Aguirre Sergio - El Misterio de Crantock
Aguirre Sergio - El Misterio de Crantock
naturaleza siempre se mantuvo vivo entre sus habitantes. Pero era tan apacible y
generosa la vida en aquel lejano valle del sur, que nada hacía esperar el curioso final que
tuvo el pueblo de Crantock, esa horrenda tarde de enero.
Era un lugar cuya belleza difícilmente olvidaban quienes alguna vez lo vieron, en medio
de ese profundo valle. En uno de sus extremos se erguía el Perimontu, con sus cúspides
eternamente nevadas. A sus pies la región se extendía verde y esplendorosa, dividida
por el río que bajaba serpenteando entre los bosques para atravesar el pueblo y los
prados y perderse, otra vez, en la hondura de la vegetación. Las casas, como una breve
pausa de grises en el medio del valle, se amontonaban hacia el centro y se esparcían,
cada vez más distanciadas, hasta confundirse con las granjas, en las afueras. A su
alrededor se veían los sembradíos, pequeños e irregulares, que desde la altura
semejaban retazos de telas verdes unidos por costuras de piedra.
Pero cuando la última luz del día se apagaba, cuando las calles y los jardines quedaban
desiertos y en el bosque sólo se oía el grito de la lechuza, algo secreto irrumpía en el
silencio de la noche, en cualquier rincón del valle, sin que nada lo anunciase, como
sobreviene lo oculto, lo que no se puede comprender.
1943
En esa época, la única iluminación de las calles consistía en pequeñas lámparas de
metal, en forma de campana, suspendidas en cada una de las esquinas de Crantock. Era
una apacible madrugada de verano, y aún faltaban dos horas para el amanecer, cuando
las hojas más altas de un roble, en la plaza, emitieron un suave murmullo, como si una
brisa, en esa noche sin viento, las hubiese movido sólo a ellas. Un instante después, se
escuchó un pequeño estampido. La lámpara, en esa esquina, había caído al suelo.
Una sola vez se habían encontrado allí, pero recordaba el sendero que conducía a
los dos daros; uno pequeño, y más arriba el grande, donde Juan la esperaba. Se había
puesto su vestido rojo. Debía tener cuidado de queja maleza no lo ensuciara. Su madre
se daría cuenta.
Llegó al primer claro, una especie de terraza desde donde divisó el pueblo, allí
abajo, y los montes, del otro lado del valle. Cuesta arriba, la vegetación se hacía más
cerrada, los senderos más estrechos y el sol apenas penetraba por el follaje. A través de
la espesura parecía un punto rojo, vivo, moviéndose en el verde profundo del bosque.
Las ramas bajas la obligaban a caminar con dificultad, mientras sentía la hierba
húmeda rozando sus piernas. Podía escuchar los latidos de su corazón. Pensaba en él, en
todo lo que tenían que hacer para estar juntos. De pronto se detuvo. Dudó de que
hubiese tomado el camino correcto. No reconocía aquel lugar. Allí la arboleda, más
frondosa, cobraba mayor altura y ya era imposible ver un pedazo de cielo. Aquél era un
lugar oscuro y fresco. Un silencio asombroso parecía brotar del bosque. Alzó lo ojos y
vio a un pájaro posado en una rama. El pájaro, al advertir su presencia, huyó volando
raso entre los troncos de los árboles.
Alma se volvió en dirección a la voz. Era Juan, que salía de atrás de unos
arbustos.
Nunca más regresaron a ese lugar del bosque. Arinque ella volvería a ver ese
árbol, por accidente, cuarenta años después.
Una ventosa noche de otoño, el padre Castillo se hallaba sentado junto al hogar,
en su sillón de madera. En la mano sostenía un vaso de ginebra. No era habitual que el
padre Castillo permaneciese despierto hasta esa hora, y tampoco que tomara alcohol.
Pero no conseguía dejar de pensar en la última confesión de esa tarde.
Como todos los jueves, el padre Castillo había abierto las puertas de la iglesia
más temprano para permanecer en el confesionario hasta la hora de la misa. Aunque no
estaba en su naturaleza demostrarlo, sentía una gran preocupación por sus fieles, y
después de la cena destinaba un momento para meditar sobre las confesiones que había
escuchado. Fueron cinco, esa tarde: Lucía Babor, Olivia Reyes, la señora Bean, el niño de
los Muro, y la señora Fogerty.
Luda dijo que Juan decía cosas malas de "una persona" que ella quería mucho.
Pero no mencionó su nombre. Eso lo alarmaba, porque sólo había una razón para
ocultarlo: esa niña estaba enamorada. Aunque Lucía era apenas una criatura, el padre
Castillo temía lo peor. Lo ocurrido con Alma, su hermana mayor, era el tipo de cosas
que podía suceder: Alma esperaba un hijo de Juan Vega. En pocas semanas, al menos, se
casarían. Todo el pueblo sabía que Juan no era un buen muchacho, pero Alma, la dulce
Alma, se había enamorado. ¿Qué le esperaba a esa niña, al lado de alguien tan violento?
Secretamente, el padre Castillo consideraba que el amor terrenal era a veces una
enfermedad, inevitable tal vez, pero una enfermedad al fin. Y aún más en los jóvenes.
Sólo una enfermedad lograba enturbiar el juicio de esa manera y conducir a la
equivocación, a la infelicidad. Sin embargo no fue lo que le dijo a Lucía en el
confesionario. Le explicó, en cambio, que los actos impuros manchan el amor, e insistió
en que recordase que el verdadero amor podía esperar todo el tiempo que fuera
necesario.
La señora Bean sólo encontró un pecado para confesar esa tarde. Desde muy
joven, Francisca Bean había desarrollado una impresionante obsesión por la limpieza,
que comenzó por su casa, y gradualmente fue extendiéndose a su alma. El esposo, un
hombre de carácter débil, había muerto a los pocos años de casados, antes de que
hubiesen tenido hijos. Desde entonces adquirió el extraño hábito de detenerse, en
cualquier momento de la jornada, para revisar su conciencia. Había llegado, incluso, a
inventar un tipo de pecado: "el pecado silencioso". El que, "por astucia del diablo no
penetra en la conciencia", decía. "Como las bacterias: no se ven, pero están". Aunque el
padre Castillo la consideraba una devota ferviente, en el pueblo muchos opinaban que
era una fanática. Para otros, en cambio, una mujer muy religiosa; aunque en muchas
ocasiones, durante la misa, estos últimos no podían evitar reírse de los tonos dramáticos
que utilizaba la señora Bean al rezar. Esa tarde el padre Castillo la escuchó confesar que
había dado mal su receta de galletas de jengibre a una vecina. Cincuenta gramos de
harina de más eran suficientes para que no salieran igual. Después de todo era su receta,
y todos en Crantock sabían que las mejores galletas de jengibre eran las que ella hacía.
"¿Vanidad, nunca dejarás tranquilas a las mujeres?" había repetido por horas la madre del padre
Castillo una noche, maquillándose sin descanso frente al espejo, mientras él trataba de
dormir. El sacerdote ahuyentó esa imagen de su infancia y volvió a la señora Bean. A
pesar de que en el confesionario ella asentía permanentemente con la cabeza, diciendo
“Sí padre, sí padre", él sospechaba que no podía escuchar sus consejos. A veces temía
por ella, por su salud. Porque consideraba que la señora Bean era, por sobre cualquier
otra cosa, una mujer extremadamente frágil.
Tomás Muro, el hijo del verdulero, confesó mentiras. Mintió al decirle a su madre
que, cuando se encerraba en su habitación, estudiaba. Mintió cuando dijo que había
realizado las curaciones a la pata del caballo de labranza: la infección avanzaba. Mintió
al decir que fue él quien había reparado el alambrado que separaba su granja de la del
vecino, como se le había ordenado. El niño suponía que su padre había hecho el arreglo,
como otras veces, para cubrirlo ante su madre. Lo que aún no entendía era por qué,
cuando Tomás le preguntaba, su padre insistía en negárselo. Pero todo saldría, tarde o
temprano, a la luz. Ahora temía el castigo, pero no el divino. Temía que su madre le
hiciera cumplir algunas de sus interminables penitencias y lo humillase, como siempre,
delante de sus amigos o de los clientes del negocio. El sacerdote le recordó que la pereza
era un pecado capital. Y un pecado muy peligroso.
Olivia Reyes le preguntó, después de un largo rodeo, si era pecado matar una
gallina para realizar un "encanto" porque ella quería enamorar a un muchacho. Al padre
Castillo lo apenaba que una joven como Olivia, buena y reservada, se sintiera tan
fuertemente atraída por el esoterismo. El sacerdote le respondió que los únicos misterios
eran los del Señor. Las fantasías, así como la creencia en magias y encantamientos,
repetía en sus sermones, turbaban la correcta percepción, el correcto pensamiento, y el
pecado era precisamente eso: un error, un tropiezo de la inteligencia. Su misión consistía
en devolver al confeso a la razón. La razón, y sólo la razón -decía una y otra vez- nos
diferencia de los animales y nos conduce a la verdad, a Dios.
El padre Castillo miraba fijamente el vaso de ginebra. Estaba vacío. Pensó que era
hora de acostarse cuando se oyeron los golpes en la puerta.
-Voy enseguida.
Tras cerrar la puerta el padre Castillo desapareció por el corredor que conducía a
la iglesia y regresó con agua bendita, la estola y la Biblia. Se puso el abrigo y salió hacia
la noche. Una ráfaga de viento lo recibió en el callejón. La luna alumbraba la figura del
sacerdote que se alejaba caminando junto a los muros de la iglesia.
-¡Padre...!
-¿Quieres confesarte?
Los ojos del hombre se abrieron. Los movió en dirección al techo, las paredes, la
ventana, una, otra vez, hasta que se detuvieron en el rostro del sacerdote. Parpadeó,
como si recién notara su presencia, y murmuró algo que el padre Castillo no alcanzó a
oír. Por eso inclinó su cabeza hasta muy cerca de los labios del moribundo:
-Dime.
Al decir esto giró su cabeza, y permaneció con la vista fija hacia un costado de la
cama, indiferente a la presencia del sacerdote.
Al salir de la casa el viento se había calmado. El sacerdote pensaba en el señor
Romero. Ojalá Dios no le permitiera a él morir así, perdido en la insania. Alzó la vista al
cielo. Observó las nubes oscuras, con sus bordes brillantes por la luz de la luna,
deslizarse lentamente. Desde allí se apreciaban los tonos grises y fantasmales que esa
noche arrojaba sobre los tejados. De pronto, aunque no era necesario pasar por allí para
regresar a la iglesia, dobló en la siguiente esquina y después de algunos metros se
detuvo para asomarse a través del alto seto de ligustros que separaba la calle de un
jardín. Era la casa de la señora Fogerty, serena y en penumbras, confundida entre las
copas de los árboles.
Sin saber muy bien qué lo había llevado hasta allí, sus ojos recorrieron el jardín
casi oculto por las sombras.
No veía nada.
También él empezó a gritar, con la mirada fija en ese cuarto vacío, hasta que logró
escapar. Salió de la casa y se arrodilló para rezar y pedirle al Señor que lo salvase, que lo
alejara de aquella mujer.
-¿Es Dios?
Comenzó a rezar en voz baja para que Dios amparara a esa pobre mujer. Para que
la guardase y la protegiese. Otra de sus hijas había perdido la razón.
-Temo que cree usted demasiado en la razón, padre Castillo -le había dicho
Jeremías Crane, el intendente del pueblo, en una de sus charlas-. Sabe muy bien que no
soy creyente, pero en su lugar yo confiaría más en Dios que en la razón.
El grupo marchaba al rezo del Ave María. La voz del sacerdote iniciaba la
plegaria, y los fieles la concluían en un susurro.
Todos vieron cómo extendía sus brazos y abría la caja de vidrio. Muy lentamente
adelantó un pie, luego el otro, y salió. Con la majestuosidad de una reina, comenzó a
bajar los escalones de mármol, y avanzó hacia ellos. Algunos retrocedían, otros se
postraban llorando, atontados por el milagro. Y él no podía sacar sus ojos de aquella
imagen viviente. La veía inclinar graciosamente la cabeza hacia ambos lados, como si
saludase a sus súbditos, con una sonrisa que ahora dejaba ver esos dientes... Entonces la
imagen habló, con una voz conocida:
Fue cuando alzó los ojos y vio que San Pablo Apóstol movía, como si fuera un
muñeco de piezas ensambladas, uno de sus brazos.
1957
Padre Benjamín:
Quiero que reciba mis disculpas por escribirle esta carta, tanto tiempo después de mi
partida de Crantock. Tengo la seguridad de que el Obispo lo ha puesto al tanto de las razones por
las cuales me he retirado de la diócesis. Sospecho que el Señor me hará cargar con la misma cruz
que a mi madre, y estoy dispuesto a aceptar ese destino. Padre Benjamín, le deseo lo mejor. Mis
oraciones estarán con usted.
Muchas cosas se dijeron acerca de la abrupta partida del padre Castillo. Se habló,
incluso, de alguna relación con otra huida del pueblo, en la misma época: la de la señora
Fogerty. Chismes de pueblo. El padre Benjamín, por expresa indicación del obispo, se
encargó de aclarar la razón de aquella conducta: un repentino problema de salud que
sufriera el sacerdote. Y después, echar un manto de silencio sobre todo aquel asunto.
El padre Benjamín se levantó del escritorio y fue a la cocina a poner el agua para
su té de la tarde. La esposa del doctor Finn le había traído esa mañana una tarta de
manzanas y aún le quedaban galletas de jengibre de la señora Bean. Al parecer, una de
las tradiciones de Crantock era que, cada semana, una mujer del pueblo le acercara al
sacerdote algún dulce. Todas la cumplían rigurosamente, rotando por turnos, a
excepción de la señora Bean, que insistía en traerle sus galletas, casi en secreto, todas las
semanas. Argumentaba que él era muy joven y delgado y debía alimentarse bien para
servir a Dios. La señora Bean no tenía muchas amigas, que él supiera, y temía que sus
atenciones provocasen algún conflicto con las otras señoras. Le explicó que provenía de
una familia muy humilde y que no era su costumbre comer tantas confituras, pero eso
parecía entusiasmarla aún más.
El Ángel de la Guarda.
Decidió que antes de presentarse en "Los Alerces", como siempre a las ocho en
punto, daría un paseo por las calles del pueblo. Ya habría tiempo, con la llegada del
invierno y sus días blancos, cortos y helados, de permanecer adentro. Tomó su abrigo, y
salió.
A la salida del callejón de piedra, en la esquina de la iglesia, se encontró con dos
señoras del pueblo. Hablaban con las cabezas muy juntas, sus caras expresaban risa,
curiosidad, asombro tal vez y, cuando el sacerdote se aproximó, hicieron silencio. Pasó a
su lado y las saludó con una leve inclinación. Las dos mujeres hicieron lo mismo:
-Adiós, padre.
Los rumores eran algo que preocupaba al padre Benjamín. Aunque fuese lo
natural, tratándose de un pueblo pequeño, en Crantock esa costumbre mostraba una
virulencia que, según él, se hallaba fuera de toda proporción. Por eso, creía, la gente se
cuidaba, y mucho, de que nadie percibiese nada fuera de lugar en sus vidas.
Que Juan Vega dejó morir a su pequeño hijo, la tarde que el niño había quedado a
su cuidado.
Que Rita Tossi consiguió, aunque no se sabía cómo, que la antigua peluquera se
marchase de Crantock para poner ella su propio negocio.
Que el niño de Olivia Reyes había nacido ciego por sus coqueterías con la magia.
Era una brillante y fresca tarde de abril. Cruzó la plaza y avanzó por la senda que
bordeaba el río.
No en todas se detenía.
Ese año los colores del otoño habían estallado de una manera tan exuberante que
si cerraba los ojos, los abría un segundo, y los volvía a cerrar, en lugar de ver el río, la
plaza, el municipio, la iglesia, creía ver un inmenso y bello jardín festoneado con
piedras. Y la gente que caminaba, como se camina en los pueblos, sin otra preocupación
que sus simples asuntos cotidianos, y los niños jugando en medio de la calle, sin
peligros que los acechen, y él mismo, allí, con sus sentidos intactos para percibir todo
aquello, le parecían una respuesta a todas sus preguntas. Como si Dios le estuviese
diciendo: "¿Ves?, así deberían ser las cosas". No era la primera vez que en Crantock lo
acompañaba la sensación, la viva sensación, de que Dios estaba allí. En ese momento, el
sacerdote se emocionó.
El padre Benjamín tenía ese rasgo, que sin duda lo había llevado a ser sacerdote:
de pronto su mente comenzaba a efervescer de un optimismo y una bonanza infinitas.
-Sí, por supuesto. Con mi padre pensábamos hablar acerca de cómo distribuir los
alimentos.
-Muy bien.
-Hasta pronto entonces, y... ¡nos vemos también este domingo en la misa!
Al decir esto último, el padre Benjamín creyó percibir una ráfaga de tristeza en
los ojos de aquel muchacho:
-Sí, hasta... pronto -dijo Walter con una sonrisa que intentaba ser amable, y se
alejó.
El padre Benjamín estaba seguro de que detrás del carácter serio y circunspecto
de Walter Crane había timidez y, como su padre, un hombre de gran corazón. Era el
primero de los Crane en acercarse a la iglesia. Aunque fuese por una muchacha, por la
sola oportunidad de verla. ¿Ése era el motivo? ¡Bienvenido! Si era el camino que había
elegido Dios para acercar a su hijo a la iglesia, era tan bueno como cualquier otro. Lo
conmovía además ser testigo del amor entre los jóvenes. Pero entendía, también, que el
amor podía ser doloroso, cuando no era correspondido...
Al volver la vista se encontró con Lucía Babor. "Otra niña enamorada", pensó. El
padre Benjamín podía reconocer, como si lo llevaran escrito en la frente, a todos los que
estaban enamorados.
-No muy bien, dice que no se va a acostumbrar a que Alma ya no esté aquí...
Más adelante se detuvo, otra vez, para recrearse con el paisaje sabiendo que
pronto oscurecería. El sol ya se había escondido y la sombra de los montes comenzaría a
extenderse por el pueblo, al igual que una manta que se corre sobre el lecho indicando la
hora del reposo, la hora nocturna.
Decidió visitarlo y decir una oración por los muertos. Los muros eran apenas una
cerca de piedra cubierta de enredaderas, en cuyos bordes se veían matas de lavanda y
geranios. La pequeña puerta de hierro rechinó brevemente cuando el sacerdote la
atravesó. Allí dentro todo era más tranquilo y silencioso. Avanzó sobre el césped,
cubierto ya por el rocío de la tarde. Al levantar los ojos vio aquel montículo con un ramo
de flores amarillas que descansaba al pie de su lápida. Era la tumba del hijo de Alma. Se
acercó con tristeza. A su mente acudía el recuerdo de aquel entierro.
AQUÍ YACE JOSÉ VEGA
QUE NO CONOCIÓ EL PECADO
Se disponía a marcharse cuando vio, hacia un costado del cementerio, una tumba
reciente, la de Rocío Almenda, que había muerto al dar a luz. "Una madre que pierde a
su hijo, y un hijo que pierde a su madre", pensó.
Había escuchado cosas acerca de lo que sucedía por las noches, en Crantock. Pero
eso, a diferencia de los chismes, no lo preocupaba.
Una vez más, al padre Benjamín todo lo conducía a Dios. Y así continuó su
camino por las calles de Crantock, sumido en pensamientos de bondad.
En el otro extremo del pueblo, Juan Vega entraba a su cabaña. Después de abrir la
alacena y sacar una botella de vino, se arrojó sobre la cama. Estaba cansado.
¡Era tu hijo!
Juan cerró los ojos. Ya no iba a escuchar esos gritos. Todo eso había pasado y
Alma ya no estaba en el pueblo. Mejor. Él tenía que olvidarse. Pero estaban los otros.
Todos los demás. Todos, hombres, mujeres, niños, lo trataban de esa forma, como si
hubiera sido su culpa. En la calle lo miraban de reojo, si entraba a algún negocio hacían
silencio. Nadie le dirigía la palabra. El único que lo defendió fue el imbécil del cura. Sólo
ese curita, que era un imbécil, se daba cuenta de que había sido un accidente. Tomó otro
trago. Además, ¿por qué Alma tuvo que ir a la casa de su madre esa tarde? ¿No estaba
su hermana, acaso, para cuidarla si estaba enferma?
Es un momento Juan, para ver si necesita algo. No lo llevo porque se puede contagiar, es
tan chiquito...
Él no era una niñera. ¿Cómo iba a saber que el niño lo seguiría? ¿Cómo saber que
se animaría a cruzar el río, caminando sobre esas piedras? Ya no soportaba más. Tenía
que irse. En la dudad todo sería distinto. Ahí a nadie le importaba lo que hiciera el otro,
había trabajos mejores, y las mujeres eran distintas, seguramente. Se iría y ni siquiera iba
a tomarse el trabajo de despedirse de su padre. Por él podían irse todos al diablo. Al
mismo diablo. No iba a pasar el resto de su vida en un pueblito miserable como
Crantock.
Afuera, el día terminó con una extraña rapidez. La luz de la tarde se desvaneció,
los faroles se encendieron iluminando las calles vacías, y pronto el pueblo quedó en
silencio.
Silencio.
Dejó la vela sobre la mesa y se asomó a la ventana Entonces vio, o le pareció ver,
que algo se desplazaba por el aire.
Sintió miedo.
-¿Quién es?
Rita Tossi era una mujer que no tenía más tema de conversación ni finalidad en
su vida, que la vida de los otros. Su capacidad para preguntar, como lo más natural del
mundo, por los asuntos privados del vecino, y la generosa ventana de su negocio, frente
a la plaza, la mantenían al corriente de todo lo que ocurría en el pueblo.
-¿Sabe qué pienso de esa moda de llevar el pelo apenas recogido? -continuó la
señora Tossi-. Que sólo le queda bien a las jovencitas -suspiró-. En fin... Cada una sabrá.
-Todo cambia, ya ve usted, los escotes, las polleras... -dijo la señora Ferraz.
-Claro, claro, pero una mujer debe arreglarse, siempre -agregó la señora Tossi
subrayando la última palabra-. Y andar con el pelo así... ¿Qué quiere que le diga?
La señora Tossi había comenzado a preocuparse por la nueva moda. Era una
moda muy peligrosa para su negocio, y estaba decidida a atacarla por todos los medios.
-Tu hermana ya no tiene esos problemas, por suerte. ¿Dónde se encuentra ahora
querida? -le preguntó a Lucía.
-Imagino que vendrá a visitarnos alguna vez, ahora que... -la señora Tossi estaba
por decir 'Ahora que Juan está muerto", pero se contuvo.
-En la última carta nos dice que tiene mucho trabajo en el colegio.
-Ser monja... Hay cosas que sólo se pueden hacer por vocación -sentenció la
peluquera para concluir con ese tema y pasar a otro que le interesaba más en ese
momento:
La señora McNair y la señora Ferraz se miraron. Hacía tiempo Rita les había
dicho que Lucía estaba loca por Walter Crane, pero que él nunca se había fijado en ella.
-Señora Tossi, me voy -Lucía se había puesto de pie-. Mamá está sola y... pensé
que me iba a desocupar más temprano.
Lucía sintió el frío en la cara y se alegró de haber salido de allí. Cruzó la calle,
entró a la plaza y cuando se supo fuera de la vista de la señora Tossi demoró la marcha.
Tenía que pensar. ¿Ella era muy pueblerina para él? ¿Qué era ser pueblerina? ¿Y si un
día Walter viajaba a la ciudad y conocía a alguien y se enamoraba? Eso podía ser... "Dios
mío no lo permitas...", murmuró. ¿Y si elegía a otra del pueblo? "¡Dios, no!" dijo, en voz
alta, y eso llamó la atención del comisario Belvedere, que pasaba a unos metros de ella.
"Lucía habla sola", pensó. Esperaba que nada malo le sucediese. Los Babor ya habían
sufrido demasiado. Primero la muerte del hijo de Alma, después su partida de
Crantock, y por último, Juan. Ese muchacho no era buena persona, pero morir de esa
manera... Él mismo, que no se consideraba un hombre impresionable, jamás lograría
sacarse de la cabeza aquello que debía ser Juan Vega, cuando apareció entre las cenizas.
Nunca pudieron determinar cómo se inició el fuego y, lo que era aún más
incomprensible, qué sucedió para que el cuerpo se transformase en lo que encontraron.
Recordaba al doctor Finn, por aquellos días, en el más absoluto desconcierto:
El comisario salió de la plaza y tomó la calle que bordeaba el río. A los pocos
metros se encontró con el señor Muro, el verdulero, parado frente a la puerta de su
negocio.
-No muy bien hoy. Es la espalda... Mi mujer dice que ya no puedo hacer trabajos
de fuerza, que ya no soy tan joven...
El señor Muro era el tipo de hombre que trabajaba desde el alba hasta la última
luz del día, sin descanso, entre sus huertas y el negocio, donde vendía las verduras que
él mismo cultivaba.
-Los años pasan... pero para eso están los hijos. Deberías dejar que Tomás se
encargue de lo más duro.
-Mi mujer dice lo mismo. Se enoja conmigo, y con el muchacho, pero... es un buen
muchacho -dijo con tolerancia-. No quiero que se mate trabajando como su padre.
Mientras yo tenga fuerzas...
-¿Cómo?
-¿No lo hizo?
En ese momento, aquella voz desde la calle los distrajo:
Era el señor Almenda, que pasaba por ahí. Su hijo Pedro caminaba detrás,
cargando, como podía, un hacha, un pico y un rastrillo.
-Ahí va ese animal... -la señora Tossi ahora veía pasar al señor Almenda y al niño
a través de la ventana de la peluquería- Dicen que hay que ver cómo golpea a su hijo. Ni
siquiera los animales tratan así a su cría. Y siempre borracho... Se me pone la piel de
gallina de pensar en esa criatura.
-¿Será posible que ocurran esas cosas? Alguien debería hacer algo... -agregó con
disgusto la señora McNair, al tiempo que quedaba envuelta en una nube de spray. La
señora Tossi pensó "Ojalá reciba su merecido, como el otro."
-¿Saben qué pienso? -continuó la señora Tossi-. Que lo odia -remarcó esa palabra,
y otra vez-: Odia a su propio hijo, lo culpa de la muerte de su mujer -hizo una pausa
para observar el efecto de lo que acababa de decir, y agregó:
-Horrible, ¿verdad?
-Siéntese querida -le dijo a la señora Ferraz haciendo girar el sillón, mientras la
señora McNair se colocaba su abrigo para marcharse-. ¿Lo de siempre?
-Ya voy -dijo la señora Tossi simulando fastidio-. ¿Por qué será que una tiene que
estar en todo? Vuelvo en un minuto.
La señora Tossi se ausentó del salón. Mientras la señora McNair sacaba el dinero
de su monedero, la señora Ferraz le preguntó:
Ambas mujeres eran vecinas. Como los McNair no tenían hijos, algunas veces el
señor McNair se veía obligado a pedir ayuda a alguno de los cuatro del matrimonio
Ferraz.
-Pobre señora McNair, dudo que el marido siquiera se dé cuenta de que su esposa
ha cambiado el peinado.
-Seguro, pero los buenos no tienen suerte. Como mi primo Tadeo, Tadeo Bean.
¿Usted lo conoció, verdad? -la señora Tossi suspiró moviendo la cabeza-. Era demasiado
bueno, me temo. Y se casó con esa... -no encontraba una palabra que expresase todo su
desprecio por la señora Bean.
-No...
-¡Oh!
-¿Desmejorada? -la señora Tossi soltó una risita-. Esa mujer está totalmente loca.
La señora Ferraz pensó: ¿qué cosa podía ser tan terrible de la señora Bean, para
que Rita Tossi decidiera no decirlo?
Una semana después, en “Los Alerces", Félix Finn observaba las heridas en la
espalda del niño, que había permanecido en silencio durante la revisación. Tras la
muerte de su padre, Félix Finn era ahora el médico de Crantock.
-Está bien, podés vestirte. Cuando bajes tomaremos la merienda -dijo Crane.
Esa tarde Walter Crane caminaba por una calle del pueblo cuando escuchó el
llanto de un niño, y un hombre que vociferaba. Las voces provenían de la cabaña de
Almenda. Se asomó por la ventana, y lo que vio le hizo hervir la sangre. El hombre
castigaba con un látigo al niño, que intentaba refugiarse en un rincón del cuarto. Sin más
Walter Crane entró a la casa y comenzó a golpear al sujeto rnientras le gritaba: “¡Bestia,
bestia!". El hombre, aunque mucho más robusto que Crane, atontado y dolorido por los
golpes y el alcohol, quedó inconsciente.
Finn.
Y así fue como Pedro, a quien Walter llamaría Peter, vivió desde ese día en "Los
Alerces", bajo la protección y la guía espiritual del señor Crane.
Cinco minutos antes de las once de la noche, la señora Reyes subió las escaleras
hacia la habitación de su hijo, con un libro en la mano.*
Desde aquella tarde en que notó que su hijo era ciego, todos los días Olivia Reyes
le rezaba a Santa Lucía para que le devolviese la vista. Le hacía promesas, promesas
imposibles de cumplir. Pero fue inútil. El niño había nacido ciego, y según el doctor Finn
primero, y otros médicos de la ciudad después, eso era irreversible.
Decidió entonces acudir a otro tipo de ayuda. Viajó a la ciudad y consultó a una
mujer que ya conocía. Y la mujer le dijo:
-Escucha todo, doctor -dijo ella para concluir, luego de relatarle algunas
anécdotas de su hijo al doctor Finn.
-Es posible, sí... -respondió él, a pesar de su asombro-. Los otros sentidos se
agudizan... Parece un tanto exacerbado, pero es normal. Además Víctor es un niño muy
despierto. Eso es bueno, tal vez debiera estimularlo con otras cosas, la lectura por
ejemplo...
Desde entonces la señora Reyes comenzó a leer para su hijo. Y comprobó que las
historias que le relataba producían en él un entusiasmo nuevo y singular. Algo, ella no
entendía muy bien qué, se estaba abriendo paso en la mente del niño.
Víctor aguardaba en la cama. Esa tarde su mamá había prometido leerle "Jack, el
asesino de gigantes".
Después de lavar los platos de la cena, Olivia Reyes apagó la lámpara, salió de la
cocina, y cruzó la sala con el libro en la mano. Antes de subir las escaleras, dijo: "Aquí
voy, Víctor", aunque sabía que no era necesario: su hijo la había escuchado todo el
tiempo.
-Sí, esta noche es Jack -asintió su madre. Colocó la silla a los pies de la cama y, de
espaldas a la ventana, comenzó a leer:
...la gente abandonaba sus casas, y cuando el gigante había saciado su apetito en el
ganado, se volvía con media docena de bueyes cargados a su espalda y una ristra de corderos y
cerdos atada a su cintura como una cuelga de candelas. Hacía muchos años que duraba esta
conducta y toda la comarca de Cornualles estaba desolada por sus continuas rapiñas...
-¡Está ahí! -susurró el niño irguiéndose de pronto, señalando con su brazo hacia
afuera.
1967
Era una brumosa mañana de primavera y el sol aún no había aparecido para
desvanecer la niebla que reposaba sobre los bosques y las calles de Crantock. Como cada
día, Lucía Babor salió de su casa temprano rumbo a "Los Alerces". Respiró el aire fresco
y cargado de humedad. Desde el nacimiento de la montaña, detrás de su casa, le llegaba
el aroma a* pinos y a tierra mojada. A esa hora, el pueblo, rodeado por la verde y
enorme muralla de montes, aún permanecía en silencio bajo aquel manto blanco que
amortiguaba los colores, borraba los contornos de las formas y las hacía aparecer como
imágenes de un sueño.
En su mano llevaba una pequeña canasta. Para llegar a la casa del señor Crane era
necesario atravesar el pueblo, donde se demoraba para realizar las compras del día y
recoger personalmente la correspondencia que disponía a un costado de la bandeja,
antes de servir el desayuno. Como el señor Crane trabajaba hasta altas horas de la noche
nunca se levantaba antes de media mañana, y eso a ella le permitía ocuparse de Pedro,
enviarlo al colegio, dejar las cosas en orden y, cuando él descendiera las escaleras y
entrase al comedor, pudiese estar allí, esperándolo con el café y las tostadas.
-Lucía, es el señor Crane, quiere hablar con vos... -le dijo su madre, sin disimular
la sorpresa.
-...que usted podría ocuparse, si es que no tiene otras... -Walter Crane carraspeó-
otras obligaciones.
-Yo... Por supuesto -habían comenzado a temblar- le las piernas-. Sí... claro que sí.
Desde las granjas, más próximos, más lejanos, se percibían los sonidos de las
primeras faenas del día. A un costado del camino, increíblemente cerca, escuchó el
mugir de una vaca, que la niebla no le permitía ver. Más adelante el rumor de ovejas en
una breve corrida, un portón que se abría y, a lo lejos, las campanas de la iglesia en su
primer llamado a misa. Ahora descendía por la calle que llevaba a la plaza principal. A
su derecha se extendía la hilera de casas nuevas, en piedra gris, tejado de pizarra y
pequeñas ventanas blancas, en idéntico estilo que todas las construcciones de Crantock,
que el señor Crane había inaugurado pocos días antes. Que Walter había inaugurado.
Aunque siempre pensaba en él como "Walter", jamás se le había escapado ese nombre en
su presencia, ni en la de nadie. Él, por su parte, se dirigía a ella como "Señorita Babor", y
eso a ella le encantaba. "Señorita Babor", le decía cuando estaba de buen humor: "¿No
piensa que será un día magnífico, hoy?" "Sí señor Crane, creo que sí..." le respondía ella,
cada vez.
Ese día la señora Bean se levantó con la idea de que todas las mujeres de
Crantock llevaban una doble vida: de noche eran prostitutas. Y si no lo eran en la
actualidad, lo habían sido. ~
-Eso es lo que son... ¡Perras! -dijo con furia, y salió disparada a la cocina. Allí
comenzó a caminar de una punta a la otra mientras hacía ademanes y mascullaba cosas
ininteligibles. Se tomaba la cabeza para después elevar el brazo una y otra vez hacia el
cielo con gestos que parecían de enojo o de súplica. Después salió al patio y se detuvo en
medio del jardín para inspirar profundamente el aire fresco de la mañana. Eso la hacía
sentir limpia y purificada. Un ligero alivio se dibujó en su rostro. Pero de pronto, como
si algo hubiese regresado a su mente con la velocidad de un rayo, entró a la casa,
atravesó la cocina, la sala, abrió la ventana con violencia, y chilló:
-¡Pecadoras!
Lucía, que ahora cruzaba la plaza, se dio vuelta al escuchar aquel gritó. ¿Quién
gritaba así? Tuvo el impulso de volver sobre sus pasos y averiguar qué había pasado,
pero no se escuchaba más nada, y decidió continuar con sus obligaciones.
Mientras tanto, en una de las granjas de las afueras de Crantock, Tomás Muro
descansaba tendido sobre un improvisado colchón de bolsas de arpillera, junto al
pequeño galpón donde se guardaba el arado y las herramientas. Eran las nueve de la
mañana y había decidido esperar a que la niebla se despejase totalmente antes de
comenzar el trabajo. Se sirvió un poco del café que tenía en el termo. Encendió un
cigarrillo. Le gustaba ver cómo el humo, apenas azul, se mezclaba con la niebla hasta
que se perdía en el espacio. Le quedaban apenas dos cigarrillos, y hasta el mediodía no
podía bajar al pueblo. Alguien le iría con el chisme a su madre de que él no estaba en el
campo. Desde la muerte de su padre todos parecían vigilarlo; lo perseguían
preguntándole cómo andaba el negocio, los cultivos... Todos, con su madre a la cabeza.
Para ellos él seguía siendo un muchacho, el hijo holgazán del señor Muro. ¿Cuánto más
soportaría todo esto? La semana anterior la señora Tossi, la peluquera, le preguntó
dónde había estado la tarde del miércoles, cuando ella fue a pedirle unas calabazas. El
comisario Belvedere prácticamente lo había interrogado durante casi media hora
después de ayudar a su madre en el negocio, cuando ella no podía cargar sola los
cajones de fruta, el día en que él se quedó dormido en el galpón. O Crane, que le exigía
saber la disposición de los diferentes cultivos, en su propio terreno. Crane y sus
controles también lo tenían harto.
'Aún falta un mes", pensó, para sacarse de la cabeza el asunto de las zanahorias, y
cerrando los ojos trató de ahuyentar todo pensamiento que lo perturbase. Necesitaba
descansar. Terminó el cigarrillo, y poco después se quedó dormido.
A medida que se alejaba del pueblo rumbo a "Los Alerces" Lucía se dejó llevar
por sus pensamientos. Y sus pensamientos, en esos días, sólo giraban en torno a la
pregunta que Walter le había hecho la semana anterior, cuando apareció de improviso
en la cocina: -Señorita Babor, ¿piensa usted casarse?
Recordó haber abrazado el plato que estaba lavando y, con las manos en cruz
sobre su pecho, decir: -No.
Entonces él, sin agregar otra palabra ni expresión que la habitual, así como se
había presentado, desapareció por el corredor que conducía a la sala. Y ella se quedó
allí, de pie, con el plato aún humedeciéndole el pecho, sin entender qué había pasado.
Esa pregunta la acosaba noche y día. En ocasiones, cuando ella estaba ocupada
con alguna tarea en la casa, al volverse repentinamente lo había descubierto mirándola.
¿Por qué?
El espantapájaros que estaba allí desde la tarde en que su padre lo puso en pie, un
año antes de morir.
Un compartido gusto por la lectura los había hecho inseparables, desde una tarde
en que Pablo llegó a la casa de Víctor mientras su madre le leía un cuento de Las mil y
una noches. Solían caminar por el pueblo inventando juegos: de quién era el auto que se
acercaba, cuántas personas había en el almacén en ese momento, o simplemente Pablo
describía cómo eran aquellas cosas que su amigo escuchaba.
Para la fiesta Lucía había decorado la amplia galería que daba al parque con
guirnaldas de papel y globos de colores. A medida que llegaban los invitados, antes de
saludarlos, Orson les pedía el regalo, indiferente a los gestos de desaprobación de Lucía.
Ninguno de los niños había entrado antes a la casa del señor Crane, y se mostraban algo
inhibidos. Sin embargo, a poco de comenzar la fiesta el clima ya se había distendido.
Todos, inclusive Peter, que difícilmente sonreía, parecían disfrutarla.
Ninguno vio cómo se le llenaron los ojos de lágrimas, cuando corrió hacia la casa.
-Nosotros nos quedamos por aquí... -dijo, mientras se apartaba con Víctor en
dirección a una pequeña fuente que se hallaba a un costado del parque.
Orson los observó fugazmente. Poco después, ya iniciado el juego y sin razón
aparente, Orson detuvo la pelota, la apoyó sobre el pasto, y sin desviar su mirada del
objetivo la pateó, y fue a dar en el blanco.
Su madre le había recordado durante la cena que en dos semanas pasarían los
empleados del municipio a recoger los cajones de zanahorias y él, una vez más, no pudo
decirle que no había zanahorias, que nunca había plantado esas semillas. Que ahí
estaban los surcos, pero nada en ellos.
A la mañana siguiente, faltaban unos minutos para las diez cuando Tomás se
recostó sobre las bolsas de arpillera. La noche anterior casi no había dormido y el cuerpo
le pesaba. Observó, muy alto en el cielo, una bandada de pájaros que torcía su rumbo
hacia el norte. Más arriba, la blanca cumbre del Perimontu reflejaba su fulgor plateado
por los rayos del sol matinal, que ya descendían al valle, cálidos y luminosos, dorando
los pastizales. Las hojas de los árboles oscilaban apenas al compás de la brisa que
provenía del este y, como parches colocados caprichosamente sobre las laderas de los
cerros, por aquí y por allá, los cuadrados de tierra arada mostraban sus relieves bajo la
inclinación de la luz, a esa hora de la mañana. Tomás miraba distraído ese paisaje
cuando algo llamó su atención, en la huerta, algo que, juraría, se había movido. Pero sus
ojos sólo se encontraron con la figura del espantapájaros. Una parte de la vestimenta se
había caído hacia un costado, y dejaba ver el esqueleto de madera. Se trataba de una
camisa a cuadros que había pertenecido a su padre. Recordaba esa camisa. Permaneció
un instante observándolo todo; el muñeco, la camisa, el esqueleto de madera que
arrojaba su sombra sobre los surcos en la tierra... Fue cuando su mirada se detuvo. Algo
allí le hizo inclinar la cabeza hacia adelante. Sin poder sacar los ojos de los surcos, dio
unos pasos en esa dirección y comenzó a ver, cada vez más nítidos, aún pequeños y de
un verde muy fresco, los brotes. Los brotes de zanahoria que, finalmente, se abrían paso
a través de la tierra.
1972
Nadie escuchó el grito, a esa alta hora de la madrugada, aquella helada noche del
mes de mayo: Provenía de la casa de la señora Bean.
Esa mañana la señora Bean se había levantado más temprano que lo habitual. Se
hallaba particularmente inquieta porque ese día su rutina cambiaría y necesitaba
prepararse, meditar cada una de las palabras que le diría a esa mujer, a esa peluquera de
mala muerte. Porque aquella mañana iba a enfrentar a la serpiente que se había
dedicado a difamarla durante tantos años.
Lo último que llegó a sus oídos no tenía perdón de Dios. La diabla dijo que ella
no había querido colaborar en la feria de platos que organizaba la iglesia porque no
soportaba que la gente prefiriese otras cosas a lo que ella había preparado. Y eso no era
verdad. Ella no iba porque en esas reuniones había mucha perfidia. Pero esta vez no se
callaría. La verdad estaba de su lado. Santa Juana de Arco se enfrentó a sus enemigos en
la tierra. No había esperado la justicia divina y era santa, por lo cual, deducía, ella podía
hacer lo mismo con la peluquera.
-Esto no te va a quedar bien -afirmó la señora Tossi a una dienta, mientras miraba
la fotografía de la actriz que sonreía desde la revista-. El peinado tiene que resaltar tus
rasgos lindos y disimular –remarcó- los feos. Y con éste vas a parecer disfrazada. Ése es
mi consejo, vos hacé lo que quieras -concluyó, indiferente a la repentina desilusión que
se dibujó en el rostro de la mujer.
-Por eso -dijo la peluquera poniendo manos a la obra para hacer, una vez más, el
peinado que venía realizándole hacía años, y que era otra variación de los tres únicos
peinados que sabía. La señora Tossi detestaba cuando alguna mujer venía pidiéndole un
peinado nuevo, sacado de una revista.
-Ahora que decís de cambiar -dijo la peluquera cambiando de tema-. Parece que
el año que viene hay elecciones. Es de suponer que a nadie se le ocurrirá presentarse
contra Crane...
-Sería ridículo.
-Ah... Pero nunca falta el que quiere cambiar, probar con gente nueva, con otras
ideas, no darle la espalda al progreso -remarcó con burla, e hizo una pausa antes de
continuar:
-Me pregunto: ¿Quién otro hubiese hecho lo que hizo Crane por el hijo de Olivia
Reyes? Pagarle de su propio bolsillo los colegios especiales en la capital... -y bajó la voz
para agregar-: También es cierto que ese sobrino que tiene casi lo mata aquel día... Pero
lo mismo. Fue un acto noble, de eso no quedan dudas -hizo una pausa y dijo, como al
pasar-: ¿Qué cosa, no? Al final ese accidente resultó... en beneficio -dejó que la última
palabra quedase flotando, y añadió-: La vecina me contó que era una criatura con
muchas fantasías, pobre, como no ve... -hizo un gesto en señal de indulgencia, y acto
seguido frunció el ceño para decir-: Siempre sospeché que la madre...
-¿Qué? No me digas que... Viene para acá. Sí... ¡Ahí viene, ahí viene!
A la señora Finn, que pasaba por allí en ese momento, le costó creer lo que veía.
Francisca Bean entrando al salón de la señora Tossi. Era sabido que ambas mujeres se
detestaban. Aunque, a excepción del cura, la señora Bean no quería a nadie, en realidad.
Había oído que siempre había sido una mujer muy religiosa y algo extravagante, pero
en los últimos años se comportaba como si todo el pueblo fuese su enemigo. Recordaba
su primer encuentro con la señora Bean, hacía unos años, en la consulta del marido;
Sentada muy erguida en la sala de espera, lanzándole miradas furibundas a cada intento
de ella por entablar conversación. Pobre mujer...
Cuando la señora Bean abrió los ojos estaba todo oscuro. Se había quedado
dormida. Tuvo el impulso de iniciar un rezo, pero una sed espantosa la quemaba por
dentro. Con la mano, que aún apretaba su rosario de madera, encendió la lámpara de la
mesa de luz. Se levantó, y arrastrando los pies se dirigió a la cocina. Se sentía abotagada
y débil. Había rezado todo el día. Miró el reloj. Era la una de la madrugada. Se sirvió
agua de la canilla y la bebió con la mirada perdida en la ventana, que mostraba la noche.
Entonces, lo que había ocurrido en la peluquería esa mañana regresó a su mente.
Francisca, entró al salón y se paró frente a la señora Tossi. Había dos mujeres allí,
pero ella sólo parecía ver a la peluquera:
-Vengo a decirle que usted es una mala mujer. Y Dios la va a castigar por todas
las injurias que salen de su boca, y por todas las... -en este punto, al ver que la otra la
miraba impasible, se descontroló:
-¡Hija de Satán! ¡Te vas a ir al infierno con todos tus hermanos por tus calumnias,
hereje, pecadora, novia del demonio! -y siguió con una cadena de insultos que parecía
no tener fin.
-¡...Y vas a arder! -concluyó la señora Bean gritando, en una última descarga.
Rita Tossi la miró con la misma sonrisa socarrona con que la había escuchado, y
después de un instante, dijo:
-¿En serio? -entonces comenzó:- Me alegro de que hayas venido porque hace
mucho que quiero decirte algo. Y también me alegra que estas señoras estén presentes
así todo el mundo se entera por fin de quién sos, y de lo que hiciste -se dio vuelta
dirigiéndose a las mujeres que asistían, petrificadas, a esa escena-. La señora Francisca
Bean, ahí como la ven, obligaba a su marido, que era un santo -remarcó especialmente
esta palabra-, pobrecito, a bañarse en el patio para que no le trajera malos olores adentro
de la casa, no importaba el frío que hiciera. Ésa es la razón por la que enfermó ese año -
clavó entonces su mirada en la señora Bean-: Fue así como lo mataste, ¿verdad?
El silencio que siguió a esas palabras fue tan intenso que parecía que en el salón
nadie respiraba. Francisca Bean había quedado inmóvil, como si algo dentro de ella se
hubiera roto y le impidiera reaccionar.
-Él era mi primo, y solía contarme -uní asomo de dolor apareció en la voz de la
señora Tossi-. Era un muchacho bueno, trabajador, él... -de repente su rostro se contrajo
de furia:
Era muy tarde para ir a ver al padre Benjamín. Pensó que tal vez debería tomar
otra de esas pastillas que le había recetado el doctor Finn. O salir al patio. El aire fresco
la haría sentirse limpia y purificada. Pero afuera helaba.
“Obligaba a su marido, que era un santo...". De repente se tomó de los cabellos y tiró
de ellos como si quisiera arrancarse el recuerdo de esa mujer. Ella la había envenenado
esa mañana. Esa serpiente la había envenenado. ¡Eso era! Medusa. La de los cabellos de
serpiente. Y propagaba el mal de esa manera. Llenando las cabezas de serpientes.
Envenenando todas las cabezas de las mujeres, una por una... Por eso era peluquera.
Juntó bien fuerte las manos para rezar y dijo: "Señor no me abandones, no me
dejes sola en este páramo de dolor, protégeme de Lucifer y de sus hijos, no me..." Se
detuvo. Sus manos, todo su cuerpo, estaban temblando. "Debe usted tranquilizarse", le
había dicho el doctor Finn, la vez que el padre Benjamín la obligó a visitarlo. ¿Y si le
daba un ataque? ¿Y si esa noche se moría, sin confesión? ¿Iría al infierno? ¿Qué podía
hacer? Entonces recordó las palabras del sacerdote: "Debe alimentar su espíritu con otras
cosas, Francisca, leer, mirar televisión..." Como si ese recuerdo fuese un mandato, se
levantó de la silla y fue a la sala. Sobre el mueble había tres libros. La Biblia, un manual
de cocina que le habían regalado cuando se casó, y un libro de cuentos que conservaba
de niña. Eligió los cuentos. Fue al dormitorio y se acostó en su cama. Seguiría el consejo
del padre Benjamín. Y también tomaría otra pastilla. No podía morirse esa noche.
Una vez vivía en mía aldea una niña campesina, la más linda que se había visto. Si su
madre la quería con exceso, su abuela la idolatraba. La buena de la abuela le había hecho una
caperuza encarnada, y le caía tan bien y le daba tanta gracia...
Ahora, a través de aquella puerta, escucha una voz: "¿Cuánto más tengo que
esperar?" Antes de abrirla, percibe un fuerte olor a menta. Al entrar ve una anciana
recostada contra el respaldar de una inmensa cama. En su mano izquierda tiene un
espejo y en la otra un pañuelo con el que se frota la cara, una y otra vez. Ni siquiera alza
la vista cuando ella entra, no la mira, no le dirige la palabra. A ella le resulta un rostro
familiar, pero no recuerda quién es. Hasta que al fin la anciana dice: "No me gustan las
tazas sucias para el día siguiente". Es su abuela. "Seguís mugrienta, por lo que veo", y con el
brazo hace un gesto para que no se acerque: "De acá siento el olor". Ella retrocede. Un
antiguo pánico comienza a invadirla. Entonces ve que su abuela se pasa la mano muy
suavemente por el rostro, y su expresión cambia cuando dice: ¿Te parece que debería
pintarme? Ella mira hacia la ventana. De pronto ha anochecido. Piensa que la niña no va
a regresar, y ella quiere irse de allí: "Ya es tarde, tiene que dormirse". La anciana achica los
ojos con picardía y dice en voz baja: “Aún tiene que venir el lobo"
El lugar está atiborrado de gente. Alguien la empuja. Son dos señoras gordas y
bien vestidas que pasan a su lado. Una de ellas se da vuelta disimuladamente y la mira,
para después susurrar algo al oído de la otra. Ella busca al padre Benjamín, pero no lo
encuentra por ningún lado. Entonces descubre, en el extremo del salón, bajo una enorme
corona de flores, el féretro abierto. Desde allí no alcanza a ver el cuerpo, y se pregunta
quién ha muerto. A un costado, el doctor Finn y su mujer están discutiendo, pero no los
oye, como si de sus bocas no saliese sonido alguno. En fila contra una pared, los cuatro
hermanos Ferraz, que parecen idiotas con la mirada perdida. Alma Babor deambula por
el salón saludando a unos y a otros con una leve inclinación de cabeza. Le resulta
extraño que no lleve hábitos. ¿No se había convertido en monja?
Proviene de un rincón oscuro, junto a la chimenea. Mira fijamente hacia ese lugar.
Es un llanto conocido. Considera que debe saludar a los deudos. Lentamente se acerca
para ver el rostro del que llora. "Era un santo" murmura alguien cerca de ella, y la toman
del brazo. Es Lucía Babor, que con gentileza, pero firmemente, la conduce hacia el cajón
mientras le susurra: "Ahora descansa, pero sufrió mucho". Ella se deja llevar, al tiempo que
mira a su alrededor. ¿Dónde está el padre Benjamín? Descubre a la niña de la casa del
bosque, escabullándose entre la gente. "Parece dormido, pobrecito" le dice ahora Lucía
Babor. Ya está frente al cajón y al bajar la vista no puede reprimir un grito. Entre los
blancos encajes que sobresalen del féretro ve, con la cabeza vuelta hacia arriba, y
extendido de una manera anormal, un enorme cerdo con la boca entreabierta.
Ha salido del pueblo. Hace un frío atroz. Llega a una curva del camino. Sus
piernas no le responden, teme caerse. "Señor dame fuerzas", repite, hasta que encuentra, a
pocos pasos de ella, al padre Benjamín. El padre Benjamín, sentado sobre una piedra, a
la vera del camino, como siempre, con una sonrisa en sus labios. "¡Padre!" exclama, y se
arrodilla a sus pies, agotada, suplicante. Lo toma de las manos: "¡Padre ayúdeme! ¡Estoy
perdida, el Señor me ha abandonado! ¡No sé adonde ir!" La sonrisa del padre Benjamín va
apagándose poco a poco, hasta que la aparta violentamente. Ella cae al suelo. Los ojos
del sacerdote muestran un desprecio que le congela la sangre. Él extiende su brazo en
dirección al pueblo. Entonces escucha, saliendo de la boca del padre Benjamín, la
horrible voz de Rita Tossi que le dice: "¡El infierno es por allá, querida!"
Su grito la despertó.
Podía escuchar su corazón latiendo con fuerza, y pensó que moriría. Se levantó y
encendió todas las luces de la casa. Cruzó la cocina en dirección al patio, abrió la puerta,
y salió a la fría noche. No le importaba. Comenzó a inspirar profundamente, una y otra
vez, tenía que limpiarse, limpiarse... Entonces, al abrir los ojos, se llevó la mano a la boca
y comenzó a retroceder, loca de espanto.
Esa tarde se disponía a salir de su casa para internarse por uno de los sinuosos y
estrechos senderos que trepaban la montaña. El doctor Finn amaba la naturaleza y se
enorgullecía de su capacidad observadora que, según él creía, lo acercaba a los
verdaderos hombres de ciencia. "En un pueblo -decía- donde no existen hospitales y los
instrumentos escasean, un médico sólo cuenta con sus ojos." En sus paseos por el bosque
solía tomar muestras de vegetales, especies que consideraba exóticas, para compararlas'
después con los catálogos de botánica que guardaba en su biblioteca. Por eso los
domingos el doctor Finn gozaba del placer de escapar de las habituales obligaciones a
que lo sometía ser el único médico de Crantock. Y de ser el único marido de la señora
Finn:
-Félix, no quiero que salgas desabrigado. Un médico debe saber que cuando baja
el sol se pone frío y lo malo son los cambios de temperatura. Y eso sucede en dos
minutos, ¿qué digo dos?, en uno, ¡en nada! No cuesta nada abrigarse, y no importa que
ahora haga calor. Justamente, es lo peligroso, uno nunca sabe cuándo viene el cambio, el
clima es así, traicionero...
La señora Finn era una buena y dedicada esposa, con un único defecto: no podía
dejar de hablar. En diez años de matrimonio, el doctor Finn había aprendido a vivir con
su mujer: una parte de su mente, la más superficial, escuchaba y respondía. El resto
permanecía libre para las cosas que le interesaban.
-Llevo la campera, querida. Nos vemos luego -dijo al abrir la puerta, y salió.
A dos cuadras de la plaza, mientras decidía sobre los caminos más convenientes
para seguir su paseo, no reparó en la ventana abierta de aquella casa oculta entre los
árboles, que había permanecido cerrada durante trece años.
La señora Fogerty había muerto hacía poco más de un mes, en la capital, después
de una larga enfermedad. Y ni siquiera en su lecho de muerte confesó la razón por la
que abandonaron el pueblo, aquel día. Aunque le había hecho prometer, una vez más,
que no regresaría a Crantock, nunca.
Pero ella quería ver el lugar donde había vivido con su padre, cuando era niña.
Fue así que decidió, antes de vender la propiedad, desocuparla ella misma.
Nunca la olvidaría.
Juntas habían dicho las oraciones por el alma de su padre, frente a su retrato,
sobre la mesa de luz. Ella imaginaba que en ese mismo momento, como en la foto, él les
sonreía desde, el cielo.
Desde su habitación oía cómo su madre corría las cortinas de las tres ventanas de
la sala: escuchó el sonido de la primera. Luego el de la segunda, y después el grito.
Pasaron unos segundos, hasta que su silueta se recortó bajo el marco de la puerta
de su cuarto. Corrió hacia ella y la abrazó, como si quisiera cubrirla con su cuerpo,
aterrorizada. Temblaba de tal manera que la hacía temblar también a ella. En todos esos
años no había olvidado las únicas palabras de su madre, aquella noche:
"¡Subió al ríelo!"
Desde la planta alta observaba los árboles próximos a la casa, el alto seto de
ligustros que la separaba de la calle, el arce del que aún pendía la hamaca, la pileta de
lavar la ropa, el banco de piedra donde sus padres solían sentarse las noches de verano.
Más allá el tejado de la casa vecina, la torre de la iglesia, el grupo de pinos que se
elevaba desde la plaza... Permaneció un momento observando el paisaje y, una vez más,
se hizo aquella pregunta: "¿Qué vio mi madre en el jardín?"
Mientras tanto, a una cuadra de la plaza, el doctor Finn se preguntaba por una
variedad de hongos que crecía en esa época del año y que, extrañamente, aún no había
aparecido. ¿Qué había sido de aquellas esporas? ¿Por qué no se reprodujeron en el lugar
donde había encontrado aquel maravilloso grupo de hongos violáceos y amarillos, el
año pasado? Pequeñas diferencias de temperatura, repentinos cambios de humedad,
nuevas especies que transformaban la composición química de la tierra... Tantas cosas
podían haber ocurrido para que esas esporas, sencillamente, murieran. Percibía cosas
muy curiosas en los vegetales. Era una pena que en el pueblo no hubiese nadie más
interesado por la botánica. Le hubiera gustado compartir su asombro por aquello que,
hasta donde llegaban sus conocimientos, no tenía explicación. A menudo pensaba en
esto. Porque en Crantock, lo insólito, lo inexplicable, parecía encontrar un lugar
privilegiado. Como hombre de ciencia le resultaba interesante observar la singular
emoción que ejercía lo misterioso en la gente, y al mismo tiempo el rechazo que
provocaba, especialmente en Crantock, cuando eso parecía estar tan cerca. Todos sus
años en Crantock le habían enseñado que no era bueno pertenecer al grupo de los que
perciben cosas extrañas.
El doctor Finn, que miraba el tablero, no percibió que Walter Crane había
desviado fugazmente la vista hacia otro lugar, cuando murmuró:
-Cierto...
-Es inevitable -dijo Crane con su seguridad habitual-. Son las categorías
necesarias para nuestra supervivencia. Seguimos siendo animales, después de todo.
-Ah, en ese punto tengo mis dudas. Los animales son seres simples. Maravillosos,
pero simples. La naturaleza humana, me temo, es mucho más... oscura.
-Oscura... -repitió Crane, algo divertido, mientras movía una pieza-. Qué palabra
más odiosa para un hombre de ciencia.
-No lo sé. Probablemente a un lugar del que no conocemos mucho -el doctor Finn
hizo un silencio, y con una sonrisa agregó-: Si Benjamín estuviese aquí diría que al cielo.
-¡Doctor Finn! ¡Qué alegría verlo! -y sin que le preguntase nada, añadió-: Aquí me
ve, camino a la escuela en domingo! Los chicos han preparado una kermese en beneficio
de la iglesia. ¿Puede creerlo? ¡Y fue idea de ellos! -soltó una exclamación de júbilo-. Es
que nos estamos preparando para el día de la Virgen, a mí me toca llevar estos regalos...
-Qué bien...
-Sí, ¿verdad? Les dije a las señoras que hoy podríamos hacer la feria de platos por
la tarde. Algo nuevo, ¿no? De ese modo la gente podrá llevarse comida para la cena. Va
a ser una verdadera fiesta popular y, ¿sabe qué? He preparado unos juegos distintos esta
vez -bajó un poco la voz, como si le contase un secreto-: ¡que copié de la televisión!
-¡Claro que sí! Bien, debo irme ya porque si no todos se van a preguntar: ¿Y el
padre Benjamín? ¿Y los regalos? -soltó una risa y continuó su camino.
Desde una de las esquinas de la plaza contempló las calles adoquinadas, con sus
casas de piedra y techos de pizarra. Los cuidados jardines, las pintorescas tiendas que se
extendían por la calle principal y, como fondo, el verde profundo de los cerros. Crantock
era, en verdad, un lugar hermoso.
"He visto muchos lugares prostituirse de esa manera", le había dicho una vez
Walter Crane. "Parecen mujeres que alguna vez fueron hermosas, y luego simplemente
viejas pintarrajeadas para complacer a sus visitantes"
Al salir de la plaza tomó por una calle en dirección al Perimontu. A los pocos
metros vio el cartel frente a la casa de la señora Bean: "En venta". Finalmente su
hermano había decidido venderla, perdida ya la esperanza de que alguna vez Francisca
retomara a vivir allí. Los médicos del sanatorio donde estaba recluida no eran optimistas
al respecto.
El doctor Finn se había alejado ya de las últimas casas del pueblo por el camino
que, poco a poco, ascendía- para finalmente adentrarse en el bosque, al pie del
Perimontu.
Con la caminata el calor se tornaba más intenso. Detuvo su marcha para tomar un
trago del agua que llevaba en la cantimplora. La tarde era luminosa. Arriba en el cielo,
apenas unas finas nubes blancas, de bordes incandescentes, eran empujadas de ese
modo casi imperceptible en que lo hace el viento a esas alturas. Observó los campos
arados, con su verde fresco y brillante. A su alrededor los insectos murmuraban y, del
otro lado del camino, sola en el medio de la pradera, una vaca rumiaba bajo los rayos
del sol, indiferente y contenta, mientras se espantaba las moscas con la cola.
Poco después el doctor Finn entraba al bosque dejando afuera la luz del sol, las
nubes, la vaca y los campos arados.
Siguiendo la ruta que se había propuesto, avanzó montaña arriba durante casi
dos horas y, cada tanto, se detenía con la esperanza de encontrar una variedad de
orquídeas parásitas que aún no lograba encontrar en sus libros, Debía prestar mucha
atención. Algunas eran verdes y se confundían con el follaje. Concentrado en sus
observaciones proseguía su camino, cuando de pronto, en un recodo de aquel sendero,
una visión las interrumpió. La hierba allí parecía cambiar de color. La diferencia era
apenas visible, pero no para él. El contraste se producía a partir de una línea que corría a
través del suelo para ocultarse entre la vegetación, que se hacía más estrecha. Lo
sorprendió que nunca antes hubiese reparado en ese fenómeno. Pero era cierto, también,
que nunca se había aventurado tan lejos como esa tarde.
Se arrodilló para observar aquel césped con detenimiento, buscando algún
indicio de lo que provocaba esa transformación. Nada a simple vista. Levantó su mirada
para verificar si alguna sombra, tal vez, engendraba aquella ilusión. Pero arriba todo
lucía limpio y despejado.
El frío aire de la tarde ya penetraba a través de sus ropas. Los últimos rayos de sol
se habían ocultado trasdós árboles y, aunque la luz del día aún no se disipaba, sabía que
las sombras del bosque no tardarían en cubrirlo todo. Era hora de volver.
Después de andar un trecho percibió el murmullo del río que nacía cerca de allí,
con los afluentes que bajaban del Perimontu. Con la marcha, aquel sonido se hacía más
fuerte y claro. Se estaba acercando. Una sola vez había intentado llegar hasta el
nacimiento del río, pero desde mucho antes la vegetación se tornaba tan cerrada, el
terreno tan accidentado, que le resultó imposible seguir avanzando. Sin embargo ahora,
aquel sendero le permitía aproximarse sin mayor dificultad. Por la intensidad que
cobraba el ruido del agua, no se hallaba muy lejos. En eso pensaba cuando de pronto el
bosque se sumió en un silencio absoluto.
¿Qué era?
Permaneció de pie, sin sacar la vista de ese sitio, lamentando no haber llevado su
máquina fotográfica. Seguramente había permanecido oculto bajo la corriente de agua,
que ahí era más profunda. No podía irse sin observar aquello más de cerca. Sin pensarlo
demasiado, se afirmó en algunas raíces de árboles que sobresalían en esa pendiente que
llegaba hasta el río, y comenzó el descenso. Bajar por allí era muy peligroso.
Pero no le importó.
El cuerpo sin vida del doctor Finn fue descubierto por una niña que iba camino
de la escuela, la mañana siguiente. Estaba atascado entre las piedras, debajo de un
puente. Sólo, su rostro permanecía en la superficie, con los ojos abiertos. La niña, antes
de acercarse, creyó ver una máscara que flotaba en el río.
1986
-Es por aquí -dijo uno, señalando con el brazo libre un sendero, innecesariamente,
pues su compañero era ciego.
Después de caminar por las calles de Crantock, como cuando eran niños, Víctor le
pidió a Pablo que lo acompañase al cementerio para visitar la tumba de su madre.
Olivia Reyes había fallecido hacía tres años. Un leve malestar en el estómago, que ella
insistió en tratar con preparados a base de hierbas y hongos que recogía del bosque,
acabó con su vida en dos días. Sin saberlo, ella misma se había envenenado.
"Me dijo que conocía muy bien lo que estaba usando, repetía su marido, aún
incrédulo ante el cadáver de su esposa...
Desde entonces Víctor regresaba a Crantock luego de intervalos cada vez más
prolongados. Tras graduarse en leyes había conseguido ingresar; gracias a una
recomendación de Crane, a un estudio de Buenos Aires y prometía convertirse en un
joven y prestigioso abogado. "El ciego" como lo llamaban sus colegas, demostraba una
singular lucidez para interpretar la ley, especialmente aquellos pasajes donde se tomaba
oscura para los demás, No había abandonado, sin embargo, su antigua pasión por
inventar historias. Gozaba ya de cierta notoriedad escribiendo obras de teatro para niños
no videntes.
A ese recuerdo siempre le seguía el de la ira del señor Crane, al enterarse de las
circunstancias de aquel golpe. Aunque Orson lo juraba, nadie creyó que había sido un
accidente.
Walter Crane había sido uno de los temas de conversación durante la caminata de
esa tarde, cuando Pablo le contó las pocas novedades del pueblo. A propósito de la
reciente incorporación de Peter como secretario, y lo que ya parecía una suerte de
reinado de los Crane en el municipio, le relató un par de anécdotas que reflejaban la
impresionante similitud de carácter entre ambos, a pesar de que no eran de la misma
sangre. Se trataba de una observación ya clásica en Crantock, teniendo en cuenta la
personalidad del verdadero padre de Peter, muerto a causa del alcohol hacía algunos
años. Víctor no dejaba de asombrarse por la insistencia de la gente en explicar el
comportamiento de las personas a partir de la sangre. Y así fue como Pablo propuso el
ejemplo opuesto: el propio sobrino, Orson Crane, con su vida turbia y disipada.
-Se dice que tuvo problemas con la ley -dijo, haciéndose eco de los rumores sobre
una fuerte inclinación al juego, entre otros vicios.
-El año pasado. Primero él, y ella a los pocos meses -y agregó, con curiosidad-.
¿Por qué querés saber a quién enterraron al lado de tu mamá?
-Por nada en especial... Me acuerdo de un cuento que escribí hace unos meses, de
muertos que son vecinos. Vecinos de tumba.
-De unos vecinos que se odiaban. Después de que ambos creyeran que la muerte,
al fin, los libraría de la presencia del otro, tuvieron la mala suerte de que los enterraran
en tumbas contiguas. Y quedan condenados a permanecer juntos, para continuar
odiándose bajo la tierra, cada uno como única compañía del otro, en la eterna
oscuridad...
-"El Infierno".
De pronto Pablo, que ahora miraba el espacio vacío que seguía a la tumba de los
McNair, soltó una risa:
-Espero entonces que ninguno de los Ferraz sea enterrado aquí, junto a los
McNair.
-Hubo una pelea... algo que dio que hablar por unos días en el pueblo.
-¿Una pelea?
-Ellos eran vecinos... Unos meses antes de morir, McNair denunció que los Ferraz
se habían metido en su casa. Decía que los había escuchado en el techo un par de
noches, robándole las tejas.
-Por supuesto que no. La historia viene de antes... Los Ferraz le habían propuesto
comprarle la granja, para cuando McNair ya no pudiera trabajarla. Siempre quisieron
esa propiedad. El viejo McNair lo sabía, y eso no lo dejaba tranquilo. Era un hombre
obsesionado con su granja, de los que mantienen todo ordenado, limpio, como recién
pintado... Los Ferraz, en cambio, nunca fueron gente cuidadosa. Y era la pesadilla de
McNair: que su granja cayera en manos de los Ferraz. Cuando, el comisario fue a
inspeccionar encontró todo en su sitio. Parecía una locura del viejo. Sin embargo la
señora McNair también había oído ruidos en el techo...
-Sí... Al poco tiempo McNair hizo otra denuncia: esta vez los acusaba de haber
cambiado el vidrio de una ventana del galpón, que se había roto al quedar abierta un día
de mucho viento. Como McNair ya no podía levantarse de la cama, el vidrio continuó
así por un tiempo. Una mañana la mujer le dijo que alguien lo había cambiado. Se puso
furioso. Los Ferraz aseguraban que ellos no habían tocado nada. Fueron una tarde,
incluso, para hablar con él y aclarar las cosas. Pero el viejo, como pudo, se levantó de la
cama, abrió la puerta, y a punta de escopeta les dijo qué no los quería ver por ahí nunca
más.
Víctor frunció el ceño, como si le costase creer esto último. Al verlo, Pablo agregó:
-Supongo que son cosas de viejos que han vivido trabajando -Pablo continuó-, y
de pronto se ven postrados en una cama todo el día. Algunos se ponen locos.
-No es raro, a esa edad -afirmó Pablo-. El abuelo de mi esposa, el carpintero, antes
de morir también decía cosas. Le dio por decir que no estaba en su casa, que ésa no era
su casa.
-¿Cómo?
-Quería renovar la pintura de las ventanas, pero enfermó antes. Como el médico
dijo que lo que tenía era fulminante, mi suegro decidió que lo haría él, como para darle
el gusto. El viejo insistía con que era mejor despintar primero. En realidad la pintura
estaba buena, no hacía falta renovar nada, pero se le había puesto esa idea. Y cuando las
vio despintadas, empeoró. Decía que no eran las ventanas que él había fabricado. Que él
las hacía de roble, y ésas eran de otra madera, una madera que no conocía. Después
empezó a ver otras cosas... -Pablo se detuvo, como si no estuviera muy seguro de seguir
hablando-. Se puso cada vez peor.
-¿Creés que también él enloqueció? -preguntó Víctor, dejando ver sus dudas.
-Pablo... ¿No te parece extraño? Ese hombre sabía de maderas, él mismo había
construido esas ventanas.
Pablo giró levemente la cabeza en dirección a las lápidas, que poco a poco
perdían su nitidez, bajo la bruma del atardecer:
-Estaba enfermo.
-A lo mejor fue ella quien cambió el vidrio -se apresuró a decir Pablo, como si
descubriese que aquello tenía sentido-. Las mujeres... hacen cosas ante la muerte del
esposo. La viuda Finn, por ejemplo. Desde que murió el doctor, se ha convertido en una
verdadera especialista en botánica. Tendrías que escucharla...
-Es absurdo que la señora McNair lo hubiese cambiado sin decírselo a nadie -
Víctor negó con la cabeza- McNair pudo estar lo loco que quieras, pero alguien cambió
ese vidrio.
Pablo se puso de pie, dio unos pasos, y se detuvo a pocos metros del banco.
Miraba los bosques, que a esa hora parecían una gran masa oscura trepando la montaña:
-¿Qué querés decir? ¿Que fue el gigante del bosque? -dijo Pablo, tratando de
sonar gracioso, pero Víctor percibió cierta tensión en su voz.
-¿Que un gigante baja todas las noches? -dijo, algo burlón-. Vos me hacías creer
eso, ¿te acordás?
-Yo también -la expresión de Pablo cambió-, y creo que uno nunca sabe qué
ocurre adentro de una cabeza enferma -dijo con firmeza, como si diese por terminada la
discusión.
-Por eso las creía yo también... -dijo Pablo asintiendo con la cabeza, y agregó-: A
mi hijo esos cuentos le fascinan. Cuando sea más grande comprenderá que... -la frase
quedó en el aire, sin terminar.
-¿Que eso no existe? -agregó Víctor, pero a sus palabras les siguió un silencio, y se
dio cuenta de que no debía insistir. En ese momento sentía que algo en Pablo le
recordaba a su padre:
Salieron del cementerio. Se habían alejado unos pasos cuando, de pronto, Pablo
se detuvo, volvió la cabeza en dirección al portón de hierro, regresó, y echando un
rápido vistazo hacia el interior, se aseguró de que el cerrojo estuviese corrido.
Caminaban por el camino cercado de arces que bajaba hacia el pueblo cuando, a
poco de andar, Víctor dijo:
-Alguien viene.
-Buenas tardes.
Hacía ya cinco años que estaba jubilado y, en verdad, pensaba Belvedere, tenía
muy poco para contar de todo su tiempo como comisario de Crantock. Su trabajo había
sido, en realidad, el de un buen vecino dispuesto a auxiliar a quien lo necesitase.
Se sonrió, incluso, cuando el doctor Denis, el médico que sucedió al doctor Finn,
le dijo:
Caminaba casi en la oscuridad, cuando por fin entró al bosque, y la luna salió a
recibirlo con su luz fría.
Fue un segundo, antes de que aquello se elevara delante de sus ojos. En ese
instante, demasiado tarde, reconoció su forma, y no lo pudo soportar.
1994
Ya era noche cerrada cuando Franco, el menor de los hermanos Ferraz, atravesó
la cancela de la granja de los McNair. Esa tarde un vecino le había pedido que revisara
una oveja enferma, y una conversación sobre cierta nerviosidad en los animales, que
varios granjeros de Crantock habían notado algunas noches, hizo que lo sorprendiera el
fin del día.
A lo lejos veía las luces encendidas en su casa y, como siempre, tomó un atajo
cruzando por la granja de los McNair, que desde su muerte permanecía deshabitada.
Los Ferraz aún no lograban que les vendieran esa propiedad. Ahora pertenecía a
un pariente de los McNair que vivía en Escocia, el único heredero. Meses atrás habían
intentado presionarlo con una segunda oferta, advirtiéndole de los riesgos si la casa
permanecía sin cuidados mucho más tiempo. Pero eso no era cierto. Todas las
instalaciones, aunque desiertas y sucias, se conservaban en excelente estado. "Es como si
el viejo aún estuviese por aquí, había dicho asombrado uno de sus hermanos después de
recorrerla, el último verano.
Atravesó el camino de entrada, bajo la espesa bóveda que habían formado las
copas de los fresnos, a los costados. Un suave viento silbando entre el follaje era todo lo
que podía oírse esa noche, hasta que llegó al final del camino, a pocos metros de la casa.
Llovía. En "Los Alerces" hubo una cena de negocios y ella se había quedado para
atender a los invitados y dejar todo en orden para el día siguiente. Era ya tarde cuando
Walter la acompañó en auto hasta su casa. Durante el café se había bebido whisky, y
Walter estaba relajado y de buen humor. Algo en la voz, y cierto brillo en la mirada lo
hacían parecer diferente cuando detuvo el auto y sus ojos se posaron en ella un
momento, antes de hacerle esa pregunta:
Los breves instantes que demoró en cruzar el jardín y abrir la puerta de su casa
fueron suficientes para comprender. Ama. Todos esos años Walter Crane había estado
enamorado de Ama, su hermana.
Lo que había soñado y esperado en silencio desde que lo vio por primera vez en
la iglesia, cuando ella era una niña, se deshizo con aquella pregunta. De pronto se
explicaba la soltería de Walter, sus silencios, y por qué a veces la miraba de esa manera.
El destino era curioso. Lo único que quedaba desde entonces era la tristeza de
saber que los tres habían transitado sus vidas en soledad.
Hacía poco más de un año había recibido una carta de su hermana en la que le
avisaba que un problema de salud la obligaba a dejar sus funciones en el convento.
Había pedido a la superiora de la congregación que le permitiese volver a Crantock para
desarrollar tareas en la iglesia del pueblo que guardaba los restos de su hijo.
Caminaba por el centro del pueblo cuando divisó la casa de la señora Finn, y su
jardín. Desde que su marido había muerto, ese pedazo de tierra era su obsesión y su
consuelo. Era en verdad un jardín magnífico. Y allí estaba la señora Finn. A verla, Lucía
resopló con disimulo. Ahora tendría que detenerse unos instantes, y escucharla.
Tratándose de la señora Finn, eso podía tomar un tiempo.
-Este jardín continúa siendo una maravilla -dijo Lucía a modo de saludo, pero la
señora Finn pareció no escuchar el comentario:
-¿Ves estas flores? -dijo, señalando algo desconcertada una mata de flores
amarillas-. Yo no las planté. ¡Han salido solas!
-Oh...
-Bueno, a veces las semillas vuelan y una nunca sabe adonde van a ir a parar... -se
alzó de hombros-. La naturaleza es así.
-Ah...
-La busqué en los libros de Félix -la señora Finn frunció el ceño, intrigada-. Es
muy extraño, porque no es una especie silvestre y...
En "Los Alerces" Walter Crane abrió los ojos y miró el reloj. Eran las ocho de la
mañana. No era su costumbre dormir mucho, pues permanecía en su estudio hasta altas
horas de la madrugada, pero en los últimos tiempos notaba que sus horas de sueño se
acortaban cada vez más. Bajó de la cama y, como todos los días, se detuvo frente al
ventanal para contemplar el pueblo, allá abajo. Se encaminó hacia el baño, y cuando
estaba a punto de tomar su ducha matinal, lo sorprendió aquel dolor en el brazo
izquierdo, un dolor agudo, que cada vez se hacía más intenso. "Un infarto", pensó.
Hacía treinta años su padre había muerto de un infarto, una mañana. Tratando de
mantener la calma se dirigió hacia la puerta de la habitación. Entonces sintió como si
algo dentro de él se partiese en dos, y allí mismo se desplomó.
-¡Oh, mi hijo...!
-Lo que tiene que hacer es tener otro hijo. Pero cuídelo, y si no tráigalo para que
yo lo cure. Ahora hay que arreglar el asunto del velorio.
-Gracias lo mismo, doctora.
-Muy bien.
Las dos niñas taparon la caja de zapatos con el ti muñeco adentro y comenzaban a
disponer las flores alrededor cuando se escucho el auto que estacionaba frente al
jardín de la casa.
-¡Papá!
La hija del doctor Denis corrió a los brazos de su padre. Cecilia tenía seis años y
todos los días jugaba a 1 la "Doctora Denis" con su amiga Julia, a veces paciente, a veces
enfermera.
-¿Pasa algo?
Esa mañana temprano, dos de los hermanos Ferraz los habían despertado para
que el doctor fuese . 1 su granja.
-¿Estás seguro...?
-En realidad... no lo sé. Puedo repetir lo que dicen los hermanos, y el mismo
Franco, pero...
-Franco dice que anoche cruzó por la granja de los McNair, y cuando pasaba
frente a la casa, oyó que la puerta se abría. Estaba muy oscuro, a esa hora, y no podía
ver... Preguntó quién estaba ahí, pero nadie contestó. Entonces, según él, escuchó como
si alguien forcejeara con la puerta, ruidos en el marco, de algo pesado, que se movía, y
después... nada.
-Al principio creyó que estaban robando, aunque / no entendía cómo, en esa
oscuridad... Pensó en un animal, también, pero no había oído pasos... de ninguna '
especie. Se quedó ahí, atento a cualquier otro ruido... Lo único que llevaba encima era su
navaja, y un encendedor. Como no escuchaba más nada, decidió acercarse.
-¿En la oscuridad?
En ese momento la señora Denis recordó algo sobre las intenciones de los Ferraz
en comprar esa granja.
Dio un salto hacia atrás y empezó a gritar, hasta que escuchó que la puerta se
cerraba de un golpe.
-Qué extraño...
-Eso no es todo. Esta mañana, antes de venir aquí, los hermanos fueron a la granja
de los McNair Todo parecía en su sitio, salvo la ventana que Franco §§ había forzado,
como dijo, para salir de la casa. Por allí miraron hacia el interior: no faltaba nada:
Tampoco en el suelo encontraron otras huellas que las de su hermano. Sin embargo,
cuando subieron las escaleras de la entrada y llegaron a la puerta...
-¿Había desaparecido?
-No, estaba ahí, en el mismo lugar de siempre, solo que... no parecía la misma.
Dicen que se veía como si alguien la hubiese pintado o... fuese otra puerta. Una puerta
nueva.
Ella permaneció en silencio, con los ojos muy abiertos. La ventana abierta dejaba
entrar el murmullo de las niñas jugando.
-Yo no creo en ese tipo de cosas, lo que se escucha en Crantock, sin embargo...
¿pensás que...?
-Alma Babor me contó algo, hace unos días, en la iglesia... Vos conocés a todas las
personas de Crantock, ¿verdad?
Ella lo miró:
Lucía apareció por el final del corredor, y al verlo tirado en el piso gritó:
-¡Walter!
-Llamá al médico... pero antes, debés avisarle a Peter. Que venga... ahora.
Lucía bajó las escaleras corriendo. Lo más importante era llamar al médico. Marcó
el número y esperó: -¿Doctor Denis?
-Sí señor.
-Lo sé.
Aún la perturbaba lo que había visto semanas atrás, durante aquel paseo por la
montaña.
Esa tarde le había llevado unos remedios a la viuda del comisario Belvedere, que
desde la muerte de su marido ya casi no se levantaba de la cama.
Después de la visita decidió dar un paseo. Tenía el resto de la tarde libre, y nunca
había subido por los senderos de aquella montaña, a la que se llegaba por esa misma
calle, después de atravesar las granjas de los McNair y los Ferraz. A pesar de haber
nacido en Crantock, pensó mientras caminaba, muchas regiones del valle le eran
desconocidas.
Veía la cinta blanca del camino perdiéndose entre los campos que a esa hora
parecían de terciopelo verde y, aquí y allá, una columna de humo azulado que se
elevaba de alguna granja. El camino llegó a su fin, y se adentró en el bosque.
Fue a poco de subir, mientras recogía flores silvestres, que lo vio, en el tronco de
aquel árbol.
El mismo corazón, con uno de sus lados deforme, y los nombres grabados
adentro: Ama y Juan.
-Aun así, ese árbol no puede estar allí. ¿Sabe?, nunca olvidé esa tarde. Recuerdo
muy bien que vimos el atardecer, al bajar de la montaña. Estábamos en el lado este de
Crantock. ¿Lo entiende? El sol se pone por el occidente.
-¿Entonces...?
El día amaneció con gruesas nubes en el cielo, pero a media mañana el sol salió con todas
sus fuerzas, después de una lluvia que había durado más de cinco días. Las casas abrieron sus
ventanas para recibir el aire cálido después de tantos días de encierro, y en el pueblo se respiraba
un ambiente ligeramente festivo. Una suave brisa corría desde el norte, y las hojas de los árboles,
limpias y brillantes, danzaban a todo lo largo de la avenida principal.
En "Los Alerces" Lucía depositó la bandeja con los restos del desayuno del señor
Crane sobre la mesada de la cocina. Apenas si había bebido un sorbo de té y
mordisqueado una tostada. Eso era una mala señal. Hacía ya casi un mes que Walter
había vuelto de la clínica y a pesar de que el doctor Denis había dicho que la evolución
sería lenta, ella no percibía signos de que estuviese recuperándose, no como ella
esperaba. Y no podía liberarse de la sensación de que Walter estaba preparando todo
con la idea de que muy pronto moriría. Pero más que las largas charlas con Pe- ter, a
puertas cerradas, ninguna otra cosa la atemorizó más que el rostro del Padre Benjamín
la tarde anterior, al salir de la habitación de Walter. ¿Fue una despedida? ¿Para eso
Walter lo había hecho venir a "Los Alerces", para despedirse? La angustia la invadía.
Trataba de ahuyentarla ocupándose de la casa de una manera casi obsesiva, pero seguía
ahí, acechándola cada minuto.
11.30 h
Las veredas estaban colmadas de gente. Las pequeñas tiendas habían levantado sus toldos
y las señoras se detenían a conversar ' en la plaza o frente a los negocios disfrutando del sol
estival. Desde una de las ventanas del municipio Peter observaba cómo los jardineros cortaban el
césped. Ése era un día de mucho trabajo para ellos, después de tantos días de lluvia.
A esa hora Lucía había terminado de limpiar la sala y la biblioteca. La casa estaba
en silencio y todo se encontraba en orden. Se dirigió a la cocina, abrió la puerta de
vidrio, y se sentó en uno de los bancos que miraba al parque.
"Todos, tarde o temprano, vamos a morir", fue lo único que dijo Ama, con su tono
suave y resignado, cuando ella le confesó sus temores por la salud del señor Crane. A
veces sentía el impulso de contarle todo, decirle que ella era la única mujer que Walter
había querido en su vida, romper el silencio de todos esos años, pero prefirió no
contestar. Le pidió en cambio que lo visitara esa tarde. Era lo menos qué ella podía hacer
por Walter. Desde el regreso de Ama él no la había visto. A menos lo haría antes de irse
de este mundo.
13.45 h
En las calles del pueblo, ya más silenciosas, grupos de niños jugaban al escondite y a la
pelota. En un momento se volvieron para observar el pequeño auto deportivo que avanzaba
ruidosamente por la avenida.
14.00 h
Después de retirar el servicio de la habitación del señor Crane y lavar los platos
del almuerzo, Ludía se sirvió café y se sentó a la mesa de la cocina. A través de la puerta
de vidrio abierta veía el jardín bañado por la intensa luz del sol.
Lucía frunció el ceño. No esperaban a nadie a esa hora. Dejó la taza de café al lado
de la pileta, se quitó el delantal, y fue a atender A abrir la puerta, apareció ante ella un
hombre joven vestido con un traje claro de verano. En su mano llevaba una maleta. Su
rostro le resultaba algo familiar, ese hombre era...
-¿Orson?
-Buenas tardes.
El hombre entró a la casa. Pasó junto a ella con paso decidido y se detuvo en el
centro de la sala echando un vistazo alrededor. Era Orson Crane, el sobrino de Walter.
Aún conservaba la misma expresión altiva, algo desdeñosa, que le conoció cuando era
un niño:
Lucía miró la maleta que Orson había dejado al lado del sillón, pero no supo qué
hacer. Ella únicamente recibía órdenes de Walter, o de Peter. Y la presencia de Orson no
era bienvenida. Entonces le oyó decir:
16.0 h
En los bosques la calma era absoluta. La luz del día apenas penetraba por el follaje en
haces que, sobre aquel fondo oscuro, hacían resaltar los claros de hierba verde y fresca haciéndolos
parecer pequeños escenarios para los insectos y las gotas de agua que aún permanecían sobre los
pastos.
-¡Tío...!
-¡Me alegro tanto de verte...! Me dijeron que te estás recuperando. Fue nada más
que un susto, ¿verdad?
-¿Qué hacés acá, Orson? -la voz del señor Crane, aunque débil y seca, era dura.
-Me enteré de que estabas enfermo y... bueno, pensé que debía estar aquí. Somos
la única familia, ¿no?
-Por favor -él señor Crane levantó apenas una mano-, no me interesa escucharte.
-Pero tío...
El anciano continuó como si no lo hubiera escuchado:
-Te voy a decir algo. He dedicado mi vida a Crantock. Éste es el pueblo que fundó
mi padre y los Crane somos lo que somos por Crantock, y no voy a dejar que un imbécil
que no hizo nada con su vida lo eche todo a perder. Es inútil que hayas venido. No estás
en el testamento. Lo que queda de mi fortuna es de Crantock, y no podés hacer nada al
respecto, Orson. Ya dejé indicaciones. Peter se hará cargo de todo.
16.30 h
Rita Tossi se sentó en el pequeño y confortable sillón que había dispuesto para ella, al lado
de la ventana, m la peluquería que ahora atendía su hija. Un ataque le había dejado paralizada la
mitad del cuerpo, hacía unos años, pero con el tiempo había logrado recuperar parte de su
motricidad. Y el habla por completo. Normalmente aparecía en el salón pasadas las cinco, pero esa
tarde estaba particularmente intrigada con el auto que había visto pasar después del mediodía:
—Parecía uno de esos autos modernos. No me extrañaría que sea el sobrino de Crane.
Estuve pensando en eso estos días... Con Crane enfermó esa sanguijuela debe estar preparándose
para la herencia.
—Las herencias suelen ser algo complicado —comenzó a decir la señora Finn, que se
estaba atendiendo en ese momento-. El abuelo de mi madre...
-Ahora vamos a ver qué pasa —la interrumpió la señora Tossi-. Conociendo a Walter
Crane no creo que las cosas le resulten tan fáciles...
Orson se hallaba en la biblioteca. Se pasaba los dedos por el pelo, como siempre
que se sentía desesperado. Sus manos temblaban. Se sirvió un whisky y se lo tomó de un
trago. Desde chico contaba con esa fortuna. Había crecido con la idea de que no
sobrepasaría los treinta años sin ser millonario. Él era Orson Crane, el heredero natural
de Walter Crane. Ya tenía deudas a cuenta de la herencia. Y acababa de enterarse de que
no obtendría nada. Volvió a llenar su vaso y lo bebió. Y después otro.
16.45 h
El sol bañaba las verdes laderas de los cerros y aquella luz dorada teñía todo el valle de un
leve color bronce y anaranjado.
En los campos arados podían verse pequeños tractores que surcaban la tierra mientras los
pájaros revoloteaban por detrás, remontándose en espiral y descendiendo para buscar alimento en
la huella recién removida.
-En la biblioteca.
-Tengo que salir, pero antes voy a subir para ver si todo está bien -hizo una
pausa-. Lucía, por favor: no lo pierdas de vista. Hay cosas de valor en la casa y... no me
gustaría que ande solo por ahí.
Lucía asintió. Había escuchado muchos comentarios sobre Orson y sus líos con la
policía. En ese momento se percató de que la puerta de la biblioteca, que hacía unos
momentos estaba cerrada, se hallaba apenas abierta. Se dirigió a la cocina
preguntándose si aquel hombre habría escuchado a Peter.
17.0 h
Lentamente el pueblo retomaba su ritmo y ya podían verse autos y bicicletas por las calles
y por los caminos que conducían a las granjas. Los negocios comenzaban a abrir sus puertas, y
algunos sacaban sus reposeras y sillones a los jardines para gozar de aquella tarde de verano.
Alma se aprestaba a salir a esa hora rumbo a "Los Alerces". No lo consideraba necesario,
ni siquiera oportuno, dadas las circunstancias, pero su hermana había insistido en que visitara al
señor Crane esa misma tarde.
Cuando Peter bajó las escaleras encontró a Orson sentado en uno de los sillones
de la sala. Orson se incorporó casi de un salto y salió al encuentro de Peter con gesto
desafiante:
17.15 h
El temor a perder el control de las cosas se había exacerbado en los últimos días.
Aunque no lo demostrase, se sentía intensamente angustiado. ¿Cómo podría con todo él
solo, si su padre se moría?
-Supongo que ya está al tanto de que mi tío me pidió que pase la noche aquí -dijo
Orson con una ligera sonrisa autoritaria-, ¿Tendré que esperar mucho más para que me
muestre mi habitación?
El sobrino del señor Crane recorrió la habitación con la mirada, levantando una
ceja, como si el lugar no fuese gran cosa:
Apenas se cerró la puerta Orson tomó la maleta y la puso sobre la cama. La abrió
y comenzó a buscar algo debajo de las ropas.
"Hay cosas de valor en la casa". Aquella frase de Peter al pie de la escalera resonaba
en su cabeza. "No me voy a ir de aquí con las manos vacías", pensó. Entonces sacó las
ganzúas. No tenía tiempo que perder. Orson recordaba que el estudio de su tío, donde
sólo él podía entrar, se hallaba en los altos de la casa. Lo que fuera de valor en esa casa
estaría allí. Era cuestión de esperar el momento.
-Alma...
17.30 h
A esa hora la señora Denis realizaba su caminata diaria. Le gustaba escuchar las risas y el
rumor de las conversaciones resonando al aire libre. En la plaza, el césped recién cortado despedía
un leve aroma fresco y exquisito. El aroma del verano.
Cuando llegó a una de las esquinas se detuvo a mirar aquella escena; las casas de piedra y
el sol bañando de luz los tejados y los cerros, que explotaban de verde antes de alzarse hacia las
alturas, siempre blancas.
-No, no es oportuno...
-Walter...
17.45 h
Lo primero que apareció ante su vista fue lo que parecía una colección de
pequeñas pinzas, algunas tan finas como agujas, de formas extrañas. Estaban ordenadas
sobre un carrito, como el instrumental de un cirujano. Avanzó. Esperaba encontrar
cualquier cosa, menos lo que veía: una curiosa mesa de proporciones enormes sostenía,
en uno de sus extremos, un gran montículo de tierra que se alzaba en medio del recinto.
Los rayos de sol penetraban oblicuos a través de los ventanales iluminando ese inmenso
cuerpo cuya sombra acababa recortándose sobre la pared. Veía también, como hijos
menores de ese mayor, otros montículos, más pequeños, dispuestos sobre los bordes de
aquella mesada formando un gran círculo. Desde el techo, un complejo sistema de rieles
sostenía un grueso vidrio suspendido sobre aquel espacio, que aún se hallaba fuera de
su vista. Como si algo en su interior le indicase prudencia, se acercó lentamente a los
promontorios de tierra. Más allá, los ventanales mostraban el valle de Crantock bajo la
luz de la tarde. ¿Qué eran aquellas montañas? Eso eran. "Tienen esa forma", pensaba,
cuando finalmente se asomó sobre aquel círculo y lo que vio le quitó el aliento. Por unos
segundos permaneció allí, de pie, atontado por aquella maravilla. Y no le hizo falta
mirar el paisaje a través de las ventanas para darse cuenta de que se encontraba ante una
réplica, increíble y perfecta, de todo el valle de Crantock, con las montañas que
rodeaban d pueblo y d Perimontu, d gran cerro, en uno de los extremos. Y en d centro,
el pueblo. Podía ver claramente todas y cada una de las calles de Crantock, la iglesia, las
casas, las granjas con sus sembradíos, los bosques espesos, y el río y sus puentes,
corriendo por ese acueducto que atravesaba el pueblo y desaparecía entre la vegetación.
Lo ponía en movimiento una pequeña bomba de agua, en el mismo nacimiento del río,
que brotaba desde la base del Perimontu. Aquel vidrio que pendía sobre la maqueta no
era otra cosa que un poderoso lente de aumento, al que los rieles le permitían deslizarse
en el aire. Lo bajó, y lo ajustó sobre algún punto del pueblo, al azar. Ahora veía un
jardín, y dentro de ese jardín cada una de sus piedras, el césped brillante, los macizos de
flores dispuestos alrededor del sendero que conducía a la vereda, el pequeño buzón en
la entrada. Atravesando toda la imagen del lente, los cables del tendido eléctrico se
mostraban nítidos, fijo cada cable al poste, bajo una pequeña campana amarilla, que
enseñaba la diminuta conexión. Aquella miniatura se veía tan real, tan asombrosamente
precisa, que no le hubiera sorprendido que por esos cables corriera electricidad.
Tomás Muro se hallaba en la puerta de su negocio. En ese momento pensaba que cerraría
más temprano esa tarde para ir a cortarse el pelo, cuando vio que el poste de luz, frente a la casa
de la esquina, se desplomaba en medio de la calle. ¿Qué había pasado?
17.50 h
—Benjamín, voy a morir muy pronto -le había dicho. Su voz sonaba extraña.
—Es mi cuerpo y me doy cuenta —lo interrumpió—. Por eso te llamé. Como sacerdote.
Una expresión de sorpresa se dibujó en el rostro del sacerdote. Walter Crane, después de
un breve silencio, dijo:
Los ojos del sacerdote comenzaron a recorrer los distintos objetos del cuarto, como si allí
pudiera encontrar alguna explicación para lo que acababa de escuchar.
Como de una película vista mucho tiempo antes, aquellas imágenes cruzaron la mente del
padre Benjamín. El rostro de Juan Vega, sus gestos violentos, la cabaña en cenizas, las palabras
del comisario: "Un lamentable accidente..." una cena en casa del señor Crane, esa misma noche...
—Pero... ¿cómo?
17.53 h
En ese momento Orson entendió para qué servían las pinzas. Atrajo el carrito
hacia la mesa, tomó una, y ajustó el lente en el centro del pueblo. Con una nitidez
abrumadora aparecieron los ornamentos de la iglesia; las molduras, los relieves, la
pequeña cúpula con la cruz de bronce en el vértice y los apóstoles, a cada lado, con sus
rostros de piedra mirando al vacío. A través del lente vio cómo aquel instrumento que
ahora veía enorme, como pinzas de una grúa, se acercaba hacia una de las figuras.
En los techos de la iglesia, la cabeza de San Pablo Apóstol giró hacia la izquierda para
desprenderse del cuerpo de piedra al que estaba unida y se elevó hasta perderse por los aires.
Apoyó la cabeza de aquella estatua en la mano. A simple vista era casi invisible,
apenas un grano de arena. Volvió al lente, y mientras lo hacía correr seguía observando,
aún sin salir de su asombro, la increíble exactitud con que ese modelo reproducía todos
y cada uno de los objetos del pueblo. La idea le hizo echar la cabeza hacia atrás. Por un
momento tuvo la impresión de que si continuaba observando aparecería alguno de sus
habitantes moviéndose allí mismo.
17.55 h
Peter observaba cómo paseaban los vecinos por la calle y por la plaza. Se había asomado a
la ventana de su despacho; necesitaba tomar aire fresco mientras consideraba si debía volver a la
casa. La llegada de Orson era una mala noticia. "No te preocupes, nosotros vamos a estar bien. Es
necesario que vuelvas al trabajo. Ahora, más que nunca, ése es tu lugar", le había dicho su padre
hacia un momento. A Peter se le limaron los ojos de lágrimas
"Éste es el lugar", fueron las palabras de Walter Grane aquella tarde, antes de abrir la
puerta de la única habitación de la casa a la que no le estaba permitido mirar. Hasta ese día.
Peter acababa de cumplir dieciséis años, y habían regresado de una larga caminata por el
bosque. Por primera vez su padre le relató los orígenes de Crantock, de cuando Jeremías Grane y
aquel pequeño grupo de escoceses atravesaron el océano m busca de un futuro nuevo, la larga
travesía a lo largo del país hasta llegar a ese insólito valle donde decidieron establecerse, a pesar de
los crudos inviernos de los que también huían.
Lo recorrieron durante vanos días para observar el comportamiento de la luz, los vientos,
y la calidad de la tierra en aquel paisaje, y fijar así el lugar más conveniente para levantar el
pueblo.
Un día Jeremías Crane se alejó del grupo para explorar con detenimiento los distintos
puntos de la región, como era su costumbre. El sol aún no se había escondido tras las montañas
cuando se sentó a descansar en el sitio donde después, supo esa misma tarde, construiría su casa.
Tal vez como un resabio de sus interrumpidos estudios de arquitectura, o por su ansia de fundar
el pueblo que se llamaría Crantock, solía dibujar, donde estuviese, pequeños mapas, esbozos de sus
calles, de sus casas, de cómo lo imaginaba. Esa tarde, cuando apoyó su navaja en el suelo, y al
tiempo que trazaba la primera línea, aquel sonido lo distrajo. Alzó la vista y vio, a cierta
distancia, más abajo en el valle, que un gran surco, con la forma de su dibujo, se había abierto en
la tierra. Con la mirada fija en aquel punto consideró, con toda la serenidad de la que era capaz,
que estaba alucinando.
Permaneció allí hasta que la noche ya no le permitió ver. Con la poderosa sensación de que
algo le había sido revelado, ensayó los primeros movimientos de lo que sería la razón de su vida.
En los días sucesivos demarcó aquel espacio mágico. No ocupaba más que unos pocos metros y
abreviaba el valle en su totalidad. Era ése el lugar. Tal vez el único en el mundo. Y d, Jeremías
Crane, estaba ahí.
"Si hay algo de valor debe estar aquí. Por algo el viejo lo tiene cerrado siempre
bajo llave", pensó Orson, mientras se alejaba de la maqueta y recorría el lugar en busca
de algo similar a una caja fuerte. Pero ese lugar se parecía, sobre todo, a un taller. Sobre
las paredes llenas de estanterías había herramientas de diferentes formas y tamaños,
potes de pintura, cajitas cerradas que, imaginó, contendrían otros objetos. Dentro de
vitrinas, exhibidas como una pequeña colección de juguetes, veía una cantidad infinita
de miniaturas, al parecer clasificadas por especies, árboles, arbustos y flores de
diferentes tamaños. En un rincón, cerca de la puerta, divisó un pequeño escritorio, con
algunos papeles encima. Los revisó. Parecían cálculos, medidas, bosquejos, y algunas
notas manuscritas. Tomó una, y la leyó:
Peter:
Esta noche decidí trasladar más robles, tres para ser exacto, al lado oeste. Pensé que tal vez
había demasiados en esa parte del bosque y era hora de mitigar el desastre que produjeron los
Ferraz cuando decidieron utilizar esa parcela para pastoreo. Quisiera que inspecciones la zona
cerca del mediodía y te asegures de que todo esté en orden.
Olvidé decirte que el tejado de la señora Gaye se ha decolorado bastante. Tal vez sea
momento de cambiarlo. ¿Lo podrías ver?
Tomás Muro este año ha decidido, por alguna estúpida razón, sembrar berenjenas en
lugar de frutillas. No pude convencerlo de lo contrario. No talemos semillas de berenjenas.
Dejaremos esa parcela limpia. Que la naturaleza lo ayude.
Por favor: no olvides controlar la bomba del río. Me preocupa que pueda suceder lo mismo
que en el 77. De todos modos pienso que será mejor, para la próxima gran nevada, cambiar todo el
sistema.
No permitas que Lucía vuelva caminando a su casa. Está haciendo mucho frío. No
importa cuánto insista.
Tu padre
18.0 h
-A menos vas a ver lo que hago con tu juguete... Estiró un brazo y tomó el
telescopio. Lo empuñó con sus dos manos, se acercó a la maqueta, y con los ojos
brillantes de furia, lo alzó por encima de su hombro, como si fuera un garrote.
Agradecimientos:
A Liliana Macchione, Fernando Cittadini, Lilia Lardone, María Teresa Aridruetto,
Ana Simonetti, Perla Suez, Antonio Santa Ana, Patricia Bargero, Miguel Sánchez y
Jacqueline Vadori, a todos, por su apoyo y generosidad.