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Primavera con una esquina rota de Mario Benedetti (1920 - 2009) es una de las obras
menos conocidas de dicho autor ante novelas como La tregua; sin embargo, es una obra que ahonda
en territorio personal. Primavera… fue escrito de 1980 a 1981, unos años antes de la caída de la
dictadura militar que regía el Uruguay. Debido a su alto impacto en la vida de los uruguayos,
Benedetti nos da un retrato muy cotidiano de las consecuencias de una dictadura al tomar un grupos
de personas común (e incluyéndose) y analizar literariamente las angustias reales de estas
sociedades. Para esto, se desarrollan varias intervenciones sobre las palabras (que rayan en lo
filológico) que se unen al punto de vista narrativo e introspecciones profundas para complementar
la universalidad trágica de los “heridos y contusos” de las dictaduras.
Lo primero a entender es que la novela tiene varios personajes cuyas voces seguimos tanto
en diálogos como a través del punto de vista del narrador. Éste último siempre se mantiene como
uno homodiegético porque sabe tanto como el personaje qué es lo que sucede a su alrededor. Sin
embargo, el estilo de Benedetti se adapta a la situación de cada personaje para reflejar o la
inocencia, como el caso de Beatriz, o la soledad, como el caso de Santiago. Abunda entonces una
diversidad en la estructura interna y externa dependiendo de los 7 puntos de vista (bautizados cada
uno con su nombre).
Por ejemplo, la sección “Intramuros” detalla las cartas de Santiago a su esposa y amigos. Sin
embargo, su cautiverio hace que toda la carta sea un enorme párrafo con abundancia del copretérito.
Esto es un claro paralelismo con algo dicho por el mismo Santiago en uno de sus escritos, donde
menciona que en la novela El extranjero de Albert Camus “el empleo del pretérito imperfecto
[copretérito] era más importante que la historia contada.” (Benedetti, p. 67). Este tiempo verbal
detalla un tiempo pasado no específico y también se utiliza para hablar de rutinas. Si consideramos
que Santiago está preso, sus cartas son un reflejo de esa rutina de la cual puede devenir la soledad
natural o hasta la locura. Sin embargo, éste menciona que la soledad es una amiga que ya conoce,
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como la soledad que “me gustaba” en casa de sus tíos, por lo que “si no enloquecí en otras
circunstancias, creo que a estas alturas ya estoy vacunado contra la locura.” (Benedetti, p. 44)
Ahora, en el aspecto filológico, claramente podemos ver la confianza que le tiene Benedetti
a la literatura y a las palabras para poder explicar el pasado, presente y futuro de una región desde
su gente, al punto que hasta Mario se presta como personaje dando testimonio de sus experiencias.
Constantemente se aprecia el uso de las palabras para construir emociones y situaciones
contradictorias, tales como la palabra “libertad” para discutir el nombre de una prisión, o de los
roles entre la ventana y la puerta. Ésta última es de las que más evidencia cómo las dictaduras
pueden deshumanizar mediante el distanciamiento conceptual: Santiago dice que “para llegar a las
palabras hijo, mujer, amigo, calle, cama, café, biblioteca, plaza, estadio, playa, puerto, teléfono, es
imprescendible traspasar la palabra puerta…” como si ahora el concepto se adueñara de la esencia
en vez de la esencia del mismo concepto. La inversión de tal proceso al abrir la puerta sería la de “la
recuperación de la realidad.” (Benedetti, p. 66).
Paralelamente, don Rafael escribe catedráticamente en un momento dado una explicación
para el futuro del Uruguay del desexilio, en vez de uno del exilio. Rafael argumenta que la violencia
que viven los uruguayos es una violencia que corroe al resto de la sociedad, que “martirizan
también… a su mujer, a sus padres, sus hijos, su vida de relación.” Llega al punto de decir que
“desgarran el tiempo”, abriendo un “enorme paréntesis” para la historia nacional, como si se tratara
del orden sumido en el caos de una tragedia griega. Hasta indica la híbris de los agentes de gobierno
(o milicos, como se les dicen repetidamente) en el “sarro de rencor que puede volverse endémico y
hasta llegar a contaminar las seguridades y las confianzas del amor y el paso firme.” Es fascinante
cómo se le adjudican puntos propios de la literatura y el teatro a un hecho de la vida real, como si
los primeros fueran los mejores objetos de estudio. Es por eso que el tema del exilio y la idea del
desexilio una vez terminanda la dictadura serán conflictos que heredará la generación de Beatriz, o
inclusive otra (Benedetti, p. 81)
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Finalmente, Benedetti se da como otro herido de esta tragedia, ya que en estos momentos
todavía estaba exiliado en España. Sus intervenciones tratan tanto experiencias personales como
cosas que había escuchado de más compatriotas lejos de su tierra. Sin embargo, lo curioso en
términos literarios o filológicos aquí es el léxico. Cuando hace que Falco, uruguayo residente en
Australia, diga la palabra “metejón”, éste se percata que hacía “5 años que no pronuncio esa
palabra.” (Benedetti, p. 51) La lejanía se refleja inclusive en nuestros modismos y acentos, como
decir “coño” en vez de “carajo” (p. 58). Finalmente, Benedetti acentúa como la censura transforma
al lenguaje en una colección de eufemismos. Cuando le hacen la “cordial invitación a que me fuera
de inmediato” de Perú, el respondió con “me cago en la diferencia.” La referencia escatológica no
es una simple vulgaridad, sino la “recuperación de la realidad” de las connotaciones que menciona
Santiago. Y nos hace ver que el exilio no es tan visible como nos gustaría.
Sin embargo, lo curioso de los puntos de vista es cómo un personaje clave como Graciela
nunca tiene un espacio para narrar desde la primera persona. Siempre se hace en tercera y a través
de diálogos, comparable a la alegoría que hace de un tren que “se va, se diluye, se muere…”
(Benedetti, 1981, p. 40). A lo largo de la obra, Graciela menciona que se ha convertido en “otra
mujer” y que no sabe cómo se siente, al punto que no está segura si le guste “profundizar en mí
misma.” Nos da la impresión que ella está deprimida no sólo por sus propias palabras, sino por los
análisis de Beatriz que la consiente para provocarle la ternura necesaria para poder decirle “mami”,
como si la mujer que es su mamá necesitara esos cariños para regresar a ese rol.
En conclusión, Mario Benedetti dejó en Primavera con una esquina rota un testimonio de
los cambios en la vida de quién sea que viva por una dictadura. Lo loable de este registro son las
explicaciones a través del lenguaje, que son el mismo medio con el cuál damos razones para que se
nos llame subversivos, para dar a entender lo que le sucede a todos en una situación así y lo que les
espera. Benedetti discrimina inclusive con base en estado mental a qué personajes les otorgará un
capítulo para su punto de vista, como si se tratara de mostrar lo poco conectados que están con ellos
mismos. Su simple mención es una visibilización grata de los daños psicológicos, de la
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“martirización” literaria que atravesamos con la violencia. Al final, ésta última nos convierte en
palabras y no en personas, sumiéndonos en un caos que pide a gritos el regreso a la realidad.
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Bibliografía
Benedetti, Mario Orlando. (1982). Primavera de una esquina rota. Editorial Sudamericana,
2000: Buenos Aires, Argentina.