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La Haya 1907: Paz y Arbitraje Internacional

Las Conferencias de Paz de La Haya de 1899 y 1907 sentaron las bases para los principios modernos de prohibición del uso de la fuerza y resolución pacífica de controversias. Aunque no lograron acuerdos sobre arbitraje obligatorio o desarme, promovieron el arbitraje voluntario y codificaron normas sobre derecho humanitario. Fueron un paso importante hacia la organización institucional de la paz, aunque sus logros estuvieron limitados por las grandes potencias y los conflictos armados de la época.
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La Haya 1907: Paz y Arbitraje Internacional

Las Conferencias de Paz de La Haya de 1899 y 1907 sentaron las bases para los principios modernos de prohibición del uso de la fuerza y resolución pacífica de controversias. Aunque no lograron acuerdos sobre arbitraje obligatorio o desarme, promovieron el arbitraje voluntario y codificaron normas sobre derecho humanitario. Fueron un paso importante hacia la organización institucional de la paz, aunque sus logros estuvieron limitados por las grandes potencias y los conflictos armados de la época.
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DERECHO INTERNACIONAL PÚBLICO II/UMH Página |1

ENSAYO
Recientemente cumplido el centenario de la segunda Conferencia de Paz de La Haya de 1907
nos proponemos llevar a cabo un breve recordatorio de los trabajos de la misma y de sus
principales logros y fracasos, prestando una especial atención a la posición que España ocupó en
su seno y destacando los cambios que empezaron a gestarse entonces, tanto en la búsqueda de
alternativas a la guerra, como en materia en humanización de los conflictos. Ahora bien, para
comprender mejor tales cambios es preciso situarse en la realidad de la época, por lo que
comenzaremos tratando de describir muy brevemente el contexto histórico. Es preciso recordar,
en ese sentido, que tras las convulsiones experimentadas por el sistema europeo de Estados
durante la Revolución francesa y el Imperio Napoleónico, el siglo xix se abre con el deseo de
alcanzar un nuevo orden de estabilidad en Europa mediante una cierta organización institucional
de la paz.
A esa aspiración respondió, en un primer momento, la idea del liderazgo común de las grandes
potencias de la época, que, materializada en el Congreso de Viena, se llevó a la práctica
mediante el sistema de Congresos. Dicho sistema que permitió disfrutar a Europa de un período
de relativa paz y tranquilidad, pero acabó fracasando al convertirse en un mecanismo de
intervención en los asuntos internos de los Estados más débiles. Por otra parte, desde finales del
siglo XVIII y como consecuencia, primero de la descolonización americana, y después de la
admisión de Turquía a participar en el Concierto europeo tras el Congreso de París, se fue
produciendo una ampliación progresiva del sistema internacional que dejaba de ser
exclusivamente cristiano-europeo para comenzar a universalizarse. Además, con la revolución
industrial del siglo XIX se iniciaba el desarrollo tecnológico y los consiguientes avances en
materia de comunicaciones y en las relaciones comerciales. Todo ello llevó a los Estados a tomar
conciencia de la existencia de intereses comunes y de la necesidad de cooperar entre sí para
regular jurídicamente sus relaciones mutuas en un plano multilateral, al tiempo que surgen
nuevos medios de combate con un alcance destructivo cada vez mayor, generando la
preocupación por regular el uso de la fuerza con el fin de evitar daños innecesarios. Comienza
así a surgir, ya desde un punto de vista universal, un cierto interés por organizar la paz para
evitar la guerra, si bien de una manera indirecta, sin plantearse en absoluto todavía la prohibición
del uso de la fuerza. De modo que los temas centrales del debate de la época eran el desarme o la
limitación de armamentos y la búsqueda de alternativas a la guerra como medio de solución de
controversias internacionales, iniciándose, asimismo, una tendencia hacia la humanización de los
conflictos, mediante la creación de reglas orientadas a evitar daños o sufrimientos innecesarios,
por la vía del desarrollo del ius in bello. Los acontecimientos de mayor repercusión en ese
proceso fueron las Conferencias de Paz de La Haya, de 1899 y de 1907. La primera Conferencia,
sobre todo gracias a la adopción de la Convención sobre arreglo pacífico de las controversias
internacionales, supuso el primer intento oficial de establecer una completa codificación del
procedimiento internacional de arreglo pacífico de controversias, e impulsó el desarrollo del
arbitraje facultativo, especialmente mediante la regulación del procedimiento arbitral y la
creación de un Tribunal Permanente de Arbitraje con sede en La Haya. Sin embargo, no pudo
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estar a la altura de las expectativas generadas al comienzo de sus trabajos, sobre todo por no
lograr un acuerdo sobre el arbitraje obligatorio.
La primera comisión fue la que se ocupó de todas las cuestiones relativas al arreglo pacífico de
controversias. Además de revisar el Convenio para el arreglo pacífico de los conflictos
internacionales, adoptado durante la Conferencia de 1899, sobre la base de la experiencia
práctica acumulada desde entonces, trató el tema del arbitraje obligatorio, de la posibilidad de
creación de un Tribunal Internacional de Presas y de un Tribunal de Justicia Arbitral, y de la
prohibición del uso de la fuerza para el cobro de deudas contractuales. Una de las cuestiones más
polémicas de las tratadas en esta segunda Conferencia fue la del arbitraje obligatorio, siendo
varios los proyectos presentados al respecto y muy diferentes las posturas de los Estados. Varias
propuestas fueron rápidamente descartadas por falta de apoyo, como las de la República
Dominicana, secundada por Dinamarca, de someter al arbitraje obligatorio todo tipo de
controversias sin excepción; la de Brasil, que no distinguía entre controversias políticas y
jurídicas y sometía unas y otras al arbitraje obligatorio bajo ciertas condiciones, si bien las
restricciones eran tantas que limitaban su funcionalidad práctica; o, en fin, la de Grecia, muy
similar a la presentada por Rusia en la primera Conferencia. Mayor interés despertó el proyecto
presentado por los Estados Unidos, aunque fue criticado, fundamentalmente por Alemania, por
su excesiva generalidad, ya que sólo se consideraban susceptibles de arbitraje obligatorio las
diferencias de orden jurídico o las relativas a la interpretación de los Tratados que no
comprometieran ni los intereses vitales, ni la independencia o el honor de los Estados en
conflicto, ni afectasen a los intereses de otros Estados que no participaran en la controversia. El
proyecto portugués, más concreto, proponía determinar una categoría de casos susceptibles de
ser sometidos, sin excepción, al arbitraje obligatorio y logró enseguida la adhesión de Estados
Unidos e Inglaterra. Se llegó así a un proyecto tripartito que tuvo que hacer frente a la dificultad
de llegar a un acuerdo sobre cuáles serían las controversias susceptibles de arbitraje obligatorio.
En efecto, sólo pudo lograrse un acuerdo general sobre un número reducido de controversias, de
carácter además muy secundario. Por ello, a iniciativa de Suiza, se optó por aceptar la posibilidad
de incluir otras categorías de controversias que, en su caso, podrían ser sometidas al arbitraje
obligatorio por los propios Estados implicados. Este proyecto fue el que mayor éxito obtuvo,
pues, aunque la exigencia de unanimidad impidió la adopción de un Convenio que impusiera el
arbitraje obligatorio, fue votado favorablemente por 32 delegaciones, entre ellas la española,
frente a 9 votos en contra y sólo 3 abstenciones.
Puedo concluir que fue entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX y sobre todo
gracias a la celebración de las Conferencias de Paz de La Haya de 1899 y de 1907, cuando
comenzaron a ponerse los cimientos necesarios para la construcción de dos de los principios
estructurales del DI contemporáneo, el principio de prohibición del uso de la fuerza y el que
recoge la obligación de los Estados de resolver sus controversias por medios pacíficos. Principios
cuyo reconocimiento universal, no obstante, no pudo alcanzarse hasta mediados del siglo xx,
primero a través de su proclamación por la Carta de San Francisco y más tarde en la Resolución
2625 (xxv) de la AG de las ONU. Una adecuada valoración de la influencia ejercida por las
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Conferencias en el desarrollo del DI en lo relativo a la organización de la paz y limitación del


uso de la fuerza y en materia de protección de los derechos humanos, exige tener muy presente el
contexto socio-histórico en que tuvieron lugar, determinado por la presencia de relevantes
conflictos armados entre las potencias de la época, el apogeo del imperialismo y la exacerbación
de la soberanía del Estado. En efecto, ese proceso de búsqueda de la organización de la paz se ve
festoneado por importantes conflictos armados en los que los triunfos militares de las potencias
emergentes dan lugar a una nueva correlación de fuerzas. Primero, el fin de la guerra franco
prusiana en 1870 con la victoria de Alemania coloca a ésta como potencia principal de la época.
Posteriormente, en 1898, la derrota de España en la guerra hispanoamericana hace surgir a los
Estados Unidos como nueva gran potencia y lo mismo ocurre con Japón en 1904-1905, tras
ganar la guerra contra la Rusia zarista. Todas esas circunstancias influyeron, sin duda, en los
limitados triunfos y en los fracasos de las Conferencias de Paz de La Haya, y han de tenerse
presentes a la hora de hacer balance del papel desempeñado por las mismas en el desarrollo del
DI de la época.
En ese sentido, las Conferencias de Paz de La Haya constituyeron un paso decisivo en materia de
organización institucional de la paz. En particular, ha de ser valorado positivamente el uso de
mecanismos propios de la diplomacia multilateral mediante el tratamiento, en un plano ya no
exclusivamente europeo, de cuestiones generales del DI, dando lugar a un cierto desarrollo
normativo en determinados sectores de dicho ordenamiento por la vía de la codificación
convencional. Así ocurrió particularmente con el arreglo pacífico de controversias, ámbito en el
que, además, los trabajos de las Conferencias provocaron en la práctica un impulso del recurso al
arbitraje facultativo en los años posteriores. Lo mismo puede decirse del derecho de la guerra,
cuyo desarrollo al igual que la limitación, en base a consideraciones de humanidad, de ciertos
medios de combate causantes de sufrimientos innecesarios, fue la contrapartida del escaso interés
de los Estados por el desarme y la prohibición del uso de la fuerza.
Por el contrario, los principales fracasos se dieron en relación con la creación de tribunales
permanentes y con el tema del desarme, aparte del arbitraje obligatorio. La actitud hostil de
Alemania, una potencia insatisfecha, carente de imperio colonial y deseosa de controlar nuevos
mercados, fue decisiva para impedir cualquier acuerdo al respecto. Otra de las razones de la
imposibilidad de llegar a resultados sustanciales en estas materias fue el reforzamiento de los
principios de soberanía y de igualdad de los Estados, una vez superada la etapa del liderazgo de
las grandes potencias. Así se desprende, por un lado, de la exigencia de unanimidad para adoptar
cualquier decisión en el seno de la Conferencia, pero también de las reticencias de los Estados
medios y pequeños en aceptar la creación de un órgano jurisdiccional en el que ellos no
estuviesen permanentemente representados.

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