0% encontró este documento útil (0 votos)
25 vistas715 páginas

Tesis Maria Lopez de Ramon 2016

Este documento es la tesis doctoral de María López de Ramón sobre la influencia del poder en la construcción histórica de la libertad de prensa durante la Restauración en España (1874-1914). La tesis analiza el proceso de reconocimiento legal de la libertad de prensa a través de la Ley de Imprenta de 1883, así como las trabas posteriores por parte del gobierno. Finalmente, examina cómo los conflictos militares como la guerra de Cuba llevaron a mayores restricciones a la prensa por parte del estado.

Cargado por

ben gri
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
25 vistas715 páginas

Tesis Maria Lopez de Ramon 2016

Este documento es la tesis doctoral de María López de Ramón sobre la influencia del poder en la construcción histórica de la libertad de prensa durante la Restauración en España (1874-1914). La tesis analiza el proceso de reconocimiento legal de la libertad de prensa a través de la Ley de Imprenta de 1883, así como las trabas posteriores por parte del gobierno. Finalmente, examina cómo los conflictos militares como la guerra de Cuba llevaron a mayores restricciones a la prensa por parte del estado.

Cargado por

ben gri
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

TESIS DOCTORAL

La influencia del poder en la


construcción histórica de la libertad de
prensa de la Restauración (1874-1914)

Autora:
María López de Ramón

Director:
Prof. Dr. Manuel Ángel Bermejo Castrillo

DEPARTAMENTO DE DERECHO PENAL, PROCESAL E HISTORIA DEL


DERECHO

Getafe, Febrero de 2016


-2-
TESIS DOCTORAL

La influencia del poder en la construcción histórica de la


libertad de prensa en la Restauración (1874-1914)

Autora: María López de Ramón

Director: Prof. Dr. Manuel Ángel Bermejo Castrillo

Firma del Tribunal Calificador:

Firma
Presidente: (Nombre y apellidos)

Vocal: (Nombre y apellidos)

Secretario: (Nombre y apellidos)

Calificación:

Getafe, de de

-3-
-4-
ÍNDICE

SUMMARY….…………………………………………………..……………….….…11

INTRODUCCIÓN………………………………………………………………...........25

PRIMERA PARTE. RECONOCIMIENTO DE LA LIBERTAD DE PRENSA EN EL


PERIODO DE LA RESTAURACIÓN (1874-1883): LEY DE POLICÍA DE
IMPRENTA DE 1883

1. INSTAURACIÓN DE UN NUEVO RÉGIMEN POLÍTICO Y


TRANSFORMACIÓN DE LA PRENSA
1. Modernización política ficticia con el fenómeno del “encasillado”..........…41
2. La era de las masas “neutras”………………………..…………..….....…...46
3. El control de la información a través de los fondos de reptiles.....................49
4. La política represiva de Cánovas frente al reconocimiento constitucional de
la libertad de prensa ……………………………...………........….….…….54
5. La Ley de Prensa de los conservadores
1. El sistema preventivo ideado por Cánovas…………..………...…….62
2. Aumento de la persecución de los tribunales especiales………...…..70

2. TURNO DEL PARTIDO LIBERAL: HACIA UNA VERDADERA LIBERTAD


1. Primeras concesiones legales a la prensa. Los debates en torno a la libertad
de imprenta………………………………………………..….........….….…75
2. La ruptura con el pasado: El Proyecto de Ley de Venancio González......…84

3. LA CONSTRUCCIÓN DEL DERECHO DE LIBERTAD DE PRENSA: LEY DE


POLICÍA DE IMPRENTA DE 1883
1. Fin de los delitos especiales de imprenta………………………..…….……93
2. Negación del sistema preventivo y principio de responsabilidad del
gobierno…………………………………………………….…...….....……97
3. Remisión de todos los delitos de imprenta al Código Penal………....……102
4. Fundamentos legislativos para configurar la libertad de prensa
1. Clasificación de los impresos y restricción de la noción de publicar... 106

-5-
2. Supresión de la licencia previa y del depósito previo…………..….....112
3. El director: nuevo representante legal del periódico. Responsabilidad
contemplada en el Código Penal…………………………………....…116
4. Tutela judicial del derecho de rectificación y prohibición de escritos
impresos en el extranjero…………………………………….......……120
5. Separación de poderes: desconfianza en la autoridad gubernativa y
aumento de competencias para la autoridad judicial………..……........125
6. Rechazo del sobreseimiento de causas pendientes e ineficacia de la ley en
las colonias españolas…………………………...……….....…………131

SEGUNDA PARTE. CONSOLIDACIÓN DE LA LIBERTAD DE PRENSA Y


PRIMERAS TRABAS GUBERNAMENTALES A SU EJERCICIO (1883-1898)

1. DESARROLLO DE UN CLIMA PROPICIO PARA LA APLICACIÓN DE LA LEY


DE IMPRENTA
1. Afianzamiento del turnismo sustentado por el caciquismo estatal y
territorial……………………………………………………………….……....137
2. El progresivo aumento de la influencia política y social de la prensa……...141
1. El florecimiento de la libertad de prensa en EEUU y los países
europeos industrializados………………………...……………………142
1. La libertad de crítica estatal en EEUU y las restricciones por
obscenidad…………………..…………………….……….…..143
2. El sistema liberal inglés y el nacimiento del “New
Journalism”………………………………………...….……….149
3. La Ley de Prensa liberal francesa de 1881………....…..…...152
4. La autocensura de los periódicos alemanes por las restricciones
de la Ley Imperial de Prensa de 1874……………...…..............156
2. Implantación gradual en España del nuevo periodismo…………….161
3. Hegemonía de la prensa política. Nuevas formas de intervención
informativa……………...………………………………..………..…..164

-6-
2. ACTUACIONES GUBERNAMENTALES RESTRICTIVAS DE LA LIBERTAD
DE PRENSA RECONOCIDA EN LA LEY DE IMPRENTA DE 1883
1. Consagración del principio de separación de competencias en materia de delitos
de imprenta…………………………………………………….……...........….172
1. La utilización sistemática del artículo 22 de la Ley Provincial…….…177
2. Anomalías en la administración de justicia respecto a la aplicación de la
Ley de Imprenta…………………………….……………..…..........…183
2. El uso abusivo de los instrumentos legales para coartar la libertad: la suspensión
de garantías constitucionales……………………..………………….....……...187
3. Orientaciones gubernamentales a la prensa. El monopolio informativo durante la
Guerra de Melilla (1893-1894)……………………...………………......…… 193
4. La censura telegráfica en épocas de conflicto……………...…………….……197
5. Las arbitrariedades gubernativas contra los periódicos de la oposición. El
atropello constante a la prensa republicana……………....................………...201

3. LA INJERENCIA DEL PODER MILITAR EN EL SISTEMA INFORMATIVO


ESPAÑOL
1. Del proyecto civil canovista al militarismo imperante a finales del Siglo
XIX.....................................................................................................................209
2. El tratamiento de los asuntos militares en los medios de información
1. La existencia de los órganos de prensa castrense………....……….213
2. La difusión de las ideas antimilitaristas en la prensa……......…….216
3. Los recortes a la libertad de imprenta de los militares
1. Prevalencia del honor frente a la libertad de información……....….219
2. La restricción informativa contenida en la Circular de Chinchilla...226
4. El problema de competencia en los delitos militares realizados por medio de la
imprenta
1. Origen del conflicto de jurisdicciones……………...….……………235
2. Ataques del ejército a las redacciones de El Resumen y El Globo….242
3. La ruptura entre el poder civil y el poder militar………………...…249
4. La jurisprudencia del Tribunal Supremo a favor de los tribunales
ordinarios………………………………………………………………257

-7-
4. LA POLÍTICA DE REPRESIÓN CONTRA LOS ÓRGANOS DE PRENSA
ANARQUISTAS
1. Las primeras manifestaciones anarquistas en la Restauración…..…….……269
2. El nacimiento de la “Propaganda por el hecho”………………….………....272
1. Aplicación del Código Penal para reprimir los motines
andaluces……………………………...……….………………..……..274
2. La respuesta legislativa y policial ante los ataques terroristas de
1893……………………………………………………………………278
3. Aumento de la represión informativa tras el atentado de la Calle Cambios
Nuevos
1. La privación de la libertad en la nueva ley antiterrorista de 1896.....285
2. El forzoso silencio de la prensa española durante el Proceso de
Montjuich………………………………………..………..………...…291
4. Ampliación del delito a la “apología del anarquismo” tras el asesinato de
Cánovas en 1897………………………………………………………………298

5. EL CONTROL INFORMATIVO DURANTE LA GUERRA DE CUBA (1895-1898)


1. La diferente aplicación de la ley de prensa en Cuba…………….....……….…309
2. La intervención del telégrafo como primera medida gubernamental……....…313
1. La irresponsabilidad de la prensa española y su exaltación del
patriotismo……………………...…...…………………….....………..316
2. La manipulación de los rotativos estadounidenses…………........……319
3. Política restrictiva del gobierno conservador
1. La persecución sistemática de la prensa separatista……………...…..324
2. Represión gubernativa por la campaña de prensa contra Weyler.........329
4. Turno del gobierno liberal: la censura militar
1. La concesión de la autonomía colonial: El motín de la Habana (12 de
Enero de 1898)……………………………………………………...…342
2. Inicio de la intervención armada de EEUU: la “ficticia” libertad….....350
3. Suspensión de las garantías constitucionales y declaración del estado de
guerra en la Península (14 de Julio de 1898)……………………….....358
4. El Protocolo de Washington: Trabas sobre la información
parlamentaria..........................................................................................368

-8-
5. Firma del Tratado de París (10 de Diciembre de 1898). Prolongación de
la previa censura………………………………………............………382
5. Consideraciones finales…………………………………...……………….….394

TERCERA PARTE. IMPEDIMENTOS EN EL RECONOCIMIENTO EFECTIVO DE


LA LIBERTAD DE IMPRENTA A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

1. EL REGENERACIONISMO ESPAÑOL Y SUS EFECTOS EN LA PRENSA


1. Debate en torno a la decadencia política y social………………..….….…..401
2. El inicio del reinado de Alfonso XIII
1. Inestabilidad política en los partidos monárquicos……….…......….404
2. Los gobiernos largos de Maura y Canalejas………….…….….……407
3. El crecimiento desigual de la prensa de masas…………….….……………410

2. PROLIFERACIÓN DE MECANISMOS DE PRESIÓN GUBERNAMENTAL


PARA LIMITAR LA LIBERTAD DE IMPRENTA
1. El aumento de trabas legales al derecho a emitir libremente las ideas….….415
1. Los atropellos ministeriales bajo la suspensión de garantías
constitucionales………………………………………………………..416
2. La inflexible aplicación de la Ley de Imprenta por las autoridades
judiciales…………………………………………………………...….421
3. Aprobación de nuevas medidas legales para constreñir la libertad…...427
2. La permanencia de instrumentos de control encubiertos
1. La práctica habitual de la censura telegráfica y el uso frecuente de los
fondos reservados………………………………………………..……431
2. Los abusos cometidos por los tribunales de justicia………........…. 437
3. Las denuncias en el Parlamento por las ilegalidades cometidas contra
los periódicos de la oposición…………………………….…………...441
3. La influencia de la Iglesia Católica en la limitación de la libertad de
imprenta……………………………………………………...……….……….448

-9-
3. LA SUMISIÓN DE LA PRENSA AL PODER MILITAR
1. El acoso del ejército a los periódicos como respuesta a la línea continuista
jurisprudencial………………………………………………...……………….457
2. El antimilitarismo de los periódicos catalanes. Ataques al ¡Cu-Cut! y la Veu
de Catalunya………………………………………………….……………….462
3. El recorte de las libertades públicas con la aprobación de la Ley de
Jurisdicciones de 1906
1. Cambios en el partido liberal y aumento de la represión contra los
diarios catalanes……………………………………………….….....467
2. La adopción de una ley opresiva bajo el mandato liberal……..475
4. La represión de los delitos de imprenta en manos de los militares…...480

4. LA CENSURA EN BARCELONA: EL PROBLEMA DE LOS CATALANISMOS Y


LA GUERRA DE MARRUECOS
1. La huelga como nuevo medio de lucha anarquista…………………..….….489
2. La enérgica campaña de la prensa ante un nuevo intento de legislación
antiterrorista……………………………………………………………..…….494
3. La protesta social contra la guerra de Marruecos………………...………...504
1. La reacción de la prensa y el pueblo catalán: La semana trágica de
1909……………………………………………………………………505
2. El aumento de la represión informativa tras la insurrección
popular………………………………………………………..………..510
4. Los recortes al derecho a informar sobre la guerra bajo el régimen
liberal………………………………………………...…………….……….…514

CONCLUSIONS.…………………………………………….….…………..…..……527

FUENTES CONSULTADAS……………………………….……………….……......543

APÉNDICE....................................................................................................................559

- 10 -
SUMMARY

This research work analyses the influence that the authorities had on the historical

articulation of press freedom in Spain under the Bourbon Restoration, during which the

right to freely express ideas and opinions through the press was guaranteed by the Press

Police Act that was adopted on 26 July 1883. The objective is to determine whether

press freedom was real and effective in Spanish society in the late nineteenth and early

twentieth century. To this end, it is necessary in first place to establish whether this

fundamental right was efficiently recognized in the 1883 Press Act. To do so, one has to

take into account the legal provisions and measures that were approved by Cánovas

since 1874, and which conformed the press policy that was followed during the first

period of the Restoration, between 1874 and 1881, and that constituted the legal

precedent of the subsequent liberal Act. In general terms, it can be stated that the

information system devised by Cánovas was based on a “neutral masses” scheme

according to which citizens were guided by the state, and their opinion neglected or

silenced by the Conservative president a situation that was incompatible with the

effective recognition of press freedom. Two of the most common practices of the newly

established regime contributed to this state of affairs: “el encasillado”, with which a

‘custom-made’ government was constituted, and the ‘reptile funds’ of the Ministry of

Interior, which completely annulled the true and free opinion of society. For the

Conservative government, the press was a threat to the stability of the Restoration, and

through those fraudulent practices it succeeded in turning journalism into an ally, which

it subjected and guided according to its interests.

- 11 -
The press policy of the Conservative leader licensed techniques that harmed the

freedom such as censorship or prior deposit, as well as the penalties of suspension and

withdrawal of newspapers. Those mechanisms that were typical of authoritarian regimes

were incompatible with a democratic state based on the rule of law, for the main

objective was to stabilize the regime through newspapers that were conceived as mere

tools for strengthening the foundations of the new political system. This system was

further consolidated with the approval of the1879 Act, which gave the state the power to

control newspapers, with the objective of procuring an absolute defense of the

monarchy. The Conservative Act incorporated a long list of crimes committed through

the press, for which special judges were rendered competent and directly elected by the

government, thus calling into question the impartiality and independence of judicial

decisions.

Following the constitution of the Liberal government led by Sagasta in 1881, the will

for change regarding press freedom was manifested in a series of measures that were

aimed at the recognition of the right to freely express ideas through the press, which

was enshrined in Article 13 of the 1876 Constitution. The analysis of the parliamentary

debates on press freedom that took place in those years has enabled us to determine the

position of every ideological trend with respect to the formulation of the new

information system. The first of these positions was defended by the Conservative

current, which asserted that the fundamental basis of a Press Act consisted in the

implementation of a preventive system based on restrictive norms and strict

punishments. The second position was completely contrary to the Conservative one and

was supported by the Republicans, who called themselves radicals for claiming broad

- 12 -
freedom for journalists, on the basis of the belief that the press exerted a very positive

influence on public opinion and was a chair of decency.

The last of those positions was the Liberal position that was held by the party which

was led by Sagasta, who argued for the need for press freedom on the basis of two

principles: the principle of accountability and the rejection of preventive measures. The

first principle was aimed at guaranteeing the interests of society, and ran contrary to the

idea that the right to write was absolute and ought not to be regulated. The second

constituted a rejection of the restrictive system that had been established by the

Conservatives, and an affirmation that press freedom was based on the complete lack of

any kind of preventive measures that could thwart or substantially hinder its exercise.

The Press Police Act that was adopted on 26 July 1883 was based on those liberal

postulates. From a regulatory point of view, the new legislation marked the peak of

press freedom in the history of Spanish constitutionalism, and would remain in force

beyond the Restoration period in which it was approved.

It was therefore particularly significant that despite the legal precedents that existed

regarding the press, the Act broke with the abusive practices that many governors had

oppressively employed in the past, and positioned itself in favor of a real affirmation of

press freedom. Indeed, mass journalism was slowly beginning to emerge in a hitherto

silenced society that had the need to talk and to feel heard. This transformation in the

role that citizens were expected to fulfill in society directly influenced public opinion,

which would be taken into account by the Liberal government that considered the

education of citizens essential for their active participation in public affairs.

- 13 -
Among the many new features of the Act, it is worth noting that it put a definitive end

to the special tribunals that had depended on the government, and subjected the crimes

committed through the press to the Criminal Code and the ordinary courts. The approval

of the new Act also put an end to the need for a prior authorization to publish

newspapers and the requirement of the prior deposit with regard to their publication,

which were replaced with the mere notification of the competent authority. Through

those measures, the Liberal government granted newspapers the possibility to enjoy real

freedom without governmental obstacles. However, it left certain powers regarding the

press in the hands of the authorities, which ran contrary to the independence and

complete objectivity that it proclaimed. Therefore, from the perspective of the

orientation of the regulation, the Press Act passed by the Liberal government was an

innovative and courageous norm, which broke with the restrictive policy followed by

previous governments, and introduced a number of safeguards which, as asserted by the

literature, enabled the development of a real press freedom. However, in order to gauge

the true effectiveness of that freedom during the period between 1883 and 1914, it is

necessary to determine the extent to which, in practice, the Restoration government that

was represented by the two royalist forces that took turns in power, respected the liberal

nature of the legislation, without hampering the free exercise of that freedom.

The historical approach to the subject matter of our thesis calls for an analysis of the

social and political circumstances that influenced the application of the Act within the

indicated time-frame, as well as the various forms of control carried out by the

authorities and other existing pressure groups. To this end, we have consulted a series

of sources that are adapted to the demands of historical documentation, which is

necessary for the elaboration and justification of the conclusions of this dissertation.

- 14 -
The research work carried out includes a more detailed analysis of the following: all the

legal instruments that were adopted by the government during those years; the

jurisprudence generated by the different judges and courts with regards to the

determination of the content and the limits of this important fundamental freedom; the

legal literature developed by authors on this fundamental right; and the debates and

controversies that were raised among the journalists and writers who were involved in

the press of that time.

Basing our thesis on the analysis of those historical sources, we can assert that, despite

the progress that the 1883 Press Act represented, the possibilities that the authorities

enjoyed to control and intervene the newspapers of the time were manifold. They not

only disposed of various legal instruments, but also resorted to indirect control

mechanisms, such as the ‘reptile funds’ of the Ministry of the Interior, which continued

to exist because of the political corruption upon which the Restoration rested and the

limited material resources of many of the publications of the time. This was possible

thanks to the despotism that fed into the regime of the Restoration, and made it possible

for governments to control sufficient political and legal levers to impose their will

according to their own political interests, while seriously hindering the work of

journalists and rendering the positive reactions that the approval of the Press Act had

generated void.

Among all the legal measures used by the government to restrict press freedom at its

convenience, one ought to underline the repeated suspension of the constitutional

guarantees that were expressly recognized in Article 17 of the 1876 Constitution, “when

state security thus required it, under extraordinary circumstances”. Despite what was

- 15 -
contained in the 1883 Act, the declaration of exceptional states throughout the

Restoration, particularly during the early years of the twentieth century, granted the

public administration discretionary powers that were used to limit the right to report

freely which was enshrined in the 1883 Act. In addition to the adoption of these

situations of constitutional exceptionality, the government abused its power by

demanding from the judges and courts that were competent to judge press crimes a

rigorous and restrictive application of the provisions of the Criminal Code. Having

examined the extensive jurisprudence that they produced, we can affirm that there were

three crimes that were systematically invoked by the authorities to restrict this right:

libel, contempt of civil servants, and the incitement to rebellion or sedition. In most

decisions, the courts arbitrarily sanctioned those anti-regime newspapers. In addition,

the direct and constant pressure of the authorities led to notoriously irregular judicial

proceedings and arbitrary and restrictive resolutions, which were ostensibly contrary to

the free expression of ideas.

Direct government control of the Spanish press was complemented with the approval of

other acts on different subjects, which had a decisive impact on the effective recognition

of the freedom of the press. This reality was mainly reflected in periods of greater social

and political upheaval, which determined government policy with regard to press

entities. One of the great problems of the Restoration was Anarchism, which became

more violent in the nineties with the use of “propaganda by deed”, which was

characterized by the commission of terrorist attacks through individual revolutionary

actions. On the occasion of the attack on General Martínez Campos and the bombing of

the Liceo theater of Barcelona both perpetrated in Barcelona in 1893 the Liberal

government promulgated the first anti-terrorism law in Spain on 10 July 1894, which

- 16 -
was especially severe with the Anarchist mediums of expression, and drastically

restricted their press freedom.

On 2 September 1896, in response to a new Anarchist crime on Cambios Nuevos street

this time against a religious procession the Conservative cabinet approved a new anti-

terrorism law, which introduced a number of novelties to the 1894 Act. The new

legislation established a direct link between terrorism and Anarchism, transferred the

jurisdiction over terrorism crimes to the military courts, and significantly increased

some penalties, not only for the bombers, but also for those who, by word or deed,

cooperated in the execution of crimes through concealment or conspiracy, which were

punishable by life imprisonment. The Act also extended the powers of the authorities,

granting them the right to suppress Anarchist newspapers. In addition to this legislation,

which violated the fundamental right to freedom of the press, a disproportionate

repressive policy was deployed, which sought at all times to silence the press entities

that opposed the regime. This excessive action turned against the government, and

unleashed a strong media campaign against the Montjuic trial, which set the focus on

the tyranny with which the authorities had acted in the proceedings against the

perpetrators of the attacks instead of the violence of the terrorists.

As of 1904, the frequency of the attacks increased again, and most were perpetrated in

Barcelona, which was where all the actions of the liberation movements in those early

years of the twentieth century were concentrated. The bombs that were detonated daily

in Barcelona, and the aggressiveness of most of the radical newspapers, especially those

that sympathized with Lerroux, increased the concern of the citizens, whose sense of

insecurity was reinforced with the manifest inability of the authorities to maintain order

in the city. The most conservative sectors began to strongly demand a harsher repressive

- 17 -
policy to combat terrorism, which came with Maura and a new anti-terrorism draft law

that was submitted on 24 January 1908. The document granted the government the right

to freely suppress Anarchist newspapers and centers, and to expel from Spain all those

who propagated Anarchist ideas in any way. The draft law showed that the ideas of

those who wanted to reform society and criticized the vices of power through their

words were still sanctioned. At the end, the total opposition of the Spanish press was

instrumental in impeding the approval of the legislative text. A campaign was

orchestrated in which not only the draft presented by Maura was attacked, but so were,

in general terms, all the arbitrary procedures the authorities employed to unfairly punish

journalists under the umbrella of the crimes of opinion.

Moreover, the colonial problem also affected the effective recognition of the freedom of

press at the time, for, during the international conflicts that arose in those years, the

authorities abused indiscriminately of the option to restrict certain military information,

and imposed a forced silence with regard to everything that they did not consider it

convenient for society to know about. Both in the War of Melilla in 1893, and in the

Cuban War of the late nineteenth century and the Moroccan War that began in 1909, the

two political parties detached themselves from the guidelines set by the 1883 Act, and

imposed a policy of information suppression that was fundamentally aimed at the

survival of the Restoration system itself, in detriment of the effective recognition of the

fundamental right to write and report freely. One of the instruments that were most

frequently used by the government in times of political contention was sending notices

to the newspapers, which, under threat of suspension, prevented them from addressing

certain political issues. This instrument of control went unnoticed by the citizens, but

not by the press.

- 18 -
In addition to this mechanism, the intervention of the national information networks

both the telephone and telegraph services was frequent in times of war. Of all the

ways in which the telegraph censorship was practiced, the most common was the

interruption of the telegram, which never arrived at its destination. However, other

irregularities were equally denounced, such as the cuts that were made to the

communiqués of the correspondents, the preference given to the ministerial newspapers

over the press of the opposition press by allowing them to publish the news hours in

advance, or even the retention for a given period at the telegraph service of those

telegrams they did not wish to see publicized until they became outdated. The public

administration also took advantage of its control over the telephone to overhear the

conference calls between correspondents and news organizations, and cut the lines when

it was understood that the information which was being exchanged was contrary to the

political interests of the government.

In the Cuban War the information control imposed by both governments was evident,

although the criticisms of most Spanish publications focused on the figure of Sagasta,

who, despite having adopted a liberal stance regarding freedom of the press and

generated the 1883 Act, unjustifiably prolonged military censorship of Spanish

publications after the cessation of hostilities, when the fundamental reason given by the

Liberal government had been to preserve the national interests of information that could

favor the enemy. Under the criticism of the press of the time, the prior censorship

adopted by the Liberal administration at the closing stages of the Cuban conflict was

considered the worst attack on freedom since the adoption of the Press Act. This

measure symbolized the distrust of the government of the Restoration in its own

- 19 -
political performance, for, overwhelmed by international circumstances, the only escape

route it found was to block the opinion of the newspapers.

Unlike the war in Cuba, the armed intervention in Morocco, which started in 1909, did

not have the support of the Spanish newspapers. To neutralize the mass protest against

the African conflict, the government of Maura sharpened intervention policy on all

information relating thereto, abusing military power to prosecute and censor the press,

and prohibiting the circulation on African soil of Peninsular newspapers that opposed

the war. Although, as happened in the colonial disaster of 1898, the Liberal government

initially tried to leave more room for press freedom, finally, in January 1913, military

censorship was imposed on the territory, and a control apparatus was unleashed against

the journalistic entities, which silenced any information and newspaper that were not in

line with the guidelines set by the state, showing, once more, the patent unevenness with

which the right to inform was guaranteed.

The relevance of the social events that unfolded throughout the period reveals the clear

tendency of public authorities to repress the information of the newspapers that had a

different ideology or did not follow the guidelines dictated by the state, such as the

Republican or Catalanist papers. One of the practices most commonly used to indirectly

censor those publications were the systematic complaints that were filed by prosecutors

on the basis of mere suppositions or assumptions, which ended in illegal seizures that

were executed by the police. The preventive system to which the newspapers of the

opposition were subjected limited their freedom and resulted in great inequality with

regard to the manner in which the Press Act was implemented. While in proceedings

against monarchist newspapers the prosecutors indicated the text that was denounced

- 20 -
ahead of time, allowing for their free circulation following its removal, actions taken

against the radical press were harmful to their material interests, for their papers could

not be circulated in their entirety nor distributed in the provinces. This occurred

because the complaints were both filed late and did not indicate the article or piece that

was considered pernicious. Other mechanisms that were used to limit the freedom of

those press entities were aimed directly against their writers, who were assaulted in the

street by the authorities, or interrupted in their offices, where they were prevented by

force to continue holding a meeting. They were equally directed against the directors,

who were unduly imprisoned a situation that was exploited by the government, which

retained them for months and then absolved them or dismissed their case for absence of

a crime.

In addition to the control exercised by the political authorities, during the Restoration,

information intervention by the military authorities became gradually more significant

as they increasingly restricted freedom of the press through a number of actions. At that

time, one of the few matters that were not placed under the jurisdiction of the Army

were the military offenses committed through the press, which were in the hands of the

ordinary courts by virtue of the jurisprudence of the Supreme Court. With the firm

determination to place all military matters under their exclusive competence, and thus

preserve their extensive autonomy with regard to civilian authorities, the military

subjected the crimes of libel against the Army to martial courts an illegal practice that

rendered press entities defenseless.

To those military abuses, one must add the violent attacks against newspapers

expressing ideas and opinions opposed to the Armed Forces. Of particular importance

- 21 -
was the attack on the editorial offices of El Resumen and El Globo, which was followed

by others, and revealed the lack of protection of journalistic entities that could not

exercise their right to freely express their views without being punished violently and

illegally by individuals belonging to the military establishment. This practice, which

was neither punished by the military high command nor by the central government,

became commonplace in the late nineteenth and early twentieth century to combat the

proliferation of anti-militarist newspaper articles. Following two new abuses committed

in 1905 against the Catalan magazine Cu-Cut! and the daily La Veu de Catalunya, the

Liberal government, then in power, was willing to repair the honor of the military, and

curb the freedom of expression of the Catalan dailies through new legislation that it

brought forward in 1906. The Jurisdiction Act was an arbitrary and repressive measure

that placed the complete control of press freedom under military jurisdiction and that,

far from resolving social problems, merely concealed the contradictions of the Spanish

government. Under this law, the military could, at last, try offenses committed by

journalists, even if they had no link to the military body, and in the absence of

extraordinary circumstances in the territory. In this way, both the offenses against the

Army and military honor and the crimes against the homeland were at the mercy of the

jurisdiction of the martial courts in what constituted a victory for the military and a

great loss for the effective recognition of the freedom of press.

Another of the political actors influenced the implementation of the 1883 Act, albeit to a

lesser extent, was the Catholic Church, which was a cornerstone of the Restoration

system. The institution saw many of its demands on the restriction of the right to

express ideas satisfied, especially under the mandate of the Conservative Maura, who

imposed harsh repression against publications that attacked religion. The information

- 22 -
control of the church was also carried out by the direct intervention of the ecclesiastical

authorities in the press that the faithful read, through the propaganda centers of the

“good press”, which distributed pamphlets that attacked the anticlerical newspapers,

Another common practice was ecclesiastical censure, which was carried out by a board

made up of priests appointed for that purpose, who examined what was sent to them,

and granted publishing licenses if the information was compatible with Catholic dogma.

In conclusion, although the 1883 Press Police Act guaranteed a legal framework for the

exercise of press freedom in the Spanish society of the Restoration, the analysis of the

implementation of this Act between 1883 and 1914 shows that there was no effective

recognition of a freedom accepting and allowing for a free and independent press. Both

the Liberal and Conservative Parties, like other political actors that influenced the

implementation of the norm, broke away from the guidelines set by the Press Act, and

adopted a policy of information restriction that was mainly aimed at ensuring the

survival of the political regime, to the detriment of the effective recognition of the

fundamental right to write and report freely. The peculiarity of the Restoration system,

with alternating ideologies expressed by the ruling party, reveals that, despite the

different vision held by the Conservatives and Liberals regarding the freedom, in the

periods of greatest conflict, both used all instruments at their reach to silence the

information that was contrary to their interests. Information intervention was

discretionary, and especially occurred against those newspapers that professed an

ideology that was contrary to the monarchical regime, such as the Republican and

Catalanist publications.

- 23 -
- 24 -
INTRODUCCIÓN

La presente investigación se plantea como objetivo principal comprobar si el derecho a

emitir libremente las ideas y opiniones a través de los periódicos que garantizaba la Ley

de Policía de Imprenta de 1883 fue real y efectivo en la sociedad española de finales del

siglo XIX y principios del siglo XX. A lo largo de los años ha quedado patente la

importancia de la libertad de prensa en las sociedades, un derecho fundamental

reconocido y garantizado por todos los Estados democráticos, cuyo contenido y

delimitación han sido muy debatidos a lo largo de los años por los distintos gobiernos y

legisladores, la doctrina y la jurisprudencia.1 Con el transcurso del tiempo, ha quedado

claro que la plena existencia de la libertad de prensa y de la libertad de expresión define

a un Estado de Derecho, y que su ausencia, derivada en muchas ocasiones de la presión

y los abusos de poder ejercidos por los diferentes gobiernos, que se resisten a las

opiniones contrarias a su política, enturbia la democracia. En la historia contemporánea

de España, estas premisas han chocado en numerosas ocasiones con el creciente

intervencionismo estatal sobre la actividad informativa, lo que ha impedido la plena

eficacia de este derecho fundamental.

La importancia de este derecho se encuentra, además, en que ejerce de contrapoder (o

“cuarto poder”), al realizar la función de control del gobierno en los Estados

democráticos, lo que tiene como consecuencia inmediata que su buen ejercicio sea

1
El derecho de libertad de prensa se recogió por primera vez en el Bill of Rigths del Estado de Virginia
de 1776, redactado por Thomas Jefferson, en cuya sección 12 expresaba: “The freedom of the press is one
of the great bulwarks of liberty, and can never be restrained but by despotic goverments”. La Declaración
de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 26 de agosto de 1789 se posicionaba en esta misma línea, y
afirmaba en su artículo 11: “La libre communication des pensées et des opinions est un des droits les plus
précieux de l'Homme: tout Citoyen peut donc parler, écrire, imprimer librement, sauf à répondre de l'abus
de cette liberté dans les cas déterminés par la Loi”. A su vez, la Declaración Universal de Derechos
Humanos de 1948, en su artículo 18 declaraba: “Everyone has the right to freedom of opinion and
expression; this right includes freedom to hold opinions without interference and to seek, receive and
impart information and ideas through any media and regardless of frontiers”.

- 25 -
indispensable para que otros derechos constitucionalmente protegidos (el derecho al

honor, a la intimidad y a la propia imagen de las personas, entre otros) no se vean

afectados por la misma. Por este motivo, los órganos informativos deben tener siempre

como directriz esencial la veracidad y deben ser imparciales e independientes de los

gobiernos, reflejando la pluralidad de ideas y aspiraciones que mueve la sociedad y

facilita el progreso en sus diferentes órdenes, lo que constituye una de las grandes metas

a alcanzar por las tecnologías de la información. La íntima conexión entre la libertad de

prensa y la opinión pública hace necesario que el Estado garantice la plena existencia de

este derecho fundamental, pues, de otro modo, el periodismo se convierte en una

fachada tras la que se esconden unos intereses empresariales que degradan la

democracia y hacen que los ciudadanos se conviertan en simples actores pasivos al

servicio del poder.

Por estas razones, hemos realizado un estudio de la libertad de imprenta desde una

perspectiva histórica, que nos aporta una visión, que se pretende completa, del diferente

grado de control ejercido por las autoridades cuando tienen que aplicar una misma ley,

que, en principio, reconoce eficazmente la libertad. La orientación de nuestro trabajo no

solo ha girado en torno a los instrumentos legales utilizados por la administración

pública, sino, también, a los mecanismos con los que se canalizaban las restricciones de

la libertad de prensa, una zona menos visible y más difícil de desentrañar del control

informativo. En este sentido, la investigación presentada resulta novedosa, puesto que

existe muy poca bibliografía al respecto, a pesar de que, como hemos señalado, las

cuestiones examinadas resultan de plena actualidad. La historia de los derechos

fundamentales ha disfrutado en los últimos años de una intensa atención por parte de los

especialistas. Sin embargo, el enfoque que hemos dado al objeto de nuestra tesis, apenas

- 26 -
ha merecido aproximaciones que hayan partido desde una perspectiva histórica; siendo

especialmente significativa, además, la total ausencia de trabajos monográficos que

hayan ahondado en esta temática desde una óptica interdisciplinar, como lo es la

histórico-jurídica.

En esta línea, la mayoría de las obras que se han publicado sobre esta materia se han

centrado en indagar acerca del origen, el contenido, el lenguaje y otros aspectos

formales del fenómeno periodístico, descuidando la faceta propiamente jurídica, que

requiere un análisis profundo de este derecho fundamental. Entre las obras a destacar,

que nos han servido de referencia en nuestra investigación, se encuentran:

“Restauración y prensa de masas: Los engranajes de un sistema (1875-1883)”

(Pamplona, Universidad de Navarra, 1981), de Álvarez Junco; las obras del periodista

Gómez Aparicio: “Historia del Periodismo español: De la revolución de septiembre al

desastre colonial” (Madrid, Nacional, 1971), e “Historia del periodismo español: De

las guerras coloniales a la dictadura” (Madrid, Nacional, 1974); así como los trabajos

de Cruz de Seoane, historiadora española especializada en periodismo: “Historia del

Periodismo en España, vol. 2. El siglo XIX” (Madrid, Alianza, 1983) y “Historia del

Periodismo en España, vol.3. El Siglo XX: 1898-1936” (Madrid, Alianza, 1996).

Por otra parte, los escasos estudios monográficos que se han centrado en la libertad de

prensa como derecho fundamental lo han hecho de modo muy general, como sucede en

el libro de Gómez Reino: “Aproximación histórica al Derecho de la Imprenta y de la

Prensa en España (1480-1966)”, (Madrid, Instituto de Estudios Administrativos, 1977);

o se ha abordado a través de estudios específicos de la materia, enfocados hacia otras

etapas políticas de la historia del constitucionalismo español, pero que en ningún caso

- 27 -
han localizado su interés en el análisis de la aplicación efectiva de la propia Ley de

1883: “El nacimiento del periodismo político: la libertad de imprenta en las Cortes de

Cádiz (1810-1814)” de Álvarez Junco y De la Fuente Monge; “El ejercicio de la

libertad: La prensa española en el Sexenio Revolucionario (1868-1874)” de Checa

Godoy; “La libertad de expresión en la Segunda República” de Gómez-Resino; y

“Poder Político, prensa y opinión pública en el régimen franquista” de Baldomero

Oliver León. La tesis doctoral de Pascual Martínez “Escritores y editores en la

Restauración Canovista (1875-1923)” (Madrid, Universidad Complutense de Madrid,

1992) es la que más se aproxima a nuestra investigación, aunque, en su caso, el estudio

del derecho de libertad de prensa se realiza a través del análisis de los libros de la época,

lo que le lleva a obtener unas conclusiones distintas a las nuestras. El único precedente

directo con el que contamos es, pues, una aproximación general realizada en 1982 por el

profesor Carlos Soria en su trabajo “La ley española de Policía de Imprenta de 1883”,

aparecido en la revista Documentación de las Ciencias de la Información de la

Universidad Complutense de Madrid, y que recoge en 30 páginas los antecedentes de la

ley y sus artículos más relevantes.2

Además de con la escasez de aproximaciones históricas, nos encontramos con el gran

desafío de descubrir si la libertad de prensa que enunciaba la Ley de Policía de Imprenta

de 1883 fue real y efectiva, teniendo en cuenta que la doctrina especializada la ha

considerado como la legislación más liberal en este campo del constitucionalismo

español. En esta línea se manifiesta Gómez Reino cuando señala que la Ley de 1883 “es

quizás la más liberal de todas las dictadas en nuestro país hasta la época presente”; 3 y en

2
SORIA, C., “La ley española de Policía de Imprenta de 1883”, Documentación de las Ciencias de la
Información, vol. IV, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1982, pp. 11-40.
3
GÓMEZ REINO, E., Aproximación histórica al Derecho de la Imprenta y de la Prensa en España (1480-
1966), Madrid, Instituto de Estudios Administrativos, 1977, p.171.

- 28 -
el mismo sentido, Desantes Guanter expresa que “es la de más perfecta técnica y la más

consecuente con el principio de libertad que enuncia, conforme con el artículo 13 de la

Constitución de 1876”.4 Con este propósito, analizaremos el contenido y delimitación

de la Ley de Imprenta, para averiguar si, tal y como apunta la opinión dominante, la

norma reconoce y protege eficazmente el derecho a emitir libremente las ideas, recogido

en el artículo 13 de la Constitución de 1876.

Ahora bien, para llegar a unas conclusiones fiables sobre si existió plena libertad de

prensa, no basta solo con examinar el marco legal, sino que se hace imprescindible

prestar atención a los agentes que intervinieron en la puesta en práctica de la ley, así

como al contexto histórico en el que se enmarcó la misma. En consecuencia,

perseguimos identificar qué fuerzas políticas o grupos de presión controlaron la

información vertida en las publicaciones españolas de la época, y el grado de

intervención de cada una de ellas. Concretamente, pretendemos averiguar el criterio

utilizado por la administración pública al aplicar la ley, teniendo en cuenta que la

Restauración es un período histórico que se caracterizaba por tener un gobierno “a la

medida”, en el que los dos partidos monárquicos que se turnaban en el poder,

conservador y liberal, defendían diferentes planteamientos acerca de la libertad de

prensa. De este modo, buscamos comprobar si la ideología del partido que gobernaba

influyó en que los periódicos gozaran de una mayor o menor libertad, o si cada

gobernante manejó un criterio distinto a la hora de aplicar la legislación de 1883. De

igual forma, el enfoque histórico de la materia objeto de la tesis hace que resulte clave

evaluar las circunstancias políticas y sociales en las que se formuló y aplicó la ley,

puesto que el gran número y la importancia de los acontecimientos desarrollados

4
DESANTES GUANTER, J.M., Fundamentos del derecho de la información, Madrid, Confederación
Española de Caja de Ahorro, 1977, p. 67.

- 29 -
durante estos años pudieron mermar los efectos de la misma. Finalmente, para dar una

respuesta completa al propósito fundamental de esta investigación científica, es preciso

concretar, también, si todos los periódicos, independientemente de su ideología,

disfrutaron de la libertad que amparaba la Ley de 1883, o si, por el contrario, ésta se

aplicaba de forma eficaz solo para unas publicaciones, mientras que otras sufrían los

rigores de las trabas gubernamentales o policiales.

En cuanto al arco cronológico en el que se enmarca nuestra investigación, pese a que la

Ley de Imprenta estuvo vigente hasta 1966, hemos centrado el estudio entre 1874, año

en el que se precipitan los acontecimientos que conducen a la Restauración, y 1914,

porque, durante esta etapa es cuando más presentes estuvieron los postulados de la

norma. Desde este punto de vista, el estallido de la Primera Guerra Mundial repercutió

de forma considerable en la configuración del sistema periodístico español, presentando

unas peculiaridades que no se habían dado hasta entonces, por lo que sería necesario un

estudio específico y detenido de los años que abarcó el trascendental conflicto que

afectó a toda Europa para poder medir la magnitud de los importantes cambios que trajo

consigo en el ámbito periodístico. En definitiva, el período temporal delimitado nos

facilita dar una repuesta coherente al objetivo principal de la tesis, porque la riqueza de

acontecimientos existentes a lo largo de estos años nos permite evaluar un gran número

de factores respecto a la aplicación práctica que tuvo la ley, y nos ilumina sobre algunos

aspectos historiográficos que resultan claves para la comprensión del desarrollo de la

configuración del sistema informativo desde la formulación de la Ley de 1883.

Con el fin de englobar todos los elementos que nos serán de utilidad para responder al

propósito fundamental de esta investigación, hemos divido el trabajo en tres partes. La

- 30 -
primera de ellas consta de tres capítulos que nos presentan el contexto histórico y el

marco legal de nuestra investigación, y que pretenden dar contestación a una de las

cuestiones esenciales planteadas en nuestra tesis: ¿Reconoció eficazmente la libertad de

prensa la Ley de Imprenta de 1883? Tomando como punto de partida el primer mandato

conservador de Cánovas del Castillo, se analizan las distintas disposiciones adoptadas

en materia de imprenta, con especial atención a la Ley de 1879, que configuraron el

sistema informativo creado por el líder conservador, y que constituyen el antecedente

legal inmediato de la Ley de Imprenta de 1883. Asimismo, se analizan las distintas

posturas de los partidos, según su ideología, respecto al derecho de libertad de imprenta,

a través de los debates parlamentarios que tuvieron lugar antes de la aprobación de la

nueva norma, dando cabida a las voces más críticas de la época. Por último,

realizaremos un estudio detallado de los preceptos más importantes de la Ley de 1883,

y de los que generaron mayor polémica entre los distintos sectores políticos.

Por otro lado, en la segunda y tercera partes de la tesis, se evalúa el posterior desarrollo

normativo, doctrinal y jurisprudencial de la Ley de Imprenta, abordando la actuación del

Gobierno, de los Tribunales y del Ejército a la hora de aplicar la misma, así como el

estudio de los abusos y limitaciones introducidos por el poder. La puesta en práctica de

la ley por los diferentes actores políticos, sociales y jurídicos nos acerca a la realidad del

derecho fundamental tal y como se vivió durante aquellos años: cómo se aplicó la Ley

de Imprenta; cuál fue el grado de intervención informativa de cada uno de los agentes

que influyó en su ejecución; qué instrumentos se utilizaban para reprimir las ideas, y

saltarse, así, los postulados liberales contenidos en la legislación de 1883; o qué

periódicos sufrieron las consecuencias de estas prácticas. En ambos bloques hemos

resaltado los acontecimientos que marcaron los picos de mayor constreñimiento de la

- 31 -
libertad de prensa. Concretamente, la segunda parte abarca el período comprendido

entre 1883 y 1898, una etapa caracterizada por el terrorismo anarquista de los años

noventa y la guerra de Cuba. El cambio en el pensamiento político y social a raíz del

conflicto cubano afectó, indudablemente, a la configuración del sistema informativo

español de principios del siglo XX. Durante estos años, que coinciden con el inicio del

reinado de Alfonso XIII, nos centraremos en el problema de los catalanismos y en la

guerra de Marruecos, así como en la promulgación de la Ley de Jurisdicciones de 1906.

Al efecto de situar el tema de la investigación y el desglose de su desarrollo en el

contexto científico en el que debía desenvolverse, hemos realizado una detenida y

exhaustiva disección de las fuentes más relevantes existentes sobre la materia.

En primer lugar, por lo que se refiere a las fuentes normativas, para averiguar la eficacia

que tuvo la libertad de prensa en el período de tiempo acotado en nuestra investigación,

hemos analizado cuál fue el tratamiento constitucional y legal, con inclusión de su

reflejo en la legislación penal, que el reconocimiento y protección de esta libertad tuvo

entre 1874 y 1914. Con este propósito, hemos examinado todos los decretos y normas

que componen el sistema jurídico relativo a la materia informativa ideado por Cánovas,

que proporciona el antecedente legal más inmediato de la Ley de 1883, haciendo

referencia al artículo 13 de la Constitución de 1876, a partir del cual se desarrolló la

misma. Asimismo, junto al estudio pormenorizado de la Ley de Policía de Imprenta de

1883, base de nuestra investigación, hemos abordado las numerosas circulares y

disposiciones legales aprobadas durante la vigencia de la misma, que ampliaron el

marco de libertad, o limitaron el derecho reconocido.

- 32 -
Por otra parte, se han analizado los Diarios de Sesiones de las Cortes Generales

correspondientes a las legislaturas del período entre 1874 y 1914. En este estudio sobre

el reconocimiento de la libertad de prensa de la época, ha resultado imprescindible tener

en cuenta las declaraciones que los dirigentes políticos realizaban en las Cámaras, por

ser sujetos principales, no solo a la hora de redactar la norma, sino en la puesta en

práctica de la misma. Por ello, hemos sometido a examen los discursos parlamentarios

relativos a la libertad de imprenta, que son esenciales para entender el comportamiento

de cada fuerza política respecto a la intervención informativa. De la misma forma, estos

debates nos han permitido esclarecer la línea de pensamiento de cada tendencia

ideológica respecto a la formulación del nuevo sistema informativo. Es importante

destacar que, gracias a las diversas denuncias realizadas por los diputados y senadores

de la época, hemos podido conocer cuáles fueron algunos de los instrumentos utilizados

por el poder político o los militares para ejercer su control sobre los periódicos.

Un punto importante de nuestro trabajo ha residido, además, en el examen de la

expresión jurisprudencial generada por los distintos jueces y tribunales, en cuanto a la

determinación del contenido y los límites de esta destacada libertad fundamental.

Conocimientos que hemos perseguido a través del estudio de las distintas sentencias

dictadas por jueces y tribunales ordinarios y militares en relación con los delitos

cometidos por medio de la imprenta, así como los importantes pronunciamientos del

Tribunal Supremo sobre los diferentes conflictos generados por la aplicación de la ley.

En este sentido, el análisis de estas decisiones judiciales ha suministrado datos sobre la

dimensión más práctica de la libertad de prensa: cómo, cuándo y en qué circunstancias

se permitía, o se obstaculizaba la libertad; cuáles eran los motivos más repetidos a la

hora de condenar a los periodistas; o qué periódicos eran los más perseguidos por los

- 33 -
órganos de justicia. De la misma manera, con la observación de la evolución de las

líneas jurisprudenciales a lo largo de los años, hemos podido comprobar los cambios

experimentados en la configuración del derecho de imprenta desde 1883 hasta el

momento de cierre de nuestro estudio.

El relato de la expresión legal y jurisprudencial de la libertad de prensa no es suficiente

para ofrecer una imagen completa sobre el alcance real que tuvo su eficacia en la

sociedad si no va acompañada de un cuidadoso examen de la literatura jurídica

elaborada por los autores respecto a este derecho fundamental. El principal interés que

presenta abordar la investigación desde el punto de vista doctrinal consiste en la

posibilidad de adquirir una idea más precisa acerca de cuáles eran los debates y

polémicas que se suscitaban en torno a la Ley de Imprenta, y qué influencia tuvieron los

múltiples acontecimientos sociales y políticos en el desarrollo de la misma. Doctrina

que hemos perseguido a través de los comentarios publicados en la prensa o las revistas

jurídicas especializadas, así como en los libros editados durante los años en los que se

enmarca la tesis, y los redactados a lo largo de los años posteriores, en los que la

cuestión haya sido abordada, sea de forma nuclear o tangencial.

La prensa de la época ha sido, también, una fuente histórica de valor esencial en la

investigación realizada, aportándonos un testimonio directo de la percepción de la

sociedad respecto a la libertad de prensa, así como de la evolución de la misma con el

desarrollo de los acontecimientos y el transcurso de los años. En particular, ha

proporcionado la mejor herramienta para averiguar en qué medida se veían afectados los

periodistas y directores por el control y la vigilancia ejercidos por los distintos

gobiernos, así como las reacciones que tenían éstos, como principales sujetos afectados

- 34 -
o beneficiados por el derecho a la libertad de prensa. Por este motivo, hemos encarado

de forma exhaustiva la consulta de los principales periódicos de la época, tanto de los

que apoyaban al poder, como de aquellos que sufrieron los mayores rigores de la

censura gubernamental o militar, teniendo siempre presente que la ideología de un

periódico podía influir decisivamente en la forma de exponer sus ideas y opiniones.

Por último, aunque sin perder de vista que la orientación de nuestra tesis radica,

fundamentalmente, en el análisis de la libertad de prensa en España, nos ha parecido

interesante incorporar un estudio, que no ha pretendido abordarla en profundidad, sino

ofrecer una visión panorámica de las principales líneas de evolución de la configuración

adquirida por la libertad de prensa, y de las medidas llevadas a cabo por los distintos

gobiernos en los principales países europeos (Alemania, Francia, Gran Bretaña) y en

EEUU. Este análisis comparativo nos ha permitido evaluar la auténtica eficacia de la

Ley de Imprenta española en confrontación con la realidad paralela observable, en este

mismo período, en otros sistemas de información. Para realizar este estudio nos ha sido

de gran utilidad la estancia durante tres meses en el Max-Planck-Institut für Europäische

Rechtsgeschichte de Frankfurt am Main, centro dedicado a la investigación en el ámbito

de la historia del derecho. La investigación desarrollada en esta prestigiosa institución

europea ha resultado de gran utilidad para orientar nuestra labor científica hacia la

realidad histórica de otros países, lo que ha posibilitado un sustancial avance en el

estudio jurídico completo sobre la construcción histórica de la libertad de prensa, y, por

extensión, un enriquecimiento en la capacidad investigadora. En particular, el acceso a

la extraordinaria riqueza y variedad de los fondos bibliográficos y documentales

disponibles en el Max-Planck-Institut ha posibilitado el análisis de un importante

volumen de fuentes normativas y bibliográficas de los principales países europeos. Al

- 35 -
respecto, hemos prestado especial atención a las dos leyes de prensa europeas que, junto

a la española, se adoptan a finales del siglo XIX: la Ley Imperial de Prensa alemana de

7 de mayo de 1874 y la Ley de Prensa francesa de 29 de julio de 1881; así como el

estudio de la política de intervención informativa del gobierno estadounidense y el

tratamiento dispensado en los rotativos norteamericanos durante el conflicto de Cuba,

que también afectó a España.

Mención especial merece, por último, el apoyo que ha supuesto la gran obra

multivolumen realizada por el jurista Martínez Alcubilla: “Boletín jurídico

administrativo. Anuario de legislación y jurisprudencia” (Madrid, Administración

Augusto Figueroa, 1875-1914), en la que se encuentra una extensa recopilación de todas

las disposiciones legales, así como los dictámenes, circulares, reglamentos y otras

medidas aprobadas por las autoridades que influyeron en la determinación de los

contornos de la libertad de prensa; así como, una compilación de los fallos más

importantes dictados por el Tribunal Supremo en relación con los delitos de imprenta, y

valiosos comentarios doctrinales respecto a estas líneas jurisprudenciales, en cada uno

de los años del período cronológico estudiado.

En definitiva, la presente tesis doctoral ha querido abordar un aspecto crucial en la

configuración del sistema jurídico-político del liberalismo español del siglo XIX y las

primeras décadas del siglo XX: el reconocimiento real y efectivo del derecho a emitir

libremente ideas y opiniones a través de la imprenta. Una investigación que busca

contrastar la expresión legal de este derecho fundamental con su verdadera efectividad

práctica y con la realidad de su frecuente adulteración e instrumentalización por parte de

los sucesivos gobiernos para acomodar su aplicación a sus fines particulares. El estudio

- 36 -
histórico-jurídico de la libertad de prensa ofrecería resultados incompletos sin esta doble

vertiente, que nos ha permitido acercarnos al verdadero concepto de libertad de prensa

que se perfiló y manejó en la decisiva y conflictiva etapa histórica de la Restauración.

Así podremos llegar a una conclusión más fundamentada y sólida acerca de si la ley

española consiguió materializar un reconocimiento eficaz de la libertad de prensa,

esencial para la supervivencia y el desarrollo de la democracia en la sociedad española,

o si bien resultó ser una mera ficción en manos de los sucesivos gobiernos de la

Restauración que manejaba a los ciudadanos en su propio interés.

- 37 -
- 38 -
PRIMERA PARTE

RECONOCIMIENTO DE LA LIBERTAD DE PRENSA EN

LA RESTAURACIÓN: LEY DE POLICÍA DE IMPRENTA

DE 1883

- 39 -
- 40 -
1. INSTAURACIÓN DE UN NUEVO RÉGIMEN POLÍTICO Y

TRANSFORMACIÓN DE LA PRENSA

1. MODERNIZACIÓN POLÍTICA FICTICIA CON EL FENÓMENO DEL

“ENCASILLADO”

El 29 de diciembre de 1874, con la proclamación de Alfonso XII como rey de España,

tuvo lugar el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto con el apoyo de

las fuerzas militares, inaugurándose con ello la Restauración Borbónica, que puso fin al

Sexenio Democrático y que perseguía reponer la monarquía y construir un nuevo

Estado. El cambio se produjo tras una acción civil previa llevada a cabo por Cánovas

del Castillo, en la que se preparó a la opinión pública para la transformación que vivió

España tras el fracaso y agotamiento de todas las fórmulas de gobierno ensayadas en el

periodo revolucionario.5 El mismo 30 de diciembre se formó un Ministerio de Regencia,

que asumió provisionalmente el poder, y que fue el encargado de disponer la venida del

soberano y de crear los instrumentos constitucionales en los que se apoyó la nueva

monarquía.6 Pocos días más tarde, el propio Cánovas asumía el poder y formaba el

primer gobierno conservador de la Restauración, que contaba con el apoyo expreso del

monarca, y se sustentaba en una serie de medidas de carácter restrictivo y de defensa del

nuevo sistema instaurado, que eran plasmadas en la Gaceta de Madrid, convirtiéndose

en el diario oficial del nuevo régimen.

5
CRUZ DE SEOANE, M., y DOLORES SAIZ, M., Historia del Periodismo en España. El Siglo XX: 1898-
1936, Madrid, Alianza, 1996, p. 249.
6
SÁNCHEZ AGESTA, L., Historia del Constitucionalismo Español, Madrid, Centro de Estudios
Constitucionales, 1974, p. 312.

- 41 -
Durante los primeros años, España vivió un proceso de modernización política y

económica que ayudó a la mejor instauración del régimen, de tal manera que las

medidas represivas y restrictivas adoptadas bajo la jefatura de Cánovas suponían un

progreso si se comparan con las malsanas costumbres impuestas anteriormente.7

Distintos historiadores aseguran que la Restauración fue un sistema pseudo-liberal y

democrático, que tuvo las características económicas del capitalismo y que, tal y como

señala David R. Ringrose: “por corrupto y semilegítimo” que pareciese, capitaneó “los

procesos de adaptación al siglo XX”.8 En la misma línea, Fernández Almagro afirma

que a partir del advenimiento de la Restauración, en España existía un régimen liberal

cuyas dos instituciones básicas eran el Rey y las Cortes, y en el que la vida pública se

basaba en un espacio caracterizado por la libre concurrencia de las ideas, de los partidos

políticos y de las fuerzas sociales.9

Con la instauración del nuevo sistema, Cánovas se propuso crear un espacio político

amplio, en el que tuvieran cabida todos los partidos que aceptaran la monarquía, y con

ello conseguir la anhelada estabilidad del país y acabar con el exclusivísimo político,

evitando las revoluciones y pronunciamientos militares característicos de los años

anteriores. Para el líder conservador, la esencia del nuevo régimen instaurado era la

flexibilidad constitucional, de tal manera que pudieran gobernar todos aquellos grupos

políticos que aceptasen los principios esenciales del sistema. Por este motivo, configuró

un esquema de turno de partidos en el que éstos se alternaban en el poder de manera

pacífica, haciéndose mutuas concesiones.10 Finalmente, los dos únicos grupos políticos

que formaron parte de este entramado gubernamental fueron el partido conservador de

7
MARTÍNEZ CUADRADO, M., Historia de España dirigida por Miguel Artola. Restauración y crisis de la
monarquía (1874-1931), Madrid, Alianza, 1991, p. 26.
8
RINGROSE, D., España: 1750-1900: el mito del fracaso, Madrid, Alianza, 1996, p. 522.
9
FERNÁNDEZ ALMAGRO, M., Cánovas, su vida y su política, Madrid, Ambos Mundos, 1951, p. 322.
10
CRUZ DE SEOANE, M., Historia del Periodismo en España, p. 250.

- 42 -
Cánovas y el liberal de Sagasta, lo que dejó fuera de la configuración de este nuevo

sistema al resto de fuerzas políticas.

El primer grupo que asumió la tarea fundacional del nuevo régimen fue el Partido

Liberal-Conservador liderado por Cánovas, en el que tenían refugio los grupos católicos

y tradicionalistas que aceptaban a Alfonso XII, así como el Partido de Unión Católica

fundado por Alejandro Pidal y Mon, y que, a partir de 1884, pasó a llamarse Partido

Conservador. En el otro bando se encontraban las llamadas izquierdas liberales, que en

la primera etapa pasarían por una fase de actitudes oscilantes,11 y se caracterizaban por

invocar la Constitución de 1869 como bandera del partido. Durante esos primeros años,

dos destacados dirigentes liberales iniciaron los pasos necesarios para reconocer el

nuevo régimen instaurado, dando legitimidad a la figura del monarca. Por una parte, el

general Serrano, que se encontraba exiliado, volvió a Madrid y visitó al Rey como signo

inequívoco de que reconocía la nueva dinastía; por otra, el líder del Partido

Constitucional, Práxedes Mateo Sagasta, en una asamblea de partidarios celebrada el 6

de diciembre de 1875 afirmó que su grupo era “el más liberal dentro de la monarquía

constitucional de don Alfonso XII”,12 dando con ello legitimidad al nuevo sistema

político.

En virtud del esquema diseñado por Cánovas, éstos eran los únicos partidos que se

turnaban en el gobierno del nuevo régimen, quedando fuera otros grupos no dinásticos

como los republicanos y los carlistas, que, pese a ser enemigos históricos de la

monarquía constitucional, en esta primera etapa no constituyeron una amenaza real para

la estabilidad de la Restauración. Asimismo, se encontraban excluidos los movimientos

11
MARTÍNEZ CUADRADO, M., Historia de España, p. 30.
12
MARTÍNEZ CUADRADO, M., Historia de España, pp. 30-31.

- 43 -
obreros en sus dos vertientes anarquismo y socialismo, que, con la llegada al poder de

los liberales en 1881, salieron de la clandestinidad forzada a la que se vieron sometidos

desde enero de 1874. En definitiva, tal y como afirma Sánchez Agesta, se trataba de un

gobierno parlamentario utópico, en el que los líderes de los dos grandes partidos,

Cánovas y Sagasta, mantuvieron la hegemonía del nuevo sistema, aceptando las reglas

del juego como un “compromiso político de honor”.13

En esta ficción jurídica cobraba especial relevancia el falseamiento electoral o

encasillado, que consistía en manipular al sufragio, dejando en manos del ejecutivo la

formación por medios fraudulentos de mayorías y minorías parlamentarias.14 La

corrupción en los votos de los ciudadanos se encontraba en el sistema constitucional

español desde sus orígenes, y en la Restauración tuvo un papel muy destacado, siendo la

base y esencia misma del régimen. La razón fundamental estriba en que la sociedad

española había adquirido peso durante años anteriores y contaba en este período con

cierto nivel de conciencia de los problemas políticos, que, además, se veía refrendado

por el reconocimiento del sufragio universal masculino, directo y secreto, de tal manera

que solo la institución o partido político que estaba legitimado por el mismo tenía

representación en la Cámara.15 Por esta razón, Cánovas se decantó por un “mecanismo


16
de manipulación abierta” del sistema electoral, basado en la celebración de

elecciones debidamente orientadas y controladas gubernativamente.

13
SÁNCHEZ AGESTA, L., Historia del Constitucionalismo Español, p. 328.
14
FRANCISCO FUENTES, J. Y FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, J., Historia del Periodismo Español, Madrid,
Síntesis, 1998, p. 136.
15
El sufragio universal masculino para mayores de 25 años se reconoció por primera vez en España con
la Constitución de 1869, aunque la primera vez que se tuvo este derecho fue en enero de ese mismo año,
en las elecciones a Cortes Constituyentes para redactar la propia Constitución. Cánovas volvió a
introducir el sufragio censitario en la Ley Electoral de 28 de diciembre de 1878, y no fue hasta la Ley
Electoral de 26 de junio de 1890 promulgada por Sagasta cuando se reconoció de nuevo, y de forma
definitiva, el sufragio universal.
16
MARTÍNEZ CUADRADO, M., Historia de España, p. 31.

- 44 -
El primer día del gobierno, el ministro de Gobernación, Romero Robledo, puso en

marcha la viciada maquinaria electoral por la que solo quedaban inscritos en el

encasillado ministerial los miembros conservadores y de la oposición liberal, que

lucharían por sus investiduras gozando de todo el apoyo del ejecutivo, pero no así los

simpatizantes carlistas o las familias republicanas. Este sistema fraudulento creado en la

Restauración quedó reconocido además en la Constitución de 1876, que concedía al

Congreso de los Diputados la atribución de autorizar o desautorizar los gobiernos con

sus votos, y al rey la facultad de elegir libremente y de autorizar a sus jefes de

Gobierno, así como la posibilidad de disolver las Cortes que negaran la confianza al

ejecutivo. Se trataba de una “cámara a la medida”,17 ya que, como hemos señalado, los

cambios de gobierno no eran el resultado de unas elecciones democráticas, sino que

procedían de la potestad de la Corona que, a petición de los partidos, aceptaban la

dimisión de la jefatura del Gobierno y encargaban al líder de la oposición formar un

nuevo gabinete quién, a su vez, disolvía las Cortes y convocaba elecciones que nunca

perdería debido a la utilización del caciquismo en todos los territorios de España.

En opinión de Varela Ortega, la Restauración era “una forma de organizar un sistema

político en libertad estable a cambio de sacrificar eficiencia administrativa y democracia

política”,18 que hacía que la rotación de partidos, característica del nuevo sistema, y el

régimen parlamentario creado constitucionalmente no tuvieran autenticidad. Conforme

a esta idea, eran muchos los críticos, la mayoría regeneracionistas y noventayochistas,

que señalaban que el nuevo régimen era una gran farsa en la que, bajo una apariencia

democrática, se daban cita la oligarquía y el caciquismo como verdadera forma de

gobierno. Así lo afirmó en 1914 José Ortega y Gasset, quién definió la Restauración

17
MARTÍNEZ CUADRADO, M., Historia de España, p. 31.
18
VARELA ORTEGA, J., Los amigos políticos. Partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración
(1875-1900), Madrid, Alianza, 1977, p. 463.

- 45 -
como un “espectáculo de fantasmas” y a Cánovas como el “gran corrupto”.19 En

definitiva, el sistema construido por Cánovas no se caracterizaba por ser un régimen

basado en la voluntad de las mayorías sociales, sino que, muy al contrario, se trataba de

un reparto en el que la élite política negociaba entre sí la parte de poder administrativo

que le correspondía, contando siempre con la aceptación expresa del monarca.

2. LA ERA DE LAS MASAS “NEUTRAS”

Como hemos indicado en el punto anterior, el régimen creado por Cánovas se

identificaba por ser un sistema en el que la presión que ejercían los líderes políticos

estaba por encima de la opinión pública, entendida como “el resultado de un influjo

mutuo, de una acción recíproca o interacción del medio y el público”. 20 Este esquema

político provocaba la desmotivación de la población respecto a los asuntos de orden

público, pues su voluntad se encontraba ensombrecida por el falseamiento del sufragio,

ya que los partidos contaban siempre con los votos necesarios para acceder al poder.

En este sentido, y tal y como desarrollaremos en el siguiente capítulo, las medidas

aprobadas en el gobierno de Cánovas restringían la información, de tal manera que no

solo se ocultaba todo aquello que no interesaba revelar, sino, también, se despreciaba a

la democracia y a la opinión pública y, por tanto, a los ciudadanos que no disponían de

los conocimientos suficientes para tomar decisiones y votar racionalmente. Teniendo en

cuenta que solo con la libertad de imprenta se conseguía que éstos tuvieran acceso a una

información veraz, plena y contrastada para poder desarrollar y formarse una opinión

con sus propios criterios, y que, todos los gobiernos están obligados a subordinarse a la

19
CRUZ DE SEAONE, M., Historia del Periodismo en España, p. 252.
20
GOMIS SANAHUJA, L., El medio media. La función política de la prensa, Madrid, Seminarios y
Ediciones, 1974, p. 216.

- 46 -
voluntad del pueblo, cuya manifestación imperativa en la democracia es la opinión

pública,21 el hecho de que en este período existiera la misma resulta de vital importancia

para determinar la efectividad o no de la libertad de prensa.

Las posturas que defendían los dos partidos que gobernaron en la Restauración respecto

al papel que debía ocupar la sociedad en el entramado político eran diferentes: por una

parte, los conservadores entendían que los ciudadanos eran incapaces de forjar su propia

conducta, por lo que se les negaba toda competencia y eran considerados “masas

neutras”; en el lado opuesto se encontraban los liberales, que apostaban por la educación

de la gente con el fin de incorporarla al sistema constitucional, dando así la posibilidad

de participar activamente en el gobierno. Algunos políticos pertenecientes a las filas

conservadoras, que no apoyaban la idea de sociedad neutra creada por Cánovas, seguían

esta línea argumentativa liberal. Entre otros, Francisco Silvela, presidente de Gobierno

en los primeros años del siglo XX y gran defensor del movimiento regeneracionista,

quien señaló en su célebre artículo “Sin pulso” su preocupación por la ausencia de

reacción popular, que podía producir el “total quebrantamiento de los vínculos

nacionales”.22

Para entender mejor el papel que en aquella primera etapa del nuevo régimen ocupaba la

libertad de prensa, que, como hemos indicado, estaba estrechamente relacionada con la

opinión pública, es necesario analizar los postulados de Cánovas respecto al papel social

y político que le correspondía a las llamadas “masas neutras”, ya que todo el entramado

legal en materia de imprenta desarrollado durante estos primeros años estaba en manos

del líder conservador. En primer lugar, atendiendo únicamente al contexto social en el

21
RUBIALES MORENO, F., Periodistas sometidos: los perros del poder, Madrid, Almuzara, 2009, p.50.
22
El Tiempo, “Sin pulso”, 16 de Agosto de 1898.

- 47 -
que nos encontramos, Cánovas consideraba que la opinión pública se reducía a una

minoría de propietarios y de hombres cultos capaces de atenerse a un criterio meditado

en materia política, por lo que razonaba que el gobierno no debía someterse a una

sociedad manipulable que “nunca se ha tomado el trabajo de aprender a juzgar los

negocios públicos”, 23 sino que, además, se podía sentir atraída por un partido u otro en

función de intereses pasajeros. El líder conservador entendía, asimismo, que una buena

acción política se encontraba cimentada en la conciencia nacional, cuyo espíritu se

constituía por “pocas pero fundamentales ideas”. Estos postulados justificaban el

sistema canovista, que se caracterizaba por la desconfianza hacia la opinión pública a la

hora de elegir a sus representantes, entendiendo que la dirección de la sociedad no debía

encomendarse a mayorías libremente designadas por un electorado “inepto,

incompetente y sumiso”.24

Este esquema diseñado por el líder conservador repercutía en la prensa, a la que se le

negaba su función principal como medio de expresión de la opinión pública española.

Durante estos primeros años de la Restauración, el medio informativo no tenía

capacidad para influir en sociedad y crear estados de opinión, ya que, tal y como señala

Sánchez Illán, la estructura política del sistema canovista era “impermeable a la presión

ejercida por la movilización de un potencial electorado”, lo que tenía como

consecuencia directa la ficción de la representación política, y por tanto, la inexistencia

de la opinión pública en el período de la Restauración. 25

23
FRANCISCO FUENTES, J., Historia del Periodismo Español, p. 138.
24
FRANCISCO FUENTES, J., Historia del Periodismo Español, p. 138.
25
SÁNCHEZ ILLÁN, J.C., Prensa y política en la España de la Restauración: Rafael Gasset y El Imparcial,
Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, p. 53.

- 48 -
Para Cánovas, las masas no estaban suficientemente formadas para dirigir la sociedad y

establecer límites a los periodistas, por lo que el ejecutivo asumía de manera subsidiaria

la función de defensa del orden social, suplantando la opinión de los ciudadanos a través

del falseamiento electoral que, como hemos señalado, constituía el motor del nuevo

régimen. Por esta aparente carencia de educación en la opinión pública, el líder

conservador entendía que el derecho a la libre información debía ser limitado y no

absoluto, y que el orden del sistema estaba por encima de ésta: “la libertad ilimitada de

la prensa no puede establecerse sin que haya peligros para el orden público”.26 En virtud

de esta idea, el presidente conservador certificaba que la libertad absoluta solo se podía

permitir en aquellos países afortunados en los que existía el “tribunal severo de la

opinión pública", y en los que ésta era “bastante hecha, formada y severa para servir por

sí misma de castigo a los excesos de esa prensa”,27 así como para limitarla, condición

que no cumplía el sistema español, en el que, según Cánovas, la prensa periódica

producía extravíos que se debían combatir a través de una política de represión, llevada

a cabo por “las minorías inteligentes” que “gobernarán siempre el mundo”.28

3. EL CONTROL DE LA INFORMACIÓN A TRAVÉS DE LOS FONDOS DE

REPTILES

El sistema de “masas neutras” creado por Cánovas facilitaba el control de toda la

información vertida en la prensa por parte del gobierno conservador como medio más

eficaz para intervenir la sociedad. De esta manera, los ciudadanos se convirtieron en

26
Congreso, 25 de noviembre de 1878, Cánovas. Reproducido en FRANCISCO FUENTES, J., Historia del
Periodismo Español, pp. 158-159.
27
Congreso, 25 de noviembre de 1878, Cánovas. Reproducido en FRANCISCO FUENTES, J., Historia del
Periodismo Español, pp. 158-159.
28
CÁNOVAS DEL CASTILLO, A., Problemas contemporáneos, Madrid, Colección Escritores Castellanos,
1884. Reproducido en FRANCISCO FUENTES, Historia del Periodismo Español, p. 139.

- 49 -
títeres al servicio de las autoridades, y con ello resultaba más fácil dirigir la opinión

pública, lo que dañaba seriamente la libertad de prensa. La principal consecuencia del

esquema mantenido por Cánovas era que, mientras el poder público, al que se accedía

con medios fraudulentos a través del falseamiento electoral, se convertía en el peor

enemigo para llegar a la auténtica democracia, la prensa, que no tenía independencia

crítica, pasaba a ser un mero instrumento utilizado para empujar la conducta de los

ciudadanos hacia los intereses estatales.

Teniendo en cuenta este contexto, ¿era posible la verdadera libertad de prensa? Es

interesante destacar la visión crítica que sobre este tema ofrece el periodista Francisco

Rubiales, quien considera que no solo los políticos echaban por tierra el sistema

democrático, sino que en muchas ocasiones el periodista, que debía ser “perro guardián”

del mismo, se convertía en un “perro del poder”. La opinión pública es fundamental

para la existencia de un sistema democrático, siendo ilegítimos y opresores los

regímenes políticos que reprimen y aplastan al ciudadano, así como los que ignoran y

marginan la opinión de éste o los que han sido elegidos en procesos electorales

fraudulentos, como ocurría en la Restauración. En palabras de Rubiales, “sin un

periodismo libre, independiente, valiente y crítico con los poderes, la democracia se

extingue y se transforma irremediablemente en una oscura oligarquía de

cleptómanos”.29

Durante esta época, el Estado empezó a desarrollar unas redes de financiación

clandestina, comúnmente conocidas como fondos de reptiles,30 que servían para

29
RUBIALES MORENO, F., Periodistas sometidos: los perros del poder, pp. 24-26.
30
La costumbre de mantener una prensa oficiosa o de silenciar a los periódicos mediante ayudas
subterráneas fue llevado a cabo por el ministro Walpole en Gran Bretaña a principios del siglo XVIII, y a
lo largo del siglo los ingleses crearon un modelo que fue imitado por las diferentes naciones europeas.

- 50 -
subvencionar de manera oculta a algunos órganos ministeriales y periódicos de la

oposición a través de “gastos reservados” del fondo público, que incluían estos pagos

ocultos a la prensa. Con estas subvenciones, el gobierno conseguía manejar a la opinión

pública, salvándose de las críticas de los periódicos, y haciendo que éstos transmitieran

la posición más favorable a sus intereses políticos o que no publicaran noticias que les

perjudicaban. Estos sobornos no tenían control parlamentario, y se daban de varias

formas: a través de pagos en metálico, mediante credenciales o empleos en la

administración pública, o bien mediante suscripciones a una publicación determinada.

Era una práctica habitual en el periodismo de la Restauración, siendo mayor la tentación

en aquellas publicaciones que carecían de recursos para mantenerse por sí solas.

Este esquema de “masas neutras” adoptado por Cánovas, a las que controlaba a través

de sobornos a los periódicos y periodistas, se debe analizar en paralelo con el proceso de

transformación de la sociedad española, iniciado en 1870, y que ha sido conceptuado

por algunos autores como la “era de las masas”.31 Esta evolución coincidió, a su vez,

con un fenómeno de conversión de la prensa española desde el modelo de periódico de

opinión, dependiente de los partidos políticos, al de empresa, abierto a una variedad

temática que pretendía satisfacer los más diversos intereses de los lectores.32 Como

veremos más adelante, el proceso de transformación de los periódicos españoles

respecto a los países europeos avanzados fue tardío e incompleto, debido a las

condiciones existentes en la sociedad, ya que el analfabetismo seguía siendo muy

elevado y la comunicación se reducía a una pequeña élite. Además, dado el escaso

Concretamente, el término fondo de reptiles proviene de la célebre frase pronunciada por Otto Von
Bismarck: “Utilizaré su dinero para perseguir a estos reptiles malignos hasta sus propias cuevas”,
refiriéndose al fondo secreto creado tras ganar la guerra prusiano-austriaca en 1866 con la fortuna del rey
Jorge V, y utilizado por el rey Guillermo I y el propio Bismarck para fomentar las actividades
propagandísticas y para la creación de un sistema informativo dentro y fuera de las fronteras alemanas.
31
FRANCISCO FUENTES, J., Historia del Periodismo Español, p. 139.
32
CRUZ DE SEOANE, M., Historia del Periodismo en España, p. 23.

- 51 -
desarrollo de los núcleos urbanos, las tiradas estaban desigualmente repartidas

geográficamente, de tal manera que la mayoría de los periódicos se editaban en Madrid

y Barcelona, y entre todos ellos muy pocos mantuvieron una influencia real y duradera a

nivel nacional. Esta circunstancia provocó que, durante la década de los ochenta, las tres

principales cabeceras españolas fueran madrileñas: La Correspondencia de España, El

Imparcial y El Liberal.

En España, durante la primera etapa de la Restauración, tuvo más presencia el

periodismo político, siendo muy común que los mandatarios recurrieran a la prensa,

bien de forma directa, ejerciendo ellos mismos como redactores en periódicos afines, o

bien indirecta, financiando sus propias publicaciones, de las que se servían para dar a

conocer sus ideas y para promocionarse. El proceso también se dio al revés, siendo

muchos los periodistas que se dedicaron después a la política, con lo que ambas

Cámaras tuvieran como representantes a un alto número de periodistas. La participación

de los políticos en la prensa nos da una idea del papel fundamental que tenía ésta como

motor de los partidos políticos. En esta época, además, se publicaban los debates

parlamentarios en los periódicos, habilitándose una tribuna de periodistas para ello, lo

que hizo que se desarrollara entre los dirigentes un nuevo lenguaje con el que, a través

de la oratoria de los discursos parlamentarios, poder comunicarse con los ciudadanos. El

periódico quedó afianzado como medio más importante de transmisión de ideas,

especialmente, aquellas que el gobierno quería trasladar a la sociedad. Esta politización

del medio impreso tuvo como efecto inmediato que los diarios no informaran sobre los

- 52 -
grandes problemas nacionales.33 Para Mari Cruz de Seaone la prensa debía informar a la

opinión pública y, sin embargo, favorecía “con todo su poder a extraviarla”.34

Por su parte, el periodismo de masas afectó en un primer momento a un selecto grupo

de publicaciones vanguardistas, aunque, con el paso de los años, el número de

periódicos “independientes” fue aumentando.35 Uno de los más críticos con este tipo de

prensa fue el reaccionario Cándido Nocedal, que hizo hincapié en la falta de decisión de

la opinión pública española con este tipo de publicaciones, y aseveró: “nunca se ha

podido decir con tanta razón como ahora que toda muchedumbre es rebaño. El periódico

es una especie de servidor doméstico que no exime del trabajo mental. ¿A qué

molestarnos formando opiniones si por muy poco dinero podemos lograr que se nos den

hechas?”.36 Entre las circunstancias que propiciaron la aparición de la prensa de gran

circulación podemos citar la afición a la lectura de las publicaciones periódicas entre un

amplio sector de la sociedad no afiliada a un partido determinado, y el descrédito de los

procedimientos llevados a cabo por Cánovas, que utilizó los periódicos como

instrumentos para manejar a su antojo hechos y personas. De este modo, nació el

periódico independiente ligado a los intereses generales, publicaciones que no se

escribían para “grupos y banderías políticas”, sino que iban dirigidas a “todo el mundo,

sirviendo a los intereses del gran público, a las conveniencias generales”.37 Entre los

diarios que conformaban la llamada “prensa de masas” destacaba El Imparcial,

fundado el 16 de marzo de 1867 por Eduardo Gasset y Artime, que, según León Roch,

33
GÓMEZ APARICIO, P., Historia del Periodismo español: De la revolución de Septiembre al desastre
colonial, Madrid, Nacional, 1971, p. 94.
34
CRUZ DE SEAONE, M., Historia del Periodismo en España p. 315.
35
Para Rafael Mainar el periódico independiente es “hijo legítimo de la industria de periódicos” y “todo
hasta la independencia es relativo, no ha podido existir hasta que la hoja impresa no ha tenido que ser
pensada más que para el público y con el público”. SÁNCHEZ ILLÁN, J.C., Prensa y política en la España
de la Restauración, p. 42.
36
FRANCISCO FUENTES, J., Historia del Periodismo Español, p. 140.
37
SÁNCHEZ ILLÁN, J.C., Prensa y política en la España de la Restauración, p. 42.

- 53 -
se convirtió en la primera empresa periodística madrileña con rasgos auténticamente

modernos.38

A pesar de estos avances, y teniendo en cuenta el sistema tejido por Cánovas durante

estos primeros años, el volumen de tirada de las publicaciones no estaba directamente

relacionado con la influencia real de las mismas. Esto significa que, aunque El

Imparcial era el periódico español de mayor circulación, el diario conservador La

Época, de escasa tirada, se erigió como uno de los más influyentes del periodo. El

Imparcial criticaba este doctrinarismo político fomentado por el jefe del Gobierno, y

señalaba con buen criterio que, para los conservadores, la prensa de gran circulación era

una verdadera pesadilla porque constituía uno “de los pocos elementos de la España

política que escapan a su presión”.39

4. LA POLÍTICA REPRESIVA DE CÁNOVAS FRENTE AL

RECONOCIMIENTO CONSTITUCIONAL DE LA LIBERTAD DE PRENSA

Como hemos adelantado, el contrincante más peligroso para los partidarios de la

Restauración era el fiel instrumento concebido por la burguesía para combatir a sus

enemigos históricos: la prensa, cuyo papel agitador podía afectar a la estabilidad del

sistema recién instaurado.40 Este hecho, sumado a la desconfianza que sentía Cánovas

hacia los periódicos de gran circulación sobre los que no tenía influencia, hizo que el

dirigente político promulgara una serie de disposiciones restrictivas en materia de

38
LEÓN ROCH, Setenta y cinco años de periodismo. Aportaciones para la historia del periodismo
madrileño, Madrid, Ramona Velasco, 1923, p. 262.
39
SÁNCHEZ ILLÁN, J.C., Prensa y política en la España de la Restauración, prólogo de Manuel Gasset,
p.12.
40
La primera de las normas en materia de imprenta fue impuesta por el partido liberal la misma tarde de
la instauración del nuevo régimen, y establecía la censura previa para todas las publicaciones.

- 54 -
imprenta que configuraron el sistema informativo español de estos años. Estas medidas

suplían la falta de disposiciones legales específicas en la materia y buscaban afianzar el

nuevo régimen establecido, evitando las posturas contrarias que pudieran provenir de las

plumas de los periodistas. La política represiva de la prensa adoptada por Cánovas

contaba con una legislación minuciosa y previsora, y a la vez con unos fuertes resortes

judiciales y administrativos, que obligaban a cumplir la misma. La característica

principal de este sistema era la regulación y sanción de los delitos de imprenta por

medio de los tribunales especiales directamente elegidos por los gobernadores.

El primero de los textos normativos de carácter restrictivo dictado en materia de prensa

antes de la promulgación de la Constitución de 1876 fue el Decreto de 31 de diciembre

de 1874. En su virtud, se establecía una rígida censura previa, que se aplicaba a todos

los periódicos de tendencias políticas partidistas, a excepción de la considerada prensa

adicta.41 En este decreto cobraba especial importancia el reconocimiento del tribunal

especial considerado “hijo legítimo del decreto de 1874”,42 que Cánovas utilizaba para

tener vigilada a la prensa y garantizar de esa manera la política de su gobierno. La

presión del Estado contra cualquier pronunciamiento hostil hacia la monarquía se

realizaba a través de la rigurosa actitud de los fiscales de imprenta y de la

discrecionalidad de los gobernantes civiles, que aprovechaban su posición en el

ejecutivo para suspender las publicaciones que consideraban contrarias a sus intereses.

La libertad de imprenta, vigilada y limitada parcialmente durante el año 1874 bajo el

gobierno liberal de Serrano-Sagasta, se vio sometida a nuevos tipos de restricción que

41
Esta medida se suavizó poco a poco, y un mes más tarde, con la siguiente disposición, de 29 de enero
de 1875, se permitió la reaparición de todos los diarios suspendidos, siempre que los mismos no se
adscribieran expresamente al ideal republicano, enemigo de la monarquía recién instaurada.
42
GÓMEZ APARICIO, P., Historia del Periodismo Español, p. 273.

- 55 -
se consolidaron con el Decreto de 29 de enero de 1875, precepto en el que quedaba

concretada la política de prensa de Cánovas. Esta nueva norma establecía un sistema

muy acorde a las concepciones conservadoras, sometiendo a la prensa a un control total

para garantizar el régimen constitucional. De un lado, se permitía a los periódicos la

discusión doctrinal de todas las disposiciones de carácter administrativo y jurídico, pero,

de otro, se prohibía la discusión de una serie de cuestiones que se consideraban

“peligrosas” para el nuevo régimen establecido, siguiendo “el ejemplo de todos los

países regidos constitucionalmente”, que no consentían que ciertas materias estuvieran

sometidas a discusión en las páginas de los periódicos.43

La disposición establecía la prohibición de atacar de forma directa, indirecta o de

manera encubierta al sistema monárquico constitucional o al Rey o su familia, y

prohibía, además, proclamar una forma de gobierno que no fuera la monárquica-

constitucional, discutir sobre temas que produjeran discordia, o informar sobre noticias

que favorecieran al enemigo.44 El decreto contenía, también, fuertes medidas

restrictivas, como la exigencia de licencia previa concedida por el ministro de la

Gobernación, por aquel entonces Romero Robledo, para la publicación de nuevos

periódicos, al que debía preceder un informe favorable del gobernador de la provincia,45

que estaba orientado a evitar que los diarios burlasen la ley con simples cambios en sus

títulos. Asimismo, la norma recogía la pena de suspensión de quince días para el que

incumpliera cualquiera de las disposiciones del decreto.46 En la misma línea represiva,

el texto otorgaba la posibilidad de crear, adscrita al gobierno de cada provincia, una

43
Decreto de 29 de enero de 1875: “Regularizando el ejercicio de la libertad de imprenta”. Gaceta de
Madrid, 30 de enero de 1875. Colección legislativa de España. Tomo CXIV, p. 141. Véase apéndice de la
tesis: ANEXO Nº7.
44
Artículo 2-5 del Decreto de 29 de enero de 1875, p. 142.
45
Artículo 10 del Decreto de 29 de enero de 1875.
46
Artículo 6 del Decreto de 29 de enero de 1875.

- 56 -
oficina, que tenía como función revisar los periódicos y proponer a la autoridad

gubernativa las resoluciones que procedieran respecto a ellos.47 Además, se señalaban

otras medidas restrictivas como la suspensión de hasta ocho días o la supresión

definitiva de los diarios por insultos o injurias, la exigencia de depósito previo de los

ejemplares con dos horas de antelación a la puesta en circulación del periódico y la

censura gubernativa.48

Con la promulgación del Real Decreto de 18 de mayo de 1875, quedaba sin efecto la

prohibición de plantear o discutir cuestiones constitucionales, debido al interés de

Cánovas por preparar un adecuado clima social y político para las futuras Cortes

Constituyentes.49 Así lo señalaba el mandatario en la exposición de motivos de la

norma, en la que aseguraba que la prensa era libre para hablar de los asuntos estatales, y

que no tenía más limitación “que la que impone forzosamente el restablecimiento de la

Monarquía constitucional”.50 El decreto permitía, por tanto, un mínimo debate político

ante la formación de Cortes constituyentes, manteniéndose en vigor el resto de

disposiciones de la prensa formuladas en el anterior decreto.

La siguiente medida en materia de imprenta aprobada bajo el mandato conservador fue

el Real Decreto de 31 de Diciembre de 1875, que se publicó veinte días antes de la

reunión de las Cortes para sancionar una nueva Constitución; circunstancia que

evidenciaba que la creación de una nueva regulación de imprenta no resultaba

47
Artículo 11 del Decreto de 29 de enero de 1875.
48
Artículos 7, 8 y 11 del Decreto de 29 de enero de 1875, pp. 142-143.
49
Artículo 1 del Real Decreto de 18 de mayo de 1875: “Autorizando a la prensa para plantear y discutir
las cuestiones constitucionales y declarando vigentes las anteriores disposiciones sobre reuniones,
asociaciones e imprenta, en cuanto no se opongan a la ejecución del presente Decreto”. Gaceta de
Madrid, 19 de mayo de 1875. Colección legislativa de España, Tomo CXIV, p. 795. . Véase apéndice de
la tesis: ANEXO Nº8.
50
Real Decreto de 18 de mayo de 1875, p. 794.

- 57 -
imprescindible a efectos legales, pero sí para los intereses gubernamentales. Gómez

Aparicio afirma que la promulgación de esta disposición solo se podía explicar por la

actitud temerosa de Cánovas con respecto a la prensa, a la que culpaba de los problemas

políticos que sufría España en la época anterior a la Restauración.51 Como ocurría en los

demás ordenamientos, el político conservador justificaba el sistema represivo adoptado

por su partido sobre la libertad de escribir por medio de la imprenta con razones tales

como las de impedir “que en un momento se ponga en peligro la tranquilidad pública”,

“se favorezca la insurrección armada” o “se ataque el principio fundamental del

Gobierno”.52

La norma establecía una lista de posibles abusos que en el ejercicio de la libertad de

imprenta podían cometer los periódicos, tales como las alusiones ofensivas o

irrespetuosas a los actos u opiniones del Rey; el ataque directo o indirecto al sistema

monárquico constitucional; injuriar a cualquier senador o diputado por sus opiniones o

votos en el Senado o el Congreso; dar noticias que produjeran discordia entre los

distintos cuerpos del Ejército; publicar noticias de guerra o noticias falsas, peligrosas

para el orden público o inferir insultos a las personas o instituciones religiosas.53 Tal y

como señala Castro Fariñas, a diferencia de la norma anterior, en ésta no se encontraban

las improcedentes distinciones entre el Estado y otras instituciones,54 de tal manera que

las ofensas que se cometieran contra el sistema político quedaban equiparadas a las

efectuadas a personas o cosas religiosas sin distinción de culto, ya que en esta época

regía el sistema de libertad reconocido en la Constitución de 1869.

51
GÓMEZ APARICIO, P., Historia del Periodismo Español, p. 270.
52
Real Decreto de 31 de diciembre de 1875: “Dictando reglas para reprimir los abusos que en el ejercicio
de la libertad de imprenta cometan los periódicos, y creando Tribunales especiales para la aplicación de
las penas en que aquellos puedan incurrir”. Gaceta de Madrid, 1 de enero de 1876. Colección legislativa
de España, Tomo CXVI, p. 1000. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº9.
53
Artículo 1 del Real Decreto de 31 de diciembre de 1875, Tomo CXVI, p. 1004.
54
CASTRO FARIÑAS, J.A., De la Libertad de Prensa, Madrid, Fragua, 1971, p. 82.

- 58 -
De este decreto surgió la figura del fiscal especial de imprenta, que se encargaba de la

censura previa y el secuestro de los periódicos que vulnerasen los principios políticos

establecidos por el ministro de Gobernación. Asimismo, recogía la pena de suspensión

del periódico dictada por un tribunal de imprenta, compuesto por magistrados especiales

que se organizaban en audiencias, que eran los encargados de controlar y juzgar las

cuestiones políticas.55 Para Martínez Cuadrado, lo único que lograban esas sanciones

penales y administrativas, especialmente la amenaza de suspensión que recaía sobre los

periódicos, era herir y recortar la libertad de expresión en todos los órdenes y

particularmente en la prensa.56 De cualquier manera, esta norma permaneció en vigor

hasta la aprobación de la Ley de Imprenta de 1879, por lo que mantuvo su efectividad

hasta tres años más tarde de que se publicara la Constitución de 1876, que prohibía la

censura previa. Esta circunstancia fue posible ya que las prácticas represivas contenidas

en el decreto continuaban disfrazadas bajo la fórmula de “consulta voluntaria”, que

obligaba a las empresas periodísticas a presentar sus ejemplares ante las autoridades con

anterioridad a su publicación, siendo éstos los encargados de realizar el secuestro

cuando lo consideraban oportuno, antes incluso de su puesta en circulación.

Para completar el procedimiento restrictivo creado por Cánovas en materia de libertad

de imprenta, el político conservador dictó una Real Orden de 6 de febrero de 1876 en la

que señalaba las faltas que se podían cometer por medio de los periódicos, estableciendo

además las reglas de simple policía sobre la publicación de folletos, carteles y hojas

sueltas. Con esta nueva disposición se ampliaba, por tanto, el marco de intervención

gubernamental frente a los posibles abusos que pudieran cometerse por medio de estos

impresos. En opinión de Cánovas éstos se repartían con “facilidad” por las calles y

55
Artículos 5-15 del Real Decreto de 31 de diciembre de 1875, Tomo CXVI, pp. 1005-1007.
56
MARTÍNEZ CUADRADO, M., Historia de España, p. 27.

- 59 -
establecimientos públicos, pudiendo propagar escritos “contrarios a la moral, la religión

y las buenas costumbres, o ideas esencialmente hostiles al orden social”, lo que hacía

necesario “dictar disposiciones de policía que corten semejantes atentados”.57 Al

respecto la norma prohibía la publicación de todo impreso, no solo de libros y

periódicos, sin la previa autorización del gobernador de cada localidad, así como su

venta y pregón en lugares públicos sin la licencia correspondiente emitida por las

autoridades.58

Junto con estas primeras normas de carácter represivo que conformaban la política de

prensa adoptada por Cánovas,59 el 30 de junio de 1876 se aprobó una nueva

Constitución, ratificada por unas Cortes Constituyentes compuestas por una amplia

mayoría conservadora. La Constitución de 1876, sancionada por Alfonso XII, se

inspiraba en los textos constitucionales de 1845 y 1869, siendo la más duradera de la

historia española con una vigencia de cuarenta y siete años. Esta norma fundamental

recogía los principios habituales del constitucionalismo español ya adoptados en la de

1869, aunque planteaba dos novedades: por una parte, establecía un principio

parlamentario, por el que el gobierno dependía de la doble confianza de la Cámara y del

Rey, y, por otro lado, se reconocía una dualidad de partidos bajo la premisa de que

ambos podían tener cabida en el marco constitucional con su programa político

propio.60 Con buen criterio, Sánchez Agesta señala que con esta última inferencia

57
Exposición de motivos de la Real Orden de 6 de febrero de 1876: “Dictando algunas disposiciones
relativas a las faltas que pueden cometerse por medio de los periódicos y estableciendo además reglas de
simple policía sobre la publicación de folletos, carteles y hojas sueltas”. Gaceta de Madrid, 7 de febrero
de 1876. Colección legislativa de España, Tomo CXVI, p. 127. Véase apéndice de la tesis: ANEXO
Nº10.
58
Artículos 3 y 5 de la Real Orden de 6 de febrero de 1876, p. 128.
59
Antes de la promulgación de la Constitución de 1876 se publicó una última disposición de escasa
importancia, que declaraba ilícito que los periódicos sirvieran las suscripciones de otros que hubieran sido
suspendidos gubernativamente, haciendo para ello tiradas especiales con el mismo formato y papel que
aquellos. RO de 19 de febrero de 1876. Gaceta de Madrid, 20 de febrero de 1876.
60
MARTÍNEZ CUADRADO, M., Historia de España, p. 15.

- 60 -
quedaba patente la esencia misma del régimen liberal, ya que reconocía no sólo una

serie de derechos propios de los individuos, sino lo más importante, una vida pública

marcada por el principio de libre concurrencia de las ideas, de los partidos políticos y de

las fuerzas sociales.61

El derecho a la libertad de prensa quedaba recogido en el artículo 13 de la Constitución

de la siguiente manera: “todo español tiene derecho a emitir libremente sus ideas y

opiniones, ya de palabra ya por escrito, valiéndose de la imprenta o de otro

procedimiento semejante, sin sujeción a la censura previa”. Como hemos analizado

anteriormente, a pesar de que el derecho a libre manifestación de ideas se reconocía

constitucionalmente, éste se encontraba limitado en la práctica por la normativa

concreta en materia de imprenta aprobada en la primera parte del régimen, y no se hizo

efectivo hasta la llegada al poder del partido liberal de Sagasta, el 8 de febrero de 1881.

El texto constitucional señalaba, además, que las garantías reconocidas para la imprenta

sólo podían suspenderse temporalmente y por medio de una ley, cuando así lo exigiera

la seguridad del Estado en circunstancias extraordinarias. Así pues, sólo en casos graves

y de notoria urgencia, y no estando reunidas las Cortes, podía acordarse la suspensión

de las mismas bajo la responsabilidad del gobierno.62 Además del reconocimiento

expreso de la libertad de imprenta, la norma establecía que las leyes debían dictar las

reglas oportunas para asegurar a los españoles el respeto recíproco de los derechos, sin

menoscabo de la nación ni de los atributos esenciales del poder público. 63 En definitiva,

la Constitución de 1876 sentaba las bases del derecho de la libertad de prensa de ésta

época, y establecía el marco teórico en el que se desarrollaron dos leyes de imprenta

61
SÁNCHEZ AGESTA, L., Historia del Constitucionalismo Español, p. 381.
62
Artículo 17 de la Constitución de 30 de junio de 1876. Página Web del Congreso de los Diputados.
Área: Historia y Normas. Sección: Constituciones Españolas 1812 - 1978: Constitución de 1876. Véase
apéndice de la tesis: ANEXO Nº11.
63
Artículo 14 de la Constitución de 30 de junio de 1876.

- 61 -
muy diferentes entre sí: la Ley de 7 de enero de 1879 y la Ley de Policía de Imprenta de

1883.

5. LA LEY DE PRENSA DE LOS CONSERVADORES

1. EL SISTEMA PREVENTIVO IDEADO POR CÁNOVAS

El 7 de enero de 1879, bajo la tutela del gobierno conservador de Cánovas, y promovida

por el entonces ministro de Gobernación, Francisco Romero Robledo, se aprobó una

Ley de Imprenta que regulaba las reglas para el ejercicio de la libertad de prensa y

reemplazaba al Real Decreto de 31 de diciembre de 1875. Era una legislación extensa y

compleja, que se caracterizaba principalmente por defender de manera absoluta al

régimen monárquico y sus instituciones, y por una extensa enumeración de infracciones

sometidas a los tribunales especiales.64 Esta amplia lista de delitos de imprenta que

regulaba la ley, hasta dieciocho figuras, ponía en entredicho la proclamación de la

libertad de prensa reconocida en el artículo 13 de la Constitución, precepto en el que se

sustentaba la nueva legislación de imprenta. A juicio de Miguel Artola, la norma

consideraba todas las acciones delito, incluso algo “tan inofensivo” como cuestionar el

sistema político y social de la Restauración.65

Los delitos de imprenta se recogían en varios artículos, entre los cuales destacaba el

artículo 16, en el que se regulaba la mayoría de ellos, tales como ofender la inviolable

persona del rey, aludiendo irrespetuosamente, ya de un modo directo o indirecto, a sus


64
La legislación de 1879 establecía una clara distinción entre los delitos cometidos por medio de los
periódicos, sometidos a los tribunales especiales de imprenta, y aquellos que se realizaban por medio de
los libros, que se sancionaban con arreglo al Código Penal. Además, para la edición de éstos solo era
necesario que figurara el pie de imprenta. Esta permisividad en el control de los libros se debió a que, por
su naturaleza, tenían escasa difusión, lo que provocó que las autoridades de la época centraran toda su
actividad informativa en las publicaciones periódicas y otros medios impresos como las hojas sueltas o
folletos.
65
ARTOLA, M., Partidos y Programas políticos 1808-1936, Madrid, Aguilar, 1975, p. 139.

- 62 -
actos y opiniones e insertar noticias respecto de su persona o de cualquier miembro de

su familia y dar cuenta de hechos que tuvieran relación con ella, si al hacerlo podían

“racionalmente” considerarse publicadas en su desprestigio.66 El apartado cuarto del

artículo creó mucha controversia entre los distintos partidos, ya que consideraba delito

atacar directa o indirectamente la forma de gobierno o las instituciones fundamentales,

proclamar máximas o doctrinas contrarias al sistema monárquico constitucional, y

conspirar directa o indirectamente contra el orden legal, haciendo imposible su

continuación o su ejercicio y alentando de cualquier modo las esperanzas de los

enemigos de la paz pública.67 Para Venancio González, futuro ministro de Gobernación

en el primer gobierno liberal de la Restauración, ese apartado bastaba por sí solo para

censurarlo todo, ya que cualquier publicación podía alentar “de cualquier modo” a los

enemigos de la paz pública. El político liberal avanzó que, cuando gobernara su partido,

se aplicaría el precepto de forma muy moderada. Venancio González alegó además que

la norma contenía frases vagas, que ponían de relieve la discrecionalidad utilizada por

los conservadores a la hora de tipificar los delitos de imprenta, y se preguntaba al

respecto: “¿Qué quiere decir esto de conspirar contra el orden legal? ¿Conspirar contra

el periódico? ¿Qué quiere decir esto de directa o indirectamente? ¿Qué quiere decir esto

de alentar de cualquier modo las esperanzas de los enemigos de la paz pública?”.68

Uno de los periódicos más perjudicados por las disposiciones de la nueva legislación de

imprenta fue el diario madrileño El Liberal, condenado a veinte días de suspensión por

la publicación de un artículo que cubría un acto político del entonces ministro de

Estado, en el que simplemente se declaraba: “Medrados andarían los pueblos que han

66
Artículo 16.3 de la Ley de Imprenta de 7 de enero de 1879. Gaceta de Madrid, 8 de enero de 1879.
Colección legislativa de España, Tomo CXXII, p. 25. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº12.
67
Artículo 16.4 de la Ley de imprenta de 7 de enero de 1879, p. 25.
68
Congreso, 10 de mayo de 1882, González Fernández, cif. 3443.

- 63 -
logrado instituciones más o menos libres y realizando reformas progresivas con tales

temperamentos de conciliación y tales cuidados de no suscitar enemistades. ¿Qué

progresos, qué planteamiento de institución libre no ha herido a eso que llaman clases

conservadoras, a esas castas de privilegiados a quienes se quiere que no se cause ofensa

para que ellos den a su vez el ósculo de la declaración de guerra a los que con ella han

de perder preeminencias, privilegios y aprovechamientos insostenibles?”. A pesar de ser

un artículo completamente inofensivo, el tribunal especial consideró que era una

conspiración directa contra el orden legal, como así lo señalaba su fallo: “El periódico

El Liberal al exponer y defender doctrinas que tienden y se encaminan a concitar unas

clases contra otras, conspira directamente contra el orden legal, alentando así las

esperanzas de los enemigos de la paz pública, ha cometido infracción de los número 4º

y 9º de la ley”.69 Analizando la sentencia, para el tribunal el diario no solo incumplía el

apartado 4º del precepto legal, sino que además infringía el apartado 9º del mismo

artículo 16, que tipificaba como delito la defensa o exposición de doctrinas contrarias a

la organización de la familia y de la propiedad, o que se encaminaran a enfrentar unas

clases contra otras o a concertar coaliciones con el mismo objeto. En virtud de la

opinión de González, “¿qué clases concitaba el artículo por el hecho de decir que la

libertad llevaba siempre consigo la muerte de algunos privilegios?”.70

Junto a esa disposición, la ley también tipificaba como delitos de imprenta la injuria y la

calumnia reconocidas en el artículo 20, aunque en esos casos la legislación remitía a la

jurisdicción ordinaria, que era la que tenía atribuida competencia para conocer de los

mismos, aplicándose el artículo 475 del Código Penal, que exigía probar la verdad de

las imputaciones en todos los delitos de injuria dirigidos a los ministros o a las

69
Artículo y sentencia reproducidos por Venancio González. Congreso, 10 de mayo de 1882, González
Fernández, cif. 3443.
70
Congreso, 10 de mayo de 1882, González Fernández, cif. 3444.

- 64 -
autoridades públicas.71 La exigencia establecida en la norma penal para comprobar la

existencia de ofensas no convenía al gobierno conservador que, en su afán por castigar

cualquier extralimitación de la prensa, creó un “delito de insultos a los ministros”

contenido en el párrafo 2º del artículo, que se sometía a la legislación especial de

imprenta y no a la común como el resto de ofensas, y por la que no se admitían pruebas

al respecto. En la práctica, era un recurso muy utilizado, de tal manera que si un

periódico criticaba alguna medida de los ministros, en lugar de calificarse como injuria,

para dejar actuar al Código y dar la posibilidad al agraviado de tener el libre derecho de

defensa para probar su inculpabilidad, se consideraba como insulto y se condenaba por

el tribunal de imprenta sin ser oído el imputado.

El número de denuncias por este delito fue desmedido, consiguiendo el dudoso “honor”

de ser la principal causa por la que se condenó a la prensa. La arbitrariedad de los

tribunales especiales llevó a sancionar a El Liberal, por la difusión de un artículo en el

que se reprobaba la conducta del ministro de Ultramar respecto a la liquidación de

bonos en la isla de Cuba, alegando que “si tales hechos fueran ejecutados por un

particular le llevarían a entablar relaciones con el Código Penal”.72 El juez de imprenta

consideró la noticia como un insulto al ministro, por lo que se le aplicó al diario

madrileño la pena de suspensión de veinte días, sin que su director pudiera demostrar la

veracidad de sus afirmaciones. Entre los más perjudicados por la medida se encontraba

la publicación La Lealtad Española, condenada a doce días de suspensión por los

insultos proferidos a las autoridades gubernativas al declarar: “(…) Cada alcalde es un

cacique obediente a tres o cuatro bajalatos que encadenan sus influencias desde la

71
Artículo 20 de la Ley de Imprenta de 7 de Enero de 1879, p. 27.
72
El Liberal, “Otra arbitrariedad”, 29 de agosto de 1880.

- 65 -
Presidencia del Consejo a la pobre comunión de contribuyentes, mártires mudos que

pagan (…)”.73

Por el mismo delito se condenó también al diario provincial Los Debates a causa del

artículo “Gonzalo Morón, o locura o vanidad”, en el que se decía: “Los dos tienen

talento, los dos fueron unos monstruos del saber y del entender, los dos se volvieron

locos. ¡Pobre Gonzalo Morón! ¡Pobre Cánovas del Castillo! El primero tuvo la

desgracia de no hallarse en el poder en sus primitivos ataques… El segundo se

encuentra privado de la razón en el momento más crítico de su vida y de la vida del

país”. La sentencia informaba que la publicación contenía insultos dirigidos al

presidente del Consejo de Ministros, “toda la vez que la apreciación que hace de su

persona y la manera y forma con que la trata, atribuyéndole una afección o vicio

orgánico, rebaja y amengua su crédito, respetabilidad y valía”, por lo que se le

condenaba a veinte días de suspensión.74 Por citar un último ejemplo, se declaró

culpable al periódico Los Dos Mundos por un artículo titulado “La persecución”, en el

que se aseveraba que “la persecución de la imprenta es el último asidero de los tiranos.

Así se explica que la prensa sufra hoy tan ruda y constantemente la persecución del

pequeño Bismarck, o mejor aún, del moderno Tiberio: de ese Tiberio cómico que sin

ninguna de las condiciones grandes que tenía aquel famoso tirano, le iguala tan solo, y

aun le aventaja, en soberbia y vanidad” .75

73
Artículo reproducido por Venancio González. Congreso, 10 de mayo de 1882, González Fernández, cif.
3444.
74
Artículo y sentencia reproducidos por Venancio González. Congreso, 10 de mayo de 1882, González
Fernández, cif. 3445.
75
Artículo reproducido por Venancio González. Congreso, 10 de mayo de 1882, González Fernández, cif.
3445.

- 66 -
Otro de los delitos contemplados en la Ley de 1879 consistía en atacar directamente o

ridiculizar los dogmas de la religión del Estado, el culto, los ministros de la misma o la

moral cristiana.76 A diferencia de los analizados anteriormente, éste era de los más

concretos en su redacción y de los que a simple vista se prestaba menos a la

interpretación, ya que no aparecían expresiones tan vagas como “indirectamente” o “de

cualquier modo”, muy utilizadas en otros preceptos. Sin embargo, en la línea de política

represiva iniciada años antes por el gobierno conservador, era una figura muy socorrida

por el poder público, que acudió a ella haciendo una interpretación muy estricta.

Por citar un ejemplo, el periódico La Nueva Prensa fue denunciado a tenor de este

precepto por una publicación sobre la historia de los faraones, que el ejecutivo

consideró que ridiculizaba “clara, ostensible y directamente el culto y los ministros de la

religión del Estado”.77 La parte del artículo periodístico, que según los conservadores,

contenía temática religiosa era la siguiente: “si para los faraones contemporáneos no hay

varita de virtudes, hay la indiscutible razón del derecho soberano, que será preciso

respetar; si para los pueblos de hoy no existe un Moisés elegido por Dios como

libertador, habrá una doctrina sagrada cuyo catecismo debe ser, cuyo credo seguir, cuyo

culto adorar (…)”. La publicación continuaba en estos términos: “cuando se llega a la

altura del Sr. Cánovas del Castillo y se han prestado a la Nación los servicios que él ha

prestado, puede ponerse todos los entorchados que quiera, hasta los codos, y si le parece

bien, porque el país vería en eso y en todo bien poca recompensa para lo que se

merece”.78 Con esta segunda parte, quedaba demostrado que el verdadero motivo de la

denuncia no se ligaba a un asunto religioso, sino más bien político, ya que la única

76
Artículo 16.1 de la Ley de Imprenta de 7 de Enero de 1879, p. 25
77
Sentencia reproducida por Venancio González. Congreso, 10 de mayo de 1882, González Fernández,
cif. 3447.
78
Artículo reproducido por Venancio González. Congreso, 10 de mayo de 1882, González Fernández, cif.
3447.

- 67 -
persona a la que se criticaba era al presidente del Gobierno, y no a los faraones como

alegaban desde el ejecutivo. Definitivamente, para los conservadores era más

conveniente atenerse a la excusa de la religión a la hora de prohibir un periódico que no

estaba siendo afín a sus intereses políticos, y así centrar el foco de atención en ella, no

abusando de otros apartados que utilizaban con asiduidad para conseguir ese objetivo.

La Ley de 1879 regulaba, también, una serie de infracciones de policía como insertar

artículos y noticias políticas en periódicos o folletos que no tuviesen este carácter o no

realizar el depósito previo.79 La pena que se contemplaba para este tipo de delitos era el

secuestro y la multa, y en caso de reincidencia, la supresión de la publicación. Por su

parte, aquellos delitos que no se contemplaban en la nueva norma, pero se cometían por

medio de la imprenta, eran juzgados por la jurisdicción ordinaria y llevaban una sanción

accesoria de suspensión del periódico. Por su parte, la responsabilidad de la sanción

recaía en el fundador-propietario de la publicación, no en el director de la misma. Según

Gómez Aparicio, la razón de que la acción sancionadora se destinara al propietario

residía en que éste representaba el “punto más sensible” para la prensa española: el

aspecto económico empresarial.80 La norma imponía a los mismos un pago previo de

quinientas pesetas en concepto de subsidio industrial para todos aquellos que no

pagaran doscientas cincuenta pesetas de contribución territorial, medida que obligó a

que muchos de los periódicos, que contaban con escasos recursos económicos,

solicitaran prórrogas para la retribución que se reclamaba.

Como hemos adelantado, la competencia para enjuiciar los delitos recaía en los

tribunales especiales, nombrados por el gobierno mediante un procedimiento análogo al

79
Artículo 79 y ss. de la Ley de Imprenta de 7 de Enero de 1879, p. 36.
80
GÓMEZ APARICIO, P., Historia del Periodismo Español, p. 395.

- 68 -
citado en el último decreto, y contra los fallos de los mismos sólo existía el recurso de

casación en determinadas ocasiones.81 La elección de los miembros de los tribunales de

imprenta por el ejecutivo no estuvo exenta de polémica, ya que, en la mayoría de los

casos, seguían fielmente las consignas de las autoridades públicas, y cuando se negaban

a denunciar un hecho que las autoridades consideraban delito, eran cesados de sus

funciones o trasladados a otros territorios. Venancio González denunció en el Congreso

algunas irregularidades que quedaban manifiestas cuando un juez o fiscal especial no

seguía las directrices que le llegaban del poder público. Así se puede deducir de la

medida impuesta a un presidente de un tribunal de imprenta, a quién se ordenó el

traslado a la Audiencia de Baleares tres días después de que éste absolviera al periódico

El Mercantil Valenciano, que previamente había sido denunciado por los conservadores

por el artículo “La llaga”. En otro de los ejemplos aportados por el político liberal, un

fiscal de imprenta, competente para conocer la legalidad de otro artículo del mismo

diario, había sido cesado de su cargo por considerar que la publicación no violaba

ningún precepto contenido en la ley de 1879, oponiéndose así a la denuncia previa del

gobernador. Razones todas ellas suficientes para Venancio González, quién exteriorizó

su repulsa hacia una legislación “cruel”, que sometía a la prensa a la arbitrariedad de los

tribunales y fiscales especiales, y dejaba la libertad de imprenta en manos de “los

ardides políticos de los partidos”.82

Debido a la preocupación del gobierno por la difusión de los periódicos, la ley tipificaba

entre sus numerosos artículos las condiciones que debían reunir los vendedores y los

repartidores de las publicaciones, lo que llevó a establecer en cada población un

registro de personas que poseían la licencia obligatoria para repartir impresos y

81
Artículo 31 de la Ley de Imprenta de 7 de Enero de 1879, p. 29.
82
Congreso, 10 de mayo de 1882, González Fernández, cif. 3444.

- 69 -
periódicos. Asimismo, la norma regulaba la facultad del gobierno de prohibir la entrada

y divulgación en territorio español de impresos publicados en el extranjero que se

difundieran en España, con la sola excepción de los libros impresos en idiomas

foráneos, que circulaban con libertad sin que las autoridades gubernativas aplicaran

medida represiva alguna, siempre que no se presentara una querella o denuncia criminal

contra los mismos.

2. AUMENTO DE LA PERSECUCIÓN DE LOS TRIBUNALES

ESPECIALES (1879-1881)

Publicada la Ley de Imprenta de 1879 bajo el mandato del partido conservador,

Cánovas aconsejó a Alfonso XII para que designara como nuevo presidente del Consejo

de Ministros al general Martínez Campos, un militar y político conservador que gozaba

de gran prestigio por su papel en la Paz de Zanjón de 1878, que puso fin a diez años de

guerra en Cuba. De esta manera, el 7 de marzo de 1879 comenzaba una nueva etapa

política con el nombramiento del general como líder de un gobierno constituido

íntegramente por conservadores. El cambio en la presidencia llevó consigo una

renovación de las Cortes elegidas en 1876, y, por tanto, una convocatoria de elecciones

en un contexto novedoso tanto por el nuevo marco constitucional proporcionado por la

aprobación de la última Constitución española, como en el plano de los derechos civiles

y políticos reconocidos durante el nuevo período de paz posterior a la guerra de Cuba.83

Durante los nueve meses en los que permaneció Martínez Campos como presidente del

Gobierno, se practicó una mayor tolerancia con la prensa, con un control más flexible de

las publicaciones de la oposición, que contrastaba con la estricta vigilancia promovida

83
MARTÍNEZ CUADRADO, M., Historia de España, p. 44.

- 70 -
por Cánovas años atrás. A pesar de la apertura social y política propiciada por este

nuevo gabinete conservador, en diciembre de 1879 Martínez Campos dimitió tras

presentar en el Congreso su propuesta de abolir la esclavitud en Cuba, medida que había

sido pactada por el propio general en la Paz de Zanjón, y que no contó con el apoyo de

su partido.

La vuelta de Cánovas al poder, el 6 de diciembre de 1879, ocasionó una nueva oleada de

denuncias y suspensiones de los órganos de la prensa, con motivo de la inflexible

política de represión llevada a cabo por el mandatario. Ésta fue especialmente cruel ese

mes de diciembre en el que fueron denunciados doce periódicos en tan solo diez días.84

En esta nueva etapa de Cánovas, que duró hasta el cambio de gobierno en 1881, se

produjeron 171 denuncias, de las cuales 50 periódicos fueron suspendidos y solo 23

absueltos por los tribunales especiales. Gracias al análisis realizado por Timoteo

Álvarez sobre la base de los datos publicados por la prensa diaria de la época,85 las

regiones que más sufrieron la persecución de los fiscales de imprenta fueron Madrid y

Barcelona. En relación al número de publicaciones existentes en cada una de ellas, se

puede observar que existió una alta proporción de denuncias y suspensiones en otros

territorios como el País Vasco, Valencia o Aragón, aunque fue Vizcaya la provincia más

84
En estos términos se lamentaba El Liberal: "El Fígaro denunciado. El Pabellón Nacional denunciado y
condenado a quince días de suspensión. El Mundo Político expuesto a sufrir igual suerte que el anterior.
La prensa sigue aguantando un Cánovas deshecho. Nota: el temporal reinante no causó ayer ninguna
víctima en Madrid. Verdad es que sólo se publicó La Gaceta. Pues por eso". El Liberal, “A vuela pluma”,
26 de diciembre de 1879.
85
Timoteo Álvarez toma como fuente principal al periódico madrileño El Liberal, comparando la
información vertida en éste con los datos de otras publicaciones como El Imparcial, El Globo o La
Época, entre otros. TIMOTEO ÁLVAREZ, J., Restauración y prensa de masas: Los engranajes de un
sistema (1875-1883), Pamplona, Universidad de Navarra, 1981, pp. 79-91.

- 71 -
castigada por la censura, lo que coincidía con el foco de mayor conflicto de entonces: el

carlismo.86

El análisis realizado por Timoteo Álvarez muestra, además, las principales causas por

las que era sancionada la prensa en aplicación de la legislación de 1879. El delito al que

más recurrían los tribunales especiales a la hora de castigar a los diarios era por injurias

al Gobierno o las instituciones del mismo, que, curiosamente, fue el más utilizado por

los tribunales ordinarios a la hora de aplicar la futura Ley de Imprenta de 1883. A éste le

siguieron las condenas por la exaltación de la libertad y la República, y a continuación

los ataques en la prensa al Ejército o la Guardia Civil. Por su parte, las publicaciones

más perseguidas según su línea política fueron las democráticas, contabilizándose 83

denuncias entre 1875 y 1883, y entre las más castigadas se encontraban La Unión, La

Nueva Prensa, El Imparcial, El Fígaro, El Tribuno, Irurac-bast y El Liberal. La prensa

que apoyaba la monarquía fue más respetada por el gobierno conservador. Aun así,

quedaron recogidas 48 denuncias a los periódicos fusionistas, que se concentraron,

especialmente, en estos tres diarios: El Constitucional Español, Los Debates y El

Pabellón Nacional, mientras que solo se registraron 31 denuncias contra publicaciones

conservadoras. Para Timoteo Álvarez queda probado que Cánovas conocía a la

perfección la utilidad de la prensa y supo utilizar la ley de 1879 como un instrumento a

su "propio servicio".87

En paralelo a estas actuaciones, y con motivo de la constitución de un nuevo gabinete

conservador bajo el mandato de Cánovas a finales de 1879, se aceleró la conformación

86
El problema de los nacionalismos hizo que, a principios del siglo XX, el foco de conflicto se trasladara
a Cataluña, concretamente, a Barcelona, que fue el territorio peninsular que más sufrió los rigores de la
censura estatal.
87
TIMOTEO ÁLVAREZ, J., Restauración y prensa de masas, p.97.

- 72 -
del partido fusionista, que debía relevar a los conservadores en la presidencia del

gobierno. Esta organización política, que durante estos años se encontraba en la

oposición, quedó oficialmente creada el 23 de mayo de 1880 con el nombre de Partido

Liberal Fusionista, de corte liberal y de izquierdas. La nueva formación resultaba de la

integración de dos grupos políticos: el Partido Constitucional, presidido por Práxedes

Mateo Sagasta, dotado de una fuerza institucional suplementaria durante estos últimos

años, al unirse al mismo varios generales pertenecientes al partido conservador como

Martínez Campos, Manuel Pavía o Primo de Rivera; y por otro lado, el Partido

Centralista, dirigido por Alonso Martínez, en el que destacaba la figura de Venancio

González, futuro ministro de Gobernación, quién se reveló como un gran defensor de la

libertad de prensa y fue el encargado de redactar el Proyecto de ley previo a la

publicación de la Ley de Policía de Imprenta de 1883. En 1885 esta organización

política pasó a llamarse definitivamente Partido Liberal después de la incorporación del

grupo formado por Serrano y Martos, y se caracterizó por el servicio a la monarquía

constitucional, la fidelidad al sistema representativo y la oposición al gobierno

conservador de Cánovas.88

La propia existencia de la corriente liberal, que contaba con grandes defensores en

materia de prensa, los cuales pretendían darle una mayor apertura y libertad, provocó

una disminución de la acción represiva contra la imprenta llevada a cabo por Cánovas a

finales de 1880, con el objetivo fundamental de facilitar el turnismo de partidos

reconocido constitucionalmente. Por este motivo, el gobierno conservador emitió el

Real Decreto de 25 de noviembre de 1880, con el que se reducía a la mitad de la pena a

todas aquellas publicaciones que tuvieran sentencias pendientes de suspensión dictadas

88
GÓMEZ APARICIO, P., Historia del Periodismo Español, p. 408.

- 73 -
por los tribunales de imprenta, en aplicación de la estricta ley de los conservadores que

se encontraba en vigor.89

89
Real Decreto de 25 de noviembre de 1880: “Indultando de la mitad de la pena de suspensión a los
periódicos que por sentencia de los Tribunales de imprenta se encuentren extinguiéndola actualmente”.
Colección legislativa de España, Tomo CXXV, pp. 498-499.

- 74 -
2. TURNO DEL PARTIDO LIBERAL: HACIA UNA VERDADERA

LIBERTAD

1. PRIMERAS CONCESIONES LEGALES A LA PRENSA. LOS DEBATES EN

TORNO A LA LIBERTAD DE IMPRENTA

Con estos últimos sucesos vividos en España, y a pesar de haberse celebrado elecciones

en 1879, la opinión pública empezó a demandar un nuevo gobierno que, conforme a la

Constitución de 1876, dependía de la confianza de las Cámaras y del Rey. Por medio de

un discurso pronunciado en el Congreso de los Diputados el 19 de enero de 1881,

Sagasta, jefe del recién instaurado partido liberal fusionista, apeló a la regia

prerrogativa, solicitando el poder de Alfonso XII para efectuar el cambio, que a su vez

otorgó el poder a los liberales. Una vez refrendado el decreto de disolución de las Cortes

de 1879 y otorgada la confianza de las Cámaras, se formó el primer gobierno de

izquierdas liberales con Sagasta como presidente del Consejo de Ministros,

confirmándose la alternancia pacífica de los partidos monárquicos reconocida en la

Constitución. El nuevo equipo ministerial lo formaba, entre otros, el general Martínez

Campos al frente del ministerio de Guerra, Venancio González en el ministerio de

Gobernación y Alonso Martínez, tercer líder de la fusión, que ocupaba el ministerio de

Gracia y Justicia.

Desde el inicio del gobierno liberal en febrero de 1881, Sagasta dio los pasos necesarios

para reconocer una verdadera libertad de imprenta. La postura del partido liberal, en

clara oposición a las prácticas represivas de Cánovas, especialmente a la censura previa

y los tribunales especiales, tuvo su reflejo inmediato en el Real Decreto de 14 de febrero

- 75 -
de 1881. El precepto establecía el sobreseimiento de todas las causas pendientes y el

indulto general a todas las publicaciones y periodistas que estaban cumpliendo la pena

de suspensión dictada por la Ley de 1879. 90 Con el texto se abría una nueva fase para la

libertad de imprenta española, la cual representaba la voluntad de cambio del nuevo

gobierno. Para los liberales, el espíritu restrictivo de la ley conservadora se oponía a esta

nueva línea de actuación gubernativa que pretendían implantar en España, aunque, “por

fortuna”, la vaguedad de sus preceptos autorizaba benignas interpretaciones, por lo que

podían garantizar la libertad de los periódicos, hasta la aprobación de una nueva

legislación en la materia.91

A partir de ese momento, y debido a la importancia que había adquirido la prensa para

las distintas corrientes políticas, las dos Cámaras fueron testigos de intensos debates

producidos entre las diversas formaciones, que mantenían diferentes posturas respecto a

la regulación de la libertad de imprenta y de la política de control que debía adoptar el

poder público. Las opiniones y alegatos de la clase política de la época sirvieron de base

para la redacción del Proyecto de ley de Venancio González, antesala de la legislación

de imprenta de 1883. Entre todos los políticos que participaron en estas acaloradas

discusiones hay que destacar a Venancio González, abogado y político liberal que

ocupaba el cargo de ministro de Gobernación, y Esteban Collantes, político conservador

y periodista, propietario del periódico La Integridad de la Patria.

90
Antes de aprobar la nueva Ley de Imprenta de 1883 se concedió otro indulto análogo el 23 de
noviembre de 1882 con motivo del nacimiento de la infanta Doña María Teresa.
91
Real Decreto de 14 de febrero de 1881: “Alzando a todos los periódicos la pena de suspensión que
estén cumpliendo o deban cumplir por sentencia firme, dictada antes de la publicación del presente
decreto”, Colección legislativa de España, Tomo CXXVI, pp. 572-573. Véase apéndice de la Tesis:
ANEXO Nº13.

- 76 -
El 21 de marzo de 1882, Esteban Collantes inició una serie de interpelaciones en las que

mostraba su malestar por la política de prensa adoptada por el nuevo gobierno liberal, al

entender que introducía un desbarajuste en materia de imprenta. Por esta razón, el

político conservador exigió una relación de las denuncias realizadas por los fiscales de

imprenta y de las medidas gubernativas que se dictaban, a su juicio, “sin más criterio

que el capricho y con un desconocimiento completo de la legalidad vigente”.92 En la

segunda demanda, Collantes señaló nuevos datos en torno a los percances sufridos por

la prensa, más concretamente noventa y tres incidentes soportados por los periodistas

durante los dos años de mandato liberal, frente a los ochenta y uno, una vez, y setenta y

seis, la segunda, del conservador. Dos días después de estas declaraciones, el diputado

conservador se burló del “espíritu expansivo y liberal” adoptado por el ejecutivo liberal,

aseverando que en la práctica se estaba aplicando la censura previa sobre los telegramas

que los corresponsales extranjeros y de provincias expedían, a lo que había que añadir

además los secuestros de varios periódicos de Madrid en distintas provincias sin

denuncia previa o sospecha de delito respecto a ellos.93

Ante estas acusaciones, el ministro de Gobernación aclaró que los periódicos habían

tardado en repartirse por “descuido de un ambulante”, pero que los mismos ya habían

llegado a su destino. 94 En referencia a los telegramas, González aseguró que su partido

actuaba al amparo de la ley, acogiéndose al reglamento para el servicio interior de

telégrafos, en el que se recogía la censura previa. El telégrafo no solo se consideraba un

instrumento del poder público, sino que además tenía el deber de “impedir que se

convirtiera en un medio de desorden, favorable solo a los que tienen interés en perturbar

92
Congreso, 21 de marzo de 1882, Esteban Collantes, cif. 2273.
93
Congreso, 5 de abril de 1882, Esteban Collantes, cif. 2571.
94
Congreso, 5 de abril de 1882, ministro de Gobernación, cif. 2571.

- 77 -
ciertas poblaciones”.95 Tal y como ocurría con los decretos y con la ley adoptada por

Cánovas, la idea de mantener el orden público como base para mantener la estabilidad

del régimen seguía vigente con el gobierno liberal, de tal manera que los telegramas

quedaban sin curso en los casos en los que se consideraba que éstos contenían noticias

falsas o estaban encaminados a dar “proporciones exageradas” a hechos que realmente

no las tenían y a “excitar a la rebelión”. En cualquier caso, y como el propósito del

ejecutivo liberal era dar una mayor transparencia a este tipo de procesos, obligaban al

jefe del gabinete y al director de telégrafos a devolver la tasa del envío del telegrama y

además se hacía saber al interesado que había incurrido en alguna de las causas

señaladas anteriormente.

Para contrarrestar la opinión del ministro, Collantes aseguró que se había practicado

censura previa con un telegrama que únicamente declaraba: “no extrañe Vd. recibir a las

cuatro mi telegrama, porque ha quedado sin curso”, y cuestionaba irónicamente al

político liberal: “¿cree que ese telegrama ha podido alterar el orden público? ¿Pues

bueno habéis puesto el orden público?”.96 González, sin embargo, se preguntaba si “¿ha

de haber un gobierno tan insensato que detenga telegramas porque transmitan lo que en

este sitio se dice?”,97 un comentario que ponía de relieve la fuerza de la prensa como

medio de comunicación social y como mecanismo de denuncia de los actos

gubernamentales que se dictaban contra ella. Además, el ministro dejaba entrever que,

en ese momento, era más importante que nunca cuidar la política de imprenta llevada a

cabo por la autoridad gubernativa, ya que eran cada vez más los órganos de prensa a los

que podían recurrir los españoles.

95
Congreso, 5 de abril de 1882, ministro de Gobernación, cif. 2572.
96
Congreso, 5 de abril de 1882, Esteban Collantes, cif. 2572.
97
Congreso, 5 de abril de 1882, ministro de Gobernación, cif. 2572.

- 78 -
A medida que transcurrían las sesiones del Congreso, las encendidas discusiones entre

ambos políticos tomaron forma para el objeto final de los mismos, llegar a configurar un

sistema legal sobre la libertad de imprenta. Para ello, Collantes requirió nuevos datos al

gobierno relativos a los percances sufridos por la prensa que habían sido ocasionados

por los tribunales de justicia, ya que entendía que los que habían sido aportados eran

inexactos, porque entre los impresos a través de los cuales se podía cometer delito no se

estaban incluyendo otros medios como las caricaturas, litografías o grabados.98

Finalmente, el 10 de mayo de 1882 se presentó ante el Congreso una proposición

promovida por Esteban Collantes y firmada, entre otros, por los conservadores Cánovas

del Castillo y Romero y Robledo, en la que se afirmaba: “Pedimos al Congreso se sirva

declarar ha visto con disgusto que el gobierno, faltando a las leyes vigentes y a sus

solemnes promesas, haya hecho sufrir 190 persecuciones a la prensa periódica, a pesar

de la prudencia y sensatez con que, a juicio de los actuales ministros, ejerce su misión”.

El diputado conservador reveló que todavía existían diarios acosados por las autoridades

gubernativas, y que resultaba un verdadero sarcasmo que, por ejemplo, al periódico El

Clamor de Galicia se le castigara con la máxima pena por publicarse siete minutos

antes de lo debido, reprochando que la persecución se hiciera por un gobierno liberal

que se enorgullecía de que, en su mandato, “jamás la prensa ha gozado de mayor

libertad y jamás un gobierno ha tenido un criterio más amplio y más expansivo”.99

98
Para probar la inexactitud de los datos aportados por el gobierno liberal respecto a los percances
sufridos por la prensa en los primeros años del mandato de Sagasta, Esteban Collantes hizo referencia a la
persecución que desde hacía meses venía sufriendo el periódico La verdad de Tortosa con arreglo a la
Ley de Imprenta de 1879, publicación que no aparecía en la lista aportada por el gobierno liberal.
Congreso, 15 de abril, de 1882, Esteban Collantes, cif. 2757.
99
Congreso, 10 de mayo de 1882, Esteban Collantes, cif. 3423.

- 79 -
Del mismo modo, denunció una serie de ilegalidades cometidas a El Albaredo,

periódico andaluz que “aplaude a los que silban”, por haber difundido los abusos

cometidos por las autoridades de su provincia.100 Concretamente, el gobernador había

prohibido la difusión de la publicación, argumentando que su director no pagaba la

contribución que le correspondía según el artículo 4 de la Ley de Imprenta de 1879. Sin

embargo, tras una conversación mantenida entre la autoridad de la provincia y el

director, quién pretendía informar a sus lectores de las razones por las que el diario no

podía seguir publicándose, se aprobó un nuevo oficio gubernamental en el que se

declaraba que el director de El Albaredo no se encontraba incluido en el supuesto legal,

pero que, aun así, debía regular su situación, dejando, además, a un lado todos aquellos

asuntos que molestaban al político, o, de lo contrario, se le retiraría la autorización que

se le había concedido para publicar.101 El atropello gubernamental suponía una “falta de


102
formalidad”, como aseguraba Collantes, quedando suficientemente probado que se

pretendía sancionar al periódico por una falsedad, ya que al poco tiempo se negó la

misma con la condición de retirar aquellos sueltos que podían molestar personalmente

al gobernador. Al cabo de unos días, la autoridad suprimió el periódico andaluz,

justificando la medida sobre la base de los artículos 4 y 7 de la Ley de 1879, que

regulaban los requisitos exigidos a los contribuyentes al tesoro, aunque el verdadero

motivo del gobernador era silenciar las críticas recurrentes vertidas en el diario a su

gestión política.

Para el ministro de Gobernación, estas acusaciones realizadas por Collantes estaban

injustificadas, no solo por el fondo, sino especialmente por la procedencia de los

mismos, ya que aseguraba que la situación de “tolerancia y absoluta libertad” que venía

100
Congreso, 10 de mayo de 1882, Esteban Collantes, cif. 3437.
101
Congreso, 10 de mayo de 1882, Esteban Collantes, cif. 3437.
102
Congreso, 10 de mayo de 1882, Esteban Collantes, cif. 3438.

- 80 -
disfrutando la prensa desde que los liberales asumieron el poder, nada tenía que ver con

la circunstancias pasadas en las que la imprenta sufría todos los días perjuicios por

“caprichosas” denuncias y se sentía “cohibida”.103 Durante todo el discurso realizado en

esa sesión del Congreso, González realizó una valoración y análisis de la política

llevada a cabo por su partido, dejando claro el espíritu de cambio del nuevo gobierno

respecto a la ley de los conservadores. El político liberal consideraba que la situación de

la imprenta había cambiado de tal manera que, en ese momento, se podían escribir

artículos que antes no solo no hubieran pasado la censura, sino que no se hubieran

escrito, “porque entonces se escribía con la sombra del fiscal delante, y la prensa tuvo

que transigir, y la prensa tuvo que encerrarse en los estrechos límites de aquella ley, que

no era otra cosa que el capricho del presidente del Consejo de Ministros (Cánovas del

Castillo)”.104

Para remarcar la diferencia entre su partido y el conservador, González aseguró que

ninguno de los diarios conservadores había sido denunciado por el gobierno liberal, y

recordó que en su época como abogado “se me ha caído a mí de los hombros la toga

durante la porción de tiempo, ocupándome mi profesión de abogado casi

exclusivamente en defender periódicos”.105 El ministro rememoró, también, alguna de

las medidas adoptadas por los liberales cuando llegaron al poder, como levantar una

denuncia impuesta a El Siglo Futuro, procesado doblemente por la Ley de Imprenta y

por la legislación común, y denunció ante la Cámara la injusticia cometida por el

partido conservador contra el director de La Iberia, Bernardo Iglesias, quien había sido

condenado por el Tribunal Supremo con ocho años de prisión por escribir un artículo en

el que aconsejaba a los periodistas a no defenderse de las denuncias ante el tribunal de

103
Congreso, 10 de mayo de 1882, ministro de Gobernación, cif. 3445-3446.
104
Congreso, 10 de mayo de 1882, ministro de Gobernación, cif. 3449.
105
Congreso, 10 de mayo de 1882, ministro de Gobernación, cif. 3447.

- 81 -
imprenta, “porque no había abogados ni defensas, ni nada que fueran bastantes a librarla

de las redes de estos artículos de la ley”.106 El ministro se cuestionó si este caso se podía

comparar con alguno de los denunciados por Collantes, pues, era notorio, que la

situación de la prensa en ese momento era más saludable que la que gozaba con el

gobierno conservador.

González lamentaba, especialmente, que la libertad de imprenta estuviera sometida a la

legislación de 1879, que era “tan amplia en su redacción”, como era interpretable liberal

o restrictivamente.107 Por este motivo, el ministro defendía que la única forma que

existía de aplicarla era realizando una interpretación expansiva que no dejara a la

arbitrariedad del fiscal de imprenta la aplicación de la misma: “Es la primera vez que he

visto a un Gobierno acusado por interpretar en sentido liberal una ley; es el primer

ejemplo de un Gobierno que teniendo en su mano medios para matar a la prensa, como

la de esa ley cuya eficacia demuestra la experiencia de cinco periódicos muertos en

poco tiempo durante el mandato de los conservadores, renuncia voluntariamente a esas

armas”.108

De la misma forma, González aprovechó para mostrar la línea de actuación que

perseguía al realizar la nueva ley de prensa, asegurando que lo peor no era el número de

los percances, “sino la calidad y el género de las persecuciones y la injusticia de las

mismas”.109 En eso cobraba especial relevancia la definición de los delitos de imprenta

que hacía la ley conservadora, que era lo que marcaba su “dureza y severidad”, y no

sólo la gravedad de la pena que imponía la misma, como argumentaba Collantes. Todo

106
Congreso, 10 de mayo de 1882, ministro de Gobernación, cif. 3447.
107
Congreso, 10 de mayo de 1882, ministro de Gobernación, cif. 3449.
108
Congreso, 10 de mayo de 1882, ministro de Gobernación, cif. 3448.
109
Congreso, 10 de mayo de 1882, ministro de Gobernación, cif. 3446.

- 82 -
ello explicaba que la legislación de los conservadores se estuviera utilizando las menos

veces posibles por los fiscales y fuera sustituida por el Código Penal. La medida de

González marcó un antecedente importante que fue utilizado en la futura norma liberal

cuyo objetivo fundamental fue evitar la discrecionalidad de los tribunales de imprenta:

“¿De qué se nos acusa? ¿De qué pudiendo aplicar a la prensa el Código Penal o la ley de

imprenta, y considerando por Collantes que la ley de imprenta es más benigna que el

Código Penal, los fiscales llevan los periódicos a los tribunales ordinarios en vez de

llevarlos ante el tribunal especial de imprenta creado por una ley hecha por los

conservadores?”.110

Durante el transcurso de estas sesiones del Congreso, se despertaron discrepancias

internas en el partido liberal, que se fundamentaban en que los distintos líderes de las

diferentes fracciones de las que se componía el mismo no encontraban acomodo en las

palancas de poder. En la composición liberal se podían identificar hasta cinco

tendencias: la encabezada por Sagasta, presidente del Consejo, líder del Partido

Constitucional; el Partido Democrático dirigido por Moret; la Izquierda Dinástica

fundada por Serrano, Posada Herrera y López Domínguez; el grupo radical alentado por

Cristino Martos, Beranger y Montero Ríos; y por último, las fracciones centralistas

herederas de la Unión Liberal, representadas por Alonso Martínez y Martínez

Campos.111 Las tensiones tuvieron su manifestación práctica cuando Serrano, duque de

la Torre, reveló su disidencia contra Sagasta durante el verano de 1882, al mostrarse

molesto por las concesiones realizadas por el presidente al conservadurismo y al sistema

político de pactos. Finalmente se produjo un cambio en el poder el 13 de octubre de

110
Congreso, 10 de mayo de 1882, ministro de Gobernación, cif. 3442.
111
MARTÍNEZ CUADRADO, M., Historia de España, pp. 54-55.

- 83 -
1883, momento en el que el líder de Izquierda Dinástica, José Posada, se hizo con la

jefatura del Gobierno.

2. RUPTURA CON EL PASADO: EL PROYECTO DE LEY DE VENANCIO

GONZÁLEZ

Tras los duros enfrentamientos protagonizados en el Congreso entre el diputado

conservador Esteban Collantes y el ministro de Gobernación, Venancio González, éste

último presentó un Proyecto de ley sobre Imprenta el 22 de diciembre de 1882, que

actuó como antecedente legal inmediato de la futura Ley de Policía de Imprenta de

1883. El documento establecía la orientación legislativa del gobierno liberal en materia

de prensa, anunciada por Sagasta años atrás y delimitada por González durante los

últimos debates parlamentarios. El texto entendía la libertad de prensa, no sólo como el

deber de amparar la libre manifestación de ideas y de pensamiento consagrado en la

Constitución, sino como el deber de garantizar además a los ciudadanos la práctica de la

misma sin menoscabo de los intereses del Estado.112 El punto de partida del proyecto

era la ruptura con el pasado legislativo conservador en materia de imprenta, al entender

que la Ley de 1879 tenía un carácter autoritario y contrario al artículo 13 de la

Constitución de 1876. En virtud de esta idea, el nuevo gobierno consideraba que la ley

de los conservadores era inconstitucional por reconocer la existencia de unos delitos

especiales de imprenta, además de los comunes, lo que producía incongruencias tales

como imponer dos sanciones simultáneamente por la comisión de un solo delito: la pena

personal al periodista y la de suspensión al periódico.

112
Preámbulo del Proyecto de ley sobre imprenta presentado por el ministro de la Gobernación Venancio
González. Congreso, 22 de diciembre de 1882, Apéndice primero al nº15, cif. 1.

- 84 -
Por tanto, el principio fundamental del documento presentado por González era la

reforma de la ley anterior, suprimiendo los delitos de imprenta y dejando en exclusiva al

Código Penal de 1870 tanto la definición de los abusos que en el ejercicio del derecho

de imprenta regulado en la Constitución pudieran revestir carácter criminal, como la

determinación de las penas para sus autores.113 Además, se reservaba a los tribunales

ordinarios la aplicación de estos preceptos, prescindiendo de los jueces especiales de

imprenta, por lo que el proyecto reconocía la existencia del principio de separación de

poderes, respetaba la dignidad e independencia del poder judicial y negaba al ejecutivo

el conocimiento o la intervención en el castigo de delitos y faltas.114 Venancio González

recalcaba también la importancia de la opinión pública, a la que calificaba como la

“base firmísima del sistema constitucional y norma de conducta ineludible para los

gobiernos liberales”.115

La norma contenía veintidós artículos, en los que se garantizaba el derecho a emitir

ideas por medio de la imprenta, o cualquier procedimiento utilizado para fijar o

reproducir las palabras sobre papel, tela o cualquier otra materia, como la litografía o la

fotografía, y que adquirieran forma de libro, folleto, hoja suelta, cartel, dibujo o

grabado.116 Tanto en la Ley de 1879 como en la posterior legislación liberal se

precisaban todas las formas de impreso, lo que no ocurría en el texto legal presentado

por González, en el que solo se definía el folleto como el impreso, que sin ser periódico,

se componía de más de setenta y menos de doscientas páginas. Respecto a la

publicación de éstos, se entendía realizada cuando se sacaban más de seis ejemplares de

113
Preámbulo del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882, cif. 1, 2.
114
Preámbulo del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882, cif. 2.
115
Preámbulo del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882, cif. 1.
116
Artículo 1 del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882.

- 85 -
la imprenta en la que se tiraban.117 Para el libro y el folleto se requería que llevaran

estampado el nombre y señas de la imprenta en la primera y última página, mientras que

en la difusión de un folleto, una hoja suelta y un periódico era necesario depositar tres

ejemplares ante la autoridad correspondiente, que era la encargada de resolver, en un

plazo máximo de diez días, si se habían cumplido los requisitos que exigía el proyecto.

De cualquier manera, a diferencia de lo que ocurría en la legislación conservadora, si la

autoridad consideraba que el diario no podía ser publicado por incumplimiento de los

requisitos, existía una segunda vía de recurso ante la autoridad del territorio en un plazo

de cinco días.118 Debido a la importancia que tenía Madrid como centro de

comunicaciones, se estableció, además, la obligación de presentar tres ejemplares ante

el ministro de Gobernación para todos aquellos periódicos que se difundieran en la

ciudad.119

En el documento quedaban recogidas también las causas de cese de los periódicos, tales

como la incapacidad legal del fundador o propietario, cuando no se realizaba la

sustitución del mismo, o el incumplimiento de los requisitos señalados anteriormente

respecto a la publicación por transmisión de propiedad de un periódico político o por

variación del establecimiento tipográfico.120 El proyecto delimitaba la representación

legal del periódico ante las autoridades y tribunales y la dejaba en manos del propietario

del mismo, mientras que en el caso particular de las sociedades que fundaban o

adquirían la propiedad de una publicación era el gerente designado por ésta.121 Además,

quedaban definidas las publicaciones clandestinas como aquellos periódicos o impresos

que circulaban sin tener reconocidos todos los requisitos exigidos por ley, o sin que

117
Artículo 3 del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882.
118
Artículo 8 y 9 del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882.
119
Artículo 11 del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882.
120
Artículo 14 y 15 del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882.
121
Artículo 6 del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882.

- 86 -
pasase el plazo máximo de diez días antes de la resolución de la autoridad.122 En estos

supuestos concretos se permitía el secuestro judicial, y los propietarios o impresores de

los periódicos quedaban sujetos a la responsabilidad señalada en el Código Penal.

En los últimos artículos se establecía el delito de ofensas, que obligaba a los periódicos

a insertar la comunicación que el agraviado le dirigía para negar, aclarar o rectificar los

hechos,123 la cual debía incorporarse en uno de los tres primeros números de la

publicación después de la entrega, e insertarse o bien en primera plana o en la página y

columna iguales a la del artículo en el que se contuviese la ofensa. Cuando el

representante legal del periódico no reconociese el perjuicio causado y se negara a

realizar la comunicación, el perjudicado tenía la posibilidad de demandarlo en juicio

verbal, que podía terminar en sentencia condenatoria. En el caso de que ésta fuera

desobedecida, el representante legal del periódico cometía un delito penado con arreglo

a lo regulado en el Código Penal de 1870. Además, para todos aquellos asuntos

previstos en el proyecto que no constituyeran delito según las disposiciones del mismo,

se establecía una multa de cincuenta a doscientas cincuenta pesetas o de arresto

subsidiario de un día por cada cinco pesetas en el caso de insolvencia de los

representantes legales del periódico.

Tras la publicación del Proyecto de Venancio González se intensificaron las

discrepancias internas que venía sufriendo el gabinete liberal desde el inicio de su

andadura política, lo que obligó a Sagasta a reorganizar su gobierno cediendo cargos

importantes a otros miembros del partido, como ocurrió con el ministerio de

Gobernación, que pasó a manos de Pío Gullón el 11 de enero de 1883. El ministro retiró

122
Artículo 13 y 16 del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882.
123
Artículo 17 del Proyecto de ley de 22 de diciembre de 1882.

- 87 -
un día más tarde el texto de su antecesor, y se dispuso a redactar un nuevo documento

que estuviera en relación con la orientación general presentada en el anterior, pero que

hiciera mayor hincapié en los aspectos de policía.124 Conforme a lo anunciado

previamente, este mismo mes se presentó en el Congreso el Proyecto de Ley de Policía

e Imprenta suscrito por Pío Gullón, que respondía a los principios fundamentales y

conservaba igual carácter que la medida redactada por su predecesor. Sin embargo, la

supresión de algunas prescripciones, la importante variación en los plazos introducidos

y otras modificaciones que fueron plasmadas en la redacción definitiva de la Ley de

1883, bastaron para justificar “el trabajo de revisión y unificación” realizado en el

nuevo texto. Entre las novedades introducidas, podemos resaltar la ampliación de la

noción técnica de publicación y el cambio respecto a la persona que representaba

legalmente el periódico, que pasaba a corresponder al director, y no al fundador o

propietario del mismo como hasta entonces.125 Además, se reducían las competencias de

las autoridades gubernativas en los trámites de fundación de un periódico, y se perfilaba

con mayor claridad la no interferencia de la ley en el ámbito penal, eliminando el

artículo13 del Proyecto de González y modificando la multa de cincuenta a doscientas

cincuenta pesetas prevista en el artículo 21.126

Para evaluar esta nueva disposición, se nombró una Comisión mixta de políticos con

diferente ideología, liderada por el ex ministro demócrata Manuel Becerra, que aprobó

un Dictamen el 21 de febrero de ese año, que siguió fiel a las ideas y principios del

proyecto de Pío Gullón. El texto legal presentado por la Comisión contenía algunas

124
Congreso, 12 de enero de 1883, ministro de Gobernación, cif. 427, 429.
125
La novedad respecto a la representación del periódico fue muy importante para los directores de los
periódicos republicanos que, por su tendencia ideológica, sufrían más los rigores del control
gubernamental, puesto que posibilitó la existencia de un director real o gerente y del director ficticio o de
paja, que en último término, era el que asumía las responsabilidades penales ante las denuncias de las
autoridades.
126
Congreso, 12 de enero de 1883, ministro de Gobernación, cif. 427.

- 88 -
modificaciones “de escasa importancia” respecto al mismo, que se realizaron para dar

una mayor precisión en la definición de las distintas clases de impreso y para enunciar

de forma más clara el criterio seguido por el gobierno liberal en materia de imprenta,

expresado por los dos ministros de gobernación anteriores, Venancio González y Pío

Gullón, en sendos Proyectos de ley. 127 Para la corriente conservadora se trataba de un

texto deficiente, confuso y extravagante, que no continuaba las líneas marcadas por el

ministro de Gobernación, entre otros motivos porque no coincidía en su articulado. Sin

embargo, tanto el presidente de la Comisión como el propio Gullón señalaron que, en

ambos casos, el concepto fundamental era el mismo, y que solo existían diferencias de

forma y variaciones de método y estilo.128

Conviene resaltar dos ideas sobre la concepción de la libertad de imprenta que se

encontraba formulada en el preámbulo del Dictamen y que marcó la orientación política

de la futura Ley de Prensa liberal. En primer lugar, se señalaba que la libertad de

pensamiento expresada por la palabra hablada o escrita no dependía de la voluntad de

los gobiernos, razón por la cual la legislación sobre imprenta debía limitarse a regular su

libre ejercicio, y no impedir o poner obstáculos con disposiciones preventivas.129 El

objetivo perseguido por la Comisión era dignificar a la prensa, acabando con el sistema

represivo aplicado por el partido conservador, y conseguir con ello una opinión pública

sincera y libre.130 En segundo término, siguiendo con la línea política marcada por

Sagasta, y mantenida por González y Gullón, no se aceptaba la existencia de delitos de

imprenta y, consecuentemente, tampoco se admitían las leyes especiales. Con esta

127
Dictamen de la Comisión relativo al proyecto de Ley de Pío Gullón regulando el ejercicio del derecho
a emitir ideas por medio de la imprenta. Congreso, 21 de febrero de 1883, Apéndice vigesimotercero al
nº48, cif. 1.
128
Congreso, 13 de abril de 1883, ministro de Gobernación, cif. 1958/ Congreso, 16 de abril de 1883,
Becerra, cif. 2001.
129
Congreso, 13 de abril de 1883, Becerra, cif. 1958.
130
Dictamen de 21 de febrero de 1883, cif.2.

- 89 -
norma quedaba derogaba la Ley de 1879 y se devolvía a los tribunales ordinarios y al

Código Penal el conocimiento exclusivo de los delitos y faltas que se cometieran por

este medio.131 El dictamen, con algunas ligeras variaciones resultantes de los debates

parlamentarios posteriores que se sucedieron en ambas Cámaras con motivo de la

regulación de la nueva ley de prensa, constituyó la futura Ley de Policía de Imprenta de

1883.

Debido a la importancia adquirida por el documento, que desde su aprobación no estuvo

exento de polémica, la minoría conservadora, por medio del diputado y miembro de la

Comisión, Santos de Isasa, emitió un voto particular en el que se pedía la retirada del

documento, al entender que no podía discutirse en una Cámara un asunto no resuelto en

la otra.132 El voto se encontraba fundamentado en el artículo 7 de la Ley de Relaciones

entre los Cuerpos Colegisladores de 19 de Julio de 1837, por el que se entendía que,

mientras estuvieran pendientes de discusión en el Senado tanto el Proyecto de ley sobre

autorización para plantear el nuevo Código Penal, como el del establecimiento del

jurado en materia criminal, presentados ambos por el gobierno, no era posible realizar

propuesta alguna en el Congreso, ya que los dos trataban de la penalidad y los

procedimientos que regían en los delitos cometidos por medio de la imprenta. Para el

conservador Esteban Collantes, no solo era un texto ilegal por infringir la ley

mencionada, sino que además, era prematuro y no podía ser discutido racionalmente.133

La causa principal de la inoportunidad del dictamen alegada por el político conservador

fue que la legislación de prensa quedaba sometida al Código Penal de 1870,

considerado por los liberales como un conjunto de normas deficientes, en algunos casos,

y exageradas en otros. No falto de razón, Collantes razonaba que éstos, siguiendo su

131
Dictamen de 21 de febrero de 1883, cif.2.
132
Congreso, 10 de abril de 1883, voto particular al dictamen, cif. 1882.
133
Congreso, 10 de abril de 1883, Esteban Collantes, cif. 1885.

- 90 -
línea argumentativa durante los debates previos, debían esperar a la reforma del Código

que se estaba discutiendo en el Senado.

En el lado opuesto se encontraban los miembros liberales de la Comisión, para los que

no existía incompatibilidad entre el proyecto de prensa y los presentados en la otra

Cámara, ya que el dictamen tenía carácter reglamentario y sólo pretendía dar a conocer

la persona responsable, y en ningún caso, como sostenían los conservadores, se refería a

asuntos que entraran en conflicto con el Código Penal. Además, tal y como declaró

Balparada, miembro de la Comisión, ellos preferían el Código Penal de 1870, “con

todos sus defectos”, que la Ley de 1879 que se trataba de derogar con la nueva

legislación, ya que “si nuestro proyecto es someter a la imprenta a la legislación común,

es claro que nos importa poco saber si esa legislación está escrita en el Código de 1870

o en el de 1883”.134 Como veremos en el siguiente capítulo, no le faltaba razón al

partido liberal, ya que, efectivamente, regular los delitos de imprenta bajo el Código

Penal era mejor solución que hacerlo bajo una legislación especial, aunque, si nos

atenemos a los discursos realizados por los liberales, no era la solución ideal, ya que el

Código de 1870 era deficiente en muchos aspectos y contenía numerosos defectos fruto

de la precipitación de los legisladores a la hora de redactarlo.135

134
Congreso, 10 de abril de 1883, Balparada, cif. 1895.
135
ANTÓN ONECA, J., El Código Penal de 1870, Madrid, Instituto Nacional de Estudios Jurídicos.
Anuario de Derecho Penal y Ciencias Penales, 1970, pp. 240-241.

- 91 -
- 92 -
3. LA CONSTRUCCIÓN DEL DERECHO DE LIBERTAD DE

PRENSA: LEY DE POLICÍA DE IMPRENTA DE 1883

1. UNA LEY INNOVADORA: FIN DE LOS DELITOS ESPECIALES DE

IMPRENTA

Como veremos más adelante, a principios de los años ochenta del siglo XIX se

promulgaron en varios países de Europa leyes de prensa y medidas de imprenta con

carácter liberal, que propiciaron el nacimiento de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de

julio de 1883. La nueva legislación, que estuvo vigente hasta la promulgación de la Ley

de Fraga de 1966, consiguió reflejar el ideario liberal en materia de prensa,

reconociendo de forma real y efectiva la libertad de prensa hasta entonces negada por el

gobierno conservador. Muchos historiadores han calificado la Ley de Imprenta de 1883

como la legislación que más garantías concedía a la libertad de imprenta en toda la

historia del constitucionalismo español. En esta línea se manifiesta Gómez Reino, quién

considera que la norma ha sido “la más liberal de todas las dictadas en nuestro país

hasta la época presente”,136 y el catedrático Desantes Guanter, quién afirma que esta

legislación ha sido la de mayor perfección técnica de todas las promulgadas en la

materia, “y la más consecuente con el principio de libertad que enuncia, conforme con

el artículo 13 de la Constitución de 1876” .137

El carácter innovador de la ley había quedado patente en los discursos previos a su

aprobación pronunciados por el presidente de la Comisión y por el ministro de

136
SORIA, C., “La ley española de Policía de Imprenta de 1883”, Documentación de las Ciencias de la
Información, vol. IV, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1982, p. 21.
137
SORIA, C., “La ley española de Policía de Imprenta”, p. 21.

- 93 -
Gobernación. Para Becerra todas las disposiciones publicadas hasta entonces en materia

de imprenta solo servían para “molestar a los escritores y hacer difícil la vida del

periodismo”.138 El político liberal confirmó que el gran alcance de la nueva norma era

terminar con la autorización previa gubernamental y garantizar la manifestación del

pensamiento a todos los individuos. Para Pío Gullón, la ley suponía un progreso

considerable, ya que eliminaba los delitos especiales de imprenta, llevándolos a la

legislación común sin más previsiones ni excepciones, algo que no había sido realizado

por ningún gobierno hasta el momento. 139 Sin embargo, tal y como apunta Carlos Soria,

era matizable que la Ley de 1883 tuviera la primacía de acabar con los delitos de

imprenta, ya que, pese a que durante la mayor parte del siglo XIX se había regulado una

legislación especial en materia de delitos de imprenta, antes de que se promulgara la

misma existían rectificaciones y derogaciones que ya apuntaban a la línea marcada por

la nueva norma. Un buen ejemplo de ello fue la Constitución de 1837, en cuyo artículo

segundo se afirmaba que “la calificación de los delitos de imprenta corresponde

exclusivamente a los jurados”, al igual que el Decreto-Ley de 23 de octubre de 1868,

que establecía que “al eliminar los tipos delictivos, la jurisdicción especial y las

limitaciones previas, hace que desaparezcan los delitos y faltas de imprenta”.140

En virtud de esta idea, podemos afirmar que la importancia y novedad de esta

legislación radicaba en que la misma terminaba con la mayoría de preceptos regulados

en la Ley de 1879, impulsada por el partido conservador, y que dejaba atrás de manera

definitiva los delitos especiales de imprenta. Con este objetivo, la Comisión que redactó

la ley introdujo una cláusula derogatoria en la que se reconocía la supresión de “todas

138
Congreso, 16 de abril de 1883, Becerra, cif. 2002.
139
Senado, 5 de julio de 1883, ministro de Gobernación, cif. 2923; Congreso, 13 de abril, ministro de
Gobernación, cif. 1966.
140
SORIA, C., “La ley española de Policía e Imprenta”, p. 29.

- 94 -
las leyes y disposiciones especiales relativas a la imprenta”.141 La redacción inicial del

Proyecto de Gullón fijaba un marco normativo menor respecto al que finalmente se

adoptó, ya que en él solo quedaban derogadas las disposiciones relativas a la imprenta

que se opusieran a la legislación liberal. Por este motivo, no se puede afirmar que el

cambio realizado fuera fruto de un descuido, sino que, al contrario, su deseo era

transformar la regulación de la prensa y “matar cuanto antes la ley de imprenta

vigente”.142 La Comisión dejó claro que con la nueva legislación se rompía

definitivamente con la ley de los conservadores para que ésta no “resucitara” jamás,143 y

de esta manera conseguir que la imprenta viviera en lo sucesivo al aire libre, en vez de

“en un invernáculo al cuidado de un mal jardinero”.144

Conforme a esta idea se alineaba la minoría republicana, que consideraba que la Ley de

1879 empequeñecía y desnaturalizaba el derecho de imprimir y publicar las ideas y que

hería la dignidad e independencia de los periodistas. Éstos, a su vez, sobrevivían bajo

una existencia precaria a merced de indultos, que a veces les obligaba a “besar la misma

mano que les había castigado”.145 En oposición a la Comisión, el partido conservador

presentó una enmienda a la cláusula derogatoria para que se aceptara la propuesta previa

de Gullón por la que se derogaban solo las disposiciones relativas a la imprenta que se

opusieran a la ley, ya que entendía que, tal y como estaba redactado el artículo por el

ministro de Gobernación, la imprenta no estaba regulada por la legislación común, sino

que, en materia de penalidad, quedaba sujeta a la ley de los conservadores.146 El

objetivo de la minoría conservadora consistía en demostrar que en la formulación del


141
Artículo 21 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883. Gaceta de Madrid, 30 de julio de
1883, número 211, pp. 189-190. Boletín de la R.G.L.J., Tomo LXXI (1883), pp. 154 y ss. Véase apéndice
de la tesis: ANEXO Nº15.
142
Congreso, 16 de abril de 1883, Becerra, cif. 2002.
143
Congreso, 16 de abril de 1883, Becerra, cif. 2002.
144
Congreso, 10 de abril de 1883, Balparada, cif. 1894.
145
Senado, 5 de julio de 1883, Corradi. cif. 2917.
146
Congreso, 16 de abril de 1883, Enmienda de Esteban Collantes al artículo 21, cif. 2000.

- 95 -
dictamen la Comisión prescindía por completo del pensamiento que el gobierno tenía

sobre la materia, plasmado en el Proyecto de ley previo. No obstante, con las

actuaciones de los liberales cuando se encontraban en la oposición quedó patente que

las mismas estaban orientadas a derogar de manera inmediata la “ley liberticida” de los

conservadores, como se exteriorizó en el preámbulo del decreto aprobado por el partido

liberal ocho días después de que Sagasta ocupara el cargo, que ya adelantaba: “tan

pronto como se abran las Cortes propondremos su derogación”.147

Con la supresión de la legislación de 1879 y la adopción de esta novedosa ley se abría

una forma de entender la política jurídica en materia de prensa caracterizada por

garantizar el libre ejercicio del derecho a expresar ideas y no regular imponiendo

límites.148 En ésta, cobraba especial importancia el nombre de “policía” contenido en el

título de la ley, que no había sido utilizado hasta ese momento para definir una norma

de imprenta, y que hacía referencia al conjunto de facultades que para el ejercicio de un

derecho individual se concedían a todos los ciudadanos, y para el cual la autoridad

gubernativa se reservaba una intervención y vigilancia que no perjudicara a las

atribuciones más permanentes y completas de los tribunales de justicia. En virtud de

esta idea, la nueva ley se presentaba por el gobierno como un conjunto normativo de

policía e imprenta cuyo objetivo último consistía en evitar que se burlara la acción de la

justicia, para lo cual se establecían las reglas de publicación del periódico, el

procedimiento para que llegara a conocimiento de las autoridades y la determinación de

las personas que podían intervenir en la publicación del mismo.

147
Senado, 4 de julio de 1883, Conde de Torreánaz, cif. 2898.
148
Congreso, 16 de abril de 1883, Rute. cif. 1992.

- 96 -
2. NEGACIÓN DEL SISTEMA PREVENTIVO Y PRINCIPIO DE

RESPONSABILIDAD DEL GOBIERNO

Para entender las críticas que recibía la Ley de 1883 por los partidos de la oposición es

necesario clasificar primero las distintas posturas existentes en aquella época respecto a

la cuestión de la libertad de imprenta. En primer lugar, la corriente conservadora

afirmaba que la base fundamental de una ley de imprenta era la aplicación de un sistema

preventivo con el que quedaran establecidas las reglas para definir y fijar los límites del

derecho, para lo que era necesario aplicar normas restrictivas con castigos muy

rigurosos. En este esquema tenían un papel fundamental las legislaciones especiales,

que eran ineludibles para llegar a la libertad absoluta, o por lo menos, para reformar las

costumbres de la prensa. Así quedaba plasmado en la norma de 1879, que distinguía

entre delitos que no eran cometidos por medios impresos, cuyo conocimiento se

encomendaba a los tribunales ordinarios y al Código Penal, y los delitos de imprenta.

Los conservadores entendían que algunos actos por sí mismos no eran sancionables,

pero cuando los recogían y difundían los periódicos se convertían en delitos específicos

que debían ser conocidos por los tribunales especiales, existiendo para ellos una

penalidad concreta, que hacía recaer la condena sobre el periódico y no sobre el autor

del escrito.149 El partido liberal calificó a estos delitos especiales de imprenta como

“creaciones ficticias de la imaginación absurda con que tratan de precaverse los

gobiernos débiles enfrente de la opinión pública”,150 con el único objetivo de establecer

una entidad de delitos ficticios como defensa contra la acción de la opinión pública.

149
Senado, 5 de julio de 1883, Terrero, cif. 2920.
150
Congreso, 12 de abril de 1883, Balparada, cif. 1942.

- 97 -
Otro de los puntos fundamentales del pensamiento conservador recaía sobre la forma de

solucionar el problema de la libertad de imprenta, ya que consideraba que debía hacerse

por medio de los mismos escritores y no del gobierno, “adquiriendo aquellos hábitos de

moderación, de prudencia y de elevación que deben tener siempre para discutir todo

género de cuestiones”.151 Para esta corriente, la eficacia de la legislación especial había

quedado probada durante los últimos años debido a la considerable mejora de la prensa

española, y sostenían que, de haber sido malas leyes, “no se hubiese producido ese

progreso”.152 Sin embargo, tomando una visión panorámica del lento y atrasado proceso

de transformación de la prensa en España, conviene preguntarse si la misma no hubiese

estado más adelantada en esta época de haberse aplicado otro sistema más racional, en

vez del sistema preventivo conservador caracterizado por su excesiva dureza y

severidad.

La segunda corriente se alineaba en oposición total a la defendida por los

conservadores, y la apoyaban los republicanos, que se autodenominaban radicales por

defender una gran libertad para los periodistas, al entender que la imprenta ejercía una

influencia muy positiva sobre la opinión pública y era cátedra de buenas costumbres.

Esta corriente afirmaba que tanto las leyes de imprenta como las normas especiales,

eran innecesarias y que, por tanto, no tenía que haber más legislación de prensa que el

Código Penal o los reglamentos correspondientes. Si se trataba la imprenta como

industria entendían que bastaban las normas administrativas que regularan el ejercicio

de todas las demás, mientras que si se consideraba un medio para emitir el pensamiento

y propagar ideas bastaba el Código Penal para reprimir todas aquellas infracciones o

151
Congreso, 16 de abril de 1883, Esteban Collantes, cif. 2004.
152
Congreso, 16 de abril de 1883, Esteban Collantes, cif. 2003.

- 98 -
delitos que pudieran cometerse por medio de ésta.153 Asimismo, consideraban la libertad

de prensa como un derecho natural inherente a la condición del hombre como ser libre y

racional, y la definían como el derecho de hablar por medio de los signos tipográficos.

Para los republicanos la palabra poseía tres instrumentos para transmitirse y

comunicarse: la lengua, la pluma y la imprenta, siendo ésta última la encargada de

multiplicar y difundir la noticia “a aquellos que están demasiado lejos para poder oír los

sonidos articulados de la voz”.154 El partido liberal no estaba de acuerdo con la línea de

pensamiento radical porque se sustentaba sobre la base errónea de que no podían

cometerse delitos por medio de la prensa, ya que según los republicanos se podía abusar

tanto de la palabra impresa como de la hablada, pero para los efectos del delito y la

sanción penal la imprenta no era más que un instrumento como otro cualquiera.155

La última de las posturas era la liberal, mantenida por el partido que lideraba Sagasta, y

defendida por los ministros de Gobernación, Venancio González y Pío Gullón, así como

por la Comisión que redactó la legislación de 1883. Esta línea de pensamiento afirmaba

la existencia de la libertad de prensa sobre dos ejes: el principio de responsabilidad y la

negación de todo sistema preventivo. La primera garantizaba los intereses de la

sociedad, lo que era contrario a la idea de que el derecho a escribir fuera absoluto e

ilegislable, como defendían los republicanos, y que el periodista ejerciera una especie de

“sacerdocio” que le hiciera invulnerable e implacable respecto a la libertad de imprenta.

En segundo término, se rechazaba el sistema restrictivo establecido por los

conservadores y se afirmaba que el derecho a emitir libremente las ideas por medios

impresos se basaba en la carencia absoluta de toda clase de medidas preventivas que

153
Senado, 5 de julio de 1883, Corradi, cif. 2920; Congreso, 14 de abril de 1883, Villalba Hervás. cif.
1978.
154
Senado, 5 de julio de 1883, Corradi. cif. 2918.
155
Senado, 5 de julio de 1883, Corradi, cif. 2918.

- 99 -
impidieran, dificultaran o retardaran considerablemente el ejercicio del mismo.156 A

pesar de que este era uno de los puntos más importantes del pensamiento liberal, los

republicanos acusaron al gobierno de utilizar en la legislación de imprenta

procedimientos y prácticas propios de los conservadores, como el sometimiento de la

prensa a un régimen especial fundado en unas ordenanzas de policía. Para la postura

radical la reglamentación de los periódicos bajo una ley de policía, como defendían los

liberales, limitaba la completa libertad de los periodistas, que solo podía hacerse

realidad aplicando un criterio amplio, con todas sus consecuencias. Conforme a esta

opinión, Tocqueville declaró: “el poder de la imprenta es tanto mayor y peligroso,

cuanto menor es el número de los que lo ejercen”.157

Otro de los fundamentos del pensamiento liberal era que el delito se consideraba un

hecho punible independientemente de si adquiría publicidad por medio de la imprenta o

no, ya que no existía más que una infracción que debía ser castigada por el Código

Penal, cualquiera que fuera la forma en la que se manifestara.158 Por tanto, a diferencia

de los delitos especiales regulados en la norma conservadora, los que se cometían por

medio de la imprenta eran infracciones de una ley que de antemano se consideraba

como perjudicial para la sociedad, y no variaba, aunque sí lo hicieran los medios a partir

de los cuales se cometía el delito. Sin embargo, el partido conservador aseguraba que la

Ley de 1883 seguía siendo una norma especial de la imprenta como la redactada por

ellos mismos, con la diferencia de que en ésta última se clasificaban las bases de la

delincuencia y se identificaba a los responsables de las publicaciones. A su juicio, esto

hacía que los escritores fueran a la cárcel por una causa insignificante, lo que

156
Congreso, 14 de abril de 1883, Balparada, cif. 1980; Congreso, 16 de abril de 1883, Rute. cif. 1992.
157
Senado, 5 de julio de 1883, Corradi. cif. 2918.
158
Senado, 5 de julio de 1883, Corradi, cif. 2921.

- 100 -
perjudicaba a la prensa.159 Esta afirmación no era del todo cierta, ya que en la

legislación liberal no existía una penalidad especial para los periódicos, sino que se

limitaba a regular el derecho a emitir las ideas en lo que se refería a la esfera

gubernativa.160

En mi opinión, la postura liberal era la más correcta de las tres, porque con ella se

evitaban todos los abusos a los que se prestaba el sistema preventivo conservador,

caracterizado por practicar una política de censura restrictiva que coartaba la libertad y

sancionaba a los diarios en función de los intereses políticos, utilizando los tribunales

especiales como órganos del gobierno; y tampoco se aplicaba el criterio republicano que

defendía la errónea idea de que la palabra hablada y escrita tenían el mismo efecto en la

sociedad, sin tener en cuenta la cantidad de personas a las que podía llegar una y otra, lo

que propiciaba que todos los delitos cometidos por medio de la imprenta quedaran en la

más completa impunidad. En estos razonamientos, fundamentalmente, se hallaba

cimentada la necesidad de la nueva ley liberal, que partía de la definición de la imprenta

como un instrumento para la comisión del delito, razón suficiente para que no se

castigara a la empresa periodística ni a la publicación, ni tampoco se dejara a la absoluta

libertad de los periodistas el derecho a emitir ideas, ya que eso favorecía la difusión de

artículos periodísticos anónimos dejando sin garantías a la sociedad. Tal y como afirmó

Terrero, miembro de la Comisión y del partido liberal, la imprenta debía gozar de una

libertad absoluta, sin que se coartara por medidas preventivas, pero como consecuencia

natural de la misma debía estar sometida también a disposiciones que requirieran la

responsabilidad por aquellas infracciones que se cometían por medio de la prensa.161

159
Senado, 23 de abril de 1883, Marqués de Obovio, cif. 1741.
160
Senado, 23 de abril de 1883, Pío Gullón, cif. 1746.
161
Senado, 5 de julio de 1883, Terrero, cif. 2921.

- 101 -
3. REMISIÓN DE TODOS LOS DELITOS DE IMPRENTA AL CÓDIGO

PENAL

Partiendo de estas premisas liberales, la innovación de la Ley de 1883 se basaba en

garantizar el libre ejercicio del derecho sin centrarse en el criterio preventivo,

estableciendo las condiciones para evitar la impunidad y las reglas necesarias para que

fuera posible corregir con el Código Penal las faltas y delitos que por medio de la

imprenta se cometieran. En virtud de esta idea, el control de la prensa pasaba de estar en

manos del gobierno a dejarse a los tribunales ordinarios, de tal manera que todos los

delitos de imprenta quedaban sometidos al Código Penal y se fijaban unos postulados

que hacían posible un futuro prometedor para la prensa.

La primera de estas cuestiones, llevar todos los casos de imprenta a la autoridad judicial

fue muy criticada por la minoría republicana que, pese a que reconocía que con la ley se

facilitaba la libertad y se mejoraba notablemente la norma conservadora de 1879,

consideraba que se estrechaba a su vez la esfera de criterio de los jueces y que se les

privaba de funciones que debían tener.162 Para esta corriente, no solo era necesario que

los tribunales ordinarios gozaran de más competencias que las reconocidas en la ley

liberal, sino que, además, para satisfacer plenamente las exigencias de justicia era

necesario la intervención del jurado, al comprender que los delitos de imprenta tenían

mucho de circunstanciales y que en ellos solían concurrir condiciones especiales, que

aumentaban o disminuían su gravedad. Solo con el jurado se podía graduar la

162
Congreso, 14 de abril de 1883, Villalba Hervás, cif. 1983; Senado, 5 de julio de 1883, Corradi. cif.
2920.

- 102 -
peligrosidad de una infracción cometida por medio de la palabra en cualquiera de sus

formas, apreciando las circunstancias en el lugar y en el tiempo.163

El segundo de los objetivos de la nueva legislación era remitir todas las cuestiones de

prensa al último Código Penal aprobado en 1870,164 que era la norma de la cual se

extraía la definición de los delitos y el establecimiento de las penas en materia de

imprenta. Durante los debates parlamentarios anteriores a la aprobación de la Ley de

Imprenta, todos los diputados y miembros del partido liberal mantuvieron un mismo

criterio en torno a la remisión de ésta a un Código que consideraban excesivamente

riguroso en algunas de las sanciones establecidas, y deficiente en otros casos en los que

se trataban con “cierta dulzura” a los periodistas, pero encontraban éste como la mejor

solución hasta que se aprobara uno nuevo, ya que aseguraban que la Ley de 1883

“puede avenirse con cualquier Código Penal que esté vigente”.165 Acorde a esta idea, el

partido liberal justificaba la aplicación del Código de 1870 por un tiempo determinado y

pedía paciencia, porque creía que la reforma del mismo respondía mejor a las

necesidades públicas modernas y estaban más en armonía con la Ley de Imprenta.166 A

su vez, el ministro de Gobernación entendía que la misma ley exigía una reforma

completa, amplia y definitiva del Código, y hacía referencia a que con ambas

disposiciones la situación de la imprenta iba a ser perfecta y próspera como ya lo era en

otros países europeos.167 Respecto a este punto, se oponía el conservador Esteban

Collantes, que argumentaba que en ningún país del mundo se llevaban todos los delitos

163
Senado, 4 de julio de 1883, Conde de Torreánaz. cif. 2900.
164
Código Penal de 17 de junio de 1870. MARTÍNEZ ALCUBILLA, M., Diccionario de la Administración
Española. Compilación de la Novísima Legislación de España peninsular y ultramarina en todos los
ramos de la Administración pública, IV edición, tomo II, Madrid, Administración, 1886, pp.516-570.
Véase apéndice de la Tesis: ANEXO Nº2.
165
Congreso, 10 de abril de 1883, Ruiz Martínez, cif. 1884.
166
Senado, 4 de julio de 1883, Marqués de Arlanza, cif. 2903; Senado, 5 de julio de 1883, ministro de
Gobernación, cif. 2924.
167
Senado, 5 de julio de 1883, ministro de Gobernación, cif. 2924.

- 103 -
a la legislación común. Para el diputado conservador se tenía que comprobar primero si

lo que se iba a establecer en España estaba dentro de las condiciones del país e iba a

producir buenos resultados, y afirmaba que no había que limitarse a implantar una

“innovación cualquiera”.168

Otro de los opositores a esta práctica era Pacheco, quién se alineaba con la postura

radical, entendiendo que la Ley de Imprenta no llevaba a nada práctico ni conveniente y

que se debían buscar otros procedimientos para mejorar y contribuir al

desenvolvimiento de la prensa. El político planteaba con acierto que someter los delitos

de imprenta al procedimiento común era algo más que incluirlos formalmente en el

Código, significaba “reducirlos a las condiciones ordinarias del sistema penal” que se

hallaba en vigor en el pueblo de que se tratara.169 En esta línea, Pacheco mantenía que

no era aceptable la inclusión de ciertos delitos por el simple hecho de estar tipificados

en el Código, como ocurría con la pena de suspensión y supresión del periódico, ya que

se oponía a la independencia de la prensa, la cual no podía vivir una existencia libre

bajo la presión de medidas capaces de extinguirla. Tampoco aceptaba que los delitos de

opinión se encontraran recogidos en la legislación penal, al ser contrarios al principio

invocado por el partido liberal de castigar al autor y no al instrumento. En la misma

línea, Corradi declaró que los delitos de opinión no se reconocían “en ningún pueblo

libre del mundo civilizado”.170 El senador republicano consideraba necesario trazar una

línea divisoria entre los juicios de opinión y los que resultaban ser verdaderos casos de

delincuencia, ya que una opinión podía ser más o menos acertada, pero por sí misma no

168
Congreso, 13 de abril de 1883, Esteban Collantes, cif. 1968.
169
PACHECO, F., “La legislación sobre la prensa. El proyecto de ley de Policía e Imprenta”, Revista
General de Legislación y Jurisprudencia, LXII, 1883, p. 212. Reproducido en SORIA, C., “La ley
española de Policía e Imprenta”, p. 23.
170
Senado, 5 de julio de 1883, Corradi, cif. 2918.

- 104 -
constituía delito. Por tanto, para que la misma fuera condenable era indispensable no

solo el hecho sino el deliberado propósito de hacer daño.

En conclusión, la postura adoptada por el partido liberal respecto a la remisión de los

delitos al Código Penal tuvo gran relevancia, ya que consiguió acabar definitivamente

con la discrecionalidad característica de los fiscales y tribunales especiales de imprenta.

Sin embargo, ésta medida tendría que haber estado más meditada, no solo por las

críticas justificadas y fundamentadas de Pacheco, que ponía de manifiesto la

incongruencia de los liberales al rechazar ciertas prácticas en la Ley de Imprenta que sin

embargo reconocía el Código Penal, sino porque a pesar de los grandes esfuerzos del

gobierno liberal por explicar el previsible corto periodo de tiempo en el que estaría

vigente el Código de 1870, finalmente, los distintos partidos no llegaron a ningún

acuerdo para la reforma del mismo y éste se mantuvo en vigor hasta 1928. El hecho

resulta ser muy significativo, especialmente porque, como señalábamos anteriormente,

el Código era considerado por los propios redactores de la Ley de 1883 como ineficaz e

inaplicable, por lo que se entendía que éste no era la mejor solución para la nueva

legislación y, sin embargo, se convirtió en la norma basilar de la regulación de los

delitos cometidos mediante la imprenta.

4. FUNDAMENTOS LEGISLATIVOS PARA CONFIGURAR LA LIBERTAD

DE PRENSA

La Ley de Policía de Imprenta contenía veintiún artículos que desarrollaban el derecho

fundamental de emitir libremente ideas y opiniones que se encontraba recogido en el

artículo 13 de la Constitución de 1876. Durante los meses previos a la publicación de la

- 105 -
norma, los distintos partidos discutieron acerca de los asuntos que consideraban más

relevantes en materia de imprenta, construyendo, de esa manera, el sistema legal en el

que consideraban que debía estar apoyada la libertad de prensa.

1. CLASIFICACIÓN DE LOS IMPRESOS Y RESTRICCIÓN DE LA

NOCIÓN DE PUBLICAR

La legislación definía el impreso como la manifestación del pensamiento por medio de

la imprenta, la litografía o por otro procedimiento mecánico de los empleados hasta ese

momento. Un concepto con la “suficiente generalidad”,171 como apuntaba Desantes, que

refutaba la idea de que se trataba de una norma innovadora con vistas de futuro, en la

que tenían cabida aquellos medios que fruto de progresos posteriores se empleaban para

la reproducción de las palabras, signos y figuras sobre el papel, tela o cualquier otra

materia.172 Asimismo, la norma detallaba cada una de las formas que podían adoptar los

distintos impresos: el libro debía reunir en un solo volumen doscientas o más páginas;

un folleto tener más de ocho y menos de doscientas páginas en el mismo volumen; una

hoja suelta no exceder de ocho hojas; y el cartel tenía que estar destinado a fijarse en los

parajes públicos.173 Por último, el periódico quedaba delimitado como toda serie de

documentos que salían a la luz con título constante una o más veces al día, o por

intervalos de tiempos regulares o irregulares que no excediesen de treinta.174

171
SORIA, C., “La ley española de Policía de Imprenta de 1883”, p.24.
172
Artículo 1 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883. Gaceta de Madrid, 30 de julio de
1883, número 211, pp. 189-190. Boletín de la R.G.L.J., Tomo LXXI (1883), pp. 154 y ss. Véase apéndice
de la tesis: ANEXO Nº15
173
Artículo 2 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.
174
Artículo 3 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.

- 106 -
La clasificación y nomenclatura de los impresos contenida en los primeros artículos de

la ley fue muy criticada por la minoría republicana, que veía en la misma los tintes del

sistema preventivo conservador. Para esta corriente, la Constitución de 1876 no

reconocía diferencia alguna entre las distintas formas que adoptaban los mismos, y eso

bastaba para que si concurría un delito de imprenta, el modo en el que se cometiera el

mismo no variara su penalidad. Corradi afirmó que “la forma, tamaño y proporciones no

alteran la esencia y naturaleza del hecho punible, ni tienen la virtud para hacer variar la

medida proporcional del castigo”.175 La afirmación del diputado republicano no era del

todo correcta, ya que no se podía justificar que supuestos tan dispares como cometer

una infracción en un cartel que se divulgaba únicamente en un pueblo, o realizar la

misma en un periódico de tirada nacional que pudiera llegar a muchos más ciudadanos

tuviera reconocida la misma pena, por lo que era necesario establecer la condena en

función del medio en el que se había cometido la transgresión. Así lo entendía la

Comisión, que consideraba que se debía aplicar una penalidad superior cuanto mayor

era la tirada de los periódicos, ya que la publicidad aumentaba considerablemente,

convirtiendo el delito en más grave.176

La propia noción jurídica de la publicación de las distintas variedades de impresos

existentes fue uno de los asuntos que más atención concitó en los debates

parlamentarios previos a la aprobación de la nueva norma, debido, en gran medida, a la

limitación que hacía la ley sobre este concepto, en relación con el Proyecto de Gullón.

A los efectos de la legislación de 1883 se entendía publicado un impreso cuando se

extraían más de seis ejemplares del mismo establecimiento en el que se había realizado

175
Senado, 5 de julio de 1883, Corradi. cif. 2918.
176
Senado, 4 de julio de 1883, Marqués de Arlanza. cif. 2902.

- 107 -
la tirada,177 mientras que en el proyecto previo se producía cuando se “ordenaba” o se

“permitía” que salieran los seis ejemplares. Como hemos señalado, la restricción en la

delimitación de la difusión de impresos introducida por la Comisión no estuvo exenta de

polémica, ya que no solo se hacía respecto al documento presentado por el ministro de

Gobernación, sino que también se modificaba la Ley de 1879, que apelaba a la

enumeración y concebía la publicación como cualquier acto que diera luz un impreso,

como era la venta o repartición. El partido conservador criticó la limitación de la noción

de publicar realizada por el gobierno liberal, ya que consideraba que la acción de extraer

ejemplares podía hacerse por otro objeto.178 Collantes presentó una enmienda en la que

se afirmaba que la publicidad efectiva, real y actual era la condición necesaria e

indispensable del delito de imprenta, y que, por tanto, existía publicación en los

siguientes supuestos: cuando comenzara la repartición o se pusiera a la venta; cuando se

fijara en un paraje público o en local o en establecimiento del mismo género o cuando

se enviaban los impresos al correo.179 El político y periodista conservador apoyaba su

argumentación en que otros países europeos tenían opiniones semejantes a la suya,

como en Italia y Bélgica, donde se consideraba acto de publicación el hecho de

distribuir, poner en venta o exponer los escritos en lugares y reuniones públicas.

Para los miembros de la Comisión la definición planteada en la ley era concreta y

precisa y no se prestaba a la arbitrariedad, y opinaban que la necesidad del artículo se

encontraba en establecer un criterio para que la Administración y el gobierno tuvieran

claro el momento en el que se establecía la presunción legal de que el periódico estaba

177
Artículo 4 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.
178
Congreso, 12 de abril de 1883, Isasa. cif. 1945.
179
Enmienda al artículo 4 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883. Congreso, 14 de abril.
Discurso Esteban Collantes. cif. 1973.

- 108 -
publicado, lo que constituía el origen de la falta administrativa o del delito.180 Frente al

problema planteado por Collantes respecto a los supuestos en los que se producía daño

pero solo se tiraban cinco ejemplares y no seis como exigía la ley, la Comisión señalaba

que el acto debía ser perseguido como difamación o injuria, pero que no se consideraba

un delito de imprenta. Autores como Carlos Soria sostienen que de haber sido aceptada

la enmienda del partido conservador se habría dado mayor perfección técnica al

artículo, consiguiendo solucionar los problemas doctrinales que trajo consigo la noción

de publicar.181 El mismo Collantes afirmaba que no se debía hacer “cuestión de amor

propio” un asunto de doctrina, sino que se trataba de evitar los males que la confusión

producía y redactar los artículos con más claridad.182 A las críticas conservadoras se

unieron las del bando republicano, que asemejaban la definición realizada en la ley con

la del Real Decreto de 1867, de carácter represivo, y que declaraba que existía

publicidad cuando el documento se comunicaba “a tantas personas”, o se habían

repartido “cierto número de ejemplares”. Esa corriente consideraba que el único

objetivo conseguido por la Comisión al redactar el apartado en esos términos era

estrechar el razonamiento del juez, quién no podía aplicar su criterio racional.183

Respecto a las demás formas de impresos, se entendía efectuada la publicación de

carteles cuando se fijaba alguno en cualquier paraje público, el libro cuando llevara pie

de imprenta, y los folletos cuando, además de ese último requisito, se depositaran tres

de ellos en el gobierno de la provincia o en la delegación especial gubernativa o en la

alcaldía de la población en la que viera la luz en el acto de la publicación. Las mismas

condiciones se establecían para la publicación de una hoja suelta o cartel, y además se

180
Congreso, 12 de abril de 1883, Balaparada. cif. 1937.
181
SORIA, C., “La ley española de Policía de Imprenta”, p. 25.
182
Congreso, 14 de abril de 1883, Esteban Collantes. cif. 1977.
183
Senado, 4 de julio de 1883, Sr. Conde de Torreánaz. cif. 2899.

- 109 -
requería, a excepción de aquellos exclusivamente comerciales, artísticos o técnicos, una

declaración escrita y firmada, en la que se especificara el nombre, apellidos y domicilio

del declarante y la afirmación de que la persona se hallaba en el pleno uso de los

derechos civiles y políticos.184

Por medio del diputado Carvajal, la minoría republicana presentó una enmienda a ese

apartado en la que suprimía la exigencia del declarante de hallarse en pleno uso de

derechos civiles y políticos,185 interpretando con ello que la Comisión había cometido

una contradicción al privar del derecho personal de emitir ideas por medio de la

imprenta a hombres que, según las leyes, gozaban de todos los demás derechos

individuales garantizados en la Constitución.186 Villalba Hervás declaró que no había

ningún motivo justificado para exigir esta condición para escribir, que en España no se

alcanzaba hasta los veinticinco años de edad, cuando existían ejemplos en el Código

Penal que se oponían a esta idea, como establecer una responsabilidad criminal para el

mayor de nueve años y la responsabilidad plena al llegar el ciudadano a los dieciocho.

Igualmente, éste político criticó que la Comisión reconociera una gravedad especial para

publicar una hoja suelta cuando la misma no era un “arma terrible” que comprometiera

la tranquilidad pública y pusiera en peligro la existencia de las instituciones, ya que si

éstas se propagaban en sociedades tranquilas tendrían un efecto de “fósforo arrojado en

el agua”.187 Asimismo, el partido republicano consideró que el apartado redactado era

inconstitucional, al ser incompatible con el artículo trece de la Constitución, que

reconocía el derecho a emitir libremente sus ideas y opiniones a todo español sin

excepción, entendiendo, también, comprendidos aquellos que no gozaban de sus

184
Artículo 5, 6 y 7 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.
185
Según el artículo 320 del Código Civil vigente, los derechos civiles se adquirían plenamente a los 23
años, y los derechos políticos a los 25 años.
186
Congreso, 14 de abril de 1883, Villalba Hervás. cif. 1979.
187
Congreso, 14 de abril, Villalba Hervás, cif. 1979.

- 110 -
derechos civiles y políticos, y para esa corriente no se podía dar al gobierno la

discrecionalidad de privar arbitrariamente a un mayor o menor número de personas.

Aunque iba en contra de su doctrina, consideraban preferible lo contenido en la Ley de

1879, que requería el permiso de la autoridad para publicar una hoja suelta, antes que

negar en absoluto y sin recurso ese mismo derecho a ciudadanos que gozaban de otros

muy importantes.188

En sentido contrario, la Comisión pensaba que estaba justificada la especial condición

reconocida en la ley a la hoja suelta y al cártel como medida de protección a la sociedad

frente a los posibles abusos, ya que por su naturaleza no tenían la garantía que ofrecía

un fundador, un propietario o un editor, y por medio de ellas era posible cometer todos

los delitos de imprenta. Para Balparada, miembro del gobierno liberal, el objeto de

exigir esa declaración, que se hacía simultáneamente con la publicación y no con

anterioridad, era hacer efectiva la responsabilidad de un individuo que disfrutara de la

integridad de sus derechos civiles y políticos, y que tuviera una personalidad completa,

digna y decorosa, que eran los aspectos que componían la “honorabilidad” de una

persona, lo que para el diputado era incompatible cuando se tenía menos edad a la

exigida en la ley.189 Él mismo pensaba que la opinión era consistente, ya que la fórmula

adoptada en la legislación liberal se encontraba recogida en muchas disposiciones de

Europa, y además sostenía que el precepto constitucional tenía que aplicarse de manera

absoluta porque él consideraba que existían casos en los que los españoles, por

circunstancias muy especiales, no podían ejercer su derecho en unas condiciones

determinadas y en un momento dado, al no tener suficiente responsabilidad para

188
Congreso, 14 de abril de 1883, Villalba Hervás, cif. 1979.
189
Congreso, 14 de abril de 1883, Balparada. cif. 1983.

- 111 -
publicar hojas sueltas o carteles, si bien esto no suponía una negación de su condición

de españoles.190

Es preciso reconocer que con el citado precepto se daba un gran paso hacia la libertad

de prensa, ya que el antecedente más inmediato era la previa censura reconocida por el

partido conservador, por la que se privaba de manera radical a todos los españoles del

derecho a expresar el pensamiento por medio de la hoja suelta o el cartel. En este caso

concreto no se negaba a todos los españoles sin excepción, sino que solo se exigía una

mínima garantía para proteger los derechos de los ciudadanos de los posibles ataques

que pudieran sufrir estos medios, ya que, tanto la hoja suelta como el cartel eran formas

de impreso en los que resultaba muy difícil que alguien respondiera del delito cometido.

En esta línea, Balparada declaró lo siguiente: “nosotros reconocemos cuando más la

necesidad de no dar a todo el mundo, cualquiera que sea su edad, cualquiera que sea su

situación, cualquiera que sea su estado social, la libertad de perturbar la sociedad, la

libertad de atacar, protegido por la impunidad que puede darle el anónimo, la honra y la

dignidad de las personas, injuriándolas o calumniándolas”.191

2. SUPRESIÓN DE LA LICENCIA PREVIA Y DEL DEPÓSITO PREVIO

Al contrario de lo que ocurría en la Ley de 1879, que exigía una licencia previa para

editar periódicos, la redacción definitiva de la nueva legislación liberal suprimía la

obligación de exigir una autorización administrativa, y como requisito para la fundación

del periódico solo señalaba la necesidad de ponerla en conocimiento de la primera

autoridad gubernativa de la localidad en la que se iba a publicar cuatro días antes de

190
Congreso, 14 de abril de 1883, Balparada, cif. 1982.
191
Congreso, 14 de abril de 1883, Balparada, cif. 1983.

- 112 -
comenzar su difusión.192 Del mismo modo, se solicitaba una declaración escrita y

firmada por el fundador en la que manifestara hallarse en pleno uso de los derechos

civiles y políticos y expusiera el título del periódico, el nombre, apellidos y domicilio de

su director, los días de aparición del mismo y el establecimiento en el que se fuera a

imprimir, a la que debía acompañarse un recibo que acreditara que éste se hallaba al

corriente en el pago de la contribución de subsidio, o cualquier otro documento que

probara que estaba abierto y habilitado para funcionar.

Pese a que con ese artículo se daba un gran paso hacia la libertad de prensa, debido en

gran medida a la supresión de la autorización previa, la minoría republicana, por medio

de Carvajal, interpuso una enmienda en la que se exigía que se modificara el precepto,

respecto a la obligación de que el particular estuviera en pleno uso de los derechos

civiles y políticos, por la exigencia de que éste no se hallase sujeto a interdicción civil,

ni a tutela ni a curaduría ejemplar. Añadiendo, además, que no se reclamara que por

medio de un recibo debiera acreditarse el pago de la contribución. Partiendo de la línea

de argumentación radical por la que se consideraba la imprenta como una industria,

Villalba Hervas defendía que no era razonable exigir más condiciones para fundar un

periódico que las establecidas en las leyes generales que regulaban el ejercicio de la

misma en España. De igual manera, razonaba que resultaba ilógico llevar la Ley de

Imprenta a la regulación del recibo que establecía el pago de la contribución, ya que esa

competencia correspondía a los reglamentos generales administrativos, y no entendía

por qué se imponía la declaración para los periódicos y no se hacía lo propio para

cualquier folleto o libro.193 Otra de las cuestiones que planteaba la enmienda recaía

sobre el derecho de los extranjeros para fundar y publicar periódicos en España como

192
Artículo 8 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.
193
Congreso, 16 de abril de 1883, Villalba Hervás. cif. 1991.

- 113 -
cualquier español, en aplicación del artículo 2 de la Constitución, que facultaba a los

mismos para establecer en nuestro país cualquier industria o ejercer cualquiera

profesión.194 La Comisión solo consideró esto último, y reconoció en toda su integridad

el precepto constitucional por el que los extranjeros tenían derecho a fundar y publicar

periódicos.

Distanciándose una vez más de la ley de los conservadores, y tal y como ocurría con la

supresión de la licencia previa, la nueva norma tampoco recogía la figura del depósito

previo en lo que respecta al acto de publicación de los periódicos. Éste se realizaba

mediante una simple comunicación a la autoridad gubernativa por medio de la

presentación de ejemplares en el gobierno de la provincia, en la delegación especial

gubernativa o en la alcaldía del pueblo en el que se publicaba. Además de la fundación

de un periódico, se debía dar conocimiento a la autoridad gubernativa en la transmisión

de la propiedad de un periódico,195 y también cuando variara el establecimiento en el

que el diario imprimía se debía manifestar que existían todas las condiciones exigidas.

En lo que respecta al cese del periódico, se producía cuando por sentencia ejecutoria se

privaba al representante legal del uso de sus derechos civiles y políticos y transcurrían

cuatro días desde su notificación sin que un nuevo representante cumpliera los

requisitos previstos para la fundación del mismo.

La comunicación a la autoridad gubernativa exigida en la ley no estaba bien vista por

todos los partidos, y algunas opiniones en contra del apartado hicieron replantearse a la

Comisión si el mismo era compatible con las funciones naturales concedidas a los

tribunales, o si, por el contrario, menoscaba sus competencias en beneficio de los

194
Congreso, 16 de abril de 1883, Villalba Hervás, cif. 1991.
195
Artículo 12 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.

- 114 -
gobernadores, como así defendían los republicanos, que criticaban la actitud del

gobierno de “echar mano” de los gobernadores cuando su “deseo” era someter todos los

asuntos de imprenta a la autoridad judicial.196 Al igual que los republicanos, Pacheco

consideró que el gobierno se contradecía con el apartado, ya que uno de los puntos clave

en los que se fundamentaba la nueva Ley de Imprenta era en dotar de más funciones al

poder judicial y, sin embargo, con la disposición se reconocía una competencia nueva a

los gobernadores. Para el autor resultaba comparable la comunicación exigida en la

nueva norma, que hacía que los tribunales solo enjuiciaran ciertas cuestiones si así lo

indicaba el gobierno, con la existencia del depósito previo regulado en la Ley de 1879,

que requería el envío de tres ejemplares a las autoridades para el control de las

mismas.197 El buen razonamiento de Pacheco se debía poner en relación con la línea de

argumentación seguida en todo momento por los liberales, que preferían los órganos de

justicia ante la desconfianza que les creaba la actuación de los gobernadores. Por tanto,

pese a que con el artículo se suprimía definitivamente el depósito previo, nos topamos,

nuevamente, con el recelo del gobierno liberal a desprenderse de forma definitiva de

todas las funciones en materia de imprenta que debían corresponder a las autoridades

judiciales, manteniendo así ciertas competencias discrecionales que dañaban la

independencia y la objetividad con la que el gabinete liberal pretendía regular las

cuestiones de imprenta.

196
Senado, 4 de julio de 1883, Conde de Torreánaz, cif. 2899.
197
SORIA, C., “La ley española de Policía de Imprenta”, p. 27.

- 115 -
3. EL DIRECTOR: NUEVO REPRESENTANTE LEGAL DEL

PERIÓDICO. RESPONSABILIDAD CONTEMPLADA EN EL CÓDIGO

PENAL

La Ley de 1883 daba un salto cualitativo en materia de representación legal del

periódico y, olvidando la pauta seguida por el partido conservador, reconocía al director

de la publicación, y no a la empresa, como la persona que debía responder ante las

autoridades y tribunales de las infracciones que se cometieran por medio de la imprenta,

nota recogida más tarde en la Ley de Prensa de 1966. En defecto del director, era el

propietario quien ejercía de representante, sin perjuicio de la responsabilidad civil o

criminal que tuvieran los redactores o colaboradores del periódico.198 El fundador se

consideraba propietario mientras no transmitiera a otro la propiedad,199 y en los casos en

los que una sociedad legalmente constituida fundara un periódico o adquiriera su

propiedad, la representación legal correspondía al gerente que la misma hubiera

designado, quien gozaba de los mismos derechos y estaba sujeto a iguales

responsabilidades civiles y criminales que si era propietario único del periódico. Para la

Comisión, los directores y gerentes eran las personas más importantes de los diarios en

el orden intelectual, el primero por la intervención superior que tenía en el propio

periódico, y el segundo por la vida activa que hacía al frente de éste, razones suficientes

para elegirles como representantes del mismo.200

198
Artículo 9 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.
199
La obligación de comunicar a la autoridad correspondiente el nombre del director de toda publicación
periódica no se limitaba al tiempo de dar principio la publicación de un periódico, sino que se extendía a
todos los cambios que sucesivamente se verificaran en la dirección. STS 16 de mayo de 1884. Gaceta de
Madrid, 14 de Octubre de 1884, p. 228.
200
Senado, 5 de julio de 1883, ministro de Gobernación, cif. 2927.

- 116 -
Del mismo modo, la ley precisaba que los directores debían hallarse en el pleno uso de

sus derechos civiles y políticos, y que la suspensión de éstos les inhabilitaba para

publicar o dirigir el periódico.201 En un primer momento, los propietarios de las

publicaciones tenían reconocidas las mismas condiciones que los directores. Sin

embargo, la Comisión suprimió a éstos de este apartado, al aprobar una parte de la

enmienda presentada por Carvajal.202 La función que tenía encomendada el director

como representante del periódico era la de entregar, en el acto de su publicación y

autorizados con su firma, tres ejemplares de cada número y edición en el gobierno de la

provincia, en la delegación especial gubernativa o en la alcaldía del pueblo en el que se

publicara el mismo. Tal y como ocurría con los proyectos de ley anteriores, redactados

por los ministros de Gobernación, se exigía una condición especial a los directores de

los diarios de Madrid, que debían presentar, además, otros tres ejemplares con las

mismas formalidades en el Ministerio de la Gobernación.203

La representación legal y la responsabilidad en materia de imprenta eran dos de los

puntos que más polémica suscitaba entre los distintos partidos de la oposición, que a

pesar de tener idearios diferenciados, coincidieron en criticar al gobierno por los

mismos aspectos. Por una parte, los conservadores observaron que con este artículo el

gobierno realizaba una reforma del Código Penal, ya que en el mismo no se encontraba

mencionada la figura de los editores, cuando sí se establecía la responsabilidad de éstos

en el Código. Así lo creía Isasa, quien afirmó que debía reconocerse entidad a la

empresa como culpable del delito y no hacer responsables a aquellos que “no tienen

201
Tal y como veremos en la segunda parte de la investigación, en virtud de la Circular de 28 de
Diciembre de 1888, los militares tenían prohibido ser fundadores o directores de los periódicos, así como
redactores de los periódicos políticos. Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, 28 de Diciembre de
1888, número 285, pp. 883-884.
202
Congreso, 12 de abril de 1883, Balparada, cif. 1933.
203
Artículo 10 y 11 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.

- 117 -
participación, ni conciencia, ni intención en la comisión del delito”,204 como eran los

propietarios o directores, porque “todo lo que no sea hacer recaer sobre ella y no sobre

el escritor la penalidad es deficiente, es injusto”.205

Los republicanos, por su parte, entendían que la disposición estaba influenciada por las

prácticas del sistema preventivo, ya que resucitaba la figura del editor responsable,

considerada por esta corriente como una “víctima expiatoria”,206 destinada a sufrir las

consecuencias de culpas ajenas, y que se encontraba desacreditada en los países donde

aún se conservaba. En la misma línea mantenida por los conservadores, entendían que

se invadía la jurisdicción del Código, al señalar cuáles eran las personas responsables de

los asuntos de imprenta. Y, tal y como lo opinaba Isasa, el Conde de Torreánaz

consideraba que era mejor castigar a una colectividad representada por la empresa

mercantil, en lugar de sancionar al “inocente y desgraciado que mediante un salario

sufría todas esas penas”.207 Así quedó reflejado en la enmienda presentada por Carvajal,

en la que se señalaba que en ningún caso el director o el propietario podían ser

responsables criminalmente por el contenido de los escritos que se insertaban en sus

periódicos.

Si atendemos a la argumentación mantenida por el partido liberal durante el transcurso

de los debates, las críticas vertidas por ambas corrientes no se encontraban

correctamente fundamentadas, porque el objetivo del gobierno al redactar el precepto no

era establecer la responsabilidad criminal ni fijar penalidad alguna. Así lo señalaron en

numerosas ocasiones, en las que se afirmaba que esa competencia se reservaba de

204
Congreso, 12 de abril de 1883, Isasa, cif.1935.
205
Congreso, 12 de abril de 1883, Isasa, cif.1936.
206
Senado, 5 de julio de 1883, Corradi. cif. 2919.
207
Senado, 5 de julio de 1883, Conde de Torreánaz, cif. 2926.

- 118 -
manera íntegra al Código y a los tribunales, que eran los que con criterio propio e

independencia absoluta de la administración pública y del gobierno, debían resolver

sobre la materia. Al contrario de lo que aseguraban los partidos de la oposición, lo único

que perseguía el gabinete liberal con este artículo era delimitar la representación del

periódico, tratando de adoptar una medida de precaución y de policía que evitara los

inconvenientes que acarrearían los delitos que se cometiesen por medio de la imprenta

de forma anónima, ya que con la misma existían personas que por norma estaban

obligadas a responder de los mismos. A pesar de no encontrarse recogido expresamente

en la Ley de 1883, la doctrina liberal admitía que tanto el autor como el cómplice, el

encubridor y los demás partícipes del delito debían ser los responsables de las

infracciones cometidas por medio de la imprenta, ya que eran los únicos que tenían

conciencia de haberlas realizado, por lo que en ningún caso se podía admitir el castigo

de la empresa periodística.208 Se trataba, por tanto, de perseguir el delito por la persona

que lo perpetraba y recurrir a los cómplices cuando no se encontrara a la misma, sin

hacer uso de la medida de suspensión para un periódico, que significaba poco o nada, y

que, tal y como remarcaba la corriente liberal, era un privilegio a favor de las empresas

ricas, a las que la medida no les afectaba, al no ver disminuido su capital.209

Los conservadores, sin embargo, no veían con buenos ojos este artículo y creían que,

una vez más, el sector liberal reducía las competencias otorgadas a las autoridades

gubernativas en la Ley de 1879. En este caso concreto la función de los gobernantes

quedaba reducida a una simple declaración previa o simultánea que los autores de la

publicación les hacían a fin de asegurar la responsabilidad penal, ya que en esos

supuestos la autoridad quedaba sin facultad para “ver, oír ni entender acerca de la

208
Congreso, 12 de abril de 1883, Balparada. cif. 1938.
209
Senado, 5 de julio de 1883, Terrero, cif. 2930.

- 119 -
manera y forma como se haga esa manifestación”.210 Para el partido conservador esta

función de recibir la documentación, junto con la de imponer multas recogida en el

artículo 19 de la Ley de 1883, eran las únicas competencias reconocidas a las

autoridades, quienes habían visto como con la legislación liberal mermaba su capacidad

de actuación en materia de imprenta, y sin embargo, resultaba ser uno de los objetivos

perseguidos por el nuevo gobierno para llegar a alcanzar la verdadera libertad.

4. TUTELA JUDICIAL DEL DERECHO DE RECTIFICACIÓN Y

PROHIBICIÓN DE ESCRITOS IMPRESOS EN EL EXTRANJERO

La Ley de Imprenta reconocía el derecho de rectificación, que obligaba a todo periódico

a insertar las aclaraciones que le dirigieran cualquiera autoridad, corporación o

particular que se considera agraviado por alguna publicación hecha en el mismo, o a

quienes se atribuyeran hechos falsos.211 Este derecho se originaba tanto por la atribución

de hechos inexistentes o desfigurados como por la consideración subjetiva de que las

informaciones difundidas por los periódicos fueran ofensivas. Una pequeña variación

respecto al artículo 11 de la Ley de 1879 era que, cuando procedía de una autoridad, el

escrito de aclaración debía insertarse en el primer número que se publicara, y no en los

tres primeros, como se ordenaba en la ley de los conservadores, aunque se adoptaba este

plazo cuando procedía de un particular o corporación. La aclaración debía hacerse en

plana y columnas iguales y con el mismo tipo de letra que el artículo que motivaba el

derecho y era gratuita siempre que la misma no excediera del duplo de líneas de éste,

pagando el exceso el comunicante al precio ordinario que tenía consignado el periódico.

Asimismo, en caso de ausencia, imposibilidad o autorización, cabía la posibilidad de

210
Congreso, 12 de abril de 1883, Isasa, cif. 1933.
211
Artículo 14 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.

- 120 -
ejercitar el derecho de rectificación por los cónyuges, padres, hijos o hermanos de la

persona agraviada, o por los herederos en caso de que ésta falleciese. 212

En el supuesto de que el comunicado no se incluyera en el plazo fijado, la autoridad o

particular podía demandar al representante del periódico en juicio verbal que versara

exclusivamente sobre la obligación de introducir el comunicado. Si la sentencia era

condenatoria se exigía pagar las costas al demandado y se mandaba insertar el escrito en

uno de los tres primeros números que se difundieran después de la notificación,

imponiéndose al representante una multa de trescientas pesetas cuando el comunicado

procediera de la autoridad.213 Si el director, obligado por sentencia condenatoria dictada

por el juez, se negaba a incluir la notificación, se sancionaba a éste por delito de

desacato a la autoridad judicial.214

Por su parte, el impresor de todo periódico tenía derecho a exigir que le fueran

entregados firmados los documentos originales, de los que sólo podía hacer uso, o bien

para presentarlos ante los tribunales cuando éstos lo requirieran o en defensa de su

impreso cuando afectara de alguna manera a la publicación del mismo. Por tanto, en

ningún caso éste podía usarse contra la voluntad del autor, sino solo cuando tenía como

objetivo eximirse de responsabilidad.215 La nueva norma liberal mejoraba así lo

contenido en la ley de los conservadores y reconocía que toda la tutela del derecho de

rectificación tenía carácter judicial, con lo que la Comisión se desmarcaba de la

redacción inicial del proyecto de Gullón, que establecía que toda negativa a publicar el

escrito enviado por cualquier autoridad, era penado gubernativamente con multa de

212
Artículo 15 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.
213
Artículo 16 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.
214
Congreso, 12 de abril de 1883, Balparada, cif. 1939-1940.
215
Artículo 17 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.

- 121 -
cincuenta a doscientas cincuenta pesetas, lo que suponía una fuente de abusos

inagotable para el poder público. Resulta paradójica la opinión de los conservadores,

que calificaron como “agravio” que el injuriado tuviera que acudir a los tribunales a

defender su honor.216 Balparada, como miembro de la Comisión, incrédulo por la

opinión de los conservadores, afirmó que desconocía que fuera “una calamidad”

presentarse ante los órganos de justicia, mientras que el conservador Isasa ratificó la

postura señalando que “en todos los tiempos” lo había sido.217

Otra de las cuestiones reguladas en la legislación eran los supuestos en los que se

consideraba un periódico como clandestino: cualquier impreso que no llevara pie de

imprenta o lo llevase supuesto; toda hoja suelta, cartel o periódico que se publicara sin

cumplir los requisitos exigidos en la ley, o el periódico que lo hiciera antes o después

del plazo de cuatro días establecido en la misma; y la hoja suelta, cartel o periódico

cuando resultara falsa la declaración hecha respecto a las condiciones exigidas en la ley.

Siguiendo con la línea argumentativa mantenida por la minoría conservadora durante

los debates parlamentarios, en los que acusaba al gobierno de haber realizado una

reforma del Código Penal, la simple alusión a la hoja suelta, cartel o periódico se

consideraba ya una transformación del mismo.218 El presidente de la Comisión recalcó

que todas las aclaraciones vertidas en la norma se realizaban a efectos administrativos, y

que no existía inconveniente en efectuar las declaraciones que se creyesen oportunas al

respecto, ya que eso mismo se plasmaba en la ley de los conservadores, donde se

establecía que las publicaciones clandestinas eran aquellas que no llevaban pie de

imprenta.219

216
Congreso, 12 de abril de 1883, Isasa, cif. 1932.
217
Congreso, 12 de abril de 1883, Balparada, cif. 1939.
218
Congreso, 12 de abril de 1883, Balparada, cif. 1933.
219
Congreso, 12 de abril de 1883, Balparada, cif. 1940.

- 122 -
Uno de los asuntos que resultó objeto de análisis en los debates previos a la aprobación

de la ley fue la prohibición por acuerdo del Consejo de Ministros de introducir y

circular impresos, libros, folletos, hojas sueltas y periódicos escritos en idioma español

o extranjero, de acuerdo con el artículo 13 de la Constitución, que sólo amparaba a los

españoles para emitir libremente sus ideas, y no a las publicaciones editadas en el

extranjero. La norma hacía referencia a las publicaciones en español, pero no establecía

nada acerca de los escritos en otro idioma, motivo suficiente para que Estaban Collantes

presentara una enmienda exigiendo la inclusión tanto de las publicaciones españolas

como de las extranjeras. El político conservador no entendía los motivos por los que la

Ley de Imprenta prohibía la circulación de documentos impresos en el extranjero en

idioma español y no hacía lo propio cuando estaban en otra lengua, ya que no existía

razón para no considerar criminal aquello “dada la grande ilustración que va

adquiriendo nuestro país, algún daño pueden causar las publicaciones en dicho

idioma”.220 Además, se planteaba la cuestión de la responsabilidad acerca del delito en

los periódicos extranjeros, ya que el autor del delito desaparecía, y siguiendo el criterio

adoptado por la Comisión, se debía buscar en España una persona responsable del

documento.221

La Comisión defendía una línea totalmente opuesta a la de los conservadores, ya que

afirmaban que en España la publicidad de los periódicos escritos en idioma extranjero

era muy reducida, “por mucha que sea la imaginación de Esteban Collantes para

suponer que aquí se cuentan por millares los que conocen los idiomas extranjeros”.222 Si

tenemos en cuenta el contexto histórico en el que se enmarcaron los hechos, el

razonamiento del gobierno no era del todo cierto. Una lectura superficial de la guerra de

220
Congreso, 16 de abril de 1883, Esteban Collantes, cif. 1998.
221
Congreso, 16 de abril de 1883, Esteban Collantes, cif. 1998.
222
Congreso, 13 de abril de 1883, Rute, cif. 1999.

- 123 -
Cuba, un conflicto narrado tanto por los diarios peninsulares como por los rotativos

estadounidenses y por otras cabeceras europeas, nos lleva a deducir que la prensa que se

publicó en un idioma que solo llegaban a comprender “perfectamente” algunas personas

resultó nula y no llegó en ningún momento a alarmar a la población española. Sin

embargo, el alto índice de analfabetismos existente en este período es una clara muestra

de que solo bastaban unos “pocos” que tradujeran y leyeran en voz alta las noticias para

transmitir las mismas al resto de los ciudadanos. Además, no hay que dejar de lado que

los periodistas sí eran, en su mayoría, personas ilustradas y comprendían otros idiomas,

por lo que, en función de su ideología e intereses, divulgaban en español informaciones

extranjeras que consideraban importante que conociera la sociedad.

La minoría republicana reprochó también la redacción de este apartado por no

delimitarse los supuestos de los países en los que se hablaba el idioma español, como

ocurría con las Antillas,223 clave en la guerra colonial donde los diarios cubanos fueron

duramente censurados. Además, se cuestionaban acerca de la facultad del gobierno de

prohibir la entrada y circulación de los periódicos que se escribían en estos países por el

simple hecho de estar en el mismo idioma. Para la Comisión no era posible hacer una

excepción para las naciones donde se hablaba en español, en perjuicio de aquellas con

idiomas distintos, porque eso se prestaba a la arbitrariedad.224 Llama la atención que se

defina como “arbitraria” esa decisión, cuando la justificación al rechazar la de los

conservadores era que no se entendía el idioma.

223
Congreso, 13 de abril de 1883, Villalba Hervas, cif. 1999.
224
Congreso, 13 de abril de 1883, Rute, cif. 1999.

- 124 -
5. SEPARACIÓN DE PODERES: DESCONFIANZA EN LA AUTORIDAD

GUBERNATIVA Y AUMENTO DE COMPETENCIAS PARA LA

AUTORIDAD JUDICIAL

Como hemos visto a lo largo del análisis que estamos realizando de la Ley de Imprenta

liberal, uno de los aspectos que más preocupaba a los partidos de la oposición y al

propio gobierno era el papel que desempeñaba la autoridad gubernativa en la nueva

norma, considerado por los conservadores como uno de las cuestiones capitales en las

que diferían el Dictamen de la Comisión y el Proyecto de ley de Pío Gullón. Este punto

resultaba especialmente conflictivo con aquellas infracciones que no constituían delito

con arreglo al Código Penal, pero que eran corregidas gubernativamente con las mismas

penas que éste señalaba para las faltas cometidas por medio de la imprenta.225 Los

debates no se centraron en la facultad que se otorgaba a los gobernadores, sino en que

sobre la misma cabía la posibilidad de apelación, previo depósito de su importe, ante el

juez de instrucción, quién resolvía sobre la procedencia o improcedencia de la multa

siguiendo la tramitación de las alzadas en los juicios verbales de faltas, en los que la

autoridad se representaba por el fiscal municipal.226 Esta era la variación más

importante introducida por la Comisión respecto al Proyecto de Gullón y a la Ley de

1879, ya que en ambos se realizaba ante la Audiencia provincial y no ante el juez

instructor, como ocurría con la nueva norma. El objetivo de los liberales pasaba por

conseguir un castigo inmediato, una corrección breve y eficaz, que buscara el interés de

la parte, y en segundo lugar, no dejaba las sanciones inapelables, supremas o

225
Artículo 19 de la Ley de Policía de Imprenta de 26 de julio de 1883.
226
En virtud de la jurisprudencia del Tribunal Supremo, se podía apelar al juez de instrucción una
condena impuesta por las autoridades para que éste resolviera sobre la procedencia o no de la misma, sin
que se alterara la naturaleza jurídica de la sanción que tenía carácter gubernativo. STS 6 de junio de 1893.
Gaceta de Madrid, 12 de enero de 1894, p.13; Refrendado en STS 23 de diciembre de 1896. Gaceta de
Madrid, 4 de febrero de 1897, p. 93.

- 125 -
indiscutibles. De esta manera, se mantenían las competencias de los gobernadores por la

inmediatez de su aplicación, pero se permitía que los afectados tuvieran el derecho de

acudir a la autoridad judicial.

Las críticas hacia el apartado 19 se centraban en dos aspectos: la reforma que con el

artículo se hacía del Código Penal y la restricción de competencias de la autoridad

gubernativa. Sobre el primer punto, el partido conservador recalcó que el precepto

incurría en otra invasión grave de las competencias del Código, ya que, no solo

eliminaba las faltas de imprenta contenidas en éste, sino que además se establecía un

procedimiento nuevo en el que se otorgaba al perjudicado, periódico, o autor de la hoja

suelta o cartel al que se le impusiera la corrección gubernativa, el derecho a apelar una

disposición de un gobernador de provincia ante el juez municipal.227 El gobierno matizó

que la Ley de Imprenta solo se ocupaba de las infracciones prevenidas en la norma que

no estaban señaladas en el Código, ya que para el resto quedaba vigente éste.228

Del mismo modo, se criticaba que la autoridad gubernativa se sometiera a lo que un juez

municipal determinara con posterioridad, cuando entendían que “por su condición” solo

cabía la posibilidad de que se juzgara por el Tribunal Supremo.229 A juicio de los

conservadores, el artículo incurría en dos defectos: el primero de ellos era de redacción,

y se refería a la afirmación sobre que “de la imposición gubernativa de multas puede

apelarse en ambos efectos ante el juez de instrucción”, que se consideraba

contradictorio si la idea del partido liberal era que la declaración de la autoridad se

llevara a debido cumplimiento a pesar de existir una apelación ante el juez de

instrucción. Para el poder conservador la apelación debía ser o bien “en ambos efectos”,

227
Congreso, 12 de abril de 1883, Isasa, cif. 1933.
228
Congreso, 12 de abril de 1883, Balparada, cif. 1940-1941.
229
Congreso, 12 de abril de 1883, Isasa, cif. 1934.

- 126 -
y por tanto no se lograba llevar a cumplimiento mientras el superior resolviera, o en “un

solo efecto”, y entonces podía exigirse el pago o el depósito o el cumplimiento del

acuerdo de un particular. 230

El segundo defecto del apartado considerado muy grave por esta corriente correspondía

al orden de las jerarquías y de las atribuciones. Para Isasa, tal y como quedaba redactada

la ley de imprenta, las autoridades gubernativas tenían dos intervenciones: en la primera

adoptaban una actitud pasiva “de recibir manifestaciones, buenas o malas, verdaderas o

falsas, sin tener que curarse siquiera ni de abrir un registro”,231 la segunda era la

facultad de imponer penas correccionales por faltas cometidas contra las disposiciones

de la norma, función que se arrebataba a la autoridad gubernativa y se entregaba al juez

de instrucción. Teniendo en cuenta las competencias encomendadas a las autoridades, el

político conservador no consideraba razonable ni la posibilidad de apelar las decisiones

gubernativas ante el juez de instrucción ni que la misma se realizara en un juicio de

faltas que terminara con la sentencia de éste sin posibilidad de recurso de casación,

como ocurría en los juicios de faltas ante el Tribunal Supremo.232 En estos términos se

expresaba Isasa al criticar el artículo analizado: “¿Es materia gubernativa ésta de que se

ocupa el artículo diecinueve? Pues defienda el Sr. Ministro de Gobernación las

atribuciones de las autoridades gubernativas ¿Es materia jurídica? Pues no introduzcáis

vosotros que tanto habláis de legislación común y de igualdad de derecho, un juicio

especial, y dad las garantías ordinarias y generales de esta clase de juicios”.233

230
Congreso, 13 de abril de 1883, Isasa, cif. 1951-1952.
231
Congreso, 12 de abril de 1883, Isasa, cif. 1934.
232
Congreso, 13 de abril de 1883, Isasa, cif. 1952.
233
Congreso, 13 de abril de 1883, Isasa, cif. 1952.

- 127 -
Por tanto, para los conservadores existía desprestigio de la autoridad gubernativa, no

porque se apelaran las resoluciones del gobernador ante la autoridad judicial, ya que eso

mismo ocurría en la ley redactada por éstos en materia de concesión de permisos para la

publicación, sino porque ellos entendían que se recurría una multa impuesta por el

gobernador ante una autoridad inferior en categoría dentro del orden judicial. El

razonamiento adoptado por este partido no tenía en cuenta que la base fundamental del

régimen en España era la distinción de poderes, en la que un juez de cualquier categoría

tenía bastante altura en la sociedad para juzgar los actos de un gobernador civil y de un

ministro. Tal y como expuso Balparada, la superioridad o inferioridad debía

determinarse dentro de un mismo orden, por lo que carece de sentido considerar inferior

un juez de instrucción respecto al gobernador de provincia, ya que entre poderes

diferentes no cabía establecer comparación de esa clase.234

Al contrario de lo que sostenía el partido conservador, no podía ser criticable que se

restringieran las facultades de las que habían gozado hasta entonces las autoridades

gubernativas, ya que por eso mismo la ley de prensa redactada por los liberales era

diferente al resto de las disposiciones de imprenta publicadas hasta entonces. Con ella se

daba un paso hacia delante y se trataba de llegar a una verdadera libertad, dando

prioridad a los tribunales de justicia en materia de prensa, en detrimento del poder

público. La tendencia liberal giraba en torno a esta idea, ya que su objetivo fundamental

al redactar la ley era ensanchar el círculo de atribuciones de los órganos judiciales,

cuyas actuaciones eran menos arbitrarias y más objetivas que las administrativo-

políticas. Balparada consideraba que cuando un asunto se encontraba sometido a las

234
Congreso, 16 de abril de 1883, Balparada, cif. 1998.

- 128 -
apreciaciones políticas “no nos inspira más confianza el gobernador y las autoridades

gubernativas que las del orden judicial”.235

Gutiérrez de la Vega, del partido republicano, introdujo otra cuestión a debate acerca de

las relaciones que existían entre la autoridad gubernativa y el poder judicial. En la

misma línea que los conservadores, señalaba que el artículo no tenía sentido, porque se

autorizaba a los gobernadores para castigar las faltas a la vez que se admitía que del

fallo de un superior se podía apelar para su revocación o modificación ante el juez de

instrucción, que era inferior en el orden jerárquico. Este político razonaba que el recurso

de alzada se daba siempre a partir del fallo de un inferior a un superior y dentro del

mismo orden jerárquico, pero nunca de un gobernador a un juez de instrucción. 236 Por

este motivo, los republicanos requerían de la Comisión un criterio fijo en el asunto,

tomando uno u otro camino, pero que no hiciera intervenir en el castigo de una simple

falta, en primer término a las autoridades gubernativas y luego en alzada a los tribunales

de justicia, porque se trataba de una infracción que podía ser sancionada tanto por unos

como por otros. Partiendo de este razonamiento, entendían que era más natural que las

infracciones no constitutivas de delito se corrigieran por la autoridad judicial, sin hacer

intervenir al gobernador, ya que como defendía el partido liberal, existía una

desconfianza generalizada hacia la independencia de los funcionarios

gubernamentales.237

Con motivo de las peticiones de los republicanos, el gobierno señaló que no existía

inconveniente en dar otra forma al artículo para que éste no llevara a confusión, y en

vez de indicar “de la imposición gubernativa de multas podrá apelarse en ambos efectos

235
Congreso, 13 de abril de 1883, Balparada, cif. 1996.
236
Congreso, 16 de abril de 1883, Gutierrez de la Vega, cif. 1994, 1997.
237
Senado, 4 de julio de 1883, Conde de Torreánaz. cif. 2899.

- 129 -
ante el juez de instrucción”, que dijese “de la imposición gubernativa de multas podrá

recurrirse ante el juez de instrucción”, quedando suprimidas las palabras “apelarse” y

“en ambos efectos”.238 Al respecto de las atribuciones, primero a los gobernadores y en

segundo término a los tribunales, el gobierno reconocía que pasar de un poder a otro no

se aconsejaba por los “principios estrictos de la ciencia”, pero que teniendo en cuenta el

escepticismo existente ante la autoridad gubernativa era preferible someter el asunto al

poder judicial, “que siempre ha merecido a la prensa y a todo el mundo más confianza

que la autoridad gubernativa” .239

En este sentido, no había que perder de vista que las cuestiones a las que se referían

estos preceptos tenían carácter eminentemente político y que la alzada de los actos del

gobernador ante el ministro de Gobernación no inspiraba bastante garantía a el director,

quien iba a sufrir la multa, debido a la gran influencia que, normalmente, tenía sobre

éste la circunstancia de que se trataba de un periódico amigo o enemigo. Aun así, el

político liberal creía que, pese a que el asunto tratado tenía una índole jurídica, el

gobernador debía ser el primero en conocer de la materia, porque se le encomendaba la

función de velar por la marcha política de la prensa, ya que ante ella se realizaba la

publicación de periódicos. Por este motivo, para el gobierno no era necesario que

existiera “rebajamiento” en que fuera la autoridad judicial quien conociera de estas

cuestiones. Nuevamente, quedó demostrado como, a pesar de que los propios liberales

consideran que el poder público no resultaba transparente ni independiente,

mantuvieron “pequeñas” competencias a las que, como veremos en los próximos

capítulos, se convirtieron en un recurso constante para tener bajo control la información

de la prensa.

238
Congreso, 16 de abril de 1883, Balparada, cif. 1995.
239
Congreso, 13 de abril de 1883, Balparada, cif. 1996.

- 130 -
6. RECHAZO DEL SOBRESEIMIENTO DE CAUSAS PENDIENTES E

INEFICACIA DE LA LEY EN LAS COLONIAS ESPAÑOLAS

Villalba Hervas, miembro del partido republicano, presentó una propuesta de artículo

adicional a la Ley de Imprenta en la que solicitaba que todas las causas instruidas de

oficio por delitos cometidos por medio de la prensa fueran canceladas en el estado en el

que se hallaran a la publicación de la misma. El añadido se fundamentaba en la

“opresión y tiranía” de la legislación de 1879,240 que había dejado asuntos pendientes

que debían quedar anulados si realmente se querían eliminar todos los efectos

producidos por la misma, como así lo exteriorizó en repetidas ocasiones el gobierno

durante los debates parlamentarios.

A pesar de que el mayor deseo de la Comisión era que todos los procesos que se habían

constituido por delitos de imprenta con arreglo a la ley de los conservadores se

anularan,241 el gobierno rechazó la enmienda presentada por los republicanos, porque no

creía conveniente la suspensión de aquellos que se habían formado por delitos

cometidos por medio de los periódicos y que se estaban juzgando en tribunales

ordinarios. Para la Comisión no era ni el sitio ni el momento para realizar esta petición y

por ello instó a los partidos a que en el Congreso, una vez aprobada la ley, se presentara

una proposición en la que se solicitase por medio del indulto, o el procedimiento que se

considerara conveniente, el fin de las causas. El ministro de Gracia y Justicia, Romero

Girón, confirmó que el gobierno no tenía inconveniente en que los procesos por delitos

cometidos conforme a la ley de los conservadores concluyeran, y se comprometieron a

240
Congreso, 16 de abril de 1883, Adición de Villalba Hervas, cif. 2006.
241
Congreso, 16 de abril de 1883, Becerra, cif. 2006.

- 131 -
satisfacer la petición del partido republicano.242 Asimismo, afirmó que, una vez

aprobada la nueva norma y quedando derogada la ley especial, el poder judicial

conocería del asunto y, en el caso de que analizando el delito en la legislación común

éste no estuviera penado, dictaría un auto de sobreseimiento libre, quedando el asunto

concluido. 243

Respecto a la eficacia de la nueva legislación en otros territorios, el 14 de abril se

presentó una enmienda en el Congreso, y otra con el mismo objeto en el Senado,244 en

la que se proponía un artículo adicional a la norma para que la misma tuviera eficacia

en Cuba y Puerto Rico a los treinta días de su publicación en la Gaceta de Madrid. Una

de las razones que se invocaban era que el artículo 89 de la Constitución autorizaba al

gobierno para aplicar a las provincias ultramarinas las leyes publicadas en la Península,

con las modificaciones que estimara oportunas, teoría que era aceptada por el partido

liberal de Sagasta. A su favor alegaban, también, que el 23 de mayo de 1879 regía en

Cuba y Puerto Rico el propio Código Penal de la Península, con las modificaciones que

se habían entendido convenientes, “de suerte que en él están sancionados los derechos y

castigados los delitos a que la ley de policía de imprenta se refiere”.245

Además, el político y periodista Betancourt declaró que la isla de Cuba había estado

largo tiempo privada del derecho a emitir sus ideas y opiniones, condenada al silencio y

a presenciar toda clase de abusos y de injusticias, y que la Ley de Imprenta liberal

resultaba muy positiva para el país. El gobierno, sin embargo, no tenía claro que la ley

242
Congreso, 16 de abril de 1883, ministro de Gracia y Justicia, cif. 2008.
243
Congreso, 16 de abril de 1883, ministro de Gracia y Justicia, cif. 2009.
244
Enmienda del Betancourt al dictamen de la Comisión. Congreso, 14 de abril de 1883. Apéndice octavo
al nº87, cif.1/ Adición del Sr. Güell y Renté al dictamen de la Comisión. Senado, 20 de junio de 1883.
Apéndice duodécimo al nº146, cif.1.
245
Congreso, 16 de abril de 1883, Betancourt, cif. 2010.

- 132 -
beneficiara a los territorios extranjeros, porque en los mismos no se daban las mismas

condiciones sociales y culturales que estaban teniendo lugar en España, y por ello

rechazaron la enmienda por medio del ministro de Ultramar, que manifestó la

imposibilidad del gobierno de aceptar el artículo, ya que se debía caminar con mucha

prudencia “antes de plantear leyes que podrían agravar el mal en vez de corregirlo”.246

246
Congreso, 16 de abril de 1883, ministro de Ultramar, cif. 2012.

- 133 -
- 134 -
SEGUNDA PARTE

CONSOLIDACIÓN DE LA LIBERTAD DE PRENSA Y

PRIMERAS TRABAS GUBERNAMENTALES A SU

EJERCICIO (1883-1898)

- 135 -
- 136 -
1. DESARROLLO DE UN CLIMA PROPICIO PARA LA

APLICACIÓN DE LA LEY DE IMPRENTA

1. AFIANZAMIENTO DEL TURNISMO SUSTENTADO POR EL

CACIQUISMO ESTATAL Y TERRITORIAL

En el difícil matrimonio entre la Ley de Imprenta de 1883, que reconocía la libertad de

prensa, y el sistema de poderes de la Restauración, influyeron de manera determinante

los acontecimientos políticos y sociales desarrollados durante todo este período.

Especialmente relevante para la eficacia y puesta en práctica de la legislación resultó la

alternancia de partidos, característica de la época, que condicionó el reconocimiento,

más o menos, restrictivo de la libertad. Cánovas fue el primero en asumir la presidencia

del gobierno tras la publicación de la ley liberal, llevando a cabo una política que, como

veremos más adelante, trajo consigo la instalación de trabas en materia de prensa. Su

mandato se prolongó hasta 1885, año en el que se produjo la primera prueba de fuego

para la Restauración borbónica con ocasión del vacío constitucional creado por el

fallecimiento de Alfonso XII. Durante ese año, crucial para la consolidación del

régimen, quedó definitivamente instaurado el sistema político del turno de partidos

gracias al acuerdo conocido como “Pacto de El Pardo” celebrado entre Cánovas y

Sagasta, líderes del partido conservador y del partido liberal, respectivamente.

Con la muerte del Rey, el 25 de noviembre de 1885, dio comienzo la Regencia de María

Cristina, con un segundo gobierno liberal liderado por Sagasta, que permaneció en el

poder cinco años, y en el que España vivió una de las pocas etapas de estabilidad

política de la Restauración. En el llamado “Parlamento Largo” se consolidó un régimen

- 137 -
liberal-parlamentario caracterizado por el desarrollo de una serie de figuras jurídicas

contenidas en las Constitución de 1876, que ampliaron el marco legal de expresión de

los ciudadanos. En materia de prensa, la más importante de todas ellas fue la libertad de

asociación reconocida en 1887, con la que las fuerzas políticas e ideológicas contrarias

al sistema encontraban más posibilidades de reunión y expresión frente a determinadas

políticas o situaciones con las que no comulgaban. Esta circunstancia tuvo su

consecuencia directa en los periódicos, que eran utilizados por los grupos de la

oposición como medios en los que plasmar sus ataques a la Administración pública.

Concretamente, durante los cinco años que abarcó el mandato fusionista, la prensa se

mantuvo especialmente crítica con la mala gestión administrativa del gobierno central

en la isla de Cuba, contra la que lucharon ferozmente algunas cabeceras españolas,

convirtiéndose en una fuente inagotable de críticas.247

En 1890, poco después de aprobarse la Ley Electoral de 26 de junio de 1890, que

reconocía el sufragio universal masculino, y tras una dura campaña periodística liderada

por El Imparcial contra la gestión gubernativa de Sagasta, se produjo el cambio

político.248 El partido conservador liderado por Cánovas recogió el testigo

gubernamental con la voluntad de aceptar las leyes liberalizadoras aprobadas por los

liberales, especialmente el reconocimiento del sufragio recientemente implantado. En la

247
Entre los ataques vertidos en la prensa acerca de esta cuestión, en 1887 cobró especial importancia un
suceso destapado por El Resumen, periódico representativo del partido liberal reformista del que era líder
el general López Domínguez, que dio a conocer una conversación privada mantenida entre el recién
nombrado capitán general y gobernador de Cuba, Manuel Salamanca, y sus amigos, en la que éste
afirmaba que su principal objetivo en la isla era destapar la trama administrativa que por parte de los
funcionarios españoles se estaba gestando. Según el diario, la intención del capitán era adquirir pruebas
sobre la irregular situación y denunciar ante el Parlamento a las autoridades implicadas,
independientemente de la ideología que profesaran las mismas. El escándalo descubierto por El Resumen
no sólo provocó la destitución del general Salamanca, sino que dejó muy tocado al gabinete liberal.
GÓMEZ APARICIO, P., Historia del Periodismo Español, pp. 505-506.
248
Rafael Gasset, director de El Imparcial por aquel entonces, firmó varias editoriales en las que
denunció la indecisión del gobierno liberal para llevar a cabo cualquier iniciativa, y exigió la dimisión del
jefe de Gobierno. SÁNCHEZ ILLAN, J.C., Prensa y política en la España de la Restauración, p.65.

- 138 -
práctica, sin embargo, continuó la sistemática falsificación de la voluntad de los

electores en las elecciones, produciéndose una extensión mayor del caciquismo

característico de la Restauración. Este sistema electoral fraudulento se mantuvo

inalterable durante todo el régimen, lo que permitió proteger el turno de partidos y

conservar el sistema sin fisuras aparentes, dando el aspecto de una fingida sociedad

democrática. La alternancia gubernamental entre conservadores y liberales en el

gobierno central produjo, a su vez, el relevo en las administraciones locales y

provinciales, ya que el entramado caciquil se desarrollaba en todo el territorio español,

lo que influyó de forma determinante en la puesta en práctica de la libertad de prensa.

En lo que respecta a la sociedad, el clima de paz con el que se vivía en España desde la

publicación de la Ley en 1883, especialmente notorio durante el mandato largo de

Sagasta, se vio alterado por una sucesión de manifestaciones desarrolladas por

organizaciones obreras con mucha fuerza propagandística, y por una serie de huelgas,

como la de los telegrafistas de 1892, que fueron creando en la burguesía y en la opinión

pública un estado de alarma y de preocupación por la llamada “cuestión social”.249

Además, en este período se produjo la consolidación organizativa del socialismo, y la de

sus medios específicos de propaganda, entre los que destacaba El Socialista fundado en

1886. Por su parte, el republicanismo se encontraba en una situación de debilidad

política, ya que el turnismo característico de la época apartaba a todos los grupos de la

oposición. Esta marginación en la escena política, especialmente en las elecciones de

algunos municipios en los que había tenido un papel predominante en épocas anteriores,

perjudicó su crecimiento y desarrollo, lo que, unido a los problemas internos que se

249
Se entiende por “cuestión social” al conjunto de problemas políticos, económicos y sociales que
afectaban al bienestar de las clases obreras en la sociedad capitalista de finales del siglo XIX. MONTERO
F., Historia de España. Restauración y Regencia. La España canovista (1875-1902), Madrid, Espasa
Calpe, 1999, p. 98.

- 139 -
habían gestado desde comienzos de la Restauración, provocó la fragmentación del

republicanismo en varias formaciones. En cualquier caso, y a pesar de las distintas

tendencias republicanas existentes durante estos años, el movimiento en su conjunto se

configuró como una de las principales fuerzas opositoras al sistema, y utilizó la tribuna

de la prensa situada en el Congreso y sus propias publicaciones, no solo para propagar

sus ideas y fundamentos políticos, sino, especialmente, para expresar su impotencia y

luchar contra el régimen monárquico. Como ya hemos apuntado, la vida política y

periodística de un partido eran cosas inseparables en la época, especialmente en

aquellos grupos que estaban fuera del sistema de turnos ideado por Cánovas, en los que

el periódico se convertía en un medio fundamental, que certificaba la vida de la

formación política, extendía su influencia y la aupaba al poder.250

En 1893, año en el que dio comienzo un nuevo mandato liberal, se sucedieron una serie

de acontecimientos que perturbaron de manera notoria a la clase política y a la sociedad.

Durante este año se produjo un recrudecimiento del terrorismo anarquista con el

atentado al Liceo de Barcelona del 7 de noviembre de 1893, así como el inicio de la

contienda internacional en Melilla. Estos conflictos marcaron una nueva etapa de

conmoción en la sociedad e influyeron de manera determinante en las medidas

adoptadas por el gobierno durante este período, y por ende, en la política de control

informativo. En 1895 se formó un nuevo gobierno conservador, que apenas duró dos

años debido al asesinato de Cánovas, ideólogo del sistema de la Restauración. Tras la

muerte del líder conservador en 1897, y con el agravamiento de la situación en Cuba, se

precipitó un cambio en la presidencia del gobierno, que fue asumida por Sagasta, quién

250
ÁLVAREZ JUNCO, J., La ideología política del anarquismo español (1868-1910), Madrid, Siglo
Veintiuno, 1976, pp. 60-63.

- 140 -
gestionó los últimos años del siglo XIX, marcados por la guerra acontecida en Cuba

contra EEUU.

2. EL PROGRESIVO AUMENTO DE LA INFLUENCIA POLÍTICA Y SOCIAL

DE LA DE LA PRENSA

El reconocimiento de la libertad de prensa en la Ley de Imprenta liberal propició el

desarrollo de un periodismo brillante en el que los periodistas adquirieron un gran

protagonismo social. La prensa se transformó y se desarrolló de forma extraordinaria,

asumiendo un papel fundamental como vigilante del poder ejecutivo, judicial y

legislativo. Los periódicos, junto con los nuevos medios de comunicación desarrollados

en este período (telégrafo, teléfono y libros populares), incidieron en el control político

y la integración de los ciudadanos, quienes adoptaron una actitud más activa en los

asuntos públicos que la que habían desempeñado años atrás. Para Martínez Cuadrado:

“la mejor prensa política y no política, los mejores escritores políticos y literarios, la

mejor creación hispánica de nuestro tiempo nace inequívocamente del hontanar abierto

por la Ley de 1883”.251

A partir de la entrada en vigor de la legislación liberal, la influencia de los periódicos

fue incuestionable, tanto por la presión ejercida sobre el poder, resultando decisivos en

los cambios del turno de partidos, como por conseguir materializar la verdadera opinión

pública que en años anteriores había sido silenciada. La credibilidad de la que gozaba la

prensa se plasmaba en dos vertientes: la política, ejerciendo un influjo real sobre las

decisiones gubernamentales, y otra social, como medio de información de reconocido

251
MARTÍNEZ CUADRADO, M., La burguesía conservadora (1874-1931), Madrid, Alianza Universidad,
1973, p. 67.

- 141 -
prestigio para la población española. Además, cumplía con una función de transmisión

cultural entre las clases más bajas de la sociedad, ya que, a pesar del analfabetismo de la

población española, era muy frecuente la lectura del periódico en voz alta.252 Por estos

motivos, la prensa se erigió como la gran fuerza aliada del gobierno de la Restauración,

y a su vez, como la gran enemiga del régimen, lo que se traducía en una vigilancia, a

veces exagerada, por parte de los mandatarios y autoridades gubernativas. Los

gobernadores focalizaban su control en las publicaciones periódicas, al entender que

éstas podían llegar a las clases populares, más “peligrosas” que otros grupos sociales

inofensivos que no hacían peligrar la unidad y estabilidad del sistema. Por ello, el poder

público ejecutó un control más benévolo sobre los libros, que eran considerados más

exclusivos y dirigidos a las élites sociales.

1. EL FLORECIMIENTO DE LA LIBERTAD DE PRENSA EN EEUU Y

LOS PAÍSES EUROPEOS INDUSTRIALIZADOS

La modernización que se empezaba a desarrollar en España se produjo dentro un

período histórico en el que la prensa europea vivía una etapa de florecimiento gracias a

la Segunda Revolución Industrial, que propició el desarrollo de los medios de

información. El progreso de las nuevas técnicas informativas trajo consigo la bajada del

precio del papel, la creación de agencias de información y la racionalización de la

empresa de prensa basada en la mayor rentabilidad de la publicidad. Las nuevas

características de la prensa se vieron beneficiadas, también, por la expansión de las

libertades públicas y la fuerte regresión del analfabetismo, lo que posibilitó un gran

252
El profesor [Link] ha afirmado que la imagen de los obreros descansando en la zanja mientras
escuchaban como uno de ellos leía en alto el periódico constituía un episodio muy habitual durante la
Restauración. En PASCUAL MARTÍNEZ, P., Escritores y editores en la Restauración Canovista (1875-
1923), tomo III, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1992, p. 687.

- 142 -
aumento en el mercado de lectores. Por primera vez en la historia, el periódico se

convirtió en un medio real de información a gran escala, un instrumento de poder, no

para los partidos políticos, sino para movilizar a los ciudadanos.

La nueva concepción de la prensa de masas hizo necesario que los gobiernos europeos

se plantearan nuevas políticas de control informativo. Hay que tener en cuenta que, a

principios del siglo XIX, la mayoría de los sistemas europeos se basaban en normas

represivas para la prensa, que enumeraban un gran número de delitos cometidos por

medio de la imprenta, susceptibles de sanción, y perseguidos de forma sistemática por la

policía. Recogiendo las palabras de Anthony Smith, en 1815 la libertad de prensa en

Europa era casi un sueño, mientras que a partir de 1880 este derecho fundamental se

convirtió en una realidad.253 En la mayoría de los países industrializados, a excepción de

EEUU y Gran Bretaña, donde en 1850 la libertad de prensa ya estaba establecida, la

década de los 80, conocida como “la edad de oro de la prensa”, significó la germinación

de un nuevo sistema de libertad en el que los directores podían desarrollar sus funciones

sin miedo a las represalias gubernativas. Esto se tradujo en la publicación de nuevas

leyes de imprenta, como fue el caso de Alemania, Francia y España, o en la derogación

de medidas que oprimían a la prensa, como sucedió en Inglaterra, donde fue suprimido

el depósito previo obligatorio para los directores, que había estado vigente desde 1819.

1. La libertad de crítica estatal en EEUU y las restricciones por obscenidad

En la configuración de los regímenes liberales de prensa europea influyó de manera

incuestionable el sistema liberal informativo estadounidense, en el que el periódico se

253
SMITH, A., “La Presse est Libre…” The History of the Book in the West: 1800-1914 (volume IV),
Oxford, ASHGATE, 2010, p.101.

- 143 -
convirtió en una herramienta fundamental para la construcción de la Nación, mucho

antes que en otros países europeos. Durante el período en el que se enmarca la Ley de

Policía de Imprenta de 1883, la política de libertad de prensa estaba plenamente definida

por una serie de principios jurisprudenciales y normas legales. Estas tomaron como base

la Primera Enmienda de 1791 a la Constitución de los EEUU de 1787, que garantizaba

la libertad de prensa, prohibiendo al gobierno la adopción de medidas que coartaran la

misma.254 Además, durante estos años, se produjo también la incorporación de la

Decimocuarta Enmienda, añadida en 1868, quedando equiparadas las autoridades de

cada estado al Gobierno federal respecto a la prohibición de negar a sus ciudadanos la

libertad, sin “el debido proceso legal", y protegiendo sus privilegios e inmunidades de la

infracción gubernativa.

Cabe destacar que, en contraste con otros países occidentales, en EEUU quedó

constancia del valor que se le daba a la libertad de prensa, por las concesiones que, tanto

el Tribunal Supremo como los funcionarios públicos, hicieron en favor de la misma.255

Entre los principios que configuraron el derecho a emitir libremente las ideas se

encontraba la protección a la crítica gubernativa, lo que garantizaba la libertad de los

rotativos estadounidenses respecto a las opiniones contrarias sobre la gestión política.

Sin embargo, bajo esta protección a la libertad de criticar la actuación estatal, se

254
Concretamente, la Primera Enmienda a la Constitución de los EEUU establecía: “El Congreso no
aprobará ley alguna por la que adopte una religión como oficial del Estado o se prohíba practicarla
libremente, o que coarte la libertad de palabra o imprenta, o el derecho del pueblo para reunirse
pacíficamente y para pedir al Gobierno la reparación de agravios”. Algunos autores han sostenido que la
redacción de la Primera Enmienda no garantizaba de forma directa el derecho a la libertad de imprenta,
sino que lo hacía de forma indirecta, prohibiendo la elaboración de leyes que restringiesen la libertad de
prensa y de expresión. Por tanto, era una forma indirecta de garantizar estas manifestaciones de libertad.
MARTÍNEZ GUERRA, A., “Aeropagítica y su influencia en la Primera Enmienda Norteamericana. Un
estudio a través de la jurisprudencia”, Historia y comunicación social, vol. 7, Madrid, Universidad
Complutense de Madrid, 2002, pp. 121-145, p. 128.
255
La libertad de imprenta estadounidense era muy importante debido a la gran importancia que tenía la
prensa en el país, que actuaba como un poder efectivo y contribuía a la crítica y al debate público.
Además, los rotativos estadounidenses se beneficiaban de una postura jurisprudencial que defendía un
criterio más amplio acerca de la libertad de prensa, que en el resto de países occidentales. MUÑOZ
MACHADO, S., Libertad de prensa y procesos por difamación, Barcelona, Ariel, 1987, p. 88.

- 144 -
establecieron ciertas categorías de menor valor, que podían ser castigadas, como la

obscenidad, las declaraciones falsas y la difamación, así como artículos que propiciaran

perjuicios provenientes de chantajes o amenazas.256 Por su parte, un punto fundamental

para entender el reconocimiento de la libertad de prensa estadounidense era que ésta se

concebía como un vehículo esencial para el mejor funcionamiento de la democracia,

por lo que el gobierno entendía que los asuntos públicos merecían más protección que

las preocupaciones privadas.

A finales del siglo XIX creció la intervención informativa sobre los escritos que se

consideraban obscenos e inmorales, lo que causó numerosos atropellos y persecuciones

policiales, fundamentalmente, a los diarios liberales más radicales, que, en la línea de la

postura adoptada por los republicanos en España, consideraban la libertad de imprenta

como un aspecto de la autonomía individual, que justificaba la expresión ilimitada de

opiniones personales sobre cualquier tema, incluido el sexo. La política de restricción

gubernamental se hizo en base a la aplicación de la Ley Comstock, y la legislación de

cada estado análoga, que fue aprobada por el Congreso en 1873. 257 La norma establecía

penas de hasta cinco años de cárcel para todos aquellos periódicos que insertaran

material “obsceno”, pero no definía lo que consideraba por obscenidad, por lo que

fueron las interpretaciones expansivas de los propios jueces las que otorgaron a las

autoridades la potestad para censurar. Durante este período, las decisiones judiciales que

resolvieron sobre la libertad de prensa y la obscenidad utilizaron el “bad tendency test”,

256
STRAUSS, D., “Freedom of speech and the Common-Law constitution”, Eternally Vigilant: Free
Speech in the Modern Area, Chicago y Londres, The University of Chicago Press, 2002, pp. 33-59.
257
El artífice de la “Ley para la represión de Comercio y Distribución de literatura obscena y artículos de
uso inmoral”, conocida como la Ley Comstock, fue Anthony Comstock, presidente de la Sociedad de
Nueva York para las Supresión del Vicio (NYSSV), que se fundó en 1872 con el objetivo de terminar con
la pornografía en EEUU. La nueva ley endureció las penas establecidas en la Ley de Obscenidad de 1865,
y amplió su definición, que hasta entonces se limitaba a considerar delito “cualquier libro, fotografía,
folleto o impresión obsceno”, incluyendo todo “artículo de carácter inmoral, o cualquier droga o medicina
o cualquier artículo que sea para prevenir la concepción o utilizados para fines anticonceptivos o para la
producción del aborto”.

- 145 -
creado por William Blackstone en la Inglaterra del siglo XVIII. Éste defendía el derecho

a emitir libremente ideas por medio de la imprenta, pero reconocía que existían

publicaciones que, por su “tendencia perniciosa”, debían ser sancionadas. Para

Blackstone, los artículos periodísticos con una deliberada predisposición inmoral o

ilegal debían ser considerados como crímenes penales, no por su falsedad, sino por su

provocación al quebrantamiento de la paz.258 Siguiendo este pensamiento, el juez

Charles Amidon, en la sentencia Kowles vs Estados Unidos, afirmó que la Ley

Comstock no había sido diseñada para restringir la libertad de prensa, sino para proteger

a la sociedad contra las prácticas que eran claramente inmorales y corruptas.259

La legislación de Comstock influyó notablemente en la libertad de imprenta de la época,

originando una autocensura entre los propios directores y periodistas estadounidenses,

que se sometieron a unos estándares para no sobrepasar el límite de lo que se podía

considerar reprobable. En la primavera de 1886, el director del diario radical Lucifer:

The light-Bearer, Moisés Harman, que había utilizado su periódico para expresar sus

puntos de vista sobre la libertad de prensa, afirmó su intención de publicar cualquier

información que le fuera enviada, independientemente del lenguaje utilizado por el

articulista, lo que le llevó a ser objeto de múltiples denuncias y detenciones bajo la Ley

Comstock. El diario se convirtió en el principal foco de las disputas entre Comstock y

la Asociación Nacional de Defensa (National Defense Association), organización

fundada en 1878, que se opuso enérgicamente a los fallos judiciales que castigaban a los

periódicos en aplicación de la misma. Con el mismo objetivo, los liberales más radicales

258
BLACKSTONE, W., Commentaries on the Law of England, IV, Londres, Dawsons of Pall Mall, 1966, p.
151.
259
RABBAN, D., Free Speech in its Forgotten Years, Cambridge, Cambridge University Press, 1997, p.
142.

- 146 -
organizaron en 1902 la agrupación “Free Speech League”, 260 que, a diferencia de la

Asociación de Defensa Nacional, se comprometió con la defensa de la libertad de

prensa desde todos los puntos de vista, luchando de forma especial contra las

persecuciones llevadas a cabo por aquellos diarios que no siguieron las directrices del

discurso gubernamental durante la guerra de Cuba que les enfrentó a España; así como

los procesamientos llevados a cabo contra los anarquistas tras el asesinato del presidente

McKinley en 1901.261

A pesar de que la gran mayoría de los atropellos gubernativos producidos en esta época

afectaron a publicaciones que eran condenadas por obscenidad, los tribunales estatales

extendieron el “bad tendency test”, para resolver otros casos en los que se entendía que

los periódicos perjudicaban deliberadamente a la “moral pública”, reconociendo, por

tanto, a los oficiales la facultad de castigar a los periodistas con esta base. Muchos

críticos de la época declararon la necesidad de definir la línea que determinaba qué

enunciados estaban protegidos por la Constitución de la intervención gubernamental, y

los que no lo estaban. Para una parte de la doctrina, en la línea de lo mantenido por

Blackstone, la libertad de prensa consistía en que no existieran restricciones o censura

previas a la publicación,262 siendo legítima la represión gubernamental que se realizaba

con posterioridad a la aparición del periódico. Así pues, para los partidarios de esta

260
La asociación “Free Speech League”, emergida del radicalismo liberal de finales del siglo XIX, se
convirtió en la primera organización en la historia de los EEUU que demostró un compromiso real con el
principio de la libertad de expresión y de la prensa desde todos los puntos de vista, participando en casi
todas las grandes controversias sobre la libertad de imprenta suscitadas durante las dos primeras décadas
del siglo XX. Entre las que se involucró el FSL, ninguna generó tanto debate popular como la lucha
ejercida por los obreros radicales que formaban la organización IWW (Industrial Workers of the World).
Las peleas comenzaron a surgir cuando las autoridades locales trataron de impedir el uso de las calles
para expresar la ideología radical de sus miembros, en un lenguaje deliberadamente provocativo. Los
miembros de la IWW, con frecuencia llamados “Wobblies”, criticaron la actuación arbitraria de las
autoridades, quienes no prohibían la propaganda religiosa en la vía pública, pero sí que los trabajadores
difundieran sus quejas sobre el sistema capitalista.
261
RABBAN, D., Free Speech in its Forgotten Years, p. 25.
262
BLACKSTONE, W., Commentaries on the Law of England, p. 150.

- 147 -
postura, el gobierno no podía interferir imponiendo una medida cautelar antes de la

difusión de las palabras, pero tenía la facultad de imponer sanciones después de su

publicación.

Sin duda, esta postura daba una protección muy inadecuada a la libertad de prensa, ya

que permitía la absoluta arbitrariedad del poder público, otorgándole el derecho a

sancionar a cualquier diario que no estuviera de acuerdo con la gestión gubernativa, por

el simple hecho de suponer una “mala tendencia” en su discurso. Esta corriente era muy

criticada porque, si bien quedaba prohibida la censura previa, se otorgaba al gobierno un

arma poderosa e incluso más peligrosa que ésta última, que podía acabar con la libertad

de prensa.263 Una segunda interpretación doctrinal sobre la libertad de imprenta

estadounidense, que se asentó años más tarde, afirmaba que la libertad no era absoluta,

sino que existían ciertos límites. Ésta fue la defendida por el juez Hamersley, quien

afirmó que todos los ciudadanos tenían el mismo derecho a utilizar la libertad de prensa

sin “perjudicar a sus conciudadanos” o “poner en peligro los intereses vitales de la

sociedad”. Asimismo, declaró que la protección a la libertad no otorgaba el derecho a

perpetrar actos incompatibles con la paz o la seguridad del Estado, y que, por tanto, la

libertad de prensa no incluía el abuso del poder sobre la pluma.264

263
State vs. McKee (1900. Connecticut): “Every citizen has an equal right to use his mental endowments,
as well as his property, in any harmless occupation or manner; but he has no right to use them so as to
injure his fellow-citizens or to endanger the vital interests of society. (…) The liberality protected is not
the right to perpetrate acts of licentiousness, or any act inconsistent with the peace or safety of the State.
Freedom of speech and press does not include the abuse of the power of tongue or pen, any more than
freedom of other action includes an injurious use of one´s occupation, business or property”. CHAFEE, Z.,
Free Speech in the United States, Cambridge- Massachusetts, Harvard University Press, 1967, pp.12-13.
264
CHAFEE, Z., Free Speech in the United States, p. 24.

- 148 -
2. El sistema liberal inglés y el nacimiento del “New Journalism”

En lo que respecta a Europa, la industrialización económica se desarrolló antes en

Inglaterra que en cualquier otro país, lo que favoreció directamente a los periódicos

ingleses que, en 1830, contaban ya con la fábrica de impresión más grande del mundo.

Inglaterra fue una de las naciones más vanguardistas en cuanto a las libertades

democráticas, lo que hizo que los esquemas de la política de libertad de imprenta

inglesa fueran copiados por muchos gobiernos. Sin duda, la época victoriana, que

abarcó desde 1831 a 1901, fue la más libre de los tiempos modernos para la mayoría de

los diarios ingleses, ya que no existía la censura previa, y los procesamientos de los

periodistas por la comisión de delitos sediciosos eran muy poco frecuentes y, por lo

general, no prosperaban. La mayoría de las medidas gubernativas se dirigieron contra

los diarios carlistas, sin duda, los más restringidos por el control estatal.265

La supresión del impuesto del timbre, efectuada en la década de los 50, tuvo un efecto

inmediato en el desarrollo de la prensa inglesa, favoreciendo la creación de nuevas

publicaciones, y aumentando la influencia social de los periódicos, especialmente de

aquellos que no se afiliaban a ningún partido político, hasta casi “hacer temblar los

cimientos ministeriales”.266. La posterior eliminación de otras restricciones legislativas

y jurídicas, como las sanciones económicas en forma de "impuestos sobre el

conocimiento”, que habían aumentado el precio de impresión de los diarios durante la

primera mitad del siglo, o la supresión de los impuestos sobre el papel, que redujeron el

importe del periódico, facilitó la expansión comercial y el desarrollo del “New

Journalism”, un tipo de prensa que trataba cuestiones diferentes a las ofrecidas por los

265
CHAFEE, Z., Free Speech in the United States, pp. 504-505.
266
HARGREAVES, R., The First Freedom: A History of Free Speech, Stroud, Sutton Publishing, 2002, p.
231.

- 149 -
diarios políticos ingleses tradicionales.267 Este periodismo popular, que identificaba el

éxito con el beneficio económico, tenía los rasgos característicos propios de la prensa de

masas: se trataba de rotativos baratos de tiradas millonarias y gran difusión, que estaban

redactados con un lenguaje directo e iban destinados al gran público. En ellos se

empleaban todas las técnicas de comunicación conocidas para así poder acercarse más a

las clases populares.268

El rápido progreso de la prensa de masas tuvo lugar por la buena relación entre la clase

política y la prensa inglesa, ya que se asistían mutuamente y se beneficiaban la una de la

otra.269 Por una parte, la prensa política se consideraba que tenía una función casi

constitucional, ya que de un lado proyectaba la política, y de otro las actitudes

populares.270 De otra, el gobierno británico utilizaba los periódicos para la defensa del

sistema democrático, lo que le hizo garantizar una buena infraestructura de redes

ferroviarias, telegráficas y telefónicas utilizadas por las empresas periodísticas para la

distribución y recepción de noticias, que benefició en última instancia a la libertad de

imprenta. Es importante señalar que, a diferencia del resto de los países europeos, los

ferrocarriles victorianos no estaban gestionados por el poder público, sino que

pertenecían a empresas privadas, y por tanto, no estaban alineados con ninguna doctrina

267
Los diarios provinciales, por su parte, tardaron más en desarrollarse que la prensa nacional de masas,
pese a que la invención del telégrafo había puesto fin al monopolio de la prensa nacional, especialmente
la de partido. En 1868, con la creación de la Asociación de Prensa, las publicaciones provinciales
pudieron contar con las mismas informaciones que estaban a disposición de la prensa de Londres, aunque
la introducción en 1876 de trenes especiales para transportar los diarios, favoreció la circulación de los
periódicos de la capital inglesa, que consiguieron rivalizar, en su propio territorio, con los principales
periódicos provinciales.
268
PIZARROSO QUINTERO, A., Historia de la prensa, Madrid, Centro de Estudios Ramón Areces, 1994,
pp. 230-235.
269
Entre mediados 1850 y 1914, la cantidad de periódicos vendidos en Inglaterra aumentó
considerablemente. Un crecimiento que no solo afectó a Londres, donde la cifra de diarios aumentó de
151 a 472, sino que, llegó, también, a las provincias más rurales del país, donde el incremento fue aún
más dramático, de 15 periódicos en 1856 a 1475 a principios del siglo XX.
270
KOSS, S., The Rise and Fall of the Political Press in Britain (vol I: The ninteenth century), Londres,
Hamish Hamilton, 1981, p. 113.

- 150 -
política, ni pudieron ser utilizados para ejercer censura en beneficio estatal, como

ocurría en España, que se encontraban bajo la supervisión directa del Gobierno central.

En la misma línea que sus vecinos europeos, en Inglaterra fue especialmente amplia la

libertad de prensa en los años 80, ya que se abolió el depósito obligatorio que debían

pagar los directores de los periódicos, y que se mantenía desde 1819. Asimismo, fue

aprobada una nueva legislación sobre difamación, que liberó a los periodistas del temor

a ser perseguidos y procesados penalmente. Aun así, se dieron casos de intervención

gubernativa, propiciados por el establecimiento de nuevas medidas, que fueron

aprobadas por el Estado para salvaguardar a la nueva audiencia de lectores de

periódicos, surgida por el crecimiento del índice de alfabetización en Inglaterra, de las

publicaciones que se consideraban inmorales o espiritualmente perjudiciales. En 1885

se creó la Asociación Nacional de Vigilancia (National Vigilance Association), que se

encargaba de perseguir y denunciar a los directores o redactores de los periódicos por la

difusión de artículos que consideraban inaceptables. Al respecto de estas actuaciones,

André Lefevere afirmó que, para el efectivo desarrollo del derecho a informar

libremente, era necesario que los periodistas se expresaran dentro de un margen, “the

margin”, ya que los intentos por saltar éste podían llevarles a consecuencias muy

negativas, tales como la pérdida de puestos de trabajo o la incorporación a listas

negras.271

271
LEVEFERE, A., “Translation and Other Ways in Which one Literature Refracts Another”, Symposium:
A Quarterly Journal in Modern Literatures(volume nº38 ), Londres, Routledge, 1984, p.128. 127-142.

- 151 -
3. La Ley de Prensa liberal francesa de 1881

Por su parte, en Francia, coincidiendo con la llegada del nuevo partido republicano al

gobierno en 1875, se abrieron nuevas posibilidades en torno a la libre emisión de ideas,

que hasta entonces estaba notablemente restringida por cuarenta y dos leyes que

contenían más de 325 preceptos redactados por diferentes políticos y regímenes

distintos durante más de 75 años. Tras cinco años de discusión, se configuró un nuevo

sistema de libertad de imprenta, en torno a la Ley de Prensa aprobada el 29 de julio de

1881, antecedente más próximo a la Ley de Policía de Imprenta de 1883, que sigue

siendo la base jurídica sobre la que opera el sistema informativo francés. La legislación

francesa, que iniciaba con las palabras: “La presse est libre…”, 272 garantizó la libertad

de imprenta e hizo posible que la prensa de masas arraigara en toda Francia antes que en

otros países europeos. Para algunos historiadores, la importancia de la nueva ley no era

que proclamara la libertad, sino la debilidad de las sanciones previstas en la misma, lo

que, a su vez, propició que se mantuviera en el tiempo.273

Como ocurrió más tarde en España con la Ley de Imprenta, la nueva legislación

francesa acabó con un gran número de restricciones contenidas en disposiciones

anteriores, entre las que desatacaban la autorización previa y la exigencia que pesaba

sobre el director de pagar una gran suma de dinero como depósito. Con la eliminación

del depósito previo, para la fundación de un periódico solo se requería que su

propietario se registrara ante las autoridades con su nombre y el de su impresor, y

depositara dos copias. Además, se redujeron de forma considerable los delitos por

ofensas políticas, eliminándose de la lista los ataques a la Constitución, las incitaciones

272
SMITH, A., “La Preese est Libre...”, p. 106.
273
THOGMARTIN, C., The National Daily Press of France, Birmingham-Alabama, Summa Publication,
1998, p. 88.

- 152 -
al odio o al desprecio del gobierno, ofender a la moral pública o religiosa, o insultar a la

República, así como el alcance del delito por difamación. Aun así, la ley seguía

manteniendo algunos delitos políticos, autorizando al gobierno para secuestrar las

publicaciones que ofendieran al presidente de la República, a jefes de Estado y

diplomáticos extranjeros, o a la memoria de los muertos; aquellas que provocaran la

comisión de crímenes o delitos; las que difamaran a los funcionarios públicos, entre los

que se encontraban los tribunales, las fuerzas armadas, los miembros del Gobierno o los

ministros de la religión; o difundieran noticias falsas, especialmente cuando éstas fueran

perjudiciales para el interés nacional o pusieran en peligro la disciplina del Ejército.274

Por su parte, la Ley de Prensa permitía la censura previa y la suspensión de las

libertades durante los estados de emergencia, aunque, al contrario de lo que ocurrió en

España durante todo el período de la Restauración, el gobierno francés no hizo uso de

los mismos hasta la Primera Guerra Mundial.

Con la aprobación de la Ley en 1881, y hasta 1885, la libertad de imprenta francesa

vivió buenos momentos, favorecida por la estabilidad política del país, y la ampliación

de las libertades civiles, entre ellas la legalización de los sindicatos. Durante estos años,

fueron pocas las intervenciones gubernativas sobre los periódicos, centrándose, la

mayoría de ellas, en perseguir las ofensas al Ejército. Uno de los primeros procesos de

prensa fue contra la publicación Le Petit Journal, que venía siendo muy crítica con la

actuación del ejército francés. El ministro de Guerra entendió que se estaban profiriendo

injustas críticas al poder militar, y emitió una denuncia contra el director, Alfred Le

Petit, y el editor de su diario. Durante la celebración del juicio, el director sostuvo que

solo se habían emitido opiniones políticas, y no insultos como mantenía el gobierno, y

274
Smith, A., “La Preese est Libre...”, p. 110.

- 153 -
se quejó de que otras publicaciones que habían empleado los mismos calificativos no

habían sido denunciadas. A pesar de ello, tanto el director como el editor fueron

declarados culpables y condenados a dos meses de cárcel por un jurado popular que

afirmó que las manifestaciones realizadas por el periódico habían sobrepasado los

límites del derecho a la libertad de prensa contenido en la legislación.275

Tras estos primeros compases, y coincidiendo con la entrada en la escena política del

general Boulanger,276 en 1886, el panorama de la libertad de prensa cambió,

aumentando las intervenciones gubernativas contra las publicaciones políticas. Las

autoridades francesas se beneficiaron de la vaga delimitación de los delitos de ofensas

contenidos en la Ley de 1881, para llevar a cabo una serie de persecuciones policiales

centradas en aquellos periódicos partidarios de Boulanger, especialmente en los diarios

satíricos que utilizaban las caricaturas como medio de expresión,277 y sobre los que se

efectuaron acciones de dudosa legalidad para tratar de suprimirlos.278 Estos abusos

policiales contra las publicaciones pro-boulangistas se manifestaron, primordialmente,

275
JUSTIN GOLDSTEIN, R., Censorship of Political Caricature in Nineteenth-Century France, Kent, Ohio
y Londres, The Kent State University Press, 1989, pp. 240-43.
276
Georges Boulanger fue un militar francés, nombrado ministro de Guerra en 1886, que aprobó una serie
de medidas para reformar la organización del Ejército y dotar al mismo de una mejor capacidad
defensiva. Como resultado de estas transformaciones, la popularidad del general entre los sectores más
descontentos de la sociedad creció en la misma proporción que lo hicieron sus detractores. Así surgió el
movimiento político boulangista formado por una coalición de grupos heterogéneos, agrupados bajo la
bandera común del nacionalismo, que exigieron una revisión de la Constitución francesa. Finalmente, el
gobierno depuso a Boulanger de su cargo político, tras la victoria del general en las elecciones de París en
1889, acusándolo de atentar contra la Tercera República. Boulanger huyó a Bélgica, donde se suicidó en
1891, año en el que se desintegró el movimiento. MOMMSEN, W. J., La época del Imperialismo. Europa
1885-1918. Historia Universal Siglo XXI, volumen 28, Madrid, Siglo Veintiuno de Argentina, 1971, pp.
95-97.
277
JUSTIN GOLDSTEIN, R., Censorship of Political Caricature in Nineteenth-Century France, pp. 238-239.
278
El periódico Le Charge criticó las actuaciones gubernamentales a través de una caricatura en la que se
afirmaba que, para prevenir la victoria en las elecciones del general Boulanger, era necesario aniquilar a
los defensores del movimiento. En la caricatura se aprecia a tres generales franceses matando a los
partidarios boulangeristas, mientras el general sujeta la estatua de la libertad. Le Charge, 28 de octubre de
1888.

- 154 -
en forma de ataques a sus vendedores, a los que amenazaban con retirar su licencia. 279

Años más tarde, en enero de 1889, tras la importante victoria electoral en París del

general, las autoridades francesas incautaron toda la propaganda realizada por el

movimiento boulangista, lo que fue considerado por la Corte de París como una

violación de la Ley de Prensa de 1881.

Otras medidas adicionales posteriores completaron el sistema informativo francés, y,

entre otras cosas, ampliaron la lista de los delitos por obscenidad, así como las

facultades gubernativas respecto a los mismos, entre ellas, la posibilidad de incautar las

publicaciones antes de que se emitiera la condena, lo que no se permitía en los delitos

por ofensas políticas. Asimismo, durante los años 1893 y 1894, coincidiendo con los

bombardeos anarquistas, se aprobaron normas que reconocían sanciones penales para

los periodistas por la provocación de delitos tales como el robo, el asesinato o los

delitos contra la seguridad del Estado, entre otros.280 Conjuntamente con estas medidas

legales, el Estado francés utilizó otros mecanismos indirectos de intervención para

recortar la libertad de prensa, especialmente en lo que se refiere a las publicaciones

políticas. Entre ellos, las autoridades provinciales retenían o prohibían la venta en la vía

pública de aquellos diarios que consideraban ofensivos; o se prohibía la venta de ciertos

periódicos en las estaciones de ferrocarril, que eran de propiedad estatal, lo que, en

palabras del periódico Le Don Quichotte, “condenaba a los diarios a la muerte”.281

279
El diario L'ássault informó de que la policía de París, comportándose como "bestias feroces", se había
apoderado de todos los ejemplares de la última edición de su diario, y había amenazado con expulsar a
los vendedores de sus quioscos si no eliminaban esa “suciedad”. L'ássault , 15 de septiembre de 1889.
280
En la misma línea, el gobierno liberal español aprobó en 1894 una Ley para combatir los atentados
anarquistas que afectaba directamente a la libertad de imprenta, dejándose constancia, una vez más, de la
repercusión de las iniciativas legislativas francesas en nuestro país.
281
Le Don Quichotte, 4 de junio de 1887.

- 155 -
4. La autocensura de los periódicos alemanes por las restricciones de la Ley

Imperial de Prensa de 1874

Por último, en Alemania, durante la segunda mitad del siglo XIX, y tras la revolución

de 1848, surgieron una serie de movimientos de corte liberal que favorecieron una

atenuación de las leyes de prensa, muy restrictivas hasta entonces. Así pues, el gobierno

monárquico alemán abolió la censura previa estatal, aunque mantuvo una serie de

medidas restrictivas para la libertad de imprenta, como la licencia previa o la obligación

de depositar una gran suma de dinero para los fundadores de los nuevos periódicos. En

este contexto, Otto von Bismarck, que había asumido el mando gubernamental en 1871,

aprobó el 7 de mayo de 1874 la Ley Imperial de Prensa, que vino a sustituir a los

reglamentos de imprenta singulares de cada estado alemán. A pesar de que la legislación

alemana proclamaba la libertad de imprenta, su espíritu distaba mucho de las leyes

liberales de Francia y España, pues otorgaba a las autoridades un papel primordial en el

control informativo y el funcionamiento de los periódicos políticos alemanes, que, lejos

de ser la voz de los ciudadanos, se convirtieron en instrumentos al servicio de la política

de Bismarck.

La Ley Imperial de Prensa reconocía una larga lista de delitos de imprenta, que estaban

tipificados en el Código Penal alemán, aprobado en mayo de 1871, entre los cuales se

encontraban las alusiones ofensivas a los miembros de las fuerzas armadas o la Casa

Real, las injurias a los funcionarios públicos, y las agresiones al Estado y al orden

público. Del mismo modo, se prohibía publicar noticias sobre los movimientos de las

tropas alemanas en tiempos de guerra. La legislación endureció, además, las

condiciones para la publicación de los periódicos políticos, exigiendo que, antes de su

- 156 -
difusión, los directores entregaran una copia del ejemplar a la autoridad policial del

territorio en el que se distribuyera el mismo. La norma establecía, también, la obligación

de corregir las informaciones que la autoridad correspondiente considerase

inconvenientes, antes de la puesta en circulación del periódico.

En el caso de que se confirmara el perjuicio, el fiscal de cada distrito procedía a

secuestrar la edición en un plazo máximo de seis meses desde que se difundiera el

periódico. No obstante, la Ley Imperial concedía a las autoridades policiales la facultad

de recoger los periódicos sin la previa autorización judicial, lo que permitía al gobierno

suspender, de forma discrecional, todos los periódicos políticos que no siguieran su

línea ideológica, como la prensa ultra católica o la socialista.282 En ese supuesto, las

autoridades debían presentar en un plazo de doce horas la denuncia ante los tribunales,

que se encargaban de examinar la existencia del delito de imprenta.283 Por su parte, la

responsabilidad penal de los delitos de imprenta recaía en el autor del artículo punible y

en el director de la publicación,284 aunque, también, se contemplaba la posibilidad de

castigar a las personas encargadas de imprimir o distribuir los ejemplares del periódico.

La condena que se recogía en la ley para todos ellos era el pago de una multa como

máximo de 1.000 marcos y, dependiendo de la gravedad del delito cometido, la pena de

prisión de hasta un año de cárcel, además de la correspondiente sanción al periódico.

282
PFLANZE, O., Bismarck and the Development of Germany, volume II. The Period of Consoliddation
(1871-1880), New Yersey y Oxford, Princeton University Press, 1990, p. 297.
283
Con pequeñas diferencias, el sistema informativo ideado por Bismarck recuerda a las disposiciones
represivas aprobadas por Cánovas, especialmente, el Real Decreto de 31 de diciembre de 1875 y la Ley
de Imprenta de 1879, que establecía una larga lista de delitos de imprenta, y otorgaban un amplio poder
sobre la imprenta a las autoridades. Tanto el canciller alemán como el líder del gobierno conservador
entendían que las masas debían ser controladas a través del Estado, y, para ello, era fundamental controlar
a todos los periódicos.
284
La Ley Imperial de Prensa reconocía expresamente que todos los directores podían ser condenados
por delito de imprenta, aunque su periódico se publicara en un país extranjero. En cualquier caso, la ley
requería al director mantener la residencia habitual en Alemania.

- 157 -
Respecto a la competencia para enjuiciar los delitos de imprenta, ésta correspondía a los

tribunales de los estados federales: en Prusia, y en los estados del norte de Alemania, el

tribunal estaba compuesto por juristas profesionales; en el sur de Alemania, (Baveria,

Württemberg y Baden), la jurisdicción recaía en un jurado popular.285 Para determinar

qué tribunal era el competente, se recurría al principio de jurisdicción ambulatoria

(fliegender Gerichtsstand), que permitía a los fiscales decidir la naturaleza del delito

cometido, y dónde debía ser juzgado el infractor: en la residencia del acusado, donde

hubiera sido editado o impreso el periódico, o en cualquier provincia en la que se

hubiera difundido el mismo. Esta práctica, que se redujo a partir de 1902, permitía al

gobierno forzar los juicios por delitos de imprenta en las ciudades del norte de

Alemania, donde las condenas eran más rigurosas.

Por citar un ejemplo, la revista satírica Simplicissimus fue denunciada en 1899 por un

artículo sobre la visita a Palestina del rey de Prusia Wilhelm II, que el poder público

consideró como un ataque a la Monarquía alemana. En este caso, el juicio se celebró en

Leipzig, donde se había impreso la publicación, en lugar de Munich, donde residían

todos los acusados y se encontraba la redacción periodística. Esta circunstancia hizo que

se impusiera una rigurosa condena contra el director de la publicación, Albert Langen,

quién, finalmente, huyó a Suiza donde se exilió durante cinco años, así como contra el

redactor del artículo, y contra el autor de la caricatura del monarca, encarcelados

durante siete y seis meses, respectivamente. Por esta razón, la revista comenzó a

imprimirse en Stuttgart, donde no era tan vulnerable a los ataques de las autoridades,

pues los juicios por delitos de imprenta eran competencia del jurado.286

285
STARK, G.D., Banned in Berlin. Literary Censorship in Imperial Germany, 1871-1918. Monographs
in German History, volume 25, Nueva York y Oxford, Berghahn Books, 2009, pp. 1-3.
286
STARK, G.D., Banned in Berlin. Literary Censorship in Imperial Germany, p. 5.

- 158 -
Efectivamente, la Ley Imperial de Prensa de 1874 establecía unas severas condiciones

que anulaban completamente la libertad de los periódicos políticos alemanes. Así pues,

en ausencia del instrumento de censura previa, el gobierno alemán aplicó de forma muy

restrictiva los preceptos de la ley, para condenar a los que se oponían a los postulados

gubernamentales que, entre 1874 y 1890, se saldaron con más de mil procesos judiciales

injustificados.287 Fundamentalmente, la Ley Imperial perjudicó enormemente a los

diarios socialistas, ya que facilitaba el secuestro de sus ejemplares y los abusos de poder

por parte de las autoridades gubernativas. Durante estos años, la persecución sobre los

periódicos socialistas fue constante, especialmente en 1878, fecha en la que fueron

prohibidos un total de 42 periódicos, y se vieron fuertemente restringidos algunos de los

más importantes diarios de izquierdas que habían florecido tras la Ley Imperial, como el

diario Sozialdemokrat o la publicación Vorwärts.288 Ese mismo año, el gobierno de

Bismarck aprobó la Ley Antisocialista, que prohibió todos los periódicos de corte

socialista, medida que mantuvo hasta 1890.289 Algunas de estas publicaciones se vieron

obligadas a trasladarse a otras ciudades extranjeras, como Bruselas y Londres, única

forma de difundir las ideas socialdemócratas y saltar la estricta política del político

alemán. La represión gubernamental también alcanzó a las publicaciones ultracatólicas

como Germania, que desde la Ley de 1874 hasta el cese de Bismark fue suprimida más

de seiscientas veces.290

Desde que se convirtió en canciller de Alemania en 1871, Bismarck utilizó otros

mecanismos de control informativo como el fondo de reptiles financiados a través del

287
PIZARROSO QUINTERO, A., Historia de la prensa, p.123.
288
SMITH, A., “La Preese est Libre...”, p.116.
289
Como veremos más adelante, el gobierno conservador español aprobó en 1896 una Ley antiterrorista
que prohibió durante cuatro años todas las publicaciones anarquistas, anulando, tal y como se hizo con la
prensa socialista en Alemania, la libertad de los periódicos que profesaran dicha ideología.
290
SMITH, A., “La Preese est Libre...”, p.114.

- 159 -
gobierno, y con el que compraba el apoyo de los periodistas o colocaba a funcionarios

del gobierno entre el personal de la empresa periodística. Este tipo de censura

encubierta, que fue copiada, como ya hemos visto, por el gobierno español, se

aseguraba que, desde el anonimato, diferentes agentes estatales trabajaran al servicio de

los diarios, pero actuando en beneficio del propio Estado, o silenciando las críticas, o

bien favoreciendo con su discurso político al poder.291 Bismarck mantuvo, además, la

Oficina Central para Asuntos de Prensa, fundada en 1850, y publicó una gaceta estatal,

Norddeutsche Allgemeine Zeittung, a través de la que se informaba a la población de la

versión oficial del gobierno sobre los asuntos públicos. Por último, el gobierno de

Bismarck tenía el monopolio de las redes de comunicación de las empresas

periodísticas, lo que le facilitó el control de todas las informaciones enviadas por la

Agencia Central de Telégrafos.292

La estricta política de prensa impuesta por el gobierno alemán propició que muchos

periódicos políticos se editaran de forma clandestina o como diarios culturales, aunque,

sin duda, la práctica más desarrollada fue la autocensura aplicada por las propias

publicaciones alemanas.293 La Ley Imperial, junto con las medidas estatales y policiales,

fomentó el desarrollo de la misma de forma inconsciente y automática entre los propios

periodistas alemanes. El propósito del gobierno de Bismark no era otro que todos los

redactores, impresores, editores o directores hicieran suyas las normas, hasta el punto de

291
BORDIEU, P., “Censorship and the Imposition of Form”, Language and Symbolic Power, Cambridge y
Massachusetts, Harvard University Press, 1991, p. 138.
292
RUUD, C.A., Fighting Words: Imperial Censorship and the Russian Press, 1804-1906, Toronto,
University of Toronto Press, 1982, p. 15.
293
La autocensura se puede definir como “la internalización de aquellos esquemas o representaciones del
mundo prevalecientes como verdaderos e incuestionables en una colectividad, conforme a los cuales
actúan y piensan por miedo al aislamiento y a disentir de los demás en disímiles contextos sociales que
definen marcos de referencia, se sea o no consciente de ello“. En BASAIL RODRIGUEZ, A., El lápiz rojo.
Prensa, censura e identidad cubana (1875-195), La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la
Cultura Cubana, 2004, p. 235.

- 160 -
que no pensaran cuando estaban suprimiendo parte de la información, no siendo, de esta

forma, necesaria después la censura gubernativa.294

2. IMPLANTACIÓN GRADUAL EN ESPAÑA DEL NUEVO

PERIODISMO DE EMPRESA

En un país menos desarrollado como España la modernización de la prensa se produjo

de forma más gradual y lenta que en la de nuestros vecinos europeos, pero tras la

formulación de la libertad de imprenta de 1883 comenzaron a apreciarse signos de

cambio. El atraso socio-económico del país, el déficit de concentración urbana por el

que solo un 10% de la población española vivía en ciudades de más de 100.000

habitantes, y las altas tasas de analfabetismo imperantes en la sociedad española,

especialmente en áreas rurales y en regiones meridionales,295 obstaculizó el desarrollo

de la prensa de masas desarrollada en EEUU, Francia o Inglaterra, donde los diarios

llegaron a superar los 500.000 ejemplares de tirada.

A pesar de ello, muchos historiadores han resaltado la importancia del cambio

cualitativo en el periodismo español de finales de siglo, que se asemejaba en sus

características a la nueva tendencia periodística que se desarrollaba en el resto de los

países industrializados. Los grandes rotativos se editaban en Madrid, por la

centralización de la actividad política en la capital, lo que hizo que la prensa madrileña

tuviera un mercado más amplio que la prensa de provincias. Por aquellos años ya se
294
Para Michaela Wolf la censura institucional o explícita era un tipo de control informativo premeditado,
que implicaba necesariamente la intervención del aparato institucional; mientras que la censura
preventiva se vinculaba a la autocensura, siendo ésta una actividad que se centraba en la intervención
informativa del propio individuo, bien sea el redactor de la noticia, el director o editor del periódico, el
traductor o el revisor. WOLF, M., “ÜbersetzerInnen als gatekeepers (Selbst-) Zensur als Voraussetzung für
die Aufnahme in das literarische Feld der späten Habsburgermonarchie”, The Power of the Pen:
Translation & Censorship in Nineteenth-century Europe, Berlin, LIT, 2010, p.46
295
FRANCISCO FUENTES, J., FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, J., Historia del periodismo español, p. 147.

- 161 -
observaba en periódicos como El Imparcial, publicación de mayor difusión con 120.000

ejemplares, La Correspondencia de España, El Liberal o El Heraldo de Madrid, los

rasgos propios de la prensa de empresa: tiradas elevadas, renovación temática y de

contenidos, nuevo lenguaje, y precio asequible. Aun así, existieron importantes diarios

con estas características publicados en Barcelona como La Vanguardia. Un tipo de

periodismo que no dependía de ningún partido, sino que se dirigía a las masas, y que

conquistaba los mercados de compradores asumiendo un carácter mercantil por el que

se priorizaba el factor económico, y en el que predominaba la publicidad como la

principal fuente de financiación.

Los periódicos de la época se hicieron eco de la transformación de la prensa, y en 1895

las publicaciones ya informaban sobre los cambios en la configuración del periodismo

español, donde la publicidad resultaba ser el “único ingreso verdaderamente saneado

que figura en nuestros presupuestos”,296 y aseguraban que la única forma de atraer

anunciantes era aumentando la circulación de los periódicos. Así lo afirmó El Imparcial,

para el que la nueva prensa española vivía “del favor del público, y bajo el aspecto

material, del anunciante tanto como del suscriptor, pues este último nos presta crédito e

influencia moral y política, y aquél los medios para servir a este último”, un rasgo que

les hacía ser “como los grandes periódicos de Inglaterra y Alemania, que no podrían

servir a sus abonados como les sirven si no tuviera sus correspondientes planas de

anuncios”.297

El nacimiento de la prensa popular y de empresa se consolidó en 1888 con la

implantación del sensacionalismo característico del nuevo periodismo desarrollado en

296
El Resumen, 18 de julio de 1985. Reproducido en TOBAJAS, M., El periodismo español. Notas para su
historia, Madrid, Forja, 1984, p. 478.
297
TOBAJAS, M., El periodismo español, p. 480.

- 162 -
otros países. Éste tuvo su representación en España con el tratamiento informativo del

conocido “crimen de la calle Fuencarral”, acontecido el 2 de Julio de 1888, día en el que

apareció asesinada una acaudalada señora de origen italiano en su domicilio de Madrid.

El suceso se convirtió en noticia de portada durante meses para un cualificado número

de periódicos, entre los que se encontraban El Liberal, El País, La Iberia, El Resumen o

La República, todos ellos de izquierdas o afines al partido fusionista, que en ese

momento gobernaba. Estos periódicos, ante la carencia de noticias de mayor

importancia, no solo fijaron su atención en el crimen, sino que, además, se convirtieron

en fiscales del mismo y ejercieron la acción popular mediante la presentación de una

querella en el proceso judicial. Este acontecimiento marcó el desarrollo periodismo

español, ya que era la primera vez en la historia que, durante el proceso de una causa

criminal, la prensa formaba un juicio paralelo al procedimiento judicial, acusando

directamente al hermano de la víctima como autor del asesinato. Se originó así el que

hoy conocemos como el “tribunal de la opinión”, que estaba formado por la prensa

como representante de la sociedad.298

Durante este largo procedimiento judicial se publicaban noticias que contenían los más

mínimos detalles del proceso, y que intentaban esclarecer las posibles corrupciones de

la administración pública que los periódicos habían puesto al descubierto. La demanda

de información por parte de la sociedad española se tradujo en un aumento de las tiradas

de los periódicos, que llegaban a superar la barrera de los 70.000 ejemplares como en el

caso de El Liberal. El nuevo tratamiento informativo adoptado en España tuvo

resonancia internacional, y algunos periódicos extranjeros criticaron este nuevo

periodismo español. En Francia, Le Temps reprochó a ciertos órganos de la prensa

298
DUÑAITURRIA LAGUARDA, A., “Se abrió la veda al morbo judicial: El crimen de la Calle Fuencarral a
través del diario La República”, El derecho de los Medios de Comunicación, Madrid, Universidad
Pontificia de Comillas, 2013, p. 49.

- 163 -
española que se adelantaran a la sentencia sin que la hubiera dictado el tribunal

correspondiente, en ese “ruidoso proceso” que se estaba llevando a cabo, y que causaba

un gran efecto entre la población española. El diario francés definió con mucha

exactitud este enjuiciamiento mediático, práctica que ha perdurado con el paso de los

años, y entre sus valoraciones puntualizó que, sin esperar el resultado del juicio oral, los

medios informativos españoles estaban preparando a las masas populares “para que

crean que Varela es el asesino”.299 Con las características desarrolladas por la prensa

durante este largo proceso, que finalizó con la sentencia dictada el 30 de mayo de 1889,

condenando a la criada de la señora por delito de asesinato, empezó un nuevo

periodismo de empresa que cuajó en España bien entrado el siglo XX.

3. HEGEMONÍA DE LA PRENSA POLÍTICA. NUEVAS FORMAS DE

INTERVENCIÓN.

Sin embargo, durante estos últimos años del siglo XIX continuaba en nuestro país la

hegemonía de la prensa política. La incorporación de la Ley de Policía de Imprenta de

1883 facilitó un tipo de periodismo crítico con los acontecimientos sociales, que tenía

cabida tanto en la prensa como en el Parlamento, lo que incrementó la oferta global de

diarios políticos, favoreciendo que cada una de las fuerzas políticas o fracciones de cada

partido tuviera un medio de expresión que transmitía sus propios intereses políticos. La

proliferación de este tipo de publicaciones fue un fenómeno muy característico de la

España de la época, donde solo en Madrid se publicaban unos 40 periódicos en un país

que apenas leía, sin que las tiradas superaran los centenares de ejemplares. Pese a que el

índice de tirada de la prensa política no superaba a la empresarial, algunas de estas

299
GÓMEZ APARICIO, P., Historia del Periodismo español: De la revolución de Septiembre al desastre
colonial, Madrid, Nacional, 1971, p. 561.

- 164 -
publicaciones tenían muchos seguidores, ya que, como hemos señalado anteriormente,

en esta época era muy común la lectura en público de los diarios, que se acrecentaba en

los casos de la prensa obrera y popular.

La mayoría de estos diarios se escribían por los propios políticos, o líderes del grupo

político al que representaban, quienes, a su vez, eran los que subvencionaban el diario, y

se leían por los amigos o aquellos que se encontraban afiliados al partido o grupo

ideológico. Entre la multitud de publicaciones personalistas que servían para transmitir

las ideas y aspiraciones de sus líderes encontramos representados a todos los grupos

políticos existentes en la época. Los diarios conservadores más influyentes fueron: La

Época, portavoz de Cánovas, El Tiempo como medio de expresión de Silvela o El

Español de Maura; Entre los liberales hay que destacar El Correo o El Día de Sagasta o

el Heraldo de Madrid apadrinado por Canalejas; también encontramos representados

los órganos carlistas, como El Siglo Futuro y El Correo Español, El Socialista de Pablo

Iglesias o los republicanos, como El Progreso de Lerroux o La Justicia de Salmerón,

entre otros.

Paralelamente al importante desarrollo de la prensa política, favorecida por la

legislación liberal promovida por Sagasta, que, como ya hemos señalado, instauró un

régimen informativo más abierto y libre, el gobierno central empezó a buscar nuevos

mecanismos con los que poder controlar las informaciones. En términos generales,

como analizaremos en los siguientes capítulos, se puede afirmar que la censura y la

intervención de los canales de comunicación como el telégrafo y el teléfono, se reservó

para aquellos momentos considerados excepcionales por contravenir al espíritu liberal

contenido en la norma. La estrategia de la desinformación, muy utilizada en otros países

- 165 -
de Europa, fue una de las alternativas adoptadas por el poder público para dirigir así la

opinión pública hacia la versión oficial.300 Otro de los medios más utilizados durante el

período analizado era la denuncia fiscal a instancias del gobernador civil, o por

iniciativa de la jurisdicción militar, que provocaba la inmediata recogida de todos los

ejemplares por la autoridad y el encarcelamiento del autor o director de la publicación.

Aunque, en multitud de casos estos ejemplares se “perdían” por el camino, bien porque

se compraban todos los ejemplares al vendedor de forma ilegal, o porque se mantenían

retenidos de forma consciente en los canales de comunicación.

Además, durante esos años se continuó sobornando a los periodistas y periódicos

mediante los “fondos de reptiles” del Ministerio de Gobernación, ocultos al presupuesto

general, al tiempo que surgieron, unidos a este nuevo tipo de prensa, otros grupos de

presión que poseían un gran poder económico, y que actuaron a través de sobornos

directos o por influencias e intereses. A estos había que añadir, también, aquellos pagos

recibidos de gobiernos o grupos de presión extranjeros, que se acrecentaban en las

épocas de conflictos. Tengamos en cuenta, además, que el control informativo se ejercía,

no solo por el ministerio público, sino también por los gobernadores de provincia y

alcaldes, que se contagiaron de la actitud obsesiva manifestada por el gobierno central.

Éstos eran especialmente “molestos” con los periódicos políticos locales que vertieron

quejas sobre su gestión municipal o provincial, lo que se traducía en una persecución

constante de las mismas durante todo el periodo de la Restauración. Ésta se realizaba a

través de los juzgados de primera instancia, que fallaban en función de los deseos del

300
Pizarroso Quintero ha definido la desinformación como el “intento de difundir una falsedad,
haciéndola pasar por una información verdadera con el objeto de crear respuestas o actitudes o bien
modificarlas para la consecución de un objetivo determinado”. PIZARROSO QUINTERO, A., “Información,
desinformación y conflicto”, Comunicación y guerra en la historia, Santiago de Compostela, Tórculo,
2004, p.22.

- 166 -
gobernador provincial o del alcalde. Por tanto, y pese a la separación de poderes

reconocida explícitamente en la ley, se siguió haciendo uso de los órganos judiciales a

merced del poder público como medio para combatir a la prensa incómoda.

Acorde con los acontecimientos que se iban sucediendo en España durante estos

primeros años posteriores al triunfo de la Ley de Imprenta, los temas que más

preocupaban al gobierno central eran principalmente dos: el conflicto cubano, contra el

que se adoptó una política de represión muy dañina para los medios, especialmente

represiva cuando se produjo la intervención militar estadounidense en la Isla; y la

publicidad de los ideales republicanos, lo que convertía a sus publicaciones en las más

vulnerables a la vigilancia gubernativa. No cabe duda de que estos periódicos políticos

que se posicionaban en contra de la línea de pensamiento de los gobernadores y cuyo

lenguaje, en algunos de sus diarios, era menos reposado que el utilizado por otras

publicaciones contrarias al régimen, fueron los más vigilados y perseguidos por las

autoridades. Suscribiendo las palabras de Timoteo Álvarez: “la preocupación de los

guardianes de la ley de prensa se orienta en la misma dirección: el cien por cien de los

periódicos sancionados son periódicos políticos”.301

En términos generales, podemos decir que los diarios que gozaron de mayor libertad de

expresión fueron principalmente los adictos al régimen, especialmente cuando éstos

coincidían con las ideas del líder gubernativo o de las autoridades de provincia. Esto no

ocurría siempre por la particular característica de la Restauración, en la que se turnaban

los partidos conservador y liberal en la presidencia del gobierno. Sobre estos diarios

políticos, conocidos como “periódicos ministeriales”, existía la duda constante de si

301
TIMOTEO ÁLVAREZ, J., Historia de los medios de comunicación en España, Periodismo, imagen y
publicidad (1900-1990), Barcelona, Ariel, 1989.

- 167 -
recibían instrucciones del ministro de Gobernación para tratar de una determinada

forma los asuntos políticos. Las autoridades gubernativas solían defender a estos medios

en las Cortes afirmando que escribían sobre todo lo que consideraban “conveniente al

interés colectivo de la política que representan” con absoluta libertad de criterio, y sin

que existiera “ninguna especie de conexión secreta” ni hubieran recibido indicaciones

directas del ministerio público.302 Asimismo, desde el gobierno aseguraban que los

periódicos ministeriales no seguían “ciegamente” las inspiraciones del ministerio

público, ya que esto era lo propio de la política del fiscal de imprenta imperante con el

partido conservador los primeros años de la Restauración.303 No obstante, reconocían

abiertamente que este tipo de prensa estaba en relación directa con el partido, ya que

“sienten sus palpitaciones, defienden sus intereses, son la expresión de sus doctrinas”.304

A pesar de las declaraciones de los liberales, con el paso de los años quedó comprobado

que existieron ciertas “presiones” por parte del poder para que los diarios ministeriales

escribieran en función de los intereses gubernamentales. Estos periódicos se fueron

posicionando como una parte integrante del gobierno de la Restauración, al que

representaron, respaldando los intereses de cada jefe del Estado, especialmente cuando

éste debía tomar decisiones polémicas para la prensa, como ocurrió con los cortes de

información en épocas de crisis.305 Era muy común, además, que el ministerio público

los utilizara como medios para transmitir medidas gubernamentales polémicas cuando

aún no se habían implantado en la sociedad, con el objetivo de anticipar la reacción de

los ciudadanos. Esta falta de independencia a la hora de hablar de la administración

302
Congreso, 11 de febrero de 1888, ministro de Gobernación, cif. 1178.
303
Congreso, 11 de febrero de 1888, ministro de Gobernación, cif. 1224.
304
Congreso, 11 de febrero de 1888, ministro de Gobernación, cif. 1178.
305
El ejemplo más claro tuvo lugar durante la guerra de Cuba, puesto que, tanto la mala gestión
gubernamental del conflicto en el turno del partido conservador como las arbitrariedades cometidas por el
gabinete liberal al llevar a cabo su política de censura, fueron justificadas por los órganos ministeriales,
frente a las críticas vertidas en el resto de la prensa.

- 168 -
gubernativa les llevó a tener muy poca credibilidad entre la clase política y demás

medios de comunicación.

- 169 -
- 170 -
2. ACTUACIONES GUBERNAMENTALES RESTRICTIVAS DE LA

LIBERTAD DE PRENSA RECONOCIDA EN LA LEY DE

IMPRENTA DE 1883

El clima político y social en el que entró en vigor la Ley de Imprenta de 1883, que

rompía con la línea restrictiva sostenida por el gobierno conservador durante los

primeros años del régimen, parecía propicio para desarrollar en España una verdadera

libertad de prensa. No obstante, para determinar la eficacia de la libertad de prensa en la

sociedad española de finales del siglo XIX y principios del XX no basta con una buena

legislación que la sustentara, sino que se hace necesario que en la práctica el gobierno

de la Restauración, representado por las dos fuerzas monárquicas que se turnaban en el

poder durante todo el régimen, mantuviera la línea liberal de la legislación y no pusiera

trabas en su libre ejercicio.

Es importante destacar que, para la clase política de la época, la que iba a determinar la

verdadera eficacia de la Ley de Imprenta era la propia conducta de la prensa española.

Así lo declaró Pío Gullón, quien entendía que los propios periodistas podían con sus

excesos destruir todas las reformas ventajosas y liberales introducidas por la Ley de

1883, de tal manera que, si éstos desacreditaban el nuevo sistema instaurado y abusaban

de la libertad que se les concedía, la legislación de imprenta moriría.306 En oposición a

esta idea se manifestó el político republicano Manuel Becerra: “en más de una ocasión

la prensa no ha tenido la prudencia que era de desear; pero así como no pueden aplicarse

las leyes de paz al estado de guerra, del mismo modo no es justo y razonable esperar

que la prensa tenga una extrema prudencia cuando hierven las pasiones, cuando arriba

306
Senado, 5 de julio de 1883, ministro de Gobernación, cif. 2925.

- 171 -
existe la tiranía y abajo la conspiración”.307 Resulta cuanto menos curioso que desde

antes de la aprobación de la legislación de imprenta, el gobierno liberal ya culpabilizara

de un posible y futuro fracaso de la misma a la actitud de los periodistas. Con el paso de

los años quedó claro que el propósito real del discurso del poder público era allanarse el

camino para disfrazar su política de intervención de la información como una mala

práctica por parte de las publicaciones españolas. Como veremos en los próximos

capítulos, tanto el partido liberal como el conservador utilizaron recurrentemente este

argumento para justificar las medidas restrictivas impuestas a los diarios que criticaban

la actuación gubernamental, o a aquellos periódicos que, “haciendo mal uso de la

imprenta”, hacían propaganda de ideas contrarias al régimen instaurado.

1. LA CONSAGRACIÓN DEL PRINCIPIO DE SEPARACIÓN DE

COMPETENCIAS EN LOS DELITOS DE IMPRENTA

A raíz de la entrada en vigor de la Ley de 1883, se publicaron una serie de circulares

que reconocían que la libertad de imprenta no dependía de la voluntad de los gobiernos,

sino del Ministerio fiscal, que debía contribuir a que se respetara la misma. Esta

transformación en la conformación del derecho respecto a los años anteriores era

fundamental para entender la legislación liberal, ya que, por primera vez en la

Restauración, el gobierno “no se mezcla ni conoce de los delitos y faltas que pueden

cometerse por medio de la imprenta”,308 función que correspondía íntegramente a los

Tribunales ordinarios,309 que tenían el deber de perseguir al verdadero culpable del

307
Congreso, 16 de abril de 1883, Becerra, cif. 2002.
308
Circular de 2 de Octubre 1883. “A los fiscales de las Audiencias, quienes contribuirán a que se respete
la libertad de imprenta, pero persiguiendo sus abusos y lo que pueda constituir delito”. Gaceta de Madrid,
6 de octubre de 1883, número 279, p. 53. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº17.
309
En la sentencia de 25 de enero de 1884 el Tribunal Supremo reconoció que los tribunales ordinarios
habían reemplazado de forma definitiva a los tribunales de imprenta: “Considerando que... la declinatoria

- 172 -
delito. La única función del ministerio público en materia de delitos de imprenta era

velar para que la libertad de los periódicos fuera respetada, “sirviendo de escudo a la

legítima manifestación del pensamiento, y persiguiendo, en su caso, los abusos que por

medio de la prensa se cometan”.310 Asimismo, el ejercicio de este derecho no debía ser

incompatible con el poder social, con los derechos de los demás, y, especialmente, con

las instituciones del país que eran fundamentales para preservar el régimen. Por ello,

entre las instrucciones del gobierno al ministerio fiscal estaba la “más activa vigilancia

para que los instituciones fundamentales no sean objeto de ataque alguno y la disciplina

del ejército y el orden público se conserven inalterables”,311 siendo objeto de

persecución y castigo las injurias o amenazas a la “sagrada e inviolable persona del

Rey”, o aquello que significara una provocación expresa a la comisión de dicho delito, o

a un cambio en la forma de Gobierno.312

Este celo del gobierno respecto a la información sobre las instituciones fundamentales,

especialmente la concerniente a la monarquía, se puso de manifiesto con motivo de la

repentina muerte de Alfonso XII. En noviembre de 1885, por orden tajante del

presidente conservador, los fiscales no dejaban publicar en la prensa ninguna noticia

sobre la enfermedad del monarca, lo que produjo que, en los días inmediatamente

previos a su muerte se contabilizaran un gran número de denuncias y recogidas de

que constituye el objeto del presente recurso no puede ser discutible, porque suponiendo, como toda
cuestión de competencia supone, la existencia de dos jurisdicciones sobre cuyo preferente derecho a
conocer de un asunto pueda dudarse, esta duda no cabe en el presente caso, toda vez que suprimidos los
Tribunales de imprenta y no habiéndoles sustituido ninguna otra jurisdicción especial, la ordinaria ha de
ser forzosamente la única que corresponda el conocimiento de un hecho como el de que se trata, que
presenta los caracteres de delito común, y que habría de quedar impune si ella no fuese la competente
para proceder a su averiguación y castigo”. STS 25 de enero de 1884. Gaceta de Madrid, 16 de agosto de
1884, p. 18.
310
Circular de 2 de Octubre de 1883.
311
Real Orden. Circular de 30 de Julio de 1883 “por la que se fijan los criterios que ha de mantener el
Ministerio Fiscal para perseguir delitos de imprenta. Que la pena caiga sobre el auténtico culpable”.
Publicado en la Gaceta de Madrid, 31 de Julio de 1883, número 212, p. 206. Véase apéndice de la tesis:
ANEXO Nº16.
312
Circular de 2 de Octubre 1883.

- 173 -
periódicos. El día anterior al fallecimiento del Rey terminaba el silencio informativo

impuesto por Cánovas con una reunión entre el gabinete conservador y los directores de

los periódicos de Madrid, en la que, por primera vez y de manera oficial, se les informó

sobre el estado de salud del soberano. En dicho encuentro, el gobierno de Cánovas

recomendó a los directores que, en lo relativo al monarca, se limitaran a dar las noticias

oficiales provenientes del ministerio público, “únicas dignas de crédito”, a fin de evitar

alarmas y los sobresaltos “que la intranquilidad siempre producen”.313

La reacción de la prensa ante el control informativo llevado a cabo por el ministerio

gobierno fue dispar en función de la línea ideológica del medio. Como era de esperar, el

diario ministerial, La Época, alegó que la enfermedad del soberano les había

sorprendido, limitándose luego a informar sobre su defunción una vez publicada la

noticia en la Gaceta Oficial.314 En contraste al diario conservador, y mucho más crítico

con las restricciones informativas impuestas por Cánovas, El Imparcial se quejó de la

“ceguedad” en la que se habían visto inmersas las cabeceras españolas, y denunció la

persecución del ministerio fiscal sobre los aquellos periódicos que, simplemente,

“insinuaban alguna noticia bien intencionada mostrando inquietud por el estado del

Rey”, así como de aquellos otros a los que se les acusaba de ser “fabricadores de

noticias falsas” por preocuparse por el estado del monarca.315

Uno de los periódicos abiertamente contrarios al proceder del gobierno conservador fue

La República, que difundió un artículo en el que acusaba a Cánovas de “mentiroso” por

haber “tratado de engañar a la nación”, y por considerar a los españoles, “no ya como

313
La República, 25 de Noviembre de 1885.
314
La Época, “La enfermedad de S.M”, 24 de Noviembre de 1885.
315
El Imparcial, “La situación”, 25 de Noviembre de 1885.

- 174 -
esclavos, sino como bestias de carga”.316 El periódico republicano fue denunciado y

secuestrado por el ministerio fiscal, aunque no fue la única publicación sancionada bajo

el mandato de Cánovas en los días previos al cambio del turno en la presidencia del

gobierno. El semanario republicano El Motín fue denunciado por limitarse a informar a

sus lectores de que la muerte de Alfonso XII no les producía “ni alegría ni tristeza”, ya

que “lo primero sería poco noble; lo segundo hipócrita”.317 Después del secuestro de

este número, el director cargó sus feroces críticas contra el gabinete conservador en

estos términos: “conservadores clericales, os escupo a la cara”,318 y reprochó las

“ordenes, fiscales, policía y despreciables instrumentos gubernativos” que Cánovas

había utilizado durante los dos años de su mandato tras la publicación de la Ley de

1883. Con Sagasta ya como nuevo líder del ejecutivo, El Motín despidió al partido

conservador con estas palabras: “Se despidieron los miserables (…) metiendo en la

cárcel a nuestro director. Sírvanos de venganza verlos caídos en el fango para siempre,

sin haber conseguido su propósito de matar a El Motín”.319

El panorama con el que Sagasta asumió la presidencia del gobierno no presagiaba nada

positivo para la libertad de prensa, que, a pesar de los buenos propósitos del partido

liberal tras la publicación de la ley, se encontraba muy perjudicada por las prácticas de

los conservadores. Con este contexto, La República se hizo eco de una noticia vertida

por La Iberia sobre la adopción de una posible medida a favor de la prensa por el

ejecutivo liberal, y aprovechó la circunstancia para reclamar al gobierno que la misma

se hiciera efectiva. El periódico republicano señalaba, también, que durante el mandato

conservador se había resucitado el fiscal de imprenta, desaparecido con la legislación de

316
La República, 25 de Noviembre de 1885.
317
El Motín, “En nuestro puesto”, 25 de Noviembre de 1885, Suplemento al nº. 47.
318
El Motín, “Bien por mal”, 27 de Noviembre de 1885.
319
El Motín, “Denuncias 83 y 84”, 30 de Noviembre de 1885.

- 175 -
1883, y mostraba su temor a que el mismo siguiera actuando si Sagasta no lo remediaba.

En la misma publicación se denunciaba el estricto control del que habían sido objeto los

periódicos, y se afirmaba que el único objetivo del gabinete conservador era acabar con

la prensa o que “la ahogase a fuerza de denuncias, causas y autos de prisión”. Al mismo

tiempo, recordaba al partido liberal que, durante el tiempo que había estado en

oposición, también había sufrido “los rigores de una reacción de fanáticos insensatos,

desenfrenadamente conservadora”, llevada a cabo mediante una persecución “arbitraria,

sañuda y rencorosa”, y sufrida, entre otros, por los periódicos liberales El Correo y La

Iberia. Con estos motivos, La República instaba al gabinete liberal para que cumpliera

la ley de 1883, que ellos mismos habían adoptado: “justicia es lo que exigimos; que se

cumpla es lo que demandamos; que comiencen los liberales por cumplir hoy lo que ayer

tenían por bueno, y por corregir lo que rechazan y condenaban por arbitrario y

abominables”. El artículo concluía sosteniendo que la mayor parte de las denuncias y

causas existentes contra la prensa en ese momento eran efecto de una lucha entre la

arbitrariedad de un gobierno conservador “lleno de soberbia” y la dignidad de los

periódicos independientes.320

Tras las quejas de la prensa y, como primera medida para inaugurar la presidencia de

gobierno, Sagasta concedió el indulto total a los directores y periodistas condenados en

sentencia firme por delitos de imprenta hasta el fallecimiento del Rey. Asimismo, dio

orden a los fiscales para que desistieran de sus acciones penales en los procesos

incoados por los delitos de imprenta, con el objetivo de otorgar libertad y calma a

aquellos escritores públicos “que en el calor de las controversias”, habían faltado a las

leyes y a las conveniencias sociales, así como a los que persiguiendo “la realización de

320
La Republica, 28 de Noviembre de 1885.

- 176 -
sus ideales políticos”, habían rebosado los lindes del Código penal.321 Al respecto del

indulto, numerosas veces concedido por ambos partidos a lo largo de la Restauración,

Martínez Alcubilla señaló: “mientras las leyes no estén basadas en más sanos principios

de la ciencia penal, mientras haya duda de que puedan ser injustas, mientras sea falible

como tiene que serlo el criterio judicial en la apreciación de las pruebas, y más todavía,

mientras se conserve la pena de muerte en las leyes penales, siempre será una necesidad

atribuir al Monarca o jefe del Estado la prerrogativa de indulto, por más que se haya

abusado o pueda abusarse de ella”.322

1. LA UTILIZACIÓN SISTEMÁTICA DEL ARTÍCULO 22 DE LA LEY

PROVINCIAL

A pesar del reconocimiento expreso de la separación de competencias entre la

administración de justicia y las autoridades gubernativas a la hora de enjuiciar los

delitos de imprenta, durante el primer mandato conservador tras la entrada en vigor de

la Ley de Imprenta, se observaron ya las primeras extralimitaciones por parte de los

gobernadores de provincia. Éstos utilizaban discrecionalmente la facultad de “reprimir

los actos contrarios a la moral o a la decencia pública, las faltas de obediencia o de

respeto a su autoridad”,323 que les reconocía el artículo 22 de la Ley Provincial de 1882,

imponiendo multas, que llegaban hasta las 500 pesetas, a aquellos periódicos que

manifestaban ideas contrarias o criticaban la política provincial. El semanal republicano

El Motín sufrió de forma constante los abusos de esta disposición, con catorce multas

321
Real Decreto concediendo el indulto total de las penas impuestas por delitos de imprenta. Gaceta de
Madrid, 10 de diciembre de 1885, nº 344.
322
MARTÍNEZ ALCUBILLA, M., Diccionario de la Administración Española, 4ª edición, Madrid,
Administración, 1887, p. 182.
323
Artículo 22 de la Ley Orgánica Provincial de 29 de Agosto de 1882. Gaceta de Madrid de 1 de
Septiembre de 1882, Tomo III, p. 657.

- 177 -
contabilizadas desde enero de 1884 a noviembre de 1885, tiempo en el que se vio

inmerso también en ochenta y cuatro procesos por delitos de imprenta. Rojo Arias, uno

de los senadores más activos a la hora de denunciar las arbitrariedades gubernamentales,

afirmó que la sanción impuesta al semanal madrileño en virtud de la Ley Provincial era

“arbitraria, injusta, excesiva y exagerada”.324 El político entendió que, con la aplicación

del artículo 22, el gobernador de Madrid usurpaba atribuciones que no le correspondían,

constituyendo un verdadero atropello para el director republicano, al que solo se le daba

la posibilidad de recurrir ante el ministro de Gobernación, y no ante los tribunales,

como garantizaba la ley.

Mientras que para una parte del Parlamento las facultades concedidas a las autoridades

gubernativas en la Ley Provincial chocaban frontalmente con las otorgadas a las

autoridades judiciales por la Ley de Imprenta, para el gobierno conservador no existía

tal incompatibilidad. La opinión de los conservadores se fundaba en la idea de que para

gobernar era preciso dejar cierto margen a la arbitrariedad, ya que “ningún poder está

verdaderamente completo e integro, si no tiene algo de arbitrariedad donde poder

moverse”.325 Basándose en esta afirmación, que echaba por tierra todos los avances de

los liberales en materia de libertad de imprenta, el gobierno de Cánovas reconocía la

eficacia total y absoluta de la disposición, autorizando a los gobernadores de provincia a

hacer uso de ella con “gran discreción y prudencia”, para así poder defenderse ante la

sociedad de los ataques realizados por “periódicos inmundos, que absolutamente nada

enseñan ni nada ilustran, que no hacen más que corromper las costumbres y

desmoralizar a gentes sencillas”.326 A esto hay que añadir que para el partido

conservador no se debía permitir que la palabra escrita tuviera una mayor inmunidad

324
Senado, 12 de Julio de 1884, Rojo Arias, cif. 528.
325
Senado, 3 de Julio de 1884, ministro de Gracia y Justicia, cif. 464.
326
Senado, 3 de Julio de 1884, Sr. Ministro de Gracia y Justicia, cif. 466.

- 178 -
respecto a la palabra hablada, por lo que si la disposición otorgaba facultades a las

autoridades para reprimir las faltas de obediencia y respeto de los particulares, debía ser

aplicable también para los periodistas. En esta línea, Romero Robledo afirmó: “Yo

quiero saber con qué lógica, y fundado en qué principios, se puede sostener que la

ofensa a la moral y a la decencia pública hecha por un ciudadano en un círculo reducido

debe ser más severamente castigada que la ofensa hecha a esos mismos sagrados

intereses por la palabra escrita en un periódico, que tiene millares de lectores, que no

está limitado por el espacio y lleva el mal por todas partes”.327

A pesar de los intentos de los conservadores por defender las facultades conferidas a los

gobernadores en el artículo 22 de la Ley Provincial, no quedaba ninguna duda de que la

interpretación que hacían éstos sobre el precepto era un verdadero atentado contra la

libertad informativa, tal y como demostraban las múltiples sanciones injustificadas que

recibían los periódicos de la oposición durante los dos años del mandato de Cánovas. El

peligro de la aplicación de la disposición estaba en que la existencia de un periódico

dependía de la arbitrariedad de los gobernadores de provincia contra la que tanto habían

luchado los liberales, ya que les otorgaba a éstos la potestad última para decidir sobre

los delitos de imprenta según sus intereses políticos, sin tener la obligación siquiera de

exponer los fundamentos por los que condenaban a un determinado diario.328

Con la vuelta de Sagasta al poder, en octubre de 1885, se publicó una Real Orden por la

que se determinaba que los gobernadores civiles no tenían competencia para castigar los

327
Senado, 12 de julio de 1884, ministro de la Gobernación, cif. 532.
328
En la mayoría de las multas impuestas por los gobernadores no se señalaban las frases o párrafos que
se consideraban atentatorios contra la moral o la decencia pública, lo que era denunciado de forma
recurrente en el Parlamento. Esta mala práctica permitía que las autoridades no tuvieran ningún
impedimento a la hora de imponer sanciones a los periódicos que les “entorpecían”.

- 179 -
delitos de imprenta.329 La medida estaba motivada por el recurso de alzada interpuesto

por el director de La Voz de Guipúzcoa contra la providencia del gobernador, quién le

imponía una multa de 500 pesetas fundamentada en el artículo 22 de la Ley Provincial.

Éste hacía uso de la misma para multar al periódico republicano por considerar que se

había atentado contra su dignidad en las declaraciones vertidas en el número

correspondiente al 15 de Julio: “Mal El gobernador civil atolondrado en el anochecer de

ayer y motivando el tumulto de hoy. Esta mañana provocador y el resto del día

huido”.330

El gobierno liberal accedió a la petición solicitada por el director del periódico vasco, a

quién se le retiró la multa, y puso coto a la función asumida por las autoridades de

provincia, prohibiendo a los gobernadores aplicar el artículo 22 de la Ley Provincial en

materia de delitos de imprenta.331 La medida adoptada por Venancio González, recién

nombrado ministro de Gobernación, reafirmaba lo expresado por la legislación de

prensa liberal, por la que las faltas y los delitos de imprenta se sancionaban según las

leyes ordinarias, y cuyo conocimiento correspondía exclusivamente a los tribunales

ordinarios. Además, junto con esta orden gubernamental, el gobernador de provincia de

Madrid emitió una circular el 8 de enero de 1886 en la que exponía el criterio que

debían adoptar todas las autoridades respecto a la facultad contenida en el artículo 22 de

la Ley Provincial. En la disposición se aclaraba que, hasta la modificación del precepto,

se debía realizar un “uso extremadamente prudente y sobrio de aquella facultad, que no

329
Real Orden de 29 de diciembre de1885, por la que se determina que los gobernadores civiles no tienen
competencia para castigar, según el art. 22 de la ley provincial, los delitos cometidos por la imprenta.
Gaceta de Madrid, 30 de Diciembre de 1885, número 364, p. 1015. Véase apéndice de la tesis: ANEXO
Nº19.
330
La Voz de Guipúzcoa, 15 de Julio de 1885, nº 195.
331
Siguiendo la misma doctrina, la Gaceta de 30 de diciembre contenía otras dos Reales Órdenes en las
que el gobierno liberal relevaba del pago de la multa de 500 pesetas al director del periódico satírico
Intringulis, por el artículo “Lo de Rubiales”, y al director de La Luz. Gaceta de Madrid, 30 de Diciembre
de 1885.

- 180 -
tiene otro carácter que el de un medio extraordinario de coerción, de que no debe usarse

sino para mantener toda su entereza el principio de autoridad, frente a determinados


332
abusos cuyo correctivo no pueda imponerse mediante otras leyes”. La circular

precisaba, también, que, en ningún caso, se debía imponer penas no establecidas en el

Código, y, por tanto, las faltas cometidas por la prensa periódica debían tener su

correctivo en la legislación común o en la Ley de 1883, que era la que regulaba el

ejercicio de este derecho constitucional.

Con ambas medidas se daba un paso adelante hacia el reconocimiento efectivo de la

libertad de prensa, terminando, a menos en teoría, con esta práctica abusiva y vejatoria

para los periódicos que había sido utilizada sistemáticamente por las autoridades

durante los dos primeros años de gobierno conservador. En la práctica, sin embargo, la

separación de poderes a la hora de juzgar los delitos de imprenta no era tan efectiva

como predicaba el gobierno liberal. En junio de ese mismo año, se denunciaron en el

Parlamento prácticas abusivas por parte de las autoridades que, al no poder hacer uso

del artículo 22 de la Ley Provincial, utilizaban otros caminos para ejercitar su control

sobre los periódicos, que excedían de las competencias conferidas en la Ley de

Imprenta, y hacían dudar sobre si, efectivamente, la prensa estaba sometida a los

tribunales ordinarios. Una de las protestas más airadas la realizó el periodista Villaba

Hervás, quién consideraba que el gobernador de provincia de Madrid se había

extralimitado en sus competencias al enviar un volante al director del periódico

republicano El Progreso, en el que le instaba a declarar quién era el autor del artículo

“Lo de la huerta de Osuna”. Para el político no solo era una práctica abusiva que iba

332
Circular del gobernador de provincia de Madrid de 8 de enero de 1886, prohibiendo aplicar las multas
a que se refiere el artículo 22 de la Ley provincial. Gaceta de Madrid, 9 de enero de 1886.

- 181 -
“contra la dignidad del periodismo”,333 sino que atentaba directamente contra la

legislación de prensa, ya que la exigencia de conocer el autor de una publicación

correspondía a la administración de justicia. La noticia tuvo resonancia en los

periódicos republicanos de la misma línea que el diario damnificado, que criticaron a los

liberales. En estos términos protestó La República: “Pero señor, ¿Qué es esto? ¿Es que

Sagasta quiere resucitar los tiempos de Narváez?”.334

Ese mismo año, la prensa de Madrid denunciaba la práctica “desusada” de las

autoridades gubernativas, especialmente los de provincia, que realizaban indicaciones a

las autoridades judiciales por las que exigían que revisaran diariamente la prensa, y

realizaran las denuncias y procedimientos correspondientes contra aquellos periódicos

que a su juicio habían caído en alguna infracción legal. La inquietud de la opinión

pública por la noticia se trasladó al Senado, dónde el gobierno liberal defendió su

respeto absoluto a la independencia del poder judicial, y aseveró que la única medida

adoptada con arreglo a la Ley de Imprenta era el envío de todas las publicaciones al

juzgado de guardia para que éste pudiera incoar los procedimientos que consideraran

necesarios, y “no tuviera la excusa”, en ningún caso, de decir que no conocía los

impresos que se publicaban.335 Para el político Rojo Arias ésta “innecesaria y oficiosa”

práctica del gobierno suponía un ataque a la prensa, y envolvía una amenaza indirecta a

los tribunales ordinarios, a los que se exigía responsabilidad si no denunciaban las

publicaciones que les eran enviadas.336

333
Congreso, 17 de junio de 1886, Villalba Hervás, cif. 496.
334
La Republica, 17 de Junio de 1886, nº. 744.
335
Senado, 27 de julio de 1886, ministro de Gobernación, cif. 924.
336
Senado, 27 de julio de 1886, ministro de Gobernación, cif. 925.

- 182 -
En muchos casos no bastaban las indicaciones o presiones gubernamentales y aunque

un juez pretendiese ser imparcial o independiente en su decisión contra un determinado

periódico, las autoridades tomaban otras medidas contra ellos para influenciarles o

amonestarles por no haber tomado la decisión acorde a sus intereses políticos. Una de

las prácticas más usadas era el traslado a otras provincias o pueblos, sin alegar la causa

que había motivado el mismo, de aquellos que desoían las instrucciones directas de los

oficiales, lo que empujaba a muchos jueces a la ruina económica, y avisaba a otros de lo

que podía ocurrir con ellos si no seguían la línea política marcada. A lo largo de los

años se siguieron dando estas indicaciones por parte de los gobernadores a los

tribunales, especialmente en provincias y municipios, donde las autoridades trasladaban

todas las sospechas a los jueces en cuanto vislumbraban un mínimo de crítica hacia su

gestión gubernativa, u observaban críticas a la monarquía. Por este método, el

semanario satírico Café con gotas fue denunciado en 1887 por injurias a la reina

regente, a propósito de un simple comentario que decía: “Que alegres según mi cuenta,

los soldados van a estar, cuando empiecen a tocar la gaita a la Regenta”.337

2. ANOMALÍAS EN LA ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA RESPECTO

A LA APLICACIÓN DE LA LEY DE IMPRENTA

No sólo se dio una extralimitación de competencias entre las autoridades gubernativas

y los órganos judiciales, sino que dentro de los propios tribunales que tenían que

impartir justicia al conocer los delitos de imprenta existía una falta de criterio común

respecto a la aplicación de la Ley de Imprenta, dándose situaciones tan inverosímiles

como que un artículo por el que se abría un proceso en una audiencia era considerado

337
Café con gotas, 3 de Abril de 1887. Reproducido en PALOMARES IBÁÑEZ, JM., “Prensa y política en
Galicia: la prensa periódica compostelana (1875-1936)”, Investigaciones históricas: Época moderna y
contemporánea, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1893, p. 412.

- 183 -
lícito por otra. Esta circunstancia se denunció en el Parlamento en numerosas ocasiones,

y vino provocada por un fallo del Tribunal Supremo que declaraba que de los delitos de

imprenta era responsable, no sólo el autor del escrito, tal y como expresaba el artículo

14 del Código Penal, sino también quién lo reprodujese en otro periódico. Con motivo

de la denuncia de un suelto periodístico inserto en el periódico alicantino Las

Germanías, por contener injurias al Rey y ataques a la forma de Gobierno, el juez de

instrucción de Alicante se inhibió del conocimiento de la causa al demostrar que el

suelto estaba copiado literalmente de otro publicado con anterioridad en el diario

valenciano La Protesta. El fallo del Tribunal Supremo determinó que, la publicación de

un artículo que podía ser materia de delito en determinado periódico era un hecho

“absolutamente independiente” de la reproducción del mismo en otro de la misma o

diferente localidad, no siendo “lógico ni legal conceptuar como un todo o único delito

actos de esta clase que se realizan en tiempos sucesivos y medios diferentes, aun cuando

sea utilizando el mismo procedimiento criminal”.338 El Tribunal Supremo aclaró que, en

estos casos, la competencia para conocer el delito cometido por medio de la imprenta

correspondía al juzgado de la demarcación territorial donde se había publicado la

repetición del suelto periodístico.

La cuestión se debatió en el Parlamento en 1887, a raíz de la absolución, por parte de la

Audiencia de Sevilla, del autor de un artículo periodístico reproducido por otro

periodista, quién, sin embargo, se encontraba procesado por el tribunal de Tortosa. Esta

situación, en la que algunos periodistas estaban sometidos a los tribunales por artículos

que habían reproducido, sin que sus autores materiales hubieran sido juzgados por los

de su territorio, provocó las quejas de algunos políticos, que plantearon como solución

338
STS 5 de mayo de 1884. Gaceta de Madrid, 3 de octubre de 1884, p. 198. Ratificado por la STS 19 de
mayo de 1884. Gaceta de Madrid, 14 de octubre de 1884, p. 231; STS 19 de mayo de 1885. Gaceta de
Madrid, 12 de diciembre de 1885, p. 293.

- 184 -
el cese de la responsabilidad en aquellos que habían copiado un escrito, una vez

apareciera el autor del mismo.339 El gobierno liberal se inhibió respecto a la polémica

suscitada, afirmando que la ley durante su confección pertenecía al legislador, pero en el

momento en el que se promulgaba, entraba en el dominio exclusivo de los jueces y

tribunales encargados de aplicarla.340 La cuestión pasó al Tribunal Supremo que declaró

que la reproducción en periódicos de artículos criminales publicados en otro constituía

delito aun cuando no hubiera sido denunciado ni penado el autor del escrito, ya que “la

característica de los delitos de imprenta es que son constitutivos de tantos delitos como

veces sean reproducidos”.341 En otra sentencia, el Tribunal Supremo confirmó que “el

que ordena la reproducción de tales documentos, con perfecto conocimiento de su

contenido y sin protesta ni modificación alguna en este sentido, hace suyos los

conceptos, frases y la misma forma de aquellos, identificándose por modo tal con el

pensamiento y fines del autor”.342

Otro supuesto en el que se denunció una falta de criterio único en la administración de

justicia se destapó años más tarde por el diputado conservador Francisco Silvela, quien

criticó ante sus homólogos que en los tribunales inferiores no se venía aplicando la

jurisprudencia del Tribunal Supremo respecto a la responsabilidad subsidiaria en los

delitos de imprenta, concretamente en el proceso que se estaba llevando a cabo contra el

periódico El Noticiero de Sevilla. Conforme a la resolución del Tribunal Supremo, en

los delitos de imprenta “no se han de estimar otras responsabilidades de carácter

pecuniario que las anejas al mismo delito, sin que por tanto deban ser satisfechas

339
Congreso, 13 de Junio de 1887, Álvarez Mariño, cif. 3431. Congreso, 31 de Marzo de 1887, Sr.
Alvarado, cif. 1534.
340
Congreso, 31 de Marzo de 1887, ministro de Gracia y Justicia, cif. 1534.
341
STS 30 diciembre de 1887. Gaceta de Madrid, 4 de abril de 1888, p. 77. Ratificado en la STS 7 de
enero d 1888. Gaceta de Madrid, 2 de mayo de 1888, p. 151.
342
STS 21 de noviembre de 1890. Gaceta de Madrid, 8 de julio de 1890.

- 185 -
subsidiariamente por tercera persona, y se exijan sólo al acusado como parte integrante

de la pena taxativamente determinada por el delito”.343 En virtud de la misma, el

artículo 21 del Código Penal, que establecía la responsabilidad subsidiaria para los

dueños de establecimientos mercantiles, no alcanzaba a las empresas periodísticas, ya

que éstas tenían independencia respecto de los directores y redactores de los periódicos.

Así pues, ante la posible insolvencia de los que eran condenados por delitos cometidos

en un periódico, no existía responsabilidad subsidiaria del propietario del mismo.

Silvela cuestionó la actuación de la Audiencia de Sevilla pues, de prevalecer la

responsabilidad subsidiaria aplicada por el juzgado, la empresa periodística necesitaba

saber no sólo que el autor de un determinado artículo era efectivo y real, como exigía la

Ley de 1883, sino, además, que el mismo era solvente. Esto suponía “una ruina” para

las empresas periodísticas, porque “hasta de mala fe” se las podía hacer incurrir en

responsabilidad.344 Pese a la petición del político conservador para hacer valer la

jurisprudencia del Tribunal Supremo, y que ésta misma se comunicara a la órganos de

justicia para que no existieran más anomalías al respecto, el gobierno liberal consideró

que el procedimiento era totalmente lícito, ya que el mismo se había iniciado antes de

que el Tribunal Supremo se hubiera manifestado al respecto, siendo además un asunto

de carácter privado, ya que el delito se había perseguido como un delito de injuria, y sin

que pudiera, por tanto, intervenir el ministerio público.345

343
STS 4 de enero de 1896. Reproducida en Congreso, 27 de junio de 1896, Silvela, cif. 868.
344
Congreso, 13 de agosto de 1896, Silvela, cif. 2313.
345
Congreso, 13 de agosto de 1896, ministro de Gracia y Justicia, cif.2314-2315.

- 186 -
2. EL USO ABUSIVO DE LOS INSTRUMENTOS LEGALES PARA COARTAR

LA LIBERTAD: LA SUSPENSIÓN DE GARANTÍAS CONSTITUCIONALES

Pasados los primeros años desde la publicación de la Ley de Imprenta, en los que

primaba el talante liberal, los dos partidos que se turnaron en el gobierno adoptaron una

serie de medidas que coartaban la libertad de información de los periódicos en algunos

asuntos políticos y sociales en consonancia a los sucesos que se iban desarrollando en

España. Esto era posible gracias al apoyo en el caciquismo del que se nutría el régimen

de la Restauración, que facilitaba a los gobiernos instrumentos jurídicos suficientes para

que impusieran su voluntad de acuerdo a sus intereses políticos. A pesar de lo que

rezaba la Ley de 1883, la utilización constante de estas disposiciones de carácter legal

no era más que un disfraz utilizado por el Estado para manejar la información que

transmitía a la sociedad, con el fin último de conservar el poder y preservar el sistema

instaurado. Para autores como Sánchez Illán, “la falta de libertad de prensa no será más

que un aspecto de la ausencia de libertad política bajo el régimen de la Restauración”. 346

Entre todas las medidas de carácter legal utilizadas por el gobierno para coartar la

libertad de prensa a su conveniencia destacaba el uso reiterado de la suspensión de

garantías constitucionales “cuando así lo exija la seguridad del Estado, en circunstancias

extraordinarias”,347 reconocido expresamente en el artículo 17 de la Constitución de

1876, que se adoptaba de forma sistemática, independientemente de la ideología que

profesara el jefe del Ejecutivo que gobernara en ese momento. Acogiéndose al precepto

constitucional, los dos partidos aprobaron de forma discrecional una serie de

suspensiones gubernamentales con el objetivo de frenar las corrientes de opinión

346
SÁNCHEZ ILLAN, J.C., Prensa y política en la España de la Restauración, p.53.
347
Artículo 17 de la Constitución de 30 de junio de 1876.

- 187 -
contrarias al sistema, que perturbaban esa aparente calma característica de la época.

Pese a que en la mayoría de las situaciones no existía un peligro real sobre la seguridad

nacional o el orden constitucional, la rapidez con la que se adoptaban estas medidas de

excepción para solucionar los asuntos de orden público lleva a afirmar a Manuel Ballbé

que el régimen liberal de la Restauración no funcionaba “bajo un sistema de normalidad

constitucional”.348

La suspensión temporal de las garantías constitucionales en circunstancias

excepcionales otorgaba la facultad al gobierno de proponer, y, en caso urgente, acordar

la suspensión de cualquier clase de publicaciones que excitaran la comisión de delitos

contra el Estado, contra la seguridad interior y exterior, y contra el orden público, así

como la de secuestrar los ejemplares de dichas publicaciones, remitiendo los mismos al

jugado ordinario competente.349 Además, dependiendo de la gravedad, las autoridades

podían declarar el estado de prevención, alarma o, en caso extremo, el estado de guerra,

en el que el poder militar asumía todas las competencias, incluida la jurisdicción en

materia de imprenta.350

La existencia de estados excepcionales durante todo el período de la Restauración

concedía a la administración pública poderes discrecionales, que eran usados para

limitar la libertad de prensa consagrada en la Ley de 1883. Fueron realmente llamativas

las innumerables ocasiones en las que el gobierno utilizó este recurso, especialmente

durante los primeros años del siglo XX, con motivo de la agitación social y política

348
BALLBÉ MALLOL, M., Orden público y militarismo en la España constitucional (1812-1983), Madrid,
Alianza, 1984, p. 247.
349
Artículo 6 de la Ley de Orden Público de 23 de abril de 1870. Constitución política de la Monarquía
española y Leyes complementarias: Orden Público. Ley de 23 de abril de 1870, X edición, Madrid,
Centro editorial de Góngora, 1922, pp. 177-196. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº1.
350
Artículos 1, 15 y 32 de la Ley de Orden Público de 23 de abril de 1870.

- 188 -
característica de esta etapa.351 Durante este período encontramos, también, ejemplos de

cómo el poder público recurrió a la suspensión de garantías constituciones a nivel

nacional o provincial, para frenar las corrientes de opinión o noticias publicadas en la

prensa que les eran desfavorables, afectando y restringiendo de manera grave la libertad

de expresión reconocida en la legislación de imprenta.

Una de las primeras veces en las que la jefatura del Estado adoptó la disposición

constitucional fue con motivo del intento fallido de sublevación contra la Restauración

borbónica conducido por el general Villacampa, que pretendía instaurar la República, la

noche del 19 de Septiembre de 1886. Las cabeceras españolas, en su mayoría,

condenaron este suceso con la excepción de los periódicos republicanos El Progreso y

La República, y de El Liberal que publicó un artículo con el título “La insurrección y el

castigo”, en el que instaba al gobierno de Sagasta a no “exagerar” la rebelión y a no ser

cruel ni “más severo de lo necesario” en la sanción que se le iba a imponer a

Villacampa. Asimismo, el diario solicitó que la Regente, “que pasa tristemente los días

en la aflicción de una viudez prematura”, tuviera clemencia con el republicano y

“evitara el dolor de los otros, conservándoles el esposo o hijo extraviado”. El Liberal

consideraba que era un buen momento para que la monarquía manifestase su lado más

humano, ya que “la madre y regente no pueden querer que la cuna del niño-rey

comience a flotar sobre arroyos de sangre que podría salpicar su frente”.352

351
Se contabilizaron un total de veintitrés suspensiones gubernamentales desde el estallido de la Guerra
de Cuba en 1898 hasta la implantación de la Dictadura de Primo de Rivera en 1923. Tal y como se
desprende del apéndice del libro: DEL VALLE, J.A., “La censura gubernativa de prensa en España (1914-
1931)”, Revista de Estudios políticos (Nueva Época), nº21, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales,
1981. Apéndice: Cuadro de suspensiones de garantías constitucionales bajo el Régimen Monárquico:
1875-1931, pp. 119-123.
352
El Liberal, “La insurrección y el castigo”, 22 de Septiembre de 1886.

- 189 -
El artículo produjo indignación en un sector de la prensa,353 y fue denunciado por

atentar contra el sistema monárquico, provocando una reacción inmediata en el gobierno

fusionista, que el 22 de septiembre de 1886 suspendió las garantías constitucionales en

todo el país. Por primera vez después de la entrada en vigor de la Ley de 1883 se

declaraba el estado de guerra en toda la nación, con lo que el régimen de prensa pasó a

manos de la autoridad militar durante veintitrés días. Junto a la declaración de guerra, el

capitán general de Madrid, Manuel Pavía, mandó una circular a los periódicos, en la que

se prohibía dar noticias sobre los sucesos acontecidos el día 19. La disposición contenía

una serie de orientaciones dirigidas a todos los directores, por las que debían evitar la

publicación de artículos “que se relacionen con la disciplina y orden público, y mucho

menos se basen en noticias que no sean oficiales, muchas de aquellas falsas, y que sobre

ellas se hagan comentarios de ninguna clase, absteniéndose de copiar artículos y

discursos relativos a hechos históricos que tengan conexión con la disciplina y el orden

público”.354 La circular imponía, además, la pena de suspensión a todos los periódicos

que incumplieran de forma reincidente las órdenes dictadas por la autoridad militar.

El gobierno liberal justificó las severas medidas contra la prensa, afirmando que la

disposición únicamente restringía de forma expresa la libre expresión de ideas con

respecto al tratamiento de informaciones que atentaran contra la monarquía, pero dejaba

a los periódicos la completa libertad para tratar el resto de problemas que no afectaran a

la tranquilidad nacional. Sin embargo, ¿para qué servía la libertad de prensa si no se

podía hablar sobre el asunto político que estaba de actualidad y que interesaba a la
353
Entre otros periódicos, El Globo criticó las afirmaciones del diario madrileño y afirmó: “El Liberal no
ha tenido aun tiempo de juzgar los acontecimientos”. Por su parte, La Correspondencia de España señaló
“por lo que se ve El Liberal condenaron el vergonzoso suceso de la noche del domingo, aunque con
menos resolución y franqueza que el órgano del posibilismo”. Reproducido en El Liberal, “Ecos de la
prensa”, 23 de Septiembre de 1886.
354
Circular del 22 de Septiembre de 1886 del capitán general de Madrid (Pavía), por el que se impone a la
prensa fuertes restricciones por la sublevación de Villacampa. El Liberal, 23 de Septiembre de 1886.
Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº20.

- 190 -
opinión pública? Tal y como afirmó El Liberal, los periódicos vivían de la actualidad,

del suceso del momento, y quitarles esa libertad significaba privarles “del alimento que

la nutre vigorosamente”.355

La prensa española reaccionó con indiferencia, y periódicos tan importantes como El

Imparcial o La Correspondencia de España reprodujeron en sus páginas la circular sin

entrar a valorar la misma. En un primer momento, El Liberal optó por mantener silencio

hasta que pasaran las excepcionales circunstancias, ya que si realmente manifestaban lo

que pensaban “tendríamos que saltar por la comunicación del general Pavía, y este es un

salto muy peligroso”.356 Sin embargo, las informaciones sobre los procedimientos

judiciales emprendidos contra los directores de los periódicos republicanos El Motín y

El Federalista, y la suspensión voluntaria de El Progreso, encendieron la mecha del

diario madrileño, que criticó duramente la falta de respuesta de la prensa política, que

no había hecho absolutamente nada ante las medidas impuestas por la autoridad militar,

solo “callar y obedecer”, y se cuestionaba la importancia de la prensa periódica cuando

en estas circunstancias extraordinarias no había existido ninguna reacción por su parte.

El periódico madrileño aseveró tajante: “el periodismo político ha muerto

temporalmente y nadie se ha conmovido”.357

Durante este período, las autoridades gubernativas adoptaron otros instrumentos legales

para limitar de distintas formas la prensa. En 1885, durante el estado de alarma en el que

se encontraba la ciudad de Madrid, su gobernador prohibió mediante un bando

gubernativo anunciar de viva voz la venta de los periódicos. La legitimidad de la

medida se fundaba, nuevamente, en la Ley Provincial, cuyo artículo 11 señalaba: “al

355
El Liberal, “Una prueba decisiva”, 25 de Septiembre de 1886.
356
El Liberal, “Hasta mejor ocasión”, 23 de Septiembre de 1886.
357
El Liberal, “Una prueba decisiva”, 25 de Septiembre de 1886.

- 191 -
gobernador corresponde muy especialmente cuidar del orden público en el territorio de

su provincia (…)”.358 Tal y como ocurría durante el mandato conservador con el artículo

22, los gobernadores de provincia continuaban beneficiándose de las facultades

reglamentarias que les eran otorgadas por la Ley Provincial, pudiendo dictar los bandos

y disposiciones que creyeran más convenientes para mantener el orden público.359 El

gobierno liberal justificó la medida señalando que los “gritos” en la vía pública pueden

representar en determinados momentos “excitaciones al desorden” o bien “motivos o

circunstancias que mantengan cierta intranquilidad”, 360 y que en otros países europeos,

como Francia, las voces en la calle se encontraban subordinadas a reglamentaciones de

policía.

Años más tarde se puso de relieve un nuevo atropello de otra autoridad provincial, que

había sancionado al director del periódico satírico La Tempestad con una multa de 25

pesetas, por haber desatendido una orden gubernamental que le impedía pregonar el

periódico por las calles de la ciudad.361 ¿Era razón suficiente para prohibir la venta de

periódicos en voz alta? Con sensatez, muchos políticos de la época afirmaron que se

trataba de una medida injusta, ya que no se producía en la práctica ningún menoscabo al

orden público, y en cambio, sí suponía un verdadero perjuicio para las empresas

periodísticas, las claras damnificadas de esta disposición, que veían disminuidos sus

ingresos por la bajada en la venta de sus publicaciones. Éste no era el único perjuicio, ya

358
Artículo 11 de la Ley Provincial. Reproducido en Congreso, 24 de junio de 1885, Becerra Armesto,
cif. 5356.
359
Las leyes municipales también concedían a los alcaldes una serie de atribuciones gubernamentales en
materia de imprenta para mantener el orden público de su localidad. Así quedó expresado en el Real
Decreto de 19 de febrero de 1897, que ratificó la decisión del alcalde de Torrevieja de suspender un
suplemento del periódico El Eco del Distrito por entender que las noticias contenidas en el mismo podían
producir cierta alarma en el orden público de la ciudad, ya que, en palabras del gobierno conservador, se
encontraba dentro de las competencias del alcalde establecidas en el título VI de la Ley Municipal de
Torrevieja.
360
Congreso, 24 de junio de 1885, ministro de Gracia y Justicia, cif. 5356.
361
Congreso, 4 de marzo de 1887, Vicenti, cif. 927.

- 192 -
que la prohibición de pregonar la venta de un periódico planteaba además un vacío

legal, porque en el supuesto de que fuera considerado delito, no se encontraba

delimitado si el que asumía la responsabilidad era el director de la publicación o el

vendedor de la misma.

3. ORIENTACIONES GUBERNAMENTALES A LA PRENSA. EL

MONOPOLIO INFORMATIVO EN LA GUERRA DE MELILLA (1893-1894)

La creciente intervención gubernativa en la prensa, motivada por la actividad de policía

del ministerio público, tenía como resultado la imposición de otras normas gubernativas

de censura encubierta que los mandatarios manejaban para silenciar a los periodistas en

tiempos de convulsiones políticas. Uno de los instrumentos más utilizados por el

gobierno era el envío de circulares a los periódicos que, bajo una amenaza de

suspensión, los impedían abordar determinados asuntos políticos. Como hemos visto,

este recurso fue utilizado en 1886 por el general Pavía, quién no dudó en prohibir las

noticias relacionadas con la sublevación de Villacampa, y con ello frenar las

informaciones vertidas a favor de la República.

Las orientaciones gubernativas dirigidas a la prensa se incrementaban en tiempos de

beligerancia, como ocurrió en el transcurso de la guerra de Melilla, y como veremos

más adelante, durante el conflicto cubano. La campaña de Melilla en otoño de 1893 se

acogió con mucho interés, tanto por la prensa como por la opinión pública, y se

desarrolló con un gran despliegue informativo favorecido por la existencia de un cable

submarino entre Melilla y Almería, que beneficiaba la comunicación de informaciones

entre los corresponsales especiales y las empresas periodísticas. Sin embargo, las trabas

- 193 -
interpuestas por las autoridades gubernativas, especialmente por el ministro de Guerra,

obstaculizaron la labor informativa que las cabeceras españolas trataban de desarrollar

para informar a la población sobre el conflicto. En un primer momento, las medidas de

López Domínguez se centraron en desmentir aquellas informaciones difundidas por los

diarios que no le eran favorables, realizando manifestaciones en las que expresaba que

todas las noticias vertidas en los periódicos eran falsas.362 Ante los “duros calificativos”

del general, El Imparcial, periódico que mejor cobertura proporcionó del conflicto,

reafirmó la exactitud de las informaciones publicadas por los periódicos a los que el

pueblo “daba crédito”.363 Para el diario madrileño era notorio el “entusiasmo” con el

que se vivían los conflictos de Melilla, no por las excitaciones de los periódicos, sino

por una “causa viva, real, profunda y poderosa” que sentía la sociedad española ante el

mismo.364

Debido al aumento del interés de la opinión pública por las informaciones sobre la

contienda internacional, que se encontraba por encima de otros asuntos políticos que se

acogían con indiferencia, el gobierno liberal no tardó en adoptar una política de

intervención informativa con la que poder controlar todas las noticias sobre el conflicto.

En un primer momento, el ejecutivo tomó la decisión de secuestrar el cable telegráfico y

establecer la previa censura en Melilla y en Madrid. Sin embargo, estas medidas

resultaron insuficientes para los liberales, y el 23 de octubre de 1893 el Consejo de

Ministros liderado por Sagasta aprobó una serie de instrucciones dirigidas a los

periódicos que restringían aún más, si cabe, la libertad de información, asestando un

duro golpe a la libertad de prensa consagrada en la Ley de Imprenta que el mismo

partido había puesto en marcha años antes. Con el objetivo de asegurarse el monopolio

362
GÓMEZ APARICIO, P., Historia del Periodismo español, p. 533.
363
El Imparcial, El ataque a Melilla: Inexplicable”, 10 de Octubre de 1893.
364
El Imparcial, “El ataque a Melilla: Error peligroso”, 11 de Octubre de 1893.

- 194 -
informativo de las noticias sobre el conflicto, la disposición declaraba que no existía

más verdad oficial que la de los despachos de la autoridad superior de Melilla, y cuantas

noticias se apartaran de ellos se considerarían falsas y se castigarían con arreglo al

Código penal.365 Al mismo tiempo, quedaba restringido el cable entre Melilla y

Almería, que sólo podía ser utilizado para el servicio oficial, no permitiéndose cursar

por el telégrafo de la Península las noticias que estaban en desacuerdo con las de origen

oficial. No eran estas las únicas normas impuestas por el gabinete liberal, que no

contento con rechazar todo tipo de informaciones que se desviaran de las disposiciones

oficiales, amenazaba a los periódicos con entablar las demandas que considerasen

oportunas si se propagaban noticias que causaran alarma o desprestigiaran al Ejército.366

La disposición añadía también que los tribunales perseguirían a los autores de artículos

que desobedecieran los dictados del gobierno.

El mundo de la prensa, pese a cumplir las medidas aprobadas por el gobierno, mantuvo

una actitud crítica, si bien no todos los periódicos en su conjunto, sí una gran mayoría

de ellos. El diario conservador La Época lamentó tener que reproducir informaciones

solo cuando estaban oficialmente comprobadas, aunque cargaron sus quejas a las

“inexactitudes” de algunos corresponsales, y no al gobierno de Sagasta, ya que

consideraban que éste podía tener motivos para intervenir las informaciones. 367 El

Liberal, sin embargo, fue más duro con el poder político y denunció el abuso

gubernativo sobre la opinión pública, a la que se le impedía conocer las noticias buenas

o malas que tanto le interesaban. Del mismo modo, reivindicó que la prudencia que

tanto reclamaba el gobierno a los corresponsales y periódicos debía ser exteriorizada,

también, por el Estado, pues pese a que los intereses de la patria estaban por encima de

365
Acuerdo del Consejo de Ministros de 23 de Octubre de 1893. El Imparcial, 24 de Octubre de 1893.
366
El Imparcial, 24 de Octubre de 1893.
367
La Época, “Enigma inexplicable”, 24 de Octubre de1893, núm. 14.766.

- 195 -
la independencia de los periódicos, la libertad de prensa valía mucho para someterla

“sin enérgica apelación” a los temores del gobierno. Para El Liberal, los intereses

estatales “siempre lo hemos de respetar”, pero la falta de libertad “no es fácil que los

periódicos lo quieran consentir”.368

Por su parte, El Imparcial firmó una dura editorial dirigida al general López

Domínguez, en la que alegaba que la verdad oficial que trataba de aplicar el ministro era

“la más desacreditada de las mentiras”.369 Según el diario madrileño, el verdadero

enemigo de la guerra para el gabinete liberal era el corresponsal, al que le eran negados

“el agua y el fuego”, y que, no bastando las trabas informativas existentes, en el

supuesto de que éstos consiguieran publicar sus informaciones en las columnas de su

periódico, los tribunales se encargaban de perseguirles.370 El Imparcial observó que, en

un futuro no muy lejano, no solo los telégrafos sino también el correo podía sufrir los

efectos de algún “gabinete negro” 371 que censurara aquellas noticias que no se ajustaran

a la versión oficial. Siguiendo la línea de actuación de los demás periódicos, y, a pesar

de las duras críticas vertidas hacia el poder, El Imparcial acató las instrucciones del

Estado: “La medida está tomada y a ella habrá que atenerse”.372

368
La Correspondencia de España, “Ecos de la prensa: El Liberal”, 23 de Octubre de 1893.
369
El Imparcial, “Fuera Corresponsales”, 25 de Octubre de 1893.
370
El Imparcial, “Fuera Corresponsales”, 25 de Octubre de 1893.
371
El “gabinete negro” surgió como órgano de censura durante el gobierno de Napoleón, y su objetivo era
interceptar los correos a través de los que se pasaba información, así como espiar a políticos y periodistas
para controlar toda la información emitida por los periódicos franceses, y prohibir o suprimir, en su caso,
las publicaciones con las que el gobierno no estaba conforme. En España se utilizaba ésta denominación
para referirse a la censura llevada a cabo por el ministerio de la Gobernación.
372
El Imparcial, “Fuera Corresponsales”, 25 de Octubre de 1893.

- 196 -
4. LA CENSURA TELEGRÁFICA EN ÉPOCAS DE CONFLICTO

Ésta no era la primera, ni la última situación, en la que las autoridades gubernativas

utilizaban el servicio telegráfico para limitar la libertad de prensa, lo que fue causa de

múltiples quejas por parte de los rotativos españoles. El poder público era consciente de

la función tan importante que cumplía el servicio telegráfico como medio de

transmisión de la información indispensable en aquella época para las empresas

periodísticas. Por ello, y a pesar de que fueron numerosas las veces que el gobierno

utilizó el servicio telegráfico para manipular y censurar a los periódicos, no podemos

pasar por alto que también se promovieron algunas medidas para favorecer el servicio

del mismo a las empresas periodísticas con escasos recursos para utilizarlo. Con este

objetivo, Sagasta, siguiendo con la línea de apertura liberal y social característica de su

mandato largo, aprobó en 1888 una ley por la que se rebajaba la tarifa de aquellos

telegramas que desde cualquier punto de España se dirigieran a las redacciones de los

periódicos políticos para su incursión en los mismos.373 Esta disposición favoreció a

muchas de las empresas periodísticas, especialmente las de provincia, que tenían más

dificultades a la hora de comunicarse mediante el cable telegráfico.

Sin embargo, las autoridades gubernativas dedicaban más esfuerzo a entorpecer la

libertad de la prensa que a beneficiarla, y, a pesar de esta medida, que facilitaba la

comunicación entre las empresas y los telégrafos, fueron innumerables las veces que el

gobierno utilizó el telégrafo para evitar la publicación de noticias que no les interesaba

que fueran conocidas en la sociedad. De entre todas las formas en las que se practicaba

la censura telegráfica, la más común fue la interrupción de los telegramas que no

373
Ley rebajando la tarifa de los telegramas que se publicaran en la prensa periódica. Congreso, 12 de
abril de 1888, apéndice 6º al núm. 91.

- 197 -
llegaban nunca a su destino. Aunque no fue la única. Durante este período, los diarios

denunciaron ilegalidades en la administración del telégrafo: recortes en los comunicados

de los corresponsales, la preferencia a los periódicos ministeriales frente a la prensa de

oposición, que publicaban las noticias con horas de antelación, o, incluso, la retención

durante un tiempo determinado en el mismo servicio telegráfico de aquellos telegramas

a los que no convenía dar publicidad y con el objetivo de que éstos perdiesen actualidad.

Así pues, se vertían en el Parlamento una gran cantidad de quejas por la intercepción

gubernamental de telegramas, a pesar de que el Código Penal condenaba a la multa de

125 a 1.250 pesetas al “funcionario público, que no siendo autoridad judicial, detuviere

la correspondencia privada confiada al correo o recibida y cursada a su destino por la

primera estación telegráfica en que se hubiere entregado”. 374 Las interrupciones se

multiplicaban en épocas de conflictos, siendo la primera medida que adoptaba el

ejecutivo para evitar el desorden público que pudieran provocar ciertas noticias.

Poco tiempo después de promulgar la Ley de Imprenta, se planteó en el Parlamento la

actuación del “gabinete negro” del ministerio de Gobernación, que no solo

inspeccionaba todos los telegramas que se dirigían a las empresas periodísticas de la

oposición en las provincias, sino que, además, los detenía de forma deliberada para que

no llegaran a tiempo de publicarse en sus respectivos periódicos. La interrupción de

telegramas de forma ilimitada ya había sido denunciada por varios diarios antes de la

aprobación de la Ley de 1883, por lo que ésta práctica supuso una continuidad en la

forma de proceder del gobierno respecto al telégrafo.375

374
Artículo 218 del Código Penal de 1870.
375
En 1880 El Liberal acusó al gobierno de Cánovas de retener “el tiempo necesario” los telegramas que
no le interesaban. El Liberal, 19 de junio de 1880. Meses más tarde se lamentó de que “el telégrafo de
Madrid no sirve para nada ni para nadie”, declarando que “para telegrafiar al extranjero hay que remitir

- 198 -
Así lo puso de manifiesto el senador Allende Salazar, quién denunciaba el trato que

estaban recibiendo en Bilbao periódicos como El Norte o El Noticiero Bilbaíno, cuyos

telegramas estaban siendo interceptados por las autoridades durante un tiempo

indeterminado, para dejarlos cursarse al día siguiente cuando “ya no servían de nada”.376

El político se quejó de que, pese a que las líneas telegráficas no estaban interrumpidas,

los empleados de los telégrafos no daban salida a los telegramas en los que se arremetía

contra el gobierno, y sí a aquellos en los que no se decía “toda la verdad”,377 lo que

suponía un claro ataque a la libre información. La defensa del gobierno se basaba en que

los telegramas se cursaban con más demora que el resto, por lo que no existía

interrupción telegráfica como tal. Sin embargo, esta práctica resultaba claramente

abusiva para los periódicos de la oposición, ya que el retraso en las comunicaciones

imposibilitaba el trabajo de los periodistas y suponía un claro perjuicio económico para

las empresas periodísticas, a las que no se les devolvía el dinero por la tardanza, como sí

se hacía cuando se interrumpían las líneas.

Resulta muy gráfico el debate que se generó en el Congreso de los Diputados en mayo

de 1898, en plena ebullición de la guerra de Cuba, con motivo de la censura telegráfica

que se venía practicando desde hacía meses y que perjudicaba principalmente a los

periódicos de provincia. El periodista Rafael de la Viesca cuestionó la eficacia de la

censura telegráfica, ya que, en su opinión, si el objeto de ésta era evitar la alarma y la

intranquilidad producida por la publicación de noticias falsas, en la práctica ese mal no

se impedía, ya que “cuando no corren los telegramas y no se reciben las noticias, se

los despachos a la frontera, por correo y el servicio entre la corte y las provincias resulta completamente
ineficaz por el retraso y mutilaciones que se permite la censura”. El Liberal, 16 de diciembre de 1880.
376
Senado, 5 de Enero de 1885, Allende Salazar, cif. 1550.
377
Senado, 5 de Enero de 1885, Allende Salazar, cif. 1550.

- 199 -
ejercita la fantasía y se inventan noticias estupendas”.378 El político no puso en duda la

necesidad de la censura en tiempos de guerra, sino la forma en la que se ejercitaba la

misma, que en ningún caso justificaba el rigor telegráfico y el retardo en recibir los

telegramas en las redacciones de los periódicos, ya que suponían muchos perjuicios para

las empresas periodísticas de provincia que “gastan inútilmente su dinero, su actividad y

su tiempo”.379 El director de La Publicidad, Emilio Junoy, fue aun más lejos en sus

declaraciones, y afirmó que la censura telegráfica venía a “herir de muerte en pleno

corazón” a la prensa moderna.380 Además, el político republicano reveló la desigualdad

del criterio gubernativo con la que se practicaba la misma, pues beneficiaba a la prensa

de gran circulación de Madrid, que podía publicar muchos cablegramas que no se

dejaban transmitir por las empresas periodísticas de provincias.

Para el gobierno liberal la censura telegráfica era un derecho de la administración

pública, que, casualmente, le era conferido por las disposiciones legales que el poder

mismo se encargaba de aprobar. Esta práctica se creía totalmente necesaria en tiempos

de crisis, en los que era crucial para el gobierno dejar sin curso aquellos telegramas que

informaban sobre la guerra extranjera, y para la que el gabinete liberal se comprometió

a ejercer “con la mayor prudencia”, y procurando conciliar los intereses públicos, “que

en ocasiones aconsejan que no circulen determinadas noticias”.381 Como analizaremos

en el capítulo dedicado al conflicto colonial, en la práctica, las interrupciones se

realizaban con telegramas o telefonemas que contenían simples apreciaciones sobre la

conducta del gobierno, o comentarios como “el ministro de Estado ha llegado a

incomodarse” o “el ministro de Hacienda está enfermo”, que nada tenían que ver con el

378
Congreso, 6 de mayo de 1898, Viesca, cif. 319.
379
Congreso, 6 de mayo de 1898, Viesca, cif. 319.
380
Congreso, 6 de mayo de 1898, Junoy, cif. 320.
381
Congreso, 6 de mayo de 1898, ministro de Gobernación, cif. 320.

- 200 -
orden público, como así lo denunció Junoy.382 En cualquier caso, y pese al lamento

general acerca del abuso gubernamental, para el gobierno liberal de la época no existía

ninguna duda acerca de la plena existencia de la libertad de prensa a pesar de la

existencia de la censura telegráfica, y se vanagloriaban de que todos los periódicos, bien

por medios telegráficos o bien por otros medios de información que tuvieran a su

alcance, publicaban las noticias “ciertas o inciertas” que estimaban convenientes.383

5. LAS ARBITRARIEDADES GUBERNATIVAS CONTRA LOS PERIÓDICOS

DE LA OPOSICIÓN. EL ATROPELLO CONSTANTE A LA PRENSA

REPUBLICANA

A lo largo de este capítulo hemos analizado distintos mecanismos de censura utilizados

por los dos partidos que se turnaban en el Gobierno: desde las órdenes dirigidas a los

periódicos para prohibir determinados asuntos políticos o las directrices dadas a los

tribunales para perseguir noticias contrarias a sus intereses, hasta la interrupción de

telegramas o la utilización interesada del telégrafo. A estas intervenciones hay que

añadir los atropellos contra la prensa que se pusieron de relieve a lo largo de estos años,

especialmente abusivos en lo concerniente a los diarios que mantenían una línea opuesta

a la del gobierno correspondiente. Como veremos a continuación, el poder público

restringió la libertad de imprenta de los periódicos de la oposición, violando la

resolución del Tribunal Supremo que expresamente afirmaba: “los ideales políticos de

una publicación periódica no pueden influir como elemento para determinar si el

artículo o suelto de un periódico es o no justiciable”.384

382
Congreso, 6 de mayo de 1898, Junoy, cif. 320.
383
Congreso, 6 de mayo de 1898, ministro de Gobernación, cif. 319.
384
STS 11 de diciembre de 1888. Gaceta de Madrid, 15 de abril de 1889, p. 105.

- 201 -
Las actuaciones gubernativas se manifestaban de distintas formas. En determinadas

ocasiones iban dirigidas a los redactores de estas publicaciones, que eran asaltados en

plena calle por las autoridades, o interrumpidos en sus redacciones, donde se les

impedía por la fuerza continuar congregados.385 A su vez, los directores de estos

periódicos “molestos” eran encarcelados de forma injustificada,386 situación

aprovechada por el poder público que los retenía durante meses para luego absolverlos

libremente o sobreseer la causa por no existir delito. Estos excesos gubernativos eran

muy utilizados porque no suponían ningún coste para la administración pública, que no

estaba obligada a pagar una indemnización al periodista que resultara impune de un

procedimiento judicial,387 circunstancia que favorecía al gobierno, que perseguía de

forma arbitraria a los periódicos sin faltar a las leyes, infundiendo miedo y

desprotección a los periodistas, y silenciando las opiniones que no querían que llegaran

a la sociedad durante un determinado tiempo.

La preferencia por los diarios “amigos” fue la tónica general de todo el período de la

Restauración, que al estar asentado bajo un régimen de turno de partidos con ideologías

diferentes producía que cada alternancia en el poder significara un cambio en la prensa

de oposición, y por tanto, de los publicaciones susceptibles de ser perseguidas. Ni los

propios líderes gubernamentales se libraban del rigor excesivo con el que el gobierno de

turno actuaba contra los periódicos, ya que, aquellos que hostigaban a la prensa en un

385
Senado, 29 de Mayo de 1884, Rojo de Arias, cif. 70.
386
Por medio de las acusaciones del periódico El Progreso, el senador Maluquer denunció la triste
situación en la que se encontraban los periodistas en la cárcel, a los que se les negaba las necesidades
básicas que otros presos tenían, como la de poseer en su celda un brasero con el que combatir el frío.
Además, se criticaba que los periodistas estuvieran en las celdas de los presos más peligrosos. Senado, 16
de Abril de 1885, Maluquer, cif.2110.
387
En España, al contrario que en otros países, no regía el principio de indemnización en los
procedimientos judiciales contra los periodistas. Para subsanar esta falta de compensación económica,
Maluquer solicitó que se otorgara la gracia del indulto a aquellos periodistas que se encontraban desde
hacía meses en prisión provisional y aun no habían sido procesados. Senado, 16 de mayo de 1887,
Maluquer, cif. 1978.

- 202 -
determinado momento podían sufrir en el futuro las consecuencias de sus propias

actuaciones. Esto fue lo que ocurrió en 1884 con el artículo “El Fiscal de Imprenta”

escrito por Sagasta, que se encontraba durante ese período en la oposición, y contra

quien el ministerio fiscal, advertido por Cánovas, abrió un procedimiento judicial por

delito de imprenta. En el artículo publicado en La Iberia el líder del partido liberal

denunciaba la actuación del gobernador de Madrid, el conservador Fernández

Villaverde, quién, “a la chita callando” se había convertido en fiscal de imprenta “por

afición o por encargo”. Sagasta acusaba al gabinete conservador de haber “obsequiado”

a la prensa con esta figura que estaba desterrada con la actual Ley de 1883, y

atestiguaba que las” cincuenta y tantas” denuncias que pesan sobre las publicaciones de

Madrid eran obra del gobernador, y que otras muchas que se intentaban no estaban

prosperado porque las desestimaba el fiscal de la Audiencia, quién “ha llegado a

hartarse de recibir tantos periódicos marcados con lápiz de colores, y señalados la

mayor parte de las veces sin razón ni motivo”.388 El procedimiento judicial contra el

líder del partido liberal se resolvió el 24 de febrero de 1885 con la absolución de

Sagasta por no existir “apreciaciones, frases ni conceptos constitutivos de ningún

delito”.389

El sistema bipartidista sobre el que se asentaba el régimen hizo que los periódicos

conservadores también soportaran abusos por parte del ejecutivo liberal cuando estos

ocupaban la presidencia del Gobierno. En noviembre de 1888, con motivo de una

multitudinaria manifestación en Madrid contra la gestión llevada a cabo por Cánovas y

Villaverde, se denunciaron los atropellos sufridos por la redacción de La Época,

propiedad del partido conservador, que, junto con otras de igual línea ideológica, como

388
La Iberia, “El Fiscal de Imprenta”, 17 de diciembre de 1884.
389
La Iberia, “Del Congreso”, 24 de Febrero de 1885.

- 203 -
Las Ocurrencias y El Estandarte, habían sido atacadas con piedras por la

muchedumbre.390 La Época declaró que sus redactores habían sido apedreados por los

manifestantes congregados y que, a pesar de las llamadas de auxilio al gobernador, las

fuerzas del orden público no llegaron al lugar de los hechos hasta que se dieron por

concluidos los altercados.391 La pasividad del gobierno liberal no era lo único de lo que

se quejaba el diario conservador, que denunció además las directrices de la

administración pública a sus periódicos ministeriales, que habían relatado de forma

diferente los ataques sufridos por la prensa conservadora.392

A nivel territorial, no era la prensa de Madrid la que más sufría este tipo de abusos

gubernativos, sino los periódicos de las provincias, que recibían un trato excesivo por

parte de los alcaldes o autoridades cuando criticaban su gestión. Así ocurrió con el

director del periódico malagueño El Microbio, quién había sido detenido de forma ilegal

y trasladado al ayuntamiento, donde “cuatro individuos armados le maltrataron

brutalmente”,393 con motivo de la campaña seguida en su periódico contra el alcalde de

la localidad. Ante este tipo de altercados la prensa era la primera en solidarizarse y

exigir justicia al ministerio público mediante comunicados en los que se reclamaba a los

políticos, muchos de ellos periodistas o directores como ellos, que formularan la

protesta correspondiente ante el Parlamento. Así, los directores de los distintos

periódicos de Málaga, independientemente de la ideología de sus publicaciones,394

enviaron un telegrama a los diputados de la provincia de Málaga mediante la que

390
La Época, “El Motín de Madrid”, 12 noviembre de 1888.
391
La Época, “El reinado de la anarquía”, 12 noviembre de 1888.
392
La información que se proporcionaba de estos sucesos en otros diarios de distinta ideología distaba
mucho de la versión conservadora. El periódico liberal La Iberia puso en entredicho que los
manifestantes hubieran atacado con piedras la redacción, y señaló que algunos habían visto como los
propios redactores de La Época había roto sus cristales para hacerse las víctimas. La Iberia, 12 de
noviembre de 1888.
393
Congreso, 23 de noviembre de 1894, ministro de Gobernación, cif. 233.
394
El telegrama estaba firmado por los siguientes periódicos: Las Noticias, La Unión, El Mercantil, El
Diario de Málaga y El Expreso.

- 204 -
protestaban contra el “brutal atropello”, y pedían la intervención de los tribunales para

el esclarecimiento de los hechos.

Respecto a la ideología de los periódicos, la prensa de oposición contra la que se

cometían más abusos y excesos gubernamentales era la republicana, que soportaba el

hostigamiento permanente tanto de los gobernadores conservadores como de los

liberales, no solo estatales, sino de todos los municipios y provincias del territorio

español, que se encontraban bajo el dominio del sistema monárquico gracias al recurso

del caciquismo imperante en la Restauración. Las controversias suscitadas en torno a la

redacción de la Ley de Imprenta liberal, con la que no comulgaban los republicanos,

ponían en preaviso a los gobernadores sobre la línea que iban a seguir estos periódicos,

que se caracterizaban por ser publicaciones muy polemistas contra el poder y la Corona.

Para el Gobierno era fundamental el respeto a la monarquía como institución

indispensable para mantener la estabilidad del régimen, y por ello aumentan su rigor y

control. Para evitar esta estrecha vigilancia gubernativa se creó la figura del “director de

paja”, un director ficticio que asumía la representación de la publicación y al que se le

adjudicaban las responsabilidades penales ante las posibles denuncias.395 Aun así, la

prensa republicana era muy inestable económicamente, y algunas publicaciones se

vieron en la obligación de suspender sus tiradas al no encontrar financiación de las

empresas periodísticas, o tropezar con impedimentos para utilizar las imprentas locales

de la localidad en la que se situaba la misma.396

395
Gracias a la figura del director de paja, Alejandro Lerroux se hizo cargo de la dirección efectiva del
periódico El País. El diario catalán más influyente del siglo XX, La Veu de Catalunya, también tuvo un
director de paja.
396
Como ejemplo podemos citar el periódico El Republicano, que tenía su sede en Santiago de
Compostela (La Coruña), pero imprimía sus publicaciones en Villagarcía de Arosa (Pontevedra).

- 205 -
Los últimos años del siglo XIX fueron bastante convulsos para los republicanos, que

vieron como sus publicaciones se veían fuertemente intervenidas por el gobierno,

independientemente del partido que se encontrara en el poder, siendo incontables los

abusos y sanciones a los que se vieron sometidas durante el conflicto colonial, y

coincidiendo con la entrada en la escena periodística del republicano Alejandro Lerroux,

director de El Progreso y más tarde de El País. Aun así, algunos ejemplos durante esta

etapa ponen de manifiesto la especial inquina del gobierno hacia este tipo de prensa

política. Poco tiempo después de la aprobación de la legislación de imprenta,

concretamente el 5 de septiembre de 1883, el periódico republicano El Navarro insertó

un artículo y una carta que habían publicado otros diarios españoles y extranjeros, en los

que informaba sobre una sublevación republicana, sin emitir comentario alguno. A

pesar de que se trataba de una mera narración de hechos, la Audiencia de Navarra

condenó al director del periódico republicano como autor de una falta de imprenta

contenida en el artículo 584 del Código Penal.397 En 1886 se discutieron en el

Parlamento las arbitrariedades soportadas por el director de La Republica, detenido y

procesado por “no tener la cédula personal en su poder”, y la del director de La Maza de

Fraga publicado en Ciudad Real, quién ingresaba “por equivocación” en el

departamento de presos comunes de la cárcel, junto con aquellos condenados a cadena

perpetua por haber cometido asesinato.398

Con el paso de los años, la persecución soportada por los periodistas republicanos fue

en aumento, y con ello las denuncias en el Parlamento. En 1892 se daba a conocer en el

Senado que varios directores y redactores se encontraban en prisión preventiva desde

397
La sanción fue anulada por el Tribunal Supremo en estos términos: “es evidente que no son
apologéticos ni encomiásticos de hechos que constituyen delitos, y que el juez de Pamplona, al suponer lo
contrario en la sentencia que ha dictado y condenar al autor, le ha infringido incurriendo en error de
derecho”. STS 19 de enero de 1884.
398
Congreso, 23 de junio de 1886, Peñalva, cif 610; Congreso, 26 de junio, Sr. Peñalva, cif. 646-648.

- 206 -
hacía meses. Entre ellos el director de El Quijote, periódico satírico de Madrid, quién

llevaba retenido ocho meses por la publicación de unos cantares que informaban sobre

las infracciones de las disposiciones vigentes cometidas por las autoridades de

provincia.399 El senador Muro criticó que la prisión provisional de los periodistas “que

hoy pueden ser republicanos, mañana puede ser monárquicos” no se ajustaba a la ley, 400

ya que para éstos no existía la posibilidad de abonar una fianza personal o en metálico

para salir de la cárcel. Muro se quejó también de que el director republicano compartía

celda con los peores delincuentes, y exigió un traslado inmediato, “ya que tiene la

desgracia de verse privado de la libertad, no debe ser humillado hasta el punto de

hacerse compañero de los ladrones y asesinos”.401 Era tal el celo con el que se trataba de

silenciar a los republicanos que las denuncias vertidas en ambas Cámaras iban también

en sentido contrario, y tanto conservadores como liberales, reprocharon los ataques

hacia la monarquía vertidos en la prensa republicana. En 1894 el político conservador

Sánchez de Toca acusó al periódico republicano La Bandera Federal Valenciana de

propagar ideas separatistas y comentarios antimonárquicos, exigiendo su secuestro a las

autoridades gubernativas por considerarlo una amenaza para el equilibro del sistema.402

En definitiva, a lo largo de este capítulo ha quedado justificada la importancia de

realizar un análisis más allá del puramente teórico, a la hora de comprobar la efectividad

real de la legislación de imprenta durante los años posteriores a su promulgación. La

relación que tiene un gobierno determinado con la prensa se exterioriza, en un primer

momento, en la legislación, siendo ésta el elemento más visible de la estructura

informativa. Pero no hay que olvidar la enorme importancia que tiene la aplicación de la

399
Senado, 14 de Julio de 1892, Gonzalez Cherma, cif. 7779.
400
Senado, 15 de Julio de 1892, Muro, cif. 7800.
401
Senado, 15 de Julio de 1892, Muro, cif. 7800.
402
Congreso, 25 de abril de 1894. Sánchez de Toca, cif. 3796.

- 207 -
misma por las autoridades públicas, a la hora de hablar de una realidad como es la

efectividad de la libertad de prensa en la España de la Restauración. Ateniéndonos a

esto último, durante los últimos años del siglo XIX, y pese a los avances

proporcionados por la nueva legislación liberal, encontramos que las posibilidades con

las que contó el gobierno a la hora de controlar e intervenir a la prensa fueron múltiples,

no solo por la vía legal, con el uso realmente abusivo de la suspensión de garantías

constitucionales, o acogiéndose a preceptos de otras leyes para proceder de forma

arbitraria contra las publicaciones de distinta línea política, sino recurriendo en la

mayoría de las ocasiones a prácticas ilegales (el asalto a los vendedores o la prisión

ininterrumpida y sin alegar causa alguna sufrida por los directores de la prensa de la

oposición) o presiones indirectas (las orientaciones realizadas a la prensa sobre que

asuntos tratar o las indicaciones a los jueces pese a la independencia reconocida en la

ley), lo que entorpecía gravemente la labor de los periodistas y dejaba en un segundo

plano las buenas críticas obtenidas tras las aprobación de la legislación de prensa.

- 208 -
3. LA INJERENCIA DEL PODER MILITAR EN EL SISTEMA

INFORMATIVO ESPAÑOL

El control de la información ejercido por el poder civil no fue el único que influyó en la

puesta en práctica de la Ley de Policía de Imprenta de 1883. Durante la Restauración

cobró especial importancia la intervención informativa por parte de las autoridades

militares, que fue clave en el desarrollo efectivo de la libertad de prensa en el período

analizado, al verse este derecho progresivamente limitado por una serie de actuaciones

llevadas a cabo por el estamento militar.

1. DEL PROYECTO CIVIL CANOVISTA AL MILITARISMO IMPERANTE A

FINALES DEL SIGLO XIX

Uno de los objetivos perseguidos por Cánovas, al asumir el poder en 1874, era acabar

de forma definitiva con los pronunciamientos militares característicos de años

anteriores, y así conseguir la estabilidad del régimen recién instaurado. Con este

propósito, el líder conservador ideó un sistema en el que la institución militar tenía la

capacidad de gestionar sus propios asuntos, coordinándose con el resto de los poderes

públicos del Estado a través de la figura del Rey, jefe supremo del Ejército. Esta alianza

entre la milicia y la monarquía constituía la base de la Restauración, en la que el poder

militar se identificaba con el sistema político, y asumía los intereses nacionales como

propios. Sin embargo, esta ficticia separación de parcelas entre el poder civil y el militar

no se materializó en la práctica, dándose con frecuencia el remplazo entre ambas

administraciones en importantes esferas nacionales. Para Fernández Almagro, Cánovas

- 209 -
no quiso prescindir de la intervención militar,403 como así lo corrobora también Manuel

Ballbé, para el que la nueva ordenación de las instituciones, reconocida en la

Constitución de 1876, se moduló sobre la base de una fórmula ficticia, en la que

Cánovas utilizó al ejército como “garante del nuevo orden establecido”.404

Esta injerencia del Ejército en los asuntos públicos se debió, principalmente, a que el

sistema canovista otorgaba significativas competencias a los militares, como la defensa

de la Nación, bajo las órdenes del ministro de Guerra, un cargo que ocupaban los

generales de prestigio del propio estamento militar; o la indispensable función de

salvaguardar el orden social en casos extremos, que convirtió al órgano castrense en

vector del régimen político. Para Manuel Ballbé, el sistema de orden público

configurado por Cánovas se caracterizaba, entre otros rasgos, por el afianzamiento de

una administración policial militarizada; la utilización continuada de la Guardia Civil en

reuniones y manifestaciones,405 especialmente recurrente durante los últimos años del

siglo XIX, y el conocimiento por el Consejo de Guerra de los actos militares, y de otras

acciones injuriosas o delictivas cometidas por paisanos contra los oficiales.406

No fueron pocas las veces que el Ejército intervino en asuntos de Estado, ya que, como

veíamos en capítulos anteriores, durante esta época eran frecuentes las declaraciones de

estados de guerra ante la menor agitación social. Esta circunstancia fue posible porque

la Ley de Orden Público de 1870, junto a otras disposiciones sobre la materia,407

403
FERNÁNDEZ ALMAGRO., M., Historia Política de la España contemporánea, Madrid, Alianza, 1972.
p.239.
404
BALLBÉ MALLOL, M., Orden público y militarismo en la España constitucional, pp. 226-227.
405
La Guardia Civil estuvo al margen del Ejército hasta la Ley de 29 de noviembre de 1878, que
reconocía expresamente en su artículo 22 la inclusión de ésta como un cuerpo más del estamento militar.
406
BALLBÉ MALLOL, M., Orden público y militarismo en la España constitucional, pp. 247-248.
407
La más importante fue la Circular de 10 de agosto de 1885 “Dando instrucciones para la mejor
inteligencia de los artículos de la Ley de Orden Público que se refieren a la declaración y levantamiento

- 210 -
concedía la posibilidad de que fueran los militares los que, de forma unilateral, tomaran

la iniciativa de declarar esta excepcional situación al margen de las autoridades

civiles.408 La contradicción existente entre el reconocimiento de libertades a todos los

ciudadanos garantizada en la Constitución de 1876, y la restricción gubernativa a su

ejercicio a través de la recurrente proclamación del estado de guerra, sin que tuviera

conocimiento siquiera el Parlamento, produjo el inevitable trasvase de competencias del

poder civil al militar, lo que irremediablemente afectó la prensa. Bajo estas

circunstancias, los oficiales y altos cargos del Ejército tenían más posibilidades de

imponer medidas y trabas a la libertad de información, pasando por encima de la

Constitución y de la Ley de Imprenta, en el momento en que leían una mínima crítica en

los periódicos.

La presencia militar se fue ampliando con el paso de los años y, a pesar de la facilidad y

frecuencia con la que se declaraba el estado de guerra, el gobierno español requería cada

vez más la presencia de las autoridades militares en revueltas y exaltaciones sociales,

sin ni si quiera utilizar el manido recurso al establecimiento del estado de excepción.409

Este protagonismo adquirido en la esfera política, que le había otorgado el propio

Estado, fue utilizado por la institución castrense para presionar al poder público cuando

consideraban que su honor había sido perjudicado con la pluma de los escritores. En la

mayoría de ocasiones, el gobierno no tuvo más remedio que satisfacer los intereses y las

exigencias de los oficiales para garantizar con ello la supervivencia de la Restauración.

Aun así, durante este período, existen ejemplos de quejas ante el Parlamento, que

dejaban entrever la alarma existente entre los políticos por el aumento de dominio de los

del estado de guerra”, que calificaba las manifestaciones de protesta contra el régimen como “rebeldes y
sediciosas” y otorgaba a la jurisdicción militar la competencia para conocer de éstas.
408
Artículo 15 de la Ley de Orden Público de 1870.
409
Así ocurrió en los sucesos acontecidos en Santander, en septiembre de 1893, o en Alcoy en agosto de
1895, donde el orden público se mantuvo con la presencia de las fuerzas del ejército y la guardia civil.

- 211 -
militares en la sociedad. Así ocurrió con un suelto publicado en La Correspondencia

Militar el 10 de julio de 1887, en el que se declaraba la importancia de reformar la ley

del ejército, sin que los diputados discutieran sobre ella. La publicación fue denunciada

por el diputado Sánchez Bedoya, quién entendió que atacaba gravemente la estabilidad

de la Nación, y dejaba entrever el dominio del poder militar por encima de otros

estamentos: “está próximo el día en que los pretorianos lleguen a las puertas de este

edificio y nos impongan por la fuerza aquello que hay que discutir y votar”.410 El

gobierno liberal, a través de Alonso Martínez, por aquel entonces ministro de Gracia y

Justicia, corroboró también que se trataba de un escrito ofensivo, que debía ser

perseguido por el juez correspondiente.

Con el paso de los años, el agotamiento del sistema de turno de partidos, consecuencia

directa de la creciente debilidad del gobierno que se orquestaba bajo un esquema de

falseamiento electoral nada representativo de la opinión pública, facilitó el tránsito del

proyecto civil canovista a un militarismo cada vez más notorio dentro de nuestras

fronteras.411 Así pues, a pesar de que el ejército no intervenía en la política como en

épocas anteriores, la permanente asunción de funciones civiles por parte de los militares

hizo que la institución evolucionara hacia formas autónomas de poder y, en lugar de

quedar subordinado a los intereses públicos, se produjera un progresivo

intervencionismo, que se manifestó especialmente en el último cuarto de siglo. 412 La

trascendental aprobación de la Ley de Jurisdicciones en 1906, de la que nos ocupamos

más adelante, fue el paso definitivo para esta conversión, por la que el Ejército se erigió
410
Congreso, 23 de junio de 1887, Sánchez Bedoya, cif. 3878-3879.
411
Al hablar de militarismo español, los historiadores se refieren a un tipo de militarismo volcado al
interior (a los asuntos internos españoles), y no un militarismo exterior, hacia otros países, inexistente por
la insuficiente fuerza político-militar de España como potencia en el contexto mundial.
412
Para ampliar la información sobre el militarismo en la época de la Restauración, se puede consultar:
SECO SERRANO, C., Militarismo y civilismo en la España contemporánea, Madrid, Instituto de Estudios
Económicos, 1984. CARDONA, G., El poder militar en la España contemporánea hasta la Guerra Civil,
Madrid, Siglo XXI, 1983. LLEIXA, J., Cien años de militarismo en España, Barcelona, Anagrama, 1986.

- 212 -
como columna vertebral del régimen y del modelo de sociedad existente, siendo, a su

vez, en un factor decisivo en la crisis de la Restauración.

2. EL TRATAMIENTO DE LOS ASUNTOS MILITARES EN LOS MEDIOS DE

INFORMACIÓN

1. LA EXISTENCIA DE LOS ÓRGANOS DE PRENSA CASTRENSE

La creciente injerencia del poder militar en las cuestiones políticas tenía su reflejo en los

medios de información, que fueron utilizados por los soldados para debatir todo tipo de

materias. Pese a que una gran parte de la opinión pública reconocía la existencia de los

diarios militares, existieron, durante este período, voces discrepantes, como la de los

máximos responsables políticos y militares, que afirmaban que no existía la prensa

militar, y que, simplemente, entre la variedad de asuntos sobre los que informaban los

periódicos, se encontraban cuestiones que afectaban al ejército y a la armada española.

Este pensamiento se basaba en la idea de que los soldados no tenían la suficiente

capacidad para abordar asuntos que fuesen más allá de las funciones que estrictamente

se les encomendaba, por lo que no existía un pensamiento militar que constituyese algo

más que el simple reflejo de las actividades profesionales o de la asunción de los valores

patrióticos. La razón fundamental que esgrimían éstos era que al ejército se le educaba

para luchar, no para pensar, ni para tener y difundir las ideas políticas por medio de

órganos de prensa. Esta era la razón fundamental en la que se apoyaban las autoridades

gubernativas y militares de la Restauración para dictar normas que impedían las

manifestaciones políticas realizadas por los sectores militares.

- 213 -
En oposición a esta opinión se encontraban otros sectores sociales para los que sí existía

un pensamiento militar propiamente dicho, que capacitaba a los soldados para escribir

sobre todo tipo de asuntos en los periódicos. Esta afirmación se apoyaba en la idea de

que, a pesar de existir unos valores y funciones comunes a todos los militares, dentro

del estamento castrense, dependiendo del ámbito geográfico y las divisiones

estructurales existentes en el seno del mismo, coexistía una diversidad de

planteamientos y posturas que configuraban ese pensamiento militar. Con base en este

razonamiento se entendía la existencia de los diarios militares como canales a través de

los cuales se expresaban los distintos sectores del ejército, especialmente los soldados

que trabajaban en los cuarteles, que no tenían otros medios para difundir su opinión, al

contrario que los oficiales y los tenientes que ocupaban cargos de diputados o senadores

en las Cámaras.

Desde una panorámica general, podemos afirmar que los periódicos militares mantenían

posiciones enfrentadas dependiendo de las circunstancias políticas o sociales del

momento, y se caracterizaban por informar tanto de las noticias de tipo general como de

las cuestiones militares. Siguiendo la tónica de las publicaciones civiles, la mayoría de

los periódicos militares de finales del siglo eran de Madrid,413 aunque, se diferenciaban

de éstos en que tenían un público minoritario y no se encontraban unidos a ningún

partido, ni tampoco a las órdenes de los ministros de Guerra o de Marina.

Representaban el pensamiento de un sector del ejército y difundían reivindicaciones

sobre la guerra o informaban de los hechos acontecidos en España que les afectaban. En

413
La Ley de Policía de Imprenta de 1883 propició la aparición de un gran número de publicaciones
militares, impresas en su mayoría en Madrid: Almanaque de la Guardia Civil, Anuario Militar de España,
Boletín de Justicia Militar, El Correo Militar, La Correspondencia Militar, La Defensa, Los destinos
civiles, El Eco Militar, El Ejército Español, Heraldo de la Guardia Civil, El Heraldo Militar, La
Ilustración Militar, La Nación Militar, El Reservista, o La Unión Militar (entre otras). Las únicas
excepciones de la época eran El Ejército de Filipinas y El Heraldo de Manila (Manila); Estudios
Militares (Toledo) y la Revista científico-militar (Barcelona).

- 214 -
la época existieron algunas publicaciones con una marcada línea política, como fue el

caso de La Correspondencia Militar, fundada en 1877 y de ideología conservadora, que

contribuyó en gran medida a la elaboración de la Ley de Jurisdicciones de 1906; o El

Ejército Español, creado en 1888 con una clara orientación liberal.

El papel asumido por estos órganos de prensa como vehículo de agitación y presión

política provocó que los máximos dirigentes adoptasen medidas restrictivas para evitar

que los soldados participasen del debate político a través de la prensa. Sin embargo, en

la práctica, los diarios militares ideaban estrategias para seguir informando de asuntos

de corte político que les afectaban, no solo por medio del ya conocido recurso del

“director de paja”,414 sino inscribiéndose en las listas de Hacienda como revistas

profesionales o científicas, consiguiendo de esta manera burlar la vigilancia del poder

público, mucho más exhaustiva con la prensa de tipo político que con la científica y

cultural. Así pues, a pesar de que se trataba de un tipo de prensa que informaba sobre

asuntos de interés general, para Hacienda no lo era, lo que facilitó a los soldados opinar

sobre política, sin caer en la prohibición de fundar y escribir periódicos políticos, puesta

en marcha en 1888.

Esta politización de la prensa diaria militar contrastó con el espíritu apolítico que

caracterizaba la actividad intelectual de algunos institutos oficiales del poder militar,

como el Centro del Ejército y la Armada.415 En esta misma línea, existieron, además,

otras revistas de orden técnico, jurídico o científico, que no preocuparon a los máximos

dirigentes, ya que centraron su atención principalmente en los problemas profesionales

414
Entre los ejemplos más claros de suplantación del director, para así evitar la represión informativa
llevada a cabo contra la prensa castrense, podemos citar al El Ejército español, dirigido por el teniente
coronel Eugenio Oliveira, aunque oficialmente lo hacía Rafael Esbry.
415
COLL Y ASTRELL, J., Monografía histórica del Centro del Ejército y de la Armada, Madrid, 1902, pp.
200-212.

- 215 -
internos, los asuntos internaciones y los temas de orden público, sin inmiscuirse en

temas políticos.

2. LA DIFUSIÓN DE IDEAS ANTIMILITARISTAS EN LA PRENSA

No sólo la prensa militar escribía sobre política, sino que, también a la inversa, los

diarios mayor circulación debatían sobre cuestiones militares, una práctica periodística

que creaba un gran malestar en la institución militar, que consideraba una intromisión

de la prensa periódica en asuntos que no les competían, y la acusaban de perseguir fines

antimilitares. De la misma manera, los diarios militares consideraban que las críticas

periodísticas reflejaban el sentido antimilitarista de la clase política que dirigía el país.

Para entender esta cuestión, es necesario analizar primero las dos corrientes

antimilitaristas desarrolladas durante la Restauración.416 La primera de ellas era la

postura radical, representada por los movimientos anarquistas y socialistas, que atacaba

al estamento militar en sí mismo, considerándolo un “fruto dañino” del Estado

capitalista.417 Esta corriente intentaba debilitar a la institución a través de los motines,

huelgas y manifestaciones, y utilizaba la propaganda como medio para incitar la

sedición de los soldados o difundir sus ideas en contra de la prestación de servicios por

parte de los reclutas en tiempos de guerra. Junto a ésta se encontraba el antimilitarismo

político, defendido por los grupos liberales, que apostaba por la existencia de un ejército

nacional, adaptado estrictamente a las necesidades de la defensa. Para este grupo era

416
Para Núñez Florencio no eran dos, sino tres las corrientes antimilitaristas existentes en la época. La
tercera era el antimilitarismo intelectual que se llevó a cabo por los escritores de la época, que, a través de
sus novelas, ensayos o piezas teatrales, criticaban como estaba constituido el ejército en la sociedad
capitalista. NÚÑEZ FLORENCIO, R., Militarismo y antimilitarismo en España (1888-1906), Madrid,
CESIC, 1990, pp. 58-59.
417
AZAÑA, M., Estudios de política francesa y contemporánea. La política militar, Madrid, Saturnino
Calleja, 1918, pp. 231-232.

- 216 -
excesiva la influencia del poder militar en la sociedad, por lo que defendían un recorte

en las competencias de éste. El acento de esta postura, por tanto, no se encontraba en la

oposición al Ejército como institución, como defendían los radicales, sino en el

excesivo predominio de éste en los asuntos públicos, así como en los privilegios que

poco a poco fueron adquiriendo.

La primera postura solo inquietaba desde una perspectiva funcional, por la alteración

del orden público con las posibles manifestaciones o las huelgas de estos sectores

sociales, mientras que la corriente política causaba una mayor preocupación entre las

autoridades militares. Para éstos, este tipo de antimilitarismo suponía una agresión al

estamento castrense, y su único objetivo era acabar con el ejército a través de los

periódicos. Especialmente notoria sería la animadversión de los militares por los diarios

liberales, más dados a difundir opiniones contrarias al ejército español, y que

rápidamente se convirtieron en el enemigo a batir por éstos. La actitud defensiva del

poder militar respecto a estas ofensas periodísticas se sustentaba en la idea de

perfección con la que se concebía la sociedad castrense, en oposición al caos reinante en

la sociedad civil, lo que hacía que, todos aquellos que pertenecían a ésta, especialmente

la prensa y la clase política, no estuvieran en condiciones de juzgar al estamento militar.

Para los propios militares no era lo mismo una crítica vertida en la prensa militar sobre

determinados comportamientos de los oficiales, calificada por ellos mismos como una

“autocrítica”, que aquella que se hacía desde fuera de la institución y se vertía en los

periódicos civiles, que se recibía como un verdadero ataque contra el ejército. 418

418
Es muy significativa la lectura comparativa del periódico La Justicia sobre las funciones que debía
tener la prensa y el estamento militar, ya que entendía que, mientras la institución castrense se
caracterizaba por ser “todo ordenanza, todo regla, todo severidad, todo disciplina”, la prensa era, por el
contrario, “toda libertad, toda espontaneidad, toda crítica, toda protesta”, por lo que, para que cada una de
estas instituciones cumpliera debidamente con su función, era necesario que la prensa fuera libre y el

- 217 -
Para acabar con las críticas vertidas en la prensa periódica, el poder militar utilizó su

influencia en el sistema político de la Restauración y consiguió que el ejecutivo

impusiera a los periódicos trabas que restringían el tratamiento de ciertos temas

relacionados con el ejército. La primera de las medidas adoptadas por el poder público,

tras la publicación de la Ley de Imprenta, se dictó en 1887 por el político liberal Moret,

después de recibir las reclamaciones pertinentes de los jefes y altos mandos militares

por la frecuencia, en opinión de éstos, con que los diarios de provincias trataban de

desprestigiar la institución. En la circular se instaba a los gobernadores a vigilar los

insultos y acciones de desprestigio sobre el estamento castrense cometidos por medio de

la imprenta, que “alientan el espíritu de rebelión y sedición” de algunos sectores, y les

exigía que, en esos casos, se produjera la inmediata intervención de los tribunales. Para

el gobierno liberal esta medida de restricción informativa se hallaba plenamente

justificada por la indefensión del órgano militar que, al no poder escribir en los

periódicos, no contaban con los suficientes medios de defensa para combatir los ataques

y los “cargos injustos y aun calumniosos” a los que estaban expuestos.419 Esta primera

disposición contra la prensa impuesta por el gobierno evidenció, una vez más, la

injerencia del poder militar en la administración civil, y marcó la línea de pensamiento

gubernamental, que daba prioridad a la defensa del honor de los militares por encima

del reconocimiento del derecho de libre manifestación de ideas.

ejército disciplinado, ya que, “negar a uno o a otro esa condición, es rehusarles la posibilidad de cumplir
su misión social”. La Justicia, “Problema de Jurisdicción”, 19 de marzo de 1895.
419
Circular de 8 de Agosto de 1887 en la que se avisa a los gobernadores civiles para que vigilen los
insultos y acciones de desprestigio a la autoridad militar por medio de la imprenta. Publicado en la
Gaceta de Madrid, 10 de Agosto de 1887, número 222, p.419. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº21.

- 218 -
3. LOS RECORTES A LA LIBERTAD DE IMPRENTA DE LOS MILITARES

1. PREVALENCIA DEL HONOR FRENTE A LA LIBERTAD DE

INFORMACIÓN

Paralelamente al poder que poco a poco fue adquiriendo el ejército en la sociedad, se

desarrolló una prensa cada vez más libre, consecuencia directa de la Ley de 1883, en la

que se reprochaban desde los actos llevados a cabo por la Guardia Civil hasta las

actuaciones de determinados generales o altos cargos militares. En algunas ocasiones,

estas críticas provenían de los propios soldados, que en numerosas ocasiones

trasladaban su malestar a los diarios militares. Una actitud que resultaba incomprensible

para los máximos responsables de la institución, quienes consideraban que el ejército

debía evitar todo tipo de opiniones sobre los asuntos militares que les perjudicaran.

Partiendo de esta idea, surgió en 1888 un conflicto en torno a un artículo publicado en

La Correspondencia Militar, que creó mucha controversia entre los máximos dirigentes

militares. Tras un arduo debate en el Parlamento, en el que la mayoría de diputados y

senadores exigió que se preservara el honor de los militares frente a las informaciones

difundidas en la prensa, el gobierno liberal aprobó una norma que prohibía la difusión

de ideas políticas por parte del estamento castrense.

El debate se inició con una reclamación formal del diputado Ruíz Martínez, realizada el

21 de diciembre de 1888, por la que se exigía al gobierno un cambio de actitud respecto

a los ataques vertidos en los periódicos contra la institución militar. Concretamente, el

político conservador denunció la campaña iniciada por los diarios militares que, a pesar

de no constituir injuria ni ofensa personal, entendía que estaba encaminada a sembrar

- 219 -
antagonismos entre los miembros del ejército, perturbando la disciplina y la buena

armonía del organismo. Ruiz Martínez puso como ejemplo el artículo de La

Correspondencia Militar publicado el 12 de diciembre de 1888, que, a su parecer,

tendía a la rebelión y excitaba a la sedición y la indisciplina.420 El diputado conservador

lamentó que, en la legislación liberal de prensa, no existieran los medios adecuados para

corregir este tipo de ofensas, ya que, en la mayoría de los casos, la jurisdicción ordinaria

dejaba impunes los artículos que se publicaban contra el ejército. Una afirmación no del

todo acertada ya que, tal y como certificó Canalejas, el periódico aludido había sido

objeto de veinte denuncias en los últimos meses, y su director había sido condenado por

injurias dirigidas al estamento militar.

Tras la denuncia de Ruíz Martínez en el Congreso, un grupo de soldados se presentó,

esa misma tarde, en la redacción de La Correspondencia Militar exigiendo la reparación

de la ofensa. La mayoría de los políticos disculparon el atropello cometido contra el

periódico, ya que entendían que los oficiales estaban defendiendo su honor, que se había

visto perjudicado por las frases contenidas en el diario.421 Tras estos sucesos se inició en

las Cámaras un debate sobre el reconocimiento de la libertad de prensa a los miembros

del poder militar. Concretamente, se plantearon dos cuestiones: en primer lugar, se

discutió la eficacia de la Ley de Imprenta para garantizar todos los derechos, civiles o

militares, y, en caso negativo, si debía el gobierno presentar una legislación especial

para los delitos militares o con la aplicación del Código Penal era suficiente; en segundo

420
El artículo aludido por Ruíz Martínez decía lo siguiente sobre las reformas militares “Han sabido
esperar esas armas tan mojetadas, tan discutidas, tan despreciadas, tan provocadas; saben esperar dentro
del círculo de sus deberes, sin usar de los elementos que su posición les da, porque al final poseen un
patriotismo que ponen por encima de tantas miserias y miserables como existen en este mundo egoísta
que se llama política”. La Correspondencia Militar, 12 de diciembre de 1888.
421
El diputado Ocheando citó una parte de la publicación de La Correspondencia Militar que entendía era
perjudicial para los intereses militares: “Hay en el ejército otra casta de pájaros sin alas que, imitando a
las golondrinas, sin tener por eso ninguna de sus buenas cualidades, recorren distintos regimientos,
sirviendo en todos ellos de estorbo”. Congreso, 22 de Diciembre de 1888, Ochando, cif. 405.

- 220 -
término, los políticos discutieron sobre la posibilidad de los militares de hablar sobre

asuntos políticos en las publicaciones periódicas, o si, por el contrario, estas

intervenciones periodísticas debían estar restringidas.

Respecto a la primera cuestión, la mayoría de los políticos liberales creía que la

legislación de 1883 era una norma completa que contenía todos los delitos de prensa,

por lo que, con la aplicación de la misma bastaba para regular las infracciones

efectuadas por los militares por medio de la imprenta. Entre ellos se encontraba el

general López Domínguez, que negaba la existencia de la prensa militar, y entendía que

todas las publicaciones debían estar sujetas a las mismas leyes, sin que, en ningún caso,

existiera un procedimiento especial de policía para los militares. Asimismo, el político

liberal defendía que la Ley de Imprenta había sido previamente aceptada por el

Parlamento, por lo que no había necesidad de reformar la misma.422 En esta línea de

opinión se posicionaba Emilio Castelar, quién alegaba que la limitación de la libertad de

prensa para los soldados iba en contra del espíritu de progreso conseguido en la ley

liberal, siendo muy peligrosa para el desarrollo de este derecho la aplicación de una

penalidad especial para los militares.

En oposición a éstos se encontraban los conservadores, quienes entendían que la Ley de

1883 no alcanzaba a la disciplina militar, por lo que era necesario subsanar las

deficiencias con una reforma de la misma. Al respecto, el marqués de Estella opinaba

que, pese a que “por un mal oficial que no sabe ir a la guerra, y tal vez se encuentra

perseguido por los tribunales”, no se debía mantener alarma ni división en el ejército,

era prioritario que el gobierno reprimiera los males y destruyera “esa perniciosa

422
Congreso, 22 de diciembre de 1888, López Domínguez, cif. 412.

- 221 -
semilla”.423 El senador Salamanca y Negrete fue más allá y solicitó al ejecutivo la

aplicación a los diarios de un “tornillito”, para mantener la disciplina del ejército y

evitar el resentimiento entre los soldados.424 Partiendo de la idea de que, en la política

de intervención gubernativa siempre funcionaba el juicio del momento, o dicho de otra

manera, el criterio del partido que se encontraba en el poder, el senador solicitó la

utilización de medios restrictivos para impedir que “en la familia militar nazcan los

antagonismos que traigan consecuencias funestas, y que hagan surgir rivalidades”. 425 A

raíz de esta opinión, el gobierno liberal reafirmó su rechazo a imponer cualquier traba

restrictiva utilizada por el partido conservador, para hacer callar y reducir al silencio a

los periódicos. Así lo declaró en el Senado el ministro de Hacienda: “a la prensa se la

puede castigar, se la puede corregir aplicando las leyes, pero conceder eficacia a ciertos

tornillos para reducirla al silencio, no es sistema práctico”.426

Algunos políticos liberales también defendieron esta corriente de pensamiento que

reclamaba una reforma de la legislación de 1883 respecto a estos asuntos. Entre ellos, el

general Martínez Campos exigió al ministro de Guerra, único que representaba al

ejército, que tomara alguna medida legal que remediara los males que venían sufriendo

los militares en sus propios diarios.427 De la misma forma, Dávila razonaba la necesidad

de que se actualizaran los resortes legales sobre la libertad de prensa entre la clase

militar, ya que, en su opinión, los militares no debían tomar parte de las polémicas

políticas que se producían en la prensa periódica, ya que, con ellas olvidaban

completamente sus deberes. Para el político liberal, estos soldados que se ocupaban de

asuntos que tendían a crear antagonismos entre los diversos institutos armados, estaban

423
Senado, 22 de diciembre de 1888, Marqués de Estella, cif. 154.
424
Senado, 22 de diciembre de 1888, Salamanca y Negrete, cif. 152.
425
Senado, 22 de diciembre de 1888, Salamanca y Negrete, cif. 153.
426
Senado, 22 de diciembre de 1888, ministro de Hacienda, cif. 153.
427
Senado, 22 de diciembre de 1888, Martínez Campos, cif. 156.

- 222 -
cometiendo un delito y el ministro de Guerra debía reprimir esta actitud haciendo uso

de las medidas que tuviera a su alcance.428 En esta línea, Burrel reclamó también una

modificación de la Ley de 1883, pero rechazó de pleno que la competencia de estos

casos se trasladara a los tribunales militares. Para el político era muy positiva la actitud

del gobierno liberal, que, a diferencia del conservador, mantenía el espíritu progresivo y

tolerante en la cuestión de la libertad de imprenta, y entregaba estas cuestiones a la

jurisdicción ordinaria, sin excitar excesivamente el celo de los fiscales, a quienes otras

políticas y otros gobiernos quitaban la majestad que debían tener la justicia y el

derecho.429

Por su parte, la respuesta del gobierno liberal sobre este primer asunto fue confusa. Por

un lado, se certificó la eficacia de la legislación de imprenta, afirmando que la misma

contenía los recursos y procedimientos necesarios para amparar el honor y la dignidad

del ejército, especialmente en aquellas “tentativas de agresión” que podían llegar a ser

verdaderas ofensas para la armada. En palabras de Canalejas, ministro de Gracia y

Justicia, no hacía falta la reforma de la Ley de Imprenta, ya que con la aplicación de

ésta y el Código Penal era suficiente.430 Sin embargo, analizando los discursos vertidos

en el Senado, la postura del poder público cambió, ya que otros ministros, como el de la

Gobernación, evidenciaron la inoperancia de la legislación de prensa en asuntos

militares, planteando la posibilidad de imponer medidas gubernativas para impedir que

los periódicos militares denigraran, atacaran u ofendieran a determinados institutos del

ejército; especialmente cuando se hacía a la sombra del anónimo, entendiendo que,

usualmente, era como se escribía en estos diarios.431

428
Congreso, 22 de diciembre de 1888, Davila, cif. 399-402.
429
Congreso, 22 de diciembre de 1888, Burrell, cif. 411.
430
Congreso, 22 de diciembre de 1888, ministro de Gracia y justicia, cif. 413.
431
Senado, 22 de diciembre de 1888, ministro de Gobernación, cif. 140.

- 223 -
La segunda cuestión planteada por la clase política de la época afectaba directamente al

reconocimiento del derecho a la información de los militares. Concretamente, se debatió

la participación de los soldados en las discusiones diarias de la prensa periódica. Para

una parte de la clase política, la libertad de prensa era un derecho fundamental que

debían tener todas las personas, quedando incluidos, necesariamente, los militares.

Algunas opiniones, como la del diputado Orozco, consideraban que la prohibición a los

soldados de escribir en la prensa iba en contra de las doctrinas liberales, y propuso,

como solución, que los propios oficiales del ejército excitaran a éstos para que no

leyeran los periódicos que se consideraban perjudiciales para los intereses militares.432

Cassola, por su parte, declaró que, de salir adelante la prohibición, se despojaría de

todos los derechos a los militares, a los que solo les quedarían deberes. Con un buen

razonamiento, el liberal fortalecía la idea de que todos los españoles, incluidos los

militares, tenían reconocido el derecho fundamental a escribir en la prensa, por lo que

era necesario que éstos tuvieran libertad para discutir sobre los asuntos que les

competían, siendo esa una de las grandes “válvulas de escape” de las que gozaba el

ejército.

La mayoría de los políticos chocaban con estas ideas, porque consideraban que la

prohibición de los militares de redactar y fundar periódicos ya estaba reconocida en

preceptos pasados, alegando, además, que los soldados podían olvidar sus funciones

fundamentales si se les permitía escribir en la prensa. De esta opinión era Cánovas,

quién alegó que con la Real Orden de 21 de diciembre de 1869, dictada por el general

Prim, ministro de Guerra por aquel entonces, los soldados no podían sostener polémicas

sobre asuntos del servicio militar en los periódicos. El líder conservador apostaba,

432
Congreso, 22 de diciembre de 1888, Orozco, cif. 408

- 224 -
además, por realizar una nueva reforma en la que se especificara que los militares no

tenían derecho a entrar en polémicas sin permiso de sus superiores, “ocultando la cara,

ocultando la cara, cometen el delito a oscuras, se cubren con el pseudónimo”.433 Para

Castelar la libertad de imprenta también estaba por debajo del deber y responsabilidad

de los militares respecto a sus funciones, y, a partir de esa reflexión, se debía prohibir a

los militares entablar polémicas en público, lo que se conseguía aplicando la ley militar,

porque la prohibición a los militares de escribir en periódicos políticos no se hallaba

reconocida ni en el Código ni en la legislación de imprenta.434

Paralelamente a la polémica suscitada en el Parlamento, El Imparcial quiso dar su

opinión sobre el asunto. En primer lugar, negó la existencia de la prensa militar al

servicio de los soldados, justificando su opinión en que existían algunos periódicos que

preferentemente trataban cuestiones relativas al ejército, pero que no se distinguían de

los demás en cosa alguna, por lo que debían estar dentro de la legalidad común. El

periódico madrileño rechazó nuevas modificaciones de la Ley de Imprenta de 1883,

entendiendo que bastaba con aplicar el artículo 176 del Código Militar, que perseguía al

soldado que publicara con su firma artículos donde se atacara a un superior jerárquico o

se vulnerara la disciplina. Para el diario madrileño, las medidas extraordinarias de

restricción de la libertad de prensa demandadas por algunos dirigentes políticos eran

totalmente injustificadas, teniendo en cuenta que no existía peligro alguno en que un

militar sostuviera con razones su opinión, y sí que lo hiciera “con su espada”. 435 Pese a

que el problema y la gravedad de estos casos no se encontraba en que un soldado

criticara de forma juiciosa las medidas de los altos cargos, sino que no cumpliera sus

funciones de subordinación a la autoridad o rompiera la disciplina del ejército, los

433
Congreso, 22 de diciembre de 1888, Cánovas, cif . 416.
434
Congreso, 22 de diciembre de 1888, Castelar, cif. 420.
435
El Imparcial, “La cuestión candente”, 23 de diciembre de 1888.

- 225 -
máximos dirigentes entendían que con la palabra se podía hacer mucho más daño que

con la propia violencia. El diario madrileño trajo a colación, además, que con las

medidas restrictivas que se trataban de imponer, muchos de los periodistas que escribían

sobre cuestiones referentes al ejército podían ver restringida también su libertad de

prensa.436

2. LA RESTRICCIÓN INFORMATIVA CONTENIDA EN LA CIRCULAR

DE CHINCHILLA

Tras las deliberaciones realizadas en las Cámaras, en las que, como hemos analizado,

predominaba una tendencia hacia la restricción de la libertad de información de los

militares, el gobierno liberal aprobó una circular, el 28 de diciembre de 1888, por la que

se prohibía a éstos ser fundadores o directores de periódicos, así como redactores de los

periódicos políticos.437 El ministro de Guerra, el general Chinchilla, certificó la

necesidad de la norma como medio para combatir los artículos y sueltos que atacaban,

en términos injuriosos y denigrantes, a institutos y cuerpos del ejército, creaban

divisiones y antagonismos entre las clases militares, e inducían al descontento y la

perturbación en el seno del mismo. Entre las razones que esgrimía el gobierno liberal

para no reconocer a los miembros del ejército el derecho fundamental a la libertad de

prensa estaba que éstos no gozaban del pleno uso de los derechos civiles y políticos,

condición indispensable para ser director de un periódico.438 En la circular, además, se

hacía referencia a otras medidas impuestas años antes en las que ya se encontraba

436
El Imparcial, “El peor de los consejeros”, 23 de diciembre de 1888.
437
Circular de 28 de Diciembre 1888 por la que se prohíbe que los militares sean fundadores o directores
de periódicos, así como redactores de los periódicos políticos. Publicado en el Diario Oficial del
Ministerio de la Guerra, 28 de Diciembre de 1888, número 285, pp. 883-884. Véase apéndice de la tesis:
ANEXO Nº22.
438
Artículo 10 de la Ley de Policía de Imprenta de 1883.

- 226 -
expresamente reconocida esta prohibición de entrar en polémicas, por medio de la

prensa periódica, sobre asuntos del servicio, o valerse de ella para tratar de los mismos,

sin previa autorización del Gobierno. 439

Las reacciones ante la severa disposición de Chinchilla fueron diversas. Los políticos

que reclamaban una norma que acabara con los ataques de la prensa al ejército se

declararon satisfechos con la medida, ya que recordaba a normas dictadas anteriormente

en la materia por otros gobiernos.440 La circular era “digna de aplauso”, según

Celleruelo, porque con ella se evitaban “castigos, molestias y disgustos a los jefes y

oficiales que de buena fe y creyendo ejercitar un derecho legítimo considerasen lícito lo

que estaba prohibido por disposiciones un tanto olvidadas”.441 Además, el diputado

liberal consideraba que la misma no atentaba contra la libertad de prensa, sino que, al

contrario, defendía los principios de libertad y derecho. De ésta opinión era Ochendo

quién declaró que la circular se encontraba dentro del derecho militar, ya que no iba

dirigida contra la prensa militar seria, entre la que se encontraban las Revistas Militares,

la Revista científico-militar de Barcelona y los Memoriales de armas.

En el lado contrario, un grupo de políticos rechazaron la norma porque entendían que

existía una extralimitación de funciones por parte del ministro de Guerra, quién había

restringido un derecho fundamental reconocido en la Constitución. De esa opinión era

Pedregal, que acusaba a Chinchilla de haberse atribuido funciones de magistrado que no

le correspondían, invocando ordenanzas que habían caído en desuso. En esta línea,

Romero Robledo condenó abiertamente la medida porque se enmarcaba dentro de una

439
En la circular se citaban las siguientes normas: Orden de 6 de Agosto de 1841, 7 y 25 de Septiembre
de 1842 y 21 de Diciembre de 1869, la Real Orden de 28 de agosto de 1848 y la del Gobierno de la
República de 22 de Septiembre de 1873.
440
Congreso, 10 de enero de 1889, Ochendo, cif. 517-518.
441
Congreso, 10 de enero de 1889, Celleruelo, cif. 527.

- 227 -
materia vedada para el ministro de Guerra. Aun así, más allá de la extralimitación de

competencias del ministro de guerra, ambos políticos, y otros tantos, como veremos a

continuación, se opusieron a la medida porque atentaba contra el derecho fundamental a

la libertad de prensa.

En opinión de García Alix la circular entrañaba declaraciones gravísimas y opuestas al

derecho constituido de la libertad de información, ya que impedía que los militares

expresaran en los periódicos su pensamiento sobre asuntos de servicio, partiendo de la

base errónea de que éstos no estaban en la plenitud de los derechos civiles y políticos.

Al mismo tiempo, el diputado republicano criticó la decisión del gobierno liberal, que

no solo modificaba la ley de 1883 que estaba sometida a la legislación común, sino que,

además, dividía la prensa militar y no militar, entregándola unas veces a los tribunales

ordinarios y otras al Consejo de Guerra. Para García Alix la medida aprobada por el

partido liberal era un reflejo de la influencia que ejercía el poder militar sobre la

administración civil, que había accedido a las presiones de los altos mandos,

prohibiendo, incluso, fundar y dirigir periódicos científicos o literarios que en nada

podían perturbar a la disciplina del ejército.442

Para Pedregal no había duda de que la publicación de la circular se debía a presiones de

los diversos institutos del ejército al poder público, ya que, en otras ocasiones, los

tribunales habían recibido ataques por parte de la prensa y no se había dictado ninguna

medida al respecto. El político republicano culpó al gobierno de violar la libertad de

prensa de los militares, al coartar el derecho de éstos a emitir libremente su pensamiento

por escrito, cuando el mismo no estaba sujeto a condición alguna en la Constitución.

442
Congreso, 7 de enero de 1889, García Alix, cif. 445.

- 228 -
Ciertamente, la norma constitucional reconocía el derecho en términos absolutos para

todos los españoles, estando amparados los militares por el precepto constitucional. Con

estas palabras se lamentó el político: “¡Triste situación la de un país donde no se puede

decir lo que piensa! (…) Los pensamientos ocultos son los que fermentan y pueden ser

causa de terribles explosiones; las ideas que se expresan libremente no causan daño”.443

Pedregal señaló, también, que la circular estaba restringiendo el acto de escribir en un

periódico, cuando éste era lícito en sí mismo, y puso de relieve que la medida recortaba

la libertad de información de forma preventiva, negando el derecho de escribir a todos

los militares, por la posibilidad de que algunos pudieran incurrir en una infracción a la

hora de ejercer el mismo. De forma injusta, y con motivo de la publicación de un

artículo en un concreto diario militar, por el que debía estar respondiendo el autor del

mismo ante los tribunales, se había privado a todos los militares del derecho a emitir

libremente sus ideas por medio de la prensa. Basándose en estos argumentos, Pedregal

denunció la circular porque no se ajustaba a lo prescrito en las leyes existentes, y

pretendía reforzar la disciplina del ejército por medio de la arbitrariedad, que era “un

exceso insoportable en cualesquiera lugar y circunstancias”.444 Teniendo en cuenta la

importancia y trascendencia en las sociedades civilizadas del ejercicio de expresar

libremente las ideas y opiniones, el ataque contra ésta ponía en peligro las demás

libertades.

En la misma línea que los anteriores, Castelar reprendió al partido liberal por privar a

los militares de mantener polémicas a través de la prensa, y puso en entredicho las

disposiciones anteriores, en las que se apoyaba Chinchilla para declarar la legitimidad

443
Congreso, 8 de enero de 1889, Pedregal, cif. 456.
444
Congreso, 11 de enero de 1889, Pedregal, cif. 552.

- 229 -
de la circular, ya que éstas pertenecían a tres épocas distintas respecto al reconocimiento

de la libertad de prensa.445 Romero Robledo también se posicionó en esta postura,

afirmando que los oficiales debían gozar de todos los derechos civiles y políticos que

establecía la Constitución. Con gran acierto, el político cuestionó al gobierno sobre cuál

de todas las actuaciones cometidas por los militares en los periódicos constituía delito:

“¿En lo que escriben, en el autor, o según sea quién escribe?”, se preguntaba.446

Teniendo en cuenta que el derecho constitucional se basaba en la libertad de poder

expresar sus pensamientos por medio de la imprenta, entendía que la circular dejaba

“herido” ese derecho porque escribir, en sí mismo, era un delito. Si, por el contrario, la

infracción estaba en el artículo publicado, porque éste podía romper la disciplina y

sembrar el antagonismo entre los distintos institutos armados, en ese caso lo mismo lo

podían cometer militares que otros periodistas. Además, para Romero Robledo se

trataba de una medida injusta e ilegal, que calificaba al ejército de “máquina”, ya que

prohibía a sus miembros tener pensamientos u opiniones,447 y entraba en contradicción

con la línea mantenida por el líder del partido liberal, Sagasta, quién, en intervenciones

previas a la publicación de la circular, había afirmado que los militares podían redactar

periódicos.

No solo políticos del bando liberal o republicano mantuvieron este razonamiento, ya

que algunos militares también rechazaron la circular. Entre ellos, el general Cassola

declaró que, pese a que consideraba que los militares debían tener una libertad

“prudente” a la hora de discutir todas las cuestiones políticas y militares, esto no

justificaba la medida de Chinchilla, que violaba el derecho fundamental a la libertad de

información. Como lo habían hecho otros políticos, el militar acusó al partido liberal de

445
Congreso, 12 de enero de 1889, Castelar, cif. 577.
446
Congreso, 15 de enero de 1889, Romero Robledo, cif. 627.
447
Congreso, 15 de enero de 1889, Romero Robledo, cif. 627.

- 230 -
establecer un sistema de previsión, en el que el gobierno confundía el delito con los

medios para delinquir, pues, era lícito imponer penas a quien contravenía la ley, pero no

era justificable que se negara ese derecho a todos los militares cuando el mismo era

compatible con el ejercicio de sus funciones.448 Además de lo apuntado por sus

compañeros, el general consideraba que las materias que habían sido vedadas por el

poder público, como los asuntos de servicio que estaban pendientes de discusión en el

Parlamento, eran las que necesitaban mayor discusión, y por tanto, suponía un

verdadero atropello cortar el pensamiento de algunos, cuando era más necesario conocer

la opinión de todos para que la resolución que afectara al servicio castrense llevara “el

sello de mayor acierto”.449 Finalmente, Cassola aseveró que los militares estaban en

pleno goce de sus derechos civiles, ya que, de no ser así, éstos no podrían ser diputados

o senadores, y certificó que, pese a la existencia de disposiciones pasadas en las que se

prohibía a los militares fundar periódicos, éstas no se cumplían, ya que él mismo era

director y propietario de un diario cubano.

Lo mismo ocurría con el general López Domínguez, fundador de El Resumen, para el

que no era necesaria la circular, teniendo en cuenta que los derechos civiles y políticos

de los españoles estaban todos declarados y consignados en la Constitución. Bastaba

con aplicar a los militares “perfecta, correcta y severamente” la Ley de 1883, ya que con

eso se penaría los excesos e infracciones sin definir nuevos delitos.450 En la misma línea

al resto de opositores de la disposición, López Domínguez afirmó que era una medida

preventiva, ya que trataba de dar un aviso a todos, por el exceso de algunos que estaban

alarmando a la opinión pública. Además, la norma era innecesaria e ineficaz, y atentaba

448
Congreso, 10 de enero de 1889, Cassola, cif. 522.
449
Congreso, 10 de enero de 1889, Cassola, cif. 523.
450
Congreso, 11 de enero de 1889, López Domínguez, cif. 553.

- 231 -
contra la libertad de expresar las ideas a través de los periódicos que era un derecho

constitucional del que debían disfrutar todos los ciudadanos, fueran o no militares.451

Chinchilla, en representación del gobierno liberal, respondió a las acusaciones vertidas

por los distintos políticos, alegando que la circular no atacaba al derecho constituido de

libertad de imprenta, sino que, simplemente, recordaba las disposiciones pasadas

aprobadas por los distintos gobiernos acerca de la prohibición de los militares para

intervenir en las cuestiones políticas por medio de la prensa. Asimismo, reafirmó que el

propósito de la administración pública era combatir aquellos artículos publicados en la

prensa militar que excitaban la indisciplina e insubordinación al ejército y

menoscababan los derechos de los militares, haciendo un mal uso de las armas que la

patria les había dado para la defensa de ella. Para el ministro de Guerra se encontraba

justificada la medida, ya que existía una ley especial para los militares que caían bajo la

jurisdicción militar, aun cuando los delitos se cometieran por medio de la prensa, y

aclaró que éstos podían escribir, ya que había periódicos en los que colaboraban

dignísimos jefes y oficiales, pero no se podía “extraviar completamente la opinión”,

tratando de producir antagonismos en el ejército.452 Canalejas defendió también la

circular cuya única finalidad era prevenir futuras infracciones, ya que el gobierno debía

anticiparse con medidas de prudencia a lo que fuera a acontecer. Para el ministro de

Gracia y Justicia era fundamental que no se comprometiera la paz, el interés de la

monarquía y el orden, siendo fundamental tener un organismo robusto que defendiera el

derecho y la patria.453 Por este motivo, estaba justificada la restricción de la libertad de

451
Congreso, 11 de enero de 1889, López Domínguez, cif. 554.
452
Congreso, 8 de enero de 1889, ministro de Guerra, cif. 458-461.
453
Congreso, 10 de enero de 1889, ministro de Gracia y Justicia, cif. 514-515.

- 232 -
prensa para los militares, que, al contrario que el resto de los ciudadanos, no podían

escribir en los periódicos contra sus compañeros.454

Analizando todos los argumentos esgrimidos antes y después de la publicación de la

circular de Chinchilla contra la libertad de prensa de los militares, podemos concluir

que, tal y como apuntaron algunas voces, se producía una extralimitación de funciones

por parte del ministro de Guerra, contraviniendo la separación de competencias

expresamente contenida en la Ley de Imprenta, por la que había luchado tanto el partido

liberal. Así pues, Chinchilla, ejerciendo una función exclusiva de los tribunales, definía

un nuevo delito cuando afirmaba en la disposición que infringían la ley aquellos que

publicaran sobre cuestiones militares, abarcando con esto a periodistas que no

pertenecían al ejército. Asimismo, partiendo de la inexactitud legal de que los soldados,

por el hecho de serlo, no estaban en pleno uso de sus derechos civiles y políticos, en la

circular se condenaba el ejercicio de escribir o fundar periódicos por parte de los

militares, como si ambas acciones fueran delitos, cuando, en su caso, lo que podía

constituir infracción era lo que se escribía, no que se escribiera en la prensa. Hay que

tener en cuenta que, el periódico es un instrumento que no hace bien ni mal, y es el

escritor el que es responsable de sus publicaciones, por lo que, tal y como señalaron

muchos políticos de la época, con la medida impuesta por el partido liberal se estaba

cometiendo una ilegalidad contra los derechos de los militares restringiendo de forma

preventiva la libertad de prensa que se encontraba reconocida para todos los españoles

en la Constitución. Teniendo en cuenta la influencia que estaba adquiriendo el poder

militar en este período, no cabe duda de que el gobierno liberal cedió ante las presiones

de los máximos dirigentes del ejército, claros beneficiarios de la circular. Éstos se

454
Congreso, 15 de enero de 1889, ministro de Gracia y Justicia, cif. 635.

- 233 -
aferraban a la idea de que los artículos publicados en algunos diarios militares podían

producir futuras insubordinaciones, cuando, en realidad, lo que más temían era el poder

que tenía la pluma en las manos de los soldados, quienes podían exponer de forma clara

sus observaciones, creencias y aspiraciones, así como las ideas y pensamientos que

brotaban entre ellos, mucho más perjudiciales teniendo en cuenta las irregularidades y

abusos que se cometían dentro de la institución castrense.

Dos años más tarde de la puesta en marcha de la circular de Chinchilla, el diputado

Sánchez Bedoya, al respecto de la publicación de una serie de artículos periodísticos

criticando la orden impuesta por el capitán general de Madrid sobre asuntos del servicio

militar, cuestionó al gobierno si se seguía aplicando la norma dictada por Chinchilla, o

ésta había dejado de estar vigente con la entrada del nuevo ministro de Guerra, el

general Bermúdez Reina.455 Éste reiteró el perjuicio que suponía para la prensa que

tratara con desconsideración a las autoridades militares y confirmó que la norma seguía

en vigor, justificando su inoperancia en que, en muchas ocasiones, se desconocía la

identidad de los militares que escribían en los diarios, y por esta razón no podían ser

perseguidos.456 Con la publicación del Código de Justicia Militar el 27 de Septiembre de

1890, defendido por jefes y oficiales del ejército español, se reiteró de nuevo la

prohibición expresa a los militares de ser fundadores o directores de periódicos, así

como de poder escribir en los periódicos políticos. Los diarios militares, que se

encontraban entre la necesidad de defender el ejercicio a su libertad de opinión y la de

servir los deseos castrenses, se manifestaron opuestos a esta medida, suscribiendo la

línea militarista que se estaba propugnando en los cuarteles. Finalmente, la circular de

Chinchilla quedó ratificada en 1897, a través de una Real Orden emitida por el ejecutivo

455
Congreso, 27 de enero de 1890, Sánchez Bedoya, cif. 2204.
456
Congreso, 27 de enero de 1890, ministro de Guerra, cif. 2205.

- 234 -
liberal por la que se recordaba a los militares la prohibición de acudir a la prensa sobre

asuntos relacionados con servicio, y expresar opiniones sobre actos del monarca,

gobierno o jefes de la armada española.457 No obstante, con el transcurso de los años

quedó probada la ineficacia de la medida, ya que siguieron existiendo diarios militares y

los soldados se sirvieron de éstos para escribir sobre todo tipo de asuntos.

4. EL PROBLEMA DE COMPETENCIA EN LOS DELITOS MILITARES

REALIZADOS POR MEDIO DE LA IMPRENTA

1. ORIGEN DEL CONFLICTO DE JURISDICCIONES

Uno de los rasgos que mejor definía la tendencia militarista característica de la sociedad

española de los últimos años del siglo XIX era la firme determinación del Ejército de

lograr que todas las cuestiones militares fueran competencia exclusiva de ellos, y así

preservar su amplia autonomía respecto al poder civil. En aquella época, uno de los

pocos asuntos que se escapaban de su control era la competencia para juzgar los delitos

militares cometidos por medio de la imprenta, que se encontraba en manos de los

tribunales ordinarios. Durante los últimos años del siglo, se convirtió en una tónica

general que las resoluciones del Tribunal Supremo, respecto al problema de

competencias que se suscitaba en estos delitos de imprenta, recayeran en favor de la

jurisdicción civil. Así pues, mientras que la justicia militar entendía de todas las

cuestiones en las que hubiera interviniendo cualquier persona que tuviera relación, a

veces casi efímera, con la institución castrense, no pasaba lo mismo con los delitos

cometidos por paisanos que criticaban algún aspecto del ejército a través de los

457
Real Orden circular de 10 de septiembre de 1897. Gaceta de Madrid, 12 de septiembre. Gaceta de
Madrid, 12 de Septiembre de 1897, número 255, p.1084.

- 235 -
periódicos.

Concretamente, el problema de las jurisdicciones surgió en 1891, cuando el director de

La Correspondencia Militar, Alberto Olmos, fue sometido a Consejo de Guerra, en

virtud del artículo 7 del Código de Justicia Militar, por supuestas injurias al capitán

general de Granada cometidas en dos artículos, del 13 de febrero y 18 de marzo,

publicados en su periódico. El 13 de mayo, el diario militar, al que se sumó García Alix

desde el Congreso, denunció la situación en la que se había visto envuelto su director,

reclamando la inhibición del Consejo de Guerra en el conocimiento del asunto, ya que,

por la condición de paisano de su director, éste no estaba sujeto a las ordenanzas

militares. Al día siguiente, algunos periódicos, como El Imparcial, se sumaron a la

protesta exigiendo una resolución de las Cortes que pusiera coto a esta práctica militar,

que se había producido en un período de paz, sin circunstancias extraordinarias que

justificaran que la prensa debía estar sometida a la jurisdicción militar.458 La protesta de

los periódicos se centraba en la situación de indefensión en la que quedaban los

periodistas civiles que se ocupaban de los asuntos militares, a la hora de juzgar o

censurar los actos de una autoridad militar.

El conflicto de competencias, por tanto, surgió de la puesta en práctica de dos artículos

del Código de Justicia Militar, ya que, tanto la jurisdicción civil como la militar

reclamaban para sí el campo de actuación jurídica en el conocimiento de estos delitos

cometidos por medio de la imprenta. La justicia militar lo hacía conforme al artículo 7

del Código de Justicia Militar, que, junto al artículo 258, situaban todas las injurias y

ofensas contra las instituciones del ejército bajo la jurisdicción de los tribunales

458
El Imparcial, “La prensa bajo los Consejos de Guerra”, 14 de mayo de 1891.

- 236 -
militares. Concretamente, en el apartado 7 del citado artículo se señalaba que la

jurisdicción de guerra conocía de las causas que, contra cualquier persona se instruyeran

por “injuria y calumnia a éstas (...) cualquiera que sea el medio para cometer el

delito”.459 Por tanto, se castigaban los delitos de injurias y calumnias a las autoridades

militares, pero sin citar el medio. Sin embargo, el artículo 13 del propio Código

establecía que los militares debían ser juzgados por los tribunales ordinarios por delitos

de imprenta que no constituyeran delito militar, lo que se encontraba en relación directa

con la aplicación de la Ley de Imprenta de 1883 y del Código Penal.

Antes de que el Tribunal Supremo resolviera la competencia en este proceso, se fueron

definiendo dos posturas acerca de la materia. En estos primeros compases del conflicto,

algunas publicaciones periódicas, y diarios militares, como La Correspondencia Militar,

se mantuvieron en un talante “civilista”, entendiendo que todos los asuntos de crítica

social, incluidos los del ejército, abordados en la prensa debían ser juzgados por la

jurisdicción ordinaria, y no por un fuero privilegiado. Otros expresarían la necesidad de

que los delitos que afectaban al ejército cometidos por medio de la imprenta fueran

resueltos por los tribunales militares, forjándose así una actitud militarista respecto al

asunto. Concretamente, El Correo Militar reprochaba la actitud civilista, insinuando

que, con ella, lo único que se pretendía era anular por completo la jurisdicción de guerra

y el Código Militar. Para el diario castrense, si un periódico o ciudadano cometía un

delito militar, en concepto de autor, cómplice, encubridor o instigador, era procedente

que la justicia militar lo persiguiera: “La jurisdicción de guerra es competente para

conocer en todos los delitos que produzcan desafuero, bien por razón de la persona, bien

459
Artículo 7 del Código de Justicia Militar de 27 de Septiembre de 1890. Código de justicia militar de
27 de septiembre de 1890 y legislación complementaria del mismo, Madrid, Talleres del depósito de
guerra, 1906. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº23.

- 237 -
por la del delito, bien por la del lugar y si algún periódico o particular incurre en acto

que cae por completo dentro de la jurisdicción de guerra, no va a inhibirse porque el

delincuente sea o pertenezca a la prensa”.460

En contraposición a esta postura se reveló Juan de Madariaga, militar y abogado de La

Correspondencia Militar, quién dirigió una carta sobre la materia a El Imparcial, en la

que defendía la aplicación de la jurisdicción ordinaria en estos términos: “No estando

suspendidas las garantías constitucionales, los delitos cometidos por medio de la

imprenta, por paisanos o por militares que hubieren delinquido o antes de pertenecer a

la milicia, o desempeñando un cargo público no militar, son siempre de la competencia

de la jurisdicción ordinaria”.461 En otra carta publicada días más tarde por el periódico

madrileño, el militar apoyaba sus alegaciones en una sentencia del Tribunal Supremo de

24 de noviembre de 1890, en la que el máximo órgano judicial había resuelto un

conflicto de jurisdicciones a favor de los tribunales ordinarios, razonando que, por las

supuestas injurias al capitán general de Cuba publicadas en el periódico La Discusión de

la Habana, se había cometido un delito de injurias a cargo de un paisano por medio de la

imprenta, y no un delito de desacato como afirmaba el fiscal militar, de la que era

competente la justicia ordinaria.462

Finalmente, en el caso de La Correspondencia Militar, el Tribunal Supremo falló a

favor de la legislación común, mediante una sentencia publicada el 19 de Septiembre de

1891.463 A raíz de la resolución, el Boletín de Justicia Militar, diario que se posicionó

460
El Correo Militar, “Ecos del Día”, 1 de septiembre de 1891.
461
El Imparcial, “La prensa y el Código Militar”, 3 de septiembre de 1891.
462
El Imparcial, “La prensa y los tribunales militares”, 7 de septiembre de 1991.
463
“La generalidad con la que se haya redactado el n°7, art. 7° (…) no se expresan en esa disposición
señaladamente los delitos cometidos por medio de la imprenta; y dada la especialidad e importancia que
revisten, correspondería hacerlo así a una ley de excepción y privilegio que por su propia naturaleza no

- 238 -
con una actitud claramente militarista, divulgó un artículo en el que defendía la

aplicación del artículo 7 en los casos en los que un paisano cometiera un delito militar

por medio de la imprenta, afirmando que el artículo 13 se encontraba en perfecta

armonía con éste. Para el periódico, existían dos excepciones, perfectamente definidas

en la ley, respecto a la competencia exclusiva de la jurisdicción ordinaria a la hora de

conocer los delitos cometidos por medio de la prensa: “Excepción para los militares:

salvo el caso que el hecho presente caracteres de delito militar. Excepción para los

paisanos: a menos que el hecho constituya injuria o calumnia a una autoridad

militar”.464 Al mismo tiempo, el diario observó que la inhibición de la justicia militar en

los delitos de injurias y calumnias al ejército sólo porque se había utilizado la imprenta

podía ser un antecedente muy negativo para otros procesos en los que se incoaran

nuevos delitos militares, como la rebelión o la sedición, en los que, al ser realizados a

través de la prensa, quedaría anulada también la jurisdicción de guerra.

La polémica sobre jurisdicciones se acrecentó, ya que, un mes después de salir a la luz

la sentencia que daba la razón a la jurisdicción ordinaria, el Tribunal Supremo resolvió a

favor de la justicia militar por un supuesto delito de injurias cometido por un redactor de

La Voz de Galicia. En la sentencia de 23 de octubre de 1891, se especificaba que el

autor de la publicación, responsable del delito de injurias, era un sujeto perteneciente a

la segunda reserva del ejército, no un paisano como había ocurrido con La

Correspondencia Militar.465 A pesar de esta sentencia a favor de los tribunales de

guerra, los procesos siguientes siguieron dando la razón a la corriente civilista. El 22 de

puede ser interpretada con un criterio extensivo, todo lo cual demuestra que en dicho artículo no se
propuso el legislador comprender los mencionados delitos”. STS 19 de septiembre de 1891. Gaceta de
Madrid, 2 de octubre de 1891, p. 41.
464
El Correo Militar, “La imprenta y los Consejos de Guerra”, 8 de octubre de 1891.
465
EL Tribunal Supremo ratificó la competencia porque según el art. 6° del CJM los individuos
pertenecientes a las reservas estaban sujetos a la jurisdicción de Guerra por delitos militares. STS 23 de
octubre de 1891. Gaceta de Madrid, 3 de noviembre de 1891, p. 90.

- 239 -
febrero de 1892, el máximo órgano judicial declaró que el conocimiento de estos delitos

era competencia de los tribunales ordinarios, por una causa instruida al periódico La

Peña de Jaén, que, en su artículo “El atropello de la Guardia Civil”, había incluido

frases ofensivas contra un teniente del cuerpo del ejército.466 Y en marzo de 1892, a raíz

de un nuevo procesamiento de La Correspondencia Militar por supuestas injurias al

inspector general de carabineros, se produjeron algunos debates dentro y fuera de los

muros del Parlamento. En la sesión del Congreso de 8 de marzo de 1892, Gómez Sigura

aseveró que la aplicación del Código de Justicia Militar a los delitos de imprenta

infringía la Constitución y la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Opinión que compartía

García Alix., quién encontraba “inmoderada” la aplicación de los Consejos de Guerra, y

entendía que la misma perjudicaba al ejército.467

Sin embargo, otros políticos, como el liberal Canalejas, fundador de El Heraldo de

Madrid, o el propio ministro de Gracia y Justicia, Fernando Cos-Gayón, apostaban por

una vertiente militarista, otorgando la competencia a la justicia militar en los procesos

por delitos de imprenta, siempre que éstos se refirieran a actos de las entidades

militares. Fuera de las Cámaras también se alzaron las voces en uno y otro sentido,

especialmente entre los diarios castrenses. Mientras que La Correspondencia Militar

seguía defendiendo que debía ser la jurisdicción ordinaria la que conociera de los delitos

de imprenta;468 El Correo Militar, y el combativo, El Boletín de Justicia Militar, se

mantenían a favor de los Consejos de Guerra, bajo la opinión de que ciertos delitos, por

su propia naturaleza, eran competencia exclusiva de la jurisdicción militar, y no debían

dejar de serlo porque se utilizara como medio la imprenta.469

466
STS 22 de febrero de 1892. Gaceta de Madrid, 17 de marzo de 1892, p. 75.
467
El Imparcial, “Congreso”, 9 de Marzo de 1892.
468
La Correspondencia Militar, “Deslinde de Jurisdicciones“, 11 de marzo de 1892.
469
Boletín de Justicia Militar, “La jurisdicción de Guerra no es invasora”, 15 de marzo de 1892.

- 240 -
Finalmente, el 15 de marzo, el Tribunal Supremo declaró que el conocimiento de la

causa incoada contra La Correspondencia Militar correspondía a los tribunales

ordinarios.470 A esta nueva sentencia favorable a la justicia ordinaria, en los delitos de

injurias cometidos por ciudadanos a través de los periódicos, se unirían nuevas

resoluciones que iban en la misma línea civilista: el 6 de julio de 1892 con El Gladiador

de Jaén,471 y el 4 de enero de 1894 en el caso instruido a El Eco de la verdad.472 No

obstante, no ocurría lo mismo cuando el autor de la publicación objeto de delito tenía

vinculación, de alguna forma, con la institución militar. Teniendo como precedente la

resolución de La Voz de Galicia, el Tribunal Supremo volvió a resolver a favor de la

jurisdicción militar en un proceso incoado a un periódico republicano de Villafranca. En

este caso, el autor de la publicación que había sido condenado por delito de injurias,

Julián Juliá, era un individuo que había pertenecido al cuerpo del ejército en 1890,

pasando la mayoría del tiempo de reclutamiento en revisión por enfermedad. Aun así, el

Tribunal Supremo entendió que era la jurisdicción de guerra la competente para conocer

el delito: “los individuos pertenecientes a la reserva están sujetos a la jurisdicción de

guerra por los delitos militares aunque éstos hayan sido cometidos por medio de la

imprenta”.473

470
STS 15 de marzo 1892. Gaceta de Madrid, 6 de abril de 1892, p. 84.
471
STS 6 de julio de 1892. Gaceta de Madrid, 21 de septiembre de 1892, p. 27.
472
STS 4 de enero de 1894. Gaceta de Madrid, 15 enero de 1894, p. 23.
473
STS 1 de mayo de 1893. Gaceta de Madrid, 15 de agosto de 1893, p. 6.

- 241 -
2. ATAQUES DEL EJÉRCITO A LAS REDACCIONES DE EL RESUMEN

Y EL GLOBO

Durante estos últimos años, creció la irritación de las autoridades militares ante la nula

respuesta por parte de la jurisdicción ordinaria, ya que, en opinión de los máximos

dirigentes, dejaba impunes las críticas difundidas en los medios de información. En este

contexto, el único propósito del poder militar era conseguir el traspaso definitivo de

jurisdicciones a la hora de conocer los delitos de injurias y ofensas contra el ejército

cometidos por la prensa. Tras una serie de resoluciones del Tribunal Supremo, que,

como hemos analizado, fueron dando la razón a la jurisdicción ordinaria, el cambio de

actitud del estamento castrense fue notable, y de la protesta pacífica a través de sus

representantes en el Parlamento, se pasó a una actitud más agresiva y violenta, con

ataques y amenazas constantes a los periódicos que reprobaban la actitud de los

militares. El primer atropello importante a la prensa perpetrado por militares se produjo

en marzo de 1895, al comienzo de la guerra de Cuba, al que luego se unieron más

ataques, convirtiéndose en la tónica general de actuación del poder militar de estos

últimos años de siglo XIX y principios del siglo XX. Con ello quedó nuevamente

probada, no solo la debilidad del gobierno de la Restauración, sino la gran influencia del

poder militar, que, a través de los abusos y agresiones a la prensa cometidos durante

años, consiguió hacerse con el control de las publicaciones españolas.

Como hemos adelantado, el ataque promovido por algunos oficiales subalternos hay que

ponerlo en paralelo con el inicio del conflicto colonial en febrero de 1895. En ese

contexto, el periódico El Resumen, órgano político de López Domínguez, en aquel

momento ministro de Guerra del partido liberal, publicó el 13 de marzo de 1895 el

- 242 -
artículo “Los Valientes”, en el que su autor, Ángel Luque, criticaba la conducta

adoptada por los oficiales subalternos ante el conflicto de Cuba, acusándoles de tener

una actitud poco patriótica al no haber ido voluntarios a la Isla para combatir por la

causa española. Concretamente, la publicación censuraba a aquellos militares,

recientemente salidos de las academias, que presentaban signos de “decadencia

lamentable, de postración de energías y alientos esenciales en la vida militar”, síntomas

que ponían de relieve “la carencia absoluta de voluntariedad en el ofrecimiento” para ir

a la contienda internacional. El artículo continuaba acusando la postura de estos

soldados españoles, porque “rebaja, desvirtúa, prostituye los altos fines de la

Milicia”.474

Ante los reproches vertidos en El Resumen, una treintena de oficiales subalternos de la

guarnición de Madrid, invadió la redacción del periódico madrileño y, empleando todo

género de ofensas contra el director y los periodistas allí congregados, rompió el

material de imprenta y causó destrozos en su sede. Un día más tarde, el diario liberal El

Globo, dirigido por Alfredo Vicenti, informó de los sucesos con una referencia emitida

por la Delegación de Policía, bajo el título: “Los Valientes”, con lo que trataron de

ironizar sobre la cobardía exteriorizada por los subalternos. Esta simple reseña no pasó

desapercibida, y los oficiales, considerándose profundamente ofendidos, provocaron un

nuevo asalto durante la noche del 15 de marzo de mayor gravedad que el anterior.

Según la información del propio diario, el ataque fue realizado por 300 subalternos que,

repitiendo la acción de El Resumen, provocaron desperfectos en las instalaciones de El

Globo y agredieron a los redactores que allí se encontraban.

474
El Resumen, “Mundo militar”, 13 de marzo de 1895.

- 243 -
Tras el segundo incidente, la mayoría de las publicaciones españolas adoptaron una

línea de moderación y prudencia, aunque no dudaron en amonestar la reiteración del

asalto militar y la nula actuación del gobierno liberal, que había consentido el ataque de

los militares a los periódicos. Especialmente grave resultaba ésta última, por la pasiva

actitud mostrada por el ministro de Gobernación y el gobernador de Madrid, quienes

tenían sospechas fundadas de que se iban a cometer actos violentos sobre las

redacciones de algunos periódicos, y no habían tomado las medidas convenientes para

ampararlos. Para La Época era inadmisible “la actitud imprudente, pasiva y parcial” de

los ministros de Gobernación y de Guerra, teniendo en cuenta que cualquier fiscal

municipal hubiese previsto y evitado la repetición de los altercados, y cargaban contra

todas las autoridades, tanto civiles como militares, que se habían “cruzado de brazos”

respecto a la responsabilidad de los hechos.475 Por su parte, El Liberal, partidario del

“noble ejército español orgullo de la patria” y de la prensa “enemiga de toda

arbitrariedad y toda tiranía”, lamentó que, tras los graves sucesos de Madrid, había

quedado descompuesto el gobierno liberal: “no tenemos gobernador civil, no tenemos

capitán general, no tenemos Gobierno”.476

La condena de las publicaciones civiles sobre la actitud mostrada por los oficiales

subalternos, contrastó con el apoyo conferido por otros soldados, que justificaron la

violenta protesta de los amotinados, razonando que, pese a haber cometido una acción

ilegal, era la única solución posible a los numerosos insultos que recibían los militares

en los periódicos civiles, ya que, si ellos mismos no los castigaban tales ofensas

quedarían impunes. La prensa castrense también dio su apoyo a los amotinados,

reconociendo que “ciertas intemperancias periodísticas dan lugar a excitaciones

475
La Época, “El orden público y el Gobierno”, 16 de marzo de 1895.
476
El Liberal, “Protesta”, 16 de marzo de 1895.

- 244 -
naturales de los ánimos juveniles”.477 Junto a las alabanzas de los diarios militares,

pequeños grupos de soldados visitaron las sedes de algunos diarios de provincias, para

coaccionarlos para que a la hora de abordar la noticia de los atropellos, lo hicieran de la

manera que más pudiera beneficiarles a ellos, pidiendo moderación en el tratamiento

informativo de los sucesos, y solidaridad con los compañeros oficiales de Madrid.478

Paralelamente a las actuaciones de éstos, se produjo una reunión entre los jefes y

oficiales superiores del Ejército, quienes dieron todo su apoyo a los subalternos, y

acordaron que, en virtud de las circunstancias, era necesario realizar una solicitud

formal al gobierno para que se castigaran con rigor las ofensas contra las Fuerzas

Armadas realizadas por medio de la imprenta, y para que se modificara el Código de

Justicia Militar, de tal manera que los delitos de prensa relativos al ejército pasaran,

definitivamente, a ser juzgados por éste.

La cuestión se planteó en las Cámaras el 16 de marzo. En el Congreso, López

Domínguez, a pesar de su vinculación directa con El Resumen,479 justificó la actitud de

los miembros de la clase militar que, “lastimados en su honor” por el artículo

periodístico, y viendo que por el camino de las demandas legales no se satisfacía, “han

podido creer que esa cuestión se ventilaba en otro terreno”. 480 El ministro de Guerra

condenó, asimismo, al otro periódico atacado, El Globo, que al relatar los hechos

477
El Correo Militar, “Mundo militar: un suceso”, 15 de marzo de 1895.
478
La Justicia, “El conflicto militar”, 20 de Marzo de 1895.
479
El Resumen era el fiel portavoz del general López Domínguez, un medio por el que el político liberal
trasladaba al público todas sus opiniones. En el momento de los sucesos, se encontraba dirigido por
Adolfo Suarez Figueroa, quien escribió un editorial el 26 de marzo de 1895 en el que reprochó al ministro
de Guerra de haber maltratado a la prensa por sus declaraciones en el Congreso, en las que éste acusaba al
periódico de haber provocado los abusos militares. Las diferencias entre uno y otro quedaron
manifestadas el 7 de abril, día en el que Suarez Figueroa cesó con el diario madrileño, para dirigir El
Nacional, órgano de Romero Robledo. No fue el único periodista que pasó de un periódico liberal a uno
conservador, ya que, junto al director, un numeroso grupo de redactores causaron baja en El Resumen
para irse a publicaciones conservadoras, lo que produjo la decadencia del periódico que dejó de
publicarse el 29 de junio de 1897.
480
Congreso, 16 de marzo de 1895, ministro de Guerra, cif. 2323.

- 245 -
condenables, ha insistido, “molestando” en su dignidad a los militares, que, culpables o

no, “hubo de causar en esa colectividad la excitación que hubiera causado a todos los

diputados”.481 La interpelación de López Domínguez, en la que respaldaba y defendía el

abuso cometido por una parte del ejército, y culpabilizaba a las publicaciones españolas

por haber tratado de manera injusta a la institución armada produjo la ira de los

diputados periodistas. El ministro de Guerra fue más allá, y puntualizó que uno de los

motivos que habían provocado el atropello militar era la ineficacia de la Ley de

Imprenta, entendiendo que “por las deficiencias de esa legislación han sido absueltos

aquellos que han atacado la honra y la dignidad de individuos que han tenido que

recurrir a otro terreno para reivindicar esa honra y dignidad ultrajadas”.482 Con este

comentario, López Domínguez dio su apoyo a la petición formal del órgano militar de

introducir ciertas modificaciones en el Código de Justicia Militar, ya que, para el

ministro, si estos actos de la prensa no eran eficazmente punibles, había que ir

necesariamente a la reforma de las leyes.483

En oposición al sentir del político liberal se encontraba el general Salmerón, director de

La Justicia, quién culpabilizó al gobierno liberal de la situación que se había provocado.

Para el político republicano, pese a que el artículo de El Resumen era ofensivo y

censurable, porque no era lícito formular juicios de valor en relación a las

colectividades, sino en sus actuaciones y funciones, no justificaba la actitud agresiva

llevada a cabo por los oficiales subalternos. Salmerón reprochó la pasividad del poder

civil, que no había previsto que éstos acusados de mal patriotas iban a cometer una

agresión contra la prensa. Además, el republicano rechazó las palabras de López

Domínguez sobre la cesión de competencia a la jurisdicción militar en los delitos

481
Congreso, 16 de marzo de 1895, ministro de Guerra, cif. 2323.
482
Congreso, 16 de marzo de 1895, ministro de Guerra, cif. 2324.
483
Congreso, 16 de marzo de 1895, Salmerón, cif. 2328.

- 246 -
cometidos por medio de la imprenta, y certificó que la Ley de 1883 recogía esos abusos

periodísticos, sin que hubiera en ningún caso impunidad por parte de los tribunales

ordinarios al tratar estas cuestiones. En opinión del director, el propósito del ministro de

Guerra era imponer una mordaza a la prensa para que, en cuestiones relativas al ejército,

no se pudieran juzgar las “torpezas” que cometiera él mismo: “¿Es que aspiran los que

son príncipes de la milicia a ser inviolables e infalibles?”.484

Igualmente, Cánovas responsabilizó al gobierno liberal del atropello militar, por su

imprevisión al no adelantarse a la “herida que podían causar” las declaraciones de los

diarios madrileños en los jóvenes oficiales, quienes eran “la esperanza del Ejército”.485

En la línea mantenida por los conservadores sobre la libertad de prensa, Cánovas tildaba

la Ley de 1883 de ineficaz, ya que protegía más la honra del particular, y reprendió las

ideas “archiliberales” del partido liberal, afirmando que era una falacia declarar la

absoluta libertad de imprenta, sobre la base de que las heridas de la imprenta “no

manchan ni agravian”. Para el líder conservador, cuando se veía afectado el honor de los

militares, la mejor solución era la aplicación de un sistema preventivo sobre la libertad

de información, poniendo, a su vez, en práctica el artículo 258 del Código de Justicia

Militar,486 tal y como pedían los militares. Se trataba de un posicionamiento claro y

contundente del líder conservador con los requerimientos del poder militar, frente a la

postura del poder civil establecido representado por el gobierno liberal.

Como no podía ser de otra manera, las declaraciones de López Domínguez, muy

criticadas, como hemos visto, por dos líderes políticos de diferente ideología, resonaron

484
Congreso, 16 de marzo de 1895, Salmerón, cif. 2328.
485
La Época, “Discurso del Sr. Cánovas”, 17 de marzo de 1895.
486
Artículo 258 del Código de Justicia Militar de 1890: “El que de palabra, por escrito o en otra forma
equivalente injuria u ofenda, clara o encubiertamente, al Ejército, armas, clases o Cuerpos determinados
del mismo, incurrirá en la pena de prisión correccional”.

- 247 -
también en los periódicos, que clamaron contra las injustas acusaciones del político.

Para La Época era inconcebible que se culpabilizara a las cabeceras españolas de ir

contra el ejército, ya que éstas, incluyendo los dos diarios madrileños atacados, habían

elogiado y apoyado al mismo desde el inicio de la contienda.487 De la igual manera, El

Imparcial creía “deplorable y peligroso” que, para “cubrir la debilidad política” del

gobierno, se acusara a la prensa de tratar mal a la armada española, cuando si “algo

hacen las publicaciones periódicas es ensalzarla”. El periódico madrileño culpó al

ministro de Guerra de querer ganarse las simpatías de los militares culpabilizando a la

prensa, y acusó al mismo de haber propiciado una lucha entre la clase civil y la militar.

En palabras de El Imparcial, un ministro “no puede jamás dar la razón a los que pasan

por encima de las leyes”, y comparaba esa situación de opresión con la de los pueblos

primitivos, donde “los más fuertes pueden hacer lo que gusten de los derechos de los

otros”.488 El rotativo consideraba que el origen de toda esa problemática estaba en la

“mortal debilidad del poder público” representado por el actual gobierno liberal, y que

si éste, finalmente, se hacía solidario de las palabras del ministro, sería tan responsable

como él de todo lo que ocurriera.

La protesta de los rotativos españoles contra las manifestaciones realizadas por López

Domínguez no se quedaría en las páginas de los periódicos, y los directores de los

principales periódicos del país acordaron la suspensión de sus tiradas si el poder público

no devolvía a la prensa la libertad a la hora de escribir sin coacciones ni amenazas. Para

remitir sus reclamaciones al gobierno, una comisión de cuatro directores se reunió con

Sagasta para exigir el cumplimiento de las garantías necesarias, fundamentales para que

los diarios pudieran escribir sin miedo a nuevos ataques militares. Pese a no encontrar

487
La Época, “De cómo se abusa de la debilidad”, 17 de marzo de 1895.
488
El Imparcial, “Sin gobierno”, 17 de enero de 1895.

- 248 -
en el presidente de Gobierno la respuesta deseada,489 y debido a las divisiones internas

entre los diarios partidarios y los adversarios del partido liberal, no se llegó a un

acuerdo común y finalmente, no se produjo la suspensión.

3. LA RUPTURA ENTRE EL PODER CIVIL Y EL PODER MILITAR

El cúmulo de críticas por la actuación de las autoridades, a raíz de los atropellos

protagonizados por los militares, se cobró su primera víctima el 17 de marzo de 1895

con la dimisión del general Bermúdez Reina como capitán general de Madrid, quién fue

sustituido por Martínez Campos. La entrada en escena del general tuvo consecuencias

nefastas para la prensa, ya que éste se posicionó como un claro defensor del

pensamiento militarista respecto al conflicto de jurisdicciones. Esta circunstancia fue

aprovechada por los altos oficiales de Madrid, quienes enviaron al ministro de Guerra

una petición formal para reformar el artículo 7º del Código de Justicia Militar, de modo

que los delitos de injurias contra el ejército y la patria realizados por medio de la

imprenta fueran juzgados por los tribunales de guerra, y con ello evitar conseguir las

extralimitaciones que, según ellos, se daba en las publicaciones españolas a la hora de

hablar del ejército. Los oficiales subalternos se unieron a las reclamaciones de sus

superiores, exigiendo al ejecutivo liberal, además, la supresión de los periódicos El

Resumen y El Globo. Finalmente, el presidente del gobierno, tras una reunión con la

Regente, denegó las pretensiones de los militares, con lo que quedó abierta la crisis

entre los dos grandes estamentos de la Restauración: el poder civil y el poder militar.

En aquellos momentos, las dos posturas respecto al problema de competencias se

489
Algunos diarios, como el Heraldo de Madrid, informaron de que la noche del 17 de marzo estuvieron
custodiadas algunas redacciones de prensa, pero que los guardias, más que para defender a los periódicos
de un posible ataque, parecían “elementos decorativos” que servían solo para dar aviso al gobierno.

- 249 -
encontraban perfectamente definidas. Por una parte, la posición militarista estaba

respaldada por todo el organismo castrense, así como por algunos dirigentes del partido

conservador, entre los que destacaban Cánovas, y, como ya hemos señalado, el general

Martínez Campos. Esta corriente de opinión exigía una modificación del Código Militar

en la que se incluyeran expresamente los delitos de imprenta como uno de los

instrumentos para cometer delito de injurias y ofensas a los oficiales. En cualquier caso,

defendían la utilización de este precepto legal para castigar los delitos cometidos contra

las autoridades militares, afirmando que cuando el artículo 7 expresaba “todos los

medios”, incluía a la imprenta en el mismo.

Pese a que, en un principio, no toda la prensa castrense defendió la postura militarista,

tras los atropellos cometidos por los subalternos una gran mayoría de las publicaciones

militares se manifestó a favor de la misma. Entre todas ellas, destacaba el Boletín de

Justicia Militar, único órgano de expresión que abogó desde 1891 por la aplicación de

la jurisdicción militar a estos delitos. El Correo Militar se posicionó, también, como

uno de los diarios más reivindicativos a la hora de reclamar la competencia de los

tribunales de guerra, y no dudó en criticar a la prensa civil y al gobierno, para así

justificar la violencia de los oficiales: “Existe la convicción de que hay plumas indignas

que provocan, determinan y hacen necesarios aquellos hechos; como hay gobiernos, por

desgracia, únicos causantes de ciertas convulsiones sociales”. Para el periódico, el

Consejo de Guerra era el único órgano capaz de arrancar “las caretas de esos ladrones

de ajenas honras que viven y medran entre los hombres honrados”.490 La tendencia

militarista del diario quedó perfectamente plasmada en el artículo “Conflicto de

jurisdicciones” publicado el 20 de marzo. En el mismo, lamentó la clara contradicción

490
El Correo Militar, “Fuera caretas“, 16 de marzo de 1895.

- 250 -
entre el Código civil y el Código militar, y exigió la reforma legislativa, ya que, de otra

manera “el ejército se halla completamente desamparado en sus funciones”.491

Asimismo, declaraban de forma abierta sentirse identificados con la opinión del ejército,

pese a que, eran conscientes de que, los efectos de la jurisprudencia miliar podían

perjudicarles con más facilidad a ellos que a los periódicos civiles, por tratar asuntos

militares. A pesar de ello, confirmaron su postura militarista, expresando su total

confianza “en la rectitud y justicia de los tribunales militares”, declarando que, “quizás

tal vez por exceso de espíritu corporativo, nos parece que sufriríamos con más gusto; en

el caso improbable de pecar, la corrección por ellos impuesta, que no la que viniese de

los tribunales civiles”.492

Otros diarios militares, como El Ejército Español, de tendencia liberal, se mantuvieron

prudentes respecto a la cuestión de las jurisdicciones. No fue el caso de La

Correspondencia Militar, que, pese a ser una fiel defensora de la postura civilista,

cambiaría su actitud ante los ataques producidos en las sedes de los periódicos

madrileños. En un artículo publicado el 21 de marzo, el diario militar defendió a los

oficiales subalternos de Madrid, asegurando que se trataba de un “arrebato” del todo

justificado, y expresó que, solo con la modificación de las leyes procesales se podía

resolver el conflicto suscitado entre ambos poderes, ya que, de continuar la competencia

en manos de los tribunales ordinarios, nunca quedaría garantizada la disciplina del

ejército.

En oposición al planteamiento militarista se encontraba una gran parte de la opinión

pública que comprendía que si no se expresaban taxativamente los delitos de imprenta

491
El Correo Militar, “La fórmula militar”, 21 de marzo de 1895.
492
El Correo Militar, “El conflicto de jurisdicción”, 20 de marzo de 1895.

- 251 -
en el artículo 7 del Código de Justicia Militar, era porque el legislador no quería

comprender los mismos, quedando, por tanto, excluidos del precepto legal. Opinión que

quedaba refrendada con el artículo 13 del propio Código Militar, el cual prevenía que,

aquellos militares que cometieran delitos de imprenta perderían su fuero privativo, por

lo que, no tenía sentido que los paisanos fueran juzgados por la justicia militar. La

postura civilista se apoyaba, también, en la idea de que el Ejército era un organismo

público, cuyas actuaciones podían ser sometidas a la controversia o a la crítica

periodística, como lo eran las de otras instituciones, razón por la cual debía ser la

justicia general, y no una privativa, excepcional y privilegiada, la que conociera de las

apreciaciones y juicios formulados acerca de las actuaciones militares.

El pensamiento civilista era el defendido por el Tribunal Supremo, que había emitido

una nutrida jurisprudencia que avalaba la competencia de la jurisdicción ordinaria para

conocer los delitos de prensa cualquiera que fuera el asunto tratado. Sagasta mantenía

también esta postura, y, por ello, rechazó de plano la propuesta de los militares de

modificar el Código Militar. El presidente del Gobierno entendía que el poder público

no podía destruir los intereses creados al amparo de las leyes, y que era ilegal la

modificación del artículo 7 del Código de Justicia Militar respecto al derecho a la

libertad de prensa, cuando el máximo órgano encargado de resolver la competencia

había fallado a favor de los tribunales civiles. Sin duda, las resoluciones del Tribunal

Supremo se convirtieron en la mejor defensa de la tendencia civilista, también

mantenida por la gran mayoría de las publicaciones periódicas, que veían peligrar su

derecho a la libre información con las pretensiones de los militares.

- 252 -
El País fue una de las publicaciones que mejor exteriorizó el sentir de la prensa de la

época, quejándose de que, con el pretexto de lo publicado por algunos periódicos, iba a

quedar anulado el derecho constitucional que consagraba la libertad de emitir ideas por

medio de la imprenta. El periódico republicano descubrió el verdadero peligro que

suponía para la libertad de prensa someter al fuero militar cualquier asunto que se

relacionara con la fuerza armada, teniendo en cuenta la dificultad existente a la hora de

discernir entre lo que era lícito escribir, y aquello de lo que no se podía discutir, ya que

esto lo definía el criterio propio de unos tribunales que eran “sospechosos de

parcialidad”, al ser parte interesada del proceso. En la misma línea, El País expresó la

necesidad de que la nación pudiera examinar libremente cualquier asunto que le

afectara, y con ellos las cuestiones militares, quedando más que probado que el triunfo

de la postura militar era un retroceso para el derecho a la libre emisión de ideas

reconocido en la Constitución: “un deber y un derecho, de donde se deduce la

posibilidad de que, extremando la interpretación de leyes privativas que no están hechas

para la aplicación que quiere dársele, resulte imposible la vida del periódico, y nulo el

precepto constitucional que consagra el derecho de emitir libremente el pensamiento por

medio de la prensa”.493

No obstante, la escisión entre el poder civil y el poder militar no se manifestó solo a

nivel teórico, en forma de discusiones pacíficas entre los portadores de las plumas, ya

que, de forma paralela, los ataques militares a la prensa produjeron una serie de

denuncias y encarcelamientos de directores y periodistas perpetrados por las autoridades

militares. Los procesos contra la prensa se iniciaron en Madrid, donde Martínez

Campos ejercía como capitán general. Siguiendo con su posición militarista, y

493
El País, “Los delitos de imprenta”, 21 de marzo de 1895.

- 253 -
entendiendo que debía conocer la justicia militar de los delitos contra el ejército

cometidos por los periódicos, sometió al Consejo de Guerra a las dos publicaciones

atacadas por los subalternos, El Resumen y El Globo, y denunció al director de La

Justicia, Nicolás Salmerón, y el de El Ideal, a los que se dejó en libertad al poco tiempo.

Del mismo modo, se encarceló al director de La Publicidad, Eusebio Corominas, y se

denunció al director de El Diluvio, quién se encontraba huido, ambos de Barcelona.

La decisión de las autoridades públicas de someter a la jurisdicción militar estos delitos

se produjo a pesar de la jurisprudencia del Tribunal Supremo. A esta indefensión

jurídica de la prensa, se sumó, además, la intranquilidad de la opinión pública por la

imposibilidad del gobierno liberal para imponer el orden y la disciplina en la sociedad.

En estas condiciones, Sagasta presentó su dimisión el 22 de marzo de 1895, cargo que

fue asumido por Cánovas, en el que fue su último mandato gubernamental. El cambio

de partido en la presidencia del Gobierno favoreció claramente al estamento militar, que

siguió denunciando a cuantos periódicos de provincias comentaban de forma

“inconveniente” lo sucedido en Madrid. Resultaba muy significativo el contraste

existente entre la estricta actuación de los Consejos de Guerra respecto a los periodistas,

presos por el simple hecho de informar, y la absoluta benignidad con la que fueron

tratados los soldados asaltantes, a los que no sometieron a ningún castigo.494

Así pues, con el nuevo gobierno conservador, aumentaron los procesos ante los

Consejos de Guerra contra directores de varios diarios de provincias que se habían

adherido a las protestas producidas por los periódicos madrileños tras los abusos

494
A principios de abril El Globo afirmó: “Es también de observar el contraste que ofrecen los procesos
incoados por jueces militares: por lo que respecta a los periodistas se sabe que están procesados y que
algunos fueron conducidos a la cárcel; pero tratándose de los atropellos realizados en las redacciones, el
general Martínez Campos lo ha dicho ya preveía que nadie iba a declarar contra los culpables”. El Globo,
“La jurisdicción militar y los delitos comunes”, 2 de abril de 1895.

- 254 -
militares. Durante estos últimos días de marzo, fueron encarcelados por las autoridades

militares el director y algunos redactores de La Autonomía de Reus, periódico que dejó

de publicarse durante algunos días al estar presos miembros de su plantilla; y los

directores de El Baluarte de Sevilla; El Industrial de Jaén y La Bandera Federal

Valenciana. A estas actuaciones se unieron las denuncias al director de El Diluvio, junto

a su propietario y un redactor del mismo, así como la prisión del director de El Grillo,

de Almería, por el artículo “Prensa y Ejército” que terminaba con las siguientes

palabras: “¡Viva España! ¡Viva el ejército! ¡Viva la prensa honrada!”.495

En el transcurso de los procesos, fueron muchas las muestras de apoyo por parte del

sector periodístico: cartas de solidaridad a los procesados, visitas en las cárceles o

reclamaciones formales a la administración pública para que llevara a cabo su

excarcelación, poniendo de relieve la ilegalidad que se estaba cometiendo por parte de

las autoridades militares. El propio Eusebio Corominas, director de La Publicidad,

puesto en libertad el 22 de marzo, emitió un discurso en un banquete celebrado en su

nombre, en el que lamentaba la injusta situación que vivía la prensa española, que era

elogiada por las autoridades cuando enaltecía y encumbraba a determinadas

personalidades, para después censurarla y encarcelarla cuando reprochaba con justicia

lo que estimaba malo.

El alegato del periodista coincidió con la publicación de un escrito emitido por el

jurisconsulto Pérez de Soto, y presentado por Ángel Luque, redactor jefe de El

Resumen, en el que denunciaba la situación de los periodistas encarcelados por la

jurisdicción militar, y certificaba, mediante razones legales y jurisprudenciales, que,

495
Diarios como El Liberal bajo el epígrafe: “Procesos de la prensa”, o El Imparcial con “El conflicto
militar: los procesos”, fueron informando casi diariamente de todos los encarcelamientos de directores y
redactores de periódicos de provincia.

- 255 -
bajo ningún concepto, podía atribuirse a la jurisdicción militar la competencia para

conocer y castigar los hechos acontecidos. El jurista haría mención, de nuevo, a que la

misma era una facultad privativa de los tribunales ordinarios, por ministerio expreso y

terminante de la ley, y sancionada, además, por la indiscutible autoridad del Tribunal

Supremo. 496

En este contexto, Martínez Campos presentó el 28 de marzo ante el Senado su Proyecto

de ley sobre la reforma del artículo 7 del Código de Justicia Militar, ya que, en su

opinión, los delitos de desacato y de injuria y calumnia a las autoridades militares se

resolvían, principalmente, a favor de los periodistas sin que recayera sentencia

condenatoria contra los mismos, lo que producía un antagonismo entre los tribunales de

las dos jurisdicciones, que trascendía, a su vez, a los estamentos civil y militar.

Siguiendo este razonamiento, el general entendía que el precepto debía quedar

redactado de la siguiente manera: “Los de atentado y desacato a las autoridades

militares, y los de injuria y calumnia a éstas y las Corporaciones o colectividades del

Ejército, cualquiera que sea el medio para cometer el delito, aunque sea por la

imprenta, siempre que éste se refiera al ejercicio de destino o mando militar, tienda a

menoscabar su prestigio o a relajar los vínculos de disciplina y subordinación en los

organismos armados”.497

Sin embargo, dos días más tarde, Martínez Campos fue nombrado capitán general de

Cuba, lo que fue aprovechado por el gobierno conservador, que, pese a haberse

mantenido fiel a las pretensiones militares, retiró el proyecto de reforma del Código

Militar. Así se confirmó en la sesión del Congreso de 1 de abril de 1895, donde Cánovas

496
El Liberal, “Procesos de prensa”, 26 de marzo de 1895.
497
Proposición de ley del Sr. Martínez de Campos sobre reforma del art.7º del Código Justicia Militar.
Senado, 28 de marzo de 1895, apéndice 8º, núm. 87. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº26.

- 256 -
aseveró que mantenía las prerrogativas del poder civil, al entender que el ejército no

podía pedir mayores garantías ni preeminencias que las concedidas por la ley a la

persona del monarca, que, al mismo tiempo que jefe de Estado era jefe del ejército. Así

pues, si los tribunales ordinarios eran los que entendían de las causas incoadas por

delitos de lesa majestad, a ésta jurisdicción le correspondía entender también sobre los

delitos cometidos por medio de la imprenta que afectaran a los militares.

4. LA JURISPRUDENCIA DEL TRIBUNAL SUPREMO A FAVOR DE LOS

TRIBUNALES ORDINARIOS

La primera sentencia resuelta por un tribunal de guerra en materia de delitos de

imprenta tras los ataques de los oficiales subalternos a las redacciones de Madrid causó

un gran revuelo. El fallo recayó sobre el director de un periódico de Alicante, El Grito

del Pueblo, condenado por la justicia militar a seis meses de prisión, por un artículo en

el que se informaba sobre los sucesos acontecidos en Madrid. Pese a que el director

exigió la inhibición de la jurisdicción de Guerra, el fuero militar siguió con el curso del

proceso, entendiendo que le correspondía el conocimiento del mismo. Circunstancia que

se vio propiciada por la pasividad de la propia jurisdicción ordinaria, que no emitió

reclamación alguna de competencia.

La sentencia condenatoria contra el director provocó la inmediata reacción de los

partidarios de la postura civilista. El 6 de abril de 1895, el diputado, y también

periodista, Soler y Casajuana, solicitó un indulto para el director, y aprovechó para

ampliarlo al resto de periodistas que se encontraban en análogas condiciones, alegando,

nuevamente, que no se podían sostener los fallos de los tribunales de guerra para los

- 257 -
delitos de imprenta, cuando la “reiterada” jurisprudencia del Tribunal Supremo había

otorgado la competencia a favor de los tribunales ordinarios.498 En respuesta a la

petición del periodista, el nuevo ministro de Guerra, Azcárraga, declaró que no tenía

inconveniente en aprobar un indulto parcial para el director del diario alicantino, y no

un indulto general como reclamaba el diputado, pero con la condición indispensable de

que el Consejo Supremo de Guerra emitiera primero un informe favorable para el caso

concreto,499 lo que seguía dejando en manos del poder militar la puesta en libertad del

director.

Tras la respuesta gubernamental, Soler denunció ante las Cámaras la diferente

aplicación de la legislación cuando gobernaba el partido liberal y cuando lo hacía el

conservador, lo que provocaba que, pese a las resoluciones del alto organismo, los

tribunales ordinarios no reclamaran su competencia, como había ocurrido en la causa

incoada a El Grito del Pueblo. El periodista dejó entrever que la jurisdicción civil quería

mantener su competencia cuando mandaba el partido liberal, pero no sentían el mismo

interés cuando dejaba de gobernar “el partido favorable a la jurisdicción ordinaria”.500

Este razonamiento se basaba en la idea de que, a pesar del rechazo del Proyecto de ley

de Martínez Campos para modificar el Código Militar, la mayoría de los integrantes del

gabinete conservador defendían la postura militarista.

El 16 de mayo de 1895 se reforzó la tesis civilista, con motivo de la causa incoada al

director de El Baluarte de Sevilla, por el artículo: “¿Castelar ha dormido?”. El Tribunal

Supremo otorgó la “competencia privativa en los delitos de imprenta a la jurisdicción

ordinaria”, con arreglo a la Ley del Poder Judicial y del Jurado, declarando que, ningún

498
Congreso, 6 de abril de 1895, Soler y Casajuana, cif. 2620.
499
Congreso, 6 de abril de 1895, ministro de Guerra, cif. 2705-2706.
500
Congreso, 6 de abril de 1895, Soler y Casajuana, cif. 2705.

- 258 -
ciudadano sometido a la competencia civil podía serlo por otra privilegiada, “sino en

virtud de mandato claro y expreso de la ley". En la resolución se criticaba la actitud de

los tribunales de guerra por no tener en consideración la jurisprudencia

“reiteradamente” declarada en varias sentencias, y que se estaban promoviendo

“contiendas injustificadas e improcedentes” que lo único que causaban era el

“entorpecimiento a la buena y pronta administración de justicia”.501

Era tal la sensibilidad de los militares respecto a lo que consideraban una ofensa, que en

septiembre salió a la luz una orden promovida por Azcárraga acerca del lenguaje

empleado en esta sentencia. El ministro de Guerra, en nombre del ejército, reclamó una

actuación por parte del gobierno para impedir que, en lo sucesivo, el Tribunal Supremo

calificara la conducta de las autoridades militares en los términos que lo hacía el auto

del 16 de mayo. El ejecutivo conservador remitió la orden al máximo organismo

judicial, recomendándole que, no afectando a la independencia de sus fallos, se

abstuviera de “calificaciones por las cuales puedan creerse lastimados los tribunales y

las autoridades de otras jurisdicciones”. La posición frente a la resolución del alto

Tribunal adoptada por el partido conservador, cada vez más unido a la postura

militarista, fue muy comentada por algunas publicaciones civiles, que reprocharon la

actitud del ministro de Guerra, afirmando que la misma ponía en riesgo la

independencia del Tribunal Supremo, y suponía un atentado al derecho y legitimidad

del mismo. La prensa militar, por su parte, apoyó al ministro, y recalcó que esa

independencia de la que hablaban los periódicos, no justificaba un lenguaje “que

mortifique a otras instituciones”.502

501
STS 16 de mayo de 1895. Gaceta de Madrid, 13 de junio de 1895, p. 233.
502
El Correo Militar, “Ganas de hablar”, 16 de septiembre de 1895.

- 259 -
A pesar de este revés jurisprudencial, los militares siguieron incoando causas contra

delitos cometidos por medio de la imprenta, manteniéndose viva la cuestión de

jurisdicciones, que volvió a ser discutida en el Congreso por el escritor Azcarate. El

diputado recriminó a Cánovas la situación de indefensión en la que se encontraban las

publicaciones periódicas bajo el mandato conservador, ya que, a pesar de que la

jurisprudencia del Tribunal Supremo había dictaminado en varias ocasiones a favor de

la competencia civil, los tribunales militares seguían inmiscuyéndose en los delitos

cometidos por periodistas.503 Azcarate exigió al gabinete conservador que se dieran las

órdenes oportunas para que no se volvieran a incoar causas contra la prensa, pero

Romero Robledo, ministro de Gracia y Justicia, lo rechazó porque consideraba que el

hecho de “excitar el celo” del ministerio fiscal ya suponía censura: “El ministerio fiscal

no necesita estímulo para cumplir sus deberes”.504 Tras el cruce de opiniones en el

Congreso, el Tribunal Supremo, mediante la sentencia de 21 de junio de 1895, declaró

de forma tajante que los delitos de injurias al ejército o a las autoridades militares,

siempre que su medio de ejecución fuera la prensa, debían ser juzgados exclusivamente

por la jurisdicción ordinaria, siendo ilegal la actitud adoptada por los tribunales de

guerra que promovían competencias sobre una materia, de la que ya existía

jurisprudencia sentada por el Tribunal Supremo.

En este contexto, el 5 de julio de 1895 se concedió un indulto total a la prensa periódica,

incluyendo a los presos militares que, por delito de imprenta, se encontraban sometidos

a los tribunales de guerra porque la jurisdicción civil no había entablado la oportuna

competencia.505 El gobierno conservador quiso frenar así las críticas vertidas en los

diarios, por la situación de desprotección en la que se encontraban aquellos periodistas

503
Congreso, 11 de junio de 1895, Azcarate, cif. 4449.
504
Congreso, 11 de junio de 1895, cif. 4450.
505
El Correo Militar, “Indultos”, 3 de Julio de 1895.

- 260 -
que eran procesados por las autoridades militares, en contra de lo que establecía la ley y

la jurisprudencia del Tribunal Supremo. Sin embargo, no eran todo facilidades para los

directores y redactores que se encontraban encarcelados, ya que, expresamente

quedaron exceptuados del derecho de indulto “los autores de los delitos de injuria y

calumnia contra los particulares, si no obtuviesen el perdón del particular ofendido”; así

como “los que perteneciendo al ejército o Armada se hubieran valido de la imprenta

para quebrantar o rebajar el prestigio de las autoridades militares”.506

Durante 1895, con motivo del procesamiento del director y algunos redactores del diario

republicano La Autonomía de Reus, el Tribunal Supremo resolvió acorde con las

pretensiones militares. Siguiendo la línea mantenida en otros fallos anteriores de

análoga situación, el Tribunal Supremo entendió que la competencia correspondía a la

justicia de guerra por “el carácter militar de los procesados, por ser dos de ellos reclutas

en depósito y otro perteneciente a la segunda reserva”.507 La misma decisión se tomó en

el auto de 6 de noviembre de 1896, por el artículo “Los próximos embarques” publicado

en El Ampurdanés, ya que el redactor era un sargento de la segunda reserva. Fuera de

estas resoluciones, en las que, como hemos visto, el autor del artículo encausado tenía

una mínima relación con el ejército, y durante los años siguientes, se sucedieron los

pronunciamientos a favor de los tribunales ordinarios en los procedimientos llevados a

cabo por los Consejos de Guerra, que crecieron considerablemente con el

recrudecimiento de los acontecimientos en la guerra de Cuba.508

506
Real Decreto concediendo un indulto a la Prensa, Gaceta de Madrid, 6 de julio de 1895.
507
STS 8 de junio de 1895. Gaceta de Madrid, 11 de julio de 1895, p.1.
508
En estos primeros meses de 1896, el Tribunal Supremo tuvo que resolver la competencia
jurisdiccional en los procesos incoados a La Voz del Obrero por el artículo “Chinitas”, en donde se
afirmaba que existían injurias a las autoridades de la Marina (BJM, 30 de Enero de 1896, pp. 23-24); a La
Republica por injurias a las autoridades del ejército en el artículo “El general Martínez Campos” (BJM,
15 de abril de 1896) Causa incoada contra Sabino Arana por injurias al ejército en Bizkaitarra ( 15 de
julio de 1896).

- 261 -
A pesar de ello, la cuestión siguió estando en boca de todos, y, mientras los periodistas

protestaban por la multitud de causas incoadas por el fuero militar sin que éste tuviera la

legitimidad para hacerlo, los oficiales se quejaban de los insultos proferidos en las

publicaciones periódicas, rechazando la efectividad de la Ley de Imprenta y las

decisiones del jurado. Así lo expuso el diputado Hoces en el Congreso, declarando que

la legislación de prensa era deficiente respecto a los folletos y hojas sueltas

clandestinas, siendo “vergonzoso“, que, con la misma, pudieran repetirse todos los días,

injurias y ofensas a las autoridades militares que hacían mucho daño a la imagen del

ejército . Concretamente, el político denunció la difusión de una “asquerosa” hoja sin

firma, que insultaba de forma soez y cobarde a una personalidad militar española, a la

que no se había detenido, a diferencia de cómo se había procedido en supuestos

análogos, en los que el ministerio fiscal había comunicado al juez la gravedad de la

publicación, y éste había secuestrado de la tirada en el acto. 509 El Conde de Tejada de

Valdosera estuvo de acuerdo con Hoces en que se debía prevenir al fiscal para que

procediera a su denuncia, y lamentó que, a causa de la Ley liberal de 1883 con la que no

estaba de acuerdo el gobierno conservador, en España no hubiera tribunales de policía a

disposición del poder público, ya que eso ayudaría a proceder “con toda la energía y

rapidez necesarias al secuestro de los papeles u hojas denunciados”.510

Los meses transcurrieron y los tribunales de guerra, más preocupados en perseguir a los

periodistas, que en esclarecer los posibles delitos cometidos por las autoridades

militares en la guerra de Cuba, siguieron denunciando a los periódicos. Así ocurrió en el

sumario contra el director de La Justicia, León Vega, por el artículo “El gran

escándalo”, del que nos ocupamos más extensamente en el capítulo dedicado al

509
Congreso, 24 de junio de 1896, Hoces, cif. 793-794
510
Congreso, 25 de junio de 1896, ministro de Gracia y Justicia, cif. 816.

- 262 -
conflicto colonial. En la sentencia de 3 de octubre de 1896, el Tribunal Supremo volvió

a otorgar el conocimiento del asunto a la jurisdicción ordinaria, y aprovechó la misma

para quejarse de nuevo de la actitud de la justicia militar que seguía promoviendo

procesos improcedentes, que dañaban la buena administración de justicia.

Tras producirse estos reproches, el ministro de Guerra volvió a emitir una orden en la

que defendía las causas incoadas por los tribunales de guerra, afirmando que la decisión

que adoptara el Tribunal Supremo en cada caso no impedía a la justicia militar

emprender su acción en otros que pudieran presentarse, asegurando que éstos tenían

derecho a defender sus atribuciones, particularmente en este tipo de materias que daban

lugar a duda. Además, calificaba de “poco procedente” el auto del Tribunal, tanto por

“la falta de consideración a la autoridad militar”, como por “el mal efecto que

semejantes decisiones han de producir en el Ejército”.511 Azcárraga reconocía, también,

el sometimiento del Código Militar a la recta interpretación del Tribunal Supremo en las

decisiones tomadas acerca de las contiendas jurisdiccionales, pero se posicionó

claramente con la institución armada, alegando que era necesaria la reforma del Código

Militar, para evitar así las dificultades que estaban sobreviniendo, especialmente en ese

momento en que el ejército estaba luchando en Cuba.

Uno de los fallos más importantes del Tribunal Supremo se produjo a comienzos de

1897, a raíz del proceso incoado contra Reparaz, por un artículo publicado en El

Heraldo de Madrid, que se solventó a favor de la jurisdicción ordinaria, tras una larga

lucha entre los defensores de la postura militarista y los que propugnaban la tendencia

civil en materia de imprenta. Durante los días en que permaneció encarcelado el

511
Real Orden de 2 de noviembre de 1896. Publicado en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, 6
de noviembre de 1896.

- 263 -
escritor, fueron muchas las plumas que se alzaron para opinar sobre el contencioso

jurisdiccional. Sin ir más lejos, el conocido escritor y filósofo Unamuno firmó un

artículo en el que se oponía a la justicia militar: “La extensión que va tomando la

jurisdicción militar en el juicio de diversos delitos (supuestos los más de ellos) es uno

de los signos más tristes que presenta hoy España; es lo que la pone sobre todo al nivel

de los países más bárbaros. Espíritu militar y sentido de la justicia son dos cosa que

riñen de verse juntas”.512 Aunque cada vez más publicaciones militares apoyaban los

requerimientos del ejército, existía todavía algún diario castrense que rechazaba

abiertamente la vertiente militarista. Con estas palabras lo declaró El Ejército Español:

“Comprenderíamos que si una publicación periódica, con frecuencia, insertase escritos

que pudieran barrenar la disciplina o la interior satisfacción, fuera vedada su lectura a

las clases militares; pero suponer que el periódico cuya misión es inquirir, discutir,

juzgar y aun denunciar (…) cae dentro de las prescripciones del artículo en cuestión

(artículo 7 del Código de Justicia Militar), sería la verdad realizar una maravilla de

torsión al concepto legal”.513 Otras personalidades y organismos se volcaron con la

causa, proclamando que era competencia de la jurisdicción ordinaria, con excepción del

fiscal del Tribunal Supremo, quién, guiado por Cánovas, publicó un dictamen por el que

alegaba que en este concreto caso era competencia de la justicia militar, ya que no se

trataba de una simple injuria, sino que el director había incurrido en un delito de

sedición militar.

El auto, publicado el 22 de enero de 1897, declaró que la causa instruida contra el

periodista Reparaz era competencia de la jurisdicción civil, y no el fuero de la guerra,

como pretendían el fiscal del Tribunal Supremo y el presidente del Gobierno. El

512
La Lucha de Clases, “Los tribunales militares”, 9 de enero de 1897.
513
El Ejército Español, “Crónica”, 19 de enero de 1897.

- 264 -
Tribunal Supremo otorgó, por tanto, el conocimiento de la causa al juez ordinario, ya

que el supuesto delito se había cometido por medio de la prensa periódica, y el

imputado era una persona no aforada. Por ende, no podía tener competencia la justicia

militar, ya que el Código Militar no sometía a la jurisdicción de guerra a personas

extrañas al estamento castrense, sino las que taxativamente reconocían el artículo 7 del

Código. La línea de argumentación del alto Tribunal quedó más que probada, ya que,

en el fallo se rechazaba, también, la competencia del Consejo de Guerra, si éste, en

primera instancia, hubiera fundado el posible acto como delito de sedición, tal y como

afirmaba el fiscal. Para el Tribunal tampoco estaba justificada la jurisdicción por el

mismo motivo: el sujeto imputado no pertenecía al fuero militar, y por tanto, como se

trataba de un delito cometido por medio de la imprenta, debían conocer los tribunales

ordinarios.514

De forma unánime, la prensa periódica dio su apoyo a la importante decisión del

Tribunal Supremo, y dejó constancia de que la misma no significaba el desprecio al

ejército, como querían ver las autoridades militares. Lo expresó con estas palabras El

Liberal: “nos felicitamos de la resolución del Supremo, y la consideramos digna de

fervientes aplausos, no tan solo porque ha decidido, según era de presumir, una

competencia, sino porque ha venido a apaciguar las pasiones”, constatando de nuevo “lo

que hemos dicho muchas veces. Acreedor a los mayores respetos es en todo tiempo el

ejército; pero, más si cabe, debe serlo ahora, pues lo mismo en Cuba que en Filipinas

constituye la primera, y acaso, la única representación de España”. 515 Sin duda, desde

que se había conocido el encarcelamiento de Reparaz, El Imparcial fue el más

combativo a la hora de defender la postura civilista. Así que no dudó en aplaudir “el

514
STS 22 de enero de 1897. Gaceta de Madrid, 27 de enero de 1897, p. 77.
515
El Liberal, “Cuestión concluida”, 23 de enero de 1897.

- 265 -
acto de justicia y singular entereza que han realizado los magistrados del Supremo (...)

declarando lo que imponía la ley, lo que obligaba la jurisprudencia y lo que con evidente

injusticia repugnaba el ejército”. Para el diario madrileño la pretensión militarista del

gobierno conservador, y del fiscal del Supremo, era un “temido absurdo jurídico”,

después de veinte sentencias a favor de los tribunales ordinarios.516

No todo fueron elogios para el Tribunal Supremo, y, como era de esperar, los partidarios

de la corriente militarista siguieron amonestando la doctrina del alto organismo. El

Correo Militar fue de los más críticos, y, contundente declaró que la sentencia del

tribunal se podía resumir en estas palabras: “De cómo la publicidad por medio de la

imprenta, que es circunstancia agravante cuando se trata de injurias contra un particular,

viene a resultar ATENUANTE, cuando el delito se comete contra la fuerza armada o

contra una autoridad o corporación militar”.517 Opinión compartida por el estamento

castrense, que seguía sin entender como la Ley del Jurado publicada en 1888, estaba por

encima del Código de Justicia Militar aprobado en 1890.

El Tribunal Supremo siguió otorgando la competencia de cuantas cuestiones se

suscitaron en estos meses a los tribunales ordinarios,518 hasta que se suspendieron las

garantías constitucionales y se promulgó el estado de guerra en abril de 1898, momento

en el que, por fin, los tribunales de guerra pudieron resolver cuantas causas se

encontraban en sus manos. Tras el desastre colonial, y pese a la sólida línea doctrinal

516
El Imparcial, “JUSTICIA”, 23 de enero de 1897.
517
El Correo Militar, “Casos y cosas”, 23 de enero de 1897.
518
Fallos del Tribunal Supremo a favor de la jurisdicción ordinaria: proceso contra un folleto clandestino
que hablaba del embarque de soldados distribuidos en Gijón (Boletín de Justicia Militar, 30 de enero de
1897 pp. 17-26); carta publicada por El Faro de Vigo (28 de febrero de 1897); dos causas incoadas contra
El País: “El revelo el revelo!” y “Ya está aquí” (Boletín de Justicia Militar, 15 de marzo 1897 pp.71-73;
15 de abril 97- pp. 101-103). Otras causas: La verdad de Algeciras, La Voz del Pueblo y La Voz del
Obrero de Ferrol.

- 266 -
asentada sobre la materia por el Tribunal Supremo desde que diera comienzo el

conflicto de jurisdicciones, el poder militar siguió luchando para conseguir la ansiada

ampliación de la competencia jurisdiccional en materia de prensa.

Como veremos en próximos capítulos, los atropellos cometidos contra El Resumen y El

Globo fueron el solo el comienzo de una práctica que fue adoptada de forma habitual

por el ejército durante los años siguientes. Estos ataques a las redacciones periodísticas

tuvieron su episodio final en el asalto a la revista catalana ¡Cu-Cut! y al diario La Veu

de Catalunya en 1905, antecedentes, a su vez, de la aprobación definitiva en 1906 de la

conocida Ley de Jurisdicciones. Con esta legislación, los militares pudieron, al fin,

juzgar los delitos cometidos por periodistas, aunque estos no tuvieran ninguna

vinculación con el cuerpo castrense, y sin encontrarse el territorio en circunstancias

extraordinarias. De tal manera que, tanto las ofensas contra el ejército y el honor militar,

como los delitos contra la Patria, quedaron a merced de la jurisdicción de los Consejos

de Guerra. Una victoria para el poder militar, y una gran pérdida para el reconocimiento

efectivo de la libertad de prensa, que se vio con las manos atadas por el ojo implacable

de los tribunales militares durante el siglo XX.

- 267 -
- 268 -
4. LA POLÍTICA DE REPRESIÓN CONTRA LOS ÓRGANOS DE

PRENSA ANARQUISTA

1. LAS PRIMERAS MANIFESTACIONES ANARQUISTAS EN LA

RESTAURACIÓN

El movimiento anarquista, que había sido condenado a la clandestinidad por Real

Decreto de 10 de enero de 1874, fue, sin duda, uno de los problemas que más

inquietaron a las autoridades de la Restauración. Desde que Cánovas asumió la

presidencia, impuso un riguroso control, especialmente intenso entre los años 1875-

1876, en los cuales decretó el cierre de las asociaciones anarquistas y prohibió sus

órganos de difusión. La corriente se sumergió en un largo período de decadencia

organizativa y sindical, del que salió en 1881 con la llegada de Sagasta al poder. La

legalización de las asociaciones y organizaciones de la clase obrera favoreció el

desarrollo de una tendencia sindicalista anarquista, respaldada por la propaganda que de

ella se hacía en los diversos periódicos, que consiguió sacar de la clandestinidad a la

organización, resurgiendo de la mano de la Federación Regional Española de la

Internacional. Sin embargo, esta situación no se reflejó en normas que autorizaran de

forma expresa su existencia legal, por lo que, hasta el momento, era la Constitución

vigente, en sus artículos 13 y 14, la que regulaba genéricamente a las asociaciones

anarquistas.519

Durante estos años, el anarquismo vivió una etapa caracterizada por las revueltas y

519
El artículo 13 de la Constitución de 1876 establecía el derecho de todo español de “asociarse para los
fines de la vida humana”. El artículo 14, añadía que el mismo podía ser realizado “sin menoscabo de los
derechos de la Nación, ni de los atributos esenciales del poder público”.

- 269 -
motines de los trabajadores, especialmente en Andalucía. Teniendo en cuenta que

España era un país primordialmente agrario, la insatisfacción de las clases populares no

tardó en manifestarse en el sector agrícola, donde muchos campesinos comenzaron a

defender ideas anarquistas como un método eficaz para conseguir salir de la grave crisis

en la que se encontraban. El fundamento revolucionario del movimiento se encontraba

en la idea de la supresión del Estado a través de la eliminación de la propiedad privada,

con la que pretendían transformar la sociedad. De entre todos los crímenes anarquistas,

destacaron los cometidos por la organización andaluza “La Mano Negra”, 520 que fueron

reprimidos de manera efectiva por la Guardia Civil, utilizada de forma recurrente

durante estos años para combatir las revueltas anarquistas y mantener el orden social.521

Las detenciones de los trabajadores pertenecientes a esta asociación desembocaron en

los conocidos procesos contra “La Mano Negra”, que se saldaron con una multitud de

obreros encarcelados, así como con las ejecuciones de ocho miembros y la cadena

perpetua de quince militantes de dicha organización, que fue considerada “ilícita”.522

La actuación gubernativa y judicial llevada a cabo en este procedimiento generó mucha

polémica. Durante la instrucción de los sumarios para aclarar los delitos y asesinatos

atribuidos a la asociación, se apreció una manipulación de las pruebas por parte de la

policía, que castigó con dureza a algunos obreros, basándose en indicios o sospechas, o

por su afiliación a la Internacional. Para el historiador Antonio Miguel Bernal no cabe

520
“La Mano Negra” fue una organización obrera secreta, de carácter anarquista, que, desde 1874, realizó
una serie de acciones violentas, tales como el saqueo, robo, extorsión e incluso asesinato de propietarios
agrarios, infundiendo el pánico entre los terratenientes andaluces, y como forma de venganza a los que
consideraban sus explotadores.
521
LÓPEZ DEL CORRAL, M., La guardia civil en la Restauración (1875-1905). Militarismo contra la
subversión y terrorismo anarquista, Madrid, Actas, 2004, pp. 542-554
522
El fallo del Tribunal Supremo de 28 de enero de 1884 ratificó la sentencia interpuesta por la Audiencia
de Ronda que declaraba la ilicitud de la “Mano Negra”, en base al artículo 198.1 del Código Penal que
reputaba como asociaciones ilícitas a las que por su objeto y circunstancias fuesen contrarias a la moral
pública o tuviesen por objeto cometer algunos de los delitos penados en el Código. Refrendada, a su vez,
por la STS de 8 de octubre de 1888.

- 270 -
duda de que los crímenes de la Mano Negra fueron el pretexto perfecto del gobierno

para desarticular las incipientes organizaciones obreras en plena crisis agraria. 523 Otros

autores sostienen que esta asociación no existió, y que se trató de un montaje urdido por

las altas instancias gubernamentales para justificar la represión del movimiento

obrero.524

En cualquier caso, lo ocurrido en torno a la Mano Negra sumergió en una grave crisis al

movimiento anarquista, que durante aquellos años tuvo que lidiar también con la estricta

política de restricción ejercida sobre sus órganos de expresión. Las autoridades conocían

el gran valor que tenían los periódicos como medio de conexión entre los distintos

grupos anarquistas alrededor de la Península, siendo, también, el único vehículo con el

que contaban sus militantes para difundir a gran escala sus ideas y doctrinas

revolucionarias. En esta primera etapa, el gobierno se dedicó a registrar las casas y

lugares de trabajo para confiscar los ejemplares de los diarios más combativos, como la

Revista Social de Madrid o La Tribuna Libre de Sevilla, así como folletos o almanaques

anarquistas, encarcelándose a todo aquel que poseía los mismos.

Si bien, a lo largo de estos años, se publicaron varios periódicos anarquistas,525 las

acciones policiales y gubernativas hicieron que, en su mayoría, se editaran de forma

clandestina. En el momento en que se rebajaba la represión policial, los militantes de la

organización se agrupaban para redactar un diario; sin embargo, cuando ésta era más

fuerte, los periódicos se convertían en hojas sueltas o cambiaban su formato por

523
BERNAL, A.M., “Los procesos de la Mano Negra”, Los grandes procesos de la Historia de España,
Madrid, Critica, 2002, pp. 410-432.
524
GUTIÉRREZ MOLINA, JL., El Estado frente a la anarquía: Los grandes procesos contra el anarquismo
español (1883-1982), Madrid, Síntesis, 2008, p. 26.
525
Existen a día de hoy ejemplares de La Bandera Social, La Bandera Roja, La Anarquía, La Idea Libre,
La Protesta, La Revista Blanca y la Revista Social.

- 271 -
publicaciones más literarias, para continuar en el mercado. La mayoría desaparecía, de

ahí la brevedad de muchas publicaciones anarquistas que no llegaron a pasar de los

cuatro números, aunque, usualmente, los mismos participantes creaban otra idéntica con

un nombre parecido para que la sustituyera. Esta dinámica fue diferente en las grandes

urbes como Madrid o Barcelona, donde existían agrupaciones con un mayor número de

militantes que ofrecían el soporte necesario para lanzar las publicaciones.

2. EL NACIMIENTO DE LA “PROPAGANDA POR EL HECHO”

La desintegración de la FTRE en 1888 abrió una nueva y distinta etapa en el

anarquismo español, caracterizada por la fragmentación y desorganización del

movimiento. Gerald Brenan definió estos años hasta 1909 como “los más oscuros y

peor definidos de la historia del anarquismo español”, ya que, “no existía ni una sola

federación anarquista que cubriera toda España”.526 Dentro del movimiento coexistieron

dos pensamientos: uno de ellos, muy minoritario, defendía la transformación de la

sociedad a través de mecanismos colectivos legítimos y morales, como las

manifestaciones, las huelgas, el sabotaje o la desobediencia civil; la postura mayoritaria

apostaba por las acciones violentas, como los robos, las agresiones armadas o la

colocación de explosivos o los atentados, como medios para combatir el capitalismo

existente y difundir el espíritu anarquista. Ésta tendencia individualista se conoció como

“propaganda por el hecho”, ya que sus defensores consideraban que no existía un

instrumento más eficaz de persuadir a los ciudadanos sobre las injusticias sociales, y

defender la igualdad social, que aterrorizar a la burguesía con la insurrección violenta

526
BRENAN, G., El laberinto español: Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil, Madrid,
Planeta, 2008.

- 272 -
de los propios trabajadores.527

Con el paso de los años, estas acciones revolucionarias individuales se fueron

manifestando de forma más virulenta, como respuesta a la fuerte represión que el Estado

ejercía sobre el movimiento obrero. No hay duda de que el gobierno español reprimió

con dureza a los miembros del anarquismo, considerando a todos los que eran afines a

sus ideas, estuvieran o no a favor de la tendencia, como disidentes ideológicos y

adversarios políticos a los que había que anular a través de un sistema de medidas y

sanciones muy estricto. Esta política represiva provocó que muchos anarquistas se

volvieran más combativos y justificaran la propaganda por el hecho como la respuesta

más adecuada a las agresiones gubernamentales. A pesar de los esfuerzos, esta tendencia

no consiguió tener un efecto práctico en la sociedad española, más allá del

ensalzamiento individual del autor que cometía los ataques, que convertía su acción en

un acto de venganza o sacrificio. Tal y como señala Núñez Florencio, la propaganda por

el hecho resultaba ser “un acto en buena parte ciego y desesperado, en el que el

protagonista busca su propia muerte, convirtiéndose más en mártir de una revolución

imposible que en agente de la revolución futura”.528 De la misma opinión es González

Calleja, que lo define como una “táctica de lucha generalmente defensiva, aunque

practicada de forma inconveniente, inoportuna e irreflexiva, antes que una acción

revolucionaria clara y destinada a la insurrección inmediata, pero acaba por identificarse

con las acciones violentas de tipo individual”.529

527
“Bulletin de la Federation Jurasienne de l' Association internationale des travallairs”, Sonvillier
(Berna), 3 de diciembre de 1876. AVILÉS. J., “Milenarismo y propaganda por el hecho: la marcha
anarquista sobre Jerez de 1892”, Historia, política y cultura. Homenaje a Javier Tusell (vol I), Madrid,
UNED, 2009, pp. 183- 211, p. 205.
528
NÚÑEZ FLORENCIO, R., El terrorismo anarquista (1888-1909), 1983, Siglo XXI, Madrid, p. 182.
529
GONZÁLEZ CALLEJA, E., La razón de la fuerza. Orden público, subversión y violencia política en la
España de la Restauración (1875-1917), Madrid, CESIC, 1998, p. 254.

- 273 -
Desde 1888 hasta 1893, la propaganda por el hecho se tradujo en la colocación de

bombas y otros explosivos en fábricas, empresas o edificios religiosos en diversos

puntos de España, aunque con especial virulencia en Barcelona.530 La segunda etapa,

que comenzó en septiembre de 1893 con el fallido atentado contra el general Martínez

Campos, fue la más trascendental del terrorismo español, no solo por las sangrientas

actuaciones anarquistas, que conmocionaron a los ciudadanos españoles, sino, también,

por la repuesta de las autoridades para combatir las mismas. El desarrollo de estas

manifestaciones violentas estaba muy vinculado a la radicalidad de forma y de fondo de

los órganos de prensa anarquista, que, en su gran mayoría, propiciaron un aumento del

fanatismo entre los integrantes del movimiento. Esta fuerte ideologización de los

medios de expresión hizo que el Estado impulsara acciones cada vez más severas para

combatir la difusión de ideas anarquistas, lo que dejó sin efecto la libertad de expresión

y pensamiento.

1. APLICACIÓN DEL CÓDIGO PENAL PARA REPRIMIR LOS

MOTINES ANDALUCES

Como hemos adelantado, en la década de los noventa, el movimiento anarquista español

se hizo cada vez más intransigente en relación a las autoridades, con el predominio de la

propaganda por el hecho como medio más efectivo para hacerse escuchar. Tras la

colocación de unos explosivos en Cádiz, en 1891, y el descubrimiento de un complot

para poner una bomba en el Congreso de los Diputados, los órganos anarquistas

comenzaron una campaña de desprestigio contra el gobierno y la policía, a los que

acusaban de haber realizado tales acciones como artimañas para frenar el desarrollo de

530
La relación de los atentados terroristas cometidos durante estos años se encuentra recogida en:
AHN, Ministerio de la Gobernación, Serie A, legajo 2, expediente 15.

- 274 -
las ideas revolucionarias. Paralelamente, se fue dando una implantación progresiva del

capitalismo en la agricultura, lo que acentuó el radicalismo entre los campesinos,

especialmente en algunas comarcas de Andalucía. En Jerez, concretamente, la noche del

8 al 9 de enero de 1892, una multitud de trabajadores entró en la ciudad con gritos a

favor de la anarquía, cometiendo dos asesinatos a su paso. La revuelta, que puso de

manifiesto la vulnerabilidad policial a la hora de garantizar la seguridad pública, así

como la pasividad y falta de previsión de las autoridades al mando, fue un ejemplo claro

de la propaganda por el hecho, ya que no importaron los resultados prácticos

conseguidos por los alborotadores, sino el impacto propagandístico de su actuación.

La resonancia del ataque anarquista fue significativa en la prensa periódica,

realizándose un diferente tratamiento de la información en función de la ideología

política. Los órganos de la prensa del gobierno conservador exigieron una represión de

los sucesos vigorosa y rapidísima, sin la posibilidad de atenuación, ya que, tal y como

declaró La Época, los trabajadores “viven en época de libertad y de igualdad, nadie les

oprime, la ley les reconoce todos los derechos de ciudadanos”. Asimismo, la

publicación conservadora subrayó el peligro que suponía la propaganda de los

“enemigos de los partidos políticos” y “enemigos de las clases acomodadas”.531 A pesar

de que los diarios de corte liberal también condenaron el crimen perpetrado, éstos

requirieron un castigo que no fuera excesivo para los trabajadores, y aprovecharon para

denunciar las desigualdades existentes en la propiedad territorial andaluza. Por un lado,

El Liberal condenó el suceso de Jerez porque respondía a una protesta violenta que

quebrantaba “toda noción de derecho”, pero exigió al gobierno conservador que la

represión no aumentase el descontento “de las masas desvalidas…Nada hay más terrible

531
La Época, “Intentona anarquista”, 10 de enero de 1892.

- 275 -
que una sociedad desesperada”;532 Del mismo modo, El Imparcial declaró que “la

ejemplaridad es muy conveniente para atajar osadías que no ponen en peligro a la

sociedad, pero que pueden causar gravísimo daño a mayor o menor número de

personas”.533 En cuanto a los diarios republicanos, éstos pusieron su foco en las penosas

condiciones de vida de los trabajadores jerezanos, que propiciaban un problema en la

sociedad que iba en aumento. Para El País, la culpa la tenía el sistema político impuesto

por las autoridades, ya que fomentaba estas violentas actitudes que respondían a “la

desesperación del pueblo hambriento”.534 Por último, los diarios obreros, entre los que

destacó El Socialista, condenaron la revuelta anarquista, insistiendo en la necesidad de

organizar una verdadera revolución social entre todos los países; mientras que los

órganos anarquistas, en su gran mayoría, apoyaron a los campesinos, y disculparon los

dos asesinatos, porque se habían cometido mediante acciones individuales.

La ineficaz labor gubernativa a la hora de luchar contra el anarquismo quedó, de nuevo,

al descubierto durante el procedimiento judicial llevado a cabo tras el levantamiento de

Jerez. La precipitación e improvisación de las autoridades hizo que, durante la causa

instruida por la justicia militar, y como había pasado en los procesos contra la Mano

Negra, se fabricaran pruebas para incriminar a trabajadores inocentes con el propósito

de conseguir unos culpables que calmaran el desasosiego de los ciudadanos. La severa

represión policial afectó, también, a aquellos periodistas anarquistas que se encontraban

en libertad intentando mejorar la situación de los prisioneros. Entre otros atropellos, se

produjo la detención de un redactor de El Productor, publicación que fue incautada por

las autoridades por haber recolectado dinero para los detenidos; Asimismo, fue

encarcelado un vendedor ciego de un diario obrero de Jerez por haberse negado a

532
El Liberal, “Los sucesos de Jerez”, 10 de enero de 1892.
533
El Imparcial, “Los sucesos de Jerez”, 10 de enero de 1892.
534
El País, “Los anarquistas de Jerez”, 10 de enero de 1892.

- 276 -
revelar a los oficiales los nombres de los suscriptores del mismo.535 Finalmente, el

Consejo de Guerra procesó a un centenar de personas, imponiéndose la pena de muerte

a cinco anarquistas, entre ellos dos conocidos periodistas que habían sido acusados de

complicidad.

A raíz del ataque perpetrado en Jerez, al que se le unieron otros de menor importancia,

la fiscalía del Tribunal Supremo dirigió una circular a todos los jueces y fiscales para

controlar la actividad ácrata por medio de la aplicación de algunos preceptos contenidos

en el Código Penal vigente. En la norma se advertía del riesgo del anarquismo,

calificándolo como una violación del orden jurídico “monstruosa” y peligrosa para los

ciudadanos, porque destruía “lo que la razón y la historia han considerado

absolutamente necesario para la vida de los pueblos”. El fiscal expresó con claridad que,

pese a que la legislación penal no preveía expresamente “este nuevo género de

enemigos”, los grupos anarquistas estaban comprendidos en el artículo 198 del

precepto, que declaraba la ilicitud de las sociedades. De conformidad con la opinión del

fiscal del Tribunal Supremo, el gobierno conservador envió una circular a los

gobernadores de provincia por la que, en virtud del artículo 198 del Código Penal,

quedaba prohibida cualquier sociedad anarquista.536

La legislación penal fue utilizada, también, para reprimir la propagación de las doctrinas

anarquistas a través de sus órganos de expresión. De esta manera, se aplicó el artículo

203 del Código Penal para atacar a la prensa anarquista, sancionando la autoría de las

publicaciones y la propaganda de carácter clandestino, independientemente de si los

535
GUTIÉRREZ MOLINA, JL., El Estado frente a la anarquía: Los grandes procesos contra el anarquismo
español (1883-1982), Madrid, Síntesis, 2008, p. 54.
536
Circular del Ministerio de Gobernación, 8 de abril de 1892. AHN, secc. Gobernación, serie A, leg 2 A,
exp. Nº 17.

- 277 -
diarios anarquistas se encontraban a favor o no de la propaganda por el hecho. 537 La

represión gubernamental contra el anarquismo provocó la reacción inmediata de los

republicanos, que denunciaron ante el Congreso el desconocimiento de la doctrina

anarquista por parte del poder público, ya que en España existían asociaciones que

perseguían un ideal por medios pacíficos, y que, por tanto, no tenía sentido declararlas

fuera de la ley.538

2. LA RESPUESTA LEGISLATIVA Y POLICIAL ANTE LOS ATENTADOS

TERRORISTAS DE 1893

Durante varios años, antes incluso de que se produjera el ataque anarquista en Jerez, se

habían registrado varias explosiones sin importancia en fábricas y domicilios de

empresarios en diversos puntos de la geografía española. La colocación de estas bombas

no tenía como finalidad producir víctimas, sino vengar la represión del poder, asustando

a las personas y grupos que, según los anarquistas, oprimían al proletariado.539 A partir

de 1893, el anarquismo se volvió mucho más violento con ataques contra representantes

políticos y militares del Estado. El primer atentado de gran trascendencia tuvo lugar en

Barcelona el 24 de septiembre de 1893 contra el general Martínez Campos, cuando el

joven anarquista, Paulino Pallás, quiso vengar las torturas policiales y las sentencias

injustas con motivo de la represión del levantamiento de Jerez. El ataque, que produjo

dos víctimas mortales, causó gran alarma en el gobierno liberal, que rápidamente ordenó

la presencia de la Guardia Civil en las calles de la provincia.

537
Artículo 203 del Código Penal de 1870: “Incurrirán en la pena de arresto mayor: “Los autores,
directores, editores ó impresores, en sus respectivos casos, de publicaciones clandestinas.
Se entienden por tales las que no lleven pié de imprenta le lleven supuesto”.
538
Congreso, 6 de mayo de 1892, Vallés y Ribot, cif. 5515.
539
La primera de las bombas lanzadas en España fue en Barcelona en 1891 contra la sede de la
Asociación de los patronos catalanes.

- 278 -
El Consejo de Guerra condenó a muerte a Pallás como autor en solitario del crimen

anarquista, quién pronunció su célebre frase: “la venganza será terrible”, al filo de su

muerte. Ésta se convirtió en el preámbulo del atentado al teatro Liceo de Barcelona, la

noche del 7 de noviembre de 1893, el peor ataque cometido por anarquistas hasta

entonces. Éste nuevo crimen, que había sido perpetrado, por primera vez, contra la

burguesía, provocó 22 muertos y 35 heridos. La enorme confusión y temor en la

sociedad catalana propició una respuesta rápida del gobierno, que se apresuró a

suspender las garantías constitucionales en Barcelona, manteniendo esta situación

extraordinaria hasta el 31 de diciembre del año siguiente. Sin embargo, ésta medida no

fue suficiente para la opinión pública que, consternada por este nuevo ataque terrorista,

requirió al gobierno acciones represivas rápidas y severas para combatir el anarquismo.

Entre los sectores que más presionaron al poder público se encontraban los grupos de

mayor influencia de la época, como el Ejército, la Iglesia y la burguesía catalana,

especialmente conmocionada con el atentado.

A estas protestas se unieron las publicaciones españolas, que, independientemente de su

ideología, exigieron medidas más rigurosas y castigos ejemplares para los criminales.

En estas palabras lo expresó El Imparcial: “la prensa cree que ha llegado ya el momento

de afrontar con energía la lucha que provocan los dinamiteros, y exige represión

implacable contra los anarquistas, comenzando por declararlos fuera del derecho

común, de que ellos reniegan”.540 El periódico madrileño exageró la información del

acontecimiento, y, haciéndose eco de los atentados que, paralelamente, se estaban

sucediendo en París, presentó los crímenes de Barcelona como una conspiración del

anarquismo internacional contra la sociedad capitalista española, fomentando con ello el

540
El Imparcial, “Campaña contra los anarquistas”, 12 de noviembre de 1893.

- 279 -
miedo y la inseguridad ciudadana. También censuraron el “repugnante y monstruoso

crimen” los diarios republicanos,541 e incluso algunos diarios anarquistas,542 pero ambos

se mostraron en contra de cualquier represión gubernamental que suprimiera las

libertades.

Por su parte, La Época acusó directamente a los diarios anarquistas de ser culpables de

la agresión, por “repetir las frases arrogantes y atrevidas, la actitud y hasta los gestos de

los anarquistas, presentando así inconscientemente como mártires de una idea a los que

sólo son reos de horrendos crímenes”.543 El órgano del partido conservador fue más

lejos aún, y planteó la posibilidad al gobierno de acudir a la jurisdicción militar para

poder “exterminar la plaga que nos deshonra”, ya que la justicia ordinaria se mostraba

apática y deficiente a la hora de resolver este tipo de crímenes. Más concretamente, La

Época mencionó la posibilidad de redactar una nueva ley que otorgara la competencia

de estos delitos a los Consejos de Guerra, e impusiera la cadena perpetua para sus

autores: “Duros son sus preceptos; pero si las leyes ordinarias no bastasen; si la

suspensión de garantías no fuese suficiente, acúdase a lo más excepcional, que todo nos

parece poco para salvar a la sociedad de sus más terribles enemigos”.544 Otras

personalidades políticas, como el general Martínez Campos, se posicionaron también a

favor de redactar una ley antiterrorista donde se sometiera a los tribunales militares los

delitos relacionados con el anarquismo.

Como había ocurrido en anteriores ataques anarquistas, y teniendo en cuenta la laguna

541
El País, “La Dinamita”, 10 de noviembre de 1893.
542
El diario anarquista Le Revolté, publicado en Francia, escribió un artículo en el que, sin dejar de
criticar a la burguesía, condenó el crimen del Liceo porque habían muerto mujeres y niños. Le Revolté
(París), 18 de noviembre de 1893.
543
La Época, “El anarquismo en acción”, 11 de noviembre de 1893.
544
La Época, “El anarquismo en acción”, 11 de noviembre de 1893.

- 280 -
legal existente en materia de atentados, la fiscalía del Tribunal Supremo emitió una

circular el 17 de noviembre de 1893, por la que se ordenaba castigar y perseguir los

delitos que, por medio de la imprenta, provocaran la perpetración de ataques o hicieran

apología de acciones calificadas como delito. En la norma se recordaba a todos los

jueces y fiscales municipales que debían castigar con toda severidad, “sin vacilación y

con energía”, a los periodistas que difundieran o hicieran apología de las doctrinas

anarquistas. Concretamente, se les incitaba a aplicar el artículo 582 del Código Penal

contra los delincuentes que, por medio de la imprenta, el grabado u otro medio

mecánico de publicación, provocaran directamente la perpetración de algún delito; así

como el núm. 4º del artículo 581, que sancionaba a los que emplearan iguales medios

para hacer la apología de acciones calificadas como delito.545 Para el fiscal era

primordial que se sancionara penalmente a esos “fanáticos secuaces de doctrinas

servidas en nuestra Nación” que, o bien hacían gala en la prensa periódica de sus

“reprobables designios y de propósitos exterminadores”, o se atrevían a elogiar los

crímenes perpetrados y ensalzaban a sus autores.

Para completar su política represiva, el gobierno liberal promulgó, el 10 de julio de

1894, la primera Ley antiterrorista de España, que cubrió el vacío legal existente en el

Código Penal respecto a los atentados realizados mediante explosivos.546 La norma no

mencionaba expresamente el anarquismo, pero quedaba claro que el objetivo principal

del ejecutivo era clarificar el problema de la falta de normas específicas para combatir el

movimiento anarquista. Entre las disposiciones más importantes del precepto, se

establecía la imposición de pena de muerte o cadena perpetua para aquellos que

545
Circular de la Fiscalía del TS de 17 de Noviembre de 1893, en la que se castiga los delitos que por
medio de la imprenta provoquen delitos anarquistas. Gaceta de Madrid, 18 de Noviembre de 1893,
número 322, p. 507. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº24.
546
Ley de “Represión de delitos cometidos por medio de explosivos” de10 de Julio de 1894. Gaceta de
Madrid, nº192 de 11 de julio de 1894, tomo III, p.155. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº25.

- 281 -
atentaran con bombas causando víctimas, o cuando las acciones se produjeran en

lugares públicos; reconociendo, además, al jurado como competente para juzgar estos

delitos, y no a la justicia militar como solicitaba el partido conservador.

La legislación era especialmente severa con los órganos de expresión anarquistas,

restringiendo de manera drástica la libertad de prensa de los mismos. En su artículo 6º

declaraba que aquellos que “de palabra, por escrito, por la imprenta, el grabado u otro

medio de publicación, indujeran directamente a otros a cometer explosiones o a utilizar

explosivos para alarmar a la población “se les impondrían las mismas penas que a los

autores materiales”; y en caso de no realizarse el delito, las penas inferiores en un grado.

También se castigaba con la pena de presidio correccional la apología de los delitos o a

favor de los delincuentes penados por la legislación. Entre las reacciones de la clase

política, la ley contó con el apoyo de los conservadores, a pesar de que éstos solicitaban

una norma más severa, ya que entendían que, si el anarquismo era un movimiento que

tenía como objetivo la violencia y la muerte, la propaganda anarquista debía ser punible

por sí misma;547 Los republicanos, sin embargo, se opusieron al entender que se estaba

privando la libertad de expresión de los anarquistas, cuando éstos tenían “perfectísimo

derecho a manifestar cuáles son aquellas ideas que respecto a organización social

estiman como mejores”.548

Al mismo tiempo que se endurecían los medios legales de represión del anarquismo, se

recurrió a otro tipo de estrategias arbitrarias y abusivas, que destaparon un sistema

policial corrupto y manipulado políticamente. Con el fin de callar las voces críticas de la

sociedad, que culpaban al poder público de incapacidad para dar con los verdaderos

547
Congreso, 14 de mayo de 1894, Burgos, cif. 4183.
548
Congreso, 14 de mayo de 1894, Carvajal y Huesca, cif. 4188.

- 282 -
culpables, el partido conservador solicitó a los gobernadores de cada provincia la

confección de listas con los nombres de aquellos que pertenecían al movimiento

anarquista o que difundían y propagaban las ideas anarquistas mediante sus

publicaciones.549 Paralelamente a estas acciones gubernativas, se recrudeció la

actuación de la Guardia Civil,550 que realizó registros por toda España, y detuvo a

centenares de obreros por ser sospechosos de comulgar con las ideas anarquistas,

aunque no apoyaran el terrorismo. Esta tiránica actuación policial, guiada en todo

momento por el gobierno, produjo una ola de detenciones que masificó las cárceles de

Barcelona, teniendo que habilitarse prisiones provisionales en otras provincias

adyacentes.551

Como había ocurrido en anteriores procesos, se pusieron nuevamente en entredicho los

medios policiales para conseguir las confesiones de los posibles culpables, y los

periódicos no tardaron en acusar a las autoridades de malos tratos a los detenidos, entre

los que se encontraban numerosos periodistas.552 Para la doctrina especializada no hay

duda de que los oficiales utilizaron métodos ilegales como la tortura, con el objetivo de

conseguir declaraciones falsas, en las que se inculpaban unos a otros. Solo así se

entiende que, al conocerse la identidad del autor material del atentado del Liceo, el

anarquista Santiago Salvador, y después de que varios de los detenidos se hubieran

declarado convictos y confesos del mismo, el tribunal extrajera una supuesta relación

549
Circular de la Fiscalía del Tribunal Supremo, 14 de diciembre de 1893. AHN, secc. Gobernación, serie
A, leg. 2 A: exp. Nº 17.
550
El proyecto inicial de la Ley de 1894 contemplaba la creación de una unidad específica de la Policía
Judicial para combatir al anarquismo, que no se llevó a cabo por la oposición de los sectores de izquierdas
que se negaron a otorgar ese poder al estamento militar. Finalmente, se creó una unidad especial
dependiente del gobernador civil Larroca, confiándose por primera vez a la Guardia Civil la lucha contra
la propaganda del hecho.
551
Algunos diarios anarquistas franceses apuntaron en enero de 1894 que el número de presos por el
atentado del Liceo ascendía a 500. Le Revolté (París), 6 de enero de 1894.
552
En 1899, el capitán general de Cataluña, Emilio Despujol, admitió las denuncias de torturas contra los
detenidos. Providencia del capitán general de Cataluña, Emilio Despujol, en el caso de Cambios Nuevos
30 de noviembre de 1899. AIHCM, 2ª, 4ª, leg. 157.

- 283 -
entre el atentado de Martínez Campos y el del Liceo. Esto es importante porque, a pesar

de que era la jurisdicción ordinaria la encargada de llevar la instrucción del atentado del

Liceo, por no haber víctimas militares, se abrió una nueva causa ante la jurisdicción de

guerra por complicidad en el asesinato del general Martínez Campos, por el que ya

había sido ejecutado Pallás como autor único del mismo. Durante este segundo Consejo

de Guerra, celebrado el 29 de abril de 1894, fueron condenados a muerte seis

anarquistas, acusados de cooperación en el ataque contra el general, imponiéndose la

pena de cadena perpetua a otros cuatro por complicidad.553 La injusta sentencia del

tribunal militar, cuando ya se había cerrado el proceso con anterioridad, es un ejemplo

más de la de la fuerte represión a la que sometió el gobierno al movimiento anarquista.

En definitiva, el poder público aprovechó la conmoción social causada por los graves

atentados de 1893 para imponer una política represiva de grandes dimensiones que

consiguiera predisponer a la opinión pública en contra del movimiento obrero. No hay

duda de que el ejecutivo utilizó como pretexto los ataques terroristas para eliminar a

todos los grupos molestos que pudieran estar en oposición al régimen vigente: desde los

anarquistas, hasta los comunistas, colectivistas, republicanos o socialistas. De ahí que se

produjera una exagerada actuación policial,554 que llevó a detener y encarcelar a

centenares de obreros que nada tenían que ver con los sucesos terroristas, ni, incluso,

con el anarquismo. La terrible respuesta del Estado lesionó gravemente las libertades

necesarias para la supervivencia de las fuerzas que se oponían al régimen,

especialmente el derecho fundamental de informar y expresar las opiniones. Éste se

553
Dos de ellos, que habían sido acusados de encubridores del delito por haber hospedado en su casa a
Santiago Salvador, autor del atentado del Liceo, se les sobreseyó posteriormente la causa durante el juicio
celebrado por vía civil el 11 de julio de 1894.
554
El número desproporcionado de anarquistas acusados de cometer el atentado del Liceo hay que
ponerlo en relación con la propaganda por el hecho, manifestación que predominaba en el anarquismo en
ese momento, y se caracterizada por las acciones violentas individuales.

- 284 -
encontraba severamente restringido con la Ley de 1894, lo que permitió al gobierno

perseguir de forma indiscriminada a todos los diarios sospechosos de ser afines a la

ideología anarquista. Así pues, aprovechando la ola de detenciones policiales, se

encarceló a un gran número de periodistas, redactores o incluso vendedores de

publicaciones susceptibles de ser afines a las ideas revolucionarias, utilizando el recurso

habitual de alargar indefinidamente su estancia en la cárcel. El abuso y la arbitrariedad

con la que actuaba el poder público consiguieron intimidar a los órganos de prensa,

independientemente de su relación con el movimiento anarquista, imponiendo un

silencio informativo que se extendió en los años posteriores.

3. AUMENTO DE LA REPRESIÓN INFORMATIVA TRAS EL ATENTADO DE

LA CALLE CAMBIOS NUEVOS

1. LA PRIVACIÓN DE LA LIBERTAD EN LA NUEVA LEY

ANTITERRORISTA DE 1896

Después de los atentados de 1893, España vivió una calma tensa, solo perturbada por el

intento de asesinato contra el gobernador civil de Barcelona, Ramón Larroca, el 25 de

enero de 1894. La ausencia de ataques durante meses hizo pensar que la brutal

represión llevada a cabo por el gobierno español había sido efectiva para acabar con el

problema del anarquismo. No obstante, en junio de 1896, se produjo un nuevo crimen

anarquista en la calle Cambios Nuevos, esta vez contra una procesión religiosa, que

acabó con la vida de doce personas, y más de 60 ciudadanos heridos. El ataque

conmocionó aún más a la opinión pública, ya que era la primera vez que los anarquistas

atentaban contra la población civil, que de por sí se sentía desamparada e indefensa

- 285 -
ante las agresiones terroristas. El pánico volvió a apoderarse de la población, y, como ya

había ocurrido en crímenes anteriores, se alzaron muchos sectores para protestar contra

la insuficiencia de las actuaciones gubernamentales, reclamando nuevas y más severas

medidas contra los anarquistas. En la sesión del Congreso inmediatamente posterior al

ataque, políticos de diferente ideología expusieron su repulsa ante lo sucedido,

exigiendo una respuesta inmediata por parte del gobierno, que acabara definitivamente

con el problema. La minoría liberal rechazó la necesidad de promulgar nuevas leyes

represivas, mientras que los conservadores creían conveniente aumentar la persecución

de las ideas anarquistas.

Con argumentos semejantes a los vertidos en las Cámaras, la prensa española,

independientemente de su ideología, condenó el nuevo crimen terrorista, y reclamó

medidas represivas al gobierno, no solo contra los autores materiales del atentado, sino

contra todos aquellos órganos que promulgaran ideas anarquistas. Además de las

actuaciones gubernamentales, los diarios más conservadores solicitaron una nueva

legislación en la que se especificara que, el simple hecho de ser anarquista ya

constituyera delito.555 Las publicaciones religiosas, por su parte, muy afectadas por lo

acontecido, culparon al gobierno de Sagasta por haber concedido derechos, como la

libertad de prensa y de reunión, que habían favorecido el rápido desarrollo del

movimiento anarquista.

En oposición a la línea tradicional, los diarios republicanos pidieron tranquilidad a la

administración pública temiendo que, tras los terribles sucesos, y con los grupos

sociales más influyentes a favor de un aumento de la represión, se pudieran aniquilar

555
“A las fieras no se les pregunta si han causado algún daño, se les exterminaba por el solo hecho de ser
fieras”. El Diario de Barcelona, 11 de junio de 1896.

- 286 -
“en una hora de miedo, todas las conquistas de un siglo”.556 Respecto a los diarios

anarquistas, la gran mayoría se identificó con los terroristas, y defendió el atentado

como el mejor medio de propaganda del movimiento; aunque, también, existieron

órganos que reprobaron estos ataques violentos como La Idea Libre de Madrid o La

Tramontana de Barcelona. Estas publicaciones expresaron su malestar por la fuerte

represión gubernamental que caía sobre sus diarios, ya que, pese a no estar de acuerdo

con los actos violentos, no podían defender y propugnar en libertad su doctrina, debido

a la ignorancia de las autoridades, que no sabían distinguir entre el terrorismo y el

anarquismo.

La mayoría de las voces, por tanto, exigían un endurecimiento de las actuaciones, lo que

fue aprovechado por el gobierno conservador para efectuar una respuesta rápida y

desproporcionada, más severa y arbitraria que la desarrollada por el gabinete liberal en

los atentados de 1893. En primer lugar, se suspendieron las garantías constitucionales

en Barcelona el día después de los sucesos, prolongándose la situación de forma

injustificada hasta el 17 de diciembre de 1897. En esta ocasión, la medida afectó

especialmente a los diarios catalanes, que vieron anulado su derecho a la libertad de

prensa tras el importante atentado acontecido en la ciudad. Este mecanismo de control

informativo no fue el único utilizado por el poder conservador para controlar la

información, ya que, a pesar de tener a su alcance la Ley de 1894, presentó en las

Cortes, el 16 de junio de 1896, un nuevo proyecto de ley en el que equiparaba el

movimiento anarquista con el terrorismo, y endurecía sus penas, siendo especialmente

severo con el derecho a emitir libremente las ideas.

556
El Nuevo Régimen, “La explosión de Barcelona”, 13 de junio de 1896.

- 287 -
La nueva Ley antiterrorista, promulgada el 2 de Septiembre de 1896,557 incorporó una

serie de novedades respecto a la legislación de 1894, dejando en vigor los preceptos que

no modificaba de la misma. En primer lugar, trasladaba la competencia para conocer de

los delitos contra el terrorismo a la jurisdicción militar, y aumentaba considerablemente

algunas penas, no solo para los autores de los atentados, sino para aquellos que, de

palabra o por escrito, coadyuvaran a la ejecución de los crímenes como el

encubrimiento o la conspiración, castigados con la cadena perpetua. 558 Además, la

norma autorizaba al gobierno para expulsar de España a todos aquellos que fueran

sospechosos de profesar ideas anarquistas. Respecto a la libertad de la prensa, la nueva

ley ampliaba la competencia de las autoridades, concediéndoles la facultad para

suprimir todos aquellos periódicos que hicieran alarde del título de anarquista, así como

a los diarios que, “artificiosamente disimulen sus fines”, cuando lo disponga la Junta de

Autoridades de la respectiva capital de provincia.559 Dos semanas después de la entrada

en vigor de la nueva legislación, se publicó el Real Decreto de 16 de septiembre de

1896, que limitaba las facultades gubernativas para la supresión de periódicos y centros

anarquistas, así como el extrañamiento de los propagadores de ideas anarquistas, a las

provincias de Madrid y Barcelona; sin embargo, estas competencias se ampliaron al

resto de ciudades tras el asesinato de Cánovas. 560

No cabe duda de que el gobierno, con el objetivo de prevenir más ataques terroristas, y

alentado por gran parte de la opinión pública, que reclamaba una compensación por lo

ocurrido en Barcelona, impuso una legislación especial contra el terrorismo que

557
Ley de “Represión del anarquismo” de 2 de septiembre de 1896. Gaceta de Madrid, número 248 de 4
de septiembre de 1986, tomo III, p.825. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº27.
558
Artículo 3 de la Ley de “Represión del anarquismo” de 2 de septiembre de 1896.
559
Artículo 4 de la Ley de “Represión del anarquismo” de 2 de septiembre de 1896.
560
Circular de 13 de Agosto de 1897 de la Fiscalía del Tribunal Supremo relativa á la represión del
anarquismo. Gaceta de Madrid, número 226 de 14 de agosto de 1897, tomo III, p.591. Véase apéndice de
la tesis: ANEXO Nº28.

- 288 -
atentaba directamente contra la libertad de pensamiento de los grupos anarquistas, y por

extensión, de los que se encontraban en oposición al régimen. Con la nueva norma se

prohibieron todas las publicaciones anarquistas y se clausuraron los lugares de reunión

de los grupos afines al movimiento, igualando la libertad de imprenta y de asociación a

la comisión de atentados terroristas. Como ya había ocurrido con la anterior legislación,

los órganos de prensa conservadores felicitaron al gobierno por la severa y completa

represión llevada a cabo para combatir los atentados. La Época resaltó la gran labor de

las autoridades para “arrancar de cuajo la planta anarquista en Cataluña”, que se había

provisto “con tal número de datos, informaciones y antecedentes que no habrá en el

Principado, al menos en mucho tiempo, atmósfera respirable para el anarquismo”.561

Asimismo, las publicaciones religiosas se manifestaron a favor de la intensificación en

la política de represión a la libertad de la prensa de los medios anarquistas. Así lo

expresó El Siglo Futuro, que veía inútil cualquier gestión gubernamental si no llevaba

aparejada “arrancar, destruir y reducir a cenizas la raíz del árbol”. Para el diario la

repetición de los atentados revelaba que “el mal no se remedia cortando las manos de

los que arrojan las bombas si se dejan libres las manos de los que las cargan”.562

A pesar de constituir un peligroso precedente como medida legal de restricción de la

libertad informativa, estas publicaciones no fueron las únicas en defender la nueva ley

antiterrorista. Los liberales sobrepasados, tal vez, por las circunstancias, dieron como

buena la justificación del partido conservador sobre las peligrosas condiciones en las

que se veía envuelto el país.563 El Liberal declaró sentirse satisfecho con la “justicia de

la represión” contenida en la ley, sin la que hubiera prevalecido la ansiedad y la

561
La Época, “Anarquistas y separatistas”, 9 de septiembre de 1896
562
El Siglo Futuro, “La nueva ley contra el anarquismo”, 25 de agosto de 1896.
563
No hay que olvidar, que, junto con el problema del terrorismo desarrollado estos años, España se
encontraba sumergida en la guerra de Cuba, conflicto que se llevó todo el protagonismo, tanto en los
debates en las Cámaras como en el de las publicaciones españolas.

- 289 -
inquietud social, y felicitó a las autoridades por haber hecho recobrar a los ciudadanos

la confianza.564 Una actitud semejante manifestó El Imparcial, para el que la “peligrosa”

ley reduciría la frecuencia de los atentados, ya que, en su opinión, “solamente una

vigilancia especial encomendada a personas de grandes aptitudes” podía disminuir las

inquietudes”.565 El republicano Alfredo Calderón fue muy crítico con esta actitud de los

sectores liberales, acusando al partido liberal de no haber frenado una ley que ponía la

libertad de prensa “a merced de las suspicacias del poder”, no solo por los abusos, los

excesos y los atropellos que pudiera dar lugar su ejecución, sino porque se justificaba la

defensa del orden público en la represión de las ideas.

Concretamente, Calderón reprochó al líder del partido, Castelar, que encontrara

“perfectamente” democrática una legislación que perseguía las ideas opuestas al

gobierno, cuando, en otros tiempos, se hubiera opuesto frontalmente a la misma.

Haciéndose pasar por el dirigente político, declaró: “No persigáis las ideas, no decretéis

nada que pueda servir a los poderes para cohibir o menoscabar la libertad del

pensamiento. (…) Persigamos los delitos, dejemos en paz los principios. Allá luchan las

ideas unas con otras en el campo especulativo. Hay en todas las doctrinas verdades y

errores, pero ¿quiénes somos nosotros, legisladores, para meternos a clasificarlas? ¿Es

nuestra misión discernir lo verdadero de lo falso? (…) No compete al poder erigirse en

el árbitro de la verdad y el error. Si el liberalismo ha defendido siempre la absoluta

libertad de pensar no es porque entienda que todas las ideas son sanas y acertadas, es

porque sabe que solo errando se vence el error. (…) La represión de ideas obedece a

564
El Liberal, “La Defensa Social”, 9 de septiembre de 1896.
565
El Imparcial, “Una necesidad nacional”, 10 de septiembre de 1896

- 290 -
prejuicios”.566 En la misma línea a Calderón se posicionaban todas las publicaciones

republicanas y obreras, que manifestaron su rechazo absoluto a la nueva norma,

acusando al gobierno de cubrir con forma legal los atentados cometidos por las

autoridades a la prensa de la oposición.567 Con estas palabras lo exteriorizó El País: “El

Gobierno, desatentado, no contento con los males que sufrimos, va a colocarnos la

mordaza con esta ley infame de represión del anarquismo y no habrá medio de protestar

de nada, ni manera de denunciar sus abusos ni sus torpezas”.568

2. EL FORZOSO SILENCIO DE LA PRENSA ESPAÑOLA DURANTE EL

PROCESO DE MONTJUICH

A pesar de las críticas provenientes de estos grupos minoritarios, el gobierno

conservador aprobó nuevas medidas para completar la política de represión contra el

anarquismo. Mediante la Real Orden de 19 de septiembre de 1896 se organizó un

cuerpo especial de Policía Judicial para el descubrimiento y persecución de los delitos

contemplados en la nueva ley antiterrorista, en la línea de lo propuesto por los

conservadores cuando se aprobó la Ley de 1894.569 Este nuevo organismo dependía

directamente del Ejército, aumentando las funciones de la policía para combatir los

delitos anarquistas, cuya competencia, como hemos visto, se había encomendado al

estamento castrense. La actuación de la sección especial de policía se limitó a Madrid,

donde se destinaron 11 oficiales, y a Barcelona, donde se enviaron 23 agentes al ser el

principal foco de los ataques. Además de los agentes, nombrados por el presidente de la

566
MADRID, F., y VENZA, C., Antología documental del anarquismo español. Organización y revolución:
De la Primera Internacional al Proceso de Montjuich (1868-1896), Madrid, Fundación Anselmo
Lorenzo, 2001, pp. 476-478.
567
“Hay cosas que, realmente, producen asco el tratarlas”. El Corsario, 27 de agosto de 1896.
568
El País, “…Grandes remedios”, 3 de septiembre de 1896.
569
Real Orden de 19 de septiembre de 1896. Gaceta de Madrid, número 264 de 20 de septiembre de
1896, p. 1.056.

- 291 -
Audiencia, previo informe del comandante del ejército y el gobernador civil, se puso al

frente de las operaciones a dos jefes designados directamente por el comandante del

ejército. Esto tuvo su consecuencia inmediata en la represión de los movimientos

revolucionarios, ya que, mientras que en la mayoría de provincias de la geografía

española la nueva norma no tuvo especiales consecuencias de orden punitivo,

sobreseyéndose las causas en la mayoría de los casos, en la ciudad condal, la nueva

sección especial de la Policía Judicial, dirigida por Narciso Portas, llevó a cabo una

acción indiscriminada contra el movimiento obrero.

La desmedida actuación policial siguió en la misma línea que en los atentados de 1893,

produciéndose, según los datos que maneja la doctrina especializada, más de 400

detenciones, lo que obligó a las autoridades policiales a trasladar a los presos más

peligrosos al castillo de Montjuich. Este número elevado de prisioneros respondía a los

requerimientos de los sectores conservadores de la sociedad, entre los que se encontraba

la burguesía y la Iglesia, que exigían acciones contra todos aquellos que difundieran

ideas anarquistas, independientemente de que tuvieran relación con el ataque. Así pues,

el partido conservador aprovechó la indignación y la alarma social para ordenar la

detención, no solo de los anarquistas, sino de un gran número de obreros, que habían

participado en huelgas los años anteriores, republicanos, socialistas, comunistas,

llegando incluso a afectar a personas cuyo único “delito” era tener como pariente a

algún militante del movimiento. La casi totalidad de los presos, nada tenían que ver, por

tanto, con los atentados, y en su mayoría se encontraban desvinculados de las tácticas

violentas y se oponían a la propaganda por el hecho, por lo que parece lógica la

- 292 -
denuncia realizada por El Nuevo Régimen, que acusó al poder público de encarcelar “a

cuantas personas considera terribles por sus ideas avanzadas”.570

Además de las detenciones injustificadas, las autoridades llevaron a cabo otras acciones

ilegales y abusivas, que empezaron a ver la luz en octubre de 1896, mediante cartas o

informes que los mismos detenidos hacían llegar a la prensa. En estas se describían

torturas y malos tratos con los que el Estado obtenía las declaraciones falsas de

autoculpabilidad. Todo valía para el gobierno y la policía con tal de tener unos culpables

a los que acusar de los atroces crímenes y mantener bajo llave a todos aquellos que

criticaban sus actuaciones. “El Proceso de Montjuich”, sin duda, uno de los

procedimientos judiciales más polémicos de la historia de España, se vio rodeado de

una gran cortina de humo provocada intencionadamente por el gobierno.

Los órganos de prensa, por su parte, tuvieron que lidiar con la censura militar impuesta

a los diarios de Barcelona, con motivo de la suspensión de garantías constitucionales, y

con las masivas detenciones que afectaron a un gran número de periodistas catalanes de

ideas republicanas o socialistas, así como la huída de muchos de ellos de la provincia,

tras la clausura de las imprentas y la prohibición de publicaciones y revistas

sospechosas de ser anarquistas.571 Esta circunstancia produjo el enmudecimiento de la

prensa española, afectando, en gran medida, al tratamiento que desde los periódicos se

daba a las informaciones de abusos y arbitrariedades policiales. Tras la devastadora

represión gubernamental, los periódicos más conservadores se declararon en contra de


570
El Nuevo Régimen, 18 de julio de 1896.
571
Algunos diarios anarquistas, que habían sido prohibidos en España, se siguieron publicando en otros
países, como la revista Ciencia Social, que se continuó editando en Buenos Aires. Esta circunstancia fue
aprovechada por algunos escritores españoles de la generación del 98, como Unamuno o Pio Baroja, que
difundieron artículos en estos periódicos extranjeros, en los que apoyaban la cuestión anarquista. Entre
ellos destacó Azorín, quién se sintió muy atraído por el pensamiento político anarquista, y redactó
numerosos artículos. En una de estas publicaciones defendió el uso de la violencia para conseguir los
fines anarquistas: Ciencia Social, “Apuntes”, 19 de abril de 1897.

- 293 -
los presos, y el resto permaneció en silencio ante lo que estaba sucediendo.

Especialmente llamativo fue el caso de los diarios republicanos de Barcelona, que se

hallaban bajo el régimen de la previa censura, y que, dominados por el miedo a posibles

represalias, o quizá en connivencia con las autoridades locales,572 aplaudieron, o bien

silenciaron las actuaciones policiales.573

Los pocos que defendieron a los acusados y se movilizaron para ayudar a los presos de

Montjuich fueron los de tendencia republicana, como El Nuevo Régimen y El País,

donde se difundieron cartas de los presos que contaban las atrocidades que se cometían,

rompiendo así la barrera del silencio gubernamental. En concreto, El País publicó el

testimonio de uno de los carceleros de Montjuich que aseguraba que dos de los

detenidos desaparecidos habían sido asesinados por las autoridades. Más influencia tuvo

la carta dirigida al ministro de Guerra, que iba firmada por algunos procesados, y

difundida por El Nuevo Régimen el 24 de noviembre de 1896. En el documento se

describían prácticas ilegales, como la incomunicación prolongada en prisión o la falta

de pruebas y de testigos, así como las torturas practicadas en la cárcel. A estas denuncias

en los rotativos republicanos se sumaron las de El Socialista, y con mayor cautela la de

publicaciones como La Justicia y El Globo, portavoces de Salmerón y Castelar

respectivamente. Junto a estos periódicos, se efectuaron manifestaciones de varios

grupos obreros de distintas ciudades españolas a favor de los presos, así como de los

intelectuales de tendencias izquierdistas de la época, especialmente involucrados en la

protesta de las actuaciones gubernamentales tras la detención del escritor Coromines.

572
ÁLVAREZ JUNCO, J., El Emperador del Paralelo: Lerroux y la demagogia populista, Madrid, Alianza,
1990, p.155
573
Llamó la atención la postura de El Diluvio, uno de los órganos republicanos con más influencia en
Barcelona, que durante el transcurso de los meses solo insertó noticias oficiales, y algunas quejas sobre el
servicio de comida a los presos. Esta misma actitud la adoptó La Publicidad, que justificó su silencio en
la suspensión de garantías impuesta por el gobierno.

- 294 -
A pesar de que las medidas represivas del gobierno conservador iban dirigidas a

silenciar los abusos policiales, no pudo evitar la campaña de prensa internacional

iniciada a favor de los presos de Montjuich. De poco le iba a servir el despliegue

policial y las severas medidas gubernamentales para silenciar a la prensa española,

teniendo en cuenta la gran repercusión que tuvieron las denuncias publicadas en los

diarios europeos fuera de las fronteras de nuestro país.574 La campaña se inició en

Francia, donde se encontraba exiliado uno de los periodistas detenidos en Montjuich,

Fernando Tarrida del Mármol, quién consiguió que su documento: “Un mes en las

prisiones de España”, fuese difundido por el periódico L´Intransigent, dirigido por

Henry Rochefort. Ese mismo diario publicó también el artículo “Torquemada”, en el

que comparaba las prácticas de la Inquisición española con lo que estaba sucediendo en

el castillo de Montjuich.

En este contexto, y sin ninguna garantía judicial, se celebró en diciembre de 1896 el

Consejo de Guerra para resolver el atentado de la calle Cambios Nuevos. El juicio se

hizo a puerta cerrada, ya que, tal y como había sucedido con la instrucción del proceso,

las autoridades buscaban que todo transcurriera en “silencio y entre tinieblas”.575

Durante el juicio, al que no estaba permitida la asistencia, ni si quiera a los periódicos

más afines al régimen, el capitán general de Barcelona facilitó las informaciones que

debían publicar los órganos de prensa, sin que en ellas existiera rastro alguno de las

supuestas torturas que habían recibido los presos. Tras varios días, se emitió una

primera sentencia en la que se condenaba a muerte a ocho anarquistas, que quedó sin

574
Una de las figuras más importantes en la lucha contra las tropelías cometidas en Montjuich fue Juan
Montseny, detenido por las autoridades en 1896 por la publicación de un folleto tras el atentado de
Martínez Campos por el que fue acusado de “apología del crimen”. El anarquista redactó varios artículos
en la cárcel que denunciaban los malos tratos recibidos, que, pese a que no tuvieron difusión en la prensa
española, si fueron recogidos por los diarios europeos.
575
El Nuevo Régimen, 12 de diciembre de 1896.

- 295 -
efecto por la discrepancia del capitán general de Barcelona, que consideraba que la pena

de muerte debía ser aplicada a veinte anarquistas, elevándose la cuestión al Consejo

Supremo de Guerra y Marina.

La dureza de la sentencia aumentó la indignación de los anarquistas de medio mundo,

que prosiguieron con la campaña iniciada meses antes. Tanto en Francia, como en

Inglaterra o Alemania se llevaron a cabo manifestaciones y mítines para protestar contra

el fallo del juez militar, especialmente cuando se conoció que el verdadero culpable del

atentado, Santiago Salvador, no se había sentado en el banquillo de los acusados.576

Diferentes grupos de anarquistas, a los que se unieron republicanos, socialistas y otros

sectores independientes, pidieron una revisión del fallo basándose en la inocencia de los

condenados y las irregularidades detectadas durante todo el proceso. La campaña

llevada a cabo por los diarios extranjeros estuvo cada vez más respaldada por algunas

publicaciones españolas, que, pese a la neutralidad mostrada durante los primeros

meses, fueron alineándose a favor de los diarios que reclamaban la revisión de las

sentencia. Este fue el caso de El Heraldo de Madrid, El Correo y La Correspondencia

de España, que se unieron a los periódicos que, desde hacía meses, protestaban ya

contra las irregulares practicadas por el Estado y la Guardia Civil, en especial, El País y

El Nuevo Régimen.

La presión nacional e internacional consiguió rebajar la sentencia definitiva dictada en

abril de 1897 por el Consejo Supremo de Guerra y Marina, que finalmente condenó a

muerte a cinco anarquistas, ejecutados el 3 de mayo de 1897, y a otros nueve les impuso

576
Las sospechas se fundaron en una carta de Tomas Ascheri, considerado el autor material del atentado,
publicada en L´Intransigent, el 25 de diciembre de 1896, en la que denunciaba haber sido engañado y
torturado para acusar a una red de cómplices y confesarse culpable de los hechos.

- 296 -
penas de hasta 20 años de presión.577 Al resto de los 63 procesados, de un total de 87, se

les absolvió, siendo desterrados de España de acuerdo con la Ley antiterrorista de 1896,

que se aplicó de forma ilegal y retroactiva, y por la cual fueron expulsados muchos

periodistas del país.578 Después de las ejecuciones, aumentó la campaña de la prensa,

especialmente en el extranjero donde se encontraban los periodistas expatriados,

quienes siguieron denunciando en los diarios europeos las calamidades vividas durante

todo el proceso, así como las irregularidades y crueldad con la que el Estado español

había actuado durante aquellos meses.

A modo de conclusión, podemos señalar que la desproporcionada política represiva

llevada a cabo tras el atentado de la calle Cambios Nuevos, no solo a través de una

legislación que vinculaba directamente terrorismo con anarquismo, y que violaba el

derecho fundamental a la libertad de imprenta, sino con otra serie de acciones arbitrarias

e ilegales, buscó en todo momento el silencio de todos aquellos grupos que se oponían

al régimen. Una actuación desmesurada, que se volvió en contra del propio gobierno, ya

que contribuyó a que se intercambiaran los papeles, y la sociedad pusiera el foco de

atención en la tiranía con la que había actuado el poder, y no en la violencia de los

terroristas. Tal y como certifica Núñez Florencio, “la onda expansiva” tomó tales

proporciones que, “ya nadie recordaba el atentado de Cambios Nuevos: solo se hablaba

del proceso de Montjuich”.579 Todo eso ayudó a que el Proceso de Montjuich se

577
Relatorios del Consejo Supremo de Guerra y Marina, 29 de abril de 1897. AIHCM, legajo 157.
578
Muchos de los absueltos tuvieron que permanecer en la cárcel indefinidamente, ya que en la aplicación
de la pena de extrañamiento, los presos tenían que pagarse los gastos de viaje hasta el país de acogida, y
no contaban con el dinero suficiente para salir de España.
579
NÚÑEZ FLORENCIO, R., El terrorismo anarquista (1888-1909), p. 94

- 297 -
convirtiera en un símbolo de la memoria colectiva del anarquismo español y del

proletariado.580

4. AMPLIACIÓN DEL DELITO A LA “APOLOGÍA DEL ANARQUISMO”

TRAS EL ASESINATO DE CÁNOVAS EN 1897

Como ya hemos señalado, tras la sentencia que puso fin al atentado de los Cambios

Nuevos se acrecentó la protesta internacional contra la represión practicada por el

gobierno español. Esencial fue la labor desempeñada por los periodistas que habían

estado presos en el castillo de Montjuich, y que en esos momentos se encontraban fuera

de España, como Fernando Tarrida del Mármol o Pedro Corominas. Durante los meses

posteriores a las ejecuciones y condenas de los presos de Montjuich, se utilizaron los

diarios extranjeros para denunciar todo lo acontecido en el procedimiento, señalando a

Cánovas como el principal verdugo y responsable de las torturas sufridas.

Especialmente relevante fue la campaña emprendida por algunos medios de difusión

franceses, como La Revue Blanche y la revista Temps Nouveaux, que pusieron de

manifiesto el poder de la Iglesia y del Ejército en España, y la obligada contención de

las cabeceras españolas durante todo el proceso. Conjuntamente con estas protestas,

fueron surgiendo en las diferentes ciudades europeas asociaciones para defender la

libertad de prensa de los anarquistas.581

580
En los círculos anarquistas existe todavía hoy la duda sobre la verdadera autoría del atentado de la
calle Cambios Nuevos, ya que llama la atención que el mismo se produjera en la parte de atrás de la
procesión, donde se encontraba la gente del pueblo, y no en la parte principal donde estaban los
representantes del clero y del ejército, que hubiesen sido los principales objetivos del movimiento
anarquista. Son muchos los que, todavía hoy, acusan a la propia policía de ser la responsable del ataque
organizado para reprimir las ideas progresistas de los opositores al régimen. NÚÑEZ FLORENCIO, R., El
terrorismo anarquista (1888-1909), p. 51
581
En Inglaterra se creó la Spanish Atrocities Committe, que organizó mítines y publicó un gran número
de panfletos a favor de los presos de Montjuich. También creó un grupo de solidaridad internacional, que
tenía como objetivo la defensa de la libertad de opinión y expresión de los detenidos que habían sido

- 298 -
La campaña internacional fue calando en la opinión pública de los países europeos y

consiguió que la reputación del régimen de la Restauración cayera en picado, y con ella

la de su presidente del Gobierno. Con la intención de vengar la muerte y torturas

sufridas por los presos, un anarquista italiano, Michele Angiolillo, asesinó el 8 de

agosto de 1897 a Cánovas curiosamente cuando éste se encontraba leyendo un periódico

en el balneario de Santa Águeda.582 El dirigente político pagó con su vida la excesiva

represión desplegada contra los anarquistas, y demás grupos que se vieron perjudicados

por la desmesurada actuación policial. En cualquier caso, este nuevo ataque terrorista,

que respondió a la necesidad del movimiento anarquista de castigar al que consideraban

verdadero culpable de las calamidades sufridas, reveló la ineficacia de las acciones

represivas utilizadas para combatir el terrorismo, así como la incapacidad de la policía y

la debilidad del poder público para enfrentarse a este problema.583

El atentado contra Cánovas acrecentó las medidas impuestas a la prensa periódica para

silenciar lo sucedido. Como primera medida, se impuso la censura previa para todos

aquellos telegramas o conexiones telefónicas que contenían informaciones sobre el

ataque, endureciéndose, además, las condiciones de las dos leyes antiterroristas,

entonces en vigor. A través de una circular de la fiscalía del Tribunal Supremo de 13 de

agosto de 1897, se exigió a los jueces y fiscales la vigilancia, no solo de la prensa

anarquista, sino de todas las publicaciones periódicas, para que, en el momento que

advirtieran que “manifiesta o veladamente” los diarios hicieran apología del

forzados a exiliarse, lo que fue inmediatamente imitado en otras ciudades como Barcelona, Bilbao,
Bruselas, Ginebra y Buenos Aires.
582
La asociación obrera inglesa Social Democratic Federation manifestó que la muerte del presidente de
España era una “justa represalia contra las crueles persecuciones de que son víctimas cuantos españoles
tienen ideas avanzadas”. El Imparcial, “Lo que dicen los anarquistas”, 12 de agosto de 1897.
583
No fue el único atentado anarquista de 1897, ya que, el 4 de septiembre de 1897, cuando no había
pasado ni un mes desde el asesinato del presidente del Gobierno, hubo otro ataque contra jefe de la policía
judicial en Barcelona, Portas, que no acabó con su vida.

- 299 -
anarquismo, de sus adeptos o de sus atentados, procedieran a promover la formación de

causa, inspeccionado personalmente el sumario y cuidando de que las diligencias se

siguieran con la mayor celeridad. La circular aclaró que, por “apología de los delitos y

de los delincuentes penados”, recogida en el artículo 7º de la ley de 10 de julio de 1894,

se entendía, no sólo presentar el atentado como una acción buena o meritoria, sino,

también, “disminuir la enormidad de los delitos presentando a sus autores con caracteres

que tiendan a hacerles simpáticos y a disuadir el horror que sus inhumanos atentados

deben inspirar”.584 El fiscal expresó en la circular que, para restaurar el orden y la

tranquilidad de la sociedad española, era necesario combatir directamente el “daño que

las publicaciones periódicas pueden causar por el afán de mantener el interés y ofrecer a

sus lectores incentivos para la curiosidad. (…) En las presentes circunstancias indiscreto

o imprudente”. Un ataque directo a la libertad de prensa, que tenía como objetivo

detener la campaña de prensa nacional e internacional que reclamaba la inocencia de

centenares de detenidos por el atentado de Cambios Nuevos. En el mismo precepto, el

gobierno acusó a los periódicos de crear leyendas, presentando a los anarquistas “como

mártires de unas ideas y como héroes que arrastran toda suerte de penalidades y hacen

impávidos el sacrificio de su vida en aras del amor a los que llaman sus hermanos;

¡como si pudiera haber heroicidad en la tradición, ni amalgamarse el instinto, furor y

sanguinario con los sentimientos de humanidad!”.585

No cabe duda, por tanto, de que el gobierno utilizó la disposición como pretexto para

imponer un castigo inmediato a los periódicos que venían protestando por las

irregularidades y abusos estatales cometidos durante el proceso de Montjuich,

584
Circular de 13 de Agosto de 1897 de la Fiscalía del Tribunal Supremo relativa á la represión del
anarquismo. Gaceta de Madrid, 14 de Agosto de 1897, número 226, pp. 502-503. Véase apéndice de la
tesis: ANEXO Nº28.
585
Circular de 13 de Agosto de 1897 de la Fiscalía del Tribunal Supremo.

- 300 -
restringiendo, una vez más, la libertad de imprenta a todos aquellos medios que no

seguían la línea pautada por el poder. Era una medida que, acorde con las leyes

antiterroristas, equiparaba la comisión de los atentados con la propagación de ideas

anarquistas, justificando que, con ésta última, se cooperaba directamente con los fines

del anarquismo. Con respecto a las medidas anteriores, la circular ampliaba el marco de

vigilancia de los jueces, posibilitando que todas las publicaciones, independientemente

de su ideología, pudieran ser condenadas por apología del anarquismo, sin que con eso

se estuviera llevando a cabo una conducta irregular por parte de las autoridades. La

ambigüedad con la que se había redactado la norma, que no delimitaba las materias

prohibidas por el Estado, contribuía a aumentar la arbitrariedad y los abusos de las

autoridades, que, gracias a la circular, quedaban inmunes de toda crítica, pudiendo

perseguir a todos los diarios cuyas publicaciones no fueran de su agrado o difundieran

noticias que, a su parecer, pudieran contribuir a enaltecer el anarquismo.

El temor a posibles represalias gubernativas hizo que, la mayoría de las publicaciones

españolas, con la excepción de los diarios republicanos y obreros, informaran a sus

lectores sobre la nueva medida gubernativa, silenciando su verdadera opinión ante una

norma que, expresamente, contravenía el derecho a la libertad de prensa. La

Correspondencia de España se limitó a advertir a todas las publicaciones de

información general que tuvieran cuidado con las noticias que difundían sobre el

asesinato de Cánovas, ya que la disposición contemplaba severas penas para los

periódicos que hicieran apología del anarquismo;586 mientras, El Imparcial confirmó

que aplicaría la misma de la manera más restrictiva que le fuera posible, ya que, pese a

no estar conformes con lo que ésta decía, seguirían “complaciendo al gobierno”.587

586
La Correspondencia de España, 13 de agosto de 1897.
587
El Imparcial, “El asesino de Cánovas”, 17 de agosto de 1897.

- 301 -
El único, entre todos los periódicos calificados como independientes, que se posicionó

claramente contra la política restrictiva llevada a cabo por el gobierno fue El Liberal,

que firmó un artículo, el 18 de agosto de 1897, en el que declaró que la nueva medida

legal era innecesaria, ya que, “por propio impulso”, los diarios españoles habían

suprimido informaciones transmitidas por telégrafo, con el objetivo de evitar la

responsabilidad moral “que pudiera caberle por la publicación de noticias referentes a

un proceso y a un crimen que de tal modo hiere los sentimiento universales de la

sociedad”. En el mismo artículo, el periódico se mostraba implacable con el gabinete

conservador, al que acusaba de instaurar un “sistema preventivo, arbitrario e

injustificado” de control informativo, imponiendo la previa censura para toda

información que comentara algún detalle del proceso por el asesinato de Cánovas. Su

opinión se encontraba refutada en que la misma circular no prohibía las noticias

relativas al crimen, sino aquellas que se considerasen “inconvenientes”. Así lo expresó

el diario liberal: “si (la circular) hubiera querido prohibirlo todo, lo hubiera prohibido.

La formación de causas no se puede hacer sin que se publiquen los datos estimados

penables”. Para el diario era fundamental que se aclarara que materias eran punibles, ya

que la prensa “podrá no tener interés ninguno en publicar noticias del reo de Vergara;

pero lo tiene y muy grande de defender sus derechos, sobre todo cuando, como en esto

ocurre, es la primera en cumplir lealmente la ley moral, que le impide dar resonancia al

anarquismo”.588

El País fue el periódico que más destacó por su defensa del derecho a expresar

libremente las opiniones sobre todo lo que concernía al anarquismo. Esta lucha, que

mantenía con el gobierno por la difusión de artículos en los que expresaba libremente su

588
El Liberal, “La censura y la prensa”, 18 de agosto de 1897.

- 302 -
opinión sobre lo ocurrido, le costó tres denuncias en tan solo cinco días desde el

asesinato de Cánovas, pese a que, el periódico defendía que no existía una sola frase de

mal gusto, ni una apreciación ofensiva, ni un juicio humillante: “Mañana podremos

llevar a su tumba como ofrenda funeral, tres legajos judiciales, donde se ha procesado a

la verdad, a la generosidad y a la justicia”. Días después, el diario republicano reprochó

la actitud del gabinete conservador, al denunciar repetidas veces su publicación por

“supuesta” propaganda anarquista: “¿Ha leído alguien una sola palabra nuestra a favor

de los dinamiteros? (…) No; nosotros hemos prestado oídos a quejas desgarradoras y

hemos protestado de ciertos procedimiento inhumanos cuando han recaído en hombros

a quienes luego han declarado inocentes los tribunales”.589

Para El País no había ninguna duda de que el verdadero motivo de la persecución

gubernamental era su oposición manifiesta al poder público: “Nosotros no hemos

llevado flores a la sepultura de la víctima, no hemos cantado alabanzas del político, pero

hemos procurado dar ejemplo de sinceridad”.590 Efectivamente, tras las numerosas

denuncias efectuadas contra el periódico, que no era partidario del anarquismo, ni del

terrorismo, e incluso, había censurado todos los atentados, parece lógico afirmar que el

asunto del terrorismo anarquista servía de fundamento para reprimir la libertad de la

prensa de las publicaciones más revolucionarias. Así lo insinuó el diario republicano:

“Los partidos y los periódicos de la oposición radical habrán de enmudecer, los unos

bajo la pena de la vida; los unos y los otros bajo la amenaza de ser tachados con el

estigma infamante de anarquistas asesinos”. En el mismo artículo, El País acusó a los

gobernantes de haber aprobado una circular que vulneraba expresamente los derechos

constitucionales, por miedo a que “los anarquistas no atacaran a la preciosa existencia

589
El País, “Información extraña”, 17 de agosto de 1896.
590
El País, “Otra denuncia”, 14 de agosto de 1897.

- 303 -
de las autoridades públicas”. Asimismo, el diario republicano ironizó con que la norma

extendiera la represión a todas las publicaciones periódicas: “Si solo atendiéramos a los

intereses materiales del periódico, estaríamos de enhorabuena porque no siendo nuestro

fuerte la información telegráfica, las dos disposiciones citadas nos colocan en iguales

condiciones que a los demás colegas”.591 El País aseguró que la represión

gubernamental se extendería no solo a los periódicos revolucionarios, sino también a

aquellos diarios independientes, que no “adulen” al poder o “enaltezcan a los que

desempeñan algún cargo público”, ya que la misma circular les daba pie para hacerlo.

La severa actitud del poder público contra las publicaciones españolas, a las que se

estaban imponiendo cuantas medidas restrictivas estaban a su alcance, partía del “odio a

la libertad del pensamiento”, así como a la venganza, hacia los que “no se han prestado

a desempeñar el papel de corifeos de los gobernantes en su desatentada política”. 592 El

periódico lamentaba, muy especialmente, que, la “manía persecutoria que se ha

desarrollado en el cerebro enfermo de los políticos de la Restauración”, provocaría la

protesta enérgica en la opinión pública de otros países extranjeros, y que, sin embargo,

en España, existiría alguna queja aislada, “y después, a callar todo el mundo, cuando no

a convertir el periódico en apologista de los mismos que le condenan”.593

Estas estrictas condiciones impuestas a la prensa española, junto con la guerra colonial

que se estaba desarrollando en ese momento, ocultó las protestas nacionales a favor de

los prisioneros de Montjuich, que no tuvieron la misma intensidad que las provenientes

de la prensa extranjera hasta pasado un año. El apogeo de la campaña nacional para

pedir la revisión del proceso y el reconocimiento del gobierno de las injusticias

cometidas se produjo en 1898, cuando diarios de tirada nacional acompañaron a las

591
El País, “LA CABEZA DE TURCO”, 15 de agosto de 1897.
592
El País, “LA CABEZA DE TURCO”, 15 de agosto de 1897.
593
El País, “LA CABEZA DE TURCO”, 15 de agosto de 1897.

- 304 -
denuncias que se venían haciendo desde hacía meses por los periódicos republicanos El

País y El Nuevo Régimen.594 A estos se unió más tarde El Progreso, que sustituyó a El

País y estaba dirigido por Lerroux, quien promovió una tremenda propaganda contra los

procesos de Montjuich, iniciada el 15 de diciembre de 1897 por el célebre artículo de

Montseny: “Las infamias de Montjuich”,595 en el que se dieron a conocer cartas de los

presos y documentos sobre los escalofriantes métodos utilizados por la policía, y que

logró un gran eco en la opinión pública. En febrero y marzo de 1898 otros publicaciones

periódicas de gran tirada, como El Liberal, El Imparcial o El Heraldo de Madrid, entre

otras, se sumaron a las protestas exigiendo la apertura de una investigación para aclarar

lo ocurrido.

Sin embargo, el recrudecimiento del conflicto cubano, que acaparó toda la atención de

los ciudadanos, trajo consigo nuevas medidas represivas para la prensa, entre ellas la

instauración de la censura militar con motivo de la intervención armada norteamericana

en el conflicto de Cuba, lo que dificultó enormemente la tarea de los periódicos

españoles. A esto contribuyó, también, la vigencia de las estrictas medidas contra el

terrorismo aprobadas por el Estado, que seguían dañando gravemente el derecho a

emitir libremente las ideas en los diarios opuestos al régimen. A pesar de los esfuerzos

de La Revista Blanca, que surgió en julio de 1898 como relevo de El Progreso,

suspendido tras la detención de varios miembros de su plantilla, entre ellos Lerroux,596

la campaña de Montjuich quedó diluida con todo lo que estaba ocurriendo al otro lado

594
La prensa republicana española tuvo una importancia notoria en las denuncias al gobierno, ya que los
órganos anarquistas estaban prohibidos por orden del gobierno central, y los diarios socialistas no tenían
la misma difusión e influencia entre los ciudadanos.
595
Montseny, que había regresado ilegalmente a España en noviembre de 1897, se convirtió en una figura
clave en la campaña nacional contra el Proceso de Montjuich. Con el objetivo de crear un medio que
difundiera sus ideas libertarias, que no podían ser difundidas en los periódicos por estar vigente la ley
antiterrorista de 1896, creó La Revista Blanca, que se convirtió en el diario que más activo se mantuvo en
la campaña de protesta contra los abusos gubernamentales.
596
El Progreso vio la luz, de nuevo, el 12 de marzo de 1899, coincidiendo con la excarcelación de
Lerroux, quién permaneció en la cárcel durante ocho meses.

- 305 -
del continente.

En julio de 1899, y con motivo del cumplimiento del plazo de vigencia de la Ley de

1896, que estaba marcado en tres años, Pi y Margall expresó en el Congreso su rechazo

total a una legislación que era “abiertamente contraria” a los principios de derecho y al

régimen democrático.597 Silvela, el nuevo presidente del Gobierno conservador,

defendió la justicia de la norma, afirmando que la mayoría de leyes extranjeras sobre

anarquismo sancionaban la apología de los hechos terroristas y la propagación de la

doctrina. Con el apoyo de Canalejas, líder del partido liberal, aprobó el Decreto de 7 de

septiembre de 1899, por el que se prorrogaba la vigencia de la legislación de 1896 por

un año, relegando a la clandestinidad durante doce meses más a los periódicos

anarquistas.598 Finalmente, el 25 de enero de 1900 el gobierno ordenó la amnistía de los

condenados de Montjuich, quienes fueron expulsados a Inglaterra. Por su parte, la

legislación antiterrorista, desarrollada a partir de los grandes atentados de finales del

siglo XIX, quedó completada con la reforma del artículo 248 del Código Penal, que

entró en vigor el 1 de enero de 1900, y por la que se ampliaba el concepto de atentado

terrorista a “ataques contra la nación y su independencia”. Para algunos juristas, esta

modificación del precepto penal fue considerada como “el primer peldaño de la política

de represión del catalanismo”, y antesala de la futura Ley de Jurisdicciones.599

Como hemos visto a lo largo del capítulo, las diversas medidas políticas adoptadas por

el gobierno durante este primer período de la Restauración marcaron las tácticas

desarrolladas por el movimiento anarquista a lo largo de estos años, pues pasó de estar

en la clandestinidad a manifestarse de muy diversas formas, utilizando la propaganda

597
Congreso, 26 de julio de 1899, Pi y Margall, cif. 1334.
598
Real Decreto de 6 de septiembre de 1899. Gaceta de Madrid, 7 de septiembre de 1899, p.894.
599
FIESTAS LOZA, A., Los delitos políticos (1808-1936), Salamanca, Cervantes, 1994, p.268.

- 306 -
ideológica como un instrumento esencial para la supervivencia de la organización. En la

década de los noventa el anarquismo se volvió más violento, llevando a cabo una

“propaganda por el hecho”, caracterizada por la ejecución de atentados terroristas, a

través de acciones revolucionarias individuales. La represión policial manifestada en

diversas medidas restrictivas, así como en la aprobación de dos leyes antiterroristas,

provocó la acentuación del terrorismo anarquista, que dejó al descubierto la incapacidad

del gobierno para garantizar el orden público, y generó gran alarma en la sociedad

española de la época. Estas actuaciones gubernativas repercutieron enormemente en la

libertad de los diarios españoles, especialmente en aquellos que no comulgaban con las

ideas del régimen. Estos se vieron constreñidos y silenciados por normas represivas

impuestas por el poder público, que utilizaban como pretexto los atentados anarquistas

para restringir la libre emisión de ideas. Esta circunstancia tuvo su reflejo directo en las

campañas iniciadas por los diarios extranjeros contra la actuación gubernativa y policial

llevada a cabo durante los procesos de Montjuich, que no pudo efectuarse con la misma

intensidad en España por la amenaza a fuertes y estrictas represalias que recaían sobre

sus publicaciones.

- 307 -
- 308 -
5. EL CONTROL INFORMATIVO DURANTE LA GUERRA DE

CUBA (1895-1898)

1. LA DIFERENTE APLICACIÓN DE LA LEY DE PRENSA EN CUBA

Antes de adentrarnos en el análisis del control informativo ejercido por el gobierno

español durante los tres años que abarcó la guerra colonial, es necesario conocer la

situación de la libertad de prensa de los periódicos publicados en la isla de Cuba, que

durante este período seguía estando bajo la jurisdicción española. La Ley de Policía de

Imprenta quedó aprobada en la Isla en 1886 y fue firmada por el entonces ministro de

Ultramar, Víctor Balaguer.600 Esta ley amplió el marco de la libertad de imprenta de los

periódicos isleños, aunque no de la forma en la que lo había hecho tres años antes con la

prensa española. Durante todo el período colonial, el gobierno cubano dependiente de la

administración española utilizó diferentes mecanismos con los que pudo controlar e

intervenir la información de forma casi total, y que tuvieron más o menos

preponderancia en función de las circunstancias políticas y sociales sobrevenidas en la

Isla.

En este sistema informativo configurado en La Habana tenía especial importancia la

concesión de permisos de impresión, que, junto con la censura previa impuesta en la

Isla, anulaban casi por completo la libertad de los diarios cubanos. Los permisos de

impresión eran otorgados directamente por el gobernador insular, tras un proceso largo

600
Hasta la entrada en vigor de la legislación de imprenta liberal, siguió vigente la Ley conservadora de 7
de enero de 1879, que, por Real Decreto de 7 de abril de 188, se hizo extensiva en Cuba con algunas
modificaciones. Pese a ser derogada en la Península, continuó vigente en la Isla según lo declarado en la
sentencia de 6 de junio de 1885. MARTÍNEZ ALCUBILLA, M., Boletín jurídico administrativo. Anuario de
legislación y jurisprudencia, Madrid, Administración Augusto Figueroa, 1886, p. 167.

- 309 -
y de grandes costes, y, en muchas ocasiones, se denegaban por causas morales, ideas

políticas o, incluso, porque el título del periódico en cuestión no resultaba acorde a la

idea de la autoridad. Era un recurso muy utilizado en la Isla, porque permitía al

gobernador seleccionar el tipo de prensa que quería, sin tener que recurrir para ello a la

previa censura. Aun así, estas autorizaciones gubernamentales iban acompañadas de una

cláusula que recalcaba la obligación de someter a la censura todo aquello que se fuera a

publicar, lo que provocó la proliferación de hojas clandestinas en todo el territorio. Por

otra parte, en Cuba era especialmente notoria la arbitrariedad de las autoridades que

desempeñaban el cargo de censor, quienes amenazaban a los directores con suspender

sus publicaciones, cuando recibían cualquier queja de autoridades que se sentían

injuriadas o insultadas.601 Tras la censura previa, que estuvo formalmente reconocida

hasta 1881, el gobierno abusó de la vía judicial para imponer multas o penas de

suspensión a los periódicos. Entre 1881 a 1886 la prensa sufrió 228 procesos judiciales

en tribunales especiales de imprenta, siendo secuestrados 25 periódicos y suprimiéndose

seis periódicos entre 1885 y 1886.602

El 8 de diciembre de 1886, coincidiendo con la puesta en marcha de la legislación

liberal en Cuba, el gobernador Callejas acordó el cese de los fiscales de imprenta de La

Habana y Puerto Príncipe, así como los funcionarios de las demás poblaciones. A partir

de este momento, los delitos de imprenta fueron objeto de enjuiciamiento criminal

601
LLOVERÍAS, J., Contribución a la historia de la prensa periódica, La Habana, Archivo Nacional de
Cuba, 1957, 322.
602
Son varios los ejemplos que nos encontramos durante este período: el periódico El Incondicional,
dirigido por Nicolás Rivero, fue suspendido por atacar a los autonomistas llamándoles “filibusteros,
enemigos falsos y encubiertos, rastreros en sus mezquinas aspiraciones y cobardes en sus manejos y el
heroísmo apenas si de nombre conoce”. ANC, FAP, leg. 197, nº12, “Denuncia del periódico semanal El
Incondicional”, 16 abril de 1882; El Rayo fue suspendido por el gobierno liberal por afirmar: “los
liberales de pega son separatistas que odian a España“. ANC, FGG, leg. 183, nº10190, 20 de abril de
1882; La Voz de Cuba fue denunciada a finales de 1884 por un artículo en el que exigía que se les
despojase a los autonomistas de toda participación en los destinos y cargos públicos. AHN, Ultramar, leg.
4827, Revista de la prensa de 5 de diciembre de 1884, comunicación del general Fajardo.

- 310 -
instruido por los promotores fiscales de cada jurisdicción o localidad, quienes en

muchas ocasiones llegaron a ser más inquisitivos que los propios censores. La Ley de

1886 otorgó atribuciones especiales a los promotores de imprenta, que eran sometidos a

procesos secretos para comprobar su idoneidad en el cargo teniendo en cuenta su línea

política, que debían instruir los casos de imprenta y dirigir la estructura de la vigilancia

policial, encargada, a su vez, de secuestrar los ejemplares una vez se iniciase el

sumario.603 En numerosas ocasiones se produjeron conflictos entre los fiscales de

imprenta, que adoptaban una decisión en función de su ideología política, y los

tribunales ordinarios, que eran los encargados de juzgar los delitos de prensa según la

recién implantada legislación liberal. Éstos absolvieron a un gran número de acusados

por los promotores de imprenta, e impusieron sanciones menos severas que los

aprobados años anteriores. A esto hay que añadir, además, que se concedieron una serie

de indultos a los periodistas (en 1887, 1889 y 1894), lo que reflejó una mejora en la

libertad de imprenta que la que habían gozado los periódicos en años anteriores.

Tras la entrada en vigor de la Ley de Imprenta, El Pueblo, periódico de mayor

circulación en la Isla, fue a su vez el más perseguido por las autoridades insulares. En

1887 se abrieron cinco causas en su contra, siendo absuelto sólo en una de ellas; uno de

sus redactores habituales, Victorino Reinieri, fue arrestado y permaneció en prisión

provisional durante seis meses, período máximo contemplado en la ley, por desacato a

la autoridad con motivo de dos sueltos publicados en mayo: “Sentencia injusta“ y “La

Audiencia de la Habana”.604 Otros periódicos autonomistas como La Lucha o La

Tribuna, también sufrieron las persecuciones constantes de las autoridades de La

Habana, que tenían órdenes expresas del gobierno peninsular de ser rigurosos a la hora

603
Artículo 20 de la Ley de Imprenta para la Isla de Cuba y Puerto Rico de 8 de diciembre de 1886.
Gaceta de la Habana, 9 de diciembre de 1886.
604
ANC, FAP, leg. 177, nº 3, 5,6 y 7.

- 311 -
de reprimir los abusos periodísticos.605 En 1891 se denunció en España el

procesamiento abierto al director de La Tribuna, quién había acudido a pedir amparo al

gobernador de Cuba ante sus sospechas de que alguien pudiera atentar contra su vida,

sin atribuir responsabilidad a nadie. Se trataba de un diario autonomista que había

realizado una dura campaña de oposición contra el gobernador de la Isla, y a

consecuencia de la misma se habían puesto “tirantes” las relaciones entre el diario y las

oficinas de la administración general.606 Con el único objetivo de silenciar a La Tribuna,

y con ello acabar con las manifestaciones contrarias a la política gubernamental, se

nombró a un juez especial para que llevara el caso, quién ordenó la prisión preventiva

para el director por un inexistente delito de denuncia falsa.

En ocasiones, la represión gubernamental provenía de la arbitrariedad e ineficacia de los

propios mecanismos policiales, como se puso de manifiesto en noviembre de 1887 con

el secuestro del periódico El Cubano, y no de El Criollo, que en su artículo “Extremos”

había cometido un delito de provocación a la rebelión.607 Otra forma de intervención de

la prensa, mucho más explícita, se llevó a cabo en 1893 mediante una comunicación del

negociado de imprenta por la que exigía que se le hicieran llegar los ejemplares de todos

los periódicos que se publicaban en los distintos distritos judiciales y municipales de

Cuba, pidiendo, además, a cada una de las autoridades de dichos distritos la elaboración

de una lista con el nombre de todas las imprentas, sus dueños, sus direcciones y los

605
El ministro de Ultramar, Manuel Becerra, envió una Circular, el 18 de enero 1889, a los gobernadores
generales de Cuba y Puerto Rico, en la que se declaraba: “La prensa ha de ser libre y ha de reflejar el
juicio de la opinión, que es la base de los gobiernos parlamentarios; pero el respeto a esta libertad no
excluye ni si quiera debilita el rigor con que los Tribunales de justicia y las autoridades gubernativas
deben reprimir los delitos y las faltas que se cometan por medio de la imprenta, y con mayor celo los que
afecten a la integridad de la patria, al prestigio de las instituciones y al decoro público”. Gaceta de
Madrid, 18 de enero de 1899.
606
Senado, 15 de Julio de 1891, Ballestero, cif. 3141.
607
ANC, FAP, leg. 81, n°20, “Causa criminal por haberse secuestrado indebidamente varios ejemplares
de El Cubano”, 25 de noviembre de 1887.

- 312 -
periódicos publicados en ellas.608 Estas inspecciones administrativas añadieron un

escollo más a los que ya se enfrentaba diariamente la prensa cubana.

2. LA INTERVENCIÓN DEL TELÉGRAFO COMO PRIMERA MEDIDA

GUBERNAMENTAL

La insurrección cubana iniciada en Baire en febrero de 1895 y llevada a cabo por el

movimiento independentista cubano, cuyo objetivo fue conseguir la emancipación

definitiva de la Isla, recrudeció un problema que España llevaba arrastrando desde la

revolución de 1868, y marcó el comienzo de una importante etapa de la historia de

nuestro país. En 1898 el conflicto pasó a convertirse en internacional por la entrada en

escena de EEUU, que, con el pretexto de defender los intereses de sus ciudadanos,

declaró la guerra a España en abril de ese mismo año. La derrota bélica supuso el fin de

España como potencia internacional, y provocó una profunda crisis moral en la sociedad

española afectando en gran medida a la prensa. Esto fue así porque, más allá de la

trascendencia política y económica, la contienda hispano-cubana se reveló como un

drama humano con miles de víctimas inocentes, entre las que se encontraba la población

civil insular y, también, jóvenes soldados españoles que, obligados por las autoridades

gubernativas y excitados por las cabeceras españolas más serias, embarcaron rumbo a la

Isla para luchar en un conflicto mal gestionado desde el principio.

Durante los tres años de contienda estuvo formalmente vigente la libertad de expresión

reconocida en la Ley de Policía de Imprenta de 1883, lo que favoreció el desarrollo de

la prensa española, que utilizaba todos sus recursos para ofrecer la mejor cobertura
608
ANC, FAP, leg.84, nº1, “Cuaderno que comienza con una comunicación del negociado de imprenta
del gobierno de la región occidental y de la provincia de la Habana, 23 de agosto de 1893, solicitando
ejemplares de los periódicos que se publican en los diferentes distritos judiciales”.

- 313 -
posible del conflicto. A medida que éste se desarrolló, fue en aumento el interés de la

opinión pública por conocer el transcurso de los acontecimientos, ya que eran muchas

las familias españolas con miembros luchando en las Antillas. Esa circunstancia disparó

la venta de los periódicos, único medio que tenía la población española, en esta época,

para estar informada de la problemática colonial. A pesar de que la Ley de Imprenta

posibilitó una gran cobertura informativa, la trascendencia internacional de la contienda,

en la que España tenía importantes intereses en juego, resultó aciaga para el

desenvolvimiento efectivo de la libertad de prensa.

Todos los esfuerzos del gobierno español estuvieron encaminados a controlar la

información transmitida por los medios, con el único objetivo de crear una realidad en

función de sus intereses, que contara con el apoyo y aprobación de la opinión pública.

Por ello, a lo largo del conflicto, el gobierno recurrió a todos los instrumentos que

estaban a su alcance para silenciar las actuaciones de guerra que no convenía que

conociera la sociedad. Esta desinformación impuesta por el poder facilitó enormemente

que el Estado construyera la realidad a su medida, aunque no contó con que la prensa,

cada vez con más influencia en la sociedad, se revelara en numerosas ocasiones para ver

reconocido su derecho a la libre expresión de ideas.

En términos generales, existió una línea común en la política de control informativo

llevada a cabo por ambos partidos, ya que durante los tres años de la contienda se

produjo una desigual intervención de los periódicos en función del territorio. En Cuba,

escenario del conflicto, se estableció una férrea censura militar, que vino acompañada

por la guardia permanente ejercida por los jueces de los distintos distritos que tenían la

orden directa del gobierno central de secuestrar de forma inmediata todos aquellos

- 314 -
periódicos que publicaran informaciones indebidas para los intereses españoles. En la

Península, por su parte, las publicaciones más perseguidas eran las de provincias contra

las que ambos gobiernos impusieron un estricto control. La prensa de Madrid tenía

relativa libertad de movimientos, motivada por su consabida línea patriótica, que

complacía al Estado, y que propició, en algunos momentos, la autocensura por parte de

las propias publicaciones. Aun así, a lo largo de la contienda la prensa de mayor

circulación se desligó del gobierno, criticando duramente las gestiones de las

autoridades en Cuba, especialmente la del general Weyler, lo que acarreó un incremento

en la represión de la prensa, que se verá fuertemente agarrotada en 1898.

En los dos gobiernos estas restricciones del poder se exteriorizaron, especialmente, en la

censura telegráfica y telefónica. Desde el inicio de la contienda hasta el fin del estado de

guerra, tanto conservadores como liberales intervendrían de forma recurrente todos los

telegramas sospechosos de aportar informaciones contrarias a sus intereses. Además, se

estableció una oficina dependiente del ministerio de gobernación, conocida como

“Gabinete Negro”, que mantenía permanentemente vigiladas las líneas telefónicas. El

organismo, situado estratégicamente en la central telefónica de Madrid, desde donde

salían todos los avisos a las empresas de provincias, cortaba toda comunicación en el

momento en el que un corresponsal informaba sobre asuntos vedados por el poder

público. Al respecto de la cuestión, el 16 de marzo de 1895, El Imparcial expresó su

imposibilidad de publicar un telegrama porque el ministro de Gobernación había

considerado que contenía información de “extraordinaria gravedad”.609 El periódico

madrileño, lejos de sentirse alarmado, consideró que la injerencia estatal estaba

609
El Imparcial, 16 de marzo de 1895.

- 315 -
plenamente avalada por las razones de carácter internacional que imponían esta

determinación.

Es interesante pararnos en este punto ya que, a lo largo de la guerra hispano-cubana,

fueron varios los periódicos, entre los que se encontraban los de mayor circulación, que

justificaron la intervención gubernativa de las vías telegráficas y telefónicas, ya que

consideraban que en tiempos de guerra ésta cumplía una función conveniente a los

intereses de la Nación. Para entender la cuestión debemos señalar que el telégrafo y el

teléfono eran los únicos instrumentos con los que contaban los periódicos españoles de

aquella época para comunicarse con sus corresponsales y recibir noticias de la

contienda, pero, a su vez, eran medios que proporcionaban una información

tremendamente valiosa para el adversario, ya que, en ocasiones, aportaban datos sobre

las operaciones llevadas a cabo por la escuadra española que eran de gran utilidad para

el ejército norteamericano. Atendiendo a este último enfoque, puede parecer lógico que

durante un conflicto armado se justifique la intervención de la administración pública

sobre los medios escritos para no facilitar a los enemigos de guerra datos técnicos muy

concretos sobre las operaciones militares que se van a realizar, teniendo así la censura

en tiempos de guerra “su macabro sentido”.610

1. LA IRRESPONSABILIDAD DE LA PRENSA ESPAÑOLA Y SU

EXALTACIÓN DEL PATRIOTISMO.

Durante los tres años de la contienda internacional, la mayoría de periódicos españoles

confundieron su función como verdaderos representantes de la opinión pública y

610
MERRILL, J., LEE, J., FRIEDLANDER, E., Medios de comunicación social. Teoría y práctica en Estados
Unidos y en el mundo, Madrid, Fundación Germán Sánchez Rupérez, 1992, p. 462.

- 316 -
abusaron de su libertad de prensa para manipular a la sociedad con una visión ilusoria

de la realidad cubana. Las informaciones fueron transmitidas con gran optimismo y un

exagerado patriotismo, cuyo último objetivo era presionar al gobierno español para su

intervención armada. Con el argumento supremo del honor a la Patria, se falseaba

sistemáticamente el potencial bélico de la escuadra española, maquillando la realidad y

ensalzando la imaginaria superioridad del ejército español frente al norteamericano, que

era reiteradamente menospreciado en las cabeceras españolas. Esta actitud se reflejó,

especialmente, en los grandes periódicos de empresa de Madrid, diarios serios como El

Imparcial, El Liberal y el Heraldo de Madrid, que, a pesar de vanagloriarse de su

independencia, generaron un gran impacto en la opinión pública y consiguieron que ésta

se posicionara a favor del conflicto armado. Entre la prensa de mayor circulación, La

Correspondencia de España fue la más acorde con la realidad que se estaba viviendo en

las colonias, aunque publicó también artículos en los que se recogían manifestaciones

claramente favorables a la guerra.

Menos belicosos, aunque en la misma línea de la prensa de masas, se posicionaron los

periódicos republicanos más importantes, entre los que encontramos El País y El

Progreso, si bien en sus páginas daban cabida también a discursos contrarios al ideario

seguido por los diarios. Otras publicaciones de partidos más extremos, como El Siglo

Futuro y El Correo Español, se declararon a favor de la intervención militar y

criticaron la pasividad de las autoridades gubernativas a la hora de posicionarse a favor

del conflicto armado. Frente a estas posturas radicales se encontraba la prensa

ministerial, liderada por La Época durante el mandato conservador, y El Correo en el

gobierno liberal, cuya actuación estaba regida por las pautas del partido

correspondiente, y fue más cauta y prudente que los periódicos de mayor circulación a

- 317 -
la hora de decantarse por la confrontación armada. Aún así, llegado el momento, estos

diarios también contribuyeron a extraviar la opinión pública, y cegados, como el resto

de la prensa, por la exaltación patriótica, postularon la posibilidad de que España

pudiera ganar la guerra a EEUU.

En el lado opuesto al de la gran mayoría de la prensa, encontramos algunos diarios de

provincia, especialmente los catalanistas y los nacionalistas vascos, así como los

anarquistas, periódicos que, por sus doctrinas, no defendían la devoción a la patria

manifestada por el resto. Asimismo, el Partido Socialista, representado por el semanario

El Socialista, mostró durante toda la contienda la necesidad de alcanzar la paz, ya que

con ello se lograba beneficiar al proletariado y al campesino cubano y peninsular, los

más perjudicados por el conflicto. La publicación inició una campaña contra el injusto

sistema de reclutamiento forzoso de personal militar ideado por las autoridades

gubernativas, que afectó a numerosas familias de las clases sociales más bajas,

librándose los más ricos que compraban su redención al Estado. Junto con estas

publicaciones, destacó el periódico republicano federal de Pi Margall, El Nuevo

Régimen, que fue el más coherente con su ideario, y desde el principio se opuso, no solo

a la guerra, sino también al entusiasmo exagerado con el que la mayoría de los diarios

vivían el conflicto. Las publicaciones republicanas federales de provincias tuvieron

como referente los discursos del líder político, y también cuestionaron el excesivo gasto

militar que representaba la contienda internacional, así como las consecuencias tan

nefastas que podía generar una posible guerra contra EEUU, poniendo de manifiesto

este falso patriotismo con el que muchos diarios engañaban a la sociedad española. La

crítica constante a las autoridades militares y su desvinculación de la línea patriótica del

- 318 -
resto de la prensa les hizo ganarse la enemistad manifiesta del poder, lo que en la

práctica se traducía en numerosos atropellos y persecuciones.

Las primeras derrotas contra EEUU trajeron consigo un cambio de actitud en la prensa

española, que pasó de las iniciales perspectivas optimistas al pesimismo y la

impaciencia por poner fin a la guerra. El ataque a la clase política fue cada vez más

persistente, independientemente de la ideología, ya que para los diarios, tanto

conservadores como liberales habían llevado a España a esas desastrosas consecuencias.

Cuando las tropas españolas estaban ya totalmente derrotadas, y con el único objetivo

de contener estas voces críticas cada vez más numerosas, el gobierno implantó el 14 de

julio de 1898 la censura militar en toda España. Esta fue la primera medida excepcional

adoptada en la Península desde el comienzo del conflicto, a pesar de la situación de

guerra en la que se encontraba el país desde 1895. La orden afectó en gran medida a la

prensa madrileña de mayor circulación, que, durante toda la contienda, como

señalábamos, actuó con mayor libertad que la prensa de provincias. El rechazo a la

previa censura impuesta por la administración pública fue unánime, y todas las

publicaciones de Madrid, acostumbradas a tímidas medidas gubernamentales que en la

práctica no se materializaron, vertieron sus protestas al poder público, excitando la

vuelta de una libertad de prensa que durante aquellos últimos meses había sido

totalmente anulada.

2. LA MANIPULACIÓN INFORMATIVA EN EEUU

El tratamiento informativo que dieron algunos medios estadounidenses del conflicto fue

fundamental para que la opinión pública norteamericana se posicionara a favor del

- 319 -
enfrentamiento armado. Como ya adelantábamos en capítulos anteriores, la prensa

norteamericana era muy respetada y ocupaba una posición privilegiada en la sociedad.

Al contrario de lo que ocurría en España durante ese período, donde la opinión pública

todavía se reducía a pequeños grupos burgueses centralizados en las grandes ciudades,

los rotativos estadounidenses ya contaban con un gran público lector atento a la

actualidad, que abarcaba la mayoría de los ciudadanos. Este punto es esencial para

entender la influencia y poder ejercidos por los periódicos estadounidenses durante toda

la contienda cubana, tanto para manipular a la población como para presionar al

gobierno, poniendo de manifiesto el abismo existente entre ambos países respecto a la

prensa. Con el transcurso de los años, podemos afirmar que los periódicos tuvieron

muchas facilidades para condicionar a la población estadounidense con sus

informaciones sensacionalistas y prejuiciosas, especialmente, si tenemos en cuenta que

al ser un conflicto internacional estaba desarrollado en un espacio geográfico

completamente distinto al de los ciudadanos, quienes dieron como válida la versión que

de la contienda hacía la prensa. No sólo eso, sino que además no dudaron en apoyar al

gobierno para que participara en el conflicto armado, una decisión que, pese a que

normalmente hubiera generado rechazo social, se pudo obtener gracias a las habilidades

periodísticas utilizadas por los rotativos que dieron cobertura a la guerra: The New York

World, New York Journal, Sun y Herald, todos ellos pertenecientes a una línea de

periodismo sensacionalista.

Una de las estrategias más utilizadas por estos periódicos apelaba directamente a los

sentimientos de los ciudadanos, mostrando en las noticias a los cubanos como gente

trabajadora, de buen carácter y oprimidos, y a los españoles como arrogantes, corruptos

y opresores. Este recurso propagandístico fue especialmente notorio en las noticias

- 320 -
referidas al general Weyler, que se presentó ante la sociedad norteamericana como un

villano capaz de destruir la estabilidad del país, lo que hizo que la mayoría de la

población se volcara y apoyara incondicionalmente a los rebeldes. No fue el único

recurso utilizado por estos rotativos sensacionalistas, que distorsionaron la realidad que

acontecía en Cuba sobre la base de especulaciones e invenciones, destacando lo que

interesaba que la población conociera, agrandando las supuestas atrocidades españolas y

ocultando todos aquellos datos que no interesaban para el fin último perseguido:

sensibilizar a la sociedad en torno a la necesidad de intervenir en la Isla. Era tal el

interés que tenían los rotativos estadounidenses que, con el único objetivo de aumentar

las ventas de sus publicaciones y alcanzar el máximo beneficio económico, en muchas

ocasiones, las noticias eran suministradas en diferentes días, con lo que se lograba

mantener en vilo a la población y captar su interés para que compraran las ediciones

siguientes.

Entre todos los rotativos norteamericanos destacó la actuación de W.R. Hearst, máximo

exponente de la prensa amarilla,611 que, con su diario New York Journal, protagonizó

una de las campañas periodísticas más feroces que se han conocido. El magnate

norteamericano tergiversó la información de la guerra cubana y divulgó en sus páginas

noticias de hechos inventados o distorsionados, creando así escándalos que no

existieron, ya que, durante una gran parte del conflicto, la situación de la Isla no

generaba informaciones. Los ya conocidos telegramas entre Hearst y su corresponsal

gráfico en Cuba, Remintgton, nos descubren la destreza con la que se podía falsear la

611
El concepto “prensa amarilla” se creó por el periódico The New York Times para denominar el tipo de
periodismo desarrollado por Pulitzer y Hearst, caracterizado por el tratamiento sensacionalista de las
noticias y la agresividad dialéctica con la que trataban a sus enemigos. El término se acuñó por la tira
cómica llamada “The Yellow Kid” que se insertaba todos los domingos en el World, y, tras la compra del
dibújate, pasó a formar parte del Journal.

- 321 -
realidad, no solo por escrito, sino de forma gráfica.612 A pesar de la aparente calma en

las Antillas, como así se lo hizo saber el ilustrador al afirmar su deseo de regresar a

EEUU por no tener nada que contar del conflicto, Hearst le obligó a permanecer en la

isla con su célebre frase: “Usted facilite las ilustraciones y yo le proporcionaré la

guerra”.613 Esta orden del director norteamericano nos da una muestra de por qué en el

mundo periodístico se ha calificado el conflicto cubano como “la guerra de Hearst”, una

novela inventada por el norteamericano para excitar las emociones de un público

maleable, y conseguir con ello aumentar las tiradas de su rotativo.

No nos podemos olvidar que esta manipulación informativa se produjo gracias a la nula

intervención del gobierno americano sobre las informaciones de guerra, lo que facilitó

la manipulación y distorsión de todas las noticias vertidas en sus publicaciones. No cabe

duda de que, salvando las diferencias de desarrollo entre ambos países, la gran

diferencia existente entre las cabeceras españolas y las estadounidenses durante el

desarrollo de la guerra de Cuba fue el control ejercido por sus respectivos gobiernos

respecto a las noticias que se transmitían a la sociedad. A diferencia de la estricta

vigilancia que impusieron los mandos españoles a la prensa peninsular e insular, en

EEUU no existía ningún tipo de traba para la libertad de prensa, lo que facilitó que los

corresponsales norteamericanos pudieran transmitir sus informaciones desde la Isla sin

que ninguna autoridad examinara la veracidad y exactitud de las mismas. A esta

situación contribuyó también el débil gobierno de la Restauración que, entretenido en

perseguir las publicaciones españolas más molestas y críticas con su gestión, dejaba

612
En aquella época no existía la impresión a distancia de fotografías transmitidas por telégrafo, por lo
que era relativamente fácil para los periódicos distorsionar las ilustraciones y dibujos enviados desde
Cuba, que se presentaban como fotos bajo comentarios como “la cámara no miente”, lo que daba una
imagen de mayor veracidad.
613
VIDAL COY, J.L., “Poder político y censura: la relación del establishment estadounidense con la
información en los conflictos militares ultramarinos del siglo XX”, Documentación de las Ciencias de la
Información, vol. 33, Murcia, Universidad de Murcia, 2010, p. 215.

- 322 -
total libertad de movimientos a los corresponsales norteamericanos, legalmente

acreditados en nuestro país, quienes publicaban informaciones en sus rotativos que eran

censuradas en la prensa española.

El tratamiento del conflicto llevado a cabo por la prensa amarilla estadounidense fue

muy criticado por los periódicos españoles, que pese a tener sus diferencias ideológicas

respecto a la política gubernamental adoptada en las Antillas, se mantuvieron unánimes

a la hora de rechazar este tipo de rotativos engañosos creados por los norteamericanos.

Las cabeceras españolas lamentaron especialmente que, durante toda la guerra, los

corresponsales estadounidenses tuvieran más facilidades que ellos mismos a la hora de

publicar noticias que resultaban ser perjudiciales para los intereses de la nación

española. La prensa seria estadounidense, a diferencia de lo que ocurrió en España

dónde hasta los diarios más sensatos se posicionaron a favor de la intervención dejando

a un lado la verdadera realidad cubana, reprochó la actitud de estos diarios

sensacionalistas y dijo sentirse avergonzada por la actitud adoptada por EEUU durante

todo el conflicto cubano. Así lo manifestó Edwin Lawrence Gogki, propietario del

Evening Post, quién, días después de la explosión de Maine, en febrero de 1895, afirmó:

“Es una vergüenza pública que los hombres puedan hacer tanto daño con el objeto de

vender más ejemplares”.614 El director americano criticó el irresponsable

comportamiento de los dos diarios sensacionalistas, acusándolos de haber reproducido

indebidamente hechos acontecidos en la isla, mediante la invención deliberada de

“cuentos calculados” y la temeridad desenfrenada en la composición de titulares.

614
LEAL CRUZ, M., “Cuba 98: Guerra y prensa. Controversias y disfunciones en torno al Maine. Especial
referencia a los rotativos norteamericanos”, XIII Coloquio de Historia Canario-Americana, 1998, Las
Palmas de Gran Canaria, Casa Colón, 2000, pp. 296-322, p. 311.

- 323 -
3. POLÍTICA RESTRICTIVA DEL GOBIERNO CONSERVADOR

1. LA PERSECUCIÓN SISTEMÁTICA DE LA PRENSA SEPARATISTA

El 24 de febrero de 1895 se produjo en Baire una nueva insurrección cubana más amplia

que los movimientos anteriores, que se vio favorecida por las revueltas que

paralelamente se produjeron en Filipinas, y que marcaba el inicio de la guerra hispano-

cubana, la cuestión más grave a la que se enfrentaba la clase política durante todo el

régimen de la Restauración.615 La prensa española se hizo eco del comunicado del

capitán general Emilio Calleja, en el que se informaba de los alzamientos en Baire y

Guantánamo, y transmitió la idea de que la rebelión sería sofocada muy pronto gracias a

la superioridad numérica de los militares españoles. La insurrección coincidió con los

últimos preparativos en las Cortes Españolas para poner en práctica la Ley Abarzuza,

disposición que concedía a Cuba y Puerto Rico un considerable grado de autonomía,

pero que, finalmente, tras los acontecimientos en las colonias, no se aprobó. Esta

situación fue aprovechada por Sagasta para presentar su dimisión el 22 de marzo de

1895, recayendo nuevamente el mando gubernamental en Cánovas. Paralelamente, las

cabeceras españolas que se mostraban muy optimistas y seguras del aplacamiento de la

rebelión de Baire, centraron todas sus esperanzas en el militar con mayor prestigio de

España, el general Martínez Campos, precursor de la Paz de Zanjón, quién,

coincidiendo con la subida del poder del partido conservador, ocupó el cargo de capitán

de Cuba en marzo de 1895 con el objetivo de restablecer la paz.

615
Congreso, 13 de marzo de 1895, Romero Robledo, cif. 2247.

- 324 -
Con el inicio de las hostilidades comenzó, además, el control gubernamental de la

libertad de información sobre la situación de la Isla. Respecto a la postura que tomó

cada partido en función de su ideología, podemos confirmar que, en un principio, y pese

a que la situación no tenía la gravedad que irá adquiriendo con el paso de los años, el

gobierno conservador adoptó una actitud represiva de mayor dureza que los liberales,

concretamente contra aquellos periódicos cubanos o españoles que propagaban y

defendían la causa separatista. Esta persecución era especialmente notoria en la prensa

separatista de las Antillas, donde quedaron suspendidas las garantías constitucionales

desde el 27 de febrero de 1895, de acuerdo con el artículo 17 de la Constitución de

1876, y se decretó la inmediata supresión de todas las publicaciones que apoyaran la

autonomía de Cuba. La política de represión informativa llevada a cabo por los

conservadores sobre estos diarios no se limitó a los territorios de Ultramar, sino que se

amplió a la Península, donde fue duramente perseguida. Esta decisión se tomó tras la

presentación en el Congreso de una Proposición de ley para que la propaganda

separatista se castigara en Cuba y Puerto Rico con la pena de destierro temporal.616 La

comisión que examinó la propuesta emitió un dictamen en el que se modificaba la

misma, entendiendo que los actos contra la integridad a la Patria, como era la

predicación del separatismo, no debían ser punibles sólo cuando se cometían en la Isla,

sino que la sanción debía extenderse también a las demás provincias y posesiones

españolas. De esta manera, quedaba establecida la prohibición de la propaganda

separatista por palabra o por medio de la imprenta en la Península, Cuba, Puerto Rico y

las islas Filipinas.617

616
Proposición de Ley del Dolz, castigando en Cuba y Puerto Rico la propaganda separatista. Congreso,
11 de marzo de 1895, Apéndice 12 al nº. 81.
617
Dictamen de la Comisión acerca de la Proposición de ley castigando el separatismo. Congreso, 24 de
abril de 1895, apéndice 5º al nº. 105.

- 325 -
Las principales actuaciones del ejecutivo conservador estuvieron encaminadas a

erradicar la prensa separatista, lo que se materializó en ataques constantes a sus

cabeceras. Así lo confirmó en mayo el ministro de Ultramar, quién declaró que, durante

esos meses, “donde quiera que ha habido un artículo separatista, donde quiera que se ha

cometido ese delito, allí se ha presentado la querella del fiscal; y donde quiera que una

Audiencia ha sobreseído, inmediatamente se ha interpuesto el recurso de casación ante

el Tribunal Supremo”.618 Las posturas de la clase política, al respecto de la persecución

de estos periódicos, quedaron plasmadas en un debate suscitado en el Congreso con

motivo del indulto solicitado por Sol y Ortega. El republicano consideró que debían

estar comprendidos en el mismo todos los delitos de imprenta cometidos tanto en la

Península como en Ultramar. El también republicano José Carvajal solicitó que su

concesión se hiciera con la excepción de todos aquellos periodistas que habían realizado

propaganda separatista en los territorios de Ultramar, afirmando que no era el momento

de que la administración pública “alentara con la clemencia” esa criminal propaganda

que “cuesta la vida a nuestros hermanos y que hace se consuma en guerra cruenta

nuestra hacienda”.619 Sin embargo, se alzaron otras voces discordantes, como la del

republicano Rafael Labra, quién defendió la necesidad de otorgar un indulto lo más

amplio posible,620 o incluso, tal y como solicitó el fundador del periódico La Justicia,

Nicolás Salmerón, la amnistía total para los delitos de imprenta. El periodista

consideraba que la prensa era víctima de obstáculos legales, por los que se imponía la

gracia del indulto, que funcionaban como trámites ineficaces para los “nobles

sentimientos en que el Gobierno y la Cámara promulgan”, 621 y afirmó que solo la

amnistía podía en esos momentos sobreponerse a esos límites.

618
Congreso, 13 de mayo de 1895, Ministro de Ultramar (Abarzuza), cif. 2249.
619
Congreso, 26 de junio de 1895, Carvajal, cif. 4960.
620
Congreso, 26 de junio de 1895, Labra, cif. 4960.
621
Congreso, 26 de junio de 1895, Salmerón, cif. 4960.

- 326 -
Finalmente, el 5 de julio de 1895, los conservadores concedieron un indulto total a los

autores de los delitos cometidos en la prensa periódica, aplicable tanto en España como

en Cuba y Puerto Rico, en el que quedaban excluidos los que “directa o indirectamente”

se refirieran a la propagación o defensa de la causa separatista.622 Con ésta medida no

solo se dejaban fuera del indulto los delitos cometidos por este tipo de prensa, sino que

se cedía al criterio discrecional de las autoridades definir en qué artículos se había hecho

también propaganda del separatismo de forma indirecta. Esta disposición no fue la única

tomada por las autoridades respecto a estas publicaciones, ya que, desde julio de 1895,

por un bando emitido por el general Salcedo, se otorgó a cada gobernador de provincia

la facultad de imponer a los periódicos las multas gubernativas que estimara oportunas

por los delitos de prensa cometidos en Cuba. Con esta medida, las autoridades podían

intervenir en asuntos de imprenta contra todo aquello que consideraran perjudicial para

los intereses gubernamentales, extralimitándose, por tanto, de las funciones reconocidas

en la Ley de 1883. Esta potestad daba vía libre a los gobernadores para atropellar de

forma recurrente, y amparados en la ley, a la prensa separatista, siguiendo la orden

directa del gobierno central peninsular, que quería limpiar las poblaciones de este tipo

de publicaciones.

Durante estos primeros compases de la guerra se produjo, también, un cambio en la

línea de opinión de las cabeceras españolas respecto a la figura de Martínez Campos,

quien había asumido el cargo de capitán general de Cuba desde el inicio de la

insurrección. Las iniciales alabanzas periodísticas hacia el general se convirtieron en

puñaladas dialécticas vertidas en las páginas de los periódicos, que acabaron con su

destitución. La campaña de prensa, que se inició en agosto de 1895, fue encabezada por

622
Real Decreto de 5 de julio de 1895 concediendo el indulto por delitos de prensa. Gaceta de Madrid, 6
de Julio de 1895. MARTÍNEZ ALCUBILLA, M., Boletín jurídico administrativo de 1895, p. 461.

- 327 -
El Resumen, que dudaba de la política de benevolencia practicada por el militar en la

Isla. Para Martínez Campos era importante buscar la conciliación con los alzados, y sin

embargo éstos, cuya eficacia y fuerza aumentaba a medida que pasaban los meses,

rehusaban todo tipo de negociación. A estos problemas se unió el desgaste que sufrió el

ejército español, por la carencia de instrucción militar y el mal funcionamiento de la

administración y sanidad de la armada.

A finales de 1895 el número de publicaciones que solicitaron la destitución del general

había aumentado de forma considerable, posicionándose entre ellas las de mayor

circulación y más influencia en la opinión pública como La Correspondencia de

España, Heraldo de Madrid, El Liberal o El Imparcial,623 en contrapunto con El

Nacional, diario del general Martínez Campos, que apoyó en todo momento la gestión

del militar, cegado por la pasión partidista de la que revestía todas sus informaciones

sobre el conflicto cubano. Paralelamente a la campaña de prensa española, los rotativos

sensacionalistas estadounidenses empezaron la suya propia con la que trataban de

desprestigiar a los españoles, describiendo todo tipo de brutalidades y crueldades

cometidas aparentemente por el ejército y los gobernadores españoles, no solo en la Isla,

sino incluso en las prisiones de la Península donde se encontraban varios

independentistas cubanos.624

El descrédito al que estuvo sometido el general por las críticas periodísticas, que fueron

destapando la mala gestión gubernativa de la guerra, intensificó las restricciones del

poder público hacia las publicaciones periódicas. El Liberal firmó un editorial, pocos

días antes de la destitución del general, en el que reprochaba la intervención constante

623
El Resumen, “La guerra de Cuba”, 18 de Diciembre de 1895.
624
New York Journal, 12 de Enero de 1896.

- 328 -
por parte de los conservadores de los telegramas que informaban sobre Cuba, y puso de

manifiesto las trabas gubernativas con las que los corresponsales españoles se

encontraban a la hora de hablar sobre la situación cubana. Lo llamativo del artículo fue

que el diario madrileño justificó la censura interpuesta por el poder público, ya que

consideró que en tiempos de guerra ésta cumplía una función conveniente a los intereses

de la Nación cuando se ejercía con un propósito útil, y, en esas circunstancias, “ningún

periódico puede negarse a someter sus noticias a la inspección oficial, seria e

inteligentemente ejercida”625 Sin embargo, reprochó al gabinete conservador la forma

en la que se estaba ejerciendo la intervención, ya que éste impedía la publicidad de los

telegramas de corresponsales españoles “bien informados y bien intencionados”,

dejando vía libre a las invenciones e hipótesis provenientes de la prensa americana. El

control informativo mal practicado por la administración pública, lejos de obtener la

unidad nacional, como pretendía el gobierno, produjo efectos muy nocivos para la

libertad de prensa, y contraproducentes para los fines perseguidos por el Estado.

2. REPRESIÓN GUBERNATIVA POR LA CAMPAÑA DE PRENSA

CONTRA WEYLER

La necesidad del gobierno conservador de adoptar un sistema de mayor dureza después

del fracaso de Martínez Campos, produjo un cambio en la capitanía general de Cuba,

que fue ocupada por Valeriano Weyler el 12 de febrero de 1896. Como veremos, el

militar llevó a la Isla una política de crueldad extrema muy reprendida por la opinión

pública española y norteamericana. Una de las medidas más controvertidas adoptadas

por el general durante su mandato fue la orden de reconcentración de civiles cubanos,

625
El Liberal, “La verdad”, 4 de enero de 1896.

- 329 -
dictada el 17 de febrero de 1896, por la que se dio traslado a todos los habitantes de las

zonas rurales de la isla a centros urbanos protegidos por las tropas españolas. Además,

se destruyeron todas las casas, materiales, productos y animales que habían quedado en

el exterior, para que no sirvieran de refugio a los sublevados, lo que posibilitó que el

ejército español identificara con más facilidad a los rebeldes que se escondían en estas

zonas despobladas.

Sin embargo, las erróneas previsiones de las autoridades españolas hicieron que los

miles de habitantes, en su mayoría ancianos, mujeres y niños, vivieran mal alimentados

y hacinados en barracones en condiciones antihigiénicas, lo que provocó que durante

esos meses se disparasen las enfermedades y muertes, no solo de los campesinos, sino

de los soldados españoles. Esta penosa situación fue utilizada por la prensa

norteamericana que magnificó los hechos, multiplicando las cifras de muertes y

enfermos, lo que causó un gran efecto y conmoción en la población norteamericana, y

abriendo una brecha casi insalvable en las relaciones estadounidenses y españolas.626

Con estos sucesos creció de una manera considerable la antipatía que sentían los

americanos hacia el general Weyler, al que atacaban desde los rotativos

norteamericanos con calificativos como “asesino”, “carnicero” o “el monstruo del

siglo”, convirtiéndole en una de las figuras más odiadas por la nación americana.

La inflexible política llevada a cabo por el general fue reprochada también por un

amplio sector de la prensa española que denunció la ingrata situación del ejército en las

Antillas. A medida que transcurrieron los meses se puso de manifiesto la existencia de

falsificaciones, falsedades organizadas e inmoralidades, así como otro tipo de abusos

626
COMPANYS MONCLUS J., La prensa amarilla norteamericana en 1898, Madrid, Silex, 1998, p. 38.

- 330 -
gubernamentales practicados a la hora de reclutar a la armada española, que, unidos a

las pésimas condiciones de vida y de hospitalización de los soldados que se encontraban

en las colonias, hicieron que aumentasen las voces denunciando la corrupción

administrativa. Pese a los intentos del poder público de silenciar estas informaciones,

salieron a la luz datos que dejaban ver las numerosas bajas del ejército español,

causadas por hambre y enfermedades, y no por acciones militares como se pretendía

hacer creer a la sociedad de la época. La noticia acerca de cómo se practicaba la recluta

voluntaria de soldados de Madrid, en julio de 1896, puso de relieve estas deficiencias y

ocasionó un gran estupor entre la opinión pública. Algunos periódicos señalaron que las

autoridades habían aceptado como “manos útiles” para la armada española a 87

individuos entre los que se encontraban niños entre 6 y 10 años, ancianos y lisiados, que

no cumplían con los requisitos legales para formar parte de un ejército. A esta penosa

situación se unió la perplejidad causada por un comunicado de Weyler en el que

afirmaba que los individuos que llegaban a la Isla eran todos inútiles y solo servían para

“consumir raciones u ocupar camas en los hospitales”.627

Para esclarecer estos hechos, el periódico La Justicia publicó el 31 de julio de 1896 un

artículo en el que se formularon una serie de preguntas al ministro de Guerra, que

fueron consideradas injuriosas por el tribunal militar. Éste ordenó el encarcelamiento de

su director, León Vega, lo que provocó una airada reacción por parte de la prensa

española, que consideró un verdadero atropello el procedimiento “severísimo” que se

estaba siguiendo contra el periodista. Para los periódicos de Madrid, era totalmente

inadmisible que se condenara a León Venga por haber denunciado los abusos, y no a las

autoridades militares denunciadas, que habían realizado las irregularidades. El País

627
El Imparcial, “La recluta voluntaria y la conciencia popular”, 14 de Agosto de 1896.

- 331 -
afirmó que la primera víctima de las injusticias que estaban aconteciendo en Cuba era

“el periodista que los ha denunciado”. Por su parte, El Imparcial declaró: “El

esclarecimiento de la verdad no podrá jamás perjudicar a los buenos; por el contrario

todos ganarán con él, y se evitarán cuantos males se incuban en las atmósferas densas y

en la peligrosa oscuridad”.628

El caso generó también un extenso debate en el Senado, en el que políticos de diferente

signo ideológico reprocharon la arbitrariedad cometida contra el director, y criticaron el

excesivo rigor con el que la jurisdicción de guerra estaba llevando la causa. Tanto el

político republicano Zubizarreta como el liberal Moret se quejaron del abuso cometido

por el tribunal militar, ya que éste no había procurado a León Venga los medios de

defensa legítimos, no solo por la prolongación indefinida del tiempo de prisión

provisional sin que hubiera indicios de delito, sino porque, además, había sido negada

su excarcelación.629 Según la autoridad competente, no se podía poner en libertad al

director porque éste “persiste en injuriar a las autoridades del ejército con nuevos

escritos ofensivos para éstas”,630 lo que suponía una verdadera ilegalidad judicial al

hacer perdurar un castigo por un delito que no había sido denunciado, y que nada tenía

que ver con el motivo inicial de la detención.

En paralelo con estas actuaciones, continuaba la rigurosa política gubernamental llevada

a cabo contra la prensa separatista. Fue tal la amenaza que sintieron los militares y la

clase política hacia este periodismo, que, pese al reconocimiento legal de la separación

628
El Imparcial, “La recluta voluntaria y la conciencia popular”, 14 de Agosto de 1896.
629
Durante la guerra de Cuba se intensificó este mecanismo indirecto de censura que consistía en
mantener en prisión de forma prolongada al director de un periódico sin llegar a esclarecer la culpabilidad
o no del mismo, con el único motivo de silenciar las voces críticas que se oponían a las autoridades
gubernativas.
630
Senado, 28 de Agosto de 1896, Zubizarreta, cif. 2749.

- 332 -
de poderes en los procedimientos de imprenta, muchos políticos exigían al gobierno que

actuara contra los periodistas que incitaban a la independencia cubana. Un ejemplo lo

encontramos en la intervención en el Senado del militar Martínez Gutiérrez, que

“recordando los sufrimientos que hoy se imponen a todos mis compañeros por estas

insurrecciones separatistas”, 631 reclamó al partido conservador que hiciera recaer todo

el peso de la ley sobre el director de La Paz, procesado por haber convivido,

presuntamente, con los enemigos de la Patria. Para el senador, este tipo de delitos eran

tan graves que los criminales debían sufrir cuanto antes el merecido castigo, y para ello

era necesario la influencia del poder público sobre el juez que instruía la causa, quién

guiado por éste procedía favoreciendo los intereses nacionales. La incesante

persecución a la prensa separatista por parte del gobierno conservador continuó durante

meses, en los que no cesaron las instrucciones al poder judicial para acabar con este tipo

de periódicos.632

Además de la prensa separatista, durante estos primeros años de conflicto los periódicos

autonomistas también eran considerados enemigos de los intereses patrióticos, y fueron

muy criticados, no solo por el poder público, sino también por los rotativos españoles,

en los que, como ya hemos señalado, primó el patriotismo exaltado por encima de todos

los juicios y ataques contra las autoridades. Esto explica que El Imparcial, uno de los

diarios más críticos con la gestión militar de Cuba, suscribiera la arbitraria decisión

adoptada por Weyler de suprimir el periódico cubano y autonomista La Discusión, tras

la difusión de un artículo que abogó por la intervención de EEUU para pacificar la Isla.

631
Senado, 3 de Septiembre de 1896, Martínez Gutiérrez, cif. 2808.
632
Las órdenes no solo iban dirigidas a jueces, ya que existen muestras inequívocas de que entre las
propias autoridades se transmitió la necesidad de perseguir incansablemente a los periódicos separatistas.
Como ejemplo, la instrucción secreta de 17 de marzo de 1897 del Ministerio de la Gobernación al
gobernador civil de Barcelona: “El gobierno aprueba lo hecho por V.I. suspendiendo periódicos
declaradamente separatistas y tomando las debidas precauciones para la conservación del orden público”.
A.H.N, Ministerio de la Gobernación, Legajo 5.

- 333 -
La medida gubernamental, que fue acompañada del encarcelamiento y deportación de

su director, violó la legislación de imprenta, ya que se tomó a instancias del tribunal

competente, con el objetivo de evitar que por la lentitud del procedimiento judicial el

director pudiera ser sustituido por otra persona y burlara, así, la acción de la ley.633 Esta

fue la tónica general de la mayoría de las publicaciones que, pese a sus firmes

convicciones respecto a la libertad de imprenta, justificaron, apelando al honor de la

patria, las ilegalidades cometidas por las autoridades contra los periódicos autonomistas

y separatistas.

Por este motivo, no son de extrañar las quejas de la prensa madrileña de masas a

principios de 1897 por la repartición en la Isla de hojas suscritas por La Voz de Cuba, en

las que, siguiendo instrucciones de la autoridad superior, se declaró que todos los

ciudadanos que se considerasen patriotas debían abstenerse de comprar los periódicos

de Madrid que atacaran directa o indirectamente al general Weyler, como ya lo hacían

con La Patria y El Porvenir, diarios separatistas. El suelto añadió, además, que para la

causa de España la prensa de masas era la más perjudicial. Al respecto, el director de El

Imparcial, Domingo Blanco, exteriorizó su repulsa frente al contenido del impreso, y

afirmó que el escrito atentaba contra la libertad de información de la prensa de mayor

circulación. Asimismo, alegó que la hoja era desleal con la causa nacional al considerar

más lícitos los “papeluchos” que divulgaban la propaganda separatista y llamaban

“cobardes a los españoles, imbéciles a los jefes y oficiales del ejército y cruel a la

reina”.634 En este contexto es lógico que, para estos periódicos que durante toda la

contienda actuaban en función de un exagerado patriotismo, fuera cuanto menos

633
El Imparcial, “El periódico La Discusión suprimido. Detención de su director, Coronado”, 24 de
octubre de 1896.
634
El Imparcial, “España en Cuba: Los periódicos filibusteros preferidos a los españoles”, 11 de Enero de
1897.

- 334 -
llamativo que, por poner de manifiesto los excesos cometidos por las autoridades

militares de Cuba, el gobierno les acusara de traidores y les compase con los diarios

separatistas que, para la prensa de masas, eran los verdaderos enemigos de la nación al

atacar el honor de España.

El divorcio definitivo entre la prensa de mayor circulación y el gobierno conservador se

originó a principios de 1897, coincidiendo con el secuestro del Heraldo de Madrid y la

detención de uno de sus redactores, Gonzalo Reparaz, por un artículo publicado el 30 de

diciembre de 1896 en el que se evidenciaban las deplorables condiciones en las que

vivían los soldados en Cuba. La denuncia de la publicación se produjo simultáneamente

con otras recogidas de ejemplares llevadas a cabo por los tribunales militares en las

redacciones de El Imparcial, El Siglo Futuro, El Correo, El Ejército Español y El

Correo Español. A estas medidas se unieron los numerosos ataques gubernativos que

sufrieron los periodistas en el ejercicio de su derecho desde que se pusieran de relieve

las irregularidades del ejército en Cuba. Durante los primeros días de 1897, la política

de censura encubierta practicada por el gobierno conservador se hizo cada vez más

patente a través del secuestro de ejemplares, el ataque bajo coacción y fuerza a los

vendedores de periódicos, las amenazas a los periodistas provenientes de las autoridades

gubernativas y militares, y la imposición de más y peores sanciones a estos a través de

los tribunales militares, que pese a no tener competencias en materia de prensa,

contaban con el apoyo del gobierno conservador para imponer penas de prisión

incomunicada para todo aquel que denunciara o criticara la actitud del ejército español

en la guerra. La intimidación mediante trabas al ejercicio eficaz de la libertad de

imprenta era la única forma que tenía el débil poder de la Restauración de cortar la dura

- 335 -
campaña de prensa practicada contra su gestión, y con ello conseguir el silencio de los

medios para que los abusos cometidos en Cuba no llegaran a la población española.

Sin embargo, la ineficaz intervención gubernativa no era capaz de callar a la prensa que,

liderada por los directores de El Heraldo de Madrid y El Imparcial, reflejó su propósito

de no rendirse ante las iras ministeriales, y defendió la libertad de pensamiento que

estaba siendo arrebatada por el gobierno conservador. Con estas palabras lo declaró El

Imparcial: “Será preciso que el gobierno ponga mordazas en todos los labios, que

aplique la Ordenanza a todos los militares y el Código penal a todos los paisanos, que

secuestre el correo de Cuba, que cierre los cafés y mantenga estrecho cerco sobre los

sitios de reunión, que penetre por fin en el fondo de los hogares para sofocar allí mismo

las explosiones íntimas de una amargura”.635 Los diarios se mostraron muy críticos con

la política de control practicada por Cánovas, a quién no le bastaba con cortar

violentamente la comunicación de la prensa desde el inicio del conflicto, lo que

obligaba a los periódicos a “mutilar” las correspondencias con las informaciones que

llegaban de la Isla, y a ejercer, en numerosas ocasiones, la autocensura, al tener que

“guardar no escasa parte de ellas bajo el secreto de la fe judicial”, 636 sino que ahora,

también, les privaba de las libertades necesarias para investigar la verdad de lo que

acontecía en Cuba. La protesta de las publicaciones de mayor circulación de la época, El

Imparcial, el Heraldo de Madrid y La Correspondencia de España, se materializó con

la orden de retirar a sus corresponsales de Cuba, al entender que nada tenían que hacer

éstos en las Antillas ante esta política de represión gubernativa, que limitaba sus

funciones a copiar las noticias oficiales de los altos funcionarios de la Habana, no

635
El Imparcial, “Ante la opinión”, 4 de Enero de 1897.
636
El Imparcial, “Ante la opinión”, 4 de Enero de 1897.

- 336 -
siempre confirmados por los hechos, o bien a burlar las sistemáticas restricciones de la

censura.

Las protestas de la opinión pública española contra la gestión realizada por Weyler

fueron en aumento, especialmente cuando Cánovas reafirmó su apoyo absoluto a la

gestión realizada por el capitán general, declarando que éste no solo seguiría al frente

del ejército de Cuba, sino que, además, en la Isla se le consideraba un ídolo de España.

Estas manifestaciones encendieron aun más a El Imparcial que publicó un artículo

titulado: ¡PERDÓN!, en el que dejó en evidencia la ceguera de Cánovas por sus

desafortunadas declaraciones, y puso de manifiesto las diferentes formas en las que la

prensa conseguía sortear la censura. Al tratarse de un escrito que no atacaba

directamente al gobierno, sino que criticaba de forma indirecta al poder público,

comparándolo con un perro grande que “muerde y ladra”, las autoridades pasaron por

alto la publicación, aun teniendo una carga de crítica mayor que la de otras que no

habían evitado el lápiz rojo.637 En el artículo, el diario madrileño se disculpó con la

administración pública por haberse “permitido” proponer al jefe de gobierno soluciones

para los problemas del momento: “¿Quiénes somos nosotros para atrevernos a tanto?”, y

pidió clemencia a ese “perro” del que ya había recibido suficientes “mordeduras” como

castigo: “Venga ya la piedad. Sea de nuevo atado a su cadena de oro ese mastín

corpulento y glorioso y caiga sobre nosotros la absolución”. De forma irónica El

Imparcial declaró que la culpa de todo la tenía la “maldita prensa de gran circulación”,

pero que, “afortunadamente para los españoles”, Cánovas había comprendido que,

escuchar a este tipo de periódicos “es labrar la desventura de España”.638

637
La propia prohibición gubernamental sobre el tratamiento de determinados asuntos propiciaba que los
periódicos buscaran estrategias lingüísticas para burlar al poder, y así expresar a los ciudadanos sus
críticas hacia el sistema represivo adoptado por el gobierno.
638
El Imparcial, “¡PERDÓN!”, 8 de Enero de 1897.

- 337 -
Paralelamente a estas declaraciones a favor de la libertad de prensa, siguieron los

clamores contra la arbitrariedad cometida por el tribunal militar por el encarcelamiento

del escritor Reparaz, quién, durante su estancia en prisión, recibió innumerables

demostraciones de afecto por parte de la prensa de todas las ideologías. Un gran número

de periódicos, unidos por la indignación causada por los atropellos hacia la razón y la

moral realizados por las autoridades gubernamentales, se cuestionaron la verdadera

efectividad de la Ley de Imprenta de 1883, que proclamaba la separación de poderes en

los procedimientos de imprenta, debiendo abstenerse la jurisdicción de guerra de incoar

procedimientos. Esta disposición legal, reafirmada por la jurisprudencia del Tribunal

Supremo, resultaba ser “letra muerta” para el gobierno de la Restauración, que, en este

contexto de confrontación armada en la que España no lograba salir, solo le preocupaba

amordazar a la prensa por encima de toda jurisprudencia y leyes. La cuestión sobre la

usurpación de poderes por parte de la jurisdicción militar fue tratada por el tribunal de

Sevilla, que publicó un artículo en el que se defendían las denuncias hechas por

Reparaz, y por extensión, las del resto de periódicos de Madrid, cuyo único “delito”

había sido poner en conocimiento de la autoridad un hecho que podía ser susceptible de

sanción. Este tribunal aclaró, también, que, de proceder con respecto al sistema de

enjuiciar vigente, la administración pública tenía la obligación de atender la denuncia de

Reparaz e incoar una instrucción para esclarecer la verdad, y, solo en el caso de que la

misma no se probara por ser falsa y calumniosa, abrir una causa criminal contra el

periódico.639

Para acallar las voces cada vez más numerosas sobre la posible ilegalidad cometida por

el tribunal militar, el fiscal del Tribunal Supremo publicó un dictamen en el que se

639
El Imparcial, “El Señor Reparaz”, 13 de Enero de 1897.

- 338 -
afirmó que, en el procedimiento instruido contra Reparaz, estaba plenamente justificada

la jurisdicción militar, ya que el periodista incurría en el delito de sedición definido y

penado por el art. 249 del Código de Justicia Militar, referido a individuos sujetos al

fuero militar.640 El fiscal declaró que, en este contexto en el que los intereses de la

nación se fiaban por entero a la armada española, los ataques de la prensa madrileña a

determinadas clases del ejército, incitando los ánimos de los soldados, al afirmar que

eran víctimas “de negligencias y de explotaciones incalificables”, no podían

considerarse una simple injuria: “Es dar armas a los enemigos de España, es mermar la

fuerza y el prestigio de un ejército en campaña”.641 Esta doctrina del fiscal del Tribunal

Supremo, con la que Cánovas se mostró plenamente de acuerdo, supuso un abuso

directo contra la legislación de imprenta, ya que hizo imposible que, en circunstancias

de guerra, la prensa pudiera escribir sobre asuntos relacionados con la vida militar. Tal y

como afirmó El Imparcial, de prevalecer la opinión del fiscal, no solo quedaba

sustituido el Código Penal por el Código de Justicia Militar, y el jurado por tribunales

de guerra, sino “todas las garantías del derecho por excesos de una arbitrariedad

desenfrenada”.642

Esta nueva traba al ejercicio efectivo de la libertad de prensa provocó la reacción

inmediata de El Imparcial, que con su artículo “Se suprime la luz”, denunció la falta de

libertad existente a la hora de emitir juicios sobre la guerra y sobre Weyler, declarando:

“Entre las tinieblas y el silencio es donde los grandes peligros se desarrollan

libremente”.643 El periódico madrileño se lamentó de las persecuciones y atropellos

640
Artículo 249 del Código de Justicia Militar: “Será castigado por pena de prisión correccional el que de
palabra, por escrito o valiéndose de cualquier otro medio vierta entre las tropas especies que puedan
infundir disgusto o tibieza en el servicio, o que murmuren de él”.
641
El Imparcial, “El proceso contra Reparaz. Dictamen del Fiscal del Supremo”, 21 de enero de 1897.
642
El Imparcial, “Contra la justicia”, 21 de enero de 1897.
643
El Imparcial, “Se suprime la luz “, 22 de Enero de 1897.

- 339 -
constantes por parte del poder público, especialmente cuando en épocas anteriores los

diarios conservadores dirigieron peores acusaciones al general Calleja, y señaló a

Cánovas como el verdadero responsable de este recorte de libertades, al que se le acusó

de buscar con el pretexto de la guerra la vuelta a aquellos días en las que la prensa

estaba sujeta al férreo dictamen de un fiscal o la arbitraria censura gubernamental o

militar. El Imparcial se hizo eco también de las críticas de El Nacional ante el dictamen

del fiscal del Tribunal Supremo, que con estas palabras se lamentaba: “Si un día los

militares indefensos llegan a solicitar del gobierno la represión enérgica de campañas

que lastiman su prestigio y quebrantan la eficacia de nuestras armas, no necesitará el

gobierno inventar argucias para suspender las garantías constitucionales y gobernar con

el único periódico que reúne la opinión de las crisis nacionales: con la Gaceta”.644

Finalmente, el 22 de enero de 1897 el Tribunal Supremo declaró que el procedimiento

seguido contra el periodista Reparaz debía sustanciarlo la jurisdicción ordinaria, y no el

fuero militar, rechazando así la doctrina del fiscal y de Cánovas. Con el dictamen

reconociendo la competencia común, que entró en vigor el 26 de enero, se procedió a

poner en libertad al escritor.645 Sin embargo, esta medida favorable a la prensa no frenó

la campaña periodística iniciada contra el sistema cada vez más corrupto y autoritario

del presidente, y con creciente intensidad los periódicos clamaron contra los abusos

militares cometidos en Cuba y las pésimas condiciones en las que se encontraban los

soldados españoles.646 Esta actitud chocó con la prensa conservadora, liderada por La

644
El Imparcial, “Se suprime la luz “, 22 de Enero de 1897.
645
El fallo del Tribunal Supremo estaba en consonancia a las sentencias que el Alto Tribunal venía
resolviendo sobre el conflicto de jurisdicciones en los delitos de injurias contra militares, tal y como
veíamos en el capítulo 3 dedicado al poder militar.
646
El 13 de Enero de 1897, El Imparcial publicó un listado con los periódicos de provincias que se habían
unido en la campaña de El Heraldo y El Imparcial contra los abusos cometidos en Cuba. Entre otros: La
Vanguardia de Barcelona, El Mercantil Valenciano, La Unión Republicana de Cádiz, El Heraldo de
Aragón y Badajoz, El Pueblo de Valencia, El Porvenir de León, El Diario de Pontevedra y Tarragona, La
Unión de Córdoba o El Alcance de Huelva (que fue, además, denunciado).

- 340 -
Época, que, mediante informaciones que hacían poner en duda las noticias vertidas en

las cabeceras madrileñas, exigiría a los diarios de mayor circulación que pusieran fin a

los ataques al ejército y el gobierno.

Paralelamente, en EEUU la entrada en la escena política de William McKinley en

marzo de 1897 hizo que las relaciones hispano-norteamericanas, que hasta entonces se

habían mantenido cordiales, cambiaran de forma radical. El nuevo presidente de los

EEUU rompió las relaciones con España con una política de hostigamiento claramente

enfocada hacia la intervención armada, concediendo a Cuba el derecho a la beligerancia

y legitimando la ayuda económica a los insurrectos. A esta postura combativa del

gobierno ayudaron los rotativos sensacionalistas estadounidenses, que seguían con su

campaña de difamación e invenciones para desprestigiar a las autoridades españolas.647

El cambio presidencial ayudó a aumentar las mentiras vertidas en estos diarios

sensacionalistas, ya que McKinley dio absoluta libertad y puso todo tipo de facilidades

para que desde las columnas periodísticas se manipulara a la opinión pública

norteamericana, ya que le convenía que ésta se posicionara a favor de la intervención.648

647
Uno de los múltiples ejemplos existentes en la prensa de la época lo encontramos en el extenso
reportaje publicado por el New York Journal el 12 de Febrero de 1897, que afirmó que los funcionarios
españoles habían registrado a tres mujeres cubanas de importante posición social completamente
desnudas. La noticia fue desmentida por las mujeres, entrevistadas por el World de Pulitzer después del
impacto causado en la opinión pública norteamericana, y el propio rotativo se vio obligado a rectificar la
información. New York Journal, 12 de Febrero de 1897. Citado en COMPANYS MONCLUS J., La prensa
amarilla norteamericana en 1898, Madrid, Silex, 1998, pp. 54-59.
648
Sin más vía informativa que la prensa, la manipulación resultó más fácil, por lo que al Journal no le
costó hacer creer a la sociedad norteamericana la noticia publicada el 16 de Agosto de 1897 sobre
Evangelina Cisneros, condenada a veinte años de cárcel por, según el rotativo, haberse resistido a
mantener relaciones sexuales con el jefe de la armada española de la isla de Pino, cuando, en realidad, se
le había sancionado por intento de asesinato. BRONSON REA, G., Facts and fakes about Cuba, New York,
University of Michigan, 1897.

- 341 -
4. TURNO DEL GOBIERNO LIBERAL: LA CENSURA MILITAR.

1. LA CONCESIÓN DE LA AUTONOMÍA COLONIAL: EL MOTÍN DE LA

HABANA (12 DE ENERO DE 1898)

La ausencia de éxitos en las Antillas incrementó el descontento de la población

española, cada vez más cansada por las grandes aportaciones económicas y humanas

que soportaba en el conflicto cubano, a lo que se unieron las críticas de un amplio sector

de la prensa a la gestión llevada a cabo por los conservadores. Coincidiendo con el

asesinato de Cánovas, el 4 de octubre de 1897, se formó un nuevo gobierno liberal

liderado por Sagasta, con el que se consumó el cese de Weyler como capitán general de

Cuba, remplazado por el general Ramón Blanco. Durante este período se redujeron las

operaciones militares y se tomaron una serie de medidas encaminadas a terminar

definitivamente con el conflicto internacional, como la concesión de la autonomía

mediante el Real Decreto de 25 de noviembre de 1897, que entró en vigor el 1 de enero

de 1898, y dejó todo el poder a cargo de los cubanos, salvo los asuntos de política

exterior y defensa.

En torno al nuevo régimen autonómico no existió unanimidad de criterio en las

cabeceras españolas, y cada periódico adoptó una postura u otra en función de su

ideología política, aunque con más mesura que la exaltación demostrada en la defensa

de otros asuntos. A pesar de tener puntos de vista distintos, los diarios monárquicos se

declararon a favor de la medida, posiblemente por el interés de la clase política en que

el nuevo régimen frenase las ansias intervencionistas de los norteamericanos. Los

periódicos liberales, como El Globo y La Correspondencia de España, se pronunciaron

- 342 -
rotundamente a favor, y señalaron que, teniendo en cuenta las condiciones funestas en

las que concurrían tanto los soldados españoles como los campesinos reconcentrados,

era la mejor solución posible para España en estos momentos. Por su parte, los diarios

conservadores mantuvieron sus reticencias acerca de las medidas liberalizadoras,

aunque eran transigentes con el autogobierno, siempre y cuando pusiera fin al conflicto

en condiciones ventajosas para el país. En la misma línea se pronunciaron los socialistas

que, a través del semanario El Socialista, se posicionaron a favor de la concesión de la

autonomía de las Antillas, considerando que con la misma se iba a pacificar Cuba y se

pondría fin al conflicto. En el lado opuesto encontramos a los carlistas y los sectores

más reaccionarios de la sociedad, que eran abiertamente críticos con el régimen

autonómico y partidarios de la acción armada. 649

Para la administración estadounidense el nuevo sistema adoptado en Cuba siguió sin

cubrir sus pretensiones y, pese a la aparente reacción favorable de la que se hizo eco la

prensa española, las verdaderas intenciones norteamericanas pasaron por ver consumada

la separación de las colonias de España, sobre las que tenían gran interés por su gran

valor geopolítico y comercial. En diciembre de 1897, la prensa amarilla difundió un

telegrama de McKinley enviado a las autoridades españolas, mediante el cual dejaba

clara sus pretensión de intervenir en la Isla “para proteger los intereses de su

comercio”,650 si en el plazo de un año no se había alcanzado la paz en Cuba. Junto con

la Casa Blanca, los sectores más influyentes de la sociedad norteamericana mantuvieron

esta actitud a favor de la beligerancia y presionaron al gobierno para que efectuara la

declaración formal de la guerra. Entre estos grupos sociales encontramos a los

649
ALONSO DE LA CALLE, R., “La concesión de la autonomía colonial a Cuba en 1897: una visión desde
la prensa madrileña”, Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, Historia Contemporánea, tomo 21, Madrid,
UNED, 2009, pp. 289-314.
650
La Iberia, “Telegrama enviado desde Washington”, 4 de Diciembre de 1897.

- 343 -
empresarios norteamericanos, que se inclinaron del lado de la intervención armada con

el convencimiento de que España había perdido su capacidad de imponer su autoridad y

el orden social, sin estar, por tanto, en condiciones de proteger sus inversiones en la isla.

A la mayor injerencia de EEUU se unió la calamitosa situación en Cuba, donde seguían

muriendo miles de personas de hambre y miseria. Al respecto, el World divulgó nuevos

datos que no dejaban en buen lugar la administración española: más de 500.000

personas inocentes muertas de hambre, a lo que se unió la falta de provisiones en la Isla.

La prensa española de diferente signo político restó crédito a las cifras exageradas de

estas publicaciones e incluso llegó a decirse que el corresponsal que divulgó la noticia

era el “más embustero y calumniador de la prensa sensacionalista de EEUU”.651 El

descontento de algunos sectores se extendió a los independentistas, que vieron

insuficientes las concesiones del gobierno español, y que no cesaron de luchar tras la

aprobación del nuevo régimen autonómico. Tampoco parecía convencer a los

ciudadanos cubanos, quienes rechazaron cualquier cambio en la isla y mostraron su

desacuerdo con protestas y manifestaciones previas a la entrada en vigor de la

autonomía, siendo especialmente notorias las de finales de diciembre de 1897,

organizadas por la Unión Constitucional frente al edificio del periódico conservador

Diario de la Marina, con gritos de ¡Muera la autonomía! y ¡Viva Weyler!652 Estos

tumultos coincidieron con la concesión de una mayor libertad a la prensa periódica de

las Antillas. El gobierno de Sagasta, de acuerdo con su línea liberal, adoptó una actitud

menos restrictiva que su antecesor, especialmente notoria respecto a la prensa periódica

cubana, a la que se le concedió una mayor libertad a la hora de informar sobre la

situación de la Isla. Esta medida fue especialmente criticada por los diarios peninsulares

651
La Iberia, “Las últimas atrocidades”, 30 de Noviembre de 1897.
652
Heraldo de Madrid, 26 de Diciembre de 1897.

- 344 -
más conservadores, que consideraban que la concesión de mayor libertad de

información era incompatible con el estado de guerra que atravesaba en esos momentos

la región. Esta nueva situación fue aprovechada por algunas publicaciones habaneras

autonomistas, hasta entonces silenciadas por el gobierno español, para emprender una

dura campaña contra las autoridades gubernamentales anteriores a la implantación del

autogobierno, especialmente contra el general Weyler, responsable de imponer una

estricta censura en Cuba.

La situación llegó a su máxima virulencia el 12 de enero de 1898 con el motín llevado a

cabo en La Habana por un centenar de oficiales del ejército español, a los que se les

unieron un millar de civiles, quienes asaltaron los locales del recién aparecido periódico

autonomista El Reconcentrado. El ataque, que ocasionó destrozos en el mobiliario y

material de imprenta de la redacción, se produjo con motivo del suelto “Fuga de

granujas” publicado en el diario cubano, que declaraba: “En el vapor de Monserrat

marcha para la madre patria el capitán Sr. Sánchez, ejecutor de aquellas órdenes

terribles del Sr. Maruri que todos recordamos. El capitán Sr. Sánchez ha tenido la

desgracia de perder a su esposa, pero en cambio ha hecho verter mucha sangre y muchas

lágrimas a infinidad de madres cubanas”.653 La protesta se extendió también a las sedes

de otros dos periódicos, La Discusión y el Diario de la Marina, donde se rompieron

muebles y enseres de las imprentas, continuando al día siguiente con ataques a los

vendedores del Diario de la Marina. 654

653
La Época, “Motín de la Habana: Origen de la cuestión”,14 de Enero de 1898.
654
Las más importantes cabeceras españolas se hicieron eco de los sucesos: La Época, “Motín de la
Habana”, 14 de Enero de 1898. El Imparcial, “El motín de la Habana”, 14 de Enero de 1898. El Liberal,
“Los sucesos de la Habana: la censura”, 15 de Enero de 1898

- 345 -
Tras los asaltos, el gobierno liberal estableció nuevamente la previa censura para los

artículos y telegramas políticos escritos en Cuba. En palabras del ministro de Ultramar,

los periódicos de La Habana habían censurado con “excesiva violencia” la conducta de

algunas autoridades civiles y militares, por lo que el poder público se veía obligado a

“mantener vigentes todas las disposiciones a la prensa dictadas por el general

Weyler”.655 En el telegrama oficial, como ocurrió con el atropello militar a El Resumen

y El Globo de 1895, se exculpó a los oficiales españoles, ya que, a pesar del correctivo a

la redacción, no habían atacado a los periodistas. En esta misma línea, las autoridades

coloniales también publicaron una circular mediante la que establecieron una serie de

medidas para reprimir a la prensa, y así impedir que “al amparo de ciertas tolerancias”,

propiciadas por el gabinete liberal al otorgar más libertad de información a la prensa

habanera, “se hagan propagandas perjudiciales a la causa de España”.656

La mayoría de los periódicos habaneros defendieron a los periódicos agredidos, y

consideraron la rebelión como un ataque a la libertad de prensa, con excepción de La

Lucha, que acusó de excesiva flexibilidad a las autoridades cubanas sobre ciertas

campañas de la prensa contra Weyler. Las publicaciones españolas, por su parte,

adoptaron posturas diversas respecto a los altercados cubanos. Entre los periódicos que

justificaron el motín se encontraban, como no podía ser de otra manera, publicaciones

castrenses como El Correo Militar, que afirmó con contundencia que había que aplaudir

la contundente acción militar. Asimismo, otros diarios que se habían mostrado

claramente belicistas durante estos meses, como El Nacional y La Correspondencia

Militar, justificaron la rebelión de los militares, afirmando que éstos, en el

cumplimiento de sus deberes, “viéronse en la triste precisión de ahogar con su autoridad

655
El País, “Sedición militar en la Habana: versión oficial”, 14 de Enero de 1898.
656
La Época, “Motín de la Habana: El gobierno insular”, 14 de Enero de 1898.

- 346 -
moral la justa protesta, patrióticamente iniciada por representantes de un ejército

ofendido”. Para ambos periódicos, el acto realizado por los oficiales solo podía ser

censurado por los separatistas, los norteamericanos y el gobierno fusionista,

considerados por estas publicaciones como enemigos de la patria, ya que “es indudable

que jamás podrán ir unidos el patriotismo y la vergüenza”. Estos diarios aprovecharán,

también, para solicitar un cambio de gobierno, afirmando que “en mal hora vino al

poder el partido liberal e implantó el régimen autonómico, pretendiendo de este modo

lanzar sobre el ejército un puñado de oprobio y de vergüenza”.657

En esta línea se pronunciaba la prensa conservadora, que acusó a Sagasta por su mala

gestión de la libertad de información en la Isla, y consideraba que, de haberse atajado

los ataques repetidos e injuriosos a jefes del ejército, no se hubieran producido estas

manifestaciones violentas. Para estas publicaciones, la única solución posible para evitar

los abusos de la prensa sobre el ejército pasaba por mantener la estricta censura en

Cuba, tal como había impuesto el gobierno conservador durante su mandato. Referente

a esta idea, La Época expresó que la previa censura era un sistema completo, sencillo y

eficaz, que de continuar en la Isla, conseguiría evitar las ofensas y las agresiones de

índole separatista a los militares. El diario conservador dejaba claro, no obstante, que la

cuestión sobre la libertad de prensa en la metrópoli era muy distinta, ya que no había

estado de guerra, y por tanto, de imponerse la previa censura sería inconstitucional.658

En el lado opuesto se posicionaron las cabeceras liberales que, apostando por la gestión

de Sagasta, criticaron el atropello cometido por el ejército, declarando sentirse

entristecidas por que se hubiera dirigido un motín contra periódicos partidarios de la

657
La Correspondencia Militar, “Rechazando vergüenzas”, 14 de Enero de 1898.
658
La Época, “Omisiones de la nota oficiosa”, 15 de Enero de 1898.

- 347 -
autonomía, algunos de ellos sin dirigir siquiera ataque alguno a los oficiales. Así lo

confirmó el Heraldo de Madrid, que recriminó que la agresión se había realizado a

diarios que no habían publicado nada que afectase al honor de los militares. 659 Con la

declaración del diario madrileño queda claro que, a pesar de los argumentos de los

adversarios del nuevo régimen que giraban en torno a esta teoría, el ataque militar no se

produjo por el aumento de la libertad de información otorgada a la prensa por el partido

liberal. Por su parte, El País, órgano oficial del partido autonomista, calificó los hechos

de extrema gravedad, no por lo que de ellos se conocía, sino por lo que “el telégrafo

calla”. Para el diario republicano era un retroceso que el gobierno liberal hubiese

impuesto de nuevo la censura: “Desconocemos la verdadera situación de Cuba en estos

momentos, porque el gobierno, como sucede frecuentemente, se habrá callado aquello

que no convenga decir, o que no considera prudente publicar”.660

Tras estas afirmaciones, y con motivo de la reunión mantenida por el Consejo de

Ministros, en el que se exponía la necesidad de restringir aun más la libertad de prensa

para evitar altercados como el de La Habana, El Imparcial confesó su preocupación con

las reformas planteadas por el ministerio público sobre la legalidad vigente, ya que,

aunque consideraba necesario adoptar medidas que restringieran de alguna manera el

exceso de libertad, para el periódico madrileño existían otros caminos más beneficiosos

para salvaguardar el derecho a la libre información. Así pues, el diario consideró justo

que la administración pública interpusiera disposiciones para defender el prestigio y la

disciplina del ejército contra los ataques de “periódicos contadísimos” que, “por su falta

de respeto, lenguaje procaz y hasta soez, irritan y ofenden los sentimientos de la

659
El Heraldo de Madrid, “Se reproduce el tumulto”, 13 de Enero de 1898.
660
El País, “Sedición militar en la Habana”, 14 de Enero de 1898.

- 348 -
clase”,661 ya que las cabeceras que trataban a la armada española con “los miramientos

debidos” nada tenían que temer a una posible reforma gubernamental. Pero el periódico

madrileño aseveró que no era conveniente reformar la legislación de prensa vigente a

favor del ejército, a pesar de las circunstancias extraordinarias en las que se encontraba

inmersa la nación, y declaró que, de llevarse a cabo, podía producir que otras

instituciones, como la Iglesia, demandasen al legislador un amparo análogo.

En definitiva, El Imparcial defendió la libertad de imprenta, y alegó que la prensa

democrática no podía justificar nunca que un gobierno liberal iniciara una tarea de

restricción de este derecho fundamental: “¿Es que la prensa toda ha de ver impasible

que se ultraje lo que es tan digno de respeto o que se vulnere uno de los cimientos del

orden social por quienes presuman de pertenecer a la prensa misma?”. Para la

publicación era más beneficioso que fueran los propios periódicos peninsulares los que

pusieran correctivo a esos diarios cubanos, que abusaban de su libertad y hacían un uso

“tan poco digno de la imprenta”, haciéndoles el vacío en sus páginas, empezando por

suprimir sus nombres en las páginas de sus diarios. Esta solución era la mejor ya que,

no solo evitaba que “gentes sin conciencia y sin dignidad se aprovechen de los sufridos

que son el papel y la letra de imprenta y desacrediten y aun deshonren el periodismo”,662

sino que resultaba más provechosa para el interés social y más digna para la prensa que

los proyectos de restricción legal que proponían las autoridades gubernativas.

En lo que respecta a EEUU, el motín del 12 de enero, como el resto de los

acontecimientos, se divulgó en los rotativos norteamericanos con una gran dosis de

sensacionalismo, con el que trataban de poner de relieve los perjuicios derivados para

661
El Imparcial, “Lo que puede hacer la prensa”, 16 de Enero de 1898.
662
El Imparcial, “Lo que puede hacer la prensa”, 16 de enero de 1898.

- 349 -
los residentes estadounidenses en Cuba, para crear con ello una mayor inquietud entre la

población, cada vez más convencida de la necesidad de provocar una revolución

armada. A esto se unió la influencia de los grupos empresariales, quienes, días antes de

los altercados en La Habana, y representados por un grupo de destacados hombres de

negocios, entregaron a McKinley una instancia en la que le recordaban los enormes

intereses económicos existentes en la Isla, y repasaban las grandes pérdidas que habían

sufrido desde el comienzo de la insurrección cubana.663 El mismo día de los altercados,

y presionado por la prensa, los sectores económicos y la sociedad norteamericana, el

presidente estadounidense declaró que el régimen autonómico impuesto por el gobierno

español había fracasado, y solicitó la presencia de buques de guerra norteamericanos

para evitar los posibles riesgos a los que se podían exponer sus ciudadanos. Todos los

diarios españoles, partidarios o detractores del sistema autonómico, expresaron su

indignación por la actitud de EEUU, y declararon su desconfianza por la llegada de

embarcaciones bélicas, ya que suponía la intervención directa de otro país en los asuntos

coloniales españoles. A pesar de ello, y con el beneplácito de las autoridades españolas,

el 25 de enero de 1898 llegó al puerto de La Habana el buque Maine, cuya explosión

marcó el punto de partida del comienzo del enfrentamiento bélico contra EEUU.

2. INICIO DE LA INTERVENCIÓN ARMADA DE EEUU: LA “FICTICIA”

LIBERTAD

Tras el motín de los militares, se produjo un acontecimiento que cambiaría el rumbo del

conflicto. No hay duda de que la histórica explosión del acorazado Maine la noche del

15 de febrero de 1898, que causó gran conmoción entre la población norteamericana,

663
FONER, P.S., La guerra hispano-cubano-americana y el nacimiento del imperialismo norteamericano
1895-1902, Madrid, Akal, 1975, p. 295.

- 350 -
especialmente consternada por las informaciones de dudosa credibilidad que les

proporcionaba la prensa sensacionalista, fue el pretexto perfecto para EEUU, que

declaró la guerra a España el 25 de abril de 1898. En la península los diarios se hicieron

eco del suceso a través de un escueto telegrama enviado, el 17 de febrero, por el capitán

general de Cuba, por el que se comunicaba que un “accidente discutiblemente casual”

había acabado con la vida de 258 militares americanos.

Mientras, en EEUU, a pesar de no haber ninguna declaración oficial al respecto, empezó

una ofensiva periodística sin precedentes cuyo único objetivo era culpar a las

autoridades españolas de la catástrofe. De esta manera, la campaña de difamación contra

los españoles, iniciada por los rotativos más sensacionalistas al comienzo del conflicto

colonial, se acrecentó con el suceso del Maine con informaciones y fotografías

encaminadas a responsabilizarles del desastre.664 La situación empeoró cuando los

norteamericanos se negaron a formar un comité de investigación mixto hispano-

americano que aclarara la responsabilidad del hundimiento de la embarcación. Tras

poner el asunto en manos de las Cámaras, McKinley concluyó que el suceso se debía a

un sabotaje, y no a un accidente como defendía el gobierno español, con lo que se

consiguió exaltar aun más los ánimos de la sociedad estadounidense. A partir de este

momento comenzaron a surgir informaciones de dudosa credibilidad que se iban

difundiendo con grandes dosis de sensacionalismo, y que eran una muestra del poder

devastador que ejercía la prensa amarilla sobre la opinión pública norteamericana, a la

que consiguieron convencer de que la intervención armada en Cuba era buena para los

664
En portada del New York Journal el 17 de febrero de 1898 junto a la pregunta “Who destroyed the
Maine?” (¿Quién destruyó el “Maine”?) , se ofrecía una recompensa de 50.000 dólares para la persona
que tuviera la convicción acerca de la identidad de los criminales que habían ocasionado la muerte de 258
marinos americanos. El mismo día The World publicó: “La explosión del Maine causada por una bomba o
torpedo”.

- 351 -
intereses del país y respondía a causas humanitarias respecto a la población cubana, y

no a intereses económicos y estratégicos como finalmente quedaba al descubierto.

El 11 de abril de 1898, con toda la opinión pública norteamericana y los sectores

sociales a favor, las Cámaras estadounidenses acordaron que Cuba debía ser libre e

independiente, situación incompatible con el régimen autonómico implantado por los

españoles. Por este motivo, el presidente de la Casa Blanca presentó un requerimiento a

España para que renunciara a su soberanía y abandonara la Isla, y amenazó con utilizar

las fuerzas militares y navales para llevar a cabo su propósito, si ésta no cumplía con sus

exigencias. Las reclamaciones norteamericanas encendieron el patriotismo fanático

característico de la mayoría de las cabeceras españolas que, ante la posibilidad cada vez

más irremediable de la guerra, excitaron los ánimos populares para no sufrir más

atentados contra la nación. La mayoría de los periódicos se posicionaron de forma

unánime en favor del conflicto bélico, exaltando el orgullo nacional y menospreciando a

las fuerzas estadounidenses. El espíritu patriótico de la mayoría de las publicaciones

contagió a una población que tardó bastante tiempo en percatarse de la dimensión real

del problema. Solo los republicanos, liderados por Pi Margall, criticaron la actitud de

euforia de los diarios y defendieron la necesidad de dar a Cuba la independencia.

Tras el rechazo del ultimátum se rompieron las relaciones diplomáticas entre ambos

países, y el 25 de abril de 1898 EEUU declaró formalmente la guerra a España. Pese a

la línea seguida por ambos gobiernos, que utilizaban cualquier excusa para suspender

las garantías constitucionales en la Península, y con ello restringir la libertad de

imprenta, en esta ocasión, de forma sorprendente tratándose de un conflicto bélico, el

poder público no adoptó ninguna medida legal de restricción informativa. Después de

- 352 -
los ataques asestados por las cabeceras españolas más importantes a las autoridades

conservadoras, de los que había sido testigo Sagasta, el presidente del Gobierno procuró

adoptar una política menos represiva que su antecesor, al menos en apariencia, para

intentar conseguir cierto apoyo de los diarios madrileños, cada vez más influyentes en la

opinión de los ciudadanos. Gracias a esta circunstancia, una vez comenzada la ofensiva

americana, los periódicos peninsulares gozaron de más libertad que en los meses

anteriores bajo el mandato de los conservadores, como así lo manifestaron algunos

liberales de la época, quienes trasladaron al Congreso su satisfacción porque, pese a la

situación de “suma gravedad” que vivía en ese momento España, el gobierno no ponía

límites a las noticias.

A pesar de esta aparente libertad informativa, en la práctica se mantuvieron ciertas

trabas gubernamentales, especialmente en lo que concernía a la interrupción de

telegramas dirigidos a la prensa peninsular. A esto hay que añadir que, como ya

adelantamos, desde el inicio de las hostilidades el control informativo impuesto por

cada uno de los gobiernos era desigual, especialmente en lo que respecta a las cabeceras

estadounidenses. Así lo denunció El Imparcial el 27 de mayo, afirmando que el

gobierno español detenía telegramas “completamente inocentes”, y, en muchos casos,

“perjudiciales a la causa de nuestros enemigos”, mientras que esas mismas autoridades

dejaban telegrafiar libremente al New York Herald con los “pormenores sobre

movimiento de barcos y tropas y cuantas noticias de operaciones de guerra puedan

aprovechar los norteamericanos”.665 El Heraldo de Madrid y La Época se unieron a las

quejas, lamentando que no se impusieran restricciones a los rotativos estadounidenses y

que ésta continuara telegrafiando noticias sobre datos bélicos, e irónicamente felicitaban

665
El Imparcial, “Censura y no para los yanquis”, 27 de mayo de 1898.

- 353 -
a todos los corresponsales extranjeros que “pueden ejercer su misión en España sin el

menor tropiezo”.666 Lo cierto es que el nulo control existente para la prensa

norteamericana, tanto de su administración como de la española, hizo que los diarios

sensacionalistas relataran la guerra a su antojo, sirviéndose cómodamente de las

informaciones transmitidas por sus corresponsales situados en puntos estratégicos del

conflicto, que tenían absoluta libertad de transmisión de todo tipo de información tanto

en las Antillas como en la Península.

En lo que respecta a la guerra, la primera derrota del ejército hispano se produjo en la

bahía filipina de Cavite el 1 de mayo de 1898, y marcó un punto culminante en el

desarrollo del conflicto. Pese a que las autoridades españolas retuvieron el cablegrama

dirigido a El Imparcial en el que se daba cuenta del descalabro español, la noticia se

filtró, y finalmente se difundió a través de las agencias de noticias, siendo la

información de dominio público. Este suceso produjo un sentimiento de frustración

general en esos mismos periódicos que un mes antes pronosticaban una victoria segura

para España, y la unanimidad existente entre la prensa y la clase política, y que

caracterizó el comienzo de las hostilidades contra EEUU, se resquebrajó con el desastre

de Cavite, aumentando el número de las publicaciones que echaban la culpa a las

autoridades gubernativas de esta situación. Por primera vez, los diarios se hicieron eco

de la dificultad de ganar la guerra, y se multiplicaron las cabeceras españolas que

exigieron que se llegara a un acuerdo de paz. Sólo los periódicos ministeriales

mantuvieron la fidelidad al gobierno, y defendieron la actuación liberal durante toda la

ofensiva americana, publicando informaciones sesgadas y victoriosas apoyadas en

cualquier indicio que tuvieran de noticias favorables a los españoles.

666
La Época, “Siguen las indiscreciones”, 29 de mayo de 1898.

- 354 -
A raíz de la derrota de Cavite, la jefatura liberal puso en práctica medidas restrictivas en

materia de prensa, entre las que se rescató la obligación de insertar las informaciones

oficiales que procedieran del ministerio de la Marina. Sin embargo, el débil poder

público no consiguió hacer cumplir las mismas, lo que propició un sensacionalismo

irresponsable por parte de las publicaciones españolas, que difundieron en sus páginas

datos muy valiosos para el enemigo. Con motivo de la noticia publicada por El

Imparcial el 28 de mayo, que confirmó la falta de adiestramiento de las tripulaciones

españolas,667 un dato desconocido y ventajoso para la armada estadounidense, un grupo

de periódicos, liderados por el Heraldo de Madrid, reclamó al partido liberal que

mejorara su política de reserva en asuntos de guerra. Para el diario madrileño era una

verdadera imprudencia dejar que se filtraran estas averiguaciones, y afirmó que estas

indiscreciones eran posibles porque las autoridades no estaban interceptando los

telegramas que contenían estas reveladoras informaciones en los centros oficiales

creados al efecto. No fue el único rotativo que declaró su preocupación por la mala

gestión liberal sobre algunos datos bélicos, y en la misma línea, La Época reprochó que

“en los centros oficiales se guarda el más absoluto secreto, tan absoluto, que no impide

que circulen todas las noticias que convendría callar”.668

Tras el revuelo originado por la información publicada, El Imparcial confirmó que

había difundido los datos porque previamente los mismos habían sido aportados en

otros diarios, pero, en consonancia con la opinión del Heraldo, creyó necesario poner

coto a la publicación de informes concernientes a investigaciones sobre el conflicto

armado, especialmente en lo relativo a las disposiciones navales. Algunos políticos de

667
“(…) Los buques de la Escuadra se dedicarán a hacer maniobras con objeto de que se adiestre bien al
personal de máquinas y los artilleros en el manejo de los cañones”. El Imparcial, “La escuadra de
reserva”, 28 de mayo de 1898.
668
La Época, “Siguen las indiscreciones”, 29 de mayo de 1898.

- 355 -
diferente signo ideológico se posicionaron a favor de las observaciones realizadas por la

prensa sobre el control de la información de guerra, y en la sesión del Congreso del 6 de

junio se alzaron voces que acusaron al gobierno liberal de ser el único responsable de

las suposiciones periodísticas que venían haciéndose desde que diera comienzo la

intervención militar estadounidense. Ante estas observaciones, el ministro de la Marina

envió una circular a las cabeceras más importantes en la que pidió que se extremara la

reserva sobre la “conveniencia de no dar publicidad a ningún preparativo ni órdenes

relacionadas con la guerra”.669

Las orientaciones gubernamentales fueron nuevamente desatendidas, y la prensa siguió

publicando informaciones indiscretas que aportaban elementos de orientación naval y

armamentística de gran valor para los estadounidenses. Así lo certificó El Imparcial,

que lamentó no poder publicar multitud de noticias “imprudentes y peligrosas”, de las

que, en cambio, otras cabeceras se hacían eco sin que el poder público hiciera nada al

respecto: “Nos encontramos hoy con que en las altas esferas del gobierno nadie ha

hecho caso de estas iniciativas, y los corresponsales extranjeros siguen telegrafiando a

París y Londres noticias sobre estos asuntos que son publicadas en los periódicos

amarillos contribuyendo así a una infame y traidora obra de espionaje”.670 Para suplir

estos inconvenientes, la prensa madrileña aconsejó a la administración gubernamental

que convocara a todos los directores para recordar que no se podía publicar nada sobre

los preparativos navales y terrestres que hacía la armada española.

Este descontrol informativo propiciado por la mala gestión del gobierno liberal, cada

vez más criticado en las páginas de los periódicos, coincidió con la encarcelación el 7 de

669
El Imparcial, “La marina de guerra”, 6 de Junio de 1898.
670
El Imparcial, “Reserva necesaria”, 17 de junio de 1898.

- 356 -
junio de 1898 de Alejandro Lerroux, el periodista republicano más influyente de la

época. Las circunstancias en las que se produjo la detención por parte de la autoridad

militar, con motivo de unos hechos ocurridos dos años antes derivados de la campaña de

prensa contra Martínez Campos, y después de que se hubieran declarado varios indultos

a favor de la prensa,671 hacen suponer que el motivo real era silenciar de forma

definitiva la molesta voz del republicano en las páginas de su diario El Progreso.672 Sin

embargo, no se consiguió su silencio, pues desde la cárcel continuó con la guerra

dialéctica mantenida contra el gobierno y la monarquía de la Restauración con una serie

de artículos provocadores que fueron inmediatamente denunciados por las autoridades.

Uno de ellos lo escribió tras la derrota de Cervera, y fue dirigido a la Reina regente a

quién animaba a llorar con estas palabras: “se derrumban aquellos sueños de ambición

que levantaste sobre la frente cándida de tu hijo. No lloras porque la cuna de ese niño

flota sobre oleadas de sangre, ni porque has cimentado tu porvenir sobre las ruinas de

un pueblo. Lloras porque la cuna zozobra (…) Pues bien mujer, llora eternamente (…)

llora por todas las madres, sufre por todos los dolores (…) llora siempre: riega con

lágrimas de tus ojos el camino de tu vida triste y desesperada”.673 Tres días después de

haber sido denunciado por ese artículo, escribió otro manteniendo el mismo tono severo

y cruel, lo que provocó una nueva denuncia.674 No fue hasta febrero de 1899, con el

levantamiento del estado de guerra, cuando se puso en libertad la pluma de Lerroux.

671
Además del indulto general decretado por el gobierno conservador al principio del estallido del
conflicto cubano, el 5 de julio de 1895, se concedió a la prensa periódica dos indultos más con las mismas
características que el primero: Real Decreto de 6 de diciembre de 1896. Gaceta de Madrid, 7 de
diciembre de 1896; Real Decreto de 11 de noviembre de 1897. Gaceta de Madrid, 12 de noviembre de
1897.
672
Lerroux no fue el único miembro del periódico en ir a la cárcel. Otros redactores de El Progreso le
acompañarían en prisión desde el 1 de julio, como Adolfo Luna, quién permaneció encarcelado durante
tres meses, y cuya situación fue denunciada en el Congreso por Romero Robledo.
673
El Progreso, “Dicen que llora”, 6 de julio de 1898.
674
El artículo iba dirigido de nuevo a la Reina en estos términos: “Ah! ¿Con que ríes, mujer? ¿Con que no
es verdad que no lloras? (…) ¿Por qué te ríes? ¿Acaso por aquellos miserables que, abandonando su
hogar y olvidando que en la vida todo es amor, van a morir en una lucha terrible contra sus hermanos?
(…) Yo sé por qué te ríes mujer. Te ríes porque, aunque todo se hunda en la miseria, piensas que con tu
oro puedes realizar algún día aquellos sueños de ambición que levantaste sobre la frente cándida de tu

- 357 -
3. SUSPENSIÓN DE LAS GARANTÍAS CONSTITUCIONALES Y

DECLARACIÓN DEL ESTADO DE GUERRA EN LA PENÍNSULA (14

DE JULIO DE 1898)

Sin tener en cuenta el desastre de Cavite, a principios de julio se mandó a La Habana la

escuadra española del almirante Cervera, que, pese a las primeras informaciones de las

cabeceras peninsulares, asegurando la entrada triunfal de la armada en la región

antillana, fue destruida en su totalidad por los estadounidenses el 4 de julio de 1898. Un

día después, Sagasta emitió una nota en la que confirmó la catástrofe naval española,

anunciada previamente en el comunicado oficial del gobierno norteamericano, y que se

insertó en los periódicos españoles sin ser desarrollada o comentada, ya que todos

habían editado en su totalidad las ediciones de ese día.

Algunos diarios que no quisieron esperar al día siguiente para ampliar la información de

lo acontecido, como El Liberal y El Siglo Futuro, lanzaron ejemplares extraordinarios

que fueron interceptados por las fuerzas del orden público, pues no querían que llegara a

oídos de la población la derrota española. Los oficiales atacaron violentamente a los

vendedores que se encontraban repartiendo las hojas extraordinarias, como relató el

Siglo Futuro: “Lo mismo fue salir de la imprenta los primeros repartidores que echarse

encima de ellos los guindillas y arrebatarles cuanto papel llevan. ¿Pero imagina el

gobierno que con eso las noticias no se van a saber?”.675 La opresión gubernamental

desarrollada contra estas publicaciones da una muestra del giro del poder liberal

respecto a la política de censura adoptada meses atrás, y así lo advirtió el periódico

hijo”. El Progreso, “Dicen que ríe”, 10 de julio de 1898.


675
GÓMEZ APARICIO, P., Historia del periodismo español, p. 56.

- 358 -
católico, que se lamentó del fin de la libertad en estos términos: “Pues perezca la

libertad de imprenta hasta para dar noticias y toda la libertad liberal”.676

En cualquier caso, la desaparición de la escuadra de Cervera representó el fin de

cualquier esperanza, y resultó definitiva para el cambio de actitud que experimentó la

prensa al tratar el conflicto cubano. Por primera vez desde el comienzo de las

hostilidades se tomó verdadera conciencia de la dimensión real del poder militar

norteamericano, y esto se trasladó a las cabeceras españolas, donde cada vez eran menos

los que consideraban preciso continuar la guerra, aumentando las publicaciones que,

pese a haber sido abiertamente partidarias de la guerra, como El Imparcial, el Heraldo

de Madrid, El País o El Liberal, exigían ahora a Sagasta que negociara una paz rápida

entendiéndose cuanto antes con el presidente norteamericano. A partir de aquí se

empezó a dar en la prensa un debate generalizado sobre las responsabilidades de lo

sucedido, agudizándose las críticas dirigidas a la clase política, a la que acusaban de

haberles engañado, disfrazando un conflicto que estaba perdido desde el principio. En

este punto es preciso señalar que el desasosiego que vivía en estos momentos la

sociedad española por la ceguera informativa impuesta en torno al conflicto colonial se

debía no solo a la mala gestión del mismo, sino también a la importante influencia de

los diarios en la población. Estos divulgaron desde el principio noticias en las que se

ensalzaba el gran potencial del ejército español y se menospreciaba el del enemigo, todo

ello aderezado de grandes dosis de patriotismo y triunfalismo infundado que hicieron

creer a los ciudadanos que la victoria española estaba asegurada.

676
El Siglo Futuro, “¡La Libertad de imprenta!”, 5 de Julio de 1898.

- 359 -
En medio de estas polémicas, el gobierno liberal, que se había mostrado precavido a la

hora de restringir la libertad de prensa por la que tanto había luchado años atrás, puso en

marcha la maquinaria legal de restricción informativa, por primera vez desde que diera

comienzo el conflicto colonial y cuando prácticamente se podía afirmar que la guerra

contra EEUU estaba perdida. Así pues, mediante el Real Decreto de 14 de julio de 1898

se suspendieron las garantías constitucionales en toda la Península y se declaró el estado

de guerra en la Nación, lo que agravó la situación que sufría la prensa en torno a su

derecho constitucional. Sagasta justificó la adopción de esta medida excepcional como

medio para proteger el honor nacional frente a una nación “poderosa” en las

extraordinarias circunstancias en las que se encontraba el país.677 Pese a que la intención

del gobierno era dar a entender a la opinión pública que esta norma pretendía acabar con

las informaciones bélicas que pudieran favorecer al enemigo, único supuesto en el que

se podría defender la introducción de restricciones en tiempos de guerra, la medida llegó

tarde ya que la intervención militar americana se había iniciado meses antes sin que se

hubiera adoptado ninguna disposición excepcional, y se mantuvo vigente hasta febrero

de 1899, meses después de darse por finalizada la contienda. Por tanto, se puede afirmar

que la adopción de la medida por parte del gobierno liberal respondió a cuestiones

políticas, como medio para detener los ataques dialécticos lanzados en la prensa, que

responsabilizaba a las autoridades de la calamitosa situación de España.

En consonancia con el decreto, se publicó ese mismo día un bando dictado por

Chinchilla, capitán general de Cuba, por el que se prohibía publicar artículos, grabados

o dibujos sin la autorización oportuna de la autoridad correspondiente. Para la

publicación de periódicos, la norma exigía la presentación de tres ejemplares ante la

677
Exposición de motivos del Real Decreto de 14 de Julio de 1898 por la que se impone la censura militar
para la prensa con motivo de la guerra de Cuba. La Vanguardia, 16 de Julio de 1895. Véase apéndice de
la tesis: ANEXO Nº30.

- 360 -
capitanía general de Madrid o los comandantes militares correspondientes en las

provincias, y solo podían ser difundidos aquellos que eran devueltos con el

correspondiente sello oficial. Si los censores entendían que las informaciones no eran

susceptibles de ser divulgadas, el interesado debía suprimir la parte tachada con lápiz

rojo y, de no hacerlo, podía ser sancionado con la suspensión de la publicación.678 Las

durísimas condiciones del bando militar, unidas al reconocimiento de prácticas

arbitrarias y anticuadas como el depósito previo, que con la configuración del nuevo

sistema informativo liberal se habían dejado atrás, hicieron que la libertad de

información reconocida en la Ley de Imprenta de 1883 quedara prácticamente anulada

por sus propios creadores.

La situación era tan precaria para la libertad de prensa que, a la censura ejercida por los

militares, había que sumar además la intervención telegráfica que el ministerio de la

gobernación venía realizando desde el comienzo del conflicto colonial, y que se vio

endurecida con las nuevas disposiciones de represión informativa. En un principio, se

dio orden a las oficinas telegráficas de interceptar cualquier telegrama que no fuera

noticia oficial confirmada por el gobierno, para días más tarde suavizar la medida,

aclarándose que siempre que se tratase de un periódico con información telegráfica

“respetable y acreditada” se le permitía publicar sobre la guerra.679 En cualquier caso,

los corresponsales no estaban autorizados para insertar ningún comentario que tratase de

explicar la noticia, ni tampoco extraer las consecuencias de la misma, y se confirmó que

se suprimirían aquellas informaciones que fueran notoriamente falsas o exageradas.

678
Bando dictado por el Capitán general José Chinchilla en consonancia al Real Decreto de 14 de julio de
1898. La Vanguardia, 16 de Julio de 1898, p.5. Véase apéndice de la tesis: ANEXO Nº31.
679
La Época, “Como se ejerce la censura: el servicio telegráfico”, 16 de Julio de 1898.

- 361 -
La escisión entre el poder liberal y la prensa quedó patente no solo por el contenido de

la nueva medida represiva, sino por la forma de aplicar la misma, empezando porque

ésta se difundió después del mediodía, con lo que se perjudicaba de forma consciente a

los diarios de provincias que hacían sus impresiones en las primeras horas de la mañana.

Por esta razón, no existen ejemplares de ese día de las ediciones provinciales del Siglo

Futuro, El Correo Militar y El Correo Español, entre otros. No fue el único

inconveniente del lápiz rojo, manejado por militares y dirigido por el ejecutivo liberal,

ya que a éste hay que añadir la reaparición de las columnas en blanco, que causó el

efecto contrario al pretendido por el gobierno. Así pues, lejos de calmar a los

ciudadanos por la desinformación forzosa impuesta por las autoridades, se creó una

innecesaria alarma social, al aumentar las sospechas de la población sobre el contenido

de lo tachado, ya que se sobrentendía que si las autoridades habían creído conveniente

no publicar una determinada noticia era porque en la misma se contenían averiguaciones

muy graves.

Además, en los primeros días de aplicación de la censura militar quedó al descubierto el

apresuramiento con el que la administración liberal había puesto en marcha la

maquinaria de medidas restrictivas. Se trataba de un servicio de censura improvisado

que no tenía criterio fijo, e hizo que las autoridades militares tacharan con lápiz rojo lo

que discrecionalmente consideraban oportuno, provocando que en algunos periódicos se

suprimieran informaciones que en otros salían publicadas.680 Los diferentes criterios

utilizados por los censores, unidos al desconocimiento sobre las materias punibles,

crearon un desconcierto informativo entre los diarios, que se veían también muy

perjudicados por la mala gestión de la censura. Así lo denunciaron dos de los

680
Así lo denunció El Siglo futuro en su artículo: “Irregularidades de la previa censura”, 23 de Julio de
1898.

- 362 -
agraviados, el Heraldo de Madrid y La Época,681 que en los primeros días desde la

puesta en marcha de la censura militar se vieron obligados a retirar sus ejemplares

originales ya impresos por haber sido eliminados artículos enteros, lo que supuso

retrasos y dilaciones en el reparto de las ediciones nuevas y una duplicación del gasto de

papel soportado por las empresas periodísticas, que se vieron en la obligación de

producir otras tiradas con los blancos señalados por el lápiz rojo.

La reacción de las cabeceras españolas ante la imposición de la previa censura fue

inmediata, y la mayoría de las publicaciones criticaron enérgicamente las severas

medidas impuestas por el partido liberal, que años atrás había luchado para que la

libertad de prensa se reconociera de forma efectiva y eficaz en España con la aprobación

de la Ley de 1883, y que en ese momento era el encargado de mutilarla. De esta opinión

era El Imparcial que alegó que daba “aun mayor impresión” que la previa censura fuera

aplicada por un gobierno liberal, y criticó la falta de criterio común respecto a las

materias prohibidas, ya que los diarios no sabían “lo que es lícito decir y lo que es

preciso callar”. De la misma manera, reprochó la aparición de los blancos,

característicos de “épocas calamitosas” en las que la libertad de información había

sufrido terribles trastornos, y que eran producidos ahora por la estricta corrección

informativa a la que se veían sometidos los periódicos. Aun así, El Imparcial declaró

que esas “cicatrices” impuestas a las publicaciones no obstaculizaban la libre opinión,

que existía “aun cuando la prensa se quede muda”.682 De la misma opinión era El

Liberal, que aseveró que desde 1874 no aparecían las columnas en blanco, y lamentó el

sistema de silencio forzoso que “no lastima tan solo la dignidad de los ciudadanos

681
La Época, “Como se ejerce la censura”, 16 de Julio de 1898.
682
El Imparcial, “La suspensión de garantías”, 16 de Julio de 1898.

- 363 -
libres, sino que violenta además la naturaleza de las sociedades modernas”.683 Entre los

diarios de mayor circulación, La Correspondencia de España fue la más moderada, y

confió en la administración pública, ya que “lejos del propósito del gobierno de

extremar los grandes medios que le concede el nuevo, pero transitorio, estado jurídico,

piensa seguir un criterio de templanza, moderación y respeto”.684

Las quejas se mantuvieron entre los diarios conservadores, que arremetieron contra la

mala gestión y la precipitación de la política de censura llevada a cabo por Sagasta: “De

la completa libertad, en ocasiones licencia hemos pasado al régimen digno de tiempos

de Narváez, de la censura ejercida en manos de militares en la capitanía general de

Madrid”.685 En la misma línea que la prensa de mayor circulación, los conservadores

entendieron que las autoridades correspondientes tenían la obligación de dirigir a los

directores una nota oficiosa en la que se puntualizaran las materias vedadas a la prensa,

para que así éstos se abstuvieran de realizar comentarios y noticias que el gobierno no

quería que circularan, facilitando, además, el trabajo a los censores. El periódico

conservador La Correspondencia Militar también consideró que la medida de Sagasta

hacía que “su historia de liberal quede de cuerpo presente envuelta a manera de fúnebre

sudario en un número de la Gaceta de ayer”.686 Algunas publicaciones liberales, como

El Día, revelaron también su malestar ante las restricciones gubernamentales, y

reprocharon la mutilación de periódicos llevada a cabo por el líder del ejecutivo, quién

había luchado años antes en La Iberia por la “lenta pero continua desaparición del

terrible lápiz rojo de la censura”.687

683
El Liberal, “Suspensión de garantías”, 16 de Julio de 1898.
684
La Correspondencia de España, “A callar tocan”, 16 de Julio de 1898.
685
La Época, “La previa censura”, 16 de Julio de 1898.
686
El País, “Prensa militar: La Correspondencia Militar”, 17 de Julio de 1898.
687
La Época, “Hojeando periódicos”, 17 de Julio de 1898.

- 364 -
Los diarios republicanos criticaron con más dureza aún al ministerio público y se

preguntaron qué sentido tenía escribir en esas circunstancias. Así lo lamentó El País:

“El lenguaje de la verdad no tiene hoy más lectores que los oficiales encargados de la

censura”.688 Para este periódico era el peor régimen informativo impuesto por un

gobierno desde la publicación de la Ley de Imprenta de 1883, ya que años antes, aun

teniendo que sufrir reveses gubernamentales, la prensa había podido escribir, pero con

la imposición de la previa censura, los periódicos eran “esclavos del poder”, y o bien

escribían al criterio del gobierno, o bien publicaban en blanco. Así lo certificó El

Correo Militar, para el que la prensa “enmudece forzosamente” con estas restricciones,

ya que era “inútil reflejar los juicios porque el lápiz rojo se encargara de tacharlos”. 689

Tras los inconvenientes causados los primeros días de aplicación de la censura militar,

los directores solicitaron al gobierno la definición de los conceptos y las noticias que se

consideraban afectados en el decreto de suspensión de garantías constitucionales. En la

reunión mantenida con Chinchilla se acordó que los periódicos sólo debían enviar a la

capitanía general los artículos, telegramas y noticias políticas que pudieran tener alguna

conexión con la paz o la guerra, o con los aprestos militares, o que encerraran juicios

acerca de las instituciones o el gobierno. Una vez revisados, la sección de prensa de la

capitanía devolvería dichas pruebas con el sello correspondiente con el que se

autorizaba la publicación de lo suprimido, sin perjuicio de las responsabilidades que

pudiera ocasionar los escritos no enviados a la capitanía o la publicación de lo

eliminado. Además, y teniendo en cuenta los perjuicios generados, para evitar los

espacios en blanco, se obligaba a los diarios a sustituir por otro texto los párrafos o

688
El País, “Suspensión de periódicos: a nuestros lectores”, 17 de Julio de 1898.
689
El País, “Prensa militar: El Correo Militar”, 17 de Julio de 1898, nº 4.020.

- 365 -
sueltos eliminados.690 Con esta “inocente” medida, el poder público pretendía conseguir

que, transcurridos algunos meses, la opinión pública se olvidara de la existencia de la

censura, ya que, aun rigiendo la prohibición de hablar sobre determinados asuntos, la

prensa se seguía publicando con regularidad, sin quejas ni blancos, con lo que daba la

impresión de que todo seguía su curso con normalidad.

Como acto de protesta contra estas nuevas orientaciones gubernamentales, El Nacional

propuso suspender voluntariamente las publicaciones, entendiendo que la única forma

apropiada de responder a la provocación del ejecutivo liberal era que los periódicos

renunciaran temporalmente a la comunicación con el público, porque “si hemos de decir

a éste lo que el gobierno quiera, vale más enmudecer que poner nuestros juicios bajo los

lápices de la capitanía general”. Efectivamente, siguiendo las palabras del diario, “si la

prensa ha de decir cuánto el gobierno plazca, y ha de callar cuanto al país interese saber,

resultará una prensa para el gobierno, pero no una prensa para el país”.691 Pues

realmente solo con la libertad de información podía existir una opinión pública plural y

libre, condición indispensable para la existencia de un sistema democrático.

Los directores de las principales cabeceras de Madrid se reunieron el 22 de julio para

valorar la propuesta de El Nacional. Tras el encuentro, la gran mayoría de las

publicaciones, entre las que se encontraban El Imparcial y Heraldo de Madrid, se

sumaron a la idea de suspender las tiradas, absteniéndose La Correspondencia de

España, y rechazando la misma El Liberal. Por su parte, los periódicos conservadores

La Época y El Tiempo afirmaron que, a pesar de reprobar la censura previa,

consideraban que esta medida constituía un “resorte de gobierno en circunstancias

690
El Imparcial, “La previa censura”, 17 de Julio de 1898.
691
Artículo de El Nacional reproducido en El País, “Votamos en pro”, 17 de Julio de 1898.

- 366 -
difíciles”,692 por lo que pedirían a sus compañeros que no les hiciesen posicionarse. Tras

el encuentro, los directores de El Imparcial, El Tiempo y El Nacional mantuvieron una

reunión con Sagasta para expresarle el descontento de la prensa española por los graves

inconvenientes observados en el ejercicio de la censura, especialmente en las

desigualdades manifestadas entre los diarios, y reclamaron el restablecimiento de la

legalidad constitucional.693

El presidente llevó el asunto al Consejo de Ministros donde se tomó la decisión de

mantener las restricciones sobre la prensa periódica para “evitar a los periódicos el daño

cierto que sufrirían de tener libertad completa en el examen de determinados

asuntos”.694 La administración liberal consideró que con la represión informativa se

conseguía contener el lenguaje periodístico y evitar procedimientos innecesarios contra

periodistas que habrían delinquido de no haberse impuesto la misma. En esta línea, el

ejecutivo mantuvo que mientras subsistiera la suspensión de garantías constitucionales

no podía hacerse una excepción a favor de la prensa, y por ello, se debía mantener el

régimen en la forma establecida.695 En lo relativo a las reclamaciones de la prensa

periódica en torno a las deficiencias advertidas en el ejercicio de la censura, el gobierno

prometió unificar el procedimiento y el criterio para juzgar los trabajos periodísticos que

se iban a publicar.696

A pesar del estricto control informativo impuesto por el gobierno, la mayoría de los

periódicos siguió manifestando su disconformidad con las medidas gubernamentales a

692
GÓMEZ APARICIO, P., Historia del periodismo español, p. 59.
693
La Época, “La prensa y la previa censura”, 24 de Julio de 1898.
694
El Liberal, “La prensa y la previa censura”, 24 de Julio de 1898.
695
El Siglo futuro, “Consejo de Ministros del 23 de julio de 1898”, 24 de Julio de 1898.
696
El Liberal, “Consejo de Ministros del 23 de Julio de 1898: las garantías constitucionales- La prensa”,
24 de Julio de 1898.

- 367 -
través de estrategias periodísticas con las que conseguían superar la barrera del lápiz

rojo. Así pues, pese a que el objetivo de la censura era obstaculizar la labor periodística,

ésta posibilitó un nuevo lenguaje periodístico que acrecentó la imaginación de los

redactores a la hora de escribir sus críticas, y que evidenció la separación entre la prensa

y el gobierno. Uno de los ejemplos más claros lo tenemos en El Liberal, que el 23 de

julio insertó un manifiesto realizado por Sagasta en 1868, en que el presidente del

gobierno defendía la libertad de prensa en estos términos: “La imprenta es la voz

perdurable de la inteligencia. (…) Intentar esclavizarla es querer la mutilación del

pensamiento, es arrancar la lengua a la razón humana. Empequeñecido y encerrado en

los mezquinos límites de una tolerancia menguada, irrisión de un derecho escrito en

nuestras Constituciones, y jamás ejercido había ido perdiendo, lentamente y por grados,

brío, originalidad y vida. Esperemos que, rotas sus ligaduras, salga del seno de la

libertad resucitado y radiante, como Lázaro de su sepulcro”.697 Con esta simple, pero

certera, alusión a las palabras del líder del ejecutivo, haciendo referencia a la

importancia de la libertad de prensa en las sociedades democráticas, quedaba patente el

diferente rasero con el que valoraba la clase política este derecho fundamental,

dependiendo de si estaba en el gobierno o no.

4. EL PROTOCOLO DE WASHINGTON: TRABAS SOBRE LA

INFORMACIÓN PARLAMENTARIA.

Pocos días después de la derrota naval de Cervera, Sagasta envió un mensaje a

McKinley con el pretexto de no agravar más la situación, en la que declaró que España

había sido vencida en la guerra, y solicitó el fin de las hostilidades entre ambos países.

697
Manifiesto de Sagasta, ministro de Gobernación. 26 de octubre de 1868. El Liberal, “La prensa y
Sagasta”, 23 de Julio de 1898, nº 6868.

- 368 -
En ella el jefe del gobierno liberal pidió a EEUU que diera a conocer los requisitos para

llegar a la paz, que por unanimidad querían ya todos los sectores españoles. A finales

del mes de julio, el gobierno americano presentó el Protocolo de Washington por el que

se fijó, como una condición indispensable para llegar a la paz, la ocupación previa

americana de las islas de Filipinas y Puerto Rico.

Con las nuevas circunstancias internacionales y los términos de la negociación de paz

puestos sobre la mesa, algunas publicaciones se volvieron más combativas e insertaron

informaciones acusando a la clase política del descalabro colonial español, a las que no

sometieron a la previa censura. El partido liberal utilizó esta circunstancia para

continuar con su política de represión informativa y publicó, el 10 de agosto de 1898, un

nuevo bando militar, en el que se obligaba a los periódicos a remitir a la capitanía

general todo tipo de noticias para ser examinadas.698 La mayoría de las cabeceras

españolas se posicionaron en contra de la medida, que, restringiendo más aún la libertad

de prensa, dejó sin efecto la autorización concedida a los periódicos para publicar

noticias de última hora, asumiendo los directores la responsabilidad sobre ellas. El

Imparcial alegó que la injustificada disposición venía a añadir nuevas dificultades a la

hora de elaborar un periódico, y lamentó haber enviado todas sus noticias para que las

examinara la capitanía general, cumpliendo así con las órdenes de la autoridad militar,

ya que, nuevamente, no le había servido de nada: “¿Por qué hemos de sufrir los demás

las consecuencias de lo que no hemos hecho?”.699

Un día después de la entrada en vigor del bando, el periódico madrileño, mucho más

crítico con el control impuesto por el poder público, incluyó un sarcástico artículo en el

698
Bando del General José Chinchilla, Madrid, 10 de Agosto de 1898. La Correspondencia de España,
“La Censura”, 11 de Agosto de 1898.
699
El Imparcial, “La previa censura”, 11 de Agosto de 1898.

- 369 -
que comparó el “cofferdam”, un blindaje obstructor que utilizaba el ejército para cubrir

sus grandes embarcaciones durante la contienda, con la severa represión practicada

sobre la prensa por el gobierno de la Restauración. Con estas duras palabras afirmó:

“Desde los eternamente imperforables estadistas del turno pacífico, hasta los

perpetuamente insumergibles concejales de oficio y diputados provinciales, todo es

cofferdam en la política y la administración. Todos se alivian con la consabida celulosa

y no hay quien se hunda”.700 Para el diario madrileño ese caparazón utilizado por la

clase política le resguardaba de todos aquellos periódicos con opiniones contrarias, a los

que se les imponía la estricta censura, y hacía que “la más leve calabaza periodística, el

menor tapón de corcho tras el cual saltan nuestras mejor o peor embotelladas

ocurrencias, corren tan inminente riesgo de irse a fondo como si fueran balas de

cañón…o números de El Motín”.701 Asimismo, El Imparcial declaró que la libertad de

prensa estaba acabada en un sistema político como el de la Restauración, ya que “no hay

medio que zozobre y definitivamente sumerja el barco defendido por el cofferdam, en el

que se encuentran la administración y la política”.702

Entre los diarios de mayor circulación, La Correspondencia de España fue el único que

defendió la medida liberal si con ella desaparecían las desigualdades entre los

periódicos, ya que, muy especialmente en los últimos días, “las noticias suprimidas en

nuestras columnas por la censura, vieron la luz en otros colegas, acaso porque estos no

considerándolas censurables se abstenían de enviarlas a la capitanía general”,703 y se

manifestó a favor del régimen informativo impuesto por la administración liberal,

700
El Imparcial, “El Cofferdam”, 13 de Agosto de 1898.
701
Se aludió al semanario republicano El Motín tras la noticia de suspensión impuesta por su director por
la censura soportada esos meses.
702
El Imparcial, “El Cofferdam”, 13 de Agosto de 1898.
703
Bando del General José Chinchilla, Madrid, 10 de Agosto de 1898. La Correspondencia de España,
“La Censura”, 11 de Agosto de 1898, nº 14.800.

- 370 -
considerando que era una consecuencia natural de las extraordinarias circunstancias. En

oposición a esta argumentación encontramos a El Liberal, que criticó duramente la

norma de Chinchilla, principalmente, porque eso significaba que la represión

informativa impuesta a la prensa iba para largo. El periódico aseguró que, mientras sus

informaciones se tachaban “sin piedad”, los periódicos de la noche las publicaban “sin

el menor inconveniente”,704 poniéndose nuevamente de relieve las desigualdades

producidas por el ejercicio de la censura. El rotativo fue especialmente crítico con

Sagasta, al que consideró un gran humorista que quería probar “la paciencia de España”,

después de que sus promesas iniciales al imponer las medidas excepciones no se

hubieran cumplido. Era un recurso habitual entre los diarios madrileños centrar sus

críticas en el presidente del Gobierno, ya que, en consonancia con su línea liberal a la

hora de entender la libertad de imprenta y de diseñar la Ley de 1883, todo hacía suponer

que se traduciría en una intervención informativa más leve y sin perjuicio para los

órganos de opinión. Nada más lejos de la realidad. Con el paso de los meses, la

represión impuesta a la prensa fue cada vez mayor con medidas restrictivas que se

alejaban del fin con el que se había publicado el Real Decreto de 14 de julio. Un

silencio informativo que contrastó con el momento que vivía la nación española, en el

que era más necesario que nunca un régimen de publicidad y transparencia.

En oposición a las publicaciones de mayor circulación, La Correspondencia Militar

salió en defensa de las autoridades militares y criticó a los periódicos que se quejaban

de la censores, declarando que aquellos que “esgrimen el lápiz rojo no hacen más que

cumplir su deber”.705 Para el diario castrense fueron especialmente reprobables las

protestas vertidas en El Liberal, por ser éste el único periódico de gran circulación que

704
El Liberal, “Las promesas de Sagasta”, 11 de Agosto de 1898.
705
La Correspondencia Militar, “La prensa y la censura”, 11 de Agosto de 1898.

- 371 -
se había negado a suspender su publicación tras la propuesta de El Nacional, disintiendo

así de la opinión de la mayoría de la prensa, que consideraba la medida acertada y

conveniente. En lo que sí mantuvo la misma línea que el resto fue en criticar las

promesas de Sagasta al suspender las libertades constitucionales, y declaró que éstas

habían sido una “tomadura de pelo” y la censura “un caprichoso juguete en manos del

gobierno”.706 Siguiendo esta argumentación, La Época señaló los perjuicios que

causaba la censura llevada a cabo por el partido liberal, como el descenso de las tiradas

de los periódicos de mayor circulación y sus consiguientes pérdidas económicas,707 y

trajo a colación unas palabras de El Nacional, que consideraba que la censura no era

solo “molesta para la dignidad” de la prensa, sino también “ruinosa para sus

intereses”.708 Aun así, los conservadores no entraron a valorar la nueva medida, pero sí

pidieron a los directores que no se reunieran más con Sagasta, porque esos encuentros

solo servían para dar vueltas al mismo “tornillo” de la censura.

La situación llegó a ser especialmente precaria para aquellos periódicos que tenían una

línea política contraria al sistema monárquico predicado por los dos partidos

alternativos. El caso más llamativo los encontramos en el semanario republicano El

Motín, que se autoimpuso la suspensión voluntaria de su publicación durante todo el

periodo de censura militar, tras los continuos ataques sufridos en sus informaciones,

sistemáticamente tachadas y suprimidas por la autoridad militar. En la carta dirigida a

sus lectores, e insertada en El Liberal y el Heraldo de Madrid, el director declaró:

“Tales cosas, ajenas a las instituciones, al ejército, a la guerra y al orden público me han

tachado en el número llevado hoy a la fiscalía militar, que no quedaría contento de mí si

706
La Correspondencia Militar, “La prensa y la censura”, 11 de Agosto de 1898.
707
El diario conservador asevera que El Imparcial ha perdido más de 30.000 ejemplares diarios por la
aplicación de la política de represión de Sagasta,
708
La Época, “La previa censura”, 11 de Agosto de 1898.

- 372 -
no suprimiera la publicación de El Motín mientras rija la suspensión de garantías”.709

Con el fin del estado de guerra, en febrero de 1899, el director confirmó que la razón

principal que le había llevado a decidir la suspensión había sido la persecución

sistemática del poder público, ya que, pese a ser de los diarios que menos habían

hablado sobre la guerra, habían sido suprimidos artículos que nada tenían que ver con el

conflicto, como uno que había sido copiado a El Nacional, o incluso otro sobre el

reinado de Fernando VII.710 Una vez más, se puso de manifiesto que los liberales

imponían la censura militar para controlar todas las opiniones de los medios

informativos que les resultaban incómodas, y no como un verdadero vehículo de

defensa de los intereses del país.

Muchos diarios de Madrid y provincias se hicieron eco de la suspensión del semanario y

dieron su apoyo al director, lamentando que “un defensor de la libertad tan vigoroso y

consecuente como él, haya tenido que abrir un paréntesis en la publicación de su

semanario”.711 Especialmente crítico fue el, también, republicano El País, que a partir

de la imposición de la censura pasó a llamarse El Nuevo País, simbolizando con este

seudónimo los efectos que tenía la política represiva gubernamental sobre su diario, ya

que tras los innumerables escritos tachados que debían soportar a diario, muchas veces

sin que éstos se refirieran al conflicto cubano, le hacían parecer un nuevo periódico712

Estas medidas autoimpuestas por las dos publicaciones republicanas como forma de

protestar contra los efectos del lápiz rojo sobre sus páginas, se entendían por la

intervención constante del gobierno, que conseguía desnaturalizar los periódicos al no

poder ver éstos reflejada su verdadera y libre opinión sobre los asuntos que ocupaban el

709
El Liberal, “La prensa y la censura”, 12 de Agosto de 1898.
710
El Motín, “Suspensión de El Motín”, Febrero de 1899.
711
El Liberal, “La prensa y la censura”, 12 de Agosto de 1898.
712
El País, “¡Saquemos la cabeza!”, 10 de Febrero de 1899.

- 373 -
panorama político y social, hasta el punto de dificultar y hacer imposible su vida como

medios de información.

El 12 de agosto de 1898, dos días después de la publicación del bando militar, Sagasta

firmó el Protocolo de Washington por el que se suspendieron las hostilidades con

EEUU, además de adquirirse el compromiso de la renuncia de todos los derechos

españoles en la isla de Cuba, así como a la cesión de Puerto Rico y otras islas del

Caribe. Los reproches por la precipitada decisión tomada por el líder del ejecutivo no se

hicieron esperar, y una gran parte de la opinión pública, representada por los políticos y

la prensa de oposición, especialmente la republicana, acusaron del fracaso de la guerra a

la incapacidad de los gobernadores al no haber podido evitar el conflicto, así como a la

ineptitud y poca preparación de los mandos militares. Además, acusaron al gabinete

liberal de violar la Constitución, ya que habían firmado el protocolo de paz sin la

autorización previa de las Cortes. Una de las cabeceras más críticas con la arbitraria

decisión de la administración pública fue El Liberal, que insertó una columna en la que,

copiando el esquema del artículo 55 de la Constitución, declaró: “incurren en la pena de

cadena perpetua a muerte aquellos ministros de la Corona que autoricen decretos:

enajenando, cediendo o permutando cualquier parte del territorio español”.713

Otros periódicos como La Correspondencia de España se quejaron de lo cara que había

salido la guerra, y ahora la paz, para España, pero no responsabilizaron solo al partido

liberal, sino que consideraron que la desastrosa situación era culpa de todos: “raro será

el que no haya incurrido en alguno de los pecados capitales. (…) Acusadores y acusados

713
El artículo 55 de la Constitución de 1876 hacía necesario que el Rey estuviera autorizado por una ley
especial para “enajenar, ceder o permutar cualquier parte del territorio español”. Sin embargo, en este
caso no se violaba el precepto constitucional, ya que, en el artículo 54, el monarca quedaba autorizado
para ratificar libremente la paz, “dando después cuenta documentada a las Cortes”.

- 374 -
pueden serlo todos”.714 En esa misma línea, el general Polavieja escribió una carta en el

Heraldo de Madrid, que fue censurada y posteriormente leída en el Congreso por Rafael

Gasset, en el que el general acusó a los gobernantes “de ayer y de hoy” del desastre

colonial por la ocultación sistemática de la verdad, e instó a purificar la administración

pública con un cambio en el sistema, porque “persistir en no rectificar nuestro sistema

político, sería condenarnos a una postración vergonzosa, y tras de ella a una muerte

segura”.715 Así pues, Polavieja era partidario de terminar con el corrupto sistema

turnista ideado por Cánovas y Sagasta, fraguándose así, entre algunas personalidades

del panorama político, un movimiento regeneracionista que influyó de manera decisiva

en el siglo XX.

En este contexto sale publicado en El Tiempo, e insertado en los demás periódicos

conservadores, el célebre artículo del conservador Francisco Silvela, quién exigió un

cambio de rumbo en el mando gubernativo para combatir los males que afligían a la

nación. El político conservador criticó duramente la indiferencia y la nula reacción del

pueblo español por su falta de interés en la agonizante situación del país tras la derrota

en Cuba. En esta línea, Silvela ironizó con la idea de que la despreocupada sociedad

española veía con buenos ojos la censura previa, ya que atenuaba la cruda realidad con

la que no querían involucrarse. El líder conservador lo declaró en estos términos: “En

vano la prensa de gran circulación, alentada por los éxitos logrados en sucesos de menor

monta, se ha esforzado en mover la opinión, llamando a la puerta de las pasiones

populares, sin reparar en medios y con sobradas razones muchas veces en cuanto se

refiere a errores, deficiencias e imprevisiones de gobernantes: todo ha sido inútil y con

visible simpatía mira gran parte del país la censura previa, no porque entienda defiende

714
La Correspondencia de España, “La enmienda necesaria”, 1 de Agosto de 1898.
715
Congreso, 10 de Septiembre, Ortega y Gasset, cif. 1745-1749.

- 375 -
el orden y la paz, sino porque le atenúa y suaviza el pasto espiritual que a diario le

sirven los periódicos y los pone más en armonía con su indiferencia y flojedad de

nervios. No hay exageración en esta pintura, ni pesimismo en deducir de ella, como en

el clásico epigrama, que una cosa tan bellaca no puede parar en bien”.716 Son llamativas

las críticas manifestadas por Silvela hacia la indiferencia que mostraban los ciudadanos,

cuando en realidad la población española no era consciente de la dimensión real del

problema colonial por la política restrictiva sobre la información impuesta por los dos

partidos que se turnaron en el gobierno, verdaderos responsables de la ceguera de la

sociedad española, que desconocía la realidad del conflicto cubano. En estas

circunstancias, no se podía exigir al pueblo que se implicara y se revelara contra el

descalabro del país, cuando la información que le había llegado durante los tres años de

contienda había sido orquestada por el poder, y la prensa muda no había podido hacer

nada más que callar.

En septiembre de 1898 se complicó más aún la situación de la prensa. Con motivo de la

inminente reunión de las Cortes para aprobar el acuerdo de paz, el partido liberal,

siguiendo con su política de restricción de noticias que pudieran dificultar su gestión

política del conflicto, dictó una nueva disposición por la que exigía a todos los

periódicos que los extractos de las sesiones hechos por la prensa debían pasar por la

previa censura. Esta orden gubernamental respondía a la necesidad de Sagasta de llegar

a un acuerdo en el Parlamento, que le diera la posibilidad de empezar cuanto antes los

trámites para la negociación definitiva de la paz con EEUU, y entendía que el mismo se

conseguiría con más agilidad si las sesiones parlamentarias estaban exentas de juicios y

opiniones contrarias a la causa defendida. En la circular enviada por Chinchilla se

716
El Tiempo, “Sin pulso”, 18 de agosto de 1898.

- 376 -
dispuso también que las notas taquigráficas que las publicaciones pudieran procurarse

quedarían reducidas a lo que el criterio del gobierno considerara, ya que solo alcanzaría

valor de documento parlamentario lo que publicara el Diario de Sesiones, que debía ser

reproducido íntegramente.

Esta norma empeoró considerablemente las condiciones de la prensa, que, en lo que

respecta a los debates parlamentarios, tenía que limitarse a la versión oficial del

gobierno, lo que suponía un nuevo atentado contra la libertad de información. Diarios

de distintas ideologías afirmaron que la nueva disposición, más que una traba para la

prensa, era un ataque a la prerrogativa parlamentaria,717 y que, tal y como declaró La

Época con el acertado título: “¡No tocar al presidente!”, se pretendía tener unas Cortes

“sin asomo de personalidad y mudas”.718 A esta prohibición de opinar libremente sobre

los debates formados en el Parlamento, única forma de comunicación entre los

representantes de la nación y el pueblo español, indispensable en una sociedad

democrática, se unía, además, que los diarios se encontraban constreñidos por el control

preventivo y represivo que venía practicado el gobierno por medio de la censura militar

y el gabinete negro. Así pues, en septiembre de 1898, la libertad de imprenta reconocida

en la Ley de 1883 era casi inexistente para los diarios

Los periódicos no fueron los únicos que se quejaban de la situación creada por el

gabinete liberal. En la primera sesión del Congreso, celebrada el 5 de Septiembre, se

alzaron las voces de los partidos de la oposición, que denunciaron la falta de libertad

para los medios de información. Entre ellos, Morote mantuvo que, de seguir la rígida

intervención de la administración liberal, las publicaciones no podrían escribir sobre

717
El Imparcial, “La censura y el Parlamento”, 2 de Septiembre de 1898.
718
La Época, “No tocar al presidente”, 2 de Septiembre de 1898.

- 377 -
nadie. De la misma opinión era el director de El Imparcial, y también diputado, Rafael

Gasset, quién lamentó la penosa situación de la prensa, y recriminó al gobierno que, con

la nueva orden gubernamental, el periodista podía publicar lo que había oído, pero, a su

vez, cabía la posibilidad de que el mismo fuera castigado por no ser los mismos

conceptos que aparecían en el Diario de Sesiones, quedando los periódicos sometidos al

arbitrio del gobierno, como ya ocurría con el sistema preventivo conservador anterior a

la legislación de imprenta de 1883. Otros políticos se quejaron de los numerosos

telegramas oficiales que no se habían dejado publicar a la prensa, y se unieron a las

protestas de la prensa periódica en lo que respecta al desigual trato de los

corresponsales, ya que, mientras que los españoles no podían transmitir noticias, los

norteamericanos gozaban de libertad completa.

En contrapartida a estas opiniones, el gobierno liberal reconoció que se habían cometido

errores a la hora de ejercer la censura a lo largo del conflicto, pero defendió la última

orden impuesta a los periódicos en relación con los extractos de las sesiones

parlamentarias. En palabras del ministro de Guerra, quedaba plenamente justificada la

misma y, a pesar de las críticas, no había supuesto un atentado contra la libertad de

información, ya que no prohibía a los diarios repetir lo que dijera el diputado en las

Cámaras, sino que, únicamente, perseguía evitar el falseamiento de la verdad. Las

declaraciones del ministro no mencionaron, sin embargo, la falta de independencia de

los medios a la hora de emitir sus opiniones y comentarios acerca de lo que acontecía en

las Cámaras, lo que claramente constituía un recorte del derecho constitucional de la

libre manifestación de ideas.

- 378 -
Tras una nueva reunión celebrada el 6 de septiembre entre Sagasta y los directores de el

Heraldo de Madrid, El Nacional y El Liberal, en la que éstos le hicieron llegar las

quejas de la prensa sobre la imposición de esta nueva medida restrictiva, el general

Chinchilla envió una carta en la que se suavizó el criterio que había de regir cuando los

periódicos publicaran los extractos de las sesiones de las Cortes. Las nuevas

orientaciones eliminaron la condición de que los diarios difundieran la versión oficial

del gobierno, como se ordenaba en la circular, y permitieron que se pudieran anticipar a

la misma, siempre que los conceptos que emitiesen fueran verídicos y respondieran

fielmente a las manifestaciones que hicieran los oradores en el Parlamento.719 Esta

aclaración fue engañosa, ya que habilitaba a los periódicos para hacer los comentarios

que considerasen oportunos, siempre que éstos se ajustaran a lo establecido por la

censura, por lo que, en la práctica, todo lo que se dijera sobre las Cortes seguía estando

sujeto al juicio discrecional del gobierno. Junto con la carta, además, las principales

cabeceras españolas difundieron una advertencia del capitán general de Madrid, por la

que se les obligó a guardar silencio y no hacer públicas las sesiones secretas hasta que el

gobierno lo considerase oportuno, y se prohibió nuevamente publicar las opiniones que

en ellas se emitieran,720 por lo que la prensa continuaría sometida a un estricto control

respecto a las cuestiones parlamentarias hasta su cierre temporal el 14 de septiembre de

1898.

El primer día de octubre el gobierno español comenzó en París las negociaciones de

paz, un asunto del que no se pudieron ocupar las publicaciones por el mantenimiento de

la censura militar. En estos momentos, los únicos medios que defendían la continuidad

de la previa censura eran los diarios ministeriales, que consideraban que la misma no

719
El Imparcial, “La censura”, 6 de Septiembre de 1898.
720
Volante del capitán general de Castilla la Nueva y Extremadura. Sección de censura. El Imparcial, “La
censura”, 7 de Septiembre de 1898.

- 379 -
estaba atacando a la libertad de la prensa. Frente a estas opiniones, cada vez eran más

los periódicos que, a través de los pocos escritos que no eran tachados por el lápiz rojo,

mostraban su enfado por la prolongación de la suspensión de garantías constitucionales.

Uno de los más combativos con la administración liberal fue El Nacional, que acusó

directamente a Sagasta de preferir una “política de misterio”, en la que los medios

callaban “sin poder advertir de muchas cosas saludables y sin aliento para infundir en la

opinión el vigor necesario para prevenir las desdichas futuras”.721

Días más tarde, el periódico se vio envuelto en una polémica por un suelto, “El reino de

sarasa”, a través del cual El Nacional acusaba a Pascual Ribot, gobernador de Cádiz, de

realizar actos denigrantes e infames, y éste, viéndose perjudicado en su honor, dirigió

una carta al director del periódico, el diputado Adolfo Suárez Figueroa, solicitando el

nombre del autor que le había dirigido esas palabras en su diario. Figueroa le respondió

con una violenta réplica que no pasó el lápiz rojo manejado por el general Chinchilla, lo

que le llevó a difundir una “Hoja Nacional Extraordinaria”, que firmó como diputado

del Congreso para sortear así la rigurosa censura que existía en esos momentos. En ese

número especial, Figueroa reprodujo la carta censurada dirigida a Ribot y dejó claro que

el autor del suelto era él mismo.722 Asimismo, añadió un artículo en el que criticaba

duramente la censura llevada a cabo por Chinchilla, quién, a su vez, ordenó la inmediata

suspensión de El Nacional, entregando el asunto al tribunal militar, que detuvo a

Figueroa. Con el procesamiento del diputado, se produjo un debate en la opinión

pública sobre la justificación de la medida adoptada por la autoridad militar, que

muchos consideraban injustificada y extrema, y que suponía un nuevo atentado contra la

prensa. No solo la prensa criticó la decisión tomada por el Consejo de Guerra, ya que

721
El Imparcial, “La libertad necesaria”, 18 de Octubre de 1898.
722
El País, “El suceso del día”, 22 de Octubre de 1898.

- 380 -
una gran mayoría de los políticos entendieron que en éste caso debía ser aplicada la

inmunidad parlamentaria reconocida en el artículo 47 de la Constitución, que declaraba

que los diputados y senadores no podían ser procesados ni arrestados sin previa

resolución de la Cámara correspondiente. Finalmente, Sagasta entendió que existía una

violación del precepto constitucional, y, de acuerdo con el mismo, levantó la suspensión

de El Nacional y puso en libertad a su director.723 Esta circunstancia produjo un

conflicto muy grave entre el poder militar que ejercía la censura y el poder civil

representado por el ejecutivo liberal, que había desacreditado públicamente al capitán

general.

La polémica se agudizó días más tarde cuando el director del diario republicano El

Pueblo, dirigido por el también diputado Blasco Ibáñez, difundió varios artículos

criticando la gestión del gobernador de Valencia, uno de los cuales fue tachado por el

capitán general de la región. El director, siguiendo los pasos de Figueroa, publicó una

hoja extraordinaria sin someterla al previo examen de la autoridad militar, en la que

reprodujo el artículo suprimido y arremetió contra el general Moltó, autor de la censura,

quién, a pesar de la decisión tomada días antes por Sagasta sobre la medida del general

Chinchilla, secuestró los ejemplares y detuvo al diputado. En este caso quedó de

manifiesto, nuevamente, la falta de unidad de criterio entre los censores, ya que por un

mismo hecho, dos diputados estaban sujetos a distintas medidas. Mientras que uno

gozaba de exención de la pena, el otro se encontraba encarcelado por los mismos actos.

Como se observa, los continuos cambios en la forma de practicar la censura llevaban a

este tipo de arbitrariedades que dañaban cada vez más la libertad de información. Para

El Imparcial el gobierno liberal era “víctima de sí mismo”, y no sólo había cometido un

723
El Nacional, “Fueros parlamentarios”, 15 de diciembre de 1898.

- 381 -
error gravísimo cuando privó a la prensa de su libertad constitucional, sino que ese

“tropezón gubernamental” había sido aun peor al cambiar el criterio respecto a la

inmunidad parlamentaria. El periódico madrileño realizó una buena apreciación sobre el

ejercicio de la política restrictiva de la administración liberal cuando observó que la

misma no había evitado ningún daño a los intereses públicos, y que, sin embargo, había

afectado seriamente a la prensa, que no era peligrosa “a no ser cuando está encadenada”,

ya que con “el desdén de los lectores halla el más duro y más eficaz de los castigos”. 724

Finalmente, la cuestión de la inmunidad parlamentaria quedó definitivamente resuelta

mediante una Real Orden aprobada el 14 de diciembre, por la que el ejecutivo liberal

declaró que los senadores y diputados podían ser procesados y arrestados por actos

ajenos al desempeño de su cargo si eran hallados “in fraganti”, o cuando, por virtud de

la regia prerrogativa, no estuvieran reunidas las Cortes.

5. FIRMA DEL TRATADO DE PARÍS (10 DE DICIEMBRE DE 1898).

PROLONGACIÓN DE LA PREVIA CENSURA.

La firma del Tratado de paz entre España y EEUU, en París, el 10 de diciembre de 1898

puso fin al conflicto colonial con la renuncia a la soberanía y la propiedad de las islas de

Cuba, Puerto Rico, las pequeñas Antillas, Filipinas y Wang. El fracaso del acuerdo

quedó patente en las páginas de los periódicos españoles, que culpabilizaron a la clase

política como única responsable de la pérdida del imperio colonial. Un convenio de paz

desastroso y humillante, como definió El Liberal,725 en el que influyó la dudosa

preparación de los miembros de la comisión española en París, 726 y, muy especialmente,

724
El Imparcial, “Ejemplo categórico”, 27 de octubre de 1898.
725
El Liberal, “Manos a la obra”, 10 de Diciembre de 1898.
726
La Comisión de políticos que representó a España en la Convención de París estaba formada por
cuatro miembros del partido liberal, y quedó presidida por Montero Ríos, presidente del Senado. Sagasta

- 382 -
la premura con la que Sagasta aprobó las duras condiciones impuestas por EEUU en el

Protocolo de Washington, con el objetivo de liquidar cuanto antes la nefasta actuación

política desarrollada en el conflicto. Para los norteamericanos no pasó desapercibida la

debilidad evidenciada por el gobierno español tras el fracaso de la escuadra de Cervera,

lo que fue aprovechado por el presidente estadounidense para redactar un exigente

acuerdo, que fue el preludio del fracaso del Tratado de paz. En lo que atañe a la libertad

de prensa, el fin del conflicto colonial no trajo consigo el restablecimiento de las

garantías constitucionales, por lo que, aunque las circunstancias políticas y sociales

parecían permitir ya la vuelta a la normalidad, la prensa continuó sometida a la censura

militar. Todo ello a pesar de las promesas del gobierno liberal, que había asegurado que

con el fin de la guerra se daría fin a esa situación excepcional, teniendo después que

prorrogarla hasta la firma de la paz.

Lejos de restablecerse las garantías constitucionales, durante el mes de diciembre se

acentuaron los perjuicios causados por la confusa intervención gubernativa y militar en

los medios informativos. Las molestias a los censores y censurados, el entorpecimiento

en las tareas de los periódicos, las dificultades para abordar determinados asuntos, o el

recelo de los periodistas al considerar que sería inútil su trabajo, eran algunos de los

inconvenientes causados en las cabeceras españolas. A estos se añadía el pésimo efecto

que creaba el mantenimiento sistemático de la suspensión de las libertades por un

gobierno que se hacía llamar liberal, lo que fue muy reprochado por los diarios de

mayor circulación. Así lo lamentaba El Imparcial, que se preguntaba: “si las

circunstancias no son hoy favorables, ¿Cuándo lo serán?”, reprochando la actitud de

se mostró partidario de que otros políticos de diferentes ideologías representaran a España en la misma,
pero el Duque de Tetuán y Silvela, rechazaron su propuesta.

- 383 -
Sagasta, quién en su historia de progresista y de liberal, “ha abierto un largo

paréntesis”.727

Sin embargo, la máxima preocupación del periódico fue que la sociedad española no

olvidara que se vivía en un estado de anormalidad, y que si no se trataban importantes

cuestiones, no era por indiferencia o abandono de la prensa, sino porque todavía estaban

vedadas a la pluma del escritor determinadas materias. La Correspondencia de España,

que había mantenido una línea más moderada, también se quejó de que la libertad de

prensa estuviera limitada por “los mayores padres que la engendraron”, y acusó a los

liberales de utilizar el instrumento de la censura, no de forma extraordinaria, como ellos

querían hacer creer a la opinión pública, sino como un instrumento al que acudían

siempre que querían acallar las voces disidentes: “la indiscutible abominación de la

previa censura, ni parece ya tanta abominación, ni tan indiscutible. El más avanzado

partido la incluye por costumbre y habita, entre las instituciones del día. Alguna

autoridad muy alta la deja viva para cuestiones y momentos determinados”.728

En enero de 1899 no solo los periódicos luchaban por recuperar sus libertades

constitucionales, sino que, además, dentro del propio gobierno se alzaban voces que

expresaban la necesidad de salir del estado excepcional en el que se encontraba España,

al entender que su título de partido liberal y demócrata era incompatible con la

suspensión de las garantías constitucionales.729 Entre los ministros que no querían

prolongar el estado excepcional se encontraban los dos a los que más incumbía el

mantenimiento del orden público. Por una parte, el ministro de Gobernación, Ruiz

Capdepón, quién se mostró convencido de que era el momento de reconocer todas las

727
El Imparcial, “Una indicación y un recuerdo”, 18 de Enero de 1899.
728
La Correspondencia de España, “La Libertad”, 25 de Enero de 1899.
729
La Época, “Notas de última hora”, 24 de Enero de 1899.

- 384 -
libertades constitucionales, si bien consideró que la previa censura se ejercía con tanta

suavidad y tolerancia que, en la práctica, la prensa decía todo lo que pensaba.730 El

Imparcial negó la veracidad de las afirmaciones del ministro, y puso como ejemplo la

censura practicada en un artículo que se limitaba a informar sobre las defensas en

Manila publicado en La Época, insistiendo en la idea de que la misma actuaba con todo

rigor.731 De la misma opinión fue El País cuando aseveró que, a pesar de las continuas

quejas de la prensa española, la censura se practicaba casi con la misma dureza que en

la época en la que había sido decretada, sin que hubiera ninguna razón justificativa de su

persistencia.732

Por otra parte, Correa y García, ministro de Guerra, mantuvo la misma idea que

Capdepón, y consideró que no había peligro para la nación si se restablecían las

libertades, ya que él contaba con “medios sobrados” para sostener el orden público.

Asimismo, planteó ante el Consejo Ministros la posibilidad de suprimir la previa

censura, pero prolongar la suspensión de los derechos de reunión y asociación. Para El

Imparcial esta hipotética situación resultaba aún peor que la actual, ya que, a pesar de

eliminar la censura, se despojaba a la prensa de la garantía que representaba la ley civil,

quedando sujeta a la autoridad militar.733 Frente a las voces de estos dos ministros, la

mayoría de los miembros del partido liberal pensaba que era necesario mantener en

suspenso las libertades hasta que la situación de España se normalizara. El diario

conservador La Época acusó directamente a Sagasta como el principal defensor del

730
La Correspondencia Militar, “Maza de Fraga”, 1 de Febrero de 1899.
731
El Imparcial, “La previa censura”, 4 de Febrero de 1899.
732
El País, “Curarse en salud”, 4 de Febrero de 1899.
733
El Imparcial, “Información política”, 30 de Enero de 1899.

- 385 -
aplazamiento constante del fin del estado de guerra y del recurso del lápiz rojo,734

atribuyéndole los calificativos de “decadente, versátil y desconceptuado”.735 Además,

reprocharon la pasividad de los periódicos ministeriales, que seguían considerando al

gobierno como demócrata y liberal, a pesar de que las garantías continuaban sin

aparecer.

No fue hasta el 8 de febrero de 1899 cuando el gobierno español anunció su intención

de levantar la suspensión de garantías constitucionales de forma definitiva. La noticia

llegó acompañada de las polémicas declaraciones de Montero Rios, presidente de los

comisionados españoles en la convención de París, realizadas en la comunicación final

que dirigió a Sagasta con las conclusiones de las negociaciones diplomáticas. Para

Montero Ríos las publicaciones españolas habían tenido la culpa del fracaso colonial, ya

que, durante todo el período de negociación con EEUU, se habían mostrado indiferentes

ante el espíritu público. El representante español afirmó con rotundidad que sólo había

encontrado el apoyo de los órganos más respetables de la prensa extranjera, y no de loa

periódicos peninsulares, a los que acusó de transmitir a la población española

informaciones pesimistas, animando en todo momento al gobierno a que abandonara el

archipiélago filipino. No resulta llamativo que Montero Ríos responsabilizara a los

periódicos sobre el pésimo resultado obtenido en el acuerdo de paz, ya que, durante el

conflicto cubano era una tónica constante que la administración pública culpabilizara a

la prensa de sus errores gubernamentales. Sin embargo, estas declaraciones no tenían

fundamento porque todas las cuestiones sometidas en la Conferencia de París habían

estado permanentemente controladas por los censores, por lo que, esas publicaciones a

734
En las cabeceras españolas se afirmó que la decisión de Sagasta era mantener esta situación
excepcional con el pretexto de salvaguardar los intereses públicos por el surgimiento de movimientos
carlistas.
735
La Época, “El crack de la democracia”, 1 de Febrero de 1899; La Época, “El hombre de la libertad”;
30 de Enero de 1899.

- 386 -
las que echaba toda la culpa, habían sido amordazadas y no habían podido opinar

libremente sobre lo acontecido.

Los ataques a los rotativos españoles por estas inmerecidas acusaciones no se hicieron

esperar. En palabras de El Imparcial, todos aquellos que, como Montero Ríos, acusaban

a la prensa del desastre colonial son “hombres públicos llenos de culpa”, que se han

convertido en “fiscales de la prensa”.736 Más crítico fue el Heraldo de Madrid, que

reprochó la “torpeza” de los comisionados, quienes, para desahogarse del fracaso

diplomático de París, culpaban a los periódicos, y afirmó que éstos “no merecen el

tiempo para protestar por injusta imputación”. Para el diario madrileño lo esencial era

que, afortunadamente para la libertad de prensa, “la impunidad en que una docena de

hombres políticos han llevado a España el deshonor y a la ruina” acababa con la

censura, y esperaban que, a partir del restablecimiento de la libertad, “cada culpa

pregone su delito y cada picota reciba su correspondiente castigo”.737

Por su parte, El Nacional acusó a los comisionados españoles de ser “marionetas”

movidas por los hilos del gobierno norteamericano, y desacreditó las palabras de

Montero Ríos, alegando que debía agradecer a las publicaciones españoles por todo lo

que habían callado. De la misma opinión fue el diario ultraconservador El Ejército

Español, que reprochó la “teoría del silencio” que había sido impuesta por Cánovas y

Sagasta durante los tres años de guerra, por haber propiciado que de la mudez guardada

en las esferas oficiales partiera el ambiente engañoso con el que se había vivido el

conflicto bélico. Por último, El Correo Español declaró que Montero Ríos no tenía a

quien colgar la “vergonzosa” derrota de las negociaciones del Tratado, y por eso se la

736
El Imparcial, “Para el Sr. Montero Ríos”, 8 de febrero de 1899.
737
Artículo de El Heraldo de Madrid reproducido en El Imparcial, “La prensa y Montero Ríos”, 9 de
febrero de 1899.

- 387 -
echaba a la prensa, pero se encontraba tranquilo porque, una vez que la prensa gozase

de libertad, serían los periódicos los que enjuiciarían las calumnias gubernamentales,

ahorcándolas “en un buen árbol y con una buena cuerda”.738

El 9 de febrero de 1899 después de siete meses de censura militar, se publicó el Real

Decreto por el que quedaban restablecidas las garantías constitucionales en toda la

Nación, dándose por finalizado el estado de guerra y la competencia de los tribunales

militares para conocer delitos de imprenta.739 En declaraciones realizadas por Sagasta,

la imposición de la previa censura durante todo este tiempo había sido necesaria, ya que,

gracias al lápiz rojo, el gobierno había logrado evitar las conspiraciones de todos los

periódicos que eran enemigos del orden y las instituciones. El líder del ejecutivo liberal,

que se consideraba un fiel defensor del derecho a manifestar libremente las opiniones,

alegó que, en idénticas circunstancias, volvería a practicar la misma política de

represión informativa llevada a cabo por su partido durante el último año, y sostuvo

que, otros países en los que los medios gozaban de libertad de imprenta, como Francia,

Inglaterra, Bélgica o Suiza, habían hecho lo mismo que España. 740 Con estas

afirmaciones Sagasta pasó por alto, sin embargo, que la mayoría de las publicaciones

españolas, especialmente las de mayor circulación, y los diarios conservadores, que,

como los liberales, apoyaban el sistema monárquico de la Restauración, no criticaban la

imposición de la censura en época de conflicto, sino las arbitrariedades que se habían

cometido a la hora de ejercer la misma.

738
Artículo de El Correo Militar reproducido en El Imparcial, “La prensa y Montero Ríos”, 9 de febrero
de 1899.
739
Real Decreto que restablece las garantías constitucionales. Gaceta de Madrid, 9 de Febrero de 1899,
nº40, p. 505.
740
La Época, “Florilegio de Sagasta”, 12 de Febrero de 1899.

- 388 -
A pesar de las continuas críticas a la clase política, por la censura practicada en los

últimos meses, con el restablecimiento de la libertad muchos periódicos olvidaron la

situación de silencio forzoso vivida, y se limitaron a informar del levantamiento de la

suspensión de garantías. Un ejemplo lo encontramos en La Correspondencia de España,

que afirmó recibir “muy contenta” el Real Decreto, y escuetamente declaró: “haga el

presidente del Consejo de Ministros lo que mejor le parezca, y de por acabada la

discusión del asunto”.741 Otras publicaciones más críticas animaron a la población y a la

prensa a alzar su voz contra la situación impuesta por el gobierno desde el 14 de Julio

de 1898, que había tenido a todos los sectores españoles privados de las garantías

constitucionales. El Liberal consideró que solo así se haría justicia, ya que, sin la

protesta de la población española, quedaría justificada la arbitrariedad del poder

público: “Este es el momento de precisar en voz alta con lo que se murmura y se

comenta de oído a oído”.742

De la misma opinión fue El Imparcial, para el que estos meses había significado un

“paréntesis de arbitrariedad ministerial” muy largo, llevado a cabo por unos “liberales

empapados en el espíritu democrático”.743 El diario madrileño preguntó a Sagasta si con

ese “estado de afonía” impuesto a la opinión pública, y que tanto defendía el presidente,

se había obtenido alguna ventaja para la Nación teniendo en cuenta el desenlace de la

guerra. Del mismo modo, reprochó la forma de practicar la censura, y contundente

declaró que, aunque en el pasado se había ejercido con “mayor rigidez y violencia”,

jamás se había practicado con la “torpeza” de ahora. Entre las innumerables

arbitrariedades cometidas por el gobierno liberal, que el periódico madrileño dejó

entrever, se encontraba la falta de criterio a la hora de hablar de los ministros y sus

741
La Correspondencia de España, “Una cuestión muy grave”, 10 de febrero de 1899.
742
El Liberal, “ESTA ES LA HORA”, 9 de Febrero de 1899.
743
El Imparcial, “La suspensión de la censura”, 10 de febrero de 1899.

- 389 -
actos, asegurando que Sagasta permitía decir de su persona cuanto se quisiera, mientras

otros consejeros responsables, como el de Marina, se habían declarado inviolables e

indiscutibles. Además, El Imparcial señaló que entre los censores no había existido una

pauta general, y que las ordenes del gobierno a las autoridades militares habían sido

distintas según el distrito y el día, por lo que, en muchas ocasiones, las informaciones

difundidas en la edición de provincias no se habían dejado reproducir en los diarios

madrileños. El diario también hizo hincapié en la importancia de que la población

española fuera consciente de la situación, y se quejó de que, al no haber podido dejar

blancos en el lugar de lo tachado, ni hacer alusión alguna a la censura, el público se

había olvidado de la misma.

En opinión de La Época, la gran equivocación del gobierno liberal había sido dejar la

censura en manos de los militares, ya que los oficiales carecían de la formación

necesaria para desempeñar el cargo de censores, como tampoco daba buenos resultados

“un periodista puesto al frente del escuadrón o de una campaña, que tampoco daría

buenos resultados.744 Para el diario conservador ésta fue la causa principal del mal

funcionamiento de la política de represión informativa de los liberales, ya que los

militares no estaban capacitados para discernir en cuestiones diplomáticas y políticas lo

que era peligroso de lo que podía publicarse, dejando pasar manifestaciones graves, o

suprimiendo con frecuencia no