100% encontró este documento útil (2 votos)
770 vistas369 páginas

Mujeres Influyentes del Antiguo Egipto

Este documento presenta los antecedentes geográficos e históricos de Egipto y el papel fundamental que jugó el río Nilo en la sociedad egipcia. El Nilo permitió el desarrollo de la agricultura y la vida sedentaria al inundar anualmente las tierras, y también fue la principal vía de transporte y comunicación. La geografía única de Egipto, con la estrecha franja de tierra fértil a lo largo del río, ayudó a preservar su independencia cultural a pesar de las influencias externas

Cargado por

claudia navarro
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (2 votos)
770 vistas369 páginas

Mujeres Influyentes del Antiguo Egipto

Este documento presenta los antecedentes geográficos e históricos de Egipto y el papel fundamental que jugó el río Nilo en la sociedad egipcia. El Nilo permitió el desarrollo de la agricultura y la vida sedentaria al inundar anualmente las tierras, y también fue la principal vía de transporte y comunicación. La geografía única de Egipto, con la estrecha franja de tierra fértil a lo largo del río, ayudó a preservar su independencia cultural a pesar de las influencias externas

Cargado por

claudia navarro
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

¿Cómo

eran las mujeres del Antiguo Egipto? ¿Cuál era su papel en la


sociedad? ¿Qué hábitos de vida tenían? ¿Cómo cuidaban y embellecían su
cuerpo?
Hijas de Isis presenta, desde una perspectiva diferente, el papel de la mujer en
el Antiguo Egipto. Cualquier mujer nacida libre estaba asegurada por derecho
legal a disponer de propiedades, iniciarse en la corte e incluso vivir sola sin la
protección de un guardián masculino. Disfrutaban de gran influencia y poder
en los asuntos de Estado, y en ocasiones establecían las normas que debían
regir en su reino.
Esta obra dibuja importantes aportaciones desde la evidencia histórica,
arqueológica y etnográfica. Matrimonio y maternidad, trabajo en el hogar,
religión y muerte son examinados con detalle. Dos de los capítulos se dedican
a la mujer influyente del harem real y a las reinas semidivinas que gobernaron
sus reinos.
La mujer egipcia emerge en este relato, equilibrado y simpático, como una
figura viva e influyente.

Página 2
Joyce Tyldesley

Hijas de Isis
ePub r1.0
Titivillus 02.06.2021

Página 3
Título original: Daughters of Isis
Joyce Tyldesley, 1994
Ilustración: Ramsés II arrodillado ante el dios supremo Amón Ra en presencia de su padre
Seti I, el dios Luna. Khonsu y la diosa Madre Mut, James Putnam

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

Página 4
A Steven y Philippa Anne Snape

Página 5
Índice

Agradecimientos

Introducción: Antecedentes geográficos e históricos

1. Imágenes de mujeres

2. La felicidad conyugal

3. Señora de su casa

4. Trabajo y juego

5. El cuidado personal

6. El harén real

7. Reyes hembras

8. La vida religiosa y la muerte

Acontecimientos históricos

Notas

Bibliografía

Lista de Láminas

Lista de Figuras

Sobre la autora

Página 6
Agradecimientos

Quisiera dar las gracias a todos aquellos cuya contribución ha hecho posible
este libro. A Paul Bahn, Eleo Gordon y Sheila Watson, que me alentaron y
dieron consejos prácticos cuando los necesité. A Angela Thomas y al equipo
del Bolton Museum, que me proporcionaron, encantados, algunas fotografías;
también a los miembros del departamento de fotografía de la Universidad de
Liverpool S. E. S., Ian Qualtrough y Suzanne Yee, que me fueron en todo
momento de gran ayuda. Vaya mi profundo agradecimiento a la profesora
Elizabeth Slater de la Universidad de Liverpool, que permitió que se
fotografiasen algunos objetos, nunca dados a conocer con anterioridad, de la
colección arqueológica de la universidad. Y sobre todo a Steven Snape, mi
marido, que ha demostrado una paciencia extraordinaria y que nunca puso en
duda que este libro, que empecé en 1986, tendría un final.
El libro incluye, en lo posible, citas de documentos contemporáneos que
permiten a los egipcios expresarse con su propia voz. Los que están al
corriente de las publicaciones que versan sobre literatura egipcia advertirán
inmediatamente la enorme deuda contraída con el trabajo de traducción de
Miriam Lichtheim, fundamental para muchas de las citas que aparecen en el
libro.
Los dibujos incluidos en el texto han sido reproducidos por la autora a
partir de fuentes publicadas, cuyas referencias figuran en listado aparte.

Página 7
Página 8
Página 9
Introducción:
Antecedentes geográficos
e Históricos

No sólo el clima de Egipto es característico del país y el Nilo tiene un


comportamiento que no tiene nada que ver con el de otros ríos sino que
los propios egipcios observan, en muchas de sus costumbres y maneras,
exactamente la conducta opuesta a lo que son las prácticas comunes de la
humanidad. Así pues, las mujeres se ocupan de los mercados y del
comercio, mientras que los hombres se quedan en sus casas tejiendo…
Asimismo las mujeres transportan la carga sobre los hombros mientras
que los hombres lo hacen sobre la cabeza… Los hijos no tienen que
mantener a sus padres a menos que lo deseen, mientras que las hijas
tienen la obligación de hacerlo, tanto si quieren como en caso contrario.
Herodoto cuenta las maravillas de Egipto

Cuando el historiador griego Herodoto visitó Egipto al final del Periodo


Dinástico, quedó impresionado ante el carácter caótico tanto del país como de
sus gentes. No cabía duda alguna, Egipto era un país muy especial. Si su
clima podría definirse simplemente como peculiar, el Nilo no se comportaba
como ningún otro río del mundo clásico y las relaciones entre los sexos eran
realmente extraordinarias. Herodoto no había visto nunca a mujeres
aparentemente tan libres como los hombres, razón por la cual le intrigó su
comportamiento. Durante el tiempo que viajó por el país tomó notas
detalladas de todo cuanto observaba y siempre que pudo participó en las
costumbres locales y conversó con la gente. A su regreso a Grecia plasmó lo
que había visto en un tratado que es una mezcla de historia de Egipto y guía

Página 10
de viajes del país. Fue el primer libro que des​cubrió a los lectores europeos la
misteriosa y exótica tierra de los faraones.[1]
Herodoto estuvo muy acertado al atribuir a la forma geográfica de Egipto,
alargada y estrecha, el factor básico del desarrollo de sus gentes. El río Nilo,
que fluye hacia el norte a través de un angosto cauce que atraviesa las tierras
de cultivo hasta dividirse en los distintos brazos del Delta, dominaba todos los
aspectos de la vida Dinástica. Sería imposible comprender los actos y el
pensamiento de los antiguos egipcios sin entender la tierra en que vivieron.
Como observó Herodoto con una frase repetida hasta la saciedad, «Egipto es
el regalo del Nilo».

Egipto es un país mediterráneo y africano que tiene estrechos vínculos


geográficos con Palestina y el Próximo Oriente. La primera catarata del Nilo,
justo al sur de la ciudad moderna de Asuán, marca el límite meridional
tradicional de Egipto, aunque en tiempos de la expansión imperial este límite
llegaba por el sur hasta Nubia. Convencionalmente esta región meridional se
conoce como «Alto Egipto», mientras que se denomina «Bajo Egipto» la del
norte, incluido el Delta. Egipto está limitado por el mar Mediterráneo en la
parte norte. Durante el Periodo Dinástico la expansión hacia el este y el oeste
del Nilo se vio frenada por la estrechez de tierra fértil, aunque siempre que se
tuvo por necesario se explotaron los recursos naturales de los desiertos.
Egipto mantenía unas relaciones económicas fluctuantes con sus vecinos
inmediatos —al sur con Nubia y al este con Siria y Palestina—, si bien el
contacto con las tierras más distantes de Mesopotamia, Anatolia y Creta
hicieron que la sociedad egipcia absorbiese la influencia mediterránea y del
Próximo Oriente. Sin embargo, gracias a sus abundantes recursos naturales y
a su casi absoluto aislamiento geográfico, Egipto pudo seguir siendo un país
básicamente independiente y autosuficiente durante toda su larga historia.
Los propios egipcios denominaban a su país «Tierra Negra», refiriéndose
con ello a la considerable porción de suelo altamente fértil que flanqueaba las
orillas del Nilo. La Tierra Negra cultivada estaba a su vez flanqueada por la
«Tierra Roja», el desierto árido y los riscos, donde sólo podían construirse
cementerios y sepulturas reales. Siempre ha sido muy marcada y extrema la
diferencia entre la Tierra Negra fértil y la Tierra Roja estéril y son muchos los
visitantes de Egipto que han tenido ocasión de comprobar que es un país
donde uno puede estar con un pie en las arenas del desierto y otro en los
verdes cultivos. Este recuerdo permanente del duro contraste entre la vida y la
muerte, la fertilidad y la esterilidad, dejó una huella indeleble en el

Página 11
pensamiento secular y religioso, mientras que el ciclo constante de nacer,
morir y renacer pasó a ser tema inagotable en la vida de Egipto.

¡Salve al dios Apis que surge de la tierra para regar los campos!
Tú, el de las misteriosas maneras, oscuridad de día, a quien tus
devotos cantan.
Tú inundas los campos que ha hecho Ra y das de beber a los
sedientos.
Himno del Imperio Medio a Apis,
dios de la inundación del Nilo

El Nilo permitió que los primeros egipcios se establecieran con éxito en


una zona del norte de África que sin aquel río habría sido árida,
proporcionándoles una fuente fiable de agua para beber, cocinar y lavar y
como vía de eliminación de los desechos. A falta de caminos importantes y de
vehículos de ruedas, el Nilo fue la principal arteria utilizada para el transporte
y como enlace entre pueblos y ciudades. Debido a que el río fluía de sur a
norte y que el viento predominante soplaba en sentido inverso, era fácil el
transporte en ambos sentidos a través del país realizado por embarcaciones
provistas de vela y remos. Sin embargo, el factor de mayor influencia en el
desarrollo de la cultura egipcia fue la crecida anual del Nilo y la inundación
de las tierras.

Página 12
Página 13
La agricultura, piedra angular de la economía de Egipto, dependía
totalmente de esa inundación. Cada año, de julio a octubre, las intensas lluvias
estivales de Etiopía provocaban una espectacular elevación del nivel del río,
cuyas aguas inundaban las tierras bajas de Egipto, regaban y limpiaban la
tierra y depositaban en ella una gruesa capa de limo fértil y rico en minerales.
Durante este periodo del año, gran parte del valle del Nilo quedaba
sumergido, mientras que los pueblos, prudentemente construidos en las zonas
altas y protegidos por diques, se convertían en islotes asomados en las aguas y
comunicados a través de caminos elevados. Cuando, a finales de octubre, se
retiraban las aguas, dejaban al descubierto una gruesa capa de limo y de
humedad excelente para el cultivo. Sólo los jardines privados y los campos
más alejados requerían un riego artificial adicional. Los cultivos sembrados
en noviembre proporcionaban, casi invariablemente, espléndidas cosechas a
finales de la primavera, mientras que el caluroso sol de Egipto, que combatía
eficazmente muchas de las plagas agrícolas, daba tiempo a que las tierras se
secaran antes de la siguiente inundación. El nivel de las aguas del Nilo se
controlaba rigurosamente y de forma constante en diferentes puntos de su
curso, ya que si las inundaciones eran excesivas podían provocar daños a los
asentamientos humanos, mientras que si eran escasas podían convertirse en
alarma nacional, ser causa de epidemias de hambre en todo el país y dar lugar
incluso a disturbios civiles y a la caída de reyes.

Página 14
Como monumento a su padre Amón, Señor de los Tronos de las Dos
Tierras, él construyó un templo magnífico en el lado oeste de Tebas. Fue
levantado como monumento perdurable que durara toda la eternidad.
Estaba hecho de fina arenisca y en él había abundante oro; los pavimentos
eran de plata pura y las puertas de oro. Era muy espacioso y muy grande y
estaba decorado para perdurar.
Extracto de la estela del rey Amenofis III
del Imperio Nuevo[2]

La geografía y el clima del valle del Nilo tuvieron una profunda influencia
en las construcciones de la época. Por lo general los egipcios construían con
piedra los templos y sepulturas y, en cambio, los palacios y viviendas con
humildes adobes. Era lógico que escogieran estos materiales teniendo en
cuenta el clima seco y caluroso del país, además de la abundante cantidad de
lodo que aportaba el Nilo y el elevado y por ello prohibitivo coste de las
construcciones de piedra. La casa de adobe, siempre que estuviese bien
construida, era aislante por naturaleza, cálida en invierno y fresca en verano;
además, tenía la ventaja de ser barata, de conservación fácil y resistir varias
generaciones. Desgraciadamente, esta utilización tan contrastada de la piedra
y el adobe distorsionó los resultados de los restos arqueológicos que han
sobrevivido al tiempo. Con el paso de los años, las construcciones de adobe
reservadas a las viviendas se fueron desgastando gradualmente, erosionándose
y derrumbándose hasta quedar reducidas a montículos de tierra muy fértil
que, hasta la aplicación reciente de una legislación protectora, fue explotada
por los campesinos locales, que no se habían percatado de su importancia
arqueológica. Esto hizo que se desenterraran muchos yacimientos antiguos y
se diseminaran sus restos por los campos vecinos.
En cambio, las sepulturas de roca dura, denominadas por sus dueños
«casas de la eternidad», y los sólidos templos o «mansiones de millones de
años» estaban pensados para perdurar literalmente toda la eternidad. A pesar
de que la mayoría de tumbas han sufrido saqueos y graves daños y de que
generaciones posteriores retiraron bloques de piedra de muchos templos, estas
estructuras se han mantenido mucho más intactas que las casas y palacios.
Como consecuencia, se les ha prestado una mayor atención egiptológica.[3] El
desafortunado resultado de esta diferencia en lo que respecta a la arqueología
es que los informes correspondientes a las sepulturas de personas de alto
rango merecen mucha mayor confianza. Aunque perfectamente aceptable, no

Página 15
se puede generalizar en modo alguno la información a toda la población, por
lo que es evidente que sería un error de bulto querer basar la comprensión de
la vida diaria de los egipcios en el material recuperado en la tumba de
Tutankamón.
Afortunadamente no todo es tan negro en el terreno arqueológico, y son
muchos los yacimientos importantes excavados que han sobrevivido. La
ciudad de pirámides de Kahun y los asentamientos de población trabajadora
de Amarna y Deir el-Medina eran complejos de viviendas construidos para
servir de alojamiento a comunidades que trabajaban en grandes proyectos
reales.[4] Dichas comunidades no solamente incluían los artesanos y sus
capataces, sino también sus mujeres, hijos, familiares, personas a su cargo y
animales domésticos, así como todos aquellos que realizaban ciertos
quehaceres domésticos, como lavanderas, parteras y alfareros. No eran ni con
mucho colonias egipcias típicas, ya que estaban construidas en zonas áridas e
inhóspitas, ocupadas por trabajadores especializados y no por campesinos, si
bien nos informan de muchos detalles íntimos de las actividades comunes
diarias.

Los sacerdotes dicen que Menes fue el primer rey de Egipto y el que
levantó el dique que protege Menfis de las inundaciones del Nilo… Al
contener el río en el recodo que se forma a unos cien estadios de Menfis
en sentido sur, se quedó seco el antiguo canal y el río excavó un nuevo
cauce…
Herodoto narra la historia de Egipto

El periodo de tiempo que abarca este libro es extenso, ya que cubre desde
los albores de la era Dinástica, alrededor del año 3000 a. C., hasta la
conquista de Egipto por las fuerzas griegas de Alejandro Magno en el 332 a.
C. Equivale al estudio de la historia de Europa desde un siglo antes de la
fundación de Roma hasta nuestros días o a doce veces la historia de América
desde la guerra de la Independencia hasta el presidente Clinton. Incluye
treinta y una dinastías reales, el advenimiento y la caída de un vasto e
influyente imperio, así como periodos de caos, anarquía e invasión extranjera.
Ninguna lógica dejaría presumir que una nación tan floreciente y dinámica se
estancara culturalmente durante más de dos mil quinientos años y, en efecto,
es un hecho que hubo cambios constantes y sutiles en todos los aspectos de la
vida de Egipto. Sin embargo, resulta asombroso ver lo poco que varió el
núcleo fundamental de la sociedad egipcia durante este largo periodo. A pesar

Página 16
de los cambios de matiz del pensamiento religioso y de la diversa importancia
de los cultos y prácticas funerarias, la teología básica no se modificó y se
mantuvo fundamentalmente inalterable en el estilo de vida de Egipto. La
misma estabilidad se evidencia en la vida cotidiana de la gente corriente; si la
mujer campesina del Imperio Antiguo se vestía con ropas distintas que sus
descendientes del Imperio Nuevo y su marido trabajaba en la construcción de
una pirámide en lugar de excavar una tumba de piedra, su estilo de vida y su
apariencia eran muy parecidos. Esta uniformidad de pensamiento y creencias
presta validez al estudio de un periodo tan largo.
Sostiene la tradición que la unificación de Egipto se produjo al inicio del
Periodo Dinástico por obra del rey guerrero Menes, que condujo a sus bravos
soldados desde el sur a la conquista de sus tradicionales enemigos del norte y
consiguió establecer un imperio único. Menes se habría convertido a partir de
entonces en el primer rey de aquella tierra recién unificada. En realidad,
parece que la formación de Egipto fue más gradual y compleja, de modo que
las grandes comunidades agrícolas situadas a lo largo del Nilo, cada vez más
extensas, acabaron dándose cuenta de las ventajas que les reportaba agruparse
y compartir una política común. Cualesquiera que fuesen los mecanismos de
la unificación, es evidente que el país resultante era geográficamente
demasiado grande para poder ser gobernado como una sola unidad
administrativa y por esto se escogieron poderosas familias locales de
gobernadores o príncipes a fin de que controlaran aquellas provincias que
habían conservado en todo momento un cierto grado de independencia.
La historia de Egipto se encuentra dividida, desde el punto de vista de la
unificación, en dinastías o imperios de duración variable, definidos por sus
diferentes familias dominantes. Las dinastías a su vez están agrupadas
convencionalmente en tres «reinos» y el llamado «Periodo Tardío», separados
por tres «Periodos Intermedios» de diferente duración y carácter. La intención
de esa división no es la de confundir a los no entendidos. Los egipcios no
desarrollaron un equivalente de nuestro calendario moderno y prefirieron
fechar los años haciendo referencia a la duración del reinado del rey que
hubiese en aquel momento y, a título de ejemplo, en la tumba de Maya, del
Imperio Nuevo, se encontraron unas tinajas de vino que llevaban la fecha del
«Año Nueve». Si no era necesario hacer constar el nombre del rey
(Horemheb) era porque todo el mundo sabía quién era. Un sistema tan
complicado como éste obligaba a los egipcios, para entender su propia
historia, a llevar una larga lista cronológica detallada de todos sus
gobernantes con la duración respectiva de sus reinados. Por fortuna han

Página 17
sobrevivido las suficientes listas de reyes para que podamos fechar con una
cierta exactitud eventos remotos correspondientes al reinado de un rey
determinado.

Al Periodo Arcaico de unificación y consolidación (I y II dinastías)


sucedió el Imperio Antiguo (III a VI dinastías). Fueron tiempos de dominio
feudal estricto, con un rey semidivino reconocido como dueño legítimo de
todos los bienes materiales y, por tanto, con pleno derecho para quedarse con
todo el producto excedente. La posición y el poder dentro del país dependían
directamente del mecenazgo real y los dirigentes políticos y eclesiásticos que
controlaban el Egipto del Imperio Antiguo eran en su mayoría parientes
próximos de la familia real. El dios-sol Ra no tardó en convertirse en
principal deidad del Estado y formó un influyente clero que tenía su sede en
la antigua Heliópolis, actualmente un barrio de El Cairo moderno, mientras el
rey gobernaba el país desde el norte, instalado en la ciudad vecina de Menfis.
Las pirámides que caracterizan este periodo son un símbolo impresionante del
poder de la monarquía y de la función del faraón como rey-dios y demuestran
hasta qué punto los recursos del país se concentraban en monumentos reales
específicos cuya intención era subrayar la posición del rey. Se desconocen las
causas que condujeron el Imperio Antiguo al caos y casi a la anarquía, pero es
indudable que uno de los factores que contribuyeron al creciente malestar
civil y al fracaso definitivo de la autoridad central fue una sucesión de niveles
bajos del Nilo, que desencadenó hambre y la pérdida de las cosechas.

La restauración gradual de la ley y el orden después del nefasto Primer


Periodo Intermedio (VII a X dinastías) señaló el inicio del Imperio Medio (XI
a XIII dinastías) y dio lugar a un periodo de paz y tranquilidad en todo el país.
Gobernaron el país reunificado una sucesión de reyes poderosos cuya sede
estaba en Itj-Tawy, nueva capital situada entre la entrada de Fayum y la
capital del Imperio Antiguo, Menfis, en tanto que quedaba significativamente
mermado el poder hereditario de los gobernantes locales gracias a la
reorganización del gobierno provincial por obra de la XII dinastía. Dicha
dinastía sobrevivió al asesinato de su fundador, Amenemhat I, que tuvo como
resultado una época de una gran estabilidad interior que duró más de
doscientos años e hizo florecer la literatura y las artes. Proliferaron las
construcciones y, aunque ningún proyecto alcanzó las proporciones de las
pirámides de Gizeh ni las de la Esfinge, los faraones siguieron construyendo
tumbas impresionantes en forma de pirámide. En esta época la política

Página 18
extranjera se volvió más agresiva y Egipto empezó a labrarse un imperio en el
sur y cultivó las relaciones con sus vecinos de la frontera oriental.
Finalmente, la inmigración a gran escala de pueblos semíticos al fértil
Delta del Nilo fue un factor que contribuyó a la desestabilización gradual del
Imperio Medio. La autoridad central fue debilitándose progresivamente y
poco a poco el país comenzó a fragmentarse en una serie de pequeños
enclaves enemistados entre sí y diferenciados geográficamente: en el norte los
invasores palestinos «hicsos» y sus vasallos egipcios, en el extremo sur el
reino nubio de Kerma y, con base en la ciudad meridional de Tebas, como al
principio del Imperio Medio, unos pocos egipcios independientes. Los hicsos
dominaron Egipto durante unos cien años aproximadamente y llevaron al país
novedades asiáticas tan espectaculares como el caballo, el carro tirado por
caballos y el telar vertical. No se retiraron hasta ser derrotados por las
sucesivas y enérgicas campañas militares dirigidas por Ahmosis, dinámico
fundador de la XVIII dinastía.

El Imperio Nuevo (XVIII a XX dinastías) se recuperó rápidamente tras


una breve etapa de ignominiosa ocupación extranjera y no tardó en dar lugar
al periodo más próspero y rico de la historia de Egipto, caracterizado por la
paz interior y las conquistas exteriores. Ahmosis estableció unos altos niveles
militares que transmitió a sus descendientes y que hicieron que el imperio
egipcio fuera creciendo de forma sistemática hasta que, gobernado desde su
capital septentrional, Menfis, llegó a ocupar un territorio que comprendía
desde el Sudán, al sur, hasta el río Eufrates, al nordeste. Esta política puso en
manos de Egipto el control de valiosos recursos naturales y propició las rutas
comerciales hacia África, Asia occidental y Grecia. Aquella abundancia
recién adquirida por Egipto quedó reflejada en la construcción de magníficos
monumentos de piedra, como los extraordinarios templos de Karnak y Luxor,
las exquisitas obras de arte representadas por los espectaculares tesoros de oro
de la tumba de Tutankamón. En esta época se produjo una gran expansión
tanto del ejército como del funcionariado: ahora se requerían burócratas de
clase media para mantener en marcha la gran maquinaria estatal.
Durante las XVIII y XIX dinastías Egipto siguió prosperando, pero bajo el
reinado de Ramsés III su auge se vio afectado negativamente por los
movimientos de los «Pueblos del Mar», hordas invasoras de Europa
meridional que pretendían instalarse en el Próximo Oriente. Egipto consiguió
expulsar a los invasores, pero el país resultó profundamente debilitado y,
durante el gobierno de la XX dinastía, perdió su imperio asiático y la
estructura interna del país inició un nuevo derrumbamiento.

Página 19
Durante el tercer Periodo Intermedio (XXI a XXV dinastías) Egipto se
fragmentó en numerosas unidades independientes, las dos más importantes
gobernadas por los Sumos Sacerdotes de Amón, que dominaron gran parte del
sur del país, y por la XXI dinastía de reyes, que regían la zona inmediata
alrededor de Tanis, en la parte este del Delta del Nilo. Al principio las
relaciones entre estos dos gobiernos eran relativamente amistosas y existía
cierto grado de cooperación entre las dos capitales. Sin embargo, la
fragmentación de la autoridad fue empeorando hasta que, durante las XXII a
XXIV dinastías, los cabecillas locales, que solían pertenecer a familias
militares de ascendencia libia, se levantaron de golpe proclamándose
faraones. Egipto sólo volvió a someterse a una autoridad central en ocasión de
que un rey nubio se lanzara hacia el norte desde el Sudán y volviera a
unificarlo instaurando la XXV dinastía e inaugurando un periodo de relativa
estabilidad que se prolongó más de cincuenta años hasta que una invasión
asiría dirigida por Asurbanipal se adentró por el sur hasta Tebas y redujo a
Egipto a simple provincia del imperio asirio.
Los principales colaboradores egipcios que trabajaron en conjunción con
los asirios fueron una familia rica e influyente de jefes locales de la ciudad de
Sais, situada en la parte occidental del Delta del Nilo. Estos gobernantes
saítas fueron adquiriendo progresivamente más poder hasta que consiguieron
deshacerse de los asirios y unificar otra vez el país al inicio del Periodo
Tardío (XXVI a XXXI dinastías). La fase saíta resultante fue el floreciente
final de la cultura egipcia, con un arte que recuperó los estilos clásicos del
Imperio Antiguo. Parece que este fuerte resurgimiento de todo lo egipcio fue
una estrategia política destinada a poner de relieve el carácter nacional
individual de un país otrora poderoso que se estaba convirtiendo rápidamente
en un jugador secundario en el tablero de los asuntos internacionales. En esta
época todo el Oriente Próximo se encontraba en situación precaria e inestable
y los pueblos vecinos de Egipto, debilitados por las luchas intestinas
constantes, se habían hecho muy vulnerables a los ataques. En el año 539 a.
C. el ejército persa, dirigido por Ciro II, conquistó Babilonia y, en el 525 a.
C., Cambises, hijo de Ciro, invadió Egipto e instauró la XXVII dinastía, ya
persa.
Las XXVIII y XXIX dinastías cubrieron periodos de desunión y
confusión, probablemente reflejo de la oposición local al gobierno persa.
Durante la XXX dinastía Egipto volvió a ser gobernado, ya por última vez,
por mandatarios egipcios. Al último rey de esta dinastía, Nectanebo II, le
corresponde el dudoso honor de haber sido el último monarca egipcio que

Página 20
gobernó un país unido, hecho que no volvió a repetirse hasta el presidente
Nasser. Acabó huyendo al sur, perdiéndose en Nubia y en las tinieblas de la
historia, perseguido por los invasores persas, que instauraron la XXXI
dinastía. Siguió un breve periodo de dominio persa, que finalizó cuando
Alejandro Magno conquistó Egipto en el año 332 a. C. y lo incorporó a su
imperio macedónico dejando al general Tolomeo como gobernador, y más
tarde como rey, de la tierra conquistada. Esta conquista marca el final del
Periodo Dinástico y el inicio del dominio grecorromano. Los descendientes
griegos de Tolomeo siguieron reinando en Egipto hasta que la famosa reina
Cleopatra VII fue derrotada y Egipto perdió toda posibilidad de
independencia y se convirtió en provincia del imperio romano.

No ahorres trabajo a tu hijo si puede hacerlo él… Enseña a tu hijo a


escribir, arar, cazar pájaros y tender trampas por si un año el Nilo está
bajo, a fin de que así recoja los beneficios de lo que haya aprendido.
Consejo de un escriba del Periodo Tardío a los padres

Egipto mantuvo durante toda su larga historia una sociedad inflexible y de


estructura piramidal. En lo más alto de esta jerarquía social descollaba el rey
o faraón y un gobernador reconocido como semidivino, que era propietario de
las tierras y que a la vez actuaba de jefe del clero, del ejército y de la
burocracia. Muy por debajo de él se encontraban las clases altas, grupo
selecto de familias privilegiadas que debían su posición elevada al mecenazgo
real y casi todas emparentadas con el rey. Estos pocos afortunados
contribuían al gobierno del país funcionando como sacerdotes de alta
jerarquía, generales y funcionarios de alto rango y recibían fincas importantes
en pago de su duro trabajo. En un lugar mucho más bajo de la escala social
estaba la clase media ilustrada que, por el hecho de estar alfabetizada, podía
incorporarse a la burocracia y ocupar los puestos de escriba o contable. Justo
por debajo estaba la clase media baja, compuesta por hombres medio
ilustrados o analfabetos que trabajaban como carpinteros, alfareros, escultores
o artistas. La capa social más baja y numerosa estaba constituida por soldados
rasos, criados y, sobre todo, campesinos, que se pasaban la vida trabajando
unas tierras cuyo propietario era el rey, algún señor o fundaciones religiosas.
Durante el Periodo Dinástico nunca hubo muchos esclavos y en realidad no
constituían una clase social importante ni independiente.
Ni que decir tiene que este modelo piramidal ofrece una visión muy
simplificada de la sociedad egipcia y que hubo muchas variantes de este

Página 21
modelo básico descrito. Sin embargo, resulta útil para reflejar la naturaleza
curiosamente estática e inalterable del Egipto dinástico. Hubo siempre entre
las clases unos cambios mínimos y era muy difícil que alguien, hombre o
mujer, pasara de un estrato social a otro superior. El hecho obedecía en parte
al método egipcio tradicional en lo tocante a educación y aprendizaje; los
padres enseñaban invariablemente a sus hijos su propio oficio o profesión por
lo que, en términos generales, el trabajo futuro que haría un niño ya estaba
decidido antes de que naciera, razón de que se formaran castas de médicos,
lavanderas, cortadores de caña y burócratas. Las muchachas todavía requerían
menos consejos para su formación, ya que se daba automáticamente por
sentado que todas las jóvenes se casarían y tendrían hijos. Sin las ventajas de
la medicina moderna, las chicas se veían en gran parte limitadas por su
biología, limitación reforzada tanto por el condicionamiento cultural como
por la falta de recursos modernos, lo que convertía el cuidado de la casa en
dedicación exclusiva. Así pues, la gran mayoría de mujeres eran incultas y
sólo se las educaba para desempeñar las tareas domésticas.
Aunque la mujer egipcia gozó de un grado insólito de libertad, sería
ingenuo considerarla el prototipo liberado de la mujer de carrera que
conocemos en la actualidad. De hecho, todos los indicios apuntan a que los
hombres y las mujeres llevaban vidas muy distintas. Los mismos egipcios,
pueblo conservador por instinto y que concedía mucha importancia a la
conservación de sus tradiciones, estaban satisfechos de que cada uno
desempeñara su papel particular y preestablecido en el mantenimiento del
orden natural y la estabilidad. Esta creencia en una manera correcta e
inalterable de hacer las cosas fue absolutamente fundamental en el
pensamiento egipcio. Para un pueblo que buscó constantemente los vínculos
con el pasado, les dio una importancia tan grande y se sintió siempre
profundamente unido a sus antepasados, la existencia de una estructura social
inalterable constituía un motivo de inmensa seguridad. Nadie se cuestionaba
la distribución desigual de la riqueza ni la posición social que uno pudiese
ocupar en la comunidad, del mismo modo que nadie cuestionó nunca el
derecho hereditario a gobernar que tenía el faraón, puesto que se trataba de
unas divisiones sociales tradicionales y correctas que, como no podía ser de
otra manera, servían para conservar el statu quo. Las hijas de Egipto, pues,
veían su futuro como una proyección muy parecida de la vida que había
llevado su madre y, antes que ella, su abuela, una continuidad interpretada
como señal de que Egipto, y por tanto el mundo, funcionaba correctamente.

Página 22
1
Imágenes de mujeres

Allí donde vayas, cuidado con acercarte a las mujeres.


Consejo de un escriba del Imperio Antiguo

Las mujeres del Egipto dinástico provocaron bastante revuelo en el mundo


antiguo. Por algo estaban liberadas legalmente de aquella supervisión estricta
que los hombres de otras sociedades más patriarcales imponían a sus mujeres
e hijas, lo que hacía que sus contemporáneos considerasen que eran muy
afortunadas pudiendo vivir de forma tan independiente y excitante por no
decir incluso romántica. En una tierra de costumbres exóticas e insólitas,
donde el rey vivía como un dios, los dioses adoptaban la forma de animales y
parecía que todo el mundo estaba obsesionado con la muerte, se estimaba que
las mujeres eran un fenómeno extrañísimo. Su llamativa y exótica belleza,
unida a fantasiosos rumores sobre lo laxo de la moral egipcia y a la fama que
gozaban de libertinas, se sumó a la fascinación que provocaban y las convirtió
en fuente de inspiración de escritores y poetas de Grecia y Roma. Escritores
más modernos, desde Shakespeare en adelante, perpetuaron esta imagen
decadente de la mujer egipcia y aún hoy en día resuenan ciertos nombres
como Nefertiti y Cleopatra que conjuran la imagen de la femme fatale
primigenia.
Pero ¿hasta qué punto es exacto este retrato de la mujer egipcia activa,
independiente y liberada sexualmente? ¿Cómo veían los propios egipcios a
sus mujeres? ¿Y cómo se veía a sí misma la mujer egipcia?[1] No siempre es
fácil entender las creencias y el condicionamiento cultural que explican los
hechos del pasado. Las pruebas arqueológicas son inestimables cuando se
pretende valorar la cultura material y constituyen la base de los siguientes
capítulos de este libro, pero rara vez permiten

Página 23
adentrarnos en los procesos del pensamiento
antiguo. La arqueología, por ejemplo, puede
revelarnos que las cocinas egipcias estaban
instaladas en la parte trasera de las casas y
proporcionarnos todo un cúmulo de detalles
objetivos en relación con los distintos tipos de
hornos y enseres de cocina. Sin embargo, no
puede decirnos quién cocinaba. ¿Era la
actividad de cocinar una tarea doméstica de
tipo humilde? ¿O quizá el cocinero o la
cocinera era una persona merecedora por su
habilidad del respeto de los demás miembros
de la casa?
Afortunadamente, el legado egipcio nos
permite estudiar la mujer desde dos ángulos
contrastados. La observación de las artes de la
Fig. 1 - Mujer que acarrea
época (pintura, escultura y literatura) nos
mercancías. proporciona una visión idealizada de la mujer
y nos permite estudiar la imagen que los
propios egipcios pretendían dar de ella al mundo. Mirando las cosas desde un
enfoque más realista, el sistema legal y el tratamiento que éste da a la mujer
nos permite saber cómo la trataba, en la práctica, la comunidad donde vivía.
La combinación de estas dos evidencias tan diferentes nos ayuda a
comprender cuál era el lugar que ocupaba la mujer en la sociedad egipcia.

El idiota que mira a una mujer es como la mosca que chupa sangre.
Papyrus Insinger, siglo primero

El arte figurativo, con sus colosales estatuas de piedra, así como las
vividas pinturas de los sepulcros y sus relieves delicadamente tallados, nos
obsequian con algunas de las imágenes más imperecederas de la mujer
durante el Periodo Dinástico y nos brindan la oportunidad de ampliar nuestros
conocimientos de la sociedad egipcia a través del examen y comparación de
las distintas maneras de representar a hombres, mujeres y niños por parte de
sus contemporáneos. Sin embargo, el arte egipcio difiere enormemente, tanto
en su estilo como en su función, de su contrapartida occidental moderna y no
es posible hacer una interpretación literal de las numerosas escenas pintadas

Página 24
ni de las estatuas sin saber algo más sobre las convenciones que ejercieron
una profunda influencia en la obra de los artistas de la época.
Los antiguos egipcios desconocían el concepto de «el arte por el arte» y
cada obra se realizaba por encargo con un fin determinado, de la misma
manera que cada imagen o estatua tenía una función expresa y perfectamente
definida. Las consideraciones estéticas nunca fueron preocupación principal
ni única del artista o del mecenas. Esta postura estrictamente utilitaria hizo
que los egipcios consideraran más artesanos que artistas a sus pintores y
escultores y limitaran su labor a contextos muy específicos, por lo general
templos o sepulturas. En estos lugares las escenas convencionales corrientes y
conocidas no servían tan sólo como un medio para realzar la decoración, sino
que aportaban una contribución importante al objeto religioso y/o político de
la construcción. Una representación del rey infligiendo una derrota a sus
enemigos tradicionales esculpida en lo alto del muro de un templo, por
ejemplo, expresaba el poder del monarca al tiempo que reafirmaba la
autoridad del rey, en tanto que una escena representando a un muerto
disfrutando de las delicias del Más Allá añadía una fuerza mágica a las
aspiraciones del difunto de llegar a los Cañaverales. En cuanto a las escenas
que decoraban el interior de los muros de las casas particulares, hay que decir
que eran igualmente impersonales. Las precisas «instantáneas» artísticas de la
vida familiar Dinástica son muy escasas y casi todas las pinturas de las casas
que han sobrevivido al tiempo transmiten un mensaje claramente religioso o
mágico.
No es sorprendente, pues, que este fin deliberadamente práctico sofocara
todo impulso experimental y creativo. Llevó, en cambio, al desarrollo de unas
pautas artísticas estrictas y a un repertorio de temas repetidos que satisfacían
el amor egipcio a la tradición y a la continuidad. Aunque durante el Periodo
Dinástico se produjeron leves variaciones en los estilos artísticos y aunque no
había dos tumbas con muros idénticos, lo cierto es que encontramos siempre
las mismas escenas convencionales, representadas una vez y otra con
pequeñas diferencias de contenido.
Las principales figuras femeninas que aparecen en las pinturas
ceremoniales son casi siempre esposas o hijas de clase alta, incluidas en la
escena en virtud de su relación con un hombre determinado. Aparecen
representadas, por ejemplo, en la tumba de su marido, padre o hijo, y no como
titulares de una tumba por derecho propio. Es lógico que estas mujeres se
conformaran a la imagen estereotipada que correspondía a la mujer en Egipto
como apoyo pasivo de su marido o de su padre. Las mujeres tienen una

Página 25
función secundaria en las ceremonias; aunque se presenten como personas
activas y preeminentes, lo son menos que el propietario de la tumba en
cuestión. A menudo se representan a una escala mucho menor que sus
esposos y casi siempre de pie detrás de ellos. Ignoramos si estas
representaciones ceremoniales reflejan la relación que existía realmente entre
hombre y mujer, pero es evidente que los maridos egipcios querían conservar
dentro de la tumba la imagen tradicional del hombre como cabeza de familia.

Fig. 2 - La reina Meresanj se pasea en barca por los marjales en compañía de su madre,
la reina Heteferes

Las tumbas de las reinas egipcias son una excepción de la norma general
que tiende a presentar la egipcia como una mujer inactiva. Hay varias
sepulturas destinadas exclusivamente a mujeres en las que se ven escenas
donde las esposas actúan de forma independiente de sus maridos; por
ejemplo, la tumba de la reina Meresanj («Ella-Ama-La-Vida») de la IV
dinastía muestra a la reina recogiendo flores de loto mientras se pasea
tranquilamente en barca con su madre.[2] Ofrece un contraste todavía más
marcado frente a la representación convencional de la mujer pasiva la de una
población asiática asediada que vemos en el muro de una tumba de Deshasha
correspondiente al Imperio Antiguo. Esta escena única muestra claramente a
las mujeres del pueblo luchando con cuchillos y con las manos desnudas para

Página 26
defender sus hogares de los arqueros egipcios enemigos. No está claro que la
escena deba leerse como una exaltación de la valentía de la mujer local (no
egipcia) ni como un comentario poco halagüeño del valor de sus hombres.[3]

Yo era un artista hábil en mi arte y aplicado en el aprendizaje… Sabía


cómo representar los movimientos de un hombre y el porte de una
mujer… Nadie destaca en esto excepto yo y el hijo primogénito de mi
cuerpo.
Inscripción del escultor Irtisen

Fig. 3 - Mujeres que luchan en las calles

La mayoría de individuos representados por los artistas eran casi siempre


especímenes de físico perfecto, vestidos con ropajes de deslumbrante
blancura, adornados con joyas extraordinarias y rebosantes de vigor y buena
salud. En las mujeres se resaltaba su feminidad, sus pechos y nalgas
redondeados y unos músculos menos definidos, aparte de que todas, sin
excepción, eran bellas. Todos los rasgos de su cuerpo idealizado estaban

Página 27
representados desde su ángulo mejor o más característico, y así fueron
apareciendo esas posturas forzadas y de gesto torcido en un intento del artista
de presentar a sus modelos de pie con la cabeza de perfil, un único ojo y ceja
vistos de frente, el torso también de frente, la cadera de lado y las piernas
ligeramente separadas.
Para los ojos modernos, acostumbrados a imágenes que reproducen
fielmente la realidad y habituados al escorzo y la perspectiva, esta estilización
constituye una técnica pictórica poco natural y de características más bien
primitivas pero que hacen inmediatamente reconocible el arte egipcio
bidimensional. Sin embargo, para los egipcios, que perseguían unas formas
formalistas, no impresionistas, el procedimiento constituía una precaución
necesaria. Después de todo, los egipcios razonaban con una lógica
extremadamente práctica: si no podía verse una parte del cuerpo era porque
seguramente no existía. Era importante que las figuras principales pintadas en
las paredes de las tumbas fueran vistas y entendidas completas, ya que si por
desgracia el cuerpo físico desafiaba el arte del embalsamador y se
descomponía después de la muerte, el espíritu del difunto quizá se vería
obligado a vivir en aquella imagen de hombre o mujer o dentro de la misma.
Pocos egipcios estaban dispuestos a arriesgarse a sobrevivir en el Más Allá
sin un brazo o una pierna.[4]
El «bello sexo», que solía trabajar de puertas adentro, lejos del abrasador
sol egipcio, era representado invariablemente con la piel más clara que los
hombres, que era de un color ocre. Esta convención no tenía en cuenta el
hecho de que se trataba de una sociedad que era una mezcla de razas a todos
los niveles; ya se ha observado que el arte de los egipcios no era una
reproducción exacta de la vida. Algunas mujeres se presentaban con la piel
negra, aunque ello no implique necesariamente un origen negroide. El negro
era el color de la tierra fértil egipcia, simbolizaba la regeneración y por
consiguiente se utilizaba para los que esperaban renacer en el Más Allá.
Según esta lógica, una mujer pintada con la piel verde significaría que estaba
muerta, pero en este caso el verde es el color de la vida, es decir, la esperanza
de la resurrección y no de la putrefacción. Tanto para hombres como para
mujeres, vivos o muertos, el color se usaba para rellenar el contorno de las
figuras sin intención de aplicarle ningún sombreado, al solo objeto de que la
imagen fuera completa a ojos de los pedantes observadores egipcios.
La mayoría de señores acaudalados del Periodo Dinástico optaron por
pasar a la posteridad con la imagen nada sana de unos gruesos pliegues de
grasa colgando en torno a sus anchas cinturas. Un detalle tan poco sutil como

Página 28
éste no servía para otra cosa que para subrayar la riqueza del individuo; era
evidente que sólo los egipcios más ricos podían permitirse el lujo de consumir
grandes cantidades de comida sin verse obligados a quemar calorías
ejecutando duras labores manuales. La gordura equivalía a poder, concepto
que queda muy claro en esas escenas de las tumbas donde aparecen unos
trabajadores escuálidos y de bajo rango trabajando al lado de sus gordos
amos. Por lo menos en algunos casos, la clásica barriga de la clase alta pudo
tener una base real. Los egipcios ricos sentían una desordenada apetencia de
comida y bebida, lo que confirman los cuerpos momificados de muchos
faraones del Imperio Nuevo, entre ellos los de Tutmosis II y Ramsés II, que
presentan grandes pliegues de piel fofa en la región abdominal, demostrativos
de un sobrepeso que seguramente habían arrastrado toda su vida.[5]
En cambio, eran pocas las egipcias gordas y vemos que las distintas
esposas, hijas y hermanas que acompañaban al propietario de la tumba solían
conservar un aspecto esbelto aceptable, acentuado por las ropas ceñidas de
moda en la época. Seguramente la reina de Punt, obesa y probablemente
esteatopígica, y su también gorda hija debieron de ser consideradas
antinaturales y poco femeninas por los trabajadores que tuvieron la obligación
de reproducir su imagen en las paredes del templo de la reina Hatsepsut en
Deir el-Bahri. No está claro si esta delgadez femenina obedecía a una simple
convención artística o si debe interpretarse como un comentario deliberado
sobre la relación menos estrecha de unas determinadas mujeres con los
hombres. De todas formas, el hecho de que los artistas optaran por representar
a las mujeres esbeltas no significa necesariamente que todas lo fueran
realmente.
La mayoría de figuras femeninas de segundo orden que aparecen en las
escenas de las pinturas no necesitaban conformarse a una imagen
estereotipada de delgadez y pasividad. Debido a que estos personajes
secundarios constituían una parte relativamente insignificante en la totalidad
de la pintura es lógico que, a la hora de representarlos, los artistas se tomasen
libertades con su aspecto y rechazasen las actitudes afectadas convencionales
que, en cambio, eran las apropiadas en el caso del propietario de la tumba y
de su mujer y adoptasen con ellas un estilo más naturalista y desenfadado.
Mujeres feas, viejas, mal vestidas y gordas animaban el fondo de escenas
cuyo primer plano era más vistoso, pero son precisamente estas figuras más
relajadas que trabajan, descansan y se dedican a sus ocupaciones las que nos
dan una visión más alegre y típica de muchos aspectos de la vida cotidiana
dinástica. Muchachas núbiles bailan, tocan instrumentos musicales y hacen

Página 29
piruetas increíbles a fin de entretener a sus amos, mientras doncellas
sosegadas muelen inagotables cantidades de cereales que sirven para hacer
pan y las viejas campesinas trabajan en los campos recolectando lino y
cereales.

La escultura egipcia era tan práctica en su concepción como la pintura


egipcia. Todas las estatuas estaban revestidas automáticamente de poderes
mágicos o religiosos y podían usarse, en caso necesario, para representar o
sustituir personajes reales. La escultura abstracta o «innecesaria» era, por
tanto, desconocida en Egipto y los artesanos se consagraban a la
representación de dioses, reyes y personajes ricos. La finalidad última de
todas estas obras consistía en actuar de sustitutos de una persona o de un dios
en su tumba o en su templo.
Durante el Imperio Antiguo, la gran mayoría de estatuas privadas se
esculpieron con la finalidad de quedar encerradas en la tumba. Estas figuras
constituían una base adecuada para que el alma del difunto recibiera las
ofrendas y, como en las imágenes bidimensionales, podían servir de refugio
del espíritu en caso de descomposición del cuerpo original. Sin embargo,
durante el Imperio Medio la mayoría de las estatuas privadas que se
encargaban debían colocarse en los patios de los grandes templos, donde
servirían de sustitutos aceptables del devoto ausente y podrían absorber y
transmitir todos los beneficios que recibían con la proximidad del dios. Esta
tradición se mantuvo durante todo el Imperio Nuevo, hasta el punto de que la
mayoría de templos importantes estaban asociados a industrias de la piedra.
Esto hacía que el peregrino piadoso que no había podido transportar una
estatua desde su casa pudiera comprar, en cambio, una figura del tamaño que
quisiera —desde unos pocos centímetros hasta una estatua de tamaño natural
—, a la que podía darle su nombre, fuera hombre o mujer. Después se
colocaba a estos devotos por poderes formando curiosas hileras silenciosas de
personajes que tenían la vista clavada en el santuario; cuando el patio estaba
excesivamente abarrotado, se limitaban a sacarlos y enterrarlos en un gran
foso dentro del recinto del templo sagrado.
Un egipcio tenía que ser rico o influyente para poderse pagar una estatua
de piedra. No es de extrañar que las estatuas recuperadas nos proporcionen un
fiel reflejo de las clases sociales más altas. La mayoría de las estatuas
representan a hombres relativamente ricos, que pueden estar solos o formar
grupos familiares, todos ellos participantes en el pago de una estatua
comunitaria. No son raras las estatuas de marido-y-mujer ni las de grupos
familiares que incluyen a los hijos dependientes del matrimonio, en los que

Página 30
casi siempre vemos que la mujer respalda físicamente al marido rodeando su
cuerpo con el brazo, colocándole la mano en el hombro en una actitud
tradicional de esposa. Todavía no está claro si esta postura debe interpretarse
como una actitud servil o como un signo de solidaridad conyugal. Las
estatuas del rey y la reina muestran invariablemente a la mujer a mucha
menor escala que el marido. Constituye un reflejo real de la importancia
relativa de la pareja, pero más revelador de la diferencia existente entre un
dios y un mortal que entre marido y mujer. En otros grupos familiares la
pareja está representada a escala natural y, en los casos en que la mujer de
estatura normal se casaba con un hombre enano, el marido también aparecía
más bajo que la mujer. La mujer iba vestida invariablemente con ropas
ceremoniosas que permitían al artista subrayar sus atractivos sexuales
acentuando el perfil de los pechos. Son muy escasas las estatuas femeninas
únicas, las de grupos de mujeres solas o de grupos donde la mujer tenga un
papel dominante, lo que indica que las mujeres, ya sea por elección, por
necesidad económica u oportunidad social, no invertían dinero en estatuas.

Fig. 4 - Estatua de marido y mujer

Página 31
Quien ofende a mi concubina está contra mí y yo contra él. Mirad, ella es
mi concubina y todos saben cómo hay que tratar a la concubina de un
hombre… ¿Tendría paciencia alguno de vosotros si alguien hubiera
denunciado a su mujer? ¿Por qué debo entonces tenerla yo?
Carta del sacerdote Heqanajt

La carta antes citada fue escrita por el sacerdote menor del Imperio
Medio, Heqanajt, a su familia.[6] Refleja, igual que reflejaría una carta actual,
desavenencias domésticas y trifulcas, y el sentimiento de inquietud que refleja
este mensaje colérico inspiró a Agatha Christie su famoso libro de asesinatos
y misterio titulado Muerte en el Nilo, que transcurre en el Egipto faraónico.[7]
Los egipcios instruidos eran escritores inveterados y, gracias a la sequía
del desierto, se ha asegurado la conservación de inscripciones monumentales,
frágiles papiros y rollos de cuero en los que no sólo leemos declaraciones
reales impersonales, textos de ceremonias religiosas convencionales y cartas
de negocios bastante aburridas, sino también casos legales privados, poemas
de amor románticos y cartas familiares íntimas que a veces prestan rostro
humano a los huesos resecos que nos ofrece la arqueología. Los ostraca (sing,
ostracón: lascas y fragmentos de enseres de barro usados como base para
escribir) eran los blocs de notas del pasado y se usaban a millares cuando los
egipcios querían anotar cosas sin importancia y no querían derrochar los caros
papiros. Gracias a que ha sobrevivido un enorme número de estos ostraca
podemos hacernos una idea de la vida rutinaria de la gente corriente. Quizás
no debería sorprendernos demasiado la noticia de que las relaciones humanas
del antiguo Egipto eran muy parecidas a las actuales: había familias unidas y
en las que imperaba el afecto y, tal como sugiere la correspondencia de
Heqanajt, enconadas peleas entre familias por asuntos de dinero y posición.
Abundaban los cotilleos y las alusiones, mientras que los rumores relativos a
conductas inmorales eran, como no podía ser de otra manera, de interés
general.
Sin embargo, hay que tratar con cautela todos estos escritos. Conviene no
perder de vista que las noticias que tenemos son incompletas y están
seleccionadas al azar, que aunque han sobrevivido muchos textos, son más
aún los destruidos, lo que nos priva de aspectos enteros de la vida egipcia.
Los documentos que han sobrevivido nos plantean diversos problemas de
interpretación. Aunque somos capaces de traducir literalmente muchas de las
palabras que usaron los egipcios, nuestros antecedentes culturales y sociales
son distintos. Así como un visitante del planeta Marte que llevara tan sólo un

Página 32
diccionario tendría dificultades para comprender los comentarios de un
partido de fútbol transmitido por radio o el sentido de las palabras de una
canción pop, a nosotros también pueden escapársenos muchos de los sutiles
matices y expresiones coloquiales que para el lector destinatario resultarían
claros. Éste es el caso particularmente de las canciones de amor, así como de
los mitos y leyendas, en los que los egipcios se servían con toda intención de
metáforas y dobles sentidos a fin de dar un giro simpático a sus palabras. La
costumbre egipcia de exagerar e incluso inventar las gloriosas hazañas
esculpidas en las inscripciones monumentales no hace sino aumentar nuestra
confusión; los mismos egipcios no veían por qué no podían atribuirse ya no
digamos los monumentos, sino también los hechos de sus ilustres
antepasados.
Ante todo debemos tener presente que sólo un pequeño porcentaje de la
población sabía leer y escribir, casi todos hombres pertenecientes a las clases
media y alta. Las pruebas documentales que han sobrevivido hacen referencia
principalmente a temas que conciernen a una parte restringida de la
comunidad, están escritas desde un punto de vista masculino y van dirigidas a
un lector contemporáneo masculino. Incluso cuando un texto pretende estar
escrito por una mujer —por ejemplo, los poemas de amor escritos por una
joven—, es frecuente que estuviera compuesto por un hombre, por lo que da
una interpretación masculina de los supuestos sentimientos femeninos.
Debido a que la mayoría de las mujeres no sabían leer ni escribir, muchos
temas de exclusivo interés femenino quedan excluidos de los registros
escritos que se han conservado.[8]

El capitán de barco Ahmosis, hijo de Abana, el justiciero, habla y dice:


«Os hablo a todos vosotros. Hablo para daros a conocer los favores que se
me han otorgado. He sido recompensado con oro siete veces a la vista de
todo el país, también con esclavos y esclavas. Me han concedido
asimismo muchos campos. El nombre del hombre valeroso se conserva en
sus hazañas, no perecerá en la tierra para siempre».
De la autobiografía de Ahmosis, hijo de Abana, del Imperio Nuevo[9]

Siguiendo una tradición que se inició en el Imperio Antiguo, muchos


egipcios instruidos y de clase alta llevaron un registro permanente de sus
actividades diarias y de los éxitos conseguidos. Esta «autobiografía» extensa,
escrita con buen estilo, se conservó en las paredes de sus tumbas. Es típico
que estos textos detallen las pruebas por las que pasó el difunto y sus éxitos y,

Página 33
aunque siempre están escritos en un estilo exagerado y, vistos con ojos
actuales, más bien jactancioso, pueden proporcionar al estudioso de la historia
de Egipto un gran caudal de información sobre la vida del interesado.
Desgraciadamente, por ser ocupantes secundarias de las tumbas, las mujeres
rara vez nos han dejado este tipo de información. No tenemos autobiografías
femeninas para compararlas con las de los hombres,[10] y los epítetos que
tradicionalmente se usaban para elogiar a una difunta son más bien insulsos:
«Aquella a quien la gente elogiaba» o la «Guardiana del corazón huérfano»,
todos ellos vagos y más bien carentes de sentido.

Consejo para proteger a una mujer cuya vagina se resiente con el


movimiento. Hay que preguntarle: «¿Qué hueles?». Si te contesta: «Huelo
a asado», entonces sabrás que son los síntomas nemsu de su vagina.
Debes fumigarla con lo que ella huela como asado.
Extracto del Papiro Médico de Kahun

Sólo hay una clase particular de documento que nos ofrece la oportunidad
de contemplar a la mujer egipcia real despojada de su modesto velo de
intimidad. Los llamados Papiros Médicos[11] —manuales que enumeran todos
los síntomas conocidos y las curas propuestas para una variedad de dolencias
y accidentes de tipo corriente— vienen a sumarse a los detalles procedentes
de las sepulturas y restos momificados que han sobrevivido y nos ofrecen una
fascinante imagen de la vida diaria del médico egipcio y sus pacientes. Esta
prueba científica indica que la mujer indígena egipcia era por término medio
relativamente baja de estatura, tenía el cabello y los ojos oscuros y la piel de
una tonalidad morena clara. Sus expectativas de vida no acostumbraban a ir
más allá de los cuarenta años y se daba por sentado que superaría la etapa
infantil y los numerosos embarazos.
Las idílicas escenas que decoran las paredes de muchas tumbas dan la
impresión de que los egipcios pertenecían a una raza saludable y en buena
forma física, sin demasiados problemas de enfermedades. Sin embargo, es
una impresión que se contradice totalmente con las pruebas médicas, que
revelan que se trata de una población expuesta a una gran variedad de
enfermedades debilitadoras que proyectaban una amenaza sobre su vida y que
van desde la lepra y la viruela hasta la espina bífida y la polio. Incluso
dolencias más insignificantes, como las diarreas, la tos y las heridas, podían
resultar mortales sin los medicamentos actuales, en tanto que la mayoría de la
población padecía de forma intermitente de artritis reumáticas dolorosas y de

Página 34
abscesos dentales graves. El Papiro de Edwin Smith de la XVIII dinastía
muestra un cuadro gráfico de los peligros que pueden presentarse en una
sociedad donde la mayoría de los proyectos de construcción eran llevados a
cabo con las mínimas precauciones y donde las guerras eran relativamente
frecuentes. Este papiro es un tratado especializado en el tratamiento de
espantosas heridas derivadas de la vida laboral e incluye historias de casos
típicos: «Instrucciones para una herida abierta en la cabeza que ha destrozado
el cráneo» u otra más seria: «Instrucciones para una herida abierta en la
cabeza que penetra hasta el hueso, destroza el cráneo y deja el cerebro al
descubierto». No es de extrañar que este último accidente se clasificase entre
las enfermedades «no sujetas a tratamiento».
En el reverso del Papiro Edwin Smith aparece la información que más
estrechamente se relaciona con un estudio de las mujeres. En algún momento
del pasado un escriba o un médico egipcio usó el reverso del papiro para
anotar en él una serie de textos mágicos y de tratamientos adecuados para una
gran variedad de dolencias. En ellos se incluye una «receta para los problemas
de la mujer», dos tratamientos «para el cutis» y una receta «para algunas
dolencias del ano y zona próxima». Esta mezcla aparentemente aleatoria de
consejos prácticos, conocimientos científicos y ritos supersticiosos indica
claramente el límite poco definido que existió siempre entre la medicina
antigua y la magia. En efecto, los médicos egipcios no intentaron establecer
nunca una diferencia entre la efectividad de un tratamiento científico racional
y las curas supersticiosas o sobrenaturales, como tampoco hicieron nunca
ninguna distinción entre las dolencias médicas y problemas como la caspa
persistente y las arrugas faciales que en la actualidad serían casos más propios
para un esteticista que para un médico. Partían, en cambio, de la postura de
que todo el mundo nacía sano y de que la enfermedad y las dolencias, cuando
no eran consecuencia directa de un accidente, estaban producidas por un
gusano parásito o un espíritu maligno que se introducía en el cuerpo. Es
lógico, pues, que tomaran medidas prácticas para aliviar los síntomas físicos
molestos a la vez que confiaban en hechizos mágicos para expulsar el espíritu
maligno y así curar o disipar la enfermedad.
El Papiro Médico de Ebers, que también data de la XVIII dinastía, quizás
sea el más avanzado científicamente de los documentos médicos egipcios. Su
contenido es menos específico que el del Papiro Edwin Smith, pero presenta
la misma mezcla de magia simpática y buenos consejos al tratar de las
dolencias más comunes entre los egipcios, enfermedades internas y achaques
tan comunes como la calvicie y problemas respiratorios. El apartado que trata

Página 35
de los problemas específicos del hombre es muy corto y en él sólo se detallan
cuatro enfermedades particulares (prurito, priapismo, impotencia y gonorrea).
El apartado más largo, que se ocupa de las cuestiones femeninas, trata
principalmente de la reproducción y de los problemas asociados a la
contracepción, la lactancia y el bienestar de los niños. Sorprende que,
tratándose de un país cuyos ritos funerarios fomentaban la disección de los
difuntos, el conocimiento del funcionamiento interno del cuerpo de la mujer
fuera tan limitado. La ginecología no era un tema especializado y existían
algunos extraños equívocos en relación con el funcionamiento de los órganos
femeninos. Por ejemplo, aunque se conocía la posición del cérvix, no se tenía
ninguna referencia en relación con los ovarios, y se creía que el propio útero
era móvil y capaz de flotar libremente dentro del cuerpo femenino. Se creía
que un útero errante provocaba un gran dolor en la paciente y se concibieron
varios métodos para volver a situar aquel órgano itinerante en la pelvis, el
más extendido de los cuales fue la fumigación de la desgraciada paciente con
excrementos humanos desecados.

Método para que el útero femenino vuelva a su sitio correcto: se mezcla la


brea de la madera de un barco con los sedimentos de una cerveza de
calidad, que se toma la paciente.
Extracto del Papiro Médico de Ebers

Se suponía también erróneamente que una mujer sana tenía un conducto


independiente que conectaba el útero con el resto de su cuerpo, creencia que
se transmitió a la sabiduría médica griega posterior. Se concibieron muchas
pruebas de fertilidad tendentes a localizar cualquier obstrucción de este
conducto que evitara el embarazo. Además, el Papiro Médico de Kahun
aconsejaba que la paciente se sentara sobre una mezcla de harina de dátiles y
cerveza. Después de este tratamiento la mujer fértil vomitaría y el número de
las arcadas sería una indicación segura del número de posibles embarazos. Se
recomienda un tratamiento similar en el Papiro Médico de Berlín. Por otra
parte, según una prueba que más tarde usaría Hipócrates, se introducía un
pesario de ajo o cebolla en la vagina de la mujer y se dejaba en ella toda la
noche. Si a la mañana siguiente se detectaba olor a ajo en el aliento de la
paciente se consideraba que era fértil. A veces los médicos podían detectar la
causa exacta de la esterilidad femenina: cuando el rey de los hititas solicitó a
su aliado Ramsés II los servicios de un médico egipcio que le ayudase a poner
remedio al matrimonio estéril de su hermana, el rey le contestó indicándole

Página 36
con más sinceridad que tacto que, como la mujer en cuestión tenía alrededor
de sesenta años, las esperanzas de solucionar el caso eran pocas.

Entonces el campesino le dijo a su mujer: «Mira, me voy a Egipto a


buscar comida para mis hijos. Ve y sepárame la cebada que sobró del año
pasado, que encontrarás en el granero». La mujer le separó veintiséis
galones de cebada. El campesino le dijo entonces: «Mira, guárdate veinte
galones de cebada para que comáis tú y tus hijos. Y ahora haz pan y
cerveza con seis galones de cebada para que yo pueda comer durante los
días que dure el viaje».
De la Historia del Campesino Elocuente, del Imperio Medio

La literatura egipcia tuvo un desarrollo bastante tardío y fue ganando


gradualmente en sutileza desde los sencillos cuentos heroicos de acción que
estuvieron de moda durante el Imperio Antiguo hasta las alegorías más
complejas y sugerentes de los Imperios Medio y Nuevo. Sin embargo, durante
el Periodo Dinástico las mujeres sólo se incluían en las historias como figuras
secundarias, subsidiarias y al margen de la trama principal. Las esposas y las
hijas podían encargarse de proporcionar comida y ropa a sus hombres
intrépidos, pero no los acompañaban nunca en sus aventuras y se contentaban
con quedarse en casa y cuidar de la misma. Efectivamente, el contenido de las
historias, extremadamente centrado en los hombres y con un indudable
atractivo viril, sugiere que las narraciones egipcias que han perdurado vienen
a ser unos relatos que los hombres contaban a otros hombres. Podría ser que
las historias de mujeres equivalentes, que fueron populares entre ellas, no
llegaran a escribirse nunca. Seguramente esto puede explicar la inexistencia
de una literatura romántica y la ausencia total de unos detalles domésticos que
no tendrían ningún interés para los hombres. La constante descripción que
persiste en los relatos que nos han quedado y que nos hablan de esposas e
hijas que son mujeres fieles pero pasivas y más bien insignificantes confirma
la idea representada en las pinturas y esculturas contemporáneas de que los
hombres y mujeres egipcios llevaban vidas independientes y con
responsabilidades diferentes pero complementarias.
Hacia el final del Periodo Dinástico, cuando Egipto sufrió la creciente
influencia extranjera, la tradición de escribir sobre mujeres buenas pero
insignificantes se vio interrumpida de pronto por los escribas, que empezaron
a representar mujeres más reales, con facetas buenas y malas en su carácter.
[12] Rápidamente las mujeres de las historias se transformaron en seres que

Página 37
eran más malos que buenos. Este cambio brusco de actitud se hace evidente
tanto en las narraciones de carácter literario como en las instrucciones de los
escribas que se utilizaban como textos reglamentarios en todas las escuelas
egipcias. En el Periodo Tardío el escriba Anjsheshonq escribía sobre las
mujeres de una forma que parecía indicar que tampoco él disfrutaba de una
vida hogareña totalmente feliz:

Deja que tu mujer vea tu riqueza pero no se la confíes… No abras tu


corazón a tu mujer, ya que todo lo que le digas en privado se repetirá en la
calle… Si una mujer no desea los bienes de su marido quiere decir que
está enamorada de otro hombre.

Anjsheshonq mantenía una actitud muy ambivalente con las mujeres, ya


que en la misma obra también expresa su admiración a la mujer buena de
carácter noble, que «es como la comida que llega en época de hambre».
¿Creía que una mujer buena era un caso raro? ¿O sus comentarios sobre las
esposas que no son merecedoras de confianza vendría a ser simplemente el
equivalente antiguo de los chistes despectivos sobre las «suegras», aún hoy
día populares entre algunos cómicos actuales?
Se presentaba a muchas mujeres literarias bajo una luz marcadamente
desfavorable. La Historia de Dos Hermanos, por ejemplo, correspondiente a
la XIX dinastía, describe las desavenencias que surgieron entre los hermanos
Anubis y Bata cuando la astuta esposa de Anubis intentó primero seducir a su
cuñado y después, al verse rechazada, lo acusó de intento de violación:

Entonces la mujer de su hermano mayor se asustó y cogió grasa y


manteca e hizo como que había sido golpeada a fin de poder decir a su
marido: «Ha sido tu hermano menor quien me ha golpeado». El marido,
como correspondía a la rutina diaria, regresó a casa al anochecer. Al
llegar a casa encontró a su mujer tendida y aparentemente enferma. La
esposa no le vertió agua en las manos como tenía por costumbre, ni
tampoco había encendido el fuego. La casa estaba a oscuras y ella seguía
tendida y vomitando…

Anubis, enloquecido y confiando en su mentirosa mujer, se dispuso a


matar inmediatamente a su hermano quien, advertido mágicamente por su
vaca preferida y que además hablaba, se vio obligado a huir de su casa para
enfrentarse a una vida llena de peligros, desgracias y aventuras. Por desgracia,

Página 38
Bata demostró ser también un mal juez del carácter femenino y a la larga
también fue traicionado por una mujer infiel.
En el Cuento de la Verdad y de la Mentira, correspondiente al Imperio
Nuevo, vemos que aparece también caracterizada una mujer igualmente
desagradable y en él la Verdad más bien inocente, ya traicionada y cegada por
las mentiras de su engañosa hermana la Mentira, se ve seducida por una mujer
atractiva y egoísta. Aunque la mujer engendró el hijo de la Verdad, trató muy
mal al que fue su amante y lo obligó a hacer las funciones de humilde portero
en su casa. Hasta que el hijo no fue lo bastante mayor para dudar de quién
podía ser su padre, la Verdad no le otorgó la posición que le correspondía en
la familia.

Cuando te veo mis ojos brillan y me acerco a ti para mirarte, el más


amado de los hombres que domina mi corazón. ¡Oh, la dicha de este
momento, que dure para siempre! Desde que dormí contigo me
despertaste el corazón. ¡No me abandones nunca!
Canción de amor del Imperio Nuevo

Las canciones líricas de amor y los poemas románticos fueron muy


populares durante el Periodo Dinástico. Estos versos semieróticos, con sus
referencias explícitas a la relación sexual mezcladas con una serie de
alusiones encubiertas al acto sexual, dieron ocasión a que las muchachas
egipcias expresaran su propia sexualidad y manifestaran claramente que una
mujer puede desear a un hombre de la misma manera que un hombre puede
desear a una mujer. Existe siempre el peligro de que los versos representen el
deseo de los poetas de evocar a través de melancólicos sentimientos las
imágenes fascinantes de un mundo inexistente, poblado de mujeres dispuestas
a la entrega sexual. Sin embargo, indican también que la sociedad egipcia
mostraba una actitud sorprendentemente ecuánime ante las relaciones entre
dos bandos independientes pero que se toleraban mutuamente y que no le
importaba que las mujeres expresaran unos sentimientos amorosos y una
excitación sexual.

Procura que tu mujer esté apartada del poder, manténla a raya… Así
podrás retenerla en casa.
Consejo de un escriba del Imperio Antiguo dirigido a los jóvenes

Página 39
El papel de la mujer en el arte y literatura del Periodo Dinástico es más
bien la imagen estereotipada de la mujer vista por el hombre. En pintura y
escultura representa a la esposa, hija y madre sumisas, mientras que en
literatura presta su fiel apoyo a su emprendedor marido. Siempre es pasiva y
sumisa; su vida privada y sus pensamientos son más bien nulos. Esta clase de
pruebas permiten entender un poco la jerarquía familiar egipcia. Vemos, por
ejemplo, que el marido se consideraba claramente el cabeza de familia, por lo
que adivinamos que sabía poco de la rutina diaria de la mujer. Sin embargo, la
mujer real todavía permanece terriblemente atormentada y escondida detrás
de una pantalla de convenciones y tradiciones. Esta imagen idealizada de la
mujer egipcia y el matrimonio queda hasta cierto punto equilibrada con el
verdadero trato que recibían las mujeres en la comunidad.
Por desgracia no ha sobrevivido ningún libro egipcio de leyes. Sin
embargo, existen suficientes pruebas en forma de documentos judiciales y
correspondencia legal para demostrar que, por lo menos en teoría, mujeres y
hombres de una misma clase social eran iguales desde el punto de vista legal.
Esta igualdad otorgaba a la mujer egipcia de la época dinástica, fuera casada o
soltera, el derecho a heredar, a comprar y a vender bienes y esclavos a su
antojo. Podía hacer un contrato legal válido, tomar en préstamo o prestar
bienes e incluso entablar un juicio. Quizás lo más importante es que podía
vivir sola sin la protección de un hombre. Este aspecto supuso una innovación
sorprendente en unos tiempos en que las mujeres de otras importantes
civilizaciones quedaban relegadas en menor o mayor medida, pero de una
manera natural, a un rango inferior, situada a un mismo nivel que los niños
menores y los perturbados psíquicos. Las leyes escritas de Mesopotamia,
correspondientes a la misma época, al igual que las de Grecia y Roma, de
época posterior, propugnaban invariablemente el principio de la superioridad
del hombre, por lo que se consideraba normal y natural que la conducta de la
mujer estuviese regulada por el hombre en todo lo que era la vida cotidiana y
en gran parte del mundo antiguo.[13]
El Código de Hammurabi, en Mesopotamia, que consolidó la ley
babilónica hacia el 1750 a. C., incluía muchas regulaciones que hacían
referencia al control del comportamiento femenino y del considerado
adecuado en el matrimonio. Resaltaba, en particular, la indiscutible autoridad
del hombre dentro de la familia, donde las mujeres y los hijos eran tratados
como un bien más puesto a la entera disposición del marido. Las mujeres
disfrutaban de ciertos derechos legales y económicos muy importantes, entre
ellos el de tener unos bienes propios y el acuerdo aceptado en un matrimonio

Página 40
vinculante, considerados derechos estrictamente limitados. Era muy difícil
para una esposa, por ejemplo, divorciarse de un marido que ella no
considerase aceptable, del mismo modo que la mujer no podía disponer de su
dote, que la ley trasladaba a sus hijos cuando ella moría.[14]
Las leyes y costumbres griegas todavía eran más represivas en lo tocante
al trato con las mujeres y condenaban a todas las esposas e hijas a una
protección perpetua y humillante.[15] Las mujeres griegas respetables,
excluidas a todos los efectos de la vida pública, tenían pocos derechos legales
a menos que actuaran bajo el total consentimiento de su kurieia o protector
legal varón. En consecuencia, muchas mujeres de clase alta llevaban una vida
muy poco satisfactoria y permanecían confinadas en sus habitaciones, donde
pasaban las largas jornadas tejiendo y dirigiendo el trabajo de la casa.
Solamente en Esparta se permitía a las jóvenes disfrutar del ejercicio sano y
se las animaba positivamente a que no pasaran demasiado tiempo hilando. En
la conservadora Atenas se estimaba que esta actitud liberal era
desagradablemente laxa. Bajo la ley estricta de Atenas, las mujeres eran
propiedad de sus padres o del esposo que las hubiera escogido. Su dote era
siempre tutelada por el marido, que no les permitía heredar ni hacer contratos
legales válidos. En cuanto a los hijos, pasaban a ser propiedad del padre y de
su familia.
De la mujer romana se esperaba también que se comportase con modestia
y decoro, aunque se le permitía disfrutar de un abanico más amplio de
actividades sociales que a su hermana griega. Se aceptaba que una matrona
romana cenara con invitados del sexo opuesto, visitara tiendas y templos e
incluso desempeñara un modesto papel en la promoción de la carrera de su
esposo. Los griegos que visitaron Roma por vez primera se quedaron muy
confundidos al ver que las señoras de la casa también se sentaban a la mesa.
Sin embargo, pese a disfrutar de esta libertad, la mujer romana permanecía
bajo la tutela legal paterna hasta que se casaba, momento a partir del cual el
padre tenía la opción de ceder su custodia al nuevo marido, concediendo de
este modo a la novia los mismos derechos legales que a cualquier otra hija del
novio. En caso de que el padre no actuara de esta manera, se mantenía
financieramente responsable de su hija, que seguía siendo un miembro legal
de la familia. La mujer necesitaba el consentimiento de su protector en todos
los asuntos legales, aunque no podía tener la custodia de sus hijos.
¿Cómo consiguió la mujer egipcia, que gozaba de tan insólita libertad,
desarrollar y mantener su posición legal de igualdad? Pregunta misteriosa que
sigue sin una respuesta totalmente satisfactoria. Los primeros egiptólogos,

Página 41
erróneamente influidos por los trabajos pioneros de Frazer,[16] creían que la
libertad legal de las egipcias era una prueba directa de que el sistema egipcio
de gobierno se había desarrollado a partir de un sistema matriarcal puro.[17]
Ahora se sabe que esta teoría es completamente falsa y lo que parece más
probable es que haya que buscar la respuesta en una consideración de los
aspectos más insólitos de la cultura egipcia. La sumisión legal de las mujeres
en las demás sociedades parece obedecer a la necesidad de asegurar que se
negaría a las mujeres la misma libertad sexual que gozaban los hombres, no
sólo para impedir la descendencia sino para evitar, además, la reproducción
ilegítima. Si esto era resultado directo de la necesidad de crear una clase
selecta que rigiera el país y de limitar así la dispersión de los bienes
familiares, la existencia de un rey-dios y la ausencia de una clase de
«ciudadanos» estrictamente definida hace que estas consideraciones resulten
irrelevantes en Egipto. La naturaleza rígida del sistema de clases egipcio y el
modelo tradicional de los emparejamientos con vistas al matrimonio hacía
difícil que los bienes privados que se poseían pudiesen dispersarse con el
matrimonio, al tiempo que la gran fertilidad del valle del Nilo redujo la lucha
por el acceso a los recursos que existía en sociedades menos afortunadas. El
reconocimiento de que la descendencia tanto podía pasar a través de la línea
materna como paterna, característica de muchas culturas africanas, es algo
que quizá contribuyó también a proteger los derechos de las mujeres. Los
egipcios siempre consideraron importante la línea familiar femenina, y era
frecuente que las madres fueran honradas en las tumbas de sus hijos.

Página 42
Fig. 5 - Estela del niño Mery-Sejmet en brazos de su madre, cuyo nombre ignoramos

Esta situación de igualdad permitía a las mujeres un libre acceso al


sistema legal. Las mujeres podían emprender una acción contra sus
conciudadanos y declarar ante un tribunal, como también podían ser juzgadas
públicamente por sus delitos. La justicia egipcia tenía como base un tribunal o
sistema de arbitraje. Tanto los ricos como los pobres estaban autorizados a
presentar demandas formales, y un magistrado local juzgaba cada caso legal
de acuerdo con sus propias características. Muchos casos importantes se
dirimían ante un tribunal o jurado especial de ciudadanos, mientras que el
visir, que era en la práctica el jefe de todo el sistema legal egipcio, juzgaba
personalmente los asuntos más graves y complejos. Aunque el soborno de los
funcionarios era uno de los problemas más recurrentes y las familias
poderosas tenían excesiva influencia en los tribunales, teóricamente la justicia
estaba al alcance de todos los egipcios cualquiera que fuese su sexo o clase.
Los fragmentos de vasijas recuperados en Deir-el-Medina indican, sin
embargo, que las mujeres generalmente estaban menos involucradas en
acciones legales que los hombres, lo que indica que tenían un papel menos
importante en la vida pública. Las mujeres que se veían obligadas a
comparecer ante un tribunal solían hacerlo más en calidad de defensoras que
de demandantes y disponemos de documentos legales que tratan de casos en

Página 43
que se juzgó a mujeres por deudas impagadas, robos e incluso por negligencia
ante un pariente enfermo.
El caso de Mose, una encarnizada pendencia legal en torno a un
complicado enredo de documentos falsificados y testigos mentirosos,
demuestra claramente el derecho de las mujeres a heredar propiedades, actuar
como fiduciarias y plantear una demanda ante los tribunales de justicia. Mose,
un burócrata empleado en la tesorería de Ptah, en Menfis, reprodujo con
orgullo toda la reyerta en el muro de su tumba de Sakkara.[18] Nos expone en
él que su antepasado, un tal capitán Neshi, recibió una pequeña finca como
recompensa por los leales servicios prestados al rey. Dicha finca se mantuvo
intacta dentro de la familia de Neshi durante más de doscientos años, pasando
de una generación a otra, administrada por un fiduciario que actuaba en
nombre de los herederos legales. Durante el reinado del rey Horemheb, un
hombre llamado Jay fue nombrado fiduciario de la finca, si bien este
nombramiento fue recusado por una señora llamada Wernero, abuela de
Mose, y el tribunal acabó confirmando a Wernero en el puesto de fiduciaria
de sus cinco hermanos y hermanas. Desgraciadamente Tajaru, una de las
hermanas de Wernero, presentó una objeción al nombramiento, por lo que se
decidió que la tierra se dividiría en seis partes iguales a repartir entre todos los
herederos legales. El padre de Mose, Huy, y su abuela, Wernero, apelaron
contra esta decisión pero, antes de que se resolviera la situación, murió Huy
en tanto que la madre de Mose, Nubnofret, quedaba excluida por Jay de su
sexta parte de tierras. Aunque Nubnofret presentó inmediatamente una queja
formal ante el tribunal, no pudo demostrar su derecho a la tierra porque Jay
presentó documentos falsificados como prueba y quedó propietario de la
herencia de Mose. Sólo cuando Mose tuvo edad para pleitear por su caso,
presentando varios testigos que declararon bajo juramento ante el Gran Jurado
del visir, se resolvió finalmente el juicio a su favor.

Soy una mujer libre de Egipto. He criado ocho hijos y les he


proporcionado todo lo necesario para vivir. Pero ahora soy vieja y ved
que mis hijos ya no me cuidan. Por eso he decidido dejar mis bienes a
aquellos que se han ocupado de mí. No daré nada a los que me han
abandonado.
Última voluntad y testamento de la señora Naunajte

El derecho a la propiedad era un privilegio legal muy importante, que


significaba un grado de seguridad para todas las mujeres solteras, viudas y

Página 44
abandonadas y para los hijos menores. La última voluntad y testamento de la
señora Naunajte, de la XX dinastía, muestra hasta qué punto las mujeres
podían disponer a su antojo de sus bienes. Naunajte, madre de ocho hijos,
había obtenido muchas riquezas de su familia y de su primer marido, pero al
envejecer se hizo cada vez más dependiente de sus hijos. Declaró su voluntad
bajo juramento ante un tribunal de justicia, manifestando que quería que su
propiedad se repartiera sólo entre los cinco hijos que la habían seguido
cuidando durante la vejez y desheredó a los que se habían desentendido de su
situación. Sin embargo, reconociendo que no podía ignorar la participación de
su marido en la propiedad conjunta ni tampoco los bienes personales de éste e
impedir que se dividieran según sus deseos, admitió que «con respecto a estos
ocho hijos míos, tendrán la parte proporcional de los bienes de su padre». Es
evidente que las familias de hace tres mil años eran tan de poco fiar como las
actuales.

El título de traspaso hecho por el sacerdote Wah:


Hago este traspaso a mi esposa, Sheftu hija de Sopdu, conocida por
Teti, de todo lo que me dejó mi hermano. Ella, por su parte, lo deberá
transferir a cualquiera de los hijos que tenga de mí según sus deseos. Le
doy los tres «asiáticos» que me dejó mi hermano, que podrá ceder a
cualquiera de sus hijos según desee. Respecto a mi tumba, seré enterrado
en ella al igual que mi mujer, sin la intromisión de nadie. Además, mi
mujer vivirá en nuestra casa, que mi hermano construyó para mí, sin que
nadie pueda expulsarla de ella…
Última voluntad y testamento del Imperio Medio

La propiedad adquirida por una pareja durante el matrimonio era


considerada legalmente un bien común por lo que, además de sus
pertenencias, la mujer tenía derecho a una parte de esta propiedad conjunta.
[19] A su muerte esta parte pasaba a sus hijos, o a la propia mujer si se

divorciaba, mientras que las dos terceras partes restantes se dividían primero
entre los hijos del marido y luego entre los hermanos y hermanas de éste.
Además, la viuda heredaba automáticamente una parte proporcional de la
propiedad privada de su marido y, de hecho, algunos maridos se valían de los
conocimientos que tenían del sistema legal para garantizar que su pareja
recibiría la totalidad de la herencia transfiriendo legalmente sus propiedades a
la mujer antes de morirse, lo que vendría a ser el equivalente actual del

Página 45
procedimiento que intenta evitar los impuestos de herencia deshaciéndose de
los bienes en vida.
Otro método más tortuoso para evitar que los hermanos o hermanas
reclamaran la propiedad matrimonial consistía en que el marido adoptara a su
mujer como hija. Existe un documento legal fascinante, correspondiente al
Imperio Medio, que explica con detalle la adopción de la mujer Nenufer por
su marido Nebnufer: «Mi marido redactó un escrito por el que me convirtió
en su hija, ya que no tenía hijo ni hija aparte de mí».[20] Esta declaración,
hecha ante testigos, era de obligatoriedad jurídica y permitió que Nenufer
heredara toda la propiedad de Nebnufer, ya que era a la vez su esposa e hija.
Diecisiete años más tarde Nenufer, viuda entonces, hizo un añadido
importante a la escritura legal en la que explicaba que su marido y ella habían
comprado una esclava para que hiciera de madre suplente de los supuestos
hijos de Nebnufer. Dicha esclava tuvo dos niñas y un niño, que fueron
manumitidos y a su vez adoptados por Nenufer y, como el hermano de
Nenufer expresó el deseo de casarse con una de las chicas, también él fue
adoptado por su hermana para así poder recibir su parte de propiedad familiar.
El derecho legal de Nenufer a heredar la propiedad, hacer testamento con
obligatoriedad legal, adoptar a un niño y liberar a un esclavo quedan
explícitos en este texto.
Desgraciadamente, durante el periodo grecorromano, en que las leyes, las
costumbres y el lenguaje griegos empezaron a ejercer una influencia
importante en el estilo de vida egipcio, el derecho de la mujer a la igualdad
fue desapareciendo a ritmo lento pero implacable. En ese tiempo muchas
familias griegas se instalaron en Egipto, en tanto que sus mujeres, tan
enclaustradas y protegidas por el guardián legal de su kurieia, se instalaron a
vivir codo con codo con las egipcias liberadas. Muchos egipcios, al ver que
ese estilo de vida exótico de los griegos era preferible al suyo propio, se
apresuraron a adoptar estas nuevas formas de comportamiento. De hecho,
tenemos documentos que nos confirman que muchas mujeres no griegas, que
no tenían necesidad legal de guardián, solicitaron uno, quizá movidas por el
deseo de que las confundieran con las sofisticadas griegas y no con las
provincianas egipcias. En el periodo romano, cuando las tradiciones romanas
vinieron a añadirse al sustrato cultural griego y egipcio, las mujeres ya habían
perdido sus antiguos derechos y privilegios y, aunque las costumbres locales
les habían permitido vivir de una manera menos reprimida que las habitantes
de Roma, no estaban ni con mucho tan emancipadas como lo fueron un día
sus antepasadas dinásticas.​

Página 46
2
La felicidad conyugal

Funda una familia y ama a tu mujer en casa como es debido. Llénale el


estómago de comida y cubre con ropa su espalda… Alégrale el corazón
mientras vivas.
Texto de la Sabiduría, Imperio Antiguo

Los que no tienen disposición romántica o los cínicos creen que el


matrimonio es poco más que un simple contrato económico entre un hombre
y una mujer destinado a formar una unidad operativa eficaz, a consolidar
alianzas y al mismo tiempo a proteger las propiedades y a legitimar a los
hijos. El amor puede ser o no un lazo más que sirve para unir a las partes, en
realidad no indispensable para el éxito del matrimonio. En el caso específico
de las mujeres, la ceremonia de la boda, que simboliza el importante paso de
la situación de hija a la de esposa, también representa la transición reconocida
de niña a mujer adulta y el inicio de una nueva función en la sociedad.
Injustamente y de forma casi universal, se trata con más respeto a las casadas
que a sus hermanas solteras. En efecto, mujeres y hombres de distintas
culturas y distintas épocas históricas han expresado reiteradamente la opinión
de que una mujer soltera ha fracasado en el papel principal que, como mujer,
tiene asignado en la vida.
Todas estas generalizaciones sobre el matrimonio pueden aplicarse
también al antiguo Egipto, donde la constitución de una familia sólida y
unificada representaba una protección adecuada contra las intemperancias del
mundo exterior. Y sin embargo los egipcios, en mucha mayor medida que
otras civilizaciones del pasado, nos han transmitido a través de sus pinturas,
esculturas y, sobre todo, de sus poemas líricos de amor, hasta qué punto les

Página 47
complacía lo que de romántico pueda tener el matrimonio. Para todo egipcio
sensato, casarse y engendrar hijos debía de constituir una obligación, aunque
fuera bien aceptada: los egipcios eran una raza muy dada al amor.
Tradición y biología se unieron para garantizar que el matrimonio seguido
de la maternidad fuese el camino que seguirían inevitablemente casi todas las
egipcias, razón por la cual las madres educaban a sus hijas desde pequeñas en
las tareas domésticas. Cuando una chica alcanzaba la adolescencia no tenía
ningún papel en la sociedad, no era niña ni mujer, por lo que se quedaba en
una especie de limbo protector, viviendo en casa de su padre, hasta que le
encontraban el hombre adecuado para formar pareja. Se consideraba en
general que los mejores matrimonios eran los pactados entre los miembros de
una misma familia o entre vecinos de una misma posición social y clase
profesional. El escriba Anjsheshonq aconsejaba a los padres: «No dejes que tu
hijo se case con una novia de otra ciudad, para que no lo aparten de ti». De la
misma manera que los campesinos egipcios actuales reconocen el derecho
que tiene un primo paterno a pedir la mano de la hija del hermano de su
padre, sus antepasados daban preferencia a los matrimonios entre primos
carnales o entre tíos y sobrinas, lo que tenía por objeto evitar la división de la
propiedad familiar y la pérdida del derecho heredado a trabajar la tierra,
considerados de gran importancia en una comunidad agrícola. Parece que las
consecuencias genéticas de la endogamia no preocupaban demasiado a los
egipcios, pero se han encontrado varios esqueletos con deformaciones
congénitas en cementerios locales que demuestran que seguramente hubo
problemas ocasionales.

Página 48
Fig. 6 - Mujeres extranjeras con sus hijos.

El mismo Estado se mostraba muy tolerante con el matrimonio y, a


diferencia de casi todas las civilizaciones antiguas, los egipcios no imponían
ninguna limitación oficial a las uniones con extranjeros. Como no se
observaba la necesidad de preservar la pureza de la raza egipcia, era frecuente
que en el harén real del Imperio Nuevo se introdujesen bellezas exóticas. En
Amarna, por otra parte, se encontró una estela que muestra a una mujer
egipcia con su marido extranjero, fácil de identificar por su peinado e
indumentaria inusuales, los dos sentados tranquilamente y sorbiendo cerveza
con una paja. En cambio, tanto los griegos como los romanos daban mucha
importancia al derecho heredado de ciudadanía, legalmente reservado a las
clases altas de la sociedad, lo que por lo menos en parte obedecía al deseo de
conservar la pureza de la estirpe que se desarrolló gracias a la tradición de
separar a las mujeres de los hombres. La tolerancia egipcia frente a los
matrimonios mixtos se hizo extensiva a los celebrados con esclavos, ya fuera
entre dos esclavos o entre una persona libre y un esclavo:

Año 27 del reinado de Tutmosis III. El barbero real Sabestet compareció


ante el tribunal de la casa real y testificó: mi esclavo, mi propiedad, se
llama Imenjui. Lo busqué con todas mis fuerzas cuando acompañé a mi
soberano. Le di como esposa a la hija de mi hermana Nebta, cuyo nombre
es Takamenet.
Documento legal del Imperio Nuevo

Este enfoque contrasta fuertemente con las complejas normas que se


impusieron en Egipto durante el periodo del dominio romano, época en que se
tuvo por conveniente obligar a la gente a casarse con otra persona de su
misma casta:

Los hijos nacidos de una ciudadana casada con un egipcio tienen la


condición de egipcios y son herederos de ambos progenitores. Si un
romano del sexo que sea se casa con alguien que tenga la categoría de
ciudadano o de egipcio sin conocer su condición social, los hijos
adquieren la categoría del progenitor inferior. Si un romano o un
ciudadano se casa con una egipcia cuya clase ignora, los hijos podrán
adoptar la condición del padre después de erroris probatio. Si una
ciudadana se casa con un egipcio creyendo erróneamente que se trata de
un ciudadano no podrá imputársele el error y si ambos declaran el

Página 49
nacimiento de los hijos, habrá que conceder a la descendencia la
condición de ciudadanos…[1]

El aspecto más curioso de la actitud indulgente del Estado frente al


matrimonio era la total ausencia de tabúes en los matrimonios entre parientes
próximos. La mayoría de sociedades no consideran aceptable la unión de
hijos con padres o de hermanos con hermanas, por lo que toman las medidas
necesarias para que no ocurra. En lo tocante a esta norma, Egipto era una
auténtica excepción a la regla. Sin embargo, el incesto no era tan común como
apunta la literatura popular. A excepción de la familia real, cuyos miembros
se casaban entre sí para salvaguardar la sucesión dinástica y consolidar su
condición divina, no hay pruebas fehacientes de la generalización de los
matrimonios entre hermanos hasta el periodo romano, y prácticamente no se
tiene noticia de la existencia de incesto entre padres e hijos. Se sabe de
matrimonios entre hermanastros más que entre hermanos propiamente dichos.
Por desgracia para los observadores modernos, los egipcios utilizaban una
terminología bastante limitada para el parentesco, por lo que tan sólo se
designaba con términos precisos de parentesco la familia nuclear básica:
padre, madre, hermano, hermana, hijo e hija. Los demás miembros debían ser
identificados de forma más compleja y se designaban como «la madre de la
madre» (la abuela materna) o «la hermana de la madre» (la tía materna). Para
complicar todavía más las cosas, los nombres con que se designaba
específicamente a los familiares podían aplicarse también a miembros ajenos
a la familia, por lo que podía emplearse la palabra «padre» para designar al
abuelo, al padrastro, a un antepasado o al amo, mientras que «madre»
indicaba también a la abuela e incluso a la bisabuela. El término cariñoso
«hermana», en el que se englobaba a un amplio grupo de mujeres por las que
se sentía afecto y que incluía la esposa, la amante, la prima, la sobrina y la tía,
tomado en conjunción con una teología permisiva que tolera el matrimonio
entre hermanos en el caso de sus principales deidades, como en el de Isis y
Osiris, ha contribuido al malentendido del predominio del incesto entre
hermanos y ha provocado una renuencia general a rechazar la imagen de un
estilo de vida egipcio decadente transmitida por esos errores de interpretación.

Hubo un malentendido similar en relación con la cuestión de la poligamia


egipcia. Aunque no había leyes que prohibieran de forma taxativa los
matrimonios polígamos y Herodoto creía firmemente que sólo de los
sacerdotes egipcios se exigía que fueran monógamos —dando con ello a

Página 50
entender que el resto de los egipcios optaban por la poligamia—, los
matrimonios múltiples no eran tan habituales como se suele creer. Sin ser
realmente ilegal, la poligamia ha continuado siendo un esparcimiento de los
hombres ricos, lo que no era diferente en el antiguo Egipto, por lo que sólo los
más ricos podían permitirse el lujo de tener más de una mujer. La confusión
proviene de la costumbre egipcia de representar a una o varias esposas
anteriores difuntas junto con la sucesora viva en la lápida del marido común.
La prueba a la que se recurre con más frecuencia en apoyo de la teoría de los
matrimonios polígamos egipcios es un papiro escrito por una mujer,
Mutemheb, en el que se declara cuarta esposa de su marido Ramsés,
añadiendo que dos de las demás esposas están muertas mientras que una
todavía vive. Aunque no se detallan las circunstancias precisas de este
matrimonio, nada indica la existencia de poligamia y parecería más lógico
suponer que Ramsés se había divorciado de su tercera mujer antes de casarse
con la cuarta. Sin embargo, la poligamia en serie, o el nuevo matrimonio
después de una pérdida o de un divorcio, era costumbre habitual, y una vez
más el escriba Anjsheshonq da su opinión al respecto: «No tomes mujer cuyo
marido sigue vivo a fin de que no se convierta en tu enemigo».

Es un vecino que vive cerca de la casa de mi madre, pero no puedo ir a


verlo. Mi madre está en lo cierto cuando le dice: «No la veas más». Me
duele el corazón cuando pienso en él y mi amor por él me posee. En
realidad está loco, pero también yo lo estoy. No sabe cómo ansío
abrazarlo, ya que de lo contrario enviaría recado a mi madre.
Poema de amor del Imperio Nuevo

El emparejamiento con vistas al matrimonio comprendía una serie de


negociaciones entre el padre de la novia y el novio o, menos frecuentemente,
el padre de este. Otra vez Anjsheshonq manifiesta su opinión sobre la
elección de una persona apropiada como pareja, recomendando a su hijo que
debe «elegir a un marido prudente, no necesariamente rico, para tu hija». Una
viuda podía encargarse de las negociaciones del matrimonio de sus hijas
puesto que no tenían padre, pero hasta el mismo final del Periodo Dinástico la
tradición matrimonial no fue lo suficiente permisiva para aceptar que la novia
y el novio se encargasen de negociar su propio matrimonio. Los textos que
nos han llegado dicen claramente que la hija fue «dada» al novio en
matrimonio por su padre; sin embargo, no sabemos si se trata simplemente de
un giro convencional de la frase directamente comparable con la tradición

Página 51
paterna, todavía existente en las bodas del oeste, de «desprenderse» de sus
hijas legalmente independientes, o bien que la hija no tenía ni voz ni voto.
Resulta difícil de aceptar esa imagen del padre egipcio bondadoso que
aparece en muchos retratos de familia comprometiendo a la hija a casarse en
contra de su voluntad o rechazando una unión sentimental sin razón alguna, y
no existen pruebas documentales que indiquen que las mujeres estuvieran
obligadas a contraer matrimonio.
No había restricciones legales con respecto a la edad adecuada para
contraer matrimonio, aunque generalmente se consideraba que no se podía
escoger a una niña antes del inicio de la pubertad y de que tuviera la
menstruación, hecho que solía ocurrir hacia los catorce años. Es una idea
confirmada por un documento de la XXVI dinastía, donde un padre deniega a
su hija el permiso para contraer matrimonio porque es demasiado joven y
porque «todavía no ha llegado su momento». Sin embargo, existen pruebas de
que en Roma, donde la pubertad de la mujer se fijaba legalmente a los doce
años independientemente del desarrollo físico, no eran raras las bodas con
niñas de diez y once años, por lo que no hay razón para poner en duda que a
esa edad se casaran también en Egipto. Además, hasta hace cincuenta años no
se prohibió por ley en el Egipto actual el matrimonio con niñas de once o
doce años. Desde luego que existen pruebas textuales pertenecientes al
periodo grecorromano de matrimonios de niñas egipcias a la temprana edad
de ocho o nueve años, y tenemos una momia con una etiqueta escrita en
demótico, con la que se identifica el cuerpo de una esposa de once años.
El novio, especialmente en los matrimonios entre tío y sobrina, solía ser
considerablemente mayor y más experimentado que la novia, normalmente
inmadura; Anjsheshonq recomendaba a los hombres que se casaran a los
veinte años, mientras que el escriba Ptahotep estimaba que un muchacho no
se podía casar hasta que se hubiera convertido en un hombre respetable. Sería
ingenuo pensar que las novias jóvenes no eran sexualmente activas antes de la
menstruación; a pesar de que se disponía de diversos anticonceptivos, existía
el problema de niñas fértiles pero físicamente inmaduras que se convertían en
madres, hecho que posiblemente contribuyó a la elevada mortalidad maternal
e infantil durante el embarazo y el parto.[2] Estrabón nos da alguna indicación
acerca de la extendida aceptación de la sexualidad prepuberal describiéndonos
extensamente la consagración religiosa de una bella joven de ilustre cuna al
servicio de Amón o Zeus: «Se ha convertido en prostituta y tiene relaciones
sexuales con quien quiere hasta que su cuerpo se purifique». Estrabón
entiende por purificación del cuerpo el inicio del periodo menstrual. Aunque

Página 52
es posible que Estrabón no entendiera la situación o fuera víctima de las
historias fantásticas que inventaban los solícitos nativos para despertar el
interés de los extranjeros, está claro que se trata de una historia de interés
general y que no provocaba desagrado.

Veo que se acerca mi hermana. Mi corazón se reconforta y extiendo los


brazos para abrazarla. Mi corazón salta como el pez en el estanque. Oh
noche, sé mía para siempre ahora que ha llegado mi amada.
Canción del amante, Imperio Nuevo

En las sociedades occidentales los matrimonios se han convertido en


uniones con grandes implicaciones legales que conciernen a la burocracia
estatal. También se pueden considerar uniones religiosas, en cuyo caso exigen
la aprobación de un sacerdote. Esta intervención exterior crea todo un
protocolo matrimonial establecido que obliga a ciertos compromisos legales,
a un registro ante diversas autoridades y, en algunos países, incluso a unos
análisis de sangre básicos. En consecuencia, resulta relativamente fácil
averiguar si una pareja está en realidad casada o no y el momento de la
celebración de la boda suele estar perfectamente definido. Los antiguos
egipcios adoptaban una postura muy diferente frente al matrimonio y lo
consideraban meramente una cuestión personal entre dos individuos y sus
familias; el Estado poco o nada tenía que ver en el asunto y el compromiso no
llevaba implícita ninguna ceremonia legal ni religiosa. No existía, pues, la
obligación de registrar el matrimonio y, aunque podía redactarse algún tipo de
contrato matrimonial antes o, como era más habitual, después de la boda, no
constituía una exigencia legal y, por supuesto, no era un convenio
matrimonial. Por lo tanto, aunque los egipcios sabían perfectamente quién
estaba o no casado y con quién, en la actualidad no siempre entendemos con
claridad los entresijos de su vida familiar.
La diferencia más obvia entre el matrimonio actual y el del antiguo Egipto
es la total ausencia de una ceremonia de boda. No existía ninguna palabra
egipcia para designar la boda, ni tampoco unos vestidos especiales para la
ceremonia ni anillos simbólicos a intercambiar, como tampoco el cambio de
apellido de la novia para demostrar su nueva condición. Es posible que
hubiera un banquete especial de boda que quizá incluyera sal, aunque se trata
sólo de una suposición incierta basada en la interpretación de un texto
incompleto.[3] En ausencia de otras pruebas visibles que indiquen una
ceremonia de boda, tenemos que imaginar que el único signo externo que

Página 53
demuestra que las negociaciones matrimoniales habían concluido
favorablemente era la convivencia de la pareja feliz, que presuponía
abandonar físicamente la protección de la casa paterna para entrar en el hogar
del marido, es decir, que la chica traspasase su lealtad del padre al marido y
pasase a ser reconocida universalmente como esposa. La chica se llevaba
consigo todas sus pertenencias, los llamados «bienes de una mujer», que
normalmente consistían en una cama, ropas, objetos de adorno, espejos, un
instrumento musical y un valioso chal que podría ser el equivalente de nuestro
velo de boda. El desfile nupcial, durante el cual la novia y su cortejo eran
escoltados a través de las calles por una alegre multitud de amigos y
parientes, debía de ser una ocasión de gran regocijo familiar; los antiguos
egipcios eran muy aficionados a las fiestas, aprovechaban cualquier
oportunidad para celebrar un lujoso banquete y suponemos que la fiesta de
boda debía de prolongarse hasta bien entrada la noche.
Ignoramos qué importancia tenía o si existía algún ritual en relación con
la consumación del matrimonio. Hasta hace relativamente poco tiempo la
ceremonia de la desfloración de la mujer era una faceta decisiva en la
celebración de una boda egipcia, presenciada por una variedad de mujeres
casadas de la familia que podían convertirse en testigos de la honorabilidad
tanto de la recién casada como de su familia. La ceremonia solía hacerse
sujetando con fuerza a la joven novia mientras el novio o una mujer de la
familia rompía el himen con el dedo cubierto con una gasa limpia y
derramaba la sangre precisa para demostrar su pureza. En la sociedad del
antiguo Egipto la castidad de las mujeres solteras no se consideraba de una
importancia extrema, por lo que la consumación del matrimonio seguramente
era una ceremonia más íntima y menos angustiosa. Parece probable que la
consumación era imprescindible para que el matrimonio fuera legal y
vinculante, como ocurre en muchas sociedades actuales. De hecho, en la
Mesopotamia de la época, donde se esperaba que la novia demostrara su
fertilidad, el matrimonio no se consideraba válido hasta que se producía la
concepción y no se pagaba la dote hasta que nacía el hijo.
El novio no tenía ninguna obligación de pagar a su suegro por la novia, si
bien en el Imperio Nuevo se inició la tradición de entregar a la mujer una
donación simbólica de dinero y a veces de trigo. El valor económico real de
esta donación era variable y oscilaba desde una cantidad insignificante hasta
la necesaria para comprar un esclavo, y parece que vino a simbolizar un
respeto que hacía el acuerdo matrimonial vinculante por ambas partes, quizás
algo parecido a esa convención que hace que actualmente se espere del novio

Página 54
que corra con los gastos de la orquesta de boda que actuará durante la
ceremonia. Se desconoce si esta tradición procede de una costumbre anterior
de ofrecer dinero al padre, ya fuera para compensar a la familia natural de la
novia del abandono de ésta y de la pérdida de sus servicios, ya fuera como
una consideración que indicase la transferencia del derecho de propiedad de la
novia, ya fuera incluso como pago directo de un precio por la compra de la
novia.
A su vez, el padre de la novia contribuía al bienestar de la feliz pareja
ofreciendo regalos de boda, que iban desde bienes domésticos a comida, la
cual a menudo seguía proporcionando en forma de grandes cantidades de
trigo a veces durante siete años, hasta que se consideraba la unión
consolidada, es decir, convertida en un verdadero matrimonio y no en una
«simple vida en común». Hacia el final del Periodo Dinástico se impuso la
costumbre de registrar en un contrato legal estas «dotes», lo que podía
utilizarse para prevenir disputas y proteger los derechos económicos de la
mujer y los hijos ante la desgraciada posibilidad de un divorcio. Estos
contratos matrimoniales no formaban parte del matrimonio propiamente dicho
y se solían redactar cuando la pareja ya había tenido varios hijos.[4] El
ejemplo citado más abajo es un contrato grecorromano en que el egipcio
Horemheb da el consentimiento para que su mujer Tais sea compensada
adecuadamente en el caso de que fracase el matrimonio:

Si me divorcio de ti como esposa, y concibo odio por ti y prefiero a otra


como esposa, te daré dos monedas de plata además de las dos que ya te he
dado porque te corresponden como mujer… También te daré una tercera
parte de todo lo que poseamos tú y yo de ahora en adelante.

Resulta difícil para nosotros, al volver la vista atrás y observar la situación


desde una cultura diferente miles de años más tarde, comprender realmente
los derechos y obligaciones cotidianas aceptados día tras día en la vida
egipcia matrimonial. Sabemos que el marido era casi siempre el que mantenía
a la familia mientras la mujer trabajaba en casa, pero no podemos apreciar en
su totalidad las sutilezas de la situación, sobre todo porque las mujeres no nos
han dejado ningún testimonio de su vida diaria y no sabemos cómo pretendía
ser tratada la esposa por su marido o cómo veía cada uno la actividad del otro.
¿Consideraban los maridos a sus esposas como participantes por igual dentro
del matrimonio, o las veían inferiores en todos los aspectos? ¿Estaban las
mujeres confinadas al hogar? ¿Eran objeto de insultos verbales? ¿No se sabía

Página 55
de ningún marido que pegase a su mujer o se aceptaba por ambas partes que
éste era un aspecto absolutamente normal de la vida familiar que no merecía
comentario? Las inscripciones de las capillas-tumbas del Imperio Antiguo
parecen indicar que la esposa perfecta era sumisa y complaciente —«no hizo
ninguna afirmación que mi corazón rechazara»—, aunque este ideal no
reflejaba necesariamente la vida real, y el comentario de Anjsheshonq —«que
el corazón de una esposa sea el corazón de su marido»— señala que los
desacuerdos matrimoniales quizá eran más frecuentes de lo que pretendían los
hombres. Las instrucciones de los escribas, escritas para orientar a los
solteros, apuntan en general que en un mundo ideal el marido debe respetar a
su mujer y a la vez dirigir la familia y sus miembros. Quizás la mejor muestra
de cómo el marido veía las obligaciones morales hacia su esposa quede
recogida en una carta detallada escrita durante la XIX dinastía donde el
marido quiere congraciarse con su esposa difunta muerta, que creía que se le
aparecía:​

Te tomé como esposa cuando yo era joven y seguías siendo mi mujer


cuando desempeñé toda clase de oficios. No me divorcié de ti ni herí tu
corazón… Todo lo que gané lo puse a tus pies, ¿no lo había recibido para
ti? Durante toda tu vida no te escondí nada. Nunca sufriste por nada de lo
que yo hiciera como marido. No me encontraste engañándote como un
campesino ni te falté con otra mujer. Te regalé vestidos y ropa y tú me
diste muchas prendas de vestir que tú misma me hiciste.

La situación legal resulta algo más fácil de entender. El nuevo marido


adoptaba el antiguo papel del padre en la protección y cuidado de la novia,
aunque nunca pasaba a ser su tutor legal. A la esposa se le permitía conservar
la independencia, no se convertía en la subordinada de su marido y podía
seguir administrando sus propios bienes. A pesar de que el marido solía
administrar la propiedad conjunta adquirida durante el matrimonio, se
aceptaba que una parte de la misma correspondía a la esposa y podía
recuperarla si el matrimonio fracasaba. Un texto de Tolomeo nos muestra
muy claramente la paridad legal de las mujeres al referirnos que una esposa
astuta prestó tres deben de plata a su derrochador marido, quien tenía que
devolvérselos en el término de tres años con un elevado interés anual del
treinta por ciento.

Página 56
No lo abandonaré aunque me pegue y tenga que pasar el día en la ciénaga.
Aunque me persigan hasta Siria con garrotes o hasta Nubia con varas de
palmera o incluso hasta el desierto con estacas o hasta la costa con cañas.
No escucharé los planes que me propongan para abandonar al hombre que
amo.
Canción de amor del Imperio Nuevo

El matrimonio finalizaba igual que ahora, ya fuera por la muerte de uno


de los cónyuges, ya fuera por divorcio. La muerte de un cónyuge se cernía
como una amenaza constante sobre la felicidad, ya que las expectativas de
vida no eran altas y el recuerdo de la muerte estaba presente en todas partes.
Eran muy pocas las parejas que llegaban a la mediana edad sin haber perdido
a la mayoría de los miembros de su familia directa y se aceptaba con
resignación la muerte de los hijos. Las jóvenes que se casaban con hombres
mucho mayores solían quedarse viudas antes de alcanzar los veinte años,
mientras que los auténticos peligros asociados al embarazo y al parto
contribuían a la existencia de numerosas familias sin madre. Afortunadamente
el derecho de la mujer a heredar una tercera parte de la propiedad del marido
significaba que una viuda no tenía que recurrir a la caridad de sus hijos ni
volver a la casa paterna, a pesar de que la costumbre decretaba que los que
caían en la desgracia debían ser atendidos por su familia cuando fuera
necesario. Las vulnerables mujeres, privadas de la protección de un hombre,
eran dignas de compasión y eran vistas como seres necesitados de cuidados.
El Campesino Elocuente adulaba así a su juez en la fábula del Imperio Nuevo:
«Porque tú eres el padre del huérfano, el marido de la viuda y el hermano de
la divorciada…». Las escenas de las tumbas muestran que las parejas que se
amaban y que la muerte separaba confiaban en reunirse en el Más Allá.
Entretanto, tras la viudedad era frecuente que se volvieran a casar y las estelas
funerarias indican que algunos individuos se casaban tres y hasta cuatro
veces. No sabemos si había un periodo de luto prescrito para las viudas,
aunque la mayoría de las sociedades imponen un tiempo de espera de
aproximadamente seis meses después de la defunción a manera de respeto al
marido difunto a la vez que como medio de aclarar cualquier duda sobre la
paternidad de los hijos póstumos.

Deja que Nejemut haga un juramento al señor de no abandonar a mi


hija… Mientras Amón viva y el Soberano viva. Si alguna vez en el futuro

Página 57
abandono a la hija de Telmont, que me den centenares de latigazos y
perderé todo lo que adquirí con ella.

Aunque muchos matrimonios eran estables y felices, algunos acababan en


divorcio. Sin duda era un asunto grave para los involucrados pero, como el
matrimonio no se consideraba una cuestión sujeta a ningún formalismo legal,
el divorcio podía hacerse por mutuo acuerdo y sin la costosa colaboración de
abogados y tribunales. Los que habían tenido la previsión de hacer un
contrato matrimonial se veían obligados moralmente a hacer honor a sus
condiciones, mientras que los que se veían envueltos en agrias discusiones
sobre la división de las propiedades comunes debían emprender una acción
legal para resolver sus diferencias. Sin embargo, estos casos legales eran
infrecuentes y la mayoría de los matrimonios terminaban con la simple
separación de la pareja: la mujer abandonaba el hogar matrimonial y
regresaba a la casa de sus padres llevándose consigo sus pertenencias y la
parte correspondiente de la propiedad común, y algunas veces, cuando no
había forma de demostrar que fuese culpable, llevándose además una
sustanciosa paga del marido como compensación. En algunos pocos casos la
mujer se quedaba con la casa y entonces era el marido el que debía
abandonarla. Esta separación, en la que se devolvían a la mujer todos sus
bienes, evitaba al marido la obligación de mantener a su esposa y dejaba
libres a las dos partes para volverse a casar. No sabemos quién se quedaba
con la custodia de los hijos ni quién tenía la obligación de pagar su formación
y educación, aunque suponemos que en general se confiaban a los cuidados
de su madre. En tal caso demuestra una vez más la actitud liberal de los
egipcios frente a los derechos de las mujeres, lo que contrasta marcadamente
con las prácticas aceptadas en Grecia y Roma, donde el cabeza de familia era
el único tutor de los hijos y una esposa divorciada perdía todos los derechos
legales en relación con ellos. En la Roma patriarcal, una viuda embarazada se
veía obligada por ley a ceder a su hijo recién nacido a la familia del esposo
difunto. Sólo si se desinteresaban del niño, se le ofrecía a la madre la
posibilidad de criarlo.
El derecho del hombre a poner fin a una unión infeliz «repudiando» a una
esposa que no lo colmaba se conoce a partir de la XII dinastía, aunque es casi
seguro que ya existía anteriormente en la historia de Egipto. El derecho
correspondiente de una esposa a iniciar un divorcio sólo está documentado a
partir del Imperio Nuevo pero, dado que la ley egipcia consideraba a las
mujeres casadas individuos independientes, seguramente ya existía, aunque

Página 58
no se hubiera registrado, en tiempos anteriores. Efectivamente, hay muy
pocos casos registrados de mujeres que hubieran repudiado a su marido,
aunque no está claro si esto es indicativo de que las mujeres eran menos
volubles o de que se hacían menos ilusiones con respecto a sus parejas. Podría
ser que, en una sociedad como la egipcia, que daba tanta importancia a la
fertilidad y, por lo tanto, a la juventud, una mujer mayor se lo pensara dos
veces antes de rechazar a su marido, ya que quizá le habría sido difícil
encontrar a un sustituto dispuesto a mantenerla. Debido a que no existían unos
fundamentos legales definidos para el divorcio, se podía esgrimir cualquier
excusa como motivo para poner término a una unión y, de hecho, el
matrimonio podía disolverse a voluntad. En la práctica, las limitaciones
debían provenir de consideraciones económicas y quizá de las presiones de
las dos familias involucradas, que en ocasiones estaban emparentadas. Nada
nos demuestra que el divorcio era tenido por un estigma social para el
hombre, si bien la esposa repudiada, sobre todo si era sustituida por una novia
más joven y atractiva o más fértil, debía de sentirse públicamente humillada.

No te divorcies de la mujer que está en tu casa porque no conciba ni dé a


luz.
Consejo de un escriba del Periodo Tardío

Se tienen una gran variedad de razones para poner fin a un matrimonio,


muchas de las cuales resultarían familiares a los abogados que se dedican a
tramitar divorcios actualmente. Era frecuente que los matrimonios fracasasen
por incompatibilidad, ya fuera porque el marido quería consagrarse a su
trabajo o porque uno de los cónyuges se había enamorado de otra persona. La
repudiación de una esposa estéril era una tragedia bastante usual, aunque no
aprobada por la sociedad. Una carta de la XXI dinastía que ha perdurado y
que procede del pueblo de trabajadores de Deir el-Medina expresa la inusual
y seguramente apócrifa historia de un hombre y su mujer, casados durante
más de veinte años. Cuando el marido se enamoró de otra mujer buscó una
razón para poner fin al matrimonio y decidió que «te repudio porque tienes un
ojo que no ve». No es de extrañar que la esposa, que había sufrido una
ceguera parcial durante todo el matrimonio, no quedara especialmente
impresionada por aquella excusa tan poco convincente del marido y que lo
pusiera en el más absoluto de los ridículos echándole en cara que hubiera
tardado veinte años en darse cuenta de aquel defecto.

Página 59
Durante mucho tiempo los egiptólogos creyeron que las concubinas, las
amantes oficiales tanto de los solteros como de los casados, eran aceptadas
por la sociedad egipcia pero en general no disfrutaban del respeto ni de los
derechos legales reservados a las casadas. Actualmente se cree que el número
de concubinas oficiales quizá se exageró debido a la desgraciada tendencia de
clasificar como concubinas a las que sólo se podían identificar como solteras.
La gradual interpretación de las pruebas textuales empieza a corroborar que
muchas de las mujeres solteras que formaban parte de las familias eran en
realidad administradoras, músicas o criadas. Ni siquiera en las cartas de
Heqanajt, donde se describe a una dama, Iutemheb, como hbsw.t, término no
encontrado en ningún otro texto pero que tradicionalmente significa
concubina, queda claro que la mujer en cuestión no fuera una segunda esposa
oficial.[5]

No forniques con mujer casada. El que fornica con una mujer casada en la
cama de ésta, tendrá a su mujer copulando en el suelo.
Consejo del Periodo Tardío a los jóvenes

Es cierto que a las mujeres casadas no se les permitía ningún grado de


libertad sexual y que el adulterio —«el gran pecado que hacen las mujeres»—
era la falta más grave que podía cometer una esposa, un desliz que sin duda la
llevaría a un divorcio ignominioso y a la pérdida total de todos sus derechos
legales. Los hombres, a su vez, debían respetar que un hombre era el único
que tenía derecho a acceder a su mujer y que era censurable tener relaciones
carnales con una mujer casada, no ya por razones morales, sino porque era
una forma segura de despertar las iras de un marido cornudo. Hasta la
relación entre una soltera fácil y un hombre casado podía conllevar un
peligro. Una carta que ha perdurado, procedente de Deir el-Medina, describe
que un grupo de aldeanos se agruparon para afrontar a una mujer de la que se
sabía que tenía una relación clandestina con el marido de una vecina.[6] La
agresión a la mujer y a su familia por parte de la muchedumbre sólo pudo
reprimirse con la intervención oportuna de la policía local. La mujer engañada
había despertado la simpatía de la comunidad y el marido adúltero fue
obligado a regularizar sus relaciones y a obtener el divorcio de una vez, ya
que en una segunda ocasión no habría sido posible reprimir a la gente. Como
en muchos casos de adulterio, la mujer fue considerada una provocadora que
corrompía a un hombre débil pero básicamente inocente, mientras que los
mitos y textos sabios egipcios, todos escritos por hombres, están llenos de

Página 60
advertencias taxativas y tendentes a evitar cualquier contacto con las esposas
de otros hombres, que se servirían de todas las incitaciones femeninas para
hacerlos caer en una relación sexual.

Entonces ella le habló y dijo: «Eres muy fuerte. Observo a diario tu


vigor». Y deseó conocerlo como hombre. Se levantó, lo agarró y dijo:
«Ven, pasemos una hora tumbados en la cama. Te hará bien y luego te
confeccionaré ropas nuevas y primorosas».
Cuento de los Dos Hermanos, Imperio Nuevo

El marido podía infligir el castigo físico más cruel a una mujer


sorprendida en adulterio. Teóricamente podía matarla. El Papiro Westcar del
Imperio Nuevo, recopilación de historias sobre la corte fabulosa del rey
Keops, del Imperio Antiguo, narra cómo una esposa infiel fue quemada viva y
cómo sus cenizas fueron esparcidas en el río Nilo, mientras que en el Cuento
de los Dos Hermanos, Anubis finalmente mata a su mujer culpable y echa su
cuerpo a los perros, negándole con ello un entierro honorable. Diodoro Siculo
relata que a la egipcia adúltera podía cortársele la nariz, mientras que su
cómplice en el delito era apaleado de manera salvaje. En la práctica parece
que el divorcio y el escándalo social eran los castigos aceptados, en tanto que
la esposa repudiada por adulterio era condenada taxativamente por todos.

Receta para evitar que una mujer quede embarazada durante uno, dos o
tres años: machacar conjuntamente una medida de acacia y dátiles con un
poco de miel. Humedecer un copo de lana con la mezcla e introducirlo en
la vagina.
Papiro médico Ebers

No parece que los hijos ilegítimos pasaran ningún tipo de apuro ni


discriminación en el Egipto Dinástico, aunque en el Cuento de la Verdad y la
Mentira, del Imperio Nuevo, unos compañeros de colegio insultaban
cruelmente a un niño huérfano de padre: «“¿De quién eres hijo? Tú no tienes
padre”. Y lo injuriaron y se mofaron de él». Las parejas que querían evitar el
embarazo tenían a su alcance diversos métodos anticonceptivos e incluso
diferentes recomendaciones abortivas. Por lo general se trataba de
preparaciones a base de un abanico de ingredientes de lo más curioso y
desagradable, entre los que solía incluirse una cantidad de excrementos de
cocodrilo. Parece que el uso de excrementos animales como anticonceptivos

Página 61
es una costumbre particularmente extendida: en Sudáfrica solían usarse las
cagarrutas de elefante como profiláctico, mientras que el Boke of Saxon
Leechdoms, libro inglés del año 900 de nuestra era, sugería alegremente que
aquellos que no quisieran tener hijos debían «recoger estiércol fresco de
caballo, colocarlo sobre carbón caliente y hacerlo humear intensamente de
forma ascendente entre los muslos por debajo de las ropas».[7] Se desconoce
la eficacia del método, aunque no es difícil imaginar que la aplicación de una
cantidad suficiente de excrementos de cualquier tipo en las partes íntimas
debe bastar para enfriar la pasión y hacer innecesarias otras precauciones. No
es sorprendente, quizás, que no se hayan encontrado pruebas anticonceptivas
«masculinas», como condones o recetas para preparar pócimas y aplicarlas en
los genitales. Métodos como el coitus interruptus (retirar el pene antes de la
eyaculación) o coitus obstructus (coito consumado con la desviación del
esperma a la vejiga masculina gracias a la presión en la base de la uretra) no
es lógico que dejaran huella en el registro arqueológico.

El hombre está más ansioso de copular que un asno. Lo que le reprime es


la bolsa del dinero.
Observación del escriba Anjsheshonq

Los aspectos más íntimos de la vida marital eran


muy importantes para los egipcios, que tomaban el ciclo
continuado de nacer, morir y renacer como tema central
y a menudo repetido de su teología. Las relaciones
sexuales, como es lógico, formaban parte integrante de
este ciclo, y los egipcios no se andaban con falsos
remilgos al tratar el tema sexual. A diferencia de la
mayoría de las consideraciones modernas sobre el
paraíso, que tienden a concentrar la atención en la
gratificación espiritual más que en la física, se
consideraba que la potencia y la fertilidad eran atributos
necesarios para disfrutar plenamente del Más Allá, por
lo que en los cuerpos momificados de los difuntos se
moldeaban preventivamente unos penes postizos, del
mismo modo que se colocaban pezones artificiales en
los pechos de las mujeres para hacerlas plenamente
funcionales en el Más Allá. En las tumbas de hombres,
mujeres y niños a menudo se incluían muñecas de la

Página 62
Fig. 7 - Vasija en formafertilidad femenina con anchas caderas y genitales muy
de
exagerados cuya misión era ayudar al muerto a
figura de la fertilidad.
recuperar todos los poderes perdidos. Aunque se trata de símbolos claramente
sexuales, estas figuras con frecuencia llevaban unas minúsculas muñecas en
brazos que representaban niños pequeños, lo que indica que el sexo era tenido
por un aspecto placentero más dentro del campo amplio de la fertilidad. No se
establecía ninguna distinción artificial entre el placer sexual y el deseo de
tener hijos y, en consecuencia, la fertilidad de la mujer contribuía a potenciar
su atractivo sexual. Entenderemos la división clara y artificial que las
sociedades más occidentales establecen entre sexo y reproducción si
imaginamos la reacción que tendría la gente al ver que en la página central
desplegable de Playboy aparecía una muchacha provocativa con un recién
nacido en brazos.
Los egipcios no eran en absoluto pacatos en las cuestiones relacionadas
con la sexualidad. Sin embargo, como muchas de las pruebas que nos han
dejado provienen de contextos religiosos o funerarios en que las referencias
concretas a temas íntimos se habrían considerado inapropiadas, no hay mucha
ocasión de satisfacer morbosidades practicando la arqueología. Las canciones,
mitos e historias de amor hacen vagas y veladas referencias a la relación
sexual, mientras que los toscos dibujos, las bromas sucias y los explícitos
bosquejos que vemos en fragmentos de vasijas son mucho más elocuentes.
Uno de los primeros ejemplos mundiales de pornografía, el llamado Papiro
Erótico de Turín, incluye una serie de dibujos que representan a diferentes
parejas más bien atléticas entreteniéndose en adoptar una gran variedad de
imaginativas posturas, por cierto bastante incómodas. Desgraciadamente no
sabemos si el papiro pretendía ser una representación real de anécdotas de
prostíbulo o, lo que parece más probable, fantasías extravagantes del
dibujante. Querer hacernos una idea de las relaciones conyugales basándonos
en el Papiro de Turín sería como considerar costumbres típicas de la vida
moderna occidental las escenas que nos muestran las películas porno. Las
pruebas más realistas recopiladas de textos y ostraca confirman que las
posturas más convencionales «frente a frente» y los coitos desde atrás eran las
posturas sexuales preferidas por la mayoría de parejas.

Entonces Seth dijo a Horus: «Ven, pasemos un día de fiesta en mi casa».


Y Horus le contestó: «Sí, quiero, quiero». Tenían la cama preparada al
llegar la noche y se acostaron en ella. Por la noche, a Seth se le endureció
el miembro y lo introdujo entre los muslos de Horus. Y Horus puso la

Página 63
mano entre sus muslos y recogió el
semen de Seth.
Historia de Horus y Seth,
Imperio Nuevo

Debemos aceptar que, como en toda


sociedad evolucionada, había en ella gustos
sexuales poco corrientes, si bien los
egipcios mantenían un discreto silencio
sobre estas cuestiones. La práctica
homosexual, que era bastante aceptada en
muchas partes del mundo antiguo, parece
haber tenido escaso papel en la vida diaria
egipcia; el Libro de los Muertos, esa guía
indispensable del Más Allá, califica de
virtuosa la abstinencia de las prácticas
homosexuales, pero no nos dice si estas Fig. 8 - Una prostituta entregada
a prácticas sexuales con un cliente.
prácticas eran frecuentes. El episodio
homosexual antes citado que se cuenta en la Historia de Horus y Seth ha
tenido varias interpretaciones: simbolizaba la incapacidad general de Seth
para gobernar o era una representación del dominio físico de Seth sobre su
sobrino. La versión de este cuento, correspondiente al Imperio Medio, define
a Seth con esta línea inmortal: «¡Qué hermosa es tu espalda!». Horus confiesa
este hecho inesperado a su madre, Isis, quien aconseja a su hijo que recoja el
semen de Seth, evitando así la humillación de que su enemigo lo fecunde.
Como en muchas sociedades donde los hombres escriben la historia, no se
habla para nada del lesbianismo. Herodoto recoge aspectos más fantasiosos de
la conducta sexual, ya que parecían fascinarle particularmente los aspectos
más reprobables de la vida de Egipto: «En el curso de mi vida ocurrió algo
monstruoso en esta provincia y fue que una mujer tuvo relaciones sexuales
con un macho cabrío». Aun suponiendo que el hecho fuera cierto, es evidente
que no era frecuente. La necrofilia, que consistiría en el abuso, en las casas
donde se embalsamaban los cadáveres, de una mujer cuya muerte había sido
reciente, hecho al que Herodoto hace alusión, tampoco ha sido objeto de
mención por los egipcios.

Tomad a una mujer mientras seáis jóvenes, a fin de que pueda daros un
hijo. Deberíais engendrarlo cuando todavía seáis jóvenes y así podréis

Página 64
vivir hasta verlo convertido en hombre.
Consejo de un escriba del Imperio Nuevo

Fig. 9 - Una prostituta se pinta los labios.

En los días que sucedían a la boda seguramente la novia buscaba,


esperanzada, los signos que revelaran que un hijo estaba en camino. Nos
costaría entender la importancia que tenía la fertilidad para la mujer egipcia.
La mujer fértil era afortunada. Los hombres la veían sexualmente atractiva,
era la envidia de hermanas menos afortunadas que ella y, como la madre con
varios hijos, gozaba de la aprobación tanto de la sociedad como de su marido.
Los hombres debían demostrar su virilidad y su potencia engendrando el
mayor número de hijos posible, para lo cual precisaban de la cooperación de
una esposa fecunda. La esposa, por su parte, necesitaba tener muchos hijos
para complacer a su marido, asegurar su puesto en el matrimonio y elevar su
posición social en la comunidad. Las madres tenían un papel importante y
respetado en la familia y a menudo ocupaban un lugar de honor en las tumbas
de su marido e hijos. Pero los hijos no eran simples símbolos de la posición
de sus padres. Parece que tanto el marido como la esposa amaban

Página 65
profundamente a su descendencia, y los egipcios no tenían ese machismo mal
entendido que induce a avergonzarse de mostrar afecto a los hijos. El sueño
de todo egipcio era tener una prole numerosa y sana y se consideraba que los
hijos constituían una de las mayores bendiciones de la vida y un motivo de
orgullo, a veces incluso exagerado. Debemos suponer que el capitán del
ejército de la XI dinastía que declaró ser padre de «setenta hijos de una misma
esposa» debía exagerar con miras a sobrevalorar su virilidad o, de lo
contrario, deberíamos lamentarlo por su mujer.
Los egipcios no eran distintos de los demás en su deseo de tener muchos
hijos. Las sociedades campesinas sienten tradicionalmente un gran respeto
ante la fertilidad, y en ningún otro lugar es esto más cierto que en el Egipto
rural actual, donde se valora la importancia de un hombre por el número de
sus hijos, mientras que la desgraciada que al año de su matrimonio no da
muestras de estar embarazada pasa a convertirse en motivo de inacabables
especulaciones y chismorreos. No tener hijos es una tragedia en un país donde
los padres subrayan su paternidad adoptando el nombre de su hijo mayor,
usando el prefijo abu (padre de) u om (madre de), donde a las mujeres que no
tienen hijos se las llama cortésmente om el-ghayib, «madre del ausente». En
estas circunstancias el concepto de esperar un tiempo antes de formar una
familia o de restringir el número de hijos son cosas incomprensibles, y los
hombres estériles prefieren quitarse la vida antes que admitir que son
incapaces de procrear. En este aspecto los antiguos egipcios coincidirían con
sus contrapartidas actuales.

No prefieras a un hijo por encima de otro; después de todo, no sabes cuál


será amable contigo.
Consejo a los padres, Periodo Tardío

Existen muy pocas sociedades donde se prefiera a las niñas que a los
niños y Egipto no era una excepción a esta norma general. Aunque es
evidente que los padres amaban a sus hijas, como demuestran muchos retratos
de familia donde aparecen las hijas en actitudes convencionales pero
afectuosas, no hay duda de que los niños ocupaban una posición mejor. Esta
preferencia por los niños puede resultarnos difícil de aceptar, pero no difícil
de entender. En una sociedad sin una eficiente asistencia social ni un sistema
de pensiones operante los hijos representaban una inversión financiera para el
futuro. Los hijos, que tradicionalmente trabajan fuera de casa, representan un
potencial monetario mientras que las hijas, cuyo trabajo en la casa no está

Página 66
remunerado, se casarán y su trabajo repercutirá en la familia de su marido. En
el antiguo Egipto el primogénito también tenía un papel importante en el
ritual del entierro de sus padres, función que no podía realizar adecuadamente
una hija.
La preferencia por los chicos no fue nunca tan extrema como en otras
sociedades antiguas y los egipcios nunca practicaron la tradición del
infanticidio femenino público ni el abandono de las niñas recién nacidas,
prácticas aceptadas, en cambio, en Grecia y Roma. Esta forma legal de
asesinato era para sus practicantes como un aborto tardío y perduró
legalmente en Roma hasta el año 374 de nuestra era. Otorgaba
exclusivamente al padre el derecho de negarse a criar un hijo, como también
únicamente el padre tenía el derecho de autorizar a su mujer a que abortara.
La madre no tenía absolutamente nada que decir en materia de decisión y, si
el hijo era rechazado, no tardaba en aparecer en el vertedero local.

Dobla la cantidad de comida que te dio tu madre y cuídala como ella te


cuidó. Fuiste una pesada carga para ella, pero no te abandonó. Cuando
naciste pasaste meses durante los cuales ella siguió atada a ti, ya que
tuviste su pecho tres años en tu boca. Cuando fuiste haciéndote mayor y
tus excrementos eran repugnantes a ella no le repugnaban.
Instrucciones del escriba, Imperio Nuevo[8].

Aunque no entendían con detalle el mecanismo de la menstruación, se


sabía lo que significaba que faltase el periodo y muchas egipcias sabían
diagnosticar su propio embarazo y hasta predecir la fecha del nacimiento de
su hijo sin intervención médica. Las que tenían dudas al respecto podían
consultar a un médico que, a cambio de un dinero, hacía un examen detallado
de la piel, los ojos y los pechos de la mujer, que como es sabido experimentan
un cambio importante durante las primeras semanas después de la
concepción. Como prueba adicional, se recogía una muestra de orina de la
posible madre futura y se derramaba sobre unos vegetales o cereales en fase
de germinación y, si crecían con fuerza, era señal de que existía embarazo.
Los cambios en los niveles hormonales de la orina, que actualmente se
monitorizan en las modernas pruebas de embarazo, tenían un efecto
estimulante en la vegetación. Después de obtenido un resultado positivo se
podía determinar el sexo del feto mediante otro estudio centrado en el poder
fecundador de la orina de la madre; se rociaba con ella cebada y trigo y si la
cebada crecía rápidamente quería decir que nacería un niño, mientras que en

Página 67
el caso del trigo quería decir que sería una niña. Los médicos también
concibieron una serie de pruebas para determinar si una mujer sin hijos podría
quedar alguna vez embarazada. Una exploración física de la mujer podía ser
particularmente informativa al respecto: «Si ves que uno de sus ojos parece
asiático y el otro es parecido al de un sureño, no podrá concebir». La
exploración de los pechos por parte de un experto podía ser útil para detectar
a la mujer fértil, a una mujer que acababa de quedar embarazada e incluso el
sexo del feto.
Había ciertos vegetales que se relacionaban con la fertilidad, por lo que
las que deseaban concebir consumían grandes cantidades de lechuga. La
lechuga egipcia crecía alta y enhiesta, parecida a la lechuga romana actual y,
al presionarla, soltaba un líquido lechoso blanquecino. No es extraño, pues,
que este vegetal se asociara al dios itifálico de la vegetación y a la
procreación, Min, y que se recomendara en los papiros médicos como
remedio seguro para solucionar la impotencia masculina. Sin embargo, los
expertos diferían en relación con los efectos precisos de la lechuga.
Discórides y Plinio creían que se debía tomar para reprimir los sueños y los
impulsos eróticos, e Hipócrates creía que era un antiafrodisíaco. Plinio
recomendaba puerros antes que lechuga para estimular el apetito sexual.
Desgraciadamente, a pesar de la habilidad y la sabiduría de los médicos
egipcios, famosos en todo el mundo antiguo, ni el médico más experimentado
podía ofrecer una esperanza real a los que se enfrentaban a la tragedia de un
matrimonio sin hijos. Los egipcios sabían muy bien qué había que hacer para
que una mujer quedara embarazada pero no estaban tan seguros de los
mecanismos reales de la concepción, y sin este conocimiento respaldado por
las complejas técnicas de laboratorio casi invariablemente se achacaba la
esterilidad a la mujer. En consecuencia, la «curación» más habitual de los
matrimonios estériles era el divorcio, después del cual el marido buscaba otra
mujer con la esperanza de que fuera fértil. No se sabe con seguridad si en
tales circunstancias uno de los dos podía sospechar que el estéril era el
hombre. Un segundo método práctico para solucionar la esterilidad era la
adopción. La expectativa de una vida breve y el elevado índice de
nacimientos significaba que existía una gran disponibilidad de niños
huérfanos, por lo que era frecuente que las parejas estériles adoptasen hijos de
parejas más pobres.

El que se avergüence de dormir con su mujer no tendrá hijos.


Escriba Anjsheshonq

Página 68
La falta de los recursos médicos más básicos y el aura de misterio e
ignorancia que rodeaba a la creación de una nueva vida, hacía que los que
anhelaban un embarazo fueran más propensos a dirigirse a la religión y a la
magia antes que a los médicos profesionales. En todas las sociedades y
tiempos la concepción y el nacimiento han concitado muchas supersticiones e
historias de comadres, por lo que suponemos que en esto las egipcias no eran
una excepción y que probaban los remedios caseros que se transmitían
verbalmente de boca a oreja y de generación en generación.
Desgraciadamente, ésta es la información que nos falta de la vida de las
mujeres. El tipo y amplitud de la información que no tenemos apunta más o
menos en el estudio de 1927 de Winifred Blackman sobre las comunidades
campesinas del Egipto actual, donde se incluye todo un capítulo acerca de los
ritos y rituales de la fertilidad, tan importantes para las que querían ser
madres, pero que no ofrecen ninguna prueba material a los arqueólogos
futuros. Por ejemplo, esta autora observaba:

Es creencia popular en Egipto que, si un niño muerto se venda


fuertemente con la mortaja, la madre ya no volverá a concebir. Por eso se
aflojan las mortajas y las cuerdas antes del entierro y también se echa
polvo en el regazo del niño. Me dijeron que el polvo se echa para que el
cuerpo permanezca tendido sobre la espalda. La mujer que me dio esta
información me dijo que a veces el cuerpo se revuelve durante la
descomposición, y si esto sucede la madre ya no puede tener otro hijo. Si,
a pesar de las precauciones y después de un tiempo, no parece que la
mujer vaya a volver a ser madre, irá a la tumba del hijo muerto con un
amigo y le pedirá al hombre encargado de hacerlo que abra la tumba. La
desconsolada madre bajará a la tumba donde yace el cadáver y caminará
sobre él siete veces hacia adelante y hacia atrás en la creencia de que el
espíritu del hijo muerto vuelva a entrar en el cuerpo de ella y nazca.

Blackman, bastante escandalizada, observó que «algunas veces, si una


mujer no tiene hijos, sus amigos la acompañan a la vía del tren y la tumban
sobre los raíles para que el tren pase sobre ella». Este rito aterrador demuestra
la desesperación que sienten las mujeres, lo que las lleva a arriesgar sus vidas
simplemente para concebir a un hijo. Los antiguos egipcios no nos han dejado
pruebas de rituales similares de fertilidad, aunque sabemos de la existencia de
toda una variedad de amuletos que había que llevar cerca de la piel para
aumentar su eficacia. La diosa hipopótamo Taweret, portadora de hijos para

Página 69
las mujeres estériles, era un amuleto muy popular, como también el dios
enano Bes.

El que hace crecer la semilla en las mujeres y crea personas del esperma.
El que alimenta al hijo en el seno materno y lo tranquiliza hasta contener
sus lágrimas. Niñera dentro del útero. Portador del aliento. Todo esto hace
para sustentarlo.
El Gran Himno al Aten

En general, el nacimiento no se consideraba


asunto médico ni propio para que en él se
interfirieran los hombres, por lo que los papiros
médicos daban pocos consejos prácticos a las
comadronas que por costumbre asistían el
parto. Efectivamente, todo el proceso del
nacimiento se desarrollaba dentro de un rito
controlado por mujeres, muy alejado de la
experiencia de la mayoría de los hombres,
razón por la cual no contamos con
descripciones de la época que hagan referencia
al parto. Esto conlleva que el conocimiento que
tenemos del hecho más importante en la vida
de la mujer egipcia tenga que ser reconstruido a
partir de fragmentos de historias y mitos que
han sobrevivido junto con las ilustraciones de
los nacimientos divinos grabados en las paredes
Fig. 10 - La diosa Taweret.
del templo mammisi.[9] No es de extrañar que
este tipo de pruebas tenga una gran importancia por el contenido ritual y
simbólico pero que sea bastante pobre en detalles prácticos. El Papiro
Westcar nos da una información más detallada del parto al describirnos la
historia del nacimiento milagroso de los trillizos de Reddjedet. Se nos cuenta
que, para el parto, Reddjedet usó un taburete especial transportable y que fue
asistida por cuatro diosas que llegaron a su casa disfrazadas de comadronas
itinerantes. Isis permaneció delante de la futura madre y sacó a los niños,
Nephthys estaba detrás de ella, y Hécate usó una técnica no especificada para
«acelerar» el parto. Entonces Mesjenet cumplió con su papel de diosa
vaticinando el destino de los recién nacidos mientras el dios Jnum daba vida a
sus cuerpos. Bañaron a continuación a los tres niños y, tras cortarles los

Página 70
cordones umbilicales, los pusieron sobre una almohada encima de unos
ladrillos. Reddjedet ofreció trigo como pago a las comadronas y «procedió a
limpiarse con una purificación de catorce días».
Aunque los ostraca de Deir el-
Medina sugieren que las mujeres que
estaban de parto eran colocadas en el
«emparrado de parto», especialmente
construido para este fin y que no era
otra cosa que una estructura en forma de
tienda con paredes de las que colgaban
guirnaldas (véase Capítulo 8), estas
representaciones seguramente tienen un
significado más simbólico que literal y
lo más probable es que la mayoría de
los partos ocurrieran en la casa familiar.
En el momento del parto la futura
madre se desnudaba y se arrodillaba o
agachaba sobre dos montones bajos de
ladrillos o se sentaba en un taburete de Fig. 11 - La diosa Hécate.
parto, que era un asiento con un agujero suficientemente grande para que
pasara por él el recién nacido. Como ayuda para el parto se usaba la fuerza de
la gravedad en tanto que la comadrona, agachada en el suelo, ayudaba a la
madre y le facilitaba la salida del niño. La mayoría de las mujeres parían sin
ayuda, pero en los casos más difíciles había varios procedimientos aprobados
encaminados a «ayudar a la mujer a parir», entre ellos el vendaje del bajo
abdomen y los supositorios vaginales. El único instrumento quirúrgico
utilizado por la comadrona era el cuchillo de obsidiana, con el que cortaba el
cordón umbilical del recién nacido después del parto. Este cuchillo tenía un
significado ritual que desconocemos. No sabemos lo que se hacía con el
recién nacido, pero suponemos que era objeto de cuidados. Es tradición en
Egipto que el destino de la placenta está directamente relacionado con la vida
del niño, por lo que suele enterrarse en el umbral de la casa o se arroja al Nilo
para asegurar la supervivencia del niño. Es posible incluso que la nueva
madre se comiera una parte de la placenta, rica en hierro. A veces se daba un
trozo de la misma al recién nacido y, si lo rechazaba o bajaba la cabeza,
refunfuñaba o gritaba un sonido más parecido a un «no» que a un «sí», se
consideraba un mal presagio que indicaba que el niño no tardaría en morir.
También era importante el cordón umbilical: en el Mito de Horus, éste

Página 71
recupera el cordón umbilical de su padre asesinado y lo entierra a salvo en
Herakleopolis Magna.
El Papiro Westcar nos proporciona una de las pocas referencias existentes
de los nacimientos múltiples. Parece que los gemelos no eran muy bien
recibidos: «… le llenaremos el útero de niños y niñas y la salvaremos de tener
gemelos», actitud que podría reflejar el peligro adicional que suponía un parto
múltiple. Aunque tenemos ejemplos de gemelos egipcios, son escasos y raros,
lo que ha inducido a pensar que a uno de los gemelos o a ambos se les negaba
el derecho a vivir. Sin embargo, se trata de una teoría muy difícil de probar y
que no concuerda del todo con la creencia tan repetida del afecto que los
egipcios testimoniaban a sus hijos.[10]
Desgraciadamente, las tragedias relacionadas con el parto eran muy
frecuentes. Se han detectado en varias momias anomalías pélvicas de las
mujeres que bastan para dificultar o hacer imposible el parto y que sirven para
subrayar este hecho. Uno de los peores ejemplos es la momia de Henhenet, de
la XII dinastía, que muestra un desgarro considerable que va desde la vejiga a
la vagina, seguramente producido por un parto difícil que forzó el paso de un
niño grande por la pelvis anormalmente estrecha de la madre. Tampoco la
familia real se libraba de estas tragedias, y así vemos que se encontró el
cuerpo de Mutnodjmet, esposa del rey Horemheb, con el cadáver de un feto o
recién nacido, lo que indica que la reina murió cuando estaba en trance de dar
un heredero al trono. Es sorprendente que se hayan encontrado pocos niños
momificados o enterrados, lo que induce a creer que en muchos casos un niño
nacido muerto o muerto poco después de nacer no era considerado miembro
de la sociedad con pleno derecho y por ello no se le dedicaban todos los
rituales funerarios. El hallazgo de niños enterrados bajo las casas de algunos
poblados indica que el cadáver del niño difunto pudo tener algún sentido
religioso o supersticioso. Esta sospecha queda reforzada por el
descubrimiento de dos ataúdes en miniatura de madera dorada,
cuidadosamente depositados en la tumba de Tutankamón. Dentro de cada uno
había otro ataúd interior y un diminuto feto momificado. Podría tratarse de los
restos de dos niños prematuros, hijos del joven rey y de su reina,
Anjesenamen, pero la inclusión de los dos pequeños cadáveres en la tumba
podría tener un significado simbólico más complejo, todavía inexplicable.​
Después del parto se esperaba que la nueva madre se «purificase» durante
catorce días. El término «purificación» también se usaba para designar la
menstruación, lo que indica una confusión comprensible entre la hemorragia
menstrual y los loquios o secreciones del útero que siguen al parto. No está

Página 72
claro si el uso de este término, que parece responder a actitudes emocionales,
con las connotaciones de impureza o suciedad que lleva implícitas, se escogía
como una evitación ritual o religiosa de mujer sangrante y «sucia» o era
simplemente una expresión coloquial sin otro significado más profundo que el
de «periodo». Sin embargo, indica que a la nueva madre se le permitía un
tiempo de reposo después del nacimiento y que las demás mujeres de la
familia se encargaban de cumplir con las obligaciones del hogar dejándola
que se concentrase en recuperarse y cuidar del recién llegado.

Hice revivir los nombres de mis padres, que encontré borrados en las
puertas… Fijaos, es un buen hijo que perpetúa los nombres de sus
antepasados.
Inscripción de una tumba del Imperio Medio

La madre daba un nombre al recién nacido inmediatamente después del


nacimiento, presumiblemente una vez celebrada una reunión previa con el
padre, asegurando así que el niño tendría un nombre aunque ella o él murieran
después. Los nombres eran muy importantes para los egipcios, que creían que
el conocimiento de un nombre confería de alguna manera poder sobre la
persona u objeto que lo llevaba. Uno de sus más grandes temores era que se
olvidara el nombre personal después de la muerte, y los hombres ricos
invertían muchísimo dinero en la construcción de grandes monumentos
conmemorativos para evitar que esto sucediera. Sufrir una «segunda muerte»
en el Más Allá —la desaparición completa de toda la memoria terrenal del
difunto, incluido el nombre— era algo demasiado horrible, y los hechizos
concretos «para no perecer en la tierra de los muertos» formaban parte de los
textos rutinarios pintados en los ataúdes de madera.
La mayoría de los egipcios que no pertenecían a la casa real recibían un
nombre personal, pero también se les podía distinguir por su parentesco con
otras personas, por ejemplo, en el caso de Ahmosis, hijo de Abana, personaje
de una famosa biografía de guerra del Imperio Nuevo. Tenemos muchos
ejemplos de nombres personales honrados repetidamente dentro de una
misma familia. Un buen ejemplo es la familia del Tercer Profeta de Amón,
del Imperio Nuevo, en que los hijos eran nombrados en generaciones
alternativas Pediamennebnesttawy (literalmente «Regalo de Amón que es el
Señor de los Tronos de las Dos Tierras») y Hor (literalmente «Horus»), Las
niñas también recibían nombres familiares y no representaba ninguna
confusión que la madre y una o más hijas compartieran un mismo nombre.

Página 73
Seguramente estas mujeres se diferenciaban entre sí por sus apodos. Es cierto
que los egipcios no evitaban nombres extremadamente largos a sus hijos:
Hekamaatreemperjons, hijo de Hejemmut, no se debió sentir particularmente
maltratado, aunque una vez más tampoco nos sorprende que los apodos
fueran frecuentes y usados extensamente. En ausencia de un nombre de
familia favorito, se consideraba una buena idea incluir el nombre de un dios o
diosa local en el del hijo, y a algunos niños, como el antes mencionado
Pediamennebnesttawy, se les ponía nombres que de alguna manera sugieren
que eran considerados una ofrenda especial de una deidad particular. Algunos
nombres hacían hincapié en la relación entre el hijo y su madre o familia,
como Aneksi, «ella me pertenece», o Senetenpu, «ella es nuestra hermana».
Dar nombre a los hijos en honor a los miembros de la familia real era también
una costumbre popular, y algunos nombres atractivos de animales o flores
también se usaban como nombre, como el de Susana, «lirio», nombre
femenino favorito de los egipcios.

Mi hijo, oh rey, acércate a mi pecho y mama… Ha acudido a sus dos


madres, las de largos cabellos y pechos caídos… Pusieron sus pechos en
su boca y lo destetaron por siempre más.
Textos de las pirámides, Imperio Antiguo

Era costumbre amamantar a los niños hasta los tres años cumplidos,
mucho más tiempo del que es habitual en las sociedades occidentales y
cuando el niño ya habría debido disfrutar de alimentos sólidos. La leche
materna no sólo aportaba el alimento y la bebida más nutritivos, convenientes
y esterilizados a los niños, sino que también tenía ciertos efectos
anticonceptivos y disminuía las posibilidades de que la nueva madre volviera
a quedar embarazada demasiado pronto después de haber parido. No existían
falsos remilgos en relación con la lactancia, y la imagen de una mujer
agachada o sentada en un taburete bajo, ocupada en amamantar a un niño con
el pecho izquierdo, se convirtió en símbolo del éxito de la fertilidad femenina,
a menudo representada en el arte egipcio tanto secular como religioso. Los
papiros médicos recomendaban que se comprobase la calidad de la leche
materna antes de alimentar con ella al niño; la leche buena debía oler a maná
seco, pero «para reconocer una leche mala deberás percibir hedor a pescado».
Para asegurar un aporte cuantioso de leche los mismos textos recomiendan
que se frote la espalda de la madre con una mezcla especial o que se la
alimente con pan de cebada ácida. La leche materna, en particular la de una

Página 74
madre que había tenido un hijo varón, era considerada un valioso producto
con cualidades médicas, útil no sólo para alimentar a los niños sino también
para aumentar la fertilidad e incluso para curar quemaduras. Con frecuencia
se recogía y guardaba en pequeños recipientes antropomórficos que solían
tener la forma de una mujer sosteniendo a un niño en brazos.
Las mujeres de alta cuna y las que no podían amamantar a sus hijos
confiaban la alimentación de los mismos a una nodriza. Las nodrizas hacían
uno de los pocos oficios bien pagados y lo podían desempeñar las mujeres de
todas las clases sociales. Desgraciadamente, la alta tasa de mortalidad
femenina como consecuencia del parto significaba que era una profesión muy
solicitada. Era costumbre que los padres hicieran un contrato legal con la
nodriza escogida, que se encargaría de alimentar al niño durante un periodo
de tiempo determinado a cambio de un salario acordado. Los contratos del
Periodo Tardío solían incluir una cláusula que declaraba que la nodriza no
podría permitirse tener relaciones sexuales mientras durara el empleo, ya que
las mismas podrían haber acabado en embarazo y lógicamente con la
lactancia. No era motivo de vergüenza el trabajo de nodriza e incluso, durante
el Periodo Dinástico, el puesto de nodriza real era muy buscado, ya que era
uno de los trabajos más importantes e influyentes al que una mujer no
perteneciente a la realeza podía aspirar. Las nodrizas reales, además, solían
casarse o ser madres de altos funcionarios de la corte. Durante el periodo
romano el trabajo de nodriza perdió gran parte de su prestigio. Disponemos de
varios contratos de este periodo que desvelan que se pagaba a las nodrizas por
criar niños expósitos sin ningún familiar, seguramente niños abandonados en
los vertederos locales. Más tarde estos niños eran vendidos por sus
propietarios, práctica que tenía una finalidad económica en tiempos en que los
precios de los esclavos eran elevados.

Cuando llega la muerte arranca al niño de los brazos de su madre igual


que lo arranca cuando es viejo.
Instrucciones de un escriba, Imperio Nuevo

Página 75
Estela del Primer Periodo Intermedio que muestra a las damas Hetepi y Bebi, hijas del administrador
Sennedjsui.
Elaborado vestido y tocado de una dama del Imperio Nuevo.

Estatua de un matrimonio del Imperio Antiguo.


Estela de Iteti acompañado de sus tres esposas y de dos de sus hijas.

Página 76
Estela de una familia del Imperio Medio donde se ve al ayudante del escriba Iy junto con su esposa, sus
hijos y sus padres. Se desconoce qué papel tienen las «Seis Mujeres de la Casa» que figuran en la parte
baja de la estela.

Página 77
Estatuilla del Imperio Medio que representa a una enana con un niño apoyado en la cadera.
El dios enano Bes.

Fragmento de una varilla mágica de marfil con decoración de deidades protectoras. Derecha: Figuras
tumbales de madera que representan a dos sirvientas que acarrean una caja y dos patos cada una.

Página 78
Figuras tumbales de madera que representan a dos sirvientas
que acarrean una caja y dos patos cada una.

Página 79
Muñecas de cuerda del Imperio Medio propiciadoras de la fertilidad.

Escoba y cesta de caña, artículos típicos de las casas del Imperio Nuevo.

Página 80
Cesta grande… que contiene un taburete plegable.

Damas del Imperio Nuevo en actitud de escuchar a un músico.


Estatua de madera de una djeryt.

Los altos niveles de mortalidad infantil suponían que las epidemias


infantiles constituían siempre un periodo de inquietud para las madres. Muy
pocos padres podían permitirse llevar a sus hijos enfermos al médico y, por
otra parte, la ausencia de las ayudas médicas más básicas significaba que
existían pocos tratamientos eficaces. Si, por ejemplo, un niño tenía molestias
en los dientes, el remedio habitual era darle a comer una rata frita, lo que
debía suponer un enorme reto para un niño sin molares. Enfermedades como
el sarampión, actualmente triviales, se convertían en fatales al faltar el
tratamiento adecuado. No nos sorprende que las madres recurrieran al saber y

Página 81
a la magia populares para proteger a sus queridos hijos y que confiasen en
toda una variedad de ensalmos, amuletos y hechizos:

Muerte, tú que vienes de la oscuridad. Tú que te deslizas con la nariz al


revés y la cara vuelta hacia atrás y que olvidas a qué vino él aquí. ¿Viniste
a besar a este niño? No permitiré que lo hagas.
Consejo médico, Imperio Nuevo

El espíritu del mal descrito en este conjuro observaba la astucia de llevar


la nariz al revés para que no lo reconocieran al entrar a hurtadillas en la casa.
Se sabía que estos hechizos eran tan efectivos que se escribían en un trocito
de papiro y se guardaba en un abalorio de madera u oro especialmente tallado
que el niño querido llevaba colgado del cuello a fin de que tuviera asegurada
una protección máxima. Dos mil años después había cambiado muy poco el
pueblo egipcio, ya que según observaba Blackman: «Para prevenir y curar la
enfermedad de sus hijos, las mujeres irán de un hechicero a otro y le
comprarán amuletos y conjuros escritos, sin escatimar ni un céntimo de lo que
supone para ellas una gran cantidad de dinero. Muchos de estos profilácticos
pueden verse colgados del cuello de niños desvalidos».
No cabe duda de que el cuidado de sus hijos, y no ya sólo los propios sino
también los hermanos y hermanas más pequeños, los nietos y los hijos de
amigos y parientes, tuvieron un papel primordial en la vida de toda mujer
egipcia. Se representa a veces a los niños de la casa real junto a asesores o
tutores varones pero, por regla general, quienes los cuidaban eran las mujeres.
Desgraciadamente se trata de un labor de la que no queda constancia en los
restos arqueológicos y, en consecuencia, es poco lo que sabemos acerca de los
cuidados que se dispensaba a los niños.[11] Sin embargo, el aspecto más
importante en el cuidado de los niños es del todo evidente y todas las pruebas
que de él han sobrevivido indican que la mayoría de los padres se mostraban
afectuosos y responsables y hacían todo cuanto estaba en su mano para
garantizar una infancia feliz y libre de preocupaciones a sus descendientes.
Los padres compraban o construían ellos mismos una gran variedad de
juguetes para sus hijos, que jugaban con animales de madera tallada, barcos
en miniatura, pelotas de madera y peonzas que incluso hoy harían las delicias
de cualquier niño. Para los que no podían permitirse estos lujos siempre
quedaba el campo para jugar y el río y los canales para nadar, mientras el
barro consistente del Nilo podía utilizarse para practicar el modelado. En
poblados de trabajadores se han encontrado varias muñecas y animales

Página 82
primitivos de arcilla, hechos seguramente por los propios niños. Sin embargo,
como cabe esperar de una sociedad tan trabajadora, donde los matrimonios
jóvenes eran frecuentes y la educación formal un lujo, en el antiguo Egipto la
infancia constituía una experiencia vital relativamente corta. A medida que
los niños iban creciendo se iban incorporando gradualmente al trabajo que
desempeñarían el resto de su vida. Los mayores se encargaban de vigilar a sus
hermanas y hermanos más pequeños o de cuidar a los animales, las niñas
ayudaban a sus madres en la casa, mientras que los chicos mayores iban a la
escuela, trabajaban en el campo o empezaban a aprender un oficio. Los
«adolescentes», como grupo diferenciado de los adultos, no existían. A los
trece o catorce años la niña ya estaba preparándose para casarse, mientras su
madre, probablemente con menos de treinta años, ya se había hecho a la
agradable idea de tener pronto un nuevo yerno y de convertirse a no tardar en
una abuela respetable.

Página 83
3
Señora de su casa

No controles a tu mujer en su casa si sabes que es eficiente. No le digas:


«¿Dónde está tal cosa? Ve a buscarla», si la ha dejado en el sitio que
corresponde. Que tus ojos observen en silencio; entonces reconocerás su
eficiencia y será para ti un placer tener tu mano en la suya. Son muchos
los hombres que no lo advierten, pero si un hombre desiste de pelear en
casa, verá que no pelea. Todo hombre que quiera fundar una familia
deberá refrenar los impulsos de su corazón.
Consejo de un escriba del Imperio Nuevo

Para la mentalidad del antiguo egipcio el trabajo de la casa se igualaba


plenamente con el trabajo de las mujeres. No se sabe de maridos dedicados a
la casa y el galardón más codiciado por una mujer casada era el título de
Señora de su Casa, recordatorio constante de su principal deber como mujer:
asegurar la buena marcha diaria de la casa de su marido. Ninguno de los dos
sexos habría soñado nunca con poner en cuarentena la inexorabilidad de esta
división del trabajo. Todo el mundo pensaba que hombres y mujeres eran
personas diferentes destinadas a vivir vidas muy diferentes y era evidente que
habría sido un error trastornar ese orden natural. En consecuencia, en todas
las casas la mujer era nominalmente responsable de todas las tareas
domésticas. Por supuesto también que la envergadura del trabajo doméstico
que debía llevar a cabo personalmente cada individuo dependía de su
categoría social. Una reina no tenía por qué alterar la marcha de su vida social
para ponerse a cocinar, limpiar o cambiar pañales, del mismo modo que una
dama perteneciente a la alta sociedad contaba con la ayuda de tantos
sirvientes, incluidas doncellas, cocineras, nodrizas y cerveceros que
únicamente se esperaba de ella que supervisase y organizase las actividades

Página 84
de todo el personal. Una mujer pobre, en cambio, se veía obligada a realizar
por sí sola todas las tareas domésticas, auxiliada únicamente por sus hijas
solteras y demás familiares próximos de sexo femenino. Dada la ausencia de
lujos modernos como agua corriente, electricidad, gas, supermercados y
transporte motorizado, el cuidado de una casa exigía una dedicación a jornada
completa que comportaba un considerable trabajo físico.

Por curioso que resulte, disponemos de escasa información con respecto a


las dimensiones o composición de la familia egipcia típica, si bien los
hallazgos arqueológicos apuntan que, como en el Egipto rural de la época
actual, era rara la familia nuclear al estilo occidental y la norma general era la
familia numerosa en tanto que lo normal eran los grupos familiares de seis o
varios miembros adultos. Estas unidades familiares amplias eran muy
eficientes desde el punto de vista económico, particularmente en las zonas
rurales, donde todos los miembros de una misma familia trabajaban la misma
parcela de tierra. Y lo que, quizá, era más importante, representaban una
seguridad para sus miembros, ya que aportaban el oportuno apoyo físico y
financiero a una sociedad que carecía de un servicio organizado de asistencia
social y tenía un sistema legal muy primitivo. Desde el punto de vista de la
mujer, las labores domésticas habrían debido verse aligeradas por el hecho de
ser compartidas por las demás mujeres de la casa y la atención a los niños no
habría tenido que suponer un problema tan grande como lo es para muchas
madres actuales. Sin embargo, visto por lo menos desde la época actual, esta
seguridad se cobraba un precio: la ausencia casi absoluta de intimidad en la
casa egipcia corriente. La sociedad no consideraba ni de lejos la necesidad de
soledad que puede tener el individuo actual, por lo que el concepto occidental
que hace que los padres e incluso los hijos de las familias de hoy exijan un
espacio propio y personal habría parecido inconcebible a personas que veían
el hecho de compartir con cuatro o cinco miembros más de la familia un
mismo ámbito donde dormir como algo que infundía tranquilidad y no como
una sensación de violación de la propia intimidad.
Aunque algunos muchachos abandonaban su casa para incorporarse al
ejército, las muchachas permanecían casi invariablemente con sus padres
hasta que se casaban. Dejaban entonces a su familia para irse a vivir con su
marido, ya fuera para inaugurar una nueva familia, ya fuera para vivir con sus
nuevos parientes políticos y los hijos que tuvieran a su cargo. Así pues, las
personas que vivían en una casa variaban de año en año y su número
mermaba cuando morían los más ancianos o se iban algunos de sus miembros
para casarse o aumentaba en ocasión de nuevos nacimientos y de la

Página 85
introducción de nuevas esposas. Datos del censo de la época indican que la
familia inmediata de un soldado llamado Hori, residente de la población de
Kahun durante el Imperio Medio, era absolutamente típica. Las dimensiones
de su casa eran de doce por quince metros y en este reducido espacio hacían
vida su mujer, su hijito Snefru, su madre y cinco parientes de sexo femenino
que podrían ser muy bien hermanas solteras a su cargo. Cuando, muchos años
después, murió Hori y Snefru pasó a convertirse en cabeza de familia siguió
dando alojamiento a su madre, a su abuela viuda y como mínimo a tres tías
solteras.[1] Tenemos un cuadro parecido de evidente hacinamiento en casa del
sacerdote Heqanajt, de situación más acomodada, ya que en ella vivían su
madre Ipi, su concubina Iutemheb, sus cinco hijos y un número indeterminado
de hijas, nueras y criados.

Casi todas las casas egipcias, ya fueran ricas o pobres, construidas como
alojamiento para los vivos, los muertos (tumbas) o los dioses (templos),
obedecían a una misma estructura básica, con una zona pública o patio abierto
que, a través de salas de recepción semiprivadas, accedía a un espacio
privado. En las casas esta zona privada esta ba estrictamente reservada a las
mujeres, niños y parientes inmediatos varones de la familia. Se trata de un
planteamiento que sigue vigente en la mayor parte de los pueblos egipcios
actuales, donde la costumbre dictamina que muchas de las actividades
domésticas se desarrollen delante de la casa y que se atienda a los invitados
en la zona principal dedicada a recepción, sin que quepa la posibilidad de que
los visitantes de sexo masculino pongan los pies en las estancias privadas
reservadas a las mujeres y situadas en la parte trasera de la casa. No está tan
claro si había o no unas zonas específicas de la casa del antiguo Egipto
reservadas a los hombres, si bien los dibujos conservados en las tumbas
parecen indicar que el espacio destinado a las mujeres no estaba restringido a
sus habitaciones y que no se les impedía mezclarse socialmente con los
hombres de la casa. La orden dada a una mujer de mantenerse en el espacio
que tenía reservado en la casa era considerada una terrible calamidad, lo que
queda confirmado con el juramento que hacían las mujeres en los tribunales
de justicia, ante los cuales pronunciaban estas palabras: «Que me envíen a la
parte trasera de la casa si no dijere la verdad».

Página 86
Fig. 12 - Corte transversal y plano de una casa típica de Deir el-Medina

Como es lógico suponer, pese a este plan doméstico universal, existía una
gran diversidad en los tipos de alojamientos, ya que iban desde los amplios
palacios reales hasta las exiguas chozas constituidas por una única habitación,
ocupadas por las familias más menesterosas. Con todo, el material de
construcción más utilizado tanto en el caso de los ricos como de los pobres
era el adobe de barro cocido al sol, material en extremo abundante a lo largo
de las orillas del Nilo. Se utilizaba el adobe para las paredes tanto interiores
como exteriores de las casas, mientras que los resistentes tejados,
relativamente estancos, se construían con gavillas de cañizo, que formaban
una trama entretejida que cohesionaban con fango. Empleaban la madera para
las puertas, columnas y marcos de las ventanas cuando el caso lo requería. La
piedra no sólo era más cara sino también más difícil de manipular que el
adobe y por ello sólo se utilizaba en la arquitectura doméstica cuando no
había otra alternativa, como por ejemplo en Deir el-Medina, donde no había
fuente de aprovisionamiento de agua ni de barro para fabricar adobes, no sólo
más baratos sino también más ligeros. Los caseros más acomodados
utilizaban a veces la piedra como signo visible de categoría social en la

Página 87
construcción de umbrales, marcos de puertas y base de pilares de madera,
costosos elementos de piedra que solían aprovecharse más tarde a fin de ser
reutilizados por nuevas generaciones cuando los remates de adobe, menos
duraderos, se habían deteriorado. En las mansiones más lujosas estos
elementos de piedra ostentaban inscripciones grabadas y estaban pintados de
vivos colores.
El uso del adobe impuso ciertas limitaciones a los arquitectos egipcios.
Era prioridad esencial evitar la humedad del suelo, que podía provocar el
deterioro de los muros de la casa y hacer que se viniera abajo, motivo por el
cual todas las poblaciones y ciudades estaban asentadas a la máxima distancia
posible del nivel máximo que alcanzaban las inundaciones. Era una
precaución sensata aunque la construcción hubiera sido de piedra. El adobe
tenía también una consecuencia directa en la estructura interna de las casas,
ya que las paredes debían ser relativamente gruesas para sostener la carga del
tejado, mientras que el propio tejado tenía que ser también bastante ligero a
causa de la escasez de madera para cubrir la abertura entre los muros. En
consecuencia, toda ampliación de la casa exigía un aumento proporcional de
las divisiones internas a fin de servir de sostén del tejado y únicamente los
que eran bastante ricos para incorporar a la construcción sólidos pilares
podían permitirse disponer de imponentes y espaciosos salones. Con todo, la
construcción a base de adobe tenía unas ventajas específicas. Las casas eran
baratas y fáciles de construir y, como el barro es un material sumamente
aislante, las viviendas eran frescas en verano y cálidas en invierno. Suponía
una ventaja más que las casas construidas con este material fueran fáciles de
agrandar y de dividir, por lo que a lo largo de su existencia la mayoría de esos
edificios de adobe sufrieron una serie de reformas improvisadas para
acomodar el espacio disponible a las necesidades variables de sus ocupantes.

Tu corazón se alegra cuando aras tu campo en los cañaverales. Tu


recompensa son tus cultivos. Tu cosecha abunda en grano.
Inscripción de la tumba de Paheri, del Imperio Nuevo

A lo largo del Periodo Dinástico, Egipto estuvo sometido al gobierno de


una sucesión de diferentes capitales, como Menfis, Tebas, Amarna y Pa-
Ramsés, todas ellas sede principal de diferentes momentos del gobierno y
residencia de la corte real. La administración local estuvo delegada a las
cuarenta capitales regionales que actuaban más o menos de centros de toda la
burocracia provincial, mientras que otras ciudades, como Abydos, iban

Página 88
creciendo tanto en dimensiones como en importancia debido a sus vínculos
con los principales templos dedicados al culto. Pero estos florecientes centros
urbanos fueron siempre más la excepción que la regla y la mayoría de la
población estuvo constituida por campesinos rurales que vivían en aldeas
políticamente insignificantes, dedicados al cultivo de las tierras circundantes.
Jamás la población egipcia minusvaloró la importancia que tenía la
agricultura en la economía y el bienestar general de Egipto. La vida rural,
vista como un ideal sano, era juzgada una forma de vida excelente por todos
los egipcios bien pensantes de clase alta y eran muchos los señores
acomodados que pasaban muchas horas felices regodeándose al contemplar a
los campesinos locales trajinando y afanándose en el campo. La idea que se
hacían del paraíso final o de la vida en el Más Allá era la contemplación de
las tareas fundamentales de la agricultura en los fértiles cañaverales.
No debe sorprendernos, pues, que representaran a menudo, en las escenas
del Más Allá que aparecen en las tumbas, la residencia más codiciada: una
casita de campo parecida a un rancho o incluso una mansión de dos pisos
rodeada de amplios terrenos y protegida del bullicio exterior por una muralla
de adobe. En un mundo ideal, esta casa perfecta habría tenido un
impresionante pórtico con sus columnas, unos elegantes salones centrales y
bien proporcionados y unas estancias familiares espaciosas, además de las
habitaciones destinadas a los criados y, como no podía ser menos, una cocina
provista de todo lo necesario. Las edificaciones anexas proporcionarían
alojamiento a más personas y servirían de almacenes, aparte de que el tejado
plano, al que se accedía a través de una estrecha escalera exterior, tendría una
multitud de usos. El jardín panorámico, lugar de ocio, regado con medios
artificiales y cuidadosamente atendido por industriosos jardineros, tendría un
estanque artificial poco profundo provisto de vistosos peces, abundancia de
flores exóticas y multicolores y de arbustos y árboles umbrosos cuyas hojas
ofrecerían grato sosiego frente a los rigores del implacable sol de mediodía.
Podía constar incluso de un santuario o capilla privados dentro del recinto de
los muros del jardín. Como es natural, la mansión tendría también su pozo e
incluso su granja, cuya finalidad sería aprovisionar a la familia. Así pues,
disfrutar de esa existencia bucólica, al amparo de las tensiones de la vida en la
ciudad y, por supuesto, con suficientes jornaleros que llevasen a cabo las
necesarias tareas agrícolas y domésticas, era el sueño de todo egipcio rico.

El jardinero lleva encima un yugo que hace doblegar sus espaldas con la
edad y le provoca una desapacible hinchazón del cuello, que acaba

Página 89
ulcerándose. Pasa las mañanas regando sus puerros y las tardes ocupado
en cuidar sus verduras después de haber bregado en la huerta el mediodía.
Se encamina a una sepultura temprana mucho antes que los demás
trabajadores.
Sátira de los Oficios, Imperio Medio

El lugar donde ese idilio rural egipcio estuvo más cerca de convertirse en
realidad fue en la ciudad de Ajenaten, capital fundada por orden del rey
Ajenaten en los arenales del desierto del Egipto Medio. En lugar tan árido y
poco acogedor se construyeron lujosas mansiones para los funcionarios y
burócratas más ricos de la corte. Las casas más espaciosas tenían veinte
habitaciones o más, entre ellas un gran dormitorio con las correspondientes
instalaciones sanitarias anejas, rodeadas por deleitosos y placenteros jardines,
cercados por gruesos muros de adobe. Los alojamientos de los criados y los
espacios destinados a almacén estaban a una cierta distancia de la casa
principal a fin de garantizar un máximo de paz y tranquilidad a sus ocupantes.
Lamentablemente, la ciudad de Ajenaten resultó ser un sueño y la nueva
capital tuvo que ser abandonada después de transcurridos menos de veinte
años desde que fuera habitada.
La población egipcia más típica debía de ser más o menos como su
contrapartida moderna, con un amontonamiento de casas de diferentes
proporciones, provistas de gruesas paredes, dispuestas sin orden ni concierto a
lo largo de estrechos pasadizos y patios, al tiempo que nuevos edificios o
ampliaciones surgían a la buena de Dios según dictaban las necesidades y sin
obedecer a ninguna planificación formal. El habitante medio seguramente
vivía en una modesta casa de cuatro o cinco habitaciones, que debía de ser
alojamiento de una amplia familia, del servicio de la misma, de los animales
domésticos, de los almacenes de alimentos y tal vez de algunas aves y una o
dos ovejas, criadas para su consumo. Tal vez era una suerte para el nivel
sanitario de la familia que, debido al buen tiempo, la mayoría de tareas
pudieran realizarse al aire libre, ya fuera delante de la casa, en el patio o en el
aprovechable tejado plano, por lo que era frecuente que las casas, debido al
gran número de personas que vivían en ellas, fueran poco más que bases de
estacionamiento para comer y dormir.

Las casas, sobre todo las mejor construidas, se adaptan admirablemente al


clima egipcio. Sólo les falta una cosa para que sea realmente un placer
vivir en ellas: más limpieza tanto en las casas como en las calles. Si las

Página 90
personas gozan de buena salud es porque llevan esencialmente una vida al
aire libre y sólo tienen la casa como un lugar donde dormir y cocinar. D e
no ser así, la mortalidad sería mucho más elevada.
Comentarios de la señorita Blackman sobre
la vida en los pueblos del Egipto moderno

Las casas de los pueblos y ciudades solían ser más pequeñas que sus
correspondientes contrapartidas de las aldeas y, mientras las tierras dentro de
la ciudad amurallada fueron difíciles de conseguir, por lo general estaban
construidas formando hileras elevadas que carecían de los lujos de un jardín o
de un patio. Para compensar su obligada estrechez, las casas crecían hacia
arriba, lo que hizo que las hubiera de dos o incluso de tres pisos de altura. Son
raras las representaciones de la vida urbana tal como existía en la realidad,
pero no cabe duda de que las ciudades estaban densamente pobladas y de que
algunos barrios centrales eran sórdidos y que los altos edificios se
apelotonaban en torno a importantes edificios públicos que impedían la luz a
los callejones más estrechos. Complejos de viviendas construidas con una
finalidad, como es el caso de Deir el-Medina o de Amarna, con sus hileras
definidas de edificios alineados en calles rectas y encrucijadas en ángulo
recto, dan una falsa idea de la eficiencia de la planificación urbana egipcia.
Eran ciudades atípicas porque se habían concebido con una finalidad y
construido con relativa rapidez a cargo del Estado. En contraste con ellas,
centros de negocios y de comercio establecidos desde antiguo fueron
evolucionando de forma lenta y esporádica. La falta de un sistema higiénico y
de eliminación de desechos centralizado, las condiciones de hacinamiento y la
constante presencia de animales, indispensables para el alimento, debió de
hacer a veces poco atractiva la vida en las ciudades, por no decir
absolutamente antihigiénica, especialmente en los largos días del caluroso
verano. Seguramente este hecho contribuyó a que se apreciaran los alicientes
de la vida en el campo.
Conservado en los muros de la tumba tebana de Djehutynefer, escriba real
del Imperio Nuevo y superintendente del Tesoro, hay un plano completo por
secciones de la casa relativamente espaciosa que poseía, construida en una de
las zonas más salubres del interior de Tebas. Parece que debía de tener como
mínimo tres pisos de altura, si bien dadas las convenciones empleadas en el
arte egipcio es muy posible que en realidad estas plantas representen
diferentes partes de la casa situadas una detrás de otra. El piso más bajo o
sótano se utilizaba, al parecer, como alojamiento de los criados, a fin de que
las actividades domésticas y ordinarias de

Página 91
preparación del pan, elaboración de la cerveza y
trabajos de tejido pudieran realizarse lejos de la
vista del amo y de su familia. Los salones de
recepción, de elegante altura, estaban en el primer
piso y tenían altos ventanales, pensados para
proporcionar el máximo frescor, aparte de que
debían de ser vistosos al objeto de impresionar a
los visitantes más distinguidos, en tanto que se
situaban en el nivel superior las estancias privadas
y menos vistosas, así como las habitaciones
destinadas a las mujeres. Instalados sobre el tejado
plano había cinco silos cónicos para almacenar
grano, que al parecer se usaban también para
cocinar y elaborar el alimento, aunque no se sabe
muy bien a qué razón obedecía la lógica de
almacenar el grano en el tejado. ¿No sería, quizá,
porque así se evitaban los estragos causados por las Fig. 13 - Mujer que acarrea
alimañas en el grano? Estas mansiones lujosas eran provisiones para su familia.
un privilegio de los ricos, ya que los artesanos vivían en condiciones mucho
menos espléndidas y raras veces disponían de más de tres o cuatro exiguas
habitaciones, además del tejado plano, que podía protegerse del sol con ayuda
de mamparas y utilizarse como una habitación más al aire libre.
Las viviendas construidas para los trabajadores de la necrópolis tebana de
Deir el-Medina eran todas idénticamente largas y estrechas y medían
aproximadamente quince por cinco metros. Había en ellas una habitación-
recibidor cuadrada a través de la cual se accedía a una habitación interior más
espaciosa, a un almacén o pequeño dormitorio y a un pequeño patio que hacía
las veces de cocina y en el que solía haber un almacén subterráneo. Una
escalera exterior conducía al tejado, donde es probable que durmiera toda la
familia en la época de los calores del verano. En Amarna, ciudad menos
próspera, los trabajadores más humildes se alojaban en viviendas muy exiguas
y las setenta y dos unidades de la población sólo medían cinco por diez
metros. Dichas casas estaban divididas en una zona principal en la que se
hacía vida, un dormitorio o almacén y una cocina, mientras que el pórtico se
utilizaba como cobijo de los animales y el tejado se aprovechaba como una
habitación más. Distribuidas entre estas casas más bien sórdidas había otras
más grandes construidas para los artesanos, viviendas de planta cuadrada con

Página 92
una gran sala de recepción provista de columnas, varios dormitorios y
almacenes y un espacio exterior destinado a cocina.

Para eliminar las pulgas de una casa hay que rociarla con agua mezclada
con natrón hasta conseguir exterminarlas.
Para evitar que se acerquen los ratones hay que untarlo todo con grasa de
gato.
Para impedir que una serpiente salga de su agujero… hay que poner un
bulbo de cebolla en la abertura del agujero y de ese modo no saldrá.
Consejos domésticos del Papiro Médico Ebers

Dado el calor, el hacinamiento, la ausencia de unas medidas higiénicas


elementales y la existencia de almacenes de alimentos y de animales en la
casa, no es extraño que las epidemias domésticas se convirtieran en un
trastorno constante casi imposible de atajar. Muchas amas de casa se
defendían del acoso recurriendo a perfumar todas las habitaciones de la casa
con un incienso de dulcísimo aroma que era una mezcla de mirra, olíbano y
especias y que tenía la doble ventaja de enmascarar los malos olores y de
poder fumigar con él tanto la casa como su contenido. Las moscas debieron
de constituir una constante amenaza y, pese a que la humareda de la cocina
habría debido ahuyentar a los insectos más timoratos, había sustancias
repelentes, como la «grasa de oropéndola», que habían dado prueba de su
eficacia y que por ello estaban en gran demanda. Desgraciadamente, la falta
de un sistema de desagües eficaz obligaba a transportar al muladar local
desechos domésticos de todo tipo, desde alimentos en fase de descomposición
hasta deyecciones humanas, o a arrojarlos al río o canal más cercano. Había
muchos caseros, sin embargo, que no encontraban justificada aquella
molestia, por lo que arrojaban la basura a la calle, con lo que el nivel del suelo
iba elevándose casi imperceptiblemente de año en año. Afortunadamente,
gracias a lo elevado de la temperatura los desechos domésticos se
descomponían con relativa rapidez, aunque a costa de emanar desagradables
olores. Los repugnantes montones de basura en fase de descomposición que
se apilaban entre las casas atraían, como no podía ser de otra manera, a
muchas alimañas, lo que resulta evidente en muchas de las casas que se han
excavado, en las que se ha observado una plaga a gran escala de ratas y
ratones. Es muy posible que los animales domésticos contribuyeran a reducir
el número de los roedores y quizá espantaran incluso a las serpientes, si bien

Página 93
los que debían vencer problemas más importantes tenían que recurrir a
artilugios tales como trampas mecánicas o simplemente a taponar los agujeros
con piedras o pelotas de tela.

El lavandera lava la ropa en la orilla del río junto al cocodrilo… Lo que


come se mezcla con la inmundicia y no hay parte de su cuerpo que esté
limpia. Lava las ropas de la mujer que menstrúa. Después de pasar el día
entero faenando con un palo para golpear la ropa y una piedra, se queda
chorreando…
Extracto de Sátira de los Oficios del Imperio Medio

Pese a que les preocupaban muy poco las medidas higiénicas en lo tocante
a los desechos, concedían en cambio una gran importancia a la limpieza
personal y doméstica. Los egipcios eran renombrados en el mundo antiguo
por la deslumbrante blancura de sus ropas y Herodoto observó en tono
encomiástico que llevaban prendas «siempre recién lavadas y concedían una
gran importancia a este particular». Los que disfrutaban de una situación lo
bastante desahogada para pagarse los servicios comerciales del lavado de ropa
se permitían el lujo de que les recogieran la ropa sucia a domicilio y se la
devolvieran limpia, seca y planchada o plisada de nuevo. A pesar de la cita
más bien detractora que reproducimos más arriba, los lavanderas
profesionales no eran necesariamente despreciables ni de humilde rango, ya
que el lavandera jefe de la casa real solía ser un joven de noble cuna y se
consideraba en general que ocupaba una posición privilegiada, apenas por
debajo del portasandalias del rey. No es probable, pues, que un funcionario
tan encumbrado y bien criado se rebajara a desempeñar un trabajo manual tan
degradante como aquél, lo que induce a creer que seguramente debía de
relegar aquella labor a otros menos privilegiados en lo que a rango se refiere y
que debía de limitar sus funciones a la supervisión.
Lamentablemente, sin embargo, estos lavanderas profesionales se
ocupaban principalmente de lavar las ingentes cantidades de ropa de los
grandes templos y casas más acomodadas, por lo que la mayoría de mujeres
no podían soñar siquiera con tales lujos. Por consiguiente, el lavado de la ropa
familiar suponía una pesada tarea que ocupaba mucho tiempo y exigía un
gran esfuerzo físico que había que llevar a cabo regularmente. En los días
dedicados a la colada se amontonaba la ropa sucia en cestas que había que
transportar hasta la orilla del río o a algún canal próximo, donde se hacía con
ella una pelota que se empapaba de agua. Se le aplicaba seguidamente jabón

Página 94
de natrón y después se apaleaba vigorosamente con una paleta de madera o se
restregaba repetidas veces sobre piedras lisas antes de pasar a aclararla
concienzudamente con agua corriente. Después se sacudía la ropa ya limpia,
se escurría y se dejaba secar y blanquear al sol. Una vez seca, se planchaba o
alisaba, marcando cuidadosamente los pliegues, tras lo cual se transportaba de
nuevo a casa, donde se colocaba en la cesta o armario en que se guardaba. Las
escasas escenas de lavado de la ropa que se han conservado en las tumbas
muestran que se trataba de una actividad en vías de desarrollo. Los lavanderas
profesionales del Imperio Medio utilizaban los mismos métodos simples que
las amas de casa, si bien a finales del Imperio Nuevo los lavanderas ya
calentaban las grandes tinajas de agua que sacaban del río. Fue una
innovación que permitió a los lavanderas no sólo lavar la ropa con agua
caliente sino seguramente eliminar mejor la suciedad de la misma.[2]
La casa propiamente dicha se barría con una escoba de fibras vegetales
rígidas provista de un mango corto y se conservan varios dibujos de la época
que muestran a atareados sirvientes ocupados en rociar con agua el suelo para
recoger mejor el polvo y utilizando después cepillos de aspecto
extremadamente moderno para dejarlo todo limpio. Para eliminar el polvo de
la casa se utilizaban trapos de lino, retazos aprovechables de sábanas y
prendas de ropa excesivamente pequeños para los vendajes funerarios. El ama
de casa hacendosa tenía la suerte de que en la casa había muy pocos muebles
y escasísimas esteras y cortinas, elementos en los que se suelen acumular más
partículas de polvo. Hasta las casas más lujosas resultaban bastante desnudas
para las normas occidentales modernas y la mayor parte del mobiliario que se
ha podido recuperar procede más de las tumbas excavadas que de las propias
casas. Aun cuando los tabiques de adobe del interior de las casas
acostumbraban a estar revestidos de yeso y a presentar escenas elaboradas y
de vivos colores, era normal que el mobiliario se tuviese no sólo por
innecesario sino que incluso se estimase que se comía espacio y por otra parte
se desconocía el concepto de la decoración a base de objetos y cachivaches
ornamentales y carentes de utilidad funcional.
Era una costumbre, cómoda por otra parte, sentarse o permanecer
agachado en el suelo y, aunque todos utilizaban taburetes de tosca
construcción, algunos tan bajos que apenas llegaban a los dieciséis
centímetros de altura, las sillas de tipo convencional, con su respaldo y sus
apoyos para los brazos, no eran más que símbolos de una categoría social y,
por su coste relativamente alto, utilizados tan sólo por las clases altas. Los
escabeles para los pies eran muy populares entre la clase privilegiada que se

Página 95
servía de sillas. Se construían pequeñas mesas individuales o soportes para
comer coordinados con las sillas pero tampoco éstos eran considerados ni de
lejos un equipo doméstico esencial y, al igual que en el Egipto rural moderno,
la comida solía consumirse sobre esteras tejidas que se extendían en el suelo.
Los comensales se sentaban o se acuclillaban alrededor de las esteras y se
servían de la comida que les apetecía. En la preparación de la comida se hacía
uso de cucharas y cuchillos, pero comer con los dedos era una costumbre
considerada aceptable en todos los niveles sociales. Se ha conservado incluso
una pintura deliciosamente íntima del rey Ajenaten donde es posible verlo
disfrutando de un enorme trozo de buey mientras la reina Nefertiti sostiene
con la mano derecha un pajarillo asado entero.

¡Qué grande es el señor de su ciudad! Es como una estancia fresca en la


que un hombre puede dormir hasta el amanecer.
Imperio Medio, Himno al Rey Senwosret III

Los dormitorios eran igualmente espartanos. En realidad, los dormitorios


propiamente dichos eran un lujo del que sólo podían disfrutar los más
acomodados, es decir, los que podían despilfarrar el espacio de que disponían;
la mayor parte de familias utilizaban para dormir elementos muy simples y
sólo precisaban de una estera o de una sábana de lino doblada y de una piedra
curva curiosamente dura o de un apoyadero de madera para la cabeza para
asegurarse un sueño reparador. Se trataba de unos elementos portátiles fáciles
de recoger al despertarse por la mañana, cuando había que dejar la estancia
disponible para que en ella pudieran realizarse las actividades que tenía
asignadas durante el día. Las habitaciones específicamente destinadas a
dormitorio solían tener una plataforma de madera arrimada a una pared, que
servía de base a un rudimentario colchón hecho con varias sábanas de lino
dobladas, que impedía que el frío, la humedad y a veces los insectos
alcanzaran al durmiente. Las camas de madera conocidas no sólo eran caras
sino que ocupaban espacio, consideración importante esta última en casas
ocupadas por tan gran número de personas y, en consecuencia, utilizadas tan
sólo por los muy ricos, que las veían como un símbolo de su condición. El
escriba Ipuwer se lamentó en diversas ocasiones de que, durante el anárquico
Primer Periodo Intermedio, «Aquel que no dormía sobre una caja tiene una
cama» y «Aquellos que tenían camas están en el suelo, mientras que el que
yace en el polvo extiende una estera». Su indignación ante tamaño desatino y

Página 96
trastocamiento de la jerarquía natural sólo se apaciguó con la imposición de la
ley y el orden y cuando pudo informar de lo siguiente:

Buena cosa es disponer de camas y que el amo tenga su reposacabezas en


lugar seguro. Cuando se cubren las necesidades de todos con una estera a
la sombra y se cierra una puerta para el que duerme entre las matas.

Las mejores camas estaban provistas de «muelles» hechos con juncos y


cuerdas entrelazadas. Resulta curioso que algunas de las camas más
primitivas tuvieran una inclinación tan pronunciada en dirección a los pies
que parece que hubo que emplear una especie de estribo para impedir que el
durmiente, en estado inconsciente, fuera deslizándose lentamente hacia abajo.
Aquel defecto de diseño se corrigió en el Imperio Nuevo, época en que las
camas se hicieron mucho más planas y, por tanto, más cómodas para los
aquejados de un sueño inquieto. El resto de mobiliario de los dormitorios era
mínimo. Podía componerse de un taburete bajo donde sentarse mientras uno
se peinaba y se acicalaba con los afeites y de elaborados estuches para
guardar los cosméticos y las joyas, especialmente visibles en los tocadores de
los opulentos. Debido quizá a la escasez de buena madera en Egipto, se
desconocían los dormitorios de tipo corriente y rara vez se utilizaron armarios
roperos, alacenas y cómodas. Se usaron y mucho, en cambio, toda una
profusión de arcas, cajas y cestas entretejidas provistas de diversas ataduras
para cerrarlas, donde se guardaba la ropa doblada, el lino y los objetos
personales.
Lo que sí figuraba en todas las habitaciones de la casa era una lámpara.
Durante el verano egipcio el sol se pone rápidamente y temprano, por lo que
era necesaria alguna forma de iluminación artificial si la familia quería hacer
algo en casa después de la cena. En cuanto a su diseño, las lámparas cubrían
un espectro que iba desde sencillos cuencos llenos de aceite en los que flotaba
una mecha de tela hasta lámparas de dibujo complicado y de aspecto
curiosamente moderno. Como soporte de grandes lámparas de arcilla en las
que quemaba aceite disponían de unos largos pilares de madera tallada. Se
recurría a hogueras, antorchas y braseros portátiles para aumentar la tenue luz
reinante y contribuir a un tiempo a potenciar el calor en las frías noches de
invierno. Con todo, la casa egipcia debía de ser un lugar bastante desapacible
cuando caía la noche y la mayoría de la población se levantaba con el día y se
acostaba tan pronto como oscurecía.

Página 97
Fig. 14 - Mujer ocupada en cocer pan

La cocina era muy primitiva comparada con los niveles actuales y


normalmente se componía de un fogón, uno o varios hornos circulares de
pequeñas dimensiones, algunos elementos utilizados en la molienda, vasijas
de barro y un espacio para guardar los alimentos y los utensilios necesarios
para la preparación de las comidas familiares. Como la madera era cara y
escasa, el combustible utilizado normalmente para cocinar consistía casi
invariablemente en excrementos secos, que tenían la ventaja de arder mucho
tiempo y de forma inodora y limpia, además de gratuita para los que poseían
animales. Particularmente los excrementos de las ovejas producen una llama
muy duradera y en algunas cocinas de Amarna se han podido recuperar unos
amasijos formados por las deyecciones de las ovejas mezcladas con paja. Para
poderlas aprovechar había que recogerlas a diario y formar con ellas una
especie de ladrillos después de mezclarlas con agua y paja antes de dejarlas
secar al sol, ocupación tan laboriosa como poco atractiva que, como ocurre en
el Egipto moderno, solía delegarse a las muchachas más jóvenes y a los niños.
Una vez confeccionados dichos ladrillos, podían prenderse fácilmente con
ayuda de una barrena de arco o con la chispa de un pedernal.
En cuanto al horno, era un montículo de arcilla achaparrado y en forma de
colmena de alrededor de un metro de altura, provisto de unas repisas
interiores y con un agujero en la base que permitía retirar las cenizas. Se
utilizaba sobre todo para cocer pan, aunque también permitía preparar la
comida puesta en un recipiente colocado en la parte plana superior, mientras
que la cocinera permanecía sentada o agachada delante de la boca del horno.

Página 98
Los que preferían cocinar en un fuego abierto se servían de un artilugio en
forma de trípode cuando querían hacer hervidos o asados, como también
podían optar por colocar la comida directamente sobre las brasas. Los dibujos
de la época parecen indicar que a veces el horno estaba instalado en el tejado
de la casa aunque, como presuponía el riesgo de incendio, constituía un
peligro innecesario. Es posible que los artistas quisieran representar los
hornos fuera de las casas pero que las diferencias en el enfoque y perspectiva
artística condujeran a falsas interpretaciones de acuerdo con los parámetros
modernos. La arqueología demuestra, en efecto, que los hornos y fogones
solían estar situados a una cierta distancia de la casa, seguramente para
disminuir las incomodidades del calor y del humo de la cocina así como para
evitar el riesgo de incendio. En Amarna, por ejemplo, se construía la cocina
en la parte este de la casa y estaba conectada con la vivienda mediante un
pasadizo cubierto. En los casos en que el horno o el fuego estaba dentro de la
casa, generalmente estaba a distancia de la puerta, aparte de que el tejado de
la cocina tenía unos agujeros de ventilación que permitían que una parte del
calor, humo y olores escaparan por arriba. Pese a ello, el ambiente en la
recluida cocina debía de ser a veces insoportablemente caluroso.

Se alimentan de pan de escanda, con el que forman hogazas… comen


muchos tipos de pescado crudo, salado o secado al sol. También
codornices y patos y pajarillos, que comen crudos, añadiéndoles sólo un
poco de sal. Todos los demás pájaros, a excepción de los que se descartan
por considerarlos sagrados, los comen asados o hervidos.
Comentarios de Herodoto sobre la alimentación egipcia

La provisión abundante de comida y bebida de buena calidad para la


familia e invitados constituía uno de los deberes más importantes del ama de
casa y, en caso de realizarse con eficiencia, reportaba satisfacción y honores
que repercutían en toda la familia.[3] A casi todo el mundo le gusta disfrutar
en buena compañía de una comida bien preparada y sabrosa, si bien los
egipcios parece que fueron especialmente aficionados a los festejos, a la
bebida y a agasajar a los amigos en sus casas. De tener en cuenta las
abundantes y catastróficas advertencias contra la glotonería que registran las
instrucciones de los escribas y de compararlas con las escenas de los
epicúreos banquetes representados en los muros de las tumbas, casi se puede
afirmar con absoluta certeza que el camino que lleva más directamente al
corazón del egipcio pasaba inevitablemente por su abultado estómago. Era

Página 99
evidente que las exageradas comilonas de las sedentarias clases acomodadas
constituían motivo de preocupación para miembros más abstemios de la
población.

Cuando te sientes a comer en compañía evita los alimentos que más te


gustan. La abstención sólo exige el esfuerzo de un momento, mientras que
la glotonería es vil y reprobable. Un vaso de agua calmará tu sed y un
bocado de hierbas te fortalecerá el corazón… Bellaco es aquel cuyo
estómago sigue hambriento cuando ha pasado la hora de comer.
Consejo de un escriba del Imperio Antiguo

Esta envidiable capacidad de comer en demasía era consecuencia directa


de la excelente administración de los tan admirados recursos naturales de
Egipto. Este país, descrito con tanto acierto por Herodoto como el «regalo del
Nilo», era extraordinariamente fértil, rebosante de plantas y animales salvajes
comestibles y asiento de una floreciente economía agrícola que año tras año
reportaba a sus habitantes grandes cantidades de cereales y de carne.
Ciertamente que el hambre, resultado directo de la ausencia de inundaciones,
no fue un fenómeno desconocido entre las clases inferiores durante el Periodo
Dinástico, si bien fue un desastre relativamente raro, ya que las montañas de
cereales almacenados durante los años de abundancia solían bastar para
remediar la carestía de los años de escasez. Incluso las ciudades y poblaciones
egipcias más populosas estaban estrechamente vinculadas con el campo, lo
que permitía que la población pudiera tener acceso durante todo el año a una
sana variedad de alimentos frescos en cada temporada.
La disponibilidad de estos alimentos de calidad tenía un efecto directo en
la evolución de las técnicas culinarias de los egipcios, cuyos cocineros más
expertos solían mostrar su favor a las recetas sencillas y confiar más bien en
la calidad y frescura de los ingredientes para producir platos apetitosos y no
demostrar demasiadas prisas para experimentar con salsas complicadas o
elaboradas combinaciones de sabores y texturas. Podría contrastarse esta
afortunada situación con los problemas a los que se veían abocados los
antiguos cocineros romanos que, aislados de los alimentos frescos por un
conjunto de circunstancias tales como la distancia, unos transportes
deficientes y la falta de refrigeración, se veían obligados a inventarse salsas y
aliños muy especiados y de intenso aroma a fin de enmascarar la monotonía
de una dieta compuesta primordialmente de alimentos conservados y en
ocasiones ligeramente rancios. Los egipcios no tenían ninguna necesidad de

Página 100
disfrazar los sabores naturales de los ingredientes y, con la posible excepción
de guisados o sopas, la preparación de la comida solía ser simple y poco
aderezada. Lo que tentaba las papilas gustativas de los egipcios era la
variedad de los diferentes platos servidos de consuno. Así pues, la
experimentación culinaria era escasa; las ilustraciones de la época y las obras
de autores clásicos posteriores demuestran que se consideraban los hervidos
como el método tradicional y más reconstituyente en la preparación de la
carne y las verduras, mientras que se veía la cocción al horno como un
método más apropiado para la elaboración del pan o de pasteles endulzados
con miel o dátiles. Las aves acostumbraban a prepararse a la brasa, ensartadas
en un espetón, y tanto la carne como el pescado se asaban también a veces a
la brasa.

Fig. 15 - Dos mujeres del Imperio Nuevo servidas por una criada en un banquete

Un problema importante que tenían por igual los cocineros romanos y los
egipcios era el calor. Sin refrigeración no era posible conservar mucho tiempo
los alimentos y, aunque podía acumularse el trigo y algunas frutas y verduras
y reservarlas para su uso futuro, en el caso de la carne y el pescado había que
secarlos o ponerlos en salmuera antes de almacenarlos, en tanto que la leche y
los productos lácteos debían guardarse en lugares lo más frescos posible y
metidos en vasijas de barro humedecido. El problema del deterioro de la carne
se resolvía hasta cierto punto sacrificando a los animales inmediatamente
antes de proceder a cocinarlos, aparte de que la gregaria costumbre egipcia de

Página 101
distribuir el alimento mediante banquetes comunitarios hacía también que
fueran escasos los restos de carne que habrían podido estropearse. Como la
educación exigía de los invitados que correspondiesen a su vez con
invitaciones a sus anfitriones, el sistema aseguraba que se mantuviese
constante el consumo de alimentos de calidad por individuo. No existía, en
cambio, ningún medio eficaz para conservar tierno el pan y, pese a que su
bajo contenido en grasa permitía guardarlo un día o dos, era inevitable
hornear como mínimo cada dos o tres días. La cocción del pan acostumbraba
a hacerse por la mañana, ya que la comida del mediodía era la principal y
solía ser larga y propiciar la conversación. Solía hacerse dentro de las casas,
ya que comer al aire libre con el sol de rigor que caía al mediodía habría
hecho muy desagradable el ágape. Las otras comidas que había que preparar
eran un desayuno ligero tomado a primera hora de la mañana y una cena
igualmente parca o un simple bocado antes de retirarse a descansar.
Por desgracia no ha llegado hasta nosotros ningún libro de cocina con
recetas egipcias que nos permitiría recrear los platos que consumían los
faraones. Sin embargo, tenemos una sorprendente colección de alimentos
cocinados. Los egipcios, con su característico concepto de la muerte,
intentaban asegurarse de que el difunto no pasaría hambre en su trayecto
hacia el Más Allá y, con esta idea, lo proveían de todo el alimento necesario
para disfrutarlo en la tumba. En efecto, durante el Imperio Antiguo se
enterraba el cadáver junto con comidas completas. El ejemplo mejor
conservado que ilustra este particular corresponde a una tumba de Sakkara de
la II dinastía en la que reposaba una anciana, ante cuyo cadáver pudo
descubrirse una cena completa dispuesta en el suelo.[4] El menú era el
siguiente:

Hogaza de pan
Gachas de cebada
Pescado a la brasa
Estofado de palomo
Codorniz asada
Riñones cocidos
Muslo y costillas de buey
Higos cocidos
Bayas frescas
Pasteles de miel
Queso
Vino de uva

Página 102
El profesor Emery, que excavó esta tumba, observó con interés que la
difunta señora, cuyo cadáver estaba bastante peor conservado que el banquete
que le habían preparado, padecía una anomalía en la mandíbula que a buen
seguro, de haber estado viva, le habría impedido degustar aquellos manjares,
ya que sólo podía masticar con un lado de la boca. Resulta curioso que este
menú sea tan parecido al que sirvieron en el banquete de los que formaban la
comitiva fúnebre del rey Tutankamón, muerto más de mil años después,
donde los ocho participantes fueron obsequiados con nueve patos, cuatro
gansos, diversos trozos de buey y carnero, pan, un surtido de frutas y verduras
y vino. Los platos se servían simultáneamente y, como en el Egipto moderno,
los comensales comían a placer los manjares que más les gustaban. No se
concedía demasiada importancia al hecho de tomar comida caliente
procedente directamente de la cocina como es el caso de otros países
occidentales más fríos.

Haz un buen ofrecimiento de pan y cerveza, de ganado grande y pequeño,


aves, vino, fruta, incienso y toda clase de buenas hierbas el día de la
fundación de Ajetaten…
Extracto de la estela del linde de Amarna

La cantidad, calidad y variedad precisas de comida que se ponía a


disposición de un determinado cocinero difería de una casa a otra. La fuente
básica de comida era, para la mayoría, la ración diaria que correspondía a
aquellos miembros de la familia que, literalmente, «se ganaban el pan». Dado
que no había una moneda oficial, el medio utilizado oficialmente para pagar a
los trabajadores era en especies y en forma de raciones. La composición de
cada ración varió de un periodo a otro, si bien incluía invariablemente
cereales o cerveza y pan. Parece que la ración diaria mínima consistió en diez
hogazas de dimensiones constantes, lo que queda confirmado por una noticia
correspondiente al Imperio Medio que nos dice que la ración diaria
adjudicada por el Campesino Elocuente para alimentar a su mujer y familia se
componía de diez hogazas de pan y dos jarras de cerveza. Los que trabajaban
en actividades de más prestigio recibían, como es lógico suponer, bastante
más que esta asignación básica y llegaban incluso a pagos diarios de
centenares de hogazas, como era el caso de los burócratas veteranos, que
subdividían entonces su parte entre los miembros de la casa y los trabajadores
de su hacienda. Las raciones más generosas eran las ofrecidas en sacrificio a

Página 103
los dioses y no eran raros, por ejemplo, los ofrecimientos de mil hogazas o de
un buey entero y, dado que estas cantidades de alimento se distribuían
después entre los sacerdotes y demás personas que se ocupaban del templo, es
lógico que los miembros del clero egipcio se contasen entre las personas
mejor alimentadas del país. Como observó Herodoto no sin sus ribetes de
envidia:

No gastan nada de lo suyo y no necesitan adquirir nada. Les cuecen el pan


de cada día con cereales sagrados y cada uno tiene asignada una
abundante ración de carne de buey y de ganso.

Aparte de la ración básica de pan o de cereales, la mayoría de familias


podía aumentar su suministro de alimento con la caza, tendiendo trampas y
pescando, mientras que incluso los que vivían en ciudades y poblaciones muy
densas criaban aves, ovejas o alguna cabra que, a cambio de las sobras de la
comida diaria, les suministraban a diario huevos, leche y queso. Puede decirse
que las fincas más grandes de la gente acomodada prácticamente se
autoabastecían, ya que tenían sus propios graneros, sus hornos para cocer el
pan y sus propios sirvientes para ocuparse de los menesteres necesarios. Los
propietarios más frugales, cuyo estilo de vida les permitía acumular excedente
de un producto e incluso cultivar verduras o cocer más pan del que
necesitaban, podían mercadear el sobrante haciendo trueques y adquiriendo
alimentos más variados. Así, mientras que la dieta de los más pobres o menos
emprendedores generalmente se reducía a una monótona rotación de
alimentos más bien flatulentos, como pan, cebollas, lechuga, rábanos y
legumbres, había otras personas más afortunadas que podían regalarse el
paladar con suculentas carnes y con aves y pescados, acompañados de una
selección de frutas y verduras frescas así como de pan y pasteles.

No comas pan cuando tengas a otra persona delante de ti sin ofrecerle una
parte. Comida habrá siempre, el hombre no dura.
Consejo ofrecido por el escriba Any

El pan era con mucho el alimento más importante preparado por el ama de
casa egipcia. A falta de otros alimentos ricos en hidratos de carbono como
patatas, pasta, arroz y plátanos, el pan pasó a convertirse en el componente
básico de la dieta, doblemente importante por ser también el ingrediente
principal de la popular cerveza de fabricación casera. El pan se consumía en

Página 104
grandes cantidades y de él disfrutaban ricos y pobres por igual, aparte de que
a menudo era también un preciado ofrecimiento tanto para los dioses como
para los difuntos. Para los egipcios el pan era un símbolo que venía a ser el
compendio de todos los alimentos, lo que hacía impensable subsistir sin pan
en esta y en la otra vida. No es extraño, pues, que aparezca con tanta
frecuencia en las tumbas el tema de la preparación del pan, ya sea en forma de
pinturas murales o de maquetas que reproducen tahonas, mientras que en las
narraciones populares y en los proverbios se hace especial hincapié en la
importancia que tiene disponer de pan suficiente para comer.
Como no era posible comprar harina molida, la fabricación del pan se
convertía en una tarea verdaderamente laboriosa. Se hacía necesario procesar
a mano toda la harina con ayuda de un metate de piedra; en el caso de una
familia compuesta de cinco o seis personas adultas, dotadas del voraz apetito
que caracteriza a los trabajadores manuales, debió de ser una tarea realmente
agotadora. Después de molido y pasado por un cedazo, la harina más bien
grumosa se mezclaba con agua y sal y se elaboraba con ella una especie de
chapata ácima o una hogaza tipo «pitta» que se podía cocer fácilmente sobre
una piedra plana colocada dentro del horno o directamente en el fuego. Las
hogazas hechas con levadura se hacían amasando la harina con giste y agua
hasta obtener una masa consistente. Podían añadírsele especias, sal o
condimentos antes de cocer dicha masa a fin de realzar su sabor, en tanto que
la incorporación de grasa, huevos y dátiles dulces convertían la hogaza
normal en sabroso pastel. Se daba forma al pan manualmente o presionando la
masa dentro de un molde y dejando después que subiera antes de cocerla en el
horno. No es extraño que hubiera muchas variedades y formas de pan. Había
más de quince palabras diferentes para distinguir los distintos tipos de pan
que se preparaban durante el Imperio Antiguo y más de cuarenta para
designar los panes y pasteles del Imperio Nuevo. Los panes más populares
eran unas hogazas semicirculares que se hacían a mano y otras altas y
acabadas en punta que se cocían en unos moldes cónicos especiales, si bien en
ocasiones específicas se preparaban panes más elaborados en forma de
animales e incluso de figuras femeninas.

Mejor pan con corazón feliz que riqueza con zozobras.


Proverbio del Imperio Nuevo

Comparada con el pan, la carne, y de manera especial el buey, era un


alimento sumamente apreciado, aunque prohibitivo para la mayoría. En

Página 105
teoría, cualquiera podía adquirir los trozos de buey que representaban la
distribución del excedente de carne sobrante en los templos, pero de hecho la
carne fue siempre un lujo que sólo podían permitirse los ricos. Como entonces
no había refrigeración y abundaban las moscas y la suciedad, aquélla era una
carne de buey que no habría resultado demasiado apetitosa a nuestros ojos. En
efecto, nadie que haya convivido con la cultura occidental de los
supermercados, donde impera la obsesión de la higiene y los alimentos están
envueltos en plástico, difícilmente podrá olvidar el tenderete al aire libre
donde el carnicero egipcio vende su mercancía. Algunas personas prósperas
poseían una o varias vacas, pero sólo los más ricos o los templos con más
posesiones podían ser propietarios de un rebaño de animales no operantes y
mantenerlos en reserva como fuente de alimento. Estos animales destinados al
consumo eran cebados a la fuerza con bolas de pan y no se sacrificaban hasta
que estaban tan gordos que ni andar podían, debido a lo cual su carne era muy
grasa y tierna. Los propietarios de ganado que no eran tan ricos sacaban el
máximo partido de sus animales explotando sobre todo a las vacas por su
leche y su estiércol, aparte de utilizarlas también para arar y trillar. Eran vacas
que no se mataban mientras pudieran explotarse para trabajar, lo que hacía
que seguramente dieran una carne sabrosa pero más bien dura y fibrosa.
Muerta la vaca, no había parte del animal que se desaprovechase: sesos,
tripas, orejas, lengua y pezuñas, todo se rebanaba con delectación, y hasta la
sangre se aprovechaba para hacer con ella un exquisito budín negro. La grasa
tenía múltiples usos, de manera especial la de buey, aprovechada
comúnmente para la preparación de preciados medicamentos. Suele
representarse a las clases superiores, menos interesadas en aprovechar los
desperdicios, comiendo únicamente los trozos más selectos de carne de buey.
El «ganado menor», es decir, las ovejas, cabras y, en menor grado, los
cerdos estaban mucho más generalizados entre la población y eran mucho
más fáciles de mantener. La próspera clase media se regalaba con ágapes
reconstituyentes y particularmente nutritivos a base de guisos de carnero o
cabra hervidos, aunque se tienen indicios de que los personajes más devotos y
pertenecientes a las clases altas de ciudades como por ejemplo Tebas, donde
se veneraba al carnero dándole categoría de dios, seguramente evitaban comer
ese tipo de carne. Las ovejas y cabras tenían especial importancia porque
suministraban leche fresca, exquisitez que se ingería caliente y se usaba a
menudo para cocinar y que, por supuesto, era básica en la producción de
queso y mantequilla líquida. Como en tantos lugares del mundo actual, el
cerdo era tabú religioso muy difundido y en teoría no era aceptable como

Página 106
alimento. Con todo, los restos arqueológicos demuestran que esta prohibición
ritual no era observada de manera estricta. En los muros de las tumbas vemos
inequívocamente representadas piaras de cerdos y en los vertederos de basura
tanto de Amarna como de Deir el-Medina había grandes cantidades de huesos
de cerdo, lo que apunta que su consumo estaba muy difundido. Los cerdos
son animales sumamente eficientes, ya que comen y reciclan los desechos de
alimentos que de otro modo, dadas las altas temperaturas, se echarían a
perder, aparte de que reportan el beneficio adicional de limpiar gratuitamente
calles y casas.[5]

El Nilo contiene todas las variedades de peces en cantidades increíbles,


por lo que proporciona a todos los nativos no sólo un medio de
subsistencia abundante en forma de pescado fresco, sino que además
brinda una enorme cantidad de pescados para salazón.
Diodoro Siculo

El pescado, alimento altamente nutritivo y sabroso, abundante en


proteínas y minerales, hizo las delicias de todos los niveles de la sociedad y
supuso sin duda alguna una contribución muy importante a la dieta de los más
pobres, ya que de otro modo su alimentación seguramente habría tenido
carencias proteínicas. Aun cuando la pesca con arpón fue uno de los
entretenimientos favoritos de las clases superiores y los pescadores
profesionales utilizaron una impresionante variedad de redes, trampas y
sedales para ganarse la subsistencia, en realidad en Egipto no eran
indispensables estos avíos para salir a pescar y muchos se dedicaban
simplemente a esperar que las aguas volviesen a su cauce después de la
inundación para recoger los peces muertos y moribundos que quedaban
prisioneros en los campos embarrados altos y relativamente secos. Atrapados
los pescados, podían asarse a la brasa y consumirse frescos o conservarse
dejándolos secar al aire, ahumándolos, salándolos o macerándolos en aceite.
Los pájaros eran otro alimento importante y accesible a los pobres.
Aunque no se conocieron los pollos hasta el mismo final del Imperio Nuevo,
incluso en las casas más pequeñas se criaban sin problemas patos y gansos o
tórtolas y palomas en un cobertizo especialmente construido con este fin.
Tampoco era difícil cazar con trampas o redes aves acuáticas, presentes en
todo el país, y disponemos de escenas de caza que nos muestran a cazadores
rondando furtivamente a sus presas con enormes y amenazadoras lanzas con
las que ensartan pajarillos relativamente pequeños o arrojándoles palos,

Página 107
aunque es probable que estos métodos se consideraran más bien un deporte
que una técnica rigurosa para cazar. Atrapados los pájaros, eran encerrados en
jaulas de madera y cebados con cereales hasta que se consumían. Era un
sistema que tenía la ventaja de suministrar carne fresca sin que fuera
necesario macerarla o secarla previamente. Se mantenía el ave con vida hasta
que se necesitaba y después se mataba —fracturándole el pescuezo—
momentos antes de cocinarla, costumbre que sigue vigente en el Egipto
actual, donde es habitual que en casi todas las cocinas haya una o dos aves
vivas. Los huevos que ponían las aves cautivas constituían una útil adición a
la dieta diaria, que podía complementarse con huevos de aves silvestres.
La fruta fresca, las habichuelas, las legumbres y verduras desempeñaban
también un importante papel nutritivo en la dieta diaria. Los egipcios gozaban
fama en el mundo antiguo de grandes consumidores de verdura cruda,
especialmente de cebollas, ajos y puerros, en tanto que los melones y pepinos
del país eran tan populares que hasta los Hijos de Israel, liberados finalmente
del vil yugo que los tuvo esclavizados en Egipto, no podían por menos de
lamentarse:

¿Nadie nos va a dar carne? Pensad un momento. En Egipto teníamos todo


el pescado que queríamos, además de pepinos, sandías, puerros, cebollas
y ajos. Ahora tenemos la garganta reseca, dondequiera que miremos no
vemos otra cosa que este maná.

El maná o llamado «pan del cielo» probablemente no fue otra cosa que la
secreción de unos pequeños insectos que viven en las ramas del tamarisco. Se
trata de una exquisitez que los beduinos actuales siguen recogiendo y
consumiendo por considerarla un primoroso manjar. Es probable que las
cebollas egipcias, pequeñas y redondas, fueran mucho más dulces que las
gordas cebollas europeas que se consumen actualmente. Aparte de que
servían de aderezo en todas las comidas, tenían un cierto simbolismo
religioso: la fiesta de Sokar, que se celebraba en Menfis en conmemoración
del solsticio de invierno, requería de los sacerdotes participantes que llevaran
una corona de cebollas y que durante todo el trayecto de la procesión sacra
olieran manojos de las mismas. El ajo egipcio también era más pequeño que
su contrapartida moderna y es posible que no tuviera un olor tan intenso.
Los pobres consumían grandes cantidad de judías, dicho sea de paso
altamente nutritivas. Desde el Periodo Predinástico en adelante se cultivaron
garbanzos, habas cochineras, habichuelas oscuras o «ful medames» y lentejas,

Página 108
legumbres que debían de servir para preparar platos apetitosos y satisfactorios
una vez hervidas, machacadas con ajo y aceite hasta convertirlas en puré y
metidas a modo de bocadillo en un trozo de pan ácimo. Había recetas más
complicadas que incorporaban cebolla picada, huevos e incluso bolas de una
masa a base de habichuelas, semejante al filafil que sigue consumiéndose
actualmente en Egipto.
Esa tradición de generosa hospitalidad que incita al egipcio moderno a
compartir su comida con desconocidos a los pocos minutos del encuentro
tiene sus raíces en las costumbres gregarias del Egipto Dinástico. Los
banquetes más o menos ceremoniosos constituían un importante aspecto de la
vida social egipcia y, puesto que entonces no había restaurantes ni cafés, se
hacían siempre en casa. Como tampoco había teatros, cines ni clubs
nocturnos, este tipo de cenas eran en realidad el entretenimiento principal de
las clases pudientes, que lo disfrutaban a fondo. Quizá sea una suerte que los
que podían dar fiestas tan espléndidas pudieran permitirse también contratar a
criados que se encargaban de cocinar y lavar después todo lo que se
ensuciaba. Desgraciadamente no se ha conservado ningún testimonio escrito
que pueda informarnos de esos banquetes, por lo que nuestra información se
basa en las pinturas de esas fiestas conservadas en las paredes de las tumbas.
Estas escenas permiten deducir que, aunque es probable que esos banquetes
ceremoniosos debían de acabar en una orgía de comida y bebida excesivas,
siempre empezaban con una ostentosa exhibición de buenas maneras y
comedido comportamiento. Como se consideraba universalmente que las
normas de la etiqueta constituían un signo externo de buena cuna, el sabio
Ptahotep del Imperio Antiguo da unas útiles directrices para los socialmente
ineptos:

Si eres invitado a la mesa de alguien más grande que tú, toma lo que te
ofrezcan a medida que te lo ponen delante. Mira al que está sentado
delante de ti pero no insistas demasiado en mirarlo porque, si lo
importunas, ofendes al Ka. No le hables hasta que él te hable, ya que no
sabes qué puede disgustarlo. Habla con él sólo cuando se haya dirigido a
ti, entonces tus palabras alegrarán su corazón.

Así que los invitados llegaban a la fiesta recibían el saludo de unas


muchachas muy someramente vestidas que les ofrecían guirnaldas de flores
exóticas y un cono de cera intensamente perfumada que debían colocarse en
la cabeza. No se practicaba la separación de hombres y mujeres casados,

Página 109
razón por la cual los criados acompañaban a las parejas más distinguidas
hasta su lugar de honor: mesas individuales rebosantes de montañas de
deliciosos manjares a las que estaban arrimadas unas sillas bajas o unos
taburetes. Los invitados de rango inferior se contentaban con sentarse o
acuclillarse en unas esteras extendidas en el suelo, aunque se servían de la
misma comida que sus superiores en categoría social. Durante la comida
circulaba más comida y más vino, servidos por los criados, mientras los
comensales se entretenían con una espectacular sucesión de bailarinas
núbiles, acróbatas y músicos que entonaban canciones más bien tristes cuyo
objetivo era incitar a apreciar la vida. Aquella intromisión de unos tintes
depresivos en la escena no desanimaba ni de lejos a los alegres comensales y
Herodoto nos informa de que todos los banquetes terminaban de forma
rutinaria con una intempestiva rememoración de la muerte: un criado de
aspecto taciturno mostraba de pronto a los presentes, entregados al jolgorio,
una pequeña reproducción de una momia cuyo fin era advertir a los
comensales que podían «beber y alegrarse, porque cuando muráis os
convertiréis en esto». Esta anécdota resulta más reveladora con respecto a la
credulidad de Herodoto que acerca de las costumbres observadas por los
egipcios en los banquetes.
Aun cuando a los invitados a las fiestas reproducidas en las paredes se les
sirven tentadores manjares, en realidad nunca aparecen comiendo. Sí beben,
en cambio, y las solícitas camareras les llenan los vasos repetidas veces. Esta
ligera falta de lógica ha hecho pensar a algunos lingüistas, influidos por el
hecho de que la palabra egipcia sti, «verter», significa también «fecundar»,
que quizá las escenas podían interpretarse como una forma de retruécano
visual cuya finalidad sería subrayar la fertilidad del difunto. Es evidente que
en las paredes de una tumba podrían ser consideradas fuera de lugar ciertas
referencias más abiertamente sexuales.[6]

La borrachera de ayer no saciará la sed de hoy.


Consejo a los jóvenes del Periodo Tardío

Ningún anfitrión que se respetase habría soñado en invitar a sus amigos a


ningún banquete sin estar provisto de una ilimitada cantidad de excelentes
vinos destinados a su deleite.[7] Hombres y mujeres bebían vinos por igual y
parece que no existía la prohibición de servir alcohol a las mujeres. Em
efecto, las escenas ocasionales en las que aparecen señoras absolutamente
bebidas y evidentemente indispuestas

Página 110
demuestran hasta qué punto era tenida
por una broma sin particular
trascendencia la intemperancia en los
banquetes, en especial cuando la
víctima era una mujer. En la tumba de
Paheri se representa a una señora
dando órdenes a un criado de forma un
tanto desabrida: «Dame dieciocho
vasos de vino, quiero beber hasta
emborracharme, tengo la garganta seca
como paja». La bebida más popular
era el vino tinto preparado con uva,
que se tomó desde el principio del Fig. 16 - Mujer que vomita
en un banquete
Imperio Antiguo en adelante. La
producción masiva de vino blanco probablemente no se inició hasta el
Imperio Medio, aunque los vinos blancos egipcios gozaban de prestigio entre
los buenos degustadores del mundo clásico: el griego-egipcio Ateneo
describía en tono admirativo el vino de la región mareótica calificándolo de
«excelente, blanco, agradable, fragante, fácilmente asimilado, sutil, de los que
no se suben fácilmente a la cabeza y diurético»; en tanto que el vino de la
región teniótica era «mejor que el mareótico, un tanto pálido, con una calidad
oleosa, agradable, aromático, ligeramente astringente» y el vino de la
provincia de Antylla, era el que «supera a todos los demás».

No te des a beber cerveza a fin de que no profieras malas palabras y no


sepas lo que dices.
Consejos del escriba Any

El vino constituía un placer caro reservado a las clases superiores. Los


bebedores más pobres y con paladares menos refinados ahogaban sus penas
en ingentes cantidades de cerveza de fabricación casera, la bebida «suave»
favorita del Egipto antiguo por ser dulzona, no espumosa y fuerte, aunque por
desgracia con tanta cantidad de impurezas flotantes que a menudo había que
bebería con una paja provista de un filtro especial. Como es lógico, aquella
cerveza no tenía nada que ver con la Stella embotellada que se expende
actualmente en Egipto y seguramente era más nutritiva que alcohólica. Gustos
aparte, la cerveza era barata y fácilmente accesible y, al parecer, todo aquel
que la bebía la disfrutaba, ya que incluso se ganó los elogios del juicioso

Página 111
Diodoro Siculo, quien dijo de ella que «ni en el olor ni en la dulzura de su
sabor es muy inferior al vino». La cerveza era la bebida usual que se ofrecía a
los dioses y a los difuntos y constituía un valioso ingrediente en medicina.
Podría equipararse la fabricación de la cerveza a la cocción del pan en
cuanto a importancia y, como tales, eran dos actividades reservadas
tradicionalmente a las mujeres. El proceso era relativamente sencillo. Se
diluía harina molida con agua, se amasaba hasta formar con ella una pasta
consistente a la que se añadía giste y después se cocía ligeramente en el
horno. Seguidamente se desmigajaba la hogaza resultante y se dejaba
fermentar dentro de una vasija no sin antes añadirle un poco más de harina
húmeda y algo de cerveza. Tras dejarla reposar, se colaba la cerveza con
ayuda de un cedazo y se dejaba en una tinaja tapada para impedir que
continuase la fermentación, que habría hecho demasiado ácida la cerveza para
ser agradable al paladar. Hoy en día sigue empleándose una técnica parecida
en la fabricación de esa cerveza casera nubia que se conoce con el nombre de
booza.

Página 112
4
Trabajo y juego

Haré que ames el trabajo del escriba más que a tu propia madre. Haré que
sus bellezas te resulten obvias, ya que ésta es la más grande de las
profesiones y no hay otra que pueda igualársele en todo el país… Mira, no
hay trabajador que no tenga un supervisor salvo el escriba, que es siempre
su propio amo. Así pues, si consigues aprender a escribir, este trabajo será
mejor para ti que todas las demás profesiones que te he enumerado
anteriormente, de las que no se sabe cuál es más desgraciada.
Elogios que se hacía a sí mismo un escriba del Imperio Medio

Ser instruido y saber leer y escribir constituía una de las claves del éxito
profesional en la sociedad Dinástica. En Egipto se desarrolló la escritura
alrededor del año 3000 a. C. y a partir de este momento sólo aquellos que
sabían leer y escribir y poseían además unos conocimientos básicos de
aritmética estaban en condiciones de competir por puestos de trabajo tan
prestigiosos como los de administradores y contables de los tres principales
sectores laborales más honorables: el funcionariado, el ejército y el clero. El
título un tanto vago de «escriba», que podía aplicarse por igual a cualquier
persona prescindiendo de la función que desempeñase con tal de saber leer y
escribir, pasó rápidamente a convertirse en uno de los puestos más
envidiables de Egipto y fueron muchos los hombres ricos e influyentes que
trataron de potenciar su rango haciéndose esculpir una estatua y posando en la
postura típica del escriba: sentados, con las piernas cruzadas y una caña en la
mano en actitud de escribir en un rollo de papiro desplegado sobre las
rodillas. Aparte de poder aspirar a puestos de trabajo interesantes, la persona
que sabía leer y escribir podía obtener cuantiosos beneficios. El más
importante era que el hombre instruido estaba exento de las indignidades que

Página 113
comportaba el esforzado trabajo manual, actividad que en el antiguo Egipto se
trató siempre de evitar. En lugar de ello, tenían ocasión de consolidar su rango
más elevado mezclándose con las clases superiores, tan refinadas como la
suya, en lugar de convivir con los rústicos campesinos. En marcado contraste
con los escribas, estaban los analfabetos, carentes de toda instrucción,
situados en un nivel social considerablemente inferior, dándose
continuamente cabezazos contra una barrera ineludible e infranqueable que
les impedía toda promoción. Para decirlo más llanamente: todo aquel que
fuera alguien en el antiguo Egipto sabía leer y escribir.
Los rudimentos de la lectura y escritura se adquirían igual en casa que en
la escuela a través de un escriba experimentado, quien impartía sus
enseñanzas según la costumbre acreditada por la experiencia de enseñar por la
vía del aprendizaje, gracias al cual se conseguía trabajar bajo la supervisión
directa de un profesional más viejo y más experimentado. Era frecuente que
dicho supervisor fuera un familiar próximo, por ejemplo el padre o un tío. En
el Imperio Antiguo las familias acomodadas empleaban tutores para ofrecer
instrucción primaria a sus hijos y esta tradición de las clases particulares entre
las capas superiores de la sociedad prosiguió hasta bien entrado el Imperio
Nuevo. Sin embargo, durante el próspero Imperio Medio, se abrieron escuelas
diurnas oficiales conocidas como «Casas de Instrucción», asociadas a los
palacios reales y a los templos. En estas instituciones se formaban grupos
selectos de jóvenes, que recibían una sólida educación básica pensada para
proveer al Estado, en vías de constante expansión, del necesario contingente
de entrenados burócratas. Desgraciadamente, estas escuelas no destacaban por
impartir lecciones demasiado imaginativas o estimulantes y en ellas los
alumnos tenían que estudiar muy poco aparte de aprender a leer, escribir y, en
menor medida, acceder a la aritmética. Cada día, pues, los alumnos, algunos
no mayores de cinco años, asistían a clases matutinas al aire libre en las que
mataban el tiempo entre interminables cánticos y copiando una y otra vez
toda una serie de textos clásicos que iban aumentando en complejidad y en
monotonía a medida que el alumno crecía en competencia.

Cuando tu madre te enviaba a la escuela, donde te enseñaban a leer y


escribir, se ocupaba de prepararte en casa cada día el pan y la cerveza.
Cuando seas un hombre y tomes mujer y te establezcas en tu casa,
ocúpate de tu hijo y pon mucha atención en educarlo igual que te educó tu
madre.
Consejo de un escriba del Imperio Nuevo

Página 114
No había libros de lectura especializados ni sencillos pensados para
fomentar el desarrollo de la capacidad de los jóvenes egipcios. En cambio, el
primer libro que se estudiaba, un larguísimo texto conocido por Kemit, era
una compilación corriente de frases corteses de los tiempos del Imperio
Medio, modelos de cartas y orientaciones para los jóvenes escribas, todo ello
escrito con la anticuada escritura vertical que debía de resultar tan abstrusa
para los jóvenes alumnos del Imperio Nuevo como puede serlo para los niños
de la actual enseñanza primaria un texto de Chaucer, escrito en inglés medio.
Superado este formidable obstáculo académico, los alumnos se enfrentaban
con una sucesión de obras tradicionales de nivel más avanzado en las que no
aparecía la literatura moderna hasta tres o cuatro años después, cuando el
alumno ya había adquirido una razonable fluidez tanto en el campo de la
lectura como de la escritura. Los llamados Textos de la Sabiduría constituían
una parte integrante de esta formación de los escribas. Estos textos, que nos
han proporcionado muchas de las citas que aparecen en este libro, se
elaboraron durante el Imperio Antiguo y conservaron su popularidad a lo
largo de todo el Periodo Dinástico. Obedecían siempre a un mismo formato y
estaban redactados en forma de listas de verbosos e idiosincrásicos consejos
dictados por un venerable maestro a su hijo o discípulo predilecto. Las
opiniones que se ofrecían en ellos iban desde lo general a lo altamente
específico y muchos de los consejos que daban continúan siendo válidos en el
mundo moderno:

Si un hijo escucha las palabras de su padre, nada de lo que haga por


propia voluntad puede resultar fallido.
Texto de la Sabiduría, Imperio Antiguo

No digas mentiras contra tu madre, los magistrados lo aborrecen.


Texto de la Sabiduría, Imperio Medio

Ofrece la mano al viejo borracho de cerveza; respétalo como deberían


respetarlo sus hijos.
Texto de la Sabiduría, Imperio Nuevo

El que escupe al cielo recibirá el escupitajo en la cabeza.

Página 115
Texto de la Sabiduría, Periodo Tardío

Los estudios escolares eran especialmente tediosos debido a la peculiar


tradición egipcia consistente en utilizar tres tipos diferentes de escritura a un
tiempo, cada uno considerado apropiado para un tipo específico de
documento. El tipo de escritura más popular y utilizado con más frecuencia
consistía en una caligrafía muy ampulosa que iba de derecha a izquierda.
Había sido concebida especialmente pensando en la rapidez y debía trazarse
con un pincel fino. Se le daba el nombre de hierática cursiva y se utilizaba
para escribir todo lo referente a la vida cotidiana y, en consecuencia, era la
más estudiada y leída. En cambio, la jeroglífica era muy especializada y
complicada, exigía mucho tiempo para su trazado y estaba reservada a las
inscripciones monumentales de importancia perdurable que debían tallarse o
pintarse lentamente y con gran esmero. La jeroglífica cursiva, que se escribía
de izquierda a derecha, se situaba entre los dos extremos y era la escritura
destinada a los textos religiosos, mágicos y científicos semioficiales. Hacia el
final del Periodo Dinástico, los cambios operados en la lengua egipcia
condujeron al desarrollo de la escritura demótica, cuarto tipo de escritura que
se utilizaba sobre todo para los negocios. Los alumnos egipcios, esforzándose
en adquirir competencia en diferentes estilos de escritura, seguramente
habrían envidiado a los alumnos modernos, que únicamente deben distinguir
entre la escritura de caja más baja y «enlazada», la itálica inclinada y las letras
mayúsculas impresas.

No pierdas el día en la ociosidad o recibirás azotes. El niño tiene la oreja


en la espalda. Escucha cuando lo apalean.
Consejo tradicional del escriba

Los maestros egipcios eran siempre muy severos con los muchachos que
tenían confiados a su cargo y estimaban que los azotes frecuentes constituían
parte integrante y esencial del aprendizaje. Como decía con pesar un egipcio
adulto acordándose de su antiguo mentor: «Me golpeaste la espalda y así tus
enseñanzas penetraron en mi oído». Dejando a un lado la cuestión del castigo
corporal, el método de enseñanza aprobado difería marcadamente de las
prácticas educativas occidentales actuales. Particularmente la lectura se
enseñaba a través de la constante memorización y escribiendo después las
frases, vistas como una sola entidad. No se enseñaba a los alumnos a analizar
una frase considerando cada una de sus palabras ni tampoco a deletrear una

Página 116
palabra determinada identificando y pronunciando los signos y letras
individuales que la componían. No se alentaba a los alumnos a pensar por
cuenta propia ni a expresarse mediante una prosa imaginativa. Bien al
contrario, se aprendían las frases de manera repetitiva, sistema loro, con la
intención de poder reproducirlas en bloque. Este sistema de aprendizaje
global es la clave que explica por qué hay tantos documentos egipcios,
incluso cartas privadas, llenas de frases idénticas hasta el punto de parecer
escritas por un mismo escriba. Algunas cartas egipcias están compuestas
totalmente de frases convencionales y son poco más que saludos de tipo
general sin contenido personal, algo así como las modernas tarjetas impresas
de cumpleaños o las felicitaciones de Navidad o hasta las escuetas postales
que suelen enviarse hoy en día, en realidad un simple gesto impersonal de
contacto.

Querer instruir a una mujer es como querer conservar la arena en un saco


con los costados rasgados.
Pensamiento del escriba Anjsheshonq, del Periodo Tardío

No hay pruebas fehacientes que demuestren que


las niñas fuesen compañeras de sus hermanos en la
escuela. De hecho, como la educación primaria no era
más que el primer paso hacia una formación
vocacional y como había pocas chicas, suponiendo
que hubiera alguna, de las que pudiera esperarse que
prosperaran en una profesión de prestigio, la mayoría
de padres debían de considerar descabellado
despilfarrar el dinero en la educación de sus hijas.
Después de todo, la instrucción convencional era un
privilegio reservado a unos pocos y la mayoría de la
población seguía analfabeta e ignorante. No obstante,
pese a la opinión más bien pacata del escriba
Ahjsheshonq, la sociedad no se opuso en principio a
educar a sus mujeres. Aunque la única egipcia
representada con pluma y papel es Seshat, la diosa de
la escritura, hubo varias señoras ilustradas y que
Fig. 17 - La diosa Seshat estuvieron en posesión del tradicional equipo de
paleta y pinceles utilizado por los escribas.[1] Está fuera de duda que, por lo
menos algunas de las hijas del rey, recibieron educación y que el cargo de

Página 117
tutor privado de una princesa real fue uno de los cargos más ambicionados. Es
evidente que Senenmut, el influyente funcionario del Imperio Nuevo,
administrador de Amón durante el reinado de la reina Hatchepsut,
consideraba la consecución de su cargo de tutor de la princesa Neferure, hija
de Hatchepsut y heredera del trono egipcio, como el momento culminante de
su insólita y fulgurante carrera.

Fig. 18 - Jeroglíficos primitivos de Deir el-Medina

Más sorprendentes son las pruebas aportadas por los ostraca encontrados
en Deir el-Medina, que nos demuestran que algunas amas de casa corrientes
sabían leer y escribir. Estos textos, que parecen notas tomadas al azar para
refrescar la memoria de la persona que las había escrito, se ocupan de asuntos
femeninos tan triviales como la lista de la ropa de la colada, consejos relativos
a la ropa interior y vestidos y demás cosas que una mujer no encargaría a un
escriba. Sin embargo, sería erróneo deducir de esto que la mayoría de amas de
casa eran instruidas. Es de presumir que el nivel de instrucción corriente en
una ciudad como Deir el-Medina, que incluía un elevado porcentaje de

Página 118
personas instruidas, entre las que había dibujantes, albañiles y artistas además
de sus familias, era mucho más alto que en una comunidad estrictamente
agrícola, donde de poco les iba a servir a unos pocos campesinos y
campesinas saber leer y escribir. Es interesante comprobar que Deir el-
Medina también ha proporcionado una cantidad de símbolos no jeroglíficos
que evidentemente eran usados por los analfabetos o parcialmente
alfabetizados como medio de identificar su propiedad personal. En las paredes
de las casas y de las tumbas se han encontrado este tipo de signos, que van
desde sencillas formas geométricas a figuras más complicadas que recuerdan
los jeroglíficos, si bien se usan más comúnmente para identificar la ropa que
se enviaba al lavandero.

No hay nada mejor que un libro, es como una barca que navegara en el
agua.
Sátira de los Oficios, Imperio Medio

Fueron muy pocas las mujeres privilegiadas que recibieron instrucción


primaria y consiguieron prosperar a través de un aprendizaje normal que las
condujo a una carrera profesional. La situación no obedecía necesariamente al
hecho de que existiera una prohibición oficial que impidiera que las mujeres
ocuparan puestos influyentes y, en realidad, no hay noticias de que imperara
tal veto. En lugar de ello, refleja el hecho de que generalmente una joven se
embarcaba en unas responsabilidades matrimoniales y domésticas
precisamente en la edad en que su hermano podía iniciar su formación. Sin
tener a su alcance todas las facilidades de la vida moderna, entre ellas unos
medios anticonceptivos eficaces, al ama de casa le sobraba trabajo para tener
el día ocupado, lo que le vedaba radicalmente el acceso a una profesión que le
llenara toda la jornada. Después de todo, la posición de la mujer de clase alta
derivaba de la que ocupaba su marido dentro de la comunidad y no le era
preciso trabajar para elevar su nivel social ni sus riquezas personales.
Se esperaba de una mujer, sin embargo, que ayudase a su marido a hacer
carrera, hasta el punto de que a veces incluso se requería de ella que actuase
como representante oficial de su esposo. El ejemplo más claro que ha llegado
hasta nosotros de una esposa comisionada por su marido ausente queda
registrado en una carta del Imperio Nuevo escrita al escriba de la necrópolis,
Esamenope, por su esposa Henuttawi.[2] Ésta nos dice que, a petición de su
marido, se encargó de supervisar la descarga de dos barcos de cereales con los
que había que pagar las raciones mensuales de los trabajadores de Tebas.

Página 119
Desgraciadamente, cuando se descargaron dichos barcos se observó una
diferencia evidente del número de sacos de cereales, por lo que Henuttawi, sin
desafiar de forma directa a los marineros, instó a que se investigara el asunto
más a fondo, ya que era evidente que alguien había manipulado
indebidamente el cargamento durante la travesía. Aunque habría sido más
normal que fuera su hijo quien hiciera las funciones de Esamenope, nadie
puso en cuarentena el derecho de Henuttawi a actuar oficialmente en nombre
de su marido y no hubo quien no acatara su poder de sustituirlo eficazmente
en su cargo.
Las mujeres opulentas que tenían la suerte de disponer de tiempo sobrante
se dirigían al templo en un intento de sacar provecho de sus horas de ocio y
de promover al mismo tiempo su nivel social. La religión, única «carrera»
altamente respetable y abierta siempre a las egipcias de la familia real y de las
clases altas, era una ocupación autorizada a las mujeres que no trabajaban, de
la misma manera que nuestra sociedad moderna tampoco deja de aprobar a
aquellas mujeres emprendedoras que no tienen necesidad de hacer trabajos
remunerados pero que se entregan a ciertos trabajos voluntarios con fines
caritativos. La vida pública egipcia estaba dominada por los hombres y en
todos los grandes centros provinciales de Egipto había una clase selecta
masculina que ocupaba puestos importantes y prestigiosos como el de alcalde,
magistrado o funcionario civil. Las esposas de estos empleados estaban en
libertad de ocupar puestos igualmente relevantes en el templo local, donde a
menudo hacían de sacerdotisas, especialmente cuando en él se rendía culto a
alguna deidad femenina. Son un tanto nebulosos los deberes que
correspondían a estas sacerdotisas de rango elevado. No se sabe con certeza si
se esperaba de ellas que actuaran como celebrantes habituales en el templo y
parece que lo más probable es que sus cargos fueran puramente honoríficos,
concedidos automáticamente a los grandes benefactores del templo. No hay
duda de que sería erróneo clasificar a estas sacerdotisas como simples
empleadas del templo, ya que más bien debían contribuir a llenar las arcas de
la institución que a cobrar por los servicios prestados.

La palabra de Dios es más rara que el jade y sin embargo puede


escucharse en las conversaciones de las muchachas que charlan mientras
van moliendo.
Texto de la Sabiduría, Imperio Antiguo

Página 120
La división tradicional del trabajo en Egipto decretaba que el hombre
debía trabajar fuera de casa y la mujer en ella. Esta postura se veía reforzada
por la literatura de la época, que hacía constantemente hincapié en los
hombres activos secundados por mujeres pasivas y subrayada sutilmente por
la convención artística de representar con la piel clara a las mujeres casadas,
como para indicar que estaban recluidas en casa, y a los hombres atezados por
el sol como consecuencia de su trabajo al exterior, lo que viene a significar
que los hombres trabajaban fuera de casa. Las pinturas tumbales se adecúan
plenamente a la visión convencional de la vida diaria, por lo que disponemos
de muy pocas escenas que muestren a mujeres trabajando en otra cosa que no
sean las tareas domésticas y ninguna que muestre a una mujer realizando un
trabajo de una cierta envergadura. Debe recordarse, sin embargo, que estos
muros de las tumbas reproducían un tipo de vida idealizado y estereotipado
con toda deliberación, del mismo modo que la moral victoriana y eduardiana
de las clases altas sostenía que el lugar que correspondía a la mujer era la
casa, ignorando por conveniencia que se contaban por millares las mujeres
que se veían obligadas a trabajar para ganarse la vida. Así pues, estas escenas
egipcias quieren subrayar que el trabajo remunerado era prerrogativa de los
hombres. La escasez de escenas tumbales con mujeres supervisando las
labores de la cocina tal vez indique la falta de realismo de estas imágenes
convencionales.
Como cabía esperar, parece que la situación real debió de ser menos clara
y constituiría un grave error subestimar la importancia económica de la mujer
egipcia, del mismo modo que sería igualmente equivocado ignorar la
contribución de los hijos que, dada la ausencia de una legislación protectora,
podían desempeñar trabajos a plena jornada desde una edad muy temprana.
En realidad, eran muchas las mujeres que necesitaban trabajar fuera de casa
para complementar los ingresos de la familia. El trabajo al que tenían acceso
estas mujeres puede dividirse en tres categorías amplias: las que disponían de
buenas amistades y estaban en posesión de instrucción podían ocupar cargos
profesionales, generalmente como administradoras o superviseras domésticas;
las dotadas de especiales habilidades o talento practicaban la música —campo
en el que dominaba la mujer— o se dedicaban a la industria del tejido o
funeraria; en tanto que las que carecían de instrucción o la tenían escasa se
ocupaban del servicio doméstico.
En los muros de las tumbas y en las estelas funerarias se han conservado
los nombres de los trabajos desempeñados por algunas mujeres.[3] Sin
embargo, son nombres que cubren un número relativamente reducido de

Página 121
ocupaciones y no parece sino que las profesiones a las que tenían acceso estas
mujeres estaban limitadas tanto por la tradición como por las oportunidades
educativas. Después de excluidos de la lista los puestos puramente
honoríficos (Ornamento Real Exclusivo, Amiga del Rey, etc.) y las tareas más
bajas, propias de las criadas (Peluquera, Chica de la Molienda, etc.), queda
claro que la mayor parte de las mujeres más educadas trabajaban como
administradoras domésticas o como supervisoras de actividades propiamente
mujeriles.[4] Su trabajo se hacía casi invariablemente de puertas adentro y a
menudo, aunque no siempre, se dedicaban a servir a señoras encopetadas que
tenían su propio séquito de criadas primordialmente de sexo femenino. Esta
división del trabajo por sexos aparece subrayada en muchas pinturas que
reproducen escenas de la vida doméstica egipcia y que muestran a las criadas
atendiendo a sus señoras en tanto que sus maridos son atendidos por hombres,
lo que se hacía extensivo a la vida religiosa donde, por regla general, los
dioses egipcios tenían a su servicio sacerdotes mientras que las sacerdotisas
estaban consagradas al servicio de las diosas.[5] Hasta los mismos niños
mostraban un cierto grado de segregación en sus juegos, lo que hace que las
pinturas presenten invariablemente a los niños entregados a juegos propios de
su sexo y separados de las niñas.
Las superviseras y administradoras ejercían sus funciones sobre todo en
relación con mujeres dedicadas a lo que se consideraban trabajos propiamente
femeninos. Así pues, a partir del Imperio Antiguo empezamos a tener noticias
de mujeres que trabajaban como «Supervisora de la Ropa», «Supervisora del
Taller de Pelucas», «Supervisera de las Danzarinas del Rey» e incluso
«Supervisora del Harén del Rey», es decir, ocupaciones típicamente
femeninas. Eran atribuciones, sin embargo, que no estaban reservadas
exclusivamente a su sexo —es evidente que había también supervisores
masculinos de la confección de pelucas, de las danzarinas y de las actividades
musicales—, si bien estas administradoras eran, por regla general,
responsables de las danzarinas y cantantes y de la confección de pelucas para
mujeres. Sin embargo, aunque a veces los hombres supervisaban a las
trabajadoras en estas actividades, no tenemos pruebas directas que
demuestren que las mujeres controlaran nunca el trabajo de hombres. El
trabajo de las administradoras se reducía a las casas privadas o reales y
sorprende ver que, aunque se contaban literalmente por millares los escribas
que ejercían el funcionariado, no sabemos de ninguna mujer que ocupase
ningún puesto burocrático influyente. De la misma manera, aunque quizá nos
cause menos sorpresa, no sabemos tampoco de ninguna mujer que

Página 122
desempeñase un cargo relevante en el ejército ni en la administración
agrícola.
El cargo administrativo más alto desempeñado por una mujer
correspondió a Nebet, del Imperio Antiguo. Era esposa de Huy, «Único
Ornamento Real» y «Princesa Heredera, Hija de Geb, Condesa, Hija de
Merhu, La de la Cortina, Juez y Visir, Hija de Thoth, Compañera del Rey del
Bajo Egipto, Hija de Horus». El visir ostentaba el cargo más poderoso y
prestigioso del antiguo Egipto, un cargo que por lo menos teóricamente, no
era hereditario. Como mano derecha del rey, a menudo era miembro de la
familia real inmediata y ocupaba un segundo lugar en importancia después del
monarca, aparte de ejercer también las funciones de funcionario público y de
juez. Seguramente habría sido sorprendente que una mujer ocupara un puesto
de autoridad tan importante como éstos y las pruebas circunstanciales indican
que, aunque es evidente que fue a Nebet a quien se concedió el título de visir,
quien desempeñó realmente los deberes propios de su cargo fue su marido,
Huy.[6] No hubo ninguna otra mujer a quien se le concediera el honor de este
título hasta la XXVI dinastía.
Parece que la época en que las administradoras ocuparon los puestos más
influyentes fue el Imperio Antiguo, ya que tenemos pruebas correspondientes
a los Imperios Medio y Nuevo que indican que las mujeres retenían su trabajo
doméstico asalariado pero ya no eran clasificadas como supervisoras o
superintendentes ni tampoco ocupaban posiciones de menor rango en los
palacios reales. Sin duda tenemos noticias de la existencia de varias mujeres
que hacían de «mayordomas» y de «tesoreras» y que en el Imperio Medio
trabajaron en el sector privado. Fue una de estas administradoras
profesionales Tchat, «Tesorera, Guardiana de la Propiedad de Su Señor»,
cuyo nombre y títulos se citan varias veces en los muros de las tumbas
privadas de la XII dinastía en Beni Hassan.[7] Esa tal Tchat fue una dama que
trabajó como funcionaría en la casa del influyente gobernador local
Jnumhotep, donde era evidente que gozaba de las más altas consideraciones.
Los relieves de la tumba de Jnumhotep, donde Tchat aparece representada
varias veces junto a la «Señora de la Casa», Jety, indican que tuvo un papel
preponderante en la vida de familia. Tchat combinó su papel de tesorera de la
casa con la de concubina del amo. Finalmente, al morir Jety, renunció a sus
deberes de funcionaría para casarse con Jnumhotep, consiguiendo con ello
legitimar a los dos hijos supervivientes que había tenido con su padre natural.

Página 123
El cielo y las estrellas hacen música para ti mientras el sol y la luna te
alaban. Los dioses te exaltan y las diosas te cantan su canción.
Versos del Templo de Hator, Dendera

La profesión de músico era muy lucrativa, era accesible tanto a hombres


como a mujeres y podía seguirse de una manera independiente o ejercerse
estando adscrito a una mansión o a un templo.[8] Había una constante
demanda de instrumentistas de calidad y los músicos y compositores dotados
de talento podían gozar de un alto puesto en la comunidad; por ejemplo, las
dos mujeres músicas que formaban el dúo de Hekenu e Iti pertenecían al
Imperio Antiguo y su labor fue tan celebrada que incluso es objeto de elogios
en la tumba del contable Nikaure, honor especialmente insólito, ya que eran
escasos los egipcios dispuestos a nombrar en sus tumbas a personas no
emparentadas con ellos por lazos de familia. La música resonaba en todo
Egipto y habría sido difícil sobrestimar su importancia en la vida diaria
Dinástica. En el campo, los trabajadores entonaban canciones populares
mientras trabajaban, los remeros del Nilo acompasaban el golpe de remo al
ritmo de un shanty tradicional y el ejército marchaba a los acordes de
tambores y trompetas. Las horas de ocio se llenaban de cánticos y danzas,
canciones de féminas núbiles y grupos de danzarinas que entretenían el ocio
de los comensales después de la cena e incluso se arrastraban los pesados
ataúdes allí donde se enterraban con acompañamiento rítmico de palmas.
Resulta, por tanto, muy decepcionante que, pese a la supervivencia de
bastantes instrumentos y de las muchas representaciones artísticas de
actividades musicales, tengamos tan poca idea de cómo sonaba realmente la
música egipcia. En ausencia de una teoría musical y de una notación
reconocibles, todo intento de reproducir los sonidos que deleitaron a los
faraones está abocado a ser poco más que una mera conjetura.
La típica orquesta secular egipcia incluía todo un conjunto de
instrumentos de percusión, entre los que había matracas, cascabeles y
tambores, que ayudaban a definir el ritmo de la música, además de
importantes grupos de instrumentos de viento y de cuerda, con una
combinación de clarinetes, oboes dobles y flautas y, como mínimo, un arpa.
Durante el Imperio Antiguo los instrumentistas obedecían a un director, que
se colocaba delante de los músicos, a los que indicaba el ritmo y tono de la
música con una sucesión de complicados gestos de las manos. Este director
seguramente se convirtió en elemento superfluo a los requerimientos en un
momento determinado del Imperio Medio, por lo que el artista del Imperio

Página 124
Nuevo ya no volvió a tenerlo en cuenta. Fue la época en que se introdujeron
en Egipto por vez primera desde Asia las liras y los laúdes, que no tardarían
en convertirse en popularísimas incorporaciones a los conjuntos de las
sobremesas corrientes.

Fig. 19 - Banda de mujeres que amenizan un banquete

Se suponía que todos los dioses y diosas egipcios sabrían apreciar una
buena música, razón por la cual los templos empleaban a bandas de músicos y
a coros de cantores y danzarinas cuyo propósito era aumentar la
comunicación con las deidades. Estos músicos del templo, hombres y
mujeres, trabajaban regularmente en él y al mismo tiempo recibían clases
frecuentes de instructores oficiales interesados en que los palmoteos y los
cantos fueran lo más perfectos posible. Pertenecían a una categoría superior
los cantores oficiales de la deidad y eran muchas las señoras de rango que se
definían como cantoras religiosas y que incluso hacían constar su ocupación
en sus monumentos funerarios. Parece, sin embargo, que este quehacer
debería clasificarse como ocupación honorífica desempeñada en el templo
más que como un trabajo remunerado. No hay duda de que estas damas eran
tenidas en mucha estima y en Abydos había incluso un cementerio especial
reservado a las cantoras de ciertos dioses y a sus hijos nacidos muertos.

Página 125
Fig. 20 - Grupo de mujeres en procesión

Música sagrada a Hator, música un millón de veces, porque tú amas la


música, millones de veces música, a tu alma, dondequiera que estés. Yo
soy aquel que hace que el cantor despierte con música a Hator todos los
días, cualquiera que sea la hora.
Canción a Hator, Imperio Medio

Pocos dioses tocaban un instrumento; el único que se representa


regularmente haciendo música para su propio placer era Bes, el feo dios
enano asociado a las mujeres y al parto. Por lo general solía identificarse con
la música más a las diosas que a los dioses y, mientras la diosa Merit era
reconocida como la personificación de la música, en cambio Hator, que era la
diosa del amor, también era la «Señora de la Música», la que atendía los
nacimientos reales y la más estrechamente relacionada con la música, sobre
todo con un instrumento musical, el sistro, que sólo tocaban las mujeres.
Dicho instrumento era una gran matraca en forma de bucle provista de un
mango largo, a menudo rematado con la cabeza de Hator, que inicialmente
había representado los cañizares de papiro del Delta del Nilo donde, según
aseguraba la mitología, Hator se había visto forzada a ocultarse con su hijito
de corta edad. El sistro acabó por perder todo rastro de su significado original
y comenzó a utilizarse como símbolo religioso de la propia vida. En

Página 126
consecuencia, fue adoptado por otras deidades e identificado particularmente
con el culto de Isis a finales del Periodo Dinástico. El sistro solía
acompañarse con el cascabeleo de los pesados collares de cuentas menit que
las instrumentistas llevaban en la mano que tenían libre. Aunque en menor
medida, la pandereta redonda se asociaba igualmente a las mujeres y a la
religión. Las pinturas del Imperio Nuevo indican una relación entre esta
pandereta y los cultos tanto de Hator como de Isis, mientras que sabemos por
las casas de parto que había en el templo y que han sobrevivido hasta nuestros
días que el golpeteo de las panderetas redondas constituía la forma apropiada
de indicar el nacimiento divino de un rey.
La música se asocia ocasionalmente a las mujeres por razones más
prosaicas. En el Papiro Erótico de Turín, por ejemplo, aparece una escena en
la que una prostituta deja caer precipitadamente la lira para copular con un
cliente superexcitado, mientras que un tosco dibujo hecho en un trozo de
madera, encontrado en una tumba tebana del Imperio Nuevo, muestra a una
mujer en pleno acto sexual con un hombre pero que no por ello deja de estar
aferrada a su laúd. Lo que se deduce de la escena es que las prostitutas
utilizaban sus habilidades musicales para tentar a sus clientes. Y los tatuajes
Bes que aparecen en los muslos de la prostituta-música indican una vez más
que existía un vínculo entre música, feminidad, sexualidad e incluso parto. En
un alarde de peor gusto, juzgadas con ojos actuales, están las figuritas que
reproducen a arpistas que apoyan el instrumento musical en penes
exageradamente erectos, lo que pone de relieve una vez más el vínculo
existente entre música y sexualidad.

El tejedor en su taller está en peores condiciones que la mujer que está de


parto. Con las rodillas apretadas contra el pecho, a duras penas puede
respirar. Si pierde un solo día de trabajo, recibe a cambio cincuenta
latigazos. Tiene que sobornar al cancerbero dándole comida para que le
deje ver la luz del día.
Sátira de los Oficios, Imperio Medio

En el mundo antiguo la fabricación de tela estaba asociada


primordialmente a las mujeres. En la Grecia y Roma contemporáneas esta
especialización del trabajo llegaba al extremo y se consideraba responsable al
ama de casa de proporcionar a su familia toda la tela (invariablemente lana)
que ésta necesitaría. En dicha provisión de tela estaban incluidos los vestidos,
las sábanas, las toallas y los sudarios, lo que suponía un trabajo ímprobo para

Página 127
la mujer. La manufactura de tejidos se convirtió en una tarea doméstica
altamente rentable, hasta el punto de que elaborar lana, hilar y tejer, más que
hacer calceta, pasó a convertirse en sinónimo de trabajo femenino, esperado
de mujeres de todas las categorías y edades. Se identificaba a la mujer
virtuosa por su habilidad en el telar y hasta de la más encopetada de las damas
griegas se esperaba que pasase una gran parte de la jornada tejiendo al objeto
de surtir de ropa no sólo a toda su familia sino incluso a sus sirvientes.[9]
Como el telar no era fácil de transportar debido a sus dimensiones y a su peso,
condenaba de hecho a que la mujer pasara muchas horas trabajando sola en su
casa.
La situación en Egipto era mucho más flexible. El tejido con fines
comerciales también era una industria dominada por las mujeres, sobre todo
en el Imperio Antiguo, en que el jeroglífico que representaba al «tejedor» era
un dibujo de una mujer sentada sosteniendo lo que parece una lanzadera larga
y delgada. No todas las mujeres, sin embargo, necesitaban aprender a tejer.
No era difícil conseguir tela mediante cambalache y los excedentes de lino de
fabricación casera podían trocarse por otros artículos domésticos que se
encontraban en el mercado. A los egipcios de clase baja no les molestaba que
los viesen tejiendo y en Deir el-Medina eran muchos los que se excusaban de
no acudir al trabajo alegando que habían tenido que quedarse en casa tejiendo.
En los talleres anexos a los templos y en las grandes fincas donde trabajaban
mujeres y, en menor número, hombres, como también en el harén real, donde
se fabricaba el lino más delicado, se practicaba un hilado comercial a mayor
escala. Aunque quizá las mujeres del harén se encargaban de los tejidos más
complicados, su función real consistía en supervisar y entrenar a las
trabajadoras que hacían sus funciones en los cobertizos donde se hilaba. Tejer
constituía una de las actividades colaterales rentables que practicaban las
mujeres de la casa real.
Las telas de lino eran con mucho el tejido más valioso que se producía en
Egipto. El lino, la planta de la que deriva el hilo, no procedía de Egipto sino
que fue introducida en el país en tiempos predinásticos y en breve tiempo
pasó a convertirse en importante cultivo, esencial en la producción de hilo y
de aceite de linaza. El lino se mantuvo como un producto económicamente
rentable durante el largo periodo histórico. Si tenemos en cuenta que la
envoltura de lino de un cadáver momificado podía requerir más de trescientos
setenta y cinco metros cuadrados de tela, entenderemos muy bien que tuviera
tanta importancia el cultivo del lino. Aunque era habitual que se

Página 128
reaprovechasen tanto las telas de uso casero como los vendajes empleados en
la momificación, la demanda de nuevo lino debió de ser constante.
El proceso de la manufactura propiamente dicha era muy sencillo, aunque
consumía mucho tiempo. La recolección de la planta del lino se hacía
arrancándola de modo que se conservase el tallo. Cuanto más joven era la
planta, más calidad tendría la fibra una vez acabado el proceso. Después de
una preparación inicial de las fibras, se hilaba el lino con un huso pequeño
que se sostenía con la mano y del que saldría un ovillo de hilo, en tanto que la
torsión de la fibra se hacía con la mano izquierda, ya que el hilo tiende a
seguir esta dirección al secarse. Después se tejía la fibra en el telar y se
transformaba en tela. Los telares horizontales que se colocaban en el suelo y
se accionaban a mano eran de madera y los utilizaban tanto los hombres como
las mujeres en los talleres comerciales hasta que los invasores hicsos del
Segundo Periodo Intermedio introdujeron el telar vertical, más eficiente desde
el punto de vista mecánico. Éste era un telar que sólo manipulaban los
hombres. El tejido, una vez terminado, era marcado en una esquina por el
tejedor o el propietario y se guardaba arrollado o en grandes piezas (desde dos
metros de anchura y a veces más de veinticinco metros de longitud) en unas
cestas especiales o en arcones de madera. Se producía una gran variedad de
calidades de tela, pero los linos más finos y delicados merecieron
justificadamente el aprecio de todo el mundo antiguo.

La muerte está hoy ante mí como el ansia que tiene el hombre de ver su
casa cuando ha permanecido muchos años en cautividad.
Texto del Imperio Medio

Algunas mujeres trabajaban como plañideras profesionales, ocupación


exclusivamente femenina. Se trataba de especialistas contratadas para
enaltecer la posición del difunto o difunta y lamentar públicamente su muerte
en el momento del entierro. Por consiguiente, no eran parte esencial del rito
funerario, aunque contribuían a rodearlo de un cierto relieve. Por lo que nos
dicen las pinturas tumbales de la época, era un trabajo para el que se exigía la
donación de un vestido tradicional de hilo blanco o gris azulado y que
imponía seguir el cortejo fúnebre haciendo una ostentosa exhibición de dolor
mediante estentóreos lamentos, golpes en los pechos descubiertos,
embadurnarse el cuerpo con tierra y arrancarse los cabellos o
desmelenárselos, signos todos ellos de una conducta desmandada, un
«desorden del dolor» que quería marcar un contraste con el porte sosegado y

Página 129
tranquilo que normalmente admiraban las mujeres egipcias. A veces las hijas
acompañaban a sus madres plañideras en su trabajo, lo que podemos
comprobar en una tumba de Ramsés en Tebas, correspondiente al Imperio
Nuevo, donde vemos a un grupo de plañideras profesionales entre las que hay
una niña minúscula que destaca por lo pequeño de su estatura y por su
desnudez. En el rito funerario juegan un papel más importante las dos mujeres
elegidas para personificar a las dos djeryt, Isis y Nefthys, hermanas de Osiris,
que adoptaron la forma de pájaros al objeto de explorar el mundo y encontrar
a su hermano muerto. Esas dos mujeres llevaban una túnica ceñida a la
manera arcaica y una peluca corta. Caminaban junto a esa especie de trineo
utilizado para transportar el cadáver hasta la tumba y desempeñaban un papel
absolutamente pasivo en la ceremonia.

Fig. 21 - Plañideras de la tumba de Neferhotep

Había también unas pocas mujeres que actuaban como sacerdotisas


funerarias oficiales y, al igual que la tantas veces citada Hekanajte, recibían
una paga a cambio de ocuparse de que la tumba del difunto estuviera atendida
y recibiera los ofrecimientos rituales debidos. Estos cargos solían ser
hereditarios y el cuidado de la tumba pasaba de padre a hijo o hija hasta que
se agotaba la dotación correspondiente.

El criado que no recibe palos tiene el corazón rebosante de maldiciones.


Consejo a los trabajadores del Periodo Tardío

Página 130
Una mujer egipcia siempre podía encontrar trabajo si era de carácter dócil.
La falta de comodidades modernas tales como electricidad y conducciones de
agua significaba que la demanda de trabajadoras domésticas no calificadas era
constante. El salario de una sirvienta era relativamente bajo, por lo que la
mayoría de familias de clase media y alta tenían como mínimo una criada,
capaz de realizar las tareas domésticas con la colaboración de alguna otra
persona en los trabajos más pesados. Las muchachas empezaban a trabajar
relativamente jóvenes en el servicio doméstico y las madres confiaban en
criadas responsables como protectoras de sus hijas inexpertas, al tiempo que
les proporcionaban una buena preparación básica. Esta preocupación por el
bienestar de las criadas más jóvenes se encuentra perfectamente ilustrada en
una carta privada escrita durante el Imperio Nuevo. El escriba Ahmosis se
sentía inquieto por lo que había podido ser de una criada confiada
especialmente a su protección y que había desaparecido inexplicablemente, al
parecer por orden de su superior, el tesorero Ty:

¿Por qué motivo se han llevado a la joven sirvienta que me había sido
confiada y que ahora ha pasado a servir a otro?… Por lo que a mí toca, no
me preocupa la pérdida de su valor, ya que es muy joven y todavía no
conoce muy bien su trabajo… Pero su madre me ha hecho llegar una
misiva en la que me dice: «Has dejado que se llevaran a mi hija pese a
que te había sido confiada…»[10].

Las sirvientas estaban estrechamente vinculadas a los servicios que


prestaban a sus amos, pero podían quedarse sin el puesto si su
comportamiento no era acorde con las funciones que desempeñaban:

Ahora, tan pronto como reciba esta carta de Sahathor, haga que la criada
Senen salga de mi casa. Fíjese bien: ¡cuidado con que pase una noche más
en mi casa! Le consideraré responsable de cualquier perjuicio que pueda
causar a mi concubina.
Carta escrita por Hekanajte, Imperio Medio

No debía confundirse a los criados con los esclavos que, pese a que en
muchos casos realizaban las mismas tareas, seguían siendo en todo momento
propiedad legal de sus amos y amas.[11] Los propietarios de los esclavos
tenían muchos derechos sobre ellos: podían venderlos, traspasarlos a otro
amo, emanciparlos o alquilarlos a voluntad, pero reconocían que tenían con

Página 131
ellos la obligación de alimentarlos, vestirlos y cuidar de sus bienes en la
misma medida que se ocupaban del bienestar de sus sirvientes libres. A pesar
de las populares imágenes de la película de Cecil B. DeMille, donde se ve a
millares de esclavos bregando, sufriendo y esforzándose bajo el sol
implacable de Egipto, la verdad es que la esclavitud fue relativamente rara en
ese país. Estos esclavos lo eran porque habían nacido esclavos o porque eran
las desdichadas víctimas de la guerra:

He traído a aquellos que mi espada ha perdonado como numerosos


cautivos, maniatados como pájaros delante de mis caballos, también a sus
esposas e hijos por millares y a su ganado…
Inscripción de Ramsés III

Algunos esclavos habían sido importados a Egipto por tratantes


extranjeros. Sería erróneo, sin embargo, dar por sentado que todos los
trabajadores extranjeros de Egipto eran esclavos. La especial prosperidad de
la economía egipcia atrajo a muchos tejedores profesionales, como también a
cantantes y bailarinas, por lo que los trabajadores inmigrantes asiáticos eran
un elemento común de la vida corriente en el Periodo Dinástico. De hecho,
unos pocos egipcios que habían nacido libres optaron por hacerse
voluntariamente esclavos a través de un contrato legal de autoventa o
autodedicación, librándose con ello de una deuda pendiente con el nuevo
propietario. Hubo algunos egipcios que habían nacido libres y que optaron
por dar aquel paso irrevocable, comprometiéndose no ya sólo ellos sino
comprometiendo también a sus descendientes, lo que nos indica que la vida
del esclavo egipcio quizá no fuera tan dura como cabría imaginar.
No está claro si se esperaba de las esclavas, o incluso de las sirvientas,
que ofreciesen unos servicios de tipo sexual a sus amos e in​​vitados, aunque
sabemos de muchas esclavas solteras que tuvieron hijos durante su etapa de
cautividad. Tampoco está claro si en los burdeles del Egipto dinástico
trabajaban mujeres libres o esclavas. No hay duda de que en todas las demás
sociedades donde había esclavos, tanto pasadas como presentes, se esperaba
de las esclavas que se acostaran con sus amos siempre que a éstos se les
antojase, en tanto que los griegos, menos convencionales, también esperaban
de los agraciados esclavos jóvenes de sexo masculino que se ofreciesen a los
hombres de la casa. En el capítulo I ya hemos comentado el caso de Nenufer
y Nebnufer, que compraron una esclava con el propósito específico de
procrear herederos. De acuerdo con las leyes de Egipto, los hijos de esta

Página 132
unión habrían nacido esclavos, aunque habrían podido ser manumitidos y
adoptados posteriormente por su padre/propietario. Debemos asumir que esta
pareja no fue la única en escoger a una esclava como madre sustituía, ya que
la Biblia nos dice que pudo tratarse de una práctica habitual en la época.

Y Sarai, mujer de Abram, no le paría, y ella tenía una sierva egipcia que
se llamaba Agar. Dijo, pues, Sarai a Abram: «Ya ves que Jehová me ha
hecho estéril: ruégote que entres a mi sierva; quizás tendré hijos de
ella…» y dióla a Abram su marido por mujer.
Gén. 16:2

Al fin y a la postre, cada egipcio era un siervo del rey, que podía solicitar
los servicios de su gente cómo y cuándo lo considerase oportuno. Esto se
hacía a través del sistema de larga tradición llamado corvée o prestación
personal obligatoria, según el cual todos los egipcios debían ceder su trabajo a
proyectos reales tales como la construcción de un monumento público o la
labor de excavación de zanjas para el riego. Sólo aquellos que ya trabajaban
en proyectos importantes, como por ejemplo los siervos de categoría superior
que estaban empleados en el templo local, estaban exentos legalmente de
dicha obligación, aun cuando los administradores y los que eran
suficientemente ricos para pagar sobornos o enviar a sustitutos quedaban
mecánicamente eximidos de sus deberes públicos. En consecuencia, la pesada
carga de la corvée recaía en los pobres, los iletrados y los campesinos, en
tanto que los peores trabajos —los viajes hasta las minas de oro del Sudán—
quedaban reservados a los criminales que sufrían condena y a los prisioneros
de guerra. El trabajo de la corvée era duro y terriblemente impopular y, para
colmo de los males, la única remuneración que se recibía por él eran unas
raciones de subsistencia. Con todo, el castigo que correspondía a los que
trataban de eludir el trabajo era en extremo riguroso y los que sentían la
tentación de incumplirlo se arriesgaban a encontrarse con condenas de cadena
perpetua, en las que se intercalaban nuevos periodos de trabajos forzados. Las
mujeres no estaban exentas automáticamente de la corvée y se ha encontrado
un registro del Imperio Medio en el que se dan los nombres de ochenta
desertores entre los que está el caso de Teti, hija del escriba Sainhur, que fue
encontrada culpable y que sufrió «… una orden emanada para ejecutar contra
ella la ley correspondiente a la persona que se evade de su obligación de
trabajar».

Página 133
Aquel día el trabajador Menna dio un puchero de grasa fresca al jefe de
policía Mentmose. Mentmose le prometió: «Te pagaré con cebada que me
ha dado mi hermano. Mi hermano garantizará la transacción. Que Ra te
conserve la salud».
Resto de vasija de Deir el-Medina

Muchas mujeres también contribuían de manera importante a la economía


familiar sin tener que lanzarse a buscar activamente un trabajo fuera de casa.
Aun cuando la tradición decretaba que el trabajo de hombres y mujeres debía
de estar más o menos separado y que había que considerar el trabajo fuera de
casa como prerrogativa de los hombres, una comparación con el Egipto
moderno apunta que hubo muchas mujeres que, de hecho, ayudaban a sus
maridos en su trabajo diario. Sabemos, por ejemplo, que las mujeres de los
pescadores destripaban el pescado y se encargaban de venderlo, aparte de que
algunas de las pinturas que aparecen en las tumbas muestran a mujeres
trabajando en los campos junto a los hombres, recogiendo lino, aventando el
grano e incluso transportando pesadas cestas a los almacenes. No aparecen
representadas de manera convencional mujeres arando, sembrando o cuidando
de los animales en los campos, pero se las muestra llevando el refrigerio a los
trabajadores, en tanto que recoger espigas era una actividad al aire libre
aprobada para las mujeres y de la que queda testimonio en varias de las
escenas representadas en las tumbas. Las mujeres y los niños seguían a los
segadores propiamente dichos y recogían las espigas que se desprendían. De
igual o quizá de mayor importancia eran las transacciones de menor
envergadura realizadas entre mujeres y en las que una, por ejemplo, trocaba
una jarra de cerveza de fabricación casera por el excedente de pescado de su
vecina. Este tipo de intercambios, que constituían la base de la economía
egipcia, permitían que el ama de casa eficiente pudiese transformar sus
excedentes en mercancías utilizables, de la misma manera que su marido
podía intercambiar el trabajo que realizaba por el pan que consumía
diariamente.
Los escasos registros que han sobrevivido de Deir el-Medina indican que
este tipo de comercio libre realizado tanto por hombres como por mujeres
suponía una importante contribución al presupuesto familiar. Oficialmente,
los que trabajaban en las necrópolis hacían una semana laboral de diez días,
de los que pasaban ocho alojados temporalmente en el Valle de los Reyes
para volver después a sus casas y tomarse dos días de descanso. Una jornada
laboral completa era de ocho horas, con una interrupción para la comida de

Página 134
mediodía. Sin embargo, los trabajadores no estaban nunca sometidos a
excesivas presiones en lo tocante a hacer una jornada laboral regular, aparte
de que había muchas vacaciones de modo que, como muestra uno de los
ostraca encontrados, de los cincuenta días consecutivos sólo dieciocho eran
laborables para todo el equipo. Incluso en un día de trabajo oficial había
muchos trabajadores que se ausentaban alegando una serie de excusas
absurdas pero aparentemente aceptables que iban desde la necesidad de
elaborar cerveza y tejer hasta la de construirse la casa. Las autoridades se
mostraban tan laxas que siempre pagaban la cantidad de grano que había que
satisfacer cada mes, independientemente de las horas efectivas de trabajo. Por
consiguiente, si alguien tenía intención de aumentar su peculio personal,
mejor que abandonara toda intención de hacer horas extraordinarias en su
trabajo oficial y que se centrara más bien en poner en marcha una empresa
privada, ya que era más probable que le reportara una recompensa inmediata.
No es de extrañar que en Deir el-Medina florecieran industrias caseras, en las
que proliferaban tejedores, cerveceros, modistos y alfareros, todos ellos
emprendedores y que complementaban su salario oficial cubriendo las
necesidades más acuciantes de sus vecinos, mientras que los dibujantes,
artistas y carpinteros calificados hacían una doble jornada y trabajaban
además para proveer cobertura funeraria a la rica aristocracia tebana.

En todo el Periodo Dinástico no hubo moneda oficial en Egipto. La base


de cualquier transacción, por trivial que fuese, era el trueque, es decir, el
intercambio de un artículo o un servicio por otro equivalente. Por desgracia,
esto hace que cualquier intento moderno de calcular el verdadero coste de las
cosas durante la vida dinástica sea poco más que una pura suposición, ya que
los «precios» se establecían por comparación y eran infinitamente variables.
Resulta completamente imposible determinar lo que valía un pato, una casa o
un entierro sin entender el valor que una determinada persona daba a todo tipo
de mercancías en un momento específico. Aunque el gobierno, que actuaba
como principal empresario y principal acaparador de producto excedente,
podía poner en marcha un estricto mecanismo de control de precios regulando
los salarios y la entrega al mercado de alimentos almacenados, no había una
política oficial de fijación de precios y, en consecuencia, la ley de la oferta y
la demanda era de capital importancia.

Página 135
Fig. 22 - Trueque en el mercado

Pese a la ausencia de moneda, comprar no siempre era en Egipto una


experiencia totalmente azarosa, ya que existía un precio de referencia
universalmente reconocido que actuaba como relación para cualquiera que
quisiera llevar a cabo una transacción seria. El deben, peso normal del cobre,
representó un estadio intermedio entre el dinero y el verdadero trueque y
permitió que los egipcios pudieran desarrollar un sistema único de referencia
de precios según el cual se podía hacer una equiparación del valor de dos
productos. En consecuencia, pese a que el deben no tenía la forma física de un
billete o de una moneda, todo el mundo sabía, por ejemplo, que en un
momento dado del Imperio Nuevo un cerdo valía cinco deben de cobre.
Cualquiera que quisiese comprar un cerdo debía hacerse, pues, con cinco
deben de cobre o, lo que era más habitual, ofrecer una combinación de otras
mercancías o servicios que también eran valorados conjuntamente en cinco
deben. Era, pues, necesario encontrar a un propietario de cerdos que valorara
suficientemente las mercancías ofrecidas para hacer el trueque. A través del
estudio de las listas de precios que han sobrevivido en un momento dado
podemos tener una cierta idea de los valores que corresponden a los diferentes
artículos. Sabemos, por ejemplo, que durante el Imperio Nuevo el cerdo
mencionado más arriba era un bien preciado comparado con una cabra,
valorada generalmente en dos o tres deben. El hecho reflejaba la escasez
general de cerdos que había en Egipto en esta época. En cambio, un par de
zapatos costaban generalmente entre uno y dos deben mientras que un ataúd,

Página 136
elemento muy caro que exigía para su construcción madera y trabajo
especializado, se valoraba en más de veinte deben de cobre.[12]

El recaudador de impuestos desembarca en la orilla del río. Inspecciona


los cultivos y calcula los impuestos que hay que pagar asistido por
servidores que van armados con estacas y por nubios que empuñan porras.
Ordena: «Danos grano», pero no hay grano que darle. Apalean entonces
salvajemente al campesino, lo maniatan y lo meten de cabeza en el pozo.
También maniatan a su mujer y lo mismo a sus hijos. Todos los vecinos
huyen. Pero después tampoco hay grano que dar.
Texto de la Sabiduría, Imperio Nuevo

Que no existiera moneda no quería decir que no existieran los impuestos.


Se recaudaban impuestos en especies a todos los productores primarios como
contribución a los gastos reales que no podían satisfacerse totalmente con los
ingresos procedentes de los dominios reales. El recaudador de impuestos era
uno de los burócratas más temidos de Egipto. Llegaba regularmente en la
época de la cosecha, valoraba los cultivos con mirada experta y seguidamente
imponía el pago inmediato a los campesinos, sirviéndose de la violencia física
en caso necesario. Los que rehuían el pago de los impuestos eran objeto de
reclamación ante el magistrado local y recibían un castigo ejemplar, en tanto
que aquellos que no estaban en condiciones de satisfacer el pago se veían
obligados a entrar en las cuadrillas de los condenados a trabajos forzados.
Una escena pintada en el muro de la tumba del visir Rejmira, del Imperio
Nuevo, muestra al recaudador de impuestos en acción, aceptando una variada
selección de mercancías y ganado de una autoridad local. Los artículos
empleados más habitualmente para pagar los impuestos eran grano, pasteles,
cuerda, esteras, cabras, sacos, palomos y lingotes de metal, lo que
seguramente debía de presentar problemas inmediatos de almacenamiento
para el funcionario de turno.
El sistema de trueque reconocido significaba que aquellos propietarios
que se hacían con un excedente importante de alimentos perecederos, a veces
porque contaban con una provisión excesiva de verduras de cultivo casero o
fabricaban demasiado pan para el consumo familiar, podían ofrecer dichas
mercancías a un público más amplio comerciando en el mercado local, donde
a su vez se beneficiarían de un abanico más variado de los artículos usados en
el intercambio. Aquí, todos los días de mercado, los comerciantes locales y
mercaderes que estaban de visita instalaban sus tenderetes en las calles y

Página 137
callejones de la ciudad y exhibían la mercancía en grandes cestas de mimbre
que realzaban la oferta. Los comerciantes profesionales eran minoría y en
realidad el mercado se parecía más a esos mercadillos improvisados que
vemos en la actualidad que a una galería comercial moderna. Había
constantemente en oferta una tentadora variedad de mercancías y los puestos
de venta oscilaban desde tenderetes de joyeros profesionales, que tentaban a
los clientes potenciales con sus seductoras y costosas exhibiciones de
aderezos, ajorcas y broches, hasta puestos más humildes donde los
campesinos locales ofrecían los productos más básicos del mercado: pan,
cerveza y pescado destripado. Los artesanos ambulantes sacaban partido de la
multitud que acudía atraída por el mercado para vender sus servicios,
mientras que en pequeñas tablas improvisadas se hacían buenos negocios
sirviendo deliciosa comida preparada y reconfortantes bebidas a los agotados
tenderos.

Fig. 23 - Mono guardián adiestrado en el momento de apresar a un ladrón

Varias escenas representadas en las tumbas se combinan para ofrecernos


una clara impresión del ajetreo que reina habitualmente en un mercado
callejero egipcio. En Sakkara, en los muros de la tumba de los funcionarios
Nianjjnum y Jnumhotep, podemos contemplar un mercado en pleno
funcionamiento. Vemos unos puestos de fruta, pescado y verduras en plena
actividad, a dos alfareros compitiendo entre sí para atraer la atención del

Página 138
cliente hacia sus mercancías, mientras un comerciante de tejidos despliega un
rollo de preciada tela con la que pretende tentar a un posible comprador. En el
puesto donde se expende cerveza hay como mínimo un cliente que ya
evidencia muestras de cansancio y parece vencido por las emociones.
Mientras los compradores, en su mayoría hombres, se mueven de aquí para
allá con sus prácticas bolsas de compra colgadas del hombro, un vendedor de
lechugas y cebollas está enzarzado en un mercadeo con un hombre cargado
con una gran tinaja de cerveza: «Si tú me das algo de lo que ofreces yo te daré
verduras frescas». Vemos también una excitante escena en la que, delante de
un puesto de verduras, un mono adiestrado para hacer de vigilante detiene a
un ladrón desnudo mordiéndole en una pierna. Mil años después, en la tumba
tebana de Ipuy, del Imperio Nuevo, el ambiente del mercado apenas ha
cambiado. Ahora, a todo lo largo del muelle, unas astutas vendedoras han
instalado unos puestos provisionales con los que incitan a comprar a unos
marineros que acaban de desembarcar tras cobrar la paga a fin de que las
ayuden a convertir sus raciones de grano normales en todo un surtido de otras
mercancías. Vuelve a ofrecerse pan, verduras y pescado y el indefectible
puesto de cerveza está bien provisto y dispuesto para satisfacer a sus primeros
clientes sedientos. Cualquiera que haya tenido ocasión de disfrutar el animado
alboroto de un mercado de pueblo del Egipto actual sabrá reconocerlo
inmediatamente en estas representaciones antiguas, ya que si descontamos la
presencia actual de moneda y la ausencia de puestos de cerveza, es evidente
que ha habido muy pocos cambios en los tres mil años transcurridos desde
que se pintaran los muros de la tumba de Ipuy.

¡Concédete una fiesta! ¡No te canses de holgar! Porque nadie se lleva sus
bienes consigo, ninguno de los que se van de esta vida regresa otra vez.
Canción del arpista, Imperio Medio

Los egipcios fueron un pueblo que sabía disfrutar del tiempo libre.
Siempre fue un esparcimiento muy popular la reunión de varias familias
dispuestas a pasar juntas una jornada de ocio, las comidas al aire libre ante las
tumbas de sus antepasados o las excursiones en barca a través del Nilo.
Todavía más excitantes eran los días pasados cazando y pescando en los
marjales en los que, como apuntan algunas escenas representadas en las
tumbas, la familia entera se comprimía en una endeble barca de juncos
simplemente para contemplar a los hombres de la casa tratando de abatir unos
pajarillos con ayuda del tradicional palo arrojadizo combado. Dada la

Página 139
fragilidad de tan delicadas embarcaciones, da la impresión de que los artistas
se permitieron una cierta licencia artística al tratar de retratar a una familia
feliz en un día de asueto al aire libre, ya que lo normal habría sido escenas de
barcas volcadas y familias en remojo. En cambio, todos reconocían que la
caza en el desierto era una actividad no sólo peligrosa sino también cara,
reservada por tanto para la gente de clase alta y los cazadores profesionales
que participaban como acompañantes en este tipo de expediciones.
De vuelta a casa, se podían pasar bastantes horas felices jugando con los
niños y los animales domésticos.[13] Los animales tuvieron un importante
papel en la vida de familia de los egipcios y tanto los perros y los gatos como,
en menor medida, los monos e incluso los gansos, aparecen a menudo en los
grupos de familia y se sientan orgullosamente junto a la silla del amo. La
mayor parte de los perros que aparecen en estas escenas suelen ser unos
mestizos encantadores, si bien la presencia de varios lebreles y perros
parecidos a salukis apuntan al hecho de que las crías intencionadas fueron
como mínimo parcialmente acertadas. Esos perros, a los que se daba nombres
tan descriptivos como Ebano, Antílope o Buen Guardián, eran leales
compañeros mientras cumplían con el útil papel de perro guardián o de caza.
Al final de su vida se les daba sepultura en una tumba muy trabajada, por lo
que no es raro que se hayan recuperado en diversos ya cimientos
arqueológicos impresionantes tumbas de perros con los correspondientes
cadáveres convertidos en costosas momias conservadas en minúsculos
ataúdes caninos.
Sin embargo, pese a la útil labor que realizaba, el perro no era admirado
por todo el mundo y eran muchos los egipcios que interpretaban la afectuosa
fidelidad del perro como signo de adulador servilismo y debilidad. Los gatos,
con ese misterioso distanciamiento y esa independencia natural que los
caracteriza, sabían ganarse mucho mayor respeto y eran revestidos de una
serie de implicaciones simbólicas. Por otra parte, como solía representarse a
los gatos debajo de la silla donde se sentaba una mujer y rara vez se les
asociaba a un hombre, acabaron por ser reconocidos como símbolos de la
feminidad y de la sexualidad femenina. Surgieron, pues, varias importantes
deidades gatunas femeninas, al tiempo que el culto de la diosa Bast, cuyo
centro estaba en la ciudad de Bubastis, en el Delta del Nilo, se hizo
enormemente popular durante los Periodos Tardío y Grecorromano. No hay
duda de que los gatos eran útiles compañeros de las familias y no sólo
protegían contra las serpientes y las sabandijas, sino que además
desempeñaban un importante papel en la caza de aves.

Página 140
Después del ajetreo diario habitual, la mayoría de cónyuges disfrutaban
del tranquilo placer de permanecer sentados. Este goce innegable derivado de
la mutua compañía era uno de los aspectos más enternecedores de la vida que
llevaban los matrimonios egipcios. Las familias opulentas disfrutaban del
descanso sobre todo en los lujosos jardines de sus mansiones, goce que
todavía se saboreaba más a fondo con la contemplación del denodado
esfuerzo de otros seres menos afortunados que ellos. De los esparcimientos
que se disfrutaban en casa ha quedado poca constancia en los restos
arqueológicos y, aun cuando suponemos que la música y el entretenimiento
consistente en contar historias eran importantes eventos sociales, no tenemos
ni la más mínima idea de su frecuencia. Sabemos, en cambio, que aquellos​‐
juegos que precisan de un tablero para poderse practicar gozaban de enorme
popularidad entre los adultos y en muchas escenas de tumbas vemos a
maridos y mujeres compitiendo ante un tablero. Tal vez extrañe comprobar
que, dado que se trataba de un entretenimiento evidente, no se desarrollaran
más juegos de este tipo. En realidad, durante todo el Periodo Dinástico sólo
hubo dos juegos que fueron universalmente populares: el «senet», juego de
tablero para dos jugadores que se practicó desde los tiempos predinásticos
hasta el periodo romano, y su rival «el de veinte cuadros», importado de
Oriente, también para dos jugadores. Los tableros de madera con los que se
practicaban estos dos juegos acostumbran a encontrarse a cada lado de cajas
reversibles que sirven también para guardar las piezas correspondientes, de
hecho cajas muy elaboradas que suelen figurar en el equipo funerario de los
ricos para que puedan entretener el ocio jugando durante los largos momentos
de tedio que les esperan en el Más Allá.

Página 141
5
El cuidado personal

No mimes tu cuerpo porque esto te hará débil. Y no te mimes en tu


juventud o serás débil en la vejez.
Consejo de un escriba del Periodo Tardío

No hay que subestimar la importancia que concedía la sociedad egipcia al


cuidado personal. Tanto uno como otro sexo prestaban gran atención al
aspecto, mientras que los ricos, ya se tratase de hombres o de mujeres,
siempre querían estar a la última en materia de moda, peinados y maquillajes.
La cosmética dejó de ser un lujo para convertirse rápidamente en una
necesidad y no ya sólo de la vida diaria sino también de la muerte, hasta el
punto de que, a partir de los tiempos predinásticos, comenzaron a enterrar a
las mujeres y hombres de nivel social corriente con la paleta tallada y los
bloques de pigmento que utilizaban para pintarse los ojos. En el extremo
opuesto de la escala social, los complicados equipos de cosmética que hemos
encontrado en las tumbas reales constituyen un claro indicio del valor que
concedían sus propietarios al cuidado personal. Como no podía ser de otro
modo, había un importante interés comercial en los tratamientos de belleza,
que hizo que prosperaran también los negocios que tenían que ver con la
indumentaria, las pelucas y la cosmética. La higiene era de igual, por no decir
de mayor importancia. Herodoto, griego él, manifestó claramente que en su
opinión los egipcios tenían algo así como una obsesión por la higiene corporal
y que, a su modo de ver, «situaban la limpieza por encima del decoro». Para
los egipcios, la vida en el ambiente de calor y de polvo constante que invadía
el aire de su árido clima hacía que la higiene personal se convirtiese en
precaución esencial para conservar la salud y, lo que quizá era casi igual de

Página 142
importante, en un indicio infalible de buena cuna y de rango social. Los
pobres, que carecían de las instalaciones sanitarias más básicas, y los
extranjeros, que gozaban fama de sucios, eran merecedores de desprecio.
Como medida preliminar de higiene personal, los hombres y mujeres más
remilgados eliminaban todo el vello de su cuerpo ya fuera mediante un
afeitado constante e implacable o por medio de depilación. En ninguno de los
dos sexos podía ser motivo de admiración lucir unas piernas o un pecho
velludo, razón por la cual una somera revisión del equipo utilizado en la
depilación, encontrado en las tumbas de varias mujeres, que incluía pinzas
metálicas, cuchillos y navajas provistas de minúsculas piedras de afilar, nos
indica hasta qué punto estaban dispuestas algunas mujeres a someterse a
tortura con tal de estar guapas. Otros miembros de la comunidad que se
encontraban en situación menos desahogada solían servirse de navajas de
sílex, que podían descamarse hasta dejar un filo cortante y, a falta de jabón, se
disponía de aceite, que además era barato y muy útil como loción para el
afeitado. Otra de las ventajas colaterales de tener el cuerpo lampiño era que
de ese modo se eliminaban también los piojos y otros insectos molestos por la
comezón que producen.

… Me llevaron a casa de un príncipe. Era una casa en la que había lujos,


entre ellos un cuarto de baño y espejos. En ella había riquezas del tesoro,
prendas de lino real… En todas las estancias se notaba el perfume
preferido del rey y de sus cortesanos favoritos… Me quitaron años del
cuerpo. Me afeitaron y peinaron mis cabellos. Así fue cómo mi suciedad
volvió al país extranjero, mi vestido a los que recorren las arenas. Me
vistieron con el más fino de los linos. Me ungieron con aceite perfumado
y dormí en lecho real. Había devuelto la arena a los que moran en ella y el
aceite del árbol a aquellos que se untan el cuerpo con él.
Historia de Sinuhé, Imperio Medio​

Se estimaban esenciales los baños frecuentes del cuerpo desprovisto de


vello. Aun cuando se desconocía el jabón, no ocurría lo mismo con el natrón,
las cenizas y la sosa, detergentes eficaces aunque duros y sin espuma, y se
disponía de toallas de lino para secarse. Unos pocos y privilegiados miembros
de la sociedad se beneficiaban de múltiples cuartos de baño de piedra caliza,
equipados con duchas atendidas por criados. Un sirviente echaba agua sobre
la cabeza de la persona que se bañaba, que estaba de pie en una piedra
especial provista de una salida de agua. A fin de preservar la intimidad de la

Página 143
persona que se bañaba, el criado estaba colocado detrás de una mampara cuya
finalidad era disimular la visión del bañista. Dicha mampara, al igual que el
cuarto de baño propiamente dicho, estaba revestida de piedra a fin de evitar la
disolución accidental de la estructura de adobes. Sin embargo, la gran
mayoría de la población desconocía los cuartos de baño y practicaba la
higiene en las orillas del Nilo o en los canales de riego. Desgraciadamente, el
río Nilo, que suministraba a casi todos los pueblos y ciudades del país el agua
que necesitaban a diario para beber, cocinar y lavarse, era también el principal
sistema de alcantarillado y de eliminación de aguas residuales de Egipto. Las
aguas estancadas que se recogían a lo largo del río dejaban bastante que
desear en cuanto a pureza y las momias encontradas nos revelan que
proliferaban ciertas enfermedades transmitidas por el agua, como la
bilharziosis.
En caso de que uno no se pudiera lavar y persistiesen ciertos engorrosos
problemas personales, el Papiro Médico Ebers aconsejaba el uso de diferentes
desodorantes, destinados no sólo a devolver la confianza al individuo sino
también a facilitar una vida social agradable.

Para eliminar el mal olor del cuerpo de un hombre o de una mujer se


tuesta un huevo de avestruz, caparazón de tortuga y agallas de tamarisco y
se embadurna el cuerpo con la mezcla.

Los retretes que se han conservado son poquísimos. El modelo más


universal, discretamente alojado en una pequeña habitación cuyas
dimensiones eran casi las de un armario, situada junto al cuarto de baño,
estaba formado por un asiento de madera tallada de apariencia moderna,
colocado en equilibrio sobre dos pilares de ladrillo y con un profundo cuenco
de arena que podía retirarse cuando era necesario. En una caja colocada junto
al retrete había más arena, con la que se podía tener la cortesía de cubrir el
retrete después de utilizado. Es de presumir que debía de corresponder a uno
de los miembros más jóvenes de la casa la ingrata tarea de vaciar el cuenco
cuando era preciso. También se han encontrado en varias tumbas unos
taburetes con un gran agujero en el asiento, identificados como antiguos
retretes portátiles, seguramente para ser utilizados también sobre un cuenco
de arena, aparte de que es de suponer que debían de usarse igualmente los
orinales. Sin embargo, el acceso generalizado a un retrete dentro de casa
constituye un lujo relativamente moderno y que en Occidente sólo pasó a
considerarse una necesidad durante los últimos cincuenta años. La mayoría de

Página 144
egipcios dinásticos no tenían acceso a facilidades sanitarias de ningún tipo y
es probable que no se viera impedimento alguno en hacer pleno uso de los
campos vecinos o del desierto. Resulta curioso que uno de los «hechos»
egipcios peculiares, aunque imposible de comprobar, fue cierto rumor que
dejó fascinado a Herodoto y que afirmaba que las mujeres orinaban de pie
mientras que parece que los hombres lo hacían sentados o agachados.

La menstruación era algo que despertó muy poco interés entre los
hombres que escribieron los textos egipcios que han llegado hasta nosotros.
Por tanto, no sabemos nada acerca de cómo percibían las mujeres este
importante aspecto de su feminidad y apenas nada con respecto a cómo veían
los aspectos prácticos de la protección sanitaria. Sin embargo, en las listas de
la lavandería que se encontraron en Deir el-Medina figuran unas «tiras para el
trasero»: unos paños higiénicos hechos con un trozo de tela doblada que,
cuando estaban sucios, eran enviados a la lavandería para ser posteriormente
reutilizados. Tenemos ciertas indicaciones que nos revelan que se consideraba
ritualmente sucio todo lo relacionado con la menstruación de las mujeres y la
sangre de la misma. Existen tabúes parecidos en muchas sociedades
primitivas, donde no se entienden del todo la mecánica ni el funcionamiento
de la menstruación. A menudo se la juzga como algo amedrentador y
peligroso, aparte de que los hombres debían de considerar un fenómeno
antinatural e inquietante el hecho de que las mujeres sangrasen durante varios
días seguidos cuando ellos no sangraban a menos de tener una herida. El
término «purificación» o «limpieza» se empleaba para designar el periodo
menstrual igual que para los loquios que siguen al parto, y la Sátira de los
Oficios, correspondiente al Imperio Medio, deplora la suerte del desgraciado
lavandera que tiene que habérselas con las prendas de la mujer, manchadas de
sangre menstrual. Incluso se consideraba indeseable el contacto con un
hombre cuyas parientas femeninas estaban menstruando en aquellos
momentos, en tanto que un trabajador de Deir el-Medina alegaba como
excusa válida para ausentarse del trabajo que su mujer o una de sus hijas
estaba pasando el periodo.

Una de las costumbres observadas más celosamente por los egipcios es


ésta: que críen a todos los hijos que engendren y que hagan la

Página 145
circuncisión a los varones y la ablación a las hembras, según se estila
también entre los judíos, que son originariamente egipcios.
Estrabón

Durante los Imperios Antiguo y Medio los niños egipcios de edad


comprendida entre seis y doce años eran rutinariamente circuncidados. Una
escena de la tumba del arquitecto real Anjmahor, de Sakkara, muestra la
escena de la circuncisión de un varón con detalles sorprendentemente
gráficos, lo que nos indica la importancia que se daba a esta ceremonia.[1]
Mientras sujetan fuertemente al niño por detrás, delante de él hay un
sacerdote, Ka, que empuña un cuchillo y ordena a su ayudante que «lo agarre
con firmeza e impida que caiga desvanecido». Herodoto observa en tono más
bien de censura que se hacía esta operación por razones de higiene, aunque el
hecho de que la efectuara un sacerdote y no un médico parece indicar que
obedecía más a un ritual que a una necesidad práctica. Los egipcios miraban
con desdén a los extranjeros que no estaban circuncidados, lo que para ellos
era signo de falta de civilización. No hay pruebas directas de que se hubiera
practicado nunca la circuncisión femenina o ablación del clítoris y aunque las
sociedades rara vez hacen referencia a este rito de paso, el hecho de que no se
haya encontrado ninguna momia femenina circuncidada no hace más que
confirmar la ausencia de dicha práctica. Contrariamente a la creencia popular,
no hay ninguna prueba que demuestre que la drástica ablación faraónica —o
circuncisión sudanesa, que es el nombre por el que se la conoce en el Egipto
moderno— se originara realmente en el Egipto faraónico.[2] Habría que
recordar, sin embargo, que los cuerpos momificados que se han podido
examinar pertenecían a mujeres de clase alta y no está nada claro si las de
clase humilde circuncidaron alguna vez a sus hijas. Estrabón, al que se cita
más arriba, creía que así era, pero como no da detalles al respecto no sabemos
si se refiere a la extirpación de una parte o de todos los genitales externos o
simplemente de un corte menos agresivo, practicado a título simbólico en el
clítoris. Tampoco indica si se trata de un rumor o de un hecho probado.

Receta para el caso de que se tenga la lengua enferma: se hacen enjuagues


bucales con salvado, leche y grasa de ganso.
Papiro Médico Ebers

Aunque la higiene bucal no desempeñaba, como no podía ser de otro


modo, un papel importante en los cuidados personales diarios, el historiador

Página 146
romano Plinio nos informa de que los egipcios se limpiaban los dientes con
una pasta dentífrica de fabricación casera a base de raíces de plantas. A falta
de cepillos especiales para los dientes, se aplicaban este dentífrico con una
rama previamente masticada o con una caña rígida. Para que se sintieran más
a gusto, se recomendaba específicamente a las mujeres que suavizasen su
aliento masticando bolitas a base de mirra, incienso, cápsulas de junco y
cinamomo, consejo que seguramente obedecía a la necesidad de contrarrestar
la gran cantidad de ajo, cebolla y rábano que consumían.
Los egipcios tenían la desgracia de sufrir muchos problemas dentarios
debido a que la finísima arena del desierto, que al parecer sigue
introduciéndose en los rincones más recónditos de las casas egipcias, pasaba a
convertirse en un elemento que, involuntariamente, formaba parte de la
ingestión diaria de alimentos y tenía un efecto abrasivo sobre los dientes. Eran
muy corrientes los dolorosos abscesos y la mayoría de egipcios, en un
momento u otro de su vida, sufrían de las muelas. El longevo rey Ramsés II,
por ejemplo, murió con la dentadura muy desgastada y con visibles cavernas
en la pulpa dentaria. No hay duda de que estos problemas debieron de
producirle muchos trastornos durante los últimos años de su vida. En cambio,
la caries dental era un problema mucho menor entonces que en el Egipto
actual, ya que en aquella época se consumían muy pocos productos
azucarados por ser desconocidos tanto el azúcar refinado como la caña de
azúcar. Precisamente las clases altas, por consumir pasteles endulzados con
dátiles y miel en grandes cantidades, eran especiales candidatas a la caries
dental. Parece, sin embargo, que la afección dentaria más frecuente entre la
población era la pérdida de alguna que otra pieza y puede decirse que casi la
mitad de las referencias a la dentadura que aparecen en los papiros médicos
intentan poner remedio al problema de la falta de dientes. Aunque hay
algunas pruebas de construcción de ingeniosos puentes dentales que utilizan
finos alambres de oro o plata y dientes humanos postizos —recuperados
seguramente en la casa donde se hacían los embalsamamientos—, los
dentistas egipcios no intentaron nunca implantar una dentadura postiza
completa.

Tanto los hombres como las mujeres completaban de forma rutinaria sus
abluciones con masajes de aceites suavizantes que hacían penetrar en la piel.
Esta práctica paliaba el envejecimiento producido por los efectos del clima

Página 147
cálido y el polvo característicos del país, así como por los efectos desecantes
del «jabón», cuyo principal ingrediente, el natrón, era el agente deshidratante
primordial empleado en la desecación de los cadáveres durante el proceso de
la momificación. Se creía que el uso de aceites mejoraba el estado de la piel y
prevenía las arrugas, al tiempo que disimulaba en parte las secuelas de
enfermedades deformantes como la viruela y la lepra. El Papiro Médico
Ebers recomendaba su uso con el entusiasmo propio de las campañas
publicitarias modernas:

Para eliminar las arrugas faciales: se machaca hasta su pulverización


goma de incienso, cera, aceite fresco de balanites y cápsulas de junco y se
aplica todos los días a la cara. ¡Pruébalo y verás!

Si las clases inferiores tenían que contentarse con el simple aceite de


castor o de linaza, las capas más altas de la sociedad importaban de Oriente
caros ungüentos aromatizados que, además, tenían la ventaja de dejar el
cuerpo sensualmente perfumado. Sin embargo, al igual que ocurre con las
cremas cosméticas modernas, la diferencia en el resultado era mínima, en
tanto que la diferencia en el precio y en su supuesto valor era extrema. Es
probable, además, que aquellos exquisitos aromas sirvieran más para
enmascarar olores potencialmente desagradables que para halagar al
comprador. Ningún egipcio de un cierto rango, fuera hombre o mujer, iría a la
tumba sin su loción dermatológica preferida, por lo que en el equipo funerario
de Tutankamón figura una gran vasija que contiene su mezcla personal
favorita. Se servían de parecidos ungüentos a base de aceite las mujeres
embarazadas que querían evitar que se les formaran en el vientre las feas
marcas que produce la dilatación y era costumbre que se guardaran dichos
aceites en unas vasijas especiales en forma de mujer embarazada desnuda con
los brazos rodeándose el abultado vientre. No cabe la menor duda de que esos
lujosos cosméticos eran caprichos caros. Diodoro Siculo calculaba que los
impuestos que pagaban los pescadores autorizados a faenar en el lago Moeris,
cuyo importe representaba un importante ingreso anual, permitía a las reinas
de Egipto costearse los cosméticos, perfumes y otros artículos de belleza.

Ponte mirra en la cabeza, vístete con los linos más finos.


Poema del Imperio Nuevo

Página 148
Había también una gran variedad de aceites acondicionadores perfumados
para frotarse con ellos el cráneo después de lavarse el cabello, con la
intención una vez más de proteger el cabello contra los rigores del clima.
Durante el Imperio Nuevo se amplió esta práctica a la costumbre, más bien
rara a ojos modernos, de ponerse unos grumos perfumados o conos
cosméticos de grasa mantenidos precariamente en equilibrio sobre la cabeza
durante los acontecimientos sociales. Estos insólitos sombreros estaban
hechos de sebo impregnado de mirra e iban fundiéndose lentamente a medida
que iba transcurriendo la fiesta, despidiendo su perfume y seguramente
soltando un refrescante reguero de cera que iba resbalando entre los cabellos
y por encima de la cara. Cuando, debido al calor de la fiesta, la grasa se había
derretido por completo, un criado se encargaba de volver a llenar el pequeño
recipiente. Parece que el anfitrión se encargaba de proveer de estos conos a
sus invitados y a los criados que los atendían y sabemos por las escenas que
hemos contemplado en las tumbas que no se celebraba ninguna cena sin la
presencia de los mismos. Se representan generalmente como unos grumos
blancos con unas rayas oscuras laterales, mientras que las manchas de color
marrón que vemos en los hombros de las prendas blancas seguramente son
restos de las gotas de grasa. Como no se ha conservado ninguno de estos
conos de perfume, resulta difícil determinar hasta qué punto conviene
interpretar literalmente estas escenas de festejos.

Mi corazón pensaba en tu amor cuando sólo me había peinado a medias.


Salí corriendo para buscarte y descuidé mi aspecto. Ahora, si quieres
esperarme mientras me trenzo los cabellos, dentro de un momento estaré a
punto.
Canción de amor del Imperio Nuevo

Hay muchas sociedades que ejercen presiones morales para decidir de qué
modo han de llevar peinados sus cabellos los hombres y las mujeres. En caso
de que no exista una obligación legal específica, se espera de ambos sexos
que observen las convenciones propias de su época, que pueden decretar por
ejemplo que las mujeres deben llevar el cabello largo, que los hombres no
deben llevarlo largo o que ninguno de los dos sexos debe mostrarlo. Apartarse
de la norma puede verse como una forma de amenaza contra la sociedad en
conjunto. En caso de que esta postura pudiera parecer exagerada, conviene
recordar que no hace ni cien años que en Europa muchos veían los cabellos
«cortos», en el caso de la mujer, como signo de extremada depravación

Página 149
femenina, mientras que algunos siguen viendo los cabellos largos en los
hombres como una forma malévola de desmarcarse de una sociedad
convencional. Dentro del abanico de convenciones impuestas por la
comunidad, el peinado elegido por una mujer indica a los demás a qué grupo
pertenece o aspira a pertenecer. Los estilos punk y hippy nos ofrecen
ejemplos modernos exagerados y todos sabemos que un tinte azul detonante o
una cascada de rizos de un rubio artificial ofrecen unos signos sociales
igualmente reveladores. Es lamentable que, como ocurre con tantos otros
aspectos de la vida egipcia, el conocimiento que tenemos de los peinados
femeninos se centre en las mujeres más ricas y en sus criadas, retratadas en
condiciones idealizadas. No se conocen los efectos de las modas cambiantes
en las mujeres de los pueblos.
Tenemos, sin embargo, algunos ejemplos claros que nos revelan el rango
o el trabajo de la mujer a través de su peinado. Incluso cuando estaba de moda
el cabello corto, las danzarinas más atractivas y las acróbatas llevaban el
cabello largo, a veces con algún objeto pesado trenzado en los extremos a fin
de que se balancease grácilmente al bailar. Los chicos y chicas adolescentes
pertenecientes a las clases sociales altas suelen representarse luciendo el
«tirabuzón de los jóvenes»: la coronilla casi totalmente rapada y un único rizo
largo y grueso a un lado de la cabeza. Del extremo del tirabuzón colgaban los
amuletos del cabello, destinados a dar buena suerte y a proteger a quien los
usaba. Solían llevar la cabellera larga y desgreñada únicamente los hombres y
mujeres que estaban de luto, mientras que las parteras se representan a veces
con un peinado arcaico y desordenado cuya finalidad es mantener a raya los
malos espíritus gracias a la magia favorable. Así como la mujer se suelta
normalmente la cabellera cuando se la lava, también suelta simbólicamente al
niño cuando está preparado para nacer.

Para hacer caer el cabello: póngase en aceite hoja de loto quemada y


aplíquese a la cabeza de la mujer odiada.
Papiro Médico Ebers

La mujer no consideraba necesariamente su cabello natural como una


corona de gloria. En efecto, en los tiempos faraónicos era corriente que los
hombres y mujeres de rango llevasen muy cortos sus cabellos naturales o
incluso que se rasurasen el cráneo como una solución práctica frente al calor
reinante y como medio de evitar los molestos enredos que suelen formarse
con los cabellos desgreñados. Estaban de moda las pelucas, que protegían las

Página 150
cabezas rapadas de los rigores del sol abrasador de Egipto y que se usaban
con finalidad estética en las ceremonias, razón por la cual se desarrolló una
importante industria comercial de pelucas. La mayoría de personas ricas
poseían como mínimo una peluca, aunque no dejaban de apreciar la
conveniencia de disfrutar de frescor durante el día y de estar elegantes por la
noche. Para confeccionar una buena peluca y conseguir que tuviera un
aspecto natural se precisaban más de ciento veinte mil cabellos humanos
entretejidos, con los que se formaba una especie de malla que se pegaba con
una mezcla de cera de abejas y resina.[3] Las peores pelucas y de aspecto
menos natural eran las totalmente confeccionadas con la tosca fibra de la
palmera datilera roja, que debía conferirles un aspecto bastante extravagante.

Receta para que a un calvo le crezca el pelo: se mezcla grasa de león con
grasa de hipopótamo, grasa de cocodrilo, grasa de gato, grasa de serpiente
y grasa de íbice y se embadurna con la mezcla la cabeza de la persona
calva.
Papiro Médico Ebers

Pese a la evidente popularidad de


las cabezas rapadas, se han
encontrado momias de todos los
periodos con cabellos naturales y bien
cuidados, aparte de que la poesía
romántica que ha llegado hasta
nuestras manos nos dice que las
trenzas limpias y brillantes eran
motivo de admiración. En efecto, el
cuerpo momificado de la reina
Ahmosis Nefertiti, que murió a edad
avanzada tras haber perdido casi todos
sus cabellos naturales, llevaba una
peluca confeccionada con trenzas de
cabellos humanos facilitada por los
embalsamadores, que a buen seguro
querían ahorrarle la indignidad de
renacer calva en el Más Allá. Los Fig. 24 - Reina del Imperio Antiguo que
luce una llamativa peluca roja y amarilla
papiros médicos nos ofrecen útiles y posiblemente las hombreras más antiguas del
recetas que realzan la apariencia mundo

Página 151
personal y solventan problemas tan desagradables desde el punto de vista
social como la calvicie o la caspa persistente, al tiempo que dan eficaces
consejos al revelarnos que la grasa de serpientes negras, la sangre de bueyes
negros o incluso un mejunje que suena de lo más repulsivo a base de los
genitales pulverizados de una perra son de gran eficacia para cubrir los tan
poco favorecedores cabellos grises. Otro método para cambiar el color del
cabello bastante más aceptable y que seguramente olía mejor consistía en el
uso de pasta de henna, utilizada también para pintarse los dedos y las uñas de
los pies. En los pueblos egipcios modernos todavía sigue empleándose la
henna como tinte de la piel y el cabello.
Los peinados de las mujeres y el estilo de las pelucas variaron mucho más
frecuentemente que las modas en materia de indumentaria o de joyería y
fueron escalonándose gradualmente desde los cortes más estrictos, que se
llevaron durante todo el Imperio Antiguo, hasta los peinados más elaborados
y con el cabello más largo, que gozaron de más favor durante el cénit del
imperio egipcio. Aunque tal vez se peque de excesiva simplicidad, uno tiene
la tendencia a ver una correlación directa entre las riquezas de Egipto y el
tiempo y dinero dedicados al cuidado del cabello y la confección de pelucas.
Las mujeres más obedientes a los dictados de la moda durante el Imperio
Antiguo solían llevar una melena corta y lacia parecida a la que lucen muchas
mujeres actuales. Era un peinado que gradualmente fue llevándose más largo
hasta que, en el Imperio Medio, todas las clases sociales adoptaron la melena
larga hasta los hombros y unas pelucas más espesas. El cabello más largo
acostumbraba a llevarse suelto o peinado según el llamado «estilo tripartito»,
es decir, con una parte de la cabellera colgando suelta por la parte de atrás de
la cabeza y unos mechones a cada lado de la misma, echados hacia adelante
para enmarcar la cara y dejar las orejas al descubierto. Originariamente este
peinado tripartito estaba reservado a las mujeres de nivel social más bajo,
sobre todo las solteras, si bien su uso fue difundiéndose gradualmente a las
casadas de categoría superior. De hecho, una versión más complicada, el
«estilo Hator», que prescribía atar con cintas las dos divisiones de cabellos
frontales y envolver con ellos una pieza plana en forma de disco, se hizo
extremadamente popular y se convirtió en el peinado favorito de la mayoría
de reinas de la XVIII dinastía. En cambio, las damas reales de Amarna,
aficionadas a hacer casi todas las cosas de forma diferente de las demás, se
inclinaban por unas pelucas algo más masculinas y de estilo «nubio»,
inspiradas en los cortes de pelo corto y rizado que llevaban los soldados
nubios. A medida que fue avanzando el Imperio Nuevo, tanto los peinados

Página 152
como los estilos de las pelucas fueron haciéndose menos estandarizados y se
llevaron cada vez los cabellos más largos y mucho más exagerados, tal vez
como resultado de la creciente influencia extranjera que iba dejándose sentir
en esta época en todo Egipto. La moda imperante en la XIX dinastía,
consistente en unas pelucas más pobladas y el aumento correspondiente de
postizos para rellenar tanto las pelucas como los cabellos naturales, condujo
al abandono del peinado tripartito, en tanto que las pelucas lacias, que habían
estado de moda en otro tiempo, eran sustituidas por pelucas rizadas de aspecto
alborotado y gruesas trenzas terminadas en flecos.

El barbero trabaja hasta el anochecer. Se desplaza a una ciudad, se instala


en una esquina y comienza a moverse de una calle a otra en busca de un
cliente. Cansa sus brazos para llenarse el estómago, hace como la abeja
que come mientras trabaja.
Sátira de los Oficios, Imperio Medio

Las señoras de posición no se


peinaban los cabellos propios ni
tampoco las pelucas, sino que
requerían para este fin los servicios
de una sirvienta, una hija, la madre o
una amiga.[4] En Egipto no existía el
equivalente del salón de belleza
actual y los barberos formaban parte
del personal de grandes
establecimientos o hacían de
barberos ambulantes que ofrecían sus
servicios a personas de nivel social
Fig. 25 - Muchacha con adorno más bajo. Inscripciones que se
de un pez en el cabello
remontan al Imperio Antiguo
demuestran que estos peluqueros profesionales, invariablemente del sexo
masculino, gozaban de una cierta consideración personal, tal vez porque se
atribuía un sentido ritual a sus funciones. En todo el mundo se ha asociado
con frecuencia el cabello humano a las brujerías y supersticiones y el corte de
pelo acostumbra a desempeñar un papel importante en los rituales o ritos de
paso. De hecho, el psicoanálisis ha llegado a ver el corte de pelo en el hombre
como una forma simbólica de castración, ya que parece que a un nivel
subconsciente se asocia invariablemente el cabello con los genitales. La

Página 153
historia bíblica de Sansón y Dalila, que nos cuenta que Sansón perdió toda su
fuerza viril como consecuencia directa de un inopinado corte de pelo, también
parece aportar una cierta base a tan peregrina teoría. Sin embargo, en el
Imperio Medio aumentó el número de las peluqueras tanto de peinados
naturales como de pelucas, con lo que esta labor quedó despojada de todo su
sentido ritual. Se acostumbra a representar a los peluqueros, cualquiera que
sea su sexo, puestos de pie detrás de la mujer que están peinando, la cual
sigue con mirada atenta su trabajo a través de un espejo de metal pulimentado
que sostiene en la mano. Los que querían embellecer sus cabellos tenían toda
una variedad de artilugios destinados a este fin y en las tumbas se han
encontrado tenacillas, horquillas y peines de madera y de marfil, todos
similares en diseño a sus contrapartidas modernas. Muchas mujeres
entretejían flores frescas en sus rizos recién peinados, en tanto que otros
ornamentos más ceremoniosos —como diademas, coronas específicamente
diseñadas para llevar sobre las pelucas, bandas, aretes y colgantes— daban el
toque final a todo peinado que pretendiera ser elegante.

Las sociedades occidentales establecen por tradición una clara distinción


entre tratamientos médicos y tratamientos de belleza, con clínicas de
adelgazamiento montadas en equilibrio inestable en la divisoria que separa los
dos establecimientos donde se dispensan aquellos cuidados. Una línea más
precisa marca la frontera entre los muchos cosméticos que utilizan las mujeres
y los pocos que los hombres consideran socialmente aceptables, con un
condicionamiento cultural que nos induce a ver el maquillaje como algo
trivial y puramente de interés femenino. Los egipcios abordaron este campo
de una manera muy diferente y vieron sus cosméticos por una parte como una
importante ayuda a la salud y por otra como algo que potenciaba el buen
aspecto de ambos sexos y por lo que se refiere a sus virtudes mágicas y su
función de amuleto no hacían sino aportar un beneficio más. Un arcón bien
provisto de cosméticos suponía para un hombre un bien preciado en una
época en que un rostro bien maquillado denotaba una posición social elevada
y no un signo de afeminamiento.

Quiero pintarme los ojos para que centelleen cuando te vea.


Poema de amor del Imperio Nuevo

Página 154
El maquillaje tanto entre los hombres como entre las mujeres era parecido
al estilo de los años sesenta pero más exagerado y en él destacaba sobre todo
el realce de los ojos. Para potenciar la belleza se usaba el kohl o pintura
especial para los ojos, que por otra parte tenía unos poderes paliativos contra
el terrible sol de Egipto. La pintura se aplicaba tanto en el párpado superior
como inferior, además de perfilar el contorno de los ojos no sólo
definiéndolos sino exagerándolos y prolongando las cejas. Generalmente se
remataba el maquillaje trazando una raya definida desde el rabillo exterior del
ojo hasta el nacimiento del cabello. Admitiendo incluso que en las pinturas de
las tumbas y en la estatuaria se cede a una cierta exageración artística, es
evidente que el aspecto «natural» no solía ser objeto de admiración. Desde el
Periodo Predinástico en adelante estuvieron muy difundidos dos colorantes
preparados con pigmentos. El verde (malaquita) fue con mucho el color más
popular del primer Periodo Dinástico, mientras que el gris oscuro (galena) se
situó en lugar destacado durante el Imperio Nuevo. Las damas que estaban
más al tanto de la moda usaban los dos colores combinados y se aplicaban el
verde en las cejas y las comisuras de los ojos y el gris en los bordes de los
mismos y en las pestañas. En la actualidad también las campesinas egipcias
usan el kohl negro para pintarse los bordes de los ojos, ya que se cree que
atenúa el reflejo del sol y reduce el riesgo de infecciones oculares. Se
empleaban también, aunque en mucha menor medida, otros cosméticos, entre
los que figuran el rojo pulverizado que algunas mujeres sacaban del ocre rojo.
No tenemos indicios de que ninguno de los dos sexos se pintase los labios, si
bien el Papiro Erótico de Turín presenta una prostituta que se está pintando
los labios con un pincel de aspecto muy actual mientras se mira en un espejo.
Aquellas mujeres que tenían que hacer valer sus encantos físicos para
ganarse la vida, entre las que se cuentan las bailarinas profesionales, las
acróbatas y las prostitutas, necesitaban que la decoración de su cuerpo fuera
más permanente, lo que se conseguía tatuándose los brazos, el torso y las
piernas con complicados dibujos. El tatuaje constituye una forma de adorno
femenino que es tradicionalmente egipcia y cuya popularidad ha perdurado
desde la era Dinástica hasta el día de hoy, según registra Blackman:

El instrumento utilizado para el tatuaje consiste en siete agujas fijadas en


una varilla corta, atada por un extremo y recubierta de yeso para mantener
fuertemente en su sitio las agujas. A veces se emplean agujas más
pequeñas y sólo cinco para tatuar a los niños. El pigmento empleado es

Página 155
negro de humo, por lo general mezclado con aceite, aunque algunos dicen
que utilizan agua.

Por desgracia, el tatuaje es una práctica que deja pocos rastros tangibles,
de modo que aunque en tumbas dinásticas de todos los periodos se han
encontrado figurillas femeninas con adornos incisos y pintados en el cuerpo,
hasta el Imperio Medio no hay cuerpos momificados de mujeres que tal vez
podrían identificarse como concubinas reales y que confirman la existencia de
esta costumbre.[5] Parece que la tradición se extinguió durante el Imperio
Nuevo, aunque algunas artistas y sirvientas del Imperio Nuevo muestran un
pequeño dibujo del dios enano Bes en lo alto del muslo como símbolo de
buena suerte y como medio bastante sutil de atraer la atención hacia sus
secretos encantos. Se ha apuntado la posibilidad de que este tatuaje en
particular pudiera ser una especie de signo distintivo de las prostitutas, pero
parece igualmente probable que se usara como amuleto protector contra los
peligros del parto o incluso contra las enfermedades de transmisión sexual.
De todos modos, parece que el tatuaje quedaba limitado a las mujeres de clase
social baja y a los hombres, aunque éstos lo practicaban con menor
frecuencia.

Aunque las convenciones artísticas dictaminaban que había que


representar a las mujeres ataviadas con la túnica lisa tan de moda en la época,
hay pocas pruebas directas que demuestren que la mujer egipcia estaba
interesada en perder peso. Toda mujer, cualquiera que fuera su talla, podía
vestir esta prenda suelta e informe y por otra parte tampoco tenemos noticia
de que en la antigüedad se hicieran regímenes dietéticos ni se practicaran
ejercicios rutinarios y los papiros médicos se muestran curiosamente
silenciosos en este aspecto. Si nos fijamos en los habitantes del Egipto rural
moderno vemos que, aunque les gusta que las mujeres estén más delgadas que
los hombres, a buen seguro no apreciarían el aspecto casi esquelético de las
mujeres que suelen ser motivo de admiración en las sociedades occidentales.
Al parecer, sólo en aquellas sociedades donde es inconcebible el hambre se
admira a este tipo de mujer. Las figurillas femeninas desnudas que se han
encontrado en las tumbas presentan por lo general formas redondeadas,
caderas relativamente anchas y nalgas ligeramente prominentes. Son figurillas
que forman parte de los ajuares que hay tanto en las tumbas de hombres como

Página 156
de mujeres y de niños, no ya como modelos de mujeres específicas sino como
símbolos de la fertilidad en general y que representan todo el proceso de la
vida de familia egipcia, algunos de cuyos aspectos son la reproducción y la
crianza de los hijos. Parecen apuntar que quizá el tipo femenino admirado por
encima de todos los demás era el de la mujer capaz de tener hijos.

La mayoría de egipcios mostraban una gran naturalidad en relación con su


cuerpo y no les ofendía la desnudez en los demás. La desnudez no se
consideraba en modo alguno desagradable ni indecente siempre que se diera
en el sitio adecuado y los propietarios de las tumbas no hacían alarde de falsa
modestia cuando mandaban reproducir en ellas escenas de la vida diaria en las
que aparecían pescadores u otros trabajadores que, de haber llevado ropa, se
habrían sentido incómodos. También los artistas podían ir desnudos como una
manera de indicar un nivel social bajo y era frecuente que se pintara
igualmente a los niños desnudos pese a que sabemos que normalmente iban
vestidos con prendas similares a las de sus padres. Durante el Imperio Nuevo
la desnudez o semidesnudez femenina se hizo habitual en el caso de mujeres
de condición baja cuyas ocupaciones estaban más o menos relacionadas con
sus encantos físicos. Se pintaba, por ejemplo, a las danzarinas y acróbatas con
una especie de corsé llamativo o con una falda corta vistosa y práctica, a
veces con unos tirantes estrechos cruzados sobre los pechos cuya finalidad era
puramente decorativa. Las sirvientas llevaban, para trabajar, una falda sencilla
sin blusa y a menudo se las representaba totalmente desnudas a excepción de
unos collares de cuentas y unos cintos de adorno o vestidas con prendas muy
sutiles que permitían ver el cuerpo por transparencia. La tendencia a la
desnudez femenina que observamos en el Imperio Nuevo se hizo incluso
extensiva a los dioses, entre los que había algunas deidades extranjeras que
iban desnudas, como la diosa asiática de la guerra Astarté, que en esta época
estaba ganando muchos adeptos en Egipto.
Con todo, habría sido impropio e inadecuado que personas pertenecientes
a las clases altas se hubieran mostrado en público sin ropa. Todas las
indicaciones nos revelan que a las personas de alto rango les encantaba
mostrar sus galas y que consideraban que vestir prendas elegantes era una
forma de manifestar su posición social. Sólo durante el breve periodo de
Amarna, en que variaron completamente las antiguas costumbres, se permitió
representar a las damas de la realeza ya fuera desnudas o con prendas
desabrochadas que no dejaban nada a la imaginación. No tenemos manera de
saber si la desnudez era, en efecto, corriente en la vida pública de todos los

Página 157
días, aunque parece razonable pensar que no debía de ser habitual durante los
rigurosos inviernos ni en las glaciales madrugadas.

Amado, me gusta ir al estanque y bañarme mientras tú me contemplas.


Así puedo dejar que veas mi belleza a través de la finísima túnica de lino
blanco, que cuando se moja se pega a mi cuerpo… Me meto contigo en el
agua y salgo de nuevo contigo con un pez rojo hermosamente atrapado
entre mis dedos… Ven y mírame.
Canción de amor, Imperio Nuevo

La ropa tiene la función básica de proteger el cuerpo desnudo contra los


elementos y al mismo tiempo preserva la modestia cubriendo aquellas partes
del mismo que la sociedad prefiere dejar a la imaginación. Sin embargo, basta
echar una mirada a la calle para darse cuenta de que la indumentaria —o, para
decirlo con más precisión, la moda— también sirve para emitir claros signos
sociales que revelan cosas tan diversas como la condición social, las
aspiraciones personales, la ocupación y hasta las creencias religiosas. La
ejecutiva, la estudiante y la madre joven pueden llevar variantes del mismo
tipo de blusa o de falda, pero las diferencias de estilo y corte se hacen
evidentes incluso al observador más superficial, mientras que el joven punk,
caracterizado por su individualismo, va vestido de cualquier manera, con
rotos y descosidos y cadenas de esclavo, uniforme que indica tan claramente
el grupo al que pertenece como el hábito revela a la monja que lo lleva. De la
misma manera que la campesina egipcia moderna deduce muchas cosas con
respecto a un desconocido observando y analizando sutiles variaciones en su
manera de vestir que pasan inadvertidas a los ojos del observador occidental
no iniciado, la indumentaria de la antigua egipcia también transmitía a la
gente de su época unas señales indicativas de su condición social.
Desgraciadamente, como no disponemos de la clave cultural indispensable
para descifrar esa misiva, poco podemos deducir como no sea las inferencias
más obvias de un estudio superficial de la moda egipcia.
A primera vista, los egipcios nos han proporcionado muchas pistas para el
estudio de su indumentaria.[6] Disponemos de alguna información escrita, se
han conservado unas pocas prendas de ropa y un gran número de estatuillas,
relieves y pinturas, todo lo cual se combina para facilitarnos un catálogo
ilustrado que puede utilizarse para escribir la historia de los cambios de estilo
a lo largo de las dinastías. Sin embargo, se trata de un tipo de pruebas que
conllevan unos problemas inherentes. Dada su naturaleza, estas

Página 158
representaciones suelen reproducir a personas pertenecientes a los niveles más
altos de la sociedad en condiciones atípicas. Del mismo modo que a la gente
actual le gusta que la fotografíen con sus mejores ropas, debemos deducir que
la gente acomodada de entonces también quería dejar su imagen a la
posteridad luciendo un atuendo lujoso y elaborado. Por otra parte, la
indumentaria que aparece en las representaciones del Más Allá podría tener
un significado ritual añadido que se nos escapa. Dadas las rígidas
convenciones del arte egipcio, es muy probable que el artista optara por
reproducir prendas estilizadas o tradicionales que realzaran la feminidad y no
las que las mujeres llevaban realmente y es muy posible que en muchos casos
el artista no captara los sutiles matices del vestido femenino, que pintara de
memoria la mayoría de los retratos o que se sirviera de un muestrario y no de
un modelo del natural. De hecho, hacer un estudio de la indumentaria
basándonos únicamente en las pruebas con que contamos, descritas más
arriba, vendría a ser como hacer un estudio de la indumentaria occidental
actual basándonos en las fotografías de las bodas o en las modas exageradas
que aparecen en las páginas de Vogue. Sin embargo, y pese a las
inexactitudes a que pueden dar lugar las representaciones, el mensaje que nos
transmiten los siglos desde los muros de las tumbas es la evidente
complacencia con que hombres y mujeres posan y exhiben sus bellos ropajes.
No hay duda de que los egipcios concedían importancia a la forma de vestir.
El tejido usado con más frecuencia en la confección de prendas de vestir
era el lino. Antes del periodo grecorromano eran desconocidos en Egipto el
algodón y la seda y, a pesar de que se criaban grandes rebaños de ovejas,
parece que las prendas de lana fueron raras en los tiempos prerromanos.
Herodoto, que fue el primer historiador que hace referencia a esta aversión a
la lana, supuso que se trataba de una evitación ritual, puesto que «no entraba
ninguna prenda de lana en los templos ni se enterraba a nadie con ella porque
su religión se lo prohíbe», teoría de la que se hace eco Plutarco, que observó
que «los sacerdotes, debido a que reverencian las ovejas, se abstienen de usar
tanto su lana como su carne». Con todo, parece mucho más probable que si
escaseaban las prendas de lana era porque también escaseaba la lana de buena
calidad, ya que la oveja egipcia, animal de poco pelo, se criaba
primordialmente por su leche y su carne y era evidente que no era apta para la
producción de lana a gran escala. Los restos arqueológicos nos demuestran
que Herodoto seguramente estaba en un error y que, aunque la gente prefería
que la representasen con sus prendas tradicionales de lino, es posible que las
prendas de lana fueran mucho más corrientes de lo que se cree. Por supuesto

Página 159
que no contamos con pruebas escritas de la época que demuestren que pesaba
una prohibición estricta contra el uso de la lana y si es indudable que el lino
es un material apropiado para los vestidos en un clima caluroso, debido a que
es ligero y agradable al tacto, también puede decirse de un chal o de una capa
de lana que son muy de apreciar en una noche fría de invierno.
Pero si teñir lana es relativamente fácil, teñir lino exige un proceso
especializado en dos etapas a fin de que el nuevo color sea permanente.
Durante mucho tiempo se pensó que, pese a sus evidentes habilidades en el
telar, los egipcios no llegaron nunca a desarrollar la tecnología necesaria para
teñir el lino. Se ha considerado que las escasas representaciones que nos han
llegado de mujeres con vestidos de vistosos dibujos azules, rojos y amarillos
debían corresponder a extranjeras o sirvientas ataviadas con prendas exóticas
importadas. Los egiptólogos han empezado a poner en tela de juicio no sólo
que el uso de prendas de lana no debía de ser tan raro como se había dicho
hasta ahora, sino que tampoco eran tan escasas como eso las prendas de ropa
teñida. En efecto, en tumbas de personas de clase trabajadora se han
encontrado muñecas con vestidos de vivos colores, lo que parece indicar que
las ropas vistosas y de alegres colores eran mucho más corrientes de lo que se
creía. Lo que no está claro, sin embargo, es si se trataba de vestidos de lino o
de lana, ambos teñidos. Con todo, el color más habitual de los trajes de
ceremonia siguió siendo siempre el blanco o el blancuzco y el color que
vemos invariablemente en las pinturas de las tumbas es el blanco restallante.
Ya que las prendas de color constituían, en Egipto, una rareza fue
haciéndose cada vez más elaborado el arte de los pliegues y tablas como
adorno de los vestidos. Los pliegues fueron cada vez más finos y complicados
a medida que iba mejorando la calidad de las telas corrientes, lo que se
acompañó de un cambio parejo en la moda, que pasó de los vestidos lisos y
ceñidos a prendas más holgadas, que permitían apreciar mejor la calidad de
las telas de que estaban hechas. A mediados del Imperio Nuevo el estilo de
los pliegues cambió con tal rapidez que actualmente pueden datarse las
estatuas con una exactitud considerable simplemente por la forma de los
pliegues. Desconocemos el procedimiento que debieron de emplear los que
confeccionaban los vestidos para fijar tan fuertemente los pliegues de la tela y
conseguir que hoy en día sigan en su sitio, aunque se ha apuntado la
posibilidad de que las largas tablas recorridas por surcos y costillas que se han
encontrado en varias tumbas debieron de desempeñar un importante papel en
este proceso. Es posible también que aplicaran a la tela algún tipo de almidón
que diese apresto al tejido y mantuviera inalterables los pliegues.

Página 160
Se ha recuperado el número suficiente de prendas femeninas exteriores
para poder afirmar que durante todo el Periodo Dinástico la inmensa mayoría
de mujeres vestían alguna variante simple y escueta de la larga chilaba,
semejante por su hechura a un camisón, que siguen llevando hoy en día las
campesinas egipcias.[7] Estas prendas sencillas carecen por completo del
estilo y elegancia que caracterizan la vestimenta que vemos en las
ceremoniosas escenas de las tumbas, pero a buen seguro que eran fáciles de
confeccionar y tenían su lado práctico y cómodo como ropa de trabajo. Varios
de los vestidos que se han conservado tienen mangas, refinamiento que rara
vez aparece reproducido en las pinturas con anterioridad al Imperio Nuevo,
pese a que habrían servido de protección útil frente al omnipresente polvo y a
los mosquitos. Las mangas de quitaipón, que podían separarse del vestido
cuando hacía calor, brindaban la posibilidad de utilizar el mismo vestido
durante todo el año.
En todo el Periodo Dinástico se utilizaron como calzado las sandalias con
suelas de caña entretejida o de cuero, sujetas al pie por medio de una tira
también de cuero. Durante la XIX dinastía se pusieron de moda una especie
de zapatillas de cuero más elaboradas. Las sandalias básicas solían formar
parte de la paga que recibía el trabajador, si bien las representaciones
artísticas de la vida diaria revelan que la mayoría, al igual que ocurre ahora en
muchos lugares del mundo actual, trabajaban descalzos. Como muestra de
cortesía, toda persona se sacaba inmediatamente los zapatos al entrar en una
casa, como también en presencia de una persona superior desde el punto de
vista social. El título honorífico de «portador de las sandalias al faraón» se
contaba entre los más prestigiosos, aun cuando no es nada probable que la
persona que lo ostentaba tuviera que encargarse realmente de realizar para el
faraón tan ignominioso transporte.
En las frías noches egipcias se estilaba llevar sobre los vestidos unos
simples chales similares en todos los aspectos a los usados modernamente.
Entre las provisiones de la tumba del arquitecto Ja y de su esposa Merit,
correspondiente a la XVIII dinastía, no sólo hay chales sino también una bata
adornada con complicados flecos, cuidadosamente doblada dentro de una
cesta en la que hay, además, un peine y unas tenacillas para rizar la peluca.
Tenemos también varios ostraca en los que figuran precios de diversas
prendas que permiten hacer comparaciones y por ellos sabemos que en el
Imperio Nuevo un simple vestido recto a modo de chilaba, confeccionado con
una tela sencilla, valía cinco deben, precio relativamente alto. Sería difícil
reducir este valor a unos términos monetarios modernos precisos, pero el

Página 161
hecho de que sepamos que en esta misma época una cabra valía dos deben
nos proporciona una indicación orientativa del valor adjudicado a la prenda de
vestir. Es evidente que las ropas eran valoradas de acuerdo con la calidad y
cantidad de tejido utilizado, ya que un chal confeccionado con tela de buena
calidad era un artículo de lujo valorado nada menos que en quince deben.
No es de extrañar, pues, que fueran relativamente frecuentes los robos de
prendas esenciales. En teoría se podían presentar demandas por estos delitos
ante un tribunal de justicia, pero era más habitual que la víctima del robo
consultase al oráculo local para resolver el misterio y conseguir que le
facilitara el nombre del culpable con un mínimo de alboroto. El oráculo, bajo
la forma de una imagen del dios local, estaba colocado sobre unas parihuelas
y era transportado a hombros de unos sacerdotes legos encargados de esta
misión. El oráculo daba respuestas a preguntas que podían contestarse con un
sí o un no directos impulsando a los porteadores a moverse hacia adelante o
hacia atrás según el caso lo requiriera. En casos más complicados, en los que
había varios sospechosos posibles, el demandante recitaba una lista de
nombres y el dios se movía para indicar al culpable. Aun cuando había
muchas deidades locales que proporcionaban eficientes servicios como
oráculos, el deificado Amenofis I en Deir el-Medina era reconocido por todos
como uno de los mejores.[8] Un ostracón de este yacimiento nos dice que el
dibujante Kaha decidió consultar al oráculo debido a que le habían robado
algunas telas. Kaha le leyó una lista de los sospechosos y el dios hizo por dos
veces una señal cuando mencionó el nombre de los familiares del escriba
Imenhet. Finalmente la lista de sospechosos fue reduciéndose hasta que fue
identificada como ladrona la hija de Imenhet, cuyo nombre no se da. No hay
constancia de que se le aplicara posteriormente un castigo, pero parece que la
opinión pública adversa unida a un auténtico temor ante el castigo divino
debió de forzar a la culpable a devolver con presteza a su dueño los artículos
robados.

Su Majestad dijo: «¡Voy a ir a remar! Traedme veinte remos de ébano


revestido de oro con el mango de madera de sándalo revestido de ámbar.
Traedme veinte mujeres con trenzas, de cuerpo y pechos bien
conformados y que todavía no hayan parido. Traedme también veinte
redes y dad las redes a las mujeres en lugar de vestidos». Todo se hizo tal
como había ordenado Su Majestad y las mujeres remaron para arriba y
para abajo y el corazón de Su Majestad se alegró viéndolas remar.
Parte del Papiro Westcar del Imperio Medio

Página 162
Los vestidos que llevaban aquellos miembros de la
sociedad que estaban más al día de la moda solían ser
muy simples en cuanto a diseño, aunque mucho menos
prácticos para el uso diario. Las modas evolucionaban
de una manera natural, pero la prenda básica
continuaba siendo un simple trozo de tela con la que se
envolvían el cuerpo o se lo colgaban de él a modo de
sarong, sostenido por medio de un cinturón o colgado
de unos simples tirantes cosidos a la tela. Estas
prendas son prácticamente inclasificables cuando no
están sobre el cuerpo, por lo que las encontradas en las
tumbas a menudo se han clasificado erróneamente
como sábanas. Durante el Imperio Antiguo las mujeres
más elegantes llevaban una larga túnica blanca
suavemente ceñida al cuerpo, que se lo cubría desde
los pechos hasta media pierna. Estaba hecha con un
trozo de tela de lino doblada por la mitad, con su
Fig. 26 - Vestido tubo dobladillo y cosida simplemente en forma de tubo,
del Imperio Antiguo sostenida por unos tirantes anchos que pasaban por
encima de los hombros. Las escenas que se han conservado pintadas en las
tumbas indican que esta prenda básica era muy ceñida y revelaba la forma del
cuerpo que cubría, aun cuando es difícil imaginar que pudiese llevarse encima
una prenda tan impráctica como ésta, ya que de querer seguir ciegamente la
moda habría sido preciso que la prenda hubiera sido cosida sobre el cuerpo y
aún entonces la mujer habría tenido bastantes dificultades para caminar. Se
supone, por tanto, que se trata de una convención artística más, concebida
para hacer hincapié en la feminidad de la modelo, cuya función pasiva en la
vida aparece sutilmente realzada por una prenda tan poco práctica como la
descrita. Como alternativa de esta prenda blanca y envarada, los adornados
tirantes de los hombros y las piezas horizontales de corte geométrico podían
estar entretejidos con el resto del vestido o bordados en el mismo. Sobre el
simple vestido se llevaba una especie de cota formada por una trama de
abalorios o cuentas que producía un efecto muy vistoso. Ya hemos visto que
el Papiro Westcar registra el lascivo deleite del satisfecho rey Sneferu al
contemplar a su cohorte de núbiles remeras ataviadas con sus vestidos a base
de «redes de pescar» y sin la prenda habitual que imponía el recato.
Esta subestimada elegancia del Imperio Antiguo acabó cediendo paso a un
estilo más elaborado y la mujer del Imperio Nuevo ya estuvo en condiciones

Página 163
de elegir su vestido en un guardarropa mucho más
variado y menos conservador, donde abundaban las
prendas con pliegues y flecos, más en consonancia
con las pelucas más complicadas que estaban de
moda en esta época. La prenda más corriente era
entonces un vestido holgado a modo de sari,
confeccionado con un largo de tela plegada que
envolvía el cuerpo y los hombros y se ataba debajo
del busto, lo que confería a la mujer una silueta que
recuerda la línea Imperio. Las mangas, cubiertas de
finos pliegues, tapaban la parte superior de los
brazos hasta el codo. Sin embargo, el antiguo
vestido tubo no perdió popularidad, si bien ahora se
llevaba debajo de una túnica más corta, diáfana y
holgada.

Me tiende lazos con sus cabellos, Fig. 27 - Modelo del Imperio


Me atrapa con sus ojos, Nuevo

Me enmaraña con sus collares


Y me marca con el sello de su anillo.
Poema de amor del Imperio Nuevo

Estas prendas sencillas de color blanco constituían el fondo perfecto para


las coloreadas y variadas joyas que llevaron tanto hombres como mujeres y
niños de todas las clases sociales desde los tiempos predinásticos en adelante.
Para las prendas adornadas con bisutería barata y llamativa se usaban
abalorios de vivos colores producidos en masa mientras, en el extremo
opuesto de la escala financiera, maestros artesanos transformaban valiosos
metales y piedras semipreciosas en exquisitos trabajos que por su diseño
podían calificarse de verdaderas obras de arte. Las joyas de la familia real
estaban hechas exclusivamente en los talleres anexos al palacio real y, debido
a contar con todos los recursos de la corte, estaban en condiciones de
desarrollar avanzadas y complicadas técnicas como el cloisonné, la
granulación y el trabajo de filigrana. Los menos ricos adquirían alhajas más
modestas a los artesanos locales o a joyeros ambulantes que ofrecían su
mercancía en los mercados de los pueblos. En general, cualquiera que fuese la
categoría del orfebre, los materiales usados en joyería eran opacos. En

Página 164
contraste con nuestra joyería, el impresionante efecto que se perseguía era el
colorido y la brillantez del conjunto más que la pureza de sus componentes.
Los joyeros egipcios no tuvieron nunca acceso a las piedras preciosas que
desempeñan un papel tan importante en la joyería moderna. Sin embargo,
dentro de los confines de Egipto podían encontrarse amatistas, cornalinas y
jaspes, en tanto que en las minas del desierto del Sinaí podía extraerse
turquesa y, en cuanto al lapislázuli, de azul profundo, se importaba nada
menos que de un lugar tan lejano como Afganistán. En el desierto egipcio es
fácil encontrar oro tanto en los filones puros que recorren las rocas de cuarzo
como en depósitos aluviales que hay que lavar con la batea. En el Periodo
Dinástico se explotaron ambas fuentes. La plata pura, en cambio, fue
importada siempre del Mediterráneo. La plata se presenta como una impureza
del oro nativo egipcio, pero es muy difícil separar los dos metales.[9] En
consecuencia, en Egipto siempre fue más apreciada la plata que el oro y en
joyería es más difícil de encontrar la primera que el segundo. De todos
modos, ninguno de los dos metales fue nunca fácil de obtener para la gente
del montón y es evidente que, gracias a los atrevidos ladrones de tumbas,
hubo un próspero mercado negro del oro conseguido por medios ilícitos en las
sepulturas reales, siempre muy bien provistas de este metal.
A los egipcios les gustaba lucir en vida sus galas, por lo que no es raro
que quisiesen continuar exhibiéndolas después de muertos. Consideraban
esencial que los enterrasen con sus impresionantes aderezos, según
correspondía a su sexo y a su posición social. Así pues, la mayor parte de las
joyas egipcias que actualmente se guardan en los museos del mundo proceden
de ámbitos funerarios, a menudo robadas por saqueadores de tumbas de época
moderna o por egiptólogos aficionados que no dieron relevancia arqueológica
al botín. Es del todo evidente que algunas de estas piezas eran muy estimadas
por sus propietarios que hicieron frecuente uso de ellas, pero muchas habían
sido específicamente fabricadas para ser guardadas en la tumba. Las había de
finísima malla, lo que habría hecho imposible llevarlas sin que se rompieran,
mientras que algunos de los anchos collares carecen del peso necesario para
poder mantenerse correctamente en su sitio. Estos aderezos tenían una
función simbólica que sería funcional en el Más Allá, cuando fueran usados
por el difunto. No hay indicios que revelen que estas joyas funerarias eran
otra cosa que una imitación de las que llevaban habitualmente en su vida
diaria los egipcios y, aunque se sabe de amuletos específicos protectores que
debían meterse entre los vendajes con que se cubría a las momias, se ignora si

Página 165
había un tipo específico de joyas para los difuntos, adecuadas únicamente
para llevarlas en el Más Allá.

Violentamos las tumbas del oeste del No y sacamos los sarcófagos que
había dentro. Nos quedamos con el oro y la plata que encontramos y lo
robamos todo y yo lo repartí con mis compañeros.
Transcripción de un juicio del Imperio Nuevo

El saqueo de las tumbas reales, a menudo por mano de los propios


hombres que habían trabajado en su construcción, era una preocupación
constante, ya que era imposible mantener secreta durante mucho tiempo la
ubicación de edificaciones de tal envergadura. En Tebas, sede de las tumbas
reales del Imperio Nuevo, estaba de servicio un cuerpo policial especial cuya
misión era custodiar las tumbas reales e informar de cualquier irregularidad
directamente al visir, segunda autoridad después del faraón. Sin embargo, hay
varios papiros de la XX dinastía que se ocupan de la detención y posterior
juicio de las pandillas de ladrones de tumbas y la existencia de unos peristas
que se dedicaban a comprar la propiedad robada indican que quizá esta fuerza
policial no era tan eficaz como debiera haber sido; es más, es evidente que
algunos funcionarios de las necrópolis estaban claramente involucrados en
estos delitos. En caso de que se observara cualquier irregularidad en las
necrópolis había que informar del hecho directamente al visir o a otros
funcionarios de alto rango. Se nombró una comisión encargada de investigar
qué tumbas se habían violado, de hacer una lista de los sospechosos y de
tramitar la correspondiente demanda. Se hizo comparecer ante el faraón a los
que resultaron culpables, que debieron someterse a la pena decretada
oficialmente para los ladrones de tumbas, que era una horrenda y larga agonía
por empalamiento en una estaca.
En el mundo occidental damos a nuestras joyas una finalidad
primordialmente decorativa, considerándolas una manera de expresar nuestra
individualidad y quizá también de hacer alarde de nuestra situación
financiera. Por supuesto que hay ciertas excepciones a la regla. Hay algunas
joyas como un crucifijo, una medalla de san Cristóbal o una herradura de
caballo, que igual se llevan con fines ornamentales que por razones religiosas
o supersticiosas, mientras que la alianza matrimonial o el anillo de prometida
tanto pueden obedecer a una intención decorativa como para indicar un nivel
social. Los egipcios, que se consideraban asediados continuamente por
espíritus del mal, demonios y otras fuerzas igualmente azarosas de su acerbo

Página 166
mundo natural, confiaban en que las alhajas que llevaban combinaban la
función ornamental con la importante y a la vez práctica de guardarlos del
mal, por lo que atribuían el valor de amuleto a casi todas sus joyas. No
siempre tenemos claros qué rasgos profilácticos pueden tener ciertos motivos
pero, al igual que ocurre con muchos aspectos de la vida Dinástica, casi
podría afirmarse que no hay ninguna joya egipcia que pueda tomarse por lo
que parece. Para que todos estos hechizos resultaran plenamente efectivos
tenían que estar en contacto con la piel y por lo general se llevaban colgados
de una tira de cuero en torno al cuello.
Han llegado hasta nosotros algunos efectos secretos de estos amuletos y
podemos asegurar que los había particularmente apropiados para las mujeres.
Vemos, por ejemplo, la cabeza de Bat, diosa de la fertilidad capaz de ayudar a
concebir a las mujeres estériles, en algunos de los amuletos más antiguos, ya
que se remontan a los inicios del Periodo Dinástico. Se creía que los adornos
de peces, que tanto se llevaban en el pelo como colgados del cuello, servían
para que las muchachas no se ahogaran, mientras que se consideraba que las
valvas de ostra servían para aportar buena salud general a todas las mujeres.
El ojo Udjat de Horus, que simbolizaba el ojo que le sacó el malvado Seth,
pasó a convertirse en representación de la luz, capaz de guardar contra el mal
y, dado su carácter, fue un amuleto que se hizo muy popular tanto entre los
hombres como entre las mujeres. Está menos claro el sentido que podrían
tener los poderes protectores atribuidos a ciertos colores —especialmente el
verde, que significaba vida y nacimiento— y a ciertos tipos de piedras.
Aquella que llevase un collar de turquesas verdes podía estimarse
debidamente protegida contra todo mal.
Las alhajas más populares y baratas eran las confeccionadas a base de
simples abalorios, conchas y otras baratijas ensartadas en un cordón de lino o
de cuero. Dichos abalorios, generalmente de esteatita vidriada, eran de
variados colores y formas diferentes y con ellos se podían confeccionar
collares, brazaletes y ajorcas para los tobillos. Algunos de estos abalorios eran
muy complejos; los corpiños de abalorios, cuya finalidad era exclusivamente
ornamental, solían llevarlos las bailarinas y se combinaban con cipreas para
emitir un sonido incitante que iba aumentando con el ritmo de la danza. Es
muy posible que dichas cipreas, que tienen un cierto parecido con los
genitales femeninos, pretendieran ser simbólicas de la fertilidad. El uso de
estos corpiños de incitantes resonancias no estaba limitado a aquellas que
querían sacar partido de sus encantos físicos, ya que se han encontrado
algunos en tumbas de elegantes princesas reales, seguramente muy

Página 167
respetables. Aunque la mayoría debía contentarse con simples colgantes y
collares de abalorios, los miembros de la clase media y alta, desde los
pequeños funcionarios hasta la misma familia real, lucían amplias y
complicadas pecheras confeccionadas con sartas de cuentas de loza fina
entretejidas y ensartadas a través de anchos terminales. Los pectorales,
amplios colgantes de metal precioso embutido que se llevaban sobre el pecho,
se limitaban también a los miembros más ricos de la sociedad y generalmente,
aunque no siempre, eran usados por mujeres.
Los brazaletes, ajorcas y esclavas fueron adornos populares usados por las
mujeres de todas las clases sociales desde el Periodo Predinástico en adelante
y una de las usuarias de brazaletes más distinguidas y antiguas fue la reina
Heteferes, madre del rey Keops, el constructor de pirámides de la IV dinastía.
El retrato de Heteferes nos la muestra con los brazos cargados de joyas y fue
enterrada en un sarcófago que contenía veinte brazaletes de plata taraceada
cuya finalidad era lucirlos en el Más Allá. Las pulseras para los tobillos eran
muy difíciles de diferenciar de los brazaletes a menos de haberlas encontrado
puestas en el miembro correspondiente de un cadáver y hasta los mismos
egipcios tuvieron por necesario etiquetar con las palabras «para los pies» las
cajas que contenían las alhajas destinadas a esta parte del cuerpo. Parece que
muchos arqueólogos, posiblemente por no estar familiarizados con estas
pulseras para los tobillos, las han confundido con los brazaletes debido a su
semejanza, ya que es frecuente encontrarlas clasificadas erróneamente tras
haber sido encontrados en tumbas. Originariamente estas ajorcas del tobillo
eran de uso exclusivamente femenino, pero en el Imperio Medio comenzaron
a ser utilizadas por hombres y mujeres de todas las clases sociales. Lo más
elegante en relación con este adorno consistía en coordinar un brazalete
amplio y decorado con una ajorca para el tobillo a juego y ligeramente más
gruesa.
Aunque en las pinturas o esculturas raras veces vemos sortijas, a partir del
Periodo Predinástico fueron usadas por ambos sexos y crecieron en
popularidad hasta que, en el Imperio Nuevo, comenzaron a producirse
masivamente las sortijas de porcelana y a usarse como elemento de adorno
personal. Se trataba de anillos que se usaban en todos los dedos de ambas
manos, si bien las sortijas con el sello en forma de escarabajo, indicativas de
una posición social elevada y en consecuencia reservadas a los burócratas de
sexo masculino, se llevaban en el tercer dedo de la mano izquierda. Los
pendientes, en cambio, fueron casi desconocidos hasta el Imperio Nuevo,
época en que, siguiendo el ejemplo de vecinos extranjeros, las mujeres de

Página 168
todas las categorías sociales se perforaron las orejas y se lanzaron a la moda
de llevar pendientes dentro de una amplia gama de estilos. Los aros de oro y
los botones de vidrio, muy parecidos por su diseño a los que se llevan
actualmente en todo el mundo, se hicieron sumamente populares. También
eran muy apreciadas una especie de clavijas de loza decorada en forma de
disco plano con un surco en el borde cuya función era agrandar de forma
permanente el lóbulo de la oreja. Al igual que ocurre hoy en día, los
pendientes caros y bien hechos con materiales como por ejemplo el oro,
usados por las damas de la corte, se reproducían con materiales más baratos
como la arcilla o el vidrio, con lo que se ponían al alcance de todos los
bolsillos. Los hombres de alto rango también llevaban pendientes y, pese a
que la momia de Tutankamón no los llevaba en estado momificado, tenía los
lóbulos de las orejas perforados. En el caso de los hombres, los pendientes no
eran simplemente un tipo de adorno personal, ya que suponían además una
señal que indicaba los fieles servicios prestados al rey y únicamente los
llevaban aquellos a quienes se les había concedido anteriormente el collar de
oro ceremonial como premio a su fidelidad. Era tradicional que el faraón
hiciese dones de costosas alhajas, el «Oro del Valiente», para expresar su
contento tanto a sus distinguidos soldados como a los funcionarios leales, de
la misma manera que actualmente se premia a personajes equivalentes con
medallas y títulos de nobleza. Los afortunados receptores de estas muestras de
estima solían registrar la ceremonia de donación en los muros de sus tumbas.
Sería muy difícil para nosotros valorar la importancia que podían tener las
joyas para una mujer egipcia. Entendemos que tenían una función decorativa,
damos por sentado que eran un indicio de la riqueza y del nivel social de la
mujer y de su familia y sabemos, además, que muchas en particular tenían una
clara finalidad protectora. Está menos claro que la mujer también viese las
joyas como una inversión de cara al futuro. En muchas sociedades en que la
mujer disfruta de una propiedad limitada de los bienes es frecuente que las
joyas y adornos de oro sean un regalo del marido en la época de concertación
de la boda, se consideran tradicionalmente propiedad de la mujer y
constituyen una reserva a la que poder recurrir en momentos difíciles. Es la
situación que se da actualmente en los pueblos de Egipto, donde el novio
suele obsequiar a su prometida con joyas de oro para sellar el compromiso.
En este caso cuenta más el peso del oro que el arte propiamente dicho de las
alhajas. Se trata de un procedimiento que se basa en lo que de precioso tienen
las joyas, poseedoras de un elevado valor financiero que puede redimirse en
época posterior. No puede compararse esta situación, en cambio, con la del

Página 169
Egipto dinástico, en que la mujer tenía reconocido tanto por la costumbre
como por la ley el derecho a compartir una propiedad considerada conjunta,
donde la mayor parte de las joyas que se han encontrado no tenían un valor
especial. Todo parece indicar que el único valor que tenían las joyas era su
representación del nivel social y de los gustos personales de quien las lucía.

La que antes no poseía ni una caja siquiera ahora tiene muebles, mientras
que la que tenía que mirarse en el agua ahora posee un espejo.
Admoniciones del escriba Ipuwer, del Imperio Medio

Lamentablemente, no había forma de que una señora egipcia pudiera


contemplarse de pies a cabeza ataviada con sus mejores galas, ya que no se
conocían los espejos de cuerpo entero. El hecho es que los miembros más
desfavorecidos de la sociedad debían contentarse con ver reflejada su imagen
en las aguas del Nilo. En cuanto a aquellos que disponían de más medios,
acostumbraban a tener un espejo de mano de metal pulimentado, llamado con
mucha propiedad un «mira caras», muy útil para examinarse los rasgos de la
fisonomía y retocar el maquillaje. La mayoría de los espejos que se han
encontrado son de bronce y están absolutamente deslustrados, con la
superficie picada y corroída. Sin embargo, al pulimentarlos simplemente con
fines experimentales se ha visto que reflejan una imagen fiel e incluso
ligeramente aumentada. Al igual que ocurre con muchos otros objetos de la
vida diaria egipcia, se consideraban los espejos muy por encima de un simple
artilugio destinado a potenciar la belleza personal. El espejo ovalado, con su
inexplicable capacidad de ofrecer una imagen virtual y al mismo tiempo
reflejar y concentrar la luz, acabó asociándose a los conceptos religiosos de la
vida, a la creación y regeneración y, en menor medida, incluso se relacionó
con los dioses del sol y de la luna. Los mangos decorados de los espejos
reflejaban estas sugerencias místicas y acostumbraban a reproducir un papiro
o un tallo de loto, símbolos de la creación y la reproducción, o bien la cabeza
de Hator, personificación del amor, la belleza y la fertilidad.

Página 170
Fig. 28 - Espejo de bronce

Aunque no hay duda de que tanto hombres como mujeres debieron de


servirse de los espejos, parecen tener un sentido particular para las mujeres.
Las pinturas que vemos en las tumbas nos dicen que las mujeres de posición
encumbrada trataban sus espejos como accesorios elegantes y los llevaban en
una bolsa protectora especial, colgada del hombro. La tradición preveía que se
retratara a esas mujeres con los espejos cuidadosamente colocados debajo del
asiento. Los espejos, pues, se convirtieron en importantes elementos de las
pinturas que representaban el parto, fueron uno de los objetos ofrecidos
habitualmente por las damas de posición a Hator de Dendera y era normal que
figurasen entre los objetos que se depositaban en las sepulturas de las
mujeres. Todo esto indica que el espejo propiamente dicho era visto por los
egipcios como un evidente símbolo de feminidad o de fertilidad. En realidad,
se ha apuntado incluso que las muchas representaciones de la mujer ocupada
en acicalarse, actividad en que los espejos desempeñan tan importante papel,
podría encerrar algún ritual secreto o tener algún significado sexual que,
desgraciadamente para nosotros, ignoramos.

Página 171
6
El harén real

Ten cuidado con la mujer desconocida en tu pueblo. No la contemples


cuando pasa por tu lado y evita tener relaciones sexuales con ella. Tal
mujer, lejos de su marido, es como esas aguas profundas cuyo fondo se
desconoce.
Prudente consejo del escriba Any del Imperio Nuevo

El harén es un concepto absolutamente desconocido en la cultura occidental


tanto antigua como moderna. Sin embargo, la imagen del exótico serrallo al
estilo turco, palacio del placer, lugar recóndito y celosamente custodiado,
poblado de concubinas casi desnudas que distraían el ocio preparándose
lánguidamente a obedecer las órdenes del sultán, pasó a formar parte de esa
fascinación que sienten los occidentales ante el misterioso Oriente, una
fascinación que se extiende desde las tentadoras y decadentes pinturas
orientalistas del siglo XIX a través del Camino de Marruecos y mucho más
allá. Fue así cómo, erróneamente, se fue elaborando esa visión de un paraíso
de hedonismo oriental y de sensuales y secretos deleites que ha influido tan
poderosamente en nuestra interpretación de las realidades en pro y en contra
de la función que tuvo el harén en la sociedad egipcia.
Los primeros excavadores esperaban encontrar en Egipto harenes al estilo
otomano y, al descubrirlos, los clasificaron burdamente como un conjunto de
mujeres solteras o de estado indefinido, concubinas o cortesanas, que estaban
necesitadas de la protección de un hombre. Sobre esa base tan endeble de
identificaciones dudosas y evidentes suposiciones, en la imaginación general
se atrincheró sólidamente el concepto de una sociedad egipcia claramente
polígama, que influyó en la interpretación de nuevos hallazgos arqueológicos.

Página 172
Sólo desde hace pocos años los egiptólogos, auxiliados por las nuevas
investigaciones arqueológicas, lingüísticas y antropológicas, han acabado por
entender que sus interpretaciones se encontraban seriamente tergiversadas por
tantas ideas preconcebidas y arraigadas suposiciones. Ahora sabemos que no
hubo un equivalente egipcio directo del serrallo tradicional descrito más
arriba, ni tampoco una tradición especialmente difundida en materia de
poligamia o de concubinaje. Por supuesto que había un harén real para uso de
los faraones, pero era un lugar muy diferente de ese burdel refinado que flota
en nuestra imaginación.

Si quieres conservar la amistad de la casa donde entras como dueño,


hermano o amigo, sea lo que fuere lo que hagas procura no acercarte a las
mujeres.
Consejo de un escriba del Imperio Antiguo

Aunque la gran mayoría de egipcios se mantuvieron monógamos y se


restringieron oficialmente a tener una sola esposa por turno sucesivo, todos
los cabezas de familia estaban en situación de ofrecer alojamiento a un
variado abanico de mujeres solteras o viudas, ya fueran hermanas, hijas, tías,
suegras o madres. Dadas estas circunstancias, las estancias reservadas a las
mujeres en cualquier casa o palacio podían ser clasificadas como harén,
aunque el término no tenía el sentido que se le aplica modernamente y hacía
referencia a un grupo de mujeres o a sus aposentos sin presuponer por ello
ningún vínculo de carácter sexual con el dueño de la casa. El rey, en su
función de cabeza de familia real, tenía el deber de mantener a un número
relativamente elevado de reinas, princesas y concubinas, además de a sus
numerosos hijos, nodrizas correspondientes y criados personales. Todo este
grupo de mujeres constituían el llamado harén real.
Por desgracia no sabemos qué nombre daban los egipcios a este grupo de
mujeres. Durante los Imperios Antiguo y Medio se empleaba el término ipet
nesut para designar a una institución real de base esencialmente femenina. Se
trata de un término que actualmente se ha convenido en traducir por «Harén
del Rey», aunque el significado exacto de ipet no es ni de lejos seguro, por lo
que igual se podría interpretar el ipet nesut como «Aposentos Reales de las
Mujeres», «Apartamentos Reales» o incluso «Granero Real» u «Oficina Real
de Cuentas».[1] Siguiendo la traducción tradicional, se ha identificado a varios
funcionarios varones con el nombre de «Supervisor del Harén». Dado que
dicha identificación se basa tan sólo en la interpretación de la palabra ipet, es

Página 173
posible que la traducción sea incorrecta. De la misma manera, se ha
convenido que las damas de la corte que ostentaban títulos tan vagos y poco
explícitos como «Ornamento Real» o «Único Ornamento Real» eran
concubinas del rey. Sin embargo, se trata de una traducción que refleja una
vez más las perplejidades que embargaban a los antiguos egiptólogos. En la
actualidad se ha dejado sentado que los «Únicos Ornamentos Reales» eran
damas absolutamente respetables del Primer Periodo Intermedio y que a
menudo eran además sacerdotisas de Hator, en tanto que se empleaba el título
más general de «Ornamento Real» para designar a las damas adscritas al
servicio de la corte de la XIII dinastía.
La evidencia directa más antigua que tenemos de un cortejo de mujeres
«pertenecientes» al monarca proviene de las sepulturas subsidiarias que se
asocian a las tumbas reales de Abydos, correspondientes a la I dinastía del
Periodo Arcaico. Eran tumbas asignadas a hombres y mujeres vinculados al
rey en calidad personal y servil más que a funcionarios y ministros de alto
rango que formaban parte de la corte. En consecuencia, en este grupo estaban
comprendidos los criados y sacerdotes menores dedicados a las ceremonias
funerarias, así como enanos, perros favoritos y, por supuesto, mujeres
favoritas.[2] El número de sepulturas secundarias que acompañaban la de cada
monarca era variable, pero indefectiblemente considerable. El complejo de
tumbas del rey Djer, por ejemplo, comprendía las de más de trescientos
dependientes asociados. De las sepulturas secundarias de Djer han
sobrevivido noventa y siete estelas privadas y sorprende que setenta y seis de
dichas tumbas (es decir, el setenta y ocho por ciento) estén ocupadas por
mujeres. Muchas de estas mujeres se enterraron junto con objetos de alta
calidad, lo que parece indicar que se trataba de personas de una cierta
importancia en los círculos de la corte. No hay duda de que fue una
conclusión precipitada considerarlas a todas concubinas reales.
Por desgracia, la mayor parte de estas sepulturas secundarias fueron
objeto de saqueo y dispersados los restos humanos que contenían, de modo
que en muchos casos lo único que ha quedado han sido los nombres y los
vagos títulos que se les atribuyen, grabados en las lápidas que se han
conservado y que, si no otra cosa, cuando menos nos indican el sexo de la
persona que estuvo allí enterrada. En consecuencia, no tenemos ninguna
prueba científica que nos revele cómo fueron a parar a aquellas tumbas los
cadáveres que las ocuparon. Puede ser que, cuando el rey se dedicaba a hacer
minuciosos preparativos para su muerte, proveyese también a ocuparse de la
muerte de sus más fieles servidores y reservase parcelas de terreno para

Página 174
instalar en ellas sus tumbas y asegurar con ello que, cuando les llegara el final
de su vida natural, fuesen enterrados a la sombra de la tumba de su amo,
lógicamente mucho más impresionante que la de ellos. Por otra parte, cae
dentro de lo posible que las tumbas fueran excavadas por sirvientes que eran
asesinados después u obligados a suicidarse inmediatamente después de la
muerte de su amo. El profesor Emery, que excavó las tumbas secundarias que
componen el cementerio de Sakkara, relacionadas con la reina Meryt-Neith,
tuvo ocasión de observar la postura de algunos cadáveres cuando se abrieron
las tumbas y comentó que:

No se observaba signo de violencia alguna en los restos anatómicos ni la


posición de los esqueletos mostraba en ningún caso que se hubieran
movido después de enterrados. Es probable, pues, que aquellas personas
fueran enterradas después de muertas, no hay prueba alguna de que se las
hubiera enterrado vivas. La ausencia de señales de violencia parece
apuntar que murieron envenenadas con anterioridad al entierro.[3]

La inexorable tradición que dictamina que hay que sacrificar


automáticamente a los sirvientes leales e incluso a las esposas después de la
muerte natural de su amo o marido se repite en sociedades marcadamente
feudales y patriarcales tanto antiguas como modernas. De hecho, la costumbre
india actualmente ilegal que dictamina la inmolación de la viuda en la pira
funeraria del marido sigue practicándose subrepticiamente en remotas zonas
de la India rural de hoy. El paralelo más relevante de los arcaicos
enterramientos de Egipto nos llega de Mesopotamia: el Cementerio Real
sumerio de Ur, cuya datación se sitúa aproximadamente en el año 2650 a. C.
En él tanto los reyes como las reinas compartían magníficas tumbas con sus
servidores personales y una gran riqueza en tesoros, mientras que entre las
sepulturas subsidiarias había una sepultura común, conocida actualmente
como la Gran Muerte Pit, en la que se encontraron los cadáveres de seis
hombres y sesenta y ocho mujeres elegantemente vestidas. Estos cortesanos
presentaban todas las trazas de haber ido a parar a la tumba por propia
voluntad, ingiriendo algún veneno al son de la música que hacían unos
hombres cuyos dedos, cuatro mil años más tarde, seguían posados en las
cuerdas del arpa. La familia real sumeria, al igual que la egipcia, disfrutaba de
una situación semidivina y era vista como el paralelo mortal de los dioses
celestiales. Al parecer, sus criados y ayudantes se sentían felices de trocar lo

Página 175
que les quedaba de existencia terrena por la posibilidad de continuar sirviendo
en el otro mundo a los que tenían por sus dioses.[4]
Aunque es posible que en el Periodo Arcaico se hicieran sacrificios
humanos voluntarios o no, no hay absolutamente ninguna prueba que
demuestre que tan devastadora tradición persistiera hasta el Imperio Antiguo.
Sin embargo, los monarcas del Imperio Antiguo prosiguieron la costumbre de
mantener a un grupo relativamente grande de mujeres adscritas a la corte, las
más importantes de las cuales —las esposas principales, las hijas y las madres
de los reyes acabarían siendo enterradas en las tumbas secundarias
construidas alrededor de las pirámides reales. Herodoto creía, erróneamente,
que como mínimo una princesa del Imperio Antiguo había conseguido el
dinero necesario para hacerse construir una pirámide para su uso personal:

La vileza del rey Keops alcanzó tal extremo que, habiendo agotado sus
riquezas y queriendo hacerse con más, envió a su hija a los burdeles para
que le consiguiera dinero… ignoro qué cantidad. Ella ganaba el dinero,
pero al mismo tiempo pedía a cada uno de sus clientes que le diera una
piedra como contribución al monumento con el que quería perpetuar su
memoria. Con dichas piedras acabó construyendo la pirámide que se
levanta entre las tres que están delante de la gran pirámide.

Tenemos más pruebas de la existencia


de un harén real en el Imperio Medio a
través del Papyrus Boulaq 18, diario que
da cuenta de todas las actividades
emprendidas por la corte de Tebas durante
la XIII dinastía y nos proporciona detalles
de la composición de la casa real inmediata
en aquella época. Gracias a este documento
sabemos que el círculo personal del rey
estaba compuesto de unos funcionarios de
la corte cuyo número oscilaba entre ocho y
trece además de la familia real (una reina,
un príncipe, tres hijas del rey y nueve
hermanas del rey) junto con la «casa de las
nodrizas»: diecinueve nodrizas y los
correspondientes grupos de niños. Todas
estas damas de alto rango vivían

Página 176
Fig. 29 - Un escultor trabaja apretujadas en un espacio mínimo de la
en una estatua de la
reina Meresanj residencia real y ocupaban generalmente
un conjunto exiguo de habitaciones
construidas alrededor de un patio próximo a los aposentos privados del rey.
La ausencia de estancias ornamentadas y ricamente decoradas era típica de
todos los palacios egipcios. Durante la época Dinástica era costumbre que la
corte se desplazase por el país y realizase largos recorridos de inspección, por
lo que los palacios reales no estaban diseñados necesariamente para su
ocupación permanente. Su construcción estaba pensada como lugar de
descanso durante breves periodos de tiempo y el hecho de que la mayoría
fueran designados con el nombre de «Lugar de Amarre del Faraón» ya indica
de manera gráfica lo esporádico de su ocupación. Únicamente el palacio de
Amarna del Imperio Nuevo parece destinado a una vida de familia más
estable.
A principios del Imperio Nuevo se había ampliado el harén real para dar
cabida a un contingente más numeroso de mujeres, entre ellas numerosas
concubinas y esposas secundarias de origen extranjero. Los matrimonios
reales polígamos siempre habían sido aceptables en Egipto, pero durante el
Imperio Nuevo, tal vez a causa de una mayor influencia extranjera, hubo un
marcado aumento de bodas reales y un aumento correspondiente del número
de hijos de sangre real. El longevo rey Ramsés II, que murió con más de
noventa años, fue bendecido con una descendencia a todas luces excepcional,
ya que podía enorgullecerse de haber engendrado como mínimo setenta y
nueve hijos y cincuenta y nueve hijas, por supuesto con diferentes mujeres,
todas las cuales habían pasado por lo menos los primeros años en el atestado
harén real. En esta época se usaba la expresión per jenret para designar a una
comunidad de mujeres. Aun cuando es evidente que per significa «casa»,
jenret, que acostumbra a traducirse por harén, es muy similar a las palabras
utilizadas para significar prisión y fortaleza. Parece que las tres palabras
proceden de la misma raíz, que significa «restringir», lo que quizá aluda de
forma ambigua al hecho de que la pertenencia al harén real pudo ser en cierto
modo obligada. Entre los egiptólogos sigue siendo materia de encendido
debate la suposición alternativa de que habría que traducir jenret por
«establecimiento de músicos».[5]

Un milagro hizo que Su Majestad acogiera a Kirgipa [Gilujepa], la hija


del príncipe de Nahrin Sutarna, y a las mujeres de su harén, unas
trescientas diecisiete.

Página 177
Escarabajo de boda de Amenofis III

A los reyes de Egipto no les gustaba usar a sus mujeres como prendas de
casamientos tácticos con monarcas vecinos. Cuando el rey de Babilonia, cuya
hija estaba casada con Amenofis III, solicitó una princesa egipcia para su
harén, recibió esta lacónica respuesta: «Desde tiempos antiguos no se ha
cedido a nadie ninguna hija de un rey egipcio». Por contra, no ponían
objeción alguna en acoger a mujeres extranjeras en su casa cuando lo
requerían sus ambiciones diplomáticas. El matrimonio con la hija de un
monarca vecino comportaba que se establecieran unos lazos de familia entre
los dos reyes y, en consecuencia, unos vínculos de amistad, se reforzasen las
alianzas y se redujeran las posibilidades de conflicto. Por consiguiente, pese a
que los matrimonios reales diplomáticos fueron desconocidos durante los
Imperios Antiguo y Medio, a partir de los tiempos de Tutmosis IV se inició
un lento goteo de princesas extranjeras que iban a Egipto para casarse con el
rey. Dichas mujeres hacían el viaje hacia la boda cargadas con cuantiosas
dotes y acompañadas de un número considerable de mujeres destinadas a su
servicio. Eran recibidas con gran pompa y ceremonia y seguidamente se
instalaban en el harén de palacio, donde adoptaban un nombre egipcio y el
título honorable de esposas secundarias[6] antes de sumirse en la oscuridad.
Gilujepa, princesa del reino asiático de Mitanni, fue enviada a Egipto por
su padre para casarse con el rey Amenofis III. Los acuerdos tomados con
vistas al matrimonio fueron objeto de una prolija correspondencia diplomática
que se ha conservado accidentalmente en tabletas de arcilla en los archivos
estatales de Amarna, en tanto que su unión final era conmemorada en el
escarabajo de boda citado más arriba.[7] No hay duda de que Amenofis quedó
satisfecho con la incorporación de aquella princesa a su corte, ya que unos
años después inició negociaciones para conseguir la mano de Tadujepa, otra
princesa de Mitanni, hija del rey Tushrata y sobrina de Gilujepa. En estas
nuevas negociaciones de matrimonio Tushrata estipuló que su hija fuera
reconocida como reina principal y «señora de Egipto» y aportó una
sustanciosa dote en apoyo de la reivindicación de su hija. Amenofis, a
cambio, ofreció a su flamante suegro una cantidad de oro todavía más
cuantiosa. Por desgracia, el provecto novio murió poco después de haber
contraído matrimonio y todo su harén, incluidas Tadujepa, Gilujepa y la hija
del rey de Babilonia, fueron transferidas a su hijo y heredero, el futuro rey
Ajnatón.

Página 178
Entonces Su Majestad vio que su rostro era hermoso como el de una
diosa. La hija del príncipe de Jatti fue bella para el corazón de Su
Majestad. La quiso más que a nada… Hizo que la llamaran reina
Maatnefrure.
El rey Ramsés II al conocer a su novia hitita

Más de cien años después, una princesa hitita abandonó su casa para
convertirse en novia del rey Ramsés II, de la XIX dinastía. El lejano reino
hitita había establecido un tratado diplomático con Egipto el año
vigésimoprimero del reinado de Ramsés en virtud del cual ambas partes se
comprometían a respetar mutuamente los respectivos territorios y acordaban
actuar como aliados en el caso de ataque de un tercero. Para señalar el inicio
de unas relaciones cordiales entre los dos países Ramsés escribió cartas
personales tanto al rey hitita Jattasulis como a la reina, Pudujepa, mientras
que la reina de Egipto, Nefertiti, enviaba cartas de cortesía a la corte hitita.
Después de años seguían vigentes estas cordiales relaciones y, como para dar
más fuerza a la alianza, Ramsés se casó con la hija de Jattasulis y Pudujepa, a
la que dio el nombre egipcio de Maatnefrure y, haciendo una excepción pese
a tratarse de una extranjera, dejando que adoptara el título de «Gran Esposa
del Rey».

El desproporcionado aumento de mujeres reales y respectivos cortejos de


servidores había hecho logísticamente imposible que el harén pudiera viajar al
completo por el país junto con la corte. Sin embargo, había un grupo selecto
de mujeres que acompañaban al rey, lo que hizo que tuvieran que construirse
palacios permanentes para el harén al objeto de alojar a este excedente de
mujeres y a sus servidores. Estos palacios destinados a harén eran
independientes tanto física como económicamente de la residencia real
principal. El yacimiento arqueológico de Medinet el-Ghurab, situado en las
proximidades de la población de Kahun, es el mejor ejemplo que tenemos de
estos palacios-harenes. Este edificio, conocido en tiempos antiguos como
Mer-Wer, fue fundado durante el reinado de Tutmosis III y se mantuvo en uso
constante hasta el Imperio Nuevo Tardío.[8] Constaba de un grupo de
edificaciones de adobe encerradas dentro de una muralla. Dentro del complejo
había un bloque central de viviendas y de salas de altos pilares, varios
angostos almacenes y hasta un pequeño templo de adobe, además de un
extenso cementerio situado en las vecinas arenas del desierto. A pesar de que
durante un tiempo fue primordialmente sede de una comunidad de mujeres,

Página 179
así como de sus hijos y criados, los hombres no tenían vedada la entrada en
Mer-Wer y sabemos que como mínimo once administradores trabajaron en el
palacio-harén durante todo el tiempo que estuvo en funcionamiento. Estos
administradores, que eran hombres casados y no eunucos, no hacían de
guardianes sino de escribas y contables y se encargaban de controlar los
considerables intereses financieros de las mujeres reales. Como confirma el
Papiro Wilbour del Imperio Nuevo, Mer-Wer se convirtió muy pronto en
importante institución financiera, propietaria de las tierras circundantes y de
sus cosechas y con evidentes derechos sobre el trabajo de los campesinos
locales.

¡Cuidado con los fieles vasallos que en realidad no existen! Porque tú no


sabrás de sus intrigas. No confíes en tu hermano ni en tu amigo ni tengas
compañeros íntimos, ya que no te servirán de nada.
Extracto de las Instrucciones del rey Amenemhat I

Como es evidente, Mer-Wer, situado en la entrada del Fayum, estaba


aislado de los principales centros del gobierno egipcio. ¿Era, quizá, un intento
de proporcionar un marco estable a las mujeres de la realeza y a sus hijos,
lejos del bullicio de la corte? ¿O habría que interpretarlo bajo una luz más
siniestra y verlo como un intento deliberado de mantener a las mujeres de la
realeza apartadas de la vida política? No hay duda de que el palacio-harén,
que albergaba a las ambiciosas esposas reales y a sus hijos, más ambiciosos
aún, siempre fue un foco en potencia de inquietudes civiles e intrigas
políticas. La traición en la casa real era un asunto muy grave, generalmente
silenciado por los funcionarios del gobierno porque contradecía la doctrina
oficial de la realeza divina. Sin embargo, tenemos noticia de tres complots de
palacio que en diferentes momentos amenazaron la estabilidad del país. El
primero, y posiblemente el menos grave de los tres, se produjo durante el
reinado de Pepis I, de la VI dinastía. La larga autobiografía que vemos
grabada en la capilla de la tumba del funcionario Weni nos dice que el
difunto, favorito del rey, había sido llamado a declarar en un caso de intriga,
altamente secreto, que se produjo en los aposentos de las mujeres. No
sabemos nada sobre el resultado de este juicio, aunque sí que Weni recibió
ayuda real para aparejar su tumba en recompensa por los leales servicios
prestados al trono:

Página 180
Cuando en el harén real se acusó secretamente a la reina Weretjetes, Su
Majestad me informó del caso en privado, sin juez ni visir, porque yo
estaba sólidamente instalado en el corazón de Su Majestad y gozaba de su
confianza. Lo puse todo por escrito, junto con un Superintendente, aunque
yo no era más que un Superintendente de los Moradores. Antes de mí
nadie que ocupara mi posición se había enterado de ningún secreto del
harén real, pero Su Majestad me pidió que prestara oído atento porque él
me consideraba más digno que ninguno de sus funcionarios, estaba
situado por encima de cualquiera de sus nobles y, por supuesto, de todos
sus servidores.

La cuestión del asesinato real constituye la base de las Instrucciones del


rey Amenemhat I, de la XII dinastía, a su hijo Senwosret I, y en ellas el
espíritu del rey habla directamente a su sucesor y le ruega que sea consciente
de la traición que puede gestarse entre sus vasallos desleales. Algunos
expertos habían creído originariamente que este escrito había sido redactado
por el propio rey a raíz de un atentado fallido, pero en la actualidad se cree
que lo redactó el escriba real Jety después del asesinato de Amenemhat en el
año trigésimo de su reinado. Las preguntas retóricas —«¿Alguna mujer
amotinó anteriormente a los soldados? ¿Se atizó alguna vez una rebelión en
palacio?»— parecen aludir claramente a que se sospechaba de un complot
urdido en el harén. En el texto aparecen detalles precisos del asalto fatal
perpetrado contra el rey y queda claro que fue asesinado cuando se
encontraba solo y desprevenido, víctima precisamente de aquellos en los que
hasta entonces había confiado:

Fue después de la cena, había caído la noche. Yo estaba en cama


reposando porque estaba muy cansado. Cuando ya empezaba a deslizarme
en el sueño, las mismas armas que habrían debido usarse para protegerme
se volvieron contra mí… De haber podido empuñar el arma, habría
devuelto los golpes a los cobardes con una sola mano. Pero nadie es fuerte
por la noche. Nadie puede luchar solo, no puedes vencer si nadie te ayuda.

De igual gravedad fue la intriga de la XX dinastía que amenazó y


posiblemente puso término a la vida de Ramsés III. La XX dinastía
corresponde a un periodo de esporádicos disturbios civiles acompañados de
toda una serie de levantamientos incontrolados en la necrópolis de Tebas. Los
descontentos intestinos empeoraron a consecuencia de los incesantes

Página 181
disturbios que se produjeron a lo largo de la frontera occidental y a una
cascada de invasiones abortadas de los llamados «Pueblos del Mar», que
intentaron penetrar en Egipto desde la costa mediterránea. Una cuadrilla de
conspiradores capitaneados por la concubina real Tiy y el superintendente del
harén, Paibekkamen, trataron de sacar partido del ambiente de descontento
incitando a un levantamiento nacional guiado por el objetivo último de sentar
al hijo de Tiy, Pentawert, en el trono. El complot se fraguó en el «harén de las
acompañantes», seguramente el pequeño harén que escoltaba al rey en sus
viajes, en el que había que incluir a muchos funcionarios de confianza, entre
ellos el superindente ayudante, seis inspectores e incluso las mujeres de los
porteros. No sabemos con seguridad si los conspiradores consiguieron
asesinar a Ramsés III,[9] lo que sí sabemos es que el levantamiento nacional
que se había planeado fracasó y que Ramsés IV, el legítimo heredero del
trono, pasó a convertirse en el monarca siguiente. Seguidamente detuvieron a
los cabecillas de la conspiración, que fueron sentenciados a muerte por
ejecución o suicidio, y cortaron la nariz y las orejas a otros cómplices
menores.

La reina Kawit, del Imperio Medio, se atusa por la mañana, según muestra su sarcófago.

Página 182
Navaja de bronce con asa en forma de cabeza y cuello de pato.
Espejo de bronce con mango en forma de loto.

Reproducciones de sandalias procedentes de una tumba del Imperio Medio.

Página 183
Brazalete de marfil y pizarra de la reina Neith-Hotep, procedente de una tumba de Nagada.

Página 184
Tarros de cosméticos del Imperio Medio, pulverizador y aplicadores.

Página 185
La reina Nefertiti en forma de diosa Hator en la fachada del templo de Abu Simbel.

Página 186
La reina Hatsepsut recibe la corona ibs real de manos del dios Amón-Ra.

El templo funerario de la reina Hatsepsut en Deir el-Bahri, Tebas.

Página 187
La «Esposa del Dios Amón», posiblemente Amenirdis I.

Página 188
La diosa Hator y el dios Ra con cabeza de halcón.

Página 189
La momia de la dama Ray.
Tumba de una dama rica del Imperio Nuevo.

El príncipe de Nahrin tenía un solo hijo: una niña. Construyó para ella una
casa cuyas ventanas estaban situadas a setenta codos del suelo y envió
recado a todos los príncipes de Siria y les dijo: «El que sea capaz de saltar
y alcanzar la ventana de mi hija la tendrá por novia…».
Historia del príncipe predestinado, Imperio Nuevo

Aunque todos los reyes egipcios fueron polígamos y, como obedeciendo a


una rutina, se casaron con varias mujeres y mantuvieron toda una sucesión de
concubinas reales, elegían tan sólo a una mujer del harén como reina consorte
oficial y, al mismo tiempo, reconocida reina de Egipto. Tanto su nombre
como su imagen estaban vinculados a los del rey en los registros oficiales, era
la madre de la familia nuclear real y sus hijos legítimos eran los llamados a
heredar el trono por derecho. Las esposas secundarias y las amantes
desempeñaban un papel mucho más episódico en la vida de la corte, aun
cuando su presencia también contribuía al prestigio del monarca y se supone
que, además, constituían para él un interesante esparcimiento; aun así, sólo
cobraban importancia en momentos de crisis nacional, es decir, cuando la
consorte principal era incapaz de proporcionar al rey un hijo y heredero
legítimo.
Desgraciadamente, no tenemos idea de cómo se elegía a la reina principal,
aunque está claro que por regla general era un honor que recaía en damas de

Página 190
cuna real. En efecto, por lo menos durante la XVIII dinastía, la reina solía ser
hermana o hermanastra del rey. Quienquiera que fuese la elegida, no hay duda
de que la «Gran Consorte Real» o la «Esposa del Gran Rey» era la mujer más
importante del harén real. En el ámbito privado acostumbraba a ser una dama
que poseía considerables riquezas personales, era de noble cuna y sabía sacar
provecho de su influencia femenina sobre uno de los monarcas más poderosos
del antiguo Oriente Próximo. En el ámbito público ocupaba un lugar aparte de
las demás esposas como compañera y consorte de un monarca semidivino,
además de ser la madre potencial de futuros reyes semidivinos. Su posición
política se veía reforzada por sus numerosos títulos honoríficos y por la
concesión de considerables privilegios, tales como el derecho a que su
nombre figurara en un cartucho[10] o a ser enterrada en una pirámide,
reservados de otro modo tan sólo al rey. Dado que el faraón era aceptado
como dios vivo, no es de extrañar que la función de reina consorte estuviera
muy íntimamente identificada con varias diosas, principalmente Hator y
Maat, lo que parece aludir a un origen divino de la propia reina y ofrecer un
vínculo más entre los aspectos seculares y sagrados de la monarquía.
Es desalentador que no tengamos prácticamente ninguna información con
respecto a las vidas privadas o deberes públicos de las reinas de Egipto y, en
consecuencia, no sepamos cuál era la función exacta que tenía la reina
consorte. Aunque vemos que los títulos de la reina, sus insignias oficiales y
aun sus creencias religiosas fueron evolucionando lentamente a medida que
avanzaba el Periodo Dinástico, las conclusiones que podemos sacar de este
conjunto de pruebas son muy inciertas.[11] Vemos que las reinas del Imperio
Antiguo, que no llevaban la diadema o corona convencional, a menudo
actuaban como sacerdotisas del culto de Hator. Esta tradición hatórica se
extinguió hacia el final de la XI dinastía, por lo que las posteriores reinas del
Imperio Medio, a las que rara vez se menciona desempeñando otra función
oficial, casi nunca se asocian a ningún culto en particular. Allí donde
aparecen representadas, vemos a estas discretas señoras con un tocado
característico formado por dos plumas largas. Las reinas del Imperio Nuevo
emergieron de esta relativa oscuridad como personalidades plenamente
constituidas, luciendo todo un complejo despliegue de insignias reales cuya
finalidad era consolidar los vínculos entre la reina potencialmente divina y los
dioses. Estas reinas del Imperio Nuevo no desempeñaron por norma la
función de sacerdotisas, aunque en esta época adquirió una gran importancia
el título real de «Esposa del Dios Amón». En el Periodo Tardío las reinas

Página 191
volvieron a actuar como sacerdotisas, si bien las sugestiones con respecto a
una conexión entre la reina y los dioses en cierto modo se habían acallado.
Las pinturas oficiales presentan casi invariablemente a la reina como una
cumplidora esposa que aporta un apoyo leal pero totalmente pasivo a su
marido. De acuerdo con la tradición egipcia aprobada se esperaba de la reina
que permaneciese literalmente al lado del rey, razón por la cual la reina
Merytre, consorte del monarca Tutmosis III, del Imperio Nuevo, se hizo
merecedora de grandes elogios por no estar «nunca ausente del lado del Señor
de las Dos Tierras». Este papel esencialmente pasivo se ve reforzado
constantemente por numerosas escenas que muestran a la reina observando a
su marido mientras éste cumple con sus deberes reales, de la misma manera
que en las escenas de las tumbas que no pertenecen a la realeza contemplamos
a esposas más humildes observando a sus maridos dedicados a su trabajo. En
la gran mayoría de estas escenas la reina se muestra completamente estática.
Tiene las manos a los lados del cuerpo y, aunque puede llevar un signo anj,
símbolo de la vida, o un sistro, que refuerza su vínculo con Hator, no tiene
ninguna función oficial a su cargo. Hasta la XVIII dinastía no vemos a una
reina agitando realmente el sistro, mientras que sólo en escenas muy
especializadas y centradas en la mujer, como las que reproducen los partos
reales o las que aparecen en los muros de las tumbas, vemos a la reina
actuando independientemente de su marido.
Las reinas del turbulento y agitado Periodo Arcaico son para nosotros
figuras muy remotas, más conocidas por sus monumentos funerarios que por
sus actos. Sin embargo, de las nieblas de la oscuridad histórica surgen cuatro
mujeres relevantes que desempeñaron un papel mucho más destacado en la
unificación de su país que lo que parece desprenderse de la escasez de
noticias que se tienen. Tres de estas mujeres (Neith-Hotep, Her-Neith y
Meryt-Neith) llevan nombres compuestos en los que interviene el de la diosa
Neith, deidad patrona de la ciudad de Sais, en el Delta del Nilo, lo que indica
claramente que las tres provienen de importantes familias del norte, distinción
importante en una época en que el Alto y Bajo Egipto todavía eran entidades
separadas y diferenciadas. Es posible que una de estas mujeres, la reina
Meryt-Neith, fuera más bien reina reinante que reina consorte, y en el capítulo
7 se considerarán con más detenimiento las pruebas que se aducen en pro y en
contra de su reinado.[12]
Es posible que la reina Neith-Hotep fuera la primera reina consorte del
Egipto nuevamente unificado y las pruebas encontradas en su tumba parecen
apuntar de manera fehaciente que fue un elemento importante en la vida

Página 192
política de la I dinastía. Sabemos que, pese a que su nombre indica que
procede del norte, Neith-Hotep fue enterrada en la zona sur de Nagada, donde
su enorme tumba (que mide más de cincuenta y tres metros por veintiséis)
contenía objetos en los que figuran inscritos tanto el nombre del rey Aha
como el de su predecesor, el rey Narmer. Se ha querido identificar a Aha con
el rey Menes, unificador tradicional del país, mientras que sabemos que
Narmer fue un rey guerrero del sur altamente eficiente. No creemos exagerar
las pruebas que tenemos a mano al afirmar que Neith-Hotep, princesa del
norte, se casó con el meridional Narmer para respaldar las ambiciones que
éste tenía de gobernar tanto el norte como el sur. Aha o Menes sería, por
tanto, hijo de Neith-Hotep y de Narmer, razón por la cual le asistían todos los
derechos para reclamar el trono de un Egipto unido. Esta posibilidad de un
matrimonio dinástico se encuentra avalada por una cabeza de porra decorada
que se encontró en Hierakonpolis en la que se aprecia a Narmer participando
en una ceremonia no identificada y luciendo la corona distintiva del Bajo
Egipto. Es posible que representase la celebración de su matrimonio con
Neith-Hotep. La historia demuestra que estas alianzas calculadas no son cosas
del pasado ya que, por ejemplo, unos cuatro mil quinientos años después del
casamiento de Neith-Hotep, el rey Enrique VII siguió exactamente el mismo
esquema cuando se casó con Isabel de York, hija de su enemigo derrotado,
pensando consolidar con la boda su derecho al trono de Inglaterra y Gales.
Se ha tratado de identificar a la siguiente reina consorte, Her-Neith, con la
esposa del rey Djer, de la I dinastía, sucesor de Aha. Aunque sabemos poco
acerca de su vida, la grande e impresionante tumba que Her-Neith tiene en
Sakkara posee una considerable importancia tanto arquitectónica como
histórica, ya que está compuesta de una superestructura rectangular
tradicional de adobe, construida sobre un montículo de tierra parecido a una
pirámide y revestido de ladrillo. Los expertos disienten en el significado
preciso de encerrar una tumba dentro de otra, pero es posible que represente
un intento más bien fallido de combinar los montículos funerarios estilo
túmulo que vemos en el sur con las tumbas lineales del norte, aludiendo con
ello nuevamente a una alianza dinástica entre las dos provincias enfrentadas
por la guerra. La última reina consorte del Periodo Arcaico, la reina
Nemaathep, también ha dejado pocos restos arqueológicos. Sabemos, sin
embargo, que fue la esposa del último rey de la II dinastía, Jasejemwy, y que
se requirió de ella que actuase como regente de su joven hijo Djoser, primer
rey de la III dinastía. En reconocimiento por sus servicios se concedió a

Página 193
Nemaathep el prestigioso título de «Madre del Rey» y posteriormente se le
rindió culto como antecesora de los reyes de la III dinastía.

Las reinas del Imperio Antiguo, que vivieron en condiciones más estables,
tuvieron un papel menos relevante en los asuntos de Estado que sus
predecesoras del Periodo Arcaico. La consorte más importante del Imperio
Antiguo fue probablemente la reina Anjes-Merire, segunda esposa del rey
Pepis I, de la VI dinastía. Hizo de regente de su hijo Pepis II, que sucedió a su
hermanastro a los seis años de edad. Anjes-Merire fue de hecho hermana de la
primera esposa de Pepis I, llamada también Anjes-Merire, madre de su
sucesora inmediata Merenre. Estas hermanas eran hijas de un príncipe
hereditario local llamado Jui y, pese a no ser de sangre real, es evidente que
pertenecían a una influyente familia puesto que su hermano Djau acabó
siendo visir de Egipto. La tradición dictamina que el Imperio Antiguo terminó
bajo el gobierno de la reina Nitocris.

A excepción de la reina Sobeknofru, de la XII dinastía, sabemos muy


poco sobre las vidas de las reinas individuales del Imperio Medio. Esta súbita
desaparición de mujeres de la estatuaria y arte reales coincide también con su
clara disminución de los cargos públicos importantes e induce a creer que se
esperaba de las mujeres del Imperio Medio —o quizá se las obligaba a ello—
que tuviesen un papel mucho menos relevante en la vida pública que lo que se
había creído hasta ahora. Así pues, las pruebas principales que tenemos de las
reinas de esta época provienen de las tumbas reales. Como en el Imperio
Antiguo, las reinas y princesas del Imperio Medio se enterraban
tradicionalmente cerca de su rey y el impresionante templo funerario de
Nebhepetre Mentuhotep, de la XI dinastía, en Deir el-Bahri, parece
claramente típico en cuanto a prever sepultura para seis damas de la realeza,
entre ellas una niña de cinco años, además de las dos reinas. Los sarcófagos
que se recuperaron en dos de las tumbas secundarias nos han proporcionado
una serie de encantadores relieves que nos presentan escenas de la vida diaria
de las mujeres de la realeza. Figura entre ellas el aseo diario y los preparativos
de un banquete.[13]

Página 194
Fig. 30 - El conjunto de pirámides de Senworset I

Durante la XII dinastía se adjudicaron pirámides propias a las mujeres


más importantes de la casa real, mientras que el complejo de pirámides de
Senwosret I, en Lisht, constituye un buen ejemplo de un rey que se ocupa de
dar sepultura adecuada a mujeres importantes de la realeza. Tanto la pirámide
importante, como una pequeña pirá​ mide falsa que también pertenecía al rey,
como una parte del templo funerario principal, estaban rodeadas de una
muralla de piedra. En torno a la parte exterior de dicha muralla había nueve
pirámides mucho más pequeñas destinadas a mujeres que eran miembros de la
casa real, cada una con su propio templo funerario, capilla para los
ofrecimientos y muro protector. El conjunto, con la entrada al principal
templo funerario y un patio cerrado, estaba rodeado por un grueso muro
exterior de adobe. Siete de las propietarias femeninas de las pirámides son
innominadas, pero sabemos que las dos restantes corresponden a la reina
principal, Neferu, y a una princesa llamada Itakayt.

Página 195
En el Imperio Nuevo las reinas aparecieron más en público que
anteriormente y se dio creciente importancia tanto a la individualidad de cada
una como a la divinidad del papel de la reina consorte. La reina Tetisheri,
esposa común del rey Sekenenre Tao I, de la XVII dinastía, fue la primera de
una sucesión de consortes particularmente enérgicas que se perpetuaron hasta
las reinas de la XVIII dinastía, notable grupo de mujeres que se las arreglaron
para desempeñar un importante papel en la vida política del país en una época
de expansión económica y militar. A estas consortes de las XVII y XVIII
dinastías se les concedieron más prerrogativas que a sus predecesoras, por lo
que se las asocia más estrechamente con la diosa Hator en su función tanto de
consorte divina como de madre de un rey. Al mismo tiempo, las
representaciones de Hator e Isis demuestran que habían comenzado a llevar
las enseñas reales tradicionales de las reinas, como son el uraeus o áspid
sagrado, las dobles plumas y la corona de buitre, de modo que la distinción
precisa entre reinas mortales y diosas inmortales se hace intencionadamente
borrosa.
Esta creciente preeminencia alentó a los antiguos egiptólogos, ya muy
influidos por la falaz teoría de un origen matriarcal del Estado egipcio, a
especular con respecto a una tradición, dentro de la XVIII dinastía, de una
descendencia real femenina con el derecho a gobernar transmitido
directamente a través de la línea femenina. Según este sistema, no bastaba con
ser hijo del monarca anterior para ser rey legítimo, por lo que el interesado
debía reforzar su reivindicación al trono casándose con la heredera que era
idealmente una hija del rey anterior y reina consorte y, por consiguiente, su
hermana o su hermanastra. Gracias a este matrimonio concertado, la heredera
transmitía el derecho a la realeza a su marido-hermano y ella se convertía al
mismo tiempo en reina principal. Esta teoría llamada de la «princesa-
heredera» aclara todas las complejidades de la vida familiar de los reyes de la
XVIII dinastía y posee el atractivo añadido de dar una explicación al incesto
hermano-hermana y padre-hija, que de otro modo resultaba tan antinatural y
abominable para los primeros egiptólogos. Ahora, sin embargo, ha quedado
en gran parte desmentido y se considera basado en falsas premisas.[14]
Ahora sabemos que no todas las reinas principales de la XVIII dinastía
eran de ascendencia real y que los hijos de estas mujeres menos encumbradas
no quedaban mermados en sus derechos porque sus madres no fueran de
sangre real. De hecho, las madres de los reyes consecutivos Tutmosis I,
Tutmosis II y Tutmosis III no pertenecían a la realeza, mientras que la reina
Tiy, hija de los plebeyos Yuya y Thuyu y «Gran Esposa» de Amenofis III, fue

Página 196
ampliamente respetada en su país y en el extranjero durante los reinados tanto
de su esposo como de su hijo. Sin embargo, todas las pruebas parecen apuntar
que aun cuando el vínculo de sangre con la familia real no era un requisito
indispensable para pertenecer a la realeza, se trataba de un parentesco
plenamente explotado siempre que existía. Títulos como «Hija del Rey» o
«Esposa del Rey», que indican un estrecho parentesco con el monarca, son
indudablemente muy importantes y, además, poseían un efecto acumulativo
definido, ya que la sucesión de títulos reales aportaba un creciente prestigio al
que los llevaba. Así pues, puede afirmarse sin lugar a dudas que la mujer que
iniciaba su vida como simple «Hija del Rey» e iba progresando hasta
convertirse en «Hermana del Rey», «Esposa del Rey» y, finalmente, «Madre
del Rey» era muy poderosa. Estos títulos expresaban el parentesco de la mujer
con el rey más que confirmarla como verdadero monarca, de modo que
cuando la reina viuda Ahmosis-Nefertiti fue designada «Hija del Rey»
durante el reinado de su hijo (Amenofis I), el rey en cuestión era su real
padre.

… Su hermana era su guardiana… La poderosa Isis que protegía a su


hermano y lo buscó sin tregua y no descansó hasta encontrarlo… Ella
recibió su semilla y engendró al heredero de él y crió al hijo de ambos en
soledad y en un escondrijo desconocido…
Himno a Osiris del Imperio Nuevo

El predominio de los matrimonios hermano-hermana en el seno de la


familia real del Imperio Nuevo, costumbre que contrastaba de forma evidente
con los esquemas matrimoniales no reales de la época, parece que pudo haber
sido un intento de reforzar los vínculos entre la familia real y los dioses, que
eran proclives a las uniones entre hermano y hermana. Con frecuencia, los
dioses se habían visto obligados a hacer sus incestuosos emparejamientos por
falta de candidatas elegibles. Por ejemplo, cuando Geb (la tierra) quiso
reproducirse la única mujer disponible que encontró fue su hermana Nut (el
cielo). Los dos engendraron a Isis, Osiris, Nefthys y Seth. Isis y Osiris
tampoco tuvieron más remedio que emparejarse entre sí y algunas leyendas
aseguran que Nefthys y Seth también se casaron. Como Osiris se había casado
con Isis aunque sólo fuera por razones prácticas, se consideró muy apropiado
que el rey siguiese el ejemplo divino y se casase con su hermana. No hay
duda de que esta costumbre tenía la ventaja añadida de restringir la entrada a
la familia real, preservando con ello la pureza de la línea dinástica,

Página 197
impidiendo la dispersión de los bienes reales y reduciendo las posibles
disputas en torno a la sucesión. También servía para proporcionar un marido
real adecuado a las princesas de alto rango que, de acuerdo con la tradición,
no se casaban con familias reales extranjeras pero que quizá no habrían
querido desposarse con un egipcio de ascendencia menos refinada.
Hay cuatro reinas consortes de la XVIII dinastía dignas de especial
consideración como mujeres poderosas que tuvieron una profunda influencia
en el desarrollo del Estado egipcio, mientras que otras dos, Hatsepsut y
Nefertiti, son objeto de estudio en el capítulo 7. La reina Ahhotep fue la
primera de estas consortes dominantes. Fue la esposa y posiblemente la
hermana del rey Sekenente Tao II y la madre de Ahmosis, el guerrero de la
región del sur que derrotó a los hicsos y fundó la XVIII dinastía. Parece que
fue una mujer inteligente y valerosa y que tuvo una profunda influencia sobre
su hijo. En una curiosa estela recuperada en Karnak, Ahmosis instaba a su
pueblo a rendir la debida reverencia a su madre, ya que en cierta ocasión
había congregado a todos los soldados de Egipto e impedido que la inquietud
social se propagase a todo el país. Ahhotep vivió como mínimo hasta los
ochenta años y Ahmosis le dedicó una magnífica sepultura. Su tumba fue
excavada a finales del siglo XIX y su momia se conserva actualmente en el
museo de El Cairo.
La reina consorte sucesora, Ahmosis Nefertiti, «Hija del Rey» y
«Hermana del Rey», era la esposa y posiblemente la sobrina de Ahmosis,
madre del faraón sucesor Amenofis I y nieta de Tetisheri. Los cuerpos
momificados de las dos mujeres compartían una desfavorecedora
característica familiar consistente en tener los dientes delanteros proyectados
hacia adelante. Después de su muerte se convirtió en la diosa patrona de la
necrópolis tebana, honor sin precedentes que reflejaba su elevada posición.
Acabó siendo objeto de culto como «Señora del Cielo» y «Señora de
Occidente».

Todas las palabras que he hablado a tu padre son conocidas de tu madre.


Nadie más sabe de ellas, pero puedes preguntar por ellas a tu madre, Tiy.

Tú sabes que yo viví en muy buenos términos con tu marido y que tu


marido vivió en muy buenos términos conmigo. Tú sabes, tan bien como
lo sabe mi mensajero, qué palabras escribí a tu marido y qué palabras le
dije y qué palabras me escribió él a mí. Tú conoces muy bien qué palabras
me respondió. Tú sabes muy bien qué palabras hemos hablado. Nadie más
las conoce.

Página 198
Cartas de condolencia escritas por el rey Tushrata
de Mittani al nuevo rey Ajnatón y a la reina viuda
Tiy con motivo de la muerte de Amenofis III

La reina Tiy —«Igual que Maat sigue a Ra, ella sigue a Su Majestad»—
era la esposa de Amenofis III y la madre de su sucesor Amenofis IV/Ajnatón.
No era de sangre real, pero provenía de una familia egipcia acomodada e
importante que vivía en Ajmin, en la orilla este del río Nilo, delante de la
moderna ciudad de Sohag. Pese a lo que apuntan algunos de los primeros
egiptólogos, no existe ninguna prueba que confirme que Tiy no era egipcia
nativa, aunque es muy posible que su padre Yuya fuera de origen extranjero,
puesto que su nombre es insólito y no tiene una estructura específicamente
egipcia. Yuya ostentaba los prestigiosos títulos de «Padre de Dios», «Profeta
de Min» y «Superintendente de los Caballos», mientras que el hermano o
hermanastro de Tiy, Anen, era un Segundo Profeta de Amón y su madre,
Thuyu, era una dama muy respetada. Tanto Yuya como Thuyu fueron
enterrados en una tumba excavada en la roca en el Valle de los Reyes, gran
honor para una pareja que no pertenecía a la realeza.
Aunque Amenofis III tuvo a un número considerable de mujeres en su
harén, entre ellas Gilujepa, Tadujepa y la hija del rey de Babilonia, como ya
hemos dicho anteriormente, Tiy mantuvo su preeminencia durante todo el
reinado de su marido. Tenía un perfil público muy definido, ya que fue la
primera reina representada normalmente con su marido y la primera reina
cuyo nombre se relaciona constantemente con el de su cónyuge en las
inscripciones oficiales. Tanto dentro como fuera de Egipto se reconocieron
sus evidentes dotes políticas y las cartas de condolencia de Tushrata citadas
anteriormente indican hasta qué extremo se había extendido la influencia de la
reina. A lo largo de su vida Tiy acumuló numerosos títulos e incluso existe de
ella una representación, única en su género, que la presenta en la tumba de
Jeruef como una esfinge femenina que tiene bajo sus pies a dos enemigos del
sexo femenino (una mujer nubia y otra asiática). Pese a que el motivo de la
esfinge no era extraño en el arte egipcio, ésta fue la primera vez que se
presentó a una reina consorte en una función típicamente real o masculina, a
la vez que la presentación de enemigas y no de enemigos es también
igualmente insólita. Tiy, a la que siempre se identificó estrechamente con
Hator y que fue la primera reina que adoptó los cuernos de vaca y el disco
solar en su tocado, fue convirtiéndose gradualmente en contrapartida
femenina del rey semidivino hasta que acabaron dedicándole un templo en

Página 199
Sedeinga, Nubia, complementario del consagrado a su marido en la vecina
Soleb.
Amenofis III y Tiy tuvieron cuatro hijas —Sitamen, Henuttaneb, Isis y
Nebetah—, cuyas imágenes se reproducen frecuentemente junto a las de su
madre y su padre. A Sitamen se le dio incluso el título de «Esposa del Gran
Rey» y es posible que llegara a ser una de las esposas de su padre. Los dos
hijos del matrimonio, en cambio, Tutmosis y Amenofis, rara vez se
representan junto al rey. Tutmosis, el mayor, murió joven, por lo que fue
Amenofis IV quien sucedió a su padre en el trono.

Mi marido ha muerto y no tengo ningún hijo. Pero dicen que tú tienes


muchos hijos. Si me dieras a uno de tus hijos haría de él mi marido. Jamás
escogería a uno de mis sirvientes para hacerlo mi marido.
Carta escrita por la reina viuda Anjesenamen
al rey de los hititas Suppiluliuma

La última de estas notables reinas consortes de la XVIII dinastía fue


Anjesenamen, esposa y posiblemente hermanastra del rey-niño Tutankamón.
Anjesenamen, a quien originariamente llamaban Anjesenpaaten, fue la tercera
de las seis hijas nacidas del rey Ajnatón y de la reina Nefertiti y, por
consiguiente, nieta de la gran reina Tiy. Al parecer disfrutó de una vida
matrimonial feliz aunque breve y, como esposa egipcia típicamente fiel, se la
representa al lado de su marido en diferentes escenas convencionales, ya sea
contemplándolo mientras vence a los tradicionales enemigos de Egipto, ya sea
pasándole las flechas que él va disparando en las marismas. Sin embargo, con
la intempestiva muerte de Tutankamón, la casi adolescente reina tuvo que
hacer frente a una crisis constitucional y, como no tenía hijos y ni ella ni su
marido tenían ningún hermano vivo, no existía sucesor legal e indiscutible
que pudiera ocupar el trono. Anjesenamen no intentó siquiera seguir el
precedente establecido por Hatsepsut y gobernar sola en Egipto. En lugar de
ello, escribió una extraordinaria carta al rey de los hititas, Suppiluliuma, a
quien expuso la situación apurada en que se encontraba y a quien pidió un
marido adecuado que pasaría a convertirse automáticamente en el faraón
siguiente. No es de extrañar que Suppiluliuma sintiera una gran desconfianza
al escuchar una petición tan desusada como aquella. Con todo, el gobierno de
Egipto era un premio demasiado halagüeño para prescindir de él sin más
indagaciones, por lo que envió a un embajador con la intención de que
comprobase si Anjesenamen había hecho o no la proposición en serio. El

Página 200
hecho terminó con el envío de un joven príncipe para que se desposara con la
reina. Por desgracia, el novio fue asesinado cuando iba camino de la boda,
con lo que se desencadenó una pequeña guerra entre los dos países. La reina,
que se había quedado sin marido, acabó casándose con un plebeyo, Ay,
antiguo general y «Superintendente de todos los Caballos de Su Majestad» y
se sumió en una relativa oscuridad. Su nuevo marido pasó a convertirse en el
siguiente faraón de Egipto.

Las reinas de las sucesivas dinastías fueron mucho menos notables que
sus predecesoras de la XVIII dinastía y únicamente las esposas del rey
Ramsés II, de la XIX dinastía, consiguieron dejar huella en la historia de
Egipto. Ramsés tenía muchas esposas, entre ellas su hermana pequeña
Hentmire, pero la reina principal era Nefertiti, representada en el templo de
Hator que su marido mandó construir en Abu Simbel. Si a Nefertiti se le dio
el título de «Gran Esposa Real», lo mismo se hizo con Istnofret, por lo que
nos encontramos ante la extrañísima situación de tener simultáneamente a dos
consortes reales importantes. Nefertiti dio un hijo, el mayor, a Ramsés:
Amón-hirJapshef. También le dio una hija, Meryt-Amón, en tanto que
Istnofret le dio su segundo hijo Ramsés, su hija mayor, Bint-Anath, y su hijo
décimosegundo, Merenptah, que acabó sucediendo a su padre en el trono.
Tanto Nefertiti como Istnofret fueron enterradas en el Valle de las Reinas y la
tumba decorada con pinturas de Nefertiti ha sido generalmente considerada
como muy bella.
Con los años la situación doméstica de los Ramsés se hizo todavía más
excéntrica debido a que a sus dos Grandes Esposas Reales les sucedieron sus
dos hijas Meryt-Amón y Bint-Anath. Parece que el título de «Gran Esposa
Real» tenía un sentido muy literal y sabemos que Bint-Anath dio a su padre
como mínimo una hija. En el año 34 se dio el título de «Gran Esposa» a una
tercera mujer, en ocasión de que Maatnefrure, hija del rey de los hititas,
pasara también a ser esposa principal. Más o menos en esta misma época la
hermana de Maatnefrure se casó con Ramsés II y se incorporó al harén real.
Meryt-Amón debió de morir o caer en desgracia y su puesto fue ocupado por
Nebet-Tawy, otra de las hijas de Ramsés —y de una mujer desconocida— y
fue la última de las Reinas-Princesas.

Página 201
El único título dado a la reina que adquirió verdadera importancia hacia el
final de la era dinástica fue el de «Esposa de Dios Amón», que no debe
confundirse con el elogio menos específico de «Esposa de Dios», usado por
muchas mujeres de la realeza correspondientes al Imperio Medio. El dios
Amón y sus influyentes sacerdotes tebanos adquirieron por vez primera
preeminencia nacional durante el Imperio Medio. Al principio del Imperio
Nuevo se las arreglaron para consolidar y ampliar su poder gracias a
asegurarse de que la victoriosa derrota de los invasores hicsos fuera atribuida
a la intervención directa de Amón. Fue en esta ocasión cuando se empleó por
vez primera el título de Esposa de Dios Amón y a partir de este momento
persistió su popularidad durante un periodo aproximado de ochenta años. El
título reflejaba la idea mitológica de que las madres de los reyes habían sido
fecundadas por el dios Amón, lo que venía a consolidar el dogma de que el
rey era, en realidad, hijo de Amón. Originariamente, la Esposa de Dios no era,
como cabría suponer, una virgen joven consagrada al servicio del dios oficial,
sino que se trataba de un título que se daba a damas de alto rango dentro de la
familia real, no siempre a mujeres de cuna real pero sí normalmente a la
esposa, madre o hija mayor de un rey. Su rareza demuestra que era
considerado un título de una cierta distinción y, de hecho, hubo varias reinas
que lo utilizaron como título único o más importante. La primera mujer de la
XVIII dinastía que poseyó el título fue Ahmosis Nefertiti. Las pinturas de la
época la representan con su peluca corta y característica, estilo Imperio
Medio, y con su indumentaria de aspecto arcaico, cumpliendo con todo un
conjunto de deberes religiosos públicos, entre ellos marchar en procesión con
los sacerdotes de Amón. En pago por su dedicación fue premiada con una
generosa donación de tierras. Al final de la XVIII dinastía el título fue
declinando lentamente en popularidad.

En el curso del turbulento Tercer Periodo Intermedio, Egipto quedó


efectivamente dividido en dos provincias independientes. Una gran parte del
norte estaba gobernada por la familia real, que vivía en Tanis, en el Delta del
Nilo, mientras que el sur siguió bajo el dominio de los influyentes Sumos
Sacerdotes de Amón, cuya sede estaba en Tebas. A manera de repetición de
las bodas diplomáticas norte-sur que hemos visto celebrarse en el Periodo
Arcaico, se convirtió en costumbre que las princesas del norte se casasen con
los Sumos Sacerdotes de Amón, medida que permitió a los reyes del norte
consolidar un cierto control sobre el rico y poderoso clero tebano. En esta
época se resucitó la función de Esposa de Dios de Amón, confiada a una hija
soltera de esta unión, formalmente consagrada al servicio del dios. La

Página 202
posición era ahora políticamente muy importante, ya que la Esposa de Dios
ejercía un dominio teórico sobre todas las propiedades de Amón. En vez de
tratar de eliminar a los poderosos sacerdotes, los reyes habían tratado de
aplastar su influencia nombrando a una Esposa de Dios, cuyo rango era
superior. Ni que decir tiene que era importante que esta figura política se
mantuviera virgen, ya que la posición insegura de los reyes no les permitía
correr el riesgo de fundar una dinastía nueva y poderosa.

Año cuatro de Apries, mes cuarto de Shomu, día cuatro. La Esposa de


Dios de Amón, Niacin, la vindicada, ha subido al cielo y se ha unido con
el disco solar, su carne divina se ha fundido con la de aquel que la hizo.
Estela, Museo de El Cairo

Después de la ruptura de relaciones entre el norte y el sur se abandonó el


método de los matrimonios diplomáticos. De todos modos, como el título de
Esposa de Dios de Amón era demasiado importante para dejar que se
perdiera, persistió y pasó a las hijas adoptadas por los reyes sucesivos, un
medio útil de asegurar que la posición recaería siempre en una mujer
políticamente adecuada. La Esposa de Dios más famosa de esta época fue
Nitocris, hija del rey Psammeticus I, del Periodo Tardío, que conservó el
cargo durante más de sesenta años y usó su influencia en el sur para ayudar a
su familia del norte. Como no podía ser de otro modo, en esta época la
naturaleza de la función había cambiado. La Esposa de Dios era ahora una
figura muy popular que exhibía el uraeus y otras enseñas reales, ostentaba
títulos reales e incluso tenía su nombre escrito en un cartucho real. Con la
ayuda de administradores de confianza y una amplia burocracia, controlaba
un cargo político que llevaba implícitos prestigio e inmensas riquezas, entre
las que se contaba la propiedad de más de dos mil acres (alrededor de
ochocientas diez hectáreas) de tierras fértiles tanto del Alto Egipto como del
Delta del Nilo. En efecto, la Esposa de Dios acabó haciéndose cargo de todos
los deberes del Primer Profeta de Amón y, bajo el título de Divina Adoratriz,
el más popular de cuantos ostentaba, pasó a convertirse en una de las mujeres
más influyentes del país. Localmente su influencia superaba la del rey en el
norte. Anjnesneferibre, hija de Psammeticus II y sobrina de Nitocris, fue
adoptada como sucesora de Nitocris ocho años antes de su muerte. También
fue nombrada «Primera Profetisa de Amón», honor que no había
correspondido hasta entonces a ninguna de las demás «Esposas» de Dios.
Desgraciadamente, Anjnesneferibre resultó ser la última Esposa de Dios de

Página 203
Amón, ya que la tradición fue interrumpida durante el periodo del gobierno
persa, que se inició precisamente durante el «reinado» de ella.

Página 204
Página 205
7
Reyes hembras

La Heredera, la Grande del Palacio, la de Rostro Hermoso, la Adornada


con la Doble Pluma, la Señora de la Felicidad, la Dotada de los Favores,
aquella cuya voz alegra al Rey, la Esposa Principal del Rey, su amada, la
Señora de las Dos Tierras, Neferneruaten-Nefertiti, ojalá que viva por
siempre más.
Títulos de la Reina Nefertiti

Los egipcios defendían teorías muy firmes con respecto a la realeza que en
general sostuvieron sin variación alguna desde el principio del Imperio
Antiguo hasta el Periodo Tardío, espacio de tiempo que cubre más de dos mil
años. El monarca era el jefe absoluto de todos los aspectos de la vida secular
egipcia y su palabra era la ley. Sus tareas más evidentes, como administrador
y defensor de su país, consistían en proteger a su gente, mantener la seguridad
interna y externa del país y preservar el orden y el statu quo general. Quizá
éste sea el aspecto de la realeza que se acerca más a las ideas que nosotros nos
hacemos del término. En tiempo de paz se consideraba responsable al rey de
asegurar que en Egipto todo funcionaba como debía, que se recogían las
cosechas y se almacenaba el alimento suficiente, que seguían en marcha las
impresionantes construcciones que se estaban haciendo y que la
administración pública funcionaba eficazmente, además de supervisar los
sistemas legales y de recaudación de impuestos. En tiempo de guerra se
esperaba de él que capitanease con bravura a sus soldados, supiera defender el
país frente a sus invasores y derrotase a sus enemigos tradicionales con
victorias espectaculares. Para conseguir estos propósitos el rey se servía de
una amplia y eficiente burocracia y de un ejército igualmente amplio y

Página 206
eficiente, al tiempo que se rodeaba de leales y fieles consejeros que en la
mayoría de los casos pertenecían a su familia más inmediata.
Sin embargo, la importancia del faraón no se
limitaba a la realización de sus obligaciones seculares
como cabeza nominal de una administración pública y
un ejército bien organizados, ya que ésta era una función
que habría podido llevar a cabo cualquier funcionario
competente. Lo que aseguraba la estabilidad del país era
la presencia de un rey reconocido en el trono de Egipto.
Maat, amplio concepto que puede traducirse literalmente
por justicia o verdad, era el término empleado por los
egipcios para referirse al estado ideal del universo.[1]
Maat era la situación que se había establecido al
principio del mundo, si bien no era permanente y nunca
podía darse por sentada. El caos y el desorden estaban
constantemente al acecho como amenaza que ponía en
peligro la estabilidad. El rey era personalmente
responsable de la buena marcha y mantenimiento del
maat en todo el país y de hecho éste era un apartado
Fig. 31 - La diosa Maat
esencial del contrato pactado entre el rey y los dioses.
Los dioses instalaban al rey en el trono de Horus y lo dotaban de «vida,
estabilidad y dominio». También se encargaban de controlar todos los
fenómenos naturales y de asegurar que el Nilo proseguiría su ciclo de
inundaciones anuales y que el sol no dejaría nunca de brillar. A cambio, el rey
se comprometía a gobernar Egipto con sabiduría, fundando templos para los
dioses y asegurándose de que las mesas de los ofrecimientos estarían bien
provistas. De ese modo se garantizaba el maat. En los tiempos sin ley ni rey la
aparición de un gobernante restablecería el maat o el orden pero también
podía ocurrir lo contrario, es decir, que no fuera posible el maat sin que un
faraón se sentara en el trono. Los egipcios no podían concebir la
supervivencia de su país sin un rey, de igual modo que tampoco podían
imaginar que sobreviviera su agricultura sin que se produjeran las
inundaciones anuales.

¡Cómo se alegran los dioses! Tú has consolidado sus ofrecimientos.


¡Cómo se alegra el pueblo! Tú has establecido sus fronteras. ¡Cómo se
alegran tus antepasados! Tú has enriquecido sus ofrecimientos. ¡Cómo se
alegra Egipto con tu fuerza! Tú has protegido sus costumbres.

Página 207
De un ciclo de himnos al rey Senwosret III, del Imperio Medio

El rey de Egipto no era un simple mortal sino un dios encarnado. Su


divinidad era aceptada de forma universal e incuestionable tanto por él mismo
como por su pueblo y era tratado por todos como la plasmación viva del dios
Horus y el hijo de Ra o de Amón-Ra. Había sido designado divino por los
dioses, era el sumo sacerdote de todos los templos del país y, observando los
rituales diarios requeridos, aportaba un vínculo terreno entre su pueblo y las
deidades más inaccesibles. Esta aceptación de la realeza divina desempeñó un
importante papel en el mantenimiento de la estabilidad durante todo el
Periodo Dinástico. Tanto en su pueblo como en los dioses consolidaba el
derecho absoluto al trono que tenía todo monarca y prestaba fuerza al linaje
real insistiendo en la necesidad de la correcta sucesión dinástica. La
supervivencia de la realeza era vista por todos como algo vital para el
mantenimiento de las buenas relaciones entre Egipto y sus dioses, sin la cual
el país habría vacilado sobre sus cimientos, mientras que la divinidad del
monarca tenía la ventaja añadida de convertir al rey en la máxima autoridad
de todas las prácticas religiosas, impidiendo con ello que las facciones
religiosas individuales adquiriesen un excesivo poder. Con todo, se entendía
claramente que la divinidad del rey no era absoluta, que era un subordinado
de los dioses y que carecía de sus poderes milagrosos. Se esperaba de él que
les mostrase el debido respeto y la piedad del rey era tenida por esencial para
que su reinado fuera próspero y floreciente. Como escribió la reina Hatsepsut
en un intento de reforzar sus vínculos divinos con su dios-padre Amón: «Soy
en verdad su hija, que le sirve y conoce lo que él ordena».

Durante todo el Periodo Dinástico la posición del rey de Egipto se vio


siempre como una función que correspondía a un hombre. No parece que
existiera la prohibición específica de que las mujeres fueran las sucesoras al
trono pero, a excepción de Manetho, que habla de un tal rey Binothris de la II
dinastía, durante cuyo reinado «se decidió que las mujeres podrían ser reyes»,
no hay sitio donde se admita ni de lejos esta posibilidad. Mandaban las
convenciones que los deberes estatales tradicionales del diplomático, soldado
y sacerdote correspondieran a un hombre y cualquier alteración deliberada de
este orden natural habría ido en contra del maat. Si, como ocurría con
frecuencia, el rey nombraba corregente a su sucesor antes de su muerte, se
habría juzgado un desatino que eligiera a una hija en detrimento de un hijo,
sobre todo porque la tradición de los matrimonios reales hermano-hermana
podía presuponer la promoción de una esposa por encima de su marido. Uno

Página 208
de los aspectos prácticos de los matrimonios polígamos reales estribaba en
asegurar que cada rey disfrutase de las circunstancias óptimas para engendrar
como mínimo un heredero varón.

Sé que tengo el cuerpo de una mujer débil e indefensa, pero tengo el


corazón y el estómago de un rey, de un rey de Inglaterra.
La reina Isabel I al convocar a sus soldados
cuando se acercaba la Armada Invencible

Pocas son las sociedades que darían preferencia a una mujer antes que a
un hombre en el caso de que el trono estuviera vacante. Jamás ha habido
muchas de estas sociedades. El puñado de mujeres que han dispuesto del
permiso de sus comunidades para gobernar han podido hacerlo porque no se
disponía de un candidato varón adecuadamente calificado y, por consiguiente,
se han visto como si actuasen en nombre de algún pariente masculino. No hay
duda de que en la historia y la leyenda de sociedades antiguas han existido
mujeres poderosas —por ejemplo, las griegas Antígona y Clitemnestra y las
romanas Livia y Agripina—, pero se trataba de mujeres excepcionales,
situadas por encima de las circunstancias normales y que actuaban de una
manera atípica y nada femenina. Incluso en aquellos países donde el monarca
no es más que una figura decorativa y no se esperan de él decisiones
importantes en relación con el Estado, la norma son los reyes, en tanto que las
reinas son la desviación de la norma. Como consecuencia de esta situación, en
casi todas las monarquías de la Europa actual, el sucesor al trono es el primer
hijo varón y adquiere precedencia automática sobre sus hermanas, aunque
sean mayores y a lo mejor estén más capacitadas que él. Pese a que algunos
consideren que es una injusticia, no por ello deja de ser una situación
aceptada por todos los países involucrados. La capacidad de gobernar, aun de
forma nominal, se contempla casi universalmente como un atributo del
hombre y, debido a esto, se concede a las mujeres un papel secundario en la
familia real. La explicación de tan flagrante discriminación suele encontrarse
en la interpretación que hace la sociedad de la función de la realeza y de la
visión que tiene del papel que corresponde a las mujeres.
Por regla general, las sociedades conceden a las mujeres el derecho a
gobernar en épocas en que no se dispone de un heredero varón al trono,
aunque en una familia real bien establecida esta situación es menos común
que lo que cabe imaginar: en Inglaterra, por ejemplo, en los últimos
quinientos años sólo ha habido seis reinas que heredaran la corona de su padre

Página 209
o de su tío.[2] También se ha concedido a las mujeres el derecho a desempeñar
funciones de liderazgo en épocas de intranquilidad o disturbios nacionales, a
menudo para sustituir o vindicar a un marido, a un padre o a un hijo depuestos
o asesinados. Aunque en general las mujeres de la realeza quedan relegadas a
una función pasiva y se espera de ellas que actúen a través de hombres
interpuestos, se trata de una conducta escandalosa pero que, si la causa es
buena, la sociedad tolera. En casi todos los casos las reinas gobernantes
provienen de familias reales ya existentes. Hombres ajenos a la realeza han
sabido arreglárselas para reclamar tronos valiéndose de su aptitud, su
sagacidad o su fuerza, situación prácticamente desconocida en el caso de
mujeres ajenas a la realeza, ya que rara vez han tenido acceso al dinero o al
mando del ejército.

De sólo tres mujeres notables se sabe que rigieron los destinos del Egipto
dinástico como si fueran reyes y, como no podía ser de otro modo, cada una
se sentó en el trono en circunstancias de lo más insólito. Es posible que otras
tres mujeres más actuaran también como reinas, aunque las pruebas que
avalan sus reinados son, en los tres casos, endebles y muy poco concluyentes.
A continuación se dan las biografías de las reinas Meryt-Neith, Nitocris,
Sobeknofru, Hatsepsut, Nefertiti y Twosret.[3] De ellas sólo Hatsepsut reinó el
tiempo suficiente para dejar un rastro evidente en los archivos arqueológicos e
históricos; desgraciadamente, también dejó un rastro indeleble en su pueblo,
hasta el punto de que gran parte de las pruebas que existían en relación con su
reinado fueron borradas con toda deliberación y destruidas después de su
muerte. La reina putativa más antigua, Meryt-Neith, gobernó al principio de
la época dinástica y se la conoce principalmente por sus monumentos
funerarios, mientras que el recuerdo de su sucesora, Nitocris, de la VI
dinastía, se encuentra entremezclado con tantos mitos y leyendas de carácter
romántico que sería difícil desentrañar la verdad que se oculta en la trama de
su reinado. Las dos reinas restantes, Sobeknofru y Twosret, sólo gobernaron
durante breves periodos de desorganización civil, seguidos de épocas de casi
anarquía, por lo que nos han dejado pocos monumentos y testimonios escritos
que nos permitan reconstruir los acontecimientos de su reinado. Las listas de
reyes egipcios nos dan alguna confirmación de las pruebas arqueológicas que
han sobrevivido en relación con estas mujeres, mientras que historiadores
posteriores, como Manetho, Herodoto y Estrabón, nos han facilitado
interesantes, aunque a veces improbables, contribuciones para llegar a la
comprensión de sus reinados.

Página 210
Dos hechos importantes establecen una conexión entre estas seis reinas:
todas fueron consortes, probablemente de sangre real y, con la posible
excepción de Meryt-Neith, que sepamos, ninguna tuvo un hijo varón. Las seis
mujeres, por dominantes que fueran sus personalidades, seguramente
contaron con el apoyo de algunos hombres del Estado. Tres de esas reinas
siguieron una trayectoria muy similar: Nitocris, Sobeknofru y Twosret
ocuparon el trono en épocas de disturbios, cuando de las tierras se había
ausentado el maat, no se contaba con ningún varón para ocupar el trono y las
tres reinaron menos de tres años antes de que sobrevinieran periodos de
anarquía y se produjera un cambio de dinastía. La historia acostumbra a ver
estos tres reinados como valientes intentos de perpetuar la sucesión real
contra viento y marea. El largo reinado de Hatsepsut tiene mucho de
rompecabezas, ya que se proclamó corregente junto al heredero reconocido al
trono en una época en que no estaba claro ni existía una necesidad evidente de
que una mujer asumiera el poder. Actualmente es oscura la lógica de esta
acción. Sin embargo, se trata de la única reina reinante cuyo gobierno en
solitario no fue seguido de un periodo de anarquía. La reina Nefertiti nos
presenta un caso todavía más enigmático. No existen pruebas
incontrovertibles que demuestren sin lugar a dudas que gobernó Egipto, pero
hay varias claves que apuntan que posiblemente fue corregente junto con su
marido, ya fuera con su propio nombre, ya fuera con un nombre que también
se ha atribuido a un joven príncipe. Todas las historias de estas seis mujeres
contienen elementos de intriga, misterio, poder y muerte.

La reina Meryt-Neith – I dinastía


No tenemos pruebas evidentes que demuestren que Neryt-Neith desempeñara
nunca la función de rey y, de hecho, no figura en ninguna de las listas de
reyes que nos han quedado. Sin embargo, Meryt-Neith vivió en los albores de
la historia egipcia, época de la que han quedado testimonios escritos dispersos
y un tanto oscuros. Es indudable que existe un sólido cuerpo de pruebas
circunstanciales que apuntan que pudo ocupar realmente el trono, pruebas
que, de referirse a un hombre, a buen seguro serían aceptadas como
confirmación de su reinado.
El problema de Meryt-Neith salió por vez primera a la luz en el año 1900
de nuestra era, cuando Petrie, encontrándose ocupado en la excavación de una
impresionante y anchurosa tumba que formaba parte de las sepulturas de la
necrópolis real de Abydos, recuperó una gran estela funeraria cubierta de

Página 211
relieves. Figuraba en ella el nombre de «Meryt-Neith» y, aunque faltaba el
nombre real acostumbrado de Horus, fue aceptada sin titubeos como una
estela funeraria de un rey varón. Basándose en esta prueba, Meryt-Neith fue
identificada como rey, posiblemente el tercero de la I dinastía. Sólo más
adelante se descubrió que el nombre era, de hecho, de mujer y que significaba
literalmente «Amada de [la diosa] Neith» y que aquel rey hasta entonces
anodino había sido, en realidad, una mujer. Instantáneamente, de la mano de
unas expectativas culturales más que de unas pruebas arqueológicas sólidas,
Meryt-Neith fue reclasificada como una reinaconsorte de insólito poder.
Sabemos ahora que se levantó a Meryt-Neith un monumento funerario
adicional en Sakkara, en los terrenos del norte destinados a sepulturas reales.
Allí tenía también una barca solar que habría permitido que su espíritu viajara
con el dios del sol hasta el Más Allá, honor que normalmente se reservaba al
rey. La curiosa costumbre de construir dos tumbas, una en el Bajo Egipto,
cerca de la capital del Estado recién unificado, y otra en el Alto Egipto, patria
de la dinastía reinante, era peculiar de los primeros reyes de Egipto. Si la
lógica dictaba que sólo podían ser enterrados en una tumba, parece que
sentían la necesidad de tener dos monumentos funerarios, uno que había de
servir de tumba propiamente dicha y otro de tumba ficticia o cenotafio.[4] De
momento Meryt-Neith es la única mujer de quien se sabe que ha sido
ensalzada de este modo, lo que sugiere que debió de ser más corregente que
consorte. Siguiendo la costumbre de la época, cada una de sus tumbas estaba
rodeada por toda una serie de tumbas secundarias como mínimo de cincuenta
ayudantes, en tanto que otros setenta y siete sirvientes más estaban enterrados
siguiendo un trazado en forma de U que seguramente rodeaba los tres lados
de un edificio actualmente desaparecido, cerca del monumento de Abydos.
Los sirvientes enterrados en Sakkara fueron sepultados con objetos que
simbolizaban su profesión: el constructor de embarcaciones estaba enterrado
con una maqueta de barco y el artista con varios botes de pigmento.

La reina Nitocris – VI dinastía

Página 212
Fig. 32 - Cartucho de la reina Nitocris

Nitocris nos plantea un problema que es exactamente el opuesto al de


Meryt-Neith. La tradición registra que la buena y hermosa reina Nitocris fue
la primera mujer que reinó como rey en Egipto y hay muchas leyendas
fantásticas y románticas entretejidas en torno a su nombre. Sin embargo, aun
cuando los historiadores Manetho y Herodoto han preservado especiales
detalles de su vida y aun cuando su nombre figura claramente entre los
monarcas del Imperio Antiguo que se enumeran en el Canon de Turín, no
disponemos de una prueba arqueológica concreta que nos permita asegurar
que haya existido nunca una tal reina Nitocris. Ni nos ha dejado monumentos
en los que aparezca inscrito su nombre ni tiene una tumba conocida. Los
expertos acostumbran a dividirse en relación con su vida y si algunos declaran
que fue un verdadero rey, otros la clasifican como una simple leyenda.
El rey Pepis II, de la VI dinastía, goza fama de haber gobernado en Egipto
durante más de noventa años. Su largo reinado estuvo caracterizado por una
disminución gradual de la estabilidad del país y cuando, después de su
muerte, se vio que no había sucesor evidente a la corona, sobrevino una etapa
de disturbios de carácter general que acabaron degenerando en el agitado
Primer Periodo Intermedio. Durante este periodo tan inestable el trono estuvo
ocupado por una sucesión de reyes poco conocidos y de corto reinado, claro
indicio de que no todo funcionaba tan bien en el interior de Egipto. El Canon
de Turín registra que «Nitokerti» fue el segundo o tercero de dichos reyes
después de Pepis II y que reinó exactamente «dos años, un mes y un día» al
final de la VI dinastía. Manetho describe a la reina Nitocris como «la más
noble y más amada de las mujeres de su tiempo, de sonrosadas mejillas y de
cutis claro». Confundiendo a su reina Menkare-Nitocris con el rey Menkaure
de la IV dinastía, le atribuyó el final de la construcción de la tercera pirámide
—al parecer en Gizeh— y dijo que en su momento había sido sepultada en
ella. Designó a Nitocris un reinado de doce años. Eratóstenes, traduciendo el
nombre de Nitocris al griego por «Atenea es victoriosa», le adjudica un
reinado más breve de seis años.
El tan admirado cutis de rosa de la reina (en griego, rhodophis) ha
inducido a una cierta confusión entre Nitocris y una hermosa pero
escandalosa cortesana de la XXVI dinastía, una mujer llamada Rhodophis o
Dorchia que vivió en la ciudad egipcia de Naukratis. Se han trasladado
muchas historias improbables de Rhodophis-Dorchia a la «reina Rhodophis».
Una, parecida al cuento de la Cenicienta, la recoge Estrabón y nos cuenta que,
mientras la hermosa Rhodophis se bañaba en el Nilo, un águila le arrebató la

Página 213
sandalia que había dejado descuidada en la orilla y salió volando con ella
hasta la residencia real de Menfis. El ave pasó por encima del rey mientras
estaba sentado en los jardines de palacio y recibió en su regazo la sandalia,
que soltó el águila. Al examinar la sandalia, el rey quedó tan fascinado ante la
delicadeza de su forma y ante su perfume que inició de inmediato una
búsqueda por todo el país a fin de dar con su propietaria. Por fin pudo
descubrir a Rhodophis en su casa de Naukratis y le dio escolta real hasta
Menfis. El impetuoso rey quedó perdidamente enamorado de su hermosa
vasalla y quiso convertirla de inmediato en su esposa. Cuando ella murió, el
desconsolado rey enterró a su reina en una gran pirámide. Una segunda
leyenda, bastante menos romántica, afirma que la malvada reina Rhodophis
ronda la tercera pirámide de Gizeh y que, desnuda y bellísima, arrastra a la
locura a todos los infortunados que tienen la desgracia de contemplarla.
Herodoto, por una vez más sensato que Estrabón, se mostró desdeñoso
ante los ignorantes que creían que una mujer de la profesión de Rhodophis
pudiera llegar a ser tan rica como para construirse una pirámide, si bien se
hizo la atinada reflexión de que «parece que Naukratis es el lugar donde esta
clase de mujeres son más atractivas». Con respecto a la reina Nitocris
escribió:

Después de Menes vinieron trescientos treinta reyes cuyos nombres me


recitaron los sacerdotes leyéndolos de un rollo de papiro. Entre estas
generaciones figuraban dieciocho reyes etíopes y una reina, nativa del
país; los demás eran todos egipcios. El nombre de la reina era el mismo
que el de la princesa Nitocris de Babilonia.

Describió después la tradición de la trágica y dramática muerte de la reina,


que puede resumirse de la manera siguiente:

Nitocris era la bella y virtuosa esposa y hermana del rey Metesouphis II,
monarca del Imperio Antiguo que subió al trono al final de la VI dinastía,
pero que fue salvajemente asesinado por sus vasallos poco tiempo
después. Nitocris se convirtió después en única gobernante de Egipto y
decidió vengar la muerte de su amado marido-hermano. Dio órdenes para
la construcción secreta de una enorme sala subterránea conectada con el
río Nilo a través de un canal oculto. Terminada esta cámara celebró un
espléndido banquete inaugural, invitando a todos aquellos que ella
consideraba personalmente responsables de la muerte del rey. Mientras

Página 214
los desprevenidos invitados estaban disfrutando de los festejos, ordenó
que abrieran el conducto secreto y, al penetrar en él las aguas del Nilo, se
ahogaron todos los traidores. Para escapar a la venganza del pueblo
egipcio, se suicidó arrojándose «en una gran cámara llena de cenizas
ardientes», donde se ahogó.

La reina Sobeknofru – XII dinastía

Fig 33 - Cartucho de la reina Sobeknofru

La vida de la siguiente reina egipcia, Sobeknofru, está mucho mejor


documentada que la de Nitocris, si bien su reinado también presenta grandes
lagunas. Sabemos que Sobeknofru ocupó el poder durante breve tiempo como
última gobernante de la XII dinastía, subió al trono aproximadamente en el
1789 a. C. y, según el Canon de Turín, gobernó durante un periodo preciso de
tres años, diez meses y veinticuatro días. La XII dinastía cubrió un periodo de
más de doscientos años de paz y estabilidad, presidido por uno de los linajes
reales más largos y continuados que gobernaron Egipto. Sin embargo, el
breve reinado de Sobeknofru se sitúa en un clima político mucho menos
estable y la XIII dinastía, que lo siguió, es muy confusa, está pésimamente
documentada y ya anuncia el final del Imperio Medio y un rápido declive que
degenerará en los desórdenes del Segundo Periodo Intermedio.
Manetho nos dice que Sobeknofru era una princesa real, hermana de su
predecesor el rey Amenemhat IV. Esto parece apuntar que era la hija del rey
anterior, Amenemhat III, y de hecho tenemos un bloque de piedra recuperado
de su pirámide en Hawara que menciona específicamente este dato. No está
claro si, como princesa real que era, estaba casada con su hermano el rey: hay
una tal «reina Tanefru», hija también de Amenemhat III, cuyo nombre
aparece en los cartuchos reales y que ostenta el título de «Esposa del Rey»,
que posiblemente era la consorte de Amenemhat IV. Pero como los dos
nombres son muy parecidos, es posible que correspondan a la misma mujer o
quizás a hermanas reales. Aun cuando se han recuperado unos bloques
grabados con los nombres tanto de Sobeknofru como de su padre, no es

Página 215
probable que estos dos monarcas compartieran nunca una corregencia.
Tampoco Sobeknofru fue nunca corregente de Amenemhat IV, quien había
sido a su vez corregente de Amenemhat III y que había disfrutado de un breve
e irrelevante reinado en solitario tras la muerte de su padre.
Se nos escapan las razones que se ocultan tras la subida al trono de
Sobeknofru. Se ha aludido a una dramática disensión en el seno de la familia
real y se ha dicho que Sobeknofru había urdido una trama para desposeer del
poder a sus familiares varones. Sin embargo, sería mucho más realista pensar
que no había ningún demandante varón apto para ocupar el trono y que por
esto se solicitó a Sobeknofru que se convirtiera en rey a fin de proseguir la
estirpe real en vías de extinción. Sin duda no hay indicaciones de que se
resintiese con ello su función de faraón ni que los historiadores posteriores la
viesen nunca como una mujer usurpadora o intrigante como en el caso de
Hatsepsut y Twosret. De hecho, parece que Sobeknofru desempeñó de forma
bastante aceptable su papel de gobernante, por lo que ha quedado memoria de
ella como monarca femenina en las listas de los principales reyes. Algunas
estatuas de la reina, recuperadas en Tell Daba, en el Delta del Nilo, la
muestran claramente como una mujer vestida con atavío femenino y, a
diferencia igualmente de Hatsepsut, parece que no puso especial empeño en
que la retrataran simbólicamente como un hombre. El final del reinado de
Sobeknofru es oscuro, aunque se acepta generalmente que murió de muerte
natural cuando seguía desempeñando sus funciones como monarca. Es
posible que fuera propietaria de una de las dos pirámides arruinadas del
yacimiento de Mazghuna, no lejos de las demás pirámides de la XII dinastía.

La reina Hatsepsut – XVIII dinastía

Fig. 34 - Cartucho de la reina Hatsepsut

Amón, Señor de los Tronos de las Dos Tierras, me dio a gobernar la


Tierra Roja y la Tierra Negra a manera de recompensa. Nadie se rebela

Página 216
contra mí en todas mis tierras… A decir verdad, soy su hija, la que le
sirve y sabe lo que él ordena. La recompensa que tengo de mi padre es
vida-estabilidad-dominio en el trono de Horus de todos los vivos, como
Ra para siempre.
Inscripción del obelisco de la reina Hatsepsut

La princesa Hatsepsut, hija mayor del rey Tutmosis I y de su consorte, la


reina Ahmosis, nació en Egipto en una época de riquezas y prosperidad sin
precedentes en el país. Desgraciadamente, también era una época en que la
familia real se sentía agobiada por la escasez de hijos varones. El propio
Tutmosis I no era de sangre real y a su madre, Senseneb, se la conoció
siempre con el simple título descriptivo de «Madre del Rey». Tutmosis I
había conseguido su espectacular advenimiento al poder convirtiéndose en
general del ejército de su predecesor inmediato, Amenofis I. Éste,
impresionado ante la evidente capacidad de su soldado y no disponiendo de
heredero más idóneo, lo eligió como faraón siguiente. Como para añadir
fuerza a la posición de Tutmosis, lo casó con su hija, Ahmosis, y anunció la
corregencia debida junto con su flamante yerno. Con el tiempo, Tutmosis
pasó a convertirse en único gobernante de Egipto.
Desgraciadamente, los hijos de Tutmosis y Ahmosis murieron todos en la
infancia y, como Amenofis antes que él, Tutmosis I se vio obligado a buscar
un sucesor fuera de la familia real inmediata. Eligió a un joven llamado como
él Tutmosis, hijo natural suyo habido con una concubina de nombre
Mutnofret, y lo casó con su hija Hatsepsut, consolidando de ese modo el
derecho de su hijo a heredar el trono. Es posible que por las venas de
Mutnofret corriera sangre real, ya que seguramente era hija de Amenofis I y,
por tanto, hermana o hermanastra de la reina Ahmosis. Mucho más adelante
Hatsepsut modificaría la secuencia de estos acontecimientos y alegaría que
Tutmosis I se había asociado de hecho en una corregencia con su hija con la
intención de que ella acabase reinando. No parece probable que las cosas
funcionaran así, sobre todo porque los monumentos de la época demuestran
que Hatsepsut siguió ostentando únicamente los títulos menores de princesa y
reina-consorte después de la muerte de su padre. Parece que su anuncio
público de cogobierno no fue otra cosa que un intento de explicar y reforzar el
hecho de que ocupara el trono; de hecho, su reinado se caracterizó por su
necesidad constante de justificar sus acciones tanto ante sus contemporáneos
como ante la posteridad.

Página 217
Tutmosis II sucedió a su padre en el trono y, al igual que su consorte,
Hatsepsut también fue reina. Parece que fue una mujer de comportamiento
modesto y totalmente convencional a lo largo del breve reinado del nuevo rey,
aceptó los títulos convencionales que se le concedieron de «Hija del Rey,
Hermana del Rey, Esposa del Rey y Gran Esposa del Rey» y dejó que la
retrataran prestando el debido apoyo propio de una esposa a su marido.
Incluso inició la construcción de una tumba discreta como consorte en una
zona retirada al sur de Deir el-Bahri, en la orilla oeste del Nilo, en Tebas. Es
evidente que Hatsepsut era una mujer que conocía sus obligaciones, por lo
que dio dos hijas a su hermanastro —Nerefure y Meritre-Hatsepsut—, pero
ningún hijo. Nuevamente se planteaba el problema de que no había heredero
varón legítimo al trono y, al igual que su padre antes que él, Tutmosis II se
vio obligado a recurrir al hijo de una concubina para que desempeñara el
papel de sucesor. Isis, madre de Tutmosis III, sería descrita más tarde por su
hijo como «Gran Esposa del Rey, Señora del Sur y del Norte, Gran Heredera,
Esposa de Dios y Madre del Rey», aunque no hay pruebas de que fuera la
esposa principal, igual en rango a Hatsepsut.

Habiendo subido al cielo, Tutmosis II se unió a los dioses. Su hijo, que lo


sucedió como rey de las Dos Tierras, gobernó desde el trono de su padre
mientras su hermana, la Esposa de Dios, Hatsepsut, gobernaba Egipto y
las Dos Tierras se encontraban bajo su dominio. El pueblo trabajaba para
ella y Egipto inclinaba la cabeza.
Información de Ineni, funcionario del gobierno

El joven Tutmosis III sucedió a su padre en el trono bajo la supervisión


directa de su madrastra y tía, la formidable reina viuda Hatsepsut. Al parecer
no tuvo necesidad de consolidar su posición casándose con las dos princesas
reales y parece también que su derecho a gobernar se vio ampliamente
reconocido. La propia Hatsepsut aceptó el advenimiento al trono de su joven
hijastro y, durante el primer año del nuevo régimen, se contentó con seguir
siendo la cumplidora y discreta «Esposa de Dios y Gran Esposa Real». Sin
embargo, hacia el final del segundo año de su reinado comenzó a ofrecer un
nuevo perfil y, en el año séptimo, ya había conseguido un poder definido, se
había proclamado corregente y había sido coronada rey de Egipto. Más o
menos en esta fecha se inició la construcción de su formidable templo
funerario de Deir el-Bahri y de la tumba real correspondiente. A partir de
entonces Hatsepsut comienza a ser representada de una manera característica:

Página 218
por un lado como una mujer convencional y, en un intento de subrayar de
manera enfática su función real, como un hombre vestido con ropas de
hombre y los adecuados accesorios, incluso con una barba artificial. En su
título real, sin embargo, figuraba casi siempre el final femenino incorporado y
no hay indicación alguna de que se vistiese realmente como un hombre. No
existe confusión acerca de la sexualidad de Hatsepsut como la hay sobre el
herético rey Ajnatón, ni tampoco se insinúa en ningún sitio que fuera lesbiana
o travestida.
No tenemos idea de lo que pudo ocurrir de pronto para que Hatsepsut
desafiase las normas y se proclamase rey, pese a que se han hecho multitud de
especulaciones en este sentido. ¿Se trataba puramente de ambición o de ansia
de poder por parte de la reina? ¿No estaba, quizá, dispuesta a aceptar que
como hija, hermana y esposa de un rey, podían saltársela para favorecer a su
hijastro? ¿Hubo algún hecho crítico nacional que no quedara registrado o el
joven Tutmosis III era demasiado débil para gobernar en solitario? ¿O tal vez
Tutmosis odiaba a su madrastra… o bien veía con buenos ojos que le echase
una mano? El hecho de que Hatsepsut aceptara de buen grado participar en el
gobierno, aunque sólo fuera de forma nominal y compartiéndolo con su
hijastro, aparte de los indicios que tenemos de que Tutmosis aceptara esta
corregencia cuando ya había alcanzado la edad para gobernar en solitario,
apuntan que la situación era mucho más compleja de lo que parece a primera
vista. Ni que decir tiene que la explicación convencional que suele darse y
que afirma que Hatsepsut era una mujer ávida de poder no nos convence ni de
lejos. De ser este el caso, ¿por qué habría esperado tanto tiempo a hacerse con
el poder? ¿Y cómo se las había arreglado para atraerse el firme apoyo que
recibió indudablemente en este campo? No hay duda de que es uno de los
rompecabezas más grandes de la historia de Egipto el que nos plantea el
hecho de que el rey legítimo, Tutmosis, de quien podía esperarse que
reaccionase con aspereza y decisión ante la intromisión sin precedentes de
Hatsepsut, aceptase la nueva situación y se contentase con quedarse en un
segundo plano y no pasara a gobernar en solitario hasta después de la muerte
de su madrastra. Se pueden señalar dos puntos de vista importantes pero
contradictorios como explicación de este difícil asunto, pero a buen seguro
que la verdad se encuentra en un punto situado entre estos dos extremos.

Página 219
Fig. 35 - Hatsepsut con atuendo de hombre

La postura corriente y más comúnmente compartida es que a Tutmosis no


le gustaba ni pizca la situación pese a que no podía hacer nada para cambiarla.
Cuando subió al trono era un muchacho tan joven e inexperto que a buen
seguro necesitó del apoyo y consejo que le ofreció la reina y, cuando ya tuvo
edad suficiente para darse cuenta de la merma de autoridad que suponía para
él Hatsepsut, ésta ya tenía firmemente en sus hábiles manos las riendas del
poder. Si Hatsepsut controlaba el tesoro y contaba con todo el apoyo de la
administración pública quiere decir que Tutmosis no podía esgrimir poder
alguno contra ella. La profanación de los monumentos de Hatsepsut después
de su muerte se ha tomado a veces como prueba indirecta del odio que
inspiraba a Tutmosis su corregente. De todos modos, las pruebas
arqueológicas indican que esta destrucción no ocurrió como mínimo hasta
después de veinte años de la muerte de Hatsepsut, un largo periodo de tiempo
para que Tutmosis reprimiera su rencor y se decidiera a lanzarse a la acción.
La segunda explicación es que Tutmosis no considerara que tuviera
motivos para quejarse de su madrastra. En realidad, posiblemente tenía

Página 220
motivos sobrados para agradecer las útiles directrices de Hatsepsut en un
momento en que era demasiado joven para gobernar solo eficazmente y es
posible que prefiriera mostrar su gratitud esperando a que hubiera muerto en
lugar de rebajarla de rango cuando él llegara a la mayoría de edad. Después
de todo, aunque existían unos precedentes de corregencia bien
fundamentados, terminaban invariablemente con la muerte de uno de los
participantes, no con su abdicación, y lo lógico era que Tutmosis esperase
sobrevivir a su tía y disfrutar entonces del gobierno en solitario. No hay duda
de que Hatsepsut no intentó deponer a Tutmosis ni quiso apartarlo de su lado
de forma permanente, lo que parece indicar que no lo consideraba una
amenaza a su seguridad. Aunque las representaciones de la época muestran
invariablemente a Hatsepsut como socia dominante que se imponía siempre al
corregente, no por ello dejaron de otorgarse nunca a Tutmosis las enseñas
reales que le correspondían y, de hecho, hacia el final del reinado conjunto se
muestra a los dos gobernantes en un mismo pie de igualdad. Parece lógico
pensar que, de haberlo querido, Tutmosis habría intentado poner término a la
situación. No hay duda de que era un hombre débil e ineficaz, como
demostraría más tarde en su actuación como faraón.

Entonces Su Majestad les dijo: «Esta hija es mía… La he nombrado


sucesora mía al trono. Se sentará en este maravilloso estrado. Gobernará a
los plebeyos en todas las esferas del palacio. Ella os dirigirá. Obedeced
sus palabras y acatad, unidos, sus órdenes».
Texto grabado en el muro del templo funerario
de Hatsepsut en Deir el-Bahri[5]

Página 221
Fig. 36 - Hatsepsut mama de la diosa Hator

Han sobrevivido todo un conjunto de textos que podrían clasificarse como


de «autobombo» —noticias rebosantes de autojustificaciones— y que nos
ofrecen una explicación oficial de aquella asunción sin precedentes del poder
de la que fue protagonista Hatsepsut. Estos textos hacen hincapié tanto en su
parentesco con su padre terrenal, el faraón, como en su vínculo divino con los
dioses, subrayando una vez y otra el derecho temporal y espiritual que tenía a
gobernar. El más explícito de todos es la exposición de su «divino
nacimiento», conservada en el muro del templo de Deir el-Bahri. Aquí, en una
serie de dibujos y de breves epígrafes, Hatsepsut revela al mundo que ella es
la hija natural del gran dios Amón y que su hijo estaba predestinado para la
corona. Se muestra a Amón, astutamente disfrazado de Tutmosis I, visitando
a la reina Ahmosis en su cámara donde, en una escena adecuadamente
discreta, le infunde el hálito de vida en las fosas nasales. El embarazo
resultante de la reina es apenas evidente, pero vemos al dios Jnum modelando
el cuerpo y alma de la pequeña Hatsepsut en su rueda de alfarero y
prometiendo a su ansioso padre Amón: «Daré forma a tu hija…». Quedan
claros el milagroso nacimiento de Hatsepsut y la presentación que hace de la
niña la diosa Hator al orgulloso padre. Finalmente se presenta a Hatsepsut a
todos los dioses, quienes aceptan que ella sea el futuro rey de Egipto. A lo

Página 222
largo de la vida de Hatsepsut se da gran relieve a una filial devoción al dios
Amón: «Soy en verdad Su hija, la que lo glorifica».

Fui promovido ante los compañeros, sabiendo que yo estaba en Su favor.


Me destinaron a jefe de Su casa; el Palacio —que florezca en salud y en
prosperidad— estaba bajo mi supervisión. Fui el juez de todo el país y el
Superintendente de los Graneros de Amón, Senenmut.
Parte de un largo texto de autojustificación
grabado en la base de una estatua de Senenmut

Hatsepsut debió de verse apoyada en su función por muchos funcionarios


públicos fieles, varios de los cuales ya habían trabajado con su padre y con su
marido. El enigmático «Administrador de Amón» Senenmut se yergue como
el administrador más importante y hábil de este periodo.[6] Senenmut, que
originariamente era un hombre de baja extracción que había iniciado su
carrera en el ejército, permaneció soltero y dedicó su vida al servicio de
Hatsepsut. No está clara la relación precisa que mantuvo con la reina, aunque
parece que se le concedieron insólitos privilegios teniendo en cuenta que era
un varón ajeno a la realeza y sería difícil determinar exactamente hasta qué
punto su meteórica ascensión a la preeminencia fue resultado de su relación
personal con la reina viuda. No hay duda de que tuvo influencia en la
burocracia y de que se las arregló para conseguir como mínimo veinte puestos
seculares y religiosos importantes en el curso de su variada vida y sus títulos
dan testimonio de su papel como controlador efectivo de las finanzas del
Estado. En un alarde de petulancia, se responsabilizó de la construcción de los
monumentos más importantes de Tebas dedicados a la reina, aun cuando no
hay pruebas de que fuera realmente arquitecto. Acostumbra a representarse en
el que fue probablemente uno de sus papeles más prestigiosos, como tutor de
la joven princesa Neferure, presunta heredera del trono de Egipto. Los
egiptólogos creían originariamente que Neferure, «Señora de las Dos Tierras,
Señora del Alto y Bajo Egipto», había muerto en la infancia, aunque nuevas
pruebas apuntan que probablemente sobrevivió a su madre y que quizá llegó
incluso a primera «Gran Esposa» de su hermanastro Tutmosis III.
Senenmut se las arregló para reunir las riquezas suficientes que le
permitirían construir dos tumbas muy caras: una tumba de galería
relativamente vistosa, en Gurnah, y una cámara más secreta y recóndita cerca
del borde septentrional del patio del templo de Hatsepsut, donde debería ser
enterrado. Algunos ostraca muestran que en realidad desvió a los obreros del

Página 223
proyecto oficial del templo para construir el último citado. Sin embargo,
parece que cayó en desgracia o murió antes del final del reinado de Hatsepsut,
pero el hecho es que no llegó a ser enterrado nunca en su espléndida pero
inacabada tumba. El recuerdo de Senenmut fue perseguido después de su
muerte, cuando ya se habían mutilado la mayoría de sus relieves y estatuas y
se había profanado su tumba. Es posible que esta destrucción obedeciera a las
órdenes de Hatsepsut como resultado del acerbo enfrentamiento que puso fin
a la relación que había entre los dos, aunque igual pudo ser llevada a cabo por
aquellos que más tarde destruyeron de la misma manera los monumentos de
Hatsepsut.
La importancia general que se concede al largo reinado de Hatsepsut se
centra en las cuestiones civiles, particularmente en un intensivo programa de
construcción que comprendió la restauración de templos y la erección de
impresionantes monumentos, proyectos todos de gran envergadura
concebidos para conmemorar las antiguas glorias de Egipto e instilar la
confianza en su pueblo. Según los propios dioses habían instruido a su hija:
«Volverás a fundar el país, repararás lo que está en ruinas, harás monumentos
de tus capillas». En esta época hubo una disminución de la actividad militar,
debido posiblemente al hecho de que Hatsepsut habría sido incapaz de
conducir físicamente sus tropas a la batalla sin provocar una cierta pérdida de
confianza, pero floreció el comercio y se realizó una memorable expedición
egipcia a los exóticos y lejanos países del Punt durante el año noveno de su
reinado. En una escena mural de Deir el-Bahri se han conservado muchos
detalles de esta misión y se deja constancia en ella de algunas de las cosas
maravillosas que se observaron, entre ellas las curiosas chozas altas y
redondas de los nativos, el cómico aspecto del gobernante del Punt y de su
mujer, sorprendentemente gorda, como también los extraordinarios objetos
que se llevaron a Egipto. Se tienen noticias de una expedición punitiva a
Nubia que data del final del reinado; tal vez la falta de pruebas de campañas
militares podría inducir la falsa impresión de una insularidad egipcia en esta
época.

Página 224
Fig. 37 - Hatsepsut (actualmente borrada) con Tutmosis I

No sabemos cómo terminó el largo reinado de Hatsepsut, aunque parece


probable que muriera de muerte natural a una edad comprendida entre los
cincuenta y dos y los setenta y dos años y en el año vigésimosegundo de su
reinado. No hay pruebas que indiquen que pudo ser asesinada o depuesta por
su corregente. Después de su muerte se destruyeron todos los testimonios de
su reinado en un intento de borrar tanto su nombre como su recuerdo, lo que
constituye uno de los peores castigos que se puede infligir a un faraón
difunto. Se destruyeron sus retratos y cartuchos y se demolieron sus
monumentos o fueron dedicados a otra persona. Con todo, no parece en modo
alguno que se tratara de un intento de olvidar su nombre y se diría más bien
que la destrucción se llevó a cabo de una manera caprichosa. El nombre de
Hatsepsut fue omitido de todas las listas de reyes, que registran la simple
sucesión de Tutmosis I, II y III, y sólo Manetho conservó la memoria de una
gobernante mujer llamada Amensis o Amense como quinta soberana de la
XVIII dinastía.

Página 225
Reina Nefertiti – XVIII dinastía

Fig. 38 - Cartucho de la reina Nefertiti

Que mi corazón se alegre en la Gran Esposa Real y sus hijos y que se


conceda la vejez a la Gran Esposa Real Neferneruaten-Nefertiti, que viva
para siempre millones de años y que esté al cuidado del faraón. Y que se
conceda la vejez a la princesa Meretaten y a la princesa Meketaten, sus
hijas, que están al cuidado de su madre la Reina.
Estela de la Frontera de Amarna

Nefertiti es la única reina de Egipto cuyo aspecto nos es familiar gracias a


la conservación fortuita de la escultura pintada de su cabeza, orgullo del
Museo de Berlín. Por consiguiente sabemos que, como indica su nombre
—«H a llegado una Hermosa Mujer»—, su belleza era impresionante y su
sonrisa serena y ligeramente irónica. Casi imaginamos que Nefertiti se ríe
para sus adentros ante los esfuerzos que hacen los egiptólogos para
desentrañar su misteriosa vida y su aún más enigmática muerte.
Nefertiti emergió de oscuros orígenes para convertirse en principal esposa
del faraón Amenofis IV, de la XVIII dinastía, quinto rey que sucedió a
Hatsepsut. Dada la proclividad de la XVIII dinastía a los matrimonios
incestuosos reales es probable, aunque no probado, que perteneciera a una
rama menor de la familia real. El gobierno del nuevo rey comenzó de una
manera bastante convencional, es decir, alrededor del 1358 a. C. Amenofis
sucedió a su padre en el trono y disponemos de suficientes retratos del nuevo
rey y de la nueva reina para darnos cuenta de que se comportaban de una
manera muy tradicional dentro del estilo real, con Nefertiti actuando como
apoyo pasivo de su marido. Sin embargo, poco después de haber iniciado su
reinado, parece que Amenofis experimentó una espectacular y repentina
conversión religiosa que lo condujo a rechazar por completo los dioses
institucionalizados de su país en favor de una oscura religión monoteísta que
tenía por objeto rendir culto al poder del sol o Atón. Amenofis no era de los
que hacen las cosas a medias y, aunque a ojos de sus conciudadanos egipcios,

Página 226
acostumbrados a adorar a toda una multitud de deidades poseedoras de
diferentes atributos, el concepto de un único dios, creador de todas las cosas,
debió de sonarles muy extraño, al poco tiempo toda la corte comenzó a
venerar a Atón. El propio rey quiso hacer hincapié en su conversión
cambiando su nombre por el de Ajnatón, «Espíritu de Atón», y fue con este
nombre infausto que pasó a convertirse en el primer y último rey «herético»
de Egipto.
Ignoramos qué intervención pudo tener Nefertiti en la espectacular
transformación religiosa de su marido. Sabemos, sin embargo, que ella aceptó
la nueva religión del Estado con el celo de una conversa y que no sólo amplió
su nombre convirtiéndolo en el aparatoso de Neferneruaten-Nefertiti —
literalmente, «Hermosas son las Bellezas de Atón, Ha llegado una Mujer
Hermosa»—, sino que además participó de forma entusiasta en las nuevas
ceremonias religiosas y desempeñó un papel preeminente que, en el caso de
haber sido una reina más convencional, habría dejado en manos de su marido.
De hecho, a medida que el culto a Atón iba creciendo en pujanza, la pareja
real fue involucrándose cada vez más en aquel credo, no ya meramente como
devotos de la religión sino también como objetos del propio culto, hasta que
los tres pasaron a escuchar las oraciones que regularmente les dirigían los
fieles, aun cuando el rey y la reina continuaban reconociendo el poder
superior de Atón. La ambiciosa construcción de una nueva capital, Ajetatón u
«Horizonte de Atón» (actualmente Amarna), se situó a una gran distancia de
los centros de culto de Atón y demás deidades desplazadas, consolidó el
dominio de la nueva religión y redujo el poder del antiguo y poderoso clero
con sede en ciudades tradicionalmente importantes.
En este tiempo se produjo un cambio espectacular en el tipo de
indumentaria que se estilaba en la corte. En todas las fases anteriores de la
historia de Egipto siempre hubo una marcada diferencia entre las prendas
usadas por hombres y mujeres. Sin embargo, durante el periodo de Amarna se
produjo una curiosa fusión de estilos y tanto Ajnatón como su reina adoptaron
las largas túnicas de pliegues para uno y otro sexo. Si hay que hacer caso de
las pinturas de la época, Nefertiti en ocasiones llevó la suya completamente
abierta, mostrando todos sus encantos femeninos. Las damas de la corte que
seguían más fielmente la moda completaban su atuendo adoptando las pelucas
cortas de corte masculino inspiradas en el estilo de los soldados nubios. Este
cambio de la moda estuvo también acompañado de una visión del arte
absolutamente diferente, que indujo a abandonar las rígidas convenciones
adoptadas en siglos anteriores en favor de un estilo más libre y naturalista.

Página 227
Las escenas de Amarna en las que aparece la pareja real en la intimidad,
jugando con sus hijitas en los jardines de palacio, constituyen las viñetas más
encantadoras de la vida cotidiana egipcia que han sobrevivido a los estragos
del tiempo.
En el nuevo estilo de las obras de arte apareció una deliberada
indefinición de las identidades sexuales. Se abandonó la convención de
retratar a las mujeres con la piel más clara que los hombres e igualmente la de
presentar al rey en una ceremoniosa pose real cuya finalidad era infundirle un
aspecto más imponente y viril y estaba encaminado a despertar el miedo en
los corazones de sus enemigos e inspirar confianza en su gente. Muchas de las
efigies de Ajnatón lo reproducen luciendo los accesorios tradicionales de la
realeza —el cayado y el mayal, la corona y la barba—, aunque lo retratan
también como una especie de hermafrodita, con un rostro curiosamente
femenino, unos pechos prominentes y unas anchas caderas propicias a la
maternidad. La razón de que el rey permitiese que lo inmortalizasen de una
manera que parece perversamente calculada para despertar temores en el
corazón de sus vasallos e inspirar a sus enemigos no ha quedado en absoluto
aclarada. Podría ser que, el pobre, tuviera realmente este aspecto, en cuyo
caso debía de sufrir algún trastorno orgánico, aunque vale la pena recordar
que tuvo seis hijas de Nefertiti y que ella no fue la única en dárselos. Se ha
aducido la posibilidad de que como mínimo algunas de las estatuas más
ambivalentes del rey en el aspecto sexual puedan representar en realidad a
Nefertiti en el papel de la diosa Tefnut, aunque esto no explicaría del todo por
qué llevaba las insignias reales ni tampoco por qué habría tantas estatuas de la
reina y tan pocas del rey. Puede ser incluso que, movido por la influencia de
su nueva religión, Ajnatón tratase de forma deliberada y simbólica de
representar a través de su persona los aspectos masculino y femenino de la
naturaleza. No ha llegado a identificarse con certeza el cuerpo momificado de
Ajnatón, posiblemente porque fue profanado, lo que habría permitido recorrer
un largo camino en dirección a la contestación de tan fascinantes preguntas.

Página 228
Fig. 39 - La reina Nefertiti

No hay duda de que Nefertiti era una mujer a la que había que tener en
cuenta en asuntos de Estado y de religion. Tanto las reinas consortes como las
reinas viudas desempeñaron siempre un importante papel en la vida de la
realeza y a menudo su efigie se incorporaba a los monumentos junto a la del
marido o hijo como para demostrar que les prestaban su apoyo, pero a
Nefertiti se le concedió una significación mucha más marcada que a sus
predecesoras y se la representó siempre junto a su esposo y ejerciendo un
papel activo en los acontecimientos más que actuando como simple
espectadora y además fue subiendo gradualmente de categoría hasta que ya se
la representó llevando regularmente la corona azul de monarca y realizando
tareas que normalmente están reservadas al rey e incluso se la reprodujo en el
acto ritual de azotar a los enemigos de Egipto, función reservada
tradicionalmente hasta entonces al faraón. En todos los intentos y propósitos
Nefertiti fue considerada corregente junto con su marido, si bien el hecho no
llegó a anunciarse nunca oficialmente. Se desconocen las razones que guiaron
su encumbramiento. ¿Era, quizá, una mujer intrigante, capaz de imponer su

Página 229
voluntad a su marido? ¿O su función peculiar obedeció más bien al cambio de
actitud religiosa, que la situó en una posición paralela a la de Tefnut, esposa e
hija del dios Sol?

Fig. 40 - Cartucho de Smenjare

Si la vida de Nefertiti nos plantea toda una serie de problemas que nos
intrigan, el verdadero enigma está en su muerte. En la última imagen que
conservamos de la reina la vemos llorando sobre el cuerpo sin vida de su hija
de trece años, Meketaten, que murió de parto en el año decimocuarto del
reinado de su padre. Después de esta tragedia familiar, Nefertiti desaparece de
escena. Lo más lógico es que muriera entonces y que fuera enterrada de
manera normal, aunque nos sorprende que Amarna no nos aporte ninguna
referencia a su muerte, ya que imaginamos que su marido debió de quedar
desolado ante una pérdida como aquélla. No se ha recuperado nunca el cuerpo
momificado de Nefertiti. De no haber muerto, es posible que prosiguiera su
vida de antes y que se sumiera en la oscuridad al morir su marido unos años
más tarde. Una tercera explicación, ligeramente menos plausible, es que pudo
caer en desgracia y que se retirara a vivir el resto de su vida en una relativa
reclusión. Sin embargo, los arqueólogos no se inclinan necesariamente en
favor de las soluciones obvias de los problemas y se ha apuntado la
sugerencia bastante más curiosa de que, a partir de aquel momento,
posiblemente se conoció a Nefertiti como corregente de Ajnatón y de que
pasó a convertirse desde entonces en el enigmático príncipe Smenjare.
Hay ciertas pruebas que confirman que hacia el final de su vida Ajnatón
siguió la tradición real y adoptó como corregente a su heredero, Smenjare. La
identidad de este misterioso joven es oscura, aunque podría tratarse de un
hermano más joven del rey o de un hijo habido con su favorita secundaria,
Kiya. La identificación de Smenjare con Nefertiti se basa en el hecho de que
aparece por vez primera en los registros arqueológicos en el preciso momento
en que desaparece Nefertiti. Si Ajnatón hubiera querido que su esposa fuera
su coregente, ¿habría considerado necesario «convertirla» primeramente en
hombre? Existe el dudoso paralelismo de Hatsepsut adoptando el aspecto de

Página 230
un hombre en el papel de faraón, si bien en su caso se trataba de un
travestismo simbólico y no existen pruebas de que Hatsepsut quisiera que la
tuvieran por otra cosa que por una mujer. Las pruebas que se tienen en
relación con Smenjare son tan escasas como ambiguas, si bien parece probado
que existió realmente una persona con dicho nombre. Disponemos de una
deteriorada pintura que en un tiempo se creyó que representaba a Smenjare y
a Ajnatón en actitud de estar departiendo mientras que ahora se cree que
representa en realidad a Nefertiti con su marido, ya que las convenciones
artísticas de la época dificultan la identificación precisa de los sexos.
Smenjare no siguió a Ajnatón al trono, por lo que cabe suponer que murió
antes que su mentor. El cadáver de un joven de este periodo, perteneciente a
la casa real, recuperado dentro de un ataúd destinado originariamente a una
mujer de alto rango, se identificó no sin ciertas dudas como el de Smenjare,
pero como había sufrido profanación además de los estragos causados por una
excavación increíblemente deplorable, en la actualidad ya no se tiene tanta
seguridad al respecto. Como ocurre con muchos aspectos de la egiptología, la
teoría de que la reina Nefertiti pudiera haberse convertido en el príncipe
Smenjare tan pronto cobra cuerpo como se desvanece, siempre a merced de
jirones de pruebas que van saliendo a la luz.

Reina Twosret – XIX dinastía

Fig. 41 - Cartucho de la reina Twosret

El último rey hembra de quien se sabe que se sentó en el trono de Egipto,


doscientos cincuenta años después del reinado de Hatsepsut, fue la reina
Twosret, que consiguió aprovecharse del periodo de casi anarquía que se
produjo al final de la XIX dinastía para hacerse con el poder. La XIX dinastía
se había iniciado como una época de gobierno relativamente estable y
efectivo después de los disturbios religiosos que se produjeron al final de la
XVIII dinastía y floreció durante el próspero y bien documentado reinado de
Ramsés II, una era en que la terminación de grandes monumentos y el éxito
de amplias campañas extranjeras había confirmado la presencia del maat en

Página 231
todo el país. Después de las muertes de Ramsés y de su hijo y sucesor
Merenptah, hubo una disgregación de la ley y el orden y se inició una confusa
sucesión de faraones, cuyo reinado es breve y está mal documentado. Los
documentos de la época utilizan las frases de rigor para hacer la crónica de
unos tiempos de disturbios e inquietudes y hay vagas alusiones a una guerra
pese a que pueda tratarse simplemente de una referencia a conflictos internos.
Los desórdenes en la necrópolis tebana —indicación habitual de un gobierno
poco estable— fueron endémicos en este tiempo y entre los principales
trabajadores proliferó el soborno, los robos e incluso los asesinatos.
Desgraciadamente este periodo de desorganización, que aportó las
condiciones precisas para el advenimiento de una gobernante femenina, ha
dejado pocos documentos relativos a la realeza, por lo que nos hemos
quedado tan sólo con algunos intrigantes y esporádicos atisbos de
conspiraciones e intrigas de palacio que tal vez no estamos en condiciones de
entender del todo.
Casi podemos dar por seguro que Seti II sucedió a Merenptah, su padre.
Seti sólo gobernó seis años y murió a mediana edad. Lo sucedió a su vez su
joven hijo Ramsés Siptah, que sólo gobernó seis años y que por alguna razón
que desconocemos durante su reinado cambió su nombre por el de Merenptah
Siptah. Aunque Siptah era el hijo y principal heredero de Seti, su madre no
era la «Gran Esposa del Rey» Twosret, sino una esposa secundaria y
relativamente insignificante llamada Sutailja, al parecer de origen sirio.
Twosret, por tanto, era la madrastra del nuevo rey. No existen pruebas de que
la propia Twosret le diera ningún hijo y no parece probable que hubiera
tolerado que Siptah ocupase el trono de haber tenido ella un hijo propio. Los
orígenes de la reina Twosret son algo oscuros, no ostentaba el título de «Hija
del Rey» y posiblemente no era de sangre real. En su tumba se le dio el título
de «Señora de toda la Tierra», cortesía que seguramente había recibido como
consorte de Seti II.
Como cabía esperar de un muchacho tan joven, Siptah fue un monarca
débil e ineficaz que dejó escasos monumentos y que no tardó en caer en el
olvido poco después de su temprana muerte. Es posible que su debilidad
tuviera su causa en circunstancias físicas, ya que el examen de la momia que
se conserva de él presenta un pie deforme y la parte baja de la pierna
atrofiada, lo que parece apuntar que se trata de una deformidad congénita o, lo
que es más probable, de las secuelas de una parálisis infantil. Durante su
breve reinado Siptah siguió las orientaciones o los dictados de su enérgica
madrastra, que de todos modos fue haciéndose gradualmente con el papel de

Página 232
consorte y de corregente. No se sabe con certeza si Twosret llegó a casarse
con su joven hijastro a fin de acrecentar su poder y convertirse en reina-
regente. Las pinturas de su tumba la representan de pie detrás de Siptah en la
postura típica de las esposas mientras él rinde homenaje al dios de la tierra,
Geb. Con todo, de la tumba se borró el nombre de Siptah y se sustituyó por el
de Seti II y parece que, después de la muerte de Siptah, Twosret prefirió
asociarse al recuerdo de su prestigioso primer marido antes que al del bastante
menos imponente de su hijastro.
Había otro personaje dominante que desempeñó un papel activo en la
lucha por el poder en esta época. El «Gran Canciller de Toda la Tierra», Bay,
fue una figura sombría con un nombre asiático cuyo único título subrayó su
gran influencia sobre el rey-niño. Se le representaba de pie detrás del trono de
su gobernante y en una posición insólitamente importante para una persona no
perteneciente a la realeza e incluso se le concedió el alto honor de una tumba
construida cerca de la de su amo en el Valle de los Reyes. El epíteto «El que
Establece al Rey en el Trono de su Padre», atribuido a Bay en dos
inscripciones, insinúa la función de Bay en mantener al joven rey en su
precaria situación de autoridad resistiendo al mismo tiempo las crecientes
ambiciones de la reina. Parece que Bay acabó fracasando en su misión de
restringir el poder de Twosret, ya que desapareció misteriosamente de la
escena política en el cuarto reinado de gobierno de Siptah.
Tras la prematura muerte de Siptah todo el país se vio recorrido por una
oleada de disturbios civiles. Dado que no había un evidente sucesor varón al
trono, Twosret se aprovechó del caos reinante para ampliar su papel de
corregente y aferrarse a la corona, reforzando su reivindicación y adoptando
la plena titularidad de un rey varón del Alto y Bajo Egipto. Es evidente que
consiguió su ambición definitiva al poder reinar sola durante un breve periodo
y contó los años de corregencia de Siptah con los suyos al tiempo que
distinguía los de gobierno de su marido, Seti II. El año más avanzado del
gobierno de Twosret es el octavo, mientras Manetho registra que un tal «rey
Thuoris, que Homero llama Polibus, marido de Alcandara, y en cuya época se
tomó Troya» gobernó durante siete años al final de la XIX dinastía. Como
Siptah gobernó como mínimo seis años, es posible que Twosret disfrutara de
un reinado en solitario de menos de dos años. Tenemos muy escasas pruebas
arqueológicas que avalen su breve reinado, aunque se ha encontrado su
nombre en un lugar tan distante como el Delta del Nilo, las minas de turquesa
del Sinaí e incluso en Palestina. Sus principales monumentos son su tumba y
un templo funerario que comenzó a construir en el sur del Ramesseum pero

Página 233
que no llegó a terminarse. El final del reinado de Twosret está envuelto en el
misterio y no sabemos si fue depuesta o si murió de muerte natural. Le
sucedió el oscuro faraón Sethnajt, fundador de la XX dinastía.
Es evidente que Twosret era una mujer enérgica, dotada de una ambición
arrolladora que le permitió elevarse desde unos orígenes relativamente
humildes hasta el lugar más alto del país a pesar del considerable obstáculo
que suponía ser mujer. Quizá la mejor indicación que tenemos de su
personalidad provenga de la decoración de su tumba, que los obreros tebanos
comenzaron a construir en el Valle de los Reyes al final del reinado de Seti o
al principio del de Siptah, honor sin precedentes para una reina, que habría
debido ser enterrada en el vecino Valle de las Reinas. La tumba era
inicialmente una construcción relativamente modesta, pero a medida que
Twosret fue adquiriendo poder comenzó a ampliarla gradualmente y a
mejorarla hasta que, cuando llegó al pináculo de su reinado, el monumento ya
se había convertido en lugar de reposo digno de un rey. La construcción no
llegó a terminarse nunca, pero es evidente que sus diferentes fases
corresponden muy de cerca a los diversos estadios de la vida política de
Twosret. Por desgracia, Twosret no pudo disfrutar de reposo en su tumba
porque su sucesor, Sethnajt, se apoderó de ella y quiso borrar el rastro tanto
de su nombre como de su imagen en los muros de la misma. No sabemos qué
ocurrió con su cadáver, pero en el museo de El Cairo hay una momia que
según parece corresponde a la reina Twosret.

Página 234
8
La vida religiosa
y la muerte

Todos conocen los monstruosos cultos que corrompen a los egipcios.


Adoran al cocodrilo y a la ibis devoradora de serpientes.
Mientras se quedan boquiabiertos ante la estatua de oro de un mono.

¡El puerro es tabú! ¡No mastiques cebolla!
¡Oh, benditas gentes cuyos dioses se han criado en los jardines!,
Se compadecen de la raza lanuda y no dejan
Que rebanen el pescuezo de la cabra,
Aunque no desdeñan participar en un banquete donde se sirve carne
humana.[1]

La teología del antiguo Egipto, con su impresionante panteón de deidades con


cabeza humana, sus imponentes templos y sus idiosincrásicos preparativos
para la muerte, fascinó a los observadores desde el final del Periodo Dinástico
en adelante. La inexacta sátira religiosa de Juvenal que acabamos de citar —
ya que, lejos de ser tabú, la cebolla era un elemento primordial de la dieta
egipcia y por otra parte tampoco hay pruebas que corroboren que los egipcios
estaban tan sedientos de sangre que se entregasen a actos de canibalismo
sacerdotal— indica que, aun cuando para los pueblos del mundo clásico los
dioses de Egipto constituían un poderoso y excitante misterio, también eran
objeto de interminables supersticiones y rumores. Han transcurrido dos mil
años y los turistas siguen acudiendo en tropel a las pirámides para
maravillarse y hacer cábalas sobre la fe que pudo inspirar unas construcciones
tan extravagantes, mientras los místicos nombres de Isis, su marido-hermano

Página 235
Osiris y su hijo Horus continúan conservando su poder de conjurar vividas
imágenes de antiguas creencias y de oscuros y misteriosos rituales.
Es indudable que no podría hacerse ningún estudio válido de la sociedad
egipcia sin tener en cuenta la religión, que desempeñó un papel político tan
importante en el Estado egipcio y que se supone tuvo una gran influencia en
la forma de pensar y actuar día tras día de su pueblo. De todos modos, hay
que aceptar estas consideraciones con ciertas precauciones. Es
extremadamente difícil volver la vista atrás y valorar un tramo tan amplio de
acontecimientos históricos para buscar sentido a la influencia precisa que
pudieron tener antiguas creencias religiosas. Aun cuando tengamos la suerte
de contar con pruebas escritas y arqueológicas de toda una variedad de
rituales religiosos y supersticiosos, conviene tener siempre presente que lo
único que podemos estudiar son algunos de los signos externos o materiales
de la fe interna. Quizá nos sintamos tentados a imponer a los demás nuestros
prejuicios y las ideas que nos hacemos de los egipcios y que hasta lleguemos
a figurarnos que entendemos cómo pensaban y sentían, pero es evidente que
estaríamos en un error. Basta con que imaginemos los problemas con que
podría encontrarse un arqueólogo del siglo XXII que tratase de identificar
todos los aspectos de la doctrina cristiana basándose en las excavaciones de
unas cuantas iglesias y en un estudio de la Biblia para darnos cuenta de lo
difícil que es abordar una interpretación de las antiguas religiones.
La frase convencional de «religión egipcia», con todas las implicaciones
que conlleva de un credo único encerrado en los escritos sagrados y aceptado
por todos, es de hecho sumamente desorientadora. Durante todo el Periodo
Dinástico hubo varios aspectos de la vida espiritual egipcia diferentes pero
relacionados que coexistieron felizmente, cada uno de los cuales fue
evolucionando y desarrollándose gradualmente y superponiéndose a los
demás. Los dos extremos, que pueden reconocerse y clasificarse fácilmente,
fueron la tradición oficial o importante, representada por la teología estatal
oficial y la burocracia a ella asociada, y la tradición no oficial o menor, que
incluía las artes menos respetables, a menudo agrupadas bajo el
encabezamiento de magia, superstición y brujería. Entre estos dos polos
diferenciados se encontraban las religiones respetables semioficiales, los
cultos regionales y familiares que eran de gran importancia en las vidas de las
familias y de sus miembros pero que tenían relativamente poco interés para el
Estado. No había un punto de intersección evidente entre estos enfoques
religiosos y todos influían en mayor o menor medida en el hombre o mujer
corrientes. Las mujeres de Deir el-Medina, por ejemplo, que vivían muy cerca

Página 236
del centro donde se practicaba el culto al dios estatal Amón, participaban en
los festivales anuales de la tradición importante pese a que oficialmente
rendían culto a las deidades patronales más locales de la necrópolis tebana, el
dios deificado Amenofis I y su madre Ahmosis Nefertiti junto con Meretseger
(«Ella-Ama-el-Silencio»), la diosa serpiente de la montaña tebana conocida
también como «Pico de Occidente». Con todo, los restos recuperados en sus
casas apuntan que había otros cultos más personales y de tradición familiar
que concedían una gran importancia a los dioses y espíritus asociados al
embarazo y al parto y que tenían como mínimo la misma importancia en sus
vidas, mientras que estaba mucho más extendida la creencia en los respetados
poderes de la superstición y la magia.

Fig 42 - Mujer en actitud de rezar

La diversidad de este enfoque religioso no tiene nada de extraño. De


hecho, se reconoce generalmente que allí donde hay una religión oficial
altamente centralizada y con una compleja teología suelen desarrollarse otros
cultos superficiales bastante más sencillos que adaptan y reinterpretan ciertas
facetas de la corriente básica y pasan por alto otras. Suele ocurrir allí donde la
tradición principal es primordialmente una religión centrada en el hombre,
dominada por una clase selecta de hombres educados y, por consiguiente,
ajena a la vida cotidiana de la mayoría de mujeres. En estas circunstancias los
hombres suelen ser capaces de satisfacer sus necesidades religiosas
adhiriéndose a la teología estatal en tanto que las mujeres, excluidas de la
plena participación en los rituales de su fe oficial y a menudo incapaces de
entender del todo los entresijos de la doctrina debido a la carencia de
enseñanza religiosa, encuentran su satisfacción espiritual desarrollando las
tradiciones menores o «supersticiones de las mujeres» sin darse cuenta de que
en cierto modo están apartándose de las exigencias de su religión básica.
Todavía se observa hasta cierto punto, en el Egipto actual, esta dualidad
religiosa, puesto que vemos que tanto las campesinas musulmanas como las
cristianas creen profundamente en la malignidad de ciertos espíritus y en los

Página 237
temibles poderes del mal de ojo. Es más probable, por ejemplo, que la mujer
de pueblo que desea tener un hijo recurra a los espíritus de sus hijos muertos o
se procure algún hechizo del mago local antes que rezar a Alá, lo que por otra
parte ella no considera una traición a su fe «oficial». Son muchas las
campesinas actuales que creen que los monumentos antiguos de Egipto
poseen poderes mágicos o espirituales, por lo que un simple paseo por un
yacimiento arqueológico nos dará ocasión de comprobar la existencia de
modernos ritos de fertilidad —por lo general montoncitos de trozos de
alfarería rota— asociados a antiguas estatuas e imágenes. Winifred Blackman
observó este mismo fenómeno en 1920 en un pueblecito egipcio, donde quiso
contribuir a ayudar a que algunas mujeres estériles quedaran embarazadas
recurriendo a antiguas reliquias y a ensalmos modernos al estilo egipcio:

El ritual procedía de la manera siguiente: las mujeres se dirigían primero a


una de las antiguas capillas tumbales decoradas, acompañadas por alguna
de nuestras sirvientas, que tenía la llave. Al entrar, cada una avanzaba y
retrocedía siete veces sobre lo que se suponía que era la boca del pozo que
conducía a la cámara subterránea de enterramiento. Terminada esta
ceremonia, regresaban a la capilla tumbal desprovista de decoración
donde yo vivía. Allí yo mostraba los hechizos, dos de los cuales se
dejaban a la vez en el suelo. Entonces cada mujer pasaba solemnemente
por encima de ellos siete veces hacia adelante y hacia atrás. En total se
utilizaban cuatro hechizos, que representaban la cabeza de Isis, una
divinidad momificada, un escarabajo y un gato. Después de esto, se
colocaba en el suelo la mandíbula inferior del cráneo de un antiguo
egipcio. Todavía volvía a realizarse la misma ceremonia, repetida con dos
cabezas enteras de un antiguo egipcio, una de una cabeza momificada y
bien conservada y otra de una calavera. Después se iba a buscar un vaso
de agua, dentro del cual se dejaban caer los hechizos azules vidriados.
Cada mujer bebía un poco de aquel agua, después sacaba los hechizos y
los chupaba y algunas se restregaban aquellos objetos mágicos por el
cuerpo y se lo mojaban con el agua.

Blackman tuvo la satisfacción de informar de que como mínimo dos de


las mujeres que recibieron esa ayuda quedaron embarazadas poco tiempo
después de haberse sometido a un tratamiento tan poco ortodoxo.

La religión oficial del antiguo Egipto evolucionó con la unificación del


país y se mantuvo relativamente constante durante toda la era dinástica,

Página 238
aunque en todo momento fue receptiva a las nuevas ideas y lo bastante
flexible para aceptar las influencias extranjeras. Con anterioridad a la
unificación cada ciudad o cada pueblo se limitaba a rendir culto a su propio
tótem omnipotente, que se encargaba de dar una explicación racional a
fenómenos naturales, tan misteriosos y a menudo tan aterradores, que de otro
modo habrían provocado la desesperación de toda la comunidad. Todos
comprendían que pudiera haber zonas vecinas que respetasen dioses
diferentes y no tenían inconveniente en aceptar el concepto politeísta de que
puede haber muchas deidades y de que cada uno mantenga su fidelidad
personal a una en particular. Después de la unificación comenzaron a surgir
varios cultos específicos que fueron cobrando preeminencia y, aunque las
comunidades seguían rindiendo culto a sus dioses locales específicos,
comenzaron a perfilarse unas deidades nacionales importantes.
Particularmente los cultos de Ra, el dios Sol, y Horus, el dios asociado a la
realeza, empezaron a cobrar importancia en el aspecto político como
consecuencia de un aumento del patrocinio del propio rey.

Tú eres Amón, el Señor de aquel que guarda silencio, el que presta oído a
la voz de los pobres. Cuando acudo a ti, desesperado, vienes a rescatarme.
Me das ánimo en medio de mi desdicha y me liberas de mi cautiverio.
Estela de Deir el-Medina, Imperio Nuevo

Hasta el Imperio Nuevo no comenzaron a adoptar características y


atributos especializados particulares algunos de los dioses nacionales más
notables, cambio que condujo directamente al desarrollo de la mitología
egipcia. Entretanto, bajo la supervisión de familias sacerdotales locales,
continuaron floreciendo cultos regionales más modestos. Hubo templos y
santuarios locales que recibieron tierras y bienes del monarca, en tanto que
sus dioses y diosas, que también formaban parte del gran panteón oficial,
seguían conservando su función de deidades regionales omnipotentes. Este
papel dual puede parecer un tanto confuso a ojos de los observadores
modernos, pero era perfectamente aceptable por los egipcios. Por ejemplo, en
Hermopolis Magna, Egipto Medio, el dios Tot, con su cabeza de ibis o de
babuino, dios oficial del arte de escribir y de aprender, no sólo era objeto de
culto por sus considerables dotes educativas sino por ser la deidad suprema de
la región. Es indudable que estos dos aspectos diferentes de Tot no se
consideraban mutuamente incompatibles. Las versiones locales de los dioses
y diosas eran generalmente mucho menos especializadas que sus

Página 239
contrapartidas del panteón oficial y estaban más íntimamente asociadas a la
naturaleza y ciclo anual de la inundación del Nilo, que desempeñaba un
importante papel en la vida de todos los días.
Durante este tiempo la relación entre las personas corrientes y los dioses
principales se hacía, cuando menos en teoría, exclusivamente a través del
monarca. El rey, en calidad de dios, era la única persona capaz de comunicar
con sus deidades afines, por lo que se convirtió automáticamente en el
sacerdote principal de todos los cultos egipcios. Sin embargo, como es
evidente que no podía estar presente físicamente en todos los templos para
adorar a todos los dioses, las familias de rango nombraban sacerdotes para
llevar a cabo todos los rituales necesarios en nombre del rey. Aunque el
monarca delegaba normalmente gran parte de esta labor rutinaria a sus
representantes, también quería que lo vieran oficiando durante las importantes
festividades anuales de los principales dioses nacionales, especialmente en la
festividad Opet dedicada a Amón, dios oficial del Imperio Egipcio, en cuya
ocasión desfilaban en larga procesión las estatuas del dios, de su consorte Mut
y del hijo de ambos Jonsu, que salían del templo de Luxor para dirigirse al
templo cercano de Karnak. Esta procesión ritual era un gran espectáculo
público, durante el cual las orillas del Nilo se llenaban de egipcios ávidos de
tener un atisbo de su dios.

Fig. 43 - La diosa del cielo Nut

Como es lógico, la religión oficial egipcia no tenía nada que ver con las
grandes religiones de la época actual. No sólo era una religión politeísta sino
que además era una teología sin credo, sin matices morales auténticos y sin
una tradición de atención pastoral. En realidad, generalmente era más
importante como fuente de unidad y estabilidad continuada en todo el país
que como medio de ilustración espiritual. Aunque se aceptaba en términos

Página 240
generales que tanto hombres como mujeres debían optar por ser más buenos
que malos, era un código moral que fue elaborándose más por conveniencia
de la sociedad que para gratificación de los dioses. La virtud no procuraba
necesariamente la recompensa del cielo y sólo del rey se exigía que actuase de
forma adecuada para asegurar la pervivencia del maat en todo el país. Los
dioses se preocupaban muy poco de cómo pudieran comportarse los egipcios
corrientes y molientes, pero si recibían una provocación directa podían
devolver el golpe a través de una venganza. El testimonio de Neferabu, del
Imperio Nuevo, un dibujante que trabajaba en Deir el-Medina y que había
ofendido a Ptah haciendo un juramento en falso, nos dice que fue castigado
con la ceguera a causa de sus mentiras, ya que su proceder se interpretó como
una falta de respeto al dios:

Yo soy un hombre que juró en falso por Ptah, Señor del maat, y él hizo
que viera las tinieblas durante el día. Anunciaré su poder tanto a aquellos
que lo ignoran como a los que lo conocen, tanto a los pequeños como a
los grandes. ¡Cuidado con Ptah, Señor del maat, porque no perdona
ningún desliz de nadie! Absteneos de usar en falso el nombre de Ptah
porque aquel que lo proclama falsamente sucumbirá.

Se nombraba a los sacerdotes sólo para que sirvieran al dios en nombre de


su rey y, en consecuencia, no tenían ni el más mínimo interés en el aspecto
espiritual de sus feligreses ni en otros aspectos de su bienestar. Los templos
de Egipto no deberían verse como un equivalente antiguo de las catedrales ni
de las mezquitas, sino que su construcción obedecía simplemente a la
necesidad de que fueran las casas de los dioses, por lo que albergaban las
estatuas de culto dentro de las cuales se suponía que habitaban las deidades.
No tenían ninguna congregación y, de hecho, generalmente estaban fuera del
alcance de la gente corriente. El acceso a la parte trasera del templo, que
podría equipararse a las habitaciones familiares situadas en la parte trasera de
las casas particulares, estaba restringido al clero y al rey, que atendía el culto
proporcionando alimentos, bebidas y ropa y quemando incienso. La parte
delantera, decorada con escenas de propaganda real, estaba abierta al público
en general sólo en días festivos especiales, por lo que no había un equivalente
egipcio de la mezquita de los viernes, de la sinagoga de los sábados ni de las
iglesias cristianas de los domingos.
Aunque se permitía a la gente corriente hacer acto de presencia en las
festividades religiosas que se celebraban durante el año, se les negaba toda

Página 241
participación ritual en estos grandes acontecimientos. Ya se ha hablado de la
festividad Opet, que se celebraba en Tebas el segundo mes de la inundación.
No hay duda de que esta ceremonia, conmemorada con una fiesta oficial que
duraba como mínimo once días, era una ocasión de júbilo nacional. En
Medinet Habu las fiestas tenían un cariz extraordinario especial debido a la
distribución gratuita de más de once mil trescientas hogazas de pan y
trescientas ochenta y cinco grandes tinajas de cerveza. Ya más avanzado el
año, los residentes de Tebas disfrutaban de otra celebración pública en
ocasión de que la estatua de Amón hiciera un segundo recorrido oficial
saliendo de su sede de Tebas, cruzando el Nilo y visitando los templos
funerarios de los antiguos gobernantes de Egipto.
El equivalente en Abydos de la festividad Opet era la procesión de la
estatua de Osiris desde su templo de Abydos hasta su tumba del Umm
el-Qaab, lugar tradicional donde se enterraban los reyes arcaicos de Egipto.
Parece que el ritual de esta procesión revivía el mito de la muerte y entierro
del dios de una forma espectacular bastante parecida a las representaciones
medievales inglesas de la Pasión, y que la representación de la muerte iba
seguida del retorno triunfante a su casa del dios resucitado. Tenemos datos de
esta conmemoración sobre todo a través de la descripción que nos ha quedado
del funcionario Hernofret del Imperio Medio, quien había sido enviado a
Abydos para supervisar la restauración de toda la parafernalia procesional del
dios. Hernofret dejó una estela conmemorativa de piedra caliza en Abydos,
donde detallaba tanto sus importantes actividades como los rasgos más
sobresalientes del drama religioso:

Yo dirigí la Gran Procesión siguiendo los pasos del dios. Hice navegar el
barco de dios, con Tot en el timón… Ataviado con sus hermosas enseñas
reales, procedió a dirigirse a los dominios de Peqer… Seguí al dios hasta
su casa.

La festividad anual que se celebraba en Edfu comportaba una


representación dramática que conmemoraba la victoria de Horus sobre Seth,
su justificación ante el tribunal de los dioses y el desmembramiento de su
antiguo adversario. Al reproducir de nuevo estos acontecimientos, se
reforzaban sus efectos benéficos y el rey utilizaba la obra de teatro como un
medio para desviar parte del triunfo de Horus hacia sí mismo, asegurándose
con ello un próspero reinado. Con todo, no todos los festivales oficiales
anuales eran tan solemnes. La fiesta del Periodo Tardío en honor a Bast, la

Página 242
diosa con cabeza de gato, celebrada en la ciudad de Bubastis, en el Delta, era
evidentemente una ocasión más alegre. Herodoto nos informa de que había
bandas de excitados peregrinos que viajaban en barco a la ciudad y que
pasaban el día entero bebiendo, cantando, volviendo a beber, batiendo
palmas, bebiendo una vez más y tocando instrumentos musicales. Cuando se
acercaban a una ciudad arrimaban la vacilante embarcación hacia la orilla del
río y

… mientras algunas mujeres seguían tocando los instrumentos y cantando


otras llamaban a las mujeres del lugar y las maltrataban sin piedad,
mientras que otras más seguían bailando y algunas incluso, puestas de pie,
exponían sus partes íntimas. Después de seguir comportándose de esa
misma manera a lo largo del curso del río llegaban a Bubastis, donde
celebraban la fiesta con abundantes sacrificios. En esta festividad se
consumía más vino de uva que en todo el resto del año.

Se consideraba que los dioses y diosas del panteón del Imperio Nuevo se
comportaban de una manera marcadamente humana y tanto se enamoraban
como se casaban, se peleaban y mostraban muchas de las debilidades y
defectos de sus contrapartidas mortales. Así pues, las diosas reflejan hasta
cierto punto, la función que tienen las mujeres dentro de la comunidad y nos
ofrecen una de las pocas oportunidades de examinar el comportamiento de las
mujeres —por muy mitológico que sea— fuera del ambiente de casa. Dentro
del panteón observaban una jerarquía natural y, entre los dioses más
importantes, había algunas diosas extremadamente poderosas. Sin embargo,
ninguna diosa era comparable a los dioses más poderosos —Osiris, Ra y
Amón— y en principio no había una «madre tierra» que estuviera
particularmente asociada a los misterios de la fertilidad y la creación. Aun
cuando todas las diosas se habían originado como deidades locales capaces de
pensamiento y acción independientes, en su papel de diosas oficiales seguían
las convenciones egipcias y se casaban con dioses vecinos de categoría más o
menos equivalente y asumían la función más pasiva que corresponde a la
mujer dentro del matrimonio. Era característico que engendrasen a un niño
varón, adoptando con ello los rasgos femeninos aprobados de la fertilidad, la
maternidad y la domesticidad.

Página 243
Fig. 44 - Isis

Isis, tal vez la más famosa y la más poderosa de las diosas, sólo demostró
su decisión cuando le tocó proteger y defender a su marido, admirable
comportamiento para una esposa egipcia fiel. Después de la traición de Seth y
del desmembramiento de Osiris, resultó que Isis y su hermana Nefthys
decidieron ir hasta los confines de la tierra para recoger sus restos
diseminados y poderlo reconstruir: «Levántate, Osiris, porque Isis tiene tu
brazo y Nefthys tu mano». Después de tan sorprendente resurrección, Isis
concibió un hijo, que escondió en los marjales hasta que pudo presentar a
Horus sin peligro ante el tribunal de los dioses, donde fue reconocido
heredero de su padre. La maternidad fue convirtiéndose lentamente en parte
importante del culto de Isis y, sobre todo durante el Periodo Tardío, se la
representó a menudo dando el pecho a su hijo Horus. Estas pinturas señalaron
la transición de Isis desde su papel relativamente restringido como miembro
del panteón egipcio a un reconocimiento más universal como diosa madre o
madre tierra. Isis siguió siendo una diosa importante después del
derrumbamiento del imperio egipcio, ya que su culto, observado por los

Página 244
marineros visitantes, pasó primero a Roma y se propagó más tarde por todo el
imperio romano, atrayendo misteriosos rituales y doctrinas. Dentro de Egipto,
lo único que redujo el número de sus adeptos fue la difusión gradual del
cristianismo y en el siglo V de nuestra era aún seguía practicándose su culto
en la isla de Philae, en el Alto Egipto. El culto de Isis fue siempre
particularmente importante para las mujeres, ya que se le atribuían las
variadas funciones de patrona del matrimonio, protectora de los partos e
incluso inventora del arte de tejer. No obstante, parece que el principal
atractivo que tenía su culto en el mundo romano fue que se permitía a los
fieles de ambos sexos que tomaran parte activa en las ceremonias en lugar de
verse obligados a observar los rituales de los sacerdotes oficiantes.
Otra diosa egipcia influyente fue Hator, «Señora de los Sicómoros» y
protectora del amor, la música y la borrachera. Hator ya era una diosa muy
afianzada al principio del Imperio Antiguo, según confirma el papel
preponderante que tenía en la Paleta Narmer y seguía recibiendo culto bajo
diferentes modalidades unos dos mil años más tarde, durante el Periodo Saíta.
Gozaba de gran popularidad entre las mujeres y aparece representada en
muchos objetos populares que forman parte de la vida cotidiana femenina,
como por ejemplo en los espejos, simbólicamente entroncados tanto con la
fertilidad como con el parto. El papel de Hator como suministradora o
aprovisionadora queda subrayado con su identificación con la vaca, por lo que
tan pronto era representada en forma de diosa-vaca como de una mujer
provista de orejas redondas de vaca y con cuernos. Su culto, que tenía su sede
en la ciudad de Dendera, en el Alto Egipto, era atendido por muchas
sacerdotisas femeninas, a menudo de alta cuna, supervisadas por un número
relativamente reducido de administradores de sexo masculino. Se creía que
Hator de Dendera era la esposa del cercano Horus de Edfu y la madre de
Harsomtus, mientras que las «Siete Hators» estaban relacionadas con Hator
como diosa de la muerte.
Sin embargo, había unas claras excepciones a la regla general de la diosa
como esposa leal preocupada por unos objetivos femeninos aprobados tales
como la fertilidad, el parto, la música y el amor. Meith, la deidad patronal de
la ciudad de Sais, en el Delta, poseía una cierta cualidad andrógina. Aunque
se la representó siempre como una mujer, estaba vinculada a intereses tan
innegablemente masculinos como la guerra y la caza y se la representa a
menudo llevando un arco o unas flechas cruzadas, por lo que acabó
identificándosela con la doncella guerrera griega Atenea. Neith podría
compararse con Sejmet, la diosa de la guerra y de la enfermedad con cabeza

Página 245
de león y sedienta de sangre, que sólo desistió de su designio de destruir a
toda la humanidad gracias a la oportuna intervención de Ra.[2] En sus
momentos menos dramáticos, Sejmet fue la consorte de Ptah y la madre de
Nefertum en Menfis y tuvo una contrapartida más benévola en Bast, la diosa
de Bubastis con cabeza de gato.
Durante el Imperio Nuevo hubo varias diosas guerreras que fueron
importadas a Egipto, y dice mucho en favor de la flexibilidad del sistema
religioso que pudieran encontrar un puesto en el panteón oficial sin armar
demasiado alboroto. La diosa canaanita Astarté, identificada también con la
diosa asirio-babilónica Ishtar, se representa como una diosa con cabeza de
león que conduce un carro contra sus enemigos vencidos o como una diosa
desnuda cabalgando en un caballo y empuñando una espada de amedrentador
aspecto y un hacha de guerra. Bajo el personaje más suave de Ashtoreth,
vuelve a ser una hermosa mujer desnuda, a menudo identificada con Hator en
su función de diosa del amor. Anath era la diosa de la guerra siria que en
Egipto se convirtió en «Señora del Cielo» y en «Señora de los Dioses», hija
de Ra y consorte de Seth. Aunque normalmente iba vestida al estilo femenino
convencional, llevaba un hacha de guerra y una lanza, como queriendo indicar
con ello en qué estribaban sus intereses reales.

¡Andaos con cuidado, anunciaré a los grandes y pequeños que están entre
la tropa! ¡Cuidado con la visera, porque hay un león en ella! La visera se
cala con el movimiento de un león salvaje y se lanza detrás de aquel que
lo ofende.
Estela de Deir el-Medina, Imperio Nuevo

La vida religiosa de todos los días giraba en torno a los cultos dedicados a
la familia presente y pasada. Los vínculos con los parientes vivos eran básicos
para los egipcios, muy centrados en la familia, y en todos los tiempos hubo un
vínculo profundo y permanente con los parientes difuntos, que en muchos
aspectos seguían viéndose como miembros de la familia. En consecuencia, se
consideraba una obligación religiosa importante hacer honor a los
antepasados inmediatos. Los que estaban en situación económica
suficientemente desahogada para construirse una sepultura privada se
aseguraban de que figurara en ella una capilla a nivel del suelo con todo lo
necesario. Esto permitía que los vivos visitaran la tumba e hicieran

Página 246
ofrecimientos al espíritu que moraba en el cadáver del miembro difunto de la
familia, enterrado en el fondo de un pozo excavado dentro de la propia capilla
o delante de la misma. Se excavaban pozos separados para el marido, la
esposa y los hijos solteros, y cada generación sucesiva esperaba construirse
una nueva tumba en la que albergaría su propia familia nuclear.
La propiedad de una tumba era, sin embargo, un lujo negado a la mayor
parte de egipcios, que se veían obligados a manifestar sus sentimientos
reverenciales ante una tumba o, más normalmente, ante el altar o santuario
familiar. En las casas más pobres este santuario era un nicho decorado con
gran sencillez o un simple armario empotrado en el muro de la habitación
principal y situado delante mismo de la entrada de la casa. Las familias más
acomodadas podían construirse complejas capillas en los jardines de sus
espaciosas mansiones. En cuanto al santuario, solía contener una pequeña
imagen sagrada, ya fuera un relieve ya una estatua, que venía a representar
una combinación del dios o diosa patronales. El ámbito del santuario o capilla
familiar se extendía más allá de la capilla tumbal y no sólo se centraba en el
bienestar de los que habían desaparecido sino también en el culto de una
combinación de dioses y diosas que eran objeto de los cultos locales, de
deidades menores y del rey. Las capillas votivas privadas, construidas en las
afueras de Amarna, pueblo de obreros, habían creado un clero propio y cada
capilla disponía de su propio guardián o conservador, que vivía dentro del
recinto de la misma. En muchas de dichas capillas había imágenes de
Renenutet, la diosa cobra de las cosechas y de la fertilidad, mientras que las
capillas votivas del poblado de trabajadores de Deir el-Medina mostraban una
inclinación definida hacia las diosas Renenutet, Meretseger y Taweret, todas
ellas orientadas hacia la mujer. Sin ser particularmente influyentes en el
panteón oficial, estas tres diosas personificaban hechos y ubicaciones que
eran muy importantes en las vidas diarias de sus fieles.

En torno a la diosa cobra Renenutet evolucionó un poderoso culto


doméstico fuertemente identificado con la familia y la vida familiar, aparte de
que la diosa era también la patrona de las nodrizas y las cosechas. La
serpiente, que a primera vista puede parecer una desagradable intrusa en
cualquier casa, protegía de las alimañas el alimento que se guardaba en ella,
por lo que se consideraba no sólo útil sino también agradable. Renenutet,
Meretseger y Edjo, la diosa cobra del Bajo Egipto y protectora del rey, eran
deidades-serpientes femeninas ampliamente reverenciadas, mientras que la
única serpiente totalmente malévola era la serpiente macho Apofis,
despreciada por ser enemiga de los dioses. Como diosa

Página 247
de la montaña tebana, Meretseger (el «Pico de
Occidente») era particularmente importante para los
obreros de Deir el-Medina y a menudo se representaba
en asociación con Ptah, patrón momiforme de los
artesanos.
Las serpientes estaban estrechamente relacionadas
con las mujeres, la fertilidad y el parto, hasta el
extremo de que solía representarse a Isis, con Horus
niño en brazos, bajo la protección de dos serpientes.
Una serie de figurillas femeninas de la fertilidad,
correspondientes al Imperio Nuevo, aportan una prueba
más de la conexión existente entre la serpiente y la
mujer, y están modeladas tumbadas en camas
decoradas con serpientes rayadas de rojo y negro,
mientras que tanto los ostraca como las pinturas de los
muros descubiertas en Amarna y Deir el-Medina
representan serpientes asociadas íntimamente con Fig. 45 - La diosa cobra
figuras danzantes de Bes, con Taweret y arrastrando Renenutet
ramas de follaje y flores.[3] Estas escenas pueden ser representaciones fieles
de una «estancia de parto», una habitación privada o incluso una cabaña
apartada reservada al uso exclusivo de las mujeres en el momento del parto y
periodo posterior de purificación o pueden ser representaciones más
simbólicas encaminadas a ofrecer protección a la madre y al hijo y a asegurar
la prosperidad continuada de toda la familia. Cualquiera que sea su propósito,
no hay duda de que subrayan la importancia que da la comunidad en conjunto
al parto.
Los abstrusos misterios asociados a la creación de una nueva vida
condujeron al desarrollo de un culto doméstico orientado hacia la mujer y
centrado en torno a la fertilidad, el embarazo y, más específicamente, el parto.
El proceso del parto no sólo era peligroso desde el punto de vista físico tanto
para la madre como para el hijo, sino que parecía además poner a sus
participantes, y de hecho a toda la familia, en contacto con fuerzas de la
creación que están muy por encima del control humano. La medicina servía
de muy poco en momentos como éstos, por lo que las mujeres recurrían de
una manera natural al consuelo de la superstición y de los ritos mágicos para
guardarse del mal y verse asistidas durante los dolores del parto. En un
pequeño ajuar compuesto de material votivo privado, recién descubierto en el
armario de una casa abandonada de Amarna, hay una estela que muestra a una

Página 248
mujer y a una muchacha rindiendo culto a Taweret, dos figurillas femeninas
rotas y dos reproducciones de camas. Este impresionante ajuar, todo un
símbolo de las esperanzas y temores de una madre e hija desconocidas, nos
brinda un atisbo de los rituales que encubre el parto. Tres mil años después,
las aldeanas egipcias seguían viendo su confinamiento como algo relacionado
con la intervención mágica más que con la ayuda médica. Como observó
Blackman en tono desapasionado:

En muchas ocasiones diferentes, han venido a verme mujeres con sus


hijos pequeños y me han pedido que les escupiera en la boca porque así
vivirían más tiempo. También descubrí que muchos de mis vestidos
viejos, que yo había tirado, habían sido convertidos en jirones y
distribuidos entre varias madres del pueblo, que los colgaban de los
cuerpos de sus hijos como hechizos para prolongarles la vida. Una madre
embarazada vino a verme para pedirme que le diera uno de mis vestidos
viejos a fin de que su hijo naciera llevándolo ella puesto. La pobre no vio
satisfecha su petición y lamento decir que su hijo murió al poco tiempo de
haber nacido.

Los hechizos y amuletos más populares asociados con el parto eran los de
Taweret («La Grande»), la diosa hipopótamo representada siempre de pie y
muy erguida a fin de resaltar su enorme vientre, seguramente de mujer
embarazada, y protectora de las mujeres durante el embarazo y el parto.
Aunque era una diosa benévola, no por ello hay que subestimar el poder de
Taweret. El hipopótamo es un animal peligroso y de grandes dimensiones y
han muerto más africanos víctimas del hipopótamo que del león. También se
asociaban a los misterios del nacimiento los hechizos que representaban a
Hécate, la diosa con cabeza de rana, y a Bes, el feo dios enano. En efecto, en
los muros interiores de las casas de los pueblos solían pintarse imágenes de
Taweret y de Bes como una protección más a la familia.
Todos los objetos relacionados con el parto adquirieron un significado
ritual especial y quedaron investidos de poderes mágicos particulares, hasta el
punto de que incluso se personificó el taburete de parir o los ladrillos de parir
bajo la forma de la diosa Mesjenet, dama 299de característico aspecto y
representada a veces como una baldosa o un ladrillo con cabeza humana,
aunque más a menudo como una mujer que lucía en la cabeza un útero de
vaca a manera de tocado divino.[4] Mesjenet tenía la misión de proteger al
niño recién nacido y quizá sea significativo que el revelador signo de una

Página 249
serpiente apareciera escrito a menudo al final de
su nombre. Se ponía especial empeño en la
custodia de los ladrillos de parir, ya que más
tarde los necesitaría el dios Tot para utilizarlos
como tablas en las que escribir el futuro del
recién nacido. Durante el Imperio Medio, las
varitas o bastones mágicos en forma de bumerán
desempeñaron un importante papel, aunque
desgraciadamente ignorado, en el parto. Se han
recuperado más de un centenar de dichos
bastones, casi todos tallados de dientes de
hipopótamo, lo que acentúa el vínculo con
Taweret. Muchos llevan grabadas imágenes de
espíritus protectores, Taweret y Bes, mientras
que algunos ostentan inscripciones como, por
ejemplo, «estamos para dar protección a este
Fig. 46 - Las dos formas de
niño» y a continuación el nombre del niño o de
Mesjenet la madre. Estos objetos fueron identificados
primeramente como cuchillos mágicos pero,
dado que son romos, parece más probable que tuvieran alguna función más
misteriosa. La sugerencia más verosímil que se ha hecho con respecto a su
uso es que se empleaban para trazar un círculo mágico en torno a la cama
cuya finalidad era proteger a la madre y al hijo, de forma parecida a cómo,
según parece, las brujas modernas trazan un pentágono mágico y
seguidamente entran en él para hacer de las suyas.
Pero no fueron sólo los objetos asociados con el parto los que dieron pie a
significados simbólicos o rituales que estaban por encima de su función
utilitaria más obvia. La religión o la superstición había pasado a convertirse
en parte tan integrante de la vida diaria que prácticamente todos los objetos
usados por los egipcios transmitían algún poder mágico oculto o llevaban
asociado algún ritual supersticioso. Incluso los días se clasificaban en buenos,
malos e indiferentes de acuerdo con augurios mágicos, lo que permitía que los
negociantes ansiosos pudiesen consultar el calendario oficial antes de tomar
alguna decisión importante. De la misma manera, los sueños pasaron a
convertirse en materia de intenso estudio como medio de adivinar el futuro. El
Libro de los Sueños daba una larga lista de los más corrientes y de sus
interpretaciones: «Si un hombre sueña que bebe cerveza caliente es un mal
augurio y le sobrevendrán desgracias». Ya hemos hablado en el capítulo 5 de

Página 250
los efectos benéficos de llevar encima hechizos específicos o incluso colores
específicos. Menos evidentes a ojos modernos, pero a buen seguro
importantes para los egipcios, eran las ventajas que comportaba lucir ciertos
objetos decorativos. Por ejemplo, un cuenco de loza azul decorado con un
dibujo de una flor de loto podría ser un objeto bello para tener en casa o en la
propia tumba, pero además tenía un significado simbólico para su propietario.
El motivo del loto, que representaba la flor azul del loto que abre sus pétalos
al romper el día y los cierra al caer la noche, estaba estrechamente asociado al
renacimiento diario del dios Sol y, por extensión, pasó a convertirse en
simbolismo del renacimiento después de la muerte. De la misma manera, un
platito o una cucharilla en forma de pez, utilizados para la aplicación de
productos cosméticos, no sólo sería una baratija divertida y práctica sino que
propiciaría, además, el renacimiento y la fertilidad de su propietaria.

En lo que se refiere a la persona que conoce este hechizo, será como Ra


en el cielo oriental y como Osiris en los infiernos. Bajará al círculo de
fuego sin que las llamas lleguen nunca a tocarlo.
Fragmento de un ensalmo extraído de Textos del ataúd,
Imperio Medio

En marcado contraste con las escasas pruebas de las prácticas religiosas


diarias de la gente corriente, los rituales asociados con la muerte han aportado
una contribución significativa a los restos arqueológicos. Los egipcios eran un
pueblo alegre y vibrante que sacaba el máximo partido de la vida y de los
placeres y que se mostraba incansable en la búsqueda de la felicidad. Resulta,
pues, un tanto irónico que su particular visión del Más Allá, eminentemente
materialista, haya fascinado hasta tal punto a los observadores modernos que
podría excusarse al visitante lego que acude a un museo egiptológico o a una
librería especializada en el tema por imaginar que los egipcios abrigaban una
morbosa y constante obsesión en relación con la muerte en todos sus aspectos.
Hasta cierto punto esta falsa idea es resultado directo del sesgo arqueológico
que se menciona en la introducción del presente libro y que incita a creer que
la tradición de construir tumbas permanentes de piedra y de vivir, en cambio,
en frágiles casas de adobe llevó de una manera natural a una conservación
obsesiva de los cadáveres. Esta postura se ha exacerbado con el hecho de que
muchos observadores, entre ellos egiptólogos que por su formación deberían
de estar más enterados de la cuestión, dan muestras de un interés apasionado
en el estudio de los ritos funerarios con la posible exclusión de otros aspectos

Página 251
menos pintorescos pero igualmente válidos de la existencia egipcia. ¿No será
que este interés casi morboso en las costumbres funerarias de los demás viene
a ser como una reflexión de una arraigada inseguridad que ha hecho de la
muerte un tema prácticamente tabú en el mundo occidental? No hay duda de
que sería difícil encontrar en nuestra época moderna a gente capaz de aceptar
e incluso de planear su desaparición con tanta ecuanimidad como los antiguos
egipcios.
Si los egipcios no dejaron que las ideas morbosas se inmiscuyeran por su
insistencia en el goce de la vida, por otra parte eran perfectamente conscientes
de que su existencia terrena podía terminar bruscamente en el momento más
impensado. En realidad, es probable que su mismo amor a la vida
enmascarase un comprensible miedo a la muerte y a lo desconocido. La falta
de algunos de los conocimientos médicos más básicos, unida a los peligros
naturales que estaban constantemente presentes en su vida, como las
inundaciones y el hambre, convertían a la muerte en continua amenaza de la
seguridad familiar, lo que hacía que la mayoría de egipcios hubieran sufrido
la muerte de alguna persona amada de su familia a una edad temprana. La
teología estatal oficial no intentaba dar una explicación o justificación
racional a la muerte, por lo que ésta se aceptaba como una realidad
inexplicable de la vida. En lugar de perder el tiempo en interminables
especulaciones en torno al significado de la existencia, los egipcios preferían
proceder a los preparativos prácticos de su muerte. Los ricos y prudentes la
planeaban con anticipación y se aseguraban de que se cumplirían sus deseos,
por lo que vigilaban la construcción de sus tumbas y reunían los objetos que
querían tener en ellas. Con todo, no hay que interpretar esta previsión como
un deseo de morir y los textos que han sobrevivido no indican precisamente
que aquellos que planificaban su muerte con antelación no lo hicieran de la
misma manera tradicional que los cristianos devotos planean dejar este Valle
de Lágrimas para atravesar un día las nacaradas puertas de los cielos.

Pedí a la Majestad de mi Señor permiso para que me trajeran de Tura un


sarcófago de piedra caliza blanca. Su Majestad ordenó al portasellos de
dios y a una cuadrilla de hombres que estaban bajo sus órdenes que me
transportaran el sarcófago desde Tura, situada en la otra orilla. Volvieron
con él, transportándolo en una gran barca de la Residencia, con su
tapadera y todo…
Inscripción de la tumba de Weni, Imperio Antiguo

Página 252
Así como casi universalmente se contempla la muerte como un rito
femenino, en muchas culturas también se espera de las mujeres que se ocupen
de los moribundos, mientras que los hombres ejercen el control de los ritos
funerarios de los difuntos. Nacimiento y muerte, pues, se convierten en
hechos indisolublemente unidos y vienen a ser caras contrastadas de una
misma moneda: una el paso a la luz y la otra la entrada en la oscuridad.
Parece incluso que la muerte es, en cierto modo, contaminante y que las
mujeres, con sus cuerpos de por sí impuros, pertenecen al sexo más apropiado
para ocuparse de esta transición. Sin embargo, esta teoría más bien de tipo
antropológico podría suponer un análisis complicado de una situación
básicamente más sencilla y sería igualmente válido afirmar que, puesto que
las mujeres normalmente se pasan el día en casa, son por naturaleza las que
están más a mano para cuidar de los enfermos terminales. Cualquiera que sea
la razón, es innegable que la mayoría de personas ven la muerte como un
hecho amedrentador que comporta el contacto directo con fuerzas
desconocidas e incontrolables. Incluso los que disponen de las ventajas de los
conocimientos médicos modernos contemplan los fenómenos del nacimiento
y la muerte con cierto respeto y, hasta época relativamente reciente, los
hombres han tendido en general a evitar el contacto inmediato con estos dos
misterios. Hablando en términos prácticos esto significa que normalmente se
confía a las mujeres el cuidado de los moribundos y que los hombres esperan
de las mujeres que presidan el lecho de muerte y hasta que amortajen al
difunto antes de pasar a ocuparse ellos de los ritos funerarios más
ceremoniosos, que la mujer a menudo no sabría realizar adecuadamente.
Egipto no fue excepción a esta regla general y no es por azar que las
diosas Isis y Nefthys estuvieran estrechamente relacionadas tanto con los ritos
del nacimiento (en los que actuaban de comadronas) como en los de la muerte
(donde eran deidades plañideras). Como en el Periodo Dinástico no existía un
equivalente de nuestro sistema hospitalario que permitiera aislar al enfermo
del ambiente de su casa, su cuidado pasó a convertirse en un deber de las
mujeres de la casa. En estas circunstancias íntimas no había ningún miembro
de la familia que pudiera tener la esperanza de evitar el contacto con los
moribundos o con los que acababan de morir y, de hecho, la mayor parte de
las mujeres esperaban que a lo largo de su vida tendrían que asistir en su
lecho de muerte a sus parientes más próximos. La muerte no era, pues, ni un
concepto abstracto ni sanitario para la mujer egipcia, sino simplemente un
hecho más de la vida, por mucho que convenía eludirlo dentro de los límites
de lo posible recurriendo al uso apropiado de oraciones, amuletos y hechizos.

Página 253
Levántate, oh, Teti. Coge tu cabeza y reúne tus huesos. Junta tus
miembros y sacúdete el polvo de las carnes. Toma tu pan que ya nunca se
echará a perder y tu cerveza que jamás se volverá ácida y quédate ante la
entrada que excluye a las personas corrientes. El guardián de la puerta
sale a tu encuentro. Te toma de la mano y te conduce al cielo, en
presencia de tu padre, Geb.
Sermón de los Textos de las Pirámides,
del faraón Teti, Imperio Antiguo

Aunque la muerte era inevitable, no era necesariamente el final. A lo largo


de todo el Periodo Dinástico los egipcios creyeron firmemente en la
posibilidad de la vida después de la muerte, creencia que tuvo una profunda
influencia tanto en el desarrollo del arte como de la arquitectura. Esta creencia
fue evolucionando lentamente con el tiempo, por lo que el hecho de morir
suponía para los egipcios del Periodo Arcaico un conjunto muy diferente de
experiencias que para sus descendientes del Periodo Tardío. Durante el
Imperio Antiguo se aceptaba en general que la única persona que podría pasar
a un mundo nuevo más allá de la tumba sería el rey, que se convertiría en dios
y viviría junto a los demás dioses. Alcanzaría esta transformación a través de
uno de tres caminos principales: viajando con el dios Sol, Ra, en su barca
solar; renaciendo como estrella inmortal o circumpolar; o identificándose con
Osiris, el dios de los muertos. Los espíritus de egipcios menos exaltados
también podían continuar existiendo después de la muerte, pero estaban
obligados a morar en cercana proximidad con el cadáver enterrado en su
tumba, creencia que condujo a las clases superiores a construir tumbas que
fueran lo más grandes y cómodas posible. Después de todo, nadie querría
vivir toda la eternidad acurrucado en una tumba exigua, una especie de pozo
sucio e incómodo.
Gradualmente, después del derrumbamiento de la autoridad central a
finales del Imperio Antiguo, muchas de las prerrogativas religiosas que hasta
entonces habían sido exclusivamente reales pasaron a la gente ordinaria. En
consecuencia, la supervivencia que en el Imperio Medio les esperaba a todos
en el otro mundo dependía de la identificación del difunto, ya fuera varón o
hembra, con Osiris muerto. Ahora bien, todos eran elegibles como súbditos
del infierno, el reino de Osiris, contrapartida directa del mundo de los vivos
gobernado por el faraón, Horus vivo. Esta imagen más bien restringida del
cielo fue ampliándose lentamente hasta convertirse en el Más Allá del
Imperio Nuevo, el «Campo de Cañaverales» o «Campo de los
Ofrecimientos», tierra de placer y abundancia gobernada también por Osiris.

Página 254
Este Más Allá era casi una réplica exacta de la vida rural terrena aunque
muchísimo mejor. Era un lugar donde los vegetales eran más altos, el ganado
se cebaba mejor y los peces del río estaban pidiendo a gritos que los
atraparan. Todos los que allí vivían eran jóvenes, estaban pujantes y eran
atractivos, iban vestidos con blancos y limpios ropajes de lino, adornados con
centelleantes alhajas y saboreaban manjares deliciosos en un país donde la
cerveza y el vino fluían como el agua del Nilo. Era evidente que la vida en el
Campo de los Cañaverales era francamente apetecible. Desgraciadamente uno
no entraba automáticamente en lugar tan deleitoso ni tampoco tenía
franqueada la entrada en él por el simple hecho de haber llevado una vida
virtuosa o devota en la tierra. La entrada en el Más Allá se hacía solamente
por examen y mediante un estricto sistema de control. Los que eran
rechazados no tenían una segunda oportunidad.

«No te dejaré pasar a través de mí a menos que me digas mi nombre»,


decía la jamba de la puerta.
«En el Lugar de la Verdad la plomada es tu nombre».
Extracto del Libro de los Muertos, Imperio Nuevo

Después de la muerte, el espíritu del difunto se embarcaba en un largo y


fantástico viaje durante el cual atravesaba un surrealista laberinto de salas,
cámaras y puertas donde debía enfrentarse al reto de contestar a una sucesión
de complejas preguntas que le planteaban los porteros o, lo que ya es más
extraño, las propias puertas. Los que conseguían atravesar aquel laberinto
comparecían ante un tribunal de los dioses donde un estricto examen viva
voce permitía al viajero hacer una serie de ceremoniosos discursos con los
que justificaba su propia vida: «He dado pan al que tenía hambre y agua al
que tenía sed, vestidos al que estaba desnudo y una barca a los que no la
tenían». A manera de prueba final, se pesaba el corazón del difunto en una
balanza en cuyo platillo opuesto se colocaba la pluma, que simbolizaba el
maat, a fin de que los dioses pudieran decidir si la persona en cuestión era
limpia de corazón. Sólo aquellos que triunfaban sobre todos estos azares
podían acceder a la vida perpetua en el Campo de los Cañaverales. Los que no
cubrían los requisitos exigidos eran condenados a una segunda muerte,
aterradora y permanente.
Con todo, la entrada en el Más Allá no dependía solamente de un buen
examen. Como ya hemos hecho notar, los egipcios eran un pueblo muy
práctico que no quería dejar nada al azar. Así pues, tenían la precaución de

Página 255
proveer sus tumbas con una serie completa de preguntas y respuestas que
sabían que les plantearían en el viaje que emprenderían después de la muerte,
con lo que les facilitaban un pasaporte que les franquearía las delicias del otro
mundo. Dado que los dioses no desaprobaban una trampa tan flagrante como
ésta, los ricos tenían asegurado el renacimiento en el Campo de los
Cañaverales. Durante el Imperio Medio esta guía hacia el Más Allá adoptó la
forma de un conjunto de hechizos y encantamientos que habían evolucionado
a partir de los Textos de las Pirámides Reales, del Imperio Antiguo, y que
estaban grabados o pintados en los costados de los ataúdes. En el Imperio
Nuevo se proveía a los difuntos de su ejemplar personalizado de Los
Capítulos de la Aparición de Día, rollo de papiro ilustrado que contenía una
extensa colección de hechizos, rituales, preguntas y respuestas que se conoce
más familiarmente como El Libro de los Muertos.[5] Las personas más
acomodadas de la sociedad poseían su ejemplar personal de El Libro de los
Muertos, mientras que los que no eran tan ricos compraban rollos producidos
masivamente, ya fuera para hombres o para mujeres, en los que había unos
espacios en blanco colocados a intervalos regulares donde había que poner el
nombre y los títulos correspondientes. De cuando en cuando había
confusiones y se enterraba a mujeres con rollos destinados originariamente a
hombres.

Ésta es la manera cómo celebran los lutos y los entierros. En ocasión de la


muerte en una casa de un hombre de rango, las mujeres de la familia
proceden a embadurnarse la cabeza de barro y a veces incluso la cara.
Después dejan el cadáver dentro de la casa, se lanzan a la calle y
deambulan por la ciudad con el vestido atado con una faja y los pechos
desnudos mientras se van golpeando al tiempo que caminan. Se les unen
todos sus parientes femeninos, que hacen lo mismo. Los hombres,
vestidos de forma parecida, también se golpean el pecho. Terminadas
estas ceremonias, trasladan el cadáver para que lo embalsamen.
Herodoto

Los egipcios no fueron el único pueblo de la antigüedad que creía en la


existencia del Más Allá. De hecho, puede decirse que la repugnancia que
inspira la posibilidad de que la muerte pueda ser el final absoluto de todo es
prácticamente universal. Sin embargo, los egipcios fueron los únicos que
creían que la supervivencia de los restos físicos del difunto era casi un
requisito previo para la supervivencia del espíritu o fuerza vital. Al morir,

Página 256
salían dos espíritus del cadáver, el Ka y el Ba. El Ka se quedaba junto al
cadáver en la tumba mientras que el Ba estaba en libertad de abandonarla en
forma de pájaro con cabeza humana. Al mismo tiempo, un tercer aspecto del
alma, enteramente diferente, se embarcaba en el trabajoso viaje hacia el Más
Allá. Sin embargo, tanto el Ka como el Ba necesitaban volver al cuerpo. Si se
destruía el cadáver, también se destruía a los espíritus y ya no había esperanza
de proseguir la vida, aunque en caso de apuro podían instalarse en un cuerpo
sustituto que hasta podía ser una estatua o incluso una pintura del muro de
una tumba. Esta creencia profundamente arraigada que condujo al desarrollo
de elaborados rituales funerarios, entre ellos la momificación, tenía como
finalidad básica la conservación del cadáver por toda la eternidad.
Por irónico que resulte, los que ponían más empeño y pagaban más para
proteger sus cadáveres eran aquellos sobre los que se cernía con más fuerza la
amenaza de la descomposición. Los más pobres, que durante los Periodos
Dinásticos continuaron enterrándose sin ataúdes en las sencillas tumbas de los
cementerios del desierto, quedaban desecados de una forma natural por las
cálidas arenas y permanecían relativamente bien conservados y con apariencia
más natural, aunque algo marchita. Lo que impidió el contacto directo entre el
cadáver y la arena fue la introducción del ataúd de madera y de la tumba
revestida de madera o de barro, cuya finalidad probablemente era proteger el
cadáver frente al relleno de la tumba, pero que retenía la humedad cerca del
cuerpo y propiciaba la putrefacción. Desgraciadamente tanto los ataúdes
como las tumbas pasaron a convertirse muy pronto en componentes
esenciales de un entierro muy de moda. La tumba servía de protección contra
los ladrones, como almacén de los objetos que se guardaban en ella y, lo que
era más importante de todo, como sede permanente del alma, mientras que el
ataúd contenía los hechizos vitales necesarios para devolver el difunto a la
vida. La descomposición resultante del muerto era evidente, por lo que llevó a
acometer ingeniosos intentos de conservar el cadáver de una forma
reconocible.
Durante el Periodo Dinástico mejoraron notablemente las técnicas de
momificación por lo que, aunque al principio del Imperio Antiguo la mayoría
de cadáveres embalsamados continuaron descomponiéndose, a mediados del
Imperio Nuevo la mayoría de enterradores profesionales estaban en
condiciones de preparar los cadáveres de modo que su aspecto tuviera una
gran naturalidad. Los primeros intentos de preservar el cadáver habían fallado
porque no se habían retirado los tejidos blandos y los cadáveres
semidesecados estaban simplemente envueltos en vendajes de lino y con los

Página 257
órganos internos en fase de descomposición. Como los cadáveres sometidos a
este tratamiento se desintegraban, se utilizó resina o yeso para endurecer los
vendajes, pese a lo cual el cuerpo aprisionado dentro de este envoltorio se
pudría rápidamente aunque la dureza exterior daba una falsa impresión de
naturalidad. Hasta la IV dinastía los embalsamadores no comenzaron a hacer
experimentos con la extracción de las vísceras y a desecar y rellenar la
cavidad del cuerpo. Estos experimentos prosiguieron hasta que, con la XXI
dinastía, el arte de la momificación alcanzó su punto culminante.
Herodoto nos dice que los buenos enterradores del Imperio Nuevo
ofrecían todo un abanico de servicios a sus clientes. El método que mejor
resultado daba y, por supuesto, también el más caro, exigía que se hubiera
extraído previamente del cadáver el cerebro y los intestinos antes de
someterlo a un laborioso proceso de desecación con polvo seco de natrón. Las
cavidades del cuerpo se rellenaban con trapos y resina y se vendaba
meticulosamente todo el cuerpo. La operación completa duraba setenta días.
En general, los embalsamientos más baratos eran los menos efectivos. El
tratamiento de «segunda» clase comportaba la inyección de fluidos que
disolvían las partes blandas del cuerpo sin necesidad de abrir el estómago,
mientras que:

… el tercer método de embalsamamiento, aplicado a las clases más


pobres, consistía en extraer los intestinos con un clister y dejar después el
cadáver sumergido en natrón por espacio de setenta días, después de los
cuales se entregaba a aquellos que debían hacerse cargo de él.
Herodoto

Terminada la larga estancia en la casa donde se practicaba el


embalsamamiento, se colocaba el cadáver, cuidadosamente vendado y
perfumado, en un ataúd donde aguardaría el entierro acorde con el rango del
difunto. Al igual que en los tiempos modernos, el entierro era una indicación
identificable de inmediato de la posición social del difunto. Un «buen»
entierro daba prestigio a la familia y al mismo tiempo rendía respetuoso
tributo al muerto. Por lo tanto, aunque la mayoría de egipcios celebraban una
ceremonia relativamente sencilla seguida del entierro en el cementerio local,
las familias acomodadas se costeaban las ceremonias fúnebres más elaboradas
y ostentosas que podían permitirse. Si el Más Allá al principio sólo era
accesible al rey, el funeral egipcio tradicional se reservaba también al uso
exclusivo del monarca antes de ser usurpado gradualmente por la nobleza.

Página 258
Este origen real no cayó nunca en el total olvido y las pinturas tumbales que
reproducen funerales a menudo presentan a oferentes que llevan enseñas
reales como coronas y cetros, no literalmente apropiados a la posición del
difunto.
Las prácticas funerarias específicas fueron variando en épocas diferentes y
también en lugares diferentes del país, de acuerdo con las tradiciones locales,
si bien las ideas básicas se mantuvieron constantes. Se escoltaba al difunto
hasta su nueva casa, se recurría a la magia para asegurarse de que renacería y
se clausuraba la tumba para protegerla de intrusos. Todo el funeral tebano se
desarrollaba de acuerdo con un prolijo ritual que constaba de cuatro fases
básicas: la manifestación de duelo en la orilla oriental del Nilo, el trayecto a
través del río, la procesión hasta la necrópolis y la llegada al lugar de la
sepultura. Cada estadio constaba de sus actos y hechizos religiosos
particulares y estaba presidido por uno de los diferentes sacerdotes que
desempeñaban diversos papeles en la identificación del difunto con Osiris
muerto. Escoltaban el cortejo fúnebre nueve funcionarios y en la puerta del
sepulcro había varios danzarines varones que acogían la procesión con una
danza ceremonial. Se realizaba allí la ceremonia vital e importante de la
«Apertura de la Boca» y durante la misma se utilizaban instrumentos mágicos
para tocar la boca de la momia o su sarcófago antropomorfo al objeto de
devolver ciertas facultades al difunto que le permitirían respirar y comer en la
otra vida. Las participantes femeninas más importantes de este ritual eran las
djeryt, dos mujeres que acompañaban al cadáver y que representaban a Isis y
a Nefthys, las fieles hermanas de Osiris que habían adoptado la forma de
milanos para poder buscar los restos desperdigados del cuerpo de su hermano.
Parece que la función de las djeryt había sido totalmente pasivo y que su
puesto era adoptado a veces por grandes figuras femeninas de madera
provistas de grandes alas protectoras de pájaro en lugar de brazos. La
apesadumbrada familia seguía el cortejo fúnebre hasta la tumba y su número
iba aumentando progresivamente con grupos de plañideras pagadas y criados
de la familia, que transportaban los muebles que el difunto necesitaría usar en
el Más Allá.
Los ritos funerarios que se celebraban en esta misma época en la ciudad
septentrional de Menfis nos han dejado muchos menos restos arqueológicos
que desentrañar. Sabemos, sin embargo, que cerca de la tumba se levantaban
una especie de pabellones o refugios provisionales cuya finalidad era ofrecer
alojamiento a la fiesta funeraria atendida por plañideras y sacerdotes. Seguía a
la misma un rito conocido como «rotura de vasijas rojas» en el que, como

Página 259
explica su nombre, se destruían los recipientes que se habían utilizado en la
fiesta.
El hijo primogénito desempeñaba un importante papel en el entierro de su
padre. Según la leyenda, Horus, fiel hijo y heredero de Osiris, vengó el
asesinato de su padre y realizó ritos funerarios antes de subir al trono.
Tomando este precedente como conclusión lógica, los egipcios acabaron por
creer que la persona que se encargaba de los ritos del entierro se convertiría
en el heredero reconocido del difunto, hasta el punto de que un hombre que
tuviera alguna reivindicación legal dudosa con respecto a su herencia podía
consolidar su posición llevando a cabo la necesaria ceremonia. Parece que la
ley egipcia válida era: «… que los bienes pasen a aquel que hace el entierro».
Por consiguiente, los reyes egipcios tenían buen cuidado de ofrecer un
entierro digno a su predecesor, no ya por un sentido de decencia natural sino
por el deseo práctico de prestar fuerza a sus aspiraciones al trono. Aun cuando
era de desear que de los ritos funerarios se encargara un hijo, se trataba de un
deber que se podía delegar a un sacerdote pagado sin que aquel perdiera su
derecho a heredar, del mismo modo que posteriormente podía encargarse a un
delegado de cuidar de la tumba y de hacer los ofrecimientos diarios al difunto.
También era posible, aunque quizá no tan deseable, que fuera una hija o la
esposa la que organizara el entierro. Se trataba sin duda de un acto caro; el
funeral de Huy, habitante de Deir el-Medina, fue financiado, por ejemplo, por
su esposa Iy, que tuvo que venderse una casa para reunir el dinero necesario
para costearlo. Menos mal que Iy pudo resarcirse de la inversión heredando
los bienes de su difunto marido. Durante el Periodo Romano el entierro
tradicional, incluida la momificación, llegó a ser tan caro que la cuestión de
quién debía costearlo podía dar motivo a encendidas discusiones entre los
familiares. Algunos testamentos incluso tenían cláusulas que precisaban que
los hijos deberían pagar el coste del entierro antes de entrar en posesión de la
herencia y no era raro que hermanos y hermanas recurrieran a acuerdos
legales en los que detallaban exactamente con qué cantidad contribuiría cada
uno a los gastos originados por el entierro del padre o de la madre.

Su amada esposa que participa de sus bienes, el Único Ornamento Real, la


Sacerdotisa de Hator, Demyosnai, la que sabe hablar bien. Aquella que
hace el ofrecimiento de pan blanco, la que gusta en todos los aspectos y la
que complace el corazón en todo lo que uno podría desear. La hermana-
de-la-mansión, elogiada por Hator, Señora de Dendera, Demyosnai.
De la estela funeraria del carnicero Merer,
Imperio Medio

Página 260
Tan sólo los miembros más privilegiados de la sociedad podían permitirse
la construcción de complicadas tumbas de piedra tallada, por lo que no nos
sorprende que sean muy pocas las mujeres que ocupaban prestigiosas tumbas
por derecho propio. La propiedad de la tumba reflejaba con exactitud el clima
social y habría resultado imposible para la mayoría de mujeres reunir el
dinero necesario para costear un monumento de aquellas características. A
menudo se adjudicaba a las esposas, madres e hijas de la realeza, tumbas
separadas próximas a la del rey, si bien estas sepulturas, normalmente mucho
menos imponentes que la principal, deben verse en realidad como una
prolongación del complejo funerario del rey. Incluso allí donde las dos
tumbas están completamente separadas entre sí y separadas también del
templo mortuorio real, como es el caso del Valle de los Reyes y del de las
Reinas del Imperio Nuevo, es difícil decidir si hay que interpretar la tumba de
la reina como una ampliación del complejo funerario del rey, como un
monumento aparte que refleja la importancia de la reina o incluso como un
monumento aislado que representa la menor importancia de la reina, que ya
no era digna de ser enterrada con su marido.
A la mayoría de mujeres, por su condición de esposas o hijas, se las
incluía en las tumbas de piedra tallada, en cuyo caso la sepultura del varón
ocupaba por su relevancia un lugar de precedencia natural, en tanto que la
mujer desempeñaba un papel secundario, como lo habría tenido en casa de su
marido o de su padre. Conviene observar que la decoración de estas tumbas
compartidas hace referencia casi exclusiva al varón difunto y a su
supervivencia en el Más Allá y que el texto que figura en los muros se centra
en su vida y hechos y sólo hace una referencia casual a las actividades de su
esposa. Parece que se esperaba de la mujer que entraría en el Más Allá no
como una persona por derecho propio sino como parte del entorno de su
marido. Como ya se ha dicho, en casi todas las escenas de las tumbas se
concedía a las mujeres un papel pasivo, hasta el punto de que es frecuente que
la única vez que puede verse a una mujer actuando independientemente de su
marido es cuando se la representa condoliéndose de la muerte de éste en su
entierro. No hay testimonio de ninguna escena en la que un viudo dé muestras
de dolor por la muerte de su esposa.

No retrases la construcción de tu tumba en las montañas, no sabes cuánto


tiempo vas a vivir.
Consejo de un escriba del Periodo Tardío

Página 261
La mayoría de mujeres eran enterradas en tumbas individuales excavadas
en las arenas del desierto, donde se encontraba el cementerio del pueblo.
Estos cementerios locales se mantuvieron en uso durante periodos de tiempos
muy largos y fueron ampliándose y desplazándose lentamente a medida que
aumentaba el número de entierros, por lo que las tumbas del Periodo Tardío
podrían estar situadas a una cierta distancia del lugar donde estuvo
originariamente el cementerio del Imperio Antiguo. Dentro del cementerio las
tumbas de personas más humildes se encontraban dispuestas alrededor de las
de importantes dignatarios locales, más impresionantes que las primeras, o
simplemente excavadas en espacios vacantes del desierto, situados en las
inmediaciones. Se marcaba entonces la situación de cada tumba de la clase
media con una simple estela de madera o de piedra o a veces con una
superestructura tumbal más llamativa. Parece que las tumbas de los
campesinos analfabetos no ostentaban ninguna señal.
Las costumbres locales observadas en los entierros fueron evolucionando
a medida que avanzaba el Periodo Dinástico, si bien la mayoría de entierros
incluían siempre un ataúd de madera y todo un conjunto de diferentes objetos.
Algunos eran específicos de un determinado sexo, de modo que si las vasijas
de arcilla y de piedra o los reposacabezas de madera tanto podían figurar en
las inhumaciones de hombres como en las de mujeres, había ciertos objetos
como espejos y determinadas joyas que sólo se encuentran en tumbas de
mujeres. Ayrton y Loat, que dirigieron la excavación de la necrópolis de
Abydos, del Imperio Antiguo, nos han dejado una descripción detallada de la
recuperación de una mujer enterrada, prácticamente intacta. Vale la pena citar
su descripción, sumamente detallada, ya que nos ofrece una visión auténtica
de las facetas prácticas de un entierro de una mujer egipcia corriente:

El esqueleto (una mujer) estaba tendido sobre el lado izquierdo, con la


cabeza dirigida hacia el noroeste, los brazos a los lados y las rodillas
ligeramente levantadas. Bajo la sien izquierda había restos de una
almohada de madera.
Tenía delante de la cara un gran jarrón de alabastro, detrás de la
cabeza una vasija plana de arcilla roja con asas y en la nuca un pequeño
recipiente de arcilla roja bruñida. Tenía colocado delante del pecho un
gran espejo de cobre con un mango de madera en forma de loto, detrás de
las rodillas una gran vasija de arcilla roja bruñida y una aguja de cobre.
Rodeándole el cuello llevaba dos sartas de abalorios de esteatita vidriada,
una con un gran abalorio de cornalina en el centro y la otra con un sello

Página 262
en forma de botón de esteatita con la figura de un avispón tallado en la
parte anterior.
Sobre la tapadera del ataúd y a la altura de las rodillas tenía colocado
un pequeño jarrón de arcilla roja y contra la parte exterior del ataúd y al
pie del mismo se apoyaba un gran jarrón globular de arcilla basta, cuya
boca estaba cubierta por un cuenco de arcilla roja bruñida, provisto de
espita y colocado en posición invertida.[6]

Como los egipcios estaban profundamente convencidos de la existencia de


fantasmas y espíritus, la muerte no significaba necesariamente para ellos que
la comunicación entre marido y mujer hubiera cesado para siempre, por lo
que era bastante corriente que el cónyuge superviviente escribiera al cónyuge
difunto y solicitara su intercesión en algún problema personal o doméstico.
En el capítulo 2 se ha citado una carta correspondiente a los tiempos de la
XIX dinastía escrita por un marido que creía que su esposa difunta lo
acechaba. Otra carta similar, escrita durante el Imperio Medio en la superficie
de un cuenco rojo, solicita al sacerdote Intef, marido de la viuda Dedi, que use
de su influencia para ahuyentar a los espíritus del mal que ponen enferma a la
camarera de su esposa: «Como no me ayude en este asunto, su casa quedará
destruida… luche por ella y vigílela, sálvela de los que le hacen daño». Este
cuenco debió de usarse como vasija de ofrecimiento en la tumba de Intef. Es
menos contundente en su expresión la estela del Imperio Medio ofrecida por
Merirtifi a su esposa difunta Nebitef, en la que le pide que lo asista en su
enfermedad. Le promete que, si se le aparece en sueños, acrecentará su culto
funerario:

… Mira, soy tu amado en la tierra, lucha por mí e intercede en mi favor…


Aparta la enfermedad de mis miembros. Ojalá que te presentes como una
bienaventurada ante mí, que yo pueda verte luchando por mí en mis
sueños.

Los muertos, a su vez, se comunicaban con los vivos a través de sus


estelas funerarias: las piedras o placas conmemorativas colocadas en la
necrópolis o en el templo y que normalmente llevaban escrita alguna
información autobiográfica junto con la petición de que los paseantes
repitiesen alguna oración para perpetuar el bienestar de los difuntos. Por
supuesto que era prerrogativa del marido erigir una estela a su esposa muerta
y era él quien elegía el texto correspondiente. La estela de Taimhotep, una

Página 263
dama que vivió y murió durante el Periodo Grecorromano, es insólita porque
nos proporciona ciertos detalles sobre su vida y su temprana muerte. Nos dice
que se casó a los catorce años y que tuvo tres hijas y un hijo largo tiempo
esperado antes de morir a la edad de treinta años. El texto prosigue
lamentándose del destino cruel que la ha arrebatado a su amado esposo e
hijos, reflejando en el tono el estilizado pesimismo ante la muerte habitual en
los Periodos Tardío y Grecorromano:

Oh, hermano mío, marido mío. Mi amigo y sumo sacerdote. No te canses


de beber y comer, de beber en abundancia y de amar… En Occidente está
el país del sueño, donde la oscuridad deja sentir su peso allí donde se
mora. Los que viven allí duermen como las momias. No se despiertan
para ver a sus hermanos y no pueden ver a sus padres ni a sus madres. Sus
corazones se olvidan de sus esposas y sus hijos… Vuelve mi cara al
viento del norte junto al borde del agua. Quizá entonces se aliviará el
sufrimiento de mi corazón.

Página 264
Acontecimientos
históricos

Página 265
Página 266
Página 267
Bibliografía

Muchos libros y artículos incluyen importante información que puede


contribuir a la comprensión de la vida de la mujer egipcia. Sin embargo, esta
información suele ser una pequeña parte de un estudio más general, y hay
muy pocos trabajos dedicados exclusivamente a cuestiones relacionadas con
la mujer. Las referencias que se citan más abajo incluyen algunas de las
publicaciones más importantes y accesibles, dándose preferencia a las escritas
en inglés. Todos estos trabajos incluyen bibliografías de interés para los que
buscan referencias más detalladas sobre temas específicos. Las referencias
más concretas sobre puntos que aparecen en el texto han sido incluidas en las
notas.

La arqueología referente a la mujer


Cameron, A. & Kuhrt, A., eds., Images of Women in Antiquity, Croom
Helm, Londres, 1983.
Clark, G., Women in the Ancient World, New Surveys in the Classics 21,
Oxford University Press, Oxford, 1989.
Desroches-Noblecourt, C., La Femme au Temps des Pharaons,
Stock/Laurence Pernoud, París, 1986.
Lesko, B. S., ed., Women’s Earliest Records From Ancient Egypt and
Western Asia: Proceedings of the Conference on Women in the
Ancient Near East, Brown University, Brown Judaic Studies 166,
Scholars Press, Atlanta, 1987.
Moore, H. L., Feminism and Anthropology, Polity Press, Oxford, 1988.
Pomeroy, S. B., Women in Hellenistic Egypt, Schocken Books, Nueva York,
1984.
Watterson, B., Women in Ancient Egypt, Alan Sutton, Stroud, 1991.

Página 268
Wenig, S., The Woman in Egyptian Art, traducido por Fisher, Edition
Leipzig, Leipzig, 1969.

Observadores contemporáneos y modernos


Atiya, N., Khul-Khaal: five Egyptian women tell their stories, American
University in Cairo Press, El Cairo, 1984.
Blackman, W. S., The Fellahin of Upper Egypt, Harrap, Londres, 1927.
Breasted, J. H., The Edwin Smith Medical Papyrus, University of Chicago
Press, Chicago, 1930.
Diodorus Siculus, Bibliotheca Historica, traducido por Oldfather,
C. H. & Sherman C. L., Loeb Classical Library, Nueva York,
1933-1967.
Ebbell, B., The Papyrus Ebers, Levin & Munksgaard, Copenhague, 1937.
Griffith, F. L., Hieratic Papyri from Kahun and Gurob, Bernard Quaritch,
Londres, 1898.
Herodoto, The Histories, Traducido por A. de Selincourt, revisado con la
introducción y las notas de A. R. Burn, Penguin Books, Londres,
1983.
James, T. G. H., The Hekanakhte Papers and other early middle documents,
Metropolitan Museum of Art, Nueva York, 1962.
Lichtheim, M., Ancient Egyptian Literature I: The Old and Middle
Kingdoms, University of California Press, Los Angeles, 1973.
Lichtheim, M. Ancient Egyptian Literature II: The New Kingdom,
University of California Press, Los Ángeles, 1976.
Lichtheim, M. Ancient Egyptian Literature III: The Late Period, University
of California Press, Los Ángeles, 1980.
Parkinson, R. B., Voices from Ancient Egypt: an anthology of Middle
Kingdom writings, British Museum Press, Londres, 1991.
Rugh, A. B., Reveal and Conceal: dress in contemporary Egypt, American
University in Cairo Press, El Cairo, 1986.
Simpson, W. K., ed., The Literature of Ancient Egypt: an anthology of
stories, instructions and poetry, Yale University Press, New Haven,
1972.
Strabo, The Geography of Strabo VII, traducido por H. L. Jones, Loeb
Classical Library, Nueva York, 1932.a

Página 269
Watson, H., Women in the City of the Dead, Hurst & company, Londres,
1992.

Historia y geografía
Aldred, C., Akhenaten and Nefertiti, Brooklyn Museum, Nueva York, 1973.
Baines, J. & Malek, J., Atlas of Ancient Egypt, Facts on File, Nueva York,
1980.
Brovarski, E., Doll, S. K. & Freed, R. E., eds., Egypt’s Golden Age: the art
of living in the New Kingdom, Museum of Fine Arts, Boston, 1982.
Emery, W. B., Archaic Egypt, Penguin, Londres, 1961.
Gardiner, A., Egypt of the Pharaohs, Oxford University Press, Oxford,
1961.
Hayes, W. C., The Scepter of Egypt Vol I: from earliest times to the end of
the Middle Kingdom, Metropolitan Museum of Art, Nueva York,
1953.
Hayes, W. C., The Scepter of Egypt Vol II: the Hyksos Period and the New
Kingdom, Metropolitan Museum of Art, Nueva York, 1959.
Kemp, B. J., Ancient Egypt: anatomy of a civilization, Routledge, Londres,
1989.

Vida diaria
Bourriau, J., Pharaohs and Mortals: Egyptian art in the Middle Kingdom,
Cambridge University Press, Cambridge, 1988.
James, T. G. H., Pharaoh’s People: scenes from life in Imperial Egypt,
Oxford University Press, Oxford, 1984.
Janssen, R. M. & Janssen, J., Growing Up in Ancient Egypt, The Rubicon
Press, Londres, 1990.
Manniche, L., Sexual Life in Ancient Egypt, Kegan Paul International,
Londres, 1987.
Morenz, S., Egyptian Religion, traducido por A. Keep, Methuen, Londres,
1973.
Spencer, A. J., Death in Ancient Egypt, Penguin Books, Londres, 1982.
Stead, M., Egyptian Life, British Museum Publications, Londres, 1986.

Página 270
Wilkinson, Κ., Ancient Egyptian Jewellery, Methuen, Londres, 1971.

Página 271
Láminas

A continuación listamos las fotografías originales de 1904 y 1907-1909 de los


objetos encontrados por el profesor John Garstang en las excavaciones de
Beni Hassan y de Abydos. Agradecemos a la profesora Slater, de la
Universidad de Liverpool, que nos haya autorizado a publicar estas
fotografías inéditas hasta hoy.

1. Estela del Primer Periodo Intermedio que muestra a Hetepi y Bebi,


hijas del administrador Sennedjsui. (Museo Bolton.)
2. Elaborado vestido y tocado de una dama del Imperio Nuevo. (Tumba
de Ramsés, Tebas.)
3. Estatua de un matrimonio del Imperio Antiguo. (Museo egipcio, El
Cairo.)
4. Estela de Iteti acompañado de sus tres esposas y de dos de sus hijas.
(Museo egipcio, El Cairo.)
5. Estela de una familia del Imperio Medio donde se ve al ayudante del
escriba Iy junto con su esposa, sus hijos y sus padres. Se desconoce
qué papel tienen las «Seis Mujeres de la Casa» que figuran en la parte
baja de la estela. (Museo Bolton.)
6. Estatuilla del Imperio Medio que representa a una enana con un niño
apoyado en la cadera. (Universidad de Liverpool.)
7. El dios enano Bes. (Templo grecorromano de Dendera.)
8. Fragmento de una varilla mágica de marfil con decoración de deidades
protectoras. (Universidad de Liverpool.)
9. Figuras tumbales de madera que representan a dos sirvientas que
acarrean una caja y dos patos cada una. (Garstang, Beni Hassan.)
10. Muñecas de cuerda del Imperio Medio propiciadoras de la fertilidad.
(Garstang, Beni Hassan.)
11. Escoba y cesta de caña, artículos típicos de las casas del Imperio
Nuevo. (Universidad de Liverpool.)
12. a y 12b. Cesta grande que contiene un taburete plegable. (Garstang,
Beni Hassan.)

Página 272
13. Damas del Imperio Nuevo en actitud de escuchar a un músico. (Escena
de una tumba de Sakkara.)
14. Estatua de madera de una djeryt. (Universidad de Liverpool.)
15. La reina Kawit, del Imperio Medio, se atusa por la mañana, según
muestra su sarcófago. (Museo egipcio, El Cairo.)
16. Navaja de bronce con asa en forma de cabeza y cuello de pato.
(Universidad de Liverpool.)
17. Espejo de bronce con mango en forma de loto. (Universidad de
Liverpool.)
18. Reproducciones de sandalias procedentes de una tumba del Imperio
Medio. (Garstang, Beni Hassan.)
19. Brazalete de marfil y pizarra de la reina Neith-Hotep, procedente de
una tumba de Nagada. (Universidad de Liverpool.)
20. Tarros de cosméticos del Imperio Medio, pulverizador y aplicadores.
(Garstang, Beni Hassan.)
21. La reina Nefertiti en forma de diosa Hator en la fachada del templo de
Abu Simbel.
22. La reina Hatsepsut recibe la corona ibs real de manos del dios
Amón-Ra. (Escena de la «Capilla Roja» de Hatsepsut, Karnak.)
23. El templo funerario de la reina Hatsepsut en Deir el-Bahri, Tebas.
24. La «Esposa del Dios Amón», posiblemente Amenirdis I. (Medinet
Habu, Tebas.)
25. La diosa Hator y el dios Ra con cabeza de halcón. (Tumba de Nefertiti,
Valle de las Reinas.)
26. La momia de la dama Ray. (De Elliot Smith, G., Catalogue General
des Antiquités Égyptiennes: The Royal Mummies, Institut Français
d’Archéologie Oriental, El Cairo, 1912, Lámina 6.)
27. Tumba de una dama rica del Imperio Nuevo. (Garstang, Abydos.)

Página 273
Figuras

1. Mujer que acarrea mercancías (según Wild, H., Le Tombeau de Ti, II,
Institut Français d’Archéologie Oriental, El Cairo, 1953, lámina 105).
2. La reina Meresanj se pasea en barca por los marjales en compañía de su
madre, la reina Heteferes (según Dunham, D. y Simpson, W. Κ., The
Mastaba of Queen Merysankh III, Museum of Fine Arts, Boston,
1974, fig. 4).
3. Mujeres que luchan en las calles (según Petrie, W. M. F., Deshasheh,
Egypt Exploration Society, Londres, 1898, lámina 4).
4. Estatua de marido y mujer (según Hornemann, B., 1951-1969 Types of
Egyptian Statuary, Munksgaard, Copenhague, 1191).
5. Estela del niño Mery-Sejmet en brazos de su madre, cuyo nombre
ignoramos (según Hieroglyphic Texts from Egyptian Stelae etc. in the
British Museum, British Museum Publications, 1914, lámina 50).
6. Mujeres extranjeras con sus hijos (según Bouriant, V., Le Tombeau de
Harmhabi, Mémoires Mission Archéologique Français au Caire,
París, 1893, lámina 4).
7. Vasija en forma de figura de la fertilidad (según Hornemann, B.,
1951-1969, Types of Egyptian Statuary, Munksgaard, C openhague,
11836).
8. Una prostituta entregada a prácticas sexuales con un cliente (según
Omlin, J. A., Der Papyrus 55001, Edizioni d’Arte Fratelli, Turín,
1973, lámina 13).
9. Una prostituta se pinta los labios (según Omlin, J. A., Der Papyrus
55001, Edizioni d’Arte Fratelli, 1973, lámina 13).
10. La diosa Taweret (según Hornemann, B., 1951-1969, Types of Egyptian
Statuary, Munksgaard, Copenhague, 929).
11. La diosa Hécate (según Naville, E., The Temple of Deir el-Bahari, Egypt
Exploration Society, Londres, 1896, lámina 48).

Página 274
12. Corte transversal y plano de una casa típica de Deir el-Medina (según
James, T. G. H., Pharaoh’s People, Oxford University Press, 1984,
fig. 24).
13. Mujer que acarrea provisiones para su familia (según Wild, H., Le
Tombeau de Ti, II, Institut Français d’Archéologie Oriental, El Cairo,
1953, lámina 50).
14. Mujer ocupada en cocer pan (según Homemann, B., 1951-1969, Types
of Egyptian Statuary, Munksgaard, Copenhague, 1011).
15. Dos mujeres del Imperio Nuevo servidas por una criada en un banquete
(según Davies, N. de G., Private Tombs at Thebes: scenes from some
Theban tombs, vol. 4, Oxford University Press, 1963, lámina 6).
16. Mujer que vomita en un banquete (según Davies, N. de G., Private
Tombs at Thebes: scenes from some Theban tombs, Vol. 4, Oxford
University Press, 1963, lámina 18).
17. La diosa Seshat (según Bonnet, H., Reallexikon der Ägyptischen
Religionsgeschichte, Walter de Gruyter & Co., Berlín, 1952, fig. 399).
18. Jeroglíficos primitivos de Deir el-Medina (según Bruyère, B., Rapport
sur les Fouilles de Deir el-Medineh, Institut Français d’Archéologie
Oriental, El Cairo, 1937, fig. 32).
19. Banda de mujeres que amenizan un banquete (según Davies, N. de G.,
Private Tombs at Thebes: scenes from some Theban tombs, vol. 4,
Oxford University Press, 1963, lámina 6).
20. Grupo de mujeres en procesión (según Davies, N. de G., The Tomb of
Neferhotep at Thebes, Metropolitan Museum of Art, Nueva York,
1933, lámina 18).
21. Plañideras de la tumba de Neferhotep (según Davies, N. de G., The
Tomb of Neferhotep at Thebes, Metropolitan Museum of Art, Nueva
York, 1933, lámina 22).
22. Trueque en el mercado (según Scheil, V., Tombeaux Thébains, Le
Tombeau d’Apoui, Leroux, París, 1894, lámina 2).
23. Mono guardián adiestrado en el momento de apresar un ladrón (según
Moussa, A. M. y Altenmuller, H., Das Grab des Nianchchnum und
Chnumhotep, P. von Zabern, Mainz am Rhein, 1977, Abb. 10).
24. Reina del Imperio Antiguo que luce una llamativa peluca roja y amarilla
y posiblemente las hombreras más antiguas del mundo (según
Dunham, D. y Simpson, W. Κ., The Mastaba of Queen Merysankh III,
Museum of Fine Arts, Boston, 1974, fig. 7).

Página 275
25. Muchacha con adorno de un pez en el cabello (según Blackman, A. M. y
Apted, R. M., The Rock Tombs of Meir, VI, Egypt Exploration
Society, Londres, 1953, lámina 14).
26. Vestido tubo del Imperio Antiguo (según Wild, H., Le Tombeau de Ti,
II, Institut Français d’Archéologie Oriental, El Cairo, 1953, lámina
39).
27. Moda del Imperio Nuevo.
28. Espejo de bronce (según Hornemann, B., 1951-1969, Types of Egyptian
Statuary, Munksgaard, Copenhague, 963).
29. Un escultor trabaja en una estatua de la reina Meresanj (según Dunham,
D. y Simpson, W. Κ., The Mastaba of Queen Merysankh III, Museum
of Fine Arts, Boston, 1974, fig. 8).
30. El conjunto de pirámides de Senwosret I (según Edwards, I. E. S., The
Pyramids of Egypt, Penguin, Londres, 1947, fig. 44).
31. La diosa Maat (según Montet, P. et al., Les Constructions et le Tombeau
d’Osorkon II à Tanis, París, 1947, lámina 24).
32. Cartucho de la reina Nitocris.
33. Cartucho de la reina Sobeknofru.
34. Cartucho de la reina Hatsepsut.
35. Hatsepsut con atuendo de hombre (según Naville, E., The Temple of
Deir el-Bahari, Egypt Exploration Society, Londres, 1908, lámina
157).
36. Hatsepsut mama de la diosa Hator (según Naville, E. y Carter, H., The
Tomb of Hatshopsitu, Constable, Londres, 1906, lámina 58).
37. Hatsepsut (actualmente borrada) con Tutmosis I (según Naville, E., y
Carter, H., The Tomb of Hatshopsitu, Constable, Londres, 1906,
lámina 9).
38. Cartucho de la reina Nefertiti.
39. La reina Nefertiti (según Bouriant, U. et al., Monuments pour Servir à
l’Étude du Culte d’Atonou en Egypte 1, Institut Français
d’Archéologie Oriental, El Cairo, 1903, lámina 1).
40. Cartucho de Smenjare.
41. Cartucho de la reina Twosret.
42. Mujer en actitud de rezar (según Bonnet, H., Reallexikon der
Ägyptischen Religionsgeschichte, Walter de Gruyter & Co., Berlín,
1952, fig. 59).
43. La diosa del cielo Nut (según Bonnet, H., Reallexikon der Ägyptischen
Religiongeschichte, Walter de Gruyter & Co., Berlín, 1952, fig. 133).

Página 276
44. Isis (según Bonnet, H., Reallexikon der Ägyptischen Religiongeschichte,
Walter de Gruyter & Co., Berlín, 1952, fig. 83).
45. La diosa cobra Renenutet (según Davies, N. y N. de G., The Tomb of
Ken-Amun at Thebes, Nueva York, 1930).
46. Las dos formas de Mesjenet (según Bonnet, H., Reallexikon der
Ägyptischen Religionsgeschichte, Walter de Gruyter & Co., Berlín,
1952, figs. 113 y 114).

Página 277
JOYCE TYLDESLEY. Nacida en Bolton (Lancashire), es doctora en
arqueología por la Universidad de Oxford. Cuenta con una extensa
experiencia en excavaciones arqueológicas para el Museo Británico, la
Universidad de Liverpool y la Universidad de Oxford. Asimismo, es Becaria
Honoraria de la Escuela de Arqueología, Estudios Clásicos y Orientales de la
Universidad de Liverpool. Ha publicado numerosos artículos e impartido
conferencias sobre arqueología egipcia.

Página 278
Notas

Página 279
[1] Aunque Herodoto escribió su libro cuando Egipto estaba sometido al
dominio persa, nos aporta una gran cantidad de datos en relación con la era
dinástica anterior. Sus observaciones, junto con las de otros visitantes de
Egipto —principalmente el historiador Diodoro Siculo y el geógrafo Estrabón
— nos han proporcionado una fuente de datos útil que de otro modo se habría
perdido. Sin embargo, debemos tratar todos estos datos con cierta precaución.
Herodoto no era particularmente riguroso en sus observaciones y siempre
confiaba en las noticias que le daban. En realidad, no hay pruebas directas de
que Herodoto visitara Egipto, y algunas de las omisiones más flagrantes de
sus textos, como el estudio relativamente corto de Tebas, ha llevado a varios
entendidos a creer que su crónica podría estar basada en observaciones
aportadas por otros. Como manifestó el propio Estrabón: «Tanto Herodoto
como los demás cuentan muchas tonterías [sobre Egipto], añadiendo a sus
relatos historias fantásticas, como para darles un poco de sabor». <<

Página 280
[2] Esta cita tiene un tono ligeramente irónico, ya que el que fuera un templo

importante ha desaparecido casi por completo. <<

Página 281
[3] El problema se ha complicado debido a la reticencia de muchos
egiptólogos a examinar y a dejar constancia de ciertos yacimientos del país,
mientras templos y tumbas impresionantes siguen sin descubrir. Con mucha
frecuencia se han considerado hallazgos importantes los más espectaculares o
valiosos, mientras que los egiptólogos que se han hecho más famosos son los
que han tenido la suerte de descubrir tumbas en las que abundaba el oro. <<

Página 282
[4] Kahun fue construida como una población temporal en la entrada del
Fayum y fue habitada durante unos cien años mientras se construía la
pirámide del faraón Senwosret II del Imperio Medio. Después se abandonó.
El poblado de Amarna (antigua Ajetaten) estuvo habitado aproximadamente
durante veinte años por los trabajadores empleados en la construcción de la
capital del Imperio Nuevo del faraón Ajnatón. En cambio, el pueblo de Deir
el-Medina, situado en un valle de las colinas de Tebas delante del moderno
Luxor, estuvo habitado de forma continuada durante más de cuatrocientos
años. Este lugar nos ha proporcionado una información verdaderamente
valiosa sobre las vidas de las gentes sencillas que trabajaron en la excavación
y decoración de las tumbas reales en los alrededores del Valle de los Reyes y
del de las Reinas. Para un conocimiento más detallado de la vida en esta y
otras comunidades, consúltese a Kemp (1989). <<

Página 283
[1] Hasta hace relativamente poco tiempo este campo de investigación
potencialmente fértil había quedado relegado a un segundo plano en los
estudios arqueológicos e históricos, que han tendido a prestar más atención a
aspectos más sobresalientes y espectaculares en detrimento de otros más
cotidianos. Desgraciadamente, lo espectacular se encuentra normalmente
asociado a los éxitos masculinos y, casi invariablemente, es lo que menos
tiene que ver con el estudio de la mujer. Naturalmente, no sólo las mujeres
han sufrido en este aspecto. Nuestro conocimiento de las sociedades se basa
mucho más en las acciones atípicas de los ciudadanos más importantes que en
los sufrimientos diarios de las masas, y en nuestra reconstrucción del pasado
también se han ignorado las vidas de grandes grupos humanos. Aunque hay
tumbas espectaculares y monumentos impresionantes que siguen atrayendo el
interés general, existe actualmente una demanda creciente de información
sobre los detalles más básicos de la vida cotidiana. También se acepta que la
excavación laboriosa de un yacimiento del país, y hasta un vertedero de
basura, nos puede ofrecer una riqueza de información que quizá no tenga el
valor intrínseco de un tesoro espectacular compuesto de artilugios de oro pero
que puede ser igualmente importante para la comprensión del pasado. <<

Página 284
[2] Estas tumbas no reflejan necesariamente que las reinas de Egipto fueran

económicamente poderosas por propio derecho. Por el contrario, es evidente


que las pirámides y mastabas de las reinas del Imperio Antiguo y Medio
fueron construidas como subsidiarias del complejo de pirámides del rey,
mucho más espacioso. Aunque las reinas del Imperio Nuevo eran lo
suficientemente importantes para merecer un entierro individual y caro, es
evidente que su clase social alta provenía directamente de su matrimonio. <<

Página 285
[3] La mayoría de las sociedades que habitualmente esperan que sus mujeres

adopten una actitud sumisa, aceptan generalmente que en caso de situación


apurada nacional o local salgan a luchar. Petrie, W. F. M., Deshasheh, Egypt
Exploration Society, Londres, 1897. <<

Página 286
[4] Siguiendo este razonamiento, las figuras secundarias potencialmente
amenazadoras que se incluyen en las escenas de las tumbas, junto con los
jeroglíficos de animales y de forma casi humana incluidos en el comentario, a
menudo se representaban sin piernas o bien partidos por la mitad en la zona
de la cintura. Esta anomalía física deliberada era una precaución sabia y
pretendía evitar que las imágenes peligrosas cobraran vida y amenazaran al
ocupante principal de la tumba. <<

Página 287
[5] Harris, J. E. & Wente, E. F., Αn X-Ray Analysis of the Royal Mummies,

University of Chicago Press, Chicago, 1980. <<

Página 288
[6] Heqanajt era el sacerdote del culto funerario del visir Ipi, con sede en

Tebas. Vivió a principios del Imperio Medio, cuando Egipto todavía padecía
los desórdenes del Primer Periodo Intermedio, y se vio obligado a hacer
frecuentes viajes de negocios al norte del país. Lejos de su patria, escribió una
serie de cartas en las que pretendía imponer un control a distancia tanto de sus
intereses en negocios locales como del comportamiento de su familia, díscola
y descontenta. Estas cartas fueron conservadas por sus destinatarios y
finalmente acabaron en el pozo de una tumba de segundo orden excavada en
el patio de la tumba de Ipi. Las cartas de Heqanajt han sido traducidas y
publicadas por James, 1962. <<

Página 289
[7] Christie, A., Death Comes as the End, Collins, Glasgow, 1945. <<

Página 290
[8] Este tipo de sesgo en los registros escritos es lo que ha llevado a algunos

historiadores feministas a sugerir que debería establecerse una clara


diferenciación entre la «Historia», el pasado registrado con H mayúscula, y la
«historia», el pasado más completo y real, registrado o no, con h minúscula.
Todos los hombres y las mujeres han tenido un mismo papel en el desarrollo
de la «historia», pero la «Historia» se suele elaborar con los hechos de una
clase selecta de hombres excepcionales, instruidos y privilegiados. Los
interesados en este tipo de convención pueden consultar a Lerner, G., The
Creation of Patriarchy, Oxford University Press: 4,1986. <<

Página 291
[9] Abana, o Ibana, es la madre de Ahmosis. <<

Página 292
[10] La «autobiografía» del Periodo Tardío de la dama conocida por
Taimhotep, escrita por su marido después de su muerte, es una excepción a
esta regla general. Se cita un extracto de esta autobiografía al final del
Capítulo 8 de este libro. <<

Página 293
[11]
Las traducciones al inglés de los papiros médicos se incluyen en la
selección de la bibliografía que figura al final de este libro. <<

Página 294
[12] La literatura griega y romana siempre mantuvo una actitud ambivalente

frente a las mujeres. En la literatura clásica, la mujer intrigante era un


personaje estereotipado. <<

Página 295
[13] Egipto recibió mucha influencia cultural de sus vecinos y sería interesante

e informativo tener en cuenta las costumbres sociales que prevalecieron en


todos estos Estados. Desgraciadamente, aunque los estudios sobre la mujer
estén convirtiéndose en un aspecto aceptable de la arqueología del Próximo
Oriente, todavía hay muy pocas publicaciones que traten de las mujeres del
Próximo Oriente. La ausencia de información accesible impresiona
particularmente cuando se compara con la importancia que se concede a las
mujeres del mundo clásico. Lesko (1987, ed.) ha intentado solucionar el
problema aportando una bibliografía útil para los que están interesados en los
estudios sobre la mujer del Próximo Oriente. <<

Página 296
[14] Sería un error interpretar literalmente las leyes de Hammurabi, ya que

parecen haber sido escritas como una guía del buen comportamiento y no
como una norma estricta. Sabemos que algunas mujeres hicieron
transacciones legales por cuenta propia y que las viudas ricas podían tener
una considerable autonomía en su vida privada. Sin embargo, las normas nos
indican con precisión los valores de la sociedad y de la situación legal de la
mujer en la comunidad. <<

Página 297
[15]
Para un estudio conciso del papel de la mujer en el mundo clásico,
consúltese Clark, 1989. <<

Página 298
[16] Frazer, J. R., The Golden Bough, parte 4, vol. 2, Londres, 1914. <<

Página 299
[17] Un matriarcado implica el dominio de la línea femenina, con el control

femenino de todos los derechos sobre la propiedad que se transmiten de


madre a hija. Actualmente se sabe que no ha habido nunca un verdadero
matriarcado en ninguna parte del mundo. La posibilidad de que en Egipto
pudo existir un sistema matrilineal tiene más credibilidad, pero no explica
necesariamente la igualdad de derechos legales de las mujeres. Bajo un
sistema matrilineal los derechos de herencia y de parentesco se transmiten por
vía materna y van del hermano de la madre al hijo de la madre, y el
parentesco hermana-hermano es más fuerte que el de mujer-marido. Sin
embargo, los hombres siguen ejerciendo el control último de la sociedad, y las
mujeres ya no son iguales que sus hermanas en el régimen patriarcal. La
tumba de Paheri, citada tan a menudo, que incluye textos que investigan el
origen familiar de los difuntos a través del linaje femenino, no avalan la teoría
de una sociedad matrialineal. Paheri no hacía más que obedecer la naturaleza
humana cuando citaba la rama más importante de su familia antes que a su
línea paterna menos destacada. <<

Página 300
[18] El caso de Mose se estudia con detalle en James, 1984.. <<

Página 301
[19] Para más referencias sobre este tema consúltese Pestman, P. W., Marriage

and Matrimonial Property in Ancient Egypt, E. J. Brill, Leiden, 1961. <<

Página 302
[20] Gardiner, A., «Adoption Extraordinary», Journal of Egyptian
Archaeology 26: 23-29, 1945. <<

Página 303
[1] Citado en Lindsay, J., Daily Life in Roman Egypt, Frederick Muller Ltd.,

Londres: 17, 1963. <<

Página 304
[2] Las mujeres suelen tener un nivel bajo de fertilidad durante el primer o

segundo año después de iniciada la menstruación, pero los embarazos


precoces de adolescentes pudieron ser un hecho frecuente. <<

Página 305
[3] Esta indicación se basa en la traducción de un texto que hace referencia a

la division de la propiedad del trabajador Nejmin. Una frase muy importante


aunque incompleta dice: «Mientras ella comía su… con Nejmin». Por razones
filológicas, la palabra que falta se ha identificado con sal. La mujer a la que se
hace referencia es Merut, segunda mujer de Nejmin, y se ha insinuado que
esta frase indica que la pareja no sólo convivía sino que estaba formalmente
casada. Esta teoría se discute mejor en Janssen, J. J., «An allusion to an
Egyptian wedding ceremony?», Goettinger Miszellen, 10: 25-28,1974. <<

Página 306
[4]
Para ulteriores referencias sobre este tema consúltese Pestman, P. W.,
Marriage and Matrimonial Property in Ancient Egypt, E. J. Brill, Leiden,
1961. <<

Página 307
[5] Esta teoría se estudia con más detalle en Ward, W. A., Essays on Feminine

Titles of the Middle Kingdom and Related Subjects, Beirut, 1986. Véase
también: Ward, W. A., «Reflections on some Egyptians terms presumed to
mean “harem, harem-woman, concubine”», Berytus Archaeological Studies,
31: 67-74, 1983. <<

Página 308
[6] Véase Janssen, J. J., «Marriage problems and public relations» (P. B. M.

10416), en Pyramid Studies and other essays presented to I. E. S. Edwards,


Baines J. et al (eds.), Egypt Exploration Society, Londres: 134-137, 1988. Las
sugerencias de que este intento de ataque pudiera representar en realidad un
antiguo Skimmington egipcio, como se describe en la novela clásica de Hardy
The Mayor of Casterbridge, quedan descartadas en este artículo. <<

Página 309
[7] Traducido por Burford, 1976; comentado por Miles (Miles, R., The
Women’s History of the World, Paladin, Londres: 247, 1988), que cita otros
casos en que se habían utilizado excrementos como anticonceptivos.
Watterson (1991, p. 88) indica que los excrementos de cocodrilo mojados en
leche ácida, un pesario anticonceptivo recomendado en el Kahun Medical
Papyrus, podía haber tenido un efecto débilmente ácido parecido al producido
con la esponja mojada en vinagre que era un método usual en el control de
natalidad en el oeste de Europa al final de este siglo, y que todavía es
utilizado actualmente por los campesinos egipcios. <<

Página 310
[8] Este extracto de las instrucciones del escriba Any del Imperio Nuevo se ha

comparado a menudo con los comentarios de un aldeano actual egipcio,


registrados por Winifred Blackman en 1927:
Mi mujer es buena y estoy contento con ella, pero debe permanecer allí
[señalando hacia abajo]. Mi madre está allá [señalando hacia arriba], ¿No me
estuvo llevando durante nueve meses [presionándose el estómago con las
manos]? ¿No sufrió dolor para que yo naciera y no me alimentó con sus
pechos? ¿Cómo podría no quererla? Mi mujer podría cambiar y dejar de
quererme. Mi madre es siempre la misma; su amor por mí no puede cambiar.
<<

Página 311
[9] Mammisi eran pequeños templos vinculados a un gran templo, construidos

para conmemorar el nacimiento del dios del templo principal. Están


decorados invariablemente con escenas que muestran el nacimiento del dios.
<<

Página 312
[10] Baines, J., Egyptians Twins, Orientalia, 54: 461-482,1985. <<

Página 313
[11]
Para más detalles referentes a la infancia en el Egipto faraónico,
consúltese Janssen R. M. & Janssen J. J., Growing up in Ancient Egypt, The
Rubicon Press, Londres, 1990. <<

Página 314
[1]
La expansión y contracción de la casa de Hori quedan ilustrados
esquemáticamente en Kemp, 157-158, 1989. <<

Página 315
[2] Para la revisión de todos los aspectos de la colada, consúltese Hall, R. M.,

Egyptian Textiles, Shire Egyptology, Shire Publications, Aylesbury, 1986. <<

Página 316
[3] Para más referencias sobre la comida de los egipcios antiguos véase Darby,

W. J., Ghaliongui, P. & Grivetti, L., Food: the gift of Osiris, Academic Press,
Londres, 1977; Wilson, H., Egyptian Food and Drink, Shire Egyptology,
Shire Publications, Aylesbury, 1988. <<

Página 317
[4] Emery, W. B., A Funerary Repast in an Egyptian Tomb of the Archaic

Period, Netherland Institut Voor Het Nabije Oosten, Leiden, 1962. <<

Página 318
[5] El inconveniente de comer cerdo supone un riesgo de infestación humana

parasitaria cuando se consume poco cocido. Es muy interesante el estudio del


cerdo doméstico como animal carroñero de granja en el Egipto urbano en
Miller, R. L., «Hogs and Higiene», Journal of Egyptian Archaeology 76:125-
40, 1990. Este artículo proporciona una gran abundancia de datos importantes
e inesperados, desde el porcentaje de daños serios provocados por los cerdos
de granja en Nueva Guinea hasta los rituales observados por los zabbalin en
la recogida de basura en El Cairo actual. <<

Página 319
[6]
Tiene el mismo valor la observación de que resulta mucho más fácil
representar a alguien derramando una bebida que mostrar a un noble
comiendo dignamente un ganso. <<

Página 320
[7]
Para más referencias al consumo de vino y cerveza consúltese Lesko,
L. H., King Tut’s Wine Cellar, B. C. Scribe Publications, California, 1977. <<

Página 321
[1] Conviene juzgar las escenas que representan a mujeres con instrumentos de

escritura con una cierta precaución, ya que su interpretación provoca ciertas


dudas. Por ejemplo, una famosa escena de una tumba del Imperio Antiguo
muestra a la princesa Idut navegando por el Nilo con instrumental de escritura
al lado, lo que indica que esta señora estaba muy orgullosa de su habilidad
escolar. Ahora sabemos que la figura principal de esta escena originalmente
debía ser un hombre —un visir (hombre) de la V dinastía llamado Ihui— y
que la presencia de este equipo de escritura podría ser como una especie de
error tipográfico antiguo que no tenía nada que ver con la princesa. <<

Página 322
[2] Janssen, J. J., «A Notable Lady», Wepwawet 12: 30-31,1987. <<

Página 323
[3] Para un estudio más detallado de los títulos de las mujeres en el Imperio

Medio y Antiguo, consúltese Fischer, H. G., Varia, Metropolitan Museum of


Art, Nueva York, 1976. <<

Página 324
[4] Se sabe que por lo menos una mujer, Peshet, una dama del Imperio
Antiguo, tuvo el título de «Jefe de las mujeres médico», lo que indica que en
ese tiempo pudo existir un gremio de mujeres que eran doctoras profesionales
o quizá un gremio de mujeres doctoras especializadas en atender a mujeres.
Sin embargo, Peshet era miembro de una familia de sacerdotes y su hijo
Ajethope, que tenía el título de «Capataz de los sacerdotes de Ka de la madre
del rey», finalmente heredó de su madre el título de médico, lo que quizá
indica que es más probable que se tratara de un galardón honorario. No
tenemos ninguna otra información sobre el trabajo de mujeres doctoras
egipcias. <<

Página 325
[5] Aunque los acólitos de los dioses y las diosas normalmente eran sacerdotes

de su mismo sexo, el jefe local de los sacerdotes de un culto solía ser un


hombre y, por supuesto, el rey era el sumo sacerdote de todos los cultos, tanto
masculinos como femeninos. <<

Página 326
[6] No hay duda de que el título de visir hace referencia a Nebet y no a su

marido Huy. Sin embargo, a Huy se le concedió el título de «Capataz de la


Ciudad Pirámide», que normalmente forma parte del título de visir durante el
Imperio Antiguo, y parece ser que fue realmente Huy quien actuó como visir
en nombre de su mujer. En su revisión de las pruebas referentes a esta mujer
inusual, Fischer, H. G., Varia, Metropolitan Museum of Art, Nueva York,
1976, llegó a la conclusión de que el título de Nebet fue seguramente
honorario, destinado a reforzar el nivel social de una mujer nacida de una
clase social relativamente baja, que hizo una buena boda y finalmente se
convirtió en abuela de un rey de Egipto. <<

Página 327
[7] Ward, W. A., «The case of Mrs Tchat and her sons at Beni Hassan»,

Goettinger Miszellen 71: 51-59, 1984. <<

Página 328
[8] Como guía sobre la música y músicos egipcios, consúltese Manniche, L.,

Music and Musicians in Ancient Egypt, British Museum Publications,


Londres, <<

Página 329
[9] Penélope, la esposa fiel de Ulises ausente, que pasó los días trabajando en

el telar mientras esperaba el retorno de su esposo, realizaba una tarea


femenina socialmente admitida y que refuerza su comportamiento de virtuosa
esposa. <<

Página 330
[10] James: 175-177, 1984, proporciona todos los detalles del caso de la
sirvienta desaparecida. <<

Página 331
[11] Los expertos todavía están en desacuerdo sobre la extensión de la
esclavitud en el Egipto Antiguo, y resulta muy difícil distinguir a los que
clasificaríamos como esclavos de los que eran simplemente criados.
Efectivamente, la estructura piramidal de la sociedad egipcia se asociaba a un
sistema muy desarrollado de trabajo corvée para que los esclavos estuvieran
en la periferia de la economía egipcia. El estudio más completo sobre este
tema nos lo proporciona Bakir, A. M., Slavery in Pharaonic Egypt, Institut
Français d’Archéologie Orientale, El Cairo, 1952. <<

Página 332
[12]
Para más detalles sobre la fijación de precios dinástica, consúltese
Janssen, J. J., Commodity Pricesfrom the Ramessid Period, Brill, Leiden,
1975. <<

Página 333
[13]
Janssen, R. M. & Janssen, J. J., Egyptian Household Animals, Shire
Publications, Aylesbury, 1989. <<

Página 334
[1] Para una revisión de la historicidad de la circuncisión masculina en el

Antiguo Egipto consúltese Janssen, R. M. & Janssen, J. J., Growing Up in


Ancient Egypt, The Rubicon Press, Londres, 1990. <<

Página 335
[2] Donde fue práctica aceptada, la circuncisión femenina se explica como una

necesidad tanto para evitar que los órganos sexuales de la mujer se


desarrollen como los de un hombre como para disminuir el impulso sexual
reduciendo la posibilidad de llegar al orgasmo. Las pruebas de las que
disponemos indican que las mujeres del Antiguo Egipto debían disfrutar de la
vida amorosa igual que los hombres, lo que demuestra que no hubo necesidad
aparente de practicar la circuncisión femenina. <<

Página 336
[3] Para más detalles sobre la manufactura de pelucas, consúltese Cox, J. S.,

«The Construction of an Ancient Egyptian Wig», Journal of Egyptian


Archaeology 63: 67-70, 1977. Parece ser que ni las mejores pelucas egipcias
tenían una apariencia tan natural como idealizan algunas pinturas de las
tumbas. <<

Página 337
[4] Riefsthal, E., «An Ancient Egyptian Hairdresser», Bulletin of the Brooklyn

Museum 13.4: 7-16, 1952; «Two Hairdressers of the 11th Dynasty», Journal
of Near Eastern Studies 15: 10-17,1956. <<

Página 338
[5] Keimer, L., Remarques sur le Tatouage dans l’Egypte Ancienne, Institut

Français d’Archéologie Orientale, El Cairo, 1948. <<

Página 339
[6] Para una revisión de todos los aspectos de la manufactura textil, véase

Hall, R. M., Egyptian Textiles, Shire Egyptology, Shire Publications,


Aylesbury, 1986. Los cambios de estilo en la moda femenina se detallan en
Riefsthal, E. 8c Chapman, S., A «Note on Ancient Fashions», Bulletin of the
Museum of Fine Arts, Boston 68: 244-259, 1970. <<

Página 340
[7] Por lo menos algunos de los vestidos rescatados de las tumbas parecen

haber sido diseñados exclusivamente como bienes sepulcrales, ya que eran


demasiado largos y estrechos para vestir al ocupante de la tumba. Esta
tradición de ofrecer prendas de vestir al muerto podría compararse con la
ofrenda de joyas específicas para la tumba que se menciona más adelante en
este mismo capítulo; la magia se encargaría de asegurar que tanto los vestidos
como las joyas fueran de gran utilidad en el Más Allá. Para los detalles de las
prendas de vestir recuperadas y comentarios interesantes sobre el papel de la
manga en los vestidos egipcios consúltese Hall, R. M., «Two linen dresses
from the 5th Dynasty site of Deshasheh», Journal of Egyptian Archaeology
67: 168-171,1981; Hall, R. M. y Pedrini, L., «A pleated linen dress from a
Sixth Dynasty tomb at Gebelein», Journal of Egyptian Archaeology 70:
136-139, 1984. <<

Página 341
[8] Para más información sobre el oráculo de Amenofis I, véase McDowell, A.

G., Jurisdiction in the Workmens Community of Deir-el-Medina, Nederlands


Institut Voor Het Nabije Oosten, Leiden, 1990. <<

Página 342
[9] Cuando el oro tiene una elevada proporción de plata se transforma en una

valiosa aleación llamada electro, un metal que puede confundirse con la plata
y que era muy valorado por los joyeros egipcios. <<

Página 343
[1] La interpretación correcta de los términos normalmente traducidos como

«harén» o «harén real» se ha estudiado con detalle en Ward, W. A.,


«Reflections on some Egyptian terms presumed to mean “harem, harem-
woman, concubine”», Berytus Archaeological Studies, 31: 67-74, 1983. <<

Página 344
[2] En marcado contraste, las tumbas de los nobles contemporáneos muertos

en Sakkara también se rodeaban de hileras ordenadas de inhumaciones


subsidiarias, pero estas tumbas estaban reservadas a los artesanos y
administradores que tenían una relación mucho menos íntima con los
ocupantes de la tumba principal. <<

Página 345
[3] Emery, W. B., Great Tombs of the First Dynasty, vol. 2, Egypt Exploration

Society, Londres: 142, 1954. <<

Página 346
[4]
Para una descripción detallada y profunda de las excavaciones del
Cementerio Real, consúltese Woolley, L., Ur Excavations, vol. 2, «The Royal
Cemetery», The Trustees of the British Museum, Londres, 1934. <<

Página 347
[5] Consúltese Ward, W. A., Reflections on some Egyptian terms presumed to

mean «harem, harem-woman, concubine», Berytus Archaeological Studies,


31, 1983. <<

Página 348
[6] No existe ningún testimonio de un verdadero título de esposa secundaria,

pero es evidente que estas princesas extranjeras —quienes, a excepción de


una, no tenían el rango superior de «Gran Esposa del Rey»— no eran
clasificadas como simples concubinas del rey. <<

Página 349
[7] Los escarabajos conmemorativos con largos textos jeroglíficos eran un

método normal de publicar hechos importantes durante el reinado de


Amenofis III, como por ejemplo matrimonios reales, expediciones de caza
mayor e incluso la construcción de un gran estanque como lugar de
esparcimiento para la reina Tiy. <<

Página 350
[8] Sabemos que la reina hitita de Ramsés II y su séquito vivieron, al menos

durante un tiempo, en Mer-Wer, ya que el profesor Petrie, durante la


excavación del yacimiento, encontró la lista de su colada personal. <<

Página 351
[9] El cuerpo de Ramsés III no muestra signos de un ataque violento pero el

veneno, supuestamente un arma femenina, no habría dejado ninguna señal. <<

Página 352
[10] El cartucho es un símbolo jeroglífico usado para indicar un nombre real

desde principios del Imperio Antiguo en adelante. Consiste en un lazo


ovalado que representa un doble espesor de cuerda dibujado alrededor del
nombre, con los extremos de la «cuerda» atados para formar una línea recta
en la base del óvalo. Dos de los nombres del rey, el nombre del trono y el
nombre de nacimiento, siempre eran escritos dentro de un cartucho. <<

Página 353
[11] La cuestión del cambio de papel de la reina consorte, incluido el registro

escolar de títulos y epítetos de las mujeres reales, se ha estudiado en Troy, L.,


Patterns of Queenship in Ancient Egyptian Myth and History, Acta
Universitatis Upsaliensis, Uppsala, 1986. <<

Página 354
[12] Hay pruebas que indican que seis mujeres importantes (Meryt-Neith,
Nitocris, Sobeknofru, Hatsepsut, Nefertiti y Twosret) pudieron ocupar el
trono en Egipto y gobernar por derecho propio como reinas o reinas
consortes. En el capítulo 7 se repasan las pruebas detalladas de estos reinados
atípicos. <<

Página 355
[13] Escenas que muestran a estas damas visitando una granja y bebiendo

leche fresca mientras la vaca y su ternero las observan tal vez pretendan
representar hechos imaginarios en el bucólico Más Allá y no acontecimientos
reales diarios. <<

Página 356
[14] ara un estudio de las razones a favor y en contra de la teoría «princesa-

heredera» sobre la herencia del trono en Egipto, incluida una extensa


bibliografía de relevantes referencias, consúltese Robin, G., «A critical
Examination of the Theory That the Right to the Throne of Ancient Egypt
Passed Through the Female Line in the 18th Dynasty», Goettinger Miszellen,
Heft 62: 67-77, 1983. <<

Página 357
[1] Maat fue personificado en forma de una diosa del mismo nombre. Esta

diosa, hija de Ra, llevaba un tocado distintivo que consistía en una única
pluma de avestruz sujeta en su sitio con hilo de oro. Estaba estrechamente
relacionada con la verdad y la administración de justicia. <<

Página 358
[2] Esta discriminación en contra de la sucesión femenina queda al menos en

parte explicada en la realeza europea por el deseo de mantener una


descendencia pura patrilineal. Sin embargo, esta solución no se puede aplicar
al caso concreto de Egipto, donde el faraón nombró varias veces a un sucesor
sin ningún parentesco, prefiriendo elegir al mejor hombre para el puesto antes
que confiar en los lazos familiares. <<

Página 359
[3] La famosa reina Cleopatra VII, última monarca egipcia, reinó durante el

Periodo Grecorromano que siguió al Periodo Dinástico, y que por ello queda
fuera del ámbito de este libro. <<

Página 360
[4] Otra interpretación alternativa de estas tumbas reales prematuras indica que

cada rey se construyó una tumba en Abydos, el cementerio real de su patria


meridional. En este caso, las grandes tumbas de Sakkara debieron pertenecer
a cortesanos de alto rango y a sacerdotes. Desgraciadamente, esto no explica
la presencia de barcas solares en Sakkara; con la excepción de Meryt-Neith,
estas barcas eran de uso exclusivo de los reyes. <<

Página 361
[5] El texto de esta declaración, preservado en el magnífico templo funerario

de Hatsepsut en Deir el-Bahri, es casi idéntico al decreto de la corregencia del


Imperio Medio de Amenemhat III y Senwostret III, y presumiblemente se
trate de una copia directa. Con la réplica de un texto ya existente, Hatsepsut
parecería reforzar su mensaje, confirmando un lazo directo no sólo con su real
padre, sino también con los primeros reyes de la XII dinastía. Este aspecto
continuado de la realeza era muy importante para los egipcios porque
indicaba la presencia de maat en el país. <<

Página 362
[6]
Para más referencias sobre Senenmut, consúltese Dormán, P. F., The
Monuments of Senenmut, Kegan Paul, Londres, 1988. <<

Página 363
[1] Juvenal, Sátira 15, citada en traducción inglesa en Lindsay, J., Daily Life in

Roman Egypt, Frederick Muller Ltd., Londres: 113,1963. <<

Página 364
[2] La Narración del Imperio Nuevo sobre la Destrucción de la Humanidad

narra cómo Ra decidió eliminar toda la vida humana cuando la gente estaba
conspirando contra él. Creó «El Ojo de Ra», Sejmet, que empezó la carnicería
pero que después se arrepintió de sus actos irreflexivos. Para evitar que
Sejmet hiciera una carnicería mezcló ocre rojo con cerveza. Figurándose que
era sangre, la diosa se bebió el líquido rojo y quedó tan ebria que no pudo
llevar a cabo sus designios de muerte. <<

Página 365
[3]
Para más referencias sobre la religión del país, consúltese: Pinch, G.,
Childbirth and Females Figurines at Deir el-Medina and el-Amarna,
Orientalia 52: 405-414, 1983; Kemp, B. J., «Wall Paintings from the
Workmen’s Village at el-Amarna», Journal of Egyptian Archaeology 65:
52-53,1979. <<

Página 366
[4] El raro sombrero de Mesjenet, que lleva atado a la cabeza con un anillo, se

ha interpretado como dos largos retoños de palmera con los extremos curvos.
<<

Página 367
[5] Budge, W., Book of the Dead, Textil, Kegan Paul, Londres, 1910. <<

Página 368
[6] Ayrton, E. R., Untitled report in F. L. I. Griffith (ed.), Egypt Exploration

Fund Archaeological Report 1908-1909, Egypt Exploration Fund, Londres:


3,1909. <<

Página 369

También podría gustarte