Mujeres Influyentes del Antiguo Egipto
Mujeres Influyentes del Antiguo Egipto
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Joyce Tyldesley
Hijas de Isis
ePub r1.0
Titivillus 02.06.2021
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Título original: Daughters of Isis
Joyce Tyldesley, 1994
Ilustración: Ramsés II arrodillado ante el dios supremo Amón Ra en presencia de su padre
Seti I, el dios Luna. Khonsu y la diosa Madre Mut, James Putnam
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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A Steven y Philippa Anne Snape
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Índice
Agradecimientos
1. Imágenes de mujeres
2. La felicidad conyugal
3. Señora de su casa
4. Trabajo y juego
5. El cuidado personal
6. El harén real
7. Reyes hembras
Acontecimientos históricos
Notas
Bibliografía
Lista de Láminas
Lista de Figuras
Sobre la autora
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Agradecimientos
Quisiera dar las gracias a todos aquellos cuya contribución ha hecho posible
este libro. A Paul Bahn, Eleo Gordon y Sheila Watson, que me alentaron y
dieron consejos prácticos cuando los necesité. A Angela Thomas y al equipo
del Bolton Museum, que me proporcionaron, encantados, algunas fotografías;
también a los miembros del departamento de fotografía de la Universidad de
Liverpool S. E. S., Ian Qualtrough y Suzanne Yee, que me fueron en todo
momento de gran ayuda. Vaya mi profundo agradecimiento a la profesora
Elizabeth Slater de la Universidad de Liverpool, que permitió que se
fotografiasen algunos objetos, nunca dados a conocer con anterioridad, de la
colección arqueológica de la universidad. Y sobre todo a Steven Snape, mi
marido, que ha demostrado una paciencia extraordinaria y que nunca puso en
duda que este libro, que empecé en 1986, tendría un final.
El libro incluye, en lo posible, citas de documentos contemporáneos que
permiten a los egipcios expresarse con su propia voz. Los que están al
corriente de las publicaciones que versan sobre literatura egipcia advertirán
inmediatamente la enorme deuda contraída con el trabajo de traducción de
Miriam Lichtheim, fundamental para muchas de las citas que aparecen en el
libro.
Los dibujos incluidos en el texto han sido reproducidos por la autora a
partir de fuentes publicadas, cuyas referencias figuran en listado aparte.
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Introducción:
Antecedentes geográficos
e Históricos
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de viajes del país. Fue el primer libro que descubrió a los lectores europeos la
misteriosa y exótica tierra de los faraones.[1]
Herodoto estuvo muy acertado al atribuir a la forma geográfica de Egipto,
alargada y estrecha, el factor básico del desarrollo de sus gentes. El río Nilo,
que fluye hacia el norte a través de un angosto cauce que atraviesa las tierras
de cultivo hasta dividirse en los distintos brazos del Delta, dominaba todos los
aspectos de la vida Dinástica. Sería imposible comprender los actos y el
pensamiento de los antiguos egipcios sin entender la tierra en que vivieron.
Como observó Herodoto con una frase repetida hasta la saciedad, «Egipto es
el regalo del Nilo».
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pensamiento secular y religioso, mientras que el ciclo constante de nacer,
morir y renacer pasó a ser tema inagotable en la vida de Egipto.
¡Salve al dios Apis que surge de la tierra para regar los campos!
Tú, el de las misteriosas maneras, oscuridad de día, a quien tus
devotos cantan.
Tú inundas los campos que ha hecho Ra y das de beber a los
sedientos.
Himno del Imperio Medio a Apis,
dios de la inundación del Nilo
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La agricultura, piedra angular de la economía de Egipto, dependía
totalmente de esa inundación. Cada año, de julio a octubre, las intensas lluvias
estivales de Etiopía provocaban una espectacular elevación del nivel del río,
cuyas aguas inundaban las tierras bajas de Egipto, regaban y limpiaban la
tierra y depositaban en ella una gruesa capa de limo fértil y rico en minerales.
Durante este periodo del año, gran parte del valle del Nilo quedaba
sumergido, mientras que los pueblos, prudentemente construidos en las zonas
altas y protegidos por diques, se convertían en islotes asomados en las aguas y
comunicados a través de caminos elevados. Cuando, a finales de octubre, se
retiraban las aguas, dejaban al descubierto una gruesa capa de limo y de
humedad excelente para el cultivo. Sólo los jardines privados y los campos
más alejados requerían un riego artificial adicional. Los cultivos sembrados
en noviembre proporcionaban, casi invariablemente, espléndidas cosechas a
finales de la primavera, mientras que el caluroso sol de Egipto, que combatía
eficazmente muchas de las plagas agrícolas, daba tiempo a que las tierras se
secaran antes de la siguiente inundación. El nivel de las aguas del Nilo se
controlaba rigurosamente y de forma constante en diferentes puntos de su
curso, ya que si las inundaciones eran excesivas podían provocar daños a los
asentamientos humanos, mientras que si eran escasas podían convertirse en
alarma nacional, ser causa de epidemias de hambre en todo el país y dar lugar
incluso a disturbios civiles y a la caída de reyes.
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Como monumento a su padre Amón, Señor de los Tronos de las Dos
Tierras, él construyó un templo magnífico en el lado oeste de Tebas. Fue
levantado como monumento perdurable que durara toda la eternidad.
Estaba hecho de fina arenisca y en él había abundante oro; los pavimentos
eran de plata pura y las puertas de oro. Era muy espacioso y muy grande y
estaba decorado para perdurar.
Extracto de la estela del rey Amenofis III
del Imperio Nuevo[2]
La geografía y el clima del valle del Nilo tuvieron una profunda influencia
en las construcciones de la época. Por lo general los egipcios construían con
piedra los templos y sepulturas y, en cambio, los palacios y viviendas con
humildes adobes. Era lógico que escogieran estos materiales teniendo en
cuenta el clima seco y caluroso del país, además de la abundante cantidad de
lodo que aportaba el Nilo y el elevado y por ello prohibitivo coste de las
construcciones de piedra. La casa de adobe, siempre que estuviese bien
construida, era aislante por naturaleza, cálida en invierno y fresca en verano;
además, tenía la ventaja de ser barata, de conservación fácil y resistir varias
generaciones. Desgraciadamente, esta utilización tan contrastada de la piedra
y el adobe distorsionó los resultados de los restos arqueológicos que han
sobrevivido al tiempo. Con el paso de los años, las construcciones de adobe
reservadas a las viviendas se fueron desgastando gradualmente, erosionándose
y derrumbándose hasta quedar reducidas a montículos de tierra muy fértil
que, hasta la aplicación reciente de una legislación protectora, fue explotada
por los campesinos locales, que no se habían percatado de su importancia
arqueológica. Esto hizo que se desenterraran muchos yacimientos antiguos y
se diseminaran sus restos por los campos vecinos.
En cambio, las sepulturas de roca dura, denominadas por sus dueños
«casas de la eternidad», y los sólidos templos o «mansiones de millones de
años» estaban pensados para perdurar literalmente toda la eternidad. A pesar
de que la mayoría de tumbas han sufrido saqueos y graves daños y de que
generaciones posteriores retiraron bloques de piedra de muchos templos, estas
estructuras se han mantenido mucho más intactas que las casas y palacios.
Como consecuencia, se les ha prestado una mayor atención egiptológica.[3] El
desafortunado resultado de esta diferencia en lo que respecta a la arqueología
es que los informes correspondientes a las sepulturas de personas de alto
rango merecen mucha mayor confianza. Aunque perfectamente aceptable, no
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se puede generalizar en modo alguno la información a toda la población, por
lo que es evidente que sería un error de bulto querer basar la comprensión de
la vida diaria de los egipcios en el material recuperado en la tumba de
Tutankamón.
Afortunadamente no todo es tan negro en el terreno arqueológico, y son
muchos los yacimientos importantes excavados que han sobrevivido. La
ciudad de pirámides de Kahun y los asentamientos de población trabajadora
de Amarna y Deir el-Medina eran complejos de viviendas construidos para
servir de alojamiento a comunidades que trabajaban en grandes proyectos
reales.[4] Dichas comunidades no solamente incluían los artesanos y sus
capataces, sino también sus mujeres, hijos, familiares, personas a su cargo y
animales domésticos, así como todos aquellos que realizaban ciertos
quehaceres domésticos, como lavanderas, parteras y alfareros. No eran ni con
mucho colonias egipcias típicas, ya que estaban construidas en zonas áridas e
inhóspitas, ocupadas por trabajadores especializados y no por campesinos, si
bien nos informan de muchos detalles íntimos de las actividades comunes
diarias.
Los sacerdotes dicen que Menes fue el primer rey de Egipto y el que
levantó el dique que protege Menfis de las inundaciones del Nilo… Al
contener el río en el recodo que se forma a unos cien estadios de Menfis
en sentido sur, se quedó seco el antiguo canal y el río excavó un nuevo
cauce…
Herodoto narra la historia de Egipto
El periodo de tiempo que abarca este libro es extenso, ya que cubre desde
los albores de la era Dinástica, alrededor del año 3000 a. C., hasta la
conquista de Egipto por las fuerzas griegas de Alejandro Magno en el 332 a.
C. Equivale al estudio de la historia de Europa desde un siglo antes de la
fundación de Roma hasta nuestros días o a doce veces la historia de América
desde la guerra de la Independencia hasta el presidente Clinton. Incluye
treinta y una dinastías reales, el advenimiento y la caída de un vasto e
influyente imperio, así como periodos de caos, anarquía e invasión extranjera.
Ninguna lógica dejaría presumir que una nación tan floreciente y dinámica se
estancara culturalmente durante más de dos mil quinientos años y, en efecto,
es un hecho que hubo cambios constantes y sutiles en todos los aspectos de la
vida de Egipto. Sin embargo, resulta asombroso ver lo poco que varió el
núcleo fundamental de la sociedad egipcia durante este largo periodo. A pesar
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de los cambios de matiz del pensamiento religioso y de la diversa importancia
de los cultos y prácticas funerarias, la teología básica no se modificó y se
mantuvo fundamentalmente inalterable en el estilo de vida de Egipto. La
misma estabilidad se evidencia en la vida cotidiana de la gente corriente; si la
mujer campesina del Imperio Antiguo se vestía con ropas distintas que sus
descendientes del Imperio Nuevo y su marido trabajaba en la construcción de
una pirámide en lugar de excavar una tumba de piedra, su estilo de vida y su
apariencia eran muy parecidos. Esta uniformidad de pensamiento y creencias
presta validez al estudio de un periodo tan largo.
Sostiene la tradición que la unificación de Egipto se produjo al inicio del
Periodo Dinástico por obra del rey guerrero Menes, que condujo a sus bravos
soldados desde el sur a la conquista de sus tradicionales enemigos del norte y
consiguió establecer un imperio único. Menes se habría convertido a partir de
entonces en el primer rey de aquella tierra recién unificada. En realidad,
parece que la formación de Egipto fue más gradual y compleja, de modo que
las grandes comunidades agrícolas situadas a lo largo del Nilo, cada vez más
extensas, acabaron dándose cuenta de las ventajas que les reportaba agruparse
y compartir una política común. Cualesquiera que fuesen los mecanismos de
la unificación, es evidente que el país resultante era geográficamente
demasiado grande para poder ser gobernado como una sola unidad
administrativa y por esto se escogieron poderosas familias locales de
gobernadores o príncipes a fin de que controlaran aquellas provincias que
habían conservado en todo momento un cierto grado de independencia.
La historia de Egipto se encuentra dividida, desde el punto de vista de la
unificación, en dinastías o imperios de duración variable, definidos por sus
diferentes familias dominantes. Las dinastías a su vez están agrupadas
convencionalmente en tres «reinos» y el llamado «Periodo Tardío», separados
por tres «Periodos Intermedios» de diferente duración y carácter. La intención
de esa división no es la de confundir a los no entendidos. Los egipcios no
desarrollaron un equivalente de nuestro calendario moderno y prefirieron
fechar los años haciendo referencia a la duración del reinado del rey que
hubiese en aquel momento y, a título de ejemplo, en la tumba de Maya, del
Imperio Nuevo, se encontraron unas tinajas de vino que llevaban la fecha del
«Año Nueve». Si no era necesario hacer constar el nombre del rey
(Horemheb) era porque todo el mundo sabía quién era. Un sistema tan
complicado como éste obligaba a los egipcios, para entender su propia
historia, a llevar una larga lista cronológica detallada de todos sus
gobernantes con la duración respectiva de sus reinados. Por fortuna han
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sobrevivido las suficientes listas de reyes para que podamos fechar con una
cierta exactitud eventos remotos correspondientes al reinado de un rey
determinado.
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extranjera se volvió más agresiva y Egipto empezó a labrarse un imperio en el
sur y cultivó las relaciones con sus vecinos de la frontera oriental.
Finalmente, la inmigración a gran escala de pueblos semíticos al fértil
Delta del Nilo fue un factor que contribuyó a la desestabilización gradual del
Imperio Medio. La autoridad central fue debilitándose progresivamente y
poco a poco el país comenzó a fragmentarse en una serie de pequeños
enclaves enemistados entre sí y diferenciados geográficamente: en el norte los
invasores palestinos «hicsos» y sus vasallos egipcios, en el extremo sur el
reino nubio de Kerma y, con base en la ciudad meridional de Tebas, como al
principio del Imperio Medio, unos pocos egipcios independientes. Los hicsos
dominaron Egipto durante unos cien años aproximadamente y llevaron al país
novedades asiáticas tan espectaculares como el caballo, el carro tirado por
caballos y el telar vertical. No se retiraron hasta ser derrotados por las
sucesivas y enérgicas campañas militares dirigidas por Ahmosis, dinámico
fundador de la XVIII dinastía.
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Durante el tercer Periodo Intermedio (XXI a XXV dinastías) Egipto se
fragmentó en numerosas unidades independientes, las dos más importantes
gobernadas por los Sumos Sacerdotes de Amón, que dominaron gran parte del
sur del país, y por la XXI dinastía de reyes, que regían la zona inmediata
alrededor de Tanis, en la parte este del Delta del Nilo. Al principio las
relaciones entre estos dos gobiernos eran relativamente amistosas y existía
cierto grado de cooperación entre las dos capitales. Sin embargo, la
fragmentación de la autoridad fue empeorando hasta que, durante las XXII a
XXIV dinastías, los cabecillas locales, que solían pertenecer a familias
militares de ascendencia libia, se levantaron de golpe proclamándose
faraones. Egipto sólo volvió a someterse a una autoridad central en ocasión de
que un rey nubio se lanzara hacia el norte desde el Sudán y volviera a
unificarlo instaurando la XXV dinastía e inaugurando un periodo de relativa
estabilidad que se prolongó más de cincuenta años hasta que una invasión
asiría dirigida por Asurbanipal se adentró por el sur hasta Tebas y redujo a
Egipto a simple provincia del imperio asirio.
Los principales colaboradores egipcios que trabajaron en conjunción con
los asirios fueron una familia rica e influyente de jefes locales de la ciudad de
Sais, situada en la parte occidental del Delta del Nilo. Estos gobernantes
saítas fueron adquiriendo progresivamente más poder hasta que consiguieron
deshacerse de los asirios y unificar otra vez el país al inicio del Periodo
Tardío (XXVI a XXXI dinastías). La fase saíta resultante fue el floreciente
final de la cultura egipcia, con un arte que recuperó los estilos clásicos del
Imperio Antiguo. Parece que este fuerte resurgimiento de todo lo egipcio fue
una estrategia política destinada a poner de relieve el carácter nacional
individual de un país otrora poderoso que se estaba convirtiendo rápidamente
en un jugador secundario en el tablero de los asuntos internacionales. En esta
época todo el Oriente Próximo se encontraba en situación precaria e inestable
y los pueblos vecinos de Egipto, debilitados por las luchas intestinas
constantes, se habían hecho muy vulnerables a los ataques. En el año 539 a.
C. el ejército persa, dirigido por Ciro II, conquistó Babilonia y, en el 525 a.
C., Cambises, hijo de Ciro, invadió Egipto e instauró la XXVII dinastía, ya
persa.
Las XXVIII y XXIX dinastías cubrieron periodos de desunión y
confusión, probablemente reflejo de la oposición local al gobierno persa.
Durante la XXX dinastía Egipto volvió a ser gobernado, ya por última vez,
por mandatarios egipcios. Al último rey de esta dinastía, Nectanebo II, le
corresponde el dudoso honor de haber sido el último monarca egipcio que
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gobernó un país unido, hecho que no volvió a repetirse hasta el presidente
Nasser. Acabó huyendo al sur, perdiéndose en Nubia y en las tinieblas de la
historia, perseguido por los invasores persas, que instauraron la XXXI
dinastía. Siguió un breve periodo de dominio persa, que finalizó cuando
Alejandro Magno conquistó Egipto en el año 332 a. C. y lo incorporó a su
imperio macedónico dejando al general Tolomeo como gobernador, y más
tarde como rey, de la tierra conquistada. Esta conquista marca el final del
Periodo Dinástico y el inicio del dominio grecorromano. Los descendientes
griegos de Tolomeo siguieron reinando en Egipto hasta que la famosa reina
Cleopatra VII fue derrotada y Egipto perdió toda posibilidad de
independencia y se convirtió en provincia del imperio romano.
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modelo básico descrito. Sin embargo, resulta útil para reflejar la naturaleza
curiosamente estática e inalterable del Egipto dinástico. Hubo siempre entre
las clases unos cambios mínimos y era muy difícil que alguien, hombre o
mujer, pasara de un estrato social a otro superior. El hecho obedecía en parte
al método egipcio tradicional en lo tocante a educación y aprendizaje; los
padres enseñaban invariablemente a sus hijos su propio oficio o profesión por
lo que, en términos generales, el trabajo futuro que haría un niño ya estaba
decidido antes de que naciera, razón de que se formaran castas de médicos,
lavanderas, cortadores de caña y burócratas. Las muchachas todavía requerían
menos consejos para su formación, ya que se daba automáticamente por
sentado que todas las jóvenes se casarían y tendrían hijos. Sin las ventajas de
la medicina moderna, las chicas se veían en gran parte limitadas por su
biología, limitación reforzada tanto por el condicionamiento cultural como
por la falta de recursos modernos, lo que convertía el cuidado de la casa en
dedicación exclusiva. Así pues, la gran mayoría de mujeres eran incultas y
sólo se las educaba para desempeñar las tareas domésticas.
Aunque la mujer egipcia gozó de un grado insólito de libertad, sería
ingenuo considerarla el prototipo liberado de la mujer de carrera que
conocemos en la actualidad. De hecho, todos los indicios apuntan a que los
hombres y las mujeres llevaban vidas muy distintas. Los mismos egipcios,
pueblo conservador por instinto y que concedía mucha importancia a la
conservación de sus tradiciones, estaban satisfechos de que cada uno
desempeñara su papel particular y preestablecido en el mantenimiento del
orden natural y la estabilidad. Esta creencia en una manera correcta e
inalterable de hacer las cosas fue absolutamente fundamental en el
pensamiento egipcio. Para un pueblo que buscó constantemente los vínculos
con el pasado, les dio una importancia tan grande y se sintió siempre
profundamente unido a sus antepasados, la existencia de una estructura social
inalterable constituía un motivo de inmensa seguridad. Nadie se cuestionaba
la distribución desigual de la riqueza ni la posición social que uno pudiese
ocupar en la comunidad, del mismo modo que nadie cuestionó nunca el
derecho hereditario a gobernar que tenía el faraón, puesto que se trataba de
unas divisiones sociales tradicionales y correctas que, como no podía ser de
otra manera, servían para conservar el statu quo. Las hijas de Egipto, pues,
veían su futuro como una proyección muy parecida de la vida que había
llevado su madre y, antes que ella, su abuela, una continuidad interpretada
como señal de que Egipto, y por tanto el mundo, funcionaba correctamente.
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1
Imágenes de mujeres
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adentrarnos en los procesos del pensamiento
antiguo. La arqueología, por ejemplo, puede
revelarnos que las cocinas egipcias estaban
instaladas en la parte trasera de las casas y
proporcionarnos todo un cúmulo de detalles
objetivos en relación con los distintos tipos de
hornos y enseres de cocina. Sin embargo, no
puede decirnos quién cocinaba. ¿Era la
actividad de cocinar una tarea doméstica de
tipo humilde? ¿O quizá el cocinero o la
cocinera era una persona merecedora por su
habilidad del respeto de los demás miembros
de la casa?
Afortunadamente, el legado egipcio nos
permite estudiar la mujer desde dos ángulos
contrastados. La observación de las artes de la
Fig. 1 - Mujer que acarrea
época (pintura, escultura y literatura) nos
mercancías. proporciona una visión idealizada de la mujer
y nos permite estudiar la imagen que los
propios egipcios pretendían dar de ella al mundo. Mirando las cosas desde un
enfoque más realista, el sistema legal y el tratamiento que éste da a la mujer
nos permite saber cómo la trataba, en la práctica, la comunidad donde vivía.
La combinación de estas dos evidencias tan diferentes nos ayuda a
comprender cuál era el lugar que ocupaba la mujer en la sociedad egipcia.
El idiota que mira a una mujer es como la mosca que chupa sangre.
Papyrus Insinger, siglo primero
El arte figurativo, con sus colosales estatuas de piedra, así como las
vividas pinturas de los sepulcros y sus relieves delicadamente tallados, nos
obsequian con algunas de las imágenes más imperecederas de la mujer
durante el Periodo Dinástico y nos brindan la oportunidad de ampliar nuestros
conocimientos de la sociedad egipcia a través del examen y comparación de
las distintas maneras de representar a hombres, mujeres y niños por parte de
sus contemporáneos. Sin embargo, el arte egipcio difiere enormemente, tanto
en su estilo como en su función, de su contrapartida occidental moderna y no
es posible hacer una interpretación literal de las numerosas escenas pintadas
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ni de las estatuas sin saber algo más sobre las convenciones que ejercieron
una profunda influencia en la obra de los artistas de la época.
Los antiguos egipcios desconocían el concepto de «el arte por el arte» y
cada obra se realizaba por encargo con un fin determinado, de la misma
manera que cada imagen o estatua tenía una función expresa y perfectamente
definida. Las consideraciones estéticas nunca fueron preocupación principal
ni única del artista o del mecenas. Esta postura estrictamente utilitaria hizo
que los egipcios consideraran más artesanos que artistas a sus pintores y
escultores y limitaran su labor a contextos muy específicos, por lo general
templos o sepulturas. En estos lugares las escenas convencionales corrientes y
conocidas no servían tan sólo como un medio para realzar la decoración, sino
que aportaban una contribución importante al objeto religioso y/o político de
la construcción. Una representación del rey infligiendo una derrota a sus
enemigos tradicionales esculpida en lo alto del muro de un templo, por
ejemplo, expresaba el poder del monarca al tiempo que reafirmaba la
autoridad del rey, en tanto que una escena representando a un muerto
disfrutando de las delicias del Más Allá añadía una fuerza mágica a las
aspiraciones del difunto de llegar a los Cañaverales. En cuanto a las escenas
que decoraban el interior de los muros de las casas particulares, hay que decir
que eran igualmente impersonales. Las precisas «instantáneas» artísticas de la
vida familiar Dinástica son muy escasas y casi todas las pinturas de las casas
que han sobrevivido al tiempo transmiten un mensaje claramente religioso o
mágico.
No es sorprendente, pues, que este fin deliberadamente práctico sofocara
todo impulso experimental y creativo. Llevó, en cambio, al desarrollo de unas
pautas artísticas estrictas y a un repertorio de temas repetidos que satisfacían
el amor egipcio a la tradición y a la continuidad. Aunque durante el Periodo
Dinástico se produjeron leves variaciones en los estilos artísticos y aunque no
había dos tumbas con muros idénticos, lo cierto es que encontramos siempre
las mismas escenas convencionales, representadas una vez y otra con
pequeñas diferencias de contenido.
Las principales figuras femeninas que aparecen en las pinturas
ceremoniales son casi siempre esposas o hijas de clase alta, incluidas en la
escena en virtud de su relación con un hombre determinado. Aparecen
representadas, por ejemplo, en la tumba de su marido, padre o hijo, y no como
titulares de una tumba por derecho propio. Es lógico que estas mujeres se
conformaran a la imagen estereotipada que correspondía a la mujer en Egipto
como apoyo pasivo de su marido o de su padre. Las mujeres tienen una
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función secundaria en las ceremonias; aunque se presenten como personas
activas y preeminentes, lo son menos que el propietario de la tumba en
cuestión. A menudo se representan a una escala mucho menor que sus
esposos y casi siempre de pie detrás de ellos. Ignoramos si estas
representaciones ceremoniales reflejan la relación que existía realmente entre
hombre y mujer, pero es evidente que los maridos egipcios querían conservar
dentro de la tumba la imagen tradicional del hombre como cabeza de familia.
Fig. 2 - La reina Meresanj se pasea en barca por los marjales en compañía de su madre,
la reina Heteferes
Las tumbas de las reinas egipcias son una excepción de la norma general
que tiende a presentar la egipcia como una mujer inactiva. Hay varias
sepulturas destinadas exclusivamente a mujeres en las que se ven escenas
donde las esposas actúan de forma independiente de sus maridos; por
ejemplo, la tumba de la reina Meresanj («Ella-Ama-La-Vida») de la IV
dinastía muestra a la reina recogiendo flores de loto mientras se pasea
tranquilamente en barca con su madre.[2] Ofrece un contraste todavía más
marcado frente a la representación convencional de la mujer pasiva la de una
población asiática asediada que vemos en el muro de una tumba de Deshasha
correspondiente al Imperio Antiguo. Esta escena única muestra claramente a
las mujeres del pueblo luchando con cuchillos y con las manos desnudas para
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defender sus hogares de los arqueros egipcios enemigos. No está claro que la
escena deba leerse como una exaltación de la valentía de la mujer local (no
egipcia) ni como un comentario poco halagüeño del valor de sus hombres.[3]
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representados desde su ángulo mejor o más característico, y así fueron
apareciendo esas posturas forzadas y de gesto torcido en un intento del artista
de presentar a sus modelos de pie con la cabeza de perfil, un único ojo y ceja
vistos de frente, el torso también de frente, la cadera de lado y las piernas
ligeramente separadas.
Para los ojos modernos, acostumbrados a imágenes que reproducen
fielmente la realidad y habituados al escorzo y la perspectiva, esta estilización
constituye una técnica pictórica poco natural y de características más bien
primitivas pero que hacen inmediatamente reconocible el arte egipcio
bidimensional. Sin embargo, para los egipcios, que perseguían unas formas
formalistas, no impresionistas, el procedimiento constituía una precaución
necesaria. Después de todo, los egipcios razonaban con una lógica
extremadamente práctica: si no podía verse una parte del cuerpo era porque
seguramente no existía. Era importante que las figuras principales pintadas en
las paredes de las tumbas fueran vistas y entendidas completas, ya que si por
desgracia el cuerpo físico desafiaba el arte del embalsamador y se
descomponía después de la muerte, el espíritu del difunto quizá se vería
obligado a vivir en aquella imagen de hombre o mujer o dentro de la misma.
Pocos egipcios estaban dispuestos a arriesgarse a sobrevivir en el Más Allá
sin un brazo o una pierna.[4]
El «bello sexo», que solía trabajar de puertas adentro, lejos del abrasador
sol egipcio, era representado invariablemente con la piel más clara que los
hombres, que era de un color ocre. Esta convención no tenía en cuenta el
hecho de que se trataba de una sociedad que era una mezcla de razas a todos
los niveles; ya se ha observado que el arte de los egipcios no era una
reproducción exacta de la vida. Algunas mujeres se presentaban con la piel
negra, aunque ello no implique necesariamente un origen negroide. El negro
era el color de la tierra fértil egipcia, simbolizaba la regeneración y por
consiguiente se utilizaba para los que esperaban renacer en el Más Allá.
Según esta lógica, una mujer pintada con la piel verde significaría que estaba
muerta, pero en este caso el verde es el color de la vida, es decir, la esperanza
de la resurrección y no de la putrefacción. Tanto para hombres como para
mujeres, vivos o muertos, el color se usaba para rellenar el contorno de las
figuras sin intención de aplicarle ningún sombreado, al solo objeto de que la
imagen fuera completa a ojos de los pedantes observadores egipcios.
La mayoría de señores acaudalados del Periodo Dinástico optaron por
pasar a la posteridad con la imagen nada sana de unos gruesos pliegues de
grasa colgando en torno a sus anchas cinturas. Un detalle tan poco sutil como
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éste no servía para otra cosa que para subrayar la riqueza del individuo; era
evidente que sólo los egipcios más ricos podían permitirse el lujo de consumir
grandes cantidades de comida sin verse obligados a quemar calorías
ejecutando duras labores manuales. La gordura equivalía a poder, concepto
que queda muy claro en esas escenas de las tumbas donde aparecen unos
trabajadores escuálidos y de bajo rango trabajando al lado de sus gordos
amos. Por lo menos en algunos casos, la clásica barriga de la clase alta pudo
tener una base real. Los egipcios ricos sentían una desordenada apetencia de
comida y bebida, lo que confirman los cuerpos momificados de muchos
faraones del Imperio Nuevo, entre ellos los de Tutmosis II y Ramsés II, que
presentan grandes pliegues de piel fofa en la región abdominal, demostrativos
de un sobrepeso que seguramente habían arrastrado toda su vida.[5]
En cambio, eran pocas las egipcias gordas y vemos que las distintas
esposas, hijas y hermanas que acompañaban al propietario de la tumba solían
conservar un aspecto esbelto aceptable, acentuado por las ropas ceñidas de
moda en la época. Seguramente la reina de Punt, obesa y probablemente
esteatopígica, y su también gorda hija debieron de ser consideradas
antinaturales y poco femeninas por los trabajadores que tuvieron la obligación
de reproducir su imagen en las paredes del templo de la reina Hatsepsut en
Deir el-Bahri. No está claro si esta delgadez femenina obedecía a una simple
convención artística o si debe interpretarse como un comentario deliberado
sobre la relación menos estrecha de unas determinadas mujeres con los
hombres. De todas formas, el hecho de que los artistas optaran por representar
a las mujeres esbeltas no significa necesariamente que todas lo fueran
realmente.
La mayoría de figuras femeninas de segundo orden que aparecen en las
escenas de las pinturas no necesitaban conformarse a una imagen
estereotipada de delgadez y pasividad. Debido a que estos personajes
secundarios constituían una parte relativamente insignificante en la totalidad
de la pintura es lógico que, a la hora de representarlos, los artistas se tomasen
libertades con su aspecto y rechazasen las actitudes afectadas convencionales
que, en cambio, eran las apropiadas en el caso del propietario de la tumba y
de su mujer y adoptasen con ellas un estilo más naturalista y desenfadado.
Mujeres feas, viejas, mal vestidas y gordas animaban el fondo de escenas
cuyo primer plano era más vistoso, pero son precisamente estas figuras más
relajadas que trabajan, descansan y se dedican a sus ocupaciones las que nos
dan una visión más alegre y típica de muchos aspectos de la vida cotidiana
dinástica. Muchachas núbiles bailan, tocan instrumentos musicales y hacen
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piruetas increíbles a fin de entretener a sus amos, mientras doncellas
sosegadas muelen inagotables cantidades de cereales que sirven para hacer
pan y las viejas campesinas trabajan en los campos recolectando lino y
cereales.
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casi siempre vemos que la mujer respalda físicamente al marido rodeando su
cuerpo con el brazo, colocándole la mano en el hombro en una actitud
tradicional de esposa. Todavía no está claro si esta postura debe interpretarse
como una actitud servil o como un signo de solidaridad conyugal. Las
estatuas del rey y la reina muestran invariablemente a la mujer a mucha
menor escala que el marido. Constituye un reflejo real de la importancia
relativa de la pareja, pero más revelador de la diferencia existente entre un
dios y un mortal que entre marido y mujer. En otros grupos familiares la
pareja está representada a escala natural y, en los casos en que la mujer de
estatura normal se casaba con un hombre enano, el marido también aparecía
más bajo que la mujer. La mujer iba vestida invariablemente con ropas
ceremoniosas que permitían al artista subrayar sus atractivos sexuales
acentuando el perfil de los pechos. Son muy escasas las estatuas femeninas
únicas, las de grupos de mujeres solas o de grupos donde la mujer tenga un
papel dominante, lo que indica que las mujeres, ya sea por elección, por
necesidad económica u oportunidad social, no invertían dinero en estatuas.
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Quien ofende a mi concubina está contra mí y yo contra él. Mirad, ella es
mi concubina y todos saben cómo hay que tratar a la concubina de un
hombre… ¿Tendría paciencia alguno de vosotros si alguien hubiera
denunciado a su mujer? ¿Por qué debo entonces tenerla yo?
Carta del sacerdote Heqanajt
La carta antes citada fue escrita por el sacerdote menor del Imperio
Medio, Heqanajt, a su familia.[6] Refleja, igual que reflejaría una carta actual,
desavenencias domésticas y trifulcas, y el sentimiento de inquietud que refleja
este mensaje colérico inspiró a Agatha Christie su famoso libro de asesinatos
y misterio titulado Muerte en el Nilo, que transcurre en el Egipto faraónico.[7]
Los egipcios instruidos eran escritores inveterados y, gracias a la sequía
del desierto, se ha asegurado la conservación de inscripciones monumentales,
frágiles papiros y rollos de cuero en los que no sólo leemos declaraciones
reales impersonales, textos de ceremonias religiosas convencionales y cartas
de negocios bastante aburridas, sino también casos legales privados, poemas
de amor románticos y cartas familiares íntimas que a veces prestan rostro
humano a los huesos resecos que nos ofrece la arqueología. Los ostraca (sing,
ostracón: lascas y fragmentos de enseres de barro usados como base para
escribir) eran los blocs de notas del pasado y se usaban a millares cuando los
egipcios querían anotar cosas sin importancia y no querían derrochar los caros
papiros. Gracias a que ha sobrevivido un enorme número de estos ostraca
podemos hacernos una idea de la vida rutinaria de la gente corriente. Quizás
no debería sorprendernos demasiado la noticia de que las relaciones humanas
del antiguo Egipto eran muy parecidas a las actuales: había familias unidas y
en las que imperaba el afecto y, tal como sugiere la correspondencia de
Heqanajt, enconadas peleas entre familias por asuntos de dinero y posición.
Abundaban los cotilleos y las alusiones, mientras que los rumores relativos a
conductas inmorales eran, como no podía ser de otra manera, de interés
general.
Sin embargo, hay que tratar con cautela todos estos escritos. Conviene no
perder de vista que las noticias que tenemos son incompletas y están
seleccionadas al azar, que aunque han sobrevivido muchos textos, son más
aún los destruidos, lo que nos priva de aspectos enteros de la vida egipcia.
Los documentos que han sobrevivido nos plantean diversos problemas de
interpretación. Aunque somos capaces de traducir literalmente muchas de las
palabras que usaron los egipcios, nuestros antecedentes culturales y sociales
son distintos. Así como un visitante del planeta Marte que llevara tan sólo un
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diccionario tendría dificultades para comprender los comentarios de un
partido de fútbol transmitido por radio o el sentido de las palabras de una
canción pop, a nosotros también pueden escapársenos muchos de los sutiles
matices y expresiones coloquiales que para el lector destinatario resultarían
claros. Éste es el caso particularmente de las canciones de amor, así como de
los mitos y leyendas, en los que los egipcios se servían con toda intención de
metáforas y dobles sentidos a fin de dar un giro simpático a sus palabras. La
costumbre egipcia de exagerar e incluso inventar las gloriosas hazañas
esculpidas en las inscripciones monumentales no hace sino aumentar nuestra
confusión; los mismos egipcios no veían por qué no podían atribuirse ya no
digamos los monumentos, sino también los hechos de sus ilustres
antepasados.
Ante todo debemos tener presente que sólo un pequeño porcentaje de la
población sabía leer y escribir, casi todos hombres pertenecientes a las clases
media y alta. Las pruebas documentales que han sobrevivido hacen referencia
principalmente a temas que conciernen a una parte restringida de la
comunidad, están escritas desde un punto de vista masculino y van dirigidas a
un lector contemporáneo masculino. Incluso cuando un texto pretende estar
escrito por una mujer —por ejemplo, los poemas de amor escritos por una
joven—, es frecuente que estuviera compuesto por un hombre, por lo que da
una interpretación masculina de los supuestos sentimientos femeninos.
Debido a que la mayoría de las mujeres no sabían leer ni escribir, muchos
temas de exclusivo interés femenino quedan excluidos de los registros
escritos que se han conservado.[8]
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aunque siempre están escritos en un estilo exagerado y, vistos con ojos
actuales, más bien jactancioso, pueden proporcionar al estudioso de la historia
de Egipto un gran caudal de información sobre la vida del interesado.
Desgraciadamente, por ser ocupantes secundarias de las tumbas, las mujeres
rara vez nos han dejado este tipo de información. No tenemos autobiografías
femeninas para compararlas con las de los hombres,[10] y los epítetos que
tradicionalmente se usaban para elogiar a una difunta son más bien insulsos:
«Aquella a quien la gente elogiaba» o la «Guardiana del corazón huérfano»,
todos ellos vagos y más bien carentes de sentido.
Sólo hay una clase particular de documento que nos ofrece la oportunidad
de contemplar a la mujer egipcia real despojada de su modesto velo de
intimidad. Los llamados Papiros Médicos[11] —manuales que enumeran todos
los síntomas conocidos y las curas propuestas para una variedad de dolencias
y accidentes de tipo corriente— vienen a sumarse a los detalles procedentes
de las sepulturas y restos momificados que han sobrevivido y nos ofrecen una
fascinante imagen de la vida diaria del médico egipcio y sus pacientes. Esta
prueba científica indica que la mujer indígena egipcia era por término medio
relativamente baja de estatura, tenía el cabello y los ojos oscuros y la piel de
una tonalidad morena clara. Sus expectativas de vida no acostumbraban a ir
más allá de los cuarenta años y se daba por sentado que superaría la etapa
infantil y los numerosos embarazos.
Las idílicas escenas que decoran las paredes de muchas tumbas dan la
impresión de que los egipcios pertenecían a una raza saludable y en buena
forma física, sin demasiados problemas de enfermedades. Sin embargo, es
una impresión que se contradice totalmente con las pruebas médicas, que
revelan que se trata de una población expuesta a una gran variedad de
enfermedades debilitadoras que proyectaban una amenaza sobre su vida y que
van desde la lepra y la viruela hasta la espina bífida y la polio. Incluso
dolencias más insignificantes, como las diarreas, la tos y las heridas, podían
resultar mortales sin los medicamentos actuales, en tanto que la mayoría de la
población padecía de forma intermitente de artritis reumáticas dolorosas y de
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abscesos dentales graves. El Papiro de Edwin Smith de la XVIII dinastía
muestra un cuadro gráfico de los peligros que pueden presentarse en una
sociedad donde la mayoría de los proyectos de construcción eran llevados a
cabo con las mínimas precauciones y donde las guerras eran relativamente
frecuentes. Este papiro es un tratado especializado en el tratamiento de
espantosas heridas derivadas de la vida laboral e incluye historias de casos
típicos: «Instrucciones para una herida abierta en la cabeza que ha destrozado
el cráneo» u otra más seria: «Instrucciones para una herida abierta en la
cabeza que penetra hasta el hueso, destroza el cráneo y deja el cerebro al
descubierto». No es de extrañar que este último accidente se clasificase entre
las enfermedades «no sujetas a tratamiento».
En el reverso del Papiro Edwin Smith aparece la información que más
estrechamente se relaciona con un estudio de las mujeres. En algún momento
del pasado un escriba o un médico egipcio usó el reverso del papiro para
anotar en él una serie de textos mágicos y de tratamientos adecuados para una
gran variedad de dolencias. En ellos se incluye una «receta para los problemas
de la mujer», dos tratamientos «para el cutis» y una receta «para algunas
dolencias del ano y zona próxima». Esta mezcla aparentemente aleatoria de
consejos prácticos, conocimientos científicos y ritos supersticiosos indica
claramente el límite poco definido que existió siempre entre la medicina
antigua y la magia. En efecto, los médicos egipcios no intentaron establecer
nunca una diferencia entre la efectividad de un tratamiento científico racional
y las curas supersticiosas o sobrenaturales, como tampoco hicieron nunca
ninguna distinción entre las dolencias médicas y problemas como la caspa
persistente y las arrugas faciales que en la actualidad serían casos más propios
para un esteticista que para un médico. Partían, en cambio, de la postura de
que todo el mundo nacía sano y de que la enfermedad y las dolencias, cuando
no eran consecuencia directa de un accidente, estaban producidas por un
gusano parásito o un espíritu maligno que se introducía en el cuerpo. Es
lógico, pues, que tomaran medidas prácticas para aliviar los síntomas físicos
molestos a la vez que confiaban en hechizos mágicos para expulsar el espíritu
maligno y así curar o disipar la enfermedad.
El Papiro Médico de Ebers, que también data de la XVIII dinastía, quizás
sea el más avanzado científicamente de los documentos médicos egipcios. Su
contenido es menos específico que el del Papiro Edwin Smith, pero presenta
la misma mezcla de magia simpática y buenos consejos al tratar de las
dolencias más comunes entre los egipcios, enfermedades internas y achaques
tan comunes como la calvicie y problemas respiratorios. El apartado que trata
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de los problemas específicos del hombre es muy corto y en él sólo se detallan
cuatro enfermedades particulares (prurito, priapismo, impotencia y gonorrea).
El apartado más largo, que se ocupa de las cuestiones femeninas, trata
principalmente de la reproducción y de los problemas asociados a la
contracepción, la lactancia y el bienestar de los niños. Sorprende que,
tratándose de un país cuyos ritos funerarios fomentaban la disección de los
difuntos, el conocimiento del funcionamiento interno del cuerpo de la mujer
fuera tan limitado. La ginecología no era un tema especializado y existían
algunos extraños equívocos en relación con el funcionamiento de los órganos
femeninos. Por ejemplo, aunque se conocía la posición del cérvix, no se tenía
ninguna referencia en relación con los ovarios, y se creía que el propio útero
era móvil y capaz de flotar libremente dentro del cuerpo femenino. Se creía
que un útero errante provocaba un gran dolor en la paciente y se concibieron
varios métodos para volver a situar aquel órgano itinerante en la pelvis, el
más extendido de los cuales fue la fumigación de la desgraciada paciente con
excrementos humanos desecados.
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con más sinceridad que tacto que, como la mujer en cuestión tenía alrededor
de sesenta años, las esperanzas de solucionar el caso eran pocas.
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eran más malos que buenos. Este cambio brusco de actitud se hace evidente
tanto en las narraciones de carácter literario como en las instrucciones de los
escribas que se utilizaban como textos reglamentarios en todas las escuelas
egipcias. En el Periodo Tardío el escriba Anjsheshonq escribía sobre las
mujeres de una forma que parecía indicar que tampoco él disfrutaba de una
vida hogareña totalmente feliz:
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Bata demostró ser también un mal juez del carácter femenino y a la larga
también fue traicionado por una mujer infiel.
En el Cuento de la Verdad y de la Mentira, correspondiente al Imperio
Nuevo, vemos que aparece también caracterizada una mujer igualmente
desagradable y en él la Verdad más bien inocente, ya traicionada y cegada por
las mentiras de su engañosa hermana la Mentira, se ve seducida por una mujer
atractiva y egoísta. Aunque la mujer engendró el hijo de la Verdad, trató muy
mal al que fue su amante y lo obligó a hacer las funciones de humilde portero
en su casa. Hasta que el hijo no fue lo bastante mayor para dudar de quién
podía ser su padre, la Verdad no le otorgó la posición que le correspondía en
la familia.
Procura que tu mujer esté apartada del poder, manténla a raya… Así
podrás retenerla en casa.
Consejo de un escriba del Imperio Antiguo dirigido a los jóvenes
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El papel de la mujer en el arte y literatura del Periodo Dinástico es más
bien la imagen estereotipada de la mujer vista por el hombre. En pintura y
escultura representa a la esposa, hija y madre sumisas, mientras que en
literatura presta su fiel apoyo a su emprendedor marido. Siempre es pasiva y
sumisa; su vida privada y sus pensamientos son más bien nulos. Esta clase de
pruebas permiten entender un poco la jerarquía familiar egipcia. Vemos, por
ejemplo, que el marido se consideraba claramente el cabeza de familia, por lo
que adivinamos que sabía poco de la rutina diaria de la mujer. Sin embargo, la
mujer real todavía permanece terriblemente atormentada y escondida detrás
de una pantalla de convenciones y tradiciones. Esta imagen idealizada de la
mujer egipcia y el matrimonio queda hasta cierto punto equilibrada con el
verdadero trato que recibían las mujeres en la comunidad.
Por desgracia no ha sobrevivido ningún libro egipcio de leyes. Sin
embargo, existen suficientes pruebas en forma de documentos judiciales y
correspondencia legal para demostrar que, por lo menos en teoría, mujeres y
hombres de una misma clase social eran iguales desde el punto de vista legal.
Esta igualdad otorgaba a la mujer egipcia de la época dinástica, fuera casada o
soltera, el derecho a heredar, a comprar y a vender bienes y esclavos a su
antojo. Podía hacer un contrato legal válido, tomar en préstamo o prestar
bienes e incluso entablar un juicio. Quizás lo más importante es que podía
vivir sola sin la protección de un hombre. Este aspecto supuso una innovación
sorprendente en unos tiempos en que las mujeres de otras importantes
civilizaciones quedaban relegadas en menor o mayor medida, pero de una
manera natural, a un rango inferior, situada a un mismo nivel que los niños
menores y los perturbados psíquicos. Las leyes escritas de Mesopotamia,
correspondientes a la misma época, al igual que las de Grecia y Roma, de
época posterior, propugnaban invariablemente el principio de la superioridad
del hombre, por lo que se consideraba normal y natural que la conducta de la
mujer estuviese regulada por el hombre en todo lo que era la vida cotidiana y
en gran parte del mundo antiguo.[13]
El Código de Hammurabi, en Mesopotamia, que consolidó la ley
babilónica hacia el 1750 a. C., incluía muchas regulaciones que hacían
referencia al control del comportamiento femenino y del considerado
adecuado en el matrimonio. Resaltaba, en particular, la indiscutible autoridad
del hombre dentro de la familia, donde las mujeres y los hijos eran tratados
como un bien más puesto a la entera disposición del marido. Las mujeres
disfrutaban de ciertos derechos legales y económicos muy importantes, entre
ellos el de tener unos bienes propios y el acuerdo aceptado en un matrimonio
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vinculante, considerados derechos estrictamente limitados. Era muy difícil
para una esposa, por ejemplo, divorciarse de un marido que ella no
considerase aceptable, del mismo modo que la mujer no podía disponer de su
dote, que la ley trasladaba a sus hijos cuando ella moría.[14]
Las leyes y costumbres griegas todavía eran más represivas en lo tocante
al trato con las mujeres y condenaban a todas las esposas e hijas a una
protección perpetua y humillante.[15] Las mujeres griegas respetables,
excluidas a todos los efectos de la vida pública, tenían pocos derechos legales
a menos que actuaran bajo el total consentimiento de su kurieia o protector
legal varón. En consecuencia, muchas mujeres de clase alta llevaban una vida
muy poco satisfactoria y permanecían confinadas en sus habitaciones, donde
pasaban las largas jornadas tejiendo y dirigiendo el trabajo de la casa.
Solamente en Esparta se permitía a las jóvenes disfrutar del ejercicio sano y
se las animaba positivamente a que no pasaran demasiado tiempo hilando. En
la conservadora Atenas se estimaba que esta actitud liberal era
desagradablemente laxa. Bajo la ley estricta de Atenas, las mujeres eran
propiedad de sus padres o del esposo que las hubiera escogido. Su dote era
siempre tutelada por el marido, que no les permitía heredar ni hacer contratos
legales válidos. En cuanto a los hijos, pasaban a ser propiedad del padre y de
su familia.
De la mujer romana se esperaba también que se comportase con modestia
y decoro, aunque se le permitía disfrutar de un abanico más amplio de
actividades sociales que a su hermana griega. Se aceptaba que una matrona
romana cenara con invitados del sexo opuesto, visitara tiendas y templos e
incluso desempeñara un modesto papel en la promoción de la carrera de su
esposo. Los griegos que visitaron Roma por vez primera se quedaron muy
confundidos al ver que las señoras de la casa también se sentaban a la mesa.
Sin embargo, pese a disfrutar de esta libertad, la mujer romana permanecía
bajo la tutela legal paterna hasta que se casaba, momento a partir del cual el
padre tenía la opción de ceder su custodia al nuevo marido, concediendo de
este modo a la novia los mismos derechos legales que a cualquier otra hija del
novio. En caso de que el padre no actuara de esta manera, se mantenía
financieramente responsable de su hija, que seguía siendo un miembro legal
de la familia. La mujer necesitaba el consentimiento de su protector en todos
los asuntos legales, aunque no podía tener la custodia de sus hijos.
¿Cómo consiguió la mujer egipcia, que gozaba de tan insólita libertad,
desarrollar y mantener su posición legal de igualdad? Pregunta misteriosa que
sigue sin una respuesta totalmente satisfactoria. Los primeros egiptólogos,
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erróneamente influidos por los trabajos pioneros de Frazer,[16] creían que la
libertad legal de las egipcias era una prueba directa de que el sistema egipcio
de gobierno se había desarrollado a partir de un sistema matriarcal puro.[17]
Ahora se sabe que esta teoría es completamente falsa y lo que parece más
probable es que haya que buscar la respuesta en una consideración de los
aspectos más insólitos de la cultura egipcia. La sumisión legal de las mujeres
en las demás sociedades parece obedecer a la necesidad de asegurar que se
negaría a las mujeres la misma libertad sexual que gozaban los hombres, no
sólo para impedir la descendencia sino para evitar, además, la reproducción
ilegítima. Si esto era resultado directo de la necesidad de crear una clase
selecta que rigiera el país y de limitar así la dispersión de los bienes
familiares, la existencia de un rey-dios y la ausencia de una clase de
«ciudadanos» estrictamente definida hace que estas consideraciones resulten
irrelevantes en Egipto. La naturaleza rígida del sistema de clases egipcio y el
modelo tradicional de los emparejamientos con vistas al matrimonio hacía
difícil que los bienes privados que se poseían pudiesen dispersarse con el
matrimonio, al tiempo que la gran fertilidad del valle del Nilo redujo la lucha
por el acceso a los recursos que existía en sociedades menos afortunadas. El
reconocimiento de que la descendencia tanto podía pasar a través de la línea
materna como paterna, característica de muchas culturas africanas, es algo
que quizá contribuyó también a proteger los derechos de las mujeres. Los
egipcios siempre consideraron importante la línea familiar femenina, y era
frecuente que las madres fueran honradas en las tumbas de sus hijos.
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Fig. 5 - Estela del niño Mery-Sejmet en brazos de su madre, cuyo nombre ignoramos
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que se juzgó a mujeres por deudas impagadas, robos e incluso por negligencia
ante un pariente enfermo.
El caso de Mose, una encarnizada pendencia legal en torno a un
complicado enredo de documentos falsificados y testigos mentirosos,
demuestra claramente el derecho de las mujeres a heredar propiedades, actuar
como fiduciarias y plantear una demanda ante los tribunales de justicia. Mose,
un burócrata empleado en la tesorería de Ptah, en Menfis, reprodujo con
orgullo toda la reyerta en el muro de su tumba de Sakkara.[18] Nos expone en
él que su antepasado, un tal capitán Neshi, recibió una pequeña finca como
recompensa por los leales servicios prestados al rey. Dicha finca se mantuvo
intacta dentro de la familia de Neshi durante más de doscientos años, pasando
de una generación a otra, administrada por un fiduciario que actuaba en
nombre de los herederos legales. Durante el reinado del rey Horemheb, un
hombre llamado Jay fue nombrado fiduciario de la finca, si bien este
nombramiento fue recusado por una señora llamada Wernero, abuela de
Mose, y el tribunal acabó confirmando a Wernero en el puesto de fiduciaria
de sus cinco hermanos y hermanas. Desgraciadamente Tajaru, una de las
hermanas de Wernero, presentó una objeción al nombramiento, por lo que se
decidió que la tierra se dividiría en seis partes iguales a repartir entre todos los
herederos legales. El padre de Mose, Huy, y su abuela, Wernero, apelaron
contra esta decisión pero, antes de que se resolviera la situación, murió Huy
en tanto que la madre de Mose, Nubnofret, quedaba excluida por Jay de su
sexta parte de tierras. Aunque Nubnofret presentó inmediatamente una queja
formal ante el tribunal, no pudo demostrar su derecho a la tierra porque Jay
presentó documentos falsificados como prueba y quedó propietario de la
herencia de Mose. Sólo cuando Mose tuvo edad para pleitear por su caso,
presentando varios testigos que declararon bajo juramento ante el Gran Jurado
del visir, se resolvió finalmente el juicio a su favor.
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abandonadas y para los hijos menores. La última voluntad y testamento de la
señora Naunajte, de la XX dinastía, muestra hasta qué punto las mujeres
podían disponer a su antojo de sus bienes. Naunajte, madre de ocho hijos,
había obtenido muchas riquezas de su familia y de su primer marido, pero al
envejecer se hizo cada vez más dependiente de sus hijos. Declaró su voluntad
bajo juramento ante un tribunal de justicia, manifestando que quería que su
propiedad se repartiera sólo entre los cinco hijos que la habían seguido
cuidando durante la vejez y desheredó a los que se habían desentendido de su
situación. Sin embargo, reconociendo que no podía ignorar la participación de
su marido en la propiedad conjunta ni tampoco los bienes personales de éste e
impedir que se dividieran según sus deseos, admitió que «con respecto a estos
ocho hijos míos, tendrán la parte proporcional de los bienes de su padre». Es
evidente que las familias de hace tres mil años eran tan de poco fiar como las
actuales.
divorciaba, mientras que las dos terceras partes restantes se dividían primero
entre los hijos del marido y luego entre los hermanos y hermanas de éste.
Además, la viuda heredaba automáticamente una parte proporcional de la
propiedad privada de su marido y, de hecho, algunos maridos se valían de los
conocimientos que tenían del sistema legal para garantizar que su pareja
recibiría la totalidad de la herencia transfiriendo legalmente sus propiedades a
la mujer antes de morirse, lo que vendría a ser el equivalente actual del
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procedimiento que intenta evitar los impuestos de herencia deshaciéndose de
los bienes en vida.
Otro método más tortuoso para evitar que los hermanos o hermanas
reclamaran la propiedad matrimonial consistía en que el marido adoptara a su
mujer como hija. Existe un documento legal fascinante, correspondiente al
Imperio Medio, que explica con detalle la adopción de la mujer Nenufer por
su marido Nebnufer: «Mi marido redactó un escrito por el que me convirtió
en su hija, ya que no tenía hijo ni hija aparte de mí».[20] Esta declaración,
hecha ante testigos, era de obligatoriedad jurídica y permitió que Nenufer
heredara toda la propiedad de Nebnufer, ya que era a la vez su esposa e hija.
Diecisiete años más tarde Nenufer, viuda entonces, hizo un añadido
importante a la escritura legal en la que explicaba que su marido y ella habían
comprado una esclava para que hiciera de madre suplente de los supuestos
hijos de Nebnufer. Dicha esclava tuvo dos niñas y un niño, que fueron
manumitidos y a su vez adoptados por Nenufer y, como el hermano de
Nenufer expresó el deseo de casarse con una de las chicas, también él fue
adoptado por su hermana para así poder recibir su parte de propiedad familiar.
El derecho legal de Nenufer a heredar la propiedad, hacer testamento con
obligatoriedad legal, adoptar a un niño y liberar a un esclavo quedan
explícitos en este texto.
Desgraciadamente, durante el periodo grecorromano, en que las leyes, las
costumbres y el lenguaje griegos empezaron a ejercer una influencia
importante en el estilo de vida egipcio, el derecho de la mujer a la igualdad
fue desapareciendo a ritmo lento pero implacable. En ese tiempo muchas
familias griegas se instalaron en Egipto, en tanto que sus mujeres, tan
enclaustradas y protegidas por el guardián legal de su kurieia, se instalaron a
vivir codo con codo con las egipcias liberadas. Muchos egipcios, al ver que
ese estilo de vida exótico de los griegos era preferible al suyo propio, se
apresuraron a adoptar estas nuevas formas de comportamiento. De hecho,
tenemos documentos que nos confirman que muchas mujeres no griegas, que
no tenían necesidad legal de guardián, solicitaron uno, quizá movidas por el
deseo de que las confundieran con las sofisticadas griegas y no con las
provincianas egipcias. En el periodo romano, cuando las tradiciones romanas
vinieron a añadirse al sustrato cultural griego y egipcio, las mujeres ya habían
perdido sus antiguos derechos y privilegios y, aunque las costumbres locales
les habían permitido vivir de una manera menos reprimida que las habitantes
de Roma, no estaban ni con mucho tan emancipadas como lo fueron un día
sus antepasadas dinásticas.
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La felicidad conyugal
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complacía lo que de romántico pueda tener el matrimonio. Para todo egipcio
sensato, casarse y engendrar hijos debía de constituir una obligación, aunque
fuera bien aceptada: los egipcios eran una raza muy dada al amor.
Tradición y biología se unieron para garantizar que el matrimonio seguido
de la maternidad fuese el camino que seguirían inevitablemente casi todas las
egipcias, razón por la cual las madres educaban a sus hijas desde pequeñas en
las tareas domésticas. Cuando una chica alcanzaba la adolescencia no tenía
ningún papel en la sociedad, no era niña ni mujer, por lo que se quedaba en
una especie de limbo protector, viviendo en casa de su padre, hasta que le
encontraban el hombre adecuado para formar pareja. Se consideraba en
general que los mejores matrimonios eran los pactados entre los miembros de
una misma familia o entre vecinos de una misma posición social y clase
profesional. El escriba Anjsheshonq aconsejaba a los padres: «No dejes que tu
hijo se case con una novia de otra ciudad, para que no lo aparten de ti». De la
misma manera que los campesinos egipcios actuales reconocen el derecho
que tiene un primo paterno a pedir la mano de la hija del hermano de su
padre, sus antepasados daban preferencia a los matrimonios entre primos
carnales o entre tíos y sobrinas, lo que tenía por objeto evitar la división de la
propiedad familiar y la pérdida del derecho heredado a trabajar la tierra,
considerados de gran importancia en una comunidad agrícola. Parece que las
consecuencias genéticas de la endogamia no preocupaban demasiado a los
egipcios, pero se han encontrado varios esqueletos con deformaciones
congénitas en cementerios locales que demuestran que seguramente hubo
problemas ocasionales.
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Fig. 6 - Mujeres extranjeras con sus hijos.
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nacimiento de los hijos, habrá que conceder a la descendencia la
condición de ciudadanos…[1]
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entender que el resto de los egipcios optaban por la poligamia—, los
matrimonios múltiples no eran tan habituales como se suele creer. Sin ser
realmente ilegal, la poligamia ha continuado siendo un esparcimiento de los
hombres ricos, lo que no era diferente en el antiguo Egipto, por lo que sólo los
más ricos podían permitirse el lujo de tener más de una mujer. La confusión
proviene de la costumbre egipcia de representar a una o varias esposas
anteriores difuntas junto con la sucesora viva en la lápida del marido común.
La prueba a la que se recurre con más frecuencia en apoyo de la teoría de los
matrimonios polígamos egipcios es un papiro escrito por una mujer,
Mutemheb, en el que se declara cuarta esposa de su marido Ramsés,
añadiendo que dos de las demás esposas están muertas mientras que una
todavía vive. Aunque no se detallan las circunstancias precisas de este
matrimonio, nada indica la existencia de poligamia y parecería más lógico
suponer que Ramsés se había divorciado de su tercera mujer antes de casarse
con la cuarta. Sin embargo, la poligamia en serie, o el nuevo matrimonio
después de una pérdida o de un divorcio, era costumbre habitual, y una vez
más el escriba Anjsheshonq da su opinión al respecto: «No tomes mujer cuyo
marido sigue vivo a fin de que no se convierta en tu enemigo».
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paterna, todavía existente en las bodas del oeste, de «desprenderse» de sus
hijas legalmente independientes, o bien que la hija no tenía ni voz ni voto.
Resulta difícil de aceptar esa imagen del padre egipcio bondadoso que
aparece en muchos retratos de familia comprometiendo a la hija a casarse en
contra de su voluntad o rechazando una unión sentimental sin razón alguna, y
no existen pruebas documentales que indiquen que las mujeres estuvieran
obligadas a contraer matrimonio.
No había restricciones legales con respecto a la edad adecuada para
contraer matrimonio, aunque generalmente se consideraba que no se podía
escoger a una niña antes del inicio de la pubertad y de que tuviera la
menstruación, hecho que solía ocurrir hacia los catorce años. Es una idea
confirmada por un documento de la XXVI dinastía, donde un padre deniega a
su hija el permiso para contraer matrimonio porque es demasiado joven y
porque «todavía no ha llegado su momento». Sin embargo, existen pruebas de
que en Roma, donde la pubertad de la mujer se fijaba legalmente a los doce
años independientemente del desarrollo físico, no eran raras las bodas con
niñas de diez y once años, por lo que no hay razón para poner en duda que a
esa edad se casaran también en Egipto. Además, hasta hace cincuenta años no
se prohibió por ley en el Egipto actual el matrimonio con niñas de once o
doce años. Desde luego que existen pruebas textuales pertenecientes al
periodo grecorromano de matrimonios de niñas egipcias a la temprana edad
de ocho o nueve años, y tenemos una momia con una etiqueta escrita en
demótico, con la que se identifica el cuerpo de una esposa de once años.
El novio, especialmente en los matrimonios entre tío y sobrina, solía ser
considerablemente mayor y más experimentado que la novia, normalmente
inmadura; Anjsheshonq recomendaba a los hombres que se casaran a los
veinte años, mientras que el escriba Ptahotep estimaba que un muchacho no
se podía casar hasta que se hubiera convertido en un hombre respetable. Sería
ingenuo pensar que las novias jóvenes no eran sexualmente activas antes de la
menstruación; a pesar de que se disponía de diversos anticonceptivos, existía
el problema de niñas fértiles pero físicamente inmaduras que se convertían en
madres, hecho que posiblemente contribuyó a la elevada mortalidad maternal
e infantil durante el embarazo y el parto.[2] Estrabón nos da alguna indicación
acerca de la extendida aceptación de la sexualidad prepuberal describiéndonos
extensamente la consagración religiosa de una bella joven de ilustre cuna al
servicio de Amón o Zeus: «Se ha convertido en prostituta y tiene relaciones
sexuales con quien quiere hasta que su cuerpo se purifique». Estrabón
entiende por purificación del cuerpo el inicio del periodo menstrual. Aunque
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es posible que Estrabón no entendiera la situación o fuera víctima de las
historias fantásticas que inventaban los solícitos nativos para despertar el
interés de los extranjeros, está claro que se trata de una historia de interés
general y que no provocaba desagrado.
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demuestra que las negociaciones matrimoniales habían concluido
favorablemente era la convivencia de la pareja feliz, que presuponía
abandonar físicamente la protección de la casa paterna para entrar en el hogar
del marido, es decir, que la chica traspasase su lealtad del padre al marido y
pasase a ser reconocida universalmente como esposa. La chica se llevaba
consigo todas sus pertenencias, los llamados «bienes de una mujer», que
normalmente consistían en una cama, ropas, objetos de adorno, espejos, un
instrumento musical y un valioso chal que podría ser el equivalente de nuestro
velo de boda. El desfile nupcial, durante el cual la novia y su cortejo eran
escoltados a través de las calles por una alegre multitud de amigos y
parientes, debía de ser una ocasión de gran regocijo familiar; los antiguos
egipcios eran muy aficionados a las fiestas, aprovechaban cualquier
oportunidad para celebrar un lujoso banquete y suponemos que la fiesta de
boda debía de prolongarse hasta bien entrada la noche.
Ignoramos qué importancia tenía o si existía algún ritual en relación con
la consumación del matrimonio. Hasta hace relativamente poco tiempo la
ceremonia de la desfloración de la mujer era una faceta decisiva en la
celebración de una boda egipcia, presenciada por una variedad de mujeres
casadas de la familia que podían convertirse en testigos de la honorabilidad
tanto de la recién casada como de su familia. La ceremonia solía hacerse
sujetando con fuerza a la joven novia mientras el novio o una mujer de la
familia rompía el himen con el dedo cubierto con una gasa limpia y
derramaba la sangre precisa para demostrar su pureza. En la sociedad del
antiguo Egipto la castidad de las mujeres solteras no se consideraba de una
importancia extrema, por lo que la consumación del matrimonio seguramente
era una ceremonia más íntima y menos angustiosa. Parece probable que la
consumación era imprescindible para que el matrimonio fuera legal y
vinculante, como ocurre en muchas sociedades actuales. De hecho, en la
Mesopotamia de la época, donde se esperaba que la novia demostrara su
fertilidad, el matrimonio no se consideraba válido hasta que se producía la
concepción y no se pagaba la dote hasta que nacía el hijo.
El novio no tenía ninguna obligación de pagar a su suegro por la novia, si
bien en el Imperio Nuevo se inició la tradición de entregar a la mujer una
donación simbólica de dinero y a veces de trigo. El valor económico real de
esta donación era variable y oscilaba desde una cantidad insignificante hasta
la necesaria para comprar un esclavo, y parece que vino a simbolizar un
respeto que hacía el acuerdo matrimonial vinculante por ambas partes, quizás
algo parecido a esa convención que hace que actualmente se espere del novio
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que corra con los gastos de la orquesta de boda que actuará durante la
ceremonia. Se desconoce si esta tradición procede de una costumbre anterior
de ofrecer dinero al padre, ya fuera para compensar a la familia natural de la
novia del abandono de ésta y de la pérdida de sus servicios, ya fuera como
una consideración que indicase la transferencia del derecho de propiedad de la
novia, ya fuera incluso como pago directo de un precio por la compra de la
novia.
A su vez, el padre de la novia contribuía al bienestar de la feliz pareja
ofreciendo regalos de boda, que iban desde bienes domésticos a comida, la
cual a menudo seguía proporcionando en forma de grandes cantidades de
trigo a veces durante siete años, hasta que se consideraba la unión
consolidada, es decir, convertida en un verdadero matrimonio y no en una
«simple vida en común». Hacia el final del Periodo Dinástico se impuso la
costumbre de registrar en un contrato legal estas «dotes», lo que podía
utilizarse para prevenir disputas y proteger los derechos económicos de la
mujer y los hijos ante la desgraciada posibilidad de un divorcio. Estos
contratos matrimoniales no formaban parte del matrimonio propiamente dicho
y se solían redactar cuando la pareja ya había tenido varios hijos.[4] El
ejemplo citado más abajo es un contrato grecorromano en que el egipcio
Horemheb da el consentimiento para que su mujer Tais sea compensada
adecuadamente en el caso de que fracase el matrimonio:
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de ningún marido que pegase a su mujer o se aceptaba por ambas partes que
éste era un aspecto absolutamente normal de la vida familiar que no merecía
comentario? Las inscripciones de las capillas-tumbas del Imperio Antiguo
parecen indicar que la esposa perfecta era sumisa y complaciente —«no hizo
ninguna afirmación que mi corazón rechazara»—, aunque este ideal no
reflejaba necesariamente la vida real, y el comentario de Anjsheshonq —«que
el corazón de una esposa sea el corazón de su marido»— señala que los
desacuerdos matrimoniales quizá eran más frecuentes de lo que pretendían los
hombres. Las instrucciones de los escribas, escritas para orientar a los
solteros, apuntan en general que en un mundo ideal el marido debe respetar a
su mujer y a la vez dirigir la familia y sus miembros. Quizás la mejor muestra
de cómo el marido veía las obligaciones morales hacia su esposa quede
recogida en una carta detallada escrita durante la XIX dinastía donde el
marido quiere congraciarse con su esposa difunta muerta, que creía que se le
aparecía:
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No lo abandonaré aunque me pegue y tenga que pasar el día en la ciénaga.
Aunque me persigan hasta Siria con garrotes o hasta Nubia con varas de
palmera o incluso hasta el desierto con estacas o hasta la costa con cañas.
No escucharé los planes que me propongan para abandonar al hombre que
amo.
Canción de amor del Imperio Nuevo
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abandono a la hija de Telmont, que me den centenares de latigazos y
perderé todo lo que adquirí con ella.
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no se hubiera registrado, en tiempos anteriores. Efectivamente, hay muy
pocos casos registrados de mujeres que hubieran repudiado a su marido,
aunque no está claro si esto es indicativo de que las mujeres eran menos
volubles o de que se hacían menos ilusiones con respecto a sus parejas. Podría
ser que, en una sociedad como la egipcia, que daba tanta importancia a la
fertilidad y, por lo tanto, a la juventud, una mujer mayor se lo pensara dos
veces antes de rechazar a su marido, ya que quizá le habría sido difícil
encontrar a un sustituto dispuesto a mantenerla. Debido a que no existían unos
fundamentos legales definidos para el divorcio, se podía esgrimir cualquier
excusa como motivo para poner término a una unión y, de hecho, el
matrimonio podía disolverse a voluntad. En la práctica, las limitaciones
debían provenir de consideraciones económicas y quizá de las presiones de
las dos familias involucradas, que en ocasiones estaban emparentadas. Nada
nos demuestra que el divorcio era tenido por un estigma social para el
hombre, si bien la esposa repudiada, sobre todo si era sustituida por una novia
más joven y atractiva o más fértil, debía de sentirse públicamente humillada.
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Durante mucho tiempo los egiptólogos creyeron que las concubinas, las
amantes oficiales tanto de los solteros como de los casados, eran aceptadas
por la sociedad egipcia pero en general no disfrutaban del respeto ni de los
derechos legales reservados a las casadas. Actualmente se cree que el número
de concubinas oficiales quizá se exageró debido a la desgraciada tendencia de
clasificar como concubinas a las que sólo se podían identificar como solteras.
La gradual interpretación de las pruebas textuales empieza a corroborar que
muchas de las mujeres solteras que formaban parte de las familias eran en
realidad administradoras, músicas o criadas. Ni siquiera en las cartas de
Heqanajt, donde se describe a una dama, Iutemheb, como hbsw.t, término no
encontrado en ningún otro texto pero que tradicionalmente significa
concubina, queda claro que la mujer en cuestión no fuera una segunda esposa
oficial.[5]
No forniques con mujer casada. El que fornica con una mujer casada en la
cama de ésta, tendrá a su mujer copulando en el suelo.
Consejo del Periodo Tardío a los jóvenes
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advertencias taxativas y tendentes a evitar cualquier contacto con las esposas
de otros hombres, que se servirían de todas las incitaciones femeninas para
hacerlos caer en una relación sexual.
Receta para evitar que una mujer quede embarazada durante uno, dos o
tres años: machacar conjuntamente una medida de acacia y dátiles con un
poco de miel. Humedecer un copo de lana con la mezcla e introducirlo en
la vagina.
Papiro médico Ebers
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es una costumbre particularmente extendida: en Sudáfrica solían usarse las
cagarrutas de elefante como profiláctico, mientras que el Boke of Saxon
Leechdoms, libro inglés del año 900 de nuestra era, sugería alegremente que
aquellos que no quisieran tener hijos debían «recoger estiércol fresco de
caballo, colocarlo sobre carbón caliente y hacerlo humear intensamente de
forma ascendente entre los muslos por debajo de las ropas».[7] Se desconoce
la eficacia del método, aunque no es difícil imaginar que la aplicación de una
cantidad suficiente de excrementos de cualquier tipo en las partes íntimas
debe bastar para enfriar la pasión y hacer innecesarias otras precauciones. No
es sorprendente, quizás, que no se hayan encontrado pruebas anticonceptivas
«masculinas», como condones o recetas para preparar pócimas y aplicarlas en
los genitales. Métodos como el coitus interruptus (retirar el pene antes de la
eyaculación) o coitus obstructus (coito consumado con la desviación del
esperma a la vejiga masculina gracias a la presión en la base de la uretra) no
es lógico que dejaran huella en el registro arqueológico.
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Fig. 7 - Vasija en formafertilidad femenina con anchas caderas y genitales muy
de
exagerados cuya misión era ayudar al muerto a
figura de la fertilidad.
recuperar todos los poderes perdidos. Aunque se trata de símbolos claramente
sexuales, estas figuras con frecuencia llevaban unas minúsculas muñecas en
brazos que representaban niños pequeños, lo que indica que el sexo era tenido
por un aspecto placentero más dentro del campo amplio de la fertilidad. No se
establecía ninguna distinción artificial entre el placer sexual y el deseo de
tener hijos y, en consecuencia, la fertilidad de la mujer contribuía a potenciar
su atractivo sexual. Entenderemos la división clara y artificial que las
sociedades más occidentales establecen entre sexo y reproducción si
imaginamos la reacción que tendría la gente al ver que en la página central
desplegable de Playboy aparecía una muchacha provocativa con un recién
nacido en brazos.
Los egipcios no eran en absoluto pacatos en las cuestiones relacionadas
con la sexualidad. Sin embargo, como muchas de las pruebas que nos han
dejado provienen de contextos religiosos o funerarios en que las referencias
concretas a temas íntimos se habrían considerado inapropiadas, no hay mucha
ocasión de satisfacer morbosidades practicando la arqueología. Las canciones,
mitos e historias de amor hacen vagas y veladas referencias a la relación
sexual, mientras que los toscos dibujos, las bromas sucias y los explícitos
bosquejos que vemos en fragmentos de vasijas son mucho más elocuentes.
Uno de los primeros ejemplos mundiales de pornografía, el llamado Papiro
Erótico de Turín, incluye una serie de dibujos que representan a diferentes
parejas más bien atléticas entreteniéndose en adoptar una gran variedad de
imaginativas posturas, por cierto bastante incómodas. Desgraciadamente no
sabemos si el papiro pretendía ser una representación real de anécdotas de
prostíbulo o, lo que parece más probable, fantasías extravagantes del
dibujante. Querer hacernos una idea de las relaciones conyugales basándonos
en el Papiro de Turín sería como considerar costumbres típicas de la vida
moderna occidental las escenas que nos muestran las películas porno. Las
pruebas más realistas recopiladas de textos y ostraca confirman que las
posturas más convencionales «frente a frente» y los coitos desde atrás eran las
posturas sexuales preferidas por la mayoría de parejas.
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mano entre sus muslos y recogió el
semen de Seth.
Historia de Horus y Seth,
Imperio Nuevo
Tomad a una mujer mientras seáis jóvenes, a fin de que pueda daros un
hijo. Deberíais engendrarlo cuando todavía seáis jóvenes y así podréis
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vivir hasta verlo convertido en hombre.
Consejo de un escriba del Imperio Nuevo
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profundamente a su descendencia, y los egipcios no tenían ese machismo mal
entendido que induce a avergonzarse de mostrar afecto a los hijos. El sueño
de todo egipcio era tener una prole numerosa y sana y se consideraba que los
hijos constituían una de las mayores bendiciones de la vida y un motivo de
orgullo, a veces incluso exagerado. Debemos suponer que el capitán del
ejército de la XI dinastía que declaró ser padre de «setenta hijos de una misma
esposa» debía exagerar con miras a sobrevalorar su virilidad o, de lo
contrario, deberíamos lamentarlo por su mujer.
Los egipcios no eran distintos de los demás en su deseo de tener muchos
hijos. Las sociedades campesinas sienten tradicionalmente un gran respeto
ante la fertilidad, y en ningún otro lugar es esto más cierto que en el Egipto
rural actual, donde se valora la importancia de un hombre por el número de
sus hijos, mientras que la desgraciada que al año de su matrimonio no da
muestras de estar embarazada pasa a convertirse en motivo de inacabables
especulaciones y chismorreos. No tener hijos es una tragedia en un país donde
los padres subrayan su paternidad adoptando el nombre de su hijo mayor,
usando el prefijo abu (padre de) u om (madre de), donde a las mujeres que no
tienen hijos se las llama cortésmente om el-ghayib, «madre del ausente». En
estas circunstancias el concepto de esperar un tiempo antes de formar una
familia o de restringir el número de hijos son cosas incomprensibles, y los
hombres estériles prefieren quitarse la vida antes que admitir que son
incapaces de procrear. En este aspecto los antiguos egipcios coincidirían con
sus contrapartidas actuales.
Existen muy pocas sociedades donde se prefiera a las niñas que a los
niños y Egipto no era una excepción a esta norma general. Aunque es
evidente que los padres amaban a sus hijas, como demuestran muchos retratos
de familia donde aparecen las hijas en actitudes convencionales pero
afectuosas, no hay duda de que los niños ocupaban una posición mejor. Esta
preferencia por los niños puede resultarnos difícil de aceptar, pero no difícil
de entender. En una sociedad sin una eficiente asistencia social ni un sistema
de pensiones operante los hijos representaban una inversión financiera para el
futuro. Los hijos, que tradicionalmente trabajan fuera de casa, representan un
potencial monetario mientras que las hijas, cuyo trabajo en la casa no está
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remunerado, se casarán y su trabajo repercutirá en la familia de su marido. En
el antiguo Egipto el primogénito también tenía un papel importante en el
ritual del entierro de sus padres, función que no podía realizar adecuadamente
una hija.
La preferencia por los chicos no fue nunca tan extrema como en otras
sociedades antiguas y los egipcios nunca practicaron la tradición del
infanticidio femenino público ni el abandono de las niñas recién nacidas,
prácticas aceptadas, en cambio, en Grecia y Roma. Esta forma legal de
asesinato era para sus practicantes como un aborto tardío y perduró
legalmente en Roma hasta el año 374 de nuestra era. Otorgaba
exclusivamente al padre el derecho de negarse a criar un hijo, como también
únicamente el padre tenía el derecho de autorizar a su mujer a que abortara.
La madre no tenía absolutamente nada que decir en materia de decisión y, si
el hijo era rechazado, no tardaba en aparecer en el vertedero local.
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el caso del trigo quería decir que sería una niña. Los médicos también
concibieron una serie de pruebas para determinar si una mujer sin hijos podría
quedar alguna vez embarazada. Una exploración física de la mujer podía ser
particularmente informativa al respecto: «Si ves que uno de sus ojos parece
asiático y el otro es parecido al de un sureño, no podrá concebir». La
exploración de los pechos por parte de un experto podía ser útil para detectar
a la mujer fértil, a una mujer que acababa de quedar embarazada e incluso el
sexo del feto.
Había ciertos vegetales que se relacionaban con la fertilidad, por lo que
las que deseaban concebir consumían grandes cantidades de lechuga. La
lechuga egipcia crecía alta y enhiesta, parecida a la lechuga romana actual y,
al presionarla, soltaba un líquido lechoso blanquecino. No es extraño, pues,
que este vegetal se asociara al dios itifálico de la vegetación y a la
procreación, Min, y que se recomendara en los papiros médicos como
remedio seguro para solucionar la impotencia masculina. Sin embargo, los
expertos diferían en relación con los efectos precisos de la lechuga.
Discórides y Plinio creían que se debía tomar para reprimir los sueños y los
impulsos eróticos, e Hipócrates creía que era un antiafrodisíaco. Plinio
recomendaba puerros antes que lechuga para estimular el apetito sexual.
Desgraciadamente, a pesar de la habilidad y la sabiduría de los médicos
egipcios, famosos en todo el mundo antiguo, ni el médico más experimentado
podía ofrecer una esperanza real a los que se enfrentaban a la tragedia de un
matrimonio sin hijos. Los egipcios sabían muy bien qué había que hacer para
que una mujer quedara embarazada pero no estaban tan seguros de los
mecanismos reales de la concepción, y sin este conocimiento respaldado por
las complejas técnicas de laboratorio casi invariablemente se achacaba la
esterilidad a la mujer. En consecuencia, la «curación» más habitual de los
matrimonios estériles era el divorcio, después del cual el marido buscaba otra
mujer con la esperanza de que fuera fértil. No se sabe con seguridad si en
tales circunstancias uno de los dos podía sospechar que el estéril era el
hombre. Un segundo método práctico para solucionar la esterilidad era la
adopción. La expectativa de una vida breve y el elevado índice de
nacimientos significaba que existía una gran disponibilidad de niños
huérfanos, por lo que era frecuente que las parejas estériles adoptasen hijos de
parejas más pobres.
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La falta de los recursos médicos más básicos y el aura de misterio e
ignorancia que rodeaba a la creación de una nueva vida, hacía que los que
anhelaban un embarazo fueran más propensos a dirigirse a la religión y a la
magia antes que a los médicos profesionales. En todas las sociedades y
tiempos la concepción y el nacimiento han concitado muchas supersticiones e
historias de comadres, por lo que suponemos que en esto las egipcias no eran
una excepción y que probaban los remedios caseros que se transmitían
verbalmente de boca a oreja y de generación en generación.
Desgraciadamente, ésta es la información que nos falta de la vida de las
mujeres. El tipo y amplitud de la información que no tenemos apunta más o
menos en el estudio de 1927 de Winifred Blackman sobre las comunidades
campesinas del Egipto actual, donde se incluye todo un capítulo acerca de los
ritos y rituales de la fertilidad, tan importantes para las que querían ser
madres, pero que no ofrecen ninguna prueba material a los arqueólogos
futuros. Por ejemplo, esta autora observaba:
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las mujeres estériles, era un amuleto muy popular, como también el dios
enano Bes.
El que hace crecer la semilla en las mujeres y crea personas del esperma.
El que alimenta al hijo en el seno materno y lo tranquiliza hasta contener
sus lágrimas. Niñera dentro del útero. Portador del aliento. Todo esto hace
para sustentarlo.
El Gran Himno al Aten
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cordones umbilicales, los pusieron sobre una almohada encima de unos
ladrillos. Reddjedet ofreció trigo como pago a las comadronas y «procedió a
limpiarse con una purificación de catorce días».
Aunque los ostraca de Deir el-
Medina sugieren que las mujeres que
estaban de parto eran colocadas en el
«emparrado de parto», especialmente
construido para este fin y que no era
otra cosa que una estructura en forma de
tienda con paredes de las que colgaban
guirnaldas (véase Capítulo 8), estas
representaciones seguramente tienen un
significado más simbólico que literal y
lo más probable es que la mayoría de
los partos ocurrieran en la casa familiar.
En el momento del parto la futura
madre se desnudaba y se arrodillaba o
agachaba sobre dos montones bajos de
ladrillos o se sentaba en un taburete de Fig. 11 - La diosa Hécate.
parto, que era un asiento con un agujero suficientemente grande para que
pasara por él el recién nacido. Como ayuda para el parto se usaba la fuerza de
la gravedad en tanto que la comadrona, agachada en el suelo, ayudaba a la
madre y le facilitaba la salida del niño. La mayoría de las mujeres parían sin
ayuda, pero en los casos más difíciles había varios procedimientos aprobados
encaminados a «ayudar a la mujer a parir», entre ellos el vendaje del bajo
abdomen y los supositorios vaginales. El único instrumento quirúrgico
utilizado por la comadrona era el cuchillo de obsidiana, con el que cortaba el
cordón umbilical del recién nacido después del parto. Este cuchillo tenía un
significado ritual que desconocemos. No sabemos lo que se hacía con el
recién nacido, pero suponemos que era objeto de cuidados. Es tradición en
Egipto que el destino de la placenta está directamente relacionado con la vida
del niño, por lo que suele enterrarse en el umbral de la casa o se arroja al Nilo
para asegurar la supervivencia del niño. Es posible incluso que la nueva
madre se comiera una parte de la placenta, rica en hierro. A veces se daba un
trozo de la misma al recién nacido y, si lo rechazaba o bajaba la cabeza,
refunfuñaba o gritaba un sonido más parecido a un «no» que a un «sí», se
consideraba un mal presagio que indicaba que el niño no tardaría en morir.
También era importante el cordón umbilical: en el Mito de Horus, éste
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recupera el cordón umbilical de su padre asesinado y lo entierra a salvo en
Herakleopolis Magna.
El Papiro Westcar nos proporciona una de las pocas referencias existentes
de los nacimientos múltiples. Parece que los gemelos no eran muy bien
recibidos: «… le llenaremos el útero de niños y niñas y la salvaremos de tener
gemelos», actitud que podría reflejar el peligro adicional que suponía un parto
múltiple. Aunque tenemos ejemplos de gemelos egipcios, son escasos y raros,
lo que ha inducido a pensar que a uno de los gemelos o a ambos se les negaba
el derecho a vivir. Sin embargo, se trata de una teoría muy difícil de probar y
que no concuerda del todo con la creencia tan repetida del afecto que los
egipcios testimoniaban a sus hijos.[10]
Desgraciadamente, las tragedias relacionadas con el parto eran muy
frecuentes. Se han detectado en varias momias anomalías pélvicas de las
mujeres que bastan para dificultar o hacer imposible el parto y que sirven para
subrayar este hecho. Uno de los peores ejemplos es la momia de Henhenet, de
la XII dinastía, que muestra un desgarro considerable que va desde la vejiga a
la vagina, seguramente producido por un parto difícil que forzó el paso de un
niño grande por la pelvis anormalmente estrecha de la madre. Tampoco la
familia real se libraba de estas tragedias, y así vemos que se encontró el
cuerpo de Mutnodjmet, esposa del rey Horemheb, con el cadáver de un feto o
recién nacido, lo que indica que la reina murió cuando estaba en trance de dar
un heredero al trono. Es sorprendente que se hayan encontrado pocos niños
momificados o enterrados, lo que induce a creer que en muchos casos un niño
nacido muerto o muerto poco después de nacer no era considerado miembro
de la sociedad con pleno derecho y por ello no se le dedicaban todos los
rituales funerarios. El hallazgo de niños enterrados bajo las casas de algunos
poblados indica que el cadáver del niño difunto pudo tener algún sentido
religioso o supersticioso. Esta sospecha queda reforzada por el
descubrimiento de dos ataúdes en miniatura de madera dorada,
cuidadosamente depositados en la tumba de Tutankamón. Dentro de cada uno
había otro ataúd interior y un diminuto feto momificado. Podría tratarse de los
restos de dos niños prematuros, hijos del joven rey y de su reina,
Anjesenamen, pero la inclusión de los dos pequeños cadáveres en la tumba
podría tener un significado simbólico más complejo, todavía inexplicable.
Después del parto se esperaba que la nueva madre se «purificase» durante
catorce días. El término «purificación» también se usaba para designar la
menstruación, lo que indica una confusión comprensible entre la hemorragia
menstrual y los loquios o secreciones del útero que siguen al parto. No está
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claro si el uso de este término, que parece responder a actitudes emocionales,
con las connotaciones de impureza o suciedad que lleva implícitas, se escogía
como una evitación ritual o religiosa de mujer sangrante y «sucia» o era
simplemente una expresión coloquial sin otro significado más profundo que el
de «periodo». Sin embargo, indica que a la nueva madre se le permitía un
tiempo de reposo después del nacimiento y que las demás mujeres de la
familia se encargaban de cumplir con las obligaciones del hogar dejándola
que se concentrase en recuperarse y cuidar del recién llegado.
Hice revivir los nombres de mis padres, que encontré borrados en las
puertas… Fijaos, es un buen hijo que perpetúa los nombres de sus
antepasados.
Inscripción de una tumba del Imperio Medio
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Seguramente estas mujeres se diferenciaban entre sí por sus apodos. Es cierto
que los egipcios no evitaban nombres extremadamente largos a sus hijos:
Hekamaatreemperjons, hijo de Hejemmut, no se debió sentir particularmente
maltratado, aunque una vez más tampoco nos sorprende que los apodos
fueran frecuentes y usados extensamente. En ausencia de un nombre de
familia favorito, se consideraba una buena idea incluir el nombre de un dios o
diosa local en el del hijo, y a algunos niños, como el antes mencionado
Pediamennebnesttawy, se les ponía nombres que de alguna manera sugieren
que eran considerados una ofrenda especial de una deidad particular. Algunos
nombres hacían hincapié en la relación entre el hijo y su madre o familia,
como Aneksi, «ella me pertenece», o Senetenpu, «ella es nuestra hermana».
Dar nombre a los hijos en honor a los miembros de la familia real era también
una costumbre popular, y algunos nombres atractivos de animales o flores
también se usaban como nombre, como el de Susana, «lirio», nombre
femenino favorito de los egipcios.
Era costumbre amamantar a los niños hasta los tres años cumplidos,
mucho más tiempo del que es habitual en las sociedades occidentales y
cuando el niño ya habría debido disfrutar de alimentos sólidos. La leche
materna no sólo aportaba el alimento y la bebida más nutritivos, convenientes
y esterilizados a los niños, sino que también tenía ciertos efectos
anticonceptivos y disminuía las posibilidades de que la nueva madre volviera
a quedar embarazada demasiado pronto después de haber parido. No existían
falsos remilgos en relación con la lactancia, y la imagen de una mujer
agachada o sentada en un taburete bajo, ocupada en amamantar a un niño con
el pecho izquierdo, se convirtió en símbolo del éxito de la fertilidad femenina,
a menudo representada en el arte egipcio tanto secular como religioso. Los
papiros médicos recomendaban que se comprobase la calidad de la leche
materna antes de alimentar con ella al niño; la leche buena debía oler a maná
seco, pero «para reconocer una leche mala deberás percibir hedor a pescado».
Para asegurar un aporte cuantioso de leche los mismos textos recomiendan
que se frote la espalda de la madre con una mezcla especial o que se la
alimente con pan de cebada ácida. La leche materna, en particular la de una
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madre que había tenido un hijo varón, era considerada un valioso producto
con cualidades médicas, útil no sólo para alimentar a los niños sino también
para aumentar la fertilidad e incluso para curar quemaduras. Con frecuencia
se recogía y guardaba en pequeños recipientes antropomórficos que solían
tener la forma de una mujer sosteniendo a un niño en brazos.
Las mujeres de alta cuna y las que no podían amamantar a sus hijos
confiaban la alimentación de los mismos a una nodriza. Las nodrizas hacían
uno de los pocos oficios bien pagados y lo podían desempeñar las mujeres de
todas las clases sociales. Desgraciadamente, la alta tasa de mortalidad
femenina como consecuencia del parto significaba que era una profesión muy
solicitada. Era costumbre que los padres hicieran un contrato legal con la
nodriza escogida, que se encargaría de alimentar al niño durante un periodo
de tiempo determinado a cambio de un salario acordado. Los contratos del
Periodo Tardío solían incluir una cláusula que declaraba que la nodriza no
podría permitirse tener relaciones sexuales mientras durara el empleo, ya que
las mismas podrían haber acabado en embarazo y lógicamente con la
lactancia. No era motivo de vergüenza el trabajo de nodriza e incluso, durante
el Periodo Dinástico, el puesto de nodriza real era muy buscado, ya que era
uno de los trabajos más importantes e influyentes al que una mujer no
perteneciente a la realeza podía aspirar. Las nodrizas reales, además, solían
casarse o ser madres de altos funcionarios de la corte. Durante el periodo
romano el trabajo de nodriza perdió gran parte de su prestigio. Disponemos de
varios contratos de este periodo que desvelan que se pagaba a las nodrizas por
criar niños expósitos sin ningún familiar, seguramente niños abandonados en
los vertederos locales. Más tarde estos niños eran vendidos por sus
propietarios, práctica que tenía una finalidad económica en tiempos en que los
precios de los esclavos eran elevados.
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Estela del Primer Periodo Intermedio que muestra a las damas Hetepi y Bebi, hijas del administrador
Sennedjsui.
Elaborado vestido y tocado de una dama del Imperio Nuevo.
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Estela de una familia del Imperio Medio donde se ve al ayudante del escriba Iy junto con su esposa, sus
hijos y sus padres. Se desconoce qué papel tienen las «Seis Mujeres de la Casa» que figuran en la parte
baja de la estela.
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Estatuilla del Imperio Medio que representa a una enana con un niño apoyado en la cadera.
El dios enano Bes.
Fragmento de una varilla mágica de marfil con decoración de deidades protectoras. Derecha: Figuras
tumbales de madera que representan a dos sirvientas que acarrean una caja y dos patos cada una.
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Figuras tumbales de madera que representan a dos sirvientas
que acarrean una caja y dos patos cada una.
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Muñecas de cuerda del Imperio Medio propiciadoras de la fertilidad.
Escoba y cesta de caña, artículos típicos de las casas del Imperio Nuevo.
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Cesta grande… que contiene un taburete plegable.
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a la magia populares para proteger a sus queridos hijos y que confiasen en
toda una variedad de ensalmos, amuletos y hechizos:
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primitivos de arcilla, hechos seguramente por los propios niños. Sin embargo,
como cabe esperar de una sociedad tan trabajadora, donde los matrimonios
jóvenes eran frecuentes y la educación formal un lujo, en el antiguo Egipto la
infancia constituía una experiencia vital relativamente corta. A medida que
los niños iban creciendo se iban incorporando gradualmente al trabajo que
desempeñarían el resto de su vida. Los mayores se encargaban de vigilar a sus
hermanas y hermanos más pequeños o de cuidar a los animales, las niñas
ayudaban a sus madres en la casa, mientras que los chicos mayores iban a la
escuela, trabajaban en el campo o empezaban a aprender un oficio. Los
«adolescentes», como grupo diferenciado de los adultos, no existían. A los
trece o catorce años la niña ya estaba preparándose para casarse, mientras su
madre, probablemente con menos de treinta años, ya se había hecho a la
agradable idea de tener pronto un nuevo yerno y de convertirse a no tardar en
una abuela respetable.
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3
Señora de su casa
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de todo el personal. Una mujer pobre, en cambio, se veía obligada a realizar
por sí sola todas las tareas domésticas, auxiliada únicamente por sus hijas
solteras y demás familiares próximos de sexo femenino. Dada la ausencia de
lujos modernos como agua corriente, electricidad, gas, supermercados y
transporte motorizado, el cuidado de una casa exigía una dedicación a jornada
completa que comportaba un considerable trabajo físico.
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introducción de nuevas esposas. Datos del censo de la época indican que la
familia inmediata de un soldado llamado Hori, residente de la población de
Kahun durante el Imperio Medio, era absolutamente típica. Las dimensiones
de su casa eran de doce por quince metros y en este reducido espacio hacían
vida su mujer, su hijito Snefru, su madre y cinco parientes de sexo femenino
que podrían ser muy bien hermanas solteras a su cargo. Cuando, muchos años
después, murió Hori y Snefru pasó a convertirse en cabeza de familia siguió
dando alojamiento a su madre, a su abuela viuda y como mínimo a tres tías
solteras.[1] Tenemos un cuadro parecido de evidente hacinamiento en casa del
sacerdote Heqanajt, de situación más acomodada, ya que en ella vivían su
madre Ipi, su concubina Iutemheb, sus cinco hijos y un número indeterminado
de hijas, nueras y criados.
Casi todas las casas egipcias, ya fueran ricas o pobres, construidas como
alojamiento para los vivos, los muertos (tumbas) o los dioses (templos),
obedecían a una misma estructura básica, con una zona pública o patio abierto
que, a través de salas de recepción semiprivadas, accedía a un espacio
privado. En las casas esta zona privada esta ba estrictamente reservada a las
mujeres, niños y parientes inmediatos varones de la familia. Se trata de un
planteamiento que sigue vigente en la mayor parte de los pueblos egipcios
actuales, donde la costumbre dictamina que muchas de las actividades
domésticas se desarrollen delante de la casa y que se atienda a los invitados
en la zona principal dedicada a recepción, sin que quepa la posibilidad de que
los visitantes de sexo masculino pongan los pies en las estancias privadas
reservadas a las mujeres y situadas en la parte trasera de la casa. No está tan
claro si había o no unas zonas específicas de la casa del antiguo Egipto
reservadas a los hombres, si bien los dibujos conservados en las tumbas
parecen indicar que el espacio destinado a las mujeres no estaba restringido a
sus habitaciones y que no se les impedía mezclarse socialmente con los
hombres de la casa. La orden dada a una mujer de mantenerse en el espacio
que tenía reservado en la casa era considerada una terrible calamidad, lo que
queda confirmado con el juramento que hacían las mujeres en los tribunales
de justicia, ante los cuales pronunciaban estas palabras: «Que me envíen a la
parte trasera de la casa si no dijere la verdad».
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Fig. 12 - Corte transversal y plano de una casa típica de Deir el-Medina
Como es lógico suponer, pese a este plan doméstico universal, existía una
gran diversidad en los tipos de alojamientos, ya que iban desde los amplios
palacios reales hasta las exiguas chozas constituidas por una única habitación,
ocupadas por las familias más menesterosas. Con todo, el material de
construcción más utilizado tanto en el caso de los ricos como de los pobres
era el adobe de barro cocido al sol, material en extremo abundante a lo largo
de las orillas del Nilo. Se utilizaba el adobe para las paredes tanto interiores
como exteriores de las casas, mientras que los resistentes tejados,
relativamente estancos, se construían con gavillas de cañizo, que formaban
una trama entretejida que cohesionaban con fango. Empleaban la madera para
las puertas, columnas y marcos de las ventanas cuando el caso lo requería. La
piedra no sólo era más cara sino también más difícil de manipular que el
adobe y por ello sólo se utilizaba en la arquitectura doméstica cuando no
había otra alternativa, como por ejemplo en Deir el-Medina, donde no había
fuente de aprovisionamiento de agua ni de barro para fabricar adobes, no sólo
más baratos sino también más ligeros. Los caseros más acomodados
utilizaban a veces la piedra como signo visible de categoría social en la
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construcción de umbrales, marcos de puertas y base de pilares de madera,
costosos elementos de piedra que solían aprovecharse más tarde a fin de ser
reutilizados por nuevas generaciones cuando los remates de adobe, menos
duraderos, se habían deteriorado. En las mansiones más lujosas estos
elementos de piedra ostentaban inscripciones grabadas y estaban pintados de
vivos colores.
El uso del adobe impuso ciertas limitaciones a los arquitectos egipcios.
Era prioridad esencial evitar la humedad del suelo, que podía provocar el
deterioro de los muros de la casa y hacer que se viniera abajo, motivo por el
cual todas las poblaciones y ciudades estaban asentadas a la máxima distancia
posible del nivel máximo que alcanzaban las inundaciones. Era una
precaución sensata aunque la construcción hubiera sido de piedra. El adobe
tenía también una consecuencia directa en la estructura interna de las casas,
ya que las paredes debían ser relativamente gruesas para sostener la carga del
tejado, mientras que el propio tejado tenía que ser también bastante ligero a
causa de la escasez de madera para cubrir la abertura entre los muros. En
consecuencia, toda ampliación de la casa exigía un aumento proporcional de
las divisiones internas a fin de servir de sostén del tejado y únicamente los
que eran bastante ricos para incorporar a la construcción sólidos pilares
podían permitirse disponer de imponentes y espaciosos salones. Con todo, la
construcción a base de adobe tenía unas ventajas específicas. Las casas eran
baratas y fáciles de construir y, como el barro es un material sumamente
aislante, las viviendas eran frescas en verano y cálidas en invierno. Suponía
una ventaja más que las casas construidas con este material fueran fáciles de
agrandar y de dividir, por lo que a lo largo de su existencia la mayoría de esos
edificios de adobe sufrieron una serie de reformas improvisadas para
acomodar el espacio disponible a las necesidades variables de sus ocupantes.
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creciendo tanto en dimensiones como en importancia debido a sus vínculos
con los principales templos dedicados al culto. Pero estos florecientes centros
urbanos fueron siempre más la excepción que la regla y la mayoría de la
población estuvo constituida por campesinos rurales que vivían en aldeas
políticamente insignificantes, dedicados al cultivo de las tierras circundantes.
Jamás la población egipcia minusvaloró la importancia que tenía la
agricultura en la economía y el bienestar general de Egipto. La vida rural,
vista como un ideal sano, era juzgada una forma de vida excelente por todos
los egipcios bien pensantes de clase alta y eran muchos los señores
acomodados que pasaban muchas horas felices regodeándose al contemplar a
los campesinos locales trajinando y afanándose en el campo. La idea que se
hacían del paraíso final o de la vida en el Más Allá era la contemplación de
las tareas fundamentales de la agricultura en los fértiles cañaverales.
No debe sorprendernos, pues, que representaran a menudo, en las escenas
del Más Allá que aparecen en las tumbas, la residencia más codiciada: una
casita de campo parecida a un rancho o incluso una mansión de dos pisos
rodeada de amplios terrenos y protegida del bullicio exterior por una muralla
de adobe. En un mundo ideal, esta casa perfecta habría tenido un
impresionante pórtico con sus columnas, unos elegantes salones centrales y
bien proporcionados y unas estancias familiares espaciosas, además de las
habitaciones destinadas a los criados y, como no podía ser menos, una cocina
provista de todo lo necesario. Las edificaciones anexas proporcionarían
alojamiento a más personas y servirían de almacenes, aparte de que el tejado
plano, al que se accedía a través de una estrecha escalera exterior, tendría una
multitud de usos. El jardín panorámico, lugar de ocio, regado con medios
artificiales y cuidadosamente atendido por industriosos jardineros, tendría un
estanque artificial poco profundo provisto de vistosos peces, abundancia de
flores exóticas y multicolores y de arbustos y árboles umbrosos cuyas hojas
ofrecerían grato sosiego frente a los rigores del implacable sol de mediodía.
Podía constar incluso de un santuario o capilla privados dentro del recinto de
los muros del jardín. Como es natural, la mansión tendría también su pozo e
incluso su granja, cuya finalidad sería aprovisionar a la familia. Así pues,
disfrutar de esa existencia bucólica, al amparo de las tensiones de la vida en la
ciudad y, por supuesto, con suficientes jornaleros que llevasen a cabo las
necesarias tareas agrícolas y domésticas, era el sueño de todo egipcio rico.
El jardinero lleva encima un yugo que hace doblegar sus espaldas con la
edad y le provoca una desapacible hinchazón del cuello, que acaba
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ulcerándose. Pasa las mañanas regando sus puerros y las tardes ocupado
en cuidar sus verduras después de haber bregado en la huerta el mediodía.
Se encamina a una sepultura temprana mucho antes que los demás
trabajadores.
Sátira de los Oficios, Imperio Medio
El lugar donde ese idilio rural egipcio estuvo más cerca de convertirse en
realidad fue en la ciudad de Ajenaten, capital fundada por orden del rey
Ajenaten en los arenales del desierto del Egipto Medio. En lugar tan árido y
poco acogedor se construyeron lujosas mansiones para los funcionarios y
burócratas más ricos de la corte. Las casas más espaciosas tenían veinte
habitaciones o más, entre ellas un gran dormitorio con las correspondientes
instalaciones sanitarias anejas, rodeadas por deleitosos y placenteros jardines,
cercados por gruesos muros de adobe. Los alojamientos de los criados y los
espacios destinados a almacén estaban a una cierta distancia de la casa
principal a fin de garantizar un máximo de paz y tranquilidad a sus ocupantes.
Lamentablemente, la ciudad de Ajenaten resultó ser un sueño y la nueva
capital tuvo que ser abandonada después de transcurridos menos de veinte
años desde que fuera habitada.
La población egipcia más típica debía de ser más o menos como su
contrapartida moderna, con un amontonamiento de casas de diferentes
proporciones, provistas de gruesas paredes, dispuestas sin orden ni concierto a
lo largo de estrechos pasadizos y patios, al tiempo que nuevos edificios o
ampliaciones surgían a la buena de Dios según dictaban las necesidades y sin
obedecer a ninguna planificación formal. El habitante medio seguramente
vivía en una modesta casa de cuatro o cinco habitaciones, que debía de ser
alojamiento de una amplia familia, del servicio de la misma, de los animales
domésticos, de los almacenes de alimentos y tal vez de algunas aves y una o
dos ovejas, criadas para su consumo. Tal vez era una suerte para el nivel
sanitario de la familia que, debido al buen tiempo, la mayoría de tareas
pudieran realizarse al aire libre, ya fuera delante de la casa, en el patio o en el
aprovechable tejado plano, por lo que era frecuente que las casas, debido al
gran número de personas que vivían en ellas, fueran poco más que bases de
estacionamiento para comer y dormir.
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personas gozan de buena salud es porque llevan esencialmente una vida al
aire libre y sólo tienen la casa como un lugar donde dormir y cocinar. D e
no ser así, la mortalidad sería mucho más elevada.
Comentarios de la señorita Blackman sobre
la vida en los pueblos del Egipto moderno
Las casas de los pueblos y ciudades solían ser más pequeñas que sus
correspondientes contrapartidas de las aldeas y, mientras las tierras dentro de
la ciudad amurallada fueron difíciles de conseguir, por lo general estaban
construidas formando hileras elevadas que carecían de los lujos de un jardín o
de un patio. Para compensar su obligada estrechez, las casas crecían hacia
arriba, lo que hizo que las hubiera de dos o incluso de tres pisos de altura. Son
raras las representaciones de la vida urbana tal como existía en la realidad,
pero no cabe duda de que las ciudades estaban densamente pobladas y de que
algunos barrios centrales eran sórdidos y que los altos edificios se
apelotonaban en torno a importantes edificios públicos que impedían la luz a
los callejones más estrechos. Complejos de viviendas construidas con una
finalidad, como es el caso de Deir el-Medina o de Amarna, con sus hileras
definidas de edificios alineados en calles rectas y encrucijadas en ángulo
recto, dan una falsa idea de la eficiencia de la planificación urbana egipcia.
Eran ciudades atípicas porque se habían concebido con una finalidad y
construido con relativa rapidez a cargo del Estado. En contraste con ellas,
centros de negocios y de comercio establecidos desde antiguo fueron
evolucionando de forma lenta y esporádica. La falta de un sistema higiénico y
de eliminación de desechos centralizado, las condiciones de hacinamiento y la
constante presencia de animales, indispensables para el alimento, debió de
hacer a veces poco atractiva la vida en las ciudades, por no decir
absolutamente antihigiénica, especialmente en los largos días del caluroso
verano. Seguramente este hecho contribuyó a que se apreciaran los alicientes
de la vida en el campo.
Conservado en los muros de la tumba tebana de Djehutynefer, escriba real
del Imperio Nuevo y superintendente del Tesoro, hay un plano completo por
secciones de la casa relativamente espaciosa que poseía, construida en una de
las zonas más salubres del interior de Tebas. Parece que debía de tener como
mínimo tres pisos de altura, si bien dadas las convenciones empleadas en el
arte egipcio es muy posible que en realidad estas plantas representen
diferentes partes de la casa situadas una detrás de otra. El piso más bajo o
sótano se utilizaba, al parecer, como alojamiento de los criados, a fin de que
las actividades domésticas y ordinarias de
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preparación del pan, elaboración de la cerveza y
trabajos de tejido pudieran realizarse lejos de la
vista del amo y de su familia. Los salones de
recepción, de elegante altura, estaban en el primer
piso y tenían altos ventanales, pensados para
proporcionar el máximo frescor, aparte de que
debían de ser vistosos al objeto de impresionar a
los visitantes más distinguidos, en tanto que se
situaban en el nivel superior las estancias privadas
y menos vistosas, así como las habitaciones
destinadas a las mujeres. Instalados sobre el tejado
plano había cinco silos cónicos para almacenar
grano, que al parecer se usaban también para
cocinar y elaborar el alimento, aunque no se sabe
muy bien a qué razón obedecía la lógica de
almacenar el grano en el tejado. ¿No sería, quizá,
porque así se evitaban los estragos causados por las Fig. 13 - Mujer que acarrea
alimañas en el grano? Estas mansiones lujosas eran provisiones para su familia.
un privilegio de los ricos, ya que los artesanos vivían en condiciones mucho
menos espléndidas y raras veces disponían de más de tres o cuatro exiguas
habitaciones, además del tejado plano, que podía protegerse del sol con ayuda
de mamparas y utilizarse como una habitación más al aire libre.
Las viviendas construidas para los trabajadores de la necrópolis tebana de
Deir el-Medina eran todas idénticamente largas y estrechas y medían
aproximadamente quince por cinco metros. Había en ellas una habitación-
recibidor cuadrada a través de la cual se accedía a una habitación interior más
espaciosa, a un almacén o pequeño dormitorio y a un pequeño patio que hacía
las veces de cocina y en el que solía haber un almacén subterráneo. Una
escalera exterior conducía al tejado, donde es probable que durmiera toda la
familia en la época de los calores del verano. En Amarna, ciudad menos
próspera, los trabajadores más humildes se alojaban en viviendas muy exiguas
y las setenta y dos unidades de la población sólo medían cinco por diez
metros. Dichas casas estaban divididas en una zona principal en la que se
hacía vida, un dormitorio o almacén y una cocina, mientras que el pórtico se
utilizaba como cobijo de los animales y el tejado se aprovechaba como una
habitación más. Distribuidas entre estas casas más bien sórdidas había otras
más grandes construidas para los artesanos, viviendas de planta cuadrada con
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una gran sala de recepción provista de columnas, varios dormitorios y
almacenes y un espacio exterior destinado a cocina.
Para eliminar las pulgas de una casa hay que rociarla con agua mezclada
con natrón hasta conseguir exterminarlas.
Para evitar que se acerquen los ratones hay que untarlo todo con grasa de
gato.
Para impedir que una serpiente salga de su agujero… hay que poner un
bulbo de cebolla en la abertura del agujero y de ese modo no saldrá.
Consejos domésticos del Papiro Médico Ebers
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los que debían vencer problemas más importantes tenían que recurrir a
artilugios tales como trampas mecánicas o simplemente a taponar los agujeros
con piedras o pelotas de tela.
Pese a que les preocupaban muy poco las medidas higiénicas en lo tocante
a los desechos, concedían en cambio una gran importancia a la limpieza
personal y doméstica. Los egipcios eran renombrados en el mundo antiguo
por la deslumbrante blancura de sus ropas y Herodoto observó en tono
encomiástico que llevaban prendas «siempre recién lavadas y concedían una
gran importancia a este particular». Los que disfrutaban de una situación lo
bastante desahogada para pagarse los servicios comerciales del lavado de ropa
se permitían el lujo de que les recogieran la ropa sucia a domicilio y se la
devolvieran limpia, seca y planchada o plisada de nuevo. A pesar de la cita
más bien detractora que reproducimos más arriba, los lavanderas
profesionales no eran necesariamente despreciables ni de humilde rango, ya
que el lavandera jefe de la casa real solía ser un joven de noble cuna y se
consideraba en general que ocupaba una posición privilegiada, apenas por
debajo del portasandalias del rey. No es probable, pues, que un funcionario
tan encumbrado y bien criado se rebajara a desempeñar un trabajo manual tan
degradante como aquél, lo que induce a creer que seguramente debía de
relegar aquella labor a otros menos privilegiados en lo que a rango se refiere y
que debía de limitar sus funciones a la supervisión.
Lamentablemente, sin embargo, estos lavanderas profesionales se
ocupaban principalmente de lavar las ingentes cantidades de ropa de los
grandes templos y casas más acomodadas, por lo que la mayoría de mujeres
no podían soñar siquiera con tales lujos. Por consiguiente, el lavado de la ropa
familiar suponía una pesada tarea que ocupaba mucho tiempo y exigía un
gran esfuerzo físico que había que llevar a cabo regularmente. En los días
dedicados a la colada se amontonaba la ropa sucia en cestas que había que
transportar hasta la orilla del río o a algún canal próximo, donde se hacía con
ella una pelota que se empapaba de agua. Se le aplicaba seguidamente jabón
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de natrón y después se apaleaba vigorosamente con una paleta de madera o se
restregaba repetidas veces sobre piedras lisas antes de pasar a aclararla
concienzudamente con agua corriente. Después se sacudía la ropa ya limpia,
se escurría y se dejaba secar y blanquear al sol. Una vez seca, se planchaba o
alisaba, marcando cuidadosamente los pliegues, tras lo cual se transportaba de
nuevo a casa, donde se colocaba en la cesta o armario en que se guardaba. Las
escasas escenas de lavado de la ropa que se han conservado en las tumbas
muestran que se trataba de una actividad en vías de desarrollo. Los lavanderas
profesionales del Imperio Medio utilizaban los mismos métodos simples que
las amas de casa, si bien a finales del Imperio Nuevo los lavanderas ya
calentaban las grandes tinajas de agua que sacaban del río. Fue una
innovación que permitió a los lavanderas no sólo lavar la ropa con agua
caliente sino seguramente eliminar mejor la suciedad de la misma.[2]
La casa propiamente dicha se barría con una escoba de fibras vegetales
rígidas provista de un mango corto y se conservan varios dibujos de la época
que muestran a atareados sirvientes ocupados en rociar con agua el suelo para
recoger mejor el polvo y utilizando después cepillos de aspecto
extremadamente moderno para dejarlo todo limpio. Para eliminar el polvo de
la casa se utilizaban trapos de lino, retazos aprovechables de sábanas y
prendas de ropa excesivamente pequeños para los vendajes funerarios. El ama
de casa hacendosa tenía la suerte de que en la casa había muy pocos muebles
y escasísimas esteras y cortinas, elementos en los que se suelen acumular más
partículas de polvo. Hasta las casas más lujosas resultaban bastante desnudas
para las normas occidentales modernas y la mayor parte del mobiliario que se
ha podido recuperar procede más de las tumbas excavadas que de las propias
casas. Aun cuando los tabiques de adobe del interior de las casas
acostumbraban a estar revestidos de yeso y a presentar escenas elaboradas y
de vivos colores, era normal que el mobiliario se tuviese no sólo por
innecesario sino que incluso se estimase que se comía espacio y por otra parte
se desconocía el concepto de la decoración a base de objetos y cachivaches
ornamentales y carentes de utilidad funcional.
Era una costumbre, cómoda por otra parte, sentarse o permanecer
agachado en el suelo y, aunque todos utilizaban taburetes de tosca
construcción, algunos tan bajos que apenas llegaban a los dieciséis
centímetros de altura, las sillas de tipo convencional, con su respaldo y sus
apoyos para los brazos, no eran más que símbolos de una categoría social y,
por su coste relativamente alto, utilizados tan sólo por las clases altas. Los
escabeles para los pies eran muy populares entre la clase privilegiada que se
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servía de sillas. Se construían pequeñas mesas individuales o soportes para
comer coordinados con las sillas pero tampoco éstos eran considerados ni de
lejos un equipo doméstico esencial y, al igual que en el Egipto rural moderno,
la comida solía consumirse sobre esteras tejidas que se extendían en el suelo.
Los comensales se sentaban o se acuclillaban alrededor de las esteras y se
servían de la comida que les apetecía. En la preparación de la comida se hacía
uso de cucharas y cuchillos, pero comer con los dedos era una costumbre
considerada aceptable en todos los niveles sociales. Se ha conservado incluso
una pintura deliciosamente íntima del rey Ajenaten donde es posible verlo
disfrutando de un enorme trozo de buey mientras la reina Nefertiti sostiene
con la mano derecha un pajarillo asado entero.
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trastocamiento de la jerarquía natural sólo se apaciguó con la imposición de la
ley y el orden y cuando pudo informar de lo siguiente:
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Fig. 14 - Mujer ocupada en cocer pan
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Los que preferían cocinar en un fuego abierto se servían de un artilugio en
forma de trípode cuando querían hacer hervidos o asados, como también
podían optar por colocar la comida directamente sobre las brasas. Los dibujos
de la época parecen indicar que a veces el horno estaba instalado en el tejado
de la casa aunque, como presuponía el riesgo de incendio, constituía un
peligro innecesario. Es posible que los artistas quisieran representar los
hornos fuera de las casas pero que las diferencias en el enfoque y perspectiva
artística condujeran a falsas interpretaciones de acuerdo con los parámetros
modernos. La arqueología demuestra, en efecto, que los hornos y fogones
solían estar situados a una cierta distancia de la casa, seguramente para
disminuir las incomodidades del calor y del humo de la cocina así como para
evitar el riesgo de incendio. En Amarna, por ejemplo, se construía la cocina
en la parte este de la casa y estaba conectada con la vivienda mediante un
pasadizo cubierto. En los casos en que el horno o el fuego estaba dentro de la
casa, generalmente estaba a distancia de la puerta, aparte de que el tejado de
la cocina tenía unos agujeros de ventilación que permitían que una parte del
calor, humo y olores escaparan por arriba. Pese a ello, el ambiente en la
recluida cocina debía de ser a veces insoportablemente caluroso.
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evidente que las exageradas comilonas de las sedentarias clases acomodadas
constituían motivo de preocupación para miembros más abstemios de la
población.
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disfrazar los sabores naturales de los ingredientes y, con la posible excepción
de guisados o sopas, la preparación de la comida solía ser simple y poco
aderezada. Lo que tentaba las papilas gustativas de los egipcios era la
variedad de los diferentes platos servidos de consuno. Así pues, la
experimentación culinaria era escasa; las ilustraciones de la época y las obras
de autores clásicos posteriores demuestran que se consideraban los hervidos
como el método tradicional y más reconstituyente en la preparación de la
carne y las verduras, mientras que se veía la cocción al horno como un
método más apropiado para la elaboración del pan o de pasteles endulzados
con miel o dátiles. Las aves acostumbraban a prepararse a la brasa, ensartadas
en un espetón, y tanto la carne como el pescado se asaban también a veces a
la brasa.
Fig. 15 - Dos mujeres del Imperio Nuevo servidas por una criada en un banquete
Un problema importante que tenían por igual los cocineros romanos y los
egipcios era el calor. Sin refrigeración no era posible conservar mucho tiempo
los alimentos y, aunque podía acumularse el trigo y algunas frutas y verduras
y reservarlas para su uso futuro, en el caso de la carne y el pescado había que
secarlos o ponerlos en salmuera antes de almacenarlos, en tanto que la leche y
los productos lácteos debían guardarse en lugares lo más frescos posible y
metidos en vasijas de barro humedecido. El problema del deterioro de la carne
se resolvía hasta cierto punto sacrificando a los animales inmediatamente
antes de proceder a cocinarlos, aparte de que la gregaria costumbre egipcia de
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distribuir el alimento mediante banquetes comunitarios hacía también que
fueran escasos los restos de carne que habrían podido estropearse. Como la
educación exigía de los invitados que correspondiesen a su vez con
invitaciones a sus anfitriones, el sistema aseguraba que se mantuviese
constante el consumo de alimentos de calidad por individuo. No existía, en
cambio, ningún medio eficaz para conservar tierno el pan y, pese a que su
bajo contenido en grasa permitía guardarlo un día o dos, era inevitable
hornear como mínimo cada dos o tres días. La cocción del pan acostumbraba
a hacerse por la mañana, ya que la comida del mediodía era la principal y
solía ser larga y propiciar la conversación. Solía hacerse dentro de las casas,
ya que comer al aire libre con el sol de rigor que caía al mediodía habría
hecho muy desagradable el ágape. Las otras comidas que había que preparar
eran un desayuno ligero tomado a primera hora de la mañana y una cena
igualmente parca o un simple bocado antes de retirarse a descansar.
Por desgracia no ha llegado hasta nosotros ningún libro de cocina con
recetas egipcias que nos permitiría recrear los platos que consumían los
faraones. Sin embargo, tenemos una sorprendente colección de alimentos
cocinados. Los egipcios, con su característico concepto de la muerte,
intentaban asegurarse de que el difunto no pasaría hambre en su trayecto
hacia el Más Allá y, con esta idea, lo proveían de todo el alimento necesario
para disfrutarlo en la tumba. En efecto, durante el Imperio Antiguo se
enterraba el cadáver junto con comidas completas. El ejemplo mejor
conservado que ilustra este particular corresponde a una tumba de Sakkara de
la II dinastía en la que reposaba una anciana, ante cuyo cadáver pudo
descubrirse una cena completa dispuesta en el suelo.[4] El menú era el
siguiente:
Hogaza de pan
Gachas de cebada
Pescado a la brasa
Estofado de palomo
Codorniz asada
Riñones cocidos
Muslo y costillas de buey
Higos cocidos
Bayas frescas
Pasteles de miel
Queso
Vino de uva
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El profesor Emery, que excavó esta tumba, observó con interés que la
difunta señora, cuyo cadáver estaba bastante peor conservado que el banquete
que le habían preparado, padecía una anomalía en la mandíbula que a buen
seguro, de haber estado viva, le habría impedido degustar aquellos manjares,
ya que sólo podía masticar con un lado de la boca. Resulta curioso que este
menú sea tan parecido al que sirvieron en el banquete de los que formaban la
comitiva fúnebre del rey Tutankamón, muerto más de mil años después,
donde los ocho participantes fueron obsequiados con nueve patos, cuatro
gansos, diversos trozos de buey y carnero, pan, un surtido de frutas y verduras
y vino. Los platos se servían simultáneamente y, como en el Egipto moderno,
los comensales comían a placer los manjares que más les gustaban. No se
concedía demasiada importancia al hecho de tomar comida caliente
procedente directamente de la cocina como es el caso de otros países
occidentales más fríos.
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los dioses y no eran raros, por ejemplo, los ofrecimientos de mil hogazas o de
un buey entero y, dado que estas cantidades de alimento se distribuían
después entre los sacerdotes y demás personas que se ocupaban del templo, es
lógico que los miembros del clero egipcio se contasen entre las personas
mejor alimentadas del país. Como observó Herodoto no sin sus ribetes de
envidia:
No comas pan cuando tengas a otra persona delante de ti sin ofrecerle una
parte. Comida habrá siempre, el hombre no dura.
Consejo ofrecido por el escriba Any
El pan era con mucho el alimento más importante preparado por el ama de
casa egipcia. A falta de otros alimentos ricos en hidratos de carbono como
patatas, pasta, arroz y plátanos, el pan pasó a convertirse en el componente
básico de la dieta, doblemente importante por ser también el ingrediente
principal de la popular cerveza de fabricación casera. El pan se consumía en
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grandes cantidades y de él disfrutaban ricos y pobres por igual, aparte de que
a menudo era también un preciado ofrecimiento tanto para los dioses como
para los difuntos. Para los egipcios el pan era un símbolo que venía a ser el
compendio de todos los alimentos, lo que hacía impensable subsistir sin pan
en esta y en la otra vida. No es extraño, pues, que aparezca con tanta
frecuencia en las tumbas el tema de la preparación del pan, ya sea en forma de
pinturas murales o de maquetas que reproducen tahonas, mientras que en las
narraciones populares y en los proverbios se hace especial hincapié en la
importancia que tiene disponer de pan suficiente para comer.
Como no era posible comprar harina molida, la fabricación del pan se
convertía en una tarea verdaderamente laboriosa. Se hacía necesario procesar
a mano toda la harina con ayuda de un metate de piedra; en el caso de una
familia compuesta de cinco o seis personas adultas, dotadas del voraz apetito
que caracteriza a los trabajadores manuales, debió de ser una tarea realmente
agotadora. Después de molido y pasado por un cedazo, la harina más bien
grumosa se mezclaba con agua y sal y se elaboraba con ella una especie de
chapata ácima o una hogaza tipo «pitta» que se podía cocer fácilmente sobre
una piedra plana colocada dentro del horno o directamente en el fuego. Las
hogazas hechas con levadura se hacían amasando la harina con giste y agua
hasta obtener una masa consistente. Podían añadírsele especias, sal o
condimentos antes de cocer dicha masa a fin de realzar su sabor, en tanto que
la incorporación de grasa, huevos y dátiles dulces convertían la hogaza
normal en sabroso pastel. Se daba forma al pan manualmente o presionando la
masa dentro de un molde y dejando después que subiera antes de cocerla en el
horno. No es extraño que hubiera muchas variedades y formas de pan. Había
más de quince palabras diferentes para distinguir los distintos tipos de pan
que se preparaban durante el Imperio Antiguo y más de cuarenta para
designar los panes y pasteles del Imperio Nuevo. Los panes más populares
eran unas hogazas semicirculares que se hacían a mano y otras altas y
acabadas en punta que se cocían en unos moldes cónicos especiales, si bien en
ocasiones específicas se preparaban panes más elaborados en forma de
animales e incluso de figuras femeninas.
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teoría, cualquiera podía adquirir los trozos de buey que representaban la
distribución del excedente de carne sobrante en los templos, pero de hecho la
carne fue siempre un lujo que sólo podían permitirse los ricos. Como entonces
no había refrigeración y abundaban las moscas y la suciedad, aquélla era una
carne de buey que no habría resultado demasiado apetitosa a nuestros ojos. En
efecto, nadie que haya convivido con la cultura occidental de los
supermercados, donde impera la obsesión de la higiene y los alimentos están
envueltos en plástico, difícilmente podrá olvidar el tenderete al aire libre
donde el carnicero egipcio vende su mercancía. Algunas personas prósperas
poseían una o varias vacas, pero sólo los más ricos o los templos con más
posesiones podían ser propietarios de un rebaño de animales no operantes y
mantenerlos en reserva como fuente de alimento. Estos animales destinados al
consumo eran cebados a la fuerza con bolas de pan y no se sacrificaban hasta
que estaban tan gordos que ni andar podían, debido a lo cual su carne era muy
grasa y tierna. Los propietarios de ganado que no eran tan ricos sacaban el
máximo partido de sus animales explotando sobre todo a las vacas por su
leche y su estiércol, aparte de utilizarlas también para arar y trillar. Eran vacas
que no se mataban mientras pudieran explotarse para trabajar, lo que hacía
que seguramente dieran una carne sabrosa pero más bien dura y fibrosa.
Muerta la vaca, no había parte del animal que se desaprovechase: sesos,
tripas, orejas, lengua y pezuñas, todo se rebanaba con delectación, y hasta la
sangre se aprovechaba para hacer con ella un exquisito budín negro. La grasa
tenía múltiples usos, de manera especial la de buey, aprovechada
comúnmente para la preparación de preciados medicamentos. Suele
representarse a las clases superiores, menos interesadas en aprovechar los
desperdicios, comiendo únicamente los trozos más selectos de carne de buey.
El «ganado menor», es decir, las ovejas, cabras y, en menor grado, los
cerdos estaban mucho más generalizados entre la población y eran mucho
más fáciles de mantener. La próspera clase media se regalaba con ágapes
reconstituyentes y particularmente nutritivos a base de guisos de carnero o
cabra hervidos, aunque se tienen indicios de que los personajes más devotos y
pertenecientes a las clases altas de ciudades como por ejemplo Tebas, donde
se veneraba al carnero dándole categoría de dios, seguramente evitaban comer
ese tipo de carne. Las ovejas y cabras tenían especial importancia porque
suministraban leche fresca, exquisitez que se ingería caliente y se usaba a
menudo para cocinar y que, por supuesto, era básica en la producción de
queso y mantequilla líquida. Como en tantos lugares del mundo actual, el
cerdo era tabú religioso muy difundido y en teoría no era aceptable como
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alimento. Con todo, los restos arqueológicos demuestran que esta prohibición
ritual no era observada de manera estricta. En los muros de las tumbas vemos
inequívocamente representadas piaras de cerdos y en los vertederos de basura
tanto de Amarna como de Deir el-Medina había grandes cantidades de huesos
de cerdo, lo que apunta que su consumo estaba muy difundido. Los cerdos
son animales sumamente eficientes, ya que comen y reciclan los desechos de
alimentos que de otro modo, dadas las altas temperaturas, se echarían a
perder, aparte de que reportan el beneficio adicional de limpiar gratuitamente
calles y casas.[5]
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aunque es probable que estos métodos se consideraran más bien un deporte
que una técnica rigurosa para cazar. Atrapados los pájaros, eran encerrados en
jaulas de madera y cebados con cereales hasta que se consumían. Era un
sistema que tenía la ventaja de suministrar carne fresca sin que fuera
necesario macerarla o secarla previamente. Se mantenía el ave con vida hasta
que se necesitaba y después se mataba —fracturándole el pescuezo—
momentos antes de cocinarla, costumbre que sigue vigente en el Egipto
actual, donde es habitual que en casi todas las cocinas haya una o dos aves
vivas. Los huevos que ponían las aves cautivas constituían una útil adición a
la dieta diaria, que podía complementarse con huevos de aves silvestres.
La fruta fresca, las habichuelas, las legumbres y verduras desempeñaban
también un importante papel nutritivo en la dieta diaria. Los egipcios gozaban
fama en el mundo antiguo de grandes consumidores de verdura cruda,
especialmente de cebollas, ajos y puerros, en tanto que los melones y pepinos
del país eran tan populares que hasta los Hijos de Israel, liberados finalmente
del vil yugo que los tuvo esclavizados en Egipto, no podían por menos de
lamentarse:
El maná o llamado «pan del cielo» probablemente no fue otra cosa que la
secreción de unos pequeños insectos que viven en las ramas del tamarisco. Se
trata de una exquisitez que los beduinos actuales siguen recogiendo y
consumiendo por considerarla un primoroso manjar. Es probable que las
cebollas egipcias, pequeñas y redondas, fueran mucho más dulces que las
gordas cebollas europeas que se consumen actualmente. Aparte de que
servían de aderezo en todas las comidas, tenían un cierto simbolismo
religioso: la fiesta de Sokar, que se celebraba en Menfis en conmemoración
del solsticio de invierno, requería de los sacerdotes participantes que llevaran
una corona de cebollas y que durante todo el trayecto de la procesión sacra
olieran manojos de las mismas. El ajo egipcio también era más pequeño que
su contrapartida moderna y es posible que no tuviera un olor tan intenso.
Los pobres consumían grandes cantidad de judías, dicho sea de paso
altamente nutritivas. Desde el Periodo Predinástico en adelante se cultivaron
garbanzos, habas cochineras, habichuelas oscuras o «ful medames» y lentejas,
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legumbres que debían de servir para preparar platos apetitosos y satisfactorios
una vez hervidas, machacadas con ajo y aceite hasta convertirlas en puré y
metidas a modo de bocadillo en un trozo de pan ácimo. Había recetas más
complicadas que incorporaban cebolla picada, huevos e incluso bolas de una
masa a base de habichuelas, semejante al filafil que sigue consumiéndose
actualmente en Egipto.
Esa tradición de generosa hospitalidad que incita al egipcio moderno a
compartir su comida con desconocidos a los pocos minutos del encuentro
tiene sus raíces en las costumbres gregarias del Egipto Dinástico. Los
banquetes más o menos ceremoniosos constituían un importante aspecto de la
vida social egipcia y, puesto que entonces no había restaurantes ni cafés, se
hacían siempre en casa. Como tampoco había teatros, cines ni clubs
nocturnos, este tipo de cenas eran en realidad el entretenimiento principal de
las clases pudientes, que lo disfrutaban a fondo. Quizá sea una suerte que los
que podían dar fiestas tan espléndidas pudieran permitirse también contratar a
criados que se encargaban de cocinar y lavar después todo lo que se
ensuciaba. Desgraciadamente no se ha conservado ningún testimonio escrito
que pueda informarnos de esos banquetes, por lo que nuestra información se
basa en las pinturas de esas fiestas conservadas en las paredes de las tumbas.
Estas escenas permiten deducir que, aunque es probable que esos banquetes
ceremoniosos debían de acabar en una orgía de comida y bebida excesivas,
siempre empezaban con una ostentosa exhibición de buenas maneras y
comedido comportamiento. Como se consideraba universalmente que las
normas de la etiqueta constituían un signo externo de buena cuna, el sabio
Ptahotep del Imperio Antiguo da unas útiles directrices para los socialmente
ineptos:
Si eres invitado a la mesa de alguien más grande que tú, toma lo que te
ofrezcan a medida que te lo ponen delante. Mira al que está sentado
delante de ti pero no insistas demasiado en mirarlo porque, si lo
importunas, ofendes al Ka. No le hables hasta que él te hable, ya que no
sabes qué puede disgustarlo. Habla con él sólo cuando se haya dirigido a
ti, entonces tus palabras alegrarán su corazón.
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razón por la cual los criados acompañaban a las parejas más distinguidas
hasta su lugar de honor: mesas individuales rebosantes de montañas de
deliciosos manjares a las que estaban arrimadas unas sillas bajas o unos
taburetes. Los invitados de rango inferior se contentaban con sentarse o
acuclillarse en unas esteras extendidas en el suelo, aunque se servían de la
misma comida que sus superiores en categoría social. Durante la comida
circulaba más comida y más vino, servidos por los criados, mientras los
comensales se entretenían con una espectacular sucesión de bailarinas
núbiles, acróbatas y músicos que entonaban canciones más bien tristes cuyo
objetivo era incitar a apreciar la vida. Aquella intromisión de unos tintes
depresivos en la escena no desanimaba ni de lejos a los alegres comensales y
Herodoto nos informa de que todos los banquetes terminaban de forma
rutinaria con una intempestiva rememoración de la muerte: un criado de
aspecto taciturno mostraba de pronto a los presentes, entregados al jolgorio,
una pequeña reproducción de una momia cuyo fin era advertir a los
comensales que podían «beber y alegrarse, porque cuando muráis os
convertiréis en esto». Esta anécdota resulta más reveladora con respecto a la
credulidad de Herodoto que acerca de las costumbres observadas por los
egipcios en los banquetes.
Aun cuando a los invitados a las fiestas reproducidas en las paredes se les
sirven tentadores manjares, en realidad nunca aparecen comiendo. Sí beben,
en cambio, y las solícitas camareras les llenan los vasos repetidas veces. Esta
ligera falta de lógica ha hecho pensar a algunos lingüistas, influidos por el
hecho de que la palabra egipcia sti, «verter», significa también «fecundar»,
que quizá las escenas podían interpretarse como una forma de retruécano
visual cuya finalidad sería subrayar la fertilidad del difunto. Es evidente que
en las paredes de una tumba podrían ser consideradas fuera de lugar ciertas
referencias más abiertamente sexuales.[6]
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demuestran hasta qué punto era tenida
por una broma sin particular
trascendencia la intemperancia en los
banquetes, en especial cuando la
víctima era una mujer. En la tumba de
Paheri se representa a una señora
dando órdenes a un criado de forma un
tanto desabrida: «Dame dieciocho
vasos de vino, quiero beber hasta
emborracharme, tengo la garganta seca
como paja». La bebida más popular
era el vino tinto preparado con uva,
que se tomó desde el principio del Fig. 16 - Mujer que vomita
en un banquete
Imperio Antiguo en adelante. La
producción masiva de vino blanco probablemente no se inició hasta el
Imperio Medio, aunque los vinos blancos egipcios gozaban de prestigio entre
los buenos degustadores del mundo clásico: el griego-egipcio Ateneo
describía en tono admirativo el vino de la región mareótica calificándolo de
«excelente, blanco, agradable, fragante, fácilmente asimilado, sutil, de los que
no se suben fácilmente a la cabeza y diurético»; en tanto que el vino de la
región teniótica era «mejor que el mareótico, un tanto pálido, con una calidad
oleosa, agradable, aromático, ligeramente astringente» y el vino de la
provincia de Antylla, era el que «supera a todos los demás».
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Diodoro Siculo, quien dijo de ella que «ni en el olor ni en la dulzura de su
sabor es muy inferior al vino». La cerveza era la bebida usual que se ofrecía a
los dioses y a los difuntos y constituía un valioso ingrediente en medicina.
Podría equipararse la fabricación de la cerveza a la cocción del pan en
cuanto a importancia y, como tales, eran dos actividades reservadas
tradicionalmente a las mujeres. El proceso era relativamente sencillo. Se
diluía harina molida con agua, se amasaba hasta formar con ella una pasta
consistente a la que se añadía giste y después se cocía ligeramente en el
horno. Seguidamente se desmigajaba la hogaza resultante y se dejaba
fermentar dentro de una vasija no sin antes añadirle un poco más de harina
húmeda y algo de cerveza. Tras dejarla reposar, se colaba la cerveza con
ayuda de un cedazo y se dejaba en una tinaja tapada para impedir que
continuase la fermentación, que habría hecho demasiado ácida la cerveza para
ser agradable al paladar. Hoy en día sigue empleándose una técnica parecida
en la fabricación de esa cerveza casera nubia que se conoce con el nombre de
booza.
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4
Trabajo y juego
Haré que ames el trabajo del escriba más que a tu propia madre. Haré que
sus bellezas te resulten obvias, ya que ésta es la más grande de las
profesiones y no hay otra que pueda igualársele en todo el país… Mira, no
hay trabajador que no tenga un supervisor salvo el escriba, que es siempre
su propio amo. Así pues, si consigues aprender a escribir, este trabajo será
mejor para ti que todas las demás profesiones que te he enumerado
anteriormente, de las que no se sabe cuál es más desgraciada.
Elogios que se hacía a sí mismo un escriba del Imperio Medio
Ser instruido y saber leer y escribir constituía una de las claves del éxito
profesional en la sociedad Dinástica. En Egipto se desarrolló la escritura
alrededor del año 3000 a. C. y a partir de este momento sólo aquellos que
sabían leer y escribir y poseían además unos conocimientos básicos de
aritmética estaban en condiciones de competir por puestos de trabajo tan
prestigiosos como los de administradores y contables de los tres principales
sectores laborales más honorables: el funcionariado, el ejército y el clero. El
título un tanto vago de «escriba», que podía aplicarse por igual a cualquier
persona prescindiendo de la función que desempeñase con tal de saber leer y
escribir, pasó rápidamente a convertirse en uno de los puestos más
envidiables de Egipto y fueron muchos los hombres ricos e influyentes que
trataron de potenciar su rango haciéndose esculpir una estatua y posando en la
postura típica del escriba: sentados, con las piernas cruzadas y una caña en la
mano en actitud de escribir en un rollo de papiro desplegado sobre las
rodillas. Aparte de poder aspirar a puestos de trabajo interesantes, la persona
que sabía leer y escribir podía obtener cuantiosos beneficios. El más
importante era que el hombre instruido estaba exento de las indignidades que
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comportaba el esforzado trabajo manual, actividad que en el antiguo Egipto se
trató siempre de evitar. En lugar de ello, tenían ocasión de consolidar su rango
más elevado mezclándose con las clases superiores, tan refinadas como la
suya, en lugar de convivir con los rústicos campesinos. En marcado contraste
con los escribas, estaban los analfabetos, carentes de toda instrucción,
situados en un nivel social considerablemente inferior, dándose
continuamente cabezazos contra una barrera ineludible e infranqueable que
les impedía toda promoción. Para decirlo más llanamente: todo aquel que
fuera alguien en el antiguo Egipto sabía leer y escribir.
Los rudimentos de la lectura y escritura se adquirían igual en casa que en
la escuela a través de un escriba experimentado, quien impartía sus
enseñanzas según la costumbre acreditada por la experiencia de enseñar por la
vía del aprendizaje, gracias al cual se conseguía trabajar bajo la supervisión
directa de un profesional más viejo y más experimentado. Era frecuente que
dicho supervisor fuera un familiar próximo, por ejemplo el padre o un tío. En
el Imperio Antiguo las familias acomodadas empleaban tutores para ofrecer
instrucción primaria a sus hijos y esta tradición de las clases particulares entre
las capas superiores de la sociedad prosiguió hasta bien entrado el Imperio
Nuevo. Sin embargo, durante el próspero Imperio Medio, se abrieron escuelas
diurnas oficiales conocidas como «Casas de Instrucción», asociadas a los
palacios reales y a los templos. En estas instituciones se formaban grupos
selectos de jóvenes, que recibían una sólida educación básica pensada para
proveer al Estado, en vías de constante expansión, del necesario contingente
de entrenados burócratas. Desgraciadamente, estas escuelas no destacaban por
impartir lecciones demasiado imaginativas o estimulantes y en ellas los
alumnos tenían que estudiar muy poco aparte de aprender a leer, escribir y, en
menor medida, acceder a la aritmética. Cada día, pues, los alumnos, algunos
no mayores de cinco años, asistían a clases matutinas al aire libre en las que
mataban el tiempo entre interminables cánticos y copiando una y otra vez
toda una serie de textos clásicos que iban aumentando en complejidad y en
monotonía a medida que el alumno crecía en competencia.
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No había libros de lectura especializados ni sencillos pensados para
fomentar el desarrollo de la capacidad de los jóvenes egipcios. En cambio, el
primer libro que se estudiaba, un larguísimo texto conocido por Kemit, era
una compilación corriente de frases corteses de los tiempos del Imperio
Medio, modelos de cartas y orientaciones para los jóvenes escribas, todo ello
escrito con la anticuada escritura vertical que debía de resultar tan abstrusa
para los jóvenes alumnos del Imperio Nuevo como puede serlo para los niños
de la actual enseñanza primaria un texto de Chaucer, escrito en inglés medio.
Superado este formidable obstáculo académico, los alumnos se enfrentaban
con una sucesión de obras tradicionales de nivel más avanzado en las que no
aparecía la literatura moderna hasta tres o cuatro años después, cuando el
alumno ya había adquirido una razonable fluidez tanto en el campo de la
lectura como de la escritura. Los llamados Textos de la Sabiduría constituían
una parte integrante de esta formación de los escribas. Estos textos, que nos
han proporcionado muchas de las citas que aparecen en este libro, se
elaboraron durante el Imperio Antiguo y conservaron su popularidad a lo
largo de todo el Periodo Dinástico. Obedecían siempre a un mismo formato y
estaban redactados en forma de listas de verbosos e idiosincrásicos consejos
dictados por un venerable maestro a su hijo o discípulo predilecto. Las
opiniones que se ofrecían en ellos iban desde lo general a lo altamente
específico y muchos de los consejos que daban continúan siendo válidos en el
mundo moderno:
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Texto de la Sabiduría, Periodo Tardío
Los maestros egipcios eran siempre muy severos con los muchachos que
tenían confiados a su cargo y estimaban que los azotes frecuentes constituían
parte integrante y esencial del aprendizaje. Como decía con pesar un egipcio
adulto acordándose de su antiguo mentor: «Me golpeaste la espalda y así tus
enseñanzas penetraron en mi oído». Dejando a un lado la cuestión del castigo
corporal, el método de enseñanza aprobado difería marcadamente de las
prácticas educativas occidentales actuales. Particularmente la lectura se
enseñaba a través de la constante memorización y escribiendo después las
frases, vistas como una sola entidad. No se enseñaba a los alumnos a analizar
una frase considerando cada una de sus palabras ni tampoco a deletrear una
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palabra determinada identificando y pronunciando los signos y letras
individuales que la componían. No se alentaba a los alumnos a pensar por
cuenta propia ni a expresarse mediante una prosa imaginativa. Bien al
contrario, se aprendían las frases de manera repetitiva, sistema loro, con la
intención de poder reproducirlas en bloque. Este sistema de aprendizaje
global es la clave que explica por qué hay tantos documentos egipcios,
incluso cartas privadas, llenas de frases idénticas hasta el punto de parecer
escritas por un mismo escriba. Algunas cartas egipcias están compuestas
totalmente de frases convencionales y son poco más que saludos de tipo
general sin contenido personal, algo así como las modernas tarjetas impresas
de cumpleaños o las felicitaciones de Navidad o hasta las escuetas postales
que suelen enviarse hoy en día, en realidad un simple gesto impersonal de
contacto.
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tutor privado de una princesa real fue uno de los cargos más ambicionados. Es
evidente que Senenmut, el influyente funcionario del Imperio Nuevo,
administrador de Amón durante el reinado de la reina Hatchepsut,
consideraba la consecución de su cargo de tutor de la princesa Neferure, hija
de Hatchepsut y heredera del trono egipcio, como el momento culminante de
su insólita y fulgurante carrera.
Más sorprendentes son las pruebas aportadas por los ostraca encontrados
en Deir el-Medina, que nos demuestran que algunas amas de casa corrientes
sabían leer y escribir. Estos textos, que parecen notas tomadas al azar para
refrescar la memoria de la persona que las había escrito, se ocupan de asuntos
femeninos tan triviales como la lista de la ropa de la colada, consejos relativos
a la ropa interior y vestidos y demás cosas que una mujer no encargaría a un
escriba. Sin embargo, sería erróneo deducir de esto que la mayoría de amas de
casa eran instruidas. Es de presumir que el nivel de instrucción corriente en
una ciudad como Deir el-Medina, que incluía un elevado porcentaje de
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personas instruidas, entre las que había dibujantes, albañiles y artistas además
de sus familias, era mucho más alto que en una comunidad estrictamente
agrícola, donde de poco les iba a servir a unos pocos campesinos y
campesinas saber leer y escribir. Es interesante comprobar que Deir el-
Medina también ha proporcionado una cantidad de símbolos no jeroglíficos
que evidentemente eran usados por los analfabetos o parcialmente
alfabetizados como medio de identificar su propiedad personal. En las paredes
de las casas y de las tumbas se han encontrado este tipo de signos, que van
desde sencillas formas geométricas a figuras más complicadas que recuerdan
los jeroglíficos, si bien se usan más comúnmente para identificar la ropa que
se enviaba al lavandero.
No hay nada mejor que un libro, es como una barca que navegara en el
agua.
Sátira de los Oficios, Imperio Medio
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Desgraciadamente, cuando se descargaron dichos barcos se observó una
diferencia evidente del número de sacos de cereales, por lo que Henuttawi, sin
desafiar de forma directa a los marineros, instó a que se investigara el asunto
más a fondo, ya que era evidente que alguien había manipulado
indebidamente el cargamento durante la travesía. Aunque habría sido más
normal que fuera su hijo quien hiciera las funciones de Esamenope, nadie
puso en cuarentena el derecho de Henuttawi a actuar oficialmente en nombre
de su marido y no hubo quien no acatara su poder de sustituirlo eficazmente
en su cargo.
Las mujeres opulentas que tenían la suerte de disponer de tiempo sobrante
se dirigían al templo en un intento de sacar provecho de sus horas de ocio y
de promover al mismo tiempo su nivel social. La religión, única «carrera»
altamente respetable y abierta siempre a las egipcias de la familia real y de las
clases altas, era una ocupación autorizada a las mujeres que no trabajaban, de
la misma manera que nuestra sociedad moderna tampoco deja de aprobar a
aquellas mujeres emprendedoras que no tienen necesidad de hacer trabajos
remunerados pero que se entregan a ciertos trabajos voluntarios con fines
caritativos. La vida pública egipcia estaba dominada por los hombres y en
todos los grandes centros provinciales de Egipto había una clase selecta
masculina que ocupaba puestos importantes y prestigiosos como el de alcalde,
magistrado o funcionario civil. Las esposas de estos empleados estaban en
libertad de ocupar puestos igualmente relevantes en el templo local, donde a
menudo hacían de sacerdotisas, especialmente cuando en él se rendía culto a
alguna deidad femenina. Son un tanto nebulosos los deberes que
correspondían a estas sacerdotisas de rango elevado. No se sabe con certeza si
se esperaba de ellas que actuaran como celebrantes habituales en el templo y
parece que lo más probable es que sus cargos fueran puramente honoríficos,
concedidos automáticamente a los grandes benefactores del templo. No hay
duda de que sería erróneo clasificar a estas sacerdotisas como simples
empleadas del templo, ya que más bien debían contribuir a llenar las arcas de
la institución que a cobrar por los servicios prestados.
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La división tradicional del trabajo en Egipto decretaba que el hombre
debía trabajar fuera de casa y la mujer en ella. Esta postura se veía reforzada
por la literatura de la época, que hacía constantemente hincapié en los
hombres activos secundados por mujeres pasivas y subrayada sutilmente por
la convención artística de representar con la piel clara a las mujeres casadas,
como para indicar que estaban recluidas en casa, y a los hombres atezados por
el sol como consecuencia de su trabajo al exterior, lo que viene a significar
que los hombres trabajaban fuera de casa. Las pinturas tumbales se adecúan
plenamente a la visión convencional de la vida diaria, por lo que disponemos
de muy pocas escenas que muestren a mujeres trabajando en otra cosa que no
sean las tareas domésticas y ninguna que muestre a una mujer realizando un
trabajo de una cierta envergadura. Debe recordarse, sin embargo, que estos
muros de las tumbas reproducían un tipo de vida idealizado y estereotipado
con toda deliberación, del mismo modo que la moral victoriana y eduardiana
de las clases altas sostenía que el lugar que correspondía a la mujer era la
casa, ignorando por conveniencia que se contaban por millares las mujeres
que se veían obligadas a trabajar para ganarse la vida. Así pues, estas escenas
egipcias quieren subrayar que el trabajo remunerado era prerrogativa de los
hombres. La escasez de escenas tumbales con mujeres supervisando las
labores de la cocina tal vez indique la falta de realismo de estas imágenes
convencionales.
Como cabía esperar, parece que la situación real debió de ser menos clara
y constituiría un grave error subestimar la importancia económica de la mujer
egipcia, del mismo modo que sería igualmente equivocado ignorar la
contribución de los hijos que, dada la ausencia de una legislación protectora,
podían desempeñar trabajos a plena jornada desde una edad muy temprana.
En realidad, eran muchas las mujeres que necesitaban trabajar fuera de casa
para complementar los ingresos de la familia. El trabajo al que tenían acceso
estas mujeres puede dividirse en tres categorías amplias: las que disponían de
buenas amistades y estaban en posesión de instrucción podían ocupar cargos
profesionales, generalmente como administradoras o superviseras domésticas;
las dotadas de especiales habilidades o talento practicaban la música —campo
en el que dominaba la mujer— o se dedicaban a la industria del tejido o
funeraria; en tanto que las que carecían de instrucción o la tenían escasa se
ocupaban del servicio doméstico.
En los muros de las tumbas y en las estelas funerarias se han conservado
los nombres de los trabajos desempeñados por algunas mujeres.[3] Sin
embargo, son nombres que cubren un número relativamente reducido de
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ocupaciones y no parece sino que las profesiones a las que tenían acceso estas
mujeres estaban limitadas tanto por la tradición como por las oportunidades
educativas. Después de excluidos de la lista los puestos puramente
honoríficos (Ornamento Real Exclusivo, Amiga del Rey, etc.) y las tareas más
bajas, propias de las criadas (Peluquera, Chica de la Molienda, etc.), queda
claro que la mayor parte de las mujeres más educadas trabajaban como
administradoras domésticas o como supervisoras de actividades propiamente
mujeriles.[4] Su trabajo se hacía casi invariablemente de puertas adentro y a
menudo, aunque no siempre, se dedicaban a servir a señoras encopetadas que
tenían su propio séquito de criadas primordialmente de sexo femenino. Esta
división del trabajo por sexos aparece subrayada en muchas pinturas que
reproducen escenas de la vida doméstica egipcia y que muestran a las criadas
atendiendo a sus señoras en tanto que sus maridos son atendidos por hombres,
lo que se hacía extensivo a la vida religiosa donde, por regla general, los
dioses egipcios tenían a su servicio sacerdotes mientras que las sacerdotisas
estaban consagradas al servicio de las diosas.[5] Hasta los mismos niños
mostraban un cierto grado de segregación en sus juegos, lo que hace que las
pinturas presenten invariablemente a los niños entregados a juegos propios de
su sexo y separados de las niñas.
Las superviseras y administradoras ejercían sus funciones sobre todo en
relación con mujeres dedicadas a lo que se consideraban trabajos propiamente
femeninos. Así pues, a partir del Imperio Antiguo empezamos a tener noticias
de mujeres que trabajaban como «Supervisora de la Ropa», «Supervisora del
Taller de Pelucas», «Supervisera de las Danzarinas del Rey» e incluso
«Supervisora del Harén del Rey», es decir, ocupaciones típicamente
femeninas. Eran atribuciones, sin embargo, que no estaban reservadas
exclusivamente a su sexo —es evidente que había también supervisores
masculinos de la confección de pelucas, de las danzarinas y de las actividades
musicales—, si bien estas administradoras eran, por regla general,
responsables de las danzarinas y cantantes y de la confección de pelucas para
mujeres. Sin embargo, aunque a veces los hombres supervisaban a las
trabajadoras en estas actividades, no tenemos pruebas directas que
demuestren que las mujeres controlaran nunca el trabajo de hombres. El
trabajo de las administradoras se reducía a las casas privadas o reales y
sorprende ver que, aunque se contaban literalmente por millares los escribas
que ejercían el funcionariado, no sabemos de ninguna mujer que ocupase
ningún puesto burocrático influyente. De la misma manera, aunque quizá nos
cause menos sorpresa, no sabemos tampoco de ninguna mujer que
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desempeñase un cargo relevante en el ejército ni en la administración
agrícola.
El cargo administrativo más alto desempeñado por una mujer
correspondió a Nebet, del Imperio Antiguo. Era esposa de Huy, «Único
Ornamento Real» y «Princesa Heredera, Hija de Geb, Condesa, Hija de
Merhu, La de la Cortina, Juez y Visir, Hija de Thoth, Compañera del Rey del
Bajo Egipto, Hija de Horus». El visir ostentaba el cargo más poderoso y
prestigioso del antiguo Egipto, un cargo que por lo menos teóricamente, no
era hereditario. Como mano derecha del rey, a menudo era miembro de la
familia real inmediata y ocupaba un segundo lugar en importancia después del
monarca, aparte de ejercer también las funciones de funcionario público y de
juez. Seguramente habría sido sorprendente que una mujer ocupara un puesto
de autoridad tan importante como éstos y las pruebas circunstanciales indican
que, aunque es evidente que fue a Nebet a quien se concedió el título de visir,
quien desempeñó realmente los deberes propios de su cargo fue su marido,
Huy.[6] No hubo ninguna otra mujer a quien se le concediera el honor de este
título hasta la XXVI dinastía.
Parece que la época en que las administradoras ocuparon los puestos más
influyentes fue el Imperio Antiguo, ya que tenemos pruebas correspondientes
a los Imperios Medio y Nuevo que indican que las mujeres retenían su trabajo
doméstico asalariado pero ya no eran clasificadas como supervisoras o
superintendentes ni tampoco ocupaban posiciones de menor rango en los
palacios reales. Sin duda tenemos noticias de la existencia de varias mujeres
que hacían de «mayordomas» y de «tesoreras» y que en el Imperio Medio
trabajaron en el sector privado. Fue una de estas administradoras
profesionales Tchat, «Tesorera, Guardiana de la Propiedad de Su Señor»,
cuyo nombre y títulos se citan varias veces en los muros de las tumbas
privadas de la XII dinastía en Beni Hassan.[7] Esa tal Tchat fue una dama que
trabajó como funcionaría en la casa del influyente gobernador local
Jnumhotep, donde era evidente que gozaba de las más altas consideraciones.
Los relieves de la tumba de Jnumhotep, donde Tchat aparece representada
varias veces junto a la «Señora de la Casa», Jety, indican que tuvo un papel
preponderante en la vida de familia. Tchat combinó su papel de tesorera de la
casa con la de concubina del amo. Finalmente, al morir Jety, renunció a sus
deberes de funcionaría para casarse con Jnumhotep, consiguiendo con ello
legitimar a los dos hijos supervivientes que había tenido con su padre natural.
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El cielo y las estrellas hacen música para ti mientras el sol y la luna te
alaban. Los dioses te exaltan y las diosas te cantan su canción.
Versos del Templo de Hator, Dendera
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Nuevo ya no volvió a tenerlo en cuenta. Fue la época en que se introdujeron
en Egipto por vez primera desde Asia las liras y los laúdes, que no tardarían
en convertirse en popularísimas incorporaciones a los conjuntos de las
sobremesas corrientes.
Se suponía que todos los dioses y diosas egipcios sabrían apreciar una
buena música, razón por la cual los templos empleaban a bandas de músicos y
a coros de cantores y danzarinas cuyo propósito era aumentar la
comunicación con las deidades. Estos músicos del templo, hombres y
mujeres, trabajaban regularmente en él y al mismo tiempo recibían clases
frecuentes de instructores oficiales interesados en que los palmoteos y los
cantos fueran lo más perfectos posible. Pertenecían a una categoría superior
los cantores oficiales de la deidad y eran muchas las señoras de rango que se
definían como cantoras religiosas y que incluso hacían constar su ocupación
en sus monumentos funerarios. Parece, sin embargo, que este quehacer
debería clasificarse como ocupación honorífica desempeñada en el templo
más que como un trabajo remunerado. No hay duda de que estas damas eran
tenidas en mucha estima y en Abydos había incluso un cementerio especial
reservado a las cantoras de ciertos dioses y a sus hijos nacidos muertos.
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Fig. 20 - Grupo de mujeres en procesión
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consecuencia, fue adoptado por otras deidades e identificado particularmente
con el culto de Isis a finales del Periodo Dinástico. El sistro solía
acompañarse con el cascabeleo de los pesados collares de cuentas menit que
las instrumentistas llevaban en la mano que tenían libre. Aunque en menor
medida, la pandereta redonda se asociaba igualmente a las mujeres y a la
religión. Las pinturas del Imperio Nuevo indican una relación entre esta
pandereta y los cultos tanto de Hator como de Isis, mientras que sabemos por
las casas de parto que había en el templo y que han sobrevivido hasta nuestros
días que el golpeteo de las panderetas redondas constituía la forma apropiada
de indicar el nacimiento divino de un rey.
La música se asocia ocasionalmente a las mujeres por razones más
prosaicas. En el Papiro Erótico de Turín, por ejemplo, aparece una escena en
la que una prostituta deja caer precipitadamente la lira para copular con un
cliente superexcitado, mientras que un tosco dibujo hecho en un trozo de
madera, encontrado en una tumba tebana del Imperio Nuevo, muestra a una
mujer en pleno acto sexual con un hombre pero que no por ello deja de estar
aferrada a su laúd. Lo que se deduce de la escena es que las prostitutas
utilizaban sus habilidades musicales para tentar a sus clientes. Y los tatuajes
Bes que aparecen en los muslos de la prostituta-música indican una vez más
que existía un vínculo entre música, feminidad, sexualidad e incluso parto. En
un alarde de peor gusto, juzgadas con ojos actuales, están las figuritas que
reproducen a arpistas que apoyan el instrumento musical en penes
exageradamente erectos, lo que pone de relieve una vez más el vínculo
existente entre música y sexualidad.
Página 127
la mujer. La manufactura de tejidos se convirtió en una tarea doméstica
altamente rentable, hasta el punto de que elaborar lana, hilar y tejer, más que
hacer calceta, pasó a convertirse en sinónimo de trabajo femenino, esperado
de mujeres de todas las categorías y edades. Se identificaba a la mujer
virtuosa por su habilidad en el telar y hasta de la más encopetada de las damas
griegas se esperaba que pasase una gran parte de la jornada tejiendo al objeto
de surtir de ropa no sólo a toda su familia sino incluso a sus sirvientes.[9]
Como el telar no era fácil de transportar debido a sus dimensiones y a su peso,
condenaba de hecho a que la mujer pasara muchas horas trabajando sola en su
casa.
La situación en Egipto era mucho más flexible. El tejido con fines
comerciales también era una industria dominada por las mujeres, sobre todo
en el Imperio Antiguo, en que el jeroglífico que representaba al «tejedor» era
un dibujo de una mujer sentada sosteniendo lo que parece una lanzadera larga
y delgada. No todas las mujeres, sin embargo, necesitaban aprender a tejer.
No era difícil conseguir tela mediante cambalache y los excedentes de lino de
fabricación casera podían trocarse por otros artículos domésticos que se
encontraban en el mercado. A los egipcios de clase baja no les molestaba que
los viesen tejiendo y en Deir el-Medina eran muchos los que se excusaban de
no acudir al trabajo alegando que habían tenido que quedarse en casa tejiendo.
En los talleres anexos a los templos y en las grandes fincas donde trabajaban
mujeres y, en menor número, hombres, como también en el harén real, donde
se fabricaba el lino más delicado, se practicaba un hilado comercial a mayor
escala. Aunque quizá las mujeres del harén se encargaban de los tejidos más
complicados, su función real consistía en supervisar y entrenar a las
trabajadoras que hacían sus funciones en los cobertizos donde se hilaba. Tejer
constituía una de las actividades colaterales rentables que practicaban las
mujeres de la casa real.
Las telas de lino eran con mucho el tejido más valioso que se producía en
Egipto. El lino, la planta de la que deriva el hilo, no procedía de Egipto sino
que fue introducida en el país en tiempos predinásticos y en breve tiempo
pasó a convertirse en importante cultivo, esencial en la producción de hilo y
de aceite de linaza. El lino se mantuvo como un producto económicamente
rentable durante el largo periodo histórico. Si tenemos en cuenta que la
envoltura de lino de un cadáver momificado podía requerir más de trescientos
setenta y cinco metros cuadrados de tela, entenderemos muy bien que tuviera
tanta importancia el cultivo del lino. Aunque era habitual que se
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reaprovechasen tanto las telas de uso casero como los vendajes empleados en
la momificación, la demanda de nuevo lino debió de ser constante.
El proceso de la manufactura propiamente dicha era muy sencillo, aunque
consumía mucho tiempo. La recolección de la planta del lino se hacía
arrancándola de modo que se conservase el tallo. Cuanto más joven era la
planta, más calidad tendría la fibra una vez acabado el proceso. Después de
una preparación inicial de las fibras, se hilaba el lino con un huso pequeño
que se sostenía con la mano y del que saldría un ovillo de hilo, en tanto que la
torsión de la fibra se hacía con la mano izquierda, ya que el hilo tiende a
seguir esta dirección al secarse. Después se tejía la fibra en el telar y se
transformaba en tela. Los telares horizontales que se colocaban en el suelo y
se accionaban a mano eran de madera y los utilizaban tanto los hombres como
las mujeres en los talleres comerciales hasta que los invasores hicsos del
Segundo Periodo Intermedio introdujeron el telar vertical, más eficiente desde
el punto de vista mecánico. Éste era un telar que sólo manipulaban los
hombres. El tejido, una vez terminado, era marcado en una esquina por el
tejedor o el propietario y se guardaba arrollado o en grandes piezas (desde dos
metros de anchura y a veces más de veinticinco metros de longitud) en unas
cestas especiales o en arcones de madera. Se producía una gran variedad de
calidades de tela, pero los linos más finos y delicados merecieron
justificadamente el aprecio de todo el mundo antiguo.
La muerte está hoy ante mí como el ansia que tiene el hombre de ver su
casa cuando ha permanecido muchos años en cautividad.
Texto del Imperio Medio
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tranquilo que normalmente admiraban las mujeres egipcias. A veces las hijas
acompañaban a sus madres plañideras en su trabajo, lo que podemos
comprobar en una tumba de Ramsés en Tebas, correspondiente al Imperio
Nuevo, donde vemos a un grupo de plañideras profesionales entre las que hay
una niña minúscula que destaca por lo pequeño de su estatura y por su
desnudez. En el rito funerario juegan un papel más importante las dos mujeres
elegidas para personificar a las dos djeryt, Isis y Nefthys, hermanas de Osiris,
que adoptaron la forma de pájaros al objeto de explorar el mundo y encontrar
a su hermano muerto. Esas dos mujeres llevaban una túnica ceñida a la
manera arcaica y una peluca corta. Caminaban junto a esa especie de trineo
utilizado para transportar el cadáver hasta la tumba y desempeñaban un papel
absolutamente pasivo en la ceremonia.
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Una mujer egipcia siempre podía encontrar trabajo si era de carácter dócil.
La falta de comodidades modernas tales como electricidad y conducciones de
agua significaba que la demanda de trabajadoras domésticas no calificadas era
constante. El salario de una sirvienta era relativamente bajo, por lo que la
mayoría de familias de clase media y alta tenían como mínimo una criada,
capaz de realizar las tareas domésticas con la colaboración de alguna otra
persona en los trabajos más pesados. Las muchachas empezaban a trabajar
relativamente jóvenes en el servicio doméstico y las madres confiaban en
criadas responsables como protectoras de sus hijas inexpertas, al tiempo que
les proporcionaban una buena preparación básica. Esta preocupación por el
bienestar de las criadas más jóvenes se encuentra perfectamente ilustrada en
una carta privada escrita durante el Imperio Nuevo. El escriba Ahmosis se
sentía inquieto por lo que había podido ser de una criada confiada
especialmente a su protección y que había desaparecido inexplicablemente, al
parecer por orden de su superior, el tesorero Ty:
¿Por qué motivo se han llevado a la joven sirvienta que me había sido
confiada y que ahora ha pasado a servir a otro?… Por lo que a mí toca, no
me preocupa la pérdida de su valor, ya que es muy joven y todavía no
conoce muy bien su trabajo… Pero su madre me ha hecho llegar una
misiva en la que me dice: «Has dejado que se llevaran a mi hija pese a
que te había sido confiada…»[10].
Ahora, tan pronto como reciba esta carta de Sahathor, haga que la criada
Senen salga de mi casa. Fíjese bien: ¡cuidado con que pase una noche más
en mi casa! Le consideraré responsable de cualquier perjuicio que pueda
causar a mi concubina.
Carta escrita por Hekanajte, Imperio Medio
No debía confundirse a los criados con los esclavos que, pese a que en
muchos casos realizaban las mismas tareas, seguían siendo en todo momento
propiedad legal de sus amos y amas.[11] Los propietarios de los esclavos
tenían muchos derechos sobre ellos: podían venderlos, traspasarlos a otro
amo, emanciparlos o alquilarlos a voluntad, pero reconocían que tenían con
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ellos la obligación de alimentarlos, vestirlos y cuidar de sus bienes en la
misma medida que se ocupaban del bienestar de sus sirvientes libres. A pesar
de las populares imágenes de la película de Cecil B. DeMille, donde se ve a
millares de esclavos bregando, sufriendo y esforzándose bajo el sol
implacable de Egipto, la verdad es que la esclavitud fue relativamente rara en
ese país. Estos esclavos lo eran porque habían nacido esclavos o porque eran
las desdichadas víctimas de la guerra:
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unión habrían nacido esclavos, aunque habrían podido ser manumitidos y
adoptados posteriormente por su padre/propietario. Debemos asumir que esta
pareja no fue la única en escoger a una esclava como madre sustituía, ya que
la Biblia nos dice que pudo tratarse de una práctica habitual en la época.
Y Sarai, mujer de Abram, no le paría, y ella tenía una sierva egipcia que
se llamaba Agar. Dijo, pues, Sarai a Abram: «Ya ves que Jehová me ha
hecho estéril: ruégote que entres a mi sierva; quizás tendré hijos de
ella…» y dióla a Abram su marido por mujer.
Gén. 16:2
Al fin y a la postre, cada egipcio era un siervo del rey, que podía solicitar
los servicios de su gente cómo y cuándo lo considerase oportuno. Esto se
hacía a través del sistema de larga tradición llamado corvée o prestación
personal obligatoria, según el cual todos los egipcios debían ceder su trabajo a
proyectos reales tales como la construcción de un monumento público o la
labor de excavación de zanjas para el riego. Sólo aquellos que ya trabajaban
en proyectos importantes, como por ejemplo los siervos de categoría superior
que estaban empleados en el templo local, estaban exentos legalmente de
dicha obligación, aun cuando los administradores y los que eran
suficientemente ricos para pagar sobornos o enviar a sustitutos quedaban
mecánicamente eximidos de sus deberes públicos. En consecuencia, la pesada
carga de la corvée recaía en los pobres, los iletrados y los campesinos, en
tanto que los peores trabajos —los viajes hasta las minas de oro del Sudán—
quedaban reservados a los criminales que sufrían condena y a los prisioneros
de guerra. El trabajo de la corvée era duro y terriblemente impopular y, para
colmo de los males, la única remuneración que se recibía por él eran unas
raciones de subsistencia. Con todo, el castigo que correspondía a los que
trataban de eludir el trabajo era en extremo riguroso y los que sentían la
tentación de incumplirlo se arriesgaban a encontrarse con condenas de cadena
perpetua, en las que se intercalaban nuevos periodos de trabajos forzados. Las
mujeres no estaban exentas automáticamente de la corvée y se ha encontrado
un registro del Imperio Medio en el que se dan los nombres de ochenta
desertores entre los que está el caso de Teti, hija del escriba Sainhur, que fue
encontrada culpable y que sufrió «… una orden emanada para ejecutar contra
ella la ley correspondiente a la persona que se evade de su obligación de
trabajar».
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Aquel día el trabajador Menna dio un puchero de grasa fresca al jefe de
policía Mentmose. Mentmose le prometió: «Te pagaré con cebada que me
ha dado mi hermano. Mi hermano garantizará la transacción. Que Ra te
conserve la salud».
Resto de vasija de Deir el-Medina
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mediodía. Sin embargo, los trabajadores no estaban nunca sometidos a
excesivas presiones en lo tocante a hacer una jornada laboral regular, aparte
de que había muchas vacaciones de modo que, como muestra uno de los
ostraca encontrados, de los cincuenta días consecutivos sólo dieciocho eran
laborables para todo el equipo. Incluso en un día de trabajo oficial había
muchos trabajadores que se ausentaban alegando una serie de excusas
absurdas pero aparentemente aceptables que iban desde la necesidad de
elaborar cerveza y tejer hasta la de construirse la casa. Las autoridades se
mostraban tan laxas que siempre pagaban la cantidad de grano que había que
satisfacer cada mes, independientemente de las horas efectivas de trabajo. Por
consiguiente, si alguien tenía intención de aumentar su peculio personal,
mejor que abandonara toda intención de hacer horas extraordinarias en su
trabajo oficial y que se centrara más bien en poner en marcha una empresa
privada, ya que era más probable que le reportara una recompensa inmediata.
No es de extrañar que en Deir el-Medina florecieran industrias caseras, en las
que proliferaban tejedores, cerveceros, modistos y alfareros, todos ellos
emprendedores y que complementaban su salario oficial cubriendo las
necesidades más acuciantes de sus vecinos, mientras que los dibujantes,
artistas y carpinteros calificados hacían una doble jornada y trabajaban
además para proveer cobertura funeraria a la rica aristocracia tebana.
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Fig. 22 - Trueque en el mercado
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elemento muy caro que exigía para su construcción madera y trabajo
especializado, se valoraba en más de veinte deben de cobre.[12]
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callejones de la ciudad y exhibían la mercancía en grandes cestas de mimbre
que realzaban la oferta. Los comerciantes profesionales eran minoría y en
realidad el mercado se parecía más a esos mercadillos improvisados que
vemos en la actualidad que a una galería comercial moderna. Había
constantemente en oferta una tentadora variedad de mercancías y los puestos
de venta oscilaban desde tenderetes de joyeros profesionales, que tentaban a
los clientes potenciales con sus seductoras y costosas exhibiciones de
aderezos, ajorcas y broches, hasta puestos más humildes donde los
campesinos locales ofrecían los productos más básicos del mercado: pan,
cerveza y pescado destripado. Los artesanos ambulantes sacaban partido de la
multitud que acudía atraída por el mercado para vender sus servicios,
mientras que en pequeñas tablas improvisadas se hacían buenos negocios
sirviendo deliciosa comida preparada y reconfortantes bebidas a los agotados
tenderos.
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cliente hacia sus mercancías, mientras un comerciante de tejidos despliega un
rollo de preciada tela con la que pretende tentar a un posible comprador. En el
puesto donde se expende cerveza hay como mínimo un cliente que ya
evidencia muestras de cansancio y parece vencido por las emociones.
Mientras los compradores, en su mayoría hombres, se mueven de aquí para
allá con sus prácticas bolsas de compra colgadas del hombro, un vendedor de
lechugas y cebollas está enzarzado en un mercadeo con un hombre cargado
con una gran tinaja de cerveza: «Si tú me das algo de lo que ofreces yo te daré
verduras frescas». Vemos también una excitante escena en la que, delante de
un puesto de verduras, un mono adiestrado para hacer de vigilante detiene a
un ladrón desnudo mordiéndole en una pierna. Mil años después, en la tumba
tebana de Ipuy, del Imperio Nuevo, el ambiente del mercado apenas ha
cambiado. Ahora, a todo lo largo del muelle, unas astutas vendedoras han
instalado unos puestos provisionales con los que incitan a comprar a unos
marineros que acaban de desembarcar tras cobrar la paga a fin de que las
ayuden a convertir sus raciones de grano normales en todo un surtido de otras
mercancías. Vuelve a ofrecerse pan, verduras y pescado y el indefectible
puesto de cerveza está bien provisto y dispuesto para satisfacer a sus primeros
clientes sedientos. Cualquiera que haya tenido ocasión de disfrutar el animado
alboroto de un mercado de pueblo del Egipto actual sabrá reconocerlo
inmediatamente en estas representaciones antiguas, ya que si descontamos la
presencia actual de moneda y la ausencia de puestos de cerveza, es evidente
que ha habido muy pocos cambios en los tres mil años transcurridos desde
que se pintaran los muros de la tumba de Ipuy.
¡Concédete una fiesta! ¡No te canses de holgar! Porque nadie se lleva sus
bienes consigo, ninguno de los que se van de esta vida regresa otra vez.
Canción del arpista, Imperio Medio
Los egipcios fueron un pueblo que sabía disfrutar del tiempo libre.
Siempre fue un esparcimiento muy popular la reunión de varias familias
dispuestas a pasar juntas una jornada de ocio, las comidas al aire libre ante las
tumbas de sus antepasados o las excursiones en barca a través del Nilo.
Todavía más excitantes eran los días pasados cazando y pescando en los
marjales en los que, como apuntan algunas escenas representadas en las
tumbas, la familia entera se comprimía en una endeble barca de juncos
simplemente para contemplar a los hombres de la casa tratando de abatir unos
pajarillos con ayuda del tradicional palo arrojadizo combado. Dada la
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fragilidad de tan delicadas embarcaciones, da la impresión de que los artistas
se permitieron una cierta licencia artística al tratar de retratar a una familia
feliz en un día de asueto al aire libre, ya que lo normal habría sido escenas de
barcas volcadas y familias en remojo. En cambio, todos reconocían que la
caza en el desierto era una actividad no sólo peligrosa sino también cara,
reservada por tanto para la gente de clase alta y los cazadores profesionales
que participaban como acompañantes en este tipo de expediciones.
De vuelta a casa, se podían pasar bastantes horas felices jugando con los
niños y los animales domésticos.[13] Los animales tuvieron un importante
papel en la vida de familia de los egipcios y tanto los perros y los gatos como,
en menor medida, los monos e incluso los gansos, aparecen a menudo en los
grupos de familia y se sientan orgullosamente junto a la silla del amo. La
mayor parte de los perros que aparecen en estas escenas suelen ser unos
mestizos encantadores, si bien la presencia de varios lebreles y perros
parecidos a salukis apuntan al hecho de que las crías intencionadas fueron
como mínimo parcialmente acertadas. Esos perros, a los que se daba nombres
tan descriptivos como Ebano, Antílope o Buen Guardián, eran leales
compañeros mientras cumplían con el útil papel de perro guardián o de caza.
Al final de su vida se les daba sepultura en una tumba muy trabajada, por lo
que no es raro que se hayan recuperado en diversos ya cimientos
arqueológicos impresionantes tumbas de perros con los correspondientes
cadáveres convertidos en costosas momias conservadas en minúsculos
ataúdes caninos.
Sin embargo, pese a la útil labor que realizaba, el perro no era admirado
por todo el mundo y eran muchos los egipcios que interpretaban la afectuosa
fidelidad del perro como signo de adulador servilismo y debilidad. Los gatos,
con ese misterioso distanciamiento y esa independencia natural que los
caracteriza, sabían ganarse mucho mayor respeto y eran revestidos de una
serie de implicaciones simbólicas. Por otra parte, como solía representarse a
los gatos debajo de la silla donde se sentaba una mujer y rara vez se les
asociaba a un hombre, acabaron por ser reconocidos como símbolos de la
feminidad y de la sexualidad femenina. Surgieron, pues, varias importantes
deidades gatunas femeninas, al tiempo que el culto de la diosa Bast, cuyo
centro estaba en la ciudad de Bubastis, en el Delta del Nilo, se hizo
enormemente popular durante los Periodos Tardío y Grecorromano. No hay
duda de que los gatos eran útiles compañeros de las familias y no sólo
protegían contra las serpientes y las sabandijas, sino que además
desempeñaban un importante papel en la caza de aves.
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Después del ajetreo diario habitual, la mayoría de cónyuges disfrutaban
del tranquilo placer de permanecer sentados. Este goce innegable derivado de
la mutua compañía era uno de los aspectos más enternecedores de la vida que
llevaban los matrimonios egipcios. Las familias opulentas disfrutaban del
descanso sobre todo en los lujosos jardines de sus mansiones, goce que
todavía se saboreaba más a fondo con la contemplación del denodado
esfuerzo de otros seres menos afortunados que ellos. De los esparcimientos
que se disfrutaban en casa ha quedado poca constancia en los restos
arqueológicos y, aun cuando suponemos que la música y el entretenimiento
consistente en contar historias eran importantes eventos sociales, no tenemos
ni la más mínima idea de su frecuencia. Sabemos, en cambio, que aquellos‐
juegos que precisan de un tablero para poderse practicar gozaban de enorme
popularidad entre los adultos y en muchas escenas de tumbas vemos a
maridos y mujeres compitiendo ante un tablero. Tal vez extrañe comprobar
que, dado que se trataba de un entretenimiento evidente, no se desarrollaran
más juegos de este tipo. En realidad, durante todo el Periodo Dinástico sólo
hubo dos juegos que fueron universalmente populares: el «senet», juego de
tablero para dos jugadores que se practicó desde los tiempos predinásticos
hasta el periodo romano, y su rival «el de veinte cuadros», importado de
Oriente, también para dos jugadores. Los tableros de madera con los que se
practicaban estos dos juegos acostumbran a encontrarse a cada lado de cajas
reversibles que sirven también para guardar las piezas correspondientes, de
hecho cajas muy elaboradas que suelen figurar en el equipo funerario de los
ricos para que puedan entretener el ocio jugando durante los largos momentos
de tedio que les esperan en el Más Allá.
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5
El cuidado personal
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importante, en un indicio infalible de buena cuna y de rango social. Los
pobres, que carecían de las instalaciones sanitarias más básicas, y los
extranjeros, que gozaban fama de sucios, eran merecedores de desprecio.
Como medida preliminar de higiene personal, los hombres y mujeres más
remilgados eliminaban todo el vello de su cuerpo ya fuera mediante un
afeitado constante e implacable o por medio de depilación. En ninguno de los
dos sexos podía ser motivo de admiración lucir unas piernas o un pecho
velludo, razón por la cual una somera revisión del equipo utilizado en la
depilación, encontrado en las tumbas de varias mujeres, que incluía pinzas
metálicas, cuchillos y navajas provistas de minúsculas piedras de afilar, nos
indica hasta qué punto estaban dispuestas algunas mujeres a someterse a
tortura con tal de estar guapas. Otros miembros de la comunidad que se
encontraban en situación menos desahogada solían servirse de navajas de
sílex, que podían descamarse hasta dejar un filo cortante y, a falta de jabón, se
disponía de aceite, que además era barato y muy útil como loción para el
afeitado. Otra de las ventajas colaterales de tener el cuerpo lampiño era que
de ese modo se eliminaban también los piojos y otros insectos molestos por la
comezón que producen.
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persona que se bañaba, el criado estaba colocado detrás de una mampara cuya
finalidad era disimular la visión del bañista. Dicha mampara, al igual que el
cuarto de baño propiamente dicho, estaba revestida de piedra a fin de evitar la
disolución accidental de la estructura de adobes. Sin embargo, la gran
mayoría de la población desconocía los cuartos de baño y practicaba la
higiene en las orillas del Nilo o en los canales de riego. Desgraciadamente, el
río Nilo, que suministraba a casi todos los pueblos y ciudades del país el agua
que necesitaban a diario para beber, cocinar y lavarse, era también el principal
sistema de alcantarillado y de eliminación de aguas residuales de Egipto. Las
aguas estancadas que se recogían a lo largo del río dejaban bastante que
desear en cuanto a pureza y las momias encontradas nos revelan que
proliferaban ciertas enfermedades transmitidas por el agua, como la
bilharziosis.
En caso de que uno no se pudiera lavar y persistiesen ciertos engorrosos
problemas personales, el Papiro Médico Ebers aconsejaba el uso de diferentes
desodorantes, destinados no sólo a devolver la confianza al individuo sino
también a facilitar una vida social agradable.
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egipcios dinásticos no tenían acceso a facilidades sanitarias de ningún tipo y
es probable que no se viera impedimento alguno en hacer pleno uso de los
campos vecinos o del desierto. Resulta curioso que uno de los «hechos»
egipcios peculiares, aunque imposible de comprobar, fue cierto rumor que
dejó fascinado a Herodoto y que afirmaba que las mujeres orinaban de pie
mientras que parece que los hombres lo hacían sentados o agachados.
La menstruación era algo que despertó muy poco interés entre los
hombres que escribieron los textos egipcios que han llegado hasta nosotros.
Por tanto, no sabemos nada acerca de cómo percibían las mujeres este
importante aspecto de su feminidad y apenas nada con respecto a cómo veían
los aspectos prácticos de la protección sanitaria. Sin embargo, en las listas de
la lavandería que se encontraron en Deir el-Medina figuran unas «tiras para el
trasero»: unos paños higiénicos hechos con un trozo de tela doblada que,
cuando estaban sucios, eran enviados a la lavandería para ser posteriormente
reutilizados. Tenemos ciertas indicaciones que nos revelan que se consideraba
ritualmente sucio todo lo relacionado con la menstruación de las mujeres y la
sangre de la misma. Existen tabúes parecidos en muchas sociedades
primitivas, donde no se entienden del todo la mecánica ni el funcionamiento
de la menstruación. A menudo se la juzga como algo amedrentador y
peligroso, aparte de que los hombres debían de considerar un fenómeno
antinatural e inquietante el hecho de que las mujeres sangrasen durante varios
días seguidos cuando ellos no sangraban a menos de tener una herida. El
término «purificación» o «limpieza» se empleaba para designar el periodo
menstrual igual que para los loquios que siguen al parto, y la Sátira de los
Oficios, correspondiente al Imperio Medio, deplora la suerte del desgraciado
lavandera que tiene que habérselas con las prendas de la mujer, manchadas de
sangre menstrual. Incluso se consideraba indeseable el contacto con un
hombre cuyas parientas femeninas estaban menstruando en aquellos
momentos, en tanto que un trabajador de Deir el-Medina alegaba como
excusa válida para ausentarse del trabajo que su mujer o una de sus hijas
estaba pasando el periodo.
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circuncisión a los varones y la ablación a las hembras, según se estila
también entre los judíos, que son originariamente egipcios.
Estrabón
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romano Plinio nos informa de que los egipcios se limpiaban los dientes con
una pasta dentífrica de fabricación casera a base de raíces de plantas. A falta
de cepillos especiales para los dientes, se aplicaban este dentífrico con una
rama previamente masticada o con una caña rígida. Para que se sintieran más
a gusto, se recomendaba específicamente a las mujeres que suavizasen su
aliento masticando bolitas a base de mirra, incienso, cápsulas de junco y
cinamomo, consejo que seguramente obedecía a la necesidad de contrarrestar
la gran cantidad de ajo, cebolla y rábano que consumían.
Los egipcios tenían la desgracia de sufrir muchos problemas dentarios
debido a que la finísima arena del desierto, que al parecer sigue
introduciéndose en los rincones más recónditos de las casas egipcias, pasaba a
convertirse en un elemento que, involuntariamente, formaba parte de la
ingestión diaria de alimentos y tenía un efecto abrasivo sobre los dientes. Eran
muy corrientes los dolorosos abscesos y la mayoría de egipcios, en un
momento u otro de su vida, sufrían de las muelas. El longevo rey Ramsés II,
por ejemplo, murió con la dentadura muy desgastada y con visibles cavernas
en la pulpa dentaria. No hay duda de que estos problemas debieron de
producirle muchos trastornos durante los últimos años de su vida. En cambio,
la caries dental era un problema mucho menor entonces que en el Egipto
actual, ya que en aquella época se consumían muy pocos productos
azucarados por ser desconocidos tanto el azúcar refinado como la caña de
azúcar. Precisamente las clases altas, por consumir pasteles endulzados con
dátiles y miel en grandes cantidades, eran especiales candidatas a la caries
dental. Parece, sin embargo, que la afección dentaria más frecuente entre la
población era la pérdida de alguna que otra pieza y puede decirse que casi la
mitad de las referencias a la dentadura que aparecen en los papiros médicos
intentan poner remedio al problema de la falta de dientes. Aunque hay
algunas pruebas de construcción de ingeniosos puentes dentales que utilizan
finos alambres de oro o plata y dientes humanos postizos —recuperados
seguramente en la casa donde se hacían los embalsamamientos—, los
dentistas egipcios no intentaron nunca implantar una dentadura postiza
completa.
Tanto los hombres como las mujeres completaban de forma rutinaria sus
abluciones con masajes de aceites suavizantes que hacían penetrar en la piel.
Esta práctica paliaba el envejecimiento producido por los efectos del clima
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cálido y el polvo característicos del país, así como por los efectos desecantes
del «jabón», cuyo principal ingrediente, el natrón, era el agente deshidratante
primordial empleado en la desecación de los cadáveres durante el proceso de
la momificación. Se creía que el uso de aceites mejoraba el estado de la piel y
prevenía las arrugas, al tiempo que disimulaba en parte las secuelas de
enfermedades deformantes como la viruela y la lepra. El Papiro Médico
Ebers recomendaba su uso con el entusiasmo propio de las campañas
publicitarias modernas:
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Había también una gran variedad de aceites acondicionadores perfumados
para frotarse con ellos el cráneo después de lavarse el cabello, con la
intención una vez más de proteger el cabello contra los rigores del clima.
Durante el Imperio Nuevo se amplió esta práctica a la costumbre, más bien
rara a ojos modernos, de ponerse unos grumos perfumados o conos
cosméticos de grasa mantenidos precariamente en equilibrio sobre la cabeza
durante los acontecimientos sociales. Estos insólitos sombreros estaban
hechos de sebo impregnado de mirra e iban fundiéndose lentamente a medida
que iba transcurriendo la fiesta, despidiendo su perfume y seguramente
soltando un refrescante reguero de cera que iba resbalando entre los cabellos
y por encima de la cara. Cuando, debido al calor de la fiesta, la grasa se había
derretido por completo, un criado se encargaba de volver a llenar el pequeño
recipiente. Parece que el anfitrión se encargaba de proveer de estos conos a
sus invitados y a los criados que los atendían y sabemos por las escenas que
hemos contemplado en las tumbas que no se celebraba ninguna cena sin la
presencia de los mismos. Se representan generalmente como unos grumos
blancos con unas rayas oscuras laterales, mientras que las manchas de color
marrón que vemos en los hombros de las prendas blancas seguramente son
restos de las gotas de grasa. Como no se ha conservado ninguno de estos
conos de perfume, resulta difícil determinar hasta qué punto conviene
interpretar literalmente estas escenas de festejos.
Hay muchas sociedades que ejercen presiones morales para decidir de qué
modo han de llevar peinados sus cabellos los hombres y las mujeres. En caso
de que no exista una obligación legal específica, se espera de ambos sexos
que observen las convenciones propias de su época, que pueden decretar por
ejemplo que las mujeres deben llevar el cabello largo, que los hombres no
deben llevarlo largo o que ninguno de los dos sexos debe mostrarlo. Apartarse
de la norma puede verse como una forma de amenaza contra la sociedad en
conjunto. En caso de que esta postura pudiera parecer exagerada, conviene
recordar que no hace ni cien años que en Europa muchos veían los cabellos
«cortos», en el caso de la mujer, como signo de extremada depravación
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femenina, mientras que algunos siguen viendo los cabellos largos en los
hombres como una forma malévola de desmarcarse de una sociedad
convencional. Dentro del abanico de convenciones impuestas por la
comunidad, el peinado elegido por una mujer indica a los demás a qué grupo
pertenece o aspira a pertenecer. Los estilos punk y hippy nos ofrecen
ejemplos modernos exagerados y todos sabemos que un tinte azul detonante o
una cascada de rizos de un rubio artificial ofrecen unos signos sociales
igualmente reveladores. Es lamentable que, como ocurre con tantos otros
aspectos de la vida egipcia, el conocimiento que tenemos de los peinados
femeninos se centre en las mujeres más ricas y en sus criadas, retratadas en
condiciones idealizadas. No se conocen los efectos de las modas cambiantes
en las mujeres de los pueblos.
Tenemos, sin embargo, algunos ejemplos claros que nos revelan el rango
o el trabajo de la mujer a través de su peinado. Incluso cuando estaba de moda
el cabello corto, las danzarinas más atractivas y las acróbatas llevaban el
cabello largo, a veces con algún objeto pesado trenzado en los extremos a fin
de que se balancease grácilmente al bailar. Los chicos y chicas adolescentes
pertenecientes a las clases sociales altas suelen representarse luciendo el
«tirabuzón de los jóvenes»: la coronilla casi totalmente rapada y un único rizo
largo y grueso a un lado de la cabeza. Del extremo del tirabuzón colgaban los
amuletos del cabello, destinados a dar buena suerte y a proteger a quien los
usaba. Solían llevar la cabellera larga y desgreñada únicamente los hombres y
mujeres que estaban de luto, mientras que las parteras se representan a veces
con un peinado arcaico y desordenado cuya finalidad es mantener a raya los
malos espíritus gracias a la magia favorable. Así como la mujer se suelta
normalmente la cabellera cuando se la lava, también suelta simbólicamente al
niño cuando está preparado para nacer.
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cabezas rapadas de los rigores del sol abrasador de Egipto y que se usaban
con finalidad estética en las ceremonias, razón por la cual se desarrolló una
importante industria comercial de pelucas. La mayoría de personas ricas
poseían como mínimo una peluca, aunque no dejaban de apreciar la
conveniencia de disfrutar de frescor durante el día y de estar elegantes por la
noche. Para confeccionar una buena peluca y conseguir que tuviera un
aspecto natural se precisaban más de ciento veinte mil cabellos humanos
entretejidos, con los que se formaba una especie de malla que se pegaba con
una mezcla de cera de abejas y resina.[3] Las peores pelucas y de aspecto
menos natural eran las totalmente confeccionadas con la tosca fibra de la
palmera datilera roja, que debía conferirles un aspecto bastante extravagante.
Receta para que a un calvo le crezca el pelo: se mezcla grasa de león con
grasa de hipopótamo, grasa de cocodrilo, grasa de gato, grasa de serpiente
y grasa de íbice y se embadurna con la mezcla la cabeza de la persona
calva.
Papiro Médico Ebers
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personal y solventan problemas tan desagradables desde el punto de vista
social como la calvicie o la caspa persistente, al tiempo que dan eficaces
consejos al revelarnos que la grasa de serpientes negras, la sangre de bueyes
negros o incluso un mejunje que suena de lo más repulsivo a base de los
genitales pulverizados de una perra son de gran eficacia para cubrir los tan
poco favorecedores cabellos grises. Otro método para cambiar el color del
cabello bastante más aceptable y que seguramente olía mejor consistía en el
uso de pasta de henna, utilizada también para pintarse los dedos y las uñas de
los pies. En los pueblos egipcios modernos todavía sigue empleándose la
henna como tinte de la piel y el cabello.
Los peinados de las mujeres y el estilo de las pelucas variaron mucho más
frecuentemente que las modas en materia de indumentaria o de joyería y
fueron escalonándose gradualmente desde los cortes más estrictos, que se
llevaron durante todo el Imperio Antiguo, hasta los peinados más elaborados
y con el cabello más largo, que gozaron de más favor durante el cénit del
imperio egipcio. Aunque tal vez se peque de excesiva simplicidad, uno tiene
la tendencia a ver una correlación directa entre las riquezas de Egipto y el
tiempo y dinero dedicados al cuidado del cabello y la confección de pelucas.
Las mujeres más obedientes a los dictados de la moda durante el Imperio
Antiguo solían llevar una melena corta y lacia parecida a la que lucen muchas
mujeres actuales. Era un peinado que gradualmente fue llevándose más largo
hasta que, en el Imperio Medio, todas las clases sociales adoptaron la melena
larga hasta los hombros y unas pelucas más espesas. El cabello más largo
acostumbraba a llevarse suelto o peinado según el llamado «estilo tripartito»,
es decir, con una parte de la cabellera colgando suelta por la parte de atrás de
la cabeza y unos mechones a cada lado de la misma, echados hacia adelante
para enmarcar la cara y dejar las orejas al descubierto. Originariamente este
peinado tripartito estaba reservado a las mujeres de nivel social más bajo,
sobre todo las solteras, si bien su uso fue difundiéndose gradualmente a las
casadas de categoría superior. De hecho, una versión más complicada, el
«estilo Hator», que prescribía atar con cintas las dos divisiones de cabellos
frontales y envolver con ellos una pieza plana en forma de disco, se hizo
extremadamente popular y se convirtió en el peinado favorito de la mayoría
de reinas de la XVIII dinastía. En cambio, las damas reales de Amarna,
aficionadas a hacer casi todas las cosas de forma diferente de las demás, se
inclinaban por unas pelucas algo más masculinas y de estilo «nubio»,
inspiradas en los cortes de pelo corto y rizado que llevaban los soldados
nubios. A medida que fue avanzando el Imperio Nuevo, tanto los peinados
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como los estilos de las pelucas fueron haciéndose menos estandarizados y se
llevaron cada vez los cabellos más largos y mucho más exagerados, tal vez
como resultado de la creciente influencia extranjera que iba dejándose sentir
en esta época en todo Egipto. La moda imperante en la XIX dinastía,
consistente en unas pelucas más pobladas y el aumento correspondiente de
postizos para rellenar tanto las pelucas como los cabellos naturales, condujo
al abandono del peinado tripartito, en tanto que las pelucas lacias, que habían
estado de moda en otro tiempo, eran sustituidas por pelucas rizadas de aspecto
alborotado y gruesas trenzas terminadas en flecos.
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historia bíblica de Sansón y Dalila, que nos cuenta que Sansón perdió toda su
fuerza viril como consecuencia directa de un inopinado corte de pelo, también
parece aportar una cierta base a tan peregrina teoría. Sin embargo, en el
Imperio Medio aumentó el número de las peluqueras tanto de peinados
naturales como de pelucas, con lo que esta labor quedó despojada de todo su
sentido ritual. Se acostumbra a representar a los peluqueros, cualquiera que
sea su sexo, puestos de pie detrás de la mujer que están peinando, la cual
sigue con mirada atenta su trabajo a través de un espejo de metal pulimentado
que sostiene en la mano. Los que querían embellecer sus cabellos tenían toda
una variedad de artilugios destinados a este fin y en las tumbas se han
encontrado tenacillas, horquillas y peines de madera y de marfil, todos
similares en diseño a sus contrapartidas modernas. Muchas mujeres
entretejían flores frescas en sus rizos recién peinados, en tanto que otros
ornamentos más ceremoniosos —como diademas, coronas específicamente
diseñadas para llevar sobre las pelucas, bandas, aretes y colgantes— daban el
toque final a todo peinado que pretendiera ser elegante.
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El maquillaje tanto entre los hombres como entre las mujeres era parecido
al estilo de los años sesenta pero más exagerado y en él destacaba sobre todo
el realce de los ojos. Para potenciar la belleza se usaba el kohl o pintura
especial para los ojos, que por otra parte tenía unos poderes paliativos contra
el terrible sol de Egipto. La pintura se aplicaba tanto en el párpado superior
como inferior, además de perfilar el contorno de los ojos no sólo
definiéndolos sino exagerándolos y prolongando las cejas. Generalmente se
remataba el maquillaje trazando una raya definida desde el rabillo exterior del
ojo hasta el nacimiento del cabello. Admitiendo incluso que en las pinturas de
las tumbas y en la estatuaria se cede a una cierta exageración artística, es
evidente que el aspecto «natural» no solía ser objeto de admiración. Desde el
Periodo Predinástico en adelante estuvieron muy difundidos dos colorantes
preparados con pigmentos. El verde (malaquita) fue con mucho el color más
popular del primer Periodo Dinástico, mientras que el gris oscuro (galena) se
situó en lugar destacado durante el Imperio Nuevo. Las damas que estaban
más al tanto de la moda usaban los dos colores combinados y se aplicaban el
verde en las cejas y las comisuras de los ojos y el gris en los bordes de los
mismos y en las pestañas. En la actualidad también las campesinas egipcias
usan el kohl negro para pintarse los bordes de los ojos, ya que se cree que
atenúa el reflejo del sol y reduce el riesgo de infecciones oculares. Se
empleaban también, aunque en mucha menor medida, otros cosméticos, entre
los que figuran el rojo pulverizado que algunas mujeres sacaban del ocre rojo.
No tenemos indicios de que ninguno de los dos sexos se pintase los labios, si
bien el Papiro Erótico de Turín presenta una prostituta que se está pintando
los labios con un pincel de aspecto muy actual mientras se mira en un espejo.
Aquellas mujeres que tenían que hacer valer sus encantos físicos para
ganarse la vida, entre las que se cuentan las bailarinas profesionales, las
acróbatas y las prostitutas, necesitaban que la decoración de su cuerpo fuera
más permanente, lo que se conseguía tatuándose los brazos, el torso y las
piernas con complicados dibujos. El tatuaje constituye una forma de adorno
femenino que es tradicionalmente egipcia y cuya popularidad ha perdurado
desde la era Dinástica hasta el día de hoy, según registra Blackman:
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negro de humo, por lo general mezclado con aceite, aunque algunos dicen
que utilizan agua.
Por desgracia, el tatuaje es una práctica que deja pocos rastros tangibles,
de modo que aunque en tumbas dinásticas de todos los periodos se han
encontrado figurillas femeninas con adornos incisos y pintados en el cuerpo,
hasta el Imperio Medio no hay cuerpos momificados de mujeres que tal vez
podrían identificarse como concubinas reales y que confirman la existencia de
esta costumbre.[5] Parece que la tradición se extinguió durante el Imperio
Nuevo, aunque algunas artistas y sirvientas del Imperio Nuevo muestran un
pequeño dibujo del dios enano Bes en lo alto del muslo como símbolo de
buena suerte y como medio bastante sutil de atraer la atención hacia sus
secretos encantos. Se ha apuntado la posibilidad de que este tatuaje en
particular pudiera ser una especie de signo distintivo de las prostitutas, pero
parece igualmente probable que se usara como amuleto protector contra los
peligros del parto o incluso contra las enfermedades de transmisión sexual.
De todos modos, parece que el tatuaje quedaba limitado a las mujeres de clase
social baja y a los hombres, aunque éstos lo practicaban con menor
frecuencia.
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de mujeres y de niños, no ya como modelos de mujeres específicas sino como
símbolos de la fertilidad en general y que representan todo el proceso de la
vida de familia egipcia, algunos de cuyos aspectos son la reproducción y la
crianza de los hijos. Parecen apuntar que quizá el tipo femenino admirado por
encima de todos los demás era el de la mujer capaz de tener hijos.
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días, aunque parece razonable pensar que no debía de ser habitual durante los
rigurosos inviernos ni en las glaciales madrugadas.
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representaciones suelen reproducir a personas pertenecientes a los niveles más
altos de la sociedad en condiciones atípicas. Del mismo modo que a la gente
actual le gusta que la fotografíen con sus mejores ropas, debemos deducir que
la gente acomodada de entonces también quería dejar su imagen a la
posteridad luciendo un atuendo lujoso y elaborado. Por otra parte, la
indumentaria que aparece en las representaciones del Más Allá podría tener
un significado ritual añadido que se nos escapa. Dadas las rígidas
convenciones del arte egipcio, es muy probable que el artista optara por
reproducir prendas estilizadas o tradicionales que realzaran la feminidad y no
las que las mujeres llevaban realmente y es muy posible que en muchos casos
el artista no captara los sutiles matices del vestido femenino, que pintara de
memoria la mayoría de los retratos o que se sirviera de un muestrario y no de
un modelo del natural. De hecho, hacer un estudio de la indumentaria
basándonos únicamente en las pruebas con que contamos, descritas más
arriba, vendría a ser como hacer un estudio de la indumentaria occidental
actual basándonos en las fotografías de las bodas o en las modas exageradas
que aparecen en las páginas de Vogue. Sin embargo, y pese a las
inexactitudes a que pueden dar lugar las representaciones, el mensaje que nos
transmiten los siglos desde los muros de las tumbas es la evidente
complacencia con que hombres y mujeres posan y exhiben sus bellos ropajes.
No hay duda de que los egipcios concedían importancia a la forma de vestir.
El tejido usado con más frecuencia en la confección de prendas de vestir
era el lino. Antes del periodo grecorromano eran desconocidos en Egipto el
algodón y la seda y, a pesar de que se criaban grandes rebaños de ovejas,
parece que las prendas de lana fueron raras en los tiempos prerromanos.
Herodoto, que fue el primer historiador que hace referencia a esta aversión a
la lana, supuso que se trataba de una evitación ritual, puesto que «no entraba
ninguna prenda de lana en los templos ni se enterraba a nadie con ella porque
su religión se lo prohíbe», teoría de la que se hace eco Plutarco, que observó
que «los sacerdotes, debido a que reverencian las ovejas, se abstienen de usar
tanto su lana como su carne». Con todo, parece mucho más probable que si
escaseaban las prendas de lana era porque también escaseaba la lana de buena
calidad, ya que la oveja egipcia, animal de poco pelo, se criaba
primordialmente por su leche y su carne y era evidente que no era apta para la
producción de lana a gran escala. Los restos arqueológicos nos demuestran
que Herodoto seguramente estaba en un error y que, aunque la gente prefería
que la representasen con sus prendas tradicionales de lino, es posible que las
prendas de lana fueran mucho más corrientes de lo que se cree. Por supuesto
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que no contamos con pruebas escritas de la época que demuestren que pesaba
una prohibición estricta contra el uso de la lana y si es indudable que el lino
es un material apropiado para los vestidos en un clima caluroso, debido a que
es ligero y agradable al tacto, también puede decirse de un chal o de una capa
de lana que son muy de apreciar en una noche fría de invierno.
Pero si teñir lana es relativamente fácil, teñir lino exige un proceso
especializado en dos etapas a fin de que el nuevo color sea permanente.
Durante mucho tiempo se pensó que, pese a sus evidentes habilidades en el
telar, los egipcios no llegaron nunca a desarrollar la tecnología necesaria para
teñir el lino. Se ha considerado que las escasas representaciones que nos han
llegado de mujeres con vestidos de vistosos dibujos azules, rojos y amarillos
debían corresponder a extranjeras o sirvientas ataviadas con prendas exóticas
importadas. Los egiptólogos han empezado a poner en tela de juicio no sólo
que el uso de prendas de lana no debía de ser tan raro como se había dicho
hasta ahora, sino que tampoco eran tan escasas como eso las prendas de ropa
teñida. En efecto, en tumbas de personas de clase trabajadora se han
encontrado muñecas con vestidos de vivos colores, lo que parece indicar que
las ropas vistosas y de alegres colores eran mucho más corrientes de lo que se
creía. Lo que no está claro, sin embargo, es si se trataba de vestidos de lino o
de lana, ambos teñidos. Con todo, el color más habitual de los trajes de
ceremonia siguió siendo siempre el blanco o el blancuzco y el color que
vemos invariablemente en las pinturas de las tumbas es el blanco restallante.
Ya que las prendas de color constituían, en Egipto, una rareza fue
haciéndose cada vez más elaborado el arte de los pliegues y tablas como
adorno de los vestidos. Los pliegues fueron cada vez más finos y complicados
a medida que iba mejorando la calidad de las telas corrientes, lo que se
acompañó de un cambio parejo en la moda, que pasó de los vestidos lisos y
ceñidos a prendas más holgadas, que permitían apreciar mejor la calidad de
las telas de que estaban hechas. A mediados del Imperio Nuevo el estilo de
los pliegues cambió con tal rapidez que actualmente pueden datarse las
estatuas con una exactitud considerable simplemente por la forma de los
pliegues. Desconocemos el procedimiento que debieron de emplear los que
confeccionaban los vestidos para fijar tan fuertemente los pliegues de la tela y
conseguir que hoy en día sigan en su sitio, aunque se ha apuntado la
posibilidad de que las largas tablas recorridas por surcos y costillas que se han
encontrado en varias tumbas debieron de desempeñar un importante papel en
este proceso. Es posible también que aplicaran a la tela algún tipo de almidón
que diese apresto al tejido y mantuviera inalterables los pliegues.
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Se ha recuperado el número suficiente de prendas femeninas exteriores
para poder afirmar que durante todo el Periodo Dinástico la inmensa mayoría
de mujeres vestían alguna variante simple y escueta de la larga chilaba,
semejante por su hechura a un camisón, que siguen llevando hoy en día las
campesinas egipcias.[7] Estas prendas sencillas carecen por completo del
estilo y elegancia que caracterizan la vestimenta que vemos en las
ceremoniosas escenas de las tumbas, pero a buen seguro que eran fáciles de
confeccionar y tenían su lado práctico y cómodo como ropa de trabajo. Varios
de los vestidos que se han conservado tienen mangas, refinamiento que rara
vez aparece reproducido en las pinturas con anterioridad al Imperio Nuevo,
pese a que habrían servido de protección útil frente al omnipresente polvo y a
los mosquitos. Las mangas de quitaipón, que podían separarse del vestido
cuando hacía calor, brindaban la posibilidad de utilizar el mismo vestido
durante todo el año.
En todo el Periodo Dinástico se utilizaron como calzado las sandalias con
suelas de caña entretejida o de cuero, sujetas al pie por medio de una tira
también de cuero. Durante la XIX dinastía se pusieron de moda una especie
de zapatillas de cuero más elaboradas. Las sandalias básicas solían formar
parte de la paga que recibía el trabajador, si bien las representaciones
artísticas de la vida diaria revelan que la mayoría, al igual que ocurre ahora en
muchos lugares del mundo actual, trabajaban descalzos. Como muestra de
cortesía, toda persona se sacaba inmediatamente los zapatos al entrar en una
casa, como también en presencia de una persona superior desde el punto de
vista social. El título honorífico de «portador de las sandalias al faraón» se
contaba entre los más prestigiosos, aun cuando no es nada probable que la
persona que lo ostentaba tuviera que encargarse realmente de realizar para el
faraón tan ignominioso transporte.
En las frías noches egipcias se estilaba llevar sobre los vestidos unos
simples chales similares en todos los aspectos a los usados modernamente.
Entre las provisiones de la tumba del arquitecto Ja y de su esposa Merit,
correspondiente a la XVIII dinastía, no sólo hay chales sino también una bata
adornada con complicados flecos, cuidadosamente doblada dentro de una
cesta en la que hay, además, un peine y unas tenacillas para rizar la peluca.
Tenemos también varios ostraca en los que figuran precios de diversas
prendas que permiten hacer comparaciones y por ellos sabemos que en el
Imperio Nuevo un simple vestido recto a modo de chilaba, confeccionado con
una tela sencilla, valía cinco deben, precio relativamente alto. Sería difícil
reducir este valor a unos términos monetarios modernos precisos, pero el
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hecho de que sepamos que en esta misma época una cabra valía dos deben
nos proporciona una indicación orientativa del valor adjudicado a la prenda de
vestir. Es evidente que las ropas eran valoradas de acuerdo con la calidad y
cantidad de tejido utilizado, ya que un chal confeccionado con tela de buena
calidad era un artículo de lujo valorado nada menos que en quince deben.
No es de extrañar, pues, que fueran relativamente frecuentes los robos de
prendas esenciales. En teoría se podían presentar demandas por estos delitos
ante un tribunal de justicia, pero era más habitual que la víctima del robo
consultase al oráculo local para resolver el misterio y conseguir que le
facilitara el nombre del culpable con un mínimo de alboroto. El oráculo, bajo
la forma de una imagen del dios local, estaba colocado sobre unas parihuelas
y era transportado a hombros de unos sacerdotes legos encargados de esta
misión. El oráculo daba respuestas a preguntas que podían contestarse con un
sí o un no directos impulsando a los porteadores a moverse hacia adelante o
hacia atrás según el caso lo requiriera. En casos más complicados, en los que
había varios sospechosos posibles, el demandante recitaba una lista de
nombres y el dios se movía para indicar al culpable. Aun cuando había
muchas deidades locales que proporcionaban eficientes servicios como
oráculos, el deificado Amenofis I en Deir el-Medina era reconocido por todos
como uno de los mejores.[8] Un ostracón de este yacimiento nos dice que el
dibujante Kaha decidió consultar al oráculo debido a que le habían robado
algunas telas. Kaha le leyó una lista de los sospechosos y el dios hizo por dos
veces una señal cuando mencionó el nombre de los familiares del escriba
Imenhet. Finalmente la lista de sospechosos fue reduciéndose hasta que fue
identificada como ladrona la hija de Imenhet, cuyo nombre no se da. No hay
constancia de que se le aplicara posteriormente un castigo, pero parece que la
opinión pública adversa unida a un auténtico temor ante el castigo divino
debió de forzar a la culpable a devolver con presteza a su dueño los artículos
robados.
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Los vestidos que llevaban aquellos miembros de la
sociedad que estaban más al día de la moda solían ser
muy simples en cuanto a diseño, aunque mucho menos
prácticos para el uso diario. Las modas evolucionaban
de una manera natural, pero la prenda básica
continuaba siendo un simple trozo de tela con la que se
envolvían el cuerpo o se lo colgaban de él a modo de
sarong, sostenido por medio de un cinturón o colgado
de unos simples tirantes cosidos a la tela. Estas
prendas son prácticamente inclasificables cuando no
están sobre el cuerpo, por lo que las encontradas en las
tumbas a menudo se han clasificado erróneamente
como sábanas. Durante el Imperio Antiguo las mujeres
más elegantes llevaban una larga túnica blanca
suavemente ceñida al cuerpo, que se lo cubría desde
los pechos hasta media pierna. Estaba hecha con un
trozo de tela de lino doblada por la mitad, con su
Fig. 26 - Vestido tubo dobladillo y cosida simplemente en forma de tubo,
del Imperio Antiguo sostenida por unos tirantes anchos que pasaban por
encima de los hombros. Las escenas que se han conservado pintadas en las
tumbas indican que esta prenda básica era muy ceñida y revelaba la forma del
cuerpo que cubría, aun cuando es difícil imaginar que pudiese llevarse encima
una prenda tan impráctica como ésta, ya que de querer seguir ciegamente la
moda habría sido preciso que la prenda hubiera sido cosida sobre el cuerpo y
aún entonces la mujer habría tenido bastantes dificultades para caminar. Se
supone, por tanto, que se trata de una convención artística más, concebida
para hacer hincapié en la feminidad de la modelo, cuya función pasiva en la
vida aparece sutilmente realzada por una prenda tan poco práctica como la
descrita. Como alternativa de esta prenda blanca y envarada, los adornados
tirantes de los hombros y las piezas horizontales de corte geométrico podían
estar entretejidos con el resto del vestido o bordados en el mismo. Sobre el
simple vestido se llevaba una especie de cota formada por una trama de
abalorios o cuentas que producía un efecto muy vistoso. Ya hemos visto que
el Papiro Westcar registra el lascivo deleite del satisfecho rey Sneferu al
contemplar a su cohorte de núbiles remeras ataviadas con sus vestidos a base
de «redes de pescar» y sin la prenda habitual que imponía el recato.
Esta subestimada elegancia del Imperio Antiguo acabó cediendo paso a un
estilo más elaborado y la mujer del Imperio Nuevo ya estuvo en condiciones
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de elegir su vestido en un guardarropa mucho más
variado y menos conservador, donde abundaban las
prendas con pliegues y flecos, más en consonancia
con las pelucas más complicadas que estaban de
moda en esta época. La prenda más corriente era
entonces un vestido holgado a modo de sari,
confeccionado con un largo de tela plegada que
envolvía el cuerpo y los hombros y se ataba debajo
del busto, lo que confería a la mujer una silueta que
recuerda la línea Imperio. Las mangas, cubiertas de
finos pliegues, tapaban la parte superior de los
brazos hasta el codo. Sin embargo, el antiguo
vestido tubo no perdió popularidad, si bien ahora se
llevaba debajo de una túnica más corta, diáfana y
holgada.
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contraste con nuestra joyería, el impresionante efecto que se perseguía era el
colorido y la brillantez del conjunto más que la pureza de sus componentes.
Los joyeros egipcios no tuvieron nunca acceso a las piedras preciosas que
desempeñan un papel tan importante en la joyería moderna. Sin embargo,
dentro de los confines de Egipto podían encontrarse amatistas, cornalinas y
jaspes, en tanto que en las minas del desierto del Sinaí podía extraerse
turquesa y, en cuanto al lapislázuli, de azul profundo, se importaba nada
menos que de un lugar tan lejano como Afganistán. En el desierto egipcio es
fácil encontrar oro tanto en los filones puros que recorren las rocas de cuarzo
como en depósitos aluviales que hay que lavar con la batea. En el Periodo
Dinástico se explotaron ambas fuentes. La plata pura, en cambio, fue
importada siempre del Mediterráneo. La plata se presenta como una impureza
del oro nativo egipcio, pero es muy difícil separar los dos metales.[9] En
consecuencia, en Egipto siempre fue más apreciada la plata que el oro y en
joyería es más difícil de encontrar la primera que el segundo. De todos
modos, ninguno de los dos metales fue nunca fácil de obtener para la gente
del montón y es evidente que, gracias a los atrevidos ladrones de tumbas,
hubo un próspero mercado negro del oro conseguido por medios ilícitos en las
sepulturas reales, siempre muy bien provistas de este metal.
A los egipcios les gustaba lucir en vida sus galas, por lo que no es raro
que quisiesen continuar exhibiéndolas después de muertos. Consideraban
esencial que los enterrasen con sus impresionantes aderezos, según
correspondía a su sexo y a su posición social. Así pues, la mayor parte de las
joyas egipcias que actualmente se guardan en los museos del mundo proceden
de ámbitos funerarios, a menudo robadas por saqueadores de tumbas de época
moderna o por egiptólogos aficionados que no dieron relevancia arqueológica
al botín. Es del todo evidente que algunas de estas piezas eran muy estimadas
por sus propietarios que hicieron frecuente uso de ellas, pero muchas habían
sido específicamente fabricadas para ser guardadas en la tumba. Las había de
finísima malla, lo que habría hecho imposible llevarlas sin que se rompieran,
mientras que algunos de los anchos collares carecen del peso necesario para
poder mantenerse correctamente en su sitio. Estos aderezos tenían una
función simbólica que sería funcional en el Más Allá, cuando fueran usados
por el difunto. No hay indicios que revelen que estas joyas funerarias eran
otra cosa que una imitación de las que llevaban habitualmente en su vida
diaria los egipcios y, aunque se sabe de amuletos específicos protectores que
debían meterse entre los vendajes con que se cubría a las momias, se ignora si
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había un tipo específico de joyas para los difuntos, adecuadas únicamente
para llevarlas en el Más Allá.
Violentamos las tumbas del oeste del No y sacamos los sarcófagos que
había dentro. Nos quedamos con el oro y la plata que encontramos y lo
robamos todo y yo lo repartí con mis compañeros.
Transcripción de un juicio del Imperio Nuevo
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mundo natural, confiaban en que las alhajas que llevaban combinaban la
función ornamental con la importante y a la vez práctica de guardarlos del
mal, por lo que atribuían el valor de amuleto a casi todas sus joyas. No
siempre tenemos claros qué rasgos profilácticos pueden tener ciertos motivos
pero, al igual que ocurre con muchos aspectos de la vida Dinástica, casi
podría afirmarse que no hay ninguna joya egipcia que pueda tomarse por lo
que parece. Para que todos estos hechizos resultaran plenamente efectivos
tenían que estar en contacto con la piel y por lo general se llevaban colgados
de una tira de cuero en torno al cuello.
Han llegado hasta nosotros algunos efectos secretos de estos amuletos y
podemos asegurar que los había particularmente apropiados para las mujeres.
Vemos, por ejemplo, la cabeza de Bat, diosa de la fertilidad capaz de ayudar a
concebir a las mujeres estériles, en algunos de los amuletos más antiguos, ya
que se remontan a los inicios del Periodo Dinástico. Se creía que los adornos
de peces, que tanto se llevaban en el pelo como colgados del cuello, servían
para que las muchachas no se ahogaran, mientras que se consideraba que las
valvas de ostra servían para aportar buena salud general a todas las mujeres.
El ojo Udjat de Horus, que simbolizaba el ojo que le sacó el malvado Seth,
pasó a convertirse en representación de la luz, capaz de guardar contra el mal
y, dado su carácter, fue un amuleto que se hizo muy popular tanto entre los
hombres como entre las mujeres. Está menos claro el sentido que podrían
tener los poderes protectores atribuidos a ciertos colores —especialmente el
verde, que significaba vida y nacimiento— y a ciertos tipos de piedras.
Aquella que llevase un collar de turquesas verdes podía estimarse
debidamente protegida contra todo mal.
Las alhajas más populares y baratas eran las confeccionadas a base de
simples abalorios, conchas y otras baratijas ensartadas en un cordón de lino o
de cuero. Dichos abalorios, generalmente de esteatita vidriada, eran de
variados colores y formas diferentes y con ellos se podían confeccionar
collares, brazaletes y ajorcas para los tobillos. Algunos de estos abalorios eran
muy complejos; los corpiños de abalorios, cuya finalidad era exclusivamente
ornamental, solían llevarlos las bailarinas y se combinaban con cipreas para
emitir un sonido incitante que iba aumentando con el ritmo de la danza. Es
muy posible que dichas cipreas, que tienen un cierto parecido con los
genitales femeninos, pretendieran ser simbólicas de la fertilidad. El uso de
estos corpiños de incitantes resonancias no estaba limitado a aquellas que
querían sacar partido de sus encantos físicos, ya que se han encontrado
algunos en tumbas de elegantes princesas reales, seguramente muy
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respetables. Aunque la mayoría debía contentarse con simples colgantes y
collares de abalorios, los miembros de la clase media y alta, desde los
pequeños funcionarios hasta la misma familia real, lucían amplias y
complicadas pecheras confeccionadas con sartas de cuentas de loza fina
entretejidas y ensartadas a través de anchos terminales. Los pectorales,
amplios colgantes de metal precioso embutido que se llevaban sobre el pecho,
se limitaban también a los miembros más ricos de la sociedad y generalmente,
aunque no siempre, eran usados por mujeres.
Los brazaletes, ajorcas y esclavas fueron adornos populares usados por las
mujeres de todas las clases sociales desde el Periodo Predinástico en adelante
y una de las usuarias de brazaletes más distinguidas y antiguas fue la reina
Heteferes, madre del rey Keops, el constructor de pirámides de la IV dinastía.
El retrato de Heteferes nos la muestra con los brazos cargados de joyas y fue
enterrada en un sarcófago que contenía veinte brazaletes de plata taraceada
cuya finalidad era lucirlos en el Más Allá. Las pulseras para los tobillos eran
muy difíciles de diferenciar de los brazaletes a menos de haberlas encontrado
puestas en el miembro correspondiente de un cadáver y hasta los mismos
egipcios tuvieron por necesario etiquetar con las palabras «para los pies» las
cajas que contenían las alhajas destinadas a esta parte del cuerpo. Parece que
muchos arqueólogos, posiblemente por no estar familiarizados con estas
pulseras para los tobillos, las han confundido con los brazaletes debido a su
semejanza, ya que es frecuente encontrarlas clasificadas erróneamente tras
haber sido encontrados en tumbas. Originariamente estas ajorcas del tobillo
eran de uso exclusivamente femenino, pero en el Imperio Medio comenzaron
a ser utilizadas por hombres y mujeres de todas las clases sociales. Lo más
elegante en relación con este adorno consistía en coordinar un brazalete
amplio y decorado con una ajorca para el tobillo a juego y ligeramente más
gruesa.
Aunque en las pinturas o esculturas raras veces vemos sortijas, a partir del
Periodo Predinástico fueron usadas por ambos sexos y crecieron en
popularidad hasta que, en el Imperio Nuevo, comenzaron a producirse
masivamente las sortijas de porcelana y a usarse como elemento de adorno
personal. Se trataba de anillos que se usaban en todos los dedos de ambas
manos, si bien las sortijas con el sello en forma de escarabajo, indicativas de
una posición social elevada y en consecuencia reservadas a los burócratas de
sexo masculino, se llevaban en el tercer dedo de la mano izquierda. Los
pendientes, en cambio, fueron casi desconocidos hasta el Imperio Nuevo,
época en que, siguiendo el ejemplo de vecinos extranjeros, las mujeres de
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todas las categorías sociales se perforaron las orejas y se lanzaron a la moda
de llevar pendientes dentro de una amplia gama de estilos. Los aros de oro y
los botones de vidrio, muy parecidos por su diseño a los que se llevan
actualmente en todo el mundo, se hicieron sumamente populares. También
eran muy apreciadas una especie de clavijas de loza decorada en forma de
disco plano con un surco en el borde cuya función era agrandar de forma
permanente el lóbulo de la oreja. Al igual que ocurre hoy en día, los
pendientes caros y bien hechos con materiales como por ejemplo el oro,
usados por las damas de la corte, se reproducían con materiales más baratos
como la arcilla o el vidrio, con lo que se ponían al alcance de todos los
bolsillos. Los hombres de alto rango también llevaban pendientes y, pese a
que la momia de Tutankamón no los llevaba en estado momificado, tenía los
lóbulos de las orejas perforados. En el caso de los hombres, los pendientes no
eran simplemente un tipo de adorno personal, ya que suponían además una
señal que indicaba los fieles servicios prestados al rey y únicamente los
llevaban aquellos a quienes se les había concedido anteriormente el collar de
oro ceremonial como premio a su fidelidad. Era tradicional que el faraón
hiciese dones de costosas alhajas, el «Oro del Valiente», para expresar su
contento tanto a sus distinguidos soldados como a los funcionarios leales, de
la misma manera que actualmente se premia a personajes equivalentes con
medallas y títulos de nobleza. Los afortunados receptores de estas muestras de
estima solían registrar la ceremonia de donación en los muros de sus tumbas.
Sería muy difícil para nosotros valorar la importancia que podían tener las
joyas para una mujer egipcia. Entendemos que tenían una función decorativa,
damos por sentado que eran un indicio de la riqueza y del nivel social de la
mujer y de su familia y sabemos, además, que muchas en particular tenían una
clara finalidad protectora. Está menos claro que la mujer también viese las
joyas como una inversión de cara al futuro. En muchas sociedades en que la
mujer disfruta de una propiedad limitada de los bienes es frecuente que las
joyas y adornos de oro sean un regalo del marido en la época de concertación
de la boda, se consideran tradicionalmente propiedad de la mujer y
constituyen una reserva a la que poder recurrir en momentos difíciles. Es la
situación que se da actualmente en los pueblos de Egipto, donde el novio
suele obsequiar a su prometida con joyas de oro para sellar el compromiso.
En este caso cuenta más el peso del oro que el arte propiamente dicho de las
alhajas. Se trata de un procedimiento que se basa en lo que de precioso tienen
las joyas, poseedoras de un elevado valor financiero que puede redimirse en
época posterior. No puede compararse esta situación, en cambio, con la del
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Egipto dinástico, en que la mujer tenía reconocido tanto por la costumbre
como por la ley el derecho a compartir una propiedad considerada conjunta,
donde la mayor parte de las joyas que se han encontrado no tenían un valor
especial. Todo parece indicar que el único valor que tenían las joyas era su
representación del nivel social y de los gustos personales de quien las lucía.
La que antes no poseía ni una caja siquiera ahora tiene muebles, mientras
que la que tenía que mirarse en el agua ahora posee un espejo.
Admoniciones del escriba Ipuwer, del Imperio Medio
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Fig. 28 - Espejo de bronce
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6
El harén real
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Sólo desde hace pocos años los egiptólogos, auxiliados por las nuevas
investigaciones arqueológicas, lingüísticas y antropológicas, han acabado por
entender que sus interpretaciones se encontraban seriamente tergiversadas por
tantas ideas preconcebidas y arraigadas suposiciones. Ahora sabemos que no
hubo un equivalente egipcio directo del serrallo tradicional descrito más
arriba, ni tampoco una tradición especialmente difundida en materia de
poligamia o de concubinaje. Por supuesto que había un harén real para uso de
los faraones, pero era un lugar muy diferente de ese burdel refinado que flota
en nuestra imaginación.
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posible que la traducción sea incorrecta. De la misma manera, se ha
convenido que las damas de la corte que ostentaban títulos tan vagos y poco
explícitos como «Ornamento Real» o «Único Ornamento Real» eran
concubinas del rey. Sin embargo, se trata de una traducción que refleja una
vez más las perplejidades que embargaban a los antiguos egiptólogos. En la
actualidad se ha dejado sentado que los «Únicos Ornamentos Reales» eran
damas absolutamente respetables del Primer Periodo Intermedio y que a
menudo eran además sacerdotisas de Hator, en tanto que se empleaba el título
más general de «Ornamento Real» para designar a las damas adscritas al
servicio de la corte de la XIII dinastía.
La evidencia directa más antigua que tenemos de un cortejo de mujeres
«pertenecientes» al monarca proviene de las sepulturas subsidiarias que se
asocian a las tumbas reales de Abydos, correspondientes a la I dinastía del
Periodo Arcaico. Eran tumbas asignadas a hombres y mujeres vinculados al
rey en calidad personal y servil más que a funcionarios y ministros de alto
rango que formaban parte de la corte. En consecuencia, en este grupo estaban
comprendidos los criados y sacerdotes menores dedicados a las ceremonias
funerarias, así como enanos, perros favoritos y, por supuesto, mujeres
favoritas.[2] El número de sepulturas secundarias que acompañaban la de cada
monarca era variable, pero indefectiblemente considerable. El complejo de
tumbas del rey Djer, por ejemplo, comprendía las de más de trescientos
dependientes asociados. De las sepulturas secundarias de Djer han
sobrevivido noventa y siete estelas privadas y sorprende que setenta y seis de
dichas tumbas (es decir, el setenta y ocho por ciento) estén ocupadas por
mujeres. Muchas de estas mujeres se enterraron junto con objetos de alta
calidad, lo que parece indicar que se trataba de personas de una cierta
importancia en los círculos de la corte. No hay duda de que fue una
conclusión precipitada considerarlas a todas concubinas reales.
Por desgracia, la mayor parte de estas sepulturas secundarias fueron
objeto de saqueo y dispersados los restos humanos que contenían, de modo
que en muchos casos lo único que ha quedado han sido los nombres y los
vagos títulos que se les atribuyen, grabados en las lápidas que se han
conservado y que, si no otra cosa, cuando menos nos indican el sexo de la
persona que estuvo allí enterrada. En consecuencia, no tenemos ninguna
prueba científica que nos revele cómo fueron a parar a aquellas tumbas los
cadáveres que las ocuparon. Puede ser que, cuando el rey se dedicaba a hacer
minuciosos preparativos para su muerte, proveyese también a ocuparse de la
muerte de sus más fieles servidores y reservase parcelas de terreno para
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instalar en ellas sus tumbas y asegurar con ello que, cuando les llegara el final
de su vida natural, fuesen enterrados a la sombra de la tumba de su amo,
lógicamente mucho más impresionante que la de ellos. Por otra parte, cae
dentro de lo posible que las tumbas fueran excavadas por sirvientes que eran
asesinados después u obligados a suicidarse inmediatamente después de la
muerte de su amo. El profesor Emery, que excavó las tumbas secundarias que
componen el cementerio de Sakkara, relacionadas con la reina Meryt-Neith,
tuvo ocasión de observar la postura de algunos cadáveres cuando se abrieron
las tumbas y comentó que:
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que les quedaba de existencia terrena por la posibilidad de continuar sirviendo
en el otro mundo a los que tenían por sus dioses.[4]
Aunque es posible que en el Periodo Arcaico se hicieran sacrificios
humanos voluntarios o no, no hay absolutamente ninguna prueba que
demuestre que tan devastadora tradición persistiera hasta el Imperio Antiguo.
Sin embargo, los monarcas del Imperio Antiguo prosiguieron la costumbre de
mantener a un grupo relativamente grande de mujeres adscritas a la corte, las
más importantes de las cuales —las esposas principales, las hijas y las madres
de los reyes acabarían siendo enterradas en las tumbas secundarias
construidas alrededor de las pirámides reales. Herodoto creía, erróneamente,
que como mínimo una princesa del Imperio Antiguo había conseguido el
dinero necesario para hacerse construir una pirámide para su uso personal:
La vileza del rey Keops alcanzó tal extremo que, habiendo agotado sus
riquezas y queriendo hacerse con más, envió a su hija a los burdeles para
que le consiguiera dinero… ignoro qué cantidad. Ella ganaba el dinero,
pero al mismo tiempo pedía a cada uno de sus clientes que le diera una
piedra como contribución al monumento con el que quería perpetuar su
memoria. Con dichas piedras acabó construyendo la pirámide que se
levanta entre las tres que están delante de la gran pirámide.
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Fig. 29 - Un escultor trabaja apretujadas en un espacio mínimo de la
en una estatua de la
reina Meresanj residencia real y ocupaban generalmente
un conjunto exiguo de habitaciones
construidas alrededor de un patio próximo a los aposentos privados del rey.
La ausencia de estancias ornamentadas y ricamente decoradas era típica de
todos los palacios egipcios. Durante la época Dinástica era costumbre que la
corte se desplazase por el país y realizase largos recorridos de inspección, por
lo que los palacios reales no estaban diseñados necesariamente para su
ocupación permanente. Su construcción estaba pensada como lugar de
descanso durante breves periodos de tiempo y el hecho de que la mayoría
fueran designados con el nombre de «Lugar de Amarre del Faraón» ya indica
de manera gráfica lo esporádico de su ocupación. Únicamente el palacio de
Amarna del Imperio Nuevo parece destinado a una vida de familia más
estable.
A principios del Imperio Nuevo se había ampliado el harén real para dar
cabida a un contingente más numeroso de mujeres, entre ellas numerosas
concubinas y esposas secundarias de origen extranjero. Los matrimonios
reales polígamos siempre habían sido aceptables en Egipto, pero durante el
Imperio Nuevo, tal vez a causa de una mayor influencia extranjera, hubo un
marcado aumento de bodas reales y un aumento correspondiente del número
de hijos de sangre real. El longevo rey Ramsés II, que murió con más de
noventa años, fue bendecido con una descendencia a todas luces excepcional,
ya que podía enorgullecerse de haber engendrado como mínimo setenta y
nueve hijos y cincuenta y nueve hijas, por supuesto con diferentes mujeres,
todas las cuales habían pasado por lo menos los primeros años en el atestado
harén real. En esta época se usaba la expresión per jenret para designar a una
comunidad de mujeres. Aun cuando es evidente que per significa «casa»,
jenret, que acostumbra a traducirse por harén, es muy similar a las palabras
utilizadas para significar prisión y fortaleza. Parece que las tres palabras
proceden de la misma raíz, que significa «restringir», lo que quizá aluda de
forma ambigua al hecho de que la pertenencia al harén real pudo ser en cierto
modo obligada. Entre los egiptólogos sigue siendo materia de encendido
debate la suposición alternativa de que habría que traducir jenret por
«establecimiento de músicos».[5]
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Escarabajo de boda de Amenofis III
A los reyes de Egipto no les gustaba usar a sus mujeres como prendas de
casamientos tácticos con monarcas vecinos. Cuando el rey de Babilonia, cuya
hija estaba casada con Amenofis III, solicitó una princesa egipcia para su
harén, recibió esta lacónica respuesta: «Desde tiempos antiguos no se ha
cedido a nadie ninguna hija de un rey egipcio». Por contra, no ponían
objeción alguna en acoger a mujeres extranjeras en su casa cuando lo
requerían sus ambiciones diplomáticas. El matrimonio con la hija de un
monarca vecino comportaba que se establecieran unos lazos de familia entre
los dos reyes y, en consecuencia, unos vínculos de amistad, se reforzasen las
alianzas y se redujeran las posibilidades de conflicto. Por consiguiente, pese a
que los matrimonios reales diplomáticos fueron desconocidos durante los
Imperios Antiguo y Medio, a partir de los tiempos de Tutmosis IV se inició
un lento goteo de princesas extranjeras que iban a Egipto para casarse con el
rey. Dichas mujeres hacían el viaje hacia la boda cargadas con cuantiosas
dotes y acompañadas de un número considerable de mujeres destinadas a su
servicio. Eran recibidas con gran pompa y ceremonia y seguidamente se
instalaban en el harén de palacio, donde adoptaban un nombre egipcio y el
título honorable de esposas secundarias[6] antes de sumirse en la oscuridad.
Gilujepa, princesa del reino asiático de Mitanni, fue enviada a Egipto por
su padre para casarse con el rey Amenofis III. Los acuerdos tomados con
vistas al matrimonio fueron objeto de una prolija correspondencia diplomática
que se ha conservado accidentalmente en tabletas de arcilla en los archivos
estatales de Amarna, en tanto que su unión final era conmemorada en el
escarabajo de boda citado más arriba.[7] No hay duda de que Amenofis quedó
satisfecho con la incorporación de aquella princesa a su corte, ya que unos
años después inició negociaciones para conseguir la mano de Tadujepa, otra
princesa de Mitanni, hija del rey Tushrata y sobrina de Gilujepa. En estas
nuevas negociaciones de matrimonio Tushrata estipuló que su hija fuera
reconocida como reina principal y «señora de Egipto» y aportó una
sustanciosa dote en apoyo de la reivindicación de su hija. Amenofis, a
cambio, ofreció a su flamante suegro una cantidad de oro todavía más
cuantiosa. Por desgracia, el provecto novio murió poco después de haber
contraído matrimonio y todo su harén, incluidas Tadujepa, Gilujepa y la hija
del rey de Babilonia, fueron transferidas a su hijo y heredero, el futuro rey
Ajnatón.
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Entonces Su Majestad vio que su rostro era hermoso como el de una
diosa. La hija del príncipe de Jatti fue bella para el corazón de Su
Majestad. La quiso más que a nada… Hizo que la llamaran reina
Maatnefrure.
El rey Ramsés II al conocer a su novia hitita
Más de cien años después, una princesa hitita abandonó su casa para
convertirse en novia del rey Ramsés II, de la XIX dinastía. El lejano reino
hitita había establecido un tratado diplomático con Egipto el año
vigésimoprimero del reinado de Ramsés en virtud del cual ambas partes se
comprometían a respetar mutuamente los respectivos territorios y acordaban
actuar como aliados en el caso de ataque de un tercero. Para señalar el inicio
de unas relaciones cordiales entre los dos países Ramsés escribió cartas
personales tanto al rey hitita Jattasulis como a la reina, Pudujepa, mientras
que la reina de Egipto, Nefertiti, enviaba cartas de cortesía a la corte hitita.
Después de años seguían vigentes estas cordiales relaciones y, como para dar
más fuerza a la alianza, Ramsés se casó con la hija de Jattasulis y Pudujepa, a
la que dio el nombre egipcio de Maatnefrure y, haciendo una excepción pese
a tratarse de una extranjera, dejando que adoptara el título de «Gran Esposa
del Rey».
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así como de sus hijos y criados, los hombres no tenían vedada la entrada en
Mer-Wer y sabemos que como mínimo once administradores trabajaron en el
palacio-harén durante todo el tiempo que estuvo en funcionamiento. Estos
administradores, que eran hombres casados y no eunucos, no hacían de
guardianes sino de escribas y contables y se encargaban de controlar los
considerables intereses financieros de las mujeres reales. Como confirma el
Papiro Wilbour del Imperio Nuevo, Mer-Wer se convirtió muy pronto en
importante institución financiera, propietaria de las tierras circundantes y de
sus cosechas y con evidentes derechos sobre el trabajo de los campesinos
locales.
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Cuando en el harén real se acusó secretamente a la reina Weretjetes, Su
Majestad me informó del caso en privado, sin juez ni visir, porque yo
estaba sólidamente instalado en el corazón de Su Majestad y gozaba de su
confianza. Lo puse todo por escrito, junto con un Superintendente, aunque
yo no era más que un Superintendente de los Moradores. Antes de mí
nadie que ocupara mi posición se había enterado de ningún secreto del
harén real, pero Su Majestad me pidió que prestara oído atento porque él
me consideraba más digno que ninguno de sus funcionarios, estaba
situado por encima de cualquiera de sus nobles y, por supuesto, de todos
sus servidores.
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disturbios que se produjeron a lo largo de la frontera occidental y a una
cascada de invasiones abortadas de los llamados «Pueblos del Mar», que
intentaron penetrar en Egipto desde la costa mediterránea. Una cuadrilla de
conspiradores capitaneados por la concubina real Tiy y el superintendente del
harén, Paibekkamen, trataron de sacar partido del ambiente de descontento
incitando a un levantamiento nacional guiado por el objetivo último de sentar
al hijo de Tiy, Pentawert, en el trono. El complot se fraguó en el «harén de las
acompañantes», seguramente el pequeño harén que escoltaba al rey en sus
viajes, en el que había que incluir a muchos funcionarios de confianza, entre
ellos el superindente ayudante, seis inspectores e incluso las mujeres de los
porteros. No sabemos con seguridad si los conspiradores consiguieron
asesinar a Ramsés III,[9] lo que sí sabemos es que el levantamiento nacional
que se había planeado fracasó y que Ramsés IV, el legítimo heredero del
trono, pasó a convertirse en el monarca siguiente. Seguidamente detuvieron a
los cabecillas de la conspiración, que fueron sentenciados a muerte por
ejecución o suicidio, y cortaron la nariz y las orejas a otros cómplices
menores.
La reina Kawit, del Imperio Medio, se atusa por la mañana, según muestra su sarcófago.
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Navaja de bronce con asa en forma de cabeza y cuello de pato.
Espejo de bronce con mango en forma de loto.
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Brazalete de marfil y pizarra de la reina Neith-Hotep, procedente de una tumba de Nagada.
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Tarros de cosméticos del Imperio Medio, pulverizador y aplicadores.
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La reina Nefertiti en forma de diosa Hator en la fachada del templo de Abu Simbel.
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La reina Hatsepsut recibe la corona ibs real de manos del dios Amón-Ra.
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La «Esposa del Dios Amón», posiblemente Amenirdis I.
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La diosa Hator y el dios Ra con cabeza de halcón.
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La momia de la dama Ray.
Tumba de una dama rica del Imperio Nuevo.
El príncipe de Nahrin tenía un solo hijo: una niña. Construyó para ella una
casa cuyas ventanas estaban situadas a setenta codos del suelo y envió
recado a todos los príncipes de Siria y les dijo: «El que sea capaz de saltar
y alcanzar la ventana de mi hija la tendrá por novia…».
Historia del príncipe predestinado, Imperio Nuevo
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cuna real. En efecto, por lo menos durante la XVIII dinastía, la reina solía ser
hermana o hermanastra del rey. Quienquiera que fuese la elegida, no hay duda
de que la «Gran Consorte Real» o la «Esposa del Gran Rey» era la mujer más
importante del harén real. En el ámbito privado acostumbraba a ser una dama
que poseía considerables riquezas personales, era de noble cuna y sabía sacar
provecho de su influencia femenina sobre uno de los monarcas más poderosos
del antiguo Oriente Próximo. En el ámbito público ocupaba un lugar aparte de
las demás esposas como compañera y consorte de un monarca semidivino,
además de ser la madre potencial de futuros reyes semidivinos. Su posición
política se veía reforzada por sus numerosos títulos honoríficos y por la
concesión de considerables privilegios, tales como el derecho a que su
nombre figurara en un cartucho[10] o a ser enterrada en una pirámide,
reservados de otro modo tan sólo al rey. Dado que el faraón era aceptado
como dios vivo, no es de extrañar que la función de reina consorte estuviera
muy íntimamente identificada con varias diosas, principalmente Hator y
Maat, lo que parece aludir a un origen divino de la propia reina y ofrecer un
vínculo más entre los aspectos seculares y sagrados de la monarquía.
Es desalentador que no tengamos prácticamente ninguna información con
respecto a las vidas privadas o deberes públicos de las reinas de Egipto y, en
consecuencia, no sepamos cuál era la función exacta que tenía la reina
consorte. Aunque vemos que los títulos de la reina, sus insignias oficiales y
aun sus creencias religiosas fueron evolucionando lentamente a medida que
avanzaba el Periodo Dinástico, las conclusiones que podemos sacar de este
conjunto de pruebas son muy inciertas.[11] Vemos que las reinas del Imperio
Antiguo, que no llevaban la diadema o corona convencional, a menudo
actuaban como sacerdotisas del culto de Hator. Esta tradición hatórica se
extinguió hacia el final de la XI dinastía, por lo que las posteriores reinas del
Imperio Medio, a las que rara vez se menciona desempeñando otra función
oficial, casi nunca se asocian a ningún culto en particular. Allí donde
aparecen representadas, vemos a estas discretas señoras con un tocado
característico formado por dos plumas largas. Las reinas del Imperio Nuevo
emergieron de esta relativa oscuridad como personalidades plenamente
constituidas, luciendo todo un complejo despliegue de insignias reales cuya
finalidad era consolidar los vínculos entre la reina potencialmente divina y los
dioses. Estas reinas del Imperio Nuevo no desempeñaron por norma la
función de sacerdotisas, aunque en esta época adquirió una gran importancia
el título real de «Esposa del Dios Amón». En el Periodo Tardío las reinas
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volvieron a actuar como sacerdotisas, si bien las sugestiones con respecto a
una conexión entre la reina y los dioses en cierto modo se habían acallado.
Las pinturas oficiales presentan casi invariablemente a la reina como una
cumplidora esposa que aporta un apoyo leal pero totalmente pasivo a su
marido. De acuerdo con la tradición egipcia aprobada se esperaba de la reina
que permaneciese literalmente al lado del rey, razón por la cual la reina
Merytre, consorte del monarca Tutmosis III, del Imperio Nuevo, se hizo
merecedora de grandes elogios por no estar «nunca ausente del lado del Señor
de las Dos Tierras». Este papel esencialmente pasivo se ve reforzado
constantemente por numerosas escenas que muestran a la reina observando a
su marido mientras éste cumple con sus deberes reales, de la misma manera
que en las escenas de las tumbas que no pertenecen a la realeza contemplamos
a esposas más humildes observando a sus maridos dedicados a su trabajo. En
la gran mayoría de estas escenas la reina se muestra completamente estática.
Tiene las manos a los lados del cuerpo y, aunque puede llevar un signo anj,
símbolo de la vida, o un sistro, que refuerza su vínculo con Hator, no tiene
ninguna función oficial a su cargo. Hasta la XVIII dinastía no vemos a una
reina agitando realmente el sistro, mientras que sólo en escenas muy
especializadas y centradas en la mujer, como las que reproducen los partos
reales o las que aparecen en los muros de las tumbas, vemos a la reina
actuando independientemente de su marido.
Las reinas del turbulento y agitado Periodo Arcaico son para nosotros
figuras muy remotas, más conocidas por sus monumentos funerarios que por
sus actos. Sin embargo, de las nieblas de la oscuridad histórica surgen cuatro
mujeres relevantes que desempeñaron un papel mucho más destacado en la
unificación de su país que lo que parece desprenderse de la escasez de
noticias que se tienen. Tres de estas mujeres (Neith-Hotep, Her-Neith y
Meryt-Neith) llevan nombres compuestos en los que interviene el de la diosa
Neith, deidad patrona de la ciudad de Sais, en el Delta del Nilo, lo que indica
claramente que las tres provienen de importantes familias del norte, distinción
importante en una época en que el Alto y Bajo Egipto todavía eran entidades
separadas y diferenciadas. Es posible que una de estas mujeres, la reina
Meryt-Neith, fuera más bien reina reinante que reina consorte, y en el capítulo
7 se considerarán con más detenimiento las pruebas que se aducen en pro y en
contra de su reinado.[12]
Es posible que la reina Neith-Hotep fuera la primera reina consorte del
Egipto nuevamente unificado y las pruebas encontradas en su tumba parecen
apuntar de manera fehaciente que fue un elemento importante en la vida
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política de la I dinastía. Sabemos que, pese a que su nombre indica que
procede del norte, Neith-Hotep fue enterrada en la zona sur de Nagada, donde
su enorme tumba (que mide más de cincuenta y tres metros por veintiséis)
contenía objetos en los que figuran inscritos tanto el nombre del rey Aha
como el de su predecesor, el rey Narmer. Se ha querido identificar a Aha con
el rey Menes, unificador tradicional del país, mientras que sabemos que
Narmer fue un rey guerrero del sur altamente eficiente. No creemos exagerar
las pruebas que tenemos a mano al afirmar que Neith-Hotep, princesa del
norte, se casó con el meridional Narmer para respaldar las ambiciones que
éste tenía de gobernar tanto el norte como el sur. Aha o Menes sería, por
tanto, hijo de Neith-Hotep y de Narmer, razón por la cual le asistían todos los
derechos para reclamar el trono de un Egipto unido. Esta posibilidad de un
matrimonio dinástico se encuentra avalada por una cabeza de porra decorada
que se encontró en Hierakonpolis en la que se aprecia a Narmer participando
en una ceremonia no identificada y luciendo la corona distintiva del Bajo
Egipto. Es posible que representase la celebración de su matrimonio con
Neith-Hotep. La historia demuestra que estas alianzas calculadas no son cosas
del pasado ya que, por ejemplo, unos cuatro mil quinientos años después del
casamiento de Neith-Hotep, el rey Enrique VII siguió exactamente el mismo
esquema cuando se casó con Isabel de York, hija de su enemigo derrotado,
pensando consolidar con la boda su derecho al trono de Inglaterra y Gales.
Se ha tratado de identificar a la siguiente reina consorte, Her-Neith, con la
esposa del rey Djer, de la I dinastía, sucesor de Aha. Aunque sabemos poco
acerca de su vida, la grande e impresionante tumba que Her-Neith tiene en
Sakkara posee una considerable importancia tanto arquitectónica como
histórica, ya que está compuesta de una superestructura rectangular
tradicional de adobe, construida sobre un montículo de tierra parecido a una
pirámide y revestido de ladrillo. Los expertos disienten en el significado
preciso de encerrar una tumba dentro de otra, pero es posible que represente
un intento más bien fallido de combinar los montículos funerarios estilo
túmulo que vemos en el sur con las tumbas lineales del norte, aludiendo con
ello nuevamente a una alianza dinástica entre las dos provincias enfrentadas
por la guerra. La última reina consorte del Periodo Arcaico, la reina
Nemaathep, también ha dejado pocos restos arqueológicos. Sabemos, sin
embargo, que fue la esposa del último rey de la II dinastía, Jasejemwy, y que
se requirió de ella que actuase como regente de su joven hijo Djoser, primer
rey de la III dinastía. En reconocimiento por sus servicios se concedió a
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Nemaathep el prestigioso título de «Madre del Rey» y posteriormente se le
rindió culto como antecesora de los reyes de la III dinastía.
Las reinas del Imperio Antiguo, que vivieron en condiciones más estables,
tuvieron un papel menos relevante en los asuntos de Estado que sus
predecesoras del Periodo Arcaico. La consorte más importante del Imperio
Antiguo fue probablemente la reina Anjes-Merire, segunda esposa del rey
Pepis I, de la VI dinastía. Hizo de regente de su hijo Pepis II, que sucedió a su
hermanastro a los seis años de edad. Anjes-Merire fue de hecho hermana de la
primera esposa de Pepis I, llamada también Anjes-Merire, madre de su
sucesora inmediata Merenre. Estas hermanas eran hijas de un príncipe
hereditario local llamado Jui y, pese a no ser de sangre real, es evidente que
pertenecían a una influyente familia puesto que su hermano Djau acabó
siendo visir de Egipto. La tradición dictamina que el Imperio Antiguo terminó
bajo el gobierno de la reina Nitocris.
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Fig. 30 - El conjunto de pirámides de Senworset I
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En el Imperio Nuevo las reinas aparecieron más en público que
anteriormente y se dio creciente importancia tanto a la individualidad de cada
una como a la divinidad del papel de la reina consorte. La reina Tetisheri,
esposa común del rey Sekenenre Tao I, de la XVII dinastía, fue la primera de
una sucesión de consortes particularmente enérgicas que se perpetuaron hasta
las reinas de la XVIII dinastía, notable grupo de mujeres que se las arreglaron
para desempeñar un importante papel en la vida política del país en una época
de expansión económica y militar. A estas consortes de las XVII y XVIII
dinastías se les concedieron más prerrogativas que a sus predecesoras, por lo
que se las asocia más estrechamente con la diosa Hator en su función tanto de
consorte divina como de madre de un rey. Al mismo tiempo, las
representaciones de Hator e Isis demuestran que habían comenzado a llevar
las enseñas reales tradicionales de las reinas, como son el uraeus o áspid
sagrado, las dobles plumas y la corona de buitre, de modo que la distinción
precisa entre reinas mortales y diosas inmortales se hace intencionadamente
borrosa.
Esta creciente preeminencia alentó a los antiguos egiptólogos, ya muy
influidos por la falaz teoría de un origen matriarcal del Estado egipcio, a
especular con respecto a una tradición, dentro de la XVIII dinastía, de una
descendencia real femenina con el derecho a gobernar transmitido
directamente a través de la línea femenina. Según este sistema, no bastaba con
ser hijo del monarca anterior para ser rey legítimo, por lo que el interesado
debía reforzar su reivindicación al trono casándose con la heredera que era
idealmente una hija del rey anterior y reina consorte y, por consiguiente, su
hermana o su hermanastra. Gracias a este matrimonio concertado, la heredera
transmitía el derecho a la realeza a su marido-hermano y ella se convertía al
mismo tiempo en reina principal. Esta teoría llamada de la «princesa-
heredera» aclara todas las complejidades de la vida familiar de los reyes de la
XVIII dinastía y posee el atractivo añadido de dar una explicación al incesto
hermano-hermana y padre-hija, que de otro modo resultaba tan antinatural y
abominable para los primeros egiptólogos. Ahora, sin embargo, ha quedado
en gran parte desmentido y se considera basado en falsas premisas.[14]
Ahora sabemos que no todas las reinas principales de la XVIII dinastía
eran de ascendencia real y que los hijos de estas mujeres menos encumbradas
no quedaban mermados en sus derechos porque sus madres no fueran de
sangre real. De hecho, las madres de los reyes consecutivos Tutmosis I,
Tutmosis II y Tutmosis III no pertenecían a la realeza, mientras que la reina
Tiy, hija de los plebeyos Yuya y Thuyu y «Gran Esposa» de Amenofis III, fue
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ampliamente respetada en su país y en el extranjero durante los reinados tanto
de su esposo como de su hijo. Sin embargo, todas las pruebas parecen apuntar
que aun cuando el vínculo de sangre con la familia real no era un requisito
indispensable para pertenecer a la realeza, se trataba de un parentesco
plenamente explotado siempre que existía. Títulos como «Hija del Rey» o
«Esposa del Rey», que indican un estrecho parentesco con el monarca, son
indudablemente muy importantes y, además, poseían un efecto acumulativo
definido, ya que la sucesión de títulos reales aportaba un creciente prestigio al
que los llevaba. Así pues, puede afirmarse sin lugar a dudas que la mujer que
iniciaba su vida como simple «Hija del Rey» e iba progresando hasta
convertirse en «Hermana del Rey», «Esposa del Rey» y, finalmente, «Madre
del Rey» era muy poderosa. Estos títulos expresaban el parentesco de la mujer
con el rey más que confirmarla como verdadero monarca, de modo que
cuando la reina viuda Ahmosis-Nefertiti fue designada «Hija del Rey»
durante el reinado de su hijo (Amenofis I), el rey en cuestión era su real
padre.
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impidiendo la dispersión de los bienes reales y reduciendo las posibles
disputas en torno a la sucesión. También servía para proporcionar un marido
real adecuado a las princesas de alto rango que, de acuerdo con la tradición,
no se casaban con familias reales extranjeras pero que quizá no habrían
querido desposarse con un egipcio de ascendencia menos refinada.
Hay cuatro reinas consortes de la XVIII dinastía dignas de especial
consideración como mujeres poderosas que tuvieron una profunda influencia
en el desarrollo del Estado egipcio, mientras que otras dos, Hatsepsut y
Nefertiti, son objeto de estudio en el capítulo 7. La reina Ahhotep fue la
primera de estas consortes dominantes. Fue la esposa y posiblemente la
hermana del rey Sekenente Tao II y la madre de Ahmosis, el guerrero de la
región del sur que derrotó a los hicsos y fundó la XVIII dinastía. Parece que
fue una mujer inteligente y valerosa y que tuvo una profunda influencia sobre
su hijo. En una curiosa estela recuperada en Karnak, Ahmosis instaba a su
pueblo a rendir la debida reverencia a su madre, ya que en cierta ocasión
había congregado a todos los soldados de Egipto e impedido que la inquietud
social se propagase a todo el país. Ahhotep vivió como mínimo hasta los
ochenta años y Ahmosis le dedicó una magnífica sepultura. Su tumba fue
excavada a finales del siglo XIX y su momia se conserva actualmente en el
museo de El Cairo.
La reina consorte sucesora, Ahmosis Nefertiti, «Hija del Rey» y
«Hermana del Rey», era la esposa y posiblemente la sobrina de Ahmosis,
madre del faraón sucesor Amenofis I y nieta de Tetisheri. Los cuerpos
momificados de las dos mujeres compartían una desfavorecedora
característica familiar consistente en tener los dientes delanteros proyectados
hacia adelante. Después de su muerte se convirtió en la diosa patrona de la
necrópolis tebana, honor sin precedentes que reflejaba su elevada posición.
Acabó siendo objeto de culto como «Señora del Cielo» y «Señora de
Occidente».
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Cartas de condolencia escritas por el rey Tushrata
de Mittani al nuevo rey Ajnatón y a la reina viuda
Tiy con motivo de la muerte de Amenofis III
La reina Tiy —«Igual que Maat sigue a Ra, ella sigue a Su Majestad»—
era la esposa de Amenofis III y la madre de su sucesor Amenofis IV/Ajnatón.
No era de sangre real, pero provenía de una familia egipcia acomodada e
importante que vivía en Ajmin, en la orilla este del río Nilo, delante de la
moderna ciudad de Sohag. Pese a lo que apuntan algunos de los primeros
egiptólogos, no existe ninguna prueba que confirme que Tiy no era egipcia
nativa, aunque es muy posible que su padre Yuya fuera de origen extranjero,
puesto que su nombre es insólito y no tiene una estructura específicamente
egipcia. Yuya ostentaba los prestigiosos títulos de «Padre de Dios», «Profeta
de Min» y «Superintendente de los Caballos», mientras que el hermano o
hermanastro de Tiy, Anen, era un Segundo Profeta de Amón y su madre,
Thuyu, era una dama muy respetada. Tanto Yuya como Thuyu fueron
enterrados en una tumba excavada en la roca en el Valle de los Reyes, gran
honor para una pareja que no pertenecía a la realeza.
Aunque Amenofis III tuvo a un número considerable de mujeres en su
harén, entre ellas Gilujepa, Tadujepa y la hija del rey de Babilonia, como ya
hemos dicho anteriormente, Tiy mantuvo su preeminencia durante todo el
reinado de su marido. Tenía un perfil público muy definido, ya que fue la
primera reina representada normalmente con su marido y la primera reina
cuyo nombre se relaciona constantemente con el de su cónyuge en las
inscripciones oficiales. Tanto dentro como fuera de Egipto se reconocieron
sus evidentes dotes políticas y las cartas de condolencia de Tushrata citadas
anteriormente indican hasta qué extremo se había extendido la influencia de la
reina. A lo largo de su vida Tiy acumuló numerosos títulos e incluso existe de
ella una representación, única en su género, que la presenta en la tumba de
Jeruef como una esfinge femenina que tiene bajo sus pies a dos enemigos del
sexo femenino (una mujer nubia y otra asiática). Pese a que el motivo de la
esfinge no era extraño en el arte egipcio, ésta fue la primera vez que se
presentó a una reina consorte en una función típicamente real o masculina, a
la vez que la presentación de enemigas y no de enemigos es también
igualmente insólita. Tiy, a la que siempre se identificó estrechamente con
Hator y que fue la primera reina que adoptó los cuernos de vaca y el disco
solar en su tocado, fue convirtiéndose gradualmente en contrapartida
femenina del rey semidivino hasta que acabaron dedicándole un templo en
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Sedeinga, Nubia, complementario del consagrado a su marido en la vecina
Soleb.
Amenofis III y Tiy tuvieron cuatro hijas —Sitamen, Henuttaneb, Isis y
Nebetah—, cuyas imágenes se reproducen frecuentemente junto a las de su
madre y su padre. A Sitamen se le dio incluso el título de «Esposa del Gran
Rey» y es posible que llegara a ser una de las esposas de su padre. Los dos
hijos del matrimonio, en cambio, Tutmosis y Amenofis, rara vez se
representan junto al rey. Tutmosis, el mayor, murió joven, por lo que fue
Amenofis IV quien sucedió a su padre en el trono.
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hecho terminó con el envío de un joven príncipe para que se desposara con la
reina. Por desgracia, el novio fue asesinado cuando iba camino de la boda,
con lo que se desencadenó una pequeña guerra entre los dos países. La reina,
que se había quedado sin marido, acabó casándose con un plebeyo, Ay,
antiguo general y «Superintendente de todos los Caballos de Su Majestad» y
se sumió en una relativa oscuridad. Su nuevo marido pasó a convertirse en el
siguiente faraón de Egipto.
Las reinas de las sucesivas dinastías fueron mucho menos notables que
sus predecesoras de la XVIII dinastía y únicamente las esposas del rey
Ramsés II, de la XIX dinastía, consiguieron dejar huella en la historia de
Egipto. Ramsés tenía muchas esposas, entre ellas su hermana pequeña
Hentmire, pero la reina principal era Nefertiti, representada en el templo de
Hator que su marido mandó construir en Abu Simbel. Si a Nefertiti se le dio
el título de «Gran Esposa Real», lo mismo se hizo con Istnofret, por lo que
nos encontramos ante la extrañísima situación de tener simultáneamente a dos
consortes reales importantes. Nefertiti dio un hijo, el mayor, a Ramsés:
Amón-hirJapshef. También le dio una hija, Meryt-Amón, en tanto que
Istnofret le dio su segundo hijo Ramsés, su hija mayor, Bint-Anath, y su hijo
décimosegundo, Merenptah, que acabó sucediendo a su padre en el trono.
Tanto Nefertiti como Istnofret fueron enterradas en el Valle de las Reinas y la
tumba decorada con pinturas de Nefertiti ha sido generalmente considerada
como muy bella.
Con los años la situación doméstica de los Ramsés se hizo todavía más
excéntrica debido a que a sus dos Grandes Esposas Reales les sucedieron sus
dos hijas Meryt-Amón y Bint-Anath. Parece que el título de «Gran Esposa
Real» tenía un sentido muy literal y sabemos que Bint-Anath dio a su padre
como mínimo una hija. En el año 34 se dio el título de «Gran Esposa» a una
tercera mujer, en ocasión de que Maatnefrure, hija del rey de los hititas,
pasara también a ser esposa principal. Más o menos en esta misma época la
hermana de Maatnefrure se casó con Ramsés II y se incorporó al harén real.
Meryt-Amón debió de morir o caer en desgracia y su puesto fue ocupado por
Nebet-Tawy, otra de las hijas de Ramsés —y de una mujer desconocida— y
fue la última de las Reinas-Princesas.
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El único título dado a la reina que adquirió verdadera importancia hacia el
final de la era dinástica fue el de «Esposa de Dios Amón», que no debe
confundirse con el elogio menos específico de «Esposa de Dios», usado por
muchas mujeres de la realeza correspondientes al Imperio Medio. El dios
Amón y sus influyentes sacerdotes tebanos adquirieron por vez primera
preeminencia nacional durante el Imperio Medio. Al principio del Imperio
Nuevo se las arreglaron para consolidar y ampliar su poder gracias a
asegurarse de que la victoriosa derrota de los invasores hicsos fuera atribuida
a la intervención directa de Amón. Fue en esta ocasión cuando se empleó por
vez primera el título de Esposa de Dios Amón y a partir de este momento
persistió su popularidad durante un periodo aproximado de ochenta años. El
título reflejaba la idea mitológica de que las madres de los reyes habían sido
fecundadas por el dios Amón, lo que venía a consolidar el dogma de que el
rey era, en realidad, hijo de Amón. Originariamente, la Esposa de Dios no era,
como cabría suponer, una virgen joven consagrada al servicio del dios oficial,
sino que se trataba de un título que se daba a damas de alto rango dentro de la
familia real, no siempre a mujeres de cuna real pero sí normalmente a la
esposa, madre o hija mayor de un rey. Su rareza demuestra que era
considerado un título de una cierta distinción y, de hecho, hubo varias reinas
que lo utilizaron como título único o más importante. La primera mujer de la
XVIII dinastía que poseyó el título fue Ahmosis Nefertiti. Las pinturas de la
época la representan con su peluca corta y característica, estilo Imperio
Medio, y con su indumentaria de aspecto arcaico, cumpliendo con todo un
conjunto de deberes religiosos públicos, entre ellos marchar en procesión con
los sacerdotes de Amón. En pago por su dedicación fue premiada con una
generosa donación de tierras. Al final de la XVIII dinastía el título fue
declinando lentamente en popularidad.
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posición era ahora políticamente muy importante, ya que la Esposa de Dios
ejercía un dominio teórico sobre todas las propiedades de Amón. En vez de
tratar de eliminar a los poderosos sacerdotes, los reyes habían tratado de
aplastar su influencia nombrando a una Esposa de Dios, cuyo rango era
superior. Ni que decir tiene que era importante que esta figura política se
mantuviera virgen, ya que la posición insegura de los reyes no les permitía
correr el riesgo de fundar una dinastía nueva y poderosa.
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Amón, ya que la tradición fue interrumpida durante el periodo del gobierno
persa, que se inició precisamente durante el «reinado» de ella.
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Reyes hembras
Los egipcios defendían teorías muy firmes con respecto a la realeza que en
general sostuvieron sin variación alguna desde el principio del Imperio
Antiguo hasta el Periodo Tardío, espacio de tiempo que cubre más de dos mil
años. El monarca era el jefe absoluto de todos los aspectos de la vida secular
egipcia y su palabra era la ley. Sus tareas más evidentes, como administrador
y defensor de su país, consistían en proteger a su gente, mantener la seguridad
interna y externa del país y preservar el orden y el statu quo general. Quizá
éste sea el aspecto de la realeza que se acerca más a las ideas que nosotros nos
hacemos del término. En tiempo de paz se consideraba responsable al rey de
asegurar que en Egipto todo funcionaba como debía, que se recogían las
cosechas y se almacenaba el alimento suficiente, que seguían en marcha las
impresionantes construcciones que se estaban haciendo y que la
administración pública funcionaba eficazmente, además de supervisar los
sistemas legales y de recaudación de impuestos. En tiempo de guerra se
esperaba de él que capitanease con bravura a sus soldados, supiera defender el
país frente a sus invasores y derrotase a sus enemigos tradicionales con
victorias espectaculares. Para conseguir estos propósitos el rey se servía de
una amplia y eficiente burocracia y de un ejército igualmente amplio y
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eficiente, al tiempo que se rodeaba de leales y fieles consejeros que en la
mayoría de los casos pertenecían a su familia más inmediata.
Sin embargo, la importancia del faraón no se
limitaba a la realización de sus obligaciones seculares
como cabeza nominal de una administración pública y
un ejército bien organizados, ya que ésta era una función
que habría podido llevar a cabo cualquier funcionario
competente. Lo que aseguraba la estabilidad del país era
la presencia de un rey reconocido en el trono de Egipto.
Maat, amplio concepto que puede traducirse literalmente
por justicia o verdad, era el término empleado por los
egipcios para referirse al estado ideal del universo.[1]
Maat era la situación que se había establecido al
principio del mundo, si bien no era permanente y nunca
podía darse por sentada. El caos y el desorden estaban
constantemente al acecho como amenaza que ponía en
peligro la estabilidad. El rey era personalmente
responsable de la buena marcha y mantenimiento del
maat en todo el país y de hecho éste era un apartado
Fig. 31 - La diosa Maat
esencial del contrato pactado entre el rey y los dioses.
Los dioses instalaban al rey en el trono de Horus y lo dotaban de «vida,
estabilidad y dominio». También se encargaban de controlar todos los
fenómenos naturales y de asegurar que el Nilo proseguiría su ciclo de
inundaciones anuales y que el sol no dejaría nunca de brillar. A cambio, el rey
se comprometía a gobernar Egipto con sabiduría, fundando templos para los
dioses y asegurándose de que las mesas de los ofrecimientos estarían bien
provistas. De ese modo se garantizaba el maat. En los tiempos sin ley ni rey la
aparición de un gobernante restablecería el maat o el orden pero también
podía ocurrir lo contrario, es decir, que no fuera posible el maat sin que un
faraón se sentara en el trono. Los egipcios no podían concebir la
supervivencia de su país sin un rey, de igual modo que tampoco podían
imaginar que sobreviviera su agricultura sin que se produjeran las
inundaciones anuales.
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De un ciclo de himnos al rey Senwosret III, del Imperio Medio
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de los aspectos prácticos de los matrimonios polígamos reales estribaba en
asegurar que cada rey disfrutase de las circunstancias óptimas para engendrar
como mínimo un heredero varón.
Pocas son las sociedades que darían preferencia a una mujer antes que a
un hombre en el caso de que el trono estuviera vacante. Jamás ha habido
muchas de estas sociedades. El puñado de mujeres que han dispuesto del
permiso de sus comunidades para gobernar han podido hacerlo porque no se
disponía de un candidato varón adecuadamente calificado y, por consiguiente,
se han visto como si actuasen en nombre de algún pariente masculino. No hay
duda de que en la historia y la leyenda de sociedades antiguas han existido
mujeres poderosas —por ejemplo, las griegas Antígona y Clitemnestra y las
romanas Livia y Agripina—, pero se trataba de mujeres excepcionales,
situadas por encima de las circunstancias normales y que actuaban de una
manera atípica y nada femenina. Incluso en aquellos países donde el monarca
no es más que una figura decorativa y no se esperan de él decisiones
importantes en relación con el Estado, la norma son los reyes, en tanto que las
reinas son la desviación de la norma. Como consecuencia de esta situación, en
casi todas las monarquías de la Europa actual, el sucesor al trono es el primer
hijo varón y adquiere precedencia automática sobre sus hermanas, aunque
sean mayores y a lo mejor estén más capacitadas que él. Pese a que algunos
consideren que es una injusticia, no por ello deja de ser una situación
aceptada por todos los países involucrados. La capacidad de gobernar, aun de
forma nominal, se contempla casi universalmente como un atributo del
hombre y, debido a esto, se concede a las mujeres un papel secundario en la
familia real. La explicación de tan flagrante discriminación suele encontrarse
en la interpretación que hace la sociedad de la función de la realeza y de la
visión que tiene del papel que corresponde a las mujeres.
Por regla general, las sociedades conceden a las mujeres el derecho a
gobernar en épocas en que no se dispone de un heredero varón al trono,
aunque en una familia real bien establecida esta situación es menos común
que lo que cabe imaginar: en Inglaterra, por ejemplo, en los últimos
quinientos años sólo ha habido seis reinas que heredaran la corona de su padre
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o de su tío.[2] También se ha concedido a las mujeres el derecho a desempeñar
funciones de liderazgo en épocas de intranquilidad o disturbios nacionales, a
menudo para sustituir o vindicar a un marido, a un padre o a un hijo depuestos
o asesinados. Aunque en general las mujeres de la realeza quedan relegadas a
una función pasiva y se espera de ellas que actúen a través de hombres
interpuestos, se trata de una conducta escandalosa pero que, si la causa es
buena, la sociedad tolera. En casi todos los casos las reinas gobernantes
provienen de familias reales ya existentes. Hombres ajenos a la realeza han
sabido arreglárselas para reclamar tronos valiéndose de su aptitud, su
sagacidad o su fuerza, situación prácticamente desconocida en el caso de
mujeres ajenas a la realeza, ya que rara vez han tenido acceso al dinero o al
mando del ejército.
De sólo tres mujeres notables se sabe que rigieron los destinos del Egipto
dinástico como si fueran reyes y, como no podía ser de otro modo, cada una
se sentó en el trono en circunstancias de lo más insólito. Es posible que otras
tres mujeres más actuaran también como reinas, aunque las pruebas que
avalan sus reinados son, en los tres casos, endebles y muy poco concluyentes.
A continuación se dan las biografías de las reinas Meryt-Neith, Nitocris,
Sobeknofru, Hatsepsut, Nefertiti y Twosret.[3] De ellas sólo Hatsepsut reinó el
tiempo suficiente para dejar un rastro evidente en los archivos arqueológicos e
históricos; desgraciadamente, también dejó un rastro indeleble en su pueblo,
hasta el punto de que gran parte de las pruebas que existían en relación con su
reinado fueron borradas con toda deliberación y destruidas después de su
muerte. La reina putativa más antigua, Meryt-Neith, gobernó al principio de
la época dinástica y se la conoce principalmente por sus monumentos
funerarios, mientras que el recuerdo de su sucesora, Nitocris, de la VI
dinastía, se encuentra entremezclado con tantos mitos y leyendas de carácter
romántico que sería difícil desentrañar la verdad que se oculta en la trama de
su reinado. Las dos reinas restantes, Sobeknofru y Twosret, sólo gobernaron
durante breves periodos de desorganización civil, seguidos de épocas de casi
anarquía, por lo que nos han dejado pocos monumentos y testimonios escritos
que nos permitan reconstruir los acontecimientos de su reinado. Las listas de
reyes egipcios nos dan alguna confirmación de las pruebas arqueológicas que
han sobrevivido en relación con estas mujeres, mientras que historiadores
posteriores, como Manetho, Herodoto y Estrabón, nos han facilitado
interesantes, aunque a veces improbables, contribuciones para llegar a la
comprensión de sus reinados.
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Dos hechos importantes establecen una conexión entre estas seis reinas:
todas fueron consortes, probablemente de sangre real y, con la posible
excepción de Meryt-Neith, que sepamos, ninguna tuvo un hijo varón. Las seis
mujeres, por dominantes que fueran sus personalidades, seguramente
contaron con el apoyo de algunos hombres del Estado. Tres de esas reinas
siguieron una trayectoria muy similar: Nitocris, Sobeknofru y Twosret
ocuparon el trono en épocas de disturbios, cuando de las tierras se había
ausentado el maat, no se contaba con ningún varón para ocupar el trono y las
tres reinaron menos de tres años antes de que sobrevinieran periodos de
anarquía y se produjera un cambio de dinastía. La historia acostumbra a ver
estos tres reinados como valientes intentos de perpetuar la sucesión real
contra viento y marea. El largo reinado de Hatsepsut tiene mucho de
rompecabezas, ya que se proclamó corregente junto al heredero reconocido al
trono en una época en que no estaba claro ni existía una necesidad evidente de
que una mujer asumiera el poder. Actualmente es oscura la lógica de esta
acción. Sin embargo, se trata de la única reina reinante cuyo gobierno en
solitario no fue seguido de un periodo de anarquía. La reina Nefertiti nos
presenta un caso todavía más enigmático. No existen pruebas
incontrovertibles que demuestren sin lugar a dudas que gobernó Egipto, pero
hay varias claves que apuntan que posiblemente fue corregente junto con su
marido, ya fuera con su propio nombre, ya fuera con un nombre que también
se ha atribuido a un joven príncipe. Todas las historias de estas seis mujeres
contienen elementos de intriga, misterio, poder y muerte.
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relieves. Figuraba en ella el nombre de «Meryt-Neith» y, aunque faltaba el
nombre real acostumbrado de Horus, fue aceptada sin titubeos como una
estela funeraria de un rey varón. Basándose en esta prueba, Meryt-Neith fue
identificada como rey, posiblemente el tercero de la I dinastía. Sólo más
adelante se descubrió que el nombre era, de hecho, de mujer y que significaba
literalmente «Amada de [la diosa] Neith» y que aquel rey hasta entonces
anodino había sido, en realidad, una mujer. Instantáneamente, de la mano de
unas expectativas culturales más que de unas pruebas arqueológicas sólidas,
Meryt-Neith fue reclasificada como una reinaconsorte de insólito poder.
Sabemos ahora que se levantó a Meryt-Neith un monumento funerario
adicional en Sakkara, en los terrenos del norte destinados a sepulturas reales.
Allí tenía también una barca solar que habría permitido que su espíritu viajara
con el dios del sol hasta el Más Allá, honor que normalmente se reservaba al
rey. La curiosa costumbre de construir dos tumbas, una en el Bajo Egipto,
cerca de la capital del Estado recién unificado, y otra en el Alto Egipto, patria
de la dinastía reinante, era peculiar de los primeros reyes de Egipto. Si la
lógica dictaba que sólo podían ser enterrados en una tumba, parece que
sentían la necesidad de tener dos monumentos funerarios, uno que había de
servir de tumba propiamente dicha y otro de tumba ficticia o cenotafio.[4] De
momento Meryt-Neith es la única mujer de quien se sabe que ha sido
ensalzada de este modo, lo que sugiere que debió de ser más corregente que
consorte. Siguiendo la costumbre de la época, cada una de sus tumbas estaba
rodeada por toda una serie de tumbas secundarias como mínimo de cincuenta
ayudantes, en tanto que otros setenta y siete sirvientes más estaban enterrados
siguiendo un trazado en forma de U que seguramente rodeaba los tres lados
de un edificio actualmente desaparecido, cerca del monumento de Abydos.
Los sirvientes enterrados en Sakkara fueron sepultados con objetos que
simbolizaban su profesión: el constructor de embarcaciones estaba enterrado
con una maqueta de barco y el artista con varios botes de pigmento.
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Fig. 32 - Cartucho de la reina Nitocris
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sandalia que había dejado descuidada en la orilla y salió volando con ella
hasta la residencia real de Menfis. El ave pasó por encima del rey mientras
estaba sentado en los jardines de palacio y recibió en su regazo la sandalia,
que soltó el águila. Al examinar la sandalia, el rey quedó tan fascinado ante la
delicadeza de su forma y ante su perfume que inició de inmediato una
búsqueda por todo el país a fin de dar con su propietaria. Por fin pudo
descubrir a Rhodophis en su casa de Naukratis y le dio escolta real hasta
Menfis. El impetuoso rey quedó perdidamente enamorado de su hermosa
vasalla y quiso convertirla de inmediato en su esposa. Cuando ella murió, el
desconsolado rey enterró a su reina en una gran pirámide. Una segunda
leyenda, bastante menos romántica, afirma que la malvada reina Rhodophis
ronda la tercera pirámide de Gizeh y que, desnuda y bellísima, arrastra a la
locura a todos los infortunados que tienen la desgracia de contemplarla.
Herodoto, por una vez más sensato que Estrabón, se mostró desdeñoso
ante los ignorantes que creían que una mujer de la profesión de Rhodophis
pudiera llegar a ser tan rica como para construirse una pirámide, si bien se
hizo la atinada reflexión de que «parece que Naukratis es el lugar donde esta
clase de mujeres son más atractivas». Con respecto a la reina Nitocris
escribió:
Nitocris era la bella y virtuosa esposa y hermana del rey Metesouphis II,
monarca del Imperio Antiguo que subió al trono al final de la VI dinastía,
pero que fue salvajemente asesinado por sus vasallos poco tiempo
después. Nitocris se convirtió después en única gobernante de Egipto y
decidió vengar la muerte de su amado marido-hermano. Dio órdenes para
la construcción secreta de una enorme sala subterránea conectada con el
río Nilo a través de un canal oculto. Terminada esta cámara celebró un
espléndido banquete inaugural, invitando a todos aquellos que ella
consideraba personalmente responsables de la muerte del rey. Mientras
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los desprevenidos invitados estaban disfrutando de los festejos, ordenó
que abrieran el conducto secreto y, al penetrar en él las aguas del Nilo, se
ahogaron todos los traidores. Para escapar a la venganza del pueblo
egipcio, se suicidó arrojándose «en una gran cámara llena de cenizas
ardientes», donde se ahogó.
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probable que estos dos monarcas compartieran nunca una corregencia.
Tampoco Sobeknofru fue nunca corregente de Amenemhat IV, quien había
sido a su vez corregente de Amenemhat III y que había disfrutado de un breve
e irrelevante reinado en solitario tras la muerte de su padre.
Se nos escapan las razones que se ocultan tras la subida al trono de
Sobeknofru. Se ha aludido a una dramática disensión en el seno de la familia
real y se ha dicho que Sobeknofru había urdido una trama para desposeer del
poder a sus familiares varones. Sin embargo, sería mucho más realista pensar
que no había ningún demandante varón apto para ocupar el trono y que por
esto se solicitó a Sobeknofru que se convirtiera en rey a fin de proseguir la
estirpe real en vías de extinción. Sin duda no hay indicaciones de que se
resintiese con ello su función de faraón ni que los historiadores posteriores la
viesen nunca como una mujer usurpadora o intrigante como en el caso de
Hatsepsut y Twosret. De hecho, parece que Sobeknofru desempeñó de forma
bastante aceptable su papel de gobernante, por lo que ha quedado memoria de
ella como monarca femenina en las listas de los principales reyes. Algunas
estatuas de la reina, recuperadas en Tell Daba, en el Delta del Nilo, la
muestran claramente como una mujer vestida con atavío femenino y, a
diferencia igualmente de Hatsepsut, parece que no puso especial empeño en
que la retrataran simbólicamente como un hombre. El final del reinado de
Sobeknofru es oscuro, aunque se acepta generalmente que murió de muerte
natural cuando seguía desempeñando sus funciones como monarca. Es
posible que fuera propietaria de una de las dos pirámides arruinadas del
yacimiento de Mazghuna, no lejos de las demás pirámides de la XII dinastía.
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contra mí en todas mis tierras… A decir verdad, soy su hija, la que le
sirve y sabe lo que él ordena. La recompensa que tengo de mi padre es
vida-estabilidad-dominio en el trono de Horus de todos los vivos, como
Ra para siempre.
Inscripción del obelisco de la reina Hatsepsut
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Tutmosis II sucedió a su padre en el trono y, al igual que su consorte,
Hatsepsut también fue reina. Parece que fue una mujer de comportamiento
modesto y totalmente convencional a lo largo del breve reinado del nuevo rey,
aceptó los títulos convencionales que se le concedieron de «Hija del Rey,
Hermana del Rey, Esposa del Rey y Gran Esposa del Rey» y dejó que la
retrataran prestando el debido apoyo propio de una esposa a su marido.
Incluso inició la construcción de una tumba discreta como consorte en una
zona retirada al sur de Deir el-Bahri, en la orilla oeste del Nilo, en Tebas. Es
evidente que Hatsepsut era una mujer que conocía sus obligaciones, por lo
que dio dos hijas a su hermanastro —Nerefure y Meritre-Hatsepsut—, pero
ningún hijo. Nuevamente se planteaba el problema de que no había heredero
varón legítimo al trono y, al igual que su padre antes que él, Tutmosis II se
vio obligado a recurrir al hijo de una concubina para que desempeñara el
papel de sucesor. Isis, madre de Tutmosis III, sería descrita más tarde por su
hijo como «Gran Esposa del Rey, Señora del Sur y del Norte, Gran Heredera,
Esposa de Dios y Madre del Rey», aunque no hay pruebas de que fuera la
esposa principal, igual en rango a Hatsepsut.
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por un lado como una mujer convencional y, en un intento de subrayar de
manera enfática su función real, como un hombre vestido con ropas de
hombre y los adecuados accesorios, incluso con una barba artificial. En su
título real, sin embargo, figuraba casi siempre el final femenino incorporado y
no hay indicación alguna de que se vistiese realmente como un hombre. No
existe confusión acerca de la sexualidad de Hatsepsut como la hay sobre el
herético rey Ajnatón, ni tampoco se insinúa en ningún sitio que fuera lesbiana
o travestida.
No tenemos idea de lo que pudo ocurrir de pronto para que Hatsepsut
desafiase las normas y se proclamase rey, pese a que se han hecho multitud de
especulaciones en este sentido. ¿Se trataba puramente de ambición o de ansia
de poder por parte de la reina? ¿No estaba, quizá, dispuesta a aceptar que
como hija, hermana y esposa de un rey, podían saltársela para favorecer a su
hijastro? ¿Hubo algún hecho crítico nacional que no quedara registrado o el
joven Tutmosis III era demasiado débil para gobernar en solitario? ¿O tal vez
Tutmosis odiaba a su madrastra… o bien veía con buenos ojos que le echase
una mano? El hecho de que Hatsepsut aceptara de buen grado participar en el
gobierno, aunque sólo fuera de forma nominal y compartiéndolo con su
hijastro, aparte de los indicios que tenemos de que Tutmosis aceptara esta
corregencia cuando ya había alcanzado la edad para gobernar en solitario,
apuntan que la situación era mucho más compleja de lo que parece a primera
vista. Ni que decir tiene que la explicación convencional que suele darse y
que afirma que Hatsepsut era una mujer ávida de poder no nos convence ni de
lejos. De ser este el caso, ¿por qué habría esperado tanto tiempo a hacerse con
el poder? ¿Y cómo se las había arreglado para atraerse el firme apoyo que
recibió indudablemente en este campo? No hay duda de que es uno de los
rompecabezas más grandes de la historia de Egipto el que nos plantea el
hecho de que el rey legítimo, Tutmosis, de quien podía esperarse que
reaccionase con aspereza y decisión ante la intromisión sin precedentes de
Hatsepsut, aceptase la nueva situación y se contentase con quedarse en un
segundo plano y no pasara a gobernar en solitario hasta después de la muerte
de su madrastra. Se pueden señalar dos puntos de vista importantes pero
contradictorios como explicación de este difícil asunto, pero a buen seguro
que la verdad se encuentra en un punto situado entre estos dos extremos.
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Fig. 35 - Hatsepsut con atuendo de hombre
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motivos sobrados para agradecer las útiles directrices de Hatsepsut en un
momento en que era demasiado joven para gobernar solo eficazmente y es
posible que prefiriera mostrar su gratitud esperando a que hubiera muerto en
lugar de rebajarla de rango cuando él llegara a la mayoría de edad. Después
de todo, aunque existían unos precedentes de corregencia bien
fundamentados, terminaban invariablemente con la muerte de uno de los
participantes, no con su abdicación, y lo lógico era que Tutmosis esperase
sobrevivir a su tía y disfrutar entonces del gobierno en solitario. No hay duda
de que Hatsepsut no intentó deponer a Tutmosis ni quiso apartarlo de su lado
de forma permanente, lo que parece indicar que no lo consideraba una
amenaza a su seguridad. Aunque las representaciones de la época muestran
invariablemente a Hatsepsut como socia dominante que se imponía siempre al
corregente, no por ello dejaron de otorgarse nunca a Tutmosis las enseñas
reales que le correspondían y, de hecho, hacia el final del reinado conjunto se
muestra a los dos gobernantes en un mismo pie de igualdad. Parece lógico
pensar que, de haberlo querido, Tutmosis habría intentado poner término a la
situación. No hay duda de que era un hombre débil e ineficaz, como
demostraría más tarde en su actuación como faraón.
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Fig. 36 - Hatsepsut mama de la diosa Hator
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largo de la vida de Hatsepsut se da gran relieve a una filial devoción al dios
Amón: «Soy en verdad Su hija, la que lo glorifica».
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proyecto oficial del templo para construir el último citado. Sin embargo,
parece que cayó en desgracia o murió antes del final del reinado de Hatsepsut,
pero el hecho es que no llegó a ser enterrado nunca en su espléndida pero
inacabada tumba. El recuerdo de Senenmut fue perseguido después de su
muerte, cuando ya se habían mutilado la mayoría de sus relieves y estatuas y
se había profanado su tumba. Es posible que esta destrucción obedeciera a las
órdenes de Hatsepsut como resultado del acerbo enfrentamiento que puso fin
a la relación que había entre los dos, aunque igual pudo ser llevada a cabo por
aquellos que más tarde destruyeron de la misma manera los monumentos de
Hatsepsut.
La importancia general que se concede al largo reinado de Hatsepsut se
centra en las cuestiones civiles, particularmente en un intensivo programa de
construcción que comprendió la restauración de templos y la erección de
impresionantes monumentos, proyectos todos de gran envergadura
concebidos para conmemorar las antiguas glorias de Egipto e instilar la
confianza en su pueblo. Según los propios dioses habían instruido a su hija:
«Volverás a fundar el país, repararás lo que está en ruinas, harás monumentos
de tus capillas». En esta época hubo una disminución de la actividad militar,
debido posiblemente al hecho de que Hatsepsut habría sido incapaz de
conducir físicamente sus tropas a la batalla sin provocar una cierta pérdida de
confianza, pero floreció el comercio y se realizó una memorable expedición
egipcia a los exóticos y lejanos países del Punt durante el año noveno de su
reinado. En una escena mural de Deir el-Bahri se han conservado muchos
detalles de esta misión y se deja constancia en ella de algunas de las cosas
maravillosas que se observaron, entre ellas las curiosas chozas altas y
redondas de los nativos, el cómico aspecto del gobernante del Punt y de su
mujer, sorprendentemente gorda, como también los extraordinarios objetos
que se llevaron a Egipto. Se tienen noticias de una expedición punitiva a
Nubia que data del final del reinado; tal vez la falta de pruebas de campañas
militares podría inducir la falsa impresión de una insularidad egipcia en esta
época.
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Fig. 37 - Hatsepsut (actualmente borrada) con Tutmosis I
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Reina Nefertiti – XVIII dinastía
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acostumbrados a adorar a toda una multitud de deidades poseedoras de
diferentes atributos, el concepto de un único dios, creador de todas las cosas,
debió de sonarles muy extraño, al poco tiempo toda la corte comenzó a
venerar a Atón. El propio rey quiso hacer hincapié en su conversión
cambiando su nombre por el de Ajnatón, «Espíritu de Atón», y fue con este
nombre infausto que pasó a convertirse en el primer y último rey «herético»
de Egipto.
Ignoramos qué intervención pudo tener Nefertiti en la espectacular
transformación religiosa de su marido. Sabemos, sin embargo, que ella aceptó
la nueva religión del Estado con el celo de una conversa y que no sólo amplió
su nombre convirtiéndolo en el aparatoso de Neferneruaten-Nefertiti —
literalmente, «Hermosas son las Bellezas de Atón, Ha llegado una Mujer
Hermosa»—, sino que además participó de forma entusiasta en las nuevas
ceremonias religiosas y desempeñó un papel preeminente que, en el caso de
haber sido una reina más convencional, habría dejado en manos de su marido.
De hecho, a medida que el culto a Atón iba creciendo en pujanza, la pareja
real fue involucrándose cada vez más en aquel credo, no ya meramente como
devotos de la religión sino también como objetos del propio culto, hasta que
los tres pasaron a escuchar las oraciones que regularmente les dirigían los
fieles, aun cuando el rey y la reina continuaban reconociendo el poder
superior de Atón. La ambiciosa construcción de una nueva capital, Ajetatón u
«Horizonte de Atón» (actualmente Amarna), se situó a una gran distancia de
los centros de culto de Atón y demás deidades desplazadas, consolidó el
dominio de la nueva religión y redujo el poder del antiguo y poderoso clero
con sede en ciudades tradicionalmente importantes.
En este tiempo se produjo un cambio espectacular en el tipo de
indumentaria que se estilaba en la corte. En todas las fases anteriores de la
historia de Egipto siempre hubo una marcada diferencia entre las prendas
usadas por hombres y mujeres. Sin embargo, durante el periodo de Amarna se
produjo una curiosa fusión de estilos y tanto Ajnatón como su reina adoptaron
las largas túnicas de pliegues para uno y otro sexo. Si hay que hacer caso de
las pinturas de la época, Nefertiti en ocasiones llevó la suya completamente
abierta, mostrando todos sus encantos femeninos. Las damas de la corte que
seguían más fielmente la moda completaban su atuendo adoptando las pelucas
cortas de corte masculino inspiradas en el estilo de los soldados nubios. Este
cambio de la moda estuvo también acompañado de una visión del arte
absolutamente diferente, que indujo a abandonar las rígidas convenciones
adoptadas en siglos anteriores en favor de un estilo más libre y naturalista.
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Las escenas de Amarna en las que aparece la pareja real en la intimidad,
jugando con sus hijitas en los jardines de palacio, constituyen las viñetas más
encantadoras de la vida cotidiana egipcia que han sobrevivido a los estragos
del tiempo.
En el nuevo estilo de las obras de arte apareció una deliberada
indefinición de las identidades sexuales. Se abandonó la convención de
retratar a las mujeres con la piel más clara que los hombres e igualmente la de
presentar al rey en una ceremoniosa pose real cuya finalidad era infundirle un
aspecto más imponente y viril y estaba encaminado a despertar el miedo en
los corazones de sus enemigos e inspirar confianza en su gente. Muchas de las
efigies de Ajnatón lo reproducen luciendo los accesorios tradicionales de la
realeza —el cayado y el mayal, la corona y la barba—, aunque lo retratan
también como una especie de hermafrodita, con un rostro curiosamente
femenino, unos pechos prominentes y unas anchas caderas propicias a la
maternidad. La razón de que el rey permitiese que lo inmortalizasen de una
manera que parece perversamente calculada para despertar temores en el
corazón de sus vasallos e inspirar a sus enemigos no ha quedado en absoluto
aclarada. Podría ser que, el pobre, tuviera realmente este aspecto, en cuyo
caso debía de sufrir algún trastorno orgánico, aunque vale la pena recordar
que tuvo seis hijas de Nefertiti y que ella no fue la única en dárselos. Se ha
aducido la posibilidad de que como mínimo algunas de las estatuas más
ambivalentes del rey en el aspecto sexual puedan representar en realidad a
Nefertiti en el papel de la diosa Tefnut, aunque esto no explicaría del todo por
qué llevaba las insignias reales ni tampoco por qué habría tantas estatuas de la
reina y tan pocas del rey. Puede ser incluso que, movido por la influencia de
su nueva religión, Ajnatón tratase de forma deliberada y simbólica de
representar a través de su persona los aspectos masculino y femenino de la
naturaleza. No ha llegado a identificarse con certeza el cuerpo momificado de
Ajnatón, posiblemente porque fue profanado, lo que habría permitido recorrer
un largo camino en dirección a la contestación de tan fascinantes preguntas.
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Fig. 39 - La reina Nefertiti
No hay duda de que Nefertiti era una mujer a la que había que tener en
cuenta en asuntos de Estado y de religion. Tanto las reinas consortes como las
reinas viudas desempeñaron siempre un importante papel en la vida de la
realeza y a menudo su efigie se incorporaba a los monumentos junto a la del
marido o hijo como para demostrar que les prestaban su apoyo, pero a
Nefertiti se le concedió una significación mucha más marcada que a sus
predecesoras y se la representó siempre junto a su esposo y ejerciendo un
papel activo en los acontecimientos más que actuando como simple
espectadora y además fue subiendo gradualmente de categoría hasta que ya se
la representó llevando regularmente la corona azul de monarca y realizando
tareas que normalmente están reservadas al rey e incluso se la reprodujo en el
acto ritual de azotar a los enemigos de Egipto, función reservada
tradicionalmente hasta entonces al faraón. En todos los intentos y propósitos
Nefertiti fue considerada corregente junto con su marido, si bien el hecho no
llegó a anunciarse nunca oficialmente. Se desconocen las razones que guiaron
su encumbramiento. ¿Era, quizá, una mujer intrigante, capaz de imponer su
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voluntad a su marido? ¿O su función peculiar obedeció más bien al cambio de
actitud religiosa, que la situó en una posición paralela a la de Tefnut, esposa e
hija del dios Sol?
Si la vida de Nefertiti nos plantea toda una serie de problemas que nos
intrigan, el verdadero enigma está en su muerte. En la última imagen que
conservamos de la reina la vemos llorando sobre el cuerpo sin vida de su hija
de trece años, Meketaten, que murió de parto en el año decimocuarto del
reinado de su padre. Después de esta tragedia familiar, Nefertiti desaparece de
escena. Lo más lógico es que muriera entonces y que fuera enterrada de
manera normal, aunque nos sorprende que Amarna no nos aporte ninguna
referencia a su muerte, ya que imaginamos que su marido debió de quedar
desolado ante una pérdida como aquélla. No se ha recuperado nunca el cuerpo
momificado de Nefertiti. De no haber muerto, es posible que prosiguiera su
vida de antes y que se sumiera en la oscuridad al morir su marido unos años
más tarde. Una tercera explicación, ligeramente menos plausible, es que pudo
caer en desgracia y que se retirara a vivir el resto de su vida en una relativa
reclusión. Sin embargo, los arqueólogos no se inclinan necesariamente en
favor de las soluciones obvias de los problemas y se ha apuntado la
sugerencia bastante más curiosa de que, a partir de aquel momento,
posiblemente se conoció a Nefertiti como corregente de Ajnatón y de que
pasó a convertirse desde entonces en el enigmático príncipe Smenjare.
Hay ciertas pruebas que confirman que hacia el final de su vida Ajnatón
siguió la tradición real y adoptó como corregente a su heredero, Smenjare. La
identidad de este misterioso joven es oscura, aunque podría tratarse de un
hermano más joven del rey o de un hijo habido con su favorita secundaria,
Kiya. La identificación de Smenjare con Nefertiti se basa en el hecho de que
aparece por vez primera en los registros arqueológicos en el preciso momento
en que desaparece Nefertiti. Si Ajnatón hubiera querido que su esposa fuera
su coregente, ¿habría considerado necesario «convertirla» primeramente en
hombre? Existe el dudoso paralelismo de Hatsepsut adoptando el aspecto de
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un hombre en el papel de faraón, si bien en su caso se trataba de un
travestismo simbólico y no existen pruebas de que Hatsepsut quisiera que la
tuvieran por otra cosa que por una mujer. Las pruebas que se tienen en
relación con Smenjare son tan escasas como ambiguas, si bien parece probado
que existió realmente una persona con dicho nombre. Disponemos de una
deteriorada pintura que en un tiempo se creyó que representaba a Smenjare y
a Ajnatón en actitud de estar departiendo mientras que ahora se cree que
representa en realidad a Nefertiti con su marido, ya que las convenciones
artísticas de la época dificultan la identificación precisa de los sexos.
Smenjare no siguió a Ajnatón al trono, por lo que cabe suponer que murió
antes que su mentor. El cadáver de un joven de este periodo, perteneciente a
la casa real, recuperado dentro de un ataúd destinado originariamente a una
mujer de alto rango, se identificó no sin ciertas dudas como el de Smenjare,
pero como había sufrido profanación además de los estragos causados por una
excavación increíblemente deplorable, en la actualidad ya no se tiene tanta
seguridad al respecto. Como ocurre con muchos aspectos de la egiptología, la
teoría de que la reina Nefertiti pudiera haberse convertido en el príncipe
Smenjare tan pronto cobra cuerpo como se desvanece, siempre a merced de
jirones de pruebas que van saliendo a la luz.
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todo el país. Después de las muertes de Ramsés y de su hijo y sucesor
Merenptah, hubo una disgregación de la ley y el orden y se inició una confusa
sucesión de faraones, cuyo reinado es breve y está mal documentado. Los
documentos de la época utilizan las frases de rigor para hacer la crónica de
unos tiempos de disturbios e inquietudes y hay vagas alusiones a una guerra
pese a que pueda tratarse simplemente de una referencia a conflictos internos.
Los desórdenes en la necrópolis tebana —indicación habitual de un gobierno
poco estable— fueron endémicos en este tiempo y entre los principales
trabajadores proliferó el soborno, los robos e incluso los asesinatos.
Desgraciadamente este periodo de desorganización, que aportó las
condiciones precisas para el advenimiento de una gobernante femenina, ha
dejado pocos documentos relativos a la realeza, por lo que nos hemos
quedado tan sólo con algunos intrigantes y esporádicos atisbos de
conspiraciones e intrigas de palacio que tal vez no estamos en condiciones de
entender del todo.
Casi podemos dar por seguro que Seti II sucedió a Merenptah, su padre.
Seti sólo gobernó seis años y murió a mediana edad. Lo sucedió a su vez su
joven hijo Ramsés Siptah, que sólo gobernó seis años y que por alguna razón
que desconocemos durante su reinado cambió su nombre por el de Merenptah
Siptah. Aunque Siptah era el hijo y principal heredero de Seti, su madre no
era la «Gran Esposa del Rey» Twosret, sino una esposa secundaria y
relativamente insignificante llamada Sutailja, al parecer de origen sirio.
Twosret, por tanto, era la madrastra del nuevo rey. No existen pruebas de que
la propia Twosret le diera ningún hijo y no parece probable que hubiera
tolerado que Siptah ocupase el trono de haber tenido ella un hijo propio. Los
orígenes de la reina Twosret son algo oscuros, no ostentaba el título de «Hija
del Rey» y posiblemente no era de sangre real. En su tumba se le dio el título
de «Señora de toda la Tierra», cortesía que seguramente había recibido como
consorte de Seti II.
Como cabía esperar de un muchacho tan joven, Siptah fue un monarca
débil e ineficaz que dejó escasos monumentos y que no tardó en caer en el
olvido poco después de su temprana muerte. Es posible que su debilidad
tuviera su causa en circunstancias físicas, ya que el examen de la momia que
se conserva de él presenta un pie deforme y la parte baja de la pierna
atrofiada, lo que parece apuntar que se trata de una deformidad congénita o, lo
que es más probable, de las secuelas de una parálisis infantil. Durante su
breve reinado Siptah siguió las orientaciones o los dictados de su enérgica
madrastra, que de todos modos fue haciéndose gradualmente con el papel de
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consorte y de corregente. No se sabe con certeza si Twosret llegó a casarse
con su joven hijastro a fin de acrecentar su poder y convertirse en reina-
regente. Las pinturas de su tumba la representan de pie detrás de Siptah en la
postura típica de las esposas mientras él rinde homenaje al dios de la tierra,
Geb. Con todo, de la tumba se borró el nombre de Siptah y se sustituyó por el
de Seti II y parece que, después de la muerte de Siptah, Twosret prefirió
asociarse al recuerdo de su prestigioso primer marido antes que al del bastante
menos imponente de su hijastro.
Había otro personaje dominante que desempeñó un papel activo en la
lucha por el poder en esta época. El «Gran Canciller de Toda la Tierra», Bay,
fue una figura sombría con un nombre asiático cuyo único título subrayó su
gran influencia sobre el rey-niño. Se le representaba de pie detrás del trono de
su gobernante y en una posición insólitamente importante para una persona no
perteneciente a la realeza e incluso se le concedió el alto honor de una tumba
construida cerca de la de su amo en el Valle de los Reyes. El epíteto «El que
Establece al Rey en el Trono de su Padre», atribuido a Bay en dos
inscripciones, insinúa la función de Bay en mantener al joven rey en su
precaria situación de autoridad resistiendo al mismo tiempo las crecientes
ambiciones de la reina. Parece que Bay acabó fracasando en su misión de
restringir el poder de Twosret, ya que desapareció misteriosamente de la
escena política en el cuarto reinado de gobierno de Siptah.
Tras la prematura muerte de Siptah todo el país se vio recorrido por una
oleada de disturbios civiles. Dado que no había un evidente sucesor varón al
trono, Twosret se aprovechó del caos reinante para ampliar su papel de
corregente y aferrarse a la corona, reforzando su reivindicación y adoptando
la plena titularidad de un rey varón del Alto y Bajo Egipto. Es evidente que
consiguió su ambición definitiva al poder reinar sola durante un breve periodo
y contó los años de corregencia de Siptah con los suyos al tiempo que
distinguía los de gobierno de su marido, Seti II. El año más avanzado del
gobierno de Twosret es el octavo, mientras Manetho registra que un tal «rey
Thuoris, que Homero llama Polibus, marido de Alcandara, y en cuya época se
tomó Troya» gobernó durante siete años al final de la XIX dinastía. Como
Siptah gobernó como mínimo seis años, es posible que Twosret disfrutara de
un reinado en solitario de menos de dos años. Tenemos muy escasas pruebas
arqueológicas que avalen su breve reinado, aunque se ha encontrado su
nombre en un lugar tan distante como el Delta del Nilo, las minas de turquesa
del Sinaí e incluso en Palestina. Sus principales monumentos son su tumba y
un templo funerario que comenzó a construir en el sur del Ramesseum pero
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que no llegó a terminarse. El final del reinado de Twosret está envuelto en el
misterio y no sabemos si fue depuesta o si murió de muerte natural. Le
sucedió el oscuro faraón Sethnajt, fundador de la XX dinastía.
Es evidente que Twosret era una mujer enérgica, dotada de una ambición
arrolladora que le permitió elevarse desde unos orígenes relativamente
humildes hasta el lugar más alto del país a pesar del considerable obstáculo
que suponía ser mujer. Quizá la mejor indicación que tenemos de su
personalidad provenga de la decoración de su tumba, que los obreros tebanos
comenzaron a construir en el Valle de los Reyes al final del reinado de Seti o
al principio del de Siptah, honor sin precedentes para una reina, que habría
debido ser enterrada en el vecino Valle de las Reinas. La tumba era
inicialmente una construcción relativamente modesta, pero a medida que
Twosret fue adquiriendo poder comenzó a ampliarla gradualmente y a
mejorarla hasta que, cuando llegó al pináculo de su reinado, el monumento ya
se había convertido en lugar de reposo digno de un rey. La construcción no
llegó a terminarse nunca, pero es evidente que sus diferentes fases
corresponden muy de cerca a los diversos estadios de la vida política de
Twosret. Por desgracia, Twosret no pudo disfrutar de reposo en su tumba
porque su sucesor, Sethnajt, se apoderó de ella y quiso borrar el rastro tanto
de su nombre como de su imagen en los muros de la misma. No sabemos qué
ocurrió con su cadáver, pero en el museo de El Cairo hay una momia que
según parece corresponde a la reina Twosret.
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8
La vida religiosa
y la muerte
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Osiris y su hijo Horus continúan conservando su poder de conjurar vividas
imágenes de antiguas creencias y de oscuros y misteriosos rituales.
Es indudable que no podría hacerse ningún estudio válido de la sociedad
egipcia sin tener en cuenta la religión, que desempeñó un papel político tan
importante en el Estado egipcio y que se supone tuvo una gran influencia en
la forma de pensar y actuar día tras día de su pueblo. De todos modos, hay
que aceptar estas consideraciones con ciertas precauciones. Es
extremadamente difícil volver la vista atrás y valorar un tramo tan amplio de
acontecimientos históricos para buscar sentido a la influencia precisa que
pudieron tener antiguas creencias religiosas. Aun cuando tengamos la suerte
de contar con pruebas escritas y arqueológicas de toda una variedad de
rituales religiosos y supersticiosos, conviene tener siempre presente que lo
único que podemos estudiar son algunos de los signos externos o materiales
de la fe interna. Quizá nos sintamos tentados a imponer a los demás nuestros
prejuicios y las ideas que nos hacemos de los egipcios y que hasta lleguemos
a figurarnos que entendemos cómo pensaban y sentían, pero es evidente que
estaríamos en un error. Basta con que imaginemos los problemas con que
podría encontrarse un arqueólogo del siglo XXII que tratase de identificar
todos los aspectos de la doctrina cristiana basándose en las excavaciones de
unas cuantas iglesias y en un estudio de la Biblia para darnos cuenta de lo
difícil que es abordar una interpretación de las antiguas religiones.
La frase convencional de «religión egipcia», con todas las implicaciones
que conlleva de un credo único encerrado en los escritos sagrados y aceptado
por todos, es de hecho sumamente desorientadora. Durante todo el Periodo
Dinástico hubo varios aspectos de la vida espiritual egipcia diferentes pero
relacionados que coexistieron felizmente, cada uno de los cuales fue
evolucionando y desarrollándose gradualmente y superponiéndose a los
demás. Los dos extremos, que pueden reconocerse y clasificarse fácilmente,
fueron la tradición oficial o importante, representada por la teología estatal
oficial y la burocracia a ella asociada, y la tradición no oficial o menor, que
incluía las artes menos respetables, a menudo agrupadas bajo el
encabezamiento de magia, superstición y brujería. Entre estos dos polos
diferenciados se encontraban las religiones respetables semioficiales, los
cultos regionales y familiares que eran de gran importancia en las vidas de las
familias y de sus miembros pero que tenían relativamente poco interés para el
Estado. No había un punto de intersección evidente entre estos enfoques
religiosos y todos influían en mayor o menor medida en el hombre o mujer
corrientes. Las mujeres de Deir el-Medina, por ejemplo, que vivían muy cerca
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del centro donde se practicaba el culto al dios estatal Amón, participaban en
los festivales anuales de la tradición importante pese a que oficialmente
rendían culto a las deidades patronales más locales de la necrópolis tebana, el
dios deificado Amenofis I y su madre Ahmosis Nefertiti junto con Meretseger
(«Ella-Ama-el-Silencio»), la diosa serpiente de la montaña tebana conocida
también como «Pico de Occidente». Con todo, los restos recuperados en sus
casas apuntan que había otros cultos más personales y de tradición familiar
que concedían una gran importancia a los dioses y espíritus asociados al
embarazo y al parto y que tenían como mínimo la misma importancia en sus
vidas, mientras que estaba mucho más extendida la creencia en los respetados
poderes de la superstición y la magia.
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temibles poderes del mal de ojo. Es más probable, por ejemplo, que la mujer
de pueblo que desea tener un hijo recurra a los espíritus de sus hijos muertos o
se procure algún hechizo del mago local antes que rezar a Alá, lo que por otra
parte ella no considera una traición a su fe «oficial». Son muchas las
campesinas actuales que creen que los monumentos antiguos de Egipto
poseen poderes mágicos o espirituales, por lo que un simple paseo por un
yacimiento arqueológico nos dará ocasión de comprobar la existencia de
modernos ritos de fertilidad —por lo general montoncitos de trozos de
alfarería rota— asociados a antiguas estatuas e imágenes. Winifred Blackman
observó este mismo fenómeno en 1920 en un pueblecito egipcio, donde quiso
contribuir a ayudar a que algunas mujeres estériles quedaran embarazadas
recurriendo a antiguas reliquias y a ensalmos modernos al estilo egipcio:
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aunque en todo momento fue receptiva a las nuevas ideas y lo bastante
flexible para aceptar las influencias extranjeras. Con anterioridad a la
unificación cada ciudad o cada pueblo se limitaba a rendir culto a su propio
tótem omnipotente, que se encargaba de dar una explicación racional a
fenómenos naturales, tan misteriosos y a menudo tan aterradores, que de otro
modo habrían provocado la desesperación de toda la comunidad. Todos
comprendían que pudiera haber zonas vecinas que respetasen dioses
diferentes y no tenían inconveniente en aceptar el concepto politeísta de que
puede haber muchas deidades y de que cada uno mantenga su fidelidad
personal a una en particular. Después de la unificación comenzaron a surgir
varios cultos específicos que fueron cobrando preeminencia y, aunque las
comunidades seguían rindiendo culto a sus dioses locales específicos,
comenzaron a perfilarse unas deidades nacionales importantes.
Particularmente los cultos de Ra, el dios Sol, y Horus, el dios asociado a la
realeza, empezaron a cobrar importancia en el aspecto político como
consecuencia de un aumento del patrocinio del propio rey.
Tú eres Amón, el Señor de aquel que guarda silencio, el que presta oído a
la voz de los pobres. Cuando acudo a ti, desesperado, vienes a rescatarme.
Me das ánimo en medio de mi desdicha y me liberas de mi cautiverio.
Estela de Deir el-Medina, Imperio Nuevo
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contrapartidas del panteón oficial y estaban más íntimamente asociadas a la
naturaleza y ciclo anual de la inundación del Nilo, que desempeñaba un
importante papel en la vida de todos los días.
Durante este tiempo la relación entre las personas corrientes y los dioses
principales se hacía, cuando menos en teoría, exclusivamente a través del
monarca. El rey, en calidad de dios, era la única persona capaz de comunicar
con sus deidades afines, por lo que se convirtió automáticamente en el
sacerdote principal de todos los cultos egipcios. Sin embargo, como es
evidente que no podía estar presente físicamente en todos los templos para
adorar a todos los dioses, las familias de rango nombraban sacerdotes para
llevar a cabo todos los rituales necesarios en nombre del rey. Aunque el
monarca delegaba normalmente gran parte de esta labor rutinaria a sus
representantes, también quería que lo vieran oficiando durante las importantes
festividades anuales de los principales dioses nacionales, especialmente en la
festividad Opet dedicada a Amón, dios oficial del Imperio Egipcio, en cuya
ocasión desfilaban en larga procesión las estatuas del dios, de su consorte Mut
y del hijo de ambos Jonsu, que salían del templo de Luxor para dirigirse al
templo cercano de Karnak. Esta procesión ritual era un gran espectáculo
público, durante el cual las orillas del Nilo se llenaban de egipcios ávidos de
tener un atisbo de su dios.
Como es lógico, la religión oficial egipcia no tenía nada que ver con las
grandes religiones de la época actual. No sólo era una religión politeísta sino
que además era una teología sin credo, sin matices morales auténticos y sin
una tradición de atención pastoral. En realidad, generalmente era más
importante como fuente de unidad y estabilidad continuada en todo el país
que como medio de ilustración espiritual. Aunque se aceptaba en términos
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generales que tanto hombres como mujeres debían optar por ser más buenos
que malos, era un código moral que fue elaborándose más por conveniencia
de la sociedad que para gratificación de los dioses. La virtud no procuraba
necesariamente la recompensa del cielo y sólo del rey se exigía que actuase de
forma adecuada para asegurar la pervivencia del maat en todo el país. Los
dioses se preocupaban muy poco de cómo pudieran comportarse los egipcios
corrientes y molientes, pero si recibían una provocación directa podían
devolver el golpe a través de una venganza. El testimonio de Neferabu, del
Imperio Nuevo, un dibujante que trabajaba en Deir el-Medina y que había
ofendido a Ptah haciendo un juramento en falso, nos dice que fue castigado
con la ceguera a causa de sus mentiras, ya que su proceder se interpretó como
una falta de respeto al dios:
Yo soy un hombre que juró en falso por Ptah, Señor del maat, y él hizo
que viera las tinieblas durante el día. Anunciaré su poder tanto a aquellos
que lo ignoran como a los que lo conocen, tanto a los pequeños como a
los grandes. ¡Cuidado con Ptah, Señor del maat, porque no perdona
ningún desliz de nadie! Absteneos de usar en falso el nombre de Ptah
porque aquel que lo proclama falsamente sucumbirá.
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participación ritual en estos grandes acontecimientos. Ya se ha hablado de la
festividad Opet, que se celebraba en Tebas el segundo mes de la inundación.
No hay duda de que esta ceremonia, conmemorada con una fiesta oficial que
duraba como mínimo once días, era una ocasión de júbilo nacional. En
Medinet Habu las fiestas tenían un cariz extraordinario especial debido a la
distribución gratuita de más de once mil trescientas hogazas de pan y
trescientas ochenta y cinco grandes tinajas de cerveza. Ya más avanzado el
año, los residentes de Tebas disfrutaban de otra celebración pública en
ocasión de que la estatua de Amón hiciera un segundo recorrido oficial
saliendo de su sede de Tebas, cruzando el Nilo y visitando los templos
funerarios de los antiguos gobernantes de Egipto.
El equivalente en Abydos de la festividad Opet era la procesión de la
estatua de Osiris desde su templo de Abydos hasta su tumba del Umm
el-Qaab, lugar tradicional donde se enterraban los reyes arcaicos de Egipto.
Parece que el ritual de esta procesión revivía el mito de la muerte y entierro
del dios de una forma espectacular bastante parecida a las representaciones
medievales inglesas de la Pasión, y que la representación de la muerte iba
seguida del retorno triunfante a su casa del dios resucitado. Tenemos datos de
esta conmemoración sobre todo a través de la descripción que nos ha quedado
del funcionario Hernofret del Imperio Medio, quien había sido enviado a
Abydos para supervisar la restauración de toda la parafernalia procesional del
dios. Hernofret dejó una estela conmemorativa de piedra caliza en Abydos,
donde detallaba tanto sus importantes actividades como los rasgos más
sobresalientes del drama religioso:
Yo dirigí la Gran Procesión siguiendo los pasos del dios. Hice navegar el
barco de dios, con Tot en el timón… Ataviado con sus hermosas enseñas
reales, procedió a dirigirse a los dominios de Peqer… Seguí al dios hasta
su casa.
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diosa con cabeza de gato, celebrada en la ciudad de Bubastis, en el Delta, era
evidentemente una ocasión más alegre. Herodoto nos informa de que había
bandas de excitados peregrinos que viajaban en barco a la ciudad y que
pasaban el día entero bebiendo, cantando, volviendo a beber, batiendo
palmas, bebiendo una vez más y tocando instrumentos musicales. Cuando se
acercaban a una ciudad arrimaban la vacilante embarcación hacia la orilla del
río y
Se consideraba que los dioses y diosas del panteón del Imperio Nuevo se
comportaban de una manera marcadamente humana y tanto se enamoraban
como se casaban, se peleaban y mostraban muchas de las debilidades y
defectos de sus contrapartidas mortales. Así pues, las diosas reflejan hasta
cierto punto, la función que tienen las mujeres dentro de la comunidad y nos
ofrecen una de las pocas oportunidades de examinar el comportamiento de las
mujeres —por muy mitológico que sea— fuera del ambiente de casa. Dentro
del panteón observaban una jerarquía natural y, entre los dioses más
importantes, había algunas diosas extremadamente poderosas. Sin embargo,
ninguna diosa era comparable a los dioses más poderosos —Osiris, Ra y
Amón— y en principio no había una «madre tierra» que estuviera
particularmente asociada a los misterios de la fertilidad y la creación. Aun
cuando todas las diosas se habían originado como deidades locales capaces de
pensamiento y acción independientes, en su papel de diosas oficiales seguían
las convenciones egipcias y se casaban con dioses vecinos de categoría más o
menos equivalente y asumían la función más pasiva que corresponde a la
mujer dentro del matrimonio. Era característico que engendrasen a un niño
varón, adoptando con ello los rasgos femeninos aprobados de la fertilidad, la
maternidad y la domesticidad.
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Fig. 44 - Isis
Isis, tal vez la más famosa y la más poderosa de las diosas, sólo demostró
su decisión cuando le tocó proteger y defender a su marido, admirable
comportamiento para una esposa egipcia fiel. Después de la traición de Seth y
del desmembramiento de Osiris, resultó que Isis y su hermana Nefthys
decidieron ir hasta los confines de la tierra para recoger sus restos
diseminados y poderlo reconstruir: «Levántate, Osiris, porque Isis tiene tu
brazo y Nefthys tu mano». Después de tan sorprendente resurrección, Isis
concibió un hijo, que escondió en los marjales hasta que pudo presentar a
Horus sin peligro ante el tribunal de los dioses, donde fue reconocido
heredero de su padre. La maternidad fue convirtiéndose lentamente en parte
importante del culto de Isis y, sobre todo durante el Periodo Tardío, se la
representó a menudo dando el pecho a su hijo Horus. Estas pinturas señalaron
la transición de Isis desde su papel relativamente restringido como miembro
del panteón egipcio a un reconocimiento más universal como diosa madre o
madre tierra. Isis siguió siendo una diosa importante después del
derrumbamiento del imperio egipcio, ya que su culto, observado por los
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marineros visitantes, pasó primero a Roma y se propagó más tarde por todo el
imperio romano, atrayendo misteriosos rituales y doctrinas. Dentro de Egipto,
lo único que redujo el número de sus adeptos fue la difusión gradual del
cristianismo y en el siglo V de nuestra era aún seguía practicándose su culto
en la isla de Philae, en el Alto Egipto. El culto de Isis fue siempre
particularmente importante para las mujeres, ya que se le atribuían las
variadas funciones de patrona del matrimonio, protectora de los partos e
incluso inventora del arte de tejer. No obstante, parece que el principal
atractivo que tenía su culto en el mundo romano fue que se permitía a los
fieles de ambos sexos que tomaran parte activa en las ceremonias en lugar de
verse obligados a observar los rituales de los sacerdotes oficiantes.
Otra diosa egipcia influyente fue Hator, «Señora de los Sicómoros» y
protectora del amor, la música y la borrachera. Hator ya era una diosa muy
afianzada al principio del Imperio Antiguo, según confirma el papel
preponderante que tenía en la Paleta Narmer y seguía recibiendo culto bajo
diferentes modalidades unos dos mil años más tarde, durante el Periodo Saíta.
Gozaba de gran popularidad entre las mujeres y aparece representada en
muchos objetos populares que forman parte de la vida cotidiana femenina,
como por ejemplo en los espejos, simbólicamente entroncados tanto con la
fertilidad como con el parto. El papel de Hator como suministradora o
aprovisionadora queda subrayado con su identificación con la vaca, por lo que
tan pronto era representada en forma de diosa-vaca como de una mujer
provista de orejas redondas de vaca y con cuernos. Su culto, que tenía su sede
en la ciudad de Dendera, en el Alto Egipto, era atendido por muchas
sacerdotisas femeninas, a menudo de alta cuna, supervisadas por un número
relativamente reducido de administradores de sexo masculino. Se creía que
Hator de Dendera era la esposa del cercano Horus de Edfu y la madre de
Harsomtus, mientras que las «Siete Hators» estaban relacionadas con Hator
como diosa de la muerte.
Sin embargo, había unas claras excepciones a la regla general de la diosa
como esposa leal preocupada por unos objetivos femeninos aprobados tales
como la fertilidad, el parto, la música y el amor. Meith, la deidad patronal de
la ciudad de Sais, en el Delta, poseía una cierta cualidad andrógina. Aunque
se la representó siempre como una mujer, estaba vinculada a intereses tan
innegablemente masculinos como la guerra y la caza y se la representa a
menudo llevando un arco o unas flechas cruzadas, por lo que acabó
identificándosela con la doncella guerrera griega Atenea. Neith podría
compararse con Sejmet, la diosa de la guerra y de la enfermedad con cabeza
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de león y sedienta de sangre, que sólo desistió de su designio de destruir a
toda la humanidad gracias a la oportuna intervención de Ra.[2] En sus
momentos menos dramáticos, Sejmet fue la consorte de Ptah y la madre de
Nefertum en Menfis y tuvo una contrapartida más benévola en Bast, la diosa
de Bubastis con cabeza de gato.
Durante el Imperio Nuevo hubo varias diosas guerreras que fueron
importadas a Egipto, y dice mucho en favor de la flexibilidad del sistema
religioso que pudieran encontrar un puesto en el panteón oficial sin armar
demasiado alboroto. La diosa canaanita Astarté, identificada también con la
diosa asirio-babilónica Ishtar, se representa como una diosa con cabeza de
león que conduce un carro contra sus enemigos vencidos o como una diosa
desnuda cabalgando en un caballo y empuñando una espada de amedrentador
aspecto y un hacha de guerra. Bajo el personaje más suave de Ashtoreth,
vuelve a ser una hermosa mujer desnuda, a menudo identificada con Hator en
su función de diosa del amor. Anath era la diosa de la guerra siria que en
Egipto se convirtió en «Señora del Cielo» y en «Señora de los Dioses», hija
de Ra y consorte de Seth. Aunque normalmente iba vestida al estilo femenino
convencional, llevaba un hacha de guerra y una lanza, como queriendo indicar
con ello en qué estribaban sus intereses reales.
¡Andaos con cuidado, anunciaré a los grandes y pequeños que están entre
la tropa! ¡Cuidado con la visera, porque hay un león en ella! La visera se
cala con el movimiento de un león salvaje y se lanza detrás de aquel que
lo ofende.
Estela de Deir el-Medina, Imperio Nuevo
La vida religiosa de todos los días giraba en torno a los cultos dedicados a
la familia presente y pasada. Los vínculos con los parientes vivos eran básicos
para los egipcios, muy centrados en la familia, y en todos los tiempos hubo un
vínculo profundo y permanente con los parientes difuntos, que en muchos
aspectos seguían viéndose como miembros de la familia. En consecuencia, se
consideraba una obligación religiosa importante hacer honor a los
antepasados inmediatos. Los que estaban en situación económica
suficientemente desahogada para construirse una sepultura privada se
aseguraban de que figurara en ella una capilla a nivel del suelo con todo lo
necesario. Esto permitía que los vivos visitaran la tumba e hicieran
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ofrecimientos al espíritu que moraba en el cadáver del miembro difunto de la
familia, enterrado en el fondo de un pozo excavado dentro de la propia capilla
o delante de la misma. Se excavaban pozos separados para el marido, la
esposa y los hijos solteros, y cada generación sucesiva esperaba construirse
una nueva tumba en la que albergaría su propia familia nuclear.
La propiedad de una tumba era, sin embargo, un lujo negado a la mayor
parte de egipcios, que se veían obligados a manifestar sus sentimientos
reverenciales ante una tumba o, más normalmente, ante el altar o santuario
familiar. En las casas más pobres este santuario era un nicho decorado con
gran sencillez o un simple armario empotrado en el muro de la habitación
principal y situado delante mismo de la entrada de la casa. Las familias más
acomodadas podían construirse complejas capillas en los jardines de sus
espaciosas mansiones. En cuanto al santuario, solía contener una pequeña
imagen sagrada, ya fuera un relieve ya una estatua, que venía a representar
una combinación del dios o diosa patronales. El ámbito del santuario o capilla
familiar se extendía más allá de la capilla tumbal y no sólo se centraba en el
bienestar de los que habían desaparecido sino también en el culto de una
combinación de dioses y diosas que eran objeto de los cultos locales, de
deidades menores y del rey. Las capillas votivas privadas, construidas en las
afueras de Amarna, pueblo de obreros, habían creado un clero propio y cada
capilla disponía de su propio guardián o conservador, que vivía dentro del
recinto de la misma. En muchas de dichas capillas había imágenes de
Renenutet, la diosa cobra de las cosechas y de la fertilidad, mientras que las
capillas votivas del poblado de trabajadores de Deir el-Medina mostraban una
inclinación definida hacia las diosas Renenutet, Meretseger y Taweret, todas
ellas orientadas hacia la mujer. Sin ser particularmente influyentes en el
panteón oficial, estas tres diosas personificaban hechos y ubicaciones que
eran muy importantes en las vidas diarias de sus fieles.
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de la montaña tebana, Meretseger (el «Pico de
Occidente») era particularmente importante para los
obreros de Deir el-Medina y a menudo se representaba
en asociación con Ptah, patrón momiforme de los
artesanos.
Las serpientes estaban estrechamente relacionadas
con las mujeres, la fertilidad y el parto, hasta el
extremo de que solía representarse a Isis, con Horus
niño en brazos, bajo la protección de dos serpientes.
Una serie de figurillas femeninas de la fertilidad,
correspondientes al Imperio Nuevo, aportan una prueba
más de la conexión existente entre la serpiente y la
mujer, y están modeladas tumbadas en camas
decoradas con serpientes rayadas de rojo y negro,
mientras que tanto los ostraca como las pinturas de los
muros descubiertas en Amarna y Deir el-Medina
representan serpientes asociadas íntimamente con Fig. 45 - La diosa cobra
figuras danzantes de Bes, con Taweret y arrastrando Renenutet
ramas de follaje y flores.[3] Estas escenas pueden ser representaciones fieles
de una «estancia de parto», una habitación privada o incluso una cabaña
apartada reservada al uso exclusivo de las mujeres en el momento del parto y
periodo posterior de purificación o pueden ser representaciones más
simbólicas encaminadas a ofrecer protección a la madre y al hijo y a asegurar
la prosperidad continuada de toda la familia. Cualquiera que sea su propósito,
no hay duda de que subrayan la importancia que da la comunidad en conjunto
al parto.
Los abstrusos misterios asociados a la creación de una nueva vida
condujeron al desarrollo de un culto doméstico orientado hacia la mujer y
centrado en torno a la fertilidad, el embarazo y, más específicamente, el parto.
El proceso del parto no sólo era peligroso desde el punto de vista físico tanto
para la madre como para el hijo, sino que parecía además poner a sus
participantes, y de hecho a toda la familia, en contacto con fuerzas de la
creación que están muy por encima del control humano. La medicina servía
de muy poco en momentos como éstos, por lo que las mujeres recurrían de
una manera natural al consuelo de la superstición y de los ritos mágicos para
guardarse del mal y verse asistidas durante los dolores del parto. En un
pequeño ajuar compuesto de material votivo privado, recién descubierto en el
armario de una casa abandonada de Amarna, hay una estela que muestra a una
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mujer y a una muchacha rindiendo culto a Taweret, dos figurillas femeninas
rotas y dos reproducciones de camas. Este impresionante ajuar, todo un
símbolo de las esperanzas y temores de una madre e hija desconocidas, nos
brinda un atisbo de los rituales que encubre el parto. Tres mil años después,
las aldeanas egipcias seguían viendo su confinamiento como algo relacionado
con la intervención mágica más que con la ayuda médica. Como observó
Blackman en tono desapasionado:
Los hechizos y amuletos más populares asociados con el parto eran los de
Taweret («La Grande»), la diosa hipopótamo representada siempre de pie y
muy erguida a fin de resaltar su enorme vientre, seguramente de mujer
embarazada, y protectora de las mujeres durante el embarazo y el parto.
Aunque era una diosa benévola, no por ello hay que subestimar el poder de
Taweret. El hipopótamo es un animal peligroso y de grandes dimensiones y
han muerto más africanos víctimas del hipopótamo que del león. También se
asociaban a los misterios del nacimiento los hechizos que representaban a
Hécate, la diosa con cabeza de rana, y a Bes, el feo dios enano. En efecto, en
los muros interiores de las casas de los pueblos solían pintarse imágenes de
Taweret y de Bes como una protección más a la familia.
Todos los objetos relacionados con el parto adquirieron un significado
ritual especial y quedaron investidos de poderes mágicos particulares, hasta el
punto de que incluso se personificó el taburete de parir o los ladrillos de parir
bajo la forma de la diosa Mesjenet, dama 299de característico aspecto y
representada a veces como una baldosa o un ladrillo con cabeza humana,
aunque más a menudo como una mujer que lucía en la cabeza un útero de
vaca a manera de tocado divino.[4] Mesjenet tenía la misión de proteger al
niño recién nacido y quizá sea significativo que el revelador signo de una
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serpiente apareciera escrito a menudo al final de
su nombre. Se ponía especial empeño en la
custodia de los ladrillos de parir, ya que más
tarde los necesitaría el dios Tot para utilizarlos
como tablas en las que escribir el futuro del
recién nacido. Durante el Imperio Medio, las
varitas o bastones mágicos en forma de bumerán
desempeñaron un importante papel, aunque
desgraciadamente ignorado, en el parto. Se han
recuperado más de un centenar de dichos
bastones, casi todos tallados de dientes de
hipopótamo, lo que acentúa el vínculo con
Taweret. Muchos llevan grabadas imágenes de
espíritus protectores, Taweret y Bes, mientras
que algunos ostentan inscripciones como, por
ejemplo, «estamos para dar protección a este
Fig. 46 - Las dos formas de
niño» y a continuación el nombre del niño o de
Mesjenet la madre. Estos objetos fueron identificados
primeramente como cuchillos mágicos pero,
dado que son romos, parece más probable que tuvieran alguna función más
misteriosa. La sugerencia más verosímil que se ha hecho con respecto a su
uso es que se empleaban para trazar un círculo mágico en torno a la cama
cuya finalidad era proteger a la madre y al hijo, de forma parecida a cómo,
según parece, las brujas modernas trazan un pentágono mágico y
seguidamente entran en él para hacer de las suyas.
Pero no fueron sólo los objetos asociados con el parto los que dieron pie a
significados simbólicos o rituales que estaban por encima de su función
utilitaria más obvia. La religión o la superstición había pasado a convertirse
en parte tan integrante de la vida diaria que prácticamente todos los objetos
usados por los egipcios transmitían algún poder mágico oculto o llevaban
asociado algún ritual supersticioso. Incluso los días se clasificaban en buenos,
malos e indiferentes de acuerdo con augurios mágicos, lo que permitía que los
negociantes ansiosos pudiesen consultar el calendario oficial antes de tomar
alguna decisión importante. De la misma manera, los sueños pasaron a
convertirse en materia de intenso estudio como medio de adivinar el futuro. El
Libro de los Sueños daba una larga lista de los más corrientes y de sus
interpretaciones: «Si un hombre sueña que bebe cerveza caliente es un mal
augurio y le sobrevendrán desgracias». Ya hemos hablado en el capítulo 5 de
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los efectos benéficos de llevar encima hechizos específicos o incluso colores
específicos. Menos evidentes a ojos modernos, pero a buen seguro
importantes para los egipcios, eran las ventajas que comportaba lucir ciertos
objetos decorativos. Por ejemplo, un cuenco de loza azul decorado con un
dibujo de una flor de loto podría ser un objeto bello para tener en casa o en la
propia tumba, pero además tenía un significado simbólico para su propietario.
El motivo del loto, que representaba la flor azul del loto que abre sus pétalos
al romper el día y los cierra al caer la noche, estaba estrechamente asociado al
renacimiento diario del dios Sol y, por extensión, pasó a convertirse en
simbolismo del renacimiento después de la muerte. De la misma manera, un
platito o una cucharilla en forma de pez, utilizados para la aplicación de
productos cosméticos, no sólo sería una baratija divertida y práctica sino que
propiciaría, además, el renacimiento y la fertilidad de su propietaria.
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menos pintorescos pero igualmente válidos de la existencia egipcia. ¿No será
que este interés casi morboso en las costumbres funerarias de los demás viene
a ser como una reflexión de una arraigada inseguridad que ha hecho de la
muerte un tema prácticamente tabú en el mundo occidental? No hay duda de
que sería difícil encontrar en nuestra época moderna a gente capaz de aceptar
e incluso de planear su desaparición con tanta ecuanimidad como los antiguos
egipcios.
Si los egipcios no dejaron que las ideas morbosas se inmiscuyeran por su
insistencia en el goce de la vida, por otra parte eran perfectamente conscientes
de que su existencia terrena podía terminar bruscamente en el momento más
impensado. En realidad, es probable que su mismo amor a la vida
enmascarase un comprensible miedo a la muerte y a lo desconocido. La falta
de algunos de los conocimientos médicos más básicos, unida a los peligros
naturales que estaban constantemente presentes en su vida, como las
inundaciones y el hambre, convertían a la muerte en continua amenaza de la
seguridad familiar, lo que hacía que la mayoría de egipcios hubieran sufrido
la muerte de alguna persona amada de su familia a una edad temprana. La
teología estatal oficial no intentaba dar una explicación o justificación
racional a la muerte, por lo que ésta se aceptaba como una realidad
inexplicable de la vida. En lugar de perder el tiempo en interminables
especulaciones en torno al significado de la existencia, los egipcios preferían
proceder a los preparativos prácticos de su muerte. Los ricos y prudentes la
planeaban con anticipación y se aseguraban de que se cumplirían sus deseos,
por lo que vigilaban la construcción de sus tumbas y reunían los objetos que
querían tener en ellas. Con todo, no hay que interpretar esta previsión como
un deseo de morir y los textos que han sobrevivido no indican precisamente
que aquellos que planificaban su muerte con antelación no lo hicieran de la
misma manera tradicional que los cristianos devotos planean dejar este Valle
de Lágrimas para atravesar un día las nacaradas puertas de los cielos.
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Así como casi universalmente se contempla la muerte como un rito
femenino, en muchas culturas también se espera de las mujeres que se ocupen
de los moribundos, mientras que los hombres ejercen el control de los ritos
funerarios de los difuntos. Nacimiento y muerte, pues, se convierten en
hechos indisolublemente unidos y vienen a ser caras contrastadas de una
misma moneda: una el paso a la luz y la otra la entrada en la oscuridad.
Parece incluso que la muerte es, en cierto modo, contaminante y que las
mujeres, con sus cuerpos de por sí impuros, pertenecen al sexo más apropiado
para ocuparse de esta transición. Sin embargo, esta teoría más bien de tipo
antropológico podría suponer un análisis complicado de una situación
básicamente más sencilla y sería igualmente válido afirmar que, puesto que
las mujeres normalmente se pasan el día en casa, son por naturaleza las que
están más a mano para cuidar de los enfermos terminales. Cualquiera que sea
la razón, es innegable que la mayoría de personas ven la muerte como un
hecho amedrentador que comporta el contacto directo con fuerzas
desconocidas e incontrolables. Incluso los que disponen de las ventajas de los
conocimientos médicos modernos contemplan los fenómenos del nacimiento
y la muerte con cierto respeto y, hasta época relativamente reciente, los
hombres han tendido en general a evitar el contacto inmediato con estos dos
misterios. Hablando en términos prácticos esto significa que normalmente se
confía a las mujeres el cuidado de los moribundos y que los hombres esperan
de las mujeres que presidan el lecho de muerte y hasta que amortajen al
difunto antes de pasar a ocuparse ellos de los ritos funerarios más
ceremoniosos, que la mujer a menudo no sabría realizar adecuadamente.
Egipto no fue excepción a esta regla general y no es por azar que las
diosas Isis y Nefthys estuvieran estrechamente relacionadas tanto con los ritos
del nacimiento (en los que actuaban de comadronas) como en los de la muerte
(donde eran deidades plañideras). Como en el Periodo Dinástico no existía un
equivalente de nuestro sistema hospitalario que permitiera aislar al enfermo
del ambiente de su casa, su cuidado pasó a convertirse en un deber de las
mujeres de la casa. En estas circunstancias íntimas no había ningún miembro
de la familia que pudiera tener la esperanza de evitar el contacto con los
moribundos o con los que acababan de morir y, de hecho, la mayor parte de
las mujeres esperaban que a lo largo de su vida tendrían que asistir en su
lecho de muerte a sus parientes más próximos. La muerte no era, pues, ni un
concepto abstracto ni sanitario para la mujer egipcia, sino simplemente un
hecho más de la vida, por mucho que convenía eludirlo dentro de los límites
de lo posible recurriendo al uso apropiado de oraciones, amuletos y hechizos.
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Levántate, oh, Teti. Coge tu cabeza y reúne tus huesos. Junta tus
miembros y sacúdete el polvo de las carnes. Toma tu pan que ya nunca se
echará a perder y tu cerveza que jamás se volverá ácida y quédate ante la
entrada que excluye a las personas corrientes. El guardián de la puerta
sale a tu encuentro. Te toma de la mano y te conduce al cielo, en
presencia de tu padre, Geb.
Sermón de los Textos de las Pirámides,
del faraón Teti, Imperio Antiguo
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Este Más Allá era casi una réplica exacta de la vida rural terrena aunque
muchísimo mejor. Era un lugar donde los vegetales eran más altos, el ganado
se cebaba mejor y los peces del río estaban pidiendo a gritos que los
atraparan. Todos los que allí vivían eran jóvenes, estaban pujantes y eran
atractivos, iban vestidos con blancos y limpios ropajes de lino, adornados con
centelleantes alhajas y saboreaban manjares deliciosos en un país donde la
cerveza y el vino fluían como el agua del Nilo. Era evidente que la vida en el
Campo de los Cañaverales era francamente apetecible. Desgraciadamente uno
no entraba automáticamente en lugar tan deleitoso ni tampoco tenía
franqueada la entrada en él por el simple hecho de haber llevado una vida
virtuosa o devota en la tierra. La entrada en el Más Allá se hacía solamente
por examen y mediante un estricto sistema de control. Los que eran
rechazados no tenían una segunda oportunidad.
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proveer sus tumbas con una serie completa de preguntas y respuestas que
sabían que les plantearían en el viaje que emprenderían después de la muerte,
con lo que les facilitaban un pasaporte que les franquearía las delicias del otro
mundo. Dado que los dioses no desaprobaban una trampa tan flagrante como
ésta, los ricos tenían asegurado el renacimiento en el Campo de los
Cañaverales. Durante el Imperio Medio esta guía hacia el Más Allá adoptó la
forma de un conjunto de hechizos y encantamientos que habían evolucionado
a partir de los Textos de las Pirámides Reales, del Imperio Antiguo, y que
estaban grabados o pintados en los costados de los ataúdes. En el Imperio
Nuevo se proveía a los difuntos de su ejemplar personalizado de Los
Capítulos de la Aparición de Día, rollo de papiro ilustrado que contenía una
extensa colección de hechizos, rituales, preguntas y respuestas que se conoce
más familiarmente como El Libro de los Muertos.[5] Las personas más
acomodadas de la sociedad poseían su ejemplar personal de El Libro de los
Muertos, mientras que los que no eran tan ricos compraban rollos producidos
masivamente, ya fuera para hombres o para mujeres, en los que había unos
espacios en blanco colocados a intervalos regulares donde había que poner el
nombre y los títulos correspondientes. De cuando en cuando había
confusiones y se enterraba a mujeres con rollos destinados originariamente a
hombres.
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salían dos espíritus del cadáver, el Ka y el Ba. El Ka se quedaba junto al
cadáver en la tumba mientras que el Ba estaba en libertad de abandonarla en
forma de pájaro con cabeza humana. Al mismo tiempo, un tercer aspecto del
alma, enteramente diferente, se embarcaba en el trabajoso viaje hacia el Más
Allá. Sin embargo, tanto el Ka como el Ba necesitaban volver al cuerpo. Si se
destruía el cadáver, también se destruía a los espíritus y ya no había esperanza
de proseguir la vida, aunque en caso de apuro podían instalarse en un cuerpo
sustituto que hasta podía ser una estatua o incluso una pintura del muro de
una tumba. Esta creencia profundamente arraigada que condujo al desarrollo
de elaborados rituales funerarios, entre ellos la momificación, tenía como
finalidad básica la conservación del cadáver por toda la eternidad.
Por irónico que resulte, los que ponían más empeño y pagaban más para
proteger sus cadáveres eran aquellos sobre los que se cernía con más fuerza la
amenaza de la descomposición. Los más pobres, que durante los Periodos
Dinásticos continuaron enterrándose sin ataúdes en las sencillas tumbas de los
cementerios del desierto, quedaban desecados de una forma natural por las
cálidas arenas y permanecían relativamente bien conservados y con apariencia
más natural, aunque algo marchita. Lo que impidió el contacto directo entre el
cadáver y la arena fue la introducción del ataúd de madera y de la tumba
revestida de madera o de barro, cuya finalidad probablemente era proteger el
cadáver frente al relleno de la tumba, pero que retenía la humedad cerca del
cuerpo y propiciaba la putrefacción. Desgraciadamente tanto los ataúdes
como las tumbas pasaron a convertirse muy pronto en componentes
esenciales de un entierro muy de moda. La tumba servía de protección contra
los ladrones, como almacén de los objetos que se guardaban en ella y, lo que
era más importante de todo, como sede permanente del alma, mientras que el
ataúd contenía los hechizos vitales necesarios para devolver el difunto a la
vida. La descomposición resultante del muerto era evidente, por lo que llevó a
acometer ingeniosos intentos de conservar el cadáver de una forma
reconocible.
Durante el Periodo Dinástico mejoraron notablemente las técnicas de
momificación por lo que, aunque al principio del Imperio Antiguo la mayoría
de cadáveres embalsamados continuaron descomponiéndose, a mediados del
Imperio Nuevo la mayoría de enterradores profesionales estaban en
condiciones de preparar los cadáveres de modo que su aspecto tuviera una
gran naturalidad. Los primeros intentos de preservar el cadáver habían fallado
porque no se habían retirado los tejidos blandos y los cadáveres
semidesecados estaban simplemente envueltos en vendajes de lino y con los
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órganos internos en fase de descomposición. Como los cadáveres sometidos a
este tratamiento se desintegraban, se utilizó resina o yeso para endurecer los
vendajes, pese a lo cual el cuerpo aprisionado dentro de este envoltorio se
pudría rápidamente aunque la dureza exterior daba una falsa impresión de
naturalidad. Hasta la IV dinastía los embalsamadores no comenzaron a hacer
experimentos con la extracción de las vísceras y a desecar y rellenar la
cavidad del cuerpo. Estos experimentos prosiguieron hasta que, con la XXI
dinastía, el arte de la momificación alcanzó su punto culminante.
Herodoto nos dice que los buenos enterradores del Imperio Nuevo
ofrecían todo un abanico de servicios a sus clientes. El método que mejor
resultado daba y, por supuesto, también el más caro, exigía que se hubiera
extraído previamente del cadáver el cerebro y los intestinos antes de
someterlo a un laborioso proceso de desecación con polvo seco de natrón. Las
cavidades del cuerpo se rellenaban con trapos y resina y se vendaba
meticulosamente todo el cuerpo. La operación completa duraba setenta días.
En general, los embalsamientos más baratos eran los menos efectivos. El
tratamiento de «segunda» clase comportaba la inyección de fluidos que
disolvían las partes blandas del cuerpo sin necesidad de abrir el estómago,
mientras que:
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Este origen real no cayó nunca en el total olvido y las pinturas tumbales que
reproducen funerales a menudo presentan a oferentes que llevan enseñas
reales como coronas y cetros, no literalmente apropiados a la posición del
difunto.
Las prácticas funerarias específicas fueron variando en épocas diferentes y
también en lugares diferentes del país, de acuerdo con las tradiciones locales,
si bien las ideas básicas se mantuvieron constantes. Se escoltaba al difunto
hasta su nueva casa, se recurría a la magia para asegurarse de que renacería y
se clausuraba la tumba para protegerla de intrusos. Todo el funeral tebano se
desarrollaba de acuerdo con un prolijo ritual que constaba de cuatro fases
básicas: la manifestación de duelo en la orilla oriental del Nilo, el trayecto a
través del río, la procesión hasta la necrópolis y la llegada al lugar de la
sepultura. Cada estadio constaba de sus actos y hechizos religiosos
particulares y estaba presidido por uno de los diferentes sacerdotes que
desempeñaban diversos papeles en la identificación del difunto con Osiris
muerto. Escoltaban el cortejo fúnebre nueve funcionarios y en la puerta del
sepulcro había varios danzarines varones que acogían la procesión con una
danza ceremonial. Se realizaba allí la ceremonia vital e importante de la
«Apertura de la Boca» y durante la misma se utilizaban instrumentos mágicos
para tocar la boca de la momia o su sarcófago antropomorfo al objeto de
devolver ciertas facultades al difunto que le permitirían respirar y comer en la
otra vida. Las participantes femeninas más importantes de este ritual eran las
djeryt, dos mujeres que acompañaban al cadáver y que representaban a Isis y
a Nefthys, las fieles hermanas de Osiris que habían adoptado la forma de
milanos para poder buscar los restos desperdigados del cuerpo de su hermano.
Parece que la función de las djeryt había sido totalmente pasivo y que su
puesto era adoptado a veces por grandes figuras femeninas de madera
provistas de grandes alas protectoras de pájaro en lugar de brazos. La
apesadumbrada familia seguía el cortejo fúnebre hasta la tumba y su número
iba aumentando progresivamente con grupos de plañideras pagadas y criados
de la familia, que transportaban los muebles que el difunto necesitaría usar en
el Más Allá.
Los ritos funerarios que se celebraban en esta misma época en la ciudad
septentrional de Menfis nos han dejado muchos menos restos arqueológicos
que desentrañar. Sabemos, sin embargo, que cerca de la tumba se levantaban
una especie de pabellones o refugios provisionales cuya finalidad era ofrecer
alojamiento a la fiesta funeraria atendida por plañideras y sacerdotes. Seguía a
la misma un rito conocido como «rotura de vasijas rojas» en el que, como
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explica su nombre, se destruían los recipientes que se habían utilizado en la
fiesta.
El hijo primogénito desempeñaba un importante papel en el entierro de su
padre. Según la leyenda, Horus, fiel hijo y heredero de Osiris, vengó el
asesinato de su padre y realizó ritos funerarios antes de subir al trono.
Tomando este precedente como conclusión lógica, los egipcios acabaron por
creer que la persona que se encargaba de los ritos del entierro se convertiría
en el heredero reconocido del difunto, hasta el punto de que un hombre que
tuviera alguna reivindicación legal dudosa con respecto a su herencia podía
consolidar su posición llevando a cabo la necesaria ceremonia. Parece que la
ley egipcia válida era: «… que los bienes pasen a aquel que hace el entierro».
Por consiguiente, los reyes egipcios tenían buen cuidado de ofrecer un
entierro digno a su predecesor, no ya por un sentido de decencia natural sino
por el deseo práctico de prestar fuerza a sus aspiraciones al trono. Aun cuando
era de desear que de los ritos funerarios se encargara un hijo, se trataba de un
deber que se podía delegar a un sacerdote pagado sin que aquel perdiera su
derecho a heredar, del mismo modo que posteriormente podía encargarse a un
delegado de cuidar de la tumba y de hacer los ofrecimientos diarios al difunto.
También era posible, aunque quizá no tan deseable, que fuera una hija o la
esposa la que organizara el entierro. Se trataba sin duda de un acto caro; el
funeral de Huy, habitante de Deir el-Medina, fue financiado, por ejemplo, por
su esposa Iy, que tuvo que venderse una casa para reunir el dinero necesario
para costearlo. Menos mal que Iy pudo resarcirse de la inversión heredando
los bienes de su difunto marido. Durante el Periodo Romano el entierro
tradicional, incluida la momificación, llegó a ser tan caro que la cuestión de
quién debía costearlo podía dar motivo a encendidas discusiones entre los
familiares. Algunos testamentos incluso tenían cláusulas que precisaban que
los hijos deberían pagar el coste del entierro antes de entrar en posesión de la
herencia y no era raro que hermanos y hermanas recurrieran a acuerdos
legales en los que detallaban exactamente con qué cantidad contribuiría cada
uno a los gastos originados por el entierro del padre o de la madre.
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Tan sólo los miembros más privilegiados de la sociedad podían permitirse
la construcción de complicadas tumbas de piedra tallada, por lo que no nos
sorprende que sean muy pocas las mujeres que ocupaban prestigiosas tumbas
por derecho propio. La propiedad de la tumba reflejaba con exactitud el clima
social y habría resultado imposible para la mayoría de mujeres reunir el
dinero necesario para costear un monumento de aquellas características. A
menudo se adjudicaba a las esposas, madres e hijas de la realeza, tumbas
separadas próximas a la del rey, si bien estas sepulturas, normalmente mucho
menos imponentes que la principal, deben verse en realidad como una
prolongación del complejo funerario del rey. Incluso allí donde las dos
tumbas están completamente separadas entre sí y separadas también del
templo mortuorio real, como es el caso del Valle de los Reyes y del de las
Reinas del Imperio Nuevo, es difícil decidir si hay que interpretar la tumba de
la reina como una ampliación del complejo funerario del rey, como un
monumento aparte que refleja la importancia de la reina o incluso como un
monumento aislado que representa la menor importancia de la reina, que ya
no era digna de ser enterrada con su marido.
A la mayoría de mujeres, por su condición de esposas o hijas, se las
incluía en las tumbas de piedra tallada, en cuyo caso la sepultura del varón
ocupaba por su relevancia un lugar de precedencia natural, en tanto que la
mujer desempeñaba un papel secundario, como lo habría tenido en casa de su
marido o de su padre. Conviene observar que la decoración de estas tumbas
compartidas hace referencia casi exclusiva al varón difunto y a su
supervivencia en el Más Allá y que el texto que figura en los muros se centra
en su vida y hechos y sólo hace una referencia casual a las actividades de su
esposa. Parece que se esperaba de la mujer que entraría en el Más Allá no
como una persona por derecho propio sino como parte del entorno de su
marido. Como ya se ha dicho, en casi todas las escenas de las tumbas se
concedía a las mujeres un papel pasivo, hasta el punto de que es frecuente que
la única vez que puede verse a una mujer actuando independientemente de su
marido es cuando se la representa condoliéndose de la muerte de éste en su
entierro. No hay testimonio de ninguna escena en la que un viudo dé muestras
de dolor por la muerte de su esposa.
Página 261
La mayoría de mujeres eran enterradas en tumbas individuales excavadas
en las arenas del desierto, donde se encontraba el cementerio del pueblo.
Estos cementerios locales se mantuvieron en uso durante periodos de tiempos
muy largos y fueron ampliándose y desplazándose lentamente a medida que
aumentaba el número de entierros, por lo que las tumbas del Periodo Tardío
podrían estar situadas a una cierta distancia del lugar donde estuvo
originariamente el cementerio del Imperio Antiguo. Dentro del cementerio las
tumbas de personas más humildes se encontraban dispuestas alrededor de las
de importantes dignatarios locales, más impresionantes que las primeras, o
simplemente excavadas en espacios vacantes del desierto, situados en las
inmediaciones. Se marcaba entonces la situación de cada tumba de la clase
media con una simple estela de madera o de piedra o a veces con una
superestructura tumbal más llamativa. Parece que las tumbas de los
campesinos analfabetos no ostentaban ninguna señal.
Las costumbres locales observadas en los entierros fueron evolucionando
a medida que avanzaba el Periodo Dinástico, si bien la mayoría de entierros
incluían siempre un ataúd de madera y todo un conjunto de diferentes objetos.
Algunos eran específicos de un determinado sexo, de modo que si las vasijas
de arcilla y de piedra o los reposacabezas de madera tanto podían figurar en
las inhumaciones de hombres como en las de mujeres, había ciertos objetos
como espejos y determinadas joyas que sólo se encuentran en tumbas de
mujeres. Ayrton y Loat, que dirigieron la excavación de la necrópolis de
Abydos, del Imperio Antiguo, nos han dejado una descripción detallada de la
recuperación de una mujer enterrada, prácticamente intacta. Vale la pena citar
su descripción, sumamente detallada, ya que nos ofrece una visión auténtica
de las facetas prácticas de un entierro de una mujer egipcia corriente:
Página 262
en forma de botón de esteatita con la figura de un avispón tallado en la
parte anterior.
Sobre la tapadera del ataúd y a la altura de las rodillas tenía colocado
un pequeño jarrón de arcilla roja y contra la parte exterior del ataúd y al
pie del mismo se apoyaba un gran jarrón globular de arcilla basta, cuya
boca estaba cubierta por un cuenco de arcilla roja bruñida, provisto de
espita y colocado en posición invertida.[6]
Página 263
dama que vivió y murió durante el Periodo Grecorromano, es insólita porque
nos proporciona ciertos detalles sobre su vida y su temprana muerte. Nos dice
que se casó a los catorce años y que tuvo tres hijas y un hijo largo tiempo
esperado antes de morir a la edad de treinta años. El texto prosigue
lamentándose del destino cruel que la ha arrebatado a su amado esposo e
hijos, reflejando en el tono el estilizado pesimismo ante la muerte habitual en
los Periodos Tardío y Grecorromano:
Página 264
Acontecimientos
históricos
Página 265
Página 266
Página 267
Bibliografía
Página 268
Wenig, S., The Woman in Egyptian Art, traducido por Fisher, Edition
Leipzig, Leipzig, 1969.
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Historia y geografía
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Kemp, B. J., Ancient Egypt: anatomy of a civilization, Routledge, Londres,
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Vida diaria
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Página 270
Wilkinson, Κ., Ancient Egyptian Jewellery, Methuen, Londres, 1971.
Página 271
Láminas
Página 272
13. Damas del Imperio Nuevo en actitud de escuchar a un músico. (Escena
de una tumba de Sakkara.)
14. Estatua de madera de una djeryt. (Universidad de Liverpool.)
15. La reina Kawit, del Imperio Medio, se atusa por la mañana, según
muestra su sarcófago. (Museo egipcio, El Cairo.)
16. Navaja de bronce con asa en forma de cabeza y cuello de pato.
(Universidad de Liverpool.)
17. Espejo de bronce con mango en forma de loto. (Universidad de
Liverpool.)
18. Reproducciones de sandalias procedentes de una tumba del Imperio
Medio. (Garstang, Beni Hassan.)
19. Brazalete de marfil y pizarra de la reina Neith-Hotep, procedente de
una tumba de Nagada. (Universidad de Liverpool.)
20. Tarros de cosméticos del Imperio Medio, pulverizador y aplicadores.
(Garstang, Beni Hassan.)
21. La reina Nefertiti en forma de diosa Hator en la fachada del templo de
Abu Simbel.
22. La reina Hatsepsut recibe la corona ibs real de manos del dios
Amón-Ra. (Escena de la «Capilla Roja» de Hatsepsut, Karnak.)
23. El templo funerario de la reina Hatsepsut en Deir el-Bahri, Tebas.
24. La «Esposa del Dios Amón», posiblemente Amenirdis I. (Medinet
Habu, Tebas.)
25. La diosa Hator y el dios Ra con cabeza de halcón. (Tumba de Nefertiti,
Valle de las Reinas.)
26. La momia de la dama Ray. (De Elliot Smith, G., Catalogue General
des Antiquités Égyptiennes: The Royal Mummies, Institut Français
d’Archéologie Oriental, El Cairo, 1912, Lámina 6.)
27. Tumba de una dama rica del Imperio Nuevo. (Garstang, Abydos.)
Página 273
Figuras
1. Mujer que acarrea mercancías (según Wild, H., Le Tombeau de Ti, II,
Institut Français d’Archéologie Oriental, El Cairo, 1953, lámina 105).
2. La reina Meresanj se pasea en barca por los marjales en compañía de su
madre, la reina Heteferes (según Dunham, D. y Simpson, W. Κ., The
Mastaba of Queen Merysankh III, Museum of Fine Arts, Boston,
1974, fig. 4).
3. Mujeres que luchan en las calles (según Petrie, W. M. F., Deshasheh,
Egypt Exploration Society, Londres, 1898, lámina 4).
4. Estatua de marido y mujer (según Hornemann, B., 1951-1969 Types of
Egyptian Statuary, Munksgaard, Copenhague, 1191).
5. Estela del niño Mery-Sejmet en brazos de su madre, cuyo nombre
ignoramos (según Hieroglyphic Texts from Egyptian Stelae etc. in the
British Museum, British Museum Publications, 1914, lámina 50).
6. Mujeres extranjeras con sus hijos (según Bouriant, V., Le Tombeau de
Harmhabi, Mémoires Mission Archéologique Français au Caire,
París, 1893, lámina 4).
7. Vasija en forma de figura de la fertilidad (según Hornemann, B.,
1951-1969, Types of Egyptian Statuary, Munksgaard, C openhague,
11836).
8. Una prostituta entregada a prácticas sexuales con un cliente (según
Omlin, J. A., Der Papyrus 55001, Edizioni d’Arte Fratelli, Turín,
1973, lámina 13).
9. Una prostituta se pinta los labios (según Omlin, J. A., Der Papyrus
55001, Edizioni d’Arte Fratelli, 1973, lámina 13).
10. La diosa Taweret (según Hornemann, B., 1951-1969, Types of Egyptian
Statuary, Munksgaard, Copenhague, 929).
11. La diosa Hécate (según Naville, E., The Temple of Deir el-Bahari, Egypt
Exploration Society, Londres, 1896, lámina 48).
Página 274
12. Corte transversal y plano de una casa típica de Deir el-Medina (según
James, T. G. H., Pharaoh’s People, Oxford University Press, 1984,
fig. 24).
13. Mujer que acarrea provisiones para su familia (según Wild, H., Le
Tombeau de Ti, II, Institut Français d’Archéologie Oriental, El Cairo,
1953, lámina 50).
14. Mujer ocupada en cocer pan (según Homemann, B., 1951-1969, Types
of Egyptian Statuary, Munksgaard, Copenhague, 1011).
15. Dos mujeres del Imperio Nuevo servidas por una criada en un banquete
(según Davies, N. de G., Private Tombs at Thebes: scenes from some
Theban tombs, vol. 4, Oxford University Press, 1963, lámina 6).
16. Mujer que vomita en un banquete (según Davies, N. de G., Private
Tombs at Thebes: scenes from some Theban tombs, Vol. 4, Oxford
University Press, 1963, lámina 18).
17. La diosa Seshat (según Bonnet, H., Reallexikon der Ägyptischen
Religionsgeschichte, Walter de Gruyter & Co., Berlín, 1952, fig. 399).
18. Jeroglíficos primitivos de Deir el-Medina (según Bruyère, B., Rapport
sur les Fouilles de Deir el-Medineh, Institut Français d’Archéologie
Oriental, El Cairo, 1937, fig. 32).
19. Banda de mujeres que amenizan un banquete (según Davies, N. de G.,
Private Tombs at Thebes: scenes from some Theban tombs, vol. 4,
Oxford University Press, 1963, lámina 6).
20. Grupo de mujeres en procesión (según Davies, N. de G., The Tomb of
Neferhotep at Thebes, Metropolitan Museum of Art, Nueva York,
1933, lámina 18).
21. Plañideras de la tumba de Neferhotep (según Davies, N. de G., The
Tomb of Neferhotep at Thebes, Metropolitan Museum of Art, Nueva
York, 1933, lámina 22).
22. Trueque en el mercado (según Scheil, V., Tombeaux Thébains, Le
Tombeau d’Apoui, Leroux, París, 1894, lámina 2).
23. Mono guardián adiestrado en el momento de apresar un ladrón (según
Moussa, A. M. y Altenmuller, H., Das Grab des Nianchchnum und
Chnumhotep, P. von Zabern, Mainz am Rhein, 1977, Abb. 10).
24. Reina del Imperio Antiguo que luce una llamativa peluca roja y amarilla
y posiblemente las hombreras más antiguas del mundo (según
Dunham, D. y Simpson, W. Κ., The Mastaba of Queen Merysankh III,
Museum of Fine Arts, Boston, 1974, fig. 7).
Página 275
25. Muchacha con adorno de un pez en el cabello (según Blackman, A. M. y
Apted, R. M., The Rock Tombs of Meir, VI, Egypt Exploration
Society, Londres, 1953, lámina 14).
26. Vestido tubo del Imperio Antiguo (según Wild, H., Le Tombeau de Ti,
II, Institut Français d’Archéologie Oriental, El Cairo, 1953, lámina
39).
27. Moda del Imperio Nuevo.
28. Espejo de bronce (según Hornemann, B., 1951-1969, Types of Egyptian
Statuary, Munksgaard, Copenhague, 963).
29. Un escultor trabaja en una estatua de la reina Meresanj (según Dunham,
D. y Simpson, W. Κ., The Mastaba of Queen Merysankh III, Museum
of Fine Arts, Boston, 1974, fig. 8).
30. El conjunto de pirámides de Senwosret I (según Edwards, I. E. S., The
Pyramids of Egypt, Penguin, Londres, 1947, fig. 44).
31. La diosa Maat (según Montet, P. et al., Les Constructions et le Tombeau
d’Osorkon II à Tanis, París, 1947, lámina 24).
32. Cartucho de la reina Nitocris.
33. Cartucho de la reina Sobeknofru.
34. Cartucho de la reina Hatsepsut.
35. Hatsepsut con atuendo de hombre (según Naville, E., The Temple of
Deir el-Bahari, Egypt Exploration Society, Londres, 1908, lámina
157).
36. Hatsepsut mama de la diosa Hator (según Naville, E. y Carter, H., The
Tomb of Hatshopsitu, Constable, Londres, 1906, lámina 58).
37. Hatsepsut (actualmente borrada) con Tutmosis I (según Naville, E., y
Carter, H., The Tomb of Hatshopsitu, Constable, Londres, 1906,
lámina 9).
38. Cartucho de la reina Nefertiti.
39. La reina Nefertiti (según Bouriant, U. et al., Monuments pour Servir à
l’Étude du Culte d’Atonou en Egypte 1, Institut Français
d’Archéologie Oriental, El Cairo, 1903, lámina 1).
40. Cartucho de Smenjare.
41. Cartucho de la reina Twosret.
42. Mujer en actitud de rezar (según Bonnet, H., Reallexikon der
Ägyptischen Religionsgeschichte, Walter de Gruyter & Co., Berlín,
1952, fig. 59).
43. La diosa del cielo Nut (según Bonnet, H., Reallexikon der Ägyptischen
Religiongeschichte, Walter de Gruyter & Co., Berlín, 1952, fig. 133).
Página 276
44. Isis (según Bonnet, H., Reallexikon der Ägyptischen Religiongeschichte,
Walter de Gruyter & Co., Berlín, 1952, fig. 83).
45. La diosa cobra Renenutet (según Davies, N. y N. de G., The Tomb of
Ken-Amun at Thebes, Nueva York, 1930).
46. Las dos formas de Mesjenet (según Bonnet, H., Reallexikon der
Ägyptischen Religionsgeschichte, Walter de Gruyter & Co., Berlín,
1952, figs. 113 y 114).
Página 277
JOYCE TYLDESLEY. Nacida en Bolton (Lancashire), es doctora en
arqueología por la Universidad de Oxford. Cuenta con una extensa
experiencia en excavaciones arqueológicas para el Museo Británico, la
Universidad de Liverpool y la Universidad de Oxford. Asimismo, es Becaria
Honoraria de la Escuela de Arqueología, Estudios Clásicos y Orientales de la
Universidad de Liverpool. Ha publicado numerosos artículos e impartido
conferencias sobre arqueología egipcia.
Página 278
Notas
Página 279
[1] Aunque Herodoto escribió su libro cuando Egipto estaba sometido al
dominio persa, nos aporta una gran cantidad de datos en relación con la era
dinástica anterior. Sus observaciones, junto con las de otros visitantes de
Egipto —principalmente el historiador Diodoro Siculo y el geógrafo Estrabón
— nos han proporcionado una fuente de datos útil que de otro modo se habría
perdido. Sin embargo, debemos tratar todos estos datos con cierta precaución.
Herodoto no era particularmente riguroso en sus observaciones y siempre
confiaba en las noticias que le daban. En realidad, no hay pruebas directas de
que Herodoto visitara Egipto, y algunas de las omisiones más flagrantes de
sus textos, como el estudio relativamente corto de Tebas, ha llevado a varios
entendidos a creer que su crónica podría estar basada en observaciones
aportadas por otros. Como manifestó el propio Estrabón: «Tanto Herodoto
como los demás cuentan muchas tonterías [sobre Egipto], añadiendo a sus
relatos historias fantásticas, como para darles un poco de sabor». <<
Página 280
[2] Esta cita tiene un tono ligeramente irónico, ya que el que fuera un templo
Página 281
[3] El problema se ha complicado debido a la reticencia de muchos
egiptólogos a examinar y a dejar constancia de ciertos yacimientos del país,
mientras templos y tumbas impresionantes siguen sin descubrir. Con mucha
frecuencia se han considerado hallazgos importantes los más espectaculares o
valiosos, mientras que los egiptólogos que se han hecho más famosos son los
que han tenido la suerte de descubrir tumbas en las que abundaba el oro. <<
Página 282
[4] Kahun fue construida como una población temporal en la entrada del
Fayum y fue habitada durante unos cien años mientras se construía la
pirámide del faraón Senwosret II del Imperio Medio. Después se abandonó.
El poblado de Amarna (antigua Ajetaten) estuvo habitado aproximadamente
durante veinte años por los trabajadores empleados en la construcción de la
capital del Imperio Nuevo del faraón Ajnatón. En cambio, el pueblo de Deir
el-Medina, situado en un valle de las colinas de Tebas delante del moderno
Luxor, estuvo habitado de forma continuada durante más de cuatrocientos
años. Este lugar nos ha proporcionado una información verdaderamente
valiosa sobre las vidas de las gentes sencillas que trabajaron en la excavación
y decoración de las tumbas reales en los alrededores del Valle de los Reyes y
del de las Reinas. Para un conocimiento más detallado de la vida en esta y
otras comunidades, consúltese a Kemp (1989). <<
Página 283
[1] Hasta hace relativamente poco tiempo este campo de investigación
potencialmente fértil había quedado relegado a un segundo plano en los
estudios arqueológicos e históricos, que han tendido a prestar más atención a
aspectos más sobresalientes y espectaculares en detrimento de otros más
cotidianos. Desgraciadamente, lo espectacular se encuentra normalmente
asociado a los éxitos masculinos y, casi invariablemente, es lo que menos
tiene que ver con el estudio de la mujer. Naturalmente, no sólo las mujeres
han sufrido en este aspecto. Nuestro conocimiento de las sociedades se basa
mucho más en las acciones atípicas de los ciudadanos más importantes que en
los sufrimientos diarios de las masas, y en nuestra reconstrucción del pasado
también se han ignorado las vidas de grandes grupos humanos. Aunque hay
tumbas espectaculares y monumentos impresionantes que siguen atrayendo el
interés general, existe actualmente una demanda creciente de información
sobre los detalles más básicos de la vida cotidiana. También se acepta que la
excavación laboriosa de un yacimiento del país, y hasta un vertedero de
basura, nos puede ofrecer una riqueza de información que quizá no tenga el
valor intrínseco de un tesoro espectacular compuesto de artilugios de oro pero
que puede ser igualmente importante para la comprensión del pasado. <<
Página 284
[2] Estas tumbas no reflejan necesariamente que las reinas de Egipto fueran
Página 285
[3] La mayoría de las sociedades que habitualmente esperan que sus mujeres
Página 286
[4] Siguiendo este razonamiento, las figuras secundarias potencialmente
amenazadoras que se incluyen en las escenas de las tumbas, junto con los
jeroglíficos de animales y de forma casi humana incluidos en el comentario, a
menudo se representaban sin piernas o bien partidos por la mitad en la zona
de la cintura. Esta anomalía física deliberada era una precaución sabia y
pretendía evitar que las imágenes peligrosas cobraran vida y amenazaran al
ocupante principal de la tumba. <<
Página 287
[5] Harris, J. E. & Wente, E. F., Αn X-Ray Analysis of the Royal Mummies,
Página 288
[6] Heqanajt era el sacerdote del culto funerario del visir Ipi, con sede en
Tebas. Vivió a principios del Imperio Medio, cuando Egipto todavía padecía
los desórdenes del Primer Periodo Intermedio, y se vio obligado a hacer
frecuentes viajes de negocios al norte del país. Lejos de su patria, escribió una
serie de cartas en las que pretendía imponer un control a distancia tanto de sus
intereses en negocios locales como del comportamiento de su familia, díscola
y descontenta. Estas cartas fueron conservadas por sus destinatarios y
finalmente acabaron en el pozo de una tumba de segundo orden excavada en
el patio de la tumba de Ipi. Las cartas de Heqanajt han sido traducidas y
publicadas por James, 1962. <<
Página 289
[7] Christie, A., Death Comes as the End, Collins, Glasgow, 1945. <<
Página 290
[8] Este tipo de sesgo en los registros escritos es lo que ha llevado a algunos
Página 291
[9] Abana, o Ibana, es la madre de Ahmosis. <<
Página 292
[10] La «autobiografía» del Periodo Tardío de la dama conocida por
Taimhotep, escrita por su marido después de su muerte, es una excepción a
esta regla general. Se cita un extracto de esta autobiografía al final del
Capítulo 8 de este libro. <<
Página 293
[11]
Las traducciones al inglés de los papiros médicos se incluyen en la
selección de la bibliografía que figura al final de este libro. <<
Página 294
[12] La literatura griega y romana siempre mantuvo una actitud ambivalente
Página 295
[13] Egipto recibió mucha influencia cultural de sus vecinos y sería interesante
Página 296
[14] Sería un error interpretar literalmente las leyes de Hammurabi, ya que
parecen haber sido escritas como una guía del buen comportamiento y no
como una norma estricta. Sabemos que algunas mujeres hicieron
transacciones legales por cuenta propia y que las viudas ricas podían tener
una considerable autonomía en su vida privada. Sin embargo, las normas nos
indican con precisión los valores de la sociedad y de la situación legal de la
mujer en la comunidad. <<
Página 297
[15]
Para un estudio conciso del papel de la mujer en el mundo clásico,
consúltese Clark, 1989. <<
Página 298
[16] Frazer, J. R., The Golden Bough, parte 4, vol. 2, Londres, 1914. <<
Página 299
[17] Un matriarcado implica el dominio de la línea femenina, con el control
Página 300
[18] El caso de Mose se estudia con detalle en James, 1984.. <<
Página 301
[19] Para más referencias sobre este tema consúltese Pestman, P. W., Marriage
Página 302
[20] Gardiner, A., «Adoption Extraordinary», Journal of Egyptian
Archaeology 26: 23-29, 1945. <<
Página 303
[1] Citado en Lindsay, J., Daily Life in Roman Egypt, Frederick Muller Ltd.,
Página 304
[2] Las mujeres suelen tener un nivel bajo de fertilidad durante el primer o
Página 305
[3] Esta indicación se basa en la traducción de un texto que hace referencia a
Página 306
[4]
Para ulteriores referencias sobre este tema consúltese Pestman, P. W.,
Marriage and Matrimonial Property in Ancient Egypt, E. J. Brill, Leiden,
1961. <<
Página 307
[5] Esta teoría se estudia con más detalle en Ward, W. A., Essays on Feminine
Titles of the Middle Kingdom and Related Subjects, Beirut, 1986. Véase
también: Ward, W. A., «Reflections on some Egyptians terms presumed to
mean “harem, harem-woman, concubine”», Berytus Archaeological Studies,
31: 67-74, 1983. <<
Página 308
[6] Véase Janssen, J. J., «Marriage problems and public relations» (P. B. M.
Página 309
[7] Traducido por Burford, 1976; comentado por Miles (Miles, R., The
Women’s History of the World, Paladin, Londres: 247, 1988), que cita otros
casos en que se habían utilizado excrementos como anticonceptivos.
Watterson (1991, p. 88) indica que los excrementos de cocodrilo mojados en
leche ácida, un pesario anticonceptivo recomendado en el Kahun Medical
Papyrus, podía haber tenido un efecto débilmente ácido parecido al producido
con la esponja mojada en vinagre que era un método usual en el control de
natalidad en el oeste de Europa al final de este siglo, y que todavía es
utilizado actualmente por los campesinos egipcios. <<
Página 310
[8] Este extracto de las instrucciones del escriba Any del Imperio Nuevo se ha
Página 311
[9] Mammisi eran pequeños templos vinculados a un gran templo, construidos
Página 312
[10] Baines, J., Egyptians Twins, Orientalia, 54: 461-482,1985. <<
Página 313
[11]
Para más detalles referentes a la infancia en el Egipto faraónico,
consúltese Janssen R. M. & Janssen J. J., Growing up in Ancient Egypt, The
Rubicon Press, Londres, 1990. <<
Página 314
[1]
La expansión y contracción de la casa de Hori quedan ilustrados
esquemáticamente en Kemp, 157-158, 1989. <<
Página 315
[2] Para la revisión de todos los aspectos de la colada, consúltese Hall, R. M.,
Página 316
[3] Para más referencias sobre la comida de los egipcios antiguos véase Darby,
W. J., Ghaliongui, P. & Grivetti, L., Food: the gift of Osiris, Academic Press,
Londres, 1977; Wilson, H., Egyptian Food and Drink, Shire Egyptology,
Shire Publications, Aylesbury, 1988. <<
Página 317
[4] Emery, W. B., A Funerary Repast in an Egyptian Tomb of the Archaic
Period, Netherland Institut Voor Het Nabije Oosten, Leiden, 1962. <<
Página 318
[5] El inconveniente de comer cerdo supone un riesgo de infestación humana
Página 319
[6]
Tiene el mismo valor la observación de que resulta mucho más fácil
representar a alguien derramando una bebida que mostrar a un noble
comiendo dignamente un ganso. <<
Página 320
[7]
Para más referencias al consumo de vino y cerveza consúltese Lesko,
L. H., King Tut’s Wine Cellar, B. C. Scribe Publications, California, 1977. <<
Página 321
[1] Conviene juzgar las escenas que representan a mujeres con instrumentos de
Página 322
[2] Janssen, J. J., «A Notable Lady», Wepwawet 12: 30-31,1987. <<
Página 323
[3] Para un estudio más detallado de los títulos de las mujeres en el Imperio
Página 324
[4] Se sabe que por lo menos una mujer, Peshet, una dama del Imperio
Antiguo, tuvo el título de «Jefe de las mujeres médico», lo que indica que en
ese tiempo pudo existir un gremio de mujeres que eran doctoras profesionales
o quizá un gremio de mujeres doctoras especializadas en atender a mujeres.
Sin embargo, Peshet era miembro de una familia de sacerdotes y su hijo
Ajethope, que tenía el título de «Capataz de los sacerdotes de Ka de la madre
del rey», finalmente heredó de su madre el título de médico, lo que quizá
indica que es más probable que se tratara de un galardón honorario. No
tenemos ninguna otra información sobre el trabajo de mujeres doctoras
egipcias. <<
Página 325
[5] Aunque los acólitos de los dioses y las diosas normalmente eran sacerdotes
Página 326
[6] No hay duda de que el título de visir hace referencia a Nebet y no a su
Página 327
[7] Ward, W. A., «The case of Mrs Tchat and her sons at Beni Hassan»,
Página 328
[8] Como guía sobre la música y músicos egipcios, consúltese Manniche, L.,
Página 329
[9] Penélope, la esposa fiel de Ulises ausente, que pasó los días trabajando en
Página 330
[10] James: 175-177, 1984, proporciona todos los detalles del caso de la
sirvienta desaparecida. <<
Página 331
[11] Los expertos todavía están en desacuerdo sobre la extensión de la
esclavitud en el Egipto Antiguo, y resulta muy difícil distinguir a los que
clasificaríamos como esclavos de los que eran simplemente criados.
Efectivamente, la estructura piramidal de la sociedad egipcia se asociaba a un
sistema muy desarrollado de trabajo corvée para que los esclavos estuvieran
en la periferia de la economía egipcia. El estudio más completo sobre este
tema nos lo proporciona Bakir, A. M., Slavery in Pharaonic Egypt, Institut
Français d’Archéologie Orientale, El Cairo, 1952. <<
Página 332
[12]
Para más detalles sobre la fijación de precios dinástica, consúltese
Janssen, J. J., Commodity Pricesfrom the Ramessid Period, Brill, Leiden,
1975. <<
Página 333
[13]
Janssen, R. M. & Janssen, J. J., Egyptian Household Animals, Shire
Publications, Aylesbury, 1989. <<
Página 334
[1] Para una revisión de la historicidad de la circuncisión masculina en el
Página 335
[2] Donde fue práctica aceptada, la circuncisión femenina se explica como una
Página 336
[3] Para más detalles sobre la manufactura de pelucas, consúltese Cox, J. S.,
Página 337
[4] Riefsthal, E., «An Ancient Egyptian Hairdresser», Bulletin of the Brooklyn
Museum 13.4: 7-16, 1952; «Two Hairdressers of the 11th Dynasty», Journal
of Near Eastern Studies 15: 10-17,1956. <<
Página 338
[5] Keimer, L., Remarques sur le Tatouage dans l’Egypte Ancienne, Institut
Página 339
[6] Para una revisión de todos los aspectos de la manufactura textil, véase
Página 340
[7] Por lo menos algunos de los vestidos rescatados de las tumbas parecen
Página 341
[8] Para más información sobre el oráculo de Amenofis I, véase McDowell, A.
Página 342
[9] Cuando el oro tiene una elevada proporción de plata se transforma en una
valiosa aleación llamada electro, un metal que puede confundirse con la plata
y que era muy valorado por los joyeros egipcios. <<
Página 343
[1] La interpretación correcta de los términos normalmente traducidos como
Página 344
[2] En marcado contraste, las tumbas de los nobles contemporáneos muertos
Página 345
[3] Emery, W. B., Great Tombs of the First Dynasty, vol. 2, Egypt Exploration
Página 346
[4]
Para una descripción detallada y profunda de las excavaciones del
Cementerio Real, consúltese Woolley, L., Ur Excavations, vol. 2, «The Royal
Cemetery», The Trustees of the British Museum, Londres, 1934. <<
Página 347
[5] Consúltese Ward, W. A., Reflections on some Egyptian terms presumed to
Página 348
[6] No existe ningún testimonio de un verdadero título de esposa secundaria,
Página 349
[7] Los escarabajos conmemorativos con largos textos jeroglíficos eran un
Página 350
[8] Sabemos que la reina hitita de Ramsés II y su séquito vivieron, al menos
Página 351
[9] El cuerpo de Ramsés III no muestra signos de un ataque violento pero el
Página 352
[10] El cartucho es un símbolo jeroglífico usado para indicar un nombre real
Página 353
[11] La cuestión del cambio de papel de la reina consorte, incluido el registro
Página 354
[12] Hay pruebas que indican que seis mujeres importantes (Meryt-Neith,
Nitocris, Sobeknofru, Hatsepsut, Nefertiti y Twosret) pudieron ocupar el
trono en Egipto y gobernar por derecho propio como reinas o reinas
consortes. En el capítulo 7 se repasan las pruebas detalladas de estos reinados
atípicos. <<
Página 355
[13] Escenas que muestran a estas damas visitando una granja y bebiendo
leche fresca mientras la vaca y su ternero las observan tal vez pretendan
representar hechos imaginarios en el bucólico Más Allá y no acontecimientos
reales diarios. <<
Página 356
[14] ara un estudio de las razones a favor y en contra de la teoría «princesa-
Página 357
[1] Maat fue personificado en forma de una diosa del mismo nombre. Esta
diosa, hija de Ra, llevaba un tocado distintivo que consistía en una única
pluma de avestruz sujeta en su sitio con hilo de oro. Estaba estrechamente
relacionada con la verdad y la administración de justicia. <<
Página 358
[2] Esta discriminación en contra de la sucesión femenina queda al menos en
Página 359
[3] La famosa reina Cleopatra VII, última monarca egipcia, reinó durante el
Periodo Grecorromano que siguió al Periodo Dinástico, y que por ello queda
fuera del ámbito de este libro. <<
Página 360
[4] Otra interpretación alternativa de estas tumbas reales prematuras indica que
Página 361
[5] El texto de esta declaración, preservado en el magnífico templo funerario
Página 362
[6]
Para más referencias sobre Senenmut, consúltese Dormán, P. F., The
Monuments of Senenmut, Kegan Paul, Londres, 1988. <<
Página 363
[1] Juvenal, Sátira 15, citada en traducción inglesa en Lindsay, J., Daily Life in
Página 364
[2] La Narración del Imperio Nuevo sobre la Destrucción de la Humanidad
narra cómo Ra decidió eliminar toda la vida humana cuando la gente estaba
conspirando contra él. Creó «El Ojo de Ra», Sejmet, que empezó la carnicería
pero que después se arrepintió de sus actos irreflexivos. Para evitar que
Sejmet hiciera una carnicería mezcló ocre rojo con cerveza. Figurándose que
era sangre, la diosa se bebió el líquido rojo y quedó tan ebria que no pudo
llevar a cabo sus designios de muerte. <<
Página 365
[3]
Para más referencias sobre la religión del país, consúltese: Pinch, G.,
Childbirth and Females Figurines at Deir el-Medina and el-Amarna,
Orientalia 52: 405-414, 1983; Kemp, B. J., «Wall Paintings from the
Workmen’s Village at el-Amarna», Journal of Egyptian Archaeology 65:
52-53,1979. <<
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[4] El raro sombrero de Mesjenet, que lleva atado a la cabeza con un anillo, se
ha interpretado como dos largos retoños de palmera con los extremos curvos.
<<
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[5] Budge, W., Book of the Dead, Textil, Kegan Paul, Londres, 1910. <<
Página 368
[6] Ayrton, E. R., Untitled report in F. L. I. Griffith (ed.), Egypt Exploration
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