LOS CANTOS GREGORIANOS
El siguiente gran paso en el desarrollo de la música de este período lo debemos al Papa
San Gregorio Magno (540 – 604 d.C.), quien estableció toda una tradición del “canto
llano”, como es conocido también este tipo de composición musical. La influencia fue tan
fuerte, que por esta razón al género del canto llano se le llama generalmente “canto
gregoriano”, y aún era usado en las celebraciones religiosas católicas no hace mucho
tiempo. En épocas recientes, gracias a las grabaciones, es posible escuchar esta música
en interpretaciones más cercanas a cómo pudieron haber sido cantadas en los siglos VI al
XIX. Lo cierto del caso, es que Gregorio posiblemente no escribió ninguna composición,
sino que las recopiló con un tipo de notación más clara, que hacía uso de tres líneas
horizontales paralelas, para representar las diversas alturas de las notas. Estos cantos
fueron compilados en un libro llamado el Antiphonarium. Como dato curioso, es famosa
una pintura de San Gregorio dictando los cantos a un escriba, recibiéndolos a su vez de
un ave posada sobre su hombro (¿el Espíritu Santo?).
Gregorio amplió el uso de las escalas basadas en los modos griegos. Sentía además que
los cantos de la iglesia debían estar completamente separados de la música secular, y
estableció reglas muy estrictas para el uso, así como una estructura definitiva para los
servicios eclesiásticos. Para uniformar estas disposiciones, fundó escuelas de coristas en
las que cada sacerdote aprendía el canto gregoriano. Más adelante, una copia
del Antiphonarium fue enviada a Suiza, para enseñar a los misionarios que debían llegar
hasta las regiones más al norte de Europa.
Himno a San Juan Bautista, notación neumática original (izq.), notación neumática
moderna (sup. der.) y transcripción a notación en pentagrama.
A pesar de aportes menores que hicieron otras personas en el desarrollo de la música,
fue un monje italiano quien hizo un aporte mayor en esta historia, particularmente en lo
relacionado con la notación y la teoría. Guido d’Arezzo (995 – 1050 d.C.) fue un verdadero
maestro, que desarrolló un método para enseñar el canto y la lectura musical asignando
las diversas notas a puntos de su mano, haciendo que sus estudiantes cantaran una
altura determinada al señalar las diversas ubicaciones. Esta forma de cantar y reconocer
las notas es la base del solfeo (palabra derivada del nombre de dos de las notas: sol y fa)
moderno, que aún es practicado por los estudiantes en las escuelas de música por todo el
mundo.
Guido además se percató que cada línea del Himno a San Juan Bautista iniciaba en una
nota más alta que la línea anterior. Se dice que Guido tomó la primera sílaba de cada
línea para enseñar las siete notas de la escala:
Ut queant laxis.
Resonare fibris.
Mira gestorum.
Famuli tuorum.
Solve poluti.
Labii reatum.
Sancte Iohannes.*
*Traducción al español: Para que puedan exaltar a pleno pulmón las maravillas estos
siervos tuyos, perdona la falta de nuestros labios impuros, San Juan.
La primera nota es “Ut”, que más tarde, en el siglo XVII, se cambió por la sílaba “do”,
porque supuestamente era más fácil de cantar. Según algunos estudiosos, el cambio más
bien se debió a un poco de vanidad del teórico que la introdujo: Giovanni Battista Doni. No
obstante, en las ediciones musicales francesas sigue utilizándose la sílaba “ut” para esa
nota. La nota “Si” se formó al tomar las iniciales de “Sancte Iohannes”.
Guido añadió una línea horizontal a las tres que ya existían en el tiempo de Gregorio
Magno, y de esta manera nació el tetragrama (literalmente “cuatro líneas”), que fue
empleado durante mucho tiempo para la notación neumática. También asignó diferentes
colores a las líneas, e indicó, mediante letras a la izquierda del tetragrama, cuál nota se
escribiría sobre una línea determinada. Esas letras fueron C (Do), G (Sol), y F (Fa). Así,
dio una referencia para la ubicación de todas las demás notas. Las claves en las que se
escribe la música moderna son simplemente una transformación de ese sistema.