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Noam Chomsky

El documento resume 10 estrategias de manipulación a través de los medios de comunicación elaboradas por Noam Chomsky. Estas incluyen distraer la atención del público de problemas importantes, crear problemas para luego ofrecer soluciones, aplicar cambios gradualmente para que sean aceptados, presentar decisiones impopulares como necesarias en el futuro, dirigirse al público como si fueran niños, apelar a las emociones más que a la reflexión, mantener al público en la ignorancia, promover la mediocridad, culpar al individuo en

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El documento resume 10 estrategias de manipulación a través de los medios de comunicación elaboradas por Noam Chomsky. Estas incluyen distraer la atención del público de problemas importantes, crear problemas para luego ofrecer soluciones, aplicar cambios gradualmente para que sean aceptados, presentar decisiones impopulares como necesarias en el futuro, dirigirse al público como si fueran niños, apelar a las emociones más que a la reflexión, mantener al público en la ignorancia, promover la mediocridad, culpar al individuo en

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El lingüista Noam Chomsky elaboró la lista de las “10 Estrategias

de Manipulación” a través de los medios:

1. La estrategia de la distracción

El elemento primordial del control social es la estrategia de la


distracción que consiste en desviar la atención del público de los
problemas importantes y de los cambios decididos por las elites
políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o
inundación de continuas distracciones y de informaciones
insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente
indispensable para impedir al público interesarse por los
conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la
psicología, la neurobiología y la cibernética. ”Mantener la
Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas
sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al
público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para
pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto
‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

2. Crear problemas y después ofrecer soluciones.

Este método también es llamado “problema-reacción-solución”.


Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta
reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las
medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se
desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar
atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante
de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O
también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un
mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el
desmantelamiento de los servicios públicos.

3. La estrategia de la gradualidad

Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla


gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa
manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas
(neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y
1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad,
desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos
decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución
si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.

4. La estrategia de diferir

Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de


presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la
aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es
más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato.
Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente.
Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a
esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el
sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público
para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con
resignación cuando llegue el momento.

[Link] al público como criaturas de poca edad

La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso,


argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles,
muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese
una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se
intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un
tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como
si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de
la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una
respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico
como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver “Armas
silenciosas para guerras tranquilas”)”.

6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión


Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para
causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al
sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del
registro emocional permite abrir la puerta de acceso al
inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y
temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad

Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y


los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad
de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la
más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la
ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases
sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para
las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras
tranquilas)”.

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad

Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido,


vulgar e inculto…

9. Reforzar la autoculpabilidad.

Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su


propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia,
de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse
contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se
culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es
la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!

10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se


conocen

En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de


la ciencia han generado una creciente brecha entre los
conocimientos del público y aquellos poseídas y utilizados por las
elites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la
psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento
avanzado del ser humano, tanto de forma física como
psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al
individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa
que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor
y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los
individuos sobre sí mismos.

* Si asumes que no hay esperanza, garantizas que no habrá


esperanza. Si asumes que hay un instinto hacia la libertad, que hay
oportunidad para cambiar las cosas, entonces hay una opción de
que puedas contribuir a hacer un mundo mejor. Esta es tu
alternativa.

Noam Chomsky

Estas estrategias basan su poder en la ignorancia, en la medida en


que las podemos observar y comprender pierden su influencia.

Para ello lo más importante es dejar de dar crédito a los medios


de comunicación masivos especialmente los que están mas cerca
de lo que pensamos, la información que nos llega es importante
ponerla en cuarentena, dar cada vez más valor a lo que ocurre en
el entorno, lo que podemos entender directamente y recuperar
poder desde ahí, desde lo cercano, desde la intuición, desde el
momento presente y lo que puedes hacer directamente, acción
directa frente a especulaciones intelectuales, el centro situado en
ti y en tu gente de confianza, sin darle poder a lo que se supone o
llega desde los medios o por canales mediatizados.

Esto así de simple disuelve el poder de los medios sin esfuerzo sin
lucha, en vez de dedicar energía a la contra y por tanto perder
poder personal, con presencia y claridad recuperamos energía y
posibilidades de acción, dejamos de ser masa manipulable para
ser individuos activos que influencian positivamente al
inconsciente colectivo…juntos somos más Ferran Caudet

El control de los medios de comunicación

Noam Chomsky

El papel de los medios de comunicación en la política


contemporánea nos obliga a preguntar por el tipo de mundo y de
sociedad en los que queremos vivir, y qué modelo de democracia
queremos para esta sociedad. Permítaseme empezar
contraponiendo dos conceptos distintos de democracia. Uno es el
que nos lleva a afirmar que en una sociedad democrática, por un
lado, la gente tiene a su alcance los recursos para participar de
manera significativa en la gestión de sus asuntos particulares, y,
por otro, los medios de información son libres e imparciales. Si se
busca la palabra democracia en el diccionario se encuentra una
definición bastante parecida a lo que acabo de formular.

Una idea alternativa de democracia es la de que no debe


permitirse que la gente se haga cargo de sus propios asuntos, a la
vez que los medios de información deben estar fuerte y
rígidamente controlados. Quizás esto suene como una concepción
anticuada de democracia, pero es importante entender que, en
todo caso, es la idea predominante. De hecho lo ha sido durante
mucho tiempo, no sólo en la práctica sino incluso en el plano
teórico. No olvidemos además que tenemos una larga historia,
que se remonta a las revoluciones democráticas modernas de la
Inglaterra del siglo XVII, que en su mayor parte expresa este punto
de vista. En cualquier caso voy a ceñirme simplemente al período
moderno y acerca de la forma en que se desarrolla la noción de
democracia, y sobre el modo y el porqué el problema de los
medios de comunicación y la desinformación se ubican en este
contexto.

Primeros apuntes históricos de la propaganda

Empecemos con la primera operación moderna de propaganda


llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato de
Woodrow Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder
de la plataforma electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el
ecuador de la Primera Guerra Mundial. La población era muy
pacifista y no veía ninguna razón para involucrarse en una guerra
europea; sin embargo, la administración Wilson había decidido
que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que
hacer algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de
participar en la guerra. Y se creó una comisión de propaganda
gubernamental, conocida con el nombre de Comisión Creel, que,
en seis meses, logró convertir una población pacífica en otra
histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que
oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al
mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro
mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la
guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se
conocía como Miedo rojo. Ello permitió la destrucción de
sindicatos y la eliminación de problemas tan peligrosos como la
libertad de prensa o de pensamiento político. El poder financiero
y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y
prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez,
obtuvieron todo tipo de provechos.

Entre los que participaron activa y entusiásticamente en la guerra


de Wilson estaban los intelectuales progresistas, gente del círculo
de John Dewey Estos se mostraban muy orgullosos, como se
deduce al leer sus escritos de la época, por haber demostrado que
lo que ellos llamaban los miembros más inteligentes de la
comunidad, es decir, ellos mismos, eran capaces de convencer a
una población reticente de que había que ir a una guerra
mediante el sistema de aterrorizarla y suscitar en ella un
fanatismo patriotero. Los medios utilizados fueron muy amplios.
Por ejemplo, se fabricaron montones de atrocidades
supuestamente cometidas por los alemanes, en las que se incluían
niños belgas con los miembros arrancados y todo tipo de cosas
horribles que todavía se pueden leer en los libros de historia,
buena parte de lo cual fue inventado por el Ministerio británico
de propaganda, cuyo auténtico propósito en aquel momento —
tal como queda reflejado en sus deliberaciones secretas— era el
de dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo. Pero la
cuestión clave era la de controlar el pensamiento de los miembros
más inteligentes de la sociedad americana, quienes, a su vez,
diseminarían la propaganda que estaba siendo elaborada y
llevarían al pacífico país a la histeria propia de los tiempos de
guerra. Y funcionó muy bien, al tiempo que nos enseñaba algo
importante: cuando la propaganda que dimana del estado recibe
el apoyo de las clases de un nivel cultural elevado y no se permite
ninguna desviación en su contenido, el efecto puede ser enorme.
Fue una lección que ya había aprendido Hitler y muchos otros, y
cuya influencia ha llegado a nuestros días.

La democracia del espectador

Otro grupo que quedó directamente marcado por estos éxitos fue
el formado por teóricos liberales y figuras destacadas de los
medios de comunicación, como Walter Lippmann, que era el
decano de los periodistas americanos, un importante analista
político —tanto de asuntos domésticos como internacionales—
así como un extraordinario teórico de la democracia liberal. Si se
echa un vistazo a sus ensayos, se observará que están subtitulados
con algo así como Una teoría progresista sobre el pensamiento
democrático liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas
comisiones de propaganda y admitió los logros alcanzados, al
tiempo que sostenía que lo que él llamaba revolución en el arte
de la democracia podía utilizarse para fabricar consenso, es decir,
para producir en la población, mediante las nuevas técnicas de
propaganda, la aceptación de algo inicialmente no deseado.
También pensaba que ello era no solo una buena idea sino
también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los
intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo
una clase especializada de hombres responsables lo bastante
inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que
de ellos se derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite reducida
—la comunidad intelectual de que hablaban los seguidores de
Dewey— puede entender cuáles son aquellos intereses comunes,
qué es lo que nos conviene a todos, así como el hecho de que estas
cosas escapan a la gente en general. En realidad, este enfoque se
remonta a cientos de años atrás, es también un planteamiento
típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con
la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios
toma el poder mediante revoluciones populares que les
proporcionan la fuerza necesaria para ello, para conducir después
a las masas estúpidas a un futuro en el que estas son demasiado
ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí
mismas. Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-
leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos.
En mi opinión, esta es una de las razones por las que los
individuos, a lo largo del tiempo, han observado que era
realmente fácil pasar de una posición a otra sin experimentar
ninguna sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver
dónde está el poder. Es posible que haya una revolución popular
que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la
haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan
el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos
haciendo lo mismo: conducir a las masas estúpidas hacia un
mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por sí
mismas.

Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante elaborada


sobre la democracia progresiva, según la cual en una democracia
con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de
ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún
papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la
administración. Es la clase especializada, formada por personas
que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los
procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y
políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de
la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en
circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el
cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos
otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de la
población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño
desconcertado: hemos de protegemos de este rebaño
desconcertado cuando brama y pisotea. Así pues, en una
democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase
especializada, los hombres responsables, ejercen la función
ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los
intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también
con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste
en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma
activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia,
estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez
en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la
persona de algún miembro de la clase especializada; en otras
palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o,
mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque
estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero
una vez se han liberado de su carga y traspasado esta a algún
miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se
apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en
participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que
funciona como Dios manda.

Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso
un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente
demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos
trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan
o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que
resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que
domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y
pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma
lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años
cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo
de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo
utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los
individuos del rebaño desconcertado participen en la acción; solo
causarían problemas.

Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño


perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la
democracia: la fabricación del consenso. Los medios de
comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar
divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones
tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque
también tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la
premisa no declarada de forma explícita —e incluso los hombres
responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos— tiene
que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad
para tomar decisiones. Por supuesto, la forma de obtenerla es
sirviendo a la gente que tiene el poder real, que no es otra que los
dueños de la sociedad, es decir, un grupo bastante reducido. Si los
miembros de la clase especializada pueden venir y decir Puedo ser
útil a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo
ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que
significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos
las creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños
de la sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con
maestría esta autoformación, no formarán parte de la clase
especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de carácter
privado, dirigido a los hombres responsables, a la clase
especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad acerca
de los valores e intereses del poder real, y del nexo corporativo
que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si
pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase
especializada. Al resto del rebaño desconcertado básicamente
habrá que distraerlo y hacer que dirija su atención a cualquier otra
cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que asegurarse que
permanecen todos en su función de espectadores de la acción,
liberando su carga de vez en cuando en algún que otro líder de
entre los que tienen a su disposición para elegir.
Muchos otros han desarrollado este punto de vista, que, de
hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, él destacado
teólogo y crítico de política internacional Reinold Niebuhr,
conocido a veces como el teólogo del sistema, gurú de George
Kennan y de los intelectuales de Kennedy, afirmaba que la
racionalidad es una técnica, una habilidad, al alcance de muy
pocos: solo algunos la poseen, mientras que la mayoría de la gente
se guía por las emociones y los impulsos. Aquellos que poseen la
capacidad lógica tienen que crear ilusiones necesarias y
simplificaciones acentuadas desde el punto de vista emocional,
con objeto de que los bobalicones ingenuos vayan más o menos
tirando. Este principio se ha convertido en un elemento sustancial
de la ciencia política contemporánea. En la década de los años
veinte y principios de la de los treinta, Harold Lasswell, fundador
del moderno sector de las comunicaciones y uno de los analistas
políticos americanos más destacados, explicaba que no
deberíamos sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos que
dicen que los hombres son los mejores jueces de sus intereses
particulares. Porque no lo son. Somos nosotros, decía, los mejores
jueces de los intereses y asuntos públicos, por lo que,
precisamente a partir de la moralidad más común, somos
nosotros los que tenemos que asegurarnos de que ellos no van a
gozar de la oportunidad de actuar basándose en sus juicios
erróneos. En lo que hoy conocemos como estado totalitario, o
estado militar, lo anterior resulta fácil. Es cuestión simplemente
de blandir una porra sobre las cabezas de los individuos, y, si se
apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la
sociedad ha acabado siendo más libre y democrática, se pierde
aquella capacidad, por lo que hay que dirigir la atención a las
técnicas de propaganda. La lógica es clara y sencilla: la
propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado
totalitario. Ello resulta acertado y conveniente dado que, de
nuevo, los intereses públicos escapan a la capacidad de
comprensión del rebaño desconcertado.

Relaciones públicas

Los Estados Unidos crearon los cimientos de la industria de las


relaciones públicas. Tal como decían sus líderes, su compromiso
consistía en controlar la opinión pública. Dado que aprendieron
mucho de los éxitos de la Comisión Creel y del miedo rojo, y de las
secuelas dejadas por ambos, las relaciones públicas
experimentaron, a lo largo de la década de 1920, una enorme
expansión, obteniéndose grandes resultados a la hora de
conseguir una subordinación total de la gente a las directrices
procedentes del mundo empresarial a lo largo de la década de
1920. La situación llegó a tal extremo que en la década siguiente
los comités del Congreso empezaron a investigar el fenómeno. De
estas pesquisas proviene buena parte de la información de que
hoy día disponemos.

Las relaciones públicas constituyen una industria inmensa que


mueve, en la actualidad, cantidades que oscilan en torno a un
billón de dólares al año, y desde siempre su cometido ha sido el
de controlar la opinión pública, que es el mayor peligro al que se
enfrentan las corporaciones. Tal como ocurrió durante la Primera
Guerra Mundial, en la década de 1930 surgieron de nuevo grandes
problemas: una gran depresión unida a una cada vez más
numerosa clase obrera en proceso de organización. En 1935, y
gracias a la Ley Wagner, los trabajadores consiguieron su primera
gran victoria legislativa, a saber, el derecho a organizarse de
manera independiente, logro que planteaba dos graves
problemas. En primer lugar, la democracia estaba funcionando
bastante mal: el rebaño desconcertado estaba consiguiendo
victorias en el terreno legislativo, y no era ese el modo en que se
suponía que tenían que ir las cosas; el otro problema eran las
posibilidades cada vez mayores del pueblo para organizarse. Los
individuos tienen que estar atomizados, segregados y solos; no
puede ser que pretendan organizarse, porque en ese caso podrían
convertirse en algo más que simples espectadores pasivos.

Efectivamente, si hubiera muchos individuos de recursos


limitados que se agruparan para intervenir en el ruedo político,
podrían, de hecho, pasar a asumir el papel de participantes
activos, lo cual sí sería una verdadera amenaza. Por ello, el poder
empresarial tuvo una reacción contundente para asegurarse de
que esa había sido la última victoria legislativa de las
organizaciones obreras, y de que representaría también el
principio del fin de esta desviación democrática de las
organizaciones populares. Y funcionó. Fue la última victoria de los
trabajadores en el terreno parlamentario, y, a partir de ese
momento —aunque el número de afiliados a los sindicatos se
incrementó durante la Segunda Guerra Mundial, acabada la cual
empezó a bajar— la capacidad de actuar por la vía sindical fue
cada vez menor. Y no por casualidad, ya que estamos hablando de
la comunidad empresarial, que está gastando enormes sumas de
dinero, a la vez que dedicando todo el tiempo y esfuerzo
necesarios, en cómo afrontar y resolver estos problemas a través
de la industria de las relaciones públicas y otras organizaciones,
como la National Association of Manufacturers (Asociación
nacional de fabricantes), la Business Roundtable (Mesa redonda
de la actividad empresarial), etcétera. Y su principio es reaccionar
en todo momento de forma inmediata para encontrar el modo de
contrarrestar estas desviaciones democráticas.

La primera prueba se produjo un año más tarde, en 1937, cuando


hubo una importante huelga del sector del acero en Johnstown, al
oeste de Pensilvania. Los empresarios pusieron a prueba una
nueva técnica de destrucción de las organizaciones obreras, que
resultó ser muy eficaz. Y sin matones a sueldo que sembraran el
terror entre los trabajadores, algo que ya no resultaba muy
práctico, sino por medio de instrumentos más sutiles y eficientes
de propaganda. La cuestión estribaba en la idea de que había que
enfrentar a la gente contra los huelguistas, por los medios que
fuera. Se presentó a estos como destructivos y perjudiciales para
el conjunto de la sociedad, y contrarios a los intereses comunes,
que eran los nuestros, los del empresario, el trabajador o el ama
de casa, es decir, todos nosotros. Queremos estar unidos y tener
cosas como la armonía y el orgullo de ser americanos, y trabajar
juntos. Pero resulta que estos huelguistas malvados de ahí afuera
son subversivos, arman jaleo, rompen la armonía y atenían contra
el orgullo de América, y hemos de pararles los pies. El ejecutivo de
una empresa y el chico que limpia los suelos tienen los mismos
intereses. Hemos de trabajar todos juntos y hacerlo por el país y
en armonía, con simpatía y cariño los unos por los otros. Este era,
en esencia, el mensaje. Y se hizo un gran esfuerzo para hacerlo
público; después de todo, estamos hablando del poder financiero
y empresarial, es decir, el que controla los medios de información
y dispone de recursos a gran escala, por lo cual funcionó, y de
manera muy eficaz. Más adelante este método se conoció como
la fórmula Mohawk VaIley, aunque se le denominaba también
métodos científicos para impedir huelgas. Se aplicó una y otra vez
para romper huelgas, y daba muy buenos resultados cuando se
trataba de movilizar a la opinión pública a favor de conceptos
vacíos de contenido, como el orgullo de ser americano. ¿Quién
puede estar en contra de esto? O la armonía. ¿Quién puede estar
en contra? O, como en la guerra del golfo Pérsico, apoyad a
nuestras tropas. ¿Quién podía estar en contra? O los lacitos
amarillos. ¿Hay alguien que esté en contra? Sólo alguien
completamente necio.

De hecho, ¿qué pasa si alguien le pregunta si da usted su apoyo a


la gente de lowa? Se puede contestar diciendo Sí, le doy mi apoyo,
o No, no la apoyo. Pero ni siquiera es una pregunta: no significa
nada. Esta es la cuestión La clave de los eslóganes de las relaciones
públicas como Apoyad a nuestras tropas es que no significan nada,
o, como mucho, lo mismo que apoyar a los habitantes de Iowa.
Pero, por supuesto había una cuestión importante que se podía
haber resuelto haciendo la pregunta: ¿Apoya usted nuestra
política? Pero, claro, no se trata de que la gente se plantee cosas
como esta. Esto es lo único que importa en la buena propaganda.
Se trata de crear un eslogan que no pueda recibir ninguna
oposición, bien al contrario, que todo el mundo esté a favor. Nadie
sabe lo que significa porque no significa nada, y su importancia
decisiva estriba en que distrae la atención de la gente respecto de
preguntas que sí significan algo: ¿Apoya usted nuestra política?
Pero sobre esto no se puede hablar. Así que tenemos a todo el
mundo discutiendo sobre el apoyo a las tropas: Desde luego, no
dejaré de apoyarles. Por tanto, ellos han ganado. Es como lo del
orgullo americano y la armonía. Estamos todos juntos, en tomo a
eslóganes vacíos, tomemos parte en ellos y asegurémonos de que
no habrá gente mala en nuestro alrededor que destruya nuestra
paz social con sus discursos acerca de la lucha de clases, los
derechos civiles y todo este tipo de cosas.

Todo es muy eficaz y hasta hoy ha funcionado perfectamente.


Desde luego consiste en algo razonado y elaborado con sumo
cuidado: la gente que se dedica a las relaciones públicas no está
ahí para divertirse; está haciendo un trabajo, es decir, intentando
inculcar los valores correctos. De hecho, tienen una idea de lo que
debería ser la democracia: un sistema en el que la clase
especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos,
de los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la población
se le priva de toda forma de organización para evitar así los
problemas que pudiera causar. La mayoría de los individuos
tendrían que sentarse frente al televisor y masticar religiosamente
el mensaje, que no es otro que el que dice que lo único que tiene
valor en la vida es poder consumir cada vez más y mejor y vivir
igual que esta familia de clase media que aparece en la pantalla y
exhibir valores como la armonía y el orgullo americano. La vida
consiste en esto. Puede que usted piense que ha de haber algo
más, pero en el momento en que se da cuenta que está solo,
viendo la televisión, da por sentado que esto es todo lo que existe
ahí afuera, y que es una locura pensar en que haya otra cosa. Y
desde el momento en que está prohibido organizarse, lo que es
totalmente decisivo, nunca se está en condiciones de averiguar si
realmente está uno loco o simplemente se da todo por bueno, que
es lo más lógico que se puede hacer.

Así pues, este es el ideal, para alcanzar el cual se han desplegado


grandes esfuerzos. Y es evidente que detrás de él hay una cierta
concepción: la de democracia, tal como ya se ha dicho. El rebaño
desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y
pisotee, y para ello habrá que distraerlo. Será cuestión de
conseguir que los sujetos que lo forman se queden en casa viendo
partidos de fútbol, culebrones o películas violentas, aunque de vez
en cuando se les saque del sopor y se les convoque a corear
eslóganes sin sentido, como Apoyad a. nuestras tropas. Hay que
hacer que conserven un miedo permanente, porque a menos que
estén debidamente atemorizados por todos los posibles males
que pueden destruirles, desde dentro o desde fuera, podrían
empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso ya que
no tienen la capacidad de hacerlo. Por ello es importante
distraerles y marginarles.

Esta es una idea de democracia. De hecho, si nos re montamos al


pasado, la última victoria legal de los trabajadores fue realmente
en 1935, con la Ley Wagner. Después tras el inicio de la Primera
Guerra Mundial, los sindicatos entraron en un declive, al igual que
lo hizo una rica y fértil cultura obrera vinculada directamente con
aquellos. Todo quedó destruido y nos vimos trasladados a una
sociedad dominada de manera singular por los criterios
empresariales. Era esta la única sociedad industrial, dentro de un
sistema capitalista de Estado, en la que ni siquiera se producía el
pacto social habitual que se podía dar en latitudes comparables.
Era la única sociedad industrial —aparte de Sudáfrica, supongo—
que no tenía un servicio nacional de asistencia sanitaria. No existía
ningún compromiso para elevar los estándares mínimos de
supervivencia de los segmentos de la población que no podían
seguir las normas y directrices imperantes ni conseguir nada por
sí mismos en el plano individual. Por otra parte, los sindicatos
prácticamente no existían, al igual que ocurría con otras formas
de asociación en la esfera popular. No había organizaciones
políticas ni partidos: muy lejos se estaba, por tanto, del ideal, al
menos en el plano estructural. Los medios de información
constituían un monopolio corporativizado; todos expresaban los
mismos puntos de vista. Los dos partidos eran dos facciones del
partido del poder financiero y empresarial. Y así la mayor parte de
la población ni tan solo se molestaba en ir a votar ya que ello
carecía totalmente de sentido, quedando, por ello, debidamente
marginada. Al menos este era el objetivo. La verdad es que el
personaje más destacado de la industria de las relaciones
públicas, Edward Bernays, procedía de la Comisión Creel. Formó
parte de ella, aprendió bien la lección y se puso manos a la obra a
desarrollar lo que él mismo llamó la ingeniería del consenso, que
describió como la esencia de la democracia.
Los individuos capaces de fabricar consenso son los que tienen los
recursos y el poder de hacerlo —la comunidad financiera y
empresarial— y para ellos trabajamos.

Fabricación de la opinión

También es necesario recabar el apoyo de la población a las


aventuras exteriores. Normalmente la gente es pacifista, tal como
sucedía durante la Primera Guerra Mundial, ya que no ve razones
que justifiquen la actividad bélica, la muerte y la tortura. Por ello,
para procurarse este apoyo hay que aplicar ciertos estímulos; y
para estimularles hay que asustarles. El mismo Bernays tenía en
su haber un importante logro a este respecto, ya que fue el
encargado de dirigir la campaña de relaciones públicas de la
United Fruit Company en 1954, cuando los Estados Unidos
intervinieron militarmente para derribar al gobierno democrático-
capitalista de Guatemala e instalaron en su lugar un régimen
sanguinario de escuadrones de la muerte, que se ha mantenido
hasta nuestros días a base de repetidas infusiones de ayuda
norteamericana que tienen por objeto evitar algo más que
desviaciones democráticas vacías de contenido. En estos casos, es
necesario hacer tragar por la fuerza una y otra vez programas
domésticos hacia los que la gente se muestra contraria, ya que no
tiene ningún sentido que el público esté a favor de programas que
le son perjudiciales. Y esto, también, exige una propaganda amplia
y general, que hemos tenido oportunidad de ver en muchas
ocasiones durante los últimos diez años. Los programas de la era
Reagan eran abrumadoramente impopulares. Los votantes de la
victoria arrolladora de Reagan en 1984 esperaban, en una
proporción de tres a dos, que no se promulgaran las medidas
legales anunciadas. Si tomamos programas concretos, como el
gasto en armamento, o la reducción de recursos en materia de
gasto social, etc., prácticamente todos ellos recibían una
oposición frontal por parte de la gente. Pero en la medida en que
se marginaba y apartaba a los individuos de la cosa pública y estos
no encontraban el modo de organizar y articular sus sentimientos,
o incluso de saber que había otros que compartían dichos
sentimientos, los que decían que preferían el gasto social al gasto
militar —y lo expresaban en los sondeos, tal como sucedía de
manera generalizada— daban por supuesto que eran los únicos
con tales ideas disparatadas en la cabeza. Nunca habían oído estas
cosas de nadie más, ya que había que suponer que nadie pensaba
así; y si lo había, y era sincero en las encuestas, era lógico pensar
que se trataba de un bicho raro. Desde el momento en que un
individuo no encuentra la manera de unirse a otros que
comparten o refuerzan este parecer y que le pueden transmitir la
ayuda necesaria para articularlo, acaso llegue a sentir que es
alguien excéntrico, una rareza en un mar de normalidad. De modo
que acaba permaneciendo al margen, sin prestar atención a lo que
ocurre, mirando hacia, otro lado, como por ejemplo la final de
Copa.

Así pues, hasta cierto punto se alcanzó el ideal, aunque nunca de


forma completa, ya que hay instituciones que hasta ahora ha sido
imposible destruir: por ejemplo, las iglesias. Buena parte de la
actividad disidente de los Estados Unidos se producía en las
iglesias por la sencilla razón de que estas existían. Por ello, cuando
había que dar una conferencia de carácter político en un país
europeo era muy probable que se celebrara en los locales de algún
sindicato, cosa harto difícil en América ya que, en primer lugar,
estos apenas existían o, en el mejor de los casos, no eran
organizaciones políticas. Pero las iglesias sí existían, de manera
que las charlas y conferencias se hacían con frecuencia en ellas: la
solidaridad con Centroamérica se originó en su mayor parte en las
iglesias, sobre todo porque existían.

El rebaño desconcertado nunca acaba de estar debidamente


domesticado: es una batalla permanente. En la década de 1930
surgió otra vez, pero se pudo sofocar el movimiento. En los años
sesenta apareció una nueva ola de disidencia, a la cual la clase
especializada le puso el nombre de crisis de la democracia. Se
consideraba que la democracia estaba entrando en una crisis
porque amplios segmentos de la población se estaban
organizando de manera activa y estaban intentando participar en
la arena política. El conjunto de élites coincidían en que había que
aplastar el renacimiento democrático de los sesenta y poner en
marcha un sistema social en el que los recursos se canalizaran
hacia las clases acaudaladas privilegiadas. Y aquí hemos de volver
a las dos concepciones de democracia que hemos mencionado en
párrafos anteriores. Según la definición del diccionario, lo anterior
constituye un avance en democracia; según el criterio
predominante, es un problema, una crisis que ha de ser vencida.
Había que obligar a la población a que retrocediera y volviera a la
apatía, la obediencia y la pasividad, que conforman su estado
natural, para lo cual se hicieron grandes esfuerzos, si bien no
funcionó. Afortunadamente, la crisis de la democracia todavía
está vivita y coleando, aunque no ha resultado muy eficaz a la hora
de conseguir un cambio político. Pero, contrariamente a lo que
mucha gente cree, sí ha dado resultados en lo que se refiere al
cambio de la opinión pública.
Después de la década de 1960 se hizo todo lo posible para que la
enfermedad diera marcha atrás. La verdad es que uno de los
aspectos centrales de dicho mal tenía un nombre técnico: el
síndrome de Vietnam, término que surgió en torno a 1970 y que
de vez en cuando encuentra nuevas definiciones. El intelectual
reaganista Norman Podhoretz habló de élcomo las inhibiciones
enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Pero resulta que
era la mayoría de la gente la que experimentaba dichas
inhibiciones contra la violencia, ya que simplemente no entendía
por qué había que ir por el mundo torturando, matando o
lanzando bombardeos intensivos. Como ya supo Goebbels en su
día, es muy peligroso que la población se rinda ante estas
inhibiciones enfermizas, ya que en ese caso habría un límite a las
veleidades aventureras de un país fuera de sus fronteras. Tal como
decía con orgullo el Washington Post durante la histeria colectiva
que se produjo durante la guerra del golfo Pérsico, es necesario
infundir en la gente respeto por los valores marciales. Y eso sí es
importante. Si se quiere tener una sociedad violenta que avale la
utilización de la fuerza en todo el mundo para alcanzar los fines de
su propia élite doméstica, es necesario valorar debidamente las
virtudes guerreras y no esas inhibiciones achacosas acerca del uso
de la violencia. Esto es el síndrome de Vietnam: hay que vencerlo.

La representación como realidad

También es preciso falsificar totalmente la historia. Ello constituye


otra manera de vencer esas inhibiciones enfermizas, para simular
que cuando atacamos y destruimos a alguien lo que estamos
haciendo en realidad es proteger y defendernos a nosotros
mismos de los peores monstruos y agresores, y cosas por el estilo.
Desde la guerra del Vietnam se ha realizado un enorme esfuerzo
por reconstruir la historia. Demasiada gente, incluidos gran
número de soldados y muchos jóvenes que estuvieron
involucrados en movimientos por la paz o antibelicistas,
comprendía lo que estaba pasando. Y eso no era bueno. De nuevo
había que poner orden en aquellos malos pensamientos y
recuperar alguna forma de cordura, es decir, la aceptación de que
sea lo que fuere lo que hagamos, ello es noble y correcto. Si
bombardeábamos Vietnam del Sur, se debía a que estábamos
defendiendo el país de alguien, esto es, de los sudvietnamitas, ya
que allí no había nadie más. Es lo que los intelectuales kenedianos
denominaban defensa contra la agresión interna en Vietnam del
Sur, expresión acuñada por Adiai Stevenson, entre otros. Así pues,
era necesario que esta fuera la imagen oficial e inequívoca; y ha
funcionado muy bien, ya que si se tiene el control absoluto de los
medios de comunicación y el sistema educativo y la
intelectualidad son conformistas, puede surtir efecto cualquier
política. Un indicio de ello se puso de manifiesto en un estudio
llevado a cabo en la Universidad de Massachusetts sobre las
diferentes actitudes ante la crisis del Golfo Pérsico, y que se
centraba en las opiniones que se manifestaban mientras se veía la
televisión. Una de las preguntas de dicho estudio era: ¿Cuantas
víctimas vietnamitas calcula usted que hubo durante la guerra del
Vietnam? La respuesta promedio que se daba era en torno a
100.000, mientras que las cifras oficiales hablan de dos millones,
y las reales probablemente sean de tres o cuatro millones. Los
responsables del estudio formulaban a continuación una pregunta
muy oportuna: ¿Qué pensaríamos de la cultura política alemana
si cuando se le preguntara a la gente cuantos judíos murieron en
el Holocausto la respuesta fuera unos 300.000? La pregunta
quedaba sin respuesta, pero podemos tratar de encontrarla. ¿Qué
nos dice todo esto sobre nuestra cultura? Pues bastante: es
preciso vencer las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la
fuerza militar y a otras desviaciones democráticas. Y en este caso
dio resultados satisfactorios y demostró ser cierto en todos los
terrenos posibles: tanto si elegimos Próximo Oriente, el
terrorismo internacional o Centroamérica. El cuadro del mundo
que se presenta a la gente no tiene la más mínima relación con la
realidad, ya que la verdad sobre cada asunto queda enterrada
bajo montañas de mentiras. Se ha alcanzado un éxito
extraordinario en el sentido de disuadir las amenazas
democráticas, y lo realmente interesante es que ello se ha
producido en condiciones de libertad. No es como en un estado
totalitario, donde todo se hace por la fuerza. Esos logros son un
fruto conseguido sin violar la libertad. Por ello, si queremos
entender y conocer nuestra sociedad, tenemos que pensar en
todo esto, en estos hechos que son importantes para todos
aquellos que se interesan y preocupan por el tipo de sociedad en
el que viven.

La cultura disidente

A pesar de todo, la cultura disidente sobrevivió, y ha


experimentado un gran crecimiento desde la década de los
sesenta. Al principio su desarrollo era sumamente lento, ya que,
por ejemplo, no hubo protestas contra la guerra de Indochina
hasta algunos años después de que los Estados Unidos empezaran
a bombardear Vietnam del Sur. En los inicios de su andadura era
un reducido movimiento contestatario, formado en su mayor
parte por estudiantes y jóvenes en general, pero hacia principios
de los setenta ya había cambiado de forma notable. Habían
surgido movimientos populares importantes: los ecologistas, las
feministas, los antinucleares, etcétera. Por otro lado, en la década
de 1980 se produjo una expansión incluso mayor y que afectó a
todos los movimientos de solidaridad, algo realmente nuevo e
importante al menos en la historia de América y quizás en toda la
disidencia mundial. La verdad es que estos eran movimientos que
no solo protestaban sino que se implicaban a fondo en las vidas
de todos aquellos que sufrían por alguna razón en cualquier parte
del mundo. Y sacaron tan buenas lecciones de todo ello, que
ejercieron un enorme efecto civilizador sobre las tendencias
predominantes en la opinión pública americana. Y a partir de ahí
se marcaron diferencias, de modo que cualquiera que haya estado
involucrado es este tipo de actividades durante algunos años ha
de saberlo perfectamente. Yo mismo soy consciente de que el tipo
de conferencias que doy en la actualidad en las regiones más
reaccionarias del país —la Georgia central, el Kentucky rural— no
las podría haber pronunciado, en el momento culminante del
movimiento pacifista, ante una audiencia formada por los
elementos más activos de dicho movimiento. Ahora, en cambio,
en ninguna parte hay ningún problema. La gente puede estar o no
de acuerdo, pero al menos comprende de qué estás hablando y
hay una especie de terreno común en el que es posible cuando
menos entenderse.
A pesar de toda la propaganda y de todos los intentos por
controlar el pensamiento y fabricar el consenso, lo anterior
constituye un conjunto de signos de efecto civilizador. Se está
adquiriendo una capacidad y una buena disposición para pensar
las cosas con el máximo detenimiento. Ha crecido el escepticismo
acerca del poder.

Han cambiado muchas actitudes hacia un buen número de


cuestiones, lo que ha convertido todo este asunto en algo lento,
quizá incluso frío, pero perceptible e importante, al margen de si
acaba siendo o no lo bastante rápido como para influir de manera
significativa en los aconteceres del mundo. Tomemos otro
ejemplo: la brecha que se ha abierto en relación al género. A
principios de la década de 1960 las actitudes de hombres y
mujeres eran aproximadamente las mismas en asuntos como las
virtudes castrenses, igual que lo eran las inhibiciones enfermizas
respecto al uso de la fuerza militar. Por entonces, nadie, ni
hombres ni mujeres, se resentía a causa de dichas posturas, dado
que las respuestas coincidían: todo el mundo pensaba que la
utilización de la violencia para reprimir a la gente de por ahí estaba
justificada. Pero con el tiempo las cosas han cambiado. Aquellas
inhibiciones han experimentado un crecimiento lineal, aunque al
mismo tiempo ha aparecido un desajuste que poco a poco ha
llegado a ser sensiblemente importante y que según los sondeos
ha alcanzado el 20%. ¿Qué ha pasado? Pues que las mujeres han
formado un tipo de movimiento popular semiorganizado, el
movimiento feminista, que ha ejercido una influencia decisiva, ya
que, por un lado, ha hecho que muchas mujeres se dieran cuenta
de que no estaban solas, de que había otras con quienes compartir
las mismas ideas, y, por otro, en la organización se pueden
apuntalar los pensamientos propios y aprender más acerca de las
opiniones e ideas que cada uno tiene. Si bien estos movimientos
son en cierto modo informales, sin carácter militante, basados
más bien en una disposición del ánimo en favor de las
interacciones personales, sus efectos sociales han sido evidentes.
Y este es el peligro de la democracia: si se pueden crear
organizaciones, si la gente no permanece simplemente pegada al
televisor, pueden aparecer estas ideas extravagantes, como las
inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Hay
que vencer estas tentaciones, pero no ha sido todavía posible.

Desfile de enemigos

En vez de hablar de la guerra pasada, hablemos de la guerra que


viene, porque a veces es más útil estar preparado para lo que
puede venir que simplemente reaccionar ante lo que ocurre. En la
actualidad se está produciendo en los Estados Unidos —y no es el
primer país en que esto sucede— un proceso muy característico.
En el ámbito interno, hay problemas económicos y sociales
crecientes que pueden devenir en catástrofes, y no parece haber
nadie, de entre los que detentan el poder, que tenga intención
alguna de prestarles atención. Si se echa una ojeada a los
programas de las distintas administraciones durante los últimos
diez años no se observa ninguna propuesta seria sobre lo que hay
que hacer para resolver los importantes problemas relativos a la
salud, la educación, los que no tienen hogar, los parados, el índice
de criminalidad, la delincuencia creciente que afecta a amplias
capas de la población, las cárceles, el deterioro de los barrios
periféricos, es decir, la colección completa de problemas
conocidos. Todos conocemos la situación, y sabemos que está
empeorando. Solo en los dos años que George Bush estuvo en el
poder hubo tres millones más de niños que cruzaron el umbral de
la pobreza, la deuda externa creció progresivamente, los
estándares educativos experimentaron un declive, los salarios
reales retrocedieron al nivel de finales de los años cincuenta para
la gran mayoría de la población, y nadie hizo absolutamente nada
para remediarlo. En estas circunstancias hay que desviar la
atención del rebaño desconcertado ya que si empezara a darse
cuenta de lo que ocurre podría no gustarle, porque es quien recibe
directamente las consecuencias de lo anterior. Acaso
entretenerles simplemente con la final de Copa o los culebrones
no sea suficiente y haya que avivar en él el miedo a los enemigos.
En los años treinta Hitler difundió entre los alemanes el miedo a
los judíos y a los gitanos: había que machacarles como forma de
autodefensa. Pero nosotros también tenemos nuestros métodos.
A lo largo de la última década, cada año o a lo sumo cada dos, se
fabrica algún monstruo de primera línea del que hay que
defenderse. Antes los que estaban más a mano eran los rusos, de
modo que había que estar siempre a punto de protegerse de ellos.
Pero, por desgracia, han perdido atractivo como enemigo, y cada
vez resulta más difícil utilizarles como tal, de modo que hay que
hacer que aparezcan otros de nueva estampa. De hecho, la gente
fue bastante injusta al criticar a George Bush por haber sido
incapaz de expresar con claridad hacia dónde estábamos siendo
impulsados, ya que hasta mediados de los años ochenta, cuando
andábamos despistados se nos ponía constantemente el mismo
disco: que vienen los rusos. Pero al perderlos como encamación
del lobo feroz hubo que fabricar otros, al igual que hizo el aparato
de relaciones públicas reaganiano en su momento. Y así,
precisamente con Bush, se empezó a utilizar a los terroristas
internacionales, a los narcotraficantes, a los locos caudillos árabes
o a Sadam Husein, el nuevo Hitler que iba a conquistar el mundo.
Han tenido que hacerles aparecer a uno tras otro, asustando a la
población, aterrorizándola, de forma que ha acabado muerta de
miedo y apoyando cualquier iniciativa del poder. Así se han podido
alcanzar extraordinarias victorias sobre Granada, Panamá, o algún
otro ejército del Tercer Mundo al que se puede pulverizar antes
siquiera de tomarse la molestia de mirar cuántos son. Esto da un
gran alivio, ya que nos hemos salvado en el último momento.
Tenemos así, pues, uno de los métodos con el cual se puede evitar
que el rebaño desconcertado preste atención a lo que está
sucediendo a su alrededor, y permanezca distraído y controlado.
Recordemos que la operación terrorista internacional más
importante llevada a cabo hasta la fecha ha sido la operación
Mongoose, a cargo de la administración Kennedy, a partir de la
cual este tipo de actividades prosiguieron contra Cuba. Parece que
no ha habido nada que se le pueda comparar ni de lejos, a
excepción quizás de la guerra contra Nicaragua, si convenimos en
denominar aquello también terrorismo. El Tribunal de La Haya
consideró que aquello era algo más que una agresión.

Cuando se trata de construir un monstruo fantástico siempre se


produce una ofensiva ideológica, seguida de campañas para
aniquilarlo. No se puede atacar si el adversario es capaz de
defenderse: sería demasiado peligroso. Pero si se tiene la
seguridad de que se le puede vencer, quizá se le consiga
despachar rápido y lanzar así otro suspiro de alivio.

Percepción selectiva

Esto ha venido sucediendo desde hace tiempo. En mayo de 1986


se publicaron las memorias del preso cubano liberado Armando
Valladares, que causaron rápidamente sensación en los medios de
comunicación. Voy a brindarles algunas citas textuales. Los
medios informativos describieron sus revelaciones como «el
relato definitivo del inmenso sistema de prisión y tortura con el
que Castro castiga y elimina a la oposición política». Era «una
descripción evocadora e inolvidable» de las «cárceles bestiales, la
tortura inhumana [y] el historial de violencia de estado [bajo]
todavía uno de los asesinos de masas de este siglo», del que nos
enteramos, por fin, gracias a este libro, que «ha creado un nuevo
despotismo que ha institucionalizado la tortura como mecanismo
de control social» en el «infierno que era la Cuba en la que
[Valladares] vivió». Esto es lo que apareció en el Washington Post
y el New York Times en sucesivas reseñas. Las atrocidades de
Castro —descrito como un «matón dictador»— se revelaron en
este libro de manera tan concluyente que «solo los intelectuales
occidentales fríos e insensatos saldrán en defensa del tirano»,
según el primero de los diarios citados. Recordemos que estamos
hablando de lo que le ocurrió a un hombre. Y supongamos que
todo lo que se dice en el libro es verdad. No le hagamos
demasiadas preguntas al protagonista de la historia. En una
ceremonia celebrada en la Casa Blanca con motivo del Día de los
Derechos Humanos, Ronald Reagan destacó a Armando
Valladares e hizo mención especial de su coraje al soportar el
sadismo del sangriento dictador cubano. A continuación, se le
designó representante de los Estados Unidos en la Comisión de
Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Allí tuvo la
oportunidad de prestar notables servicios en la defensa de los
gobiernos de El Salvador y Guatemala en el momento en que
estaban recibiendo acusaciones de cometer atrocidades a tan
gran escala que cualquier vejación que Valladares pudiera haber
sufrido tenía que considerarse forzosamente de mucha menor
entidad. Así es como están las cosas.

La historia que viene ahora también ocurría en mayo de 1986, y


nos dice mucho acerca de la fabricación del consenso. Por
entonces, los supervivientes del Grupo de Derechos Humanos de
El Salvador —sus líderes habían sido asesinados— fueron
detenidos y torturados, incluyendo al director, Herbert Anaya. Se
les encarceló en una prisión llamada La Esperanza, pero mientras
estuvieron en ella continuaron su actividad de defensa de los
derechos humanos, y, dado que eran abogados, siguieron
tomando declaraciones juradas. Había en aquella cárcel 432
presos, de los cuales 430 declararon y relataron bajo juramento
las torturas que habían recibido: aparte de la picana y otras
atrocidades, se incluía el caso de un interrogatorio, y la tortura
consiguiente, dirigido por un oficial del ejército de los Estados
Unidos de uniforme, al cual se describía con todo detalle. Ese
informe —160 páginas de declaraciones juradas de los presos—
constituye un testimonio extraordinariamente explícito y
exhaustivo, acaso único en lo referente a los pormenores de lo
que ocurre en una cámara de tortura. No sin dificultades se
consiguió sacarlo al exterior, junto con una cinta de vídeo que
mostraba a la gente mientras testificaba sobre las torturas, y la
Marin County Interfaith Task Force (Grupo de trabajo
multiconfesional Marin County) se encargó de distribuirlo. Pero la
prensa nacional se negó a hacer su cobertura informativa y las
emisoras de televisión rechazaron la emisión del vídeo. Creo que
como mucho apareció un artículo en el periódico local de Marin
County, el San Francisco Examiner. Nadie iba a tener interés en
aquello. Porque estábamos en la época en que no eran pocos los
intelectuales insensatos y ligeros de cascos que estaban cantando
alabanzas a José Napoleón Duarte y Ronald Reagan.

Anaya no fue objeto de ningún homenaje. No hubo lugar para él


en el Día de los Derechos Humanos. No fue elegido para ningún
cargo importante. En vez de ello fue liberado en un intercambio
de prisioneros y posteriormente asesinado, al parecer por las
fuerzas de seguridad siempre apoyadas militar y económicamente
por los Estados Unidos. Nunca se tuvo mucha información sobre
aquellos hechos: los medios de comunicación no llegaron en
ningún momento a preguntarse si la revelación de las atrocidades
que se denunciaban —en vez de mantenerlas en secreto y
silenciarlas— podía haber salvado su vida.

Todo lo anterior nos enseña mucho acerca del modo de


funcionamiento de un sistema de fabricación de consenso. En
comparación con las revelaciones de Herbert Anaya en El
Salvador, las memorias de Valladares son como una pulga al lado
de un elefante. Pero no podemos ocuparnos de pequeñeces, lo
cual nos conduce hacia la próxima guerra. Creo que cada vez
tendremos más noticias sobre todo esto, hasta que tenga lugar la
operación siguiente.

Solo algunas consideraciones sobre lo último que se ha dicho, si


bien al final volveremos sobre ello. Empecemos recordando el
estudio de la Universidad de Massachusetts ya mencionado, ya
que llega a conclusiones interesantes. En él se preguntaba a la
gente si creía que los Estados Unidos debía intervenir por la fuerza
para impedir la invasión ilegal de un país soberano o para atajar
los abusos cometidos contra los derechos humanos. En una
proporción de dos a uno la respuesta del público americano era
afirmativa. Había que utilizar la fuerza militar para que se diera
marcha atrás en cualquier caso de invasión o para que se
respetaran los derechos humanos. Pero si los Estados Unidos
tuvieran que seguir al pie de la letra el consejo que se deriva de la
citada encuesta, habría que bombardear El Salvador, Guatemala,
Indonesia, Damasco, Tel Aviv, Ciudad del Cabo, Washington, y una
lista interminable de países, ya que todos ellos representan casos
manifiestos, bien de invasión ilegal, bien de violación de derechos
humanos. Si uno conoce los hechos vinculados a estos ejemplos,
comprenderá perfectamente que la agresión y las atrocidades de
Sadam Husein —que tampoco son de carácter extremo— se
incluyen claramente dentro de este abanico de casos. ¿Por qué,
entonces, nadie llega a esta conclusión? La respuesta es que nadie
sabe lo suficiente. En un sistema de propaganda bien engrasado
nadie sabrá de qué hablo cuando hago una lista como la anterior.
Pero si alguien se molesta en examinarla con cuidado, verá que los
ejemplos son totalmente apropiados.

Tomemos uno que, de forma amenazadora, estuvo a punto de ser


percibido durante la guerra del Golfo. En febrero, justo en la mitad
de la campaña de bombardeos, el gobierno del Líbano solicitó a
Israel que observara la resolución 425 del Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas, de marzo de 1978, por la que se le exigía
que se retirara inmediata e incondicionalmente del Líbano.
Después de aquella fecha ha habido otras resoluciones
posteriores redactadas en los mismos términos, pero desde luego
Israel no ha acatado ninguna de ellas porque los Estados Unidos
dan su apoyo al mantenimiento de la ocupación. Al mismo tiempo,
el sur del Líbano recibe las embestidas del terrorismo del estado
judío, y no solo brinda espacio para la ubicación de campos de
tortura y aniquilamiento sino que también se utiliza como base
para atacar a otras partes del país. Desde 1978, fecha de la
resolución citada, el Líbano fue invadido, la ciudad de Beirut sufrió
continuos bombardeos, unas 20.000 personas murieron —en
torno al 80% eran civiles—, se destruyeron hospitales, y la
población tuvo que soportar todo el daño imaginable, incluyendo
el robo y el saqueo. Excelente... los Estados Unidos lo apoyaban.
Es solo un ejemplo. La cuestión está en que no vimos ni oímos
nada en los medios de información acerca de todo ello, ni siquiera
una discusión sobre si Israel y los Estados Unidos deberían cumplir
la resolución 425 del Consejo de Seguridad, o cualquiera de las
otras posteriores, del mismo modo que nadie solicitó el
bombardeo de Tel Aviv, a pesar de los principios defendidos por
dos tercios de la población. Porque, después de todo, aquello es
una ocupación ilegal de un territorio en el que se violan los
derechos humanos. Solo es un ejemplo, pero los hay incluso
peores. Cuando el ejército de Indonesia invadió Timor Oriental
dejó un rastro de 200.000 cadáveres, cifra que no parece tener
importancia al lado de otros ejemplos. El caso es que aquella
invasión también recibió el apoyo claro y explícito de los Estados
Unidos, que todavía prestan al gobierno indonesio ayuda
diplomática y militar. Y podríamos seguir indefinidamente.

La guerra del Golfo

Veamos otro ejemplo mas reciente. Vamos viendo cómo funciona


un sistema de propaganda bien engrasado. Puede que la gente
crea que el uso de la fuerza contra Iraq se debe a que América
observa realmente el principio de que hay que hacer frente a las
invasiones de países extranjeros o a las transgresiones de los
derechos humanos por la vía militar, y que no vea, por el contrario,
qué pasaría si estos principios fueran también aplicables a la
conducta política de los Estados Unidos. Estamos antes un éxito
espectacular de la propaganda.
Tomemos otro caso. Si se analiza detenidamente la cobertura
periodística de la guerra desde el mes de agosto (1990), se ve,
sorprendentemente, que faltan algunas opiniones de cierta
relevancia. Por ejemplo, existe una oposición democrática iraquí
de cierto prestigio, que, por supuesto, permanece en el exilio dada
la quimera de sobrevivir en Iraq. En su mayor parte están en
Europa y son banqueros, ingenieros, arquitectos, gente así, es
decir, con cierta elocuencia, opiniones propias y capacidad y
disposición para expresarlas. Pues bien, cuando Sadam Husein era
todavía el amigo favorito de Bush y un socio comercial
privilegiado, aquellos miembros de la oposición acudieron a
Washington, según las fuentes iraquíes en el exilio, a solicitar
algún tipo de apoyo a sus demandas de constitución de un
parlamento democrático en Iraq. Y claro, se les rechazó de plano,
ya que los Estados Unidos no estaban en absoluto interesados en
lo mismo. En los archivos no consta que hubiera ninguna reacción
ante aquello.
A partir de agosto fue un poco más difícil ignorar la existencia de
dicha oposición, ya que cuando de repente se inició el
enfrentamiento con Sadam Husein después de haber sido su más
firme apoyo durante años, se adquirió también conciencia de que
existía un grupo de demócratas iraquíes que seguramente tenían
algo que decir sobre el asunto. Por lo pronto, los opositores se
sentirían muy felices si pudieran ver al dictador derrocado y
encarcelado, ya que había matado a sus hermanos, torturado a
sus hermanas y les había mandado a ellos mismos al exilio. Habían
estado luchando contra aquella tiranía que Ronald Reagan y
George Bush habían estado protegiendo. ¿Por qué no se tenía en
cuenta, pues, su opinión? Echemos un vistazo a los medios de
información de ámbito nacional y tratemos de encontrar algo
acerca de la oposición democrática iraquí desde agosto de 1990
hasta marzo de 1991: ni una línea. Y no es a causa de que dichos
resistentes en el exilio no tengan facilidad de palabra, ya que
hacen repetidamente declaraciones, propuestas, llamamientos y
solicitudes, y, si se les observa, se hace difícil distinguirles de los
componentes del movimiento pacifista americano. Están contra
Sadam Husein y contra la intervención bélica en Iraq. No quieren
ver cómo su país acaba siendo destruido, desean y son
perfectamente conscientes de que es posible una solución pacífica
del conflicto. Pero parece que esto no es políticamente correcto,
por lo que se les ignora por completo. Así que no oímos ni una
palabra acerca de la oposición democrática iraquí, y si alguien está
interesado en saber algo de ellos puede comprar la prensa
alemana o la británica. Tampoco es que allí se les haga mucho
caso, pero los medios de comunicación están menos controlados
que los americanos, de modo que, cuando menos, no se les
silencia por completo.

Lo descrito en los párrafos anteriores ha constituido un logro


espectacular de la propaganda. En primer lugar, se ha conseguido
excluir totalmente las voces de los demócratas iraquíes del
escenario político, y, segundo, nadie se ha dado cuenta, lo cual es
todavía más interesante. Hace falta que la población esté
profundamente adoctrinada para que no haya reparado en que
no se está dando cancha a las opiniones de la oposición iraquí,
aunque, caso de haber observado el hecho, si se hubiera
formulado la pregunta ¿por qué?, la respuesta habría sido
evidente: porque los demócratas iraquíes piensan por sí mismos;
están de acuerdo con los presupuestos del movimiento pacifista
internacional, y ello les coloca en fuera de juego.

Veamos ahora las razones que justificaban la guerra. Los agresores


no podían ser recompensados por su acción, sino que había que
detener la agresión mediante el recurso inmediato a la violencia:
esto lo explicaba todo. En esencia, no se expuso ningún otro
motivo. Pero, ¿es posible que sea esta una explicación admisible?
¿Defienden en verdad los Estados Unidos estos principios: que los
agresores no pueden obtener ningún premio por su agresión y que
esta debe ser abortada mediante el uso de la violencia? No quiero
poner a prueba la inteligencia de quien me lea al repasar los
hechos, pero el caso es que un adolescente que simplemente
supiera leer y escribir podría rebatir estos argumentos en dos
minutos. Pero nunca nadie lo hizo. Fijémonos en los medios de
comunicación, en los comentaristas y críticos liberales, en
aquellos que declaraban ante el Congreso, y veamos si había
alguien que pusiera en entredicho la suposición de que los Estados
Unidos era fiel de verdad a esos principios. ¿Se han opuesto los
Estados Unidos a su propia agresión a Panamá, y se ha insistido,
por ello, en bombardear Washington? Cuando se declaró ilegal la
invasión de Namibia por parte de Sudáfrica, ¿impusieron los
Estados Unidos sanciones y embargos de alimentos y medicinas?
¿Declararon la guerra? ¿Bombardearon Ciudad del Cabo? No,
transcurrió un período de veinte años de diplomacia discreta. Y la
verdad es que no fue muy divertido lo que ocurrió durante estos
años, dominados por las administraciones de Reagan y Bush, en
los que aproximadamente un millón y medio de personas fueron
muertas a manos de Sudáfrica en los países limítrofes. Pero
olvidemos lo que ocurrió en Sudáfrica y Namibia: aquello fue algo
que no lastimó nuestros espíritus sensibles. Proseguimos con
nuestra diplomacia discreta para acabar concediendo una
generosa recompensa a los agresores. Se les concedió el puerto
más importante de Namibia y numerosas ventajas que tenían que
ver con su propia seguridad nacional. ¿Dónde está aquel famoso
principio que defendemos? De nuevo, es un juego de niños el
demostrar que aquellas no podían ser de ningún modo las razones
para ir a la guerra, precisamente porque nosotros mismos no
somos fieles a estos principios.

Pero nadie lo hizo; esto es lo importante. Del mismo modo que


nadie se molestó en señalar la conclusión que se seguía de todo
ello: que no había razón alguna para la guerra. Ninguna, al menos,
que un adolescente no analfabeto no pudiera refutar en dos
minutos. Y de nuevo estamos ante el sello característico de una
cultura totalitaria. Algo sobre lo que deberíamos reflexionar ya
que es alarmante que nuestro país sea tan dictatorial que nos
pueda llevar a una guerra sin dar ninguna razón de ello y sin que
nadie se entere de los llamamientos del Líbano. Es realmente
chocante.
Justo antes de que empezara el bombardeo, a mediados de enero,
un sondeo llevado a cabo por el Washington Post y la cadena abc
revelaba un dato interesante. La pregunta formulada era: si Iraq
aceptara retirarse de Kuwait a cambio de que el Consejo de
Seguridad estudiara la resolución del conflicto árabe-israelí,
¿estaría de acuerdo? Y el resultado nos decía que, en una
proporción de dos a uno, la población estaba a favor. Lo mismo
sucedía en el mundo entero, incluyendo a la oposición iraquí, de
forma que en el informe final se reflejaba el dato de que dos
tercios de los americanos daban un sí como respuesta a la
pregunta referida. Cabe presumir que cada uno de estos
individuos pensaba que era el único en el mundo en pensar así, ya
que desde luego en la prensa nadie había dicho en ningún
momento que aquello pudiera ser una buena idea. Las órdenes de
Washington habían sido muy claras, es decir, hemos de estar en
contra de cualquier conexión, es decir, de cualquier relación
diplomática, por lo que todo el mundo debía marcar el paso y
oponerse a las soluciones pacíficas que pudieran evitar la guerra.
Si intentamos encontrar en la prensa comentarios o reportajes al
respecto, solo descubriremos una columna de Alex Cockbum en
Los Angeles Times, en la que este se mostraba favorable a la
respuesta mayoritaria de la encuesta.

Seguramente, los que contestaron la pregunta pensaban estoy


solo, pero esto es lo que pienso. De todos modos, supongamos
que hubieran sabido que no estaban solos, que había otros, como
la oposición democrática iraquí, que pensaban igual. Y
supongamos también que sabían que la pregunta no era una mera
hipótesis, sino que, de hecho, Iraq había hecho precisamente la
oferta señalada, y que esta había sido dada a conocer por el alto
mando del ejército americano justo ocho días antes: el día 2 de
enero. Se había difundido la oferta iraquí de retirada total de
Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad discutiera y
resolviera el conflicto árabe-israelí y el de las armas de destrucción
masiva. (Recordemos que los Estados Unidos habían estado
rechazando esta negociación desde mucho antes de la invasión de
Kuwait). Supongamos, asimismo, que la gente sabía que la
propuesta estaba realmente encima de la mesa, que recibía un
apoyo generalizado, y que, de hecho, era algo que cualquier
persona racional haría si quisiera la paz, al igual que hacemos en
otros casos, más esporádicos, en que precisamos de verdad
repeler la agresión. Si suponemos que se sabía todo esto, cada
uno puede hacer sus propias conjeturas. Personalmente doy por
sentado que los dos tercios mencionados se habrían convertido,
casi con toda probabilidad, en el 98% de la población. Y aquí
tenemos otro éxito de la propaganda. Es casi seguro que no había
ni una sola persona, de las que contestaron la pregunta, que
supiera algo de lo referido en este párrafo porque seguramente
pensaba que estaba sola. Por ello, fue posible seguir adelante con
la política belicista sin ninguna oposición. Hubo mucha discusión,
protagonizada por el director de la CIA, entre otros, acerca de si
las sanciones serían eficaces o no. Sin embargo no se discutía la
cuestión más simple: ¿habían funcionado las sanciones hasta
aquel momento? Y la respuesta era que sí, que por lo visto habían
dado resultados, seguramente hacia finales de agosto, y con más
probabilidad hacia finales de diciembre. Es muy difícil pensar en
otras razones que justifiquen las propuestas iraquíes de retirada,
autentificadas o, en algunos casos, difundidas por el Estado Mayor
estadounidense, que las consideraba serias y negociables. Así la
pregunta que hay que hacer es: ¿Habían sido eficaces las
sanciones? ¿Suponían una salida a la crisis? ¿Se vislumbraba una
solución aceptable para la población en general, la oposición
democrática iraquí y el mundo en su conjunto? Estos temas no se
analizaron ya que para un sistema de propaganda eficaz era
decisivo que no aparecieran como elementos de discusión, lo cual
permitió al presidente del Comité Nacional Republicano decir que
si hubiera habido un demócrata en el poder, Kuwait todavía no
habría sido liberado. Puede decir esto y ningún demócrata se
levantará y dirá que si hubiera sido presidente habría liberado
Kuwait seis meses antes. Hubo entonces oportunidades que se
podían haber aprovechado para hacer que la liberación se
produjera sin que fuera necesaria la muerte de decenas de miles
de personas ni ninguna catástrofe ecológica. Ningún demócrata
dirá esto porque no hubo ningún demócrata que adoptara esta
postura, si acaso con la excepción de Henry González y Barbara
Boxer, es decir, algo tan marginal que se puede considerar
prácticamente inexistente.

Cuando los misiles Scud cayeron sobre Israel no hubo ningún


editorial de prensa que mostrara su satisfacción por ello. Y otra
vez estamos ante un hecho interesante que nos indica cómo
funciona un buen sistema de propaganda, ya que podríamos
preguntar ¿y por qué no? Después de todo, los argumentos de
Sadam Husein eran tan válidos como los de George Bush: ¿cuáles
eran, al fin y al cabo? Tomemos el ejemplo del Líbano. Sadam
Husein dice que rechaza que Israel se anexione el sur del país, de
la misma forma que reprueba la ocupación israelí de los Altos del
Golán sirios y de Jerusalén Este, tal como ha declarado
repetidamente por unanimidad el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas. Pero para el dirigente iraquí son inadmisibles la
anexión y la agresión. Israel ha ocupado el sur del Líbano desde
1978 en clara violación de las resoluciones del Consejo de
Seguridad, que se niega a aceptar, y desde entonces hasta el día
de hoy ha invadido todo el país y todavía lo bombardea a
voluntad. Es inaceptable. Es posible que Sadam Husein haya leído
los informes de Amnistía Internacional sobre las atrocidades
cometidas por el ejército israelí en la Cisjordania ocupada y en la
franja de Gaza. Por ello, su corazón sufre. No puede soportarlo.
Por otro lado, las sanciones no pueden mostrar su eficacia porque
los Estados Unidos vetan su aplicación, y las negociaciones siguen
bloqueadas. ¿Qué queda, aparte de la fuerza? Ha estado
esperando durante años: trece en el caso del Líbano; veinte en el
de los territorios ocupados.

Este argumento nos suena. La única diferencia entre este y el que


hemos oído en alguna otra ocasión está en que Sadam Husein
podía decir, sin temor a equivocarse, que las sanciones y las
negociaciones no se pueden poner en práctica porque los Estados
Unidos lo impiden. George Bush no podía decir lo mismo, dado
que, en su caso, las sanciones parece que sí funcionaron, por lo
que cabía pensar que las negociaciones también darían resultado:
en vez de ello, el presidente americano las rechazó de plano,
diciendo de manera explícita que en ningún momento iba a haber
negociación alguna. ¿Alguien vio que en la prensa hubiera
comentarios que señalaran la importancia de todo esto? No, ¿por
qué?, es una trivialidad. Es algo que, de nuevo, un adolescente que
sepa las cuatro reglas puede resolver en un minuto. Pero nadie, ni
comentaristas ni editorialistas, llamaron la atención sobre ello.
Nuevamente se pone de relieve, los signos de una cultura
totalitaria bien llevada, y demuestra que la fabricación del
consenso sí funciona.

Solo otro comentario sobre esto último. Podríamos poner muchos


ejemplos a medida que fuéramos hablando. Admitamos, de
momento, que efectivamente Sadam Husein es un monstruo que
quiere conquistar el mundo —creencia ampliamente generalizada
en los Estados Unidos—. No es de extrañar, ya que la gente
experimentó cómo una y otra vez le martilleaban el cerebro con
lo mismo: está a punto de quedarse con todo; ahora es el
momento de pararle los pies. Pero, ¿cómo pudo Sadam Husein
llegar a ser tan poderoso? Iraq es un país del Tercer Mundo,
pequeño, sin infraestructura industrial. Libró durante ocho años
una guerra terrible contra Irán, país que en la fase
posrevolucionaria había visto diezmado su cuerpo de oficiales y la
mayor parte de su fuerza militar. Iraq, por su lado, había recibido
una pequeña ayuda en esa guerra, al ser apoyado por la Unión
Soviética, los Estados Unidos, Europa, los países árabes más
importantes y las monarquías petroleras del Golfo. Y, aun así, no
pudo derrotar a Irán. Pero, de repente, es un país preparado para
conquistar el mundo. ¿Hubo alguien que destacara este hecho? La
clave del asunto está en que era un país del Tercer Mundo y su
ejército estaba formado por campesinos, y en que —como ahora
se reconoce— hubo una enorme desinformación acerca de las
fortificaciones, de las armas químicas, etc.; ¿hubo alguien que
hiciera mención de todo aquello? No, no hubo nadie. Típico.

Fíjense que todo ocurrió exactamente un año después de que se


hiciera lo mismo con Manuel Noriega. Este, si vamos a eso, era un
gángster de tres al cuarto, comparado con los amigos de Bush,
sean Sadam Husein o los dirigentes chinos, o con Bush mismo. Un
desalmado de baja estofa que no alcanzaba los estándares
internacionales que a otros colegas les daban una aureola de
atracción. Aun así, se le convirtió en una bestia de exageradas
proporciones que en su calidad de líder de los narcotraficantes
nos iba a destruir a todos. Había que actuar con rapidez y
aplastarle, matando a un par de cientos, quizás a un par de miles,
de personas. Devolver el poder a la minúscula oligarquía blanca —
en torno al 8% de la población— y hacer que el ejército
estadounidense controlara todos los niveles del sistema político.
Y había que hacer todo esto porque, después de todo, o nos
protegíamos a nosotros mismos, o el monstruo nos iba a devorar.
Pues bien, un año después se hizo lo mismo con Sadam Husein.
¿Alguien dijo algo? ¿Alguien escribió algo respecto a lo que pasaba
y por qué? Habrá que buscar y mirar con mucha atención para
encontrar alguna palabra al respecto.

Démonos cuenta de que todo esto no es tan distinto de lo que


hacía la Comisión Creel cuando convirtió a una población pacífica
en una masa histérica y delirante que quería matar a todos los
alemanes para protegerse a sí misma de aquellos bárbaros que
descuartizaban a los niños belgas. Quizás en la actualidad las
técnicas son más sofisticadas, por la televisión y las grandes
inversiones económicas, pero en el fondo viene a ser lo mismo de
siempre.

Creo que la cuestión central, volviendo a mi comentario original,


no es simplemente la manipulación informativa, sino algo de
dimensiones mucho mayores. Se trata de si queremos vivir en una
sociedad libre o bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo
autoimpuesto, en el que el rebaño desconcertado se encuentra,
además, marginado, dirigido, amedrentado, sometido a la
repetición inconsciente de eslóganes patrióticos, e imbuido de un
temor reverencial hacia el líder que le salva de la destrucción,
mientras que las masas que han alcanzado un nivel cultural
superior marchan a toque de corneta repitiendo aquellos mismos
eslóganes que, dentro del propio país, acaban degradados. Parece
que la única alternativa esté en servir a un estado mercenario
ejecutor, con la esperanza añadida de que otros vayan a pagamos
el favor de que les estemos destrozando el mundo. Estas son las
opciones a las que hay que hacer frente. Y la respuesta a estas
cuestiones está en gran medida en manos de gente como ustedes
y yo.

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