FUISTE HECHO PARA INTEGRAR LA FAMILIA DE DIOS
El Segundo propósito de tu vida
Una vida con propósito - Parte 3
Rick Warren
Saddleback Church
Lake Forest, California
Continuamos con nuestra serie de 40 Días de Propósito. Recientemente, Adelina Domínguez
murió en San Diego. Su muerte fue noticia porque, de acuerdo con el Libro Guiness de los
Records, era la norteamericana más vieja. Con 114 años, había sobrevivido a todos sus hijos y a
algunos nietos. Cuando le preguntaron el secreto de su longevidad, según los informes de
Associated Press, dijo que era gracias a Dios y a su plan y propósito para su vida. En sus propias
palabras: «Sabía que Dios tenía un propósito para mi vida».
Estamos ahora en esta serie de 40 días acerca del propósito de Dios para tu vida. La semana
pasada consideramos su primer propósito: que lo conozcas y lo ames. La Biblia lo llama
adoración, porque fuiste planeado para agradar a Dios. Hoy vamos a considerar el segundo
propósito: fuiste hecho para integrar la familia de Dios. Fíjense en el primer versículo en su
bosquejo, Hebreos 2:10 —léanlo conmigo—: «Dios es quien hizo todas las cosas, y todas las
cosas son para su gloria. Quería tener muchos hijos para compartir su gloria». Dios quería
tener una familia. Por eso estamos aquí. Quería tener hijos. Por eso la Biblia nos dice que planeó
todo lo existente en el universo para que naciéramos, para que pudiéramos compartir su gloria,
para que pudiéramos integrar su familia. Vean lo que dice el siguiente versículo: «Su plan
inmutable siempre ha sido adoptarnos en su propia familia, trayéndonos a él mediante Cristo
Jesús». Toda la Biblia, todo este libro, es la historia de Dios formando una familia. De eso se
trata. Por eso tenemos una Historia, porque Dios está criando una familia que vivirá no solo en la
tierra sino por los siglos de los siglos, en la eternidad. Es una familia eterna. Tú fuiste hecho para
vivir para siempre.
Entonces, una vez que comprendas y te pongas a trabajar en el primer propósito de Dios para tu
vida —el que tratamos la semana pasada—, que conozcas y ames a Dios, Dios quiere que centres
la atención en el segundo propósito para tu vida y comiences a practicarlo. Aquí está, en 1 Pedro
2:17. Léanlo conmigo: [Nos manda] «amar a nuestra familia espiritual». Eso es lo que Dios
quiere que hagas. Ese es el segundo propósito en la vida. Verás, Dios dice que quiere que
aprendas a amar a los integrantes de tu familia. ¿Por qué? Pues, hay varias razones. Primero, tu
familia física al final se desintegrará. De hecho, muchas se desintegran aquí en la tierra. Pero tu
familia espiritual perdurará. Seguirá por los siglos de los siglos. Entonces, habrás de pasar más
tiempo con tu familia espiritual que con tu familia física. Dios quiere que aprendamos a amarnos.
Ahora bien, ¿por qué quiere que aprendamos a amarnos? Hay dos o tres razones. Primero, nos
volvemos más como Dios es, porque Dios es amor. Segundo, él quiere que sus hijos aprendan a
llevarse bien. ¿Algunos de ustedes son padres? Por supuesto, queremos que nuestros hijos se
lleven bien. Y, tercero, es entrenamiento para la eternidad. Una de las cosas que harán en el cielo
—en la eternidad— será amar a Dios. La otra cosa que harán será amar a los demás creyentes
que estén ahí. Será un lugar de amor, y por eso Dios quiere que comencemos a practicar cómo
amar a los demás creyentes. Entonces, escriban lo siguiente: «Mi segundo propósito en la vida es
la comunión». Esa es la palabra que la Biblia usa para describir el amor mutuo de unos a otros.
Nuevamente, esta palabra, como la palabra que tratamos la semana pasada —la adoración—, se
malentiende. Quiero decir, si fuera y le preguntara a la gente de la calle en qué piensan si les
digo la palabra «comunión» ¿qué contestarían? Algunos dirían una conversación casual, otros
dirían salir a comer juntos con unos amigos, otros dirían ir a la iglesia a comulgar. Después del
culto, algunos salen al patio a charlar, y uno dice:
—¿Qué cuentan?
Y otro contesta:
—¿Qué tal?
—¿Cómo andas?
—Bien, estoy bien.
—Bueno, nos vemos la semana que viene.
—Hasta la semana que viene. Fue bueno tener esta comunión contigo.
¿Tuvieron comunión entre sí? ¡No! Sólo le dieron a la lengua. Sólo charlaron un rato. Eso no es
tener comunión. Anoten lo siguiente: «Tener comunión es amar a la familia de Dios». La Biblia
nos dice eso en 1 Juan 4:21. Léanlo conmigo: «el que ama a Dios, ame también a su hermano».
Debemos amar a los demás creyentes. ¿Cómo lo hacemos? Pues, es una dicha poder contar con
instrucciones bien claras en la Biblia. Pablo escribió esto, dijo: «Te escribo esto para que …
sepas cómo debe portarse uno en la familia de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, la cual
sostiene y defiende la verdad». Subrayen la palabra «familia» y la palabra «iglesia», y tracen una
línea para unirlas, porque la iglesia es una familia. No es un edificio, ni una institución, ni una
organización ni tampoco un club. Es una familia. Muchas personas dicen: «Buenos, salgo para la
iglesia», como si la iglesia fuese un lugar a dónde uno va. No está bien utilizada. La iglesia no es
un lugar donde ir. La iglesia es una familia, la cual integramos. Son dos cosas distintas. Es más
que un edificio, más que un culto. Es la familia a la que pertenecemos. Y la verdad es que en la
familia de Dios hay cuatro niveles de comunión. Los analizaremos en detalle. Hoy, los
consideraremos uno por uno. ¿Por qué estamos haciendo esto? Porque, en primer lugar, es el
segundo propósito de tu vida. Pero, además, es imposible cumplir los demás propósitos que Dios
tiene en tu vida si no hay comunión. No estás en la tierra para estar solo, para arreglártelas por ti
solo en la vida. El hecho es que nos necesitamos unos a otros.
Pastor Tom:
Los cuatro niveles de la comunión. El primer nivel es la membresía. El primer nivel es —
escríbanlo— «Elegir pertenecer». Ese es el nivel más básico. Significa que debes encontrar una
iglesia para que sea tu familia, y tú mismo eliges unirte a ella. Veamos lo que nos dice la Biblia
en Efesios 2:19. Lean el versículo conmigo: «Ya son ustedes... miembros de la familia de Dios,
ciudadanos del país de Dios y conciudadanos de los cristianos de todas partes». Son miembros.
La vida cristiana no se limita a creer. Es cuestión de pertenecer, y tú y yo debemos elegir ser
miembros. La comunión comienza con la pertenencia, con hacer una elección. Dios quiere que te
identifiques con esta elección de integrar su familia. Cuando naciste, automáticamente te
convertiste en parte de la especie humana. Pero tienes que elegir pertenecer a la familia de Dios,
a la iglesia. Es una opción. Es optar por ser miembro. ¿Saben? Alguna gente dice: «Sí, soy
cristiano pero no pertenezco a ninguna iglesia». No tiene sentido. La iglesia es donde vives en
los hechos lo que significa ser cristiano. Es como decir: «Soy un jugador de fútbol, pero no
quiero ser parte del equipo». No funciona así. Es como decir: «Toco la tuba, pero no quiero ser
parte de una orquesta». Que alguien toque la tuba sin estar en una orquesta... raro ¿no? Es como
decir «Soy una abeja, pero no quiero pertenecer a una colmena». Es como un soldado sin un
batallón. Un cristiano sin una familia en la iglesia es un huérfano. Dios quiere que integremos
una familia.
Durante esta semana, en el libro «Una vida con propósito», vamos a ver que debemos integrar
una familia en la iglesia por seis razones, por qué satisface nuestras necesidades y por qué
nosotros suplimos las necesidades ajenas. La Biblia nos dice estos en Romanos 12, versículo 5:
«También nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está
unido a todos los demás». Con esta decisión que tomamos, entre los cristianos nos pertenecemos
unos a otros. Estamos unidos como miembros. Sé que la palabra «membresía» puede sonar algo
rara. ¿Pero sabían que esta palabra tiene origen cristiano? Surgió de estos versículos de la Biblia.
Sé que hoy también se usa para ser miembros de cualquier tipo de club y para registrarse en esto
y aquello. Pero en sus orígenes, el significado estaba aquí en la Biblia, un miembro del cuerpo de
Cristo. Así como tu mano es un miembro de tu cuerpo, así de unidos estamos entre nosotros. No
se trata de ser parte de un club cualquiera, de usar sombreros divertidos y signos extraños. Se
trata de estar unidos entre nosotros, de elegir integrar una familia. Verán… solo en los Estados
Unidos tenemos lo que llamo creyentes flotadores, ¿saben? gente que va de iglesia en iglesia.
Una semana, soy parte de esta iglesia, y a la otra semana: ¡Ah! hay mucho movimiento por ahí.
Y a la siguiente, vamos para allá. Si quieres crecer, si deseas ver a Dios obrando en tu vida,
tienes que unirte a un cuerpo. Si te dejas flotar de iglesia en iglesia es como si… Pongamos por
ejemplo que eres el hígado del Cuerpo de Cristo —esa fue la tarea que Dios te encomendó— no
puedes extirparte de un cuerpo y unirte a otro. Si lo intentaras… Si lo hicieras con un órgano, se
secaría y moriría. Lo mismo nos pasa a los creyentes de no unirnos a un grupo de creyentes,
donde podamos decir: «Quiero ser parte de lo que pasa aquí». Jesús ama a la iglesia. Y tú y yo
necesitamos tener este mismo amor. Jesús llama a las iglesias el «cuerpo». ¿Qué si te dijera: «Te
amo», pero no me gusta tu cuerpo? ¿Cómo te sentirías? La iglesia es el cuerpo de Jesús. Él ama a
su iglesia. La iglesia es la esposa de Cristo. ¿Qué si dijera: «Te amo, pero no soporto a tu
esposa»? ¿Qué dirías?
La iglesia es la esposa de Cristo y como Jesús ama a la iglesia, este grupo unido de creyentes que
crecen juntos, tú y yo necesitamos tener el mismo amor por este cuerpo: tomando una decisión,
eligiendo pertenecer. Hay un símbolo para eso, para el hecho de que nos pertenecemos, una
figura que nos ha dado Dios. Se llama el «bautismo». El bautismo es la muestra externa de que
estamos unidos al cuerpo de Cristo. Miren lo que dice 1 Corintios 12:13 al respecto: «Todos
fuimos bautizados por un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo —ya seamos judíos o
gentiles, esclavos o libres». Es la manifestación pública de anunciar: «Soy parte de un grupo de
creyentes y estoy contento de pertenecer a este grupo de creyentes». Romanos 6:3 lo expresa del
siguiente modo: «¿Acaso no saben ustedes que todos los que fuimos bautizados para unirnos con
Cristo Jesús, en realidad fuimos bautizados para participar en su muerte?». El bautismo es la
manera pública de proclamar que morimos a algo y vivimos para otra cosa. Hemos muerto a
nuestra vieja manera de vivir y ahora vivimos en renovación de vida. Creo que la mejor idea que
puedo darles es comparar esto con un anillo de bodas de la vida cristiana. Este anillo de bodas
que llevo no me convierte en un hombre casado. Pero Chaundel, mi esposa, me lo dio el día que
nos casamos y por eso lo uso desde entonces como un símbolo visible de un compromiso de
corazón. Pasa lo mismo con el bautismo. Es el símbolo visible del compromiso de corazón de
una persona, que no se avergüenza de proclamar al mundo que cree en Jesucristo. Este último
año, en la iglesia de Saddleback, casi mil personas han dado ese paso y han dicho: «No me
avergüenzo». En los últimos diez años, casi 10.000 personas han dicho: «No me avergüenzo de
decir que soy parte del cuerpo de Cristo».
Y como estamos hablando de la comunión, de lo que significa la figura de estar unidos entre
todos, pensamos que sería bueno compartir un bautismo en este momento. Algunas personas se
van a bautizar ahora mismo, y ustedes las verán en sus pantallas. Vayamos con Steve Gladden
para ser testigos de este bautismo.
NOTA: Filmación en vivo de los bautismos.
Pastor Rick
¿Cuántos de ustedes…? ¿Se acordaron de su propio bautismo? Qué bien. Nunca me olvidaré del
día en que me bauticé. Cuando decidí hacer público mi compromiso con Cristo. No me refiero a
lo que sus padres hicieron con ustedes cuando eran niños. Estoy hablando de su fe, de decidir
anunciar al mundo: «No me avergüenzo». De paso, una pequeña en cierta ocasión le pidió al
Pastor Glen: «¿Cuándo me puedes hipnotizar?».
Entonces, el primer nivel es elegir pertenecer. El segundo nivel de la comunión va más allá,
cuando avanzamos un poco más en la familia de Dios, y consiste en aprender a compartir. Lo
llamamos «el nivel de la amistad»: aprender a compartir. Verás, Dios te creó a su imagen y, por
lo tanto, fuiste hecho para relacionarte. La Biblia dice: «No es bueno que el hombre esté solo».
En otras palabras, fuimos hechos el uno para el otro. La vida no es una obra unipersonal.
Necesitamos tener amigos. La Biblia dice esto en Hechos 2:44: «Todos los creyentes estaban
juntos y tenían todo en común». Subrayen «estaban juntos » y subrayen «tenían todo en común».
Fíjense en dos cosas: La primera, no podemos desarrollar un amistad sin estar juntos. La
segunda, no podemos desarrollar una amistad sin tener cosas en común. Entonces, cuánto más
seguido nos reunamos, tanto más cercanos seremos. ¿Conocen algunas personas que tienen
amistades íntimas, de muchos años —hablo de 20, 30 años—? Y ustedes piensan, ¡qué suerte!
con un dejo de envidia. ¡Qué suerte que tienen de tener amigos así! Pero yo les digo, no es
cuestión de suerte. Es una elección. Uno elige cultivar una amistad dedicándole tiempo. ¿Saben
por qué la mayoría de las personas están solas? Porque no dedican tiempo a las amistades. Están
demasiado ocupadas en conseguir cosas, muy ocupadas en su trabajo, muy ocupadas haciendo
otras tareas. No están dispuestas a dedicar tiempo a los amigos. Para tener amigos hay que
reunirse, estar juntos, y hasta tanto no hagan de esto una prioridad en sus vidas, no podrán
cultivar una amistad en serio. Las amistades no se darán. Se dan cuando decidimos dedicarles
tiempo. No es cuestión de suerte, es una decisión. Tampoco se puede cultivar una amistad sin
compartir. El versículo nos dice que «tenían todo en común». Ahora, quienes son padres saben
que una de las lecciones fundamentales que los niños deben aprender es aprender a compartir.
Todo niño tiene que aprender a compartir. Y Dios nos dice: «En la familia de Dios, quiero que
aprendan a compartir con los demás creyentes». Pero, ¿qué tenemos que compartir? La Biblia
está llena de instrucciones con respecto a lo que debemos compartir entre todos los cristianos.
Permítanme mencionar apenas dos o tres. En primer término, la Biblia dice que debemos
compartir nuestras experiencias. Las experiencias. La Biblia dice que la gente aprende una de
otra como «El hierro se afila con el hierro». ¿Conocen la expresión «hay que aprender de la
experiencia»? Conviene aprender de la experiencia ajena, porque así evitaremos cometer los
mismos errores. Porque si todo lo que aprendemos en la vida lo aprendemos personalmente,
probando y equivocándonos, sufriremos muchos problemas innecesarios y para cuando
descifremos todo, ya estaremos muertos. No tenemos suficiente tiempo para aprender todo por
nuestra cuenta. Por eso Dios nos dice que podemos acortar el proceso y aprender más rápido si
aprovechamos las experiencias de los demás. Nadie sabe todo. Todos somos ignorantes, solo que
ignoramos distintas cosas. Entonces, tú sabes algunas cosas que yo desconozco y yo sé otras que
tú ignoras. Y la persona a tu lado sabe cosas que ni tú ni yo sabemos. La Biblia nos dice que
podemos aprender de todos si aprendemos a formular las preguntas apropiadas. Compartamos
nuestras experiencias entre todos. Piensen en el cúmulo de conocimientos que hay en este mismo
momento en esta familia cristiana, reunidos en este culto, y cuánto podríamos aprender unos de
otros si pasáramos tiempo juntos.
En segundo lugar, la Biblia nos manda compartir nuestros hogares. Debemos compartir nuestros
hogares. La Biblia, en 1 Pedro 4:9 dice: «Practiquen la hospitalidad entre ustedes sin quejarse».
No dice seamos hospitalarios con la gente macanuda. No necesitan ser buenos para que les
abramos nuestros hogares. Dice, simplemente, que seamos hospitalarios. ¿Por qué habría Dios de
decirnos eso? ¿Por qué debemos compartir nuestros hogares? Les diré por qué, porque no
podemos tener comunión en una multitud. La comunión solo es posible en grupos pequeños. O
entre dos. Hoy no nos será posible tener comunión aquí. Podremos celebrar juntos y aprender
juntos; pero no podremos tener comunión en este culto. No saldrán de este lugar conociendo a
alguien mejor que lo conocen ahora. La comunión solo es posible en grupos pequeños. Por eso la
Biblia nos manda abrir nuestros hogares. Ahí es donde realmente nos conoceremos. ¿Sabían que
durante los primeros 300 años del cristianismo no había templos? La iglesia se reunía en los
hogares. Para todas las reuniones. No había edificios especiales. De paso, fue el momento de
mayor crecimiento de la iglesia. Por eso insistimos: «Únanse a un grupo pequeño», porque es un
principio bíblico. Se supone que los cristianos deberían reunirse en los hogares. El otro día leí un
artículo donde decía que habían descubierto una de las razones por las que el sentimiento de
comunidad no está muy arraigado en los suburbios. Decían que las personas pueden vivir al lado
de sus vecinos durante años y ni siquiera saber quiénes son. Le echaban la culpa
fundamentalmente a las cocheras con portones automáticos. Porque al llegar a su casa, ustedes
abren el portón, entran el auto, cierran el portón y entran en sus casas sin ni siquiera ver a su
vecino. Antes de que existieran los garajes —estoy hablando antes de la Primera Guerra Mundial
— la gente tenía que estacionar afuera y cruzar el jardín al frente de su casa. Ya nadie tiene
jardines. En aquel entonces la gente se veía, bastante, pero hoy no vemos a nadie. Uno entra con
el auto y sale, va a todos lados y nunca ve a los vecinos. Por eso la Biblia nos manda abrir
nuestros hogares, a conciencia.
¿Cuántos de ustedes participan de un grupo de 40 Días de Propósito? Me gustaría ver sus manos.
Miren eso. Casi todos. Tenemos 25.000 personas reuniéndose en grupos pequeños esta semana.
¡25.000! Eso es la iglesia en acción. Es la iglesia distribuida. Seamos sinceros. ¿Cuántos de
ustedes se animarían a decir: «La primera vez que fui a un grupo pequeño me sentía algo
nervioso»? Levanten la mano. Sí... Claro... porque no sabían lo que pasaba, estaban llenos de
aprensión. Como grupo me gustaría honrar a quienes dominaron su temor y se animaron a abrir
sus casas y recibirnos. Si son anfitriones, ¿podrían pararse para felicitarlos? Porque han abierto
sus hogares. ¡Felicitaciones! Gracias.
Ahora bien, sabía que cuando comenzáramos a hacer esto, muchos tendrían miedo. Hemos
producido un video corto que capta los recelos más típicos de unirse a un grupo. Veámoslo.
Video
Visitas: (Golpean a la puerta)
Anfitrión: Me pregunto ¿quiénes pueden ser? Pero, miren quienes están aquí. Los
Davidsons. Hay gente que se aparece por aquí cuando quiere. Este…
(dirigiéndose al grupo pequeño) les presento a los Davidsons.
Grupo pequeño: (murmullos)
Anfitrión: ¿Cómo?
Grupo pequeño: ¿Por qué llegan tarde?
Anfitrión: Esa es una buena pregunta. ¿Por qué llegaron tarde? Bueno,
pueden llegar tarde. Ningún problema. Si me dan el postre. ¿Dónde
está? ¿Cómo? ¿Cómo dicen? No trajeron postre.
Escuchen todos, no trajeron postre (el grupo pequeño les silba).
Anfitrión: Me parece que ustedes sí que tienen suerte (las visitas se van).
Vuelvan, vuelvan, vuelvan. No sean tontos. Escúchenme.
Veamos …. veamos…. Dígannos cuál es el peor pecado que han
cometido y les dejaremos entrar.
¿Cómo? ¿Quieren entrar? Bueno. Está bien. Les diré lo que tienen
que hacer. ¿Ven?… Tenemos esta manera secreta de darnos la
mano para entrar (hace unos gestos elaborados para darse la
mano).
Está bien, no es nada. Vamos a orar por ustedes porque ahora son
parte de la familia. ¿Están prontos? Voy a orar por ustedes.
«Querido Padre celestial: Queremos orar por esta noche, por esta
gente que vino hoy aquí y…» (orar pomposamente, impostando la
voz).
(fin del video)
Pastor Rick:
Estoy seguro de que algunos de ustedes creyeron que así serían las cosas cuando fueron por
primera vez a un grupo pequeño. La Biblia nos dice que debemos aprender a compartir. ¿Dónde
aprendemos a compartir? No en un grupo grande como este sino en un grupo pequeño. Por eso es
que no se van a sentir parte de la familia de Saddleback hasta que no participen de un grupo.
Pero no alcanza con compartir nuestras experiencias en nuestros hogares, la Biblia dice —en
tercer lugar— que debemos compartir nuestros problemas. No estamos aquí para enfrentar solos
nuestros problemas. La Biblia dice que debemos compartir las dificultades y los problemas.
¿Sabían que cuando comparten una alegría, la alegría se multiplica; y que cuando comparten un
problema, se dividen la carga? La Biblia dice: «Lloren con los que lloran y alégrense con los que
se alegran». En los grupos pequeños a veces nos morimos de risa y, en otras ocasiones, lloramos
juntos. ¿Por qué? Dependerá de lo que haya sucedido en el grupo durante la semana. No tienes
que solucionar los problemas de todos. Dios no te manda hacer eso. Dice que debes compartirlos.
Eso implica un oído atento. No hay que solucionar las cosas; en realidad, muchas veces intentar
solucionar un problema puede empeorarlo. Lo que hay que hacer es sentarse y decir: «No sabes
cómo lo siento», «Sé lo que es pasar por eso.» «Te comprendo.» «¡Qué difícil!». Es
sencillamente brindar comprensión y experiencia. Pero no será posible avanzar a este segundo
nivel en la comunión si no se integran a un grupo pequeño. Por eso la Biblia dice en Hebreos
10:25: «No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos
unos a otros». El propósito primario en el grupo es animarnos unos a otros. Y dice que no
debemos dejar la costumbre de congregarnos. Espero que nunca dejen esta costumbre —que
algunos recién comenzaron durante estos 40 días— porque siempre necesitarán aliento. Durante
la semana pasada recibimos cientos de correos electrónicos de personas participando de estos
grupos. Les leeré una como muestra: Querido Pastor Rick: «Sé que va a decir “se los advertí” así
que se lo diré yo primero. Hace años que voy a la iglesia de Saddleback y miles de veces escuché
hablar de lo importante que era integrar un grupo pequeño. Pero me dejé estar, ya sea por temor
o por tener muchas cosas que hacer, nunca me había integrado a un grupo pequeño hasta que
comenzó esta serie de 40 Días de Propósito. Me dije que por seis semanas podría hacerlo. Fui a
la primera reunión y descubrí un grupo maravilloso de gente amiga. Siempre supe que
Saddleback era un lugar especial, pero nunca llegué a conocer a nadie. La primera noche, al
volver a casa, me puse a llorar —en parte de alegría y en parte de frustración. No puedo que
creer lo tonto que fui todos estos años. Me he perdido tanto por quedarme en las gradas. Ojalá
hubiera hecho esto antes. Solo quiero que sepa que nunca más volveré atrás a mi vida solitaria.
Los 40 Días podrán terminarse, pero nunca dejaré de pertenecer a un grupo».
Ahora, quizás algunos de ustedes intentaron unirse a un grupo y para ser sinceros, no se sintieron
muy a gusto. ¿Qué hacen, entonces? Pues, ¡prueben con otro! No se den por vencidos. Como si
no tuviéramos de dónde elegir. Tenemos unos 3.000 grupos funcionando, así que si no les gustó
el primero —quizá no era el mejor—, busquen uno bueno. ¿No les parece? ¿Qué hay de malo?
Pero no se rindan. Les seré franco. La semana pasada fui a un nuevo restaurante y fue patético.
Ahora, no querrán tener mala crítica del Pastor Rick, porque lo podría trasmitir a muchas
personas ¿no? Y me gusta comer afuera. Por eso me tomo esto muy en serio cuando voy a un
mal restaurante con precios altos, mal servicio y mala comida. Por eso, después de ir a este... de
ir a probar este nuevo restaurante y ver que era malo, he decidido que no volveré a comer afuera.
¡Sí, señor! ¿Compraron la primera casa que vieron? Lo dudo. ¿Se casaron con la primera persona
con quien salieron? Lo dudo. Así que, si van a un grupo y les parece que ese grupo no es para
ustedes, ¿qué problema hay? Con una iglesia del tamaño de la nuestra, hay muchos grupos donde
sí estarás cómodo. Así que les doy permiso para probar. No te quedes quieto. No te quedes
quieto. Hay muchas oportunidades. Solo necesitas encontrar el lugar apropiado. Si todavía no te
has integrado a un grupo, todavía pueds hacerlo. Todavía tenemos varios grupos abiertos y
estamos buscando personas que se integren. Pueden salir al patio.
Este es el segundo nivel: aprender a compartir. A continuación, Tom les hablará del siguiente
nivel.
Pastor Tom:
El tercer nivel es la asociación. La asociación consiste en que hago mi parte. La asociación es
darse cuenta de que tengo que colaborar y que debo contribuir, que la familia de Dios te necesita.
Escucha: Dios no te trajo a Saddleback para que te reclinaras y disfrutaras de un balneario
espiritual. No estás aquí para eso. Te trajo para servir. Quiere que hagas un aporte con tu vida; y
así como en cualquier familia, hay responsabilidades filiales. Cuando integramos una familia,
dividimos la tarea entre todos: tú haces esto, y tú haces esto otro. Eso es una familia cristiana, la
familia de Dios. Y todos —todos— tenemos algo que hacer. La Biblia está llena de referencias a
que tú y yo trabajamos juntos para llevar a cabo la tarea. 58 veces en el Nuevo Testamento, la
Biblia usa la frase «unos a otros». Nos servimos unos a otros. Nos amamos unos a otros. Oramos
unos por otros. La Biblia dice incluso que debemos soportarnos unos a otros mientras hacemos
todo esto. Así es como procedemos juntos. Es amor en los hechos y no solo de palabra. Porque
está bien compartir tu corazón, ese es el segundo nivel. Pero mejor todavía es hacer tu parte. Ese
es el tercer nivel.
Escuchemos lo que la Biblia tiene para decirnos al respecto. Mejor, leamos juntos este versículo,
de 1 Corintios, capítulo 3, versículo 9: «En efecto, nosotros somos colaboradores al servicio de
Dios»; y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios». Subrayen la palabra
«colaboradores». Somos socios trabajando juntos para Dios. Pablo una vez escribió que «me
ayudaron a anunciar la buena noticia desde el primer día que la oyeron hasta ahora». En
griego, la lengua en que se escribió el Nuevo Testamento, la palabra griega traducida
«comunión» a veces se traduce como «asociación»: para que se den cuenta la correspondencia
que hay entre ambas palabras. ¿Quieren integrar un gran equipo, uno que acaba de lograr algo
magnífico? Algunos de ustedes quizá sueñen son ser parte de un equipo del Super Bowl o que
ganó la Serie Mundial. Son parte del más grande equipo que exista en la iglesia. Lo que hagamos
durará para siempre. ¿Alguna vez quisieron ser socios, supongamos de una gran compañía en las
500 de la revista Fortune? En la iglesia, somos parte del más grande emprendimiento que haya
existido. Estamos participando del plan de Dios para el universo. Esa es la cuestión: cuando
colaboramos y somos parte integral de la familia de Dios. Pero para ser parte, debes encontrar tu
lugar, dónde encajas, preguntarte: «¿Cuál es mi lugar? » Y la Biblia dice que todos tenemos un
lugar. Miren lo que dice Efesios 4:16: «Por su acción —de parte de Dios, él es quien lo hace—
todo el cuerpo crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por todos los ligamentos, según
la actividad propia de cada miembro». Pueden subrayar las palabras «de cada miembro». Eres
tú, soy yo. Somos parte del cuerpo de Dios. Trabajando juntos hacemos las cosas. Una
preguntita: ¿cuántos de ustedes son hinchas de los Ángeles? Los Ángeles no son un equipo de
superestrellas. Es más, estoy seguro de que muchos de los que levantaron la mano, si les hubiera
pedido que me dijeran el nombre de algunos ángeles a principio de año, me habrían dicho
Gabriel. Pero hay otros ángeles, no sé cómo se llaman porque sus nombres no son conocidos.
Pero llegaron a las finales por trabajar juntos, cada uno haciendo su parte.
Tienes que hacer un aporte. Tienes que colaborar con el Cuerpo de Cristo. Cuando colaboramos,
rendimos más de lo que podríamos hacer cada uno por su cuenta. Se trata de una actitud —una
actitud de corazón es la clave para mí, para ti, para todos: lo hacemos para Jesucristo.
La Madre Teresa se pasó su vida trabajando, como muchos de ustedes quizá sepan, entre los más
indigentes de Calcuta, en la India. En cierta ocasión le preguntaron: «¿Cómo puede soportar
diariamente toda la muerte y la enfermedad? ¿Cómo hace las cosas desagradables cuando llega el
momento de servir? Su respuesta fue: «En toda persona a quien baño, en toda persona a la que le
pongo una venda, veo el rostro de Jesús y lo hago para él». Esa es la actitud detrás de este
servicio. Es la actitud de Mateo, capítulo 25, versículo 40. «De cierto os digo que en cuanto lo
hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». Por eso los animo a que
esta semana pongan manos a la otra, que den un paso práctico. Si desean experimentar un nuevo
nivel de comunión, averigüen qué necesidad concreta del grupo pueden satisfacer, algo bien
concreto, y observen cómo repercute en la relación de camaradería que tienen unos con otros.
Pastor Rick:
Llegamos así al nivel culminante de comunión en la familia de Dios. Lo que llamo el Parentesco.
No usamos esta palabra muy a menudo. Quizá cuando dije «parentesco» o «parientes» algunos
de ustedes pensaron en …
[tema musical de los «Berverly Hillbillies»: Vengan a escuchar la historia de un hombre llamado
Jed…]
Pero no nos referimos a eso. El parentesco lo constituyen literalmente sus parientes más
cercanos. El círculo más íntimo de parientes. Cuando hay un accidente, se pide que notifiquen al
pariente más cercano, nadie dice: «Vayan a ver si encuentran a la tía Emilia». Se procura
encontrar a la persona más importante en su vida, la persona más cercana, a la que más quieren
«vayan y encuentren a la persona que más les importa, y tráiganla pronto para que estén juntos».
Ese es el tipo de actitud que deberíamos tener según la Biblia.
Este grado de parentesco —tomen nota— es el nivel culminante, es amar a los creyentes como si
fueran de la familia, tratar y amar a los creyentes como si fueran nuestros parientes. Estamos
completamente dedicados a ellos. La Biblia dice en Hechos 2:42: «Que se comprometían con la
enseñanza de los apóstoles, la vida en comunidad, las comidas comunitarias y las oraciones»,
eran como una familia. Dios dice que no somos como una familia: somos una familia. En
Romanos 12:10 la Biblia dice: «Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y
honrándose mutuamente». En la Biblia la palabra griega para comunión es «koinonia». La raíz
literalmente significa estar comprometidos unos con otros tanto como lo estamos con Jesucristo;
ese es el nivel culminante de comunión. Estar comprometidos entre sí como estamos
comprometidos con Jesucristo. Eso es una relación fraternal. Eso es el parentesco. Es alcanzar el
nivel donde estemos dispuestos a sacrificarnos por el otro. Porque muchos conocen Juan 3:16:
«Porque tanto amó Dios al mundo», pero ignoran 1 Juan 3:16: «En esto conocemos lo que es el
amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida
por nuestros hermanos». Este es el nivel culminante de comunión: sacrificarse unos por otros. Es el
tipo de amor que Jesucristo tuvo por ti. Él murió por ti.
En la Biblia aprendemos de la comunión en el sufrimiento. Con toda franqueza, aquí en Norteamérica
los cristianos no sabemos nada de este nivel de comunión. En el extranjero muchos sí lo conocen,
porque están siendo perseguidos. ¿Sabían que en el mundo, millones de cristianos pierden su vida solo
por el hecho de ser creyentes? Más de diez millones de cristianos mueren cada año, la mayoría en
países comunistas o islámicos, por el simple hecho de ser cristianos. Por eso este versículo… en otros
lugares la gente lo entiende literalmente. Porque están literalmente entregando sus vidas: «Dejaré que
me disparen por ti. Te protegeré con mi vida». Entregan su vida unos por otros, como hermanos y
hermanas de la familia de Dios. En Norteamérica no se nos persigue de esa manera, por lo que nos
resulta difícil experimentar este nivel de comunión cuando uno verdaderamente está entregando su
vida por un hermano o una hermana de la familia de Dios. ¿Cómo lo hacemos, entonces? ¿Cómo
podemos alcanzar este nivel en Norteamérica? Una manera es apoyar a los demás creyentes cuando
atraviesan una crisis. Cuando todos los demás se retiran, tú apareces, y los acompañas en los
momentos difíciles. Les voy a pedir ahora que miren un video que es un ejemplo conmovedor de esto
en nuestra iglesia. Sergio y Nan Pelayo vinieron a Saddleback hace seis años, entregaron sus vidas a
Cristo y se bautizaron. Todo iba bien. Sus vidas cambiaron radicalmente, pero entonces Sergio se
enfermó con un cáncer inoperable y terminal. Antes de morir, Sergio quería hacer dos cosas: La
primera, quería compartir su fe con los amigos que no conocían a Cristo y quería que aceptaran a
Jesús. La segunda, quería compartir su testimonio con la familia de la iglesia acerca de cómo el
pequeño grupo lo había ayudado mientras atravesaba las etapas dolorosas del cáncer. Dos semanas
antes de morir, Sergio y Nan, su mujer, vinieron al centro y se sentaron delante de las cámaras para
contar su historia. Fue la última vez salida de Sergio, esa vez que filmamos lo que están a punto de
ver. Dos semanas después, murió. Esta semana, Nan regresó al centro y grabamos un cierre para
referirse a la importancia de su grupo en su vida. Miremoslo.
Testimonio en video de Sergio y Nan Pelayo
Sergio:
Hace poco me diagnosticaron un carcinoma celular, un cáncer en una de las células dentro del cuerpo,
el mío se originó en el páncreas.
Pareja del grupo:
Dios nos dio la bendición de pasar nueve meses “enamorándonos” de Sergio y Nan, antes de que la
tormenta se abatiera contra ellos con toda su fuerza en mayo.
Pareja del grupo:
El grupo los apoyó de diversas maneras. Físicamente, estuvimos a su lado. Les hicimos fiestas.
Pasamos tiempo con ellos. El grupo… uno de los hombres les cortó el césped del jardín. Una pareja
les envió una tarjeta todos los días durante la enfermedad.
Sergio:
El grupo me ha dado durante todo este período, ayuda mental y espiritual. Si no era alguien que me
mandaba un devocional, era otro que me llamaba para decirme: «Lee el pasaje tal», «el versículo tal
está dirigido hoy a ti».
Pareja del grupo:
Después de ver lo que... cómo el grupo había respondido con Nan y Sergio, a su necesidad, me
sentí… digamos, si algo me llegara a pasar, sentí que también harían lo mismo por mí, que podría
contar con ellos. Fue un sentimiento de lo más embargante.
Nan:
Descubrimos lo que implica ser un equipo durante un momento difícil. Descubrimos lo que es tener el
apoyo: cuando soy débil y mis fuerzas flaquean y no puedo ayudar a otros, la suma de la ayuda de
todos es mucho más de lo nos hubiéramos imaginado.
Sergio:
El resultado fue… el amor derramándose y todo proviene de Dios. He tenido gente en casa
inmediatamente, al instante. Cuando uno se enteraba, el teléfono sonaba, y otra llamada de teléfono.
Dori recibía una llamada, y de pronto teníamos una reunión de oración en casa. Llegamos a tener 35
personas. Algunas de las cuales ni siquiera conocía.
Pareja del grupo:
El grupo aprendió una increíble lección de sinceridad, de dependencia mutua, y creo que ninguno
volverá a ser el mismo. Aprendimos de manera muy práctica Eclesiastés 4, que dos son más que uno.
A lo largo de esta experiencia y en el transcurso de los meses antes de que esto estremeciera a nuestro
grupo, Dios nos había estado preparando. Y ni siquiera nos habíamos dado cuenta. Nos convertimos
en 12 hilos de una cuerda muy fuerte y resistente.
Nan dijo varias veces: «No lo podría haber soportado. No lo podría haber soportado sin el grupo» Me
consolaron tanto.
Nan:
Mi corazón rebosa gratitud y amor por estas personas que el Señor envió a nuestra vida y que durante
este tiempo nos han brindado su ayuda, nos han dado esperanza. Han orado por nosotros todo el
tiempo y es evidente el cariño auténtico que nos tienen. Nuestra más vieja oración ahora ha sido
contestada y nuestros amigos Pat y Ken Stone se integrarán al grupo pequeño.
El Señor obró en él de esa manera para darnos ejemplo de su asombrosa fe, algo que quisiéramos
tener.
Algunos escuchan esto y dicen que por eso exactamente no quiero participar de un grupo. Desean
guardar una distancia emocional. Pero la verdad es que la vida es desordenada. Puede no ser un cáncer
terminal, pero todos tenemos problemas en la vida y la distancia emocional más segura es vincularse
con otros creyentes cariñosos y comprometidos entre sí, donde también podamos comprometernos a
amar a otros: la vida es demasiado corta para transitar por ella solos.
Te amamos, hermano, y… has dejado una huella en nuestro corazón y nuestra alma, y debes estar allá
arriba riéndote de nosotros, estoy segura. Te amamos, Sergio.
NAN (como cierre)
Sé que Sergio dirá que Nan nunca se podrá recuperar de esta pérdida, pero con la ayuda de Dios y del
grupo, sé que la superará.
Fin del testimonio en video
Pastor Rick:
Amigos, esto es la vida: amar a Dios y aprender a amarnos unos a otros. Si no entienden esto, no
habrán entendido el propósito de su vida. Será una pena, porque la vida no es cuánto consigan, son las
relaciones. Fuiste puesto en esta tierra para conocer a Dios y amarlo, y para conocer a su familia y
amarla, porque con ella pasarás la eternidad. Como pastor, he acompañado a mucha gente en sus horas
finales. Ya he perdido la cuenta. En todas esas situaciones, sentado al lado de la cama de las personas
mientras exhalaban su último aliento, nunca nadie me pidió: «Alcánzame mis diplomas. Quiero
tenerlos a la vista». Nadie me dijo: «Tráeme mis trofeos». Nadie dijo: «Tráeme el reloj de oro que me
dieron con el retiro». Nadie dice: «Alcánzame la computadora portátil». En esos momentos finales
hablan de lo que más importa, y piden estar cerca de sus familiares y amigos. Un día… un día se
darán cuenta de que lo que más importa en la vida es conocer a Dios y tener familia y amigos
cercanos. Espero que no sea dentro de mucho. Espero que no lo descubras en los últimos momentos
de tu vida. Espero que lo descubras ahora y que comiences a tener comunión como Dios quiere,
porque la vida se define en el amor.
Amar a Dios, eso se llama «Adoración» y amarnos unos a otros, eso se llama «Comunión». La Biblia
dice eso en Juan 13, Jesús dijo: «De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los
unos a los otros». No mucho tiempo después de que Jesús dijera estas palabras, el Imperio
Romano arrojó a los cristianos a los leones, en el coliseo. Durante unos cientos de años no fueron
afables con los cristianos. Los ponían en estacas y los quemaban, los crucificaban y los arrojaban
a los leones, y los sometían a muchas otras torturas. En ese período, uno de los historiadores
seculares más famosos, que no era cristiano, dijo —escribió lo siguiente acerca de los cristianos:
«Miren cómo se aman unos a otros». Nosotros en la iglesia de Saddleback queremos que se nos
conozca no por el tamaño, ni los sermones, ni la música, ni la estrategia, ni los edificios, sino por
nuestro amor. Queremos que la gente diga: «En ese lugar la gente se ama entre sí». Porque en
eso consiste el cristianismo: amar a Dios y amarse unos a otros. A menudo me preguntan: «¿Por
qué es tan grande Saddleback?» Les diré porqué. Cuando la gente encuentra una iglesia, un
lugar, donde hay amor auténtico, habría que cerrar las puertas para impedir que la gente entrara,
porque la gente no busca una religión, busca una familia. No buscan una doctrina, buscan amor.
¿Cómo puedes saber si integras la familia de Dios? ¿Cómo puedes saberlo ersonalmente? Les
leeré tres versículos que les permitirán saber si son cristianos o no. Escúchenlos. Leo de la
Biblia. 1 Juan 3:10: «El que no practica la justicia no es hijo de Dios; ni tampoco lo es el que no
ama a su hermano». Eso dice la Biblia. 1 Juan 4:20: «El que no ama a su hermano, a quien ha
visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto», y 1 Juan 3:14: «Nosotros sabemos que hemos
pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece
en la muerte». La prueba definitoria.
El privilegio más alto que puedes tener en la vida es el privilegio de integrar la familia de Dios.
Porque la familia de Dios es el laboratorio donde aprender a amar. Algunos de ustedes se criaron
en hogares que no tenían mucho amor. Si son sinceros, no saben cómo amar. En realidad, he
llegado a esta conclusión después de trabajar todos estos años como pastor: la mayoría de la
gente no tiene idea de cómo amar. El único amor que saben practicar es el amor sexual, el amor
romántico. No conocen ningún otro tipo de amor. Por eso debemos aprender; y en la iglesia, en
la familia de Dios, es donde aprendemos a amar a las personas de carne y hueso. Nadie en los
grupos es una persona ideal, tú y yo tampoco. Aprendemos a amar a personas reales, porque para
eso nos puso Dios en la tierra.
Permítanme hacerles un par de preguntas al respecto: ¿En cuál de estos niveles de comunión te
encuentras? ¿Has alcanzado el primero, y elegido pertenecer? ¿Todavía flotas de iglesia en
iglesia y concurres a esta y luego a aquella? No has asumido un compromiso. No eres miembro
de ninguna. Necesitas elegir una iglesia. Necesitas pasar el primer curso si vas a venir aquí. Lo
estaremos enseñando durante toda esta semana, jueves, viernes y el domingo. Necesitas
bautizarte y decir: «No me avergüenzo». Es el nivel elemental. Si todavía no lo has hecho, ese
debería ser tu primer paso.
Necesitas aprender a compartir. ¿Dónde? En un grupo pequeño. No se puede aprender a
compartir en un lugar como este. Necesitas no solo compartir tu corazón, sino que necesitas
colaborar. Es una asociación. Encuentra tu lugar. Encuentra el lugar donde puedas hacer un
aporte, una contribución. Si integras la familia de Dios, también tienes algunas responsabilidades
filiales, como dijo Tom. Dios espera que cumplas tu parte en la familia. No que te descanses
mientras los demás trabajan.
Hasta que llegues al nivel culminante. ¿Hay otros creyentes que saben de tu celo por ellos?
¿Saben que pueden contar contigo llegada la crisis? La pregunta básica en realidad es: ¿Eres
parte de la familia de Dios? Tú dices: ¿Acaso no somos todos parte de la familia de Dios? No.
Dios nos creó a todos, pero no todos somos sus hijos. Debes elegir unirte a la familia de Dios.
Dios puso solo una condición, el último versículo en su bosquejo: «Todos ustedes son hijos de
Dios mediante la fe en Cristo Jesús». Puedes hacer eso hoy.
Inclinemos nuestras cabezas.
Sabes, Padre, después de la salvación tu mayor regalo fue el darnos la oportunidad de ser parte
de tu familia. Gracias porque no tenemos que vivir aislados y desvinculados. Gracias por crear a
la familia de Saddleback para nosotros.
Ahora, ora. Dí: «Querido Dios, quiero ser parte de tu familia y quiero aprender a amar a mi
familia espiritual como tú lo haces. Perdóname por tomar esto tan a la ligera. Quiero avanzar en
mi nivel de comunión, por eso hoy elijo pertenecer. Voy a dejar de flotar de aquí para allá.
Quiero aprender a compartir y a dedicar tiempo para cultivar verdaderas amistades. Quiero hacer
mi parte en la familia de Dios. Quiero aprender a amar a los demás creyentes como mis
hermanos y hermanas. Enséñame lo que significa amor verdadero. En tu nombre te lo pido.
Amén».
Fin de la trascripción del sermón.