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Tema 21 Una Santa Catolica y Apostolica 2

El documento describe las cuatro notas que definen la identidad de la Iglesia Católica: una, santa, católica y apostólica. La Iglesia es una porque tiene un solo Señor y una sola fe. Es santa porque Dios la santifica. Es católica porque fue enviada a toda la humanidad. Y es apostólica porque transmite la fe de los apóstoles.

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Tema 21 Una Santa Catolica y Apostolica 2

El documento describe las cuatro notas que definen la identidad de la Iglesia Católica: una, santa, católica y apostólica. La Iglesia es una porque tiene un solo Señor y una sola fe. Es santa porque Dios la santifica. Es católica porque fue enviada a toda la humanidad. Y es apostólica porque transmite la fe de los apóstoles.

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UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA

1. IDEAS IMPORTANTES

A través de los Apóstoles, nos remontamos a Jesús mismo. Entre el Hijo de Dios
encarnado y su Iglesia existe una misteriosa e inseparable continuidad.

La Iglesia es una: tiene un solo Señor; confiesa una sola fe, nace de un solo Bautismo,
forma un solo Cuerpo.

La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo, se entregó por ella para
santificarla; el Espíritu de santidad la vivifica.

La Iglesia es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género
humano. Por eso ha de extenderse por todo el mundo.

Es apostólica porque guarda y transmite el depósito de la fe, es decir, las palabras oídas a
los Apóstoles.

2. CATEQUESIS

La unión de Cristo con su Iglesia.

La Iglesia se constituyó sobre el fundamento de los Apóstoles como comunidad de fe,


esperanza y caridad. A través de los Apóstoles, nos remontamos a Jesús mismo. Por ello,
enseña el Papa Benedicto XVI, que es del todo incompatible con la intención de Cristo un
eslogan que estuvo de moda hace algunos años y que todavía podemos escuchar: “Jesús sí,
Iglesia no”. Este Jesús individualista es un Jesús de fantasía. No podemos tener a Jesús
prescindiendo de la realidad que él ha creado y en la cual se nos comunica. Entre el Hijo
de Dios encarnado y su Iglesia existe una misteriosa e inseparable continuidad, en virtud
de la cual Cristo está presente hoy en su pueblo. “Esta es la única Iglesia de Cristo, de la
que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica” (CCE 811).

Las cuatro notas de la Iglesia.


La Iglesia es una: tiene un solo Señor; confiesa una sola fe, nace de un solo Bautismo,
forma un solo Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza, a
cuyo término se superarán todas las divisiones. “Desde el principio, esta Iglesia una se
presenta, no obstante, con una gran diversidad que procede a la vez de la variedad de los
dones de Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben…La gran riqueza de
esta diversidad no se opone a la unidad de la Iglesia. No obstante, el pecado y el peso de
sus consecuencias amenazan sin cesar el don de la unidad” (CAT 814)

La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo, se entregó por ella para
santificarla; el Espíritu de santidad la vivifica. En los santos brilla su santidad; en María es
ya la enteramente santa. La Iglesia “es santa aunque abarque en su seno pecadores; porque
ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se
alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del
alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante” (Pablo VI).

La Iglesia es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género
humano (cf Mt 28, 19). “Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso
este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos,
para que así se cumpla el designio de Dios, que en el principio creó una única naturaleza
humana y decidió reunir a sus hijos dispersos [...] Este carácter de universalidad, que
distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia
Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores
bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu” (LG 13).

La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los Apóstoles, testigos de la vida,
enseñanza, muerte y resurrección de Jesucristo, y enviados por él a todo el mundo. Es
también apostólica porque guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo, el depósito
de la fe, es decir, las palabras oídas a los Apóstoles. Finalmente, “sigue siendo enseñada,
santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les
suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, al que asisten los presbíteros
juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia" (CAT 857).

El testimonio de San Ireneo de Lyon


San Ireneo, ya en el siglo II, expreso admirablemente el vínculo entre unidad y catolicidad
de la Iglesia: “La Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra,
la custodia con esmero como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe,
como si tuviera una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una
misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente son diversas las lenguas,
según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma /…/ Así como
el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz
de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos
que quieren venir al conocimiento de la verdad.

3. TEXTOS DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

866 La Iglesia es una: tiene un solo Señor; confiesa una sola fe, nace de un solo Bautismo,
no forma más que un solo Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única
esperanza a cuyo término se superarán todas las divisiones.

867 La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo, se entregó por ella
para santificarla; el Espíritu de santidad la vivifica. Aunque comprenda pecadores, ella es
"ex maculatis immaculata" (inmaculada aunque compuesta de pecadores). En los santos
brilla su santidad; en María es ya la enteramente santa.

868 La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la


plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los
hombres; abarca todos los tiempos; "es, por su propia naturaleza, misionera" (AG 2).

869 La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos: los doce Apóstoles
del Cordero (Ap 21, 14); es indestructible (cf. Mt 16, 18); se mantiene infaliblemente en la
verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás Apóstoles, presentes en sus
sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.

870 "La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa,
católica y apostólica [...] subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro
y por los obispos en comunión con él, aunque sin duda, fuera de su estructura visible,
pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad " (LG 8).

La Iglesia es Pueblo de Dios, es Cuerpo de Cristo, es comunión.

Definir la identidad de la Iglesia es fundamental para reconocer la propia identidad de


cada miembro de la Iglesia. Si estamos trabajando dentro de la Iglesia y en nombre de la
Iglesia, consideramos que es necesario un recordatorio sobre algunos planteamientos
teológicos y doctrinales básicos, que después repercuten en la práctica pastoral. Debemos
reconocer que nuestra idea de Iglesia marca y orienta nuestra práctica pastoral. Una buena
teoría es el mejor fundamento para una buena praxis.

En esta exposición me gustaría proponer, en primer un lugar, una breve reflexión sobre lo
que no es la Iglesia. Luego nos vamos a detener con más detalle a dibujar los rasgos
principales de la identidad de la Iglesia.

La pregunta que nos hacemos es: ¿qué no es la Iglesia?

- No es un club social o una sociedad para la amistad: donde puedo yo inscribirme o


desinscribirme de manera fácil, donde solo asumo responsabilidades según el tipo de
amistad que tengo con los otros miembros del grupo; no es un grupo al que pertenezco por
afinidad por un pasatiempo o un interés.

- No es una empresa que ofrece mercadería religiosa, donde ejerzo un trabajo con
intención de recibir una remuneración económica estable; en este caso la calidad del
trabajo dependerá de la cantidad de dinero que se recibe. No se maneja la vida de acuerdo
a medidores económicos. El peligro es considerar la Iglesia como un mercado de
sacramentos donde puedo comprar lo que necesito y luego me voy, pero sin mantener
lazos profundos de conexión.

- No es un “ghetto”, es decir un pequeño grupo cerrado, excluido, marginado, al cual se le


mira de reojo; no es ese grupo donde me aislo por comodidad con la intención de no
contaminarme con los impuros; no es ese grupito de personas selectas que no deben
mancharse con la suciedad de los que están fuera.

- No es una casa de alquiler (así lo dice el Papa Francisco): donde podemos estar con un
pie adentro y otro afuera. El peligro aquí está en nos considerar la casa como propia y por
tanto no se cuida o se piensa que se puede abandonar en cualquier momento.

Entonces, ¿qué es la Iglesia? Vamos a responder con las tres palabras que se nos proponen
en el tema principal:

1. La Iglesia es Pueblo de Dios:

Este concepto ha sido redescubierto con la teología del Concilio Vaticano II. Tiene una
connotación dinámica, progresiva, histórica y profundamente familiar. Expliquemos un
poco mejor esta significación.
En el documento conciliar Lumen Gentium, específicamente el numero 9, se dice que

“fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión
alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le
sirviera santamente”.

Esto significa que Dios hace la convocatoria a participar de esta vivencia en clave de
conexión. Este pueblo, en el Antiguo Testamento, fue destinatario de una promesa y una
alianza; y en el Nuevo Testamento, se constituye como nuevo Pueblo de Dios, por la
fuerza del Espíritu, de tal manera que

“quienes creen en Cristo, renacidos no de un germen corruptible, sino de uno


incorruptible, mediante la palabra de Dios vivo (cf. 1 P 1,23), no de la carne, sino del agua
y del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5-6), pasan, finalmente, a constituir «un linaje escogido,
sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición..., que en un tiempo no era pueblo y
ahora es pueblo de Dios» (1 P 2, 9-10).

Este pueblo que Dios forma tiene características bien precisan que lo identifican y lo
definen en su forma interna y externa. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 782) nos
ofrece algunos elementos fundamentales de este pueblo de Dios, que le distinguen
claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la historia:

— Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero Él ha


adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: "una raza elegida, un
sacerdocio real, una nación santa" (1 P 2, 9).

— Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el
"nacimiento de arriba", "del agua y del Espíritu" (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y
el Bautismo.

— Este pueblo tiene por Cabeza a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma
Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es "el Pueblo mesiánico".

— "La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos
corazones habita el Espíritu Santo como en un templo" (LG 9).

— "Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo mismo nos amó (cf. Jn
13, 34)". Esta es la ley "nueva" del Espíritu Santo (Rm 8,2; Ga 5, 25).

— Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). "Es un germen
muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano" (LG 9).

— "Su destino es el Reino de Dios, que él mismo comenzó en este mundo, que ha de ser
extendido hasta que él mismo lo lleve también a su perfección" (LG 9).
Analizando todas estas características podemos comprender mejor la llamada que Dios nos
ha hecho a formar parte de su pueblo, con todas las implicaciones que esto tiene.

Cada uno de nosotros se entiende solo si se pone en camino en este ambiente familiar que
ofrece la Iglesia. Por eso es tan importante la vida en comunidad porque expresa nuestra
vivencia como pueblo de Dios. Nuestra vida dentro de la Iglesia es relacionalidad en clave
de pertenencia.

2. La Iglesia es Cuerpo de Cristo:

La imagen del cuerpo es una de las mejores metáforas que nos propone la teología paulina.
Esta comparación está bien asumida en la teología conciliar, especialmente en el numeral
7 de Lumen Gentium.

El texto dice:

“El Hijo de Dios, en la naturaleza humana unida a sí, redimió al hombre, venciendo
la muerte con su muerte y resurrección, y lo transformó en una nueva criatura (cf.
Ga 6,15; 2 Co 5,17). Y a sus hermanos, congregados de entre todos los pueblos, los
constituyó místicamente su cuerpo, comunicándoles su espíritu.

Como podemos notar, las expresiones nos hablan de la pertenencia a este Cuerpo, que
tiene como cabeza a Cristo, lo cual nos impulsa a vivir con ciertas exigencias, por
ejemplo:

- La participación de la vida de Cristo, exige la comunión con Cristo y también la


comunión entre nosotros.

- La configuración con Cristo, por medio de las vida sacramental: al participar de los
sacramentos se nos comunica el Espíritu de Cristo y esto permite que la figura de Cristo se
vaya reflejando en nosotros.

- La pertenencia mutua: si somos miembros del cuerpo también somos miembros los
unos de los otros. Nadie puede decir al otro “no te necesito”, todos somos importantes y
cada uno asumiendo su puesto, con sentido de pertenencia a la Cabeza que es Cristo.

El Catecismo nos dice, n, 789: “La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo
de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno
a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo. Tres aspectos de la Iglesia "cuerpo de
Cristo" se han de resaltar más específicamente:
- la unidad de todos los miembros entre sí por su unión con Cristo;

- Cristo Cabeza del cuerpo;

- la Iglesia, Esposa de Cristo”.

Las relaciones con Cristo y con los hermanos se fortalecen cuando reconocemos que
somos miembros de este cuerpo que es la Iglesia. Hermanos reconozcamos con humildad
que nos necesitamos mutuamente, somos complementarios; nuestra vida como cristianos
es relacionalidad, pero en clave de mutua dependencia.

3. La Iglesia es comunión:

La tercera expresión que vamos a reflexionar es el concepto de comunión. También aquí


descubrimos elementos profundos para nuestra identidad eclesial.

La comunión es la consecuencia lógica de una Iglesia que se reconoce como Pueblo de


Dios y Cuerpo de Cristo.

La fuente y la inspiración para vivir esta comunión es el misterio de la Santísima Trinidad.


Así lo dice el Documento de Aparecida, n. 155:

«Los discípulos de Jesús están llamados a vivir en comunión con el Padre (1Jn 1, 3) y con
su Hijo muerto y resucitado, en “la comunión en el Espíritu Santo” (2Cor 13, 13). El
misterio de la Trinidad es la fuente, el modelo y la meta del misterio de la Iglesia: “un
pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, llamada en Cristo
“como un sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de
todo el género humano” (LG 1). La comunión de los fieles y de las Iglesias Particulares en
el Pueblo de Dios se sustenta en la comunión con la Trinidad.

Como decía San Cipriano: la Iglesia aparece como el pueblo unido “por la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Por eso la Iglesia es: “casa y escuela de comunión” (NMI 43); es “comunidad e amor”.
Esta identidad de comunión es la que atrae. La Iglesia atrae cuando vive en comunión,
pues los discípulos de Jesús serán reconocidos si se aman los unos a los otros como Él nos
amó (Jn 13,34).

Los obispos en Aparecida también nos dijeron:


La Iglesia es comunión en el amor. Esta es su esencia y el signo por la cual está llamada a
ser reconocida como seguidora de Cristo y servidora de la humanidad. El nuevo
mandamiento es lo que une a los discípulos entre sí reconociéndose como hermanos y
hermanas, obedientes al mismo Maestro, miembros unidos a la misma Cabeza y, por ello,
llamados a cuidarse los unos a los otros (1Cor 13; Col 3,12-14).

Los lugares donde se vive esta comunión son:

— La diócesis: como lugar privilegiado

— La parroquia: por que es comunidad de comunidades

— La comunidad eclesial de base: la cual asegura la comunión y el servicio.

Vivir la fe en comunidad

Vivir la fe en comunidad es hoy algo más que conveniente, necesario. La fe es algo


personal, pero no individual. La fe necesita expresarse, compartirse, entregarse al otro... y
eso difícilmente es posible viviendo en una relación con Dios individualista o en
asambleas donde el otro es un desconocido, más si vivimos en una sociedad dónde ser
cristiano está poco valorado o incluso perseguido.

Jesús nunca dio instrucciones concretas de cómo organizar la Iglesia, su cometido era otro,
anunciar el Reino de Dios y dejar a unas personas sobre las cuales asegurar la continuidad
de su obra hasta el final de los tiempos . No obstante su ejemplo y sus palabras son las que
sirvieron de base para la organización de la misma. De hecho lo que hacemos en la
Eucaristía, por ejemplo, básicamente no es más que el memorial de la Ultima Cena.

Siguiendo sus palabras podríamos decir que Jesús a lo largo de su vida pública habló y
organizó pequeños grupos para encargarles una misión, acompañarlo en su trayecto u
organizar el compartir de los bienes. Así una comunidad podría ser de sólo 2 o 3 miembros
(Mt 18, 20), o de 13 presidida por él mismo como los apóstoles (Lc 6, 13), o de 50 para
compartir los bienes (Lc 6, 9) o de 72 misioneros (Lc 10,1)... que no es incompatible con
el hecho de que también en ocasiones hablase para grandes multitudes.

Formar comunidades es tan fácil o difícil como queramos. Para empezar implica un
esfuerzo de los pastores. Para un párroco es más cómodo poner las horas de misa y que
venga quien venga sin más preparación que la suya propia, que animar e impulsar toda una
pastoral en pequeños grupos. Pero pocas cosas hay peores en la iglesia que los curas
aburguesados.
Las comunidades pueden ser espontáneas, surgidas del día a día, pero también pueden
encargarse su formación a los grandes movimientos pastorales surgidos a raíz del Concilio
Vaticano II y que tantos frutos están dando. ¿Cual es el mejor tipo de comunidades para
mí o mi parroquia? Para empezar la que el Espíritu quiera.

En una ocasión un presbítero me dijo: He visto este tipo de comunidades en otras


parroquias y el fruto que dan es magnífico, me encantaría formarlas en la mía pero se
reúnen después de cenar y yo soy de irme a la cama pronto. Es decir, negaba la posibilidad
de que sus fieles recibieran esos dones por su propia comodidad. También hay otros
sacerdotes empeñados en impulsar un tipo de pastoral que no consigue congregar a los
fieles o boicotear otros de buen funcionamiento y frutos porque no responden a sus
esquemas mentales.

¿Y cuál es la mejor para cada uno? Evidentemente la suya, a la que Dios le vaya llevando.
Porque la comunidad concreta no es importante porque sea de un tipo u otro o esté ligada a
un movimiento en particular, sino porque me permite el encuentro con Cristo y la vivencia
de fe con los hermanos.

Monseñor Esteban Escudero, obispo de Palencia, España, siempre que se reúne con
jóvenes les da un triple consejo: oración diaria, misa dominical y grupo cristiano.
Sinceramente creo que, tal como están los tiempos, el consejo debería ser extensivo a
todos los fieles con independencia de su edad.

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