Identidad y Bronces en Tarapacá
Identidad y Bronces en Tarapacá
Profesor Patrocinante:
Sr. Jorge Iván Vergara del Solar
Bronces de Tarapacá
El sonido de una identidad
VALDIVIA – CHILE
2016
Agradezco a mi ciudad y a mi
familia, ambos pilares fundamentales
de mi identidad. Agradezco también a
quiénes me abrieron las puertas al
mundo de los Bronces de Tarapacá.
1
La presente investigación indaga en la práctica musical de las bandas de bronces de la
región de Tarapacá, identificando el lugar y el rol que estas cumplen en la cultura regional.
Mediante una revisión de su historia, sus escenarios y sus motivaciones, se analizan los procesos
que han influido en la construcción de una identidad regional en torno a las bandas de bronces, y
cómo esta identidad fomenta el arraigo al territorio regional. En este sentido, el objetivo de este
trabajo es vincular el desarrollo histórico de las bandas de bronces con la identidad de Tarapacá,
identificando aquellos aspectos y contextos determinantes, así como el discurso que esta
identidad engloba en la actualidad.
This research explores de musical practice of brass bands in Tarapacá region, northern
Chile, identifying their place and role in the regional culture. Through a review of their history,
scenarios and motivations, processes that have influenced the construction of a regional identity
around the brass bands are analyzed, and also how this identity encourages roots with the
regional territory. In this sense, the objective of this work is to link the historical development of
brass bands with the identity of Tarapacá, identifying those aspects and determinant contexts and
the discourse that this identity encompasses today.
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ÍNDICE
3
La fiesta ................................................................................................................................................62
Los Bronces de Tarapacá .............................................................................................................................67
Los Bronces como práctica y tradición .................................................................................................67
El territorio de las bandas de bronces..................................................................................................71
El territorio cultural ..............................................................................................................................72
La estructura de las bandas de bronces ...............................................................................................74
Más allá de las fiestas ...................................................................................................................................77
Cumpleaños, bautizos y otras celebraciones. ......................................................................................78
Los tambos en la bohemia iquiqueña ..................................................................................................79
El adiós musical: los funerales de bronces ...........................................................................................81
La Revo: futbol, barras y bronces .........................................................................................................83
Conclusiones ................................................................................................................................................86
El lugar de los Bronces en la cultura tarapaqueña ...............................................................................86
La música como canalizador de identidad ...........................................................................................87
La resistencia como reafirmación de la identidad ...............................................................................88
Reflexiones en torno a la identidad tarapaqueña ................................................................................89
Bibliografía ...................................................................................................................................................91
Anexo fotográfico .........................................................................................................................................94
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Presentación del problema
El actual territorio de Tarapacá ha estado marcado históricamente por el tránsito y el
contacto entre personas de diferentes comunidades, ya sean de la puna, de la pampa o de la costa.
El registro oficial nos dice que los primeros habitantes de la actual región fueron changos y
aymaras, con presencia esporádica o parcial de otros pueblos, quienes intercambiaban alimentos
mediante rutas que unían la cordillera con la costa. El constante contacto entre los habitantes de
la zona generó dinámicas entorno al modo de moverse y apropiarse del territorio, dando paso a la
creación de pequeños asentamientos humanos en todos los pisos ecológicos de la región. Si bien
en un principio los núcleos habitados estaban principalmente en valles-quebradas y en el
altiplano, el creciente interés por la explotación de la fauna marina propició el poblamiento de la
zona costera, así como el intercambio de productos entre los habitantes de la región.
Este modo de habitar fue posteriormente aprovechado por los incas, quienes
mantuvieron las prácticas comerciales de la zona por su eficacia y la variedad de productos que
ofrecían las rutas caravaneras de Tarapacá. La importancia que tuvo Tarapacá para el
Tahuantinsuyo se manifiesta en uno de los íconos de la región: Tunupa, popularmente conocido
como el Gigante de Atacama. Según las leyendas, algunas que yo mismo escuché de niño, el
imperio de los incas estaba conectado directamente con los dioses, por lo que su poder no sólo
era político, sino también espiritual. Para asegurar el territorio del imperio –y de los dioses, por lo
tanto- se erigían monumentos a lo largo de todo el territorio incaico, donde determinada deidad se
hacía presente y custodiaba la zona. Según la tradición oral, Tunupa Tarapacá era la deidad que
custodiaba esta zona, evocada como un geoglífo de 93 metros en la ladera del cerro Unita al
interior de Iquique. Su ubicación fue estratégica, pues se encuentra “a pampa abierta” –en jerga
nortina- lo que le da una panorámica del desértico paisaje de Tarapacá. No es coincidencia que la
región fue bautizada con este nombre, dando cierta continuidad a una realidad histórica de la
región en la forma de habitar el territorio.
Ahora bien, debemos reconocer que lo andino, como cualquier cultura o cualquier
identidad, no es algo estático. El mundo andino se ha ido construyendo y definiendo incluso
desde tiempos preincaicos, pero siempre con un tinte identitario demarcado y adscrito a un
territorio más o menos definido que lo aterriza a un contexto local. En este sentido, Tarapacá ha
sido escenario de diversos procesos e hitos históricos que han contribuido en la construcción de
una identidad ligada al mundo andino. Si bien, como veremos más adelante, ésta es una identidad
consagrada recientemente, y que constituye uno de los factores distintivos de los tarapaqueños y,
como tal, de los iquiqueños.
1
La población indígena de Tarapacá es prácticamente en su totalidad de origen Aymara, pero igual existen
comunidades Quechuas que se asentaron posteriormente en Tarapacá, provenientes principalmente de la región
de Antofagasta.
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como pueblo andino -aun cuando se conforman por decenas de etnias- ha llevado a este país a
redireccionar su política interna. Pero Tarapacá, una región que concentra casi la totalidad de su
población en la costa2, tiene una particularidad histórica que revisaremos detalladamente en las
secciones posteriores.
De esta forma, y a modo de hipótesis, partimos de este supuesto base de que la cultura
andina resiste a la colonización cultural y política occidental, de tal modo que, aun con las
transformaciones y asimilaciones que ha sufrido, ha sabido posicionarse como una identidad que
se niega a separarse de su territorio histórico. Las manifestaciones de este fenómeno son
múltiples y ampliamente difundidas: la música, el folklore, la tradición oral o incluso la jerga
pueden evidenciar la continuidad andina en la cultura local, pero para dilucidar el discurso que
sustenta la resistencia andina es necesario indagar en la multiplicidad de factores que confluyen,
primeramente, en la identificación de Tarapacá con el territorio (cultural, claro está) de Los
Andes y, consecuentemente, los modos de reproducción de la cultura andina y la construcción de
una cultura local andina.
Tarapacá, si la vemos desde una perspectiva netamente geográfica, sólo cuenta con una
mínima parte de su territorio en la cordillera de Los Andes propiamente tal, específicamente en la
zona central del cordón montañoso, popularmente conocido como puna o altiplano. Sin embargo,
sabemos que el tinte andino, indudablemente, llega incluso a las costas de Iquique, la capital
regional de la mano de múltiples involucrados en este proceso.Y, como ya señalé, lo que aquí
importa no es el territorio andino desde un enfoque geográfico, sino que cultural. En este sentido,
la pertenencia al mundo andino no depende de la ubicación, sino primordialmente de la cultura en
base a procesos históricos y construcciones simbólicas del territorio donde ésta se enmarca.
Dicho de otra forma, lo andino de Tarapacá se construye a modo de relato más que como un
sentido de pertenencia geográfico, siendo éste un proceso resultante de hitos que han demarcado
el lazo de los tarapaqueños con la cultura andina.
2
Específicamente en la conurbación de las ciudades de Iquique y Alto Hospicio, las cuales concentran alrededor del
92% de la población regional, según estimaciones del INE para el año 2012.
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algunas con mayor potencial que otras. Como veremos posteriormente, la resistencia no es
necesariamente una acción concreta, sino más bien un discurso que delimita prácticas y actitudes
frente a un orden hegemónico o totalizador, mediante las cuales se refuerza el sentido de
pertenencia a un territorio y, por lo tanto, también la identidad vinculada a él. Para el caso de la
región de Tarapacá, las bandas de bronces son un ícono de la cultura tarapaqueña que la une con
el macro mundo andino, por lo que desde ellas abordaré el fenómeno de la resistencia.
Nacidas bajo el llamado proceso de chilenización del actual Norte Grande posterior a la
Guerra del Pacífico, las bandas de bronces han estado desde sus inicios ligadas al carnaval y la
fiesta, aspectos centrales de la religiosidad y la celebración en el mundo andino. Con el tiempo,
empezaron a posicionarse como parte del folklore y el patrimonio regional, consagrándose como
un canalizador de la multiplicidad de aspectos de la identidad tarapaqueña. Las bandas de
bronces, más que música, son un núcleo que puede dilucidar la identidad regional, y es
justamente esta perspectiva la que me motiva a realizar esta investigación. Por lo tanto, lo que
aquí se pondrá bajo la lupa antropológica, será el carácter resistente de la cultura andina,
abordado desde las Bandas de Bronces como canalizadoras del patrimonio y la identidad local.
Todo esto bajo una metodología holística que precisaré con detalles más adelante. Se abordarán
las bandas de bronces desde sus múltiples espacios y facetas para dar cuenta de su rol resistente
en la identidad de Tarapacá y, consiguientemente, las formas en que éstas consagran un sello en
el patrimonio regional como núcleo de la identidad local.
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Preguntas de investigación
Las interrogantes que direccionan esta investigación van desde lo más abstracto a lo más
concreto, entendiendo que nos encontramos frente a un escenario complejo que debe ser
analizado desde la multiplicidad de sus manifestaciones. A grandes rasgos, podemos delimitar
dos grandes áreas temáticas que complementariamente abDrFan lo que aquí se pretende dilucidar.
Por una parte, tenemos la primera hipótesis acerca del carácter resistente de la cultura
local (en el marco de la macrocultura andina) frente a identidades o marcos culturales que serán
identificados como dominantes. En segundo término, tenemos la segunda hipótesis de esta
investigación: las Bandas de Bronces han tenido un rol significativo y determinante en el proceso
de resistencia y, por lo tanto, en, la conformación de la identidad cultural de Tarapacá.
De esta manera, las siguientes son las preguntas en las que se basa este trabajo, partiendo
por conceptualizar el terreno temático a abordar y, posteriormente, apuntar a la comprensión del
fenómeno particular.
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Objetivos
Planteando estas interrogantes, se espera cumplir con los objetivos de esta investigación.
Se busca indagar en la relación existente entre la Región de Tarapacá y la cultura andina, en el
marco del caso de las bandas de bronces. De acuerdo con ellos, los objetivos de este trabajo son
los siguientes.
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Estado del arte
Identidad tarapaqueña
Producto de la histórica multiculturalidad del Norte Grande, el tema de la identidad
regional de Tarapacá ha sido trabajado fuertemente desde la década de 1980. Teniendo en cuenta
los procesos e hitos de los cuales la región ha sido escenario, se ha intentado dilucidar qué es lo
tarapaqueño mediante las prácticas particulares de este territorio, así como su historia y la
confluencia de diversos grupos étnicos y culturales provenientes de diversas partes.
Como vimos, desde tiempos remotos que existe poblamiento en Tarapacá y, por ende,
datar el inicio de la identidad local es imposible. Sin embargo, sí podemos reconocer aspectos
que han impactado con mayor fuerza a la hora de definir la identidad local o, más bien, aspectos
que los mismos tarapaqueños han significado con mayor relevancia. Al hablar de los actores
locales no sólo nos referimos población pasiva, sino también a los intelectuales y expertos que
han trabajado desde las ciencias sociales el tema de la identidad regional. El esfuerzo de la
academia por definir un marco identitario para Tarapacá, de hecho, ha sido un factor importante
en la construcción de la misma.
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Con estas dos bases, la social-económica y la geográfica-territorial, “Sueña Tarapacá”
establece que la identidad regional es el resultado, en primer lugar, de la confluencia y el diálogo
entre actores sociales relacionados al paulatino desarrollo económico histórico de la región, con
especial énfasis en los procesos de explotación por extracción. Desde los pueblos prehispánicos
que explotaban en el huano en las costas, pasando por el explosivo desarrollo de la industria
salitrera pampina y hasta los actuales mega yacimientos mineros cupríferos en las alturas, gran
parte de la identidad local ha estado históricamente ligada a estas actividades extractivas.
Por otra parte, el factor geográfico también ha sido determinante, señala este estudio,
pues las diferencias en el terreno y la forma de vivir en cada piso ecológico –es decir, la ecología
de cada paisaje- ha determinado culturas locales subregionales que, a su vez, componen en
conjunto la identidad regional mediante el constante tránsito entre estos cuatro pisos mediante el
trabajo, la religiosidad y el comercio interno.
De esta forma, el estudio “Sueña Tarapacá” nos brinda una mirada a la identidad
regional con un principio un tanto difuso, pues se remonta a tiempos prehispánicos, pero que
denota una continuidad histórica ligada al territorio y a la forma de habitarlo. Nos propone que la
identidad de Tarapacá es algo reciente, y esto es justamente algo que tomaremos en cuenta para el
desarrollo de esta investigación.
El historiador Sergio González expone una mirada histórica sobre la región de Tarapacá
posguerra, dando cuenta de cómo fue el proceso de posesión efectiva de los nuevos territorios por
parte del Estado chileno, proceso que fue más allá de la mera ocupación civil y militar en la zona.
González, en su libro “Chilenizando a Tunupa. La escuela pública en el Tarapacá andino 1880
1900” (2002), señala que fue la escolarización una de las principales y más efectivas
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herramientas del proceso de chilenización del naciente Norte Grande de Chile, teniendo impacto
en diversos escenarios geográficos de Tarapacá. La presencia del Estado se hizo efectiva
mediante la escuela pública, edificando improvisados establecimientos educacionales en varios
lugares del interior de la región. El objetivo de Chile fue insertar en Tarapacá una identidad
chilena ya construida, con especial ahínco en reemplazar el pasado peruano de la zona.
El autor señala que la escuela pública funcionó como un asimilador cultural mediante el
cual se buscaba imponer la cultura chilena. La impartición de la lengua castellana, así como la
enseñanza de la historia desde una perspectiva oficial del país fueron los principales flancos
desde los cuales la escuela pública promovió la nueva nacionalidad de los habitantes de Tarapacá.
Este trabajo de Sergio González, por tanto, permite dilucidar el proceso que dio vida a Tarapacá
como territorio de Chile, lo que podríamos denominar un punto de inflexión en la identidad
tarapaqueña. Es a partir de aquellos años en que se empezó a construir una nueva identidad, en
gran medida resultante de los esfuerzos del Estado chileno mediante la escuela pública que
expone González.
De esta manera, la base histórica que presenta Sergio González plantea un escenario de
transición cultural fomentado por el Estado chileno. Si bien no se toca específicamente el tema de
la identidad en el texto, si aporta contextualizando y describiendo detalladamente cómo fue el
proceso de escolarización y, por lo tanto, de asimilación de la naciente población tarapaqueña
chilena. La importancia de este trabajo, por lo tanto, radica en que describe y da cuenta de cómo
una región ahora fronteriza reforma su identidad en base a su historia y su impuesta nueva
nacionalidad. Así, sumamos el antecedente de que el paso de Tarapacá de Perú a Chile, con todo
lo que esto involucró en lo civil y en lo político, marcó la historia local de manera tajante,
generando cambios radicales, y en muchos casos violentos, en torno a la identidad de la región.
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Tarapacá, dice van Kessel, especialmente en el contexto del auge salitrero, fomentó a su vez la
ruptura del lazo de los aymaras con su cultura originaria.
La hipótesis de van Kessel es que el proceso de inclusión de los indígenas hacia el orden
oficial, significó un impacto cultural que desestructuró sus modos de vida. La penetración
cultural fue tan profunda, que significó la pérdida de gran parte de la cultura autóctona de
Tarapacá. Los efectos de este proceso calaron en la sociedad aymara transformándola, pero a la
vez integrándola a la sociedad tarapaqueña.
Para esta investigación, es de mucho valor el antecedente que nos deja van Kessel, pues
ayuda a comprender el proceso de inserción de rasgos culturales indígenas a la cultura de
Tarapacá en general. Como se verá más adelante, no fue hasta la época del salitre en que se dio
masivamente el contacto entre aymaras con gente de oficinas salitreras y ciudades, siendo
justamente un efecto de la chilenización que menciona Sergio Gonzalez. El constante dialogo
entre culturas dio como resultado un nuevo dinamismo en las relaciones sociales del Tarapacá
salitrero, y que hoy es parte de la historia y la identidad local. Por lo tanto, es de vital importancia
contar con este antecedente a modo de base para la comprensión de la construcción de la
identidad andina de Tarapacá.
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Marco teórico conceptual
La identidad cultural
Al considerar a las bandas de bronces como un aspecto de la identidad local, no me
planteo concebirlas sólo como una banda musical, sino más bien como un conjunto de prácticas y
relaciones (ya sean en torno a la música, a la religiosidad y a las festividades entre los principales
aspectos) que dan vida, en conjunto, a lo que podría señalar como una expresión significativa de
la identidad regional. En este sentido, es imposible concebir la identidad como algo estático, por
el contrario, ésta es
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Relacionando esta concepción con el caso de Tarapacá, planteo que la identidad
regional, además de ser el resultado de procesos pasados, está en un tránsito constante hacia una
definición y reformulación del sí mismo que plantea Jorge Larraín. Ahora bien, es necesario
precisar que la construcción constante de identidad no es necesariamente cronológica, es decir, no
responde netamente a una linealidad temporal, pues también puede, por ejemplo, resignificarse el
pasado. Partiendo del supuesto de la continuidad andina en la cultura y la identidad tarapaqueña,
es evidente, entonces, cierta reflexión en torno al pasado. Boaventura de Sousa señala sobre las
identidades:
Existe, por lo tanto, un diálogo constante solapado a la identidad, de manera que está
siempre definiéndose. Todo esto se fundamenta en el carácter auto reflexivo de la identidad,
donde lo que se hace es ir ajustando un “yo” o un “nosotros” a sucesivos procesos históricos y
sus respectivos contextos sociales y culturales. La intrínseca reflexión que conlleva la identidad,
hace del sujeto un actor activo en el proceso de definirse a sí mismo, por lo que la identidad es
netamente subjetiva, y mediante la cual selecciona y revaloriza aspectos que refuercen su
identidad y, por lo tanto, ayuden a definir quién es.
Como vemos, la identidad dota al sujeto de cierta distinción con respecto a otros, así
como de similitudes en relación a sus pares. Ahora bien, la relación entre identidad no es sólo con
un sujeto a un grupo, también lo es con un lugar determinado y la carga cultural y simbólica que
conlleva. Por lo tanto, la identidad toma también un rol delimitar y definidor de un territorio,
dotando de un valor simbólico la geografía del lugar. Desde esta perspectiva o enfoque, y como
indica Gilberto Giménez, podemos establecer que la identidad, por lo tanto, es un:
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todo ello dentro de un espacio históricamente específico y socialmente
estructurado” (Giménez, 2000: 54).
Territorialidad
Al hablar de lo andino, es inevitable referirnos a un territorio particular: Los Andes.
Ahora bien, es tan complejo definir qué es lo andino cómo cuáles son sus límites territoriales,
pues no podemos limitarnos estrictamente a lo geográfico. Para comprender esto, es necesaria
una revisión de concepciones claves sobre el territorio y sus implicancias.
Con territorio nos referimos al espacio físico que un pueblo o sociedad habita y la
relación que éstos establecen con su entorno. En este sentido, no nos remitimos a lo meramente
geográfico, sino más bien a cómo este espacio se dota de símbolos mediante el paulatino
desarrollo de un grupo. “…El territorio sólo existe ya valorizado de múltiples maneras” – dice
Giménez (1996: 11)- es decir, sólo cobra sentido simbólico en cuanto adquiere un valor por sobre
lo tangible. El autor agrega que “…esta valorización no se reduce a una apreciación meramente
subjetiva o contemplativa, sino que adquiere sentido activo de una intervención sobre el territorio
para mejorarlo, transformarlo y enriquecerlo” (Ibid).
Existe, entonces, una relación intrínseca entre la cultura y el territorio, mediante la cual
este último se va construyendo y definiendo con la finalidad de reafirmar la pertenencia a un
espacio determinado. Ahora bien, esta relación va más allá de la apropiación por mero dominio o
manejo de un espacio, tiene un trasfondo reforzador de la cultura misma que lo habita.
Bonnemaison aporta el concepto de geosímbolo, refiriéndose a “…un lugar, un itinerario, una
extensión o accidente geográfico que por razones políticas, religiosas o culturales revisten a los
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ojos de ciertos pueblos o grupos sociales una dimensión simbólica que alimenta y conforta su
identidad” (Bonnemaison, 2002: 109).
En este sentido, lo que resalta el autor es que existe una relación entre la identidad
cultural y el territorio en cuanto a que se le asignan valores que refuerzan la pertenencia a un
lugar y, por lo tanto, es incluido dentro del marco identitario.
El arraigo, en tanto, tiene directa relación con la identidad, pues no sólo involucra la
pertenencia a un lugar, sino que incluso un compromiso con este mismo que, a su vez, define al
sujeto en cuanto al lugar al que pertenece. En este sentido, el arraigo debe ser necesariamente
abordado para un examen exhaustivo de la identidad, especialmente en lugares como Iquique o la
región de Tarapacá, donde el arraigo es parte del discurso de la identidad local. Por lo tanto, lo
que nos permite el arraigo es encajar la identidad no sólo con el territorio, sino que además con
las motivaciones que genera en los sujetos.
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entrelazan y que, incluso, pueden trascender de los espacios cotidianos. La región de Tarapacá
particularmente, en tanto a su historia y a los procesos de los cuales ha sido escenario, adquiere
cierto lazo con los países vecinos y, como quiero exponer en esta tesis, con la cultura andina y su
territorio. En este sentido, al haber un lazo con un territorio mayor, es evidente la existencia de
niveles en el valor de un territorio, y por lo mismo, diversos niveles que deben ser abarcados
desde el enfoque antropológico.
De esta forma, las prácticas culturales de un grupo que van en directa relación con el
lugar en el cual son realizadas, definen culturalmente un espacio geográfico y permiten
“…encuadrar adecuadamente los fenómenos del arraigo, del apego y del sentimiento de
pertenencia socioterritorial (…) Entendido como espacio apropiado, el territorio es de
naturaleza multiescalar. Es decir, puede ser aprehendido en diferentes niveles de la escala
geográfica” (Giménez, 2005: 9) dependiendo del valor que tengan.
Resistencia cultural
En un sentido estricto, se ha trabajado la resistencia cultural como un proceso activo y
colectivo fomentado por un discurso reivindicador, comúnmente asociado a movimientos
indígenas. Sin embargo, quiero llevar este concepto por sobre las acciones mismas, situándolo en
el marco de los imaginarios colectivos y en torno a la definición de la identidad. Es decir, la
resistencia cultural es la motivación, fomentada por el reconocimiento del sí mismo que
menciona Larraín, por demarcar una identidad históricamente opacada. En este sentido, debemos
comprender la identidad como “el reclamo de afirmar los modos propios de existencia”(Shallins,
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1994:379) y que, por lo tanto, motivan a las personas manifestar de diversas formas su cultura, a
modo de expresar su identidad.
Ahora bien, si aterrizamos esto a los diversos contextos de Tarapacá, veremos que
existen episodios marcados por conflictos políticos y territoriales que han influido en la
concepción de lo local y lo ajeno. El entrecruzamiento entre diversas culturas en el escenario
regional ha hecho de Tarapacá un espacio de convergencia y dinamismo cultural que ha nutrido
la identidad regional, pero siempre con un diálogo cultural entre las partes. Sin embargo, también
han existido procesos más tajantes, como lo fue el caso de la Guerra del Salitre. La historia de
Tarapacá de allí en adelante, ha estado marcada por una fuerte asimilación hacia una cultura
nacional chilena. En dicho contexto, vemos que la identidad también se ve inmersa en un sistema
de relaciones de poder, donde la resistencia cultural, reflejada en la identidad de la región, se ha
visto mayormente activa en cuanto a la reafirmación de la cultura local. De la misma manera, la
colonia significó un proceso histórico de adoctrinamiento.
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Sin embargo, la realidad actual de la cultura de Tarapacá es evidencia de que en ambos
casos, en la colonia y en la chilenización, el esmero en desarticular la identidad local no fue
suficiente. Más bien, la identidad actual de Tarapacá es desciende de aquellos choques culturales
dados en dichos contextos. La respuesta a la imposición se resume en la adopción de ciertos
aspectos de la cultura dominante, pero articuladas de tal forma que afirman una identidad distinta
del otro opresor. Esto quiere decir que, aun habiendo una dominación en lo político, en el
universo cultural hablamos de una complejidad mayor, la que constituye mecanismos de
resistencia mediante la rearticulación de la imposición:
21
modo en que se sincretizan las culturas en conflicto. De alguna forma, se seleccionas rasgos de la
cultura originaria que buscan mantenerse por sobre la adecuación a la impuesta.
En Iquique, la perspectiva de sus habitantes en torno a su misma urbe puede variar por
un sinfín de factores. Es decir, la ciudad es vivida de diversas formas fundamentas en las
particularidades de cada individuo que la componen, pero que conviven y convergen en las
similitudes que involucra se parte de ella. Este es un proceso dado gracias“…coexistencia de una
ciudad personal (…) y una de todos, donde la primera corresponde a los barrios y centros que
recorremos diariamente y la segunda a la suma de ciudades de cada uno y que componen
nuestra ciudad propiamente tal” (Gubbins, 2010:100). Así, como la ciudad, las manifestaciones
culturales, e identitaria en este caso, son representadas de manera conjunta y personal a la vez,
dándole un lugar en la cultura local.
Finalmente, me parece apropiado señalar desde ya, aun cuando es una temática que debe
ser desarrollada con mayor profundidad en el desarrollo de este trabajo, la importancia
significativa que tienen las bandas de bronces con su paisaje y entorno o, más pertinentemente, su
territorio. Como ya he dicho, la historia de los Bronces de Tarapacá ha estado marcada entorno a
procesos internos de tránsito intrarregional. Por lo mismo, la pertenencia de estas bandas al
territorio tarapaqueño no sólo se justifica en su tradición, sino también en cómo y dónde esta
tradición se ha dado. El sentido de pertenencia a cierto territorio, Tarapacá e Iquique en este caso,
es abstracto, pero sí podemos observarlo en manifestaciones tales como las Bandas de Bronces.
Así como muchas aristas de la identidad local, los Bronces tienen una estrecha relación con su
lugar de origen y práctica, por lo que, “…en consecuencia, se establece no solamente una lealtad,
sino una cultura de arraigo, amparada por un paisaje apropiador (Nuñez, 2003: 167). Es decir,
no sólo vamos a entender a Tarapacá meramente como un escenario donde los Bronces se
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desenvuelven, sino que además –y principalmente- como un territorio arraigado y a partir del cual
surge el sentido de pertenencia y, por lo tanto, prácticas culturales que apuntan directamente a
reforzar el lazo de los Bronces con su territorio.
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Metodología
En un principio, los objetivos de esta tesis fueron planteados de manera diferente,
principalmente debido a la distancia entre el terreno ideal y el lugar donde incialmente formulé el
proyecto de investigación. De la misma manera, a medida que el trabajo en terreno avanzó y se
fue paulatinamente estructurando, fueron surgiendo nuevas interrogantes que no fueron previstas
provisoriamente, de manera que la metodología hasta entonces no era suficientemente
concordante con determinadas preguntas de investigación. De esta manera, lo primero es señalar
que para esta investigación se ha utilizado una metodología flexible, entendiendo que cada etapa
ha requerido técnicas e inclusive metodologías específicas, dependiendo de los objetivos
planteados para cada caso particular. Sobre la flexibilidad en la investigación, Nora Mendizábal
señala que:
Ahora bien, para precisar, al proponer un doble enfoque, etnográfico por un lado e
histórico por otro, planteo una forma de abarcar holísticamente el fenómeno a investigar en este
trabajo, tanto en sus manifestaciones como en sus antecedentes. Al definir la etnografía como un
enfoque más que como una técnica, me refiero a que ésta involucra desde el planteamiento del
problema, pasando por la recopilación de información y su respectivo análisis, hasta las
conclusiones del trabajo. Es decir, la etnografía es el conjunto de procedimientos y herramientas
que dan cuerpo a la confección y desarrollo de la investigación, así como a la sistematización de
los datos, su posterior análisis y finalmente la redacción de los resultados del fenómeno
observado (Wolcott, 1993). Como enfoque, entonces, la etnografía permite mantener un lazo
constante entre el trabajo en terreno y el análisis antropológico.
Por otro lado, las bandas de bronces de Tarapacá no sólo se limitan por quienes
directamente participan en ellas, sino también incluyen a quienes la significan. Esto abarca una
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amplia gama de factores que influyen en la construcción simbólica de los Bronces, por lo que es
necesario abarcar de manera amplia el fenómeno. Siguiendo a John Ogbu (1993), el trabajo
etnográfico, entonces, debe ir más allá de lo meramente observable, pues en el fenómeno
interactúan factores que pueden ser fácilmente obviados por su carácter invisible ante los ojos del
investigador, pero que aun así son determinantes.
25
La primera dimensión a trabajar, y sirviendo además como un antecedente histórico para
el resto de la investigación, será la temporal. Aquí es donde toma relevancia el enfoque histórico,
pues se revisará el desarrollo de las bandas de bronces sus inicios hasta la actualidad. El tiempo
es y ha sido un factor determinante en la conformación de las bandas de bronces, pero no sólo en
un plano de consecución de hitos y procesos, sino también en cómo se divide colectivamente el
tiempo en torno a prácticas relacionadas a los bronces. Esta perspectiva será abordada
transversalmente entre todas las dimensiones, por lo que se irá precisando en los siguientes
párrafos.
Muy ligado a lo anterior, propongo una cuarta dimensión, escénica, con énfasis en el
espectáculo que brindan los bronces. La acción escénica de las bandas de bronces contempla,
además, a otros actores, pues respondiendo al contexto, las bandas delimitan su acción y
participación en un marco colectivo, incluso modificando su estructura interna. En esta
dimensión, entonces, propongo abordar la puesta en escena de las Bandas de Bronces, así como
sus factores influyentes y la relación con otros agentes, como las cofradías de bailes religiosos,
por ejemplo.
26
Como mencioné, las festividades son el principal espacio de las Bandas de Bronces, por
lo que sería erróneo obviar esta dimensión. En este sentido, propongo una última dimensión
contextual, donde abordaré los espacios donde los bronces cobran protagonismo. Es fundamental
indicar que no abordaré el estudio de fiestas específicas, sino más bien las prácticas típicas de los
Bronces dentro de las distintas festividades. Estos contextos, desde mi perspectiva, reflejan el
dinamismo en torno a las bandas, pues son el espacio donde existen acciones tanto personales
como colectivas, respondiendo, sin embargo, a un mismo objetivo y siendo una clara
manifestación de la cultura popular, donde la comunidad se auto reconoce.
Si bien propongo una división analítica del fenómeno de las bandas de bronces
mediante estas dimensiones, éstas no son excluyentes entre sí. Por el contrario, en muchos casos
estas dimensiones irán entrelazadas y se irán complementando, todo fundamentado en la misión
de identificar la estructura simbólica en la que reposan las Bandas de Bronces. Por último, para
finalizar el trabajo, y a modo de conclusiones y reflexiones finales, detallaré cada dimensión y los
alcances que tuvo cada uno en este trabajo.
Una segunda etapa se basó en el análisis provisorio del material recolectado, con el fin
de avanzar en las dimensiones planteadas anteriormente, y a partir de esto confeccionar pautas de
observación y otras herramientas pertinentes. De manera paralela, se fueron seleccionando
algunos informantes claves, determinándolos mediante su participación y relevancia dentro de
alguna banda de bronces.
Una vez establecidos los contactos y formada ya una red de informantes, el escenario de
trabajo cambió. Al tratarse de un mundo bastante informal, principalmente juvenil y en contextos
festivos, abordar las bandas de bronces, y particularmente poder conversar con los músicos, se
hizo bastante complicado con técnicas estructuradas. Las entrevistas que me planteé en un
principio no cumplieron con su objetivo, pues los contextos donde se manifiesta el valor cultural
de los bronces son generalmente masivos y ruidosos. Sí se realizaron entrevistas a algunos
27
músicos, aquellos que más adelanté presentaré, pero fue en contextos festivos en dónde se hacen
más evidentes las manifestaciones culturales en torno a los bronces, aspectos que fue imposible
abordar mediante una entrevista. De esta manera, las conversaciones y el seguimiento a los
músicos fue primordial para comprender el mundo interno de la práctica musical de los Bronces.
La observación participante, por lo tanto, gracias a la cercanía que ésta genera con los
informantes, fue la base metodológica para el trabajo en terreno. Además de permitir estar in situ
en los espacios activos de los Bronces (fiestas patronales, carnavales, etc.), también facilitó el
acompañamiento a los músicos en ensayos o preparativos de alguna actividad. Como señalé, otra
herramienta pertinente fue la entrevista. Esta permitió abordar aspectos que no se manifiestan tan
evidentemente o que no forman parte de la cara visible de las bandas de bronces, como por
ejemplo historias personales o el valor que cada informante planteó sobre distintos temas.
Finalmente, y como síntesis de todo lo anterior, el seguimiento de informantes claves fue la base
para abarcar desde una perspectiva local el fenómeno de las bandas de bronces. Cada uno fue
seleccionado según los que podían a portar a esta investigación, y también con especial énfasis
en las redes de contactos que podían abrirme. Tener mediadores entre la investigación y el
fenómeno permite, además de conocer historias desde primera fuente, conocer la perspectiva de
alguien que vive activamente el fenómeno estudiado, dotando este trabajo de relatos y visiones
que sólo teniéndolos en cuenta se podrá comprender lo que aquí se investiga.
28
Escenarios y contextos observados
La fiesta de La Tirana
Sin duda, la más famosa e icónica fiesta del Norte Grande, conocida por sus danzas, sus
ritmos y sus colores. Por su complejidad y masividad, el terreno realizado durante esta fiesta tuvo
que acotarse a ciertos informantes y núcleos más cerrados para cumplir con los objetivos
planteados previamente al trabajo de campo.
Llegan cerca de 200.000 personas al pueblo durante los días festivos, principalmente
entre los días 14 y 17 de julio, dando vida a una fiesta donde se entrecruza lo popular y lo
religioso. Durante el resto del año, la población de La Tirana no supera los 800 habitantes,
realidad que se contrasta con la que se vive durante los días de culto a la Virgen del Carmen. De
esta manera, el escenario de los terrenos realizados en el pueblo de La Tirana no es exactamente
el pueblo mismo, sino el contexto festivo donde se mezclan turistas, músicos, peregrinos y
danzantes que dan vida a la fiesta propiamente tal.
La observación durante la fiesta fue en torno a las decenas de bandas que se alojan en el
pueblo, principalmente para abordar su estructura como conjuntos musicales e identificar su rol
dentro de la puesta en escena de los bailes religiosos. Por lo tanto, de manera aleatoria se
observaron bandas, desde las más pequeñas y desconocidas, hasta las más grandes y
emblemáticas, con el objetivo de primeramente identificar las similitudes entre ellas. El proceso
consistió en hacer un seguimiento a las bandas en las distintas etapas que viven durante la fiesta.
La Tirana, entonces, como espacio observado, involucra tanto la espacialidad del pueblo
como las diversas etapas que viven las bandas dentro del contexto festivo. Identificar el rol y
lugar de las bandas en esta fiesta, entendida como la más representativa (al menos en ciertos
aspectos) de la religiosidad popular de la región de Tarapacá, fue el primer paso para el posterior
análisis de la información obtenida en aquel contexto.
29
Ensayos de bandas
La preparación es esencial para que las bandas de bronces puedan presentar un buen
desempeño, por lo que ensayan arduamente desde varios meses antes. Durante todo el año hay
diversos contextos en los cuales las bandas se hacen presentes, por lo que la constancia y la
disciplina son imprescindibles para mantenerse vigentes. Justamente por esto es que
mensualmente, toda banda que aspira a consagrarse ensaya al menos 2 veces, pero llegando
incluso a tres veces por semana en los meses previos a eventos importantes. Independiente del
prestigio o trayectoria de las bandas, es un factor común el compromiso con los ensayos.
Por lo tanto, el contexto de ensayo es, sin duda, el más regular para los miembros de las
bandas. Por lo mismo, en los ensayos no sólo se dan dinámicas entorno a la música propiamente
tal, sino que también significa un espacio de encuentro entre los músicos en un plano humano.
Los ensayos son siempre en sectores amplios y abiertos, pues como ellos mismos explican, se
trata de no molestar con el ruido, pues en muchos casos tocan sólo un par de compases una y otra
vez hasta que suene como el director espera. Esto significa que los ensayos fácilmente pueden
superar las 3 horas de duración, claramente con pequeños descansos entre medio.
Por otra parte, los ensayos no son solo un espacio donde podemos encontrarnos con los
músicos, sino que también los acompañan hijos, parejas y amigos. Esto hace de este espacio un
momento donde se pueden encontrar a una red de mayor amplitud en torno a las bandas. Los
ensayos, por lo tanto, son un contexto tanto de esparcimiento como del ensayo en sí, donde se
pueden observar las relaciones y dinámicas entre las personas relacionadas a una banda
determinada.. Nunca faltan las cervezas y los cocavíes, haciendo de los ensayos un espacio
informal, pero aún así bastante significativo para comprender las bandas de bronces como un
grupo humano con motivaciones y prácticas comunes, más que como un conjunto musical
propiamente tal.
Ahora bien, cada banda tiene sus propios lugares y organización a la hora de ensayar,
pero por falta de redes y la imposibilidad de hacer un seguimiento a todas las bandas de la región,
seleccioné dos en las cuales tenía contactos de mayor confianza. Estas son la banda Santa Cecilia
8.2 y la banda Los Imparables, ambas con sede en la capital regional y que se asimilan en que son
bandas relativamente nuevas, pero descendientes de antiguas y reconocidas familias de músicos
locales. A cada banda se les acompañó en dos ensayos, los cuales fueron siempre pasadas las
19:00 horas y en el sector costero de la ciudad.
30
Carnaval Morrino
Vimos en el detalle de los contextos donde se hacen presentes las bandas de bronces los
carnavales barriales, festividades que se dan para finalizar el verano. Si bien hubo tiempos en que
cada barrio tenía su propio carnaval, hoy en día sólo se siguen celebrando unos cuantos en los
barrios más tradicionales de Iquique. Y si es por identificar el más reconocido, es sin duda el
Carnaval de El Morro, barrio ubicado en la zona costera norte de la ciudad y que remonta su
historia a los orígenes peruanos de Iquique. Con el paso del tiempo, y con la desaparición de
muchos carnavales locales de barrios que en muchos casos ya ni siquiera existen, el Carnaval
Morrino pasó a ser una fiesta abierta a toda la comunidad iquiqueña y que engloba la esencia del
carnaval urbano. Eso sí, la organización sigue siendo exclusiva de los morrinos, quienes además
cumplen un rol protagónico durante los diversos eventos y actividades que contempla el carnaval.
Se entiende que el carnaval barrial homologa el carnaval tradicional andino, pero toma
un tinte diferente al contextualizarse en la ciudad. Una de sus características más importantes, por
ejemplo, es que en este caso el carnaval se celebra junto al mar (Peric, 2013): En el caso de El
Morro, esta realidad es aún más plasmable, pues es un barrio ubicado justo frente al mar.
Al ser la fiesta de un barrio, el territorio de este carnaval está mucho más demarcado. La
gran diferencia de los carnavales tradicionales andinos con los carnavales urbanos, es justamente
el carácter territorial que tienen estos segundos, o más bien, para que se entienda, al modo de
ocupar los espacios. No me refiero a que los carnavales tradicionales -Anatas en lengua aymara-
no contemplen un territorio o un lugar ritual, sino más bien al sentido ocupacional que se le da a
los espacios. Los carnavales urbanos, el de El Morro en este caso, llevan literalmente el carnaval
a cada rincón del barrio. Esto se hace mediante pasacalles, intervenciones callejeras, juegos entre
vecinos y, obviamente, el llamado “entierro de carnaval” que se realiza en el mar. Esta última
etapa es la que atrae al público en general al Caranaval Morrino, pues de los que actualmente
quedan, es el único que tiene su propia playa para el entierro.
El entierro es la etapa culmine del carnaval, donde luego de tres semanas de eventos y
actividades, los vecinos del barrio, así como gente cercana a ellos, se toman las calles de El
Morro. El entierro de carnaval empieza en la plaza del barrio, donde los vecinos se reúnen
vistiendo llamativos disfraces y donde el alcohol no falta. Bajo el fuerte sol del verano iquiqueño,
la multitud recorre mediante un pasacalle todo el barrio, delimitando su fiesta a ese territorio,
pero invitando a viva voz a todos a hacerse participes del entierro. El pasacalle llega a durar
31
fácilmente unas tres horas, pero nunca decae, pues su esencia es la fiesta y la fraternidad entre
vecinos de todas las edades. Como en todo carnaval, la banda de bronces lidera el pasacalle,
montando un espectáculo sólo digno del entierro. Uno de los aspectos más icónicos del carnaval
Morrino, es justamente su banda, pues son músicos que se reúnen exclusivamente para esa
ocasión.
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Perfil de Informantes
En cualquier proceso de investigación cualitativa, es sustancial el aporte que hacen los
informantes, entendiendo que son ellos quienes viven y nutren los fenómenos sociales. Para el
caso de esta investigación en particular, donde se abarca la identidad de un escenario
geográficamente complejo y culturalmente diverso como lo es la región de Tarapacá, los
informantes debieron ser seleccionados con el objetivo de poder, en primera instancia, plantear el
universo a investigar, identificando aquellos factores que giran en torno a la relación entre la
identidad regional y las bandas de bronces. Por esto, los primeros contactos fueron con múltiples
sujetos y en diversos contextos, todo con el fin de ir definiendo quiénes podían aportar de mejor
forma y con más información en el futuro.
Óscar Pastene
Proveniente de una familia de músicos, y nacido en un barrio tradicional de Iquique,
Óscar Pastene es actualmente miembro de la banda Santa Cecilia 8.2. Tiene 28 años y dedica
gran parte de su tiempo a la banda la cual pertenece, especialmente durante los meses de auge de
fiestas patronales como son julio y agosto.
Óscar tiene un gran sentido del humor y mucha personalidad, cualidades que lo hacen
una persona bastante sociable y querido entre sus cercanos. Por lo mismo, Óscar se destaca en su
círculo por su incomparable personalidad. Las redes que tiene en torno a las bandas de bronces
son muy amplias, pues, por un lado, tiene nexo con músicos antiguos gracias a su padre y abuelo,
ambos antiguos miembros de bandas ya extintas; y por otro, gracias su pertenencia a la Santa
Cecilia 8.2 que lo liga con los músicos actuales.
4
Se le llama popularmente “temporada de fiestas” a los meses de julio y agosto, donde se concentran gran número
de fiestas patronales en los pueblos de las quebradas y la precordillera de la región, incluidas las dos más grandes:
la de la Virgen del Carmen de La Tirana y la de San Lorenzo de Tarapacá.
33
informante es que es sociólogo, por lo que se me hizo más fácil explicarle lo que quería
investigar. Óscar aportó con la noción desde adentro sobre las bandas, introduciéndome en un
mundo desconocido para mí hasta antes de conocerlo. Gracias a él, pude empezar a dimensionar
la amplia gamas de aspectos que entran en juego en esta práctica musical, dilucidando poco a
poco el carácter cultural e identitario que poseen los Bronces.
En primera instancia, Óscar iba a ser un entrevistado, pero al conocerlo hubo dos
factores que influyeron en desertar de aquel plan. En primer lugar, justamente su personalidad
jugó en contra al ser una persona bastante informal y que supuse que sería difícil de abordar con
una pauta de por medio. Entendí que mi relación con él debía ser construida desde su realidad, y
no desde mi parámetro que, como me di cuenta, era demasiado rígido. Por esto debí asumir una
posición más flexible, abriéndome a todas las invitaciones a instancias que, a juicio de Óscar,
eran de un valor importante para los objetivos que le había explicado previamente. En segundo
lugar, deseché la opción de entrevistarlo porque opté por tenerlo como un informante clave, pues
su buena disposición, así como su amplia red de contactos, me dio la opción de insertarme
directamente a su lado en el mundo de las bandas.
Óscar me invito a ser parte de instancias más personales, por lo que me abrió a nuevos
espacios de interacción entre los músicos y sus familias. Allí pude comprender que el lazo entre
ellos se fundamenta en aspectos de parentesco o amistad, pero donde la banda los compromete
con una motivación común.
Francisco Pesos
Francisco tiene treinta y seis años y es uno de los fundadores y el director de la banda
Runaukas. Actualmente toca la tuba, pero se dedica principalmente a la formación de nuevas
generaciones de músicos, haciendo de los Runaukas una escuela de bronces.
35
Por lo tanto, Francisco Pesos no sólo significó un aporte en sus relatos sobre sus
vivencias personales, sino que también en cuanto a que me llevó a conocer el lugar que los
jóvenes ocupan en el actual desarrollo de las bandas de bronces, y los alcances que esta inclusión
ha significado en las nuevas facetas de los Bronces de Tarapacá.
Isidoro Saavedra
Don Isidoro es actualmente CORE por la provincia del Tamarugal, cargo al que llegó
por su trayectoria como dirigente y autoridad en su pueblo originario, Tarapacá. Se autodenomina
como parte de la etnia originaria de la quebrada de Tarapacá, zona de la región con asentamientos
humanos estables desde tiempos pre coloniales.
Don Isidoro se caracteriza por ser un eterno defensor de su tierra y sus recursos, siempre
con un carácter contestario fundamentado en su historia como descendiente originario de los
primeros habitantes de la quebrada de Tarapacá. Desde la perspectiva local de la quebrada, la
familia Saavedra es considerada descendiente de los Chambe, quienes son reconocidos como las
autoridades ancestrales de la zona. Este relato se fundamenta en una leyenda5 que dice que el
segundo hijo de cada generación de los Chambe está destinado a ser el representante y líder de
los habitantes de la quebrada, siendo el portavoz de sus problemáticas y defensor de sus tierras.
Precisamente, Saavedra es el segundo hijo de su familia, por lo que ha asumido este rol y que lo
ha llevado incluso al consejo regional.
5
La leyenda se denomina localmente como “El cacique de Tarapacá”, haciendo referencia a aquellas personas que,
por su raíz ancestral, deben asumir consecutivamente el rol de autoridad y vocero de la quebrada de Tarapacá.
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velar por la mantención de sus tradiciones en dicha ocasión. Más adelante veremos cómo en este
contexto festivo se encuentran y enfrentan dos perspectivas de la misma fiesta, teniendo a un lado
a la Iglesia y al otro a la comunidad local, encabezada desde hace ya varias décadas por Isidoro
Saavedra en su calidad como dirigente. Él asume firmemente su rol en la fiesta, donde cobran
relevancia aquellos aspectos que reafirman el sentido local de ésta por sobre el carácter que la
Iglesia ha querido establecer en el pueblo.
Don Isidoro, por lo tanto, es para este trabajo un informante clave al aportar una visión
desde dentro de la fiesta de San Lorenzo, la cual es bastante representativa de la religiosidad
popular de la región. Aun siendo una fiesta grande, mantiene ciertos rasgos que la caracterizan
como una fiesta tradicional gracias al esfuerzo de los pobladores y dirigentes por defender las
tradiciones propias de la quebrada. Como veremos posteriormente, las bandas de bronces cobran
especial importancia en el contexto de las fiestas patronales, particularmente en la de San
Lorenzo de Tarapacá, donde la tensión entre lo local y lo externo es más evidente. Esto es algo
que tiene claro don Isidoro, por lo que él fue un gran aporte para comprender el carácter
resistente de la quebrada en torno a su identidad, y los mecanismos mediante los cuales reafirman
esta misma.
De esta forma, Isidoro Saavedra, por su rol como dirigente y su historia de vida ligada a
la defensa por la mantención de la cultura de la quebrada de Tarapacá, es en sí un sujeto que
llama la atención para los objetivos planteados en este trabajo. Por un lado, los relatos de don
Isidoro sirvieron para la conceptualización de la quebrada desde una perspectiva local, aportando
con los aspectos que para la comunidad son relevantes, especialmente en el contexto de la fiesta
de San Lorenzo donde las bandas de bronces tienen un lugar especial. Por otra parte, y en un
sentido práctico, el lazo con este informante me posicionó en un lugar privilegiado en el contexto
de la fiesta, facilitando el proceso de observación de esa instancia.
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Francisco Montecinos
La banda Mallkus es considerada una de las más grandes e importantes de la región, y
no sólo por su número de miembros, sino por su innovación en el ámbito musical. A diferencia de
otras, la banda Mallkus ha estado desde sus inicios desarrollándose en distintos ámbitos de la
cultura popular, como fiestas, carnavales o eventos. Con 12 años de trayectoria, la banda Mallkus
se ha posicionado como una de las más influyentes por sus particulares ritmos, especialmente
como ejemplo a seguir en los arreglos musicales de la música popular para ser traspasados al
folclore de los Bronces.
Francisco Montecinos es fundador de la banda y con 26 años es el actual coordinador y
director de los Mallkus. Toca la tuba, formando parte de los sonidos graves dentro de la banda,
pero destaca entre sus pares, además de su cargo, por su compromiso con la banda. Francisco
proviene de una familia ligada directamente a la fiesta de La Tirana, pues fueron fundadores del
baile Gitanos del Carmen, uno de los más antiguos. Como veremos más adelante, el lazo entre los
bailes y las bandas ha sido de suma relevancia para su desarrollo conjunto, pero fueron
justamente bandas como los Mallkus las que propiciaron la independización de las bandas con
respecto a los bailes.
Francisco es consciente de esta realidad, y por lo mismo dedica gran parte su vida a
mejorar su banda para seguir potenciándola como una que destaque entre las demás. El objetivo
de los Mallkus, como señala Francisco, es principalmente “fomentar un trabajo propio de la
banda, destacar musicalmente por sobre las demás y siempre ir innovando, probando nuevos
ritmos y haciendo más grande el repertorio” (Extracto de Francisco Montecinos). De esta manera,
la perspectiva de Francisco sobre el rol de su banda, así como su historia personal, fueron un
aporte para este trabajo. Tener a Francisco como informante, específicamente durante los días de
la Fiesta de La Tirana, me permitió acercarme a una realidad más contemporánea de las bandas,
donde pude encontrarme con motivaciones de sus miembros, especialmente de aquellos más
jóvenes, como Francisco, que actualmente llevan la batuta en el escenario musical de los Bronces
de Tarapacá.
Matias Herrera
De todos los informantes, Matías es el más joven con diecinueve años, y desde hace
cinco que forma parte de los Runaukas. Entró a la banda gracias a amigos que ya formaban parte
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de ella, quienes lo invitaron a hacerse parte también. Toca la caja y es, además de los más jóvenes
de la banda y por lo mismo pertenece a las generaciones aun en formación dentro de su conjunto
musical.
Conocí a Matías en mi primer acercamiento a su banda, gracias al contacto con el
director Francisco Pesos, quién me recomendó a Matías por su personalidad y desplante, para
interiorizarme en los Runaukas. Mi primera impresión fue de un joven tímido, pero sólo fue un
prejuicio. Con mucha soltura, Matías me contó ,en esa primera, instancia su historia de cómo
llegó a la banda siendo tan joven. En términos formales, no existen un mínimo de edad para
formar parte de una banda de bronces –al menos en las que se consideran prestigiosas- pero su es
una constante que la mayoría de sus miembros superen los 20 años. El mismo director de los
Runaukas me señaló que los más jóvenes, los adolescentes:
No se toman siempre en serio el tema de ser parte de una banda, algunos
incluso lo ven como si fuera algo para distraerse, no más. Por eso mismo, yo
como director también me encargo de filtrar a quienes quieren entrar, yo no juzgo
de un principio, a todos les doy la oportunidad, pero igual uno se da cuenta
quienes se van a ir luego (…) Asumir un compromiso con la banda es
comprometerse con los bailes, con las fiestas, con los clientes si es que hay
eventos; y eso es algo que yo no te puedo enseñar, tienes que hacerlo tú, depende
de cada uno y de lo que te motiva para estar en la banda. Y eso es lo que algunos
jóvenes no entienden, que tienen que ser responsables porque la banda no es un
juego, hay más gente involucrada a veces. (Francisco Pesos, banda Mallkus).
Pero para Francisco, Matías era la excepción. Al ir conociéndolo, dos cosas llamaron
especialmente mi atención sobre Matías. En primer lugar, su notable disciplina y compromiso
con respecto a la banda, pues no sólo participa de cada ensayo, sino que hace lo posible por
participar en todas las instancias donde la banda toca, ya sean eventos, fiestas patronales o
incluso ensayos de bailes que solicitan musicalización. Por esto mismo, y también gracias a su
paulatino mejoramiento como caja en los Runaukas. Puede parecer a simple vista que no es
mucho el aporte de una caja en una banda de bronces, pero es la encargada de marcar los
intermedios del ritmo, es decir, los tiempos más cortos que los que marca el bombo. Por lo
mismo, Matías también ha asumido un rol como ayudante del director, específicamente
cumpliendo la tarea de dirigir los ensayos de los percusionistas.
39
En segundo lugar, llamó mi atención sobre Matías la claridad en sus ideas con respecto a
la identidad local y el valor de las bandas de bronces en ella. Sin haberle detallado los objetivos
de mi investigación, e incluso antes de establecer conversaciones con mayor profundidad, Matías
ya me había expuesto que se sentía muy cómodo dentro de una banda de bronces, pues entendía
que es parte de lo que hace a Tarapacá lo que es. Como me dijo en alguna oportunidad, Matías
siente que aporta su granito de arena para mantener vivas las tradiciones de nuestra región. Esto
llamó especialmente mía tención, pues de todos los informantes, el más joven fue el único que
me expuso de manera directa esta perspectiva. De alguna forma, Matías dedica gran parte de su
vida a la banda, conscientemente de lo que esto significa y el valor que tiene para la comunidad
regional en general.
Por su disciplina y su visión sobre ser parte de una banda, Matías fue un gran aporte para
esta investigación, especialmente para conocer la perspectiva de los más jóvenes del universo de
los Bronces.
Alex Pizarro
A diferencia de los informantes anteriores, la relación que establecí con Alex fue de
menor duración. A Alex lo conocí durante fiesta de La Tirana, en plena plaza del pueblo mientras
su banda descansaba tras haber tocado. Sólo por curiosidad me acerqué a conversar con los
músicos, y como es habitual, el principal interlocutor fue el director de la banda, Alex Pizarro. Lo
que me llevó a mantener un lazo momentáneo con Alex, es que dirige la banda Emperador,
considerada por ellos mismos como una banda chica y que cuentan tan sólo con tres años de
trayectoria en el escenario musical de los Bronces. Lo que empezó como una conversación
40
rutinaria durante el terreno en la fiesta de La Tirana, se mantuvo por los siguientes días de fiesta
como una forma de conocer la perspectiva de una banda chica6 sobre la práctica de las bandas de
bronces, así como del contexto de la fiesta de La Tirana.
Así, el lazo con este informante se basó en un seguimiento de corta duración, durante los
días festivos en el pueblo de La Tirana. Más que interiorizarme en la banda en sí, el objetivo de
este lazo fue el de conocer desde la vivencia misma de los músicos lo que significa participar de
las instancias festivas de Tarapacá, específicamente en la fiesta de La Tirana, entendida como el
principal escenario de la religiosidad popular de la región. En este sentido, Alex funcionó como
un puente con la cotidianeidad de su banda durante la fiesta, lo que significó poder identificar las
distintas etapas que ellos viven durante los días festivos en el pueblo.
6
Se le otorga este nombre a aquellas bandas que llevan poco tiempo en el ámbito musical y que, por lo tanto, no
han desarrollado una carrera desligadas de los bailes religiosos. A veces se usa este término de manera despectiva,
pero también se ocupa como una forma de señalar que determinada banda sólo tiene fines contextualizados a
determinadas instancias como carnavales o fiestas patronales de pueblos específicos.
41
Tradición, cultura e identidad de la región de Tarapacá
Poblamiento de Tarapacá
El origen de la Región de Tarapacá como tal se adscribe a la historia nacional como
resultado del reordenamiento político y territorial posterior a la Guerra del Pacífico. Dicha
historia es, en comparación a su totalidad, sólo una parte minúscula del gran relato sobre la actual
región. La verdad es que esta ha sido una zona de tránsito y población al menos desde hace unos
11.000 años, durante el período arcaico, donde los antiguos pobladores de la zona dejaron sus
huellas como testimonio de un pasado lejano, pero que, gracias a las condiciones climáticas y
geológicas de la zona, han podido mantenerse incluso hasta nuestros días. Hace más o menos 10
milenios, los Changos se asentaron en estas costas, haciendo de las playas tarapaqueñas los
primeros asentamientos del litoral y aportando con un fuerte desarrollo social y tecnológico,
desconocido en la zona hasta ese entonces (Berenguer et. al., 2009). La diversidad de productos
marinos propició que los caseríos changos pudiesen mantenerse en el tiempo, reemplazando la
vida nómade por un nuevo modo de vida sedentario. Así, la costa, poco a poco, empezó a cobrar
relevancia en la zona.
Si nos remontamos aún más atrás, unos 11.000 años, vemos que antes del poblamiento
costero, hacia las alturas ya existía presencia humana, incluso con grandes civilizaciones que se
expandieron hasta la actual región de Tarapacá. Primeramente, los cazadores-recolectores se
repartían por todo el altiplano central andino, incluyendo el sur del Perú, el Occidente Boliviano,
el noreste de Chile y el Noroeste argentino. La población habitante se organizaba entorno a
pequeños poblados humanos respondiendo a las facilidades para trabajar la tierra (Nuñez, 1974).
La fertilidad de la zona, así como su riqueza mineral y agraria, propició que esta zona fuera la
mayormente poblada y, por lo tanto, fue escenario de una nutrida historia precolonial.
Una historia bastante diferente es la que se vivió en la pampa. Por sus características
desérticas, la pampa no fue un lugar que facilitó el poblamiento humano. Por el contrario, por
siglos fue prácticamente un lugar despoblado o simplemente una “zona muerta” entre las riquezas
de la puna y de la costa. Sin embargo, el avance tecnológico, así como el desarrollo, auge y
expansión de las culturas andinas, dio paso al comercio y al tránsito constante entre ambas áreas
ecológicas. Estas nuevas dinámicas de tránsito se enmarcan en lo que Thomas Lynch (1967)
señala como procesos de transhumancia, basado principalmente en el desarrollo agrícola y su
posterior domesticación y comercialización de productos. Este contexto sentó las bases para una
42
cultura regional, pues dio paso a una estructura social que conectó los diversos pisos ecológicos
de Tarapacá.
Se estima que hace unos 5.000 años, nació lo que hoy conocemos aproximadamente
como Tarapacá, gracias a que se unió la costa y el altiplano mediante rutas de tránsito que, a su
vez, facilitaron la creación de pequeños asentamientos o lugares de reposo en medio de la
desértica pampa. La motivación para los originarios de esta zona fue principalmente el comercio,
mediante el intercambio de productos entre el altiplano y la costa. El antecedente para este
proceso fue la introducción de la agricultura en las quebradas de la pampa del Tamarugal, lo que
facilitó el asentamiento humano en la zona, extendiendo las redes de contacto a nivel local. Las
radicales diferencias entre los distintos pisos ecológicos hacen inviable el cultivo homogéneo de
productos en distintas alturas.
Muchos de los geoglifos y petroglifos que aún perduran en cerros y quebradas, son
justamente rastros de esa época, los cuales evidencian las dinámicas del tránsito y el comercio de
ese entonces. Encontramos, por ejemplo, iconografía que alude a fauna marina (peces,
principalmente) en los geoglifos de Pintados, en plena pampa del Tamarugal; o bien, en las
cercanías de Pabellón de Pica, a unos 75 kilómetros al sur de Iquique por la costa, donde se
encuentran un conjunto pictográfico de llamas.
Una segunda “ola migratoria” importante nace a partir de la conquista de los territorios
al sur del Cuzco por parte del Inca Pachacuti, quién expandió el Tahuantinsuyo hacia el sur hasta
la zona central de Chile, durante la segunda mitad del siglo XV. Tarapacá pasó a ser parte del
43
Collasuyo, “la región del sur” en quechua, lo que significó la instauración a la fuerza de un nuevo
orden político y social. Las dinámicas incaicas en el manejo del territorio y en su economía
afectaron directamente a la sociedad tarapaqueña de ese entonces; sin embargo, las rutas
altiplano-costa se mantuvieron intactas gracias a su funcionalidad. Es más, las rutas de tránsito
fueron aprovechadas y agrandadas bajo el dominio incaico. El mayor impacto de la presencia
Incaica en Tarapacá no fue tanto el crecimiento demográfico, más bien fue la apertura de nuevas
rutas del Camino del Inca, uniendo los existentes circuitos de la zona con los asentamientos Incas
en el actual Perú, lo que significó la inclusión de nuevos grupos étnicos en las dinámicas de
tránsito de Tarapacá. Si hablamos de una región multicultural, esta fue la etapa incipiente de este
fenómeno.
José Berenguer e Iván Cáceres (2008) detallan la complejidad que significó la conquista
inca de Tarapacá en un plano territorial. Sitios propicios tanto para la agricultura como para la
explotación de metales, dieron paso al poblamiento de zonas otrora desoladas de la región.
Consecuentemente, las rutas de tránsito se extendieron y ampliaron respondiendo a una
producción de mayor envergadura. En el mismo artículo de los autores mencionados, se señala
que los asentamientos humanos se dieron principalmente en la zona correspondiente al circuito
Pica-Tarapacá, es decir, la pampa del Tamarugal.
44
población se concentraba en los valles centrales del país, concentrándose principalmente entre La
Serena y Concepción. Por lo tanto, para la población nacional de aquellos años, el desierto de
Atacama, así como el altiplano andino, eran escenarios desconocidos.
Por su parte, tanto Bolivia como Perú poseían territorios que pertenecen políticamente a
Chile en la actualidad. Hasta el río Loa se extendía el antiguo Perú, teniendo ahí frontera con
Bolivia, que se extendía hasta la frontera con Chile. De esta forma, lo que hoy conocemos como
el Norte Grande es el resultado de la Guerra del Salitre, donde se definieron los actuales
territorios políticos de las tres naciones involucradas.
Este proceso se puede resumir como lo que Eric Hobsbawn (2002) llama la invención
de las tradiciones, donde el Estado chileno atacó desde varios frentes a la población peruana que
quedó en Tarapacá para hacer posesión efectiva de sus nacientes territorios. El ahínco en
nacionalizar la zona fue más allá del proceso bélico, pues apuntó también a transformar la cultura
local en base a borrar las huellas del pasado peruano. Efectivamente, con el paso del tiempo y las
sucesivas generaciones que han poblado la región de Tarapacá, se consagró este territorio como
parte de Chile, incluso incluyéndose culturalmente en la nación chilena.
Ahora bien, no hay que olvidar que el motivo central de la guerra fue justamente el
salitre, de ahí su nombre. El Estado de Chile facilitó el acceso a la inversión extranjera,
fomentando la creación de decenas de nuevas oficinas salitreras destinadas a la extracción del
45
mineral, las cuales además contaban con tecnología de punta para la época. Esto propició el
nacimiento de grandes poblaciones en el otrora deshabitado desierto de Atacama, atrayendo
paradójicamente a gran número de peruanos, además de bolivianos, chilenos e incluso argentinos.
En los primeros años pos guerra, de hecho, la población de origen chileno, es decir, provenientes
del centro y sur del país, era una minoría. Justamente por esta situación es que el Estado chileno
apuntó también a la chilenización como un proceso de aculturación, redireccionando la estructura
cultural de la población hacia el futuro. Claramente no podía cambiarse la historia peruana de
Tarapacá, por lo que la tarea de Chile se basó principalmente enfocada en el futuro hacia la
inserción efectiva de Tarapacá a la nación chilena.
Sin embargo, la prosperidad del salitre tuvo su fin definitivo hacia la década de 1960,
dejando un gran legado para la cultura popular de Tarapacá. La mayoría de los ex pampinos
incursionaron en la vida citadina, migrando a ciudades como Iquique, Arica y Antofagasta. Con
ellos, llegaron a las urbes ciertos aspectos de la tradición pampina, dotando a Iquique, en este
caso, de la multicultural vida pampina e incluyéndose su historia y su cultura en la identidad de la
ciudad.
Ya hacia la historia más reciente de la ciudad, existen dos factores que han marcado la
historia local. Por un lado, la instauración de la Zona Franca de Iquique (ZOFRI), significó para
la región un nuevo ciclo económico basado la apertura del puerto de la ciudad, antiguamente de
exclusivo transporte salitrero, hacia nuevas facetas comerciales. La creación de la ZOFRI
significó reemplazar la dinámica del puerto de Iquique, que antiguamente era prácticamente sólo
un puerto de salida, hacia un sistema basado en la recepción de productos para su posterior venta
y distribución hacia otros paraderos. Obviamente, en un contexto de una economía globalizada, la
ciudad de Iquique y el puerto en particular debieron rearticularse para este nuevo escenario. La
escasez de industrias y comercio en Iquique hizo que rápidamente la ZOFRI se posicionará como
46
la principal actividad económica de la región, atrayendo a inmigrantes nacionales y extranjeros a
la ciudad.
7
Esta cantidad responde a la conurbación de las ciudades de Iquique y Alto Hospicio. Esta última, surgió recién a
finales de la década de 1990, y recién en 2005 fue decretada como comuna.
8
Según estimaciones del Instituto Nacional de Estadísticas.
47
9
La leyenda de La Tirana : Relato simbólico del sincretismo en Tarapacá.
Sin duda alguna, La Tirana se ha convertido en la fiesta más popular e icónica del Norte
Grande, albergando a miles de peregrinos, turistas y locales a mediados de julio. La música y los
bailes son su patrimonio más reconocible, ambos aspectos centrales en el sentido festivo y
carnavalesco de esta celebración. Sin embargo, lo que hoy conocemos como la fietsa de La
Tirana es el resultado de un proceso de larga data, donde han confluido diferentes etnias,
nacionalidades, edades y organizaciones, y donde también se han asimilado diferentes contextos
históricos de los cuales la región de Tarapacá ha sido escenario.
Si bien lo que hoy conocemos como tal empieza a desarrollarse recién a principios del
siglo XX, la tradición oral nos relata que el origen de esta fiesta, así como del pueblo mismo, se
remonta a períodos aún más anteriores, cuando Tarapacá era aún una zona donde el conquistador
no había consagrado su dominio.
Cuenta la leyenda que Diego de Almagro partió desde el Cuzco con el fin de conquistar
las tierras al sur del Perú (actualmente, territorio chileno) en 1535, motivado principalmente por
la búsqueda de la mítica ciudad de El Dorado. En su viaje, el conquistador fue acompañado por
un ejército de yanaconas y algunos altos mandos indígenas, quiénes tenían un trato preferencial
por parte de los españoles. Entre el ejército, se escondían antiguos jefes militares de las fuerzas
indígenas, quiénes planeaban revelarse contra los conquistadores cuando tuvieran la oportunidad
y así poder vengar todo el abuso que tuvieron que soportar.
9
La fuente para la redacción de este resumen fue el trabajo de Juan Uribe (1973) entorno a la fiesta de La Tirana.
48
Cuando la expedición se encontraba en pleno desierto de Atacama, cercano a lo que hoy
conocemos como Calama, muchos desertores aprovecharon la ocasión para escapar de los
conquistadores, principalmente motivados por retomar su libertad. Sin embargo, algunos más
valerosos actuaron decididamente para aportar en la recuperación de su autonomía, entre ellos las
Ñusta Huillac acompañada de un importante número de indígenas sublevados. Ante esta
situación, Diego de Almagro sentenció que toda esta expedición se había transformado en una
farsa, y que no era más que un plan preparado previamente y liderado por los altos mandos
indígenas que lo acompañaban. Aun cuando era una pequeña fracción la que decidió revelarse,
muchos otros se vieron obligados a escapar por las represalias de los españoles.
Con el tiempo, y gracias a las condiciones agrícolas que ofrece, las huestes de la Ñusta
Huillac se ubicaron en el actual oasis de Pica, donde previamente existía una pequeña población
colonial que sufrió las consecuencias de la resistencia indígena. Así, desde el oasis se controlaban
las extensas pampas que circundan la zona, aprovechando las quebradas y los valles para asegurar
su supremacía en el sector.
Sin embargo, cuenta la leyenda, la Ñusta Huillac decidió no ejecutar a todos los
prisioneros, dejando aún cautivos a unos cuantos misioneros, entre ellos Vasco de Almeida. Con
las semanas, se dice que la Ñusta estableció un fuerte lazo con el portugués, con quién pasaba
tardes enteras conversando sobre sus diferencias y similitudes. Estas últimas fueron más fuertes,
motivando una relación que pasó a transformarse en amor. Tanto para los colonos como para los
indígenas, una relación de este tipo significaba la traición a sus respectivos pueblos. Pero por el
lugar en que se encontraban, la pareja temía por las represalias de los indígenas, quienes no
tolerarían que su líder, descendiente de los masacrados incas del Cusco, se relacionara
amorosamente con un conquistador.
Desafortunadamente para los enamorados, los ojos de los indígenas siempre estuvieron
puestos en su líder, por lo que no tardaron en descubrirlos. Decididos a castigar a ambos,
especialmente a su líder por traición, ambos fueron sentenciados a muerte para dar un claro
mensaje de que ambos pueblos deben permanecer separados para que el poderío indígena se
reestablezca.
Con un inevitable destino por delante, la pareja no tuvo otra que esperar su desenlace.
Aun así, la Ñusta nunca se arrepintió de haber tomado el camino de morir junto a su amado,
quién le contó sobre el cristianismo y la vida después de la muerte, convenciéndola de que su
relación de pareja sería eterna.
Pasaron los días como cautivos, hasta que finalmente fueron informados durante una
tarde de que serían ejecutados y ofrecidos a Inti a la mañana siguiente bajo los primeros rayos de
sol. Con esta noticia, la Ñusta Huillac tomó la decisión de convertirse al cristianismo, por lo que
Vasco de Almeida ofició como sacerdote para llevar a cabo esta detemrinación. Previo a esto, la
virgen de Carmen se le aparece escuetamente a la Ñusta, diciéndole que no se preocupe, que de
aquí en adelante toda la eternidad será sólo para ella y su enamorado, por lo que ella se convence
y se decide a morir por amor. Justo en el momento en que finalizaron el bautizo de la Ñusta,
fueron sorprendidos por los indígenas, quiénes hartos de esta situación, decidieron dar muerte a
ambos sin más espera con una lluvia de flechas. Se dice que en su lecho de muerte, la Ñusta
Huillac solicitó como último deseo ser enterrada junto a su amado Vasco de Almeida y que se
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edificara una cruz sobre su tumba. Fieles aún a su antigua líder, los indígenas decidieron cumplir
este último favor y darles una sepultura cristiana a la pareja.
Pasaron los años, y con la ausencia de La Tirana, poco a poco fue decayendo el poderío
indígena del tamarugal. Así, el desierto de Atacama empezó a ser cada vez más transitado como
ruta entre las colonias de Perú y Chile. Más misioneros llegaron a la zona con el fin de
evangelizar a los locales, y se dice que para 1550 aproximadamente, fue encontrada por fray
Antonio Rondón, evangelizador de Tarapacá y Pica según la orden real, la tumba de la Ñusta
Huillac y Vasco de Almeida. Encontrar una cruz cristiana en medio del desierto provocó
curiosidad y potenció la fe del fray, quién se esmeró en conocer la historia de aquella tumba. Al
enterarse del trasfondo de aquella solitaria cruz en la pampa, Antonio Rondón mandó a edificar
una ermita de peregrinación en la ruta del desierto de Atacama. Como se convirtió ésta en una
ruta muy frecuentada, poco a poco esta ermita pasó a transformarse en templo. La popularidad
del lugar sentó las bases para que naciera un pueblo circundante al templo que posteriormente se
convirtió en Iglesia. Este pueblo es el que hoy conocemos como La Tirana, con su nombre bien
puesto en honor a la Ñusta Huillac.
Así, el surgimiento del culto a la virgen del Carmen en Tarapacá, como el nacimiento
del pueblo de La Tirana, nos muestran de manera mítica los orígenes de una de las tradiciones
religiosas y populares más importantes a nivel regional y, por qué no, también a nivel nacional.
No sólo nos relata la historia de la zona, sino que nos muestra los conflictos y los diálogos de dos
culturas, dos mundos opuestos, que por años convivieron conflictivamente en las áridas
extensiones del Atacama. La leyenda de la Tirana del Tamarugal da cuenta del proceso de
sincretismo vivido en Tarapacá en dicho contexto, donde la cultura originaria se adoptó a la
asimilación colonial. Si lo vemos de un punto de vista simbólico, y si hacemos la relación con la
realidad histórica de la región, podemos notar ciertos aspectos que resaltan en esta leyenda. En
primer lugar, claro está, las dos culturas enfrentadas, donde la indígena logra resistir
culturalmente y la imposición total de la cultura occidental. En otro plano, vemos que la manera
en que la leyenda relata esta relación, aun entendiendo el contexto de confrontación y violencias
propio de la conquista, se basa en una relación amorosa, centrada particularmente en un hombre
europeo y una mujer indígena. Aun siendo una leyenda muy local, refiriéndose a personajes y
paisajes bastante conocidos, el trasfondo de esta leyenda, es decir, la pareja del extranjero y la
local, no es exclusiva de Tarapacá. Javier Ocampos (2006) ha recopilado leyendas colombianas y
51
latinoamericanas similares. El encuentro entre los dos mundos ha sido representado en varias
ocasiones mediante una relación amorosa, lo que podría explicarse por el diálogo y conjetura que
este concepto simboliza. Por lo mismo, puede concluirse que es un relato propio de la época
colonial, difuminado entre lo histórico y lo legendario de un período donde ambos mundos se
interrelacionan, generando una nueva cultura: la mestiza.
El sincretismo es, según nuestra opinión, lo que ha permitido a la red religioso cultual
latinoamericana la producción y reproducción de sus elementos constitutivos, En tanto el
sincretismo religioso en nuestro continente es el lugar donde se presenta la búsqueda de la
trascendencia, lo cual se proyecta directamente en expresiones concretas de la identidad cultural
expresadas icónicamente al interior de estas formas religiosas (Alvarado, 1995: 13)
Con este antecedente, se entiende por qué la Fiesta de La Tirana ha arraigado una
tradición tan fuerte en la región de Tarapacá. Una lectura más profunda de la leyenda, como
vimos, da cuenta del relato identitario que define a Tarapacá como un territorio cultural con hitos
y símbolos que sintetizan el sentido de pertenencia. Por lo mismo, más adelante veremos cómo
esta fiesta ocupa un lugar protagónico en el folklore, la cultura y la identidad regional.
La quebrada de Tarapacá
A unos 106 kilómetros al noreste de Iquique, en la comuna de Huara, se encuentra la
quebrada de Tarapacá. Albergando a cerca de 15 pequeños poblados agrícolas, la quebrada de
Tarapacá es una de las más fértiles gracias al río homónimo, uno de los pocos ríos del Norte
Grande que logran avanzar varios kilómetros antes de perderse en la sequedad del desierto en su
camino al mar. Teniendo en cuenta el contexto desértico de la región, es entendible la razón que
motivó a los primeros tarapaqueños a asentarse en estas zonas, pues esta quebrada fue y es uno de
los pocos sitios fértiles que propician el cultivo de una gran diversidad de productos agrícolas.
52
La historia de la quebrada está fuertemente ligada al pasado colonial, pues el pueblo de
Tarapacá fue antiguamente el principal centro político en tiempos de control español. Sin
embargo, por su geografía y ubicación, el mundo indígena ha estado presente en la quebrada
ininterrumpidamente, incluso desde antes que los colonos. Esta realidad histórica hizo de
Tarapacá un poblado que impactó fuertemente en las relaciones coloniales y el convivir entre
españoles, mestizos e indígenas. Fue precisamente en Tarapacá donde se instauró el principal
templo católico y donde se desarrollaban los eventos religiosos más masivos. Este fue el
escenario propicio para el entrecruzamiento de la cosmovisión occidental y la local indígena,
teniendo como resultado un sincretismo que supo seleccionar ciertos aspectos de la cultura
originaria de Tarapacá para reafirmar su identidad y, por ende, mantenerla por sobre la
colonización.
La mixtura cultural resultante, que dio paso a una nueva identidad en la quebrada, y
especialmente en el pueblo de Tarapacá, se desarrolló principalmente en torno a la figura del
santo patrono traído por los españoles: San Lorenzo. Su imagen es venerada en Tarapacá desde
aquel entonces, pero no fue hasta la década de 1950 en que empezó a masificarse y a atraer
visitantes desde diversos puntos de la región. En la actualidad, la fiesta de San Lorenzo es
considerada la segunda más grande y más importante a nivel regional, tras la de La Tirana, siendo
un espacio y un territorio con un valor significativo tanto para la historia como para la identidad
de la región de Tarapacá
53
cultura popular gracias a la masividad que adoptó la fiesta. Hoy en día, cada 10 de agosto el
pueblo de Tarapacá se llena de color y ritmo al ser escenario de la fiesta.
Isidoro Saavedra, nacido en Tarapacá pero que vive entre su pueblo y la capital regional,
pertenece a la familia que históricamente ha sido cabecilla del pueblo de Tarapacá. La familia
Saavedra, gracias a su raíz como descendientes directos de los Chambe, es considerada pobladora
originaria de la quebrada y, por lo mismo, se les respeta incluso como autoridad. Don Isidoro, o
sólo Saavedra como es popularmente conocido en la región, relata el lugar que ocupa su familia
en el pueblo:
54
se ha mantenido tanto tiempo es porque funciona bien, y eso nosotros lo cuidamos
y los vamos a seguir reproduciendo (Isidoro Saavedra).
Esto es una realidad que revive cada agosto en la quebrada de Tarapacá, y no es una
realidad que se observa sólo de manera minuciosa, basta con pararse a una altura por sobre la
multitud para percatarse que algunos dirigen su atención hacia la Iglesia, los sacerdotes y la misa,
mientras que otro gran número se hace parte de la fiesta comunitaria llevada a cabo en la casa de
los Saavedra. Sin embargo, es importante recalcar que no son excluyentes, muy por el contrario,
se complementan y son organizadas, aunque no conjuntamente, de manera organizada con el fin
de respetar ambas tradiciones y no pasar a llevar a los fieles y peregrinos, independientemente de
cómo viven su fe durante la fiesta. Don Isidoro señala al respecto:
55
dirijan cosas importantes de la fiesta, pero hay cosas que vienen de antes, que son
ancestrales, por eso nosotros tomamos la batuta ahí (Isidoro Saavedra).
Como denotan sus palabras, Saavedra asume su rol como líder de la comunidad local,
especialmente a la hora de defender la tradición más notable como lo es la fiesta de San Lorenzo.
Es importante recalcar que él no es una persona soberbia, pero sí bastante dura a la hora de
demarcar la fiesta local y la fiesta de la iglesia:
Así, la plaza de Tarapacá evidencia este contraste entre dos vivencias, dos maneras de
concebir y de vivir una misma fiesta. Sin pretender exagerar el contraste entre ambos polos, pues
no podemos obviar el carácter complementario entre ambas partes, aun cuando don Isidoro se
esmera en recalcar lo contrario. Por sobre el conflicto o distancia que hay entre la visión
tradicional y la visión eclesiástica, la fiesta de San Lorenzo representa justamente el encuentro y
la convivencia de estos dos mundos. Lo tradicional, “lo andino”, se mantiene vivo sobre todo
como un discurso de trascendencia, una memoria oral en torno a un tronco ancestral que los liga
con el territorio de la quebrada de Tarapacá. Lo cristiano, por su parte, es mucho más tangible al
ser la imagen de un santo católico el ícono de la fiesta, además de ser la iglesia del pueblo el
núcleo de la peregrinación y, consecuentemente, el epicentro de la veneración a San Lorenzo.
56
nortina, con población que provenía de la zona central de Chile y de los países vecinos
(Wormald, 1972). Todos ellos dieron vida a la pampa, naciendo así los pampinos y su mundo
peculiar. Claro está que el auge salitrero, en comparación a etapas como las que vimos antes, fue
un proceso bastante corto en la historia de Tarapacá, pero “fue un período que dejó una huella
profunda en nuestra identidad, en nuestra cotidianeidad, en nuestro paisaje, en la memoria
histórica de los tarapaqueños” dónde nació el pampino, “…un sujeto social propio de una
temporalidad y una región (…), sujeto de los siglos XIX y XX y de la geografía del norte grande
chileno” (González, 2002: 64), dando vida a una forma de vida distintiva y particular.
Hasta antes del auge salitrero, la ciudad de Iquique no superaba los 7.000 habitantes y su
conexión con el interior de la región era casi nula. Las antiguas tradiciones y costumbres
caravaneras que unían el altiplano y la costa habían quedado en el pasado. Las comunidades
indígenas del interior, por su parte, y surgidos a partir de ex asentamientos coloniales, tenían una
religiosidad muy arraigada a la cosmovisión andina, pero siempre con el tono católico. Las fiestas
patronales son el mejor ejemplo de esto, pues ilustran como gira una festividad con un
fundamento cristiano, que se mezcla en sus prácticas con la religión propia de los Andes. De
acuerdo a Gavilán y Carrasco, dos autoras nortinas:
“Cada una de las estancias (actuales pueblos) tiene o tenía por lo general
una iglesia católica, con un o una santo/a o virgen que protegía a las familias.
Cada comunidad étnica cuenta con un Patrono/a principal, asignando así una
clara jerarquización que en la escala mayor ubica a aquellos de mayor inclusión
poblacional (…) Se dice que cada santo o virgen posee un genio propio:
temperamento bueno o temperamento malo. Pueden ser humildes, atropelladores
o poco generosos” (Gavilán y Carrasco, 2009).
El contexto pampino demarco una cultura ligada al desierto que caló profundamente en
las raíces identitarias de Tarapacá al entrelazarse con tradiciones que existían desde antes, dando
57
como resultado procesos y dinámicas sociales que conectaron los diversos pisos ecológicos de la
región. Por primera vez desde la época precolonial, Tarapacá retomo el tránsito humano entre la
costa, la pampa y el altiplano, pero esta vez teniendo al salitre como factor central en las
relaciones sociales. Sin embargo, no hay que olvidar que la época salitrera, al menos en su auge,
no duró más de 50 años. Aun así, y como detalla Sergio González, fue un período de tal
importancia económica para el Estado, que las políticas públicas apuntaron a la soberanía
efectiva de la región, especialmente asimilando a los pobladores locales como chilenos. Esto
significó una esforzada campaña por parte de Chile hacia la población tarapaqueña de aquella
época, enmarcada en un discurso público asimilador y que buscó escarbar en los imaginarios
colectivos en torno a la cultura local y, por ende, a la identidad de Tarapacá. Es importante
entender esto como un proceso gradual y planificado y que se desarrolló desde varios frentes,
pues:
Los discursos públicos de identidad frecuentemente quieren hacernos ver que existe una
y sólo una versión de la verdadera identidad; que se podría de algún modo determinar con
precisión lo que está fuera de ella y lo que pertenece a ella y es más o menos compartido por
todos en la sociedad. (…) Las versiones públicas de identidad nacional se construyen
normalmente sobre la base de los intereses y visiones del mundo de algunas clases o grupos
dominantes se la sociedad, a través de una serie de instituciones culturales, como los medio de
comunicación, instituciones educacionales, religiosas y militares, aparatos del Estado, etc.
(Larraín, 1996: 209)
58
La época salitrera aportó, entonces, en la construcción de la identidad colectiva de
Tarapacá, aun siendo un período efímero. Esto se integró en la cultura regional, aportando
significativamente en la identidad de Tarapacá. Sin embargo, y contrario al objetivo del Estado
chileno, la identidad pampina fue fruto de un dialogo entre el pasado de la región y la actualidad
de aquel período, la suplantación de la cultura previa a la conquista del naciente Norte Grande de
Chile. En este sentido, tenemos por un lado la cultura histórica de Tarapacá, ligada la
tradicionalidad andina y fuertemente influenciada por los países vecinos, y por otro, una cultura
impuesta, peor a la vez adoptada y adaptada al contexto local. De esta forma, la cultura andina,
por su larga data, podemos entenderla como una identidad larga, mientras la identidad en torno al
salitre, como una identidad corta. La primera representa “…aquellos ejes que por más de un siglo
y en algunos casos por muchos más, han enraizado en los imaginarios culturales del norte
grande”, y de esta manera tienen una base más difusa como resultado de un proceso
sustancialmente más largo. Por el otro lado, las identidades cortas “…son resultante de períodos
reciente y que podrían identificarse como procesos actuales más que históricos” (Instituto de
Estudios Andinos Isluga, 2010). Esto, obviamente, aterrizado al contexto histórico del salitre,
donde sí se vivía activamente dicha cultura. A esto le sumamos la identidad chilena, que si bien
puede ser entendida como una identidad larga, para aquel entonces, en Tarapacá, era algo
completamente nuevo. Por esto, la vida en la pampa, y las relaciones sociales que se dieron en
aquel contexto, fomentaron el desarrollo de una cultura que fue consecuencia del dialogo cultural
de aquella época, y que con el pasar del tiempo pasó a ser una arista más de la identidad
tarapaqueña.
En este sentido, la época salitrera funcionó como un conector entre las identidades largas
y las cortas de la región, dando pasó a nuevas dinámicas que entrecruzaron aspectos de ambas
culturas y teniendo sus frutos en las nuevas tradiciones tarapaqueñas. Las fiestaV patronales, por
ejemplo, empezaron a masificarse paulatinamente gracias a la explosión demográfica de la pampa
salitrera.
El caso de la fiesta de La Tirana que se mencionó con anterioridad es, por sobre todos, el
caso más icónico. La patrona del pueblo no es cualquiera, pues la tradición popular señala que
dónde hoy se encuentra el pueblo de la Tirana apareció la Virgen del Carmen, la “Chinita”, como
se le conoce popularmente. Se le reveló, cuenta la leyenda, a Ñusta Huillac, princesa indígena e
hija de un sacerdote inca, quién se convirtió al catolicismo para poder vivir el amor eterno junto a
59
Vasco de Almeida, expedicionario portugués. Ambos fueron condenados a muerte por los
indígenas.
A partir de la década de 1950, la fiesta de La Tirana se trasformó en lo que hoy
conocemos. Siempre ligada al mundo pampino, el pueblo cada año recibía fieles de todos los
rincones de la pampa, de un sinfín de oficinas salitreras que le daban vida al desierto. Sin
embargo, con la creación del salitre sintético en Europa, la industria salitrera cayó de golpe,
motivando el abandono de las salitreras por parte de miles de familias pampinas. Así, muchas de
ellas vieron en Iquique su nueva vida, como también en otras ciudades cercanas. En ese entonces,
décadas de 1950 y 1960, el auge salitrero había dado paso a que ciudades como Iquique se
desarrollaran como puertos de exportación, facilitando el crecimiento urbano. La capital regional
recibió a los ex pampinos y sus familias, albergando toda una tradición que trascendería hasta
adoptarla como propia, pues la pampa como concepto es en sí una arista de la identidad
iquiqueña.
La popularidad de la fiesta de La Fiesta de la Tirana no decantó. Al contrario, el
compromiso de los fieles fue tal que, aun con una pampa semi despoblada, la cita en el pueblo
cada julio se mantuvo intacta. Eso sí, ahora el viaje era más largo, había que subir desde las
planicies litorales a las alturas del interior de la región. Con el tiempo, la conectividad mejoró,
facilitando la masiva asistencia a la icónica fiesta de La Tirana.
Así, de la mano de los pampinos que llegaron a poblar Iquique posterior al auge
salitrero, el mundo andino llegó a la ciudad mediante sus costumbres, principalmente arraigadas a
la religiosidad popular, sin menospreciar la gastronomía y el folklore, claro. Quién hubiese
imaginado que un antiguo territorio incaico tuvo que esperar más de 500 años, soportando
genocidios, explotación y las adversidades del clima local, para que se valiera potentemente de
los resquicios de la cosmovisión andina. La vida en la pampa, por lo tanto, reconectó a Tarapacá
con sus raíces ancestrales, pasando por un largo proceso de construcción identitaria marcada por
la violenta irrupción del Estado chileno y las difíciles condiciones del desierto, la que al decantar
el auge salitrero, se asentó y siguió su curso en las grandes urbes.
Iquique, la gran ciudad
Además de las fiestas patronales, en Iquique existen un gran número de celebraciones
que reflejan la presencia del mundo andino en la ciudad. En primer lugar, en épocas de verano las
calles de Iquique se llenan de color y música al inaugurarse el Tambo Andino, evento que reúne,
60
a un costado de la playa Cavancha, a diversas comunidades de la región con el fin de ofrecer
productos locales (alimentos variados, artesanías, música, etc.). La capital regional se vuelve el
escenario donde tanto iquiqueños como turistas pueden visitar las dependencias del Tambo
(“encuentro” en lengua aymara), acompañado de música tradicional en vivo para que el público
pueda bailar, restaurantes donde comer e información sobre los atractivos de la región destinados
al turismo. El Tambo Andino se asemeja a la estructura de las conocidas fondas, compuestas de
locales comerciales, juegos y exposiciones, pero con la distinción de que el trasfondo folclórico
no es republicano, sino que regional y andino.
En los carnavales de barrio hay tradiciones ligadas al macro territorio andino, como por
ejemplo las ollas comunes de gastronomía típica, los pasacalles, la espera del alba (primeros
61
rayos de sol, como se le dice popularmente) y el tradicional juego de la chaya, que consiste en
tirarse agua, harina o simplemente tierra entre vecinos.
Las bandas de bronces constituyen una insignia del folklore de Tarapacá, reflejando su
historia y sus tradiciones. Su rol en la cultura de Tarapacá, como hemos visto, ha estado ligada
históricamente a los escenarios festivos, encargándose de musicalizar los escenarios de este tipo.
Los Bronces cobran relevancia en cuanto se asocian a un contexto, pues nunca actúan de manera
individual, en el sentido de que siempre se encuentran dentro de marcos sociales y culturales que
definen su actuar específico para la ocasión. Sin embargo, su intrínseca relación con el ambiente
festivo ha hecho que las bandas de bronces se hayan desarrollado en este contexto, integrándose
efectivamente a lo que podemos denominar fiesta religiosa. Revisemos, entonces, este concepto y
qué involucra, para así dilucidar el lugar de los bronces en estos espacios.
La fiesta
Los bandas de bronces, al estar directamente relacionadas a la fiesta, trascienden de lo
puramente religioso, pues abarcan otros espacios que se han nutrido de esta práctica, haciendo
difusa la frontera entre lo netamente musical y lo tradicional. Ya con varios años de historia en el
escenario regional, los Bronces han ampliado su espacio, logrando posicionarse en otras facetas
del quehacer y la cultura local. El arraigo de los Bronces se dio, entonces, por su paso de lo
tradicional a lo popular. Al masificarse las bandas, y al convertirse en algo típicamente local,
empezaron a desarrollarse otras facetas musicales, dando lugar a otro tipo de eventos donde los
Bronces cobraron protagonismo.
La relación intrínseca entre los bronces y al fiesta es parte de dicha tradición, pues son
agentes protagónicos en dichas instancias. Por lo mismo, las fiestas religiosas, al menos las
grandes como La Tirana y San Lorenzo, representan una fecha importante y que define el
62
quehacer de la comunidad, especialmente de quienes tienen una relación directa y activa con la
fiesta, como por ejemplo los miembros de las bandas o los bailes.
Es una tradición que hay aquí… quizás hay mucha gente de afuera que aún no
conoce lo que significa esto, pero para la gente de Iquique, La Tirana y Tarapacá
(las fiestas) son cosas muy importantes, tenemos un compromiso con la fiesta.
Cuando es la fiesta de La Tirana, Iquique queda vacío casi, todos van (…) Es una
tradición más que nada de familia… tengo casa en La Tirana, voy todos los años a
La Tirana” (Matías Herrera, Banda Runaukas)
Para ser honesto, esto es bajo contrato, pero habemos muchos que lo hacemos
también porque nos gusta, porque de niños venimos a la tirana, hemos participado
desde niños en la fiesta, algunos pasamos por bailes religiosos, después
empezamos a tocar… siempre hemos estado de alguna forma relacionados con la
fiesta, con la música y con toda esta tradición que se traspasa. Ya sea bailando o
tocando, nosotros vamos a estar siempre aquí, porque hay una especie de
sentimiento en venir a acá, no es venir por venir” (Alex Pizarro, Banda
Emperador)
Estos relatos dan cuenta de que el traspaso de esta tradición ha sido desde la familia,
principalmente heredando conocimientos y pertenencia a grupos ligados directamente a la fiesta.
Ya sea dentro de una banda o de un baile, la constante práctica, así como la fe que la respalda,
genera en los sujetos la asimilación de dichas prácticas y, por lo tanto, la reproducción de las
tradiciones. También el director de la banda Mallkus se pronuncia, señalando que “lo que es fe,
yo soy de La tirana, yo de chico he venido para acá, porque es por fe… yo te digo, aunque yo no
tuviera plata, vendría igual a tocar con mis tíos, mi familia (Francisco Montecinos). Sin embargo,
también se reconoce que la tradición trasciende de los actores activos (bailes y bandas), pues se
establece que es también parte de la cultura popular de la gente iquiqueña en general. Ese
sentimiento o compromiso que identifican los entrevistados se refleja justamente en el
compromiso en asistir a las fiestas, casi como que uno individualmente aporta a ella sólo con la
asistencia. La tradición de la fiesta, por tanto, se instaura mediante la sucesión y la continuidad de
determinadas prácticas que han ido dotando a las fiestas con este tinte de inmutabilidad con el
pasar de los años. Independientemente de que se inserten nuevas facetas a la fiesta, están
consagradas como un todo, como una fecha cíclica que año a año demarca el quehacer de la
63
comunidad. En este contexto, los Bronces cumplen un rol protagónico, pues es indudable su
fuerte lazo con la religiosidad popular, incluso siendo esta su cara más visible y más reconocida
en el imaginario colectivo. “La fiesta es la música” decía don Isidoro Saavedra, y no se
equivocaba, pues sin bandas no habría música, sin música no habría bailes y, claramente, sin ellos
las fiestas religiosas del Norte Grande serían radicalmente diferentes. El contexto festivo, el
escenario efímero que nace tan rápido como desaparece, durando sólo unos cuantos días en los
pueblos del interior de la región, ha sido a grandes rasgos el mismo desde hace ya varias
generaciones. La fiesta propiamente tal es justamente parte de un ciclo para la comunidad,
representa un momento que divide el año sucesivamente, ya sea de manera individual mediante la
fe, o de manera colectiva en grupos como bandas, bailes o incluso familias. De hecho, uno de los
factores que definen la imagen sobre la fiesta, es justamente esta especie de inmutabilidad,
continuidad o repetición de un mismo evento.
Y es en este escenario festivo donde las bandas de bronces han nutrido a la tradición
local con sus ritmos, pero no fue hasta la década de 1980 en que empezó a desarrollarse el
fenómeno actual en torno a las bandas. La influencia extranjera, claramente, dotó a la
musicalidad de Tarapacá de estructuras rítmicas y sus correspondientes expresiones de baile. Pero
el relato en torno a las bandas de bronces locales sólo se fue construyendo en cuanto se aterrizó al
contexto de la región. Ritmos (y bailes) como la Diablada o los Zambos fueron adoptados
íntegramente desde sus inicios, prácticamente emulando a sus pares bolivianos. Sin embargo, esto
no limitó el desarrollo de una tradición propia de Tarapacá. El pasar de los años significó para los
Bronces sucesivas fiestas patronales, poco a poco consagradas, donde año a año fueron
innovando, creciendo y, por lo mismo, atrayendo ya no sólo a peregrinos, sino también a la gente
en general a los poblados del interior de Iquique. El desarrollo de los bronces fomentó, a su vez,
el desarrollo de la cultura popular en torno a las fiestas patronales, haciendo que cada año los
pequeños poblados recibieran a mayor número de visitantes, dando paso a dinámicas sociales que
van más allá de lo meramente religioso. Las fiestas más grandes, la de La tirana y la de San
Lorenzo de Tarapacá, se fueron articulando como escenarios complejos, donde la duración de la
festividad se fue prolongando, fue surgiendo el comercio, se extendió la superficie de los pueblos
y se mejoraron las vías de comunicación. La masividad llevó a los pueblos un poco de la vida de
la ciudad. Y esto no fue exclusivo de las fiestas grandes, también otras festividades más pequeñas
vivieron este proceso, pero claramente a menor escala. De ahí en adelante, la fiesta pasó a ser un
escenario de mayor complejidad, con más involucrados y, consecuentemente, con una mayor red
64
de factores que influyen en su desarrollo. Este escenario complejo y en constante desarrollo,
donde los bronces aportan sustancialmente, es lo que denominamos fiesta.
Así, la fiesta lleva consigo una tradición traspasada de generación en generación, que se
asimila mediante la cíclica asistencia y participación en la fiesta. Motivados por la fe, los músicos
y danzantes le dan un tinte atractivo a esta tradición religiosa, atrayendo a numerosos visitantes
que dotan este contexto de una complejidad social que trasciende de la fe. La fiesta obtiene así un
valor simbólico y temporal, elevándola a una concepción de ella más amplia y más abstracta.
Limitarla, por ejemplo, a su espacio físico significaría obviar todo el proceso previo que da vida a
la fiesta propiamente tal. Para La Tirana, por ejemplo, el compromiso que se tiene con la fiesta se
plasma durante todo el año en las calles de Iquique y Alto Hospicio, donde cada fin de semana a
partir de los primeros meses del año, algunas calles se transforman en lugares de ensayo para
bailes y bandas. Dependiendo de cada cofradía religiosa se establece un lugar específico,
respondiendo a la población, sector o barrio donde nació o donde aún se establecen los miembros
de dicho conjunto. Dicho de otra forma, cada baile tiene su propio territorio en la ciudad, donde
se preparan para los días festivos. Aun siendo un tanto opacados por la puesta en escena de los
bailes, las bandas de bronces van a la par de estos primeros, acompañándolos desde el inicio de
los ensayos y preparando conjuntamente la puesta en escena que se llevará a cabo durante los
días festivos. Estos ensayos son cotidianos en el paisaje urbano y sonoro de Iquique,
acrecentándose a medida que se acercan los días festivos, momento en que danzantes y músicos
se trasladan al pueblo.
66
Los Bronces de Tarapacá
Como bien dice su nombre, estas bandas se componen de instrumentos principalmente
de bronce, destacando las trompetas, trombones y tuba; siempre acompañadas de percusión base
(bombo y caja) para dar vida a bailes tan insignes como la Diablada o la Morenada, sólo por
mencionar dos de los más icónicos. Los Bronces, en su expresión contemporánea (es decir, en la
forma, contexto y lugares en que se desarrollan), son una herencia boliviana, pero su nacimiento
en la región fue un proceso local. Con posterioridad a la Guerra del Pacífico, y de la mano de las
ligas patrióticas que buscaban fomentar el Estado-Nación de Chile, los pobladores indígenas de
Tarapacá fueron reclutados por el Ejército. Siguiendo su tradición musical, principalmente en
instrumentos autóctonos, no tardaron en unirse a las filas de las bandas militares, las cuales se
componen principalmente de bronces. Así, “este paso significó que (…) surgieran entre cuarteles
y poblados andinos las bandas de bronce, que congregaron a músicos de los batallones con
intereses en común, para participar principalmente de las ceremonias religiosas de los pueblos”
(Díaz, 2009). Así, los pueblos tarapaqueños, encabezados por un alférez (jefe de familia o clan
andino), rápidamente adoptaron la práctica de los bronces como parte de su religiosidad, dándole
otro tono a las fiestas y forjando nuevas tradiciones. Sin embargo, esto fue un proceso paulatino y
de larga data, con hitos claves que marcaron el camino hacia la inclusión de las bandas de
bronces en el folklore, la cultura y la identidad local. A continuación veremos la historia de los
bronces en la región de Tarapacá, detallando los momentos y contextos que fomentaron su
inserción en la región.
Siguiendo sus propias tradiciones, la comunidad boliviana aportó con ciertas prácticas
culturales propias de sus fiestas, principalmente el carnaval de Oruro. Lo más representativo, y
que probablemente fue lo más atractivo para los tarapaqueños, fueron los bailes y los ritmos. La
masividad de bolivianos en la región facilitó que se conformaran cofradías religiosas para
rendirle culto a la Virgen del Carmen, homologando la dinámica carnavalesca de sus fiestas,
aportando bailes tan insignes en el folklore tarapaqueño como las Diabladas, Morenadas o
Caporales, sólo por mencionar algunos. El colorido, el fervor y la popularidad que adquirió la
fiesta de La Tirana fue tal, que poco a poco empezaron a conformarse cofradías chilenas de estos
bailes. Ahora bien, el concepto de cofradía religiosa o simplemente “baile” como se le conoce
popularmente, involucra, además de a los bailarines propiamente tal, a todo un apoyo logístico
necesario para vivir en los respectivos pueblos por más de una semana si es necesario. Los
bailarines son sólo la cara visible de los bailes, el atractivo principal de las festividades que llenan
de ritmo y color las plazas y calles aledañas de las localidades de fiesta. Sin embargo, la devoción
es vivida en el mismo plano por todos sus miembros, pues se entiende que el participar de una
68
cofradía es ya un compromiso con el patrón o patrona al que se le rinde culto. A modo de club
social, cada miembro cumple con una responsabilidad dentro del baile, ya sea encargarse del
vestuario, de la comida o de los fondos económicos. Transversal a toda actividad, la pertenencia a
un baile y, por lo tanto, el compromiso con el mismo, se justifica en la devoción popular, de la
que Bernardo Guerrero nos dice:
Las cofradías religiosas nacen históricamente a partir de familias y/o barrios, pues no
sólo significan un compromiso con la religión, sino también entre los mismos miembros y su
entorno, compromiso que se refleja en la preparación durante todo el año para asistir a sus
respectivas fiestas. Por lo general, cada agrupación religiosa tiene un santo patrono, sin embargo,
a modo casi de solidaridad y religiosidad, no es raro encontrar a un mismo baile en distintas
fiestas. No dispongo del registro oficial de cofradías religiosas en la región de Tarapacá, pero si
puedo señalar que cada año, por ejemplo, al menos 230 son inscritas oficialmente en la fiesta de
La Tirana, lo que les da un espacio y un horario en las actividades que otorga la Iglesia. De estas,
la mayoría provendría de la ciudad de Iquique, no existe una fuente oficial al respecto.
Así, desde la época salitrera hasta nuestros días, las fiestas patronales se transformaron
significativamente a partir del aporte de la comunidad boliviana de aquel entonces a la cultura
69
local y, posteriormente, la adopción de su tradición religiosa y musical en el contexto de
Tarapacá. El paso del tiempo ha nutrido fuertemente de tradición boliviana al folklore
tarapaqueño, especialmente en los bailes y en la música de las bandas de bronces. Es más, si
consideramos que la presencia boliviana en Tarapacá se ha mantenido hasta la actualidad, se hace
difusa la frontera entra las tradiciones andinas originarias bolivianas y lo particularmente
tarapaqueño.
En la historia de los bronces podemos reconocer ciertos puntos claves para entender sus
transformaciones, principalmente si nos fijamos en las influencias que han tenido. Según vimos,
la cultura festiva y carnavalesca boliviana fue sin duda la más potente, y no sólo por haber
aportado con danzas tradicionales, sino principalmente por haberse convertido en la base de los
nacientes bronces chilenos. Los ritmos tradicionales de Tarapacá, aquellos que sólo se entonaban
en contextos rituales, fueron poco a poco siendo desplazados por las nuevas creaciones musicales
que empezaron a surgir en la región gracias a la influencia boliviana. Este proceso de
“bolivianización de las bandas” consagra el lazo cultural con el país altiplánico, pues, más allá de
la mera influencia estructural y musical de las bandas como tal, es mediante la música en que se
empieza a construir un relato identitario que engloba, al menos en el contexto local, lo que se
reconoce como cultura andina en la región de Tarapacá. Es decir, los bronces cumplieron un rol
determinante en la identificación de Tarapacá con el mundo andino, funcionando como puente
entre la región y las tradiciones musicales bolivianas. La adopción de ritmos bolivianos, con su
consiguiente asimilación al contexto local, dieron paso a un reconocimiento de similitud con
respecto a la musicalidad andina.
71
El territorio cultural
Desde una segunda perspectiva territorial, debemos tomar en cuenta el lazo entre el
territorio y la identidad, lo que hace sus fronteras ambiguas y bastante difusas a la hora de
definirlas. Precisamente esta perspectiva proporciona un reconocimiento del territorio en un
sentido de pertenencia y tradicionalidad, más que de habitar el mismo particularmente. Se refiere
a reconocer los espacios que dan sentido a la raigambre a un territorio determinado, aun no
sinedo parte del mismo en estricto rigor. Para el caso de las Bandas de Bronces, ya vimos que su
historia trasciendo de la región y del país, de igual manera su desarrollo hasta la actualidad, por lo
que establecer exclusivamente a la región de Tarapacá como su territorio, al menos desde esta
perspectiva, sería obviar la multiplicidad de agentes y lugares involucrados en el proceso
histórico y en la realidad cultural actual de las bandas de bronces.
De esta manera, el territorio cultural de los Bronces abarca una amplia gama de niveles y
escenarios. Como vimos en la historia de las bandas de bronces de Tarapacá, Bolivia, y
particularmente la zona andina de ese país, aportó en las bases musicales y estructurales de la
bandas, influencia que se sigue manteniendo hasta la actualidad, manteniendo un dialogo
constante entre las dos culturas, y que va más allá de las bandas exclusivamente. Para Tarapacá,
la frontera con Bolivia no es más que un imaginario nacional, pues la realidad cultural denota un
fenómeno de interrelación fuertemente arraigado a las tradiciones y las identidades que, en
muchos aspectos, abrazan los mismos o valores y símbolos. El contacto histórico entre ambos
países, entre sus habitantes y sus culturas, sobrepasa los límites políticos establecidos, pues
responde mayormente a un tránsito basado en la geografía andina. Teniendo dos barreras
naturales, el mar en la zona baja y la cordillera en las alturas, el transito latitudinal ha sido el
sistema que ha ayudado a los habitantes de esta zona, los de antes y los de ahora, a sobrellevar la
vida en el desierto de Atacama, que se extiende longitudinalmente por más de 600 kilómetros en
su zona más árida.
Esto ha hecho de Tarapacá sólo una porción de un territorio más amplio, y de la cual la
identidad local se nutre. El campo identitario regional de Tarapacá, tiene claramente definido sus
dos ejes, teniendo el territorio político demarcado por sus fronteras establecidas, donde se dan los
fenómenos particulares de la región; y por otro lado, teniendo el eje identitario no territorial, o no
presencial para ser más explícito. La identidad claramente se liga a un territorio activamente
definido y demarcado, vivido cotidianamente en espacios específicos, pero eso no limita las
fronteras de la identidad cultural. No es que Tarapacá se identifique como una región boliviana,
72
sino que se reconocen estas similitudes entre sus culturas que fomentan el desarrollo de una
identidad no territorial. Las manifestaciones folclóricas y religiosas, por ejemplo, exponen esta
realidad, situando a Tarapacá en un proceso histórico de influencias entre las culturas de la
geografía andina más cercana.
Las bandas de bronces, por la historia que ya hemos visto, son uno de los aspectos más
evidentes de este fenómeno. Se enmarcan en un relato cultural más amplio, dentro del folklore o
musicalidad andina si se quiere, que los dota de un sentido de pertenencia justamente a ese marco
cultura, es decir, a una identidad no territorial que, en este caso, se basa en las influencias
musicales. El concepto de banda de bronces como patrimonio intangible, por lo tanto, se
construye con una base no territorial a la cual se adscribe, pero se estructura desde el escenario
local. Dicho de otra forma, los Bronces de Tarapacá nacen al alero de las influencias históricas de
su entorno, pero cuentan con distinciones propias de su contexto territorial. Y esto es algo que los
músicos tienen claro, como indican dos directores de banda, de los Mallkus y los Runaukas
respectivamente:
Esto de las bandas de bronces está arraigado en Bolivia también, ellos creen
que esto es de ellos no más, pero yo creo que no es así porque lo nuestro es
diferente, tenemos una identidad propia. Lo que se ve en Iquique o en La tirana
son cosas con un sello de acá, con una identidad propia. Ejecutamos la misma
música, los mismos ritmos, pero acá toma otro sentido. Allá, por ejemplo, la cosa
es más de carnavales, no tan religioso como acá (Francisco Montecinos, Banda
Mallkus).
Esto determina el folklore local, lo que significa tomar distancia de la música boliviana
en este caso, pero reconociendo un tronco y una herencia común. Por lo tanto, el territorio
propiamente tal es la región de Tarapacá, pero aún más específicamente, los contextos espaciales
y sociales en dónde los Bronces adquieren un valor de representatividad identitario, es decir, no
73
basta sólo con que estén presentes, deben cumplir un rol aglutinador de la cultura local en
cualquiera de sus aristas. Eso se define según los contextos en los cuales las bandas se enmarcan,
pero eso es para un próximo apartado.
Ahora bien, esta estructura es la básica, pues cada banda puede optar por modificaciones
que aportan para su propia distinción con respecto a otros conjuntos musicales. Estas variaciones
pueden ir desde la inclusión de otros instrumentos, como pueden ser saxofones, oboes o cuernos,
sólo por mencionar algunos ejemplos, hasta aspectos más técnicos en cómo se lleva el ritmo y la
melodía. Además, también varía la estructura de los bronces dependiendo de cada subgénero
musical que entonen. Por ejemplo, no son los mismos compases los de un Salto de Diablada que
los de un Sambo Caporal o una Morenada, aun cuando mantienen la estructura básica
mencionada. En esto es el director de la banda quien toma protagonismo, pues es él el encargado
de pensar y poner en marcha el plan musical que se quiere emprender.
74
La labor del director es determinante. Su rol es central en la banda por su experiencia y
liderazgo, las cuales se reflejan en la calidad musical de la banda. Por lo mismo, los directores de
las bandas de bronces son generalmente gente adulta y con trayectoria musical que buscan
exponer mediante sus respectivas bandas. Ser director, por lo tanto, significa un compromiso con
la banda y con cada uno de los músicos, entendiendo que el objetivo principal es resaltar sobre
otras bandas. El director de la banda Runaukas, por ejemplo, señala que el desempeño de su
conjunto musical se basa en “…resaltar, marcar la diferencia, ser algo único… ojalá que nos
reconozcan, que cuando se escuchen a lo lejos nuestros instrumentos, la gente ya sepa que somos
los Mallkus”. El esfuerzo por marcar la diferencia, como relató Francisco Pesos, es lo que
determina la estructura de la banda en un plano organizacional. Para precisar, esto se refiere a
cómo la banda organiza sus tiempos y que medidas toma para ir mejorando su puesta en escena.
Esta es justamente la tarea del director, quien se encarga de definir estrategias que en muchas
ocasiones trascienden de lo musical, pero siempre enfocado en afianzar los lazos entre los
músicos de la banda y, consecuentemente, mejorar el espectáculo que se busca brindar. Esto lo
cuenta también el director de los Runaukas:
Como director siempre tengo que estar pendiente de mis músicos, y no sólo
en lo musical, también en lo personal, en ser alguien cercano para ellos. Yo creo
que haciendo de la banda un grupo buena onda, donde ellos no se sientan
presionados ni obligados a tocar, solo se da ese ambiente de comodidad. Yo por
ejemplo, como una vez al mes, organizo con la banda alguna junta, nos tomamos
su tragos, tiramos algo a la parrilla… la idea es que tomemos confianza entre
todos, que nos llevemos bien… así no más se hace una buena banda, obviamente
con buena música, pero teniendo un grupo humano que se lleve bien, yo creo que
lo demás viene solo (Francisco Pesos, Banda Runaukas)
Por otro lado, para el caso de carnavales, fiesta religiosas, o cualquier contexto en que
involucre la participación conjunta entre un baile y una banda, es de vital importancia la
interrelación entre ambas partes involucrada. En dichos contextos, la estructura de una banda va
más allá de los músicos propiamente tal, pues se aumenta el número de involucrados, sumando al
baile que se está musicalizando. El rol que toma la banda ahora es en conjunto con el baile y por
lo mismo existe un dialogo previo entre ambas partes para determinar lo que se quiere exponer.
75
Independiente del ritmo, baile o fiesta, siempre existen estas dos partes involucradas y que
conjuntamente determinan cómo será su relación en lo musical, en lo escénico y en lo económico.
Por una parte, el baile determina la duración de su puesta escena, así como la
variabilidad que ésta pueda tener. En tanto, la banda es la que decide las canciones que se tocan y
que pueden ser modificadas dependiendo a las especificaciones que pida el baile. Por este
motivo, todo trabajo conjunto se inicia con un contrato previo, donde ambas partes definen cómo
se llevará el proceso y los alcances que tendrá su relación. En muchos casos, especialmente entre
los bailes y bandas más prestigiosos, existen contratos de exclusividad que amarran su relación
por meses o incluso años.
76
Por lo tanto, es importante desde ya recalcar que la relación entre la banda y el baile
nace desde un principio, en muchos caso acordado desde un año antes o incluso con un contrato
de exclusividad de por medio. Esto no se ampara en ningún marco regulatorio, sino que se afirma
en el compromiso de asistir a las fiestas y de conjuntamente brindar un espectáculo de calidad.
Además, la alianza entre banda y baile no es meramente por un fin práctico, pues como diría
Francisco Pesos, director de la Banda Runaukas, “Una buena banda no le toca a cualquier baile”,
pues está en juego también la imagen de la banda, la cual gana status mediante el baile al cual
acompañe. No existe una regla que determine que baile es más prestigioso que otro, pero se le
atribuyen especial valor a algunas agrupaciones por su antigüedad, su masividad y su ubicación
física dentro de la fiesta. Esto último se refiere estrictamente al lugar específico del pueblo donde
se ubica el baile y, por lo tanto, la banda. En el caso del pueblo de La Tirana, por ejemplo, son las
calles principales, las cuales colindan con la iglesia, donde se ubican los bailes y las bandas más
reconocidos por la gente. “Nosotros como Mallkus hace harto igual que le tocamos al mismo
baile que son los Sambos del Carmen, que bailan allá donde bailan los bailes grandes”, cuenta
Francisco Montecinos refieriendose justamente al costado izquierdo de la Iglesia del pueblo por
la calle Obispado.
77
Cumpleaños, bautizos y otras celebraciones.
Como hemos visto, las bandas de bronces destacan por su carácter festivo y su ligazón a
contextos de celebración. Hasta aquí sólo me he referido a escenarios festivos que son parte de la
religiosidad o, bien, que tienen un tinte ritual. Sin embargo, la ciudad ha sido el escenario que ha
propiciado la conjunción de la tradición musical de los Bronces con dinámicas e instancias más
cotidianas, donde se han ido integrando a lugares en los que antes no estaban presentes. El
carácter festivo precisamente, ha sido lo que ha fomentado este traspaso de lo tradicional hacia lo
cotidiano, adaptando la puesta en escena de las bandas a contextos de fiesta y ocio en la ciudad,
pero manteniendo la distinción que las posiciona como bandas de bronces propiamente tal.
Donde esta realidad se ha hecho más evidente es en las ciudades de Iquique y Alto
Hospicio, cuna de gran parte de las bandas de bronces de la región. Como indican los miembros
de diversas bandas10, su consagración como tal la han logrado gracias a años de desarrollo en el
ámbito musical tradicional, ganando prestigio y reconocimiento por parte de la comunidad
gracias a su consecutiva presencia en dichos contextos. Ahora bien, esta imagen que se ha
formado en torno a los Bronces los ha llevado a ampliar su presencia: “además de las fiestas,
tocamos también en eventos en Iquique como matrimonios o bautizos, también en funerales,
festivales, carnavales. De todo un poco, en verdad” (Alex Pizarro, Banda Los Imparables). En
este sentido, las bandas se han expandido a nuevos escenarios, lo que ha significado también una
modificación en sus repertorios con el fin de responder a estos nuevos escenarios. De cierta
forma, esto ha significado para los músicos un giro radical en sus ritmos: “También tocamos
música popular, súper variada… tocamos todo lo que está pegando, como cumbias, los
reggaetones, y harto, de todo un poco” (Francisco Pesos, Banda Mallkus).
Bautizos y cumpleaños, así como eventos de empresas u otras instituciones, son las
principales instancias donde tocan las bandas de bronces sin un sentido religioso o ritual de por
medio, sólo remitiéndose al carácter festivo de las bandas. En este marco, las bandas ofrecen un
servicio, por lo que su forma de remuneración es económica, como en cualquier otro tipo de
trabajo.
10
Francisco Pesos, Alex Pizarro y Francisco Montecinos, directores de las bandas Mallkus, Emperador y Runaukas
respectivamente.
78
Los tambos en la bohemia iquiqueña
Los tambos y tambillos fueron durante la época imperial incaica lugares de descanso
para los chasquis, aquellos agiles mensajeros que recorrían varios kilómetros a diario para
mantener comunicado al imperio. Repartidos por todo el territorio inca, los tambos funcionaban
también como un lugar de encuentro, pues muchas veces en ellos se topaban chasquis
provenientes de distintas partes. Esto hizo de los tambos y tambillos lugares de relación entre
chasquis, fomentando una dinámica fraterna y de esparcimiento.
Sin embargo, el caso de los tambos y tambillos que hubo en Tarapacá fue bastante
diferente. El contexto geográfico de la región hacía poco viable la existencia de tambos en el
desierto, principalmente por la escases de agua. Por lo general, los tambos de Tarapacá eran los
mismos poblados, principalmente ubicados en quebradas, donde la comunidad proveía a los
chasquis de alimentos, agua y ropa. Pueblos como Pica y Tarapacá funcionaron como tambos en
tiempos precoloniales, y por lo mismo forman parte del Qhapaq Ñan11.
Este sentido que tomaron los tambos como lugares de encuentro, dio paso a una
concepción diferente y particular en torno a este concepto. Los tambos se arraigaron en la cultura
popular, principalmente en el mundo indígena, como una instancia más que un lugar, lo que
involucró una re significación del valor cultural de los tambos. Es difícil establecer en qué
momento, o particularmente cómo se dio este paso del tambo utilitario al tambo simbólico, pues
no existen fuentes al respecto. Sin embargo, haciendo un contraste entre el sentido inca del
tambo, con el sentido local de éste, podemos establecer esta diferencia, y tomarla como punto de
partida para este apartado.
La tradición del tambo como instancia de encuentro, se siguió replicando con el tiempo
y pasó a ser parte de la tradición local. Hacia la actualidad, la realidad de los tambos es
radicalmente diferente a lo que se le conocía de la misma manera por los incas. Hoy hablamos de
tambo para referirnos a eventos nocturnos donde la música tradicional y popular suena al ritmo
de las bandas de bronces. Los tambos son espacios para el esparcimiento y el ocio, donde la
música es lo central. Básicamente, se trata de una fiesta con música en vivo de bandas de
11
El Qhapaq Ñan, popularmente conocido como Camino del Inca, está recién siendo investigado dentro de la
historia regional, específicamente de la mano del proyecto FIC “Tarapacá en el Camino del Inca”. El arqueólogo
Horacio Larraín es quién ha planteado la hipótesis de que los tambos de Tarapacá fueron principalmente poblados,
a diferencia de construcciones exclusivamente hechas para ser tambos/tambillos como ocurre en la sierra peruana
y en el altiplano boliviano.
79
bronces, y donde además se cuenta con comidas y bebestibles a la venta. Por lo general son
eventos a beneficio, pero también significan un ingreso económico para los músicos.
Hoy en día, este tipo de tambos (como fiestas) sólo se realizan en Iquique, pero son
bastante populares y con seguidores fieles. Casi semana por medio, y en ocasiones cada fin de
semana, se llevan a cabo los tambos en centros culturales, gimnasios o incluso canchas de barrio.
Las bandas de bronces son siempre las protagonistas, pues en el contexto de los tambos, ellas
adquieren un papel independiente, es decir, cobran valor por sí mismas y no como parte de una
dinámica mayor (como por ejemplo ocurre en el caso de las fiestas patronales). Los Bronces
ofrecen un repertorio popular, incluyendo en sus listas la música de moda, similar a lo que ocurre
en bautizos o cumpleaños como vimos anteriormente. Sin embargo, lo que destaca de un tambo,
es que no se celebra nada en particular, sino que es el tambo en sí la celebración. Comparto
algunos relatos recopilados durante un tambo en noviembre de 2015:
Son súper buenos, acá uno viene con amigos, hay buena música en vivo… lo
que más me gusta que al final toma el folclore, pero lo hace más webeo, no es lo
mismo bailar por ejemplo un Sambo (caporal) acá que en un baile, o un trote, una
diablada. Aquí cualquier es bienvenido, no te dan color si no te sabes los pasos, la
cuestión es bailar música nortina y pasarlo bien. (Andrea, 24 años).
Claro, lo bueno es que los tambos son bien cómodos, está la música y el baile,
pero también siempre hay algún lugarcito para sentarse, conversar, estar con los
amigos. Al final, el tambo te da como esa sensación de sentirte nortino, es bueno
contar con eventos así en vez de puras discos o pubs, es bueno que tengamos un
lugar para carretear con el folclor de acá y no sólo verlo en lo religioso
(Macarena, 23 años).
80
Como vemos, no cabe duda del lugar protagónico de los Bronces en los tambos,
principalmente por ser los encargados de musicalizar dichos eventos. Y al ser un contexto festivo,
pero no ligado a la religiosidad, las bandas tienen cierta libertad en sus repertorios. El tambo, por
lo tanto, es una instancia donde las bandas toman un sentido propio, desligado de otros agentes y
donde entablan una relación más directa con el público. El tambo en la bohemia iquiqueña es un
espacio de reafirmación de una tradición de larga data, pero que se reconfigura para dicha
instancia, y donde son las bandas de bronces las principales agentes a la hora de reproducir el
folclor de Tarapacá.
81
Este tipo de funerales es más común entre personas que tienen algún lazo directo con el
folklore regional, como lo son los bailarines o los mismos músicos. Por el entrelazamiento entre
la fe, la tradición y la identidad que se da en el mundo de las bandas de bronces y los bailes
religiosos, los funerales ligados a ellos son siempre de este carácter, reafirmando su pertenencia a
un colectivo incluso en un contexto mortuorio. Sin embargo, no existen exclusividad en este tipo
de despedidas, pues también hay quienes no siendo parte del mundo de bailes o bandas, son
sepultados siguiendo esta tradición. Los motivos que llevan a los familiares a realizar un funeral
de este tipo son variadas y dependen de cada caso, pero si algo tienen en común, es el hecho de
que es algo tradicional y, por lo tanto, valioso.
83
al individuo como individuo, sino que lo compromete, lo vincula a un grupo, a una comunidad, a
una corriente” (Rivera, 2000). No quiero extenderme en esto, pero si es necesario recalcar el
marco identitario que puede ligarse al futbol, y que lleva a los sujetos a tener motivaciones y
generar acciones que reafirmen su identidad.
Los seguidores de Deportes Iquique convergen en la llamada Fiel del Norte, como se le
conoce a la barra del club. Uno de los muchos subgrupos que componen la barra es La Revo,
banda de bronces que musicaliza los canticos de la Fiel del Norte. Esta banda, a diferencia de las
bandas de bronces propiamente tal, es bastante flexible en su composición. No existen miembros
oficiales dentro de la banda ni tampoco protocolos de ensayos muy rutinarios, como sí ocurre en
el caso de las bandas formales14. La Revo se compone de jóvenes menores de 25 años y que, en
su mayoría, son miembros de otras bandas. De cierta forma, replican la estructura de las bandas
de bronces en lo musical al mantener la organización de los instrumentos a la hora de tocar, pero
en cuanto a la estructura jerárquica, en los bronces no existe un director propiamente tal, sino que
conjuntamente se construyen y adaptan las canciones al ritmo de las barras.
13
Durante la década de 1970 se le bautizó a Iquique de esta forma gracias a la seguidilla de campeonatos ganados
por iquiqueños e iquiqueñas, el cual se mantuvo gracias a posteriores deportistas que destacaron en diversos
ámbitos. Entre los deportes destacados se encuentran la pesca submarina, el boxeo, el tiro con arco, el bodyboard
y, cómo no, el fútbol.
14
Considero bandas formales a aquellas que se constituyen como bandas de bronces propiamente tal y no
respondiendo a un fin específico como pasa en este caso, donde sólo se toca para el equipo en contextos relativos
al futbol.
84
Revo como heredera de la antigua Banda de Iquique, la cual prácticamente replicaba a las bandas
de barras argentinas. Esta nueva banda integró a su compases ritmos tradicionales del folklore
local, adaptándolas a canticos de estadio. Nacieron algunos cantos con una base en bronces de
Saltos de Diablada o Sambos Caporales, y también se replicaron canciones típicas del folklore
tarapaqueño15, pero cambiándole la letra a temáticas relativas al club.
Con el tiempo, los miembros de La Revo han ido cambiando, dándole la oportunidad de
participar a las nuevas generaciones. Sin embargo, pareciera ser que esta banda es más que
quienes la componen, más bien su valor se debe a lo que representa. La Revo hace converger a
dos aspectos centrales de la cultura popular de Tarapacá, como lo son los Bronces, con su
tradición religiosa y festiva que los respalda, y el deporte, de gran relevancia en la identidad
iquiqueña. Ambas partes aportan significativamente en lo que es la banda: la práctica tradicional
de los Bronces ha aportado estructuras musicales, así como ritmos ya consagrados que han sido
adaptados al contexto futbolístico; y el futbol, con sus aristas sociales y culturales integradas,
hace que la banda englobe el sentimiento de reconocimiento con el equipo y por extensión con la
ciudad. El resultado de este entramado de valores culturales, hace de La Revo un símbolo donde
conviven dos aristas de la identidad de Iquique.
15
El ejemplo más conocido es el de “Rocío de la pampa”, canción originalmente hecha en honor a la Virgen del
Carmen de La Tirana. Su letra habla específicamente del sentimiento de los peregrinos hacia la virgen, y su relación
y compromiso con la fiesta. La Revo cambió la letra de esta canción, rebautizándola como “Canta y salta conmigo”,
haciendo alusión del compromiso de los barristas con el club.
85
Conclusiones
Las bandas de bronces, una vez llegadas a Tarapacá, lograron consagrarse como un
aspecto del folklore al dar una direccionalidad distinta a la música, lo que significó a su vez un
impacto en todos los escenarios a los que las bandas de bronces fueron paulatinamente
expandiéndose. De manera sustancial, los Bronces significaron un cambio en el cómo se
desarrollaban las fiestas tradicionales de la región, ganándose un lugar protagónico en dichas
instancias. La adopción de las bandas de bronces como algo propio, significó para los
tarapaqueños empezar a construir también identidad a partir de ellas, en cuanto a su presencia en
contextos sociales e históricos de la región. La característica sonoridad de los Bronces fue
expandiendo su presencia, redefiniendo su lugar en la cultura de la región constantemente, y
haciendo ya difusa su pertenencia al imaginario religioso.
86
plano general, dotándola de sus ritmos y aportando en la construcción de un folklore de Tarapacá,
con expresiones propias.
A partir de los antecedentes expuestos en este trabajo, podemos identificar dos aspectos
que son centrales en el desarrollo de los bronces, y que de alguna manera fundamentan su valor
cultural: su sentido ritual y su sentido festivo. Lo ritual, por un lado, se hace presente fuertemente
en la religiosidad popular, especialmente en las fiestas patronales y carnavales tradicionales,
donde las bandas asumen un rol demarcador de las diversas instancias. En este sentido, el lugar
de las bandas de bronces responde a algo mayormente funcional, al tener una tarea dentro de una
estructura. Sin embargo, lo festivo es lo que aquí ha llamado la atención, porque aun estando en
diversos contextos y escenarios, las bandas de bronces mantienen dicho carácter. El sentido de
celebración se canaliza mediante la música de las bandas de bronces, definiendo una forma
propia de vivir la fiesta, independientemente de cual sea el contexto específico. En este sentido,
el lugar de los Bronces en la cultura de Tarapacá es indiscutiblemente la fiesta, la celebración, el
jolgorio.
Diversos aspectos de la vida social son acompañados por los Bronces, expresando una
cultura y una identidad particular de Tarapacá, la cual dota cada instancia en la que se hacen
presentes de un tinte identitario y distintivo.
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mediante la música y gracias a la relación que establecen en cada contexto particular, como
pueden ser fiestas patronales, carnavales o incluso en el estadio. Esto se manifiesta con el rol
protagónico que toman las bandas de bronces en los distintos espacios donde se hacen presentes,
los que toman un tinte distintivo gracias a las bandas. Es decir, independiente del contexto donde
se encuentren, los Bronces dotan dichos escenarios de cierta distinción que manifiesta una
identidad que es transversal a múltiples contextos.
El caso de las bandas de bronces que fue expuesto en este trabajo es un ejemplo de cómo
se manifiesta la cultura de la región de Tarapacá mediante la música, la cual porta un relato
identitario que identifica a la población con las instancias y el territorio al cual las bandas se
adscriben. Este relato es el resultado de diversos hitos y procesos históricos que han aportado en
la construcción de la identidad tarapaqueña, generando un lazo entre el presente y el pasado de la
región. Los procesos de chilenización posguerra, por ejemplo, generaron un escenario de tensión,
pero a la vez de diálogos entre las culturas en conflicto. Y a pesar de los esfuerzos del estado
chileno por someter y adoctrinar a la población, quedaron los resquicios de una identidad de larga
data.
La construcción del sí mismo -que señala Larraín- en Tarapacá aúna las llamadas
identidades cortas y las largas, al basarse en un relato territorial que sienta sus bases en el pasado,
pero es expresada mediante manifestaciones relativamente contemporáneas. La identidad
tarapaqueña reconoce ciertos hitos en su historia que han aportado sustancialmente en su
construcción identitaria, en comparación a otros menos relevantes o de menor impacto en la
cultura local.
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región. A esto debemos agregarle un factor temporal, donde la identidad no se construye
cronológicamente, sino que puede también contemplar un diilogo con su pasado, teniendo como
resultado una resignificación de la cultura propia y de las influencias que ésta ha tenido.
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Conurbación de las ciudades de Iquique y Alto Hospicio.
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Bibliografía
91
• Giménez, G. 2009. Cultura identidad y memoria: Materiales para una sociología
de los procesos culturales en las franjas fronterizas. Frontera norte 21:7-32.
• Guerrero, B. 2004. Las venas de mi ira. Jorge Soria Quiroga. Ediciones el Jote
Errante, Iquique.
92
• Rivera, J. 2000. El futbol, fiesta, guerra simbólica y guerra materializada.
Ponencia presentada en IX Congreso de Antropología de Colombia, Antioquia.
• Vergara, J et al. 2013. Estado, conflicto étnico y cultura.. Estudios sobre pueblos
indígenas en Chile. Ediciones Universidad de Antofagasta, Antofagasta.
• Wormald, A. 1972. Historias olvidadas del Norte Grande. Universidad del Norte
Ediciones, Arica.
93
Anexo fotográfico
Imagen 1: Mapa físico de la región de Tarapacá, donde se distinguen los cuatro pisos ecológicos
(de izq. a der.): costa, pampa, precordillera, altiplano.
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Imagen 3: Banda de bronces Mallkus en la plaza de La Tirana con el templo de fondo, previo al
tradicional salXGRDOD9LUJHQ
Imagen 4: Banda Santa Cecilia 8.2 en la quebrada de Tarapacá, durante la Octava de San
Lorenzo18
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A diferencia del saludo oficial que hacen los bailes, las bandas organizan personalmente su ritual de entrada al
pueblo. En el caso de los Mallkus, muchos son creyentes, por lo que optan por brindar un breve repertorio musical
a la imagen de la virgen en el templo de La Tirana a modo de ofrenda.
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La octava de San Lorenzo se celebra 2 semanas después de la fiesta grande, y se lleva a cabo paralelamente en
distintos puntos de la región. En la imagen, los músicos se encuentran cerca del poblado de Huarasiña, a unos
pocos kilómetros del pueblo de Tarapacá.
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Imagen 4: Plaza del pueblo de la Tirana durante la víspera del 16 de julio, donde se congregan
alrededor de 80.000 personas en las inmediaciones de la plaza.
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Imágenes 5,6 y 7: Baile Gitanos de María en su despedida de la imagen de la Virgen del Carmen
en la iglesia de la Plaza Arica, barrio tradicional de Iquique y ampliamente conocido por su
fuerte tradición en torno a los bailes religiosos. La despedida de pueblo es el último ritual previo
a partir a la fiesta de La Tirana. Algunos miembros de la Banda Santa Cecilia 8.2 acompañaron
al baile en su despedida.
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Imágenes 8, 9 y 10: Octava de San Lorenzo (agosto de 2015), en este caso en la población San
Carlos de Iquique. Se aprecian las bandas Ankus y Juventud del norte, ambas reconocidas por
componerse exclusivamente por menores de 30 años
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Imágenes 11 y 12: Banda Mallkus tocando a la Diablada del Goyo durante la fiesta de la Virgen
de Fátima en el barrio Las Rosas de Iquique (mayo de 2015)
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Imagen 13: “Quema del mono” en Playa Bellavista durante el Carnaval del barrio El Morro.
Imagen 14: La Banda del Morro (barrio) musicalizando el pasacalle del Carnaval Morrino
(febrero de 2016).
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Imagen 15: Banda Mallkus durante un tambo en una noche Iquiqueña (septiembre de 2015)
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Imágenes 16, 17 y 18: Funeral multitudinario de Ramón Vilches, “el Moncho”, ex integrante de
la banda Wiracocha, la más emblemática del escenario musical de las bandas de bronces.
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