleza de la escena por la que atravesábamos,
aunque si yo hubiese conocido el idioma, o mejor, los idiomas
que hablaban mis compañeros de viaje, es muy posible que no
hubiese sido capaz de deshacerme de ellos tan fácilmente. Ante
nosotros se extendía el verde campo inclinado lleno de bosques
con empinadas colinas aquí y allá, coronadas con cúmulos de
tréboles o con casas campesinas, con sus paredes vacías vien
do hacia la carretera.
Por todos lados había una enloquecedora cantidad de
frutos en flor: manzanas, ciruelas, peras y fresas. Y a medida
que avanzábamos, pude ver cómo la verde hierba bajo los árbo
les estaba cuajada con pétalos caídos. La carretera entraba y
salía entre estas verdes colinas de lo que aquí llaman "Tierra
Media", liberándose al barrer alrededor de las curvas, o cerrada
por los estrangulantes brazos de los bosques de pino, que aquí y
allá corrían colina abajo como lenguas de fuego. El camino era
áspero, pero a pesar de ello parecía que volábamos con una
prisa excitante. Entonces no podía entender a qué se debía esa
prisa, pero evidentemente el conductor no quería perder tiempo
antes de llegar al desfiladero de Borgo. Se me dijo que el camino
era excelente en verano, pero que todavía no había sido arre
glado después de las nieves del invierno. A este respecto era
diferente a la mayoría de los caminos de los Cárpatos, pues es
una antigua tradición que no deben ser mantenidos en tan buen
estado. Desde la antigüedad los hospadares no podían reparar
los, pues entonces los turcos pensaban que se estaban prepa
rando para traer tropas extranjeras, y de esta manera atizar la
guerra que siempre estaba verdaderamente a punto de desatar
se.
Más allá de las verdes e hinchadas lomas de la Tierra
Media se levantaban imponentes colinas de bosques que llega
ban hasta las elevadas cumbres de los Cárpatos.
Se levantaban a la izquierda y a la derecha de nosotros,
con el sol de la tarde cayendo plenamente sobre ellas y hacien
do relucir los gloriosos colores de esta bella cordillera, azul pro

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Drácula de Bram Stoker

fundo y morado en las sombras de los picos, verde y marrón


donde la hierba y las piedras se mezclaban, y una infinita pers
pectiva de rocas dentadas y puntiagudos riscos, hasta que ellos
mismos se perdían en la distancia, donde las cumbres nevadas
se alzaban grandiosamente. Aquí y allá parecían descubrirse
imponentes grietas en las montañas, a través de las cuales,
cuando el sol comenzó a descender, vimos en algunas ocasio
nes el blanco destello del agua cayendo. Uno de mis compañe
ros me tocó la mano mientras nos deslizábamos alrededor de la
base de una colina y señaló la elevada cima de una montaña
cubierta de nieve, que parecía, a medida que avanzábamos en
nuestra serpenteante carretera, estar frente a nosotros.
—¡Mire!, ¡Ilsten szek!, "¡El trono de Dios!"—. Me dijo, y
se persignó nuevamente.
A medida que continuamos por nuestro interminable ca
mino y el sol se hundió más y más detrás de nosotros, las som
bras de la tarde comenzaron a rodearnos. Este hecho quedó
realzado porque las cimas de las nevadas montañas todavía
recibían los rayos del sol, y parecían brillar con un delicado y frío
color rosado. Aquí y allá pasamos ante checos y eslovacos,
todos en sus pintorescos atuendos, pero noté que el bocio pre
valecía dolorosamente. A lo largo de la carretera había muchas
cruces, y a medida que pasamos, todos mis compañeros se
persignaron ante ellas. Aquí y allá había una campesina arrodi
llada frente a un altar, sin que siquiera se volviera a vernos al
acercarnos, sino que más bien parecía, en el arrobamiento de la
devoción, no tener ni ojos ni oídos para el mundo exterior. Mu
chas cosas eran completamente nuevas para mí; por ejemplo,
hacinas de paja en los árboles, y aquí y allá, muy bellos grupos
de sauces llorones, con sus blancas ramas brillando como plata
a través del delicado verde de las hojas. Una y otra vez pasamos
un carromato (la carreta ordinaria de los campesinos) con su
vértebra larga, culebreante, calculada para ajustarse a las de
sigualdades de la carretera. En cada uno de ellos iba sentado un
grupo de campesinos que regresaban a sus hogares, los checos
con sus pieles de oveja blancas y los eslovacos con las suyas de
color. Estos últimos llevaban a guisa de lanzas sus largas due
las, con un hacha en el extremo. Al comenzar a caer la noche se
sintió mucho frío, y la creciente penumbra pareció mezclar en
una sola bruma la lobreguez de los árboles, robles, hayas y pi
nos, aunque en los valles que corrían profundamente a través de
los surcos de las colinas, a medida que ascendíamos hacia el
desfiladero, se destacaban contra el fondo de la tardía nieve los

16
Drácula de Bram Stoker

oscuros abetos. Algunas veces, mientras la carretera era cortada


por los bosques de pino que parecían acercarse a nosotros en la
oscuridad, grandes masas grisáceas que estaban desparrama
das aquí y allá entre los árboles producían un efecto lóbrego y
solemne, que hacía renacer los pensamientos y las siniestras
fantasías engendradas por la tarde, mientras que el sol poniente
parecía arrojar un extraño consuelo a las fantasmales nubes
que, entre los Cárpatos, parece que vagabundean incesante
mente por los valles. En ciertas ocasiones las colinas eran tan
empinadas que, a pesar de la prisa de nuestro conductor, los
caballos sólo podían avanzar muy lentamente. Yo quise descen
der del coche y caminar al lado de ellos, tal como hacemos en
mi país, pero el cochero no quiso saber nada de eso.
—No; no—. Me dijo.
—No debe usted caminar aquí. Los perros son muy fie
ros—. Dijo, y luego añadió, con lo que evidentemente parecía
ser una broma macabra, pues miró a su alrededor para captar
las sonrisas afirmativas de los demás: —Ya tendrá usted sufi
ciente que hacer antes de irse a dormir—.
Así fue que la única parada que hizo durante un momen
to sirvió para que encendiera las lámparas.
Al oscurecer pareció que los pasajeros se volvían más
nerviosos y continuamente le estuvieron hablando al cochero
uno tras otro, como si le pidieran que aumentara la velocidad.
Fustigó a los caballos inmisericordemente con su largo látigo, y
con salvajes gritos de aliento trató de obligarlos a mayores es
fuerzos. Entonces, a través de la oscuridad, pude ver una espe
cie de mancha de luz gris adelante de nosotros, como si hubiese
una hendidura en las colinas. La intranquilidad de los pasajeros
aumentó; el loco carruaje se bamboleó sobre sus grandes resor
tes de cuero, y se inclinó hacia uno y otro lado como un barco
flotando sobre un mar proceloso. Yo tuve que sujetarme. El ca
mino se hizo más nivelado y parecía que volábamos sobre él.
Entonces, las montañas parecieron acercarse a nosotros desde
ambos lados, como si quisiesen estrangularnos, y nos encon
tramos a la entrada del desfiladero de Borgo. Uno por uno todos
los pasajeros me ofrecieron regalos, insistiendo de una manera
tan sincera que no había modo de negarse a recibirlos. Desde
luego los regalos eran de muy diversas y extrañas clases, pero
cada uno me lo entregó de tan buena voluntad, con palabras tan
amables, y con una bendición, esa extraña mezcla de movimien

17
Drácula de Bram Stoker

tos temerosos que ya había visto en las afueras del hotel en


Bistritz: el signo de la cruz y el hechizo contra el mal de ojo.
Entonces, al tiempo que volábamos, el cochero se incli
nó hacia adelante y, a cada lado, los pasajeros, apoyándose
sobre las ventanillas del coche, escudriñaron ansiosamente la
oscuridad. Era evidente que se esperaba que sucediera algo
raro, pero aunque le pregunté a cada uno de los pasajeros, nin
guno me dio la menor explicación. Este estado de ánimo duró
algún tiempo, y al final vimos cómo el desfiladero se abría hacia
el lado oriental. Sobre nosotros pendían oscuras y tenebrosas
nubes, y el aire se encontraba pesado, cargado con la opresiva
sensación del trueno. Parecía como si la cordillera separara dos
atmósferas, y que ahora hubiésemos entrado en la tormentosa.
Yo mismo me puse a buscar el vehículo que debía llevarme
hasta la residencia del conde. A cada instante esperaba ver el
destello de lámparas a través de la negrura, pero todo se quedó
en la mayor oscuridad. La única luz provenía de los parpadean
tes rayos de luz de nuestras propias lámparas, en las cuales los
vahos de nuestros agotados caballos se elevaban como nubes
blancas. Ahora pudimos ver el arenoso camino extendiéndose
blanco frente a nosotros, pero en él no había ninguna señal de
un vehículo. Los pasajeros se reclinaron con un suspiro de ale
gría, que parecía burlarse de mi propia desilusión. Ya estaba
pensando qué podía hacer en tal situación cuando el cochero,
mirando su reloj, dijo a los otros algo que apenas pude oír, tan
suave y misterioso fue el tono en que lo dijo. Creo que fue algo
así como "una hora antes de tiempo". Entonces se volvió a mí y
me dijo en un alemán peor que el mío:
—No hay ningún carruaje aquí. Después de todo, nadie
espera al señor. Será mejor que ahora venga a Bucovina y re
grese mañana o al día siguiente; mejor al día siguiente—.
Mientras hablaba, los caballos comenzaron a piafar y a
relinchar, y a encabritarse tan salvajemente que el cochero tuvo
que sujetarlos con firmeza. Entonces, en medio de un coro de
alaridos de los campesinos que se persignaban apresuradamen
te, apareció detrás de nosotros una calesa, nos pasó y se detuvo
al lado de nuestro coche. Por la luz que despedían nuestras
lámparas, al caer los rayos sobre ellos, pude ver que los caba
llos eran unos espléndidos animales, negros como el carbón.
Estaban conducidos por un hombre alto, con una larga barba
grisácea y un gran sombrero negro, que parecía ocultar su rostro
de nosotros. Sólo pude ver el destello de un par de ojos muy

18
Drácula de Bram Stoker

brillantes, que parecieron rojos al resplandor de la lámpara, en


los instantes en que el hombre se volvió a nosotros. Se dirigió al
cochero:
—Llegó usted muy temprano hoy, mi amigo—.
El hombre replicó balbuceando:
—El señor inglés tenía prisa—.
Entonces el extraño volvió a hablar:
—Supongo entonces que por eso usted deseaba que él
siguiera hasta Bucovina. No puede engañarme, mi amigo. Sé
demasiado, y mis caballos son veloces.
Y al hablar sonrió, y cuando la luz de la lámpara cayó
sobre su fina y dura boca, con labios muy rojos, sus agudos
dientes le brillaron blancos como el marfil. Uno de mis compañe
ros le susurró a otro aquella frase de la "Leonora"de Burger:
"Denn die Todten reiten schnell"
(Pues los muertos viajan velozmente).
El extraño conductor escuchó evidentemente las pala
bras, pues alzó la mirada con una centelleante sonrisa. El pasa
jero escondió el rostro al mismo tiempo que hizo la señal con los
dos dedos y se persignó.
—Dadme el equipaje del señor—. Dijo el extraño coche
ro.
Con una presteza excesiva mis maletas fueron sacadas
y acomodadas en la calesa. Luego descendí del coche, pues la
calesa estaba situada a su lado, y el cochero me ayudó con una
mano que asió mi brazo como un puño de acero; su fuerza debía
ser prodigiosa. Sin decir palabra agitó las riendas, los caballos
dieron media vuelta y nos deslizamos hacia la oscuridad del
desfiladero. Al mirar hacia atrás vi el vaho de los caballos del
coche a la luz de las lámparas, y proyectadas contra ella las
figuras de mis hasta hacia poco compañeros, persignándose.
Entonces el cochero fustigó su látigo y gritó a los caballos, y
todos arrancaron con rumbo a Bucovina. Al perderse en la oscu
ridad sentí un extraño escalofrío, y un sentimiento de soledad se
apoderó de mí.
Pero mi nuevo cochero me cubrió los hombros con una
capa y puso una manta sobre mis rodillas, hablando luego en
excelente alemán:

19
Drácula de Bram Stoker

—La noche está fría, señor mío, y mi señor el conde me


pidió que tuviera buen cuidado de usted. Debajo del asiento hay
una botella de slivovitz, un licor regional hecho de ciruelas, en
caso de que usted guste...—.
Pero yo no tomé nada, aunque era agradable saber que
había una provisión de licor. Me sentí un poco extrañado, y no
menos asustado. Creo que si hubiese habido otra alternativa, yo
la hubiese tomado en vez de proseguir aquel misterioso viaje
nocturno.
El carruaje avanzó a paso rápido, en línea recta; luego
dimos una curva completa y nos internamos por otro camino
recto. Me pareció que simplemente dábamos vuelta una y otra
vez sobre el mismo lugar; así pues, tomé nota de un punto so
bresaliente y confirmé mis sospechas. Me hubiese gustado pre
guntarle al cochero qué significaba todo aquello, pero realmente
tuve miedo, pues pensé que, en la situación en que me encon
traba, cualquier protesta no podría dar el efecto deseado en
caso de que hubiese habido una intención de retraso. Al cabo de
un rato, sin embargo, sintiéndome curioso por saber cuánto
tiempo había pasado, encendí un fósforo, y a su luz miré mi
reloj; faltaban pocos minutos para la medianoche. Esto me dio
una especie de sobresalto, pues supongo que la superstición
general acerca de la medianoche había aumentado debido a mis
recientes experiencias. Me quedé aguardando con una enfermi
za sensación de ansiedad.
Entonces un perro comenzó a aullar en alguna casa
campesina más adelante del camino. Dejó escapar un largo,
lúgubre aullido, como si tuviese miedo. Su llamado fue recogido
por otro perro y por otro y otro, hasta que, nacido como el viento
que ahora pasaba suavemente a través del desfiladero, comen
zó un aterrador concierto de aullidos que parecían llegar de to
dos los puntos del campo, desde tan lejos como la imaginación
alcanzase a captar a través de las tinieblas de la noche. Desde
el primer aullido los caballos comenzaron a piafar y a inquietar
se, pero el cochero les habló tranquilizándolos, y ellos recobra
ron la calma, aunque temblaban y sudaban como si acabaran de
pasar por un repentino susto. Entonces, en la lejana distancia,
desde las montañas que estaban a cada lado de nosotros, llegó
un aullido mucho más fuerte y agudo, el aullido de los lobos, que
afectó a los caballos y a mi persona de la misma manera, pues
estuve a punto de saltar de la calesa y echar a correr, mientras
que ellos retrocedieron y se encabritaron frenéticamente, de

20
Drácula de Bram Stoker

manera que el cochero tuvo que emplear toda su fuerza para


impedir que se desbocaran. Sin embargo, a los pocos minutos
mis oídos se habían acostumbrado a los aullidos, y los caballos
se habían calmado tanto que el cochero pudo descender y pa
rarse frente a ellos. Los sobó y acarició, y les susurró algo en las
orejas, tal como he oído que hacen los domadores de caballos, y
con un efecto tan extraordinario que bajo estos mimos se volvie
ron nuevamente bastante obedientes, aunque todavía tembla
ban. El cochero tomó nuevamente su asiento, sacudió sus rien
das y reiniciamos nuestro viaje a buen paso.
Esta vez, después de llegar hasta el lado extremo del
desfiladero, repentinamente cruzó por una estrecha senda que
se introducía agudamente a la derecha.
Pronto nos encontramos obstruidos por árboles, que en
algunos lugares cubrían por completo el camino, formando una
especie de túnel a través del cual pasábamos. Y además de eso,
gigantescos peñascos amenazadores nos hacían valla a uno y
otro lado.
A pesar de encontrarnos así protegidos, podíamos escu
char el viento que se levantaba, pues gemía y silbaba a través
de las rocas, y las ramas de los árboles chocaban entre sí al
pasar nosotros por el camino. Hizo cada vez más frío v una fina
nieve comenzó a caer, de tal manera que al momento alrededor
de nosotros todo estaba cubierto por un manto blanco. El agu
zado viento todavía llevaba los aullidos de los perros, aunque
éstos fueron decreciendo a medida que nos alejábamos. El aulli
do de los lobos, en cambio, se acercó cada vez más, como si
ellos se fuesen aproximando hacia nosotros por todos lados. Me
sentí terriblemente angustiado, y los caballos compartieron mi
miedo. Sin embargo, el cochero no parecía tener ningún temor;
continuamente volvía la cabeza hacia la izquierda y hacia la
derecha, pero yo no podía ver nada a través de la oscuridad.
Repentinamente, lejos, a la izquierda, divisé el débil res
plandor de una llama azul. El cochero lo vio al mismo tiempo;
inmediatamente paró los caballos y, saltando a tierra, desapare
ció en la oscuridad. Yo no sabía qué hacer, y mucho menos
debido a que los aullidos de los lobos parecían acercarse; pero
mientras dudaba, el cochero apareció repentinamente otra vez, y
sin decir palabra tomó asiento y reanudamos nuestro viaje.
Creo que debo haberme quedado dormido o soñé repe
tidas veces con el incidente, pues éste se repitió una y otra vez,

21
Drácula de Bram Stoker

y ahora, al recordarlo, me parece que fue una especie de pesa


dilla horripilante. Una vez la llama apareció tan cerca del camino
que hasta en la oscuridad que nos rodeaba pude observar los
movimientos del cochero. Se dirigió rápidamente a donde estaba
la llama azul (debe haber sido muy tenue, porque no parecía
iluminar el lugar alrededor de ella), y tomando algunas piedras
las colocó en una forma significativa. En una ocasión fui víctima
de un extraño efecto óptico: estando él parado entre la llama y
yo, no pareció obstruirla, porque continué viendo su fantasmal
luminosidad. Esto me asombró, pero como sólo fue un efecto
momentáneo, supuse que mis ojos me habían engañado debido
al esfuerzo que hacía en la oscuridad. Luego, por un tiempo, ya
no aparecieron las llamas azules, y nos lanzamos velozmente a
través de la oscuridad con los aullidos de los lobos rodeándonos,
como si nos siguieran en círculos envolventes.
Finalmente el cochero se alejó más de lo que lo había
hecho hasta entonces, y durante su ausencia los caballos co
menzaron a temblar más que nunca y a piafar y relinchar de
miedo. No pude ver ninguna causa que motivara su nerviosismo,
pues los aullidos de los lobos habían cesado por completo; pero
entonces la luna, navegando a través de las negras nubes, apa
reció detrás de la dentada cresta de una roca saliente revestida
de pinos, y a su luz vi alrededor de nosotros un círculo de lobos,
con dientes blancos y lenguas rojas y colgantes, con largos
miembros sinuosos y pelo hirsuto. Eran cien veces más terribles
en aquel lúgubre silencio que los rodeaba que cuando estaban
aullando. Por mi parte, caí en una especie de parálisis de miedo.
Sólo cuando el hombre se encuentra cara a cara con semejantes
horrores puede comprender su verdadero significado.
De pronto, todos los lobos comenzaron a aullar como si
la luz de la luna produjera un efecto peculiar en ellos. Los caba
llos se encabritaron y retrocedieron, y miraron impotentes alre
dedor con unos ojos que giraban de manera dolorosa; pero el
círculo viviente de terror los acompañaba a cada lado; forzosa
mente tuvieron que permanecer dentro de él. Yo le grité al co
chero que regresara, pues me pareció que nuestra última alter
nativa era tratar de abrirnos paso a través del círculo, y para
ayudarle a su regreso grité y golpeé a un lado de la calesa, es
perando que el ruido espantara a los lobos de aquel lado y así él
tuviese oportunidad de subir al coche.
Cómo finalmente llegó es cosa que no sé; pero escuché
su voz alzarse en un tono de mando imperioso, y mirando hacia

22
Drácula de Bram Stoker

el lugar de donde provenía, lo vi parado en medio del camino.


Agitó los largos brazos como si tratase de apartar un obstáculo
impalpable, y los lobos se retiraron, justamente en esos momen
tos una pesada nube pasó a través de la cara de la luna, de
modo que volvimos a sumirnos en la oscuridad.
Cuando pude ver otra vez, el conductor estaba subiendo
a la calesa y los lobos habían desaparecido. Todo esto fue tan
extraño y misterioso que fui sobrecogido por un miedo pánico, y
no tuve valor para moverme ni para hablar. El tiempo pareció
interminable mientras continuamos nuestro camino, ahora en la
más completa oscuridad, pues las negras nubes oscurecían la
luna. Continuamos ascendiendo, con ocasionales períodos de
rápidos descensos, pero ascendiendo la mayor parte del tiempo.
Repentinamente tuve conciencia de que el conductor estaba
deteniendo a los caballos en el patio interior de un inmenso cas
tillo ruinoso en parte, de cuyas altas ventanas negras no salía un
sólo rayo de luz, y cuyas quebradas murallas mostraban una
línea dentada que destacaba contra el cielo iluminado por la luz
de la luna.

23
Drácula de Bram Stoker

II
Del diario de Jonathan Harker
(Continuación)

de mayo. Debo haber estado dormido, pues es


seguro que si hubiese estado plenamente despier
5 to habría notado que nos acercábamos a tan ex
traordinario lugar. En la oscuridad, el patio parecía
ser de considerable tamaño, y como de él partían
varios corredores negros de grandes arcos redondos, quizá pa
recía ser más grande de lo que era en realidad. Todavía no he
tenido la oportunidad de verlo a la luz del día.
Cuando se detuvo la calesa, el cochero saltó y me ofre
ció la mano para ayudarme a descender. Una vez más, pude
comprobar su prodigiosa fuerza. Su mano prácticamente parecía
una prensa de acero que hubiera podido estrujar la mía si lo
hubiese querido. Luego bajó mis cosas y las colocó en el suelo a
mi lado, mientras yo permanecía cerca de la gran puerta, vieja y
tachonada de grandes clavos de hierro, acondicionada en un
zaguán de piedra maciza. Aun en aquella tenue luz pude ver que
la piedra estaba profusamente esculpida, pero que las esculturas
habían sido desgastadas por el tiempo y las lluvias. Mientras yo
permanecía en pie, el cochero saltó otra vez a su asiento y agitó
las riendas; los caballos iniciaron la marcha, y desaparecieron
debajo de una de aquellas negras aberturas con coche y todo.
Permanecí en silencio donde estaba, porque realmente
no sabía qué hacer. No había señales de ninguna campana ni
aldaba, y a través de aquellas ceñudas paredes y oscuras ven
tanas lo más probable era que mi voz no alcanzara a penetrar.
El tiempo que esperé me pareció infinito, y sentí cómo las dudas
y los temores me asaltaban. ¿A qué clase de lugar había llega
do, y entre qué clase de gente me encontraba?, ¿En qué clase
de lúgubre aventura me había embarcado?, ¿Era aquél un inci
dente normal en la vida de un empleado del procurador enviado
a explicar la compra de una propiedad en Londres a un extranje
ro?; ¡Empleado del procurador!; A Mina no le gustaría eso. Mejor
procurador, pues justamente antes de abandonar Londres reci

24
Drácula de Bram Stoker

bía la noticia de que mi examen había sido aprobado; ¡De tal


modo que ahora yo ya era un procurador hecho y derecho!.
Comencé a frotarme los ojos y a pellizcarme, para ver si
estaba despierto. Todo me parecía como una horrible pesadilla,
y esperaba despertar de pronto encontrándome en mi casa con
la aurora luchando a través de las ventanas, tal como ya me
había sucedido en otras ocasiones después de trabajar dema
siado el día anterior. Pero mi carne respondió a la prueba del
pellizco, y mis ojos no se dejaban engañar. Era indudable que
estaba despierto y en los Cárpatos. Todo lo que podía hacer era
tener paciencia y esperar a que llegara la aurora.
En cuanto llegué a esta conclusión escuché pesados
pasos que se acercaban detrás de la gran puerta, y vi a través
de las hendiduras el brillo de una luz que se acercaba. Se escu
chó el ruido de cadenas que golpeaban y el chirrido de pesados
cerrojos que se corrían. Una llave giró haciendo el conocido
ruido producido por el largo desuso, y la inmensa puerta se abrió
hacia adentro. En ella apareció un hombre alto, ya viejo, nítida
mente afeitado, a excepción de un largo bigote blanco, y vestido
de negro de la cabeza a los pies, sin ninguna mancha de color
en ninguna parte. Tenía en la mano una antigua lámpara de
plata, en la cual la llama se quemaba sin globo ni protección de
ninguna clase, lanzando largas y ondulosas sombras al fluctuar
por la corriente de la puerta abierta. El anciano me hizo un ade
mán con su mano derecha, haciendo un gesto cortés y hablando
en excelente inglés, aunque con una entonación extraña:
—Bienvenido a mi casa. ¡Entre con libertad y por su pro
pia voluntad!
No hizo ningún movimiento para acercárseme, sino que
permaneció inmóvil como una estatua, como si su gesto de
bienvenida lo hubiese fijado en piedra. Sin embargo, en el ins
tante en que traspuse el umbral de la puerta, dio un paso impul
sivamente hacia adelante y, extendiendo la mano, sujetó la mía
con una fuerza que me hizo retroceder, un efecto que no fue
aminorado por el hecho de que parecía fría como el hielo; de
que parecía más la mano de un muerto que de un hombre vivo.
Dijo otra vez:
—Bien venido a mi casa. Venga libremente, váyase a
salvo, y deje algo de la alegría que trae consigo—.
La fuerza del apretón de mano era tan parecida a la que
yo había notado en el cochero, cuyo rostro no había podido ver,

25
Drácula de Bram Stoker

que por un momento dudé si no se trataba de la misma persona


a quien le estaba hablando; así es que para asegurarme, le pre
gunté:
—¿El conde Drácula?—.
Se inclinó cortésmente al responderme.
—Yo soy Drácula; y le doy mi bienvenida, señor Harker,
en mi casa. Pase; el aire de la noche está frío, y seguramente
usted necesita comer y descansar—.
Mientras hablaba, puso la lámpara sobre un soporte en
la pared, y saliendo, tomó mi equipaje; lo tomó antes de que yo
pudiese evitarlo. Yo protesté, pero él insistió:
—No, señor; usted es mi huésped. Ya es tarde, y mis
sirvientes no están a mano. Deje que yo mismo me preocupe por
su comodidad—.
Insistió en llevar mis cosas a lo largo del corredor y lue
go por unas grandes escaleras de caracol, y a través de otro
largo corredor en cuyo piso de piedra nuestras pisadas resona
ban fuertemente. Al final de él abrió de golpe una pesada puerta,
y yo tuve el regocijo de ver un cuarto muy bien alumbrado en el
cual estaba servida una mesa para la cena, y en cuya chimenea
un gran fuego de leños, seguramente recién llevados, lanzaba
destellantes llamas.
El conde se detuvo, puso mis maletas en el suelo, cerró
la puerta y, cruzando el cuarto, abrió otra puerta que daba a un
pequeño cuarto octogonal alumbrado con una simple lámpara, y
que a primera vista no parecía tener ninguna ventana. Pasando
a través de éste, abrió todavía otra puerta y me hizo señas para
que pasara. Era una vista agradable, pues allí había un gran
dormitorio muy bien alumbrado y calentado con el fuego de otro
hogar, que también acababa de ser encendido, pues los leños
de encima todavía estaban frescos y enviaban un hueco chispo
rroteo a través de la amplia chimenea. El propio conde dejó mi
equipaje adentro y se retiró, diciendo antes de cerrar la puerta:
—Necesitará, después de su viaje, refrescarse un poco y
arreglar sus cosas. Espero que encuentre todo lo que desee.
Cuando termine venga al otro cuarto, donde encontrará su cena
preparada—.
La luz y el calor de la cortés bienvenida que me dispen
só el conde parecieron disipar todas mis antiguas dudas y temo

26
Drácula de Bram Stoker

res. Entonces, habiendo alcanzado nuevamente mi estado nor


mal, descubrí que estaba medio muerto de hambre, así es que
me arreglé lo más rápidamente posible y entré en la otra habita
ción.
Encontré que la cena ya estaba servida. Mi anfitrión es
taba en pie al lado de la gran fogata, reclinado contra la chime
nea de piedra; hizo un gracioso movimiento con la mano, seña
lando la mesa, y dijo:
—Le ruego que se siente y cene como mejor le plazca.
Espero que usted me excuse por no acompañarlo; pero es que
yo ya comí, y generalmente no ceno—.
Le entregué la carta sellada que el señor Hawkins me
había encargado. Él la abrió y la leyó seriamente; luego, con una
encantadora sonrisa, me la dio para que yo la leyera. Por lo me
nos un pasaje de ella me proporcionó gran placer:
"Lamento que un ataque de gota, enfermedad de la cual
estoy constantemente sufriendo, me haga absolutamente impo
sible efectuar cualquier viaje por algún tiempo; pero me alegra
decirle que puedo enviarle un sustituto eficiente, una persona en
la cual tengo la más completa confianza. Es un hombre joven,
lleno de energía y de talento, y de gran ánimo y disposición. Es
discreto y silencioso, y ha crecido y madurado a mi servicio.
Estará preparado para atenderlo cuando usted guste durante su
estancia en esa ciudad, y tomará instrucciones de usted en to
dos los asuntos."
El propio conde se acercó a mí y quitó la tapa del plato,
y de inmediato ataqué un excelente pollo asado. Esto, con algo
de queso y ensalada, y una botella de Tokay añejo, del cual bebí
dos vasos, fue mi cena. Durante el tiempo que estuve comiendo
el conde me hizo muchas preguntas acerca de mi viaje, y yo le
comuniqué todo lo que había experimentado.
Para ese tiempo ya había terminado la cena, y por indi
cación de mi anfitrión había acercado una silla al fuego y había
comenzado a fumar un cigarro que él me había ofrecido al mis
mo tiempo que se excusaba por no fumar. Así tuve oportunidad
de observarlo, y percibí que tenía una fisonomía de rasgos muy
acentuados.
Su cara era fuerte, muy fuerte, aguileña, con un puente
muy marcado sobre la fina nariz y las ventanas de ella peculiar
mente arqueadas; con una frente alta y despejada, y el pelo gris

27
Drácula de Bram Stoker

que le crecía escasamente alrededor de las sienes, pero profu


samente en otras partes. Sus cejas eran muy espesas, casi se
encontraban en el entrecejo, y con un pelo tan abundante que
parecía encresparse por su misma profusión.
La boca, por lo que podía ver de ella bajo el tupido bigo
te, era fina y tenía una apariencia más bien cruel, con unos dien
tes blancos peculiarmente agudos; éstos sobresalían sobre los
labios, cuya notable rudeza mostraba una singular vitalidad en
un hombre de su edad. En cuanto a lo demás, sus orejas eran
pálidas y extremadamente puntiagudas en la parte superior; el
mentón era amplio y fuerte, y las mejillas firmes, aunque delga
das. La tez era de una palidez extraordinaria.
Entre tanto, había notado los dorsos de sus manos
mientras descansaban sobre sus rodillas a la luz del fuego, y me
habían parecido bastante blancas y finas; pero viéndolas más de
cerca, no pude evitar notar que eran bastante toscas, anchas y
con dedos rechonchos. Cosa rara, tenían pelos en el centro de
la palma. Las uñas eran largas y finas, y recortadas en aguda
punta. Cuando el conde se inclinó hacia mí y una de sus manos
me tocó, no pude reprimir un escalofrío. Pudo haber sido su
aliento, que era fétido, pero lo cierto es que una terrible sensa
ción de náusea se apoderó de mí, la cual, a pesar del esfuerzo
que hice, no pude reprimir. Evidentemente, el conde, notándola,
se retiró, y con una sonrisa un tanto lúgubre, que mostró más
que hasta entonces sus protuberantes dientes, se sentó otra vez
en su propio lado frente a la chimenea. Los dos permanecimos
silenciosos unos instantes, y cuando miró hacia la ventana vi los
primeros débiles fulgores de la aurora, que se acercaba. Una
extraña quietud parecía envolverlo todo; pero al escuchar más
atentamente, pude oír, como si proviniera del valle situado más
abajo, el aullido de muchos lobos. Los ojos del conde destella
ron, y dijo:
—Escúchelos. Los hijos de la noche. ¡Qué música la que
entonan!—.
Pero viendo, supongo, alguna extraña expresión en mi
rostro, se apresuró a agregar:
—¡Ah, sir! Ustedes los habitantes de la ciudad no pue
den penetrar en los sentimientos de un cazador—.
Luego se incorporó, y dijo:

28
Drácula de Bram Stoker

—Pero la verdad es que usted debe estar cansado. Su


alcoba está preparada, y mañana podrá dormir tanto como
desee. Estaré ausente hasta el atardecer, así que ¡duerma bien,
y dulces sueños!—.
Con una cortés inclinación, él mismo me abrió la puerta
que comunicaba con el cuarto octogonal, y entró en mi dormito
rio.
Estoy desconcertado. Dudo, temo, pienso cosas extra
ñas, y yo mismo no me atrevo a confesarme a mi propia alma.
¡Que Dios me proteja, aunque sólo sea por amor a mis seres
queridos!.

7de mayo. Es otra vez temprano por la mañana, pero he


descansado bien las últimas 24 horas. Dormí hasta muy tarde,
entrado el día. Cuando me hube vestido, entré al cuarto donde
habíamos cenado la noche anterior y encontré un desayuno frío
que estaba servido, con el café caliente debido a que la cafetera
había sido colocada sobre la hornalla. Sobre la mesa había una
tarjeta en la cual estaba escrito lo siguiente:
"Tengo que ausentarme un tiempo.
No me espere. D."
Me senté y disfruté de una buena comida. Cuando hube
terminado, busqué una campanilla, para hacerles saber a los
sirvientes que ya había terminado, pero no pude encontrar nin
guna. Ciertamente en la casa hay algunas deficiencias raras,
especialmente si se consideran las extraordinarias muestras de
opulencia que me rodean. El servicio de la mesa es de oro, y tan
bellamente labrado que debe ser de un valor inmenso. Las corti
nas y los forros de las sillas y los sofás, y los cobertores de mi
cama, son de las más costosas y bellas telas, y deben haber
sido de un valor fabuloso cuando las hicieron, pues parecen
tener varios cientos de años, aunque se encuentran todavía en
buen estado.
Vi algo parecido a ellas en Hampton Court, pero aquellas
estaban usadas y rasgadas por las polillas. Pero todavía en nin
gún cuarto he encontrado un espejo. Ni siquiera hay un espejo
de mano en mi mesa, y para poder afeitarme o peinarme me vi
obligado a sacar mi pequeño espejo de mi maleta. Todavía no
he visto tampoco a ningún sirviente por ningún lado, ni he escu
chado ningún otro ruido cerca del castillo, excepto el aullido de

29
Drácula de Bram Stoker

los lobos. Poco tiempo después de que hube terminado mi co


mida (no sé cómo llamarla, si desayuno o cena, pues la tomé
entre las cinco y las seis de la tarde) busqué algo que leer, pero
no quise deambular por el castillo antes de pedir permiso al con
de. En el cuarto no pude encontrar absolutamente nada, ni libros
ni periódicos ni nada impreso, así es que abrí otra puerta del
cuarto y encontré una especie de biblioteca. Traté de abrir la
puerta opuesta a la mía, pero la encontré cerrada con llave.
En la biblioteca encontré, para mi gran regocijo, un vasto
número de libros en inglés, estantes enteros llenos de ellos, y
volúmenes de periódicos y revistas encuadernados. Una mesa
en el centro estaba llena de revistas y periódicos ingleses, aun
que ninguno de ellos era de fecha muy reciente. Los libros eran
de las más variadas clases: historia, geografía, política, econo
mía política, botánica, biología, derecho, y todos refiriéndose a
Inglaterra y a la vida y costumbres inglesas. Había incluso libros
de referencia tales como el directorio de Londres, los libros "Ro
jo" y "Azul", el almanaque de Whitaker, los catálogos del Ejército
y la Marina, y, lo que me produjo una gran alegría ver, el catálo
go de Leyes.
Mientras estaba viendo los libros, la puerta se abrió y en
tró el conde. Me saludó de manera muy efusiva y deseó que
hubiese tenido buen descanso durante la noche.
Luego, continuó:
—Me agrada que haya encontrado su camino hasta
aquí, pues estoy seguro que aquí habrá muchas cosas que le
interesarán. Estos compañeros—. Dijo, y puso su mano sobre
unos libros. —Han sido muy buenos amigos míos, y desde hace
algunos años, desde que tuve la idea de ir a Londres, me han
dado muchas, muchas horas de placer. A través de ellos he
aprendido a conocer a su gran Inglaterra; y conocerla es amarla.
Deseo vehemente caminar por las repletas calles de su podero
so Londres; estar en medio del torbellino y la prisa de la humani
dad, compartir su vida, sus cambios y su muerte, y todo lo que la
hace ser lo que es. Pero, ¡ay!, hasta ahora sólo conozco su len
gua através de libros. A usted, mi amigo, ¿le parece que sé bien
su idioma?—.
—Pero, señor conde—. Le dije. —Usted sabe y habla
muy bien el inglés!—.
Hizo una grave reverencia.

30
Drácula de Bram Stoker

—Le doy las gracias, mi amigo, por su demasiado opti


mista estimación; sin embargo, temo que me encuentro apenas
comenzando el camino por el que voy a viajar. Verdad es que
conozco la gramática y el vocabulario, pero todavía no me ex
preso con fluidez—.
—Insisto en que usted habla en forma excelente—. Le
dije.
—No tanto— Respondió él. —Es decir, yo sé que si me
desenvolviera y hablara en su Londres, nadie allí hay que no me
tomara por un extranjero. Eso no es suficiente para mí. Aquí soy
un noble, soy un boyar; la gente común me conoce y yo soy su
señor. Pero un extranjero en una tierra extranjera, no es nadie;
los hombres no lo conocen, y no conocer es no importar. Yo
estoy contento si soy como el resto, de modo que ningún hom
bre me pare si me ve, o haga una pausa en sus palabras al es
cuchar mi voz, diciendo: "Ja, ja, ¡un extranjero!" He sido durante
tanto tiempo un señor que seré todavía un señor, o por lo menos
nadie prevalecerá sobre mí. Usted no viene a mí solo como
agente de mi amigo Peter Hawkins, de Exéter, a darme los deta
lles acerca de mi nueva propiedad en Londres. Yo espero que
usted se quede conmigo algún tiempo, para que mediante mues
tras conversaciones yo pueda aprender el acento inglés; y me
gustaría mucho que usted me dijese cuando cometo un error,
aunque sea el más pequeño, al hablar. Siento mucho haber
tenido que ausentarme durante tanto tiempo hoy, pero espero
que usted perdonará a alguien que tiene tantas cosas importan
tes en la mano—.
Por supuesto que yo dije todo lo que se puede decir
acerca de tener buena voluntad, y le pregunté si podía entrar en
aquel cuarto cuando quisiese. Él respondió que sí, y agregó:
—Puede usted ir a donde quiera en el castillo, excepto
donde las puertas están cerradas con llave, donde por supuesto
usted no querrá ir. Hay razón para que todas las cosas sean
como son, y si usted viera con mis ojos y supiera con mi cono
cimiento, posiblemente entendería mejor—.
Yo le aseguré que así sería, y él continuó:
—Estamos en Transilvania; y Transilvania no es Inglate
rra. Nuestra manera de ser no es como su manera de ser, y
habrá para usted muchas cosas extrañas. Es más, por lo que
usted ya me ha contado de sus experiencias, ya sabe algo de
qué cosas extrañas pueden ser—.

31
Drácula de Bram Stoker

Esto condujo a mucha conversación; y era evidente que


él quería hablar aunque sólo fuese por hablar. Le hice muchas
preguntas relativas a cosas que ya me habían pasado o de las
cuales yo ya había tomado nota. Algunas veces esquivó el tema
o cambió de conversación simulando no entenderme; pero gene
ralmente me respondió a todo lo que le pregunté de la manera
más franca. Entonces, a medida que pasaba el tiempo y yo iba
entrando en más confianza, le pregunté acerca de algunos de
los sucesos extraños de la noche anterior, como por ejemplo,
por qué el cochero iba a los lugares a donde veía la llama azul.
Entonces él me explicó que era creencia común que cierta no
che del año (de hecho la noche pasada, cuando los malos espíri
tus, según se cree, tienen ilimitados poderes) aparece una llama
azul en cualquier lugar donde haya sido escondido algún tesoro.
—Que hayan sido escondidos tesoros en la región por la
cual usted pasó anoche —continuó él—, es cosa que está fuera
de toda duda. Esta ha sido tierra en la que han peleado durante
siglos los valacos, los sajones y los turcos. A decir verdad, sería
difícil encontrar un pie cuadrado de tierra en esta región que no
hubiese sido enriquecido por la sangre de hombres, patriotas o
invasores. En la antigüedad hubo tiempos agitados, cuando los
austriacos y húngaros llegaban en hordas y los patriotas salían a
enfrentárseles, hombres y mujeres, ancianos y niños, esperaban
su llegada entre las rocas arriba de los desfiladeros para lanzar
les destrucción y muerte a ellos con sus aludes artificiales.
Cuando los invasores triunfaban encontraban muy poco botín, ya
que todo lo que había era escondido en la amable tierra—.
—¿Pero cómo es posible —pregunté yo— que haya pa
sado tanto tiempo sin ser descubierto, habiendo una señal tan
certera para descubrirlo, bastando con que el hombre se tome el
trabajo solo de mirar?—.
El conde sonrió, y al correrse sus labios hacia atrás so
bre sus encías, los caninos, largos y agudos, se mostraron insó
litamente. Respondió:
—¡Porque el campesino es en el fondo de su corazón
cobarde e imbécil! Esas llamas sólo aparecen en una noche; y
en esa noche ningún hombre de esta tierra, si puede evitarlo, se
atreve siquiera a espiar por su puerta. Y, mi querido señor, aun
que lo hiciera, no sabría qué hacer. Le aseguro que ni siquiera el
campesino que usted me dijo que marcó los lugares de la llama
sabrá donde buscar durante el día, por el trabajo que hizo esa

32
Drácula de Bram Stoker

noche. Hasta usted, me atrevo a afirmar, no sería capaz de en


contrar esos lugares otra vez. ¿No es cierto?—.
—Sí, es verdad—. Dije yo. —No tengo ni la más remota
idea de donde podría buscarlos—.
Luego pasamos a otros temas.
—Vamos —me dijo al final—, cuénteme de Londres y de
la casa que ha comprado a mi nombre.
Excusándome por mi olvido, fui a mi cuarto a sacar los
papeles de mi portafolios. Mientras los estaba colocando en
orden, escuché un tintineo de porcelana y plata en el otro cuarto,
y al atravesarlo, noté que la mesa había sido arreglada y la lám
para encendida, pues para entonces ya era bastante tarde.
También en el estudio o biblioteca estaban encendidas las lám
paras, y encontré al conde yaciendo en el sofá, leyendo, de to
das las cosas en el mundo, una Guía Inglesa de Bradshaw.
Cuando yo entré, él quitó los libros y papeles de la mesa; y en
tonces comencé a explicarle los planos y los hechos, y los nú
meros. Estaba interesado por todo, y me hizo infinidad de pre
guntas relacionadas con el lugar y sus alrededores. Estaba claro
que él había estudiado de antemano todo lo que podía esperar
en cuanto al tema de su vecindario, pues evidentemente al final
él sabía mucho más que yo. Cuando yo le señalé eso, respon
dió:
—Pero, mi amigo, ¿no es necesario que sea así? Cuan
do yo vaya allá estaré completamente solo, y mi amigo Harker
Jonathan, no, perdóneme, caigo siempre en la costumbre de mi
país de poner primero su nombre patronímico; así pues, mi ami
go Jonathan Harker no va a estar a mi lado para corregirme y
ayudarme. Estaré en Exéter, a kilómetros de distancia, trabajan
do probablemente en papeles de la ley con mi otro amigo, Peter
Hawkins. ¿No es así?—.
Entramos de lleno al negocio de la compra de la propie
dad en Purfleet. Cuando le hube explicado los hechos y ya tenía
su firma para los papeles necesarios, y había escrito una carta
con ellos para enviársela al señor Hawkins, comenzó a pregun
tarme cómo había encontrado un lugar tan apropiado. Entonces
yo le leí las notas que había hecho en aquel tiempo, y las cuales
transcribo aquí:
"En Purfleet, al lado de la carretera, me encontré con un
lugar que parece ser justamente el requerido, y donde había

33
Drácula de Bram Stoker

expuesto un rótulo que anunciaba que la propiedad estaba en


venta. Está rodeado de un alto muro, de estructura antigua,
construido de pesadas piedras, y que no ha sido reparado du
rante un largo número de años. Los portones cerrados son de
pesado roble viejo y hierro, todo carcomido por el moho.
"La propiedad es llamada Carfax, que sin duda es una
corrupción del antiguo Quatre Face, ya que la casa tiene cuatro
lados, coincidiendo con los puntos cardinales. Contiene en total
unos veinte acres, completamente rodeados por el sólido muro
de piedra arriba mencionado. El lugar tiene muchos árboles, lo
que le da un aspecto lúgubre, y también hay una poza o peque
ño lago, profundo, de apariencia oscura, evidentemente alimen
tado por algunas fuentes, ya que el agua es clara y se desliza en
una corriente bastante apreciable. La casa es muy grande y de
todas las épocas pasadas, diría yo, hasta los tiempos medieva
les, pues una de sus partes es de piedra sumamente gruesa,
con solo unas pocas ventanas muy arriba y pesadamente aba
rrotadas con hierro.
“Parece una parte de un castillo, y está muy cerca a una
vieja capilla o iglesia. No pude entrar en ella, pues no tenía la
llave de la puerta que conducía a su interior desde la casa, pero
he tomado con mi kodak vistas desde varios puntos. La casa ha
sido agregada, pero de una manera muy rara, y solo puedo adi
vinar aproximadamente la extensión de tierra que cubre, que
debe ser mucha. Sólo hay muy pocas casas cercanas, una de
ellas es muy larga, recientemente ampliada, y acondicionada
para servir de asilo privado de lunáticos. Sin embargo, no es
visible desde el terreno.
Cuando hube terminado, el conde dijo:
—Me alegra que sea grande y vieja. Yo mismo provengo
de una antigua familia, y vivir en una casa nueva me mataría.
Una casa no puede hacerse habitable en un día, y, después de
todo, qué pocos son los días necesarios para hacer un siglo.
También me regocija que haya una capilla de tiempos ancestra
les. Nosotros, los nobles transilvanos, no pensamos con agrado
que nuestros huesos puedan algún día descansar entre los
muertos comunes. Yo no busco ni la alegría ni el júbilo, ni la
brillante voluptuosidad de muchos rayos de sol y aguas cente
lleantes que agradan tanto a los jóvenes alegres. Yo ya no soy
joven; y mi corazón, a través de los pesados años de velar sobre
los muertos, ya no está dispuesto para el regocijo. Es más: las
murallas de mi castillo están quebradas; muchas son las som

34
Drácula de Bram Stoker

bras, y el viento respira frío a través de las rotas murallas y ca


samatas. Amo la sombra y la oscuridad, y prefiero, cuando pue
do, estar a solas con mis pensamientos—.
De alguna forma sus palabras y su mirada no parecían
estar de acuerdo, o quizá era que la expresión de su rostro hacía
que su sonrisa pareciera maligna y saturnina.
Al momento, excusándose, me dejó, pidiéndome que re
cogiera todos mis papeles. Había estado ya un corto tiempo
ausente, y yo comencé a hojear algunos de los libros que tenía
más cerca. Uno era un atlas, el cual, naturalmente, estaba abier
to en Inglaterra, como si el mapa hubiese sido muy usado. Al
mirarlo encontré ciertos lugares marcados con pequeños anillos,
y al examinar éstos noté que uno estaba cerca de Londres, en el
lado este, manifiestamente donde su nueva propiedad estaba
situada. Los otros dos eran Exéter y Whitby, en la costa de
Yorkshire.
Transcurrió aproximadamente una hora antes de que el
conde regresara.
—¡Ajá!—. Dijo él. —¿Todavía con sus libros?, ¡Bien! Pe
ro no debe usted trabajar siempre. Venga; me han dicho que su
cena ya está preparada—.
Me tomó del brazo y entramos en el siguiente cuarto,
donde encontré una excelente cena ya dispuesta sobre la mesa.
Nuevamente el conde se disculpó, ya que había cenado durante
el tiempo que había estado fuera de casa. Pero al igual que la
noche anterior, se sentó y charló mientras yo comía. Después de
cenar yo fumé, e igual a la noche previa, el conde se quedó
conmigo, charlando y haciendo preguntas sobre todos los posi
bles temas, hora tras hora. Yo sentí que ya se estaba haciendo
muy tarde, pero no dije nada, pues me sentía con la obligación
de satisfacer los deseos de mi anfitrión en cualquier forma posi
ble. No me sentía soñoliento, ya que la larga noche de sueño del
día anterior me había fortalecido; pero no pude evitar experimen
tar ese escalofrío que lo sobrecoge a uno con la llegada de la
aurora, que es a su manera, el cambio de marea. Dicen que la
gente que está agonizando muere generalmente con el cambio
de la aurora o con el cambio de la marea; y cualquiera que haya
estado cansado y obligado a mantenerse en su puesto, ha expe
rimentado este cambio en la atmósfera y puede creerlo. De pron
to, escuchamos el cántico de un gallo, llegando con sobrenatural

35
Drácula de Bram Stoker

estridencia a través de la clara mañana; el conde Drácula saltó


sobre sus pies, y dijo:
—¡Pues ya llegó otra vez la mañana! Soy muy abusivo
obligándole a que se quede despierto tanto tiempo. Debe usted
hacer su conversación acerca de mi querido nuevo país Inglate
rra menos interesante, para que yo no olvide cómo vuela el
tiempo entre nosotros—.
Y dicho esto, haciendo una reverencia muy cortés, se
alejó rápidamente.
Yo entré en mi cuarto y abrí las cortinas, pero había po
co que observar; mi ventana daba al patio central, y todo lo que
pude ver fue el caluroso gris del cielo despejado. Así es que
volví a cerrar las ventanas, y he escrito lo relativo a este día.

8 de mayo. Cuando comencé a escribir este libro temí


que me estuviese explayando demasiado; pero ahora me com
place haber entrado en detalle desde un principio, pues hay algo
tan extraño acerca de este lugar y de todas las cosas que suce
den, que no puedo sino sentirme inquieto. Desearía estar lejos
de aquí, o jamás haber venido. Puede ser que esta extraña exis
tencia de noche me esté afectando, ¡pero cómo desearía que
eso fuese todo! Si hubiese alguien con quien pudiera hablar creo
que lo soportaría, pero no hay nadie. Sólo tengo al conde para
hablar, ¡y él...! Temo ser la única alma viviente el lugar. Permí-
taseme ser prosaico tanto como los hechos lo sean; me ayudará
esto mucho a soportar la situación; y la imaginación no debe
corromperse conmigo. Si lo hace, estoy perdido. Digamos de
una vez por todas en qué situación me encuentro, o parezco
encontrarme.
Dormí sólo unas cuantas horas al ir a la cama, y sintien
do que no podía dormir más, me levanté. Colgué mi espejo de
afeitar en la ventana y apenas estaba comenzando a afeitarme.
De pronto, sentí una mano sobre mi hombro, y escuché la voz
del conde diciéndome: "Buenos días." Me sobresaltó, pues me
maravilló que no lo hubiera visto, ya que la imagen del espejo
cubría la totalidad del cuarto detrás de mí. Debido al sobresalto
me corté ligeramente, pero de momento no lo noté. Habiendo
contestado al saludo del conde, me volví al espejo para ver có
mo me había equivocado. Esta vez no podía haber ningún error,
pues el hombre estaba cerca de mí y yo podía verlo por sobre mi
hombro ¡pero no había ninguna imagen de él en el espejo! Todo

36
Drácula de Bram Stoker

el cuarto detrás de mí estaba reflejado, pero no había en él señal


de ningún hombre, a excepción de mí mismo. Esto era sorpren
dente, y, sumado a la gran cantidad de cosas raras que ya ha
bían sucedido, comenzó a incrementar ese vago sentimiento de
inquietud que siempre tengo cuando el conde está cerca. Pero
en ese instante vi que la herida había sangrado ligeramente y
que un hilillo de sangre bajaba por mi mentón. Deposité la nava
ja de afeitar, y al hacerlo me di media vuelta buscando un em
plasto adhesivo. Cuando el conde vio mi cara, sus ojos relum
braron con una especie de furia demoníaca, y repentinamente se
lanzó sobre mi garganta. Yo retrocedí y su mano tocó la cadena
del rosario que sostenía el crucifijo. Hizo un cambio instantáneo
en él, pues la furia le pasó tan rápidamente que apenas podía yo
creer que jamás la hubiera sentido.
—Tenga cuidado —dijo él—, tenga cuidado de no cor
tarse. Es más peligroso de lo que usted cree en este país —
añadió, tomando el espejo de afeitar—. Y esta maldita cosa es la
que ha hecho el follón. Es una burbuja podrida de la vanidad del
hombre. ¡Lejos con ella!
Al decir esto abrió la pesada ventana y con un tirón de
su horrible mano lanzó por ella el espejo, que se hizo añicos en
las piedras del patio interior situado en el fondo.
Luego se retiró sin decir palabra. Todo esto es muy
enojoso, porque ahora no veo cómo voy a poder afeitarme, a
menos que use la caja de mi reloj o el fondo de mi vasija de
afeitar, que afortunadamente es de metal.
Cuando entré al comedor el desayuno estaba preparado;
pero no pude encontrar al conde por ningún lugar. Así es que
desayuné solo. Es extraño que hasta ahora todavía no he visto
al conde comer o beber. ¡Debe ser un hombre muy peculiar!
Después del desayuno hice una pequeña exploración en el casti
llo. Subí por las gradas y encontré un cuarto que miraba hacia el
sur. La vista era magnífica, y desde donde yo me encontraba
tenía toda la oportunidad para apreciarla. El castillo se encuentra
al mismo borde de un terrible precipicio. ¡Una piedra cayendo
desde la ventana puede descender mil pies sin tocar nada! Tan
lejos como el ojo alcanza a divisar, solo se ve un mar de verdes
copas de árboles, con alguna grieta ocasional donde hay un
abismo. Aquí y allí se ven hilos de plata de los ríos que pasan
por profundos desfiladeros a través del bosque.

37
Drácula de Bram Stoker

Pero no estoy con ánimo para describir tanta belleza,


pues cuando hube contemplado la vista exploré un poco más;
por todos lados puertas, puertas, puertas, todas cerradas y con
llave. No hay ningún lugar, a excepción de las ventanas en las
paredes del castillo, por el cual se pueda salir.
¡El castillo es en verdad una prisión, y yo soy un prisio
nero!

38
Drácula de Bram Stoker

III
Del diario de Jonathan Harker
(Continuación)

uando me di cuenta de que era un prisionero, una


especie de sensación salvaje se apoderó de mí.

C Corrí arriba y abajo por las escaleras, pulsando


cada puerta y mirando a través de cada ventana
que encontraba; pero después de un rato la con
vicción de mi impotencia se sobrepuso a todos mis otros senti
mientos. Ahora, después de unas horas, cuando pienso en ello
me imagino que debo haber estado loco, pues me comporté muy
semejante a una rata cogida en una trampa. Sin embargo, cuan
do tuve la convicción de que era impotente, me senté tranquila
mente, tan tranquilamente como jamás lo he hecho en mi vida, y
comencé a pensar que era lo mejor que podía hacer. De una
cosa sí estoy seguro: que no tiene sentido dar a conocer mis
ideas al conde. Él sabe perfectamente que estoy atrapado; y
como él mismo es quien lo ha hecho, e indudablemente tiene
sus motivos para ello, si le confieso completamente mi situación
sólo tratará de engañarme.
Por lo que hasta aquí puedo ver, mi único plan será
mantener mis conocimientos y mis temores para mí mismo, y
mis ojos abiertos. Sé que o estoy siendo engañado como un
niño, por mis propios temores, o estoy en un aprieto; y si esto
último es lo verdadero, necesito y necesitaré todos mis sesos
para poder salir adelante.
Apenas había llegado a esta conclusión cuando oí que la
gran puerta de abajo se cerraba, y supe que el conde había
regresado. No llegó de inmediato a la biblioteca, por lo que yo
cautelosamente regresé a mi cuarto, y lo encontré arreglándome
la cama. Esto era raro, pero sólo confirmó lo que yo ya había
estado sospechando durante bastante tiempo: en la casa no
había sirvientes. Cuando después lo vi a través de la hendidura
de los goznes de la puerta arreglando la mesa en el comedor, ya
no tuve ninguna duda; pues si él se encargaba de hacer todos
aquellos oficios minúsculos, seguramente era la prueba de que
no había nadie más en el castillo, y el mismo conde debió haber

39
Drácula de Bram Stoker

sido el cochero que me trajo en la calesa hasta aquí. Esto es un


pensamiento terrible; pues si es así, significa que puede contro
lar a los lobos, tal como lo hizo, por el solo hecho de levantar la
mano en silencio. ¿Por qué habrá sido que toda la gente en
Bistritz y en el coche sentían tanto temor por mí? ¿Qué signifi
cado le daban al crucifijo, al ajo, a la rosa salvaje, al fresno de
montaña? ¡Bendita sea aquella buena mujer que me colgó el
crucifijo alrededor del cuello! Me da consuelo y fuerza cada vez
que lo toco. Es divertido que una cosa a la cual me enseñaron
que debía ver con desagrado y como algo idolátrico pueda ser
de ayuda en tiempo de soledad y problemas. ¿Es que hay algo
en la esencia misma de la cosa, o es que es un medio, una ayu
da tangible que evoca el recuerdo de simpatías y consuelos?
Puede ser que alguna vez deba examinar este asunto y tratar de
decirme acerca de él. Mientras tanto debo averiguar todo lo que
pueda sobre el conde Drácula, pues eso me puede ayudar a
comprender. Esta noche lo haré que hable sobre él mismo, vol
teando la conversación en esa dirección. Sin embargo, debo ser
muy cuidadoso para no despertar sus sospechas.
Medianoche. He tenido una larga conversación con el
conde. Le hice unas cuantas preguntas acerca de la historia de
Transilvania, y él respondió al tema en forma maravillosa. Al
hablar de cosas y personas, y especialmente de batallas, habló
como si hubiese estado presente en todas ellas. Esto me lo ex
plicó posteriormente diciendo que para un boyar el orgullo de su
casa y su nombre es su propio orgullo, que la gloria de ellos es
su propia gloria, que el destino de ellos es su propio destino.
Siempre que habló de su casa se refería a ella diciendo "noso-
tros", y casi todo el tiempo habló en plural, tal como hablan los
reyes. Me gustaría poder escribir aquí exactamente todo lo que
él dijo, pues para mí resulta extremadamente fascinante. Parecía
estar ahí toda la historia del país. A medida que hablaba se fue
excitando, y se paseó por el cuarto tirando de sus grandes bigo
tes blancos y sujetando todo lo que tenía en sus manos como si
fuese a estrujar lo a pura fuerza. Dijo una cosa que trataré de
describir lo más exactamente posible que pueda; pues a su ma
nera, en ella está narrada toda la historia de su raza:
"Nosotros los escequelios tenemos derecho a estar or
gullosos, pues por nuestras venas circula la sangre de muchas
razas bravías que pelearon como pelean los leones por su seño
río. Aquí, en el torbellino de las razas europeas, la tribu ugric
trajo desde Islandia el espíritu de lucha que Thor y Wodin les
habían dado, y cuyos bersequers demostraron tan clara e inten

40
Drácula de Bram Stoker

samente en las costas de Europa (¿qué digo?, y de Asia y de


África también) que la misma gente creyó que habían llegado los
propios hombres-lobos.
Aquí también, cuando llegaron, encontraron a los hunos,
cuya furia guerrera había barrido la tierra como una llama vivien
te, de tal manera que la gente moribunda creía que en sus venas
corría la sangre de aquellas brujas antiguas, quienes expulsadas
de Seythia se acoplaron con los diablos en el desierto. ¡Tontos,
tontos! ¿Qué diablo o qué bruja ha sido alguna vez tan grande
como Atila, cuya sangre está en estas venas? —dijo, levantando
sus brazos —. ¿Puede ser extraño que nosotros seamos una
raza conquistadora; que seamos orgullosos; que cuando los
magiares, los lombardos, los avares, los búlgaros o los turcos se
lanzaron por miles sobre nuestras fronteras nosotros los haya
mos rechazado? ¿Es extraño que cuando Arpad y sus legiones
se desparramaron por la patria húngara nos encontraran aquí al
llegar a la frontera; que el Honfoglalas se completara aquí? Y
cuando la inundación húngara se desplazó hacia el este, los
escequelios fueron proclamados parientes por los misteriosos
magiares, y fue a nosotros durante siglos que se nos confió la
guardia de la frontera de Turquía. Hay más que eso todavía, el
interminable deber de la guardia de la frontera, pues como dicen
los turcos el agua duerme, y el enemigo vela. ¿Quién más feliz
que nosotros entre las cuatro naciones recibió “la espada en
sangrentada”, o corrió más rápidamente al lado del rey cuando
éste lanzaba su grito de guerra? ¿Cuándo fue redimida la gran
vergüenza de la nación, la vergüenza de Cassova, cuando las
banderas de los valacos y de los magiares cayeron abatidas
bajo la creciente? ¿Quién fue sino uno de mi propia raza que
bajo el nombre de Voivode cruzó el Danubio y batió a los turcos
en su propia tierra? ¡Este era indudablemente un Drácula!
¿Quién fue aquel que a su propio hermano indigno, cuando hubo
caído, vendió su gente a los turcos y trajo sobre ellos la ver
güenza de la esclavitud? ¡No fue, pues, este Drácula, quien ins
piró a aquel otro de su raza que en edades posteriores llevó una
y otra vez a sus fuerzas sobre el gran río y dentro de Turquía;
que, cuando era derrotado regresaba una y otra vez, aunque
tuviera que ir solo al sangriento campo donde sus tropas esta
ban siendo mortalmente destrozadas, porque sabía que sólo él
podía garantizar el triunfo! Dicen que él solo pensaba en él mis
mo. ¡Bah! ¿De qué sirven los campesinos sin un jefe? ¿En qué
termina una guerra que no tiene un cerebro y un corazón que la
dirija? Más todavía, cuando, después de la batalla de Mohacs,

41
Drácula de Bram Stoker

nos sacudimos el yugo húngaro, nosotros los de sangre Drácula


estábamos entre sus dirigentes, pues nuestro espíritu no podía
soportar que no fuésemos libres. Ah, joven amigo, los esceque
lios (y los Drácula como la sangre de su corazón, su cerebro y
sus espadas) pueden enorgullecerse de una tradición que los
retoños de los hongos como los Hapsburgo y los Romanoff nun
ca pueden alcanzar. Los días de guerra ya terminaron. La san
gre es una cosa demasiado preciosa en estos días de paz des
honorable; y las glorias de las grandes razas son como un cuen
to que se narra.
Para aquel tiempo ya se estaba acercando la mañana, y
nos fuimos a acostar. (Rec., este diario parece tan horrible como
el comienzo de las "Noches Árabes", pues todo tiene que sus
penderse al cantar el gallo —o como el fantasma del padre de
Hamlet.)

12 de mayo. Permítaseme comenzar con hechos, con


meros y escuetos hechos, verificados con libros y números, y de
los cuales no puede haber duda alguna. No debo confundirlos
con experiencias que tendrán que descansar en mi propia ob
servación, o en mi memoria de ellas. Anoche, cuando el conde
llegó de su cuarto, comenzó por hacerme preguntas de asuntos
legales y en la manera en que se tramitaban cierta clase de ne
gocios. Había pasado el día fatigadamente sobre libros y, sim
plemente para mantener mi mente ocupada, comencé a reflexio
nar sobre algunas cosas que había estado examinando en la
posada de Lincoln. Hay un cierto método en las pesquisas del
conde, de tal manera que trataré de ponerlas en su orden de
sucesión. El conocimiento puede de alguna forma y alguna vez
serme útil.
Primero me preguntó si un hombre en Inglaterra puede
tener dos procuradores o más. Le dije que si deseaba podía
tener una docena, pero que no sería oportuno tener más de un
procurador empleado en una transacción, debido a que sólo
podía actuar uno cada vez, y que estarlos cambiando sería se
guro actuar en contra de su interés. Pareció que entendió bien lo
que le quería decir y continuó preguntándome si habría una difi
cultad práctica al tener un hombre atendiendo, digamos, las
finanzas, y a otro preocupándose por los embarques, en caso de
que se necesitara ayuda local en un lugar lejano de la casa del
procurador financiero. Yo le pedí que me explicara más comple

42
Drácula de Bram Stoker

tamente, de tal manera que no hubiera oportunidad de que yo


pudiera darle un juicio erróneo. Entonces dijo:
—Pondré un ejemplo. Su amigo y mío, el señor Peter
Hawkins, desde la sombra de su bella catedral en Exéter, que
queda bastante retirada de Londres, compra para mí a través de
sus buenos oficios una propiedad en Londres. ¡Muy bien! Ahora
déjeme decirle francamente, a menos que usted piense que es
muy extraño que yo haya solicitado los servicios de alguien tan
lejos de Londres, en lugar de otra persona residente ahí, que mi
único motivo fue que ningún interés local fuese servido excepto
mis propios deseos. Y como alguien residiendo en Londres pu
diera tener, tal vez, algún propósito para sí o para amigos a
quienes sirve, busqué a mi agente en la campiña, cuyos trabajos
sólo serían para mi interés. Ahora, supongamos, yo, que tengo
muchos asuntos pendientes, deseo embarcar algunas cosas,
digamos, a Newcastle, o Durham, o Harwich, o Dover, ¿no po
dría ser que fuese más fácil hacerlo consignándolas a uno de
estos puertos?
Yo le respondí que era seguro que sería más fácil, pero
que nosotros los procuradores teníamos un sistema de agencias
de unos a otros, de tal manera que el trabajo local podía hacerse
localmente bajo instrucción de cualquier procurador, por lo que
el cliente, poniéndose simplemente en las manos de un hombre,
podía ver que sus deseos se cumplieran sin tomarse más moles
tias.
—Pero —dijo él—, yo tendría la libertad de dirigirme a mí
mismo. ¿No es así?
—Por supuesto —le repliqué —; y así hacen muchas ve
ces hombres de negocios, quienes no desean que la totalidad de
sus asuntos sean conocidos por una sola persona.
—¡Magnífico!—. Exclamó.
Y entonces pasó a preguntarme acerca de los medios
para enviar cosas en consignación y las formas por las cuales se
tenían que pasar, y toda clase de dificultades que pudiesen so
brevenir, pero que pudiesen ser previstas pensándolas de ante
mano. Le expliqué todas sus preguntas con la mejor de mis habi
lidades, y ciertamente me dejó bajo la impresión de que hubiese
sido un magnífico procurador, pues no había nada que no pen
sase o previese. Para un hombre que nunca había estado en el
país, y que evidentemente no se ocupaba mucho en asuntos de
negocios, sus conocimientos y perspicacia eran maravillosos.

43
Drácula de Bram Stoker

Cuando quedó satisfecho con esos puntos de los cuales había


hablado, y yo había verificado todo también con los libros que
tenía a mano, se puso repentinamente de pie y dijo:
—¿Ha escrito desde su primera carta a nuestro amigo el
señor Peter Hawkins, o a cualquier otro?
Fue con cierta amargura en mi corazón que le respondí
que no, ya que hasta entonces no había visto ninguna oportuni
dad de enviarle cartas a nadie.
—Entonces escriba ahora, mi joven amigo —me dijo,
poniendo su pesada mano sobre mi hombre—; escriba a nuestro
amigo y a cualquier otro; y diga, si le place, que usted se queda
ra conmigo durante un mes más a partir de hoy.
—¿Desea usted que yo me quede tanto tiempo? —le
pregunté, pues mi corazón se heló con la idea.
—Lo deseo mucho; no, más bien, no acepto negativas.
Cuando su señor, su patrón, como usted quiera, encargó que
alguien viniese en su nombre, se entendió que solo debían con
sultarse mis necesidades. Yo no he escatimado, ¿no es así?
¿Qué podía hacer yo sino inclinarme y aceptar? Era el
interés del señor Hawkins y no el mío, y yo tenía que pensar en
él, no en mí. Y además, mientras el conde Drácula estaba ha
blando, había en sus ojos y en sus ademanes algo que me hacía
recordar que era su prisionero, y que aunque deseara realmente
no tenía dónde escoger. El conde vio su victoria en mi reveren
cia y su dominio en la angustia de mi rostro, pues de inmediato
comenzó a usar ambos, pero en su propia manera suave e irre
sistible.
—Le suplico, mi buen joven amigo, que no hable de
otras cosas sino de negocios en sus cartas. Indudablemente que
le gustará a sus amigos saber que usted se encuentra bien, y
que usted está ansioso de regresar a casa con ellos, ¿no es así?
Mientras hablaba me entregó tres hojas de papel y tres
sobres. Eran finos, destinados al correo extranjero, y al verlos, y
al verlo a él, notando su tranquila sonrisa con los agudos dientes
caninos sobresaliéndole sobre los rojos labios inferiores, com
prendí también como si se me hubiese dicho con palabras que
debía tener bastante prudencia con lo que escribía, pues él iba a
leer su contenido. Por lo tanto, tomé la determinación de escribir
por ahora sólo unas notas normales, pero escribirle detallada

44
Drácula de Bram Stoker

mente al señor Hawkins en secreto. Y también a Mina, pues a


ella le podía escribir en taquigrafía, lo cual seguramente dejaría
perplejo al conde si leía la carta. Una vez que hube escrito mis
dos cartas, me senté calmadamente, leyendo un libro mientras el
conde escribía varias notas, acudiendo mientras las escribía a
algunos libros sobre su mesa. Luego tomó mis dos cartas y las
colocó con las de él, y guardó los utensilios con que había escri
to. En el instante en que la puerta se cerró tras él, yo me incliné
y miré los sobres que estaban boca abajo sobre la mesa. No
sentí ningún escrúpulo en hacer esto, pues bajo las circunstan
cias sentía que debía protegerme de cualquier manera posible.
Una de las cartas estaba dirigida a Samuel F. Billington,
número 7, La Creciente, Whitby; otra a herr Leutner, Varna; la
tercera era para Coutts & Co., Londres, y la cuarta para Herren
Klopstock & Billreuth, banqueros, Budapest. La segunda y la
cuarta no estaban cerradas. Estaba a punto de verlas cuando
noté que la perilla de la puerta se movía. Me dejé caer sobre mi
asiento, teniendo apenas el tiempo necesario para colocar las
cartas como habían estado y para reiniciar la lectura de mi libro,
antes de que el conde entrara llevando todavía otra carta en la
mano. Tomó todas las otras misivas que estaban sobre la mesa
y las estampó cuidadosamente, y luego, volviéndose a mí, dijo:
—Confío en que usted me perdonará, pero tengo mucho
trabajo en privado que hacer esta noche. Espero que usted en
cuentre todas las cosas que necesita.
Ya en la puerta se volvió, y después de un momento de
pausa,dijo:
—Permítame que le aconseje, mi querido joven amigo;
no, permítame que le advierta con toda seriedad que en caso de
que usted deje estos cuartos, por ningún motivo se quede dor
mido en cualquier otra parte del castillo. Es viejo y tiene muchas
memorias, y hay muchas pesadillas para aquellos que no duer
men sabiamente. ¡Se lo advierto! En caso de que el sueño lo
dominase ahora o en otra oportunidad o esté a punto de domi
narlo, regrese deprisa a su propia habitación o a estos cuartos,
pues entonces podrá descansar a salvo. Pero no siendo usted
cuidadoso a este respecto, entonces... —terminó su discurso de
una manera horripilante, pues hizo un movimiento con las manos
como si se las estuviera lavando.
Yo casi le entendí. Mi única duda era de si cualquier
sueño pudiera ser más terrible que la red sobrenatural, horrible,

45
Drácula de Bram Stoker

de tenebrosidad y misterio que parecía estarse cerrando a mi


alrededor.
Más tarde. Endoso las últimas palabras escritas, pero
esta vez no hay ninguna duda en el asunto. No tendré ningún
miedo de dormir en cualquier lugar donde él no esté. He coloca
do el crucifijo sobre la cabeza de mi cama porque así me ima
gino que mi descanso está más libre de pesadillas. Y ahí perma
necerá.
Cuando me dejó, yo me dirigí a mi cuarto. Después de
cierto tiempo, al no escuchar ningún ruido, salí y subí al graderío
de piedras desde donde podía ver hacia el sur. Había cierto
sentido de la libertad en esta vasta extensión, aunque me fuese
inaccesible, comparada con la estrecha oscuridad del patio inte
rior. Al mirar hacia afuera, sentí sin ninguna duda que estaba
prisionero, y me pareció que necesitaba un respiro de aire fres
co, aunque fuese en la noche. Estoy comenzando a sentir que
esta existencia nocturna me está afectando. Me está destruyen
do mis nervios. Me asusto de mi propia sombra, y estoy lleno de
toda clase de terribles imaginaciones. ¡Dios sabe muy bien que
hay motivos para mi terrible miedo en este maldito lugar! Miré el
bello paisaje, bañado en la tenue luz amarilla de la luna, hasta
que casi era como la luz del día. En la suave penumbra las coli
nas distantes se derretían, y las sombras se perdían en los va
lles y hondonadas de un negro aterciopelado. La mera belleza
pareció alegrarme; había paz y consuelo en cada respiración
que inhalaba. Al reclinarme sobre la ventana mi ojo fue captado
por algo que se movía un piso más abajo y algo hacia mi iz
quierda, donde imagino, por el orden de las habitaciones, que
estarían las ventanas del cuarto del propio conde. La ventana en
la cual yo me encontraba era alta y profunda, cavada en piedra,
y aunque el tiempo y el clima la habían gastado, todavía estaba
completa. Pero evidentemente hacía mucho que el marco había
desaparecido. Me coloqué detrás del cuadro de piedras y miré
atentamente.
Lo que vi fue la cabeza del conde saliendo de la venta
na. No le vi la cara, pero supe que era él por el cuello y el movi
miento de su espalda y sus brazos. De cualquier modo, no podía
confundir aquellas manos, las cuales había estudiado en tantas
oportunidades. En un principio me mostré interesado y hasta
cierto punto entretenido, pues es maravilloso cómo una pequeña
cosa puede interesar y entretener a un hombre que se encuentra
prisionero. Pero mis propias sensaciones se tornaron en repul

46
Drácula de Bram Stoker

sión y terror cuando vi que todo el hombre emergía lentamente


de la ventana y comenzaba a arrastrarse por la pared del casti
llo, sobre el profundo abismo, con la cabeza hacia abajo y con
su manto extendido sobre él a manera de grandes alas. Al prin
cipio no daba crédito a mis ojos. Pensé que se trataba de un
truco de la luz de la luna, algún malévolo efecto de sombras.
Pero continué mirando y no podía ser ningún engaño. Vi cómo
los dedos de las manos y de los pies se sujetaban de las esqui
nas de las piedras, desgastadas claramente de la argamasa por
el paso de los años, y así usando cada proyección y desigual
dad, se movían hacia abajo a una considerable velocidad, de la
misma manera en que una lagartija camina por las paredes.
¿Qué clase de hombre es éste, o qué clase de ente con
apariencia de hombre? Siento que el terror de este horrible lugar
me esta dominando; tengo miedo, mucho miedo, de que no haya
escape posible para mí. Estoy rodeado de tales terrores que no
me atrevo a pensar en ellos...

15 de mayo. Una vez más he visto al conde deslizarse


como lagartija. Caminó hacia abajo, un poco de lado, durante
unos cien pies y tendiendo hacia la izquierda. Allí desapareció
en un agujero o ventana. Cuando su cabeza hubo desaparecido,
me incliné hacia afuera tratando de ver más, pero sin resultado,
ya que la distancia era demasiado grande como para proporcio
narme un ángulo visual favorable. Pero entonces ya sabía yo
que había abandonado el castillo, y pensé que debía aprovechar
la oportunidad para explorar más de lo que hasta entonces me
había atrevido a ver. Regresé al cuarto, y tomando una lámpara,
probé todas las puertas. Todas estaban cerradas con llave, tal
como lo había esperado, y las cerraduras eran comparativamen
te nuevas. Entonces, descendí por las gradas de piedra al corre
dor por donde había entrado originalmente.
Encontré que podía retirar suficientemente fácil los ce
rrojos y destrabar las grandes cadenas; ¡pero la puerta estaba
bien cerrada y no había ninguna llave! La llave debía estar en el
cuarto del conde. Tengo que vigilar en caso de que su puerta
esté sin llave, de manera que pueda conseguirla y escaparme.
Continué haciendo un minucioso examen de varias escalinatas y
pasadizos y pulsé todas las puertas que estaban ante ellos. Una
o dos habitaciones cerca del corredor estaban abiertas, pero no
había nada en ellas, nada que ver excepto viejos muebles, pol
vorientos por el viento y carcomidos de la polilla.

47
Drácula de Bram Stoker

Por fin, sin embargo, encontré una puerta al final de la


escalera, la cual, aunque parecía estar cerrada con llave, cedió
un poco a la presión. La empujó más fuertemente y descubrí que
en verdad no estaba cerrada con llave, sino que la resistencia
provenía de que los goznes se habían caído un poco y que la
pesada puerta descansaba sobre el suelo. Allí había una oportu
nidad que bien pudiera ser única, de tal manera que hice un
esfuerzo supremo, y después de muchos intentos la forcé hacia
atrás de manera que podía entrar. Me encontraba en aquellos
momentos en un ala del castillo mucho más a la derecha que los
cuartos que conocía y un piso más abajo. Desde las ventanas
pude ver que la serie de cuartos estaban situados a lo largo
hacia el sur del castillo, con las ventanas de la última habitación
viendo tanto al este como al sur. De ese último lado, tanto como
del anterior, había un gran precipicio. El castillo estaba construi
do en la esquina de una gran peña, de tal manera que era casi
inexpugnable en tres de sus lados, y grandes ventanas estaban
colocadas aquí donde ni la onda, ni el arco, ni la culebrina po
dían alcanzar, siendo aseguradas así luz y comodidad, a una
posición que tenía que ser resguardada. Hacia el oeste había un
gran valle, y luego, levantándose allá muy lejos, una gran cade
na de montañas dentadas, elevándose pico a pico, donde la
piedra desnuda estaba salpicada por fresnos de montaña y abro
jos, cuyas raíces se agarraban de las rendijas, hendiduras y
rajaduras de las piedras. Esta era evidentemente la porción del
castillo ocupada en días pasados por las damas, pues los mue
bles tenían un aire más cómodo del que hasta entonces había
visto. Las ventanas no tenían cortinas, y la amarilla luz de la luna
reflejándose en las hondonadas diamantinas, permitía incluso
distinguir los colores, mientras suavizaba la cantidad de polvo
que yacía sobre todo, y en alguna medida disfrazaba los efectos
del tiempo y la polilla. Mi lámpara tenía poco efecto en la brillan
te luz de la luna, pero yo estaba alegre de tenerla conmigo, pues
en el lugar había una tenebrosa soledad que hacía temblar mi
corazón y mis nervios. A pesar de todo era mejor que vivir solo
en los cuartos que había llegado a odiar debido a la presencia
del conde, y después de tratar un poco de dominar mis nervios,
me sentí sobrecogido por una suave tranquilidad. Y aquí me
encuentro, sentado en una pequeña mesa de roble donde en
tiempos antiguos alguna bella dama solía tomar la pluma, con
muchos pensamientos y más rubores, para mal escribir su carta
de amor, escribiendo en mi diario en taquigrafía todo lo que ha
pasado desde que lo cerré por última vez. Es el siglo XIX, muy
moderno, con toda su alma. Y sin embargo, a menos que mis

48
Drácula de Bram Stoker

sentidos me engañen, los siglos pasados tuvieron y tienen pode


res peculiares de ellos, que la mera "modernidad" no puede ma
tar.
Más tarde: mañana del 16 de mayo. Dios me preserve
cuerdo, pues a esto estoy reducido. Seguridad, y confianza en la
seguridad, son cosas del pasado. Mientras yo viva aquí sólo hay
una cosa que desear, y es que no me vuelva loco, si de hecho
no estoy loco ya. Si estoy cuerdo, entonces es desde luego en
loquecedor pensar que de todas las cosas podridas que se
arrastran en este odioso lugar, el conde es la menos tenebrosa
para mí; que sólo en él puedo yo buscar la seguridad, aunque
ésta sólo sea mientras pueda servir a sus propósitos. ¡Gran
Dios, Dios piadoso! Dadme la calma, pues en esa dirección in
dudablemente me espera la locura. Empiezo a ver nuevas luces
sobre ciertas cosas que antes me tenían perplejo. Hasta ahora
no sabía verdaderamente lo que quería dar a entender Shakes
peare cuando hizo que Hamlet dijera:
"¡Mis libretas, pronto, mis libretas!
es imprescindible que lo escriba", etc.,
pues ahora, sintiendo como si mi cerebro estuviese desquiciado
o como si hubiese llegado el golpe que terminará en su tras
torno, me vuelvo a mi diario buscando reposo. El hábito de ano
tar todo minuciosamente debe ayudarme a tranquilizar.
La misteriosa advertencia del conde me asustó; pero
más me asusta ahora cuando pienso en ella, pues para lo futuro
tiene un terrorífico poder sobre mí. ¡Tendré dudas de todo lo que
me diga! Una vez que hube escrito en mi diario y que hube colo
cado nuevamente la pluma y el libro en el bolsillo, me sentí so
ñoliento. Recordé inmediatamente la advertencia del conde, pero
fue un placer desobedecerla. La sensación de sueño me había
aletargado, y con ella la obstinación que trae el sueño como un
forastero. La suave luz de la luna me calmaba, y la vasta exten
sión afuera me daba una sensación de libertad que me refresca
ba. Hice la determinación de no regresar aquella noche a las
habitaciones llenas de espantos, sino que dormir aquí donde,
antaño, damas se habían sentado y cantado y habían vivido
dulces vidas mientras sus suaves pechos se entristecían por los
hombres alejados en medio de guerras cruentas. Saqué una
amplia cama de su puesto cerca de una esquina, para poder, al
acostarme, mirar el hermoso paisaje al este y al sur, y sin pensar
y sin tener en cuenta el polvo, me dispuse a dormir. Supongo
que debo haberme quedado dormido; así lo espero, pero temo,

49
Drácula de Bram Stoker

pues todo lo que siguió fue tan extraordinariamente real, tan real,
que ahora sentado aquí a plena luz del sol de la mañana, no
puedo pensar de ninguna manera que estaba dormido.
No estaba solo. El cuarto estaba lo mismo, sin ningún
cambio de ninguna clase desde que yo había entrado en él; a la
luz de la brillante luz de la luna podía ver mis propias pisadas
marcadas donde había perturbado la larga acumulación de pol
vo. En la luz de la luna al lado opuesto donde yo me encontraba
estaban tres jóvenes mujeres, mejor dicho tres damas, debido a
su vestido y a su porte. En el momento en que las vi pensé que
estaba soñando, pues, aunque la luz de la luna estaba detrás de
ellas, no proyectaban ninguna sombra sobre el suelo. Se me
acercaron y me miraron por un tiempo, y entonces comenzaron
a murmurar entre ellas. Dos eran de pelo oscuro y tenían altas
narices aguileñas, como el conde, y grandes y penetrantes ojos
negros, que casi parecían ser rojos contrastando con la pálida
luna amarilla. La otra era rubia; increíblemente rubia, con gran
des mechones de dorado pelo ondulado y ojos como pálidos
zafiros. Me pareció que de alguna manera yo conocía su cara, y
que la conocía en relación con algún sueño tenebroso, pero de
momento no pude recordar dónde ni cómo. Las tres tenían dien
tes blancos brillantes que refulgían como perlas contra el rubí de
sus labios voluptuosos. Algo había en ellas que me hizo sentir
me inquieto; un miedo a la vez nostálgico y mortal. Sentí en mi
corazón un deseo malévolo, llameante, de que me besaran con
esos labios rojos. No está bien que yo anote esto, en caso de
que algún día encuentre los ojos de Mina y la haga padecer;
pero es la verdad. Murmuraron entre sí, y entonces las tres rie
ron, con una risa argentina, musical, pero tan dura como si su
sonido jamás hubiese pasado a través de la suavidad de unos
labios humanos. Era como la dulzura intolerable, tintineante, de
los vasos de agua cuando son tocados por una mano diestra. La
mujer rubia sacudió coquetamente la cabeza, y las otras dos
insistieron en ella. Una dijo:
—¡Adelante! Tú vas primero y nosotras te seguimos; tu
yo es el derecho de comenzar.
La otra agregó:
—Es joven y fuerte. Hay besos para todas.
Yo permanecí quieto, mirando bajo mis pestañas la ago
nía de una deliciosa expectación. La muchacha rubia avanzó y
se inclinó sobre mí hasta que pude sentir el movimiento de su

50
Drácula de Bram Stoker

aliento sobre mi rostro. En un sentido era dulce, dulce como la


miel, y enviaba, como su voz, el mismo tintineo a través de los
nervios, pero con una amargura debajo de lo dulce, una amargu
ra ofensiva como la que se huele en la sangre.
Tuve miedo de levantar mis párpados, pero miré y vi per
fectamente debajo de las pestañas. La muchacha se arrodilló y
se inclinó sobre mí, regocijándose simplemente. Había una vo
luptuosidad deliberada que era a la vez maravillosa y repulsiva, y
en el momento en que dobló su cuello se relamió los labios co
mo un animal, de manera que pude ver la humedad brillando en
sus labios escarlata a la luz de la luna y la lengua roja cuando
golpeaba sus blancos y agudos dientes. Su cabeza descendió y
descendió a medida que los labios pasaron a lo largo de mi boca
y mentón, y parecieron posarse sobre mi garganta. Entonces
hizo una pausa y pude escuchar el agitado sonido de su lengua
que lamía sus dientes y labios, y pude sentir el caliente aliento
sobre mi cuello. Entonces la piel de mi garganta comenzó a
hormiguear como le sucede a la carne de uno cuando la mano
que le va a hacer cosquillas se acerca cada vez más y más.
Pude sentir el toque suave, tembloroso, de los labios en la piel
supersensitiva de mi garganta, y la fuerte presión de dos dientes
agudos, simplemente tocándome y deteniéndose ahí; cerré mis
ojos en un lánguido éxtasis y esperé; esperé con el corazón
latiéndome fuertemente.
Pero en ese instante, otra sensación me recorrió tan rá
pida como un relámpago.
Fui consciente de la presencia del conde, y de su exis
tencia como envuelto en una tormenta de furia. Al abrirse mis
ojos involuntariamente, vi su fuerte mano sujetando el delicado
cuello de la mujer rubia, y con el poder de un gigante arrastrán
dola hacia atrás, con sus ojos azules transformados por la furia,
los dientes blancos apretados por la ira y sus pálidas mejillas
encendidas por la pasión. ¡Pero el conde! Jamás imaginé yo tal
arrebato y furia ni en los demonios del infierno. Sus ojos positi
vamente despedían llamas. La roja luz en ellos era espeluznan
te, como si detrás de ellos se encontraran las llamas del propio
infierno. Su rostro estaba mortalmente pálido y las líneas de él
eran duras como alambres retorcidos; las espesas cejas, que se
unían sobre la nariz, parecían ahora una palanca de metal in
candescente y blanco. Con un fiero movimiento de su mano,
lanzó a la mujer lejos de él, y luego gesticuló ante las otras como
si las estuviese rechazando; era el mismo gesto imperioso que

51
Drácula de Bram Stoker

yo había visto se usara con los lobos. En una voz que, aunque
baja y casi un susurro, pareció cortar el aire y luego resonar por
toda la habitación, les dijo:
—¿Cómo se atreve cualquiera de vosotras a tocarlo?
¿Cómo os atrevéis a poner vuestros ojos sobre él cuando yo os
lo he prohibido? ¡Atrás, os digo a todas! ¡Este hombre me perte
nece! Cuidaos de meteros con él, o tendréis que véroslas con
migo.
La muchacha rubia, con una risa de coquetería rival, se
volvió para responderle:
—Tú mismo jamás has amado; ¡tú nunca amas!
Al oír esto las otras mujeres le hicieron eco, y por el
cuarto resonó una risa tan lúgubre, dura y despiadada, que casi
me desmayé al escucharla. Parecía el placer de los enemigos.
Entonces el conde se volvió después de mirar atentamente mi
cara, y dijo en un suave susurro:
—Sí, yo también puedo amar; vosotras mismas lo sabéis
por el pasado. ¿No es así? Bien, ahora os prometo que cuando
haya terminado con él os dejaré besarlo tanto como queráis.
¡Ahora idos, idos! Debo despertarle porque hay trabajo que ha
cer.
—¿Es que no vamos a tener nada hoy por la noche? —
preguntó una de ellas, con una risa contenida, mientras señala
ba hacia una bolsa que él había tirado sobre el suelo y que se
movía como si hubiese algo vivo allí.
Por toda respuesta, él hizo un movimiento de cabeza.
Una de las mujeres saltó hacia adelante y abrió la bolsa. Si mis
oídos no me engañaron se escuchó un suspiro y un lloriqueo
como el de un niño de pecho. Las mujeres rodearon la bolsa,
mientras yo permanecía petrificado de miedo. Pero al mirar otra
vez ya habían desaparecido, y con ellas la horripilante bolsa. No
había ninguna puerta cerca de ellas, y no es posible que hayan
pasado sobre mí sin yo haberlo notado. Pareció que simplemen
te se desvanecían en los rayos de la luz de la luna y salían por la
ventana, pues yo pude ver afuera las formas tenues de sus
sombras, un momento antes de que desaparecieran por comple
to.
Entonces el horror me sobrecogió, y me hundí en la in
consciencia.

52
Drácula de Bram Stoker

IV
Del diario de Jonathan Harker
(Continuación)

esperté en mi propia cama. Si es que no ha sido


todo un sueño, el conde me debe de haber traído
D en brazos hasta aquí. Traté de explicarme el su
ceso, pero no pude llegar a ningún resultado cla
ro. Para estar seguro, había ciertas pequeñas
evidencias, tales como que mi ropa estaba doblada y arreglada
de manera extraña. Mi reloj no tenía cuerda, y yo estoy riguro
samente acostumbrado a darle cuerda como última cosa antes
de acostarme, y otros detalles parecidos. Pero todas estas cosas
no son ninguna prueba definitiva, pues pueden ser evidencias de
que mi mente no estaba en su estado normal, y, por una u otra
causa, la verdad es que había estado muy excitado. Tengo que
observar para probar. De una cosa me alegro: si fue el conde el
que me trajo hasta aquí y me desvistió, debe haberlo hecho todo
deprisa, pues mis bolsillos estaban intactos. Estoy seguro de
que este diario hubiera sido para él un misterio que no hubiera
soportado. Se lo habría llevado o lo habría destruido. Al mirar en
torno de este cuarto, aunque ha sido tan intimidante para mí, veo
que es ahora una especie de santuario, pues nada puede ser
más terrible que esas monstruosas mujeres que estaban allí —
están esperando para chuparme la sangre.

18 de mayo. He estado otra vez abajo para echar otra


mirada al cuarto aprovechando la luz del día, pues debo saber la
verdad. Cuando llegué a la puerta al final de las gradas la encon
tré cerrada. Había sido empujada con tal fuerza contra el batien
te, que parte de la madera se había astillado. Pude ver que el
cerrojo de la puerta no se había corrido, pero la puerta se en
cuentra atrancada por el lado de adentro. Temo que no haya
sido un sueño, y debo actuar de acuerdo con esta suposición.

53
Drácula de Bram Stoker

19 de mayo. Es seguro que estoy en las redes. Anoche


el conde me pidió, en el más suave de los tonos, que escribiera
tres cartas: una diciendo que mi trabajo aquí ya casi había ter
minado, y que saldría para casa dentro de unos días; otra di
ciendo que salía a la mañana siguiente de que escribía la carta,
y una tercera afirmando que había dejado el castillo y había
llegado a Bistritz. De buena gana hubiese protestado, pero sentí
que en el actual estado de las cosas sería una locura tener un
altercado con el conde, debido a que me encuentro absoluta
mente en su poder; y negarme hubiera sido despertar sus sos
pechas y excitar su cólera. Él sabe que yo sé demasiado, y que
no debo vivir, pues sería peligroso para él; mi única probabilidad
radica en prolongar mis oportunidades.
Puede ocurrir algo que me dé una posibilidad de esca
par. Vi en sus ojos algo de aquella ira que se manifestó cuando
arrojó a la mujer rubia lejos de sí. Me explicó que los empleos
eran pocos e inseguros, y que al escribir ahora seguramente le
daría tranquilidad a mis amigos; y me aseguró con tanta insis
tencia que enviaría las últimas cartas (las cuales serían deteni
das en Bistritz hasta el tiempo oportuno en caso de que el azar
permitiera que yo prolongara mi estancia) que oponérmele hu
biera sido crear nuevas sospechas. Por lo tanto, pretendí estar
de acuerdo con sus puntos de vista y le pregunté qué fecha de
bía poner en las cartas. Él calculó un minuto. Luego, dijo:
—La primera debe ser del 12 de junio, la segunda del 19
de junio y la tercera del 29 de junio.
Ahora sé hasta cuando viviré. ¡Dios me ampare!

28 de mayo. Se me ofrece una oportunidad para esca


parme, o al menos para enviar un par de palabras a casa. Una
banda de cíngaros ha venido al castillo y han acampado en el
patio interior. Estos no son otra cosa que gitanos; tengo ciertos
datos de ellos en mi libro. Son peculiares de esta parte del mun
do, aunque se encuentran aliados a los gitanos ordinarios en
todos los países. Hay miles de ellos en Hungría y Transilvania
viviendo casi siempre al margen de la ley. Se adscriben por regla
a algún noble o boyar, y se llaman a sí mismos con el nombre de
él. Son indomables y sin religión, salvo la superstición, y sólo
hablan sus propios dialectos.
Escribiré algunas cartas a mi casa y trataré de conven
cerlos de que las pongan en el correo. Ya les he hablado a tra

54
Drácula de Bram Stoker

vés de la ventana para comenzar a conocerlos. Se quitaron los


sombreros e hicieron muchas reverencias y señas, las cuales,
sin embargo, no pude entender más de lo que entiendo la lengua
que hablan...
He escrito las cartas. La de Mina en taquigrafía, y sim
plemente le pido al señor Hawkins que se comunique con ella. A
ella le he explicado mi situación, pero sin los horrores que sólo
puedo suponer. Si le mostrara mi corazón, le daría un susto que
hasta podría matarla. En caso de que las cartas no pudiesen ser
despachadas, el conde no podrá conocer mi secreto ni tampoco
el alcance de mis conocimientos...
He entregado las cartas; las lancé a través de los barro
tes de mi ventana, con una moneda de oro, e hice las señas que
pude queriendo indicar que debían ponerlas en el correo. El
hombre que las recogió las apretó contra su corazón y se inclinó,
y luego las metió en su gorra. No pude hacer más. Regresé sigi-
losamente a la biblioteca y comencé a leer. Como el conde no
vino, he escrito aquí...
El conde ha venido. Se sentó a mi lado y me dijo con la
más suave de las voces al tiempo que abría dos cartas:
—Los gitanos me han dado éstas, de las cuales, aunque
no sé de donde provienen, por supuesto me ocuparé. ¡Ved! (de
be haberla mirado antes), una es de usted, y dirigida a mi amigo
Peter Hawkins; la otra —y aquí vio él por primera vez los extra
ños símbolos al abrir el sobre, y la turbia mirada le apareció en el
rostro y sus ojos refulgieron malignamente—, la otra es una cosa
vil, ¡un insulto a la amistad y a la hospitalidad! No está firmada,
así es que no puede importarnos.
Y entonces, con gran calma, sostuvo la carta y el sobre
en la llama de la lámpara hasta que se consumieron. Después
de eso, continuó:
—La carta para Hawkins, esa, por supuesto, ya que es
suya, la enviaré. Sus cartas son sagradas para mí. Perdone
usted, mi amigo, que sin saberlo haya roto el sello. ¿No quiere
usted meterla en otro sobre?
Me extendió la carta, y con una reverencia cortés me dio
un sobre limpio. Yo sólo pude escribir nuevamente la dirección y
se lo devolví en silencio. Cuando salió del cuarto escuché que la
llave giraba suavemente. Un minuto después fui a ella y traté de
abrirla. La puerta estaba cerrada con llave.

55
Drácula de Bram Stoker

Cuando, una o dos horas después, el conde entró silen


ciosamente en el cuarto, su llegada me despertó, pues me había
dormido en el sofá. Estuvo muy cortés y muy alegre a su mane
ra, y viendo que yo había dormido, dijo:
—¿De modo, mi amigo, que usted está cansado? Váya
se a su cama. Allí es donde podrá descansar más seguro. Pue
de que no tenga el placer de hablar por la noche con usted, ya
que tengo muchas tareas pendientes; pero deseo que duerma
tranquilo.
Me fui a mi cuarto y me acosté en la cama; raro es de
decir, dormí sin soñar. La desesperación tiene sus propias cal
mas.

31 de mayo. Esta mañana, cuando desperté, pensé que


sacaría algunos papeles y sobres de mi portafolios y los guarda
ría en mi bolsillo, de manera que pudiera escribir en caso de
encontrar alguna oportunidad; pero otra vez una sorpresa me
esperaba. ¡Una gran sorpresa!
No pude encontrar ni un pedazo de papel. Todo había
desaparecido, junto con mis notas, mis apuntes relativos al fe
rrocarril y al viaje, mis credenciales. De hecho, todo lo que me
pudiera ser útil una vez que yo saliera del castillo. Me senté y
reflexioné unos instantes; entonces se me ocurrió una idea y me
dirigí a buscar mi maleta ligera, y al guardarropa donde había
colocado mis trajes.
El traje con que había hecho el viaje había desapareci
do, y también mi abrigo y mi manta; no pude encontrar huellas
de ellos por ningún lado. Esto me pareció una nueva villanía...

17 de junio. Esta mañana, mientras estaba sentado a la


orilla de mi cama devanándome los sesos, escuché afuera el
restallido de unos látigos y el golpeteo de los cascos de unos
caballos a lo largo del sendero de piedra, más allá del patio. Con
alegría me dirigí rápidamente a la ventana y vi como entraban en
el patio dos grandes diligencias, cada una de ellas tirada por
ocho briosos corceles, y a la cabeza de cada una de ellas un par
de eslovacos tocados con anchos sombreros, cinturones tacho
nados con grandes clavos, sucias pieles de cordero y altas bo
tas. También llevaban sus largas duelas en la mano. Corrí hacia

56
Drácula de Bram Stoker

la puerta, intentando descender para tratar de alcanzarlos en el


corredor principal, que pensé debía estar abierto esperándolos.
Una nueva sorpresa me esperaba: mi puerta estaba atrancada
porfuera.
Entonces, corrí hacia la ventana y les grité. Me miraron
estúpidamente y señalaron hacia mí, pero en esos instantes el
"atamán" de los gitanos salió, y viendo que señalaban hacia mi
ventana, dijo algo, por lo que ellos se echaron a reír. Después de
eso ningún esfuerzo mío, ningún lastimero ni agonizante grito los
movió a que me volvieran a ver. Resueltamente me dieron la
espalda y se alejaron. Los coches contenían grandes cajas cua
dradas, con agarraderas de cuerda gruesa; evidentemente esta
ban vacías por la manera fácil con que los eslovacos las descar
garon, y por la resonancia al arrastrarlas por el suelo. Cuando
todas estuvieron descargadas y agrupadas en un montón en una
esquina del patio, los eslovacos recibieron algún dinero del gi
tano, y después de escupir sobre él para que les trajera suerte,
cada uno se fue a su correspondiente carruaje, caminando pere
zosamente. Poco después escuché el restallido de sus látigos
morirse en la distancia.

24 de junio, antes del amanecer. Anoche el conde me


dejó muy temprano y se encerró en su propio cuarto. Tan pronto
como me atreví, corrí subiendo por la escalera de caracol y miré
por la ventana que da hacia el sur. Pensé que debía vigilar al
conde, pues algo estaba sucediendo. Los gitanos están acam
pados en algún lugar del castillo y le están haciendo algún traba
jo. Lo sé, porque de vez en cuando escucho a lo lejos el apaga
do ruido como de zapapicos y palas, y, sea lo que sea, debe ser
la terminación de alguna horrenda villanía.
Había estado viendo por la ventana algo menos de me
dia hora cuando vi que algo salía de la ventana del conde. Re
trocedí y observé cuidadosamente, y vi salir al hombre. Fue una
sorpresa para mí descubrir que se había puesto el traje que yo
había usado durante mi viaje hacia este lugar, y que de su hom
bro colgaba la terrible bolsa que yo había visto que las mujeres
se habían llevado. ¡No podía haber duda acerca de sus propósi
tos, y además con mi indumentaria! Esta es, entonces, su nueva
treta diabólica: permitirá que otros me vean, de manera que por
un lado quede la evidencia de que he sido visto en los pueblos o
aldeas poniendo mis propias cartas al correo, y por el otro lado,

57
Drácula de Bram Stoker

que cualquier maldad que él pueda hacer sea atribuida por la


gente de la localidad a mi persona.
Me enfurece pensar que esto pueda seguir así, y mien
tras tanto yo permanezco encerrado aquí, como un verdadero
prisionero, pero sin esa protección de la ley que es incluso el
derecho y la consolación de los criminales.
Pensé que podría observar el regreso del conde, y du
rante largo tiempo me senté tenazmente al lado de la ventana.
Entonces comencé a notar que había unas pequeñas manchas
de prístina belleza flotando en los rayos de la luz de la luna. Eran
como las más ínfimas partículas de polvo, y giraban en torbelli
nos y se agrupaban en cúmulos en forma parecida a las nebulo
sas. Las observé con un sentimiento de tranquilidad, y una es
pecie de calma invadió todo mi ser. Me recliné en busca de una
postura más cómoda, de manera que pudiera gozar más plena
mente de aquel etéreo espectáculo.
Algo me sobresaltó; un aullido leve, melancólico, de pe
rros en algún lugar muy lejos en el valle allá abajo que estaba
escondido a mis ojos. Sonó más fuertemente en los oídos, y las
partículas de polvo flotante tomaron nuevas formas, como si
bailasen al compás de una danza a la luz de la luna. Sentí hacer
esfuerzos desesperados por despertar a algún llamado de mis
instintos; no, más bien era mi propia alma la que luchaba y mi
sensibilidad medio adormecida trataba de responder al llamado.
¡Me estaban hipnotizando! El polvo bailó más rápidamente. Los
rayos de la luna parecieron estremecerse al pasar cerca de mí
en dirección a la oscuridad que tenía detrás. Se unieron, hasta
que parecieron tomar las tenues formas de unos fantasmas. Y
entonces desperté completamente y en plena posesión de mis
sentidos, y eché a correr gritando y huyendo del lugar. Las for
mas fantasmales que estaban gradualmente materializándose
de los rayos de la luna eran las de aquellas tres mujeres fantas
males a quienes me encontraba condenado. Huí, y me sentí un
tanto más seguro en mi propio cuarto, donde no había luz de la
luna y donde la lámpara ardía brillantemente.
Después de que pasaron unas cuantas horas escuché
algo moviéndose en el cuarto del conde; algo como un agudo
gemido suprimido velozmente. Y luego todo quedó en silencio,
en un profundo y horrible silencio que me hizo estremecer. Con
el corazón latiéndome desaforadamente, pulsé la puerta; pero
me encontraba encerrado con llave en mi prisión, y no podía
hacer nada. Me senté y me puse simplemente a llorar.

58
Drácula de Bram Stoker

Mientras estaba sentado escuché un ruido afuera, en el


patio: el agonizante grito de una mujer. Corrí a la ventana y
subiéndola de golpe, espié entre los barrotes. De hecho, ahí
afuera había una mujer con el pelo desgreñado, agarrándose las
manos sobre su corazón como víctima de un gran infortunio.
Estaba reclinada contra la esquina del zaguán. Cuando vio mi
cara en la ventana se lanzó hacia adelante, y grito en una voz
cargada con amenaza:
—¡Monstruo, devuélveme a mi hijo!
Cayó de rodillas, y alzando los brazos gritó algunas pa
labras en tonos que atormentaron mi corazón. Luego se arrancó
el pelo y se golpeó el pecho, y se abandonó a todas las violen
cias de emoción extravagante. Finalmente, corrió, y, aunque yo
no podía verla, podía escuchar como golpeaba con sus desnu
das manos la puerta.
En algún lugar bastante arriba de mí, probablemente en
la torre, escuché la voz del conde llamando en su susurro duro y
metálico. Su llamado pareció ser respondido desde lejos y por
todos lados por los aullidos de los lobos. Antes de que hubiesen
pasado muchos minutos, una manada de ellos entró, como una
presa desbordada, a través de la amplia entrada del patio.
No se escucharon gritos de la mujer, y los aullidos de los
lobos duraron poco tiempo. Al poco rato se retiraron de uno en
uno, todavía relamiéndose los hocicos.
No sentí lástima por la mujer, pues sabía lo que le había
sucedido a su hijo, y era mejor que estuviese muerta. ¿Qué ha
ré? ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo escapar de esta horripi
lante noche de terror y miedo?

25 de junio, por la mañana. Nadie sabe hasta que ha su


frido los horrores de la noche, qué dulce y agradable puede ser
para su corazón y sus ojos la llegada de la mañana. Cuando el
sol se elevó esta mañana tan alto que alumbró la parte superior
del portón opuesto a mi ventana, el oscuro lugar que iluminaba
me pareció a mí como si la paloma del arca hubiese estado allí.
Mi temor se evaporó cual una indumentaria vaporosa que se
disolviera con el calor. Debo ponerme en acción de alguna ma
nera mientras me dura el valor del día. Anoche una de mis car
tas ya fechada fue puesta en el correo, la primera de esa serie
fatal que ha de borrar toda traza de mi existencia en la tierra.

59
Drácula de Bram Stoker

No debo pensar en ello. ¡Debo actuar!


Siempre ha sido durante la noche cuando he sido moles
tado o amenazado; donde me he encontrado en alguna u otra
forma en peligro o con miedo. Todavía no he visto al conde a la
luz del día. ¿Será posible que él duerma cuando los otros están
despiertos, y que esté despierto cuando todos duermen? ¡Si sólo
pudiera llegar a su cuarto! Pero no hay camino posible. La puer
ta siempre está cerrada; no hay manera para mí de llegar a él.
Miento. Hay un camino, si uno se atreve a tomarlo. Por
donde ha pasado su cuerpo, ¿por qué no puede pasar otro
cuerpo? Yo mismo lo he visto arrastrarse desde su ventana.
¿Por qué no puedo yo imitarlo, y arrastrarme para entrar por su
ventana? Las probabilidades son muy escasas, pero la necesi
dad me obliga a correr todos los riesgos.
Correré el riesgo. Lo peor que me puede suceder es la
muerte; pero la muerte de un hombre no es la muerte de un
ternero, y el tenebroso "más allá" todavía puede ofrecerme opor
tunidades. ¡Que Dios me ayude en mi empresa! Adiós, Mina, si
fracaso; adiós, mi fiel amigo y segundo padre; adiós, todo, y
como última cosa, ¡adiós Mina!
Mismo día, más tarde. He hecho el esfuerzo, y con ayu
da de Dios he regresado a salvo a este cuarto. Debo escribir en
orden cada detalle. Fui, mientras todavía mi valor estaba fresco,
directamente a la ventana del lado sur, y salí fuera de este lado.
Las piedras son grandes y están cortadas toscamente, y por el
proceso del tiempo el mortero se ha desgastado. Me quité las
botas y me aventuré como un desesperado. Miré una vez hacia
abajo, como para asegurarme de que una repentina mirada de la
horripilante profundidad no me sobrecogería, pero después de
ello mantuve los ojos viendo hacia adelante. Conozco bastante
bien la ventana del conde, y me dirigí hacia ella lo mejor que
pude, atendiendo a las oportunidades que se me presentaban.
No me sentí mareado, supongo que estaba demasiado nervioso,
y el tiempo que tardé en llegar hasta el antepecho de la ventana
me pareció ridículamente corto. En un santiamén me encontré
tratando de levantar la guillotina. Sin embargo, cuando me desli
cé con los pies primero a través de la ventana, era presa de una
terrible agitación. Luego busqué por todos lados al conde, pero,
con sorpresa y alegría, hice un descubrimiento: ¡el cuarto estaba
vacío!

60
Drácula de Bram Stoker

Apenas estaba amueblado con cosas raras, que pare


cían no haber sido usadas nunca; los muebles eran de un estilo
algo parecido a los que había en los cuartos situados al sur, y
estaban cubiertos de polvo. Busqué la llave, pero no estaba en
la cerradura, y no la pude encontrar por ningún lado. Lo único
que encontré fue un gran montón de oro en una esquina, oro de
todas clases, en monedas romanas y británicas, austriacas y
húngaras, griegas y turcas. Las monedas estaban cubiertas de
una película de polvo, como si hubiesen yacido durante largo
tiempo en el suelo. Ninguna de las que noté tenía menos de
trescientos años. También había cadenas y adornos, algunos
enjoyados, pero todos viejos y descoloridos.
En una esquina del cuarto había una pesada puerta. La
empujé, pues, ya que no podía encontrar la llave del cuarto o la
llave de la puerta de afuera, lo cual era el principal objetivo de mi
búsqueda, tenía que hacer otras investigaciones, o todos mis
esfuerzos serían vanos. La puerta que empujé estaba abierta, y
me condujo a través de un pasadizo de piedra hacia una escale
ra de caracol, que bajaba muy empinada. Descendí, poniendo
mucho cuidado en donde pisaba, pues las gradas estaban oscu
ras, siendo alumbradas solamente por las troneras de la pesada
mampostería. En el fondo había un pasadizo oscuro, semejante
a un túnel, a través del cual se percibía un mortal y enfermizo
olor: el olor de la tierra recién volteada. A medida que avancé
por el pasadizo, el olor se hizo más intenso y más cercano. Fi
nalmente, abrí una pesada puerta que estaba entornada y me
encontré en una vieja y arruinada capilla, que evidentemente
había sido usada como cementerio. El techo estaba agrietado, y
en los lugares había gradas que conducían a bóvedas, pero el
suelo había sido recientemente excavado y la tierra había sido
puesta en grandes cajas de madera, manifiestamente las que
transportaran los eslovacos. No había nadie en los alrededores,
y yo hice un minucioso registro de cada pulgada de terreno. Bajé
incluso a las bóvedas, donde la tenue luz luchaba con las som
bras, aunque al hacerlo mi alma se llenó del más terrible horror.
Fui a dos de éstas, pero no vi nada sino fragmentos de viejos
féretros y montones de polvo; sin embargo, en la tercera, hice un
descubrimiento.
¡Allí, en una de las grandes cajas, de las cuales en total
había cincuenta, sobre un montón de tierra recién excavada,
yacía el conde! Estaba o muerto o dormido; no pude saberlo a
ciencia cierta, pues sus ojos estaban abiertos y fijos, pero con la
vidriosidad de la muerte, y sus mejillas tenían el calor de la vida

61
Drácula de Bram Stoker

a pesar de su palidez; además, sus labios estaban rojos como


nunca. Pero no había ninguna señal de movimiento, ni pulso, ni
respiración, ni el latido del corazón. Me incliné sobre él y traté de
encontrar algún signo de vida, pero en vano. No podía haber
yacido allí desde hacía mucho tiempo, pues el olor a tierra se
habría disipado en pocas horas. Al lado de la caja estaba su
tapa, atravesada por hoyos aquí y allá. Pensé que podía tener
las llaves con él, pero cuando iba a registrarlo vi sus ojos muer
tos, y en ellos, a pesar de estar muertos, una mirada de tal odio,
aunque inconsciente de mí o de mi presencia, que huí del lugar,
y abandonando el cuarto del conde por la ventana me deslicé
otra vez por la pared del castillo. Al llegar otra vez a mi cuarto
me tiré jadeante sobre la cama y traté de pensar...

29 de junio. Hoy es la fecha de mi última carta, y el con


de ha dado los pasos necesarios para probar que es auténtica,
pues otra vez lo he visto abandonar el castillo por la misma ven
tana y con mi ropa. Al verlo deslizarse por la ventana, al igual
que una lagartija, sentí deseos de tener un fusil o alguna arma
letal para poder destruirlo; pero me temo que ninguna arma ma
nejada solamente por la mano de un hombre pueda tener algún
efecto sobre él. No me atreví a esperar por su regreso, pues
temí ver a sus malvadas hermanas. Regresé a la biblioteca y leí
hasta quedarme dormido.
Fui despertado por el conde, quien me miró tan torva
mente como puede mirar un hombre, al tiempo que me dijo:
—Mañana, mi amigo, debemos partir. Usted regresará a
su bella Inglaterra, yo a un trabajo que puede tener un fin tal que
nunca nos encontremos otra vez. Su carta a casa ha sido des
pachada; mañana no estaré aquí, pero todo estará listo para su
viaje. En la mañana vienen los gitanos, que tienen algunos tra
bajos propios de ellos, y también vienen los eslovacos. Cuando
se hayan marchado, mi carruaje vendrá a traerlo y lo llevará
hasta el desfiladero de Borgo, para encontrarse ahí con la dili
gencia que va de Bucovina a Bistritz. Pero tengo la esperanza
de que nos volveremos a ver en el castillo de Drácula.
Yo sospeché de sus palabras, y determiné probar su
sinceridad. ¡Sinceridad! Parece una profanación de la palabra en
conexión con un monstruo como éste, de manera que le hablé
sin rodeos:
—¿Por qué no puedo irme hoy por la noche?

62
Drácula de Bram Stoker

—Porque, querido señor, mi cochero y los caballos han


salido en una misión.
—Pero yo caminaría de buen gusto. Lo que deseo es sa
lir de aquí cuanto antes.
Él sonrió, con una sonrisa tan suave, delicada y diabóli
ca, que inmediatamente supe que había algún truco detrás de su
amabilidad; dijo:
—¿Y su equipaje?
—No me importa. Puedo enviar a recogerlo después.
El conde se puso de pie y dijo, con una dulce cortesía
que me hizo frotar los ojos, pues parecía real:
—Ustedes los ingleses tienen un dicho que es querido a
mi corazón, pues su espíritu es el mismo que regula a nuestros
boyars: "Dad la bienvenida al que llega; apresurad al huésped
que parte." Venga conmigo, mi querido y joven amigo. Ni una
hora más estará usted en mi casa contra sus deseos, aunque
me entristece que se vaya, y que tan repentinamente lo desee.
Venga.
Con majestuosa seriedad, él, con la lámpara, me prece
dió por las escaleras y a lo largo del corredor. Repentinamente
se detuvo.
—¡Escuche!
El aullido de los lobos nos llegó desde cerca. Fue casi
como si los aullidos brotaran al alzar él su mano, semejante a
como surge la música de una gran orquesta al levantarse la
batuta del conductor. Después de un momento de pausa, él
continuó, en su manera majestuosa, hacia la puerta. Corrió los
enormes cerrojos, destrabó las pesadas cadenas y comenzó a
abrirla.
Ante mi increíble asombro, vi que estaba sin llave. Sos
pechosamente, miré por todos los lados a mi alrededor, pero no
pude descubrir llave de ninguna clase.
A medida que comenzó a abrirse la puerta, los aullidos
de los lobos aumentaron en intensidad y cólera: a través de la
abertura de la puerta se pudieron ver sus rojas quijadas con
agudos dientes y las garras de las pesadas patas cuando salta
ban. Me di cuenta de que era inútil luchar en aquellos momentos
contra el conde. No se podía hacer nada teniendo él bajo su

63
Drácula de Bram Stoker

mando a semejantes aliados. Sin embargo, la puerta continuó


abriéndose lentamente, y ahora sólo era el cuerpo del conde el
que cerraba el paso.
Repentinamente me llegó la idea de que a lo mejor aquel
era el momento y los medios de mi condena; iba a ser entregado
a los lobos, y a mi propia instigación. Había una maldad diabóli
ca en la idea, suficientemente grande para el conde, y como
última oportunidad, grité:
—¡Cierre la puerta! ¡Esperaré hasta mañana!
Me cubrí el rostro con mis manos para ocultar las lágri
mas de amarga decepción.
Con un movimiento de su poderoso brazo, el conde ce
rró la puerta de golpe, y los grandes cerrojos sonaron y produje
ron ecos a través del corredor, al tiempo que caían de regreso
en sus puestos. Regresamos a la biblioteca en silencio, y des
pués de uno o dos minutos yo me fui a mi cuarto. Lo último que
vi del conde Drácula fue su terrible mirada, con una luz roja de
triunfo en los ojos y con una sonrisa de la que Judas, en el in
fierno, podría sentirse orgulloso.
Cuando estuve en mi cuarto y me encontraba a punto de
acostarme, creí escuchar unos murmullos al otro lado de mi
puerta. Me acerqué a ella en silencio y escuché. A menos que
mis oídos me engañaran, oí la voz del conde:
—¡Atrás, atrás, a vuestro lugar! Todavía no ha llegado
vuestra hora. ¡Esperad! ¡Tened paciencia! Esta noche es la mía.
Mañana por la noche es la vuestra.
Hubo un ligero y dulce murmullo de risas, y en un exce
so de furia abrí la puerta de golpe y vi allí afuera a aquellas tres
terribles mujeres lamiéndose los labios. Al aparecer yo, todas se
unieron en una horrible carcajada y salieron corriendo.
Regresé a mi cuarto y caí de rodillas. ¿Está entonces
tan cerca el final? ¡Mañana! ¡Mañana! Señor, ¡ayudadme, y a
aquellos que me aman!

30 de junio, por la mañana. Estas pueden ser las últimas


palabras que jamás escriba en este diario. Dormí hasta poco
antes del amanecer, y al despertar caí de rodillas, pues estoy
determinado a que si viene la muerte me encuentre preparado.

64
Drácula de Bram Stoker

Finalmente sentí aquel sutil cambio del aire y supe que


la mañana había llegado.
Luego escuché el bien venido canto del gallo y sentí que
estaba a salvo. Con alegre corazón abrí la puerta y corrí escale
ras abajo, hacia el corredor. Había visto que la puerta estaba
cerrada sin llave, y ahora estaba ante mí la libertad. Con manos
que temblaban de ansiedad, destrabé las cadenas y corrí los
pasados cerrojos.
Pero la puerta no se movió. La desesperación se apode
ró de mí. Tiré repetidamente de la puerta y la empujé hasta que,
a pesar de ser muy pesada, se sacudió en sus goznes. Pude ver
que tenía pasado el pestillo. Le habían echado llave después de
que yo dejé al conde.
Entonces se apoderó de mi un deseo salvaje de obtener
la llave a cualquier precio, y ahí mismo determiné escalar la
pared y llegar otra vez al cuarto del conde.
Podía matarme, pero la muerte parecía ahora el menor
de todos los males. Sin perder tiempo, corrí hasta la ventana del
este y me deslicé por la pared, como antes, al cuarto del conde.
Estaba vacío, pero eso era lo que yo esperaba. No pude ver la
llave por ningún lado, pero el montón de oro permanecía en su
puesto. Pasé por la puerta en la esquina y descendí por la esca
linata circular y a lo largo del oscuro pasadizo hasta la vieja capi
lla. Ya sabía yo muy bien donde encontrar al monstruo que bus
caba.
La gran caja estaba en el mismo lugar, recostada contra
la pared, pero la tapa había sido puesta, con los clavos listos en
su lugar para ser metidos aunque todavía no se había hecho
esto. Yo sabía que tenía que llegar al cuerpo para buscar la
llave, de tal manera que levanté la tapa y la recliné contra la
pared; y entonces vi algo que llenó mi alma de terror. Ahí yacía
el conde, pero mirándose tan joven como si hubiese sido rejuve
necido pues su pelo blanco y sus bigotes habían cambiado a un
gris oscuro; las mejillas estaban más llenas, y la blanca piel pa
recía un rojo rubí debajo de ellas; la boca estaba más roja que
nunca; sobre sus labios había gotas de sangre fresca que caían
en hilillos desde las esquinas de su boca y corrían sobre su bar
billa y su cuello. Hasta sus ojos, profundos y centellantes, pare
cían estar hundidos en medio de la carne hinchada, pues los
párpados y las bolsas debajo de ellos estaban abotagados. Pa

65
Drácula de Bram Stoker

recía como si la horrorosa criatura simplemente estuviese sacia


da con sangre.
Yacía como una horripilante sanguijuela, exhausta por el
hartazgo. Temblé al inclinarme para tocarlo, y cada sentido en
mí se rebeló al contacto; pero tenía que hurgar en sus bolsillos,
o estaba perdido. La noche siguiente podía ver mi propio cuerpo
servir de banquete de una manera similar para aquellas horroro
sas tres. Caí sobre el cuerpo, pero no pude encontrar señales de
la llave. Entonces me detuve y miré al conde.
Había una sonrisa burlona en su rostro hinchado que pa
reció volverme loco. Aquél era el ser al que yo estaba ayudando
a trasladarse a Londres, donde, quizá, en los siglos venideros
podría saciar su sed de sangre entre sus prolíficos millones, y
crear un nuevo y siempre más amplio círculo de semidemonios
para que se cebaran entre los indefensos. El mero hecho de
pensar aquello me volvía loco. Sentí un terrible deseo de salvar
al mundo de semejante monstruo. No tenía a mano ninguna
arma letal, pero tomé la pala que los hombres habían estado
usando para llenar las cajas y, levantándola a lo alto, golpeé con
el filo la odiosa cara. Pero al hacerlo así, la cabeza se volvió y
los ojos recayeron sobre mí con todo su brillo de horrendo basi
lisco. Su mirada pareció paralizarme y la pala se volteó en mi
mano esquivando la cara, haciendo apenas una profunda inci
sión sobre la frente. La pala se cayó de mis manos sobre la caja,
y al tirar yo de ella, el reborde de la hoja se trabó en la orilla de
la tapa, que cayó otra vez sobre el cajón escondiendo la horro
rosa imagen de mi vista. El último vistazo que tuve fue del rostro
hinchado, manchado de sangre y fijo, con una mueca de malicia
que hubiese sido muy digna en el más profundo de los infiernos.
Pensé y pensé cuál sería mi próximo movimiento, pero
parecía que mi cerebro estaba en llamas, y esperé con una de
sesperación que sentía crecer por momentos.
Mientras esperaba escuché a lo lejos un canto gitano en
tonado por voces alegres que se acercaban, y a través del canto
el sonido de las pesadas ruedas y los restallantes látigos; los
gitanos y los eslovacos de quienes el conde había hablado, lle
gaban. Echando una última mirada a la caja que contenía el vil
cuerpo, salí corriendo de aquel lugar y llegué hasta el cuarto del
conde, determinado a salir de improviso en el instante en que la
puerta se abriera. Con oídos atentos, escuché, y oí abajo el chi
rrido de la llave en la gran cerradura y el sonido de la pesada
puerta que se abría. Debe haber habido otros medios de entra

66
Drácula de Bram Stoker

da, o alguien tenía una llave para una de las puertas cerradas.
Entonces llegó hasta mí el sonido de muchos pies que camina
ban, muriéndose en algún pasaje que enviaba un eco retumban
te. Quise dirigirme nuevamente corriendo hacia la bóveda, don
de tal vez podría encontrar la nueva entrada; pero en ese mo
mento un violento golpe de viento pareció penetrar en el cuarto,
y la puerta que conducía a la escalera de caracol se cerró de un
golpe tan fuerte que levantó el polvo de los dinteles. Cuando
corrí a abrir la puerta, encontré que estaba herméticamente ce
rrada. De nuevo era prisionero, y la red de mi destino parecía
irse cerrando cada vez más.
Mientras escribo esto, en el pasadizo debajo de mí se
escucha el sonido de muchos pies pisando y el ruido de pesos
bruscamente depositados, indudablemente las cajas con su
cargamento de tierra. También se oye el sonido de un martillo;
es la caja del conde, que están cerrando. Ahora puedo escuchar
nuevamente los pesados pies avanzando a lo largo del corredor,
con muchos otros pies inútiles siguiéndolos detrás.
Se cierra la puerta, las cadenas chocan entre sí al ser
colocadas; se oye el chirrido de la llave en la cerradura; puedo
incluso oír cuando la llave se retira; entonces se abre otra puerta
y se cierra; oigo los crujidos de la cerradura y de los cerrojos.
¡Oíd! En el patio y a lo largo del rocoso sendero van las
pesadas ruedas, el chasquido de los látigos y los coros de los
gitanos a medida que desaparecen en la distancia. Estoy solo en
el castillo con esas horribles mujeres.
¡Puf! Mina es una mujer, y no tiene nada en común con
ellas. Estas son diablesas del averno.
No permaneceré aquí solo con ellas; trataré de escalar
la pared del castillo más lejos de lo que lo he intentado hasta
ahora. Me llevaré algún oro conmigo, pues podría necesitarlo
más tarde. Tal vez encuentre alguna manera de salir de este
horrendo lugar.
Y entonces, ¡rápido a casa! ¡Rápido al más veloz y más
cercano de los trenes! ¡Lejos de este maldito lugar, de esta mal
dita tierra donde el demonio y sus hijos todavía caminan con
pies terrenales!.
Por lo menos la bondad de Dios es mejor que la de es
tos monstruos, y el precipicio es empinado y alto. A sus pies, un

67
Drácula de Bram Stoker

hombre puede dormir como un hombre. ¡Adiós, todo! ¡Adiós,


Mina!.

68
Drácula de Bram Stoker

V
La carta de la señorita Mina Murray a
la señorita Lucy Westenra

de mayo
“Mi muy querida Lucy:

9 “Perdona mi tardanza en escribirte, pero


he estado verdaderamente sobrecargada de
trabajo. La vida de una ayudante de director de
escuela es angustiosa. Me muero de ganas de
estar contigo, y a orillas del mar, donde podamos hablar con
libertad y construir nuestros castillos en el aire. Últimamente he
estado trabajando mucho, debido a que quiero mantener el nivel
de estudios de Jonathan, y he estado practicando muy activa
mente la taquigrafía. Cuando nos casemos le podré ser muy útil
a Jonathan, y si puedo escribir bien en taquigrafía estaré en
posibilidad de escribir de esa manera todo lo que dice y luego
copiarlo en limpio para él en la máquina, con la que también
estoy practicando muy duramente. Él y yo a veces nos escribi
mos en taquigrafía, y él esta llevando un diario estenográfico de
sus viajes por el extranjero. Cuando esté contigo también llevaré
un diario de la misma manera.
No quiero decir uno de esos diarios que se escriben a la
ligera en la esquina de un par de páginas cuando hay tiempo los
domingos, sino un diario en el cual yo pueda escribir siempre
que me sienta inclinada a hacerlo. Supongo que no le interesará
mucho a otra gente, pero no está destinado para ella. Algún día
se lo enseñaré a Jonathan, en caso de que haya algo en él que
merezca ser compartido, pero en verdad es un libro de ejerci
cios. Trataré de hacer lo que he visto que hacen las mujeres
periodistas: entrevistas, descripciones, tratando de recordar lo
mejor posible las conversaciones. Me han dicho que, con un
poco de práctica, una puede recordar de todo lo que ha sucedido
o de todo lo que una ha oído durante el día. Sin embargo, ya
veremos. Te contaré acerca de mis pequeños planes cuando

69
Drácula de Bram Stoker

nos veamos. Acabo de recibir un par de líneas de Jonathan des


de Transilvania. Está bien y regresará más o menos dentro de
una semana.
Estoy muy ansiosa de escuchar todas sus noticias. ¡De
be ser tan bonito visitar países extraños! A veces me pregunto si
nosotros, quiero decir Jonathan y yo, alguna vez los veremos
juntos. Acaba de sonar la campana de las diez. Adiós.
"Te quiere,
MINA
"Dime todas las nuevas cuando me escribas. No me has
dicho nada durante mucho tiempo. He escuchado rumores, y
especialmente sobre un hombre alto, guapo, de pelo rizado.
(???)"
Carta de Lucy Westenra a Mina Murray

Calle de Chatham, 17
Miércoles
"Mi muy querida Mina:
"Debo decir que me valúas muy injustamente al decir
que soy mala para la correspondencia. Te he escrito dos veces
desde que nos separamos, y tu última carta sólo fue la segunda.
Además, no tengo nada que decirte. Realmente no hay nada
que te pueda interesar. La ciudad está muy bonita por estos
días, y vamos muy a menudo a las galerías de pintura y a cami
nar o a andar a caballo en el parque. En cuanto al hombre alto,
de pelo rizado, supongo que era el que estaba conmigo en el
último concierto popular. Evidentemente, alguien ha estado con
tando cuentos chinos. Era el señor Holmwood. Viene a menudo
a vernos, y se lleva muy bien con mamá; tienen muchas cosas
comunes de que hablar. Hace algún tiempo encontramos a un
hombre que sería adecuado para ti si no estuvieras ya compro
metida con Jonathan. Es un partido excelente; guapo, rico y de
buena familia. Es médico y muy listo. ¡Imagínatelo! Tiene veinti
nueve años de edad y es propietario de un inmenso asilo para
lunáticos, todo bajo su dirección. El señor Holmwood me lo pre
sentó y vino aquí a vernos, y ahora nos visita a menudo. Creo
que es uno de los hombres más resueltos que jamás he visto, y
sin embargo, el más calmado. Parece absolutamente impertur
bable. Me puedo imaginar el magnífico poder que tiene sobre

70
Drácula de Bram Stoker

sus pacientes. Tiene el curioso hábito de mirarlo a uno directa


mente ala cara como si tratara de leerle los pensamientos. Trata
de hacer esto muchas veces conmigo, pero yo me jacto de que
esta vez se ha encontrado con una nuez demasiado dura para
quebrar. Eso lo sé por mi espejo. ¿Nunca has tratado de leer tu
propia cara? Yo sí, y te puedo decir que no es un mal estudio, y
te da más trabajo del que puedes imaginarte si nunca lo has
intentado todavía. Él dice que yo le proporciono un curioso caso
psicológico, y yo humildemente creo que así es. Como tú sabes,
no me tomo suficiente interés en los vestidos como para ser
capaz de describir las nuevas modas. El tema de los vestidos es
aburrido. Eso es otra vez slang, pero no le hagas caso; Arthur
dice eso todos los días. Bien, eso es todo. Mina, nosotras nos
hemos dicho todos nuestros secretos desde que éramos niñas;
hemos dormido juntas y hemos comido juntas, hemos reído y
llorado juntas; y ahora, aunque ya haya hablado, me gustaría
hablar más. ¡Oh, Mina! ¿No pudiste adivinar? Lo amo; ¡lo amo!
Vaya, eso me hace bien. Desearía estar contigo, querida, senta
das en confianza al lado del fuego, tal como solíamos hacerlo;
entonces trataría de decirte lo que siento; no sé siquiera cómo
estoy escribiéndote esto. Tengo miedo de parar, porque pudiera
ser que rompiera la carta, y no quiero parar, porque deseo decír
telo todo. Mándame noticias tuyas inmediatamente, y dime todo
lo que pienses acerca de esto. Mina, debo terminar. Buenas
noches.
Bendíceme en tus oraciones, y, Mina, reza por mi felici
dad.
LUCY
"P. D. No necesito decirte que es un secreto. Otra vez,
buenas noches."
Carta de Lucy Westenra a Mina Murray

24 de mayo
"Mi queridísima Mina:
"Gracias, gracias y gracias otra vez por tu dulce carta.
¡Fue tan agradable poder sentirtu simpatía!
"Querida mía, nunca llueve sino a cántaros. ¡Cómo son
ciertos los antiguos proverbios! Aquí me tienes, a mí que tendré
veinte años en septiembre, y que nunca había tenido una propo
sición hasta hoy; no una verdadera, y hoy he tenido hasta tres.

71
Drácula de Bram Stoker

¡Imagínatelo! ¡TRES proposiciones en un día! ¿No es terrible?


Me siento triste, verdadera y profundamente triste, por dos de los
tres sujetos. ¡Oh, Mina, estoy tan contenta que no sé qué hacer
conmigo misma! ¡Ytres proposiciones de matrimonio!
Pero, por amor de Dios, no se lo digas a ninguna de las
chicas, o comenzarían de inmediato a tener toda clase de ideas
extravagantes y a imaginarse ofendidas, y desairadas, si en su
primer día en casa no recibieran por lo menos seis; ¡algunas
chicas son tan vanas! Tú y yo, querida Mina, que estamos com
prometidas y pronto nos vamos a asentar sobriamente como
viejas mujeres casadas, podemos despreciar la vanidad.
Bien, debo hablarte acerca de los tres, pero tú debes
mantenerlo en secreto, sin decírselo a nadie, excepto, por su
puesto, a Jonathan. Tú se lo dirás a él, porque yo, si estuviera
en tu lugar, se lo diría seguramente a Arthur. Una mujer debe
decirle todo a su marido, ¿no crees, querida?, y yo debo ser
justa. A los hombres les gusta que las mujeres, desde luego sus
esposas, sean tan justas como son ellos; y las mujeres, temo, no
son siempre tan justas como debieran serlo. Bien, querida, el
número uno llegó justamente antes del almuerzo. Ya te he ha
blado de él: el doctor John Seward, el hombre del asilo para
lunáticos, con un fuerte mentón y una buena frente. Exteriormen
te se mostró muy frío, pero de todas maneras estaba nervioso.
Evidentemente estuvo educándose a sí mismo respecto a toda
clase de pequeñas cosas, y las recordaba; pero se las arregló
para casi sentarse en su sombrero de seda, cosa que los hom
bres generalmente no hacen cuando están tranquilos, y luego, al
tratar de parecer calmado, estuvo jugando con una lanceta, de
una manera que casi me hizo gritar. Me habló, Mina, muy direc
tamente. Me dijo cómo me quería él, a pesar de conocerme de
tan poco tiempo, y lo que sería su vida si me tenía a mí para
ayudarle y alegrarlo. Estaba a punto de decirme lo infeliz que
sería si yo no lo quisiera también a él, pero cuando me vio llo
rando me dijo que él era un bruto y que no quería agregar más
penas a las presentes. Entonces hizo una pausa y me preguntó
si podía llegar a amarlo con el tiempo; y cuando yo moví la ca
beza negativamente, sus manos temblaron, y luego, con alguna
incertidumbre, me preguntó si ya me importaba alguna otra per
sona. Me dijo todo de una manera muy bonita, alegando que no
quería obligarme a confesar, pero que lo quería saber, porque si
el corazón de una mujer estaba libre un hombre podía tener
esperanzas. Y entonces, Mina, sentí una especie de deber decir
le que ya había alguien. Sólo le dije eso, y él se puso en pie, y

72
Drácula de Bram Stoker

se veía muy fuerte y muy serio cuando tomó mis dos manos en
las suyas y dijo que esperaba que yo fuese feliz, y que si alguna
vez yo necesitaba un amigo debía de contarlo a él entre uno de
los mejores. ¡Oh, mi querida Mina, no puedo evitar llorar: debes
perdonar que esta carta vaya manchada. Es muy bonito que se
le propongan a una y todas esas cosas, pero no es para nada
una cosa alegre cuando tú ves a un pobre tipo, que sabes te
ama honestamente, alejarse viéndose todo descorazonado, y
sabiendo tú que, no importa lo que pueda decir en esos momen
tos, te estás alejando para siempre de su vida. Mi querida, de
momento debo parar aquí, me siento tan mal, ¡aunque estoy tan
feliz!
Noche, "Arthur se acaba de ir, y me siento mucho más
animada que cuando dejé de escribirte, de manera que puedo
seguirte diciendo lo que pasó durante el día. Bien, querida, el
número dos llegó después del almuerzo. Es un tipo tan bueno,
un americano de Tejas, y se ve tan joven y tan fresco que pare
ce imposible que haya estado en tantos lugares y haya tenido
tantas aventuras. Yo simpatizo con la pobre Desdémona cuando
le echaron al oído tan peligrosa corriente, incluso por un negro.
Supongo que nosotras las mujeres somos tan cobardes que
pensamos que un hombre nos va a salvar de los miedos, y nos
casamos con él. Yo ya sé lo que haría si fuese un hombre y
deseara que una muchacha me amara. No, no lo sé, pues el
señor Morris siempre nos contaba sus aventuras, y Arthur nunca
lo hizo, y sin embargo, Querida, no sé cómo me estoy adelan
tando. El señor Quincey P. Morris me encontró sola. Parece ser
que un hombre siempre encuentra sola a una chica. No, no
siempre, pues Arthur lo intentó en dos ocasiones distintas, y yo
ayudándole todo lo que podía; no me da vergüenza decirlo aho
ra. Debo decirte antes que nada, que el señor Morris no habla
siempre slang; es decir, no lo habla delante de extraños, pues es
realmente bien educado y tiene unas maneras muy finas, pero
se dio cuenta de que me hacía mucha gracia oírle hablar el
slang americano, y siempre que yo estaba presente, y que no
hubiera nadie a quien pudiera molestarle, decía cosas divertidas.
Temo, querida, que tiene que inventárselo todo, pues encaja
perfectamente en cualquier otra cosa que tenga que decir. Pero
esto es una cosa propia del slang. Yo misma no sé si algún día
llegaré a hablar slang; no sé si le gusta a Arthur, ya que nunca le
he oído utilizarlo. Bien, el señor Morris se sentó a mi lado y esta
ba tan alegre y contento como podía estar, pero de todas mane
ras yo pude ver que estaba muy nervioso. Tomó casi con vene

73
Drácula de Bram Stoker

ración una de mis manos entre las suyas, y dijo, de la manera


más cariñosa:
"Señorita Lucy, sé que no soy lo suficientemente bueno
como para atarle las cintas de sus pequeños zapatos, pero su
pongo que si usted espera hasta encontrar un hombre que lo
sea, se irá a unir con esas siete jovenzuelas de las lámparas
cuando se aburra. ¿Por qué no se engancha a mi lado y nos
vamos por el largo camino juntos, conduciendo con dobles arne-
ses?
"Bueno, pues estaba de tan buen humor y tan alegre,
que no me pareció ser ni la mitad difícil de negármele como ha
bía sido con el pobre doctor Seward; así es que dije, tan ligera
mente como pude, que yo no sabía nada acerca de cómo en
gancharme, y que todavía no estaba lo suficientemente madura
como para usar un arnés. Entonces él dijo que había hablado de
una manera muy ligera, y que esperaba que si había cometido
un error al hacerlo así, en una ocasión tan seria y trascendental
para él, que yo lo perdonara. Verdaderamente estuvo muy serio
cuando dijo esto, y yo no pude evitar sentirme también un poco
seria (lo sé, Mina, que pensarás que soy una coqueta horroro
sa), aunque tampoco pude evitar sentir una especie de regocijo
triunfante por ser el número dos en un día. Y entonces, querida,
antes de que yo pudiese decir una palabra, comenzó a expresar
un torrente de palabras amorosas, poniendo su propio corazón y
su alma a mis pies. Se veía tan sincero sobre todo lo que decía
que yo nunca volveré a pensar que un hombre debe ser siempre
juguetón, y nunca serio, sólo porque a veces se comporte ale
gremente. Supongo que vio algo en mi rostro que lo puso en
guardia, pues repentinamente se interrumpió, y dijo, con una
especie de fervor masculino que me hubiese hecho amarlo si yo
hubiese estado libre, si mi corazón no tuviera ya dueño, lo si
guiente:
"Lucy, usted es una muchacha de corazón sincero; lo sé.
No estaría aquí hablando con usted como lo estoy haciendo
ahora si no la considerara de alma limpia, hasta en lo más pro
fundo de su ser. Dígame, como un buen compañero a otro, ¿hay
algún otro hombre que le interese? Y si lo hay, jamás volveré a
tocar ni siquiera una hebra de su cabello, pero seré, si usted me
lo permite, un amigo muy sincero.
"Mi querida Mina, ¿por qué son los hombres tan nobles
cuando nosotras las mujeres somos tan inmerecedoras de ellos?
Heme aquí casi haciendo burla de este verdadero caballero de

74
Drácula de Bram Stoker

todo corazón. Me eché a llorar (temo, querida, que creerás que


esta es una carta muy chapucera en muchos sentidos), y real
mente me sentí muy mal. ¿Por qué no le pueden permitir a una
muchacha que se case con tres hombres, o con tantos como la
quieran, para evitar así estas molestias? Pero esto es una 'here
jía', y no debo decirla. Me alegra, sin embargo, decirte que a
pesar de estar llorando, fui capaz de mirar a los valientes ojos
del señor Morris y de hablarle sin rodeos: "Sí; hay alguien a
quien amo, aunque él todavía no me ha dicho que me quiere.
"Estuvo bien que yo le hablara tan francamente, pues
una luz pareció iluminar su rostro, y extendiendo sus dos manos,
tomó las mías, o creo que fui yo quien las puso en las de él, y
dijo muy emocionado:
"Así es, mi valiente muchacha. Vale más la pena llegar
tarde en la posibilidad de ganarla a usted, que llegar a tiempo
por cualquier otra muchacha en el mundo. No llore, querida. Si
es por mí, soy una nuez muy dura de romper; lo aguantaré de
pie. Si ese otro sujeto no conoce su dicha, bueno, pues lo mejor
es que la busque con rapidez o tendrá que vérselas conmigo.
Pequeña, su sinceridad y ánimo han hecho de mí un amigo, y
eso es todavía más raro que un amante; de todas maneras, es
menos egoísta. Querida, voy a tener que hacer solo esta cami
nata hasta el Reino de los Cielos. ¿No me daría usted un beso?
Será algo para llevarlo a través de la oscuridad, ahora y enton
ces. Usted puede hacerlo, si lo desea, pues ese otro buen tipo
(debe ser un magnífico tipo, querida; un buen sujeto, o usted no
podría amarlo) no ha hablado todavía.
"Eso casi me ganó, Mina, pues fue valiente y dulce con
él, y también noble con un rival (¿no es así?) y él, ¡tan triste! Así
es que me incliné hacia adelante y lo besé con ternura.
"Se puso en pie con mis dos manos en las suyas, y
mientras miraba hacia abajo, a mi cara, temo que yo estaba muy
sonrojada, dijo:
"Muchachita, yo sostengo sus manos y usted me ha be
sado, y si estas cosas no hacen de nosotros buenos amigos,
nada lo hará. Gracias por su dulce sinceridad conmigo, y adiós.
"Soltó mi mano, y tomando el sombrero, salió del cuarto
sin volverse a ver, sin derramar una lágrima, sin temblar ni hacer
una pausa. Y yo estoy llorando como un bebé. ¡Oh!, ¿por qué
debe ser infeliz un hombre como ese cuando hay muchas chicas
cerca que podrían adorar hasta el mismo suelo que pisa? Yo sé

75
Drácula de Bram Stoker

que yo lo haría si estuviera libre, pero sucede que no quiero


estar libre. Querida, esto me ha perturbado, y siento que no
puedo escribir acerca de la felicidad ahora mismo, después de lo
que te he dicho; y no quiero decir nada acerca del número tres,
hasta que todo pueda ser felicidad.
"Te quiere siempre,
LUCY
"P. D.—¡Oh! Acerca del número tres, no necesito decirte
nada acerca del número tres, ¿no es cierto? Además, ¡fue todo
tan confuso! Pareció que sólo había transcurrido un instante
desde que había entrado en el cuarto hasta que sus dos brazos
me rodearon, y me estaba besando. Estoy muy, muy contenta, y
no sé qué he hecho para merecerlo. Sólo debo tratar en el futuro
de mostrar que no soy desagradecida a Dios por todas sus bon
dades, al enviarme un amor así, un marido y un amigo.
"Adiós."
Del diario del doctor Seward (grabado en fonógrafo)

25 de mayo. Marea menguante en el apetito de hoy. No


puedo comer; no puedo descansar, así es que en su lugar, el
diario. Desde mi fracaso de ayer siento una especie de vacío;
nada en el mundo parece ser lo suficientemente importante co
mo para dedicarse a ello. Como sabía que la única cura para
estas cosas era el trabajo, me dediqué a mis pacientes. Escogí a
uno que me ha proporcionado un estudio de mucho interés. Es
tan raro que estoy determinado a entenderlo tanto como pueda.
Me parece que hoy me acerqué más que nunca al corazón de su
misterio.
Lo interrogué más detalladamente que otras veces, con
el propósito de adueñarme de los hechos de su alucinación. En
mi manera de hacer esto, ahora lo veo, había algo de crueldad.
Me parecía desear mantenerlo en el momento más alto de su
locura, una cosa que yo evito hacer con los pacientes como
evitaría la boca del infierno. (Recordar: ¿en qué circunstancias
no evitaría yo el abismo del infierno?) Omnia Romae venalia
sunt. ¡El infierno tiene su precio! verb sap. Si hay algo detrás de
este instinto será de mucho valor rastrearlo después con gran
precisión, de tal manera que mejor comienzo a hacerlo, y por lo
tanto...

76
Drácula de Bram Stoker

R. M. Renfield, aetat. 59. Temperamento sanguíneo;


gran fortaleza física; excitable mórbidamente; períodos de de
caimiento que terminan en alguna idea fija, la cual no he podido
descifrar. Supongo que el temperamento sanguíneo mismo y la
influencia perturbadora terminan en un desenlace mentalmente
logrado; un hombre posiblemente peligroso, probablemente peli
groso si es egoísta. En hombres egoístas, la cautela es un arma
tan segura para sus enemigos como para ellos mismos. Lo que
yo pienso sobre esto es que cuando el yo es la idea fija, la fuer
za centrípeta es equilibrada a la centrífuga; cuando la idea fija es
el deber, una causa, etc., la última fuerza es predominante, y
sólo pueden equilibrarla un accidente o una serie de accidentes.
Carta de Quincey P. Morris al honorable Arthur Holmwood

25 de mayo
"Mi querido Arthur:
"Hemos contado embustes al lado de una fogata en las
praderas; y hemos atendido las heridas del otro después de
tratar de desembarcar en las Marquesas; y hemos brindado a
orillas del lago Titicaca. Hay más embustes que contar, y más
heridas que sanar, y otro brindis que hacer. ¿No permitirás que
esto sea así mañana por la noche en la fogata de mi campamen
to? No dudo al preguntártelo, pues sé que cierta dama está invi
tada a cierta cena, y tú estás libre. Sólo habrá otro convidado:
nuestro viejo compinche en Corea, Jack Seward. El también va a
venir, y los dos deseamos mezclar nuestras lágrimas en torno de
la copa de vino, y luego hacer un brindis de todo corazón por el
hombre más feliz de este ancho mundo, que ha ganado el cora
zón más noble que ha hecho Dios y es el que más merece ga
nárselo. Te prometemos una calurosa bienvenida y un saludo
afectuoso, y un brindis tan sincero como tu propia mano dere
cha. Ambos juramos irte a dejar a casa si bebes demasiado en
honor de cierto par de ojos. ¡Te espero!
"Tu sincero amigo de siempre,
QUINCEY P. MORRIS"
Telegrama de Arthur Holmwood a Quincey P. Morris

26 de mayo.
"Contad conmigo en todo momento. Llevo unos mensa
jes que os harán zumbar los oídos.

77
Drácula de Bram Stoker

ART "

78
Drácula de Bram Stoker

VI
Diario de Mina Murray

hitby, 24 de julio. Encontré en la estación a


Lucy, que parecía más dulce y bonita que nun
W ca, y de allí nos dirigimos a la casa de Cres
cent, en la que tienen cuartos.
Es un lugar muy bonito. El pequeño río, el Esk, corre a
través de un profundo valle, que se amplía a medida que se
acerca al puerto. Lo atraviesa un gran viaducto, de altos macho
nes, a través del cual el paisaje parece estar algo más lejos de lo
que en realidad está. El valle es de un verde bellísimo, y es tan
empinado que cuando uno se encuentra en la parte alta de cual
quier lado se ve a través de él, a menos que uno esté lo suficien
temente cerca como para ver hacia abajo. Las casas del antiguo
pueblo (el lado más alejado de nosotros) tienen todas tejados
rojos, y parecen estar amontonadas unas sobre otras de cual
quier manera, como se ve en las estampas de Nüremberg.
Exactamente encima del pueblo están las ruinas de la
abadía de Whitby, que fue saqueada por los daneses, lo cual es
la escena de parte de "Marmion", cuando la muchacha es empa
redada en el muro. Es una ruina de lo más noble, de inmenso
tamaño, y llena de rasgos bellos y románticos; según la leyenda,
una dama de blanco se ve en una de las ventanas. Entre la aba
día y el pueblo hay otra iglesia, la de la parroquia, alrededor de
la cual hay un gran cementerio, todo lleno de tumbas de piedra.
Según mi manera de ver, este es el lugar más bonito de Whitby,
pues se extiende justamente sobre el pueblo y se tiene desde
allí una vista completa del puerto y de toda la bahía donde el
cabo Kettleness se introduce en el mar. Desciende tan empinada
sobre el puerto, que parte de la ribera se ha caído, y algunas de
las tumbas han sido destruidas. En un lugar, parte de las piedras
de las tumbas se desparraman sobre el sendero arenoso situado
mucho más abajo. Hay andenes, con bancas a los lados, a tra
vés del cementerio de la iglesia. La gente se sienta allí durante
todo el día mirando el magnífico paisaje y gozando de la brisa.

79
Drácula de Bram Stoker

Vendré y me sentaré aquí muy frecuentemente a trabajar. De


hecho, ya estoy ahora escribiendo sobre mis rodillas, y escu
chando la conversación de tres viejos que están sentados a mi
lado. Parece que no hacen en todo el día otra cosa que sentarse
aquí y hablar.
El puerto yace debajo de mí, con una larga pared de
granito que se introduce en el mar en el lado más alejado, con
una curva hacia afuera, al final de ella, en medio de la cual hay
un faro. Un macizo malecón corre por la parte exterior de ese
faro. En el lado más cercano, el malecón forma un recodo do
blado a la inversa, y su terminación tiene también un faro. Entre
los dos muelles hay una pequeña abertura hacia el puerto, que
de ahí en adelante se amplía repentinamente.
Cuando hay marea alta es muy bonito; pero cuando baja
la marea disminuye de profundidad hasta casi quedar seco, y
entonces sólo se ve la corriente del Esk deslizándose entre los
bancos de arena, con algunas rocas aquí y allá. Afuera del puer
to, de este lado, se levanta por cerca de media milla un gran
arrecife, cuya parte aguda corre directamente desde la parte sur
del faro. Al final de ella hay una boya con una campana, que
suena cuando hay mal tiempo y lanza sus lúgubres notas al
viento. Cuentan aquí una leyenda: cuando un barco está perdido
se escuchan campanas que suenan en el mar abierto. Debo
interrogar acerca de esto al anciano; camina en esta dirección...
Es un viejo muy divertido. Debe ser terriblemente viejo,
pues su rostro está todo rugoso y torcido como la corteza de un
árbol. Me dice que tiene casi cien años, y que era marinero de la
flota pesquera de Groenlandia cuando la batalla de Waterloo.
Es, temo, una persona muy escéptica, pues cuando le pregunté
acerca de las campanas en el mar y acerca de la Dama de Blan
co en la abadía, me dijo muy bruscamente:
—Señorita, si yo fuera usted, no me preocuparía por
eso. Esas cosas están todas gastadas. Es decir, yo no digo que
nunca sucedieron, pero sí digo que no sucedieron en mi tiempo.
Todo eso está bien para forasteros y viajeros, pero no para una
joven tan bonita como usted. Esos caminantes de York y Leeds,
que siempre están comiendo arenques curtidos y tomando té, y
viendo cómo pueden comprar cualquier cosa barata, creen en
esas cosas. Yo me pregunto quién se preocupa de contarles
esas mentiras, hasta en los periódicos, que están llenos de ha
bladurías tontas.

80
Drácula de Bram Stoker

Creí que sería una buena persona de quien podía


aprender cosas interesantes, así es que le pregunté si no le
molestaría decirme algo acerca de la pesca de ballenas en tiem
pos remotos. Estaba justamente sentándose para comenzar
cuando el reloj dio las seis, y entonces se levantó trabajosamen
te, y dijo:
—Señorita, ahora debo irme otra vez a casa. A mi nieta
no le gusta esperar cuando el té ya está servido, pues tarda
algún tiempo.
Se alejó cojeando, y pude ver que se apresuraba, tanto
como podía, gradas abajo.
Los graderíos son un rasgo distintivo de este lugar. Con
ducen del pueblo a la iglesia; hay cientos de ellos (no sé cuan
tos) y se enroscan en delicadas curvas; el declive es tan leve
que un caballo puede fácilmente subirlos o bajarlos. Creo que
originalmente deben haber tenido algo que ver con la abadía. Me
iré hacia mi casa también. Lucy salió a hacer algunas visitas con
su madre, y como sólo eran visitas de cortesía, yo no fui. Pero
ya es hora de que estén de regreso.

1 de agosto. Hace una hora que llegué aquí arriba con


Lucy, y tuvimos la más interesante conversación con mi viejo
amigo y los otros dos que siempre vienen y le hacen compañía.
Él es evidentemente el oráculo del grupo, y me atrevo a pensar
que en su tiempo debe haber sido una persona por demás dicta
torial. Nunca admite equivocarse, y siempre contradice a todo el
mundo. Si no puede ganar discutiendo, entonces los amedrenta,
y luego toma el silencio de los demás por aceptación de sus
propios puntos de vista. Lucy estaba dulcemente bella en su
vestido de linón blanco; desde que llegamos tiene un bellísimo
color. Noté que el anciano no perdió ningún tiempo en llegar
hasta ella y sentarse a su lado cuando nosotros nos sentamos.
Lucy es tan dulce con los ancianos que creo que todos se ena
moran de ella al instante. Hasta mi viejo sucumbió y no la con
tradijo, sino que apoyó todo lo que ella decía. Logré llevarlo al
tema de las leyendas, y de inmediato comenzó a hablar echán
donos una especie de sermón. Debo tratar de recordarlo y escri
birlo:
—Todas esas son tonterías, de cabo a rabo; eso es lo
que son, y nada más. Esos dichos y señales y fantasmotes y
convidados de piedra y patochados y todo eso, sólo sirven para

81
Drácula de Bram Stoker

asustar niños y mujeres. No son más que palabras, eso y todos


esos espantos, señales y advertencias que fueron inventados
por curas y personas malintencionadas y por los reclutadores de
los ferrocarriles, para asustar a un pobre tipo y para hacer que la
gente haga algo que de otra manera no haría. Me enfurece pen
sar en ello. ¿Por qué son ellos quienes, no contentos con impri
mir mentiras sobre el papel y predicarlas desde los púlpitos,
quieren grabarlas hasta en las tumbas? Miren a su alrededor
como deseen y verán que todas esas lápidas que levantan sus
cabezas tanto como su orgullo se lo permite, están inclinadas...,
sencillamente cayendo bajo el peso de las mentiras escritas en
ellas. Los "Aquí yacen los restos" o "A la memoria sagrada" es
tán escritos sobre ellas y, no obstante, ni siquiera en la mitad de
ellas hay cuerpo alguno; a nadie le ha importado un comino sus
memorias y mucho menos las han santificado. ¡Todo es mentira,
sólo mentiras de un tipo o de otro! ¡Santo Dios! Pero el gran
repudio vendrá en el Día del Juicio Final, cuando todos salgan
con sus mortajas, todos unidos tratando de arrastrar con ellos
sus lápidas para probar lo buenos que fueron; algunos de ellos
temblando, cayendo con sus manos adormecidas y resbalosas
por haber yacido en el mar, a tal punto que ni siquiera podrán
mantenerse unidos.
Por el aire satisfecho del anciano y por la forma en que
miraba a su alrededor en busca de apoyo a sus palabras, pude
observar que estaba alardeando, de manera que dije algo que le
hiciera continuar.
—¡Oh, señor Swales, no puede hablar en serio! Cierta
mente todas las lápidas no pueden estar mal.
—¡Pamplinas! Puede que escasamente haya algunas
que no estén mal, excepto en las que se pone demasiado bien a
la gente; porque existen personas que piensan que un recipiente
de bálsamo podría ser como el mar, si tan sólo fuera suyo. Todo
eso no son sino mentiras. Escuche, usted vino aquí como una
extraña y vio este atrio de iglesia.
Yo asentí porque creí que lo mejor sería hacer eso. Sa
bía que algo tenía que ver con el templo. El hombre continuó:
—Y a usted le consta que todas esas lápidas pertenecen
a personas que han sido sepultadas aquí, ¿no es verdad?
Volví a asentir.

82
Drácula de Bram Stoker

—Entonces, es ahí justamente en donde aparece la


mentira. Escuche, hay veintenas de tales sitios de reposo que
son tumbas tan antiguas como el cajón del viejo Dun del viernes
por la noche —le dio un codazo a uno de sus amigos y todos
rieron—. ¡Santo Dios! ¿Y cómo podrían ser otra cosa? Mire esa,
la que está en la última parte del cementerio, ¡léala!
Fui hasta ella, y leí:
—Edward Spencelagh, contramaestre, asesinado por los
piratas en las afueras de la costa de Andres, abril de 1845, a la
edad de 30 años.
Cuando regresé, el señor Swales continuó:
—Me pregunto, ¿quién lo trajo a sepultar aquí? ¡Asesi
nado en las afueras de la costa de Andres! ¡Y a ustedes les
consta que su cuerpo reposa ahí!. Yo podría enumerarles una
docena cuyos huesos yacen en los mares de Groenlandia, al
norte —y señaló en esa dirección—, o a donde hayan sido arras
trados por las corrientes. Sus lápidas están alrededor de uste
des, y con sus ojos jóvenes pueden leer desde aquí las mentiras
que hay entre líneas. Respecto a este Braithwaite Lowrey..., yo
conocí a su padre, éste se perdió en el Lively en las afueras de
Groenlandia el año veinte; y a Andrew Woodhouse, ahogado en
el mismo mar en 1777; y a John Paxton, que se ahogó cerca del
cabo Farewell un año más tarde, y al viejo John Rawlings, cuyo
abuelo navegó conmigo y que se ahogó en el golfo de Finlandia
en el año cincuenta. ¿Creen ustedes que todos estos hombres
tienen que apresurarse a ir a Whitby cuando la trompeta suene?
¡Mucho lo dudo! Les aseguro que para cuando llegaran aquí
estarían chocando y sacudiéndose unos con otros en una forma
que parecería una pelea sobre el hielo, como en los viejos tiem
pos en que nos enfrentábamos unos a otros desde el amanecer
hasta el anochecer y tratando de curar nuestras heridas a la luz
de la aurora boreal.
Evidentemente, esto era una broma del lugar, porque el
anciano rió al hablar y sus amigos le festejaron de muy buena
gana.
—Pero —dije—, seguramente no es esto del todo co
rrecto porque usted parte del supuesto de que toda la pobre
gente, o sus espíritus, tendrán que llevar consigo sus lápidas en
el Día del Juicio. ¿Cree usted que eso será realmente necesa
rio?

83
Drácula de Bram Stoker

—Bueno, ¿para qué otra cosa pueden ser esas lápidas?


¡Contésteme eso, querida!
—Supongo que para agradar a sus familiares.
—¡Supone que para agradar a sus familiares! —sus pa
labras estaban impregnadas de un intenso sarcasmo—. ¿Cómo
puede agradarle a sus familiares el saber que todo lo que hay
escrito ahí es una mentira, y que todo el mundo, en este lugar,
sabe que lo es? Señaló hacia una piedra que estaba a nuestros
pies y que había sido colocada a guisa de lápida, sobre la cual
descansaba la silla, cerca de la orilla del peñasco.
—Lean las mentiras que están sobre esa lápida —dijo.
Las letras quedaban de cabeza desde donde yo estaba;
pero Lucy quedaba frente a ellas, de manera que se inclinó y
leyó:
—A la sagrada memoria de George Canon, quien murió
en la esperanza de una gloriosa resurrección, el 29 de julio de
1873, al caer de las rocas en Kettleness. Esta tumba fue erigida
por su doliente madre para su muy amado hijo. "Era el hijo único
de su madre que era viuda." A decir verdad, señor Swales, yo no
veo nada de gracioso en eso —sus palabras fueron pronuncia
das con suma gravedad y con cierta severidad.
—¡No lo encuentra gracioso! ¡Ja! ¡Ja! Pero eso es por
que no sabe que la doliente madre era una bruja que lo odiaba
porque era un pillo..., un verdadero pillo...; y él la odiaba de tal
manera que se suicidó para que no cobrara un seguro que ella
había comprado sobre su vida. Casi se voló la tapa de los sesos
con una vieja escopeta que usaban para espantar los cuervos;
no la apuntó hacia los cuervos esa vez, pero hizo que cayeran
sobre él otros objetos. Fue así como cayó de las rocas. Y en lo
que se refiere a las esperanzas de una gloriosa resurrección,
con frecuencia le oí decir, señorita, que esperaba irse al infierno
porque su madre era tan piadosa que seguramente iría al cielo y
él no deseaba encontrarse en el mismo lugar en que estuviera
ella. Ahora, en todo caso, ¿no es eso una sarta de mentiras? —y
subrayó las palabras con su bastón—. Y vaya si hará reír a Ga
briel cuando Geordie suba jadeante por las rocas con su lápida
equilibrada sobre la joroba, ¡y pida que sea tomada como evi
dencia!
No supe qué decir; pero Lucy cambió la conversación al
decir, mientras se ponía de pie:

84
Drácula de Bram Stoker

—¿Por qué nos habló sobre esto? Es mi asiento favorito


y no puedo dejarlo, y ahora descubro que debo seguir sentán
dome sobre la tumba de un suicida.
—Eso no le hará ningún mal, preciosa, y puede que
Geordie se alegre de tener a una chica tan esbelta sobre su
regazo. No le hará daño, yo mismo me he sentado innumerables
ocasiones en los últimos veinte años y nada me ha pasado. No
se preocupe por los tipos como el que yace ahí o que tampoco
están ahí. El tiempo para correr llegará cuando vea que todos
cargan con las lápidas y que el lugar quede tan desnudo como
un campo segado. Ya suena la hora y debo irme, ¡a sus pies,
señoras!
Y se alejó cojeando.
Lucy y yo permanecimos sentadas unos momentos, y
todo lo que teníamos delante era tan hermoso que nos tomamos
de la mano. Ella volvió a decirme lo de Arthur y su próximo ma
trimonio; eso hizo que me sintiera un poco triste, porque nada he
sabido de Jonathan durante todo un mes.
El mismo día. Vine aquí sola porque me siento muy tris
te. No hubo carta para mí: espero que nada le haya sucedido a
Jonathan. El reloj acaba de dar las nueve, puedo ver las luces
diseminadas por todo el pueblo, formando hileras en los sitios en
donde están las calles y en otras partes solas; suben hasta el
Esk para luego desaparecer en la curva del valle. A mi izquierda,
la vista es cortada por la línea negra del techo de la antigua casa
que está al lado de la abadía. Las ovejas y corderos balan en los
campos lejanos que están a mis espaldas, y del camino empe
drado de abajo sube el sonido de pezuñas de burros. La banda
que está en el muelle está tocando un vals austero en buen
tiempo, y más allá sobre el muelle, hay una sesión del Ejército
de Salvación en algún callejón. Ninguna de las bandas escucha
a la otra; pero desde aquí puedo ver y oír a ambas. ¡Me pregun
to en dónde está Jonathan y si estará pensando en mí! Cómo
deseo que estuviera aquí.
Del Diario del doctor Seward

5 de junio. El caso de Renfield se hace más interesante


cuanto más logro entender al hombre. Tiene ciertamente algu
nas características muy ampliamente desarrolladas: egoísmo,
sigilo e intencionalidad. Desearía poder averiguar cuál es el ob

85
Drácula de Bram Stoker

jeto de esto último. Parece tener un esquema acabado propio de


él, pero no sé cuál es.
Su virtud redentora es el amor para los animales, aun
que, de hecho, tiene tan curiosos cambios que algunas veces
me imagino que sólo es anormalmente cruel. Juega con toda
clase de animales. Justamente ahora su pasatiempo es cazar
moscas. En la actualidad tiene ya tal cantidad que he tenido un
altercado con él. Para mi asombro, no tuvo ningún estallido de
furia, como lo había esperado, sino que tomó el asunto con una
seriedad muy digna. Reflexionó un momento, y luego dijo:
—¿Me puede dar tres días? Al cabo de ellos las dejaré
libres.
Le dije que, por supuesto, le daba ese tiempo. Debo vigi
larlo.

18 de junio. Ahora ha puesto su atención en las arañas,


y tiene unos cuantos ejemplares muy grandes metidos en una
caja. Se pasa todo el día alimentándolas con sus moscas, y el
número de las últimas ha disminuido sensiblemente, aunque ha
usado la mitad de su comida para atraer más moscas de afuera.

1 de julio. Sus arañas se están convirtiendo ahora en


una molestia tan grande como sus moscas, y hoy le dije que
debe deshacerse de ellas. Se puso muy triste al escuchar esto,
por lo que le dije que por lo menos debía deshacerse de algu
nas. Aceptó alegremente esta propuesta, y le di otra vez el mis
mo tiempo para que efectuara la reducción. Mientras estaba con
él me causó muchos disgustos, pues cuando un horrible mos
cardón, hinchado con desperdicios de comida, zumbó dentro del
cuarto, él lo capturó y lo sostuvo un momento entre su índice y
su pulgar, y antes de que yo pudiera advertir lo que iba a hacer,
se lo echo a la boca y se lo comió. Lo reñí por lo que había he
cho, pero él me arguyó que tenía muy buen sabor y era muy
sano; que era vida, vida fuerte, y que le daba vida a él. Esto me
dio una, o el rudimento de una idea. Debo vigilar cómo se des
hace de sus arañas. Evidentemente tiene un arduo problema en
la mente, pues siempre anda llevando una pequeña libreta en la
cual a cada momento apunta algo.

86
Drácula de Bram Stoker

Páginas enteras de esa libreta están llenas de montones


de números, generalmente números simples sumados en tan
das, y luego las sumas sumadas otra vez en tandas, como si
estuviese "enfocando" alguna cuenta, tal como dicen los audito
res.

8 de julio. Hay un método en su locura, y los rudimentos


de la idea en mi mente están creciendo; pronto será una idea
completa, y entonces, ¡oh, cerebración inconsciente!, tendrás
que ceder el lugar a tu hermana consciente. Me mantuve alejado
de mi amigo durante algunos días, de manera que pudiera notar
si se producían cambios. Las cosas permanecen como antes,
excepto que ha abandonado algunos de sus animalitos y se ha
agenciado uno nuevo. Se consiguió un gorrión, y lo ha domesti
cado parcialmente. Su manera de domesticar es muy simple,
pues ya han disminuido considerablemente las arañas. Sin em
bargo, las que todavía quedan, son bien alimentadas, pues to
davía atrae a las moscas poniéndoles de tentación su comida.

19 de julio. Estamos progresando. Mi amigo tiene ahora


casi una completa colonia de gorriones, y sus moscas y arañas
casi han desaparecido. Cuando entré corrió hacia mí y me dijo
que quería pedirme un gran favor; un favor muy, muy grande; y
mientras me hablaba me hizo zalamerías como un perro. Le
pregunté qué quería, y él me dijo, con una voz emocionada que
casi se le quebraba en sollozos:
—Un gatito; un pequeño gatito, sedoso y juguetón, para
que yo pueda jugar con él, y lo pueda domesticar, ¡y lo pueda
alimentar, y alimentar, y alimentar!
Yo no estaba desprevenido para tal petición, pues había
notado cómo sus animalitos iban creciendo en tamaño y vivaci
dad. Pero no me pareció agradable que su bonita familia de
gorriones amansados fueran barridos de la misma manera en
que habían sido barridos las moscas y las arañas; así es que le
dije que lo pensaría, y le pregunté si no preferiría tener un gato
grande en lugar de un gatito. La ansiedad lo traicionó al contes
tar:
—¡Oh, sí!, ¡claro que me gustaría un gato grande! Yo so
lo pedí un gatito temiendo que usted se negara a darme un gato
grande. Nadie puede negarme un pequeño gatito, ¿verdad?

87
Drácula de Bram Stoker

Yo moví la cabeza y le dije que de momento temía que


no sería posible, pero que vería lo que podía hacer. Su rostro se
ensombreció y yo pude ver una advertencia de peligro en él,
pues me echo una mirada torva, que significaba deseos de ma
tar. El hombre es un homicida maniático en potencia. Lo probaré
con sus actuales deseos y veré qué resulta de todo eso: enton
ces sabré más.

10 p. m. Lo he visitado otra vez y lo encontré sentado en


un rincón, cabizbajo.
Cuando entré, cayó de rodillas ante mí y me imploró que
por favor lo dejara tener un gato; que su salvación dependía de
él. Sin embargo, yo fui firme y le dije que no podía decírselo, por
lo que se levantó sin decir palabra, se sentó otra vez en el rincón
donde lo había encontrado y comenzó a mordisquearse los de
dos. Vendré a verlo temprano por la mañana.

20 de julio. Visité muy temprano a Renfield, antes de que


mi ayudante hiciera la ronda. Lo encontré ya levantado, tara
reando una tonada. Estaba esparciendo el azúcar que ha guar
dado en la ventana, y estaba comenzando otra vez a cazar mos
cas; y estaba comenzando otra vez con alegría. Miré en torno
buscando sus pájaros, y al no verlos le pregunté donde estaban.
Me contestó, sin volverse a verme, que todos se habían escapa
do. Había unas cuantas plumas en el cuarto y en su almohada
había unas gotas de sangre. No dije nada, pero fui y ordené al
guardián que me reportara si le había sucedido alguna cosa rara
a Renfield durante el día.
11 a. m. Mi asistente acaba de venir a verme para de
cirme que Renfield está muy enfermo y que ha vomitado muchas
plumas. "Mi creencia es, doctor —me dijo—, que se ha comido
todos sus pájaros, ¡y que se los ha comido así crudos, sin más!".
11 p. m. Esta noche le di a Renfield un sedante fuerte,
suficiente para hacerlo dormir incluso a él, y tomé su libreta para
echarle una mirada. El pensamiento que ha estado rondando por
mi cerebro últimamente está completo, y la teoría probada. Mi
maniático homicida es de una clase peculiar. Tendré que inven
tar una nueva clasificación para él y llamarlo maniático zoófago
(que se alimenta de cosas vivientes); lo que él desea es absor
ber tantas vidas como pueda, y se ha impuesto la tarea de lograr

88
Drácula de Bram Stoker

esto de una manera acumulativa. Le dio muchas moscas a cada


araña, y muchas arañas a cada pájaro, y luego quería un gato
para que se comiera muchos pájaros. ¿Cuál hubiera sido su
siguiente paso? Casi hubiera valido la pena completar el experi
mento. Podría hacerse si hubiera una causa suficiente. Los
hombres se escandalizaron de la vivisección, y, sin embargo,
¡véanse los resultados actuales! ¿Por qué no he de impulsar la
ciencia en su aspecto más difícil y vital, el conocimiento del ce
rebro humano? Si por lo menos tuviese yo el secreto de una
mente tal, si tuviese la llave para la fantasía de siquiera un luná
tico, podría impulsar mi propia rama de la ciencia a un lugar tal
que, comparada con ella, la fisiología de Burdon Sanderson o el
conocimiento del cerebro de Ferrier, serían poco menos que
nada. ¡Si hubiese una causa suficiente! No debo pensar mucho
en esto, so pena de caer en la tentación; una buena causa pue
de trasmutar la escala conmigo, ¿pues no es cierto que yo tam
bién puedo ser un cerebro excepcional, congénitamente?
Qué bien razonó el hombre; los lunáticos siempre razo
nan bien dentro de su propio ámbito. Me pregunto en cuántas
vidas valorará a un hombre, o siquiera a uno. Ha cerrado la
cuenta con toda exactitud, y hoy comenzará un nuevo expedien
te. ¿Cuántos de nosotros comenzamos un nuevo expediente con
cada día de nuestra vida? Me parece que sólo fue ayer cuando
toda mi vida terminó con mi nueva esperanza, y que verdadera
mente comenzó un nuevo expediente. Así será hasta que el
Gran Recordador me sume y cierre mi libreta de cuentas con un
balance de ganancias o pérdidas. ¡Oh, Lucy, Lucy!, no puedo
estar enojado contigo, ni tampoco puedo estar enojado con mi
amigo cuya felicidad es la tuya; pero sólo debo esperar en el
infortunio y el trabajo. ¡Trabajo, trabajo!.
Si yo pudiese tener una causa tan fuerte como la que
tiene mi pobre amigo loco, una buena causa, desinteresada, que
me hiciera trabajar, eso sería indudablemente la felicidad.
Del diario de Mina Murray

26 de julio. Estoy ansiosa y me calma expresarme por


escrito; es como susurrarse a si mismo y escuchar al mismo
tiempo. Y hay algo también acerca de los símbolos taquigráficos
que lo hace diferente a la simple escritura. Estoy triste por Lucy y
por Jonathan. No había tenido noticias de Jonathan durante
algún tiempo, y estaba muy preocupada; pero ayer el querido
señor Hawkins, que siempre es tan amable, me envió una carta

89
Drácula de Bram Stoker

de él. Yo le había escrito preguntándole si había tenido noticias


de Jonathan y él me respondió que la carta que me enviaba la
acababa de recibir. Es sólo una línea fechada en el castillo de
Drácula, en la que dice que en esos momentos está iniciando el
viaje de regreso a casa. No es propio de Jonathan; no acabo de
comprender, y me siento muy inquieta. Y luego, también Lucy,
aunque está tan bien, últimamente ha vuelto a caer en su anti
gua costumbre de caminar dormida. Su madre me ha hablado
acerca de ello, y hemos decidido que yo debo cerrar con llave la
puerta de nuestro cuarto todas las noches. La señora Westenra
tiene la idea de que los sonámbulos siempre salen a caminar por
los techos de las casas y a lo largo de las orillas de los precipi
cios, y luego se despiertan repentinamente y se caen lanzando
un grito desesperado que hace eco por todo el lugar. Pobrecita,
naturalmente ella está ansiosa por Lucy, y me ha dicho que su
marido, el padre de Lucy, tenía el mismo hábito; que se levanta
ba en las noches y se vestía y salía a pasear, si no era detenido.
Lucy se va a casar en otoño, y ya está planeando sus vestidos y
cómo va a ser arreglada su casa. La entiendo bien, pues yo haré
lo mismo, con la diferencia de que Jonathan y yo comenzaremos
la vida de una manera simple, y tendremos que tratar de hacer
que encajen las dos puntas. El señor Holmwood (él es el hono
rable Arthur Holmwood, único hijo de lord Godalming) va a venir
aquí por una breve visita, tan pronto como pueda dejar el pueblo,
pues su padre no está tan bien, y yo creo que la querida Lucy
esta contando los minutos hasta que llegue. Ella quiere llevarlo a
la banca en el cementerio de la iglesia sobre el acantilado y
mostrarle la belleza de Whitby. Me atrevo a decir que es la espe
ra lo que la pone impaciente: se sentirá bien cuando él llegue.

27 de julio. Ninguna noticia de Jonathan. Me estoy po


niendo intranquila por él, aunque no sé exactamente por qué;
pero sí me gustaría mucho que escribiera, aunque sólo fuese
una línea, Lucy camina más que nunca, y cada noche me des
pierto debido a que anda de arriba abajo por el cuarto. Afortuna
damente el tiempo está tan caluroso que no puede resfriarse;
pero de todas maneras la ansiedad y el estar perpetuamente
despierta están comenzando a afectarme, y yo misma me estoy
poniendo nerviosa y padezco un poco de insomnio. A Dios gra
cias, la salud de Lucy se sostiene. El señor Holmwood ha sido
llamado repentinamente a Ring para ver a su padre, quien se ha
puesto seriamente enfermo. Lucy se impacienta por la pospues
ta de verlo, pero no le afecta en su semblante, está un poquitín

90
Drácula de Bram Stoker

más gorda y sus mejillas tienen un color rosado encantador. Ha


perdido el semblante anémico que tenía. Rezo para que todo
siga bien.

3 de agosto. Ha pasado otra semana y no he tenido no


ticias de Jonathan. Ni siquiera las ha tenido el señor Hawkins, de
quien he recibido comunicación. Oh, verdaderamente deseo que
no esté enfermo. Es casi seguro que hubiera escrito. He leído su
última carta y hay algo en ella que no me satisface. No parece
ser de él, y sin embargo, está escrita con su letra. Sobre esto
último no hay error posible. La última semana Lucy ya no ha
caminado tanto en sueños, pero hay una extraña concentración
acerca de ella que no comprendo; hasta cuando duerme parece
estarme observando. Hace girar la puerta, y al encontrarla ce
rrada con llave, va a uno y otro lado del cuarto buscando la llave.

6 de agosto. Otros tres días, y nada de noticias. Esta


espera se está volviendo un martirio. Si por lo menos supiera
adónde escribir, o adónde ir, me sentiría mucho mejor: pero
nadie ha oído palabra de Jonathan desde aquella última carta.
Sólo debo elevar mis oraciones a Dios pidiéndole paciencia.
Lucy está más excitable que nunca, pero por lo demás sigue
bien. Anoche hubo mal tiempo y los pescadores dicen que pron
to habrá una tormenta. Debo tratar de observarla y aprender a
pronosticar el clima. Hoy es un día gris, y mientras escribo el sol
está escondido detrás de unas gruesas nubes, muy alto sobre
Kettleness. Todo es gris, excepto la verde hierba, que parece
una esmeralda en medio de todo; grises piedras de tierra, nubes
grises, matizadas por la luz del sol en la orilla más lejana, colga
das sobre el mar gris, dentro del cual se introducen los bancos
de arena como figuras grises. El mar está golpeando con un
rugido sobre las poco profundas y arenosas ensenadas, embo
zado en la neblina marina que llega hasta tierra.
Todo es vasto; las nubes están amontonadas como pie
dras gigantescas, y sobre el mar hay ráfagas de viento que sue
nan como el presagio de un cruel destino. En la playa hay aquí y
allá oscuras figuras, algunas veces envueltas por la niebla, y
parecen "Árboles con formas humanas que caminaran". Todos
los lanchones de pesca se dirigen rápidamente a puerto, y se
elevan y se sumergen en las grandes olas al navegar hacia el
puerto, escorando. Aquí viene el viejo señor Swales. Se dirige

91
Drácula de Bram Stoker

directamente hacia mí, y puedo ver, por la manera como levanta


su sombrero, que desea hablar conmigo.
Me he sentido bastante conmovida por el cambio del po
bre anciano. Cuando se sentó a mi lado, dijo de manera muy
tímida:
—Quiero decirle algo a usted, señorita.
Pude ver que no estaba tranquilo, por lo que tomé su
pobre mano vieja y arrugada en la mía y le pedí que hablara con
plena confianza; entonces, dejando su mano entre las mías, dijo:
—Tengo miedo, mi queridita, que debo haberle impre
sionado mucho por todas las cosas malévolas que he estado
diciendo acerca de los muertos y cosas parecidas estas últimas
semanas; pero no las he dicho en serio, y quiero que usted re
cuerde eso cuando yo me haya ido. Nosotros, la gente vieja y un
poco chiflada, y con un pie ya sobre el agujero maldito, no nos
gusta para nada pensar en ello, y no queremos sentirnos asus
tados; y ése es el motivo por el cual he tomado tan a la ligera
esas cosas, para poder alegrar un poquitín mi propio corazón.
Pero, Dios la proteja, señorita, no tengo miedo de la muerte, no
le tengo ni el menor miedo; sólo es que si pudiera no morirme,
sería mejor. Mi tiempo ya se está acabando, pues yo ya soy
viejo, y cien años es demasiado para cualquier hombre que es
pere; y estoy tan cerca de ella que ya el Anciano está afilando su
guadaña. Ya ve usted, no puedo dejar la costumbre de reírme
acerca de estas cosas de una sola vez: las burlas van a ser
siempre mi tema favorito. Algún día el Ángel de la Muerte sonará
su trompeta para mí. Pero no se aflija ni se arrepienta de mi
muerte —dijo, viendo que yo estaba llorando—, pues si llegara
esta misma noche yo no me negaré a contestar su llamado.
Pues la vida, después de todo, es sólo una espera por alguna
otra cosa además de la que estamos haciendo; y la muerte es
todo sobre lo que verdaderamente podemos depender. Pero yo
estoy contento, pues ya se acerca a mí, querida, y se acerca
rápidamente. Puede llegar en cualquier momento mientras es
temos mirando y haciéndonos preguntas. Tal vez está en el vien
to allá afuera en el mar que trae consigo pérdidas y destrucción,
y penosas ruinas, y corazones tristes. ¡Mirad, mirad! —gritó re
pentinamente—. Hay algo en ese viento y en el eco más allá de
él que suena, parece, gusta y huele como muerte. Está en el
aire; siento que llega. ¡Señor, haced que responda gozoso
cuando llegue mi llamada!

92
Drácula de Bram Stoker

Levantó los brazos devotamente y se quitó el sombrero.


Su boca se movió como si estuviese rezando. Después de unos
minutos de silencio, se puso de pie, me estrechó las manos y me
bendijo, y dijo adiós. Se alejó cojeando. Todo esto me impresio
nó mucho, y me puso nerviosa.
Me alegré cuando el guardacostas se acercó, anteojo de
larga vista bajo el brazo.
Se detuvo a hablar conmigo, como siempre hace, pero
todo el tiempo se mantuvo mirando hacia un extraño barco.
—No me puedo imaginar qué es —me dijo—. Por lo que se pue
de ver, es ruso. Pero se está balanceando de una manera muy
rara. Realmente no sabe qué hacer; parece que se da cuenta de
que viene la tormenta, pero no se puede decidir a navegar hacia
el norte al mar abierto, o a guarecerse aquí. ¡Mírelo, otra vez!
Está maniobrando de una manera extremadamente rara. Tal
parece que no obedece a las manos sobre el timón; cambia con
cualquier golpe de viento. Ya sabremos más de él antes de ma
ñana a esta misma hora.

93
Drácula de Bram Stoker

VII
Recorte Del "Dailygraph",
8 De Agosto
(Pegado en el diario de Mina Murray)

e un corresponsal.
Whitby.- Una de las tormentas más

D fuertes y repentinas que se recuerdan acaba


de pasar por aquí, con resultados extraños. El
tiempo un tanto bochornoso, pero de ninguna
manera excepcional para el mes de agosto. La
noche del sábado fue tan buena como cualquier otra, y la gran
cantidad de visitantes fueron ayer a los bosques de Mulgrave, la
bahía de Robin Hood, el molino de Rig, Runswick, Staithes y los
otros sitios de recreo en los alrededores de Whitby. Los vapores
Emma y Scarborough hicieron numerosos viajes a lo largo de la
costa, y hubo un movimiento extraordinario de personas que
iban y venían de Whitby. El día fue extremadamente bonito has
ta por la tarde, cuando algunos de los chismosos que frecuentan
el cementerio de la iglesia de East Cliff, y desde esa prominente
eminencia observan la amplia extensión del mar visible hacia el
norte y hacia el este, llamaron la atención un grupo de "colas de
caballo" muy altas en el cielo hacia el noroeste. El viento estaba
soplando desde el suroeste en un grado suave que en el lengua
je barométrico es calificado como 2: brisa ligera. El guardacostas
de turno hizo inmediatamente el informe, y un anciano pescador,
que durante más de medio siglo ha hecho observaciones del
tiempo desde East Cliff, predijo de una manera enfática la llega
da de una repentina tormenta. La puesta del sol fue tan bella, tan
grandiosa en sus masas de nubes espléndidamente coloreadas,
que una gran cantidad de personas se reunieron en la acera a lo
largo del acantilado en el cementerio de la vieja iglesia, para
gozar de su belleza. Antes de que el sol se hundiera detrás de la
negra masa de Kettleness, encontrándose abiertamente de ba
bor a estribor sobre el cielo del oeste, su ruta de descenso fue
marcada por una miríada de nubes de todos los colores del cela
je: rojas, moradas, color de rosa, verdes, violetas, y de todos los
matices dorados; había aquí y allá masas no muy grandes, pero

94
Drácula de Bram Stoker

notoriamente de un negro absoluto, en todas clases de figuras;


algunas sólo delineadas y otras como colosales siluetas. La vista
de aquel paisaje no fue desaprovechada por los pintores, y no
cabe ninguna duda de que algunos esbozos del "Preludio a una
Gran Tormenta" adornaran las paredes de R. A. y R. I. el próxi
mo mayo. Más de un capitán decidió en aquellos momentos y en
aquel lugar que su "guijarro" o su "mula" (como llaman a las
diferentes clases de botes) permanecería en el puerto hasta que
hubiera pasado la tormenta. Por la noche el viento amainó por
completo, y a la medianoche había una calma chicha, un bo
chornoso calor, y esa intensidad prevaleciente que, al acercarse
el trueno, afecta a las personas de naturaleza muy sensible.
Sólo había muy pocas luces en el mar, pues hasta los vapores
costeños, que suelen navegar muy cerca de la orilla, se mantu
vieron mar adentro, y sólo podían verse muy contados barcos de
pesca. La única vela sobresaliente era una goleta forastera que
tenía desplegado todo su velamen, y que parecía dirigirse hacia
el oeste.
La testarudez o ignorancia de su tripulación fue un tema
exhaustivamente comentado mientras permaneció a la vista, y
se hicieron esfuerzos por enviarle señales para que arriaran
velas, en vista del peligro. Antes de que cerrara la noche, se le
vio con sus velas ondear ociosamente mientras navegaba con
gran tranquilidad sobre las encrespadas olas del mar.
"Tan ociosamente como un barco pintado sobre un
océano pintado."
Poco antes de las diez de la noche la quietud del viento
se hizo bastante opresiva, y el silencio era tan marcado que el
balido de una oveja tierra adentro o el ladrido de un perro en el
pueblo, se escuchaban distintamente; y la banda que tocaba en
el muelle, que tocaba una vivaracha marcha francesa, era una
disonancia en la gran armonía del silencio de la naturaleza. Un
poco después de medianoche llegó un extraño sonido desde el
mar, y muy en lo alto comenzó a producirse un retumbo extraño,
tenue,hueco.
Entonces, sin previo aviso, irrumpió la tempestad. Con
una rapidez que, en aquellos momentos, parecía increíble, y que
aún después es inconcebible; todo el aspecto de la naturaleza
se volvió de inmediato convulso. Las olas se elevaron creciendo
con furia, cada una sobrepasando a su compañera, hasta que en
muy pocos minutos el vidrioso mar de no hacía mucho tiempo
estaba rugiendo y devorando como un monstruo. Olas de cres

95
Drácula de Bram Stoker

tas blancas golpearon salvajemente la arena de las playas y se


lanzaron contra los pronunciados acantilados; otras se quebra
ron sobre los muelles, y barrieron con su espuma las linternas de
los faros que se levantaban en cada uno de los extremos de los
muelles en el puerto de Whitby. El viento rugía como un trueno,
y soplaba con tal fuerza que les era difícil incluso a hombres
fuertes mantenerse en pie, o sujetarse con un desesperado
abrazo de los puntales de acero. Fue necesario hacer que la
masa de curiosos desalojara por completo los muelles, o de otra
manera las desgracias de la noche habrían aumentado conside
rablemente. Por si fueran pocas las dificultades y los peligros
que se cernían sobre el poblado, unas masas de niebla marina
comenzaron a invadir la tierra, nubes blancas y húmedas que
avanzaron de manera fantasmal, tan húmedas, vaporosas y frías
que se necesitaba sólo un pequeño esfuerzo de la imaginación
para pensar que los espíritus de aquellos perdidos en el mar
estaban tocando a sus cofrades vivientes con las viscosas ma
nos de la muerte, y más de una persona sintió temblores y esca
lofríos al tiempo que las espirales de niebla marina subían tierra
adentro. Por unos instantes la niebla se aclaraba y se podía ver
el mar a alguna distancia, a la luz de los relámpagos, que ahora
se sucedían frecuentemente seguidos por repentinos estrépitos
de truenos, tan horrísonos que todo el cielo encima de uno pare
cía temblar bajo el golpe de la tormenta.
Algunas de las escenas que acontecieron fueron de una
grandiosidad inconmensurable y de un interés absorbente. El
mar, levantándose tan alto como las montañas, lanzaba al cielo
grandes masas de espuma blanca, que la tempestad parecía
coger y desperdigar por todo el espacio; aquí y allí un bote pes
cador, con las velas rasgadas, navegando desesperadamente
en busca de refugio ante el peligro; de vez en cuando las blan
cas alas de una ave marina ondeada por la tormenta. En la cús
pide de East Cliff el nuevo reflector estaba preparado para entrar
en acción, pero todavía no había sido probado; los trabajadores
encargados de él lo pusieron en posición, y en las pausas de la
niebla que se nos venía encima barrieron con él la superficie del
mar. Una o dos veces prestó el más eficiente de los servicios,
como cuando un barco de pesca, con la borda bajo el agua, se
precipitó hacia el puerto, esquivando, gracias a la guía de la luz
protectora, el peligro de chocar contra los muelles. Cada vez que
un bote lograba llegar a salvo al puerto había un grito de júbilo
de la muchedumbre congregada en la orilla; un grito que por un

96
Drácula de Bram Stoker

momento parecía sobresalir del ventarrón, pero que era final


mente opacado por su empuje.
Al poco tiempo, el reflector descubrió a alguna distancia
una goleta con todas sus velas desplegadas, aparentemente el
mismo navío que había sido avistado esa misma noche. A esas
horas, el viento había retrocedido hacia el este, y un temblor
recorrió a todos los espectadores del acantilado cuando presen
ciaron el terrible peligro en el que se encontraba la nave. Entre
ella y el puerto había un gran arrecife plano sobre el cual han
chocado de tiempo en tiempo tantos buenos barcos, y que, con
el viento soplando en esa dirección, sería un obstáculo casi im
posible de franquear en caso de que intentase ganar la entrada
del puerto. Ya era casi la hora de la marea alta, pero las olas
eran tan impetuosas que en sus senos casi se hacían visibles
las arenas de la playa, y la goleta, con todas las velas desplega
das, se precipitaba con tanta velocidad que, en las palabras de
un viejo lobo de mar, "debía de llegar a alguna parte, aunque
sólo fuese al infierno".
Luego llegó otra ráfaga de niebla marina, más espesa
que todas las anteriores; una masa de neblina húmeda que pa
reció envolver a todas las cosas como un sudario gris y dejó
asequible a los hombres sólo el órgano del oído, pues el ruido de
la tempestad, el estallido de los truenos y el retumbo de las po
derosas oleadas que llegaban a través del húmedo ambiente
eran más fuertes que nunca. Los rayos del reflector se mantuvie
ron fijos en la boca del puerto a través del muelle del este, donde
se esperaba el choque, y los hombres contuvieron la respiración.
Repentinamente, el viento cambió hacia el noreste, y el resto de
la niebla marina se diluyó; y entonces, mirabile dictu, entre los
muelles, levantándose de ola en ola a medida que avanzaba a
gran velocidad, entró la rara goleta con todas sus velas desple
gadas y alcanzó el santuario del puerto. El reflector la siguió, y
un escalofrío recorrió a todos los que la vieron, pues atado al
timón había un cuerpo, con la cabeza caída, que se balanceaba
horriblemente hacia uno y otro lado con cada movimiento del
barco. No se podía ver ninguna otra forma sobre cubierta.
Un gran estado de reverencia y temor sobrecogió a to
dos cuando vieron que el barco, como por milagro, había encon
trado el puerto, ¡guiado solamente por las manos de un hombre
muerto! Sin embargo, todo se llevó a cabo más rápidamente de
lo que tardo en escribir estas palabras. La goleta no se detuvo,
sino que, navegando velozmente a través del puerto, embistió en

97
Drácula de Bram Stoker

un banco de arena y grava lavado por muchas mareas y muchas


tormentas, situado en la esquina sureste del muelle que sobre
sale bajo East Cliff, y que localmente es conocido como el mue
lle Tate Hill.
Por supuesto que cuando la nave embistió contra el
montón de arena se produjo una sacudida considerable. Cada
verga, lazo y montante sufrió la sacudida, y una parte del mástil
principal se vino abajo. Pero lo más extraño de todo fue que, en
el mismo instante en que tocó la orilla, un perro inmenso saltó a
cubierta desde abajo, y como si hubiese sido proyectado por el
golpe, corrió hacia adelante y saltó desde la proa a la arena.
Corriendo directamente hacia el empinado acantilado donde el
cementerio de la iglesia cuelga sobre la callejuela que va hacia
el muelle del este, tan pronunciadamente que algunas de las
lápidas (" transatlánticas" o "piedras atravesadas", como las
llaman vernacularmente aquí en Whitby) se proyectan de hecho
donde el acantilado que la sostenía se ha derrumbado, y desa
pareció en la oscuridad, que parecía intensificada justamente
más allá de la luz del reflector.
Sucedió que por casualidad en aquellos momentos no
había nadie en el muelle de Tate Hill, pues todos aquellos cuyas
casas se encontraban en la proximidad estaban, o en cama, o
habían subido a las alturas para ver mejor. Por eso el capitán del
guardacostas de turno en el lado este del puerto, que de inme
diato corrió hacia el pequeño muelle, fue el primero que pudo
subir a bordo. Los hombres que manejaban el reflector, después
de escudriñar la entrada al puerto sin ver nada, dirigieron la luz
hacia el buque abandonado y la mantuvieron allí. El capitán del
guardacostas corrió sobre la cubierta de popa, y cuando llegó al
lado de la rueda se inclinó para examinarla, y retrocedió de pron
to como si estuviera bajo una fuerte emoción. Esto pareció picar
la curiosidad general y un buen número de personas comenza
ron a correr. Es un buen trecho el que hay desde West Cliff pa
sando por el puente de Drawbridge hasta el muelle de Tate Hill,
pero su corresponsal es un corredor bastante bueno, y llegué
con buena ventaja sobre el resto de la gente. Sin embargo,
cuando llegué, encontré en el muelle a una muchedumbre que
ya se había reunido, y a la cual el capitán del guardacostas y la
policía no permitían subir a bordo. Por cortesía del jefe de mari
neros se me permitió, como corresponsal que soy, subir a bordo,
y fui uno de los del pequeño grupo que vio al marinero muerto
mientras se encontraba todavía atado a la rueda del timón.

98
Drácula de Bram Stoker

No era de extrañar que el capitán del guardacostas se


hubiera sorprendido, o que hubiera sentido temor, pues no es
muy común que puedan verse cosas semejantes. El hombre
estaba simplemente atado de manos, una sobre otra, a la cabilla
de la rueda del timón. Entre su mano derecha y la madera había
un crucifijo, estando los rosarios con los cuales se encontraba
sujeto tanto alrededor de sus puños como de la rueda, y todo
fuertemente atado por las cuerdas que lo amarraban. El pobre
sujeto puede ser que haya estado sentado al principio, pero el
aleteo y golpeteo de las velas habían hecho sus efectos en el
timón de la rueda y lo arrastraron hacia uno y otro lado, de tal
manera que las cuerdas con que estaba atado le habían cortado
la carne hasta el hueso. Una detallada descripción del estado de
cosas fue hecha, y un médico, el cirujano J. M. Caffyn, de East
Elliot Place, Nº 33, quien subió inmediatamente después de mí,
declaró después de hacer un examen que el hombre debió ha
ber estado muerto por lo menos durante dos días. En su bolsillo
había una botella, cuidadosamente tapada con un corcho, y
vacía, salvo por un pequeño rollo de papel, que resultó ser el
apéndice del diario de bitácora.
El capitán del guardacostas dijo que el hombre debió
haber atado sus propias manos apretando los nudos con sus
dientes. El hecho de que el capitán del guardacostas fue el pri
mero en subir a bordo, puede evitar algunas complicaciones más
tarde en la Corte del Almirantazgo; pues los guardacostas no
pueden reclamar el derecho de salvamento a que pueden optar
todos los civiles que sean primeros en encontrar un barco aban
donado.
Sin embargo, los funcionarios legales ya se están mo
viendo, y un joven estudiante de leyes está asegurando en altas
y claras voces que los derechos del propietario ya están comple
tamente sacrificados, siendo retenida su propiedad en contra
vención a los estatutos de manos muertas, ya que la caña del
timón, como emblema, si no es prueba de posesión delegada, es
considerada mano muerta. Es innecesario decir que el marinero
muerto ha sido reverentemente retirado del lugar donde mante
nía su venerable vigilancia y guardia (con una tenacidad tan
noble como la del joven Casablanca), y ha sido colocado en el
depósito de cadáveres en espera de futuras pesquisas.
Ya esta pasando la repentina tormenta, y su ferocidad
está menguando; la gente se desperdiga en dirección a sus ca
sas, y el cielo esta comenzando a enrojecer sobre la campiña de

99
Drácula de Bram Stoker

Yorkshire. Enviaré, a tiempo para su próxima edición, más deta


lles del barco abandonado que encontró tan milagrosamente la
ruta hacia el puerto, en medio de la tormenta.

9 de agosto. La secuela al extraño arribo del barco


abandonado en la tormenta de anoche es casi más asombrosa
que el hecho mismo. Resulta que la goleta es rusa, de Varna, y
que es llamada Demetrio. Está llena casi enteramente de lastre
de arena de plata, con sólo una pequeña cantidad de carga:
muchas cajas grandes de madera llenas de tierra. Esta carga
estaba consignada a un procurador de Whitby, el señor S. F.
Billington, de La Creciente, Nº 7, quien esta mañana fue a bordo
y tomó posesión formal de los bienes consignados a nombre de
él. El cónsul ruso, también, actuando por el lado del embarque,
tomó posesión formal del barco y pagó todos los impuestos por
tuarios, etcétera. No se habla de otra cosa aquí que de la extra
ña coincidencia; los empleados del Ministerio de Comercio han
sido exageradamente escrupulosos en ver que todos los trámites
legales se cumplan de acuerdo con las disposiciones vigentes.
Como el asunto parece que va a ser "un milagro de nue
ve días", están evidentemente determinados a que no exista
causa para mayores complicaciones. Se ha notado bastante
interés por el perro que saltó a tierra cuando el barco encalló, y
más de un miembro de la A. P. C. A., que es muy fuerte aquí en
Whitby, ha tratado de hacerse cargo del animal. Pero para des
consuelo general, no ha sido posible encontrarlo en ningún lado;
más bien parece que ha desaparecido por completo del pueblo.
Muy bien puede ser que se encontrara aterrorizado y que haya
corrido a refugiarse en los pantanos, donde posiblemente está
todavía escondido. Hay algunos que miran con miedo esta últi
ma posibilidad pues podría ser que después se convirtiera en un
peligro, ya que evidentemente se trata de una bestia feroz. Tem
prano esta mañana, un perro grande, un mastín mestizo perte
neciente a un comerciante de carbón cercano al muelle de Tate
Hill, apareció muerto en el camino situado enfrente al patio de su
dueño. Había estado peleando, y, manifiestamente tuvo a un
oponente salvaje, pues tenía la garganta desgarrada y su vientre
estaba abierto como por una garra salvaje.
Más tarde. Por amabilidad del inspector del Ministerio de
Comercio, se me ha permitido que eche una mirada al cuaderno
de bitácora del Demetrio, que está en orden hasta hace tres
días, pero que no contenía nada de especial interés, excepto lo

100
Drácula de Bram Stoker

relativo a los hechos de hombres desaparecidos. El mayor inte


rés, sin embargo, se centra respecto al papel encontrado en la
botella, que fue presentado hoy durante las averiguaciones; y
puedo asegurar que un cuento más extraño como el que parece
deducirse de ambas cosas, nunca se había atravesado en mi
camino.
Como no hay motivos para guardar secreto, se me per
mite que los use y le envíe a usted un relato detallado, omitiendo
simplemente detalles técnicos de marinería y de sobrecargo.
Casi parece como si el capitán hubiese sido sobrecogido por una
especie de manía antes de que hubiesen llegado mar adentro, y
que ésta se continuara desarrollando persistentemente a través
del viaje. Por supuesto, mi aseveración debe ser tomada cum
grano, porque estoy escribiendo según lo dictado por un em
pleado del cónsul ruso, quien amablemente traduce para mí, ya
que hay poco tiempo.

CUADERNO DE BITÁCORA DEL "DEMETRIO"

De Verna a Whitby
Escrito el 18 de julio. Pasan cosas tan extrañas, de las
que mantendré de aquí en adelante una detallada información
hasta que lleguemos a tierra.
El 6 de julio terminamos de embarcar el cargamento,
arena de plata y cajas con tierra. Por la tarde zarpamos. Viento
del este, fresco. Tripulación, cinco manos..., dos oficiales, coci
nero y yo (capitán).
El 11 de julio al amanecer entramos al Bósforo. Subieron
a bordo empleados turcos de la aduana. Propinas. Todo correc
to. Reanudamos viaje a las 4 p. m.
12 de julio a través de los Dardanelos. Más empleados
de aduana y barco insignia del escuadrón de guardia. Otra vez
propinas. El trabajo de los oficiales detallado, pero rápido. Que
rían deshacerse de nosotros con prontitud. Al anochecer pasa
mos al archipiélago.
El 13 de julio pasamos cabo Matapán. La tripulación se
encuentra insatisfecha por algo. Parece asustada, pero no dice
por qué.
El 14 de julio estuve un tanto ansioso por la tripulación.
Todos los hombres son de confianza y han navegado conmigo

101
Drácula de Bram Stoker

otras veces. El piloto tampoco pudo averiguar lo que sucede;


sólo le dijeron que había algo, y se persignaron. El piloto perdió
los estribos con uno de ellos ese día y le dio un puñetazo. Espe
raba una pelea feroz, pero todo está tranquilo.
El 16 de julio el piloto informó en la mañana que uno de
la tripulación, Petrovsky, ha desaparecido. No pudo dar más
datos. Tomó guardia a babor a las ocho campanas, anoche; fue
relevado por Abramov, pero no fue a acostarse a su litera. Los
hombres, muy deprimidos, dijeron todos que ya esperaban algo
parecido, pero no dijeron más sino que había algo a bordo. El
piloto se está poniendo muy impaciente con ellos; temo más
incidentes enojosos más tarde.
El 17 de julio, ayer, uno de los hombres, Olgaren, llegó a
mi cabina y de una manera confidencial y temerosa me dijo que
él pensaba que había un hombre extraño a bordo del barco. Me
narró que en su guardia había estado escondido detrás de la
cámara de cubierta, pues había lluvia de tormenta, cuando vio a
un hombre alto, delgado, que no se parecía a ninguno de la tri
pulación, subiendo la escalera de la cámara y caminando hacia
adelante sobre cubierta, para luego desaparecer. Lo siguió cau
telosamente, pero cuando llegó cerca de la proa no encontró a
nadie, y todas las escotillas estaban cerradas. Le entró un miedo
pánico supersticioso, y temo que ese pánico pueda contagiarse
a los demás. Adelantándome, hoy haré que registren todo el
barco cuidadosamente, de proa a popa.
Más tarde ese mismo día reuní a toda la tripulación y les
dije que, como ellos evidentemente pensaban que había alguien
en el barco, lo registraríamos de proa a popa.
El primer oficial se enojó; dijo que era una tontería, y que
ceder ante tan tontas ideas desmoralizaría más a los hombres;
dijo que él se comprometía a mantenerlos en orden a punta de
garrote. Lo dejé a él encargado del timón, mientras el resto co
menzaba a buscar, manteniéndonos todos unos al lado de otros,
con linternas; no dejamos una esquina sin registrar. Como todo
lo que había eran unas grandes cajas de madera, no había posi
bles resquicios donde un hombre se pudiera esconder. Los
hombres estaban mucho más aliviados cuando terminamos el
registro, y se dedicaron a sus faenas con alegría. El primer ofi
cial refunfuñó, pero no dijo nada más.
22 de julio. Los últimos tres días, tiempo malo, y todas
las manos ocupadas en las velas: no hay tiempo para estar

102
Drácula de Bram Stoker

asustados. Los hombres parecen haber olvidado sus temores. El


piloto, alegre otra vez, y todo marcha muy bien. Elogié a los
hombres por su magnífica labor durante el mal tiempo. Pasamos
Gibraltar y salimos de los estrechos.
Todo bien.
24 de julio. Parece que pesa una maldición sobre este
barco. Ya teníamos una mano menos, y al entrar en la bahía de
Vizcaya con un tiempo de los diablos, otro hombre ha desapare
cido anoche, sin dejar rastro. Como el primero, dejó su guardia y
no se lo volvió a ver. Todos los hombres tienen un miedo pánico;
envié una orden aceptando su solicitud de que se hagan guar
dias dobles, pues tienen miedo de estar solos. El piloto, furioso.
Temo que podamos tener algunos problemas, ya que o él o los
hombres pueden emplear la violencia.
28 de julio. Cuatro días de infierno, bamboleándonos en
una especie de tifón, y con vientos tempestuosos. Nadie ha po
dido dormir. Todos los hombres están cansados. Apenas sé
cómo montar una guardia, ya que ninguno está en condiciones
de seguir adelante. El segundo oficial se ofreció voluntariamente
a timonear y hacer guardia, permitiendo así que los hombres
pudieran dormir un par de horas. El viento está amainando; el
mar todavía terrorífico, pero se siente menos, ya que el barco ha
ganado estabilidad.
29 de julio. Otra tragedia. Esta noche tuvimos guardia
sencilla, ya que la tripulación está muy cansada para hacerla
doble. Cuando la guardia de la mañana subió a cubierta no pudo
encontrar a nadie a excepción del piloto. Comenzó a gritar y
todos subieron a cubierta. Minucioso registro, pero no se encon
tró a nadie. Ahora estamos sin segundo oficial, y con la tripula
ción en gran pánico. El piloto y yo acordamos ir siempre arma
dos de ahora en adelante, y acechar cualquier señal de la causa.
30 de julio. Noche. Todos regocijados pues nos acerca
mos a Inglaterra. Tiempo magnífico, todas las velas desplega
das. Me retiré por agotamiento; dormí profundamente; fui des
pertado por el oficial diciéndome que ambos hombres, el de
guardia y el piloto, habían desaparecido. Sólo quedamos dos
tripulantes, el primer oficial y yo, para gobernar el barco.

1 de agosto. Dos días de niebla y sin avistar una vela.


Había esperado que en Canal de la Mancha podríamos hacer

103
Drácula de Bram Stoker

señales pidiendo auxilio o llegar a algún lado. No teniendo fuer


zas para trabajar las velas, tenemos que navegar con el viento.
No nos atrevemos a arriarlas, porque no podríamos izarlas otra
vez. Parece que se nos arrastra hacia un terrible desenlace. El
primer oficial está ahora más desmoralizado que cualquiera de
los hombres. Su naturaleza más fuerte parece que ha trabajado
en su interior inversamente en contra de él. Los hombres están
más allá del miedo, trabajando fuerte y pacientemente, con sus
mentes preparadas para lo peor. Son rusos; él es rumano.

2 de agosto, medianoche. Me desperté después de po


cos minutos de dormir escuchando un grito, que parecía dado al
lado de mi puerta. No podía ver nada por la neblina. Corría cu
bierta y choqué contra el primer oficial. Me dice que escuchó el
grito y corrió, pero no había señales del hombre que estaba de
guardia. Otro menos. ¡Señor, ayúdanos! El primer oficial dice
que ya debemos haber pasado el estrecho de Dover, pues en un
momento en que se aclaró la niebla alcanzó a ver North Fore
land, en el mismo instante en que escuchó el grito del hombre.
Si es así, estamos ahora en el Mar del Norte, y sólo Dios puede
guiarnos en esta niebla, que parece moverse con nosotros; y
Dios parece que nos ha abandonado.

3 de agosto. A medianoche fui a relevar al hombre en el


timón y cuando llegué no encontré a nadie ahí. El viento era
firme, y como navegamos hacia donde nos lleve, no había nin
gún movimiento. No me atrevía dejar solo el timón, por lo que le
grité al oficial. Después de unos segundos subió corriendo a
cubierta en sus franelas. Traía los ojos desorbitados y el rostro
macilento, por lo que temo mucho que haya perdido la razón. Se
acercó a mí y me susurró con voz ronca, colocando su boca
cerca de mi oído, como si temiese que el mismo aire escuchara:
"Está aquí; ahora lo sé. Al hacer guardia anoche lo vi, un hombre
alto y delgado y sepulcralmente pálido. Estaba cerca de la proa,
mirando hacia afuera. Me acerqué a él a rastras y le hundí mi
cuchillo; pero éste lo atravesó, vacío como el aire." Al tiempo
que hablaba sacó su cuchillo y empezó a moverlo salvajemente
en el espacio. Luego, continuó: "Pero como está aquí, lo encon
traré. Está en la bodega, quizá en una de esas cajas. Las des
tornillaré una por una y veré. Usted, sujete el timón." Y, con una
mirada de advertencia, poniéndose el dedo sobre los labios, se
dirigió hacia abajo. Se estaba alzando un viento peligroso, y yo

104
Drácula de Bram Stoker

no podía dejar el timón. Lo vi salir otra vez a cubierta con una


caja de herramientas y una linterna y descender por la escotilla
delantera. Está loco; completamente delirante de locura, y no
tiene sentido que trate de detenerlo. No puede hacer daño a
esas grandes cajas: están detalladas como "arcilla", y que las
arrastre de un lado a otro no tiene ninguna importancia. Así es
que aquí me quedo, cuido del timón y escribo estas notas.
Sólo puedo confiar en Dios y esperar a que la niebla se
aclare. Entonces, si puedo pilotear la nave hacia cualquier puer
to con el viento que haya, arriaré las velas y me quedaré des
cansando, haciendo señales, pidiendo auxilio...
Ya casi todo ha terminado. Justamente cuando estaba
comenzando a pensar que el primer oficial podría regresar más
calmado, pues lo escuché martillando algo en la bodega, y traba
jar le hace bien, subió por la escotilla un grito repentino que me
heló la sangre; y apareció él sobre cubierta como disparado por
un arma, completamente loco, con los ojos girando y el rostro
convulso por el miedo. "¡Sálvame, sálvame!", gritó, y luego miró
a su alrededor al manto de neblina. Su horror se volvió desespe
ración, y con voz tranquila dijo: "Sería mejor que usted también
viniera, capitán, antes de que sea demasiado tarde. Está aquí.
Ahora conozco el secreto. ¡El mar me salvará de él, y es todo lo
que queda!" Antes de que yo pudiera decir una palabra, o pudie
ra adelantarme para detenerlo, saltó a la amura, y deliberada
mente se lanzó al mar. Supongo que ahora yo también conozco
el secreto. Fue este loco el que despachó a los hombres uno a
uno y ahora él mismo los ha seguido. ¡Dios me ayude! ¿Cómo
voy a poder dar parte de todos estos horrores cuando llegue a
puerto? ¡Cuando llegue a puerto! ¿Y cuándo será eso?

4 de agosto. Todavía niebla, que el sol no puede atrave


sar. Sé que el sol ha ascendido porque soy marinero, pero no sé
por qué otros motivos. No me atrevo a ir abajo; no me atrevo a
abandonar el timón; así es que pasé aquí toda la noche, y en la
velada oscuridad de la noche lo vi, ¡a él! Dios me perdone, pero
el oficial tuvo razón al saltar por la borda. Era mejor morir como
un hombre; la muerte de un marinero en las azules aguas del
mar no puede ser objetada por nadie. Pero yo soy el capitán, y
no puedo abandonar mi barco. Pero yo frustraré a este enemigo
o monstruo, pues cuando las fuerzas comiencen a fallarme ataré
mis manos al timón, y junto con ellas ataré eso a lo cual esto —
¡él! no se atreve a tocar; y entonces, venga buen viento o mal

105
Drácula de Bram Stoker

viento, salvaré mi alma y mi honor de capitán. Me estoy debili


tando, y la noche se acerca. Si puede verme otra vez a la cara
pudiera ser que no tuviese tiempo de actuar... Si naufragamos,
tal vez se encuentre esta botella, y aquellos que me encuentren
comprenderán; si no... Bien, entonces todos los hombre sabrán
que he sido fiel a mi juramento. Dios y la Virgen Santísima y los
santos ayuden a una pobre alma ignorante que trata de cumplir
con su deber...

Por supuesto, el veredicto fue de absolución. No hay


evidencia que aducir; y si fue el hombre mismo quien cometió los
asesinatos, o no fue él, es algo que nadie puede atestiguar. El
pueblo aquí sostiene casi universalmente que el capitán es sim
plemente un héroe, y se le va a enterrar con todos los honores.
Ya está arreglado que su cuerpo debe ser llevado con un tren de
botes por un trecho a lo largo del Esk, y luego será traído de
regreso hasta el muelle de Tate Hill y subido por la escalinata
hasta la abadía; pues se ha dispuesto que sea enterrado en el
cementerio de la iglesia, sobre el acantilado. Los propietarios de
más de cien barcazas ya han dado sus nombres, señalando que
desean seguir el cortejo fúnebre del capitán.
No se han encontrado rastros del inmenso perro; por es
to hay mucha tristeza, ya que, con la opinión pública en su pre
sente estado, el animal hubiera sido, creo yo, adoptado por el
pueblo. Mañana será el funeral, y así terminará este nuevo "mis-
terio del mar".
Del diario de Mina Murray

8 de agosto. Lucy pasó toda la noche muy intranquila, y


yo tampoco pude dormir. La tormenta fue terrible, y mientras
retumbaba fuertemente entre los tiestos de la chimenea, me hizo
temblar. Al llegar una fuerte ráfaga de viento, parecía el disparo
de un cañón distante. Cosa bastante rara, Lucy no se despertó;
pero se levantó dos veces y se vistió. Por fortuna, en cada oca
sión me desperté a tiempo y me las arreglé para desvestirla sin
despertarla, metiéndola otra vez en cama. Es cosa muy rara este
su sonambulismo, pues tan pronto como su voluntad es frustra
da de cualquier manera física, su intención, si es que la tiene,
desaparece, y se entrega casi exactamente a la rutina de su
vida.

106
Drácula de Bram Stoker

Temprano esta mañana nos levantamos las dos y baja


mos hasta el puerto para ver si había sucedido algo durante la
noche. Había muy poca gente en los alrededores, y aunque el
sol estaba brillando y el aire estaba claro y fresco, las grandes
olas amenazantes, que parecían más oscuras de lo que eran
debido a que la espuma las coronaba con penachos de nieve, se
abrían paso a través de la estrecha boca del puerto, como un
hombre que camina a codazos entre una multitud. Sin razón
aparente me sentí contenta de que Jonathan no hubiera estado
en el mar, sino en tierra. Pero, ¡oh!, ¿está en tierra o en mar?
¿Dónde está él, y cómo? Me estoy poniendo verdaderamente
ansiosa por su paradero. ¡Si sólo supiera lo que debo hacer, y si
pudiera hacer algo!

10 de agosto. Los funerales del pobre capitán, hoy, fue


ron de lo más conmovedor. Todos los botes del puerto parecían
estar ahí, y el féretro fue llevado en hombros por capitanes todo
el camino, desde el muelle de Tate Hill hasta el cementerio de la
iglesia. Lucy vino conmigo, y nos fuimos muy temprano a nues
tro viejo asiento, mientras el cortejo de botes remontó el río has
ta el viaducto y luego descendió nuevamente. Tuvimos una vista
magnífica, y vimos la procesión casi durante todo el viaje. Al
pobre hombre lo pusieron a descansar cerca de nuestro asiento,
de tal manera que nosotras nos paramos y, cuando llegó la hora,
pudimos verlo todo. La pobre Lucy parecía estar muy nerviosa.
Estuvo todo el tiempo inquieta y alterada, y no puedo sino pen
sar que sus sueños de la noche le están afectando. Hay algo
muy extraño: no quiere admitirme a mí que hay alguna causa
para su desasosiego; o si hay alguna causa, ella misma no la
comprende. Hay un motivo adicional en el hecho de que el pobre
anciano, el señor Swales, fue encontrado muerto esta mañana
en nuestro asiento, con la nuca quebrada. Evidentemente, como
dijo el médico, cayó de espaldas sobre el asiento, presa de mie
do, pues en su rostro había una mirada de temor y horror, que
los hombres decían los hacía temblar. ¡Pobre querido anciano!
¡Quizá ha visto a la muerte con sus ojos moribundos! Lucy es
tan dulce y siente las influencias más agudamente que otra gen
te.
Ahora mismo está muy excitada por un pequeño detalle
al que yo no le presté mucha atención, aunque yo misma quiero
mucho a los animales. Uno de los hombres que siempre subía
aquí para mirar los botes era seguido por su perro. El perro

107
Drácula de Bram Stoker

siempre estaba con él. Los dos son muy tranquilos, y yo nunca vi
al hombre enojado, ni escuché que el perro ladrara. Durante el
servicio el perro no quiso acercarse a su dueño, que estaba
sobre el asiento con nosotras, sino que se mantuvo a unos cuan
tos metros de distancia y ladrando y aullando. Su dueño le habló
primero suavemente, luego en tono más áspero, y finalmente
muy enojado; pero el animal no quiso acercarse ni cesó de hacer
ruido. Estaba poseído como por una especie de rabia, con sus
ojos brillándole salvajemente, y todos los pelos erizados como la
cola de un gato cuando se está preparando para la pelea. Final
mente, también el hombre se enojó, y saltando del asiento le dio
puntapiés al perro, y luego, tomándolo por el pescuezo, lo arras
tró y lo tiró sobre la lápida en la cual está montado el asiento. En
el momento en que tocó la lápida la pobre criatura recobró su
actitud pacífica, pero comenzó a temblar desesperadamente. No
trató de irse, sino que se enroscó, temblando y agachándose, y
se encontraba en tal estado de terror que yo traté de calmarlo,
aunque sin efecto, Lucy también sintió compasión, pero no inten
tó tocar al perro sino que sólo lo miró con lástima. Temo mucho
que tenga una naturaleza demasiado sensible como para que
pueda andar por el mundo sin problemas. Estoy segura de que
esta misma noche soñará con todo lo que ha sucedido. Toda la
acumulación de hechos extraños (el barco piloteado hasta el
puerto por un hombre muerto; su actitud, atado al timón con un
crucifijo y rosarios; el emotivo funeral; el perro, unas veces furio
so y otras aterrorizado) le dará abundante material para sus
sueños.
Creo que para ella lo mejor sería retirarse a su cama,
cansada físicamente, por lo que la llevaré a dar una larga cami
nata por los acantilados de la bahía de Robin Hood, y luego de
regreso. No creo que después le queden muchas inclinaciones
para caminar dormida.

108
Drácula de Bram Stoker

VIII
Del diario de Mina Murray

Mismo día, 11 p. m. ¡Oh, cómo estoy cansada! Si no fue


ra porque he tomado como un deber escribir en mi diario todas
las noches, hoy no lo abriría. Tuvimos un paseo encantador.
Después de un rato, Lucy estaba de mejor humor, debido, creo,
a unas pacíficas vacas que llegaron a olfatearnos en el campo
cerca del faro, y nos sacaron completamente de quicio. Creo que
lo olvidamos todo, excepto, por supuesto, el temor personal, y
esto pareció borrarlo todo y damos la oportunidad de comenzar
de nuevo.
Tomamos un magnífico "té a la inglesa" en una pequeña
y simpática posada, de antiguo estilo, en la bahía de Robin
Hood, con una ventana arqueada que daba a las rocas cubiertas
de algas marinas en la playa. Creo que hubiéramos asustado a
la "Nueva Mujer" con nuestros apetitos. ¡Los hombres son más
tolerantes, benditos sean! Luego, emprendimos la caminata de
regreso a casa, haciendo alguna o más bien muchas paradas
para descansar, y con nuestros corazones en constante temor
por los toros salvajes. Lucy estaba verdaderamente cansada, y
teníamos la intención de escabullirnos a cama tan pronto como
pudiéramos. Sin embargo, llegó el joven cura, y la señora Wes
tenra le pidió que se quedara a cenar. Lucy y yo, ambas, tuvimos
una pelea por ello con el molendero; yo sé que de mi parte fue
una pelea muy dura, y soy bastante heroica.
Creo que algún día los obispos deben reunirse y ver có
mo crían una nueva clase de curas, que no acepten a quedarse
a cenar, sin importar cuánto se insista, y que sepan cuándo las
muchachas están cansadas. Lucy está dormida y respira sua
vemente. Tiene más color en las mejillas que otras veces, ¡y su
aspecto es tan dulce! Si el Señor Holmwood se enamoró de ella
viéndola solamente en la sala, me pregunto qué diría si pudiera
verla ahora. Algunas de las escritoras de la "Nueva Mujer" pon
drían en práctica algún día la idea de que los hombres y las mu
jeres deben poder verse primero durmiendo antes de hacer pro
posiciones o aceptar. Pero yo supongo que la "Nueva Mujer" no
condescenderá en el futuro a aceptar; ella misma hará la pro

109
Drácula de Bram Stoker

puesta por su cuenta. ¡Y bonito va a ser el trabajo que tendrá!


En esto hay alguna consolación. Esta noche estoy muy contenta
porque mi querida Lucy parece estar bastante mejor.
Realmente creo que ya ha doblado la esquina, y que los
problemas motivados por su sonambulismo han sido superados.
Estaría completamente feliz con sólo tener noticias de Jonat
han... Dios lo bendiga y lo guarde.

11 de agosto, 3 a. m. No tengo sueño, por lo que mejor


será que escriba. Estoy demasiado agitada para poder dormir.
Hemos tenido una aventura extraordinaria; una experiencia muy
dolorosa. Me quedé dormida tan pronto como cerré mi diario...
Repentinamente desperté del todo, y me senté, con una
terrible sensación de miedo en todo el cuerpo; con un sentimien
to de vacío alrededor de mí. El cuarto estaba a oscuras, por lo
que no podía ver la cama de Lucy; me acerqué a ella y la bus
qué a tientas. La cama estaba vacía. Encendí un fósforo y des
cubrí que ella no estaba en el cuarto. La puerta estaba cerrada,
pero no con llave como yo la había dejado. Temí despertar a su
madre, que últimamente ha estado bastante enferma, por lo que
me puse alguna ropa y me apresté a buscarla. En el instante en
que dejaba el cuarto se me ocurrió que las ropas que ella llevara
puestas me podrían dar alguna pista de sus sonámbulas inten
ciones. La bata significaría la casa; un vestido, la calle. Pero
tanto la bata como sus vestidos estaban en su lugar. "Dios mío",
me dije a mí misma, "no puede estar lejos, ya que sólo lleva su
camisón de dormir." Bajé corriendo las escaleras y miré en la
sala. ¡No estaba allí! Entonces busqué en los otros cuartos
abiertos de la casa, con un frío temor siempre creciente en mi
corazón. Finalmente llegué a la puerta del corredor y la encontré
abierta. No estaba abierta del todo, pero el pestillo de la cerradu
ra no estaba corrido. La gente de la casa siempre es muy cuida
dosa al cerrar la puerta todas las noches, por lo que temí que
Lucy se hubiera ido tal como andaba. No había tiempo para
pensar en lo que pudiera ocurrir; un miedo vago, invencible,
oscureció todos los detalles. Tomé un chal grande y pesado, y
corrí hacia afuera. El reloj estaba dando la una cuando estaba
en la Creciente, y no había ni un alma a la vista. Corrí a lo largo
de la Terraza Norte, pero no pude ver señales de la blanca figura
que esperaba encontrar. Al borde de West Cliff, sobre el muelle,
miré a través del puerto hacia East Cliff, con la esperanza o el
temor, no sé cuál, de ver a Lucy en nuestro asiento favorito.

110
Drácula de Bram Stoker

Había una luna llena, brillante, con rápidas nubes negras y pe


sadas, que daban a toda la escena una diorama de luz y sombra
a medida que cruzaban navegando; por unos instantes no pude
ver nada, pues la sombra de una nube oscurecía la iglesia de
Santa María y todo su alrededor. Luego, al pasar la nube, pude
ver las ruinas de la abadía que se hacían visibles; y cuando una
estrecha franja de luz tan aguda como filo de espada pasó a lo
largo, pude ver a la iglesia y el cementerio de la iglesia aparecer
dentro del campo de luz. Cualquiera que haya sido mi expecta
ción, no fue defraudada, pues allí, en nuestro asiento, la platea
da luz de la luna iluminó una figura a medias reclinada, blanca
como la nieve. La llegada de la nube fue demasiado rápida para
mí, y no me permitió ver mucho, pues las sombras cayeron so
bre la luz casi de inmediato; pero me pareció como si algo oscu
ro estuviera detrás del asiento donde brillaba la figura blanca, y
se inclinaba sobre ella. Si era hombre o bestia, es algo que no
puedo decir. No esperé a poder echar otra mirada, sino que
descendí corriendo las gradas hasta el muelle y me apresuré a
través del mercado de pescado hasta el puente, que era el único
camino por el cual se podía llegar a East Cliff. El pueblo parecía
muerto, pues no había un alma por todo el lugar. Me regocijó de
que fuera así, ya que no deseaba ningún testigo de la pobre
condición en que se encontraba Lucy. El tiempo y la distancia
parecían infinitos, y mis rodillas temblaban y mi respiración se
hizo fatigosa mientras subía afanosamente las interminables
gradas de la abadía. Debo haber corrido rápido, y sin embargo,
a mí me parecía que mis pies estaban cargados de plomo, y
como si cada coyuntura de mi cuerpo estuviera enmohecida.
Cuando casi había llegado arriba pude ver el asiento y la
blanca figura, pues ahora ya estaba lo suficientemente cerca
como para distinguirla incluso a través del manto de sombras.
Indudablemente había algo, largo y negro, inclinándose sobre la
blanca figura medio reclinada. Llena de miedo, grité: "¡Lucy!
¡Lucy!", y algo levantó una cabeza, y desde donde estaba pude
ver un rostro blanco de ojos rojos y relucientes. Lucy no me res
pondió y yo corrí hacia la entrada del cementerio de la iglesia. Al
tiempo que entraba, la iglesia quedó situada entre yo y el asien
to, y por un minuto la perdí de vista.
Cuando la divisé nuevamente, la nube ya había pasado,
y la luz de la luna iluminaba el lugar tan brillantemente que pude
ver a Lucy medio reclinada con su cabeza descansando sobre el
respaldo del asiento. Estaba completamente sola, y por ningún
lado se veían señales de seres vivientes.

111
Drácula de Bram Stoker

Cuando me incliné sobre ella pude ver que todavía dor


mía. Sus labios estaban abiertos, y ella estaba respirando, pero
no con la suavidad acostumbrada sino a grandes y pesadas
boqueadas, como si tratara de llenar plenamente sus pulmones
a cada respiro.
Al acercarme, subió la mano y tiró del cuello de su cami
són de dormir, como si sintiera frío. Sin embargo, siguió dormida.
Yo puse el caliente chal sobre sus hombros, amarrándole fuer
temente las puntas alrededor del cuello, pues temía mucho que
fuese a tomar un mortal resfrío del aire de la noche, así casi
desnuda como estaba. Temí despertarla de golpe, por lo que,
para poder tener mis manos libres para ayudarla, le sujeté el
chal cerca de la garganta con un imperdible de gran tamaño;
pero en mi ansiedad debo haber obrado torpemente y la pinché
con él, porque al poco rato, cuando su respiración se hizo más
regular, se llevó otra vez la mano a la garganta y gimió. Una vez
que la hube envuelto cuidadosamente, puse mis zapatos en sus
pies y comencé a despertarla con mucha suavidad. En un princi
pio no respondía: pero gradualmente se volvió más y más in
quieta en su sueño, gimiendo y suspirando ocasionalmente. Por
fin, ya que el tiempo pasaba rápidamente y, por muchas otras
razones, yo deseaba llevarla a casa de inmediato, la zarandeé
con más fuerza, hasta que finalmente abrió los ojos y despertó.
No pareció sorprendida de verme, ya que, por supuesto, no se
dio cuenta de inmediato de en dónde nos encontrábamos. Lucy
se despierta siempre con bella expresión, e incluso en aquellos
momentos, en que su cuerpo debía estar traspasado por el frío y
su mente espantada al saber que había caminado semidesnuda
por el cementerio en la noche, no pareció perder su gracia.
Tembló un poco y me abrazó fuertemente; cuando le dije que
viniera de inmediato conmigo de regreso a casa, se levantó sin
decir palabra y me obedeció como una niña. Al comenzar a ca
minar, la grava me lastimó los pies, y Lucy notó mi salto. Se
detuvo y quería insistir en que me pusiera mis zapatos, pero yo
me negué. Sin embargo, cuando salimos al sendero afuera del
cementerio, donde había un charco de agua, remanente de la
tormenta, me unté los pies con lodo usando cada vez un pie
sobre el otro, para que al ir a casa, nadie, en caso de que encon
tráramos a alguien, pudiera notar mis pies descalzos.
La fortuna nos favoreció y llegamos a casa sin encontrar
un alma. En una ocasión vimos a un hombre, que no parecía
estar del todo sobrio, cruzándose por una calle enfrente de noso
tros; pero nos escondimos detrás de una puerta hasta que desa

112
Drácula de Bram Stoker

pareció por un campo abierto como los que abundan por aquí,
pequeños atrios inclinados, o winds, como los llaman en Esco
cia. Durante todo este tiempo mi corazón palpitó tan fuertemente
que por momentos pensé que me desmayaría. Estaba llena de
ansiedad por Lucy, no tanto por su salud, a pesar de que podía
afectarle el aire frío, sino por su reputación en caso de que la
historia de lo sucedido se hiciera pública. Cuando entramos, y
una vez que hubimos lavado nuestros pies y rezado juntas una
oración de gracias, la metí en cama. Antes de quedarse dormida
me pidió, me imploró, que no dijese una palabra a nadie, ni si
quiera a su madre, de lo que había pasado aquella noche.
Al principio dudé de hacer la promesa; pero al pensar en
el estado de salud de su madre, y cómo la excitaría la noticia de
un acontecimiento como aquél, y pensando además cómo podía
ser retorcida aquella historia (no, sería infaliblemente falsificada)
en caso de que fuese conocida, pensé que era más cuerdo pro
meter lo que se me pedía. Espero que haya obrado bien. He
cerrado la puerta y he atado la llave a mi muñeca, por lo que tal
vez no vuelva a ser perturbada. Lucy está durmiendo profunda
mente; el reflejo de la aurora aparece alto y lejos sobre el mar...
Mismo día, por la tarde. Todo marcha bien. Lucy durmió
hasta que yo la desperté y pareció que no había cambiado si
quiera de lado. La aventura de la noche no parece haberle cau
sado ningún daño; por el contrario, la ha beneficiado, pues está
mucho mejor esta mañana que en las últimas semanas. Me sentí
triste al notar que mi torpeza con el imperdible la había herido.
De hecho, pudo haber sido algo serio, pues la piel de su gargan
ta estaba agujereada. Debo haber agarrado un pedazo de piel
con el imperdible, atravesándolo, pues hay dos pequeños puntos
rojos como agujeritos de alfiler, y sobre el cuello de su camisón
de noche había una gota de sangre. Cuando me disculpé y le
mostré mi preocupación por ello, Lucy rió y me consoló, diciendo
que ni siquiera lo había sentido. Afortunadamente, no le quedará
cicatriz, ya que son orificios diminutos.
Mismo día, por la noche. Hemos pasado el día muy con
tentas. El aire estaba claro, el sol brillante y había una fresca
brisa. Llevamos nuestro almuerzo a los bosques de Mulgrave; la
señora Westenra conduciendo por el camino, Lucy y yo cami
nando por el sendero del desfiladero y encontrándonos con ella
en la entrada. Yo me sentí un poco triste, pues pude darme
cuenta de cómo hubiera sido absolutamente feliz si hubiera teni
do a Jonathan a mi lado. Pero, ¡vaya! Sólo debo ser paciente.

113
Drácula de Bram Stoker

Por la noche dimos una caminata hasta el casino Terraza, y


escuchamos alguna buena música por Spohr y Mackenzie, y nos
acostamos muy temprano. Lucy parece estar más tranquila de lo
que había estado en los últimos tiempos, y yo me dormí de in
mediato. Aseguraré la puerta y guardaré la llave de la misma
manera que antes, pues no creo que esta noche haya ningún
problema.

12 de agosto. Mis predicciones fueron erróneas, pues


dos veces durante la noche fui despertada por Lucy, que estaba
tratando de salir. Parecía, incluso dormida, estar un poco impa
ciente por encontrar la puerta cerrada con llave, y se volvió a
acostar profiriendo quejidos de protesta. Desperté al amanecer y
oí los pájaros piando fuera de la ventana. Lucy despertó tam
bién, y yo me alegré de ver que estaba incluso mejor que ayer
por la mañana. Toda su antigua alegría parece haber vuelto, y
se pasó a mi cama apretujándose a mi lado para contarme todo
lo de Arthur. Yo le dije a ella cómo estaba ansiosa por Jonathan,
y entonces, trató de consolarme. Bueno, en alguna medida lo
consiguió, ya que aunque la conmiseración no puede alterar los
hechos, sí puede contribuir a hacerlos más soportables.

13 de agosto. Otro día tranquilo, y me fui a cama con la


llave en mi muñeca como antes. Otra vez desperté por la noche
y encontré a Lucy sentada en su cama, todavía dormida, seña
lando hacia la ventana. Me levanté sigilosamente, y apartando la
persiana, miré hacia afuera. La luna brillaba esplendorosamente,
y el suave efecto de la luz sobre el mar y el cielo, confundidos en
un solo misterio grande y silencioso, era de una belleza indes
criptible. Entre yo y la luz de la luna aleteaba un gran murciéla
go, que iba y venía describiendo grandes círculos. En un par de
ocasiones se acercó bastante, pero supongo que, asustándose
al verme, voló de regreso, alejándose en dirección al puerto y a
la abadía. Cuando regresé de la ventana, Lucy se había acosta
do de nuevo y dormía pacíficamente. No volvió a moverse en
toda la noche.

14 de agosto. He estado en East Cliff, leyendo y escri


biendo todo el día. Lucy parece haberse enamorado tanto de
este lugar como yo, y es muy difícil arrancarla de aquí cuando
llega la hora de regresar a casa para comer, tomar el té, o cenar.

114
Drácula de Bram Stoker

Esta tarde hizo un comentario muy extraño. Veníamos de ca


mino a casa para la cena, y habíamos llegado hasta las gradas
superiores del puente Oeste, deteniéndonos para mirar el paisa
je como siempre lo hacemos. El sol poniente, muy bajo en el
horizonte, se estaba ocultando detrás de Kettleness; la luz roja
caía sobre East Cliff y la vieja abadía, y parecía bañarlo todo con
un bello resplandor color de rosa. Estuvimos unos momentos en
silencio, y de pronto Lucy murmuró como para sí misma:
—¡Otra vez sus ojos rojos! Son exactamente los mis
mos.
Aquella fue una expresión tan rara, sin venir a colación,
que me dejó perpleja.
Me aparté un poco, lo suficiente para ver a Lucy bien sin
parecer estar mirándola, y vi que estaba en un estado de duer
mevela, con una expresión tan rara en el rostro, que no pude
descifrar; por eso no dije nada, pero seguí sus ojos. Parecía
estar mirando nuestro propio asiento, donde en aquellos instan
tes estaba sentada una oscura y solitaria figura.
Yo misma me sentí un poco inquieta, pues por unos
momentos pareció que aquel desconocido tenía grandes ojos
como llamas fulgurantes; pero una segunda mirada disipó la
ilusión. La roja luz del sol estaba brillando sobre las ventanas de
la iglesia de Santa María, situada detrás de nuestro asiento, y al
ponerse el sol había justamente suficiente cambio en la refrac
ción y reflexión de la luz como para dar la apariencia de que la
luz se movía. Llamé la atención de Lucy hacia ese efecto pecu
liar, y ella pareció volver en sí con un sobresalto, aunque al
mismo tiempo pareció muy triste. Es posible que estuviera pen
sando en la terrible noche que había pasado allá arriba. Nunca
hablamos de ella; por eso no dije nada, y nos fuimos a casa a
cenar. Lucy tenía dolor de cabeza y se acostó temprano. Cuan
do la vi dormida, salí a dar un pequeño paseo yo sola; caminé a
lo largo de los acantilados situados al oeste, y estaba llena de
una dulce tristeza, pues pensaba en Jonathan. Al regresar a
casa (la luz de la luna brillaba intensamente; tan intensamente
que, aunque el frente de nuestra parte de la Creciente estaba en
la sombra, todo podía verse distintamente) eché una mirada a
nuestra ventana y vi la cabeza de Lucy reclinándose hacia fuera.
Pensé que quizá estaba en espera de mi regreso, por lo que abrí
mi pañuelo y lo agité. Sin embargo, ella no lo notó, no hizo nin
gún movimiento. En esos momentos, la luz de la luna se arrastró
alrededor de un ángulo del edificio, y sus rayos cayeron sobre la

115
Drácula de Bram Stoker

ventana. Allí estaba Lucy, con la cabeza reclinada contra el lado


del antepecho de la ventana, y con los ojos cerrados.
Estaba profundamente dormida, y a su lado, posado en
el antepecho de la ventana, había algo que parecía ser un pájaro
de regular tamaño. Sentí temor de que pudiera resfriarse, por lo
que corrí escaleras arriba, pero cuando llegué al cuarto ella ya
iba de regreso a su cama, profundamente dormida y respirando
pesadamente; se llevaba la mano al cuello, como si lo protegiera
del frío.
No la desperté, sino que la arropé lo mejor que pude;
comprobé que la puerta estuviera bien cerrada, y la ventana
también. ¡Es tan dulce cuando duerme! Pero está más pálida
que de costumbre, y en sus ojos hay una mirada cansada, maci
lenta, que no me agrada. Temo que esté inquieta por algo.
Desearía averiguar qué es.

15 de agosto. Me levanté más tarde que de costumbre.


Lucy está lánguida y cansada, y durmió hasta después de que
habíamos sido llamadas. En el desayuno tuvimos una grata sor
presa. El padre de Arthur está mejorado, y quiere que el casa
miento se efectúe lo más pronto posible. Lucy está llena de ca
llado regocijo, y su madre está a la vez alegre y triste. Más tarde
me dijo la causa. Está melancólica por tener que perder a Lucy,
pero le alegra que pronto ella vaya a tener alguien que la proteja.
¡Pobre señora, tan querida y dulce! Me hizo la confidencia de
que ya pronto morirá. No le ha dicho nada a Lucy, y me hizo
prometer guardar el secreto; su médico le ha dicho que dentro
de unos meses, a lo sumo, va a morir, pues su corazón se esta
debilitando. En cualquier momento, incluso ahora, una impresión
repentina le produciría casi seguramente la muerte. ¡Ah! Hicimos
bien en no contarle lo ocurrido aquella terrible noche de sonam
bulismo de Lucy.

17 de agosto. No he escrito nada durante dos días se


guidos. No he tenido ganas de hacerlo. Una especie de oscuro
sino parece estarse cirniendo sobre nuestra felicidad. Ninguna
noticia de Jonathan, y Lucy parece estar cada vez más débil,
mientras las horas de su madre se están acercando al desenlace
final. No comprendo cómo Lucy se esta apagando como lo hace.
Come bien y duerme bien, y goza del aire fresco; pero todo el
tiempo las rosas en sus mejillas están marchitándose y día a día

116
Drácula de Bram Stoker

se vuelve más débil y más lánguida; por las noches la escucho


boqueando como si le faltara el aire. Siempre tengo la llave de la
puerta atada a mi puño durante la noche, pero ella se levanta y
camina de un lado a otro del cuarto, y se sienta ante la abierta
ventana. Anoche la encontré reclinándose hacia afuera, y cuan
do traté de despertarla no pude; estaba desmayada. Cuando
conseguí hacer que volviera en sí estaba sumamente débil y
lloraba quedamente entre largos y dolorosos esfuerzos por aspi
rar aire.
Cuando le pregunté como había podido ir hacia la ven
tana, sacudió la cabeza y la volvió hacia el otro lado de la al
mohada. Espero que su enfermedad no se deba a ese malhada
do piquete de alfiler. Observé su garganta una vez que se hubo
dormido, y las punturas no parecían haber sanado. Todavía
están abiertas las cicatrices, e incluso más anchas que antes;
sus bordes aparecen blanquecinos, como pequeñas manchas
blancas con centros rojos. A menos que sanen en uno o dos
días, insistiré en que las vea el médico.
Carta de Samuel F. Billington e hijo, procuradores, en Whitby,
a los señores Carter, Paterson y Cía., en Londres

17 de agosto
"Estimados señores:
"Anexas a la presente les enviamos las mercancías en
viadas por el Gran Ferrocarril del Norte. Las mismas han de ser
entregadas en Carfax, cerca de Purfleet, inmediatamente des
pués de recibirse las mercancías en la estación de King's Cross.
Actualmente la casa está vacía, pero les enviamos también las
llaves, todas ellas rotuladas.
"Sírvanse depositar las cajas, cincuenta en total, las cua
les constituyen el envío, en el edificio parcialmente derruido que
forma parte de la casa, y que está marcado con 'A' en el plano
esquemático que les enviamos. Su agente reconocerá fácilmen
te el lugar, ya que es la antigua capilla de la mansión. Las mer
cancías, salen por tren a las 9:30 de la noche; llegarán a King's
Cross mañana por la tarde a las 4:30. Como nuestro cliente
desea que la entrega se haga lo más rápidamente posible, mu
cho les agradeceríamos que tuvieran preparada alguna gente en
King's Cross a la hora indicada, para efectuar el traslado de la
mercancía a su destino. Para evitar cualquier demora posible
debida a trámites de rutina, tales como pagos en sus departa

117
Drácula de Bram Stoker

mentos, les enviamos anexo cheque por diez libras (£ 10), cuyo
recibo le agradeceríamos nos remitieran. Si los gastos son infe
riores a esta cantidad, pueden devolver el saldo; si son más, les
enviaremos de inmediato un cheque por la diferencia al tener
noticias de ustedes. Al terminar la entrega, sírvanse dejar las
llaves en el corredor principal de la casa, donde el propietario
pueda recogerlas al entrar en la casa mediante la llave que él
posee.
"Por favor no piensen que nos excedemos en los límites
de la cortesía mercantil, al insistir por todos los medios en que
efectúen este trabajo con la mayor rapidez posible.
"Quedamos de ustedes, estimados señores, sus Attos. y
Ss. Ss.
SAMUEL F. BILLINGTON E HIJO"
Carta de los señores Carter, Paterson y Cía., en Londres, a los
señores Billington e Hijo, en Whitby

21 de agosto
“Estimados señores:
"Acusamos recibo de £ 10 y les enviamos por £ 1 17s.
9d, excedente, tal como lo muestran los recibos incluidos. La
mercancía ha sido entregada según sus instrucciones, y las
llaves quedaron en un paquete en el corredor principal, tal como
se nos pidió.
"Quedamos de ustedes, estimados señores, con todo
respeto,
CARTER, PATERSON Y CÍA."
Del diario de Mina Murray

18 de agosto. Hoy estoy muy contenta, y escribo senta


da en el asiento del cementerio de la iglesia. Lucy está mucho
mejor. Anoche durmió bien toda la noche, y no me molestó ni
una vez. Parece que ya las rosas regresan a sus mejillas, aun
que todavía está tristemente pálida y descolorida. Yo entendería
su situación si estuviera anémica, pero no es el caso. Está de
muy buen humor, y llena de vida y alegría. Toda aquella mórbida
reticencia parece haberla abandonado, y hace justamente un
momento me recordó, como si yo necesitara que me la recorda
ran, aquella noche, y lo que sucedió aquí, en este mismo asien

118
Drácula de Bram Stoker

to, donde la encontré dormida. Al tiempo que me hablaba taco


neaba juguetonamente con el tacón de su bota sobre la lápida, y
dijo:
—¡Mis pobres pies no hacían mucho ruido entonces! Me
atrevo a decir que el pobre señor Swales me habría dicho que
era porque yo no quería despertar a Geordie.
Como estaba tan comunicativa, le pregunté si había te
nido algún sueño esa noche. Antes de responderme, esa su
mirada tan dulce y traviesa asomó a su cara, la cual dice Arthur
(lo llamo Arthur por costumbre de ella) que ama; y, de hecho, no
me extraña que así sea. Entonces, continuó de una manera
ensoñadora, como si estuviera tratando de recordar lo sucedido.
—No soñé propiamente, pero todo parecía ser muy real.
Sólo quería estar aquí en este lugar, sin saber por qué, pues
tenía miedo de algo, no sé de qué. Aunque supongo que estaba
dormida, recuerdo haber pasado por las calles y sobre el puente.
Al tiempo que pasaba saltó un pez, yo me incliné para verlo y
escuché muchos perros aullando; tantos, que todo el pueblo
parecía estar lleno de perros que aullaban al mismo tiempo,
mientras yo subía las gradas. Luego tuve una vaga sensación de
algo largo y oscuro con ojos rojos, semejante a lo que vimos en
aquella puesta de sol, y de pronto me rodeó algo muy dulce y
muy amargo a la vez; entonces me pareció que me hundía en
agua verde y profunda, y escuché un zumbido tal como he oído
decir que sienten los que se están ahogando; y luego todo pare
ció evaporarse y alejarse de mí; mi alma pareció salir de mi
cuerpo y flotar en el aire. Me parece recordar que en una oca
sión el faro del oeste estaba justamente debajo de mí, y luego
hubo una especie de dolor, como si me encontrara en un terre
moto, y volviera a mí, y descubrí que me estabas sacudiendo. Te
vi haciéndolo antes de que te pudiera sentir.
Entonces comenzó a reírse. A mí me pareció todo aque
llo pavoroso, y escuché sin aliento. Aquello era sospechoso, y
pensé que sería mejor que su mente no se detuviera más en el
tema, por lo que nos pusimos a hablar de otras cosas, y Lucy
estaba como en sus buenos tiempos. Cuando regresamos a
casa, la fresca brisa la había vigorizado, y sus pálidas mejillas
estaban realmente más sonrosadas. Su madre se regocijó al
verla así, y todas pasamos muy contentas una veladajuntas.

119
Drácula de Bram Stoker

19 de agosto. ¡Alegría, alegría, alegría! Aunque no todo


es alegría. Finalmente noticias de Jonathan. El pobrecito ha
estado enfermo, y por eso no había escrito. Ya no tengo miedo
de pensarlo o decirlo, ahora que lo sé. El señor Hawkins me
entregó la carta, y me escribió él mismo. ¡Oh! ¡Qué amable! Voy
a salir mañana por la mañana e iré donde Jonathan, para cuidar
lo si es necesario y traerlo a casa. El señor Hawkins dice que no
estaría mal si nos pudiéramos casar allá. He llorado sobre la
carta de la buena hermana, al grado que puedo sentirla húmeda
contra mi pecho, donde la guardo. Es sobre Jonathan, y debe
estar cerca de mi corazón, ya que él está en mi corazón. He
proyectado y previsto mi viaje, y mi equipaje está preparado.
Sólo me llevaré una muda de ropa; Lucy se llevará mi baúl a
Londres y lo guardará hasta que yo envíe por él, pues puede ser
que... Ya no debo escribir. Debo guardármelo todo para decírse
lo a Jonathan, mi marido. La carta que él ha visto y tocado debe
confortarme hasta que nos encontremos.
Carta de la hermana Agatha, Hospital de San José y Santa
María, en Budapest, a la señorita Willhelmina Murray

12 de agosto
“Estimada señorita:
"Le escribo por deseos del señor Jonathan Harker, ya
que él mismo no está lo suficientemente fuerte para escribir,
aunque va mejorando gracias a Dios, a San José y a la Virgen
María. Ha estado bajo nuestro cuidado desde hace casi seis
semanas, pues sufre de una violenta fiebre cerebral. Le envía a
usted su amor, y me ruega que le diga que por este mismo co
rreo le escribo al señor Peter Hawkins, en Exéter, para decirle,
con el más profundo respeto, que está muy afligido por su retra
so, y que todo su trabajo ha sido completamente terminado. El
señor Harker tendrá que permanecer todavía unas semanas
descansando en nuestro hospital en las montañas, pero luego
regresará. Desea que yo diga que no tiene suficiente dinero
consigo, y que le gustaría pagar su estancia aquí, para que otros
que necesiten no se queden sin recibir ayuda.
"Considéreme usted siempre a sus órdenes, con mi
afecto y bendiciones,
HERMANA AGATHA.
"P. D. Estando mi paciente dormido, abro esta para po
nerla al tanto de los acontecimientos. El señor Harker me lo ha

120
Drácula de Bram Stoker

contado todo respecto a usted, y que dentro de pronto usted


será su esposa. ¡Todas las bendiciones para ustedes dos! Él ha
sufrido una terrible impresión, así dice nuestro médico, y en sus
delirios sus desvaríos han sido terribles; de lobos, veneno y san
gre, de fantasmas y demonios, y temo decir de qué más.
Tenga siempre mucho cuidado con él para que en lo fu
turo no haya nada parecido a estas cosas que puedan excitarlo;
las huellas de una enfermedad como la que ha tenido no se
borran tan fácilmente. Hubiéramos escrito desde hace mucho
tiempo, pero no sabíamos nada de sus amigos, y él no decía
nada que pudiéramos entenderle. Llegó en el tren de Klausen
burgo y el guardia fue avisado por el jefe de estación de aquel
lugar, que entró corriendo en la estación pidiendo a gritos un
billete para regresar a casa. Viendo por sus violentos gestos que
se trataba de un inglés, le dieron un billete para la estación más
lejana en esta dirección, a la que llega el tren.
"Esté usted segura de que cuidamos bien de él. Se ha
ganado todos nuestros corazones por su dulzura y suavidad.
Verdaderamente está mejorando, y no tengo ya ninguna duda de
que dentro de pocas semanas estará completamente repuesto.
Pero por amor a la seguridad cuide bien de él. Seguramente que
hay, así le pido a Dios y a San José y a Santa María, muchos,
muchos felices años para ustedes dos."
Del diario del doctor Seward

19 de agosto. Extraños y repentinos cambios en Renfield


anoche. Cerca de las ocho comenzó a ponerse inquieto y a olfa
tear por todos lados, como un perro cuando anda de caza. Mi
ayudante se quedó asombrado por su comportamiento, y cono
ciendo mi interés por él lo animó para que hablara. Generalmen
te es muy respetuoso con mi ayudante, y a veces hasta servil;
pero anoche, me ha dicho el hombre, se comportó en forma
bastante arrogante. Por nada de este mundo quiso condescen
dera hablar con él.
Todo lo que dijo fue:
—No quiero hablar con usted: usted ya no cuenta ahora;
el patrón está cerca. Mi ayudante cree que es alguna repentina
forma de manía religiosa la que se ha apoderado de él. Si es así,
debemos de estar alerta ante borrascas, pues un hombre fuerte
con manías homicidas y religiosas al mismo tiempo puede ser
peligroso. A las nueve de la noche yo mismo lo visité. Su actitud

121
Drácula de Bram Stoker

conmigo fue la misma que con mi ayudante; en su extremo re


pliegue sobre sí mismo, la diferencia entre mi persona y la de mi
ayudante le parece nula. Me parece que es una manía religiosa;
dentro de muy poco pensará que es el propio Dios. Las infinite
simales distinciones entre un hombre y otro hombre son dema
siado mezquinas para un ser omnipotente. ¡Cómo pueden llegar
a exaltarse estos locos! El verdadero Dios pone atención hasta
cuando se cae un gorrión; pero el Dios creado por la vanidad
humana no ve diferencia alguna entre un águila y un gorrión.
¡Oh, si los hombres por lo menos supieran!
Durante media hora o más, Renfield se estuvo poniendo
cada vez más excitado. Aparenté no estar observándolo, pero
mantuve una estricta vigilancia sobre todo lo que hacía. De pron
to apareció en sus ojos esa turbia mirada que siempre vemos
cuando un loco ha captado una idea, y con ella ese movimiento
sesgado de la cabeza y la espalda que los médicos llegan a
conocer tan bien. Se volvió bastante calmado, y fue y se sentó
en la orilla de su cama resignadamente, mirando al espacio va
cío con los ojos opacos.
Pensé que averiguaría si su apatía era real o sólo fingi
da, y traté de llevarlo a una conversación acerca de sus anima
les, tema que nunca había dejado de llamarle la atención. Al
principio no me respondió, pero finalmente dijo, con visible mal
humor:
—¿Quién se preocupa por ellos? ¡Me importan un co
mino!
—¿Cómo? —dije yo—. ¿Acaso ya no le interesan las
arañas?
(Las arañas son de momento su mayor entretenimiento,
y su libreta se está llenando con columnas de pequeños núme
ros.)
A esto me respondió enigmáticamente:
—Las madrinas de la boda regocijan sus ojos, que espe
ran la llegada de la novia; pero cuando la novia se va a acostar,
entonces las madrinas no relucen a los ojos que están llenos.
No quiso dar ninguna explicación de lo dicho sino que
permaneció obstinadamente sentado en la cama todo el tiempo
que estuve con él.

122
Drácula de Bram Stoker

Esta noche estoy bastante cansado y desanimado. No


puedo dejar de pensar en Lucy, y de cómo hubiesen sido las
cosas diferentes, Si no duermo de inmediato, cloral, el moderno
Morfeo: CHCl3CHO. Debo tener mucho cuidado para no habi
tuarme a él. ¡No, no tomaré nada esta noche! He pensado en
Lucy, y no la deshonraré a ella mezclándola con lo otro. Si así
tiene que ser, pasaré la noche en vela...
Más tarde. Estoy contento de haber tomado esa resolu
ción; más contento aún de haberla realizado. Había estado dan
do vueltas en la cama durante algún tiempo; y sólo había escu
chado al reloj dar dos veces la hora, cuando el guardia de turno
vino a verme, enviado por mi asistente, para decirme que Ren
field se había escapado. Me vestí y bajé corriendo inmediata
mente; mi paciente es una persona demasiado peligrosa como
para que ande suelta. Esas ideas que tiene pueden trabajar
peligrosamente frente a extraños.
El asistente me estaba esperando. Me dijo que lo había
visto hacía menos de diez minutos, aparentemente dormido
sobre su cama, cuando miró a través de la rendija de observa
ción en la puerta. Luego su atención fue atraída por el ruido de
una ventana que estaba siendo desencajada. Corrió de regreso
y vio que sus pies desaparecían a través de la ventana, y enton
ces envió rápidamente al guardia a que me llamara. Renfield
estaba sólo con su ropa de noche, por lo que no debía andar
muy lejos. El asistente pensó que sería más útil mirar hacia don
de iba que perseguirlo, ya que podía perderlo de vista mientras
daba vuelta para salir por la puerta del edificio.
Era un hombre corpulento, y no podía salir por la venta
na. Yo soy delgado, así es que con su ayuda, salí, pero con los
pies primero, y como sólo nos encontrábamos a unos cuantos
pies sobre la tierra, caí sin lastimarme. El asistente me dijo que
el paciente había corrido hacia la izquierda y había desaparecido
en línea recta. Por lo que yo me apresuré en la misma dirección
lo más velozmente que pude; al tiempo que atravesaba el cintu
rón de árboles vi una figura blanca escalando el alto muro que
separa nuestros terrenos de los de la casa desierta.
Corrí inmediatamente de regreso, y le dije al guardia que
trajera tres o cuatro hombres y me siguieran a los terrenos de
Carfax, en caso de que nuestro amigo fuese a comportarse peli
grosamente. Yo mismo conseguí una escalera, y salvando el
muro, salté hacia el otro lado. Pude ver la figura de Renfield que
desaparecía detrás del ángulo de la casa, por lo que corrí tras él.

123
Drácula de Bram Stoker

En el otro extremo de la casa lo encontré reclinado fuertemente


contra la vieja puerta de roble, enmarcada en hierro, de la capi
lla. Estaba hablando, aparentemente a alguien, pero tuve miedo
de acercarme demasiado a escuchar lo que decía, pues podía
asustarlo y echaría de nuevo a correr. ¡Correr detrás de un
errante enjambre de abejas no es nada comparado con seguir a
un lunático desnudo, cuando se le ha metido en la cabeza que
debe escapar! Sin embargo, después de unos minutos pude ver
que él no se daba cuenta de nada de lo que sucedía a su alre
dedor, y me atrevía acercármele más, y con mayor razón ya que
mis hombres habían saltado el muro y se acercaban a él. Le oí
decir:
—Estoy aquí para cumplir tus órdenes, amo. Soy tu es
clavo, y tú me recompensaras, pues seré fiel. Te he adorado
desde hace tiempo y desde lejos. Ahora que estás cerca, espero
tus órdenes, y tú no me olvidarás, ¿verdad, mi querido amo?, en
tu distribución de las buenas cosas.
De todas maneras es un viejo y egoísta pordiosero.
Piensa en el pan y los pescados aun cuando cree que está en
una presencia real. Sus manías hacen una combinación asom
brosa. Cuando le caímos encima peleó como un tigre; es muy
fuerte, y se comportó más como una bestia salvaje que como un
hombre. Yo nunca había visto a un lunático en un paroxismo de
furia semejante; y espero no volverlo a ver. Es una buena cosa
que hayamos averiguado sus intenciones y su fuerza a tiempo.
Con una fuerza y una determinación como las de él, podría ha
ber hecho muchas barbaridades antes de ser enjaulado. En todo
caso, está en lugar seguro. Ni el mismo Jack Sheppard habría
podido librarse de la camisa de fuerza que lo retiene, y además
está encadenado a la pared en la celda de seguridad. Sus gritos
a veces son horribles, pero los silencios que siguen son todavía
más mortales, pues en cada vuelta y movimiento manifiesta sus
deseos de asesinar.
Hace unos momentos dijo estas primeras palabras cohe
rentes:
—Tendré paciencia, amo. ¡Está llegando..., llegando...,
llegando!
De tal manera que yo tomé su insinuación, y también llegué.
Estaba demasiado excitado para dormir, pero este diario me ha
tranquilizado y siento que esta noche dormiré algo.

124
Drácula de Bram Stoker

IX
Carta de Mina Harker a Lucy
Westenra

udapest, 24 de agosto
"Mi queridísima Lucy:

B todo lo
"Sé que estarás muy ansiosa de saber
que ha sucedido desde que nos sepa
ramos en la estación del ferrocarril en Whitby.
Bien, querida, llegué sin contratiempos a Hull,
y tomé el barco para Hamburgo, y luego allí el tren. Siento que
apenas puedo recordar lo que pasó durante el viaje, excepto que
sabía que iba de camino hacia Jonathan, y que, como segura
mente tendría que servir de enfermera, lo mejor era que durmie
ra lo que pudiera... Encontré a mi amado muy delgado, pálido y
débil. Toda la fuerza ha escapado de sus queridos ojos, y aque
lla tranquila dignidad que te he dicho siempre mostraba en su
rostro, ha desaparecido. Sólo es una sombra de lo que era, y no
recuerda nada de lo que le ha sucedido en los últimos tiempos.
Por lo menos, eso desea que yo crea, y por lo tanto nunca se lo
preguntaré. Ha tenido una experiencia terrible, y temo que su
pobre cerebro pagará las consecuencias si trata de recordar. La
hermana Agatha, que es una magnífica monja y una enfermera
nata, me dice que desvariaba sobre cosas horribles mientras
tenía la cabeza trastornada. Quise que ella me dijese de qué se
trataba, pero sólo se persignó y me dijo que nunca diría nada;
que los desvaríos de los enfermos eran secretos de Dios, y que
si una enfermera a través de su vocación los llegaba a escuchar,
debía respetar sus votos. Es un alma dulce, buena; y al día si
guiente, cuando vio que yo estaba muy afligida, ella misma sus
citó de nuevo el tema, y después de decir que jamás menciona
ría sobre lo que desvariaba mi pobre enfermo, agregó: 'Le puedo
decir esto, querida: que no era acerca de nada malo que él mis
mo hubiera hecho; y usted, que será su esposa, no tiene nada
por qué preocuparse. No la ha olvidado a usted ni lo que le de
be. Sus temores eran acerca de cosas grandes y terribles, sobre
las que ningún mortal debe hablar. Yo creo que la dulce herma

125
Drácula de Bram Stoker

na pensó que yo podría estar celosa, con el temor de que mi


amado se hubiera enamorado de otra mujer.
¡La idea de que yo pudiera estar celosa de Jonathan!. Y
sin embargo, mi querida Lucy, déjame susurrarte que cuando
supe que no era otra mujer la causa de todos los males, sentí
una corriente de alegría por todo el cuerpo. Estoy sentada ahora
al lado de su cama, desde donde le puedo ver la cara mientras
duerme. ¡Está despertando...!
"Al despertar me pidió su abrigo, ya que quería sacar al
go de su bolsillo; le pregunté a la hermana Agatha si podía ha
cerlo, y ella trajo todas sus cosas. Vi que entre ellas estaba su
libreta de apuntes, e iba a pedirle que me dejara verla (pues yo
sabía que en ella podría encontrar alguna pista de su mal), pero
supongo que debe haber visto mi deseo en mis ojos, pues me
dijo que me fuese a la ventana un momento, ya que deseaba
estar solo un rato. Luego me llamó y me dijo muy solemnemen
te:
"Willhelmina (supe que deseaba hablarme con toda se
riedad, pues nunca me había dicho mi nombre desde que me
pidió que nos casáramos), tu conoces, querida, mis ideas sobre
la confianza que tiene que haber entre marido y mujer: no debe
haber entre ellos ningún secreto, ningún escondrijo. He sufrido
una gran impresión, y cuando trato de pensar en lo que fue,
siento que mi cabeza da vueltas, y no sé si todo fue real o si
fueron los sueños de un loco. Tú sabes que he tenido una fiebre
cerebral, y que eso es estar loco. El secreto esta aquí, y yo no
deseo saberlo. Quiero comenzar mi vida de nuevo en este mo
mento, con nuestro matrimonio. (Pues, mi querida Lucy, hemos
decidido casarnos tan pronto como se arreglen las formalida
des.) ¿Deseas, Willhelmina, compartir mi ignorancia? Aquí está
el libro. Tómalo y guárdalo, léelo si quieres, pero nunca mencio
nes ante mí lo que contiene; a menos, claro está, que algún
solemne deber caiga sobre mí y me obligue a regresar a las
amargas horas registradas aquí, dormido o despierto, cuerdo o
loco.
"Y al decir aquello se reclinó agotado, y yo puse el libro
debajo de su almohada y lo besé. Le he pedido a la hermana
Agatha que suplique a la superiora que nuestra boda pueda
efectuarse esta tarde, y estoy esperando su respuesta...

126
Drácula de Bram Stoker

"Ha regresado y me ha dicho que ya han ido a buscar al


capellán de la iglesia de la Misión Inglesa. Nos casaremos den
tro de una hora, o tan pronto como despierte Jonathan...
"Lucy, llegó la hora y se fue. Me siento muy solemne, pe
ro muy, muy contenta. Jonathan despertó poco después de la
hora, y todo estaba preparado; él se sentó en la cama, rodeado
de almohadas. Respondió 'sí, la acepto' con firmeza y fuerza. Yo
apenas podía hablar; mi corazón estaba tan lleno, que incluso
esas palabras parecían ahogarme.
Las hermanas fueron todas finísimas. Nunca, nunca las
olvidaré, ni las graves y dulces responsabilidades que han recaí
do sobre mí. Debo hablarte de mi regalo de bodas…
Cuando el capellán y las hermanas me hubieron dejado
a solas con mi esposo, ¡oh, Lucy!, ¡es la primera vez que he
escrito las palabras 'mi esposo'!, cuando me hubieron dejado a
solas con mi esposo saqué el libro de debajo de su almohada, lo
envolví en un papel blanco, lo até con un pequeño listón azul
pálido que llevaba alrededor de mi cuello y lo sellé sobre el nudo
con lacre, usando como sello mi anillo de bodas.
Entonces lo besé y se lo mostré a mi marido; le dije que
así lo guardaría, y que sería una señal exterior y visible para
nosotros durante toda nuestra vida de que confiábamos el uno
en el otro; que nunca lo abriría, a menos que fuera por su propio
bien o por cumplir un deber ineludible. Entonces él tomó mi
mano entre las suyas, y, ¡oh, Lucy, fue la primera vez que él
tomó las manos de su mujer!, y dijo que eran las cosas más
bonitas en todo el ancho mundo, y que si fuera necesario pasa
ría otra vez por todo lo pasado para merecerlas. El pobrecito ha
de haber querido decir por parte del pasado, pero todavía no
puede pensar sobre el tiempo, y no me sorprendería que en un
principio mezclara no sólo los meses, sino también los años.
"Bien, querida, ¿qué más puedo decir? Sólo puedo de
cirte que soy la mujer más feliz de todo este ancho mundo, y que
yo no tenía nada que darle excepto a mí misma, mi vida y mi
confianza, y que con estas cosas fue mi amor y mi deber por
todos los días de mi vida. Y, querida, cuando me besó, y me
atrajo hacia él con sus pobres débiles manos, fue como una
plegaria muy solemne entre nosotros dos...
"Lucy, querida, ¿sabes por qué te digo todo esto? No só
lo porque es tan dulce para mí, sino también porque tú has sido,
y eres mi más querida amiga. Fue mi privilegio ser tu amiga y

127
Drácula de Bram Stoker

guía cuando tú saliste del aula de la escuela para prepararte en


el mundo de la vida. Quiero verte ahora, y con los ojos de una
esposa muy feliz, a lo que me ha conducido el deber, para que
en tu propia vida de matrimonio tú también puedas ser tan feliz
como yo. Mi querida, que Dios Todopoderoso haga que tu vida
sea todo lo que promete ser: un largo día de brillante sol, sin
vientos adversos, sin olvidar el deber, sin desconfianza. No debo
desearte que no tengas penas, pues eso nunca puede ser; pero
si te deseo que siempre seas tan feliz como lo soy yo ahora.
Adiós, querida.
Pondré esta carta inmediatamente en el correo, y quizá
te escriba muy pronto otra vez.
Debo terminar ya, pues Jonathan está despertando.
¡Debo atender a mi marido!
"Quien siempre te quiere,
MINA HARKER"
Carta de Lucy Westenra a Mina Harker

Whitby, 30 de agosto
"Mi queridísima Mina:
"Océanos de amor y millones de besos, y que pronto es
tés en tu propio hogar con tu marido. Me gustaría que regresa
ran pronto para que pudieran pasar cierto tiempo aquí con noso
tros. El fuerte aire restablecería pronto a Jonathan; lo ha logrado
conmigo.
Tengo un apetito voraz, estoy llena de vida y duermo
bien. Les agradará saber que ya no camino dormida. Creo que
no me he movido de la cama durante una semana, esto es, una
vez que me acuesto por la noche. Arthur dice que me estoy po
niendo gorda. A propósito, se me olvidó decirte que Arthur está
aquí. Damos grandes paseos, cabalgamos, remamos, jugamos
al tenis y pescamos juntos; lo quiero más que nunca.
Me dice, que me quiere más: pero lo dudo, porque al
principio me dijo que no me podía querer más de lo que me que
ría ya. Pero estas son tonterías. Ahí está, llamándome, así es
que nada más por hoy.
LUCY

128
Drácula de Bram Stoker

“P. D. —Mamá te envía recuerdos. Parece estar bastan


te mejor la pobrecita.”
“P. D. otra vez. Nos casaremos el 28 de septiembre.”
Del diario del doctor Seward

20 de agosto. El caso de Renfield se hace cada vez más


interesante. Por ahora hemos podido establecer que hay perío
dos de descenso en su pasión. Durante una semana después de
su primer ataque se mantuvo en perpetua violencia. Luego, una
noche, justamente al alzarse la luna, se tranquilizó, y estuvo
murmurando para sí mismo: "Ahora puedo esperar; ahora puedo
esperar." El asistente me vino a llamar, por lo que corrí rápida
mente abajo para echarle una mirada. Todavía estaba con la
camisa de fuerza y en el cuarto de seguridad; pero la expresión
congestionada había desaparecido de su rostro, y sus ojos te
nían algo de su antigua súplica; casi podría decir de su "rastrera"
suavidad. Quedé satisfecho con su condición actual y di órdenes
para que lo soltaran. Mis ayudantes vacilaron, pero finalmente
llevaron a cabo mis deseos sin protestar. Una cosa extraña fue
que el paciente tuvo suficiente buen ánimo como para ver su
desconfianza, pues, acercándoseme, me dijo en un susurro, al
mismo tiempo que los miraba a ellos furtivamente:
—¡Creen que puedo hacerle daño! ¡Imagínese, yo ha
cerle daño a usted! ¡Imbéciles!
Era un tanto consolador, para mis sentimientos, encon
trarme disociado incluso en el cerebro de este pobre loco de los
otros; pero de todas maneras, no comprendo sus pensamientos.
¿Debo aceptar que tengo algo en común con él, por lo que sien
do como somos, como fuéramos, debemos unirnos? ¿O tiene
que obtener de mí un bien tan estupendo que mi salud le es
necesaria? Tendré que averiguarlo más tarde. Hoy en la noche
no hablará. Ni el ofrecimiento de un gatito, o incluso de un gato
grande, es capaz de tentarlo. Sólo dice: "No me importan nada
los gatos. Ahora tengo más en qué pensar, y puedo esperar;
puedo esperar."
Después de un rato, lo dejé. El ayudante me dice que
estuvo tranquilo hasta un rato antes del amanecer y que, enton
ces, comenzó a dar muestras de nerviosismo.

129
Drácula de Bram Stoker

Finalmente se puso violento, hasta que, por último, cayó


en una especie de paroxismo que lo agotó de tal manera que,
finalmente, se desvaneció en una especie de coma.
... Tres noches seguidas ha sucedido lo mismo: violento
todo el día y tranquilo desde la salida de la luna hasta la salida
del sol. Realmente desearía descubrir alguna pista de la causa.
Casi parecería como si hubiera alguna influencia que viniera y se
fuera. ¡Vaya idea! Esta noche vamos a enfrentar en un juego a
los cerebros sanos contra los cerebros enfermos. Una vez se
escapó sin nuestra ayuda. Esta noche se escapará con ella. Le
daremos la oportunidad, y los hombres estarán preparados para
seguirlo en caso de que sea necesario...

23 de agosto. "Siempre sucede lo inesperado." Cómo


conocía bien a la vida Disraeli. Cuando nuestro pájaro encontró
abierta la jaula, no quiso volar, de tal manera que todos nuestros
sutiles preparativos no sirvieron de nada. En todo caso, hemos
probado una cosa: que los períodos de tranquilidad duran un
tiempo razonable. En lo futuro estaremos en capacidad de aflo
jarle un poco las restricciones durante unas cuantas horas cada
día. Le he dado instrucciones a mi asistente nocturno para que
sólo lo encierre en el cuarto de seguridad, una vez que ya se
haya calmado, hasta una hora antes de que suba el sol. El pobre
cuerpo del enfermo va a gozar de este beneficio, aunque su
mente no pueda apreciarlo. ¡Alto! ¡Lo inesperado! Me llaman: el
paciente se ha escapado otra vez.
Más tarde. Otra noche de aventuras. Renfield esperó as
tutamente hasta que el asistente estaba entrando en el cuarto
para inspeccionar. Entonces, salió corriendo a su lado y voló por
el corredor. Yo envié órdenes a los asistentes para que lo siguie
ran. Otra vez se fue directamente a los terrenos de la casa de
sierta, y lo encontramos en el mismo lugar, reclinado contra la
vieja puerta de la capilla. Cuando me vio se puso furioso, y si los
asistentes no lo hubiesen sujetado a tiempo, hubiera tratado de
matarme. Mientras lo estábamos deteniendo sucedió una cosa
extraña. Repentinamente, redobló sus esfuerzos, y luego, tan
repentinamente, recobró la calma. Yo miré instintivamente a mi
alrededor, pero no pude ver nada. Luego capté el ojo del pacien
te y lo seguí, pero no pude descubrir nada mientras miraba al
cielo iluminado por la luna, excepto un gran murciélago, que iba
aleteando en su silenciosa y fantasmal travesía hacia el oeste.
Los murciélagos generalmente giran en círculos indecisos, pero

130
Drácula de Bram Stoker

éste parecía ir directamente, como si supiera adónde se dirigía o


como si tuviera sus propias intenciones. El paciente se calmó
más, y al cabo de un rato, dijo:
—No necesitan amarrarme; los seguiré tranquilo.
Sin ningún otro contratiempo, regresamos a la casa.
Siento que hay algo amenazante en su calma, y no olvidaré esta
noche...
Del diario de Lucy Westenra

Hillingham, 24 de agosto. Debo imitar a Mina y escribir


las cosas en un libro. Así, cuando nos veamos podremos tener
largas charlas. Me pregunto cuándo será. Desearía que estuvie
ra otra vez conmigo aquí, pues me siento tan infeliz. Anoche me
pareció que estaba soñando otra vez como en Whitby. Tal vez
es el cambio de clima, o el hecho de que estoy otra vez en casa.
Todo es oscuro y horroroso para mí, pues no puedo recordar
nada; pero estoy llena de un vago temor, y me siento débil y
exhausta. Cuando Arthur vino a comer se miró bastante preocu
pado al verme, y yo no tuve los ánimos para tratar de parecer
alegre. Me pregunto si tal vez pudiera dormir esta noche en el
cuarto de mamá. Inventaré una excusa y trataré...

25 de agosto. Otra mala noche. Mi madre no pareció


caer en mi propuesta. Ella misma no parece estar tan bien, y no
cabe duda de que se preocupa mucho por mí. Traté de mante
nerme despierta, y durante un tiempo lo conseguí; pero cuando
el reloj dio las doce, me despertó de un sopor, por lo que debo
haber estado durmiéndome. Había una especie de aletazos y
rasguños en la ventana, pero no les di importancia, y como no
recuerdo qué sucedió después, supongo que debo haberme
quedado dormida. Más pesadillas. ¡Cómo desearía poder recor
darlas! Esta mañana me sentí terriblemente débil.
Mi rostro está sumamente pálido, y me duele la gargan
ta. Algo debe andar mal en mis pulmones, pues me parece que
nunca aspiro suficiente aire. Trataré de mostrarme alegre cuan
do llegue Arthur, porque de otra manera yo sé que sufrirá mucho
viéndome así.
Carta de Arthur Holmwood al doctor Seward

Hotel Albemarle, 31 de agosto

131
Drácula de Bram Stoker

"Mi querido Jack:


"Quiero que me hagas un favor. Lucy está enferma; esto
es, no tiene ninguna enfermedad especial, pero su aspecto es
enfermizo y está empeorando cada día. Le he preguntado si hay
alguna causa; no me atrevo a preguntarle a su madre, pues
perturbar la mente de la pobre señora acerca de su hija sería
fatal, debido a que su propia salud anda muy mal. La señora
Westenra me ha confiado que su destino ya está sellado (enfer
medad del corazón), aunque la pobre Lucy todavía no lo sabe.
Estoy seguro de que algo está ejerciendo influencia en la mente
de mi amada novia. Cuando pienso en ella casi me distraigo; el
mirarla me produce siempre un sobresalto. Le dije que te pediría
a ti que la vieras, y aunque al principio puso algunas dificultades,
yo sé por qué, viejo amigo, finalmente dio su consentimiento.
Será una tarea dolorosa para ti, lo sé, viejo, pero es por su bien,
y yo no debo dudar en pedírtelo ni tú en actuar. Puedes venir a
almorzar a Hillingham mañana a las dos, para que la señora
Westenra no sospeche nada, y después de la comida Lucy va a
buscar una oportunidad para estar a solas contigo. Yo vendré a
la hora del té, y podemos irnos juntos; estoy lleno de ansiedad, y
quisiera hablar a solas contigo tan pronto como la hayas visto.
¡No faltes!
Telegrama de Arthur Holmwood a Seward
ARTHUR

1 de septiembre
Me llaman para ver a mi padre, que ha empeorado. Es
cribo. Escríbeme detalladamente por correo nocturno a Ring.
Telefonea si es necesario.
Carta del doctor Seward a Arthur Holmwood

2 de septiembre
"Mi querido y viejo amigo:
"Respecto a la salud de la señorita Westenra me apresu
ro a decirte inmediatamente que en mi opinión no hay ningún
trastorno funcional ni enfermedad que yo conozca. Al mismo
tiempo, de ninguna manera puedo considerarme satisfecho de
su semblante; está totalmente diferente a lo que era la última vez
que la vi. Por supuesto, debes tener presente que no tuve opor
tunidad de hacer un examen minucioso tal como hubiera desea

132
Drácula de Bram Stoker

do; nuestra misma amistad plantea aquí una pequeña dificultad


que ni siquiera la ciencia médica ni la costumbre pueden sobre
pasar. Lo mejor será que te diga exactamente lo que sucedió,
dejándote en libertad para que saques, dentro de ciertas medi
das, tus propias conclusiones. Luego te diré lo que he hecho y lo
que me propongo hacer.
"Encontré a la señorita Westenra con bastantes buenos
ánimos. Su madre estaba presente, y en pocos segundos me
percaté de que estaba tratando por todos los medios de engañar
a su madre, y evitarle de esa manera ansiedades. No tengo
ninguna duda de que adivina, en caso de que no lo sepa, que
hay necesidad de tener cautela. Comimos solos, y como nos
esforzamos por parecer alegres, obtuvimos, como una especie
de recompensa por nuestros esfuerzos, cierta alegría real, entre
nosotros. Entonces, la señora Westenra se retiró a descansar, y
Lucy se quedó conmigo. Fuimos a su boudoir, y hasta que lle
gamos ahí su reserva no se modificó, pues los sirvientes iban y
venían.
Sin embargo, tan pronto como se cerró la puerta, la
máscara cayó de su rostro y se hundió en un sillón dando un
gran suspiro y escondiendo sus ojos con la mano.
Cuando yo vi que su animosidad había fallado, me apro
veché inmediatamente de su reacción para hacer un diagnóstico.
Me dijo muy dulcemente:
"No puedo decirle a usted cuánto detesto tener que ha
blarle acerca de mi persona.
"Yo le recordé que las confidencias de un doctor eran
sagradas, pero que tú estabas verdaderamente muy ansioso por
ella. Ella captó inmediatamente el significado de mis palabras, y
arregló todo el asunto con un par de palabras.
"Dígale a Arthur cualquier cosa que usted crea conve
niente. ¡Yo no me preocupo por mí misma, sino por él!
"Por lo tanto, tengo libertad de hablar.
"Fácilmente pude darme cuenta de que le hace falta un
poco de sangre, pero no pude ver los síntomas típicos de la
anemia, y por una casualidad tuve de hecho la oportunidad de
probar la cualidad de su sangre, pues al abrir una ventana que
estaba remachada, un cordón se rompió y ella se cortó ligera
mente la mano con el vidrio quebrado. En sí mismo fue un hecho

133
Drácula de Bram Stoker

insignificante, pero me dio una oportunidad evidente, de tal ma


nera que yo me apoderé de unas pocas gotas de sangre, y las
he analizado. El análisis cualitativo muestra que existen condi
ciones normales, y además, puedo inferir, señalan la existencia
de un vigoroso estado de salud. En otros asuntos físicos quedé
plenamente convencido de que no hay necesidad de temer; pero
como en alguna parte debe haber una causa, he llegado a la
conclusión de que debe ser algo mental. Ella se queja de tener a
veces dificultades al respirar, y de tener sueños pesados, letár
gicos, con pesadillas que la asustan, pero de las cuales no se
puede acordar. Dice que cuando niña solía caminar dormida, y
que estando en Whitby la costumbre regresó, y que una vez
salió caminando en la noche y fue hasta East Cliff, donde la
encontró la señorita Murray; pero me asegura que últimamente
esta costumbre ha vuelto a desaparecer. He quedado con du
das, por lo que he hecho lo mejor que sé: le he escrito a mi viejo
amigo y maestro, el profesor van Helsing, de Ámsterdam, que es
una de las personas que más conocimientos tiene sobre enfer
medades raras en el mundo. Le he pedido que venga, y como tú
me dijiste que todas estas cosas estarían a tu cargo, te he men
cionado a ti y tus relaciones con la señorita Westenra. Esto, mi
viejo amigo, es en obsequio de tus deseos, pues yo me siento
demasiado orgulloso y demasiado feliz de poder hacer lo que
pueda por ella. Yo sé que Van Helsing hará cualquier cosa por
mí por una razón personal, así es que no importa por qué moti
vos venga, debemos aceptar sus deseos. Es un hombre aparen
temente muy arbitrado, pero esto es porque él sabe de lo que
habla más que ninguna otra persona. Es un filósofo y un metafí
sico, y uno de los científicos más avanzados de nuestra época; y
tiene, supongo, una mente absolutamente abierta. Esto, con
unos nervios de acero, un temperamento frío, una resolución
indomable, un autocontrol y una tolerancia exaltada de virtudes y
bendiciones, y el más amable de los más sinceros corazones
que laten, forman su equipo para la noble tarea que está reali
zando por la humanidad, trabajo tanto en la teoría como en la
práctica, pues su visión es tan amplia como lo es su simpatía. Te
cuento esto para que tú puedas saber por qué tengo tanta con
fianza en él. Le he pedido que venga inmediatamente.
Mañana veré otra vez a la señorita Westenra. Nos vere
mos en la ciudad, de manera que yo no alarme a su madre con
mi visita.
"Tu amigo,

134
Drácula de Bram Stoker

JOHN SEWARD"
Carta de Abraham Helsing, Doctor en Medicina, Filosofía y
Letras, etc., al doctor Seward

3 de septiembre
"Mi buen amigo:
"Cuando he recibido su carta ya estoy de camino hacia
usted. Por buena fortuna puedo partir de inmediato, sin mal para
ninguno de aquellos que han confiado en mí.
Fueran otras las circunstancias, sería perjudicial para
esos que han confiado en mí, pues yo voy adonde mi amigo
cuando él me llama para ayudar a aquellos a quienes tiene cari
ño. Dígale a su amigo que cuando aquella vez usted chupó de
mi herida tan rápidamente el veneno de la gangrena de aquel
cuchillo que nuestro otro amigo, tan nervioso, dejó deslizar, hizo
usted más por él cuando él quiere mi ayuda y usted la solicita,
que todo lo que puede hacer su gran fortuna. Pero es un doble
placer hacerlo por él, su amigo; y hacia usted voy. Tenga ya
dispuesto, y por favor así arreglado, que podamos ver a la joven
dama no tan tarde mañana mismo, pues es probable que yo
tenga que regresar aquí esa noche. Pero si hay necesidad, re
gresaré otra vez tres días después, y estaré más tiempo si es
preciso. Hasta entonces, mi buen amigo John, adiós.
VAN HELSING "
Carta del doctor Seward al honorable Arthur Holmwood

3 de septiembre
"Querido Art:
"Vino Van Helsing y se fue. Fue conmigo a Hillingham, y
encontré que, por discreción de Lucy, su madre había salido
invitada a comer, de tal manera que quedamos solos con ella.
Van Helsing hizo un examen muy minucioso de la paciente.
Quedó en comunicármelo a mí, y yo te aconsejaré a ti,
pues por supuesto yo no estuve presente. Está, lo temo, muy
preocupado, pero me dijo que debía reflexionar. Cuando yo le
dije de nuestra amistad y cómo tú me habías confiado el asunto,
él dijo: 'Debe usted decirle todo lo que piensa. Dígale lo que
pienso yo, si usted puede adivinar, y usted adivinará. No; no
estoy bromeando. Esta no es broma, sino vida y muerte; quizá

135
Drácula de Bram Stoker

más.' Le pregunté qué quería decir con aquello, pues estaba


muy serio. Esto sucedió cuando ya habíamos regresado a la
ciudad, yestaba tomando una taza de té antes de iniciar su re
greso a Ámsterdam. No me dio ninguna pista más. No debes
estar enojado conmigo, Art, porque su misma reticencia significa
que todo su cerebro está trabajando por el bien de ella. Puedes
estar seguro de que, a su debido tiempo, hablará con toda clari
dad. Así es que yo le dije que escribiría simplemente un registro
de nuestra visita, justamente como si estuviese haciendo un
artículo descriptivo especial para el Daily Telegraph. Pareció no
tomar nota de ello, y sólo comentó que el hollín de Londres no
era tan malo como solía ser cuando él era estudiante aquí. Yo
recibiré su informe mañana, si tiene tiempo para hacerlo. En
todo caso, recibiré una carta.
"Bien, ahora, a la visita. Lucy estaba más alegre que el
día que la vi por primera vez, y desde luego parecía estar mucho
mejor. Había perdido algo de aquella mirada fantasmal que tanto
te inquieta, y su respiración era normal. Fue muy dulce con el
profesor (siempre lo es), y trató de que se sintiera tranquilo; sin
embargo, yo pude ver que la pobre muchacha estaba haciendo
un gran esfuerzo. Creo que Van Helsing también lo notó, pues
bajo sus espesas cejas vi aquella rápida mirada que tan bien
conozco.
Entonces, comenzó a charlar de todas las cosas posi
bles menos de nosotros y las enfermedades, y lo hizo con tanto
ingenio que yo pude ver cómo la pretendida animación de Lucy
se convertía en realidad. Entonces, sin que se notara el cambio,
mi maestro llevó la conversación suavemente al motivo de su
visita, y dijo calmadamente:
"Mi querida joven, tengo este gran placer porque usted
es encantadora. Eso es mucho, querida, aunque estuviera aquí
ese a quien no veo. Me dijeron que estaba usted desanimada, y
que tenía una palidez fantasmal. A ellos les digo: ¡bah! (y tronó
los dedos, agregando a continuación): Pero usted y yo les va
mos a demostrar cuán equivocados están. Cómo puede él (dijo,
y me señaló con la misma mirada y gesto con el que me había
sacado de su clase en cierta ocasión, o mejor dicho, después de
esa ocasión), ¿cómo puede él saber nada acerca de jóvenes? Él
tiene sus locos con quienes juega, y a quienes devuelve la felici
dad, juntamente con la felicidad de aquellos que lo quieren. Es
bastante lo que hace, y, ¡oh!, pero hay recompensas, en el mis
mo hecho de poder restaurar esa felicidad. ¡Más de jovencitas!

136
Drácula de Bram Stoker

No tiene mujer ni hija, y los jóvenes no confían en los jóvenes,


sino en los viejos como yo, que han conocido ya tantos dolores y
las causas de ellos. Así es, querido, que lo enviaremos a que se
fume un cigarro en el jardín, mientras usted y yo tenemos una
pequeña charla confidencial.
"Acepté la sugestión y salí del cuarto, hasta que al cabo
de un rato el profesor salió por la ventana y me pidió que entra
ra. Parecía preocupado, pero dijo: "He efectuado un minucioso
examen, pero no hay ninguna causa funcional.
Estoy de acuerdo con usted en que ha habido mucha
pérdida de sangre; ha habido, pero no la hay. Además, el estado
general de la joven no muestra ningún síntoma de anemia.
Le he pedido que me envíe a su sirvienta para que yo
pueda hacerle un par de preguntas, de tal manera que no quede
oportunidad de perder algo. Yo sé muy bien lo que dirá. Y sin
embargo, hay una causa; siempre hay una causa para todo.
Debo regresar a casa y pensar. Usted debe enviarme el tele
grama todos los días; y si hay motivo, vendré otra vez. La en
fermedad, pues no estar del todo bien es enfermedad, me in
teresa y también me interesa ella, la dulce jovencita. Me encan
ta, y por ella, si no por usted, o por enfermedad, vendré.
"Y como te digo, no quiso decir más, ni cuando estuvi
mos solos. Así es, Art, que ya sabes todo lo que yo sé. Manten
dré una estricta vigilancia. Espero que tu pobre padre siga mejor.
Debe ser una cosa terrible para ti, mi querido viejo, estar situado
en una posición tal entre dos personas que son tan queridas
para ti. Yo conozco tu idea del deber para con tu padre, y haces
bien en ser fiel a ella; pero si hay necesidad, te enviaré un men
saje para que vengas de inmediato a donde Lucy; de tal manera
que no te acongojes de más, a menos que recibas noticias
mías."
Del diario del doctor Seward

4 de septiembre. Mi paciente zoófago siempre me man


tiene interesado. Sólo ha tenido un ataque, y eso fue ayer a una
hora inusitada. Poco antes del mediodía comenzó a mostrarse
inquieto. El asistente reconoció los síntomas y pidió de inmediato
ayuda.
Afortunadamente, los hombres llegaron corriendo, y
apenas a tiempo, pues al dar el mediodía se volvió tan furioso

137
Drácula de Bram Stoker

que tuvieron que usar toda su fuerza para sujetarlo. Sin embar
go, como a los cinco minutos comenzó a tranquilizarse paulati
namente, hasta que finalmente se hundió en una especie de
melancolía, estado en el cual ha permanecido hasta ahora. El
asistente me dice que sus gritos, durante el paroxismo, fueron
realmente escalofriantes; cuando entré, me encontré con las
manos llenas, atendiendo a algunos de los otros pacientes que
estaban asustados por su comportamiento. De hecho, puedo
entender bastante bien el efecto, pues el ruido de sus gritos me
perturbó incluso a mí, aunque yo me encontraba alejado, a cierta
distancia. Ahora acabamos de cenar en el asilo, y sin embargo,
todavía mi paciente está sentado en una esquina murmurando,
con una mirada sombría, amenazadora y angustiosa. Su rostro
más bien parece indicar, en vez de mostrar algo directamente.
No puedo acabar de comprenderlo.
Más tarde. Otro cambio en mi paciente. A las cinco de la
tarde lo fui a ver y lo encontré casi tan alegre como solía estar
antes. Estaba capturando moscas y comiéndoselas, y mantenía
registro de sus capturas haciendo unas rayas con las uñas en el
borde de la puerta entre los canales del relleno. Cuando me vio,
se dirigió a mí y pidió disculpas por su mala conducta, y me su
plicó de una manera muy humilde y atenta que le permitiera
regresar otra vez a su cuarto y que le diera su libreta. Pensé que
convenía complacerlo; de tal manera que está de regreso en su
cuarto con la ventana abierta. Ha regado el azúcar de su té por
el antepecho de la ventana, y está entregado otra vez a su co
lección de moscas. De momento no se las está comiendo, sino
que las está poniendo en una caja, igual que antes, y ya está
examinando los rincones de su cuarto para encontrar arañas.
Traté de hacerle hablar sobre lo sucedido en los últimos días,
pues cualquier pista sobre sus pensamientos me sería muy útil,
pero él no quiso entrar en conversación. Durante unos momen
tos puso una expresión bastante triste, y dijo con apagada voz,
como si más bien hablara consigo mismo en vez de hablar con
migo:
—¡Todo ha terminado! ¡Todo ha terminado! Me ha
abandonado. ¡No tengo esperanza, a menos de que yo mismo lo
haga!
Luego, repentinamente, volviéndose a mí de manera re
suelta, me dijo:
—Doctor, ¿sería usted tan amable de darme un poquito
más de azúcar? Creo que me haría muy bien.

138
Drácula de Bram Stoker

—¿Y las moscas? —le pregunté.


—¡Sí! A las moscas les gusta también, y a mí me gustan
las moscas; por lo tanto, a mí me gusta.
¡Y pensar que hay gente tan ignorante que piensa que
un loco no tiene argumentos! Le di doble ración de azúcar y lo
dejé feliz, como supongo que puede ser feliz un hombre en este
mundo. Desearía poder penetrar en su mente.
Medianoche. Otro cambio en él. Había ido yo a visitar a
la señorita Westenra, a quien encontré mucho mejor, y acababa
de regresar; estaba parado en nuestro propio portón mirando la
puesta del sol, cuando escuché que el loco gritaba. Como su
cuarto está en este lado de la casa, pude oírlo mejor que en la
mañana. Fue una sorpresa muy fuerte para mí, y con desagrado
aparté la vista de la maravillosa belleza humeante del sol po
niente sobre Londres, con sus fantásticas luces y sus sombras
tintáceas, y todos los maravillosos matices que se ven en las
sucias nubes tanto como en el agua sucia, para darme cuenta
de la triste austeridad de mi propio frío edificio de piedra, con su
riqueza de miserias respirantes, y mi propio corazón desolado
que la soporta. Llegué junto al paciente en el momento en que el
sol se estaba hundiendo, y desde su ventana vi desaparecer el
disco rojo. Al hundirse, el paciente empezó a calmarse, y al des
aparecer por completo se deslizó de las manos que lo sostenían,
como una masa inerte, cayendo al suelo. Sin embargo, es mara
villoso el poder intelectual recuperativo que tienen los lunáticos,
pues al cabo de unos minutos se puso en pie bastante calmado
y miró en torno suyo. Hice una seña a los asistentes para que no
lo sujetaran, pues estaba ansioso de ver lo que iba a hacer. Fue
directamente hacia la ventana y limpió los restos del azúcar;
luego tomó su caja de moscas y la vació afuera, arrojando poste
riormente la caja; después cerró la ventana y, atravesando el
cuarto, se sentó en su propia cama. Todo esto me sorprendió,
por lo que le pregunté:
—¿Ya no va a seguir cazando más moscas?
—No —me respondió él—, ¡estoy cansado de tanta ba
sura!
Desde luego es un formidable e interesante caso de es
tudio. Desearía poder tener una ligera visión de su mente, o de
las causas de su repentina pasión. Alto: puede haber, después
de todo, una pista, si podemos averiguar por qué hoy sus paro
xismos se produjeron a mediodía y no al ocultarse el sol. ¿Sería

139
Drácula de Bram Stoker

posible que hubiera malignas influencias del sol en períodos que


afectan ciertas naturalezas, así como la luna afecta a otros? Lo
veremos.
Telegrama de Seward, en Londres, a van Helsing, en Ámster
dam

4 de septiembre.
Paciente todavía mejor hoy.
Telegrama de Seward, en Londres, a van Helsing, en Ámster
dam

5 de septiembre.
Paciente muy mejorada. Buen apetito; duerme bien;
buen humor; color regresa.
Telegrama de Seward, en Londres, a van Helsing, en Ámster
dam

6 de septiembre.
Terrible cambio para mal. Venga enseguida; no pierda una hora.
No enviaré telegrama a Holmwood hasta verle a usted.

140
Drácula de Bram Stoker

X
Carta del doctor Seward al honorable
Arthur Holmwood

de septiembre.
"Mi querido Art:

6 "Mis noticias hoy no son muy buenas.


Esta mañana Lucy había retrocedido un poquito.
Sin embargo, una cosa buena ha resultado de
ello: la señora Westenra estaba naturalmente ansiosa respecto a
Lucy, y me ha consultado a mí profesionalmente acerca de ella.
Aproveché la oportunidad y le dije que mi antiguo maestro, van
Helsing, el gran especialista, iba a pasar conmigo unos días, y
que yo la pondría a su cuidado; así es que ahora podemos en
trar y salir sin causarle alarma, pues una impresión para ella
significaría una repentina muerte, y esto, aunado a la debilidad
de Lucy, podría ser desastroso para ella. Estamos todos llenos
de tribulaciones, pero, mi viejo, Dios mediante, vamos a poder
sobrellevarlas y vencerlas. Si hay alguna necesidad, te escribiré,
por lo que si no tienes noticias de mí, puedes estar seguro de
que simplemente estoy a la expectativa. Tengo prisa. Adiós.
"Tu amigo de siempre,
JOHN SEWARD"
Del diario del doctor Seward

7 de septiembre. Lo primero que van Helsing me dijo


cuando nos encontramos en la calle Liverpool, fue: "¿Ha dicho
usted algo a su amigo, el novio de ella?"
—No —le dije—. Quería esperar hasta verlo a usted an
tes, como le dije en mi telegrama. Le escribí una carta diciéndole
simplemente que usted venía, ya que la señorita Westenra no
estaba bien de salud, y que le enviaría más noticias después.
—Muy bien, muy bien, mi amigo —me dijo—. Mejor será
que no lo sepa todavía; tal vez nunca lo llegue a saber. Eso es
pero; pero si es necesario, entonces lo sabrá todo. Y, mi viejo

141
Drácula de Bram Stoker

amigo John, déjeme que se lo advierta: usted trata con los locos.
Todos los hombres están más o menos locos; y así como usted
trata discretamente con sus locos, así trate discretamente con
los locos de Dios: el resto del mundo. Usted no le dice a sus
locos lo que hace ni por qué lo hace; usted no les dice lo que
piensa. Así es que debe mantener el conocimiento en su lugar,
donde pueda descansar; donde pueda reunirse con los de su
clase y procrear. Usted y yo nos guardaremos como hasta ahora
lo que sabemos...
Y al decir esto me tocó en el corazón y en la frente, y
luego él mismo se tocó de manera similar.
—Por mi parte tengo algunas ideas, de momento. Más
tarde se las expondré a usted.
—¿Por qué no ahora? —le pregunté—. Puede que den
buen resultado; podríamos llegar a alguna conclusión.
Él me miró fijamente, y dijo:
—Mi amigo John, cuando ha crecido el maíz, incluso an
tes de que haya madurado, mientras la savia de su madre tierra
está en él, y el sol todavía no ha comenzado a pintarlo con su
oro, el marido se tira de la oreja y la frota entre sus ásperas ma
nos, y limpia la verde broza, y te dice: "¡Mira!: es buen maíz;
cuando llegue el tiempo, será un buen grano."
Yo no vi la aplicación, y se lo dije. Como respuesta ex
tendió su brazo y tomó mi oreja entre sus manos tirando de ella
juguetonamente, como solía hacerlo antiguamente durante sus
clases, y dijo:
—El buen marido dice así porque conoce, pero no hasta
entonces. Pero usted no encuentra al buen marido escarbando
el maíz sembrado para ver si crece; eso es para niños que jue
gan a sembradores. Pero no para aquellos que tienen ese oficio
como medio de subsistencia. ¿Entiende usted ahora, amigo
John? He sembrado mi maíz, y la naturaleza tiene ahora el tra
bajo de hacerlo crecer; si crece, entonces hay cierta esperanza;
y yo esperaré hasta que comience a verse el grano.
Al decir esto se interrumpió, pues evidentemente vio que
lo había comprendido.
Luego, prosiguió con toda seriedad:

142
Drácula de Bram Stoker

—Usted siempre fue un estudiante cuidadoso, y su estu


che siempre estaba más lleno que los demás. Entonces usted
era apenas un estudiante; ahora usted es maestro, y espero que
sus buenas costumbres no hayan desaparecido. Recuerde, mi
amigo, que el conocimiento es más fuerte que la memoria, y no
debemos confiar en lo más débil. Aunque usted no haya mante
nido la buena práctica, permítame decirle que este caso de
nuestra querida señorita es uno que puede ser, fíjese, digo pue
de ser, de tanto interés para nosotros y para otras personas que
todos los demás casos no sean nada comparados con él. Tome,
entonces, buena nota de él. Nada es demasiado pequeño. Le
doy un consejo: escriba en el registro hasta sus dudas y sus
conjeturas. Después podría ser interesante para usted ver cuán
ta verdad puede adivinar. Aprendemos de los fracasos; no de los
éxitos.
Cuando le describí los síntomas de Lucy (los mismos
que antes, pero infinitamente más marcados) se puso muy serio,
pero no dijo nada. Tomó un maletín en el que había muchos
instrumentos y medicinas, "horrible atavío de nuestro comercio
benéfico", como él mismo lo había llamado en una de sus cla
ses, el equipo de un profesor de la ciencia médica. Cuando nos
hicieron pasar, la señora Westenra salió a nuestro encuentro.
Estaba alarmada, pero no tanto como yo había esperado encon
trarla.
La naturaleza, en uno de sus momentos de buena dis
posición, ha ordenado que hasta la muerte tenga algún antídoto
para sus propios errores. Aquí, en un caso donde cualquier im
presión podría ser fatal, los asuntos se ordenan de tal forma que,
por una causa o por otra, las cosas no personales (ni siquiera el
terrible cambio en su hija, a la cual quería tanto) parecen alcan
zarla. Es algo semejante a como la madre naturaleza se reúne
alrededor de un cuerpo extraño y lo envuelve con algún tejido
insensible, que puede protegerlo del mal al que de otra manera
se vería sometido por contacto. Si esto es un egoísmo ordenado,
entonces deberíamos abstenernos un momento antes de conde
nara nadie por el defecto del egoísmo, pues sus causas pueden
tener raíces más profundas de las que hasta ahora conocemos.
Puse en práctica mi conocimiento de esta fase de la pa
tología espiritual, y asenté la regla de que ella no debería estar
presente con Lucy, o pensar en su enfermedad, más que cuando
fuese absolutamente necesario. Ella asintió de buen grado; tan
de buen grado, que nuevamente vi la mano de la naturaleza

143
Drácula de Bram Stoker

protegiendo la vida. Van Helsing y yo fuimos conducidos hasta el


cuarto de Lucy. Si me había impresionado verla a ella ayer,
cuando la vi hoy quedé horrorizado. Estaba terriblemente pálida;
blanca como la cal. El rojo parecía haberse ido hasta de sus
labios y sus encías, y los huesos de su rostro resaltaban promi
nentemente; se dolía uno de ver o escuchar su respiración. El
rostro de van Helsing se volvió rígido como el mármol, y sus
cejas convergieron hasta que casi se encontraron sobre su nariz.
Lucy yacía inmóvil y no parecía tener la fuerza suficiente para
hablar, así es que por un instante todos permanecimos en silen
cio. Entonces, van Helsing me hizo una seña y salimos silencio
samente del cuarto. En el momento en que cerramos la puerta,
caminó rápidamente por el corredor hacia la puerta siguiente,
que estaba abierta. Entonces me empujó rápidamente con ella, y
la cerró.
—¡Dios mío! —dijo él—. ¡Esto es terrible! No hay tiempo
que perder. Se morirá por falta de sangre para mantener activa
la función del corazón. Debemos hacer inmediatamente una
transfusión de sangre. ¿Usted, o yo?
—Maestro, yo soy más joven y más fuerte; debo ser yo.
—Entonces, prepárese al momento. Yo traeré mi male
tín. Ya estoy preparado.
Lo acompañé escaleras abajo, y al tiempo que bajába
mos alguien llamó a la puerta del corredor. Cuando llegamos a
él, la sirvienta acababa de abrir la puerta y Arthur estaba entran
do velozmente. Corrió hacia mí, hablando en un susurro angus
tioso.
—Jack, estaba muy afligido. Leí entre líneas tu carta, y
he estado en un constante tormento. Mi papá está mejor, por lo
que corrí hasta aquí para ver las cosas por mí mismo. ¿No es
este caballero el doctor van Helsing? Doctor, le estoy muy agra
decido por haber venido.
Cuando los ojos del profesor cayeron por primera vez
sobre él, había en ellos un brillo de cólera por la interrupción en
tal momento: pero al mirar sus fornidas proporciones y reconocer
la fuerte hombría juvenil que parecía emanar de él, sus ojos se
alegraron. Sin demora alguna le dijo, mientras extendía la mano:
—Joven, ha llegado usted a tiempo. Usted es el novio de
nuestra paciente, ¿verdad? Está mal; muy, muy mal. No, hijo, no
se ponga así —le dijo, viendo que repentinamente mi amigo se

144
Drácula de Bram Stoker

ponía pálido y se sentaba en una silla casi desmayado—. Usted


le va a ayudar a ella. Usted puede hacer más que ninguno para
que viva, y su valor es su mejor ayuda.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Arthur, con voz ron
ca—. Dígamelo y lo haré. Mi vida es de ella, y yo daría hasta la
última gota de mi sangre por ayudarla.
El profesor tenía un fuerte sentido del humor, y por co
nocerlo tanto yo pude detectar un rasgo de él, en su respuesta:
—Mi joven amigo, yo no le pido tanto; por lo menos no la
última.
—¿Qué debo hacer?
Había fuego en sus ojos, y su nariz temblaba de emo
ción. Van Helsing le dio palmadas en el hombro.
—Venga —le dijo—. Usted es un hombre, y un hombre
es lo que necesitamos. Usted está mejor que yo, y mejor que mi
amigo John.
Arthur miró perplejo y entonces mi maestro comenzó a
explicarle en forma bondadosa:
—La joven señorita está mal, muy mal. Quiere sangre, y
sangre debe dársele, o muere. Mi amigo John y yo hemos con
sultado; y estamos a punto de realizar lo que llamamos una
transfusión de sangre: pasar la sangre de las venas llenas de
uno a las venas vacías de otro que la está pidiendo. John iba a
dar su sangre, ya que él es más joven y más fuerte que yo (y
aquí Arthur tomó mi mano y me la apretó fuertemente en silen
cio), pero ahora usted está aquí; usted es más fuerte que cual
quiera de nosotros, viejo o joven, que nos gastamos mucho en el
mundo del pensamiento. ¡Nuestros nervios no están tan tranqui
los ni nuestra sangre es tan rica como la suya!
Entonces Arthur se volvió hacia el eminente médico, y le
dijo:
—Si usted supiera qué felizmente moriría yo por ella, en
tonces entendería...
Se detuvo, con una especie de asfixia en la voz.
—¡Bien, muchacho! —dijo van Helsing—. En un futuro
no muy lejano estará contento de haber hecho todo lo posible
por ayudar a quien ama. Ahora venga y guarde silencio. Antes

145
Drácula de Bram Stoker

de que lo hagamos la besará una vez, pero luego debe usted


irse: y debe irse a una señal mía. No diga ni palabra de esto a la
señora; ¡usted ya sabe cuál es su estado! No debe tener ningu
na impresión; cualquier contrariedad la mataría. ¡Venga!
Todos entramos en el cuarto de Lucy. Por indicación del
maestro, Arthur permaneció fuera. Lucy volvió la cabeza hacia
nosotros y nos miró, pero no dijo nada.
No estaba dormida, pero estaba simplemente tan débil
que no podía hacer esfuerzo alguno. Sus ojos nos hablaron; eso
fue todo. Van Helsing sacó algunas cosas de su maletín y las
colocó sobre una pequeña mesa fuera del alcance de su vista.
Entonces, mezcló un narcótico y, acercándose a la cama, le dijo
alegremente:
—Bien, señorita, aquí está su medicina. Tómesela toda
como una niña buena. Vea; yo la levantaré para que pueda tra
gar con facilidad. Así.
Hizo el esfuerzo con buen resultado.
Me sorprendió lo mucho que tardó la droga en surtir
efecto. Esto, de hecho, era un claro síntoma de su debilidad. El
tiempo pareció interminable hasta que el sueño comenzó a ale
tear en sus párpados. Sin embargo, al final, el narcótico comen
zó a manifestar su potencia, y se sumió en un profundo sueño.
Cuando el profesor estuvo satisfecho, llamó a Arthur al cuarto y
le pidió que se quitara la chaqueta. Luego agregó:
—Puede usted dar ese corto beso mientras yo traigo la
mesa. ¡Amigo John, ayúdeme!
Así fue que ninguno de los dos vimos mientras él se in
clinaba sobre ella. Entonces, volviéndose a mí, van Helsing me
dijo:
—Es tan joven y tan fuerte, y de sangre tan pura, que no
necesitamos desfibrinarla.
Luego, con rapidez, pero metódicamente, van Helsing
llevó a cabo la operación.
A medida que se efectuaba, algo como vida parecía re
gresar a las mejillas de la pobre Lucy, y a través de la creciente
palidez de Arthur parecía brillar la alegría de su rostro.
Después de un corto tiempo comencé a sentir angustia,
pues a pesar de que Arthur era un hombre fuerte, la pérdida de

146
Drácula de Bram Stoker

sangre ya lo estaba afectando. Esto me dio una idea de la terri


ble tensión a que debió haber estado sometido el organismo de
Lucy, ya que lo que debilitaba a Arthur apenas la mejoraba par
cialmente a ella. Pero el rostro de mi maestro estaba rígido, y
estuvo con el reloj en la mano y con la mirada fija ora en la pa
ciente, ora en Arthur. Yo podía escuchar los latidos de mi cora
zón. Finalmente dijo, en voz baja:
—No se mueva un instante. Es suficiente. Usted atiénda
lo a él; yo me ocuparé de ella.
Cuando todo hubo terminado, pude ver cómo Arthur es
taba debilitado. Le vendé la herida y lo tomé del brazo para ayu
darlo a salir, cuando van Helsing habló sin volverse; el hombre
parecía tener ojos en la nuca.
—El valiente novio, pienso, merece otro beso, el cual
tendrá de inmediato.
Y como ahora ya había terminado su operación, arregló
la almohada bajo la cabeza de la paciente. Al hacer eso, el es
trecho listón de terciopelo que ella siempre parecía usar alrede
dor de su garganta, sujeto con un antiguo broche de diamante
que su novio le había dado, se deslizó un poco hacia arriba y
mostró una marca roja en su garganta. Arthur no la notó, pero yo
pude escuchar el profundo silbido de aire inhalado, que es una
de las maneras en que van Helsing traiciona su emoción. No dijo
nada de momento, pero se volvió hacia mí y dijo:
—Ahora, baje con nuestro valiente novio, dele un poco
de vino y que descanse un rato. Luego debe irse a casa y des
cansar; dormir mucho y comer mucho, para que pueda recuperar
lo que le ha dado a su amor. No debe quedarse aquí. ¡Un mo
mento! Presumo, señor, que usted está ansioso del resultado;
entonces lléveselo consigo, ya que de todas maneras la opera
ción ha sido afortunada. Usted le ha salvado la vida esta vez, y
puede irse a su casa a descansar tranquilamente, pues ya se ha
hecho todo lo que tenía que hacerse. Yo le diré a ella lo sucedi
do cuando esté bien; no creo que lo deje de querer por lo que ha
hecho. Adiós.
Cuando Arthur se hubo ido, regresé al cuarto. Lucy es
taba durmiendo tranquilamente, pero su respiración era más
fuerte; pude ver cómo se alzaba la colcha a medida que respira
ba. Al lado de su cama se sentaba van Helsing, mirándola inten
samente. La gargantilla de terciopelo cubría la marca roja. Le
pregunté al profesor:

147
Drácula de Bram Stoker

—¿Qué piensa usted de esa señal en su garganta?


—Y usted, ¿qué piensa?
—Yo todavía no la he examinado —respondí, y en ese
mismo momento procedía desabrochar la gargantilla.
Justamente sobre la vena yugular externa había dos
pinchazos, no grandes, pero que tampoco presagiaban nada
bueno. No había ninguna señal de infección, pero los bordes
eran blancos y parecían gastados, como si hubiesen sido maltra
tados. De momento se me ocurrió que aquella herida, o lo que
fuese, podía ser el medio de la manifiesta pérdida de sangre;
pero abandoné la idea tan pronto como la hube formulado, pues
tal cosa no podía ser. Toda la cama hubiera estado empapada
de rojo con la sangre que la muchacha debió perder para tener
una palidez como la que había mostrado antes de la transfusión.
—¿Bien? —dijo van Helsing.
—Bien —dije yo—, no me explico qué pueda ser.
Mi maestro se puso en pie.
—Debo regresar a Ámsterdam hoy por la noche —dijo—
. Allí hay libros y documentos que deseo consultar. Usted debe
permanecer aquí toda la noche, y no debe quitarle la vista de
encima.
—¿Debo contratar a una enfermera? —le pregunté.
—Nosotros somos los mejores enfermeros, usted y yo.
Usted vigílela toda la noche; vea que coma bien y que nada la
moleste. Usted no debe dormir toda la noche. Más tarde podre
mos dormir, usted y yo. Regresaré tan pronto como sea posible,
y entonces podremos comenzar.
—¿Podremos comenzar? —dije yo—. ¿Qué quiere us
ted decir con eso?
—¡Ya lo veremos! —respondió mi maestro, al tiempo
que salía precipitadamente.
Regresó un momento después, asomó la cabeza por la
puerta y dijo, levantando un dedo en señal de advertencia: —
Recuérdelo: ella está a su cargo. ¡Si usted la deja y sucede algo,
no podrá dormir tranquilamente en lo futuro!

148
Drácula de Bram Stoker

Del diario del doctor Seward (continuación)

8 de septiembre. Estuve toda la noche sentado al lado


de Lucy. El soporífero perdió su efecto al anochecer, y despertó
naturalmente; parecía un ser diferente del que había sido antes
de la operación. Su estado de ánimo era excelente, y estaba
llena de una alegre vivacidad, pero pude ver las huellas de la
extrema postración por la que había pasado. Cuando le dije a la
señora Westenra que el doctor van Helsing había ordenado que
yo estuviese sentado al lado de ella, casi se burló de la idea
señalando las renovadas fuerzas de su hija y su excelente esta
do de ánimo. Sin embargo, me mostré firme, e hice los prepara
tivos para mi larga vigilia. Cuando su sirvienta la hubo preparado
para la noche, entré, habiendo entretanto cenado, y tomé asien
to al lado de su cama. No hizo ninguna objeción, sino que se
limitó a mirarme con gratitud siempre que pude captar sus ojos.
Después de un largo rato pareció estar a punto de dormirse,
pero con un esfuerzo pareció recobrarse y sacudirse el sueño.
Esto se repitió varias veces, con más esfuerzo y pausas más
cortas a medida que el tiempo pasaba. Era aparente que no
quería dormir, de manera que yo abordé el asunto de inmediato:
—¡No quiere usted dormirse?
—No. Tengo miedo.
—¡Miedo de dormirse! ¿Por qué? Es una bendición que
todos anhelamos.
—¡Ah! No si usted fuera como yo. ¡Si el sueño fuera pa
ra usted presagio de horror...!
—¡Un presagio de horror! ¿Qué quiere usted decir con
eso?
—No lo sé, ¡ay!, no lo sé. Y eso es lo que lo hace tan te
rrible. Toda esta debilidad me llega mientras duermo; de tal ma
nera que ahora me da miedo hasta la idea misma de dormir.
—Pero, mi querida niña, usted puede dormir hoy en la
noche. Yo estaré aquí velando su sueño, y puedo prometerle
que no sucederá nada.
—¡Ah! ¡Puedo confiar en usted!
Aproveché la oportunidad, y dije:

149
Drácula de Bram Stoker

—Le prometo que si yo veo cualquier evidencia de pe


sadillas, la despertaré inmediatamente.
—¿Lo hará? ¿De verdad? ¡Qué bueno es usted conmi
go! Entonces, dormiré.
Y casi al mismo tiempo dejó escapar un profundo suspi
ro de alivio, y se hundió en la almohada, dormida.
Toda la noche estuve a su lado. No se movió ni una vez,
sino que durmió con un sueño tranquilo, reparador. Sus labios
estaban ligeramente abiertos, y su pecho se elevaba y bajaba
con la regularidad de un péndulo. En su rostro se dibujaba una
sonrisa, y era evidente que no habían llegado pesadillas a per
turbar la paz de su mente.
Temprano por la mañana llegó su sirvienta; yo la dejé al
cuidado de ella y regresé a casa, pues estaba preocupado por
muchas cosas. Envié un corto telegrama a van Helsing y a Art
hur, comunicándoles el excelente resultado de la transfusión. Mi
propio trabajo, con todos sus contratiempos, me mantuvo ocu
pado durante todo el día; ya había oscurecido cuando tuve opor
tunidad de preguntar por mi paciente zoófago. El informe fue
bueno; había estado tranquilo durante el último día y la última
noche.
Mientras estaba cenando, me llegó un telegrama de van
Helsing, desde Ámsterdam, sugiriéndome que me dirigiera a
Hillingham por la noche, ya que quizá sería conveniente estar
cerca, y haciéndome saber que él saldría con el correo de la
noche y que me alcanzaría temprano por la mañana.

9 de septiembre. Estaba bastante cansado cuando lle


gué a Hillingham. Durante dos noches apenas había podido
dormir, y mi cerebro estaba comenzando a sentir ese entumeci
miento que indica el agotamiento cerebral. Lucy estaba levanta
da y animosa.
Al estrecharme la mano me miró fijamente a la cara, y di
jo:
—Usted no se sentará hoy toda la noche. Está acabado.
Yo ya estoy bastante bien otra vez; de hecho, me siento perfec
tamente, y si alguien va a cuidar a alguien, entonces yo seré
quien lo cuide a usted.

150
Drácula de Bram Stoker

No tuve ánimos para discutir, sino que me fui a cenar.


Lucy subió conmigo, y avivado por su encantadora pre
sencia, comí con bastante apetito y me tomé un par de vasos del
más excelente oporto. Entonces Lucy me condujo arriba y me
mostró un cuarto contiguo al de ella, donde estaba encendido un
acogedor fogón.
—Ahora —dijo ella—, usted debe quedarse aquí. Dejaré
esta puerta abierta, y también mi puerta. Puede acostarse en el
sofá, pues sé que nada podría inducir a un médico a descansar
debidamente en una cama mientras hay un paciente al lado. Si
quiero cualquier cosa gritaré, y usted puede estar a mi lado al
momento.
No pude sino asentir, pues estaba muerto de cansancio,
y no hubiera podido mantenerme sentado aunque lo hubiese
intentado. Así es que, haciendo que renovara su promesa de
llamarme en caso de que necesitase algo, me acosté en el sofá
y me olvidé completamente de todo.
Del diario de Lucy Westenra

9 de septiembre. Me siento feliz hoy por la noche. He es


tado tan tremendamente débil, que ser capaz de pensar y mo
verme es como sentir los rayos del sol después de un largo pe
ríodo de viento del este y de cielo nublado y gris. Arthur se sien
te muy cerca de mí. Me parece sentir su presencia caliente alre
dedor de mí. Supongo que es porque la enfermedad y la debili
dad vuelven egoísta, y vuelven nuestros ojos internos y nuestra
simpatía sobre nosotros mismos, mientras que la salud y la fuer
za dan rienda suelta al amor, y en pensamiento y sentimiento
puede uno andar donde uno quiera. Yo sé donde están mis pen
samientos. ¡Si Arthur lo supiese! Querido mío, tus oídos deben
zumbar mientras duermes, tal como me zumban los míos al ca
minar. ¡Oh, el maravilloso descanso de anoche! Cómo dormí,
con el querido, buen doctor Seward vigilándome. Y hoy por la
noche no tendré miedo de dormir, ya que está muy cerca y pue
do llamarlo. ¡Gracias a todos por ser tan buenos conmigo! ¡Gra
cias a Dios! Buenas noches, Arthur.
Del diario del doctor Seward

10 de septiembre. Fui consciente de la mano del profe


sor sobre mi cabeza, y me desperté de golpe en un segundo.

151
Drácula de Bram Stoker

Esa es una de las cosas que por lo menos aprendemos en un


asilo.
—¿Y cómo está nuestra paciente?
—Bien, cuando la dejé, o mejor dicho, cuando ella me
dejó a mí —le respondí.
—Venga, veamos —dijo él, y juntos entramos al cuarto
contiguo.
La celosía estaba bajada, y yo la subí con mucho cuida
do mientras van Helsing avanzó, con su pisada blanda, felina,
hacia la cama.
Cuando subí la celosía y la luz de la mañana inundó el
cuarto, oí el leve siseo de aspiración del profesor, y conociendo
su rareza, un miedo mortal me heló la sangre. Al acercarme yo
él retrocedió, y su exclamación de horror, "¡Gott in Himmel!" ,no
necesitaba el refuerzo de su cara doliente. Alzó la mano y señaló
en dirección a la cama, y su rostro de hierro estaba fruncido y
blanco como la ceniza. Sentí que mis rodillas comenzaron a
temblar.
Ahí sobre la cama, en un aparente desmayo, yacía la
pobre Lucy, más terriblemente blanca y pálida que nunca. Hasta
los labios estaban blancos, y las encías parecían haberse enco
gido detrás de los dientes, como algunas veces vemos en los
cuerpos después de una prolongada enfermedad. Van Helsing
levantó su pie para patear de cólera, pero el instinto de su vida y
todos los largos años de hábitos lo contuvieron, y lo depositó
otra vez suavemente.
—¡Pronto! —me dijo—. Traiga el brandy,
Volé, al comedor y regresé con la garrafa. Él humedeció
con ella los pobres labios blancos y juntos frotamos las palmas,
las muñecas y el corazón. Él escuchó el corazón, y después de
unos momentos de agonizante espera, dijo: —No es demasiado
tarde. Todavía late, aunque muy débilmente. Todo nuestro traba
jo se ha perdido; debemos comenzar otra vez. No hay aquí nin
gún joven Arthur ahora; esta vez tengo que pedirle a usted mis
mo que done su sangre, amigo John.
Y a medida que hablaba, metía la mano en el maletín y
sacaba los instrumentos para la transfusión; yo me quité la cha
queta y enrollé la manga de mi camisa. En tal situación no había
posibilidad de usar un soporífero, pero además no había necesi

152
Drácula de Bram Stoker

dad de él; y así, sin perder un momento, comenzamos la trans


fusión. Después de cierto tiempo (tampoco pareció ser tan corto,
pues el fluir de la propia sangre no importa con qué alegría se
vea, es una sensación terrible), van Helsing levantó un dedo en
advertencia:
—No se mueva —me dijo—, pues temo que al recobrar
las fuerzas ella despierte; y eso sería muy, muy peligroso. Pero
tendré precaución. Le aplicaré una inyección hipodérmica de
morfina.
Entonces procedió, veloz y seguramente, a efectuar su
proyecto. El efecto en Lucy no fue malo, pues el desmayo pare
ció transformarse sutilmente en un sueño narcótico. Fue con un
sentimiento de orgullo personal como pude ver un débil matiz de
color regresar lentamente a sus pálidas mejillas y labios. Ningún
hombre sabe, hasta que lo experimenta, lo que es sentir que su
propia sangre se transfiere a las venas de la mujer que ama.
El profesor me miraba críticamente.
—Eso es suficiente —dijo.
—¿Ya? —protesté yo—. Tomó usted bastante más de
Art.
A lo cual él sonrió con una especie de sonrisa triste, y
me respondió:
—Él es su novio, su fiancé. Usted tiene trabajo, mucho
trabajo que hacer por ella y por otros; y con lo que hemos puesto
es suficiente.
Cuando detuvimos la operación, él atendió a Lucy mien
tras yo aplicaba presión digital a mi propia herida. Me acosté,
mientras esperaba a que tuviera tiempo de atenderme, pues me
sentí débil y un poco mareado. Al cabo de un tiempo me vendó
la herida y me envió abajo para que bebiera un vaso de vino.
Cuando estaba saliendo del cuarto, vino detrás de mí y me susu
rró:
—Recuerde: nada debe decir de esto. Si nuestro joven
enamorado aparece inesperadamente, como la otra vez, ningu
na palabra a él. Por un lado lo asustaría, y además de eso lo
pondría celoso. No debe haber nada de eso, ¿verdad?
Cuando regresé, me examinó detenidamente, y dijo:

153
Drácula de Bram Stoker

—No está usted mucho peor. Vaya a su cuarto y des


canse en el sofá un rato; luego tome un buen desayuno, y regre
se otra vez acá.
Seguí sus órdenes, pues sabía cuán correctas y sabias
eran. Había hecho mi parte y ahora mi siguiente deber era recu
perar fuerzas. Me sentí muy débil, y en la debilidad perdí algo
del placer de lo que había ocurrido. Me quedé dormido en el
sofá; sin embargo, preguntándome una y otra vez como era que
Lucy había hecho un movimiento tan retrógrado, y como había
podido perder tanta sangre, sin dejar ninguna señal por ningún
lado de ella. Creo que debo haber continuado preguntándome
esto en mi sueño, pues, durmiendo y caminando, mis pensa
mientos siempre regresaban a los pequeños pinchazos en su
garganta y la apariencia marchita y maltratada de sus bordes a
pesar de lo pequeños que eran.
Lucy durmió hasta bien entrado el día, y cuando desper
tó estaba bastante bien y fuerte, aunque no tanto como el día
anterior. Cuando van Helsing la hubo visto, salió a dar un paseo,
dejándome a mí a cargo de ella, con instrucciones estrictas de
no abandonarla ni por un momento. Pude escuchar su voz en el
corredor, preguntando cuál era el camino para la oficina de telé
grafos más cercana.
Lucy conversó conmigo alegremente, y parecía comple
tamente inconsciente de lo que había sucedido. Yo traté de man
tenerla entretenida e interesada. Cuando su madre subió a verla,
no pareció notar ningún cambio en ella, y sólo me dijo agradeci
da: ¡Le debemos tanto a usted, doctor Seward, por todo lo que
ha hecho! Pero realmente ahora debe usted tener cuidado de no
trabajar en exceso. Se ve usted mismo un poco pálido. Usted
necesita una mujer para que le sirva de enfermera y que lo cuide
un poco; ¡eso es lo que usted necesita!
A medida que ella hablaba, Lucy se ruborizó, aunque só
lo fue momentáneamente, pues sus pobres venas desgastadas
no pudieron soportar el súbito flujo de sangre a la cabeza. La
reacción llegó como una excesiva palidez al volver ella sus ojos
implorantes hacia mí. Yo sonreí y moví la cabeza, y me llevé el
dedo a los labios; exhalando un suspiro, la joven se hundió nue
vamente entre sus almohadas.
Van Helsing regresó al cabo de unas horas, y me dijo:
—Ahora usted váyase a su casa, y coma mucho y beba
bastante. Repóngase. Yo me quedaré aquí hoy por la noche, y

154
Drácula de Bram Stoker

me sentaré yo mismo junto a la señorita. Usted y yo debemos


observar el caso, y no podemos permitir que nadie más lo sepa.
Tengo razones de peso. No, no me las pregunte; piense lo que
quiera. No tema pensar incluso lo más improbable. Buenas no
ches.
En el corredor, dos de las sirvientas llegaron a mí y me
preguntaron si ellas o cualquiera de ellas podría quedarse por la
noche con la señorita Lucy. Me imploraron que las dejara, y
cuando les dije que era una orden del doctor van Helsing que
fuese él o yo quienes veláramos, me pidieron que intercediera
con el "caballero extranjero". Me sentí muy conmovido por aque
lla bondad. Quizá porque estoy débil de momento, y quizá por
que fue por Lucy que se manifestó su devoción; pues una y otra
vez he visto similares manifestaciones de la bondad de las muje
res. Regresé aquí a tiempo para comer; hice todas mis visitas y
todos mis pacientes estaban bien; y luego me senté mientras
esperaba que llegara el sueño. Ya viene.

11 de septiembre. Esta tarde fui a Hillingham. Encontré a


van Helsing de excelente humor y a Lucy mucho mejor. Poco
después de mi llegada, el correo llevó un paquete muy grande
para el profesor. Lo abrió con bastante prisa, así me pareció, y
me mostró un gran ramo de flores blancas.
—Estas son para usted, señorita Lucy —dijo.
—¿Para mí? ¡Oh, doctor van Helsing!
—Sí, querida, pero no para que juegue con ellas. Estas
son medicinas.
Lucy hizo un encantador mohín.
—No, pero no es para que se las tome cocidas ni en
forma desagradable; no necesita fruncir su encantadora naricita,
o tendré que indicarle a mi amigo Arthur los peligros que tendrá
que soportar al ver tanta belleza, que él quiere tanto, distorsio
narse en esa forma. Ajá, mi bella señorita, eso es: tan bonita
nariz esta muy recta otra vez. Esto es medicinal, pero usted no
sabe cómo. Yo lo pongo en su ventana, hago una bonita guirnal
da y la cuelgo alrededor de su cuello, para que usted duerma
bien. Sí; estas flores, como las flores de loto, hacen olvidar las
penas. Huelen como las aguas de Letos, y de esa fuente de la

155
Drácula de Bram Stoker

juventud que los conquistadores buscaron en la Florida, y la


encontraron, pero demasiado tarde.
Mientras hablaba, Lucy había estado examinando las flo
res y oliéndolas. Luego las tiró, diciendo, medio en risa medio en
serio:
—Profesor, yo creo que usted sólo me está haciendo
una broma. Estas flores no son más que ajo común.
Para sorpresa mía, van Helsing se puso en pie y dijo con
toda seriedad, con su mandíbula de acero rígida y sus espesas
cejas encontrándose:
—¡No hay ningún juego en esto! ¡Yo nunca bromeo! Hay
un serio propósito en lo que hago, y le prevengo que no me frus
tre. Cuídese, por amor a los otros si no por amor a usted misma
—añadió, pero viendo que la pobre Lucy se había asustado co
mo tenía razón de estarlo, continuó en un tono más suave—:
¡Oh, señorita, mi querida, no me tema! Yo sólo hago esto por su
bien; pero hay mucha virtud para usted en esas flores tan comu
nes. Vea, yo mismo las coloco en su cuarto. Yo mismo hago la
guirnalda que usted debe llevar. ¡Pero cuidado! No debe decír
selo a los que hacen preguntas indiscretas. Debemos obedecer,
y el silencio es una parte de la obediencia; y obediencia es lle
varla a usted fuerte y llena de salud hasta los brazos que la es
peran. Ahora siéntese tranquila un rato. Venga conmigo, amigo
John, y me ayudará a cubrir el cuarto con mis ajos, que vienen
desde muy lejos, desde Haarlem, donde mi amigo Vanderpool
los hace crecer en sus invernaderos durante todo el año. Tuve
que telegrafiar ayer, o no hubieran estado hoy aquí.
Entramos en el cuarto, llevando con nosotros las flores.
Las acciones del profesor eran verdaderamente raras y no creo
que se pudiera encontrar alguna farmacopea en la cual yo en
contrara noticias. Primero cerró las ventanas y las aseguró con
aldaba; luego, tomando un ramo de flores, frotó con ellas las
guillotinas, como para asegurarse de que cada soplo de aire que
pudiera pasar a través de ellas estuviera cargado con el olor a
ajo. Después, con el manojo frotó los batientes de la puerta,
arriba, abajo y a cada lado, y alrededor de la chimenea de la
misma manera. Todo me pareció muy grotesco, y al momento le
dije al profesor:
—Bien, profesor, yo sé que usted siempre tiene una ra
zón por lo que hace, pero esto me deja verdaderamente perple
jo. Está bien que no hay ningún escéptico a los alrededores, o

156
Drácula de Bram Stoker

diría que usted está haciendo un conjuro para mantener alejado


a un espíritu maligno.
—¡Tal vez lo esté haciendo! —me respondió rápidamen
te, al tiempo que comenzaba a hacer la guirnalda que Lucy tenía
que llevar alrededor del cuello.
Luego esperamos hasta que Lucy hubo terminado de
arreglarse para la noche, y cuando ya estaba en cama entramos
y él mismo colocó la guirnalda de ajos alrededor de su cuello.
Las últimas palabras que él le dijo a ella, fueron:
—Tenga cuidado y no la perturbe; y aunque el cuarto
huela mal, no abra hoy por la noche la ventana ni la puerta.
—Lo prometo —dijo Lucy, y gracias mil a ustedes dos
por todas sus bondades conmigo. ¡Oh! ¿Qué he hecho para ser
bendecida con amigos tan buenos?
Cuando dejamos la casa en mi calesín, que estaba es
perando, van Helsing dijo:
—Hoy en la noche puedo dormir en paz, y quiero dormir:
dos noches de viaje, mucha lectura durante el día intermedio,
mucha ansiedad al día siguiente y una noche en vela, sin pegar
los ojos. Mañana temprano en la mañana pase por mí, y ven
dremos juntos a ver a nuestra bonita señorita, mucho más fuerte
por mi "conjuro" que he hecho. ¡Jo!, ¡jo!
Estaba tan confiado que yo, recordando mi misma confianza de
dos noches antes y los penosos resultados, sentí un profundo y
vago temor. Debe haber sido mi debilidad lo que me hizo dudar
de decírselo a mi amigo pero de todas maneras lo sentí, como
lágrimas contenidas.

157
Drácula de Bram Stoker

XI
El diario de Lucy Westenra

de septiembre. ¡Qué buenos son todos con


migo! Casi siento que quiero a ese adorable

12 doctor van Helsing. Me pregunto por qué


estaba tan ansioso acerca de estas flores.
Realmente me asustó. ¡Parecía tan serio! Sin
embargo, debe haber tenido razón, pues ya siento el alivio que
me llega de ellas. Por algún motivo, no temo estar sola esta
noche, y puedo acostarme a dormir sin temor. No me importará
el aleteo fuera de la ventana. ¡Oh, la terrible lucha que he tenido
contra el sueño tan a menudo últimamente!
¡El dolor del insomnio o el dolor del miedo a dormirme, y
con los desconocidos horrores que tiene para mí! ¡Qué bendi
ción tienen esas personas cuyas vidas no tienen temores, ni
amenazas; para quienes el dormir es una dicha que llega cada
noche, y no les lleva sino dulces sueños! Bien, aquí estoy hoy,
esperando dormir, y haciendo como Ofelia en el drama: con
virgin crants and maiden strewments. ¡Nunca me gustó el ajo
antes de hoy, pero ahora lo siento admirable! Hay una gran paz
en su olor; siento que ya viene el sueño. Buenas noches, todo el
mundo.
Del diario del doctor Seward

13 de septiembre. Pasé por el Berkeley y encontré a van


Helsing, como de costumbre, ya preparado para salir. El coche
ordenado por el hotel estaba esperando. El profesor tomó su
maletín, que ahora siempre lleva consigo.
Lo anotaré todo detalladamente. Van Helsing y yo lle
gamos a Hillingham a las ocho en punto. Era una mañana agra
dable; la brillante luz del sol y todo el fresco ambiente de la en
trada del otoño parecían ser la culminación del trabajo anual de
la naturaleza. Las hojas se estaban volviendo de todos los bellos
colores, pero todavía no habían comenzado a caer de los árbo
les. Cuando entramos encontramos a la señora Westenra sa
liendo del recibidor. Ella siempre se levanta temprano. Nos salu
dó cordialmente, y dijo:

158
Drácula de Bram Stoker

—Se alegrarán ustedes de saber que Lucy está mejor.


La pequeñuela todavía duerme. Miré en su cuarto y la vi, pero no
entré, para no perturbarla.
El profesor sonrió, y su mirada era alegre. Se frotó las
manos, y dijo:
—¡Ajá! Pensé que había diagnosticado bien el caso. Mi
tratamiento está dando buenos resultados.
A lo cual ella respondió:
—No debe usted llevarse todas las palmas solo, doctor.
El buen estado de Lucy esta mañana se debe en parte a mi la
bor.
—¿Qué quiere usted decir con eso, señora? —preguntó
el profesor.
—Bueno, estaba tan ansiosa acerca de la pobre criatura
por la noche, que fui a su cuarto. Dormía profundamente; tan
profundamente, que ni mi llegada la despertó. Pero el aire del
cuarto estaba terriblemente viciado. Por todos lados había mon
tones de esas flores horribles, malolientes, e incluso ella tenía un
montón alrededor del cuello. Temí que el pesado olor fuese de
masiado para mi querida criatura en su débil estado, por lo que
me las llevé y abrí un poquito la ventana para dejar entrar aire
fresco. Estoy segura de que la encontrarán mejor.
Se despidió de nosotros y se dirigió a su recámara don
de generalmente se desayunaba temprano. Mientras hablaba,
observé la cara del profesor y vi que se volvía gris como la ceni
za. Fue capaz de retenerse por autodominio mientras la pobre
dama estaba presente. Pues conocía su estado y el mal que le
produciría una impresión; de hecho, llegó hasta a sonreírse y le
sostuvo la puerta abierta para que ella entrara en su cuarto. Pero
en el instante en que ella desapareció me dio un tirón repentino
y fuerte, llevándome al comedor y cerrando la puerta tras él.
Allí, por primera vez en mi vida, vi a van Helsing abatido.
Se llevó las manos a la cabeza en una especie de muda deses
peración, y luego se dio puñetazos en las palmas de manera
impotente; por último, se sentó en una silla, y cubriéndose el
rostro con las manos comenzó a sollozar, con sollozos ruidosos,
secos, que parecían salir de su mismo corazón roto. Luego alzó
las manos otra vez, como si implorara a todo el universo.

159
Drácula de Bram Stoker

—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! —dijo—. ¿Qué hemos hecho, qué


ha hecho esta pobre criatura, que nos ha causado tanta pena?
¿Hay entre nosotros todavía un destino, heredado del antiguo
mundo pagano, por el que tienen que suceder tales cosas, y en
tal forma? Esta pobre madre, ignorante, y según ella haciendo
todo lo mejor, hace algo como para perder el cuerpo y el alma de
su hija; y no podemos decirle, no podemos siquiera advertirle, o
ella muere, y entonces mueren ambas. ¡Oh, cómo estamos aco
sados! ¡Cómo están todos los poderes de los demonios contra
nosotros! —añadió, pero repentinamente saltó—. Venga —dijo—
, venga; debemos ver y actuar. Demonios o no demonios, o to
dos los demonios de una vez, no importa: nosotros luchamos
con él, o ellos y por todos.
Salió otra vez a la puerta del corredor con su maletín, y
juntos subimos al cuarto de Lucy. Una vez más yo subí la celo
sía, mientras van Helsing fue hacia su cama. Esta vez él no re
trocedió espantado al mirar el pobre rostro con la misma palidez
de cera, terrible, como antes. Sólo puso una mirada de rígida
tristeza e infinita piedad.
—Tal como lo esperaba —murmuró, con esa siseante
aspiración que significaba tanto.
Sin decir una palabra más fue y cerró la puerta con llave,
y luego comenzó a poner sobre la mesa los instrumentos para
hacer otra transfusión de sangre. Yo había reconocido su nece
sidad de inmediato y comencé a quitarme la chaqueta, pero él
me detuvo con una advertencia de la mano.
—No —dijo—. Hoy debe usted efectuar la operación. Yo
seré el donante. Usted ya está débil.
Y al decir esto, se despojó de su chaqueta y se enrolló la
manga de la camisa.
Otra vez la operación; nuevamente el narcótico. Una vez
más regresó el color a las mejillas cenizas, y la respiración regu
lar del sueño sano. Esta vez yo la vigilé mientras van Helsing se
recluía y descansaba.
Poco después aprovechó una oportunidad para decirle a
la señora Westenra que no debía quitar nada del cuarto de Lucy
sin consultarlo. Que las flores tenían un valor medicinal, y que
respirar su olor era parte del sistema de curación. Entonces se
hizo cargo del caso él mismo, diciendo que velaría esa noche y
la siguiente, y que me enviaría decir cuándo debería yo venir.

160
Drácula de Bram Stoker

Al cabo de otra hora, Lucy despertó de su sueño, fresca


y brillante, y desde luego mirándose mucho mejor de lo que se
podía esperar debido a su terrible prueba.
¿Qué significa todo esto? Estoy comenzando a pregun
tarme si mi larga costumbre de vivir entre locos no estará empe
zando a ejercer influencia sobre mi propio cerebro.
Del diario de Lucy Westenra

17 de septiembre. Cuatro días y noches de paz. Me es


toy poniendo otra vez tan fuerte que apenas me reconozco. Es
como si hubiera pasado a través de una larga pesadilla, y acaba
ra de despertar para ver alrededor de mí los maravillosos rayos
del sol, y para sentir el aire fresco de la mañana. Tengo un ligero
recuerdo de largos y ansiosos tiempos de espera y temor; una
oscuridad en la cual no había siquiera la más ligera esperanza
de hacer menos punzante la desesperación. Y luego, los largos
períodos de olvido, y el regreso hacia la vida como un buzo que
sale a la superficie después de sumergirse. Sin embargo, desde
que el doctor van Helsing ha estado conmigo, todas estas pesa
dillas parecen haberse ido; los ruidos que solían asustarme has
ta sacarme de quicio, el aleteo contra las ventanas, las voces
distantes que parecían tan cercanas a mí, los ásperos sonidos
que venían de no sé dónde y me ordenaban hacer no sé qué,
todo ha cesado. Ahora me acuesto sin ningún temor de dormir.
Ni siquiera trato de mantenerme despierta. Me he acostumbrado
bastante bien al ajo; todos los días me llega desde Haarlem una
caja llena. Hoy por la noche se irá el doctor van Helsing, ya que
tiene que estar un día en Ámsterdam. Pero no necesito que me
cuiden; ya estoy lo suficientemente bien como para quedarme
sola. ¡Gracias a Dios en nombre de mi madre, y del querido Art
hur, y de todos nuestros amigos que han sido tan amables! Ni
siquiera sentiré el cambio, pues anoche el doctor van Helsing
durmió en su cama bastante tiempo. Lo encontré dormido dos
veces cuando desperté; pero no temí volver a dormirme, aunque
las ramas o los murciélagos, o lo que fuese, aleteaban furiosa
mente contra los cristales de mi ventana.
Recorte de La Gaceta de Pall Mall, 18 de septiembre

EL LOBO QUE ESCAPO PELIGROSA AVENTURA DE


NUESTRO REPORTERO
Entrevista con el guardián del Jardín Zoológico

161
Drácula de Bram Stoker

Después de muchas pesquisas y otras tantas negacio


nes, y usando repetidamente las palabras Gaceta de Pall Mall
como una especie de talismán, logré encontrar al guardián de la
sección del Jardín Zoológico en el cual se encuentra incluido el
departamento de lobos. Thomas Bilder vive en una de las caba
ñas detrás del recinto de los elefantes, y estaba a punto de sen
tarse a tomar el té cuando lo encontré. Thomas y su esposa son
gente hospitalaria, y sin niños, y si la muestra de hospitalidad de
que yo gocé es el término medio de su comportamiento, sus
vidas deben ser bastante agradables. El guardián no quiso en
trar en lo que llamó "negocios" hasta que hubimos terminado la
cena y todos estábamos satisfechos. Entonces, cuando la mesa
había sido limpiada, y él ya había encendido su pipa, dijo:
—Ahora, señor, ya puede adelantarse y preguntarme lo
que quiera. Perdonará que me haya negado a hablar de temas
profesionales antes de comer. Yo le doy a los lobos, a los chaca
les y a las hienas en todo nuestra sección su té antes de comen
zar a hacerles preguntas.
—¿Qué quiere usted decir con "antes de hacerles pre
guntas"? —inquirí deseando ponerlo en situación de hablar.
—Golpeándolos sobre la cabeza con un palo es una
manera; rascarles en las orejas es otra, cuando algún macho
quiere impresionar un poco a sus muchachas. A mí no me im
porta mucho el barullo, pegarles con un palo antes de meterles
su cena, pero espero, por así decirlo, a que se hayan tomado su
brandy y su café, antes de intentar rascarles las orejas. ¿Sabe
usted? —agregó filosóficamente —, hay bastante de la misma
naturaleza a nosotros que en esos animales. Aquí está usted,
viniendo y preguntando acerca de mi oficio, cuando no tenía yo
nada en la barriga. Mi primer intento fue despedirlo sin decirle
nada. Ni siquiera cuando usted me preguntó en forma medio
sarcástica si quisiera que usted le preguntara al superintendente
si usted podía hacerme algunas preguntas. Sin ofenderlo, ¿le
dije que se fuera al diablo?
—Sí, me lo dijo.
—Y cuando usted dijo que daría un informe sobre mí por
usar lenguaje obsceno, eso fue como si me golpeara sobre la
cabeza; pero me contuve: lo hice muy bien. Yo no iba a pelear,
así es que esperé por la comida e hice con mi escudilla como
hacen los lobos, los leones y los tigres. Pero, que Dios tenga
compasión de usted ahora que la vieja me ha metido un trozo de

162
Drácula de Bram Stoker

su pastel en la barriga, me ha remojado con su floreciente tetera,


y que yo he encendido mi tabaco. Puede usted rascarme las
orejas todo lo que quiera, y no dejaré escapar ni un gruñido.
Comience a preguntarme. Ya sé a lo que viene: es por ese lobo
que se escapó.
—Exactamente. Quiero que usted me dé su punto de
vista sobre ello. Sólo dígame cómo sucedió, y cuando conozca
los hechos haré que me diga sus opiniones sobre la causa de
ellos, y cómo piensa que va a terminar todo el asunto.
—Muy bien, gobernador. Esto que le digo es casi toda la
historia. El lobo ese que llamábamos Bersicker era uno de los
tres grises que vinieron de Noruega para Jamrach, y que com
pramos hace cuatro años. Era un lobo bueno, tranquilo, que
nunca causó molestias de las que se pudiera hablar. Estoy ver
daderamente sorprendido de que haya sido él, entre todos los
animales, quien haya deseado irse de aquí. Pero ahí tiene, no
puede fiarse uno de los lobos, así como no puede uno fiarse de
las mujeres.
—¡No le haga caso, señor! —interrumpió la señora Bil
der, riéndose alegremente—. Este viejo ha estado cuidando
durante tanto tiempo a los animales, ¡que maldita sea si no es él
mismo como un lobo viejo! Pero todo lo dice sin mala intención.
—Bien, señor, habían pasado como dos horas después
de la comida, ayer, cuando escuché por primera vez el escánda
lo. Yo estaba haciendo una cama en la casa de los monos para
un joven puma que está enfermo; pero cuando escuché los gru
ñidos y aullidos vine inmediatamente a ver. Y ahí estaba Bersi
cker arañando como un loco los barrotes, como si quisiera salir.
No había mucha gente ese día, y cerca de él sólo había un
hombre, un tipo alto, delgado, con nariz aguileña y barba en
punta. Tenía una mirada dura y fría, y los ojos rojos, y a mí como
que me dio mala espina desde un principio, pues parecía que
era con él con quien estaban irritados los animales. Tenía guan
tes blancos de niño en las manos; señaló a los animales, y me
dijo:
"Guardián, estos lobos parecen estar irritados por algo.
"Tal vez es por usted —le dije yo, pues no me agrada
ban los aires que se daba.

163
Drácula de Bram Stoker

"No se enojó, como había esperado que lo hiciera, sino


que sonrió con una especie de sonrisa insolente, con la boca
llena de afilados dientes blancos.
"—¡Oh, no, yo no les gustaría! —me dijo.
"—¡Oh, sí!, yo creo que les gustaría —respondí yo, imi
tándolo—. Siempre les gusta uno o dos huesos para limpiarse
los dientes después de la hora del té. Y usted tiene una bolsa
llena de ellos.
"Bien, fue una cosa rara, pero cuando los animales nos
vieron hablando se echaron, y yo fui hacia Bersicker y él me
permitió que le acariciara las orejas como siempre. Entonces se
acercó también el hombre, ¡y bendito sea si no él también ex
tendió su mano y acarició las orejas del lobo viejo!
"Tenga cuidado —le dije yo—. Bersicker es rápido.
"No se preocupe —me contestó él—. ¡Estoy acostum
brado a ellos!
"—¿Es usted también del oficio? —le pregunté, quitán
dome el sombrero, pues un hombre que tenga algo que ver con
lobos, etc., es un buen amigo de los guardianes.
"No —respondió él—, no soy precisamente del oficio, pe
ro he amansado a varios de ellos.
"Y al decir esto levantó su sombrero como un lord, y se
fue. El viejo Bersicker lo siguió con la mirada hasta que desapa
reció, y luego se fue a echar en una esquina y no quiso salir de
ahí durante toda la noche. Bueno, anoche, tan pronto como salió
la luna, todos los lobos comenzaron a aullar. No había nada ni
nadie a quien le pudieran aullar. Cerca de ellos no había nadie,
con excepción de alguien que evidentemente estaba llamando a
algún perro en algún lugar, detrás de los jardines de la calle del
Parque. Una o dos veces salí a ver que todo estuviera en orden,
y lo estaba, y luego los aullidos cesaron. Un poco antes de las
doce de la noche salí a hacer una última ronda antes de acos
tarme y, que me parta un rayo, cuando llegué frente a la jaula del
viejo Bersicker vi los barrotes quebrados y doblados, y la jaula
vacía. Y eso es todo lo que sé."
—¿No hubo nadie más que viera algo?
—Uno de nuestros jardineros regresaba a casa como a
esa hora de una celebración, cuando ve a un gran perro gris

164
Drácula de Bram Stoker

saliendo a través de las jaulas del jardín. Por lo menos así dice
él, pero yo no le doy mucho crédito por mi parte, porque no le
dijo ni una palabra del asunto a su mujer al llegar a su casa, y
sólo hasta después de la escapada del lobo se conoció; y ya
habíamos pasado toda la noche buscando por el parque a Bersi
cker, cuando recordó haber visto algo. Yo más bien creo que el
vino de la celebración se le había subido a la cabeza.
—Bien, señor Bilder, ¿y puede usted explicarse la huida
del lobo?
—Bien, señor —dijo él, con una modestia un tanto sos
pechosa —, creo que puedo; pero yo no sé si usted quedará
completamente satisfecho con mi teoría.
—Claro que quedaré. Si un hombre como usted, que co
noce a los animales por experiencia, no puede aventurar una
buena hipótesis, ¿quién es el que puede hacerlo?
—Bien, señor, entonces le diré la manera como yo me
explico esto. A mí me parece que este lobo se escapó... simple
mente porque quería salir.
Por la manera tan calurosa como ambos, Thomas y su
mujer, se rieron de la broma, pude darme cuenta de que ya ha
bía dado resultados otras veces, y que toda la explicación era
simplemente una treta ya preparada. Yo no podía competir en
pillerías con el valeroso Thomas, pero creí que conocía un ca
mino mucho más seguro hasta su corazón, por lo que dije:
—Ahora, señor Bilder, consideraremos que este primer
medio soberano ya ha sido amortizado, y este hermano de él
está esperando ser reclamado cuando usted me diga qué piensa
que va a suceder.
—Tiene usted razón, señor –dijo él rápidamente—. Me
tendrá que disculpar, lo sé, por haberle hecho una broma, pero
la vieja aquí me guiñó, que era tanto como decirme que siguiera
adelante.
—¡Pero..., nunca! —dijo la vieja.
—Mi opinión es esta: el lobo ese está escondido en al
guna parte, el jardinero dice que lo vio galopando hacia el norte
más velozmente que lo que lo haría un caballo; pero yo no le
creo, pues, ¿sabe usted, señor?, los lobos no galopan más de lo
que galopan los perros, pues no están construidos de esa mane
ra. Los lobos son muy bonitos en los libros de cuentos, y yo diría

165
Drácula de Bram Stoker

cuando se reúnen en manadas y empiezan a acosar a algo que


está más asustado que ellos, pueden hacer una bulla del diablo
y cortarlo en pedazos, lo que sea. Pero, ¡Dios lo bendiga!, en la
vida real un lobo es sólo una criatura inferior, ni la mitad de inte
ligente que un buen perro; y no tienen la cuarta parte de su ca
pacidad de lucha. Este que se escapó no está acostumbrado a
pelear, ni siquiera a procurarse a sí mismo sus alimentos, y lo
más probable es que esté en algún lugar del parque escondido y
temblando, si es capaz de pensar en algo, preguntándose dónde
va a poder conseguirse su desayuno; o a lo mejor se ha retirado
y está metido en una cueva de hulla. ¡Uf!, el susto que se va a
llevar algún cocinero cuando baje y vea sus ojos verdes brillando
en la oscuridad. Si no puede conseguir comida es muy posible
que salga a buscarla, y pudiera ser que por casualidad fuera a
dar a tiempo a una carnicería.
“Si no sucede eso y alguna institutriz sale a pasear con
su soldado, dejando al infante en su cochecillo de niño, bien,
entonces no estaría sorprendido si el censo da un niño menos.
Eso es todo.
Le estaba entregando el medio soberano cuando algo
asomó por la ventana, y el rostro del señor Bilder se alargó al
doble de sus dimensiones naturales, debido a la sorpresa.
¡Dios me bendiga! —exclamó —. ¡Allí está el viejo Bersi
ckerde regreso, sin que nadie lo traiga!
Se levantó y fue hacia la puerta a abrirla; un procedi
miento que a mí me pareció innecesario. Yo siempre he pensado
que un animal salvaje nunca es tan atractivo como cuando algún
obstáculo de durabilidad conocida está entre él y yo; una expe
riencia personal ha intensificado, en lugar de disminuir, esta
idea.
Después de todo, sin embargo, no hay nada como la
costumbre, pues ni Bilder ni su mujer pensaron nada más del
lobo de lo que yo pensaría de un perro. El animal mismo era tan
pacífico como el padre de todos esos cuentos de lobos, el amigo
de otros tiempos de Caperucita Roja, mientras está disfrazado
tratando de ganarse su confianza.
Toda la escena fue una complicada mezcla de comedia
y tragedia. El maligno lobo que durante un día y medio había
paralizado a Londres y había hecho que todos los niños del pue
blo temblaran en sus zapatos, estaba allí con mirada penitente, y
estaba siendo recibido y acariciado como una especie de hijo

166
Drácula de Bram Stoker

pródigo vulpino. El viejo Bilder lo examinó por todos lados con la


más tierna atención, y cuando hubo terminado el examen del
penitente, dijo:
—¡Vaya, ya sabía que el pobre animal se iba a meter en
alguna clase de lío! ¿No lo dije siempre? Aquí está su cabeza
toda cortada y llena de vidrio quebrado. Seguramente que quiso
saltar sobre algún muro u otra cosa. Es una vergüenza que se
permita a la gente que ponga pedazos de botellas en la parte
superior de sus paredes. Estos son los resultados. Ven conmigo,
Bersicker.
Se llevó al lobo y lo encerró en una jaula con un pedazo
de carne que satisfacía, por lo menos en lo relativo a la cantidad,
las condiciones elementales de un ternero gordo, y luego se fue
a hacer el informe.
Yo también me marché a hacer el informe de la única y
exclusiva información que se da hoy referente a la extraña esca
pada del zoológico.
Del diario del doctor Seward

17 de septiembre. Estaba ocupado, después de cenar,


en mi estudio fechando mis libros, los cuales, debido a la urgen
cia de otros trabajos y a las muchas visitas a Lucy, se encontra
ban tristemente atrasados. De pronto, la puerta se abrió de golpe
y mi paciente entró como un torbellino, con el rostro deformado
por la ansiedad. Yo me sobresalté, pues es una cosa casi des
conocida que un paciente entre de esa manera y por su propia
cuenta en el despacho del superintendente. Sin hacer ninguna
pausa se dirigió directamente hacia mí. En su mano había un
cuchillo de cocina, y como vi que era peligroso, traté de mante
ner la mesa entre nosotros. Sin embargo, fue demasiado rápido
y demasiado fuerte para mí; antes de que yo pudiera alcanzar mi
equilibrio me había lanzado el primer golpe, cortándome bastan
te profundamente la muñeca izquierda. Pero antes de que pudie
ra lanzarme otro golpe, le di un derechazo y cayó con los brazos
y piernas extendidos por el suelo. Mi muñeca sangraba profu
samente, y un pequeño charco se formó sobre la alfombra. Vi
que mi amigo no parecía intentar otro esfuerzo, por lo que me
ocupé en vendar mi muñeca, manteniendo todo el tiempo una
cautelosa vigilancia sobre la figura postrada. Cuando mis asis
tentes entraron corriendo y pusimos nuestra atención sobre él,
su aspecto positivamente me enfermó. Estaba acostado sobre el

167
Drácula de Bram Stoker

vientre en el suelo, lamiendo como un perro la sangre que había


caído de mi muñeca herida. Lo sujetamos con facilidad, y, para
sorpresa mía, se dejó llevar con bastante docilidad por los asis
tentes, repitiendo una y otra vez:
—¡La sangre es la vida! ¡La sangre es la vida!
No puedo permitirme perder sangre en la actualidad; ya
he perdido demasiada últimamente como para estar sano, ade
más de que la prolongada tensión de la enfermedad de Lucy y
sus horribles fases me están minando. Estoy muy irritado y can
sado, y necesito reposo, reposo, reposo. Afortunadamente, van
Helsing no me ha llamado, por lo que no necesito privarme esta
vez de dormir; no creo que podría prescindir de un buen descan
so esta noche.
Telegrama de van Helsing a Seward, en Carfax

(Enviado a Carfax, Sussex, ya que no mencionaba nin


gún condado; entregado con veintidós horas de retraso.)
17 de septiembre. No deje de estar hoy por la noche en
Hillingham. Si no observando todo el tiempo, visitando frecuen
temente y viendo que las flores estén colocadas; muy importan
te; no falle. Estaré con usted tan pronto como posible después
de llegada.
Del diario del doctor Seward

18 de septiembre. Acabo de tomar el tren para Londres.


La llegada del telegrama de van Helsing me llenó de ansiedad.
Una noche entera perdida, y por amarga experiencia sé lo que
puede suceder en una noche. Por supuesto que es posible que
todo esté bien, pero, ¿qué puede haber sucedido? Seguramente
que hay un horrible sino pendiendo sobre nosotros, que hace
que todo accidente posible nos frustre aquello que tratamos de
hacer. Me llevaré conmigo este cilindro, y entonces podré com
pletar mis apuntes en el fonógrafo de Lucy.
Memorando dejado por Lucy Westenra

17 de septiembre. Noche. Escribo esto y lo dejo para


que lo vean, de manera que nadie pueda verse en problemas
por mi causa. Este es un registro exacto de lo que sucedió hoy
por la noche. Siento que estoy muriendo de debilidad y apenas

168
Drácula de Bram Stoker

tengo fuerza para escribir, pero debo hacerlo, aunque muera en


el intento.
Fui a la cama como siempre, cuidando de que las flores
estuvieran colocadas como lo ha ordenado el doctor van Hel
sing, y pronto me quedé dormida.
Fui despertada por el aleteo en la ventana, que había
comenzado desde aquella noche en que caminé sonámbula
hasta el desfiladero de Whitby, donde Mina me salvó, y que aho
ra conozco tan bien. No tenía miedo, pero si deseé que el doctor
Seward estuviera en el cuarto contiguo (tal como había dicho el
doctor van Helsing que estaría), de manera que yo pudiera ha
blarle en cualquier momento. Traté de dormirme nuevamente,
pero no pude. Entonces volvió la antigua angustia de antes de
dormirme, y decidí permanecer despierta. Perversamente, el
sueño trató de regresar cuando yo ya no quería dormir; de tal
manera que, como temía estar sola, abrí mi puerta y grité: "¿Hay
alguien allí?" No obtuve respuesta. Tuve miedo de despertar a
mamá, y por eso cerré la puerta nuevamente. Entonces, afuera,
en los arbustos, oí una especie de aullido de perro, pero más
fiero y más profundo. Me dirigí a la ventana y miré hacia afuera,
mas no alcancé a distinguir nada, excepto un gran murciélago,
que evidentemente había estado pegando con sus alas contra la
ventana. Por ello regresé de nuevo a la cama, pero con la firme
determinación de no dormirme. Al momento se abrió la puerta y
mi madre miró a través de ella; viendo por mi movimiento que no
estaba dormida, entró y se sentó a mi lado. Me dijo, más dulce y
suavemente que de costumbre:
—Estaba intranquila por ti, querida, y entré a ver si esta