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ANTOLOGIA

El documento resume una conversación entre Creonte y Hemón sobre el destino de Antígona. Creonte ordena ejecutar a Antígona por enterrar a su hermano contra sus órdenes, a lo que Hemón se opone argumentando que esto va en contra de los dioses. La discusión se vuelve más acalorada y Creonte amenaza con matar a Antígona frente a Hemón.
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ANTOLOGIA

El documento resume una conversación entre Creonte y Hemón sobre el destino de Antígona. Creonte ordena ejecutar a Antígona por enterrar a su hermano contra sus órdenes, a lo que Hemón se opone argumentando que esto va en contra de los dioses. La discusión se vuelve más acalorada y Creonte amenaza con matar a Antígona frente a Hemón.
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"Y a ambos lados de Príamo, Pántoo,

Timetes, Lampo, Clitio e Icetaon el


compañero de Ares, Ucalegon y
Anténor, muy discretos entrambos,
sentados se encontraban los ancianos
del pueblo todos ellos, de las puertas
Esceas por encima, por vejez de la
guerra retirados, más bravos oradores
semejantes a las cigarras que en medio
del bosque, en un árbol posadas,
emiten una voz que es como un lirio;
tales los jefes eran, justamente, de los
troyanos, que estaban sentados en la
torre adosada a la muralla. Y éstos,
pues, cuando vierona Helena
encaminándose a la torre, hablábanse

La
los unos a los otros, con aladas
palabras, quedamente: «Cosa no es que

ANTOLOGIA
indignación suscite que vengan
padeciendo tanto tiempo dolores los
troyanos y los aqueos de grebas
hermosas por mujer cual es ésa pues
que tremendamente se parece, al

Ilíada
mirarla de frente, a diosas inmortales;
pero aun así y siendo tal cual digo, en
las naves se vuelva y no se quede para
mal nuestro y de nuestros hijos en el
tiempo futuro."
Entretanto la sólida nave en su curso ligero
se enfrentó a las Sirenas: un soplo feliz la
impelía más de pronto cesó aquella brisa,
una calma profunda se sintió alrededor:
algún dios alisaba las olas. Levantárnosle
entonces mis hombres, plegaron la vela, la
dejaron caer al fondo del barco y, sentándose
al remo, blanqueaban de espumas el mar con
las palas pulidas. Yo entretanto cogí el
bronce agudo, corté un pan de cera y,
partiéndolo en trozos pequeños, los fui
pellizcando con mi mano robusta:
ablandárnosle pronto, que eran poderosos

La
mis dedos y el fuego del sol de lo alto. Uno a
uno a mis hombres con ellos tapé los oídos
y, a su vez, me ataron de piernas y manos en
el mástil, derecho, con fuertes maromas y,
luego, a azotar con los remos volvieron al
mar espumante. Ya distaba la costa no más
que el alcance de un grito y la nave crucera
volaba, mas bien percibieron las Sirenas su
paso y alzaron su canto sonoro: "Llega acá,
de los dánaos honor, gloriosísimo Ulises, de
tu marcha refrena el ardor para oír nuestro
canto, porque nadie en su negro bajel pasa

odise
aquí sin que atienda a esta voz que en
dulzores de miel de los labios nos fluye.
Quien la escucha contento se va conociendo
mil cosas: los trabajos sabemos que allá por
la Tróade y sus campos de los dioses impuso
el poder a troyanos y argivos y aún aquello
que ocurre doquier en la tierra fecunda". Tal
decían exhalando dulcísima voz y en mi
pecho yo anhelaba escucharlas. Frunciendo
mis cejas mandaba a mis hombres soltar mi
atadura; bogaban doblados contra el remo y
en pie Perimedes y Euríloco, echando sobre

a
mí nuevas cuerdas, forzaban cruelmente sus
nudos. Cuando al fin las dejamos atrás y no
más se escuchaba voz alguna o canción de
Sirenas, mis fieles amigos se sacaron la cera
que yo en sus oídos había colocado al venir y
libráronme a mí de mis lazos.
"Tiresias. -Me voy; pero diciendo antes aquello por lo que
fui llamado, sin temor a tu mirada; que no tienes poder para
quitarme la vida. Así, pues, te digo: ese hombre que tanto
tiempo buscas y a quien amenazas y pregonas como asesino
de Layo, está aquí, se le tiene por extranjero domiciliado;
pero pronto se descubrirá que es tebano de nacimiento, y no
se regocijará al conocer su desgracia. Privado de la vista y
caído de la opulencia en la pobreza, con un bastón que le
indique el camino se expatriará hacia extraña tierra. Él
mismo se reconocerá a la vez hermano y padre de sus
propios hijos; hijo y marido de la mujer que lo parió, y
comarido y asesino de su padre. Retírate, pues, y medita
sobre estas cosas; que, si me coges en mentira, ya podrás
decir que nada entiendo del arte adivinatorio.
Edipo. -Que no sea lo mejor lo que he hecho, ni tienes que
decírmelo ni tampoco darme consejos. Pues yo no sé con
qué ojos, si la vista conservara, hubiera podido mirar a mi
padre en llegando al infierno, ni tampoco a mi infortunada
madre, cuando mis crímenes con ellos dos son mayores que
los que expían con la estrangulación. Pero ¿acaso la vista de
mis hijos engendrados corno fueron engendrados podía
serme grata? No, de ningún modo; a mis ojos, jamás. Ni la
ciudad, ni las torres, ni las imágenes sagradas de los dioses,

Edipo
de todo lo cual, yo, en mi malaventura siendo el único que
tenía la más alta dignidad en Tebas, me privé a mí mismo al
ordenar a todos que expulsaran al impío, al que los dioses y
mi propia familia hacían aparecer como impura pestilencia;
y habiendo yo manifestado tal deshonra como mía, ¿podía
mirar con buenos ojos a éstos? De ninguna manera; porque
si del sentido del oído pudiese haber cerradura en las orejas,
no aguantaría yo el no habérselas cerrado a mí desdichado
cuerpo, para que fuese ciego y además nada oyese, pues
vivir con el pensamiento apartado de los males es cosa
dulce.
(...) El entonces arrancó los broches de oro que adornaban

Rey
sus ropas, y enseguida los clavó en sus ojos, exclamando que
así ya no vería más, ni su miseria, ni su crimen En la
oscuridad no volverían ver a quien no debía ver, y que mejor
jamás hubieran visto. Gritando así se punzaba los ojos una y
otra vez, la sangre que corría le bañaba hasta la barba, no
eran gotitas lo que fluía de sus ojos, era un torrente oscuro,
como una granizada de sangre. En todo esto ambos fueron
los artífices, y la desgracia acabó con la mujer y con el
hombre. Su antigua felicidad fue en su momento verdadera.
Ahora no es más que culpa, muerte, vergüenza, de todos los
males que tienen nombre, ninguno falta."
"¿Cómo se llama eso, cuando
el día comienza, como hoy, y
todo está arruinado, todo está
destrozado, y sin embargo el
aire se respira, y todo está
perdido, la ciudad arde, los

Electr
inocentes se matan entre sí,
pero los culpables agonizan,
en un rincón del día que
comienza? Eso tiene un
nombre muy bello. Eso se
llama la aurora."

a
"CORIFEO. Señor, es natural que, si dice algo oportuno, te
dejes enseñar por él, y que tú hagas otro tanto. Por ambas
partes se ha hablado con razón.
CREONTE. ¿A nuestros años vamos a recibir lecciones de
cordura de un mozalbete de su edad?
HEMÓN. En ellas nada hay que sea injusto. Y si soy joven, no
conviene atender más a los años que a las acciones.
CREONTE. ¿Es una buena acción, acaso, tener clemencia con
los sediciosos?
HEMÓN. No te exhortaría yo a tener escrúpulos de conciencia
con los malvados.
CREONTE. ¿No está ésa infectada de semejante peste?
HEMÓN. No lo afirma así la muchedumbre de sus
conciudadanos de Tebas.
CREONTE. ¿Nos va a decir la ciudad lo que debemos
ordenar?
HEMÓN. ¿No ves que eso, en el tono en que lo has dicho, es
juvenil en exceso?
CREONTE. ¿Para quién, sino para mí mismo, debo gobernar
esta tierra?
HEMÓN. No hay ciudad que sea de un solo hombre.
CREONTE. ¿No se estima que la ciudad es de quien tiene el
poder?
HEMÓN. Solo, podrías mandar bien en una ciudad desierta.
CREONTE. Éste, al parecer, defiende la causa de la mujer.
HEMÓN. Si es que tú eres mujer, pues es de ti de quien me
cuido.
CREONTE. ¡Canalla redomado! ¿Entras en litigio con tu
padre?
HEMÓN. Porque veo que estás errando en contra del derecho.
CREONTE. ¿Estoy errando al velar por el prestigio de mi
autoridad?
HEMÓN. Por su prestigio no velas, al menos pisoteando los
honores de los dioses.
CREONTE. ¡Ah! ¡Naturaleza impura que se deja dominar por
una mujer!
HEMÓN. No podrías ciertamente sorprenderme dominado por
pasiones vergonzosas.
CREONTE. Todas tus palabras van en defensa de aquélla.
HEMÓN. Y en la tuya, y en la mía, y en la de los dioses
infernales.
CREONTE. A ésa es imposible ya que la desposes viva.

Antígona
HEMÓN. Ésa, entonces, morirá, y con su muerte habrá de
causar la perdición de alguien.
CREONTE. ¿Recurres a las amenazas con semejante
atrevimiento?
HEMÓN. ¿Qué amenaza hay en hablar contra una
determinación irreflexiva?
CREONTE. Lágrimas te van a costar tus lecciones de cordura,
cuando careces de ella en absoluto.
HEMÓN. Si no fueras mi padre, diría que no estás en tu sano
juicio.
CREONTE. Esclavo de una mujer, no me aburras con tu
charla.
HEMÓN. ¿Quieres hablar y no escuchar nada cuando hablas?
CREONTE. ¿De verdad? ¡Por el Olimpo!, sábelo bien, no te
alegrarás de denostarme con tus vituperios. (A un servidor).
Traed ese aborrecido engendro, para que muera al punto en
presencia y ante los ojos de su prometido.
HEMÓN. No, por cierto, no lo pienses ni por un momento: ni
ella habrá de morir junto a mí ni tú podrás dirigirme a la cara
la mirada con tus ojos. Sigue con tu locura en compañía de los
amigos que se avengan a ello. "
"Enmudecieron todos, conteniendo
el habla, ansiosos de escuchar. Eneas
empieza entonces desde su alto estrado:
«Espantable dolor es el que mandas,
oh reina, renovar con esta historia
del ocaso de Ilión, de cómo el reino,
que es imposible recordar sin llanto,
el Griego derribó: ruina misérrima
que vi y en que arrostré parte tan grande.
¿Quién, Mirmidón o Dólope o soldado
del implacable Ulises, referirla
pudiera sin llorar? Y ya en la altura
la húmeda noche avanza, y las estrellas
lentas declinan convidando al sueño.
Mas si tanto interés tu amor te inspira
por saber nuestras lástimas, y en suma
lo que fue Troya en su hora postrimera,
aunque el solo recuerdo me estremece,
y esquiva el alma su dolor, empiezo.
Del Hado rebatidos, tantos años,
los caudillos de Grecia, hartos de lides,
con arte digno de la excelsa Palas,
un caballo edifican —los costados,
vigas de abeto, un monte de madera—;
y hacen correr la voz que era el exvoto
por una vuelta venturosa. Astutos,
sortean capitanes escogidos
y en los oscuros flancos los ocultan,
cueva ingente cargada de guerreros.
Hay a vista de Ilión una isla célebre
bajo el troyano cetro rico emporio,
Ténedos, hoy anclaje mal seguro:
vanse hasta allí y en su arenal se esconden.
Los creemos en fuga hacia Micenas,
y de su largo duelo toda Troya
se siente libre al fin. Las puertas se abren
¡qué gozo ir por los dorios campamentos
y ver vacía la llanura toda
y desierta la orilla! «Aquí, los Dólopes,
aquí, las tiendas del cruel Aquiles;
cubrían las escuadras esta playa;
las batallas, aquí…» Muchos admiran
la mole del caballo, don funesto
a Palas virginal. Lanza Timetes
la idea de acogerle por los muros
hasta el alcázar —o traición dolosa,
u obra tal vez del Hado que ya urgía—.
Mas Capis, y con él los más juiciosos,
están porque en el mar se hunda al caballo,
don insidioso de la astucia griega,
tras entregarle al fuego, o se taladre
a que descubra el monstruo su secreto.
Incierto el vulgo entre los dos vacila.
De pronto, desde lo alto del alcázar,
acorre al frente de crecida tropa
Laoconte enardecido, y desde lejos:
«¡Oh ciudadanos míseros! —les grita—
¿qué locura es la vuestra? ¿al enemigo
imagináis en fuga? ¿o que una dádiva
pueda, si es griega, carecer de dolo?
¿no conocéis a Ulises? O es manida
de Argivos este leño, o es la máquina
que, salvando los muros, se dispone
a dominar las casas, y de súbito
dar sobre Ilión; en todo caso un fraude.
Mas del caballo no os fiéis, Troyanos:
yo temo al Griego, aunque presente dones.»
Dice, y en un alarde de pujanza,
venablo enorme contra el vientre asesta
del monstruo y sus igares acombados.
Prendido el dardo retembló, y al golpe
respondió en la caverna hondo gemido.
¡Y a no ser por los Hados, por la insania
de ceguera fatal, la madriguera
de esos Griegos hurgara él con la pica,
y en pie estuvieras, Troya,
y sin quebranto os irguierais, alcázares de Príamo!
En este trance unos pastores teucros
con grande grita a un joven maniatado
traían ante el rey. A la captura
no había resistido: empeño suyo
era franquear Ilión a los Argivos;
y resuelto venía a todo extremo,
o a consumar su engaño, o de la muerte
a afrontar el rigor. Para mirarle,
ansiosa en torno de él se arremolina la juventud troyana y le baldona.
Mas oye la perfidia…, y por un Dánao
podrás sin falla conocer a todos.
Porque al verse indefenso entre el concurso,
todo él turbado, en torno la mirada
tiende por la dardania muchedumbre,
y «¡Ay! —suspiró— ¿qué mar, qué tierra amiga
me podrá recibir? ¿o qué me queda
cuitado, sin asilo entre los Griegos,
y reo cuya sangre airados piden
los Dardanios a una?» Este gemido
nos conmueve y abate nuestro encono.
Le alentamos a que hable, que nos diga
de qué raza es nacido, qué le trae

Antígona
y en qué fundó, al rendirse, su esperanza.
Depuesto el miedo al fin, «Oh rey —prosigue—,
de cuanto ha sido, fuere lo que fuere,
la verdad diré yo. Y antes que nada,
no niego ser argivo: la Fortuna
pudo hacer a Sinón desventurado
mas no hablador mendaz y antojadizo.
Tal vez haya llegado a tus oídos
un nombre: Palamedes, el Belida,
rey glorioso, que, al tiempo de una falsa
alarma de traición, se vio acusado
—atropello inmoral de un inocente
sin más delito que objetar la guerra—.
Lo arrastraron los Griegos al suplicio;
llóranle hoy, tarde ya. Como, aunque pobres,
éramos de su sangre, yo desde Argos,
mandado por mi padre, joven vine
a iniciarme en las armas a su sombra;
y mientras el mantuvo su fortuna
e intacto su prestigio entre los reyes,
también logró mi nombre algún decoro.
Mas cuando, al galope del falsario Ulises,
partióse, como sabes, de esta vida,
derrocado yo al par, triste y oscura
arrastraba mi suerte, protestando
a solas del malogro del amigo.
Y no callé, loco de mí: venganza
me atreví a prometer, si con victoria
volvía yo a mi patria, y duros odios
con esto concité. Tal fue el principio
de mi infortunio y del afán de Ulises
por aterrarme con achaques falsos
y dichos que esparcía por el vulgo.
Consciente de su crimen, dase mañas,
armas buscando contra mí, ni ceja
hasta lograr que Calcas, su ministro…
Mas ¿por qué revolver lo que a vosotros
nada puede importar? ¿a qué alargarme?
Si ante vuestro rigor los Griegos todos
son una cosa, y ser yo Griego basta
para el castigo, tiempo es ya: matadme…
¿Qué más se quiere Ulises? ¡y a buen precio
de seguro os lo pagan los Atridas!."

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