Kurzinger HECHOS
Kurzinger HECHOS
·KURZINGER-JOSEF
ASCENSIÓN DE JESÚS
INTRODUCCIÓN
Los Hechos de los apóstoles es uno de los libros del Nuevo Testamento que
se leen preferentemente. El que empieza a leer la Biblia con este libro puede comprender y
orientarse sobre todos los escritos del Nuevo Testamento. Es fácil formarse una idea de su
exposición, su género literario es diáfano, y lo que dice este libro nos hace ver de una forma
intuitiva la obra salvífica de Dios en Jesucristo y en la Iglesia por él fundada.
¿Qué pretenden los Hechos de los apóstoles? El título puede engañar. Porque no se trata
-como se podría esperar- del destino y de la obra personales de los distintos apóstoles. De
los doce que consideramos como apóstoles en un sentido más estricto, solamente se dan
los nombres (1,13) y la restauración de su número por medio de la elección de Matías
(1,26). Sólo dos de ellos entran en escena, san Pedro y san Juan, e incluso entonces san
Juan aparece como una figura concomitante al lado de san Pedro. Pero por otra parte
también intervienen en la narración otras personas: los siete primeros colaboradores
oficiales de los apóstoles (capítulos 6-8) y muy poco después de ellos san
Bernabé y Saulo o Pablo. La parte del libro que es con mucha diferencia la más larga, está
dedicada a este último, que por causa de su particular vocación obtuvo el título de apóstol.
¿Cómo entenderemos el titulo de este libro? En los manuscritos griegos más antiguos se
dice Praxeis, y con esta palabra el título está en consonancia con otros semejantes de la
literatura griega que no forma parte de la Biblia. Puede ser que este título fuera ya puesto
en su obra por el autor, que estaba familiarizado con la cultura helenista. Se trata, pues, de
«hechos», de «sucesos» o «acontecimientos». También se les ha dado el nombre de
«actos», en latín acta. Estos «actos» tienen la característica común de que todos ellos
están relacionados con los apóstoles. Se trata de unos «hechos» en que ellos han
participado.
Jerusalén y Roma son las dos ciudades entre las cuales se extiende el espacio donde se
desarrollan estos hechos. Los primeros treinta años después de la ascensión de Jesús
forman el marco temporal. No es una crónica que narre los hechos según un orden
sucesivo, no es una notificación completa de lo que sucedió. Se colocan ante nuestra
mirada distintas escenas, importantes acontecimientos que nos muestran el camino para
entender la Iglesia. En situaciones tensas se revela cada vez mejor en una nueva visión de
su misterio.
El misterio de esta Iglesia, tal como la ven los Hechos de los apóstoles, es Cristo, el
Señor. No solamente está presente al principio con su mensaje y su promesa, sino que
siempre se muestra de una forma actual en el Espíritu Santo. El mensaje del Pneuma
hagion, el aliento vital y soplo creador de Dios, al mismo tiempo el «espíritu de Cristo»
(Rom 8,9), es lo que especialmente quieren transmitir los Hechos de los apóstoles. Con
fundamento se les ha también llamado el «Evangelio del Espíritu Santo». Este «Espíritu» es
aquella fuerza que desde el principio se infunde en la Iglesia y la preserva de lo puramente
humano, y se vuelve eficaz sobre todo en la hora del peligro. Este libro se esfuerza
particularmente por mostrar que no obstante las hostilidades y persecuciones, que
provienen de fuera, y a pesar de todas las crisis y amenazas, que proceden de dentro -más
aún a través de ellas-, la Iglesia va creciendo y se fortalece. El gran encargo que se confía
a los apóstoles de dar un testimonio que transforme el mundo, está íntimamente unido con
la promesa de la «fuerza del Espíritu Santo que sobre vosotros vendrá» (1,8).
El autor muestra un interés afectuoso por la formación de la comunidad madre de
Jerusalén y por el desarrollo de la Iglesia en la zona de Palestina y Siria. Pero muy pronto
dedica por completo su atención al hombre por medio del cual la Iglesia fue conducida, con
principios decisivos e iniciativas audaces, desde el principio judeocristiano y la estrechez
aneja a tal principio, a la misión que transformaría el mundo. Este hombre fue Saulo
(Pablo).
Esto no puede sorprendernos, porque el autor es el médico Lucas, de cuya íntima
camaradería con san Pablo dan testimonio las cartas del Apóstol prisionero (Col 4, 14; Flm
24; 2Tim 4,11). Su colaboración empezó probablemente cuando san Pablo ejerció su
ministerio en Antioquía, la patria de san Lucas según la tradición, y fundó allí la primera
comunidad etnicocristiana (11,25s). Así entendemos el interés sorprendente de los Hechos
de los apóstoles por el rumbo y la obra del Apóstol de las gentes. Desde el capítulo 13 y
más todavía desde el 22 en adelante el relato toma el cariz de una apología que procura
presentar el gran trabajo misionero y, al mismo tiempo, la integridad, en los aspectos
humano, jurídico y político de la persona Apóstol retenido en cautiverio.
¿Cuándo escribió san Lucas su obra? Para comprenderla, la pregunta no carece de
importancia. ¿Qué nos dice el mismo libro? Siete capítulos (22-28) informan
exclusivamente
de las etapas de la instrucción de la causa del Apóstol, la cual dura unos cinco años. Se
mencionan los dos últimos años en Roma solamente con pocas palabras. No nos
enteramos de nada particular sobre ellos. No se encuentra ninguna palabra ni indicación
sobre el desenlace del proceso relatado hasta aquí de una forma tan interesante. ¿No se
podría incluso actualmente dar la razón a los que suponen que se escribió nuestro libro
cuando aún se tenía que esperar la decisión del tribunal del César, al que había apelado el
Apóstol? En el hombre de alta posición, a quien san Lucas dedicó su Evangelio (Lc 1,3) y a
quien una vez más nombra explícitamente al principio de los Hechos de los apóstoles, o sea
Teófilo, ¿no podía san Lucas ver al amigo de la causa del cristianismo, que también podía
estar en condiciones de influir en el apresuramiento y en una solución favorable del juicio
que se arrastra durante tanto tiempo? Si se admite esta suposición, el libro de los Hechos
de los apóstoles -ésta fue la opinión que prevaleció durante mucho tiempo- se escribió
probablemente a fines del año 63.
Con gusto nos adheriríamos a esta opinión, si no se opusieran objeciones (que han de
ser tomadas en serio) de investigadores, que no consideran posible un origen tan
temprano. Se guían por la convicción de que es imposible que el Evangelio de san Lucas,
que precede a los Hechos de los apóstoles, fuera escrito antes de la destrucción de
Jerusalén (año 70). Los testimonios externos de la tradición y las características internas
del Evangelio parecen atestiguarlo. Si así se establece, los Hechos de los apóstoles sólo
pudieron ser escritos después del año 70. Según la mayoría tuvieron su origen hacia el año
80. Si esta opinión fuera acertada, en nuestro libro se tendrían que juzgar muchas cosas,
sobre todo el prolijo relato del proceso, con la visión que de ellas se tenía en los años
posteriores. ¿Puede esto admitirse de una forma tan convincente como la suposición
anterior de que el libro fue escrito todavía en vida del Apóstol?
Unas palabras más sobre la estructura y la disposición externa del libro. Se pueden ver e
indicar diferentes motivos para la división del libro. La suposición de que los Hechos de los
apóstoles son un díptico literario con una mitad sobre san Pedro y la otra mitad sobre san
Pablo tiene de suyo correspondencias sorprendentes en las dos partes. Estas parece que
están expuestas incluso conscientemente en la forma de exponer la imagen de los dos
apóstoles. Sin embargo esta división podría no corresponder plenamente al contenido del
libro. Por eso en nuestra explicación preferimos adoptar una división en tres partes, en la
que cada una de ellas supera en extensión a la anterior. Después de las frases
introductorias, que se refieren al tercer Evangelio y se apoyan en él (1,1-11), primero se
pone ante nuestra mirada la formación de la Iglesia madre de Jerusalén (1,12-5,42). Siguen
inmediatamente en la segunda parte los relatos que hacen referencia a la formación interna
y externa y al desarrollo de la Iglesia fuera de Jerusalén con la actuación de nuevos
colaboradores (6,1-12, 25). La tercera parte, que es la más larga (13,1-28,31), nos muestra
el camino de la Iglesia hacia la misión en el mundo que dirigirá el propio apóstol de los
gentiles. El que contempla más de cerca este libro por parte de la técnica literaria puede
reconocer esta división en tres partes como querida por el autor. Al principio de cada una
de estas tres secciones se nombran los hombres importantes para lo referido en ella: en
1,13 encontramos los nombres (competentes para la comunidad madre) de los doce
apóstoles (en conexión con 1,26); en 6,5, los nombres de los siete colaboradores, tan
importantes para el ulterior desarrollo de la Iglesia, y en 13,1, los cinco nombres de los
dirigentes en Antioquía, el punto de partida y el centro para misionar a los gentiles. En los
números simbólicos doce, siete y cinco se puede ver un especial interés del autor.
Difícilmente es casual, sino intención literaria, que se muestren siempre en acción
solamente dos de las personas nombradas: en la primera sección Pedro y Juan; en la
segunda Esteban y Felipe; en la tercera Bernabé y Saulo. También se puede aducir en
favor de esta división en tres partes el esquema de desarrollo indicado en 1,8, cuando se
dice: «Seréis testigos míos en Jerusalén, y en toda Judea y Samaría, y hasta los confines
de la tierra» 2.
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2. La transmisión del texto de los Hechos de los apóstoles se ha efectuado en dos formas
que muestran entre
sí diferencias mayores de las que se dan en los otros libros del Nuevo Testamento, si sólo
tenemos en
cuenta los textos que hacen al caso. El hecho de que existan estas dos formas de
transmisión ha hecho
suponer que el mismo san Lucas ha efectuado una doble redacción. Sin embargo esta
suposición es muy
poco probable. Las variantes, que de hecho son numerosas, y las frecuentes interpolaciones
al texto hoy día
son reputadas como cambios secundarios, en los cuales quizás todavía se discute en
particular cuál es la
transmisión fidedigna. Sobre estas cuestiones cf. A. WIKENHAUSER, Introducción al
Nuevo Testamento,
Herder, Barcelona 2 1966, p. 238ss; espec. 253-254.
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Parte primera
El que conoce el Evangelio de san Lucas y recuerda su úItimo capítulo, al leer los
primeros once versículos de los Hechos de los apóstoles en seguida echa de ver que se
refieren a lo que se dijo en Lc 24. Esta referencia no consiste en una mera repetición, sino
en un libre enlace, con ello se destaca con mayor fuerza el propósito del autor.
El propósito del autor está encaminado a la venida del Espíritu Santo, de quien también
se habla con ahinco en las últimas palabras de despedida del Señor, que se leen en el
Evangelio (Lc 24,49). En estos versículos introductorios relacionados con las últimas
palabras del Evangelio, el lector una vez más ha de darse cuenta de que la resurrección no
solamente es el término glorioso de la vida de Jesús, sino que al mismo tiempo es el
vivificante fundamento salvífico de la Iglesia. La «nueva criatura» (Gál 6,15; cf. Rom 6,4)
recibe de este fundamento su realidad y significado. No hay por qué inquietarse si en esta
introducción, que hace referencia a Lc 24, no todos los pormenores coinciden exactamente
con lo que se dice en aquel capítulo del Evangelio. Lucas, sin dejar de mantener la
«solidez» en la retransmisión del mensaje, se acredita como un narrador que describe los
sucesos con libre naturalidad. Esto también se puede observar en los relatos paralelos de
los Hechos de los apóstoles. Por ello no es necesario postular un lapso de tiempo
considerable que hubiera permitido a Lucas enterarse de lo que esta introducción añade al
relato del Evangelio o modifica en alguna de sus partes.
Conocemos este primer relato o, como también se podría decir, este «primer libro» o sea
el Evangelio de san Lucas, que nos es familiar a todos nosotros: Lo tendríamos que leer
con atención, si aspiramos a entender más profundamente los Hechos de los apóstoles.
Los dos libros no sólo coinciden en la forma literaria -pese a peculiaridades del Evangelio,
debidas a las fuentes de información-, sino que también están en armonía en sus fines
espirituales y teológicos.
El contenido del Evangelio se compendia en la frase: «lo que Jesús hizo y enseñó.» Es
una formulación significativa, que dice mucho en favor de la primitiva tradición. Los
hechos
y las palabras desde un principio formaron parte de la historia de Jesucristo y, por tanto, de
lo que declara el Evangelio. Acá y allá pudo haberse tenido interés, como muestran los
modernos hallazgos de manuscritos, en reunir distintas sentencias de Jesús, y entonces en
la total proclamación los hechos, por una necesidad interna, se refirieron a las palabras.
Puesto que las palabras de Jesús debían significar la verdad y la salvación, también se
tenía que decir lo que él era y lo que él hizo que se manifestara en sus acciones. Esto se
patentiza de una forma muy intuitiva en el Evangelio según san Marcos, que se suele
considerar como el más antiguo de los cuatro evangelios. En él se muestra claramente la
primacía de los hechos ante las palabras. Y quien piense que en un principio se dedicaba
toda la atención especialmente a la historia de la pasión, también ve en ello el interés de los
primeros discípulos por lo que sucedió a Jesús. En este texto se antepone «lo que Jesús
hizo» a lo que «enseñó». Ello podría ser una manifestación espontánea de cómo también
para san Lucas las acciones del Señor forman parte del Evangelio.
El marco indicado brevemente: «hasta el día en que fue arrebatado a lo alto» nos
muestra asimismo cómo el evangelista san Lucas está obligado a guardar la limitación
observada por la proclamación general del cristianismo primitivo. Volvemos a encontrar
este
marco en 1,21, y en el esquema fundamental de los cuatro Evangelios aparece claramente
que el relato siempre empieza con Juan el Bautista y concluye con el mensaje del Señor
glorificado. El hecho de que en el «primer relato» nada se dice de la historia de la infancia
de Jesús contenida en el Evangelio de Lucas (Lc 1-2), no autoriza la conclusión de que el
evangelista considerara que no tenía importancia. A lo más, sólo significa que no encajaba
en el esquema del mensaje de salvación adoptado por la Iglesia primitiva.
El día en que Jesús fue arrebatado a lo alto tiene una característica importante para los
Hechos de los apóstoles a causa de las instrucciones dadas a los apóstoles. Por primera
vez se nombran los hombres a quienes alude el título del libro. No obtuvieron su oficio por
propia decisión, el mismo Jesús «se los había elegido». El evangelista tiene necesidad de
decirlo también aquí. En el evangelio nos enteramos de esta elección de los doce, «a los
cuales dio el nombre de apóstoles» (Lc 6,12-16). Es significativo que el nombramiento de
los apóstoles recaiga en los días del Señor anteriores a la pascua. La obra efectuada por
los apóstoles está vinculada de una forma enteramente personal a Jesús en su vida
terrena, así como a Jesús glorificado, a su palabra, a su poder y a sus instrucciones.
¿A qué clase de instrucciones se refiere nuestro texto? La expresión deja espacio para
todo lo que Jesús transmitió a sus discípulos como testamento después de su resurrección.
Si miramos la conexión de nuestro versículo con los siguientes, se suscita la idea de unas
instrucciones muy determinadas. También las últimas palabras de Jesús resucitado en el
Evangelio nos informan de estas instrucciones, cuando se dice: «Y voy a enviar sobre
vosotros lo prometido por mi Padre. Vosotros, pues, permaneced en la ciudad hasta que
seáis revestidos de la fuerza de lo alto» (Lc 24,49). Esta fortaleza de lo alto es el Espíritu
Santo. A él, pues, se refieren las instrucciones de Jesús, antes de ser «arrebatado a lo
alto». También en este pasaje cabe la posibilidad de pensar en estas instrucciones y a
entenderlas con referencia al Espíritu Santo. Es cierto que la gramática griega parece
recomendar más la traducción de «por medio del (o en el) Espíritu Santo». De este modo se
diría que Jesús dio sus instrucciones por estar lleno del Espíritu Santo, y esto daría un
sentido favorable a la cristología de san Lucas. Y sin embargo, y a pesar de dificultades de
orden gramatical, la otra interpretación parece ser más acertada por parte del texto global y
de la referencia al Evangelio: el Espíritu Santo es el contenido y la causa de estas
instrucciones dadas el día que el Señor fue arrebatado a lo alto. Los versículos siguientes
lo aclaran.
La escena indicada tiene lugar el día de la ascensión. Se describen más en particular las
importantes instrucciones de 1,2. En el Evangelio se dan las mismas instrucciones con
palabras algo distintas: «Yo voy a enviar sobre vosotros lo prometido por mi Padre.
Vosotros, pues, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo
alto» (Lc 24,49). No nos molesta que el mismo evangelista nos produzca las mismas
palabras del Señor con una redacción libre. La Iglesia primitiva no estuvo apegada con
recelo a la letra. Lo que le interesaba era el sentido de la tradición. Según el texto aducido
esta última reunión con los apóstoles fue una comida comunitaria. También según otros
informes Jesús resucitado ha comido delante de sus discípulos y con ellos 5. Ya en su
actividad anterior a la pascua Jesús repetidas veces había comunicado, en una comida,
especiales revelaciones y consignas6. Pensemos en la última cena antes de la pasión con
las recomendaciones e instrucciones dadas en ella por Jesús. La Iglesia primitiva en sus
celebraciones eucarísticas en forma de comida también ha conmemorado y mantenido en
forma viva la comida comunitaria con el Señor resucitado (2,46).
Es peculiar de san Lucas la orden de quedarse en Jerusalén. San Lucas también tiene
conocimiento de una relación con Galilea (Lc 24,6), pero falta en él toda alusión a un
encuentro en Galilea posterior a la pascua, encuentro que es particularmente significativo
para los otros evangelistas7. Esta limitación a Jerusalén tiene que verse en relación con el
concepto que san Lucas tenía de la importancia de Jerusalén en la historia de la salvación,
como ya se hace patente en el Evangelio8. En las profecías del Antiguo Testamento que
enlazan con Jerusalén la salvación mesiánica y el especial don salvífico del Espíritu Santo,
se puede ver un motivo para esta preferencia de san Lucas por Jerusalén 9. San Lucas
sabe que Jerusalén será el punto de partida para la misión universal en el mundo, y por eso
le interesa mostrar el camino del Evangelio desde Jerusalén hasta Roma 10.
Los apóstoles han de esperar la promesa del Padre. El contexto pone en claro que con
estas palabras se alude al Espíritu Santo. Hacia él apuntan insistentemente todas las
demás palabras. El Espíritu Santo es el gran objetivo de Cristo resucitado. Es la «promesa
del Padre». Sobre todo por el Evangelio según san Juan conocemos la designación de Dios
como «el Padre» absolutamente sin ninguna palabra relativa más circunstanciada 11.
¿Hasta qué punto el Espíritu Santo es la «promesa del Padre»? Se puede pensar en las
palabras proféticas del Antiguo Testamento, en las que Dios ha prometido el Espíritu como
don de salvación del tiempo mesiánico 12. Jesús en su plática de despedida habló del
Espíritu que el Padre enviaría13. De la oración de súplica Jesús había dicho que el «Padre
que está en los cielos dará Espíritu Santo a los que le piden» (Lc 11,13). Por tanto, ya
antes de la pascua, los apóstoles habían oído hablar de esta «promesa del Padre» por
labios de Jesús.
Sorprende que Jesús se apropie las palabras del Bautista sobre la venida del bautismo
del Espíritu (Lc 3,16). Juan Bautista había señalado al Mesías como más fuerte: «Yo os
bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien ni siquiera soy yo digno
de desatarle la correa de las sandalias; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,16)
14. La comunicación de las palabras del Bautista también quiere indicar una
correspondencia entre la recepción del Espíritu, que el mismo Jesús experimentó al ser
bautizado por Juan, y el bautismo del Espíritu que es inminente para los apóstoles y por
medio del cual se deben preparar para su ministerio.
...............
5. Lc 24,30.41s; Mc 16,14; Jn 21,9-13; Hch 10,41.
6. Cf. Lc 7,36-50; 10,38-42; 11,39-52; Mt 9,10-13.
7. Cf. Mc 16,17; Mt 28,7.16-20; Jn 21,1ss.
8. Lc 9,51; 15,22-33ss; 18,31; 19,28-41ss.
9. Cf. Is 2,1ss; 44,3; Ez 11,19; 36,26s; Jl 3,1ss; Zac 12,10; 13,1.
10. Cf. Lc 24,17; Hch 1,8; 23,11; 28,14.
11. Esta designación es poco usada en los Evangelios sinópticos: Mc 13,32; Lc 9,26; 10,22;
cf. Hch 1,7.
12. Cf. Is 44,3; Ez 11,19; 36,26s; Jl 3,1ss; Hch 2,17ss; Zac 12,10; 13,1.
13. Cf. Jn 14,1Sss; 14,26; 15,26.
14. En 11,16 Pedro llama la atención sobre la misma palabra como «palabra del Señor».
Cuando Jesús aduce
la palabra de su precursor, como si hubiese sido dicha por él, se puede pensar como según
el Evangelio de
san Mateo se pone al pie de la letra en labios de Jesús (Mt 4,17) la llamada del Bautista a la
conversión (Mt
3,2).
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Difícilmente puede admitirse que se trate de una nueva escena. Se alude a la última
reunión (1,4). Según los datos que siguen, hemos de pensar en el monte de los Olivos
como lugar donde se pronunciaron estas palabras de despedida (1,9.12). Están
estrechamente enlazadas en el orden del tiempo con la «ascensión a los cielos». Es verdad
que en Lc 24,50 parece que se interponga un cambio de lugar entre las palabras de
despedida del Señor y su partida. La cuestión carece de importancia; pero, con todo, nos
gustaría disponer de una descripción tan fiel como fuera posible.
La pregunta de los discípulos es significativa. En ella aparece una imagen del Mesías
que se apoya en la indigencia política, nacional y religiosa de un pueblo oprimido durante
siglos. El sueño de una grandeza pasada y una libertad perdida, y las imágenes
prometedoras en los vaticinios mesiánicos de los profetas hicieron surgir esperanzas que
tenían que inflamarse en contacto con Jesús. Por el Evangelio conocemos la constante
resistencia opuesta por él a todas las exigencias y expectaciones de esta manera tan
difundida de pensar de los judíos. Ya en la narración de las tentaciones aparece otra
concepción del Mesías (Lc 4,5-8). Incluso para justificar a los apóstoles y su pregunta sobre
el restablecimiento del reino de Israel podrían citarse las palabras del ángel Gabriel, que en
la anunciación dijo a María: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará
por los siglos en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin» (Lc 1,32s).
Dada la manera de pensar de los apóstoles ¿no era muy natural que hicieran esta
pregunta? Porque ¿qué otra cosa podía significar para ellos la orden de quedarse en
Jerusalén y de esperar el bautismo del Espíritu, sino que entonces llegaba el tiempo final,
anunciado por los profetas, con sus grandes dones destinados a la salvación? ¿No es ya
Jesús resucitado una señal de que ha empezado la nueva era? Jesús en su respuesta no
presta atención a la idea del Mesías, pero sí a la pregunta sobre «ahora».
Esta respuesta es significativa. En ella se alude a un deseo ardiente de la primitiva
Iglesia. La expectación del tiempo final, que se imaginaban como la inmediata e inminente
«restauración de todas las cosas» (3,21), excitaba los ánimos de los hombres. ¿No hay en
el Evangelio palabras de Jesús, que debían nutrir la fe en la proximidad de su gloriosa
venida (Mc 9,1; Lc 21,32)? ¿No habla san Pablo, en sus cartas, con palabras que muestran
que también él estaba hechizado por la expectación de la próxima venida del Señor (ITes
4,15)? Aunque en la respuesta de Jesús no se da ninguna información inmediata sobre la
pregunta de los apóstoles, sin embargo se contiene en ella una instrucción importante para
toda clase de preguntas sobre el acontecimiento final de la historia de la salvación. Esta
instrucción también la encontramos en las palabras del Señor: «En cuanto al día aquel o la
hora, nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre» (Mc 13,32). Ante la
parusía del Señor que se retrasaba cada vez más claramente, la Iglesia primitiva tenía que
humillarse con el reconocimiento respetuoso de la exclusiva competencia y de la ilimitada
libertad de la resolución divina. Y sin embargo a la Iglesia primitiva se le dio la orden de
esperar vigilante la venida del Señor.
En este versículo queda patente la finalidad que pretenden los Hechos de los apóstoles.
Se muestra el campo de un trabajo universal a los apóstoles, que en su pregunta pensaban
en el restablecimiento del «reino a Israel». En tres etapas se desarrolla el espacio: el
trabajo de los apóstoles empieza en Jerusalén, enteramente de acuerdo con la importancia
histórica de esta capital del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento; «Judea y Samaría»
caracterizan el desarrollo: se sobrepasa la estrechez de Israel en el camino del Evangelio
«hasta los confines de la tierra». Este camino se pone de relieve en las tres partes (en que
se nota un constante progreso) de los Hechos de los apóstoles. En estas últimas palabras
del Señor se hace perceptible el llamamiento de Dios a todo el mundo para que obtenga su
salvación. Se recordará la consigna dada al siervo del Señor en el libro de Isaías, donde se
dice: «Poco es que tú me sirvas para restaurar las tribus de Jacob, y convertir los
despreciados restos de Israel: mira que yo te he destinado para ser luz de las naciones, a
fin de que mi acción salvadora llegue hasta los últimos términos de la tierra» (Is 49,6).
Los apóstoles, como testigos de Jesús, debían transmitir a los hombres el mensaje de
Cristo. En la palabra «testigos» se compendia todo lo que los apóstoles tienen que hacer
en el nombre y por orden del Señor. Los apóstoles han de desear lo que Jesús deseó, han
de revelar lo que Jesús reveló. Al mismo tiempo se indica algo importante en este encargo
de ser testigos. No solamente les será posible transmitir las enseñanzas e instrucciones
recibidas de Jesús. Este mismo Jesús vendrá a ser el contenido del testimonio de los
apóstoles: la actividad de Jesús, su muerte, su resurrección y ensalzamiento. Es una ley
interna de la historia de la salvación que el Cristo anunciante se convertiría en el Cristo
anunciado. Aquí no hay una falsificación del Evangelio, sino un desarrollo substancial. En
los relatos de los Hechos de los apóstoles siempre veremos a los apóstoles conscientes de
su misión de ser testigos.
En este versículo tiene una importancia decisiva que los apóstoles hayan de dar su
testimonio con la fuerza que recibirán cuando el Espíritu Santo venga sobre ellos. Esta
promesa no hay que abstraerla de lo que les encarga. Este es el sentido del bautismo en
Espíritu, que los apóstoles han de recibir «dentro de no muchos días». No han de andar
como meros hombres por el camino del testimonio; él mismo, el Señor estará con ellos.
Ciertamente también tendrán gran importancia la experiencia personal de los apóstoles y
los sucesos que ellos han presenciado personalmente. En 1,21 ésta es condición que se
exige para la elección del nuevo apóstol. Sin embargo la promesa de la «fuerza» del
Espíritu no está sin motivo delante de la frase que se refiere al testimonio. Está en armonía
con la frase del evangelio: «Permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la
fuerza de lo alto» (Lc 24,49).
En la plática de despedida, que nos refiere san Juan, se dice: «Cuando venga el
Paráclito, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad, que proviene del
Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros también daréis testimonio, porque desde el
principio estáis conmigo» (Jn 15,26s). Es muy natural que se compare este versículo (que
determina el camino y la historia de la Iglesia) con lo que nos dicen los otros escritos del
Nuevo Testamento. Ya hemos notado la coincidencia con las palabras de Jesús en el
Evangelio de san Lucas. Las diferencias de redacción y orden que vemos entre los Hechos
de los apóstoles y este Evangelio nos muestran que los evangelistas no intentaban dar una
comunicación literal exacta, sino anunciar lo que es esencial en el mensaje.
Esto aún lo vemos más claro cuando en el Evangelio según san Mateo leemos el encargo
de misionar (Mt 28, 16-20). En san Mateo la última instrucción del Señor se traslada a una
montaña de Galilea, pero el pensamiento y la finalidad de las palabras de Jesús coinciden,
a pesar de todas las diferencias de redacción, con lo que también se dice en el texto de los
Hechos de los apóstoles. La promesa de la fuerza del Espíritu también la encontramos en
san Mateo, cuando el Señor dice: «Mirad: yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el
final de los tiempos» (Mt 28,20). La comparación de estos dos textos nos da un ejemplo
instructivo de cómo en la proclamación apostólica las palabras de Jesús fueron transmitidas
y divulgadas con una contextura e interpretación libres 15.
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15. Una lectura de Mc 16,15s también nos muestra lo mismo. Y en las palabras de Jn
17,18s y 20,21ss, con las
que Jesús envía a sus apóstoles, percibimos el mismo deseo de Jesús. Incluso Pablo parece
querer
recordar conscientemente el mismo encargo del Kyrios Jesucristo, cuando dice de él: «Por
quien hemos
recibido la gracia del apostolado, para conseguir, a gloria por la virtud de su nombre, la
obediencia a la fe
entre todos los gentiles» (Rm 1,15).
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2. EXPECTACIÓN SUPLICANTE
(Hch/01/12-14).
No sabemos nada con seguridad sobre esta «habitación». Resulta muy natural que se
piense en un lugar que ya era familiar a los discípulos desde los días en que permanecían
con Jesús en Jerusalén. Se puede suponer que allí celebraron con su Maestro la
memorable última cena. De acuerdo con la instrucción del Señor, Pedro y Juan
probablemente habían preparado allí la pascua (Lc 22,8ss). Por tanto los mismos que están
al principio de la lista de los apóstoles. Si así lo consideramos, también hay en esta
habitación un simbolismo de la relación histórica entre el tiempo de la Iglesia, que es
anterior a la pascua y el que es posterior. En el Evangelio se dice que los apóstoles
después de regresar del sitio donde habían presenciado la ascensión a los cielos, «estaban
continuamente en el templo» (Lc 24,53). Esta noticia no contradice la suposición de que el
aposento (que incluso en el ulterior desarrollo de la comunidad jerosolimitana
probablemente servía de punto de reunión) 17 formaba parte de una casa particular fuera
del templo. También puede pensarse en los pasajes de la Sagrada Escritura en que se
nombra una habitación superior como sitio para orar piadosamente y recibir especiales
revelaciones 18. A Pedro recogido en oración se le reveló en una terraza la misión a los
paganos (10,9ss).
Tiene un sentido profundo que san Lucas enumere los nombres de los apóstoles,
aunque ya haya dado en su Evangelio la lista de los mismos (Lc 6,14ss). Antes de la
pascua los apóstoles formaban el séquito particular de Jesús, pero de aquí en adelante se
presentan como los hombres a quienes Jesús resucitado ha dado plenos poderes y les ha
confiado una misión, y en cuyas manos ha sido puesta la obra salvífica de la Iglesia. Así
aparece desde un principio la forma externa y la ordenación de la Iglesia, cuya esencia es
invisible y que sólo puede ser interpretada como obra del Espíritu Santo.
Si se compara esta lista con las precedentes, se pueden observar pequeñas diferencias,
pero sobre todo la preeminente posición de Juan junto a Pedro. Esta posición corresponde
a lo que también nos declara el Evangelio sobre la solidaridad entre los dos 19, y a lo que
de ellos nos atestiguan los Hechos de los apóstoles 20. Falta el duodécimo de los
apóstoles; la circunstancia de ser sólo once pide la elección de Matías (1,15ss).
...............
17. Cf. 2,1.46; 12,12ss.
18. 1R 17,19ss; 2R 4,10s; 4,33; Dn 6,10s; cf. también Mt 6,6; 24,26; Lc 12,3.
19. Lc 22,8; cf. Jn 13,23ss; 18,15; 20,2ss, 21,20ss.
20. 3,1ss; 4,13; 8,14.
...............
La comunidad orante. Los Hechos de los apóstoles nos la ponen siempre ante nuestra
mirada 21. En ella, el modelo y las instrucciones del Señor se nos muestran eficaces. Jesús
ha asegurado que el Padre escuchará la oración hecha «en mi nombre» (Jn 16,23s). Las
cartas de san Pablo también atestiguan con ahínco el poder de la oración comunitaria 22.
Es característico de san Lucas que además de los apóstoles nombre las mujeres como
miembros de la comunidad orante. Ya en su Evangelio san Lucas ha prestado especial
atención a las mujeres que rodeaban a Jesús 23. El mensaje de salvación de la nueva
alianza vence prejuicios heredados. San Pablo, aunque guarde mucha reserva, que se
explica por la mentalidad de su tiempo, sin embargo también es testigo de una nueva
valoración de la mujer 24. Los Hechos de los ap6stoles muestran todavía con mayor
frecuencia la vocación y la actividad de la mujer 25.
María, la madre de Jesús, es nombrada aparte, lo cual podría corresponder a la atención
que san Lucas en su Evangelio, especialmente en la historia de la infancia, ha prestado a la
Madre del Señor 26. En nuestro pasaje solamente se la menciona en la información sobre
la Iglesia naciente. María formaba parte del grupo que había de presenciar los siguientes
sucesos de pentecostés. Se cita su nombre entre las otras mujeres, cuando empieza la
Iglesia. Ya entonces se indica la especial posición de la Madre de Jesús en el nuevo pueblo
de Dios.
Pero los datos particulares que las narraciones evangélicas de la pasión dan acerca de
las mujeres allí nombradas, podría indicarse que los hermanos de Jesús no son hermanos
en el sentido más estricto en que nosotros solemos usar el término. Por la manera general
de hablar que se usa en la Biblia y que se basa en la jurisprudencia de la familia en oriente,
se puede mostrar cómo el concepto de «hermano» y «hermana» puede designar todos los
grados y clases de relaciones de parentesco 27. Tenemos un buen motivo para ver, en los
«hermanos» que aquí se nombran, parientes de Jesús que ya antes de la pascua se habían
declarado discípulos suyos. ¿Había de ser imposible que los parientes de Jesús fueran
llamados como apóstoles? Los lazos naturales de la sangre y de la familia no son motivo ni
de un privilegio ni de un obstáculo para la vocación a ser discípulos de Jesús ni tampoco
para ser «hermanos» en la unión íntima de la fe.
...............
21. Cf. 1,24ss; 2,42; 4,24ss; 12,5.12; 13,2 20 36
22. Rom 1,9s; 8,26s; ICor 11,2ss; 14,12ss; 2Cor1,11; 9,14; E£ 3,14ssi 5,18ss; 6,18ss; Flm
1,3ss; Col 1,3.9;
ITes 1,2s.
23. Cf. 1,5.24.41ss; 2,36; 4,38s; 7,12 s; 7,36ss;8,2s;8,40ss; 10,38ssi 23,27ss; 23,49.55;
24,1ss; 24,10.
24. Cf. 1Co 11,11s; 7,13ss; Ef 5,12ss y las mujeres a quienes san Pablo saluda en Rom
16,1ss.
25. 12,12s; 17,4.12.34; especialmente 18,2.8.26.
26. Cf. Lc 1-2; 8,19ss; 11,27s; a diferencia de Jn 19,25ss, Lucas no nombra aparte a María
entre las mujeres
que estaban junto a la cruz de Jesús.
27. No tiene interés para nuestro texto que apoyemos con más razones lo antedicho.
Tampoco se debería
seguir precipitadamente la tesis hoy día tan divulgada, según la cual los «hermanos» de
Jesús solamente
llegaron a creer en Jesús con las apariciones de Jesús resucitado (lCor 15,6), y luego pronto
consiguieron
una posición de primer orden en la primitiva Iglesia. En Jn 7,5 no se declara que todos sus
«hermanos»
hayan rehusado creer en Jesús. Para esta cuestión tampoco se debería reivindicar con
exceso los textos de
Marcos 3,21.31. Acerca de toda la cuestión cf. sobre todo J. SCHMID, Los «hermanos» de
Jesús, en El
Evangelio según san Marcos, Herder, Barcelona 1967, p. 126-128.
...............
Pedro no sin razón es el primero en la lista de los apóstoles (1,13). Lo mismo sucede en
las enumeraciones de apóstoles de los Evangelios. Desde el principio es considerado como
el dirigente entre los doce. Según declaran unánimemente los Evangelios, este privilegio
tiene su origen en la expresa vocación dada por Jesús. Esto también se supone en los
Hechos de los apóstoles, cuando se presenta a Pedro como el presidente y director de la
comunidad 28. En él precisamente, se muestra la forma de la Iglesia que está jurídicamente
determinada y que tiene su origen en Jesús. San Lucas explica el aspecto exterior de esta
Iglesia incluso con noticias estadísticas, de las cuales aquí tenemos la primera, que nos
dice que se habían reunido unas «ciento veinte» personas 29. Parece que solamente se
habían reunido los hombres. En este número que representa el décuplo de doce, ¿hay una
relación con los doce apóstoles? En el tratamiento de hermanos, que reproduce la
costumbre judía, se denota en el nuevo sentido de la palabra la unión de los fieles en Cristo
Jesús, que también llamó «hermanos» a sus discípulos (Mt 28, 10). CR/HERMANOS:San
Pablo da la profunda razón de este tratamiento, cuando ve a los cristianos como
predestinados por Dios para «reproducir la imagen de su Hijo, para que éste fuera el
primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8, 29). Así es como hay que entender que los
Hechos de los apóstoles ya se haga referencia aquí a un grupo de «hermanos» 30.
Las primeras palabras en esta asamblea memorable tratan de la traición de Judas. En
eso percibimos cuán dolorosamente pesaban estos sucesos sobre la joven Iglesia. Esto ya
lo sabemos por los Evangelios, aunque éstos, solamente con pocas palabras, mencionan la
acción de Judas en la historia de la pasión. San Juan es quien se esfuerza por dar una
explicación psicológica de esta acción inconcebible 31. Tres veces -prescindimos de la
indicación que se hace al enumerar los apóstoles (6,16)- habla san Lucas de dicha acción
en el Evangelio (Lc 22,3ss.21ss.47). En nuestro texto se intenta interpretar el suceso
mediante la Escritura. Porque en las palabras de Pedro se patentizan la pregunta y la
respuesta de la Iglesia primitiva. Aquí tenemos un ejemplo de cómo esta Iglesia se esfuerza
por hacer evidente y comprensible la propia experiencia a la luz de la revelación del
Antiguo
Testamento. Jesús resucitado ya había dicho que tenía «que cumplirse todo lo que está
escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lc 24,44). Y en
la narración sobre los discípulos de Emaús se dice: «Comenzando por Moisés, y
continuando por todos los profetas, les fue interpretando todos los pasajes de la Escritura
referentes a él» (Lc 24,27).
Fue un proceso fundamental, porque la Iglesia empezó a ver y a comprender los sucesos
salvíficos en Cristo de acuerdo con la Sagrada Escritura. Aún encontraremos muchas veces
en los Hechos de los apóstoles ejemplos de este modo de ver de la Iglesia. Ya en el
judaísmo y en la forma como sus rabinos interpretaban la Escritura, estaba exteriormente
preformada la manera como la Iglesia primitiva entendía la Escritura. Los comentarios de la
comunidad de Qumrán ofrecen especialmente ejemplos concretos de esta actualización y
aplicación de la Escritura del Antiguo Testamento. Así pues, la proclamación del mensaje
cristiano -especialmente en el encuentro misional con el judaísmo- quería ver este mensaje
y el anuncio de su obra salvífica en las profecías del Antiguo Testamento, y con la ayuda de
estas profecías quería poner en claro el mensaje.
Con el concepto de profecías se iba con frecuencia muy lejos para nuestra mentalidad
actual. Además de los escritos propiamente proféticos se interpretaron también
especialmente los salmos con una visión cristológica. Esto lo vemos en nuestro discurso de
Pedro. Porque las palabras de la Escritura que se indican son dos pasajes de los salmos,
que han sido yuxtapuestos y se ha supuesto un vínculo entre ellos (1,20). David, a quien se
atribuyen los salmos, forma parte de la serie de los profetas 32. Pero por medio de él habla
el «Espíritu Santo». Según la concepción teológica de aquel tiempo las palabras de la
Escritura son trasladadas desde el sentido literal a un plano superior, y desde allí son
conducidas de acuerdo con la intención del comentarista a un nuevo sentido. La exégesis
actual no nos permite admitir esta manera de explicar la Escritura. Pero ello no debe
impedirnos que pensemos con atención en tales consideraciones de la Iglesia primitiva,
para compenetrarse de la amplitud y profundidad de su visión creyente del misterio de
Cristo. Nos impresiona el profundo deseo de la primera comunidad de ver y presentar en la
historia de la salud la conexión entre las revelaciones antiguas y las nuevas, entre las
vaticinadas y las cumplidas 33.
No se necesita ninguna motivación expresa para precaverse de falsas consecuencias,
cuando Pedro dice que en Judas tenían que cumplirse las palabras de la Escritura. El
sentido de esta afirmación no es que Judas tuvo que hacer la traición porque estaba
predicho. Además la alusión a la Escritura no se refiere inmediatamente a la traición, sino
(en el sentido de 1,20) a la situación que surgió por la traición y a la necesidad de elegir un
apóstol. El cumplimiento del vaticinio no anula la responsabilidad personal de las personas
sobre las que recae la predicción.
Pedro designa a Judas como el «guía de los que prendieron a Jesús». Aquí se trasluce el
recuerdo personal del apóstol. En los cuatro Evangelios esta captura está relacionada con
Judas 34. En el relato resulta emocionante la observación: «Él pertenecía a nuestro grupo y
le había correspondido su puesto en este ministerio.» Judas «pertenecía» al «grupo» de los
doce, y aquí se indica la elección incomparable, la unicidad de una vocación. El número
doce y su sentido salvador resplandece en esta frase y por lo tanto también, aunque no se
diga expresamente, la urgencia de restablecerlo.
En las palabras «su puesto en este ministerio» se describe la pertenencia a los doce en
su pleno significado.
Ministerio significa «servicio» y se refiere al oficio de apóstol. Es característico del
testimonio de la Iglesia primitiva que al tratar de oficios haga resaltar siempre la vocación
al
servicio 35. En nuestro texto el panorama también incluye la grandeza y excelsitud de lo
que Judas poseyó. Probablemente desde el mismo punto de vista, Jesús, según el
Evangelio de san Juan, enlaza con el vaticinio de la traición las siguientes palabras: «El que
recibe al que yo envíe, a mí me recibe, y el que a mí me recibe, recibe al que me envió» (Jn
13,20).
...............
28. Cf. 2,14ss; 2,38s; 3,1ss; 4,8ss; 5,3ss; 5,29; 8,14ss; 8,20; 9,32ss; 10,1ss; 11,2ss; 15,7ss.
29. Cf.2,41; 4,4.
30. Cf. 11,1.29; 14,2; 15,1.23.36; 16.2; 17,10.14, 18,18; 21,17. En otras designaciones
teológicamente signifi-
dativas de los «cristianos» (11,26) encontramos en nuestro libro los nombres de
«creyentes» (5,14),
«discípulos» (6,1; 9,1.25.26.38; 11,26.29; 13,52; 14,21; 16,1; 18,27; 20,1; 21,16), «fieles»
(9,13.32.41)
31. Cf. Jn 6,64ss; 12,4ss; 13,2.11.16ss; 18,2.5.
32. Cf. especialmente 2,30; y además 2,25ss; 2,34s; 4,25ss.
33. Esta manera de concebir es muy familiar al lector del Evangelio de san Mateo, que
entre todos los Vena-
gelios es el que más se acerca a la interpretación judeorrabínica de la Sagrada Escritura. En
los primeros
fragmentos de los Hch aparece esta manera de interpretar la Biblia, lo cual puede indicar
que en ellos se
manifiesta una más antigua tradición judeocristiana.
34. Mc 14,43ss; Lc 22,47s; Mt 26,47ss; Jn18,2s; 18,5.
35. Cf. 6,4; 20,24; Rm 11,13; 1Co 12,5; 2Co 3,85,etc.
...............
En primer lugar preguntamos: ¿De qué modo está esta noticia en el discurso de Pedro,
en el que está englobada? Aunque a primera vista parezca ser muy natural que se entienda
esta noticia como comunicación de Pedro que habla a la asamblea, muchas cosas resultan
dudosas en esta noticia. Sin embargo tenemos que suponer que los presentes sabían lo
que había ocurrido. No es probable que sea conforme con la realidad que Pedro usando la
palabra «Hacéldama» se refiera en Jerusalén a la «lengua propia» de los habitantes de
esta ciudad, y traduzca dicha palabra al griego, siendo así que todos, incluso como galileos,
estaban familiarizados con el dialecto arameo. Por tanto es mejor considerar esta
notificación sobre el fin del traidor como noticia incidental (intercalada por el autor en el
discurso de Pedro) que el autor tuvo que añadir para que los lectores de los Hechos de los
apóstoles comprendieran el contexto. Porque san Lucas en su Evangelio no había
notificado nada sobre el destino del traidor. Si se conciben estos versículos como una nota
literaria, se juntan por sí solos más estrechamente los versículos 1,16 y 1,20, y por tanto la
alusión y la cita de los dos textos de la Escritura.
La narración del fin del traidor parece proceder de una tradición distinta de la que da a
conocer san Mateo (Mt 27,3ss). Sin embargo ambos relatos quieren decir que Judas tuvo
un triste fin, y que el nombre «Hacéldama» -según la tradición situado en el valle de
Hinnom, en las afueras de Jerusalén- permaneció como una advertencia del fin del apóstol
«traidor» (Lc 6,16).
A estas dos citas de los Salmos se alude con las palabras: «para que se cumpliera la
frase de la Escritura» (1,16). En estas citas, Pedro ve predicha la situación motivada por el
traidor: el sitio que ha quedado vacío en el grupo de los apóstoles, y la necesidad de
nombrar otro apóstol para que ocupe este lugar. El que lee las dos citas y las compara con
el texto del Antiguo Testamento, no solamente se da cuenta de que se les ha dado otro
sentido, sino también del hecho que se ha cambiado el texto original del primer pasaje para
que pudiera ser aplicado a la situación del Nuevo Testamento. El texto original dice así:
«Queden sus casas devastadas, y no haya quien habite más sus tiendas.» La Iglesia
guiada por el Espíritu se sentía autorizada para introducir tales cambios y nuevos sentidos
en el texto del Antiguo Testamento, cuando basándose en el acontecimiento salvífico del
Nuevo Testamento todo lo refería a Cristo. Recordamos lo que se ha dicho hace poco. El
apóstol san Pablo, cuyas epístolas contienen numerosos ejemplos de interpretación bíblica
de esta índole, explica esta modalidad cuando dice: «Todo lo que se escribió previamente,
para nuestra enseñanza se escribió a fin de que, por la constancia y por el consuelo que
nos dan las Escrituras, mantengamos la esperanza» (Rom 15,4). San Pablo habla del
«velo» que cubre el Antiguo Testamento y debajo del cual Cristo está oculto (2Cor
3,13.16).
En la primera cita de los salmos se podría ver una indicación al «campo de sangre» no
frecuentado por los hombres, sin embargo la metáfora parece referirse más propiamente al
lugar (destinado al oficio de apóstol) que ha quedado vacío a causa de Judas. No se puede
interpretar la segunda parte de la cita como si este lugar ya no pueda ser ocupado de
nuevo. Solamente se trata de hacer lo más expresivo posible en la continuación de la
metáfora el estado de abandono del sitio, para notificar sin demora en la segunda cita de
los salmos la urgencia del nuevo nombramiento.
El relato nos da sintomáticos golpes de vista sobre la manera de ser de la Iglesia. Nos
muestra la cooperación de la actividad humana con la acción divina, que en último término
es la única decisiva. Dos candidatos son presentados a una elección más restringida. Se
supone que también otros hubiesen podido cumplir las condiciones puestas por Pedro. Por
la Escritura no llegamos a saber nada en particular de los dos. Se podría pensar que el
primer candidato (con los tres nombres que parecen indicar un rango superior) haya tenido
una mayor probabilidad. Sin embargo fue elegido el segundo, del cual sólo sabemos el
simple nombre, es decir, Matías.
La Iglesia sabe del gobierno divino. Deja en manos de Dios la decisión. La suerte ha de
dar a conocer la voluntad de Dios. Debido al culto del templo, para la Iglesia era santa la
costumbre de hacer hablar a Dios mediante la decisión de la suerte. En la plegaria que aquí
tenemos ante nosotros como primera oración de la Iglesia, ésta denota la fe en el gobierno
divino: ¿Se dirige la oración a Dios o de una forma especial a Cristo? El texto original
permite ambas soluciones. Además, del tratamiento de «Señor» está también en favor de
una oración a Cristo la súplica de que el Señor quiera indicar a quién ha «elegido». Ya al
principio de este libro se dice que Jesús «había elegido» a los apóstoles (1,2). Pero quien
lee las palabras de Pedro en Hch 15,7 podría sentirse inclinado a considerar nuestra
oración como dirigida a Dios según el modo de orar del Antiguo Testamento. Esto también
podría sugerirlo la oración comunitaria (4,24ss). En la plegaria que como todas las
oraciones litúrgicas está compuesta de un reconocimiento y de la súplica que en él se
funda, se revela la fe en que Dios ya ha hecho su elección, y en que puede manifestar esta
su elección en lo que decida la suerte.
Una vez más aparece en la oración la grandeza y la responsabilidad del oficio de apóstol,
de nuevo caracterizado como diakonia, como servicio o ministerio. Y una vez más se hace
visible la sombría acción de Judas, cuando de él se dice que desertó del puesto que le
estaba reservado «para irse al lugar que le correspondía». «EI hijo del hombre sigue su
camino conforme a lo que está determinado; pero ¡ay de ese hombre por quien va a ser
entregado!» (Lc 22,22).
La suerte ha decidido. La tablilla que llevaba el nombre de «Matías» fue la primera que
saltó fuera al sacudir la vasija. La comunidad lo toma como señal de la voluntad divina. De
nuevo está completo el grupo de los doce. Doce apóstoles se mantienen dispuestos a
recibir la fuerza del Espíritu prometido y a marcharse para dar el testimonio que les ha sido
encargado.
(_MENSAJE/05-1.Págs. 5-49)
14 Puesto Pedro de pie con los once, levantó la voz y les dirigió
este discurso: «Hombres de Judea y vosotros todos los que habitáis
en Jerusalén, quede esto bien claro y escuchad mis palabras: 15 no
están borrachos estos hombres, como vosotros suponéis, puesto que
es la hora tercera del día.
La opuesta actitud de los hombres ante la manera de hablar de aquel día viene a ser la
ocasión para el testimonio especial de los apóstoles. Pedro es otra vez el orador. Los
Hechos de los apóstoles exponen los tres grandes discursos misionales de Pedro, dos ante
los judíos (2, 14ss; 3,12ss), uno ante los no judíos (10,34ss). San Lucas ha tenido cuidado
en reproducir detenidamente tres sermones de Pablo, uno de ellos ante los judíos (13,16ss)
y dos ante los no judíos (14,15ss; 17,22ss). La tradición eclesiástica se esforzó a tiempo
por yuxtaponer en igualdad de condiciones las dos grandes figuras de la primitiva misión
cristiana 38.
El discurso pronunciado por Pedro el día de pentecostés por su forma y por sus ideas
lleva un cuño auténticamente judío. No solamente se trata de «hablar en lenguas», antes
bien esto viene a ser la ocasión para un mensaje fundamental de la obra salvífica en Cristo
y para un llamamiento a la fe en él. Para rechazar la sospecha de embriaguez Pedro puede
señalar la hora del día. De este modo muestra a los discípulos de Cristo como judíos fieles
a la tradición, los cuales solían permanecer en ayunas por motivos religiosos antes del
sacrificio de la mañana. La comunidad todavía se siente muy estrechamente unida con la
sinagoga.
No se impugna que los que están llenos de Espíritu dan exteriormente la impresión de
personas en estado de embriaguez. Su manera de hablar de hecho tiene que haber
recordado una embriaguez. También Pablo indica una semejante impresión producida por
«hablar en lenguas», cuando dice: «Si, pues, la Iglesia entera se congrega en asamblea y
todos hablan en lenguas, y entonces entran no iniciados o infieles, ¿no dirán que estáis
locos?» (lCor 14,23). También en la carta a los Efesios se halla la idea de la embriaguez del
Espíritu en las palabras: «No os embriaguéis con vino..., antes bien dejaos llenar por el
Espíritu, hablándoos mutuamente con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y
salmodiando al Señor en vuestros corazones» (Ef 5,1 8s). Así pues, la manera como se
habló el día de pentecostés ha de ser interpretada de suyo de acuerdo con la historia de la
salvación, y Pedro procura dar esta interpretación.
...............
38. Cf. Ga 2,7ss.
...............
Pedro rechaza de una forma convincente la sospecha de una borrachera natural. Pedro
ve que ha habido una embriaguez distinta, que consiste en estar lleno del espíritu divino. El
vaticinio de los profetas del Antiguo Testamento habla repetidas veces del derramamiento
del Espíritu como don especial salvífico del tiempo final. Isaías, Ezequiel, Zacarías y otros
hablan de este derramamiento. Pero Joel ha revestido de palabra esta expectación con una
viveza singular. Comprendemos que la predicación de pentecostés proponga la profecía de
Joel con una extensa cita. Esta se aduce libremente según los setenta, que era la
traducción griega del Antiguo Testamento. Hay añadiduras menores dignas de atención, las
cuales sirven para dar una interpretación aclaratoria. Conviene leer primero la cita como
conjunto. Tenemos representada ante nosotros la visión que el Antiguo Testamento tenía
del fin de los tiempos. Según la manera de ver del judaísmo aquí se designa el tiempo
mesiánico. El derramamiento del Espíritu y las catástrofes en el universo -estas últimas en
el lenguaje del judaísmo son como los «dolores del parto mesiánico», que preceden la
venida del Mesías- se unen en la perspectiva del vidente del Antiguo Testamento en una
sola escena.
Si en nuestro texto también se aducen estos «portentos» en el cielo y en la tierra, los
cuales propiamente no corresponden al acontecimiento de pentecostés, hay que explicarlo
teniendo presente la expectación del fin de los tiempos, la cual también está atestiguada en
el Nuevo Testamento. Esta expectación se denota con la máxima claridad en los vaticinios
de Jesús sobre el fin de los tiempos, tal como están formulados en los tres primeros
Evangelios 39. Aunque la revelación del Nuevo Testamento nos haya enseñado a distinguir
entre el principio del tiempo final y su terminación, sin embargo permanecen unidos el
principio y el fin. Por consiguiente los últimos días ya han empezado para el mensaje del
Nuevo Testamento. No hay que excluir por completo que las palabras proféticas de los
«portentos arriba en el cielo, y las señales abajo en la tierra», Pedro las refiriera a las
extraordinarias señales de viento impetuoso y de fuego en la mañana del día de
pentecostés. Sorprende que la palabra «señales» sea añadida como complemento del texto
del Antiguo Testamento. Podemos ver un motivo especial para aducir estos sucesos
cósmicos, si observamos la energía que la predicación de Pedro concentra en la última
frase de la cita del profeta: «Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.» Todo el
discurso de Pentecostés está ordenado hacia este mensaje. Por tanto a causa de esta
frase también era indicado presentar escenas que están en relación con las catástrofes
finales.
Detengámonos un poco en las distintas afirmaciones de la profecía. Pedro ve su
cumplimiento particular en la manera como el día de pentecostés hablaba la comunidad
bajo la influencia del Espíritu. La criatura es de nuevo penetrada por el Espíritu de Dios.
Una «criatura nueva» (Gál 6,15) está llegando a la existencia. Se debe formar un nuevo
pueblo de Dios. «Toda carne», es decir, todos los hombres están dispuestos a recibir el
soplo del Espíritu sin matices ni limitaciones de rango y condición social. En el texto del
profeta, tal como se encuentra en el Antiguo Testamento, se hace alusión a los «siervos» y
«siervas» como «esclavos» en el sentido de clase social. Mediante el cambio en «mis
siervos y mis siervas» la interpretación del Nuevo Testamento da a las palabras un
contenido religioso. El nuevo pueblo de Dios consta de quienes son siervos y siervas de
Dios, y con profundo respeto y una disposición creyente se abren a la voluntad de Dios, así
como María se humilló como «la esclava del Señor» (Lc 1,38) al escuchar el mensaje. Con
un cambio insignificante en el texto original las palabras del profeta pasan a ser testimonio
del universal poder salvífico de la fe que establece y reúne la comunidad de la nueva
alianza.
El profeta Joel nombra también «visiones» y «sueños» como manifestaciones del
derramamiento de Espíritu. En el discurso de Pedro el día de pentecostés estas
manifestaciones se ponen en orden todas juntas en el concepto de profetizar, que
antecede como lo peculiar, cuando la comunidad de pentecostés «habló en lenguas». Por
ello no es incomprensible quo cite el texto del Antiguo Testamento y en el versículo 18 se
añada una repetición de lo que se había dicho en el versículo 17: «...y profetizarán». Para
Pedro y para la primera comunidad todo eso es un signo de que está empezando el «día
del Señor, día grande y esplendoroso». «El reino de Dios está cerca» decía, el mensaje
fundamental de la proclamación de Jesús. El reino de Dios hace ver su venida con el
misterioso viento brusco y con las lenguas de fuego de la revelación de pentecostés, con la
manera de hablar de los fieles causada por el Espíritu.
El «día del Señor» -después de la muerte de Jesús la cuestión también puede quedar
abierta- significa simultáneamente el juicio en el sentido de la expectación bíblica general.
Como una amenaza del que ha de venir, el juicio está pendiente sobre los hombres. Las
palabras del profeta parten de esta concepción, y de una forma enteramente espontánea se
convierten en un llamamiento para hacer penitencia y disponerse. Y por eso la última frase
acerca de la invocación del nombre del Señor tiene una importancia decisiva para la
finalidad del mensaje de pentecostés. Necesita la gracia salvadora del Señor el que quiere
salir sano y salvo en el sentido de la idea bíblica.
¿Quién es este «Señor», cuyo «nombre» se quiere «invocar»? De nuevo tenemos ante
nosotros un ejemplo significativo de la nueva interpretación de las ideas del Antiguo
Testamento. Siguiendo el sentido del concepto de Dios en el Antiguo Testamento, el
profeta Joel pensaba en «Yahveh» y en el regreso de los hombres a él. Pero en la
predicación de pentecostés la palabra Señor -la traducción de la voz griega Kyrios- ha
recibido un nuevo significado. Dicha predicación ve al «Señor» en el Cristo ensalzado.
Permanece la relación con Dios, pero a causa de que Dios se revela en Jesús de una forma
personal, la divina dignidad de Señor también se transfiere a él. Se indica un notable
proceso de la fe neotestamentaria de la salvación.
Conocemos el profundo contenido de la profesión de fe de san Pablo en el Kyrios,
cuando dice: «Por lo cual Dios, a su vez, lo exaltó y le concedió el nombre que está sobre
todo nombre, para que en el nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y
en el abismo, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre»
(Flp 2,9ss). Se lee en particular: «Si confiesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees
en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9). Y es
significativo que san Pablo en relación con este último texto cita las palabras del profeta
que ahora consideramos: «Y todo el que invoque el nombre del Señor será salvo» (Rom
10,13). Por el mensaje de Jesucristo que sigue a continuación, vemos claramente que
también Pedro con esta frase quiere invitar a la fe en el Señor Jesús y quiere mostrar en la
revelación de pentecostés un testimonio que el misterio de salvación da de sí mismo.
...............
39. Mt 24; Mc 13; Lc 21.
___________________________
Este fragmento, tal como está, tiene que leerse y ser entendido dentro del conjunto de la
Escritura y de la interpretación de la misma. Parece desviarse del tema de predicación de
pentecostés. Sin embargo como los versículos precedentes sobre Jesús de Nazaret
(2,22-24), está en íntima relación con el misterio del Espíritu Santo. Porque ¿cómo podría
concebirse el acontecimiento de pentecostés sin la muerte salvadora de Jesús y sin su
resurrección? Solamente puede interpretarse el misterio del Espíritu Santo por la realidad
de los sucesos de pascua. Así entendemos el deseo de la primitiva Iglesia, cuando se
esfuerza sin cesar por hacer creíble y razonable el acontecimiento fundamental de la
resurrección.
Sin duda el mensaje de la resurrección de Jesús está sostenido por la experiencia
personal que tuvieron los apóstoles en los encuentros con Cristo resucitado. «Seréis
testigos míos» (1,8): esta frase se dice sobre todo con respecto al testimonio de la
resurrección. Cuando se trata de elegir un nuevo apóstol en sustitución de Judas (1,22),
Pedro exige que el apóstol sea en primer lugar testigo de la resurrección de Jesús. Y
cuando Pablo quiere hablar de la verdad de la resurrección (por ejemplo en ICor 15),
entonces enumera por orden los testigos a quienes Jesús se apareció después de la
resurrección, y a Pablo le interesa poder decir: «De los cuales la mayor parte vive todavía»
(lCor 15,6). En el versículo 32 de este pasaje se encuentra la declaración decisiva: «A este
Jesús Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos de ello.»
Pero además de este testimonio externo de los participantes la Iglesia desde el principio
buscó también el testimonio de la revelación del Antiguo Testamento, como
correspondía a la manera judeocristiana de pensar y a las necesidades de la primera
misión. Por eso Pablo en la primera epístola a los Corintios introduce su mensaje de la
resurrección con una fórmula de confesión que probablemente ya se usaba en el tiempo
más antiguo de la Iglesia. Dice así el Apóstol: «Fue sepultado, y al tercer día fue resucitado
según las Escrituras» (lCor 15,4). Y cuando Pablo en Antioquía de Pisidia habló de la
resurrección de Jesús, también se esforzó por mostrar la conformidad de la misma con la
Escritura (13,30ss). Así pues, el «según las Escrituras» del credo litúrgico de la Iglesia ya
tiene su origen en la proclamación del Nuevo Testamento. Por consiguiente, para la manera
como la primera comunidad entendía la salvación, es característico y sintomático que la
predicación de pentecostés procure unir y apoyar el testimonio personal de los apóstoles
sobre la resurrección de Jesús con la prueba que se funda en las palabras de la revelación.
De nuevo -como en 1,20- se toman por base unas palabras del libro de los Salmos, y esto
nos confirma de nuevo en el interés con que la Iglesia primitiva consideraba estas voces de
la antigua alianza según su declaración cristológica.
No queremos examinar con rigor exegético si se tiene derecho a referir las palabras
aducidas del salmista a la resurrección de Jesús. Se puede reconocer un sentido pleno al
salmo como el himno de un autor piadoso que sabe que está salvo en Dios, incluso sin esta
relación a Cristo. Sin embargo tiene importancia que ya los rabinos vieran fundada en el
salmo 16,10 su convicción de que David había permanecido en su sepulcro preservado de
la putrefacción. Ahora la predicación de Pedro encuentra manifestada en este salmo la
resurrección de Jesús, a causa de que en el versículo 30 se designa a David como profeta.
Pedro puede hacer referencia al sepulcro de David, que entonces estaba en Jerusalén
como magnifico monumento, antes que se desmoronara en tiempo de la segunda rebelión
judía (132-135 después de Cristo). Este sepulcro contenía un muerto, por tanto según la
interpretación del apóstol no puede aplicarse a este muerto lo que dice el salmo: «No
dejarás mi alma (= mi vida) en el reino de los muertos.» A estas palabras del salmo se
refiere la siguiente frase de nuestro texto: «no sería abandonado al Hades.» Pero David
conocía -así prosigue el pensamiento de Pedro- la promesa de que un descendiente suyo
un día ocuparía su trono.
En esta serie de ideas tiene importancia que Pedro en David ve la figura de Cristo en la
historia de la salvación, y al mismo tiempo al profeta, que refiere la promesa de Dios, tal
como se encuentra en 2Re 7,12, no a cualquiera descendencia corporal, sino al mesiánico
«hijo de David» y a su reino mesiánico. Por esta conciencia Pedro ha rezado el salmo 16
refiriéndose a la persona del Mesías, «a propósito de él» (2,25). Pedro y la primitiva
comunidad saben, con toda seguridad, que este Mesías es Jesús de Nazaret, el cual ha
sido «acreditado» por el mismo Dios en su dignidad de Mesías «con milagros, prodigios y
señales que por él realizó Dios» (2,22). Pero el mayor milagro tuvo lugar por medio de su
resurrección. Por eso el apremiante deseo de la Iglesia primitiva fue lograr en favor de la
resurrección el testimonio de la revelación del Antiguo Testamento. Con profundo respeto
nos hallamos en frente del afán biblico-teológico de la primitiva Iglesia, y lo valoramos
como
un signo de la intensidad con que se mantenía en los corazones de los discípulos de Jesús
la convicción de la realidad de la resurrección. Pero la afirmación decisiva y la más
importante sigue siempre siendo la frase exteriormente tan corta en el contexto del discurso
de pentecostés: «A este Jesús Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos de ello.»
33 »Elevado a la diestra de Dios y recibida del Padre la promesa
del Espíritu Santo, ha derramado lo que vosotros estáis viendo y
oyendo. 34 Porque David no ascendió a los cielos, y sin embargo
dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra 35 hasta que
ponga a tus enemigos por escabel de tus pies (Sal 110,1).
Pedro había terminado de momento su predicación con estas dolorosas palabras. Los
judíos habían crucificado al hombre a quien Dios ha glorificado tan visiblemente
resucitándolo y enviando el Espíritu, y a quien ha hecho Señor y Mesías. Esto penetra en
su oído y en su corazón como una amarga queja. No habían ciertamente sido los mismos
judíos quienes le crucificaron. Con todo ya en el versículo 23 tuvieron que oír:
«Crucificándolo por manos de paganos, lo quitasteis de en medio.» Esta acusación no hay
que suprimirla ni de los Hechos de los apóstoles ni de toda la proclamación del Nuevo
Testamento. Pero estaría en contra de lo que pretende esta afirmación, que con motivo de
ella se enardecieran sentimientos antisemitas. Tenemos ante nuestra vista una tragedia
religiosa. Si hubiese podido acontecer en un país cualquiera, éste hubiese sido puesto en
la misma situación que el pueblo judío con su incomparable vocación en la historia de la
salud.
Los que oyeron estas palabras, quedaron profundamente afectados. Una culpa aparecía
ante su alma. No solamente debió ser la culpa por la muerte de Jesús -la mayoría de ellos
no habían tenido ninguna parte en la sentencia contra Jesús-, sino que más bien era el
conocimiento y la acusación de haber rehusado creer en Jesús. El deseo de obtener la
salvación rechazada les hizo preguntar: ¿Qué tendríamos que hacer, hermanos? Así
preguntan los judíos a los apóstoles que todavía pertenecen al pueblo de Dios formado por
los judíos. La Iglesia aún vive íntimamente vinculada con la sinagoga. Todos, judíos o
cristianos, todavía se llaman, entre sí, «hermanos».
La respuesta de Pedro es un llamamiento a todo Israel. La Iglesia naciente busca, de
forma conmovedora, ganar la comunidad de salvación del Antiguo Testamento para el
mensaje de salvación en Cristo. ¿Qué hubiera sucedido, si la sinagoga, que se había
negado a la oferta de Jesús, se hubiera entonces abierto al testimonio de pentecostés dado
por la nueva Iglesia, que iba creciendo en el seno de la sinagoga? Se trata de la salvación,
de la realización de lo que han prometido el profeta Joel y los profetas del Antiguo
Testamento. Porque Pedro alude a estas profecías, cuando dice: «Esta promesa para
vosotros es y para vuestros hijos.» Estas palabras iban dirigidas a Israel. Pero en la cita
que se añade de Isaías, se nombran también los que están «lejos». Aunque el alcance de la
expresión y su significado dentro del contexto queden un tanto imprecisos, sin embargo
existen buenas razones, que coinciden con el punto de vista de san Lucas, para ver, en
estas profecías, la venida del pueblo de Dios desde todos los ámbitos de la tierra, tal como
está prefigurado en la enumeración de pueblos el día de pentecostés.
El camino que indica Pedro -y que de aquí en adelante la Iglesia indicará en todos los
tiempos-, es el camino para volverse al «Señor y Mesías» Jesús. El llamamiento a la
conversión (en griego: metanoia), que ya Juan en el desierto (Mt 3,2) y el mismo Jesús (Mt
4,17) han hecho resaltar como condición previa para la venida del reino de Dios, por medio
de la revelación de pascua y de pentecostés ha adquirido la especial relación con el Señor
ensalzado. Este llamamiento significa una recusación del sendero seguido hasta ahora y la
adhesión creyente a Cristo Jesús, y esto se efectuará según el orden de salvación
establecido por él en el misterio del bautismo «en el nombre de Jesucristo». Mediante este
bautismo sucederá lo que Juan el Bautista ha prometido como don del que viene después
de él, cuando anunció: «Yo os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu
Santo» (Mc 1,8). El «Espíritu Santo», que se ha manifestado en los acontecimientos de
pentecostés delante de todo el mundo, será poseído por los hombres que se declaran en
favor de Jesús con fe y esperanza. Ahora se cumplirán las palabras del profeta Joel citadas
por Pedro: «Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.»
Porque el hombre dispuesto para la salvación en el bautismo se declara en favor de
Jesús como «Señor» al que se consagra como hombre nuevo para servir a la justicia 40, tal
como lo expone san Pablo dando motivos teológicos. La salvación que el profeta, con una
visión escatológica, anuncia para el fin de los tiempos con la «remisión de vuestros
pecados», ya viene a ser presente como señal de que empieza el reino de Dios. Si en
nuestro texto se habla de un bautismo «en el nombre de Jesucristo», ello indica que este
nombre, en la recepción del bautismo, tiene una importancia decisiva como adhesión al
nuevo Señor 41.
Además podría uno preguntarse de qué modo se asocia la recepción del Espíritu con el
bautismo, pues la formulación de los Hechos de los apóstoles no es inequívoca 42. En este
pasaje y en 9,17s la recepción del Espíritu queda estrechamente vinculada con el propio
bautismo. Este enunciado diferente significa, con toda probabilidad, que la misteriosa
acción del Espíritu no puede encerrarse en un esquema rígido, y precisamente en nuestro
pasaje adquiere singular relieve el significado sacramental del bautismo, incluso al tratarse
de la recepción del Espíritu. El bautismo congrega al nuevo pueblo de Dios para formar la
comunidad de salvación en Cristo, y en la ulterior evolución de las cosas también dará lugar
cada vez con mayor claridad a que la Iglesia se separe de la sinagoga.
¿Piensa Pedro en esta separación del judaísmo incrédulo, cuando resumiendo la
apostólica predicación de la salud dice: libraos de esta generación torcida? Se puede
pensar en la lamentación de Jesús: «¡Oh generación incrédula y pervertida!» (Lc 9,41), o
bien: «Esta generación es una generación perversa» (Lc 11,29)? Nos vienen a la memoria
las palabras de Isaías, con las que el profeta anuncia en un vaticinio lóbrego y al mismo
tiempo consolador: «Aun cuando tu pueblo, ¡oh Israel!, fuese como la arena del mar, sólo
un resto se salvará» (Is 10,22). A este resto elegido de Israel da voces Pedro para que
aproveche la oferta de la salvación. «Libraos»: con este imperativo habla la acción
salvadora de Dios, la oferta del Dios redentor. Pero simultáneamente se deja al buen
criterio del hombre conseguir que se efectúe en sí la acción salvadora de Dios. La salvación
es una empresa de Dios y la disposición afirmativa del hombre a esta empresa. La palabra
salvadora de la gracia de Dios no solamente es un anuncio radiante, sino que al mismo
tiempo lleva en sí una exigencia rigurosa, aunque también gozosa.
...............
40. Cf. especialmente Rm 6.
41. Los Hechos de los apóstoles aún designan reiteradas veces el bautismo con esta
fórmula cristológica (8,16;
10,48; 19,5). Según san Mateo 28,19 ya se administró el bautismo en los primeros tiempos
de la Iglesia «en
el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», de tal forma que uno se podría
preguntar si los Hechos
de los apóstoles dan testimonio de una fórmula de administrar el bautismo, o si solamente
quieren hacer
resaltar que la finalidad del bautismo consiste en entregarse a Jesucristo.
42. Según 8,15ss y 19,5s, el Espíritu Santo fue otorgado por medio de una peculiar
imposición de manos, según
10,44ss el Espíritu Santo se manifestó ya antes del bautismo.
...............
Entre los «muchos prodigios y señales realizados por los apóstoles» (2,43) ahora se
expone detenidamente uno de ellos con el estilo literario de los Hechos de los apóstoles.
Como sucede con Jesús, también en la primitiva Iglesia las acciones de los apóstoles están
estrechamente vinculadas a su mensaje. También su actividad es un testimonio por medio
del cual los apóstoles cumplen el encargo de Jesús resucitado. Esta actividad no tiene en sí
su razón de ser. sino que se convierte en ocasión para ilustrar la palabra del Señor
glorificado.
El hecho de que san Lucas entre los «muchos prodigios» ponga en primer plano una
curación milagrosa, corresponde al interés del «médico» (Col 4,14), que ya en su Evangelio
se dedica con especial atención a las curaciones milagrosas de Jesús. Se puede notar que
en la información sobre Pablo también se narra como primer milagro de éste la curación de
un cojo de nacimiento (14,8ss). Se pueden observar en ambas historias correspondencias,
que proceden de un cálculo literario. La Iglesia primitiva actúa con el encargo que Jesús ya
confió a los «doce», cuando se dice: «Y los envió a predicar el reino de Dios, y a curar» (Lc
9,2).
a) Curación de un cojo de nacimiento
(Hch/03/01-10).
El segundo plano en la escena de esta narración revela con viva claridad la situación de
la Iglesia primitiva. Esta «puerta del templo llamada Preciosa» (que probablemente se
identifica con la puerta llamada de «Nicanor», de la que da testimonio Flavio Josefo, y que
conducía desde el atrio exterior hasta el atrio interior de la oración) viene a ser testigo de
que la primera comunidad cristiana sabe que todavía está estrechamente vinculada a la
ordenación del judaísmo en cuanto concierne a la religión y al culto. Los dos principales
apóstoles atraviesan esta puerta. Lo hacen como todos los judíos piadosos que se
congregan para el sacrificio vespertino. ¿Podían ya los apóstoles calcular en esta hora que
en un tiempo no lejano la comunidad cristiana emprendería su propio camino, apartándose
del camino del judaísmo? ¿Se daban cuenta del proceso incipiente que con una evolución
dolorosa, pero inevitable, debía conducir a la separación de la Iglesia y de la sinagoga? Los
Hechos de los apóstoles nos darán testimonio de esta evolución que cada vez se va
haciendo más patente. Sin embargo, el mismo Pablo, este ferviente promotor de la unicidad
del camino cristiano de la salvación, hasta su última estancia en Jerusalén se sintió siempre
vinculado a la ordenación judía, como nos lo demuestra claramente participando en una
purificación en el templo (21,22ss). Para el crecimiento de la nueva Iglesia, sin duda tuvo
una especial importancia que al principio viviera en solidaridad con la ordenación religiosa
del judaísmo. Y puesto que la Iglesia se desligaba cada vez más de dicha ordenación, ha
tomado consigo una gran parte del patrimonio judío, para seguir con ella su propio camino.
La «hora nona» era el tiempo del culto oficial divino. Dos veces en el transcurso del día,
por la mañana y por la tarde, se congregaba en el templo una asamblea para la oración y el
sacrificio. Privadamente los judíos solían dedicarse tres veces a la oración. En nuestra
liturgia de las horas se ha conservado el recuerdo de esta costumbre. Está en
correspondencia con la índole y el objetivo de una comunidad formada religiosamente, que
sus miembros, además de la piedad personal y privada, se reúnan en común según el
orden que está establecido para el culto de oraciones en la presencia de Dios.
La oración y las limosnas siempre se han juntado como ocupaciones fundamentales de
los hombres de sentimientos religiosos. El sermón de la montaña (Mt 6,1ss) y muchas
frases del Evangelio dan testimonio de ello. El mendigo puede calcular que allí donde los
hombres oran, el corazón y la mano se abren con más prontitud para socorrer la necesidad
de los pobres. Este cojo situado ante la puerta Preciosa era pobre sobre todo por causa de
su cojera de nacimiento, considerada como incurable. En las personas de Pedro y Juan la
Iglesia pone remedio a la indigencia humana. Los gestos suplicantes, la mirada expectante
esperaban la ayuda en forma de lo que se tiene a mano, que en la mayoría de los casos
también es lo más cómodo y lo menos oneroso que los hombres suelen darse unos a otros,
es decir, en forma de una o de algunas monedas.
6 Pedro le dijo: «Ni plata ni oro tengo; pero lo que tengo, eso te
doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret anda.» 7 Y tomándolo por
la mano derecha, lo levantó. Al instante se fortalecieron sus pies y
sus tobillos. 8 Y dando un salto, se puso en pie y andaba. Entró con
ellos al templo caminando, dando saltos y alabando a Dios.
Se hace difícil pensar que suponga un menosprecio de los dones materiales el hecho de
que Pedro no pueda dar «ni plata ni oro». El mismo Jesús parece haber auxiliado a los
pobres con dinero a su debido tiempo (cf. Jn 13,29), y Pablo alaba la generosidad de los
cristianos de Macedonia en la colecta destinada a los pobres de Jerusalén, y anima a los
corintios a dar de buen grado (2Cor 8,1ss). Cuando Pedro habla de la plata y del oro, que
por ser valiosas monedas raras veces se dejaban caer en manos del mendigo, ya señala
aquel don que no se puede comparar con la plata y el oro: la curación del enfermo. ¿De
dónde procedía esta conciencia de Pedro? Con frecuencia había presenciado cómo Jesús
curaba enfermos con el poder de su palabra. Este Jesús ha entrado en la gloria de Dios y
sin embargo está presente en el Espíritu Santo, que Jesús ha hecho que se manifestara el
día de pentecostés. Solamente teniendo en cuenta este misterio, se puede adivinar esta fe
en el poder de curar enfermedades, como veremos todavía más claramente. No tendría
mucho sentido que intentáramos dar a todos los sucesos una explicación que se funde en
la manera natural de pensar.
«En el nombre de Jesucristo de Nazaret, anda.» ¡Qué significado se contiene en esta
frase! Pedro sabe que Jesús ha sido elevado a la diestra del Padre. En el discurso de
pentecostés lo ha dicho claramente. Y sin embargo Pedro habla de Jesús como si todavía
estuviese en la tierra, cuando al dirigir la palabra al enfermo para curarle incluso nombra el
pueblo de Jesús, Nazaret. Pedro conoce la cercanía del «Señor» glorificado. «Recibiréis la
fuerza del Espíritu Santo», ha prometido Jesús resucitado en su último encargo (1,8). «Y
mirad: yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos», son las últimas
palabras que se leen en el Evangelio de san Mateo (Mt 28,20). Y en san Marcos se denota
la misma convicción de la Iglesia, cuando se dice: «Estas señales acompañarán a los que
crean: en virtud de mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán en
sus manos serpientes, y, aunque beban algo mortalmente venenoso, no les hará daño,
impondrán las manos a los enfermos, y éstos recobrarán la salud» (Mc 16,17s). San Pablo
entre los dones del Espíritu también nombra los «dones de curación» y el «poder de hacer
milagros» (lCor 12,9s).
Las palabras de Pedro al cojo de nacimiento no son un testimonio esporádico en el
Nuevo Testamento, sino que responden a la firme convicción de la Iglesia primitiva, de que
el poder de curar enfermos que poseyó Jesús de Nazaret está a disposición de los
creyentes, si éstos «en el nombre» de este Jesús y con fe en él ponen remedio a una
necesidad humana. Sería contra el sentido de estas palabras que en la invocación del
nombre de Jesucristo se quisiera ver un efecto de las ideas mágicas de la antigua
hechicería. Solamente con fe viva en la omnipotencia de Dios y en la presencia de Dios en
su Espíritu, que al mismo tiempo es el Espíritu de Cristo (Rom 8,9), podemos entender las
intrépidas palabras de Pedro al inválido. El apóstol nos lo dirá todavía con mayor claridad,
cuando escuchemos su testimonio delante del pueblo (3,16) y ante el sanedrín (4,9ss).
Se obró el milagro. San Lucas reseña la curación con pocas palabras. Se adivina el ojo
observador del médico, que describe la súbita reacción del inválido. Comprendemos la
alegría que invadió al que se había curado, y le hizo mostrar su dicha ante todos los
hombres en el santuario del templo. ¿Qué había hecho él para obtener su curación? ¿Se
ha de suponer que él ya tenía una fe consciente en Jesús de Nazaret o que tenía
conocimiento de sus curaciones milagrosas, cuando el apóstol le intimó la orden de andar?
De las palabras posteriores en 3,16 se podría quizás sacar esta conclusión. Pero ¿se
requiere realmente que lo deduzcamos? ¿No fue simplemente la obediencia confiada del
enfermo, que vio en Pedro un poder misterioso que se le acercaba, y se abrió al
llamamiento con espíritu de fe? ¿Se puede concebir en general todo el suceso desde el
punto de vista de una experiencia humana? ¿No estamos ante el mismo misterio que
también encontramos en la notable curación de Jesús en la piscina de Betzatá? De esta
curación nos informa san Juan (Jn 5,5ss). ¿No debemos más bien admirar con profundo
respeto la libre acción del Espíritu, que se funda en el misterio de la resurrección de Jesús,
como Pedro procura exponerlo en su discurso que va a dirigir al pueblo que estaba
asombrado?
El milagro causa el pasmo y suscita las preguntas del pueblo. Conocemos por los
Evangelios escenas de esta índole. Leemos diversas frases como ésta: «Todos quedaron
como fuera de sí y glorificaban a Dios, y, llenos de temor, exclamaban: ¡Hoy hemos visto
cosas increíbles!» (Lc 5,263.
Este asombro no solamente pertenece al estilo usual de las narraciones de los milagros,
sino también es debido a causas psicológicas, y por ellas se puede comprender. Piénsese
en la situación. El inválido tenía más de cuarenta años (4,22). Desde hace decenas de
años se debe haber sentado diariamente en su sitio. Para los visitantes del templo, el
inválido formaba parte de la escena acostumbrada en la puerta Preciosa. ¿No tenía que
producir una conmoción de asombro ver que el cojo andaba saltando y alababa a Dios?
Este relato lo tomamos como verdadera historia. Lo extraordinario y lo inexplicable no nos
obliga a pensar en una piadosa leyenda, que se podría haber puesto al servicio de la
proclamación de la fe.
Pedro expone el milagro de la curación a la luz del Dios que se revela. Con una visión
emotiva de la historia de la salvación la mirada se dirige a la acción salvadora de Dios en
Cristo Jesús. El que lee con atención, se da cuenta de la amplitud y profundidad de las
ideas de Pedro. Es un llamamiento conmovedor a la manera de pensar de los judíos, una
apelación vencedora a su conciencia religiosa. El Dios de Abraham, de Isaac y de
Jacob es el «Dios de nuestros padres». Se emplea deliberadamente esta designación de
Dios. Es familiar a la manera como piensan y hablan los judíos y es muy significativa.
Evoca
el recuerdo de Moisés que por primera vez conoció esta denominación de Dios, cuando
Dios le habló diciendo: «Este nombre tengo yo eternamente, y con éste se hará memoria de
mí en toda la serie de generaciones» (Ex 3,15). En este Moisés, llamado por Dios para ser
el salvador de su pueblo, está prefigurada la actualidad de la salvación, en él está
anunciada la figura salvadora de Cristo Jesús, como nos lo hace ver el testimonio del
Nuevo Testamento y como también nos lo testifican los Hechos de los apóstoles.
Dios glorificó a su siervo Jesús. En la oración comunitaria también se llama a Jesús
«santo siervo» de Dios (4,27). Pensamos en las palabras de Isaías que san Mateo (Mt
12,18) cita aplicándolas a Jesús: «He aquí a mi siervo, yo estaré con él; mi escogido, en
quien se complace el alma mía; sobre él he derramado mi espíritu; él mostrará la justicia a
las naciones..., de él esperarán la ley las islas» (ls 42,1ss). Apenas puede dudarse de que
este discurso de Pedro quiera señalar a este siervo de Dios delineado por Isaías con
rasgos siempre nuevos y así haga efectiva la igualdad (que resulta sorprendente para la
mentalidad judía) de que este siervo de Dios ha aparecido en Jesús.
Pedro dice que Dios «ha glorificado a su siervo Jesús». Esta afirmación de Pedro está en
armonía con el otro texto de Isaías: «Sabed que mi siervo prosperará, será ensalzado y
engrandecido y llegará a la cumbre misma de la gloria» (Is 52,13). Y el que sigue leyendo
el
libro de Isaías, encuentra la figura del siervo sufriente en las palabras: «Al modo que fue el
asombro de muchos, porque su aspecto parecía sin apariencia humana, y en una forma
despreciable entre los hijos de los hombres, así la multitud de las naciones lo admirará» (Is
52,14s). Como hizo Isaías, también Pedro une la frase de la glorificación de Jesús con la
figura de Jesús abatido y repudiado, que estuvo en presencia de Pilato y tuvo que
experimentar en su humillación toda la ingratitud del propio pueblo.
Así pues, en estas pocas palabras se da una visión profunda y de gran alcance, que
coloca a Jesús dentro del gran contexto de la revelación valedera para el judaísmo. Dentro
de este contexto la queja dirigida al pueblo (que de nuevo hemos de tomar en su significado
que sobrepasa la situación indicada) debió de producir un efecto impresionante.
Obsérvense los agudos contrastes que se dan en la escena del proceso ante Pilato.
Barrabás es preferido al santo y al justo. Un asesino, destructor de la vida, es liberado y se
da muerte al autor de la vida. En la expresión «autor de la vida», en vez de la cual también
se traduce «soberano de la vida», está incluido todo lo que mediante sus palabras y sus
acciones Jesús obró y obra continuamente para la vida verdadera y auténtica.
Al exclamar: «Negasteis al santo y al justo», ¿pensaba Pedro en su propia negación? Sin
duda en aquel momento tenía conciencia de su culpa. Habla como uno de ellos cuando
encabeza su discurso con «el Dios de nuestros padres». El sentirse vinculado a su pueblo
y al tener conciencia de su propio fallo le otorga el derecho de hablar tan abiertamente de
la culpa contraída con Jesús. De nuevo experimentamos la tragedia del hombre, que de
nuevo se nos recuerda nombrando a Pilato (cf. 4,27; 13,28).
Aunque a causa de la inculpación no se marque de una forma tan trágica el
rechazamiento de la acción humana, también en este discurso, como en el discurso de
pentecostés, se da testimonio.
Pero aquí no se trata de recordar de un modo conmovedor el fallo cometido, para poder
acusarse, sino que en este discurso, como en el de pentecostés, se trata de atestiguar la
acción salvadora de Dios en Jesús. Por tanto también en este discurso el mensaje esencial
y decisivo consiste en la frase: «Dios (lo) resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros
somos testigos.» Esta frase es una oración subordinada en el fragmento del discurso
redactado con maestría estilística. Sin embargo esta oración es suficiente para el lector de
los Hechos de los apóstoles. El lector ya conoce por el discurso de pentecostés el curso
modelado de las ideas del mensaje apostólico de la resurrección de Jesús, pero también
sabe, por dicho discurso, que el indispensable fundamento para la fe de la Iglesia radica en
estas breves palabras: «De lo cual nosotros somos testigos.»
Pedro en esta hora tenía que hablar de la resurrección de Jesús. La resurrección no sólo
es el testimonio de Dios en favor de su «siervo» Jesús para confirmarle expresamente en
su misión, no sólo es la «glorificación» del «autor de la vida» entregado por los hombres,
también es el verdadero fundamento de la curación milagrosa del paralítico. Esto se
advierte en una afirmación que parece algo pesada, pero que precisamente por eso tiene
una resonancia transcendental (3,16). Dos veces se expresan en la frase las nociones de
«fe» y «nombre». Lo decisivo se debe percibir de una forma tan duradera como sea
posible. La curación no es el efecto de un trabajo humano, sino que ha sido obrada por
aquel a quien Dios ha resucitado y glorificado como siervo suyo. El «nombre» de este
siervo ha enderezado al paralítico. Pedro le había curado en el «nombre de Jesucristo».
Este nombre comprende todo el misterio de Cristo Jesús, su índole y su poder. La fuerza de
este «nombre» se abre a la «fe» que confiesa a este Jesús y conoce confiadamente su
cercanía; porque esta fe se vuelve eficaz por medio del Espíritu de Cristo, que se nos
otorga. Hay un misterio en torno de esta fe, que parece ser la acción del hombre, y sin
embargo al mismo tiempo es un don del Espíritu Santo (lCor 12,9).
Podemos una vez más preguntarnos a qué fe alude Pedro en esta frase. Sin duda, a la fe
por la que Pedro ha pronunciado las palabras curativas. El texto no nos revela nada de lo
que sucedió en el paralítico. Probablemente al principio solamente había esperado recibir
las limosnas que se acostumbraban a dar. O bien en el contacto con la mano del apóstol y
en sus palabras ¿se suscitó algo que produjera también en él el efecto de una fe
espontánea? Estamos ante el misterio del hombre y de Dios que se encuentran en la
intimidad del alma. Solamente podemos hablar de este tema con presentimientos. Cuando
Pedro declara tanto la fuerza del nombre de Jesús y de la fe en él, y la puede mostrar de
una forma tan impresionante en el que ha sido curado, lo hace para conducir al pueblo
asombrado desde la mera admiración a la fe salvadora.
___________________
c) Conversión y fe
(Hch/03/17-26).
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen», suplicó Jesús moribundo en la cruz
(Lc 23,34). Recuerdan esta oración las palabras de Pedro en el versículo 17, las cuales se
dirigen a los oyentes judíos con el tratamiento familiar de hermanos. Incluso a los jefes se
les concede la atenuación de la ignorancia. También Pablo expresa esta idea, cuando en la
sinagoga de Antioquía de Pisidia dice a los oyentes judíos: «Los habitantes de Jerusalén y
sus jefes, al condenarlo, cumplieron, sin saberlo, las palabras de los profetas que se leen
cada sábado» (13,27).Y en la primera epístola a los Corintios afirma: «Un lenguaje de
sabiduría de Dios en el misterio, la que estaba oculta, y que Dios destinó, desde el
principio, para nuestra gloria; la que ninguna de las fuerzas rectoras de este mundo
conoció; porque, si la hubieran conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria»
(lCor
2,7s).
¿De qué conocimiento se trata? A fin de cuentas se trata del conocimiento del misterio
divino de Cristo, del conocimiento de su misión que procede de Dios. Esta confesión de la
ignorancia no quita la parte de culpa humana en la muerte de Jesús. Sigue siendo válida la
precedente acusación: «disteis muerte al autor de la vida». Esto ya se ha dicho sin
restricción alguna en el discurso de pentecostés (2,23.36), y los Hechos de los apóstoles
hablarán de ello aún con mayor frecuencia.
J/MU/ESCANDALO:Sin embargo -como en el discurso de pentecostés- también aquí la
frase sobre la culpa humana se enlaza con el testimonio de la divina resolución, que se
cumplió en la pasión de Cristo. Dios hizo que el vaticinio de la revelación profética viniera
a
ser realidad en la pasión de Jesús. Como ya vimos, esta interpretación que da la historia de
la salvación a la muerte de Jesús pertenece esencialmente a la predicación apostólica. De
nuevo recordamos las palabras de Jesús a los dos discípulos de Emaús: «¿Acaso no era
necesario que el Mesías padeciera todas estas cosas para entrar en su gloria?» (Lc 24,26).
Y el mismo pensamiento volvemos a encontrar en la última conversación que refiere san
Lucas y que tuvo Jesús resucitado con sus discípulos: «Así está escrito: que el Mesías
tenía que padecer, que, al tercer día, había de resucitar de entre los muertos» (Lc 24,46).
En tales palabras notamos el esfuerzo con que la naciente Iglesia procuró hacer
comprensible y razonable el hecho de la muerte afrentosa de Jesús, que exteriormente
parecía infame. Cuán necesario era este esfuerzo nos lo dice Pablo en la primera epístola a
los Corintios: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos;
necedad para los gentiles» (lCor 1,23).
También Pedro se escandalizó por lo que Cristo moribundo en la cruz con la máxima
humillación tenía que significar para la idea del Mesías que prevalecía en el judaísmo. Y
por eso es tan importante para Pedro precaver este escándalo testificando la glorificación
de Jesús en su resurrección, y al mismo tiempo mostrando que la muerte y resurrección de
Jesús están conformes con la Escritura. Y para Pedro también es una señal de Jesús
resucitado la curación del cojo de nacimiento, que tuvo lugar gracias a la fe en el nombre
de Jesús. Así este milagro y su interpretación quedan incorporados de una forma
significativa en el testimonio que la primera comunidad dio de Cristo, como un ejemplo
demostrativo de lo que se nos dice en 2,43: «El temor se apoderaba de todos, y eran
muchos los prodigios y señales realizados por los apóstoles.»
Según la manera de hablar de los judíos Pedro se vuelve a los «hijos de los profetas y de
la alianza que Dios estableció con nuestros padres». Al principio del discurso se ha
nombrado al «Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob». Él ha «glorificado» a su siervo
Jesús. En los hijos, en el actual pueblo de Israel, debe ahora cumplirse lo que se prometió a
los padres. En Jesús, «descendencia de Abraham», reciben la bendición prometida todos
los que se vuelven a él con fe. Con palabras de la Escritura tomadas del Gén 22,18 se nos
recuerdan con vivacidad los pensamientos de la epístola a los Romanos y de la epístola a
los Gálatas en que san Pablo con una teología apasionadamente agitada se esfuerza por
interpretar la nueva filiación de Abraham, para mostrar en Cristo Jesús la venida de la
bendición prometida al patriarca 46.
¿Cuál es el contenido de esta bendición?: «Convertirse cada uno de sus propias
maldades», dice Pedro. ¿Eso es todo? ¿No es una desilusión? Así podríamos preguntar al
recibir la primera impresión. Sin embargo, no olvidemos que -como podrá indicarnos la
próxima frase-, a causa de la intervención de la autoridad, el discurso del apóstol no ha
llegado a su conclusión. Aunque tuviese que ser considerado como concluido, seguiría
teniendo un gran sentido la singular frase final. ¿No se ha concluido también el discurso de
pentecostés con una frase áspera (2,36)? Convertirse del pecado y de las malas
acciones es para el mensaje de salvación el primero y mayor deseo. Con todo, el apóstol
ha empezado sus palabras con la invitación al arrepentimiento y a la conversión, para
añadir en seguida la gran promesa de que «lleguen, de parte del Señor, los tiempo de
refrigerio, y él envíe al que para vosotros ha sido constituido Mesías, que es Jesús». ¿No
es suficiente esta bendición? Es una síntesis y plenitud de bendición. Verdaderamente éste
es un motivo suficiente para que el pueblo se convierta «de sus propias maldades».
No pasamos por alto la breve expresión los primeros, cuando dice: «Para vosotros, los
primeros, ha suscitado Dios a su siervo y lo ha enviado a bendeciros.» Se hace referencia
a la vocación de Israel en la historia de la salvación.
El conocimiento de esta vocación se atestigua en toda la literatura del Nuevo
Testamento. San Pablo se da cuenta de esta primacía del pueblo escogido, pero también
conoce su recusación y se esfuerza por hacerla comprensible con pensamientos muy
profundos (especialmente en Rom 9-11). En este discurso de Pedro todavía estamos al
principio de la misión entre los judíos, la Iglesia todavía procura, en la solidaridad con la
sinagoga, ganar al pueblo judío para la fe en aquel de quien no solamente dan testimonio
las voces del tiempo pasado, sino que el mismo Dios también lo ha acreditado y glorificado
en el tiempo presente como el esperado de Israel. Pero en la expresión «los primeros»
también se indica que la oferta de la salvación no solamente va dirigida a Israel, como en el
fondo pensaban los judíos. A ellos se les ha ofrecido, antes que a ningún otro pueblo
-gracias a su especial posición en el plan de salvación-, la posibilidad de decidirse para la
salvación. Pero los Hechos de los apóstoles también conocen las palabras que Pablo tuvo
que pronunciar en su primer gran discurso misional en la sinagoga de Antioquía de Pisidia:
«A vosotros teníamos que dirigir la palabra de Dios; pero, en vista de que la rechazáis y no
os juzgáis dignos de la vida eterna, nos volveremos a los gentiles» (13,46).
...............
46. Cf. Rom 4,1ss; Gál 3,15ss.
(_MENSAJE/05-1.Págs. 84-106)
Por los Evangelios sabemos cómo Jesús encontró, por su mensaje y su actuación, la
hostilidad por parte de los jefes judíos, y, sobre todo, por parte de la autoridad sacerdotal.
Esta lucha le condujo a la muerte en la cruz. Jesús también predijo a sus discípulos, con
claras palabras, que serían objeto de odio y persecución, y procuró prepararlos para ellas.
En el discurso de Jesús sobre el tiempo final, según los Evangelios sinópticos, leemos en el
Evangelio de san Lucas las palabras que Jesús dirigió a sus discípulos: «Pero antes de
todo esto, se apoderarán de vosotros y os perseguirán: os entregarán a las sinagogas y os
meterán en las cárceles; os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi
nombre» (Lc 21,12).
El que lee la plática de despedida de Jesús en el Evangelio de san Juan, encuentra la
predicción del odio del mundo con unos motivos todavía más profundos, cuando se dice:
«Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del
mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, porque no sois del mundo, sino que os elegí yo del
mundo, por eso el mundo os odia» (Jn 15,18s). «Os echarán de las sinagogas; más aún,
llega la hora en que todo aquel que os mate, creerá dar culto a Dios» (Jn 16,2). Pero,
precisamente en los discursos del Evangelio de san Juan encontramos, íntimamente
asociada a las palabras sobre la persecución futura, la más vigorosa indicación sobre la
asistencia del Paráclito, el Espíritu Santo.
La predicción de Jesús pronto se cumplió. Sería sorprendente que no hubiera sucedido
así. El proceso contra Jesús todavía no estaba muy distante. Los mismos hombres que le
habían condenado, todavía tenían autoridad como jefes del pueblo. Vemos la misma
escena que en los Evangelios. El pueblo llano y sencillo se entregaba con entusiasmo y
agradecimiento al mensaje de salvación, mientras no fuera inducido a error por los jefes
políticos o religiosos, y contemplaba con respetuoso temor la comunidad de Jesús. Pero los
dirigentes se dejaron guiar por el odio y la envidia, antes en la lucha contra Jesús y ahora
en la persecución de la Iglesia.
«Se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos.»
Eran las autoridades competentes del templo. El partido de los saduceos, que se
diferenciaba en muchos respectos del grupo mayor de los fariseos también había tenido un
papel influyente y decisivo en el proceso contra Jesús. El sumo sacerdote y sus colegas
formaban un grupo estrechamente conjurado. Lo encontraremos de nuevo en el proceso
contra Pablo (23,1ss). ¿Qué motivo encontraron para lanzarse contra Pedro y Juan? Sin
duda se escandalizaron por la gran concurrencia del pueblo. Como atestigua el siguiente
relato, el objeto de la indagación fue, en primer lugar, la curación del cojo de nacimiento.
Pero el texto también aclara que desde hacía mucho tiempo eran motivo de escándalo la
actuación de los apóstoles y su predicación en favor de Jesús. Se dice que estaban
molestos, porque los apóstoles anunciaban la resurrección de entre los muertos aludiendo
a Jesús. Pero ésta es solamente una particular razón de la hostilidad (4,2). Sabemos que
los saduceos en oposición a la fe que solían tener los judíos, negaban por principio la
resurrección del cuerpo47. También en otros respectos representaban una notable
ideología liberal.
Los apóstoles por primera vez van a la cárcel. Para su vida ulterior ésta es una
característica del camino que sigue su testimonio. Pero la Iglesia crece. En nuestro relato
se respira una atmósfera propia, cuando san Lucas inmediatamente después de comunicar
la detención de Pedro y Juan da la noticia de que una vez terminada la predicación muchos
se marcharon siendo ya creyentes, y el número tres mil de la fiesta de pentecostés
asciende a cinco mil miembros de la comunidad de Cristo. Aquí encontramos el peculiar
elemento de los Hechos de los apóstoles: a pesar de la resistencia y de la persecución se
cumplen el encargo y la promesa del Señor resucitado. La Iglesia naciente experimenta la
fuerza del Espíritu.
...............
47. Así lo atestiguan Lc 20,27ss y Hch 23,8.
...............
Es una escena memorable. Los dos apóstoles, cuya sencillez e insuficiencia conocemos
por los Evangelios, entran en el tribunal de la suprema autoridad del judaísmo. Se han
reunido los jefes del pueblo. No sin razón los Hechos de los apóstoles enumeran los grupos
representados e incluso dan los nombres de los competentes jefes de la clase sacerdotal.
Anás, que a pesar de haber sido destituido por los romanos aún seguía siendo el hombre
más influyente de la estirpe de los sumos sacerdotes48, y su yerno Caifás, el sumo
sacerdote oficial, nos son conocidos por el proceso contra Jesús. Aunque las tropas
romanas de ocupación estuvieran en el país, el sanedrín siempre era la eficaz
representación de todo el judaísmo. Propiedades e inteligencia, formación y poder, se
concentraron en esta corporación tradicional, que gracias a estar vinculada al culto y a la
religión gozaba de prestigio y autoridad entre todos los judíos.
Pedro y Juan que durante la noche estuvieron bajo custodia, entran en esta asamblea.
La escena es un símbolo del camino de la Iglesia. Después de la curación milagrosa es
interrogada. ¿Es una interrogación sincera? Si leemos el informe final de este juicio,
reconocemos que no solamente se trató de este suceso particular, sino de toda la obra de
la Iglesia.
La pregunta acerca del nombre, en que ha tenido lugar la curación, viene a ser para
Pedro la deseada ocasión para dar el testimonio que acusa y exhorta a obtener la
salvación. Pedro actuó lleno de Espíritu Santo. La comunidad de vida de la Iglesia es
eficaz. Se nos hace recordar la promesa de Jesús que cuando se reunió con sus discípulos
antes de la pascua, además de vaticinar la persecución les dijo: «Esto os servirá de
ocasión para dar testimonio. Por consiguiente, fijad bien en vuestro corazón que no debéis
prepararos de cómo os podréis defender. Porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría
que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros enemigos» (Lc 21, 13ss). Esta promesa
aún se formula más claramente en san Mateo: «Pero, cuando os entreguen, no os
preocupéis de cómo o qué habéis de decir, porque se os dará en aquel momento lo que
habéis de decir; pues no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro
Padre quien hablará en vosotros» (Mt 10,19s).
Pedro conoce la autoridad del sanedrín. En su disertación se revela el profundo respeto
del hombre judío ante sus superiores puestos por Dios. Como ya vimos, la naciente Iglesia
todavía está estrictamente obligada con la ordenación social y religiosa del judaísmo. Sin
embargo la atención externa no impide que el apóstol hable con franqueza. Ésta ya se
denota en las características del procedimiento expresadas por él. Los apóstoles no son
interrogados por causa de una acción sospechosa, sino que les piden cuentas de la
«buena acción realizada en un hombre enfermo». Pedro introduce su testimonio
solemnemente y en tono de reclamación, haciendo recordar las palabras finales del
discurso de pentecostés, cuando anuncia al sanedrín y a «todo el pueblo de Israel» el
mensaje de salvación de Jesús de Nazaret, y a él atribuye la curación del inválido.
El que ha sido curado está ante la mirada de la suprema autoridad judía. Es una escena
memorable. Pedro no sería capaz de cumplir su misión, si no aprovechara la circunstancia
para el apremiante mensaje de la salud verdadera y decisiva. Ante esta asamblea, que, no
hacía mucho tiempo, había entregado Jesús a la muerte, Pedro habla abiertamente del
Salvador y de la culpa de semejante corporación cuando añade al nombre de Jesús: a
quien vosotros crucificasteis. Pedro ya en su primer discurso al pueblo pudo hablar así.
Esta acusación tiene una resonancia especialmente severa ante los jefes responsables del
judaísmo.
Pero también aquí se enlaza inseparablemente con la referencia a la crucifixión el
mensaje de la resurrección de Jesús por obra de Dios. La imagen de la clave del arco
-tomada del salmo 117- caracteriza gráficamente la obcecación y tragedia del pueblo
escogido por Dios49.
Procúrese comprender la tensión que se produciría, cuando en el ámbito del sanedrín
(que ha entregado a Jesús a la muerte de cruz y así ha desechado al que tiene el destino
de ser clave del arco) ahora penetra el mensaje, audaz en grado inaudito, de que no hay
ningún otro medio de salvarse fuera de Jesucristo. Estas palabras resuenan en el mensaje
fundamental de toda la proclamación apostólica. En ellas se resume el deseo de todos los
escritos del Nuevo Testamento. Los conceptos de verdad, gracia, luz, vida y todas las
declaraciones con las que se describe la redención ofrecida por Dios al mundo en Jesús,
subyacen en estas palabras que Pedro dirige a los miembros del sanedrín.
...............
48. Cf. Lc 3,2; Jn 18,12ss.
49. Varias veces encontramos esta expresiva imagen en el mensaje del Nuevo Testamento.
En Lc 20,17 vemos
que es Jesús quien la propone en la controversia con los escribas y sumos sacerdotes, como
también nos
lo confirman Mt 21,42 y Mc 12,10. También san Pablo alude a esta metáfora en Rom 9,33,
y san Pedro trata
de ella de una forma especialmente minuciosa en su primera carta (1P 2,4ss).
...............
c) Impotencia de la autoridad
(Hch/04/13-22).
Los miembros del sanedrín tuvieron que soportar las audaces palabras. Propiamente se
podría esperar que se hubiesen encolerizado, y enardecidos por la pasión hubiesen
pronunciado una sentencia de exterminio, como hicieron en el proceso contra Jesús o como
sucedió más tarde en el juicio oral de Esteban (7,54ss). ¿Cuál era el motivo que los
reprimió? Como dice claramente el versículo 21, seguramente fue decisivo para su modo de
proceder el miramiento del pueblo. Ya sabemos por los Evangelios cómo la autoridad judía
siempre vacilaba entre proceder o dejar de proceder contra Jesús, porque tenían contra sí
la disposición de ánimo del pueblo. La opinión pública con frecuencia encauza la decisión
de los dirigentes hacia lo justo o también hacia lo injusto.
Sin embargo también parece que otras razones hayan determinado el procedimiento del
sanedrín. El que había sido curado estaba al lado de los apóstoles, como testimonio
irrefutable de la realidad de la curación. La actuación de Pedro también desarmó a sus
adversarios ante el hecho de que los dos apóstoles eran iletrados y del vulgo, y no habían
recibido formación escolar. No tenían nada que oponer, dice el relato en forma muy
significativa. En su desconcierto momentáneo recurren a un medio (que también fue
utilizado más tarde) de sofocar la moción del Espíritu: prohíben hablar y esperan, contra su
propia convicción, que harán enmudecer a los testigos de Jesús. En su resolución no
toman el nombre de Jesús en los labios (cf. también 5,28). También en esto parece que se
muestra su odio y aversión contra Jesús. Este nombre no debe ser pronunciado.
El episodio ha pasado a ser el ejemplo del camino que ha de seguir la Iglesia a través de
la historia. Lo que entonces sucedió, ilumina una ley que en todas partes exige ser
observada cuando una orden humana se pone en contradicción con un mandamiento divino
que se conoce claramente. Los apóstoles rechazan con toda firmeza la prohibición de
hablar dada por el sanedrín. En el juicio oral que pronto seguirá, los apóstoles lo dirán
todavía con mayor decisión (5,29). Recae sobre ellos el encargo del Señor, la irrecusable
obligación de dar testimonio. Ya no son libres en su decisión. El mismo Dios ha puesto la
mano sobre ellos. Tanto si quieren como si no quieren, tienen que hablar de lo que han
«visto y oído». Reconocen la autoridad y el derecho del sanedrín. Se nota este respeto
incluso por sus palabras recusadoras, cuando para tranquilidad de su conciencia someten
la decisión al juicio del supremo juez del pueblo.
Con todo, los apóstoles ya han decidido. El Espíritu Santo los ilumina y fortalece en su
decisión. Pueden compararse las palabras de los apóstoles a muchas otras palabras
semejantes que nos transmite la historia profana. Según Platón, Sócrates dijo a sus
jueces: «Os honro y os amo, pero antes obedeceré a Dios que a vosotros», y el poeta
Sófocles en su tragedia Antígona pone en labios de ésta las siguientes palabras: «No
quisiera ser víctima de los castigos de los dioses por haber temido la arrogancia de un
hombre.» Las palabras antedichas de los apóstoles se distinguen de estos respetables
testimonios de la conciencia por el hecho de que en las palabras de los apóstoles puede
denotarse la gran experiencia personal de la salvación en Cristo Jesús.
Tres veces se emplea en el texto griego la palabra valentía (4,13.29.31). Como un acento
alborozado pasa por el relato y resuena vigoroso en la última palabra, para hacer así
expresiva con la mayor claridad posible la actitud fundamental de la Iglesia sobre el fondo
de la persecución. En la palabra «valentía» se patentiza la conciencia contenta de la Iglesia
incipiente (conciencia que procede de la experiencia viviente de la gracia de la salvación),
el conocimiento optimista de la cercanía del Señor, que se muestra presente en el
testimonio del Espíritu Santo. Es significativo para representar a la Iglesia en proceso de
formación que este misterio del Espíritu se haga perceptible como en un pentecostés que
sigue influyendo a la vista del peligro que amenaza, y así fortalece siempre la «valentía» de
los creyentes. Cuando se dice que estaban «llenos todos del Espíritu Santo», también se
declara que esta plenitud se dio a conocer exteriormente, y es muy natural pensar otra vez
en aquella misteriosa manera de hablar de que se nos ha informado en el relato de
pentecostés, y que después se testifica expresamente como señal del Espíritu Santo
(10,44ss; 19,6).
¿No nos parece esta noticia una fábula remota, extraña? ¿Fue todo eso una realidad
fidedigna? ¿Y forma parte en serio de lo que representa a la Iglesia? ¿O quizás esta Iglesia
se ha envejecido y se ha vuelto rígida, según nuestra mentalidad, en ella sólo puede dar
señales de vida una pequeña parte de lo que la hizo atractiva y vigorosa en su juventud?
Estos dones extraordinarios del Espíritu Santo, que llamamos carismas, ¿deben realmente
haber tenido importancia sólo para el tiempo inicial, para la partida de la fe por el camino
que conduce al mundo que se ha de ganar para Cristo? En nuestros días la Iglesia ¿no
podría también lograr una mayor entereza y eficacia, si tuviera la viva experiencia del
Espíritu?
......................
El heroico servicio fraterno de los fieles se coloca esta vez en el proscenio con más
fuerza que en el primer relato. El modismo que ha venido a ser proverbial, «un mismo
corazón y una misma alma», tiene su origen al pie de la letra en el texto bíblico, como
tantas
otras locuciones y metáforas en nuestro lenguaje de la vida cotidiana. Esta concordia de
corazón y de alma encontró su expresión en la renuncia desinteresada a toda propiedad
personal, cuando la necesidad del prójimo lo reclamaba. Como ya lo dijimos antes (al
hablar
de 2,44s), era un comienzo voluntario (que no estaba prescrito por ninguna ley y ni se
exigía por coacción alguna) de un amor fraterno suscitado por la experiencia de la salvación
y por el ejemplo de Cristo. Pocas líneas más abajo vemos claramente en las palabras de
Pedro a Ananías (5,4) que todos eran libres para hacer con su propiedad lo que quisieran.
Pero también se tiene cuidado en decir que «nadie consideraba propio nada de lo que
poseía, sino que todo lo tenían en común». Seguía existiendo el derecho de la propiedad
privada, y era posible ejercer este derecho, pero más fuerte que todos los derechos y leyes
era la disposición a renunciar a este derecho. Y esta renuncia fluía de estar impresionado
por el altísimo bien de la fe y de la esperanza en el Señor.
Así tenemos que entenderlo cuando de un modo sorprendente -según parece- se
interpone en las declaraciones sobre la comunidad de bienes lo que se dice en el versículo
33: «Con gran fortaleza los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús
y abundante gracia había en todos ellos.» Con estas palabras se indica lo que
interiormente los movía a entregar lo que poseían y vender tierras y casas. De nuevo las
palabras referentes a la resurrección de Jesús están en el texto como tema fundamental de
la proclamación apostólica. Los Hechos de los apóstoles nunca se cansan de hablar de
ella. Los que llegamos a conocer la verdad de la salvación como desde una remota lejanía
en forma de doctrina externa ¿somos en general capaces de sumergirnos en la fe viviente
de los primeros días? Realmente tiene que haber sido una impresión emotiva que los
apóstoles como testigos de la resurrección comparecieran ante los hombres y su testimonio
fuera corroborado por Dios con señales y prodigios. Los hombres tuvieron la experiencia de
una nueva mañana de la creación. Entonces los valores externos palidecieron, y del
conocimiento de la actualidad del Señor creció el amor dispuesto a la renuncia para
dedicarse al servicio del prójimo. Se podría hacer alusión a esto, cuando se dice que
«abundante gracia había en todos ellos». También podría entenderse que los apóstoles
experimentaban el afecto del pueblo, como se dice expresamente en 2,47 y en 5,13. Y así
se traduce en la Versión ecuménica (Herder): «...y gozaban todos ellos de gran
estimación.» Sin embargo también en esta interpretación se trata en último lugar de la
eficacia de la gracia de Dios y del Señor glorificado.
36 Así José, llamado por los apóstoles Bernabé, que significa hijo
de la consolación, levita, natural de Chipre, 37 que era dueño de un
campo, lo vendió, llevó el precio y lo puso a los pies de los
apóstoles.
Estos dos versículos son un suplemento a todo el precedente cuadro de conjunto. Dan
un ejemplo del servicio fraterno descrito en dicho cuadro y al mismo tiempo indican que la
afirmación de que «todos» vendían sus tierras o casas, se puede considerar como una
generalización exagerada de un modo popular. Si todos ellos lo hubiesen realmente
vendido todo, sería infundado hacer destacar la conducta de José Bernabé como algo
particular. Tampoco serían comprensibles las palabras de Pedro (en 5,4) o el hecho de que
en el posterior relato de los Hechos de los apóstoles siempre se supone la propiedad
privada, por ejemplo cuando se habla de la casa de María, la madre de Marcos (12,12).
Se hace destacar a José Bernabé, lo cual también tiene su especial motivo en que éste
debió desempeñar una importante tarea en la ulterior evolución de la Iglesia. Como nos
enteramos por 11,22ss, a Bernabé le encargó la comunidad de Jerusalén que cuidara de la
primera comunidad paganocristiana que se formaba en Antioquía, porque «era un hombre
de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe» (11,24). Fue él quien hizo venir a Saulo de Tarso
para esta misión, y desde entonces en adelante fue decisivo para la ruta que Pablo más
tarde siguió.
Ya hablamos en la introducción de que Lucas, que según una tradición fidedigna
descendía de Antioquía, en este tiempo inicial de la comunidad antioquena conoció a Pablo
y a Bernabé, y desde entonces quedó vinculado a ellos durante su vida. ¿No pudo ser
Bernabé, de quien Lucas adquirió su remoto conocimiento de la situación de la comunidad
de Jerusalén por el descrita? Los datos esmerados que se dan en este texto acerca del
nombre y la ascendencia de Bernabé ¿no indican que para Lucas Bernabé tenia una
particular autoridad personal?
(_MENSAJE/05-1.Págs. 106-123)
Con estos versículos se introduce una historia, que no solamente se pone como una
sombra negra sobre la escena hasta ahora tan brillantemente delineada de la comunidad
primitiva, sino que incluso hoy día nos parece extraña y nos impresiona a causa del castigo
que se ejecuta. En la intención del narrador el relato forma parte (como conclusión
dolorosa)
de las dos porciones precedentes. Los versículos 4,32-35, en una declaración emotiva, han
mostrado el aspecto general del heroico servicio fraterno en la entrega de la
propiedad personal, y a continuación se colocó en 4,36s el ejemplo particularmente
meritorio de José Bernabé. A continuación, los Hechos de los apóstoles se ven obligados a
informar sobre una acción sombría que sucedió en el ámbito más íntimo de la primitiva
Iglesia. El hecho de que san Lucas no omita este suceso, sino que lo declare abiertamente,
nos robustece en la confianza de su exactitud y veracidad.
San Lucas no pretende pintar alegres colores en el cuadro de la historia y mostrarlos
como sustraídos de la tierra. Sabe demasiado bien cómo la Iglesia queda a merced de las
impugnaciones y extravíos humanos y cómo está puesta en la lucha de la gracia de Cristo
con el poder siempre activo del mal. Así como al principio del libro se trata abiertamente de
la sombría acción de Judas, así también ahora se muestra un delito, en el que personas
que se habían agregado al grupo de los discípulos, perdieron su elección de forma
parecida a Judas. También en estas personas desempeña un papel diabólico la codicia de
dinero y da a Satán el poder de una ofensiva peligrosa contra el espíritu íntegro de la
comunidad. ¿Cómo precave la Iglesia este peligro que surge? La intención particular del
relato es realzar esta precaución de la Iglesia. En el relato se intenta poner de relieve el
poder (que es actual en los apóstoles) del Señor que conoce y juzga.
Otra vez aparece Pedro en escena haciendo valer su autoridad. Se presenta a Pedro con
el pleno poder de su cargo. Hasta ahora le vimos más como orador y pregonero
responsable de la comunidad, y en el milagro del cojo de nacimiento reveló el poder
medianero de curar que se le había dado. Ahora comparece ante nosotros en posesión de
una ciencia superhumana y de un poder judicial, que decide sobre la vida y la muerte.
¿Podían ser delineadas todavía con más vigor la grandeza y el poder del oficio apostólico?
Notamos cuánto le importa a este relato hacer que se manifieste tan visiblemente como
sea posible la presencia de Cristo Jesús en el Espíritu Santo, y mostrar la Iglesia en su
santidad e integridad. En la frase: «No has defraudado a los hombres, sino a Dios», se nos
aclara el ambiente en que vivía esta Iglesia. Los hombres de hoy día, que tendemos a ver
también la Iglesia como otras manifestaciones de la historia según su acierto y oportunidad
externas, ¿podemos comprender por completo y podemos afirmar la verdad expresada en
esta frase de Pedro?
¿Con qué derecho puede el apóstol decir que Ananías ha defraudado a Dios? La primera
frase nos da los motivos en que se funda este derecho: «Ananías, ¿por qué ha llenado
Satán tu corazón impulsándote a engañar al Espíritu Santo y a guardarte una parte del
precio del campo?» ¿En qué consistía el delito contra Dios? ¿En la suma defraudada y
encubierta? Esta suma no debió ser demasiado grande. No, no era el dinero como tal.
Ananías no estaba obligado a entregar el dinero, como tampoco estaba forzado a vender el
campo. Esto se dice con toda claridad en la frase siguiente. Ya hemos observado esto,
cuando antes nos preguntábamos cómo estaba organizada esta comunidad de bienes. Era
un asunto que se decidía de una forma plenamente voluntaria.
Por tanto ¿en qué consistía la culpa? Lo sabemos y podríamos estremecernos de horror
por este conocimiento. Fue la mentira, que pretendió hacer donación a la Iglesia de todo el
importe de la venta. ¿Fue realmente tan grave esta mentira? Eso es lo que nos gustaría
preguntar al vernos sorprendidos. La mentira tiene que haber sido más grave de lo que
quizás podemos pensar. Con todo podemos adivinar la razón. ¿Quién es Pedro, qué es la
comunidad, ante la que él se encuentra? La comunidad es la obra de Cristo Jesús, la obra
del Espíritu Santo. Tal vez con este relato -si echamos una mirada retrospectiva a lo que
hemos dicho hasta aquí- el misterio divino de esta Iglesia, que Cristo puso en el mundo, se
nos acerca, y se nos aclara lo que rodea al Espíritu Santo, que sostiene y llena la Iglesia.
Hasta ahora siempre se nos ha dicho con qué fruto y temor los que no pertenecían a la
comunidad de los fieles miraban hacia ella, cómo se asombraban por los prodigios y
señales con que se manifestaba visiblemente la presencia de Dios. Vimos cómo incluso el
sanedrín retrocedió ante la fuerza del espíritu que actuaba en los apóstoles. Y la integridad
y desinterés de esta comunidad incipiente ¿debía ahora ser herida en su propia solidaridad
por la corrupción de la mentira y ser quebrantada en su germen?
No se trata de una acometida innocua de los hombres, sino del intento de Satán, que
quería servirse de los percances humanos, como en la acción de Judas, para irrumpir en el
círculo santificado de los redimidos. Así como Satán quiso herir la primera creación de
Dios
con la seducción de los primeros hombres, así también no sólo ha tentado al Hijo de Dios
hecho hombre, sino también a los llamados por él para dar testimonio de Dios. Solamente si
relacionamos el relato concreto con este contexto más profundo podremos comprender,
estremecidos, el castigo inesperadamente duro que descarga sobre Ananías y su mujer
Safira. Se trata del carácter sagrado de la comunidad de Cristo, de la inviolabilidad del
Espíritu Santo, que representa el misterio de la vida de esta comunidad. Este Ananías, a
quien sacaron muerto, nos recuerda el fin sombrío del que, inducido por Satán, creyó que
podía traicionar a Cristo por treinta denarios, y se ha traicionado a sí mismo.
No queremos fijarnos en el arte literario con que san Lucas expone los dos
acontecimientos y los compara entre sí. Aquí nos interesa examinar nuevamente el mensaje
religioso y su contenido teológico en orden a la salvación. La venida de la mujer da ocasión
a Pedro para hacer que se patentice la profunda bajeza de la pretensión de los dos
esposos. La mujer conocía el plan del encubrimiento y de la mentira. La mentira estaba
convenida. Esto se ve por el hecho de que ella conocía el importe de la cantidad entregada.
¿Quién fue el promotor y el más culpable de los dos? No se dice. Sea como sea, se nos
recuerda a nuestros primeros padres, que contravinieron al principio el mandamiento de
Dios y sufrieron juntos el castigo. ¿Tenemos derecho a explicar con más pormenor esta
comparación? La idea puede ser suficiente.
Causa extrañeza lo que se dice en el versículo 10: «Cayó, pues, al instante a los pies de
él y expiró.» ¿Por qué causa extrañeza? Porque desde 4,32, se va repitiendo, a lo largo del
relato, la expresión «a los pies de los apóstoles» se va repitiendo de un modo sorprendente
y establece alguna relación entre los distintos pasajes en que aparece, al mismo tiempo
que sugiere y evoca, en forma singular, la autoridad y el poder de los apóstoles. En
4,35 se nos dice con una descripción sintética que los miembros de la comunidad vendían
sus tierras y sus casas, y el producto de la venta «lo ponían a los pies de los apóstoles».
De José Bernabé se cuenta que también él «puso a los pies de los apóstoles» el dinero
que cobró por el campo (4,37). Y con el mismo lenguaje figurado se dice también de
Ananías que «puso a los pies de los apóstoles» la parte del importe que quería entregar.
Por tanto, con esta expresión, en que se señala simbólicamente la posición señera y la
autoridad de los apóstoles dentro de la comunidad y se relacionan entre sí los tres pasajes
citados. ¿Es casual en el empleo de la expresión que ahora se diga de Safira que se
desplomó muerta «a los pies» del apóstol Pedro? ¿O bien el autor quiso dar un sentido
especial a la expresión? Esta difunta a los pies de Pedro ¿debe quizás ser una
impresionante señal del poder que había sido transmitido a los apóstoles por Cristo, Señor
de la comunidad?
Esta frase no solamente concluye el relato, sino que también nos descubre el peculiar
significado del castigo del matrimonio culpable. El castigo que recayó sobre Ananías y
Safira iba dirigido personalmente a ellos, por más que queramos contenernos en averiguar
más de cerca el destino final ante Dios. Con su muerte debió ser eliminado y proscrito del
ámbito santificado de la comunidad con una claridad estremecedora todo lo nocivo, sobre
todo el veneno destructor de la mentira y de la hipocresía. Pero al mismo tiempo debió ser
demostrado a todos los hombres, tanto a los miembros de la comunidad como a los que no
lo eran, cómo el Señor vigilaba con inexorable rigidez por la pureza e integridad de sus
«santos» (9,13). Por eso el «temor» que se apoderó de todos, debía favorecer la protección
y la intangibilidad de la Iglesia, y conducir al saludable respeto profundo ante el misterio
del
Espíritu Santo, que le ha sido confiado. Este Espíritu es el que no solamente dirige y
robustece la Iglesia contra toda persecución que provenga de fuera, sino que también la
capacita para precaver las crisis que pueden surgir dentro de la comunidad a consecuencia
de las continuas vicisitudes de las cosas humanas.
Con lo dicho también hemos rozado las objeciones, que se pueden hacer contra la
veracidad de la historia de Ananías y Safira. Se cree que no se puede conciliar este castigo
incomprensiblemente severo con el Evangelio de Jesús. Alguien podría escandalizarse de
la ejecución tan dura del castigo, la cual no dejó ocasión a los culpables para el
arrepentimiento y la expiación. Se hace referencia al amor que antes de la pascua
manifestaba el Señor a los pecadores, como se perfila especialmente en el Evangelio
según san Lucas. Por la sensación humana que se experimenta, se pregunta si el castigo
tiene una relación tolerable con el delito. La índole de la narración ¿no lleva en sí el estilo
de la leyenda, que ha surgido para realzar de la forma más gráfica posible la autoridad y el
poder de los apóstoles? ¿Qué hay que decir a este respecto? Ha de estar lejos de nosotros
querer defender a toda costa la historicidad de la narración. No hay que excluir la
posibilidad de que los escritos del Nuevo Testamento también puedan servirse de
fragmentos legendarios para orientar el mensaje de salvación. Sin embargo, mientras no
existan objeciones terminantemente irrefutables, tenemos la obligación de retener la
realidad histórica de lo que se declara, incluso cuando difícilmente puede encajar el
contenido con nuestra manera de pensar.
CASTIGOS/J:J/CASTIGOS:Reflexionemos sobre esta narración. Se nos cuenta con un
esquema determinado, con una exposición muy arrebañada. No se pueden comprobar los
pormenores del suceso. Nada podemos decir de lo que sucedió en el interior de los
interesados. Pedro no ha infligido la muerte, solamente la ha previsto. Así por lo menos se
puede conocer en las palabras que Pedro dirigió a Safira. ¿Se puede contraponer el
castigo con la conducta de Jesús, ya que se trataba de proteger su comunidad? ¿No
conoce también Jesús la dureza del castigo, cuando se trata de salvaguardar valores
supremos? Léase la frase: «Os aseguro que habrá menos rigor para Sodoma en aquel día
que para esta ciudad» (Lc 10,12). A los doctores de la ley les amenazó diciendo: «Para que
se pida cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas» (Lc 11,50). Jesús dice
hablando del escándalo: «Más le valdría que le colgaran al cuello una rueda de molino de
las que mueven los asnos, y lo sumergieran en el fondo del mar» (Mt 18,6). Conocemos las
severas sentencias del Hijo del hombre en el mensaje del Apocalipsis: «Voy a ti en seguida,
y lucharé con ellos con la espada de mi boca.» Así amenaza el Hijo del hombre a los
nicolaítas de la comunidad de Pérgamo (Ap 2,16), y a los seductores de la comunidad de
Tiatira les conmina: «Y a los hijos de ella los mataré sin remisión, y conocerán todas las
Iglesias que soy quien escudriña riñones y corazones. Y os daré a cada uno según sus
obras» (Ap 2,23). ¿No tenemos aquí el mismo factor que también fue eficiente en el castigo
de Ananías y Safira, cuando se quiso preservar la primera comunidad del Espíritu
pernicioso?
Un relato sumario, como los dos que ya vimos antes (2,42ss; 4,32ss), dirige de nuevo la
mirada a la comunidad, a su crecimiento y a su fuerza promotora. Y de nuevo vemos cómo
la Iglesia se reúne alrededor de los apóstoles, de su testimonio y de su poder de curar. No
en balde después del primer juicio oral de los apóstoles la comunidad ha pedido a Dios que
alargue su «mano para que se hagan curaciones, señales y prodigios mediante el nombre
de su santo siervo Jesús» (4,29).
Ya en la curación del cojo de nacimiento conocimos lo que significaba el don de la
curación en el testimonio de los apóstoles, no solamente como servicio de amor al hombre
enfermo, sino como prueba de que la fuerza curativa con que Jesús recorría las regiones,
también continuaba actuando en su Iglesia. En lo más profundo de este poder curativo de
los apóstoles se denota el misterio de vida de la resurrección de Jesús y la fuerza de la fe
en el Señor glorificado y presente. No juzgaríamos imparcialmente el misterio, que aquí es
eficiente, si pretendiéramos comprender los sucesos con consideraciones naturales.
Es posible que las personas que colocaban sus enfermos en la calle y que esperaban la
fuerza curativa de la sombra de Pedro, estuvieran llenos de ideas equivocadas y primitivas.
Eso no quita nada del motivo real de las curaciones que tenían lugar. Recordemos cómo
Pedro también en la curación del cojo de nacimiento tuvo que emplear el poder de su
palabra para desviar al pueblo asombrado de una manera primitiva y mágica de pensar, y
para conducirle a aquel, cuyo nombre ha obrado la curación colaborando con la fe en él.
No juzguemos demasiado aprisa por nuestra suficiente formación científica y por el
progreso de la medicina sobre esta sencillez creyente, que busca el tacto externo. También
los habitantes de Éfeso quedaron tan impresionados por las fuerzas curativas de Pablo,
que aplicaban a los enfermos paños y ropa que el apóstol llevaba en su cuerpo, y los
enfermos se curaban (19,11ss). ¿No podemos también pensar en aquella mujer del
Evangelio, que padecía flujo de sangre y que se dijo para si: «Como logre tocar siquiera
sus vestidos, quedaré curada», y de la que el Evangelio atestigua que, «al instante, aquella
fuente de sangre se le secó, y notó en sí misma que estaba curada de su enfermedad» (Mc
5,29s)? Y más adelante dice san Marcos: «Y adondequiera que llegaba, aldeas, o
ciudades, o caseríos, colocaban los enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiese
tocar siquiera el borde de su manto. Y cuantos lograban tocarlo, todos sanaban» (Mc 6,56).
En este contexto se nos presenta una escena memorable. La comunidad madre todavía
se limitaba al espacio de la ciudad de Jerusalén. Todavía se reúne el grupo de los
discípulos en el pórtico de Salomón, del cual ya hemos oído hablar (3,11). Todavía tienen
la sensación de ser judíos. Sin embargo, hay una extraña tensión entre ellos y los otros
judíos. Una mezcla de temor reservado y de honrada atención. Pero las curaciones
milagrosas difundieron el llamamiento de los apóstoles e hicieron venir de todas partes,
incluso del contorno de Jerusalén, los que buscaban la curación, de tal forma que es
comprensible que el sanedrín no permaneciera a la expectativa por más tiempo, y de nuevo
echara mano a los apóstoles.
.......................................
Los jefes judíos tienen que experimentar con una claridad creciente su importancia ante
el poder vital de la comunidad de Jesús. Esto se les presenta ante la vista con una
evidencia inesperada. En el primer encuentro judicial con Pedro y Juan la escena
irrefutable del cojo de nacimiento curado les impedía proceder según sus verdaderas
intenciones. Ahora la cárcel vacía les mostraba claramente cuán difícil es combatir contra el
poder vital de un movimiento impulsado por el Espíritu Santo.
A los jefes judíos tuvo que producirles el efecto de un insoportable desafío de la
conciencia de su poder la noticia de que los hombres que habían puesto en la cárcel
estaban precisamente en el templo y allí anunciaban la doctrina por cuya causa se les
quería procesar. Pero lo más grave para ellos es este pueblo que se reúne lleno de
entusiasmo en torno de los apóstoles y escucha atentamente su predicación. El jefe de la
guardia del templo con sus subordinados tuvo que experimentar cuán problemática había
llegado a ser la autoridad de este sanedrín y de sus guardias con respecto a la Iglesia,
cuando sin coacción ni violencia tuvieron que conducir a los apóstoles ante la asamblea del
sanedrín, rodeados por la multitud del pueblo, que ya había estado dispuesta a apedrear a
los que sostenían la suprema autoridad judía.
Los apóstoles están ante el sanedrín. Se presentan como hombres libres. Son libres,
porque el mismo Dios los ha liberado por medio de su ángel. Son libres, porque el pueblo
se colocó detrás de ellos. También aquí vemos el gobierno misterioso del Espíritu Santo.
Porque sólo él puede dirigir las cosas de la vida de tal forma que los planes de Dios
también se cumplan en la armonía externa de las causas. Los Hechos de los apóstoles
siempre saben informar sobre tales situaciones.
Además de este temor al pueblo ¿temía también el sanedrín algo más? Raras veces
suenan las palabras del sumo sacerdote. Su discurso ¿no rezuma temor y recelo? En
primer lugar es una acusación. No podía ser de otra manera. El sumo sacerdote recuerda a
los apóstoles la prohibición de «que no enseñarais en este nombre» (4,17s). De nuevo
rehuye decir el nombre en torno del cual todo gira. ¿Es menosprecio de Jesús? ¿Es algún
miedo? También se podría pensar en esto último. Porque en sus palabras se percibe una
rara solicitud cuando habla de la sangre de este hombre. Alude a la sangre de Jesús.
Aquella sangre que a su tiempo tomó sobre sí el pueblo extraviado en la condenación de
Jesús por medio de Pilato, cuando con ofuscamiento y pasión gritó: «¡Caiga su sangre
sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» (Mt 27,25). San Lucas no ha conservado esta frase
en su Evangelio, pero la conocía, y por así decir la recupera en este pasaje cuando hace
que el sumo sacerdote hable de ella.
La respuesta de los apóstoles a los reproches del sanedrín no es el lenguaje que usan
los acusados. Antes bien se vuelve contra los acusadores con una confesión valiente.
Obsérvese la sensible diferencia de su actitud en el primer juicio oral. Allí tampoco se
puede notar ninguna sumisión temerosa. Pero no hay que pasar por alto una cierta reserva
con respecto al supremo tribunal del pueblo. Esta vez los apóstoles ya no someten al juicio
del sanedrín la decisión de si es justo obedecer a los hombres antes que a Dios. Su voz
resuena claramente y sin ninguna reserva en la sala del tribunal: «Es preciso obedecer a
Dios antes que a los hombres.»
No solamente Pedro lo dice así, aunque él es el que habla. Sino que el texto tiene
cuidado en hacer constar: «Pedro y los apóstoles dijeron...» En ellos toda la Iglesia hace
uso de la palabra. Pondérese el peso de estas palabras en esta situación. ¿Quién da a los
apóstoles el derecho de hablar así, la facultad de considerar la orden del sanedrín como
mandamiento humano, de no hacer caso de esta orden? ¿De dónde les viene la seguridad
con que pueden distinguir en qué han de obedecer a Dios antes que a los hombres?
Estas son cuestiones serias. Difícilmente se pueden solventar desde fuera con
argumentos humanos. Concurren dos ámbitos de obligaciones: las leyes de la autoridad
visible y terrena, y las leyes del Espíritu Santo. Este sanedrín como órgano del pueblo
elegido por Dios podía atribuir a la voluntad divina su facultad de gobernar por medio de
honorables tradiciones. Según la manera general de ver de los judíos estos hombres de
Galilea eran sus súbditos. ¿No tenía, pues, derecho a reclamar una obediencia absoluta?
Se podría pensar así. Y en el sanedrín probablemente muchos pensaban así, y por sus
convicciones sinceras no podían pensar de otra manera.
Y sin embargo había llegado la hora en que se dieron a conocer una nueva ordenación,
una ordenación que tenía que chocar con la suprema autoridad judía. El mensaje de Jesús
y el testimonio sobre él después de los sucesos de pentecostés llamaba a los hombres para
que tomasen la decisión de la fe. El sanedrín desoyó la llamada de la fe. El misterio de la
salvación, que de parte de Dios se ofrecía a los hombres en Jesús de Nazaret, ya había
sido rehusado en el proceso contra Jesús por la suprema instancia del pueblo judío. Y
también ahora, cuando los discípulos de este Jesús, con su mensaje, intentan otra vez
anunciar el camino de salvación de Cristo Jesús, tienen que tropezar de nuevo -desde un
punto de vista humano- con la resistencia de los jefes judíos. Se denota una situación
verdaderamente trágica. Siempre vendrá a ser un acontecimiento, en que el llamamiento
viviente de Dios y el testimonio del Espíritu Santo dan con la ambición de poder de una
tradición y organización rígidas, que no tienen intención ni son capaces de oir ni entender
esta llamada. Ésta era la situación en el sanedrín de Jerusalén, cuando Jesús estuvo ante
él y fue condenado. Ahora de nuevo se da la misma situación, ya que el sanedrín reclama
de los apóstoles una obediencia incondicional.
Los apóstoles ciertamente pudieron sentir la alternativa en que se les había puesto. Sin
embargo, ya se han decidido. El encargo de Jesús resucitado se les ha confiado a ellos. El
encargo del que se les ha mostrado vivo y se ha revelado en su misterio divino. El encargo
del que les ha enviado al Espíritu Santo en el día de pentecostés, y desde entonces ha
demostrado su fuerza con señales y prodigios. Como dijo Pedro con tono autoritativo en el
primer juicio oral, ellos no podían dejar de decir lo que habían oído y visto (4,20).
Los apóstoles están ante la suprema autoridad del pueblo judío. Tienen que dar
respuesta. Lo hacen con la conciencia de lo que se les imputa. Su respuesta, tal como está
en el relato de los Hechos de los apóstoles, comprende pocas palabras, pero en cada una
de ellas se contiene una declaración trascendental. Esta respuesta es una confesión,
confesión y testimonio, llamada y promesa. Una apelación promotora de la naciente Iglesia
a la sinagoga recusante.
De nuevo penetra por el recinto, como primer y más importante testimonio, el mensaje
que hasta ahora hemos percibido siempre como la confesión de los apóstoles. El Dios de
nuestros padres resucitó a Jesús. La formulación de esta frase está bien pensada. «El
Dios de nuestros padres», dice conscientemente el apóstol. No quiere hablar como un
forastero, como si estuviera fuera de Israel. No, su Dios también es el Dios de estos
hombres del sanedrín, y así es el Dios de sus padres, el Dios de Israel, el Dios de Abraham,
de Isaac y de Jacob, como lo nombró Pedro ya en su discurso después de la curación del
cojo de nacimiento (3,13). Con esta alusión al «Dios de nuestros padres», Pedro invoca en
cierto modo, toda la historia de la revelación de este Dios como testimonio de su mensaje.
«El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús», así suena el testimonio ante los hombres
del sanedrín, y éstos oyen este mensaje como la confesión convencida de hombres que
están ciertos de lo que dicen. El apóstol recuerda con valentía la sentencia de muerte que
el sanedrín ha dictado contra Jesús, cuando dice: «... a quien vosotros disteis muerte
colgándolo de una cruz». ¿Por qué dice eso? ¿Pretende acusar de asesinato a los
miembros del sanedrín? Ciertamente no lo pretende. Lo que quiere es dar testimonio.
Quiere testificar la gloria con que el Dios de Israel, el Dios de los padres, ha exaltado a este
Jesús a su diestra. Ya sabemos por las declaraciones de los Hechos de los apóstoles que
se han hecho hasta aquí -y esto lo confirman todos los escritos del Nuevo Testamento-,
cuán bien conocían los apóstoles la cruz y muerte de Jesús y cómo hablaban de ella con
profundo respeto. Por encima de la pasión y muerte de Jesús los apóstoles contemplaban
con una emoción todavía mayor la gloria que Jesús había recibido en su resurrección y
ensalzamiento al lado de Dios.
En esta hora memorable Pedro muestra a Jesús de Nazaret a la diestra de Dios como
príncipe y salvador, y así atestigua de él las más altas dignidades, que en el lenguaje del
Antiguo Testamento solamente corresponde a Dios. Este «príncipe y salvador» ha sido
exaltado por Dios, para traer a Israel la salvación que ella espera desde los profetas, y que
incluye en sí la conversión y el perdón de los pecados. En las palabras de Pedro se puede
ver una alusión de profundo sentido, como también la encontramos en Pablo. Cuando
Pedro dice: «... a quien vosotros disteis muerte colgándolo de una cruz» (cf. 10,39), podría
haber pensado en unas palabras del libro del Deuteronomio, en las que se dice: «Cuando
un hombre cometiere delito de muerte, y sentenciado a morir fuese colgado en un patíbulo,
no permanecerá colgado su cadáver en el madero, sino que dentro del mismo día será
sepultado: porque es maldito de Dios el que está colgado del madero» (Dt 21,22s).
El apóstol Pablo ha hecho suyas estas palabras y con una interpretación teológica de la
salvación las ha referido a la muerte de Jesús, cuando dice: «Cristo nos ha rescatado de la
maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros» (Gál 3,13). La misma
orientación se indica también en las palabras de Pedro, cuando describen la muerte de
Jesús en la cruz con estas palabras del Deuteronomio. Lo que en primer lugar aparece
como culpa de Israel y sobre todo del sanedrín, se ha convertido en la felix culpa, en la
culpa dichosa, y, con esta visión profunda de fe, el recuerdo de la muerte de Jesús en la
cruz se convierte espontáneamente en el llamamiento de la gracia al pueblo judío. Y así en
las palabras del apóstol al sanedrín más que una acusación y un reproche, se hace una
advertencia y una promesa. Dios da su Espíritu a todos los que le obedecen. Pero
«obedecer» significa doblegarse a la oferta de Dios en la obra salvadora de Jesús, creer y
confiar en él. Esta fe está asegurada por un doble testimonio, por el testimonio del apóstol y
por el testimonio del Espíritu Santo. Por lo dicho hasta ahora conocemos el sentido de esta
declaración.
En la respuesta de Pedro se describe con pocas palabras la acción salvadora de Dios.
Tres veces se nombra a Dios en el texto: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús... A
éste lo ha exaltado Dios a su diestra como príncipe y salvador... El Espíritu Santo que Dios
ha concedido a los que le obedecen...» Y en esta conciencia se funda la confesión
introductoria: «Es preciso obedecer a Dios ante que a los hombres.» Así pues, en las
palabras de los apóstoles se contiene una justificación y una llamada; una justificación del
mensaje que anuncian en nombre de Jesús, una llamada a los hombres del sanedrín, con
cuya inteligencia y disposición está unida de una forma decisiva la salvación de todo el
pueblo.
¿Cómo acogen esta llamada? Perseveran en su obcecación. Todavía lo hacen más
obstinadamente. Ellos, al oírlos, llenos de rabia, estaban resueltos a acabar con
ellos. Rehúsan comprender a los apóstoles. Se repite lo que también tuvo que
experimentar Jesús. Buscan un medio para desembarazarse de los molestos testigos y
amonestadores. Lo hacen como guardianes de un orden que consideran como ordenación
de Dios, aunque el testimonio revelado de aquel orden -como hasta ahora han expuesto los
Hechos de los apóstoles- ha hecho ver la verdad de los hechos de salvación en Cristo
Jesús, y el derecho de los apóstoles a proclamar su mensaje.
Este sanedrín nos ofrece una escena conmovedora. Actúan todas las pasiones y
debilidades humanas, antes en la condenación de Jesús y ahora también en la persecución
de sus apóstoles. ¿Podemos acusar y condenar? ¿Dónde está el principio y el límite de la
culpa y de la responsabilidad? ¿Tenía que suceder todo como sucedió? ¿Estaba todo
decretado por Dios? El apóstol san Pablo en la epístola a los romanos procuró dar
respuesta a esta pregunta con una visión profunda de la historia de la salvación (Rom
9-11). Pero al final tiene que confesar humildemente: «¡Oh profundidad de la riqueza, y de
la sabiduría, y de la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus decisiones, y qué
inexplorables sus caminos!» (Rom 11,33).
Jesús resucitado vela por sus testigos. La obra de éstos todavía no está concluida.
Todavía no había llegado su hora, se podría decir usando el lenguaje del Evangelio de san
Juan (Jn 7,30; 8,20). El Espíritu Santo también dirige las cosas en esta hora tan crítica para
la Iglesia, como nos lo muestra la actuación del fariseo Gamaliel. Era un teólogo y doctor
de
la ley, que gozaba de gran prestigio. Así lo testifican también los escritos del judaísmo
rabínico, que conservamos en el llamado Talmud. Para los Hechos de los apóstoles este
hombre también tiene un especial interés, porque el apóstol san Pablo en una hora
amenazadora se ha referido a él ante el pueblo judío irritado, cuando dijo: «Yo soy judío,
nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, en la escuela de Gamaliel,
instruido cuidadosamente en la ley patria, lleno de celo por la causa de Dios» (22,3).
Se nos presenta a Gamaliel como fariseo. Se hace esta presentación con especial
cuidado. Leyendo los Hechos de los apóstoles se recibe la impresión de que el grupo
fariseo en Jerusalén no tomó contra los discípulos de Jesús una actitud tan hostil y fanática
como los saduceos y la autoridad sacerdotal del templo. Léase el relato sobre el juicio oral
de Pablo ante el sanedrín (23,1ss). Incluso ante la enemistad del partido sacerdotal, Pablo
pudo ganarse la simpatía de los fariseos y provocar en favor suyo una escisión en la
suprema autoridad del judaísmo. Siempre se nos advierte que no podemos transferir la
actitud hostil de grupos particulares a todo el pueblo judío.
¿Qué pensamientos e intenciones mueven a Gamaliel? Conoce el partido de los
saduceos guiado por la ambición de poder externo. Ha presenciado su manera de proceder
en el proceso contra Jesús. Porque es de suponer que Gamaliel también asistió a las
funestas sesiones de dicho proceso. También pertenecían al sanedrín hombres como
Nicodemo (Jn 3,1; 7,50) y José de Arimatea (23,50s). Gamaliel era muy consciente de la
injusticia que se hizo a Jesús. Quiere evitar una nueva injusticia.
Se denota una profunda visión religiosa de la cosas en las palabras del escriba. Una
observación e interpretación madura y atenta de las cosas y acontecimientos en la historia
de su pueblo. Era un tiempo cargado de tensión para este pueblo. ¿Qué podía sentir un
sincero investigador como Gamaliel? El dominio extranjero hacía muchas decenas de años
que se había establecido en el país. El deseo de libertad e independencia hizo que la
expectación mesiánica, que se arraigaba profundamente en los escritos sagrados, estallara
apasionadamente en las tentativas de rebelión, de las que informa el historiador judío
Flavio Josefo. Si leemos atentamente los Evangelios, también encontramos en ellos esta
agitación política del judaísmo como fondo de la vida de Jesús. Sabemos cómo incluso los
discípulos del Señor estuvieron dominados por las ideas de los movimientos mesiánicos
que ardían sin llama en todo el pueblo.
Gamaliel cita dos ejemplos. Dejamos aparte la pregunta que hace la investigación
exegética, a saber, cómo este relato puede conciliarse con los datos de Flavio Josefo. Se
admite la posibilidad de que san Lucas al referir de un modo literario las palabras de
Gamaliel haya ordenado los dos acontecimientos de una forma libre. Sin duda se trata de
datos históricos atestiguados. El movimiento que ha suscitado Judas Galileo muestra
también su supervivencia ya en tiempo de Jesús y más tarde en el partido de los llamados
zelotas. Pero no se logró el éxito que prometían las tentativas de rebelión, las cuales
indujeron a la potencia ocupante a tener todavía mayor vigilancia y severidad. En el
Evangelio de san Lucas leemos un ejemplo de este resultado de las intentonas, cuando se
informa de los «galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que
ellos ofrecían» (Lc 13,1ss).
Con esta frase concluye de una forma patente la primera serie de relatos de los Hechos
de los apóstoles. Se trataba de la comunidad madre de Jerusalén, de su principio y de su
camino saturado de Espíritu, de su florecimiento y desarrollo dentro de las leyes judías,
también de su lucha y su victoria ante las amenazas provenientes de fuera y de dentro.
Los apóstoles sin turbarse llevan el testimonio a los hombres, no solamente en el recinto
del templo, sino también en las casas. Y parece que después de las primeras infructuosas
tentativas de opresión se dejó en paz a los apóstoles durante algún tiempo, como puede
deducirse de una noticia que se da en 8,1.
«Y no cesaban de enseñar... todos los días, en el templo y por las casas.» En estas
palabras se contiene un profundo sentido. En ellas se indican el sentido y la intención de la
Iglesia. En las escenas que hemos visto hasta ahora hemos presenciado los primeros días.
Los apóstoles todavía enseñan en el templo y en las casas de esta ciudad marcada de una
forma única por la historia de la salvación. Pero el campo de la Iglesia pronto se extenderá
y ampliará. Se desborda más allá de la estrechez externa e interna. Abarcará «Judea y
Samaría», y pronto se formará en Siria un importante centro, desde el que se abrirán y
prepararán los caminos hacia la misión «hasta los confines de la tierra» (1,8). Las fronteras
exteriores pueden modificarse, el mundo externo puede cambiarse, pero siempre podrá
decirse de la Iglesia lo que aquí se dice de los apóstoles de la comunidad madre: «Y no
cesaban de enseñar y anunciar el Evangelio de Cristo Jesús, todos los días, en el templo y
por las casas.»
(_MENSAJE/05-1.Págs. 123-151) BIBLIA NT HECHOS 5 (5,1-42) NUEVO ASPECTO
DE LA COMUNIDAD
MATERIA: EL N. T. Y SU MENSAJE: LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES (5)
·KURZINGER-JOSEF
Con estos versículos se introduce una historia, que no solamente se pone como una
sombra negra sobre la escena hasta ahora tan brillantemente delineada de la comunidad
primitiva, sino que incluso hoy día nos parece extraña y nos impresiona a causa del castigo
que se ejecuta. En la intención del narrador el relato forma parte (como conclusión
dolorosa)
de las dos porciones precedentes. Los versículos 4,32-35, en una declaración emotiva, han
mostrado el aspecto general del heroico servicio fraterno en la entrega de la
propiedad personal, y a continuación se colocó en 4,36s el ejemplo particularmente
meritorio de José Bernabé. A continuación, los Hechos de los apóstoles se ven obligados a
informar sobre una acción sombría que sucedió en el ámbito más íntimo de la primitiva
Iglesia. El hecho de que san Lucas no omita este suceso, sino que lo declare abiertamente,
nos robustece en la confianza de su exactitud y veracidad.
San Lucas no pretende pintar alegres colores en el cuadro de la historia y mostrarlos
como sustraídos de la tierra. Sabe demasiado bien cómo la Iglesia queda a merced de las
impugnaciones y extravíos humanos y cómo está puesta en la lucha de la gracia de Cristo
con el poder siempre activo del mal. Así como al principio del libro se trata abiertamente de
la sombría acción de Judas, así también ahora se muestra un delito, en el que personas
que se habían agregado al grupo de los discípulos, perdieron su elección de forma
parecida a Judas. También en estas personas desempeña un papel diabólico la codicia de
dinero y da a Satán el poder de una ofensiva peligrosa contra el espíritu íntegro de la
comunidad. ¿Cómo precave la Iglesia este peligro que surge? La intención particular del
relato es realzar esta precaución de la Iglesia. En el relato se intenta poner de relieve el
poder (que es actual en los apóstoles) del Señor que conoce y juzga.
Otra vez aparece Pedro en escena haciendo valer su autoridad. Se presenta a Pedro con
el pleno poder de su cargo. Hasta ahora le vimos más como orador y pregonero
responsable de la comunidad, y en el milagro del cojo de nacimiento reveló el poder
medianero de curar que se le había dado. Ahora comparece ante nosotros en posesión de
una ciencia superhumana y de un poder judicial, que decide sobre la vida y la muerte.
¿Podían ser delineadas todavía con más vigor la grandeza y el poder del oficio apostólico?
Notamos cuánto le importa a este relato hacer que se manifieste tan visiblemente como
sea posible la presencia de Cristo Jesús en el Espíritu Santo, y mostrar la Iglesia en su
santidad e integridad. En la frase: «No has defraudado a los hombres, sino a Dios», se nos
aclara el ambiente en que vivía esta Iglesia. Los hombres de hoy día, que tendemos a ver
también la Iglesia como otras manifestaciones de la historia según su acierto y oportunidad
externas, ¿podemos comprender por completo y podemos afirmar la verdad expresada en
esta frase de Pedro?
¿Con qué derecho puede el apóstol decir que Ananías ha defraudado a Dios? La primera
frase nos da los motivos en que se funda este derecho: «Ananías, ¿por qué ha llenado
Satán tu corazón impulsándote a engañar al Espíritu Santo y a guardarte una parte del
precio del campo?» ¿En qué consistía el delito contra Dios? ¿En la suma defraudada y
encubierta? Esta suma no debió ser demasiado grande. No, no era el dinero como tal.
Ananías no estaba obligado a entregar el dinero, como tampoco estaba forzado a vender el
campo. Esto se dice con toda claridad en la frase siguiente. Ya hemos observado esto,
cuando antes nos preguntábamos cómo estaba organizada esta comunidad de bienes. Era
un asunto que se decidía de una forma plenamente voluntaria.
Por tanto ¿en qué consistía la culpa? Lo sabemos y podríamos estremecernos de horror
por este conocimiento. Fue la mentira, que pretendió hacer donación a la Iglesia de todo el
importe de la venta. ¿Fue realmente tan grave esta mentira? Eso es lo que nos gustaría
preguntar al vernos sorprendidos. La mentira tiene que haber sido más grave de lo que
quizás podemos pensar. Con todo podemos adivinar la razón. ¿Quién es Pedro, qué es la
comunidad, ante la que él se encuentra? La comunidad es la obra de Cristo Jesús, la obra
del Espíritu Santo. Tal vez con este relato -si echamos una mirada retrospectiva a lo que
hemos dicho hasta aquí- el misterio divino de esta Iglesia, que Cristo puso en el mundo, se
nos acerca, y se nos aclara lo que rodea al Espíritu Santo, que sostiene y llena la Iglesia.
Hasta ahora siempre se nos ha dicho con qué fruto y temor los que no pertenecían a la
comunidad de los fieles miraban hacia ella, cómo se asombraban por los prodigios y
señales con que se manifestaba visiblemente la presencia de Dios. Vimos cómo incluso el
sanedrín retrocedió ante la fuerza del espíritu que actuaba en los apóstoles. Y la integridad
y desinterés de esta comunidad incipiente ¿debía ahora ser herida en su propia solidaridad
por la corrupción de la mentira y ser quebrantada en su germen?
No se trata de una acometida innocua de los hombres, sino del intento de Satán, que
quería servirse de los percances humanos, como en la acción de Judas, para irrumpir en el
círculo santificado de los redimidos. Así como Satán quiso herir la primera creación de
Dios
con la seducción de los primeros hombres, así también no sólo ha tentado al Hijo de Dios
hecho hombre, sino también a los llamados por él para dar testimonio de Dios. Solamente si
relacionamos el relato concreto con este contexto más profundo podremos comprender,
estremecidos, el castigo inesperadamente duro que descarga sobre Ananías y su mujer
Safira. Se trata del carácter sagrado de la comunidad de Cristo, de la inviolabilidad del
Espíritu Santo, que representa el misterio de la vida de esta comunidad. Este Ananías, a
quien sacaron muerto, nos recuerda el fin sombrío del que, inducido por Satán, creyó que
podía traicionar a Cristo por treinta denarios, y se ha traicionado a sí mismo.
No queremos fijarnos en el arte literario con que san Lucas expone los dos
acontecimientos y los compara entre sí. Aquí nos interesa examinar nuevamente el mensaje
religioso y su contenido teológico en orden a la salvación. La venida de la mujer da ocasión
a Pedro para hacer que se patentice la profunda bajeza de la pretensión de los dos
esposos. La mujer conocía el plan del encubrimiento y de la mentira. La mentira estaba
convenida. Esto se ve por el hecho de que ella conocía el importe de la cantidad entregada.
¿Quién fue el promotor y el más culpable de los dos? No se dice. Sea como sea, se nos
recuerda a nuestros primeros padres, que contravinieron al principio el mandamiento de
Dios y sufrieron juntos el castigo. ¿Tenemos derecho a explicar con más pormenor esta
comparación? La idea puede ser suficiente.
Causa extrañeza lo que se dice en el versículo 10: «Cayó, pues, al instante a los pies de
él y expiró.» ¿Por qué causa extrañeza? Porque desde 4,32, se va repitiendo, a lo largo del
relato, la expresión «a los pies de los apóstoles» se va repitiendo de un modo sorprendente
y establece alguna relación entre los distintos pasajes en que aparece, al mismo tiempo
que sugiere y evoca, en forma singular, la autoridad y el poder de los apóstoles. En
4,35 se nos dice con una descripción sintética que los miembros de la comunidad vendían
sus tierras y sus casas, y el producto de la venta «lo ponían a los pies de los apóstoles».
De José Bernabé se cuenta que también él «puso a los pies de los apóstoles» el dinero
que cobró por el campo (4,37). Y con el mismo lenguaje figurado se dice también de
Ananías que «puso a los pies de los apóstoles» la parte del importe que quería entregar.
Por tanto, con esta expresión, en que se señala simbólicamente la posición señera y la
autoridad de los apóstoles dentro de la comunidad y se relacionan entre sí los tres pasajes
citados. ¿Es casual en el empleo de la expresión que ahora se diga de Safira que se
desplomó muerta «a los pies» del apóstol Pedro? ¿O bien el autor quiso dar un sentido
especial a la expresión? Esta difunta a los pies de Pedro ¿debe quizás ser una
impresionante señal del poder que había sido transmitido a los apóstoles por Cristo, Señor
de la comunidad?
Esta frase no solamente concluye el relato, sino que también nos descubre el peculiar
significado del castigo del matrimonio culpable. El castigo que recayó sobre Ananías y
Safira iba dirigido personalmente a ellos, por más que queramos contenernos en averiguar
más de cerca el destino final ante Dios. Con su muerte debió ser eliminado y proscrito del
ámbito santificado de la comunidad con una claridad estremecedora todo lo nocivo, sobre
todo el veneno destructor de la mentira y de la hipocresía. Pero al mismo tiempo debió ser
demostrado a todos los hombres, tanto a los miembros de la comunidad como a los que no
lo eran, cómo el Señor vigilaba con inexorable rigidez por la pureza e integridad de sus
«santos» (9,13). Por eso el «temor» que se apoderó de todos, debía favorecer la protección
y la intangibilidad de la Iglesia, y conducir al saludable respeto profundo ante el misterio
del
Espíritu Santo, que le ha sido confiado. Este Espíritu es el que no solamente dirige y
robustece la Iglesia contra toda persecución que provenga de fuera, sino que también la
capacita para precaver las crisis que pueden surgir dentro de la comunidad a consecuencia
de las continuas vicisitudes de las cosas humanas.
Con lo dicho también hemos rozado las objeciones, que se pueden hacer contra la
veracidad de la historia de Ananías y Safira. Se cree que no se puede conciliar este castigo
incomprensiblemente severo con el Evangelio de Jesús. Alguien podría escandalizarse de
la ejecución tan dura del castigo, la cual no dejó ocasión a los culpables para el
arrepentimiento y la expiación. Se hace referencia al amor que antes de la pascua
manifestaba el Señor a los pecadores, como se perfila especialmente en el Evangelio
según san Lucas. Por la sensación humana que se experimenta, se pregunta si el castigo
tiene una relación tolerable con el delito. La índole de la narración ¿no lleva en sí el estilo
de la leyenda, que ha surgido para realzar de la forma más gráfica posible la autoridad y el
poder de los apóstoles? ¿Qué hay que decir a este respecto? Ha de estar lejos de nosotros
querer defender a toda costa la historicidad de la narración. No hay que excluir la
posibilidad de que los escritos del Nuevo Testamento también puedan servirse de
fragmentos legendarios para orientar el mensaje de salvación. Sin embargo, mientras no
existan objeciones terminantemente irrefutables, tenemos la obligación de retener la
realidad histórica de lo que se declara, incluso cuando difícilmente puede encajar el
contenido con nuestra manera de pensar.
CASTIGOS/J:J/CASTIGOS:Reflexionemos sobre esta narración. Se nos cuenta con un
esquema determinado, con una exposición muy arrebañada. No se pueden comprobar los
pormenores del suceso. Nada podemos decir de lo que sucedió en el interior de los
interesados. Pedro no ha infligido la muerte, solamente la ha previsto. Así por lo menos se
puede conocer en las palabras que Pedro dirigió a Safira. ¿Se puede contraponer el
castigo con la conducta de Jesús, ya que se trataba de proteger su comunidad? ¿No
conoce también Jesús la dureza del castigo, cuando se trata de salvaguardar valores
supremos? Léase la frase: «Os aseguro que habrá menos rigor para Sodoma en aquel día
que para esta ciudad» (Lc 10,12). A los doctores de la ley les amenazó diciendo: «Para que
se pida cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas» (Lc 11,50). Jesús dice
hablando del escándalo: «Más le valdría que le colgaran al cuello una rueda de molino de
las que mueven los asnos, y lo sumergieran en el fondo del mar» (Mt 18,6). Conocemos las
severas sentencias del Hijo del hombre en el mensaje del Apocalipsis: «Voy a ti en seguida,
y lucharé con ellos con la espada de mi boca.» Así amenaza el Hijo del hombre a los
nicolaítas de la comunidad de Pérgamo (Ap 2,16), y a los seductores de la comunidad de
Tiatira les conmina: «Y a los hijos de ella los mataré sin remisión, y conocerán todas las
Iglesias que soy quien escudriña riñones y corazones. Y os daré a cada uno según sus
obras» (Ap 2,23). ¿No tenemos aquí el mismo factor que también fue eficiente en el castigo
de Ananías y Safira, cuando se quiso preservar la primera comunidad del Espíritu
pernicioso?
Un relato sumario, como los dos que ya vimos antes (2,42ss; 4,32ss), dirige de nuevo la
mirada a la comunidad, a su crecimiento y a su fuerza promotora. Y de nuevo vemos cómo
la Iglesia se reúne alrededor de los apóstoles, de su testimonio y de su poder de curar. No
en balde después del primer juicio oral de los apóstoles la comunidad ha pedido a Dios que
alargue su «mano para que se hagan curaciones, señales y prodigios mediante el nombre
de su santo siervo Jesús» (4,29).
Ya en la curación del cojo de nacimiento conocimos lo que significaba el don de la
curación en el testimonio de los apóstoles, no solamente como servicio de amor al hombre
enfermo, sino como prueba de que la fuerza curativa con que Jesús recorría las regiones,
también continuaba actuando en su Iglesia. En lo más profundo de este poder curativo de
los apóstoles se denota el misterio de vida de la resurrección de Jesús y la fuerza de la fe
en el Señor glorificado y presente. No juzgaríamos imparcialmente el misterio, que aquí es
eficiente, si pretendiéramos comprender los sucesos con consideraciones naturales.
Es posible que las personas que colocaban sus enfermos en la calle y que esperaban la
fuerza curativa de la sombra de Pedro, estuvieran llenos de ideas equivocadas y primitivas.
Eso no quita nada del motivo real de las curaciones que tenían lugar. Recordemos cómo
Pedro también en la curación del cojo de nacimiento tuvo que emplear el poder de su
palabra para desviar al pueblo asombrado de una manera primitiva y mágica de pensar, y
para conducirle a aquel, cuyo nombre ha obrado la curación colaborando con la fe en él.
No juzguemos demasiado aprisa por nuestra suficiente formación científica y por el
progreso de la medicina sobre esta sencillez creyente, que busca el tacto externo. También
los habitantes de Éfeso quedaron tan impresionados por las fuerzas curativas de Pablo,
que aplicaban a los enfermos paños y ropa que el apóstol llevaba en su cuerpo, y los
enfermos se curaban (19,11ss). ¿No podemos también pensar en aquella mujer del
Evangelio, que padecía flujo de sangre y que se dijo para si: «Como logre tocar siquiera
sus vestidos, quedaré curada», y de la que el Evangelio atestigua que, «al instante, aquella
fuente de sangre se le secó, y notó en sí misma que estaba curada de su enfermedad» (Mc
5,29s)? Y más adelante dice san Marcos: «Y adondequiera que llegaba, aldeas, o
ciudades, o caseríos, colocaban los enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiese
tocar siquiera el borde de su manto. Y cuantos lograban tocarlo, todos sanaban» (Mc 6,56).
En este contexto se nos presenta una escena memorable. La comunidad madre todavía
se limitaba al espacio de la ciudad de Jerusalén. Todavía se reúne el grupo de los
discípulos en el pórtico de Salomón, del cual ya hemos oído hablar (3,11). Todavía tienen
la sensación de ser judíos. Sin embargo, hay una extraña tensión entre ellos y los otros
judíos. Una mezcla de temor reservado y de honrada atención. Pero las curaciones
milagrosas difundieron el llamamiento de los apóstoles e hicieron venir de todas partes,
incluso del contorno de Jerusalén, los que buscaban la curación, de tal forma que es
comprensible que el sanedrín no permaneciera a la expectativa por más tiempo, y de nuevo
echara mano a los apóstoles.
.......................................
Los jefes judíos tienen que experimentar con una claridad creciente su importancia ante
el poder vital de la comunidad de Jesús. Esto se les presenta ante la vista con una
evidencia inesperada. En el primer encuentro judicial con Pedro y Juan la escena
irrefutable del cojo de nacimiento curado les impedía proceder según sus verdaderas
intenciones. Ahora la cárcel vacía les mostraba claramente cuán difícil es combatir contra el
poder vital de un movimiento impulsado por el Espíritu Santo.
A los jefes judíos tuvo que producirles el efecto de un insoportable desafío de la
conciencia de su poder la noticia de que los hombres que habían puesto en la cárcel
estaban precisamente en el templo y allí anunciaban la doctrina por cuya causa se les
quería procesar. Pero lo más grave para ellos es este pueblo que se reúne lleno de
entusiasmo en torno de los apóstoles y escucha atentamente su predicación. El jefe de la
guardia del templo con sus subordinados tuvo que experimentar cuán problemática había
llegado a ser la autoridad de este sanedrín y de sus guardias con respecto a la Iglesia,
cuando sin coacción ni violencia tuvieron que conducir a los apóstoles ante la asamblea del
sanedrín, rodeados por la multitud del pueblo, que ya había estado dispuesta a apedrear a
los que sostenían la suprema autoridad judía.
Los apóstoles están ante el sanedrín. Se presentan como hombres libres. Son libres,
porque el mismo Dios los ha liberado por medio de su ángel. Son libres, porque el pueblo
se colocó detrás de ellos. También aquí vemos el gobierno misterioso del Espíritu Santo.
Porque sólo él puede dirigir las cosas de la vida de tal forma que los planes de Dios
también se cumplan en la armonía externa de las causas. Los Hechos de los apóstoles
siempre saben informar sobre tales situaciones.
Además de este temor al pueblo ¿temía también el sanedrín algo más? Raras veces
suenan las palabras del sumo sacerdote. Su discurso ¿no rezuma temor y recelo? En
primer lugar es una acusación. No podía ser de otra manera. El sumo sacerdote recuerda a
los apóstoles la prohibición de «que no enseñarais en este nombre» (4,17s). De nuevo
rehuye decir el nombre en torno del cual todo gira. ¿Es menosprecio de Jesús? ¿Es algún
miedo? También se podría pensar en esto último. Porque en sus palabras se percibe una
rara solicitud cuando habla de la sangre de este hombre. Alude a la sangre de Jesús.
Aquella sangre que a su tiempo tomó sobre sí el pueblo extraviado en la condenación de
Jesús por medio de Pilato, cuando con ofuscamiento y pasión gritó: «¡Caiga su sangre
sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» (Mt 27,25). San Lucas no ha conservado esta frase
en su Evangelio, pero la conocía, y por así decir la recupera en este pasaje cuando hace
que el sumo sacerdote hable de ella.
29 Respondiendo Pedro y los apóstoles dijeron: «Es preciso
obedecer a Dios antes que a los hombres. 30 El Dios de nuestros
padres resucitó a Jesús, a quien vosotros disteis muerte colgándolo
de una cruz. 31 A éste lo ha exaltado Dios a su diestra como príncipe
y salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de los
pecados. 32 Testigos de estas cosas somos nosotros y el Espíritu
Santo que Dios ha concedido a los que le obedecen.» 33 Ellos, al
oírlos, llenos de rabia, estaban resueltos a acabar con ellos.
La respuesta de los apóstoles a los reproches del sanedrín no es el lenguaje que usan
los acusados. Antes bien se vuelve contra los acusadores con una confesión valiente.
Obsérvese la sensible diferencia de su actitud en el primer juicio oral. Allí tampoco se
puede notar ninguna sumisión temerosa. Pero no hay que pasar por alto una cierta reserva
con respecto al supremo tribunal del pueblo. Esta vez los apóstoles ya no someten al juicio
del sanedrín la decisión de si es justo obedecer a los hombres antes que a Dios. Su voz
resuena claramente y sin ninguna reserva en la sala del tribunal: «Es preciso obedecer a
Dios antes que a los hombres.»
No solamente Pedro lo dice así, aunque él es el que habla. Sino que el texto tiene
cuidado en hacer constar: «Pedro y los apóstoles dijeron...» En ellos toda la Iglesia hace
uso de la palabra. Pondérese el peso de estas palabras en esta situación. ¿Quién da a los
apóstoles el derecho de hablar así, la facultad de considerar la orden del sanedrín como
mandamiento humano, de no hacer caso de esta orden? ¿De dónde les viene la seguridad
con que pueden distinguir en qué han de obedecer a Dios antes que a los hombres?
Estas son cuestiones serias. Difícilmente se pueden solventar desde fuera con
argumentos humanos. Concurren dos ámbitos de obligaciones: las leyes de la autoridad
visible y terrena, y las leyes del Espíritu Santo. Este sanedrín como órgano del pueblo
elegido por Dios podía atribuir a la voluntad divina su facultad de gobernar por medio de
honorables tradiciones. Según la manera general de ver de los judíos estos hombres de
Galilea eran sus súbditos. ¿No tenía, pues, derecho a reclamar una obediencia absoluta?
Se podría pensar así. Y en el sanedrín probablemente muchos pensaban así, y por sus
convicciones sinceras no podían pensar de otra manera.
Y sin embargo había llegado la hora en que se dieron a conocer una nueva ordenación,
una ordenación que tenía que chocar con la suprema autoridad judía. El mensaje de Jesús
y el testimonio sobre él después de los sucesos de pentecostés llamaba a los hombres para
que tomasen la decisión de la fe. El sanedrín desoyó la llamada de la fe. El misterio de la
salvación, que de parte de Dios se ofrecía a los hombres en Jesús de Nazaret, ya había
sido rehusado en el proceso contra Jesús por la suprema instancia del pueblo judío. Y
también ahora, cuando los discípulos de este Jesús, con su mensaje, intentan otra vez
anunciar el camino de salvación de Cristo Jesús, tienen que tropezar de nuevo -desde un
punto de vista humano- con la resistencia de los jefes judíos. Se denota una situación
verdaderamente trágica. Siempre vendrá a ser un acontecimiento, en que el llamamiento
viviente de Dios y el testimonio del Espíritu Santo dan con la ambición de poder de una
tradición y organización rígidas, que no tienen intención ni son capaces de oir ni entender
esta llamada. Ésta era la situación en el sanedrín de Jerusalén, cuando Jesús estuvo ante
él y fue condenado. Ahora de nuevo se da la misma situación, ya que el sanedrín reclama
de los apóstoles una obediencia incondicional.
Los apóstoles ciertamente pudieron sentir la alternativa en que se les había puesto. Sin
embargo, ya se han decidido. El encargo de Jesús resucitado se les ha confiado a ellos. El
encargo del que se les ha mostrado vivo y se ha revelado en su misterio divino. El encargo
del que les ha enviado al Espíritu Santo en el día de pentecostés, y desde entonces ha
demostrado su fuerza con señales y prodigios. Como dijo Pedro con tono autoritativo en el
primer juicio oral, ellos no podían dejar de decir lo que habían oído y visto (4,20).
Los apóstoles están ante la suprema autoridad del pueblo judío. Tienen que dar
respuesta. Lo hacen con la conciencia de lo que se les imputa. Su respuesta, tal como está
en el relato de los Hechos de los apóstoles, comprende pocas palabras, pero en cada una
de ellas se contiene una declaración trascendental. Esta respuesta es una confesión,
confesión y testimonio, llamada y promesa. Una apelación promotora de la naciente Iglesia
a la sinagoga recusante.
De nuevo penetra por el recinto, como primer y más importante testimonio, el mensaje
que hasta ahora hemos percibido siempre como la confesión de los apóstoles. El Dios de
nuestros padres resucitó a Jesús. La formulación de esta frase está bien pensada. «El
Dios de nuestros padres», dice conscientemente el apóstol. No quiere hablar como un
forastero, como si estuviera fuera de Israel. No, su Dios también es el Dios de estos
hombres del sanedrín, y así es el Dios de sus padres, el Dios de Israel, el Dios de Abraham,
de Isaac y de Jacob, como lo nombró Pedro ya en su discurso después de la curación del
cojo de nacimiento (3,13). Con esta alusión al «Dios de nuestros padres», Pedro invoca en
cierto modo, toda la historia de la revelación de este Dios como testimonio de su mensaje.
«El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús», así suena el testimonio ante los hombres
del sanedrín, y éstos oyen este mensaje como la confesión convencida de hombres que
están ciertos de lo que dicen. El apóstol recuerda con valentía la sentencia de muerte que
el sanedrín ha dictado contra Jesús, cuando dice: «... a quien vosotros disteis muerte
colgándolo de una cruz». ¿Por qué dice eso? ¿Pretende acusar de asesinato a los
miembros del sanedrín? Ciertamente no lo pretende. Lo que quiere es dar testimonio.
Quiere testificar la gloria con que el Dios de Israel, el Dios de los padres, ha exaltado a este
Jesús a su diestra. Ya sabemos por las declaraciones de los Hechos de los apóstoles que
se han hecho hasta aquí -y esto lo confirman todos los escritos del Nuevo Testamento-,
cuán bien conocían los apóstoles la cruz y muerte de Jesús y cómo hablaban de ella con
profundo respeto. Por encima de la pasión y muerte de Jesús los apóstoles contemplaban
con una emoción todavía mayor la gloria que Jesús había recibido en su resurrección y
ensalzamiento al lado de Dios.
En esta hora memorable Pedro muestra a Jesús de Nazaret a la diestra de Dios como
príncipe y salvador, y así atestigua de él las más altas dignidades, que en el lenguaje del
Antiguo Testamento solamente corresponde a Dios. Este «príncipe y salvador» ha sido
exaltado por Dios, para traer a Israel la salvación que ella espera desde los profetas, y que
incluye en sí la conversión y el perdón de los pecados. En las palabras de Pedro se puede
ver una alusión de profundo sentido, como también la encontramos en Pablo. Cuando
Pedro dice: «... a quien vosotros disteis muerte colgándolo de una cruz» (cf. 10,39), podría
haber pensado en unas palabras del libro del Deuteronomio, en las que se dice: «Cuando
un hombre cometiere delito de muerte, y sentenciado a morir fuese colgado en un patíbulo,
no permanecerá colgado su cadáver en el madero, sino que dentro del mismo día será
sepultado: porque es maldito de Dios el que está colgado del madero» (Dt 21,22s).
El apóstol Pablo ha hecho suyas estas palabras y con una interpretación teológica de la
salvación las ha referido a la muerte de Jesús, cuando dice: «Cristo nos ha rescatado de la
maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros» (Gál 3,13). La misma
orientación se indica también en las palabras de Pedro, cuando describen la muerte de
Jesús en la cruz con estas palabras del Deuteronomio. Lo que en primer lugar aparece
como culpa de Israel y sobre todo del sanedrín, se ha convertido en la felix culpa, en la
culpa dichosa, y, con esta visión profunda de fe, el recuerdo de la muerte de Jesús en la
cruz se convierte espontáneamente en el llamamiento de la gracia al pueblo judío. Y así en
las palabras del apóstol al sanedrín más que una acusación y un reproche, se hace una
advertencia y una promesa. Dios da su Espíritu a todos los que le obedecen. Pero
«obedecer» significa doblegarse a la oferta de Dios en la obra salvadora de Jesús, creer y
confiar en él. Esta fe está asegurada por un doble testimonio, por el testimonio del apóstol y
por el testimonio del Espíritu Santo. Por lo dicho hasta ahora conocemos el sentido de esta
declaración.
En la respuesta de Pedro se describe con pocas palabras la acción salvadora de Dios.
Tres veces se nombra a Dios en el texto: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús... A
éste lo ha exaltado Dios a su diestra como príncipe y salvador... El Espíritu Santo que Dios
ha concedido a los que le obedecen...» Y en esta conciencia se funda la confesión
introductoria: «Es preciso obedecer a Dios ante que a los hombres.» Así pues, en las
palabras de los apóstoles se contiene una justificación y una llamada; una justificación del
mensaje que anuncian en nombre de Jesús, una llamada a los hombres del sanedrín, con
cuya inteligencia y disposición está unida de una forma decisiva la salvación de todo el
pueblo.
¿Cómo acogen esta llamada? Perseveran en su obcecación. Todavía lo hacen más
obstinadamente. Ellos, al oírlos, llenos de rabia, estaban resueltos a acabar con
ellos. Rehúsan comprender a los apóstoles. Se repite lo que también tuvo que
experimentar Jesús. Buscan un medio para desembarazarse de los molestos testigos y
amonestadores. Lo hacen como guardianes de un orden que consideran como ordenación
de Dios, aunque el testimonio revelado de aquel orden -como hasta ahora han expuesto los
Hechos de los apóstoles- ha hecho ver la verdad de los hechos de salvación en Cristo
Jesús, y el derecho de los apóstoles a proclamar su mensaje.
Este sanedrín nos ofrece una escena conmovedora. Actúan todas las pasiones y
debilidades humanas, antes en la condenación de Jesús y ahora también en la persecución
de sus apóstoles. ¿Podemos acusar y condenar? ¿Dónde está el principio y el límite de la
culpa y de la responsabilidad? ¿Tenía que suceder todo como sucedió? ¿Estaba todo
decretado por Dios? El apóstol san Pablo en la epístola a los romanos procuró dar
respuesta a esta pregunta con una visión profunda de la historia de la salvación (Rom
9-11). Pero al final tiene que confesar humildemente: «¡Oh profundidad de la riqueza, y de
la sabiduría, y de la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus decisiones, y qué
inexplorables sus caminos!» (Rom 11,33).
Jesús resucitado vela por sus testigos. La obra de éstos todavía no está concluida.
Todavía no había llegado su hora, se podría decir usando el lenguaje del Evangelio de san
Juan (Jn 7,30; 8,20). El Espíritu Santo también dirige las cosas en esta hora tan crítica para
la Iglesia, como nos lo muestra la actuación del fariseo Gamaliel. Era un teólogo y doctor
de
la ley, que gozaba de gran prestigio. Así lo testifican también los escritos del judaísmo
rabínico, que conservamos en el llamado Talmud. Para los Hechos de los apóstoles este
hombre también tiene un especial interés, porque el apóstol san Pablo en una hora
amenazadora se ha referido a él ante el pueblo judío irritado, cuando dijo: «Yo soy judío,
nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, en la escuela de Gamaliel,
instruido cuidadosamente en la ley patria, lleno de celo por la causa de Dios» (22,3).
Se nos presenta a Gamaliel como fariseo. Se hace esta presentación con especial
cuidado. Leyendo los Hechos de los apóstoles se recibe la impresión de que el grupo
fariseo en Jerusalén no tomó contra los discípulos de Jesús una actitud tan hostil y fanática
como los saduceos y la autoridad sacerdotal del templo. Léase el relato sobre el juicio oral
de Pablo ante el sanedrín (23,1ss). Incluso ante la enemistad del partido sacerdotal, Pablo
pudo ganarse la simpatía de los fariseos y provocar en favor suyo una escisión en la
suprema autoridad del judaísmo. Siempre se nos advierte que no podemos transferir la
actitud hostil de grupos particulares a todo el pueblo judío.
¿Qué pensamientos e intenciones mueven a Gamaliel? Conoce el partido de los
saduceos guiado por la ambición de poder externo. Ha presenciado su manera de proceder
en el proceso contra Jesús. Porque es de suponer que Gamaliel también asistió a las
funestas sesiones de dicho proceso. También pertenecían al sanedrín hombres como
Nicodemo (Jn 3,1; 7,50) y José de Arimatea (23,50s). Gamaliel era muy consciente de la
injusticia que se hizo a Jesús. Quiere evitar una nueva injusticia.
Se denota una profunda visión religiosa de la cosas en las palabras del escriba. Una
observación e interpretación madura y atenta de las cosas y acontecimientos en la historia
de su pueblo. Era un tiempo cargado de tensión para este pueblo. ¿Qué podía sentir un
sincero investigador como Gamaliel? El dominio extranjero hacía muchas decenas de años
que se había establecido en el país. El deseo de libertad e independencia hizo que la
expectación mesiánica, que se arraigaba profundamente en los escritos sagrados, estallara
apasionadamente en las tentativas de rebelión, de las que informa el historiador judío
Flavio Josefo. Si leemos atentamente los Evangelios, también encontramos en ellos esta
agitación política del judaísmo como fondo de la vida de Jesús. Sabemos cómo incluso los
discípulos del Señor estuvieron dominados por las ideas de los movimientos mesiánicos
que ardían sin llama en todo el pueblo.
Gamaliel cita dos ejemplos. Dejamos aparte la pregunta que hace la investigación
exegética, a saber, cómo este relato puede conciliarse con los datos de Flavio Josefo. Se
admite la posibilidad de que san Lucas al referir de un modo literario las palabras de
Gamaliel haya ordenado los dos acontecimientos de una forma libre. Sin duda se trata de
datos históricos atestiguados. El movimiento que ha suscitado Judas Galileo muestra
también su supervivencia ya en tiempo de Jesús y más tarde en el partido de los llamados
zelotas. Pero no se logró el éxito que prometían las tentativas de rebelión, las cuales
indujeron a la potencia ocupante a tener todavía mayor vigilancia y severidad. En el
Evangelio de san Lucas leemos un ejemplo de este resultado de las intentonas, cuando se
informa de los «galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que
ellos ofrecían» (Lc 13,1ss).
Con esta frase concluye de una forma patente la primera serie de relatos de los Hechos
de los apóstoles. Se trataba de la comunidad madre de Jerusalén, de su principio y de su
camino saturado de Espíritu, de su florecimiento y desarrollo dentro de las leyes judías,
también de su lucha y su victoria ante las amenazas provenientes de fuera y de dentro.
Los apóstoles sin turbarse llevan el testimonio a los hombres, no solamente en el recinto
del templo, sino también en las casas. Y parece que después de las primeras infructuosas
tentativas de opresión se dejó en paz a los apóstoles durante algún tiempo, como puede
deducirse de una noticia que se da en 8,1.
«Y no cesaban de enseñar... todos los días, en el templo y por las casas.» En estas
palabras se contiene un profundo sentido. En ellas se indican el sentido y la intención de la
Iglesia. En las escenas que hemos visto hasta ahora hemos presenciado los primeros días.
Los apóstoles todavía enseñan en el templo y en las casas de esta ciudad marcada de una
forma única por la historia de la salvación. Pero el campo de la Iglesia pronto se extenderá
y ampliará. Se desborda más allá de la estrechez externa e interna. Abarcará «Judea y
Samaría», y pronto se formará en Siria un importante centro, desde el que se abrirán y
prepararán los caminos hacia la misión «hasta los confines de la tierra» (1,8). Las fronteras
exteriores pueden modificarse, el mundo externo puede cambiarse, pero siempre podrá
decirse de la Iglesia lo que aquí se dice de los apóstoles de la comunidad madre: «Y no
cesaban de enseñar y anunciar el Evangelio de Cristo Jesús, todos los días, en el templo y
por las casas.»
(_MENSAJE/05-1.Págs. 123-151) BIBLIA NT HECHOS 5 (5,1-42) NUEVO ASPECTO
DE LA COMUNIDAD
MATERIA: EL N. T. Y SU MENSAJE: LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES (5)
·KURZINGER-JOSEF
Con estos versículos se introduce una historia, que no solamente se pone como una
sombra negra sobre la escena hasta ahora tan brillantemente delineada de la comunidad
primitiva, sino que incluso hoy día nos parece extraña y nos impresiona a causa del castigo
que se ejecuta. En la intención del narrador el relato forma parte (como conclusión
dolorosa)
de las dos porciones precedentes. Los versículos 4,32-35, en una declaración emotiva, han
mostrado el aspecto general del heroico servicio fraterno en la entrega de la
propiedad personal, y a continuación se colocó en 4,36s el ejemplo particularmente
meritorio de José Bernabé. A continuación, los Hechos de los apóstoles se ven obligados a
informar sobre una acción sombría que sucedió en el ámbito más íntimo de la primitiva
Iglesia. El hecho de que san Lucas no omita este suceso, sino que lo declare abiertamente,
nos robustece en la confianza de su exactitud y veracidad.
San Lucas no pretende pintar alegres colores en el cuadro de la historia y mostrarlos
como sustraídos de la tierra. Sabe demasiado bien cómo la Iglesia queda a merced de las
impugnaciones y extravíos humanos y cómo está puesta en la lucha de la gracia de Cristo
con el poder siempre activo del mal. Así como al principio del libro se trata abiertamente de
la sombría acción de Judas, así también ahora se muestra un delito, en el que personas
que se habían agregado al grupo de los discípulos, perdieron su elección de forma
parecida a Judas. También en estas personas desempeña un papel diabólico la codicia de
dinero y da a Satán el poder de una ofensiva peligrosa contra el espíritu íntegro de la
comunidad. ¿Cómo precave la Iglesia este peligro que surge? La intención particular del
relato es realzar esta precaución de la Iglesia. En el relato se intenta poner de relieve el
poder (que es actual en los apóstoles) del Señor que conoce y juzga.
Otra vez aparece Pedro en escena haciendo valer su autoridad. Se presenta a Pedro con
el pleno poder de su cargo. Hasta ahora le vimos más como orador y pregonero
responsable de la comunidad, y en el milagro del cojo de nacimiento reveló el poder
medianero de curar que se le había dado. Ahora comparece ante nosotros en posesión de
una ciencia superhumana y de un poder judicial, que decide sobre la vida y la muerte.
¿Podían ser delineadas todavía con más vigor la grandeza y el poder del oficio apostólico?
Notamos cuánto le importa a este relato hacer que se manifieste tan visiblemente como
sea posible la presencia de Cristo Jesús en el Espíritu Santo, y mostrar la Iglesia en su
santidad e integridad. En la frase: «No has defraudado a los hombres, sino a Dios», se nos
aclara el ambiente en que vivía esta Iglesia. Los hombres de hoy día, que tendemos a ver
también la Iglesia como otras manifestaciones de la historia según su acierto y oportunidad
externas, ¿podemos comprender por completo y podemos afirmar la verdad expresada en
esta frase de Pedro?
¿Con qué derecho puede el apóstol decir que Ananías ha defraudado a Dios? La primera
frase nos da los motivos en que se funda este derecho: «Ananías, ¿por qué ha llenado
Satán tu corazón impulsándote a engañar al Espíritu Santo y a guardarte una parte del
precio del campo?» ¿En qué consistía el delito contra Dios? ¿En la suma defraudada y
encubierta? Esta suma no debió ser demasiado grande. No, no era el dinero como tal.
Ananías no estaba obligado a entregar el dinero, como tampoco estaba forzado a vender el
campo. Esto se dice con toda claridad en la frase siguiente. Ya hemos observado esto,
cuando antes nos preguntábamos cómo estaba organizada esta comunidad de bienes. Era
un asunto que se decidía de una forma plenamente voluntaria.
Por tanto ¿en qué consistía la culpa? Lo sabemos y podríamos estremecernos de horror
por este conocimiento. Fue la mentira, que pretendió hacer donación a la Iglesia de todo el
importe de la venta. ¿Fue realmente tan grave esta mentira? Eso es lo que nos gustaría
preguntar al vernos sorprendidos. La mentira tiene que haber sido más grave de lo que
quizás podemos pensar. Con todo podemos adivinar la razón. ¿Quién es Pedro, qué es la
comunidad, ante la que él se encuentra? La comunidad es la obra de Cristo Jesús, la obra
del Espíritu Santo. Tal vez con este relato -si echamos una mirada retrospectiva a lo que
hemos dicho hasta aquí- el misterio divino de esta Iglesia, que Cristo puso en el mundo, se
nos acerca, y se nos aclara lo que rodea al Espíritu Santo, que sostiene y llena la Iglesia.
Hasta ahora siempre se nos ha dicho con qué fruto y temor los que no pertenecían a la
comunidad de los fieles miraban hacia ella, cómo se asombraban por los prodigios y
señales con que se manifestaba visiblemente la presencia de Dios. Vimos cómo incluso el
sanedrín retrocedió ante la fuerza del espíritu que actuaba en los apóstoles. Y la integridad
y desinterés de esta comunidad incipiente ¿debía ahora ser herida en su propia solidaridad
por la corrupción de la mentira y ser quebrantada en su germen?
No se trata de una acometida innocua de los hombres, sino del intento de Satán, que
quería servirse de los percances humanos, como en la acción de Judas, para irrumpir en el
círculo santificado de los redimidos. Así como Satán quiso herir la primera creación de
Dios
con la seducción de los primeros hombres, así también no sólo ha tentado al Hijo de Dios
hecho hombre, sino también a los llamados por él para dar testimonio de Dios. Solamente si
relacionamos el relato concreto con este contexto más profundo podremos comprender,
estremecidos, el castigo inesperadamente duro que descarga sobre Ananías y su mujer
Safira. Se trata del carácter sagrado de la comunidad de Cristo, de la inviolabilidad del
Espíritu Santo, que representa el misterio de la vida de esta comunidad. Este Ananías, a
quien sacaron muerto, nos recuerda el fin sombrío del que, inducido por Satán, creyó que
podía traicionar a Cristo por treinta denarios, y se ha traicionado a sí mismo.
7 Aproximadamente a las tres horas entró su mujer, ignorante de lo
que había sucedido. 8 Pedro le preguntó: «Dime si habéis vendido el
campo en tanto.» Y ella le contestó: «Sí, en tanto.» 9 Y Pedro a ella:
«¿Conque os pusisteis de acuerdo entre vosotros para tentar al
Espíritu del Señor? Pues mira, a la puerta están llegando los que
acaban de enterrar a tu marido y te llevarán a ti.» 10 Cayó, pues, al
instante a los pies de él y expiró. Entrando los jóvenes, la
encontraron muerta y la llevaron a enterrar junto a su marido.
No queremos fijarnos en el arte literario con que san Lucas expone los dos
acontecimientos y los compara entre sí. Aquí nos interesa examinar nuevamente el mensaje
religioso y su contenido teológico en orden a la salvación. La venida de la mujer da ocasión
a Pedro para hacer que se patentice la profunda bajeza de la pretensión de los dos
esposos. La mujer conocía el plan del encubrimiento y de la mentira. La mentira estaba
convenida. Esto se ve por el hecho de que ella conocía el importe de la cantidad entregada.
¿Quién fue el promotor y el más culpable de los dos? No se dice. Sea como sea, se nos
recuerda a nuestros primeros padres, que contravinieron al principio el mandamiento de
Dios y sufrieron juntos el castigo. ¿Tenemos derecho a explicar con más pormenor esta
comparación? La idea puede ser suficiente.
Causa extrañeza lo que se dice en el versículo 10: «Cayó, pues, al instante a los pies de
él y expiró.» ¿Por qué causa extrañeza? Porque desde 4,32, se va repitiendo, a lo largo del
relato, la expresión «a los pies de los apóstoles» se va repitiendo de un modo sorprendente
y establece alguna relación entre los distintos pasajes en que aparece, al mismo tiempo
que sugiere y evoca, en forma singular, la autoridad y el poder de los apóstoles. En
4,35 se nos dice con una descripción sintética que los miembros de la comunidad vendían
sus tierras y sus casas, y el producto de la venta «lo ponían a los pies de los apóstoles».
De José Bernabé se cuenta que también él «puso a los pies de los apóstoles» el dinero
que cobró por el campo (4,37). Y con el mismo lenguaje figurado se dice también de
Ananías que «puso a los pies de los apóstoles» la parte del importe que quería entregar.
Por tanto, con esta expresión, en que se señala simbólicamente la posición señera y la
autoridad de los apóstoles dentro de la comunidad y se relacionan entre sí los tres pasajes
citados. ¿Es casual en el empleo de la expresión que ahora se diga de Safira que se
desplomó muerta «a los pies» del apóstol Pedro? ¿O bien el autor quiso dar un sentido
especial a la expresión? Esta difunta a los pies de Pedro ¿debe quizás ser una
impresionante señal del poder que había sido transmitido a los apóstoles por Cristo, Señor
de la comunidad?
Esta frase no solamente concluye el relato, sino que también nos descubre el peculiar
significado del castigo del matrimonio culpable. El castigo que recayó sobre Ananías y
Safira iba dirigido personalmente a ellos, por más que queramos contenernos en averiguar
más de cerca el destino final ante Dios. Con su muerte debió ser eliminado y proscrito del
ámbito santificado de la comunidad con una claridad estremecedora todo lo nocivo, sobre
todo el veneno destructor de la mentira y de la hipocresía. Pero al mismo tiempo debió ser
demostrado a todos los hombres, tanto a los miembros de la comunidad como a los que no
lo eran, cómo el Señor vigilaba con inexorable rigidez por la pureza e integridad de sus
«santos» (9,13). Por eso el «temor» que se apoderó de todos, debía favorecer la protección
y la intangibilidad de la Iglesia, y conducir al saludable respeto profundo ante el misterio
del
Espíritu Santo, que le ha sido confiado. Este Espíritu es el que no solamente dirige y
robustece la Iglesia contra toda persecución que provenga de fuera, sino que también la
capacita para precaver las crisis que pueden surgir dentro de la comunidad a consecuencia
de las continuas vicisitudes de las cosas humanas.
Con lo dicho también hemos rozado las objeciones, que se pueden hacer contra la
veracidad de la historia de Ananías y Safira. Se cree que no se puede conciliar este castigo
incomprensiblemente severo con el Evangelio de Jesús. Alguien podría escandalizarse de
la ejecución tan dura del castigo, la cual no dejó ocasión a los culpables para el
arrepentimiento y la expiación. Se hace referencia al amor que antes de la pascua
manifestaba el Señor a los pecadores, como se perfila especialmente en el Evangelio
según san Lucas. Por la sensación humana que se experimenta, se pregunta si el castigo
tiene una relación tolerable con el delito. La índole de la narración ¿no lleva en sí el estilo
de la leyenda, que ha surgido para realzar de la forma más gráfica posible la autoridad y el
poder de los apóstoles? ¿Qué hay que decir a este respecto? Ha de estar lejos de nosotros
querer defender a toda costa la historicidad de la narración. No hay que excluir la
posibilidad de que los escritos del Nuevo Testamento también puedan servirse de
fragmentos legendarios para orientar el mensaje de salvación. Sin embargo, mientras no
existan objeciones terminantemente irrefutables, tenemos la obligación de retener la
realidad histórica de lo que se declara, incluso cuando difícilmente puede encajar el
contenido con nuestra manera de pensar.
CASTIGOS/J:J/CASTIGOS:Reflexionemos sobre esta narración. Se nos cuenta con un
esquema determinado, con una exposición muy arrebañada. No se pueden comprobar los
pormenores del suceso. Nada podemos decir de lo que sucedió en el interior de los
interesados. Pedro no ha infligido la muerte, solamente la ha previsto. Así por lo menos se
puede conocer en las palabras que Pedro dirigió a Safira. ¿Se puede contraponer el
castigo con la conducta de Jesús, ya que se trataba de proteger su comunidad? ¿No
conoce también Jesús la dureza del castigo, cuando se trata de salvaguardar valores
supremos? Léase la frase: «Os aseguro que habrá menos rigor para Sodoma en aquel día
que para esta ciudad» (Lc 10,12). A los doctores de la ley les amenazó diciendo: «Para que
se pida cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas» (Lc 11,50). Jesús dice
hablando del escándalo: «Más le valdría que le colgaran al cuello una rueda de molino de
las que mueven los asnos, y lo sumergieran en el fondo del mar» (Mt 18,6). Conocemos las
severas sentencias del Hijo del hombre en el mensaje del Apocalipsis: «Voy a ti en seguida,
y lucharé con ellos con la espada de mi boca.» Así amenaza el Hijo del hombre a los
nicolaítas de la comunidad de Pérgamo (Ap 2,16), y a los seductores de la comunidad de
Tiatira les conmina: «Y a los hijos de ella los mataré sin remisión, y conocerán todas las
Iglesias que soy quien escudriña riñones y corazones. Y os daré a cada uno según sus
obras» (Ap 2,23). ¿No tenemos aquí el mismo factor que también fue eficiente en el castigo
de Ananías y Safira, cuando se quiso preservar la primera comunidad del Espíritu
pernicioso?
Un relato sumario, como los dos que ya vimos antes (2,42ss; 4,32ss), dirige de nuevo la
mirada a la comunidad, a su crecimiento y a su fuerza promotora. Y de nuevo vemos cómo
la Iglesia se reúne alrededor de los apóstoles, de su testimonio y de su poder de curar. No
en balde después del primer juicio oral de los apóstoles la comunidad ha pedido a Dios que
alargue su «mano para que se hagan curaciones, señales y prodigios mediante el nombre
de su santo siervo Jesús» (4,29).
Ya en la curación del cojo de nacimiento conocimos lo que significaba el don de la
curación en el testimonio de los apóstoles, no solamente como servicio de amor al hombre
enfermo, sino como prueba de que la fuerza curativa con que Jesús recorría las regiones,
también continuaba actuando en su Iglesia. En lo más profundo de este poder curativo de
los apóstoles se denota el misterio de vida de la resurrección de Jesús y la fuerza de la fe
en el Señor glorificado y presente. No juzgaríamos imparcialmente el misterio, que aquí es
eficiente, si pretendiéramos comprender los sucesos con consideraciones naturales.
Es posible que las personas que colocaban sus enfermos en la calle y que esperaban la
fuerza curativa de la sombra de Pedro, estuvieran llenos de ideas equivocadas y primitivas.
Eso no quita nada del motivo real de las curaciones que tenían lugar. Recordemos cómo
Pedro también en la curación del cojo de nacimiento tuvo que emplear el poder de su
palabra para desviar al pueblo asombrado de una manera primitiva y mágica de pensar, y
para conducirle a aquel, cuyo nombre ha obrado la curación colaborando con la fe en él.
No juzguemos demasiado aprisa por nuestra suficiente formación científica y por el
progreso de la medicina sobre esta sencillez creyente, que busca el tacto externo. También
los habitantes de Éfeso quedaron tan impresionados por las fuerzas curativas de Pablo,
que aplicaban a los enfermos paños y ropa que el apóstol llevaba en su cuerpo, y los
enfermos se curaban (19,11ss). ¿No podemos también pensar en aquella mujer del
Evangelio, que padecía flujo de sangre y que se dijo para si: «Como logre tocar siquiera
sus vestidos, quedaré curada», y de la que el Evangelio atestigua que, «al instante, aquella
fuente de sangre se le secó, y notó en sí misma que estaba curada de su enfermedad» (Mc
5,29s)? Y más adelante dice san Marcos: «Y adondequiera que llegaba, aldeas, o
ciudades, o caseríos, colocaban los enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiese
tocar siquiera el borde de su manto. Y cuantos lograban tocarlo, todos sanaban» (Mc 6,56).
En este contexto se nos presenta una escena memorable. La comunidad madre todavía
se limitaba al espacio de la ciudad de Jerusalén. Todavía se reúne el grupo de los
discípulos en el pórtico de Salomón, del cual ya hemos oído hablar (3,11). Todavía tienen
la sensación de ser judíos. Sin embargo, hay una extraña tensión entre ellos y los otros
judíos. Una mezcla de temor reservado y de honrada atención. Pero las curaciones
milagrosas difundieron el llamamiento de los apóstoles e hicieron venir de todas partes,
incluso del contorno de Jerusalén, los que buscaban la curación, de tal forma que es
comprensible que el sanedrín no permaneciera a la expectativa por más tiempo, y de nuevo
echara mano a los apóstoles.
.......................................
Los jefes judíos tienen que experimentar con una claridad creciente su importancia ante
el poder vital de la comunidad de Jesús. Esto se les presenta ante la vista con una
evidencia inesperada. En el primer encuentro judicial con Pedro y Juan la escena
irrefutable del cojo de nacimiento curado les impedía proceder según sus verdaderas
intenciones. Ahora la cárcel vacía les mostraba claramente cuán difícil es combatir contra el
poder vital de un movimiento impulsado por el Espíritu Santo.
A los jefes judíos tuvo que producirles el efecto de un insoportable desafío de la
conciencia de su poder la noticia de que los hombres que habían puesto en la cárcel
estaban precisamente en el templo y allí anunciaban la doctrina por cuya causa se les
quería procesar. Pero lo más grave para ellos es este pueblo que se reúne lleno de
entusiasmo en torno de los apóstoles y escucha atentamente su predicación. El jefe de la
guardia del templo con sus subordinados tuvo que experimentar cuán problemática había
llegado a ser la autoridad de este sanedrín y de sus guardias con respecto a la Iglesia,
cuando sin coacción ni violencia tuvieron que conducir a los apóstoles ante la asamblea del
sanedrín, rodeados por la multitud del pueblo, que ya había estado dispuesta a apedrear a
los que sostenían la suprema autoridad judía.
Los apóstoles están ante el sanedrín. Se presentan como hombres libres. Son libres,
porque el mismo Dios los ha liberado por medio de su ángel. Son libres, porque el pueblo
se colocó detrás de ellos. También aquí vemos el gobierno misterioso del Espíritu Santo.
Porque sólo él puede dirigir las cosas de la vida de tal forma que los planes de Dios
también se cumplan en la armonía externa de las causas. Los Hechos de los apóstoles
siempre saben informar sobre tales situaciones.
Además de este temor al pueblo ¿temía también el sanedrín algo más? Raras veces
suenan las palabras del sumo sacerdote. Su discurso ¿no rezuma temor y recelo? En
primer lugar es una acusación. No podía ser de otra manera. El sumo sacerdote recuerda a
los apóstoles la prohibición de «que no enseñarais en este nombre» (4,17s). De nuevo
rehuye decir el nombre en torno del cual todo gira. ¿Es menosprecio de Jesús? ¿Es algún
miedo? También se podría pensar en esto último. Porque en sus palabras se percibe una
rara solicitud cuando habla de la sangre de este hombre. Alude a la sangre de Jesús.
Aquella sangre que a su tiempo tomó sobre sí el pueblo extraviado en la condenación de
Jesús por medio de Pilato, cuando con ofuscamiento y pasión gritó: «¡Caiga su sangre
sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» (Mt 27,25). San Lucas no ha conservado esta frase
en su Evangelio, pero la conocía, y por así decir la recupera en este pasaje cuando hace
que el sumo sacerdote hable de ella.
La respuesta de los apóstoles a los reproches del sanedrín no es el lenguaje que usan
los acusados. Antes bien se vuelve contra los acusadores con una confesión valiente.
Obsérvese la sensible diferencia de su actitud en el primer juicio oral. Allí tampoco se
puede notar ninguna sumisión temerosa. Pero no hay que pasar por alto una cierta reserva
con respecto al supremo tribunal del pueblo. Esta vez los apóstoles ya no someten al juicio
del sanedrín la decisión de si es justo obedecer a los hombres antes que a Dios. Su voz
resuena claramente y sin ninguna reserva en la sala del tribunal: «Es preciso obedecer a
Dios antes que a los hombres.»
No solamente Pedro lo dice así, aunque él es el que habla. Sino que el texto tiene
cuidado en hacer constar: «Pedro y los apóstoles dijeron...» En ellos toda la Iglesia hace
uso de la palabra. Pondérese el peso de estas palabras en esta situación. ¿Quién da a los
apóstoles el derecho de hablar así, la facultad de considerar la orden del sanedrín como
mandamiento humano, de no hacer caso de esta orden? ¿De dónde les viene la seguridad
con que pueden distinguir en qué han de obedecer a Dios antes que a los hombres?
Estas son cuestiones serias. Difícilmente se pueden solventar desde fuera con
argumentos humanos. Concurren dos ámbitos de obligaciones: las leyes de la autoridad
visible y terrena, y las leyes del Espíritu Santo. Este sanedrín como órgano del pueblo
elegido por Dios podía atribuir a la voluntad divina su facultad de gobernar por medio de
honorables tradiciones. Según la manera general de ver de los judíos estos hombres de
Galilea eran sus súbditos. ¿No tenía, pues, derecho a reclamar una obediencia absoluta?
Se podría pensar así. Y en el sanedrín probablemente muchos pensaban así, y por sus
convicciones sinceras no podían pensar de otra manera.
Y sin embargo había llegado la hora en que se dieron a conocer una nueva ordenación,
una ordenación que tenía que chocar con la suprema autoridad judía. El mensaje de Jesús
y el testimonio sobre él después de los sucesos de pentecostés llamaba a los hombres para
que tomasen la decisión de la fe. El sanedrín desoyó la llamada de la fe. El misterio de la
salvación, que de parte de Dios se ofrecía a los hombres en Jesús de Nazaret, ya había
sido rehusado en el proceso contra Jesús por la suprema instancia del pueblo judío. Y
también ahora, cuando los discípulos de este Jesús, con su mensaje, intentan otra vez
anunciar el camino de salvación de Cristo Jesús, tienen que tropezar de nuevo -desde un
punto de vista humano- con la resistencia de los jefes judíos. Se denota una situación
verdaderamente trágica. Siempre vendrá a ser un acontecimiento, en que el llamamiento
viviente de Dios y el testimonio del Espíritu Santo dan con la ambición de poder de una
tradición y organización rígidas, que no tienen intención ni son capaces de oir ni entender
esta llamada. Ésta era la situación en el sanedrín de Jerusalén, cuando Jesús estuvo ante
él y fue condenado. Ahora de nuevo se da la misma situación, ya que el sanedrín reclama
de los apóstoles una obediencia incondicional.
Los apóstoles ciertamente pudieron sentir la alternativa en que se les había puesto. Sin
embargo, ya se han decidido. El encargo de Jesús resucitado se les ha confiado a ellos. El
encargo del que se les ha mostrado vivo y se ha revelado en su misterio divino. El encargo
del que les ha enviado al Espíritu Santo en el día de pentecostés, y desde entonces ha
demostrado su fuerza con señales y prodigios. Como dijo Pedro con tono autoritativo en el
primer juicio oral, ellos no podían dejar de decir lo que habían oído y visto (4,20).
Los apóstoles están ante la suprema autoridad del pueblo judío. Tienen que dar
respuesta. Lo hacen con la conciencia de lo que se les imputa. Su respuesta, tal como está
en el relato de los Hechos de los apóstoles, comprende pocas palabras, pero en cada una
de ellas se contiene una declaración trascendental. Esta respuesta es una confesión,
confesión y testimonio, llamada y promesa. Una apelación promotora de la naciente Iglesia
a la sinagoga recusante.
De nuevo penetra por el recinto, como primer y más importante testimonio, el mensaje
que hasta ahora hemos percibido siempre como la confesión de los apóstoles. El Dios de
nuestros padres resucitó a Jesús. La formulación de esta frase está bien pensada. «El
Dios de nuestros padres», dice conscientemente el apóstol. No quiere hablar como un
forastero, como si estuviera fuera de Israel. No, su Dios también es el Dios de estos
hombres del sanedrín, y así es el Dios de sus padres, el Dios de Israel, el Dios de Abraham,
de Isaac y de Jacob, como lo nombró Pedro ya en su discurso después de la curación del
cojo de nacimiento (3,13). Con esta alusión al «Dios de nuestros padres», Pedro invoca en
cierto modo, toda la historia de la revelación de este Dios como testimonio de su mensaje.
«El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús», así suena el testimonio ante los hombres
del sanedrín, y éstos oyen este mensaje como la confesión convencida de hombres que
están ciertos de lo que dicen. El apóstol recuerda con valentía la sentencia de muerte que
el sanedrín ha dictado contra Jesús, cuando dice: «... a quien vosotros disteis muerte
colgándolo de una cruz». ¿Por qué dice eso? ¿Pretende acusar de asesinato a los
miembros del sanedrín? Ciertamente no lo pretende. Lo que quiere es dar testimonio.
Quiere testificar la gloria con que el Dios de Israel, el Dios de los padres, ha exaltado a este
Jesús a su diestra. Ya sabemos por las declaraciones de los Hechos de los apóstoles que
se han hecho hasta aquí -y esto lo confirman todos los escritos del Nuevo Testamento-,
cuán bien conocían los apóstoles la cruz y muerte de Jesús y cómo hablaban de ella con
profundo respeto. Por encima de la pasión y muerte de Jesús los apóstoles contemplaban
con una emoción todavía mayor la gloria que Jesús había recibido en su resurrección y
ensalzamiento al lado de Dios.
En esta hora memorable Pedro muestra a Jesús de Nazaret a la diestra de Dios como
príncipe y salvador, y así atestigua de él las más altas dignidades, que en el lenguaje del
Antiguo Testamento solamente corresponde a Dios. Este «príncipe y salvador» ha sido
exaltado por Dios, para traer a Israel la salvación que ella espera desde los profetas, y que
incluye en sí la conversión y el perdón de los pecados. En las palabras de Pedro se puede
ver una alusión de profundo sentido, como también la encontramos en Pablo. Cuando
Pedro dice: «... a quien vosotros disteis muerte colgándolo de una cruz» (cf. 10,39), podría
haber pensado en unas palabras del libro del Deuteronomio, en las que se dice: «Cuando
un hombre cometiere delito de muerte, y sentenciado a morir fuese colgado en un patíbulo,
no permanecerá colgado su cadáver en el madero, sino que dentro del mismo día será
sepultado: porque es maldito de Dios el que está colgado del madero» (Dt 21,22s).
El apóstol Pablo ha hecho suyas estas palabras y con una interpretación teológica de la
salvación las ha referido a la muerte de Jesús, cuando dice: «Cristo nos ha rescatado de la
maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros» (Gál 3,13). La misma
orientación se indica también en las palabras de Pedro, cuando describen la muerte de
Jesús en la cruz con estas palabras del Deuteronomio. Lo que en primer lugar aparece
como culpa de Israel y sobre todo del sanedrín, se ha convertido en la felix culpa, en la
culpa dichosa, y, con esta visión profunda de fe, el recuerdo de la muerte de Jesús en la
cruz se convierte espontáneamente en el llamamiento de la gracia al pueblo judío. Y así en
las palabras del apóstol al sanedrín más que una acusación y un reproche, se hace una
advertencia y una promesa. Dios da su Espíritu a todos los que le obedecen. Pero
«obedecer» significa doblegarse a la oferta de Dios en la obra salvadora de Jesús, creer y
confiar en él. Esta fe está asegurada por un doble testimonio, por el testimonio del apóstol y
por el testimonio del Espíritu Santo. Por lo dicho hasta ahora conocemos el sentido de esta
declaración.
En la respuesta de Pedro se describe con pocas palabras la acción salvadora de Dios.
Tres veces se nombra a Dios en el texto: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús... A
éste lo ha exaltado Dios a su diestra como príncipe y salvador... El Espíritu Santo que Dios
ha concedido a los que le obedecen...» Y en esta conciencia se funda la confesión
introductoria: «Es preciso obedecer a Dios ante que a los hombres.» Así pues, en las
palabras de los apóstoles se contiene una justificación y una llamada; una justificación del
mensaje que anuncian en nombre de Jesús, una llamada a los hombres del sanedrín, con
cuya inteligencia y disposición está unida de una forma decisiva la salvación de todo el
pueblo.
¿Cómo acogen esta llamada? Perseveran en su obcecación. Todavía lo hacen más
obstinadamente. Ellos, al oírlos, llenos de rabia, estaban resueltos a acabar con
ellos. Rehúsan comprender a los apóstoles. Se repite lo que también tuvo que
experimentar Jesús. Buscan un medio para desembarazarse de los molestos testigos y
amonestadores. Lo hacen como guardianes de un orden que consideran como ordenación
de Dios, aunque el testimonio revelado de aquel orden -como hasta ahora han expuesto los
Hechos de los apóstoles- ha hecho ver la verdad de los hechos de salvación en Cristo
Jesús, y el derecho de los apóstoles a proclamar su mensaje.
Este sanedrín nos ofrece una escena conmovedora. Actúan todas las pasiones y
debilidades humanas, antes en la condenación de Jesús y ahora también en la persecución
de sus apóstoles. ¿Podemos acusar y condenar? ¿Dónde está el principio y el límite de la
culpa y de la responsabilidad? ¿Tenía que suceder todo como sucedió? ¿Estaba todo
decretado por Dios? El apóstol san Pablo en la epístola a los romanos procuró dar
respuesta a esta pregunta con una visión profunda de la historia de la salvación (Rom
9-11). Pero al final tiene que confesar humildemente: «¡Oh profundidad de la riqueza, y de
la sabiduría, y de la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus decisiones, y qué
inexplorables sus caminos!» (Rom 11,33).
Jesús resucitado vela por sus testigos. La obra de éstos todavía no está concluida.
Todavía no había llegado su hora, se podría decir usando el lenguaje del Evangelio de san
Juan (Jn 7,30; 8,20). El Espíritu Santo también dirige las cosas en esta hora tan crítica para
la Iglesia, como nos lo muestra la actuación del fariseo Gamaliel. Era un teólogo y doctor
de
la ley, que gozaba de gran prestigio. Así lo testifican también los escritos del judaísmo
rabínico, que conservamos en el llamado Talmud. Para los Hechos de los apóstoles este
hombre también tiene un especial interés, porque el apóstol san Pablo en una hora
amenazadora se ha referido a él ante el pueblo judío irritado, cuando dijo: «Yo soy judío,
nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, en la escuela de Gamaliel,
instruido cuidadosamente en la ley patria, lleno de celo por la causa de Dios» (22,3).
Se nos presenta a Gamaliel como fariseo. Se hace esta presentación con especial
cuidado. Leyendo los Hechos de los apóstoles se recibe la impresión de que el grupo
fariseo en Jerusalén no tomó contra los discípulos de Jesús una actitud tan hostil y fanática
como los saduceos y la autoridad sacerdotal del templo. Léase el relato sobre el juicio oral
de Pablo ante el sanedrín (23,1ss). Incluso ante la enemistad del partido sacerdotal, Pablo
pudo ganarse la simpatía de los fariseos y provocar en favor suyo una escisión en la
suprema autoridad del judaísmo. Siempre se nos advierte que no podemos transferir la
actitud hostil de grupos particulares a todo el pueblo judío.
¿Qué pensamientos e intenciones mueven a Gamaliel? Conoce el partido de los
saduceos guiado por la ambición de poder externo. Ha presenciado su manera de proceder
en el proceso contra Jesús. Porque es de suponer que Gamaliel también asistió a las
funestas sesiones de dicho proceso. También pertenecían al sanedrín hombres como
Nicodemo (Jn 3,1; 7,50) y José de Arimatea (23,50s). Gamaliel era muy consciente de la
injusticia que se hizo a Jesús. Quiere evitar una nueva injusticia.
Se denota una profunda visión religiosa de la cosas en las palabras del escriba. Una
observación e interpretación madura y atenta de las cosas y acontecimientos en la historia
de su pueblo. Era un tiempo cargado de tensión para este pueblo. ¿Qué podía sentir un
sincero investigador como Gamaliel? El dominio extranjero hacía muchas decenas de años
que se había establecido en el país. El deseo de libertad e independencia hizo que la
expectación mesiánica, que se arraigaba profundamente en los escritos sagrados, estallara
apasionadamente en las tentativas de rebelión, de las que informa el historiador judío
Flavio Josefo. Si leemos atentamente los Evangelios, también encontramos en ellos esta
agitación política del judaísmo como fondo de la vida de Jesús. Sabemos cómo incluso los
discípulos del Señor estuvieron dominados por las ideas de los movimientos mesiánicos
que ardían sin llama en todo el pueblo.
Gamaliel cita dos ejemplos. Dejamos aparte la pregunta que hace la investigación
exegética, a saber, cómo este relato puede conciliarse con los datos de Flavio Josefo. Se
admite la posibilidad de que san Lucas al referir de un modo literario las palabras de
Gamaliel haya ordenado los dos acontecimientos de una forma libre. Sin duda se trata de
datos históricos atestiguados. El movimiento que ha suscitado Judas Galileo muestra
también su supervivencia ya en tiempo de Jesús y más tarde en el partido de los llamados
zelotas. Pero no se logró el éxito que prometían las tentativas de rebelión, las cuales
indujeron a la potencia ocupante a tener todavía mayor vigilancia y severidad. En el
Evangelio de san Lucas leemos un ejemplo de este resultado de las intentonas, cuando se
informa de los «galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que
ellos ofrecían» (Lc 13,1ss).
Con esta frase concluye de una forma patente la primera serie de relatos de los Hechos
de los apóstoles. Se trataba de la comunidad madre de Jerusalén, de su principio y de su
camino saturado de Espíritu, de su florecimiento y desarrollo dentro de las leyes judías,
también de su lucha y su victoria ante las amenazas provenientes de fuera y de dentro.
Los apóstoles sin turbarse llevan el testimonio a los hombres, no solamente en el recinto
del templo, sino también en las casas. Y parece que después de las primeras infructuosas
tentativas de opresión se dejó en paz a los apóstoles durante algún tiempo, como puede
deducirse de una noticia que se da en 8,1.
«Y no cesaban de enseñar... todos los días, en el templo y por las casas.» En estas
palabras se contiene un profundo sentido. En ellas se indican el sentido y la intención de la
Iglesia. En las escenas que hemos visto hasta ahora hemos presenciado los primeros días.
Los apóstoles todavía enseñan en el templo y en las casas de esta ciudad marcada de una
forma única por la historia de la salvación. Pero el campo de la Iglesia pronto se extenderá
y ampliará. Se desborda más allá de la estrechez externa e interna. Abarcará «Judea y
Samaría», y pronto se formará en Siria un importante centro, desde el que se abrirán y
prepararán los caminos hacia la misión «hasta los confines de la tierra» (1,8). Las fronteras
exteriores pueden modificarse, el mundo externo puede cambiarse, pero siempre podrá
decirse de la Iglesia lo que aquí se dice de los apóstoles de la comunidad madre: «Y no
cesaban de enseñar y anunciar el Evangelio de Cristo Jesús, todos los días, en el templo y
por las casas.»
(_MENSAJE/05-1.Págs. 123-151)
Con estos versículos se introduce una historia, que no solamente se pone como una
sombra negra sobre la escena hasta ahora tan brillantemente delineada de la comunidad
primitiva, sino que incluso hoy día nos parece extraña y nos impresiona a causa del castigo
que se ejecuta. En la intención del narrador el relato forma parte (como conclusión
dolorosa)
de las dos porciones precedentes. Los versículos 4,32-35, en una declaración emotiva, han
mostrado el aspecto general del heroico servicio fraterno en la entrega de la
propiedad personal, y a continuación se colocó en 4,36s el ejemplo particularmente
meritorio de José Bernabé. A continuación, los Hechos de los apóstoles se ven obligados a
informar sobre una acción sombría que sucedió en el ámbito más íntimo de la primitiva
Iglesia. El hecho de que san Lucas no omita este suceso, sino que lo declare abiertamente,
nos robustece en la confianza de su exactitud y veracidad.
San Lucas no pretende pintar alegres colores en el cuadro de la historia y mostrarlos
como sustraídos de la tierra. Sabe demasiado bien cómo la Iglesia queda a merced de las
impugnaciones y extravíos humanos y cómo está puesta en la lucha de la gracia de Cristo
con el poder siempre activo del mal. Así como al principio del libro se trata abiertamente de
la sombría acción de Judas, así también ahora se muestra un delito, en el que personas
que se habían agregado al grupo de los discípulos, perdieron su elección de forma
parecida a Judas. También en estas personas desempeña un papel diabólico la codicia de
dinero y da a Satán el poder de una ofensiva peligrosa contra el espíritu íntegro de la
comunidad. ¿Cómo precave la Iglesia este peligro que surge? La intención particular del
relato es realzar esta precaución de la Iglesia. En el relato se intenta poner de relieve el
poder (que es actual en los apóstoles) del Señor que conoce y juzga.
Otra vez aparece Pedro en escena haciendo valer su autoridad. Se presenta a Pedro con
el pleno poder de su cargo. Hasta ahora le vimos más como orador y pregonero
responsable de la comunidad, y en el milagro del cojo de nacimiento reveló el poder
medianero de curar que se le había dado. Ahora comparece ante nosotros en posesión de
una ciencia superhumana y de un poder judicial, que decide sobre la vida y la muerte.
¿Podían ser delineadas todavía con más vigor la grandeza y el poder del oficio apostólico?
Notamos cuánto le importa a este relato hacer que se manifieste tan visiblemente como
sea posible la presencia de Cristo Jesús en el Espíritu Santo, y mostrar la Iglesia en su
santidad e integridad. En la frase: «No has defraudado a los hombres, sino a Dios», se nos
aclara el ambiente en que vivía esta Iglesia. Los hombres de hoy día, que tendemos a ver
también la Iglesia como otras manifestaciones de la historia según su acierto y oportunidad
externas, ¿podemos comprender por completo y podemos afirmar la verdad expresada en
esta frase de Pedro?
¿Con qué derecho puede el apóstol decir que Ananías ha defraudado a Dios? La primera
frase nos da los motivos en que se funda este derecho: «Ananías, ¿por qué ha llenado
Satán tu corazón impulsándote a engañar al Espíritu Santo y a guardarte una parte del
precio del campo?» ¿En qué consistía el delito contra Dios? ¿En la suma defraudada y
encubierta? Esta suma no debió ser demasiado grande. No, no era el dinero como tal.
Ananías no estaba obligado a entregar el dinero, como tampoco estaba forzado a vender el
campo. Esto se dice con toda claridad en la frase siguiente. Ya hemos observado esto,
cuando antes nos preguntábamos cómo estaba organizada esta comunidad de bienes. Era
un asunto que se decidía de una forma plenamente voluntaria.
Por tanto ¿en qué consistía la culpa? Lo sabemos y podríamos estremecernos de horror
por este conocimiento. Fue la mentira, que pretendió hacer donación a la Iglesia de todo el
importe de la venta. ¿Fue realmente tan grave esta mentira? Eso es lo que nos gustaría
preguntar al vernos sorprendidos. La mentira tiene que haber sido más grave de lo que
quizás podemos pensar. Con todo podemos adivinar la razón. ¿Quién es Pedro, qué es la
comunidad, ante la que él se encuentra? La comunidad es la obra de Cristo Jesús, la obra
del Espíritu Santo. Tal vez con este relato -si echamos una mirada retrospectiva a lo que
hemos dicho hasta aquí- el misterio divino de esta Iglesia, que Cristo puso en el mundo, se
nos acerca, y se nos aclara lo que rodea al Espíritu Santo, que sostiene y llena la Iglesia.
Hasta ahora siempre se nos ha dicho con qué fruto y temor los que no pertenecían a la
comunidad de los fieles miraban hacia ella, cómo se asombraban por los prodigios y
señales con que se manifestaba visiblemente la presencia de Dios. Vimos cómo incluso el
sanedrín retrocedió ante la fuerza del espíritu que actuaba en los apóstoles. Y la integridad
y desinterés de esta comunidad incipiente ¿debía ahora ser herida en su propia solidaridad
por la corrupción de la mentira y ser quebrantada en su germen?
No se trata de una acometida innocua de los hombres, sino del intento de Satán, que
quería servirse de los percances humanos, como en la acción de Judas, para irrumpir en el
círculo santificado de los redimidos. Así como Satán quiso herir la primera creación de
Dios
con la seducción de los primeros hombres, así también no sólo ha tentado al Hijo de Dios
hecho hombre, sino también a los llamados por él para dar testimonio de Dios. Solamente si
relacionamos el relato concreto con este contexto más profundo podremos comprender,
estremecidos, el castigo inesperadamente duro que descarga sobre Ananías y su mujer
Safira. Se trata del carácter sagrado de la comunidad de Cristo, de la inviolabilidad del
Espíritu Santo, que representa el misterio de la vida de esta comunidad. Este Ananías, a
quien sacaron muerto, nos recuerda el fin sombrío del que, inducido por Satán, creyó que
podía traicionar a Cristo por treinta denarios, y se ha traicionado a sí mismo.
No queremos fijarnos en el arte literario con que san Lucas expone los dos
acontecimientos y los compara entre sí. Aquí nos interesa examinar nuevamente el mensaje
religioso y su contenido teológico en orden a la salvación. La venida de la mujer da ocasión
a Pedro para hacer que se patentice la profunda bajeza de la pretensión de los dos
esposos. La mujer conocía el plan del encubrimiento y de la mentira. La mentira estaba
convenida. Esto se ve por el hecho de que ella conocía el importe de la cantidad entregada.
¿Quién fue el promotor y el más culpable de los dos? No se dice. Sea como sea, se nos
recuerda a nuestros primeros padres, que contravinieron al principio el mandamiento de
Dios y sufrieron juntos el castigo. ¿Tenemos derecho a explicar con más pormenor esta
comparación? La idea puede ser suficiente.
Causa extrañeza lo que se dice en el versículo 10: «Cayó, pues, al instante a los pies de
él y expiró.» ¿Por qué causa extrañeza? Porque desde 4,32, se va repitiendo, a lo largo del
relato, la expresión «a los pies de los apóstoles» se va repitiendo de un modo sorprendente
y establece alguna relación entre los distintos pasajes en que aparece, al mismo tiempo
que sugiere y evoca, en forma singular, la autoridad y el poder de los apóstoles. En
4,35 se nos dice con una descripción sintética que los miembros de la comunidad vendían
sus tierras y sus casas, y el producto de la venta «lo ponían a los pies de los apóstoles».
De José Bernabé se cuenta que también él «puso a los pies de los apóstoles» el dinero
que cobró por el campo (4,37). Y con el mismo lenguaje figurado se dice también de
Ananías que «puso a los pies de los apóstoles» la parte del importe que quería entregar.
Por tanto, con esta expresión, en que se señala simbólicamente la posición señera y la
autoridad de los apóstoles dentro de la comunidad y se relacionan entre sí los tres pasajes
citados. ¿Es casual en el empleo de la expresión que ahora se diga de Safira que se
desplomó muerta «a los pies» del apóstol Pedro? ¿O bien el autor quiso dar un sentido
especial a la expresión? Esta difunta a los pies de Pedro ¿debe quizás ser una
impresionante señal del poder que había sido transmitido a los apóstoles por Cristo, Señor
de la comunidad?
Esta frase no solamente concluye el relato, sino que también nos descubre el peculiar
significado del castigo del matrimonio culpable. El castigo que recayó sobre Ananías y
Safira iba dirigido personalmente a ellos, por más que queramos contenernos en averiguar
más de cerca el destino final ante Dios. Con su muerte debió ser eliminado y proscrito del
ámbito santificado de la comunidad con una claridad estremecedora todo lo nocivo, sobre
todo el veneno destructor de la mentira y de la hipocresía. Pero al mismo tiempo debió ser
demostrado a todos los hombres, tanto a los miembros de la comunidad como a los que no
lo eran, cómo el Señor vigilaba con inexorable rigidez por la pureza e integridad de sus
«santos» (9,13). Por eso el «temor» que se apoderó de todos, debía favorecer la protección
y la intangibilidad de la Iglesia, y conducir al saludable respeto profundo ante el misterio
del
Espíritu Santo, que le ha sido confiado. Este Espíritu es el que no solamente dirige y
robustece la Iglesia contra toda persecución que provenga de fuera, sino que también la
capacita para precaver las crisis que pueden surgir dentro de la comunidad a consecuencia
de las continuas vicisitudes de las cosas humanas.
Con lo dicho también hemos rozado las objeciones, que se pueden hacer contra la
veracidad de la historia de Ananías y Safira. Se cree que no se puede conciliar este castigo
incomprensiblemente severo con el Evangelio de Jesús. Alguien podría escandalizarse de
la ejecución tan dura del castigo, la cual no dejó ocasión a los culpables para el
arrepentimiento y la expiación. Se hace referencia al amor que antes de la pascua
manifestaba el Señor a los pecadores, como se perfila especialmente en el Evangelio
según san Lucas. Por la sensación humana que se experimenta, se pregunta si el castigo
tiene una relación tolerable con el delito. La índole de la narración ¿no lleva en sí el estilo
de la leyenda, que ha surgido para realzar de la forma más gráfica posible la autoridad y el
poder de los apóstoles? ¿Qué hay que decir a este respecto? Ha de estar lejos de nosotros
querer defender a toda costa la historicidad de la narración. No hay que excluir la
posibilidad de que los escritos del Nuevo Testamento también puedan servirse de
fragmentos legendarios para orientar el mensaje de salvación. Sin embargo, mientras no
existan objeciones terminantemente irrefutables, tenemos la obligación de retener la
realidad histórica de lo que se declara, incluso cuando difícilmente puede encajar el
contenido con nuestra manera de pensar.
CASTIGOS/J:J/CASTIGOS:Reflexionemos sobre esta narración. Se nos cuenta con un
esquema determinado, con una exposición muy arrebañada. No se pueden comprobar los
pormenores del suceso. Nada podemos decir de lo que sucedió en el interior de los
interesados. Pedro no ha infligido la muerte, solamente la ha previsto. Así por lo menos se
puede conocer en las palabras que Pedro dirigió a Safira. ¿Se puede contraponer el
castigo con la conducta de Jesús, ya que se trataba de proteger su comunidad? ¿No
conoce también Jesús la dureza del castigo, cuando se trata de salvaguardar valores
supremos? Léase la frase: «Os aseguro que habrá menos rigor para Sodoma en aquel día
que para esta ciudad» (Lc 10,12). A los doctores de la ley les amenazó diciendo: «Para que
se pida cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas» (Lc 11,50). Jesús dice
hablando del escándalo: «Más le valdría que le colgaran al cuello una rueda de molino de
las que mueven los asnos, y lo sumergieran en el fondo del mar» (Mt 18,6). Conocemos las
severas sentencias del Hijo del hombre en el mensaje del Apocalipsis: «Voy a ti en seguida,
y lucharé con ellos con la espada de mi boca.» Así amenaza el Hijo del hombre a los
nicolaítas de la comunidad de Pérgamo (Ap 2,16), y a los seductores de la comunidad de
Tiatira les conmina: «Y a los hijos de ella los mataré sin remisión, y conocerán todas las
Iglesias que soy quien escudriña riñones y corazones. Y os daré a cada uno según sus
obras» (Ap 2,23). ¿No tenemos aquí el mismo factor que también fue eficiente en el castigo
de Ananías y Safira, cuando se quiso preservar la primera comunidad del Espíritu
pernicioso?
Un relato sumario, como los dos que ya vimos antes (2,42ss; 4,32ss), dirige de nuevo la
mirada a la comunidad, a su crecimiento y a su fuerza promotora. Y de nuevo vemos cómo
la Iglesia se reúne alrededor de los apóstoles, de su testimonio y de su poder de curar. No
en balde después del primer juicio oral de los apóstoles la comunidad ha pedido a Dios que
alargue su «mano para que se hagan curaciones, señales y prodigios mediante el nombre
de su santo siervo Jesús» (4,29).
Ya en la curación del cojo de nacimiento conocimos lo que significaba el don de la
curación en el testimonio de los apóstoles, no solamente como servicio de amor al hombre
enfermo, sino como prueba de que la fuerza curativa con que Jesús recorría las regiones,
también continuaba actuando en su Iglesia. En lo más profundo de este poder curativo de
los apóstoles se denota el misterio de vida de la resurrección de Jesús y la fuerza de la fe
en el Señor glorificado y presente. No juzgaríamos imparcialmente el misterio, que aquí es
eficiente, si pretendiéramos comprender los sucesos con consideraciones naturales.
Es posible que las personas que colocaban sus enfermos en la calle y que esperaban la
fuerza curativa de la sombra de Pedro, estuvieran llenos de ideas equivocadas y primitivas.
Eso no quita nada del motivo real de las curaciones que tenían lugar. Recordemos cómo
Pedro también en la curación del cojo de nacimiento tuvo que emplear el poder de su
palabra para desviar al pueblo asombrado de una manera primitiva y mágica de pensar, y
para conducirle a aquel, cuyo nombre ha obrado la curación colaborando con la fe en él.
No juzguemos demasiado aprisa por nuestra suficiente formación científica y por el
progreso de la medicina sobre esta sencillez creyente, que busca el tacto externo. También
los habitantes de Éfeso quedaron tan impresionados por las fuerzas curativas de Pablo,
que aplicaban a los enfermos paños y ropa que el apóstol llevaba en su cuerpo, y los
enfermos se curaban (19,11ss). ¿No podemos también pensar en aquella mujer del
Evangelio, que padecía flujo de sangre y que se dijo para si: «Como logre tocar siquiera
sus vestidos, quedaré curada», y de la que el Evangelio atestigua que, «al instante, aquella
fuente de sangre se le secó, y notó en sí misma que estaba curada de su enfermedad» (Mc
5,29s)? Y más adelante dice san Marcos: «Y adondequiera que llegaba, aldeas, o
ciudades, o caseríos, colocaban los enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiese
tocar siquiera el borde de su manto. Y cuantos lograban tocarlo, todos sanaban» (Mc 6,56).
En este contexto se nos presenta una escena memorable. La comunidad madre todavía
se limitaba al espacio de la ciudad de Jerusalén. Todavía se reúne el grupo de los
discípulos en el pórtico de Salomón, del cual ya hemos oído hablar (3,11). Todavía tienen
la sensación de ser judíos. Sin embargo, hay una extraña tensión entre ellos y los otros
judíos. Una mezcla de temor reservado y de honrada atención. Pero las curaciones
milagrosas difundieron el llamamiento de los apóstoles e hicieron venir de todas partes,
incluso del contorno de Jerusalén, los que buscaban la curación, de tal forma que es
comprensible que el sanedrín no permaneciera a la expectativa por más tiempo, y de nuevo
echara mano a los apóstoles.
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Los jefes judíos tienen que experimentar con una claridad creciente su importancia ante
el poder vital de la comunidad de Jesús. Esto se les presenta ante la vista con una
evidencia inesperada. En el primer encuentro judicial con Pedro y Juan la escena
irrefutable del cojo de nacimiento curado les impedía proceder según sus verdaderas
intenciones. Ahora la cárcel vacía les mostraba claramente cuán difícil es combatir contra el
poder vital de un movimiento impulsado por el Espíritu Santo.
A los jefes judíos tuvo que producirles el efecto de un insoportable desafío de la
conciencia de su poder la noticia de que los hombres que habían puesto en la cárcel
estaban precisamente en el templo y allí anunciaban la doctrina por cuya causa se les
quería procesar. Pero lo más grave para ellos es este pueblo que se reúne lleno de
entusiasmo en torno de los apóstoles y escucha atentamente su predicación. El jefe de la
guardia del templo con sus subordinados tuvo que experimentar cuán problemática había
llegado a ser la autoridad de este sanedrín y de sus guardias con respecto a la Iglesia,
cuando sin coacción ni violencia tuvieron que conducir a los apóstoles ante la asamblea del
sanedrín, rodeados por la multitud del pueblo, que ya había estado dispuesta a apedrear a
los que sostenían la suprema autoridad judía.
Los apóstoles están ante el sanedrín. Se presentan como hombres libres. Son libres,
porque el mismo Dios los ha liberado por medio de su ángel. Son libres, porque el pueblo
se colocó detrás de ellos. También aquí vemos el gobierno misterioso del Espíritu Santo.
Porque sólo él puede dirigir las cosas de la vida de tal forma que los planes de Dios
también se cumplan en la armonía externa de las causas. Los Hechos de los apóstoles
siempre saben informar sobre tales situaciones.
Además de este temor al pueblo ¿temía también el sanedrín algo más? Raras veces
suenan las palabras del sumo sacerdote. Su discurso ¿no rezuma temor y recelo? En
primer lugar es una acusación. No podía ser de otra manera. El sumo sacerdote recuerda a
los apóstoles la prohibición de «que no enseñarais en este nombre» (4,17s). De nuevo
rehuye decir el nombre en torno del cual todo gira. ¿Es menosprecio de Jesús? ¿Es algún
miedo? También se podría pensar en esto