Horacio Silvestre Quiroga Forteza fue un cuentista, dramaturgo y poeta
uruguayo. Fue uno de los maestros del cuento Latinoamérica, de prosa vivida,
naturalista y modernista. Nació el 31 de diciembre de 1878, en la cuidad salto,
Uruguay. Fue el cuarto hijo del matrimonio de Prudencio Quiroga y Pastora
Forteza. Por parte paterna descendía del caudillo riojano Facundo Quiroga. Su
padre falleció cuando él contaba con tan solo dos meses, cuando, tras una
jornada de caza, al bajar de una embarcación se le disparó accidentalmente la
escopeta. En 1891, Pastora Forteza se casó con Mario Barcos, quien fue el
padrastro de Quiroga. Pero sufrió un derrame cerebral en 1896 que lo dejo
semiparalizado y mudo. Se suicido disparándose en la boca con una escopeta
manejada con el pie justo cuando Quiroga, de 18 años, entraba en la habitación.
Sus relatos temibles y horrorosos, como enemiga de las circunstancias del ser
humano. Ha sido comparado con el escritor estadounidense Edgar Allan Poe.
Durante el carnaval de 1898, conoció a su primer amor, María Esther Jurkovski,
quien le inspiraría dos de sus obras más importantes: Las sacrificadas (1920) y
Una estación de amor (1917).
´´EL ALMOHADON DE PLUMAS´´
Horacio Quiroga
Su luna de miel fue un largo escalofrió. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro
de su marido helo sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo,
a veces un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle,
echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mucho desde hacía una
hora.
El, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses-se habían casado en abril-vivieron una dicha especial. Sin
duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más
expansiva e incauta ternura; pero el imposible semblante de su marido la
contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del
patio silencioso-frisos, columnas y estatuas de mármol-producía una otoñal
impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más
leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible
frio. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como
si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia paso todo el otoño. Np obstante, había
concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en
la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró
insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir
al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro. De pronto
Jordán, con honda ternura, le paso la mano por la cabeza, y Alicia rompió en
seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloro largamente todo su
espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los
sollozos fueron retardándose, y aun quedo rato escondida en su cuello, sin
moverse ni decir una palabra.
Fue ese el ultimo día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció
desvanecida. El medico de Jordán la examino con suma atención, ordenándole
calma y descansos absolutos.
-No se-le dijo a Jordán en la puerta de la calle, con voz todavía baja-. Tiene una
gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.... Si mañana se despierta
como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatose una anemia de marcha
agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se
iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces
prendidas y en pleno silencio. Pasabanse horas sin oír el menor ruido. Alicia
dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida.
Paseabase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La
alfombra ahogada sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su
mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en
su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y
que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos
desmesuradamente abiertos, no hacia sino mirar la alfombra a uno y otro lado de
la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca
para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
- ¡Jordán! ¡Jordán! -calmo, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horro.
- ¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miro con extravió, miro la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo
rato su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la
alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se
acababa, desangrándose día a día. Hora a hora, sin saber absolutamente como.
En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban,
pasándose de uno a otra la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio al
comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio...
poco hay que hacer...
-¡Solo eso me faltaba! -resoplo Jordán. Y tamborileo bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que
remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su
enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en sincope casi. Parecía que
únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas sangre. Tenía siempre al
despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos
encima. Desde el tercer día este hundimiento no lo abandono más. No quiso que
le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores.
crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la
cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliro sin cesar a media voz.
Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el
silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la
cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entro después a deshacer la cama, sola ya, miro
un rato extrañada el almohadón.
- ¡Señor! -llamo a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que
parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la
funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían
manchitas oscuras.
-Parecen picaduras-murmuro la sirvienta después de un rato de inmóvil
observación.
-Levántelo a la luz- le dijo Jordán.
La sirvienta lo levanto, pero enseguida lo dejo caer, y se quedó mirando a aquel,
lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le
erizaban.
- ¿Qué hay? -murmuro con voz ronca.
-Pesa mucho- articulo la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levanto; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa
del comedor Jordán corta funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores
volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose
las manos crispadas a los bandos: -sobre el fondo, entre las plumas, moviendo
lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola vivienda y
viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
sigilosamente su boca –su trompa, mejor dicho –a las sienes de aquella,
chupándole la sangre.
La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había
impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la
succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en
ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles
particularmente favorables, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.