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MATAR A LA BESTIA
Y OTROS CUENTOS
Etchelar, Romina Paola
Matar a la Bestia y otros cuentos / Romina Paola Etchelar. - 1a ed. - Ciudad
Autónoma de Buenos Aires : Romina Paola Etchelar, 2021.
198 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-88-0852-9
ISBN: 9789878808529
5
Romance | 112
Mutar la piel | 115
Infranqueable | 119
La caja | 121
Evolución | 124
La unidad | 128
La sonrisa de Amile | 130
El mejor espectáculo del mundo | 133
Trascendencia | 136
Inicia | 138
La pieza | 140
Empujón | 143
LaBoDa | 146
Artilugios | 150
Incumplimiento de contrato | 153
El puente | 156
Día de suerte | 159
La señora de los perritos | 162
Las cosas en su lugar | 165
Tres | 167
La República | 170
Volver a las palabras | 174
Nuevos rumbos | 176
El poder de lo invisible | 180
Arrebato | 182
Oficios | 184
El vericueto del amor | 186
Sueño americano | 189
La raíz de los colores | 192
Buena compañía | 194
Decisiones | 196
6
Incoherencias
¿Cómo llegué a este lugar? Aturdida, recorro con la vista las paredes de
blanco sucio. Siento las piernas agarrotadas, como si fueran una prolon-
gación del piso que me sostiene. El corazón late a toda prisa, de a mo-
mentos se relaja y parece que dormito. Pero justo cuando el sueño viene a
regalarme la gloria de no necesitar esfuerzo para pensar, de poder pasar
de largo esta agitación, me despabilo en un salto y reinicio el ciclo una y
otra vez. Un maldito déjà vu que ni siquiera orienta.
Tiene que existir una forma de poder moverme, encontrar el escape,
un recuerdo que me sirva de salvavidas y me tome de él para poder salir
de este revoltijo de ideas. Y así me lleve a algún lugar en la mente donde
alguien se acerque, me abrace y diga “qué gusto saber que estás bien,
me alegro de verte”. Así por lo menos sabría un nombre, y tal vez en ese
arrebato de suerte pueda rescatar otras cosas: cómo llegué a esta habita-
ción, por qué estoy sentada en un lugar mojado y con un olor horrible,
sin nadie alrededor. Dónde están los otros.
Me balanceo de una manera suave, buscando una forma que des-
acelere esta vorágine física. Viene a la garganta una especie de melodía
que toma poder y con un na-na-naná-nana-naná voy logrando relajar la
tensión de los músculos. Escucho un aparato sonar, no sé bien qué hacer
con eso; asusta ese ruido tan agudo que se repite, da dolor de cabeza; le
grito que se calle, no parece entender, le arrojo un objeto que levanto de
la mesa, logro tirarlo al piso y cesa. El cantar me sostiene, trae a la mente
una imagen, la primera que puedo conseguir: una mujer canosa con el
pelo recogido, la piel curtida y una beba en sus brazos está tratando de
conciliar el sueño de la pequeña; una silla de mimbre las hamaca a ambas
al lado de una ventana donde las calienta el sol. ¿Y la beba? ¿Será mi hija?
Veo a las dos, hipnotizadas, comunicándose en silencio; quisiera hablar
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con ellas, preguntarles por qué van a abandonarme. Me entristece, ¿des-
de cuándo mis manos se volvieron iguales a las de esa abuela? ¿Por qué
no cargo a un bebé como la mujer?
¿Cuánto tiempo llevo detenida en este lugar? Necesito encontrar un
vestigio de esas otras manos que temo haber perdido: tersas y suaves. ¡Las
cremas! ¿Dónde están mis cremas? Acá no hay nada. Ni siquiera un es-
pejo. ¡Me las robaron! Estiro la piel, no se mantiene. No me sale volver a
ponerlas como deseo; estas no me pertenecen. Miro alrededor las puertas
cerradas, no hay cosa que explique lo que sucede. Me esfuerzo por recor-
dar algo más. Aunque sea a la vieja con la beba, pero nada. La oscuridad
me oprime otra vez.
Mi panza hace ruidos, me dan ganas de comer y el cuerpo se convier-
te en un laberinto de pistas. Puedo ponerme de pie, repito eso que me trae
el hambre: “voy a trabajar limpiando en el hospital, uno de los dos tiene
que conseguir algo”. No quiere oír. Está enojado porque a él le enseñaron
que son los hombres quienes deben traer la plata a la casa. Quedo dura
en la misma posición, me gana el llanto. Lágrimas que traen promesas.
Ese hombre habló de cuidarme, dijo para siempre. Se arrodilló ante mí y
habló de cosas que me emocionaron, pero se desvanece.
Me retuerzo las manos; frustrada, busco el balde como en los baños
del hospital. Con un poco de agua mojo un trapo y saco ese olor de donde
estaba sentada. ¿Cuándo fue que me hice pis? Veo una foto con un bebé
en blanco y negro que me mira sonriente. Lo desconozco, como a esa otra
gente enmarcada que me mira. Tengo la sensación de que me están bus-
cando, me quieren atrapar. Pido ayuda, con la esperanza de que alguien
venga a socorrerme. Tiemblo. Me tapo la boca para no volver a gritar,
para que no me oigan. No sé quién me trajo acá ni por qué, desconfío
que vuelvan a castigarme como esa vez que pusieron maíz en el piso y
me hicieron quedar tanto tiempo repitiendo algo que me sangraron las
rodillas y dolieron por semanas. Las palpo buscando heridas, solo hay
surcos, me desplomo.
Desde el piso, abro los ojos, reconozco la heladera, parece aquella
del día que él se fue borracho. Nunca nos faltó el pan, tampoco la leche.
Caliento un poco mientras miro el jarrito de losa que es como el que
usaba mi nono sentado en la quinta de frutales donde trabajaba. Lo veo
tomándose esos mates de leche debajo del árbol grande antes de seguir
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con la poda. Me escondía detrás de la ligustrina para que no notara mi
presencia. Había algo en esos ojos que me llenaban de alegría. ¿Dónde
estará el abuelo? ¿Y la nona? Cómo me gustaba que me mandara a bus-
car las frutas. Ricas, jugosas, recién sacadas. Me encantaría poder comer
esas que él arrancaba, cae su jugo de mi boca. Otra vez, me pierdo en las
imágenes.
Escuché golpes y voces que parecen venir de afuera. Tengo miedo de
abrir la puerta. Hay momentos que registro mayor o menor intensidad.
Quizás eso fue hace un rato, o dos días, el tiempo se perdió con esas cosas
que dan sentido y orientación. Me muevo en este lugar cuidando de no
acercarme demasiado, me desconcierta no poder siquiera estar al tanto
de lo que hay afuera. Me apoyo en las paredes para saber del clima, si
están frías o calientes, aunque me olvidé dónde dejé la otra ropa. Oigo
sonidos que no logro distinguir, ¿vendrán por mí? Me pareció oír al Lolo
ladrar, pero eso no es posible, él ya no está. La imagen de esa moto que lo
mató cuando el muy desobediente salió corriendo para ahuyentar al gato
de la vecina me preocupa. Miro la entrada, es peligrosa. Me alejo despa-
cio, vuelven las palpitaciones y un sudor frío me recorre, no quiero morir.
Escucho ruidos de nuevo en la puerta, alguien puso las llaves en la
cerradura, quieren abrir, tiemblo. ¿Será él? En segundos debo decidir en-
tre esconderme o acercarme a ver quién es. Doy un paso nada más, mi
cuerpo perdió agilidad, ya no puedo huir. Miro la salida, una mujer que
no conozco se acerca y empieza a llorar. Escucho un “mamá”, y me tapo
los oídos. “No sabés quién soy. ¿Por qué no atendés el teléfono?”. Trato de
dar unos pasos inútiles hacia atrás, se abalanza, me rodea con sus brazos.
Quedo inmovilizada, ya no hay escape. La escucho con pavor decir cosas
que no comprendo.
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Un bicho, dos bichos,
muchos bichos
¿Alguna vez te pasó de despertarte sintiéndote en otro lugar, en otro tiem-
po? Algo así me sucedió hoy, por unos instantes estaba en la entrada de un
castillo, el de los cuentos infantiles, con soldados y trompetas. Eso sonó en
mi oído, pero era mi esposo que roncaba. Sin embargo, yo, peleando entre
la vigilia y el sueño, por unos instantes pude imaginar música.
Me desperté y, como detesto quedarme en la cama, hice el mate y me
fui al patio a ver el amanecer. Jugaba con los pies en el pasto, miraba el
cielo, escuchaba los pajaritos y entonces me di cuenta de que el alambre
del cerco se movía. Captó mi completa atención, no como para salir co-
rriendo sino más bien para estar atenta. Dejo de mirar para arriba y dirijo
la mirada a todo el perímetro, queriendo encontrar qué es lo que hace
que el tejido se mueva así.
Con el estado somnoliento no podía pensar demasiado, iba descartan-
do todos los bichos que me dan pánico: víboras, escuerzos, iguanas, ratas,
conejos, alienígenas, y río sola de mis propias ocurrencias. Me levanto y
voy caminando a ver qué pasa en la esquina, donde parece concentrarse
la intensidad. El sol da claridad, pero al acercarme, escucho un sonido
agudo y con cierta precaución me doy cuenta de que lo que sea se en-
tremete en las plantas, noto que son más de uno y supongo, por lo que
alcanzo a ver de una cola, que no se trata de ratones. Me acerco para ver
si puedo darme cuenta qué son y quedo petrificada.
Uno de ellos comienza ansiosamente a subir por mi pierna derecha,
hasta la cintura, trepa por la espalda y se escabulle entre mis crenchas.
Voy a escupir el corazón, no puedo moverme, y en esa quietud, parece
que hubieran declarado un ataque porque por la izquierda comienza a
trepar el otro, y no logro ver qué es. De repente soy como un árbol al que
deciden subir sin pedir permiso y ni siquiera puedo gritar. Siento las uñas
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de esos bichos incrustarse entre la ropa, los pelos y la piel. Estoy muda,
la voz no me sale, quiero agarrarlos y no puedo, son tan ágiles; otro más
se trepa y parece una invasión de pulgas cuando en verdad no tengo puta
idea de lo que me está atacando, y queriendo agarrar a uno se cae el otro,
y vuelve a treparse. Me siento como esos malabaristas que aparecen en
los semáforos, con la diferencia de que estas pelotitas tienen pelos, uñas
y se mueven solas.
Logro enderezarme y veo a mi marido en la puerta del patio riéndose
a carcajadas. El shock me hace llorar, lo veo a él ¿reírse?, ¿de verdad?
Más allá del enojo que me produce su risa, siento cierto alivio. Lo veo ve-
nir hacia mí. Empiezo a tener control de los movimientos y logro agarrar
a uno: es un gato bebé. Me mira como riéndose, como diciéndome vos sos
grande y yo minúsculo pero me voy a subir las veces que quiera; cómo
vamos a jugar hasta cansarte… Y yo que detesto a los gatos, a este que me
mira así de desafiante, tan chiquito como una manzana, pero con tanto
descaro, me dan ganas de arrojarlo lejos, a otro planeta. Me parece que
sabe leer en mis ojos, estira su patita buscando un contacto a la par que
siento que otro me amasa la espalda, hasta que, por fin, mi marido agarra
a los dos y los acuna.
Qué mañana de mierda, pienso, a la vez que él, gatero de toda la vida,
me dice ¿los llevamos adentro?, y me quiero morir. Desde que estoy pa-
rada ahí los siento recorrerme, arañarme, molestarme, y este hombre los
quiere llevar a la casa. Miro a esos cachorros tan inocentes y de pronto me
surge una pregunta: ¿quién soy si dejo a estos bebés ahí afuera; quién soy
si no les doy techo?, y entiendo lo sabios que eran cuando se reían de mí.
Ya están durmiendo como marmotas, con una paz envidiable, frente
al hogar que mi marido encendió para que sepan que, finalmente, están
en casa.
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Mirar distinto
Pensé que estaban amagando, nunca los había visto tan enojados. Apelé
a todos los recursos conocidos y algunos nuevos que inventé para la oca-
sión, pero fue en vano. Cargaron a Tincho, el caniche, en el auto y par-
tieron rumbo a la veterinaria (la primera vacuna). Escuché, por primera
vez, esas palabras siniestras de las que tantas veces me habían hablado:
“estás castigado, sos grande, te quedas en la casa”. Luego de darle la in-
yección partirían rumbo al parque, seguro que comerían alguna cosita
por ahí. Todos de fiesta, excepto yo.
Me quedé mirando la puerta, incluso sin luz, porque mamá, por acto
reflejo, las apagó antes de salir. Tuve suerte de que se olvidara de poner la
alarma, si no me hubiera quedado sordo. La puerta estaba ahí, más impo-
nente que en lo cotidiano, y eso hizo que me diera cuenta de que nunca
la había visto en detalle, los grabados que tenía la madera, el color en la
penumbra. Entonces se me ocurrió que podía inventar un juego: mirar
distinto, simulando ser casi ciego en la penumbra.
Fui a la cocina y agarré unos papeles semitransparentes que usa mi
mamá para cocinar, y los pegué como pude en la linterna para bajar la
intensidad. La dejé iluminando una pared y probé de hacer esas sombras
chinescas que resultan tan fáciles cuando es otro el que las crea. Me frus-
tró un poco, era muy aburrido que no hubiera nadie para celebrar. Estaba
a punto de abandonar cuando me di cuenta de que mi sentada simulaba
a la de mi amigo peludo. Decidí vivir la casa desde su lugar. Comencé a
correr en cuatro patas alrededor de la mesa.
La carrera, lejos de agotarme, me daba impulso para ladrar; era un
sonido agudo, autónomo, penetrante. Tenía hambre, me angustiaba estar
solo en la casa. Fui al plato de comida, estaba vacío, pero por fortuna ha-
bía agua. Miré con cariño la cucha, pero pensé que era mejor idea subir
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las escaleras y buscar arriba a ver si encontraba algo para jugar. Hacerlo
fue más fácil de lo que creía. Empujé la puerta del cuarto y me puse a
ladrar sobre la ventana. El aullido tomó por sorpresa a la precaución de
no molestar a los vecinos (ya se habían quejado otras veces del perro).
Fue un error seguir sumando leña al fuego, pero el impulso desconoce lo
te que enseñan.
Se me ocurrió que tal vez hallaba algo en el cuarto de los padres, así
que me las ingenié para entrar. Fueron muchos los saltos previos para
vencer ese picaporte. Aún cargaba algo de barro de la macana que nos
habíamos mandado en el jardín, por eso dejé huellas sin querer dentro
de los placares, y cuando finalmente logré subirme a la cama, recordé
que también estaba un poco mojado. Ahí sí que me dio sueño, di un par
de vueltas en redondo –el dibujo quedó perfecto– y me eché en el centro.
Yo creo que solo dormí un ratito, pero fueron tan urgentes mis ganas de
hacer pis que tengo algunas dudas. La pata de la mesita de luz me salvó
de tener que salir al parque, además había alfombra.
Sentí hambre así que bajé las escaleras; de camino a la cocina me
pareció escuchar algo en la oficina de papá, entré y encontré un par de
libros que podía atrapar para jugar. Adorné el living con los trozos que
me resultaron interesantes. Romper papel es algo que ningún perro pue-
de obviar, creo que ahí es cuando se siente más feliz. La alegría fue tan
inmensa que se la transmití a las pulgas. Era impresionante cómo me
picaban; empecé a revolcarme en el sofá para palear ese ardor.
Justo cuando empezaba a bajar la picazón, escucho la puerta y un
grito; mamá suelta las bolsas. Él sale corriendo y me abraza. Me lame
tanto que, de a momentos, me quedo sin aire; podría morir pero ya no
me importa, el amor a veces es tan intenso que asfixia. En retribución le
beso la cara y rodamos juntos por el piso. Al final entra papá, soy feliz,
estamos todos en casa.
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Misterio
Quise adentrarme en los misterios de la noche sin saber muy bien qué era
lo que en verdad estaba buscando. Me llevó días, tal vez una vida, tomar
esa decisión, pero una vez dado el paso, sin importar el miedo o las con-
secuencias, haría lo necesario para lograr mi cometido.
Entré al ritual desconcertada, me aislé entre los barrotes de la igno-
rancia y me amarré a ellos como un ciego al lazarillo. Desde el rincón
miraba con distancia las recomendaciones del brujo que dirigía la ce-
remonia. Él dio las indicaciones pertinentes para alcanzar ese estado a
través de la ingesta de la pócima sagrada. Puse la mayor disposición para
escucharlo, pero la mente y sus elucubraciones habían alcanzado por las
suyas otros planos, ¿cómo traerlas?, ¿por qué?, ¿acaso no era eso lo que
andaba buscando? Un círculo de oraciones me devolvió la conciencia de
lo que sucedía en el rito.
Nos hicieron hacer una lista en la que teníamos que anotar los nom-
bres de aquellos que moran en las estrellas y que aún lloramos. Mi falta
de atención –supongo–, o ese instinto de forzar el límite de la vida lle-
vándola a realizar peripecias para sostenerme dentro de su campo, me
condujo, por impulso, a escribir mi nombre completo, con letra clara y
precisa, para que el que leyera supiera de quién se trataba. Yo me escribí
a mí misma como el duelo más grande a sobrellevar. Entonces el mago,
sin conciencia de la torpeza, llamó a todos sus espíritus-guía para que
asistieran a aquella noche de expansión; también invocó a los de la lista.
La embriaguez iba creciendo, sentía que todo a mi alrededor se movía
de una manera muy difícil de expresar o describir. Luego de la bebida
fue imposible sostener el cuerpo, lo dejé caer y el sueño se ocupó de lo
necesario. Tenía frío, parecía helarme de a momentos, tanto que tuve
necesidad de moverme. De nuevo los rezos, pero esta vez en forma de
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cantos, invitaban a soltar las resistencias de la corporeidad y dejar al alma
manifestarse a su antojo. Sabía que llevarle el apunte sería un problema,
pero tampoco había remedio. Además, en definitiva, había ido a eso, a de-
jar caer las barreras que me fueron impuestas, las que creé con el correr
de las decepciones. La reiteración de la música con esas palabras dentro
del círculo eran una especie de conjuro que condujo al desprendimiento
de lo obsoleto.
Aún era mi brújula... pero eso no duraría mucho. Probé levantarme;
a tientas llegué hasta un rincón donde alguien vino a asistirme enseguida.
El deseo de expansión me inhabilitaba a cualquier otra medida. La muerte
fue clara, ya había tenido suficiente. No hubo llantos ni velorio pomposo,
tal vez entendieran que en verdad nunca me había sentido tan plena.
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Crochet
La puerta estaba bloqueada, ese día tendría que prescindir del barro por-
que mi abuela no tuvo mejor ocurrencia que ponerse a tejer en la ventana
que daba al parque. Ahí estaba, sentada, haciendo guardia; en vez de
escopeta lucía agujas, lanas, revistas. Se hamacaba en la silla con su cro-
chet; no perdía de vista la salida. La sonrisa le daba vuelta el rostro. Quise
acercarme sin hacer ruido pero ella, cubriendo de manera excepcional
el objetivo, indicó sin levantar la mirada, el tecito que me esperaba en la
mesa junto con unas galletitas.
Cuando empezaba a enojarme con la lluvia, sabiendo que mis amigos
no vendrían con ese aguacero, me mostró el progreso del tejido. Acerqué
una banquetita y empecé a observar cada uno de sus movimientos: si bien
utilizaba las manos podía notar que el cuerpo entero estaba involucrado
en ese ir y venir de colores, era una especie de danza que iba punto a
punto construyendo una carpeta pero también un álbum de vaya a saber
qué recuerdos. De a momentos la escuchaba tararear, en otros se ponía
seria, agarraba un papelito donde hacía anotaciones o confesiones. Solta-
ba el tejido, lo volvía a tomar, dibujaba, seguía. Las gotas agolpadas en el
vidrio eran tan abundantes como mis preguntas, yo aún necesitaba ayuda
para leer y aquellos garabatos eran un misterio.
Quise probar, ella sacó de la canasta un ovillo que tenía huérfano y
me lo dio. Tomó mis manos y las fue haciendo suyas con el movimiento.
Cuando creía que había aprendido el ritmo, probaba de seguir por las
mías. Los dedos se enredaban con los hilos, las cadenas salían desprolijas
o hacía nudos con total maestría, según su mirada. ¡Era tanto más diver-
tido observarla! Traía en su trama la historia, me contó secretos que a na-
die le dijo; así me enteré de amores y desamores, del abuelo y del anhelo
que ella iba tejiendo solo con el recuerdo de sus raíces.
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Le causaba gracia mi ansiedad, la torpeza al querer dominar la lana
con la mano y olvidarme de la aguja que, por instantes, se refugiaba en
el piso. A veces se me escapaba la lengua en el afán de lograr un punto, o
me paraba cuando terminaba la línea; parecía malabarista. Buscaba mos-
trarme que la atención era necesaria en los hilos, en las manos pero sobre
todo en el corazón, si no la pieza no tendría vida, razón de ser, decía.
De niña, en esas tardes cuando el agua me mantenía adentro, renega-
ba por la creencia de que me alejaban de lo que sentía importante a esa
edad. Y un poco me frustraba con la idea de que sería imposible lograr la
maestría de esos sacos, el calor de sus bufandas o la sutileza de los mante-
les. De hecho, mamá ni se arriesgó, ella fue por las dos agujas y detesta el
crochet. Probé las dos artes; ellas se quedaron con la técnica, sin embargo
yo aprendí que las mujeres de la familia viven en la carne sus creaciones.
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De magia
Cabello claro, chomba roja, pelo corto, no tan alto, muy correcto, senten-
ció la bruja. Y si no fuera por el respeto que le tenía a la amiga que se la
recomendó, ella hubiera agregado “los rubios no me calientan nada, y
menos los petisos”. En fin, unos pesos más a la basura. Sin embargo, algo
pareció resonar en aquel tumulto de afirmaciones: ¿cabello claro?, ¿esta-
tura media?, ¿de poco hablar? No conozco ninguno, ¿de dónde lo habrá
sacado? En fin, el tiempo terminará confesando cuánta veracidad hay en
esas palabras, pensó, saludó y partió.
La ciudad estaba en estado de cólera, hacía días que el servicio de
recolección de basura no era eficiente, la temperatura rondaba los trein-
ta y siete grados y debido a una supuesta mano negra, tampoco había
luz. Poco tiempo pasó desde que el sol había cedido su lugar a la luna.
Ella sencillamente tenía que caminar. Un tanto asustada, iba por las ca-
lles habituales, aventurándose entre bares, tragos y bolsas nauseabundas.
Las luces de los autos no eran suficientes, todos se apuraban por pasar
primero y ninguno recordaba la regla “el peatón tiene prioridad”. Para-
dójicamente no hubo accidentes; de hecho, por un rato estuvo en una de
las esquinas mirando cómo de forma casi organizada se sucedían uno a
otro. Simulaban un juego, o tal vez alguien con un control remoto desde
algún lugar los comandaba, ironizó entre ideas. Risas, gritos y la noche
tras sus pasos.
Retornaba con mucha tranquilidad a casa, debía hacer un alto en una
heladería aunque no hubiera luz. Se esperanzó con el hecho de que todo
podía cambiar en un par de cuadras y con la confianza de que los deseos
suceden sin preámbulos. Así, el helado: chocolate con maracuyá.
Cucurucho en mano, el panorama era distinto. Parecía que un portal
se hubiera abierto y fueran dos ciudades distintas. Solo tenía que cru-
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zar de vereda para disfrutar o no de los beneficios de la electricidad. Se
divirtió con la travesía que le implicó llegar a su cometido, también ahí
racionalizó las calles que había pasado entre autos que no veía, miró al
cielo y dio las gracias. Confirmó una vez más que la magia reside en el
corazón del creyente y no en los trucos insulsos de algún show. Se topó
con una librería, justo ella que andaba buscando versos. El hombre del
local no tenía lo que pedía pero le recomendó volver sobre sus pasos y
consultar en el local Azul. No le divertía volver a la oscuridad, ni por su
poeta preferido, pero entendió que a veces hay que hacer sacrificios. Ade-
más, contaba con tiempo necesario para hacerlo.
Nuevamente en la negrura, absorta por el comportamiento de los ve-
hículos y de los transeúntes que se quedaban congelados en las esquinas,
sin animarse a caminar, solo los miraba ir y venir a altas velocidades con
cara de susto. Cruzó. De a momentos se preguntaba si no se había con-
vertido en un fantasma y en verdad levitaba por todo el escenario. Así se
sentía, liviana, versátil, sincronizada de alguna manera inexplicable con
el universo.
Vio el local de la mano de enfrente con grandes ventanales, algo se
escondía detrás de aquel negocio. No era el tipo de lugar en donde ella
entraría, tenía un perfil un tanto comercial, pero lo habían referido. Al
pasar por la primera ventana sintió algo que la atravesaba, tal fue la sen-
sación que tuvo que detener la marcha. Respiró profundo y con el ceño
fruncido giró su rostro. Un joven, libro en mano, la estaba estudiando
minuciosamente. Se malhumoró, en varias oportunidades tuvo que lidiar
con señores que no husmeaban libros precisamente. Se lo comunicó con
la mirada y siguió con su paso rumbo a la puerta.
Una vez dentro se dio cuenta de que se trataba del librero y no pudo
más que ruborizarse. Ojos azules penetrantes seguían examinándola,
pero a menos distancia pudo notar cierta dulzura y, por qué no, atrac-
ción. Tartamudeó, tenía dificultad para hablar, no sabía bien qué hacía
en aquel lugar, por un momento se volvió amnésica y todo lo que pudo
hacer fue una seña de “allá” y balbucear un “me mandó Ernesto de la
otra cuadra”. Él sonrió, y comenzó a leerle los versos del libro que tenía
en mano: “A veces me parece/ que estamos en el centro/ de la fiesta/
sin embargo/ en el centro de la fiesta/ no hay nadie…”. Juarroz, por él
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precisamente es que llegué acá, pensó. “Gracias por tu ayuda. ¿Cómo
supiste? ¿Qué pasa en este lugar?”
Fueron segundos o fantasías, pero aquel sitio se convirtió en castillo,
un gran salón. Lucían trajes de gala. No reconoció la música, pero entre
sus brazos fluía; era una experta en esos bailes. Sintió alegría, de él, pro-
pia, del entorno, una celebración importante como de quien encuentra
después de una larga espera. Nobles festejando en un gran banquete el
compromiso, ella entre vueltas o nubes ¿Quién sabe? Él susurraba en
su oído cuántas veces la había soñado; tantas fueron las noches que lo
encontraron mirando por aquella ventana el horizonte para ver si final-
mente traían a su amada. “Fue una maravillosa sorpresa verte volver,
dónde estuviste”, preguntaba con ansia, “por qué tanta la demora”. Ella,
desconcertada, solo podía sonreír. No era un simple gesto de quien busca
escapar de una encrucijada, la emoción surgía del centro de su pecho, es-
taba alegre, desmesuradamente feliz. Percibía cierta unión atemporal con
aquel cuerpo con el que llevaba adelante una especie de danza cósmica.
No le salían las palabras, solo miradas de amor.
Conectaron la electricidad, con tanta intensidad que estalló la lám-
para ubicada cerca de la caja. ¡Al fin!, dijo el joven de la tienda y ella
pareció volver en sí. Quería una edición de Juarroz, dijo. Solo tengo este
libro, es de una conferencia en Madrid, te lo regalo por haber traído la
luz. Se sonrojó, estaba hurgando en ella con cada gesto, con cada palabra.
La acompañó hasta la puerta, le dio su tarjeta y le dijo “no te pierdas por
favor, tal vez en otro cuento, no vuelva a necesitar esta chomba colorada”.
20
Señales
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pescadores venían a su mente en esos recuerdos. Mientras armaba una
mochila pensó en ir a su encuentro, necesitaba un poco de arena entre
tantas alucinaciones. Tal vez, sentado frente al mar surgiera un nuevo
panorama.
Haciendo dedo llegó a una playa en la noche. La oscuridad no iba a
impedir su objetivo. El viento envolvía el lugar arrastrando arena; irritaba
sus ojos, también lo alzaba en un abrazo de bienvenida que impregnaba
su cuerpo. La luna, escondida detrás de las nubes, miraba con indiferen-
cia. Caminó un rato viendo el oleaje en la sombra, disfrutando de la im-
ponente belleza nocturna. Al asociar la espuma con el encaje del vestido
de una novia, oía un vals que lo inducía a bailar. El mar completaba la
escena estremeciéndolo. Se desplomó, la emoción fue como una señal de
alto. Tendido en el piso lloró como nunca antes se lo hubiera permitido.
La mirada seguía perdida en el horizonte embebida en lágrimas que lo
liberaban, su angustia parecía esfumarse con el vaivén de las olas. Se per-
donó tantas veces que el sueño logró apoderarse de él.
Un impulso lo hizo despertar antes del amanecer. No entendía qué
era lo que estaba sucediendo, algo nuevo quizás. Tal vez se asemejara a
la paz. ¿La estaría cuidando el océano? ¿Era él su guardián? De pronto
sintió un dolor intenso en el pecho. “Voy a morirme”, gritó, luego su
risa sarcástica. Una mezcla entre puntada y calambre que resultaba di-
fícil poner en palabras. Arrancó por su corazón y se trasladó al brazo
izquierdo, tosió. Vino el recuerdo de la última jeringa, empezaba a sufrir
abstinencia. De pie, como pudo, el horizonte se adueñó de su voluntad
y se prometió construir una persona distinta. Sus ojos se humedecieron
mientras surgía entre sus ideas la imagen de su papá amasando pizza.
Era la comida preferida de ambos, con salsa de tomate, mucho ajo, tuco
y mozzarella, cualquier otro agregado era un atentado contra esa delicia.
Tenía que llamar.
Fue hasta el pueblo, hurgó en sus bolsillos queriendo encontrar algu-
na moneda: nada. Las campanas de una iglesia lo convocaron. Se dirigió
hasta allí y se sentó en los escalones de la entrada, poniendo su gorra por
delante. Generosos transeúntes ayudaron con el efectivo, también fue ob-
sequiado con comida. No era religioso pero quiso escuchar el sermón de
ese día. Hablaba de la muerte y resurrección de Cristo, le resultó gracio-
so. Antes de terminar la misa volvía a las calles silbando bajito.
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La llamada... tenía que hacerla; tantas cosas deseaba hacer a partir de
esa noche. Vio una peluquería abierta. Necesitaba cortarse el pelo y afei-
tarse. La conversación con el peluquero giró en torno a las peripecias del
viaje. Conmovido por la sensibilidad de Ezequiel, ofreció su baño y toallas
para una ducha. Nacía un hombre nuevo, uno con decisión y fuerza para
enfrentar la vida. Fue hasta un teléfono, marcó el número de la casa de su
papá, nadie atendió. Su mamá contestó llorando, no pudo entender nada
de lo que dijo. Hizo un intento con la casa del tío, su prima le dijo: “No
sé dónde estás pero mi papá está en la morgue reconociendo el cuerpo,
por favor, vení lo más rápido que puedas”. Ezequiel trató de explicarle la
demora, le pidió que por favor lo esperasen. Quería despedir a su papá.
Corrió hasta la terminal para tomar el primer tren. Sentado, mirando el
horizonte por la ventanilla, su dolor se mezclaba con la culpa. Cinco años
incomunicados era mucho tiempo. Había sido injusto que su padre no
hubiera podido hacer un cambio, ni tampoco vería el suyo; sus ganas de
ayudar a ambos, a sí mismo con las drogas y a él con el alcohol. Llegó tar-
de, la muerte le había ganado de mano. Palabras del sermón se cruzaron
por su cabeza. Quizás muerte o resurrección.
La promesa frente al mar resultó más poderosa que su pesimismo y
el entorno. Aquella noticia, las charlas, el baño, su viaje eran señales de
un nuevo ciclo. Así lo eligió. Comprendió que la despedida del padre y su
salvación habían acontecido en la playa, en la penumbra, de la mano del
océano, bajo la luz de una luna que fiscalizaba escondida entre las nubes.
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Raviolada
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tiempo, así que antes de subir a casa, me di una vuelta por el minimarket
y compré una harina –para ensuciar un poco la mesada– y un chocolate
amargo para tener un poco de ralladura extra por si quisieran agregar al
postre. Hecha un equeco entré al ascensor, marqué mi piso, vi que aún
me quedaba poco más de una hora y me sentí triunfante. Se apagó la
luz del ascensor y se detuvo apenas apoyé lo que cargaba en el piso. Fue
sincrónico. La puteada se escuchó en todo el edificio, y al instante una lu-
miniscencia enceguecedora llenó el espacio. Cuando logré abrir los ojos,
estaba MI ABUELA con un palo de amasar tamaño dinosaurio en la mano
mirándome fijo. Vuelvo a cerrarlos pensando “el estrés me tiene mal”,
los abro y seguía ahí. ¡Mi abuela! ¡La que partió hace más de diez años!
Me costó sostenerme en pie, no podía salir corriendo, no había dónde,
tampoco quería siquiera preguntarle si ella era ella o una ilusión mía,
porque con lo que había hecho, hasta yo me retaba. ¡Y con ese palo de
amasar! Me pellizqué, mirándola fijo a los ojos; ella ni una sonrisa, un
guiño, un abrazo, NADA. Dolió, me di cuenta de que estaba viva y des-
pierta, la quise tocar –en silencio– y la mano traspasó lo que yo veía como
su corporalidad.
—¿Sos vos? —me animé a preguntarle. Y vi que levantaba el palo que
tenía con una mano y lo apoyaba en la otra, y golpeaba esa mano como
un mafioso. No habló, pero empezaron a levitar las latas de salsa entre
ella y yo, las veía girar… ¿Cómo se me ocurre comprar latas?
—Questa porquería, ¿per qué?
—Abuela, estaban de oferta, son de Italia.
—Non hanno tomato in questa città.
—Sí, pero me queda poco tiempo.
Vi cómo, con un golpe seco al mejor estilo bateo en un partido de
película yanqui, iba tocando y desapareciendo cada una de las latas. In-
mediatamente pensé en el envase plástico descartable que había com-
prado con fileto, y atiné a querer taparlo con la misma bolsa. Como si un
movimiento o un pedazo de tela pudiera esconder el contenido que un
fantasma ve.
—¿Senza manzo?
“Sigo teniendo tuco”, pensé, “y en el freezer tengo unos pedazos de
carne”. Vi como achinaba los ojos –sus facciones se endurecían una vez
más– y dijo:
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—¿La carne dura? ¿Dura-dura? No sirve.
—Dejame el tuco, por favor no lo desaparezcas. Voy a comprar carne
si querés.
—Y cipolla, unas gotitas del óleo y albahaca cortada con la mano.
—Mejor otro día hago eso, ¿sí?
Levantó el palo otra vez… y antes de que hiciera algún movimiento
respondí:
—Si me dejás subir, dejo las cosas y bajo a comprar “la cipolla” y los
morrones. —Quise chantajearla, ¡a mi abuela-fantasma! ¿Será un holo-
grama que mandó el HDP del cliente de mi marido? A esta altura de la
semana, enojo, apuro, desconcierto, mis ideas, mi mente, mi cuerpo eran
surrealistas.
—Mejor desaparecemos todo.
—NOOOOOOOOOOOO.
Y las bolsas se vaciaron, solo quedaron el tiramisú, el chocolate amar-
go y la harina. ¿Lo más raro? Estaba frente a mi nona después de diez
años de no verla, de extrañarla infinito, y lo único que quería hacer era
agarrar ese palo desaparecedor y devolvérsela… Un detalle, era mi abue-
la preferida, la que me daba los panes con tuco, me hacía mis platos pre-
feridos y aun de grande me sentaba en su regazo. No había lágrimas, mi
mente imaginaba a mi marido corriendo para barrer, pasando lustrador a
los muebles y rezando, confiando en las compras que le conté por mensa-
je de texto que iba a hacer. Era un contrato muy importante, le permitiría
entrar a nuevos mercados.
—¿Y ahora qué hago? ¡Vienen a cenar en una hora y ni bañada estoy!
—Bajás, comprás los due uovo que faltan. Con la harina sacas ocho
porciones, la riccota y la verdura. ¿No me viste nunca hacer los ravioles?
¿Te tengo que explicar?
—Abuela, yo no tengo tus manos ni tu agilidad.
Ya no sabía qué hora era, estaba a los gritos con un “fantasma” en
el ascensor parado y empezaba a preocuparme por los vecinos. Además
de la falta de comida para la cena de negocios de mi marido, ¿qué más
vendría? ¿Llamaría alguno a la policía, o a un loquero?
—No sabe nessuno, acá estamos vos e io.
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—¿Cómo sabés cuántos huevos tengo que solo me mandás a comprar
dos? ¿Me controlaste la heladera? ¿Adivinás también lo que pienso? —Y
con esto logré la primera sonrisa del encuentro.
—Las manos de la famiglia están en juego, no puedo arriesgarme.
Jamás a mi abuela le habían importado ese tipo de cosas; sí miraba
quizás la ropa, los dijes y colgantes que se ponía cada una de las mujeres
de su generación en las fiestas, pero ¿las manos para la pasta?, ¿desde
cuándo?, así que le pregunté:
—¿De qué manos me hablás si ni saben quién soy yo y muchos menos
vos?
Y volvieron el ceño cerrado, la mirada fulminante y el palo en posi-
ción de alerta.
—Viene a cenar Franco, nieto del Carlo, vecino de la Italia en el Na-
pole. El papà de Carlo, Antonio, le decía al mio papà que la mamma no
sabía fare buone fideos.
—Abuela, ¿vos me estás hablando en serio? ¿Por una pelea de veci-
nos de otro continente y otra década, o siglo, vos me dejás en crisis? ¿De
verdad?
—Nunca probaron un solo fideo de la mano della mia mamma, ni
mío… ahora va a probar los tuyos.
—Pero prometimos RAVIOLES, no fideos.
—Es lo mismo, lo ravioli sono fideos rellenos. Tenés que comprar un
poco de pollo para ponerle al relleno.
—¿Con todo lo que me mandás a hacer te parece poco? ¿Además
querés un pollo?
—Sí, va asado, bien cocido porque hay que desmenuzarlo con las
manos en el relleno.
—¿Tan importante es para vos?
—Silencio.
Por primera vez en toda la conversación –en esa locura–, vi cierta
suavidad en sus ojos, ¿miedo?, ¿vergüenza?, ¿qué había ahí detrás? Sur-
gió en mi interior toda la ternura que podía albergar, vi a su niña triste
porque un paisano hablaba mal de la mamá. Ahora quería agarrar el palo
para dárselo en la cabeza a ese señor.
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—Está bien —respondí—, espero que mi marido no se enoje, preparo
todo yo, pero… ¿al menos un antipasto me dejás comprar para entrete-
nerlos mientras cocino?
—Piccola, il tuo marito está facendo una foccacia, vuoglio que mangen
la tua pasta.
Decía eso y se le iluminaba el rostro, cayeron lágrimas del mío y una
necesidad de abrazarla que me hicieron abalanzarme al aire y casi me
caigo.
—No hay abrazos, no puedo abrazarte.
—Cuánto me gustaría.
—No hay tiempo, te puedo ayudar, voy a regresar el tiempo a la hora
que compraste todas questas porquerías. Cuando el ascensor llegue al tuo
piso, vas a encontrar en la puerta el palo de amasar con una cinta roja.
Agárralo, llévalo a hacer las compras que acordamos.
Dicho esto desapareció. Llegué al piso, y ahí estaba el palo. Lo agarré,
dejé el tiramisú con paquete y todo en el piso, llamé a mi marido para
decirle que lo entrara y lo pusiera en la heladera y volví a bajar. No podía
perder un solo segundo.
Compré una docena de huevos –por las dudas–, dos kilos de tomate
perita, que justo estaban rojos, maduros a punto de estallar (¿los habrá
dejado la nona?) y me llevé un par de cebollas y morrones. También com-
pré varias especias frescas que suelen tener. No podía dejar mal parada
a la nona. El palo estaba conmigo en la bolsa, como un amuleto, o un fan
que alentaba a seguir comprando lo necesario. ¡Vibró!, y me paralizó el
cuerpo esa sensación… me estaba olvidando de comprar la espinaca y los
ajos. Volví, pedí lo necesario, y partí para la carnicería. Estaba por cerrar
cuando llegué a la puerta, y le dije “solo quiero dos pavadas” y el tipo
me dice “no tengo mucho más, hoy vendí casi todo”. Y como por arte de
magia solo tenía un par de pechugas y un pedazo reluciente de roastbeef,
que le compré. Ya nada me llamaba la atención.
Corrí a casa, pero antes de volver a subir recordé la focaccia que
posiblemente estaría elaborando mi querido marido y compré aceite de
oliva, aceitunas negras que asumí iba a necesitar, más otro paquete de
harina, por las dudas. Debo decir que al entrar al ascensor lo inspeccioné
integro, nada distinto; tampoco lo había en el otro viaje. Solté las bolsas,
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todo igual… miré el celular para saber la hora y revisar la conversación
con mi marido: una foto del tiramisú en la heladera. Los mensajes sobre
las compras desaparecidas habían corrido la misma suerte.
Entré a casa, ahora tenía dos horas para hacer la cena, tiré todo en la
cocina, mi marido se acercó a revisar las compras y me pidió que “olie-
ra”. Con el torbellino de situaciones ni pude parar y reparar que la casa
estaba reluciente, que había pasado lustrador de madera, trapo de piso
con esencia de lavanda. Era un olor perfecto, a lavanda con flores del
campo artificiales, hasta el puf del perro estaba sin pelusas.
—¡Vamos a invitar más seguido a tus clientes! —dije. Y se rio.
Volvimos a la cocina, me advirtió que me ayudaba a “desembolsar” y
necesitaba revisar unos temas de la oficina. Sacamos todo, y cuando vio
el aceite y las aceitunas me preguntó: “¿Hago una focaccia?, no lo pensé
hasta que vi el aceite con las aceitunas, además hay romero y tomates
secos, puedo hacer de varios sabores…”. ¡Mi abuela! Qué astuta estuvo
la vieja, me hizo comprar las cosas para darle la idea a él… Parecía cosa
seria esto del vecino. ¿Qué otras sorpresas me guardaba la velada?
Él se queda en un sector de la cocina y yo en otro. Tomo los paquetes
de harina y vacío el primero en la mesada, haciendo la montaña viene
mi niña, la que no llegaba hasta a la mesada y quería ayudar. Sentí mu-
cha nostalgia. El palo estaba como loco, lo sentía moverse, no sé cómo
mi marido, que estaba con su amasado, no se enteraba. Hice el pozo en
la montaña, puse las ocho yemas, la sal, me arremangué, y la dejé a esa
nena que vino a mí a meter los dedos, jugar, enchastrarse, ayudar. Los
dedos se me encogieron pero agilizaron la integración de los elementos;
una vez unificado, tiré un chorrito de aceite de oliva y seguí amasando,
pero las manos ahora eran las de mi madre, ajadas, tensas, precisas, con
una ductilidad que ni mi abuela podía darle a la masa. Y hacía bollos y les
daba calor, movimiento, amor. Tapé la masa con un repasador húmedo,
limpio, recién sacado del cajón –como ordenaba la abuela– y me puse a
picar las verduras. Tenía la sartén caliente con otro chorro de oliva, las
tiré directo, así que mientras se cocían aproveché para cortar y dorar los
trozos de carne en otra sartén, pelar los tomates y una vez terminado,
unificar en una sola olla a fuego bajo. Un viernes a la noche, en vez de
estar tirada haciendo zapping, estaba trabajando mucho y disfrutando
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también de mis raíces. Me puse a preparar el relleno. No quería mirar la
hora, tampoco mi aspecto.
Agarré el palo y la masa que había quedado reposando, con mucho
desgano, porque ya sentía que las fuerzas necesarias para dejar aquel
bollo hecho una tela fina se habían esfumado. Enhariné la mesada, aga-
rré un trozo y el palo empezó a moverse solo. Miré para todos lados, mi
marido estaba en su oficina, yo no podía creerlo. Una vez fina como a ella
le hubiera gustado, el palo se detuvo. Yo solo me limité a poner otro bollo,
así hicimos hasta que alisó todos. Saqué el relleno y con el molde al lado
(que era el suyo, nunca compré otro) me puse a preparar los ravioles.
La mesada estaba plagada de ravioles, mi marido regresó a la cocina
por el olor del tuco y además porque necesitaba sacar la focaccia del
horno. Quedaban menos de quince minutos para que llegaran los comen-
sales. Le pedí que se ocupara del agua y de rallar el queso mientras me
daba una ducha relámpago. Se quedó cortando los salamines y decorando
con cherrys la bandeja de la entrada, cosas que, la verdad, le salen como
de revista. Entré a la ducha y, al igual que el estallido de agua que caía
en mi cabeza, las lágrimas brotaron de mis ojos. ¿Ansiedad?, ¿nostalgia?,
¿desesperación?, ¿todo junto? Para no perder el training corrí al cuarto
a cambiarme; recordé que tenía un vestido de la nona que había usado
para una clase de teatro, ahora estaba de moda ese tipo de corte y estam-
pado. Me lo puse, agregué un cinto y unos tacos, y estaba con mi abuela
–de alguna manera– para hacerle frente a la vieja acusación que no le
permitía descansar en paz.
Volví a la cocina para chequear que todo estuviera en funcionamien-
to. Justo cuando el agua de la olla rompió el hervor y vi las burbujas bro-
tar, sonó el timbre de abajo. Mi marido atendió el portero eléctrico, los
dejó pasar el señor de la entrada, zafamos de bajar.
Siguen las sincronicidades, pensé, ¿magia?, ¿mucha creatividad para
no querer ahorcar a mi marido y apoyarlo en su proyecto? Quise lavar el
palo para guardarlo, pero no lo encontré, le pregunté a él dónde lo había
puesto y me respondió que no sabía de qué hablaba. Abrió la puerta y en
vez de saludar, solo me salió preguntarle: ¿Cómo que no sabés dónde está
el palo? El cliente, desde la entrada, me miró, sonrió y me preguntó si no
usaba la máquina. Entraron. No, la verdad que no, hace años que desapa-
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reció la manija de la máquina de mi abuela y nunca quise comprar otra,
le respondí. Y fue raro, porque era como contarle a un desconocido algo
que hacía a mi intimidad. Nos saludamos, extraña presentación, sentí
incomodidad, no quería mirar a mi marido, temía haberla embarrado
después de tanto trabajo. Sonreí, los invitamos a pasar al living, mi ma-
rido tenía preparado un aperitivo y la picada, yo estaba desesperada por
ese palo… y lo vi arriba de la mesa (que ya había puesto y arreglado mi
marido), enharinado, yo sabía que no lo había dejado ahí. El cliente lo ve,
se me acerca, apoya la mano en mi antebrazo derecho y siento a todas las
mujeres antes de mí sostener ese brazo que el hombre toca, lo presiona y
dice: “Qué grande, te felicito y te agradezco, me recordás a mi abuela, ella
nunca usó máquina”. Agarré el palo-trofeo, lo llevé a la cocina, lo dejé
ahí, y me fui a disfrutar de la picada.
Luego volví a verificar que la salsa estuviera a punto, el cliente gritó
“Qué bien huele”, tiré los ravioles, esperé que flotaran, los metí en una
fuente de porcelana que heredé de ella, mi nona, ¿quién más? Fui con la
bandeja, con el vestido, con los ravioles, los puse en el centro de la mesa,
después regresé con una salsera y una fuente con la carne extra. Servimos
los platos, y cuando él probó el primer bocado pude percibir esa expre-
sión, esa emoción que brota cuando lo que se prueba estalla en el paladar
e implosiona en el cuerpo, vi esa lágrima reprimida, esos sabores que nos
inundan y conmueven, y mirándome fijo, me dijo: “Son tan buenos que
podrían competir con los de mi nona”. Suspiré aliviada, el honor de la
familia estaba a salvo.
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Espejos
Eran dos. Un parecido asombroso las unía: mellizas con diferentes partos,
dijo el pueblo. Hermelinda demoró cinco años más que su hermana en
conocer el mundo. El tiempo, variable de ajuste, puso en juego sus cartas.
Como siempre pasa, la espera no resultó auspiciosa cuando las cosas no
fluyen desde un comienzo. O quizás el mes fuera premonitorio de su fu-
turo, y acá las estrellas, las responsables: la primera, en enero, al comien-
zo de un año; la otra, en diciembre, marcando el cierre.
Durante la primera infancia no fue tan evidente el parecido físico,
aunque esta bebé era igual que aquella. Solo alguien con detenimiento
podía descubrir esos rasgos similares. Incluso Cayetana pedía que se vis-
tiera a su hermanita con la ropa que fuera suya. La madre las paseaba or-
gullosa, y el poblado se alejaba al ver a aquella niña igualita a la primera,
incluso en sus prendas. Con los años las diferencias fueron imposibles de
establecer. Ninguna logró superar el metro cincuenta. Rubias, delgaditas,
con ojos color caramelo.
Es de paisanos no considerar la edad para la escuela; empezaron jun-
tas el primer grado: a los cinco y a los diez años. La maestra, confundi-
da, temía no saber quién era quién, pero al poco tiempo se hizo eviden-
te. Mientras Cayetana regaba las plantitas de la huerta, Hermelinda las
arrancaba sin piedad. El brillo de sus ojos reflejaba lo mismo, incluso
cuando una lloraba y la otra reía.
Tuvieron una niñez y adolescencia muy tranquila. La juventud las
convirtió en mujercitas populares, abundaban los candidatos. Se casaron
juntas. Ninguna podía tolerar el abandono de sus padres sin el apoyo de
la otra. Un dato curioso en la elección de los cónyuges fue que uno era
llamativamente alto y el otro gordo. El de Cayetana tenía una modesta
cantina en un pueblo, al sur. El de Hermelinda, un conocido almacén en
otro pueblo, al norte; se vislumbraba un futuro promisorio para ellos.
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La muerte de sus padres fue un exótico regalo, la madre de las niñas
murió al año de las nupcias, y el padre tres meses después. Nunca se supo
bien por qué, aunque se sospechaba que la tristeza producida por el vacío
del hogar fue el factor preponderante.
Ese mal trago las afectó tanto que decidieron convertirse en madres
para superar la depresión. ¿Casualidad? Tuvieron tres hijos: dos no eran
suficientes, ellas lo habían experimentado. Crecieron con la necesidad de
un tercer hermano que nunca les llegó. No deseaban lo mismo para sus
descendientes, así que ambas alumbraron dos niñas y un varón. Herme-
linda entendió que el árbitro debía nacer primero, pero Cayetana alum-
bró último a su niño mimado. A ninguna le pasaría como a su mamá, el
hombrecito se quedaría a cuidarlas.
Las nuevas madres querían lucir modernas, acordes con las nuevas
tendencias de la época que enmarcaban mujeres devotas al hogar pero
también con un ingreso. Trabajaron muchísimo más que sus maridos.
Cayetana, reconocida en el barrio por su caridad, produjo el quiebre
de la cantina del marido. Este tuvo que ir a trabajar a los hornos de ladri-
llo aledaños. A los pocos años contrajo una enfermedad incurable que lo
arrebató de su familia. Ante la desolación de la viuda, los vecinos ayuda-
ron a que pudiera volver a abrirse la vieja cantina que alimentó y educó a
los niños. Mientras la madre trabajaba, las niñas se ocupaban de la casa.
Hermelinda, en cambio, hacía de la avaricia su sello personal. No le
costó trabajo convertirse en la primera mujer capitalista del pueblo. Su
marido era un holgazán, pero ella suplía el esfuerzo de ambos. No fue
casual el orden del varón. Desde pequeño lo convirtió en un empleado
ejemplar. Después de todo, algún hombre tenía que trabajar en aquella
casa. Con su primogénito en la calle haciendo repartos, su fortuna em-
pezó a crecer con velocidad. Ayudó a que sus hijas vistieran siempre las
mejores prendas y además fueran codiciadas por estancieros.
La vida les regaló nietos, aunque con Cayetana fue más desprendi-
da. Compartió la casa con la hija mayor debido a que su yerno era muy
pobre, también la cantina para que pudieran construirse las bases de su
futuro. El destino de ese negocio era inevitable, siempre la bancarrota.
Los maridos de sus hijas se convirtieron en empleados, también el niño
mimado.
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El quiebre del negocio no la entristeció, tampoco que todos trabajaran
fuera de su hogar. Para ella lo importante eran los nietos. Dedicaba sus
días y amor a la atención de ellos, sus hijos no cesaban de concederle más.
Era muy feliz, incluso cuando pasaron los años y siguió atendiendo a los
bisnietos. Incontable la cantidad de integrantes que se originaron a partir
de ella. Como su principal valor, la vida fue generosa con más vida.
El cuerpo sufrió el desgaste natural de una persona que no se ocu-
pa de su físico. Sumida en la atención de los niños, nunca fue prioridad
visitar médicos. Los achaques no fueron escasos: los ochenta la sorpren-
dieron en una silla de ruedas. A pesar de ello, seguía con su voluntad de
trabajo ayudando a la familia. Al cumplir los noventa despertó sin me-
moria. No podía reconocer a las personas con las que compartía la casa.
Tampoco recordar sus comidas. Cada momento se consumía al instante.
Hermelinda tuvo dos nietos por hijo y nunca les regaló nada, mu-
cho menos su atención. Utilizó su astucia para ser mantenida por la des-
cendencia creando mecanismos poco sutiles de manipulación. Sus días
fueron muy distintos a los de su hermana, jamás visitaría a un nieto ni
cuidaría de él. Las enfermedades que padecen los niños son múltiples,
temía todo tipo de contagio. Además siempre están sucios y con los mo-
cos colgando, eso le producía escozor. Recorrió el país con su marido.
Déspota con los niños, amorosa con su esposo, logró una pareja sólida;
se cuidaban mucho. Temerosa del paso del tiempo, acudía anualmente a
controles médicos. Realizaba tratamientos de cualquier procedencia para
frenar los avances naturales de la vejez.
La situación económica de Hermelinda era superior a la de Cayetana,
también el estado corporal. La menor encontró los ochenta de viaje por
Córdoba. A su regreso se enteró de la rotura de la silla de ruedas de su
hermana y por primera vez tuvo un gesto de afecto con ella, sabiendo que
sus hijos no podían comprar otra, decidió regalarle una. La envió directa-
mente con un flete. No era su deseo verla.
Le desagradaba visitarla desde que dejaron el hogar de sus padres y se
casaron. Las elecciones de su hermana la enojaban mucho, además Her-
melinda nunca toleró la pobreza. No tenía ganas de que aquellos malos
tragos generaran surcos en su rostro, con lo cual evitaba la situación. Ha-
bía dejado de visitarla cuando Cayetana cumplió sesenta años. Le resulta-
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ba muy feo observarla, nadie quiere mirarse en un espejo que distorsiona
la imagen de forma tan antipática.
Para el nonagésimo cumpleaños de Hermelinda, sus hijos quisieron
homenajearla con una gran fiesta en el club del pueblo. Multitudina-
ria concurrencia, a pesar de no ser una persona querida por el entorno.
Todos deseaban asistir a ese acontecimiento tan glamoroso. La encontró
bailando después de mirar fotos de los momentos más importantes de su
vida. Inigualable la lucidez de su mente; el control de sus signos vitales
era perfecto. Tanto que al dar las doce lo supo.
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Vestido de sombra
Puedo recordar la última mirada que, amenazante como una flecha dis-
puesta a abandonar el arco, me invitó a permanecer quieto, no luchar,
rendirme a un cuarto oscuro en las profundidades de vaya a saber qué
remoto lugar. La penumbra bañó mi desarrollo, de alguna manera logré
alimentarme con ingenio; ha pasado tanto tiempo. Tener que vivir el en-
cierro, la falta de aire, para muchos hubiera sido una sentencia de muer-
te. A mí, lejos de debilitarme, me ofreció un poder que de a momentos
se escapaba de control, sorprendía. Vestido de sombra lograba escabullir
esta esencia más allá de los muros. Diversos son los matices para sublimar
esos disfraces.
Mi ausencia pasó desapercibida, el olvido llegó de la mano de la cos-
tumbre y los hábitos. Armar una semana llena de actividades ayuda a
cualquiera a cubrir vacíos existenciales que solo ocasionan dolores de ca-
beza. Para no entrar en dilemas mejor seguir el ritmo de la especie, cubrir
las expectativas se vuelve en una línea de puntos que demarca el camino
a seguir. Y así todos pasan por el jardín, el colegio y con fortuna se llega
a la facultad. El gran camino del ascenso cubre todas las necesidades y
esperanzas del hombre moderno.
La vida se convierte en una carrera de obstáculos, una seguidilla con
más o menos postas según la ambición de cada quién. Ahí nace la primera
rendija que permite empezar a percibir la luz. Surge el engaño de una
posible libertad, el sueño de poder ir más allá de estas paredes. Quisiera
no tener un carcelero, aun las ganas de asesinarlo logran un efecto de-
vastador en mi ser. Tal vez sea producto de la imaginación, pero percibo
tantos límites que siento opresión.
Están los que me niegan, se esfuerzan en construir un pasado donde
desaparezco, llenan sus recuerdos de la infancia con sombras, parecidas
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a las de esta habitación pero más insulsas. Hay otros en cambio que en esa
nostalgia comienzan a vivenciar el recuerdo de compartir su cotidianidad
conmigo, ir juntos de la mano, construir un mañana promisorio desde
un hoy pleno. Ahí es cuando la ilusión de libertad cobra relevancia y da
sentido a esas apariciones que a veces acontecen.
Así, los que aceptan comienzan a desenrollar el ovillo que, entre jue-
gos, logra pasar por debajo de la puerta con la llave correspondiente y el
veneno necesario para poder anestesiar al opresor y liberarme a mí, su
tan amado deseo.
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Matar a la bestia
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Olfateé el cuerpo, tantas cavilaciones me olvidaron de lo real; en
cuestión de segundos la tendría enfrente y tenía que armarme de coraje
para este desafío. Parada ante mí, con su olor nauseabundo, esa oscuridad
devastadora, casi se me olvida el abrazo. Di un paso; miró con descon-
fianza. Temblaba, era una hoja a punto de ser tomada por el vendaval.
Me armé de coraje y me abalancé en un abrazo. Había una niña inocente
cargada de curiosidad, creativa e inquieta. También percibí cierta gratifi-
cación hasta que uní las miradas. Nada cambió, esos ojos estaban impolu-
tos; estos, sumisos. Se tornaron pavorosos cuando, con su furia habitual,
me arrojó al piso. Quedé tendida, la oí alejarse.
Estuve desconcertada por unos cuantos minutos, otra vez el fracaso
se apoderaba de la rutina. Esa mañana había decidido dejarla atrás, iba
a solucionarlo. Escuché en sus gritos y descargas muchas cosas pero solo
pude entender algo como que su sensibilidad le permitía reconocer el en-
gaño. Otra vez escuchaba esa pregunta “¿cuál es la puta bestia?”. Me sentí
culpable de querer controlar su destino, de probarle a quién que un abra-
zo calienta el corazón y ayuda a romper la coraza que carga. Qué tre-
mendo. Tanto pensar en la posibilidad de buscar un cambio en alguien.
Hice silencio, pude ir caminando por cada escena, percibiendo en la
piel cada milésima de sensación que se había despertado en mí gracias
al pavor de aquella criatura. Me supe indigna de generar cualquier tipo
de transmutación en ese destino, di valor a la sabiduría del ser en elegir
el camino que quisiera, que le tocara o que disfrutara, pero sobre todo,
aquel que pudiera. Esa noche, mirándome en el espejo, buscando allanar
mi alma a través de la mirada, osé levantar la vista y pude, por primera
vez, aceptar a la bestia a mis espaldas.
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La muñeca de Kafka
El paisaje era tan lindo que no podía esbozar sonido; me pregunto si tal
vez por eso me dejaste tendida en el vagón. Recuerdo que en la estación
subió un niño con su padre, jugaba con un autito de madera con el cual
prometió llevarme a pasear cuando arribáramos a destino. Tal vez los bo-
tones de mis ojos no fueran tan expresivos, pero las costuras tampoco me
habilitaban el habla, por eso fue más importante mi sonrisa que las ganas
de contarle que no cabía en ese auto. Él se había hecho mucha ilusión.
El padre estaba tan atento al celular que no fue consciente de mi pre-
sencia hasta que Octavio –el que me prometió el paseo– le tiró de los
pantalones preguntando si podía ser el regalo para su prima Margarita.
El señor miró de reojo; luego, con detenimiento, siguió tocándome el ca-
bello, pero sin caricias; podría decirse que buscaba ver si estaba sedoso.
Se acercó un poco más, me tomó en los brazos, olió mi cuerpo y ahí fue
cuando sentí por primera vez rechazo por él, no quería acompañarlo
aunque me asustaba seguir perdida en ese compartimento. La alegría del
niño ante el permiso de cargar conmigo fue tan contagiosa que me hizo
cambiar de parecer. Unos desconocidos cuidarían de mí.
Octavio casi me deja sin aire, pies ni ropa; para bajar del tren rodeó
mi cuello con su brazo y me llevó a la rastra por todo el camino. Ya había
dejado de ser una muñeca para convertirme en el trapo de piso de aquel
recorrido. Luego, el resto del camino hasta la casa de la abuela Cecilia
fue más calmo; por suerte tuvieron la decencia de colocarme en la parte
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de adelante y no en el baúl como quería hacer el conductor. A pesar de
eso, al verme, la abuela ordenó que de ninguna manera iba a conocer a
Margarita en esas condiciones, que quién sabe qué pestes traía encima
y que mi ropa ya estaba fuera de moda y necesitaba actualizarse. Suerte
que no tengo corazón porque de haberlo tenido en ese momento se hu-
biera frenado; tenía muchas ganas de decirle a esa mujer-cocina-galleti-
tas-olorosas que me gustaba mucho la ropa que llevaba y que la niña de
un escritor la había elegido así.
La muy ingrata me arrancó de Octavio que se quedó custodiando todo
el proceso, sacó mis prendas, las arrojó a la basura y me metió en un
artefacto que al principio parecía oscuro por estar cerrado, pero al fina-
lizar debo reconocer que fue divertido. Adentro tenía una ventana que
permitía ver qué sucedía en el exterior –así supe que el niño tenía más
autitos–, hasta que la cosa comenzó a girar. Fue muy raro lo que sucedió,
había agua y espuma que me causaban cosquillas, y después empezó a
soplar un viento tan cálido y seco que asustaba. Habré estado más de dos
horas ahí adentro hasta que una señora se dignó a abrir las puertas de
mi libertad –o eso creí–, tomó una aguja e hilo y coció los ojos que estaba
por perder, emprolijó el rojo de mis labios y también unió una herida que
tenía cerca del abdomen dónde empezaba a perder relleno.
Todo iba fantástico hasta que a lo lejos vi venir a Cecilia apurada, me
dio pavor pensar con qué seguiría después de este lío. Pero me arrebató
de las manos de la señora para probarme un vestido violeta con flores
muy lindo que estaba terminando. Le agregó un par de ribetes y me puso
también unos zapatos. Me sentí de gala. La abuela quiso ponerme en una
caja, pero Octavio se enojó, decía que teníamos pendiente un viaje en su
autito; quería estrenar la bocina.
Escuché el timbre, y Margarita entró sin saludar a nadie, salió co-
rriendo hasta donde estábamos al grito de “una muñeca para mí”. A na-
die le gusta que lo estrujen todo, pero el amor dándome abrazos, llenán-
dome de besos y bailando el vals conmigo hizo que me gustara y que, esa
tarde, el juego de tomar el té fuera la cosa más divertida que me pasó en
la vida.
41
El vecino
Solía ser silencioso, se lo escuchaba pocas horas al día, con lo cual era algo
así como el vecino ideal. Siempre correcto y de pocas palabras, parecía
hasta molestarlo el saludo si es que por designios del azar lo cruzaba en el
pasillo o áreas comunes. Alguna vez un cómo andas, o esas frases de as-
censor que nos hacen meteorólogos o especialistas en indumentaria: ¡qué
frío!, ¿te olvidaste el paraguas?, ¿salís sin abrigo?, y otras frivolidades.
Hasta que un día tuvimos la desgracia de que se pinchara el caño de
la loza radiante y tuvieran que demoler la pared de ambos baños para
arreglarlo. A pesar de que pusieron cartones, bolsas y un montón de “sus-
titutos”, mientras reparaban me enteré de que se llamaba Carlos y que
había sido el gerente del banco de la esquina. También supe que el depar-
tamento era su oficina y que era actuario.
Tuve que buscar qué significaba porque era la primera vez que es-
cuchaba esa palabra, imaginé que estaba vinculado a la actuación o al
teatro, pero era raro porque nadie lo visitaba, y a mí me daba vergüen-
za preguntarle. Además, como costaba verlo de día (yo pensaba que era
cuando dormía), cuadraba con mis elucubraciones.
Con lo de la rotura del caño, aprendí que no era tan buen vecino, que
no usaba sahumerios (los tenía que comprar yo) y que estaba tan podrido
de adentro como de afuera. Se quejaba desde las 10 que llegaba hasta
las 16 que se iba. Esas seis horas eran mi infierno, los olores, reclamos,
gritos, incluso en los pocos silencios que había se palpaba el malestar. Su
vibra me envolvía con la misma fuerza que su olor, el sonido del teléfono
que sonaba de manera constante y cada una de las interrupciones que se
sucedían.
Al inicio, me preocupaba cuanta de mi mugre lo estaría invadiendo,
luego empecé a pensar para qué necesitaba transitar aquello. Fueron dos
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mundos: con y sin pared, al contrario de los hechos históricos, acá esos
ladrillos en el piso ocasionaron en mi vida el más horrible de los padeci-
mientos. Con la vieja pared no me enteraba, solo era el señor silencioso,
pulcramente vestido que veía a veces. Ahora el hechizo se había desvane-
cido: no nos casamos, no elegimos llevar adelante ningún negocio, sim-
plemente alguien vino y tiro una pared. Ladrillos, cemento y arena, ele-
mentos que empecé a valorar y que antes pasaba por alto y hasta miraba
con desgano; aprendí de su necesidad y protección, a redescubrir lo que
en verdad simbolizan.
Me llevó un tiempo develar que el míster no actuaba, ni escribía para
actores, sino que lo que hacía era calcular. Hasta él, siempre había creído
que los hombres eran afortunados porque se compraban un traje y listo,
no necesitaban más prendas. Con verlo descubrí que hay una variedad
inmensa de estilo de cortes y colores que se pueden combinar de las más
creativas maneras.
Un día, casi al final de las reparaciones –el albañil empezaba a recons-
truir la pared– lo crucé en el ascensor. De alguna manera tuve una sen-
sación de violencia, como si ese hecho no fuera casual. Guardé silencio.
Habló, escuché que le gustaban mis sahumerios y que dónde compra-
ba esas cosas. Luego siguió con que la salida del banco había sido un gran
arreglo, no tanto por la plata sino porque ahora él decía vivir mejor. Yo
sentía que escuchaba un discurso de manual, a la nueva moda, “dejé el
trabajo y me abrí un bar”. El haber compartido de manera omnisciente su
transcurrir me daba los elementos para estar en lo cierto.
Contaba con otros indicios, la rigidez de aquel cuerpo, tan compacto
y milimétricamente medido para realizar cualquier movimiento, hacía de
aquellas palabras una contradicción. Seguía escuchando cómo cada uno
de sus logros iban en contra de su salud, cómo esos que la gente llama
éxitos lo habían hecho fracasar en lo que verdaderamente importa. Lle-
gamos a la planta baja, nunca jamás nadie pudo decir tanto en tan poco
tiempo y con esa velocidad.
Cuando volví a casa, por primera vez luego de más de treinta días
comunicados, estaba la anhelada pared. Los dos sabíamos que algo se
había terminado.
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No volví a cruzarme con Carlos. A la semana vi a unos señores en ma-
melucos haciendo la mudanza. El encargado del edificio misteriosamente
estaba tan sorprendido como yo. Dos meses después recibí un sobre sin
remitente, adentro había un japa mala y un papel que simplemente decía
“Namasté”.
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Instrucciones precisas
Carlos arranca temprano los lunes, abre los ojos a las 6 AM sin desper-
tador. Se sienta, mira siempre su muñeca para confirmar la precisión
biológica –un 95% de confianza–, hace una mueca con el rostro similar a
una sonrisa, se pone de pie, camina hasta el espejo, revisa con rigor cada
detalle de su cuerpo, se rasca ambas axilas con la mano contraria a modo
de excusa para un abrazo frío, y entra en la ducha. Come una banana. A
las 7 está listo para correr 40 minutos, con los 20 minutos restantes se da
una segunda ducha y se pone un traje previamente seleccionado la noche
anterior. A las 8 está afuera.
8.30 estaciona cerca de un bar camino del banco. Ya tiene un menú
establecido según el día. Los lunes toca jugo de naranjas, tostada negra y
té verde. Recoge los diarios y empieza a analizar los ejes temáticos y con-
flictivos que tendrá para lidiar esa jornada. El personal lo conoce, por lo
cual ya tiene el pedido preparado a horario; él deja buenas propinas y no
quiere correr riesgos de perderlo. Carlos lo sabe, por eso al ingresar solo
hace un gesto mirando al que esté en la caja, levantando la cabeza, y al
irse, va directo allí, paga con la tarjeta y deja un buen billete en la lata.
Pero ese día lo sorprendió que nadie notara ni dijera nada cuando se
sentó un hombre frente a él. El diario lo tapaba, pero podía percibirlo.
Miro alrededor antes de fijar la vista en quien tenía enfrente. Los mozos
seguían en sus tareas, nada fuera de lo corriente. Bajó un poco más el
diario mientras decía “no tengo plata para comprar nada”. Y casi se le
para el corazón.
Volvió a mirar a cada empleado del local, y a quien estaba sentado
ahí. Se preguntó quién era, por qué tan parecidos; en su mente rondó la
posibilidad de un hermano no reconocido. El corazón se aceleraba, temía
que el stent le saliera despedido por la boca. Su otro yo habló.
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Lo que Carlos escuchó de esa presencia era que nadie podía verlo
excepto él, que traía un mensaje porque era urgente que diera un vuelco
significativo a su vida. Le dio instrucciones precisas. Comprendió lo que
pudo; encima, una vez pasado el susto, quiso aprovechar el conocimiento
de ese ser para consultar sobre futuras decisiones en el banco que su doble
por supuesto no respondió. No se sintió juzgado, el futurista comprendía
que aún le faltaba camino por andar y su corazón –que iba muriendo de
a poco y cesaría en caso de desoír– estaba en riesgo. Esas instrucciones
incluían: 1) cambiar de manera inmediata su forma de trabajar (pero él
entendió de trabajo), 2) recuperar las herramientas, como las gubias y
formones que iba a regalar, para darle más tiempo a la talla en madera (él
entendió que tuviera un hobby), 3) habitar un lugar con más naturaleza
(él entendió que salir más al balcón o ir a la plaza más seguido), 4) entrar
en contacto con sus emociones (él entendió que hablaba de sus hijas), 5)
realizar más actividades al aire libre (él entendió más horas de ejercicios
por sus temas cardiacos), a la sexta, se sintió abrumado y no quiso oír
nada más.
Ese día se fue sin pagar, y en vez de manejar hacia la sucursal lo hizo
directo a la casa matriz. El presidente del banco, que era un viejo amigo
suyo, lo recibió sin más; aceptó sufrir la pérdida de su más productivo
gerente, pero comprendía que estaba enfermo y que era mejor no arries-
garse a una futura demanda.
Luego alquiló un departamento y allí abrió una oficina, en la cua-
dra del banco. Se puso en contacto con sus viejos clientes y les contó
que arrancaría con un nuevo emprendimiento: análisis de riesgos para
carteras de inversión. Debía entrenar un poco sus antiguas habilidades,
así que rompió todas las rutinas saludables y trasnochó con programas
estadísticos, experimentando una y otra vez.
El Carlos del futuro lo miraba con tristeza, seguía sus pasos pero no le
estaba permitido volver a hablarle. Solo una vez podía hacerlo, y por los
resultados, se perfilaba un rotundo fracaso. Con el correr de los meses, el
otro aumentaba la carga de trabajo, su ansiedad, la rigidez de la vida. Por
eso, el doble se iba extinguiendo; se había quedado en el departamento
donde trabajaba y al principio buscaba susurrarle algún “así no”, pero
era un grito en el vacío, él no lo había entendido…
46
Así se fue sintiendo cada vez con menos fuerza, viendo cómo Carlos
se manejaba a lo loco, y se llenó de tristeza, que al no poder expresarla,
se convirtió en rabia y justo antes de dejar de existir, estalló. A modo de
bomba, esa amargura de no saberse escuchado, la prepotencia de la in-
defensión y el rejunte que había acumulado de ver a su otro desoír tan
mal que se vaya al campo, que desarrolle su don con las maderas, que
contacte a sus hijas, que dé espacio a un nuevo amor, que descubra lo que
es sentir una bendita emoción sin taparla con trabajo… La intensidad fue
un regalo inexplicable que lo asesinó, pero antes le permitió pinchar un
caño que conectaría a ese hombre tan obtuso con la mujer que vivía al
lado de su oficina.
La había estado observando, sabía que era una joven sensible, con un
don especial que tampoco manejaba mucho, pero con suerte intervendría
para ayudar al vecino. Confiaba que la frescura de aquella muchacha, sus
rituales y la juventud que portaba con tanta soltura, lo despertaría.
No tuvo el placer de verlo; hubiera querido. El Carlos del pasado tam-
bién estalló con el caño. Ese día volvió temprano a su casa. No pudo dor-
mir, tuvo que pasar por una guardia donde lo dejaron en observación
toda la noche, y desde allí volvió con la mente a esa charla en el café al
que jamás regresó (pero tuvo el detalle de enviarles un sobre con el dine-
ro para saldar la deuda).
A la mañana siguiente, con el alta, fue directo a la oficina. Estaba
enojado, no podía darse cuenta. Les gritaba a los clientes, a los que llama-
ban y a los que no, los emplazaba para reclamar pagos atrasados, viejos
resquemores, lo que fuera. Los gritos iban subiendo de tono cada vez más.
Los días dentro de ese departamento, con la pared rota por la pinchadura
del caño, que encima lo comunicaba con la pendeja de al lado, lo desqui-
ciaban.
Ya había pasado más de una semana desde la internación ambulante
y sentía que de seguir así volvería a caer. Un lunes llegó completamente
descompuesto de toda la rabia que había juntado el fin de semana y al
entrar a la oficina se enojó porque, como siempre –desde el agujero–, se
llenaba de olor a sahumerio. Se metió en el baño para gritarle a la chica
que dejara de prender esas porquerías, cuando la escuchó cantar. Cayó de
espaldas sobre la puerta; lloró en silencio.
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El canto, como el de las sirenas que Ulises ordenó desoír, lo perdió, o
le hizo, por primera vez –no sabía si ya era tarde–, volver a escuchar a ese
Carlos del futuro que le había venido a advertir. En la vida imaginó que
sus ojos podían derramar tanto líquido, casi seis horas sentado contra la
pared sin interrupciones. Solo se detuvo para llamar a sus hijas. Ambas se
sorprendieron de escucharlo.
Se dio una ducha ahí, con cierto pudor de que la chica estuviera del
otro lado. Cambió de ropa; siempre tenía una muda en ese lugar. Escuchó
que su vecina iba a salir, entonces corrió tras ella y se subió como si nada
al ascensor. Empezó a hablar, a soltar preguntas sobre los sahumerios, co-
sas incoherentes. En su mente se debatía el no ser visto como un loco con
el agradecerle qué, se preguntaba ¿qué cantara?, ¿qué esté en los veinte?,
¿su frescura?, cada detalle de ella lo había hecho ver a su antiguo joven.
Eso era lo que tenía que haberle contado aquel fantasma del futuro: los
sueños muertos, enterrados, desoídos.
Bajó con ella y pronto supo lo que tenía que hacer. Fue hasta la pa-
nadería de la otra cuadra y compró bombones; en la esquina, enfrente
del banco, un ramo de rosas, y luego esperó a que saliera a las cinco en
punto, la que fuera su secretaria de tantos años y había tenido el coraje
de confesarle el amor que le profesaba. El rechazo era un riesgo, pero esa
mujer bien lo valía.
Al principio ella se sorprendió, luego lloró emocionada en sus brazos.
Desde aquel lunes, nunca se separaron.
Fueron a vivir al campo, allí Carlos volvió a trabajar la madera. Una
mañana sintió agradecerle a aquella joven de los sahumerios, buscó en su
taller alguna pieza que fuera ideal para que el mensaje llegara claro. No
encontró. Se sentó y se puso a jugar. Recuperando a su niño, empezó a ha-
cer bolitas de madera, mientras olía desde allí lo que cocinaba su mujer, y
siguió trabajando. Agarró un hilo, unió cada una de las esferas pensando
y agradeciendo cada aprendizaje, juntó ciento ocho: un japa mala, sonrió.
Lo introdujo en un sobre con un papel que contenía la palabra “Namas-
té”. Lo dejó en el auto para que cuando fuera a la ciudad pudiera ponerlo
en el buzón del edificio, y fue a ayudar a su mujer a terminar el almuerzo.
48
Momento bisagra
***
¿Qué nos cuentan las palabras de cada uno? Estaba detrás de aquella
puerta sin saber si aún seguía teniendo una prima o se acercaba la prime-
ra muerte inesperada en mi historia. Escuché que alguien decía: “Pobre
Susana, siempre tan sufrida”. Se heló mi piel, me pregunté si eso sucedía
de verdad o eran las letras que creaban las historias de Susana. Ella es la
mamá de Magalí, mi prima, la que está del otro lado de la puerta, entuba-
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da, decidiendo cuáles serían sus futuras palabras, si es que volverían a ser
pronunciadas. En el coma sin pronóstico, pude sentir que estaba muerta,
que era imperioso hacer algo, salir de donde estaba, que el cuento que me
contaba no me pertenecía o no lo quería aceptar.
Entré en pánico. Dije en voz alta: estoy muerta. Parecía una broma
de mal gusto, entonces mi papá me llevó a tomar un café y salir de esa
sala que tenía a los presentes arañando las paredes. El estado de shock
continuó en ese bar al que nos acompañó el autor del “Pobre Susana”,
cosa que me resultó desagradable e incómoda. El señor, prolífico en sus
narrativas lastimeras, agregó: “ese chico siempre fue un peligro, una des-
gracia”. El llanto me tomó, necesitaba traer silencio a su boca y la impo-
tencia de no saber cómo decirlo me superó. Podía ver que mi primo, el
que conducía el auto del accidente, estaba tan carente de vida como yo;
él no era culpable de, probablemente, tener que cargar con la muerte
de la hermana. Él hacía su trabajo: jugaba su rol; eran las letras las que
creaban esos mundos, solo que él, al igual que yo, no nos habíamos dado
cuenta todavía de que eran ajenas.
***
Los carteles siempre me llamaron la atención. Después de encontrar al
abuelo-diario venían las infinitas preguntas llenas de los porqués que lo
espantaban, también el reto de haberme manchado con “eso que no sale
fácil” y un infaltable “andá a lavarte las manos que ya comemos”. No
importaba cuánto las refregara, era inútil, siempre iba a sentarme a la
mesa tapándolas un poco para no escuchar la cantaleta de “esta nena” y
yo misma sentir la frustración de ver como subrayado en tierra-tinta las
uñas de las manos. ¡Sí, era una nena!, no un adulto, nadie me quería en-
señar a leer, yo quería aprender… A mis primas tampoco les interesaba,
y se reían de mis ganas.
Después de almorzar venía la aburrida siesta y, con suerte, una vuel-
ta a Ezeiza (porque a mamá le gustaba ver a los aviones volar pero no
subirse a ellos) o a algún lugar donde los que sabían leer decidían que
teníamos que ir. Y si aparecía un recorrido nuevo o distinto al habitual y
yo preguntaba cómo lo habían encontrado, la respuesta era más o menos
la misma: o la radio o el diario. La radio la escuchaba con ellos y no decía
50
nada, entonces aprendí que leyendo podía ir a lugares nuevos, pero había
que ser precavido, porque alguno de esos lugares estaban buenos y otros
no, y cuando eso sucedía yo les decía “quizás leíste mal” y ellos repetían
“no, leí bien”. Descubrí que a veces puede ser engañoso esto del leer; el
nono tenía razón.
***
Yo creía que Magui podía armar sus propias historias, a los veinte años
ya era casi profesora de danza. La única que le daba espacio al cuerpo
en nuestro linaje de comerciantes. Me equivoqué, los fenicios no le iban
a dar la libertad a ninguna mujer que quisiera salirse del libreto. Ahí lo
entendí, por eso mi tía era “pobrecita”, ella había sido muy mala en el
arte de comprar y vender. Le faltaba carácter, decían.
Previo al accidente, Susana, la flojita, la que no servía, había empeza-
do a tomar algunas riendas del negocio de la familia que tenían que ver
lógicamente con el colonizar nuevos territorios, y con eso, de a poco, fue
corriéndose de ese lugar tan cómodo e incómodo a la vez: de ser la que
necesitaba abastecimiento, la que no podía sola.
Al fin en su vida se daba el lugar que ella creía merecer, tomó capa-
citaciones para adquirir mejores recursos, y comenzaba a desenvolverse
con soltura. Qué injusto y con qué precisión. Apenas empezaba a con-
quistar un rol protagónico en las negociaciones y descubrir la tenacidad
para manejarse en entornos inciertos, cuando un accidente, producido
por el niño mimado de todos, le trajo la peor consecuencia que pudiera
sufrir una madre. ¿Será que la tía había sido engañada por algún acuerdo
que la pescó desprevenida?
***
Le pedí a mamá que escribiera en un papel con sus letras mi nombre, lo
hizo, entonces con eso yo me ponía a dibujar. Ensayé muchas veces volver
a dibuescribir, era difícil que las letras salieran tan chicas y todas iguales.
Ella me decía que era innecesario apurarme, que los nervios los dejara
para los grandes, que era chiquita, que mejor jugar, que después vendría
el primario, que ya iba a haber tiempo para leer.
51
Yo quería escribir mi nombre; si era mío, entonces debería ser un
derecho, si no que me lo sacaran, y yo inventaba garabatos de sonidos
que todos después me iban a tener que decir. Al desoír cada vez que me
llamaba, mamá decidió ayudarme a que hiciera el dibujo más prolijo, y
así logré firmar mis creaciones. Practiqué muchas veces en casa, en el vi-
vero, en la tierra con palitos, hasta que en una clase de dibujo del jardín,
me animé a dejar la huella de la nueva habilidad, la prueba viviente, y
puse mi nombre.
No fue bien visto, la seño me miró raro y exigió mi cuaderno de co-
municaciones. Le mandó a mamá una nota firmada incluso por la di-
rectora. La retaban porque parecía que osaba creer que era mejor que
ellos en el arte de dar clases. Era imperioso que confiara en los tiempos
pedagógicos del establecimiento y que de ningún modo debía exigir y/o
apurar el desarrollo de mis habilidades, ya habría tiempo y formas para
que yo aprendiera a leer, era prematuro exigirme así. Claro que todo esto
me lo contó mamá bajo la promesa de que no se me ocurriera volver a
hacer alguna letra en el colegio.
A mí me pareció raro porque se supone que uno al jardín va a apren-
der, pero quizás no tenía otra función más que enseñarme que ni siquiera
podía poner mi huella personal en las cosas que hacía, que era mejor
disimular u ocultar lo que uno sabe o lo que quiere decir o hacer.
***
¿Cómo se sale de la muerte? ¿Cuáles son las palabras que hay que juntar
para lograr los privilegios necesarios de seguir vivo? ¿Cuándo se hace
uno acreedor de la propia historia y es capaz de poner su nombre, de de-
jar que la obra sea la propia y no la que cuentan los otros? ¿Dónde están
los diarios que guían el desenlace de esos próximos pasos?
Volvimos del café. A las bisagras de la puerta les faltaba lubricante,
con lo cual cada vez que alguien entraba o salía de aquella terapia, el
corazón se nos desplazaba a la garganta. El optimismo era una caracterís-
tica ausente en la espera; al silencio solo lo matizaba alguna llamada del
tío que estaba siguiendo la evolución del primo internado en otro lugar.
Y yo ahí, queriendo saber de qué me estaba muriendo, prometién-
dome no volver a hacerlo. Quizás había dejado de leer, quizás me había
olvidado de cómo era escribir, perderme entre letras. Relatarme.
52
***
Llegó el tan esperado primer día del primer grado y yo volví muy triste
a casa porque nadie me enseñó, por más que le pidiera a todos, incluso
al señor del colectivo que me llevó de vuelta, cómo leer. Igual ganaba un
nuevo saber: no alcanza con pedirlo, o el hecho de hacerlo no sirve para
nada.
Pasaron los días y la seño María Inés, por fin, se dignó a enseñarnos,
primero las vocales y luego las consonantes. Fue muy aburrido y hasta
difícil llenar cuadernos con esas letras que para mí eran como dibujar sin
gracia, todo encima de un renglón pero debajo del otro, sin salirse de nin-
gún sitio, siempre respetando los límites… escribir solo la que estábamos
aprendiendo. ¡Fua! Muchas cosas me enseñó la escuela.
Hasta que por fin, tartamudeando, logré unir la m con la a y más
tarde la p con la a y así surgieron: mamá, papá y mapa. Después vino el
resto, pero ya estaba adoctrinada y me iba volviendo cada vez más ágil,
escribía lo que escuchaba y podía leer en voz alta lo que otros me hacían
poner.
***
Ahí sentada, en esa sala de estar en un hospital, sintiéndome acorralada
entre las dos rayas de los renglones de mis padres, temiendo mostrar los
conocimientos que había adquirido en la práctica de diversas habilida-
des, tratando de encajar, de no salirme de lo que entendía se esperaba de
mí, vi por fin salir al médico.
Dijo que “por fortuna” mi prima mostraba signos de mejoría, pero
que ya no iba a recuperar sus facultades cognitivas debido a la pérdida
de masa encefálica. Quedaba vedada la posibilidad de alguna vez volver a
danzar o escribir, quizás con mucho trabajo y esfuerzo pudiera caminar
o leer. No estaba muerta, de ahora en más, y como le gustaba a la familia,
volvería a ser la historia de los otros.
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La puerta
La tele está apagada, yo estoy siguiendo con la vista la sobrecarga del ta-
llado en ese rectángulo de madera que divide sin controversia lo público
de lo privado. Del otro lado, hay una cerca. Antes un camino de baldosas
que conducen a ella y que permite salir a la calle como en cualquier
otra casa del barrio. Hay silencio, las perras que teníamos se la pasaban
ladrando, ellas gritaban todo eso que, entre nosotros, y a veces también
con nuestro hijo, no sabíamos decir. No estaba prohibido, tampoco mal
visto: acuerdos que generaban tanto malestar en el cuerpo que terminan
ocultándose con una pastilla para la acidez o en un cáncer.
Sin embargo, en este frío invierno que me autoimpuse, en el cual la
hibernación solitaria se convirtió en una especie de redención, le permito
a mi cuerpo hamacarse en la silla que puse en dirección al calado arte-
sanal de la puerta, como si lo desconociera. Esta silla que me resulta tan
cómoda, solía ser potestad de mi mujer. No la compró ella, me refiero a
que era de esos elementos que se van apropiando en silencio.
Siento restos de olor a leche y manteca al balancearme, quizás solo
sea la prolífica imaginación de un viejo loco. Me causa gracia este hábito
de hablar del cuerpo como si fuera un almohadón más. Mi esposa se de-
positaba acá para dormir a nuestro hijo, a veces él solo se dejaba caer, en
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especial cuando se peleaba con alguna de sus novias. ¿Será una especie de
hipnosis entre la puerta y el vaivén del movimiento?
Salir de esta rutina que desconoce de ciclos por una exposición pú-
blica suena abrumador. Me muevo cuando el cuerpo me llama al baño o
la cocina, o en rara ocasión, al que solía ser mi cuarto. Se acabó esto de
sacar la basura antes de escuchar el grito, o pasear a las perras para que
no caguen en la casa o el jardín. Me gané el derecho a no contestar más
un “nada” para tapar la infinidad de ideas que tenía en la mente y que no
podía organizar en una respuesta ni mucho menos explicar.
Cumplir con rigurosidad la cuarentena –esta manía de tenernos en-
cerrados en nuestra propia casa– no fue más que un pretexto para ocul-
tar las pocas ganas que encuentro de salir a la calle, mostrar mi rostro
ajado por la vida y el transcurrir de esta repugnante enfermedad. Miedo
a la muerte, como si ya no hubiera hecho solito bastante para encontrar-
la. Nunca pensé que mi mujer me ganaría de mano, ella sí que era fuerte,
quizás por eso se quebró más rápido. Intentó resistir, pero su bicho fue
más recio. En cambio, yo me entrego, y en ese acto tan simple y humilde
de ni siquiera visitar un hospital, que imagino atestado de olores espan-
tosos y gritos tan desesperados como inútiles, sigo despertando cada día.
Me excuso en la edad, el malhumor, la torpeza para no utilizar estas
nuevas videollamadas que dice mi hijo que se pusieron de moda. Gracias
a ellas, la gente se desacostumbró al teléfono y ya casi no suena. No tengo
que caer en la obligación de un “bien, ¿y vos?”, que se eterniza en una
sucesión de palabras que me lleva a pensar en cualquier cosa menos en lo
que estoy diciendo o escuchando.
Conozco al detalle ese relieve, el del grabado; limita y protege. Tantas
horas, días, meses quizás, observándolo me dieron el tiempo para diagra-
mar juegos que podría compartir con cualquiera. Siempre me pareció
agradable jugar al ajedrez: callado, silencioso, pensado, sin necesidad de
gente alborotando el espacio. Creo que pasó de moda, ahora andan con
ese rectángulo en la mano moviendo el dedo de abajo para arriba.
A mí no me interesa. ¿Qué hay de malo?, ¿cuál es la diferencia?,
¿que no le paso el dedo? En ocasiones lo hago para ver si puedo hacer
más dibujos con la tierrita que se deposita. Yo miro las puertas. A veces la
del baño, otras la de mi pieza o de la cocina, pero ninguna tan peligrosa
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como la de la entrada. Me pregunto si saldré caminando o inconsciente
sobre las ruedas de alguna camilla; quizás con los bichos, sí, ¡más bichos
caminándome por el cuerpo! ¿Quién ganará?
¿Será que encontraré el impulso y la motivación para poder cruzar
esa puerta? ¿Quién podría encontrarme? Solo mi hijo se me ocurre. El
pobre a veces viene a traer algunas cosas que cree que necesito porque
no uso eso que llaman Internet. Para proveerme es para lo único que
uso el teléfono, para pedir lo que quiero comer en la rotisería o donde
sea. Como él cuando entra cruza el mágico portal de la puerta exagera-
damente tallada, le pido que me avise antes de venir y deje las cosas en
la cocina, y, con la excusa de este contagio tan aleatorio, me encierro en
el baño. Siempre fue un chico muy obediente, en eso salió a su mamá,
ella era de las que les hacía caso a todos. Yo siempre se lo cuestione. Él lo
acepta, siempre le parecí un poco excéntrico; viejo loco, me dice ahora y
reímos atrás de cada una de las puertas. A veces lo extraño, pero mejor
encontrar estas nuevas maneras de comunicarnos. Pronto ya no voy a
estar más, tiene que aprender a vivir sin un papá, o mejor, con uno atrás
de la puerta. Un ensayo nomás.
Gritamos mucho cuando se empaca –algo mío hay en su sangre–, él
quiere sacarme, aunque me diga viejo loco, viejo loco, viejo loco… Pagué
impuestos y a la fuerza no puede porque cierro la puerta del baño con
llave. En la de la entrada hay una traba que lo inhabilita para pasar si no
me avisa con anticipación. Pobre, se hace mala sangre, no puede entender
que el hospital no es para mí. Alguna vez vino con la esposa a ver si me
convencían, pero con todos los años que tengo no me dejo comprar tan
fácil. Además, ahí se llevaron a mi mujer que era tan dura. Mejor acá,
me acompañan las perras que ahora las tengo en cajitas de madera; en el
hospital o en esos lugares de gente en desuso, ¿a quién tendría? Yo puedo
arreglármelas todavía y por suerte les vengo ganando.
La vida está del otro lado, me dicen. Y yo me pregunto ¿qué sabrán lo
que es la vida para mí? ¿Acaso lo puedo saber? Les digo que no, que está
acá, donde puedo andar con la barba y el pelo creciendo sin que nadie
me lo corte, con las uñas imposibles de poner en un zapato, encontrando
los paisajes que me hacen sentir el calor de una historia que a veces me
invento.
56
En ocasiones creo que mi mujer no existió y este supuesto hijo que
viene tampoco. No sé por qué hago eso, debo reconocer que me da mucha
tristeza sentirme olvidado o solo.
Me autoproclamo un niño feliz, que crio, trabajó y vio partir a sus
compañías. Hice algo de lo mucho que me dijeron que tenía que hacer.
Es importante elegir, ya tengo la edad suficiente y una enfermedad, no
quiero acumular otras. La que gane primero se queda con el almohadón,
o mi cuerpo, o mi mente. Quizás con esta casa… o con la puerta, o con lo
que hay detrás de ella.
57
Ausente
58
cuando le reclamaba a papá) tenían algo muy oscuro rodeándolos. Sen-
tía celos del cuidado que les daba, también lo hacían las hermanas: los
abuelos ante todo, incluso antes que sus parejas y sus hijos. Con Mario (y
a veces, con mamá) decíamos que los viejos habían hecho un pacto con
el diablo, se veían cada día más jóvenes, vitales y lamentablemente rebus-
cados. La abuela no hablaba mucho, ella solo comunicaba con su mirada,
era increíble cómo con un simple gesto podía indicar: buscá la soda, abrí
el vino, quedate sentado y tantas otras cosas. Existía una decodificación
en cada uno respecto de lo que decía –en la que me incluyo– digna de
análisis, casi podría jurar que no recuerdo cuándo fue la última vez que
escuché su voz.
Era incorrecto hablar de imposiciones, no había violencia o fuerza en
la manera de comunicar, pero cuando los abuelos decían algo, se llevaba
a la acción. Así fue como se les ocurrió hacer un asado mensual, luego de
toda la sangre que corrió posventa del negocio; nadie lo cuestionó ni puso
algún pero. De hecho, la primera vez que se hizo, aún quedaban acuerdos
sin firmar; yo, un poco queriendo evadir el compromiso y sacándole peso
al asunto, llegué a preguntarle a papá si necesitábamos con mamá llevar
armadura, chaleco antibalas o cosas por el estilo.
Este era como el quinto encuentro. Todavía si se caía un tenedor todos
pegaban un salto, todavía no se miraban a los ojos, todavía había sonri-
sas de compromiso, y no hacía falta comer de más para que me doliera
la panza, o tomar mucho para sentir puntadas en la cabeza (después de
cada reunión me iba a lo de Jesi a curarme el ojeo). La tía había traído el
postre: un flan, por suerte eso sí les tocaba a las mujeres; ellas levantaban
la mesa, lavaban los platos y preparaban el café batido con crema. Yo
estaba sentado mirando el patio cuando sonó el timbre y, sin querer, se
me cayó una copa. ¿Para qué?, hubiera preferido manchar “La noche es-
trellada” de Van Gogh que cometer la terrible torpeza de romper un vaso
de los que se venden a granel en la esquina.
La cosa es que en los reclamos por mi tremenda imprudencia empecé
a sentir que había más gritos, que mi abuela tenía una mirada intensa y
parecía un perro rabioso, pero sin expresión. Tanto lío por una maldita
copa. Se me ocurrió decirle “abuela te traigo un juego para el próximo
asado”, y sentí que las miradas femeninas me iban clavando su aguijón
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en la espalda. Escuché insultos que venían de afuera, y me di cuenta de
que los hombres ya no estaban en la mesa, solo Mario y yo (que no ca-
lificamos porque somos pendejos). Nos miramos sin hablar, el impulso
me hizo correr hacia la puerta. Lo vi al abuelo, serio y altanero, como un
faro entre el resto de los que desde hacía meses se estaban sacando los
ojos, y después, con las caras coloradas, volver a la mesa como un equipo
de fútbol ganador en el segundo tiempo. Frené a papá con el cuerpo y mi
quietud, abrí la puerta y vi a un joven, que podría haber sido yo, darse
la vuelta. Había lágrimas en sus ojos, me dio piel de gallina, sentí en esa
mirada algo que me alcanzó, me penetró; volvió a su paso y se alejó. Algo
me resultó conocido, una forma de caminar que se parecía a la de papá.
—Entrá te digo —escuché a papá—. Yo no pude cerrar la boca así
como él no pudo lograr hacerme entrar y cerrar la puerta. Todo estaba
abierto, sentí la sangre de las peleas correr y una violencia me tomó de
forma tal que tuve que alejarme de mi propio padre para pegar una piña;
me lastimé un poco la mano en el filo de la pared que recibió el impacto.
—Estás loco —dijo papá.
—¿Quién es ese pibe? —contesté.
—Qué sé yo. Nadie —volvió a decir, nervioso.
—Y si es nadie, por qué llora, por qué vino hasta acá, por qué toca el
timbre, por qué salieron en patota.
—Necesita plata —respondió, envolviendo sus palabras de ese dis-
curso venenoso mamado del padre.
Y ahí se hizo un silencio mucho más áspero que todos los anteriores
porque me di cuenta de que papá se le parece al abuelo más de lo que me
gustaría, y con seguridad yo me parezco a él, y de nuevo lo miro con asco
de verme a mí en él; en él como ese señor avaro, altanero y mezquino que
siempre ninguneó a la gente, y lo veo al abuelo maltratando a ese chico
en los ojos de papá, y me veo a mí en ese chico, y ahí fue como si se cayera
el cielo sobre nosotros.
Volví a preguntar, pero ya sabiendo la respuesta.
—¿Quién es ese chico y no me pidas que me calle? —El chico ya era
una hormiga a la distancia, imposible que pudiera escuchar nuestra con-
versación, pero a la vez estaba con nosotros.
—Si ya sabés para qué preguntás —respondió y dio media vuelta
para volver a la mesa. No lo dejé, lo tomé del hombro, le dije que no se
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fuera, que eso necesitaba ser hablado, de hombre a hombre, que él ya no
se podía hacer el boludo.
—¿Es hijo del abuelo? ¿Cómo podés tratar de esa manera a tu her-
mano, a una persona que se crio sin un papá que lo acompañe? —Caí en
la cuenta de que mi papá siempre fue algo así como un mito, como una
leyenda de un ser que existe o existió, que alguna vez pude haber visto,
pero en la cual nunca pude reconocer a un humano, y mucho menos a un
padre. Aparecía solo para darme trabajo, decirme que cuidara a la vieja y
para demandarme aportes al hogar.
—Cállate que adentro están todos... Ese no es mi hermano, mi her-
mano murió.
Él vio como se desencajaba cada parte de mi rostro, porque siguió
diciendo que desde que yo era chico sabía que tenía un hermano, que al
principio no estaba tan seguro, pero aquella vez que fuimos con mamá
a ese campo donde vi las llamas, entendió que sí, que era su hermano,
que sacó fotos, con los dos arriba de un caballo (tengo una con un tío
desconocido), que él tenía esa foto en su mesa de luz bien guardada y que
encaró en su momento a su padre.
Absorto, entre el desconcierto y la rabia, queriendo salir a correr a
ese tío que ya no estaba ni sabía donde vivía, y menos si era verdad que
se murió, le pregunté:
—¿Y cómo sabés que está muerto? ¿Y por qué ese chico que se fue tan
triste se nos parece tanto?
—El abuelo habló con la mujer, le hizo jurar no decir nada, le pasó
algo de plata, pero el pibe cayó en las drogas y murió preso, por eso sé. El
que se fue, no es, ya te dije; además a nadie le conviene que sea, por eso
salieron los tíos. Ya dividimos. Este seguro viene por algo, es un vivo.
Tuve que agarrarme de la pared porque escuchaba en la voz de mi
padre al abuelo y la historia más triste y dura que se me pudiera ocurrir.
¿Cómo sabía que murió en la cárcel? Sentía ganas de vomitar, de sacarme
el apellido en lo que saliera y de donar toda la sangre que llevaba adentro
para que no se confundiera con lo que sabía que iba a venir después de
las preguntas que seguían.
—¿Se hizo el boludo por plata?
—Mirá, el abuelo siempre fue un picaflor, yo no sé si ese es su hijo, pero
mi viejo dice que no, y adentro, te vuelvo a recordar, está mami —dijo.
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Yo escuché ese “mami” y la imagen de mi padre se diluyó en un niño
temeroso que le tenía pánico a sus progenitores, que nunca conoció la
dulzura de un abrazo y la confianza de una mano en la espalda y muchí-
simo menos un “vos podes”, y me di cuenta de cuánto me hubiera hecho
falta eso a mí, y quizás a ese chico que se había ido caminando, y a papá...
—¿Y qué pasa si escucha? —pregunté.
—Eso en la casa no se habla; tu tío Alfredo también tiene hijos que
vos no conocés, mi hermana lo sabe. —Y de repente la familia tomó una
dimensión desconocida, miré hacia la calle y empecé a flashear que a mi
abuelo le dieron la placa por ser literalmente “el poblador” del pueblo, y
me sentí incómodo con lo que escuché, con las ideas que vi agarrotadas
en ese decir “hijos que vos no conocés”. Y me pregunté –y parece que en
voz alta–: —¿Y vos conocés a tus hijos?
Se enojó mucho, y empezó a gritarme que él no era así, que hizo de
todo antes de conocer a mamá, que siempre fue fiel y que si se hubie-
ra mandado una macana cuando estuvieron peleados, no era tan tonto
como para que lo vengan a buscar con un paquete. Que cómo se me ocu-
rría preguntarle semejante cosa después de que él mismo me enseñara lo
que son y cómo se usan los forros.
No me alcanzó lo que escuché, di una ojeada a la calle pensando que
podía haber más primos o tíos, pero lo miré otra vez y sentí franqueza en
su decir, ese padre que tenía enfrente tampoco tuvo uno, como el chico
que se fue, me dieron ganas de abrazarlo, de agradecerle su honestidad
y el “honor” de ser su hijo, comprendí que es cosa seria la pertenencia
¿legal? a este clan, pero los códigos me lo impidieron.
Entré, percibí un alivio en él, caminé hacia el flan pero necesité hacer
un alto en el baño, por suerte ahí pude llorar. Me miré en el espejo, vi esos
ojos que se fueron y supe cuán fuerte era ese tipo que se permitía llorar
en público porque quizás él sí, en ese campo donde dice papá que estuvo,
hubo un hombre o un padre que alguna vez lo vio llorar, le dio un abrazo
y le dijo lo justo para que tuviera la fuerza necesaria para venir y romper
la maldita calma de este asado de mentiras.
62
Mi mapa
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revivieron el paso del trabajo en el campo que décadas atrás cultivaron
olivos. Sentada en el piso, estiré las piernas y permanecí inmóvil mirando
la despedida del sol. Los recuerdos seguían: esa señora vestida de negro
que al compás de un la mia cara bambina buscaba introducir una cucha-
ra en la boca. Escupí el puré, su enojo era divertido. Los gritos me hicie-
ron volver a entrar, fui al cuarto que alguna vez fuera mío.
El ropero fue mi histórica debilidad. Entrar en su interior era como
abrir una caja de Pandora. En los cajones se alojaban las fotos que al
pasarlas cobraban movimiento, una especie de película mixta. Añeja de
a momentos, en blanco y negro, recorriendo una tierra extraña con gen-
te tan desconocida como querida que vivía cruzando el océano, y otra,
un tanto más moderna, en colores. Al abrir las puertas, los géneros de
múltiples orígenes me permitieron volver a jugar, armar vestidos, lucir
sombreros, probar zapatos. Sentía la seda deslizarse por mi piel como la
brisa que hacía unos instantes hamacaba las hojas.
En los sacos, la naftalina ya no era una molestia, se transformaba en
otra arista más de mis nostalgias. Las perlas dieron luz a mi cuello y al
rostro. Su cintillo apareció en mi mano calzándose con delicadeza en el
anular buscando un compañero ausente. Un pañuelo rojo se posó en mi
cabeza para cubrirla: Abruzzo, Calabria y Sicilia latían en mí. Sentí ple-
nitud, estaba completa.
La música en un compás de seis por ocho me puso en movimiento.
Entonces, haciendo gala del atuendo, bailé. Mi espíritu agradeció el le-
gado. El calor se desparramaba por mis venas siguiendo la pandereta.
Los pies saltaban, también mi corazón. La tarantela colmaba de alegría el
lugar, el legado que tanto amaba, para recordarme una vez más cuál es la
arcilla que me moldea, la pulsión que me mueve.
64
Propuesta
65
—¿Por qué? No estás escuchando nada de lo que digo. ¿En qué pen-
sás? ¿Otra vez me vas a reclamar el tiempo que llevamos juntos, la falta
de proyectos? Bueno, acá estamos, ¿no?
Acompañé mi mirada, dulce pero desconcertada, con silencio, unos
minutos, los suficientes para ganar tiempo, tomar conciencia de la hora
y decirle que teníamos que ir a almorzar. Asintió. Luego de la comida
busqué en la cartera mi neceser, descubrí una foto de cinco dados con
el número dos, que al dorso tenía escrito “generala” en grande, y más
chiquito “la doble aún está libre”. La volví a guardar rápido en la cartera.
Horacio quería quedarse a dormir siesta. Yo preferí buscar la sombra
de un árbol para encontrar un poco de soledad. No sabía si preguntarle
si era él. En el fondo de mi ser latía el deseo, tal vez iluso, de que fuera
una manera muy creativa de proponerme mudarnos juntos, empezar un
nuevo proyecto. Tenía que ser eso: Truco, Falta envido, Generala y la acla-
ración de la doble...
Me levanté decidida a encararlo, le conté que me había encontrado a
la mañana con el naipe y a la tarde con la foto, ¿acaso estaba enterado?,
¿quería decirme algo?
¡Mis ideas y yo! Montó una escena, primero se sintió atacado por el
tema de la famosa convivencia, luego al ver mi reacción, empezó a preo-
cuparse por la posibilidad de que algún psicótico lo estuviera persiguien-
do. Sí, a él, no a mí... Fue la gota bendita, inspiré profundo y le dije que
necesitaba volver a casa, que lidiara con su supuesto perseguidor él solito.
Un remisero del pueblo me sacó de la estancia y Horacio se ocupó de
abonar el traslado. El viaje fue raro, por un lado tenía las gratas imágenes
compartidas con él durante este último año, pero su narcisismo… ¿cómo
iba a poder convivir con una persona así? Me dio un regalo, lo acepté con
gusto: “nunca más”.
Llegando a casa apareció en mi mente Augusto, pensé en la diferencia
de aquella ruptura, toda la energía que hubo allí, todo el dolor, el frene-
sí; recordé sus palabras y las mías. Horacio no dijo un “te apuesto a que
vuelvo a conquistarte”. Cuánta diferencia había entre esos dos hombres.
Por un momento sentí deseos de cambiar el rumbo del taxi e ir a la casa
de mi ex, pero por suerte la tentación no me ganó.
66
Bajé del auto, abrí la puerta y me encontré con un ramo de flores, una
cena armada en mi mesa y, lo más desconcertante, a Augusto con una
copa de vino en la mano y mi gato refregándose contra sus piernas.
—¿Cómo entraste?
—Nunca te devolví las llaves. ¿Te gustó el juego? Tenés cara de pre-
ocupada.
—Así que eras vos.
—Claro, te dije que faltaba la generala doble.
67
Recuento
Novecientos noventa. Uno, dos, tres y con los seis de allá faltaría solo un
cráneo en esta fosa para llegar al número redondo. Me pregunto a quién
se le habrá ocurrido subir a este cerro esta cantidad de restos o cómo fue
que llegaron hasta acá. ¿Habré contado bien?
Probé dividir aquel cuadrado donde se veían con claridad los huesos
de múltiples maneras y siempre era lo mismo: solo uno para el mil. En
parte me sentía como el rey del cuento de las cien monedas, buscando la
restante como si en ella estuviera tallada la historia de las demás.
Como había llegado con el jeep cargado de provisiones y el kit com-
pleto de excavación, y además se me había pasado el día, decidí, con el
último resto de sol, montar la carpa al lado.
Saqué la libreta, mate en mano, y me senté frente al descubrimiento,
también podía ver desde allí las luces del valle. Vi cómo el sol empezaba
a matizar los cráneos, que se convirtieron en una especie de pepitas entre
rojizas y doradas gracias al atardecer. Por unos instantes olvidé la repug-
nancia para dar lugar a la empatía. Prendí el farol a modo de ganarle a la
luna y abrí la libreta para empezar con el primer registro.
Repasé el trabajo de la jornada que se limitó a contar, de maneras
creativas por cierto, lo hallado. Eso me hizo sentir un poco molesto con-
migo. El enojo se agravaba al tener esas calaveras en frente de mí. Sentí,
con el devenir de la oscuridad y el silencio, que algo bajo la superficie
parecía hablar. Nunca me hicieron mucha gracia los campamentos en la
noche, y aquí estaba al lado de un “cementerio exclusivo”.
Lo que me hacía crepitar los huesos es que, por lo general, me ha
tocado trabajar con fósiles antiquísimos y, en muchas ocasiones, de ani-
males. Estos eran de humanos y estoy seguro de que podría aseverar, sin
haberlos analizado mucho, que eran contemporáneos y adultos. Quería
68
desoír el miedo, pero ganaban protagonismo, entre las ideas danzando en
mi mente, la infinidad de películas de terror que vi a lo largo de mi vida.
Busqué cambiar el clima e hice un fuego modesto para calentar una
lata de atún y el agua de la sopa instantánea. Igual seguía como un dejo
amargo en la boca. Caminé un poco alumbrándome con la linterna para
ver si encontraba algo que me diera un indicio de lo sucedido, pero nada.
Tampoco resultó con las imágenes en mi mente. Volví a sentarme y co-
mer, pero no me sabía a nada.
Agarré un bloc y una lapicera y empecé a escribir. Se me dio por po-
nerme a enumerar los propios miedos; supuse que, al expresarlos volcán-
dolos en el papel, podría limpiar ese ruido, bajar la ansiedad.
A la oscuridad (y el clima parecía cerrarse), a los ruidos desconoci-
dos (y los bichos gritaron más fuertes). Corrí directo al jeep y subí con
la intención de volarme rápido, pero algo me detuvo: “Diego, no sos un
nene”, me dije. Volví a sentarme frente al fuego y le puse unas ramitas
para avivarlo.
Seguí anotando: a permanecer por siempre encerrado en este sitio,
asustado mirando estas calaveras. ¿Qué pasó con sus cuerpos?
Noté agonía en el corazón. En los más de treinta años que tengo de
campo, jamás había vivido un episodio similar. Los huesos y los muertos
son para mí como la cocina para el chef o la paleta para el pintor. Seguí
escribiendo, se me cruzó un recuerdo muy viejo, de mis cuatro años, creo,
cuando quise trepar a la casa del árbol de Juliana y no me animé por
miedo a lastimarme, volví llorando a casa y cuando le conté a mamá, ella
me felicitó, dijo que había pensado bien y que era muy peligroso subirse
a los árboles. Enseguida me vino el de cuando, en el primer recreo del
colegio, me negué a jugar a la pelota, había visto en la tele a un jugador
al que tuvieron que operar por una lesión en un partido, y a mí me daban
mucho miedo los hospitales. Mamá estuvo de acuerdo.
Luego siguieron otros: el no subirme a la bicicleta, el no contarle a
Martina que estaba preciosa y que eligiera a otro para ser su novio, el no
animarme a ir a la secundaria científica porque el ingreso era muy di-
fícil y temía hacerlo mal. Después vino cuando regalé a Lolo, el caniche,
porque estaba viejo y no quería verlo sufrir. También aparecieron en la
mente los dibujos que quemé por miedo a mostrarlos, los poemas que no
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tocaron el papel, las ganas de teñirme el pelo, hacerme rastas, tatuarme
en los tobillos o en la manga esos diseños tribales que tanto me gustan.
Me miré el brazo donde hubiese estado el dibujo que deseaba y entré
en pánico, podía ver a través de él. Miedo a probar arroz con leche y que
me cayera mal, y los pies se desvanecieron. Me puse a correr inexplica-
blemente con las rodillas. Miedo al juego de la copa… y solo podía verme
el torso. Ni una gota de sangre… Miedo a ese fluido vital asqueroso y rojo
que desborda llevándose los recuerdos. Pánico al trampolín en la pileta
pública del barrio, y como si tropezara con uno, o quizás fuera una pie-
dra en el camino, me caí.
Miedo al llanto en público, pero ya no sentía mi cuerpo… La fosa
se reía de mí. Lo que quedaba rodó junto con mis miedos y esos riesgos
que negué hasta chocar contra un cráneo que, desde sus dientes, parecía
darme la bienvenida.
70
Medidas extremas
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la ventana con el pavor de que viniera a buscarme, sabía que me estaba
portando bien pero igual a veces me sentía insegura.
Con el tiempo, la familia dijo que pasé a ser buena niña, pero en ver-
dad me estaba matando la posibilidad de que ese hombre oloroso vestido
con trapos sucios pudiera acercarse a mí, o peor, el riesgo de que me
llevara. ¿A dónde? ¿Con otros nenes que podrían jalarme del pelo o tirar-
me al barro? A veces hasta temblaba cuando se me venían esas ideas a la
mente. Así fue como nunca más pedí golosinas, siempre terminé el plato
con brócoli y una vez a la semana comía un bife de hígado (lo pienso y
aún me genera arcadas).
Un día estallé, necesitaba escuchar en mí esa voz que pulsaba por
salir. Me escapé, fui a la plaza sola. Ahí, sentada cerca de un árbol, lloré
desconsoladamente. En ese momento, acovachada, sentí ese olor un poco
nauseabundo y, en simultáneo, una mano se posaba sobre mi hombro.
Parecía que jugábamos a las estatuas: me helé. Las lágrimas cesaron, has-
ta dejé de respirar; temía girar la cabeza, ese olor contaba lo que mis ojos
aún no veían. Al mirar casi me desmayo: el famoso hombre de la bolsa.
Pensé en correr, pero ya lo tenía encima; además era más grande incluso
que papá, no había escape. Grité, le pedí por favor que me perdone, le
prometí que nunca más iba a irme sin permiso, le juré que iba a ser una
buena chica, la mejor. Entonces él, que al principio se asustó de mis ges-
tos, comenzó a reír.
La situación era desconcertante ¿el hombre de la bolsa se reía?, ¿no
entendía qué pasaba? Yo pensaba que tenía que ser un amargado como
los otros adultos que miraban noticieros, aunque olieran siempre bien. Él
era el que le robaba los nenes traviesos a los papás buenos. ¿Será que el
no bañarse le daba alegría?
Al ver mis reacciones, se sentó en el pasto y me invitó a acompañarlo,
con mucho miedo lo obedecí –quizás no estaba todo perdido–, entonces
me contó que se llamaba Colito y que en verdad su trabajo era poner en
su lugar a los padres exigentes. Solo en casos muy especiales, si así lo re-
quería la situación, tomaba medidas extremas.
Me olvidé rápido del olor, y al principio no podía dejar de mirarle los
pelos. Mamá nunca me hubiera dejado salir así a la calle, así que le pre-
gunté por la suya, por qué no se peinaba y, lo más extraño, ¿cómo se vivía
72
en la calle? Me contó que él tenía una casa como la mía, pero con más ba-
ños, puertas, espejos, muebles porque él en verdad era un chatarrero. Se
ganaba la plata comprando o recibiendo los muebles y cosas que dejaban
los padres exigentes, a los que él también llamaba tontos y se los vendía a
otros más inteligentes. Yo era muy chica para comprender todo eso.
Se me pasó la tarde conversando con Colito, hasta que no pude más
de hambre y preferí ir a lo de la tía Inés, que siempre fue buena conmi-
go, para contarle de mi escape y pedirle que me ayude a interceder con
mamá. Además quería un té con leche y galletitas. Cuando llegué, noté
que había algo raro. Ella salió corriendo a abrazarme muy fuerte, me
extrañó, no me había ido tantas horas y estuve en la plaza. Casi me saca
el aire apretándome la cabeza contra ella: lo recuerdo y me angustio. Me
miraba y lloraba.
Entonces me di cuenta, Colito fue muy rápido… pregunté por mis
papás, y ella se puso a llorar más y me dijo “menos mal que estás bien, yo
te voy a cuidar”. Vino la abuela, llorando también, y el resto de la familia.
Yo quería ver a mis papás. En esa avalancha de gente la tía me llevó a su
cuarto y me contó lo que había ocurrido, no sabían cómo, una desgracia:
al parecer una falla eléctrica incendió la cocina y explotó la garrafa. Te-
mían que yo estuviera con ellos, por eso la tía se alegró tanto de verme.
No me animé a decirles que era mi culpa, que yo le había contado a Colito
de lo rigurosos que eran ellos conmigo, me puse a llorar de la culpa que
sentía, y cada vez que alguien me quería consolar, sentía un poco más.
Así fue creciendo esa sensación tan fea en mi interior. Además, a los días
fuimos a la casa y pregunté por los muebles, quería al menos recuperar
mi cama. Inés me dijo que me iban a comprar cosas nuevas, porque las de
la casa se las habían dado al chatarrero. ¿Te imaginas, hijita, a Colito? No
solo se ocupó de mis papás, sino también ganó plata con eso.
Por eso, querida, te cuento que no vas a conocer a los abuelos. Desde
aquella tarde cuidó de mí la tía Inés. Nunca le conté a nadie mi escape a
la plaza ni mi conversación con Colito, ni siquiera a tu papá. Pero te pido
que entiendas por qué tenía miedo de tenerte y te prometo que siempre
siempre voy a ser una buena mamá.
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Cambio de rol
Veo a un hombre luciendo el piloto color café con leche que perdí, ca-
minando por las calles de la ciudad en la noche. ¿Qué busca Aldo? ¿Será
que se sueña? A veces me gusta llamarme en tercera persona, contar mis
excéntricas ocurrencias en este anotador. Quién sabe qué sucesos se des-
atarían si cayeran en la persona equivocada.
Es recurrente: el cielo está seco, las nubes ausentes permiten divisar
el esplendor de las estrellas. Camina, lleva sombrero. En la vereda ve una
verja de madera con grafitis y afiches que no alcanza a leer, tampoco le
interesa hacerlo. Siente la contractura de ese sujeto, la rigidez que en-
cierra su silencio, la amargura tatuada en las formas y ese caminar que
quisiera que fuera suyo pero no alcanza.
El terreno baldío, más adelante un edificio, la fachada parece estar
abandonada, las paredes sin revocar. Hay ausencias que congelan las ex-
pectativas, el vacío carga la escena y hasta le pone sonido, una musicali-
dad que agota el ánimo.
Por eso el ritmo. Parece seguro Aldo. Con cautela mira las escaleras
de incendio en esos laterales. ¿Será capaz de subirlas? No aloja esperan-
zas en descubrir esa solución que le urge hallar. Los minutos pasan, el
caos toma el control –suponiendo que existiera tal posibilidad– y en ese
mismísimo segundo en el que por primera vez asume que no sabe cómo
despertar al día siguiente, qué hacer con ese hogar abrazado por el calor
de las llamas, consumido por el amor del fuego, se entera de su propio
dolor. Descubre su pavor a la mirada propia.
Lo escribo y siento una lágrima escaparse por mi ojo derecho, el iz-
quierdo está húmedo aunque va más lento y esta emoción... La escalera.
Con un dolor profundo en el estómago decide subir, con el primer im-
pulso pega un salto, la alcanza. Salgo de la cama, me visto. Llega al techo,
74
desde allí puede ver los escombros. Siento el ruido que indica lo deshabi-
tado, pero ya es hora. Sí.
La oscuridad fue mi amiga, trajo la despedida de un lugar que alguna
vez me permitió disfrutar a una familia. Quisiera yo haber estado pre-
sente jugando con Agustín en el patio, o cocinando con Helena. Pero, era
lunes, y trabajaba. Nunca supimos que había problemas con las instala-
ciones del gas. ¿Quién hubiera podido preverlo?
El luto lo cargo todas las horas que duermo, porque no existe noche
en la que no pase caminando por esa vereda para ver si el tiempo tiene
alguna forma, en la vigilia o en el inconsciente, de encontrar una perilla
e ir con ella hacia atrás.
Hoy voy a llevar, por primera vez, flores a los muertos.
75
El hijo del pueblo
76
Cuando se dio cuenta de que con aquella espina no podía seguir vi-
viendo se fue a buscar al cura del lugar, pensaba que era raro que un
sacerdote con tantos años y siendo tan pequeño aquel caserío no supiera
nada de su procedencia. Se sintió defraudado con la cara del párroco y
más cuando escuchó que él mismo se había ocupado de investigar en
aquel momento la aparición de un nene de casi cinco años en la puerta
del convento. Eso fue lo que calculó el médico esa madrugada, mientras
él dormía enroscado con una víbora, un lagarto, un par de sapos y un ave.
Le contó que fue la madre superiora –que Dios la tenga en la gloria–
la que casi no sobrevive al acontecimiento del susto. Ella salía al parque a
caminar cuando la visitaba el insomnio, y esa noche al abrir la puerta se
encontró con un niño acurrucado durmiendo en el piso. Fue tal el grito
que pegó que despertó a todo el mundo y espantó a los bichos. No podía-
mos explicarnos lo saludable que estaba. Además le recordó la angustia
que transitó los días posteriores porque decía que aquellos animales eran
sus amigos y nos acusaba de haberlos espantado. Hablaba de animales
de poder y no sé qué otras cosas, siendo tan chico, aunque lo raro es que
en este poblado no hubo nunca chamanes ni nada parecido de donde
pudiera sacar aquellas expresiones. Tanto orar, la madre superiora, yo, la
comunidad entera, por ayudarte a encontrar la paz, y Dios nos escuchó
mandándote a tu ángel guardián en cuatro maravillosas patas. El reman-
so sobrevino cuando apareció Tulia, esa gata que no te deja ni a sol ni a
sombra. Creemos que sos un bendecido.
Salió cabizbajo de la iglesia, por primera vez se quejó de su suerte.
Aprendió del enojo, lo vio fluir en la sangre y quemar sus venas. Miró
al cielo pidiendo ayuda sin pronunciar siquiera una palabra, caminó en
dirección al bosque, gritó hasta confundirse en los sonidos y lloró. La
angustia fue creciendo tanto que las lágrimas parecían armar charquitos.
Los animales corrían asustados. Empezó a llover de manera copiosa. Nada
podía paliar el volcán que aumentaba en intensidad. Sintió rendirse, ce-
dió a esa necesidad que brotaba del cuerpo, y liberó por fin el alma de
tanta ausencia, de tantas sombras que lo irritaban.
Hay quien dice que se lo tragó la tierra pero también están los que,
convencidos, afirman que volvió a su forma, que está feliz y ahora sabe lo
que es el calor pero ya no lo daña.
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180º
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cabeza. Así que andaba con el radar activado, y eso atraía a cuanto mu-
tante en búsqueda hubiera en el radio de influencia.
Quizás por eso Marcos cayera con estos amigos. Él tenía una novia,
sin tiempo para presentarla o al menos para verla en alguna foto, pero sí
lo suficientemente molesta como para tenerlo atado de manera constante
al celular. Leonel era medio gordito, ideal para las noches frías en las que
podría reemplazar mis bolsas de agua caliente, además de buen cocinero;
la posibilidad de un vínculo con este muchacho resultaba casi mejor que
ganarme la lotería. Quise ser sensual y resulté un mamarracho, dos veces
se me cayó la yerba, llegué a quemarme los dedos con el horno y estuve
al borde de estallar una cerveza. Suelo tener bien calculadas las distan-
cias de la propia casa, pero la mirada y los comentarios de Camila eran
punzantes, incómodos y sutiles. De a momentos los sentía contenedores;
otros, a modo de caricia, aunque en un punto me sacaban de un lugar de
confort al que estoy acostumbrada. Su sagacidad y capacidad de observa-
ción me ponía en alerta. Generaba esa dulce incomodidad de quién busca
marcarte la cancha y llevarte a su terreno.
Me investigaba, yo quería tirarle onda a Leonel pero ella estaba ahí
desarticulando la comunicación. Marcos hacía de accesorio, el único mo-
mento en que se separó de su celular fue para doblar las servilletas. Lo
apasiona, jamás lo entendí. Tampoco es que haga origamis, lo más intere-
sante que logró fue un barquito de papel medio chanfleado. Dice que el
cortar y doblar papel y ubicarlo en la mesa a su manera le permite disfru-
tar de la comida. En fin, sola, batallaba con esta enemiga que él trajo, y lo
único que él hacía era doblar servilletas. Previo a entrar en cólera, caí en
la cuenta de que era necesario para que estuviera Leonel.
Ella la tenía clara con la música, cosa que suavizó la molestia e hizo
que me gustara acercarme, ya que siempre me incomoda tener que en-
contrar algo que se ajuste a la medida de la charla y sea agradable para
los invitados. Considero que elegir un tema sobre otro o un estilo es un
peligro muy grande con gente nueva. Camila, sin titubeos, fue directo a
la compu y puso unas locas cantando jazz que la rompían, se metían en
el cuerpo y te hacían recorrer el camino de la sangre, palpitar el corazón.
Me gustó eso. Decidí intercambiar contactos porque teníamos intereses
comunes y siempre es bueno una amiga con quien compartir salidas.
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Cuando Leonel pidió que nos laváramos las manos para comer la
pizza, Marcos avisó que le había surgido un imprevisto y me dejó sola
cenando con estos casi desconocidos. Fue algo incómodo, pero ya había
estrechado lazos, al menos con ella.
Antes de partir, Camila nos invitó a esta fiesta a la que estoy yendo. No
tenía mucha data, pero los amigos que la organizaban eran gente segura,
de mucha noche y buen alcohol.
La velada había tenido sus rarezas, estaba lloviendo y Leonel se hip-
notizó con las gotas de la ventana. Acordamos que era una noche fantás-
tica para hacer cucharita, pero a nosotros nos tenía comiendo pizza entre
desconocidos. De pronto, él confesó que extrañaba mucho a su expareja,
un abogado que le había hecho la sucesión de sus viejos. Casi se me caen
los bocaditos helados que estaba sacando del freezer cuando me di cuenta
de que era gay, y que a su ex –al que también conozco– lo era. Ahí pensé
que algunos hombres deberían colocarse un cartel en la frente con el logo
de no disponible (y esto vale para los casados y/o en pareja). Me pregun-
to, qué es esa cosa de andar seduciendo a la gente por la vida, incluso en
la propia casa. Cami empezó a reírse a carcajadas de mi cara de sorpresa;
sentí tanta vergüenza que tuve el impulso de ir a hacerle cosquillas, así
como los chicos, algo mío quería escapar y exponerla. Terminamos tira-
das en el sillón entre golpes de almohadones y risas. Él nos miraba desde
la mesa, haciendo de inspector omnisciente, acomodando las porciones
que habían sobrado. Pegué un salto, volví a la mesa y él preguntó ¿te gus-
tan los hombres? La miré a Cami buscando un dejo de complicidad que
no encontré. Ella bajó la vista, sentí algo parecido a la decepción. Quise
abrazarla pero me contuve.
Estás loca, loca, loca, y desesperada, ¿qué hacés?, ¿qué te pasa?, ¿des-
de cuándo? Temí que algo se rompiera, tal vez no quería una nueva amis-
tad, tal vez yo fuera Leonel para ella. ¿Me faltó el cartel? Marcos nunca se
hubiera perdido la pizza, recordé, ¿qué habrá pasado? Se fueron al rato,
la incomodidad se encargó de las salidas apresuradas. Me quedé medi-
tando cada detalle acontecido. ¿Una mujer?
La noche siguiente tendría el cumple de Marce, el compromiso in-
eludible, la excusa perfecta para evitar un destino imposible. ¿Acaso iba
a dar lugar a lo impensado? ¿Con qué cara les decía a las chicas que
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necesitaba ir a probar suerte con alguien del mismo sexo? Si siempre que
nos cambiamos juntas hacíamos solo eso, si los tipos con los que salí me
gustaron, si jamás se me cruzó tocar una teta. Pero ahora algo vibraba
distinto.
La cena entera había estado presente, con esa sonrisa sutil, los co-
mentarios perfectos, el perfume frutal y lo increíble es que no pudieron
verla. Se rio de los chistes de sus novios aunque algunas carcajadas fue-
ron de compromiso. La veía bailando, mirando la puerta, buscando ver
a alguien dándose permiso de entrar. Quizás eso pudo percibir Marce
cuando con tanto amor me dio el ticket de salida para que pudiera estar
ahora en el taxi yendo a probar este nuevo camino.
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El vacío o la nada
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vidades que compartían, existía la posibilidad de generar celos o envidia,
o peor, alguien –con tanta pompa y maquillaje– podría querer conquis-
tarlo. Ella tenía una sola seguridad: el amor es de a dos, no se comparte
con extraños. No se entretenía con propuestas que llegaban de manera
constante y de distintos lados.
Por eso él buscaba hacer las preguntas precisas de manera de loca-
lizar la llave que abriera esa puerta de confianza, y le permitiera a la
mujer que él tanto amaba abrirse. Aunque cuando ella lo copiaba –ese
interrogatorio cubierto de amorosidad–, en momentos de silencio o de
dispersión en qué pensaba –como suelen hacerlo las mujeres– la respues-
ta automática era nada, porque tal vez no estaba en concordancia con
la situación, o las ideas se fugaban. Pensar en el almuerzo, el partido del
domingo, o los bloopers del cable no eran temas de conversación y, para
ser honestos, a veces le daba cierto pudor confesarlo. Eso no era engaño,
era solo un mimo a la relación.
A ella le hacían ruido los nadas, pensaba si esa no era la ambigüedad
del cuento, la verdadera oscuridad, la nada misma, y siendo esto así en
qué quedaba el sentimiento: se diluía, se convertía en lo innombrable, en
silencio. Esa vuelta de rosca a veces le producía tristeza, le hacía fruncir
mucho el entrecejo y notaba también que lo invitaba a él a preguntarle
de manera insistente respecto de su estado de bienestar. A Roberta nunca
le cayeron simpáticos los controles, y si bien podía comprender de dónde
nacía la ansiedad por saber de Lucrecio, tampoco estaba preparada para
desmenuzar su paranoia. Le producía demasiada timidez la posibilidad
de sentirse juzgada por su pareja.
Lo veía muy pragmático, era un tipo de decisiones rápidas, tal vez
sin profundidad o quizás con una mucho más resuelta que la propia.
Sufría porque él no iba a entender la amenaza de que ambos estuvieran
padeciendo de manera intangible. La sociedad a veces es muy dura con
las parejas felices: no generan ganancias, salen menos, comen en casa,
se ríen de caminatas. Le convienen las otras, las que compran bombones
para cubrir una ausencia, las que invierten fortunas en abogados de di-
vorcios, o en cirujanos para estar más estéticas, con menos pelos o vaya
a saber qué. La moda exige parejas consumistas. El amor está en peligro,
estaba convencida.
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En el medio, un equilibrio que se generaba con intermitencia, el mis-
mo palpitar del corazón bombeaba la cotidianidad, apuraba al tiempo
para llegar a un aniversario, y ellos inexpertos. Probando, aprendiendo,
buscando de manera irresoluble escapar a la nada, a ese vacío que se
genera en la interacción del vínculo, y a veces también a su carga. El
silencio los maniataba, no sabían nombrarlo, se teñía de oscuridad, pero
una nociva que en verdad solo les hacía sombra.
Seamos sensatos, si está el vacío o la nada, quietos o en movimiento,
siendo vistos por ellos o por quien fuera que mire, es porque están, exis-
ten, son y se pierden en nimiedades cuando la luz enmudecida los abraza
y deja su reflejo a la distancia.
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El cuadro
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Estuvo ahí estoico, al lado de la ventana, incluso sin lograr que yo
cambiara su posición. Los veranos pasaron y nuestras infancias transcu-
rrieron viéndolo allí. También mis hijos solían sentarse frente al cuadro,
como hipnotizados, mirándolo por horas; ellos ya no la cuestionaban, era
un accesorio más del lugar. Elena, la madre, lo detestaba. ¡Cuántas veces
habremos discutido por eso! “¡No combina con las cortinas!, ¡opaca el
sillón!”, y olvido qué otras tonterías afirmaba con tal de correr el atril de
lugar. No podía permitirlo, mi abuelo lo había colocado allí.
Logré que permaneciera en su sitio. Agradecido con esa casa cargada
de historia que me fue legada. Nos ayudó a ahorrar mucho en alquileres
para las vacaciones (también a sobrevivir los espacios reducidos para es-
tar más cerca del trabajo). Nos regaló, a mí, los mejores recuerdos con
mis antepasados, y al matrimonio, la magia que envuelve al crecer de los
propios hijos.
Así como contó mi abuelo que el agua se detuvo, con la misma rapidez
mis polluelos dejaron el nido, y con Elena, si bien espaciamos las visitas,
nunca dejamos de volver. Sentíamos su interior como una especie de in-
cubadora que nos rejuvenecía por el relax que nos brindaba y a la vez
nos hacía antiquísimos: cada rincón guardaba una marca que nos traía
historias. Incluso al sentarnos en el sillón y ver el cuadro que parecía
atemporal.
La vida pasa, como nosotros en las vidas que elegimos llenar, en los
espacios que decidimos ocupar, hasta que, como arriba del escenario, se
corre el telón. Así fue con Elena; ella partió antes. La despedí como pude,
con las fuerzas necesarias para despertar al otro día, pero no las suficien-
tes para cubrir ese vacío que nos dejan las personas que amamos.
A las semanas, después de llevar mi duelo en nuestro hogar y de haber
logrado que nuestros hijos me permitieran un poco de soledad para acep-
tar su partida, volví a la casa de veraneo a tomar un poco de aire. Llegué a
la tardecita y me quedé la noche entera sentado frente al cuadro. Quería
ver qué le provocaba la penumbra, si en verdad aparecía alguna figurita
caminando sobre el césped pintado, si corría el agua que escaseaba por la
zona. Deseaba encontrar algo, por remoto que fuera, que pudiera anular
estas ganas imparables de quemarlo. Absolutamente nada pasó, o mejor
dicho, el tiempo.
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Amanecí abatido, frustrado, estaba solo en el mundo. Ella partió, mis
hijos formaron sus familias y todo lo que tenía era la casa con ese estú-
pido cuadro cargando la tradición de mi linaje. Ni un día más. Agarré la
pintura con una potencia olvidada a mis ochenta años, lo quebré de una
patada (que mi cintura sufrió tanto como él), fui a la parrilla y le prendí
fuego.
Quizás el insomnio o la heredada sugestión lograron asustarme un
poco. El humo era raro, armaba figuras, me producía risa. La carcajada
partía de mis entrañas. Se parecía a la alegría, pero se trataba de libera-
ción. El universo se descomprimía en mi cuerpo; de alguna manera astral,
era responsable.
El asunto agotó mis energías, me desmayé en la hamaca que hay en
el fondo. Tuve el sueño más lindo de todos: por primera vez en aquella
zona árida había olorcito a lluvia. A modo de susurro empezaban a caer
las primeras gotas, luego se transformaron en llanto. Despacito la tierra
comenzaba a funcionar como una especie de cuenco, reteniéndolas. Ne-
cesitaba circular, el agua, mi vida. Un río fluía cargando lo que se topaba
a su paso.
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Sutil
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Cansada de ese juego en el que no me interesa participar, me siento
contra el respaldo, luego me paro, la busco para fulminarla con la mirada
y echarla de mi espacio. En esa acción caigo en la cuenta de que ya es la
hora del amanecer. Un tanto enojada con la visita atípica de la noche,
preparo el desayuno, decido ir al jardín ya que el día lo amerita.
Sentada, con los pies tocando el pasto, la mirada perdida apreciando
la brisa tenue de la mañana, vuelvo a notar que está arriba de la tetera.
Tenía dudas de haberla imaginado en un sueño, que aquella vaquita de
san Antonio fuera solo un artificio de mi mente para respaldar de modo
inconsciente el paso que di. ¿Qué la hace tan obstinada? ¿Por qué me
persigue? ¿Será un presagio de lo que viene? ¿Cómo saberlo? Curiosa,
acá estoy hoy, desayunando con mi suerte.
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Matador
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Mientras tanto, afuera, los taurinos parecen sintonizar su respiración
con la del animal que golpea las puertas de los corrales. El torero sale al
ruedo, gana la atención de su público, levanta los brazos al recibimiento.
La puerta se abre y esa criatura embravecida sale a cumplir su desti-
no. El matador no duda, lo espera, soberbio, lo sujeta con la fuerza de la
mirada. El toro pelea o baila para su muerte mientras recibe una lluvia de
banderillas que lo reducen en sangre.
El río rojo incrementa los aplausos, galardonan a un tirano que festeja
con clamor su crimen.
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La cocina
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estos pagos eso ya no es posible. Luce su mota, un tanto desgastada por
el paso del tiempo, hasta los hombros y, si bien dice que ha probado el
alisado, nadie se lo ha visto. Es tan coqueta que, dada la disconformidad
con los resultados, dejaba de salir y, si algo la movilizaba, se envolvía la
cabellera con un pañuelo siempre colorido.
Flavio, el “cura ateo” del barrio, ese que divulga todos los cuentos
de la zona mientras va cortando el pelo o haciendo los rulos, dice que la
Susi le contó que está ahorrando para regresar al Perú, pero en verdad la
espera un amor en Canadá. Al parecer comenzó a tomar clases de com-
putación para contactarse con sus parientes del exterior (saca los turistas
por Internet y ofrece el cuarto), y así, en esos lugares donde uno puede
conversar, se enamoró de un galán tan alto como Ginobili que ansía visi-
tar de sorpresa. También le ha dicho, entre shampúes y ampollas que le
encantaría irse de shopping a Miami como la Susana famosa.
Hay días que tiene la mirada un tanto empañada, son esos en los que
se lamenta –sonrisa alta– el haberle insistido a Martín seguir los pasos de
su padre en la armada. Hace años que no recibe una carta, un mensaje,
nada. Alguna vez apareció un militar con una caja llena de medallas y
una bandera, y la invitó a despedir los restos en el cementerio de las fuer-
zas, pero ella lo sacó con la escoba. No le creyó. Nadie va a engañar el
corazón de una madre y si este le indica que el hijo anda navegando por
mares lejanos, Martín está vivo.
Cuando le agarra ese dolor, no va a la iglesia a llorar: ella cocina.
Inunda el barrio de salchichas, chucrut y algunas veces también strudel.
Esto sucede en particular cuando no hay sobrinos que la mantengan ocu-
pada. El olor se empieza a sentir a la mañana, bien temprano, porque a
pesar de los años que hace que vive acá, aún quiere hacernos desayunar
con huevos y salchichas. Por eso cuando abre el local, te espera afuera,
salvo que en vez de mover la cola como un perrito vagabundo te da co-
mida.
Da la casualidad que ayer le agarró uno de esos días y nos entregó a
todos un recipiente plástico con salchichas, al mediodía apareció con un
goulash con spaetzle de rechutepe, más tarde –para el mate– nos dio a
cada uno un brezel más grande que lo usual y antes de cerrar el local, nos
acercó un poco de strudel.
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Hoy a la mañana me llamó la atención ver que la Susi salía apresu-
rada de la casa llena de valijas, entendí que la comida fue su despedida.
Estoy volviendo del hospital, pensé que al carnicero le había agarrado
una pataleta después de tal comilona, pero casi me desmayo al enterarme
que su vida está en serio peligro. Parece que ingirió algún tipo de veneno
que hizo que su corazón no tenga ganas de trabajar.
Mientras esperábamos en los pasillos, alguno comentó que la tenía de
novia a la Susi y parece que atinó a dejarla por otra mujer que se mudó
hace poco al barrio.
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El secreto
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Así fue como terminó arriesgándose a pedir un crumble de manzanas
con una bocha de helado por primera vez en un restaurante. Sería un
tanto fuerte decir que Antonisa tuvo un orgasmo en la boca, pero aspiró
profundo y algo la deshizo en placer. Se sorprendió. Buscó que nadie
notara la experiencia mística que estaba viviendo en ese degustar, en ese
saborear lentamente el contenido de la cuchara, sacar un restito, jugar
con la boca y la lengua. Siguió con la charla en la mesa simulando que
nada pasaba, pero en el interior hubo una eclosión, una fiesta; los senti-
dos, sabores y recuerdos la recorrían.
Al día siguiente llamó a la tía, a la que ya no frecuentaba tanto como
antes y le pidió la receta. Le contestó que con suerte se acordaba del últi-
mo capítulo de la novela, pero que si la ayudaba, tal vez haciéndola con
ella, podría recordar los pasos. Antonisa quedó en ir el fin de semana con
los ingredientes que ella le pidió. Al llegar, sintió el olor que de niña tanto
repelía y ahora adoraba. ¿Ya la hiciste? La tía la miró desconcertada. ¿Te
enojaste?, le preguntó mientras le mostraba la torta y le decía que se ha-
bía acordado del secreto.
Así fue como empezó, primero llevando la torta al asado en casa de
un amigo, después a un cumpleaños y volvió al entorno familiar para
convertirse en un clásico de las fiestas navideñas (¡como si no se comiera
lo suficiente!). La tía sentía felicidad porque temía que la tradición se
muriera con ella; a sus hijos, si bien eran excelentes cocineros, no les
gustaba la pastelería. Veía su torta con emoción, por eso a Antonisa le
gustaba compartirla, porque en ella llevaba mucho más que unos trozos
de manzana con azúcar, llevaba a sus ancestros y sus rituales.
Volvió a pensar en la feria, en la cantidad de preguntas que iban a
hacerle, en la falta de ese brillo en los ojos de quien deleita un pedacito de
cielo y se contrarió. ¿Tenía ganas de soportar esas conversaciones vacías,
de llenar los espacios muertos con preguntas o respuestas absurdas? No,
hoy no.
Miró la torta donde la había dejado enfriando, chequeó que la tempe-
ratura fuera la adecuada para guardarla y la puso en la heladera dentro
de un tupper. Acto seguido, agarró el celular y llamó a su marido para
decirle: POR FAVOR, además del helado, comprá una rojel para llevar. La
famosa esta vez se degustará al calor del hogar.
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Amores compartidos
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“Salí de acá, vieja loca”, me dijiste. Desde aquel día me propuse ahorrar
a escondidas. Hice un pozo en las rosas que nunca cuidaste, ahí iba guar-
dando cada billetito que podía separar en una lata de galletas vieja, y la
enterraba.
Decidí que esperar a jubilarme para vivir era una locura. Sé que mu-
cho no falta y por eso necesito viajar. Nunca te gustaron los micros, ni los
autos, gracias si agarrabas la bicicleta para llevar a los pibes a la escuela.
¿Cómo obligarte a seguir mi camino? Sería muy egoísta hacer eso o dejar-
te solo sin nadie a quien despertar.
Por eso, aquella mañana te cambié las pastillas de la presión. Antes,
había investigado que los efectos fueran inmediatos, indoloros –tampo-
co era justo que sufrieras– y no dejaran secuelas. Nadie dudaría que tu
corazón se detendría con la carta de despedida que te dejé en las manos.
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Corridas de madrugada
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en esas películas de Hollywood. Me estaba pasando, no podía detener el
éxtasis de sentirme deseada y digna de una erección, tampoco el calor
que alimentaba la sangre que recorría mi piel.
Lo vi correrse y limpiar el lugar como una sala de cirugía. Yo aprove-
ché los graves de la música para poder gemir. Sentía desnudarme, apre-
tarme las tetas, dárselas para que las chupe. Sin embargo, mientras yo me
desarmaba, él salía despidiéndose por la puerta. Otra vez el cuarto vacío,
las luces apagadas y yo mojada.
Salí también, fui a la ducha, hice lo más rápido que pude, necesitaba
alcanzar el tren de las cinco para llegar a casa antes de que Beto se fuera
para la fábrica. El encargado me persiguió porque aún quedaba un grupo
de clientes, le hice señas de “hasta mañana”; ya había facturado bastante,
no había por qué hacer reclamos.
Logré alcanzarlo, entré a casa al canto de los gallos en el más absoluto
silencio. Kiara a veces me escucha y se pasa de cama. En la habitación aún
dormía, sabía que tenía poco tiempo. Dejé caer todo lo que tenía encima
y me arrinconé contra él. Apretó los ojos en vez de abrirlos y me dio un
beso en el cachete. Lo toqué, estaba tieso, pero no rígido, sonrió. Preguntó
la hora, “hay tiempo”, respondí. Olió mi cuello y comenzó a besarme con
su lengua y con sus manos mientras yo me frotaba armando “el fueguito”.
Fueron unos instantes, me subí encima. El jadeo se incrementaba como
la luz que penetraba por la ventana, me era urgente ver y disfrutar de mi
cuerpo con mi hombre.
Acabamos, se despidió con un beso en la nuca. Me puse el camisón y
me tiré boca abajo. Escuché la ducha, luego a Kiara entrar a la habitación
y pedir permiso para dormir conmigo; lo oí cerrar la puerta para ir a
trabajar.
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El cuento del tío
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muy lejos, etc. Pocas cosas quedaban lejos, y yo sabía que esos destinos
estaban buenos. Las opciones eran o el vivero que estaba en la laguna, o
el de la plaza inmensa, o el que tenía una pileta con peces. Recuerdo que
la primera vez que fui ahí no podía creer cómo los peces de colores de la
pecera podían tener el mismo tamaño casi que los del mar. Cuando llegué
a casa después de verlos, mamá me explicó que eran distintos y que deja-
ra de tirarle comida a los míos porque no iban a crecer. Quería tirarlos a
la pelopincho y sacrificar mis veranos, no me importaba, yo quería esos
peces que conocí.
Para fascinación de aquella niña que fui, los peces eran gigantes y las
plantas diminutas. Bonsái se llaman, refunfuñó la abuela y dan mucho
trabajo, por eso no vendemos nosotros, además la gente no quiere pagar-
los. Y acá, en estas quintas de la zona los bonsáis no se usan, son para los
de la capital que tienen casas chicas, entonces necesitan plantas chicas.
Yo entendí que tenía razón porque cada vez que venían “los de Buenos
Aires” –como si nosotros estuviéramos en otro país– bajaban de sus autos
con perros que tranquilamente guardaban en sus carteras. Nunca vi ba-
jar de esos autos un perro más grande que las ratas que cruzaban las al-
cantarillas. Pequineses, chihuahuas, caniches, todos perros que parecían
sonajeros andantes del ruido que hacían al moverse.
La cuestión es que escuché la conversación, pero vi la cara del abuelo
y supe que ese viaje se iba a hacer, así que salí de donde estaba al grito
de “yo quiero ir”. Claro que el tío dijo una vez más que no. Acto seguido
empezó el pase a tan deseado viaje: el llanto. Absolutamente nada era tan
efectivo como un llanto sonoro, arrastrándome del pantalón, gritando
“yo quiero ir”; mi abuelo se esfumó, mi tía que venía a ver qué era ese
ruido, también, y la abuela, que apareció no sé de dónde, preguntó ¿qué
te cuesta llevar a la nena? Ahora entiendo de dónde sacaba la inspiración
de mis salidas magistrales, dónde aprendía mi invisibilidad: la nona. Ella
no se llevaba bien con mi tío, y él decía que siempre le llevaba la contra y
que a mí me consentía mucho. Yo creo que tenía razón, pero me conve-
nía, así que en aquel entonces hacía silencio.
El tío sabía que nada era más inútil que discutir con la abuela, así que
después de escucharla le dijo a la tía que busque a las nenas para ir todos
a llevar el pedido. Al no haber lugar en la cabina –estaba todo estudiado
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por mí–, tuvimos que ir sentadas en cajones de madera las tres atrás. Era
temprano, recién habíamos comido así que el viaje me descompuso un
poco. Igual se pasó rápido y lo que menos hicimos fue quedarnos senta-
das. Por suerte íbamos en el camión y la ventana de la cabina estaba alta
para que ellos pudieran ver qué hacíamos nosotras ahí atrás.
Al llegar al vivero tuve que ir corriendo al baño, después pedir agua
porque estaba muerta de sed. Me perdí la charla del japonés que les dio
a mis primas sobre el loro, apenas llegué a que me lo mostrara de lejos.
Por suerte pude ver los peces, todo rápido porque se hacía tarde para
regresar; también los bonsáis, que los vi corriendo porque si no no llegá-
bamos, decía el tío. Sabía que el llanto sonoro iba a ser inútil, no estaban
los abuelos y la tía hacía lo que decía el tío, así que lloré de frustración,
de enojo, de lágrimas de verdad porque tanto viaje para ver solo un ratito
lo que yo quería ver por horas. Subí al camión –luego de esconderme, de
que me tuvieran que encontrar–, castigada, adelante en la cabina. Las
primas también porque decían que hacía frío para ir atrás.
Ahí sí implementé el llanto de sonido, porque quería molestarlo por
no dejarme jugar un poco más. Cada cuadra que se alejaba aumentaba el
volumen: porque quería ver los peces, porque no me dejaron jugar con
el loro, porque el bonsái... Mi tío repetía entre dientes “esta nena”, “esta
nena”, manejaba, apretaba el volante y la cara se le iba poniendo colora-
da. La tía copiaba los trucos de la abuela: se volvía invisible. Las primas
cantaban. Hasta que me cansé y me puse a jugar al veo-veo, y después a
cantar con ellas.
El sol empezó a bajar y seguíamos de viaje, todas teníamos hambre,
pero no había donde parar y nadie había llevado galletitas, ni un mate
siquiera. Estábamos en la autopista que conocía, por suerte; antes no. El
tío pasó de largo la iglesia de los mormones donde siempre bajábamos y
que yo reconocía por el angelito de oro que tenía en la punta. Me asusté,
le pregunté adónde íbamos y me dijo que me quedara tranquila que iba
a agarrar un atajo. Yo había escuchado al abuelo decirle que ni se le ocu-
rriera volver por la tosquera, que había llovido, que el camión cargado;
entonces le recordé lo que había escuchado del abuelo. Se rio, me dijo que
era otro camino que solo él conocía.
Agarró por el camino prohibido, que yo había visto alguna vez porque
papá también pasaba por ahí. Me agarró miedo, las calles en ese entonces
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eran angostas, de a momentos, los árboles muy altos y los pozos inmensos.
Mi tío no manejaba tan bien como papá, encima con el camión; empe-
zaba a haber mucho barro y esas huellas en el camino que parecen que
no tienen fondo. Ya no se veía bien, el sol estaba a punto de desaparecer
cuando el tío dijo “la puta madre, che, encima con esta nena”. Yo escuché
al tío acelerar y sentí al camión quieto, “nos encajamos”. Entonces todas
nos tuvimos que bajar a empujar el camión, que era algo así como si tres
hormigas quisieran mover un elefante. Él se enojaba con nosotras porque
decía que no hacíamos fuerza, y yo sentía que estaba por desmayarme.
Entonces, de la nada, como la abuela, como yo tantas veces, como la tía
en el viaje, apareció otro camión con una cadena dispuesto a sacarnos de
aquel barrial en el que “cómo se nos ocurrió meternos”.
El tío, después de salir de ahí, hizo unos metros y nosotras corrimos
para subirnos. Ahí él se agachó, me miró fijo a los ojos y con cara de pe-
rrito mojado me tomó de las manos y me dijo “por favor, ni se te ocurra
decir una palabra al abuelo porque no te llevo nunca más”. Sentí el peso
más grande del mundo, ni el camión que tuve que empujar era tan pe-
sado como aquellas palabras. No sé qué pasó después en el viaje, en mí
estaba la cara de súplica del tío que se asemejaba a la de las señoras que
caminan de rodillas en la iglesia de Luján.
Llegamos, el camión embarrado hasta el techo, el abuelo desde la
puerta nos esperaba serio y con cara de preocupación. No vi al tío, pero
pesaba, sí que pesaba, y el abuelo preguntando que por qué tan tarde, que
cómo el camión recién lavado estaba tan sucio. Yo quise ir por el pan con
manteca y azúcar que la abuela tenía en la mano esperándome y que ya le
había dado a las primas, pero miré otra vez la cara del abuelo, la cara de
arrodillado del tío y el pan. Supe que con ese secreto no iba a ser capaz de
comer nada y tenía mucha hambre, entonces grité, grité sacándome todo
del cuerpo: ¡Abuelo, abuelo, con el tío nos encajamos!
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Un acto mágico
¿Quién había dejado esa caja en el escritorio? Nadie sabía responder. Era
de un tamaño tan considerable que llamaba la atención, incluso de los
desinteresados. Me acerqué, no tenía envoltura, una especie de insolen-
cia del cartón blanco que no admitía otro compañero más que un moño
inmenso y una nota en letra tan ilegible como conocida que decía “Qui-
zás llega tarde”. La vista del conjunto de compañeros estaba incrustada
en cada minúsculo gesto que pudiera vislumbrarse en mi rostro, que no
terminaba de definir una mueca concreta. ¿Sería tarde?
Abrí la caja, adentro estaba el mar justo cuando se junta con el cielo
al anochecer; reposé un rato en esa arena que de pronto irrumpía por
unos instantes la rutina. La tela era sencilla pero de calidad, un vestido
con cierto escote. Mi cumpleaños estaba lejos, no reconocía una fecha a
celebrar, pregunté incluso a colegas si por esos días se festejaba algo; soy
del tipo de personas que pasan por alto los acontecimientos de moda o
nunca se enteran. La respuesta fue no.
Es casi mi color destino pero aunque sea el que mejor me cuadra no
logro hacerlo mi preferido. De chica fue el celeste, por algún acuerdo
tácito que desconozco los regalos venían en ese tono. Al crecer, mutó pri-
mero al turquesa y luego al azul.
Verlo, imaginarlo con mis aros dorados largos y los stilettos haciendo
juego me impulsaron al baño. Era preciso sentir la tela deslizarle por mis
muslos, acariciarme el cuerpo, darle sentido. Buscar si acaso era la vida
que me daba o era yo quien le transmitía ese halo. Hacíamos una dupla
que se convertía en uno.
Sí, claro, no estaba trabajando, pero era muy lindo ese vestido para
cerrar la tapa y seguir con la presentación que estaba preparando. En el
peor de los casos haría horas extras, tenía que entregarla al día siguiente.
Trabé la puerta, iba a hacer un ritual con esa tela. Nunca antes me ha-
105
bía regalado algo, ¿por qué ahora?, ¿cuál era el mensaje?, ¿qué extraña
cruz o secreto cargaba? Decidí disfrutar, me saqué rápido el pantalón y
la camisa, los acomodé prolijamente en la pileta. El talle no podría ser
más justo, parecía hecho a medida. Me recogí el pelo para poder dar pro-
fundidad al escote. Al mirarme en el espejo me puse en puntitas de pie
para apreciar el largo y visualizar mejor la caída. ¿Cuándo se volvió tan
asertivo con estas cosas?
Estaba emocionada, llevarlo era un acto mágico. Una especie de ce-
remonia donde se ponían de relieve todas las bellezas que la naturaleza
me regaló. Ese fin de semana cumpliría un año con Mariano, estaba claro
que era la oportunidad de estrenarlo. Miré por la ventana, queriendo
encontrar lo que sabía de antemano que no estaba; tantas veces suelo re-
petir ese hábito simple y devastador que trae un dejo amargo después de
tanta dulzura. Empecé a sacarme el vestido y ponerme la ropa de antes.
Ya habían golpeado la puerta del baño varias veces, la intimidad se estaba
volviendo difícil. Lo guardé con cuidado.
¿Por qué me había mandado ese paquete sin poner siquiera su nom-
bre? Muchas lecturas se sucedieron en mi mente, desde los reclamos más
vanos a las experiencias más gratificantes.
Miré de nuevo la tarjeta, sería una disculpa por errores cometidos, o
esa manera tan suya de recordarme una lección. Nunca criticó mis deci-
siones, aunque algunas veces me insinuó que yo le dedicaba demasiada
energía al trabajo. ¿Sería una forma sutil de aconsejarme el disfrute?
¿Sería eso? Entoces había llegado a tiempo. Él lo sabía, no es de esos
hombres que se lamentan por el día anterior, siempre un optimista em-
pedernido, con ganas de sortear lo que viniera. Consistía en un doble dis-
curso, sabía que quizás hasta podría ser puntual. A su manera, me estaba
autorizando a madurar. Jamás fue de esos padres que cuidan a sus hijas
como princesitas ni tampoco es que yo misma me haya dejado retener en
un estuche. Hoy, el primer hombre estaba dejando un vestido.
Me agaché para buscar el paquete, lo volví a abrir, otra vez, para
asegurarme de que estaba, que consistía en un hecho concreto y no re-
sultaba producto de mi tan prolífera imaginación, también corroboré la
letra, sonreí... Cerré la caja, liberándome de algo, además de las lágrimas.
Fue suficiente, salí a hacerme un café y continuar con lo pendiente. No
quería que pasara mi jefa y se diera cuenta de que yo ya no era la misma.
106
La tranquera
Iba por esa ruta al menos una vez por semana, era una especie de atajo
que me hacía ahorrar treinta minutos en cada visita al campo. Poco co-
nocida pero, desde que la asfaltaron gracias al desarrollo de un centro
industrial, bastante buena. Solo había que tener paciencia con los camio-
neros y sus mañas, que no son pocas. La apertura del parque más una
tosquera importante llenaban aquel sendero de algunas complicaciones.
Nada en comparación con la ruta principal, ahí el tráfico era demoledor,
los paseanderos con sus celulares o los oficinistas y sus apuros, cons-
truían en vida el mismo infierno. Acá había verde, pájaros, roedores que
cruzaban el camino. Faltaban los semáforos y motos que zigzaguearan
adelante del vehículo. Temía que con la mejora reciente se agrandara la
concurrencia y le quitara la ventaja de ser más ágil.
Disfrutaba mucho salir de la autopista y agarrar por ahí; siempre
arrancaba con el mate, solo o acompañado. Iba a un ritmo que tranquila-
mente podía simular un trote. Si venía Fausto, mi perro, a veces lo soltaba
y me seguía de costado corriendo por la banquina. Cuando traía algún
que otro agrónomo o ingeniero asesor quedaban encantados. Era un sub-
mundo que se creaba entre el campo y la ciudad. Nadie que tomara ese
atajo podía regresar a la ruta habitual. Era una especie de cambio de fe o,
si uno es muy pragmático, un cambio de creencias. Lo cierto es que veía
a los árboles abanicarse con el viento, al pasto danzar y, si apagaba la
música, también escuchaba a los pájaros. Más de una vez tuve que pegar
volantazos por no dejar a alguna mulita sin esposo, o un puercoespín sin
107
madre. Ni hablar de la cantidad de cuises que podría haber mandado a la
cacerola, pero ni Fausto tenía el tupé de quitarles la vida. Bueno, alguna
vez me trajo una liebre, pero nunca en ese recorrido, eso lo hacía dentro
de nuestro campo, como si pudiera comprender el concepto de propiedad
privada.
La cosa que cuando iba por ahí, había una entrada que me desper-
taba algo, podría decirse, llamaba mi atención. Desde la calle se veía un
campo abierto con una casa muy pequeña aproximadamente a dos o tres
cuadras de la ruta, rodeada por cuatro árboles mucho más altos que la
propia vivienda. Nada la hacía especial, solo me generaba cierta incomo-
didad visual. ¿Por qué?
Manejaba mirando los campos llenos de árboles ante la ausencia de
dueño, o a los campesinos cultivando verduras, alguno que otro con ese
yuyo millonario, otros con invernaderos, pero este, era solo pasto, uno
peculiar que parecía no crecer, siempre estaba a la misma altura e igual
color sin importar la época del año; incluso con fuertes sequías se veía
verde radiante y alto. Una vez, Cacho, el ingeniero que selecciona las
semillas, me hizo parar porque le llamó la atención la tonalidad, siendo
que había caído tremenda helada. No llegamos a entrar, solo miró des-
de la banquina, arrancó un puñado y seguimos. No volvimos a hablar
del tema, siempre decía que no se acordaba qué había hecho con lo que
sacó; me daba mucha curiosidad. A veces pienso que el descubrimiento
lo sobrepasó y le apenaba contarme, otras que tiró todo antes de poder
analizar de qué se trataba.
La semana pasada, iba a los tumbos pero vi que habían puesto un
cartel que me fue imposible leer por la velocidad, pero distinguí que tenía
la figura de un hombre dibujada en rojo. Andaba con problemas en la es-
tancia porque se había roto la bobina de uno de los generadores de elec-
tricidad, y sin solución rápida me iba a quedar sin agua para la hacienda
y los perros (otros distintos de Fausto, él es mi sombra). Por ese tema pasé
en una misma semana varias veces por la puerta y llegué a leer que decía
“Curandero, trabajo energético aquí”. El terminar esa frase casi me hace
salir del camino, estaban manchando mi ruta, ¿acaso ahora además de los
del parque industrial iba a tener que tolerar a un millón de hippies copar
el paraíso? Reflexioné unos instantes y me di cuenta de que no había nin-
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gún colectivo de línea que accediera hasta el lugar, el transporte público
estaba realmente muy lejos. ¿Para quiénes pondrían un cartel así?
A la noche, en casa, tomé la computadora y empecé a mirar en el
mapa de Internet a ver qué encontraba, quería saber si la ruta estaba
marcada, si alguien había abierto algún tipo de iglesia nueva. No había
nada, aparecía el sendero trazado, nada más. Con cierta obsesión –debo
reconocerlo–, seguí buscando con las fotos que uno encuentra si pone
una dirección y me llamó la atención que ni el portón se veía. En la com-
pu solo aparecía la prolongación de un minibosque que le continuaba.
Desistí, quizás tenía que entrar para averiguar de qué iba ese cartel y
descubrir quién lo había puesto, porque nunca me crucé a nadie en ese
lugar. Ya en la cama quise hacer memoria y había algo que no me cerra-
ba: la casa era realmente vieja, estaba desde que yo compré el campo y
agarraba ese camino ¿cómo era posible que se escapara a los ojos de los
satélites del mapeo? No tienen errores, o muy pocos. ¿Acaso estaba descu-
briendo uno?, ¿tenía que escribirles y avisarles? El tema me ocupaba más
tiempo del necesario. Fausto pareció notarlo y con mucha parsimonia
trajo su pelota preferida para jugar.
Salí de la cama, fui con él al living y, desplomado en el sillón, se la
arrojaba lejos. Iba y venía como las imágenes de esa ruta. Jamás había
conducido de noche, sí tal vez a la madrugada, cuando el sol está aso-
mando o cuando se despide, pero no a medianoche ni a las tres de la ma-
ñana. ¿Será que ahí es cuando va la gente? Fausto dejó escapar la pelota
y empezó a ladrarle al parque. Escuché la alarma de la camioneta. Mi
mujer salió del cuarto un tanto preocupada a ver qué era lo que estaba
sucediendo. No supe responder, pero traté de tranquilizarla y le mentí, le
dije que me llamaron de una urgencia, que cierta yegua estaba por parir
y que la cosa se había complicado. Fui al garaje, no encontré nada raro.
Fausto se subió a la camioneta más contento que de costumbre. Le mandé
un mensaje al veterinario Smuten y le avisé lo que le dije a mi esposa,
por las dudas, uno nunca sabe. La noche estaba calma, el tráfico fluía de
manera apacible.
Fausto se ponía cada vez más contento, me pregunté qué sabría él
que aún no me daba cuenta. Salí de la autopista, tenía que aminorar la
marcha, en esa calle no hay luces y es bastante angosta. Él quiere salir de
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la camioneta como de costumbre, pero algo me da temor y no lo dejo. Se
da cuenta y muestra los dientes por primera vez en cinco años. Trato de
calmarlo y empieza a ponerse agresivo, después de todo es mejor abrir
la puerta. Lo dejo salir, reviso por las dudas la guantera a ver si está el
arma y me acuerdo que la tuve que dejar para calibrar. Decido frenar, a
esta altura me estoy dando cuenta de que no estoy pensando lo que hago
y que llegué hasta ahí sin mucha reflexión. Estoy justo en la entrada fa-
mosa. Ahí está Fausto, mueve la cola y está contento. Alcanzo la linterna
y empiezo a seguirlo. Solo escucho los ruidos de la noche. Hay cosas que
se mueven por los yuyos pero trato de no pensar, las víboras me aterran.
Siento que hay ojos mirando, quizás búhos; desconocía que podía ha-
ber tantos. El viento parece silbar algún tipo de música, suena distinto. A
medida que me acerco a la casa siento que los árboles son tan altos que
no tienen fin. Es llamativo el grosor del tronco, empiezo a caminar y a
observar cada uno de ellos. La luna provee algo de luz; sigo escuchando
animales. Empiezo a palpar la corteza, jamás lo hago, pero acá es como
que las manos se me fueron derecho a tratar de buscar algo. La primera
reacción que siento es húmeda, sin embargo no ha llovido. Voy al segun-
do árbol, y no puedo llegar a tocarlo porque percibo un calor difícil de
poner en palabras, entiendo que resulta inverosímil, estamos hablando
de una planta, pero sé que de haberlo tocado me hubiera ampollado las
manos. El contexto es extraño, sigo rodeando la casa, voy al tercero, y es
imposible acercarme porque el viento no lo permite, pruebo con el úl-
timo y da cierta impresión, como si la corteza se deshiciera al contacto,
siento el olor penetrante de la tierra, me ensucia la mano. Vuelvo a mirar
la entrada de la casa, parece abandonada.
Lo veo a Fausto acercarse corriendo, desconozco dónde es que se ha-
bía ido antes, se para frente a la puerta que empieza a abririse suave-
mente y le ladra. La duda inmoviliza mi cuerpo. Me pregunto qué hacer,
qué energías la estarán moviendo. Los pies avanzan, ya adentro tengo
problemas con la vista, tanta luz enceguece. Un ritmo de tambores anula
los sonidos del campo, es rítmico, ahora entiendo qué es lo que silva el
viento. “El cuerpo es mi casa, el hogar soy yo”, repite, “el cuerpo es mi
casa, el hogar soy yo”; sin parar, se instala en la mente. Siento que me
toman aunque no puedo divisar un solo cuerpo, la cordura me abando-
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na, qué pelotudo haber ido hasta ahí. Lloro, desconsoladamente, nunca
antes experimenté tanta incertidumbre, temo por la subsistencia. Caigo
en trance, aunque seguir oyendo la frase “el cuerpo es mi casa, el hogar
soy yo” me mantiene presente.
En ese estado recorrí varios momentos de la vida, pude verme en otros
cuerpos, perdonar y enmendar errores. Transcurría en sensaciones a las
que es difícil darles una descripción; pude ver que nacía algo de mi ser,
aunque fuera hombre estaba pariendo, quizás la propia locura. El juicio
se inmiscuía con el trance, se reía del absurdo. Cada vez que venían pen-
samientos agregaban al tambor maracas, y podría jurar que algún canto
indígena también. En carnes fui a danzarle al fuego, luego me zambullí en
un lago, más tarde levité por los aires y rendí los tributos a la tierra. Para
ese entonces ya estaba afuera, escindido: por un lado el cuerpo; por otro,
la conciencia. De repente la distancia hace imposible juntar lo uno con lo
otro, empiezo a sentir que me mojan. El líquido vino a darme vida, a unir
las partes que el viento había arrimado, y el calor selló ese entramado
de tierra que me constituía. Fui Adán por un instante. La cabeza parecía
estallar, por suerte creía estar entero. Fausto comenzó a lamer mi cara.
Ni bien me vio parpadear empezó a ladrar, me tomó de la ropa y sacudió.
Miré para todos lados, busqué entender qué era lo que había sucedido. La
casa seguía tan insulsa como la distancia la mostraba.
Probé ponerme de pie, ni bien logré hacerlo toqué cada parte del
cuerpo para ver si estaba completo. La ropa estaba intacta, Fausto seguía
muy contento. Corrí para salir de ahí, de esa insania que me resultaba
permanecer. Fue imposible mover la tranquera, tuve que buscar calma
para pensar formas de sortear esa salida. No había temor o miedo. Nece-
sitaba irme. Empezó a clarear, el sol un tanto tímido daba otra tonalidad
al entorno. Volví a intentarlo y fue muy simple, la luz construyó mi salida.
Agarré la chata y fui directo a casa, Sami seguramente estaría preocupa-
da, Fausto se subió solo a la parte de atrás. Llegué a la hora que se levanta
para ir a trabajar; ya había hecho el desayuno. Nunca antes la amé tanto.
111
Romance
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Finalizando la jornada y un tanto pesimista respecto del silencio, leo:
misma hora mismo lugar. Tengo clientes pensé, llamé a Juampi para que
pudiera cubrir el horario. Por una mina todo, se apiadó. Lo que no me
atreví a confesarle era que el café ocurriría en la mañana en vez de la no-
che como imaginó. Fui con la misma ropa por miedo a la confusión, temí
que la transpiración me jugara una mala pasada. Usé mucho desodorante
y un perfume regalado que había en casa.
Te habías maquillado un poco, algo de rímel en las pestañas y polvo
en las mejillas. Sabía que si estabas arreglada había dos opciones: o eras
una histérica o yo tenía parte del partido ganado (ayer no andabas de
ese modo vagabundeando por la vida). Te negaste a hablar de trabajo,
tampoco preguntaste por el mío. Dijiste que esas cosas desembocan en
conversaciones absurdas. Estaba hipnotizado, temía que quisieras irte, así
que no insistí. La charla fue fluida, nos comimos tres medialunas cada
uno con café. Te miré extrañado mojándolas, me invitaste a probar. Des-
de ese día no encuentro otra manera de comerlas, bien bañaditas con café
con leche.
Cuando la mañana comenzó a tomar presencia propusiste salir a ca-
minar, acepté con gusto. Antes de la cita le pedí a Juampi que me hiciera
el aguante por un par de días, que yo le decía hasta cuando. Total a él le
venía bien, estaba sin trabajo y se ganaba unos mangos para tirar. Dijo lo
mismo: por una mina lo que sea. Pagué la cuenta y nos fuimos.
Me contaste que eras uruguaya, que habías llegado al país por pro-
blemas con tus padres y que te cuesta entender cómo no te buscaron.
Dijiste que eras adoptada, que habías probado encontrar tus raíces pero
te fue muy difícil. Al final de un largo camino y un gran duelo por no
encontrar respuestas pudiste hallar paz.
Me dieron curiosidad tus intereses, quería buscar una manera, un
haz de luz para entrar y apoderarme de tus pensamientos, precisamente
de tu voluntad. Vos te llevaste la mía, yo quería la tuya. Ese hubiera sido
un acuerdo justo.
Caminamos largo hasta el mediodía, confesaste que tenías hambre.
Aproveché la oportunidad, como buen cazador que soy: hablamos de mi
amor por las artes culinarias y te ofrecí pasar por casa para que lo com-
probaras. Compré al pasar unos fideos secos. En la heladera tenía distin-
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tos tipos de hongos para armar una salsa. Te ocupaste de picar la cebolla
y pusiste la mesa. Me ayudaste con las ollas mientras cocinaba. Comimos,
la pasta, nuestros cuerpos. Nos lamimos desde el empeine hasta la na-
ciente del cabello. No hubo surco o espacio que mi lengua dejara des-
cubierta. Gemimos, nos cocimos en placer. El vino estaba riquísimo. Fue
requerido pasar el pan por cada vestigio de piel, los hongos nos hacían,
cocían y deshilachaban en goce.
Le escribí a mi amigo para saber que todo andaba bien, él me contó
que entró trabajo nuevo para la facultad, que todo estaba funcionando.
Fui al jardín a cortar unos jazmines, los puse en agua. El silencio amal-
gamaba con el perfume contundente de esos pétalos blancos. Una reina
merece de cuidados. La emoción la atrapó, me dio muchos besos y nos
fundimos en una siesta de la que desperté solo. Empecé llamándote des-
pacito, tal vez estabas en el baño dándote una ducha, buscando separar
los territorios, o caminando por la tierra que tanto te gustaba.
Corrí al teléfono, llamé al número al que nos comunicábamos, sonó
en casa, dejaste el celular de souvenir. Las cosas estaban en su sitio, ex-
cepto por mí, que por primera vez no sabía en realidad dónde me hallaba.
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Mutar la piel
Antonio tenía una hermosa relación con su nieta, fue la primera nacida
de sus hijas. Inmigrante del viejo continente, jamás pensó que lograría
constituir una familia, ni dejar de ser peón para convertirse en el dueño
de un pequeño negocio. El país de acogida no fue generoso al principio,
incluso cuando logró contar con cierto ahorro, el gobierno de turno deci-
dió que eso no era lo mejor, lo ideal era devolvérselo a la tierra que le dio
trabajo y así fue como le retuvo, sin dar lugar a reclamos, las noches que
pasó sin dormir, los días en que silenció el hambre.
Dolió. Sin embargo, él era feliz con la sonrisa de cualquiera de sus
mujeres.
Disolina, a quien había conocido por fotos, o mejor dicho por los
cuentos de los paisanos, lo deslumbró verla bajar del barco: una torre
alta con lazos de trigo, piel de leche y unos ojos que lo llevaban a recorrer
los añorados campos llenos de olivos. Al salir de Italia, ya era su esposa; se
habían casado por poder ante la mirada del estado y por supuesto, de la
iglesia. Ella, en cambio, sintió pavor; un tipo bajito, oscuro y torpe que se
veía mucho más glamoroso en las fotos. La tranquilizaron los días, acep-
tar decisiones, conocerlo, recibir sus cuidados, pero sobre todo, el ímpetu
emprendedor de Antonio.
El tiempo trajo el cariño, animales, más trabajo y dos preciosas hijas:
una de azúcar moreno, otra de impalpable. Así sus formas, la mayor un
poco más tosca, la menor ligera. Ambas se casaron con figuras poco gra-
tas para Antonio, pero lo mejor estaba por llegar: las nietas. Como si fuera
un decreto, en aquel linaje solo se producían mujeres.
Amanda, la mayor, era la que daba brillo a sus ojos, siempre andaba
con él. Desde temprano la dejaban en la casa de los abuelos porque am-
bos padres trabajaban todo el día afuera y no podían cuidarla, entonces
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ella, desde que supo caminar, fue detrás del nono. Emponchada con más
capas que una cebolla, desenrollaba una lengua que nunca parecía ago-
tarse. Incluso cuando la falta de bullicio parecía manifestar el haberse es-
capado de la nieta, ella resurgía de abajo de una manta o en una corrida,
recordando su presencia.
Le encantaban el fútbol y las carreras, y con el único recurso de escu-
char su voz matizar el ambiente, le preguntaba de historia, del otro país,
de sus hermanos, del barco, de la tierra, de su comida preferida, de lo que
fuera. Era una gran caja de pandora condensada en un metro de altura.
A Antonio la muerte lo vino a buscar pronto. Amanda todavía no
había terminado la secundaria: sintió que necesitaba más anécdotas del
nono, que no estaba lista para despedirse. Sufrieron mucho ambos, la
familia, el negocio, el barrio. Antonio era un buen tipo.
Si bien él hubiera preferido quedarse más años, comer más fideos,
tomar algunas copitas extra de vino tinto o whisky, jugar a las bochas y
al póker, entendió que tenía ese ticket y mejor él que cambiarlo por otro
de la familia (lo de los yernos era conversable). Sin embargo, en el viaje,
extrañaba tanto la cantaleta de Amanda que no se podía habituar al si-
lencio.
Sus dotes de comerciante lo ayudaron a volver pronto. Estaba conten-
to, pidió expresamente retornar con el clan, cualquier integrante lejano
o cercano estaba bien, aunque lo ideal, por supuesto, era con su pequeña
Mandy.
El trámite fue veloz, no sintió dolor alguno ni sensación a detallar,
solo que le picaba todo el cuerpo. No podía ponerse de pie, y tenía un
hambre atroz. Al empezar a tomar un poco de conciencia del contexto, se
asustó mucho de ver mal herida a quien le había dado la vida. Se calmó
a sí mismo al darse cuenta de que no estaba solo, había llegado con una
hermanita que dormía.
Se las fueron arreglando como podían, algo de alimento daba la ma-
dre en su agonía. Era tan chiquito al principio que le costaba abrir los
ojos, pero su hermanita de alguna manera le daba la fuerza. Se alimenta-
ba de lo que podía, ella igual, hasta que los desperdicios y el mal olor de
su madre moribunda atrajeron a las ratas. En su intención de preservar
a la familia él trató, a riesgo de vida, hacerles frente, pero lo atacaron y
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recibió una mordida. Junto con su hermana pudieron refugiarse dentro
de una caja cercana. Temían salir de ahí. Se salvó gracias a que ella le
lamía la herida.
La gatita era muy ruidosa, eso sirvió para que una mujer que ya había
visto a la madre embarazada los escuchara. No había podido agarrarla,
y por eso iba seguido al callejón, sabía que pronto tendría familia. La
rescatista pudo sacarlos de la cajita y se los llevó a su hogar. Los ofreció a
gente que los quisiera cuidar.
La primera familia adoptante se quiso quedar con la hembrita, que
estaba sana. El machito permaneció en la cocina de Lili. Estaba asustado,
los gatos en su historia no habían tenido un buen destino: su mujer los
cuidaba, pero uno de sus yernos los sacrificaba… Él, ahora tan chiquito,
no tenía esos recuerdos, solo sensaciones que se impregnaban en el cuer-
po y lo hacían temblar y llorar en silencio.
Cuando empezó a estar mejor de la mordida, Lili le contó que una
mujer quería adoptarlo. Antonio estaba furioso; se había embarcado en
un viaje en el que no había forma de comprar un ticket de regreso, como
con el barco que lo había traído a esta tierra, ni hacer ningún reclamo.
Volver como gato no le caía muy en gracia. Había sido engañado: esa se-
ñora, por más buena que fuera, no era de su familia, el trato había sido
otro… Él había pedido estar lo más cerca posible de Amanda, pero nunca
le explicaron que podía haber un cambio de planos. Y encima ella no
aparecía por ningún lado. Pactar así era arriesgado, pensó.
Curada la mordida, el pobre animal perdió el pelo del lomo; al prin-
cipio Lili pensaba que era por la herida, pero al cicatrizar, se dio cuenta
de que el michi se había agarrado un hongo. Estaba preocupada por la
joven que quería adoptarlo. Le había dicho que prefería a los perros, pero
como vivía en un departamento, elegía probar con un gatito porque había
leído que se adaptaban mejor; le hacía ruido darle uno que JUSTO estaba
enfermo, la hacía dudar. La chica le contó que ya había puesto seguridad
en los balcones, comprado la caja de arena y el alimento especial, pero
además le había escrito especificaciones muy precisas: bebé, rubio y con
ojos verdes.
Cuando Lili leyó las “especificaciones” no le quedó muy claro si bus-
caba una mascota o un novio. Pudo percibir cierto miedo que la hacía
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dudar respecto de la adopción del pobre minino. Joven, recién recibida,
con un trabajo que podía realizar desde el hogar, ella era el nido perfecto
para su rescatadito. Fue honesta, la llamó y le contó que tenía un gatito
bebé, de ojos claros y para que le creyera que era rubio, le mandó fotos de
los pocos pelos que le quedaban en el lomo.
Se encontraron en la sala de espera del veterinario, la adoptante había
llegado temprano, estaba ansiosa, había visto las fotos y supo que lo que-
ría: tenía el pelaje color café con leche, igualito a la merienda que solía
compartir con su abuelo de niña, y los ojos se asemejaban al color aceitu-
na de su abuela: una combinación perfecta. Caminaba dentro de la vete
ansiosa, como tantas veces lo había hecho por el parque con sus nonos.
Antonio llegó dentro de una transportadora, se lo veía súper nervioso,
reconoció enseguida el olor de ese lugar, ya lo habían pinchado un par
de veces ahí, estaba quieto pero resignado, se echó en el piso y esperó su
destino. Vio cómo Lili saludaba a una mujer joven y algo en ella le resultó
familiar, logró captar su atención.
Cuando le abrieron la puerta, la mujer que se convertiría en su cuida-
dora empezó a hablar sin parar... como su Mandy. Antonio quiso saltarle
encima, abrazarla, pero solo se animó a ponerse de pie, caminar por esa
mesada fría con sus patitas enclenques, estirando el lomo, simulando cru-
zar una selva. Cuando llegó a ella, la olió con timidez, le regaló su aroma
con los pocos pelos que le quedaban, se refregó con mucha sutileza y le
dio un cabezazo (aunque hubiera querido llenarla de besos). Al fin pudo
entregarse en ronroneos a esas manos que, abiertas, lo recibían para con-
tarle que ya había encontrado a su familia.
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Infranqueable
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Ella hizo un gesto. Aquella reacción lo condujo al centro de su cometido:
“Esta noche voy a partir muy lejos, así lo han arreglado para mí y creo
que este viaje va a ser una experiencia maravillosa”. Atónita ante esas pa-
labras, comienza a reclamarle cómo él, su entrañable amigo, iba a dejarla.
Justo ahora que su vida era un torbellino, que las cosas con su novio no
iban del todo bien, que está a punto de recibirse y lo quiere presente en la
entrega del título. Definitivamente no podía aceptar la partida. “¿Adónde
te vas? ¿Cuándo te vas?”. Con la mejor sonrisa y ya con sus ojos empaña-
dos, le pide serenidad. Cuenta que no le permiten precisar el motivo ni el
destino del viaje, que quién lo ha orquestado solo le da la posibilidad de
despedirse de una única persona.
Un silencio cómplice indica la pausa que se sucede en su voz: “No voy
a dejar de estar a tu lado, no es mi deseo abandonarte. Nada es definitivo,
solo serán unos años antes de volver a encontrarnos”. Ella balbucea: “Me
lo prometiste, dijiste que ibas a venir a mi graduación. ¿Vas a dejarme
un teléfono? ¿Un mail? ¿Algo?”. Comienza a reírse a carcajadas, como
nunca antes lo había hecho. Su risa llena el ambiente de calidez y a la vez
de congoja.
Matías vuelve a hablar, levantándose para el último abrazo, ese que
los llevaría a recorrer cada recuerdo compartido, cada travesura que los
aliaba. Sosteniéndola entre sus brazos le susurra: “Nos volveremos a reu-
nir, no hay grieta intransitable, y menos para tu tozudez. ¿O es que acaso
me la vas a negar?”. Sensibilizada hasta la última célula, logra regalarle
una sonrisa. Le desea suerte, le pide que se cuide y que escriba con asi-
duidad. Lo acompaña hasta la puerta, cerrándola con cierta negación.
Voltea, se acuesta en su cama con una paz que le es ajena; con una alegría
intermitente mezclada con el recuerdo de la charla. Vuelve a dormirse.
A las siete de la mañana la luz comienza a filtrarse por la ventana. El
día ha comenzado. Aturdida, no recuerda lo acontecido pero siente cierta
pesadumbre.
Como es habitual, se dirige a la cocina para calentar el agua; suena el
teléfono. Su madre, entre sollozos, dice: “No vayas a la facultad hoy, estoy
saliendo a buscarte, tenemos que ir a ver a Matías. Te explico cuando
llego”. Se sienta en su cama, enseguida vuelven los recuerdos del sueño,
despertando una devastadora ausencia.
120
La caja
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¡Es peligroso!”. Nada lograba mantenerlos mucho tiempo alejados, o eso
creía él. Sin importar los riesgos, deseaba tenerla a su lado. En general, las
discusiones eran insignificantes. El problema lo ocasionaba la adquisición
de nuevo material. Carecían de dinero, pero él confiaba en que siempre
era posible hacer un esfuercito en cuanto a alguna sustancia para sus
prácticas. Ir de compras ponía de muy buen humor a Celina.
Otra vez el timbre, en esta ocasión fue la puerta. Una sensación fría
recorrió su cuerpo, temía atender el llamado. Sus hijos estaban en el tra-
bajo, nadie había arreglado pasar, solo quedaba una alternativa: Celina.
Si bien escuchó hervir la pava, prefirió acercarse a la puerta. Al abrirla
vio una caja envuelta en papel azul brillante con un sobre pegado en el
centro. La llevó directo a la cocina y la colocó sobre la mesa.
Una vez allí aprovechó para apagar la hornalla y sacar el pan que se
estaba quemando. La caja era el centro de mesa que no se atrevía a tocar,
tampoco el sobre que llevaba su nombre como destinatario. Es la letra de
Celina, pensó. Caminaba a su alrededor, como si eso hiciese que aquel
maldito paquete mostrara su contenido. Tendré que juntar coraje, se dijo.
Finalmente, con un té en mano, lo obtuvo. Se sentó en la vieja silla, rom-
pió el sobre y se dispuso a leer la carta.
122
ideas que tenía que inventar para sacarle el dinero. No me molesta que
haya convertido su precioso living en un “laboratorio”, como usted lo
llama, cubriendo los sillones con papel de aluminio (eso me facilita-
ba la limpieza). Hasta logré acostumbrarme a ese olor nauseabundo
que largan sus tarros (que dicho sea de paso, no entiendo para qué
sirve poner los restos de un pollo en detergente). Ahora, que me llame
“amor”, “cariño”, me corra por toda la casa y quiera que vaya a dor-
mir a su cama, es demasiado. Sepa que no tuve alternativa y me volví
a mi patria. El Paraguay está más lindo que nunca.
Dígale a sus hijos que no se preocupen por los días adeudados, ¡el
saldo se compensa si dejan de llamarme!
No más a su disposición
CELINA
123
Evolución
Todos piensan que es fácil, pero desconocen cada uno de los hechos que
me hicieron llegar hasta aquí. Hoy es el gran día: improvisaré un cuadro
dentro de una cabina de acrílico especialmente diseñada para mis prue-
bas frente al público. Estuve esperando este momento desde la primera
interpretación, hace ya más de diez años. Recuerdo cuando empecé, el
dueño de la estancia, un hombre cuyo hijo salió “doctor” solía decirme:
“El éxito se construye con catorce horas diarias de trabajo, no hay otra
receta”. Fui fiel a su consejo, me ayudó a no bajar los brazos en tiempos
donde nadie venía a vernos y éramos solos con la manada; comprendí
que si seguía esforzándome podría lograrlo.
Los planes de mis progenitores eran otros, querían que permaneciera
en el campo haciendo un poco del trabajo de ellos, liberándolos de la
carga, quizás trayendo descendencia al clan. Papá a veces recolectaba
frutas para nosotros y para los dueños, ahuyentaba pájaros y realizaba
otras tareas rurales que había aprendido. Nunca lo mencionaron, pero yo
lo sabía. Pensaban pedirle ayuda al Dr. Traverso para solventar los futu-
ros gastos y así poder brindarme más herramientas para reemplazarlos.
Creo que querían profesionalizar el trabajo del campo, en cambio a mí
me gustaba ser visto, bailar y tenerlos de público a ellos y a los Traverso;
la mamá del doctor en particular se emocionaba mucho viéndome, y eso
generaba un gran estímulo a mi creatividad. La idea de formarme se la
brindó a papá el mismísimo doctor, solo que cada uno tenía un propósito
diferente. La relación entre nuestras familias estaba llena de amor y res-
peto; nos apoyaban cada vez que era necesario. Si alguno de mis padres
enfermaba o se lastimaba traían de inmediato la medicina o al profesional
adecuado, si había escasez de frutas salían a recolectarlas a otros campos
para que no faltara el alimento.
124
Cuenta papá que, si bien el doctor pasaba a saludarlos muy a me-
nudo, las visitas se incrementaron a partir de mi nacimiento. Siempre
con un juguete didáctico de regalo y algo dulce que, además de ponerme
contento, aumentaba mi energía. Nuestros días eran tranquilos, alegres,
muy similares unos de otros; solo sufríamos los cambios de las estaciones
que iban determinando la abundancia o no de alimentos a la mano o si
teníamos que esperar que nos abastecieran. Desconocíamos cómo hacían
los Traverso, pero ellos siempre conseguían frutas y semillas de todo tipo.
Cada tanto venía la madre del doctor porque le gustaba divertirse
con nosotros. Luego empezó a traer amigos. El ver caras desconocidas al
principio me asustó. Los Traverso siempre me inspiraron confianza, así
que, para demostrar lo que no se puede decir con palabras, lo expresé con
el cuerpo: mejoré los actos que sabía que a la madre le gustaba, y diseñé
piruetas que los hacían reír mucho. Algo en esto de hacer monerías los
impulsó a elaborar un cambio de planes.
Yo no podía pensar en una vida más allá de los límites del campo don-
de éramos abastecidos de lo que necesitábamos. No éramos una familia
pudiente, pero la naturaleza y los Traverso nos brindaban lo necesario
para vivir. Uno de mis miedos era que en mi casa me observaran defec-
tuoso o me excluyeran del clan por este amor por las artes que descu-
brí gracias al placer de ser observado. A temprana edad, como todo hijo
único muy mimado, tenía por costumbre llamar la atención; recién hoy
puedo verlo. Sin embargo mostraban mucho acerca de mis motivaciones
y deseos. Y el Dr. Traverso fue el primero en descubrirlo y se convirtió en
mi mentor; con solo una mirada de su vasta experiencia pudo captar los
cimientos de mi futura evolución.
La conversación que mantuvo con mis progenitores los convenció.
Era doloroso para ellos, tantos años ilusionados esperando que un día
pudiera reemplazar a papá. Por fortuna, pudo explicarles que no tenían
de qué avergonzarse porque con mis juegos y actividades podía entrete-
ner a los visitantes. El doctor convenció a mi familia. Esa misma noche se
iniciaron los preparativos para traerme a la gran ciudad.
Así fue como comenzó el recorrido por diversas salas. Nuestro vecino
se había responsabilizado de los cuidados necesarios para viajar conmigo
de la mano y sin cosas que me ataran a él, tenía en cuenta mi sensibilidad
125
y también que podía tomar a mal cualquiera de esos métodos, por lo cual
fue muy precavido. Además, necesitaba asegurarse de que nadie inten-
tara atentar contra la estrella que él quería hacer de mí (y que yo por
supuesto acompañaba).
En ocasiones, debido a su intensa actividad académica, tenía que au-
sentarse, y para eso contrató ayudantes que me asistían en todo.
Escuchaba a veces: “Bienvenido”, “Vamos, Alfonso”, “Lo felicito por
su valentía”, “Gran expectativa por la muestra de hoy”. Y eso me empo-
deraba, me hacía creer que, a pesar de no ser igual a ellos, daban valor a
mis hazañas.
Debo reconocer que escuchar esas palabras y saber de la presencia de
medios nacionales e internacionales, me hacían sudar las manos. Pero de-
jaba las dudas de lado; estaba convencido de que todo sería perfecto, solo
la emoción de lograr lo que me había propuesto. Así continúe caminando
por aquel pasillo rumbo a la sala en la que llevaría a cabo mi instalación.
A los costados, seis asistentes me acompañaban por seguridad. Reniego un
poco de esto, pero a veces uno no sabe qué esperar de la gente. Es lógico
que con una personalidad importante se tomen ciertos recaudos.
En el escenario estaba el Dr. Traverso. Caminé hasta él, nos dimos la
mano y entré en la sala vidriada. Miré a la audiencia, luego al doctor. La
sala estaba insonorizada, pero habíamos acordado que él me haría una
seña para comenzar la demostración.
***
126
imaginación en los animales. Para ello realizan experimentos en labora-
torios cerrados, sin tomar ningún recaudo sobre el bienestar de su ‘obje-
to’ de estudio. Otra fue mi ruta: fue Alfonso y las cosas que él nos quería
mostrar las que guiaron mi camino, y así, con su activa participación,
logramos avanzar. Evidencia de ello es la rebosante felicidad que irradia
su rostro.
Hoy, mi amigo, ¿por qué no llamarlo así?, realizará una increíble
prueba como demostración del desarrollo de sus habilidades. Una vez
más... y espero que por última vez para aquellos que se plantean si los
animales son capaces de imaginar”.
127
La unidad
Las ilusiones proliferan firmes como los cimientos que me erigen; estables
copian las columnas de sostén. Son mi compañía y base de apoyo desde
el principio. Es largo el proceso y uno tiene que valerse de algún recurso
para poder sobrellevar las etapas difíciles. Los achaques son bastos y por
momentos parecen agolparse. Los profesionales pueden trazar mapas, es-
tablecer líneas, definir espacios, realizar cálculos. Hasta la consumación
del hecho no hay certezas.
Eran mi pasatiempo: fantasear con los potenciales lugares, las perso-
nas, los usos. Se habló de tres ambientes con terraza balcón, pero terminé
siendo un gran loft. Los inversionistas, cansados de la erogación de dinero
a través del tiempo sin ver un peso del famoso retorno, pusieron el grito
en el cielo. Arquitectos e ingenieros responsabilizaban a la inflación y no
quisieron ni un momento revisar los cálculos iniciales. Con el acabado
fino ya estaba abierta la visita de las unidades.
Muchas contaron con la suerte de ser ocupadas al instante. Mi vecina
de enfrente, por ejemplo, fue habitada por una bella joven, yogui, que se
la pasaba meditando el día entero. La llenó de colores, a diario encendía
inciensos, velas que aromatizaban hasta mi entrada, resplandecía. Era
lindo ver con cuánto cariño la habitaba. La dueña participó del pozo ini-
cial; una espera mutua. Yo, en cambio, solo. El departamento de arriba,
tomado por un dentista, estaba instalando su primer consultorio. Si bien
el trato del doctor era muy bueno, sus pacientes no tomaban los mismos
recaudos.
Mi dueño me vio como oportunidad de inversión, y no había deci-
dido qué utilidad darme. Contrató a una inmobiliaria para que fijara mi
destino. Las personas empezaron a concurrir; interminable la cantidad
de visitas. Acostumbrado a tanta soledad, aquellos grupos me produjeron
128
gran nerviosismo. Somaticé: mis venas comenzaron a pincharse y algu-
nas de las paredes mostraron manchas de humedad. El propietario puso
el grito en el cielo, se sintió estafado por la constructora, como si fuera
ella la responsable de los maltratos. La misma tuvo que ocuparse de las
reparaciones para no ver ensuciada su reputación. Finalizada la obra,
un músico hizo una reserva, pero a decir verdad no me cayó simpático,
por lo cual en la segunda visita produje un cortocircuito. Lógicamente,
le devolvieron la seña. No sabían qué andaba mal conmigo, en ninguna
unidad se registraron tantos desperfectos. La inmobiliaria cesó el contrato
debido a la cantidad de inconvenientes. El propietario se sentía ofuscado,
ya no sabía qué hacer. En una de sus visitas trajo a la novia y ella lo pre-
sionó para “definir” la relación, mencionó la palabra “proyecto”; yo temí
que él se las desquitara conmigo viendo la cara que puso.
Un domingo después de las remodelaciones volvió. Seguía con la mis-
ma novia y parecía entusiasmado, la invitó a ver los cambios; necesitaba
saber cómo quedaban los ambientes y sus movimientos en la cocina. Hay
cosas que necesitan verse para poder creerlas. Esa visita fue lo más mara-
villoso que me pasó, solo quería que ella vistiera cada uno de mis rinco-
nes y podría decirse que así fue. Decididos a comprar la unidad “yogui”,
unificaron el piso. Un lío. Ella estaba acostumbrada a una energía con
mucho olor a sándalo y yo recién empezaba a saber lo que se siente ser
ocupado por personas. La demolición no fue dolorosa, pero sí la unión, el
amoldarse a las formas del otro. Además, la reorganización de los cuar-
tos, sus medidas. Al final todo resultó bien, lo mismo para Marcos y Patri-
cia que al año ya estaban esperando un bebé.
Una noche, al mirar la luna junto con mi vecina, recordando viejos
tiempos y divisiones, me confesó que siempre quiso estar unida a mí. La
vergüenza me llevó a pensar que era un deseo compartido. Yo no sabía
cómo decirle que quería ser más grande y fusionarme con ella; eso me
alegró.
Al amanecer sonó el despertador, él pegó un salto en la cama y le dijo
a su mujer: “Tuve un sueño rarísimo, Patricia. El departamento me dijo
que nunca quiso ser alquilado, que tenía incertidumbre por su existencia,
y que esperaba por nosotros para poder formar una familia”.
129
La sonrisa de Amile
Parecía un siglo desde la primera vez que Amile tomara mi mano, aún
puedo sentir el calor que me transmitió al levantarme del piso. Estábamos
en el jardín de infantes y un grupo de chicos había arrebatado mi man-
zana haciéndome caer. “Vamos a jugar”, y corrió para que la siguiera.
Minutos más tardes estábamos trepados en un limonero, riéndonos de las
maestras que nos buscaban. Aún puedo ver el brillo de sus ojos.
A la semana siguiente me invitó a merendar a su casa, pidió que lle-
vara mi sombrero preferido. No tenía uno, así que le robé el de caza a mi
padre. Fui recibido con un aire de timidez, ella estaba escondida en la
pollera de su nana. Terminamos en el jardín, jugando a los vaqueros y los
indios, completamente disfrazados. No fue difícil entablar una amistad,
vivíamos muy cerca y nos divertíamos mucho. Fue muy doloroso para
mí cuando mis papás me contaron que ella se iba a mudar, que su padre
había conseguido un puesto importante en otra ciudad. Lloré tanto esa
noche, tenía miedo de ahogarme en mi propio cuarto de tanta lágrima.
Los primeros meses intentamos mantenernos comunicados por carta,
pero no duró mucho, ambos hicimos nuevos amigos, y de nuestras trave-
suras solo quedaron recuerdos.
Pero el destino quiso que nos volviéramos a dar la mano; esta vez
fui yo quien tuvo que levantarla del piso. Recién divorciada, se mudaba
a la capital con dos nenas que se parecían mucho a ella, y sus fotos me
traían oleadas de esas tardes en el patio con viajes inesperados, visitas de
extraterrestres y cowboys. El café que compartimos me devolvió esos per-
sonajes y aquellas meriendas de la infancia. Ella fue la primera persona
que entrevisté para el puesto. Tener su currículum en mis manos me hizo
emocionar, nunca estuve tan nervioso como ese día. (Mi secretaria tuvo
130
que pedir al resto de las personas que se retiraran porque la vacante ya
había sido cubierta. Una picardía más en nuestra historia).
Las primeras semanas ninguno pudo enfocarse en sus tareas, era tan-
to el tiempo perdido que lo único que hacíamos era contarnos todo lo
que habíamos vivido. También hubo tardes que hicimos travesuras de
grandes, como escaparnos de la oficina, aunque solo fuera para ir a pa-
sear. Nos probamos sombreros; ella se había vuelto una coleccionista y
los usaba con arte.
Le presenté a mi familia y ella a sus hijas, compartimos vacaciones y
proyectos. Nos convertimos en una suerte de hermanos; ella siempre fue
para mí un gran pilar.
Pasaron los años y el amor volvió a tocar a su puerta, se casó con Gui-
llermo que se la llevó de la ciudad casi sin decir adiós.
***
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que avisar al hogar que desistía de ir, no sabía que excusa dar. Preferí
dejarlo para otro día. Un sopor me encaminó a la cama... No llegué ni a
levantarme del sillón.
132
El mejor espectáculo del mundo
Teby aprendió a gatear en las orillas del mar, la casa de sus padres daba
al océano y desde la ventana solía perderse mirando la infinitud del cielo
estrellado. Le fascinaba la imposibilidad de distinguir el punto donde el
mar se convierte en cielo, y las luces no pueden clasificarse entre astros
y faros.
Su padre obtuvo un ascenso dentro de la compañía naviera y tuvieron
que mudarse a un pueblo alejado de aquella inmensidad. Si bien la casa
estaba en una zona despoblada, donde los brillos de la ciudad no afectan
el cielo, Teby se sentía afligido por no encontrar el mismo panorama. En
su necesidad de recrear o mejorar aquel recuerdo, encaró el proyecto de
salir a cazar estrellas. Se lo contó a sus padres, que rieron de su inocencia.
Al llegar la primavera descubrió en el campo unas lucecitas que vola-
ban, que se prendían y apagaban como las del arbolito de navidad. Pensó
que se trataban de estrellitas bebés. Volvió a alegrarse. Sin embargo, ante
la posibilidad de una nueva mudanza, retomó su viejo proyecto. Armó
una especie de bolsa con ropa vieja y la ató a un palo. Una noche se es-
capó al campo capturando varios dispositivos. Los encerró en un frasco.
Ya verían sus papás que él era inteligente y podía conseguir lo que se
propusiera.
A la mañana siguiente, muy feliz, lo mostró en el desayuno.
—Se llaman luciérnagas, son para sustituir la belleza de las flores en
la oscuridad —dijo, con mucho amor, su madre.
La decepción fue tan grande que por una semana no quiso salir a
jugar al campo. Se dio cuenta de que a esa edad no obtendría mejores
resultados. Y ahí decidió que cuando creciera construiría una nave que
le permitiría ir al espacio y traer de esas rocas luminosas que tanto le
encantaban.
133
Así fue, la juventud solo intensificó aquel anhelo del niño. Empezó
estudiando ingeniería, y con esa carrera costeó los estudios de astrofísica.
El afán de ir al espacio le permitió ganar becas en el exterior y lograr
varios descubrimientos respecto al cosmos. Sus premios le dieron el di-
nero suficiente para volver al campo que lo vio crecer y allí seguir con
su plan original: crear una nave cazadora de estrellas. Resulta insólito
que un erudito en el espacio mantuviera la tonta idea de atraparlas, pero
él había tomado una decisión. Su niño le pedía a gritos salir a buscarlas,
tocarlas, hacerlas suyas. Esteban sabía que Teby vivía en él y bien valía la
pena el esfuerzo. Después de todo, le debía sus títulos y el reconocimiento
adquirido.
Cinco años tardó en construir un cohete que podría ayudarlo a sa-
tisfacer ese deseo. Montó una especie de base local que lo mantendría
conectado por los años que durara su vuelo. Todo el pueblo participó en
la tarea, y así un domingo partió con el auspicio de los medios locales.
Viajó internándose en el espacio. Navegó intentando acercarse a los
cometas más cercanos a la Tierra. Los asteroides lo maravillaron, nunca
pensó encontrar tanta belleza en ese viaje. Los cuerpos celestes estaban
conectados, mantenían una especie de danza, internalizó el ritmo del
universo en el cuerpo, lo hizo suyo. Ya no veía inconvenientes para con-
quistar su propósito.
El problema vino cuando quiso acercarse a una estrella, había con-
siderado el tema del calor, pero evidentemente los cálculos fallaron. Al
intentar desplegar la red y acercarse comenzó a notar que la cercanía
afectaba la nave. Rompía la estabilidad molecular del vehículo. Frustrado,
luego de varios intentos, decidió regresar a casa.
Veinte años pasaron hasta volver a su hogar. En el pueblo lo daban
por muerto, hacía mucho que no daba señales de vida. No obstante, al
volver, encontró todo como lo había dejado. Un lugar dentro suyo empe-
zaba a aceptar la inutilidad del esfuerzo, pero aun así no desistía.
Ya viejo, sin la fuerza ni el dinero de sus mejores años, no se daba por
vencido. No tenía el vigor que le permitiera salir a crear nuevos dispositi-
vos que mejoraran la embarcación anterior, pero el objetivo seguía en pie.
Sabía que no podía atrapar estrellas todavía, que necesitaba descansar
un poco antes de volver al ruedo, pero estaba vivo y, mientras respirase,
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tenía que ir tras sus sueños. Entonces, hasta que apareciera una buena
idea para alcanzar su meta, haría construir una casa con techo vidriado
y compraría un buen cobertor. Esa placa sería regulable de forma tal que
de día podría controlar la luz solar, pero de noche se abriría por completo
para dejarlo disfrutar del mejor espectáculo del mundo.
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Trascendencia
Deseaba nutrir el suelo de vieja, aunque sabía que el destino podía ser
otro, particularmente cuando el aroma la bendecía con su gracia. An-
helaba, si aquel fuera el caso, perfumar un salón, ser el pretexto de un
romance o acompañar la vida desde una ventana en algún vaso con agua.
No quería que el final llegara pronto ni tampoco de manera innecesaria.
Había escuchado desde semilla el peligro de hongos, bacterias y virus
que podían generar estragos, pero Jazmín tenía confianza: estaba parada
sobre tierra nutricia.
En el desarrollo sucedió que esa temporada la primavera se puso ca-
prichosa, los vendavales no querían que el invierno cayera en el olvido
y la tenacidad del sol estaba en duda. A ella no le importó, con sutileza
fue forjando su capullo. Un día empezaron a visitarla hormigas, fue di-
vertido aunque penoso ver como el follaje se iba dañando, pero cuando
el número de insectos comenzó a crecer se asustó. Por suerte la planta
estaba tan llena de hojas que no hubo necesidad de brindar ningún pe-
dacito de pétalo. Algo extraño sucedió porque apareció un aroma que, de
a momentos, era más intenso que el propio y le generaba tal estrés que le
salieron manchitas. Eso las alejó.
El depredador natural se había apiadado, aún quedaba otro: un maltés
inquieto y ruidoso, demasiado, considerando sus dimensiones. Ese animal
tan mimado tenía por hábito arrancar las flores del jardín sin importar la
belleza o el aroma, si estaban en el amanecer de su proceso o en el final. Si
tuviera un criterio de selección, supongo que sería más sensible al color.
A decir verdad tal vez fuera un privilegio ser blanca, cabía la posibilidad
de que la confundiera con un pariente suyo y no viera competencia en
cuanto a la atención.
Una rosa se lo había comentado en las raíces, ella estaba anonadada
porque el perro atrevido le arrancó la flor más roja sin siquiera llevarse
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un rasponcito con las espinas; al parecer era un especialista en el oficio
de aniquilarlas. Corría, saltaba con una velocidad y precisión que oscila-
ba entre lo admirable y lo maquiavélico. La primera vez que se le acercó
fue de un salto, no la lastimó, estaba tratando de atrapar una abeja que
traía correspondencia. Hasta ese problema tenían en el jardín, debían
aguantar la incomunicación con las vecinas porque el animal no dejaba
bicho con alas. Saltaba, las alojaba en la boca y después con sus patitas las
usaba de pelotas. Ese perro tenía alma de gato.
Ya llegando a la madurez, una luna llena cubrió la noche. Estaba lim-
pia de nubes y plagada de estrellas. Escuchó que la gente de la casa iba a
cenar en el patio, querían hacer un recibimiento formal a la estación en-
trante, el día del equinoccio de primavera. Invitaron a muchas personas
y pusieron una fuente de agua. Cuando se acercaron a los jazmines, algo
dentro de ella le dijo que las cosas andaban raras. Tal vez las tijeras, o las
caricias de unas manos junto con miradas selectivas. Fue un golpe seco,
antes de notarlo ya estaba flotando en aquella piscina de líquido lunar. El
aroma se amalgamaba con la pureza del agua. La sutil energía que ema-
naba esa dama celestial sellaba el pacto. La resurrección cobraba sentido,
ahora era parte de un grupo de almas humanas que con generosidad
celebraban todo su ser.
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Inicia
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Con los días empezó a notar que la vida se iba tornando un tanto sim-
ple, incluso el horizonte se volvió casi monocromático. Quiso encontrar
la raíz de tan insólita maleza, pero sin importar cuánto indagara tenía la
confianza de no haber sentido o visto nada oscuro o con feas intenciones.
Sus reflexiones la llevaron a esa vieja amiga que vino a sembrar vaya a
saber qué cosa. Era prudente ir a buscarla; también deseaba un poco de
improvisación. Para ampliar horizontes hay que salir del sistema conoci-
do, le gustó la idea de aventurarse.
Partió inmediatamente para el mundo de quien la había visitado con
anterioridad. Faltando dos pasos para pasar al universo ajeno pudo sentir
que algo en su interior temblaba. Por primera vez descubrió sensaciones
desconocidas, empezaba la odisea. En la punta del trampolín, luego de
caminar en las alturas y junto antes de saltar, sintió eso que hace fracasar
tantos planes: dudó. ¿Qué pasaría si aquello fuera una trampa? Debutaba
al miedo, a lo que le hace a la piel, al estómago. Las imágenes se volvie-
ron difusas. ¿Algún veneno recorrería sus venas? Podría decirse que ella
misma era otra.
Un líquido empezó a fluir de sus ojos, estaba en las tierras de su ami-
ga. Le llamó la atención la vertiginosidad de las cosas que sucedían allí,
y encima con eso en la cara regándole las mejillas, ensuciando la ropa.
Se arrojó al piso con la esperanza de que vinieran a ayudarla, a la vez
quería experimentar la sensación de fluir con las convulsiones que estaba
teniendo su cuerpo. Lloraba; acostada se sentía semilla, parecía un bicho
bolita por la pose, el cuerpo se contorsionaba. La conciencia se le hacía
difusa, quería entender de qué iba eso.
Sin poder precisarlo, la noche se volvió real, o al menos sus ojos no
podían distinguir claridad alguna. Le resultaba engorroso desplazarse,
la luna y las estrellas estaban ausentes. Le ganó la ansiedad al momen-
to que empezó a dar patadas y sintió una fuerte opresión en la cabeza.
Se observó embebida en sangre, luego extremadamente sensible; alguien
más gritaba muy fuerte, tanto que le era imposible estar al corriente de
sus propios sonidos internos. Por fin se cortó, pudo dar el primer aliento.
Supo que su amiga la ayudaba y le susurraba indicaciones al oído. Grabó
en su alma “esto es un juego”; con los años lo llevó a la piel. Le limpiaron
el rostro, bañaron su cuerpito y fue allí donde, cargada en brazos amoro-
sos, conoció la dulce mirada de una mamá.
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La pieza
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tarse a la distancia y por computadora para aquellos días en que no se
pudieran visitar. Los nonos jugaban campeonato los viernes a la noche. Y
aquella velada en la que ella finalmente le preparó los canelones de ver-
dura con carne molida y salsa blanca que tanto le gustaban, él se dignó
a abrir un vinito que tenía reposando en la bodega (ninguno recuerda
desde cuándo). En medio de la partida, ella se dio el lujo de gritarle, de
manera desbocada: JAQUE MATE. Por unos instantes pareció que ambos
dejaban la partida y se metían en una cancha de fútbol. Él tenía ganas
de matar al referí, al puntero que dio la patada, pero sabía que estaba
en regla. Ella le mostró la tarjeta, dio la vuelta, tiró papelitos. Esa noche
le había ganado al ajedrez con todas la de la ley, la reina desplegó sus
plumas en el tablero. Se fueron a acostar contentos, festejantes, al fin los
acuerdos mudos se habían desvanecido. Se dieron un beso y durmieron.
La mañana siguiente solo la despertó a Jeziel, nadie esperaba un suce-
so semejante, pero ella supo estar agradecida por el regalo que le otorgó
antes de partir. A manera de homenaje quiso enterrarlo con todas las
piezas de esa partida, excepto por el rey que lo dejaría para recordar que
en su vida habría por siempre un hombre.
Luego de diez días de riguroso luto, quiso dejar el negro solo en la
pieza de ajedrez a la cual rendía homenaje. Regresó a los colores en sus
prendas. Los nietos e hijos se pusieron contentos porque temían una de-
presión con la pérdida. Cada tanto iba alguno para jugar una partidita,
pero sentían que no era lo mismo. Su prima Clotilde le había comentado
que en el centro de jubilados del barrio iba a haber un campeonato de
ajedrez. Era el momento de lucirse.
También se jugaba los viernes, empezaba temprano, al inicio de la
tarde, ideal para obviar la siesta que tanto odiaba. Ella lució su mejor
ropa y, a modo de amuleto, agarró el rey y se lo metió en el corpiño; nadie
mira ya esos lugares en una mujer mayor. Lo quería cerca del corazón,
para que pudiera susurrarle movimientos. Tenía expectativas de diver-
tirse, nunca imaginó que llegaría a la final contra un examigo del esposo
que alguna vez le pidió plata prestada y no se la devolvió. A ella esas cosas
le disgustaban y Gabino no tenía carácter para pedir lo suyo, simplemen-
te optó por alejarse. Ahora ella tenía su revancha. Era un hombre muy
machista y jugar contra ella le resultaba incómodo, sabía que perder sería
un bochorno.
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La partida empezó con toda la gente alrededor de ellos, para esa hora
habían llegado los nietos que alentaban a sus abuelos. También se habían
colado al lugar un par de perros callejeros que a veces iban a garronear
comida. El juego estaba tan ajustado que ella tuvo necesidad de sacar al
rey y ponerlo en la mesa, mostrárselo al contrincante y hacerle saber que
ahí estaba Gabino. “¿Te acordás? Porque yo sí, y desde el mismo cielo me
cuida”. En la recta final, siendo el turno de ella, se hallaba indecisa res-
pecto de si arriesgar el caballo o mover el alfil. El tiempo corría. Uno de
los perros, el nuevo en la manada, cachorro, pegó un salto, tiró el caballo
y agarró el rey. Jeziel casi muere de un infarto, pero muy astuta entendió
cuáles eran los pasos a seguir. Lo hizo antes de que finalizara el tiempo de
su jugada, tocó el cronómetro y salió a correr al animal para recuperar
su tesoro. Logró alcanzarlo y ver el error que cometía su contrincante. El
cachorro la siguió y empezó a mover la cola antes de escuchar de la boca
de la dama el “jaque mate”. Una noche emocionante; alzó al perro en sus
brazos y sintió que su marido la estaba ayudando.
Los hijos la llevaron a cenar al bodegón del barrio y hasta ahí la siguió
Gabo. Así decidieron los nietos que se llamaría, ella no le dio importancia
al nombre. Era muy católica para creer en la reencarnación pero fue el
inicio de un nuevo acuerdo tácito: a partir de entonces le daría techo y
comida, y él, además de silencios, se convertiría en el perro guardián de
su amada reina.
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Empujón
El culpable
Ninguno había pescado nada, el día estaba empezando aburrido y
los dos estábamos cansados de estar parados atrás del muro de la alcan-
tarilla. Le pedí a papá sentarme en esa parecita y ella se copió. No esta-
ba haciendo trampa, como era acusado, solo me sentía cansado de estar
parado cincuenta horas con los brazos estirados con una caña vacía de
peces o ranitas pero con pan. Siempre que íbamos al bañado pescábamos
con lombrices que conseguíamos en el jardín, pero papá dijo que a las
ranas les gustaba más el pan. No habíamos sacado ni una, nada. La pri-
ma Macana se sentó al lado mío y se apoyaba en mí porque decía que la
caña le pesaba y que yo además quería hacer trampa tirando el hilo más
al centro. Agarraba su caña y tiraba el anzuelo con la carnada para atrás
y con fuerza hacia adelante, copiándome. Yo lo hacía sentado bien atrás,
pero ella no: lo hacía en el borde. Tenía miedo de que se cayera, que en
un descuido fuera con caña y todo al agua.
La inocente
El asombro, el susto, no lo sé, me hizo abrir bien la boca. La sorpresa,
el imprevisto, el sentir esa mano en el centro de la espalda empujándome,
no me hizo llorar –o sí–, pero padecí el ¡ahhh! La boca inmensa como en
la silla del dentista, abierta como una O gigante, de competición. La zanja
llena de agua, de bichos y de misterios entró en mí. Los ojos estaban como
la boca, abiertos de par en par. Sumergida, gritando, dejando ingresar
todo eso, pude ver las ranas nadar, parecía una clase de danza: arriba,
abajo, arriba y abajo, así las patitas de esos animales que por suerte se ale-
jaban de mí, y en la desesperación yo atraía. Los saboreé asquerosamente,
les conocí la textura en todo el paladar.
143
El plafff fue desesperante, mi cuerpo se defendió como si peleara con-
tra una pandilla numerosa, puño, patada, barro y más barro. Y seguí
gritando, sí, volví a abrir la boca y a quedarme sin aire. Toqué fondo y
pensé: hacer la plancha, lo más aburrido en el mar, acá puede ser una
salida; empujé con los pies el fondo y en el impulso llegué a la superficie:
mi primo y el tío gritaban mi nombre: “¡¡¡Macarenaaa!!!”.
Empapada, en el centro del bañado, haciendo perrito, tomando aire,
lloraba. Mojada, con lágrimas, con sapos, con pasto podrido, no veía, y
mucho menos alcanzaba a agarrar la cañita que antes usábamos para
pescar. La rana era yo, querían pescarme. ¡Ay pobre ranitas! ¡Nunca más
las voy a comer! (Aclaro que hasta ese día no las había probado ni pensa-
ba hacerlo). Escuchaba entre los glup glup: “Estirá el brazo, soltá la caña,
no seas tonta”, y risas, risas nerviosas, desaforadas, tímidas, tensas. Estiré
el brazo, lo hice como si el mundo dependiera de eso y sentí cómo en el
cauce iba golpeando cosas. El tío me agarró de la mano, yo de la suya, y
de un tirón ya estaba en tierra firme. Escuché al primo decir “Te dije que
te ibas a caer” y al tío “No alcancé a agarrarte”, y yo no tenía cabeza ni
calor para quedarme ahí y acusar al primo de haberme empujado. Era un
día de agua: empapada, llorando entre escupitajos, queriendo sacarme
las tripas del interior y ponerlas al sol, corrí a la casa de la abuela para
cambiarme la ropa.
El testigo
¿Quién me mandó a mí a salir con estos dos? No paran de pelearse,
quieren pescar ranas con la conversación porque con la caña imposible.
Por suerte les puse pan, porque estoy sin ánimo de ver morir bichos, y
mucho menos de comerlos en guiso. No se quedan quietos, no entiendo
cómo pueden mi suegra y su hermana andar para todos lados con estos
dos. Ambas tienen el cielo ganado.
Los traje a pescar porque estaban persiguiéndome, agarrándome to-
das y cada una de las herramientas de la feria a la par de la cantaleta
“estoy aburrido, ahora qué hacemos”. Por eso les dije de ir al bañado a
pescar. ¿Cómo se me pudo ocurrir una cosa así?
Cuestión que estábamos ahí, al principio parados detrás de la pared
de la alcantarilla con las cañas estiradas, el balde lleno de agua listo para
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cualquiera que consiguiera un bicho; como ninguno había querido car-
garlo, decidieron compartirlo.
El primer riesgo vino cuando empezaron a ver quién tiraba más lejos
la carnada. Por suerte me aseguré de poner una bola de miga de pan bien
gorda en el anzuelo, cosa de que no se lastimaran. Pero cuando empeza-
ron con el mete saca, y tirón de acá y tirón de allá, comencé a ponerme
nervioso, traté de tranquilizarlos, explicarles que mover tanto el agua no
era bueno para conseguir sacar algo. Entonces empezaron a quejarse de
estar parados.
Los dejé sentarse en la pared con la condición de que se quedaran
quietos, que dejaran de mover la caña de adentro hacia fuera y se acabara
la competición. Me puse en el medio con la excusa de que un árbitro ve
mejor de más cerca. A mi sobrina no le gustó, y se puso entre los dos. Y
otra vez empecé a ver los anzuelos ir y venir de la tierra al agua a una
velocidad de miedo. Grité, quise frenarlos, pararlos de alguna manera,
atajarla, hasta me enojé, pero no hubo nada que hacer: ¡Macana al agua!
145
LaBoDa
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las situaciones eran tan insólitas que las usaba de pretexto a la hora de
conquistar nuevas amantes. Los amigos se comportaron de igual manera
y la rueda comenzó a girar: publicidad boca a boca. Cuando me quise
acordar, había fundado mi propia empresa. Difícil de imaginar; la fac-
turación fue abultada desde el comienzo. Eso me demostró que los pocos
días que fui a la facultad fueron útiles; el almidonado profesor de eco-
nomía estaba en lo cierto. Con veinticinco años, mi primer gran trueque
fueron piojos por billetes. Exprimí conocimientos comerciales y en base
a ellos le di nombre a mi emprendimiento. La cosa era complicada: tenía
que hacer alusión a los servicios. Nunca mostrarlos por completo; corto,
fácil de recordar y demás cuestiones. Resultó así: LaBoDa (todo junto y
sin espacios). ¿Quién no recuerda el día de su casamiento? Además, uno
de los requisitos para ser cliente era haber dado el famoso paso, ¡terrible
perejil tiene que ser un soltero que requiera de este tipo de servicios! La
elección del nombre era perfecta.
Arduo resultó el oficio, no es para cualquiera vivir en un mundo de
ficción. La inventiva necesita combustible y a veces los surtidores están
cerrados. “Querida, juego al fútbol con los de la oficina”. Intercambiar
celulares con los socios por si llama la esposa sirve hasta que la mujer
quiere conocer a los nuevos amigos. ¿Y ellas? El famoso spa: ninguna mu-
jer, por más coqueta que sea, vive internada en uno. De corta duración
son las patas, dice el refrán, y ese era mi arte. Ahí fue donde verdadera-
mente comenzó lo rentable del negocio, cobrando tarifas especiales según
el escenario y los actores.
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—Bueno, te llevo al aeropuerto.
—Sí, como quieras, pero apurate que los comercios cierran a las doce
y mi vuelo parte esta noche.
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Volví al nido. Terminé convirtiéndome en un millonario claustrofóbi-
co, maníaco depresivo, excedido en barbitúricos. Mis padres tuvieron que
mudarse de su propia casa porque no soportaban la vergüenza de mirar a
los vecinos. Me quedé solo. Los primeros meses fueron terribles; la mugre
tapaba el departamento porque era tal mi desconfianza y miedo que ni
Estelita podía entrar (era quien siempre se ocupó de los quehaceres en
casa). Ella me dejaba comida casera en la puerta, junto con mis remedios.
La chica siempre fue muy buena conmigo. ¡Hasta las plantitas la extraña-
ban! Verlas desfallecer, sumado a su perseverancia, me convencieron de
dejarla pasar. ¿Qué sería de las plantas de interior si estas mujeres, ade-
más de limpiar la casa, no las regaran? No quiero ni pensarlo. ¡Estaban
tan contentas!, brotaron flores.
Así como en las plantas, por más cursi que suene, llegó el amor sin
buscarlo, ¡justamente a mí! Le pedí que fuera mi esposa, al principio pen-
só que era una de mis tretas. Logré convencerla, felizmente accedió. Aho-
ra está en el registro civil tratando de convencer al juez que realice la
ceremonia en nuestra casa.
149
Artilugios
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dría decirse que desde chiquito se vislumbraba como un futuro galán. Los
abuelos de ella siempre lo decían: “vos te vas a casar con ese muchacho, ya
vas a ver”. A ella no le interesaban ni los chicos ni los casamientos, era más
de pensar en sacar fotos, recorrer el mundo, conocer otras costumbres.
Llegó el tiempo del secundario y, como quien no quiere la cosa, Oli-
via siguió padeciendo madrugar para el turno mañana. Debido a que la
carga horaria era más amplia, su mamá tenía más tiempo para limpiar y
repasar el hogar. Era tanto el énfasis que le ponía que en la casa no ne-
cesitaban espejos, si uno quería verse bastaba con mirar el propio reflejo
en el lustroso piso de porcelanato. Nada de entrar con zapatos o bañarse
dentro de la casa, que podría llenar de humedad la acogedora vivienda.
Sin importar el clima, la madre había mandado construir un cuarto es-
pecial para esa tarea en la parte de atrás.
Los chicos siguieron amigos. Empezaron los bailes en las casas de los
compañeros y a Olivia no la dejaban ir tan seguido como a Fredy, por eso
él siempre pasaba por las tardes a contarle con minucioso detalle lo que
había sucedido. A veces quedaban solos porque los papás trabajaban, y
ahí empezaron los miedos ajenos a los riesgos de un embarazo indeseado.
Nunca se besaron, aunque el barrio entero le conociera abortos a ella,
hijos de él, y un montón de fantasías estrambóticas de la gente ausente
sobre dos púberes que toman mate o hablaban de la confusa mirada del
despertar a la vida.
Tal como lo habían sentenciado los nonos, Fredy se convirtió en un
galán, así que sobraban las noviecitas y los corazones rotos. Por eso tam-
bién la visita a Olivia era obligatoria para él, era como un oasis donde
no entraban todas esas enamoradas que lo acosaban. Ella no tenía nada
que envidiarle, de hecho, además de varios amigos, había algún que otro
noviecito esporádico que revoloteaba. También la acosaban con celos y
persecuciones.
Creciendo se fueron dando cuenta de que el deseo por el otro es ma-
ravilloso pero también pesado, que lo que hoy te gusta mañana te asfixia.
Empezaron a preocuparse respecto del futuro, ¿cómo se casaba la gente,
entonces? Mirando la trayectoria y experiencia de ambos, decidieron que
más que un amor furioso de conquista, uno necesita un amigo que decida
caminar y sostener al otro para poder criar una familia. Se convencieron
151
que requería un trabajo en equipo en el que hay que confiar en el otro
para ir remando a la par y poder llegar así a alguna orilla. Fueron sema-
nas de discutir y repensar algo que les permitiera cumplir todos y cada
uno de sus sueños.
Después del secundario ella iba a ir a una ciudad a estudiar cine; él,
medicina. Las carreras durarían aproximadamente entre cuatro y seis
años, más otros cinco que se dieron de plazo para encontrar a alguien,
hicieron un acuerdo que consistía en que a partir de la finalización del
colegio secundario ambos emigrarían a conformar el plan de carrera an-
helado sin contacto con el otro. Se darían la oportunidad de vincularse
libres de expectativas, alojar el proyecto en alguien con quien pudieran
materializarlo. Y pasados diez años de la fecha de graduación se encon-
trarían en la plaza en la que se conocieron, y en caso de no haber cum-
plido el objetivo, se casarían.
Desconocer todo del otro fue casi imposible, de tanto en tanto conse-
guían información. En caso de que hubiera silencio, ambos hacían tram-
pa de la misma manera: iban a visitar a la mamá correspondiente; ellas
siempre cuentan. No tenían detalles, tampoco se acompañaban.
Ninguno se casó, de hecho, cuando se juntaron, decidieron que no
tenía sentido seguir cargando con semejante promesa sobre los hombros.
Las ilusiones con que se habían formado eran tan pesadas que influían en
sus relaciones, elevaban la vara de lo esperado. Cuando se despidieron, el
abrazo fue fuerte, inmenso, cariñoso. Sabían que en ese soltar al otro el
anonimato sería el único denominador común.
152
Incumplimiento de contrato
***
153
cobarde o porque no eran compatibles, o quizás por darle ventaja a lo que
en verdad exigía mi pasión.
El rubro de la pornografía y el de modelo vivo hicieron que pudiera
comprar el departamento que habito, el mismo que recibió a un tal Iván.
Él sacó turno por Internet, no tuve la oportunidad de charlar antes de
aquella noche. La pinta de casado lo delataba desde la puerta: ni recuerdo
tendría de una buena mamada...
Entró a casa y fue directo al sillón, se sentó y pidió un vaso de agua.
Accedí intrigada, por lo general suelen querer vodka, whisky, gaseosas
light, pero no lo que puede sacar cualquiera de una canilla. Compró la
noche entera, lo que incluye muchos beneficios: dos tragos sin cargo, fru-
tas exóticas, unos sándwiches especiales, siete horas mías de creatividad
absoluta con mucha experiencia y recaudos, claro.
Cuando volvía con el vaso lleno noté que había prendido todas las
luces del living; el hecho de que rompiera el ambiente de trabajo me hizo
sentir un poco de malhumor. Le di el vaso, tragó el agua sin pausa, y tuvo
el mismo efecto que podría haber tenido un shot de tequila. En los ojos vi
sus venas, la piel se tornó rígida, sus maneras también. Recuerdo que por
momentos me sentí en una prueba de admisión, empezó a preguntarme
quién era el autor de no sé qué novela y cuánto era la raíz cuadrada de tal
número. He visto fetiches raros con el avance de la tecnología y las redes
sociales, pero como los de este tipo, ninguno.
Yo esperaba que me sacara la ropa, él al parecer buscaba encontrar-
me ideas. Perdón, más ambicioso, quería hallar construcciones lógicas,
pensamientos; pedía que los elaborase. Puse sus manos en mis pechos
para hacerlo reaccionar, no salió como esperaba. De pronto, gritó mi
nombre verdadero, Irina Itustra, y creo que después dijo algo así: “madre
de un niño prodigio que jamás conocerá porque el pequeño va a prescin-
dir para siempre de su cuerpo”.
***
Quisiera poder darles más detalles de tan alocada noche pero ni siquiera
logro entender qué fue lo que pasó, quién era ese hombre ni a qué pro-
digio se refería. Tampoco sé cómo llegué a este hospital, por qué siento
154
tanto dolor en el cuerpo y tengo vendada la cabeza. El oficial que me
acompañó, habló de las imposibilidades de rastrear a ese hombre debido
a que la tarjeta que ingresó en el portal era trucha. Me gustaría saber si
es cierto.
Entonces, al salir el oficial, empezaron a venir imágenes a mi mente.
Recordé la panza, la desesperación que de joven me llevo a esa agencia,
la plata que tuve que pagarle al Papi que me regenteaba para independi-
zarme y lograr dar con mi propio espacio. El departamento vacío, yo que
estaba igual por dentro siendo tan joven, ¿un bebé prodigio? ¿Qué fue lo
que vendí?
155
El puente
156
siempre, pero le costaba tenerlos en consideración. Muchas veces le plan-
teé ir para atrás con lo del divorcio, pero decía que le gustaba más estar
sola. Sabía que hacía años estaba en pareja con un tipo que nunca quiso
conocerme.
Mi gato era el único cable a tierra, pero cuando aparecía, esos cinco
minutos en que nos veíamos la cara, no paraba de maullar. Incluso me
mordía, entonces yo hacía un bollo con papel o agarraba el corcho de
algún tinto vacío y lo ponía a jugar. Una noche él se había colado por la
ventana que dejé abierta, nadie lo reclamó y decidí adoptarlo. Además a
Vicu le caía muy bien. Fue muy difícil educarlo siendo que ya era adul-
to cuando llegó y yo pasaba tan pocas horas en casa. Igual es un gran
compañero. Aunque infrecuente, podía detectar cuando me iba de viaje,
incluso antes de ver el bolso. Con una semana de anticipación, Osiris lo
descubría y me despertaba por las noches, podría decir que hasta me ha-
blaba. Juro que alguna vez escuché “Montero, es una, no vuelve”; supuse
que en los sueños pasan muchas cosas. Percibía cierto enojo en él con el
ritmo que yo llevaba, que estaba celoso de las horas en el trabajo, en la
calle. Él era un pobre animal castrado que entendía que el mundo giraba
en cuarenta metros cuadrados. De ahí emanaba la paciencia que le tenía
con cada cosa que rompía o cuando era necesario sacarlo del bolso. In-
cluso comprendía ese reclamo cada vez que tomaba el celular o la laptop.
El médico, desconforme con el último estudio, me indicó que me to-
mara licencia, pero no podía aparecer en la empresa y decir “el señor
necesita vacaciones”. Era tal la vergüenza de ser el flojito del sector que
no podía pensar en otra cosa.
Amanecí en el bosque, estaba relajado. Podía notar la humedad, pal-
par la tierra mojada por el rocío, esa de la que siempre había leído. Inclu-
so contaba con el conocimiento necesario para diferenciar el árbol por
el olor de sus hojas. Traté de recordar de qué manera quedé dormido en
aquella sombra, pero se ve que el estrés también hace estragos con la me-
moria. Nada explicaba mi despertar allí. Cuando el desconcierto empe-
zaba a acelerar mis nervios, escuché un maullido familiar. Estaba a unos
metros, le sonreí, me hizo ojitos, supe enseguida que se trataba de Osiris.
Ahí me pregunté cómo fui tan torpe para dejarlo colarse en un bolso sin
darme cuenta. Se acercó, tuve el impulso de seguirlo.
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La locura por suerte no afectaba el instinto, así que continué cami-
nando tras él, disfrutando. Podía notar el peso de mis pies en la superficie,
andaba descalzo, pero nada me lastimaba. El clima era cálido, tenía las
prendas de algodón que tanto me gustan pero escasean en mi cotidiano.
Él, líder nato, con su cola en alto, un tanto ondulada de a ratos, se dete-
nía para lavarse la cara y mirarme con ojos molestos por mi parsimonia.
Debo reconocer que el ritmo era lento; transitaba esa caminata de mane-
ra muy inexplicable, quería registrar cada ínfimo detalle para la próxima
sesión de terapia. Anduvimos cuesta arriba por una colina que apareció
hasta que fue tal el cansancio que necesité entrar en una cueva para dor-
mir. Por fortuna, Osiris estuvo de acuerdo.
158
Día de suerte
159
invitación especial de su dueño. Próximo al lugar está el famoso cabaret.
Un integrante del escuadrón realizaba la cobranza semanal en el mo-
mento que irrumpieron tres individuos sin percatarse de la presencia
policial. Laburantes sin oficio, desde ya, facilitaron su captura.
Los malhechores ingresaron escoltados a la comisaría; encapuchados,
según la ley de la calle; esposados, como lo exige el protocolo. Aplausos,
gritos, vítores; la comprensión del arriesgado trabajo de esta gente, y la
desgracia que produce el tiempo de espera para volver con el trámite
finalizado. Uno a uno fueron entrando al cuarto donde tomarán las de-
claraciones; el oficial a cargo los espera ansioso: novatos. Si se mira bien,
puede verse espuma blanca en las comisuras de sus labios por el deleite
que le produce tenerlos ahí, en frente suyo, sin necesidad de perder días
en salir a buscarlos; tipos tiernitos que ya irán a cazar para ellos.
Se escuchan ruidos en las celdas, alguien grita: pelea. Fíjate que estos
hijos de puta no se prendan fuego. ¿Quién les dio el encendedor? ¡Me
pidió una seca, le di un faso! Se oyen golpes. Te dije que no te zarpés, me
crucé con el Zurdo de DDHH en “La Rosa” y me dijo que nuestros reclu-
sos se habían quejado de los tratos. Estamos en época de elecciones, dejate
de joder; no des más motivos, necesitan cabezas.
Vuelta a su escritorio. Se prepara para labrar el acta que incluirá las
posesiones personales que puedan ocasionar un daño o ser sustraídas. Las
mismas deberán ser entregadas previo al destino final: el calabozo. El de-
talle pormenorizado del ilícito en “La Rosa” quedará para después de que
se logre un acuerdo entre los oficiales involucrados. También dependerá
del apuro del fiscal a cargo en ese horario. Por último, hay que hablar con
el concejal –dueño del bulo– para saber qué le conviene presentar en el
seguro. A esta altura ya debe estar al tanto de lo acontecido. Turco, avisale
al fiscal, gritan.
Se aproxima el primer delincuente, callado. Manifestando cierta
maña en el proceso, arroja a la mesa, con cierta indignación, el celular,
los puchos, un reloj y el cinto. Hace un gesto con su cabeza que da la
pauta de que puede ser trasladado. Tarareando una cumbia, se acerca
el segundo delincuente, apoya en el escritorio los auriculares que venía
usando junto con el celular, un mp3 y, lógicamente, el cinto. Hecha la
entrega, sigue el mismo destino que su antecesor. Por último, aparece el
160
tercero mucho más abstraído que sus compañeros. Sentándose frente al
oficial lo mira con cierta picardía. Aquella parsimonia diluye la felicidad
del agente. Le dice: señor, es hora de entregar sus pertenencias, dígame
por favor qué es lo que tiene. El sujeto, sin perder la calma, lo mira direc-
to a los ojos y sonríe. ¿Yo? Soy nuevo, llegué último y para entregar solo
tengo mis cordones.
161
La señora de los perritos
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caricias. Siguieron tomados de la mano, entraron al cuarto que daba a la
salida de la escalera; él sugirió derribar una de las paredes y construir un
sitio de lectura con una biblioteca bien amplia, de cada lado irían las ha-
bitaciones: la de ellos y la de los futuros niños. Él hablaba de cómo podría
decorarlos sin tener la sensibilidad suficiente o el conocimiento necesario
para saber que eso a ella la aterraba. En el miedo está el deseo y al revés,
¿no se lo habían explicado? Hay cosas que para aceptarse tienen que ser
graduales, paso a paso; la novia o novio puede huir.
Molesta de que el machito tironeara del delantal que se había puesto
para ir a pintar, tomó una olla y empezó a golpear con la cuchara de
madera, esa que le había regalado su marido cuando se mudaron. Era un
estate quieto fabuloso para los pichichos. Todos se sentaron, casi tan in-
mediatamente como sacaron sus lenguas y con sus colas lustraron el piso.
La risa era consecuencia, aunque un tanto contenida porque debía capi-
talizar lo ganado. Entendía que los perros iban a irse en algún momento,
le daba un poco de tristeza. Miró la casita del fondo con cierta nostalgia y
también comprensión respecto de los ciclos. Los hijos también se fueron,
la vida se sucede en un continuo oleaje de cosas que vienen, otras que se
van, y en ocasiones quedan ahí estancadas para que uno las observe.
Él moría de ganas de mudarse, nada por esperar; podían pagar lo soli-
citado y quedaba resto para hacer las remodelaciones pensadas: mejorar
la cocina y ponerle ventanas a la calle, modernizar los cuartos, agregarles
vestidores y baños; incluso construir un cuarto al fondo, en el parque,
más importante que el que ella había sugerido. Lo iba a hacer un tanto
rústico para que pudiera decorarlo y se sintiera lo suficientemente cómo-
da como para desplegar esos dotes creativos que lo habían enamorado.
Amaba las pinturas con las que adornaba los livings de los clientes que
la contrataban y sentía cierta especie de rabia porque, si bien eran muy
cercanos, ella no le permitía leer sus cuentos. Los colores sí, las letras no.
En verdad, imaginaba cuentos, pero podrían ser poemas o ideas, incluso
un diario.
Ella buscaba guardarse algo, le era imposible la idea de exponer-
lo todo: los días, el cuerpo, las comidas, el cuarto, las pinturas, el baño,
¿también los textos? Eso era propio de ella, nadie, ni siquiera su marido
iba a tener acceso. Tal decisión trajo algunos inconvenientes los primeros
163
meses de convivencia. Su marido tenía ilusión de que al estar bajo el mis-
mo techo rompiera todas las barreras de la intimidad y se las entregara
en bandeja de plata. Lo hizo, pero el papel y las creaciones en prosa y en
verso quedaron excluídas. Cansada de tanta discusión, en el ánimo de
sostener el vínculo –no hay que engañarse, lo amaba con locura–, decidió
que la metáfora sería el recurso de vida. De ahora en más no escribiría, o
sí, no estamos muy seguros. A partir de ahora, ella tendría y cuidaría pe-
rros: los llevaría a la casita de atrás y con la excusa de entrenarlos tendría
tiempo de escribir sin que su marido se enterase ni reclamase al respecto.
Anduvo por el barrio y se trajo los dos que pudo rescatar de los vecinos,
macho y hembra por supuesto. A cada uno los bautizaría con el nombre
de un escrito, así podría llevar un mejor control de las cosas.
Así fue como comenzaron a poblar la casa con mascotas, en algún
momento fueron tantas como cuentos corregidos tuvo, y no sabía cómo
lograba a veces tenerlos por horas encerrados, mirándola cuando ella se
sentía ofuscada, cuando el trabajo resultaba estéril al papel. Ellos la mi-
raban como queriendo susurrarle algo, contarle una historia o anécdota,
quietos con la lengua afuera y la cola hecha un vaivén que acariciaba el
piso. A veces alguno rompía la rutina, pegaba un salto y se apoderaba de
su falda. Ocasiones en que la creatividad hacía las suyas y la tinta se ami-
gaba con la historia, fluían en palabras, oraciones, hojas.
Fueron años felices, tantos que es muy difícil recopilarlos. Él tuvo la
necesidad de partir antes, un ataque al corazón lo llevó en una siesta. La
tristeza acompañó a Alicia muchos años, pero era muy fértil su entorno,
así que la muerte llevaba las de perder. Ahí fue cuando los perros se apo-
deraron de la totalidad de la casa, no había más necesidad de encerrarlos
en el galpón de atrás: estaban en el cuarto, saltaban por la biblioteca, a
veces alguno aparecía en el baño. Ella sabía que tenía que dejarlos ir. Le
pidió a la hija que llame al editor amigo que le había mencionado. La
ansiedad la estaba acompañando junto con el té, de un momento a otro
iban a llegar.
164
Las cosas en su lugar
Quería irse, ¡y recién había llegado! No era justo, pensó Ana, tengo que
idear un megaplan para hacer que la tía se quede a jugar conmigo. Ya
había probado llorar hasta que no le salieran más lágrimas, gritar hasta
la afonía, pararse frente a la puerta. ¡Alto! Esa podía ser buena, la última
vez la hicieron hacer vuelta carnero en el aire y era divertido, encima
después vino guerra de cosquillas y subió la diversión, pero el bajón llegó
cuando se dio cuenta de que la tía se había ido. No escuchó en aquella
oportunidad ni la puerta abrirse o cerrarse, ni tampoco el ruido del mo-
tor del auto. Unos artesanos del engaño, sus padres y la tía que, después
de todo, ¿qué le costaba quedarse un rato más?
Venía repoco y a Ana le encantaba jugar con ella. Incluso cuando
hablaban cosas de grandes con la mamá o el papá, ella escuchaba todo,
con sus coditos apoyados en la mesa no dejaba ni un instante de seguir
cada una de sus palabras. Tenía una especie de fascinación. Y pensó: si
me lleno de barro y me pongo en la puerta, le voy a manchar la ropa y
capaz que mamá la manda a mi cuarto –como a mí cuando me ensucio– y
le presta otra cosa. Y yo ahí puedo hacer algo con… no, mejor no. Capaz
que mamá le pasa un trapito húmedo, le limpia la mugre, y la tía se sube
corriendo al auto y se va para la casa enojada.
Descubrió que había dejado las llaves del auto sobre la mesa... nadie
iba a sospechar, con esa cara de nena buena; la sonrisa se le iba estirando
mientras se acercaba y se pegaba a su mamá (que estaba al lado de las
llaves). Haciendo presión, empujaba, se soplaba el flequillo, le sonreía y,
cuando la madre se enojó porque estaba muy cerca, ella hizo un bufido
digno de una actriz de Hollywood y balbuceó un par de cosas que nadie
escuchó. Un acting perfecto para hacer lo único que en verdad importaba.
165
Terminaron los mates, empezaron los besitos de despedida, Ana es-
taba dándole el té a Lucy, su muñeca, sentada en el piso, escuchando al
detalle con cara de “no me importa”. Vio a la tía empezar a tocar todos
los bolsillos propios y ajenos, desarmar el bolso en la mesa, mirar para
todos lados. El perro cerca de Ana movió la cola, quizás entendió que se
iban de paseo. Alborotados, todos buscaban las llaves. Ana aprovechó los
tesoros que su tía había dejado sobre la mesa para maquillarse. Cada vez
más tensión.
¿Dónde las pusiste? ¡Estaban acá!, respondió la tía. Patas no tienen las
llaves, no pueden estar lejos.
Que la tía no pudiera irse a su casa se estaba volviendo aburrido, no
quería jugar con ella y ni siquiera la miraba. Además estaba la posibilidad
de ser descubierta o de recibir algún castigo. Cada vez se pintaba más,
¡hasta llegó a romper el labial! Entonces, la tía la miró con los mismos
ojos que la veía mamá cuando llevaba la ropa sucia. Ana empezó a llorar,
asustada. La mamá también se dio cuenta (como dicen siempre: ellas sa-
ben). Le agarró el brazo con el que sostenía el labial roto, la miró seria y
se escuchó un “¿qué macana te mandaste?”.
“Yo nada… La llave se cayó. La muñeca la tiró a la basura… Vos siem-
pre decís que ahí hay que poner las cosas que se caen al piso, yo también
le enseño”.
166
Tres
Dirán que son multitud, pero para ella es lo que le da sentido al mundo.
Hija única, Leticia pasaba pocas horas en el hogar, aunque era una espe-
cie de tirana que de alguna manera ordenaba el vínculo marital.
Cuando era pequeña la mamá solía dejarla al alba en lo de su herma-
na Ruth; tanto ella como su marido trabajaban incluso más que el sol para
progresar, algo muy corriente en esos tiempos. Allí transcurrían los días
junto a sus dos primas, Holanda y Julia, que eran más chicas. También
estaba la abuela que pasaba de visita y le encantaba preparar el almuer-
zo. Era tal la desconfianza de esa mujer respecto de la manera en que su
propia hija alimentaba a las chicas que necesitaba ocuparse ella misma,
no fuera cosa que las nietas sufrieran algún trastorno por desnutrición;
las quería redondas y rosadas.
Cuando la nona Vicenta tomaba el cucharón las primas sabían que
podían agarrar la calle sin problemas porque nadie iba a notar la ausen-
cia. Madre e hijas comenzaban a competir por centímetros de mesada,
tiempo de hornalla, cantidad de verduras picadas y animales deshue-
sados. El olor, el trato fastidioso y la posibilidad de que les dieran algún
mandado las hacían huir de inmediato a la aventura. Excepto que llovie-
ra, les permitían salir a jugar.
Las nietas la esperaban todas las mañanas, hipnotizadas ante el vidrio
como si el perderlo de vista hiciera que la abuela no llegara. En caso de
que se le ocurriera al cielo mojar las ventanas, pasaban horas mirando las
gotas y jugando carreras imaginarias. El griterío era intenso. Por un lado
las nietas y por el otro el abuelo y el tío, que a veces no podían trabajar en
el campo y se quedaban a molestar. Hacían tortas fritas, o manzanas con
caramelo, con mucha suerte, pochoclo. Los hombres no sé bien qué ha-
cían, pero era claro que en el rostro de las cocineras algo se desencajaba
167
cuando estaban demasiado tiempo ahí. De ellos Leti se ganó el apodo de
Mi-capitán –junto con la variante de Sí-capitán–. El tío Juan, mirándolas
jugar, decía que ella daba las instrucciones y guay que no le hicieran
caso, sí-capitán, no-capitán, sino Leti se enojaba, hacía puchero, berrin-
ches y lloriqueos hasta que la volvían a consentir.
Pero con sol, salían a salvajear por ahí, corriendo, a veces juntas, otras
separadas, improvisando las ideas que solían ocurrírsele a Mi-capitán.
Las demás copiaban y ejecutaban como si fueran sus marines de diver-
sión. Jamás cuestionaban esa especie de jerarquía impuesta por el orden
de llegada al mundo. La familia de origen iba nutriendo las ramas desde
pequeñas. Cada una tenía lo suyo; por esos mandatos Leti también era
un poco masculina, al no haber primos le tocaba a ella el cuidado. Todo
estaba bien excepto cuando –nadie entiende muy bien por qué– a Leti no
le pedían que levantase la mesa ni que secara los platos. Esa era la única
coronita debatida, a veces en silencio, otras entre dientes y a veces con
palabras claras del tipo “che, vení a ayudar”. Leticia se hacía la boba o
ponía cara de caprichosa o de me estoy muriendo de asma cuando no
padecía esa enfermedad, y se iba a mirar los dibujitos. Cuando las primas
terminaban el quehacer se unían y cualquier enojo se esfumaba como
por arte de magia.
Cuando la tía no estaba disponible, entonces Leticia iba solita a la
casa de Vicenta donde realmente era tratada como una reina. Tenía un
cajón de golosinas solo para ella. Le daba todos los pancitos con tuco que
quisiera y además le cocinaba solo lo que ella pedía. Pero como se abu-
rría, invitaba a Diego y Ariel, los vecinos de la cuadra con los que a ella
le gustaba jugar, así no molestaba mientras se cocinaba y limpiaba. Como
el parque de la abuela era inmenso, los niños venían con sus corceles de
dos ruedas y salían a jugar a guerras y carreras. A veces también usaban
las cañas del jardín como flechas para vencer al enemigo, solo quien tu-
viera la puntería precisa y el corazón helado podía dar en los rayos. El
que perdía siempre rodaba por el piso y seguro alguna rodilla se lastima-
ba, pero era divertido y los chicos nunca embocaban. En general, Ariel
también sobreprotegía a Leticia. Eso continuó durante la adolescencia,
aunque Diego estuviera presente y a veces fuera hasta su novio. De más
grande fue más osado, quiso ganarle la carrera a su amigo y se animó a
proponerle casamiento.
168
Para la boda, las primas cocinaron, iban de acá para allá, matan-
do animales para el plato principal, desangrando gallinas para el tuco,
amasando la pasta, hirviendo la acelga. La abuela estaba admirada de lo
buenas cocineras que resultaron las más pequeñas. A Leti claro que no
se le podía pedir ni un huevo frito, pero por suerte Ariel la amaba así. La
fiesta estuvo preciosa.
En el barrio las malas lenguas decían que Diego no iba a ir porque
también estaba enamorado de esa buena para nada, pero se equivocaron.
Lo que nunca nadie supo es que ella le prometió que siempre sería su
amante y que jamás lo reemplazaría con la llegada de un hijo. Recorda-
ba quien había sido ella de niña y cómo el mundo giró a su alrededor,
no permitiría que un nuevo integrante pudiera quitarle su tan reforzado
Sí-capitán, y mucho menos desarmar el equipo que tantos años le costó
consolidar.
169
La República
170
tecedoras (las que dieron su cuerpo para procrear) hacen muy de vez en
cuando algún comentario, pero es habitual que nadie lo siga. Un silencio
sepulcral viene después de cualquier cuestionamiento a lo establecido.
Cuando ella era una niña vio como muchos de sus vecines desertaron
a otros países. Fue una manera de empezar a morir, sus vínculos se per-
dieron en esas fugas, hasta la maestra desapareció (hay rumores de que
fue la primera directora de la línea Blanca). No se sintió capaz de com-
partir el dolor de esos cambios con sus padres ya que ellos eran fanáticos
del régimen insipiente y la entregaron para que se constituyera en fuerza
de choque (ellos recibieron insumos por los honores) y con ese odio-do-
lor-mandato, se dispuso a defender los valores de la República.
Roída por el sufrimiento, se engañaba pensando en que, si ponía lo
mejor de sí, la guerra terminaría pronto y sus afectos podrían volver.
Nada supo de sus gestantes, ni si murieron o tuvieron más hijes después
de su partida, un hueco quedó en la memoria, como el motivo de esta
manera de vivir que se generó en la infancia y quiso sentar bases. La
ilusión de volver a la casa, a los juegos, a la escuela, a sentirse en un nido
acogedor, siempre fueron silenciosamente más profundos.
Tuvo la desgracia de que, a los treinta, luego de casi veinte años de
mala alimentación y de vivir experiencias aberrantes en el trato incluso
de sus colegas, un enemigo la alcanzó desarmada. Nadie se lo explica,
pero como ella era tan buena luchando cuerpo a cuerpo, solo recibió al-
gunas puñaladas que dificultaron su caminar. Ser inútil para la labor es-
tratégica –tantos achaques la descalificaron para esa sección– y no contar
con la destreza física necesaria para sostener las posiciones, le adelanta-
ron el retiro y fue enviada a un distrito agropecuario previa inseminación
para gestar mellizes.
Las heridas de guerra le trajeron dificultades en el parto y una de las
bebas falleció incluso antes de nacer. Por eso su hija sobreviviente tenía un
valor extra, distinto al de cualquier otro hije, a Disturbia le valía por dos.
Se cruzó, antes de asentarse en el distrito, con Paco, un excompañe-
ro que creyó desertor, pero que en verdad fue atrapado en la frontera y
destinado junto con sus padres a la cría de animales. Se casaron, él tenía
una hija de otra mujer que había muerto al dar a luz. Ambas hermanas
sabían lo que era perder una parte desconocida de sí: una hermana y una
madre; se hicieron amigas.
171
Cecilia, la hija de Paco, era más chica, estaba ansiosa por su cinta ver-
de. A les chiques les contaban las miserias de la preguerra, la maldad de
los dueños de la nada que fueron quienes se alzaron con violencia sobre
la primera región agropecuaria. Ellos tuvieron que armarse para poder
preservar la vida que llevaban. Entonces sentían que era un honor ir a
defender las tierras de las quemas, de las plagas y del uso indiscriminado
de los recursos naturales, a los cuales los agros defendían a capa y espada
y los sindis aniquilaban.
A Disturbia la gente le resultaba idiota, a ella no le gustaban las gue-
rras ni perder a los que quería, no entendía la lógica de sostener ese siste-
ma, pero no podía hablarlo con su marido porque él era como sus padres,
también defendía la causa.
Sabía que Jimena, su hija, era muy hábil, había ganado todos los con-
cursos de estrategia y estaba ansiosa por recibir la noticia de formar parte
de la línea Blanca. Paco y Cecilia estaban orgullosos de la chica, y la selec-
ción era un hecho. Solo la madre parecía lamentar el futuro.
Decidió que tenía que hacer algo, pero el peso de la edad, más los días
de silencio en esos laberintos mentales que solo la amargaban y no tenían
salida, terminaron enfermándola. Después de todo, su salud ya no estaba
para salir a la lucha. El día previo al cumpleaños de su hija no pudo le-
vantarse. Las chicas la ayudaron con los quehaceres y estaban muy pen-
dientes de ella. Cuando Paco llegó del campo, esperó que ellas se fueran a
dormir y en la intimidad se atrevió a preguntarle a su mujer:
—¿Querés que Jimena se quede?
Ella sintió por primera vez algo extraño, temió responder, solo bajó la
vista e hizo silencio. Se había mostrado. Por unos instantes temió la trai-
ción de su pareja, sintió a los defensores acérrimos en su cama. Se asustó.
Él sintió esa desconfianza en ella, los años compartidos, su compli-
cidad de compañeres, la lealtad a La República, todo se mezcló en esas
palabras.
—No te preocupes, quizás sea por poco tiempo. Nada es eterno —
mintió.
Ella fingió una sonrisa, sintió algo frío recorrer su cuerpo.
—Tomá una de estas, son vitaminas, te van a venir bien —dijo Paco, a
la par que sacaba unas pastillas del bolsillo y le acercaba un vaso de agua.
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Al otro día Disturbia no despertó. Paco, apesadumbrado, se quedó
mirándola en silencio hasta que fue interrumpido por las niñas que en-
traron de golpe y vieron el cuerpo sin vida.
Fue extraña la reacción de Jimena, le pidió a Paco que se encargara
de los trámites que fuera necesarios para el retiro del cuerpo y comenzó
a prepararse para salir a la escuela.
Su hermana, desconcertada por el propio shock, le cuestionó el esta-
do de ánimo; se pensaba a sí misma perdiendo otra madre, y la violencia
de encontrarse huérfana de nuevo la llevó a empujar a Jimena y pregun-
tarle, sumida en llanto, el porqué de su indiferencia.
Jimena, tirada en el piso, la miró como una víbora que quiere hipno-
tizar a su presa antes del movimiento del que no tendría salida y luego
abrió su boca y le dio el shot inmovilizador:
—No me iba a dejar ir, es una mujer que luchó siempre, iba a ser su
nuevo motivo.
—¿De qué estás hablando? —gritó Cecilia—. ¡Está muerta!
—Era necesario —sonrió Jimena—, al fin voy a poder tener mi cinta.
173
Volver a las palabras
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que mis sensaciones estaban separadas de lo creado, que el contenido se
había vuelto superfluo ¡justo yo, que admiraba el arte de decir!
A la par sucedió lo de la mafia editorial, me daba por escribir novelas
policiales en los ratos libres. A veces sacaba algunos ensayos necesarios
para aprobar mis posgrados, pero me divertía mucho más ponerme el
disfraz de agente y el de ladrón. La cosa es que comencé a convertirme
en bestseller, las compañías pasaron de pagar sumas muy interesantes
sobre mis escritos a querer comprar mi nombre para firmar libros –que
ellos producían con colaboradores fantasmas– para poder vender más. La
presión que ejercían fue tal que terminé firmando con una multinacional
que me permitía corregir esos contenidos antes de sacarlos al mercado.
Hubiera sido inteligente no poner esa cláusula, era tan triste leer lo que
salía con mi nombre.
Me sucedió un episodio muy curioso cuando vi en una vidriera un
título que desconocía, promocionado con mucha pompa. Supe que era
inútil llamar a la empresa y reclamar que no estuvieran cumpliendo con
su parte del trato. La sensación en el cuerpo al reconocer la inutilidad
de la acción fue similar al episodio con la alumna: el joven Wilfred me
advirtió que ese no era el rumbo a seguir.
Así decidí venirme a Humahuaca, sin tantas universidades ni me-
gaempresas, acá solo hay una librería chiquita que casualmente también
es imprenta. Vivo mis días enseñando a escribir, dando sacralidad a la
palabra o vida al objeto en la sonrisa de los niños. De a ratos me permito
garabatear algunos cuentos que mando a ese tallercito. Los regalo por las
plazas porque provienen y nutren a la Pachamama. Me conecté con el
fuego que me habita, la palabra, y hoy toca repartir. ¡Ah! Claro que en
esto de cambiar, tuve que aprender otro nombre.
175
Nuevos rumbos
176
***
177
hermanos se miraron y se pusieron a comer las empanadas mientras le
permitían continuar con la exposición.
“Llamé a ese sitio dos veces y estuve charlando con varias personas
agradables. Encontré a Tony, distribuidor de calzados, de origen italiano
como yo. Se dio cuenta de mi debut en esto de las llamadas y me explicó
múltiples peligros que podía correr. Sugirió no darle el número de telé-
fono de la casa a nadie, en todo caso un celular. Si quisiera encontrarme
con alguien, lo haría de día en un lugar público. Tony es un amor de
persona, un caballero intachable”.
Volvió la moza a retirar los platos mientras los hijos se miraban ató-
nitos intentando no reírse del potencial candidato. Fantaseaban acerca de
los beneficios de un nuevo integrante en la familia. Lautaro es el del pun-
tapié inicial: “¿Qué auto tiene?”. Agus, un poco más prudente: “¿Dónde
vive?”. Susana, incómoda, los vuelve a callar: “Aun falta contarles el resto
de la historia”.
“Seguí hablando con Tony del tema de los calzados, lo duro que se
está poniendo el poder vender un par en esta época y cosas relativas al
rubro. Pudimos intercambiar experiencias de nuestros orígenes, y de he-
cho, estuvimos practicando nuestro italiano”. “Genial”, le dijeron sus hi-
jos, “vamos a tener tarantelas para rato. ¿Sabe amasar pastas? ¿Gusta de
cocinar?”. “No sean ansiosos”, contestó.
“También hablé con Ricardo, señor de unos cincuenta y cinco años
con la desventaja de vivir con su madre. Y no, Lautaro, este carece de
auto y dice ser pobre, aunque yo desconfío. Me contó que es ferroviario
y está divorciado hace solo tres años. Para mí es medio lisonjero; no para
de decirme amor, bebé y ese tipo de cosas que usan los pollerudos. Tengo
el presentimiento de no saber siquiera su verdadero nombre; se estará
cuidando, como me sugirió Tony”.
“Además, Ricardo me contó que va al cine todos los miércoles, a la
primera función porque es la más barata de la semana. No hay película
que no haya visto, asegura. Los sábados se junta con los muchachos del
barrio a jugar a las cartas –como hacía su abuelo–; a veces hacen un
asado y ahí es donde cuenta que se arman altas jodas. A pesar de eso, se
levanta los domingos al alba y sale a pedalear entre 5 y 10 km. Asegura
que su estado físico es envidiable, que tiene todos los dientes y una cabe-
llera prominente. Yo no lo vi, así que no sé si todo lo que dice es cierto”.
178
A esa altura del relato, sus hijos, un tanto aburridos de los detalles
sobre los intercambios de palabras y la ausencia de acción, querían en-
tender adónde iba el cuento. Además se trataba de “la sua mama”. Agus-
tina le preguntó: “Y los llamaditos, ¿se quedan ahí? ¿Qué pensás hacer
al respecto?”.
Susana, en la recta final, necesitaba el toque de gracia que le había
proporcionado su hija para rematar. “Bueno, es ahí donde quería llegar
y es lo que realmente vine a revelarles. Mañana me cité con uno de ellos
para empezar a conocerlo un poquito mejor. No necesito su opinión al
respecto, pero sí que estén informados. ¿Quién sabe? Quizás surja la pa-
reja que ando buscando. Uno no puede saber de dónde vienen las cosas.
¿No es así?”.
Sus hijos, perplejos, preguntaron a coro: “¿Tony?”. Susana, sonrojada
respondió: “No, él es igual a mí, para eso me quedo en casa mirándome al
espejo. Voy a ver a Ricardo”.
179
El poder de lo invisible
Juro que iba a casarme. El momento más esperado en la vida de una mu-
jer; lo había soñado desde chica. Además, se lo había prometido a Lean.
Aún no logro entenderlo, pero lo cierto es que ocurrió. Pasé la última no-
che en casa de mis padres. La ducha matutina fue una advertencia. Pude
percibir algo extraño, me sentí como observada, no sé, una sensación
muy desagradable. Igual, los primeros indicios concretos aparecieron en
el auto cuando viajaba rumbo al hotel donde se desarrollaría la cere-
monia. Allí se atrevió por primera vez a acariciarme la cabeza, a oler mi
cabello. Los nervios, pensé.
La llegada al hotel fue un aliciente. En la recepción fui recibida por
Martín que muy gentilmente me acompañó a dar la última recorrida por
el parque para ver el decorado. Bajar las escaleras, la alfombra roja que
desembocaba en el atril; sus ganas de obtener la aprobación del escena-
rio hicieron de mí una estrella por tan solo unos minutos. La pérgola al
costado de la pileta y la presencia de los primeros músicos daban el toque
de encanto que le faltaba a esa película. Lloraba de alegría, era de esas
situaciones que superan la capacidad de imaginación. Me convirtieron
en la mujer más afortunada del mundo.
Una vez en la habitación en que me prepararían para la boda pude
relajarme. Estaban esperando a la peluquera, la esteticista y el modisto.
Años tardaron en maquillarme, recoger el cabello y hacer de mí la novia
que todo fotógrafo quiere retratar. No permitían los espejos durante el
proceso, tampoco me dejaban comer. Eso me ocasionaba mucha ansiedad
y, por supuesto, malhumor. Una vez terminada su obra de arte, trajeron
la enagua, luego el vestido. Solo me dejaron ponerme los aros y la gargan-
tilla. Ahí noté una especie de tironeo al cerrarla. Ya hecha una princesa,
pero sin la magia del hada madrina, acercaron un espejo para apreciar
el acabado. Lo vi.
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Nadie entendía la expresión de mi rostro, el modisto empezó a llorar
inmediatamente después del primer alarido. Su abrazo me sorprendió,
advertí de golpe el amor de todos los hombres que transitaron mi vida
aunados en ese ser: me ahogaba. Lo empujé, fue inútil. Me tomó de la
mano acercándome hacia él nuevamente, escuché que no me permitiría
seguir con esa farsa. La desesperación hizo que desarmara el tocado, el
pelo suelto no caía de forma natural por la laca, volaron los invisibles.
Las personas del cuarto me miraban asombradas, eran espectadoras de
la vorágine que acontecía pero no brindaban ayuda alguna. Lo vi a Al-
fonzo, a Ignacio, a Marcelo, a Tomás, a Carlos, a Guillermo, a Mariano e
incluso a Francisco, que en una noche me enseñó lo que es arrancar una
rosa salvaje y recordar por siempre sus espinas. Todos estaban reunidos
queriendo hacerme suya. Luché tanto, hasta el límite de mis fuerzas. Las
lágrimas en el rostro de mi madre fueron las que me vencieron; había
logrado destruir el vestido. La vergüenza de verme hecha una pordiosera
junto con el pánico hacia el ser que estaba presente, pero que nadie veía,
me hizo salir del cuarto casi desnuda, vestida con la enagua nada más.
Bajé las escaleras corriendo, me tropecé con la valija de una señora que
llegaba. Al caer se abrió, tomé un vestido y me lo puse como pude sin
perder el tiempo. Tenía que apresurarme, no quería ser atrapada. Subí a
un taxi y me vine.
¿Entendés ahora? Necesitaba un buen baño, te agradezco la hospitali-
dad. Recién acá puedo sentir seguridad, experimentar calma. Espero que
no me encuentren. Desearía poder abrazar en este momento a Lean, pero
¿cómo le explico lo que sucedió si ni yo misma soy capaz de asimilarlo?
¿Tendrá aún puesto el frac? Quisiera saber qué le habrán dicho. Me gus-
taría escucharlo, pero sería muy injusto llamarlo, le rompería el corazón
si le contara que ahora, cuando debería ser su mujer, estoy en tu casa.
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Arrebato
182
“Boluda, ¿qué onda?”, me dice.
“Nada, fui al celu a deslizar imágenes en el Instagram para lograr un
impasse que no llegaba”.
“Estás rara, contame”.
Ya ni sueño con vos, es imposible dormir, te deseo tanto que no pasa
un segundo sin que me invente excusas para estar cerca. Y sí, obvio, me
cae como el orto él y no me interesa ni un poco el amigo, ni que salgamos
de a cuatro, ni de a ocho, o ni de a cualquier múltiplo que sea distinto a
vos y yo.
Todo eso pasaba por mi mente, pero solo logre balbucear un estoy
confundida.
Me pide que la ayude con el cierre, me acerco, es imposible frenar el
instinto, necesito oler su piel, lamerla. Con un descuido caigo en su cuello
y quedo extasiada.
Se da vuelta, me empuja y grita: “Boluda ¿estás loca? ¿Sos un perro
ahora?”.
Pienso que tengo que decir algo, invento incoherencias sobre el per-
fume.
La mirada, nos conocemos desde siempre. La que tapó los ojos, la que
no se atrevió a compartirle como evolucionaba la mirada y el calor en
aumento del deseo, esa fui yo. Ella me conocía, ella se negó a verme, a
reconocer como crecíamos.
Los ojos, envueltos en la excusa de una mirada. Agua en los míos (tan
esperada); fuego en los suyos (por demás incomprensibles).
Se cambia a la velocidad de la luz, me tira los vestidos encima, dice
que ni se me ocurra aparecer por la casa, que se muere de asco, que no
tiene palabras. Quedo atónita en el probador sosteniendo en la ropa los
dedos, y en la saliva lo que aún me queda.
183
Oficios
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palabras mágicas que se convierten en una especie de droga de la que
algún día necesitaré rehabilitarme. El ring no es lo mío, pero la lucho a
diario. Es mi secreto, aún no dejo que ellas me abandonen: las rimas, tus
otras rivales. Aquellas por las que lloraste días enteros para que también
desatienda, porque en esas fiestas nocturnas nunca se traen nada bueno,
dijiste. Rapear es mi oxígeno, por eso desaparezco tantas noches, ¿será
que acaso me estás buscando, amor? Todavía hay clubes donde aún se
me respeta...
¿Y ahora qué, mi bella princesa? El reloj está a punto de marcar las
doce, puede que en ese instante se rompa el hechizo y yo me convierta en
tu rata, o tal vez el afortunado sea yo y en cualquier momento vea salir
por esa puerta negra dos animales que se escabullen por las calles tra-
tando de llevarse el queso en la panza y sorteando la trampa que pueda
dejarles seco el corazón.
185
El vericueto del amor
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conocido a una mujer a la que ni le pregunté el nombre y que era el ser
más bello de la tierra, pero que no me había quedado con dato alguno,
porque estaba seguro que la llamada iba destinada a su novio y no a una
tía enferma.
Luego de comer, nuestros padres volvieron a descansar al hotel, pero
con Erika nos metimos en el Reina Sofía, que siempre nos encantó, y fui-
mos de sala en sala cuando la misma mujer se tropezó conmigo –debo re-
conocer que no la vi venir–; estaba con una amiga. Yo quedé estupefacto,
sin siquiera poder decir hola, ella empezó a balbucear un saludo, presen-
tación, explicación del contexto donde nos vimos, todo a una velocidad
que aún sabiendo lo sucedido me fue difícil comprender. Estaba ahí, no
creo en las casualidades. Temí que Erika dejara de contemplar el cuadro
que la tenía hipnotizada y se acercara.
Las seguí hasta la puerta, hablándoles de las maravillas de las mues-
tras y de la utilidad que podría tener para ambas si me dejaban acompa-
ñarlas –parecía uno de esos vendedores de excursiones insoportables–.
Mi interés era tener cinco minutos de un café con ella. Las vi alejarse
rápidamente y desfallecí, me angustiaba volver a perderla. Sentí la mano
de Erika sobre mi espalda y las lágrimas empezaron a fluir convencido de
que no tendría otra oportunidad. Fuimos a un bar cercano, mi hermana
buscaba consolarme como si eso fuera posible, tenía la mirada perdida
con ideas que sugerían estar loco de remate si consideraba casarme con
Pamela. En esa extraña había algo…
¿Cuáles eran las probabilidades de dos encuentros tras un océano?,
quizás mi miedo, quizás la necesidad de encontrar señales donde no las
había, quizás una forma distinta de materializar un camino que saliera
de los lugares comunes.
Erika detestaba a su futura cuñada y, a pesar de eso, me dijo algo
que me tranquilizó: a veces una puerta cerrada puede ser la manera de
salvarse. Tenía razón, una vida me esperaba en Quito, hubiera sido muy
difícil hacer un cambio tan brusco. Volvimos al hotel, donde cenamos
con nuestros padres; ellos tenían tickets para una función de teatro de la
que desistí. Estaba muy tenso como para ver cualquier historia amorosa
sentado como un caballero. Me fui de tapas.
Empecé por Fide, un sitio de los años 60 donde probé la mejor caña de
mi vida y unas zamburiñas de otro planeta. Salí a caminar y cerca de allí
escuché un bullicio que llamó mi atención. A la distancia también podía
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oler una tortilla fuera de serie; no la había visto ni probado, pero sabía de
antemano que iba a gustarme. Estaba ahogando en gula lo que creía que
no iba a suceder. Fui directo a la barra, pedí comida más algo de beber y
escuché un decidido “¿Solo?”. Me helé antes de dar la vuelta y verla otra
vez. Era ella, y yo casi borracho.
Me hicieron un lugar en la mesa, su amiga desapareció ni bien me
senté. Conversamos por horas. Confirmé las sospechas respecto a la lla-
mada en el aeropuerto, estaba en pareja, pero en otro continente.
La comida, la forma en que se degusta, los chupitos, el contexto hicie-
ron que nuestras lenguas no fueran la excepción y probamos cómo era
saborearnos en un rincón madrileño, sentados y también caminando por
las calles ya heladas y vacías. La culpa nos abandonó con su compañera,
o dos o tres tragos después. Estaba enamorado, ella también. “¿Qué hace-
mos?”, dijo. Le pedí sus datos, ahora sabía que mi corazón le pertenecía a
esa mujer y allí iba a querer estar por siempre. Ella partía a Francia y lue-
go seguiría un mes más viajando por Europa. A mi familia y a mí nos que-
daba menos de una semana. Me comprometí a contactarla a su regreso.
Pude calmarme y disfrutar del resto de la estadía en España. Pamela
con un radar asombroso, me perseguía con llamados. No sentía hablar
con ella a la distancia. ¿Qué podía decirle? Suspender el casamiento por
teléfono era insensible.
Ella y sus padres fueron al aeropuerto a buscarnos. Junto a unos ami-
gos de mi padre le organizaron una fiesta de cumpleaños y recibida sor-
presa. Me dibujé la mejor cara, me puse el disfraz de enamorado fiel y
navegué las más de 5 horas que duró el evento con éxito. Fue tal que,
al despedirme para ir a descansar, la abracé y no podía soltarla, seguía
sintiendo el mismo amor que antes de partir y de conocer a Isabela. Esa
noche no dormí mirando el papelito donde figuraban sus datos.
¿Por qué te cuento esta historia después de escuchar tus dudas? Por-
que además de tu jefe soy un hombre mayor, acabo de verla en tu relato,
en tus miedos. ¿Qué hubiera pasado si plantaba a Pamela? Quizás no
tendría dos hijos maravillosos, o quizás sí, no lo sé. Es normal estar asus-
tado, siempre habrá un pedazo de nuestra propia historia que nos resulte
inaccesible.
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Sueño americano
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del proyecto da la posibilidad de que su presencia pudiera asustar a al-
guien con un consecuente llamado a la policía. Por seguridad, es preferi-
ble contar con el tiempo suficiente para regresar a su guarida y eliminar
ágilmente las pruebas. En forma preventiva deja en el baño pompas de
algodón embadurnadas con crema para deshacerse del maquillaje.
Bebe una última copa para cobrar fuerzas y sale por los pasillos. Con
los truenos y ruidos de los demás departamentos, el piso trece es el punto
de partida. Irónico pero a la vez perfecto.
Decide subir por la escalera hasta llegar al piso. Escucha música y
risas detrás de la puerta. Le llama la atención. Camina lento, el alcohol
está haciendo su efecto. Además, el taco de los zapatos y del vestido, le
complican los movimientos. Golpea a ver que pasa. Espera.
Mientras permanece inmóvil, desde la mirilla se siente observada. La
música del departamento cesa, los ruidos de la lluvia se hacen más inten-
sos, su corazón late veloz.
De pronto, un Homero abre la puerta. No le da tiempo a emitir pa-
labra y la toma entre sus brazos: “Mon amour, esperaba por ti”. A esta
altura, la pintura ya es un revoltijo en su cara. Algo le dice que no debe
entrar ahí, pero él no da alternativa y la conduce al living.
Le toma la mano y con un gesto teatral la acomoda en el sillón. Mien-
tras esgrime su espada demasiado pesada le va contando cosas: que la
esperaba ansioso, que Tío Lucas ha desaparecido, que no saben ya dónde
buscarlo. Marcela sigue el juego y, sonriendo, pregunta por Pericles y
Merlina. Fueron al cementerio a ver si encuentran al tío. Homero deja de
lado la espada, se sienta y le toma la mano, realiza su tradicional recorri-
do de besos que culmina en el cuello de Marcela. Cada vez más nerviosa,
comienza a manifestar cierta incomodidad e intenta levantarse. Homero
lo impide con delicadeza. “Sí, ya sé, estás preocupada por el tío, pero
aprovechemos a disfrutar de nuestro amor. Tenemos que hacerlo inmor-
tal”. Se pone de pie, vuelve a asir la espada y lucha contra un oponente
que de momento ella no ve.
La situación se le hace irresistible e intenta balbucear algo. Homero
enfunda la espada y comienza a examinarla detenidamente. “Homero, yo
no soy tu esposa, esto es un disfraz”. Esas palabras, en vez de finalizar el
acting, hacen que, frunciendo el ceño, la mire con recelo y otra vez des-
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envaine su espada. En un parpadeo la coloca entre el mentón y el cuello
dejándola acorralada contra el sillón, casi sin poder respirar. “¿Cómo
que no eres Morticia? ¿Dónde esta mi rosa negra? ¿Quién la ha raptado?
¿Quién eres?”.
A la par que las lágrimas borran el resto del maquillaje, siente que
la sangre mancha su vestido. La firmeza con la que el hombre sostiene
la espada le produce un ligero corte. Su llanto no aliviana la situación,
tampoco la fuerza del esgrimista. No hay salida posible, tanto alcohol
para agarrar coraje y ahora se queda sin fuerzas. Se siente desvanecer en
medio del sillón. Cae, como la lluvia, el registro y la atención de lo que
sucede.
191
La raíz de los colores
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por otro; la sangre era escasa, pero ella se sentía turbada. Tomaban infu-
siones, había mujeres luciendo trajes brillosos. La alegría era inconmen-
surable, de a poco ella también iba entrando en ese trance. Quiso buscar
algún turista para hacer base segura y vio una pareja de rubios, uno de
ellos con una cámara inmensa. Trató de acercarse pero en pocos minutos
los perdió. El baile era la constante. Shiva danzando con ellos, cumplía
la misión; era disruptivo con su paso. Había muchas deidades presentes,
se inmiscuían con tragos, niños y flores. La piel mutaba, las emociones
teñían el cuerpo. Esa era la raíz de aquellos colores.
Martina sabía que era uno de esos momentos que nunca se repetirían
en la vida, pero a pesar de ello en un punto necesitó salir. La conciencia se
iba perdiendo como su sentido de localización y ese papel que delimitaba
las calles. Caminó, era lo único que podía hacer, tomó el resto de agua
que aún quedaba en su cantimplora, miró el cielo y avanzó.
Logró salir de aquella fiesta, el panorama se volvió silencioso. El en-
torno se tiñó de un gris amarronado, ya no se veían mujeres por las calles
ni tampoco niños. Cuando logró despertar –o lo más parecido a eso que
se pudiera–, vio que había algún que otro hombre en cada cuadra y que
las miradas le resultaban amenazantes. Otra vez las nubes y un pedido a
lo inexplicable. Seguía en la ruta que creía la llevaría al hotel.
Los ojos ganaban filo, empezaban a ser palpados en la epidermis. Sa-
bía que correr era tan inútil como gritar. Estaba allí por propia determi-
nación. Tuvo unos instantes de fe y miró al cielo. Apareció una señora
mayor que le tomó la mano y, con mucha amorosidad, fue guiándola. La
acompañó dos o tres cuadras en completo silencio hasta que finalmente
apareció un tuk tuk. Se subió, quiso agradecerle a la mujer y ya no estaba.
Al indicarle dónde quería ir, el chofer le preguntó por qué andaba sola
por esas calles. Ella miró hacia atrás, no había nada ni nadie por quién
dar respuesta.
193
Buena compañía
Juan era adicto a la tele, desde chico se pasaba horas mirando dibujitos.
Su mamá trabajaba todo el día, así que Ximena, la hermana mayor, que-
daba a cargo. No decía nada del tema porque le facilitaba la tarea del
cuidado. Pero, dado el tiempo que transcurría allí, se había convertido
en un accesorio más del artefacto. Era tan incomprensible ese fenómeno
que si alguien quería entretenerse con algún programa a la noche y él
estaba en el cuarto, se veía con interferencias. Si, en cambio, dormido y
todo, lo traían al sillón de enfrente, la imagen se volvía nítida y libre de
inconvenientes.
A Ximena se le ocurrió probar por primera vez en la entrega de los
Oscar; la pantalla que se pixelaba a cada rato le impedía curiosear los
vestidos. Entonces le propuso a la madre traerlo a Juancito al sillón por-
que él nunca tenía problemas con la tele cuando veía los dibujitos. Le
contó del vicio de su hermano y se justificó diciendo qué podía hacer ella
con un niño tan inquieto que solo la tele lo calmaba. Por eso decidieron
convivir con el asunto en silencio. Lo que al principio es extraño con el
tiempo se vuelve un elemento más del hábitat natural.
El único problema surgió cuando Juan estaba por terminar el prima-
rio. Tanta era la dedicación del chico por la tele que terminó reprobando
varias materias. Eso motivó que la madre fuera citada por la directora del
colegio donde, enterados de la situación en el hogar, la amenazaron con
ser derivada a una psicopedagoga estatal y llevada a un juzgado por no
ocuparse de su hijo.
La mujer se asustó, el miedo le heló los huesos, pero no el enojo ni
la decepción por dedicarle años a un trabajo insulso, ni por un hijo que
únicamente se esforzaba por encender la tele. Entró a la casa, lo vio ti-
rado en el sillón –un almohadón más, pensó–. Lo agarró para airearlo y
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lo zamarreó tanto que casi le saca hasta la funda. ¡Una magnífica escena
del prime time! Podría haber logrado un pico de rating (lástima la ausen-
cia de cámaras). A los gritos prometió que si en marzo no aprobaba las
materias pendientes, ese aparato iría derechito a la basura, previo par de
martillazos que le daría con mucho gusto (al aparato, al hijo no).
Juan había forjado una hermosa relación con una plaqueta led de la
tele, durante años compartieron penas y alegrías. Las ilusiones que como
accesorio tenía eran numerosas ¿y el chico? Sentía un poco lo mismo, era
el menor, invisible, otro jarrón del living. Mejores amigos por elección.
Por eso las dificultades en la imagen cuando él no estaba, la plaqueta in-
terfería a propósito para poder tenerlo cerca y así funcionar con su amigo
amuleto. De alguna manera reivindicaba su valor en ese espacio.
Al escuchar todo lo que la madre le dijo, se propuso ayudar a Juan. Al
otro día, él fue con su desayuno, tomó el control remoto y quiso poner su
programa favorito. No andaba, aparecieron las zonas pixeladas y colores
fluorescentes que desconocía, empezó a golpear la tele, no había caso,
la pantalla no se arreglaba. Probó hacer zapping a ver si podía ver otra
cosa. Se sorprendió al notar que andaban exclusivamente los canales que
explicaban matemáticas o hablaban de lengua e historia –sus materias
pendientes–. Al principio quiso convencer a la plaqueta con un poco de
lloriqueo, pero luego se dio cuenta de que sus intentos eran en vano y si-
guió mirando lo permitido con tal de estar ahí, donde sentía pertenencia.
Triunfó, la plaqueta ayudó a Juan a sortear las materias con el mero
hecho de programar los canales que podía ver. Cosa de locos. Pensar que
podrían haberla reemplazado sin dificultad, después de todo era una pie-
za muy pero muy sencilla de conseguir.
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Decisiones
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reposar en mis hombros. Imposible dar la presentación con un animal;
sentí el riesgo de perder ese trabajo, también toda la desdicha.
El abandono me saludó de nuevo y preguntó ¿quién quieres ser?,
¿una mujer que da vuelta la cara o la que alimenta a la vida?
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