Extraído del libro Momo de Michael Engle
“Se podía pensar que Momo había tenido mucha suerte
al haber encontrado gente tan amable, y la propia Momo
lo pensaba así. Pero también la gente se dio pronto
cuenta de que había tenido mucha suerte. Necesitaban a
Momo, y se preguntaban cómo habían podido pasar sin
ella antes. Y cuanto más tiempo se quedaba con ellos la
niña, tanto más imprescindible se hacía, tan
imprescindible que todos temían que algún día pudiera
marcharse. De ahí viene que Momo tuviera muchas
visitas. Casi siempre se veía a alguien sentado con ella,
que le hablaba solícitamente. Y el que la necesitaba y no
podía ir, la mandaba buscar. Y a quien todavía no se había
dado cuenta de que la necesitaba, le decían los demás: —
¡Vete con Momo! Estas palabras se convirtieron en una
frase hecha entre la gente de las cercanías. Igual que se
dice: “¡Buena suerte!”, o “¡Que aproveche!”, o “¡Y qué sé
yo!”, se decía, en toda clase de ocasiones: “¡Vete con
Momo!”. Pero, ¿por qué? ¿Es que Momo era tan
increíblemente lista que tenía un buen consejo para
cualquiera? ¿Encontraba siempre las palabras apropiadas
cuando alguien necesitaba consuelo? ¿Sabía hacer juicios
sabios y justos? No; Momo, como cualquier otro niño, no
sabía hacer nada de todo eso. Entonces, ¿es que Momo
sabía algo que ponía a la gente de buen humor? ¿Sabía
cantar muy bien? ¿O sabía tocar un instrumento? ¿O es
que —ya que vivía en una especie de circo— sabía bailar
o hacer acrobacias? No, tampoco era eso. ¿Acaso sabía
magia? ¿Conocía algún encantamiento con el que se
pudiera ahuyentar todas las miserias y preocupaciones?
¿Sabía leer en las líneas de la mano o predecir el futuro
de cualquier otro modo? Nada de eso. Lo que la pequeña
Momo sabía hacer como nadie era escuchar. Eso no es
nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe
escuchar. Pues eso es un error. Muy pocas personas saben
escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar
Momo era única
Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta
se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No
porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a
pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y
escuchaba con toda su atención y toda Empatía. Mientras
tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro
en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían
pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en
él.
Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja o
indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que
quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y
valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían
confiados y alegres.
Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y
que era insignificante y que él mismo no era más que uno
entre millones, y que no importaba nada y que se podía
sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y
le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba
claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como
era sólo había uno entre todos los hombres y que, por
eso, era importante a su manera, para el mundo.
Momo, Michael Ende