Intervención en Prevención para Adolescentes
Intervención en Prevención para Adolescentes
PROPUESTA DE
INTERVENCIÓN
CON ADOLESCENTES,
JÓVENES Y FAMILIAS
EN LOS PROGRAMAS DE
PREVENCIÓN INDICADA
DE PROYECTO HOMBRE
Financiado por:
AUTORÍA COMISIÓN NACIONAL DE PREVENCIÓN
ASOCIACIÓN PROYECTO HOMBRE:
Aránzazu Fernández Rodríguez, Proyecto Hombre Asturias
Ana Macías Rodríguez, Proyecto Hombre Valladolid
Garikoitz Mendigutxia Sorabilla, Proyecto Hombre Navarra
AGRADECIMIENTOS:
TELÉFONO: 91 357 16 84
E-MAIL: [email protected]
[email protected]
www.proyectohombre.es
Guía
PROPUESTA DE
INTERVENCIÓN
CON ADOLESCENTES,
JÓVENES Y FAMILIAS
EN LOS PROGRAMAS DE
PREVENCIÓN INDICADA
DE PROYECTO HOMBRE
INDICE
PRIMERA PARTE:
ASPECTOS GENERALES 04
1.1.- Presentación de la guía 06
1.2.- L a prevención indicada: concepto, características 08
y objetivos
1.3.- M
odelos teóricos más relevantes en prevención 10
indicada
1.4.- La evidencia de la eficacia en las intervenciones 19
de prevención indicada
SEGUNDA PARTE:
PROPUESTA DE INTERVENCIÓN 22
2.1.- Población destinataria 25
2.2.- Objetivos 26
2.3.- Fases 27
2.3.1. Demanda inicial: primer contacto 27
2.3.2. Acogida y valoración 28
2.3.3. Elaboración del Plan Individualizado 31
de intervención (P.I.I.)
2.3.4. Desarrollo de la intervención: seguimiento 33
del P.I.I. del o de la adolescente o joven
y familia
2.4.- Evaluación 40
2.4.1. Información general: algunos aspectos 40
claves de la evaluación
2.4.1.1. Evaluación de proceso 41
2.4.1.2. Evaluación de resultados 42
2.4.1.3. Evaluación de impacto 42
2.4.2. Propuesta de evaluación a desarrollar en los 43
programas de prevención indicada
2.4.2.1. Diseño de la evaluación 43
2.4.2.2. Variables 44
BIBLIOGRAFÍA 46
3
ASPECTOS
1
GENERALES
PARTE
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1.1
Presentación
de la guía
Desde el comienzo de la andadura de Proyecto Hombre en España se ha venido atendiendo
a menores y jóvenes dentro de los programas de intervención de los centros que conforman
la Asociación Proyecto Hombre. Estas atenciones, que en principio eran puntuales, han ido
apareciendo cada vez con mayor frecuencia, lo que ha impulsado el diseño de una respuesta
adaptada a las necesidades de menores y/o jóvenes cada vez más específica. En el año 2019, se
atendieron en tratamiento 895 menores, mientras que en prevención indicada en ese mismo
año se atendieron 1.571. Estas 2.466 personas suponen un aumento del 25% en la atención a
menores respecto a los últimos 5 años.
En un inicio, las intervenciones con menores con consumo de sustancias y sus familias se
realizaban desde el programa de tratamiento para personas adultas, ofreciendo pequeñas
adaptaciones que el perfil de la población atendida requería. Sin embargo, a lo largo de estos
años, estas intervenciones se han ido perfilando fruto del trabajo en los ámbitos escolar y familiar,
que ha favorecido la adquisición de experiencia en el trabajo con menores, jóvenes y familias;
estar en contacto con perfiles con comportamientos potencialmente adictivos relacionadas
con las adicciones y tomar conciencia de sus necesidades; establecer una coordinación con
instituciones y entidades que trabajan con menores y familias y, simultáneamente, desarrollar
un marco de intervención teórico y metodológico, basado en la evidencia científica disponible,
que nos permite desarrollar intervenciones preventivas de calidad.
La evidencia, hoy en día, nos dice que, si trabajamos con cada menor y joven que presenta
indicadores altamente correlacionados con problemas asociados al consumo de drogas a
lo largo de sus vidas, o que presentan consumos tempranos, tendremos más probabilidad
de impedir que las consecuencias derivadas de ello se produzcan (IOM, 1994). Sumado a este
compromiso, se unen las características propias de Proyecto Hombre, a saber: la visión global
del abordaje de la prevención; el enfoque humanista de la intervención; la base educativa de su
metodología; la potenciación de la autonomía personal y de los valores; la familia, como agente
indispensable de la intervención, y la implicación social en todas las intervenciones (APH, 2015).
Este es el modelo que define el trabajo en prevención indicada de la Asociación Proyecto Hombre.
Los contenidos que se exponen han sido elaborados tras una revisión bibliográfica, y por
tanto incorporan aquellos conocimientos en los que la investigación ha podido demostrar su
eficacia, por lo que cuentan con un fuerte soporte en la evidencia científica.
Más allá de un planteamiento centrado en los consumo de drogas, no debemos obviar que
vivimos en una sociedad cambiante y expuesta a nuevas situaciones que pueden activar
nuevas intervenciones preventivas. En este sentido, resulta significativo que la nueva Estrategia
Nacional sobre Adicciones 2017-2024 ha abandonado el término “drogas” de sus planes
anteriores, incorporando nuevas conductas adictivas sin sustancia o comportamentales.
Entre ellas, destacan los juegos de apuestas, tanto presenciales como online, así como los
videojuegos y otros problemas derivados del uso de las Tecnologías de la Información y la
Comunicación (TIC). Si bien existe una preocupación importante sobre los usos y abusos de
las tecnologías, existe hoy en día una importante controversia en la comunidad científica en
relación con la consideración o no de tales usos como conductas adictivas.
Asumiendo que el enfoque biopsicosocial es fundamental para todos los modelos etiológicos
de adicción y partiendo del hecho de que la mayoría de las comportamientos potencialmente
adictivos en jóvenes comparten muchos factores de riesgo y de protección, este modelo es
aplicable a comportamientos potencialmente adictivos como el uso problemático de las
TIC, los videojuegos, los juegos de apuestas o las conductas antisociales. Cada una de estas
conductas puede tener sus propias especificidades, pero también comparten elementos
comunes que deben servir de guía en los programas de prevención indicada.
El objetivo final de esta guía es dotar a los diferentes programas de prevención indicada de la
Asociación Proyecto Hombre de un marco de referencia común basado en la evidencia.
revención Selectiva: son programas dirigidos a grupos con mayor exposición de riesgo
P
y que pueden estar relacionados con situaciones de exclusión social, problemas de
adaptación escolar o entornos familiares problemáticos. Tienen la ventaja de actuar
sobre un grupo previamente identificado y con factores de riesgo comunes a todos sus
miembros.
Las acciones de prevención universal, y en concreto las centradas en el ámbito escolar, son
más numerosas que las de prevención selectiva e indicada debido a su facilidad para llegar a
un sector muy amplio de la población juvenil y a su menor coste. Aunque existe cierta discusión
con respecto a la eficiencia y la efectividad de los diferentes tipos de prevención, además de
la prevención universal resulta necesario disponer de otros programas dirigidos a poblaciones
diferentes y altamente vulnerables (Shamblen & Derzon, 2009).
Según el Observatorio Europeo de Drogas (2011), la prevención indicada tiene por objetivo
identificar e intervenir con individuos que presentan indicadores altamente correlacionados
con los problemas ligados con el consumo de drogas a lo largo de sus vidas (por ejemplo,
problemas psicológicos, fracaso escolar o conducta antisocial), o que presentan consumos
tempranos de drogas (aunque sin reunir criterios clínicos de drogodependencia). El objetivo de
los programas de prevención indicada no es necesariamente prevenir el inicio del consumo
E stán diseñados para detener la progresión del abuso de sustancias y otras conductas
adictivas o problemas relacionados.
Los factores de riesgo no hacen referencia a las causas de sus problemas, sino que representan
aquellas circunstancias o condiciones personales y sociales que incrementan la probabilidad
de que aparezcan. Los y las adolescentes que no están expuestas a estos factores de
riesgo tienen por tanto una probabilidad mucho menor de implicarse en comportamientos
potencialmente adictivos. Por su parte, los factores de protección hacen referencia a las
condiciones que reducen esa probabilidad aún en presencia de importantes factores de
riesgo, neutralizando su influencia.
A partir del modelo de Desarrollo Social de Catalano y Hawkins (1996), se elaboró un cuestionario
para evaluar los factores de riesgo y protección más importantes. Todos ellos fueron divididos
en cuatro grupos (comunidad, escuela, familia e individual-iguales), y su relación, junto a la
aportación de otros autores, se presenta en la Tabla 1. Dicho cuestionario nos permite enfocar
la mirada en variables que ayudan a amortiguar la influencia de determinadas circunstancias
de riesgo.
• Disponibilidad de sustancias
• Acceso a los servicios de apoyo
• Exposición a la violencia
• Normas de la comunidad/culturales
• Privación económica extrema contra la violencia y el consumo de
• Falta de legislación y aplicación sustancias
de la ley • Creación de una red comunitaria
• Leyes y normas indulgentes sobre • Actividades de ocio saludables
La comunidad
el consumo de drogas (incluido el
alcohol) • Fuertes lazos con instituciones
prosociales como las organizaciones
• Vecindad desorganizada religiosas u otros grupos de la
• Percepción de la aprobación de comunidad
comportamientos relacionados • Fuerte identidad cultural y orgullo
con el consumo de sustancias étnico
en el entorno de la comunidad
Elaboración propia Comisión Nacional de Prevención Asociación Proyecto Hombre, 2020, extraído de:
Jessor, 1991; Spooner, Hall y Lynskey, 2001; Hawkins, Catalano y Miller, 1992; Jessor et al., 1995; Robertson,
David, y Rao, 2003.
ABANDONO ESCOLAR
JUEGO Y APUESTAS
DELINCUENCIA
VIOLENCIA
DROGAS
TIC
Desorganización comunitaria √ √ √ √
Transiciones y movilidad √ √ √
JUEGO Y APUESTAS
DELINCUENCIA
VIOLENCIA
DROGAS
TIC
Conflictos familiares √ √ √ √ √
FAMILIA
Actitudes parentales favorables al consumo de
√ √ √
drogas
Baja autoestima √ √ √
Impulsividad √ √ √ √ √
Búsqueda de sensaciones √ √ √ √ √
Elaboración propia a partir de CARE (Communities That Care prevention strategies guide, Hawkins y
Catalano, 2004) y (Schneider y Preckel, 2017; Schatz, 2017; Rehbein y Baier, 2013; Pérez et al., 2012; Kwon et
al., 2011; Kuss et al., 2013; Gómez Salgado et al., 2014; Fioravanti et al., 2012; Echeburúa y De Corral, 2010; De la
Villa Moral y Suárez, 2016; Brunborg et al., 2014; Bonnaire y Phan, 2017; Billieux et al., 2008; Aarseth et al., 2017;
Zhu et al., 2015).
Respecto a las diferencias entre chicos y chicas en relación con los factores de riesgo y
protección, la investigación reciente señala la existencia de factores comunes que operan
de forma diferente en función del género, en lugar de factores específicos para unos y otras.
Por ejemplo, en el caso de los consumo de drogas, en los adolescentes tienen más peso los
factores de riesgo de tipo personal y contextual (escuela y comunidad), mientras que en las
adolescentes tendrían una mayor influencia los factores de riesgo de tipo personal y familiar
(Tabla 3) (López y Rodríguez-Arias, 2010; Schinke et al., 2008).
Chicas Chicos
Por otro lado, algunas investigaciones han puesto de relieve que determinados roles de género
pueden actuar como factor de riesgo o de protección. Desde esta perspectiva, se señala que
rasgos asociados al modelo tradicional de feminidad como la preocupación y cuidado por las
demás personas o el mayor interés por la salud actuarían como factores de protección. Por el
contrario, características asociadas al modelo de masculinidad tradicional, como la valentía
y la agresividad, operan como factores de riesgo (Sánchez, 2014). A este respecto, conviene
señalar que las formas de afrontar los roles y mandatos de género son diversas y cambian en
función del momento histórico, así como de cada sociedad, persona, e incluso etapa evolutiva.
Sin embargo, y aunque no siempre se reproduzcan, lo que parece claro es que influyen en
nuestras conductas y estilo de vida (Cantos et al., 2017).
El Análisis Funcional de la Conducta, desarrollado entre otros por Kantor (1978) y Bayés (1979),
que establece la relación del comportamiento de cada adolescente particular con toda su
historia de aprendizaje, con los escenarios en los que dicho comportamiento se manifiesta, con
su sistema de recursos personales y sociales, y con los resultados obtenidos, puede resultar de
gran utilidad para sentar las bases de la intervención.
Los comportamientos de riesgo suelen tener un marcado carácter funcional, suelen cumplir
una función, al menos a corto plazo. Consumir drogas puede servir, por ejemplo, para ganar
estatus en el grupo, vencer la timidez, olvidar los problemas o divertirse. Y estos efectos, por su
inmediatez y por el valor que se les concede, pueden tener un efecto mucho más influyente que
los mensajes de prevención que les advierten de sus riesgos. Del mismo modo, lograr que los
y las adolescentes se impliquen en comportamientos saludables haciéndolos más accesibles
y facilitándoles recursos para hacerlo, y conseguir además que obtengan resultados positivos
y reconocimiento por ello, constituyen dos elementos clave de la intervención en prevención
indicada.
En línea con los expuesto en los párrafos anteriores, el Modelo de Desarrollo Social (Catalano y
Hawkins, 1996, 2002) subraya la importancia de los contextos de socialización en el desarrollo de
estilos de vida saludables/prosociales, o de riesgo/antisociales. El modelo parte de que ambos
tipos de conductas responden a procesos de desarrollo prácticamente idénticos y dependen
de los vínculos que se establezcan con los entornos de socialización. Cuando la persona
adquiere una fuerte vinculación con ámbitos prosociales, el resultado será un comportamiento
prosocial. Cuando se genera una fuerte vinculación con entornos antisociales, aparecerá un
comportamiento antisocial. Algo similar ocurriría en relación con los comportamientos de
salud y de riesgo.
Básicamente, el modelo pone el acento en las oportunidades de las personas para implicarse
en actividades prosociales o antisociales, saludables o de riesgo, y en la calidad y cantidad
de refuerzos obtenidos como consecuencia de esa implicación. Estos refuerzos se asocian
así a la conducta, y este hecho redunda nuevamente en las oportunidades percibidas por
las personas para implicarse en conductas similares en el futuro, y en sus expectativas
correspondientes para obtener nuevos refuerzos. La percepción de que los entornos prosociales
son recompensantes creará vínculos afectivos con ellos y, finalmente, se interiorizarán valores
convencionales. Estos valores inhibirán, de un modo directo, la aparición de conductas de
riesgo como la delincuencia o el consumo de drogas.
Uno de los elementos clave en prevención pasaría de esta manera por conseguir que jóvenes
y adolescentes mantengan vínculos afectivos estrechos y de calidad con al menos alguna de
sus “instituciones convencionales” de referencia, siendo las principales la familia, la escuela y el
barrio o comunidad (Moreno, 2020), y todo esto mediante la promoción de su participación y
Estudios sobre resiliencia a partir del trabajo clásico de Emily Werner y Ruth Smith en Hawaii con
adolescentes en desventaja social (reflejado en su famoso libro “Vulnerables pero Invencibles”)
vienen a demostrar que la existencia de, al menos, alguna persona adulta positiva de
referencia, capaz de establecer fuertes lazos afectivos y de generarles confianza en sí mismos
y establecer límites claros a su conducta, constituye un factor de protección particularmente
potente y capaz de neutralizar la influencia de los factores de riesgo, incluso en ambientes
especialmente difíciles. En prevención indicada con adolescentes es clave la disponibilidad de
personas adultas significativas capaces de acercarse y prestarles apoyo, lo cual exige tiempo,
recursos y oportunidades para conversar sobre sus cosas, empatizar con sus problemas y
preocupaciones, clarificar sus valores u objetivos, ayudarles a pensar y a decidir y, en su caso,
ofrecerles ayuda.
No toda la responsabilidad de la prevención debe, por tanto, ponerse en manos de los y las
adolescentes, ni en sus familias, ni en las personas que trabajan con esta población en entornos
diversos, sino que debe ser considerada una tarea a abordar por parte de la sociedad en su
conjunto. Además de los entornos sociales más próximos como la familia, la escuela o el barrio, los
planteamientos más recientes en relación con la Prevención Ambiental señalan la importancia
del contexto cultural, físico y económico en los que las personas toman sus decisiones en
relación con sus comportamientos potencialmente adictivos. Estas decisiones están también
fuertemente influenciadas por factores ambientales, como lo que se considera normal,
aceptado o esperado por la comunidad, las leyes que regulan la disponibilidad y el consumo,
la publicidad, la accesibilidad de drogas o la facilidad para implicarse en comportamientos
saludables alternativos a los de riesgo. La prevención debería incluir también la modificación
de estos condicionantes ambientales que, además de resultar eficaces, reducen el gradiente
social al afectar positivamente al conjunto de los y las adolescentes, con independencia de su
nivel de riesgo (Oncioiu et al., 2018).
Por otro lado, desde el Modelo Biopsicosocial adoptado por Proyecto Hombre como marco
teórico en su intervención y que define el consumo de drogas como el resultado de factores
biológicos, psicológicos y sociales, con un enfoque holístico, se explica la variabilidad entre
Por otro lado, diferentes investigaciones han constatado la influencia de los roles de género,
tanto en el tipo de sustancia consumida como en las actitudes hacia el consumo (Artazcoz y
Borrell, 2007; Fernández, Dema y Fontanil, 2019; Romo, 2010), así como diferencias entre ambos
sexos en relación con los factores de riesgo y de protección (López y Rodríguez-Arias, 2010;
Sales et al., 2003), con la percepción de riesgo asociada a estas conductas y el valor que se
atribuye a la salud y al autocuidado (Artazcoz y Borrell, 2007), y con las consecuencias del
propio consumo (Díaz-Mesa et al., 2016; Poole, Urquhart y Gonneau, 2010), entre otras cuestiones.
Más allá de este análisis de la eficacia general de los programas de prevención indicada, a continuación
se describen recomendaciones metodológicas con evidencia científica que inciden y refuerzan el
marco teórico citado en el apartado anterior.
Uno de los temas estudiados ha sido el formato de la intervención dividiéndolo en individual y/o grupal.
En el ámbito de las drogodependencias, las intervenciones grupales han acumulado muchos avales
en cuanto a su eficacia a través de numerosos estudios y evidencia científica. En cambio, cuando la
intervención se hace con población adolescente, aparecen divergencias entre las autorías en cuanto
a la idoneidad de esta herramienta de intervención.
Un estudio realizado para evaluar la eficacia de las intervenciones individuales vs. grupales en
prevención del abuso del alcohol con adolescentes en riesgo en Reino Unido, mostró que dos
años después de realizar la intervención, los y las adolescentes que recibieron intervenciones
individualizadas mostraron un 29% menos de riesgo de consumir alcohol, un 43% menos de riesgo
de tener un consumo excesivo y un 29% menos de riesgo de llegar a tener problemas con el
alcohol respecto a los y las adolescentes que habían recibido charlas o talleres de manera grupal.
(Conrod et al., 2013).
En cualquier caso y como conclusión con respecto a la eficacia de las acciones preventivas
individuales vs grupales, convendría tener en cuenta que lo que caracteriza a la prevención
indicada es el hecho de diseñar intervenciones adaptadas a cada adolescente, más allá del
riesgo o los problemas asociados inherentes a la mayoría de ellos o ellas. Por lo tanto, resulta
necesaria la incorporación en los programas de diferentes componentes específicos para cada
adolescente.
El siguiente punto metodológico que se quiere analizar es el que tiene que ver con los diferentes
enfoques dependiendo de las teorías que los sustentan. En este sentido habría que detenerse,
principalmente, en la intervención cognitivo conductual y en el trabajo con las familias ya que son
las dos con más estudios y que más se utilizan en el abordaje de los problemas de consumo de
sustancias y otras conductas de riesgo en adolescentes.
Tanto la intervención cognitivo conductual en formato grupal dirigida a los y las adolescentes
como una modalidad psicoeducativa (que incluía también elementos cognitivo-conductuales:
comunicación, autocontrol y habilidades de resolución de conflictos) fueron eficaces en la
reducción del consumo en adolescentes, pero la modalidad que incluía a los familiares mostró
mayor capacidad de mantener los logros a lo largo del tiempo (Liddle et al., 2001).
Girón, Martínez Delgado y González Saiz (2002) analizaron los estudios sobre abordajes basados
en la intervención familiar en adolescentes de drogas en tres estudios recopilatorios de trabajos
y dos meta - análisis. Los abordajes basados en la familia frente a otros tipos de intervención
han demostrado su eficacia. Confirman su superioridad al añadirlos a otras intervenciones en
las drogodependencias. Las intervenciones basadas en la familia han mostrado su eficacia
para conseguir aumentar el compromiso de los pacientes y sus familias con los programas de
prevención, así como para aumentar la adherencia al programa (incrementar la retención) y
disminuir el consumo de drogas después de la intervención, mejorar el funcionamiento familiar y
facilitar la normalización de los pacientes en cuanto a su incorporación social.
En este campo han sido estudiadas y evaluadas especialmente la “Terapia Familiar Breve
Estratégica” (TFBE), la “Terapia Familiar Multidimensional” (TFMD) y la “Terapia Familiar Funcional”
(TFF). Todas han desarrollado programas específicos para la intervención de carácter familiar
En particular, la TFMD (Liddle et al., 2009) busca ayudar a los y las adolescentes y jóvenes a mejorar
el vínculo familiar. Se considera eficaz para reducir la frecuencia de consumo de sustancias
en menores, así como los problemas asociados al mismo, ofreciendo además unos buenos
resultados de retención (Fernández-Artamendi et al., 2021). Asimismo, la TFMD muestra mayor
eficacia que el trabajo con grupo de iguales en la disminución de riesgos y la promoción de
procesos de protección en las áreas individual y familiar, escolar y grupo de iguales, además de
reducir el consumo de drogas a lo largo de la intervención. Por otro lado, consolidar una alianza
duradera entre adolescente, profesional y familiares correlaciona con el éxito de la acción
preventiva (Shelef, Diamond, Diamond y Liddle, 2005).
Según Fernández-Artamendi et al. (2021), la TFF (Sexton, Alexander y Gilman, 2004) trabaja con el
objetivo de entender y modificar la función que el consumo tiene dentro del sistema familiar con
el objetivo de reducir los conflictos familiares y el consumo, incrementando así las posibilidades de
mantener unido el núcleo familiar. Se considera una estrategia bien establecida para el abordaje
de los problemas adictivos graves y los comportamientos disruptivos, ofreciendo reducciones
significativas en la cantidad y frecuencia del consumo de alcohol y marihuana entre otros.
Otra de las estrategias de intervención eficaces son las de intervenciones breves de corte
motivacional (Fernández-Artamendi et al., 2021). En particular, se ha mostrado eficaz como
intervención breve en exclusiva para la reducción de los problemas de consumo de alcohol
en jóvenes, y en combinación con otras intervenciones para el abordaje de otras adicciones.
La evidencia científica señala que las intervenciones de corte motivacional son eficaces para
promover cambios, siendo un elemento de gran utilidad para mejorar la adherencia y participación,
involucrando a los y las adolescentes en la puesta en marcha de acciones relacionadas con
el control de consumos. La entrevista motivacional está más indicada cuanto menor sea la
motivación para el cambio en la línea base (Becoña y Cortés, 2008). Su utilidad parece focalizarse
en la potenciación de variables de proceso (adherencia, retención, participación, satisfacción).
La conversación constituye, por ello, una valiosa herramienta para la prevención, sobre todo en el
abordaje de los problemas de conducta en la adolescencia. Son clave, por tanto, las estrategias
encaminadas a dotar a las personas adultas de referencia de adolescentes en dificultad, como
por ejemplo profesionales de enseñanzas secundarias o de recursos sociales, de habilidades y
recursos para “tutorizar” a estos y estas adolescentes y conversar sobre sus riesgos (Moreno, 2020).
Dadas las características de la entrevista motivacional y su utilidad para reducir las resistencias por
parte de los y las adolescentes, así como por su eficacia para mejorar la retención y la reducción
de los problemas de consumo de drogas, es un enfoque particularmente útil para las primeras
fases de los programas de prevención. Tal y como se plantea en el protocolo establecido por
Fernández-Artamendi et al. (2021), es conveniente comenzar de forma estandarizada por sesiones
de entrevista motivacional con los y las menores en los primeros encuentros, antes de comenzar
incluso el proceso de evaluación inicial, para garantizar, si fuera necesario, que se reducen al
máximo las resistencias y para garantizar la retención y participación activa en el posterior
proceso de evaluación e intervención. Dado el carácter abierto y exploratorio de la entrevista
motivacional, esto permitiría comenzar parcialmente una recogida de información relevante
sobre la situación de los y las menores de cara al diseño individualizado del programa.
2
INTERVENCIÓN
PARTE
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El Programa de prevención indicada que a continuación se presenta, es una propuesta que
pretende dar respuesta educativa intensiva a menores y jóvenes entre 14 y 20 años que conviven
con la familia o están bajo la tutela de otras personas adultas y que presentan consumo de
drogas u otro tipo de conductas potencialmente adictivas, como abuso de las TIC, los juegos
de apuestas (online/presenciales) y los videojuegos, además de otros problemas como la
inadaptación familiar, escolar y/o social.
Dirigido a adolescentes y/o jóvenes con factores y/o conductas de riesgo como consumo de
drogas, abuso de juegos de apuestas, videojuegos, absentismo y/o fracaso escolar, conductas
antisociales, etc.
A partir de una evaluación pormenorizada de las variables particulares y del entorno de cada
menor o joven se establecerán los objetivos específicos en relación a diferentes áreas, con la
finalidad de establecer un Plan Individualizado de Intervención (P.I.I) en cada caso.
Las áreas básicas en las que establecer objetivos serían: área de consumo de drogas y otros
comportamientos potencialmente adictivos (reducir y/o eliminar el consumo de drogas,
abuso de TIC, juego problemático, desarrollar una actitud crítica ante dichas conductas);
el área personal (fortalecer la autoestima, autocontrol); el área socio-relacional (promover
competencias individuales y sociales para la interacción social); el área formativa/laboral
(fomentar actitudes positivas hacia la escuela/trabajo, normalizar el ámbito escolar/laboral,
poner en contacto con actividades de formación y empleo llevadas a cabo en la comunidad);
el área de Ocio y Tiempo Libre (realizar actividades alternativas al consumo y contactar con
los recursos de la comunidad); el área familiar (estabilizar el sistema familiar, fortalecer la
vinculación entre los miembros de la familia, analizar la dinámica y funcionamiento familiar,
poner en marcha un sistema normativo coherente).
Objetivos:
Citar.
Elaboración propia.
Instrumentos:
Temporalidad:
En el primer encuentro, adolescentes y menores han de ser informados de los motivos por los
que acuden al programa y motivar su participación. Transmitir que el programa contribuirá
a la mejora de su situación personal y familiar. Se eliminarán ideas en las que se establezcan
similitudes con un programa de rehabilitación.
Se realizará una acogida cálida y cercana, generando un contexto facilitador para familia y
adolescente o joven. En la entrevista es necesario tener presente la influencia de los condicionantes
de género en todos los aspectos descritos en la evaluación que se presenta a continuación.
rea personal: conocer las habilidades personales, las competencias socio - relacionales,
Á
así como su autoestima y autoconcepto, la gestión emocional y la resolución de
conflictos.
rea familiar: revisar los factores de protección (fuerte vinculación afectiva, disciplina
Á
positiva, comunicación asertiva y posicionamiento familiar en relación a las drogas,
juego de apuestas, supervisión y control de las TIC/videojuegos) y riesgo en la familia
(baja supervisión familiar, expectativas altas o poco realistas, conflictividad familiar,
actitudes favorables al consumo de sustancias, relaciones familiares pobres, habilidades
parentales limitadas e inconsistentes).
rea de ocio y tiempo libre: tipo de actividades realizadas (mientras se consume y sin
Á
consumo), frecuencia de las mismas…
Disponer de esta información será necesario para verificar los criterios de inclusión al programa
y valorar la pertinencia de iniciar o no el programa. Si se detectan inicialmente problemas
psicológicos sería conveniente la aplicación de algún instrumento específico de evaluación.
En este proceso de valoración, sobre todo en los casos derivados, es conveniente obtener
información de los recursos que tengan o hayan tenido relación con adolescente/joven y familia
de cara a conocer el funcionamiento del sistema familiar, así como el tipo de intervenciones
previas.
Esta fase puede funcionar como contención emocional para las familias; el mero hecho de
acudir al centro y contar lo que les pasa puede resultarles liberador, suelen acudir con una
importante carga emocional debido al alto nivel de angustia producida por varios factores,
como la falta de información o la incapacidad de manejar la situación.
Objetivos:
Elaboración propia.
Para el desarrollo de esta fase se recomiendan instrumentos que exploren todos los factores
de protección y riesgo de las áreas de relación del adolescente y de la adolescente y joven.
Esta información se puede complementar con otros instrumentos que midan aspectos como:
asertividad, autoestima, impulsividad, habilidades de afrontamiento, motivación, problemas
psicológicos y grado de problemática de las sustancias más consumidas, etc.
Con las familias se explorarán las áreas referidas al funcionamiento, roles, satisfacción familiar,
estrés parental, etc.
Índice de gravedad de la Adicción en Adolescentes (T-ASI) (Kaminer et al., 1991; Díaz et al.,
2008).
Temporalidad:
La duración de esta fase puede ser de entre dos a cuatro entrevistas, tratando que este periodo
de valoración no sea superior a un mes.
Una vez recogida toda la información se procederá a realizar el Plan de Intervención con
adolescente/joven y familia. Dicho plan es una herramienta dinámica y consensuada, donde
participa toda la familia y el resultado de la elaboración del mismo es comentado por la
persona profesional de referencia. En él se plantean objetivos de trabajo para ambas partes
en algunas o todas las áreas anteriormente citadas, fundamentalmente en las que se hayan
detectado factores de riesgo significativos en los que es necesario intervenir. Se reforzarán y
abordarán igualmente los factores de protección de adolescente/joven y familia.
2.3.3. E
LABORACIÓN DEL PLAN INDIVIDUALIZADO DE
INTERVENCIÓN (P.I.I.)
Objetivos
• Refuerzo positivo
• Negociación
• Toma de decisiones
Elaboración propia.
Temporalidad:
La duración de esta fase puede ser de entre una a dos entrevistas, tratando de que este
periodo de valoración no sea superior a un mes.
Una vez elaborado el P.I.I., se va desarrollando dicho programa con la familia y con el o la
adolescente o joven.
Si se prevé desarrollar el programa desde una metodología grupal, es necesario tener en cuenta
que tiene limitaciones, como el riesgo de un sobreaprendizaje de conductas antisociales y
desadaptativas, tal y como se ha descrito en un apartado anterior.
nidad familiar (padre, madre, tutor, tutora e hijo o hija): se abordarán aspectos concretos
U
del P.I.I. de cada familia: consumo, abuso TIC, personal, familiar, formativo-laboral, social
y ocio y tiempo libre.
A continuación, se expone cómo abordar el trabajo desde los diferentes módulos en los que
se va a intervenir en los itinerarios individual y familiar. Metodológicamente se sugiere que se
realice una intervención en paralelo con cada uno de los módulos, graduando la intensidad
en función de los objetivos conseguidos, aunque también se puede valorar la incorporación
progresiva de los módulos en función del grado de motivación y la demanda inicial de la
familia y el o la adolescente o joven. A tener en cuenta que el área referida al consumo de
sustancias y abuso de las TIC no tiene por qué abordarse en primer lugar ni ser el componente
con más peso.
• Técnicas de motivación
Elaboración propia.
Elaboración propia.
Elaboración propia.
• Regulación de la ansiedad
Elaboración propia.
Elaboración propia.
Elaboración propia.
• Asertividad • Role-playing
• Escucha activa
• Derechos humanos
• Actividades relacionadas con la
• Estilos de respuesta asertividad
• Presión e influencia de grupo/pareja • Estrategias de afrontamiento frente a la
• Valores presión del grupo de iguales
Elaboración propia.
Elaboración propia.
Elaboración propia.
Objetivo: Revisar y educar en la gestión del tiempo libre hacia actividades saludables.
Tabla 16: Trabajo en el área del ocio y tiempo libre con el o la adolescente o joven
Elaboración propia.
Tabla 17: Trabajo en el área del ocio y tiempo libre con la familia
Elaboración propia.
Elaboración propia.
Elaboración propia.
Temporalidad: la duración del desarrollo del P.I.I. puede oscilar entre los seis y nueve meses, en
función de las características del caso.
Seguimiento
Al final del proceso, una vez conseguidos los objetivos del P.I.I., se establece un periodo de
seguimiento del caso, con el fin de verificar la adquisición de las habilidades trabajadas
durante la intervención con el o la adolescente o joven y familia. El seguimiento se realizará de
forma presencial o telefónica a los tres y seis meses de finalizar la intervención.
Los programas deben incluir una descripción precisa de sus distintos componentes y una
explicación de por qué y cómo funcionan, teniendo una base teórica y una planificación
coherentes. Además, la forma en que se abordan los factores de riesgo y de protección como
un medio para lograr los resultados debe ser clara (la sistematización de estos elementos de
implementación facilita el proceso de evaluación de los programas).
Font Mayolas, Gras y Planes (2010), proponen seis fases para la evaluación de las intervenciones
preventivas:
La evaluación del proceso puede ayudar a otros y otras profesionales a diseñar, establecer
o realizar intervenciones similares, señalando una hoja de ruta que garantice los resultados
positivos de los programas.
Algunas preguntas que ha de responder este tipo de evaluación son (Samsha, 2012):
¿ Los y las participantes son capaces de entender el programa, los objetivos previstos y
participar plenamente en los componentes necesarios de este?
¿ Qué grado de satisfacción mostraron los y las participantes con el programa y sobre
la calidad de la intervención?
En una evaluación de resultados resulta interesante distinguir entre productos (lo que produce
o genera el programa) y los efectos que tienen dichos productos, tanto esperados como
no esperados (Bustelo, 2001). Entre los efectos, se podría distinguir entre efectos directos (los
producidos sobre el grupo destinatario previsto) y los efectos indirectos (los producidos sobre
grupos de destinatarios más amplios o en la sociedad en general). La evaluación de esos
efectos indirectos se denomina evaluación de impacto.
Una evaluación de resultados investiga si se han producido cambios en las personas que
participan en un programa, se cuantifica la magnitud y la dirección de esos cambios y las
circunstancias asociadas con ellos. Asimismo, busca vincular estos cambios a los elementos
o componentes específicos del programa. Esta es una manera de comprobar si la lógica del
modelo o fundamento teórico del programa es válida. Básicamente responde a las preguntas:
¿Qué efectos está teniendo el programa en los grupos diana o en los y las participantes?
¿ Hay alguna evidencia que demuestre que se debe continuar apoyando este programa
económicamente?
Este tipo de evaluación responde a las preguntas: ¿está produciendo el programa a largo
plazo los cambios previstos? y ¿se están cumpliendo las metas a largo plazo? Para ello, se
recogen datos sobre los efectos a largo plazo o de mayor alcance del programa.
¿Qué efecto está teniendo el programa en las metas o finalidades a largo plazo?
¿ Qué efecto tuvieron las actividades del programa sobre los componentes del sistema
en el que se han sustentado sus actividades?
¿ Qué grado de seguridad se tiene de que los resultados están directamente relacionados,
es decir, son consecuencia del programa?
2.4.2.
Propuesta de evaluación a desarrollar en los programas de prevención
indicada
Al final de la intervención se realizará una evaluación final, para conocer los cambios
acontecidos. En esta fase, familia y menor volverán a cumplimentar los cuestionarios iniciales
para valorar la eficacia de la intervención.
Se recomienda que una vez finalizada la intervención se realice una fase de seguimiento para
conocer si los cambios perduran. Estos seguimientos se pueden establecer a los tres, seis y
doce meses.
DISEÑO
Variables
+
de proceso ¿Quién y cómo ¿Perduran los
Instrumentos
Cuestionario acaba? efectos?
de satisfacción
Intervención
Evaluación Inicial
habitual
¿Quién y en qué
estado llega? Evaluación Final Evaluación a
los tres, seis y
12 meses
Elaboración propia.
2.4.2.2. Variables
2. Variables psicológicas:
b. Problemas psicológicos
a. Comunicación
b. Supervisión
d. Conflictividad familiar
4. Variables escolares:
a. Rendimiento académico
Con la familia:
Variables sociodemográficas:
B
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