El asno y el caballo – ¡Bah, venga, no te pongas dramático que tampoco es para tanto!
Te recuerdo que eres más joven
que yo y estás en plena forma. Además, para un día que me libro de cargar no voy a llevar parte de lo
Un asno y un caballo vivían juntos desde su más tierna infancia y, como buenos amigos que eran, tuyo. ¡Sería un tonto redomado si lo hiciera!
utilizaban el mismo establo, compartían la bandeja de heno, y se repartían el trabajo equitativamente.
Su dueño era molinero, así que su tarea diaria consistía en transportar la harina de trigo desde el Bajo el sol abrasador al pobre asno se le doblaron las patas como si fueran de gelatina.
campo al mercado principal de la ciudad. – ¡Ayuda… ayuda… por favor!
La rutina era la misma todas las mañanas: el hombre colocaba un enorme y pesado saco sobre el lomo Fueron sus últimas palabras antes de derrumbarse sobre la hierba.
del asno, y minutos después, otro igual de enorme y pesado sobre el lomo del caballo. En cuanto todo
estaba preparado los tres abandonaban el establo y se ponían en marcha. Para los animales el trayecto ¡Blooom!
era aburrido y bastante duro, pero como su sustento dependía de cumplir órdenes sin rechistar, ni se
les pasaba por la mente quejarse de su suerte. El dueño, hasta ese momento ajeno a todo lo que ocurría tras de sí, escuchó el ruido sordo que hizo el
animal al caer. Asustado se giró y vio al burro inmóvil, tirado con la panza hacia arriba y la lengua fuera.
Un día, no se sabe por qué razón, el amo decidió poner dos sacos sobre el lomo de asno y ninguno
sobre el lomo del caballo. Lo siguiente que hizo fue dar la orden de partir. – ¡Oh, no, mi querido burro se ha desplomado!… ¡Pobre animal! Tengo que llevarlo a la granja y avisar
a un veterinario lo antes posible, pero ¿cómo puedo hacerlo?
– ¡Arre, caballo! ¡Vamos, borrico!… ¡Daos prisa o llegaremos tarde!
Hecho un manojo de nervios miró a su alrededor y detuvo la mirada sobre el caballo.
Se adelantó unos metros y ellos fueron siguiendo sus pasos, como siempre perfectamente
sincronizados. Mientras caminaban, por primera vez desde que tenía uso de razón, el asno se lamentó: – ¡Ahora que lo pienso te tengo a ti! Tú serás quien me ayude en esta difícil situación. ¡Venga, no
perdamos tiempo, agáchate!
– ¡Ay, amigo, fíjate en qué estado me encuentro! Nuestro dueño puso todo el peso sobre mi espalda y
creo que es injusto. ¡Apenas puedo sostenerme en pie y me cuesta mucho respirar! El desconcertado caballo obedeció y se tumbó en el suelo. Entonces, el hombre colocó sobre su lomo
los dos sacos de harina, y seguidamente arrastró al burro para acomodarlo también sobre la montura.
El pequeño burro tenía toda la razón: soportar esa carga era imposible para él. El caballo, en cambio, Cuando tuvo todo bien atado le dio unas palmaditas cariñosas en el cuello.
avanzaba a su lado ligero como una pluma y sintiendo la perfumada brisa de primavera peinando su
crin. Se sentía tan dichoso, le invadía una sensación de libertad tan grande, que ni se paró a pensar en – ¡Ya puedes ponerte en pie!
el sufrimiento de su colega. A decir verdad, hasta se sintió molesto por el comentario. El animal puso cara de pánico ante lo que se avecinaba.
– Sí amiguete, ya sé que hoy no es el mejor día de tu vida, pero… ¡¿qué puedo hacer?!… ¡Yo no tengo la – Sí, ya sé que es muchísimo peso para ti, pero si queremos salvar a nuestro amigo solo podemos
culpa de lo que te pasa! hacerlo de esta manera. ¡Prometo que te recompensaré con una buena ración de forraje!
Al burro le sorprendió la indiferencia y poca sensibilidad de su compañero de fatigas, pero estaba tan El caballo soltó un relincho que sonó a quejido, pero de nada sirvió. Le gustara o no, debía realizar la
agobiado que se atrevió a pedirle ayuda. ruta de regreso a casa con un cargamento descomunal sobre la espalda.
– Te ruego que no me malinterpretes, amigo mío. Por nada del mundo quiero fastidiarte, pero la verdad Gracias a la rápida decisión del molinero llegaron a tiempo de que el veterinario pudiera reanimar al
es que me vendría de perlas que me echaras una mano. Me conoces y sabes que no te lo pediría si no burro y dejarlo como nuevo en pocas horas. El caballo, por el contrario, se quedó tan hecho polvo, tan
fuera absolutamente necesario. dolorido y tan débil, que tardó tres semanas en recuperarse. Un tiempo muy duro en el que también lo
pasó mal a nivel emocional porque se sentía muy culpable. Tumbado sobre el heno del establo
El caballo dio un respingo y puso cara de sorpresa.
lloriqueaba y repetía sin parar:
– ¡¿Perdona?!… ¡¿Me lo estás diciendo en serio?!
– Por mi mal comportamiento casi pierdo al mejor amigo que tengo… ¿Cómo he podido portarme así
El asno, ya medio mareado, pensó que estaba en medio de una pesadilla. con él?… ¡Tenía que haberle ayudado!… ¡Tenía que haberle ayudado desde el principio!
– ‘No, esto no puede ser real… ¡Seguro que estoy soñando y pronto despertaré!’ Por eso, cuando se reunieron de nuevo, con mucha humildad le pidió perdón y le prometió que jamás
volvería a suceder. El burro, que era un buenazo y le quería con locura, aceptó las disculpas y lo abrazó
El sudor empezó a caerle a chorros por el pelaje y notó que sus grandes ojos almendrados empezaban más fuerte que nunca.
a girar cada uno hacia un lado, completamente descontrolados. Segundos después todo se volvió
borroso y se quedó prácticamente sin energía. Tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para seguir Moraleja: Esta fábula nos enseña lo importante que es cuidar, respetar y acompañar a las personas
pidiendo auxilio. que amamos no solo en los buenos tiempos, sino también cuando atraviesan un mal momento en su
vida. No olvides nunca el sabio refrán español: ‘Hoy por ti, mañana por mí’.
– Necesito que me ayudes porque yo… yo no puedo, amigo, no puedo continuar… Yo me… yo… ¡me
voy a desmayar!
El caballo resopló con fastidio.