La producción de alimentos transgénicos ha aumentado exponencialmente en los
últimos años, lo que ha dado lugar a un consumo cada vez mayor. El acceso a los
alimentos sanos y nutritivos, fundamental para asegurar el derecho a la alimentación, se
ve por ende in fluido cada vez más por los transgénicos, relacionados cada vez más con
aumentos de la productividad y variaciones en la calidad de los alimentos (Herrero,
2014).
Las plantas transgénicas podrían tener proteínas nuevas que sean alérgicas y por lo tanto
una persona sensible presentar una reacción alérgica. Si bien los alimentos desarrollados
en forma tradicional no se evalúan generalmente en cuanto a alergenicidad, los
protocolos para pruebas de alimentos OGM han sido evaluados por la Organización de
las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización
Mundial de la Salud (OMS). Hasta la fecha no se han hallado efectos alergénicos en
relación con los alimentos derivados de OGM que se encuentran actualmente en el
mercado (Castaño, 2015).
La sociedad contemporánea global-local, transnacional, translocal, comprende
fenómenos amplios como la dominación del mercado de alimentos procesados,
industrializados, y masificados que desplazan a la producción local de alimentos
(Ayora, 2017).
Cabe señalar que si bien los transgénicos se han desarrollado con el fin de aportar
numerosos beneficios no están exentos de polémica. Aparecen como herramientas
capaces de combatir la inseguridad alimentaria mejorando las técnicas tradicionalmente
usadas en el sector agrario y ganadero, haciéndolas más sostenibles con el medio
ambiente. Sin embrago, su uso ha sido, y sigue siendo un tema de debate entre los
distintos sectores de la sociedad. Se cuestiona si pueden tener efectos negativos sobre la
salud y el medio ambiente, existen ciertas razones éticas que están aun
insuficientemente consideradas y, por último, se especula acerca de los intereses de las
grandes compañías que controlan las patentes de los alimentos transgénicos (Luque,
2017).
El empleo de la tecnología más avanzada para modificar determinados alimentos del
consumo humano ha desencadenado toda una nueva era. A partir de los organismos
vivos modificados genéticamente es posible la elaboración de nuevos productos
destinados a la alimentación y a la salud de las personas, siendo el sector agrícola en el
que en los últimos años se ha podido obtener mayor variedad de cultivos, debido al
menor uso de insumos y a su alto rendimiento (Vílchez, 2018).
Por ejemplo, las coles de Bruselas o las coliflores son mutantes homeóticos espontáneos
que algunos agricultores aislaron hace cinco mil años. En el primer caso, mutó el gen
que controlaba el crecimiento de la yema floral y, en el segundo, el que controla el
crecimiento de las yemas laterales. Esas yemas que por falta de control crecen de forma
exagerada es lo que nos comemos (Ramón, 2018).
El uso de la biotecnología agrícola genera grandes expectativas, y también
incertidumbres ante potenciales riesgos. Preocupan sus posibles repercusiones en la
salud humana y en el medio ambiente. Aun cuando hasta la fecha no existen evidencias
de que la biotecnología afecte la inocuidad de los alimentos, persiste en la sociedad la
desconfianza ante el consumo de sus derivados (Larach, 2001).
Los colectivos científicos y sociales más entusiasmados con la biotecnología, en
síntesis, sostienen que los cultivos transgénicos suponen una herramienta muy eficiente
y poderosa para ayudar a paliar tales insuficiencias alimentarias. Estos nuevos
alimentos, se mantendrá, serían mucho más rentables, nutritivos y resistentes que los
elaborados a través de las técnicas habituales de selección y cruzamiento genético
(Larrión, 2013).
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