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El Poder Del Rey - George Shipway

1) Agamenón se hace con el trono de Micenas a mediados del siglo XIII a.C. pero se encuentra con un reino debilitado y bajo ataque de los dorios y los hombres-cabra. 2) Agamenón organiza una partida de guerra para perseguir a los hombres-cabra en la montaña, aunque las posibilidades de éxito son remotas debido a la naturaleza esquiva de los hombres-cabra. 3) Mientras el viento azota fuera del palacio, Agamenón da instrucciones detall

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El Poder Del Rey - George Shipway

1) Agamenón se hace con el trono de Micenas a mediados del siglo XIII a.C. pero se encuentra con un reino debilitado y bajo ataque de los dorios y los hombres-cabra. 2) Agamenón organiza una partida de guerra para perseguir a los hombres-cabra en la montaña, aunque las posibilidades de éxito son remotas debido a la naturaleza esquiva de los hombres-cabra. 3) Mientras el viento azota fuera del palacio, Agamenón da instrucciones detall

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A

mediados del siglo XIII a. C. Agamenón se hace con el trono de Micenas.


Durante años se ha estado preparando para este momento, pero se encuentra
con un reino que se ha ido debilitando, lo que aprovechan los dorios desde el
norte para llevar a cabo incursiones cada vez más agresivas. Entonces,
Agamenón se ve obligado a conquistar los reinos costeros del Golfo de
Corinto para, de ese modo, detener la invasión doria y evitar la hambruna que
éstos provocan con sus saqueos.
Pero es sólo una solución temporal; el verdadero enemigo se encuentra más
allá del mar. Protegida por los vientos y las corrientes marinas, y apoyada por
un poderoso comercio en el interior del continente, Troya estrangula
económicamente a la Hélade. Varios años de bloqueo marítimo no han
logrado doblegar la voluntad de Príamo, el rey troyano, y la diplomacia
tampoco consigue resultados.
Ante esa situación, Agamenón creará toda una red de intrigas que podrían
enemistarlo con su hermano, destruir su reinado y hasta acabar con Ifigenia,
su propia hija, con el único fin de destruir Troya y acabar para siempre con su
amenaza.

Página 2
George Shipway

El poder del Rey


Agamenón - 2

ePub r1.0
Titivillus 02.03.2020

Página 3
Título original: King in Splendour
George Shipway, 1979
Traducción: Daniel Meléndez

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

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Para Vivi
con amor

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Capítulo 1

El viento bramaba desde el mar, azotando las praderas argivas y escalando las
murallas de piedra, esculpidas en las mismas rocas, que rodeaban Micenas.
Las nubes, como negras capas raídas, atravesaron el firmamento y lo
cubrieron como una mortaja al atardecer. El vendaval arrancaba la paja de las
casas, despojaba a los robles, las hayas y los fresnos de las últimas hojas del
otoño y hacía subir los restos hacia el cielo en espirales de jirones
fragmentados. Los campesinos rezagados regresaban del campo a toda prisa,
avanzando contra el viento como si fueran nadadores remontándose contra los
rápidos.
Iba a ser una noche terrible.
Yo descansaba en mi trono de mármol, rodeado por un grupo de nobles,
consejeros y héroes importantes en el salón del palacio de Micenas. La cena
había concluido; los sirvientes y las mujeres se habían retirado, llevándose los
platos. Algunos grupos de héroes y compañeros permanecían en las mesas,
conversando, discutiendo y bebiendo. Un aedo, junto a la chimenea, rasgaba
su lira entonando una balada monótona que ensalzaba a los Argonautas de
Jasón. Yo, que presencié la ida y el regreso de éste, escuchaba las confusas
invenciones del cantante con divertida ironía.
El viento rugía por debajo de las puertas cubiertas de bronce, silbaba por
las grietas entre las vigas y los dinteles y agitaba la llama de las antorchas que
iluminaban la habitación. Oleadas vacilantes de luz y de sombras jugaban a
perseguirse sobre el mural de tamaño natural que representaba leones, ciervos
y carrozas, produciendo un halo de luz bronceada que bañaba las baldosas
rojas y azules del suelo, parpadeando sobre las decoraciones del techo. El
fuego de la chimenea, azotado por ráfagas de viento provenientes de las
ventanas a medio abrir del triforio, despedía guirnaldas de pálido humo gris
que flotaban en el aire del salón.
Carraspeé un poco, bebí un trago de mi copa dorada de doble asa y le dije
al hombre que estaba a mi lado:

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—¿Tienes alguna idea, Diores, de hacia dónde se dirigieron los hombres-
cabra después de saquear Ripe?
—No, mi señor. Afortunadamente, estaba lejos cuando atacaron,
inspeccionando un rebaño de ovejas en un pastizal de las afueras. Escuché el
tumulto a lo lejos y fui rápidamente a la hacienda. Cuando llegué, los
edificios ya estaban ardiendo. Así que, sin más demora, me dirigí
apresuradamente a Micenas. —Diores se pasó los dedos por su áspera
cabellera entrecana; el polvo y el sudor de un día entero de viaje le cubría los
brazos, las piernas y el curtido rostro—. Se arremolinaron alrededor de aquel
lugar como avispas sobre uvas podridas. No se trataba de una banda errante
que hubiera bajado de las montañas al comenzar el invierno, como la que te
capturó a ti en el pasado. ¿Recuerdas, Agamenón?
Asentí con la cabeza, ignorando el desliz. Los héroes, a menos que tengan
sangre real, no deben dirigirse a un rey por su nombre de pila, pero Diores era
un viejo amigo, el tutor de mi infancia que me instruyó en el arte de las armas
y de las maneras cortesanas. Mi abuelo, Atreo, le había cedido una hacienda
en Ripe, un valle situado a un día de Micenas, con el fin de que continuara
con mi educación en agricultura y gestión de bienes. Son conocimientos
esenciales para los héroes, que viven de la agricultura. Estando yo a cargo de
Diores en la hacienda de Ripe, y a causa de una serie de circunstancias
desafortunadas, terminé en manos de los hombres-cabra, y, aunque las
probabilidades estaban en mi contra, logré huir.
Pocos hombres sobrevivían a un encuentro con los hombres-cabra,
descendientes de aquel pueblo a quienes nuestros ancestros de Creta
masacraron, esclavizaron y despojaron de sus bienes cuando Zeus y sus
guerreros descendieron sobre Argos tres siglos atrás. Expulsados de las
llanuras fértiles, se refugiaban en las montañas, donde llevaban una vida
nómada y austera. Dependían completamente de la cabra, la única criatura
capaz de arrancar vida del estéril suelo rocoso. Los hombres-cabra eran
salvajes, y su historia era amarga, marcada por un odio implacable hacia los
descendientes de Zeus, el pueblo que ahora habitaba en los reinos de Argos.
Le hice señas a un escudero para que volviera a llenar el cáliz de Diores.
—Al amanecer movilizaré una partida de guerra. Una grande, si es que
has acertado con el número que calculas. La conduciré a la montaña e
intentaré darles caza. Las probabilidades de tener éxito son remotas: los
hombres-cabra son condenadamente esquivos y no se enfrentan a tropas
organizadas. Encontrarlos depende de la presencia de dorios entre sus hordas,
¿viste alguno?

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—Estaba demasiado lejos, mi señor.
Asentí mientras escuchaba distraídamente al aedo que declamaba las
acciones de un héroe en la distante Cólquida, un héroe que, como yo sabía a
ciencia cierta, nunca había puesto un pie en la nave de Jasón.
Los dorios, también conocidos como «Hombres de Hierro», empuñaban
armas forjadas de ese metal, tan escaso como el oro. Solían ser una tribu
errante, originaria del norte de Tesalia, pero se habían asentado en Doris
durante un tiempo. Después, desalentados por las dificultades para conseguir
sustento en una región tan poco productiva, cruzaron el golfo de Corinto hacia
Arcadia, donde se aliaron con los hombres-cabra. Pronto descubrimos que los
dorios se habían convertido en tropas de refuerzo en los asaltos de los
salvajes. Al principio eran pocos, pero se volvieron más numerosos con el
paso del tiempo.
—Han dejado de ser una simple molestia —dijo Diores, como si me
hubiera leído el pensamiento— y se han convertido en una peligrosa
amenaza. Los hombres-cabra, junto a los dorios, han arrasado varias
ciudadelas de los reinos de Micenas. ¿Recuerdas Lasiona, señor? En Elis, en
el reino del rey Néstor.
—Tan solo han atacado pequeños bastiones —contesté con un gruñido—.
Y nunca han conseguido adentrarse más. Pero tienes razón, Diores: tarde o
temprano tendremos que detenerlos. Tengo planes en mente para eso.
Mientras tanto, daré órdenes para convocar la partida de guerra al amanecer.

Estaba sentado en el trono mientras el viento se abría paso entre las casas y
retumbaba en las persianas de los ventanales. Envié la orden junto con una
lista detallada del armamento y los equipos de los que dispondrían. Diores
repitió mis órdenes, pero no al pie de la letra. Así que, haciendo un esfuerzo
por reprimir mi irritación, le hice repetir todo una vez más. La escena me hizo
recordar con nostalgia a mi hermano Menelao, que en aquel momento vivía
lejos, en el reino de Esparta. Aunque no era precisamente brillante, y algunas
veces podía llegar a ser bastante lento para aprender, la participación de mi
hermano en la devastadora campaña que los gemelos emprendieron contra
Atenas lo convirtió en un hombre con experiencia en el arte de la guerra, y yo
lo consideraba un pupilo idóneo. Con mis enseñanzas podría haberse
convertido en un excelente general; un deseo un tanto egoísta, porque el rey
Tindareo de Esparta ya lo había nombrado líder de sus huestes después de que
se comprometiera con su adorable hija, Helena.

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Hablé con un consejero veterano para posponer una reunión del Consejo
prevista para el día siguiente, me terminé mi copa de vino y caminé hacia la
puerta. Todos los nobles que estaban en el salón se inclinaron ante mí con
respeto. Como monarca de Micenas, debía ir siempre acompañado por mis
guardias, así que, mi compañero, con su lanza en la mano, me seguía unos
pasos más atrás. Taltibio había sido mi amigo durante años: primero como mi
escudero, y después como mi compañero. Era un hombre alto, delgado y
enjuto. Su piel era del color de un haya en otoño, tensamente estirada sobre
los huesos de su cara. En la mandíbula tenía una cicatriz que le había causado
la espada de un dorio. Tenía los ojos rasgados e inquietos, y los labios finos, y
apretados, el tipo de cara que denota un amor por los caballos. Pero era más
que un simple jinete: Taltibio estaba a cargo de los establos del palacio y de
sus cuarenta sementales de raza. Era él quien dirigía las compras destinadas a
la cría en el Reino, y era el responsable, en total, de más de cuatrocientos
caballos.
Los lacayos abrieron las puertas de bronce y el viento me tiró de la capa
con fuerza. Crucé a continuación el pórtico que, sorprendentemente, estaba
vacío. Era normal que, en una noche como aquélla, los nobles buscaran
refugio y durmieran a cubierto, protegidos del vendaval en distintas
habitaciones del palacio. A los lados del patio se erigían dos edificios de tres
pisos que debían bloquear el viento, pero esa noche las ráfagas eran tan
fuertes que casi me impedían avanzar. Me encaminé hacia el portal que daba
a la habitación real del piso superior. Mientras Taltibio abría el cerrojo, yo me
giré para escudriñar el cielo y escuchar el aullido del vendaval.
No hacía mucho, según recordé con desasosiego, en una noche como
aquélla, aquel maldito monstruo que fue Tiestes se infiltró en la ciudadela,
evitando guardias y centinelas, para descuartizar a su hermano Atreo y
asesinar a Pelopia, su propia hija y, a la vez, esposa de Atreo. Secuestró a
Egisto, el hijo a quién incestuosamente engendró con Pelopia, y escapó sin ser
visto.
Pero aquello ya era historia, y todos estaban muertos menos Egisto. El
esqueleto de Tiestes se pudría en una cámara sellada en algún lugar debajo de
mis pies. ¿Por qué, entonces, sentía yo aquel extraño vacío? ¿Podría ser la
premonición de una tragedia? Nadie amenazaba Micenas; nadie, hasta donde
yo sabía, ansiaba mi cabeza. Pensé en los hombres-cabra que había
mencionado Diores; pero descarté esa idea. Los hombres-cabra podían ser
letales si te los encontrabas en las colinas, y peligrosos para pueblos aislados
como Ripe. Pensar que podían ser una amenaza para una ciudadela como

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Micenas era estúpido. Me arreglé el cabello que el viento había desordenado,
me atusé la barba y traté de calmar mis temores.
El recuerdo de aquella terrible y sangrienta noche en la cámara de Pelopia
no me abandonaba. Tiestes se había arrastrado sigilosamente junto a los
guardias y centinelas que estaban resguardados de una tormenta furiosa. Yo
castigué a los culpables, pero aquello fue hace años, y desde entonces habían
pasado muchas cosas. ¿Habrían olvidado su lección? ¿Estarían alerta en una
noche de vientos furiosos como aquélla? Echar un vistazo no me haría ningún
daño.
—Cierra la puerta, Taltibio —le grité al oído—. Vamos a hacer una ronda.
El centinela apostado en las escaleras nos saludó a viva voz. Subimos
hasta el adarve, y allí nos enfrentamos a la fuerza desencadenada de la
tormenta. Tambaleándonos como dos borrachos, nos agarramos el uno al otro
para ayudarnos a avanzar, y así, Taltibio y yo cruzamos los pórticos del
noroeste, revisando todas las garitas a medida que pasábamos. Desde la puerta
principal, continuamos siguiendo la muralla oriental hasta la torre que
vigilaba el precipicio de la Quebrada del Caos, un abismo siniestro como
ningún otro; desde su cima, los malhechores eran empujados para encontrar
una muerte segura en su caída; en sus profundidades oscuras, los padres
abandonaban a las hijas no queridas, y los asesinos se deshacían de los
cuerpos de sus víctimas; los esclavos usaban los acantilados como letrinas. La
Quebrada del Caos, apenas un riachuelo en verano, se desbordaba con las
lluvias en invierno, y cosas innombrables aparecían en la espuma de sus
crecidas. Me detuve en el sotavento de la torre para examinar el valle, azotado
por la tormenta, que cobijaba al pueblo de Micenas: un grupo de villas
apiñadas en desorden, hogar de artesanos, orfebres, tejedores, alfareros y una
muchedumbre de campesinos, mano de obra y esclavos. La noche era tan
negra como el ébano; no podía ver nada excepto algunas luces distantes que
parpadeaban en las ventanas, y la silueta de la imponente colina que se alzaba
tras el valle.
El viento me golpeó la cara y me dejó sin aliento. Le di unos toquecitos en
el hombro a Taltibio.
—Ya es suficiente —le dije, gritando—. Volvamos al palacio.
Taltibio tiró con fuerza de la puerta para cerrarla y pasó el seguro. Yo me
detuve un momento en aquella bendita serenidad y escuché la tormenta. Nos
encaminamos hacia el piso superior, con los pies firmes sobre los peldaños de
mármol de la escalera. Taltibio se detuvo en uno de los portales; yo entré a mi
habitación, una gran cámara de piedra con paredes azules y los muebles

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apropiados para un rey. Mi escudero, Eurimedonte, me quitó la capa; el
cuerpo de esclavos se arrodilló para desatarme las botas de piel. Yo me quité
la túnica y la falda de cuero y me senté desnudo en una silla. Me froté la cara:
sentía la piel como si acabaran de desollarme.
Eurimedonte me sirvió vino. Tomé la copa de cristal entre mis manos y,
de nuevo, me sentí preocupado por aquella sensación de calamidad inminente.
«Tonterías —pensé—, mis consejeros son hombres de fiar, y mis héroes
me son leales».
Encontrar a un sólo cortesano traicionero en el palacio era tan poco
probable como descubrir nieve en verano. De todas maneras, poco después de
asumir el trono mandé ejecutar o desterrar a todos los personajes de cuyas
intenciones dudaba, y aún tomé más precauciones: planté espías en todas las
casas principales, cuya misión era alertarme de cualquier disturbio. No había
escuchado un solo susurro desde entonces.
«¿Problemas con los reinos vecinos?», me pregunté. ¿Tendrían ellos algo
que ver con los ataques de los dorios?
¿Podría ser Elis? El viejo Augeías murió y dejó el cetro en manos de su
hijo Fileo; y fue justamente Fileo quién ayudó a Tiestes a echarme de
Micenas. Desde luego, no éramos amigos, pero la extensa Arcadia se extendía
entre nuestros reinos, y las huestes elianas no se podían comparar con las
mías. Por mi parte, no me había olvidado de Fileo, y ya tenía planes para
desplazarlo del poder.
¿Y Tebas? Siempre habían sido hostiles, pero estaba demasiado lejos para
que nos atacaran por sorpresa. Yo contaba con una red de inteligencia con
presencia en cada uno de esos reinos, una telaraña de agentes y mensajeros
que Atreo había instaurado durante su mandato. El aviso llegaría mucho antes
que cualquier intento hostil.
Me estaba imaginando peligros que no existían. Tomaría otro trago de
vino, y después retozaría con alguna concubina. No había nada como la
cópula para dispersar cualquier fantasía desagradable.
Sorbí un trago del añejo de Samos y seguí pensando en ello. No, no podría
ser ninguna esclava de mi harén: su repertorio era demasiado tedioso y
familiar. Algún día tendría que vender todo el lote y reemplazarlas por otras
esclavas del mercado de Nauplia. Había escuchado rumores de que en Rodas
criaban mozas tremendamente ágiles.
Tenía una esposa. La responsabilidad me llamaba; era el momento de
atender mis deberes maritales. Eurimedonte deslizó una túnica de lino sobre

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mi cabeza, indiqué a Taltibio que se quedara donde estaba, y atravesé el
pasillo hasta el aposento de Clitemnestra.

Figuras de delfines y gaviotas de plata se enroscaban en el marco de ébano


pulido de su cama. Mi esposa yacía sobre los vellones, tapada hasta el cuello
con un edredón violeta. Su pelo brillante y suelto formaba un arroyo de agua
negra sobre el lino de la almohada. Sus ojos verdes estaban enmarcados por
unas larguísimas pestañas, su piel era como marfil antiguo, y sus cejas negras
se curvaban levemente hacia arriba, combinando a la perfección con la
curvatura de sus pómulos. Sus labios eran rojos, y su barbilla obstinada. Tres
de sus damas de compañía, hijas de algunos héroes, estaban sentadas al pie de
su cama; mi aparición cortó su charla como un hacha.
Hice un gesto con la cabeza a las mujeres y éstas cogieron sus tejidos y
sus agujas y salieron de la habitación.
—Qué visita tan inesperada, mi señor —me dijo Clitemnestra.
—Pero bien recibida, espero.
Ella suspiró.
—Es tarde.
—Lo siento. He tenido que inspeccionar a los guardias.
—Qué celoso sois con vuestro trabajo, mi señor. Mientras tanto, yo casi
me he quedado dormida.
—Al contrario, pareces bien despierta, y estás increíblemente hermosa.
Clitemnestra se tapó aún más con el edredón.
—La tormenta me ha atacado los nervios. No podría… serviros como vos
queréis.
—Nunca lo haces, mi dama. Vivo de la esperanza.
Levanté el dobladillo de mi túnica.
—¿No visitareis primero a vuestra hija? —sugirió, apurada—. Está
despierta en la habitación contigua; la he escuchado llorar hace un rato.
—Cualquier excusa, con tal de retrasarlo todo —respondí, con amargura
—. Está bien.
Cogí una lámpara y crucé el pasillo hacia la cámara contigua. La misma
en la que murió Atreo despedazado. Una niña de dos años se movía,
intranquila, en su cuna. La luz de la lámpara revelaba sus rasgos finos y
cetrinos, sus ojos de mirada perdida y una boca poco firme. Ifigenia. No era
fruto de mis entrañas, y tampoco del vientre de Clitemnestra. Era una extraña
en mi nido. Hija de Teseo de Atenas y Helena de Esparta, había sido adoptada

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en secreto por mi esposa para salvar el honor de su hermana, y se me había
impuesto como si fuera la hija legítima de nuestro matrimonio.
La indiscreción de una concubina fue lo que me reveló la verdad. Por
razones políticas, tuve que guardar el secreto. Lo mantuve aun cuando mi
hermano se casó con la hermosa Helena. Cerré el pico, estrangulé a la
esclava, y desde entonces fingí ignorar la verdad. Clitemnestra creía que su
engaño había sido un éxito; nunca se imaginó que yo lo sabía.
Había dos secretos que abrían una brecha en mi relación con Clitemnestra.
Ifigenia era uno. El otro, bueno, esperaba que nunca descubriera quién había
sido el autor del asesinato de su esclava.
Acerqué aún más la lámpara a la cara de la niña. Era fea, y estaba
malcriada. Cuando descubrí su parentesco decidí que, de una u otra manera, al
final debería ser eliminada. Aún no había encontrado el momento idóneo para
hacerlo, pero la oportunidad llegaría, sin duda.
Regresé a los aposentos de Clitemnestra.
—¿Creéis que nuestra hija tiene buen aspecto? —me preguntó, con
languidez.
—Parece muy sana —le respondí, sin mucha convicción—. Ahora, mi
dama, déjame ver qué aspecto tienes tú.
Me quité la túnica, me acerqué a la cama y retiré el edredón. Ella cogió la
sábana y la bajó para mostrarse desnuda ante mis ojos. Tenía un cuerpo
voluptuoso, piernas largas y delgadas, caderas redondas y unos senos
espléndidos. Sin duda, fuegos que aplacarían al más ardiente de los amantes.
Pero ¿para qué iba a engañarme? La realidad era muy diferente: penetrar a mi
sensual reina era como revolver una papilla espesa y fría. Sin embargo, la
mera visión de su cuerpo desnudo endurecía mi lanza. Separé sus piernas y
me arrodillé entre ellas.
—Tened cuidado, Agamenón, estoy embarazada de nuevo.
Me detuve, apoyándome sobre los codos.
—¿Estás segura?
—Así me lo ha asegurado Macaón. De cuatro meses, me ha dicho.
Yo confiaba en mi médico de palacio. Era el hijo de Asclepio, el fundador
de la escuela médica de Epidauro, y era mucho más hábil que los numerosos
matasanos y carniceros que se disfrazaban de doctores. Sin embargo, mi
confianza en Clitemnestra era menor que la anchura de una espada, así que
resolví confirmar el diagnóstico por la mañana. Podía ser, simplemente, otro
pretexto.
—¿Sólo de cuatro meses? No hay riesgo, entonces. Abriros, mi dama.

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Me clavé en su interior sin remordimientos, y cabalgué a la yegua como
uno de aquellos centauros de las fábulas.

Luchaba por mi vida en la cima de una amplia escalera. Las murallas que
rodeaban la ciudadela de Tebas eran monstruosamente altas, y yo me asía a la
interminable piedra gris con ambas manos. A cada lado tenía punzantes
lanzas y caras hostiles, con gestos desafiantes. El clamor de la batalla
retumbaba en mis oídos. Largos tridentes empujaron la escalera, intentando
derribarla. Me agarré a los peldaños frenéticamente. Entonces comenzó la
caída, una caída terrible e interminable, rematada por peñascos afilados como
fauces.
Me desperté, presa del pánico y bañado en sudor. La voz estruendosa de la
tormenta ahogó el ruido del sueño. La lámpara de canalones escupía reflejos
sobre los muebles y las paredes. Con el brazo, rocé la piel suave y tibia de
Clitemnestra. Ella se agitó en sueños, murmurando algo. Yo contemplé la
penumbra de la habitación con los ojos abiertos, recobrándome del terror de
aquella pesadilla recurrente, mientras escuchaba los fuertes latidos de mi
corazón.
Un ruido extraño se mezclaba con el silbido del viento, un chirrido agudo,
como el que profieren los cerdos en estampida. Sacudí la cabeza para borrar
de mi cerebro los últimos fragmentos del sueño. Pude escuchar gritos
distantes, apenas perceptibles. Un toque sordo de trompeta, tres notas cortas y
ascendentes. Pasos atropellados inundaron el corredor, y la madera de una
lanza golpeó la puerta: era Taltibio, llamándome con urgencia.
—¡Señor! ¡Levantaos! ¡Levantaos! ¡Las trompetas están dando el toque
de alarma!
Salté de la cama, busqué la correa del perno, abrí la puerta de par en par y
salí al pasillo. Podía ver la cara de preocupación de mi compañero debajo de
su casco.
—¿Qué es lo que pasa, Taltibio?
—No lo sé, mi señor. Por el sonido, imagino que el enemigo anda suelto.
Nadie cuestiona un toque de alarma. Corrí a mi habitación y llamé a
Eurimedonte. El palacio entero se despertó y se llenó del sonido de las puertas
batientes y las voces. Mi escudero, con los ojos rojos, salió de su cubículo con
una lámpara en la mano.
—Dame mis armas, Eurimedonte. ¡Rápido!

Página 18
Pero armarse nunca había sido algo rápido. La armadura tenía una
pechera, la protección trasera, guardas en los hombros y en el cuello, una
falda triple de bronce y veinte correas de cuero para abrocharlo todo en su
sitio. Eurimedonte olvidó darme una túnica interior, por las prisas, así que me
puso la coraza directamente sobre el cuerpo, y comenzó a abrocharme las
correas. Un grito estridente se escuchó a lo lejos, con el mismo volumen que
el viento. Las trompetas, fervientes e imperiosas, volvieron a dar el toque de
alarma. Le arranqué el bronce de las manos al escudero.
—¡Deja eso, chico! ¡No hay tiempo! ¡Dame el escudo, el casco y la lanza!
Eurimedonte me puso el casco de pelo de jabalí en la cabeza y una lanza
en la mano. Yo metí la otra a través del asa del escudo de cuerpo entero.
Descalzo y desnudo, como los guerreros que pelearon en las guerras de Zeus,
bajé las escaleras a toda velocidad, pasando junto a mujeres aterradas,
esclavos y héroes medio armados que se apresuraban para responder al toque
de alarma. Toda una multitud ruidosa y desorganizada.
Crucé el gran patio, bajé la escalinata y seguí el camino hasta las torres de
la puerta del norte, sin prestar atención a las pequeñas piedras que se me
clavaban en los pies. Una figura oscura corría hacía a mí, y la hoja de su
espada destellaba.
—¿Quién va?
—Taltibio, mi señor.
—Busca al capitán de guardia, y pídele el informe.
Finalmente, llegué a las murallas y apoyé los codos sobre las piedras secas
y ásperas. Me froté los ojos e intenté penetrar la oscuridad que ocultaba el
valle.
La ciudad estaba siendo atacada.
Antorchas fugaces como cometas me permitían vislumbrar
intermitentemente a los hombres que corrían a toda prisa, figuras que se
perdían entre las casas, temblores, gritos y una confusión espantosa. Algo
radiante y suave brilló en la oscuridad de la noche, llamas que lamieron los
techos de las casas, avivadas por el viento, y que explotaron, resplandecientes
y despidiendo chispas.
Taltibio trajo al héroe de los guardias, un guerrero con la respiración
entrecortada por la carrera, ya que había tenido que rodear todo el palacio
para alertar a los lanceros.
—¿Quién nos ataca?
—No sabría decirlo, mi señor. Aparecieron de la nada, sin aviso, y sin
hacer ni un ruido.

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—Enciende todas las antorchas que encuentres, y colócalas a lo largo de
la muralla. Necesitaremos alguna fuente de luz si llegan hasta aquí.
Varios grupos de héroes y un manojo de lanceros llegaron corriendo desde
las casas de la ciudadela y rápidamente se alinearon en sus puestos asignados
en la muralla: habían practicado varias veces aquel ejercicio, y sin embargo
había desorden y confusión: nunca habían ensayado de noche. Nadie luchaba
de noche, excepto Atreo aquella vez que atacó Midea; era una práctica poco
convencional y rechazada por la etiqueta militar. Entonces, ¿quién, en el
nombre de La Dama, comandaba aquella horda incendiaria en medio de la
noche como demonios enfurecidos?
Las antorchas se encendieron en las almenas a lo largo de la muralla,
dibujando estelas de humo con forma de estandartes raídos por el viento. El
fuego en el valle se esparcía de una casa a la siguiente: el techo y los
edificios, con sus marcos de madera, eran el combustible de aquel infierno. La
noche se desvaneció: la pira lo iluminaba todo, desde la muralla hasta las
colinas, como una capa tejida con luz y sombras danzantes.
Las figuras oscuras avanzaban desde el valle en dirección a las puertas. La
luz de las antorchas nos reveló la identidad del tumulto cuando estaban al
alcance de nuestras lanzas: era nuestro propio pueblo, aterrorizado y llorando,
pidiendo resguardo dentro de las murallas de la ciudadela. Campesinos,
obreros, mujeres, mercaderes y niños arrastrados por los pelos. Desesperados,
trataban de alcanzar las puertas de bronce, con los rostros grises porque
estaban cubiertos de cenizas, y con las bocas en un gesto de terror y los
brazos extendidos.
El enemigo acechaba detrás.
—¡Malditas sean mis entrañas! —dijo Taltibio—. ¡Son los hombres-
cabra!
Los saqueadores, vestidos con pieles de cabra, blandían sus lanzas y dagas
de piedra, persiguiendo a aquellos desdichados. Rodearon a los rezagados,
atacándolos como una manada de perros salvajes a un indefenso venado. En
aquel momento de respiro, los fugitivos que encabezaban la multitud lograron
alcanzar las puertas y golpearon las planchas de roble con las manos abiertas.
Algún imbécil les abrió.
Los refugiados entraron a granel, empujándose entre los postes, peleando
entre sí y cayéndose, bloqueando la entrada. Los hombres escalaban la
montaña de cuerpos, pisoteando a sus amigos. Lanzando alaridos, los
hombres-cabra corrieron para alcanzar la rendija de las puertas. La guardia de
lanceros se abalanzó sobre ellas para cerrarlas. Yo salté desde las murallas y

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corrí hacia las puertas con la lanza preparada. Una furiosa lucha cuerpo a
cuerpo estalló sobre la enorme pila de cadáveres.
Los héroes se alinearon. Una pared de escudos y lanzas protegía sus
pechos recubiertos de bronce. Yo antepuse mi propio escudo y empuñé mi
lanza, la clavé, la retiré, cambié de objetivo y la volví a clavar. Era el
metódico arte de la lucha con lanza, en la que Diores me había instruido. Dos
manos tomaron el asta de madera de mi arma, intentando arrancármela. Pero
yo dominaba aquel arte, y sabía lo que tenía que hacer: fingir que cedía el
arma, para luego clavársela en el estómago o la vejiga, empujar con el escudo
y liberar el bronce, recuperarlo, y clavárselo al siguiente. Durante toda la
pelea, mis fosas nasales trataban de evitar el nauseabundo tufo de las cabras.
Logramos repeler a los hombres-cabra de las puertas, apartamos a los
nuestros que yacían bloqueando la entrada, a los vivos y a los muertos, y
cerramos las puertas. Entonces trepé rápidamente hacia las almenas. La villa
ardía como una antorcha: las casas se habían derrumbado en montones de
escombros, y las llamas, avivadas por el viento, se remontaban hacia las
alturas y alumbraban el panorama como si fuera mediodía. Sentí el calor en
mi cuerpo cubierto de sudor, y me estremecí cuando las chispas me rozaron.
Los hombres-cabra que expulsamos de las puertas se dispersaron a lo
largo de la muralla buscando grietas por las que trepar entre los enormes
bloques de piedra. Envié algunos hombres para que reagruparan a los
defensores. Ágiles como ratas, y mucho más dañinos, nuestros enemigos
encontraron apoyo para manos y pies y escalaron muralla arriba. Algunas
cabezas comenzaron a asomarse por el borde, y los héroes y los lanceros los
recibieron clavándoles las lanzas en sus bocas vociferantes, cortando cabezas
peludas con las cuchillas. Uno de los que trepaban se escurrió entre la defensa
y llegó hasta la rampa. La luz del fuego perfiló una cara afeitada, con casco,
un escudo redondo y una espada brillante.
Aquél no era un hombre-cabra.
Esquivó mi primera embestida desviándola con su escudo y agitó la
espada por encima de mi cabeza, cortando las plumas de mi casco, pero yo
me recuperé a la velocidad del rayo, bajando la cabeza. Me defendí y di un
paso a la derecha, subiendo el escudo. Su espada lo atravesó como si de una
fina tela de lino se tratase, hasta el asidero. Me arañó la muñeca. Giré el
escudo y lo dejé. Blandí mi lanza y se la clavé en las costillas. Al recuperar la
espada que logré quitarle, examiné el extraño y grisáceo metal.
—Con que esto es el hierro —musité—. Debes ser dorio. ¡Pues ahora
probarás una cucharada de tu propia medicina!

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El cuerpo se retorcía a mis pies, sujetando el asta de la lanza que tenía
clavada en el pecho. Levanté la hoja de la espada, apunté con cuidado y
embestí. Su cabeza saltó de los hombros limpiamente, mientras un torrente de
sangre brotaba del cuello. Dejé la lanza clavada en el dorio y me di la vuelta
para enfrentarme al tumulto en las almenas.
Una decena de enemigos había ganado terreno adentrándose en la rampa
más allá del torreón de la entrada, dando comienzo a un tenaz forcejeo.
Agrupé cuarenta hombres con rapidez y nos dirigimos hacia el tumulto.
Acabamos con los hombres-cabra y con todos los dorios, excepto tres de
ellos. Con héroes a cada lado, y protegido con escudos desde los pómulos
hasta los dedos de los pies, ensarté a los tres a la vez. La espada capturada
aguantó muy bien las envestidas de los dorios y saboreé el destello de
sorpresa en sus miradas cuando notaron que el metal de mi espada no cedía.
En igualdad de condiciones, los dorios no eran rivales para un héroe. Ensarté
a uno por la boca, atravesé a otro desde el hombro hasta el esternón, y
finalmente clavé la espada hasta la empuñadura en las entrañas del tercero.
Lanzamos los cuerpos por encima de la muralla, y conté seis bajas entre
nuestros guerreros.
Había sido una batalla sumamente desorganizada, pero logramos repeler a
los escaladores a lo largo de toda la muralla. Enemigos heridos y muertos se
apilaban en el suelo. Los héroes, agotados, se apoyaban en sus lanzas,
aliviados por la tregua. Yo trepé a la torre y aspiré profundamente el aire del
incendio. Los hombres-cabra caían de los muros y desaparecían entre las
sombras. La ciudad se había quemado entera, y las llamas, como serpientes
temblorosas, iluminaban los montones de cenizas. El viento, que ya
amainaba, dispersaba las pesadas columnas de humo despuntando volutas en
sus bordes.
Un fulgor como de cobre bruñido iluminó el cielo en el este.
Taltibio subió la escalera con una copa de vino aguado en las manos.
—He encontrado una jarra en los puestos de guardia —me explicó—.
Pelear contra los hombres-cabra suele dar mucha sed. —Examinó las colinas
arboladas llenas de manchitas que parecían huir—. El ataque ha terminado.
¿Los perseguiréis, mi señor?
—No. —Incliné la copa y me la bebí de un trago—. Hemos salvado la
ciudadela, pero hemos perdido el pueblo. Nunca, desde el reinado de Perseo,
había atacado Micenas ningún enemigo, y ahora lo han hecho los hombres-
cabra. ¿Perseguirles? Los héroes jamás podrían darles caza en las colinas.

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—No estábamos preparados. ¡Atacaron de noche! —Taltibio parecía
indignado.
—Sí —le respondí, cansado—. Algo de lo más irregular. Alguien debería
decirle a esas bestias lo antideportiva que es esa maniobra, pero antes tenemos
mucho que hacer: enterrar a los muertos, rescatar a los heridos y reparar las
defensas de Micenas —añadí, repasando con la vista las grietas en la muralla
a nuestros pies—. ¿De qué sirve esta muralla si el enemigo puede treparla?
Acompáñame, Taltibio, pongámonos manos a la obra.

A la luz del día pude contabilizar los daños. El pueblo de Micenas, que como
he dicho constaba de varios grupos de villas adyacentes habitadas por
artesanos y mercaderes, había quedado reducido a varios montones de cenizas
humeantes que seguían ardiendo sin llamas. Únicamente el distrito de los
forjadores de bronce, que estaba separado del resto por un río, había quedado
intacto. El fuego había impedido el saqueo, y la oscuridad evitó que los
merodeadores se llevaran el ganado y las ovejas que formaban el botín
predilecto de los hombres-cabra. Cuerpos calcinados yacían sobre los
escombros: los cadáveres se extendían por todo el valle. A medida que
avanzaba el día, los supervivientes llegaron arrastrándose desde las laderas, el
sitio al que habían huido. La mayoría, según pude constatar, habían logrado
escapar con vida, pero poco más. La base de la muralla que rodeaba la
ciudadela, en cambio, estaba llena de cadáveres de enemigos. Puse a media
docena de heridos bajo vigilancia para interrogarlos más tarde. Contando los
cuerpos de los asaltantes, y por las observaciones de quienes habían luchado
en las almenas, estimé que al menos un cuarto de los atacantes eran dorios.
La primera vez que me encontré con los hombres-cabra, veinte años atrás,
la proporción era de cincuenta a uno. Los hombres-cabra eran una molestia, y
los cazábamos por diversión. Ahora que los Hombres de Hierro estaban entre
ellos, su presencia ponía en peligro todos los reinos de Acaya.
Aunque confiaba en que el enemigo se había retirado a las montañas por
completo, ya que siempre lo hacían después de saquear un pueblo, envié a
algunos hombres a patrullar el campo, los bosques y las colinas. Después,
para intentar calmar los miedos de Clitemnestra, me fui deprisa al palacio.
Estaba aún acostada, y se mostró disgustada por mi interrupción.
—Estoy tratando de dormir después de una noche extraordinariamente
estruendosa —replicó—. ¿Qué demonios ha ocurrido?

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Quizá pretendía ocultar su preocupación con aquella compostura fingida,
aunque quizá su indiferencia era genuina. Casi nunca podía discernir lo que
ocurría en la intrigante mente de Clitemnestra.
—Los hombres-cabra quemaron el pueblo y atacaron la ciudadela. Lo
impedimos y se marcharon.
—Naturalmente. ¿Quién podría prevalecer contra el poderoso Agamenón?
—Clitemnestra echó una mirada a mi cuerpo cubierto de humo y cenizas, y se
ocultó bajo las mantas—. ¿Acaso intentáis imponer una nueva moda, mi
señor, luchando desnudo? ¿Vais a dejarme dormir en paz?
Acompañado por Taltibio y Eurimedonte, caminé hacia el baño real.
Inmerso en el agua tibia, reflexioné sobre el ataque que habíamos sufrido sin
previo aviso, en mitad de la noche. Taltibio, de cuclillas sobre un banco de
piedra caliza, notó mi expresión taciturna.
—Creo, mi señor, que les dimos una sangrienta advertencia. Sus bajas son
mayores que las nuestras.
—¿Qué importancia tienen las bajas de los hombres-cabra? —le respondí,
secamente—. Nosotros hemos perdido valiosos artesanos: herreros, vinateros
y orfebres.
—Todos pueden ser reemplazados. Los artesanos tienen familias
numerosas, sus cofradías se mantienen unidas, y los hijos siguen los pasos de
sus padres en los negocios.
—Este asalto no alentará a nadie a abrir una tienda en Micenas —le dije,
con agravio—. A menos que les ofrezcamos protección, nuestros mercaderes
se irán en tropel.
Eurimedonte vio el rasguño en mi muñeca, donde la espada del dorio me
había mordido, y chasqueó la lengua.
—No me gusta esa herida, mi señor. Traeré vendas y ungüento y os la
sanaré.
Examiné el pequeño rasguño.
—Muy bien, ve rápido —le contesté. Sólo un tonto ignoraba las heridas,
por pequeñas que éstas fueran. Morían más hombres por descuidar heridas
que en el campo de batalla.
Me recosté boca abajo sobre un diván de ébano mientras una hermosa
esclava sifnia masajeaba mi espalda.
—Una ciudadela, sea grande o pequeña —continué—, nunca será abatida
por los hombres-cabra, ya que son meros rateros que bajan a robar ganado y
desaparecen. Se han vuelto más temerarios con el pasar de los años gracias al
refuerzo de los dorios, y ahora hostigan comunidades enteras y amenazan

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nuestra economía al disuadir a los pobladores que generan las riquezas de
asentarse en nuestro territorio. Ésa es una estrategia sistemática que no parece
estar a la altura de los hombres-cabra. Alguien más debe estar detrás de esto.
Descansé la frente en mis antebrazos y suspiré. Taltibio se lamió los
labios, admirando los pechos de la eslava sifnia. ¿Estarían los dorios, aliados
extranjeros de los hombres-cabra, organizando una campaña planificada? Los
dorios se parecían mucho a los aqueos, y sólo eran considerados peligrosos
porque sabían trabajar el hierro. ¿Dónde conseguían aquel metal? Mis redes
de inteligencia al norte del istmo me habían informado de que los Hombres de
Hierro bajaban desde Doris en una corriente constante, pero escasa, que
desaparecía en las salvajes montañas de Acaya como el agua desaparece en la
arena. Los espías nunca habían descubierto la mina de donde sacaban el
hierro: aquél era un secreto que los dorios guardan con gran celo. Si
encontráramos las minas, podríamos cortarles el suministro. Mientras tanto,
constituían un peligro creciente que amenazaba no sólo a Micenas, sino a
todos los reinos de Acaya.
La esclava me susurró al oído, me giré y examiné los elaborados patrones
del techo: sus intrincados diseños formaban estrellas y rombos. Sus dedos
habilidosos masajearon mi pecho, amasando los músculos de mi estómago y
de mis muslos.
¿Eran los dorios, realmente, la raíz del problema? Eran un pueblo pobre y
poco numeroso, y solían ser pastores nómadas. ¿Podían convertirse en una
amenaza sólo a gracias a su armamento? Probablemente no, si uno pensaba
fríamente en la situación. Habrían necesitado galeones para cruzar el golfo:
¿habían conseguido los dorios, un pueblo terrestre, construir embarcaciones y
conseguir tripulantes? ¿O habían alquilado sus botes a los pescadores de la
costa fócida? Ambos métodos habrían resultado muy costosos: ¿cómo habría
podido un pueblo pobre y errante conseguir bronce y ganado, pieles y aceite,
para pagar el alquiler de las barcas y los marineros? El hierro, precisamente
por ser un material tan preciado, no era útil para el trueque. Alguien debía
tener los medios para alentar y financiar sus operaciones.
Y, casi con total seguridad, se trataba de Tebas.
Tebas dominaba Beocia, Focia y Locria, que le pagaban tributo, e
intimidaba a la Atolia, aunque Atenas ya no contaba, desde que la guerra con
Esparta los redujo a calidad de mendigos. Tebas odiaba a todos los reinos al
sur del istmo y, después de derrotar a la coalición de los Siete contra Tebas, el
rey Creón tenía intenciones obvias de extender su mandato más allá del golfo
de Corinto.

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Consideré que era altamente probable que Creón hubiera alentado a los
dorios y los hombres-cabra a luchar en contra de los reinos que él quería,
algún día, conquistar.
Eurimedonte me untó la carne viva de la muñeca con ungüento, y la
vendó con tiras de lino que ató prolijamente. Era un joven muy bien educado
que se anticipaba a mis necesidades, que pulía mi armadura y conocía mi
gusto sobre los vinos. Taltibio y él me habían servido devotamente durante mi
exilio en Esparta, cuando era un héroe destituido y desterrado sin nada que
ofrecer a mis fieles seguidores.
Tebas ya imponía sanciones económicas a los reinos que consideraba
hostiles. Controlaban los extensos campos fértiles que Orcómenos creó
drenando el lago Copáis, un trigal enorme y abundante, y durante años
prohibió la exportación hacia el sur del golfo. Todos los reinos aqueos, a
excepción de Pilos, dependían en mayor o menor medida de la importación de
grano de Egipto, Crimea y Orcómenos, pero la plaga en Egipto y las guerras
hititas habían reducido los cargamentos egipcios. Troya, al bloquear el
Helesponto, había acabado con las reservas de Crimea. Consecuentemente, a
pesar de los estrictos racionamientos, las reservas de cereales de la ciudadela
habían menguado con el paso de los años. La hambruna no estaba lejos.
Aquellos perturbadores pensamientos me despertaron del letargo. Muy a
mi pesar, me deslicé del diván, me puse mi túnica de lana y la falda de piel de
venado, y le ordené a Taltibio que le dijera al secretario que convocara a
todos los consejeros en el Salón del Trono.

Antes de dirigirme a todo el consejo, crucé unas palabras a solas con Gelón.
Como casi todos los secretarios en casi todas las ciudades, Gelón procedía de
la secta de los Escribas, aquella comunidad tan cerrada que había seguido a
Zeus desde Creta tres siglos antes, ya que sólo los Escribas dominaban el arte
de la escritura, y por tanto eran los encargados de contabilizar los gastos y los
ingresos, de controlar la tesorería y de aconsejar sobre asuntos fiscales. Un
rey sabio nunca se embarcaba en ningún proyecto, ya fuera militar,
económico o político, sin consultar primero con su secretario. Gelón me había
servido fielmente durante años, y había llevado mis cuentas, primero como
guardián de Tyrins, después como maestro naval y, finalmente, como
mariscal. Con el tiempo se había convertido en un amigo cercano y de fiar.
Apenas me hice con el trono de Micenas lo nombré secretario: el pináculo de
las ambiciones de cualquier escriba.

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Juntos caminamos por las baldosas de colores del Gran Salón, mientras yo
examinaba con afecto su nariz encorvada, su tez morena, su cabello negro que
comenzaba a escasear en las sienes (su edad excedía la mía por un par de años
y estábamos envejeciendo juntos) y la larga túnica gris que llevaban todos los
escribas.
—Después de este desafortunado saqueo, debo tranquilizar al consejo. Las
medidas que tengo en mente podrían mermar nuestras reservas. ¿Podrías
hacer un rápido recuento del estado de nuestras finanzas?
—Claro que sí, mi señor. —Gelón se mesó la corta barba—. Primero, el
crédito. Tenéis reservas llenas de jarras de aceite, lingotes de bronce, marfil,
cobre y plata, pieles y delicadas cerámicas, todo lo suficientemente valioso
como para pagar el rescate de cien reyes. Vuestros rebaños de ganado y
caballos, ovejas y carneros, rebosan los pastizales de Micenas, y los viñedos
son abundantes. Vuestras riquezas superan las de cualquier otro dirigente de
Acaya.
En teoría, el rey es dueño de cada palmo de tierra y de cada animal que
vive en el territorio. En la práctica, el terreno estaba dividido en parcelas que
explotaban sus nobles, y éstos le otorgaban, a cambio, tropas para formar sus
huestes. La riqueza real de un gobernante manaba de las haciendas, mucho
más extensas que las de cualquier héroe, y de los tributos anuales que los
habitantes de la ciudad pagaban, de los impuestos de las aduanas y de los
beneficios de la exportación. La proporción de los recursos de un rey
dictaminaba su poderío e influencia. Por lo tanto, nadie prestaba atención a
Menester, el rey de Atenas, pero todos escuchaban cuando Micenas o Esparta
tenían algo que decir.
—Muy satisfactorio —murmuré—. ¿Y cuáles son nuestras deudas?
—Nuestros silos, a pesar del racionamiento, están en una condición
crítica. Nuestras reservas de oro han menguado desde que Príamo bloqueó el
Helesponto y acabó con los transportes provenientes de la Cólquida. En
tiempos de Atreo, la cámara del tesoro contenía doscientos sacos de polvo de
oro. Ahora sólo nos quedan poco más de cincuenta —concluyó el escriba, con
tristeza.
—En resumen —dije yo, casi rumiando las palabras—, dos obstáculos se
interponen en nuestro camino hacia la prosperidad. El dominio de Tebas
sobre el grano, y el yugo que ejerce Troya sobre Helesponto y que nos impide
conseguir tanto el oro como los cereales. Creo que, por el momento, puedo
lidiar con Tebas; tengo algunas ideas en ese sentido. Troya, sin embargo, es
harina de otro costal, y no veo manera de hacerle frente.

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Le di una palmada en el hombro a Gelón.
—Vamos, vayamos al encuentro de ese consejo de caras largas.

Me recliné sobre el respaldo del trono para mirar a mis consejeros: todos eran
antiguos héroes a quienes, en teoría, la experiencia en batalla y la gestión de
bienes había otorgado sabiduría. Supuestamente. Era extraño que se
equivocaran en asuntos de agricultura, ya que eran capaces de abrir surcos en
la tierra con la punta de una espada, de recoger trigo de sol a sol y de juzgar
acertadamente la valía de un caballo o de una vaquilla. Eran valientes
guerreros, expertos con el carro, habilidosos con la espada y la lanza, pero la
diplomacia y la política estaban fuera de su alcance. Cosa que, por la
naturaleza de nuestro gobierno, era poco sorprendente: sólo los héroes de
sangre real tenían poder político, ya que el rey era todopoderoso y tomaba
todas las decisiones. El rey podía, si quería, escuchar la opinión del consejo y
aceptarla, o rechazarla. No había forma de apelar sus edictos.
Había luchado, traicionado y matado para hacerme con aquella
responsabilidad que entonces reposaba totalmente sobre mis hombros. Era
intimidante. Los consejos de Atreo habían guiado mis pasos cuando me
encontraba con asuntos onerosos. De vez en cuando, había consultado a
Menelao, un hombre de pobre intelecto pero de gran sentido común. Atreo
había muerto, y Menelao se había marchado a Troya: de los veinte hombres
en el Salón del Trono, ninguno era mi amigo, a excepción de Gelón, cuyas
únicas preocupaciones eran de orden financiero. Probablemente, mi
naturaleza solitaria me había sido útil. Un rey no debía depender de las
palabras de su consejo, o sus hombres comenzarían a cuestionar su autoridad.
Los hombres que tenían poder siempre eran solitarios.
—Caballeros —anuncié—. Estamos aquí reunidos para decidir cómo
prevenir y evitar que el saqueo de anoche se repita. Debemos seguir los
siguientes pasos: instaurar un sistema de alarma, crear un espacio entre la
ciudadela y el pueblo para resguardar a nuestra población de cualquier peligro
inminente, y construir murallas que sean imposibles de escalar. —Y añadí, en
tono desinteresado—: ¿Cuál es vuestra opinión?
Un anciano de pelo blanco se puso en pie con dificultad.
—Con todo el respeto, mi señor, lo que proponéis es un alivio, pero no un
remedio. Deberíamos movilizar las huestes y luchar contra esos bárbaros.
Deberíamos exterminar a las bestias.
—¿Has viajado al interior de Acaya, Fereco? —le pregunté.

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El viejo contestó con firmeza.
—Una vez, hace muchos años, perseguí a un grupo de ladrones de ganado
hasta Paos, y les di caza.
—Liderando un grupo de lanceros, sin duda. ¿Cuántos carros llevabais?
—Uno sólo, el mío.
—¿Cómo es posible? Que yo recuerde, tienes siete héroes a tu mando.
Fereco comprendió mi intención, gruñó, y se sentó.
—Acaya —les recordé, con amabilidad—, no es terreno apropiado para
llevar armadura pesada. ¿Alguien tiene otra opinión?
Otro hombre murmuró algo.
—Los hombres-cabra jamás se atrevieron a atacar ningún pueblo en los
tiempos del rey Euristeo.
—Yo viví en la época del rey Euristeo, y luché en su guerra Heraclida. —
Lo dije en un tono áspero a propósito—. En aquellos días, los hombres-cabra
luchaban solos. Había muy pocos Hombres de Hierro en sus filas. El
verdadero enemigo en este momento son los dorios, y no los salvajes
semidesnudos, armados con piedras, que tú y tus ancestros cazabais.
Esta vez, un héroe de mediana edad, fuerte y musculoso, se puso en pie.
—Habéis hablado de un sistema de alarma, mi señor. ¿Podéis explicaros?
Agradecido por el gesto de aceptación, contesté.
—Construiremos un anillo de atalayas rodeando Micenas. Desde cada
ángulo, en cada colina prominente, y en cada valle peligroso. Cada una será
una pequeña ciudadela con vigías permanentes de día y de noche. Darán la
voz de alarma encendiendo hogueras por la noche, y con trompetas durante el
día.
—Necesitaréis al menos una veintena —farfulló Fereco, agitando la
canosa cabeza.
—Cuanto menos —asentí—. Desde que Tiestes decidió para la
construcción de nuevas naves, tenemos suficientes esclavos ociosos. Ellos
podrían construirlas.
Un héroe curtido por el tiempo, más joven que el resto de los hombres del
recinto, dijo con urgencia:
—Mi señor, os ruego que no reduzcáis el ritmo de trabajo en los astilleros.
Es más, os recomiendo que lo incrementéis. Apenas podemos reemplazar las
galeras que perdemos.
Se trataba de Perifetes, maestro naval, a cuyo traicionero padre, Copreo,
di muerte en aquel mismo Salón del Trono. Era un hombre fuerte y de fiar,
con una mano excelente para la batalla naval.

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—¿Acaso la guerra naval contra Troya va mal encaminada? Discutiremos
ese asunto más tarde. No te preocupes, Perifetes, conseguiré un equilibrio
entre nuestras necesidades en mar y en tierra. Volvamos al tema principal.
Nuestros pobladores deben disponer de un refugio si los hombres-cabra
atacan de nuevo. Mi intención es desmontar la cara oeste de la muralla, desde
la zona noroeste hasta la Quebrada del Caos, extender el perímetro, y
construir una muralla aún más alta.
—Proponéis una construcción a gran escala, mi señor.
—Precisamente. Y aún más: toda la muralla será frisada desde el exterior
para darle una superficie lisa y resbaladiza. Creo que todos estamos de
acuerdo en que, después de la experiencia de anoche, las murallas escalables
son una farsa.
—Una farsa endemoniadamente peligrosa —añadió Fereco.
—En Micenas abundan los maestros constructores —continuó Perifetes
—. Pero ¿contaremos con suficientes obreros?
Me giré para mirar a la figura de gris que esperaba, paciente, a mi lado.
—¿Y bien, Gelón?
—Sin dejar los talleres navales desiertos, creo que podemos reunir
suficientes esclavos. Dos mil de Micenas, alrededor de mil de las canteras,
mil más de Tirinto. Corinto podría prestarnos…
Una conmoción detrás de la puerta cerrada cortó su oración a la mitad.
Eran voces que discutían. Un nervioso chambelán abrió las puertas, hizo una
referencia en dirección al trono, y dijo:
—Hay un artesano fuera que desea una audiencia, mi señor. Es un
portavoz del pueblo con un mensaje urgente para el consejo.
—¿De quién se trata?
—Un tal Tersites, orfebre.
Me mordí el labio, jamás había ocurrido que un plebeyo interrumpiera una
reunión del consejo. Sin embargo, el pueblo había perdido propiedades y
vidas, y estaba asustado y preocupado. Los mercaderes descontentos podían
convertirse en una gran molestia, así que quizá sería oportuno otorgarle al
hombre una audiencia.
—Déjalo pasar.
Un hombre de lo más simple entró al Salón del Trono dando traspiés. Era
bajo y cojo, y tenía las piernas zambas y unos hombros tan estrechos que
parecía jorobado. Su calva en forma de huevo estaba rematada por un par de
pelos cortos, y su rostro era inolvidablemente feo: nariz chata, ojos

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protuberantes y rotos dientes amarillentos. Llevaba una túnica harapienta y
tiznada, y se apoyaba sobre una vara de fresno llena de nudos.
—Tersites, tienes nuestra atención —le dije—. Presenta tu petición.
—No tengo ninguna queja, mi señor —dijo, con inocencia—. Si por mi
fuera, no lo molestaría yo a usted. Es culpa de los mercaderes esos del pueblo.
Se han puesto nerviosos, y me han pedido que viniera a dirigirme a usted.
—¡Suéltalo ya, hombre!
—Es así, mi señor. Ellos quieren protección. Amenazan con irse si no los
protegéis.
—Es eso justamente lo que está debatiendo el consejo.
El plebeyo movió sus pies con incomodidad.
—No me malinterpretéis, mi señor. Yo sólo digo las palabras que ellos me
han puesto en la boca. Dicen que hablar no es suficiente. Los obreros quieren
ver hechos. —Tersites agitó la mano, señalando a todos los sorprendidos
miembros del consejo—. Todo está muy bien para ustedes, dicen ellos.
Perdonadme, mi señor, no son mis palabras. Os ocultáis en la ciudadela,
detrás de las gruesas murallas. ¿Por qué no habéis salido a luchar?
El típico rebelde. Los reconocía al instante. Me los había encontrado
antes, en Tirinto, cuando fui maestro naval. Entre los obreros hábiles siempre
encontrabas algún que otro agitador incitando peticiones para obtener sueldos
más altos, jornadas laborales más cortas, mejores casas; cualquier excusa era
buena para fomentar la rebeldía. Hombres tontos de mente corta, que pocas
veces encontraban apoyo entre los obreros, y que solían encontrar la muerte
de forma rápida y desagradable. En Micenas no soñamos sufrir de aquel mal
entre los plebeyos.
Pero el contexto entonces era diferente. Los males que declamaba Tersites
estaban, desde su punto de vista, justificados. Debía actuar con cautela. Los
reyes dependíamos de los obreros para la manufactura de armas, armaduras,
cascos, carros y espadas para equipar nuestras huestes, y también para
producir bienes de lujo como vasijas, perfumes, joyas, textiles y tintes. Eran
éstos los productos que intercambiaban en los mercados de Micenas, y en los
extranjeros. A los héroes recalcitrantes se les castigaba confiscándoles sus
haciendas, pero la injerencia sobre los artesanos libres era mucho menor. A
menos de que los forzaras a quedarse, y eso no era un ejercicio provechoso,
eran libres de irse llevándose sus valiosas habilidades con ellos a donde más
les placiera.
Templé mi temperamento.

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—Los asuntos de la guerra, Tersites, escapan de tu entendimiento. Estoy
tomando medidas…
—Queremos oír lo que tengáis que decir. Cincuenta obreros honestos
muertos por los hombres-cabra. —Tersites vio mi expresión facial, y se
encogió—. Sólo repito lo que me han dicho que venga decir, no me haga
responsable, señoría. —Tersites tragó saliva, y continuó con el monólogo que,
evidentemente, se había aprendido de memoria—. A menos que vean
acciones preventivas para evitar otro ataque de los hombres-cabra, los
artesanos se irán de Micenas antes del atardecer.
—¿A dónde podrían ir? —le pregunté, con una voz suave como la seda.
—Pues, a Creta, o a Tebas, o a Atenas, donde sea seguro, lejos de esos
bastardos. Yo no sé cómo podría detenerles.
El héroe guardaespaldas que estaba detrás del trono murmuró en mi oído:
—¿Debería eliminarlo, mi señor?
Yo negué con la cabeza. Después de resumir, para beneficio de Tersites,
las propuestas que le había hecho al consejo, añadí:
—De esta manera, tendremos bastante tiempo para reaccionar en caso de
cualquier ataque, y suficiente espacio dentro de la ciudadela para dar cobijo a
los obreros.
—Entonces, mejor os apuráis, es todo lo que os digo. —Un tono de
insolencia bañaba sus palabras—. Se lo comunicaré a los obreros. No prometo
detenerlos, pero haré todo lo posible.
—Tienes permiso para abandonar la sala, Tersites.
Se alejó cojeando. Los consejeros recuperaron el aliento, y me
cuestionaron con la mirada. Acababan de presenciar cómo un plebeyo
impertinente criticaba severamente a su rey y se marchaba ileso. Dudaba que
uno solo de los consejeros comprendiera las razones detrás de mi tolerancia.
Mi reputación, ante sus ojos, se había lastimado.
Perifetes dijo, con terquedad:
—Si me lo permitís, mi señor, haré que estrangulen a esa sabandija. Estará
muerto antes de que se ponga el sol. ¡Se merecen una lección!
¡Qué tozudos eran algunos héroes!
—No, eso no tendría sentido. Algún otro demagogo lo reemplazaría,
quizás uno peor. Hay muchos más de donde éste salió. No podemos
permitirnos desertores de las fábricas —dije, con agudeza.
Sus rostros registraron un destello de entendimiento. Agregué,
puntualmente:

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—Ordenaré que una leva de esclavos, ingenieros y obreros comiencen a
trabajar de inmediato. Eso es todo.
Giré mi cetro.
—La reunión del consejo ha concluido.

Atreo, hacia el final de su mandato, había usado la diplomacia y los sobornos


en un esfuerzo para convencer al rey Príamo de Troya de reabrir el paso del
Helesponto. Príamo se mantuvo firme. Tiestes, cuando usurpó el trono,
intentó coaccionarlo. Perifetes zarpó con una flota de batalla para asediar el
estrecho. Las naves troyanas, superiores en número, zarparon inmediatamente
del puerto de la boca del Escamandro y hundieron la mitad de las galeras
micénicas. Aquella derrota disuadió a Tiestes de intentar cualquier otro ataque
frontal en aguas troyanas, por lo que instauró una estrategia de desgaste.
Perifetes fondeó varias flotillas cerca de las costas en las que los mercaderes
troyanos podían comerciar. Galeras de guerra micénicas se apostaron cerca de
los principales puertos extranjeros que abastecían a Troya, principalmente en
Lesbos y en Licia, en Samos, Mileto y Rodas, y destruyeron todas las
embarcaciones con las que se cruzaron. Dos pájaros de un tiro, pensó Tiestes:
estrangularía el comercio de Troya y disminuiría su superioridad naval,
igualándola. Su intención era volver a presionar a Príamo para abrir el paso
del Helesponto cuando las embarcaciones micénicas disminuyeran el número
de navíos troyanos en el mar.
Ni Tiestes, ni Atreo antes que él, contemplaron presionar estacionando
huestes en las costas troyanas: una operación que era, al mismo tiempo,
militarmente errónea y logísticamente inviable.
Por lo tanto, la larga guerra naval se prolongaba. Nuestros escuadrones
patrullaban las costas, hundían o capturaban galeras, y sufrían bajas a causa
de las tormentas y los naufragios. Con tantas naves comprometidas en el
bloqueo, nuestros intercambios comerciales en el extranjero decayeron.
Tiestes, un mandatario libertino que había despilfarrado sus riquezas en
festines y regalos a sus favoritos, se negó a autorizar construcciones navales
para recuperar las pérdidas y fortalecer la flota. Cuando finalmente lo maté, la
guerra se había estancado, y Príamo no daba señales de querer rescindir el
edicto sobre el Helesponto.
Entrevisté a Perifetes en el Salón donde, después de beber múltiples copas
de vino citrino, recapituló con tristeza estas verdades perturbadoras.

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—No quisiera insultar vuestra casa, mi señor, pero Tiestes era un idiota
incompetente. Impulsó toda una estrategia basada en falsas premisas. Un
embargo sobre el comercio exterior jamás doblegará la voluntad de Troya. El
poder de la ciudad está en tierra, y su flota es un mero accesorio, apenas una
fuerza para repeler cualquier ataque pirata. Y nosotros —concluyó,
apesadumbrado—, ni siquiera hemos podido acabar con los piratas, así que
los troyanos, en ese flanco, están cubiertos.
—Al acosar a sus mercaderes, ¿no infligimos un gran daño a la economía
troyana?
—No tanto. En altamar son casi inmunes. Los tentáculos vitales del
comercio troyano están en el continente, en los mercados de Misia, Tracia y
Frigia. Incluso comercian con los hititas, o al menos eso me han dicho.
Yo jugueteaba con mi cáliz.
—Jamás lograremos nuestro objetivo con un bloqueo naval. De manera
que, para presionar sobre el tema del Helesponto, tenemos que acabar con su
flota. ¿Habéis podido reducir sus números considerablemente en vuestros
encuentros?
—Creo que hemos hundido unas treinta o cuarenta galeras. —Perifetes
hizo una mueca—. Príamo puede reemplazar esas bajas rápidamente. Es un
ejercicio inútil, en realidad. De cualquier modo, sus galeras son apenas la
mitad de fuertes que las nuestras.
—Entonces, ¿por qué no podemos abrirnos paso en el Helesponto?
—No habéis visto la estrechez del paso. —Perifetes se había terminado la
copa e hizo una señal a la jarra del escudero—. Los salientes de roca que lo
rodean sólo nos permiten alinear un número limitado de galeras. El número
no importa mucho, mi señor, es la geografía la que está en nuestra contra.
—Entonces, sin duda, en una batalla de galera contra galera, los micenos
derrotaríamos a los troyanos. Después de todo, tenemos un mayor poderío
naval.
—Desafortunadamente, los troyanos tienen dos aliados formidables: la
corriente y el viento. Los barcos que entran hacia el paso desde el sur tienen
en su contra unas corrientes de cuatro nudos, a veces tan fuertes que no
pueden continuar y deben echar sus anclas. Sumado al viento que sopla en
nuestra contra nueve meses del año, es imposible izar las velas.
Perifetes se puso de pie, y caminó de un lado a otro como un perro
inquieto.
—El enemigo, por supuesto, tiene el viento y la corriente a su favor, así
que se precipitan mar abajo hacia vuestros navíos en apuros, e incrustan sus

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espolones antes de que tengamos tiempo para maniobrar. Ésa, señor, es la
razón por la que perdimos la batalla naval hace tres años.
Pensativo, me mesé las barbas.
—Micenas no puede perjudicar el comercio troyano, y nuestra flota no
puede abrirse paso por el Helesponto. Mientras tanto, Troya bloquea nuestra
principal ruta de comercio y nos acerca cada vez más a la hambruna. El
problema parece irresoluble.
—El juego está paralizado, mi señor. —El maestro naval sonrió con pesar
—. A menos que, de manera milagrosa, podáis desembarcar las huestes en
Troas y capturar Troya.
Me reí en voz alta.
—Cuando le sugerí esa misma idea a Atreo, él se preguntó cómo era
posible que su mariscal fuera tan idiota. Y tenía razón. Esa idea es absurda.
—Totalmente imposible —asintió Perifetes.

Durante los días que siguieron puse mi plan en marcha. Teníamos un


ingeniero muy inteligente, Apisaón, un cretense que afirmaba ser
descendiente de Dédalo, el arquitecto del palacio del rey Minos en Cnosos, el
mismo que Acrisio de Argos saqueó dos siglos atrás, según Gelón, que era
una fuente inagotable de conocimientos históricos. Con Apisaón en mi carro,
conduje por todo el territorio y seleccioné algunos puntos tácticos para el
anillo de atalayas. Cada una sería construida como un edificio circular, con
las paredes tan altas como el doble de mi lanza; entrar sólo sería posible
usando una escalera que llegara hasta la mitad de la pared. Contábamos con
una torre grande ya existente sobre una colina al este de la ciudadela, un
edificio que había sido construido durante el mandato de Electrión para
vigilar las llanuras argivas durante la época en la que Micenas y Argos no
estaban en buenos términos. Pero ahora era el amigable Diomedes quién
ostentaba el trono de Argos, y el torreón estaba demasiado lejos como para
poder vislumbrar a los hombres-cabra en las laderas cercanas. Evacué la
guarnición, y así me ahorré veinte hombres.
Avanzar por la línea de la defensa oriental de la ciudadela se convirtió en
un asunto complicado. Tracé una parábola a través de las ligeras pendientes
rocosas mientras los esclavos apilaban rocas a mi paso para marcar el curso.
El circuito rodeaba la mitad de la ladera de la colina que enmarcaba a la
fortificación y se desviaba en la tumba de Zeus.

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—Es una lástima —musité, hacia mis adentros—, pero allí está nuestro
padre fundador.
Una persona realista hubiese declarado que las defensas tenían prioridad
sobre las tumbas.
Apisaón no encontró ninguna dificultad para construir sobre el perímetro
que le propuse, pero los maestros constructores murmuraron entre sí,
desaprobando con la cabeza. Pregunté con brusquedad cuál era el problema.
Admitieron que el plan, desde el punto de vista de un constructor, era
perfectamente posible. No comprendí sus reticencias y, por tanto, corté la
discusión de raíz.
La puerta existente en el norte, la entrada principal de la ciudadela, era
una vergüenza. Además, estaba en lado más alejado del pueblo: había que
recorrer un largo camino en caso de una emergencia. Decidí convertir la
puerta del norte en una poterna, y erigí la puerta principal en el punto en el
que la vieja muralla se encontraba con la nueva, en la esquina noroeste de la
ciudadela. Con mi daga, le tracé a Apisaón un boceto sobre la tierra de una
torre con vista a ambos lados y con altos muros de piedra para obligar a los
atacantes a tomar un pasaje muy estrecho.
Los grupos de esclavos se organizaron y comenzaron a trabajar. Los
constructores clavaron tiras de cuero en la tierra para demarcar la línea a
seguir. Vagones de cuatro ruedas llegaban traqueteando desde las canteras,
con los ejes chirriando bajo el peso de los enormes bloques de piedra. Los
canteros se ocupaban de ellos a medida que llegaban, cortando, perfilando y
redondeando las piedras. Los obreros cavaron zanjas muy profundas para las
bases, mellando palas y azadas en la tierra rocosa. Desde el amanecer hasta el
anochecer, los gritos de los trabajadores y el repiqueteo de sus martillos y de
sus herramientas de bronce resonaba en las colinas. Un maestro constructor
sugirió, de manera brillante, desmantelar la muralla interior para reutilizar los
bloques, de manera que nos ahorráramos tiempo y trabajo. Yo rechacé aquella
tontería. Un trabajador no comprendería jamás lo disparatado que era dejar la
ciudadela expuesta con un boquete de cuatrocientos metros en sus defensas,
por corto que fuera el período en que quedara abierto.
Escuché a varios demandantes, administré justicia, medié en pequeñas
disputas concernientes a la propiedad de pozos, límites entre haciendas,
ganado extraviado…, riñas sobre temas ordinarios. Euristeo y Atreo recibían
las audiencias en el salón, pero yo rompí con esa tradición y decidí hacerlo en
el patio principal, siempre y cuando el clima me lo permitiera. Descubrí que,
en lo más caluroso del verano (mi trono estaba bajo la sombra), el calor

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abrasador se concentraba entre las paredes del palacio e incrementaba la
temperatura hasta convertirlo en un horno. Aquello disuadía a los pobladores
de realizar demandas frívolas.
Un día, mi chambelán dejó pasar a una considerable delegación: los
mejores artesanos, líderes de varias cofradías. Le dije al portavoz que me
diera a conocer su petición.
—Señoría, le pedimos que reevalúe el curso que ha elegido para la nueva
muralla de la ciudadela. La línea…
—La fortificación de la ciudadela —lo interrumpí— no es asunto de los
mercaderes.
El hombre, un maestro orfebre del oro, de presencia grave y digna, se
inclinó con respeto.
—Nunca osaríamos entrometernos en asuntos de guerra. Nuestra
preocupación es de otra naturaleza, mi señor. Vuestra muralla destruirá la
sagrada tumba de Zeus.
—Sin duda, la tumba sufrirá algún daño. No estaba al tanto de que era
sagrada. Mi antecesor, distinciones aparte, no fue un dios.
El orfebre continuó con honestidad.
—La plebe, señoría, lo ha adorado durante años. Profanar su tumba será
una gran ofensa. —Sus compañeros barbudos asintieron, enérgicamente.
Mi paciencia comenzaba a agotarse.
—No os entiendo. La Dama es la deidad suprema de Acaya. A ella, y sólo
a ella, debemos rezar y hacer sacrificios. Todo el mundo lo sabe. —Y añadí,
irritado—: Sé que, en los bosques distantes de la civilización, los campesinos
ignorantes adoran a espíritus que ellos mismos se inventan: espíritus de los
árboles y de los arroyos, Artemis y otros. ¿Sois también vosotros presa de
esas rústicas supersticiones?
—No, mi señor. Os comunico los hechos. Muchos habitantes del pueblo
adoran a Zeus, le hacen ofrendas en su tumba y buscan su favor. Algunos son
gente como nosotros, y otros son hombres libres, campesinos y esclavos.
—¡Malditos sean tus ojos! —Exploté de ira—. ¿Esperáis que me retracte
porque algunos esclavos están en desacuerdo?
—Los esclavos no son importantes. Nosotros sí, de una forma humilde.
Le ruego, mi señor, que reevalúe la situación. Vuestras medidas defensivas
han recobrado la confianza de la gente: ya no se habla de abandonar Micenas.
Pero, si demoléis la tumba, destruiréis la confianza que habéis ganado.
—En efecto —dije, con disgusto—. Estáis promoviendo la fe en una
nueva religión. ¿Habéis considerado la ofensa que esto podría representar

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para La Dama, la venganza que ella podría ejecutar en represalia?
El hombre de barbas grises abrió las manos.
—Para mí, La Dama es la más trascendente de las deidades. Yo,
simplemente, soy el vocero del punto de vista de la mayoría de los
pobladores, como es mi responsabilidad.
Completamente perplejo, examiné las caras obstinadas. Un gran grupo de
artesanos de voluntad inamovible me miraba directamente a los ojos. A lo
largo de los años no había estado ciego a la creciente influencia de Zeus, ni a
las ofrendas: imágenes de arcilla, platos de cereales y palomas muertas
dispersas alrededor de su sepulcro. Sin embargo, no me había percatado de lo
profundamente arraigado que estaba en las creencias oficiales de Micenas. El
problema demandaba reflexión.
—Consideraré vuestra petición —les concedí—. Regresad mañana.
La comitiva salió de la sala con paso firme, y yo clausuré la audiencia por
aquel día. Convoqué a un espía, una intrigante sabandija que había sido
desterrada de Laconia por violar a la hija de un pastor. Le ordené que fuera al
pueblo y confirmara o desmintiera las alegaciones del orfebre. Me entregó el
informe al día siguiente, y éste afirmaba que la adoración a Zeus había calado
en todo el pueblo; su divinidad era aceptada por todos, y era honrado como un
dios. Sopesando todos los factores, decidí, bastante enojado, evitar aquel
problema con tanta gracia como me fuera posible.
Los artesanos escucharon mi decreto con un alivio irreprimible.
Alterar los planes era un inconveniente. Añadí un arco al mapa para
incluir la dichosa tumba dentro del terreno de la ciudadela, incrementando su
área total en un tercio. Teníamos que nivelar una pendiente escarpada que
separaba la vieja muralla de la nueva, y no podíamos hacerlo sin destruir la
tumba. Consulté a Apisaón y decidí resolver el dilema talando el roble que
coronaba el montículo, desmantelando las losas esculpidas del suelo y
apilando tierra encima hasta nivelar ambas murallas. Mi ancestro ganó un
terreno adicional de diez metros alrededor de su tumba. Volvimos a erigir las
losas, y todo el mundo quedó satisfecho.
O eso pensé yo.

Clitemnestra declaró que estaba a punto de dar a luz, y me negó su cama


durante más de una luna. No fue una penuria tremenda, ya que mantuve a mis
concubinas ocupadas. Una cariana comprada en Mileto demostró ser un gran
tesoro: algunas de sus acrobacias podían avergonzar a una catamita de Tebas.

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Llevaron a Clitemnestra a mi cama para dar a luz a un varón: un huesudo y
balbuceante infante de cabellos rubios como su padre. Me recliné sobre su
cuna, puse mi dedo sobre su pecho, y descubrí una curiosa emoción en mí:
una mezcla de alegría y felicidad bastante ajena a mi naturaleza. Yo era, como
me había dicho Menelao en una de nuestras disputas fraternales, prohibitivo y
arrogante, de carácter crudo y despiadado. Una descripción de lo más cruel y
francamente exagerada.
Dejando a un lado el orgullo paternal, el nacimiento de un varón era
importante para un rey, puesto que representaba un firme sucesor. Los reinos
sin heredero al trono convertían el palacio en un hervidero de conspiraciones.
Se alineaban facciones alrededor de los héroes de sangre real, y las
ambiciones eran el combustible de muchas traiciones e intrigas.
—Es un bebé hermoso —observé—, es robusto y saludable. Los
primogénitos suelen ser enfermizos. Felicidades, mi señora.
Clitemnestra me interrogó con la mirada.
—¿No sabéis contar, Agamenón? Tenemos una hija mayor.
—Ha sido un pequeño desliz —dije, rápidamente—. ¿Qué nombre
deberíamos darle?
—El privilegio es todo vuestro.
—Déjame pensar. Ha nacido en el monte de Micenas. Lo llamaremos
Orestes.
—«Hombre de las montañas». Muy apropiado, mi señor.
—Este pequeñuelo sostiene en sus manos el cetro de Micenas. Tendremos
un banquete espléndido en el salón para celebrar su nacimiento —dije, muy
animado—. ¡Con carreras de cuadrigas y juegos en el campo de batalla!
Ifigenia se acercó con pequeños pasos vacilantes desde la habitación
contigua. Tenía el cabello oscuro y lacio, la piel cetrina y unos ojos vacíos y
tontos. Una gota de saliva se le deslizaba por la barbilla. Se puso de puntillas
para mirar el interior de la cuna, y extendió la mano para tocar la cara de
Orestes. La aparté con brusquedad. Profirió algunos sonidos ininteligibles y
comenzó a llorar.
—Con seguridad, Ifigenia debería poder hablar, ¿no es así? Ya tiene más
de dos años.
—Es una niña un poco retraída. —Clitemnestra suspiró—. Ven aquí, mi
amor. —Abrió los brazos, e Ifigenia se acercó hasta el borde de la cama para
abrazarla y sollozar en su hombro—. Vuestra presencia la intimida, mi señor.
«Esa malcriada malnacida se sentirá aún más intimidada por mí en cuanto
se presente la oportunidad», pensé. Acaricié la cabecita de Orestes y me

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despedí.
—Entonces, mi desagradable presencia deberá desaparecer. Cuida bien a
nuestro hijo, Clitemnestra.

Las alteraciones en el perímetro de la nueva muralla y las razones detrás de la


decisión me envolvieron inesperadamente en una acalorada discusión
teológica. Recibí a la delegación de las Hijas de La Dama, un grupo
privilegiado de vírgenes nobles que administraban la religión oficial en cada
ciudad de Acaya. Los reyes les concedían terrenos considerables, pero su
fortuna no era suficiente para explicar su influencia. Nadie quería ofender a
las Hijas, sirvientes de la Diosa que otorgaba todo aquello que daba sustento
al hombre. Otorgaban poderosas sanciones, señalándole a la Dama los
ofensores sobre quiénes debía desatar su ira en forma de plagas, hambrunas y
otras aflicciones. Aunque en mi juventud solía ser escéptico, una experiencia
que tuve durante el mandato de Atreo fundó en mí un sano respeto hacia sus
poderes.
Las Hijas se vestían con largas túnicas blancas, y jamás se maquillaban el
rostro como otras señoras nobles. Ramillas de mirto coronaban sus cabellos
sueltos. Demasiado importantes como para acudir a una audiencia rutinaria,
me convocaron en el Salón del Trono después de la reunión del consejo. La
Hija mayor, una masculina e imperiosa mujer de cabellos blancos, inició el
ataque.
—¿Qué es esto? —demandó—. ¿Vais a salvar la tumba de Zeus?
Les expliqué las circunstancias enfatizando las graves consecuencias de
demoler la tumba.
—¡Es absurdo! ¿No os dais cuenta, mi señor, del daño que estáis
infligiendo al culto de nuestra cortés Dama? ¡Durante años ese montículo ha
sido un foco vergonzoso de herejía! Teníais una excusa para derribarlo, ¿por
qué habéis cedido?
Yo me estrujé las manos e intenté reprimir un escalofrío. Años atrás, las
Hijas forzaron a Atreo, un hombre indoblegable, a hacer un peregrinaje a la
Dodona. Yo no tenía ninguna intención de viajar. Tampoco disfrutaba de la
multa exorbitante de al menos treinta toros robustos que pasarían a engordar
los ya rebosantes cofres de las Hijas.
—La prosperidad de mi pueblo es mi responsabilidad, y sería derrumbada
junto con la tumba de Zeus. ¡Sería difícil sobrevivir si todos nuestros
artesanos se marchasen!

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La discusión avanzaba y retrocedía; no documentaré todos los detalles. Al
final, dije con firmeza:
—La edificación ya está construida, y no se puede rehacer. Seguramente,
tenemos el deber de honrar al antecesor de nuestra raza.
—Honor y adoración son dos cosas muy diferentes —replicó la bruja—.
Señor, ¡debéis idear la manera de mitigar el daño que habéis causado!
—¿Qué sugerís?
La Hija se ajustó la corona que se le había caído con tantos gestos brutos.
—Consultaré a mis hermanas.
Se reunieron en un pequeño grupo y debatieron en susurros vehementes,
siseando como una bandada de gansos furiosos. Observé el debate de mal
humor, temiendo el resultado. La responsable de atormentarme se acercó al
trono e hizo una reverencia con la cabeza, el único gesto de respeto que las
Hijas le otorgaban a un rey.
—Hemos decidido, mi señor, que la muralla que habéis erigido deberá
llevar el emblema de La Dama, para dedicar la edificación a su nombre.
¿Estáis construyendo una nueva puerta?
—Sí, en la esquina noroeste.
—La puerta será parte de un monumento tallado en la piedra más dura. La
escultura representará el altar de La Dama, y se apoyará sobre dos magníficos
leones, uno a cada lado. Sobre el altar colocaréis su símbolo particular: una
paloma delicadamente esculpida en piedra verde de Laconia. De esta forma,
cualquier extranjero que entre en Micenas reconocerá que La Dama es su
patrona suprema. Apenas si notarán la miserable protuberancia cerca de la
puerta —concluyó, malévolamente.
Me sentí aliviado por escapar del problema indemne.
—Muy bien. Un escultor experto será traído desde Creta, porque un
trabajo tan monumental supera las habilidades de nuestros artistas.
—¡La entrada —dijo la mujer, en tono triunfal— a partir de ahora será
conocida como la puerta de La Dama!
Su profecía no se cumplió. El trabajo fue debidamente realizado, y el
monumento sigue en pie hoy en día; es una impresionante estatua conocida
por todo el mundo como La Puerta de los Leones.

Antes de subir al trono de Micenas, sólo me relacionaba con héroes, hombres


razonables e íntegros de sangre noble que se comportaban y pensaban como
yo. Reinar, descubrí con tristeza, expande nuestra educación

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compulsivamente, forzándonos a intimar con personas cuyos puntos de vista
son muy diferentes: plebeyos e Hijas. Cada uno, a su manera, manipulaba las
palancas del poder como ningún héroe podría hacerlo.
Aquélla era una sabia lección.

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Capítulo 2

Años antes de morir, Aireo había decidido incluir las costas sureñas del golfo
de Corinto en los dominios de Micenas. Su objetivo había sido doble:
aumentar las riquezas de Micenas con el tributo anual que las ciudades de la
zona tenían que pagar y, al mismo tiempo, vigilar la infiltración de los dorios
a través de la costa. Atreo había estimado que el plan tardaría unos tres años
en llevarse a cabo, o tal vez más, porque implicaba tomar seis ciudades entre
Sición y Dime.
Con una rápida campaña subyugó Sición y Pelene, y al año siguiente
Egira comenzó a pagarle tributo. Tiestes, después de usurpar el trono, no
quiso conquistar nada más, de manera que, para completar el plan original de
mi abuelo, aún debía tomar tres ciudades más.
Planificar una guerra podía ser costoso, y por eso los regentes prudentes
consultaban a su secretario antes de movilizar a las huestes. Encontré a Gelón
en la austera habitación que usaba como escribanía para llevar las finanzas del
reino. Las paredes estaban pintadas de blanco, las mesas eran muy simples, de
madera de olmo, y las sillas eran banquetas de tres patas. Varios escribas
estaban allí reunidos, concentrados, escribiendo sobre papiros o pieles de
oveja.
—No me corresponde a mí dar consejos de estrategia, mi señor, pero no
me gustan las aventuras militares —me dijo, después de escuchar mis
intenciones—. Vuestro objetivo es fortalecer la supremacía micénica en
Acaya, pero vuestro verdadero dominio se encuentra en ultramar, protegido
por la marina, en cada asentamiento que vuestros mercaderes encuentran al
desembarcar.
—¡Los mercados fronterizos! —resoplé—. Nos ofrecen materia prima que
siempre es bienvenida, pero no nos pueden otorgar autoridad ni poder.
—Con todo el respeto, mi señor, estáis equivocado. Los años que
pasasteis como mariscal de las huestes, y después vuestro exilio en Esparta,
os han mantenido alejado de nuestra expansión en ultramar. Hemos penetrado
en territorios que ningún aqueo había visitado antes, y hemos establecido

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postas y mercados bajo el gobierno y la autoridad micénica. De hecho, ¡ahora
son colonias!
Al contrario de lo que suponía Gelón, durante los años que había pasado
siendo maestro naval me había mantenido al corriente de todas las
adquisiciones micénicas en el extranjero. Acaya estaba superpoblada, así que
los héroes insatisfechos con el beneficio de sus haciendas, los mercaderes
aventureros, los hombres libres que buscaban expandir sus horizontes y los
artesanos que querían vender sus bienes, buscaban fortuna en ultramar.
A causa de las necesidades económicas, se veían obligados a intervenir en
mercados más allá de los reinos continentales, un proceso que se había
acelerado con los años hasta que esos mercados se convirtieron prácticamente
en monopolios micénicos, mientras nuestra marina desalentaba a los
competidores extranjeros con eficacia. Los asentamientos que fundaron
fueron creciendo en tamaño y alcance hasta convertirse en colonias bajo
mandato micénico. Gente de Micenas y de sus ciudades siguieron el camino
trazado por los aventureros originales y se asentaron en Mileto, Rodas, Cos,
Chipre y otras muchas islas, y así nos proveían de materias primas para
nuestros productos y de almacenes para nuestras exportaciones.
Desafortunadamente, ninguno nos proporcionaba el material vital (trigo y
oro) que, de una u otra manera, Troya y Tebas nos negaban.
Era una lástima, reflexioné con amargura, que aquellos aventureros no
hubieran colonizado también Troya para solventar nuestros problemas.
Porque, aunque Micenas había impuesto un bloqueo naval sobre el comercio
ultramarino de Príamo, nuestros mercaderes seguían comerciando con Troya,
y ofreciéndoles bienes durante la feria del verano; a ellos y a sus aliados: los
tracios, los carianos y los frigios. Aquella anomalía había surgido de una ley
que había decretado el rey Atreo, y que yo decidí prolongar. Por lo tanto, mi
maestro naval hundía todas las naves troyanas que podía encontrar, pero
Perifetes no disponía de suficiente autoridad (ni galeras) para evitar que las
embarcaciones extranjeras abastecieran Troya con nuestros bienes, porque
hostigar el comercio naval de nuestros reinos aliados, como Rodas o Licia,
podía costamos una guerra innecesaria.
—No sólo me baso en consideraciones comerciales a la hora de conquistar
el golfo —le dije.
Le comenté a Gelón mi otra razón para conquistar la costa corintia. Mis
verdugos, que eran esclavos tracios muy hábiles extrayendo la verdad a
cualquier hombre reacio, habían tomado prisioneros en el saqueo de los
hombres-cabra y los habían llevado a una cámara cerca de nuestro almacén de

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vinos, lejos de las viviendas. Yo asistí a la tortura, un proceso que incluía el
uso de dagas y tenazas, para comprobar mis sospechas acerca de las
actividades dorias. Cuatro de los cautivos eran hombres-cabra, feroces y
salvajes, que no pudieron explicar nada y murieron delirando. Decepcionado,
les ordené a los verdugos que trataran de ir más lento y con más cuidado, pero
sin menos dolor, con los dos dorios. Uno de ellos era valiente, o ignoraba lo
que le preguntamos, y expiró sin revelarnos nada importante. Había emigrado
desde Doris hacía mucho tiempo y había vivido durante algunos años en
Acaya. El otro había llegado recientemente en un barco que había cruzado el
golfo. Perdió las uñas, los genitales, los ojos y las orejas antes de revelarnos
las conexiones de los dorios con Tebas.
—Los emisarios de Tebas —gimió— alentaron a los Hombres de Hierro
de Doris y les suministraron todo lo necesario: bronce, tela, joyas, e incluso
oro, para que contrataran barcos para cruzar el golfo de Corinto. Incluso
algunos héroes de Tebas habían acompañado a los emigrantes y, aunque
trabajaban en la sombra, incitaron y dirigieron los ataques a los asentamientos
aqueos; una estrategia de expansión dirigida principalmente en contra de
Micenas.
Satisfecho porque el prisionero nos había contado todo lo que sabía,
ordené a los tracios que lo decapitaran y abandonaran la habitación. Después
de detallarle a Gelón estos asuntos, añadí:
—Así que comprenderás, amigo mío, que existe una razón estratégica
sensata detrás de mi idea de expandir Micenas a lo largo de toda la costa
corintia.
—La estrategia y la política están más allá de mi entendimiento, mi señor.
—No estás siendo de gran ayuda, Gelón. Sin embargo, asumo que no
tienes objeciones, económicas o financieras, para retrasar la operación de
tomar las ciudades hasta Dime.
—¿Cuánto tiempo tomará?
—Dos años, tres a lo sumo, con temporadas de campaña sucesivas.
Gelón frunció el ceño.
—¿Debería recordaros, mi señor, que la necesidad apremiante en
Micenas, y sin duda en toda Acaya, es la provisión de cereales? No veo que
las guerras que tenéis en mente solventen de alguna forma esa escasez.
—No, pero es un paso en esa dirección. Tebas será el siguiente. —Sonreí
al ver su expresión de sorpresa—. Nosotros no tenemos cereales, pero Tebas
sí. Para luchar contra Tebas necesitamos una base firme, sin dorios
merodeando para apuñalarnos por la espalda. ¿Comprendes la idea, Gelón?

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—Estáis planificando una estrategia ambiciosa, mi señor —me dijo Gelón
con solemnidad.
—Para eso —le contesté, con alegría— es para lo que estamos los reyes.
Enviaré mensajeros para que movilicen las huestes. Toma la pluma, y calcula
el trigo, el vino y los carros que necesitaremos en una guerra de sesenta días.
Tirinto nos enviará trescientos hombres, Nemea cien más…

La convocatoria llegó a Tirinto, Midea, Asine, Corinto, Nemea, Sición,


Pelene y a todas mis ciudades tributarias. Señalé Corinto como centro de
reunión y, consciente de lo estrechas que eran sus carreteras, con barrancos a
cada lado, ordené a los comandantes movilizarse en días diferentes.
Recordaba con claridad la confusión y la congestión que se produjeron
cuando las huestes del rey Euristeo marcharon para la conquista de Megara, e
impuse regulaciones minuciosas en cuanto a la cantidad de acompañantes y
equipaje que podían llevar. A diferencia de la usual procesión de concubinas
y esclavos que solían trasladar los caballeros a las campañas, limité el número
a media docena de esclavos y un vagón para cada héroe, y nada de mujeres.
Me despedí de Clitemnestra, que estaba en la torre de la puerta del norte,
charlando con sus doncellas para ver salir a los guerreros. Llevaba un corpiño
verde con lentejuelas doradas que se ajustaba a su cintura, enmarcando sus
pechos desnudos, un delantal incrustado con piedras preciosas y una falda
roja le acariciaba los talones con sus siete graciosos volantes. Una sucesión de
alambres de oro en espiral le sujetaba el cabello, que resplandecía como el
agua de un estanque acariciada por la luna. Tenía los pezones y los labios
pintados de rojo, y dos estrellas de color carmín adornaban sus pómulos.
Clitemnestra vestía con esplendor cada vez que salía de palacio. «Una reina,
decía siempre, debe brillar mucho más que sus damas, debe ser una estrella
por encima de las luciérnagas pasajeras».
—Espero no estar lejos más de una luna. Mientras tanto —le aseguré—,
Mecisteo llevará los asuntos cotidianos de Micenas. He ordenado a Gelón que
supervise la administración general. Cuidaos bien, mi señora.
—Tendré que hacerlo. —Clitemnestra se asomó por encima del parapeto
de la torre para contemplar a los obreros que construían la nueva muralla del
oeste, un trazado rocoso de seis metros de espesor y de la altura ya del pecho
de un hombre—. Nos dejáis con las defensas a medio construir y te llevas a
los guerreros. ¿Realmente estáis tan seguro de que los hombres-cabra no
volverán a aparecer?

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—Por supuesto que no. ¿Quién puede predecir lo que podrían o no hacer
unos salvajes? —Señalé con el brazo el circuito de rampas—. Las murallas
que los mantuvieron a distancia siguen en pie, Mecisteo tiene treinta héroes
en reserva y cuatrocientas lanzas. Además, todas nuestras ciudadelas están
suficientemente protegidas.
—¿Y qué más? Perdonad mi ignorancia, pero no me habéis confiado
vuestros planes. —Se dirigió hacia el parapeto interior, lejos de las damas que
escuchaban nuestra conversación con avidez—. Soy tu mujer y tu reina,
Agamenón, y la hija de un rey descendiente de Poseidón. La sangre de
cincuenta monarcas corre con fuerza por mis venas. ¿No podéis confiar en mí
para regir sobre Micenas durante el breve período en el que os ausentaréis?
La miré horrorizado.
—¿Tú? ¿Una mujer? Debes estar perdiendo la cabeza.
—Puedo dirigir a un hombre y, por lo tanto, puedo gobernar un reino. —
Sus palabras fueron tan duras y frías como el granizo que cae sobre las
piedras—. Podríais, sin recelo, nombrarme regente de Micenas en vuestro
lugar.
Me quité el casco y me enjuagué la cara.
—¡Tus pretensiones me aturden! ¿Serías capaz de moderar el consejo?
¿De adjudicar contratos de arrendamiento? ¿De resolver conflictos sobre
tierras? ¿De otorgar haciendas a los héroes que las merecen? Lo dudo —me
burlé—. ¿Serías capaz de decirle a Mecisteo dónde posicionar a sus guerreros
si los hombres-cabra atacan de nuevo?
Clitemnestra me miró durante un largo momento, considerando mis
palabras, mientras sus verdes ojos destellaban bajo sus cejas arqueadas.
—Todo eso y más. Subestimáis el valor de la mujer a la que desposasteis,
Agamenón. ¿Realmente pensáis que yo disfruto de la mundana vida de dama
de palacio? ¿De tener hijos, copular y tejer? ¿Es eso lo que creéis?
Me volví a poner el casco y me ajusté la correa.
—Seguramente. ¿Acaso Agenor, tu bisabuelo, no era fenicio? Todas las
damas nobles, algunas de mejor cuna que tú, aceptan sus responsabilidades
como mujeres. ¿Para qué otra cosa podrían servir?
Como pretendía, aquel argumento tocó su punto débil. No había nada que
enfureciera más a un noble que describir con desprecio su linaje.
—Tonto es el guerrero que, estando desnudo, ataca con su lanza. ¡Tu
antepasado de hace un siglo era un bastardo!
—Supongo que te refieres a Perseo. Apréndete bien las genealogías,
porque no tengo ninguna relación con él. Atiende tus asuntos domésticos, mi

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dama —concluí con brusquedad—, ¡y mantén tus dedos fuera de la política!
Clitemnestra suspiró. Pensativa, acarició su collar de oro y marfil. Su
súbita docilidad hubiera sido suficiente para despertar sospechas en el más
manso de los maridos.
—Será como vos digáis, Agamenón. —Me tomó por la muñeca y me
llevó hasta la muralla exterior. Señalándome la columna de soldados armados
que inundaban el camino hacia el valle, me dijo—: Vuestro ejército os espera.
Seré responsable con los asuntos domésticos mientras estáis fuera.
Se cruzó de brazos en el parapeto y, consciente de que yo estaba mirando
su rostro, deliberadamente se giró para mirar el cuerpo de un héroe musculoso
y atractivo que se apoyaba sobre su lanza en las rampas de abajo. Después,
me miró a los ojos y dijo:
—Quizá consiga algún entretenimiento con el que pasar el tiempo.
Apreté los dientes para no replicar con amargura y descendí de la torre.
Mi carro me esperaba bajo la muralla. Taltibio iba a colocar las riendas.
Eurimedonte me dio la lanza y el escudo. Taltibio tanteó el bocado de los
caballos para asegurarse de que estaba bien sujeto. Podía escuchar el ruido de
la grava bajo las ruedas que retumbaban al girar mientras cruzábamos la
puerta. A mitad del camino que bajaba por el montículo de la ciudadela, le
ordené que se detuviera y miré hacia atrás, hacia el grupo de mujeres que
resplandecían en la torre. Clitemnestra se despidió con la mano. Yo,
pensativamente, acaricie mi lanza. Mi compañero embridó a los caballos, una
pareja de grises de Kolaxia, y me miró con curiosidad.
No había colocado espías en las cámaras de Clitemnestra, y comenzaba a
arrepentirme del error. No temía ninguna confabulación política, ya que no
había ningún obvio pretendiente al trono de Micenas, ni ningún pariente
clamando su sucesión por linaje real. Menelao vivía feliz en Esparta, y el
resto estaban muertos. ¿Todos? Me acordé de Egisto, que había sido producto
del incesto y que era descendiente, como yo, de Tántalo y Pélope. Irrelevante.
El chico vivía muy lejos, en Elis, exiliado permanentemente, y era consciente
de que, si me daba la oportunidad, lo eliminaría como había hecho con su
padre.
No, mi maliciosa reina me había insinuado otro tipo de engaño. En
realidad no la había creído. El adulterio, en las familias reales, se castiga con
una terrible sanción. Ella conocía el destino que había sufrido la miserable
Aérope, a quién Atreo lanzó de un acantilado. La mirada lasciva con la que
había mirado al héroe de la guarnición había sido sólo para provocarme. Pero,
sin embargo…

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Aunque cuando yo lidiaba con ella en el lecho estaba tan fría como un
invierno pegajoso, sabía que, en su interior, había ocultas pasiones fogosas
listas para cegar a cualquiera que encendiera su antorcha. La Dama sabía que
lo había intentado, y que había fracasado. ¿Estaría buscando Clitemnestra una
llama más ardiente?
Era demasiado tarde para ponerle un vigilante a mi esposa, ya que las
partidas de guerra me esperaban impacientes al pie del camino. Los espías
abundaban en Micenas, pero vigilar a una reina no era trabajo para un
sabandija cualquiera: la misión requería discreción y una planificación
rigurosa. Resolví corregir aquella omisión tan pronto como acabara la
campaña.
—Continuemos el viaje —le dije a Taltibio.
Los héroes nos vitorearon y alzaron las lanzas en señal de saludo.
Condujimos hasta la cabeza de la columna de la entrada e hice una señal a la
vanguardia para comenzar la marcha.

El atardecer bañaba de resplandor rojizo la muralla y las torres de Corinto. Un


vasto campamento se extendía sobre las llanuras hasta la orilla del mar. Visité
a Polictor de Tirinto, a Alcmaón de Midea, a Gelanor de Asine y a otros
guardianes menores. Me informaron de que sus partidas de guerra estaban en
excelente forma, ansiosas por marchar hacia Egas, y con esperanzas de que la
ciudad se resistiera para poder saquearla. El corpulento guardián de Sición
(ciudad en la que, años atrás, Atreo había conocido a su desdichada Pelopia)
se quejó de un incidente en el camino en el que se había encontrado con
ladrones de ganado provenientes de Estínfalos. Yo no me había olvidado de
aquella ciudad ni de sus hombres, que habían dado muerte a mi primer y
único amor, mi hermosa Climena. Había llegado el momento, decidí, de
eliminar aquella apestosa población.
Al día siguiente conduje a las partidas de guerra, doscientos carros y dos
mil lanceros, por el camino costero hacia Pelene. La hueste se había reducido
en un tercio. Como ya he mencionado, la amenaza doria me había obligado a
dejar apostada una guarnición en cada una de las ciudadelas. Pasamos la
noche en Pelene, y al día siguiente, cerca del mediodía, alcanzamos Egira.
Convoqué un consejo de guerra formado por guardianes y los héroes
principales en el diminuto palacio de la fortaleza.
Egas, una pequeña ciudad independiente como todas las que se
encontraban en la costa corintia, no estaba bajo la supremacía de ningún gran

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rey. Obviamente, sus habitantes sabían lo que pretendíamos: no era posible
ocultar la marcha de las huestes, y el recuerdo de las conquistas de Atreo sólo
les confirmaba la amenaza. Por tanto, el enemigo tenía tres opciones: abrir las
puertas y rendirse al ver nuestras lanzas, luchar en campo abierto, o tratar de
soportar el asedio. Pedí al guardián de Egira, un héroe enjuto y con el rostro
demacrado, de entendimiento tan corto como sus barbas, que me dijera todo
lo que sabía acerca del señor de Egas y de su pueblo.
—Estamos en muy buenos términos —me dijo—. Suelo visitar a Pántoo
con frecuencia, ya que vive a poca distancia en carro. Es un tipo agradable, un
poco raro, y en mi opinión le faltan agallas. Sólo tiene veinte héroes, más o
menos, así que creo que se rendirá.
Aquello no alteró mis planes para el día siguiente. Resolví marchar en
formación de ataque con los carros a la cabeza y los lanceros detrás. El
equipaje se quedaría en Egira. Después de dar las órdenes, y de ubicar a cada
partida de guerra en su posición en la fila, me despedí del consejo y ordené al
guardián que me trajera información sobre Hélice, mi siguiente objetivo
después de la caída de Egas.
Se rascó la cabeza de cabello demasiado corto.
—No sé mucho sobre esa gente. Esa ciudad es harina de otro costal.
Según lo que he escuchado, su ciudadela, a diferencia de la de Egas, es fuerte.
La gobierna un hombre firme, al mando de más de cincuenta héroes. No es el
tipo de persona que se rendiría, y tampoco creo que quiera arriesgarse en una
batalla. Probablemente tengas que incorporarlo a tu liga.
Las profecías de mi hombre en Laconia fueron increíblemente acertadas.
Conduje la fila de carros a través de la llanura salpicada de matorrales que
precedía el montículo de Egas, y comprobé que las puertas se abrían de par en
par y algunos voceros salían a nuestro encuentro. Pántoo se rindió con
elegancia, y pidió que su ciudad no fuese saqueada. Los héroes,
decepcionados al verse privados del pillaje y la lucha, atestaron el salón y
bebieron hasta dejar completamente secas las reservas de vino de Egas. Nadie
tocó la ciudadela, pero no pude evitar, y ni siquiera lo intenté, que los
guerreros, ebrios de vino, se comportaran como salvajes en algunas casas.
A la mañana siguiente mandé traer el tren de equipaje y ordené a las
huestes que acamparan. Les impuse una compensación inmediata: piaras de
cerdos, rebaños de reses, ovejas y caballos; y después de tomar un décimo
para mí, dividí el resto entre los guardianes y los héroes principales. El
ganado y los cerdos deambularon por el campamento todo el día. Algunos

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caballeros avariciosos se disputaron la división del botín causando peleas y un
par de muertes.
Decidí destituir a Pántoo. Aunque sin duda era un tipo amigable, un
caballero que entregaba su ciudad con tanta facilidad podía hacerlo de nuevo.
Le prometí una propiedad cerca de Micenas y nombré a Diores, mi viejo
tutor, como guardián de la ciudadela: era una recompensa justa para un héroe
que me había entrenado en mi juventud. Diores no dijo mucho, ya que era un
hombre taciturno, pero pude ver sus ojos brillar de gratitud. Pántoo también
se mostró agradecido: sabía que los caballeros de las ciudades capturadas, por
más fácil que las entregaran, solían tener una muerte rápida y desagradable.
Siempre me había considerado un hombre muy misericordioso.
Habiendo saldado los asuntos en Egas, ordené a las huestes que partieran
hacia Hélice, que estaba a un día de marcha sobre el camino de la costa. Las
partidas de guerra marcharon en una columna hasta que pudimos divisar las
torres de Hélice, y allí nos detuvimos para ordenarnos en formación de
ataque. Las casas del pueblo se alineaban de una costa a la otra, y detrás del
arco que formaban sus tejados se podía ver la sombría muralla de piedra que
se alzaba sobre la arena de la playa. Las lanzas brillaban desde las almenas, y
sus puertas estaban firmemente cerradas.
El señor de Hélice pretendía soportar un asedio.
Gelanor de Asine, un joven impetuoso con la quijada como el carnero de
una galera de guerra, quería atacar de inmediato. Le dije con frialdad que
controlara sus pasiones: no habíamos explorado el terreno, ni la mejor forma
de atacar, e ir directamente contra las puertas podría ser desastroso. Cito aquí
la ambiciosa propuesta de Gelanor, simplemente como ejemplo de la limitada
visión militar del típico héroe joven. Un ataque frontal era el límite de sus
ideas tácticas. Alcmaón de Midea, que había presenciado el duelo que acabó
con la vida de Hilo, hijo de Hércules, propuso retar al señor de Hélice a un
combate cuerpo a cuerpo entre él y… Me miró inquisitivamente.
—¡Por supuesto que no! —resoplé. Con doscientos experimentados
guerreros a mano, ¿por qué iba a arriesgar algo tan valioso como mi vida?—.
Sólo un idiota se jugaría el destino de su ciudad en un combate entre dos
hombres. Además, si se lo propusiera pensaría que somos débiles.
—Entonces, eso significa que vamos a asediarlos —dijo lúgubremente
Polictor.
—Por supuesto. Quizás encontremos alguna debilidad que nos invite a
aumentar las hostilidades. Mientras tanto, los asediaremos hasta que se
mueran de hambre.

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Taltibio condujo mi carro seguido por todos los líderes de las partidas de
guerra. Inspeccioné el terreno alrededor de la ciudad a una distancia prudente
del alcance de sus flechas. La luz del sol brillaba sobre los cascos de los
guerreros en las almenas, que nos gritaban desafiantes. La ciudadela, junto al
mar, descansaba al igual que Asine sobre una caída de peñascos lavados por
las olas. La línea costera se curvaba en una bahía de poca profundidad.
Inclinados sobre la playa descansaban navíos pesqueros y de carga. A
excepción de un puerto de salida que daba hacia el mar, la fortaleza no tenía
una sola puerta.
—Destruid los navíos, o el enemigo los utilizará para transportar reservas
hacia la ciudadela, ya que es probable que tengan amigos en las villas de la
costa. Es tu trabajo, Gelanor, y lo quiero ver realizado en tres días. Para evitar
que sus naves desembarquen cerca de la ciudadela, construiremos dos
fortalezas en las playas de cada lado, a una distancia prudente lejos del
alcance de sus flechas. Es tu responsabilidad, Polictor: comienza a trabajar
mañana.
El asedio había comenzado.
Primero inspeccionamos los campos colindantes para proveernos de
comida, y saqueamos todo lo que encontramos. Una agradable mañana,
cargada de humo y de chispas, quemamos el pueblo hasta los cimientos.
Polictor construyó las fortalezas en la playa. Gelanor destruyó treinta navíos y
se quejó de que las flechas del enemigo habían frustrado su plan de quemar el
resto de las barcas apostadas cerca de las murallas de la ciudadela.
—Mataron a un héroe y a cinco lanceros, y tengo varios hombres heridos.
Los que pasan bajo las almenas del lado de la playa son objetivos fáciles para
los arqueros.
—Inténtalo cuando esté oscuro —le sugerí.
—¿Luchar de noche? ¡Eso es reprobable! Va en contra de todo…
—¿Cuántas naves quedan en buenas condiciones?
—Una decena.
—Reúne a veinte héroes en una de las fortalezas de Polictor antes del
atardecer. Dale a cada uno un hacha o una palanca. Id sin armaduras, a
excepción del casco y el corselete. Id descalzos, y sin más armas que las
dagas. —Hice una pausa para pensar. Era una misión relativamente segura
que prometía mucho a cambio de un mínimo riesgo—. Mejor los llevo yo a
destruir los botes.
Después de explicar el plan al pequeño grupo de héroes que incluía a
Gelanor (después de haber puesto reparos, insistió en venir), los conduje en

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una sola fila a través de la playa. El susurro de las olas ahogaba nuestros
pasos cautelosos. La muralla de Hélice se alzaba, negra, sobre nuestras
cabezas. Los cascos de los centinelas salpicaban las almenas, y la luz de las
estrellas se detenía en las puntas de sus lanzas. Mi rodilla chocó contra la proa
del barco pesquero más próximo. Toqué el hombro del héroe que respiraba a
mi espalda, y se detuvo, agachándose en las sombras debajo del casco.
Encontré todos los navíos y dejé a un héroe junto a cada uno de ellos. La
arena cedía ante los peñascos que sobresalían bajo la muralla y me deslicé
sobre el musgo viscoso, sumergido en el agua hasta la altura de los muslos.
Trepé a un arrecife evitando que mi hacha tintineara al hacer contacto con la
superficie. Ocho héroes me seguían de cerca, blasfemando en silencio. Había
más barcas en la orilla opuesta, y asigné una a cada uno de mis hombres.
Cuando choqué contra la novena, pude observar más navíos apostados a lo
lejos. Gelanor, maldito fuera, había contado mal.
Tanteé el casco inclinado, tomé el mango de madera de olivo de mi hacha
y le asesté un golpe bajo la línea de flotación. El crujido retumbó con claridad
en la quietud de la noche. Los tensos héroes que habían estado esperando mi
señal se pusieron de pie y golpearon las tablas ablandadas por el agua.
En las alturas de la muralla negra que casi tocaba las estrellas, los
centinelas dieron el toque de alarma. Se escucharon pasos a la carrera y gritos
agitados. Los arcos se tensaron, y las flechas salieron disparadas con un ruido
sordo y se clavaron en la arena. Se oía el ruido metálico de las lanzas al caer
sobre las piedras, golpes entrecortados parecidos al sonido que hace un hacha
al astillar trozos de madera.
El enemigo, cegado por la oscuridad de la noche, disparaba al azar,
apuntando hacia los sonidos que emitíamos. Una flecha arañó mi casco, me
agaché en un gesto inútil y continué asestando golpes sobre la nave como si
fuera un leñador enloquecido. Palpé el agujero irregular: era lo
suficientemente ancho para albergar un jabalí moloso. Las antorchas
encendieron la muralla de rojo.
—¡Corred! —grité por encima del clamor, y di ejemplo dando traspiés por
el mismo camino por el que habíamos llegado. Choqué contra la espalda de
un héroe, lo empujé hacia delante, y acto seguido me tropecé con un cuerpo
postrado. El sonido cercano de una flecha que pasó casi rozándome la cabeza
me estremeció, pero no llegué a verla. Cojeé sobre las rocas y corrí salpicando
sobre las olas que lamían la orilla. Jadeando y sin aliento, con un montón de
figuras corriendo tras de mí, alcancé la entrada de la fortaleza de piedra de

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Polictor. Me derrumbé sobre una pila de equipaje y conté las cabezas con la
ayuda de la luz parpadeante de las lámparas. Sólo faltaban dos.
—Muchas gracias, caballeros. Ha sido una hazaña muy efectiva. Es la
segunda operación nocturna exitosa en la que tomo parte. Quizás deberíamos
hacerlo más a menudo en el futuro, aunque nuestros militares expertos no
estén de acuerdo.
Gelanor gruñó sin convencimiento.

El verano siguió adelante. La vida, en las líneas de asedio, era monótona,


tediosa y acalorada. Los únicos signos de actividad que había mostrado el
enemigo fueron intentos nocturnos de reparar las embarcaciones estropeadas.
Yo no esperaba ningún ataque por su parte. Mis huestes superaban a las suyas
en número; por cada lancero de Hélice, nosotros teníamos cinco. Los héroes,
impacientes, principalmente Gelanor, me presionaban para iniciar el ataque.
Yo me negué con obstinación.
—Más de dos mil individuos, héroes, compañeros, lanceros, pastores,
mujeres, niños y esclavos, están atrapados dentro de las murallas de Hélice.
No les debe quedar mucha comida. El hambre que les infligimos logrará
nuestro objetivo, ¿para qué malgastar nuestras vidas?
—Llevamos aquí apostados al menos una luna —refunfuñó Alcmaón—.
El verano avanza, y no quedará mucho tiempo antes de la cosecha para tomar
Dime y Erineo.
—Avanzar más allá de Hélice nunca estuvo dentro de mis planes —mentí
—. ¿Esperas que toda la costa de Corinto caiga en una sola campaña? Atreo
tardó dos años en llegar hasta Egira.
Los guerreros, aburridos, estaban empezando a discutir, principalmente
por las mujeres. Había distribuido a las esclavas que tomamos en los pueblos
entre ellos y, ejerciendo mi privilegio real, escogí para mí a una rubia de
pechos abundantes, la más guapa del mediocre grupo, cuyas acrobacias
amorosas me ayudaron a preservar la salud. Mientras tanto, mantuve la paz
entre varios héroes pendencieros y calmé el incómodo presentimiento de que
Hélice podría aguantar hasta que la cosecha en Micenas obligara a nuestras
huestes a abandonar el asedio.
Durante la segunda luna del asedio, un mensajero de Polictor me despertó
del letargo en el que me encontraba entre los brazos de la ramera de cabellos
dorados. Me informó de un movimiento en la playa bajo la muralla, pequeños
botes que rozaban el agua, y un furtivo crujir de remos. Eurimedonte me armó

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con rapidez, caminé hasta el fuerte y divisé la costa en la oscuridad. El haz de
luz de la luna iluminaba el mar y podían verse algunas figuras negras contra
el agua alzando los remos sobre una embarcación.
—Alguien huye —dijo Polictor—. ¿Deberíamos atacar desde la playa y
eliminarlos?
—Deja que se marchen. Creo que, gracias a La Dama, Hélice ya no será
parte de la liga.
Con los primeros rayos del amanecer revisé el panorama de la ciudadela
con ansiedad, esperando ver las puertas abiertas de par en par y a los
mensajeros anunciando la derrota. Creía que aquella huida en barco durante la
noche significaba que el señor de Hélice había escapado junto a sus
principales héroes. Si el corazón de la resistencia se había marchado, la
guarnición, abandonada, no resistiría mucho tiempo.
Quizás necesitaban un incentivo.
Las trompetas dieron el toque de armas. Las huestes enteras, desmontadas,
se extendieron en el espacio entre la ciudadela y la línea de asedio. Las
bandas de guerra se amasaron en una línea con sus escudos altos protegiendo
las lanzas afiladas, como una empalizada de bronce. Los lanceros balancearon
un tronco de roble para derrumbar los portones. El espectáculo causó un
estremecimiento en las almenas: los centinelas tocaron la alarma y los
guerreros se agolparon en sus puestos de combate.
Las huestes marcharon sobre los restos quemados del pueblo levantando
nubes de humo negro y gris. Las líneas llegaron al alcance de tiro de los
arcos. Ni una sola flecha fue disparada desde la muralla. Un grupo de
hombres apareció detrás la puerta: estaban desarmados y blandían ramas de
olivo en señal de rendición. La columna arrolló a los mensajeros y
desapareció detrás de la puerta. Gelanor volvió a aparecer en la torre que la
protegía, alzando una lanza ensangrentada y vitoreando por el triunfo.
La hueste enloqueció. En un coro estridente de gritos de guerra, los
héroes, ansiosos después de esperar durante dos lunas, barrieron la ciudad
entera, un botín tan irresistible como lo era la bebida para un hombre
sediento. Las partidas de guerra rompieron filas y corrieron hacia las puertas,
se atascaron en la entrada, y comenzaron a pelearse por entrar.
Arrastrado por la ruidosa turba, entré, trastabillando, a Hélice. Los
guerreros inundaban la ciudadela, arrancaban las puertas de las casas de sus
bisagras, mataban a todos los hombres que había dentro y echaban el botín a
la calle. Aquí y allá, en los callejones, en las tribunas y en las almenas,
pequeños grupos de defensores peleaban hasta morir. El asalto se convirtió en

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una cacería, en una persecución de los hombres que intentaban huir, de
cabezas de lanzas ensartando cuerpos, de mujeres cogidas por la fuerza y
violadas en donde estuvieran, mientras lo saqueado era apilado en montones.
La agonía de Hélice se escuchaba en los chillidos que se alzaban hasta los
cielos.
Mi guardaespaldas me abrió paso a la fuerza hasta el palacio, un edificio
cuadrado pintado de blanco que coronaba el montículo de la ciudadela.
Cruzamos el tribunal, que estaba desierto, nos abrimos paso a través del
pórtico, y llegamos hasta el salón. El fuego ardía en la chimenea, y los
muebles estaban esparcidos en desorden. Vasos y platos cubrían el suelo del
recinto, todo señalizando una huida apresurada. Un sabueso merodeó por las
sobras y, contento, devoró una galleta. El otro ocupante del salón era un
hombre que estaba reclinado sobre una mesa de tres patas, mordiendo un
hueso de chuleta con despreocupación, aparentemente estoico ante el tumulto
que arrasaba la ciudad. Apunté su pecho con mi lanza.
—¿Quién rayos eres tú?
Levantó una ceja poblada y escupió un trozo de carne. Los músculos
tallados le cubrían los brazos y las piernas y se enroscaban en su ancho pecho
peludo. Su enredado pelo negro y su barba enjuta enmarcaban un rostro tan
curtido que, perfectamente, podía estar hecho de cuero envejecido. Traté de
calcular su edad: parecía un par de años menor que yo.
Tiró el hueso y se limpió la boca con una servilleta.
—Soy Odiseo, amigo y huésped del señor de Hélice. Lamento informaros
de que mi anfitrión ha partido hace unas horas. ¿Y quién, si puedo preguntar,
sois vos?
El nombre hizo sonar un par de cuerdas de la lira de mi memoria. Tenía
algo que ver con Atreo.
—Soy Agamenón, rey de Micenas, hijo de Plístenes, hijo de Atreo, hijo
de Pélope. —Hacer un recuento de los ancestros al presentarte a un
desconocido era lo que dictaminan las leyes de etiqueta: Odiseo, omitiendo
las costumbres, había faltado a la conducta que se esperaba de un caballero—.
Tú eres amigo de mi enemigo. ¿Existe alguna razón por la cual debería
perdonarte la vida?
—Proporcionadme una espada, y os daré una. —Odiseo se levantó de la
silla; era un hombre de mediana estatura y llevaba una falda de piel de buey
con un cinturón de oro—. Y la otra razón es que mi padre es el rey de Ítaca, y
que si lo haces desatarías una guerra.

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Mi guardaespaldas resopló con impaciencia, ansioso por continuar con el
saqueo.
—¡Acabad con el bruto y continuemos! —se escuchó a alguien exclamar.
—Busca a los guardianes, haz que detengan el saqueo, y evita que
prendan la ciudadela en llamas. —Era un milagro que aún no estuviera
ardiendo, considerando que había cenizas y trozos de carbón desperdigados
por todo el suelo, braseros volcados y lámparas de aceite volando por los aires
dando lengüetazos de fuego.
Los héroes se alejaron dejándome solo con Taltibio.
—Las huestes de Ítaca no me molestarían demasiado —le contesté,
desdeñosamente—. Dale al hombre una espada, Taltibio, y déjame comprobar
aquello de lo que se jacta.
Odiseo sonrió.
—¿Me pedís que luche desnudo contra un guerrero con armadura? ¡Sois
un hombre cuidadoso, Agamenón! Y yo no soy ningún tonto ingenuo. ¿Por
qué deberíamos pelear? Conocí a vuestro abuelo Atreo hace años.
Desembarcó en Ítaca en su peregrinaje al altar de Dodona.
Atreo había mencionado aquel incidente. ¿Qué fue lo que dijo al respecto?
«Me gustó Odiseo, el hijo de Laertes: un pillo ingenioso como ningún otro».
No era sencillo ganarse el aprecio de Atreo, ya que era un duro juez del
carácter de los hombres; quizás podía utilizar a aquel truhán en la campaña.
—Estás muy lejos de casa.
—Ítaca es una isla pequeña, y yo soy explorador por naturaleza.
Alcmaón, a la cabeza de un grupo de guerreros, entró al salón. Al ver a su
rey, retrocedió.
—Perdona, mi señor, no me di cuenta de que estabais aquí. ¡Fuera,
chicos! Encontraremos algún otro lugar…
—¡Espera!
Le ordené que controlara a las partidas de guerra; el saqueo había
terminado. Hélice era ahora mía, y no quería que continuaran con el pillaje.
Me giré y le dije a Odiseo:
—No explorarás más, durante un tiempo. Alcmaón, conduce a este
caballero hasta mi tienda, dale vino y comida, y ponle vigilancia.
Una sonrisa cruzó el rostro curtido de Odiseo.
—¿Seré vuestro prisionero, Agamenón? ¿Qué tipo de rescate pedirás por
mi cabeza? Mi padre, por desgracia, no es muy rico.
Yo le sonreí y le dije:

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—Nada de rescates, Odiseo. Quizás amistad y consejo. Más tarde
repasaremos estos asuntos.
Alcmaón se retiró del salón con sus hombres.

Mis salvajes huestes, enloquecidas por el botín, habían matado a todos los
hombres de Hélice, excepto a un puñado de héroes a los que apresaron porque
prometieron pagar un rescate a cambio de sus vidas. No me podía quejar: la
ciudadela había pagado el castigo habitual que paga toda ciudad amurallada
después de aguantar un asedio. Hélice se entregó demasiado tarde para que yo
pudiera prevenir la masacre. Por suerte, la ciudad no había sido quemada, otro
de los castigos tradicionales en esas circunstancias.
Pasamos los días siguientes limpiando la ciudad. Enterramos los
cadáveres, incluyendo los nuestros (no todos los de Hélice se resignaron a
morir pacíficamente), envié esclavos a limpiar las calles, arreglé las casas
saqueadas de la mejor forma, recolecté el botín, escogí mi parte, y dividí el
resto de los esclavos y los tesoros entre los demás héroes de las huestes.
Odiseo me dio su palabra de honor, así que le quité al guardia y le di
ropajes, esclavos y muebles apropiados para su rango. Los héroes cenaban y
bebían con él, y lo hicieron sentir a gusto en sus tiendas. Tenía las piernas
combadas como los jinetes de Tesalia, por lo que caminaba un poco ladeado,
y su andar y su rostro endurecido se convirtieron en una presencia familiar en
el campamento. Mientras tanto, el verano avanzaba, y, en los campos de
Hélice, los esclavos ya comenzaban a cosechar la cebada. Los guardianes nos
informaron de que los caballeros estaban intranquilos y querían regresar a
casa. La cosecha, como todos sabían, exigía la vigilancia del dueño de la
hacienda.
Señalé un día de ofrenda de gratitud hacia La Dama, que nos había
conducido a la victoria, y doné cuatro toros jóvenes para que las Hijas de
Hélice llevaran a cabo el sacrificio ceremonial. Aunque en la confusión del
saqueo a veces se cometen errores, nadie en su sano juicio les habría hecho
daño a las Hijas. Después del sacrificio hubo juegos y carreras y, finalmente,
un banquete en el salón. Al amanecer, anuncié, las huestes regresarían a
Micenas.
Coloqué a Odiseo junto a mi trono sobre una silla toscamente tallada en
madera de olmo, un mueble rústico y modesto, pero propio de un joven señor,
una posición honorífica apropiada para un descendiente de Acrisio.

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Conversamos plácidamente sobre la política de Acaya, sobre el carácter de
sus regentes y sobre la amplitud de su círculo de conocidos.
—Viajo mucho, como os dije. La Dama me ha impuesto esta maldición:
tengo los pies inquietos.
—¿Has estado en Erineo y en Dime?
—En ambas. —Me miró, especulando—. He escuchado que pretendes
tomarlas.
—Volveré el año que viene con ese propósito.
—Sí, es una lástima que Hélice resistiera tanto tiempo. Creo que Erineo y
Dime también resistirán el asedio y retrasarán vuestros planes. Quizás incluso
podrían obligaros a extender un año más la campaña.
—¿Tres años de lucha, Odiseo? Bueno, así es como luchan los miembros
de la liga. No me gusta tomar por asalto ciudades bien construidas y con
defensas sólidas. No debemos tomar atajos en la guerra contra fortalezas, es
demasiado costoso.
Odiseo se metió a la boca un trozo de venado asado, masticó
reflexivamente y dijo:
—Quizás puedan ser persuadidos para que luchen en campo abierto.
—¿Contra las huestes de Micenas? Ninguna de esas ciudades puede
luchar…
—Por su cuenta, ninguna de las dos se atrevería, pero juntas tienen más
posibilidades.
—¿Una alianza de dos ciudades independientes? Es poco probable. ¿Qué
quieres decir?
Las antorchas reflejaron un destello de ingenio en los ojos negros de
Odiseo.
—Creo que, si me dejáis en libertad, yo podría persuadir a los señores de
Erineo y de Dime de que podrían acabar con vuestras huestes si presentan
batalla conjuntamente. Ambos son guerreros agresivos, y ninguno está
dispuesto a sufrir el destino de un asedio de la liga.
—Convencerlos de algo así no será nada fácil.
—Soy un hombre muy persuasivo.
Era cierto, pensé para mí: Odiseo podría convencer a un hombre para que
entrara en la guarida de un león. Sentí que mis dudas se dispersaban.
Bebí de un cáliz de plata y examiné su rostro astuto por encima del borde
del recipiente.
—No pretendo ofenderte, Odiseo, pero ¿cómo puedo estar seguro de que
cumplirás lo que prometes?

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—No puedes estar seguro. —Odiseo sonrió ampliamente—. Sólo tienes
mi palabra como heredero de una casa real que desciende de Poseidón.
—Todo el mundo —murmuré— dice ser descendiente de Poseidón o de
Zeus. De cualquier forma, si aceptaras esta misión, ¿qué recompensa querrías
a cambio?
—Un lugar en tu corte de Micenas —dijo con firmeza.
Me quedé boquiabierto.
—Pero algún día serás el rey de Ítaca…
Odiseo golpeó la mesa de madera de haya. Todos los muebles
ornamentales habían sido robados durante el saqueo.
—Ítaca es un reino remoto y pobre, no es el sitio adecuado para un
hombre aventurero. Mi padre, Laertes, es el rey, no yo. Aunque está viejo y
frágil, podría vivir durante años. ¿Qué debo hacer mientras tanto? ¿Cuidar de
mis viñedos? ¿Arar la tierra? ¿Sembrar y cosechar? Busco gloria y fama, y
fortuna también. Quiero acoplar mi carro al de la estrella naciente de Acaya:
¡tú, Agamenón!
Odiseo bebió y después se quedó callado, pensativo. Yo pasé mi dedo por
los grabados del cáliz, que representaban a un ciervo en un campo de lirios, y
medité. Ciertamente, Odiseo era un hombre excepcional: listo, intrigante y
probablemente muy poco escrupuloso. Justo el tipo de hombre que quería
tener a mi lado en el consejo para los asuntos de política o de guerra. Lo
probaría con aquella misión que me había propuesto, pues, de cualquier
modo, no perdía nada, y si tenía éxito en la empresa lo acomodaría en
Micenas en alguna de mis propiedades.
Le toqué el brazo.
—Me has convencido, Odiseo. Dirígete a Dime y a Erineo. Regresaré
después de la siembra, el año que viene, y espero encontrar sus partidas de
guerra en campo abierto.

Odiseo se negó a disponer de los sirvientes y los ropajes que le di. Vestido
con una falda harapienta, sandalias desgastadas y una capa vieja, con el
cabello en desorden y la barba sin peinar, se alejó por el camino del oeste.
—Me habéis tomado prisionero, me despojasteis de mis posesiones y me
sometisteis a malos tratos. —Al despedirse, sonrió—. Os odio a muerte, y
estoy ávido de venganza. Le añade credibilidad al papel, ¿no creéis?
Yo me reí y le di una palmada en el hombro, deseándole buena suerte.

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Las huestes marcharon desde Hélice, alcanzaron Sición, y al atardecer del
segundo día acamparon bajo la ciudadela. Reuní a mis héroes de palacio, y les
ordené que descansaran y comieran bien: estábamos a punto de emprender
otra noche de marcha. Después de un silencio sepulcral, alguien recobró la
voz y me preguntó cuál era el destino. Le dije, con cortesía, que conocerían el
destino por la mañana, que no empaquetaran equipaje ni trajeran servidumbre,
y que las partidas de guerra marcharían directamente a la batalla.
Había encontrado un guía, un pastor de cabras que alimentaba a sus
bestias en las colinas al sur de Sición. Me juró conocer el camino, y yo no
tenía razón para dudar de su palabra: el desgraciado caminó durante toda la
noche con la punta de una lanza tocándole la espalda. Nombré a Gelanor
comandante de las huestes y le ordené que marchara a Corinto, y de allí a
Micenas. Gelanor terna muchas preguntas, pero mis respuestas fueron cortas
y poco amigables.
Cuando cayó la noche, me alejé del campamento a la cabeza de treinta
héroes y trescientas lanzas. Una luna menguante iluminaba el camino rocoso
que descendía de la llanura y se adentraba en el bosque de la ladera de las
colinas. Los carros se sacudían al pasar sobre los baches, los caballos
tensaban las riendas en las subidas difíciles y se deslizaban en sus corvejones
al sortear las bajadas empinadas. Los compañeros luchaban contra las riendas
y maldecían. La rueda de un carro se desprendió de su eje, y un precipicio se
tragó a otro. Los lanceros avanzaban penosamente en fila, siguiendo sin
rechistar a los señores que les habían dado sus tierras.
Cada cierto tiempo hacía una pausa, permitía que la columna se cerrara,
masticaba aceitunas silvestres que arrancaba de los árboles y bebía boca abajo
directamente de los arroyos. La luna se ocultaba detrás de las crestas de las
montañas. Continuamos la tortuosa marcha en la oscuridad durante un rato.
Los compañeros, cansados, soltaron las riendas y dejaron que los caballos
averiguaran el camino por instinto. Una luz plomiza bañaba el cielo del este:
pronto, los conductores podrían ver las piedras que sus ruedas aplastaban. El
guía se detuvo en una saliente del camino, y señaló:
—Es Estínfalos, mi señor.
La venganza, largamente postergada, estaba a mi alcance. Quince años
había esperado para vengar la muerte de Climena. Mi retribución estaba en las
colinas: una rápida y súbita masacre cuyas víctimas no sospechaban. Por eso
el recelo y la marcha nocturna. Las montañas estaban forradas de rebaños de
cabras y de otros animales y, si las partidas de guerra hubiesen marchado de
día, Estínfalos habría dado el toque de alarma.

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La ciudad tenía un nombre agraciado: Estínfalos era en realidad un nido
de bandidos ubicado en un claro del bosque rodeado por montañas. Examiné
la tierra. Las faldas de las colinas estaban pobladas de árboles y ocultaban
completamente la ciudad. Mis héroes se apearon, y formaron una columna de
seis hombres de ancho con los lanceros a sus espaldas. Yo disfruté del
silencio absoluto y, agachado bajo las ramas de los árboles, deslizándome
sobre los salientes rocosos, me acerqué a la presa dormida.
La bendita Dama luchó de nuestra parte. Cuando nos acercábamos, el
vigía de día relevó al de la noche, un momento en el que los centinelas
cansados descuidaban la vigilancia, las puertas estaban abiertas, y lo mejor de
todo: una carreta de bueyes esperaba el permiso para entrar junto a la puerta.
Aquellas mismas condiciones fueron las que permitieron que Hércules, en mi
niñez, capturara Pilos. Instantáneamente, abandoné el sigilo, apunté a la
puerta con mi lanza y di la orden de ataque.
Teníamos espacio de sobra para correr hasta cien pasos. Los guardias
corrieron frenéticamente para tratar de cerrar las puertas, pero fue imposible
mover a los bueyes con rapidez. Llegué antes de que las atrancaran y entré
con mi lanza por delante. Los héroes, bramando a mis espaldas, abrieron los
portones de par en par. Una cascada de bronce curado se derramó sobre
Estínfalos.
Hombres de ojos legañosos, aún medio dormidos, murieron antes de que
los restos de su sueño matutino se disiparan. No describiré la masacre. Desde
lo de Tebas y Troya, el mundo entero conoce lo que implica el saqueo y la
matanza. No perdoné a una sola alma de la ciudadela, ni a hombres, ni a
mujeres, ni a niños. Antes de que aparecieran los últimos rayos del amanecer
sobre las montañas, Estínfalos se convirtió en un cementerio, y yo solté a mis
héroes sedientos de sangre sobre el pueblo.
Hacia el mediodía todo había terminado. Los héroes saquearon la
ciudadela y destruyeron todas las chozas y las casas del pueblo. Los lanceros
cazaron a los fugitivos que intentaban huir hacia las colinas. Perdonamos a la
mujer más guapa de todo el pueblo, ya que las batallas y la sangre desatan
ardores que es mejor calmar cuanto antes con una mujer bella, y, además, las
esclavas guapas se vendían a precios excelentes. Después, encendimos las
antorchas. Estínfalos se encendió con banderas de llamas, como una pira
ceremonial conmemorativa para la dulce Climena.
Bebimos y lo festejamos durante toda la noche y, al siguiente día,
cruzamos las montañas e hicimos un alto en Nemea. Alcancé Micenas al
mediodía siguiente, me quité la armadura, me di un baño y acudí en procesión

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al santuario de La Dama sobre la fuente de Persea, donde, sobre un altozano
de madera, un pequeño patio rodeaba el altar bajo un olmo. Sacrifiqué diez
toros tan blancos como la leche en agradecimiento por el territorio añadido a
mis dominios, que gozaba del tamaño de todo Argos, y recé por el éxito de la
batalla que Odiseo tenía que provocar.

Encontré a Clitemnestra en un intercambio sospechosamente amistoso con el


héroe musculoso al que había mirado desde las almenas. Aunque nadie
pretendía que las damas de alta alcurnia vivieran en reclusión, como las Hijas,
consideré que su conducta era inapropiada. Se paseaba con aquel tipo por toda
la corte, se reía de sus chistes como jamás se había reído de los míos y acudía
a los juegos en su carro. Ella jamás había perseguido a los jóvenes: aquélla
era una práctica que estaba pasada de moda entre las damas. Yo la reprendí
por su actitud y le dije que estaba dando un mal ejemplo.
—¿Deseáis que me recluya en mi habitación cada vez que salís a la
guerra? —me preguntó, con aspereza—. ¡Teniendo en cuenta vuestro gusto
por la batalla, mi señor, jamás vería la luz del sol!
Gruñí una hosca réplica, resolví enseñarle una lección y hablé con mis
verdugos. Un pastor encontró el cadáver del indiscreto héroe hecho añicos en
las profundidades de la sombría Quebrada del Caos. Su sabueso había olido la
cabeza del muerto, que estaba oculta por unos arbustos, muy cerca del
camino. Fue una triste pérdida: no era un mal tipo, y luchó con gallardía en la
escalada de los hombres-cabra. Cuando Clitemnestra se enteró de la noticia,
se retiró a sus aposentos y se confinó durante dos días enteros.
Al amanecer del tercer día caminé hasta su habitación. Estaba sentada
frente a la ventana, con los pies sobre una banqueta de mármol, bordando con
hilos de lana sobre un marco redondo. Una dama, a su lado, peinaba los hilos
de colores.
—¿Te encuentras bien, mi dama? No te he visto salir de la habitación.
¿Debería llamar a Macaón para que te prepare un remedio?
Clitemnestra me miró con ira.
—No, efectivamente; no estoy bien, Agamenón. Estoy cansada de vuestro
espíritu de venganza. ¿Encontrarán todos mis amigos la muerte? ¿No tenéis
límites en vuestra crueldad?
Su dama de compañía recogió las madejas y salió de la habitación. Los
testigos de las disputas reales raras veces se sienten seguros. Le respondí
fríamente:

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—Siempre hablas con enigmas. Por favor, explícate.
—No finjáis ignorancia, mi señor. ¿Asesinaréis a cada hombre que me
toque la mano? ¡El pobre Hilas no ha sido el primero!
Un dedo de hielo me recorrió la columna vertebral.
—¿A qué te refieres con que no ha sido el primero? Quién más…
—¿Debéis preguntármelo? —Clitemnestra apartó el tambor del tejido y
miró por la ventana. El viento le desordenó un rizo que le acariciaba la frente.
Distraídamente, aclaró la cuestión.
—No podemos hablar más de este tema. Debo ocultar lo ocurrido y no
admitirlo jamás, porque si no… —Se cubrió la cara con las manos—.
Déjame, Agamenón. Déjame llorar en paz.
—Tu tristeza supera los conocimientos de Macaón y sus pociones —le
dije, con frialdad—. Las falsedades y las mentiras enturbian tu mente. La
Dama sabe cómo encontró la muerte Hilas. ¿A qué otro amigo tuyo crees que
he mandado matar?
Clitemnestra dejó caer los brazos, con el rostro ausente y evitando
mirarme a los ojos.
—No, Agamenón, no mencionaré el nombre que ambos conocemos bien.
La amistad entre los reinos depende de que guardemos silencio. Me tragué esa
pieza amarga hace años, y no arrojaré el veneno ahora. Pretendamos que
jamás ocurrió. —Clitemnestra señaló la puerta—. Adiós, mi señor.
La mujer estaba al borde de la histeria. La dejé con su melancolía junto a
la ventana y fui a atender las audiencias en la Sala del Trono. Escuché a
medias una disputa sobre unos panales de abejas. El asunto era más serio de
lo que parecía, ya que la producción de miel había sido sumamente escasa
aquel año. Obviamente, Clitemnestra había traído a colación la complicada
trama que acabó en el asesinato de Broteas, su marido. Su padre, Tíndaro, el
rey de Esparta, había planificado en secreto aquel asesinato porque, con
Broteas muerto, había vía libre para un matrimonio que uniera Esparta y
Micenas. Yo me casé con la viuda de Broteas, y me la traje a casa.
Si la muerte de Broteas salía a la luz pública, la conspiración entre
Tíndaro y yo llegaría hasta tierras muy lejanas y escandalizaría al mundo
entero. Aunque reyes del pasado habían salido indemnes de acciones peores,
tendría que alejarme de Clitemnestra. Mi amistad con Esparta se resentiría, y
las aspiraciones de mi hermano al trono de Esparta estarían en peligro. A
través de Menelao, yo esperaba, algún día, tener a Esparta bajo mi dominio.
Nunca supe cómo había descubierto Clitemnestra la verdad. Había
envuelto toda la operación con las más rigurosas medidas de discreción.

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Tíndaro exterminó a todos los subordinados que habían estado involucrados.
Creímos que todas las lenguas habían sido cortadas, pero Clitemnestra nos
mostró nuestro error. Afortunadamente, había vivido desde que nació inmersa
en las intrigas del palacio, y sabía de antemano las repercusiones que tendría
un escándalo de aquellas proporciones, de manera que prefirió guardarse sus
emociones y darle prioridad a los intereses políticos. Una reina práctica de
cabeza fría, pensé con aprobación, y una mujer en quién sólo confiaría un
lunático. Había estado muy enamorada de Broteas. Aunque nunca había
revelado la verdad, sería capaz de hacer las cosas más atroces con tal de
vengar su muerte.
¿Era la hija bastarda de Helena uno de los medios para lograr aquel fin?
¿Un engaño que alimentaba su malicia? No era capaz de ver cómo podría
hacerlo. Ifigenia jamás podría sucederme en el trono. Quizás el objetivo era
casarla con algún importante miembro de la realeza y después revelar la
verdad acerca de su parentela para hacerme objeto de burla. Era poco
probable, porque entonces Helena también sería deshonrada. Pero pocas veces
podías conocer con seguridad las intrigas de la mente de una mujer como
Clitemnestra.
Debería tener cuidado, en el futuro, cuando mi reina estuviera a mis
espaldas.
Decidí sobre el asunto de los panales de abejas, cerré la audiencia y
mandé a llamar a mi jefe de espionaje; un hombre que aparentaba ser un
mercader beocio pero que se había asentado hacía muchos años en Micenas.
Por razones obvias, ocultaba su nombre y me refería a él únicamente como
«mi espía». Comenzó su vida como vendedor ambulante, y fue alistado por
Atreo para que recogiera información en sus viajes. Se mostró tan capaz que,
finalmente, el rey delegó en él la importante tarea de tejer las redes de
espionaje. En sus viajes visitaba todas las ciudades de la tierra, colocaba
agentes en sitios estratégicos y descubría, a través de los mercados, las
conexiones, alianzas y facciones de cada ciudad. Gracias a lo que Atreo le
pagaba, y que yo continué pagándole, con el tiempo el espía se había vuelto
rico, respetado e influyente en nuestra comunidad mercantil. Era cínico y no
tenía escrúpulos: era un hombre a quien nada sorprendía.
Le expuse mis requerimientos de manera cruda. Él se acarició la barbilla,
y dijo:
—No hay problema, mi señor. Una esclava sifnia que os vendí está ahora
empleada como esclava personal de Clitemnestra. Es una mujer inteligente
que hará exactamente lo que le diga. Su marido trabaja en mis curtidurías, y

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sus hijos viven de mis telares. Ella me contará todo cuanto ocurra en su
habitación.
—Entonces, queda convenido. El secretario me ha contado que Alcmaón
de Midea está negociando un contrato para vender corseletes de cuero.
Dispondré que te lo de a ti.
—Muchas gracias, mi señor. —El espía continuó, vacilante—. Aunque la
esclava me informará de cualquier intriga en las cámaras de la reina, no podrá
enterarse de conspiraciones más elaboradas si éstas ocurren más allá de las
murallas de la ciudadela. No sé si quizás debería…
—Te he dicho que vigiles cualquier conexión que tenga la reina con los
héroes de palacio. Llamemos a las cosas por su nombre: quiero saber si tiene
amantes o no. ¿Estás sugiriéndome que podría conspirar en mis ciudades
tributarias, o aún más lejos?
—No, no, mi señor —continuó el espía—. No tengo base para sospechar
eso.
—Entonces, ¿qué quieres decir?
Pensativo, se mesó la cabellera.
—Durante el verano, mi señor, cuando estabais en la campaña, un eliano
visitó Micenas, un héroe de la corte del rey Fileas. La reina Clitemnestra
habló con él desde el mediodía hasta la noche. —Hizo una pausa—. Creo que
no tenéis amigos en Elis.
—Ninguno. —Me acomodé un zarcillo de oro, perdido en mis
pensamientos. ¿Qué tipo de conspiración podía esa perra maldita trazar en
Elis, cuyo poder en comparación al mío era como el de una astilla frente a un
roble? Probablemente, reflexioné sarcásticamente, las cualidades del héroe
eliano excitaron los deseos de mi señora, un ardor que yo no podía conjurar
—. ¿Tienes alguna idea de lo que conversaron?
—En aquel momento, no tenía órdenes de vigilar a la reina.
—Pues ahora las tienes, y se extienden a todas las actividades que ella
haga dentro o fuera de Micenas. ¿Puedes conseguir a todos los espías
necesarios?
—Sin duda, mi señor.
—Hay otra cosa. Un Héroe de Ítaca se comprometió conmigo a realizar
ciertas negociaciones clandestinas para mí. Su nombre es Odiseo y se
encuentra en Dime, o en Erineo. Creo que es de fiar, pero quiero que también
lo vigiles. —Le hice un breve resumen de la misión de Odiseo—. ¿Tienes
espías en esas ciudades?
—No en este momento, mi señor, pero puedo arreglar eso rápidamente.

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—Bien. Dile al procurador que te envíe diez bueyes de mi rebaño.
Encontrarás sus pieles muy útiles.
El espía se despidió resplandeciendo de alegría.

En aquella época llegó una curiosa delegación de Troya para pedir que
sirviera de mediador entre el rey Príamo y Telamón de Salamis. La querella
tenía una larga historia: cuando Hércules desembarcó en la costa troyana,
saqueó las manadas de caballos reales, dio muerte al rey Laomedonte, el
padre de Príamo, y secuestró a su hija Hesíone para dársela a Telamón, que
había sido su compañero durante el saqueo. Telamón se la llevó a Salamis,
donde ella le dio un hijo varón de nombre Teucro, que años después dirigió a
mis arqueros en Troya. Príamo había enviado delegaciones en múltiples
ocasiones para demandar el regreso de su hermana, pero Telamón se había
negado siempre. Aquella última delegación había sufrido el mismo destino y,
desesperados, decidieron acudir a Micenas con la esperanza de persuadirme
para que yo presionara a Telamón.
Los emisarios de Príamo eran dos viejos héroes: Antenor, un anciano de
Troya, y Anquises, el padre de Eneas. Anquises aún no era ciego, un rayo lo
cegó dos años después. Ataviado con una corona de oro con incrustaciones de
gemas, una capa roja bordada con hilos del mismo metal y mi cetro de marfil
con una cabeza de águila tallada en el extremo, los recibí en el salón. Las
antorchas iluminaban los claros frescos de las paredes y hacían que los
brillantes colores del techo brillaran como lentejuelas. Mis héroes, con sus
armaduras de bronce, rodeaban el trono, y las hebras de pelo de caballo
pintadas de rojo y amarillo formaban un abanico sobre los colmillos de jabalí
de sus cascos.
Valía la pena impresionar a los embajadores troyanos.
Antenor relató con una minuciosidad francamente aburrida la ya conocida
historia de la violación de Hesíone, reiterando la negativa de su captor que no
pensaba devolverla, y pidiendo mi amable intervención para hacerle cambiar
de opinión.
—¿Qué te hace pensar que puedo tener alguna influencia sobre Telamón?
Salamis no me rinde tributo.
—En Troya —respondió Antenor— sois considerado el rey más poderoso
de Acaya, un mandatario a quien todos los reinos respetan y cuya palabra
tiene mucho peso.
—Muchísimo peso —agregó Anquises.

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—Telamón no querría causaros ningún malestar —dijo Antenor—. Con
un indicio de vuestra opinión sobre el tema sería suficiente.
—Más que suficiente —añadió Anquises.
—Telamón ha visto las conquistas de Micenas sobre la costa de Corinto
—continuó Antenor—. Y creo que teme que vuestras ambiciones incluyan la
toma de Salamis.
—Está seguro de que queréis tomar Salamis —repitió Anquises.
—Pues está equivocado —les aseguré—. Salamis no debe sentir ningún
temor. No acabo de comprender cuál es el interés que tiene Príamo en
recobrar a su hermana. Hesíone ha vivido en Salamis durante cuatro años, se
ha vuelto una concubina, y ha dado a luz a un hijo bastardo. Seguramente —
añadí, deliberadamente—, no querrá que le devuelvan un bien estropeado por
el uso.
Un fulgor rojo coloreó las mejillas de Antenor.
—¿No lo comprendéis, señor? Es una cuestión de honor heroico. ¡La
integridad de la casa real de Príamo! ¿Cómo podría dormir tranquilo sabiendo
que su hermana, arrastrada en contra de su voluntad, es una esclava en tierras
extranjeras?
—¡La hija de Laomedonte esclavizada! ¡Es una deshonra! —dijo
Anquises.
—Salamis —señalé— no es un reino poderoso. Sin embargo, Príamo no
ha intentado llevarse a Hesíone a la fuerza.
Antenor golpeó la cerámica del suelo con su vara; sus ojos brillaban de
rabia bajo sus cejas pobladas.
—Todos los héroes de Troya están deseosos de vengar este desaire.
Lucharían contra Salamis mañana mismo, y quemarían el palacio de Telamón
con él dentro, pero…
—¿Pero qué? —inquirí educadamente, aunque ya conocía la respuesta.
—No tenemos naves suficientes —dijo Antenor, con tristeza—. Y
tememos la potencia de vuestras naves. ¿Esperarían vuestras galeras
dócilmente en el puerto mientras las flotas troyanas se acercan a la costa
aquea?
—Difícilmente. —Sonreí.
La conversación había llegado al punto en el que debíamos negociar, y el
poder de Micenas tenía la ventaja. Además, en mi mente comenzó a gestarse,
como una semilla de vid a punto de germinar, una idea adormilada, el
descubrimiento de que los héroes son capaces de ir a la guerra por la

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reputación de una mujer. Yo suponía que los héroes no eran tan tontos, pero
años después comprobé el error de mi suposición.
—Por favor, sentaos, caballeros, acabemos con estas formalidades —dije,
mientras hacía señas a un camarero para que nos trajera vino.
Hundidos en sus sillones acolchados, con las copas en la mano, los héroes
de barbas grises apreciaron el vino y me felicitaron por la cosecha.
—Me pedís que presione a Telamón. Él no paga tributo a Micenas, por lo
que no puedo incrementar sus tributos para coaccionarlo. ¿Qué método
sugerís?
Antenor acarició el borde de la copa con un dedo y el cristal silbó como el
trino de un ruiseñor.
—Podríais amenazarlo con la guerra, mi señor.
—Sí, amenazadlo con la guerra —repinó Anquises.
—Podría hacerlo —les concedí, reprimiendo mi irritación, porque ya
comenzaba a molestarme el eco de Anquises—, y verme envuelto en una
batalla armada contra Salamis cuyas fronteras con reinos como el de Megara
y Atenas podrían terminar por involucrar a Tebas en el conflicto. No,
caballeros, aún no estoy preparado para tomar Tebas.
—¿De qué otra manera podríais presionar a Telamón? Se ríe de las
amenazas troyanas.
—Podría hacerlo con métodos diplomáticos, con un par de sobornos
cuantiosos que Micenas se puede permitir. Eso hizo Atreo para calmar a Pilos
en una crisis mucho más seria que ésta.
—¿Lo haríais, señor? —dijo Antenor, con rapidez—. Os ganaríais la
gratitud del rey Príamo…
—La gratitud no sirve para comprar mercancías en ningún mercado que
yo conozca. Devolveros a Hesíone —añadí, con prontitud—, requiere una
recompensa sólida.
—Hemos traído un tesoro cuantioso —dijo Antenor—. Oro, bronce y
caballos que ofrecimos a Telamón, pero no los aceptó.
—Y yo tampoco. El precio que debéis pagar para que ordene la liberación
de Hesíone —dije, con una voz pesada como la piedra— es abrir el paso del
Helesponto a las galeras micénicas.
Era como si les hubiese asestado un golpe en la cara, a juzgar por su
expresión. Antenor tartamudeó:
—No podemos… Es una cuestión de política real. No tenemos autoridad,
sólo el rey Príamo puede…

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—Regresad entonces —lo interrumpí—. Regresad a Troya, y comentadle
mis términos a Príamo. Si acepta, entonces haré que Hesíone regrese antes de
una luna; aunque tenga que matar a Telamón para conseguirlo. Considerad las
ventajas —les urgí—. Durante cuatro largos años, vuestra ciudad y la mía han
luchado en una guerra de desgaste marítimo y, en este punto, Troya ha sido
casi borrada de los mares. Príamo, con una sola palabra, puede poner punto
final a la guerra.
—Enviaré vuestro mensaje —dijo Antenor, cansado—. Pero os advierto,
señor: no es probable que el rey Príamo acepte. Considerad que el secuestro
de Hesíone es motivo de represalias, no de concesiones.
—No hará concesiones —afirmó Anquises, negando con la cabeza.
—El daño que vuestros navíos infligen a los nuestros —continuó Antenor,
con la voz endurecida— no representa una amenaza para Troya. Podemos
sobrevivir tranquilamente sin el comercio de ultramar.
Aquella afirmación me atacó los nervios.
—La flota de Micenas es lo suficientemente fuerte como para
desembarcar las huestes en vuestra costa —dije, y me arrepentí de aquel gesto
de alarde apenas concluí la frase.
Antenor sonrió burlonamente.
—¿De verdad? Creo, señor, que proponéis una empresa muy peligrosa.
Troya tiene aliados, recordadlo, y, juntos, nuestra fuerza es muy superior a la
vuestra.
Una réplica que señalaba lo insulso de mi acelerado comentario. Para
restarle importancia, respondí:
—Nos estamos perdiendo en palabrerías. Llevad mi propuesta a Príamo.
Veremos qué tiene que decir. Caballeros, vuestras copas están vacías.
¡Malditos sean estos escuderos ociosos! ¡Vamos! ¡Camareros! ¡Traed más
vino!
Hospedé a los troyanos durante una luna después de la conversación. Les
mostré Tirinto y Midea, mis galeras de guerra atracadas en el puerto de
Nauplia, ordené a mis partidas de guerra que desfilaran completamente
equipados y las armas bruñidas en el campo de batalla, y utilicé todos mis
medios para estampar en su memoria el poderío de Micenas. Perdí el tiempo.
Antenor y Anquises regresaron a Troya, Hesíone se quedó en Salamis y el
Helesponto permaneció bloqueado. Príamo no respondió a mi oferta.
Francamente, no esperaba ninguna respuesta. Había conocido a Príamo
durante el reinado de Atreo, cuando conduje una delegación hasta Troya y
descubrí que era un anciano quejumbroso y débil que confundía la

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obstinación con resolución, y los sofismos con el arte de gobernar. En
términos políticos no volvimos a saber de Troya hasta que Paris vino a
Esparta.
Así se desarrollaron las cosas. Que nadie diga que nunca intenté impedir
la guerra de Troya.

Después de esperar la respuesta durante una luna, decidí que podía sacar
ventaja de la comitiva de Príamo. A pesar de las dudas de Perifetes, que
consideraba que el otoño estaba ya muy avanzado, y de que los marineros
prudentes comenzaban a atracar sus navíos en espera del invierno, reuní cinco
trirremes en Nauplia. Sobre las azules y tranquilas aguas, los navíos, con las
velas extendidas, rodearon la isla de Hidra y después remaron contra el viento
hasta atracar en Epidauro. La ciudad pagaba tributos al rey Diomedes de
Argos. Su guardia organizó un festín opulento y mis héroes se embriagaron.
A la mañana siguiente, una ligera brisa otoñal enfrió sus doloridas cabezas, y
al inicio de la tarde las galeras ya estaban en Salamis.
Soltamos anclas en la bahía mientras enviaba emisarios a anunciar mi
amigable visita. Era poco prudente desembarcar con guerreros armados en
costas extranjeras sin enviar primero emisarios. Aunque era raro encontrarse
con piratas en aquellos días, la gente no había olvidado los saqueos del
pasado. Telamón salió a recibirme en la bahía y yo me abrí paso hasta la
arena.
El rey era alto y apuesto, a pesar de notársele un poco el peso de los años;
sus cabellos eran blancos, pero su piel lucía fresca. Telamón, en su época,
había sido un famoso guerrero que compartió con aquel villano enloquecido
de Hércules muchas aventuras heroicas. Me dio la bienvenida con un abrazo
caluroso y me presentó a su hijo, Áyax, un enorme y musculoso joven de
cabello rubio, muy apuesto tanto de rostro como en sus maneras. Su buen
humor se reflejaba en sus ojos azules y francos. Tan pronto como lo vi, me
agradó.
Me condujeron a un palacio que se alzaba sobre el puerto donde pude
tomar un baño y cambiarme las ropas de mar por un atuendo ceremonial. La
cena estaba servida en el salón y disfrutamos de una excelente comida
acompañada de vino suave. Telamón era un buen conversador que discutía
con facilidad sobre cualquier tema; me felicitó por mi exitosa campaña en
Corinto y, con elegancia, evitó tocar el tema de las razones de mi visita. Sus
héroes y los míos sentían una gran afinidad, como suele ocurrir en Acaya,

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donde las relaciones de parentesco son comunes entre desconocidos y los
invita a trazar juntos un árbol genealógico, a alardear de sus conquistas
heroicas y, en general, a tragar suficiente vino como para compartir también
poderosas resacas a la mañana siguiente.
En la frescura de la noche, envuelto en una capa, caminé junto a Telamón
contra el viento mientras un puñado de héroes nos seguía con discreción a una
distancia prudente. Después de inspeccionar mis trirremes, continuamos
amigablemente uno al lado del otro, por la orilla del mar, hasta un rompeolas
de roca. Telamón lanzó una piedra al mar y dijo, con un tono casual:
—No creo, Agamenón, que hayas venido desde tan lejos sólo para
visitarme. ¿Qué deseas discutir?
—¿Has recibido recientemente una delegación de Troya?
Telamón frunció el ceño.
—Sí. Príamo me ha acosado durante mucho tiempo, enviándome
mensajeros y comitivas cada año. Antenor y Anquises sólo han sido los
últimos de una larga fila de embajadores. Después de todo este tiempo, ¿aún
creen que voy a devolverles a Hesíone? Ella es un botín de guerra legítimo, y
es completamente feliz, aquí, en Salamis. Los despedí, rechazando la petición
de mala manera.
—Pues continuaron el viaje hasta Micenas.
Las cejas de Telamón se arquearon en señal de sorpresa.
—¿De verdad fueron a Micenas? ¿Qué demonios querían?
Le describí las negociaciones haciendo énfasis en que los troyanos
deseaban que les asegurara la liberación de Hersione usando la diplomacia y
los sobornos, y que si eso fallaba, entonces debía amenazarlo con una guerra.
—¡Malditas sabandijas! —Telamón estalló de rabia—. Espero que no…
—Se encontraron con una negativa. Por el momento, no tengo en mente
aceptar una proposición semejante —añadí en tono virtuoso.
—Típico de los troyanos —se lamentó Telamón.
—Cuando rechacé su oferta, Antenor me sugirió que Príamo podría
planear una invasión por mar desembarcando las huestes troyanas en Salamis.
Telamón vaciló.
—¿Cómo? ¡No podía estar hablando en serio!
—Sonaba bastante convencido. Dijo que sería el último recurso: Príamo
quiere recuperar a su hermana, aunque sea luchando. Una idea tonta, ya que
tú debes tener suficientes galeras para evitar que alcancen tus costas, ¿no es
así?

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—¿Galeras? Debo tener una docena o algo así, eso es todo. Apenas si
podemos…
—Oh, bueno. —Me puse en pie y me aseguré la capa—. A lo mejor
Príamo cambia de opinión, aunque no deberías contar con eso, porque es un
hombre malévolo. Empieza a hacer frío, deberíamos regresar a palacio.
Ya había plantado la idea, ahora esperaría a que echara raíces. Durante los
siguientes días, Telamón continuó preocupado, lo supe por su conducta, ya
que con frecuencia llamaba al consejo. Una vez me preguntó si, como
comandante de la flota más poderosa del mundo, podía hacer una estimación
de la fuerza naval troyana. Le respondí que, aunque durante cuatro años
habíamos hundido numerosas embarcaciones troyanas, probablemente Troya
contaba aún con una flota de cincuenta galeras. Telamón pareció acongojado
y se retiró a la Sala del Trono, donde su consejo estaba reunido. Escuché
voces discutiendo acaloradamente y sonreí para mis adentros.
En la ausencia de su padre, Ayax actuaba como anfitrión. Era un chico
encantador y franco, honesto y carente de malicia, aunque no eran
precisamente las cualidades más deseables en alguien que heredaría un trono.
Era inmensamente fuerte y habilidoso con las armas, montaba sus caballos de
forma excepcional, usaba la espada como un maestro, era capaz de disparar a
las aves en vuelo, nadaba como un delfín, corría como un ciervo y no terna
idea de nada más allá de la lucha y los deportes. Guiado por la talentosa y
experimentada mano de un rey, Ayax podría convertirse en un excelente
mariscal.
Telamón se deshizo de su actitud ausente y me invitó, con mucho respeto,
a participar de una reunión del consejo: tenía una propuesta que hacerme. Me
sentó junto a él en la Sala del Trono, una cámara pequeña y de paredes
blancas y un suelo simple de piedra. Después de las usuales cortesías, fue
directo al grano.
—Salamis está amenazada por el poderío naval de Troya, una fuerza que
no podemos resistir. ¿Estaría de acuerdo Micenas en formar una alianza y
ayudarnos en caso de una invasión troyana?
Con la mano en la barbilla pretendí estar inmerso en mis pensamientos. La
estratagema estaba funcionando exactamente como quería. Dije, con lentitud:
—Es un compromiso serio, Telamón, y puedo prever graves
inconvenientes. Es poco probable que te enteres del ataque antes de que la
flota troyana pase por Eubea, a un día de distancia de Salamis. Tendrías a los
hombres de Príamo en tus costas y mis barcos aún estarían en el mar.

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Dudaba que Telamón y sus ancianos debatieran asuntos tan mundanos
como el tiempo y el espacio. Mi breve exposición desató un silencio terrible
en la sala. Los dejé reposar unos segundos, y después añadí:
—Sin embargo, existe una solución.
Telamón, que se tocaba la nariz distraído, me miró con entusiasmo.
¿Sí?
—Podría apostar un escuadrón permanente en Salamis.
Sus voces balbucearon con alegría y las sonrisas atravesaron sus caras
barbudas.
—Es un plan excelente, Agamenón —dijo Telamón, complacido—.
Recibiremos vuestras naves con placer y gratitud.
Miré al suelo fingiendo estar sumido en profundas reflexiones.
—Pero el proyecto requiere provisiones. Aunque mis barcos estén
atracados en Salamis, deberás proveer al escuadrón de vino y víveres,
cuerdas, madera, remos… ya que se desgastan con facilidad.
—Es un gasto considerable, pero es una petición razonable que aceptaré
—dijo Telamón, con menos alegría. El consejo estuvo de acuerdo.
—Entonces —continué—, tendré que reemplazar en mi flota los barcos
que dejaré de guardia en Salamis. Es justo, creo yo, pedirte que costees parte
de la inversión y pagues un costo de mantenimiento. Podríamos hacerlo con
cuotas anuales. Nuestros secretarios podrían calcular los detalles.
Como el vapor sobre un vidrio, el velo de felicidad se borró con rapidez
de la cara de Telamón.
—¿Un pago anual? ¡Me estás pidiendo tributo, Agamenón!
—¿Tributo? —dije con sorpresa—. ¡Jamás! Simplemente estoy
pidiéndote una contribución para aliviar el costo, y para mantener las galeras
que garantizarán tu seguridad. Si te parece que la condición es excesiva,
entonces… —Me encogí de hombros, y examiné mis uñas.
Telamón dijo, con pesadez:
—Esto no podemos decidirlo rápidamente. Debatiré la cuestión y te daré
una respuesta.
Apuntó su cetro hacia el suelo para indicar que la audiencia había
concluido. Yo salí de la diminuta Sala del Trono e inhalé el aire otoñal. Ayax
acudió jubiloso a mi encuentro: un jabalí de largos colmillos, me explicó,
esperaba nuestras lanzas en las colinas. Yo lo seguí a caballo hacia el bosque,
ambos sobre una formidable pareja de sementales de la bahía de Tesalia.
Jamás encontramos al jabalí.

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Telamón, con los ojos tristes, aceptó mis condiciones. Los secretarios
viajaron por cuenta mía y, junto al secretario del palacio, calcularon un tributo
real, porque, en efecto, es lo que era. Después de alcanzar mis objetivos, no
tenía más razones para quedarme en Salamis; mis maestros navales repasaron
el cielo y pronosticaron tormentas invernales, así que hice los arreglos para
partir. Telamón nos ofreció un festín de despedida. Los sirvientes retiraron los
platos mientras el bardo del palacio entonaba canciones. Los héroes se
afanaban con la bebida cuando Ayax, de improviso, solicitó mi permiso para
partir en mi barco hacia Micenas. Yo levanté una ceja y miré a Telamón.
—Sí —asintió—. Le he dado permiso. Mi hijo ha estado confinado en
Salamis, y es el momento de que recorra el mundo. Creo que te hará un gran
servicio.
Al amanecer levamos anclas. Embarcamos en las galeras e izamos los
mástiles. Un viento propicio hinchaba nuestras velas y los barcos se
remontaron sobre las blancas olas espumosas. Ayax estaba de pie junto a mí,
en la popa, y nos despedimos de la figura de Telamón que se alejaba de
nosotros junto con la costa.
Me agaché para entrar en el camarote y bebí vino aguado con alegría, un
calmante para las náuseas que invariablemente me atacaban tan pronto la
tierra desaparecía a lo lejos. Con falsas pretensiones de una supuesta amenaza
troyana, había adquirido un reino tributario y una base naval sobre el golfo de
Megara, y todo ello sin tener que derramar una sola gota de sangre.
Además, me había hecho con un héroe de primera clase, algo que
cualquier hueste siempre agradecía.
Vomité mi desayuno al mar, me limpié la boca y sonreí a las gaviotas que
pasaban volando sobre nuestras cabezas. Si eras lo suficientemente retorcido,
la diplomacia podía llevarte muy lejos.

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Capítulo 3

Pasé la mayor parte del monótono invierno en Micenas. La muralla del oeste
y la Puerta de los Leones ya habían alcanzado la altura de una lanza. Mantuve
a los grupos de esclavos trabajando a pesar del mal tiempo. Una ciudad bien
planificada se alzó sobre las ruinas que los hombres-cabra dejaron a su paso.
Las casas, ahora de piedra, eran menos inflamables que las antiguas
construcciones de madera. Para descubrir el número de personas que
debíamos resguardar dentro de las murallas en caso de emergencia llevé a
cabo un censo de la población. A pesar del área adicional con la que ahora
contaba la ciudadela, la guarnición estaba tan apretada como aceitunas en un
frasco. Aquellas condiciones eran habituales entre las ciudadelas de la liga, y
no me habían preocupado demasiado, hasta que Ayax remarcó:
—Os quedaréis sin agua.
—¡Pamplinas!
—He explorado cada palmo de la ciudadela. Hay tres pozos dentro de las
murallas y un par de tanques que recogen el agua de las lluvias. Los pozos
tienen poca profundidad y, por lo que me han contado tus héroes, suelen
quedarse secos a mediados de verano a menos que haya llovido
torrencialmente en invierno.
Contemplé a Ayax con creciente respeto. Aunque se embotaba con otros
temas, parecía estar increíblemente alerta cuando se trataba de asuntos de
importancia militar.
—Estás contemplando un largo asedio. Micenas no ha sido asediada desde
los días de Perseo. Planifico las defensas de mi ciudad para soportar saqueos
de corta duración, esos ataques fugaces que buscan una recompensa
inmediata.
—No conozco bien la situación en Acaya —sus labios se curvaron para
formar una sonrisa que disipaba cualquier rastro de impertinencia—, pero un
comandante prudente siempre se prepara para lo peor.
Después de reflexionar me di cuenta de que Ayax tenía toda la razón.
Aunque era difícil imaginar que alguno de mis enemigos pudiera, por sí solo,

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sitiar mi ciudad, no había forma de predecir el futuro con seguridad, y los
reinos podían enfrentarse a cualquier combinación imaginable de hostilidades.
Así que decidí explotar el manantial de Persea, una fuente inagotable en el
exterior de la ciudadela que alimentaba el riachuelo del valle de donde mis
pobladores tomaban el agua.
El acceso al manantial, que se encontraba a treinta pasos de la cara norte
de la muralla, debía estar oculto del campo visual del enemigo. Consulté con
el ingeniero Apisaón y planificamos un pasaje subterráneo que comenzaba
dentro de las murallas y llegaba hasta el objetivo. Apisaón se rascó la cabeza:
el túnel debía ser excavado directamente en la sólida roca, así que calculó la
inclinación y decidió que sería posible construirlo. Como todos los esclavos
estaban trabajando en la muralla, le dije que comenzara a trabajar una vez que
las defensas estuvieran listas.
Los viajes durante el invierno, aunque fuesen cortos, siempre ponían de
relieve el deplorable estado de las carreteras militares de Micenas; los carros
se balanceaban sobre baches del tamaño de un cubo, el pavimento estaba
machacado por los elementos de la naturaleza y la dejadez de mis
antepasados. Sesenta años antes, el rey Esténelo había construido una red de
caminos para unir las principales ciudades del reino. Desde entonces, nadie se
había molestado en repararlos. Con Apisaón a mi lado en el carro, un vehículo
pesado de construcción mucho más sólida que cualquiera de los carros de
guerra, trastabillé hasta Asine, Nemea, Corinto y más allá, hasta Hélice,
aunque desde Corinto hasta Hélice viajamos sobre caminos de tierra, puesto
que, en la época de Esténelo, los dominios de Micenas acababan en el istmo.
Apisaón dibujó mis planos para la reconstrucción y delegué en los guardianes
toda la responsabilidad de repararlos.

Durante una de las inspecciones de las carreteras, me detuve en Nemea,


donde el guardián me informó de que un marinero desempleado quería
entrevistarse conmigo. Los hombres de mar eran especialistas que, a
diferencia de los remeros, a quienes podías encontrar en cualquier parte y
entrenarlos rápidamente, eran expertos en las artes de atender las velas,
navegantes experimentados que sabían leer las estrellas y entender el
impredecible estado de ánimo del océano. Eran hombres valiosos que siempre
escaseaban. Le dije al guardián que lo vería después de la cena.
Un chambelán condujo al harapiento hombre hasta el salón. Tenía el
cabello despeinado y las barbas hirsutas, y vestía una túnica desteñida y los

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pantalones cortos de lana que los marineros solían llevar. Las faldas, decían,
se enredaban con las cuerdas. Caminaba con las piernas combadas: un andar
tambaleante, como si se encontrara sobre un barco en movimiento. Se detuvo
y saludó llevándose el dorso de la mano a la frente.
—Disculpadme, mi señor —dijo, con un fuerte acento de Aitolia—, pero
mi barco naufragó cerca de Sición, y quisiera trabajar en alguna de vuestras
galeras de Nauplia.
Ocultando mi sorpresa, le dije:
—Siempre hay lugar para un marinero experto. Dime tus referencias. —
Le hice señas para acercarnos a la chimenea, ya que el día era frío y el viento
silbaba por las ventanas del salón, y nos reclinábamos sobre un pilar. Nadie
podía escucharnos excepto un esclavo que estaba untándole aliño a un trozo
de carne para asarlo—. ¿Por qué esta farsa, Odiseo?
Mostró los dientes blancos con una sonrisa.
—No es una farsa, en realidad. Soy un experto maestro marinero. Sin
embargo, en Dime me conocen, y preferí ocultar mi identidad para venir a
verte.
Odiseo, reflexioné, y el tiempo confirmó mi teoría, era uno de esos
hombres que disfrutaban de las estratagemas, de esos que preferían seguir un
desvío en el camino a pesar de que la vía más sencilla fuera la línea recta.
—Debes traer noticias importantes para venir andando bajo este terrible
clima —le dije—. ¿Lograste persuadir a Erineo y Dime para que luchen en
campo abierto?
—No, logré algo mucho mejor. ¿Recordáis a Fileo, el rey de Elis?
—Nunca olvidaré a ese sodomita. Sus partidas de guerra ayudaron a
Tiestes a robar la corona micénica y me desterraron a Esparta.
—Su hermano menor, Agástenes, vive en Dime y está conspirando para
destronarlo.
Recordé las dificultades domesticas de la familia real de Elis. Fileo y
Agástenes eran los hijos del rey Augeo, famoso por haber apresado al rufián
de Hércules y haberlo obligado a trabajar en los establos. Fileo expulsó a su
hermano Agástenes del reino, mató a su padre y tomó el trono.
—Agástenes —continuó el falso marinero— era el hijo favorito del rey
Augeo. Escapó a Dime y está loco por vengar la muerte de su padre.
—¿Qué tiene que ver toda esta historieta antigua con la toma de Dime? —
le pregunté, irritado.
—Paciencia, Agamenón —sonrió Odiseo—. Durante los años en los que
Agástenes vivió en el exilio, muchos héroes elianos que no estaban de

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acuerdo con tener a un parricida en el trono lo siguieron hasta Dime. Con su
apoyo logró vencer al señor de la ciudadela y se puso en su lugar.
—Entonces lucharé contra Agástenes en lugar de contra el otro. ¿Cuál es
la diferencia?
—No es así. —Odiseo sacó su daga, cortó un trozo de la carne humeante
y se la metió en la boca—. Caminar me da hambre —balbuceó—. Hablé
seriamente con Agástenes, usando todo mi poder de persuasión. Ha accedido
a entregar Dime cuando te vea aparecer con los lanceros; con una sola
condición.
—¿Cuál es?
—Que dirijas tus huestes hacia Elis, que queda a un día de distancia,
expulses a Fileas y lo pongas en el trono.
Pensé en aquella proposición. Asegurarme Dime sin tener que luchar o
asediar era, ciertamente, una gran tentación. Tener a un rey amigable en Elis
me traería todo tipo de ventajas. Agástenes me imponía condiciones para
poder ganarse la corona, y yo podría imponerle a él mis propias condiciones
después. Todo aquello estaba muy bien, pero un obstáculo bloqueaba el
camino. Había pasado por Elis cuando viajaba en nombre de Atreo. La
ciudadela era firme, y no debía subestimarla.
—Así que, en vez de luchar contra la débil guarnición y las pobres
defensas de Dime —exageré un poco el tema—, ¿pretendes que ataque a una
fortaleza? No veo cuál es la ventaja de este acuerdo.
—En el palacio de Elis —explicó Odiseo con paciencia— hay una facción
que se opone a Fileas y que está en contacto con Agástenes. Ellos se
amotinarán al veros llegar y os abrirán las puertas. Eso dice él, y yo le creo.
—Demasiadas suposiciones. Basas todo tu argumento en la palabra de un
hombre a quien ni siquiera conozco. ¡Todo este asunto es una gran
especulación!
—¿Qué tenéis que perder? —En la voz de Odiseo había un tono de
exasperación—. De cualquier forma, las huestes de Micenas deberán partir
cuando acabe la siembra. Si Dime se resiste, entonces lucháis. Si no se resiste,
habréis ganado una ciudad, y el camino hacia Elis estará libre. Venga,
Agamenón, ¡probad suerte!
Examiné su rostro curtido y sus ojos brillantes y siempre alerta.
—¿Qué me dices de Erineo?
Odiseo se encogió de hombros.
—No te detengas en Erineo, porque su señor se entregará cuando Dime lo
haga. Ya conoce el destino de Hélice, y solo no se resistirá.

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—Suenas condenadamente optimista. Reflexionaré sobre estos temas. —
Extendí mis manos hacia el fuego y dije lentamente—: Un chico llamado
Egisto, de unos catorce años, vive con Fileo en Elis.
—He escuchado hablar de él —dijo Odiseo impasible.
—Si decido atacar Elis, quiero que lo capturen y me lo traigan vivo.
Daréis estas instrucciones a los simpatizantes de Agástenes en la ciudadela.
Bajo ninguna circunstancia deberán permitirle escapar.
Odiseo apoyó un brazo sobre el pilar pintado de rojo y miró en dirección a
las llamas de la chimenea.
—Conozco la razón por la que deseáis capturarlo, y puedo adivinar los
planes que tenéis para él cuando lo encontréis. ¿Es prudente, Agamenón? Los
fugitivos elianos de Dime dicen de él que es bien parecido y popular, y que
goza de mucho éxito entre las mujeres. Y Egisto, hasta donde yo sé, no te ha
causado ningún mal.
—Es el último de la malvada estirpe de Tiestes —dije ferozmente—. Y lo
golpearé como a una serpiente venenosa hasta darle muerte.
Odiseo suspiró.
—Bien, haré lo que pueda.
—¿Cuáles son tus planes ahora? ¿Te quedarás conmigo?
—No. Regresaré a Dime para mantener el fuego vivo. Os veré en
primavera, cuando lleguéis. —Se ajustó sus ridículos pantaloncillos y bostezó
gravemente—. A continuar la marcha bajo la lluvia… Por cierto, en el camino
hacia aquí, al salir de Dime, se me pegó un tipo de lo más persistente. Un
vendedor ambulante de bisutería, o eso me dijo que era, que llevaba un burro
cargado de baratijas. Me preguntó sobre mis andanzas con mucha curiosidad,
intentando sondear mis intenciones. Me pareció de lo más sospechoso.
—Oh —dije, anodinamente—, ¿lograste deshacerte de él?
—Le corté el pescuezo cerca de Egira y eché su cuerpo al mar. El burro
me fue bastante útil para llevar la bolsa durante el camino. —Odiseo me echó
una mirada perversa—. Ser prudente nunca es malo, ¿verdad? En cualquier
caso, debo irme. Me pondré en contacto con vos cuando lleguéis a Hélice.
Regresé a Micenas, mandé llamar al espía y le dije que dejara de vigilar a
Odiseo. Era difícil encontrar buenos espías, y no tenía sentido perder a los que
ya tenía.

Orestes crecía y ya se había convertido en un bebé vigoroso de cara rosada


que pateaba con fuerza dentro de su cuna. Le gustaba enroscar sus deditos

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gordos en mis barbas. Pero un solo hijo no era suficiente para asegurar la
continuidad de mi linaje real: las enfermedades abundaban, y los jóvenes
morían con demasiada facilidad. En los infestados barrios de los tugurios de
Nauplia decían que, si un niño sobrevive los primeros cinco años de vida, es
inmune a cualquier enfermedad por el resto de su vida. Por lo tanto, me
acostaba con Clitemnestra periódicamente, una experiencia a la que ella se
sometía con resignación. Una vez, creí haberla excitado: se retorció y
estremeció entre mis brazos, me envolvió con sus piernas, gimió y jadeó. En
el momento del clímax, gritó el nombre de Broteas, abandonó el fingido
éxtasis y se rió en mi cara. Enfurecido más allá de lo que podía soportar, le di
dos bofetadas, hacia un lado y hacia el otro, y la dejé llorando y con la boca
ensangrentada.
Estos encuentros insatisfactorios produjeron, hacia finales del invierno,
una niña llamada Electra. Yo tenía casi decidido deshacerme de la mocosa,
una estratagema que Clitemnestra frustró vigilando a su hija día y noche hasta
que la destetaron. Era necesario deshacerse de las hijas no deseadas en el
nacimiento simulando que tenían una deformidad, o una enfermedad mortal.
Me consolé pensando en que Electra podría, en años venideros, convertirse en
candidata para desposar a algún heredero real, y así aumentar mi influencia en
la región.
Yo evitaba, en la medida de lo posible, encontrarme con Ifigenia, mi
supuesta hija, que ahora tenía tres años y era claramente lerda. Era una niña
fea, de mejillas hundidas y pelo lacio e incapaz de hablar. Con terquedad
femenina, Clitemnestra adoraba a la hija bastarda de su hermana, la abrazaba
constantemente y la besaba en sus inútiles labios. El espectáculo me daba
náuseas.
Cuando el primer indicio de vegetación verde apareció en las delgadas
ramas de los alisios, comencé a llevar a cabo las preparaciones preliminares
para formar a las huestes. Envié órdenes de alerta a mis guardianes, escogí un
lugar de reunión y les pedí que adelantaran la siembra de primavera. Un
mensajero de Argos interrumpió mis preparaciones. El rey Diomedes,
anunció, deseaba consultarme un asunto de gran importancia.
Un emisario formal me avisó de la visita de estado y yo ordené preparar
una recepción ceremonial. Los lanceros se alinearon en el camino que iba de
la ciudadela al pueblo, y los héroes, ataviados con sus armaduras, se
apostaron bajo la muralla. Envuelto en una túnica roja, con mi corona de oro,
salí a recibir a mi huésped. Vi su figura familiar al frente de una brillante

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comitiva. Nos apeamos y nos dimos un abrazo. Tomé las riendas de la mano
de Taltibio y conduje al rey de Argos en mi carro hasta las puertas.
Los años habían surcado el rostro anguloso de Diomedes con finas
arrugas, salpicado su dorada cabellera con hilos de plata y proyectado
sombras bajo sus ojos marrones. Pero la edad no le añadió carne a su
musculatura. Conocía a Diomedes desde nuestra infancia: juntos arrasamos
las murallas de Tebas y velamos a nuestros muertos. Después de que tomara
el trono, continuamos intercambiándonos consejos sobre asuntos
diplomáticos, y descubrí en él un intelecto tan agudo como su espada.
Diomedes, en sus años mozos, había sido un héroe de principios sólidos, pero
los años al mando de Argos habían menguado sus ideales. Mi hermano
Menelao es el único rey honesto que conozco, y, a pesar de ello, aunque
parezca increíble, todavía gobierna en Esparta.
Juegos y desfiles en el campo de batalla, días de caza en las colinas y
banquetes en el salón ocuparon nuestro tiempo. Aunque el mensajero había
dicho que el viaje de Diomedes se debía a asuntos de urgencia, la etiqueta
establecía que el anfitrión no debía iniciar ese tipo de conversaciones. De
cualquier manera, no se debía apremiar a un rey.
Una mañana soleada, cuando cazábamos jabalíes en las faldas de una
colina cerca de Nemea, decidió mencionarme la razón de su visita. Sobre la
ladera crecían robles doblados, arbustos de olivo silvestres y matorrales
espinosos. Una fila de héroes intentaban escalarla junto a sus perros.
Diomedes hizo una pausa para atarse las botas y me dijo:
—Tengo problemas en Argos.
—¿Qué es lo que te preocupa, amigo mío?
—También te conciernen a ti, si no me equivoco. —Diomedes anudó la
correa de su bota y recogió su lanza—. La escasez de cereales, Agamenón. La
sequía en Esparta redujo la cosecha del año pasado a la mitad. El pueblo está
a punto de morir de hambre. Debo conseguir suministros en alguna parte.
Un héroe gritó y apuntó con su lanza. Sobre la colina, a lo lejos, una
figura gris huyó entre los matorrales apenas la vimos. Se desvaneció como un
águila en la neblina.
—Virad hacia la izquierda —le dije al cazador—, y haced que los perros
sigan el rastro. —Me giré hacia mi amigo—. Es el eterno problema,
Diomedes. En Micenas racionamos el trigo y la cebada desde hace años,
cultivamos cada pedazo de tierra lo suficientemente fértil como para producir
grano, e importamos todo lo que les sobra a los egipcios. Hemos tenido suerte
con nuestras cosechas, pero aun así la escasez golpea el reino.

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Los perros encontraron el rastro y ladraron a coro, con un estruendo que
resonaba en los peñascos. Tropecé con una raíz de ciprés y maldije en voz
alta. Continuamos la marcha jadeando con fuerza, ya que la ladera era
demasiado escarpada para ir a la carrera.
—Hemos de hacer algo. He venido hasta aquí, Agamenón, para concertar
un plan de acción.
Usé mi lanza como apoyo para subir a un saliente en la roca.
—¿Tienes alguna idea?
—Debemos encontrar la manera de llegar hasta los campos de cereal de
Orcómenos que Tebas cerró tras la guerra de los Siete.
—¿Orcómenos? ¡Pon un pie en ese sitio y te asegurarás una guerra contra
Tebas!
—Eso —dijo Diomedes— es lo que he venido a proponerte.
El desprendimiento de algunas rocas detuvo la marcha y obligó a los
sabuesos a recuperar el rastro. Yo agradecí la pausa y me apoyé sobre mi
lanza.
—Nosotros aprendimos una lección cuando Adrasto condujo a sus
partidas de guerra a través de Asopos. Marchó junto a tres mil hombres, y
regresaron menos de mil. Los huesos de los muertos aún yacen allí,
acumulando moho y polvo, frente a las murallas de Tebas.
—Por eso debemos movilizar una hueste más numerosa. El doble, o más
del doble, de la fuerza de Adrasto.
Un perro argivo encontró el rastro y aulló al cielo. Los cazadores
corrieron, arrastraron a los perros tirando de sus cadenas y continuaron
escalando. Yo divisé a la presa en unos peñascos a la distancia de un tiro de
flecha.
—¡Deteneos! El jabalí está allí. Diomedes y yo tomaremos las primeras
lanzas en cuanto recuperemos el aliento. —Miré a Diomedes—. ¿El doble de
la fuerza de los Siete? ¿Sugieres una alianza entre las huestes argivas y
micénicas en contra de Tebas?
—Sí, y las de todos los reinos a los que podamos persuadir.
—Es un plan interesante. Lo discutiremos después de matar al jabalí. —
Me sequé el sudor de las manos y tomé la lanza—. Ten cuidado al acercarte,
Diomedes: las piedras pueden deslizarse y ceder. ¿Estás preparado? —
Diomedes asintió—. Cazadores. ¡Soltad a los perros!
Una ruidosa catarata marrón inundó las rocas. Una figura enorme y gris se
aferraba al borde de un abismo, pero los perros la apresaron mordiéndole los
costados. El peludo jabalí era tan alto como el mango de un arco y poseía

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unos colmillos feroces. Una embestida de su cabeza abrió a uno de los perros
desde la quijada hasta la costilla. Gruñendo, y enfurecido, cargaba contra sus
torturadores intentando regresar a la roca que ocultaba la entrada de su
guarida. Patinó sobre las piedras y se giró para lanzarse, como una avalancha,
hacia nosotros.
Yo me encontraba a un brazo de distancia de Diomedes, con los pies
firmemente plantados sobre las inestables rocas. Era imprudente estar
separados: el jabalí, enloquecido, atacaría al primer hombre que viera, y dos
lanzas eran más seguras que una sola. Clavamos los talones y esperamos con
los brazos abiertos y las lanzas hacia abajo. Una bestia que atacara de frente
era un objetivo difícil: lo único que podías ver eran sus colmillos curvados,
una cabeza peluda y negra, y su espalda erizada. Llegó con un alboroto de
piedras, veloz como un caballo al galope.
La punta de mi lanza atravesó su hocico hasta el hueso. El animal me
arrancó el arma con un movimiento de la cabeza. Su cuerpo monstruoso me
derribó y su piel me raspó la cara al caer, ahogándome con su fétido olor. A
gatas, y sin aire en los pulmones, me encontré a un brazo de distancia del
jabalí herido y furioso.
Sus ojillos malvados miraron directamente los míos. Sin voz, invoqué a
La Dama. Se escuchó un grito y la bestia se retiró, dando patadas y gruñendo
de dolor. Sus convulsiones arrebataron a Diomedes su lanza, tomó la mía del
suelo y se la clavó profundamente en el lomo. Satisfecho por haberle causado
una herida mortal, se me acercó, se sentó a mi lado, y juntos vimos morir a
nuestra presa. Los héroes se reunieron en torno al jabalí para admirar su
tamaño y exclamaron al ver sus largos colmillos curvados.
—Has escapado por un pelo —dijo Diomedes.
—Apunté al lomo, pero levantó la cabeza en el último segundo y no pude
reaccionar con suficiente rapidez para elevar la lanza. Gracias, Diomedes;
Micenas por poco pierde a su rey.
Los sirvientes ataron el animal a una vara y los cazadores encadenaron a
los perros. Descendimos por la cañada hasta un claro, donde los sirvientes nos
trajeron odres de vino, tortas de trigo y miel. Nos tendimos sobre el suave
pasto verde salpicado de brotes primaverales y rompimos el ayuno. Diomedes
arrancaba pequeñas florecillas blancas y las ataba por los tallos.
—La fuerza de Argos y Micenas unidas podría saldar el asunto con
Creonte.
—Tebas tiene aliados: los locrios y los focios. Si contamos con que
debemos dejar una parte de la guarnición para proteger nuestras ciudadelas de

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los malditos hombres-cabra, podríamos reunir entre los dos una hueste de
cinco mil hombres. No es suficiente para garantizarnos la victoria.
Diomedes arrancó otra flor, y con la uña del dedo pulgar dividió el tallo
en dos.
—De los Siete que marcharon contra Tebas, sólo Adrasto sobrevivió. Seis
hijos de los héroes que murieron desean venganza. Y eso me incluye a mí,
¿recuerdas? Mi padre, Tideo, murió en las almenas de Tebas. Todos somos
argivos, excepto uno, y éste ha prometido una fuerte partida de guerra arcadia.
Descansé boca arriba, con las manos entrelazadas debajo de la cabeza,
contemplando el cielo. Un águila planeaba muy alto, en el firmamento.
—Nuestras ideas coinciden, Diomedes. Esta vez no puede haber errores:
si Creonte nos vence de nuevo, invadirá nuestros reinos.
—¿Cuándo podrías estar listo?
—No será este año. —Diomedes me miró, consternado, y soltó la
cadeneta de flores—. No te desanimes, amigo mío. Estoy comprometido en
una campaña en Corinto; el resultado sumará las huestes elianas contra Tebas.
Diomedes estrujó las flores entre sus manos.
—Es posible que estés en lo correcto. Seguramente necesitaré un año para
organizado todo. —Miró a los sabuesos, que descansaban, y a los héroes
expectantes—. ¿Seguiremos con la caza?
Me puse en pie y me sobé las costillas.
—Me siento como si me hubiera caído una casa encima. Quédate tú,
Diomedes. Los jabalíes infestan las montañas que rodean Nemea, y los leones
deambulan por el valle; los sabuesos encontrarán alguno y, seguramente, te
divertirás. Yo me voy a casa.
Usando mi lanza como si fuera una muleta, cojeé dolorido por el camino
que bajaba hasta la falda de la colina.

Las ovejas retozaban en la pradera, la siembra estival había concluido. Señalé


Hélice como lugar de reunión y movilicé a las huestes. Bajo la luz de los
primeros días de verano, el contingente marchó hacia el norte sobre el camino
de la montaña hacia Corinto. Yo disfruté de la travesía. La fragancia de los
pinos y del mirto inundaba el aire y se mezclaba con el hedor ácido del sudor
de los caballos, del cuero y de la grasa rancia de cordero que usábamos para
lubricar los eje