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S14. Derrida. Carta Un Amigo Japones.

Este documento es una carta en la que Derrida explica el significado y el origen del término "deconstrucción" a un amigo japonés. Derrida describe cómo adoptó el término para traducir conceptos heideggerianos al francés y cómo su significado ha evolucionado desde entonces. También aclara que la deconstrucción no es un análisis, una crítica o un método, sino que se refiere a cómo el lenguaje y los conceptos se deconstruyen a sí mismos.
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S14. Derrida. Carta Un Amigo Japones.

Este documento es una carta en la que Derrida explica el significado y el origen del término "deconstrucción" a un amigo japonés. Derrida describe cómo adoptó el término para traducir conceptos heideggerianos al francés y cómo su significado ha evolucionado desde entonces. También aclara que la deconstrucción no es un análisis, una crítica o un método, sino que se refiere a cómo el lenguaje y los conceptos se deconstruyen a sí mismos.
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CARTA A UN AMIGO JAPONÉS85

Querido Profesor Izutsu:


[...] Con ocasión de nuestro encuentro, le prometí unas reflexiones
–esquemáticas y preliminares– acerca de la palabra
“deconstrucción”. Se trataba, en suma, de unos prolegómenos para
una posible traducción de esta palabra al japonés. Y, con vistas a
ello, se trataba de intentar al menos una determinación negativa de
las significaciones o connotaciones que deberían evitarse en la
medida de lo posible. Por consiguiente, la cuestión sería: ¿qué no
es la deconstrucción? O, más bien ¿qué debería no ser? Subrayo
estas palabras (“posible” y “debería”) dado que, si bien es factible
anticipar las dificultades de traducción (y la cuestión de la
deconstrucción es asimismo de arriba abajo la cuestión de la
traducción y de la lengua de los conceptos, del corpus conceptual
de la metafísica así llamada “occidental”), no por ello habría que
empezar creyendo –eso resultaría una ingenuidad– que la palabra
“deconstrucción” se adecua, en francés, a alguna significación clara
y unívoca. Ya hay, en “mi” lengua, un oscuro problema de traducción
entre aquello a lo que se puede apuntar, aquí y allá, con esta
palabra y la utilización misma, los recursos de esta palabra. Y ya
resulta claro que las cosas cambian de un contexto a otro, incluso
en francés. Mejor aún, en los medios alemán, inglés y, sobre todo,
norteamericano, la misma palabra ya está vinculada a unas
connotaciones, a unas inflexiones, a unos valores afectivos o
patéticos muy diferentes. Su análisis sería interesante y merecería
todo un trabajo en otro lugar.
Cuando elegí esta palabra, o cuando se me impuso –creo que fue
en De la gramatología–, yo no pensaba que se le iba a reconocer un
papel tan central en el discurso que por aquel entonces me
interesaba. Entre otras cosas, yo deseaba traducir y adaptar a mi
discurso los términos heideggerianos de Destruktion y de Abbau.
Ambos significaban, en ese contexto, una operación que concernía
a la estructura o a la arquitectura tradicional de los conceptos
fundadores de la ontología o de la metafísica occidental. Pero, en
francés, el término “destrucción” implicaba de modo demasiado
visible un aniquilamiento, una reducción negativa más próxima de la
“demolición” nietzscheana, quizás, que de la interpretación
heideggeriana o del tipo de lectura que yo proponía. Por
consiguiente, lo descarté. Recuerdo haber investigado si la palabra
“deconstrucción” (que vino a mí de forma aparentemente muy
espontánea) era efectivamente una palabra francesa. La encontré
en el diccionario Littré. Su alcance gramatical, lingüístico o retórico
se hallaba ahí asociado a un alcance “maquínico”. Esta asociación
me pareció muy afortunada, muy adecuada a lo que yo quería al
menos sugerir. Me permito citar algunos artículos del Littré.
“Deconstrucción / Acción de deconstruir. / Término gramatical.
Desarreglo de la construcción de las palabras en una frase. “Acerca
de la deconstrucción, vulgarmente llamada construcción”, Lemare,
Acerca del modo de aprender las lenguas, cap. 17, en Curso de
lengua latina. Deconstruir / 1. Desensamblar las partes de un todo.
Deconstruir una máquina para transportarla a otro lugar. 2. Término
gramatical (...) Deconstruir versos, tornarlos, al suprimir la medida,
semejantes a la prosa. / Completamente. “En el método de las
frases pre-nocionales, se empieza asimismo por la traducción, y una
de las ventajas consiste en no tener nunca necesidad de
deconstruir”, Lemare, ibíd. 3. Deconstruirse (...) Perder su
construcción. “La erudición moderna nos confirma que, en una
región del inmóvil Oriente, una lengua que ha alcanzado su
perfección se ha deconstruido y alterado por sí misma, por la sola
ley del cambio, ley natural del espíritu humano”, Villemain, Prefacio
del Diccionario de la Academia”.86
Naturalmente, va a ser preciso traducir todo esto al japonés, lo
cual no hace sino retrasar el problema. Es evidente que, aunque
todas estas significaciones enumeradas por el Littré me interesaban
por su afinidad con lo que yo “quería-decir”, éstas no concernían,
metafóricamente, si se quiere, sino a unos modelos o a unos
ámbitos de sentido, no a la totalidad de aquello a lo que puede
apuntar la deconstrucción en su ambición más radical. Ésta no se
limita ni a un modelo lingüístico-gramatical, ni siquiera a un modelo
semántico, y menos aún a un modelo maquínico. Estos modelos
deberían a su vez ser sometidos a un cuestionamiento
deconstructivo. Es cierto que, más adelante, dichos “modelos” han
dado origen a numerosos malentendidos acerca del concepto y de
la palabra deconstrucción que la gente era proclive a reducir a
aquéllos.
También hay que decir que la palabra era de uso poco frecuente,
a menudo desconocido en Francia. Ha tenido que ser reconstruido
en cierto modo, y su valor de uso ha quedado determinado por el
discurso que se intentó entonces, en torno a De la gramatología y a
partir de ella. Este valor de uso es el que voy a tratar ahora de
precisar, y no cualquier sentido primitivo, cualquier etimología al
amparo de cualquier estrategia contextual o más allá de ella.
Dos palabras más en lo que concierne al “contexto”. El
“estructuralismo” dominaba por aquel entonces. “Deconstrucción”
parecía ir en este sentido puesto que la palabra significaba cierta
atención a las estructuras (las cuales, a su vez, no son simplemente
ideas, ni formas, ni síntesis, ni sistemas). Deconstruir era asimismo
un gesto estructuralista, en todo caso era un gesto que asumía
cierta necesidad de la problemática estructuralista. Pero también era
un gesto antiestructuralista –y su éxito se debe, en parte, a este
equívoco–. Se trataba de deshacer, de descomponer, de
desedimentar estructuras (todo tipo de estructuras, lingüísticas,
“logocéntricas”, “fonocéntricas” –ya que el estructuralismo estaba,
por entonces, dominado por unos modelos lingüísticos, los de la así
llamada lingüística estructural, que se denominaba también
saussuriana–, socio-institucionales, políticos, culturales y, ante todo
y sobre todo, filosóficos). Por eso, especialmente en Estados
Unidos, se ha asociado el motivo de la deconstrucción con el “post-
estructuralismo” (palabra desconocida en Francia, salvo cuando
“vuelve” de Estados Unidos). Pero deshacer, descomponer,
desedimentar estructuras, movimiento más histórico, en cierto
sentido, que el movimiento “estructuralista” que se hallaba de este
modo cuestionado, no era una operación negativa. Más que destruir
era preciso asimismo comprender cómo se había construido un
“conjunto” y, para ello, era preciso reconstruirlo. No obstante, la
apariencia negativa era y sigue siendo tanto más difícil de borrar
cuanto que es legible en la gramática de la palabra (de-), pese a que
ésta puede sugerir también una derivación genealógica antes que
una demolición. Ésta es la razón por la que esta palabra, al menos
por sí sola, nunca me ha parecido satisfactoria (pero, ¿qué palabra
lo es?) y ha de estar siempre rodeada de un discurso. Difícil de
borrar después porque, en el trabajo de la deconstrucción, de la
misma manera que lo hago aquí, he tenido que multiplicar las
advertencias, que descartar finalmente todos los conceptos
filosóficos de la tradición al tiempo que reafirmaba la necesidad de
recurrir a ellos, al menos como conceptos tachados. Se ha dicho por
lo tanto, precipitadamente, que era una especie de teología negativa
(lo cual no era ni verdadero ni falso, pero abandono aquí este
debate87).
En cualquier caso, a pesar de las apariencias, la deconstrucción
no es ni un análisis ni una crítica, y la traducción debería tener esto
en cuenta. No es un análisis, en particular porque el desmontaje de
una estructura no es una regresión hacia el elemento simple, hacia
un origen indescomponible. Estos valores, lo mismo que el de
análisis, son a su vez filosofemas sometidos a la deconstrucción.
Tampoco es una crítica, en un sentido general o en un sentido
kantiano. La instancia del krinein o de la krisis (decisión, elección,
juicio, discernimiento) es a su vez, como lo es por lo demás todo el
aparato de la crítica trascendental, uno de los “temas” o de los
“objetos” esenciales de la deconstrucción.
Lo mismo diré en lo que concierne al método. La deconstrucción
no es un método y no se puede transformar en método. Sobre todo
si, en esta palabra, se pone el acento en la significación sumarial o
técnica. Es cierto que, en algunos medios (universitarios o
culturales, pienso sobre todo en Estados Unidos), la “metáfora”
técnica y metodológica, que parece estar necesariamente unida a la
misma palabra “deconstrucción”, ha podido seducir o despistar. De
ahí el debate que se ha desarrollado en esos mismos medios:
¿puede convertirse la deconstrucción en una metodología de la
lectura y de la interpretación? ¿Puede, de este modo, dejarse
reapropiar y domesticar por las instituciones académicas?
No basta con decir que la deconstrucción no podría reducirse a
cierta instrumentalidad metodológica, a un conjunto de reglas y de
procedimientos trasladables. No basta con decir que cada
“acontecimiento” de deconstrucción permanece singular o, en todo
caso, lo más cercano posible a algo así como un idioma y una firma.
Habría que precisar asimismo que la deconstrucción no es siquiera
un acto o una operación. No solo porque habría en ella algo “pasivo”
o “paciente” (más pasivo que la pasividad, diría Blanchot, que la
pasividad tal y como se la contrapone a la actividad). No solo porque
no incumbe a un sujeto (individual o colectivo) que tomaría la
iniciativa de ella y la aplicaría a un objeto, a un texto, a un tema, etc.
La deconstrucción tiene lugar, es un acontecimiento que no espera
la deliberación, la conciencia o la organización del sujeto, ni siquiera
de la modernidad. Ello se deconstruye. El ello no es, aquí, algo
impersonal que contrapondríamos a cierta subjetividad egológica.
Está en deconstrucción (Littré decía: “deconstruirse... perder su
construcción”). Y el “se” del “deconstruirse”, que no es la reflexividad
de un yo ni de una conciencia, detenta todo el enigma. Querido
amigo, me doy cuenta de que, al intentar aclararle una palabra con
vistas a ayudar a su traducción, no hago sino multiplicar así las
dificultades: la imposible “tarea del traductor” (Benjamin), eso es lo
que quiere decir también “deconstrucción”.
Si la deconstrucción tiene lugar en todas partes donde ello tiene
lugar, donde hay algo (y eso no se limita, por consiguiente, al
sentido o al texto, en el sentido corriente y libresco de esta última
palabra), queda por pensar lo que ocurre hoy, en nuestro mundo y
en la “modernidad”, en el momento en que la deconstrucción se
convierte en un motivo, con su palabra, sus temas privilegiados, su
estrategia móvil, etc. No tengo una respuesta simple ni formalizable
para esta cuestión. Todos mis ensayos son ensayos que se explican
con esta ingente cuestión. Constituyen tanto modestos síntomas de
ésta como intentos de interpretarla. Ni siquiera me atrevo a decir,
siguiendo un esquema heideggeriano, que estamos en una “época”
del ser-en-deconstrucción, de un ser-en-deconstrucción que se
habría manifestado u ocultado a la vez en otras “épocas”. Este
pensamiento de “época” y, sobre todo, el de una reunión del destino
del ser, de la unidad de su destinación o de su dispensación
(Schicken, Geschick) nunca puede dar lugar a seguridad alguna.
Para ser muy esquemático, diré que la dificultad de definir y por
consiguiente también de traducir la palabra “deconstrucción” se
debe a que todos los predicados, todos los conceptos definitorios,
todas las significaciones relativas al léxico e incluso todas las
articulaciones sintácticas que, por un momento, parecen prestarse a
esa definición y a esa traducción son asimismo deconstruidos o
deconstruibles, directamente o no, etc. Y esto vale para la palabra,
para la unidad misma de la palabra deconstrucción, lo mismo que
para cualquier palabra. De la gramatología pone en cuestión la
unidad “palabra” y todos los privilegios que se le reconocen en
general, sobre todo en su forma nominal. Por consiguiente, solo un
discurso o, mejor aún, una escritura puede suplir esta incapacidad
de la palabra de bastar a un “pensamiento”. Cualquier frase del
estilo: “la deconstrucción es X” o “la deconstrucción no es X”, carece
a priori de pertinencia: digamos que, por lo menos, es falsa. Ya sabe
usted que una de las bazas principales de lo que, en los textos, se
denomina “deconstrucción” es, precisamente, la delimitación de lo
ontológico y, ante todo, de ese indicativo presente de la tercera
persona: S es P.
La palabra “deconstrucción”, al igual que cualquier otra, no
adquiere su valor sino al inscribirse en una cadena de sustituciones
posibles, en lo que con tanta tranquilidad se denomina un
“contexto”. Para mí, para lo que yo he tratado o trato todavía de
escribir, dicha palabra solo tiene interés en determinado contexto
donde sustituye a y se deja determinar por tantas otras palabras, por
ejemplo, “escritura”, “huella”, “différance”, “suplemento”, “himen”,
“fármacon”, “margen”, “encentadura”, “parergon”, etc. Por definición,
la lista no puede cerrarse, y eso que solo he citado nombres –lo cual
es insuficiente y meramente económico–. De hecho, habría que
haber citado frases y encadenamientos de frases que, a su vez,
determinan, en algunos de mis textos, estos nombres.
¿Lo que la deconstrucción no es? ¡Pues todo!
¿Lo que la deconstrucción es? ¡Pues nada!
Por todas estas razones, no pienso que sea una palabra
afortunada. Sobre todo, no es bonita. Ciertamente ha prestado
algunos servicios en una situación muy determinada. Para saber
qué la ha impuesto en una cadena de sustituciones posibles, pese a
su esencial imperfección, habría que analizar y deconstruir esa
“situación muy determinada”. Es difícil y no es aquí donde lo haré.
Una palabra más para concluir con rapidez pues esta carta ya es
demasiado larga. No creo que la traducción sea un acontecimiento
secundario ni derivado con respecto a una lengua o a un texto de
origen. Y, como acabo de decir, “deconstrucción” es una palabra
esencialmente reemplazable dentro de una cadena de sustituciones.
Esto también se puede hacer de una lengua a otra. La oportunidad
para (la) “deconstrucción” sería que se encontrase o se inventase en
japonés otra palabra (la misma y otra) para decir lo mismo (la misma
cosa y otra cosa), para hablar de la deconstrucción y para
arrastrarla hacia otro lugar, para escribirla y para transcribirla. Con
una palabra que, asimismo, fuera más bonita.
Cuando hablo de esa escritura de la otra que sería más bonita,
pienso evidentemente en la traducción como el riesgo y la
oportunidad del poema. ¿Cómo traducir “poema”, un “poema”?
(...) Con mi más sincero y cordial agradecimiento, querido
Profesor Izutsu.
Traducción: Cristina de Peretti

85. Esta carta, publicada en primer lugar –tal como era su destino– en japonés y más tarde
en otras lenguas, apareció en francés en Le Promeneur, XLII, a mediados de octubre de
1985. Toshihiko Izutsu es el célebre islamista japonés.
86. Añado que la “deconstrucción” del siguiente artículo no carecería de interés:
“DECONSTRUCCIÓN. Acción de deconstruir, de desensamblar las partes de un todo. La
deconstrucción de un edificio. La deconstrucción de una máquina. Gramática:
desplazamiento al que se somete a las palabras que componen una frase escrita en una
lengua extranjera, violando, bien es verdad, la sintaxis de esta lengua, pero también
acercándose a la sintaxis de la lengua materna con vistas a captar mejor el sentido que
presentan las palabras en la frase. Este término designa exactamente lo que la mayor parte
de los gramáticos llaman impropiamente “Construcción” puesto que, en cualquier autor,
todas las frases están construidas de acuerdo con la idiosincrasia de su lengua nacional.
¿Qué hace un extranjero que trata de comprender, de traducir a ese autor? Deconstruye
las frases, separa sus palabras según la idiosincrasia de la lengua extranjera; o, si se
quiere evitar cualquier confusión en los términos, hay Deconstrucción con respecto a la
lengua del autor traducido y Construcción con respecto a la lengua del traductor”
(Diccionario Bescherelle, París, Garnier, 1873, 15ª edición).
87. Véase, más adelante, “Cómo no hablar”, pp. 621-683

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