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Medicina Azteca: Creencias y Prácticas

El documento habla sobre la historia de la medicina azteca. Brevemente describe que los aztecas tenían diferentes explicaciones para las enfermedades (divinas o naturales) y tratamientos correspondientes. La medicina azteca utilizaba mucho las hierbas medicinales y tenía cirujanos que realizaban procedimientos como punciones y suturas.
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Medicina Azteca: Creencias y Prácticas

El documento habla sobre la historia de la medicina azteca. Brevemente describe que los aztecas tenían diferentes explicaciones para las enfermedades (divinas o naturales) y tratamientos correspondientes. La medicina azteca utilizaba mucho las hierbas medicinales y tenía cirujanos que realizaban procedimientos como punciones y suturas.
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Escuela de Medicina

Catedrático: Dr. Arístides Garay Zacarías.

Asignatura: Historia de la Medicina.

Alumna: Paola Michelle Bassoul Avendaño.

Tema: Historia del Cristianismo Primitivo.

Grado: 1 Grupo: A
INTRODUCCION
Procedentes de Aztlán, los aztecas se establecieron en el valle de México en el siglo XIII; por siglos el valle
había sido habitado por distintos pueblos aborígenes, primeramente por los olmecas, y luego los toltecas y
chichimecas pueblos de los cuales heredaron los aztecas sus mejores costumbre y tradiciones, hecho este
que contribuyo a hacer de la azteca la civilización precolombina más importante.
Ya en la época de Moctezuma la confederación contaba con organización política y social, buena
agricultura que respondía a las necesidades alimenticias, planificaciones de algodón y bien desarrollada la
industria cerámica. La capital Tenochtitlan era el centro político de todos los territorios y urbe de grandes
obras como edificios, templos, mercados, paseos, jardines, redes fluviales, acueducto y calzada.
En época de Moctezuma comienza la decadencia del imperio y finalmente la conquista del mismo, iniciada
por Hernán Cortés con la toma de Tenochtitlan. La medicina azteca era mayormente teúrgica, muy
vinculada a las creencias y ritos religiosos con prácticas mágicas y supersticiones, además de un incipiente
pero valioso empirismo que afortunadamente sobrevivió y transcendió a la conquista.
Como en otras culturas primitivas relacionaron sus divinidades con las causas y medios de curación de
muchas de las enfermedades. La diosa Tzapotatlenam descubridora de una resina sangrada llamada Oxitl
presentía la medicina en general. Entre los aztecas Quetzalcoatl era el dios de los catarros y reumatismos y
se culto se rendía en la ciudad de Cholula. Tetzcalipoca era el dios que castigaba a los vicios y se adoraba
en ttzcoco, el dios de los niños enfermos era Tlaltecum. Tlaloc el dios de las aguas era el responsable de
los padecimientos reumáticos ocasionados por la humedad y el frio.
Xochiquetzal, le venus azteca diosa del amor, castigaba con bubones, chancros, exantemas y otras
alteraciones de la piel. Xipetotec el dios de la piel, era el responsable de la dermitis y la sarna.
Particularizando entre las muchas tradiciones de los pueblos mexicanos precolombinos citamos a manera
de ejemplos, los zapotecas, quienes establecidos entre Puebla y Oaxaca que dejaron huella desde hace 2000
años y mixtecas desde hace 1200, en aportaciones a la etnobotánica medicinal con las semillas de dos
convolvuláceas, el ololuihqui y el tlitlitzen los nahuas distinguieron plantas nutritivas, toxicas y
medicinalesy jardines botánicos en Texcoco y Oaxtepec, gracias a la conservación de los nombres nahua
se ha reconstruido la cultura terapéutica de los mismos y verificada la información sobre las plantas
medicinales descritas por Cortés y Bernal Díaz de Castillo, los tarascos tenían un jardín botánico orilla del
lago de Patcuaron en el que cultivaban plantas medicinales.
Los habitantes prehispánicos de México reconocieron las etapas naturales de los seres vivientes:
nacimiento, crecimiento, madurez, senectud y muerte. Entendieron las diferencias entre salud y
enfermedad, dolor y muerte, instintivamente procuraron mantener su salud y buscaron medios para
recuperarla. Su búsqueda empírica de la salud y la prolongación de la vida los condujo a mezclar estas
experiencias con sus creencias para explicar las causas de las enfermedades, reconocer sus síntomas y así
poder diagnosticarlas y decidir cómo tratarlas y como prevenirlas.
Las enfermedades que sus médicos podían curar eran tratadas por hueseros, cirujanos y yerberos, quienes
usaban infusiones, emplastos, operaciones sencillas, entablillados, masajes. Las que eran graves o las que
ignoraban como curarlas, las atribuían a castigos de sus dioses y para curarlas recurrirán a hechiceros, los
que mediante invocaciones uso de plantas alucinógenas y ritos singulares, procuraban aplacar a los dioses
y curar al enfermo.
De esta forma de manera general la profesión de un médico era ejercida por hombres y mujeres que
adquirían sus conocimientos por tradición familiar. La práctica siempre dominada por el sobrenaturalismo
ya fuera influencia de los dioses, factores relacionados con el nacimiento, procedimientos mágicos, pero
incluía elementos racionales como la observación de los enfermos, el uso de medicaciones vegetales bien
en aplicaciones locales o infusiones y baños de vapor. Las primeras fuentes para el conocimiento de la
historia natural americana, la noticias descripciones iniciales, tienen su origen en las tempranas
informaciones sobre la naturaleza del nuevo mundo contenidas en las fuentes colombianas y en otros textos
directamente relacionados con los descubrimientos. Luego descripciones intencionadas y precisas,
principalmente la incluidas en el sumario y la primera parte de la historia general y natural de las indias.
Ya desde los primeros años de la conquista, existían en tlaltelolco bajo el patronato del virrey, un verdadero
instituto, el colegio de santa cruz en esta institución los españoles podían asimilar los conocimientos y
aptitudes del antigua México al tiempo que se instruía a jóvenes indios no solamente en la lengua y escritura
española y latina. Sino también en la ciencia médica, entre los monjes franciscanos que ejercían funciones
docentes en este colegio figuraba Fray Bernardino de Sahagun que estudio en salamanca y vino a mexico
en 1529.
La cultura azteca era una sociedad teocrática, que concedía gran importancia a los dioses. Esta visión
cosmogónica tendrá gran influencia en la consideración de ciertas enfermedades y en la práctica de la
medicina. No obstante, los aztecas hacían distinción entre enfermedades que tenían un origen divino o
mágico y enfermedades de tipo natural.

Las enfermedades de tipo natural


Estas enfermedades eran las causadas por fenómenos naturales. Eran básicamente heridas, traumatismos,
caídas, mordeduras de animales, presencia de parásitos dentro del organismo o . Estos tratamientos se
curaban principalmente con remedios basados en la experiencia y en el empirismo. Se podría decir que se
basaron en el método científico para tratar estas enfermedades ya que practicaban una observación de la
enfermedad y después aplicaban las curas en base a lo experimentado anteriormente.

Las enfermedades de origen divino


Según los aztecas existían unos seres sobrenaturales que jugaban un papel importante en la salud de la
población. En función de estos seres se podían producir ciertas enfermedades que, a diferencia de las
naturales, requerían otro tipo de tratamientos. Estos seres sobrenaturales que jugaban este papel vital eran
el teyolía, el tonalli y el ihíyotl.
El teyolía estaba en el corazón, sede de la memoria y de las emociones. Si el azteca realizaba malas
conductas o no hacía caso de los tabúes, el teyolía podía dañarse. Como consecuencia se producía un
deterioro en las facultades mentales del azteca.
El tonalli habitaba en la cabeza, que regulaba la temperatura corporal y el crecimiento de la persona.
También era la sede de la conciencia y de la razón. Este ser sobrenatural podía salir temporalmente del
cuerpo en ciertas ocasiones. Por ejemplo por un susto, tras el coito o durante el sueño. Cuando esto se
producía, podía venir un ser maligno e introducirse en el cuerpo del ser humano. Como consecuencia podía
provocarle la muerte o enfermedades graves.
El ihíyotl residía en el hígado, sede de la pasión, de la energía y de la valentía. A causa de una conducta
errónea o reprobable, este ser podía dañarse. Como consecuencia se producían enfermedades relacionadas
con la angustia, la locura y la pereza.
La medicina azteca
Los profesionales de la medicina azteca
La medicina fue una profesión artesanal, que se transmitió oralmente de forma hereditaria. Los padres eran
los maestros y los hijos los aprendices. Cuando los padres fallecían o se veían incapacitados para ejercer la
medicina, los hijos eran los que pasaban a ser los maestros. Pero mientras vivieran los padres, debían estar
supeditados a ellos. Es también interesante conocer que la medicina podía ser ejercida tanto por hombres
como por mujeres.
Pero al igual que las enfermedades, también habían diferencias si era una enfermedad mágica o natural.
Para tratar la enfermedad mágica o religiosa estaba la figura del ticitl, que sería equivalente a algo así como
chamán o hechicero. Para curar las enfermedades naturales se recurría al tepatl. Este último era el que
recurría a medicamentos, hierbas y remedios prácticos.
Dentro del ejercicio de esta medicina azteca natural habían diversas especialidades. En la bibliografía
podemos encontrar a cirujanos, internistas, compadronas, boticarios, traumatólogos, etc. En total había
aproximadamente unas 40 variedad de médicos.

Como has visto, los aztecas tenían distintas explicaciones para cada grupo de enfermedades. Por tanto, la
medicina azteca se tendría que adaptar a ello, aunque en este apartado me centraré en los remedios naturales
(entendidos en este contexto como no mágicos), sobre todo en fitoterapia y en la cirugía.

El uso de hierbas para curar enfermedades fue de gran importancia en la medicina azteca. Estos gozaban
de un gran conocimiento del uso de hierbas con fines medicinales basada en el empirismo. Estas se
empleaban tanto en el enfermo como eran usadas por el ticitl para mejorar su sensibilidad hacia los males
del enfermo. Un testimonio de esta medicina es el libro Libellus de Medicinabilus Indorum Herbis (Libro
sobre las hierbas medicinales de los pueblos indígenas), escrito por Martín de la Cruz. Actualmente está en
el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México.
En cuanto a la cirugía, está también tuvo gran desarrollo. Los médicos especialistas en cirugía hacían
diversos tipos de trabajos. Realizaban punciones, trepanaciones, sangrías, suturas o amputaciones. Con esto
podían curar fracturas, abscesos, flemones, quemaduras, úlceras y diversos traumatismos o heridas. Podían
incluso proporcionar anestesia para que el paciente no sufriera durante la operación. Como bisturí solían
emplear como materia prima obsidiana.
Y de cuantas disciplinas, artes y saberes asombraron a los primeros conquistadores estaban el uso de plantas
curativas y la práctica de una medicina extraña y rara para los físicos (doctores y cirujanos de entonces)
que acompañaban a la hueste de Cortés. José Luis Pérez Regueira habla de todas estas curiosas prácticas
en Una cruz de jade para Cortés, su segunda novela sobre la conquista de América.
El primer gran cronista de todas las cosas vistas en el reino de la Nueva España (México), fray Bernardino
de Sahagún, se extendió en sus relaciones para documentar los usos curativos y dejó escrito en el siglo XVI
que "tienen (los aztecas) sus médicos que conocen las aplicaciones de hierbas y medicinas y algunos de
entre ellos tienen tal conocimiento y experiencia que enfermedades que padecían de antaño y con gravedad
los españoles durante largos días y sin hallar remedio, estos indios las sanaban".
Para los cronistas de Indias no pasó desapercibido el trato dado a las enfermedades por aquellos pueblos,
cuyo mayor grado de civilización iba parejo a excelentes remedios curativos y un más que aceptable grado
de sanidad acorde con los cánones higiénicos de hace 500 años. Y de ese modo, distintos cronistas de la
conquista y primera etapa colonizadora de México, como Tapia o Aguilar, llamaron la atención sobre la
buena salud y longevidad de los aztecas y el resto de pueblos mexicanos, mientras en Europa la peste
asomaba de vez en cuando como plaga aniquiladora.
Ahora se ha sabido que la higiene doméstica y la alimentación de los reinos prehispánicos de México era
clave en su condición sanitaria. Se trataba de lo que hoy llamaríamos una dieta cardiosaludable, que
ocasionaba en la capital de México-Tenochtitlán, por ejemplo, que sus habitantes alcanzaran los setenta
años de edad sin graves padecimientos.
Sin embargo, la práctica médica de los aztecas estaba ligada a la magia y la religión y así los sanadores,
fueran estos "botánicos" (especialistas en hierbas), "sangradores" (reparaban fracturas y curaban las
picaduras de serpientes) o comadronas, llevaban a cabo rituales mágicos y religiosos durante la sanación y
daban por cierto que las enfermedades estaban ocasionadas por demonios. Esto originó un comercio
floreciente de brujos sin escrúpulos que expoliaban a los pobres y crédulos campesinos, pese a que tales
prácticas fraudulentas estaban penadas con la muerte por orden del emperador.
La gran Tenochtitlán maravilló a Hernán Cortés y a todos sus hombres cuando la divisaron por primera
vez. Algunos de ellos eran veteranos de las guerras en el Mediterráneo y dijeron que era muy superior a
Constantinopla y a la propia Venecia del Dux. La isla-capital del imperio azteca contaba con un suministro
de agua potable a través de un acueducto que cruzaba el gran lago de Texcoco para abastecer a los palacios,
jardines, fuentes de la capital y el sistema de limpieza con alcantarillado. Un sistema similar tenía el Cuzco,
la capital del otro gran imperio precolombino: el Perú inca.
En cuanto a la alimentación, los pueblos mexicanos comían frutas, verduras y cereales y se alternaban en
el consumo de carne de aves y de conejo -abundante en aquellas tierras- y el pescado, que llegaba desde los
mares mediante un sistema de comercio avanzado. Y era la base de su nutrición el maíz, el tomate y el
pimiento. El cacao, bien aromatizado y endulzado con vainilla y miel, era parte de la comida habitual de la
aristocracia.
Acerca de los remedios curativos, José Luis Pérez Regueira los describe en sus novelas como un elemento
documental importante para entender aquellos mundos dentro del entramado narrativo y siempre justificado
en los textos de los cronistas de Indias.
Así en Las huellas del conquistador, que novela la biografía y aventuras de Hernando de Soto, conquistador
del Perú, introductor del caballo en Norteamérica y explorador del sur de los actuales Estados Unidos,
narraba el remedio de los indios cheroquíes para sanar las heridas a base de un emplasto de diversas hierbas
y tela de araña.
En su segunda obra, Una cruz de jade para Cortés, ha incidido sobre aspectos de la higiene, alimentación,
medicina y uso de narcóticos en el mundo que encontró Hernán Cortés allende la mar océana. Y la primera
consideración fue el cuidado por la higiene personal que mostraban los mexicas prehispánicos, comenzando
por el cuidado dental. Esto es lo que el autor cuenta en una de sus páginas sobre la higiene de la protagonista
Malinalli.
En toda América y en México, por supuesto, era conocida y usada la planta llamada Achiote o Bixa
Orellana. Se trata de gránulos de un rojo intenso apelmazados en el interior de una cápsula vegetal de color
marrón oscuro, de cáscara rugosa y con filamentos. Además de colorante alimentario en todo el continente,
los mexicas la utilizaban como antiinflamatorio y contra las enfermedades cutáneas.
A ello hay que añadir otro uso no menos importante y que el propio escritor ha experimentado: un magnífico
repelente de mosquitos. Así lo comprobó durante su estancia en las riberas del río Napo, afluente del
Amazonas, en la selva ecuatoriana hace unos años. "Siguiendo las indicaciones de mi guía amazónico, un
indígena shuar (más conocido como jíbaro - ya hace tiempo que no reducen cabezas-) de nombre
Kunchikui; hábil, educado, servicial e íntimo conocedor de la selva, me embadurné cara y manos y
garantizo que no se me acercó ningún insecto. El inconveniente del achiote es que la tintura se resiste al
agua y es necesario insistir con el jabón", relata Pérez Regueira.
Pese a que el alcoholismo estaba penado socialmente, en los banquetes solemnes de los mexicas, que solían
acabar con una ritual pipa de tabaco, los invitados se alegraban antes del festín con alguna bebida, en
especial el octli (pulque o zumo de agave fermentado). También en tales ocasiones y si algún comensal
prefería algo "más fuerte" se le suministraba una droga contundente. Así lo cuenta en Una cruz de jade para
Cortés.
De entre las sustancias narcóticas utilizadas por los mexicas y que servían a varios propósitos, desde la
enajenación espiritual para "entrar en comunicación con los dioses" hasta la anestesia o infundir valor ante
la batalla, se encuentra el peyote, una droga reverenciada por cierta generación contestataria norteamericana
de los años sesenta, como ya resultaba sagrada para los indígenas de Norteamérica siglos antes. El peyote
contiene numerosos alcaloides y entre ellos está la mescalina, un potente alucinógeno. Acerca de sus efectos
escribieron algunos cronistas de Indias para referirse a sus consumidores como poseídos por el Diablo.
Ahora bien, como medio de "huir" de la realidad y conseguir la relajación, los mexicas, y antes de ellos los
mayas, utilizaban técnicas menos peligrosas para la salud como el uso del temascal, una especie de "sauna
mística" con vapores de rocas volcánicas al rojo y el aderezo aromático de substancias vegetales como el
romero, la salvia y hojas de picul que garantizan la limpieza del cuerpo y la serenidad de la mente.
Hace cuatro años, en un rancho cercano a la localidad mexicana de Tecate -la capital de la cerveza y a un
paso del muro fronterizo con los Estados Unidos- el escritor experimentó junto a dos colegas españoles la
satisfacción de tomar un temascal al modo de como lo hacen desde tiempo inmemorial los indios yakis de
aquellas latitudes y éste asegura que se consigue tal sosiego y relajación que se llega a perder la noción del
tiempo.
Es de conocimiento general la práctica de sacrificios humanos entre los aztecas para congraciarse con el
panteón de sus muchos dioses y entregarles la sangre de los mortales para su alimento eterno. En la mayoría
de aquellos sacrificios, siempre que fueran rituales en memoria de algún dios en concreto o inmolación de
valientes enemigos capturados en batalla, se proveía a los desgraciados de una dosis de narcótico antes del
brutal asesinato. Usaban para ello las semillas de la planta llamada xtabentun, que convenientemente
condimentadas en un brebaje causaban en los desdichados, que morirían poco después en los altos templetes
de las pirámides, una notable euforia, después la enajenación y finalmente un profundo sopor.
CONCLUCION
El objetivo primordial de aquellos sacrificios era conseguir extraer de las víctimas su corazón con los
últimos pálpitos como suprema ofrenda a los dioses creadores del cosmos mexica. En ocasiones especiales
de sequía, inundaciones u otros desastres naturales se llevaba a la muerte a centenares o miles de
desgraciados para apaciguar lo que se creía un enojo divino. Así lo atestiguan códices y documentos
prehispánicos de los tiempos de los huey tlatoanis -emperadores- Moctezuma II Xocoyotzin (al que sometió
Hernán Cortés) y de sus antecesores Axayacatl y Ahuizotl.
Los encargados de llevar a cabo aquella cirugía especial era una reservada casta de sacerdotes, casi todos
dedicados al servicio del dios supremo de los mexicas-aztecas: Uizchilopotli. Aunque otras deidades
importantes como Tlaloc y Tezcatlipoca contaban con sus propios cofrades matarifes para sus ceremonias.
Por el desconocimiento del hierro y del acero, los aztecas utilizaban como armas y objetos punzantes trozos
de obsidiana, adecuadamente limados, que hacían las veces de cuchillos. Los mayas, en cambio, utilizaban
para los sacrificios puñales de granito bien pulidos, al modo como se muestra en la película Apocalipto de
Mel Gibson.
De acuerdo con los antiguos documentos y nuevas investigaciones, el sacerdote-cirujano colocaba a la
víctima boca arriba, con la espalda arqueada sobre la piedra sagrada y sus cuatro miembros bien sujetos por
otros tantos correligionarios. De acuerdo con la fórmula ritual, el monje supremo introducía el cuchillo por
el costado derecho y sajaba con rapidez hasta dar con el esternón, que apartaba para evitar que aplastara o
dañara el corazón. A continuación introducía su mano en el tórax abierto y arrancaba el músculo cardíaco,
que debía mostrarse palpitante.
Este fue el horrible final que encontraron decenas de españoles que cayeron prisioneros durante la retirada
de Tenochtitlán en la famosa Noche Triste del ejército aliado de españoles y mexicanos amigos de Cortés,
el último día del mes de junio de 1520. Y, por supuesto, todos fueron sacrificados sin el auxilio de droga
alguna.
En cuanto a la situación médica de los españoles, los cronistas de la epopeya de Cortés se refieren a un solo
médico, el licenciado Cristóbal de Ojeda, del que se habla en esta novela, que atendía al conquistador de
sus heridas en diversos combates. Asimismo, se cuenta sobre la "enfermera-soldado" María de Estrada, una
de las conquistadoras de apasionante biografía y a la que el escritor alude en repetidas ocasiones en su libro.
El trabajo de Ojeda y sus ayudantes, entre los que había barberos-cirujanos, boticarios y simples curanderos,
era en la mayoría de las ocasiones una tarea ardua, penosa y bajo condiciones que hoy consideraríamos
aberrantes, como el uso del sebo de cadáveres y la cauterización de heridas con hierros candentes. Pero así
era aquel mundo fiero e indómito reservado solo para verdaderos semidioses.

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