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Humildad y Obediencia de Cristo

1) El pasaje de Filipenses 2:8-11 describe la humildad y obediencia de Jesucristo, quien dejó su gloria en el cielo para venir a la tierra como un siervo humilde. 2) Jesús se humilló a sí mismo al nacer en un pesebre y más tarde murió en la cruz, aunque no tenía que morir. 3) Jesús hizo todo esto voluntariamente para poder salvar a la humanidad de sus pecados.

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Humildad y Obediencia de Cristo

1) El pasaje de Filipenses 2:8-11 describe la humildad y obediencia de Jesucristo, quien dejó su gloria en el cielo para venir a la tierra como un siervo humilde. 2) Jesús se humilló a sí mismo al nacer en un pesebre y más tarde murió en la cruz, aunque no tenía que morir. 3) Jesús hizo todo esto voluntariamente para poder salvar a la humanidad de sus pecados.

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Filipenses

Filipenses 2:8-11
Programa No. 0759

Filipenses 2:8-11

Amigo oyente, en nuestro programa anterior, dejamos nuestro estudio en el capítulo 2, de esta
epístola a los Filipenses, y en este capítulo maravilloso, tenemos la norma para el vivir cristiano. Y el
Señor Jesucristo es esa norma. Haya, pues, – dice Pablo – en vosotros este sentir que hubo también en
Cristo Jesús. (Fil. 2:5) Eso no lo hacemos por medio de una imitación, sino más bien por medio del
impartimiento del sentir que hubo en el Señor Jesucristo. Después de todo, el fruto del Espíritu es
amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, y luego tenemos humildad. Y tenemos esta cosa
maravillosa que caracterizó a nuestro Señor Jesucristo y que era la humildad. El mismo sentir de
Cristo, o la misma manera de pensar de Cristo – Que Él era una persona humilde, y vimos que en
efecto, Él había dejado la gloria que tenía en los cielos. Él era adorado como Dios por las huestes
celestiales.

Entonces, Él deja todo eso y viene a un mundo que rechaza a Cristo, a un lugar donde la gente lo
deja a un lado. Ni siquiera le proveen un lugar para nacer. Pero Dios proveyó un pesebre y eso fue
mucho mejor que ese mesón público, porque todo lo que eso era en realidad, era simplemente una
gran habitación donde cada persona se conseguía su lugarcito para dormir, y no hubiera sido un lugar
muy bello para que el Señor Jesucristo naciera, ante una multitud de personas observando. Opinamos
que era mucho mejor el ser observado por esos animales que por la gente que se encontraba en ese
lugar. Y también creemos que ese pesebre se convirtió en tierra santa, aun cuando era simplemente
un pesebre. Vemos entonces que Él toma ese tremendo paso hacia abajo. Él descendió, Él se convirtió
en hombre, y Él también se convirtió en un siervo – Él tomó la forma de siervo.

En el versículo 1, del capítulo 11 de Isaías, podemos leer: Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un
vástago retoñará de sus raíces. Por mucho tiempo nos habíamos preguntado ¿por qué Isaías no dijo
que saldría una vara del tronco de David en lugar de Isaí? Pues bien, permítanos explicarle por qué,
amigo oyente.

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Filipenses 2:8-11
Programa No. 0759

La razón es que cuando el Señor Jesucristo nació; – María quien era del linaje de David, y José
quien también era del linaje de David, pero por otro lado ambos eran campesinos, rústicos. Eso era
todo lo que ellos eran – simplemente humildes campesinos – personas desconocidas que vivían en
ese pequeño, miserable lugar gentil llamado Nazaret. Allí es donde creció el Señor Jesucristo. Él tomó
la forma de siervo. Ahora, ¿no pertenece Él al linaje de David? Claro que sí. Pero lo interesante es que
David fue ungido rey cuando su padre Isaí no era rey. Él era un campesino en Belén. El padre de David
era una persona que criaba ovejas, usted recuerda y eso es todo lo que él era. No hay nada de malo en
eso, aparte de que él no era rey. Así es entonces que esta vara sale de Isaí. Este linaje proviene ahora
del lugar de un campesino. Y nuestro Señor vino como siervo; Él tomó un lugar humilde, Él descendió
completamente y se nos dice en la primera parte del versículo 8:

8
y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, (Fil. 2:8)

Ahora, cuando aquí dice que se humilló a sí mismo quiere decir que no hubo otra persona que lo
humilló a Él. Muchos de nosotros, estoy seguro, hemos sido humillados por otra persona o por un
incidente.

En cierta ocasión se estaba realizando una conferencia, y allí era costumbre que todos los
oradores durante la semana, se sentaran en la plataforma todas las noches para el servicio vespertino.
No importaba quién tenía que predicar esa noche.

Era algo así como: “Si tú me escuchas a mí, yo te escucharé a ti”. Al comenzar la reunión todos
los oradores marchaban hacia la plataforma de una manera muy digna y ordenada, que era más o
menos un ritual. Pero, en esa ocasión había llovido, y había caído tanta agua que aún había agua en
la plataforma.

Había un predicador en ese programa que tenía un don muy especial para hablar y además era
una persona de mucha formalidad y dignidad. Este hombre vestía según la forma más elegante con
su camisa blanca, corbata y saco de levita. Era en realidad, una persona muy dignificada. Y esa noche

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Programa No. 0759

al subir todos los oradores a la plataforma, este hombre no se dio cuenta que había agua allí, y eso
hizo que el lugar fuera un poco resbaloso. Subió pues, este hombre y ante los ojos de todos en el
auditorio, se resbaló en ese lugar y cayó sentado de golpe. Uno no podía menos que reírse. Él se
levantó, y usted quizá nunca habrá visto una persona tan humillada como se sintió él en esa ocasión.
A la noche siguiente uno de los oradores le dijo: “Oiga, sería bueno que usted repitiera su actuación
de la noche anterior”. Y él contestó: “¿No fue eso algo realmente humillante?” Y así fue, amigo oyente.
Pero, él no se humilló a sí mismo, él fue humillado. Y muchos de nosotros, hemos sido humillados,
pero nuestro Señor Jesucristo se humilló a sí mismo, y eso es algo completamente diferente. Luego,
se nos dice en este versículo 8:

8
haciéndose obediente hasta la muerte, (Fil. 2:8)

La muerte es una cosa muy humillante. En realidad no es algo natural. Hay veces que se escucha
a personas decir en los funerales: “Mira, parece tan natural, sólo parece dormir”. Y uno tiene que
morderse los labios para no decir nada, ya que esto es dicho por un amigo que trata de consolar a
alguna persona que ha perdido un ser amado. No sabemos qué clase de consuelo es que el tío “Fulano
de Tal” o el abuelo, parezca verse natural en la muerte. Para decir verdad, provoca a uno morderse los
labios para no decir: “No. Ellos no parecen naturales”.

La muerte, amigo oyente, no es algo natural, Dios no creó al hombre para morir. El hombre
muere a causa del pecado, a causa de su transgresión. La muerte llegó a este mundo por la
transgresión de un hombre, y ese hombre fue Adán. Y la muerte es algo humillante. Ahora, cuando el
Señor Jesucristo vino a este mundo, Él fue algo diferente del resto de nosotros. No sé en cuanto a
usted, amigo oyente, pero pienso que usted es como yo soy. Yo vine para vivir, no para morir.
Honestamente hablando, no quiero morir. Me gusta vivir.

El autor de estos estudios bíblicos, el Dr. J. Vernon McGee – quien ya está en la presencia del
Señor – contaba que cuando él se dio cuenta que tenía cáncer – cuando el médico le dijo que lo tenía

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– se encontraba en la mitad de este programa de cinco años del estudio de la Biblia en el idioma inglés.
Y él solicitó a los oyentes que oraran para que él pudiera completar el programa. Y en esa ocasión
parecía que no lo iba a completar. Bueno, el Señor le permitió que lo finalizara y él completó ese
programa de cinco años. Un amigo que vivía en San Francisco, California, le dijo: “Yo sé lo que tú vas
a hacer ahora; en el momento en que tú finalices el programa de 5 años, si el Señor te permite
finalizarlo, vas a comenzar otro programa de 10 años”. ¿Y sabe una cosa? El Dr. McGee dijo que le
gustaría hacerlo. Pero que no lo haría.

Tenemos este programa de 5 años, pero lo interesante de todo esto es que él no quería morir.
Uno escucha a la gente decir que quiere morir y poder ir a estar con el Señor. Bueno, eso es mucho
mejor (eso es lo final). Pero el Apóstol Pablo dice que el permanecer aquí es mucho mejor. Y eso me
gusta más a mí, también. Pienso que hay una tarea que realizar, y que hay algo que nosotros debemos
hacer el día de hoy, si permanecemos aquí en este mundo; y yo quiero quedarme aquí. Pero la muerte
es algo diferente – y yo no quiero morir.

Ahora, el Señor Jesucristo vino a este mundo a morir. Él no tenía que morir, pero Él se entregó a
sí mismo voluntariamente, haciéndose obediente hasta la muerte, aun cuando Él no tenía que haberlo
hecho. Yo tengo que morir, pero no lo quiero hacer. Él, en cambio, no tenía que morir pero lo quería
hacer. ¿Se fija usted, amigo oyente? Ahora, ¿por qué? Él quería hacerlo para poder salvarme a mí, y
salvarlo a usted amigo oyente – cuando usted confía en Él. Luego tenemos el séptimo y último paso
de descenso; leamos el versículo 8, de este capítulo 2 de la epístola a los Filipenses:

8
y muerte de cruz. (Fil. 2:8)

La muerte en la cruz. En el día de hoy nosotros diríamos: la muerte en la cámara de gases, o en


la silla eléctrica, o en la horca – cualquiera que sea la forma de muerte que se realiza en el día de hoy.
No deseamos poner aquí algo fuera de lugar, sin embargo, la Palabra de Dios nos enseña que es
necesario tener la pena capital, y este Libro ha sido probablemente, el mejor instrumento civilizador

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Filipenses 2:8-11
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que el mundo ha tenido. Y, cuando cualquier persona declara en el día de hoy que la pena capital es
algo incivilizado, aparentemente no saben que es el cimiento mismo de la civilización. Y eso es la
Palabra de Dios.

Y amigo oyente, si nosotros no colocamos la pena capital donde corresponde, vamos a descubrir
que muchos de nosotros no nos atreveremos a salir de nuestros hogares cuando se pone oscuro. No
habrá seguridad fuera de nuestros hogares; no podremos caminar por las calles, ni aún siquiera
durante la luz del día. Eso es una realidad en algunos lugares en el día de hoy.

Debemos decir, amigo oyente, que no somos tan civilizados como nos gusta pensar que somos.
Dios no proveyó la pena capital porque sea algo incivilizado. Él proveyó la pena capital porque el
hombre es un pecador, y el hombre de hoy es completamente depravado. Esa es su condición, y no
interesa quién sea el hombre. La única forma de poder librarnos de un quebrantamiento moral total,
es por medio de un avivamiento. Y si eso no sucede, entonces estamos perdidos.

El Señor Jesucristo, pues, descendió y murió en la cruz. Eso fue lo más bajo que le podía suceder.
Él descendió de la gloria más alta, más elevada, al lugar más bajo de humillación. Y ¿por qué lo hizo?
Pues bien, regresamos a nuestra palabra clave: otros, otros. No mirando cada uno por lo suyo propio,
sino cada cual también por lo de los otros. (Fil. 2:4) Él dejó Su gloria en el cielo y descendió a esta tierra.
Se convirtió en un hombre por los hombres, por usted y por mí. Y gracias a Dios por eso, amigo oyente.
Ese es el sentir de Cristo.

El sentir de Dios es el de glorificar a Cristo. Y comenzando con el versículo 9, tenemos los pasos
hacia arriba, los pasos ascendentes. Ya hemos tenido siete pasos descendentes, hacia abajo; ahora
vamos a ver los siete pasos hacia arriba. Podemos darnos cuenta, entonces, que el sentir de Dios es la
exaltación de Jesús, y aquí tenemos los siete pasos comenzando con la primera parte del versículo 9,
que dice:

Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, (Fil. 2:9a)


9a

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Ese es el propósito supremo de Dios el Padre en este universo en el día de hoy; que Jesucristo
sea glorificado en el universo que Él creó, y que Él sea glorificado en la tierra donde vive el hombre,
donde el hombre se rebeló contra Dios. Lo que hace que este pequeño mundo tenga significado e
importancia, es la muerte de Cristo aquí en este lugar; no hay ninguna otra cosa.

Cuando escuchamos a un astrónomo que dice en el día de hoy: “Nosotros somos una pequeña
partícula en el espacio, y si este pequeño universo en el cual vivimos fuera borrado, no haría ninguna
diferencia al resto”. Y así sería, amigo oyente, es completamente cierto.

Alguien ha dicho que el hombre es una enfermedad en la epidermis de un planeta menor. Eso es
lo que somos. Pero, amigo oyente, lo que le ha dado dignidad al hombre y ha causado que él pueda
mirar a los cielos y cantar la doxología, es el hecho de que Jesucristo vino y murió en la cruz por
nosotros. Ahora, el versículo 9, confirma la aprobación del Padre, por la obra de Cristo a nuestro favor;
leamos:

9
Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, (Fil. 2:9)

Tenemos ahora, el segundo paso de este reconocimiento divino:

9
y le dio un nombre que es sobre todo nombre. (Fil. 2:9)

Y la próxima ocasión en que tomemos Su nombre en vano, pensemos seriamente en esto. No


hace mucho tiempo explotó una bomba en un avión en el aire; el piloto, gracias a lo que se califica
como un milagro, fue capaz de aterrizar con su avión, y se dice que cuando él logró realizar eso,
solamente decía: “Jesucristo, Jesucristo”. No sabemos cómo lo dijo. Lo podía haber dicho como algo
profano. Que Dios tenga misericordia de él si lo hizo de esa forma, o quizá él pudo haberlo dicho como
una oración. El nombre de Jesucristo tiene que ser exaltado sobre todo otro nombre. Usted puede
tomar los nombres de cualquier hombre destacado de este mundo; usted puede tomar los ángeles de
la gloria, y aun así habrá un nombre que es sobre todo nombre, y ese es el nombre de Jesucristo.
Notemos ahora el tercer paso que se menciona aquí en la primera parte del versículo 10; dice:

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10
para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla (Fil. 2:10a)

En Su nombre se debe doblar toda rodilla – y eso incluye todo. Ese es el tercer paso. El cuarto
es:

10
de los que están en los cielos, (Fil. 2:10)

Y el quinto es:

10
y en la tierra, (Fil. 2:10)

Y el sexto es:

10
y debajo de la tierra; (Fil. 2:10)

Hay algunas personas que han tomado esta cláusula aquí diciendo, que quiere decir que todos
serán reconciliados con Dios algún día, aun los que están en el infierno. Permítanos decirle, amigo
oyente, que eso no es lo que nos enseña la Palabra de Dios. Cada lugar tendrá que reconocer quién es
el Señor Jesucristo. Aun en el infierno – los que se encuentran allí tendrán que reconocer eso. Y
digamos de paso, que pensamos que eso contribuirá en parte a su castigo.

Usted se puede imaginar a aquellos que han tomado Su nombre en vano y le han odiado, le han
despreciado, que en realidad escupieron sobre Él en esta tierra; y ahora tienen que reconocer Su
señorío. Y pensamos que eso es lo que tendrán que hacer, pero ellos no van a ser reconciliados con
Dios, porque usted puede ver que la Epístola a los Colosenses, dice en el primer capítulo, versículo 20:
y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas. – Todas las cosas. ¿Quiere decir eso, las que están
debajo de la tierra? Ah, no, amigo oyente. – así las que están en la tierra como las que están en los cielos,
haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. No se menciona aquí, las cosas que están debajo de la
tierra. No, amigo oyente; el infierno no es reconciliado con Él. Pero el infierno tendrá que reconocer
quién es Él. Dios ha determinado eso. Aun aquellos que han rechazado a Cristo tendrán que estar ante
Él algún día y reconocer quién es Él. Eso es algo muy importante y tremendo que tenemos ante

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nosotros. Notemos ahora, que cada rodilla tendrá que doblarse ante Él. Luego se nos dice en el
versículo 11:

11
y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Fil. 2:11)

Eso no quiere decir que le confesarán a Él como Salvador. Usted le confiesa a Él como Salvador
aquí, mientras vive, pero usted tendrá que confesarle a Él como Señor allá. Esto es interesante, ¿no le
parece? Aun en el infierno ellos tendrán que reconocer el señorío de Jesucristo. Y permítanos decir
esto (y lo decimos con mucho cuidado), nosotros debemos tener mucho cuidado en el día de hoy, en
cuanto a llamarle a Él nuestro Señor, si Él no es nuestro Señor, en realidad. Usted recuerda que Él dijo
en cierta ocasión que habrá muchos en aquel día que le dirán: Señor, Señor. Le llamaban a Él, Señor; y
ellos realizaron milagros en Su nombre. Pero Él les dirá: Nunca os conocí. (Mateo 7:21-23)

Amigo oyente, mejor es que usted le conozca a Él como su Salvador, antes de ir hoy de un lugar
a otro hablando acerca de que Él es su Señor. Asegúrese de que Él es su Salvador, y luego si Él es su
Salvador, entonces usted puede inclinarse, arrodillarse ante Él, y puede llegar a ser una persona que
le obedece.

No me gusta escuchar a personas que cantan: “Oh, qué amigo nos es Cristo”. Por cierto que,
nosotros tenemos un amigo en Él, pero Él dice: Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
¿Está usted, amigo oyente, haciendo lo que Él manda? Entonces, si no lo está haciendo, no lo llame a
Él su amigo. Él dice: “Usted es mi amigo, si hace lo que Yo le mando”.

Amigo oyente, hoy aun en el infierno ellos van a tener que arrodillarse y reconocer quién es Él.
Pero ellos no podrán ya reclamarle a Él como su propio Salvador, porque ellos le despreciaron y
rechazaron cuando estuvieron aquí en esta tierra y perdieron así, su oportunidad. Bien, amigo oyente,
vamos a detenernos aquí por hoy. Dios mediante, continuaremos en nuestro próximo programa; le
invitamos, pues, a que nos acompañe. Antes de despedirnos, dejamos con usted estas palabras del

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Apóstol Pablo: Por lo cual Dios también lo exaltó (a Jesús) hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre
todo nombre. Hasta pronto pues, ¡y que el Señor le bendiga!

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