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Adoración: Poniendo a Cristo en el centro
Por Valentin González-Bohórquez
“Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (Lucas 4:8)
Adorar a Dios, individual y colectivamente, es la vocació n má s importante del ser
humano, y de hecho, de la creació n entera. Fuimos creados para adorar a Dios. Es a través
de la adoració n como nos acercamos a Dios y entramos en intimidad y comunió n con É l.
Dios espera que le adoremos no porque es un Dios egocéntrico y sediento de alabanza, sino
porque es en la adoració n que encontramos nuestra verdadera identidad y vocació n: la
adoració n produce intimidad con Jesucristo y por medio de esa intimidad nos colocamos en
el camino de la voluntad de Dios. La adoració n nos libera. En el proceso de adorar a Dios
vamos descubriendo aspectos de nuestra propia vida, talentos y llamados, de los que no
éramos conscientes, o que son potenciados y dinamizados como resultado de estar en la
presencia de nuestro Hacedor.
¿Por qué, entonces, si la adoració n es tan importante, muchas veces ocupa un lugar
tan secundario en la vida diaria de los creyentes? Creo que es precisamente porque no nos
damos cuenta de su enorme importancia. Y porque tenemos malos há bitos de vida y damos
prioridad a otras cosas que consideramos má s urgentes, y quizá de mayor utilidad prá ctica.
Puede ser también porque somos negligentes y poco ambiciosos en querer alcanzar las
recompensas y beneficios personales y colectivos que produce una vida de genuina y
dedicada adoració n a Dios.
Podemos pasarnos toda nuestra vida sin experimentar nunca el poder de la
adoració n. Lo que es má s triste, es probable que una inmensa mayoría de los cristianos
viven de esa manera, alimentados tan solo por un tiempo ocasional de alabanza en las
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reuniones congregacionales, y para muchos tal vez solo una vez a la semana. En un
principio, cuando preparaba esta presentació n, quería referirme solo a la adoració n
congregacional, pero es obvio que no podemos desligar la adoració n congregacional de la
adoració n privada, y aú n de la familiar, porque cada una depende de las otras, y porque
estamos tremendamente necesitados de entrar en una vivencia de adoració n si queremos
ver una transformació n en nuestra vida personal, en nuestras familias y en nuestras
congregaciones. Como cristianos, estamos supuestos a causar un impacto en este mundo.
Es solo a través de una vida de adoració n a Dios como esto puede ocurrir.
1. Significado y práctica de la adoración
El primer elemento que considero fundamental al acercarnos al tema de la
adoració n es semá ntico. Necesitamos explorar, así sea de una manera bá sica y breve, el
significado de la palabra adoració n, porque no podemos practicar lo que no conocemos, o al
menos lo practicaremos mal. Má s cercanos nosotros a la cultura latina que a la griega o la
hebrea, la palabra adoració n en españ ol nos llega a través del latín adorãre que en su
terminació n flexiva õs (boca) se refiere a la prá ctica de los romanos de llevarse la mano a la
boca y luego lanzar un beso al ser amado (o al objeto que se ama o admira
extremadamente). De allí la costumbre andaluza de Semana Santa cuando en Sevilla la
gente le manda besos al paso de las imá genes en las procesiones. Está n adorando, le está n
rindiendo veneració n, en este caso, a algo que no es digno de adorado. Pero la escena nos
acerca al sentido de lo que significa adorar: aquello que atrapa nuestro ser y nos hace
rendirle culto.
El Diccionario de la Lengua Española define la palabra adoració n a partir de su
orígen latino. Dice, entre otras acepciones: “Reverenciar y honrar a Dios con el culto
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religioso que le es debido. Amar con extremo. Gustar de algo extremadamente”. De modo
que la palabra adoració n tiene que ver, en esencia, con relació n; y aquí, con una relació n de
amor. Adorar es el impulso de estar conectados con Aquel a quien amamos, expresado en
todas las formas creativas posibles. La presencia o ausencia de la adoració n a Dios en
nuestra vida, demuestra claramente dó nde está n nuestras prioridades, nuestros afectos y
nuestros verdaderos intereses. O muestra si hemos entendido o no cuá l es el sentido má s
profundo de la vida cristiana.
En las lenguas bíblicas, el significado y prá ctica de la adoració n conecta en parte con
las anteriores definiciones, pero a la vez los ensancha y nos da lo que para nosotros es la
base autoritativa. Así, entre las distintas palabras que se usan en el Antiguo Testamento
para indicar adoració n, una de las má s comunes es hãwa, que tiene el sentido de postrarse
o arrodillarse delante de alguien en señ al de rendició n, como en Génesis 18:2 cuando
Abraham se reú ne con los dos visitantes, y al reconocerlos como mensajeros celestiales “se
postró en tierra”. En el Salmo 29:2: “Adorad (hãwa) al Señ or en la hermosura de la
santidad”. O en 2 Cró nicas 29:20: “… e incliná ndose adoraron (hãwa) delante del Señ or y
del rey”. Otro término es ãbad referido al servicio a Dios en la vida pú blica y en asuntos
religiosos. En el AT se usa sobre todo en el sentido de servicio a Dios. En É xodo 3:12, Dios le
dice a Moisés, “… cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis (ãbad) a Dios sobre
este monte”. Un término adicional es yãre que implica respeto o temor a los seres humanos
o a los dioses, pero que también se aplica al temor a Dios como una forma de adoració n.
Deuteronomio 6:13 indica: “Al Señ or tu Dios temerá s (yãre), y a É l solo servirá s”. Este
temor hace alusió n a la reverencia y el respeto que debemos tener ante Dios, lo cual es un
acto de adoració n en sí mismo.
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Adicional a las palabras en hebreo que traducimos como adoració n, hay otras cuyo
significado está asociado con la alabanza, una de las manifestaciones visibles de la
adoració n. Halãl es usada mayormente para referirse a los himnos y canciones que
cantamos a Dios, como en el Salmo 146:2, “Alabaré (halãl) al Señ or en mi vida; cantaré
salmos a mi Dios mientras viva”. Bãrak es una de las palabras má s usadas en el AT y su
significado es el de bendecir, aplicado tanto a bendecir a Dios, ser bendecidos por Dios, o
bendecir a otra persona. Un ejemplo es el Salmo 63:4, “Así te bendeciré (bãrak) en mi vida;
en tu nombre alzaré mis manos”. El verbo yãda tiene que ver con dar gracias, dar
testimonio de las obras de Dios, alabarlo por lo que É l es. Salmo 106:1: “Alabad (yãda) al
Señ or, porque É l es bueno; porque para siempre es su misericordia”.
Entre tanto, en el Nuevo Testamento, la palabra griega proskuneo es la expresió n
má s frecuente y su sentido tiene una cierta conexió n con el término adorãre del latín: besar
la mano o besar la tierra delante de uno, como ocurre en Juan 4:20-21, en relació n con el
lugar donde se debe adorar. Por su parte latreuõ se usa tanto para referirse al servicio a
Dios como a los dioses falsos. En el sermó n de Esteban, éste indica, “Después de esto,
saldrá n (de Egipto) y me servirá n (latreuõ) en este lugar (el Sinaí)” (Hechos 7:7), y má s
adelante, por causa de la rebeldía de los hebreos “Dios se apartó , y los entregó que
sirviesen (latreuõ) al ejército del cielo” (Hechos 7:42). Una ú ltima palabra que podemos
mencionar es el verbo griego sebõ, con el significado directo de adorar, que como la palabra
hebrea yãre, tiene que ver con caminar en reverencia y temor ante Dios. Mateo 15:9 es uno
de los varios textos del NT que usan este término: “… en vano me honran (sebõ), enseñ ando
como doctrinas, mandamientos de hombres”.
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Hay que tener presente que en la Biblia hay una lucha constante entre la verdadera
y la falsa adoració n. De manera que en el uso de estas expresiones muchas veces se refieren
al reclamo de Dios de no dar adoració n ni alabanza a los ídolos falsos, sino solamente a É l.
Por otra parte, una de las cosas que nos queda, o debe quedarnos, clara, es que la adoració n
no es un acto casual, cú ltico. Es decir, yo no soy un adorador por rendirle culto a Dios,
cantar, leer la Biblia, orar, ocasionalmente en el templo o en una reunió n. La adoració n es
un estilo de vida, una prá ctica continua que absorbe la totalidad de nuestra experiencia
humana. Sé que eso no es realidad para la inmensa mayoría de nosotros. Pero esa es la
intenció n de Dios para con nosotros. É l está buscando adoradores que le adoren en espíritu
y verdad, o en el Espíritu de verdad (Juan 4:20-24). Este estilo de vida involucra el servir a
Dios, el caminar en amor y temor delante suyo y el expresar esa relació n íntima con É l por
medio de nuestras alabanzas, el testimonio y la proclamació n del evangelio al mundo. La
adoració n es una forma de vida, no solamente una prá ctica piadosa. Haciendo una exégesis
de 1 Tesalonicenses 5:17, donde Pablo nos exhorta a “Orar sin cesar“, Lutero decía, “Mi vida
es una oració n”. La Biblia nos recuerda que es má s importante lo que vivimos diariamente
que una prá ctica ocasional vacía. De las muchas referencias al tema, selecciono tres textos a
modo de ejemplo: “La justicia y el derecho son para el Señ or má s agradables que los
holocaustos” (Proverbios 21:3). “Quiero misericordia [entre ustedes] y no sacrificios,
conocimiento de Dios má s que holocaustos” (Oseas 6:6). “No se olviden de hacer el bien y
de compartir con otros lo que tienen, porque ésos son los sacrificios que agradan a Dios”
(Hebreos 13:16).
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2. La adoración en la vida de hombres y mujeres de la Biblia
Es importante tener en cuenta que el significado y el ejercicio de la adoració n no es
algo que se origina por iniciativa del ser humano. No somos nosotros los que definimos
primariamente el alcance de la adoració n. Su verdadera idea e intenció n se originan en
Dios. Es É l quien, en primer lugar, nos llama a ser adoradores y luego, a través de la
revelació n y la experiencia humana, nos introduce en la prá ctica bíblica de la adoració n.
Quizá el primer adorador que encontramos en la Biblia es Abel. En la narrativa de Génesis
4, cuando él y su hermano Caín ofrecen adoració n (expresada aquí como ofrenda de frutos
de la agricultura y sacrificio de animales), Dios aparece agradá ndose de la adoració n de
Abel y no de la Caín. En realidad, bien vistas las cosas, no hay duda que la ofrenda de Caín le
demandó má s esfuerzo (un trabajo agrícola de sol a sol), que la de Abel (una oveja
engordada). Ambos creían en Dios y ambos le ofrecieron sacrificio. Pero Dios solo se agradó
de la ofrenda de Abel. ¿Por qué? La ofrenda de Caín había sido sin duda má s trabajada,
quizá má s costosa, y sin embargo no fue bien recibida por Dios. Quizá la clave radica en una
actitud del corazó n, en una cierta actitud legalista, exhibicionista, involucrada en el acto de
adoració n de Caín. Quiso impresionar a Dios no de la manera adecuada (por obras) y no
por la actitud de un corazó n adorador. La ausencia de un adjetivo positivo en el hebreo
para referirse a la ofrenda de Caín, contrasta con la frase “de los primogénitos de las ovejas,
de lo má s gordo de ellas”, que indica no solo una esmerada selecció n en la ofrenda de Abel,
pero también una actitud que era el resultado de vivir en comunió n con Dios. La reacció n
trá gica de Caín ante el rechazo de Dios (matar a su hermano) reveló de inmediato su
cará cter y la naturaleza de sus motivaciones.
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Desde esa escena inicial del Génesis, la Biblia nos introduce a una galería de
hombres y mujeres cuyas vidas se definen por la presencia o ausencia de genuina
adoració n. En el lado positivo de la historia, otro de estos personajes es Enoc, quien junto
con el profeta Elías componen el relato de personas que caminaron en tan perfecta
comunió n (adoració n) con Dios que fueron llevados directamente a la presencia de Dios sin
experimentar la muerte física. Abraham, por su parte, no es solo el padre de la fe y padre de
todos los creyentes, sino que es ademá s (como consecuencia de la fe), el padre de los
adoradores. Su costumbre de plantar altares de piedra donde quiera que iba, era un
testimonio visible de su comunió n interna con Dios. David como salmista, Daniel y Jeremías
como intercesores, son testimonios del lugar de la adoració n en la vida del creyente. Ana, la
madre del profeta Samuel, no solamente fue una adoradora interesada (buscaba a Dios
porque quería tener un hijo), sino que mostró de manera consistente su compromiso y su
relació n con Dios después de que É l le dio un hijo: lo entregó al servicio a Dios (1 Samuel 1-
2:1-11). Otra Ana, ésta en el NT, fue una mujer que invirtió toda su vida en un servicio de
ayuno y oració n a Dios, con el distintivo de ser una adoradora/intercesora/anunciadora
(Lucas 2:36-38). También en el Nuevo Testamento, Pablo y Juan son marcados por un
espíritu de adoració n perseverante y rica en matices y expresiones. Los ejemplos serían
demasiado numerosos para comentar cada uno aquí. Baste decir que todos los personajes
de la Biblia pueden ser descritos en funció n de lo que fue su vida de adoració n o su falta de
ella, de la misma manera que puede ser descrita la vida de cada cristiano a través del
tiempo y en el día de hoy.
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3. La adoración en todas las áreas de la vida
El llamado esencial que los seres humanos tenemos de adorar a Dios permea todas
las esferas de nuestra vida: personal, familiar, eclesiá stica y la de nuestra presencia en el
mundo. En la Biblia encontramos ejemplos de cada una de estas expresiones. La adoració n
de Abel fue personal, pero a la vez también familiar (tanto él como su hermano Caín la
practicaron, y en la narrativa de Génesis 4 puede implicar que lo hicieron a un mismo
tiempo). La adoració n de Abraham (su acció n de construir altares) fue intensamente
personal, pero a la vez puede haber incluido a su mujer Sara y eventualmente también a sus
hijos. Quizá el acto de adoració n má s extremo del AT se produce con la disposició n de
Abraham de ofrecer en sacrificio a su hijo Isaac. Era un acto de obediencia radical, lo cual
es, en ú ltima instancia, el sentido de la adoració n. Estar dispuesto a darlo todo a Dios: vida,
familia, posesiones. Una adoració n inferior a esto será siempre una adoració n incompleta.
Este mismo acto de adoració n y de entrega lo encontramos en la dramá tica conversació n
que Cristo tiene con el Padre en el monte de los Olivos, cuando Cristo rinde su vida humana
al Padre para ser É l mismo el sacrificio: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se
haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).
Esta clase de adoració n, tanto la de Abraham como la de Cristo, fue intensamente
personal. Nadie má s que ellos podían tomar estar decisiones, y todos nosotros, en algú n
punto de nuestra vida, somos llevados a ese mismo lugar de decisió n. Es entonces donde se
produce la experiencia de que hablaba Pablo cuando dice: “Con Cristo estoy juntamente
crucificado, y ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en
la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá latas 2:20).
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La primera obligació n y privilegio que tengo con Dios es ser yo mismo un adorador,
tan radical como pueda ser. Pero en segundo lugar, como cristianos tenemos el llamado de
involucrar a nuestra familia inmediata en una vida de relació n con Dios, asegurá ndonos de
que reciban a Cristo como Señ or y Salvador personal, y ayudá ndolos a crecer en el caminar
con Cristo. La manera má s prá ctica es a través de un devocional familiar diario, cuando
juntos, como familia, leemos la Biblia, oramos, cantamos, intercedemos los unos por los
otros y por otras personas, situaciones y proyectos. Ese mandato es específico a través de
toda la Escritura. Solo menciono unos ejemplos. En su despedida del pueblo de Israel, poco
antes de morir, Moisés les recuerda: “Oye, pues, oh Israel, y cuida de ponerlos por obra (los
estatutos y mandamientos de Dios), para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel
y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres. Oye, Israel: Jehová
nuestro Dios, Jehová uno es. Y amará s a Jehová tu Dios de todo tu corazó n, y de toda tu
alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estará n sobre tu
corazó n; y las repetirá s a tus hijos, y hablará s de ellas estando en tu casa, y andando por el
camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atará s como una señ al en tu mano, y
estará n como frontales entre tus ojos; y las escribirá s en los postes de tu casa, y en tus
puertas” (Deuteronomio 6:3-9). Como puede notarse en este texto, hay una continua
interacció n entre la responsabilidad personal y la familiar. Es un mandamiento tanto al
individuo jefe de casa (“amará s”, “atará s”, “escribirá s”), como familiar (“hablará s [estas
palabras] estando en tu casa”, “las repetirá s a tus hijos”). Otro pasaje muy conocido, Josué
24:15, hace menció n a ese mismo llamado a la adoració n familiar: “Y si mal os parece servir
a Jehová , escogéos hoy a quién sirvá is… pero yo y mi casa serviremos (yãre) a Jehová ”.
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El llamado a la adoració n se extiende luego a la experiencia congregacional. Tanto el
establecimiento del culto en el taberná culo, como luego en el templo en el AT, muestran
que el plan de Dios no es solamente que lo adoremos en privado o en nuestras casas, sino
también en un lugar pú blico, dedicado al culto o al aire libre. La adoració n congregacional
no es opcional, sino parte integral de nuestro llamado como adoradores. No podemos
limitar nuestra prá ctica de adoració n a una experiencia aislada del conjunto de los demá s
creyentes. É sta tiene que producirse precisamente como resultado de mi fe personal. Tanto
el taberná culo como el templo fueron constituídos para la adoració n colectiva de los
creyentes. Isaías 56:7 (y luego los Evangelios sinó pticos) lo recuerdan cuando dice, “porque
mi casa será llamada casa de oració n para todos los pueblos”. Luego, el pueblo de Israel es
llamado también a adorar a Dios en la vida civil: en los grandes eventos donde se
coronaban reyes o cuando se decidía el destino de la nació n.
En el NT, los cristianos de ascendencia judía siguieron por algú n tiempo adorando a
Dios en el templo y también en las sinagogas esparcidas por Israel o en la Diá spora, a la vez
que comenzaron a practicarlo desde un principio en las casas-iglesias en Israel y por todo
el imperio romano y má s allá . Posteriormente, y sobre todo después de que el cristianismo
se convierte en la religió n del imperio, los cristianos comienzan a edificar sus propios
templos, algunas veces sobre las ruinas de antiguas sinagogas, o en templos que antes eran
de dioses paganos. De igual manera, a través de los siglos, dondequiera que el cristianismo
ha sido mayoría o la religió n del estado, se ha continuado con la prá ctica de adorar a Dios
en actividades civiles, como en la posesió n de presidentes, delante de creyentes y no
creyentes.
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4. Formas y estilos de adoración a Dios en la historia hebrea y cristiana
Cada una de las palabras hebreas y griegas que mencioné anteriormente se
manifiestan de manera prá ctica en maneras y estilos de adorar a Dios. Puede decirse que la
adoració n pú blica y privada a Dios ha tomado literalmente todas las formas y estilos de las
culturas a las que pertenecen los creyentes. En el AT vemos la adoració n expresarse
primitivamente a través de altares de sacrificio, tanto en lo individual (Abel, Abraham),
como en lo familiar (Noé) y en lo congregacional (Moisés, Elías, entre muchos otros). El
adorador está delante de un montículo de piedras, ofrece un animal en sacrificio y eleva
una oració n a Dios. No hay registro de alguna otra actividad adicional.
Vemos también, un acto de adoració n espontá neo como el de María, la hermana de
Moisés, quien prorrumpe a bailar junto al pueblo hebreo, al son de panderetas y de un
canto como alabanza de gratitud a Dios por el paso del Mar Rojo. Todo el conjunto tiene las
características de una celebració n por una victoria militar, del mismo modo como ocurre
cuando David entra a Jerusalén bailando de gozo y cantando a Dios después de derrotar a
los filisteos (2 Samuel 6:1-23). Estos dos casos no muestran formas organizadas para el
culto congregacional, sino manifestaciones puntuales de un triunfo colectivo espectacular
cuyo logro se le atribuye o da honra a Dios. No es evidente en los textos bíblicos que este
estilo de adoració n se haya estandarizado como prá ctica cotidiana de los judíos, aunque sí
es de valor indicar que desde los tiempos antiguos el culto congregacional y otras
actividades pú blicas a menudo incluía mú sica, alabanzas y danza litú rgica, donde los
adoradores entrelazaban los brazos y daban pasos repetitivos al ritmo de la mú sica.
El culto (cultus) organizado desde los días de Moisés en el Sinaí, estableció normas
muy precisas sobre có mo la manera de ofrecer adoració n formal a Dios tanto en el
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Taberná culo como después en el Templo, que incluía la participació n de sacerdotes (como
mediadores), sacrificios y simbolismos manifestados a través de ritos y objetos sagrados.
Hay varios salmos litú rgicos y procesionales, como el 95:“Venid, aclamemos alegremente a
Jehová ; cantemos con jú bilo a la roca de nuestra salvació n. Lleguemos ante su presencia
con alabanza; aclamémosle con cá nticos”, que se usaban para la apertura del servicio. Otros
salmos como el 100, el 145 y 146 hacen la misma invitació n de entrar gozosamente a
celebrar a Dios.
Hay que tener presente, sin embargo, que en culto hebreo, un lugar central eran los
sacrificios y el hecho de que el culto solamente se ofrecía en el Taberná culo y
posteriormente en el Templo. Ambas cosas, como sabemos, eran figuras, tanto del sacrificio
que habría de realizar Cristo en la cruz y del templo del Dios viviente que somos los
creyentes en los que habita el Espíritu Santo. De allí que las iglesias cristianas pronto
realizaron sus servicios en casas, sinagogas y eventualmente en templos, donde los estilos
de adoració n llegaron a ser muy variados, pero intentando conservar la esencia de la
adoració n bíblica que es el de una vida entregada a Dios. Así, los africanos, los asiá ticos, los
europeos, los latinoamericanos, adoramos y alabamos a Dios en formas creativas y diversas
que son por lo general expresió n de lo que somos cada uno de nosotros y de nuestra
relació n con Dios. Las iglesias y las denominaciones han adoptado a través del tiempo
tradiciones y prá cticas muy distintas. Por ejemplo, el Dr. Miguel Darino dice: “Para los
bautistas, adoració n cristiana es encuentro con Dios. Esto es, diá logo-revelació n y
respuesta. Dios se revela a sí mismo al ser humano y éste responde a esa revelació n.
Revelació n que puede darse a través de la lectura de la Biblia, la predicació n, los himnos, el
bautismo y la comunió n y que, entre los bautistas, es fundamentada y reafirmada por el
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concepto de la adoració n corporativa, es decir, la adoració n congregacional. En otras
palabras para el bautista, el desarrollo de la vida espiritual tiene su base má s fuerte en el
concepto doctrinal del sacerdocio de todo creyente, que adquiere sentido y prá ctica dentro
del marco de la congregació n local”.
5. Adorando a Dios en el siglo XXI
Adorar a Dios en el siglo XXI debe ser lo mismo que para los adoradores de los días
de Abel, o de Moisés, o de los tiempos de Cristo, o del siglo V, o del siglo XIII, o del siglo
pasado. La esencia de la adoració n es una sola: rendició n, alabanza, obediencia, integridad
del corazó n, y eso no está condicionado a una era o a una determinada generació n. Las
formas y los estilos son accesorios, pero accesorios que han de cumplir siempre el requisito
de conservar el enfoque absoluto en la reverencia y la exaltació n de Dios, y no de los
adoradores. Las formas y los estilos de adoració n varían de generació n en generació n y de
cultura en cultura. Hay que tener presente que lo que es viejo y anticuado para nosotros,
fue novedoso y arriesgado hace solo una o dos generaciones atrá s. Nunca los seres
humanos (¡incluyendo por supuesto a los cristianos!) nos vamos a poner de acuerdo en
cuanto a los gustos en mú sica o en estilos de alabanza. Sería terrible que lo hiciéramos y
todos le brindá ramos a Dios un mismo tipo de mú sica o un mismo tipo de servicio. Sería
terrible porque Dios ama la diversidad, es el Autor de la diversidad: ni una sola hoja de un
mismo á rbol es idéntica la una a la otra, y así en todo lo demá s en su creació n. Lo que sí hay
en la naturaleza es armonía. Todas las hojas de ese mismo á rbol, tan distintas entre sí, son
alimentadas por la misma savia que viene de lo profundo de la tierra y todas estas pegadas
a las ramas que salen de un mismo tronco. Cuando esas hojas se desprenden del á rbol, se
secan y mueren. Ocurre lo mismo en nuestra adoració n congregacional, que por lo demá s,
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no deja de ser una expresió n de nuestra adoració n personal y familiar. A cada uno nos
gustan cosas diferentes, pero tenemos a un mismo Dios y Señ or que es Jesucristo y todo lo
que se haga debe ser hecho para su alabanza y gloria.
Si quisiéramos ser completamente “bíblicos” (es decir, historicistas, biblistas,
apegados al texto bíblico en lo que nos dice en términos de adoració n, lo cual no sería sino
una forma extrema de legalismo), necesitaríamos conseguir los instrumentos que tocaban
en esos tiempos (la pandereta, es uno de los que sobreviven hasta nuestros días) y hacer
nuestros cultos al estilo de la cultura judía antigua. Pero nada de eso es necesario porque
las culturas humanas son diferentes unas de las otras y venimos de tradiciones diferentes
también. De allí que debemos preguntarnos: ¿Debemos adorar a Dios al estilo de los judíos
antiguos? ¿Ese estilo de adoració n es el que má s agrada a Dios? Algunos pastores,
predicadores e iglesias parecen haber llegado a esa conclusió n, y estamos viendo un
regreso a prá cticas judaizantes que fueron criticadas ya por el apó stol Pablo en varias de
sus cartas.
La clave de la verdadera adoració n no es vestirse como los judíos antiguos (por lo
demá s, los judíos actuales usan ropas muy parecidas a las nuestras el día de hoy), ni danzar
con panderetas y cuernos con sonidos que pensamos se parecen a los de los tiempos
bíblicos. Tampoco hay nada malo en esto. Si una iglesia cree que debe hacerlo de esa
manera, estupendo. El problema es cuando se cae en legalismos. Cuando queremos
imponerle a los demá s este estilo de prá cticas, o pensamos y actuamos como si fuéramos
superiores o má s bíblicos porque creemos que nosotros sí estamos adorando de la manera
correcta a Dios, cuando lo ú nico que estamos haciendo es imitar una forma externa de otra
cultura (Aparte del pueblo judío hay muchas otras culturas que usan la danza litú rgica en el
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Medio Oriente y en Á frica, particularmente). Danzar o no danzar delante de Dios no hace al
creyente má s o menos espiritual, o má s bíblico o má s correcto en su alabanza. Es
simplemente un estilo. Un estilo que por lo demá s no corresponde a nuestras tradiciones
culturales, que por lo general también son honrosas delante de Dios y a través de las cuales
también podemos glorificar a Dios. Por lo demá s, no hay nada en el Nuevo Testamento que
sugiera que la danza fuera parte de la manera como los cristianos del siglo I adoraban a
Dios, ni en el entorno judío ni entre los gentiles.
El reto verdadero que tenemos los cristianos en términos de nuestra adoració n y
alabanza es comunicar efectivamente el evangelio. Siempre las congregaciones locales
atraerá n a una u otra clase de personas. Como iglesia, tenemos que definir qué clase de
personas queremos alcanzar y eso estará definido por la manera como predicamos, como
alabamos y como adelantamos nuestro ministerio. Rick Warren dedica todo un capítulo al
tema de la importancia de la mú sica en la iglesia (Warren, 1998: 287-300). Dice allí, entre
otras cosas, que decidió usar un tipo de mú sica en su iglesia que conectara con los jó venes y
adultos jó venes, porque estaba interesado en alcanzar a ese grupo generacional. De manera
que sin pedir disculpas decidió usar un tipo de alabanza contemporá nea que conectara con
ellos. Es una buena estrategia, aunque no necesariamente es la estrategia ú nica o perfecta,
porque de hecho hay jó venes a los que les gusta la mú sica tradicional y se sienten muy
có modos cantando himnos o coros antiguos. Nunca podremos agradar a todos, pero lo
cierto es que sí debemos tener una estrategia, como creo que es lo que en el fondo Warren
está tratando de decirnos.
Por otra parte, como he insistido a lo largo de esta presentació n, hay que recordar
que la adoració n no es solo la alabanza y los cá nticos. Es toda nuestra vida de fe con Dios e
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incluye las 24 horas de nuestro día, a la vez que todos los componentes del culto, desde la
oració n de apertura hasta el ú ltimo amén. La adoració n debe ser creativa y los encargados
del servicio recordará n que en todo hay que buscar la unidad del Espíritu en el vínculo de
la paz (Efesios 4:3). La invitació n en 1 Corintios 14:26, Efesios 5:19, Romanos 15:9 y
Colosenses 3:16 es que cuando los creyentes nos reunamos, tengamos “salmos, cá nticos, e
himnos espirituales”, que en su letra y mú sica alaben el nombre de nuestro Creador y
Padre de nuestro Salvador y Señ or Jesucristo.
Una de las cosas que no podemos olvidar cuando hablamos de las alabanzas
que ofrecemos a Dios en nuestros cultos, es la gran riqueza doctrinal, poética,
teológica y artística que contienen los himnos antiguos, tanto de autores europeos
como norteamericanos y latinoamericanos, para hablar de las tres tradiciones que nos
son familiares. El llamado que tenemos de Dios es a cantar cántico nuevo al Señor.
Me gusta esa norma bíblica y me gustan las canciones nuevas cuando realmente dicen
algo para Dios, cuando muestran aspectos diferentes y poco explorados de la persona
y la obra de Cristo. Pero es importante que todos los cristianos recordemos que
tenemos una larguísima historia de extraordinarios compositores y músicos cristianos
que nos heredaron un imponente legado de música y alabanzas para Dios. De manera
que creo que el camino es el de abrirnos más a la gracia de Dios, ser creativos, y
despojarnos de prejuicios que normalmente son el fruto de no estar bien informados.
No debemos ser conformistas ni tampoco críticos a todo lo que no nos resulte
familiar. No hay duda que debemos estar abiertos a la brisa fresca de alabanzas
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nuevas que gloriquen al Señor, a la vez que seguir buscando en la fuente nunca
agotable de la Palabra de Dios y de los compositores cristianos a través del tiempo.
Ya sea que miremos la historia o el presente de la alabanza y la adoració n hay que
recordar que su propó sito es mantenernos centrados en Cristo. Don Williams dice con
razó n, “Adore al dinero y se volverá codicioso. Adore al sexo, y se volverá lujurioso. Adore
el poder y será corrupto. Adore a Jesú s y se volverá como Cristo. Nos convertimos en algo
parecido al objeto de nuestra adoració n” (Redman 2004: 21). ¿No es acaso parecernos a
Cristo uno de los má ximos llamados que tenemos? Es de ahí, de esa intimidad con É l, que
nos hace cada día má s parecidos a É l, de donde emerge la vida ideal que todos esperamos
vivir. Y cuando se trata de adorar y alabar a Dios, el ú ltimo de los salmos de la Biblia, el que
actú a como la conclusió n y resumen de todos los salmos, nos hace esta invitació n:
Alabad a Dios en su santuario;
Alabadle en la magnificencia de su firmamento.
Alabadle por sus proezas;
Alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza.
Alabadle a son de bocina;
Alabadle con salterio y arpa.
Alabadle con pandero y danza;
Alabadle con cuerdas y flautas.
Alabadle con címbalos resonantes;
Alabadle con címbalos de júbilo.
Todo lo que respira alabe a JAH.
Aleluya.
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Taller de Adoració n para Pastores y Líderes de Transformation Ministries.
10 noviembre, 2012. De 10 a 12 am. Iglesia Bautista de Harbor City, CA
Bibliografía
Darino, Miguel Á ngel. “La adoració n y la Biblia. Algunas consideraciones teoló gicas”.
http://convencionbautista.com/recursos
Redman, Matt, compilador. Lo que todo adorador deber saber. Archivos del corazón de la
adoración. Miami: Editorial Peniel, 2004
Warren, Rick. Una iglesia con propósito. Cómo crecer sin comprometer el mensaje y la
misión. Miami: Editorial Vida, 1998. 287-300