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Revolución del Petróleo en Alcoy

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LA REVOLUCIÓN DEL PETRÓLEO

ALCOY 1873-2023
En julio de 1873, en Alcoy, una manifestación pacífica
de trabajadoras y trabajadores fue dispersada a tiros
por la policía. Los manifestantes hicieron frente a la
agresión y tomaron la iniciativa. La insurrección ha
pasado a la historia como la Revolución del Petróleo,
el alzamiento obrero más importante del siglo XIX.
La industria llegó muy pronto a Alcoy. Y con las fábricas mucho, muchísimo dinero para los amos, que
se apresuraron a construir edificios señoriales muy lujosos. Pero la mayoría de nuestros bisabuelos
y tatarabuelos vivían en la miseria. Los obreros trabajaban 10, 12 y hasta 18 horas diarias por 2
pesetas de la época. Las mujeres hacían la misma jornada pero cobraban la mitad. Y sus hijas e
hijos, desde los 6 años, la mitad de la mitad. Vivían amontonados en porquerizas, pasaban hambre y
sufrían enfermedades infecciosas frecuentemente. Uno de cada tres niños moría antes de cumplir
un año.
Esta era una situación común en muchas
ciudades. Por eso, trabajadoras y trabajadores
de toda Europa organizaron la Asociación
Internacional de Trabajadores, ahora hace 150
años. Reclamaban una vida digna, sin amos ni
dioses. La Internacional arraigó con fuerza en
España. En enero de 1873 instaló la central en
nuestra ciudad, que se caracterizaba por su
movimiento obrero combativo. Mujeres y hombres
dispuestos a todo, porque no tenían nada a perder.
En los Algares, entre Alcoy y Cocentaina, estalló el conflicto. Los
trabajadores de un molino de papel reclamaron un aumento del salario
y una reducción de la jornada laboral. Pero el propietario, Facundo
Vitoria, no aceptó las demandas. En lugar de esto, intentó contratar
esquiroles e, incluso, subcontratar la producción a la competencia. Los
internacionalistas, muy organizados, lo impidieron. Cuatro meses duró la
huelga, porque el empresario prefirió cerrar la fábrica antes que conceder
las mejoras. Todo este tiempo sobrevivieron gracias a la solidaridad del
resto de los obreros de la comarca.
Finalmente, cunde el ejemplo. El día 7 de julio, 6.000
trabajadoras y trabajadores se reúnen en la plaza de toros.
Entre todos acuerdan convocar una huelga general para exigir
la reducción de las horas de trabajo y un aumento de salario
que los permita vivir con dignidad. Incluso las autoridades
reconocen la situación de precariedad que afecta a la clase
trabajadora; pero esto se traduce en una realidad de pan negro
y carne infectada de parásitos.
A pesar de que hacía cinco meses que se había proclamado la
Primera República española, los trabajadores y las trabajadoras
no tenían ninguna esperanza en las nuevas instituciones.
Denunciaban que “la misma explotación pesa sobre nosotros
desde la proclamación de la república burguesa que durante la
monarquía”. No iban mal encaminados. El alcalde republicano,
Agustín Albors, conocido como Pelletes, se reunió con los
empresarios para hacer frente a los manifestantes con las armas,
hasta que llegara el ejército desde Alicante.
Pese a la amenaza de represión, la huelga fue un éxito.
En dos días recorren las fábricas de toda la comarca para
sumar adhesiones a la causa. El día 9 de julio por la tarde
ya son más de 10.000 y se dirigen al Ayuntamiento. Ahora
ya no solo reclaman mejoras laborales. También exigen la
dimisión del alcalde y de los regidores y su sustitución por
un comité formado por obreros.
El Alcalde sale al balcón y dispara: es la señal.
Los guardias disparan contra los manifestantes
desde el campanario. Hay dos muertos y
algunos heridos entre los manifestantes.
“Por primera vez –dirá el historiador británico
Gerald Brenan años después– un grupo que
no formaba parte de la iglesia, ni del ejército,
ni de la clase mediana, se había manifestado
como revolucionario”. Empieza la Revolución
del Petróleo.
Levantaron
barricadas, asaltaron
las casas de los señoritos
buscando armas y tomaron rehenes.
La lucha duró más de veinte horas. No
violaron monjas, ni decapitaron guardias
civiles, ni colgaron curas de los faroles, ni se
comieron frita la oreja de Pelletes, como nos
han querido hacer creer. Murieron 16 personas
en el enfrentamiento. Como explicó el presidente
del gobierno, Pi y Ballico, “hubo lucha, se
encarnizaron las pasiones y se cometieron
excesos, pero no tantos”. El último en caer
fue el alcalde, Agustín Albors.
La noche del día 10, el ejército ya espera a las puertas de la ciudad. Los sublevados negocian
su rendición a cambio de evitar las represalias y los burgueses se muestran de acuerdo.
El general Velarde entra pacíficamente en la ciudad y telegrafía al gobierno de Madrid: “Se
espera buen resultado. Desde ayer completa tranquilidad”. Tanto es así que los soldados
abandonan Alcoy el día siguiente porque tienen que hacer frente a la insurreción cantonal
de Cartagena.
Desde julio y hasta octubre, los internacionalistas participan de la reconstrucción de
los edificios afectados, refuerzan las defensas ante la amenaza carlista y negocian
mejoras salariales y laborales. Pero finalmente, llega la venganza de los burgueses,
planificada minuciosamente. El presidente Castelar envía el ejército y la Guardia
Civil a la ciudad y se inicia la persecución. Centenares de trabajadoras y trabajadores
son detenidos. Más de 700 serán acusados de sedición.
Por la noche y anudados en una cuerda son trasladados
a pie al castillo de Alicante. Les espera un calvario.
En total 289 sufrirán años de prisión en condiciones
inhumanas.

El proceso judicial será un caos. Familias enteras, con


sus hijos, sufrirán el hambre y las enfermedades en el
Castillo de Santa Bárbara.
Sin asistencia jurídica durante años y encarcelados sin pruebas por acusaciones
anónimas, algunos permanecerán años entre rejas por participar presuntamente en
pequeños robos, por llevar el regazo manchado de petróleo, por colaborar en una
tentativa de disparo o, sencillamente, por su supuesta mala conducta, certificada
por los amos de las fábricas o por las nuevas autoridades restituidas en el cargo. La
amnistía decretada en 1876 por el Rey restaurado supondrá el perdón para los carlistas
y para los republicanos intransigentes, pero no habrá indulto para los obreros.
La represión no acabó aquí. Los amos de las fábricas
aprovecharon para reducir, todavía más, los salarios.
Además, las familias se tenían que hacer cargo de la
manutención de los encarcelados. De hecho, 30 años
después, desde Bañeres, Alfafara y Agres, todavía
hacían frente a las deudas. En la prensa obrera de
la época podemos leer que “los trabajadores de
los talleres andan rostro a tierra y sin atreverse a
nada que pueda ofender a los señoritos”. Además, el
gobierno construyó en Alcoy el Cuartel de Infantería
de Alzamora para que los militares controlaran
futuras revueltas.
En 1887, catorce años después de los hechos,
el enésimo juez que se hace cargo de la causa,
absuelve los últimos procesados. No hay pruebas
para continuar con la farsa. Los últimos seis
desafortunados salen de la prisión. Otros no han
tenido tanta suerte, al menos veinte han muerto
entre rejas.
El incipiente movimiento obrero anarquista ha sufrido un
duro golpe y no solo en Alcoy. El AIT es ilegalizada en 1874,
los internacionalistas son perseguidos y encarcelados, y
dos mil son deportados a Filipinas y a Las islas Marianas
donde muchos morirán de hambre y enfermedades. Pero
como ellos decían, “si no se les permitía reunirse a la luz del
sol, lo continuarían haciendo a la sombra”. La Federación
española vivirá en la clandestinidad, pero renacerá con
más fuerza años después. Sesenta mil afiliados en toda
España, y un buen puñado en nuestra ciudad, que volverá a
ser capital del internacionalismo. La historia de la lucha de
clases continúa...
Ilustraciones:
Carlos Blanes
Verónica Calatayud
Katherina García
María Gisbert
Jennifer Juan
Elsa Martí
Esther Miranda
Sonia Modesto
Paula Ripoll
Ana Rubio
Cristina Torres
Pablo Requena
Nicolás Beneito
Iván Hervás
Karla Linares
Blanca Lozano
Pau Moncho
Douae Jebbour

Diseño y maquetación:
Celia Bernabeu
David Carbonell
Priscila Rade

Dirección del proyecto:


Carmen Calabuig
Diego Fernández
Imma Bononad

Traducción de textos:
Ana Gisbert

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