KETOROLACO
FRASE| La ambición es, en muchas ocasiones, madre de
muchos crímenes y fuente de muchas injusticias.
Texto: Carmilla Wyler [email protected]
autor
29.10.2015
Este relato narra un caso real.
Se han cambiado algunos nombres.
MAL. Munir Salem se sintió mal de repente. El mareo era ahora más
fuerte, todo le daba vueltas y su estómago parecía hervir. Tenía
grandes ganas de vomitar y, a pesar de sus esfuerzos, supo que no
podría contenerse. Cuando vomitó la primera vez lo hizo con fuerza, la
garganta le ardió y sintió que se desmayaba, pero, un momento
después, empezó a sentirse mejor, aunque el mareo persistía y una
gran debilidad atacaba su cuerpo.
Tomó un poco de agua y trató de descansar. Pero su mal apenas
empezaba a manifestarse. Los deseos de vomitar volvieron y, como la
primera vez, no pudo contenerse. Después de esta, no supo cuántas
veces más vomitó. Entonces decidieron llevarlo al médico. No era la
cena lo que le había hecho daño. Parecía algo más grave y era mejor
buscar ayuda.
MÉDICO. A las once de la noche, Munir vomitó de nuevo, esta vez
delante del médico. Ahora estaba débil realmente y el dolor en el
estómago era insoportable. Pero nada podían hacer por él en aquel
momento más que recetarle un calmante para el dolor y otro para
controlar las náuseas. Era mejor hacer algunos análisis para saber qué
era lo que causaba los vómitos, el dolor de estómago y la debilidad
extrema.
- “Mañana temprano vamos a hacerle unos exámenes para poder
recetarle”– le dijo el médico.
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La ayuda que recibió Munir sirvió de poco. De regreso en su casa, trató
de dormir. El mareo había desaparecido, las náuseas habían
disminuido y el dolor en el estómago era menor. Al día siguiente iría al
médico, se haría los exámenes y sabría qué era lo que tenía.
Estaba seguro de que no era nada grave y que pronto estaría bien. Pero
poco después de la medianoche las náuseas volvieron, esta vez con
más fuerza, el dolor en el estómago lo hizo gritar y vomitó de nuevo. A
la una de la madrugada estaba otra vez ante el médico que le recetó
suero para reponer los líquidos perdidos y una inyección de
Ketorolaco, para mitigar el dolor. Poco a poco, Munir empezó a sentirse
mejor, aunque volvió a vomitar. Aquella era la vez número treinta que
lo hacía.
- “Vamos a hacerle algunos exámenes de emergencia”.
Mientras tomaban las muestras para enviarlas al laboratorio, el médico
llamó al endoscopista para examinar el estómago del paciente. Para
Munir fue algo doloroso. Lo que el médico encontró en el estómago era
alarmante. Sangre. No se veía nada más, solo sangre que salía,
aparentemente, de los intestinos, y su estómago estaba digiriendo su
propia sangre. No se veía nada más.
-“Vamos a esperar los resultados de los exámenes”.
Pero a Munir ya nada iba a ayudarlo. Cuatro horas después de llegar al
hospital, o sea, a las cinco de la mañana, Munir Salem murió. Su agonía
fue terrible. Sufrió hasta el último momento, a pesar de la medicina
contra el dolor. Su esposa, que no lo abandonó ni un segundo, sintió
que le arrancaban el corazón. El médico estaba triste. Nada pudo hacer
para salvarle la vida. Sin embargo, aquella muerte le traería graves
problemas…, muy graves problemas.
FISCAL. ¿Por qué tuvo que morir Munir Salem? ¿Lo mataron las
náuseas y los vómitos? ¿Qué era lo que tenía realmente? ¿Era algo tan
grave como para que lo llevara a la muerte en pocas horas? ¿Había
pasado algo en el hospital que agravó la situación del paciente? ¿Era
lógico que hubiera muerto? ¿Qué lo mató, realmente? O, ¿quién lo
mató, realmente?
Munir estaba bien al comenzar la noche. Se había sentido mareado y
tuvo algo de náuseas, pero pasaron pronto. Los vómitos se agravaron
después de las nueve y buscó ayuda a las once. Regresó al hospital a la
una, más enfermo. Pero de nada sirvió. Ahora estaba muerto y su
muerte tenía una causa, y esa causa tenía que ser identificada. Para eso
estaba el Ministerio Público.
El fiscal, como en todo, intuyó un delito. La esposa contó la historia y el
fiscal concluyó en que se había cometido un crimen por mala praxis.
¿Qué fue lo que mató a Munir Salem?
¿La medicina para el dolor? Le habían inyectado Ketorolaco. Pero el
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Ketorolaco no llegó solo a las venas de Munir. La mano del médico la
llevó hasta allí. Entonces, hay que acusar al médico.
¿En qué momento administró el médico el Ketorolaco?
A eso de la una de la mañana, cuando el dolor del paciente era
insoportable.
¿Conocía el médico que era lo que provocaba el dolor del paciente?
En realidad, no. No tenía forma de saberlo mientras no se le hicieran
exámenes de laboratorio. Por desgracia, a nadie se le ocurrió examinar
el vómito. La información que recibió el médico fue escasa. El paciente
se sintió mal, con mareos, náuseas y dolor en el estómago, luego
empezó a vomitar, se debilitó y buscó ayuda médica. ¿Le hizo daño la
cena? ¿Comió algo que le dañó el estómago? ¿Qué tan grave era el
malestar de Munir? El doctor no podía adivinarlo. Era mejor esperar
para hacerle algunos exámenes antes de recetarle algo que agravara su
mal.
Cuando Munir regresó al hospital, a la una de la mañana, estaba peor,
el dolor era insoportable y vomitaba con frecuencia. Entonces, el
médico decidió inyectarle algo para calmar el dolor.
MEDICINA. ¿Qué es el Ketorolaco?
Es un medicamento no esteroideo, analgésico, antiinflamatorio y
antipirético que está indicado para el tratamiento a corto plazo de la
fiebre, la inflamación y para controlar el dolor de moderado a severo.
Debe administrase en un período no mayor de cinco días. Su
presentación es solución inyectable y en tabletas.
Por supuesto, el Ketorolaco Trometamina tiene también efectos
adversos, como toda medicina que se aplica en cantidades exageradas
y sin el respectivo y obligado control médico. El Ketorolaco está
contraindicado en los pacientes con úlcera gastroduodenal activa,
hemorragia digestiva reciente o antecedente de úlcera gastroduodenal
o hemorragia digestiva.
Está contraindicado en los pacientes con insuficiencia renal moderada
o grave y en los pacientes con riesgo de insuficiencia renal por
hipovolemia o deshidratación. La hipovolemia es la disminución del
flujo circulante de sangre.
Si al estómago llegaba sangre de los intestinos, ¿tenía acaso alguna
úlcera sangrante?
Fue mucho después de administrarle el medicamento para el dolor
cuando le hicieron la endoscopia y se vio que había sangre en el
estómago, pero ¿qué provocaba el sangrado? ¿Estaba obligado el
médico a adivinar que existía una úlcera?
Lógicamente, debió suponer su existencia, entre otras muchas causas
del mal que atormentaba a su paciente, sin embargo, el médico no tiene
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vista de rayos X y su primer interés fue reducir el sufrimiento del señor
Salem, esto es, calmarle el dolor que lo atormentaba. Una vez
controlados los síntomas, procedió a tomar muestras para hacerle
exámenes y dictaminar la enfermedad y el tratamiento a seguir.
MUNIR. ¿Qué dice la autopsia del cadáver de Munir Salem?
Nada. Absolutamente nada.
¿Por qué?
Porque no le hicieron autopsia. El médico responsable de Medicina
Forense presentó un informe copiado de las declaraciones de la esposa
de Munir al fiscal del Ministerio Público. Lo firmó y lo selló. Esto basta
al juez para seguir un juicio.
¿Qué tan lógico es esto? ¿Qué tan apegado a derecho está este
instrumento en el que se basa el juez? ¿Por qué el médico forense no
presentó resultados de una autopsia conforme manda la ley? ¿Es que
se puede decir lo que se le antoje al declarante en el Ministerio Público
y Medicina Forense puede avalarlo para presentar un caso a los
tribunales? ¿Es esta una práctica correcta de los operadores de justicia
en Honduras? ¿Debe basarse el Ministerio Público en declaraciones,
nada más en declaraciones de personas interesadas, para iniciar un
caso? O, ¿debe iniciar una investigación científica para determinar la
responsabilidad que le permita presentar un requerimiento fiscal?
¿Qué hay detrás de la acusación en contra del médico que atendió a
Munir Salem en sus últimas horas de vida? ¿Podría haber algo más que
el simple deseo de justicia? ¿Debe ser tan sencillo o ingenuo el fiscal
del Ministerio Público para tomar decisiones a partir de las
declaraciones de una persona? En realidad, esta última pregunta tiene
respuesta: Sí. Y hay mil millones de pruebas de la “ingenuidad y
simplicidad” de muchos fiscales del Ministerio Público. Y de esto
podemos enumerar las más siniestras, muchas de las cuales tienen a
muchos inocentes en la cárcel, han destruido vidas y honores y han
destrozado familias. Y todo esto en nombre de “la justicia”. Reírse está
de más.
CASOS. En una ocasión, Fulano de Tal fue llevado al juzgado acusado
de mala praxis. Su paciente había muerto. Tenía un aneurisma en el
cerebro desde su nacimiento. Una cólera con su esposa desencadenó
un aumento en su presión sanguínea, se sintió mareado, tuvo náuseas,
vomitó, se tomó varias Alka -Seltzer y trató de descansar. Pero se sintió
mal y lo llevaron al médico. Le aplicaron algunos medicamentos,
durmió y, en una hora, una hemorragia masiva lo dejó sin sangre en las
venas. Entonces apareció el fiscal del Ministerio Público, se acusó al
médico, se demandó al hospital y se tipificó el delito como homicidio.
El seguro de Fulano de Tal debía ser pagado tres veces. Se compraron
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fincas, carros nuevos, amantes y una vida nueva. La verdad era que el
aneurisma se rompió en el ataque de ira y la presión de la sangre
terminó de matar al paciente. Pero hubo quienes se prestaron para
lograr una condena por mala praxis, casi sinónimo de asesinato.
En otro caso vergonzoso, un camión de una compañía poderosa
atropelló a un hombre que cruzaba la calle para subir a su vehículo. La
víctima estaba asegurada. Aquel tipo de muerte se pagaba tres veces.
La compañía aseguradora no tenía salida. Pero el médico forense
dictaminó que la víctima había muerto del corazón unos segundos
antes de que el camión lo atropellara, y se pagó el seguro normal. ¿Y el
Ministerio Público? Pues, el fiscal que llevó el caso no dijo ni siquiera
“esta boca es mía”. Se aceptó el dictamen del forense y… la vida sigue
igual. ¿Qué les parece? Así funcionan las cosas en Honduras.
Es una lástima, aunque Óscar Chinchilla tiene la buena voluntad de
hacer del Ministerio Público una institución confiable, objetiva,
verdaderamente justa y, sobre todo, al servicio de la justicia. Ojalá sea
así.
DOCTOR. En el caso de Munir Salem se llegó a juicio oral y público el
martes seis de enero de 2015. ¿Con qué elementos probatorios?
Sabemos que el onus probandi, o la carga de la prueba, es la base de
cualquier juicio en cualquier sistema judicial lógico. Y aquí se llegó a
juicio con lo que dijo la esposa de Munir al fiscal, y que el forense lo
tomó para refrendarlo como resultado de una autopsia que en realidad
no realizó. Además, a nadie se le ocurrió exhumar el cuerpo de Munir
Salem para conocer la verdadera causa de su muerte, que “bien pudo
ser un paro cardíaco” a juzgar por el tormento que padeció por largas
horas, como dice un profesional de la medicina que trabaja con el
propio Ministerio Público. A veces, la cuña para que apriete debe ser
del mismo palo.
¿Entonces? ¿Hacia dónde camina la justicia en Honduras? ¿Hasta
cuándo vamos a soportar las deficiencias en el Ministerio Público?
¿Hasta cuándo vamos a soportar el desastre en Medicina Forense?
¿Hasta cuándo el Congreso Nacional va a tomar en cuenta la petición, el
ruego, la solicitud, la súplica del Colegio Médico de Honduras de
depurar, limpiar y mejorar el servicio de Medicina Forense en el país?
¿Deben los médicos, de ahora en adelante, pensarlo mil veces antes de
ayudarle a un paciente ante la amenaza constante que representa para
todo el mundo ciertos verdugos del Ministerio Público y algunos
terroristas de la justicia de la Corte Suprema? ¡Qué Dios los agarre
confesados!
Pero en este caso el médico salió absuelto. Por supuesto, esperó siete
largos años para llegar a juicio por un crimen que no cometió. Y, al fin,
¿de qué murió Munir Salem?
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