Asesinatos de líderes sociales en el suroccidente de Colombia
La violencia ha sido un factor constantemente presente en la historia de Colombia, se ha
constituido como un elemento determinante en la conducta social y en el desarrollo del
país, en palabras de Cárdenas (2013) “Desde el mismo origen del Estado Colombiano, la
violencia y los conflictos han sido un elemento constitutivo de la identidad nacional y la
construcción estatal.”, en sentido similar, Carreño et al (2018), sugieren que la violencia es
un elemento intrínseco a los seres humanos, así “las agresiones y las violencias, todas ellas
hasta las más execrables son humanas, no pueden estar en otras coordenadas diferentes a la
definición de la especie”. Situaciones como la guerra partidista, el conflicto armado, el
narcotráfico, los grupos al margen de ley, entre otros, han sido momentos que han marcado
profundamente la historia del país.
Los asesinatos de líderes sociales aumentaron drásticamente con la implementación del
Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto que firmaron el 24 de noviembre de 2016
el Estado colombiano y la antigua guerrilla de las Farc. Desde ese entonces, han sido
asesinados 786: una gran paradoja que va contra las expectativas que se tenían para afrontar
la llamada época del posconflicto. En departamentos como Cauca, Nariño y Valle se
concentra el mayor número de líderes sociales asesinados en el país. En el suroccidente del
país son tan comunes los crímenes, atentados y amenazas contra dirigentes sociales, que
muchos dicen una frase: “Líder advertido no muere en guerra”. Pero la verdad es que
resume la oleada de amenazas y asesinatos de la que están siendo víctimas del conflicto
armado, ex-combatientes de las FARC, campesinos, indígenas, afrocolombianos y hasta
estudiantes universitarios de esta región.
En el departamento del Cauca, una de las zonas que, según documenta el Instituto de
Estudios para el Desarrollo y la Paz – Indepaz – ha presentado mayor intensidad en el
asesinato de líderes sociales y defensores de derechos humanos. Esta afirmación encuentra
sustento al comparar los departamentos que han presentado más casos de asesinatos de
líderes y defensores de derechos humanos uno junto al otro, es decir, que, al cotejar la
información por departamento, el Cauca aparece en primer lugar como el más afectado por
este tipo de violencia Indepaz (2018). Departamentos como Antioquia, Nariño y Valle del
Cauca, en ese orden, suceden al Cauca como escenarios que comportan gran cantidad de
decesos de este tipo.
Para entender por qué en el Cauca la violencia no cesa es necesario identificar los actores
que convergen en este territorio. De acuerdo con el informe, luego de la dejación de armas
de la extinta guerrilla de las Farc, y de “las deficiencias notorias en el cumplimiento del
Acuerdo de Paz”, en este departamento se ha experimentado la militarización de los
territorios que contrasta con la recomposición de grupos armados ilegales y las disputas por
el control de las zonas que antes ocupaban las FARC.
Otros grupos armados como el EPL, principalmente en Mercaderes, Miranda y Toribío. Los
grupos residuales paramilitares. como las Autodefensas Gaitanistas de Colombia y las
autodenominadas “Águilas Negras”, se han instaurado con mayor fuerza en Santander de
Quilichao, Caloto, Guachené y Corinto. No hay que olvidar, además, que el Cauca afronta
el rearme de antiguos exguerrilleros de las FARC y milicianos que no se sometieron a los
Acuerdos de paz y que conforman lo que se conoce como “disidencias”.
.
Las cifras son aterradoras. Según Cortés Villalba (2021) de los 271 líderes asesinados en el
Cauca desde la firma del Acuerdo de Paz en 2016, el 50.9 % eran indígenas. Ellos han
denominado este fenómeno como el “genocidio indígena”, por el que se han movilizado en
mingas, llegando a las diferentes ciudades principales para que el país conozca, desde la
voz de ellos, lo que pasa en el Cauca. Además, los campesinos, afros y líderes que
pertenecen a organizaciones sociales o sindicales también han sido víctimas fatales. Con el
agravante que quienes lideran procesos del Programa Nacional Integral de Sustitución de
Cultivos Ilícitos (PNIS) son unos de los principales objetivos de los grupos armados
ilegales.
Rubio (2014) afirma que la violencia selectiva y la imposición de sistemas de gobierno por
actores armados en los territorios en los que el Estado tiene poco poder y una débil
presencia crean rupturas en las redes comunitarias, inconformidad y desconfianza entre la
población civil que reside en dichos lugares y puede facilitar la creación de nuevas
instituciones al margen de la ley. Estas circunstancias pueden incentivar una baja
participación en las organizaciones comunitarias, sin embargo, la cohesión social también
puede constituirse como una forma de rebelión contra los grupos armados
Desde el año 2018, inicio del gobierno actual de Iván Duque, hasta el 2020, los asesinatos a
líderes en el Cauca han aumentado en casi un 70 %. Sumado a esto, el factor geográfico
indica que en el 88 % de los municipios del Cauca han asesinado, al menos, a un líder
social. Es decir, casi en su totalidad, este territorio ha sido afectado por este tipo de
crímenes.
En el departamento de Nariño ha habido un incremento de los homicidios, pasando de seis
casos en 2016 a 14 en 2020 y en los primeros siete meses de 2022 ya se han presentado 17
muertes. Se indicó, además, que Tumaco, con siete homicidios, es la región de ese
departamento, en la que más se ha presentado el mayor número de muertes violentas contra
los líderes, le siguen Barbacoas con cuatro, Manalla, Olaya Herrera, Samaniego, Leyva,
Córdoba, Guachucal, con un caso cada uno.
Para el caso de Nariño, el Observatorio de Derechos Humanos de Fundepaz ha
documentado 40 eventos de violencia sociopolítica contra defensoras y defensores de los
derechos humanos, siendo las amenazas con el 50% los eventos de mayor afectación,
seguido de los asesinatos con el 38%. Por el tipo de liderazgo que ejercían las y los líderes
sociales, en el 43% de los casos las víctimas fueron las y los líderes indígenas, en su
inmensa mayoría del Pueblo Awá, seguido de las y los líderes juveniles con el 18%, en la
totalidad de los casos, relacionados con el movimiento estudiantil.
Por género, el 83% de las y los líderes sociales afectados por la violencia sociopolítica en el
departamento de Nariño son hombres, seguido por las mujeres con el 13% y la población
LGBTI con el 4% de los casos. En este punto cabe resaltar el caso de las amenazas contra
la lideresa LGBTI, Dolly Paola Riofrío, fundadora y directora de la Asociación Mujeres y
Paz (ASMUPAZ) constituida en el año 2015, quien ha denunciado reiteradas amenazas
desde el mes de mayo por el liderazgo asumido en favor de los derechos de las trabajadoras
sexuales transgénero en Pasto, proceso en el que ha señalado reiteradamente a miembros de
la Policía Nacional por el abuso de autoridad contra esta población.
En el 80% de los casos, el presunto responsable del hecho victimizante contra las y los
líderes sociales es desconocido, seguido de las disidencias de las con el 10% y miembros de
la Fuerza Pública con el 8%. Por regiones del departamento, el municipio de Pasto con el
40% fue el de mayor afectación por eventos contra las y los líderes sociales, seguido de
Tumaco con el 23% y Barbacoas con el 13%.
En el departamento del Valle del Cauca Las muertes violentas ocurrieron en 22 de sus 42
municipios. La mayor cantidad de los casos sucedieron en Cali, concentrando el 25%, con
15; le siguen los municipios de Buenaventura, con 7; Tuluá, con 5; Jamundí, con 4; y Buga
y El Dovio, cada uno con 3. El resto están esparcidos en poblaciones más pequeñas. Los
asesinatos de líderes sociales en este departamento tienen relación con su privilegiada
ubicación geográfica, que lo dota de una gran variedad topográfica y cuenta con el puerto
marítimo por donde transita más de la mitad de exportaciones e importaciones del país.
Lamentablemente, esas características se han convertido en una especie de ‘maldición’,
pues grupos armados ilegales y redes de crimen organizado se disputan su control para
explotar diversas rentas ilícitas. Y a su merced están los activistas que abogan por las
comunidades y sus territorios.
Irina Cuesta, investigadora del Área de Dinámicas del Conflicto y Negociaciones de Paz de
la Fundación Ideas para la Paz (FIP), plantea dos variables adicionales. La primera obedece
una lógica regional, por ser el principal receptor de víctimas de desplazamiento forzado y
de otras dinámicas en la región Pacífico, compuesta por los departamentos de Nariño,
Cauca, Valle del Cauca y Chocó. “Este departamento y, Cali, específicamente, jalonan
muchas cifras de agresiones a líderes sociales. Son un centro al que llegan líderes
desplazados por razones de seguridad y siguen amenazados; son un lugar de movilidad
social entre el Pacífico e incluso el sur del país, que hace que las cifras también se reflejen
allí”, indica. La segunda variable planteada por esta investigadora está relacionada con las
dinámicas propias de las subregiones de Valle del Cauca, las cuales explican por qué los
asesinatos se concentran en mayor cantidad en determinados municipios.
“En Buenaventura hay una violencia y un impacto humanitario importante. En este
momento la situación del Bajo Calima es de desplazamientos forzados por combates entre
grupos armados y la Fuerza Pública, también hay liderazgos afros e indígenas amenazados.
Otra dinámica es la del sur, en Florida y Pradera, una zona mucho más cercana a las
dinámicas de conflicto en Cauca, relacionadas con sustitución de cultivos de uso ilícito e
implementación del Acuerdo de Paz. Hay diversidad subregional en el departamento”
Ese planteamiento es compartido por Camilo González Posso dice que “el Valle del Cauca
es uno de los departamentos más difíciles de leer porque hay varias conflictividades, no
solamente por la presencia de grupos armados, sino también al tema de mafias y
conflictividades territoriales. La situación no es homogénea y las disputas varían según los
territorios: hay conflictividades en la zona de costa y en la región de la vía que comunica a
Dagua con Cali, entre consejos comunitarios de comunidades negras y empresas
multinacionales, con minería ilegal y con minería formal; eso se ve reflejado en violencia
contra comunidades, organizaciones y líderes sociales”.
Y continúa: “Pero si vamos al norte del departamento, las conflictividades son distintas: en
Sevilla y Bugalagrande hay presencia de mafias de micro tráfico, también están entrando
grupos residuales de las Farc. Lo otro es Cali, en donde hacen presencia diferentes grupos
armados, como lo señaló la Alerta Temprana 01 de este año de la Defensoría del Pueblo, en
una ciudad que es receptora de violencia y donde se presenta lavado de activos. Además, el
sur del Valle es zona de tránsito porque colinda con el norte de Cauca y Huila, con
corredores del narcotráfico para sacar drogas por la región del Naya y Buenaventura”.
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