Resumen Unidad 4
La interpretación de los sueños
Freud se propuso demostrar que los sueños son susceptibles de una interpretación.
Interpretar un sueño significa indicar su sentido, sustituirlo por algo que se inserte como
eslabón de pleno derecho. Según las teorías científicas, el sueño no es en absoluto un acto
anímico, sino un proceso somático que se anuncia mediante ciertos signos. Muy diferente
fue la opinión de los profanos en todos los tiempos. El mundo de los profanos se empeñó
entonces, desde siempre, en “interpretar” al sueño, y para ello recurrió a dos métodos
diferentes por su esencia. El primero toma en consideración todo el contenido onírico y
busca sustituirlo por otro contenido. La mayoría de los sueños artificiales creados por los
literatos se guían por una tal interpretación simbólica, pues reflejan el pensamiento
concebido por ellos bajo un disfraz en un todo acorde con los caracteres de nuestros
sueños, tal como la experiencia nos da a conocer. Dichos sueños deben ser analizados por
el método popular de interpretar sueños. Podría definírselo como el “método del
descifrado”, pues, trata al sueño como una suerte de escritura cifrada en que cada signo
ha de traducirse, merced a una clave fija, en otro de significado conocido.
El trabajo de interpretación no se dirige a la totalidad del sueño, sino a cada uno de sus
fragmentos, como si el sueño fuese un conglomerado cada uno de cuyos bloques
constitutivos reclamase una destinación particular. El método simbólico es de aplicación
restringida y no susceptible de exposición general. Estaríamos tentados de dar la razón a
filósofos y psiquiatras y descartar el problema de la interpretación de los sueños como
tarea imaginaria. Pero el sueño posee realmente un significado y es posible un
procedimiento científico para interpretar.
Si uno ha podido reconducir una de tales representaciones patológicas a los elementos a
partir de los cuales surgió en la vida psíquica del enfermo, enseguida se desintegra y este
se libera de ella. Un sueño puede insertarse en el encadenamiento psíquico que ha de
perseguirse retrocediendo en el recuerdo a partir de una idea patológica. Ello hizo que
Freud tratara al sueño como un síntoma y le aplicara el método de interpretación
elaborado para los síntomas. Al paciente debe ordenársele expresamente que renuncie a
la crítica de las formaciones de pensamientos percibidas. Entonces se le dice que el éxito
del psicoanálisis depende de que tome note de todo cuanto le pase. La complexión
psíquica del hombre que reflexiona difiere por completo de la del que hace observación
de sí mismo. El que reflexiona ejercita además una crítica a consecuencia de la cual
desestima una parte de las ocurrencias que le vienen. En el adormecimiento emergen las
“representaciones involuntarias” por la relajación de una cierta acción deliberada que
hacemos influir sobre el curso de nuestras representaciones. Los pensamientos
involuntarios suelen desatar la resistencia más violenta, que pretende impedir su
emergencia. Para un análisis el sueño debe analizarse en fragmentos.
Freud afirma que su procedimiento no es tan cómodo como el del método popular del
descifrado, que traduce el contenido dado del sueño de acuerdo con una clave
establecida. Por eso sus propios sueños se recomiendan como un material rico y cómodo,
procedente de una persona más o menos normal y referida a múltiples ocasiones de la
vida cotidiana (a diferencia del método popular del descifrado que usaba los sueños de los
neuróticos).
Analizar una amiga, familiar o persona conocida puede convertirse para el médico y tanto
más para el psicoterapeuta en fuente de múltiples confusiones. El interés personal pasa a
ser mayor, y menos su autoridad.
Sueño del 23/24 de julio de 1895 (Sueño de Irma)
"Un gran vestíbulo -muchos invitados, a quienes nosotros recibimos. Entre ellos Irma a
quien enseguida llevo aparte como para responder a su carta, y para reprocharle que
todavía no acepte la «solución». Le digo: «Si todavía tienes dolores, es realmente por tu
exclusiva culpa». -Ella responde: «Si supieses los dolores que tengo ahora en el cuello, el
estómago y el vientre; me siento oprimida». -Yo me aterro y la miro. Ella se ve pálida y
abotagada; pienso que después de todo he descuidado sin duda algo orgánico. La llevo
hasta la ventana y reviso el interior de su garganta. Se muestra un poco renuente, como
las mujeres que llevan dentadura postiza. Pienso entre mí que en modo alguno tiene
necesidad de ello. -Después la boca se abre bien, y hallo a la derecha una gran mancha
blanca, y en otras partes veo extrañas formaciones rugosas, que manifiestamente están
modeladas como los cornetes nasales, extensas escaras blanco- grisáceas. -Aprisa llamo al
doctor M., quien repite el examen y lo confirma... El doctor M. se ve enteramente distinto
que de ordinario; está muy pálido, cojea, está sin barba en el mentón... Ahora también
está de pie junto a ella mi amigo Otto, y mi amigo Leopold la percute a través del corsé y
dice: «Tiene una matidez abajo a la izquierda», y también señala una parte de la piel
infiltrada en el hombro izquierdo (lo que yo siento como él, a pesar del vestido)... M. dice:
«No hay duda, es una infección, pero no es nada; sobrevendrá todavía una disentería y se
eliminará el veneno»... Inmediatamente nosotros sabemos de dónde viene la infección. No
hace mucho mi amigo Otto, en una ocasión en que ella se sentía mal, le dio una inyección
con un preparado de propilo, propileno... ácido propiónico... trimetilamina (cuya fórmula
veo ante mí escrita con caracteres gruesos)... No se dan esas inyecciones tan a la ligera...
Es probable también que la jeringa no estuviera limpia" (Freud, 1900, pp. 128-9)
Análisis
Dice Freud que su sueño anticipa la llegada de Irma, una amiga que asistiría al cumpleaños
de su mujer como invitada. Él le reprocha a Irma que no haya aceptado la solución; y le
dice que si todavía padece dolores es por culpa de ella misma (exculpándose el mismo).
“En la frase que dirijo a Irma en el sueño, observo que sobre todo no quiero ser culpado
de los dolores que ella todavía tiene. Si son culpa exclusiva de Irma no pueden ser
entonces mía. Ella se ve pálida y abotagada. Mi paciente tenía siempre la tez rosada.
Sospecho que aquí la he remplazado por otra persona. Me aterra la idea de que en efecto
he descuidado algo orgánico. Pero si los dolores de Irma tienen base orgánica, tampoco yo
estoy obligado a curarlos. Es que mi cura sólo elimina dolores histéricos. El modo en que
Irma estaba de pie junto a la ventana me hizo recordar de pronto otra vivencia. Ella tenía
una amiga que yo apreciaba mucho; una tarde que fui a su casa de visita la encontré junto
a la ventana (igual que Irma en el sueño) y su médico, ese mismo doctor M, declaró que
tenía una placa difteroide. De su estado yo solo sé que sufre ahogos histéricos como la de
Irma de mi sueño. Por eso en el sueño he sustituido a mi paciente por su amiga. He
comparado a mi amiga Irma con otras dos personas que se mostraron renuentes al
tratamiento. ¿Qué sentido puede tener que yo, en el sueño, la haya permutado por su
amiga? Tal vez que me gustaría permutarla, o bien la otra despierta en mi simpatías mas
fuertes. Es que considero a Irma poco inteligente, porque no acepta mi solución. Lo que vi
en la garganta de Irma, manchas blancas y cornetes con escaras, es una preocupación por
mi propia salud. Por entonces me administraba con frecuencia cocaína para reducir unas
penosas inflamaciones nasales. El doctor M. esta pálido, sin barba en el mentón y cojea;
esos dos caracteres tienen que pertenecer a otra persona, y se me ocurre mi hermano
mayor, que vive en el extranjero. De él me llego noticias días pasados de que renqueaba a
causa de una artritis. Ambos habían rechazado cierta propuesta que yo les había hecho
recientemente. Un fragmento del sueño contiene un dardo contra los colegas ignorantes
de la histeria. En el sueño me he vengado de dos personas, de Irma con echándole la culpa
a ella y exculpándome a mí mismo y al Doctor M. con las palabras de absurda consolación
que puse en su boca. Les inyecciones me recuerdan a mi amigo Otto que se envenenó con
cocaína, yo le había recomendado ese recurso. La sustancia “Trimetilamina” me lleva a la
sexualidad, ese factor que atribuyo la máxima importante para la génesis de las afecciones
nerviosas que pretendo curar” Aquí culmina la interpretación.
El sueño cumple algunos deseos que me fueron instalados por los acontecimientos de la
tarde anterior. El resultado del sueño, es que en efecto yo no soy el culpable de que
persistan los padecimientos de Irma, sino Otto. El sueño me libra de responsabilidad.
Muchos detalles del sueño se vuelven comprensibles desde el punto de vista del
cumplimiento de deseo. Se podría hallar que el sueño tiene en realidad un sentido y en
modo alguno es la expresión de una actividad cerebral fragmentada. Después de una
interpretación completa se da a conocer como un cumplimiento de deseo.
La desfiguración onírica
Que hay sueños que han de comprenderse como cumplimiento de deseos no es nuevo,
sino algo en que los autores repararon hace mucho. Con harta frecuencia se presentan
sueños en los que se puede reconocerse el contenido más penoso, pero ninguna huella
del cumplimiento de un deseo cualquiera. Los sueños de angustia parecen imposibilitar la
generalización del enunciado en el que el sueño es un cumplimiento de deseo, y aún le
pondrían el marbete de absurdo. Al contenido manifiesto del sueño le contraponemos el
contenido latente. Es verdad que existen sueños cuyo contenido manifiesto es de índole
más penosa, pero deberíamos interpretar esos sueños para descubrir el pensamiento
latente. Muchas veces opinar que un sueño es un disparate no significa más que una
resistencia interior contra la interpretación del sueño. No hay que dejar disuadirse.
Donde el cumplimiento de deseo es irreconocible y está disfrazado, debió de existir una
tendencia a la defensa contra ese deseo, ya consecuencia de ella el deseo no pudo
expresarse de otro modo que desfigurado. Freud quiere buscar en la vida social el
equivalente a esto que ocurre en la vida psíquica interior. ¿Dónde encontramos en la vida
social una desfiguración semejante de un acto psíquico? Sólo allí donde se trata de dos
personas, de las que una posee cierto poder. Esta segunda persona desfigura entonces sus
actos psíquicos(los disimula).
Podemos suponer que los causantes de la plasmación onírica son dos poderes psíquicos
que hay en cada individuo, de los que uno forma el deseo expresado mediante el sueño,
mientras que el otro ejerce una censura sobre este deseo onírico y por ende lo obliga a
desfigurar su exteriorización. Desde el primer sistema no podría llegar a la conciencia nada
que antes no hubiera pasado por la segunda instancia. El devenir conciente es para
nosotros un acto psíquico particular. Los sueños penosos contienen de hecho algo que es
penoso para la segunda instancia, pero que al mismo tiempo cumple un deseo de la
primera. Todo sueño es iniciado por la primera instancia, pues la segunda tiene hacia él un
comportamiento sólo defensivo, no creador. El sueño tiene realmente un sentido secreto
que resulta ser un cumplimiento de deseo. En la histeria, la identificación es usada con la
máxima frecuencia para expresar una comunidad sexual.
A los sueños que tienen por contenido la denegación de un deseo o el cumplimiento de
algo por cierto indeseado, los reúno bajo el título de “sueños de deseo contrario”, echo de
ver que se los puede reconducir en general a dos principios. Una de las fuerzas impulsoras
de esos sueños es el deseo de que yo me equivoque. Estos sueños sobrevienen por regla
general en el curso de mis tratamientos cuando el paciente se encuentra en estado de
resistencia contra mí. El otro motivo de los sueños de deseo contrario está tan a la mano
que fácilmente se corre el peligro de no verlo. En la constitución sexual de un gran
número de hombres existe un componente masoquista que ha nacido del trastorno hacia
lo contrario del componente agresivo y sádico. Denominamos a tales hombres
masoquistas “ideales” cuando no buscan el placer en el dolor corporal que se infligen sino
en la humillación y la mortificación psíquica.
Un sentimiento de displacer que se reitera en el sueño no excluye la existencia de un
deseo; en todo ser humano hay deseos que no querría comunicar a otros, y deseos que no
quiere confesarse a sí mismo. Por otra parte, la desfiguración onírica aparece
efectivamente como un acto de la censura. En un breve ensayo “sobre la “neurosis de
angustia”, Freud afirmó en su momento que la angustia neurótica brota de la vida sexual y
corresponde a una libido desviada de su destinación y que no llegó a emplearse. Los
sueños de angustia son sueños de contenido sexual en los que la libido que les
corresponde se ha mudado en angustia.
El trabajo del sueño
Entre el contenido onírico y los resultados de nuestro estudio se incluye un nuevo material
psíquico: el contenido latente o pensamientos del sueño. Desde ellos, y no desde el
contenido manifiesto, desarrollamos la solución del sueño.
El trabajo de condensación
El sueño es escueto, pobre, lacónico, si se lo compara con la extensión y la riqueza de los
pensamientos oníricos. Estrictamente hablando, la cuota de condensación es
indeterminable. La desproporción entre contenido y pensamientos oníricos lleva a inferir
que en la formación del sueño se efectuó una amplia condensación del material psíquico.
El sueño que recordamos al despertar no sería entonces sino un resto del trabajo onírico
total, que sin duda coincidiría con la extensión de los pensamientos oníricos si pudiéramos
recordarlo completo. Es evidentemente cierto que algunas conexiones de pensamiento se
engendran sólo durante el análisis, pero es posible en cada caso convencerse de que tales
conexiones nuevas se establecen únicamente entre pensamientos que ya estaban ligados
de otro modo en los pensamientos oníricos. En todo caso, el hecho de que la formación
del sueño se basa en una condensación se mantiene inconmovible, pero ¿cómo se
produce esa condensación? Si se considera que, de los pensamientos oníricos hallados,
sólo los menos están subrogados en el sueño por uno de sus elementos de
representación, se debe inferir que la condensación adviene por vía de la omisión, pues el
sueño no sería una traducción fiel ni una proyección punto por punto de aquellos
pensamientos, sino un reflejo en extremo incompleto y lagunoso.
No sólo los elementos del sueño están determinados de manera múltiple por los
pensamientos oníricos, sino que los pensamientos oníricos singulares están también
subrogados en el sueño por varios elementos. La formación del sueño no se cumple
entonces como si cada pensamiento onírico singular o cada grupo de ellos brindara una
abreviación para el contenido del sueño, y después el pensamiento que sigue ofreciera
otra abreviación en calidad de subrogación. Los elementos oníricos se configuran desde la
masa total de pensamientos oníricos y cada uno de ellos aparece determinado de manera
múltiple por referencia a los pensamientos oníricos.
Que lo figurado en el sueño son fantasías y no recuerdos de sucesos reales, eso no lo
muestra por sí la interpretación del sueño; esta solo nos brinda un contenido de
pensamiento y deja a nuestro cuidado establecer su valor de realidad. La creación de
personas de acumulación y de personas mixtas es uno de los principales recursos con que
trabaja la condensación onírica. El estudio del sueño de la inyección ya nos permite
obtener cierto panorama sobre los procesos de la condensación durante la formación de
los sueños. El trabajo de condensación del sueño se muestra con la máxima evidencia
cuando ha escogido como objetos palabras y nombres. Las palabras son manejadas por el
sueño con la misma frecuencia que las cosas.
Las deformaciones léxicas del sueño se asemejan mucho a las que conocemos en la
paranoia, pero que tampoco faltan en la histeria y en las ideas obsesivas. Tanto para el
sueño como para las psiconeurosis la fuente común son los artificios verbales de los niños,
que en ciertos períodos tratan de hecho a las palabras como si fuesen objetos e inventan
lenguajes nuevos y formaciones sintácticas artificiales. El análisis de las formaciones
léxicas carentes de sentido que aparecen en los sueños es particularmente apto para
mostrar la operación condensadora del trabajo onírico.
El trabajo de desplazamiento (descentramiento)
Pudimos observar que los elementos que en el contenido manifiesto del sueño se
imponen como los ingredientes esenciales, en modo alguno desempeñan el mismo papel
en los pensamientos oníricos. Como correlato puede formularse también la proposición
inversa. Lo que en los pensamientos oníricos constituye evidentemente el contenido
esencial ni siquiera necesita estar presente en el sueño. El sueño está por así decir
diversamente centrado y su contenido se ordena en torno de un centro constituido por
otros elementos que los pensamientos oníricos. En la formación del sueño estos
elementos esenciales, sobre los que recae un interés intenso, pueden ser tratados como si
tuviesen valor ínfimo, y en su lugar aparecen en el sueño otros elementos que con
seguridad eran de valor íntimo en los pensamientos oníricos. En el trabajo onírico se
exterioriza un poder psíquico que por una parte despoja de su intensidad a los elementos
de alto valor psíquico, y por la otra procura a los de valor ínfimo nuevas valencias por la
vía de la sobredeterminación, haciendo que estos alcancen el contenido onírico. Si esto se
concede, en la formación de los sueños ocurre entonces una transferencia y un
desplazamiento de las intensidades psíquicas de los elementos singulares, de lo cual
deriva la diferencia de texto entre contenido y pensamientos oníricos. El proceso que con
esto suponemos es lisa y llanamente la pieza esencial del trabajo onírico: merece el
nombre de desplazamiento onírico. El desplazamiento y la condensación oníricos son los
dos maestros artesanos a cuya actividad podemos atribuir principalmente la configuración
de sueño. Ahora bien, la desfiguración onírica nos es ya conocida; la reconducimos a la
censura que una instancia psíquica ejerce sobre la otra en la vida pensante. El
desplazamiento onírico es uno de los medios principales para alcanzar esta desfiguración.
Este desplazamiento se produce por la influencia de esa censura, la de a defensa
endopsíquica. Provisionalmente podemos indicar, como una segunda condición que
deben satisfacer los elementos que llegan al sueño, que tienen que haberse sustraído de
la censura de la resistencia.
Sobre la psicología de los procesos oníricos
Después de que hemos reconocido al sueño como un producto provisto de sentido que
puede insertarse en la trama del acontecer psíquico, nos maravillará naturalmente que en
tales circunstancias sobreviniese un sueño, cuando lo indicado era el más brusco
despertar. Por ahora no existe ningún conocimiento psicológico al que pudiéramos
subordinar lo que cabe discernir en calidad de principio explicativo a partir del examen
psicológico de los sueños. No puede obtenerse, o al menos no puede fundamentarse, una
inferencia acerca de la construcción y del modo de trabajo del instrumento anímico por
medio de la indagación del sueño o de cualquier otra operación tomada aisladamente.
El olvido de los sueños
No tenemos certeza alguna de conocer al sueño tal y como en realidad lo es. Lo que
recordamos del sueño está en primer lugar, mutilado por la infidelidad de nuestra
memoria, que parece sumamente incapaz de conservar al sueño y quizás ha perdido
justamente el fragmento más significativo de su contenido. En segundo lugar, todo nos
dice que nuestro recuerdo del sueño no es sólo lagunoso, sino que lo refleja de manera
infiel y falseada. Puede dudarse de que un sueño haya sido tan coherente como lo
contamos y de que en el intento de reproducirlo no hayamos llenado con material nuevo,
escogido al acaso (lagunas inexistentes o creadas por el olvido).
Es cierto también que desfiguramos el sueño en el intento de reproducirlo, tal
desfiguración no es, a su vez, sino un fragmento de la elaboración a que son sometidos
regularmente los pensamientos oníricos a consecuencia de la censura del sueño. Cuando
Freud analizaba un sueño que le parecía difícil, le pedía al paciente que lo repita. Es raro
que se haga con idénticas palabras. Los lugares donde se modificó la expresión, dan a
conocer los puntos débiles del disfraz del sueño. Por ahí, afirmaba Freud, se podría
empezar con la interpretación de sueño.
Mucha razón llevan los autores cuando conceden tanto el espacio a la duda que suscita en
nuestro juicio el relato del sueño. Esta duda carece de una justificación intelectual. La
duda sobre el reflejo correcto del sueño o de datos singulares de él no es, de nuevo, sino
un retoño de la censura onírica, de la resistencia a la irrupción de los pensamientos
oníricos en la conciencia. La desfiguración sólo fue posible por sustracción de valor; por
regla general se exterioriza en esta operación y a veces se contenta con ella. En un análisis
de un sueño Freud exige que se abandone toda la escala de apreciaciones de la
certidumbre, y a la más leve posibilidad de que algo haya ocurrido en el sueño de tal o
cual suerte se la trata como una certeza plena. El psicoanálisis es desconfiado y con razón.
Una de las reglas dice: todo lo que perturba la prosecución del trabajo analítico es una
resistencia. También el olvido de los sueños sigue careciendo de explicación mientras no
se recurra al poder de la censura psíquica.
Es indudable que el sueño se va olvidando cada vez más después de despertar, pero asi
como por lo general se sobrestima el alcance de este olvido, se sobrestiman también los
perjuicios que trae para el conocimiento del sueño su carácter lagunoso. Todo lo que el
olvido carcomió en el contenido del sueño a menudo puede ser rescatado por el análisis.
Existe una parte del sueño que es arrancada por el olvido y en todos los casos es la más
importante; lleva por el camino más corto a la solución del sueño y por eso fue la más
sometida a la resistencia. El olvido de los sueños depende mucho más de la resistencia
que de la ajenidad entre el estado de la vigilia y el del dormir. La interpretación de un
sueño no siempre se consuma de un golpe, casi siempre otro fragmento del contenido del
sueño atrae la atención y se encuentra el acceso a un nuevo estrato de los pensamientos
oníricos. Podemos llamar a esto: interpretación fraccionada del sueño.
La tesis de H.Silberer fue la primera en sostener que en todo sueño se reclaman dos
interpretaciones diferentes. Una de estas interpretaciones es la psicoanalítica, que
atribuye el sueño un sentido cualquiera, la mayoría de las veces infantil-sexual; y la otra
más importante es la anagógica, que enseña los pensamientos más serios, a menudo
profundos, que el trabajo del sueño tomó como material.
La interpretación abstracta de un sueño así nacido es dada directamente por el soñante; la
interpretación correcta del material deslizado debajo tiene que buscarse con los medios
técnicos que nos son conocidos. Si se nos pregunta si de todo sueño puede obtenerse
interpretación, hemos de respondes por la negativa.
Una serie de sueños que se arrastra por semanas o meses suele brotar de un terreno
común y debe entonces someterse a la interpretación como una urdimbre. Aún en los
sueños mejor interpretados es preciso a menudo dejar un lugar en sombras, porque en la
interpretación se observa que de ahí arranca una madeja de pensamientos oníricos que
no se dejan desenredar. Ese es el ombligo del sueño, el lugar en que él se asiente en lo no
conocido. La psicología descriptiva nos enseña que la condición principal para que se
forme el sueño es que el alma se encuentre en el estado del dormir, ese estado posibilita
la formación del sueño por cuanto rebaja la censura endopsíquica.
Se dice que el procedimiento de la interpretación de los sueños es idéntico al que se sigue
en la resolución de los síntomas histéricos. Presión de la censura: no cancelación de las
representaciones-meta: he aquí el verdadero fundamento de predominio de las
asociaciones superficiales. Se pueden distinguir dos casos: en el primero, la censura se
dirige solo a la trabazón de dos pensamientos, cada uno de los cuales, por separado, no
suscita su veto. En el segundo caso, los dos pensamientos atraen por sí mismos a la
censura a causa de su contenido; entonces ninguno de los dos aparece en su forma
correcta, sino en una modificada, sustitutiva, y los dos pensamientos sustitutivos se
escogen de tal suerte que reflejan, la conexión esencial en que están aquellos a los que
sustituyen. Bajo la presión de la censura se ha producido aquí, en los dos casos, un
desplazamiento (descentramiento) desde una asociación normal y seria a otra superficial y
que parece absurda.
No todas las ocurrencias del trabajo de interpretación precisan ser atribuidas al trabajo
nocturno del sueño.
La regresión
El sueño es un acto psíquico de pleno derecho; su fuerza impulsora es, en todos los casos,
un deseo por cumplir; el que sea irreconocible como deseo, así como sus múltiples
extravagancias y absurdos, se deben a la influencia de la censura psíquica que debió
soportar en su formación; además del constreñimiento a sustraerse de esta censura. En el
sueño un pensamiento deseado es figurado como escena o según creemos, es vivenciado.
El presente es el tiempo en que el deseo se figura como cumplido. Peculiaridad exclusiva
del sueño, que lo diferencia del sueño diurno, es el segundo carácter, a saber, que el
contenido de representaciones no se piensa, sino que se muda en imágenes sensibles a las
que se da crédito y se cree vivenciar.
Imaginamos entonces el aparto psíquico como un instrumento compuesto a cuyos
elementos llamaremos instancias o, en beneficio de la claridad, sistemas. Estos sistemas
han de poseer quizás una orientación espacial constante, al modo en que los diversos
sistemas de lentes de un telescopio se siguen unos a otros. Pero en rigor, no necesitamos
suponer un ordenamiento realmente espacial sino una secuencia fija entre ellos. Lo
primero que nos salta a la vista es que este aparato (compuesto por sistemas), tiene una
dirección. Toda nuestra actividad psíquica parte de estímulos (internos o externos) y
termina en inervaciones. Por eso asignamos al aparato un extremo sensorial y un extremo
motor; en el extremo sensorial se encuentra un sistema que recibe las percepciones, y en
el extremo motor, otro que abre las esclusas de la motilidad. El esquema más general del
aparto psíquico tendría entonces el siguiente aspecto:
El aparato psíquico ha de estar construido
como un aparato de reflejos. El proceso de reflejo sigue siendo el modelo de toda
operación psíquica. De las percepciones que llegan a nosotros, en nuestro aparato
psíquico queda una huella que podemos llamar “huella mnémica”. Y la función atinente a
esa huella mnémica la llamamos “memoria”. Si tomamos en serio el designio de anudar
los procesos psíquicos a sistemas, la huella mnémica sólo puede consistir en alteraciones
permanentes sobrevenidas en los elementos de los sistemas.
Suponemos que un sistema del aparato, el delantero, recibe los estímulos perceptivos,
pero nada conserva de ellos y por lo tanto carece de memoria, y que tras él hay un
segundo sistema que traspone la excitación momentánea del primero a huellas
permanentes.
Es bien sabido que de las percepciones que tienen efecto sobre el sistema P conservamos
como duradero algo más que su contenido. Nuestras percepciones se revelan también
enlazadas entre sí en la memoria, sobre todo de acuerdo con el encuentro en la
simultaneidad que en su momento tuvieron. Llamamos asociación a este hecho. Ahora es
claro que si el sistema P no tiene memoria alguna, tampoco puede conservar las huellas
para la asociación; los elementos P singulares se verían intolerablemente impedidos en su
función si contra cada percepción nueva se hiciese valer un resto de enlace anterior. El
hecho de la asociación consiste entonces en lo siguiente: a consecuencia de reducciones
en la resistencia y de facilitaciones, desde uno de los elementos Mn la excitación se
propaga más bien hacia un segundo elemento Mn que hacia un tercero.
El primero de estos elementos Mn contendrá en todo caso la fijación de la asociación por
simultaneidad, y en los que están más alejados el mismo material mnémico se ordenará
según otras clases de encuentro, de tal suerte que estos sistemas más lejanos han de
figurar, por ejemplo, relaciones de semejanza u otras. El sistema P, que no tiene capacidad
ninguna para conservar alteraciones, y por tanto memoria ninguna, brinda a nuestra
conciencia toda la diversidad de las cualidades sensoriales. A la inversa, nuestros
recuerdos, sin excluir los que se han impreso más hondo en nosotros, son en sí
inconcientes. Cuando los recuerdos se hacen de nuevo conciente, no muestran cualidad
sensorial alguna o muestran una muy ínfima en comparación con las percepciones.
Hemos visto que nos resultaba imposible explicar la formación del sueño si no osábamos
suponer la existencia de dos instancias psíquicas, una de las cuales sometía la actividad de
la otra a una crítica cuya consecuencia era la exclusión de su devenir-conciente. La
instancia criticadora, según inferimos, mantiene con la conciencia relaciones más
estrechas que la criticada. Se sitúa entre esta última y la conciencia como una pantalla. El
sistema criticador se situará en el extremo motor. Incluimos los dos sistemas en nuestro
esquema, y en los nombres que les damos expresamos su relación con la conciencia:
Al último de los sistemas situados en el extremo motor lo llamamos preconsciente para
indicar que los procesos de excitación habidos en él pueden alcanzar sin más demora la
conciencia, siempre que se satisfagan ciertas condiciones. Es al mismo tiempo el sistema
que posee las llaves de la motilidad voluntaria. Al sistema que está detrás lo llamamos
inconciente porque no tiene acceso alguno a la conciencia si no es por vía del
preconsciente. Ahora bien, ¿en cuál de estos sistemas situamos el envión para la
formación del sueño? Para simplificar, lo hacemos en el sistema Icc, y por esto adoptamos
el supuesto de que el sistema inconciente es el punto de partida para la formación del
sueño. La experiencia nos enseña que durante el día la censura de la resistencia les ataja a
los pensamientos oníricos este camino que lleva a la conciencia pasando por el
preconsciente. En la noche se abren el acceso a la conciencia, pero debemos averiguar por
qué camino y merced a qué alteración.
En un sueño alucinatorio ocurre lo siguiente: La excitación toma un camino de reflujo. En
lugar de propagarse hacia el extremo motor del aparato, lo hace hacia el extremo
sensorial, y por último alcanza el sistema de las percepciones. Si a la dirección según la
cual el proceso psíquico se continúa en la vigilia desde el inconciente la llamamos
progrediente, estamos autorizados a decir que el sueño tiene carácter regrediente. Esta
regresión es entonces, con seguridad, una de las peculiaridades psicológicas del proceso
onírico.
Así llamamos regresión al hecho de que en el sueño la representación vuelve a mudarse
en la imagen sensorial de la que alguna vez partió. De acuerdo con Freud, algunas
relaciones entre pensamientos no están contenidas en los primeros sistemas Mn, sino en
otros, situados muchos más adelante, y por eso en la regresión tienen que quedas
despojado de todo medio de expresarse, excepto el de las imágenes perceptivas. La
ensambladura de los pensamientos oníricos es resuelta, por la regresión, en su material
en bruto.
Durante el día hay una corriente continua desde el sistema de las P hasta la motilidad; ella
cesa durante la noche y ya no podría oponer impedimento alguno a una contracorriente
de la excitación. El sueño puede describirse también como el sustituto de la escena
infantil, alterado por trasferencia a lo reciente. La escena infantil no puede imponer su
renovación; debe conformarse con regresar como sueño. En los sueños, quizá contribuye
a hacer más fácil la regresión el cese de la corriente progrediente que durante el día parte
de los órganos sensoriales, factor auxiliar este que en las otras formas de regresión tiene
que ser compensado por el fortalecimiento de los otros motivos para ella.
Distinguimos entonces tres modos de regresión: a) una regresión tópica, en el sentido del
esquema aquí desarrollado de los síntomas psicológicos. b) una regresión temporal, en la
medida en que se trata de una retrogresión a formaciones psíquicas más antiguas, y c) una
regresión formal, cuando modos de expresión y de figuración primitivos sustituyen a los
habituales. El soñar en su conjunto es una regresión a la condición más temprana del
soñante, una reanimación de su infancia, de las mociones pulsionales que lo gobernaron
entonces y de los modos de expresión de que disponía.
Acerca del cumplimiento de deseo
Según Aristóteles el sueño es el pensar que se continúa en el estado del dormir. Hallamos
sueños que se presentaban de manera franca como cumplimientos de deseo, y otros en
que este era irreconocible y a menudo ocultado por todos los medios. A los sueños de
deseo no desfigurados los encontramos sobre todo en los niños; y breves sueños de deseo
francos parecen ocurrir también en adultos. Hallo tres posibilidades para la génesis de un
deseo: 1) Puede haberse excitado durante el día sin obtener satisfacción a causa de
condiciones exteriores. 2) Puede haber emergido de día, pero topándose con una
desestimación; queda pendiente, pues, un deseo no tramitado pero que fue sofocado. 3)
Puede carecer de relación con la vida diurna y contarse entre aquellos deseos que sólo de
noche se ponen en movimiento en nosotros desde lo sofocado.
A primera vista, todos los deseos parecen tener el mismo valor y el mismo poder para la
formación del sueño. Freud creía que en el adulto el deseo que quedó pendiente de
cumplimiento durante el día no basta para crear un sueño. El sueño no se engendraría si el
deseo preconsciente no supiese ganarse un refuerzo de otra parte. ¿De dónde? Del
inconciente. Me imagino las cosas así: el deseo conciente sólo deviene excitador de un
sueño si logra despertar otro deseo paralelo, inconciente, mediante el cual se refuerza. El
deseo que se figura en el sueño tiene que ser un deseo infantil. Por tanto, en el adulto
proviene del Icc; en el niño, en quien la separación y la censura entre Prcc e Icc todavía no
existen o sólo están constituyéndose poco a poco, es un deseo incumplido, no reprimido,
de la vida de la vigilia. Si debemos trazar una clasificación de estas mociones de
pensamiento que se continúan mientras dormimos, podemos consignar los siguientes
grupos: 1) lo que durante el día, a causa de una coartación contingente, no se llevó hasta
el final. 2) lo que por desfallecimiento de nuestra capacidad de pensar quedó sin tramitar,
lo no solucionado. 3) lo rechazado y sofocado durante el día. 4) lo que por el trabajo de lo
preconsciente fue alterado durante el día en nuestro Icc. 5) las impresiones del día que
nos resultaron indiferentes y por eso quedaron sin tramitar.
El pensamiento diurno, que en sí no era un deseo, sino al contrario una preocupación,
tuvo que procurarse por algún camino el anudamiento con un deseo infantil sofocado y
ahora inconciente, que le permitió después, aunque convenientemente modificado,
“nacer” para la conciencia. La diversidad de los resultados posibles puede articularse del
siguiente modo: A) el trabajo del sueño consigue sustituir todas las representaciones
penosas por sus contrarias y sofocar los afectos displacentero correspondientes. Esto da
por resultado un sueño de satisfacción puro. B) Las representaciones penosas,
modificadas en mayor o menor medida alcanzan el contenido manifiesto del sueño. Estos
sueños de contenido penoso pueden sentirse como indiferentes. Se demuestra también
que estos sueños de displacer son cumplimientos de deseo. Pero mientras que en el caso
a el deseo inconciente coincidía con el deseo conciente, en el caso b se hace patente la
divergencia entre lo inconciente y lo conciente – lo reprimido y el yo. No es difícil
entonces reconocer que los sueños de displacer y los de angustia son cumplimientos de
deseo, en el sentido de nuestra teoría. Los sueños de displacer pueden ser también
“sueños punitorios”. Lo que con ellos se cumple es igualmente un deseo inconciente. En
los casos del grupo b, el deseo inconciente, formador del sueño, pertenecía a lo reprimido;
en los sueños punitorios también se trata de un deseo inconciente, pero no debe
imputárselo a lo reprimido, sino al “yo”. El mecanismo de la formación del sueño se vuelve
en general más trasparente si la oposición entre “conciente” e “inconciente” es
remplazada por la oposición entre “yo” y “reprimido”. El carácter esencial de los sueños
punitorios reside, por tanto, en que en ellos el formador del sueño no es el deseo
inconciente que procede de lo reprimido (el sistema Icc), sino el deseo punitorio que
reacciona contra aquel; este último pertenece al yo, aunque es también inconciente (es
decir, preconsciente). Al comienzo de un sueño se observa el enérgico esfuerzo para
sustituir los pensamientos penosos por su contrario.
Freud concede que existe toda una clase de sueños cuya incitación proviene de manera
predominante y hasta exclusiva, de los restos de la vida diurna. Existen sueños sostenidos
por más de un deseo onírico, y todas las otras variaciones semejantes que se disciernen
con facilidad y ya no tienen ningún interés para nosotros. Freud dice que no se pudo
discernir aquello que hace necesario este agregado a la mezcla constitutiva del sueño.
Dice que lo lograremos si, reteniendo el papel del deseo inconciente, acudimos a la
psicología de las neurosis en busca de esclarecimiento. Esta nos enseña que la
representación inconciente como tal es del todo incapaz de ingresar en el preconciente, y
que solo puede exteriorizar ahí un efecto si entra en conexión con una representación
inofensiva que ya pertenezca al preconciente, transfiriéndole su intensidad y dejándose
encubrir por ella. Este es el hecho de la trasferencia.
Todavía una observación sobre los restos diurnos. No hay duda de que los verdaderos
perturbadores del dormir son ellos, y no el sueño, que más bien se esfuerza por
protegerlo. La reaparición de la percepción es el cumplimiento de deseo, y el camino más
corto para este es el que lleva desde la excitación producida por la necesidad hasta la
investidura plena de la percepción. El pensar no es sino el sustituto del deseo alucinatorio,
y en el acto se vuelve evidente que el sueño es un cumplimiento de deseo, puesto que
solamente un deseo puede impulsar a trabajar a nuestro aparato anímico. En la censura
entre Icc y Prcc, que precisamente el sueño nos obligó a suponer, hemos reconocido y
honrado entonces al guardián de nuestra salud mental. El estado del dormir garantiza la
seguridad de la fortaleza en custodio. Menos inofensiva es la situación cuando el
desplazamiento de fuerzas no es producido por la relajación nocturna del gasto de fuerzas
de la censura crítica, sino por un debilitamiento patológico de ésta o por un refuerzo
patológico de las excitaciones inconciente. Si existe un sistema del Icc, entonces el sueño
no puede ser su única exteriorización; todo sueño será un cumplimiento de deseo, pero
tiene que haber, además de los sueños, otras formas anormales de cumplimiento de
deseo.
El síntoma no es la mera expresión de un deseo inconciente realizado; tiene que agregarse
todavía un deseo del preconciente que se cumpla mediante el mismo síntoma. Al igual
que en el sueño, no hay barrera alguna para una mayor sobredeterminación. Freud decía
que en un síntoma histérico sólo se engendra donde dos cumplimientos de deseo
opuestos, provenientes cada uno de un diverso sistema psíquico, pueden coincidir en una
expresión. El sueño es autorizado a dar expresión a un deseo del Icc tras toda clase de
desfiguraciones; en tanto, el sistema dominante se retira al deseo de dormir. Hay
personas que por la noche comprueban con entera claridad su saber de qué duermen y
sueñan, y que parecen poseer, pues, una capacidad conciente para guiar la vida onírica.
El despertar por el sueño. La función del sueño. El sueño de angustia
En el curso del día, o al producirse el estado del dormir, el deseo inconciente se facilitó el
camino hacia los restos diurnos y ejecutó su trasferencia sobre ellos. Así se engendra un
deseo trasferido al material reciente, o el deseo reciente sofocado cobra nueva vida por el
refuerzo que le viene del inconciente. Ese deseo querría penetral la conciencia siguiendo
los caminos normales de los procesos de pensamiento, vale decir, a través del Prcc, al que
pertenece por uno de sus componentes. Pero choca con la censura que todavía subsiste y
a cuya influencia queda entonces sometido. Aquí adopta la desfiguración que ya se había
iniciado por la trasferencia a lo reciente. El primer tramo se extiende, en sentido
progrediente, desde las escenas o fantasías inconcientes hasta lo preconciente; el
segundo trame vuelve, desde el límite de la censura, hasta las percepciones.
La conciencia, que para nosotros tiene el significado de un órgano sensorial para la
aprehensión de cualidades psíquicas, es excitable en la vigilia desde dos lugares. Primero,
desde la periferia de todo el aparato, el sistema de la percepción; segundo, desde las
excitaciones de displacer y placer que resultan de las trasposiciones de energía ocurridas
en el interior del aparato. La conciencia, que antes era sólo un órgano sensorial para las
percepciones, pasa a ser también el órgano sensorial para una parte de nuestros procesos
de pensamiento. Ahora existen, por así decir, dos superficies sensoriales: una volcada al
percibir y la otra a los procesos de pensamiento preconciente. Dentro del pensar nada
debe ocurrir; el Prcc exige dormir. Ahora bien, una vez que el sueño devino percepción,
puede excitar a la conciencia por medio de las cualidades que adquirió. Debe concederse
que el sueño en todos los casos despierta, pone en actividad una parte de la fuerza en
reposo del Prcc. El sueño no puede reclamar para sí otro tiempo que el período de
transición entre el dormir y el despertar. Este requiere tiempo; en ese lapso ocurre el
sueño. Creemos que la última imagen del sueño fue tan fuerte que nos compelió a
despertar. En realidad fue tan fuerte que solamente porque ya estábamos próximos a
despertar. El primer tramo del trabajo del sueño empieza ya durante el día aún bajo el
imperio del preconciente. El segundo tramo, la alteración por la censura, la atracción
ejercida por las escenas inconcientes, el irrumpir en la percepción sin duda se recorre a lo
largo de toda la noche, y en consecuencia, quizás estemos siempre en lo cierto cuando
expresamos la sensación de que hemos soñado toda la noche, aunque no sabemos decir
con qué.
Por el trabajo del sueño, el proceso onírico puede ganar la intensidad suficiente para
atraer sobre sí a la conciencia y despertar al preconciente, sin que interesen para nada el
tiempo que dura el dormir ni su profundidad. La mayoría de los sueños parecen trabajar
con intensidades psíquicas comparativamente pequeñas, pues aguardan el despertar. Y
ello explica también que por regla general percibimos algo soñado cuando
repentinamente nos arrancan de un dormir profundo. Los deseos inconcientes han sido
siempre definidos como alertas. Y a pesar de ello, durante el día no son lo bastante
fuertes para hacerse sentir. Es una particularidad destacada de los procesos inconcientes
el permanecer indestructible. En el inconciente, a nada puede ponerse fin, nada es pasado
ni está olvidado. Para cado proceso de excitación inconciente hay, pues, dos salidas. O
bien queda librado a sí mismo y entonces termina irrumpiendo por alguna parte y se
procura para su excitación una descarga en la motilidad, o se somete a la influencia del
preconciente, y su excitación, en vez de descargarse, es ligada por este. Pues bien, esto
segundo es lo que ocurre en el proceso onírico.
El proceso onírico es permitido primero como cumplimiento de un deseo del inconciente:
pero si ese intentado cumplimiento de un deseo se agita en el preconciente con tanta
intensidad que este ya no puede mantener su reposo, el sueño ha roto el compromiso, ha
dejado de cumplir la otra parte de su cometido. Freud explica también el sueño de
angustia. Que un proceso psíquico que desarrolla angustia pueda ser a pesar de ello un
cumplimiento de deseo, ha mucho que no contiene ya contradicción alguna para
nosotros. Ya sabemos explicarnos así lo que sucede: El deseo pertenece a un sistema, el
Icc, mientras que el sistema del Prcc lo ha desestimado y sofocado. La existencia de unos
síntomas neuróticos nos muestra que los dos sistemas se encuentran en conflicto
recíproco; ellos son los dos productos de compromiso de ese conflicto, que le ponen
término provisionalmente. La sofocación de lo Icc se vuelve necesaria, sobre todo, porque
el decurso de las representaciones en el interior del Icc, librado a sí mismo, desarrollaría
un afecto que en su origen tuvo el carácter del placer, pero desde que se produjo el
proceso de la represión lleva el carácter del displacer. La sofocación tiene el fin, pero
también el resultado, de prevenir ese desarrollo de displacer. La sofocación se extiende al
contenido de representación de lo Icc porque desde ese contenido podría producirse el
desprendimiento del displacer. La doctrina del sueño de angustia pertenece a la psicología
de las neurosis.
El proceso primario y el proceso secundario. La represión
Que el sueño prosigue las incitaciones e intereses de la vida de vigilia se corroboró por el
descubrimiento de los pensamientos oníricos escondidos, y con total generalidad. El
proceso onírico, dijimos, por razones que dependen de la mecánica de la asociación se
apodera con mayor facilidad del material de representaciones freso o indiferente, todavía
no ocupado por la actividad de pensamiento de la vigilia, y por razones que dependen de
la censura trasfiere la intensidad psíquica de lo importante, pero también chocante, a lo
indiferente. Que el proceso onírico es rápido instantáneo nos parece correcto en cuanto a
la percepción por la conciencia del contenido onírico ya preformado, pero en cuanto a los
tramos previos del proceso onírico, hallamos probable un trayecto largo, sinuoso. Se cree
correcto que el sueño es desfigurado y mutilado por el recuerdo, pero no nos pareció un
obstáculo. En los pensamientos oníricos hallamos las pruebas de un rendimiento
intelectual en extremo complejo, que trabaja con casi todos los recursos del aparato
anímico; pero es indiscutible que estos pensamientos oníricos surgieron durante el día, y
es indispensable admitir que la vida del alma conoce un estado del dormir. Se dice que la
característica del estado del dormir no es la disgregación de las trabazones del alma, sino
el hecho de que el sistema psíquico que gobierna de día se acomoda al deseo de dormir.
No sólo admitimos el carácter laxo del enlace asociativo en el sueño, sino que atribuimos a
su imperio una extensión mucho mayor de la que pudiera haberse sospechado; pero
hallamos que no es más que el obligado sustituto de otro enlace, correcto y pleno de
sentido.
La fantasía no forma al sueño, sino que en la formación de los pensamientos oníricos la
actividad inconciente de la fantasía tiene la participación mayor. En modo alguno se
renuncia el vínculo del sueño con las perturbaciones del alma, sino que se lo funda con
mayor solidez en nuevo terreno. Tenemos averiguado que el sueño sustituye a una
cantidad de pensamientos que provienen de nuestra vida diurna y poseen una perfecta
ensambladura lógica. Por eso no podemos poner en duda que éstos se engendran en
nuestra vida mental normal. En los pensamientos oníricos reencontramos todas las
propiedades que tanto apreciamos en nuestras ilaciones de pensamiento, y que lo
caracterizan como unas operaciones complejas de un orden superior. Una ilación de
pensamiento iniciada en el preconciente puede extinguirse espontáneamente o
conservarse.
Dentro del preconciente se lleva a cabo un itinerario de pensamientos que, abandonado
por la investidura preconciente, ha encontrado investidura desde el deseo inconciente. A
partir de ahí el itinerario de pensamientos sufre una serie de trasmudaciones que ya no
reconocemos como procesos psíquicos normales y que arrojan un resultado que nos
extraña: una formación psicopatológica. Pongamos de relieve esos procesos y
sinteticémoselo. 1) Es el hecho de la comprensión o condensación que vimos operar en el
trabajo onírico. Ella es la principal responsable de la impresión de extrañeza que provoca
el sueño. En el proceso de la condensación todo nexo psíquico se traspone a la intensidad
del contenido de representación. El trabajo de condensación alcanza aquellas
intensidades que se requieren para irrumpir a través de los sistemas perceptivos. 2)
Mediante la libre transferibilidad de las intensidades y al servicio de la condensación se
forman también representaciones intermedias, compromisos por así decir. 3) Las
representaciones que se trasfieren sus intensidades unas a otras mantienen entre sí las
relaciones más laxas y se enlazan mediante variedades de la asociación que nuestro
pensamiento desprecia y cuyo aprovechamiento sólo se admite para producir el efecto del
chiste. 4) Pensamientos que se contradicen entre sí no tienden a cancelarse mutuamente,
sino que subsisten unos junto a los otros, y a menudo se componen en calidad de
productos de condensación como si no mediara contradicción alguna.
En la formación del sueño participan dos procesos psíquicos de naturaleza diferente; uno
crea pensamientos oníricos de perfecta corrección; el otro procede con estos de una
manera extraña en grado sumo, incorrecta. De la doctrina de la histeria tomamos este
enunciado: esa elaboración psíquica anormal de un itinerario normal de pensamientos
sólo ocurre cuando este último ha devenido la trasferencia de un deseo inconciente que
proviene de lo infantil y se encuentra en la represión. A la corriente de esa índole,
producida dentro del aparato, que arranca del displacer y apunta al placer, la llamamos
deseo; hemos dicho que sólo un deseo, y ninguna otra cosa, es capaz de poner en
movimiento al aparato, y que el decurso de la excitación dentro de este es regulado
automáticamente por las percepciones de placer y displacer. La actividad del primer
sistema psicológico está dirigida al libre desagote de las cantidades de excitación, y el
segundo sistema produce, por las investiduras que de él parten, una inhibición de este
desagote, su mudanza en investidura quiescente, mediando sin duda una elevación del
nivel. Una vez que el segundo sistema ha acabado su actividad tentativa de pensamiento,
cancela también la inhibición y la estasis de las excitaciones y permite que ellas se drenen
hacia la motilidad. El extrañamiento respecto del recuerdo, que no hace sino repetir el
primitivo intento de huida frente a la percepción es facilitado también por el hecho de que
el recuerdo, a diferencia de la percepción, no posee calidad suficiente para excitar a la
conciencia y atraer de ese modo sobre sí una investidura nueva.
A consecuencia del principio de displacer, entonces, el primer sistema psicológico es
incapaz de incluir algo desagradable, en el interior de la trama de pensamiento. El sistema
no puede hacer otra cosa que desear. Así, se abren dos caminos: o bien el trabajo del
segundo sistema se independiza por completo del principio de displacer y sigue su camino
sin hacer caso del displacer del recuerdo, o bien se las arregla para investir de tal suerte
ese recuerdo displacentero que se evite el desprendimiento de displacer. Al proceso
psíquico que conviene exclusivamente al primer sistema lo llamaré ahora proceso
primario y proceso secundario al que resulta de la inhibición impuesta por el segundo. El
proceso primario aspira a la descarga de la excitación a fin de producir, con la magnitud de
excitación así reunida, una identidad perceptiva; el proceso secundario ha abandonado
ese propósito y en su lugar adoptó este otro: el de apuntar a una identidad de
pensamiento.
El pensar tiene que interesarse entonces por las vías que conectan entre sí a las
representaciones, sin dejarse extraviar por las intensidades de estas. Pero es claro que las
condensaciones de representaciones, las formaciones intermedias y de compromiso, son
impedimentos para alcanzar una meta de identidad. El pensar tiene que tender, pues, a
emanciparse cada vez mas de su regulación exclusiva por el principio de displacer, y a
restringir el desarrollo del afecto por el trabajo de pensamiento a un mínimo que aún sea
utilizable como señal.
Freud dice: cuando llamé primario a uno de los procesos psíquicos que ocurren en el
aparato anímico, no lo hice sólo por referencia a su posición en un ordenamiento
jerárquico ni a su capacidad de operación, sino que al darle ese nombre me refería
también a lo cronológico. Un aparato psíquico que posea únicamente el proceso primario
no existe. Los procesos primarios estan dados en aquel desde el comienzo, mientras que
los secundarios, sólo se constituyen poco a poco en el curso de la vida, inhiben a los
primarios, se les superponen, y quizás únicamente en la plena madurez logran someterlos
a su total imperio. Entre las mociones de deseo indestructibles y no inhibibles que
provienen de lo infantil se encuentran también aquellas cuyo cumplimiento ha entrado en
una relación de contradicción con las representaciones-meta del proceso secundario. El
cumplimiento de tales deseos ya no provocaría un afecto placentero, sino uno de
displacer, y justamente esta mudanza del afecto constituye la esencia de lo que
designamos “represión”. Los recuerdos desde los cuales el deseo inconciente provoca el
desprendimiento del afecto nunca fueron accesibles al Prcc; por eso no fue posible inhibir
su desprendimiento de afecto. Se pone término al desarrollo de displacer sustrayendo su
investidura a los pensamientos de trasferencia situado en el Prcc, y este éxito caracteriza
la intervención del principio de displacer como acorde a fines.
Ya hemos descubierto empíricamente que los procesos incorrectos descritos sólo se
desarrollan con pensamientos que se encuentran bajo la represión. Tales procesos
incorrectos son los primarios en el aparato psíquico; sobrevienen dondequiera que
algunas representaciones son abandonadas por la investidura preconciente, son libradas a
sí mismas y pueden ser llenadas con la energía no inhibida del inconciente, que aspira a
drenarse. La teoría de las psiconeurosis asevera con certeza excluyente que no pueden ser
sino mociones de deseo sexuales procedentes de lo infantil las que experimentaron la
represión (la mudanza del afecto) en los períodos de desarrollo de la infancia, y que en
períodos posteriores del desarrollo son capaces de una renovación, ya sea a consecuencia
de la constitución sexual que se configura desde la bisexualidad originaria, ya sea a
consecuencia de influencias desfavorables sobre la vida sexual. El sueño no es un
fenómeno patológico; no tiene por premisa ninguna perturbación del equilibrio psíquico;
no deja como secuela debilitamiento alguno de la capacidad de rendimiento. Cuando
desde los fenómenos inferimos sus fuerzas pulsionantes, reconocemos que el mecanismo
psíquico de que se sirve la neurosis no es creado primero por una perturbación patológica
que atacara a la vida anímica, sino que ya se encuentra dispuesto dentro del edificio
normal del aparato anímico. El sueño nos prueba que lo sofocado persiste también en los
hombres normales y sigue siendo capaz de operaciones psíquicas. El sueño mismo es una
de las exteriorizaciones de eso sofocado; según la teoría lo es todos los casos. La
interpretación del sueño es la vía regia hacia el conocimiento de lo inconciente dentro de
la vida anímica.
Lo inconciente y la conciencia. La realidad
La cuestión del inconciente en la psicología es, según la autorizada palabra de Lipps,
menos una cuestión psicológica que la cuestión de la psicología. Mientras la psicología la
despache mediante la mera declaración verbal de que lo “psíquico” es precisamente lo
“conciente” y unos “procesos psíquicos inconcientes” serían un palpable contrasentido,
queda excluida una apreciación psicológica de las observaciones que un médico pudo
haber conseguido en estados psíquicos anormales. Todo lo conciente tiene una etapa
previa inconciente, mientras que lo inconciente puede persistir en esa etapa, y no
obstante, reclamar para sí el valor íntegro de una operación psíquica. Lo inconciente es lo
psíquico verdaderamente real, nos es tan desconocido en su naturaleza interna como lo
real del mundo exterior, y nos es dado por los datos de la conciencia de manera tan
incompleta como lo es el mundo exterior por las indicaciones de nuestros órganos
sensoriales. Lo nuevo que nos enseña el análisis de las formaciones psicopatológicas y ya
en su primer eslabón, el sueño, consiste en que lo inconciente ocurre como función de dos
sistemas separados y eso ya sucede dentro de la función de dos sistemas separados y eso
ya sucede dentro de la vida normal del alma. Lo inconciente existe por tanto de dos
modos, que no hallamos todavía separados por los psicólogos. Uno y otro son
inconcientes, en el sentido de la psicología, pero en nuestra concepción, uno, que
llamamos Icc, es también insusceptible de conciencia, mientras que el otro, Prcc, recibió
de nosotros ese nombre porque sus excitaciones pueden alcanzar la conciencia. El sistema
Prcc se sitúa como una pantalla entre el sistema Icc y la conciencia. El sistema Prcc no sólo
bloquea el acceso a la conciencia, sino que preside el acceso a la motilidad voluntaria y
dispone acerca del envío de una energía de investidura móvil, una parte de la cual nos es
familiar como atención. Si por una parte un pensamiento del que hay que defenderse no
deviene conciente porque fue sometido a la represión, en otros casos puede ser reprimido
sólo por el hecho de que en virtud de otras razones fue sustraído de la percepción-
conciencia. La multiplicidad de los problemas que suscita la conciencia no puede
abarcarse sino descomponiendo los procesos de pensamiento de la histeria. Se tiene
entonces la impresión de que también el paso del preconciente a la investidura conciente
se conecta con una censura parecida a la situada entre Icc y Prcc.