0% encontró este documento útil (0 votos)
47 vistas19 páginas

El Bosque

Este documento contiene varios testimonios relacionados con un caso de investigación de un homicidio ocurrido en un bosque entre las localidades de Sekiyama y Yamashina. El investigador revisa los testimonios desordenados mientras intenta reconstruir lo sucedido. Uno de los testigos encontró el cuerpo de un hombre apuñalado en el bosque. Otro testigo es el principal sospechoso del crimen, un bandolero conocido llamado Tajõmaru. El investigador lleva mucho tiempo trabajando en este caso sin resolverlo.

Cargado por

a yaca
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
47 vistas19 páginas

El Bosque

Este documento contiene varios testimonios relacionados con un caso de investigación de un homicidio ocurrido en un bosque entre las localidades de Sekiyama y Yamashina. El investigador revisa los testimonios desordenados mientras intenta reconstruir lo sucedido. Uno de los testigos encontró el cuerpo de un hombre apuñalado en el bosque. Otro testigo es el principal sospechoso del crimen, un bandolero conocido llamado Tajõmaru. El investigador lleva mucho tiempo trabajando en este caso sin resolverlo.

Cargado por

a yaca
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Hernando Tejedor

Robertson 940 - (1406) Buenos Aires - Argentina


Teléfono: (5411) 4632-9674
Dirección Nacional del Derecho de Autor: Expediente Nº 959678

EL BOSQUE
al costado
del camino
entre Sekiyama
y Yamashina

Basado libremente en el relato “En el bosque”


de Ryonosuke Akutagawa
Una pila de expedientes desordenados.
Testimonios.

¿Voy a estar mucho tiempo más? No, lo que pasa es que mi madre es muy anciana y
no me gusta dejarla demasiado tiempo sola. No tengo a nadie que la cuide. Sí, es una
verdadera desgracia. Ella era una mujer muy fuerte, llena de vida: nos crió ella sola,
a mí y a cinco hermanos. Ahora todos ellos se fueron y ella… sí, a mi cuidado. Sí.
Unos desagradecidos. No sé. Tal vez no pudieron soportar ver cómo se derrumbaba.
Una desgracia. En un año ella envejeció diez. No sé, no sé dónde están ellos. Lejos,
supongo. No hemos tenido noticias. Se fueron yendo, uno tras otro, sin decir nada. De
pronto un día nos despertábamos y éramos uno menos. Se iban de noche, sin avisar;
juntaban algo de ropa, algunas cosas y se iban sin hacer ruido, sin dejar ni siquiera
una nota. Y ella no decía nada. Apretaba los labios y hacía de cuenta que ese hijo
nunca había existido. Uno tras otro, todos mis hermanos, sus hijos, y ella nunca dijo
nada; nunca se quejó. Una mujer muy fuerte, sí. Pero por cada uno de ellos que se iba
ella envejecía un poco. Algo increíble. Se quedaba frente a la cama vacía, apenas des-
hecha, y yo podía verla envejecer frente a mis ojos. En un minuto tenía un año más.
Aparecían nuevas arrugas, se le caían los párpados, se le endurecían las articulacio-
nes, todo eso en un minuto. Después se daba media vuelta y ni siquiera hablaba del
asunto. Nunca más volvía a hablar de eso, ni de su hijo. Por eso es que no me gusta
dejarla sola. Cada minuto que pasa sola ella envejece, y ya está demasiado vieja. No
quiero perderla. Tengo miedo de que piense que yo también me he ido. Tengo miedo
de que se olvide de mí.

***

Sí, señor, claro que me enteré. Qué cosa, quién lo hubiera dicho, un hombre tan aten-
to…morir de esa manera… Es lo que digo yo: ya no hay seguridad. Porque él era un
soldado, ¿no? Y así y todo…Bueno, el destino es así. Sí, claro que lo conocía. Qué
cosa, tantas muertes…Ya no se puede llevar la cuenta de la gente que muere: vecinos,
amigos…Claro, él era muy amable. Su mujer también, aunque a ella yo no la conocía
tanto. Muy linda chica. Muy educadita. No, en realidad yo no sé nada de eso. Hacía
mucho tiempo que no los veía. Me contó un vecino. Pero qué cosa…Ya no hay seguri-
dad. Ya no hay nada.

***

Estaba ahí, exactamente donde lo vieron ustedes. Yo no toqué nada. Al pie del cedro
grande, el que está en el medio del claro, entre el árbol inclinado y los dos que pare-
cen gemelos, a unos doscientos pasos de la carretera. Yo voy siempre a descansar ahí,
a comer el almuerzo. El hombre estaba como mirando al cielo. Tenía una herida acá,
en el corazón, como de espada. Ya no sangraba más, así que supongo que habrá pa-
sado un rato largo desde que lo mataron. ¿Qué cosa? No. Lo que sí había era una
cuerda, justo al lado del tronco del cedro grande. Y… ah, sí. Un peine. Un peine de
marfil.

***

1
INVESTIGADOR

Un hombre en una habitación en penumbras. Poco mobiliario: una mesa, una cama, tal vez un pe-
queño armario. Un biombo o un cortinado. Bolsas de plástico transparente con distintos objetos: un
puñal, un peine, una espada, ropa. Una pila de expedientes desordenados. De vez en cuando el hom-
bre toma algún papel y lo lee.

La mayor parte de estos testimonios no tiene nada que ver con el caso. Parece ser que cuando
las oficinas del juzgado se cambiaron al nuevo edificio hubo cierto desorden. Algunos archi-
vos se mezclaron. Yo he preferido no desechar este tipo de… evidencia, si es que se la puede
llamar así. Tengo mis razones. Claro, también es probable que falte más de una foja del ex-
pediente original. La única forma de saberlo sería revisar íntegros los expedientes de todos
los procesos que tenían lugar en el juzgado al momento de la mudanza. Expedientes que tal
vez estén en poder de otros investigadores. Prácticamente imposible, se dará cuenta. Más que
imposible: intrascendente. Los papeles faltantes, si es que existen, probablemente no aporta-
rán ningún dato decisivo.
El caso es muy sencillo en apariencia: alguien encuentra un cadáver. El cadáver de un hom -
bre, tendido de cara al sol en medio de un bosque de cedros y bambúes. Fue un leñador. El
que lo encontró, quiero decir. El que encontró el cuerpo era leñador. Había salido temprano a
hacer su trabajo, igual que todos los días, y caminaba por el bosque cuando encontró el cuer-
po. Conocía muy bien el bosque. Era su elemento de trabajo, y él guardaba en su mente la
imagen exacta de cada uno de los árboles, claros y enramadas. Podría decirse que lo conocía
tanto como yo he llegado a conocer el cadáver del que hablamos.

***

Estoy preocupada, señor. Ya hace casi un mes que no sé nada de ella. No, ella no es
así. No es que sea una santa; después de todo es joven, y usted sabe cómo son los jó-
venes. Pero no, ella no permitiría que yo me preocupara de esa forma. Es una hija
considerada. No; tiene que haberle pasado algo, no hay otra explicación. A ella y a su
esposo. Salieron con rumbo a Sekiyama. Iban a liquidar unos asuntos, creo, y pensa-
ban estar de vuelta a lo sumo en una semana. No, señor. Su esposo es un buen hom-
bre. Tengo plena confianza en él. Más que en mi hija, si es que eso es posible.

***

INVESTIGADOR

El bosque estaba al lado de la carretera que une Sekiyama con Yamashina…


Perdón; ¿le interesa lo que digo? Si no le interesa pasamos a otra cosa. O mejor todavía, le
dejo todo aquí y me voy. De lo contrario voy a pedirle que me preste un poco de atención.
No, perdón: no un poco. Toda su atención. Esto es muy importante. Todo, cada detalle, es
muy importante. Ya se va a dar cuenta. Así que escúcheme y no me interrumpa. Bueno, a
ver… en qué estábamos… Ah, sí. El bosque. El bosque desapareció hace bastante tiempo.
Lo talaron para construir un monasterio o algo así. Sea lo que sea, no llegaron a terminarlo.
El presupuesto alcanzó solamente para la tala de los árboles. Así que todo lo que ha quedado
del lugar es tierra removida y algunas raíces; nada que pueda ser útil a los efectos de la in-
vestigación. En realidad, todo lo que puede ser útil o necesario se encuentra aquí, en este
cuarto. Sí, ya sé, es un desorden. En una época me preocupaba por mantener todo ordenado.
Después dejé de hacerlo. Supongo que cuando acepté el hecho de que no iba a resolver el
caso, que terminaría entregándoselo a otro investigador poco tiempo antes de morir, tal como

2
me lo entregaron a mí. Lo único razonable que se puede hacer es tratar de que nada se pierda
y el desorden aumente lo menos posible. De todos modos las partes interesadas, si es que al -
guna vez las hubo, ya murieron hace tiempo.

***

TAJÕMARU

Declaración del principal sospechoso.

No sé. No sé nada. Mire, no. No me venga con eso porque no hablo más. Cierro la boca y no
la abro aunque me arranquen los labios. Le estoy diciendo la verdad. ¿Por qué voy a mentir-
le? No tengo ninguna razón para mentirle. Diga lo que diga ya sé lo que me espera, ¿no? No
tengo la menor esperanza. Conozco el procedimiento: primero cuento todo, del principio al
final, después me torturan un poco por las dudas de que me haya olvidado de algo y después,
sea culpable o inocente, me ejecutan de alguna forma horrible, de esas que les gustan tanto a
ustedes. A mí también me gustan, no crea. Aunque sería mejor ver todo desde otro lugar. Yo
maté al hombre. No a la mujer. No sé qué le pasó a la mujer. No sé si está viva o si está
muerta ni adónde fue a parar ni nada. No sé. No voy a inventar lo que no sé.

***

INVESTIGADOR

Levanta la vista de los papeles.

El hecho de que este hombre supiera que iba a ser ejecutado podría darle una significación
especial a sus palabras, si no fuera por el hecho de que es un mentiroso compulsivo. Se llama
Tajõmaru, y era un bandolero bastante conocido en la zona. Ladrón, violador y asesino. Se lo
encontró en las afueras de la ciudad, con el arco y las flechas de la víctima. Lo había tirado el
caballo en el que venía montada la mujer.
Perdón; estoy siendo algo confuso, ¿no? ¿Preferiría que nos organizáramos un poco antes de
seguir? Usted disculpe. Me he acostumbrado tanto a pensar en estos hechos, a darles vueltas,
a buscar posibles relaciones entre ellos, que a veces no me doy cuenta de que estoy hablando
con otra persona. Demasiado tiempo solo, supongo. Tal vez deberíamos empezar por el prin-
cipio. ¿Quiere un poco de aguardiente? Permítame. Yo sí voy a servirme. Últimamente estoy
tomando demasiado. No es bueno para mi salud. Pero ya nada es bueno para mi salud, así
que…

***

Detrás del biombo o cortinado, una mesa oblonga sobre la cual descansa un bulto cubierto por un
lienzo. El INVESTIGADOR levanta el lienzo. Debajo se encuentra el cuerpo embalsamado de un
hombre, desnudo, apoyado sobre su espalda.

***

INVESTIGADOR

3
Takejiro Kanazawa. Sexo masculino. Edad al momento del deceso: veintiséis años. Según
información proporcionada por parientes y conocidos, se desempeñaba como samurai en Ko-
kufu, provincia de Wakasa. El día del hecho se desplazaba, junto con su mujer, Masago, por
la carretera que bordea el bosque, en dirección a Sekiyama. Fueron vistos por un sacerdote
budista, poco tiempo antes de su encuentro con el bandolero Tajõmaru. Ella iba montada en
un caballo blanco y él caminaba a su lado. Una herida cortante en la zona abdominal, o tal
vez en el tórax, producida por un puñal o una espada corta. Todos estos datos se desprenden
de testimonios, no del estudio del cuerpo. El cadáver, como verá, está muy deteriorado. Es
imposible sacar alguna conclusión. Cayó en manos de un embalsamador mediocre. Los re-
sultados están a la vista: ni siquiera se conservan los labios ni la zona genital, desaparecieron
los ojos y los párpados… La autopsia, según consta en actas, la hizo uno de los verdugos del
juzgado. El forense estaba ausente de la ciudad, y había que hacer algo antes de que el cadá-
ver se pudriera. Ahora bien: parece ser que el verdugo puso bastante entusiasmo en la tarea.
Mire: toda esta zona parece un campo de batalla. Es imposible distinguir la herida que causó
la muerte de Kanazawa entre todo este laberinto de cortes. El pobre hombre hizo lo que
pudo, claro. Nadie le explicó nada, así que él tomó sus instrumentos de tortura y se dedicó a
cortar y separar. Un desastre. Yo creo que la herida mortal es esta, que va desde aquí hasta
aquí. O bien podría ser esta otra. Es bastante profunda. Es igual. Eso no es importante. En
principio, como le decía, la cosa es bastante simple: alguien encuentra un cadáver. Hay una
muerte y una violación. O una violación y una muerte. Y un violador y asesino. Sencillo,
¿no? Pero las cosas no son nunca tan sencillas. Hay contradicciones, datos que no coinciden.
Para llegar a la verdad primero hay que detectar las falsedades, y toda verdad encierra en su
interior una infinidad de falsedades. Mire: parece que sonriera. Le causan gracia mis pala -
bras. No le habrá parecido tan gracioso cuando violaron a su mujer delante de sus propios
ojos y él no pudo hacer nada.

***

TAJÕMARU

Ya le dije que no sé. Mire, ¿le cuento? ¿Le interesa mi versión de los hechos? Ellos venían
por el camino. Un hombre y una mujer. Y se encontraron conmigo. Ahí tiene mi versión de
los hechos. ¿Quiere detalles? ¿Para qué? A ella la tomé por la fuerza, a él lo maté, no sin an-
tes obligarlo a ver cómo me entretenía con su mujer, eso es todo. Si por mí hubiera sido ni si-
quiera lo hubiera matado, pero él me obligó. Yo le había atado las manos a la espalda, pero
de alguna forma se liberó y quiso atacarme. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Felicitarlo? No, él me ata -
có. Sabía a lo que se exponía si me atacaba. Y si no sabía ahora lo sabe.

***

INVESTIGADOR

Así que todos los días me quedo aquí un buen rato. Me traigo mi botella y me quedo junto al
amigo Takejiro. Dos, tres horas por día. Lo miro, recorro el cuerpo con los dedos… Es como
un mapa. Aquí, por ejemplo, debajo de la clavícula, en las cercanías de la axila derecha, las
cicatrices, las manchas, los pliegues de la piel, parecería que forman un mapa casi exacto del
lugar de los hechos. ¿Le parece asombroso? A mí no. Esta cicatriz larga, que se pierde en el
abdomen, es la carretera. Al lado de ella hay una zona más oscura, una especie de mancha
como las que deja la humedad en las paredes. Aquí. El bosque de bambúes. Fíjese qué escar-
pado va haciéndose el terreno en esta zona. Si vamos por aquí, por esta línea, llegamos al

4
claro. Y aquí hay tres lunares, ¿los ve? Me he pasado horas observando estos lunares, día tras
día. Estos dos de aquí son Masago y Tajõmaru. La mujer y el bandido. El otro, un poco más
allá, es el mismo Takejiro. Este dato no consta en el expediente. Yo lo he descubierto y, por
lo pronto, me lo guardo para mí. Y esta es sólo una pequeña zona del cuerpo, de unos veinte
centímetros de diámetro. Todavía queda mucho por explorar. Por ejemplo: si seguimos el ca-
mino con rumbo a Yamashina nos encontramos con un pliegue que atraviesa el vientre y se
pierde en la espalda. Corta la carretera abruptamente. Es un límite. A partir de aquí el cuerpo
nos está diciendo otra cosa. ¿Qué hay más allá del límite? La piel presenta una serie de rugo -
sidades. Luego, una zona áspera al tacto, como una lija. Después se vuelve tersa, hasta que
desaparece abruptamente en la zona de la ingle, donde se ha perdido por completo, junto con
el resto de la masa orgánica. ¿Qué significa eso? Yo no sé. Todavía no he podido descifrarlo.

***

Claro que no queríamos pero ¿qué podía hacer yo? Dígame: ¿qué autoridad tengo yo
frente a mi padre? Si mi padre me dice que lo deje en paz, no tengo otro remedio que
obedecerlo. Ya sé, es horrible. Mi familia viene sufriéndolo desde hace casi un año.
Fue después de que murió mi madre. No enseguida. Uno o dos meses más tarde. Se
metió en ese hueco y ya no hubo forma de que saliera. Claro que tratamos de conven-
cerlo, todos tratamos: yo, mis hermanos, mi mujer, mis hijos… No hubo forma. Des-
pués esperamos que se cansara y saliera por sí mismo. Pero pasaron las semanas, los
meses… No sé. Yo no habría aguantado más de una hora en ese lugar. Ni siquiera hay
espacio para sentarse con la espalda derecha. Bueno, usted ya lo vio, con la cabeza
metida entre las rodillas. Así estuvo todo el tiempo. Y casi no comía. Unos granos de
arroz y un vaso de agua. ¿A usted le parece que esa es dieta para un hombre an-
ciano? Pero él no aceptaba otra cosa. ¿Dolor? ¡Claro que sentía dolor! Todas las no-
ches gritaba de dolor; nadie podía dormir. Pero si íbamos y tratábamos de sacarlo, él
nos atacaba con un cuchillo. A los dos meses el aire ya era irrespirable. Para esa
época él dejó de gritar. Parecía que ya no sentía nada. Nosotros habíamos dejado de
recibir visitas, se imaginará. Toda la casa estaba invadida del olor a… mierda, con
perdón de la palabra. Ya ve, yo no hice otra cosa que lo que debía: obedecer a mi pa-
dre. Podría haberlo sacado a la fuerza, es verdad. No hubiera sido difícil sacarle el
cuchillo. Pero eso hubiera sido desobedecerlo. Eso no está bien. Él me habría repu-
diado. Yo tenía que obedecerlo, señor. Es lo que tiene que hacer un buen hijo, ¿no es
cierto?
***

MASAGO

Declaración de la esposa de la víctima.

Me han permitido quedarme en esta celda, y yo prometí no salir nunca más de ella. Creo que
es lo mejor. O no, no sé. Es lo que la vida me puso en el camino. No sé, ya le digo. Estaba
perdida y me encontré a las puertas de este templo. Me recibieron y me dejaron quedarme
aquí. Y a mí me pareció bien. Rezo. Rezo mucho. Todo el día. He aprendido muchísimas
oraciones. A distintos dioses. No sé si ellos me escuchan. Seguramente no, ¿por qué van a
escucharme? También hago bordados, arreglo los hábitos de las religiosas… No sé. Si me
hubiera encontrado con un burdel en vez de un templo tal vez ahora sería puta. En ese mo -
mento cualquier cosa me daba lo mismo. Todavía ahora. ¿Tanto tiempo pasó? Me parece in -
creíble. Es decir… no sé, yo creía que había pasado mucho menos tiempo. Acá se pierde un
poco la noción… ¿En serio sucedió hace tantos años? ¿Y todavía siguen interesados en eso?
Qué increíble, ¿no?

5
***

INVESTIGADOR

Masago. Esposa del occiso, Takejiro Kanazawa. Diecinueve años en el momento del hecho.
Descripción aportada por su madre: pequeña, morena, rostro ovalado, un lunar cerca del ojo
izquierdo, carácter impulsivo. Extraviada luego del hecho, no se la encontró sino muchos
años más tarde, en una celda de un convento a una distancia considerable del lugar. Cuando
se le ofreció llevarla a casa de sus parientes, se negó a salir de la celda. Hasta donde yo sé,
ahí estuvo hasta el día de su muerte. Ni siquiera quiso saber si su madre seguía viva. Después
nos ocuparemos de su declaración. Ahora quiero que vea otra cosa.
Una bolsa de plástico que contiene en su interior un peine de marfil.
Esto. Fue encontrado por el leñador cerca del cadáver. ¿Le sugiere algo? A mí no, excepto el
hecho de que es un objeto bastante extraño para aparecer en la escena del crimen. La mujer
no lo reconoció cuando se lo mostraron, ni como suyo ni como de su esposo. No veo por qué
habría de mentir en este punto. Es cierto que no siempre hace falta una razón para mentir,
pero eso es complicar las cosas más de lo que ya están. Es preferible suponer que el peine no
pertenecía ni a Masago ni a Takejiro. ¿De quién es entonces? ¿De Tajõmaru? No es muy
probable. ¿Qué iba a hacer él con un peine de marfil labrado? Además, él tampoco lo reco-
noció cuando se lo mostraron. Entonces, nos quedan tres opciones. Primera: el peine ya esta-
ba ahí antes del crimen. Segunda: el peine apareció entre el momento del crimen y el del ha-
llazgo del cuerpo por el leñador. Tercera: hubo una cuarta persona en el lugar en el momento
del crimen, y esa persona dejó caer el peine.

***

MASAGO

Claro. En ese momento fue algo terrible. Me parecía algo terrible, quiero decir. Ahora… no
sé. La vida es tan distinta ahora… ¿Le gusta el té? Es una mezcla especial que preparan las
religiosas. Yo tomo mucho té. Podría estar todo el día tomando té. ¿Qué fue del hombre…
Tajõroku… Tajõmari… cómo se llamaba? Espere, no me diga. Yo sabía. Tajõmaru. Sí. Yo
ya lo conocía. De nombre, claro. Nunca lo había visto pero se hablaba mucho de él, ¿no? Era
famoso. Un bandido famoso. ¿Qué fue de él? ¿Lo ejecutaron? No, no creo. ¿Por qué iban a
ejecutarlo? ¿Por violar a una mujer? Ah. ¿A quién violó?
No sé. Antes sí, pensaba mucho en todo eso. Pero después… no sé, pasó hace tanto tiempo…
¿Cuánto habrá durado todo? ¿Media hora? ¿Cuarenta minutos? ¿Cuántos minutos pasaron
desde entonces? ¿Cuántos años? Yo no puedo creer que todavía… ¿Y después de todo por
qué ejecutaron a ese hombre? Ya sé, no era una buena persona y tenía un aspecto bastante…
pero no era tan… ¿Quién? Ah, sí. Él. No, claro que no lo mató Tajõmaru. No hubiera podido
hacerlo. Ese hombre no podía matar a nadie. Muy amenazador, sí, muy desquiciado, pero las
mujeres sabemos. Violar a una mujer, tomarla por la fuerza, puede ser. Pero matar… Yo lo
maté. Él mismo me pidió que lo matara. Él, mi marido. Me pidió que lo matara y yo lo maté.
Le clavé el puñal en el pecho, tal como él me pidió. Me dijo que no podía seguir viviendo
después de haber visto lo que había visto, y él no tenía fuerzas para hacerlo. Después quise
matarme yo, pero no pude. No sé… no me animé. Traté de hacerlo. Mire: puedo mostrarle la
marca del puñal acá, ¿ve? Pero llegaba a un punto y no podía hacer más fuerza. Después qui -
se tirarme al río. ¿Mas té?
***

6
TAJÕMARU

A ver, léame lo que dije. No, yo no declaré eso. Anote que yo no declaré eso. Usted escribe
todo lo que digo, ¿no? Bueno, entonces escriba que yo no dije eso. Fueron ellos los que vi-
nieron a mi encuentro. Él. El hombre. Yo estaba en el camino y fue él quien se acercó a ha -
blarme. Quería ofrecerme a la mujer por dinero. ¿A usted le parece que yo voy a pagar por
una mujer? A las mujeres yo las consigo gratis, cuando quiero y como quiero. Y ella… se le
notaban las ganas. Seguramente él nunca la tocaba. No parecía muy viril. Cuando ella vio a
un hombre de verdad los ojos se le salían de las órbitas. Yo iba a mandarlos al diablo y se -
guir mi camino, pero cuando la vi a ella… Ella lo habría hecho gratis, seguro. Se le notaba la
necesidad en la cara. Yo sé cómo tratan a las mujeres los hombres de esa clase. Las tienen a
pan y agua para que después sean como fieras desatadas.

***

¿Tengo que responder esa pregunta? No me parece que tenga algo que ver… Bueno,
no es tan difícil. Tampoco es una tarea para principiantes, eso es verdad. Lo que hay
que hacer es olvidarse. Verlo como una cosa, un instrumento más. O sea, yo tengo
toda una serie de instrumentos, ¿ve? Pinzas, tenazas, punzones, cuchillos, garrotes,
hierros candentes… y el cuerpo que me traen, que para mí ya no es un hombre. Cuan-
do termine con él ya no va a ser un hombre, así que prefiero pensar en él como una
cosa ya desde el principio. Así no se sufre, se puede dormir bien y se conserva el ape-
tito más o menos intacto. No todos son así en la profesión, es cierto. Algunos colegas
incluso violan a las mujeres antes de comenzar. Otros, más perversos, lo hacen en mi-
tad del trabajo. Se excitan con esas cosas. Esos son los que después tienen problemas:
los que se vuelven locos o terminan ahorcándose. Por eso, yo prefiero no involucrar-
me. Hago mi trabajo lo mejor que puedo. No soy cruel ni piadoso. Cumplo con lo que
me piden. Si usted quiere que el individuo dure vivo tres horas, durará tres horas. Si
quiere que dure una semana, será una semana. Si desea que él o ella vea cómo su
cuerpo va quedando convertido en una masa sangrienta, le pongo un espejo adelante.
Si no, lo primero que hago es vaciarles los ojos. Es más cómodo así.

***

INVESTIGADOR

También se ha tomado testimonio al muerto. Su declaración es relativamente reciente; no


hace tanto tiempo que se descubrió la forma de comunicarse con los muertos. Una ciencia
bastante absurda, si le interesa mi opinión. Ninguna utilidad. De todos modos hubo que con-
vocarlo. Era parte interesada. La más interesada de todas, si es que alguien en su estado pue -
de interesarse en algo. Si me pregunta a mí, le diré que la ley se ha vuelto muy complicada.
Es increíble la cantidad de cosas que hay que tener en cuenta, la cantidad de formalidades…
¿Algún dato de interés? Quién sabe. Puede ser que analizándolo minuciosamente… A mí
más que nada me provoca fastidio. Después de un rato los muertos son bastante aburridos.

***

MUERTO (TAKEJIRO)

7
Declaración de la víctima.

…y llegó la noche, y pasó la noche, y pasó la mañana, y éramos diez mil, veinte mil hombres
destrozados sobre la llanura y ya nadie tenía nombre, toda la llanura cubierta de cuerpos sin
nombre y la sangre, la sangre estancada, la sangre sin dueño, ya no teníamos miedo, ya no te-
níamos nada, ni sangre ni nada, la muerte me encontró en el bosque, yo la encontré, me en -
contré cara a cara con la muerte en el bosque, y ella se había ido, él, ella, ellos se habían ido,
y una ola que se levantaba tan alta como una muralla y eso fue lo último…

***

INVESTIGADOR

Ya ve, prácticamente inútil. Nuestro muerto habla como una multitud, y probablemente lo
sea. Usted sabe, los muertos carecen de cuerpo. El cuerpo está aquí, conmigo. Al no tener
algo que los contenga, los muertos tienden a mezclarse. Éste, en particular, está muy conta -
minado. Ya casi no se puede distinguir a Takejiro. Habría que ponerse a clasificar el discurso
y desechar la mayor parte. Pero nunca se está seguro de no equivocarse. Los muertos son
muy raros. Hay algunas claves para dividir y distinguir entre los componentes, pero hay que
usarlas con cuidado. A veces uno de los componentes habla por medio de las palabras de
otro, o el discurso está tan unido que es imposible separarlo sin que se deshaga. Sabe, en rea -
lidad es un error esto de comunicarse con los muertos. Por lo general no hace más que llevar
a confusiones o malentendidos. Uno espera que los muertos hablen como los vivos, y eso es
imposible, ya lo ve. Los muertos hablan como muertos, y cuanto más tiempo ha pasado de la
muerte más difícil es comunicarse con ellos.

***

TAJÕMARU

No. Deje de escribir. Eso que le digo no es exacto. No fue en el camino, y él no vino a ha-
blarme. Sí, ya sé lo que dije pero no fue así. Mentí. Escriba que mentí, tache todo y empiece
de nuevo. Sí, eso también es mentira. Táchelo también. A ver. Déjeme ver. Estaban en el cla-
ro. Yo andaba por el bosque y los encontré en el claro. Él se había clavado su propia espada
en el estómago y estaba agonizando. No sé por qué. Un asunto de deudas de juego o algo así.
Ella lloraba, arrodillada al lado de él. Pero era un llanto falso. Escriba que era un llanto falso:
ella estaba contenta de haberse librado del tipo. Escriba eso. Claro que estaba asustada. ¿A
quién se le ocurre suicidarse en el medio del bosque, con su mujer al lado? El tipo estaba
loco. Ella me vio y quiso atacarme con un puñal. ¿Por qué? Yo qué sé por qué. Tendría mie -
do, ya le digo. La volteé de una trompada y después le ofrecí que viniera conmigo. Era una
hermosa mujer. Sí que sé dónde está. ¿Yo dije que no sabía dónde estaba? Bueno, sí que sé.
Yo la maté. A la noche siguiente. Me desperté y la encontré revolviendo entre mi ropa. ¿A
usted le parece? Quería robarme, la puta. Le atravesé la garganta así, acostado como estaba,
sin levantarme. Y la tiré al río. ¿Anotó todo lo que le dije? Táchelo; es mentira. Yo no maté a
nadie. No sé adónde está ella.

***

MASAGO

8
Mire. Desde aquí puede verse el atardecer. ¿No es lindo? Yo lo miro todos los días; no me
canso de mirarlo. Dicen que hay espíritus que ayudan a que el sol se ponga, que empujan al
sol cada atardecer para que baje y pueda venir la noche. ¿Usted cree que él…? No, usted no
tiene aspecto de creer en esas cosas. En realidad yo tampoco. Pero es lindo imaginárselo.
¿Piensa quedarse mucho tiempo más? A mí no me importa, pero no es prudente que un hom-
bre permanezca tanto tiempo… usted sabe… las religiosas… Bueno, igual ellas nos están vi-
gilando. No me dejarían sola con usted, no son estúpidas. No, claro que no pueden escuchar
lo que hablamos. Pero ven todo; de eso no le quepa duda. ¿Quiere seguir hablando de eso?
Lo que pasa es que… no me acuerdo, esa es la verdad. Casi no me acuerdo de lo que pasó
ese día. Apenas si me acuerdo de él, de mi marido, y era mi marido, y puede decirse que mu-
rió por mi causa, ¿no? Es decir, si ese ladrón o lo que fuera no me hubiese encontrado atrac -
tiva no lo habría matado. Y él… Claro, no, es cierto, recién yo dije que… Pero no sé. Yo no
recuerdo haber matado a mi marido. Sí, ya sé que hace un rato yo dije… Ya le digo que no
me acuerdo, estoy tratando de acordarme. Sé que veníamos los dos por el camino… y… cla-
ro, el hombre salió de la espesura y se abalanzó sobre mi esposo. No le dio tiempo a defen-
derse, no le dio tiempo a nada. Después quiso violarme y… yo lo maté a el. Claro. Le clavé
un puñal, yo llevaba siempre un puñal escondido entre la ropa. Lo maté con el puñal, a él, al
asesino, no a mi marido. Y después salí corriendo como si me llevara el diablo. No sé cuánto
corrí. Hasta que caí al piso y no pude levantarme. Y cuando pude levantarme seguí corriendo
hasta que volví a caer. Y volví a levantarme, y seguí corriendo.

***

MUERTO (TAKEJIRO)

…ella estaba con él y yo atado amordazado, los ojos hundidos en el cráneo, en la calavera,
una ráfaga de viento que se me metió por el culo y me hizo escupir los dientes, ella estaba
hermosa, hermosa debajo del velo y de haberlo sabido le habría apostado a otro caballo, yo,
yo, mi nombre, Takejiro, Tajekiro, Takrejr, Tajokura, Tanhauser, Tanathos, yo soy la muerte
con minúscula, estoy tan, tan, una palabra, una palabra que diga cómo estoy, lo que digo no
es lo que quiero decir, no puedo decir lo que quiero decir, no quiero decir nada, no puedo de-
cir nada, no puedo hablar, no estoy hablando, nadie me escucha, ¿alguien me escucha?, no
quiero decir nada, me mataron en un bosque de bambúes, por mano propia, en el medio de
un barco, en el campo de batalla, me mataron, el agua en los pulmones mezclada con la san-
gre, la sangre brotando de mi pecho, mojándome las manos, las dentelladas, el tumor en el
ojo creciendo, creciendo, todo yo un gran tumor, las dentelladas, en el medio del bosque, el
agua, hundiéndose en la carne, y ella, la soga partiéndome la nuca, ella se veía tan hermo -
sa…

***

INVESTIGADOR

Pero yo le estaba hablando de otra cosa… Ah sí, el peine. Un peine de marfil que no pertene-
cía a ninguno de los tres implicados en el caso. Sí, alguien dejó caer este peine en el lugar
antes, después o durante el desarrollo de los acontecimientos. Ahora bien: en ninguno de to-
dos estos testimonios se hace referencia a una cuarta persona. Claro que no es imposible que
alguien más haya estado ahí, ya sea como partícipe o como espectador, tal vez oculto entre
los árboles. Pero el tiempo transcurrido nos obliga a desechar esta hipótesis, así como la apa -
rición del peine luego de la muerte de Takejiro. En cambio, si el peine estaba ahí desde an-
tes, eso ya nos interesa más: en ese caso, este objeto fue testigo presencial de los aconteci-

9
mientos. Un testigo neutral, no comprometido, totalmente objetivo. En vista de la total des-
aparición del bosque, éste peine es lo único que nos queda. Yo lo guardo por eso: a la espera
de que, así como han encontrado la manera de hacer hablar a los muertos, alguien descubra
un método para extraer información de los objetos inanimados. Le parece absurdo, ¿no? Pue-
de ser. Sin embargo, el tiempo deja lugar para todo.

***

Sí, señor. Es una mala mujer, señor. No sé qué hacer con ella. ¿Qué se supone que
debo hacer con ella, señor? ¿Repudiarla? ¿Matarla? ¿La ley me permite matar a mi
mujer en un caso como éste? Estoy casi decidido a hacerlo, señor. De una manera en
que no sufra, claro. Quiero saber si puedo hacerlo dentro de la ley, señor. Jamás me
atrevería a violar la ley. Yo soy un ciudadano muy respetuoso de la ley. Sí, señor. Eso
mismo. Porque ¿qué otra opción me queda, señor? No puedo repudiarla. Sí, puedo
hacerlo, pero ¿de qué serviría? No serviría de nada, señor. Nada cambiaría. Ella es
un vampiro, señor. Es una comedora de carne humana. Cada vez que me duermo me
come un poco, señor. Muy poco, es cierto, de manera que casi no se note. No necesita
comer mucho. Yo ya no puedo dormir, señor, tengo miedo de dormirme. ¿Puede ima-
ginarse lo que es pasar dos, tres días sin dormir, por miedo a que su mujer vaya ro-
yéndole la carne? Cuando por fin me vence el sueño y me duermo, veo la marca de su
lengua en la carne al despertarme, señor. De su lengua, sí. Ella come con su lengua.
Tiene unos dientes muy chicos en la punta de la lengua, como una boca minúscula.
Son los dientes que usa para roer carne humana, señor. No puedo echarla de casa. Ya
lo intenté, y ella siempre encuentra la forma de volver a entrar cuando yo estoy dor-
mido, señor. O llora. Me dice que me ama. Que no puede evitarlo. Y yo termino por
dejarla entrar, señor. No puedo verla llorar. Sí. En el fondo yo también la quiero, y
pienso que no tiene la culpa de haber nacido así, y me da lástima y la dejo entrar.
Pero al día siguiente me despierto lleno de marcas, las sábanas manchadas de san-
gre. Y arde, señor. No se imagina cómo arde. Yo no sabía que ella era así, señor. Ella
era hermosa. Todavía es hermosa. Tan hermosa como solamente puede serlo una co-
medora de carne humana. Eso lo se ahora, pero en ese entonces no sabía nada, señor.
Nada de nada. Y yo sé que a ella no le gusta ser como es, que si pudiera dejaría de
hacer eso. Pero no puede. ¿Entiende por qué estoy aquí? La única solución es matar-
la, señor. ¿La ley me ampararía si lo hago?

***

TOKURO

Declaración de la hermana de la víctima.

Más le vale no aparecer por mucho tiempo, la muy puta. Después de lo que me he enterado
soy capaz de matarla si la llego a ver. ¿Eh? Sí, disculpe. Tokuro. Tokuro Kanazawa. Cuaren-
ta y cinco. Hermana del muerto. Hermana mayor. La mayor de ocho. Y me he presentado
voluntariamente a declarar porque… Sí, residente en Wakasa. Toda mi vida. Soltera. No…
ponga viuda. Sí, viuda.
Más vale. Por eso estoy aquí. Anoche hablé con él. Ya sé que está muerto. ¿Cómo quiere que
no lo sepa? Es mi hermano, ¿no? ¿Qué clase de familia piensa que somos los Kanazawa,
como para no saber que uno de nosotros está muerto? Voy a decirle algo, y que le quede bien
claro: somos una familia muy unida. Todos. Los ocho hermanos. Perdimos a nuestros padres
de muy chicos y tuvimos que criarnos casi solos. Así que somos muy unidos. Esto ha sido
una desgracia terrible para nosotros. Todos queríamos a Takejiro, y yo más que nadie. Por

10
eso es que eligió hablar conmigo, estoy segura. Yo hablo con los muertos. Todo el tiempo.
No es algo que haya elegido hacer; ni siquiera me reporta ningún beneficio. Para colmo los
muertos siempre vienen de noche, así que tengo problemas de sueño. Pero por lo menos me
entero de cosas. Cosas que nadie sabe, que me cuentan los muertos. No, déjeme hablar. Él
me contó lo que pasó ese día. Yo sé todo. Vi todo, como ahora lo estoy viendo a usted.

***

En medio de la pila de papeles, una cantidad de hojas atadas con un hilo. Notas de los investigadores
que pasaron por el caso desde su inicio hasta la actualidad.

***

“Extraño. Cuesta creer que este cuerpo…” Tachado. “Este cuerpo ha perdido to-
dos los atributos que podrían haber hecho de él lo que fue en su momento. Obser-
vando lo que queda del rostro, las manos, la silueta, lo pronunciado de las cade -
ras, de pronto me parece increíble que en vida haya sido un samurai, un soldado.
También es cierto que mi percepción del cadáver parece haber cambiado en estos
días. Me resulta imposible, por ejemplo, determinar el sexo del cuerpo por medio
de la simple observación. La zona genital desaparecida parece haberse convertido
en un…” Borroneado, ilegible. “…difícil de…” También ilegible. A partir de
aquí, la escritura de hace borrosa, como si hubiera caído algún líquido sobre el
papel. Apenas pueden distinguirse algunas palabras o fragmentos de frases:
“intelecto”, “paso de los años”, “femenino”, “carnoso”, “enturbiamiento de los
sentidos”, “falta de sueño”. Un poco después, el texto vuelve a hacerse –a veces
a duras penas– legible: “¿Puede ser que no sea éste el verdadero cuerpo? ¿Puede
ser que en algún momento de distracción alguien haya sustraído el cuerpo del
samurai y lo haya cambiado por el de una mujer? Si así fuera, todo estaría perdi -
do. Tendría un nuevo caso entre mis manos, un caso totalmente distinto, del cual
no tengo ningún conocimiento en absoluto, ninguna pista, más allá de este cuerpo
carcomido por el tiempo, del que no sé absolutamente nada.”
“Esta sensación dura unos minutos. Después vuelvo a reconocer al samurai en el
cadáver. Todos los signos de femineidad han desaparecido del mismo modo en
que aparecieron, en medio de un parpadeo. Estoy cansado. Tendría que dormir.
Hace mucho tiempo que no duermo. Pero no puedo dormir. No puedo hacerlo.
Tengo que mantenerme despierto. Si me durmiera, podría ser que al despertar me
encontrara con que…” Ilegible.
Investigador Nº 119

***

11
TOKURO

Lo vi en medio de un sueño. A mí los muertos me hablan en medio de los sueños. Me hablan


sin palabras; se meten en el medio de un sueño y me muestran cosas, me hacen ver. Y Take-
jiro vino y me habló, me mostró lo que había pasado. La culpa de todo la tuvo la puta esa.
Yo sabía. Yo en cuanto la vi supe que era una perra, y que algún día le iba a dar un disgusto.
Pero él la quería, insistía en casarse con ella, estaba embobado. A mí ya me lo había dicho
mi madre, en sueños, me había hablado, como me hablan los muertos, y me había dicho que
esa mujer no era buena para Takejiro. Ya ve, en qué terminó todo. Ahora está muerto, el muy
infeliz. Y por idiota está muerto, que la que tendría que estar muerta es ella. No, no creo que
esté muerta. Debe estar escondiéndose por algún lado, como buena alimaña que es. No. Yo
voy a contarles todo tal como pasó. Tal como me lo contó Takejiro, tal como lo vi, tal como
lo vio él mismo. Y ahí van a ver el error que cometieron al ejecutar a ese hombre. A ella. A
ella tendrían que haberla ejecutado. Por puta.

***

“Me mira. Todo el tiempo. ¿Por qué no me habla? ¿Por qué no dice nada? «Escu-
che», le digo: «Dicen que su mujer era una perra. Que se reía junto con el asesino
mientras usted se estaba desangrando, y que bailó desnuda sobre su cadáver.
¿Qué le parece esto?» No contesta. Sigue mirándome sin cambiar de expresión.
Como si fuera un dios. Vigilando cada uno de mis actos. Si pudiera le arrancaría
los ojos.”
Investigador Nº 14

***

INVESTIGADOR

¿Qué hay adentro de un cuerpo embalsamado? ¿Alguna vez se lo preguntó? Yo no sé; soy
investigador, no embalsamador. Si bien mi profesión me obliga a mantenerme informado, el
campo de la taxidermia me es totalmente ajeno. Esto es lo que vemos nosotros: una piel os -
cura y reseca, una vaga forma humana. ¿Qué hay debajo de ella? ¿Hay movimiento? ¿Hay
vida? Millones de bacterias disputando, peleándose, tratando de ganar terreno en medio de lo
que sea que hay debajo de esta piel. Intentando destruirlo, socavarlo, carcomerlo. Hay ins -
trucciones para el cuidado del cuerpo. Todos los días hay que rociarlo con ciertas sustancias,
untarlo con otras, inyectarle determinados fluidos… es importante seguir las instrucciones al
pie de la letra. También hay que eliminar los hongos. ¿Usted puede creer que sigue habiendo
humedad en las axilas y en medio de las nalgas? Son zonas muy propensas a la formación de
hongos. Y la boca. La boca no puede abrirse. Es demasiado frágil. Hay que inyectarle una
sustancia que neutraliza la humedad. No sé cómo se llama. Está todo ahí, en esos estantes,
junto con las instrucciones. Lo que yo quiero decir es… ¿No es increíble la vida que se desa -
rrolla dentro de un cuerpo muerto? Bacterias, hongos, pequeños insectos que hacen nido de-
bajo de la piel, incluso una araña que vi salir un día de la órbita del ojo derecho. Y esa mis -
ma vida es la que termina destruyéndolo si uno no toma los recaudos del caso. Es extraño, si
uno lo piensa un poco. La única forma de que el cuerpo se conservara indefinidamente sería
destruir toda la vida que se desarrolla en él.

***

12
“Dolor en el vientre. Más fuerte que ayer. Nervios. Exceso de transpiración. Me
niego a que me vea un médico. Prefiero ir afuera y tomar un trago, sólo o con al -
guien, no importa. ¿Cuántas semanas hace ya que no salgo de esta habitación?”
Investigador Nº 84

***

TOKURO

Lo primero que veo es el camino. Yo voy caminando y ella al lado. El camino bordea un
bosque. Del medio del bosque sale el hombre. Parece un vago. El hombre me habla. No es-
cucho lo que dice. Ya le digo: todo lo que tengo son imágenes. No hay sonidos. El hombre
me habla. Señala hacia el bosque. Yo veo que ella mira mucho al hombre. Nos internamos en
el bosque. Llegamos a un claro. Yo voy adelante. Después todo se vuelve oscuro, y por un
rato no hay más que eso: oscuridad. Lo siguiente que veo es a ellos dos, él encima de ella,
los dos semidesnudos y fornicando como perros. No puedo moverme. Ella gira la cabeza. Me
ve. Grita algo. El hombre se levanta. Viene hacia mí con un palo en la mano. Parece que va a
golpearme. El hombre se ríe. Ella lo detiene. Busca entre la ropa tirada en el piso, toma un
puñal y se lo da al hombre. Él la mira, como sin entender. Ella le habla. Me doy cuenta de
que ella quiere que el hombre me mate. Yo no puedo moverme. Él la mira asustado. Tira el
puñal al piso. Discuten. Él la golpea. Ella lo mira. Mira el puñal en el piso. El hombre me ha-
bla a mí. Me dice algo. Ella escapa. Así, como está, casi desnuda. Como un animal. El hom-
bre sale corriendo detrás de ella. Me quedo solo, en el medio del bosque. Y no puedo mover -
me. Mucho tiempo así. Al rato veo una de mis manos. Pude liberar una mano. Me desato.
Ahí, en el medio del claro, está el puñal. Ellos ya se han ido hace mucho tiempo. Estoy solo.
Tomo el puñal y me lo clavo en el estómago. La sangre corre por la empuñadura, por mis
manos, y cae, se mezcla con la tierra. Después me desperté gritando. Yo no sabía nada toda -
vía, ¿se da cuenta? Ni siquiera sabía que mi hermano había muerto. Me enteré ese mismo día
a la tarde. Cosas así me pasan muy seguido.

***

INVESTIGADOR

¿Miente? Es difícil decirlo. Usted ya vio cómo nos hablan los muertos. Es al menos extraño
un relato tan claro de los acontecimientos, logrado sin ningún método científico, mediante el
único trámite de quedarse dormida. Por otra parte, era un muerto reciente. Quién sabe, tal
vez el proceso de contaminación todavía no lo afectaba demasiado. Lo que no necesariamen-
te significa que todo este relato sea verdadero. Algunos investigadores han sostenido la teo -
ría de que la mujer Tokuro ni siquiera era hermana de Takejiro, sino una prostituta a la que él
frecuentaba cuando vivía en Wakasa, y que inventó toda esta historia como una retorcida for-
ma de venganza, al haberse visto desplazada por la otra mujer. Incluso se llegó a jugar con la
posibilidad de que habría sido ella quien le pagó al bandolero Tajõmaru para que eliminara a
la pareja.

***

¿Qué debo hacer? ¿Debo moverme? ¿Es conveniente que me mueva, o es mejor si me
quedo quieto? Yo lo conozco. No a usted en particular, pero es lo mismo; no es la pri-
mera vez que testifico. En la otra ocasión, igual que en esta, fui llamado sin ninguna
razón. No sabía nada de lo que se me preguntaba, igual que no sé ahora. El día al que

13
usted hace referencia yo estaba muy lejos del lugar, en otra provincia, visitando a un
amigo. Tengo que suponer, entonces, que no es lo que sé o no sé la causa de que me
llamaran a comparecer. ¿Qué se espera de mí? No sé nada. Sinceramente, no sé
nada. Ojalá supiera algo para poder decírselo e irme a casa tranquilo. Ojalá hubiera
tenido una participación mínima en los hechos, algo que, sin llegar a comprometer-
me, pudiera quebrar este silencio. Pero no puedo hablar. ¿Cómo voy a hablar si no
tengo nada que decir? Puede ser que a usted no le importe lo que yo diga o calle.
Puede ser que me haya llamado por otra causa. Tal vez incluso para que me siente
aquí, en silencio, y poder observarme. Observar mis movimientos, mis gestos. ¿Qué
significación puede tener un movimiento mío? ¿Puedo llegar a comprometerme si le-
vanto una mano y me corro el flequillo que me molesta sobre los ojos? ¿Seré declara-
do culpable si sonrío, o si bajo los párpados? Usted me observa. Me observa con
atención y toma notas. Ya no me hace preguntas. En ningún momento perdió la calma
ante mi falta de respuestas. Yo no contesté a ninguna de sus preguntas. No veía la for-
ma de hacerlo; ni siquiera entendía qué era lo que me preguntaba. Usted me mira y
toma notas y yo estoy quieto. Permanezco quieto, sin moverme. ¿Será bueno estar
quieto? ¿No lo tomará usted como un indicio de algo? Ahora estoy apoyado sobre el
muslo izquierdo. ¿Debería apoyarme sobre el derecho? ¿Eso mejoraría mi situación o
la empeoraría? Quiero irme de aquí. Ya estuve demasiado tiempo. Estoy cansado, no
sé cuánto tiempo más voy a poder sostener esta situación. Pero no puedo irme. Si me
levanto y me voy usted podría suponer que… no sé, no puedo irme. Por más que hace
un rato usted haya cerrado su cuaderno de notas y me lo haya dicho: “Puede retirar-
se”, dijo. ¿Quiso decir que me podía ir, o quiso decir otra cosa? No sé. No puedo es-
tar seguro. Por las dudas prefiero estar aquí, permanecer aquí quieto, en silencio, el
mayor tiempo posible. ¿Por qué me mira? ¿Por qué sigue mirándome?

***

MASAGO

No sé. No sé por qué. Se supone que una mujer joven tiene que casarse, ¿no? Y él me pare-
ció bien como marido, y le pareció bien a mi madre, que había quedado viuda y ya no podía
mantenerme. Pero era un hombre débil. Incluso cobarde. Yo misma podría haberlo matado
de haber querido hacerlo. Claro que no quería. ¿Por qué iba a querer matarlo? Me trataba
bien, me amaba con locura… ¿Adónde iba a encontrar yo alguien que me quisiera así? Es
cierto que era un pusilánime, pero esa no es razón para matar a alguien, ¿no? Me ponía fu-
riosa que fuera así, que se dejara manejar por todo el mundo, hasta por mí. Le he hecho cosas
terribles esperando que reaccionara, que gritara, que me pegara. Aquella tarde en el bosque
yo estaba esperando que él hiciera algo; que se desatara y lo matara al desgraciado ese, a…
no, yo no dije que lo hubiera matado en el camino, yo dije que lo atacó, que se abalanzó so-
bre él. ¿No dije eso? Pero él en un momento estaba atado, de eso me acuerdo. Y así se que-
dó, sin hacer nada. Siempre tenía una excusa para no reaccionar. Ni siquiera trató de hacer
ceder los nudos. El otro desgraciado hizo lo suyo y se fue, me dejó ahí tirada con las carnes
al aire, y él no hacía otra cosa que mirarme, ahí sentadito, con las manos atrás de la espalda.
En ese momento sí que lo hubiera matado. Pero no. Me levanté y me fui yo también. Lo dejé
solo, con su soga y su mordaza, que parecía que les tenía tanto cariño. ¿Miedo de andar sola?
Para nada. Usted ya ve, con él al lado no estaba mucho más segura.

***

TAJÕMARU

14
Está bien, está bien. Ahora escúcheme. Pero no me interrumpa. Si me interrumpe no hablo
más. Escriba esto: yo no soy un bandido. Mi nombre no es Tajõmaru. Me encontré con Tajõ-
maru en el medio del bosque. Veníamos huyendo, ella y yo. Yo era samurai. Pero no uno
cualquiera. Yo me encargaba de trabajos que nadie quería hacer. Trabajos sucios. Asesina-
tos, cosas así. Yo había cometido una traición. Una traición muy grande. Ayudado por ella.
Si me descubrían, nos mataban a los dos. Veníamos por el camino y nos internamos en el
bosque. Ahí estaba Tajõmaru, el bandido. Estaba durmiendo. Ni siquiera se despertó cuando
le atravesé el pecho con mi espada. Ella se asustó vaya a saber por qué y salió corriendo. Yo
salí a buscarla, pero antes me cambié de ropa con el cadáver del bandido. De ese modo iban
a pensar que yo estaba muerto e iban a dejar de buscarme. Así que me vestí con la ropa del
muerto… y le puse la mía… y después lo até con una soga que tenía él, y… fui a buscar a…

Un ataque de risa va gestándose de a poco y finalmente estalla, interrumpiendo la declaración de TA-


JÕMARU.

***

“El testigo apoya todo el peso de su cuerpo sobre el glúteo izquierdo. Eso me
hace pensar en una leve desviación de la columna. la cabeza sigue la línea de las
vértebras, adoptando una posición forzada. Le hago las preguntas de rigor. No
contesta ninguna. Permanece en absoluto silencio. Estudiar posible relación de
ese silencio con el hecho de apoyarse el testigo sobre el glúteo izquierdo. Hace
mucho calor. La habitación no cuenta con una ventilación adecuada. El glúteo del
testigo debe estar transpirando. Calcular volumen de transpiración del glúteo. To-
mar muestras del asiento una vez que el testigo se retire. Párpado derecho leve-
mente caído. Tal vez una deficiencia congénita. Investigar. Temblor casi imper-
ceptible del dedo anular de la mano derecha. Con el paso de los minutos, el tem-
blor va configurando un ritmo. Se repite. Posibilidad de un mensaje oculto en el
temblor del dedo. Aparente molestia provocada por el pelo sobre los ojos. ¿Por
qué no se lo corre? Investigar.”
Investigador Nº 3

***

INVESTIGADOR

¿Otros casos? No. Éste es mi caso. No sé nada de otros casos, ni siquiera de otros investiga -
dores. Yo estoy aquí, en esta habitación, tengo una tarea encomendada y aquí está todo lo
que necesito para cumplirla. Una tarea tranquila y solitaria. El entusiasmo no sirve para nada
en este trabajo. Es un estorbo. Es mejor perderlo cuanto antes; tomar todo como algo natural
y rutinario, como la vida. Casi sin interés. Un caso tiene que perdurar en el tiempo, y esa es
la tarea del investigador. Si el investigador resuelve el caso, no recibirá ni siquiera una felici -
tación. A nadie le interesa lo que hace. En toda su vida, encontrará una sola persona que
muestre algo de interés en su trabajo: el investigador que herede el caso cuando él, ya viejo y
próximo a la muerte, se retire. Estos dos investigadores se encontrarán solamente una vez.
Un día, el investigador viejo se despertará y encontrará a un joven sentado al lado de su
cama, esperando. Este joven habrá recibido una orden precisa y única: “Vaya a esta direc -
ción y entre sin llamar. Encontrará a un hombre viejo, probablemente durmiendo. No lo des-
pierte, a menos que sea absolutamente necesario. Siéntese y espere a que despierte por sí
mismo. Él le dirá qué hacer después.” El hombre viejo despertará y verá al joven mirándolo
con una expresión que él conoce. Es la misma expresión que tenía él muchos años atrás,
cuando le tocó esperar en esa silla, mirando al viejo que dormía. Lo primero que dijo el viejo

15
fue: “Usted debe ser el reemplazo.” El joven no sabía si era el reemplazo. No sabía nada.
Ahora sí, ahora sí lo sabe, ahora sí lo sabrá, en el momento en que despierte y vea a otro
hombre joven esperando. Entonces se dará cuenta de que llegó el momento. Si tenía dudas
acerca de su salud, estas dudas se despejarán de inmediato, y sabrá que su muerte está próxi-
ma. Y comprenderá que no será él el que resuelva el caso. Que ya se le terminó el tiempo. Y
durante todo ese día –y tal vez los dos o tres días siguientes– se encargará de poner al joven
al tanto de los pormenores, de sus responsabilidades, de la historia, intentará que el joven
pierda el entusiasmo lo antes posible, y tal vez le quede la esperanza de que cuando esté
muerto comprenderá todo, descubrirá la verdad, tendrá el caso resuelto en sus manos. Pero
no será así, porque él estará muerto, y se sabe que los muertos no entienden.

***

MUERTO (TAKEJIRO)

…esta penumbra yo, esta herida yo, este viento yo, esta noche, estos ojos yo, esta porción de
éxtasis yo, este murmullo yo, estas marcas, marcas en la tierra, este movimiento, este torbe -
llino, esta vorágine, descanso, no hay descanso, nunca más descanso, nunca más nada, todo,
todo esto yo, este yo, todo esto, no yo, ello, todo ellos yo, marcas en el aire, ay, en el aire, en
el torbellino, no descanso, no muerte, no ojos, no manos, no boca, no yo, no yo, este grito,
este tumulto, este monstruo, este monstruo que habla, sin voz, con mil voces, que se devora y
crece, yo, este monstruo, esta muerte…

***

“En un momento de esta historia alguien encuentra un cuerpo en el medio de un


bosque de bambúes. Un leñador. Un leñador encuentra un cuerpo muerto. El
cuerpo pertenece a un samurai. Esto se sabe luego. El samurai caminaba ese mis-
mo día por la carretera con rumbo a Yamashina. A su lado, su mujer sentada en
un caballo blanco, cubierto el rostro por un velo ligero. Los vio un monje budista
en peregrinación. También un bandido de nombre Tajõmaru. El bandido violó a
la mujer y mató al hombre. O tal vez fue la mujer la que mató al hombre luego de
ser sometida por el bandido. O el hombre se mató al escapar el bandido con la
mujer. O la mujer y el bandido actuaron de común acuerdo para matar al hombre.
No se sabe.”
Investigador Nº 46

***

TAJÕMARU

Ahora dígame usted: ¿cómo piensan matarme? ¿Qué se usa en estos casos? ¿Van a colgar-
me? ¿A cortarme la cabeza? ¿Van a atravesarme con una espada? No piensa decirme, ¿no?
Si me dieran a elegir me gustaría que me decapitaran. No estaría mal. Sería algo nuevo. Sen-
tir cómo la cabeza se separa del cuerpo de un solo golpe. Ver las cosas de una forma distin -
ta… Siempre me pregunto cómo será eso, que le corten a uno la cabeza. Esos pocos segun -
dos, antes de morirse del todo… Las manos, las piernas, ¿seguirán sintiendo por su cuenta?
¿Qué sentirá la cabeza sin el cuerpo? ¿Podrá pensar? ¿Qué clase de cosas puede pensar una
cabeza sin cuerpo? ¿Sentirá el dolor del corte? ¿Quién sentirá el dolor? ¿El cuerpo o la cabe -
za? ¿Quién seré yo? Y si la cabeza pudiera ver su propio cuerpo… eso debe ser raro. Verse
uno mismo sin cabeza. No estaría mal. A ver, qué le parece esto: me cortan la cabeza y en

16
seguida alguien la agarra y me muestra mi espalda. Me gustaría conocerme de atrás antes de
morir.

***

INVESTIGADOR

¿Le hablé ya sobre el problema de los expedientes? Sí, creo que lo hice. ¿O no? Los expe -
dientes se mezclaron cuando se mudó el juzgado, hace unos años. ¿Le hablé de eso? Sí, es
importante. Mire: ¿ve estas notas escritas en rojo? Estas notas las escribí yo, y están escritas
en este color porque las considero material importante. Hacen referencia a hechos. Hechos
comprobados. En su mayor parte, surgen del propio expediente. ¿Me permite?

Cuaderno de notas del INVESTIGADOR.

“Un incendio aparentemente intencional en un suburbio de Yamashina. Seis


muertos. Tres meses y medio antes de la muerte de Takejiro Kanazawa.
Dos mujeres se trenzan a golpes en medio del mercado. Una de ellas pierde un
ojo. Dos meses antes.
Una mujer envenena a su esposo, a su suegra y a sus cuatro hijos. Después se vis-
te con su mejor ropa y se presenta ante el juzgado. Un mes y cuatro días antes.
Una tormenta de granizo que cayó durante tres días y sus noches en la zona de
Kyoto, veinte días antes.
Una celebración del Solsticio de Invierno en la que todo salió mal: los músicos
desafinaron terriblemente y el sacerdote dijo tres veces «infierno» al querer decir
«invierno». Esto consta en las crónicas de la época. Dieciséis días antes.
Un granjero demanda a su vecino. La causa del litigo son dos gallinas infectadas
de éste que cruzaron la cerca y contagiaron a toda su cría. Cinco días antes.
Un temblor de tierra bastante pronunciado en Kushiro, al norte del país. No hubo
víctimas, aunque el templo principal de la ciudad quedó bastante maltrecho. Tres
horas antes.”

***

MASAGO

Tengo miedo. Todo el tiempo. Incluso aquí encerrada. Tengo miedo de… No, usted se va a
reír. Ya sé, no se va a reír. Es demasiado educado como para reírse en la cara de alguien.
¿Qué estaba diciendo? Me olvido de las cosas. Constantemente. Todos los días es como si
naciera de nuevo. ¿Usted cree que estoy loca? Yo no sé. No estoy segura. Sé que me despier-
to y no sé dónde estoy. Tengo que mirar a mi alrededor y hacer fuerza para ir poniendo todo
en su lugar. Un rayo de sol entra por la ventana y me despierta. Es de día. Estoy en una
cama. Una cama chica, no demasiado cómoda. No la comparto con nadie. Estoy sola. Al
lado de la cama está mi ropa. Estoy desnuda en la cama y al lado está mi ropa. Ropa negra,
sin adornos. Limpia. Miro mi ropa antes de vestirme, la miro un rato, uno, dos minutos, tra-
tando de que me diga algo. Es ropa de religiosa o de viuda. Trato de recordar. ¿Soy una reli-
giosa o una viuda? Me visto muy despacio mientras miro el lugar. Habitación pequeña, sin
detalles de lujo o elegancia. Recién entonces voy recordando algo: soy una viuda, estoy en
un templo, en una celda de un templo, nunca más voy a salir de ella. Todo va tomando su si-
tio y yo me voy sintiendo más tranquila. Recuerdo mi nombre. Masago. Lo repito para no ol-
vidarlo: “Masago. Masago. Ma-Sa-Go. Viuda de Takejiro.” A veces puedo recordar su ros-

17
tro. A veces no. A veces se me mezcla con el del otro. A veces puedo incluso recordar mi
propia cara. A veces puedo recordar cómo llegué aquí, más o menos vagamente. Durante
todo el día el recuerdo persiste. A la noche, antes de dormirme, repito todo, todo lo que pude
recordar ese día, lo repito una y otra vez, trato de grabármelo en la memoria, tan profundo
como para que la noche no pueda borrarlo. Pero es inútil. No sirve de nada. Llega el día si-
guiente y vuelvo a estar desnuda en un lugar que no conozco y el corazón me salta adentro
del pecho por el miedo y tengo que empezar todo otra vez.

***

INVESTIGADOR

Porque ¿cuántas acciones, cuántos hechos pueden acontecer en este mundo? Muchísimos, sin
ninguna duda. Tantos como granos de arena hay en todas las playas. Ahora bien: cada grano
de arena es distinto de aquel que está a su lado, ¿no es verdad? Y éste, a su vez, es distinto
del otro. Pero ¿son todos los granos de arena distintos entre sí? ¿Cuántas formas distintas
puede asumir un grano de arena? Si nos pusiéramos a estudiarlos con detenimiento, uno tras
otro, probablemente llegaría el momento en que las formas comenzaran a repetirse. Lo mis-
mo puede decirse de los hechos. Por ejemplo: desde el inicio de este caso hasta hoy, ha habi-
do siete incendios en distintos suburbios de Yamashina. Poco tiempo después de cinco de
ellos hubo peleas de mujeres en el mercado, tres de ellas con resultados más o menos san-
grientos. Después de dos de estas peleas hubo mujeres que se presentaron en el juzgado acu-
sándose de haber envenenado a su familia, luego de lo cual, sólo en un caso, hubo una tor -
menta de grandes proporciones en la zona de Kyoto. Hasta el día de hoy la secuencia no ha
pasado de aquí. Se cortó después de la tormenta. Entonces habrá que esperar hasta el próxi -
mo incendio. Estas notas en rojo son algo parecido a un mapa de un territorio incierto y cam -
biante. Un territorio en cuyo centro exacto está el encuentro de tres personas en el bosque.
Claro; no hay ninguna certeza tampoco en esto. No es más que otra teoría, una de tantas. En
todo caso, aquí está todo: actas, pericias, notas, pruebas, declaraciones, testimonios, cuerpo
de la víctima… Mire: parecería que ya empieza a mostrar signos de fatiga. ¿Está cansado,
Takejiro? ¿Quiere que sigamos en otro momento?

***

Buenos Aires, junio a diciembre de 1998

18

También podría gustarte