LEYENDAS MEXICANAS
EDUCADOR ESCOLAR: VICTOR NICOLAS
CHAN VARGUEZ.
ESTUDIANTE: JESUS ANGEL CETINA HOY
AUTORE DE LEYNDAS
EL CHARRO NEGRO ALBERTO
RODRIGUES
EL MONTE DE LAS
ANIMAS GUSTOVO ADOLFO
LA PLANCHADA ANTONIO DEL
VALLE
EL POPOCATEPETL
Y EL JOSE SANTOS CHOCANO
IZTACCIHUATL
LUCIANO LOPEZ NEGRETE
LA MONJA DE LA
CATEDRALDE
DURANGO
LA MANO PELUDA MARIO CORDOVA
EL NAHUAL OTHON MANUEL JOS
EL CALLEJON DEL RAQUEL OTHEGUY RIVON
BESO
LA VENGANZA DE
LA HECHICERA RICHARD GARRIOT
LA LLORONA
FRAY BERNARDINO DE
SAHAGUN
ELEGI LAS LEYENDAS MEXICANAS PARA REALIZAR
MI ANTOLOGIA POR QUE LAS LEYENDAS
MEXICANAS SON INTERESANTES LOS AUTORES LAS
REDACTARON A SU EPOCA DONDE LAS
ESCRIVIERON SU FECHA EN LAS QUE FUERON
PUBLICADAS VAN DE 1930 A 1992 ESTAS LEYENDAS
LOS AUTORE LAS HICIERON TOMANDO LAS
CARACTERISTICAS DE LAS COMUNIDADES Y DE LO
QUE LAS PERSONAS DE ESAS COMUNIDADES
CONTABAN SOBRE LAS COSAS QUE OCURRIAN LOS
AUTORES AL ESTAR FACINADOS CON LAS
CREENCIAS DE LO QUE LAS PERSONAS DECIAN
EMPIEZAN A REDACTAR LASLEYENDAS
HACIENDOLAS SITUADAS EN AQUELLA EPOCA Y
ENAQUEL AMBIENTE SOCIAL LOS AUTORE
HICIERON LAS LEYENDAS PARA DAR A CONOCER
LO QUE PASABA EN DICHAS COMUNIDADES Y LO
QUE FUE DE ESA HISTORIA POR ESO DECIDI LAS
LEYENDAS MEXICANAS POR QUE SON MUY
INTERESANTES LOS SENTIMIENTOS QUE EXPRESAN
SON MUY DIRECTOS Y LOS TEMAS QUE UTILIZAN
LOS HACEN MUCHO MAS LLAMATIVOS E
INTERESANTES AL LECTOR Y A LAS PEROSNAS POR
ESO PIENSO QUE LAS LEYENDAS MEXICANAS SERIA
UNA MUY BUENA OBCION PARA REALIZAR MI
ANTOLOGIA PARA QUE YO IGUAL DE ACONOCER LO
QUE SON LAS LEYENDAS MEXICANAS QUE LAS
HACEN INTERESANTES Y LOS SENTIMIENTOS QUE
EXPRESAN AL LEERLAS Y SABER DE QUE TRATA
ESA HISTORIA OCURRIDA HACE MUCHO TIEMPO
ATRÁS.
Tabla de contenido
EL CHARRO NEGRO
EL MONTE DE LAS ANIMAS
LA PLANCHADA
EL POPOCATEPETL Y EL IZTACCIHUATL
LA MONJA DE LA CATEDRALDE DURANGO
LA MANO PELUDA
EL NAHUAL
EL CALLEJON DEL BESO
LA VENGANZA DE LA HECHIZER
LA LLORONA
EL CHARRO NEGRO
El Charro Negro nació en una familia muy
humilde, algo que nunca aceptó, y aunque siempre
tenía las manos llenas de tierra por su trabajo,
nunca logró las riquezas que tanto deseaba. Incluso
a veces, prefería quedarse sin comer para juntar unos
pesos y poder comprarse un buen sombrero.
Al morir sus padres, su pobreza aumentó, pero su
ambición creció más, por lo que en su desesperación
invocó al diablo para pedirle fortuna.
Por supuesto que la petición fue aceptada, dando a
cambio su propia alma.
Después de eso, el Charro Negro gozó de sus riquezas,
obteniendo vinos, mujeres y apostando sin traerle
remordimiento alguno.
Aprovechó el dinero para comprarse finos trajes que lo
hacían ver respetable y resaltaba su galanura.
Claro que todo esto le trajo felicidad por un tiempo, pero
no pasó mucho para que comenzara a sentirse solo.
La gente ya lo buscaba solo por conveniencia, sin tener
un afecto real hacia él.
1
Hasta que un día, llegó el momento de saldar cuentas con
el ente maligno, quién ya quería el alma del Charro
Negro.
Por supuesto que intentó esconderse y escapar, pero nada
de eso logró que el pacto se deshiciera.
Con su actitud solo consiguió enojar al ser maligno que
lo perseguía.
Tanto fue su enojo que convirtió al Charro Negro en el
cobrador de sus deudas.
Fue desde entonces que se le comenzó a ver deambular
muy flaco y montando a su caballo, quien también fue
condenado por la lealtad que le tenía al Charro Negro.
Desde entonces, vaga por las calles solitarias en busca de
deudores como él, que también ofrecieron sus almas a
cambio de grandes riquezas.
Aunque algunas versiones mencionan que también hace
caer a otros hombres ambiciosos, ofreciéndoles sacos
llenos de monedas de oro, así como a mujeres que se
dejan llevar por su galanura y coqueteo.
Así es como nace la leyenda del Charro Negro.
2
EL MONTE DE LAS
ANIMAS
La noche de difuntos me despertó, a no sé qué hora, el doble
de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las
mientes esta tradición que oí hace poco en Soria. Intenté
dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la
imaginación es un caballo que se desboca, y al que no sirve
tirarle de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla,
como, en efecto, lo hice. Yo no la oí en el mismo lugar en que
acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza, con
miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón,
estremecidos por el aire frío de la noche. Sea de ello lo que
quiera, ahí va, como el caballo de copas. — I — —Atad los
perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los
cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca,
es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las
Ánimas. —¡Tan pronto! —A ser otro día no dejara yo de
concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo
han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible.
Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las
ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la
capilla del monte. —¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres
asustarme? —No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en
este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde
muy lejos. Refrena tu yegua; yo también pondré la mía al
paso, y mientras dure el camino te contaré la historia. Los
pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes
de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos,
y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que
precedían la comitiva a bastante distancia. Mientras duraba el
camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
«Ese monte que hoy llaman de las Ánimas pertenecía a los
Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los
3
Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada
Soria a los árab chimenea gótica del palacio de los condes de
Alcudiel despedía mordió ligeramente los labios y extendió la
mano para tomar la joya, sin añadir una palabra. Los dos
jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la
cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos,
y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas,
y el triste y monótono doblar de las campanas. Al cabo de
algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de
este modo: —Y antes de que concluya el día de Todos los
Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes,
sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? —dijo
él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un
relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico. —¿Por
qué no? —exclamó ésta, llevándose la mano al hombro
derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su
ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una
infantil expresión de sentimiento, añadió: —¿Te acuerdas de
la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué
emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
—Sí. —Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba
dejártela como un recuerdo. —¡Se ha perdido! ¿Y dónde? —
preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una
indescriptible expresión de temor y esperanza. —No sé...; en
el monte acaso. —¡En el Monte de las Ánimas —murmuró
palideciendo y dejándose caer sobre el sitial—, ¡en el Monte
de las Ánimas! Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
—Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad,
en toda Castilla me llaman el rey de los cazadores. No
habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates,
como mis ascendientes, he llevado a esta diversión imagen de
la guerra todos los bríos de mi juventud, todo el ardor
hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son
despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco
sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día
y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que
me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche
4
volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; esta
noche..., esta noche, ¿a qué ocultarlo?, tengo miedo. ¿Oyes?
Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del
Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus
amarillentos cráneos de entre, tristísimas, y entreabrió los
ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre;
pero lejos, muy lejos, y por una voz apagada y doliente. El
viento gemía en los vidrios de la ventana. —Será el viento —
dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón procuró
tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más
violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido
sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y
estridente. Primero unas y luego las otras más cercanas, todas
las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por
su orden; éstas con un ruido sordo y suave; aquéllas con un
lamento largo y crispador. Después, silencio; un silencio lleno
de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un
murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de
perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos
que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que
se ahogan, respiraciones fatigosas que casi no se sienten,
estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de
algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en
la oscuridad. Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza
fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos
diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar;
nada, silencio. Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las
crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas
direcciones; y cuando, dilatándose, las fijaba en un punto,
nada; oscuridad, las sombras impenetrables. —¡Bah! —
exclamó, yendo a recostar su hermosa cabeza sobre la
almohada, de raso azul, del lecho—. ¿Soy yo tan miedosa
como estas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo
una armadura, al oír una conseja de aparecidos? Y cerrando
los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un
esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más
pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las
5
colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse
y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de
aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero
continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera
o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el
reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un
grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría escondió
la cabeza y contuvo el aliento. El aire azotaba los vidrios del
balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor
eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en
las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas
cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de
los difuntos. Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque
la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la
aurora; vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros
rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de
terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó
las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus
temores pasados cuando de repente un sudor frío cubrió su
cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal decoloró
sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y
desgarrada, la banda azul que perdiera en el monte, la banda
azul que fue a buscar Alonso. Cuando sus servidores llegaron
despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de
Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los
lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la
encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una
de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos,
entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros:
muerta, ¡muerta de horror!
6
“LA PLANCHADA DE
LOS HOSPITALES
MEXICANOS
Cuando crecí, me vine acá, a la ciudad de México y
estudié enfermería, y pues lógico que tenía que
trabajar en un hospital, ¿no? Y al trabajar, al inicio del
trabajo, pues me dieron mi primer turno; después el
segundo, y ya después me dejaron definitivamente en
el tercer turno. Entonces, era muy tranquilo, y luego,
este...; pero hubo una ocasión que hubo un, no
recuerdo exactamente de qué pueblo, hubo un
desborde de río y llegó muchísima gente al hospital
para que se les prestara auxilio. Y lógico que llevaron a
otra a parte de donde yo trabajaba, llevaron a más
gente a otros diferentes hospitales y dividieron el
personal. [ELO] —¿Qué hospital era? —El Hospital
Infantil de Iztapalapa, que está en Ermita Iztapalapa. Y
llevaron, pues, a gente a la cual había que atenderla. Y
esa ocasión había demasiado trabajo, y me, pues
necesitaba ir a, al, al baño y fui. Cuál fue mi sorpresa
que, pues, como nada más había dos baños, que era el
vestidor también, pensé que, que si no, este, si estaba
ocupado. Pues me agaché a ver hacia abajo si no había,
este, que estuviera ocupado. Y como 2 Como suele
suceder con la literatura oral, la leyenda se ha
desdoblado en diferentes versiones. En San Luis Potosí
se cuenta que la enfermera se llamaba Eulalia y que
trabajaba en un antiguo hospital que se encontraba
entre los barrios de El Montecillo y San Sebastián, cerca
7
del costado sur del templo de San José. Eulalia daba
claras muestras de profesionalismo y diligencia,
ganándose la simpatía y el aprecio del personal médico
y administrativo. Sin embargo, un mal día la enamoró
un médico que la decepcionó porque se enteró que se
había casado con otra; quedó amargada, descuidaba a
los pacientes y, a causa de una enfermedad penosa,
murió en el mismo hospital en el que trabajaba. Esta
versión se encuentra en la página web
www.angelfire.com/co/planchada.html, donde se dice
que fue una historia muy popular a finales del siglo XIX.
26 Eduardo Luna Ordaz que vi que estaba una persona
sentada: se le veían nada más los pies y las orillas de la
capa. Pero no sé si en ese momento yo me acordé que
en los hospitales espanta la tal y muy famosa La
Planchada; me acordé de eso y me regresé
inmediatamente a mi sala, donde yo prestaba mi
servicio, y a nadie le comenté. [ELO] —¿Pero ¿quién es
La Planchada? —Se supone que, dicen, que La
Planchada es una persona que fue enfermera y que
trataba muy mal a los pacientes; y que, este, pues todo
mundo se quejaba de ella y le decían La Planchada, o
le dijeron La Planchada, porque esa era una enfermera
que andaba impecable; nunca le vieron una arruguita
en el uniforme; siempre andaba como una, este, una
tostadita,3 porque tronaba su babero, todo su
uniforme, muy bien planchadito. Por eso le pusieron La
Planchada. Bueno, ya después a través de ese, de eso
que me pasó, ya le comenté a una compañera
precisamente del tercer turno. Le comenté lo que yo
había visto en cierta ocasión, y me dijo: “¡Ay!, dice,
pues sí, efectivamente vistes a La Planchada, era La
Planchada”. [ELO] —¿Y nada más en la noche se
aparece? —Nada más en la noche. Que inclusive dice
8
que a ella le comentaron algunos pacientes. Que ella
estuvo en otra sala, que no era la de ella. Fue a, este,
atender a unos pacientes y llegó a darle el
medicamento a una paciente, y le dijo: —¿Otra vez,
señorita?, dice. —¿Cómo otra vez?, dice. —Sí, dice, es
que hace ratito me vinieron a dar la medicina, dice. —
No, señora; yo acabo..., vengo dando mi medicamento
ahorita, a su hora que le toca. Y dice ella: —No,
señorita, si usté vino a darme la medicina. Y dice: —No,
señora, estaría dormida. Y dice: —No, señorita, si yo no
he podido dormir por lo mismo que me siento mal. 3
tostada: ‘tortilla de maíz dura’. “La Planchada”,
enfermera fantasma de los hospitales mexicanos 27 Y
dice: —Pero ¿qué cree?, que al acomodarme bien y vi
hacia abajo, no le vi los pies a la enfermera que vino a
darme el medicamento, dice. —¡Ah!, entonces no le vio
los pies. Y dice: —No, no se los vi; haga de cuentas que
iba en el aire. Y dice: —¡Ah!, señora, ahorita que le di
su medicamento va usté a descansar y va usted a
dormir, porque a lo mejor está usted delirando por lo
mismo que no ha dormido. Y fue todo. [ELO]—¿Y era La
Planchada? —Era exclusivamente La Planchada. [Elo] —
¿Y ella se murió en el hospital o…? —Pues la verdad no
se sabe. Pues me imagino que sí, ¿no? Si tuvo alguna
enfermedad, ha de haber muerto en el hospital. Pero
sí, era una persona muy mala con los pacientes.
9
EL POPOCATEPETL
Y EL IZTACCIHUATL
La vista que engalana a la ciudad más grande del mundo: la
Ciudad de México, está realzada por la majestuosidad de dos
de los volcanes más altos del hemisferio, se trata del
Popocatépetl y del Iztaccíhuatl. La presencia milenaria de
estos enormes volcanes ha sido de gran importancia en las
diferentes sociedades que los han admirado y venerado, siendo
fuente de inspiración de múltiples leyendas sobre su origen y
creación. Entre ellas las más conocidas son dos que a
continuación relataremos. Hace ya miles de años, cuando el
Imperio Azteca estaba en su esplendor y dominaba el Valle de
México, como práctica común sometían a los pueblos vecinos,
requiriéndoles un tributo obligatorio. Fue entonces cuando el
cacique de los Tlaxcaltecas, acérrimos enemigos de los
Aztecas, cansado de esta terrible opresión, decidió luchar por
la libertad de su pueblo. El cacique tenía una hija, llamada
Iztaccíhuatl, era la princesa más bella y depositó su amor en el
joven Popocatépetl, uno de los más apuestos guerreros de su
pueblo. Ambos se profesaban un inmenso amor, por lo que
antes de partir a la guerra, Popocatépetl pidió al cacique la
mano de la princesa Iztaccíhuatl. El padre accedió gustoso y
prometió recibirlo con una gran celebración para darle la
mano de su hija si regresaba victorioso de la batalla. El
valiente guerrero aceptó, se preparó para partir y guardó en su
corazón la promesa de que la princesa lo esperaría para
consumar su amor. Al poco tiempo, un rival de amores de
Popocatépetl, celoso del amor de ambos se profesaban, le dijo
a la princesa Iztaccíhuatl que su amado había muerto durante
el combate. Abatida por la tristeza y sin saber que todo era
mentira, la princesa murió. Tiempo después, Popocatépetl
regresó victorioso a su pueblo, con la esperanza de ver a su
amada. A su llegada, recibió la terrible noticia sobre el
fallecimiento de la princesa Iztaccíhuatl. Entristecido con la
10
noticia, vagó por las calles durante varios días y noches, hasta
que decidió hacer algo para honrar su amor y que el recuerdo
de la princesa permaneciera en la memoria de los pueblos.
Mandó construir una gran tumba ante el Sol, amontonando 10
cerros para formar una enorme montaña. Tomó entre sus
brazos el cuerpo de su princesa, lo llevó a la cima y lo recostó
inerte sobre la gran montaña. El joven guerrero le dio un beso
póstumo, tomó una antorcha humeante y se arrodilló frente a
su amada, para velar así, su sueño eterno. Desde aquel
entonces permanecen juntos, uno frente a otro. Con el tiempo
la nieve cubrió sus cuerpos, convirtiéndose en dos enormes
volcanes que seguirán así hasta el final del mundo. La leyenda
añade, que cuando el guerrero Popocatépetl se acuerda de su
amada, su corazón que guarda el fuego de la pasión eterna,
tiembla y su antorcha echa humo. Por ello hasta hoy en día, el
volcán Popocatépetl continúa arrojando fumarolas
LA MONJA DE LA
CATEDRAL DE
DURANGO
Durante el siglo XIX, México vivió un
momento complicado, pues la segunda
intervención francesa se aproximaba. Poco a
poco, la ciudad de Durango fue tomada por
tropas francesas.
A pesar de este caos, una joven duranguense
de nombre Beatriz, quien, según el relato,
11
destacaba por su gran belleza, decidió
entregar su vida a Dios e ingresó a un
convento local; sin embargo, este no tardó en
cerrar sus puertas, provocando que la joven
regresara con sus padres.
Desafortunadamente, los padres de Beatriz
murieron durante el avance de las tropas
francesas y durante un tiempo ella vivió sola
en su casa, la cual estaba cerca de
la CatedralUna noche, alguien tocó a la
puerta de la monja y esta al abrir se encontró
con un soldado francés malherido, quien
imploró por auxilio y resguardo. En un
principio ella se negó, pero al verse
amenazada por el hombre no tuvo más
opción que hacerlo.
Beatriz curó y resguardó al francés durante
días, semanas y meses, poco a poco ambos
se enamoraron, a tal punto que empezaron a
planear su vida juntos; sin embargo, él debía
marcharse junto con su ejército, al verla
destrozada, el joven le juró que regresaría
para desposarla y hacer realidad sus sueños.
Pero el destino no quiso que esto sucediera y,
a pesar de los intentos del francés por volver
con su amada, terminó asesinado. Beatriz
nunca se enteró de la noticia y siempre subía
12
a lo más alto de la Catedral para observar el
regreso de su amado.
El encargado del recinto descubrió una
mañana el cadáver de Beatriz a los pies de la
iglesia. No se sabe si fue un suicidio o
accidente, pero algunos dicen que ella creyó
ver a su amado y, en su emoción, tropezó y
cayó, muriendo instantáneamente sin poder
decirle a su amado que estaba embarazada.
La leyenda dice que cada noche, desde lo
más alto de la Catedral, la monja aparece en
espera de su amado. Su figura puede
distinguirse como una sombra que observa
desde las alturas, especialmente, durante
noches de Luna llena.
LA MANO PELUDA
Allá por el año de 1908 abundaban en
la ciudad de Puebla los llamados Montepíos
(casas de empeño). Manejadas por usureros,
entre ellos el señor Villa, conocido como
"Horta". Un hombre calvo, bajo y rechoncho
con mucho vello en el cuerpo y extremidades.
Adoraba llevar las manos repletas de gruesos
anillos engarzados de piedras preciosas. Y
junto a su esposa "La gangosa", se
encargaba de un Montepío.
13
Jamás se le conoció alguna obra piadosa por
lo que frecuentemente se escuchaba a los
transeúntes decir: -"¡Qué Dios te seque la
mano!"- al pasar frente a su negocio. La
historia comienza cuando Horta muere y, al
parecer, Dios le secó la mano para darle un
castigo aunque sea después de muerto.
La noticia de la Mano Negra y Peluda se
publicó en el periódico poblano "El Duende",
relacionada con la mano de Horta, pues en la
entrevista el sepulturero dijo que la mano
salía del sepulcro luciendo un gran número
de anillos lujosos engarzados con
gemasCada noche, siempre a eso de las 11,
una mano negra trepaba por los gruesos
muros del cementerio de San Francisco. De
forma espectral y siniestra, ascendía cual
tarántula, empujada por un poder maligno.
Deseosa de saltar sobre su víctima, trepar
hasta su cara para arrancarle los ojos y
descender al cuello, ahorcando al pobre
individuo. Y después volver a descansar junto
a los demás difuntos.
La Mano Peluda siguió viéndose durante un
tiempo hasta que finalmente desapareció.
Hoy en día hay personas que describen
encuentros con estas famosas "Manos
Peludas". Viéndolas atravesar pastizales,
asemejando enormes y deformes arañas, o
14
siendo jalados por una mano negra y
velluda que se esconde bajo la cama. La
describen como una entidad poseedora de
fuerza sobrehumana, y más similar a la de un
primate, cubierta de grueso pelo negro y
perfectamente cortada en el punto en que
empieza la muñeca.
EL NAHUAL
En una noche muy oscura, silenciosa y quieta, un
grupo de cazadores, merodeaba por los bosques
del actual municipio de Chiautempan en busca de
alguna presa. Los arboles parecían inertes, apenas
se oía algún ruido, salvo el temible movimiento de
algo que se esconde entre los arbustos. Cansados
de no encontrar ningún animal, los cazadores
avanzaban lentamente. De repente, algoAllá, a lo
lejos avistaron la figura sombría de un enorme
perro negro que los miraba fijamente. El perro no
hacia nada; permaneciendo estático, como una
estatua. Uno de los hombres pensó que podría
serles útil. Así que decidieron acercarse y
capturarlo. Pero en cuanto estuvieron a menos de
dos metros el perro comenzó a ladrar y a mostrar
los dientes, y en sus ojos había una violencia
inusitada.
Los cazadores asustados le dispararon en una
pata, hecho que hizo al perro huir
apresuradamente. Los hombres lo siguieron hasta
15
llegar a una extraña cabaña en medio del bosque,
iluminada tenuemente. Llamaron a la puerta para
alertar a la gente del interior de la existencia de un
perro salvaje en las cercanías, y al abrirse vieron
únicamente a un campesino que los invito a entrar
a la cabaña.
Allí, los cazadores se sorprendieron al ver una
enorme cantidad de oro, joyas y otras riquezas.
Mientras los hombres le preguntaban al campesino
si había visto al perro, el aldeano se curaba una
herida en la pierna. Poco después abandonaron la
cabaña y salieron del bosque.
Al llegar a la aldea más cercana decidieron
descansar en una taberna contándole al tabernero
lo que les había pasado aquella noche. El
tabernero les explico que en realidad ese perro no
era otra cosa que el campesino, que había vendido
su alma al diablo. El demonio le había concedido el
poder de transformarse en animales para robar
numerosas riquezas.
El tabernero también los alerto de que su ambición
podría resultar muy peligrosa, por lo que les
aconsejo ir provistos de crucifijos y un cinturón de
piel de víbora, prenda usada para que el nahual se
transformase de nuevo en hombre.
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EL CALLEJON DEL
BESO El callejón del beso es una
hermosa leyenda de amor que como la mayoría
de las leyendas termina con un final trágico,
aunque no triste, pues el mensaje es realmente
bello. Resulta que hace muchos años vivía una
joven muy hermosa llamada Carmen, ella era hija
de un anciano hacendado venido a menos que ya
casi no poseía fortuna, por eso todas sus
esperanzas de un futuro mejor estaban depositadas
en su hija, a la cual pretendía casar con alguno
hombre rico para así poder mejorar su propia
fortuna. El problema ocurrió un tiempo después,
cuando el padre de la joven descubrió que su hija
tenía un amor clandestino con un hombre llamado
Luis, el cual la había cortejado en un templo
cercano al hogar de la muchacha, desde entonces
mantenían pequeñas reuniones secretas en donde
disfrutaban brevemente de la compañía del otro,
gozaban de un verdadero amor puro que iba más
allá de los impedimentos temporales, por tal motivo
hasta se atrevieron a soñar con casarse en un
futuro lejano. El padre de Doña Carmen descubrió
esta situación y enloqueció de rabia, pues su hija
era su esperanza de conseguir dinero y riquezas, el
joven Luis estaba lejos de poder ofrecer todas las
cosas que el padre de Carmen pretendía conseguir,
por lo tanto decidió encerrarla en su casa, le
prohibió pues a su hija que volviera a ver a Luis,
asimismo le dijo que no volvería a salir de su casa
hasta que le pudiera conseguir un buen marido
viejo y rico proveniente de España, si ella
desobedecía a estas órdenes la metería
17
inmediatamente en un convento o algo peor. Luis
permaneció un tiempo con su corazón
completamente devastado y sin saber qué hacer,
un día recorrió el camino cerca de la casa de
Carmen y se percató de un curioso callejón que
pasaba justo al lado de la casa de la muchacha,
este callejón era extrañamente angosto y uno podía
alcanzar las paredes de ambos lados del callejón al
mismo tiempo solo estirando los brazos, entonces
se le ocurrió un brillante plan. Realizó algunas
investigaciones averiguó quien era el dueño de la
casa antigua que estaba frente aa la de su amada y
luego decidió comprar la propiedad. Así un día
Carmen observó sorprendida desde su balcón a su
amado en laventana de la casa de enfrente, sin
pensarlo dos veces corrió a su encuentro y allí se
dieron la mano, comenzaron a decirse las cosas
más bellas, pero el padre de Carmen observaba lo
que ocurría desde la calle, ingresó corriendo en la
propiedad, empujó a la criada lejos de la puerta de
la alcoba de su hija y entro con una daga en la
mano que descargó con furia en el pecho de de su
hija Carmen. Luis veía horrorizado lo que sucedía
pero en ningún momento soltó la mano de su
amada, en cambio la apretó con fuerza y sintió
como cada vez tenía menos fuerza, menos color y
menos calor, estaba ya muy fría y el joven depositó
el más tierno beso de amor en la mano de su
amada que se encontraba ya sin vida
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LA VENGANZA DE LA
HECHICERA Cuenta la leyenda que
hace muchos años vivió en el pueblo de Ticul (hoy ya tiene el
rango de ciudad) una hechicera muy poderosa, quien para
hacer sus embrujos acudía con frecuencia al panteón de esa
localidad, así como al de otros pueblos cercanos, para realizar
oraciones, obtener tierra negra "trabajada" y la esencia de los
espíritus que por ahí rondaban.
Pero en ese entonces había mucha envidia entre la gente que
hacía la magia negra, en especial sobre la hechicera ticuleña,
pues decían que ésta no respetaba las leyes sagradas y no era
digna de ejercer los dones que teníaFue así que varios de sus
"compañeros" decidieron poner un alto definitivo, y la única
forma era asesinándola. Entre todos hicieron un poderoso
encantamiento con el cual moriría en el interior del panteón de
ahí, pues la hechicera, al momento de tocar la tierra que ella
trabajaba, caería fulminada, cosa que en efecto, sucedió
Cuatro brujos que ahí se encontraban vigilando todo lo que
ocurría se pusieron eufóricos, pues al fin se habían podido
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deshacer de su rival, por lo que fueron a dar aviso a sus otros
compañeros. Con lo que no contaban era que la bruja era muy
astuta y en realidad no había muerto, sólo fingía, pues quería
tomar venganza de lo que le habían hecho pues había
descubierto la emboscada antes. Y así, poco a poco los
hechiceros de la región fueron muriendo de la forma más
cruel, de manos de quien iba a ser su víctima, los que no
morían perdían sus poderes y dejaban de ejercer la brujería y
se dedicaban a otras cosas.
Sin embargo, ella sabia que tarde o temprano surgiría alguien
con más poder y decidió irse de Ticul, a un pueblo lejano en
donde nadie la conociera. Se dice que a partir de ese
momento, toda la tierra del panteón de Ticul se secó, los
árboles de los alrededores empezaron a morir, y un extraño
ambiente se vivía entre los pobladores cuando estos acudían a
ver sus difuntos, pues decían que casi no podían respirar y el
ambiente se sentía muy pesado. Fue necesario llevar a
H'menes para que estos purificaran de nuevo el lugar y lo
santiguaran, ya que de lo contrario cosas malas podrían
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suceder ahí. Se dice que esto se tiene que hacer cada siete
años, ya que de lo contrario los árboles se secarán de nuevo y
una plaga o una tragedia desencadenarían la maldición,
propiciando la muerte de mucha gente inocente que vive en
los alrededores.
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LA LLORONA Consumada la
conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI,
los vecinos de la ciudad de México que se recogían en
sus casas a la hora de la queda, tocada por las
campanas de la primera Catedral; a media noche y
principalmente cuando había luna, despertaban
espantados al oír en la calle, tristes y prolongadísimos
gemidos, lanzados por una mujer a quien afligía, sin
duda, honda pena moral o tremendo dolor físico. Las
primeras noches, los vecinos contentábanse con
persignarse o santiguarse, que aquellos lúgubres
gemidos eran, según ellas, de ánima del otro mundo;
pero fueron tantos y repetidos y se prolongaron por
tanto tiempo, que algunos osados y despreocupados,
quisieron cerciorarse con sus propios ojos qué era
aquello; y primero desde las puertas entornadas, de las
ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose a salir
por las calles, lograron ver a la que, en el silencio de
las obscuras noches o en aquellas en que la luz pálida y
transparente de la luna caía como un manto vaporoso
sobre las altas torres, los techos y tejados y las calles,
lanzaba agudos y tristísimos gemidos. Vestía la mujer
traje blanquísimo, y blanco y espeso velo cubría su
rostro. Con lentos y callados pasos recorría muchas
calles de la ciudad dormida, cada noche distintas,
aunque sin faltar una sola, a la Plaza Mayor, donde
vuelto el velado rostro hacia el oriente, hincada de
rodillas, daba el último angustioso y languidísimo
lamento; puesta en pie, continuaba con el paso lento y
pausado hacia el mismo rumbo, al llegar a orillas del
salobre lago, que en ese tiempo penetraba dentro de
algunos barrios, como una sombra se desvanecía. "La
hora avanzada de la noche, - dice el Dr. José María
Marroquí- el silencio y la soledad de las calles y plazas,
el traje, el aire, el pausado andar de aquella mujer
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misteriosa y, sobre todo, lo penetrante, agudo y
prolongado de su gemido, que daba siempre cayendo
en tierra de rodillas, formaba un conjunto que
aterrorizaba a cuantos la veían y oían, y no pocos de
los conquistadores valerosos y esforzados, que habían
sido espanto de la misma muerte, quedaban en
presencia de aquella mujer, mudos, pálidos y fríos,
como de mármol. Los más animosos apenas se atrevían
a seguirla a larga distancia, aprovechando la claridad
de la luna, sin lograr otra cosa que verla desaparecer
en llegando al lago, como si se sumergiera entre las
aguas, y no pudiéndose averiguar más de ella, e
ignorándose quién era, de dónde venía y a dónde iba,
se le dio el nombre de La Llorona." Tal es en pocas
palabras la genuina tradición popular que durante más
de tres centurias quedó grabada en la memoria de los
habitantes de la ciudad de México y que ha ido
borrándose a medida que la sencillez de nuestras
costumbres y el candor de la mujer mexicana han ido
perdiéndose. Pero olvidada o casi desaparecida, la
conseja de La Llorona es antiquísima y se generalizó en
muchos lugares de nuestro país, transformada o
asociándola a crímenes pasionales, y aquella vagadora
y blanca sombra de mujer, parecía gozar del don de
ubicuidad, pues recorría caminos, penetraba por las
aldeas, pueblos y ciudades, se hundía en las aguas de
los lagos, vadeaba ríos, subía a las cimas en donde se
encontraban cruces, para llorar al pie de ellas o se
desvanecía al entrar en las grutas o al acercarse a las
tapias de un cementerio. La tradición de La Llorona
tiene sus raíces en la mitología de los antiguos
mexicanos. Sahagún en su Historia (libro 1º, Cap. IV),
habla de la diosa Cihuacoatl, la cual "aparecía muchas
veces como una señora compuesta con unos atavíos
como se usan en Palacio; decían también que de noche
voceaba y bramaba en el aire... Los atavíos con que
esta mujer aparecía eran blancos, y los cabellos los
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tocaba de manera, que tenía como unos cornezuelos
cruzados sobre la frente". El mismo Sahagún (Lib. XI),
refiere que entre muchos augurios o señales con que se
anunció la Conquista de los españoles, el sexto
pronóstico fue "que de noche se oyeran voces muchas
veces como de una mujer que angustiada y con lloró
decía: "¡Oh, hijos míos!, ¿dónde os llevaré para que no
os acabéis de perder?". La tradición es, por
consiguiente, remotísima; persistía a la llegada de los
castellanos conquistadores y tomada ya la ciudad
azteca por ellos y muerta años después doña Marina, o
sea la Malinche, contaban que ésta era La Llorona, la
cual venía a penar del otro mundo por haber
traicionado a los indios de su raza, ayudando a los
extranjeros para que los sojuzgasen. "La Llorona -
cuenta D. José María Roa Bárcena -, era a veces una
joven enamorada, que había muerto en vísperas de
casarse y traía al novio la corona de rosas blancas que
no llegó a ceñirse; era otras veces la viuda que veía a
llorar a sus tiernos huérfanos; ya la esposa muerta en
ausencia del marido a quien venía a traer el ósculo de
despedida que no pudo darle en su agonía; ya la
desgraciada mujer, vilmente asesinada por el celoso
cónyuge, que se aparecía para lamentar su fin
desgraciado y protestar su inocencia." Poco a poco, al
través de los tiempos la vieja tradición de La Llorona
ha ido, como decíamos, borrándose del recuerdo
popular. Sólo queda memoria de ella en los fastos
mitológicos de los aztecas, en las páginas de antiguas
crónicas, en los pueblecillos lejanos, o en los labios de
las viejas abuelitas, que intentan asustar a sus
inocentes nietezuelos, diciéndoles: ¡Ahí viene La
Llorona!
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