MANSEDUMBRE
En la Biblia, ser manso no significa ser débil. El manso tiene una
gran fuerza interior que le permite poner su voluntad y sus reacciones
bajo el control de Dios con total confianza. No se deja llevar por sus
emociones ni reacciona sin control ante una situación. Más bien vive
bajo el dominio del Espíritu Santo, permitiéndole que le muestre lo que
debe hablar o hacer ante un suceso o una persona en específico.
La mansedumbre nos lleva a aceptar que lo que Dios permite en
nuestra vida es para nuestro bien. El manso no lucha contra la voluntad
de Dios, sino que vive con la expectativa de que siempre aprenderá
algo gracias a las experiencias que Dios trae a su vida. Esta actitud
protege su corazón de la amargura. El manso de corazón no se
enfrenta a los demás como si fueran sus enemigos. Los respeta y los
valora porque sabe que también han sido creados a la imagen de
Dios.
La mansedumbre:
La palabra bíblica para mansedumbre no es fácil de traducir al
español. Muchas traducciones usan en su lugar «gentileza»,
«bondad» o «humildad», pero estas palabras comunican cierta
debilidad que no se encuentra en el original.
La verdadera mansedumbre es una fuerza interna que no se puede
fingir. Crece a la medida en que permitimos que el Espíritu Santo
transforme nuestra alma. Surge de lo más íntimo de nuestro ser,
equipándonos para que se cumpla la obra de Dios en y a través de
nosotros.
Veamos algunas de las cosas que la Biblia nos dice sobre la
mansedumbre.
Javier Gómez O.
1. Es fruto del Espíritu Santo
En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia,
amabilidad, bondad, felicidad, humildad y dominio propio. No hay
ley que condene estas cosas. Los que son de Cristo Jesús han
crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y
deseos. Si el Espíritu nos da vida andemos guiados por el
Espíritu (Gl 5:22-25)
Una de las formas en las que se manifiesta el fruto del Espíritu Santo
en nosotros es al darnos una disposición más humilde o mansa. La
persona llena del Espíritu Santo busca que Cristo sea exaltado, no va
en busca de su propia gloria. Es enseñable y no anda con exigencias
buscando a quien amedrentar.
El manso ha dejado atrás los arrebatos emocionales. El control de sus
emociones está bajo la guía del Espíritu Santo y es por esta razón que
todas sus palabras y sus acciones traen vida, acercando a las
personas a Jesús.
Las 9 virtudes del fruto del Espíritu que transformarán tu vida
2. Nos ayuda a tratar a los demás con respeto
... a no hablar mal de nadie, sino a buscar la paz y ser respetuosos, demostrando
plena humildad en su trato con todo el mundo.
(Tito 3:2)
La conducta del creyente debe mostrar entereza de carácter y fuerza
para controlar los impulsos. La mansedumbre no nos lleva a callar
ante lo que está mal. Nos ayuda a hablar a favor de la justicia,
mostrando respeto aun cuando no estemos de acuerdo con las
palabras o acciones de los demás. La mansedumbre no es sinónimo
de pasividad, sino que nos ayuda a enfocarnos en hacer lo correcto de
una forma que honra a los otros.
3. Muestra el carácter de Dios en nosotros
Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de afecto
entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia, de modo que se
toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el
Señor los perdonó, perdonen también ustedes.
(Colosenses 3:12-13)
Somos escogidos de Dios, él nos ha amado y santificado. Eso se tiene
que notar en nuestro carácter. ¡Es imposible que sigamos igual!
Javier Gómez O.
Pasamos a reflejar el carácter de Dios a los demás con más humildad,
amabilidad y paciencia. Es algo que nos proponemos hacer cada día
en agradecimiento a lo que Dios ya ha hecho por nosotros y también
por amor a los demás.
A la medida en que permitimos al Espíritu Santo de Dios que nos
revista de todo lo que le agrada, podremos reflejar más y más de él a
los demás. El perdón fluirá con más facilidad y gracia. ¡Y Cristo será
glorificado en nosotros!
4. El sabio de verdad es manso
¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? Que lo demuestre con su buena
conducta, mediante obras hechas con la humildad que le da su sabiduría.
(Santiago 3:13)
La persona llena de la sabiduría que viene de Dios no busca sobresalir
o ser aplaudida. Hace lo que es correcto delante de Dios en cada
situación, con humildad y mansedumbre. Reconoce que no es sabia en
su propia opinión (Proverbios 3:7) o por sus propios méritos, sino
gracias a la obra de Dios en su vida. Esa certeza la ayuda a
comportarse de una forma digna y agradable a Dios en medio de
cualquier circunstancia.
5. Nos ayuda a enfrentar el odio y la injusticia
Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a
quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los
maltratan. Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien
te quita la camisa, no le impidas que se lleve también la capa. Dale a todo el que
te pida y, si alguien se lleva lo que es tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás
tal y como quieren que ellos los traten a ustedes.
(Lucas 6:27-31)
Ni aun las circunstancias más extremas logran sacar de quicio al
manso. Tal como hizo Jesús en sus momentos más difíciles, el manso
continúa bajo el dominio del Espíritu de Dios aunque lo insulten o lo
maltraten.
Muchos hablaron mal de Jesús y actuaron en su contra. Pero Jesús
continuó enfocado en su misión. No respondió con insultos. Unas
veces guardó silencio, otras habló la verdad con firmeza y amor. Y
luego continuó con la obra que había venido a hacer porque tenía
claro que el Padre se encargaría de hacer justicia.
Javier Gómez O.
Por lo tanto, el manso no tiene que dejar pasar las injusticias sin
hablar ni actuar. Sí, hablará y actuará cuando sienta que Dios le mueva
a hacerlo, no como una reacción física o emocional descontrolada. La
mansedumbre nos lleva a tratar a los demás como deseamos ser
tratados: con amor, respeto y dignidad.
6. Es parte de nuestro llamado
No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan,
porque para esto fueron llamados, para heredar una bendición (1
pedro 3:9)
Hemos sido llamados para bendecir, y esto incluye aquellos que nos
insulten. ¡Nada fácil! Pero esto es un vivo ejemplo de lo que es actuar
guiados por la mansedumbre que viene de Dios. Nos permite bendecir
y reaccionar de forma agradable a Dios porque hemos sometido
nuestra vida bajo su Espíritu que nos llena y nos dirige.
Esto es algo que no pasa desapercibido: se nota. Lo notan los que nos
rodean y obviamente, lo nota nuestro Dios. Esta obediencia y sumisión
al Padre resulta en bendición para nuestras vidas hoy y por la eternidad.
7. Jesús es nuestro mejor ejemplo
Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y
humilde de corazón, y encontraran descanso para su alma (Mt
11.29)
Aprendemos a ser mansos cuando estudiamos la Palabra y seguimos
el ejemplo de Jesús. Él mismo nos animó a que aprendiéramos de él
cómo ser mansos y humildes de corazón. Su mansedumbre no es algo
superficial que imitamos. Se interioriza y nos cambia desde dentro.
Llena todo nuestro ser, pues comienza con un toque poderoso de la
mano de Dios.
Nuestra actitud mansa no solo beneficia a los demás. También nos
beneficia a nosotros: da descanso a nuestra alma. Es así porque
sabemos que estamos actuando de una forma que agrada a Dios.
Cuando nuestro espíritu se somete a su Espíritu, sabemos que él
guiará nuestras actitudes y eso nos trae paz.
Javier Gómez O.
Jesús supo responder enfáticamente cuando fue necesario. También
se quedó en silencio muchas veces, sin responder de mala manera.
¿Cómo distinguía cuándo debía hablar o actuar y cuándo no? Se
mantenía en contacto constante con el Padre y hacía siempre su
voluntad. Descansaba en la seguridad de que no tenía que responder
a todo de forma inmediata. Esperaba la directriz del Padre.
Si Jesús, Dios encarnado, decidió someterse completamente a la
voluntad de Dios Padre y vivir en mansedumbre, ¿no deberíamos
hacerlo nosotros también? Es así que encontraremos el descanso que
necesita nuestra alma.
Otros versículos bíblicos sobre la mansedumbre:
1. Nos ayuda a permanecer firmes en situaciones difíciles
Si el ánimo del gobernante se exalta contra ti, no abandones tu puesto. La
paciencia es el remedio para los grandes errores.
(Eclesiastés 10:4)
2. Somos llamados a ser mansos
... les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido,
siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor.
(Efesios 4:1b-2)
3. Los mansos heredarán la tierra
Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia.
(Mateo 5:5)
¿Cuáles son y qué significan las bienaventuranzas?
4. La mansedumbre se ha de cultivar
Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de todo eso, y esmérate en seguir la
justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia y la humildad.
(1 Timoteo 6:11)
5. Nos ayuda a ayudar a los demás
Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales
deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque
también puede ser tentado. Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así
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cumplirán la ley de Cristo.
(Gálatas 6:1-2)
6. Nos capacita para ser más efectivos
Y un siervo del Señor no debe andar peleando; más bien, debe ser amable con
todos, capaz de enseñar y no propenso a irritarse. Así, humildemente, debe
corregir a los adversarios, con la esperanza de que Dios les conceda el
arrepentimiento para conocer la verdad...
(2 Timoteo 2:24-25)
La mansedumbre no es una debilidad
La mansedumbre es a menudo malinterpretada, sin embargo, Jesús dice que
debemos aprender de Él que es manso, y que los mansos recibirán la tierra por
heredad…
La mansedumbre es una gloriosa virtud que tiene muchos efectos buenos y que
nos benefician, además de que son de gran importancia para nuestro servicio y
en el trato con nuestros semejantes. La paciencia nos permite actuar en todo
tipo de pruebas de la manera correcta. La mansedumbre nos permite hacer lo
correcto a través de la práctica de nuestro servicio y nuestras obras.
Jesús nos invita a que vayamos y aprendamos de Él, por eso dice: "Soy manso y
humilde de corazón…" Mateo 11:29. La mansedumbre se había hecho carne en
Jesús. Se había convertido en parte de su ser, y lo mismo puede pasar en
nosotros si somos diligentes cuando venimos y aprendemos de Él. ¡Alabado sea
Dios!
Cómo se manifiesta la mansedumbre
Hablar y hacer cosas antes de pensarlo son probablemente dos de las
debilidades que ocurren con más frecuencia en los seres humanos; y una de las
consecuencias de esto, es que se dicen y hacen cosas de las cuales uno se
arrepiente poco después de que ocurren, cosas que dañan a uno mismo y a
otras personas. Los que tal hacen carecen de mansedumbre.
La mansedumbre hace que una persona considere sus acciones antes de actuar.
Por esa razón, todo lo que dice y hace será dicho y hecho de una manera
completamente diferente de como si hubiera actuado impulsivamente, y muy a
menudo dejará de hacer por completo lo que había pensado realizar o decir. Lo
que leemos en Santiago 1:19 nos da una idea de cómo se manifiesta la
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mansedumbre “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para
oír, tardo para hablar, tardo para airarse.”
Sabemos esto, sí pues, pero pongámoslo profundamente en nuestro corazón:
¡prontos para oír, tardos para hablar! Esta gloriosa ventaja tenemos si somos
mansos. A menudo se puede experimentar, por ejemplo, en una conversación,
que no nos tomamos el tiempo para oír, esperar y permanecer en silencio hasta
que el otro haya terminado. No, normalmente se interrumpe y las dos personas
terminan hablando al mismo tiempo. ¿A esto se refiere ser pronto para oír? ¿Es
esto ser manso? ¡No, de ninguna manera! Las personas hacen y actúan de esta
manera porque les falta mansedumbre.
Muchos relatos en la Biblia nos dicen que Jesús fue manso. Un precioso
ejemplo, es cuando los fariseos se acercaron a Él con la mujer que fue
sorprendida en el acto mismo de adulterio. (Juan 8:1-11). Jesús no respondió de
inmediato cuándo le preguntaron qué pensaba que deberían de hacer con ella,
sino que se agachó y escribió en la arena. Jesús fue pronto para oír y tardo para
hablar; y con todo eso, después de escuchar la voz del Padre, habló con
autoridad y la respuesta que les dio fue un "golpe total.” ¡Qué efecto tan
glorioso y beneficioso salió de un corazón manso!
La mansedumbre es actuar de manera oportuna
Como siervos del Señor, podemos hacer uso de esta virtud de manera
excepcional. "La lengua apacible es árbol de vida.” Proverbios 15:4. Tenemos que
ser mansos (apacibles) para poder escuchar la voz de Dios y tener alimento
espiritual para dar. Siempre debemos de estar preparados para presentar
defensa de la esperanza que hay en nosotros “con mansedumbre y reverencia.” 1
Pedro 3:15. Si alguno es sorprendido en alguna falta, nosotros tenemos que
ayudar a tal persona “con espíritu de mansedumbre.” Gálatas 6:1. “Porque el
siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para
enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen…” 2 Timoteo
2:24-25.
La mansedumbre nos permite estar tranquilos y atentos para poder ayudar a la
otra persona de la manera correcta conforme a lo que el Espíritu obra en
nosotros, y así mismo, actuar en el momento oportuno para que nuestras
acciones tengan el mejor resultado posible. ¡Qué gran bendición es poder estar
callado y atento escuchando lo que la otra persona tiene que decir cuando te
contradice! Para que cuando haya terminado, con calma y tranquilidad puedas
decir algunas palabras que traigan luz. “Con larga paciencia se aplaca el
príncipe, y la lengua blanda quebranta los huesos”. Proverbios 25:15.
La mansedumbre forma parte de la sabiduría. Escucha lo que Santiago nos
explica tan fácil y fervientemente: “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?
Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre.” Santiago 3:13.
Javier Gómez O.
La mansedumbre le otorga dignidad a la sabiduría, y esto hace que sea más fácil
para los otros escucharte.
"Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” Mateo
5:5. Sí, ¡los mansos ciertamente han demostrado que son dignos de heredar la
tierra!
En las Sagradas Escrituras, ser manso no significa ser débil. El manso tiene una
gran fuerza interior que le permite poner su voluntad y sus reacciones bajo el
control de Dios con total confianza. No se deja llevar por sus emociones ni
reacciona sin control ante una situación. Además, vive bajo el dominio
del Espíritu Santo, permitiéndole que le muestre lo que debe hablar o hacer
ante un suceso o una persona en específico.
La mansedumbre nos lleva a aceptar que lo que Dios permite en nuestra vida es
para nuestro bien. El manso no lucha contra la voluntad de Dios, sino que vive
con la expectativa de que siempre aprenderá algo gracias a las experiencias que
Dios trae a su vida. Esta actitud protege su corazón de la amargura. El manso de
corazón no se enfrenta a los demás como si fueran sus enemigos. Los respeta y
los valora porque sabe que también han sido creados a la imagen de Dios.
La mansedumbre
La palabra bíblica para mansedumbre no es fácil de traducir al español. Muchas
traducciones usan en su lugar “gentileza”, “bondad” o “humildad”, pero estas
palabras comunican cierta debilidad que no se encuentra en el original.
La verdadera mansedumbre es una fuerza interna que no se puede fingir. Crece
a la medida en que permitimos que el Espíritu Santo transforme nuestra alma.
Surge de lo más íntimo de nuestro ser, equipándonos para que se cumpla la
obra de Dios en y a través de nosotros.
Observemos diferentes cualidades de las que la Biblia nos dice sobre la
mansedumbre.
1) Es fruto del Espíritu Santo
Javier Gómez O.
Una de las formas en las que se manifiesta el fruto del Espíritu Santo en
nosotros es al darnos una disposición más humilde o mansa. La persona llena
del Espíritu Santo busca que Cristo sea exaltado, no va en busca de su propia
gloria. Es enseñable y no anda con exigencias buscando a quien amedrentar.
El manso ha dejado atrás los arrebatos emocionales. El control de sus
emociones está bajo la guía del Espíritu Santo y es por esta razón que todas sus
palabras y sus acciones traen vida, acercando a las personas a Jesús.
2) Nos ayuda a tratar a los demás con respeto
El carácter de un hijo de Dios tiene que mostrar entereza de carácter y fuerza
para controlar los impulsos. La mansedumbre no nos lleva a callar ante lo que
está mal. Nos ayuda a hablar a favor de la justicia, mostrando respeto aun
cuando no estemos de acuerdo con las palabras o acciones de los demás. La
mansedumbre no es sinónimo de pasividad, sino que nos ayuda a enfocarnos
en hacer lo correcto de una forma que honra a los otros.
Tito 3:2
A no hablar mal de nadie, sino a buscar la paz y ser respetuosos, demostrando
plena humildad en su trato con todo el mundo.
3) Muestra el carácter de Dios en nosotros
Somos escogidos de Dios, él nos ha amado y santificado. Eso se tiene que notar
en nuestro carácter. Es imposible que sigamos igual. Pasamos a reflejar el
carácter de Dios a los demás con más humildad, amabilidad y paciencia. Es algo
que nos proponemos hacer cada día en agradecimiento a lo que Dios ya ha
hecho por nosotros y también por amor a los demás.
A la medida en que permitimos al Espíritu Santo de Dios que nos revista de
todo lo que le agrada, podremos reflejar más y más de él a los demás. El perdón
fluirá con más facilidad y gracia. ¡Y Cristo será glorificado en nosotros!
Colosenses 3:12-13
Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de afecto
entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia, de modo que se
toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como
el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.
4) El sabio de verdad es manso
Javier Gómez O.
La persona llena de la sabiduría que viene de Dios no busca sobresalir o ser
aplaudida. Hace lo que es correcto delante de Dios en cada situación con
humildad y mansedumbre. Reconoce que no es sabia en su propia opinión o
por sus propios méritos sino gracias a la obra de Dios en su vida. Esa certeza la
ayuda a comportarse de una forma digna y agradable a Dios en medio de
cualquier circunstancia.
Santiago 3:13
¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? Que lo demuestre con su buena
conducta, mediante obras hechas con la humildad que le da su sabiduría.
5) Nos ayuda a enfrentar el odio y la injusticia
Ni aun las circunstancias más extremas logran sacar de quicio al manso. Tal
como hizo Jesús en sus momentos más difíciles, el manso continúa bajo el
dominio del Espíritu de Dios, aunque lo insulten o lo maltraten.
Muchos hablaron mal de Jesús y actuaron en su contra. Pero Jesús continuó
enfocado en su misión. No respondió con insultos. Unas veces guardó silencio,
otra habló la verdad con firmeza y amor. Y luego continuó con la obra que
había venido a hacer porque tenía claro que el Padre se encargaría de hacer
justicia.
Por ello, el manso no tiene que dejar pasar las injusticias sin hablar ni actuar. Sí
hablará y actuará cuando sienta que Dios le mueva a hacerlo, no como una
reacción física o emocional descontrolada. La mansedumbre nos lleva a tratar a
los demás como deseamos ser tratados, con amor, respeto y dignidad.
Lucas 6:27-31
Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a
quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los
maltratan. Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien
te quita la camisa, no le impidas que se lleve también la capa. Dale a todo el
que te pida y, si alguien se lleva lo que es tuyo, no se lo reclames. Traten a los
demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes.
6) Es parte de nuestro llamado
Javier Gómez O.
Hemos sido llamados para bendecir, y esto incluye aquellos que nos insulten.
¡Nada fácil! Pero esto es un vivo ejemplo de lo que es actuar guiados por la
mansedumbre que viene de Dios. Nos permite bendecir y reaccionar de forma
agradable a Dios porque hemos sometido nuestra vida bajo su Espíritu que nos
llena y nos dirige.
Esto es algo que no pasa desapercibido: se nota. Lo notan los que nos rodean y
obviamente, lo nota nuestro Dios. Esta obediencia y sumisión al Padre resulta en
bendición para nuestras vidas hoy y por la eternidad.
7) Jesús es nuestro mejor ejemplo
Aprendemos a ser mansos cuando examinamos la Biblia y seguimos el ejemplo
de Jesús. Él mismo nos animó a que aprendiéramos de él cómo ser mansos y
humildes de corazón. Su mansedumbre no es algo superficial que imitamos. Se
interioriza y nos cambia desde dentro, llena todo nuestro ser pues comienza
con un toque poderoso de la mano de Dios.
Versículos bíblicos acerca de la mansedumbre
1) Nos ayuda a permanecer firmes en situaciones difíciles
Eclesiastés 10:4
Si el ánimo del gobernante se exalta contra ti, no abandones tu puesto. La
paciencia es el remedio para los grandes errores.
2) Somos llamados a ser mansos
Efesios 4:1-2
Les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido,
siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor.
3) Los mansos heredarán la tierra
Mateo 5:5
Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia.
4) La mansedumbre se ha de cultivar
1 Timoteo 6:11
Javier Gómez O.
Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de todo eso, y esmérate en seguir la
justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia y la humildad.
5) Nos ayuda a ayudar a los demás
Gálatas 6:1-2
Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales
deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque
también puede ser tentado. Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así
cumplirán la ley de Cristo.
La mansedumbre es la virtud “que tiene por objeto moderar la ira
según la recta razón”.
Hija de la templanza, la mansedumbre nos modera los arrebatos de cólera,
de furia o de ira, que se levantarán sólo en los momentos necesarios y en la
medida debida. Nos permite canalizar nuestras pasiones e impulsos, no
para reprimirlos, sino para sacarles provecho, ayudándonos a vencer la
indignación y el enojo, (justo e injusto), y a soportar las molestias y
contrariedades con serenidad, otorgándonos suavidad en el trato.
La mansedumbre no es una opción, sino que está mandado en el
evangelio. Es el control sobre sí mismo, es el cómo reaccionamos ante lo
que nos violenta o nos irrita. Manso es el que logra interiormente la paz, el
que no se irrita gratuitamente, el que se domina, que no se altera en forma
desmedida ni se descontrola aunque le sobren motivos para hacerlo. Toda
la antigüedad educó en las virtudes especialmente a los guerreros, que
debían ser valientes, austeros, leales, apuntando a una dimensión superior
del hombre. Ya los paganos reconocían la importancia de inculcar las
virtudes para mejorar y elevar la naturaleza humana. Moisés, por
ejemplo, no era un hombre manso por naturaleza, pero las escuelas
militares de Egipto le habían enseñado a dominarse. Aristóteles decía que la
persona mansa, (que es la virtuosa), se encuentra en medio de dos
extremos igualmente viciosos. El “colérico” (que se enoja por todo y no
sabe ni puede medir sus acciones o sus palabras debido al desorden y el
desborde de su alma ofendida), y el “impasible” (el que es incapaz de
padecer ni bien ni mal, o todo le da igual). En su “Ética a
Nicómaco” Aristóteles ya decía: “Cualquiera puede enojarse. Eso es
algo muy sencillo. Pero enojarse con la persona adecuada, en el
grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y en
el modo correcto, eso ciertamente no resulta tan sencillo”.
Javier Gómez O.
Comúnmente se asocia a la mansedumbre con la timidez, la debilidad y la
falta de carácter, pero la mansedumbre no significa debilidad, por más que
esté adornada de bondad, paciencia y comprensión. La mansedumbre es la
virtud de los fuertes que saben dominarse en aras de un bien mayor, los
que saben soportar con paciencia las contrariedades y tienen dominio de sí
por sobre las pasiones desordenadas y los impulsos violentos. Es una virtud
muy importante que lima las asperezas cotidianas y contribuye
enormemente a la armonía y a la paz familiar. Tiene mucho de paciencia y
de fortaleza interior. El débil generalmente actúa con violencia para que no
se descubra su debilidad (fruto muchas veces de su inseguridad). El débil
llega a ser a veces duro y dominante con los débiles, pero cede ante los
poderosos y se enoja sin motivo para demostrar una fortaleza que no tiene.
El manso, al contrario, se domina, medita y frena sus reacciones hasta que
el autocontrol se hace hábito y por lo tanto virtud.
La mansedumbre es la virtud de los pacíficos, que son valientes sin
violencia, que son fuertes sin ser duros. Los pacíficos son contrarios a la
violencia innecesaria, a las guerras injustas, a la agresividad como sistema
de comunicación, a la brutalidad y a la crueldad. Pero no son cobardes, es
la fuerza apacible y serena de los que logran dominar su temperamento y
modelar su carácter y reaccionan sólo cuando hace falta. Dicen que la
música amansa a las fieras, pero no toda la música. La paz se percibe al oír
a Schubert y no a Wagner, que enardecía a las multitudes nazis. La virtud
de la mansedumbre debe estar en el justo término medio. Debiera ser como
una cumbre entre dos valles, como el punto culminante entre dos
precipicios: el de la cólera irascible y el de la sumisión servil.
La virtud es un hábito y los hábitos no se logran sino con actos
frecuentemente reiterados. No basta abstenerse de acciones provocadas por
la pasión de la ira para tener mansedumbre: es preciso además repetir con
frecuencia actos de esa virtud en circunstancias propias para encender la
ira. Huir del vicio es caminar hacia la virtud, pero no es propiamente la
virtud. No es nada del otro mundo que alguien sea manso, sin que haya
nada que lo irrite, ofenda o contradiga. Al contrario, sería muy extraño que
se mostrara áspero y enojadizo en cuanto se le rodee de contemplaciones,
cortesías y miramientos. Las abejas clavan el aguijón a los que las irritan,
pero son inofensivas para quienes, alrededor de la colmena, procuran no
alborotarlas. El gato esconde sus uñas para jugar con el que le acaricia,
pero hay que ver cómo se las enseña a los que lo maltratan.
La mansedumbre se gana con la lucha diaria contra uno mismo. “No digas
“Es mi genio así... son cosas de mi carácter. Son cosas de tu falta de
carácter” nos recuerda Monseñor Escrivá de Balaguer en “Camino”. De ahí
que haya personas que parecen de carácter muy apacible mientras todos
les llevan la corriente, pero no bien se los contradice uno se da cuenta el
Javier Gómez O.
fuego que hay debajo de las cenizas. Por desgracia, los espíritus poco
expertos en las cosas de Dios no alcanzamos a entender esta verdad y
ponemos la virtud en una calma y serenidad sin escollos ni combates.
Creemos que estamos bien cuando no hay conflictos porque no los
enfrentamos, lo cual es falso. Tal ignorancia es un peligro serio y puede
resultarnos funestísimo. Nos hace considerar como obstáculo para la
perfección lo que es un medio necesario, (probar nuestra mansedumbre
soportando los defectos del prójimo), y nos induce a faltas de caridad por
escandalizarnos de sus defectos. De ahí que: “No es extraño” dice San
Francisco de Sales “que un religioso sea manso y cometa pocas faltas
cuando nada hay que pueda enojarle o probar su paciencia. Cuando me
dicen: “He aquí un religioso santo, enseguida pregunto: ¿Ejerce algún cargo
en la comunidad? Si me responden negativamente, poco admiro semejante
santidad, pues hay gran diferencia entre la virtud de ese religioso y la del
que haya sido probado, ora interiormente por tentaciones, ora
exteriormente por las contradicciones que se le hacen aguantar.
La virtud sólida no se adquiere nunca en tiempos de paz, mientras no hay
contrariedad de las tentaciones”.
Esto, en la vida cotidiana nos exige a esforzarnos en dominarnos y no
montar en cólera si nuestro hermano perdió (por primera vez y sin querer)
las llaves de la moto, si nos sacó la raqueta de tenis sin pedirnos permiso
(porque teníamos el celular apagado), si nos usó el buzo que más nos gusta
(porque salió por primera vez con la chica que le gustaba) y lo dejó en un
auto ajeno, si nos contestó mal porque está alterado y nervioso porque
rendía al día siguiente una materia que le podía costar el año.
Debemos ser mansos ante las ofensas hechas hacia nuestra persona (si
pensamos en sacar un bien mayor soportándolas). Ahora, si el ofendido es
Dios, Su Madre o la Iglesia, cabe la furia y el látigo. Podemos y hasta
debemos tener una santa ira cuando las ofensas van dirigidas a Dios. Ahí no
cabe la mansedumbre, ahí prima otra virtud, la virtud de piedad que exige
nuestro testimonio y nos obliga a salir en defensa de Dios como sus hijos
que somos. En algunas ocasiones, se impone la santa ira, y renunciar a ella
en estos casos sería faltar a la justicia o a la caridad, que son virtudes más
importantes que la mansedumbre. El mismo Cristo, modelo incomparable
de mansedumbre, arrojó con el látigo a los profanadores del
Templo. Nuestro Señor no perdió la virtud de la mansedumbre. Sólo
manifestó las prioridades y lo que la justicia exigía, defender ante
todo los derechos de su Padre. La ira a veces es necesaria para que,
utilizada de manera conveniente, permita el ejercicio de otras virtudes
cristianas.
La tolerancia es un problema intelectual. Surge de un planteo intelectual y
Javier Gómez O.
moral. Es por el mandato de amar al prójimo que toleramos sus defectos,
como el prójimo está llamado a tolerar los nuestros. En lo que no estoy de
acuerdo, lo tolero. Nada de voces intempestivas, de gritos desacompasados,
de amenazas furibundas. En cambio la mansedumbre hace que domine mi
propio temperamento hasta un punto en que no se note lo que me altera y
lo que no. La mansedumbre controla nuestras pasiones para encauzarlas
oportunamente y bien. Lo que generalmente ocurre es que es muy fácil
equivocarse en discernir si los motivos de nuestra ira son justos o si
no lo son, y cuando nos habremos excedido. Nuestro Señor se presentó
como “manso y humilde de corazón” (Mateo 11,29) y más adelante nos
recuerda: “Bienaventurados los mansos porque ellos heredaran la
tierra” (Mateo 5, 4) lo cual nos marca este camino como necesario para
encontrar la paz del corazón. “Con sus apóstoles, Nuestro señor sufre sus
mil impertinencias, su ignorancia, su egoísmo, su incomprensión. Les
instruye gradualmente, sin exigirles demasiado pronto una perfección
superior a sus fuerzas. Les defiende de las acusaciones de los fariseos, pero
les reprende cuando tratan de apartarle los niños o cuando piden fuego del
cielo para castigar a un pueblo. Reprende a Pedro su ira en el huerto, pero
le perdona fácilmente su triple negación, que le hace reparar con tres
manifestaciones de amor. Les aconseja la mansedumbre para con
todos, perdonar hasta setenta veces siete (es decir, siempre), ser sencillos
como palomas, corderos en medio de lobos, devolver bien por mal, ofrecer
la otra mejilla a quien les hiera en una de ellas, dar su capa y su túnica
antes que andar con pleitos y rogar por los mismos que les persiguen y
maldicen...” “Con las turbas, les habla con dulzura y serenidad. No apaga la
mecha que todavía humea, ni quiebra del todo la caña ya cascada. Ofrece a
todos el perdón y la paz, multiplica las parábolas de la misericordia, bendice
y acaricia a los niños, abre Su Corazón de par en par para que encuentren
en El alivio y reposo todos los que sufren, oprimidos por las tribulaciones de
la vida.
Con los pecadores, extrema hasta lo increíble su dulzura y
mansedumbre. Perdona en el acto a la Magdalena, a la adúltera, a
Zaqueo, a Mateo el publicano. A fuerza de bondad y delicadeza convierte a
la samaritana. Como Buen Pastor va en busca de la oveja extraviada y se la
pone gozoso sobre los hombros y hace al hijo pródigo una acogida tan
cordial que levanta la envidia de su hermano. No ha venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores a penitencia. Ofrece el perdón al mismo Judas,
a quien trata con el dulce nombre de amigo, perdona al buen ladrón y
muere en lo alto de la cruz perdonando y excusando a sus verdugos”. En
un espíritu manso, apacible, tranquilo, calmo, sosegado, sin turbación
moral, fruto de un dominio interior, de una vida espiritual florecerá la
serenidad. Esta serenidad que debiéramos irradiar en nuestro trato con el
prójimo, es fruto del dominio y mortificación interior, de ser conscientes de
sabernos en manos de Dios y no de un destino ciego y caprichoso. A la
Javier Gómez O.
mansedumbre y a la serenidad se oponen la ira o iracundia, el espíritu
indomable, el griterío, la blasfemia, la injuria y la riña.
En nuestra sociedad moderna, la revolución anticristiana ha impuesto
adrede el desprecio por la mansedumbre y la serenidad. Estas virtudes
también han desaparecido en nuestra sociedad, que ya no cuenta con Dios
como eje de su vida. La subordinación a cualquier autoridad ha puesto en
su lugar un espíritu rebelde e indomable en todos los órdenes, con la
violencia y la insubordinación como la propuesta a seguir. Violencia en
todas las manifestaciones de la cultura. En la música, en el cine, en la
pintura, en la escultura, a través del culto de lo feo, de lo deforme, en
contraposición a Dios cuyo atributo es la Belleza. Violencia en la ambición
exacerbada y desmedida por tener. Violencia en las agresiones verbales de
las conversaciones. En el trato diario entre las personas, en los gestos, en
los modos, en las poses que tomamos hasta para vender un producto en
una propaganda de una revista (en cómo nos sentamos, caminamos o
miramos). Hay una forma violenta hasta de mirar, con desafío, insolente,
una forma de sostener la mirada que es más una provocación que simple
curiosidad. El sabio consejo de bajar la vista (que nos daban nuestros
mayores en épocas más cristianas) no sólo nos protegía de ver muchas
veces lo que no debíamos, sino que nos evitaban de meternos en problemas
más serios. El sostener la mirada no sólo es un desafío sino que implica una
provocación “a más” Violencia es la forma agresiva de vestirnos o de
mostrarnos semidesnudos. Violencia son las injusticias diarias en todos los
órdenes de la vida. Este clima de violencia, sumado a nuestra falta de virtud
en general, nos lleva a una sociedad en donde la mansedumbre y la
serenidad brillan por su ausencia porque se nos presentan como carentes
de sentido.
Esta violencia está impuesta diabólicamente desde los dibujitos animados
para niños en donde todo es pelea, choque, agresividad y fealdad. El cine,
la televisión e internet (en gran parte al servicio de la revolución) presentan
a la juventud como héroes o modelos a seguir a personajes totalmente
opuestos a la mansedumbre y la serenidad. En su gran mayoría son
histéricos, excitados, descontrolados, que toman decisiones jamás calmos
sino siempre exacerbados, en situaciones límites y llenos de
adrenalina. Todo esto es enfermo, es lo opuesto de la actitud sana de
la persona que toma las decisiones como se debe con el juicio
sereno, manso y tranquilo.
Javier Gómez O.