Psicología Clínica y Psicoterapia: una problemática basada en la
evidencia
«- Profundice, Rubianes, profundice. No se quede en la tapa.
- Editorial Vicens Vives...»
Rubianes, solamente.
¿Se practica psicoterapia en el sistema nacional de salud? ¿Se puede considerar el psicólogo
clínico un psicoterapeuta sin más formación que la residencia PIR? ¿Quién puede llamarse a sí
mismo psicoterapeuta en España? ¿Qué diferencia la Psicología Clínica de la Psicoterapia? El
presente texto viene a plantear estas y otras cuestiones fundamentales y perennes desde la misma
creación de la especialidad en Psicología Clínica en nuestro territorio en 1998.
Para ello he considerado imprescindible repasar, aunque sea superficialmente, los orígenes de las
disciplinas Psicología Clínica y Psicoterapia a fin de tener claras las peculiaridades que arrastran
cada una de ellas y que, aún hoy en día, siguen siendo escollos importantes en su complicada
relación. Los temas que se tratará a continuación son necesariamente delicados y polémicos,
pues en el estado actual de nuestra Psicología Sanitaria es imposible analizar algo con cierta
profundidad y no ser identificado con alguno u otro grupo. Sirva por lo menos para que las
actuales y próximas generaciones de estudiantes se planteen estas cuestiones y den con nuevos
planteamientos y soluciones, que buena falta harán.
Como en el símil de George A. Kelly donde se compara la construcción personal de la visión del
mundo con las diferentes líneas de un metro urbano, aspiro a que al final del texto tenga usted
alguna parada intermedia más, a que aprecie más matices entre los grises. No hay situación
profesional cotidiana en la que no se desplieguen, de manera tácita o explícita, algunos de los
elementos que se tratarán a continuación. Animo a todo el que se acerque a este trabajo a leer
con atención todos los documentos que he analizado y resumido, a consultar las fuentes
primarias. Lamentablemente nadie le puede ahorrar esta tarea, y en mi opinión, como estudiante,
residente o profesional de la psicoterapia/psicología clínica es perentorio conocer el estado de
esta cuestión y hacerse una idea propia y particular de la misma.
Índice
I. ¿Qué es la Psicología Clínica?
a. Psicología Clínica Española
II. ¿Qué es la Psicoterapia?
a. Psicoterapia Española
III. Psicología Clínica y Psicoterapia: identidad y competencias
IV. Psicoterapia en el SNS
a. ¿Forma la residencia PIR en Psicoterapia?
b. ¿Se practica Psicoterapia en el SNS?
c. ¿Qué piensa la Psicología Clínica sobre la Psicoterapia?
V. Conclusiones y Opinión
a. Sin anclajes
b. Diagnóstico: ideología
c. Propuesta
d. Cierre
I. ¿Qué es la Psicología Clínica?
La Psicología Clínica es una de las ramas aplicadas de la Psicología, con un origen oficioso en
1896, año en el que Lightner Witmer abrió la primera clínica psicológica en la Universidad de
Pensilvania donde atendería a población infantil con dificultades de aprendizaje y socialización
(Juárez, 2016). Actualmente su objeto como disciplina abarca múltiples funciones, siendo la
principal la prevención y el tratamiento de condiciones que pudieran afectar a la salud mental de
las personas.
El estudio de su origen y desarrollo como disciplina puede contribuir a explicar algunas de las
tensiones actuales con otras ramas de la profesión, como la psicología académica, sobre todo en
su vertiente básica (Leahey, 2005). A pesar de su actual autoproclamación como una profesión
basada en la ciencia, su desarrollo no estuvo influido en un principio por los descubrimientos
científicos del núcleo duro de la Psicología, como la psicología experimental. Lejos de eso, su
origen se centró en la aplicación de tests y la práctica de tratamientos psicoterapéuticos sin
relación directa con la investigación básica. Fue en el congreso de Boulder en 1949 (Frank, 1984;
Benjamin y Baker, 2000) donde la Psicología Clínica realizó uno de sus intentos más importantes
para ganarse, por fin, la ansiada aura de cientificidad. Este modelo de formación aspiraba a que
el psicólogo clínico alcanzara un perfil científico-profesional, para el cual debía prepararse en un
programa de 4 años tanto en habilidades de investigación como clínicas.
Alrededor de este modelo surgieron defensores y detractores ante la posibilidad de que las
vertientes básica y aplicada fueran compatibles en la práctica real. Años más tarde, en 1973, en
un congreso celebrado en Vail (Colorado), se establecieron las bases para la creación del
doctorado en Psicología (PsyD), orígenes lejanos de lo que se propone actualmente como un
doctorado en Psicología Clínica, en el marco de una práctica basada en la evidencia (APA, 2006;
Beck y cols., 2014). Veamos el resumen, brutalmente actual, que se hace de este hecho histórico
en el manual clásico de “Historia de la Psicología” de Leahey:
“Sin embargo, se hacía evidente que pocos psicólogos clínicos llegaban a ser científicos, optando en su lugar
por la práctica privada o institucional de la psicoterapia. Los estudiantes de psicología clínica querían
ayudar a la gente y aprender a aplicar terapias, y consideraban aburrida la parte científica de su
formación. El modelo Boulder era cada vez más cuestionado y los psicólogos empezaron a considerar la
posibilidad de formar a los estudiantes únicamente como profesionales siguiendo el modelo de la educación
médica, así como revisar sus objetivos como científicos y profesionales a un tiempo. George W. Albee
argumentaba que, para empezar, los psicólogos clínicos habían cometido un error al tomar como modelo
a los médicos, cuando el papel que les correspondía era el de agentes de cambio social.” (Leahey, 2005)
Por suerte o por desgracia, la opinión de Albee fue minoritaria y la tendencia general ha sido el
acercamiento progresivo al modelo médico, donde la Psiquiatría tuvo por largo tiempo la
exclusividad en el tratamiento de patologías graves. La definición actual de la APA de Psicología
Clínica reza lo siguiente:
“La psicología clínica es la especialidad psicológica que brinda: atención continua e integral en salud
mental y conductual para individuos y familias; asesora a agencias y comunidades; formación, educación
y supervisión; y práctica basada en la investigación. Es una especialidad amplia -que incluye generalmente
la psicopatología grave-, y se caracteriza por la amplitud e integración de conocimientos y habilidades de
una amplia gama de disciplinas dentro y fuera de la psicología propiamente dicha”
Efectivamente, como veremos también plasmado en la definición española, la Psicología Clínica
va más allá del tratamiento psicológico, y no se trata de una rama científica como tal. En su
vertiente como disciplina, se puede concebir como un modelo organizacional, una visión política
que se da de forma particular en un momento y lugar determinados, y es mucho más maleable
que los conocimientos sólidos de las ciencias básicas de las que se alimenta. Comprender sus
particularidades en un momento dado tiene que ver más con conocer aspectos relacionados con
licencias, acreditaciones, competencias, tipos de gestión y financiación públicas, pruebas de
acceso y tensiones entre organizaciones. No extrañará, pues, que al revistar textos sobre el
origen de la Psicología Clínica nos encontremos más con un rastreo de la creación de diferentes
sociedades y el análisis de políticas gubernamentales que con una historia de conceptos, teorías
o métodos (Brems y cols., 1991; Watson, 1953).
Como profesión, la del psicólogo clínico, así también como el de psicoterapeuta o el de psiquiatra,
se contempla más como la de un tecnólogo* (Bunge, 1976, 2012; Tizón, 1992). Su práctica se
alimenta de conocimientos científicos, pero no es subsumida a éstos, y se diferencia de otros
oficios como la de los artesanos en que no basa toda su habilidad en una tradición heredada. Si
no se comprendiera debidamente las implicaciones de esta característica, ofuscaría a aquellos que
entienden la terapia psicológica como exclusiva y necesariamente ligada a la ciencia básica y
olvidan su función principal, procurar salud:
“(…) hablamos de una actitud en el desarrollo de una práctica cuyo objetivo sigue sin ser obtener
conocimiento - que es el de la ciencia - sino procurar salud, y cuyos resultados deben medirse en términos
de salud. El adoptarla ni nos convierte en científicos, ni legitima la aplicación a nuestra práctica de
conceptos y teorías pensados para la ciencia, ni nos exonera de la obligación de ocuparnos antes de la
utilidad de nuestras intervenciones que de lo acertado de nuestras observaciones.” (Fernández-Liria y
cols., 1997)
*Curiosamente, en Filosofía para Médicos (2012), el propio Bunge habla de ciencia aplicada para describir la
psicología clínica y de tecnología para caracterizar la terapéutica. En cualquier caso, las continuó diferenciando de
la ciencia básica: “investigar problemas de conocimientos usando el método científico para saber por saber”.
Entre la charlatanería y la medicina
No puede escapársele al lector que la reflexión anterior puede activar algunas de las
preocupaciones históricas de la disciplina. Principalmente el intrusismo de los charlatanes y otros
profesionales no psicólogos (esto es, los artesanos) y la impotencia científica. Los intentos de
solución contemplaron (y contemplan hoy en día) las acreditaciones oficiales, el acercamiento a
la medicina y/o a terapias lo más cercanas posible al método científico. Esta vulnerabilidad
histórica se sigue observando en la influencia actual del artículo de Eysenck (1952), de escasas 4
páginas, donde mostraba un correlación inversa entre tratamientos psicoterapéuticos
(psicoanálisis y eclécticos) y recuperación en pacientes con diagnósticos de “neurosis”.
Por el otro lado, el acercamiento a la medicina desde la Psicología Clínica puede constatarse en
la actualidad con el solapamiento de las funciones de la Psiquiatría:
“La Psiquiatría es la rama de la medicina que se ocupa del estudio, prevención, tratamiento y
rehabilitación de los trastornos psíquicos, entendiendo como tales tanto las enfermedades propiamente
psiquiátricas como otras patologías psíquicas, entre las que se incluyen los trastornos de personalidad.”
(Vallejo Ruiloba, 2015)
Además de en sus funciones, existe también un solapamiento histórico. Esquemáticamente las
historias de las dos disciplinas comparten la descripción de cómo entendían la enfermedad mental
(sufrimiento humano) y su terapéutica (su alivio o resolución) las diferentes sociedades a lo largo
del tiempo. No obstante, esta postura puede llevar a una confusión problemática. La Psiquiatría
y la Psicología Clínica tienen orígenes lejanos alrededor de esas dos cuestiones, pero éstos le son
propios a la Psicopatología y la Psicoterapia (causas distales que diría Eysenck). La Psiquiatría
y Psicología Clínica no son el desarrollo necesario, inevitable y último que dan respuestas a esas
cuestiones, son el armazón administrativo y profesional elaborado hasta el momento.
Otras Psicologías Clínicas
Como hemos comentado más arriba, existen tantas Psicologías Clínicas como contextos, y aun
con sus singularidades, también se dan influencias entre aquéllas y las actuales. Por ejemplo, en
“Functions and Training of the Clinical Psychologist” (1959), Hans Eysenck sentaba las bases de lo
que sería la formación y funciones de un psicólogo clínico en Inglaterra, y aprovechaba la ocasión
para desmarcarse de algunas políticas de la americana Veterans Administration (VA). Entre
otras cosas defendía: la subespecialización (“inevitable en el estudio de la enfermedad mental”, decía),
el trabajo en equipo entre psiquiatras, trabajadores sociales y psicólogos clínicos, una duración
de 4 años de residencia en la que se incluía básicamente formación en evaluación diagnóstica e
investigación, la integración de esta formación en departamentos universitarios y la no inclusión
de elementos terapéuticos relacionados con el enfoque psicoanalítico como el análisis personal
del terapeuta.
El estudio de este magnífico documento nos sirve para recordar varias cosas: i) las ideas de una
o varias personas pueden influir a generaciones enteras de profesionales, sean o no éstas
conscientes de esta influencia; ii) todo lo que planteó y asoció Eysenck para esa Psicología Clínica
nació de ideas concretas sobre psicopatología y terapéutica; y iii) uno puede desmantelar cada
una de esas ideas y ponerlas en cuarentena siempre que lo considere oportuno, al margen de todo
el aparato que se construye alrededor en un principio. Éstas son susceptibles de revisión, aunque
para ello sea necesario identificarlas separadamente en primer lugar.
Otro ejemplo de cuan viejos pueden ser algunos anclajes es la postura de la VA sobre la función
del psicólogo clínico en los años 40:
“El psicólogo clínico realizará la terapia individual o grupal bajo la dirección del neuropsiquiatra
responsable. Esto significa que el neuropsiquiatra primero revisará el caso y decidirá si es el tipo de
problema que razonablemente puede ser manejado por un psicólogo clínico. Si el caso involucra campos
como el reajuste de hábitos; problemas de personalidad dentro del rango normal; discapacidades educativas
como defectos de lectura, problemas del habla o dificultades similares que requieran reeducación; o
condiciones psiconeuróticas relativamente menores sin componentes somáticos importantes, los pacientes
pueden ser derivados a un psicólogo clínico para un tratamiento individual o grupal " (Miller, 1946)
¿Cómo es la Psicología Clínica en España?
En España, concretamente, la Psicología Clínica tiene forma de especialidad sanitaria a imagen
y semejanza del Médico Interno Residente (MIR), y como éste, está imbuido en el Sistema
Nacional de Salud (SNS). La historia de su creación puede encontrarse, por ejemplo, en “El
proceso de construcción de la psicología clínica en España” (2011) de Miguel Anxo-García y Begoña
Olabarría. Estas y otras personas consiguieron a lo largo de las décadas de los 80 y 90 la
equiparación de la figura del psicólogo clínico a la del médico psiquiatra y, con ello, el impulso
definitivo en la reforma psiquiátrica en nuestro país (Ministerio de Sanidad, 1985; Capellá, 2001).
Este texto constituye, además, un interesantísimo relato también del desarrollo inicial del propio
SNS, de las facultades de Psicología y de la creación de las organizaciones relevantes actuales
como la AEN (Asociación Española de Neuropsiquiatría), el COP (Colegio Oficial de Psicología),
la AEPCP (Asociación Española de Psicología Clínica y Psicopatología) y ANPIR (Asociación
Nacional de Psicólogos Clínicos y Residentes).
Con ánimo de entender su estructura y funcionamiento actual se ha optado por describir sus
principios básicos y su materialización formal (Programa Formativo; Especialidad; Cartera de
Servicios; Característica prueba de acceso; Resumen para Residentes):
Principios básicos:
- Especialidad sanitaria a imagen y semejanza del MIR, y por lo tanto imbuida en el SNS,
en un entorno eminentemente hospitalario aunque con un acercamiento progresivo a la
atención comunitaria.
- Atención en Salud Mental (SM) como una prestación más del servicio sanitario público,
compatible con un modelo socialdemócrata de gestión sanitaria (universalidad, equidad,
eficiencia, solidaridad y normalización). Se dan por eso excepciones de gestión privada
concertada en ciertas regiones como la catalana (Capellá, 2001). La actuación del clínico
contempla el entorno privado, pero por el contexto formativo y asistencial, y por los
principios mencionados, su entorno natural es la pública.
- Se concibe la salud y la enfermedad como procesos complejos en los que intervienen, en
distintos momentos y en diferentes niveles causales, factores tanto psicológicos, como
sociales y biológicos. Asume el enfoque biopsicosocial.
- Se apoya en procedimientos de investigación científica contrastados y contrastables.
Materialización:
- Acreditación. Se acredita como psicólogo especialista en psicología clínica (PEPC) todo
aquel que supera con éxito los 4 años de formación en alguna de las Unidades Docentes
Acreditadas del territorio español que tienen capacidad para impartirla (Mesa Catalana,
2017). Estas Unidades Docentes Multidisciplinares (Psiquiatría, Psicología Clínica y
Enfermería) son aprobadas por la Comisión Nacional de la Especialidad Sanitaria de
Psicología Clínica, que cuelga a su vez del Consejo Nacional de Especialidades en
Ciencias de la Salud, y que es órgano consultivo del Ministerio de Educación y Cultura
y del Ministerio de Sanidad y Consumo.
- Acceso a la formación y Residencia PIR. El acceso a la residencia PIR tiene forma de
oposición en el que se valora con un 10% el expediente académico durante el grado de
Psicología y con un 90% el resultado de un examen estatal. Actualmente se ofertan
anualmente 189 plazas para unos 4000 aspirantes. Los que consiguen una de las plazas
realizan una residencia de 4 años como trabajadores en formación, incluido un salario
incrementado anualmente.
- Competencias. El PECP tiene competencias, en el ámbito clínico-asistencial, para la
promoción, la prevención, evaluación, diagnóstico y tratamiento de trastornos y
enfermedades mentales, así como cualesquiera otros problemas que puedan incidir en la
salud mental y física de las personas, tanto en el entorno público como en el privado.
Además, la formación capacita en los ámbitos de Dirección, Administración y Gestión y
Docencia e Investigación.
“El campo de acción de la Psicología Clínica abarca la investigación, explicación, comprensión, prevención,
evaluación, diagnóstico, tratamiento y rehabilitación de los trastornos mentales, así como de los fenómenos
y procesos psicológicos, comportamentales, y relacionales que inciden en la salud y la enfermedad de las
personas, desde una concepción integral y multi-determinada de la salud y enfermedad humanas. Para ello
se vale de procedimientos de investigación científica contrastados y contrastables.”
El solapamiento antes señalado con la Psiquiatría es fehaciente de nuevo, en la descripción del
campo de acción de la disciplina en el programa formativo oficial. La Psiquiatría asume por
entero el enfoque biopsicosocial, la psicoterapia y comparte el objetivo como disciplina de la
Psicología Clínica, aunque tiene como herramientas terapéuticas extras la psicofarmacología, el
diagnóstico por neuroimagen y otras intervenciones biológicas (Programa Formativo
Psiquiatría).
El programa del PIR especifica un 15-20% de formación teórica (unas 1000-1500 horas),
implementada a través de sesiones clínicas, sesiones bibliográficas, talleres y seminarios, en las
que se imparten los siguientes contenidos:
Formación general transversal:
- Bioética
- Organización y legislación sanitaria
- Gestión clínica
- Metodología de la Investigación
Formación teórica general en psicología clínica:
- Marcos conceptuales, legales e institucionales
- Psicología Clínica Legal y Forense
- Proceso de la investigación científica
- Evaluación y diagnóstico clínicos
- Clínica de los trastornos y enfermedades mentales y del comportamiento
- Psicoterapia y los procedimientos de la intervención y tratamiento psicológico.
La formación en Psicoterapia se plasma de una manera algo caótica y ambigua salpicando el
texto con el vocablo “psicoterapia”, emparejándolo arbitrariamente con el de “tratamiento
psicológico” o “procedimiento de intervención”, y haciendo hincapié en tratamientos basados en
la evidencia y la eficacia terapéutica. No trata de definirla en ningún momento y, por ejemplo,
no se habla ni de orientaciones (salvo de “procedimientos cognitivo-comportamentales”) ni de
terapia personal. Más concretamente el contenido en esta área sería el siguiente:
- Proceso terapéutico y habilidades psicoterapéuticas.
- Habilidades y estrategias de comunicación.
- Eficacia terapéutica y análisis de la eficacia diferencial de las terapias psicológicas.
- La eficacia de los tratamientos psicológicos, los tratamientos farmacológicos y los
tratamientos combinados.
- Psicoterapia y procedimientos cognitivo-comportamentales de intervención y tratamiento
psicológico.
- Promoción de la salud mental, con acciones encaminadas a contextualizar los trastornos
mentales dentro de las enfermedades en general con especial énfasis en la lucha contra el
estigma y la discriminación.
- Niveles de intervención en psicoterapia
A nivel asistencial, la Psicoterapia se incluyó legalmente en la Cartera de Servicios Comunes del
Sistema Nacional de Salud en 2006 (Real Decreto 1030/2006), excluyendo el psicoanálisis y la
hipnosis. En esta cartera se establecen las prestaciones obligatorias en el SNS, y la inclusión
formal de alguna nueva se contempla como medida para asegurar su oferta, sin que implique que
con anterioridad se hubiera incorporado en la práctica clínica. Comentaremos luego el contraste
entre este desiderátum, formativo y asistencial, y su implementación real en la actualidad.
II. ¿Qué es la Psicoterapia?
La Psicoterapia, aun tecnología como la Psicología Clínica, no nace como rama científica aplicada
de la Psicología, y aunque su origen sí coincide temporalmente (en torno al 1980), sus influencias
originales están más cercanas a la Psiquiatría. Además de la hipnosis y el psicoanálisis como
hitos de su despegue formal, se suele hablar de los siguientes enfoques psicoterapéuticos, de los
que derivarían multitud de subescuelas: Terapias Psicodinámicas, Terapia Cognitivo-
Conductual, Terapia Sistémica/Familiar, Terapia Humanista, Terapia Constructivista y
Terapias Integradoras. Las profesiones asociadas a la práctica de la Psicoterapia, en diferente
proporción según la escuela, han sido típicamente la psiquiatría, la psicología, trabajador social
y enfermería.
Ha habido casi tantas definiciones de Psicoterapia como autores que han teorizado sobre ella
(Mahoney, 1995), pero posiblemente la más amplia y descriptiva sea la de Jerome Frank. Ésta
da cuenta de una actividad de un tipo muy especial, una relación de ayuda, y nos sirve para
observar la diferencia con la Psicología Clínica, que sería una construcción alrededor de esta
actividad:
“La Psicoterapia es una interacción planificada, cargada emocionalmente, y de confianza, entre una
persona que cura, entrenada y sancionada socialmente, y otra que sufre. A lo largo de esta interacción el
que cura busca aliviar el dolor y el malestar del que sufre a través de comunicaciones simbólicas,
fundamentalmente palabras, aunque a veces también a través de actividades corporales. El que cura puede
hacer participar o no a los familiares del paciente, o a otros, en sus rituales de cura. La Psicoterapia incluye
también ayudar al paciente a aceptar y soportar el sufrimiento como un aspecto inevitable de la vida que
se puede utilizar como una oportunidad para el crecimiento personal” (Frank y Frank, 1993)
Ha sido el mayoritario ejercicio liberal de la Psicoterapia, esto es, en un entorno privado, lo que
ha permitido la gran explosión de propuestas durante las últimas décadas, y algunas de ellas
lejos de ninguna apoyadura sobre su cientificidad (incluso en ocasiones huyendo activamente de
ella) (Liria y cols., 1997; Olabarría, 2020). Aun así, cabe señalar algunas excepciones históricas
en la relación Psicoterapia – Instituciones Públicas; en García Ibáñez (2007) puede verse un
desarrollo sobre esta cuestión.
Las propuestas para ordenar y clasificar las distintas escuelas son casi tan numerosas como éstas,
y en las últimas décadas se ha visto con recelo su excesiva propagación. Las críticas habituales
son la construcción artificial de modelos nuevos con afán lucrativo y la deriva pseudoterapéutica
de algunos de ellos, por lo que algunos autores apuestan por algún tipo de integración, en alguna
de sus múltiples versiones, como vía de solución definitiva (Fernández-Álvarez, 2020; Botella,
2017; Gimeno-Peón y cols., 2018).
La Psicoterapia, en definitiva, tiene raíces prácticamente inescrutables, pues existen tantas
psicoterapias como practicantes, y su intento de sistematizarlas es un ejercicio meramente
académico, expositivo. Incluso aunque el practicante defienda a ultranza estar siendo un fiel
siervo del modelo madre, aplica sin saber multitud de elementos personales. Si bien Szasz lo
exclamaba en un sentido nihilista, se le puede invocar para enfatizar la inevitable individualidad
de la práctica psicoterapéutica:
“Cada método o escuela de psicoterapia es, por consiguiente, un sistema de ética aplicada volcado en el
idioma del tratamiento; cada uno refleja la personalidad, valores y aspiraciones de su fundador y sus
practicantes” (Szasz, 1978)
Gracias a ese hiperdesarrollo han llegado a nuestros días, en múltiples formatos, los pensamientos
y prácticas terapéuticas de multitud de autores sin tamiz alguno de cientificidad. Hoy en día es
posible aprender junto a Jay Halley, Salvador Minuchin, Abraham Maslow, Irvin Yalom y
Virginia Satir sin que aparezcan en guías clínicas, y sin previo paso por validación empírica. Como
hemos visto anteriormente, si la tecnología no tiene un ojo puesto en la ciencia acaba siendo algo
más parecido a la artesanía, con su fe en otros tipos de mecanismos de acumulación y selección
de conocimiento (Fernández-García y Gimeno-Peón, 2019). Y es precisamente esta cuestión
tabú la que asusta, y cada cual (profesión, modelo, o individuo) tiene sus herramientas para
eludirla.
La mayoría de propuestas de Psicoterapia nacen, además de con una epistemología, ética y
psicopatología determinadas, como alternativas a lo establecido en cada momento para el
tratamiento de patologías de todo tipo y de distintos niveles de gravedad (histeria, psicosis,
trastornos de ansiedad, depresión, etc.). Más allá de la eficacia que haya probado cada modelo
para cada problemática, no debe confundirse la Psicoterapia con el desarrollo personal o métodos
para el aplacamiento de problemáticas leves. O al menos no exclusivamente. Este será uno de los
puntos de conflicto con la Psicología Clínica, la cual arguye criterios de indicación o gravedad
(“trastorno” o “enfermedad” mentales) como razones para delimitar sus competencias.
Por último, y antes de analizar la situación de esta disciplina en España, es necesario introducir
un matiz semántico. Por Psicoterapia se suelen entender todos los modelos antes citados, no
obstante, los profesionales vinculados a la Terapia de Modificación de Conducta (o la Terapia
Cognitivo-Conductual) pueden no identificarse con este término, y a efectos del siguiente
apartado tienen sus propias asociaciones, con demandas y criterios de acreditación diferentes
(SCRITC, SAVECC, EABCT, BACB).
¿Cómo es la Psicoterapia en España?
En España la Psicoterapia no está regulada; su actividad se considera alegal. Es importante
señalar la diferencia entre acreditación, capacitación y habilitación. En nuestro país acreditan
diferentes asociaciones, capacitan centros privados y públicos y no habilita nadie para ser
psicoterapeuta. Las acreditaciones y certificaciones oficiosas han sido históricamente el paso
previo a la legitimización de una práctica profesional, utilizándose como presión a las
administraciones y como símbolo de identificación del colectivo en cuestión (Bas, 1998; Knobel
Freud, 2020).
Las asociaciones que expiden algún tipo de acreditación como psicoterapeuta en España son las
siguientes:
- La FEAP (Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas), con su
correspondiente europeo EAP (Asociación Europea de Psicoterapia)
- La FEATF (Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar)
- Los Colegios Oficiales de Psicología, con su correspondiente europeo EFPA (Federación
Europea de Asociación de Psicólogos)
- La AEN (Asociación Española de Neuropsiquiatría)
- ABA España, con su correspondiente internacional BABC (Behavior Analyst
Certification Board)
- Algunos Colegios de Médicos (Barcelona y Madrid)
- SCRITC (Societat Catalana de Recerca i Teràpia del Comportament), con su
correspondiente europeo EABCT (*European Association of Cognitive and
Behavioural Therapies)
*Aquí se incluiría la Asociación EMDR España y la SETEPT, la Sociedad Española de
Especialistas en Estrés Postraumático
Las principales diferencias entre estas acreditaciones se dan en lo que entiende cada asociación
como necesario para: i) acceder a la formación y ii) el contenido de dicha formación (Pereira,
1998, 2015). Resumo a continuación estos requisitos para que se haga una idea el lector:
Requisitos mínimos de acceso:
- Ser médico o psicólogo (AEN contempla otra acreditación para “intervenciones
psicoterapéuticas” para profesionales de otras titulaciones)
- Ser un profesional del área socio-sanitaria (FEATF, FEAP con requisitos añadidos)
- Estudios universitarios de al menos 3 años (EAP)
- Licenciados en Medicina (Colegio médicos Madrid)
- Psiquiatras con formación en Psicoterapia (Colegio médicos Madrid y Barcelona)
- Psicólogos colegiados (COP)
Requisitos de formación:
- Duración de la formación: de 3 a 4 años de forma integral
- Formación teórica-práctica: ronda de 300 a 600 horas, con la excepción de las 3200 horas
exigidas por la EAP, aunque incluyendo la formación universitaria
- Supervisión: de 100 a 150 horas de supervisión
- Trabajo personal: de 50 a 300 horas de terapia personal. Opcional en el caso de la
EABCT
Por último, señalar que bajo el paraguas organizacional de la Psicoterapia (podemos ver aquí las
secciones de la FEAP y las asociaciones adscritas) encontramos corrientes o escuelas tan diversas
y controvertidas como la Terapia Bioenergética, la Terapia Gestalt, la Terapia Integradora
Humanista, las Constelaciones familiares, todo tipo de escuelas Psicoanalíticas más o menos
ortodoxas y la Terapia Familiar Sistémica.
En el año 2016 FEAP, AEN y FEATF llevaron a cabo un Registro Nacional de Psicoterapeutas
en el que es posible la búsqueda de profesionales por población atendida, modelo de trabajo y
localidad.
III. Psicología Clínica y Psicoterapia: historia compartida, identidad y
competencias
Historia compartida truncada
Aun siendo dos disciplinas claramente diferenciadas la norma histórica ha sido la de una relación
provechosa; la Psicología Clínica siendo la estructura organizacional, normalmente a nivel
estatal, y la Psicoterapia el depósito colectivo de conocimiento teórico-práctico. Además, por su
ánimo de cientificidad, aquélla ha querido extraer de ésta todo su valor filtrándolo empíricamente
(con los peligros de pervertirla durante el proceso). Con la llegada de la revolución
psicofarmacológica esta relación cambia, provocando un distanciamiento y asumiendo
posteriormente la Clínica sus mismo métodos para demostrar su eficacia (ensayos aleatorizados,
efecto placebo, se “aplica” una intervención terapéutica cual píldora, etc.) (Fernández-Liria,
2019).
Es difícil saber hasta qué punto ese fenómeno sigue interfiriendo en la relación entre las dos
disciplinas, especialmente en nuestro país, segundo en el ranking mundial de consumo de
benzodiacepinas y el de antidepresivos continuando al alza (Infosalus, 2018; El Periódico, 2019).
El caso es que se sigue teniendo que demostrar que la intervención psicológica es
eficaz/efectiva/eficiente, aun con métodos que le van a la contra como el protocolizar algo
necesariamente idiográfico (González-Blanch y cols., 2017; Infocop, 2017).
El riesgo de entrar en la puja por ser un tratamiento empíricamente validado más es el de acabar
creyendo que los fondos públicos se invierten en función de los resultados de una investigación,
cuando es decididamente una voluntad política. Peor todavía, no sólo adiestramos a las
administraciones haciéndoles creer que un tratamiento es aplicar un protocolo, sino que lo
acabamos creyendo nosotros mismos. Por aclararlo tajantemente, la Psicoterapia no es
psicoeducación (y no, tampoco lo es la Terapia de Modificación de Conducta o la Terapia
Cognitivo-Conductual).
Identidad y competencias
Una vez hemos visto las diferencias históricas y actuales de estas dos profesiones podemos
comenzar a contestar a algunas de las preguntas de la introducción. En España pues, se puede
ser:
- Psicólogo Clínico (PEPC)
- Psicólogo Clínico (PEPC) + Psicoterapeuta Acreditado
- Psicoterapueta Acreditado (incluyendo aquí la formación de origen, que no siempre es
la de psicólogo)
Tanto en el entorno público como en el privado el Psicólogo Clínico es el único que, por ley, está
habilitado para la “evaluación, el diagnóstico, el tratamiento y la rehabilitación de los trastornos
mentales, emocionales, relacionales y del comportamiento” (RD 2490/1998). El que esté acreditado o
no como psicoterapeuta, por lo menos por ahora, no le atribuye ninguna competencia o función
adicional ni en la pública ni en la privada. En realidad, cualquiera puede autodenominarse
psicoterapeuta sin que suponga un delito, por lo que podría usar esa coletilla extra sin
repercusión práctica o legal alguna (Pereira, 2015; Knobel Freud, 2020; Ejemplo de alguien no
acreditado que ejerce).
Por otro lado, el Psicoterapeuta acreditado no podría realizar ninguna evaluación o intervención
sobre ningún aspecto que tenga que ver con la Salud Mental. Únicamente si se es Psicólogo
General Sanitario (PGS), y siempre con esta titulación en mano, podría realizar intervenciones
psicológicas únicamente si el consultante no requiriese de una atención especializada. Esto es,
cuando no se detectara algún trastorno o enfermedad mental (Ley 33/2011). Más allá del debate
sobre las competencias del Psicólogo General Sanitario (PGS), que queda fuera de los propósitos
de este texto, se dan algunas realidades incómodas sobre esta cuestión (Contencioso; Respuesta
subdirección Gral. Ordenación Profesional):
- En la práctica privada, ya antes de las últimas resoluciones legales mencionadas, se
practicaban intervenciones psicológicas en problemáticas a nivel de trastorno, con o sin
la titulación de PGS. Al margen la también conocida actividad psicoterapéutica de otros
perfiles no sanitarios, como trabajadores o educadores sociales (véase Comunidades
Terapéuticas, Servicios Sociales, centros privados de hospitalización y todo tipo de
organizaciones del tercer sector). Podríamos preguntarnos si protegen más al paciente
las leyes sanitarias o la supuesta y autoatribuida superioridad científico-moral de
algunos modelos. O incluso si hace falta siquiera protegerles de nada o a base de licencias
(Szasz, 1996).
- El debate legal, estéril, pues no cambia la realidad que se acaba de señalar, gira en torno
a cuestiones psicopatológicas. Que el umbral para que actúe o no un especialista sea el
de “trastorno” es demasiado ambiguo. Es más, necesariamente es una cuestión de cada
profesional (aquello del criterio clínico), e incluso parte de la Psicología Clínica podría no
estar trabajando actualmente con esa clase de categorías (Johnstone y cols., 2017;
Seikkula y cols., 2016).
- Se trata de una batalla de intereses entre grupos profesionales, no sobre los derechos de
los pacientes. La acreditación y la habilitación obedecen, como ha sucedido
históricamente, para asegurarse parte de la tarta asistencial: los psicoterapeutas se
quieren distanciar de los charlatanes y los clínicos de algunos psicoterapuetas. Por
ejemplo, si a los clínicos nos preocupara las personas atendidas en el entorno privado
abogaríamos por la regulación de la psicoterapia o denunciaríamos públicamente la
actuación de PGS o psicoterapeutas que se ofrecen para el tratamiento de entidades fuera
de su rango de competencias. Si los no clínicos creyeran mínimamente en la sociedad del
bienestar hubieran apostado hace lustros por ayudar a desarrollar la especialidad.
Por lo que respecta a la naturaleza dual del psicólogo clínico psicoterapeuta debe analizarse desde
una cuestión identitaria. Éste actúa en el entorno público como clínico por el mismo contexto,
incluso aunque reniegue de ciertos aspectos de la disciplina. En el entorno privado actúa como
psicoterapeuta si su proceder se basa principalmente en una fe sobre la tradición y el
conocimiento heredado por tal escuela o por su propio método integrador. En cambio, lo hará
como clínico si, aún actuando fuera de la pública, procede consecuente con los elementos propios
de la Psicología Clínica de ese momento (por ejemplo, en enfoques entorno a la Psicología basada
en la evidencia o utiliza lenguaje y diagnósticos psiquiátricos). De nuevo es evidente que hay
casos intermedios, pero creo que es oportuna la distinción, más teniendo en cuenta que el mayor
porcentaje clínicos en nuestro país actúa en el entorno privado (Noticia Voz Pópuli).
El próximo epígrafe trata la cuestión sobre si en el SNS se ofrece psicoterapia y en qué
condiciones. Es difícil ver este debate en el entorno privado, prueba de que se da por supuesto
que se practica y que es su hábitat natural. Allí la calidad de la formación la decidirán por
mecanismo de salida los propios estudiantes interesados (muchos de ellos clínicos), y la cantidad
y calidad asistencial psicoterapéutica en la privada es tan misteriosa como lo es en el SNS.
Veámoslo con mayor detalle.
IV. Psicoterapia en el SNS
¿Forma la residencia PIR en Psicoterapia?
Para contestar afirmativamente a esta pregunta debería poderse establecer lo siguiente:
i) El programa de formación es explícito en los contenidos sobre Psicoterapia
ii) Su efectiva aplicación es susceptible de evaluación, además de para probar el punto
anterior, para poder mejorarlo recursivamente
Pues bien, hemos visto con anterioridad la ambigüedad con la que se explicitan los contenidos
sobre Psicoterapia en el programa de formación, por ejemplo, alternando indistintamente ésta y
Psicología Clínica basada en la evidencia, que no habría que confundir. Como cada Unidad
Docente Acreditada tiene la obligación de desarrollar el programa de formación y adaptarlo a
sus unidades y profesionales, la tarea consistiría pues en un estudio pormenorizado del contenido
de cada programa. Analizando algunos de los publicados suelen ser una ampliación de las tareas
del residente en cada rotación y unidad, en los que sigue sin concretarse contenidos sobre
Psicoterapia (programa Hospital Clinic; programa Benito Menni). A falta de ese estudio que
nunca se ha llevado a cabo, Olabarría, asesora del Ministerio de Sanidad y una de los artífices de
la creación de la especialidad como hemos visto más arriba, comenta lo siguiente en un reciente
artículo:
“En los programas formativos de los Servicios de Salud Mental que obtienen la condición de Unidades
Docentes Acreditadas (UDAs) para la formación de estos especialistas, no está incorporada de manera
adecuada/suficiente la Psicoterapia, que, sin embargo, se realiza en dichos Servicios Públicos.”
(Olabarría, 2020)
Por otro lado, y en mi opinión, la carga de la prueba la tendrían quienes afirman que sí se forma
debidamente en Psicoterapia, por lo que no haría falta contraprueba. Este trabajo no deja de ser
un ejercicio en ese sentido, que viene a llenar un vacío administrativo. Además, es necesario
insistir en que es problemático confundir formación en Psicoterapia con formarse debidamente
para trabajar en un contexto determinado, esto es, en el SNS. Recordemos que el programa, que
forma a nivel de especialista, capacita en principio también para trabajar de psicooncólogo,
neuropsicólogo y psicólogo infantil, y que tarde o temprano ha de justificarse esa capacitación.
Justificar más o menos objetivamente, no mediante la experiencia. Por suerte Olabarría, al ser
psicoterapeuta sistémica tiene esa doble sensibilidad, y reconoce abiertamente un déficit que
algunos niegan.
Evidente por sí mismo, pero difícil de mostrar objetivamente, es el hecho de que la gran mayoría
de los residentes realiza másteres en paralelo a la residencia en alguna escuela de Psicoterapia
(Sistémica, Estratégica Breve, Gestalt, Grupoanálisis, ACT, etc.) además de numerosos cursos
donde se acreditan en técnicas concretas o en instrumentos de evaluación (Mindfulness, EMDR,
Mentalización, Entrevista Motivacional, Psicopatología Psicoanalítica, ADIR/ADOS, etc.).
Como esto no es una revista científica, sino un blog personal, apelaré al sentido común y la
experiencia compartida como elementos suficientes para dar por válido este hecho.
Ante la posibilidad de que efectivamente la residencia PIR no forme en Psicoterapia se dan
básicamente dos posturas: la negacionista y la de laissez faire. En la primera se asume que ya la
propia práctica en el SNS se considera Psicoterapia, que no son necesarias las escuelas ni su
regulación, por lo que vendría a ser una asimilación total por parte de la Psicología Clínica de
aquélla. Una posición anexada a esta defendería la integración ateórica como el enfoque
formativo en el SNS. Esta posición tendría una opositora en la misma Olabarría:
“Los profesionales que ejercen la Psicoterapia requieren una formación y una capacitación específica, no
basta con ser psiquiatra o psicólogo clínico para ejercer la Psicoterapia. Debe requerirse una formación
específica añadida en Psicoterapia para poder ejercer con responsabilidad clínica como facultativos
especialistas de los Servicios de Salud Mental del SNS.” (Olabarría, 2020)
La segunda solución, el laissez faire, pasa por entender el programa como algo necesariamente
general, dejando libertad para que cada unidad docente lo implemente como buenamente pueda.
Esto trae a su vez varios problemas. El primero es que seguiríamos sin poder dar respuesta a la
pregunta, teniendo que analizar la experiencia individual de cada residente. Poco sentido tendría
hablar de una formación en psicología clínica española. La segunda objeción pasaría por entender
que efectivamente se forma en psicoterapia, de forma muy variada, aunque organizada, a nivel
de unidad docente. Luego, cabría preguntarse si no habría que achacarse este mérito al bagaje
propio de cada adjunto en Psicoterapia (bagaje que, por cierto, como hemos señalado, habría sido
recibido formalmente en el ámbito privado). Evidentemente aquí hay una superposición
difícilmente resoluble, pues la puesta en práctica de lo impartido teóricamente en los másteres
se realiza mayormente en el circuito público, por lo que esta parte podría atribuírsele a la
residencia.
Si la primera postura, la de la asimilación de la Psicoterapia por parte de la Psicología Clínica, es
más un deseo que se da en círculos concretos, opino que es la segunda la prevalente. Aunque no
se pueda hablar de una formación psicoterapéutica organizada y promovida por el programa
formativo, sí se rota con numerosos adjuntos (no sólo psicólogos/as clínicos/as) que trabajan
con uno u otro modelo psicoterapéutico. El hecho de que haya tanta diversidad entre ellos explica
que la mayoría de residentes de psicología clínica, al menos los de la generación actual, se
consideren eclécticos (Prado-Abril y cols., bajo revisión).
¿Se practica Psicoterapia en el SNS?
La intervención psicológica, llámese tratamiento psicológico o psicoterapia, es la herramienta
principal del Psicólogo Clínico. Se da por supuesto que sí se practica Psicoterapia en el SNS,
sobre todo en unidades de hospitalización parcial (Parrabera y cols., 2019; González-Torres,
2019; Mas, 2019; Fernández-Liria y cols., 1997; COPM, 2013). La pregunta sería más bien si las
condiciones de la red de Salud Mental pública son idóneas para llevarla a cabo. El complejo
sistema de salud mental, con todas las peculiaridades por regiones, centros y unidades, hace muy
difícil contestar a esta pregunta con rotundidad. A esto se le suma su diseño tendente a la
centralización y su opacidad con los datos respecto la actividad en materia de asistencia
psicológica.
Uno de los factores fundamentales para conocer esas condiciones es el tener acceso, con detalle,
al estado de las listas de espera y la periodicidad con la que se realizan las consultas psicológicas,
así como al número de facultativos especialistas activos en todo el territorio. Pues bien, valga
como síntoma patognomónico de una enfermedad sistémica, la petición que realizó el Defensor
del Pueblo el pasado 2 de enero de este mismo año 2020 acerca de la necesidad de una evaluación
específica sobre el estado de la atención psicológica en el SNS (Queja Atención Psicológica en el
SNS). Del análisis pormenorizado de este expediente, abierto ya por 2018, y dirigido al
Ministerio de Sanidad, las comunidades autónomas e Ingesa (Instituto Nacional de Gestión
Sanitaria), se desprende lo siguiente:
- Se desconocen el número de psicólogos especialistas en psicología clínica. El informe
denuncia datos heterogéneos y/o incompletos, comunidades que directamente no lo
facilitan y de los que tiene información debe suponer que se trata del mismo perfil de
cualificación profesional. Se calcula que en 2018 había una ratio de 6 psicólogos por cada
100 000.
A falta de la publicación definitiva del Registro Estatal de Profesionales Sanitarios, se han llevado
acabo distintos estudios en los que se calcula ese número de PEPCs, divergencias incluidas (Duro,
Ballescà, Duro). Se barajan desde los 9000 en activo, hasta los pesimistas 5000. El número de
clínicos actuales en el SNS se puede inferir a través de la población española y la ratio calculada
en 2018: 2816.
En el informe no se habla de ratios europeas, pero en los distintos medios de comunicación y los
trabajos citados se calcula 18 por cada 100 000 habitantes, ratio que es analizada en este trabajo
de González-Blanch (2020).
- “Las respuestas de las diferentes administraciones no ponen de manifiesto una especial necesidad
o previsión concreta de incrementar el ritmo de dotación de profesionales psicólogos en los
servicios de salud en los próximos años”. Algunas aduciendo la labor suficiente de médicos
de Atención Primaria (AP) y el personal de enfermería para atender problemas de salud
mental menos graves, y otras que la población no demanda mayor atención psicológica
en AP.
Para los gestores de ciertas comunidades recordar que ya en la Reforma de la Asistencia
Psiquiátrica de 1985 se hablaba en estos términos:
“Procurar que la atención en salud mental sea considerada en el mismo rango que otras especialidades,
incluyéndola en la asistencia sanitaria general; basar la atención en salud mental en la atención primaria
de salud como primer eslabón básico, con la atención especializada en segundo término asesorando al equipo
básico…”
- Sobre demoras en la atención psicológica y la periodicidad de las consultas tras la
primera visita el informe señala que ninguna de las comunidades autónomas dispone del
dato sobre el tiempo de espera entre consultas tras la primera, calculándose en cambio
el promedio de consultas por paciente y año: rondan las 3 al año. Respecto las listas de
esperas, cuando se monitorizan, van desde los 20 días hasta los 90 días desde que se
deriva a psicología. En este caso también hay comunidades que, o directamente no
informan (Cataluña), o refieren ajustes informáticos para desagregar algunos datos
(Madrid).
Además de los datos que se han resumido del informe del Defensor del Pueblo se obtienen, a
cuenta gotas y a través de medios de comunicación, datos verdaderamente alarmantes: en la
Comunidad de Madrid, por ejemplo, se ha llegado a filtrar información que habla de 200 y 320
días de lista de espera para una primera visita con psicología en algunas de sus poblaciones.
Llama la atención que el propio Defensor del Pueblo no pueda acceder a esos datos con la
facilidad que lo hace el político o diario electrónico de turno. Más si se tiene en cuenta que el no
facilitar la documentación administrativa reclamada para que el Defensor proceda a la
investigación puede incurrir en un delito de desobediencia (art. 502 cód. penal).
En este punto cabe recordar lo que se entiende como un tratamiento psicológico de una calidad
mínima y contrastarlo con el paisaje terrorífico que se acaba de exponer. En esto, por suerte, no
existen demasiadas diferencias entre las escuelas psicoterapéuticas exceptuando el psicoanálisis
ortodoxo con su setting peculiar. A priori toda la comunidad psicológica sanitaria podría estar de
acuerdo en lo siguiente (COPC, 2018*). Recordar que a mayor gravedad del caso más intensa
debiera ser la intervención, y no menos*:
- Una primera visita de 1 hora en una semana desde la demanda (máximo dos). Para este
punto en países como Inglaterra es posible realizar la autoderivación por parte del
mismo psicólogo.
- Acceso al tratamiento propiamente dicho en las siguientes 3 semanas.
- Mínimo 8 visitas, de media, para comenzarse a ver sus efectos (Layard i Clark, 2015).
- La frecuencia mínima de visitas debe ser quincenal (siendo semanal el estándar de calidad
en muchos de los estudios).
- La duración de la sesión es preferible que sea de 45-60 minutos.
- Espacio para supervisión del profesional de casos complejos y/o en los que se tienen
dudas o dificultades.
*Documento aprobado por la actual junta de gobierno del COPC: “Millorar l’accés als tractaments psicològics de
qualitat a l’ambit sanitari públic i concertat” ISBN: 978-84-697-8123-4.
*Cuenta el símil del paramédico militar que, a riesgo de no poder salvar a los heridos más graves, y en el fragor de
la batalla, debe atender a aquellos que pudieran beneficiarse. En nuestro caso “seguimiento” para los casos graves, y
“psicoterapia” para los que se sitúen en el punto exacto de la fase de Preparación, o directamente en el de Acción.
En cuanto a datos concretos sobre la asistencia psicoterapéutica en el SNS el autor únicamente
hallado un documento de 2011 de la Generalitat de Cataluña en el que, haciendo alusión a unos
datos del Conjunto Mínimo Básico de Datos (CMBD) de entre 1998 y 2002, se informaba de un
28% de tratamientos de psicoterapia sobre el conjunto de la actividad asistencial de los
CSMAs/CSMIJs (Centros de Salud Mental Adultos / Infanto-Juvenil). No se incluían las
condiciones de esta psicoterapia, ni orientación, ni frecuencia y/o duración medias ni formación
del profesional que la llevaba a cabo.
Como vemos, se conocen pocos datos, la mayoría son obsoletos y la situación se promete
alarmante. Ante esta situación los representantes profesionales de la Psicoterapia en España han
expresado su preocupación a lo largo de estos años sobre la aplicación de la psicoterapia en el
SNS. Existen dos documentos particularmente interesantes, firmados por la FEAP y la FEAFES
(Confederación Española de Agrupaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental),
apoyados posteriormente por la AEPCP y la AEN, en los años 2007 y 2012. Por entonces lo
firmaba como presidenta de la FEAP Begoña Olabarría, y en la línea de lo comentado más arriba
en este escrito, denunciaban de forma esquemática lo siguiente:
- La no aplicación real del derecho del ciudadano a recibir tratamientos psicoterapéuticos
como prestación básica y común de la Cartera de Servicios del SNS en beneficio de los
tratamientos psicofarmacológicos.
- Una cultura asistencialista en el SNS que entiende la persona como mero objeto receptor
pasivo de tratamiento; entorpeciendo el empoderamiento de los usuarios sobre su propio
proceso.
- Falta de información precisa sobre su prestación a lo largo del territorio español.
- Falta de formación continuada en este ámbito por parte de los facultativos del SNS.
- Falta de información y nula posibilidad del usuario afectado de participar en la elección
de tratamiento, conociendo todas las opciones.
Para solventar estas fallas proponían, entre otras medidas, profesionales cualificados y
acreditados en psicoterapia, tiempos asegurados en la agenda de estos profesionales y que se
ofertaran programas o unidades de Psicoterapia. Apuntar además que ya por entonces se instaba
a aplicar intervenciones de eficacia demostrada, breves, focales y de tiempo limitado.
En resumen, y a partir de los pocos datos de los que se dispone, se concluye que el contexto
actual en el SNS no sólo limita el desarrollo de tratamientos psicológicos con unos mínimos de
calidad, sino que en algunas regiones se está lejos siquiera de considerarse atención psicológica
alguna. Cabe preguntarse cómo afecta este punto al anterior, al de la formación en Psicoterapia.
Si bien se da una generalizada protección al residente, las condiciones no facilitan la labor de sus
tutores de rotación, que habrían de lidiar entre la presión asistencial y las labores de docente y
supervisor.
¿Qué piensa la Psicología Cínica de la Psicoterapia?
Existen otras vías directas e indirectas, de influencia política en materia sanitaria, además del
papel fundamental en las políticas asistenciales por parte de cada Comunidad Autónoma. No
obstante, el centro neurálgico donde están representadas la mayoría de asociaciones relevantes
de la Psicología Clínica española es la Comisión Nacional de la Especialidad Sanitaria de
Psicología Clínica. Dicha comisión pertenece al Consejo Nacional de Especialidades en Ciencias
de la Salud, regulado por la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias (LOPS) y órgano
asesor del Ministerio de Sanidad. Cuenta con 11 vocales que representan a los residentes (2), al
Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (2); a la Comisión de Recursos Humanos del Sistema
Nacional de Salud (4); a las Sociedades Científicas (AEN y AEPCP) y a la Organización Colegial
correspondiente (COP). Además de estas asociaciones hay que destacar la influencia, por número
de socios y presencia en redes sociales, de ANPIR.
Los temas tratados en cada una de las reuniones de la comisión nacional, esto es, sus actas, no
son de acceso público (al menos para conocimiento de un servidor). En contadas ocasiones, por
voluntad de alguna de las asociaciones representantes, se ha difundido la actividad y/o postura
de la misma respecto de temas puntuales (itinerario Grado-PGS-PIR, por ejemplo). Debido a
esta falta de transparencia (y carácter democrático diría) se tiene que rastrear la posición respecto
la Psicoterapia en el SNS de los distintos actores por separado, sin que pueda decirse que sea la
posición mayoritaria de la disciplina en su conjunto, aunque sí existan solapaciones y puntos de
encuentro como veremos. Los documentos seleccionados son los siguientes:
- Psicoterapias en el sector público (Fernández-Liria y cols., 1997, 2020). Representando
virtualmente a la AEN.
- La Psicoterapia y la Sanidad Pública en España; El SNS como contexto de la Clínica
Psicoterapéutica (Olabarría, 2020). Voz propia e influyente en todas las asociaciones
relacionadas con la Psicología Clínica y actual vocal del consejo asesor del Ministerio de
Sanidad.
- Clinical Psychology in Spain: History, Regulation and Future Challenges (Prado-Abril
y cols., 2019). Representando virtualmente a ANPIR, pues que yo tenga constancia no
se han postulado abiertamente sobre la cuestión.
- La psicoterapia en la red pública de salud mental y adicciones (Generalitat de Catalunya,
2011). Último documento oficial sobre la postura del Departament de Salut sobre esta
materia.
La postura del COP respecto de la especialidad queda fuera del propósito de este texto por
históricamente compleja y ambigua, incluidas luchas internas desde la propia comisión de la
especialidad (Filgueira, 2004; Duro; Mesa Galega de Psicoloxía Clínica). Apuntar únicamente
que actualmente alberga tres divisiones sobre estas disciplinas (Psicoterapia; Psicología Clínica
y de la Salud; Psicología de la Salud), y opta por la creación de acreditaciones propias y al margen
del Ministerio de Sanidad. La postura de la AEPCPC se infiere de su apoyo a los documentos de
la FEAP ya comentados más arriba.
Psicoterapias en el sector público (Fernández-Liria y cols., 1997, 2019, 2019(2)).
Representando a la AEN.
Este texto de 1997 sigue siendo muy influyente hoy en día y representa algunas de las
sensibilidades actuales de algunos representantes de la Psicología Clínica en nuestro territorio.
La idea básica sobre la que giran 6 de los 7* capítulos es la siguiente:
“Nosotros queremos invertir esta tesis (que la auténtica psicoterapia es la que se practica en el sector
privado). Queremos suponer que la psicoterapia es en realidad lo que se practica en el sector público y que
lo que necesitamos son instrumentos para, primero, reconocer y, después, entender esa psicoterapia realmente
existente.”
Para apoyar esa aseveración argumentan lo siguiente:
- En el sector público se atiende un espectro completo de trastornos, y esto impone, obliga,
a una postura abierta a diferentes mentalidades, a un cierto eclecticismo o actitud
integradora.
- Lo contrario se daría en el sector privado, siendo el entorno ideal para que las escuelas
pervivan con su sectarismo intacto.
- Como elementos concretos analizan el sesgo de selección del paciente, que no se puede
dar en la pública, y le atribuyen dos características: una positiva, la de ser factor de buen
pronóstico terapéutico, y una negativa, la de anteponer una técnica dada a las
necesidades concretas del paciente.
- Hablan del entorno público como el terreno real de la clínica, siendo el privado una especie
de banco de pruebas (semillero) en el que se realizan los primeros pero insuficientes
desarrollos terapéuticos.
*El séptimo capítulo se trata de un interesantísimo texto de Guillermo Rendueles (padre del también famoso filósofo
y sociólogo César Rendueles) donde defiende la imposibilidad de su práctica en lo público.
La Psicoterapia y la Sanidad Pública en España; El SNS como contexto de la Clínica
Psicoterapéutica (Olabarría, 2020)
Además de un repaso histórico del desarrollo del SNS en el ámbito de la salud mental, Olabarría
expone lo siguiente:
- Denuncia la creación de una contrarreforma soslayada desde la aprobación del Real
Decreto 16/2012 a partir del cual ha aumentado la inversión privada en materia
sanitaria, y con ello, una regresión y deterioro de la atención en Salud Mental (Lamata
y Oñorbe, 2014).
- Defiende la práctica de la psicoterapia en un contexto público frente al privado, debido
a la superación de limitaciones como la selección de casos y la limitación del nivel de renta
del ciudadano, y por una visibilidad mucho menor del ejercicio liberal (esto es, privado).
Aquí se basa en Fernández-Liria (1997) pero no incluye ese elemento positivo del que se
hablaba entre criterio de selección y predictor favorable de los resultados de la
intervención.
- Denuncia el desarrollo desigual de la oferta psicoterapéutica a lo largo del territorio
español.
- Señala que en los programas formativos Unidades Docentes Acreditadas (UDAs) no está
incorporada de manera adecuada/suficiente la Psicoterapia.
- Defiende la eficacia de tratamientos breves (menos de 20 sesiones), con objetos limitados,
y la pertinencia del tratamiento en función del caso y no de la renta del ciudadano.
- Opta por el desarrollo de Programas y Unidades de Psicoterapia en el SNS, “no dejándolo
meramente a criterio de cada profesional, equipo o jefatura”, es decir, de forma centralizada.
- Propone la creación de programas específicos con “psicólogos clínicos y psiquiatras con
capacitación específica en Psicoterapia, acreditados como psicoterapeutas”, desarrollar dentro
de los programas de las especialidades formación progresiva en Psicoterapia a lo largo
de los cuatro años más un Área de Capacitación Específica (ACE) en Psicoterapia al
finalizar las residencias.
Clinical Psychology in Spain: History, Regulation and Future Challenges (Prado-Abril y cols.,
2019)
A falta de una postura oficial desde ANPIR sobre la relación compleja entre Psicología Clínica
y Psicoterapia he optado por resumir la opinión de algunos de sus integrantes de su junta
directiva actual. La mayoría de ellos son clínicos, doctores en Medicina o Psicología (PhD) con
una importante actividad investigadora, no poseen acreditación en Psicoterapia, y son muy
activos en torno a cuestiones político-legales del desarrollo de la Psicología Clínica española
(Prado-Abril y cols., 2014; Sánchez-Reales y cols., 2013; Sánchez-Reales y cols., 2017;
Fernández-García y cols., 2017; González-Blanch, 2015; Prado-Abril y cols., 2017).
En este artículo, concretamente, los autores comparten la opinión de Joel Paris (2013) de que la
Psicoterapia es “un conjunto de escuelas y marcas comerciales con diferencias epistemológicas, teóricas y
técnicas a veces irreconciliables”, en contraste con la Psicología Clínica, que la definen como una
formación plural, ateórica y no sujeta a escuelas particulares, aunque condicionada a los
requisitos de la práctica basada en la evidencia.
Rastreando entre sus diversos artículos es complicado encontrar alusión directa a temas como
la acreditación y/o la regulación de la Psicoterapia, aunque se pueden resumir las características
principales de su postura:
- Aspiran a que la formación en Psicología Clínica tome forma de doctorado en
Psicoterapia (PsyD) (Prado-Abril y cols., 2019).
- Asumen y defienden la Psicología Basada en la Evidencia en sus tres vertientes (Prado-
Abril y cols., 2017): las mejores evidencias científicas disponibles, pericia clínica y la
consideración de las características, cultura y preferencias del paciente.
- Se inspiran en el modelo Boulder (comentado más arriba).
- Son herederos, conscientes o no, de una visión de la clínica como naturalmente “pública”,
reclamando para ella una visión integradora de la psicoterapia que supere por fin la lucha
de escuelas y los sectarismos infructíferos (Gimeno-Peón y cols., 2019).
La psicoterapia en la red pública de salud mental y adicciones (Generalitat de Catalunya, 2011).
En el año 2003 el Consejo Asesor sobre Asistencia Psiquiátrica y Salud Mental de Cataluña
encargó a un grupo de profesionales la elaboración de un documento sobre Psicoterapia en la
red de salud mental, que finalmente se publicaría en 2011. Del total de 45 profesionales que
participaron en su elaboración únicamente 9 eran psicólogos clínicos (1 siendo Jorge Tizón,
médico psiquiatra al mismo tiempo). Este cómputo se realiza únicamente para observar la
representación de la Psicología Clínica en la materia que estamos valorando. A continuación, se
resumen algunas de las conclusiones y propuestas de dicho documento:
- Realizan una actualización, en ese momento, de las intervenciones psicoterapéuticas
basada en la evidencia científica, y las resumen por trastorno/patología/enfermedad.
- Hacen hincapié en las figuras del psiquiatra y el psicólogo clínico como las principales
para llevar a cabo este tipo de intervenciones. Para el resto de perfiles profesionales
señala una adecuada “actitud psicoterapéutica y llevar a término intervenciones psicosociales”.
- Aun reconociendo la dificultad de aportar información precisa, recogen datos del
Conjunto Mínimo Básico de Datos (CMBD) del periodo comprendido entre 1998 al 2002
sobre el porcentaje de personas que recibieron intervenciones psicoterapéuticas en
unidades ambulatorias como los CSMAs y los CSMIJs donde se muestra un bajo
porcentaje de tratamientos de psicoterapia sobre el conjunto de la actividad asistencial
(28%), y sobre la indicación de psicoterapia de los mismos profesionales (esto último
inferido de un estudio anterior del Fórum Salut Mental).
Recordemos que Cataluña es la región con mayor número de psicólogos clínicos por habitante y en la que
su presencia en AP está más y mejor implementada (Prado-Abril y cols., 2019).
- Defiende el desarrollo de programas suprasectoriales, protocolos por CSM (CSMAs y
CSMIJs), CEPs (Centro Especializados en Psicoterapia), formación continuada y
proponen para ello ratios orientativas de intervenciones psicoterapeutas por número de
habitantes y criterios de indicación y priorización.
- Desarrollan otra propuesta para la acreditación como psicoterapeutas al margen de las
ya comentadas también en este texto.
- Se señala durante el documento la tendencia a la integración de modelos de psicoterapia,
a los tratamientos breves y la implementación de tratamientos combinados
(farmacoterapia + psicoterapia).
Tras analizar las posturas, teóricas y prácticas, de las distintas asociaciones y organismos
podemos observar los siguientes puntos en común:
- Se reconoce, implícitamente o explícitamente, la insuficiente y/o precaria formación en
Psicoterapia del residente de psicología clínica (programa de formación) y del psicólogo
clínico (formación continuada). En ocasiones de forma clara, en otros de manera más
tibia.
- Se está de acuerdo en la insuficiente implementación de intervenciones en Psicoterapia
en la red pública, tanto por la falta de recursos como por la falta de formación adecuada
de los profesionales.
- Sí se aboga por la necesaria acreditación en Psicoterapia del Psicólogo Clínico, pero no
hay acuerdo en los requisitos concretos. Profesionales en la órbita de ANPIR serían una
excepción y no verían tal necesidad.
- No se ofrecen posturas relativas a la cuestión de la regulación (habilitación) de la
Psicoterapia.
- Con diferente terminología en cada caso, pero se propone la creación de unidades
específicas de Psicoterapia en la red del SNS.
- Existe un gran consenso en Psicología Clínica en asumir una práctica basada en la
evidencia, y es el prisma desde el cual se observa la formación y la práctica de la
Psicoterapia.
- Se aprecia una graduación en la importancia dada a otros perfiles profesionales que
pudieran realizar intervenciones psicoterapéuticas. Cuanto más cercano al sector público
más relevantes son las figuras del psiquiatra y el psicólogo clínico.
V. Conclusiones y preguntas abiertas
A continuación, expongo algunas de las conclusiones que se han extraído de todo lo analizado
respecto la relación actual entre Psicología Clínica y Psicoterapia en España. Si bien antes
quisiera matizar algo importante.
Durante la elaboración de este trabajo me topé con el falso consenso difundido por el COP en
mayo de este año a propósito de la crisis sanitaria y las necesidades de atención psicológicas de
la población española en esos delicados momentos. En un ejercicio de perversión recalcitrante,
nuestro COP, en plena crisis Covid-19, ofreció servicios asistenciales aludiendo limitaciones
contextuales tanto del sector público como del privado (COP, 2020). Extralimitó sus funciones,
cual hospital de campaña, y despreció la capacidad de reacción, ni más ni menos, que del conjunto
de psicólogos sanitarios del todo el país. No contento con eso, aprovechó las circunstancias para
apuntarse el tanto y proponer toda una línea de reordenación profesional encubierta y a su
medida. Qué buen momento, qué oportuno. En mayo de 2020 descubren de pronto las ratios de
atención psicológica y la poca o nula presencia de psicólogos en AP. Por cierto, el documento de
consenso, no fue firmado, es evidente, por ninguna de las asociaciones en la órbita de la Psicología
Clínica mencionadas a lo largo de este texto.
La cuestión que me preocupa pues, es la utilización de este texto so pretexto de atizar todavía
más la labor de muchas personas que están solas en la tarea de proteger la sanidad pública. Una
cosa es plantear un reordenamiento profesional, debatirlo abiertamente con todos los implicados,
y otra aprovechar un momento de crisis nacional para hacerlo. House of Cards a la española, pues
como movimiento estratégico más torpe no puede ser, y amplía la brecha con los clínicos.
Dicho esto, seguiré siendo tan incisivo como pueda en mis críticas, aunque el ambiente sea
irrespirable y poco dé para el análisis abierto de cuestiones tan fundamentales como las que se
están tratando aquí.
Sin anclajes
En primer lugar, la falta de información dificulta concluir con precisión en qué grado se practica
la Psicoterapia en el SNS, pues se desconocen: i) el porcentaje exacto de intervenciones
psicoterapéuticas sobre el total de las que se producen en la red pública y concertada del
territorio español; ii) el número exacto de profesionales sanitarios ejerciendo en la actualidad en
los entornos público y privado (entre los que se encuentran los psicólogos clínicos) y iii) el
número de clínicos psicoterapeutas acreditados que trabajan en el SNS.
A pesar de ello, se percibe cierto consenso a través de los distintos actores sobre la insuficiente
actividad psicoterapéutica en el SNS. Los motivos esgrimidos son varios: una contrarreforma
neoliberal encubierta que alimentaría la presión asistencial, falta de unidades de psicoterapia y
profesionales debidamente acreditados, formación insuficiente en psicoterapia, etc.
Sobre la formación en psicoterapia de clínicos tendríamos principalmente dos posturas:
a) Las asociaciones FEAP, AEN, AEPCP y personas relevantes como Begoña Olabarría,
ahora asesora del Ministerio de Sanidad, han optado por defender la acreditación como
psicoterapeutas de clínicos (se entiende que en primer lugar formadas en escuelas del
entorno privado), implementar programas de formación por Unidad Docente y la
creación masiva de nuevas unidades de psicoterapia específicas en el SNS.
Las dudas que podría despertar esta opción son: ¿en qué consistiría pues la actividad del
resto de unidades si no es psicoterapia? ¿qué realizarían los clínicos no psicoterapeutas?
¿pasaría a ser otra categoría profesional con competencias específicas?, ¿quién decide
qué orientaciones se implementan, tanto en los programas de formación como en las
unidades específicas? ¿cuál es el plan concreto para llevar a cabo ese despliegue?, etc.
Teniendo en cuenta los recursos actuales, y en mi opinión, esta postura pecaría de
indeterminada (por falta de planificación concreta) y de ingenua (por ambiciosa).
b) Algunos representantes de ANPIR concebirían la clínica como una disciplina que ya
asume por defecto la psicoterapia en su origen, que la toma como fuente, pero siempre a
través del filtro de la evidencia científica, y por ende apostarían por un desarrollo
teórico-práctico más cercano a un doctorado en psicoterapia, prescindiendo de
acreditaciones y asumiendo una supuesta postura ateórica e integradora en la formación.
Señalan la inclusión de Psicoterapia en la Cartera de Servicios y en el programa
formativo elementos autosuficientes que no requieren de mayor verificación: el psicólogo
clínico ya es psicoterapeuta.
El problema con esta otra postura estriba en que deja de explicar lo siguiente: i) la
imposibilidad de demostrar esa buena formación (¿cómo se verifica que se lleva a cabo
un programa cuando no se desarrolla un temario concreto psicoterapéutico?, ¿cómo se
puede garantizar una buena formación en psicoterapia con unas condiciones asistenciales
precarias para el tutor, el residente y el usuario?); ii) la formación masiva en paralelo de
la gran mayoría de clínicos en alguna u otra orientación en el entorno privado; iii) la
posibilidad de la existencia de una orientación que “las gobierne a todas”, una especie de
integracionismo ateórico definitivo (si es que puede darse algo así), que haría
prescindibles las escuelas de orientación única (si es que queda alguna, pues la mayoría
son productos híbridos). Tampoco definen exactamente cómo se implementaría algo así,
y no se define exactamente el papel de otros profesionales no psicólogos en las
intervenciones psicoterapéuticas.
Esta postura, a pesar de apoyarse en una importante fuente de evidencia científica sobre
formación teórica-científico y evaluación de procesos y resultados en psicoterapia
(Norcross y Wampold, 2011; Wampold y Imel; 2015), pretende un alejamiento, en mi
opinión, de las escuelas psicoterapéuticas clásicas (con sus luces y sus sombras) al mismo
tiempo que sigue alimentándose de ellas.
Esta falta de información hace, de todas formas, que las propuestas comentadas tiendan a
desarrollarse necesariamente en un nivel exclusivamente abstracto. Sin datos actualizados, sin
anclaje, cualquier aseveración, declaración de intenciones, programa formativo o protocolo
asistencial es papel mojado. Castillos en el aire. Recordemos: el SNS actual se creó en 1986, la
especialidad en Psicología Clínica en 1998, y en 2020 se siguen dando debates con datos
parciales, cuando los hay. Si estos datos se manejan únicamente desde estratos superiores, de lo
mismo sirve, pues si no son públicos nada tienen que hacer las asociaciones que representan a
los profesionales de este ámbito para exigir mejoras o cambios sustanciales.
Es una perogrullada, pero debo preguntarlo, ¿qué sentido tiene hablar sobre cómo diseñar una
organización (ni más ni menos que estatal) sin tener retroalimentación, actualizada y constante,
para ir rectificando las políticas en la dirección deseada? No sabemos ni quiénes somos
(pendientes del Registro), ni qué hacemos (números precisos de presión/precariedad asistencial),
ni qué queremos hacer (psicoterapia o no, acreditados o no, unidades específicas o no), ni con
quién o cómo lo queremos hacer (servicios propios). Es por esto que el texto de la FEAP de 2007
sigue siendo vigente hoy y lo seguirá siendo de aquí 15 años (Olabarría no ha hecho más que
reproducirlo hace un mes). ¿Es el defensor del pueblo el que tiene que denunciar esta situación
teniendo la figura del psicólogo clínico un colegio profesional, varias asociaciones y 2 ministerios
involucrados directa o indirectamente en su desarrollo profesional?
Para acabar este epígrafe, señalar también que, en esta línea de proyectar sin límites, he detectado
en todas estas disertaciones teóricas un distanciamiento importante con la asistencia real. Pondré
sólo un ejemplo. Veo problemático, algo atrevido incluso, el querer desarrollar la disciplina como
una súper-combinación hercúlea de formación basada en la evidencia, práctica deliberativa con
evaluaciones y supervisiones por parte de expertos, en un contexto de trinchera (Prado-Abril y
cols., 2017; Norcross y Karpiak, 2017). ¿Cómo se puede señalar la necesidad de una mejora en la
pericia clínica en unas condiciones de 60, 90 o 200 días de lista de espera o de 3 visitas al año por
paciente?
Diagnóstico: ideología
Otras las de las sorpresas desagradables de este pequeño trabajo ha sido el observar el
permanente contraste entre la práctica en el entorno público y el privado, en un tono muy poco
sosegado, analítico y rallando incluso la caricatura. Si bien es cierto que la Psicología clínica en
España nace, como ya se ha comentado, muy cercana a valores socialdemócratas, también es
cierto que su capacitación incluye la práctica en el entorno privado, y a priori, debería asumirse
que uno se conduce con el mismo grado de profesionalidad allí. Y efectivamente, nunca se ha
discutido esta cuestión. En cambio, en lo tocante a la práctica privada de la psicoterapia sí se
tiende a demonizarla, a ponerla bajo sospecha. Veamos algunos ejemplos:
Fernández-Liria y colaboradores (1997) defendían abiertamente el leit motive de toda su obra
como una defensa de que la práctica de la psicoterapia en el sector público era mejor que en la
privada, con muy pocos argumentos racionales y sin aportar ni un solo dato asistencial al
respecto. Además, daban un salto mortal a un nivel político-social arguyendo sobre la mala
praxis en ese entorno poniendo el siguiente ejemplo:
“La reciente sentencia de un tribunal americano en el que se condenó a un terapeuta que había tratado
una psicosis afectiva con psicoterapia psicoanalítica (en lugar de litio) marca, en cualquier caso la fórmula
liberal para encarar este problema en la cuna del liberalismo al fin del periodo de liberal optimismo que
terminó con el mandato de Bush.” (Fernández-Liria y cols., 1997)
En esta misma línea, Olabarría (2020), tras alabar el gran desarrollo de la Psicoterapia como una
práctica profesional privada, defiende respecto ésta que “…las condiciones del ejercicio de la
Psicoterapia en el Sistema Nacional de Salud, podemos decir que multiplican los efectos terapéuticos y la
llegada al conjunto de la población”. Sin datos que apoyen esta aseveración (ni de asistencia, eficacia,
o condiciones de uno y otro entorno), arguye unas peores condiciones en el entorno privado
debido al sesgo de selección, la limitación de su acceso por la renta del ciudadano y una supuesta
menor visibilidad del ejercicio liberal. Ningún elemento en esta comparativa sobre los
inconvenientes del entorno público.
Pareciera que para defender la incorporación de la Psicoterapia en el SNS fuera necesario, útil,
contraponerlo al ejercicio privado, la cual, como reconocen todos estos autores, ha sido el
entorno natural desde su origen y ha propiciado un desarrollo teórico-práctico descomunal (para
algunos excesivo e incómodo). Por anclarles de nuevo. En la actualidad la mayoría de clínicos se
forman en esos cursillos piramidales, másteres y escuelas demoníacas, porque no la tienen en el
ideal entorno público.
Sigamos con la demonización de la Psicoterapia privada, esta vez en su faceta formativa. Gimeno
y colaboradores (2018), alarmados con la continua proliferación excesiva de escuelas
psicoterapéuticas denuncian la ”…mercantilización, el abuso y la privatización del conocimiento
científico sin justificación alguna” y proponen para subsanarlo un modelo integrador donde se
recojan los resultados de la investigación de procesos y de los recursos del paciente. Aquí de
nuevo creo que nos equivocamos señalando de nuevo al mercado cuando el problema está justo
en la intervención. Me explico, lo que escuece y enfada es ver como se venden esos cursos junto
con la ilusión de que “es necesario para”, es decir, “acredita para X”. Esto, aprovecho el lugar
para aclararlo a nuevos estudiantes o residentes, es falso. Usted puede aplicar EMDR, o usar
el ADIR/ADOS sin acreditación ninguna. Lo que necesita es la competencia, la
habilitación que otorga el estado, no el mercado, para aplicar cuantas técnicas crea
necesarias. Y ahí de nuevo entraríamos en la polémica de las competencias. Por lo demás, no
hay problema en vender cualquier tipo de conocimiento científico (curso, taller, libro o máster),
usted puede simplemente no consumirlo.
Me temo que, aunque no se explicite en el documento, la única solución para eliminar esa lacra
es la regulación e intervención centralizada sobre qué escuelas de psicoterapia se crean y sobre
qué formación es lícita ofrecer. Aunque a priori esto ya no es posible en nuestro país, de
momento, daría la impresión de exponerse tal denuncia con el último motivo de crear una
formación pública de corte integrador y ateórica (Prado-Abril y cols., 2019).
Lo que uno acaba encontrándose pues, en el análisis detallado de la intersección de Psicoterapia
y Psicología Clínica son muy pocos datos y mucha ideología, y ésta puede tomar muchas formas:
- Lo que sea, pero público.
- Lo que sea, pero residencia PIR.
- Lo que sea, pero mi modelo de Psicoterapia.
- Lo que sea, pero Ciencia.
Lo que sea es lo que sea. Lo primero es el ideal, sin matices posibles, no si ese ideal es compatible
con el objetivo que se busca (en este caso la mejor atención en salud mental posible). Como las
hipótesis en el método científico, la ideología se autoconserva si no hay datos que la invalide.
Como no soy partidario de las agendas ocultas deslizaré por adelantado que si tuviera que
decantarme por alguna ideología sería la siguiente: “Lo que sea, pero el profesional”. Explicaré
debidamente esto, en otro lugar, apoyándome principalmente en Monte Shapiro (1967).
Propuesta
Sería ventajista por mi parte criticar a discreción sin a cambio proponer alguna línea diferente
entre todas las que se han comentado estos años para mejorar la Psicoterapia en el SNS. Cada
uno de los puntos precisaría de un desarrollo amplio, valgan como notas introductorias:
0. Más plazas PIR y más plazas PEPC.
En este tema no debería haber división; en España existen muy pocos liberales y
libertarios que no crean en una sanidad pública (Vox, evidentemente, no están entre
ellos). Sin más recursos personales los ulteriores puntos no sirven de nada. En una
huelga/manifestación por estas cuestiones debería verse a COP, universidades y
sanitarios de todos los perfiles.
1. Diseñar y consensuar criterios epidemiológicos y asistenciales comunes entre
todas las comunidades.
Si bien las competencias en materia asistencial están transferidas, esta cuestión debe ser
común. Ya que intervenimos intervengamos bien. Sin esto no hay diagnóstico ni
planificación posible.
Se podría aprovechar este punto para defender diagnósticos más cercanos a la psicología
(psicopatología no biomédica). Estas cuestiones condicionan el trabajo diario (programas
de gestión, protocolos, etc.) y se produce una disociación profesional importante entre
la práctica psicoterapéutica y el aparataje burocrático psiquiatrizado. La naturaleza de
nuestra labor es diferente, y así ha de defenderse continuamente, también aquí; la
facturación de una sesión terapéutica no puede diseñarse de igual forma que una
operación de cadera.
Esto requiere de un debate técnico y ético profundo, desde conceptos de psicopatología
a inconvenientes de tener una historia clínica compartida en nuestro ámbito.
*En Cataluña seguimos trabajando en algunos centros con el CIE9. Sí, 2020, CIE9.
2. Libertad formativa
Parto de la idea que la formación del residente precede a la calidad asistencial futura. Y
aquí, como en el punto anterior, se aplican el concepto de Zona Desarrollo Próximo y
el principio de intervención mínima necesaria.
El programa formativo nacional podría dar las indicaciones mínimas e indispensables
para que cada Unidad Docente Acreditada (UDA) diseñara, obligatoriamente, un
programa de psicoterapia transversal durante los 4 años, al margen de las rotaciones.
Un día o día y medio a la semana fijos para llevar a cabo esa formación. Como no podría
ser de otra manera, los contenidos y la orientación dependerían de cada UDA, pues se
ajustarían a los conocimientos y habilidades de los profesionales de los que dispone.
Imponer una concreta es, además de ingenuo, contraproducente.
La preocupación por el dogmatismo no tiene base. La práctica asistencial en el SNS,
efectivamente, es un gran aliado de la integración terapéutica. No es necesaria ninguna
medida legislativa concreta, y si así fuera, puede darse directamente desde las mismas
asociaciones a través de oferta formativa (en realidad así se hace).
Habría hospitales más integradores, otros psicodinámicos, otros especialistas en
sistémica y, en definitiva, habría una oferta formativa rica, diversa y expresión de la
realidad de cada centro. Hospitales como los de Río Hortega, en Valladolid, o el de Santa
Creu i Santa Pau de Barcelona, son ejemplos paradigmáticos de lo que propongo. Un
mal ejemplo sería centralizar la formación en una comunidad concreta, para cubrir el
expediente, con contenidos muy limitados*.
*Desde hace unos años gran parte del contenido teórico que estipula el programa formativo se imparte en
la Academia de les Ciencies Médiques de forma común a todos los hospitales durante el primer año de
residencia. En el año 2017 la gran mayoría de residentes PIR firmamos el siguiente documento señalando
la poca adecuación de la formación (especialmente en psicopatología y psicoterapia), teniendo en cuenta
nuestro background previo (adjunto documento en Recursos).
La cuestión fundamental es el acercamiento de la universidad y/o de centros de
Psicoterapia en este punto formativo al SNS. Acercamiento regulado de la manera que
fuera, pero aprovechando todos los recursos generados ya en esos ámbitos. La
contraprestación de estas instituciones por formar a residentes podrían ser convenios de
investigación, con acceso a una población clínica muy importante.
De los residentes formados de esta manera nacerían unidades específicas de Psicoterapia,
el proceso sería natural, no impuesto artificialmente por decreto en un momento donde
no puede darse.
3. Sin acreditaciones
No sería partidario de requerir acreditaciones para aplicar psicoterapia en el SNS. De
nuevo, si se modifica la formación en ese sentido, ya habría clínicos acreditados sin
necesidad de formación privada extra. Más que exigirla lo que se precisa es su
facilitación. Además, piense que generaría otro perfil profesional más, otra división
interna más.
Equilibrio patológico
Como si fuéramos un paciente con negligencia unilateral, no atendemos un lado de la realidad,
pero tampoco actuamos como si no existiera. Eso que no atendemos, o decimos no atender,
es la sombra alargada de lo científico y de la posibilidad de que se nos identifique con un charlatán
(véase también el problema de la pseudoterapia) (Pérez Álvarez, 2020). La cuestión en términos
crudos sería que para algún compañero siempre seremos un charlatán acientífico o una especie de
pseudo-psiquiatra, y como de una escena tarantinesca se tratara, nos amenazamos mutuamente
en una situación de claro equilibrio patológico. Valga la siguiente imagen para representarlo:
- Psicoterapia [Despacho] (rica y variada en tradiciones y bagaje teórico-técnico, pero
desapego general al cientificismo y desarrollo como profesión liberal)
- Terapia de Modificación de conducta (Análisis de Conducta) [Universidad*]
(relacionada con la investigación básica y el origen de los desarrollos más potentes de la
rama científica de la Psicología aplicada, pero alejada en España de la atención pública
en SM y de la atención de entidades más graves históricamente atendidas por la
Psiquiatría)
- Psicología Clínica [Hospital] (cercana a la medicina donde se ha tratado
históricamente al loco, con una voluntad de asistencia sanitaria pública, pero lejos de la
investigación básica y la psicoterapia)
*El MUPGS vendría a ser una creación tosca en el ámbito universitario de lo desarrollado por la especialidad
clínica vía PIR. Piense que se están exponiendo críticas en este texto a una formación de 7300 horas (1000 de ellas
teóricas), previa oposición con unas 4000 horas más de estudio (Hernández-García y cols., pendiente publicación).
El MUPGS vienen a ser 1500 horas teóricas y 750 prácticas, en las cuales no pueden “…acceder al paciente ni a la
información clínica sobre el mismo, sin la supervisión directa del personal del centro asistencial que sea responsable
de su formación” (BOE A 2017 1200).
El culmen de este sinsentido sería que alguien sin capacidad legal para intervenir en trastornos
psicológicos denunciara desde alguna plataforma científica a un facultativo especialista
psicoterapeuta por aplicar técnicas pseudocientíficas. ¿Se imaginan? Y salvando las distancias con
la medicina, ¿ustedes han visto algún patólogo dando la brasa, invalidando, a un médico de
familia? Posiblemente sean una imagen simplista y un vaticinio alarmista, pero creo que dan
cuenta de parte del contexto en el que se dan algunos de los conflictos actuales de la Psicología
Sanitaria.
Cierre
Como se comentaba al inicio, es importante que cada cual, estudiante, residente o profesional
tenga una idea propia sobre todas estas cuestiones. No son temas fáciles, pero por esto mismo
son apasionantes. Lástima que el ambiente político no ayude a arriesgarse a plantearlas de formas
originales. Es muy complicado criticar la Psicología basada en la evidencia, aspectos de la gestión
pública o el método científico en Psicoterapia sin herir u ofender a todo un sector entero de la
comunidad Psicológica.
Acabaré con dos reflexiones. Los realistas clásicos de la Teoría de las Relaciones Internaciones
advierten que no existe tal cosa como el Estado, no de forma ontológica. El estado no puede
tener ideas o deseos. Sí existe como imaginario compartido, pero el estado está compuesto por
personas concretas con sus propios intereses. Lo mismo ocurre con “el” COP, “la” FEAP o “la”
AEN, y por lo tanto, esos sillones deben ocuparse progresivamente por futuras generaciones que
permitan los desbloqueos históricos que aún hoy sufrimos.
Como reflexionó un gran amigo sobre el debate de la clasificación en salud mental, sigue
sorprendiendo que “…con el paso del tiempo, y el desconocimiento de la historia, se asume que las cosas
son así porque deben estar bien establecidas.” ¿Qué hubiera opinado usted en la conferencia de
Boulder? ¿Y en 1998 con la creación de la especialidad? ¿Qué posición hubiera tenido en 2011
previa creación del Máster en Psicología Sanitaria? ¿Qué modelo de gestión sanitaria cree que
le conviene a la Psicología Sanitaria? ¿Qué opinión tendrá en el próximo evento trascendental
para el desarrollo de nuestra disciplina?
Juan Hernández García
Psicólogo Especialistas en Psicología Clínica. Col. Número 24.345