0% encontró este documento útil (0 votos)
1K vistas146 páginas

Antología de Poesías Antorcha

El documento presenta una lista de 43 poemas de diferentes autores latinoamericanos. Los poemas cubren una variedad de temas como la patria, la naturaleza, el amor y la lucha social. Algunos de los poetas incluidos son Carlos Pellicer, José Martí, Mario Benedetti, Pablo Neruda y Miguel Hernández.

Cargado por

Andrea Kristel
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
1K vistas146 páginas

Antología de Poesías Antorcha

El documento presenta una lista de 43 poemas de diferentes autores latinoamericanos. Los poemas cubren una variedad de temas como la patria, la naturaleza, el amor y la lucha social. Algunos de los poetas incluidos son Carlos Pellicer, José Martí, Mario Benedetti, Pablo Neruda y Miguel Hernández.

Cargado por

Andrea Kristel
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Poesías Corregidas

1. Discurso a cananea- Carlos Pellicer


2. Venid, venid. José Martí.
3. Al cielo de mi patria.- Luis G. Urbina
4. Piropos al rebozo.- Gregorio de gante
5. Hombre preso que mira su hijo- Mario Benedetti http://www.poemas-
del-alma.com/mario-benedetti-hombre-preso-que-mira-a-su-hijo.htm
6. Coloquio bajo la palma, Andrés Eloy
Blanco.http://www.antorchacampesina.org.mx/poesia/coloquiobajolap
alma.html
7. Nachi Cocom, A. Mediz
Bolio http://www.antorchacampesina.org.mx/poesia/nachicocom.html
8. Canto a la Patria,
Arciniegas http://www.concursopoesiaismaeliana.com/script/poesias/
pub.php?pub=93
9. Estrella, Víctor
Hugo http://www.antorchacampesina.org.mx/poesia.php?
id=24987#.WLXoFxSTs6U
10. Romance de los indios de Mexcala Guillermo Prieto- ya esta
transcrita
http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080046155/1080046155_31.pdf
11. La rima de los ayes-
Lugones http://www.antorchacampesina.org.mx/poesia/rima.html
12. A la juventud- Luis G. Urbina Todavía no está transcrita
https://clasicos.librosmexico.mx/sites/default/files/pdf_libros/17890-2-
60767.pdf
13. Las ruinas de Uxmal, José Peón
Contreras http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/CJM/320
94._1.pdf pag. 127
14. Vox Pópuli, Gregorio de Gante
http://www.buzos.com.mx/images/pdf/buzos430.pdf#page=25 Pagina
47 transcrita
15. Helios - Rubén Darío http://ciudadseva.com/texto/helios/
16. La Fuga, Santos
Chocano http://www.antorchacampesina.org.mx/poesia/estepa.html
17. Noche lúgubre, Alfonsina
Storni http://www.antorchacampesina.org.mx/poesia/nochelugubre.ht
ml
18. Los dioses griegos,
Heine http://www.buzos.com.mx/images/pdf/buzos589/17-poe.pdf
19. La fuga de los cisnes, Augusto
Winter http://www.antorchacampesina.org.mx/poesia/fugadeloscisnes.
html
20. La marimba, Francisco P.
Figueroa http://www.antorchacampesina.org.mx/poesia/lamarimba.ht
ml
21. El hombre invisible - Pablo
Neruda http://www.neruda.uchile.cl/critica/discnparra.html
22. Canción de juventud. Emilio
Carrere http://www.buzos.com.mx/images/pdf/buzos508.pdf#page=24
23. Elegía a un soldado vivo -
Guillén http://www.poesi.as/ng3713.htm
24. Era un jardín
sonriente https://antologiapoemas.wordpress.com/2009/06/21/era-un-
jardin-sonriente/
25. Letanías de nuestro señor don Quijote - Rubén
darío http://www.poemas-del-alma.com/letania-de-nuestro.htm
26. Este es el prólogo - Federico García
Lorca http://www.poetasandaluces.com/poema/2055/
27. Oda a un águila - José
Zorrilla https://es.wikisource.org/wiki/A_un_águila_(Oda)
28. Breve canto de alegría - Efraín
Huerta http://circulodepoesia.com/2010/10/breve-antologia-de-efrain-
huerta/
29. Avenida Juárez- Efraín
Huerta http://www.palabravirtual.com/index.php?
ir=ver_voz1.php&wid=105&t=Avenida+Ju%E1rez&p=Efra
%EDn+Huerta&o=David+Huerta
30. El sudor - Miguel Hernández http://www.poemas-del-
alma.com/miguel-hernandez-el-sudor.htm
31. Las manos - Miguel Hernández http://www.poemas-del-
alma.com/miguel-hernandez-las-manos.htm 
32. Para todos- Santos Chocano
33. Canto a nuestra posición- Roque dalton 
34. Canción de la vida profunda-Porfirio Barba Jacob
35. Los caballos de los Conquistadores- José Santos Chocano 
36. Los sembradores- Luis G. Urbina 
37. Canto de los hijos en marcha- Andrés Eloy Blanco
38. El alma de los volcanes- Guz Águila
39. El barco- Neruda
40. Antonino el poeta- Otto René Castillo
41. Compañero Espartaco- Otto René Castillo 
42. Ser y estar- Benedetti http://www.poemas-del-alma.com/mario-
benedetti-ser-y-estar.htm
43. La parábola del sembrador- Gregorio de Gante
44. La canción del Rebelde- Álvaro Armando Vasseur
45. Llamo a la juventud- Miguel Hernández
46. La Marimba- Muzquiz Blanco 
47. La lucha- Ángel Falco
48. El Herrero- Artur Rimbaud
49. Ser el Aire- José Revueltas
50.
Discurso a Cananea
Carlos Pellicer

No he de hablar de la sangre
ni de su prodigioso contenido;
ni del puñ o cerrado que gobierna
del lado izquierdo el regadío exacto
para que todo el cuerpo se alimente
sin que ó rganos o mú sculos carezcan
de cuanto equilibrando necesitan.

No he de hablar de la sangre,
viajera silenciosa,
el invisible y entubado pez,
vivo milló n de gotas líquidamente augusto,
disciplinado al ritmo aparatoso
de un pequeñ o universo,
origen de razó n y poesía.

La sangre,
la de los vasos siempre generosos,
la energía circulante a cada instante,
la que hereda zafiros, lodazales,
crepú sculos llorados en recuero
de amanecidos truenos militares.

No he de hablar de la sangre,
la aurora injustamente derramada
como el vino que espera al invitado
que va a llegar, pero que no ha llegado
porque un zentzontle ha muerto en su ventana
cuando él iba a salir…

No he de hablar de la sangre
con que el niñ o al nacer mancha
su acto de nacimiento.

La sangre oculta en la mirada


del hombre socavó n que circula en la mina,
la sangre que suda todos sus minerales.

La sangre oculta en la mirada


del hombre derrotado
en el saló n de vidrio de la “justicia” humana.

La sangre oculta en la mirada


del minero dilapidado como riqueza anó nima,
razonado por la avaricia
gló bulo empobrecido
en la arterioesclerosis de la mina.

La sangre oculta en la mirada


del que después de la protesta inú til
-los niñ os, la mujer, la calandria y el perro-
regresa al tiro envuelto en sombras miserables,
en trombas minerales,
en laringe de gases
y entre gallos de amanecer
así arrastrados como perros muertos
al rico basurero de la mina.
Dentro del gran oído de la mina
se escucha el rito de los hombres
que necesitan ocio y poesía;
hombres fragmentos de escombros,
hombres mendrugos
debajo de la mesa de capital jauría.

Canana, Cananea,
de tus tiros partieron
los primeros alientos de una aurora
que no ha dado la luz que necesito
para decir, de pueblo en pueblo,
que ya no hay tuberculosis producida por hambre
ni banquete de bodas de ciento diez mil pesos;
que ya no hay grandes puercos
que hocean entre la sangre y la traició n
-¿verdad, Señ or y Dios mío Jesucristo?-
que así Pérez Jiménez y Trujillo y Somoza y Batista
y Rojas Pinilla y Castillo Armas
-el inefable “azul” de Guatemala-
(¡sean, pues, má s bandidos pero menos ridículos!)
me impiden con su estiércol caminar por mi América.

Canana Cananea, ¿imaginas el día


en que venga a decirte a tu oído de cobre,
que no habrá má s reuniones con visos de naufragio
en Panamá , donde el primer Roosevelt
cometió el panamá
que dejó sin su brazo glorioso a Colombia?
¿Allá , donde Bolívar llora má s aú n que en Caracas?

Tu sangre y tu protesta son el á rbol que aguarda


su banderín de pá jaros,
rodeados girasoles de salud y belleza
poblados de palabras que convengan al hombre.

Canana Cananea,
tu nombre suena a arenas movidas por el agua
en que se bañ a el día surgido de tu pecho,
joven como el tumulto que agrupa tu escultura
apretada de brazos con que abrazas a México.

Sobre muros que duelen pintó Diego Rivera


la entrada y salida de la mina.
Chorrean dolor y rabia y vergü enza. Yo vi
pintarlos, cuando el día brotaba de mis manos
y entre huracanes de á guilas rompí mi corazó n.

Para encumbrar luceros tengo la voz a ti.


Tus noches minerales acarrean relá mpagos
que abren en un fulgor las tormentas del mundo.
Llevo la cuenta de tú neles de avaricia y cansancio
y en el rayo de sol que de Tabasco tengo,
he de contar un día, cuando vuelva a Tabasco,
lo que pesa el diamante que arrancaste al subsuelo:
huelga de Cananea,
¡alborea! ¡alborea! ¡alborea! ¡alborea!
Piropos al rebozo
Gregorio de Gante

Bien mereces Rebozo,


Que te festejen con sus estallidos
Fugaces, los cohetes de mi gozo;
Bien mereces, Rebozo, la caricia
De las manos que son nuestra delicia;
Que te besen las bocas
Que a nosotros nos besan, en las locas
Horas de de la ilusió n; y que presos,
Prisioneros de amor entre tu lazo
Queden nuestros cariñ os, para arderte
Con el ansioso fuego de los besos
La eléctrica chispa del abrazo.
Bien mereces, Rebozo,
Que hilen tu urdimbre nuestras patrias ruecas
Que te adornen nativas amapolas
Y que te arrullen, brava o dulcemente,
Las notas de “La Marcha Zacatecas”
O del mestizo vals “Sobre las Olas”
Mereces que te extienda sobre el manto
Imperial de mi canto
Y en la prosaica era
Que nos tocó vivir, de sino adverso,
Te alce, izado, en el asta de mi verso,
Como triunfal bandera

Rebozo sin rival de Tenancigo,


Rebozo negriazul de Tulancingo;
Rebozo Queretano,
De la reata de lazar hermano;
Verde Rebozo de Santa María,
Que copias el color de los nopales
Y autó ctonos maizales;
Rebozo Oaxaqueñ o,
Oloroso a mezcal Tlacoluleñ o;
Rebozo moteado,
Palomo o granizado
De Puebla, que recuerdas al camote
Y al mole peculiar de guajolote;
Rebozo de hilo o seda,
Rojo como la flor del organillo,
Que pasas por el hueco de un anillo;
Rebozo mexicano cuya punta
A las caderas femeniles se unta
Como a las aras del altar, querido
Rebozo de mi Patria,
Que guardas la tibieza confrontante
De la “tortilla” y de la “barbacoa”
Mereces que te entone yo un corrido
O te escriba una loa.

Porque eres un discreto confidente


En idílicos trances de mi gente;
Y en las horas romá nticas y bellas
De las declaraciones amorosas,
Ocultas el rubor de las doncellas
Pueblerinas, y sabes muchas cosas
Del “te quiero” y “te adoro”
Tantas, que en los dibujos complicados
De tus flecos, se quedan enredados
Suspiros y miradas
Besos que no son dados
Y palabras de amor no pronunciadas.

Porque en ti se han mecido los sueñ os infantiles de mi raza,


Cuando como en un nido
Trémulo de ternuras y de gozo, la mujer de mi pueblo
A su vá stago envuelve en el rebozo,
Ata sus puntas junto de la falda
Y se entrega feliz a las faenas
Con su carga de amor sobre la espalda

Porque pasas por ferias y mercados,


Rebozo mandadero,
Queriendo atesorar el mundo entero;
Porque enjuagas los lloros desolados
De las anó nimas tribulaciones
Y eres pañ o de lá grimas
De humildes y sencillos corazones;
Porque, hecho mortaja,
Cubres el cuerpo inerte de tu dueñ a
Que, en instantes postreros,
Soñ ó hallarte en la Gloria. ¿Qué es su cielo
Prometido, si no negro rebozo
Con motas de lucero?

Rebozo que visitas los salones


Entre pieles y abrigos y mantones; Insurrecto rebozo de bolita,
Que arropaste el amor de “La Norteñ a”
Y de “La Valentina”, y “La Adelita”;
Rebozo popular que en verbenas
Te olvidas de las penas
Y eres, entre la loca algarabía,
Banderín de los gozos
Y estandarte triunfal de la alegría,
Bien vales un “mariachi” michoacano,
Unas madrugadoras “mañ anitas”,
Una dulce “valona” del Bajío,
Un “huapango” febril veracruzano
Y un jocundo “Jarabe Tapatío”.

Bien mereces rebozo, que en la plaza


De toros, encendida como hornaza,
Done luces cruzado sobre el pecho
De la China Poblana
Y tu tronío impera,
Te brinde, entre la gala chinampera
De jubilosa Diana,
Lino Zamora un par de banderillas,
Ponciano Díaz un rudo estoconazo,
Y Rodolfo Ganoa una Gaonera
Y José Becerril una mangana.

Y porque, en la trinchera
De luchas libertarias,
Te transformaste en venda curandera,
Misericorde y grata,
Puedes atestiguar la historia entera,
Donde el valor heroico maravilla,
Del obscuro “insurgente” de Morelos,
Del “Chinaco” leal de Zaragoza,
Patriota sin mancilla,
Del “cigarro” suriano de Zapata,
Del “carranclá n” del Manco de Celaya
Y del “Dorado” fiel de Pancho Villa.

Porque si no tuviera
Una á guila en su escudo mi bandera
Bien merecías Rebozo, ser tomado
Como símbolo de la tierra mía,
Y entre el verde y el rojo te vería
Abrazando un sombrero galoneado.

Rebozo que eres cuna para el niñ o,


Cabezal para el sueñ o, celosía
Para el amor, dogal para el cariñ o,
Venda para el herido, banderola,
Mortaja y vida y llanto y alegría,
Rebozo Nacional, tu sombra sola
Cubre a la Patria mía.
Y para bien cantarte
Y para bien loarte,
Mi musa se ha prendido los listones
Tricolores, en la trenza sombría,
Ha vestido el castor multicolores
Con los oros del día
Y se ha cruzado el corazó n indígena
Con el rebozo azul de la poesía.
Al cielo de mi patria
Luis G. Urbina

¡Cielo de mi patria, cielo mío, cielo


Que apenas las nubes decoran y manchan;
matinal prodigio de turquesa y oro,
milagro nocturno de zafir y plata;
tú , que eres radiante como el sueñ o, y eres
en fosforescentes visiones de ná car,
misericordioso como la plegaria;
tú , que eres divino como es la esperanza;
tú , que siempre pones un anhelo, y una
luz, sobre las frentes que a ti se levantan,
y a los negros antros del dolor te inclinas
a romper las sombras y a irisar las lá grimas;
mientras que el Ocaso diluye sus pú rpuras
quiero hablarte a solas; necesito hablarte,
cielo de la patria!

¿Te acuerdas? Un día –hace muchos siglos-


Viste a unos hombres que peregrinaban,
hoscos y gallardos, de mú sculos recios,
de carnes morenas y ojos de obsidiana,
llegaron, quién sabe de dó nde. La tierra
era hermosa y fértil; fragantes las auras,
azules los lagos, espesos los bosques,
y asombrosamente bellas las montañ as.
Desgarró los aires un grito de jú bilo;
un temblor extrañ o sacudió las almas,
y la tribu, llena de polvo y fatiga,
detuvo la marcha.
¡Primitivo orá culo cumplió la promesa!
Y el genio fecundo de toda una raza,
realizó el oscuro destino; los dioses
tuvieron altares.

Y así fue el Aná huac,


sacerdotal, á spero, guerrero y altivo…
¿Te acuerdas, radiante cielo de la patria?

Y otro día, unos centauros feroces,


vestidos de hierro, pisaron las playas
ardientes del Golfo. Venían hambrientos
de rapiñ as locas y de absurdas ansias.
El sol les ponía fugaces centellas
en las hojas de las desnudas espadas,
en la flor plomiza de los arcabuces
y en la enhiesta y firme punta de las lanzas.
El sol era un velo que los envolvía;
joyel diamantino de escudos y armas,
cimera de rayos en los capacetes,
y rosa de fuego sobre las corazas.
Hijos del sol eran aquellos centauros
de ceñ udos rostros y de blondas barbas,
que en sus estandartes de guerra trajeron
la piadosa insignia de la cruz cristiana.
¡Fatídico orá culo, cumpliose tu augurio!

Lo vio el sacerdote cuando en lontananza


una tarde augusta, Véspero subía
como luminosa culebra con alas.
En el arnés férreo se embotó la flecha;
en mantos de plumas entró la alabarda;
y así la codicia su sed de tesoros
templó en sangre de héroes.
Y fue la Nueva Españ a
claustral, pintoresca, sumisa y devota…
¿Te acuerdas, radiante cielo de la patria?

Cielo de mi patria, ¿te acuerdas? Teñ ías


el oriente con el rosicler del alba.
Entre las estrellas cristalinas, nunca
brilló má s hermosa la de la mañ ana.
En la sacristía de un templo de aldea,
al parpadeante fulgor de una lá mpara,
el cura medita. Y una milagrosa
luz, nimba la dulce nieve de sus canas.
Y en lo alto, en la torre que arrojan las nieblas,
gritó : -¡Despertaos!- la vieja campana,
primero a las aves, después a los fieles,
luego a las ocultas rebeldías trá gicas.
¿Qué voz sonó entonces, que fue una promesa,
que fue una caricia, que fue una amenaza
y puso en los hombres có leras de monstruos
y alados anhelos de voraces á guilas?
Fue una voz excelsa, fue una voz magnífica,
fue una voz solemne, fue una voz sagrada;
la tierra la sabe, los labios la dicen,
y el estremecido corazó n la canta.
¡Libertad! La sangre de los héroes bulle-
como vino en una transparente crá tera,
cual ó leo, en un vaso litú rgico- en esa
divina palabra.
¡Madre generosa, tremenda sibila,
Libertad, cumpliose tu presagio –Santa
y amorosamente te acercaste a un pueblo
a decirle: -Es hora; ¡levá ntate y anda!
Y fue, desde entonces, México impaciente,
insó lito, híbrido, formando de bravas
regresiones y de viejos ideales
que recalentaron juveniles ascuas.

¡Qué luchas! ¡qué penas! ¡qué vacilaciones!


¡qué desbordamientos de vida en la infancia!
¡qué ciegos impulsos! ¡qué arrebatos locos!
¡y qué dolorosas inquietudes pá rvulas!
¡Labor escondida de gérmenes nuevos,
Tenaces y oscuros trabajos de savia
que pugna en la tierra por echar al aire
las flores, los frutos, las hojas, las ramas!

¿Qué príncipe intruso llegó , rodeado


de gente traidora, de dolo y de infamia,
en un torbellino de ambició n, que era
efímera nube de faustos y galas?
El kaleidoscopio, que hervía en colores,
en azul de Viena y en rojo de Francia,
a un golpe de sombra se apagó de pronto,
como el juego de una comedia de magia.
Un indio severo y un criollo astuto
forjaron las ú ltimas escenas del drama…
¡Pobre Habsburgo, pobre Max infortunado,
flor de muerte de una tragedia diná stica!

Y el Destino, artista tenaz, en el bloque


de un pueblo seguía labrando la estatua…
El progreso tiene fecundas bondades,
aciertos sublimes y fuerzas titá nicas.
Es hijo de Jú piter; está condenado
a cargar los mundos sobre las espaldas;
y así caminamos, a través del tiempo,
sobre los seguros hombros de aquel Atlas,
en pos de los sueñ os que nos prometías,
¡oh maravilloso cielo de la patria!

Trá fagos de hormiga, zumbidos de abeja,


hay en la Repú blica que jamá s descansa;
el yunque chispea, el martillo bate,
y sopla en las lumbres del fierro, la fragua.
Es la lanzadera del telar, pá jaro travieso
que cruza la urdidumbre y la trama;
y, libertadora del esfuerzo humano,
obediente y rítmica, labora la má quina.
El molino insomne, colmado el granero;
un mar rumoroso de espigas en grana;
risueñ os los campos, las glebas feraces,
y, sobre la altura de la paz mecá nica,
en vigilia grave y enérgica, un hombre
que es a un tiempo héroe, tirano y patriarca.

De pronto, unas voces, débiles y oscuras,


uniéronse al himno claro del “hosanna”.
Y decían: “nunca seremos felices
si la prometida libertad nos falta”.
Las voces crecieron como una marea,
como un cataclismo, como una borrasca,
y las multitudes, ebrias por el canto,
a sentir volvieron las furias selvá ticas.
¿Verdad que lo viste, brillante y piadoso
cielo de la patria?

¡Cielo mío, ó yeme, ya que mis hermanos,


por la pasió n ciegos, sordos por la rabia,
no ven sino rojas visiones de sangre,
no oyen sino el ronco fragor de las balas!
ó yeme: despiertan primitivas có leras,
crueles y feroces instintos de raza;
el dios de la tribu pide sacrificios
y la tribu vuelve sacerdotal y á spera.
ó yeme: la vieja có lera de aquellos
centauros ceñ udos, de amarillas barbas,
se mezcló a la ira de los hombres fuertes,
de carnes morenas y ojos de obsidiana,
y formó una sola violencia de monstruos,
un solo apetito de voraces á guilas.
Mira, cielo mío, campos y ciudades;
la vida está triste, silenciosa y pá vida;
la crueldad impera, la injusticia ríe,
y un temblor de muerte sacude las almas.
¡Quién creyera, oh, cielo, que vamos de prisa
rumbo a los jardines de la democracia!
¿Quién entre el tumulto de los oradores,
y entre las arengas revolucionarias,
al pensar en toda la sangre que vierten
los odios inicuos, las manos aná rquicas,
con un hondo acento de melancolía,
nos dirá cual Hamlet: "¡palabras, palabras!..."?
Es preciso, cielo, que tú nos ayudes,
y al servicio pongas de la noble causa,
tus luces sublimes que todo lo alegran,
tus serenidades que todo lo encalman,
y tus matinales prodigios de oro,
y tus vespertinos milagros de á gata,
y de tus auroras los rojos hechizos
y las maravillas de tus noches diá fanas.
Cielo mío, diles a los hombres: cesen
vuestros frenesíes y vuestras venganzas;
la Libertad huye, con horror, de todas
las manos violentas, que estrujan y matan.
Ante los despojos de Abel, la divina
Libertad no viene si Caín la llama.
Cielo mío, diles: mi sol es fecundo,
mi luz es sedante, yo soy la esperanza,
yo soy la belleza, yo soy la justicia,
yo soy el ensueñ o, yo soy la plegaria.
El amor es santo, la vida es hermosa;
dejad vuestras tristes y fieras vesanias
llenad los talleres, volved a los campos…
Labrador: tu madre, la tierra, te aguarda;
obrero: no olvides que es tu compañ era
y muda e inmó vil, te invoca la má quina.
¡Benditos los hombres de bondad y aliento,
y los que consuelan, y los que trabajan…
Tú , que sabes poner un anhelo, y una
luz sobre las frentes que a ti se levantan,
oye nuestras quejas, mira nuestros males,
cura nuestras llagas,
rompe nuestras sombras,
seca nuestras lá grimas,
limpio, radiante, profundo, sereno
misericordioso cielo de la patria!

Tío Sam acecha… tiene un gesto ambiguo,


que parece una nota diplomá tica;
Tío Sam es fuerte; su fuerza es el dó lar;
Tío Sam desde hace tiempo se prepara;
Tío Sam espía desde la frontera,
fraguando quién sabe qué oculta amenaza.
¡Ay, si proseguimos en estos horrores!
¡Ay, si prolongamos estas luchas trá gicas!
Si, desenfrenados los libertinajes,
de una nació n libre hacen una esclava.
¡Lú gubre presagio! ¿Vendran los modernos
centauros, los hijos de la Yanquilandia?
Y, ¿entonces? ¡Entonces, vuélvete tinieblas,
y tu enfurecida tempestad desata,
y tu sol esconde, y haz de tus luceros
antorchas que humeen, extintas y ná ufragas.
Que las nubes bajen, y a los océanos
les pidan sus aguas,
y sobre la tierra que se precipiten,
arrastrando mundos en sus cataratas!
Entonces, entonces, tus rayos enciende,
vomita tus fuegos, tus astros apaga,
cubre con tus sombras todas las vergü enzas,
hiere con tus iras todas las infamias,
tó rnanos al caos, y luego… despló mate
¡oh, maravilloso cielo de la patria
¡Venid! ¡venid!
José Martí

¡Venid! ¡venid!-mi sangre bullidora


Hierve al clamor de gloria y de venganza,
Y ya escucho una voz en mis oídos
Que me dice con cá ntico sublime:
"Alentad, corazones decididos,
"Que para el pueblo que cautivo gime
“Brilla siempre la luz de la esperanza!"

Harto tiempo la patria con menguado


Llanto y gemidos importuna al cielo:-
¡Desnude al fin la espada vengadora!
¡Encienda ya la fulminante tea!
Cuando hay un brazo que al combate guíe
Es pueblo infame el que cautivo llora.
¡A luchar! ¡a luchar! ¡que allá en el monte
El Dios de la esperanza nos sonríe!

¿Qué esperan los valientes y esforzados


Jó venes arrojados?
¿Qué esperan, pues, que al campo no se lanzan
E indomables guerreros
Por la patria a morir no se abalanzan?
¡Corred!, ¡luchad!, ¡venced! y ante las aras
De la patria oprimida,

Despedazad el yugo que la infama


¡O dejad a sus plantas vuestra vida!
No alcéis para mi patria los palacios
Un tiempo gala del lujoso asirio:
Alzad en ella templos a la Gloria,
Y, si os niega su brazo la Victoria,
Alcanzaréis la palma del martirio!

En el cielo de América anchuroso,


Cubre el crespó n la estrella de la patria.
¿Y habrá quien ya no luche?
¿Y habrá quien otra voz que la doliente
Del pueblo esclavo y mancillado escuche?
¿Y habrá quien torpe sienta
Saltar su corazó n entre cadenas
Y busque só lo en el mezquino llanto
Alivio infame a las comunes penas?
¡Despierta, oh pueblo mísero, cobarde!
¡La frente altiva que en el polvo hundiste
Lauros arranque a la memoria triste!
¡Para morir luchando nunca es tarde!
¡Morir! ¡La patria gime!
¡Morir! ¡La patria nuestro esfuerzo clama!
¡Si un torrente de llanto nos infama,
Una gota de sangre nos redime!

Empuñ e el hierro y el acero blanda


Quien en menguada ociosidad se enerva;
¡El arma embrace, y muera
Con el á nima enérgica y entera!
¡Morir, morir nos manda
En sangre tinta nuestra patria sierva!
¿Por qué tanto temor, cuidado tanto?
¿Es por ventura la enemiga gente,
Rayo de Dios que fulminando airado
Así nos sume en pavoroso espanto?
¡Al hierro muera y al acero caiga,
Y la nueva feliz de su ignominia
Rá pido el viento con placer nos traiga!

¡Ruja, ruja el cañ ó n, el llano alumbre


El fulgor de la espada valerosa
Por tanto tiempo tímida e incierta!
¡El fuego de la horrible servidumbre,
En nuestra patria extinga, flor hermosa
A la esperanza y al amor abierta!

Cadá ver ya la patria parecía


En cuyos labios cá rdenos la muerte
Su sed de sangre férvida calmaba,-
Sobre el que pavorosa se cernía
La noche de la infamia,-y lo envolvía
Nube de inmundas aves, que graznaba
Con hó rrida y frenética alegría.-
Y el cadá ver soberbio se levanta
Y a los cicló peos golpes de su brazo
En tierra el opresor vencido rueda;
Y, la avarienta muerte
En vida exuberante se convierte:
Claro, espléndido día
De aquella tenebrosa noche queda:
Lauros la frente destrozada adornan
De esta tierra de siervos,
Y en varones enérgicos se tornan
Las fatídicas alas de los cuervos:
¡A luchar! ¡a luchar! luzca el acero
E iluminen sus rayos la pelea
¡Y a su fulgor el déspota impotente
Vencido incline la manchada frente!
¡De nuestra indignació n victima sea,
Y quien osó llamarnos siervos suyos
A los nuestros les sirva de presea!
Y cuando el padre Sol sus rayos vibre:
Surcando el viento en las rizadas olas
¡Lleve presto a las playas españ olas
El bravo despertar de Cuba libre!
Canto al trabajo
José María Gabriel y Galá n

A ti, de Dios venida,


dura ley del trabajo merecida,
mi lira ruda su cantar convierte;
a ti, fuente de vida;
a ti, dominadora de la suerte.

Escucha có mo canta
la oscurísima voz de mi garganta
lo que tienes, ¡oh ley!, de creadora,
lo que tienes de santa,
lo que tienes de sabia y redentora.

Porque eres fuente pura


que manas oro de la henchida hondura,
fecunda y rica en mi canció n te llamo;
porque eres levadura
del humano vivir, buena te aclamo.

Redimes y ennobleces,
fecundas, regeneras, enriqueces,
alegras, perfeccionas, multiplicas,
el cuerpo fortaleces
y el alma en tus crisoles purificas.

¡Señ or! Si abandonado


dejas al mundo a su primer pecado
y la sabia sentencia no fulminas,
hubiéranse asentado
tumbas y cunas sobre muertas ruinas.

Mas tu voz iracunda


fulminó la sentencia tremebunda,
y por tocar en tus divinos labios
tornó se en ley fecunda
el rayo vengador de tus agravios.

Si de acres amarguras
extraen las abejas mieles puras,
¿có mo Tú no sacar de tu justicia
paternales ternuras
para la humana original malicia?

Fecundo hiciste al mundo,


feliz nos lo entregó tu amor profundo,
y cuando el crimen tu rigor atrajo,
nuevamente fecundo,
si no feliz, nos lo tornó el trabajo.

¡Mirad, ojos atentos,


toda la luz que radian sus portentos,
todo el vigor que en sus empresas late!
¡No hay épicos acentos
para cantar el colosal combate!

Mirad có mo a la tierra
provoca con el hierro a santa guerra,
desgarrando sus senos productores,
donde juntos sotierra
semillas, esperanzas y sudores.

El boscaje descuaja,
las peñ as de su asiento desencaja,
estimula veneros, ciega fosas,
y el alto cerro cuaja
de arbó reas plantaciones vigorosas.

Abajo, en la ancha vega,


trenza el río sereno y lo despliega
en innú meros hilos de agua pura
que mansamente riega
opulentas alfombras de verduras.

A veces, remansada,
la detiene la presa, y luego airada
la despeñ a en cascadas cristalinas
con fuerza regulada
que hace girar rodeznos y turbinas.

Mirad có mo los mares


abruma con el peso de millares
de buques que cargó con sus labores,
y a remotos lugares
manda de su riqueza portadores.

Mirad có mo devora
la distancia en la audaz locomotora
que creó gallardísimas y ligera;
mirad có mo perfora
la montañ a que estorba su carrera.
Có mo escarba en la hondura
y persigue el filó n dentro la oscura
profunda mina que el tesoro guarda,
como la inmensa altura
va conquistando de la nube parda.

Como el taller agita,


có mo en el templo del saber medita,
y trepida en las fá bricas brioso,
y en las calles se agita,
y brega en los hogares codicioso.

Labra, funde, modela,


torna rico el erial, pinta, cincela,
incrusta, sierra, pule y abrillanta,
edifica, nivela,
inventa, piensa, escribe, rima y canta.

El rayo reluciente,
fuego del cielo, espanto de la gente,
ha tornado en sumiso mensajero,
que de Oriente a Poniente
lleva latidos del vivir ligero.

Al padre y al esposo
les da para los suyos pan sabroso,
olvido al triste en su dolor profundo,
salud al poderoso,
honra a la patria y bienestar al mundo.

Tiempos aú n no venidos
del imperio triunfal de los caídos:
¡derramad pan honrado y paz bendita
sobre hogares queridos
que templos son donde el trabajo habita!

Tiempos tan esperados


de la justicia, que avanzá is armados:
¡sitiad por hambre o desquiciad las puertas
de alcá zares dorados
que no las tengan al trabajo abiertas!

¡Vida que vive asida


savia sorbiendo de la ajena vida,
duerma en el polvo en criminal sosiego!
¡Rama sea o podrida
perezca por el hacha o por el fuego!

Y gloria a ti, ¡oh fecundo


sol del trabajador, alegrador del mundo!
Sin ofensa de Dios, que fue el primero,
tú el creador segundo
bien te puedes llamar del mundo entero
Mensajes
Gabriel Celaya

¡Qué alegre es este ritmo del trabajo!


¡Qué pura su insistencia franqueada!
¡Qué nobles estos hombres mal vestidos,
mal pagados, maltrechos, mas altivos
que sin vida interior y sin remilgos
construyen confiados nuestro mundo!
Quien no sepa por qué se esfuerzan tensos,
quien no entienda por qué cantan muriendo,
debería callar avergonzado.
Quien habla de tristeza está en pecado.
Quien pierde pie en la angustia no es un hombre.
Las ú ltimas preguntas son infames
enredos de un vicioso introvertido.
Quien crea, siempre crea sin razones,
triunfalmente azaroso y atrevido,
normalmente inventiva y valeroso,
sano, brusco y alegre, fuerte y simple,
feliz si se detiene y, respirando,
advierte que con él respiran todos;
glorioso cuando inspira y, aplicado,
su esfuerzo se acompasa al de los otros;
colmado si le apoyan: ¡bravo, dale!,
oscuros compañ eros de trabajo;
no humillado si es que estos le superan;
sostenido por todos, sosteniendo
lo bello general, lo bien logrado.

II

Es ú til el amor; es colectivo


y activo el fundamento atesorado.
En él pongo mis pies; en él me afirmo;
por él y para él soy un destino.
A todos los que, aislados, resentidos,
se atormentan y dudan, consideran
el có mo, y el porqué, y el hasta cuá ndo,
y el ú ltimo sentido de sus actos,
a todos los que crean intervalos,
se miran a sí mismos desde lejos
y quedan, pensativos, en suspenso,
les digo que la vida es vida en marcha,
se responde a sí misma si camina,
se pudre si se para interrogando.
Aunque muchos se dan por derrotados,
aunque es desesperado nuestro orgullo
y bá rbaro el exceso que agitamos,
aunque ser desdeñ oso y hasta duro,
chocar diente con luz, hueso con cifra,
sentir hasta la muerte cristalina
que pues uno no es todo, el mundo es nada,
invita a despreciar cualquier promesa,
yo anuncio el porvenir de la alegría,
la vida que adelanta a todo evento,
la explosiva simiente esparramada
y el gozo de existir edificando.
Saludo al maquinista y al minero.
Saludo al albañ il. Saludo al hombre.
Saludo al conductor y al conducido.
Saludo al funcionario y al obrero.
Saludo al campesino que rotura,
de acuerdo con la má quina y los astros,
la tierra femenina y sustanciosa
de anó nimo pasado en lo pasivo.
Saludo al oficiante y a su oficio.
Yo exhalo los transportes generosos.
Yo soy lo natural; yo, la justicia;
yo, el fiel de la balanza de la anchura.
Los hombres de uno en uno no son nadie.
Tan solo al ser en otros nos hallamos,
respiramos tranquilos, descansamos.
III
¡Arriba, camaradas,
saludad la alegría!
Los hombres se levantan, edifican
en el mundo otro mundo a su medida.
Obras son sus amores, y justicia
matemá tica su arma constructiva.
Pequeñ o es nuestro reino, pero es nuestro
y en él nos descubrimos con sentido,
trabajamos humildes y contentos,
construimos con gloria lo concreto.
No existe un má s allá de este dominio.
Existimos nosotros, cotidianos,
y existe bajo un cielo indiferente
el mundo que inventá ndonos creamos.
Lo demá s, inhumano, es un misterio.
Lo demá s es vacío.
Lo demá s es silencio.
Lo que esperamos
Oliverio Girondo

Tardará , tardará .
Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirá n produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasará n muchos añ os


para que estos crustá ceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la sañ a,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresió n,
de ceguera,
de mezquindad.
de bosta.

Pero, quizá s, un día,


antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces…
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.
A los hombres futuros
Bertolt Bretch

I
Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa
revela insensibilidad. El que ríe
es que no ha oído aú n la noticia terrible,
aú n no le ha llegado.

¡Qué tiempos éstos en que


hablar sobre á rboles es casi un crimen
porque supone callar sobre tantas alevosías!
Ese hombre que va tranquilamente por la calle
¿lo encontrará n sus amigos
cuando lo necesiten?

Es cierto que aú n me gano la vida


Pero, creedme. es pura casualidad. Nada
de lo que hago me da derecho a hartarme.
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara,
[estaría perdido).
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»
Pero ¿có mo puedo comer y beber
si al hambriento le quito lo que como
y mi vaso de agua le hace falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.

Me gustaría ser sabio también.


Los viejos libros explican la sabiduría:
apartarse de las luchas del mundo y transcurrir
sin inquietudes nuestro breve tiempo.
Librarse de la violencia.
dar bien por mal,
no satisfacer los deseos y hasta
olvidarlos: tal es la sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de esto:
verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

II

Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,


cuando el hambre reinaba.
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía
y me rebelé con ellos.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.
Mi pan lo comí entre batalla y batalla.
Entre los asesinos dormí.
Hice el amor sin prestarle atenció n
y contemplé la naturaleza con impaciencia.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.


La palabra me traicionaba al verdugo.
Poco podía yo. Y los poderosos
se sentían má s tranquilos, sin mí. Lo sabía.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

Escasas eran las fuerzas. La meta


estaba muy lejos aú n.
Ya se podía ver claramente, aunque para mí
fuera casi inalcanzable.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

III

Vosotros, que surgiréis del marasmo


en el que nosotros nos hemos hundido,
cuando habléis de nuestras debilidades,
pensad también en los tiempos sombríos
de los que os habéis escapado.

Cambiá bamos de país como de zapatos


a través de las guerras de clases, y nos desesperá bamos
donde só lo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y, sin embargo, sabíamos
que también el odio contra la bajeza
desfigura la cara.
También la ira contra la injusticia
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
que queríamos preparar el camino para la amabilidad
no pudimos ser amables.
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos
en que el hombre sea amigo del hombre,
pensad en nosotros
con indulgencia. "
Hombre que mira sin sus anteojos
Mario Benedetti

En este instante el mundo es apenas


un vitral confuso
los colores se invaden unos a otros
y las fronteras entre cosa y cosa
entre tierra y cielo
entre á rbol y pá jaro
está n deshilachadas e indecisas

El futuro es así un caleidoscopio de dudas


y al menor movimiento el lindo pronó stico
se vuelve mal agü ero
los verdugos se agrandan hasta parecer
invencibles y só lidos
y para mí que no soy lá zaro
la derrota oprime como un sudario

Las buenas mujeres de esta vida


se yuxtaponen se solapan se entremezclan
la que apostó su corazó n a quererme
con una fidelidad abrumadora
la que me marcó a fuego
en la cavernamparo de su sexo
la que fue có mplice de mi silencio
y comprendía como los á ngeles
la que imprevistamente me dio una mano
en la sombra y después la otra mano
la que me rindió con un solo argumento de sus ojos
pero se replegó sincera en la amistad
la que descubrió en mí lo mejor de mí mismo
y linda y tierna y buena amó mi amor

Los paisajes y las esquinas


los horizontes y las catedrales
que fui coleccionando
a través de los añ os y los engañ os
se confunden en una guía de turismo presuntuoso
de fá bula a narrar a los amigos
y en ese delirio de vanidades y nostalgias
es difícil saber qué es monasterio y qué blasfemia
qué es Van Gogh y qué arenques ahumados
qué es mosaico y qué agua sucia veneciana
qué es aconcagua y qué es callampa
también los pró jimos se arraciman
crá pulas y benditos
santos e indiferentes y traidores
e inscriben en mi infancia personal
tantas frustraciones y rencores
que no puedo distinguir claramente
la luna del río
ni la paja del grano

Pero llega el momento en que uno recupera


al fin sus anteojos
y de inmediato el mundo adquiere
una tolerable nitidez

El futuro luce entonces arduo


pero también radiante

Los verdugos se empequeñ ecen hasta


recuperar su condició n de cucarachas
de todas las mujeres una de ellas
da un paso al frente
y se desprende de las otras
que sin embargo no se esfuman
de las ciudades viajadas surgen
con fervor y claridad
cuatro o cinco rostros decisivos
que casi nunca son grandilocuentes

Cierta niñ a jugando con su perro


en una calle desierta de ginebra
un sabio negro de Alabama que explicaba
por qué su piel era absolutamente blanca
Ella Fitzgerald cantando
ante una platea casi vacía
en un teatro malamuerte de Florencia
y el guajiro de oriente
que dijo tener un portocarrero
y era una lata de galletitas
diseñ ada por el pintor
del racimo de pró jimos puedo extraer
sin dificultades
una larga noche paterna una postrera charla
síntesis de vida
con la muerte rondando en el pasillo
el veterano que trasmitía
sin egoísmo y sin fruició n
algunas de sus claves de sensible

El compañ ero que pensó largamente en la celda


y sufrió largamente en el cepo
y no delató a nadie
el hombre político que en un acto
de incalculable amor
dijo a un milló n de pueblo la culpa es mía
y el pueblo empezó a susurrar Fidel Fidel
y el susurro se convirtió en ola clamorosa
que lo abrazó y lo sigue abrazando todavía
la gente la pura gente
la cojonuda gente a la oriental
que en la avenida gritó tiranos temblad
hasta que llegó al mismísimo
temblor del tirano
y la muchacha y el muchacho desconocidos
que se desprendieron un poco de sí mismos
para tender sus manos y decirme
adelante y valor

decididamente
no voy a perder má s mis anteojos
por un imperdonable desenfoque
puede uno cometer gravísimos errores.
Hombre preso que mira a su hijo
Mario Benedetti

Cuando era como vos me enseñ aron los viejos


y también las maestras bondadosas y miopes
que libertad o muerte era una redundancia
a quién se le ocurría en un país
donde los presidentes andaban sin capangas.

Que la patria o la tumba era otro pleonasmo


ya que la patria funcionaba bien
en las canchas y en los pastoreos

Realmente botija no sabían un corno


pobrecitos creían que libertad
era tan só lo una palabra aguda
que muerte era tan só lo grave o llana
y cá rceles por suerte una palabra esdrú jula

Olvidaban poner el acento en el hombre.

La culpa no era exactamente de ellos


sino de otros má s duros y siniestros
y éstos sí
có mo nos ensartaron
con la limpia repú blica verbal
có mo idealizaron
la vidurria de vacas y estancieros
y có mo nos vendieron un ejército
que tomaba su mate en los cuarteles.

Uno no siempre hace lo que quiere


uno no siempre puede
por eso estoy aquí
mirá ndote y echá ndote
de menos.

Por eso es que no puedo despeinarte el jopo


ni ayudarte con la tabla del nueve
ni acribillarte a pelotazos.

Vos sabés que tuve que elegir otros juegos


y que los jugué en serio.

Y jugué por ejemplo a los ladrones


y los ladrones eran policías.
Y jugué por ejemplo a la escondida
y si te descubrían te mataban
y jugué a la mancha
y era de sangre.

Botija aunque tengas pocos añ os


creo que hay que decirte la verdad
para que no la olvides.

Por eso no te oculto que me dieron picana


que casi me revientan los riñ ones
todas estas llagas hinchazones y heridas
que tus ojos redondos
miran hipnotizados
son durísimos golpes
son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre.

Pero también es bueno que conozcas


que tu viejo calló
o puteó como un loco
que es una linda forma de callar.

Que tu viejo olvidó todos los nú meros


(por eso no podría ayudarte en las tablas)
y por lo tanto todos los teléfonos.

Y las calles y el color de los ojos


y los cabellos y las cicatrices
y en qué esquina
en qué bar
qué parada
qué casa.

Y acordarse de vos
de tu carita
lo ayudaba a callar
una cosa es morirse de dolor
y otra cosas morirse de vergü enza.

Por eso ahora


me podés preguntar
y sobre todo
puedo yo responder.
Uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere.

Llorá nomá s botija


son macanas
que los hombres no lloran
aquí lloramos todos.

Gritamos, berreamos, moqueamos, chillamos, maldecimos


porque es mejor llorar que traicionar
porque es mejor llorar que traicionarse.

Llorá
pero no olvides.
Coloquio bajo la Palma
Andrés Eloy Blanco

Lo que hay que ser es mejor


y no decir que se es bueno
ni que se es malo;
lo que hay que hacer es amar
lo libre en el ser humano,
lo que hay que hacer es saber,
alumbrarse ojos y manos
y corazó n y cabeza
y después ir alumbrando.

Lo que hay que hacer es dar má s


sin decir lo que se ha dado,
lo que hay que dar es un modo
de no tener demasiado
y un modo de que otros tengan
su modo de tener algo:
trabajo es lo que hay que dar
y su valor al trabajo
y al que trabaja en la fá brica
y al que trabaja en el campo,
y al que trabaja en la mina
y al que trabaja en el barco,
lo que hay que darles es todo,
luz y sangre, voz y manos,
y la paz y la alegría
que han de tener aquí abajo,
que para los de allá arriba,
no hay por qué apurarse tanto,
si ha de ser disposició n
de Dios para el hombre honrado
darle tierra al darlo a luz,
darle luz al enterrado.

Por eso quiero, hijo mío,


que te des a tus hermanos,
que para su bien pelees
y nunca te estés aislado,
bruto y amado del mundo
te prefiero a solo y sabio.

A Dios que me dé tormentos,


a Dios que me dé quebrantos,
pero que no me dé un hijo
de corazó n solitario.
Nachi Cocom
Antonio Mediz Bolio

¡Vengo a cantarte, desvalida estirpe,


inerme raza de esforzado anhelo,
que supiste morir, alta la frente,
la fe en el alma y en el labio el reto,
como mueren altivos los leopardos
de tus vírgenes bosques opulentos,
y como muere el mar sobre tus playas,
lanzando espumas a la faz del cielo!

¡Tú que, mirando libres a las aves


y contemplando libres a los vientos,
aprendiste a querer la autonomía
de tus llanos salvajes y tus cerros
y a amar la libertad, siempre inviolada,
de tu horizonte inmenso,
no pudiste jamá s, ante el oprobio,
doblar sumiso el inflexible cuello,
ni bajar con rubores la mejilla,
ni llevar la vergü enza dentro del pecho!

¡Por eso, cuando viste amenazada


bajo el yugo fatal del extranjero
tu má s cara ilusió n, tu alma, tu vida,
tu libertad, brotaron en tu pecho
rencores inauditos, y al combate
fuiste, llevando el odio justiciero
que rompe valladares, que extermina,
que es estallido y luz, fuerza y derecho!

¡Vengo a cantar tu gloria, ilustre raza,


que humillaste a la suerte tu postrero
ímpetu noble de implacable orgullo,
y que fuiste a luchar con el aliento
que señ ala epopeyas en la Historia,
y que hace redenciones en los pueblos!

¡Vengo a cantar tu propia gloria, raza muerta,


¡oh, sí!, porque en tu frente que a los cielos
se pudo levantar con el radioso
nimbo que deja el inefable beso
del sacrificio, se escribió con sangre
la sentencia maldita de los tiempos!
¡Vengo a cantar tu gloria, aunque no existas!
¡Vengo a cantar tu gloria, aunque hayas muerto,
y te vengo a traer como homenaje
de razas nuevas y nacientes pueblos,
una nota que arranco a tu sepulcro,
una voz que he pedido a tu silencio
para hacer resonar su temblorosa
vibració n por el mundo, como un eco
que vaga entre las sombras del olvido,
que flota entre las brumas del recuerdo!
¡Vengo a cantar tu gloria, noble estirpe,
que supiste morir mirando al cielo!
Canto a la Patria
Ismael Arcienegas

Vuelve otra vez tu día,


oh patria amada, el día de tu gloria.

Vuelve de nuevo a resonar triunfales


los himnos que eternizan tu memoria,
y el espléndido cielo de tu historia,
vuelve el sol de tus días inmortales.

Y otra vez a tu ara sacrosanta


llevan tus hijos fieles
flores que fecundaron tus vergeles;
y mú sicas marciales
al aire asordan, y doquier se oye,
en valles, montañ as y llanuras,
en la extensió n del suelo colombiano,
el canto jubiloso de los libres
que sube a las alturas,
de la gloria al alcá zar soberano.

Y de nuevo flamea,
no como en días trá gicos de horrores,
entre el ronco fragor de la pelea,
sino bajo arcos de laurel y flores,
el pendó n de la patria,
la santa enseñ anza de los tres colores….
la bandera inmortal que oyó las dianas
de los heroicos triunfos legendarios.

La que fue a despertar los có ndores


a la cumbre má s alta de los Andes
y fue má s tarde a despertar la gloria;
la bandera inmortal, la santa egida,
que el camino marcó de la Victoria.

Besada por ondas de tus mares,


bajo el palio infinito de tu cielo,
tachonado de ardientes luminares;
lleno de flores tu fecundo suelo.
Y adormida el rumor de tus palmares,
lloras en silencio, Patria mía,
cansada de esperar luz en tu noche,
en la callada noche de tus penas;
cansada de esperar en tu agonía
el hierro que limara tus cadenas.

No, ya los hijos tuyos,


de las selvas antiguos moradores,
vagan libres, bajo el sol fulgente
que vio la gloria de tus días grandes,
ya desde la cima de los Andes
alumbraba ruinas solamente;
ni llevaban vencidos y humillados
por la invasora gente,
el cintillo de oro en la garganta
y el penacho de plumas en la frente,
ni ya el aire cortaba
las voladoras flechas,
ni en las noches de luna sollozaban
de la indígena raza los endechas.

Donde el templo del sol brilla espléndido


y sus lá minas de oro refulgían,
ya los dolientes ojos no veían
sino campo infecundo y desolado.
Y el á ureo trono de los reyes indios
en el polvo yacía destrozado.
Todo lo derribó cual hacha impía
del duro vencedor el brazo fuerte,
y al fin, de esa grandeza en los escombros
parecía vivir só lo la muerte……
eres, patria, la esclava envilecida;
eres, patria, el giró n abandonado;
eres cual hado de baldó n tu hado,
y cual vida de baldó n tu vida
mas del mal el reinado no es eterno….
no su imperio perdura;
ni es eterna la noche pavorosa,
ni es eterna la humana desventura.

Que en las grandes catá strofes sombrías,


en las horas de angustia y desconsuelo,
cuando a las almas el dolor avanza,
siempre se ve la escala milagrosa
por donde sube la plegaría al cielo,
baja de los cielos la esperanza….
y llega por fin el día.

En que estallan, rugiendo los dolores


en los esclavos pechos comprimidos,
cuando alzan la cerviz los oprimidos
y bajo la cerviz los opresores,
y que tiemblen entonces los verdugos,
porque de sus dolores y sus lá grimas
pedirá n los esclavos cuenta un día;
porque el llanto de un pueblo entre cadenas,
de su agonía en el mortal desmayo,
¡se alzan a los cielos, se condensa en nube,
y baja al suelo convertido en rayo!.....

Y de lauro inmortal la sien ornada,


no retando a los duros opresores,
no al escape de caballos voladores,
sino en doliente precisió n callada,
finge la mente que a la tierra vuelven
de las altas mansiones siderales,
al oír las alabanzas de los libres,
los que valientes en lid cayeron
y hogar y patria libertad nos dieron.

Y al fin llegó a la libertad la hora;


rompió en brillante aurora
la noche de tus penas,
y trocaste por cá nticos de triunfo
los rumores de tus ayes y cadenas,
bajó a ti la victoria,
y sonaron las mú sicas marciales,
y empezaste el camino de la gloria,
el que lleva a las cumbres inmortales.

Y el combate se traba,
pero combate desigual, los unos
son los heroicos en sangrientas lides,
los que en el brazo llevan
empuje de Pelayos y de Cides;
Los que el paso cerraron
al corso altivo, forjadores de cetros,
y altas hazañ as de una nueva aliada,
en Lepanto y Pavía renovaron….
Y los otros…. Los parias infelices,
los que aun llevan en la espalda impresas
del tormento cruel las cicatrices
y del esclavo la ominosa marca,
má s tenían la fe que salva montes,
la sacra fe que lo imposible abarca;
y busca de los amplios horizontes,
donde el sol de los libres centellea,
a la lid se lanzaron.

De esperanza inmortal henchido el pecho,


porque sabían que jamá s sucumbe
quien lucha por una patria y su derecho.
Rota por la metralla
su bandera se vio, tintos en sangre
corrieron a la mar los patrios ríos,
y en la ató nita tierra no se oía,
cual ronca marejada,
má s que en el estruendo de la lid bravía,
fueron los días de la amarga prueba;
fueron los días de orfandad y llanto
y de muerte y de horrores,
pero nada importaba los reversos
ni de la adversa suerte los rigores.

Y de inmortal la sien ornada,


no retando a los duros opresores,
no al escape de caballos voladores,
sino en doliente procesió n callada,
finge la mente que a la tierra vuelven
de las altas misiones siderales,
al oír las alabanzas de los libres,
los que valientes en la lid cayeron
y hogar y patria y libertad nos dieron.

Sonríen al ver que siempre grande


Por glorioso camino
la patria sigue a su inmortal destino;
y sonríen al ver que limpio brilla
el pendó n colombiano
bajo el brillante cielo americano;
Que con amor guardamos su memoria,
Que somos dignos de sus altos hechos
Y dignos herederos de su gloria.
Y también surgen como blancos lirios,
como estrellas en diá fanas neblinas,
alta la sien, con nimbo esplendoroso,
de la patria las bellas heroínas.

También al resonar de las cadenas


indignas sus almas palpitaron;
también las cumbres del dolor hallaron….
También ellas, heroicas y serenas,
de la patria en las aras se inmolaron.
También los hechos brillan
como los hechos de los grandes hombres;
y también tienen la fama
corona de laureles para sus sienes.
Himnos de admiració n tienen sus nombres;
que el corazó n de la mujer, santuarios
de los puros y nobles idealismos,
también sube a la cima de la Gloria
y es capaz de los grandes heroísmos
para el amor y la virtud nacida
Ella es cordial de toda desventura;
doquiera su piedad enjuga lá grimas
y en toda sombra de dolor fulgura.
Por eso nunca desoyó el lamento
ni vio imposible el horrido quebranto
de la patria llorosa y desvalida.
¡Cuando llanto pidió , le dio su llanto;
cuando vidas pidió , le dio su vida!
¡Vuelve, oh patria, de nuevo
el día de tu gloria inmarcesible!
y otra vez a tu ara sacrosanto,
sube el himno de un pueblo redimido
de la grandeza de tus héroes canta.

Palpite eternamente en nuestros labios


y en nuestras almas su inmortal recuerdo,
porque ensalzando tus radiantes glorias,
oh patria, oh sol que sin ocaso brillas,
estaremos en pie para la tierra,
má s para el cielo estamos de rodillas.
Estrella
Víctor Hugo

A la orilla del mar me había dormido,


henchido el pecho de febriles ansias,
y la brisa del piélago salobre
vino a enjugar mis postrimeras lá grimas.

Abrí los ojos y miré hacia arriba,


porque creí que un á ngel me besaba;
tan tibio era el aliento de la brisa
y tan suave el murmullo de sus alas.

Y en vez del á ngel que soñ é bajando


a conversar a solas con mi alma,
se alzaba en el confín del horizonte
la estrella de zafir de la mañ ana.

Era su luz blanquísima y suave


cual de una virgen la mirada casta;
aquella estrella parecía contarme
cuitas de amor en sílabas de plata.

El cielo estaba obscuro, pero al verla


su tenebrosa faz se sonrojaba,
como amante embozado que sonríe
al acercarse a la mujer amada.

Y el mar en su lenguaje misterioso


de aquella ave celeste, murmuraba,
hablando por lo bajo, temeroso
que sacudiera sus brillantes alas.

Alzó cerca de mí su hú medo cá liz,


estuche perfumado de las hadas,
la ancha flor del nenú far y me dijo:
¡Aquella estrella fú lgida es mi hermana!

Y una voz de la estrella descendida


como un soplo de amor llegó a mi alma,
la misma voz que en mis inquietos sueñ os
me transmite mensajes de esperanza.

"Yo soy la piedra de oro y fuego — díjome


"que en la onda de las nubes inflamadas
"lanza Dios a la frente de la noche
"para anunciar que viene la mañ ana.

"Yo alumbré del Sinaí la excelsa cumbre,


"del Taijeto la cima desolada,
"en el primero, nuncio de alegría,
"en el segundo, antorcha funeraria.

"Yo iluminé la frente de los genios


"del insomnio en las horas agitadas;
"escuché de Moisés la voz severa,
"y a Job rugir como una fiera humana!

"Yo sorprendí las plá ticas del Dante


"con sus apocalípticos fantasmas,
"y en la divina lengua de la Etruria
"los místicos sollozos del Petrarca!

"¡Arriba, pensador desconocido!


"Que el á ngel de la luz viene a mi espalda,
"como vendrá la libertad bendita,
"tras larga noche de miseria y lá grimas.

"¡Arriba, labrador del pensamiento!


'"Cava ancho surco en la conciencia humana,
"que si lo riega tu sudor fecundo,
"dará flores y frutos de esperanza!"
Romance de los indios de Mexcala

En medio al mar de Chapala,


Mar olvidado en la tierra,
Mar huérfano, coronado
De pueblos y sementeras,
Está la isla de Mexcala,
Tan graciosa y tan esbelta
Como la fabula pinta
Las seductoras Nereidas.
Si la acarician las brisas,
Las blandas olas la besan,
Y orgullosa se levanta
Dominando las tormentas,
Desde su peana de rocas
Que entre las olas descuella.
Allí, á su modo, los indios
Proclaman su independencia,
Y á sus fieros opresores
Invencibles escarmientan.
Herido Cruz en su orgullo,
En Guadalajara ordena
Que a los indios mexcaleros
Se haga furibunda guerra.
Ya se disponen valientes,
Ya en embarcaciones se aprestan,
Ya el estampido del trueno
Horror y venganzas siembra.
Linares surca las aguas,
Frente de Mexcala llegan,
Y la isla triste, de pronto
Se mira como desierta;
Mas de repente, en las aguas
Voces humanas resuenan,
Y canoas numerosas
Que van de gente repletas,
A las tropas españolas
Anonadan y escarmientan.
Tíñese de sangre el agua,
La horrible matanza arrecia,
Y cuando alumbra un sol nuevo,
No halla del desastre huella.
Cruz, que supo la derrota,
Brama como herida fiera,
Y un papel manda á los indios
Que es de muerte su sentencia:
Allí les reprocha airado,
Allí amaga, allí condena,
Y concluye con decirles,
En ira ardiendo y soberbia:
“ Si no os sometéis humildes,
“ Si me negais obediencia,
“ Veréis correr mucha sangre,
“ Y esa será sangre vuestra.”
Atentos oyen los indios
La filípica tremenda,
E instados á que respondan,
El que la palabra lleva
Responde con grande calma
Y con expedita lengua:
“ Señor, que corra la sangre,
“ Al fin y al cabo es la nuestra.”
La rima de los ayes
Leopoldo Lugones

Cuando te hablen del luto má s amargo,


de las desolaciones má s amargas,
de la amargura de las negras hieles,
de la negra agresió n de las nostalgias,
de las almas má s tristes y má s torvas,
de las frentes má s torvas y má s pá lidas,
de los ojos má s turbios y má s secos,
de las noches má s turbias y má s largas,
de las fiebres má s bravas y má s rojas,
de las iras má s sordas y má s bravas:
acuérdate del tétrico enlutado,
de la lira siniestra y enlutada
envuelta en negros pañ os, como un féretro,
llena de sones y de voces vagas,
cual si gimiera un alma tenebrosa
en el hueco sonoro de su caja.

¡Qué noche! Palideces de cadá ver


tenían los fulgores de mi lá mpara
y como una grande ave prisionera
latía el corazó n, allá en la estancia,
que estaba fría y negra, triste y negra:
negra con la presencia de mi alma!
De un rincó n donde había mucha noche,
como un inmenso horror surgió un fantasma.

Acuérdate del ojo má s opaco,


de la frente má s lívida y má s calva,
del presagio má s triste de tus sueñ os,
de un miedo estrangulante como garra,
de la angustia de intensa pesadilla
que se siente caer como una lá pida,
de la noche del Viernes doloroso...
y piensa luego en mí: ¡yo era el fantasma!

¡Ah, cuando oigas hablar de esos tormentos


cuyo amargor anega las gargantas,
que aprietan los sollozos delirantes
como filosos garfios de tenaza.

¡Ah, cuando oigas hablar de esos delirios


que atormentan las vidas desoladas,
como los vientos nubios que atormentan
la desolada arena del Sahara.

¡Ah, cuando oigas hablar de esas pasiones


que vuelca el corazó n como la lava
candente sangre de las hondas vetas
que vuelca la erupció n como honda ná usea.

¡Ah, cuando oigas hablar de esas angustias


que obscuros huecos en los pechos cavan,
cual la enorme espiral de remolinos
que perfora en los golfos la resaca:
diles que existe un ló brego paraje
en la infinita latitud de mi alma,
con silenciosas noches de seis meses
cual la triste península Kamchatka.

Que allí vive la musa de los Ayes,


mi concubina desolante y pá lida,
en cuyas carnes hostilmente frías
se quiebra la Intenció n como una espada

Que allí existe una cumbre siempre muerta


bajo el aire polar, y que se llama
Monte de las Tristezas, y que moran
familias de cipreses en sus faldas.
Que allí flotan lamentos de suicidas,
que allí humea una estéril solfatara,
donde está n, capitales del Orgullo,
-numerosas Pompeyas enterradas.

Que allí ruge una mar de ondas acerbas


que enturbian los asfaltos y las naftas,
y que en ella las almas desembocan
los tristes sedimentos de sus llagas.

Que allí brama la fiera que está oculta


tras el perfil de la frontera atá vica,
que allí ladran los dogos formidables,
que allí retoñ a en su raíz la garra,
que allí recobra la siniestra célula
todos los cienos de su obscura infancia!

¡Ah cuando oigas hablar de esos errantes


cuya leprosa piel quema y contagia,
cuando entres a esos lú gubres talleres
donde baten los hierros de las armas,
cuando sueñ es que un sapo te acaricia
con su beso de almizcles y de babas,
cuando recuerdes a Luzbel llorando
un llanto cruel como collar de brasas:
acuérdate del tétrico enlutado,
de la lira siniestra y enlutada,
que vibra como un féretro sonoro
que mantuviese prisionera un alma;
de los sonoros féretros que vibran
cual las liras siniestras y enlutadas,
del pá lido siniestro que te besa,
del beso de huracá n que hay en tu alma,
del huracá n que pone con un beso
sus negros labios en tu frente pá lida,
de la estrella y la noche:
de tu alma
y de mi alma.
Las ruinas de Uxmal
José Peó n Contreras

Eternamente á la memoria mia


Se agolpan los recuerdos. ¡Quién pudiera
Conquistar para su alma el aislamiento!
¿Quién es aquel que alcanza, un solo dia,
Un solo instante, la veloz carrera
Detener del humano pensamiento?
En su curso violento
Desplega á nuestra vista del pasado
Cuanto hemos contemplado.
Cual vasto panorama
Y a través de un cristal de cien colores,
Donde un sol apacible reverbera,
Los cuadros vemos de la edad primera
Que con variada tinta
El má gico pincel de los amores
Entre perpetua primavera pinta!
Vemos después la juventud burlando
Su cortejo de lagrimas y flores:
Ingrata juventud! Que llorando
Hora festiva riendo,
Llega como los pá jaros cantando;
Pasa como las tó rtolas gimiendo;
Y vuelan presurosas
En tropel sus fantá sticas visiones,
Ya de ciprés cubiertas y crespones,
Ya coronadas de azucena y rosas.

Ay! Cuá ntas veces, cuá ntas! Divagando


Mi infatigable espíritu por donde
El alma mia esconde
La flor de su cariñ o;
Por los risueñ os campos do gozando
Libre latió mi corazó n de niñ o,
Y que hoy al recordarlos
Y al bendecir su nombre
Consuelo son del corazó n del hombre,
Envuelta en sombras, mustia y desolada
Uxmal se me presenta, y contristada
Desplega errando en su estension sombría
Sus alas de Condor la fantasía.
Uxmal! Uxmal! Cual de encanto sueñ o
En los brazos mecido,
Torno a mirar sus índicos despojos
En medio de la selva abandonados.
Y en su boscosa soledad perdido
Tendiendo voy los anhelantes ojos
Por las desiertas ruinas extraviados,
De admiració n pasmados.
Absorto y sin aliento
Vislumbra el pensamiento
Al través de los siglos su alta gloria.
¿por qué, ¡oh, desdicha! Un pueblo numeroso
del pasado en el caos tenebroso
dejo rodar su peregrina historia?
Ni una cifra, ni un nombre, ni un escudo,
Legar el tiempo a sus reliquias pudo
Para guardar al mundo su memoria,
Quedando solo de el, ló brego y mudo
De su inmenso panteó n el monumento,
Como le queda al á rbol corpulento
Que desafió el poder de las edades
Y escollo fué de recias tempestades,
Gala del bosque y majestuosa pompa
Del florecido de Mayo,
El miserable tronco
Que ostenta hendido la piedad del rayo.
Del MAYA las oscuras tradiciones,
Nada conservan ya de lo que fueron
Los que allí sus mayores encontraron.
Grandes hechos tal vez, altas lecciones
A la posteridad legado hubieran
Los que en esos desiertos habitaron,
Y los muros alzaron
Donde hoy la yerba crece.
Donde el estrago ofrece
Su deleznable huella á quien los mira.
Fueras allí ,Manuel, y amargamente
Doblaras, mudo de dolor, la frente.
Todo silencio y soledad respira!
Todo devastació n! Y es cosa triste
Saber que cuanto vemos, cuanto existe
De poderoso y grande ¡oh cruda suerte!
Será no mas despojo de la muerte!
Vieras allí el ALCAZAR suntuoso
Que levantaron los altivos reyes,
En míseros escombros convertido.
Donde tronó la voz del poderoso,
Donde soberbio promulgó las leyes
Que sepultó en sus antros el olvido.
Vieras allí derruido
El vasto MONASTERIO
Cual triste cementerio
Que en tinieblas envuelto al alma arredra,
Y amenazante aun, y carcomida,
De hondo silencio y de pavor circuida,
Del sacrificio la sagrada piedra.
Y allí también en á rida montañ a,
Obra gigante de su gente estrañ a,
La casa del ASTROLOGO, al violento
Furor de las tormentas escarmiento!
Cuá nta desolació n! cuá nto abandono
Vieras en derredor! cuá nta grandeza
Sepultada á la par lamentarías!
Quién creyera que allí́ donde hubo un trono,
Solo queden abrojos y maleza
y selvas intrincadas y sombrías?
En mas hermosos días
Alegre y presurosa
Juventud bulliciosa
Cruzó por esos solitarios lares!
Acaso en risa y placentera danza
Pidieron al amor una esperanza
Confiando á la hermosura sus pesares.
Acaso allí́ sus almas confundidas,
Almas al mundo para amar nacidas,
Al rayo frio de serena luna
y en plá cido embeleso,
Confundieron sus vidas,
Bendiciendo su amor y su fortuna,
En uno solo y prolongado beso.
O en noche tenebrosa,
Al eco de una lira melodiosa
en dulces horas de placer inquietas,
Entonaron sus trovas los poetas!
Tal vez un dia, enardecidos, fieros,
Al asordar el dios sangriento Marte
Los aires con sus ecos sonorosos,
Llenaron esos campos mil guerreros,
y mil Y mil tras bélico estandarte
Volaron al combate presurosos.
Tal vez allí orgullosos
De la alcanzada gloria,
Laureles de victoria
En la indomable frente se ciñ eron,
Y allí su triunfo en himnos celebraron;
y allí́ también los huérfanos lloraron
Por los que á sus hogares no volvieron.
Pero todo pasó , su pompa vana
Es hoy ejemplo á la miseria humana;
Que arrebató el destino en sus furores,
Bardos, guerreros, juventud y amores.
Y qué hay estable? Acaso, acaso un día
Esta del Aná huac joya preciada,
De la joven América decoro,
Caerá también bajo la rueda impía
Del carro de los tiempos, destrozada.
Y su opulencia y sus beldad, y el oro
De sus minas tesoro,
Será n no mas objeto á las canciones
De mas grandes naciones......
¡Itá lica cayó , cayó Palmira,
y cayeron Pompeya y Herculano!
Ay de México altiva! en negro arcano
Sepultará el destino incomprensible
Cuanto hoy la vista apasionada admira
y juzga nuestra mente indestructible.
¿Qué será n sus alcá zares grandiosos?
Solitario arenal, bosques frondosos,
Tristeza y destrucció n donde se alzaron,
y el poder de los hombres proclamaron.
En estas plazas, junto de esas fuentes,
Las aves á millares,
Sin temor de las gentes,
Cantará n sus amores inocentes,
O gemirá n en dú lcidos cantares
Su desventura acerba......
Y en estas torres crecerá́ la yerba,
Y manso y descuidado
Por esas calles pacerá el ganado!
Vox Populi
Gregorio de Gante

Pueblo viril, asolador torrente,


Que has escrito con sangre nuestra historia,
Á guila que con vuelo prepotente
El espacio has crecido independiente
Para llegar al nido de la gloria.

Hércules que con mú sculo crispado


tritura de los pueblos la simiente;
có ndor de vuelo audaz y arrebatado
que alzas sobre la tumba del pasado
las cunas sin baldones del presente.
Vencido y vencedor; en las arenas
de la liza, te he visto soberano
pasar mil horas de amargura llenas
y derramar la sangres de tus venas,
y ahogar entre las olas al tirano.

Yo te he visto sangriento en las campañ as


transformar a tus hijos en campeones,
transformar en trincheras tus cabañ as,
hacer de proyectil en las montanas
y servir de cureñ a a los cañ ones.

Escú chame titá n; yo se que tu eres


heredero de glorias inmortales
y aunque hay lauros y palma en tus haberes,
aú n te falta ganar en tus talleres
lo mucho que has ganado en los zarzales.

Yo quiero que si tu á nimo se abate


renazca tu vigor; alza tu andrajo
y abandona, al entrar en el combate,
a la lucha sangrienta del embate
por la lucha sin sangre del trabajo...

Yo no quiero impotentes ver tus brazos


cual remero cansado en su piragua;
que descarguen tus fuelles sus sablazos;
¡el yunque es un laú d que, a martillazos,
canta la eterna gloria de la fragua!

Quiero que en el taller lata la arteria


vigorizando el mú sculo de acero
para verter después en lucha seria,
estrangulando audaz a la miseria
abatiendo a los ogros del dinero.

Yo quiero que me escuches; no en las greyes


hallará s la grandeza del calvario,
que en el taller, tabor no victimario
es má s noble que el manto de los reyes
el harapo que lleva el proletario.

Yo quiero que te instruyas; de infinita


obscuridad tu espíritu está lleno;
la ciencia, de tus cá rmenes proscrita,
es el futuro todo que nos grita:
¡yo soy la libertad!, con voz de trueno.

Escucha ¡oh pueblo!, con afá n prolijo;


corona para ti con ansias labra,
mira hacia el porvenir con ojo fijo;
yo quiero tu grandeza, tu hijo soy
es tu sangre quien grita en mi palabra.
Helios
Rubén Darío

¡Oh ruido divino!,


¡oh ruido sonoro!
Lanzó la alondra matinal el trino
y sobre ese preludio cristalino,
los caballos de oro
de que el Hiperionida
lleva la rienda asida,
al trotar forman mú sica armoniosa,
un argentino trueno,
y en el azul sereno
con sus cascos de fuego dejan huellas de rosa.
Adelante, ¡oh cochero Celeste!, sobre Osa;
y Pelió n, sobre Titania viva.
Atrá s se queda el trémulo matutino lucero,
y el universo el verso de su mú sica activa.

¡Pasa, oh dominador, oh conductor del carro


de la má gica ciencia! ¡Pasa, pasa, oh bizarro
manejador de la fatal cuadriga,
que al pisar sobre el viento
despierta el instrumento
sacro! Tiemblan las cumbres
de los montes má s altos,
que en sus rítmicos saltos
tocó Pegaso. Giran muchedumbres
de á guilas bajo el vuelo
de tu poder fecundo,
y si hay algo que iguale la alegría del cielo,
es el gozo que enciende las entrañ as del mundo.

¡Helios!, tu triunfo es ése,


pese a las sombras, pese
a la noche, y al miedo y a la lívida Envidia.
Tú pasas, y la sombra, y el dañ o, y la desidia,
y la negra pereza, hermana de la muerte,
y el alacrá n del odio que su ponzoñ a vierte,
y Satá n todo, emperador de las tinieblas,
se hunden, caen. Y haces el alba rosa, y pueblas
de amor y virtud las humanas conciencias,
riegas todas las artes, brindas todas la ciencias;
los castillos de duelo de la maldad derrumbas,
abres todos los nidos, cierras todas las tumbas,
y sobre los vapores del tenebroso Abismo,
pintas la Aurora, el Oriflama de Dios mismo.

¡Helios! Portaestandarte
de Dios, padre del Arte,
la paz es imposible, mas el amor eterno.
Danos siempre el anhelo de la vida,
y una chispa sagrada de tu antorcha encendida
con que esquivar podamos la entrada del Infierno.

Que sientan las naciones


el volar de tu carro, que hallen los corazones
humanos en el brillo de tu carro, esperanza;
que del alma-Quijote y del cuerpo-Sancho Panza
vuele una psique cierta a la verdad del sueñ o;
que hallen las ansias grandes de este vivir pequeñ o
una realizació n invisible y suprema;
¡Helios! ¡Que no nos mate tu llama que nos quema!
Gloria hacia ti del corazó n de las manzanas,
de los cá lices blancos de los lirios,
y del amor que manas
hecho de dulces fuegos y divinos martirios,
y del volcá n inmenso
y del hueso minú sculo,
y del ritmo que pienso,
y del ritmo que vibra en el corpú sculo,
y del Oriente intenso
y de la melodía del crepú sculo.

¡Oh, ruido divino!


Pasa sobre la cruz del palacio que duerme,
y sobre el alma inerme
de quien no sabe nada. No turbes el Destino,
¡oh ruido sonoro!
El hombre, la nació n, el continente, el mundo,
aguardan la virtud de tu carro fecundo,
¡cochero azul que riges los caballos de oro!
La fuga en la estepa
José Santos Chocano

En la estepa desolada
bajo el cielo de una noche que exprimía
sus estrellas como lá grimas,
contra el viento que gemía amargamente,
como cuerda de guitarra
que retuerce su sonido
bajo el dedo que lo arranca,
un trineo,
un trineo todo frá gil y crujiente como cá scara
iba en fuga por las nieves,
entre ensueñ os y neblinas
y suspiros y fantasmas…

¡Y quién sabe la pareja


que en el rá pido trineo se escapaba!
É l, macizo, de ancho tó rax
y de atléticas espaldas;
ella, leve,
mal envuelta con pelajes y con gasas.

¿Quiénes eran?
Quienes fueran. Dos amantes: só lo un alma
y en la estepa
desolada,
los caballos relinchantes
y nerviosos galopaban... galopaban... galopaban.

De repente,
desde el fondo de las sombras apretadas
llegó el eco de un galope
que al galope de caballos contestaba.

-¿Son los lobos? - ¡Son los lobos!


y las rá fagas
de aquel viento parecían
como aullidos de hambre y rabia…
Y las luces de los astros
como ojos de amenaza...
Y la noche, negra, negra
como boca de uno de los lobos que a galope se acercaban…

-¿Son los lobos?... ¡Son los lobos!


Dú o infausto. Noche trá gica.
Y se oía un latigazo
como un grito de esperanza.

Retorcíase en las sombras


la figura de la dama;
y, a manera de una angustia,
sacudía sus cabellos y veía a sus espaldas.
É l, al golpe de su lá tigo,
en los lomos de los líricos caballos hacía ascuas.

Y en la estepa
desolada,
los caballos relinchantes y nerviosos
galopaban... galopaban... galopaban...

Medialuna
cadavérica, azulada,
como boca que sonríe de repente,
dilató sobre las nieves la caricia de su plata.
Y la paz llegó . Los lobos
se alejaron. Una racha
jubilosa recogió el relincho alegre
de los trémulos caballos y la dama
cambió , entonces, con la luna
la amistad de una mirada.
Y él, al golpe
de su lá tigo, en las ancas
hizo cruces
sesgas y amplias.

Y la estepa
fue pasando, toda blanca,
por debajo del trineo;
y quedando como nunca desolada
Noche lú gubre
Alfonsina Storni

Estaba la noche compacta y sombría


cuando me detuve de golpe a tu puerta,
tu puerta de oro donde estaba escrito:
“Golpea, viajera”

Estaba tu casa rodeada de plantas


y llena de luces en medio a la estepa;
sonaban laú des, trepaban rosales
por sobre las verjas.

- ¡Á breme! – mi grito resonó en la noche


y huyeron del cielo todas las estrellas...
- ¡Á breme! – mi grito se hinchó en el desierto,
palpitó la arena.

Rebañ os de lobos hambrientos me siguen,


serpientes y tigres, leones y hienas
me buscan los rastros, me siguen a prisa,
á breme tu puerta...

-Dame un rincó n blando dentro de tu pecho


para que repose, toma las cadenas
que oprimen mis brazos y cá rgalas, ponme
piadoso tus vendas.

-Me echaré a tus plantas, humilde, sumisa,


guardaré tus ojos, beberé tus penas,
viviré de tu alma, pero dame, dulce,
dame el alma entera.

Te asomaste entonces; debajo tu mano y


como esperanza se movió tu puerta:
miraste mis oídos, mis ojos sombríos,
mi boca en tormenta.

Miraste el desierto y aullidos de lobos,


silbidos de sierpes, rugidos de hienas
sonaron terribles. Las sombras estaban
compactas y negras.

Me buscan, me siguen, repetí temblando


(mis ojos echaban la luz de una hoguera)
Me buscan, me siguen... Rasgará n mis manos,
comerá n mi lengua.

Pero tu mirada se volvió de hielo;


- Queman demasiado tus ojos viajera,
Me dijo tu boca –Sigue tu camino,
no es tuya mi puerta.

-Mi casa es de sombras, de dulce reposo,


de apacible aroma, de tranquilas selvas,
me traes la noche, mujer; en tus manos
se ve la tormenta.

Camino al desierto me volví gritando:


leones y tigres, serpientes, panteras,
rasgadme las carnes, libertadme el alma,
Oh malas, sed buenas!...
Una a una luego por el lado mío,
piadosas y tristes, pasaron las fieras...
¡Cerrada tu alma!... ¡Cerrada tu alma!...
No había una estrella.
Los dioses griegos
Henrich Heine

Bajo la luz serena de la luna


como el oro en fusió n el mar rïela,
resplandor que el fulgor del claro día
con la molicie de la noche mezcla,
la vasta playa misterioso alumbra,
y en el azul del cielo sin estrellas
vagan las blancas nubes como estatuas
de dioses colosales y siniestras,
talladas por la mano del acaso
en las entrañ as de brillante piedra.
No son, no son las nubes, son los dioses,
los dioses mismos de la antigua Grecia,
que el mundo alegremente gobernaron
en pasadas edades con su diestra,
y hoy, después de su ruina y su caída,
cuando la noche silenciosa media,
cruzan dolientes por el ancho cielo
espectros tristes, sombras gigantescas.
Fascinada y ató nita mi vista,
este flotante Pantheó n contempla;
colosales figuras que se mueven
y cruzan tristes la extensió n serena
con un solemne y sepulcral silencio.
—Mirad a Kronion, rey de las esferas;
su nieve los inviernos en los bucles
vertieron, de su oscura cabellera,
sobre aquellos cabellos que al moverse
al Olimpo temblar un día hicieran;
aun con furor el extinguido rayo
trémula empuñ a su cansada diestra,
y su rostro, que hollara el sufrimiento,
no perdió́ en la desgracia su fiereza.
¡Oh altivo Zeus! Tiempos má s dichosos
aquellos tiempos que pasaron eran,
cuando saciabas tu apetito ardiente
de hecatombes y ninfas hechiceras;
mas de los mismos dioses el reinado
término al fin en el espacio encuentra.
Los jó venes empujan a los viejos
cual tú un día empujaste en vil pelea
a tu padre y tus tíos los Titanes,
Jú piter parricida con fiereza.
También te reconozco, altiva Juno;
a pesar de tus celos y tus quejas,
otra ha tomado el cetro de los cielos;
no eres la reina incontrastable y bella,
y tus brazos de lirio ya impotentes
miro, e inmó vil tu ojo de gacela;
y ya a la hermosa que de Dios el hijo,
fruto divino, en sus entrañ as lleva,
tu venganza cual rayo de los cielos,
diosa vencida, a destrozar no llega.
Y a ti también, también te reconozco:
¿Con tu saber y tu égida y tu fuerza
la caída evitar no has conseguido
del viejo Olimpo, Palas Atenea?
Y también llegas tú , tierna Afrodita;
tus cabellos cual oro en tu cabeza
brillaban otras veces, ahora luce
como plata tu hermosa cabellera.
Hermosa está s, el cinturó n famoso
de las Gracias te ciñ e y te sujeta,
y sin embargo, miedo incomprensible,
raro temor me causa tu belleza;
y si cual héroes de lejanos días
tu hermoso cuerpo poseer debiera,
por loca angustia el corazó n opreso
yo moriría de quebranto y pena.
Eres tan só lo, Venus Libitina,
ya de la muerte la deidad siniestra.
Tampoco Ares con su mirada amante
a su querida lívida contempla;
Febo Apolo, el hermoso adolescente,
inclina tristemente la cabeza,
y la lira sonante que alegrara
del Olimpo feliz la noble mesa,
y vibró en el banquete de los dioses,
destemplada sostiene con su diestra.
Má s sombrío Hefaistos me parece,
y el adusto Vulcano con fiereza
a la celeste reunió n no sirve,
a Hebe sustituyendo, el dulce néctar.
La risa inextinguible de los dioses
después de tanto tiempo ya no suena.
Yo jamá s os amé, ¡viejas deidades!
¡Divinidades clá sicas y fieras!

Mas piedad santa y compasió n ardiente


de mi pecho sensible se apodera
cuando errantes os miro por la altura,
¡Dioses abandonados! ¡Sombras muertas!
¡Nebulosas imá genes que el viento
hace huir aterradas y dispersas!
Y al pensar cuá n cobardes y cuá n falsos
los dioses son que un día os vencieran,
esos sombríos y modernos dioses
que hoy los cielos dirigen y gobiernan,
zorros de sangre ansiosos, que se cubren
con la piel del cordero, ardiente llena
la ira mi pecho, y deshacer sus templos
y por vosotros combatir quisiera.
Por vosotros, deidades sonrïentes,
y vuestro buen derecho, que la Grecia
con su ambrosía perfumó ; y sumiso,
en vuestro nuevo altar lleno de ofrendas
adorar y cantar y alzar al cielo
los brazos suplicantes yo quisiera.
Verdad es que otras veces, viejos dioses,
de los humanos en las luchas fieras
del vencedor tomabais el partido,
venales cortesanos de la fuerza.
Pero es el alma del mortal má s noble,
má s entusiasta y generosa y tierna,
y yo sigo, en las luchas de los dioses,
de los dioses vencidos la bandera.
—Hablaba así, y en el sereno cielo
las visiones fantá sticas de niebla,
sensibles a mi voz, enrojecían,
mirá banme con silenciosa pena,
y cual por el dolor transfiguradas
fundiéronse de pronto en la tiniebla.
Ya se había escondido silenciosa
la luna tras las nubes cenicientas,
alzaba el ancho mar su voz sonora,
y del espacio en la extensió n inmensa
salían victoriosas, derramando
sus eternos fulgores, las estrellas.
La fuga de los cisnes
Augusto Winter

Reina en el lago de los misterios tristeza suma:


los bellos cisnes de cuello negro de terciopelo,
y de plumaje de seda blanca como la espuma,
se han ido lejos porque del hombre tienen recelo.

Aú n no hace mucho que sus bandadas eran risueñ os


copos de nieve, que se mecían con suavidad
sobre las ondas, blancos y hermosos como los sueñ oscon que se puebla de los amores
la bella edad.

Eran del lago la nota alegre, la nota clara,


que al panorama prestaba vida y animació n;
ya fuera un grupo que en la ribera se acurrucara,
ya una pareja de enamorados en un rincó n.

¡Có mo era bello cuando jugaban en la laguna


batiendo alas en los ardientes días de sol!
¡Có mo era hermoso cuando vertía la clara luna
sobre los cisnes adormecidos su resplandor!

El lago amaban donde vivían como señ ores


los nobles cisnes de regias alas; pero al sentir
có mo implacables los perseguían los cazadores,
buscaron tristes donde ignorados ir a vivir.

Y poco a poco se han alejado de los parajes


del Budi hermoso, que ellos servían a decorar,
yéndose en busca de solitarios lagos salvajes
donde sus nidos, sin sobresaltos, poder formar.

Quedaban pocos, eran los ú ltimos que no querían


del patrio lago las ensenadas abandonar,
sin contagiarse con el ejemplo de los que huían
Confiando siempre de los peligros poder salvar.

Mas, desde entonces fue su destino, destino aciago


ser el objeto de encarnizada persecució n:
vió seles siempre de un lado a otro cruzar el lago,
huyendo tímidos de la presencia del cazador.

Y al fin, cansados los pobres cisnes de andar huyendo,


se reunieron en una triste tarde otoñ al,
en la ensenada, donde solían dormirse oyendo
la cantinela de los suspiros del totoral.

Y allí acordaron, que era prudente tender el vuelo


hacia los sitios desconocidos del invasor;
yendo muy lejos, tal vez hallaran bajo otro cielo
lagos ocultos en un misterio má s protector.

¡Y la bandada gimió de pena, sintiendo acaso


tantos amores, tantos recuerdos dejar en pos!
¡Batieron alas; vibró en el aire frufrú de raso
que parecía que era un sollozo de triste adió s!

Reina en el lago de los secretos tristeza suma,


porque hoy no vienen sobre sus linfas a retozar,
como otras veces, los nobles cisnes de blanca pluma
nota risueñ a que ya no alegra su soledad.

Si, por ventura, suelen algunos cisnes ausentes,


volver enfermos de la nostalgia, por contemplar
el lago amado de aguas tranquilas y transparentes,
lo hallan tan triste que, alzando el vuelo, no tornan má s.
La marimba
Francisco P. Figueroa

Lentamente,
lentamente cual si fuera
una gota que cayera
desde el má rmol de la taza de una fuente,
tal preludia la marimba una extrañ a sinfonía
saturada de amargura y de cruel melancolía
con sus teclas de madera...

Yo no sé que oscuro arcano


de tristeza hay en lo hondo
de esa mú sica salvaje, que palpita allá en el fondo
de sus notas como queja
dolorosa.
Como un gemido humano,

como algo que solloza,


como un dolor latente,
como algo inexplicable, infinitamente triste.

Es el alma de una raza;


de una raza que no existe,
de una raza ya extinguida, libre, indó mita y valiente.
Es el alma de Votam,
es el alma de Lempira
que en la mú sica suspira;
es el alma de los indios que mandó Tecum Umá n,
siempre, siempre a la Victoria,
siempre al triunfo y a la gloria.
Es el alma brava y fuerte
de aquel fiero luchador
que encontró gloriosa muerte
en la punta de la lanza del feroz conquistador.

Es la pobre raza extinta


del imperio Cachiquel.
Es la raza de aquel pueblo que dejó con sangre tinta
la antes clara linfa pura del gran río Xequijel.
Es el alma de la raza de los grandes sacrificios,
triunfadora en mil combates, triunfadora.
Hasta el día en que los teules, con engañ os y artificios,
redujéronla a ignominia,
al infame vasallaje.
Esa raza es la que llora,
que solloza de coraje,
de despecho y de impotencia, en la mú sica salvaje,
en la nota plañ idera
del indígena instrumento de teclado de madera.

Escuchad la sinfonía
de cruel melancolía,
¡escuchad qué sentimiento
el que vibra entre las notas del indígena instrumento!
Nunca ríe, nunca canta;
es cual pá jaro cautivo que jamá s cantó alegrías,
ni jamá s de su garganta
ha brotado má s que el lloro
de sus tristes elegías,
en las frías
soledades de sus cá rceles de oro.

¿Qué le importa a la vencida


raza extinta, vuestros dones, vuestra lengua
que no entiende? ¿Qué le importa si en el nombre
del Dios bueno, del Dios hombre,
arrasaran sus altares,
si para ella es mudo el cielo,
si es su vida
só lo oprobio, cautiverio, só lo mengua?
¡Qué le importa, ya no es de ella el rico suelo,
que regaron sus mayores con su sangre generosa...!

¿Qué le importa al indio eso


que llamá is pomposamente libertades y progreso,
si es del amo su cabañ a, si del amos son sus hijas y su esposa?
¿Qué le importa? Si de aquella raza libre, brava y fuerte,
que sufrió sin inmutarse los tormentos y la muerte,
habéis hecho solamente las acémilas de carga,
que se arrastran tristes, mudas bajo el peso
de su amarga dura suerte.

¡Oh! Dejadla que solloce, que se queje a su manera;


solamente le ha quedado su marimba de madera,
que le habla de sus tiempos victoriosos,
de sus templos y palacios de Yxinché y de Copá n,
de su rey Kiyab El Grande, de su gran Volum Votan;
de sus heró es de hierro,
de sus épicos colosos,
fieros, libres bajo el sol,
que infundieron la pavura
por su arrojo y su bravura
en el á nimo aguerrido del intrépido españ ol.
El hombre invisible
Pablo Neruda

Yo me río
me sonrío
de los viejos poetas.
Yo adoro toda
la poesía escrita,
todo el rocío,
luna, diamante, gota
de plata sumergida,
que fue mi antiguo hermano,
agregando a la rosa,
pero me sonrío
siempre dicen "yo"
a cada paso
les sucede algo,
es siempre "yo"
por las calles
só lo ellos andan
o la dulce que aman
nadie má s,
no pasan pescadores,
ni libreros,
no pasan albañ iles,
nadie se cae de un andamio,
nadie sufre,
nadie ama,
só lo mi pobre hermano,
el poeta,
a él le pasan
todas las cosas
y a su dulce querida,
nadie vive
sino él só lo
nadie llora de hambre
o de ira
nadie sufre en sus versos
porque no puede
pagar el alquiler,
a nadie en poesía
echan a la calle
con camas y con sillas
y en las fá bricas
tampoco pasa nada,
no pasa nada,
se hacen paraguas, copas,
armas, locomotoras,
se extraen minerales
rascando el infierno,
hay huelga
vienen soldados,
disparan,
disparan contra el pueblo,
es decir contra la poesía,
y mi hermano
el poeta
estaba enamorado,
o sufría
porque sus sentimientos
son marinos,
ama los puertos
remotos, por sus nombres,
y escribe sobre océanos
que no conoce;
junto a la vida, repleta
como el maíz de granos
él pasa sin saber
desgranarla,
él sube y baja
sin tocar la tierra,
o a veces
se siente profundísimo
y tenebroso,
él es tan grande
que no cabe, en sí mismo;
se enreda y desenreda,
se declara maldito,
lleva con gran dificultad la cruz
de las tinieblas,
piensa que es diferente
a todo el mundo,
todos los días come pan
pero no ha visto nunca
un panadero
ni ha entrado a un sindicato
de panificadores,
y así mi pobre hermano
se hace oscuro,
se tuerce y se retuerce
y se halla;
interesante,
interesante,
esta es la palabra,
yo no soy superior
a mi hermano,
pero sonrío,
porque voy por las calles
y só lo yo no existo,
la vida corre
como todos los ríos,
yo soy el ú nico
invisible,
no hay misteriosas sombras,
no hay tinieblas,
todo el mundo me habla,
me quieren contar cosas,
me hablan de sus parientes,
de sus miserias
y de sus alegrías,
todos pasan y todos
me dicen algo,
¡y cuá ntas cosas hacen!
cortan maderas,
suben hilos eléctricos,
amasan hasta tarde en la noche
el pan de cada día,
con una lanza de hierro
perforan las entrañ as de la tierra
y convierten el hierro
en cerraduras,
suben al cielo y llevan
cartas, sollozos, besos,
en cada puerta
hay alguien,
nace alguno,
y me espera la que amo,
y yo paso y las cosas
me piden que las cante,
yo no tengo tiempo,
debo pensar en todo,
debo volver a casa,
pasar al Partido,
qué puedo hacer,
todo me pide
que hable
todo me pide
que cante y cante siempre,
todo está lleno
de sueñ os y sonidos,
la vida es una caja
llena de cantos, se abre
y vuela y viene
una bandada
de pá jaros
que quieren contarme algo
descansando en mis hombros,
la vida es una lucha
como un río que avanza
y los hombres
quieren decirme,
decirte,
por qué luchan,
se mueren,
por qué mueren,
y yo paso y no tengo
tiempo para tantas vidas,
yo quiero
que todos vivan
en mi vida
y canten en mi canto,
yo no tengo importancia,
no tengo tiempo
para mis asuntos,
de noche y de día
debo anotar lo que pasa,
y no olvidar a nadie.
Es verdad que de pronto
me fatigo
y miro las estrellas,
me tiendo en el pasto, pasa
un insecto color de violín,
pongo el brazo
sobre un pequeñ o seno
o bajo la cintura
de la dulce que amo,
y miro el terciopelo
duro
de la noche que tiembla
con sus constelaciones congeladas,
entonces
siento subir a mi alma
la ola de los misterios,
la infancia,
el llanto de los rincones,
la adolescencia triste,
y me da sueñ o,
y duermo
como un manzano,
me quedo dormido
de inmediato
con las estrellas o sin las estrellas,
con mi amor y sin ella,
y cuando me levanto
se fue la noche
la calle ha despertado antes que yo,
a su trabajo
van las muchachas pobres,
los pescadores vuelven
del océano,
los mineros
van con zapatos nuevos
entrando en la mina,
todo vive,
todos pasan,
andan apresurados,
y yo tengo apenas tiempo
para vestirme,
yo tengo que correr:
ninguno puede
pasar sin que yo sepa
adó nde va, qué cosa
le ha sucedido.
No puedo
sin la vida vivir,
sin el hombre ser hombre
y corro y veo y oigo
y canto,
las estrellas no tiene
nada que ver conmigo,
la soledad no tiene
flor ni fruto.
Dadme para mi vida
todas las vidas,
dadme todo el dolor
de todo el mundo,
yo voy a transformarlo
en esperanza.
Dadme
todas las alegrías,
aú n las má s secretas,
porque si así no fuera,
¿có mo van a saberse?
Yo tengo que cantarlas,
Dadme
la lucha
de cada día
porque ellas son mi canto,
y así andaremos juntos,
codo a codo,
todos los hombres,
mi canto los reú ne:
el canto del hombre invisible
que canta con todos los hombres.
Canció n de la Juventud
Emilio Carrere

Tarda el laurel de la victoria


Y está cantando mi laú d
¿Para que querré yo la gloria
cuando no tenga juventud?

Cuando las dichas ya lejanas


al alma dan vivo dolor
cuando ya estén mis sienes canas
para que querré yo el amor?

Ahora la vida debería


dá rseme en toda su emoció n;
es un có ndor mi fantasía
y un incensario el corazó n.

Mi alma, sedienta de placeres,


siente el encanto de pecar;
¿Qué habrá n de darme las mujeres
cuando no pueda ya besar?

Del Ideal fiel caballero,


amo la gloria y el Amor
como un bizarro mosquetero,
como un pulido trovador.

Ahora que en dulce ardor interno


toda mi carne siento arder
y me da el fuego del infierno
un cuello blanco de mujer.

Cuando a unos lindos labios rojos


puedo decir un madrigal,
y a veces siento ante mis ojos
deslumbramientos de ideal.

Ahora la vida debería


brindarme toda su emoció n;
puede volar mi fantasía
y sabe amar mi corazó n.

¡Oh juventud loca y florida,


talismá n de má gica virtud!
¿Para que querré yo la vida
cuando no tenga juventud?
Elegía a un soldado vivo
Nicolá s Guillén

Hierro de amargo filo en dó cil vaina,


y el sol en la polaina.
Caballo casquiduro,
trotó n americano,
salada espuma y freno bien seguro.
Cuero y sudor, la mano.

Así pasas, redondo,


encendiendo la calle,
preso en guerrera de ardoroso talle.

Así al pasar me miras


con ojo elemental en cuyo fondo
una terrible compasió n descuaja
cielos de punta en tempestad de iras
sobre mi pecho a la intemperie y hondo.

Así pasas, sonriendo,


á ureo resplandeciendo,
momia ya en la mortaja:
tú , cuya mano rá pida me ultraja
si a algú n insulto de tu voz respondo;

tú , soldado, soldado,
en tu machete en cruz, crucificado.

Cuatro paredes altas


que ni tumbas ni saltas;
muda lengua, bien muda,
ya podrida, en la boca.
Vena sin sangre, corazó n sin duda,
plomo, madera, roca.

Tan lejos en tu potro te perdiste,


que hoy no hallas, hombre triste,
solo en ti, sin ti mismo,
voz que ciegue tu abismo,
corriendo como vas a campo abierto,
sino el mazazo que tus toros castra,
y que aunque estalle el porvenir despierto
hacia ese abismo pró ximo te arrastra:

a ti, pobre soldado,


en tu machete en cruz crucificado.

Labio de vidrio, seco.


Cabeza de muñ eco.
Cañ a, plá tanos, hulla,
saliva de vinagre, espalda roja
donde el lá tigo aú lla,
marca, hiere, se moja.
Bien te recuerdo, hermano,
limpio, sereno, sano.
Cetrino campesino
de escuetas esperanzas verticales;
mi familiar montuno,
seco y hurañ o, a tu manera fino;
dios del agro vacuno
donde con almas verdes, musicales,
la sal de tus ensueñ os dividías:
el cielo, el pan, el techo,
la tierra de tu pecho,
el agua, siempre mansa, de tus días.

Te faltó quien viniera,


soldado, y al oído te dijera:
«Eres esclavo, esclavo
como esos bueyes gordos,
ciegos, tranquilos, sordos,
que pastan bajo el sol meneando el rabo.

Esta paz es culpable.


¡Cuá ndo será que hable
tu boca, y que tu rudo pecho grite,
se rebele y agite!
Tú , paria en Cuba, solo y miserable,
puedes rugir con voz del Continente:
la sangre que te lleva en su corriente
es la misma en Bolivia, en Guatemala,

en Brasil, en Haití... Tierras oscuras,


tierras de alambre para vuelo y ala,
quemadas por iguales calenturas,
secas a golpes de puñ al y bala,
y en las que garras duras
está n con pico y pala
día y noche cavando sepulturas.

Y tú , cuerpo desnudo,
mohoso, pétreo, mudo,
ofreciendo tu cuello,
tus uñ as, tu resuello,
para encender sortijas,
empujar automó viles,
y sucio ver el vientre de tus hijas,
con las manos inmó viles.»
Sí... Faltó quien viniera,
y estas simples verdades te dijera.

Ahora pasas, redondo.


La alegría en el fondo
de ti mismo, y encendiendo la calle
esa guerrera de ardoroso talle.
¿Será posible que tu mano agraria,
la que empujó el arado
sobre la tierra paria;
tu mano campesina, hoy de soldado,
que no robó al ganado
la sombra de su selva solitaria,
ora quitarme quiera
mi pan de cada día,
para hacer aú n má s gorda la chequera
del amo fiero que en tu má user fía?

¡Di que no, di que no! Di, compañ ero,


que tu hermano es primero:
que vienes de la tierra, eres de tierra
y a la tierra dará s tu amor postrero;
que no irá s a la guerra
a morir por petró leo o por asfalto,
mientras tu impar caldero
de primordial maíz bosteza falto;
y que ese brazo rudo
só lo es del perseguido
a quien nadie recuerda cuando cae,
y a quien el sol desnudo
la tibia sangre en el sudor extrae,
como a golpes de un lá tigo encendido.

¡Di que sí, di que sí! ¡Di, compañ ero,


que tu hermano es primero!

¡Ah querido, querido!


No tú soldado muerto,
soldado tú , dormido.
Ven y grita en mis calles, tú , despierto,

tú , con lengua, con dientes, con oído


de hú meda piel cubierto
el ancho cuello henchido,
y el zapato aplastando el triunfo cierto;
que así ha de ver el mundo suspendido

nuestro futuro abierto,


fragua la una mitad y la otra nido,
y sobre el lomo del pasado yerto
el incendio implacable del olvido,
como una luna roja en el desierto.
Era un jardín sonriente
Serafín y Joaquín Á lvarez Quintero

Era un jardin sonriente;


era una tranquila fuente de cristal;
era, a su borde asomada,
una rosa inmaculada de un rosal
Era un viejo jardinero
que cuidaba con esmero del vergel,
y era la rosa un tesoro
de má s quilates que el oro para él

A la orilla de la fuente
un caballero paso
y la rosa dulcemente
de su tallo separó
Y al notar el jardinero
que faltaba en el rosal,
cantaba asi plañ idero,
receloso de su mal:

-Rosa la mas delicada


que por mi amor cultivaba
nunca fue;
rosa la mas encendida
la mas fragante y pulida
que cuide blanca estrella que del cielo,
curiosa de ver el suelo,
resbalo a la que una mariposa
de mancharla temerosa no llego
¿Quien te quiere?
¿Quien te llama?
¿Por tu bien o por tu mal?
¿Quien te llevo de la rama,
que no estas en tu rosal?
¿Tu lo sabes que es grosero el mundo?
¿Que es traicionero el amor?
¿Que no se aprecia en la vida
la pura miel escondida en la flor?
¿Bajo que cielo caiste?
¿A quien tu tesoro diste virginal?
¿En que manos te deshojas?
¿Que aliento quema tus hojas infernal?
¿Quien te cuida con esmero
como el viejo jardinero te cuido?
¿Quien por ti sola suspira?
¿Quien te quiere?
¿Quien te mira como yo?
¿Quien te miente que te ama
con fe y con ternura igual?
¿Quien te llevo de la rama,
que no estas en tu rosal?
¿Por que te fuiste tan pura
de otra vida a la aventura o al dolor?
¿Que faltaba a tu recreo?
¿Que a tu inocente deseo, solo amor?

En la fuente limpia y clara,


espejo que te copiara ¿no te di?
Los pajaros escondidos,
¿no cantaban en sus nidos para ti?

Cuando era el aire de fuego,


¿No refresque con mi riego tu calor?
¿No te dio mi trato amigo
en las heladas abrigo protector?
¿Quien para si te reclama?,
¿Te hara bien o te hara mal?
¿Quien te llevo de la rama,
que no estas en tu rosal?

Asi un dia y otro dia


entre espinas y entre flores,
el jardinero plañ ia
imaginando dolores,
desde á quel en que a la fuente
un caballero llegó
y la rosa dulcemente
de su tallo separó .
Letanías de nuestro Señ or don Quijote
Rubén Darío

Rey de los hidalgos, señ or de los tristes,


que de fuerza alientas y de ensueñ os vistes,
coronado de á ureo yelmo de ilusió n;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazó n.

Noble peregrino de los peregrinos,


que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad...

¡Caballero errante de los caballeros,


varó n de varones, príncipe de fieros,
par entre los pares, maestro, salud!
¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes,
entre los aplausos o entre los desdenes,
y entre las coronas y los parabienes
y las tonterías de la multitud!

¡Tú , para quien pocas fueron las victorias


antiguas y para quien clá sicas glorias
serían apenas de ley y razó n,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certá menes, tarjetas, concursos,
y, teniendo a Orfeo, tienes a orfeó n!

Escucha, divino Rolando del sueñ o,


a un enamorado de tu Clavileñ o,
y cuyo Pegaso relincha hacia ti;
escucha los versos de estas letanías,
hechas con las cosas de todos los días
y con otras que en lo misterioso vi.

¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida,


con el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojas y faltos de sol,
por advenedizas almas de manga ancha,
que ridiculizan el ser de la Mancha,
el ser generoso y el ser españ ol!
¡Ruega por nosotros, que necesitamos
las má gicas rosas, los sublimes ramos
de laurel Pro nobis ora, gran señ or.
¡Tiembla la floresta de laurel del mundo,
y antes que tu hermano vago, Segismundo,
el pá lido Hamlet te ofrece una flor!

Ruega generoso, piadoso, orgulloso;


ruega casto, puro, celeste, animoso;
por nos intercede, suplica por nos,
pues casi ya estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin piel y sin alas, sin Sancho y sin Dios.

De tantas tristezas, de dolores tantos


de los superhombres de Nietzsche, de cantos
á fonos, recetas que firma un doctor,
de las epidemias, de horribles blasfemias
de las Academias,
¡líbranos, Señ or!

De rudos malsines,
falsos paladines,
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia
su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñ al con gracia,
¡líbranos, Señ or!

Noble peregrino de los peregrinos,


que santificaste todos los caminos,
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad...

¡Ora por nosotros, señ or de los tristes


que de fuerza alientas y de ensueñ os vistes,
coronado de á ureo yelmo de ilusió n!
¡que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazó n!
É ste es el pró logo
Federico García Lorca

Dejaría en este libro


toda mi alma.
Este libro que ha visto
conmigo los paisajes
y vivido horas santas.

¡Qué pena de los libros


que nos llenan las manos
de rosas y de estrellas
y lentamente pasan!

¡Qué tristeza tan honda


es mirar los retablos
de dolores y penas
que un corazó n levanta!

Ver pasar los espectros


de vidas que se borran,
ver al hombre desnudo
en Pegaso sin alas,

ver la vida y la muerte,


la síntesis del mundo,
que en espacios profundos
se miran y se abrazan.

Un libro de poesías
es el otoñ o muerto:
los versos son las hojas
negras en tierras blancas,

y la voz que los lee


es el soplo del viento
que les hunde en los pechos,
entrañ ables distancias.

El poeta es un á rbol
con frutos de tristeza
y con hojas marchitas
de llorar lo que ama.

El poeta es el médium
de la Naturaleza
que explica su grandeza
por medio de palabras.

El poeta comprende
todo lo incomprensible,
y a cosas que se odian,
él, amigas las llama.

Sabe que los senderos


son todos imposibles,
y por eso de noche
va por ellos en calma.

En los libros de versos,


entre rosas de sangre,
van pasando las tristes
y eternas caravanas

que hicieron al poeta


cuando llora en las tardes,
rodeado y ceñ ido
por sus propios fantasmas.

Poesía es amargura,
miel celeste que mana
de un panal invisible
que fabrican las almas.

Poesía es lo imposible
hecho posible. Arpa
que tiene en vez de cuerdas
corazones y llamas.

Poesía es la vida
que cruzamos con ansia
esperando al que lleva
sin rumbo nuestra barca.

Libros dulces de versos


son los astros que pasan
por el silencio mudo
al reino de la Nada,
escribiendo en el cielo
sus estrofas de plata.

¡Oh, qué penas tan hondas


y nunca remediadas,
las voces dolorosas
que los poetas cantan!

Dejaría en el libro
este toda mi alma...
Oda a un á guila
José Zorrila

Sube pá jaro audaz, sube sediento


A beber en el viento
Del rojo sol a esplendorosa lumbre;
Sube batiendo las sonantes alas,
De las etéreas salas
A sorprender la luminosa cumbre.

Bien hayas tú , que ves osadamente


Los cielos frente a frente,
Y de cerca a tu Dios, ave altanera;
Y que si el ronco torbellino crece,
Vigoroso te mece,
Siendo un impulso má s a tu carrera.

¿Qué te importa que el sol ni el torbellino


Crucen por tu camino,
Si en vuelo altivo y temerario arrojo
La tormenta te riza mansamente,
Y el sol resplandeciente
Como precisa luz vibra en tu ojo?

¿Qué te importa de pá jaros la ansiosa


Confusió n tumultuosa,
Que se afana en subir cuando tú subes
Si a su impotente y torpe movimiento
Fuerza le falta y viento,
Cuan tu vuelo real hiende las nubes?

¡Salve, oh tú de la atmó sfera señ ora,


Aguila voladora,
Que abandonando nuestra tierra oscura,
Emperatriz del viento te levantas,
Y solitaria cantas
De los lucientes astros la hermosura!

Tal vez escuches en tropel sonoro


Las cítaras de oro
De los santos y célicos festines;
Y tal vez mires en distancias sumas
Las espléndidas plumas
De los blancos y errantes serafines.

Tal vez oyes ¡oh reina soberana!


El infinito Hosanna,
Y en torno al cielo respetuosa giras,
Y en el có ncavo ambiente solitario
Del místico incensario
El á mbar celestial libre respiras.

Y tal vez los espíritus errantes


Que arrastran rutilantes
Esos soles que ruedan en la esfera,
En cariñ osa voz y amago blando,
Te acarician pasando
Al encontrarte siempre en su carrera.

¡Bien hayas tú , del sol y el viento amiga,


Del esfuerzo y fatiga,
De arcá ngeles tal vez acariciada!
¡Bien hayas tú , que despreciando el suelo,
Pides osada al cielo,
Libre, tranquila y liberal morada!

¡Bien hayas tú , que lejos del inmundo


Pantano de este mundo,
No sientes el dolor de los que lloran,
Ni el vergonzoso son de las cadenas,
Ni las de angustia llenas
Quejas sin fin de los que ayuda imploran!

Ni oyes la ronca voz de la impía guerra


Que ensordece la tierra
Y escribe en lanzas sus sangrientas leyes,
Ni del vasallo el desvalido lloro
En derredor del oro
Que brilla en el alcá zar de su reyes.

Bien haces en quedarte en esa altura,


Recinto de ventura,
Aguila emperatriz, hija del viento,
Y dejarnos aquí ya que no osamos,
Pues cobardes lloramos,
Gozar tu libertad por tu ardimiento.

Déjanos, sí, que esclavos de otros dueñ os,


En indignos empeñ os
Las ajenas hazañ as aplaudamos,
Y al ajustar nuestras contiendas fieras,
Las ajenas banderas
Y el extranjero pabelló n sigamos;

Mientras cruzando la regió n vacía,


Tú en infinito día
La farsa ríes de la humana gente,
Y al son de sus dementes alaridos
Registras los perdidos
Vaporosos espacios del Oriente.

Tú desde allí, en las rá fagas mecida,


Segura y atrevida
Contemplas la mezquina y baja tierra,
La miseria del hombre y su inmundicia,
Su orgullo y su injusticia,
Sus vanos triunfos y ominosa guerra.

Tú , ave de libertad y de victoria,


Del aire y del sol gloria,
Desde la calva inmensurable peñ a
Ves có mo se abre trabajosa calle
Por el angosto valle
La armada gente tras la rota enseñ a.

Césares, Alejandros, Napoleones,


Dieron a sus legiones
Tu vencedora imagen por bandera;
Y tú en el viento, sin temor ni vallas,
Al son de sus batallas
Te adormistes ufana y altanera.

Y en vano con tu sombra se escudaron,


Que a la fin tropezaron
En Roma, y Babilonia, y Santa Elena;
Y allí vencidos, la cerviz hundieron,
Mientras al morir te vieron
Rasgar el viento a ti libre y serena.

¡Salve, reina del viento generosa,


Aguila poderosa,
Ave del sol y de la luz querida!
¡Salve, y pluguiera que en tu raudo vuelo
Trepar pudiera al cielo
Una esperanza de mi amarga vida!

¡Oh, si alcanzara, cá ndida María,


Perdida gloria mía,
A enviarte con ese á guila un suspiro!
¡Si alcanzara esa osada mensajera
A decirte siquiera
Que aun por tu solo amor canto y respiro!

¡Ay, fresca rosa que abrasó el estío,


Perdido encanto mío,
Tierna, amorosa y muerta ya María!
¿En qué aura vaga tu fragante aroma?
¿En qué escondida loma
Me velas hoy tu cá liz, vida mía?

Tó rname, hermosa, el rostro soberano.


Y tiéndeme tu mano,
Y dime dó nde está s, para mirarte,
Para que tengan luz los ojos míos,
Y se acallen bravíos
Los duelos de mi vida al adorarte.

Vuela, pá jaro audaz, á guila erguida,


Por la regió n perdida
Donde espléndido el sol alza su Oriente;
Y si aun es dado a tu gigante vuelo
Escudriñ ar del cielo
La ignorada mansió n resplandeciente,

Busca a mi vida y dila que aun la adoro,


Y dila que aun la lloro
Al ronco son de la cansada lira;
Pregú ntala si lejos de esta tierra,
En ese que la encierra
Alcá zar celestial, por mí suspira.

Los Césares así y los Napoleones


Leguen a sus legiones
Tu vencedora imagen por bandera,
Y tú en el viento, sin temor ni vallas,
Al son de sus batallas
Duermas ufana, libre y altanera.

Sube, pá jaro audaz, sube sediento


A beber en el viento
Del rojo sol la esplendorosa lumbre;
Sube batiendo las sonantes alas,
De las etéreas salas
A sorprender la luminosa cumbre.
No te importe que el sol y el torbellino
Crucen por tu camino;
Sigue tu vuelo en temerario arrojo,
Que el huracá n te riza mansamente,
Y el sol resplandeciente
Como precisa luz vibra en tu ojo.

Y si por caso encuentras en el viento


Mi lastimero acento,
Sigue cruzando a las etéreas salas,
Que los roncos preludios de mi canto
Son los ayes del llanto
Que me arranca la envidia de tus alas.
Breve canto a la alegría
Efraín Huerta

En tú hú meda sombra, como una voz pequeñ a


cubierta de rocío y nacida en el aire,
con lentas espirales de gozo
estoy tendido,
sin piedad ni remedio.

Soy como un ruido blando


de tus pies cristalinos,
como una sonrisa desamparada
dirigida a las nubes;
estoy callado, no hablas, nada se oye:
parece que la tierra es dueñ a soberana
de nuestros cuerpos tímidos; parece
que has perdido de vista mi ternura;
heladamente sueñ as, como
si fueras río, manzana y alborada.

De pronto, yo te nombro con aquellas palabras


que nos hicieron dueñ os de todos los azules:
mariposa de plata, marina, maravilla,
azucena de oro, verdecida ternura,
mujer con alma, diosa, diosa mía serena.

Reconozco tu cuerpo, tu nariz, tus cabellos,


tus manos con tristeza y tu boca de jú bilo.

Reconozco tus lá grimas: son plumas,


son cristales, suspiros y presagios.

Por eso mi alegría, por eso mis palabras.

Por ti estoy queriendo, queriéndote,


cantá ndote: ¡alegría, alegría!
Avenida Juá rez
Efraín Huerta

Uno pierde los días, la fuerza y el amor a la patria,


el cá lido amor a la mujer cá lidamente amada,
la voluntad de vivir, el sueñ o y el derecho a la ternura;
uno va por ahí, antorcha, paz, luminoso deseo,
deseos ocultos, lleno de locura y descubrimientos,
y uno no sabe nada, porque está dicho que uno no debe saber nada,
como si las palabras fuesen los pasos muertos del hambre
o el golpear en el oído de la espesa ola del vicio
o el brillo funeral de los fríos má rmoles
o la desnudez angustiosa del á rbol
o la inquietud sedosa del agua...

Hay en el aire un río de cristales y llamas,


un mar de voces huecas, un gemir de barbarie,
cosas y pensamientos que hieren;
hay el breve rumor del alba
y el grito de agonía de una noche, otra noche,
todas las noches del mundo
en el crispante vaho de las bocas amargas.

Se camina como entre cipreses,


bajo la larga sombra del miedo,
siempre al pie de la muerte.
Y uno no sabe nada,
porque está dicho que uno debe callar y no saber nada,
porque todo lo que se dice parecen ó rdenes,
ruegos, perdones, sú plicas, consignas.
Uno debe ignorar la mirada de compasió n,
caminar por esa selva con el paso del hombre
dueñ o apenas del cielo que lo ampara,
hablando el españ ol con un temor de siglos,
triste bajo la rá faga azul de los ojos ajenos,
enano ante las tribus espigadas,
vencido por el pavor del día y la miseria de la noche,
la hipocresía de todas las almas y, si acaso,
salvado por el á ngel perverso del poema y sus alas.

Marchar hacia la condenació n y el martirio,


atravesado por las espinas de la patria perdida,
ahogado por el sordo rumor de los hoteles
donde todo se pudre entre mares de whisky y de ginebra.
Marchar hacia ninguna parte, olvidado del mundo,
ciego al má rmol de Juá rez y su laurel escarnecido
por los pequeñ os y los grandes canallas;
perseguido por las tibias azaleas de Alabama,
las calientes magnolias de Mississippi,
las rosas salvajes de las praderas
y los políticos pelícanos de Louisiana,
lascastas violetas de Illinois,
las bluebonnets de Texas...
y los millones de Biblias
como millones de palomas muertas.

Uno mira los á rboles y la luz, y sueñ a


con la pureza de las cosas amadas
y la intocable bondad de las calles antiguas,
con las risas antiguas y el relá mpago dorado
de la piel amorosamente dorada por un sol amorosos.
Saluda a los amigos, y los amigos
parecen la sombra de los amigos,
la sombra de la rosa y el geranio,
la desangrada sombra del laurel enlutado.

¿Qué país, qué territorio vive uno?


¿Dó nde la magia del silencio, el llanto
del silencio en que todo se ama?
(¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?)

Uno se lo pregunta
y uno mismo se aleja de la misma pregunta
como de un clavo ardiendo.
Porque todo parece que arde
y todo es un montó n de frías cenizas,
un hervidero de perfumados gusanos
en el andar sin danza de las jó venes,
un sollozar por su destino
en el rostro apagado de los jó venes,
y un juego con la tumba
en los ojos manchados del anciano.

Todo parece arder, como


una fortaleza tomada a sangre y fuego.
Huele el corazó n del paisaje,
el aire huele a pensamientos muertos,
los poetas tienen el seco olor de las estatuas
—y todo arde lentamente
como en un ancho cementerio.
Todo parece morir, agonizar,
todo parece polvo mil veces pisado.
La patria es polvo y carne viva, la patria
debe ser, y no es, la patria
se la arrancan a uno del corazó n
y el corazó n se lo pisan sin ninguna piedad.

Entonces uno tiene que huir ante el acoso de los bú falos


que todo lo derrumban, ante la furia imperial
del becerro de oro que todo lo ha comprado
—la pequeñ a repú blica, el pequeñ o tirano,
los ríos, la energía eléctrica y los bancos—,
y es inú til invocar el nombre de Lincoln
y es por demá s volver los ojos a Juá rez,
porque a los dos los ha decapitado el hacha
y no hay respeto para ninguna paz,
para ningú n amor.

No se tiene respeto ni para el aire que se respira


ni para la mujer que se ama tan dulcemente,
ni siquiera para el poema que se escribe.
Pues no hay piedad para la patria,
que es polvo de oro y carne enriquecida
por la sangre sagrada del martirio.

Pues todo parece perdido, hermanos,


mientras amargamente, triunfalmente,
por la Avenida Juá rez de la ciudad de México
—perdó n, Mexico City—
las tribus espigadas, la barbarie en persona,
los turistas adoradores de "Lo que el viento se llevó ",
las millonarias neuró ticas cien veces divorciadas,
los gangsters y Miss Texas,
pisotean la belleza, envilecen el arte,
se tragan la Oració n de Gettysburg y los poemas de Walt Whitman,
el pasaporte de Paul Robeson y las películas de Charles Chaplin,
y lo dejan a uno tirado a media calle
con los oídos despedazados
y una arrugado postal de Chapultepec
entre los dedos.
El sudor.
Miguel Herná ndez.
En el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El sudor es un á rbol desbordante y salado,
un voraz oleaje.

Llega desde la edad del mundo má s remota


a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a sustentar la sed y la sal gota a gota,
a iluminar la vida.

Hijo del movimiento, primo del sol, hermano


de la lá grima, deja rodando por las eras,
del abril al octubre, del invierno al verano,
á ureas enredaderas.

Cuando los campesinos van por la madrugada


a favor de la esteva removiendo el reposo,
se visten una blusa silenciosa y dorada
de sudor silencioso.

Vestidura de oro de los trabajadores,


adorno de las manos como de las pupilas.
Por la atmó sfera esparce sus fecundos olores
una lluvia de axilas.

El sabor de la tierra se enriquece y madura:


caen los copos del llanto laborioso y oliente,
maná de los varones y de la agricultura,
bebida de mi frente.

Los que no habéis sudado jamá s, los que andá is yertos


en el ocio sin brazos, sin mú sica, sin poros,
no usaréis la corona de los poros abiertos
ni el poder de los toros.

Viviréis maloliendo, moriréis apagados:


la encendida hermosura reside en los talones
de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados
como constelaciones.
Entregad al trabajo, compañ eros, las frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.
Las manos
Miguel Herná ndez

Dos especies de manos se enfrentan en la vida,


brotan del corazó n, irrumpen por los brazos,
saltan, y desembocan sobre la luz herida
a golpes, a zarpazos.

La mano es la herramienta del alma, su mensaje,


y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente.
Alzad, moved las manos en un gran oleaje,
hombres de mi simiente.

Ante la aurora veo surgir las manos puras


de los trabajadores terrestres y marinos,
como una primavera de alegres dentaduras,
de dedos matutinos.

Endurecidamente pobladas de sudores,


retumbantes las venas desde las uñ as rotas,
constelan los espacios de andamios y clamores,
relá mpagos y gotas.

Conducen herrerías, azadas y telares,


muerden metales, montes, raptan hachas, encinas,
y construyen, si quieren, hasta en los mismos mares
fá bricas, pueblos, minas.

Estas sonoras manos oscuras y lucientes


las reviste una piel de invencible corteza,
y son inagotables y generosas fuentes
de vida y de riqueza.

Como si con los astros el polvo peleara,


como si los planetas lucharan con gusanos,
la especie de las manos trabajadora y clara
lucha con otras manos.

Feroces y reunidas en un bando sangriento


avanzan al hundirse los cielos vespertinos
unas manos de hueso lívido y avariento,
paisaje de asesinos.

No han sonado: no cantan. Sus dedos vagan roncos,


mudamente aletean, se ciernen, se propagan.
Ni tejieron la pana, ni mecieron los troncos,
y blandas de ocio vagan.

Empuñ an crucifijos y acaparan tesoros


que a nadie corresponden sino a quien los labora,
y sus mudos crepú sculos absorben los sonoros
caudales de la aurora.

Orgullo de puñ ales, arma de bombardeos


con un cá liz, un crimen y un muerto en cada uñ a:
ejecutoras pá lidas de los negros deseos
que la avaricia empuñ a.

¿Quién lavará estas manos fangosas que se extienden


al agua y la deshonran, enrojecen y estragan?
Nadie lavará manos que en el puñ al se encienden
y en el amor se apagan.

Las laboriosas manos de los trabajadores


caerá n sobre vosotras con dientes y cuchillas.
Y las verá n cortadas tantos explotadores
en sus mismas rodillas.
Para todos
José Santos Chocano

Yo quiero la igualdad, ya que la suerte


es comú n en el punto de partida: ¡si todos son iguales en la muerte,
todos sean iguales en la vida!

¿Quién es má s que otro, cuando el negro abismo


la oculta mano con furor nos lanza?
Todos, ricos y pobres, son lo mismo
si los pesa la muerte en su balanza!

Entre el noble señ or y el indigente


no debe haber obstá culo ninguno:
todos tienen debajo de la frente
una chispa de Dios; ¡y Dios es Uno!

La igualdad de las razas es mi norma,


norma que a todos servirá mañ ana:
la carne humana cambiará de forma,
pero en cualquiera forma es carne humana.

¡El Pueblo, el Pueblo que la luz concibe


y que arroja la luz en plena escoria,
sobre el altar de su taller recibe
los Santos Sacramentos de la gloria!

El Pueblo es grande. En el furor siniestro;


manso en la paz. Trabaja con porfía…
¡Si es ignorante es culpa del maestro;
si acaso se extravió , culpa del guia!

Si a veces el moscó n que torpe zumba


cae en la red de laboriosa arañ a,
a trabajar. ¡El ocio es una tumba!...
¡Quien pone el grano, espere la montañ a!

¡El Pueblo que en la lucha no reposa


y en la paz marcha con el hacha al hombro,
hace una cuna sobre cada fosa,
canta un Te Detum sobre cada escombro!

¡Ave, Rey, Pueblo! En el taller es justo


que cobres la confianza de ti mismo!...
Si es que está sobre tí César Augusto,
retira el hombro... ¡y rodará al abismo!
El Pueblo va en las sombras, como fiera:
es un atleta, cuando altivo y mudo
se envuelve en un giró n de su bandera
y se apoya en el bronce de su escudo...

Loco es Moisés si con furor se lanza.


sobre el Pueblo, y lo ínsiü ta, y llora, y grita,
y porque el Pueblo ante sus dioses danza,
rompe las tablas de la ley escrita...

Aunque al verlo la pona le taladre,


debe Moisés, imperturbable y fijo,
hablarle siempre: ¡si se embriaga el padre,
tiene el deber de sostenerlo el hijo!

Guíese al Pueblo. Al dá rsele la mano


no se le apriete hasta que el hueso cruja:
que vaya dulcemente soberano...
¡tras la mano que guía y no que empuja!

Tal es lo justo. El débil y el potente


tener no deben valladar ninguno:
¡todos llevan debajo de la frente
una chispa de Dios; y Dios es uno!

¡Ante la eterna ley que flota encima


del docto Pueblo y de la Plebe incauta,
todo son versos de una sola rima,
todo son notas de una misma pauta!
Canto a nuestra posició n
Roque Dalton

Nos preguntan los poetas de aterradores bigotes,


los académicos polvorientos, afines de las arañ as,
los nuevos escritores asalariados,
que suspiran porque la metafísica de los caracoles
les cubra la impudicia:
¿Que hacéis vosotros de nuestra poesía azucarada y virgen?
¿Qué, del suspiro atroz y los cisnes purísimos?
¿Qué, de la rosa solitaria, del abstracto viento?
¿En que grupo os clasificaremos?
¿En que lugar os encasillaremos?
Y no decimos nada.
Y no decimos nada.
Y no decimos nada.
Porque aunque no digamos nada,
los poetas de hoy estamos en un lugar exacto:
estamos
en el lugar en que se no obliga
a establecer el grito.
(Ah, como me dan risa los antiguos poetas
empecinados en vendarse los ojos
y en embadurnar de pétalos y de pajarillos famélicos
la giba del dolor anonadante
que se encarama só lida
encima del hombro positivo universal
desde el primer amanecer y el primer viento,
y que se olvidaron del hombre)
Estamos
en el lugar exacto que la noche precisa
para ascender al alba.
(Muchos poetas inclinaron sus insomnios antiguos
sobre la fá cil almohada azul de la tristeza.
Construyeron ciudades y astros y universos
sobre la anatomía mediocre
de un nido de muñ ecas cristalinas
y exilaron la voz elemental
hasta planos altisimos, desnudos
de la raíz vital y la esperanza.
Pero se olvidaron del hombre.)
Estamos
en el lugar donde se gesta definitivamente
la alegría total que se atará a la tierra.
(Ay, poetas,
¿Có mo pudisteis cantar infamemente
a las abstractas rosas y a la luna bruñ ida
cuando se caminaba paralelamente al litoral del hambre
y se sentía el alma sepultada
bajo un volcá n de lá tigos y cá rceles,
de patrones borrachos y gangrenas
y oscuros desperdicios de vida sin estrellas?
Gritasteis alegría
sobre un hacinamiento de cadá veres,
cantasteis al plumaje regaló n
y las ciudades ciegas,
a toda suerte de tísicas amantes;
Pero os olvidasteis del hombre).
Estamos
en el lugar donde comienza el astillero
que va a inundar los mares con sonrisas lanzadas.

(Ay, poetas que os olvidasteis del hombre,


que os ovidasteis
de lo que duelen los calcetines rotos,
que os olvidasteis
del final de los meses de los inquilinos,
que os olvidasteis
del proletario que se quedo en una esquina
con un bostezo eterno inacabado,
lleno de balas y sin sangre,
lleno de hormigas y definitivamente sin pan,
que os olvidasteis
de los niñ os enfermos sin jugetes,
que os olvidasteis
del modo de tragar de las mas negras minas,
que os olvidasteis
de la noche de estreno de las prostitutas,
que os olvidasteis de los choferes de taxi vertiginosos,
de los ferrocarrileros
de los obreros de los andamios,
de las represiones asesinantes
contra el que pide pan
para que no se le mueran de tedio
los dientes en la boca,
que os olvidasteis
de todos los esclavos del mundo,
ay, poetas,
¡como me duelen
vuestras estaturas inú tiles!)

Estamos en el lugar en que se encuentra el hombre.


Estamos en el lugar en que se asesina al hombre,
en el lugar
en que los pozos mas negros se sumergen en el hombre.
Estamos con el hombre
porque antes muchísimo antes que poetas
somos hombres.
Estamos con el pueblo,
porque antes, muchísimo antes que cotorros alimentados
somos pueblo.
Estamos con una rosa roja entre las manos
arrancada del pecho para ofrecerla al hombre!
¡Estamos con una rosa roja entre las manos
arrancada del pecho para ofrecerla al hombre!
¡Estamos con una rosa roja entre las manos
arrancada del pecho para ofrecerla al Pueblo!
¡Estamos con una rosa roja entre las manos
arrancada del pecho para ofrecerla al Pueblo!
Canció n de la vida profunda
Porfirio Barba Jacob

Hay días en que somos tan mó viles, tan mó viles,


como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,


como en abril el campo, que tiembla de pasió n:
bajo el influjo pró vido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusió n.

Y hay días en que somos tan só rdidos, tan só rdidos,


como la entrañ a obscura de oscuro pedernal:
la noche nos sorprende, con sus profusas lá mparas,
en rú tiles monedas tasando el Bien y el Mal.

Y hay días en que somos tan plá cidos, tan plá cidos...
(¡niñ ez en el crepú sculo! ¡Lagunas de zafir!)
que un verso, un trino, un monte, un pá jaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.

Y hay días en que somos tan lú bricos, tan lú bricos,


que nos depara en vano su carne la mujer:
tras de ceñ ir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Y hay días en que somos tan lú gubres, tan lú gubres,


como en las noches lú gubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.

Mas hay también ¡Oh Tierra! un día... un día... un día...


en que levamos anclas para jamá s volver...
Un día en que discurren vientos ineluctables
¡un día en que ya nadie nos puede retener!
Los caballos de los conquistadores
José Santos Chocano

¡Los caballos eran fuertes!


¡Los caballos eran á giles!
Sus pescuezos eran finos y sus ancas
relucientes y sus cascos musicales...

¡Los caballos eran fuertes!


¡Los caballos eran á giles!

¡No! No han sido los guerreros solamente,


de corazas y penachos y tizonas y estandartes,
los que hicieron la conquista
de las selvas y los Andes:

Los caballos andaluces, cuyos nervios


tienen chispas de la raza voladora de los á rabes,
estamparon sus gloriosas herraduras
en los secos pedregales,
en los hú medos pantanos,
en los ríos resonantes,
en las nieves silenciosas,
en las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles.

¡Los caballos eran fuertes!


¡Los caballos eran á giles!

Un caballo fue el primero,


en los tó rridos manglares,
cuando el grupo de Balboa caminaba
despertando las dormidas soledades,
que de pronto dio el aviso
del Pacífico Océano, porque rá fagas de aire
al olfato le trajeron
las salinas humedades;
y el caballo de Quesada, que en la cumbre
se detuvo viendo, en lo hondo de los valles,
el fuetazo de un torrente
como el gesto de una có lera salvaje,
saludo con un relincho
la sabana interminable...
y bajó con fá cil trote,
los peldañ os de los Andes,
cual por unas milenarias escaleras
que crujían bajo el golpe de los cascos musicales...
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran á giles!

Y aquel otro, de ancho tó rax,


que la testa pone en alto
cual queriendo ser má s grande,
en que Herná n Cortés un día
caballero sobre estribos rutilantes,
desde México hasta Honduras
mide leguas y semanas entre rocas y boscajes,
es má s digno de los lauros
que los potros que galopan
en los cá nticos triunfales
con que Píndaro celebra
las olímpicas disputas
entre el vuelo de los carros y la fuga de los aires

Y es má s digno todavía
de las odas inmortales
el caballo con que Soto, diestramente,
y tejiendo las cabriolas como él sabe,
causa asombro, pone espanto, roba fuerzas,
y entre el coro de los indios,
sin que nadie haga un gesto de reproche,
llega al trono de Atahualpa y salpica con espumas
las insignias imperiales.

¡Los caballos eran fuertes!


¡Los caballos eran á giles!

El caballo del beduino


que se traga soledades.
El caballo milagroso de San Jorge,
que tritura con sus cascos los dragones infernales.
El de César en las Galias.
El de Aníbal en los Alpes.
El Centauro de las clá sicas leyendas,
mitad potro, mitad hombre,
que galopa sin cansarse,
y que sueñ a sin dormirse,
y que flecha los luceros,
y que corre como el aire,
todos tienen menos alma, menos fuerza, menos sangre,
que los épicos caballos andaluces
en las tierras de la Atlá ntida salvaje,
soportando las fatigas,
las espuelas y las hambres,
bajo el peso de las férreas armaduras,
cual desfile de heroísmos,
coronados entre el fleco de los anchos estandartes
con la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante.

En mitad de los fragores del combate,


los caballos con sus pechos arrollaban
a los indios, y seguían adelante.
Y, así, a veces, a los gritos de "¡Santiago!",
entre el humo y e fulgor de los metales,
se veía que pasaba, como un sueñ o,
el caballo del apó stol a galope por los aires

¡Los caballos eran fuertes!


¡Los caballos eran á giles!

Se diría una epopeya


de caballos singulares
que a manera de hipogrifos desolados
o cual río que se cuelga de los Andes,
llegan todos sudorosos, empolvados, jadeantes,
de unas tierras nunca vistas,
a otras tierras conquistables.
Y de sú bito, espantados por un cuerno
que se hincha con soplido de huracanes,
dan nerviosos un soplido tan profundo,
que parece que quisiera perpetuarse.
Y en las pampas y confines
ven las tristes lejanías
y remontan las edades
y se sienten atraídos
por los nuevos horizontes:
Se aglomeran, piafan, soplan, y se pierden al escape.
Detrá s de ellos, una nube,
que es la nube de la gloria,
se levanta por los aires.
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran á giles!
Los Sembradores
Luis G. Urbina

Está bien; el reposo del sembrador es justo


después de la fatiga; que el ademá n augusto
con que á la tierra arroja, serenamente, el grano,
es bello; mas, á veces, llega á cansar la mano.
Está bien; un instante de calma reflexiva,
no de abandono inú til ni de pereza altiva.

Cuando el guerrero pasa, tras el combate rudo,


las gentes que á lo lejos miran brillar su escudo,
resplandecer sus armas, y, en el tropel sonoro,
sienten venir el triunfo bajo nubes de oro,
agitan en el aire banderas y laureles
y enfloran el camino de carros y corceles

todo vibra entonces: las almas y la tierra,


y el cielo se empurpura como visió n de guerra.
La muchedumbre, en impetus de mar, se encrespa y
y el regocijo loco de la victoria, clama: [brama]
«ve á reposar, guerrero; recibe nuestra ofrenda,
y haya amor en tu vida, y haya paz en tu tienda».
y el héroe llega y hace, tras el combate rudo,
un cabezal del casco y un lecho del escudo.

Cuando el artista vuelve, pensativo y risueñ o,


cual se vuelve de un éxtasis, del país del ensueñ o,
y esconde entre la angustia, que su vida sofoca
un anhelo en el alma y un ó sculo en la boca;
cuando arrancó al misterio de la Eterna Belleza
una obra perdurable de goce ó de tristeza,
una obra milagrosa de bien y de confianza,
una obra sacra y pura de amor y de esperanza,
la multitud se acerca, curiosamente muda,
y en la casta Madona y en la Venus desnuda,
á los pies de la arcada que se eleva hasta el cielo,
en la pá gina abierta, donde tienden el vuelo
las divinas estrofas, ó penden de una estrella,
las hamacas de sueñ o de una mú sica bella,
pone su beso, como si una oració n ferviente
dejara en él; y ciñ e la luminosa frente
que bajo la melena, que es como negra espuma,
brilla con los reflejos del sol entre la bruma;
y dice : eres el genio, merecen la corona
tu mú sica, tu verso, tu Venus, tu Madona.
Entonces, conmovida, la multitud exclama :
es hora del reposo; si la quietud te llama,
tras la labor profunda, tras el bregar sereno,
artista, duerme y sueñ a sobre ese blando seno.
Y así es como se dobla, como al viento la espiga,
el artista rendido de gloria y de fatiga.

Mas nosotros no hemos concluído la tarea;


nos detenemos para tomar aliento; sea;
después, en marcha, que urge seguir sembrando granos
de verdad, en los tristes y hondos surcos humanos.
Una turba de almas recién nacidas late
en torno nuestro; es fuerza aprestarla al combate.
Nuestro oficio es humilde, pero tiene sus galas;
es el de abrir los cá lices y desplegar las alas;
es el mismo trabajo que hace la Primavera...
y una turba de aves y flores nos espera.
Apresurad las manos, no habrá fuerza perdida,
la turba está impaciente por conocer la vida.
No detenerse, en marcha; la Primavera nunca
abandona el trabajo ni deja labor trunca;
que no será n bastantes los pá jaros que vuelen,
las rosas que perfumen, ni las almas que anhelen
amor y luz.
Precisa que dejemos abierta
de par en par, y á todos los vientos, nuestra puerta,
templo que abriga dulces y profundos cariñ os,
y un cuIto : la inefable religió n de los niñ os.
Aquel que entre nosotros desmaye ó desaliente;
aquel á quien no importe que la rosa reviente,
ni pugne siempre porque la nueva vida vibré
feliz, radiante, pura, dominadora y libre;
aquel de entre nosotros que no sienta el anhelo
de abrir botones de almas, de preparar el vuelo
á espíritus que apenas se asoman al obscuro
abismo de la vida, curiosos de futuro;
aquel que no posea la fe, la fe bendita,
la fe que entona y salva, la fe que resucita,
no siembre con nosotros, su esfuerzo será vano;
que la semilla santa no ocupe má s su mano:
nunca á los sembradores del porvenir les falta
la fe que santifica, la fe sublime y alta.

Pasa, guerrero altivo; retemblará la tierra


bajo los duros callos de tu corcel de guerra;
recó gete en tu tienda, tras el combate rudo,
y haz cabezal del casco y haz lecho del escudo.

Pasa, inspirado artista, pensativo y risueñ o,


que llegas, como en éxtasis, del gran mundo del sueñ o;
inmortal es tu gloria; la multitud te ama,
reposa dulcemente; si la quietud te llama,
tras la labor profunda, tras el bregar sereno,
artista, duerme y sueñ a sobre ese blando seno.

Descansa en tu epopeya, guerrero; á tí, laureles;


duerme en tu olimpo, artista; á tí, espíritus fieles.
Nosotros no podemos reposar; nos aguardan;
dañ aremos la vida si las manos se tardan;
si el afá n se entorpece, si se van los anhelos...
en las ramas hay flores y en los nidos hay vuelos.
Nuestro oficio es humilde, pero tiene sus galas;
es el de abrir las rosas y desplegar las alas;
eso mismo que hace la gentil Primavera...

¿Quiénes somos? tenemos abnegació n sincera;


Si nos ven desde abajo, desde torpes empeñ os,
entonces nos desprecian porque somos pequeñ os.
Si nos ven desde arriba los que piensan y aman,
entonces somos grandes y entonces nos aclaman.
Somos los sembradores; arrojamos los granos
de verdad en los tristes y hondos surcos humanos;
sembramos, y la espiga brota rubia y derecha:
Dios riega los sembrados y el/porvenir cosecha.

No hemos labrado má rmoles, ni hemos alzado arcadas,


ni en estrofas divinas, ni en mú sicas aladas
nuestro ideal pusimos; somos los sembradores;
los que despliegan alas y van abriendo flores.

Guerrero, artista, el alma vuestra gloria no anhela;


de par en par abrimos las puertas de la escuela,
y allí rendimos culto, con fervor de cariñ o,
á una piedad suprema: la religió n del niñ o.
Sin embargo, no hemos concluido la tarea;
nos detuvimos para tomar aliento; sea… [granos]
Después en marcha, amigos, que hay que ir echando
de amor es y esperanzas en los surcos humanos.
Canto de los hijos en marcha
Andrés Eloy Blanco

Madre, si me matan,
que no venga el hombre de las sillas negras;
que no vengan todos a pasar la noche
rumiando pesares, mientras tú me lloras;
que no esté la sala con los cuatro cirios
y yo en una urna, mirando hacia arriba;
que no estén las mesas llenas de remedios,
que no esté el pañ uelo cubriéndome el rostro,
que no venga el mozo con la tarjetera,
ni cuelguen las flores de los candelabros
ni estén mis hermanas llorando en la sala,
ni estés tú sentada, con tu ropa nueva.
Madre, si me matan,
que no venga el hombre de las sillas negras.

Lléname la casa de hombres y mujeres


que cuenten el ú ltimo amor de su vida;
que ardan en la sala flores impetuosas,
que en dos grandes copas quemen melaleuca,
que toquen violines el sueñ o de Schuman;
los frascos rebosen de vino y perfumes;
que me miren todos, que se digan todos
que tengo una cara de soldado muerto.

Lléname la casa
de flores regaladas, como en una selva.
Déjame en tu cuarto, cerca de tu cama;
con mis cuatro hermanas, hagamos consejo;
tenme de la mano, tenme de los labios,
como aquella noche de mi padre muerto,
y al cabo, dormidos iremos quedando,
uno con su muerte y otro con su sueñ o.

Madre, si me matan,
que no venga el coche para los entierros,
con sus dos caballos gordos y pesados,
como de levita, como del Gobierno.

Que si traen caballos, traigan dos potrillos


finos de cabeza, delgados de remos,
que vayan saltando con claros relinchos,
como si apostaran cuá l llega primero.
Que parezca, madre,
que voy a salirme de la caja negra
y a saltar al lomo del mejor caballo
y a volver al fuego.
Madre, si me matan,
que no venga el coche para los entierros.

Madres, si me matan,
y muero en los bosques o en mitad del llano,
pide a los soldados que te den tu muerto;
que los labradores y las labradoras
y tú y mis hermanas, derramando flores,
hasta un pueblo manso se lleven mi cuerpo;
que con unos juncos hagan angarillas,
que pongan mastranto y hojas y cayenas
y que así me lleven hasta un cementerio
con cerca de alambres y enredaderas.
Y cuando pasen los añ os
trá eme a mi pedazo, junto al padre muerto
y allí, que me pongan donde a ti te pongan,
en tu misma fosa y a tu lado izquierdo.
Madre, si me matan,
pide a los soldados que te den tu muerto.

Madre, si me matan, no me entierres todo,


de la herida abierta sá came una gota,
de la honda melena sá came una trenza;
cuando tengas frío, quémate en mi brasa;
cuando no respires, suelta mi tormenta.
Madre, si me matan, no me entierres todo.

Madre, si me matan,
á breme la herida, ciérrame los ojos
y trá eme un pobre hombre de algú n pobre pueblo
y esa pobre mano por la que me matan,
pó nmela en la herida por la que me muero.

Llora en un pañ uelo que no tenga encajes;


ponme tu pañ uelo
bajo la cabeza, triste todavía
por las despedida del ú ltimo sueñ o,
bajo la cabeza como casa sola,
densa de un perfume de inquilino muerto.

Si vienen mujeres, diles, sin sollozos:


—¡Si hablara, qué lindas cosas te diría!
Á breme la herida, ciérrame los ojos...
Y una palabra: JUSTICIA
escriban sobre la tumba
Y un domingo, con sol afuera,
vengan la Madre y las Hermanas
y sonrían a la hermosa tumba
con nardos, violetas y helechos de agua
y hombres y mujeres del pueblo cercano
que digan mi nombre como de su casa
y alcen a los cielos cantos de victoria,
Madre, si me matan.
El alma de los volcanes
Antonio Guzmá n Aguilera

I
En el nombre del fiero Huitzilopoxtli rojo,
el que adornó su frente con plumas de quetzal,
el que infundió a sus hijos tan temerario arrojó ,
mostrá ndoles el á guila parada en el nopal;

Al colibrí sagrado que vino del Oriente,


Predicando virtudes y enseñ ando el amor;
A los manes del príncipe má s noble y má s valiente,
Al señ or de señ ores, a Netzahualcoyotl;

A Cuauhtémoc, que al verse de los blancos esclavo:


-''Toma el puñ al y má tame" dijo al Conquistador;
A Cuitlá huac altivo y a Xicoténcatl bravo,
Al débil Moctezuma y al gran Tezozomoc;

A todos mis ancestros que labraron macanas;


A todos los devotos del rubio Tonatiú h
A los que en las dormidas vegas Teotihuacanas
Alzaron las pirá mides, embriagados de azul;

A los manes sangrientos de Cortés el osado,


y a su ingenio guerrero, no a su loca ambició n;
A las caballerescas hazañ as de AIvarado
y a la bella Malintzin, mercenaria de amor;

A los que meditaron junto a las pesadumbres


De los mudos volcanes y lloraron allí;
A los que, triunfadores, escalaron sus cumbres
Tras la huella de hierro de Cristó bal de Olid;

A nombre de los dioses y en honor de los manes


De todos los que han muerto con ansias de vivir,
Voy a empapar con lava mi pluma en los volcanes
y a embriagarme en sus cumbres con glorias de zafir.

II
¡Salve, Popocatépetl! El peregrino llega
Hasta el cimiento mismo de tu mole a cantar,
Mientras, entre los pinos, con la hojarasca juega
La brisa que me besa las sienes al pasar.

Ixtlazíhuatl, imagen de mi virgen dormida,


No intento, con mi guzla, tu sueñ o despertar;
Soy un enamorado poeta de la vida
Que, de tanto que sufro, ya no puedo Ilorar.

Adustos centinelas con cuerpo de granito


y con alma de fuego, comprimido y voraz,
Que contemplá is en éxtasis eterno el infinito
y congelá is las nubes que os vienen a besar.

Sois dos senos de virgen velados con cendales,


Circunscritos a un cerco de esmeralda y zafir,
Sois dos eflorescencias de perlas y cristales,
Sois dos hongos de plata nativa, sin bruñ ir...

Sois dos cisnes gemelos que, ocultos en las alas


Los picos, está n quietos junto a un lago de Ormuz;
Brillá is como los cascos relucientes de Phalas,
y como las doradas cú pulas de Estambul.

Os he visto una noche de verano, tranquila,


Diademados de estrellas y bañ ados de luz,
Cuando el disco creciente de la luna rutila,
Cabrilleando en las ondas de las linfas de azur.

¡Ay! os ví una mañ ana letal y cenicienta,


Hundidos en penumbras bajo el cielo invernal,
Como dos ermitañ os de cara macilenta
Que en un viejo santuario se pusieron a orar.

Radiantes, sepultados en mares de fulgores,


Os he visto, al crepú sculo, una tarde de abril,
Con todos los matices y todos los colores,
Desde el rojo de fuego, hasta el verde sutil.

Entonces supe, entonces, comprender la grandeza


De las almas de fuego que encerradas guardá is,
y humillando hasta el polvo mi vencida cabeza,
Me sentí tan pequeñ o... que me puse a llorar.

Alma de los volcanes, yo quisiera llevarte,


Para saber ser fénix, dentro del corazó n,
y a tu influjo radioso tremolar mi estandarte
Por sobre los prejuicios de esta generació n.

Por eso canto a nombre del dios terrible y rojo,


Del que adornó su frente con plumas de quetzal,
Del que infundió a sus hijos tan temerario arrojo,
Mostrá ndoles el á guila parada en el nopal.
El barco
Pablo Neruda

Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo


¿por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?
Queremos mirar las nubes,
queremos tomar el sol y oler la sal,
francamente no se trata de molestar a nadie,
es tan sencillo, somos pasajeros.

Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros:


pasa el mar, se despide la rosa,
pasa la tierra por la sombra y por la luz,
y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros.

¿Entonces, qué les pasa?


¿Por qué andan tan furiosos?
¿A quién andan buscando con revó lver?

Nosotros no sabíamos
que todo lo tenían ocupado,
las copas, los asientos,
las camas, los espejos,
el mar, el vino, el cielo.

Ahora resulta
que no tenemos mesa.
No puede ser, pensamos.
No pueden convencernos.
Estaba oscuro cuando llegamos al barco.
Está bamos desnudos.
Todos llegá bamos del mismo sitio.
Todos veníamos de mujer y hombre.
Todos tuvimos hambre y pronto dientes.
A todos nos crecieron las manos y los ojos
para trabajar y desear lo que existe.

Y ahora nos salen con que no podemos,


que no hay sitio en el barco,
no quieren saludarnos,
no quieren jugar con nosotros.

¿Por qué tantas ventajas para ustedes?


¿Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?

Aquí no está n contentos,


así no andan las cosas.

No me gusta en el viaje
hallar, en los rincones, la tristeza,
los ojos sin amor o la boca con hambre.

No hay ropa para este creciente otoñ o


y menos, menos, menos para el pró ximo invierno.
Y sin zapatos ¿có mo vamos a dar la vuelta
al mundo, a tanta piedra en los caminos?

Sin mesa ¿dó nde vamos a comer,


dó nde nos sentaremos si no tenemos silla?
Si es una broma triste, decídanse señ ores,
a terminarla pronto,
a hablar en serio ahora.

Después el mar es duro.

Y llueve sangre.
Antonino el Poeta - Otto René Castillo

Cuando Espartaco
se levantó
contra los poderosos
patricios de la Roma
imperial,
se llegó hasta él,
segú n dicen las cró nicas,
un hombre llamado
simplemente Antonino,
poeta de la má s honda
estirpe,
y le dijo que quería luchar
también por los esclavos.

Viendo el atardecer
desde la falda callada
del Vesubio,
Espartaco
dijo el joven Antonino:

“Enseñ anos mejor tu canto,


Antonino,
luchar lo puede hacer
cualquiera,
pero nadie como tú ,
para hacer de las palabras
las alondras azules
que tanto necesitan
aú n nuestros hermanos.”

Y Antonino respondió :
“Las aves de má s dulce canto,
Espartaco,
defienden su libertad
también con garras.”

Aquel día,
a lo lejos,
la tierra romana
recibía en estupenda
madurez
al má s bello verano
de aquel tiempo.
Y el viento
ya pasaba, entonces,
por aquellos lugares
y seguiría pasando
todo la vida.
El cielo, ancho y celeste,
estaba todo lleno de ojos,
que leían en él una sola
y colosal palabra: esperanza.

Y los á rboles, verdes aú n,


quizá s oían, por primera vez
en su vida romana
que los desamparados del mundo
le ponían un no rotundo
al sistema del hambre y el odio,
y exigían, guerrilleros que eran,
también su libertad con armas.

Espartaco, dicen, volvió su rostro


hacia la má s lejana lejanía
y nadie supo jamá s
lo que aconteció en su corazó n
aquella tarde, cuando hablara
con poeta Antonino.

Pero cuando Espartaco


fue crucificado,
informan las cró nicas
má s antiguas,
junto a miles de los
suyos,
que también fueron
crucificados como él,
Antonino, el poeta,
le decía
que había sido hermoso
luchar,
porque un día serian libres
los esclavos en el mundo.
Espartaco no dijo nada
la ultima tarde de su vida,
pero el viento, dicen,
se llevo en sus manos aéreas
el ultimo gesto gallardo
de sus labios: esperanza
Compañ ero Espartaco
Otto René Castillo

I
Hace dos mil
añ os,
un hombre se levantó
contra los ricos.
Buscó a sus partidarios
entre la gente sencilla y buena.
Se rodeó de esclavos y gladiadores:
campesinos, pescadores, albañ iles.
Lo siguieron
los hambrientos de su tiempo,
lo má s pobres de todos.
Y como se levantó
contra la clase de los ricos,
en nombre
de la clase de los pobres,
fustigando a los poderosos
con la violencia de su sangre en pie,
hablando á speramente de lo noble
y altamente hermoso de la vida
en libertad,
fue sacrificado
junto a los suyos,
por la clase de los ricos,
sin misericordia alguna,
él, que era todo coraje y dignidad!

II
Y desde entonces
sabemos
que existen las clases
y que las mismas
luchan entre sí,
sin cuartel ni descanso.
Y que aquel hombre
fue glorificado
en las manos de las masas,
porque cayó luchando
por las multitudes
de su tiempo,
contra los viles
de su tiempo,
y por el amor,
la bondad
y la humanidad
de todo los tiempos!

Y porque habló y luchó


por todos nosotros,
yo,
marxista
del siglo veinte,
le glorifico y le amo.
Y digo:
aprended
de aquel hombre,
que amó tanto a su clase,
hasta morir por ella,
la tarde de una amarga
primavera
romana,
azul, tranquila, pupilar,
pero amarga y amarga.

III

Y aun
cuando
la clase
de los pobres tiene,
a veces,
tan só lo confusa idea
de aquel hombre,
nombrado el Espartaco,
no lo ha olvidado jamá s,
ni lo olvidará
jamá s de los jamases.
Y es que aquel rebelde
fue un abanderado de su clase
Y cayó por ella,
con el nombre
Del alba
abriendo las alas
en sus labios.

IV

Y en estos ú ltimos
Siglos,
ha alcanzado su clase,
la de los pobres,
tan importante victorias,
que si el compañ ero
Espartaco
estuviera a nuestro lado,
sería tan dulce su alegría
como perfume de naranjo en fruto.

Estaría luminosamente feliz,


por los triunfos de su clase,
la de los pobres,
que recorre hoy el mundo,
con paso universal
de multitudes
victoriosas!
Ser y estar
Mario Benedetti

Oh marine
oh boy
una de tus dificultades consiste en que no sabes
distinguir el ser del estar
para ti todo es to be
así que probemos a aclarar las cosas

por ejemplo
una mujer es buena
cuando entona desafinadamente los salmos
y cada dos añ os cambia el refrigerador
y envía mensualmente su perro al analista
y só lo enfrenta el sexo los sá bados de noche

en cambio una mujer está buena


cuando la miras y pones los perplejos ojos en blanco
y la imaginas y la imaginas y la imaginas
y hasta crees que tomando un martini te vendrá el coraje
pero ni así

por ejemplo
un hombre es listo
cuando obtiene millones por teléfono
y evade la conciencia y los impuestos
y abre una buena pó liza de seguros
a cobrar cuando llegue a sus setenta
y sea el momento de viajar en excursió n a capri y a parís
y consiga violar a la gioconda en pleno louvre
con la vertiginosa polaroid

en cambio
un hombre está listo
cuando ustedes
oh marine
oh boy
aparecen en el horizonte
para inyectarle democracia.
La pará bola del sembrador
Gregorio de Gante

Y bajará s al llano
desde la excelsitud de la montañ a;
y al verte descender, llenas de angustia
te gritará n las á guilas:
¡Inmortal, no prosigas tu camino,
vuelve a nuestras nidadas,
porque el fango que cubre la llanura
salpicará tus alas!
Y los riscos nevados:
¡No prosigas tu marcha,
nosotros besaremos cuando huelle
nuestra nieve, tus plantas,
y en el bajo las cubrirá n de espinas
los odios emboscados de la zarza!
Y los robles que trepan por la altura:
¡Detente, en la llanada
el día es un día de maldició n de fuego,
la noche una asesina de esperanzas,
el ambiente una asfixia de maldades,
el cielo una inclemencia desbordada,
el tiempo una vorá gine, y las tierras
una miseria insó lita de savias!

Y escuchará s sereno,
y seguirá s tu marcha.
Y solo el manantial que en tu camino
te dará el refrigerio de sus aguas,
alegre y bullicioso
parecerá decirte: ¡baja, baja:
daremos al oprobio de los valles
yo, mis ondinas claras,
mis purezas, mis linfas, mis frescores;
y tú inmortal, tus ansias
de perfecció n, visiones de futuro,
vislumbres del mañ ana;
y así los hombres beberá n mis ondas
y gustará n la miel de tu palabra;
yo calmaré las sedes de los cuerpos,
tú calmará s las sedes de las almas!.
Y escuchará s sereno,
y seguirá s tu marcha.
Y llegará s al llano
henchidas tus alforjas de pujanza,
ensueñ os, ilusiones,
altos ideales y ficciones altas.
Y pasará s ecuá nime,
con las manos preñ adas
de granos, que a los vientos
arrojará s, sin que hurgue tu mirada,
si cayó en el camino,
entre las peñ as que a mirarte se alzan
en las fertilidades de la tierra
o en las ingratitudes de la zarza.
En verdad, en verdad te digo, que antes
de que llenen de asombro a tus miradas
la prodigilidad de las cosechas,
veras como te infaman
la injuria de los zafios en las piedras,
las rosas de tu sangre entre las zarzas,
los lirios de tu carne en las espinas,
la angustia del futuro en la alborada,
la sierpe de la envidia entre la sombra
y el odio a tus alturas por los masas.
Y santificará s así el camino
con la huella sangrante de tus plantas:
y a todos miraras serenamente,
y seguirá s tu marcha.

Perseguirá n tus pasos


muchedumbres ignaras
y sobre su milló n de corazones
y su milló n de almas
arrojará s, como sobre las rocas
y las tierras ingratas,
la semilla fructuosa de la idea
que florece en la mies de tu palabra.
Y gritará n los menos
llenos de estupefacta
admiració n: ¡cerrad vuestros graneros
y guardad vuestras casas,
que hay un ladró n de simiente en los caminos!
¿Dó nde puede llevar semilla tanta?
Y escuchará s sereno
y seguirá s tu marcha,
derrochando el portento de tus manos
por sobre de las tierras y las almas.
Y te alzará s en la tiniebla
ignota de la nada,
ante el milló n de voces que te entrañ an
y ante la impavidez de tu montañ a
donde los robles trepan implorando
al cielo con sus ramas,
donde los hielos inhollados sueñ an
las santificaciones de tu planta,
y adonde, por seguir tus ígneos rastros,
los có ndores desatan
-estrepitosamente-
los negros huracanes de sus alas
La canció n del rebelde
Á varo Armando Vasseur

Yo soy el Luzbel moderno


Soterrado en el infierno
Bestial de la realidad;
Mis grandes alas sidéreas
De transparencias aéreas
Quemó , la fatalidad!

Arde, en sublime congoja,


Mi réproba alma roja
como una brasa infernal,
mientras todos los sumisos
gozan en los paraísos
su sumisió n inmortal.

Deidades y serafines,
á ngeles y querubines,
toda la corte servil
no recuerda mi “caída”;…
en lo empíreo derruída
fué, mi torre de marfil.

El supremo Gran Tacañ o,


cadavérico y hurañ o
en su rencor triunfal,
destruyó todo vestigio
de mi glorioso prestigio
en su harén paradisial

Ya, ni me ríen de lejos


los zodiacales reflejos
de mi pasado esplendor.
¡Es tan inmenso este abismo
que de no ser yo mismo
Luzbel, sentiría horror!

En la tiniebla que acrece


todo mi ser fosforece
como los mostruos del mar.
¡Ser de luz, y estar a obscuras!
¡Oh, las negras conjeturas!
¡El hó rrido tantear!

Soledad, de los incomprendidos,


soledad de loas caídos,
fiel, amarga soledad,
imprime sobre mi frente
el beso helado y sapiente
que da la genialidad

¡Redivive mis pupilas,


reconstruye en mi axilas,
-vastas alas de verdad;-
y en los círculos profundos
yo crearé nuevos mundos
y una libre humanidad!

Me siento ubérrimo y fuerte,


inaccesible a la Muerte,
má s intangible que Dios…
É l, es viejo y achacoso,
yo joven, viril, hermoso:
¿quién vencerá de los dos?

No poseo la noció n
del tiempo de mi prisió n;
¿cuá ntos milenios hará n?
Quizá ya el otro no existe
y el orbe hasta entonces triste
sonríe a Luzbel y a Pan

Má s… ¿qué claridad ignota?


¡Qué dulce canció n remota
llega hasta mi soledad?

¿Vienen ambas del subsuelo


o de los astros del cielo?
¿Qué cantan? ¿Será verdad?

“¡El Gran Tacañ o ha muerto!


¡Almas de amor gozad!
¡El Gran Tacañ o ha muerto!
¡Sursum, humanidad!
Llamo a la juventud
Miguel Herná ndez

Los quince y los dieciocho,


los dieciocho y los veinte...
Me voy a cumplir los añ os
al fuego que me requiere,
y si resuena mi hora
antes de los doce meses,
los cumpliré bajo tierra.
Yo trato que de mí queden
una memoria de sol
y un sonido de valiente.

Si cada boca de Españ a


de su juventud, pusiese
estas palabras, mordiéndolas,
en lo mejor de sus dientes:
si la juventud de Españ a,
de un impulso solo y verde,
alzara su gallardía,
sus mú sculos extendiese
contra los desenfrenados
que apropiarse Españ a quieren,
sería el mar arrojando
a la arena muda siempre
varios caballos de estiércol
de sus pueblos transparentes,
con un brazo inacabable
de perpetua espuma fuerte.

Si el Cid volviera a clavar


aquellos huesos que aú n hieren
el polvo y el pensamiento,
aquel cerro de su frente,
aquel trueno de su alma
y aquella espada indeleble,
sin rival, sobre su sombra
en entrelazados laureles:
al mirar lo que de Españ a
los alemanes pretenden,
los italianos procuran,
los moros, los portugueses,
que han grabado en nuestro cielo
constelaciones crueles
de crímenes empapados
en una sangre inocente,
subiera en su airado potro
y en su có lera celeste
a derribar trimotores
como quien derriba mieses.

Bajo una zarpa de lluvia,


y un racimo de relente,
y un ejército de sol,
campan los cuerpos rebeldes
de los españ oles dignos
que al yugo no se someten,
y la claridad los sigue
y los robles los refieren.
Entre graves camilleros
hay heridos que se mueren
con el rostro rodeado
de tan diá fanos ponientes,
que son auroras sembradas
alrededor de sus sienes.
Parecen plata dormida
y oro en reposo parecen.

Llegaron a las trincheras


y dijeron firmemente:
¡Aquí echaremos raíces
antes que nadie nos eche!
Y la muerte se sintió
orgullosa de tenerles.

Pero en los negros rincones,


en los má s negros, se tienden
a llorar por los caídos
madres que les dieron leche,
hermanas que los lavaron,
novias que han sido de nieve
y que se han vuelto de luto
y que se han vuelto de fiebre;
desconcertadas viudas,
desparramadas mujeres,
cartas y fotografías
que los expresan fielmente,
donde los ojos se rompen
de tanto ver y no verles,
de tanta lá grima muda,
de tanta hermosura ausente.
Juventud solar de Españ a:
que pase el tiempo y se quede
con un murmullo de huesos
heroicos en su corriente.
Echa tus huesos al campo,
echa las fuerzas que tienes
a las cordilleras foscas
y al olivo del aceite.
Reduce por los collados,
y apaga la mala gente,
y atrévete con el plomo,
y el hombro y la pierna extiende.

Sangre que no se desborda,


juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen.
Cuerpos que nacen vencidos,
vencidos y grises mueren:
vienen con la edad de un siglo,
y son viejos cuando vienen.

La juventud siempre empuja,


la juventud siempre vence,
y la salvació n de Españ a
de su juventud depende.

La muerte junto al fusil,


antes que se nos destierre,
antes que se nos escupa,
antes que se nos afrente
y antes que entre las cenizas
que de nuestro pueblo queden,
arrastrados sin remedio
gritemos amargamente:
¡Ay Españ a de mi vida,
ay Españ a de mi muerte!
La Marimba
Manuel Muzquiz Blanco

En su forma hay algo de arpa,


y se antoja,
que si fuera roja,
acaso tuviera la de un corazó n.
El bosque sombrío le dio su madera
y la selva entera de cauces y nidos,
le dio la canció n.

Las marimbas tienen el alma sonora


del bosque nativo; en sus tubos canta
su canció n divina de la aurora,
cuando tras los montes el sol se levanta;
su amor y su pena suspira el quetzal,
el cenzontle indiano sus quejas exala
y es rumor de besos y temblor de ala
y agua que entre gü ijas y flores resbala
como uno encantada sierpe de cristal.

¡Las marimbas tienen el alma sonora


del bosque y la selva, del monte y la aurora!…
Trozos desiguales de madera obscura
en la que perdura
algo como un acre olor de montañ a;
su color recuerda…recuerda…a la hurañ a
raza que un día
nos dejó en herencia su melancolía,
su fuente secreta de dulce ternura,
su amor y sus rabias, la loca bravura
de sus caballeros tigres y leones,
que hasta Guatemala llegaron legiones,
y que en una tarde de sangre y de duelo
–ante la impasible turquesa del cielo-
bajo el acerado puñ al españ ol
con la luz murieron del ú ltimo sol.
Por eso de Chiapas o de Guatemala,
-una y otra, plumas de una misma ala-
en los raros, negros tubos musicales,
y en los de madera, trozos desiguales,
canta Xó chitl, ríe la doñ a Marina,
rima sus endechas Netzahualcoyoltl
y zumban los dardos de Ilhuicamina
y los caracoles del rey Ahuizotl…
Canta sus amores, su dicha y su afá n
la hija doliente del Adelantado;
y choca su acero Pedro de Alvarado
contra la macana de Tecú n Umá n.

¡Se oye en las marimbas una voz lejana,


la voz dolorida de la raza indiana”.
Marimba que cantas, marimba que lloras,
que guardas arrullos y voces de auroras,
que al bosque robaste dulces melodías.

Expresió n sonora de gratas saudades


que encierran los soplos de las tempestades
que atruenan el monte con sus sinfonías.
Marimba que tienes del nido los trinos,
voces de armoniosos cauces cristalinos;
cantar de zorzales,
chocar de cristales;
que cuando la mano del artista deja
del menudo golpe sobre ti el temblor,
tu madera toda finge que se queja
y se antoja carne trémula de amor…
Bríncame la urdimbre de tus melodías,
sendero armonioso de mis alegrías,
cá rcel para todas mis melancolías
haz que mi alma acoja del alma del monte
que dio sus maderas para darte vida,
ofrece a mis ojos el gris horizonte
donde fuiste á rbol, rama al sol tendida;
con tus melodías mi vida enlaza,
déjame que siga tu senda sonora,
¡marimba que tienes la voz de la aurora,
marimba que tienes la voz de la raza!
La lucha
Á ngel Falco

¡Fuerza es luchar! ¡Palestra es el combate,


donde el alma del fuerte se agiganta;
donde la fiebre del esfuerzo, late,
y un peana triunfal, la vida canta!

¡Quien ante el dolo, su pendó n no abate,


marcha a la cumbre, con segura planta
pues si cae en la lid al rudo embate,
má s grande, como Anteo, se levanta!

Tal vez la vida es la perpetua guerra,


que hasta esa madre pró diga, la Tierra,
leyes tiene, despó ticas y extrañ as;

¡pues para dar sus frutos, con ser madre,


es preciso que el hombre la taladre,
hundiéndole el arado en las entrañ as!
El herrero
Artur Rimbaud

Con el brazo en la maza gigantesca, terrible


de embriaguez y grandeza, frente ancha, boca enorme
abierta, cual clarín de bronce por la risa,
con su hosca mirada, sujetando a ese gordo,
al pobre Luis, un día, le decía el Herrero
que el Pueblo estaba ahí, girando en rededor,
y arrastrando su ropa sucia por las paredes
doradas. Y el buen rey, de pie sobre su tripa,
palideció , cual reo que llevan a la horca;
mas, como can sumiso, el rey no protestaba,
pues el hampó n de fragua, el de los anchos hombros,
contaba viejos hechos y cosas tan extrañ as
que fruncía la frente, herida de dolor

«Pues sepa usted, Mi Sire, cantando el tralalá


llevá bamos los bueyes a los surcos ajenos:
el Canó nigo, al sol, tejía padres nuestros
por rosarios granados con claras perlas de oro,
el Señ or, a caballo, tocando el olifante,
pasaba; con garrote, el primero, con lá tigo,
el otro, nos zurraban. ––Como estú pidos ojos
de vaca, nuestros ojos ya no lloraban; íbamos...
y cuando como un mar de surcos, la comarca
dejá bamos, sembrando en esa tierra negra
trozos de nuestra carne... nos daban la propina:
incendiaban de noche nuestra choza; en las llamas
ardían nuestros hijos cual tortas bien horneadas

..«¡No me quejo, qué va! Te digo mis manías,


en privado. Y admito que tú me contradigas.
¿Acaso no es hermoso ver en el mes de junio
có mo entran en la granja los carros llenos de heno,
enormes, y en los huertos oler, cuando llovizna,
todo cuanto germina por la hierba rojiza;
ver en sazó n la espiga de los trigos granados,
y pensar que un buen pan se anuncia en los trigales...?
¡Aú n hay má s: iríamos a la fragua encendida,
cantando alegremente al ritmo de los yunques,
si al menos nos dejaran coger unas migajas,
hombres, al fin y al cabo, de cuanto Dios ofrece!

–¡Y siempre se repite la misma y vieja historia...!


«¡Pero ahora ya sé: y no puedo admitir,
teniendo dos manazas, mi frente y mi martillo,
que alguien pueda llegar, con el puñ al en ristre,
para decirme: Mozo, siembra mis sembradíos,
y que en tiempo de guerra vengan para llevarse
mi hijo de su casa, como algo natural!

––Yo podré ser un hombre; tu podrá s ser el rey,


y decirme: ¡Lo quiero! Te das cuenta, es estú pido.
Crees que me entusiasma ver tu espléndida choza,
Tus soldados dorados, miles de maleantes,
tus bastardos de dios, como pavos reales:
han vertido en tu nido el olor de las mozas
y edictos condená ndonos a vivir en Bastillas;
gritaremos: ¡Muy bien: de rodillas, los pobres!
¡Doraremos tu Louvre dá ndote nuestros reales!
y te emborrachará s, armando la gran juerga.

––Mientras ríen los Amos pisando nuestras frentes.


«¡Pues no; tales guarradas son de épocas pretéritas
!El pueblo ya no es una puta. Tres pasos
dimos y hemos dejado la Bastilla en añ icos.
Esta bestia sudaba sangre por cada piedra;
daba asco ver aú n alzada la Bastilla,
con sus muros leprosos, contando lo ocurrido
y encerrá ndonos siempre en su prisió n de sombra.
––¡Ciudadano! el pasado siniestro, entre estertores
se derrumbaba al fin, al conquistar la torre.
Algo como el amor el corazó n henchía
al tener nuestros hijos contra el pecho, abrazados.
Y, como los caballos de ollares turbulentos,
íbamos, bravos, fuertes, y nos latía aquí.

Íbamos bajo el sol, así,


la frente alzada,
por París. Se paraban ante nuestros harapos.
¡Por fin! ¡É ramos Hombres! Pero está bamos lívidos,
Sire, aunque embriagados de esperanzas atroces:
y, cuando al fin llegamos ante las negras torres,
blandiendo los clarines y las ramas de roble,
con las lanzas alzadas... ya no sentimos odio,
–¡Nos creímos tan fuertes que quisimos ser mansos!

Desde aquel día heroico, andamos como locos!


Oleadas de obreros han tomado la calle
y, malditos, caminan, muchedumbre que espectros
sombríos acrecienta, hacia el hogar del rico:
yo corro junto a ellos a matar al chivato:
corro, por París, negro, con el martillo al hombro,
hosco, por los rincones, liquidando truhanes...
¡Si te ríes de mí, soy capaz de matarte!
––Puedes contar con ello, no repares en gastos
junto a tus hombres negros, que aceptan nuestras quejas
y se las van pasando, como sobre raquetas,
mientras dicen, bajito, ¡los muy golfos!: «¡Qué tontos!»,
para apañ ar las leyes y sacar octavillas
con hermosos decretos color rosa y basura,
jugando a hacerse un traje al crear otro impuesto
antes de taponarse la nariz si pasamos.
––¡Nuestros representantes piensan que somos mugre!
Para quien só lo teme las bayonetas, basta...
¡Abajo sus petacas atestadas de argucias!
¡Estamos hasta el gorro de estas seseras planas,
y de estos gilipollas! ¡Pero, ésta es la comida
que nos sirves, burgués, cuando estamos feroces,
ahora que rompemos los bá culos, los cetros!»

Lo agarra por el brazo, arranca el terciopelo


de las cortinas: «¡Mira!»» En los inmensos patios
la muchedumbre hierve igual que un hormiguero,
la muchedumbre aciaga con su fragor de ola,
ululando cual perra, bramando como un mar,
con sus broncos garrotes, con sus picas de hierro,
sus tambores, sus gritos de mercado y pocilga;
montó n negro de andrajos que gorros rojos tiñ en.
¡El Hombre se lo muestra por la ventana abierta
al rey que suda, pá lido, y que se tambalea,
enfermo, al contemplarlo!

«Es la Crá pula, Sire.


Babea por los muros, crece, se agita, inmensa:
––¡Pero, al no comer, son, Sire, los miserables!.
Yo soy un simple herrero: mi mujer va con ellos,
¡loca!, pues cree que hay pan en Las Tullerías.
––Nos echa el panadero de la tienda, por pobres.
Tengo tres hijos. Soy crá pula. ––Y conozco
viejas que van llorando bajo sus viejas cofias
porque alguien les quitó su muchacho o su chica:
Es la crá pula.

Uno residió en la Bastilla,


otro era un presidiario: los dos son ciudadanos
honrados. Y aunque libres los tratan como a perros:
¡los insultan! Y sienten có mo les duele ahí,
algo. ¡No pasa nada! Pero es triste; y al verse
rota el alma, y al verse por siempre condenados,
está n aquí, ahora, ¡gritá ndote a la cara!
¡Crá pula!
También hay, dentro, chicas, sin honra
porque (vos lo sabéis, que la mujer es débil)
Señ ores de la corte (y que siempre consiente)
les habéis escupido en el alma, por nada.
Ahora está n ahí, las que amasteis.
––La crá pula

¡Todos los Desgraciados, cuyas espaldas arden


bajó un sol inclemente, avanzando, avanzando,
sintiendo que el trabajo les revienta la frente;
––descubríos, burgueses––, éstos sí son los Hombres!
¡Somos Obreros, Sire, Obreros, preparados
para la nueva era que pretende saber:
el Hombre forjará del alba hasta la noche,
cazador de los grandes efectos y sus causas,
tranquilo vencedor domeñ ará las cosas
hasta montar al Todo cual si fuera un corcel
!¡Espléndido fulgor de las fraguas! ¡No existe
ya el mal! Lo que ignoramos, tal vez sea terrible:
¡lo sabremos! Empuñ ando el martillo, cribemos
todo cuanto aprendimos: luego, Hermano, ¡adelante!.
A veces tengo un sueñ o enorme y conmovido:
vivo con sencillez, ardientemente, nada
malo sale de mí, bajo la amplia sonrisa
de una mujer que amo, con noble amor trabajo;
¡y así trabajaríamos, ufanos, todo el día,
escuchando el deber cual clarín clamoroso!
¡Qué felices seríamos! Y nadie, nadie digo,
vendría a doblegarnos; no, sobre todo, ¡nadie!.
Tengo el fusil colgado sobre la chimenea..

«El aire está preñ ado de un aroma de guerra.


¿Pero qué te decía? ¡Ah! Que soy chusma; vale.
Y quedan todavía soplones y logreros.
Nosotros somos libres y sufrimos visiones
donde nos vemos grandes; ¡grandes! Ahora mismo,
¿no hablaba del deber tranquilo, de una casa...?
¡Contempla, pues, el cielo! ––Lo encontramos pequeñ o:
¡palmarla de rodillas y con tanto calor!
¡Contempla, pues, el cielo! ––Yo me voy con mi gente,
con esta chusma enorme y horrísona que arrastra,
tus cañ ones decrépitos por el sucio empedrado.
––Cuando nos maten, Sire, los habremos lavado.
––Y si al vemos gritar, si ante nuestra venganza,
las patas de los reyes viejos y pavonados
lanzan sus regimientos, de gala, contra Francia,
allí estaréis vosotros.
¡Pues, a la mierda, perros!»

––Volvió a echar su martillo al hombro.


El gentío junto a este gigante se sentía embriagado
y, por el patio inmenso, por los apartamentos,
donde París jadeante ululaba feroz,
un temblor sacudió la muchedumbre inmensa.
Entonces, con su mano, coronada de mugre,
aunque el panzudo rey sudaba, el Herrero,
terrible, el gorro rojo, a la cara le arroja.
Ser el aire
José Revueltas

Si el aire no tuviera sangre


si el agua del océano fuera pura
y no trajera jó venes despedazados
si las playas fueran limpias, serenas
y en ellas no la muerte sino el amor golpeara…
Enloquecidos pá jaros del viento
han llegado hasta aquí para no alejarse nunca.
Todo mundo nos está gritando
en el filo mismo de la Historia
en la frente escupida de las cosas que existen.
Hay que saber, irrevocablemente, de nuestra eterna eternidad.
Má s que la hormiga, má s que el siglo y que el arado,
má s que las lenguas del tiempo y el caer de los hombres
durará n nuestras manos de huesos y agonía.
Saben ya los roncos pá jaros de nuestras lá grimas despiertas
lá grimas sonando tercamente sobre los tercos tambores
que anidan en el fondo.
Y nuestro par de rotos corazones vivos
nuestro par de ojos que ven cuando se cierran
se habrá n unido ya
al rumor de los brazos, eternos como piedras,
como piedras duros, y amorosos, y tristes.
Mi pobre corazó n es inú til para toda la tristeza.
Dejo de sufrir a cualquier hora
cuando todos lloran cuentas vivas de cal, granos amargos.
Se pueden hacer versos que sean un grito solo,
se pueden cantar canciones con los labios mudos.
Hay que llorar por todos nosotros
y yo no he llorado todavía.
Hablad, mirtos de hierro y desventura, junto a los niñ os.
Hay niñ os.
Hay hermanos vivos y destruidos con el alma quebrada
y una luz en la frente.
Si mi pobre corazó n no fuera tan pequeñ o
y pudiera tener una gran casa abrigada
y una dulce, larga superficie de trigo y sollozos.
Si mis labios fueran agua, manos y peces soñ adores
y no tristes vocablos y silencio.
He llorado todo esto, yo.
Pero oíd que no he derramado una sola lá grima todavía.
Duraremos duramente má s que la larva, má s que el espanto
porque somos eternos y condenados,
somos de tierra, y de tierra de la tierra.
Nuestros hermanos quebrados,
má s puros que Jesú s,
má s olvidados,
quedan gritando con los pá jaros del viento.
Porque el aire tiene sangre
y el agua del océano es impura
y en las playas só lo la muerte golpea
podemos hacer versos todos juntos
hasta que la tierra se parta
hasta que nuestras lá grimas derriben al mundo
hasta que brote de la nada una paloma.
Sordo estoy y puedo todavía humillarme,
puedo tomar un cuchillo y enseñ ar mis abismos
mis glorias, mi desamparo.
Podemos.
Para llover del cielo
virtuosamente limpios, desnudos y dispuestos.
Ulises
Alfred Tenysson

De nada sirve que viva como un rey inú til


junto a este hogar apagado, entre rocas estériles,
el consorte de una anciana, inventando y decidiendo
leyes arbitrarias para un pueblo bá rbaro,
que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy.
No encuentro descanso al no viajar; quiero beber
la vida hasta las heces. Siempre he gozado
mucho, he sufrido mucho, con quienes
me amaban o en soledad; en la costa y cuando
con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia
irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso;
pues siempre en camino, impulsado por un corazó n hambriento,
he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres
y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos,
no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas;
y he bebido el placer del combate junto a mis iguales,
allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya.
Formo parte de todo lo que he visto;
y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual
se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye
una y otra vez cuando avanzo.
¡Qué fastidio es detenerse, terminar,
oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio!
Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra
sería del todo insuficiente, y de la ú nica que tengo
me queda poco; pero cada hora me rescata
del silencio eterno, añ ade algo,
trae algo nuevo; y sería despreciable
guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles,
y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo
de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae,
má s allá del límite má s extremo del pensamiento humano.

É ste es mi hijo, mi propio Telémaco,


a quien dejo el cetro y esta isla.
Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar
en esta labor, para civilizar con prudente paciencia
a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente
a que se sometan a lo que es ú til y bueno.
Es del todo impecable, dedicado completamente
a los intereses comunes, y se puede confiar
en que sea compasivo y cumpla los ritos
con que se adora a los dioses tutelares
cuando me haya ido. É l hace lo suyo, yo, lo mío.

Allí está el puerto; el barco extiende sus velas;


allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros,
almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí,
y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida
tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos
con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido.
La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo.
La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,
alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse,
no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses.
Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas:
el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos
lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos.
No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos
los resonantes survos, pues me propongo
navegar má s allá del poniente y el lugar en que se bañ an
todos los astros del occidente, hasta que muera.
Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;
es posible que demos con las Islas Venturosas,
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.
A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar
de que no tenemos ahora el vigor que antañ o
movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos:
un espíritu ecuá nime de corazones heroicos,
debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida
a combatir, buscar, encontrar y no ceder.

También podría gustarte