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Leyendas Del Ecuador

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com/ec
© 2000, Edgar Allan García
© De esta edición:
2020, Santillana S. A.
De las Higueras 118 y Julio Arellano, Monteserrín
Leyendas
Teléfono: 335 0347
Quito, Ecuador
del Ecuador 1
Víctor Emilio Estrada 626 y Ficus, Urdesa Central
Edgar Allan García
Teléfono: 461 1460
Guayaquil, Ecuador

ISBN: 978-9942-19-301-8
Derechos de autor: 14074
Depósito legal: 1582
Impreso en Ecuador por Imprenta Mariscal

Primera edición en Santillana Ecuador: Junio 2000


Primera edición en Loqueleo Ecuador: Febrero 2016
Trigésima primera impresión en Santillana Ecuador: Enero 2020

Editora: Annamari de Piérola


Ilustraciones: Marco Chamorro
Diagramación: Roque Proaño (libro) y Ramiro Jiménez (actividades)
Supervisión editorial: Sylvia Gómez

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en


todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de
información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico,
electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso
escrito previo de la editorial.
Índice

Tes­ti­go ............................................................................ 9
El pa­dre Al­mei­da (Quito) .......................................... 11
La Tun­da (Esmeraldas) .............................................. 17
El Ya­vi­rac (Quito) ....................................................... 23
La Da­ma Ta­pa­da (Guayaquil) ................................... 29
La Ma­no Ne­gra (Quito) ............................................. 35
Etsa (Amazonía).......................................................... 45
Can­tu­ña (Quito) ......................................................... 53
El Hui­ña Güi­lli (Tungurahua)................................... 65
Gua­yas y Quil (Guayaquil) ........................................ 71
El museo embrujado (Quito) .................................... 79
El se­ñor de Sa­ra­bia (Cotopaxi) ................................. 8 9
La Ca­ja Ron­ca (Ibarra) ............................................... 9 5
El cu­cu­ru­cho de San Agus­tín (Quito) ................... 1 05
El er­mi­ta­ño de Rio­bam­ba (Chimborazo) ............. 111
El can­de­le­ro (Quito) ................................................. 117
Las Is­las En­can­ta­das (Galápagos) ......................... 129
Una muchacha de luna (Manabí) ........................ 135
Biografía .................................................................. 143 TES­TI­GO
Cuaderno de actividades ................................... 145 (a ma­ne­ra de pre­sen­ta­ción)

Yo co­noz­co a la mu­jer que can­ta agua, y al an­cia­no 9


que ha­bla pie­dras blan­cas, y al muer­to que vie­ne y
va por los rin­co­nes sin mo­rir nun­ca, y al duen­de que
des­te­je en la no­che lo que te­jis­te en el día, y a la ni­ña
que siem­pre se apa­re­ce en tus sue­ños y cum­ple to­dos
tus de­seos, y al bar­que­ro que na­ve­ga len­to so­bre un
ataúd lle­no de ve­las ne­gras, y a la ma­ri­po­sa que es
ma­ri­po­sa y flor azu­la­da al mis­mo tiem­po, y al cu­ra
que por bo­rra­cho asis­tió a su pro­pio en­tie­rro, y al bu­
feo, del­fín de río que se dis­fra­za de hom­bre pa­ra ro­
bar­se en las fies­tas a las mu­cha­chas más her­mo­sas,
y a la an­cia­na que cui­da el te­so­ro que es­tá al fi­nal del
ar­coíris, y al in­dio que des­de ha­ce si­glos bus­ca a su
ama­da por esos mon­tes de nie­bla, y al con­quis­ta­dor
sin ca­be­za que ca­bal­ga con una es­pa­da en al­to en las
no­ches sin lu­na, y al Tío Zo­rro que por más que se
es­fuer­ce nun­ca atra­pa­rá al as­tu­to Tío Co­ne­jo, y a la
mu­jer pez que se arras­tra de no­che por la tie­rra, y al
ni­ño que no es ni­ño y aguar­da llo­ran­do a que al­gún
in­ge­nuo se pon­ga al al­can­ce de sus ga­rras, y al ár­bol El pa­dre Al­mei­da
que ca­mi­na pe­ro que na­die lo ha vis­to ca­mi­nar du­ (Qui­to)
ran­te el día. Yo los co­noz­co a to­dos, a los in­v i­si­bles
y los vi­si­bles, a los que de­sen­ca­de­nan el true­no y a
los que son uno con el si­len­cio, a los que aman la luz
y a los que es­tán he­chos de som­bra. Y aun­que no lo
creas, te co­noz­co a ti: soy yo el que aca­ri­cia tu ca­be­za
10 mien­tras te duer­mes y te ha­bla al oí­do an­tes de que Qué ne­cio es­te pa­dre Al­mei­da. Mí­ren­lo, mí­ren­lo no­ 11
es­ta­lle la ma­ña­na. No ven­go ni voy por­que siem­pre más có­mo se su­be co­mo una ara­ña ne­gra por esa pa­
he es­ta­do con­ti­go. No ten­go nom­bre ni ros­tro, mas red del claus­tro en lu­gar de es­tar dur­mien­do a es­tas
mis pa­la­bras tie­nen sa­bor a tie­rra re­cién ba­ña­da por ho­ras de la no­che. ¿Y to­do pa­ra qué? Pues pa­ra ir­se
la llu­via. a to­mar aguar­dien­te a la can­ti­na de la es­qui­na, ni
más ni me­nos. Y lo peor de to­do es que, pa­ra sal­tar
al otro la­do, el muy sin­ver­güen­za se apo­ya en uno de
los bra­zos de un Cris­to de madera que es­tá cer­ca de
la pa­red. ¿Lo ven? Sí, ese mis­mo, el Cris­to que tie­ne
la ca­be­za a un la­do y pa­re­ce es­tar mi­rán­do­lo muy se­
rio mien­tras el fa­rris­ta, in­di­fe­ren­te al Cris­to que lo
mi­ra, su­be rá­pi­da­men­te por la pa­red.
Entonces, de pronto, el padre Almeida escucha
que el Cristo de madera le dice:
—¿Hasta cuándo, padre Almeida?
Y el muy grosero, en lugar de sorprenderse o de
asustarse porque el Cristo de madera le acaba de ha-
blar, le contesta:
—Hasta la vuelta, Señor.
¿Lo escucharon? «Hasta la vuelta», y con qué
tranquilidad. Ay, si parece que el padre Almeida no
tiene remedio, que el alcohol lo tiene atontado y per-
dido, y que así no va a poder seguir siendo padre ni
nada. ¿No les parece?
Pe­ro de­je­mos pa­sar unas cuan­tas ho­ras, mien­
tras so­pla un vien­to he­la­do por las ca­lles de Qui­to y
mi­re­mos lo que su­ce­de aho­ra que sa­le bo­rra­cho de la 13
can­ti­na de la es­qui­na. Véan­lo có­mo se tam­ba­lea, qué
ver­güen­za, qué pe­na, pa­dre Al­mei­da, si pa­re­ce uno
de esos trom­pos a los que se les ha aca­ba­do la via­da y
tiem­blan an­tes de caer. Mi­ren no­más có­mo se aga­rra
de la pa­red pa­ra avan­zar otra vez al claus­tro. Si pa­re­
ce un es­pan­ta­pá­ja­ros el po­bre.
Tan bo­rra­cho es­tá que no se da cuen­ta de que
fren­te a él vie­ne un ataúd car­ga­do por unas seis per­
so­nas muy al­tas, ves­ti­das por com­ple­to de ne­gro. Y,
cla­ro, co­mo era de es­pe­rar­se, de pron­to cho­ca con­tra
el ataúd. Sí, con­tra el ataúd, pe­ro el pa­dre Al­mei­da
no sa­be que es un ataúd, cree que es un to­ro ne­gro o
un oso ne­gro. Qué bo­rra­che­ra se car­ga­rá que, cuan­
do cae el ataúd al pi­so, gri­ta:
—Cuidadito, mire… hic… por dónde camina… hic…
señor toro, qué digo… señor oso, hic… qué digo…
Mas, de pron­to se da cuen­ta de que es un ataúd,
un ataúd caí­do de­lan­te de él, un ataúd des­pan­zu­rra­
do al que ro­dean esas per­so­nas muy al­tas y fuer­tes y días va a mo­rir in­to­xi­ca­do de al­co­hol o tal vez atro­
si­len­cio­sas a las que no al­can­za a ver­les la ca­ra. Un pe­lla­do por una ca­rre­ta o por un to­ro ne­gro, y que
cho­rro de san­gre fría le su­be por la es­pal­da y se le en­ton­ces no po­drá cum­plir con su mi­sión en la vi­da.
eri­zan co­mo púas los ve­llos de la nu­ca. ¿Un ataúd? Co­rre el pa­dre Al­mei­da por las ca­lles de­sier­tas has­
¿A las tres de la ma­ña­na? ta el con­ven­to, su­be por la pa­red nue­va­men­te y ahí,
—¿Qué es esto? —pregunta en voz alta. shhh, por fa­vor, sin ha­cer bu­lla, mí­ren­lo ba­jo el Cris­
Y, cu­rio­so co­mo es el pa­dre Al­mei­da, se de­ci­de a to de madera, es­cú­chen­lo có­mo re­za y pi­de per­dón
14 mi­rar aden­tro. Ahí, fren­te a él, pá­li­do, muy pá­li­do, has­ta que las pri­me­ras go­tas del ama­ne­cer em­pie­zan 15
acos­ta­do con las ma­nos en cruz den­tro del ataúd fo­ a dan­zar en el ai­re frío de Qui­to.
rra­do con una te­la ne­gra, es­tá él mis­mo, sí, ¡¡el pa­dre Ay, pa­dre Al­mei­da, mi­re no­más, por an­dar de fa­
Al­mei­da!! ¡¡Muer­to!! rra cuan­do de­bía des­can­sar pa­ra dar mi­sa al día si­
guien­te, «al­guien» que no sa­be­mos le ju­gó es­ta «pa­
sa­da» pa­ra que apren­die­ra una gran lec­ción. ¿O no
fue una pa­sa­da? Quién sa­be, pe­ro des­de esa no­che,
no sé si es mi ima­gi­na­ción pe­ro al Cris­to de ma­de­ra­
co­mo que lo he vis­to más son­rien­te. A ver, cie­rren un
mo­men­to los ojos y véan­lo us­te­des tam­bién, co­mo si
es­tu­vie­ra fren­te a us­te­des. ¿Se dan cuen­ta? Es una
ex­pre­sión tan tran­qui­la en el ros­tro, co­mo de ali­vio.
Ah, y por su­pues­to al pa­dre Al­mei­da se lo ve más
se­re­no y ama­ble, más sen­ci­llo y ri­sue­ño. ¡Qué bue­no
por us­ted, pa­dre Al­mei­da! ¡Qué bue­no!

Qué sus­to se ha­brá lle­va­do el pa­dre Al­mei­da que


de un gol­pe se le qui­ta la bo­rra­che­ra y se da cuen­
ta, en un se­gun­do, de que, si si­gue así, uno de esos
La Tun­da
(Es­me­r al­das)

La Tun­da no es ne­gra, es ne­grí­si­ma, co­mo una no­che 17


sin lu­na ni es­tre­llas en una ca­sa sin puer­tas ni ven­
ta­nas. La Tun­da no tie­ne bo­ca, ni si­quie­ra bem­ba, si­
no bem­bi­si­sí­si­ma, es de­cir, una bem­ba así y asá. En
vez de pier­na de­re­cha ma­ne­ja una pa­ta de mo­li­ni­
llo que sue­na tum tum cuan­do ca­mi­na por el mon­te.
Mas cuan­do ella son­ríe, se ilu­mi­na la no­che, llue­ven
co­cos re­cién pe­la­dos y vue­lan ma­ri­po­sas blan­cas.
En­ton­ces, la gen­te que sa­be se da cuen­ta de que la
Tun­da an­da cer­ca, lo que sig­ni­fic­ a que de in­me­dia­to
de­ben se­guir el con­se­jo de mi abue­la que siem­pre di­
ce «el que ju­ye vi­ve, mi­ji­to».
Y es que la Tun­da no vi­ve allá, si­no allúj, o sea,
más le­jos que allá, pe­ro cuan­do se vie­ne pa­cá, es de­
cir, más cer­ca que acá, la co­sa se va po­nien­do co­lor
de hor­mi­ga y más tar­de olor a gui­neo pe­co­so, por­
que el ra­to me­nos pen­sa­do, y a ve­ces tam­bién el más
pen­sa­do, se apa­re­ce me­nean­do las ca­de­ras en los ca­
mi­nos y, con su mons­truo­sa co­que­te­ría, con­ven­ce al
19

ca­mi­nan­te dis­traí­do pa­ra que se co­ma un «tapao'e tres de la tar­de y no ha co­m i­do si­no un par de ma­
ca­ma­rón» he­cho por ella. ja­jas frías.
Sí, es­c u­c ha­ron bien, un ta­pao que, por si no lo Una vez ins­ta­la­do sel­va aden­tro, los ca­ma­ro­nes pre­
sa­ben, es un pre­pa­ra­do de la co­c i­n a es­me­ral­de­ pa­ra­dos con yer­bas se­cre­tas se des­ha­cen en la bo­ca del
ña que sa­be a pa­raí­so, a glo­r ia y a cie­lo, al mis­ in­vi­ta­do. La Tun­da, ves­ti­da con una pre­cio­sa po­lle­ra co­
mo tiem­po. Co­mo di­ce la mis­m a Tun­d a, «más ri­co lo­rá, se de­lei­ta pre­gun­tán­do­le cada cinco minutos:
que un ta­pao de ca­m a­rón, so­lo pue ser otro ta­pao —¿Más?
de ca­m a­rón pre­pa­rao por yo», así es que, co­mo Y el caminante solo atina a decir que sí con la cabe-
com­pren­de­rán, el ca­m i­n an­te acep­t a la in­v i­t a­c ión za, mientras la boca, llena de saliva aguada y de una
muer­to del gus­to, en es­pe­c ial si ya son más de las lengua golosa, no deja de saborear el mágico tapao.
Al ca­bo de diez o do­ce pla­tos, la Tun­da ha en­cen­di­ zan­daos de ga­lli­na prie­ta y en­co­caos de can­gre­jo pa­ra
do ya su ca­chim­ba de ca­rri­zo y, con las pier­nas cru­za­ los in­creí­bles al­muer­zos que se des­pa­cha la se­ño­ri­ta
das, fu­ma tran­qui­la al pie de un gua­bo o de un man­ Tun­da, una vez que con­si­gue quien le sir­va.
gue­ro, lo que es­té más cer­ca de sus an­chas es­pal­das. Se­gún cuen­tan, es­ta hi­ja del dia­blo con una prin­
Mien­tras tan­to, sa­tis­fe­cho has­ta los hue­sos, el in­vi­ta­do ce­sa ne­gra dis­fru­ta a sus an­chas de ese «amor» lo­co
sor­be a tra­gos len­tos un ta­zón de agua zu­rum­ba que du­ran­te un tiem­po, has­ta que se abom­ba (quie­ro de­
ella mis­ma le ha pre­pa­ra­do con pu­ña­dos de pa­ne­la y cir se can­sa) y aban­do­na al en­tun­dao que, co­mo com­
20 fi­lo­sas ho­jas de li­mon­ci­llo. Es en ese ins­tan­te, cuan­do pren­de­rán, que­da des­con­so­lao. En­ton­ces, brin­can­do y 21
to­do em­pie­za a trans­for­mar­se pues, de pron­to (más sal­tan­do, bai­lan­do y dan­zan­do, ca­mi­nan­do y an­dan­
que de len­to) la Tun­da se po­ne ca­da vez más her­mo­sa do, des­de alluj se zum­ba otra vez pa­cá en bus­ca de
an­te los ojos del hom­bre, en tan­to que es­te co­mien­za otra víc­ti­ma a quien en­tun­dá, y asi­su­ce­si, has­ta que
a sen­tir ma­ri­po­sas blan­cas en la ca­be­za: al prin­ci­pio es se aca­be el cu­rru­lao o se mue­ra el bem­bé.
ape­nas un ale­teo sua­ve­ci­to, lue­go un zum­bi­do pa­re­ci­do Y a pro­pó­si­to, en es­te te­rri­ble mo­men­to en que
al de las avis­pas ne­gras después de una lar­ga llu­via de no he co­mi­do si­no un ca­sa­be frío, ¿no hue­les ese ta­
ve­ra­no y, po­co más tar­de, un es­truen­do in­so­por­ta­ble, pao de ca­ma­rón re­vo­lo­tean­do en el ai­re? Mmmm, sí,
co­mo si mi­llo­nes de mur­cié­la­gos le re­vo­lo­tea­ran de­ses­ es un ta­pao de ca­ma­rón. Pues, ¿quie­res que te di­ga la
pe­ra­dos en­tre ce­ja, ore­ja y sien. ver­dad? Ya no aguan­to más. Yo me voy por esa ve­re­
El ti­po pien­sa que es la in­di­ges­tión, pe­ro no, no es la di­ta ale­gre pa­llá, pal mon­te, a co­mé, a co­mé mi ta­pao…
in­di­ges­tión, lo que le pa­sa es que aca­ba de ser en­tun­dao, y tú, ¿qué? ¿No vie­nes tam­bién?
es de­cir, en­lo­que­ci­do por la Tun­da. Des­de en­ton­ces se
la pa­sa­rá re­ci­tán­do­le dé­ci­mas que ha­bla­rán de su gran-
be­lle­za-noc­tur­na, po­nién­do­le ho­jas de plá­ta­no en el
sue­lo, pa­ra que no se en­su­cie la su­cia pa­ta de mo­li­ni­llo,
ha­cién­do­le tren­ci­tas de co­lo­res en las gre­ñas sin re­me­
dio, be­sán­do­le las enor­mes ma­nos ca­llo­sas ca­da cin­co
mi­nu­tos, y pre­pa­rán­do­le sen­dos su­daos de pes­cao, pu­

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