AGRIPINA VAGANOVA, mi profesora
«Fue una mujer inteligente y genial. Mientras muchos talentos se fueron con los Ballets Rusos
de Diaghilev, ella permaneció en Rusia para conservar la tradición de la danza clásica. Llegó a
tener tres mil alumnas. y, sin ella, dos mil quinientas no habrían logrado llegar a ser bailarinas.
De personas con condiciones medias hacía grandes profesionales. Su secreto residía en que no
constataba los hechos, enseguida los corregía, por ejemplo, no te decía: estás colgada de la
barra, sino, adelanta tu mano derecha. Una anécdota famosa de esta mujer ocurrió a finales
del siglo pasado, cuando vino a Leningrado la bailarina italiana, Pierina Legnani, y efectuó los
famosos 32 fouettes. Al día siguiente todos los bailarines del Ballet Imperial, incluso el propio
solista, Gerdt, intentaban realizar la proeza de la Legnani, sin conseguirlo. En un rincón,
Agripina menuda e insignificante observaba la escena, al punto dijo: la Legnani se ha colocado
así. y ante la sorpresa de todos realizó los 32 fouettes. Fue una mujer increíble y decisiva para
la historia de la Danza en Rusia.
ENTREVISTA a RUDOLF NUREYEV
Cuando el acomodador me dio el programa de la película que iba a presenciar, leí en la
cubierta: «Bailarín ruso fugitivo del telón de acero, RUDOLF NUREYEV el nuevo genio de la
danza y verdadero sucesor de Nijinsky». Con estas sensacionalistas palabras escritas sobre un
papel, nos presentaron, y en este instante, un día de 1964. supe de tu existencia.
Cuatro años más tarde, te vi por primera vez en Barcelona, la ciudad-sugestión, como tú la
llamas. Fue en una calurosa noche de verano cuando presencié tu antológica actuación de «El
Corsario» y me sentí atrapada y cautivada por tu persona y por tu arte.
Tú has sido el hombre que, tras el exilio político, has hecho que nosotros, los occidentales,
cambiásemos el concepto que teníamos de la danza masculina. Con tu personalidad, técnica,
estilo y presencia, nos has enseñado lo más maravilloso y álgido que existe en la danza. Has
sido tú. quien ha abierto la capacidad de visión y concepción de todos los jóvenes hombres
bailarines del mundo. Quería saber de ti. y el paso del tiempo m e ayudó a conocerte mejor.
Sé que tu razón de ser es la danza y tu tragedia, la muerte: «Considero mi vida como una
progresión lógica: de un pequeño pueblo a la escuela, de allí a l Occidente, al mundo entero,
y luego, ¿quién sabe?, quizá sea yo Ícaro y vuele a l sol».
Sé que detestas el avión y adoras leer. Sé que tu signo es Piscis: «Somos sensuales.
Enamorados del amor, leales y desleales; buenos y malos, perdidos en lagos y océanos
verdes. Los hombres son como los peces, se encuentran, se separan».
Sé que te gustan las rosas y que tu discoteca contiene más de cuatro mil ejemplares.
Sé que tu carácter es irritable y que eres enemigo de los periodistas: «Nunca me arrepiento de
mis explosiones. De lo que sí me arrepiento es de no explotar siempre que se debe»
Sé que, para ti, el único medio de preservar la vitalidad del arte, es respetando las cualidades
individuales.
Sé que por donde vas despierta pasión y que aun rodeándote de la «jet set»: «Nacemos,
vivimos y morimos solos».
Sé que el año 1971, Béjart supo penetrar en el fondo de tu alma, y creó para ti «Canción del
muchacho errante». Tu ballet preferido. Sé que escogiste Occidente, porque estabas
paralizado por tradiciones endurecidas e imperativos políticos y porque sentiste la necesidad
de aprender y conocer la evolución de la danza: «La danza de vanguardia, conjuga todas las
conquistas de todos los tiempos y deja estallar nuestra sensibilidad contemporánea».
Sé que conduces lentamente y que te gusta Velázquez, Brueghel y Rubens. Sé que el 17 de
junio de 1961 fue: «El salto más largo y sin aliento de mi carrera».
Sé que, fascinada, admiré trece veces tu «Romeo» cinematográfico.
Sé que sobre ti han escrito vulgaridades y cosas bellas: «Cuando salta, parece que, con el
movimiento de las manos, desciende después de raptar una estrella del firmamento y la lanza
como regalo al público».
Sé que te quería entrevistar... París es la ciudad. Una antigua casa del Boulevard Berthier se ha
convertido en un amplio lugar de ensayo para los bailarines de la Opera. La música de
Glazunov guía los pasos de los bailarines en esta nueva producción del ballet «Raymonda».
Allí te encontré, rodeado de tu mundo.
Mientras tú te enfrentas a un futuro lleno de interrogantes, tu nuevo cargo de director,
despierta alegría en unos, y escepticismo en otros.
Por suerte, una vez más, la calidad superó a la cantidad. Tuve que esperar seis horas, llenas de
incertidumbre, para conseguir diez minutos de entrevista. Todo un éxito.
—¿Qué implica su contrato con la Opera de París?
—El contrato que he firmado, tiene una duración de tres años, con posibilidad de prórroga. Es
un contrato que requiere mi trabajo en este Teatro como bailarín, director y coreógrafo.
—¿Ha encontrado muchos problemas en la Opera?
—Verdaderamente no se les puede llamar problemas, sino situaciones que requieren una
inmediata solución. Este primer año he solicitado la construcción de este estudio, y ya están
acondicionando para el año próximo otro estudio en el Teatro de la Opera. Es necesario que
los bailarines, para poder ensayar y bailar, trabajan con unas condiciones aceptables.
— Este puesto de director, reúne cosas positivas y negativas. ¿cuáles son para usted las unas y
las otras?
—Bueno, a mí no me gusta nada estar sentado en mi despacho frente a la mesa de trabajo.
Prefiero estar aquí en el estudio, ensayando y creando para los bailarines.
—¿Qué cambios piensa efectuar en la Opera? — Mi deseo es conservar los ballets clásicos en
la forma más pura, y traer a coreógrafos modernos como: Merce Cunningham, Paul Taylor,
William Forsythe... Los bailarines elevarán su estilo al trabajar directamente con los
coreógrafos. En cuanto a los profesores, están: Claire Motte como «maítre de ballet»: Yvette
Chauviré que trabaja con los solistas, y Eugene Poliakov, maestro y conocedor de los ballets
clásicos, con el cual ya había trabajado en Florencia; posteriormente vendrá Violette Verdy.
—¿Es usted también director del Groupe de Recherche Chorégraphique de la Opera?
—Sí, yo soy el responsable de este grupo y debo controlar su programación.
— Usted que ha bailado coreografías de: Graham, Tetley, Petit, Murray Louis ¿le interesa la
búsqueda y evolución de la danza, o prefiere la tradición clásica?
—¡Oh! m e gusta mucho el estilo clásico, siendo además el que conozco mejor, pero sé
apreciar cuando los jóvenes coreógrafos descubren y muestran las cosas de nuestra época.
—¿Ahora qué se siente más: director, bailarín o coreógrafo?
— El ser bailarín es lo más importante, después coreógrafo y más tarde, director. Así, con esta
sucesión.
— En este siglo ha habido un Nijinsky, un Nureyev... ¿y después?
—jOh! no sé quién vendrá... pero a mí se me ha escogido para este puesto de director y para
que la danza no muera, sobre todo la danza clásica.
— Usted generalmente reside en Londres, ¿por qué ha escogido París para trabajar? —Bueno,
no he sido yo quien ha escogido París; París me ha escogido a mí. Se recibe una propuesta y...
¡voilà!
— Dígame... ¿un coreógrafo?
—Kylian. —¿Una bailarina?
— No puedo responder, porque, ¡hay tantas!
—¿Un bailarín?
—Yo, ¡siempre yo!
En mí cassette queda grabada una musical y bonita carcajada de este hombre de complejo
temperamento, de ojos verdes, de pómulos asiáticos y sonrisa irónica. Realmente, a pesar de
todo, Nureyev, desprendes ternura.
MONTS GARCIA OTZET
DANSA 79 No 34 Diciembre 1983