Dar Akobba by Emilio Mola
Dar Akobba by Emilio Mola
Dar Akobba
Páginas de sangre, de dolor y de gloria
Obras completas - 1
ePub r1.0
Titivillus 23.02.17
Título original: Dar Akobba
Emilio Mola Vidal, 1940
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El General Mola nació en Plantas, provincia de Santa Clara (Cuba), el día 9 de julio de 1887. Su
padre, a la sazón Capitán de la Guardia civil, fuí destinado a la referida residencia pocos meses antes
de esa fecha.
El General Mola sintió, desde pequeño, la vocación militar, ingresando en la Academia de
Infantería de Toledo a los diecisiete años, donde cursó sus estudios con aprovechamiento y destacando
ya sus condiciones de carácter reflexivo y organizador. La guerra de África le proporcionó ocasión de
emplear sus dotes militares, y formó parte de aquella oficialidad heroica, tan poco estimada en
España gracias a las incalificables campañas que, con fines revolucionarios, llevaron a cabo los
elementos disolventes, con la complicidad de grupos denominados gubernamentales que no vacilaron,
al servicio de sus ambiciones, en «poner la turbina en la cloaca», como en frase insuperable comentó
el insigne Maura.
Mola, con algunos intervalos, pasó en África casi todo el período de 1909 a 1925.
En junio de 1924, siendo Teniente Coronel de Regulares, se efectuaron las operaciones de Dar-
Akobba, en las que su eficaz actuación consolidó su personalidad profesional en el Ejército y la
notoriedad de su nombre y de su éxito entre la opinión pública. Ascendido a General, fué nombrado
Comandante General de Larache, donde llevó a cabo también una acertada labor de organización en
aquella zona.
Al caer la Dictadura, enero de 1930, y encargarse del Gobierno el General Berenguer, fué
nombrado el General Mola Director General de Seguridad. El enorme descontento que la Dictadura
había producido en extensos sectores del país determinó aquel ambiente revolucionario que culminó
en el 14 de abril de 1931. Es ocioso, por consiguiente, encarecer las dificultades que presentaba la
Dirección General de Seguridad.
El General Mola, nada partidario de la Dictadura, como declara en sus obras, aceptó, sin
embargo, el desempeño de la difícil misión que se le encomendaba, por adhesión personal al que
consideró siempre su jefe y maestro: el General Berenguer.
El General Mola puso a, prueba su capacidad organizadora y su energía flexible en su nuevo
cargo, al mismo tiempo que su insuperable austeridad y delicadeza, que constituían el cimiento
fundamental de su prestigio.
En la imposibilidad de detallar acontecimientos y anécdotas, más o menos divulgados, en relación
con el período de la vida del General, nos limitaremos a consignar que su actuación ha dejado
profunda huella en la organización de la policía española, y está considerada, a pesar de las
anormales circunstancias en que se desarrolló, como una de las más eficaces realizadas desde que se
creó la referida Dirección General de Seguridad.
Al proclamarse la República en abril de 1931, el General Mola fué procesado y encarcelado.
Hasta una manifestación callejera quiso asaltar las Prisiones Militares para apoderarse del ilustre
detenido.
Después de varios meses fué expulsado del Ejército y privado de todo ingreso. Tuvo entonces que
apelar a su habilidad de fabricar juguetes y a su facilidad de escribir cuentos semanales para lograr
algunos ingresos indispensables para las necesidades de su familia.
Medio oculto en casas de amigos, inició la publicación de la serie de sus libros, en relación con
ese accidentado período de nuestra historia. El éxito más completo coronó su esfuerzo, y ello
contribuyó al mayor prestigio y popularidad de su nombre.
La Ley de Amnistía de 1934 le reintegró al Ejército en calidad de disponible, y en 1935, siendo
Ministro de la Guerra el señor Gil Robles, fué destinado al mando de las tropas de África.
El Frente Popular, al renovar los mandos, trasladó al General Mola al Gobierno Militar de
Navarra. No sospecharía el criminal Casares Quiroga las consecuencias que iba a tener el lanzar a un
hombre del temple y de las convicciones del General Mola en el ambiente viril, religioso y patriótico
de Navarra.
Tales son los rasgos más salientes de la biografía del General Mola hasta la preparación del
Movimiento Militar, que se consignan aparte.
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Las fuerzas revolucionarias españolas al servicio del comunismo internacional crearon, aquí como en
otros países, el denominado «Frente Popular», tenebrosa amalgama de las ideologías más dispares,
pues iban desde el anarquismo al socialismo y desde las izquierdas burguesas a los sindicalistas, con
el fin de obtener los votos de las masas proletarias y apoderarse del Poder para consumar sus
criminales designios. Este movimiento fué facilitado en España por la actuación del entonces
Presidente de la República y de algunos elementos gubernamentales que se prestaron a desacreditar
las Cortes elegidas afines de 1933 y que representaban un alto en la trayectoria revolucionaria de la
funesta República. Fueron pretexto para disolver las Cortes los proyectos que sometió Chapaprieta a
su deliberación, cuya orientación y oportunidad no procede comentar en estás líneas.
Planteada la crisis, se eliminó al partido de derechas del Poder y se formó el Gobierno Portela,
siniestro personaje que, sin representación siquiera en Cortes, obtuvo el tristemente famoso Decreto
de disolución, y que con su conducta incalificable favoreció primero el triunfo, más aparente que real,
de las izquierdas, y entregó después los resortes de mando antes de que se celebrara el escrutinio, con
lo que los partidos revolucionarios pudieron falsificar a su gusto los resultados de las elecciones y
obtener una mayoría que en ningún caso reflejaba la realidad de los votos emitidos, y ello sin que
pueda ocultarse la cantidad de atropellos, coacciones y falsificaciones perpetrados en contra del
verdadero sentir nacional.
Con tan ilegítimo y turbio origen nació el Gobierno Asaña, y pronto, por su actuación, vino a
ratificar que no sólo no cumplía las finalidades más elementales y primordiales de todo Poder
público, sino que únicamente le interesaba servir a las finalidades revolucionarias, mostrándose
«beligerante», según paladina confesión del propio Casares Quiroga, y permitiendo con pasividad,
cuando no con complicidad o encubrimiento, toda clase de crímenes y desmanes, de incendios y
provocaciones para amedrentar cualquier conato de actuación en defensa de la libertad y del derecho,
tan gravemente atropellados y escarnecidos. Se asesinaba impunemente a las personas que por su
actuación o por su ideología podían significar la más leve oposición a aquella banda de malhechores;
se incendiaban iglesias, imprentas, locales de entidades de derechas y hasta casas particulares, sin
que las autoridades permitieran que actuase siquiera el servicio de incendios. Como una tea
simbólica ardió la Parroquia de San Luis, cuyos siniestros resplandores iluminaban el Ministerio de la
Gobernación, para afrenta de aquellos miserables que no supieron ni quisieron impedir tales
desmanes.
La anarquía se enseñoreaba de la nación, y turbas de salteadores, con el pretexto de recaudar para
el paro obrero o para el Socorro Rojo, detenían los vehículos en las carreteras o imponían a Empresas
y patronos recaudaciones forzosas.
Negados los derechos más elementales a los individuos, suspendida toda la Prensa que estorbaba,
coaccionadas hasta con agresión física las fuerzas parlamentarias de derechas, España caminaba
vertiginosamente a ser entregada al comunismo ruso, que acechaba su momento. Sólo el Ejército,
refugio de honor y patriotismo, podía —aun con dificultades casi insuperables, pues previamente
había sido «triturado» por Azaña— sacar a la Patria de aquella ruina moral y material en que vivía;
y, en efecto, el Ejército, cumpliendo con su primordial deber de defender la desintegración de la
Patria y de mantener incólume el tesoro espiritual de la hispanidad, se lanzó a preparar el Glorioso
Movimiento que había de iniciarse en Melilla en la tarde del 17 de julio de 1936.
Desterrado el General Sanjurjo en Estoril; confinados, prácticamente, los Generales Goded y
Franco en Baleares y en Canarias, respectivamente; disponibles Jefes, tan significados como Fanjul,
Orgaz, Vareta, etc., fué designado el General Mola por sus ilustres compañeros para dirigir la
organización del Movimiento, aprovechando la providencial ventaja que implicaba su residencia en
Pamplona, debida a torpeza inexplicable de Casares Quiroga.
No es momento para entrar en detalles de la organización y preparación del Glorioso Movimiento,
ni, aunque lo fuera, correspondería al autor de estas líneas su detallada descripción, ya que otras
personas más autorizadas pueden hacerlo con mayor autoridad y conocimiento de causa.
El General Mola procedió con tal cautela, que, a pesar de las sospechas que sobre él recaían, supo
despistar a las autoridades rojas, incluso hasta horas antes del Movimiento.
En la madrugada del 13 de julio fué detenido, por fuerzas de la Policía oficial, en su domicilio, el
ilustre jefe de la oposición, don José Calvo Sotelo, y, en las horribles circunstancias bien conocidas,
era asesinado por orden del Gobierno, según ha quedado suficientemente demostrado en las
investigaciones practicadas al efecto. Este crimen de Estado, sin precedentes en la Historia, actuó
como fulminante en la pólvora ya preparada, y, en efecto, a los tres días y casi a la misma hora de ser
enterrados los restos del primer mártir de la Cruzada, las fuerzas de Marruecos, en Melilla, iniciaban
el Glorioso Movimiento salvador de España. Secundado el Movimiento de África por las fuerzas de
Andalucía en la tarde del sábado 18 y después por las de Valladolid, Burgos y demás guarniciones que
se adhirieron a la empresa de liberar a nuestra Patria del oprobio izquierdista, el General Mola, de
acuerdo con el plan previamente establecido, declaró el estado de guerra en Pamplona a las seis de la
mañana del domingo 19 de julio de 1936. Nadie que haya vivido esa jornada, en aquella ciudad, podrá
olvidar lo que fué aquel estremecimiento viril, religioso y patriótico del pueblo navarro, cuyos ideales,
mantenidos a pesar de todos los obstáculos contra ellos acumulados, actuaron con tal ímpetu, que
pronto quedaron agotados los fusiles disponibles ante la petición voluntaria de quienes demandaban
el honor de figurar en las filas de los voluntarios defensores de los eternos principios de la
hispanidad; pero no había de ser tan fácil como parecía la empresa de liberar a España de sus
poderosos y taimados enemigos, y así, al día siguiente, el lunes 20, moría en trágico accidente de
aviación el General Sanjurjo, a pesar de la reconocida pericia y del temerario arrojo de su piloto, el
laureado aviador Ansaldo.
La vacilación de algunas guarniciones y el fracaso de otras determinaron la dificilísima situación
que se creó aquellos días y que sé agravó horas después con la sublevación de la Escuadra, casi en su
totalidad, pasándose al servicio del Gobierno rojo después de apresar y asesinar a la mayoría de sus
jefes y oficiales. La sublevación de la Escuadra impidió el paso en masa, en los primeros momentos,
del Ejército de África bajo el mando del General Franco, quien, sublevado en Canarias y tras un
accidentado viaje para llegar a Tetuán, comenzó a enviar en aeroplanos, desde el primer momento, no
solamente los soldados de su Ejército, sino pertrechos de guerra y piezas de artillería, hasta que en
los días 5 y 6 de agosto llegó «el famoso convoy», a través del Estrecho, que permitió la iniciación del
victorioso avance de sus fuerzas desde Algeciras a las mismas puertas de Madrid.
El General Mola, pues, se encontró en un territorio que comprendía desde Zaragoza a Galicia,
limitado por el Guadarrama y la provincia de Cáceres por el Sur, y al Norte por la cordillera
Cantábrica, ya que desde Vegadeo a Irún se había convertido todo el Norte en territorio enemigo. El
General Mola dedicó todos sus esfuerzos a defender las entradas de Castilla, en los puertos del Alto
del León, cuya heroica defensa constituye uno de los episodios más salientes de la campaña, y en el de
Somosierra, que, ocupado momentáneamente por el enemigo, fué recuperado pronto por las columnas
castellanas y navarras, consolidando así fuertes posiciones que permitieron esperar el paso de las
fuerzas africanas a través del Estrecho y el avance victorioso de aquellas fuerzas hasta unirse los dos
Ejércitos, el del Norte y el del Sur, en Mérida, al mes de iniciada la campaña.
En ese período, el General Mola tuvo que hacer frente, no sólo a las vicisitudes militares de una
campaña, con escasos recursos de todas clases, pues, como él decía, el enemigo tenía el 90 por 100 de
la aviación y el 60 por 100 de la artillería y los principales depósitos de armas y municiones, sirio
que, además, su retaguardia estaba constantemente amenazada por un frente de cerca de 600
kilómetros, contando con escasísimas fuerzas de reserva para protegerla.
El General Mola, además, tuvo que atender a la organización de la Junta de Defensa y a resolver
los problemas de toda índole que, imperiosamente, iba imponiendo la realidad al servicio de la
victoria nacional.
El entusiasmo que despertó el Glorioso Movimiento Nacional en todos los sectores del país, salvo,
naturalmente, en los que constituían el siniestro Frente Popular, facilitó enormemente la satisfacción
de las necesidades apremiantes de la Economía Nacional y fuí un alto ejemplo y una lección
provechosa de cómo las iniciativas particulares, ordenadas al bien común, constituyen el medio más
eficaz para vencer cuantos obstáculos y dificultades se opongan a la consecución de sus fines. Y
mientras en la España Nacional, carentes de las primeras materias y de las fábricas más esenciales y
singularmente de carbón y hierro, y en manos del enemigo también toda la zona industrial de
Cataluña, la iniciativa privada iba, poco a poco, normalizando la vida económica y restableciendo,
hasta donde era posible, la satisfacción de las necesidades más apremiantes en todos los aspectos y
sustituyendo los medios de producción en poder del enemigo con los que podían improvisarse con más
o menos acierto, en la España roja, por el contrarío, al decretarse la socialización de la economía fué
produciéndose una verdadera parálisis progresiva, llegando a carecerse hasta de los elementos más
indispensables, no obstante estar en su poder minas y fábricas y las cuantiosas reservas oro del Banco
de España, sin contar, claro es, con la posibilidad de exportación de frutas y minerales, que también
en su mayor parte se producían en el territorio de su dominación. Por eso el General Mola pudo decir
con indudable exactitud, al inaugurarse el puente de Ormáiztegui (reconstruido en muy pocos meses,
sin haber adquirido un solo kilogramo de hierro, puesto que no lo había, merced a ingeniosa solución
que permitió utilizar los elementos salvados de la catástrofe producida por los rojos y empalmarlos
adecuadamente, convirtiendo en un puente de vía única los restos aprovechables de la doble vía), que
España «iba a ser reconstruida con las propias ruinas de las destrucciones rojas».
Como es sabido, en 1.º de octubre de 1936 ocupó la Jefatura del Estado el General Franco,
dedicándose desde entonces el General Mola al mando del Ejército del Norte y del expedicionario
durante el avance sobre Madrid, en el otoño de 1936.
Ante la imposibilidad de entrar en Madrid, reforzada su defensa por la llegada de las Brigadas
Internacionales, y deseando evitar la destrucción de la ciudad por tantas razones que no necesitan
encarecimiento, el General Mola se dedicó a la preparación de la campaña del Norte para liberar la
zona cantábrica de la dominación rojo-separatista. Y al efecto, en el mes de marzo se trasladó a
Vitoria, dando comienzo las operaciones con la descongestión de la referida capital y el envolvimiento
del campo atrincherado de Villarreal, operación preliminar de la verdaderamente definitiva de la
ruptura y ocupación de Los Inchortas, tomando de revés el campo atrincherado de Ver gara,
rindiendo, casi de golpe, toda la defensa de Eibar y abriendo el boquete que iba a permitir la
ocupación de Bilbao, con las consecuencias de toda índole que ello implicaba, A pesar de la enérgica
resistencia que opuso el enemigo, el avance continuó sin interrupción alguna, destacándose la
ocupación de Durango y de la sierra del Sollube, en la que filé dable al autor de estas líneas ver
maniobrar las tropas con una precisión y una facilidad como si se tratase de un ejercicio táctico. La
última acción efectuada antes de que la niebla impidiera las operaciones, en los días que precedieron
a su muerte, fué la ocupación de la Peña de Lemona, tan fuertemente contraatacada por el enemigo y
tan heroicamente defendida por nuestra gloriosa Infantería.
Durante unos días hubieron de suspenderse las operaciones por la densa niebla reinante en
aquélla región, y aprovechando aquella calma forzosa, en la mañana del 3 de junio el General Mola
se trasladó en aeroplano a Valladolid con el fin de visitar él frente de Segovia y La Granja, duramente
atacados por el enemigo, sin duda para ver si lograba descongestionar la presión que, tan certera y
eficazmente, amenazaba la capital vizcaína. La fatalidad iba a determinar que éste fuera el último
viaje del General Mola, que pocos minutos después de su salida perecía en el trágico accidente de
aviación.
El General Mola abandonó su residencia de Vitoria, dirigiéndose al aeródromo pocos minutos
antes de las diez de la mañana del día 3 de junio, acompañado de su ayudante, Teniente Coronel
Pozas, del Comandante de Estado Mayor don Francisco Senac y del mecánico, sargento Barredo,
Pilotaba el avión él Capitán de Aviación señor Chamorro. Parece ser que le advirtieron que las
condiciones de visibilidad cursadas por los Servicios Meteorológicos de Aviación aconsejaban él
desistimiento del vuelo, pero, desgraciadamente, no hizo caso de tan prudentes y justificados avisos,
confiando en que la reducida zona de niebla sería fácilmente atravesada. No es posible concretar las
verdaderas causas de la catástrofe, ni formar opinión autorizada sobre si hubo sabotaje o no, y si, por
consiguiente, el General Mola pereció víctima de la fatalidad o de un atentado. Únicamente se sabe
que los vecinos del pueblo de Castil de Peones vieron el avión momentos antes de la catástrofe volar
varias veces sobre el pueblo y a muy poca altura y con la impresión de que uno Se los dos motores
rateaba. Despistado sin duda por la niebla, el aviador, en lugar de atravesar la Cordillera Ibérica por
el Collado de la Brújula, se desvió hacia el Sureste, confundiendo posiblemente la carretera principal
con la transversal de Alcocero de Mola, entrando en una barrancada secundaria sin salida, aunque
los cerros que la limitan tienen escasa importancia y seguramente sus cotas superarán muy poco a los
mil metros de altura. A pesar de ello, el avión iba tan bajo que rozó con el ala la ladera, dejando una
roza bien visible, que se advertía cuando nos fué dable pocos días después visitar el lugar del
accidente, y estrellándose a un tercio del fondo del barranco, en el lado Sur del mismo saliendo los
cuerpos despedidos, en forma de ballesta, a más de cien metros de donde cayó el avión, que, como se
incendió, quedó totalmente destruido.
El lugar en que cayeron los cuerpos ha sido convertido en un camposanto y unas cruces indican
exactamente los puntos en que fueron encontrados respectivamente. Un obelisco y un altar con una
cruz se alzan hoy en aquel paraje solitario, y todos los días 3 de cada mes se celebra allí una misa en
sufragio de su alma, modesto y piadoso homenaje que ha sido costeado por suscripción nacional a los
pocos meses de su muerte.
El autor de estas líneas tuvo ocasión de saludar al ilustre General pocas horas antes de la
catástrofe, después de un largo intervalo de más de dos meses en que no había podido saludarle.
En efecto, en las últimas horas de la tarde del martes 1.º de junio permanecí en su compañía cerca
de dos horas, en las cuales el ilustre General se mostraba satisfecho y optimista del epílogo de la
campaña de liberación de la capital bilbaína, llegándome a afirmar que en menos de una semana de
operaciones tomaría Bilbao, en cuanto la niebla, que «se había hecho roja», permitiera reanudar las
operaciones. No podíamos pensar, ni él al decirlo, ni yo al oirle, que tan trágica realidad iba a tener
pocas horas después su afirmación de que, en efecto, la niebla se había hecho roja.
La compleja personalidad del General Mola no puede todavía ser examinada con la objetividad
que la crítica histórica exige, cuando los acontecimientos se nos presentan sin las perspectivas
indispensables de tiempo y circunstancias transcurridos, pero es claro que los que tuvimos el honor de
colaborar con él en aquellos difíciles y angustiosos momentos, tuvimos siempre la sensación de que
estábamos creando un capítulo de Historia que no podía ser borrado ya de las jornadas decisivas de
nuestro porvenir cómo nación.
La lealtad insuperable del General Mola hacia el Movimiento y hacia el Caudillo no permite hoy,
de buena fe, atribuirle ni comentar unas u otras orientaciones políticas, porque es bien sabido que
cuantos discursos pronunció fueron con el previo conocimiento y la concreta aprobación del
Generalísimo Franco.
Con su muerte perdió España uno de los más eficaces artífices del Movimiento y uno de sus más
ilustres Generales y un ciudadano de patriotismo y austeridad ejemplares, cuya vida puede servir de
modelo de una voluntad siempre dispuesta al cumplimiento de su deber por austero y difícil que éste
se presentase.
Contra toda presunción, el General Mola, cual nuevo Zumalacárregui, no pudo entrar en Bilbao y
cayó en cumplimiento de sus servicios militares en la plenitud de de su vida, de su talento y de su
eficacia.
En el transcurso del tiempo, cuando los acontecimientos que tan reciente e intensamente hemos
vivido vayan perdiéndose en el recuerdo, acontecerá en el paisaje histórico lo que en el geográfico, y
es que en las lejanías sólo se recortan las cumbres, y una de las cumbres del Glorioso Movimiento
Nacional de España la constituirá, sin duda alguna, el General Mola.
A los bravos jefes, oficiales, clases y soldados que, sin excepción, con valor heroico y
patriótico entusiasmo, tan alto supieron poner el prestigio del Ejército español
defendiendo la posición de Dar Akobba, llave de Xanen, en los trágicos dias de
septiembre de 1924.
EL AUTOR
AL LECTOR
Han pasado algunos años desde que ocurrieron los hechos y, sin embargo, aún viven en el recuerdo
como si acabaran de suceder; alegrías, amarguras, angustias y sobresaltos persisten en el espíritu con
los trazos fuertes del presente. Por eso me ha sido fácil hacer un relato detallado de cuanto sucedió.
Fué el asedio de Dar Akobba uno de tantos episodios intensamente dramáticos de los muchos que
ocurrieron en nuestra campaña de Marruecos, episodio apenas conocido, seguramente porque tuvo un
desenlace favorable; si no hubiera sido así, sonaría aún en el ambiente con la tenaz persistencia de un
Barranco del Lobo, de un Annual, de un Monte-Arruit… Los españoles, por nuestra desgracia, somos
demasiado aficionados a lo patético que sólo deja tras de sí lágrimas y desdichas. Dar Akobba no fué
eso.
Es el que os presento un relato histórico un tanto extraño, pues en él ni anida la pasión ni
despilfarro el elogio. Procuro mantenerme en lo que estimo es el fiel de la balanza.
No soy un entusiasta de la guerra ni creo nadie pueda serlo, sobre todo quienes la conocen; pero
lo que sí digo es que en la guerra se forja el alma de los pueblos, como en la lucha cuotidiana toma
carácter la voluntad de los hombres. La guerra es un azote de la Humanidad, que acabará cuando el
hombre deje de habitar la Tierra. Creo por tal razón un soberano disparate educar las generaciones
en una engañosa teoría pacifista.
El espíritu de Boabdil, el rey que lloró como una mujer porque no supo morir como un hombre,
alienta aún entre nosotros; es más, parece como si hubiera revivido a partir del desastre del año 89.
La generación que presenció la pérdida de los restos de nuestro imperio colonial ha pasado el tiempo
en inútiles lamentaciones y en justificar sus yerros con sofismas; ninguno empleó en una rectificación
de conducta y en una afirmación enérgica de lo que fué siempre anhelo nacional: aceptó la
expoliación sin soñar en el desquite.
Afortunadamente para la salud de la Patria, la juventud de hoy, ¡bendita sea!, piensa de muy
distinta manera; su espíritu combativo lo demuestra; su amor al ideal, puesto por encima de todo,
garantiza el éxito de sus buenos propósitos. Sabe adónde va. Esta juventud ha aprendido que la vida
vale bien poca cosa y qué sólo al individuo que la disfruta o padece interesa directamente; en
ocasiones, a sus deudos. A nadie más. Todo lo que se diga o argumente en contra de esto es pura
hipocresía.
Para esa juventud que sueña con una España grande, fuerte y poderosa, tal vez sea útil este libro,
seguramente lo será; pues este es un libro en cuyas páginas late el drama de la guerra, que ella ha de
vivir con toda intensidad. Sabrá, si lo ignora, que dentro de una disciplina de hierro, cual es la militar
en campaña, florecen la camaradería, el cariño y el dolor por el sufrimiento ajeno, que el Ejército es
manantial inagotable de virtudes; podrá tomar también ejemplo de muchos personajes que desfilan a
través de esta historia, como el del laureado teniente Casas Miticola, el cual, ya moribundo, al
enfrentarse con su jefe, da fe de sus alientos, gritando: «¡Viva España!».
Yo no puedo negarlo: soy optimista. Tengo una confianza ciega en esta juventud impetuosa que hoy
nos aparta de su camino como trastos inútiles, persuadida de que no somos capaces de emprender la
obra de reconstrucción nacional que ella se ha propuesto realizar y que realizará, porque tiene
concepto exacto de su poder y fe en los destinos de la Patria.
EMILIO MOLA.
CAPÍTULO PRIMERO
El lamentable desastre ocurrido el año 21 en la zona oriental, del cual no he de ocuparme porque ya se ha
escrito bastante sobre él, hizo qué los directores de la cosa pública se dieran a pensar sobre los
procedimientos a seguir para que en lo sucesivo no pudiera repetirse cosa parecida; mas lejos de buscar
soluciones razonables, luego de investigar las causas de orden político y militar que hicieron posible el
derrumbamiento de la Comandancia General de Melilla, que hubiera sido lo lógico y sensato, para
evitarse las molestias inherentes a todo estudio, decidieron, sin más ni más, hacer lo contrario de lo que
hasta entonces se había hecho, sin pararse a reflexionar que en el sistema que se daba por fracasado
había mucho bueno utilizable que el sentido común aconsejaba no rectificar. Y no debe extrañamos que
así sucediera, dado que es condición de los españoles todos resolver los asuntos, por complicados y
difíciles que sean, dando más audiencia al corazón que al cerebro, procedimiento que si algunas veces,
pocas, da resultado, hay que convenir que en la mayor parte de los casos conduce a males irreparables.
Así ocurrió entonces.
Consecuencia inmediata de los nuevos métodos puestos en práctica fué que el Raisuni, cercado en
1921 y vencido en 1922, volvió a regir los destinos de Yebala con más pujanza que nunca, lo que
aprovechó para dar rienda suelta a sus odios y rencores, practicándolos con el refinamiento que es
característico en tierras de moros. Ni que decir tiene que lo primero que hizo el famoso Cherif fué poner
vetos, exigir destituciones, perseguir, encarcelar e incluso pasar a mejor vida a cuantos no creyó adictos
incondicionales o se negaron a ir a su refugio de Tasarot a doblar el espinazo con el obligado presente de
buenos duros españoles. La miseria, la cárcel o la muerte fueron pago que muchos indígenas recibieron
por el mero hecho de habernos servido con lealtad, durante la época en que el águila de Zinat, anduvo
francamente a tiros con los soldados de España, Pero aún hubo más: hubo que a fuerza de él exigir y
nosotros conceder se llegó al caso bochornoso de que los oficiales españoles necesitaran su placet para
desempeñar determinados destinos relacionados con la política indígena.
Si este era el panorama en Yebala, donde por estar la capital del Protectorado más firme se hacía
sentir nuestra autoridad, se puede colegir lo que ocurriría por el Rif y Kelaia (zona oriental), donde
nuestro prestigio se hallaba tan por los suelos como los restos de los cadáveres insepultos que desde
Ben-Tieb jalonaban aún el trágico camino a Igueriben, principio de la hecatombe. Toda la población
indígena, testigo presencial de la derrota, estaba convencida de que si el avance de reconquista se había
detenido bastante a retaguardia de la antigua línea de posiciones, era porque nuestra potencialidad militar
se había agotado, motivo principal que les alentaba a un constante martillear sobre Tizi-Aza y la causa de
los encarnizados ataques a los convoyes para abastecerla.
Lo dicho sucedía en tanto que en las altas esferas oficiales reinaba el más inconsciente optimismo, al
extremo de que algunos personajes (la ignorancia es fuente inagotable de vanidad) llegaron a creerse de
buena fe habían hallado, por feliz inspiración, la fórmula salvadora para resolver el cada vez más
complicado e incomprendido problema marroquí. Pero lo más sorprendente del caso fué que el nuevo
sistema encontró entusiastas colaboradores en quienes, por los años allí vividos, los cargos
desempeñados y su natural talento, sabían perfectamente que de los caminos que podían emprenderse, de
los malos, el seguido era el peor. La «Cofradía del pasteleo», mal llamada de las «fórmulas», siempre en
boga en nuestras costumbres políticas, jamás tuvo tantos afiliados ni devotos como entonces.
En el año 23 el panorama africano presentaba el aspecto siguiente: en la región oriental, la línea
avanzada se sostenía tan a duras penas que hubo quien propuso replegarla sobre el Kert; en la zona del
interior, Dris-er-Rifi, sacado violentamente del bajalato de Arzila y con el pomposo título de Amel,
trataba en vano con el mejor deseo de buscamos adeptos; Dris ben Said, nuestro gran amigo, moría de un
balazo en momentos en que sus consejos y servicios nos eran más necesarios. En la región occidental, el
disgusto de los cabileños era cada vez mayor y mayores las disensiones entre ellos, pues el Cherif y sus
secuaces no se daban punto de reposo en hacer efectivas cuentas atrasadas, lo que originó aumentasen las
defecciones de importantes personalidades indígenas, personalidades que arrastraban tras de sí a deudos
y amigos; Bakali El Kerfa, de jefe de Beni-Said había descendido a caíd de mía de la Mehala de Tetuán;
Ben Azús, el ex gran visir, rapado y despojado de sus venerables barbas, acababa de sufrir un vejatorio
cautiverio en Xauen; Muley Mustafá, sobrino del Raisuni e imagen suya, regía los destinos de Arzila y de
toda la Garbía; el viejo Ermiqui había volcado una verdadera fortuna en las arcas del Señor de Tasarot
para evitar que el bajalato de Alcazarquivir pasase a manos del Melali, entonces irreconciliable enemigo
suyo; Abd-el-Uafi El Baccali, bajá de Xauen, ante el temor de ser encarcelado y perder todos sus bienes
y aun quizá la vida, se había decidido a ir a Tasarot a prestar acatamiento, siendo recibido por presión de
Tetuán, después de diecisiete días de enojosa espera, con el diplomático saludo de: «¡Hola, perro
judío!»; el Tuileb, bandido profesional y nuevo caíd del Haus, preparaba descaradamente la sublevación
de la cabila, y el Hartiti, compañero del anterior, en Beni-Hosmar hacía otro tanto; Abd-el-Krim El
Maalek se había comprometido, a regañadientes desde luego, a compartir la jefatura de Uadrás con un
amigo del Raisuni; el Mukdem, el más temido bandolero de Yebala, campaba por sus respetos en
Beni-Arós ostentando el dictado de chej de los áscaris del Cherif y preparaba contra nuestros
destacamentos alguno que otro golpe de mano para no perder la costumbre; los desertores de las tropas
indígenas (Regulares y Mehalas), enganchados en la harca raisuniana, paseaban su desvergüenza y los
fusiles robados ante las mismas unidades a que habían pertenecido sin que nada se permitiese contra
ellos; Anyera, con su caíd Alí a la cabeza, estaba en franca rebeldía contra el Raisuni y el comisario
superior no sabía qué diablos hacer para dar solución satisfactoria a tan grave conflicto; las
Intervenciones Militares, organismo que había reemplazado a la antigua Policía Indígena, ante tanta cosa
rara, terminaron por perder el contacto con el campo y caminaban a ciegas… Y en este maremágnum de
errores y discordias, Abd-el-Krim El Jatabi, lentamente, pero con paso seguro, organizaba un
levantamiento en toda la zona del Protectorado y concebía la descabellada idea de hacerse dueño de todo
el Imperio de Marruecos. Esto fué lo que más tarde había de dar con sus huesos en la isla de la Reunión.
Del año 22 a mediados del 24 hubo cinco comisarios superiores; Bérenguer, Burguete, Villanueva,
Silvela y Aizpuru. El primero se vió forzado a abandonar el cargo ante la indefensión en que le dejara el
Gobierno frente a las campañas de determinada clase de Prensa; el segundo salió de Tetuán para
satisfacer al sector de opinión que clamaba por un comisario civil; el tercero no llegó a salir de Madrid;
el cuarto —el hombre civil uniformado y deseado—, convencido de que aquello iba a dar la voltereta
más o menos pronto, se dedicó a soslayar futuras responsabilidades y a embellecer el palacio de la
Residencia, sin duda alguna para que estuvieran a tono los salones con los mejazníes que con casaca roja
y alabarda decoraban los pasillos y rincones durante los festivales, harto frecuentes en su época; el
quinto, designado a raíz del golpe de Estado del 13 de septiembre, se halló con tal descomposición desde
el Muluya al Atlántico, que desde el primer momento se consideró impotente para salvar todo aquello de
la catástrofe.
No es aventurado afirmar que la situación se hubiera podido ir sorteando para ganar tiempo con
objeto de prepararse y poder hacer frente a lo que forzosamente habría de producirse; pero en 1924
tuvieron lugar dos hechos que agravaron enormemente el problema. Fué el primero la entrevista que en
Beni-Arós celebró el general Aizpuru, con el Raisuni, donde se afianzó más la autoridad de éste a costa
de nuestro prestigio; fué el segundo el viaje del Presidente del Directorio Militar a la zona del
Protectorado con el pregón a los cuatro vientos de un decidido y próximo repliegue.
Es evidente que el general Primo de Rivera al abrigar tales propósitos era consecuente con sus
convicciones de toda la vida, y es indudable —así hubo él de reconocerlo con su peculiar sinceridad un
año más tarde— que sus manifestaciones en Ben-Tieb y Xauen fueron del todo inoportunas. Y no es sólo
en Marruecos donde la exposición de un propósito de tal naturaleza puede provocar un levantamiento
como el del año 24, sino que eso mismo sucedería en cualquier país del mundo. ¡Imagínese el lector qué
cataclismo se nos vendría encima si una buena mañana los hombres que nos gobiernan anunciaran que
iban a dejar el Poder en medio del arroyo, a merced de quien quisiera tomarlo!…
Hallándose el territorio en las circunstancias anteriormente expuestas, desembarqué en la plaza de
Ceuta la tarde del 4 de agosto de 1924. Iba a tomar el mando de la Mehala de Xauen, destino que se me
había conferido pocos días antes a propuesta del general Aizpuru.
CAPÍTULO II
La del 4 de agosto fué una tarde de sol y de calma. El vapor correo de Algeciras a Ceuta se deslizaba
sobre las aguas del Estrecho con la misma suavidad que pudiera hacerlo una motora por un estanque;
pocas veces se habrá podido aplicar con más exactitud la frase: «Mar como una balsa de aceite». La
tempestad no andaba lejos; se cernía sobre el contorno montañoso que se divisaba al Sur.
Durante el viaje reanudé con Emilio Villegas la conversación iniciada un día antes en la terraza de un
café madrileño. Con su palabrería mordaz y entretenida me pintó con vivos colores la situación creada
por las nuevas orientaciones y por los recientes disparates; los amargos ratos pasados en Tasarot
mientras ejerció el cargo de interventor; la conducta sospechosa del Raisuni y sus continuas exigencias;
las relaciones poco cordiales con don Limón (apodo que empleaba para designar a cierto personaje a
cuyas órdenes había prestado servicio); sus temores sobre los malos tragos que nos aguardaban muy en
breve. No cabía duda: allí iba a «palmar» hasta el Potitos. Sin embargo, ¡qué ajenó estaba entonces el
bravo y simpático teniente coronel que él, precisamente él, sería una de las víctimas!
Llegamos al puerto de Ceuta y desémbarcamos. Dos horas después entraba en el cuartel de la Mehala
de Xauen, sita en el edificio en que hasta hacía poco habían estado instaladas en Tetuán las oficinas de la
disuelta Policía Indígena. El inteligente, correcto y valeroso comandante Carmona, jefe accidental de la
Mehala —otro militar a quien el Destino también tenía elegido para sacrificarle en aras de la Patria—,
me dió cuenta con detalle del mal estado del campo y del desbarajuste reinante en la unidad: la gente
distribuida sin orden ni concierto desde Alkázar-Seguer a Talambot, desde Emsá al puente Internacional;
algunos áscaris prestaban servicio en la zona de Larache y no pocos destácamentos tenían un solo
ejemplar de muestra; la mayor concentración —Xauen— no llegaba al centenar. A costa del presupuesto
de la Mehala se pagaban los mejaznies de las autoridades indígenas y también los portamiras de la
Brigada Topográfica; a los oficiales instructores, apartados completamente de su misión reglamentaria,
se les hacía convivir con los indígenas en los más pequeños y apartados puestos; los destinos ausentes,
las deserciones, las bajas de guerra, el paludismo y la miseria tenían en cuadro a las mías; la recluta se
hallaba paralizada por completo, porque nadie se arriesgaba a engancharse en nuestras tropas
indígenas… ¡No cabía mayor desastre! Y lo peor era la imposibilidad de un cambio radical e inmediato.
Los errores se sucedían y los acontecimientos se precipitaban.
Después de extensa charla, el comandante Carmona me acompañó a presencia del coronel Ovilo, jefe
de Intervenciones.
Yo conocí a Ovilo en 1914, cuando en colaboración con el comandante Cabanellas (don Miguel),
organizó la primera Mehala. Recordaba vagamente era un señor alto, delgado, de cabeza grande y barba
negra; recordaba también apenas hablaba el árabe. De entonces al momento de mi presentación había
cambiado bastante, pues, aparte de que los años ño pasan en balde, iba rasurado de barba y con el bigote
reducido a su más mínima expresión; en cuanto a conocimientos arábigos, se mantenía al mismo nivel que
cuando le conocí.
El recibimiento que Ovilo me dispensó no fué efusivo ni mucho menos, sin duda porque yo no era su
candidato para el mando de la Mehala. Su candidato resultó ser, según él mismo me dijo, el teniente
coronel Hernández, culto y entusiasta jefe que no tardó también en topar con la muerte. (Como va viendo
el lector, mi compañero Emilio Villegas resultó ser un profeta.)
Ovilo era la única persona optimista que existía en el Protectorado por aquella época. Las malas
noticias resbalaban sobre él como el agua por un plano inclinado; desde luego con el mejor deseo,
procuraba inculcar su optimismo al comisario superior. Todas las informaciones desfavorables —que de
las recibidas en su inmensa mayoría lo eran— las atribuía al ambiente hostil de Tánger, agravadas por el
derrotismo de los interventores: unos señores que no cesaban de pedir refuerzos, sacos terreros y
alambrada para poner las oficinas en perfecto estado de defensa. Le sacaba de quicio, ¡caray!, ver que
todo el mundo había perdido la serenidad.
Cuando salimos del despacho del coronel, Carmona, muy respetuoso, me dijo:
—Ya ha oído usted, mi teniente coronel, dos opiniones: la del coronel Ovilo y la mía, ambas opuestas
diametralmente. El tiene en su ventaja la autoridad del puesto que ocupa; yo sólo puedo justificar la mía
con documentos oficiales.
Y, en efecto, al regresar al cuartel puso sobre la mesa de mi despacho unas abultadas carpetas con
partes, telegramas e informaciones, los cuales daban a conocer en toda su gravedad la verdadera
situación de la zona Ceuta-Tetuán, que era la siguiente:
Las fortificaciones del Lau de nuevo eran objeto de la presión de los gomaras y rifeños; en Beni-Said,
imponía el terror una partida capitaneada por el Jeriro; el triste fin de la posición de Tafugal había
enardecido a los de Bení-Hosmar, que ejercían una constante amenaza sobre Kasba; las guarniciones
jalifianas de Emsá y la Torreta se encontraban en delicada situación; la carretera de Ben Karrich a Xauen
era escenario de constantes agresiones y la comunicación telefónica interceptada diariamente, lo que
había obligado a restablecer la antigua posición de Xeruta e instalar un número elevado de blocaos; las
comunicaciones de Xauen con Taguesut y Agdós cada vez se hacían más difíciles; los puestos altos del
Kalaa eran tiroteados a diario, ocasionándonos frecuentes bajas; algunas pequeñas partidas señalábanse
ya en Beni-Mesauar y Uadrás; el Haus estaba muy trabajado por el Tuileb, etc., etc. En estos etcéteras
debe incluir el lector el secuestro del niño y dos franciscanos ocurrido en puente Mehazni, a pocos
minutos de las puertas de Tetuán.
Aquella noche la dediqué a recorrer con varios amigos los más notables rincones de la parte moderna
de la ciudad.
No obstante haberme acostado muy tarde, me levanté temprano. El día era espléndido. En Tetuán los
días son espléndidos aun cuando como en aquél el macizo de Gorgues esté cubierto de densas nubes
blancas. Salí del hotel y me eché a andar Luneta abajo, entré en la Sueca, subí a la Alcazaba, bajé al Ayún
y terminé en el Ensanche. ¡Encontraba todo aquello tan distinto de cuando lo conocí!…
Y, a propósito: entre unos papeles, escritos sabe Dios cuándo y por quién, he hallado unas cuartillas
que, aunque bastante cursis, no resisto a la tentación de copiarlas, pues reflejan exactamente el cambio
que Tetuán experimentó al incorporarse a la civilización europea. Dicen así:
«¡Oh, Tetuán! Bella ciudad de las mezquitas, de las blancas azoteas y de las mujeres tapadas…
¡cuánto has cambiado! Aquellos jardines orientales poblados de rosas y jazmines; aquellos huertecitos
perfumados de azahar con sus típicas casitas de puertas labradas, altas celosías, galerías de azulejos y
mosaicos, han desaparecido. Ya sé fuimos nosotros quienes te lo arrebatamos todo. Pero a cambio de tus
perfumes de flores y de tu arquitectura propia hoy tienes convertido el tradicional zoco en amplia plaza
perfectamente urbanizada, con fuente central, pececillos de colores y charanga dominguera; disfrutas de
dos teatros donde alternan los bolos de la Farándula con las hazañas de Tom Mix y las contorsiones
sensuales de la Bertini; un cabaret con murga de chaqueta roja y cocottes de medio pelo que dicen
“saborío”, “permaso” y “mala puñalá te den”; dos estaciones de ferrocarril con sus correspondientes
taquillas, interventores de aduanas armados del antipático pedazo de tiza y pareja de la Guardia civil;
calles rectas que no conducen a parte alguna, pero que tienen casas de dos pisos con comercios, cafés y
bares en los bajos; hoteles con cuarto de baño, sin agua, y otros servicios en los que es inútil esforzarse
en tirar de las cadenillas; y, por último, innumerables tabernas donde se fabrican y expenden, aparte
licores, los más afamados vinos de Valdepeñas, Rioja y Jerez, en las cuales jamás faltan los gorjeos
sentimentales del Niño de Coín o de la “Peque” de Estepa. ¡Feliz Tetuán! ¡Ya te has civilizado! Pero
como la doncella que perdió su honor, tú también perdiste tu carácter local, lo típico, que era lo más
preciado que tenías… No sé por qué me viene a la memoria el último capítulo de Paradox, Rey. Así
decía L’Echo de Bu-Tata al referirse a la arenga elocuentísima del abate Viret: “Demos gracias a Dios,
hermanos míos, porque la civilización verdadera, la civilización de paz y de concordia de Cristo, ha
entrado definitivamente en el reino de Uganda”. ¡Pobre Bu-Tata! ¡¡Pobre Tetuán!!…»
Durante mi paseo vi a varios antiguos soldados de Regulares, que se apresuraron a saludarme.
Algunos de ellos renqueaban; otros mostraban al descubierto sus brutales heridas, sus mangas sin brazo.
Recordaba con alegría los tiempos en que estuvieron a mis órdenes, y los mutilados, con triste
resignación, el lugar de su desgracia: Beni-Salah, Alalex, el Fondak del Amín, etc. Todos nombres
conocidos.
Cuando fué hora oportuna me encaminé a la Alta Comisaría para, presentarme al general Aizpuru.
Este, aunque se daba perfecta cuenta del mal cariz que iban tomando los acontecimientos, hacía esfuerzos
por aparecer sereno y, a ratos, hasta optimista. Aizpuru, militar chapado a la antigua —aunque no de los
de corbatín de suela—, entendía que no existe autoridad posible cuando se dejan incumplidas o se
discuten las decisiones del que manda. Por eso él acataba ciegamente la orientación que desde Madrid le
imponían, aun entendiendo que pudiera no ser acertada. «Lo hecho, bueno o malo —decía resignadamente
—, no hay más remedio que aceptarlo.» La procesión, sin embargo, iba por dentro.
El día 6 marché a Ceuta. La primera persona con quien topé al dejar el tren fué con el general Serrano
Orive, al que acompañaba su inseparable cigarro puro. Saludo cordial, abrazo apretado y el comentario
de rigor: aquello se estaba poniendo de «bigote negro».
A las diez me hallaba sentado en la terraza del Casino Militar. Poco después llegó Emilio Villegas.
—¡Hola, Molita! ¿Qué te ha parecido don Limón?
Me sonreí. Él continuó:
—Chico, en secreto: ¡esto se va! Ayer me presenté a Bermúdez de Castro con objeto de ver si quería
algo para M‘Ter, donde tengo el batallón de «paisas» que me han largado, y ¿qué te parece que me dijo?
… ¡Agárrate, tocayo! Me dijo qué fuera preparando «aquello» para la evacuación.
Pegué un salto en el asiento. Villegas prosiguió:
—No hagas gestos y sigue agarrándote. Creo piensan quitar la línea del Lau… ¡Chico!, habrás visto
que esto está muy feo. Vamos a perder la chaqueta y hasta la vergüenza. En mala hora has venido, Molita.
—Verdaderamente no ha sido buena —le repuse—, ¿pero tú crees…?
—Yo lo creo todo —replicó sin dejarme terminar—. Es preciso, me ha dicho Bermúdez de Castro,
acatar ciegamente las órdenes del Presidente, que tiene un juicio claro de la realidad y el firme propósito
de dar una solución definitiva al problema de Marruecos, que es la pesadilla nacional.
—Si fuera eso cierto… —insinué con manifiesta duda.
—¿Te has enterado de que en el Jemis de Anyera ha habido ya sus tiritos?… ¡Qué aspecto de
seguridad da todo, verdad! ¡Es bonito un tren con chapas blindadas y ametralladoras! Y don Limón en la
higuera; es decir, en la higuera no: dando de lado a las informaciones para hacerse agradable al general
Aizpuru. ¡Buen, buen tinglado han armado!
—No es malo, no —contesté asintiendo a sus manifestaciones.
—Ya tendrás conocimiento —prosiguió— de que han quitado violentamente a López Bravo, el
capitán interventor de Xauen, por haber tendido una emboscada con éxito a dos bandidos que han
resultado ser soldados del Raisuni. ¿No sabes que va a ser sitiada de nuevo la posición de Cobba-Darsa?
No te apures, porque Ovilo (que debe saberlo todo) acaba de escribir un artículo en la Revista de Tropas
Coloniales diciendo que los gomaras, hartos de los rifeños, los han expulsado de su territorio.
Emilio Villegas siguió hablando hasta que llegó la hora en que tuve que ir a presentarme al
comandante general, Bermúdez de Castro. La entrevista fué corta y durante ella no tratamos nada de
interés.
Por la tarde, camino de la estación del ferrocarril, me encontré con García Martínez, el valiente
capitán de Regulares de Ceuta que hirieron junto a mí en las inmediaciones de Tahuima el 23 de
septiembre de 1921. Estaba hecho una desdicha física y se expresaba con dificultad. A la desgracia de su
irreparable herida unía otras dos: la pérdida de sus hermanos; el más joven muerto hacía unos días en
Cobba-Darsa. Me acompañó hasta el tren. Subimos al vagón. En el mismo departamento se hallaba una
familia catalana: papá cojo, mamá de buen ver e hija en la flor de su juventud y de su belleza. Iban en
busca de un hijo oficial, al que no habían visto hacía mucho tiempo. Desde el primer momento llamó la
atención de aquellas gentes la extraña conversación de mi acompañante. Este, al despedirse, levantó las
gafas ahumadas con que disimulaba la herida y mostró la brutal concavidad de su ojo vaciado. Las
mujeres hicieron un gesto de horror. García Martínez soltó una carcajada… ¡Oh, esa era la guerra!
En los días 6 y 7 no ocurrió nada digno de mención; el 8, sí. El enemigo hostilizó con gran intensidad
la posición de Taguesut. La línea de Dar-Xaui a la casa del Sel-lal fué cortada; su reparación costó dos
muertos: un soldado de ingenieros y un áscari de la Mehala. Aquella misma tarde, entre Dar-Xaui y
Megaret fué tiroteado el automóvil de un pagador de Intendencia, resultando herido el conductor. A última
hora se confirmó la noticia de haber sido muerto en el territorio de Melilla nuestro leal amigo Abd-el-
Maalek, jefe de una harca en la cual se tenían puestas grandes esperanzas. La muerte de Abd-el-Maalek
constituía una gran contrariedad. Esta desgracia fué el tema de todas las conversaciones de aquella
noche.
—Y vayan ahora a convencer a los indígenas de que Mahoma no les protege —comentaba en nuestra
tertulia un prestigioso arabista—. Ya ven ustedes: Dris ben Said se pone a nuestro servicio y pierde la
vida; Muley Mehedi se presta a ser Jalifa y fallece misteriosamente; el Cherif, hace, un pacto con
nosotros e inmediatamente enferma de giavedad; por último, Abd-el-Maalek organiza una harca, y al
primer encuentro, ¡zas!, hombre a tierra con categoría de «fiambre»… Verdaderamente que la fatalidad
nos persigue en esta aventura marroquí.
Y no era la fatalidad, no: era querer supeditar el desarrollo de un plan de guerra de la índole de
aquella a las conveniencias partidistas de los gobernantes; a los vaivenes de la política nacional. No era
más que eso.
CAPÍTULO III
Las noticias cada vez más alarmantes que a diario se recibían de la cuenca del Lau me decidieron a ir a
Xauen y Taguesut para conocer personalmente el espíritu que animaba a las fuerzas de la Mehala que
formaban parte de los destacamentos que en ambos lugares había. El de la oficialidad europea, por
descontado, era excelente.
A media mañana del 10 salí de Tetuán en un coche ligero. Los caballos y la escolta montada se habían
puesto en camino al amanecer. La carretera de Tánger se hallaba en perfecto estado de conservación; no
así la pista que partiendo de ella conducía a Xauen: los pedruscos, los baches y el polvo abundaban,
causando las consiguientes molestias al viajero.
Ben Karrich había progresado bastante. Era ya un poblado de relativa importancia, con edificaciones
nuevas, fuentes, comercios de baratijas y cantinas, ¡muchas cantinas! Ser propietario de una cantina
constituía entonces la aspiración suprema de esa legión de aventureros, los cantineros, que, tras las
tropas en campaña, marchan con su cesta de golosinas, su saco de cajetillas de tabaco y la garrafa
inagotable de Valdepeñas. ¡Cuán desagradecidos hemos sido con ellos! Los españoles, tan dados a
homenajes, jamás hemos rendido uno, aunque modesto, al cantinero; ese ser anónimo, humilde, liberal y
heroico que tantas veces sació nuestra sed en la línea de fuego y tantas otras nos facilitó el cigarrillo que
había de servir de sedante a los nervios excitados. ¡El cantinero! Comerciante de ínfima categoría, que
entregado a la protección de Dios y a la benevolencia de los hombres, impelido por la justa ambición de
unas pesetas con que aliviar su miseria, solía hallar las más de las veces traidora muerte en el recodo de
un camino, sin derecho siquiera a la piadosa formalidad de que su cadáver fuera identificado para anotar
la defunción en el Registro civil. ¡Pobres cantineros! Repito: ¡cuán desagradecidos hemos sido con ellos!
Pasado Ben Karrich, apartados de la pista, vi los restos de un coche-ambulancia y dos camiones
incendiados, testigos mudos de recientes y sangrientas agresiones. Más allá, Taranes, el Fondalillo y el
Zoco del Arbaa de Beni Hassan, sucio y maloliente como en sus mejores tiempos.
A la salida del Zoco, en una hondonada, llamó mi atención un grupo de flamantes tiendas cónicas. Ahí
acampaba la harca del Cherif, devengando haberes, consumiendo kilos y más kilos de té y poniéndonos
en ridículo; sin embargo, era la esperanza de los ignorantes y de los ilusos. Pero los áscaris y sus jefes
habían adoptado una actitud tan musulmana que, pese a los buenos oficios del intérprete Cerdeira y a las
frecuentes visitas del coronel Ovilo, sólo una vez fué posible sacarles de las tiendas, a las que se
reintegraron poco después huyendo del enemigo como conejos de galgos; los que no quisieron correr se
pasaron a los rebeldes con armas y municiones, las cuales, como se comprenderá, eran nuestras. La nota
que al día siguiente se facilitó a la Prensa era interesantísima; decía así: «La harca del Raisuni que
combate a nuestro favor ha castigado duramente, incendiándolos y razziándolos, los poblados rebeldes de
Beni-Hassan. Efecto de esta incursión, la situación ha mejorado extraordinariamente». Cuantos no
estábamos en el secreto creímos esta verdad oficial; mientras tanto el de Tasarot y el Jatabi reían a
mandíbula batiente.
La pista discurre largo rato por un amplio valle; entra por Hámara en el estrecho desfiladero de
Xeruta, que termina al pie de Dar Akobba; salva el Lau frente a Laxaix por el puente llamado de
Fomento; asciende a Cudia Borox, en las estribaciones de Sidi Buhaya y, tocando en el Azib de Ain
Hausi, llega a Xauen.
A la una y media en punto entraba en la ciudad misteriosa. Después de comer celebré con Caballé,
capitán interventor, una extensa conferencia. En primer lugar me dijo la imposibilidad de trasladarme a
Taguesut como no fuera acompañado de la columna: el poblado se había pasado íntegro al enemigo y el
de Talambot se hallaba indeciso. La defección de Taguesut el mismo día en que el chej hizo protestas de
lealtad al capitán Ceano evitó un daño peor, pues parece existía el propósito de entregar a sus habitantes
algunos fusiles para que se defendieran de los rifeños, olvidando que, como dijo Cervantes, «de los
moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas».
Luego me refirió que los poblados de la sierra de Taslama estaban a partir un piñón con las huestes de
Abd-el-Krim, y que en cuanto a Garusín y Laxaix habían pagado muna, lo cual era muy sospechoso, por
cuanto ello indicaba fraternizaban con el enemigo o le temían, síntomas graves ambos; además, desde la
visita del Presidente con sus declaraciones abandonistas, la actitud de los habitantes de la ciudad era de
franco retraimiento. Por aquellos días circulaban entre los indígenas unas hojas, al parecer editadas en
Fez, en las cuales se decía que ya los moros podían esperar poco de nosotros y era preciso aprestarse al
botín. Me dijo también circulaba el rumor de que nuestros vecinos, los franceses, habían sufrido un duro
descalabro en el Uarga; que los gomaras estaban decididos a poner sitio a los puestos del desfiladero del
Lau, lo que significaba se repetiría en peores circunstancias lo dé Cobba-Darsa, y que entre las fuerzas
indígenas cundía la desconfianza: las frecuentes deserciones con armamento lo confirmaban.
No habíamos terminado nuestra conversación cuando se presentó el bajá, Sidi Abd-el-Uafi El
Baccali, hombre de arrestos, de aspecto simpático y mirada inteligente. Era sin duda un leal amigo
nuestro, como lo pude comprobar después.
Abd-el-Uafi El Baccali, prudente y receloso primero, no tardó en abrir su corazón y hablar claro.
España era un país de ciegos: ciego el Gobierno, ciego Ovilo, ciegos los interventores… ¡ciegos todos!
Además, no había sentido común. «El Cerdo», «don Lirio» o como quiera se llamase (se refería al
Raisuni) nos engañaba. ¡Parecía mentira no lo comprendiésemos! Iba faltando la vergüenza a todos y él
mismo sólo tenía «un poquito»; no respondía de que siguiendo las cosas por el camino que iban no
llegase momento en que él también perdiese «ese poquito». Fatalmente marchábamos al desastre y no
quería asistir al último acto de la tragedia: por eso había solicitado regresar a Alcazarquivir; en
Alcazarquivir estaba su familia y su hacienda. Era triste, muy triste, vivir allí encerrado, sin amigos y sin
poder salir a las puertas de la ciudad ante el peligro de ser asesinado. Por otra parte, ¿quién le respondía
de que no llegara ocasión en que el Cherif exigiese su cabeza como precio a un servicio prestado? Y
entonces, ¿qué? Seguramente le entregaríamos. ¡Oh, ese era demasiado sacrificio! Ya había sido bastante
hacerle ir a Tasarot a besarle las babuchas al repugnante don Lirio, el cual le obligó a una antesala de
dos semanas. ¡No podía olvidar la humillación ante sus propios mejazníes!… Ahora estaba peor que
nunca: moría de sueño, porque no se hallaba dispuesto a que le matasen como a un cochino.
A la caída de la tarde fuí a presentarme al general Grund y al coronel Cabanellas (don Virgilio), jefe
de la columna móvil. El primero era un señor amabilísimo y comunicativo; el segundo, correcto y
reservado. De éste no pude obtener el más leve comentario; de aquél, sí. Indignaba extraordinariamente
al general Grund el desconocimiento que en Ceuta y Tetuán se tenía del terreno; esto motivaba que a
veces se dieran órdenes que no se podían cumplir, o, de cumplirse, ponían a los jefes de columna en
trance de fracaso. No era lo mismo «patear» el terreno que echar a volar la fantasía sobre un croquis
hecho más o menos a la ligera.
Un telegrama cifrado cortó nuestra charla. El asunto en él tratado no iba a tardar en saberlo.
Aquella misma noche, mientras cenábamos, Caballé recibió un recado urgente para que se presentase
al general. Al cabo de un rato regresó descompuesto.
—Acaba de llamarme el general —me dijo— para que le dé mi parecer sobre la evacuación de
Adgós, qué piensan llevar a cabo uno de estos días. Yo le he contestado lo consideraba improcedente en
las actuales circunstancias, pues una sola posición que se abandone llevará el convencimiento a los
indígenas de que empieza el repliegue y en el acto se sublevaría todo el territorio. Le he dicho que, si lo
deseaba, no tenía inconveniente en darle el informe por escrito; pero me ha contestado no le hace falta,
toda vez que él marchará mañana a Tetuán para conferenciar con Aizpuru y decirle a lo que nos
exponemos. ¿Qué te parece?
—¿Pero realmente es cosa decidida lo del repliegue? —le repuse sin salir de mi asombro.
—¡Tú verás! El general no ha pedido mi parecer a humo de pajas. Creo ha recibido un cifrado.
—Pues, ¿sabes lo que te digo?
—¿Qué?
—¡Que Dios nos tenga de su mano!
Mediaba la noche y hacía un gran bochorno. Salimos a pasear por la Plaza de España. Empezamos a
dar vueltas y más vueltas sin cruzar palabra. Ni Caballé ni yo podíamos disimular la preocupación. De
pronto se entreabrió una ventana y oímos una voz que decía:
—Buenas noches, teniente coronel.
—Buenas noches —contesté—. ¿Pero quién habla?
—Soy yo, teniente coronel: el bajá de Xauen.
—¡Ah! ¿Eres tú, Uafi? ¿Qué, no tienes sueño?
—¿Sueño?… Estoy aquí acompañado de este amigo —replicó mostrándome el fusil que tenía entre
las manos.
¡Así pasaba las noches en aquellos días la primera autoridad indígena de Xauen!
A la mañana siguiente, muy temprano, fuí a pasar revista a las fuerzas de la Mehala y procuré
investigar el estado de ánimo de aquellas gentes. A mis preguntas intencionadas contestaron
respetuosamente; pero desde luego sin descubrir lo íntimo de su pensamiento. ¡Oh, todos estaban
contentos y deseando batirse! Hice como si les creyera. Fué lo mejor.
Al regresar a la. Oficina de Intervenciones tuve nuevas y desagradables noticias. Los moradores de
Ameharchen se estaban dando prisa en retirar el grano de la última cosecha. Esto era un síntoma muy
alarmante, porqué dicho poblado hallábase sobre el camino Xauen-Taguesut y su defección dificultaría
enormemente el abastecimiento de las posiciones del grupo de Adgós. El Uafi, más alarmado que
Caballé, era de parecer que sin perder un instante se situase una pequeña columna o posición en una
altura que existía dominando al poblado; el objeto era impedir que el enemigo la ocupase y pudiera con
ello dificultar los convoyes. Para colmo, un confidente había sido asesinado por los gomaras. Con la
muerte de este hombre quedaba casi interrumpida la comunicación con el campo enemigo, imprescindible
en aquellos momentos. Los buenos informadores no se improvisan.
El Uafi nos había preparado la comida en su casa. A pesar de la crítica situación, allí no faltaron
buenos manjares. Cuando íbamos a iniciar el asalto al primer guiso llamaron de Tetuán. La conferencia
telefónica era para mí.
—¿Quién habla? —pregunté.
—Hablas con el general en jefe —respondieron.
—A sus órdenes, mi general. ¿Qué se le ofrece?
—Te llamo para preguntarte si te conviene el mando del Grupo de Regulares de Larache, porque
Pareja ha solicitado ser destinado a España. Dime si aceptas para en caso contrario ofrecérselo al
teniente coronel Fiscer.
—Yo siempre estoy a sus órdenes: puede contar conmigo.
—No; te doy una hora de tiempo para resolver. Luego me llamas y me comunicas tu decisión.
—Está bien; así lo haré, mi general. ¿Se le ofrece alguna cosa más?
—No; hasta luego. Adiós.
—A sus órdenes.
Caballé, que había oído Ja conversación, me dijo:
—Un consejo, si vale: vete al Grupo y deja la Mehala. Es un destino mucho más bonito para ti.
—Antes he de hablar con Luis Pareja —le repuse.
Y hablé con Pareja, que insistió en dejar el Grupo por entender eran disparatados los proyectos
abandonistas del general Primo de Rivera. Este asunto, iniciado durante una comida celebrada en
Ben-Tieb, había tenido una tramitación enojosa.
Un rato después pedía comunicación con el general en jefe. En el acto acudió al aparato. La
conversación fúé la siguiente:
—Mi general, a sus órdenes. Desde luego aceptó el mando que me ha ofrecido.
—¿Ya lo has pensado?
—Sí, señor.
—Pues bien, esta misma tarde se hará la propuesta a Guerra por telégrafo.
—Gracias. Si usted me lo permite, regresaré mañana a Tetuán.
—Puedes venir cuando gustes. Adiós.
—A sus órdenes.
Al día siguiente —12 de agosto—, regresé a Tetuán. El Uafi, al despedirme, me habló de esta
manera:
—Es preciso decir allí la Verdad de cuanto ocurre. Si no hacemos otra cosa que lamentarnos como
los hebreos, vamos un buen día a dar lugar a que entren los montañeses en la ciudad y nos hagan picadillo
lo mismo que el kif: el tamaño mayor como la punta de una aguja; como haría conmigo don Lirio si alguna
vez vosotros dejarais de apoyarme. Con Dios, la paz, y buen viaje.
Ofrecí al bajá hacer cuanto estuviera a mi alcance, aun sabiendo que nada habría de conseguir, ya que
lo del repliegue, por los síntomas, era cosa decidida.
A las once y media paró el coche a la puerta de la Alta Comisaría. En el despacho de ayudantes
estaban los de casi todos los generales de la zona; también vi a Franco y a un oficial de la Legión: era
Fermín Galán. Según me dijeron, iba en calidad de «práctico» del terreno. Los generales se hallaban
celebrando una junta. Poco después fué requerida la presencia de Franco y de Galán. Por último se me
llamó a mí.
En el despacho del comisario superior estaban, además de éste, Franco y Galán, los generales
Bermúdez de Castro, Correa, Serrano, Grund y Riquelme. Aizpuru me invitó a sentar y a que expusiera
mis impresiones sobre la situación de Xauen y su campo. Lo hice sin omitir detalle, haciendo presente
que cualquier vacilación podría acarrear la defección de Laxaix y demás poblados del Oeste del sector
de carretera comprendido entre el Zoco del Arbaa de Beni-Hassan y el Lau (los del Este estaban casi
todos con el enemigo), lo que traería consigo tener que librar una batalla cada vez que fuera necesario
abastecer la ciudad de Xauen; por último señalé la desmoralización que había notado en el Uafi, y aunque
descartaba la hipótesis de que se sumara al enemigo, creía dentro de lo posible que una buena noche se
internara en la zona francesa acompañado, de los mehazníes de su mayor confianza.
Los generales me escucharon con atención y en alguno de ellos observé ademanes de asentimiento.
Después se pidieron datos al teniente Galán sobre la situación de Tafugal y la configuración del
terreno. Galán manifestó que puestos a caballo sobre Cudia Mahafora (Beni-Said) era fácil llegar a
Tafugal, porque el camino iba por una meseta amplia y sin accidentes. (Como se verá más adelante,
Galán estaba equivocado).
Con breves intervenciones de algunos generales quedó acordado llevar a cabo una operación
combinada para ocupar el puerto de Bab-Tizzi, cerrando el paso de Beni-Hassan al Zoco del Arbaa,
limpiar de enemigo la cabila y restablecer la posición de Tafugal, asaltada por el Jeriro un mes antes.
Dos fuertes columnas a las órdenes de Riquelme y Serrano se organizarían con dicho objeto.
La resolución adoptada en la junta de generales parecía indicar se daba de lado al propósito de
efectuar el repliegue anunciado, pues no parecía lógico meterse en una aventura como la que se
proyectaba para, a renglón seguido, abandonarlo todo. Indudablemente debió ser así. Acontecimientos
posteriores, entre los cuales es posible figurase el fracaso de dicha operación, debieron inclinar
nuevamente el ánimo de Primo de Rivera a poner en práctica su plan abandonista.
CAPÍTULO IV
La amistad que me unía al general Serrano, los deseos naturales de ser útil en algo mientras se publicaba
mi destino al Grupo de Larache y la novedad para mí de asistir a una operación de guerra en concepto de
turista, fueron causas que me impulsaron a solicitar del general en jefe autorización para incorporarme al
Estado Mayor de la columna Serrano. Era éste hombre bueno, inteligente y valeroso, un tanto mal
hablado, aunque con gracia, sin que jamás sus inofensivos sapos y culebras rozaran los linderos del mal
gusto; hizo célebres, entre otras, la frase del «bigote negro», que igual aplicaba a ensalzar la belleza de
una mujer hermosa como a expresar que la jornada se presentaba o había sido pródiga en tiros. Francote
y campechano, solía llamar al pan, pan, y al vino, vino, falta de diplomacia que le acarreó serios
disgustos y evidentes perjuicios en su carrera; pero genio y figura hasta la sepultura, dice el refrán, y más
cuando como él se ha pasado el Rubicón de la cincuentena.
Mientras el Estado Mayor dedicaba sus actividades a preparar las bases y a disponer los
convenientes movimientos de tropas para la operación que se había acordado, el general Serrano no se
movió de Tetuán. Casi todos los días iba a buscarme acompañado del comandante Galvis, quien, por
ausencia del propietario, ejercía las funciones de su ayudante de campo. Sus visitas —como él mismo
decía— eran interesadas: ¡Noticias!… Yo le daba las que tenía, que no eran ciertamente tranquilizadoras,
porque demostraban que en tanto nosotros procedíamos sin grandes prisas, el enemigo no estaba mano
sobre mano, dando golpes más o menos afortunados aquí, allá y acullá, como se comprueba por la
siguiente relación de hechos ocurridos durante los días de preparativos:
Día 12.—Concentración de gomaras y rifeños sobre la línea del Lau y trabajos de atrincheramiento
alrededor de algunas posiciones, entre ellas la de Tazza.
Agresión al convoy de Lauzién al Jemis de Anyera, con dos muertos y pérdida de la mayor parte del
ganado y carga.
Día 13.—Ataque a Emsá (puestos y poblado), con bajas.
Asalto y toma de Ifartán (Lau), con pérdida total de la guarnición, que pertenecía al Grupo de
Alhucemas.
Día 14.—Agresión a un camión en las inmediaciones de Xarquía, ocasionando la muerte del sargento
conductor y graves heridas al ayudante.
Combate en la línea del Lau para abastecer Taguesut, con sensibles bajas, entre ellas la del alférez
del Grupo de Larache Rodríguez Flores, cuyo cadáver quedó abandonado en el campo.
Día 15.— Fuerte presión del enemigo sobre el sector de la línea del Lau comprendido entre Cobba-
Darsa y Adgós; y
Día 16.—Agresión a un grupo de áscaris en las inmediaciones del Fondak de Ain Yedida, con
intervención de las fuerzas de este destacamento y bajas.
Las cosas —nunca mejor aplicado el dicho del general Serrano— se estaban poniendo de «bigote
negro». Lo veía todo el mundo; tanto es así, que hasta el coronel Ovilo —el eterno optimista— empezó a
inquietarse, al extremo de tomar la decisión de hacer frecuentes viajes al campamento de la harca del
Cherif para que saliese de su cómoda pasividad, lo que por lo visto esperaba lograr con los discursos
que el intérprete Cerdeira con tanta habilidad como falta de positivos resultados endilgaba a los
harqueños, olvidando que éstos nada podían hacer sin la orden expresa de su jefe, el Raisuni, el cual,
ante los apremios, seguro en su refugio de Tasarot, se limitaba a recomendar calma, mucha calma, pues,
según decía, con suai-suai, la protección de Dios y los buenos oficios de Muley Abd-es-Selam, todo se
iría arreglando. El caso es que cuando él hacía la guerra por su cuenta y riesgo, jamás mostró tener tanta
paciencia.
Por otra parte, ni en Ceuta ni en Tetuán se notaba aquella actividad que es indispensable en tiempo de
guerra para hacer frente a las grandes acometidas del enemigo. Tampoco he de ocultar que el general jefe
de Estado Mayor carecía de juventud y decisión, y el comandante general, de conocimiento del problema,
harto complicado en aquellos momentos; únicamente el comisario superior parece vió con claridad el
nublado que se le venía encima, y a sus informes fué debido que el Gobierno se decidiera a iniciar el
envío de tropas expedicionarias.
Cuatro fueron los batallones que en aquellos días desembarcaron en Ceuta. Los cuatro llegaron con
efectivo inferior a los quinientos hombres, sin la instrucción completa, faltos de material apropiado y
faltos también de ganado, al extremo de que uno se presentó con sólo seis acémilas por todo elemento de
transporte. Para colmo, los oficiales no eran los de las unidades orgánicas, sino elegidos entre aquellos
que no habían servido en Marruecos o contaban con menor tiempo de campaña; y en cuanto a
organización, basta saber que hubo jefe de batallón que distribuyó el personal a las compañías durante el
viaje al puerto de embarque.
El día 17 quedaron ultimados los preparativos para la operación sobre Cudia Mahfora y Bab-Tizi. A
las dos y media de la tarde, acomodados en media docena de automóviles; unos en buen uso y otros
asmáticos, salimos para Río Martín. Formaban la expedición el personal de los cuarteles generales de
Bermúdez de Castro y Serrano y algunos periodistas, pocos. A las tres y media, minuto más minuto
menos, tras unas complicadas maniobras de la gasolinera para atracar al muelle, saltamos a ella y
pusimos proa al Bonifaz, que nos aguardaba fondeado en medio de la rada. Llegamos en un santiamén. Al
pasar a bordo se rindieron al comandante general los honores de ordenanza: toque de corneta ronca,
banderas que suben y bajan, saludos, partes y demás zarandajas propias de la Marina y el Ejército. Acto
seguido el barco levó anclas y le empezó un temblor como si estuviera en los pródromos de un ataque de
paludismo: era que marchaba. He de decir, en justo elogio a la disciplina de aquella tripulación, que
durante las maniobras para zarpar no se oyó ni una voz ni una palabra: los marineros eran autómatas. Los
únicos que allí armaban jaleo éramos los invitados. Fuera de la rada, mientras el barco seguía rumbo al
Sur próximo a la costa, nos pusimos a la busca —o búsqueda, como ahora se dice— de un sitio donde
depositar las posaderas, sin estorbar, porque por experiencia sabíamos es patrimonio de la gente de
tierra apoyarse en los pasamanos que corresponde limpiar, sentarse en bancos que guardan en sus
entrañas algo de uso preciso y, ¡oh, fatalidad!, hasta pasear indefectiblemente por los sitios donde la
marinería se ve obligada a tirar de estachas y maromas.
El Bonifaz tardó escasamente tres cuartos de hora en fondear frente a la desembocadura del Emsá.
Allí estaban un torpedero y dos barcos requisados de la Transmediterránea. Unos minutos en gasolinera,
que se detiene cuando su quilla toca en el fondo, y luego, los generales y sus respectivos séquitos, a
hombros de robustos chicos de la Compañía de Mar, salvan unos cuantos metros de agua y ponen los pies
en la arena seca de la playa.
La columna del teniente coronel Losada, salida aquella mañana de Tetuán, estaba allí desde hacía
buen rato. Esta columna la componían: un escuadrón y un tabor de Regulares de Ceuta, los batallones de
Barbastro y Arapiles, una batería de montaña, una compañía de zapadores y los servicios auxiliares.
La columna del teniente coronel Franco, que procedente de Uad-Lau venía de camino, se hallaba
empeñada en un combate en el Tamarabet, río que corre al Sur por un valle paralelo e inmediato al del
Emsá. Desde la playa se veía perfectamente el emplazamiento de la batería y el avance de las unidades.
El general Serrano pidió los caballos (que habían llegado con la columna Losada), encendió un puro,
largó dos tacos y salió como alma que lleva el diablo en busca del camino que daba acceso al espolón
donde se dibujaba, cuesta abajo, el reguero de hombres de la columna. Nosotros, los de su cuartel
general, le seguimos. Los caballos se hundían en la arena. A fuerza de fustazos conseguimos alcanzar los
primeros elementos de Franco: regulares y legionarios, fusil al hombro, pecho al aire y empapados en
sudor.
—¿Qué pasa, muchachos? —inquirió Serrano.
—«Na», mi general —respondió uno de la Legión—, que ahí, en el barranco ese de la parte de allá
hay una nube de hijos de p… que están tirando.
Detrás del primer grupo de hombres seguían unas camillas. En una de ellas iba un oficial de
Regulares, muy joven, semidesnudo, los ojos vidriosos, que pedía suplicante Je llevaran con cuidado. Al
pasar junto a mí le pregunté con la frase de rigor:
—¿Qué ha sido eso?
—Mal, muy mal; estoy herido en el vientre… ¡Poca suerte!
Algo más arriba encontramos la batería, ya cargada, a la cual tuvimos que dejar paso. Serrano, como
siempre, buscó el sitio más adecuado para recibir un balazo y se estacionó, es decir, nos estacionamos.
Galvis y yo cruzamos una mirada de inteligencia: la escolta había echado pie a tierra situándose al abrigo
en un repliegue del terreno.
Cuando Serrano se convenció de que la columna se replegaba con normalidad, decidió regresar al
vivac. Ya en él, un tropel de caballos, a cuyo frente flameaba el glorioso guión de mando de la Legión,
anunció la presencia de Franco. Pocos, instantes después le vimos saltar a tierra e irse derecho al general
para darle parte de lo ocurrido; le acompañaba Claudio Temprano, teniente coronel del Grupo de
Regulares de Alhucemas y uno de los más cultos jefes de nuestro Ejército, que poco después había de
hallar gloriosa muerte en Beni-Hassan. Franco, en pocas palabras, explicó a Serrano los pormenores de
la marcha, que le había costado cuarenta y dos bajas entre muertos y heridos.
La columna del jefe de la Legión la componían algunas unidades de Regulares, dos banderas, una
batería de montaña, una compañía de zapadores y los servicios. En Uad-Lau habían quedado otras fuerzas
al mando del coronel Gómez Morato, que también tenía orden de moverse al día siguiente.
La playa estaba abarrotada de víveres y municiones. A pesar de todo, allí no había más que lo
indispensable para un día de fuego y dos de comida. Junto al mar se hallaban las camillas de la
ambulancia, dispuestas para ser embarcadas. Una de las primeras que vi fué la del oficial con quien me
había cruzado un rato antes. ¡Estaba muerto! Junto a esta camilla vi otra ocupada por un muchachote
pálido, desencajado, los ojos entreabiertos, la respiración fatigosa. «¡Pobre chico! Debe estar de pecho»,
pensé. Un médico de la Legión, que reconocía los heridos antes de pasarlos al lanchón, le tomó el pulso;
luego le desabrochó la guerrera y los pantalones; más tarde le auscultó detenidamente… Por fin,
imperativo, ordenó:
—Oye, tú, legionario: levántate y vete a la compañía, y… arreando, que es gerundio.
Mi pobre «herido de pecho» se puso en pie de un salto y mascullando ininteligibles palabras echó a
correr en dirección al vivac: la «combina» le había fallado.
Cuando regresé al cuartel general se hallaban reunidos, bajo la presidencia de Bermúdez de Castro,
el general Serrano, los jefes de Estado Mayor, los de unidad, el teniente Galán y los ayudantes de campo
del primero, aunque no tocaban pito alguno allí. La junta tenía por objeto tratar de, concretar los detalles
sobre la proyectada operación. Se hablaba mucho, demasiado, y se hablaba incluso por quienes estaban
obligados a no abrir el pico. Los españoles no lo podemos remediar: padecemos el feo vicio de la
charlatanería, y así nos luce el pelo. Los charlatanes, no poseen otra virtud que la de hacer pasar el
tiempo a los bobos que les escuchan; pero en la guerra, ni aun los bobos deben perder el tiempo.
Ya noche cerrada terminó la reunión. El general Serrano fué directo a su tienda en donde le
esperábamos Peña, Galvis y yo. Entró de mal talante.
—¿Qué hay, mi general? ¿Acabó la conferencia? —pregunté.
—Sí, hombre, sí. La acabé yo. Harto de que todo el mundo metiese la cuchara y tratase de imponer su
parecer, impuse el mío —me contestó.
—¿Y cuál es el suyo?
—¿Cuál?… Casi no lo sé. Con estas cosas pierde uno hasta los papeles. Dije, eso sí, que si yo
mandaba la columna, como tenía la responsabilidad, quería hacer lo que me conviniese y que no aceptaba
iniciativas… Los planes, o los da quien debe darlos, o los doy yo; pero no estoy dispuesto a
congraciarme con nadie por atender a quienes se meten en lo que no les importa. ¡No faltaría más!… Así
ha terminado la reunión. Total: dos puros.
—Me parece todo eso muy bien, mi general, pero ¿algo tendrá usted pensado? —inquirió Galvis, que
tenía el don de hacerse con él cuando más exaltado estaba.
—Sí; claro que sí tengo pensado algo…
Y luego de meditar un instante, prosiguió:
—En vista de lo que han dicho y de lo que parece se proponen, tengo el proyecto de poner una
posición de compañía en Cudia Mahfora, en donde ese teniente-guía de la Legión —se refería a Galán—
dice existe un gran manantial. ¡Ya veremos!
—¿Y noticias?
—¡Qué l… noticias! Si aquí nadie sabe por dónde le da el aire ni lo que ocurre. Lo único que hay es
que Gómez Morato ha puesto un telegrama de Uad-Lau diciendo que Bakali El Kerfa se compromete a
tomar esta noche Cudia Mahfora con unos cuantos de su harca; pide solamente una estación óptica para
hacer señas mañana y que no la emprendamos a tiros con él.
—¿Y qué Se le ha contestado?
—Pues se le ha contestado que vaya solo si quiere, pero nada de estación óptica.
Y cortando la conversación con un «buenas noches» definitivo, empezó a desnudarse.
—¿Pero no cenamos? —pregunté a Galvis, ya fuera de la tienda, un tanto asombrado por la
resolución del general.
—¿Cenar?… ¡Ca! Cada cual ha de agenciárselas como pueda. El general se conforma con una lata de
sardinas y un pedazo de pan; por eso no traemos absolutamente nada de comer. Viajamos montados al
aire.
Así era. Serrano llevaba por toda impedimenta un maletín de mano, en el que guardaba
cuidadosamente uno o dos mazos de puros, un par de pañuelos, otro de calcetines, una toalla y un frasco
de colonia La Carmela.
Pero nunca faltan entre los hombres, y sobre todo en la guerra, almas caritativas. Ello nos permitió
llenar aquel día el estómago, que es prudente medida cuando una jornada se presenta con la
incertidumbre de un interrogante.
Fresco, murmullo de olas, trompetilleo de mosquitos, croar de ranas, golpes de hacha troceando leña
para las rancherías, y toses. ¡Así fué la noche que nos trajo el amanecer claro y despejado del 18 de
agosto!
A las siete de la mañana empezó a salir la columna; la vanguardia iba a cargo de Franco —¡buenas
manos!—. Hasta las ocho y media no se puso en movimiento el grueso. Remontamos el río; en seguida
senda estrecha y gaba espesa; parada cada cuatro o cinco minutos… ¿Qué ocurre?: Nada; lo de siempre:
acémilas caídas que interceptan el paso y es preciso retirarlas a un costado donde los conductores
vuelven a embastar y cargar entre blasfemias, imprecaciones y juramentos; los más discretos reniegan del
mulo, de su mala estrella, de la hora en que les parieron y solicitan de Dios y de todos los santos —
bastante incorrectamente por cierto— les envíe un tiro para terminar de una vez; en ocasiones se lo pegan
ellos mismos. (Este aspecto de la guerra y otros más prosaicos que ya irán saliendo no los describen los
cronistas).
Lejos, muy lejos, se oían algunos disparos. Junto al camino tropezamos con un harqueño del Kerfa
herido, al cual un compañero iba arrastrando de un brazo en busca de la ambulancia. A falta de mejor
ocupación, indígenas y legionarios caían sobre los poblados como alud; pero no encontraban nada, a no
ser alguna gallina descarriada que perseguían a tiros; así cayeron también dos vacas esqueléticas. Tal
proceder crispaba los nervios a Serrano. ¡Había que fusilar a uno! El general en todas las operaciones
decretaba media docena de penas de muerte, que luego permutaba, en los casos de mayor gravedad, por
cinco minutos de plantón.
Después de las seis llegó el cuartel general a Cudia Mahfora, donde ya se encontraba con su columna
Gómez Morato. En recorrer veinte kilómetros, que no más distancia separa Mahfora de la bahía de Emsá,
habíamos tardado nuestras buenas diez horas largas.
Cudia Mahfora es un picacho a sus buenos 850 metros sobre el nivel del mar, situado en una de las
estribaciones del macizo del Kelti, que también tiene lo suyo (1,928 metros). Lo peor para nosotros aquel
día fué que, pese a los informes del teniente Galán, allí no existía manantial grande ni pequeño, y en
cuanto a la «meseta amplia y sin accidentes» por la cual iba el camino de Tafugal, resultó ser una
divisoria como filo de cuchillo, impracticable aun para la imaginación humana, que es la única que en su
fantasía puede salvar sin tropiezo los mayores obstáculos. El Bakali, con el mejor deseo, intentó explorar
la senda que por la fracción de Tisenga conduce a Tafugal; pero tan pronto se aproximó al primer
poblado tuvo que volver grupas más que aprisa.
Lo sucedido tenía al general dado a los demonios. Ni era posible establecer una posición en aquel
paraje con el agua en una barrancada a más de tres kilómetros, ni podía aventurarse a ir a Tafugal, donde
a simple vista se observaba una fuerte concentración enemiga, máxime sospechando como sospechaba
que, no obstante lo ofrecido, nadie había avanzado de Gorgues sobre Bab-Tizi para atraer la atención
enemiga y descongestionar su frente. En vista de todo esto, decidió marchar al día siguiente sobre el Sebt
de Uad-Lau para acudir en socorro de las posiciones del desfiladero entre Cobba-Darsa y Adgós, puestas
en grave aprieto por el enemigo. Así lo comunicó por teléfono al comandante general.
Merced a los buenos oficios de Galvis, aquella noche hubo pollo asado para cenar y camillas donde
dormir, que Serrano situó entre mulos y caballos en el lugar más enfilado del vivac, porque presumía de
despreocupado y valiente, y en verdad lo era. Si bien no sonó un tiro en toda la noche, el descanso fué
muy relativo a causa del frío, el cual nos obligó a ponernos en pie con el alba y refugiamos en las
rancherías próximas, lo que aprovechó el general para darse su cuotidiana fricción de La Carmela y
aligerar las tripas de peso.
Ocurrió aquella mañana un incidente harto enojoso entre Serrano y el teniente Galán a cuenta de los
equivocados informes de éste, incidente que no pasó a mayores debido a la ilimitada bondad del general
y a los buenos oficios del autor de este relato, único testigo de lo sucedido.
Sobre las siete inició la marcha la columna. Si malo había sido el camino de acceso a Cudia
Mahfora, peor, mucho peor, era el de descenso al Sebt de Uad-Lau; mas por fortuna el enemigo no hizo
acto de presencia y pudimos dedicar nuestra atención a evitar tropezones, caídas y despeñamientos. Y aun
la marcha hubiera sido más feliz de no haber provocado los batallones de cabeza algunos incendios que
nos metieron en preocupación por lo seca que estaba la gaba, el vientecillo que corría y la imposibilidad
de salir de la senda. Serrano, indignado como nunca, amenazó con fusilar a unos cuantos tan pronto
llegase al Sebt; pero una vez en éste optó por dejar en libertad a los acusados, porque era mayor castigo
que la muerte lo qué aguardaba, según humorísticamente decía.
Después de abrevar los caballos y dar las convenientes instrucciones para el emplazamiento del
vivac, salimos para el campamento de Uad-Lau, en donde aguardaba el comandante general, recién
llegado de Emsá.
En la antigua casa de la Policía se hallaba Bermúdez de Castro con el coronel Curiel, el teniente
coronel De Benito y su hijo, oficial a las órdenes. Serrano encontró al general en mangas de camisa,
sentado en uno de los divanes morunos y bajo una gran pesadumbre, que no trataba de disimular. A su
llegada a Uad-Lau había recibido la triste noticia de la caída de Chentafa, un blocao cercano a Cobba-
Darsa, guarnecido por un teniente y soldados del regimiento de Vizcaya. ¡Pobres! ¿Qué habría sido de
ellos? La posición ardía en aquel momento. Los Hoj, Tazza y Solano demandaban auxilio; si no se iba
pronto, sucumbirían también. ¡Era horroroso!… Le anonadaba tanta desventura.
Serrano trató de tranquilizarle. La caída de Ifartán primero y la de Cheñtafa después eran trances
dolorosos de la guerra, pero por ellos no había que acoquinarse ni perder la serenidad; respecto a las
demás posiciones, que aguantasen llegando incluso al heroísmo, que para eso existía la laureada de San
Fernando. Nada de entregarse a extremos de desesperación, sino todo lo contrario; había que infundir
ánimos a aquellas tropas. Un telegrama vibrante diciéndoles iría la columna en su socorro sin pérdida de
tiempo sería lo mejor para mantener la moral.
Bermúdez de Castro oía los razonamientos y consejos de Serrano como quien oye llover bajo
techado; me atrevo a decir se hallaba demasiado impresionado por lo sucedido; que no sabía vivir la
tragedia de la guerra con la despreocupación que es indispensable para vencerla. Entre tanto Curiel y el
oficial a las órdenes callaban y De Benito se desvivía por apagar nuestra sed.
Serrano, con su peculiar aplomo, insistía: no había que desesperar. Si las operaciones se hubieran
iniciado a su tiempo quizá no tendríamos que lamentar esas y otras desventuras; para evitarlas aún
mayores había desistido de fortificar Cudia Mahfora y seguir a Tafugal. Pero, ¡ah!, todo aquello y lo que
vendría después tenía su origen en una ligereza y su gestación en ineptitudes y errores conocidos de
todos. Era ya hora, ¡porra!, de que cada cual hiciera examen de conciencia y terminase la cobardía de
cebarse con el caído, olvidando, o haciendo como que se había olvidado, que la responsabilidad estaba
en otra parte.
Contrastaba esta escena con otra que tenía lugar en una cantina próxima. Un grupo de legionarios, a
voz en grito, cantaba un himno de guerra, valiente, atrevido… ¡consolador!
CAPÍTULO V
Después de una siesta reparadora subí a la cubierta del Atlante, que proseguía sus operaciones de
embarque y carga: heridos, enfermos, empaques vacíos, menaje deteriorado, armamento inútil y demás
porquerías de un ejército en campaña. Allá lejos, tras la sagrada arboleda del cementerio indígena, surgía
la loma con las blancas edificaciones del campamento de Uad-Lau, donde quedaba el general Serrano
con más ánimo que nunca, luchando contra todo y contra todos, dispuesto como siempre a vencer. La
despedida había sido un apretado abrazo y luego la frase de rigor: «Suerte, mucha suerte», a la cual él,
por su parte, agregó: «Que en estos tiempos toda ha de parecer poca». Era verdad. Como tantas veces
había ocurrido, una disposición oficial —mi destino al Grupo de Larache en esta ocasión— me separaba
del inteligente jefe y buen amigo; ambos teníamos fe en que también como otras veces nos volveríamos a
encontrar. Y así fué; mas por desgracia para no vernos más.
Sobre las dos de la madrugada zarpó el Atlante para Tiguisas, en donde debía recoger bastante
personal y efectos. Doce horas después, cuarto más cuarto menos, enfilaba la entrada del puerto de Ceuta
al mismo tiempo que otro barco empavesado que conducía tropas expedicionarias.
Merced a los buenos oficios de un oficial de la Red, Alejandro Sancho, se nos facilitó un automóvil
para trasladarnos a Tetuán, pues aquella tarde no era seguro poder utilizar el tren por circular insistentes
rumores de que su salida sería prohibida a cuenta de no sé qué fundados temores de agresión. La llegada
a la capital del Protectorado el mismo día me permitió salir al siguiente, 21, para Larache y
Alcazarquivir. Fué este viaje feliz más de la cuenta, ya que por acortar camino tuve la mala ocurrencia de
ir por Dar Xaui, y en poco estuvo tropezara con una partida que por las inmediaciones de Yebel Hebib
merodeaba con no muy humanitarias intenciones; por cierto, que cuando mayor era mi preocupación —lo
llamaré así para despistar—, y fusil en mano íbamos el ayudante del conductor y yo dispuestos a vender
caras nuestras vidas, nos dimos de narices con unos cuantos cantineros españoles que arreando sus
bestias marchaban a buen paso en dirección contraria, tan tranquilos, tan a la buena de Dios y
canturreando. Tal fué mi sorpresa al encontrarles por aquellos peligrosos andurriales, que hice parar el
coche y les pregunté:
—¿Adónde diablos van ustedes?
—Al Fondalc y «aluego» a Tetuán —repuso el que venía en cabeza guiando la recua.
—Pero me parece que hacen un disparate. ¿Saben que se exponen a un susto gordo por aquí?
El más viejo de ellos, que por cierto era andaluz, me contestó:
—¡Ca! No hay de qué. Y a una mala, como dicen en mi tierra: más «cornás» da el hambre.
No niego que ante aquella respuesta experimenté algo que debió ser muy parecido a lo que sintió el
insigne Alarcón al encontrar en su camino a las dos inglesitas que al día siguiente leerían en el álbum de
la Flechére la impertinente fanfarronada a propósito de su visita al Mont-Blanc.
Al mediodía llegué a Larache. El general, un buen señor de venerables barbas, me recibió atento. La
entrevista fué breve, sin duda porque tenía decidido propósito de ir a la playa a remontar cometas, su
distracción favorita, según decían. Luego, bajo un sol de justicia, una hora de pista para llegar a
Alcazarquivir, residencia de la plana mayor del Grupo. Allí redacté la orden haciéndome cargo del
mando.
A la mañana siguiente hice la maleta asistido por Seguer, un sargento indígena redicho y ceremonioso
que me colmó de «usías», tratamiento que manejaba con verdadera y rara desenvoltura, al cual yo no
estaba acostumbrado; además, oirme llamar así en camiseta y calzoncillos se me antojaba un tanto
extraño, pero reconozco que en la vida social hay otras mayores estupideces. A las siete ya estaba camino
de Tetuán, siguiendo el itinerario de Puente Internacional-R’gaia para evitarme nuevas preocupaciones y
sobresaltos. El viaje fué de lo más divertido: dos pinchazos, tres engrases de bujías y una ballesta rota.
En Tetuán me enteré de que la situación había empeorado notablemente: la efervescencia en el campo
era enorme; en el Jemis de Beni-Arós, dominio directo de nuestro amigo el Raisuni, una agresión dirigida
por el Mukdem nos acababa de costar casi íntegra una sección de Caballería de Taxdirt; la comunicación
con Xauen, perdida; las principales líneas telefónicas, cortadas; la columna Riquelme, sin llegar a
Bab-Tizi, y menos mal que había evacuado Kasba de Beni-Hosmar sin tiros; muerto en Hel-lila el
teniente Sanz de Urraca, del tercer tabor de mi Grupo; Serrano pugnaba, sin conseguirlo, por socorrer los
puestos del Lau; la situación de Tazza y Solano, desesperada; Anyera, último baluarte de la fidelidad de
Yebala, se iba al enemigo… ¡El caos!
A consecuencia de tan lamentables sucesos y noticias se tomaron varias determinaciones, entre ellas
la de ordenar la salida de Tetuán para Uad-Lau del tercer tabor del Grupo de Larache, que se hallaba en
descanso. En mi deseo de volver con Serrano, quise agregarme a la expedición; pero se opuso a ello el
general Correa, por estimar que mi presencia era más necesaria en Dar Akobba, adonde podría
incorporarme tan pronto se abriese el tránsito por la carretera de Xauen, para lo cual se tenía ordenado a
la columna Riquelme, acampada en Gorgues, se concentrase inmediatamente en Ben Karrich.
En las primeras horas de la madrugada del 24 recibí un recado del Estado Mayor previniéndome que
al amanecer saldría la columna Riquelme para el Zoco del Arbaa de Beni-Hassan, y que, si lo deseaba,
pondrían un coche ligero a mi disposición para en unión del médico Zorrilla, que iba a hacerse cargo del
equipo quirúrgico de Xauen, incorporarme a Dar Akobba.
Hube de pasar la noche de casino en café, de café en cafetucho y de cafetucho en cafetín, en compañía
del teniente coronel Fiscer Tornero, que acababan de designar para el mando de la Mehala de Xauen,
quedando por consiguiente otra vez desairado el coronel Ovilo, que de nuevo trató de imponer su
candidato. Era Fiscer en aquella época, además de excelente compañero y buen amigo de todos, uno de
los jefes de más sólido prestigio de nuestra Infantería, y hoy sería con seguridad de las más salientes
figuras del generalato español si una bala enemiga no hubiese segado su vida en los campos de Axdir al
iniciarse las operaciones del año 26.
Poco más de las seis serían cuando Zorrilla y yo nos instalamos en el coche asignado y nos pusimos
en marcha; en las inmediaciones de la puerta de Tánger nos detuvimos, porque las fuerzas de descubierta
aún no habían terminado su reconocimiento. En el mismo lugar estaba esperando la orden de salida un
enorme convoy de camiones, al que tuvimos que adelantar, cuando se dió ésta, para librarnos del polvo y
del ruido ensordecedor de los motores.
Sin incidentes de ningún género llegamos a Ben Karrich, donde todos los coches y camiones quedaron
detenidos a causa de la lentitud con que se desplazaba la columna, lentitud que era obligada, dado que
Beni-Hosmar estaba casi en franca rebelión y Ben-Ider, si no lo estaba, lo parecía, que para el caso es lo
mismo.
Sobre las nueve volvió el convoy a ponerse en movimiento, y sin más molestias que la asfixia
producida por el intenso calor y la polvareda que levantaban la columna y los camiones, llegamos a
Taranes, donde tuvimos que detenemos de nuevo por hallarse la columna tomando la primera comida,
grave error del Mando, pues con ello se daba lugar a que el enemigo, tranquilamente, pudiera
concentrarse a los dos lados de la pista y hostilizar con mayor eficacia.
Una hora justa después que la columna, reanudó la marcha el convoy, y tan pronto como cruzó el
Nagla e inició la subida al Fondalillo, los poco comprensivos indígenas (eso de la «comprensión» está
ahora muy de moda) empezaron a sacudir cada tiro que encendía el pelo; tiros especialmente dedicados a
los que íbamos en coches ligeros, pues los de la montaña sabían perfectamente que en ellos viajaban los
peces gordos de la ascaría arumi. Menos mal, me decía yo, que junto a mí llevo un «hacha» de la cirugía
castrense para el caso de que me hagan un agujero en el pellejo, siempre preferible, si no es grave, a que
se lo hagan al conductor, porque entonces el volquetazo es inevitable, y la verdad, la muerte hecho una
tortilla en el fondo de un barranco ni es artística, ni gloriosa, ni limpia.
A partir del Fondalillo los tabores de Regulares de Ceuta se hallaban desplegados y mantenían un
fuego bastante vivo. A todo esto los camiones empezaron a dar evidentes muestras de cansancio, y aquí
se para uno porque no puede más y allá se para otro porque le da la gana, la cosa fué que con tanto
vehículo parado el enemigo se entusiasmó y… ¿para qué seguir contando? Por el comandante don Pío
Echevarría —hoy también desaparecido del mundo de los vivos—, jefe de las fuerzas allí desplegadas,
supe había algunas bajas; pero que el enemigo, aunque numeroso, se limitaba a hostilizar de lejos.
Entre pitos y flautas, o séase entre paradas de unos y de otros, llegamos al Zoco del Arbaa después de
las cinco de la tarde. En la Oficina de Intervenciones, donde me alojé, se hallaba el capitán Ceano, a la
sazón jefe de ella. Era Ceano un chico listo, trabajador y, como solíamos decir en nuestro «argot» de
guerra, «muy echado para adelante». En aquellos días estaba muy preocupado por lo que ocurría e iba a
ocurrir.
—No quiero ni pensar en lo que va a terminar esto —me dijo al pedirle su parecer sobre la situación
—. Los momentos son críticos, y lo peor del caso es que no se ve solución viable, pues los asuntos están
tan enredados, que no hay forma humana de llegar a un equilibrio ni siquiera inestable, provisional,
pasajero… Además, se ha dicho con tiempo, pues ha de saber usted que desde el mes de abril venimos
avisando los interventores todo lo que iba a ocurrir; lo malo es que ya no puede hacerse nada,
absolutamente nada, para evitar la tormenta. Estamos en vísperas de un desastre como el del año 21 en
Melilla… Yo tengo el convencimiento de que nuestras informaciones no han llegado al comisario
superior, porque, de haber llegado, se hubiese procedido en otra forma.
—Y esa mehala o harca del Raisuni ¿cómo se porta? —pregunté sabiendo de antemano cuál sería la
respuesta.
—¿Cómo ha de portarse? Mal; descaradamente mal. Salimos el otro día, después de infinidad de
dificultades y consultas, y en cuanto sufrieron dos bajas chaquetearon vergonzosamente. Por otra parte, el
Raisuni no hace absolutamente nada para que la harca funcione; claro es que está enfermo y no puede
moverse; mas no es eso sólo, sino que el Raisuni es de los que les gusta ir en la procesión y repicar. Por
último, es intolerable que la mehala, que pagamos nosotros, dependa exclusivamente de él.
—Y las conversaciones que sostiene desde Tasarot con los jefes ¿no son intervenidas?
—Sí, señor, mi teniente coronel: cuando hablan por teléfono siempre avisan de la Central y nos ponen
en derivación; pero es tontería: ellos lo saben y los asuntos de importancia los tratan por cartas que
llevan moros de absoluta confianza.
—Y usted, amigo Ceano, ¿qué opina del porvenir?
—Yo ya no opino; me dejo llevar… Nada bueno puede ocurrir. Esto, créame, se derrumba… Yo, por
mi parte, tengo la tranquilidad de conciencia de haber hecho cuanto ha estado en mi mano para evitarlo;
otros es posible que no puedan decir lo mismo.
—¡Pobre España!
—¡Y pobres de nosotros!
Así terminó nuestra conferencia aquella tarde.
Cuando salí de la Oficina me eché a andar por el destartalado campamento; sin darme cuenta, la
costumbre me llevó al lugar en que otras veces había vivaqueado con mi tabor. Y allí estaba, es decir,
allí estaban mis antiguos compañeros del Grupo de Regulares de Ceuta muy atareados en instalar su
campamento; ¡oh, su campamento!: cuatro tiendas cónicas faltas de vientos y sobradas de impactos y una
veintena de paños individuales que, como saben cuantos han tenido la fortuna de disfrutarlos en campaña,
son tan inútiles como la renombrada carabina de Ambrosio. En cambio la mehala del Raisuni —algo más
de un centenar de piojosos— disponía de buen número de tiendas nuevecitas… ¡Daban ganas de hacerse
áscari del Cherif!
Cené con aquellos bravos en amigable camaradería; rebosó el buen humor; me contaron un sinfín de
saladísimas anécdotas, que ahora repetiría si el tiempo no hubiera borrado en parte de mi memoria y lo
que recuerdo no me dictase la prudencia que es de discretos callar lo que puede ir en desdoro de alguien,
que a desdoro y no a honor se referían las tales anécdotas. Y a buen entendedor, breve hablador, dice el
refrán.
Muy de madrugada se levantó Ceano. Iban a salir los del Raisuni flanqueando por la derecha para
asegurar este costado, especialmente en el Hámara, que es donde empieza la angostura en el valle del
Mizal; no esperaba gran cosa por parte del enemigo, pero ignoraba cuándo el convoy podría ponerse en
marcha, porque tenía noticias de que los rebeldes habían destrozado algunos puentes y alcantarillas; sin
embargo, la orden estaba dada para las ocho.
El campamento del Zoco del Arbaa parecía aquella mañana un fantástico hormiguero: todo eran idas
y venidas, mulos y caballos de un lado para otro, mecánicos arreglando motores, soldados cargando y
maldiciendo, oficiales recibiendo las últimas instrucciones. El capitán de Ingenieros, jefe de los
camiones, me dijo montase con Zorrilla en su coche: iríamos los tres, pues el que trajimos el día anterior
podría dejarnos en medio del camino. (Esto ya lo habíamos observado Zorrilla y yo cuando tuvimos que
acelerar la marcha en las inmediaciones del Fondalillo.) El coche del general se colocó en sitio
despejado para poder salir en cualquier momento.
Poco después de las ocho iniciaron el avance las primeras fuerzas de la columna; mucho antes habían
salido las de Intervenciones con los harqueños del Cherif. A las nueve continuaban los camiones en el
Zoco sin moverse. A poco llegó un recado de que la pista estaba cortada antes del Hámara, y se dispuso
que un camión con una sección de zapadores saliera inmediatamente (a mi entender, esto se debió tener
previsto). A las nueve y media seguía el convoy detenido; a las diez, también. El general Riquelme tomó
su coche y salió en dirección al Hámara. Esto era una buena señal.
A las diez y media empezaron a funcionar los motores y poco a poco fueron entrando los camiones en
la pista; nuestro coche tomó puesto detrás de la primera sección del convoy. Cuando íbamos bajando la
cuesta del Zoco observamos que la cabeza del grueso se detenía en mitad del llano y que el coche del
general regresaba a gran velocidad; cuando cruzó con nosotros me dijo que había dado orden de que se
detuvieran los camiones, pues también la pista estaba cortada en el Hámara. Él regresaba al campamento
para preparar más fuerzas de Ingenieros. Esto era una mala señal.
Al llegar a la mitad del llano nos detuvimos; allí nos enteramos de que tendríamos que esperar un
gran rato aún, y eso que los arreglos se hacían todo lo ligeros que era posible, rellenando con piedras y
tierra los sitios cortados. La parada en mitad del llano se nos hizo interminable. Por la izquierda sonaba
alguno que otro disparo. A las doce y media, ¡por fin!, empezó de nuevo el movimiento; por natural
precaución iban los camiones muy distanciados unos de otros. Ya metidos en el desfiladero del Hámara
hubo una nueva detención: ¡otra alcantarilla cortada! Menos mal que el enemigo se había contentado con
hacer pequeños desperfectos, sin duda porque le cansaba tener que demoler a fuerza de golpes de pico
las obras de mampostería, lo que demostraba que los rebeldes no estaban todavía en aquella zona
verdaderamente organizados, que les faltaba mando, dirección en el movimiento de rebelión, y, sobre
todo, dinamita.
Después de un buen rato en aquel peligroso sitio, se reanudó la marcha para detenernos a poco bajo
la antigua posición de Xarquia-Xeruta. Estando allí vimos pasar gente de Dar Akobba y Xauen; primero
varios cantineros, que nos manifestaron estaban arreglando el último desperfecto, y después unos jinetes:
eran Pareja, Benito Cardeñosa y una escolta. Marchaban a Tetuán.
—¡Hola, Luis!, ¿pasa algo por ahí delante? —le pregunté.
—Nada. He tenido que venir yo personalmente montando el servicio. ¡Un asco, chico! Nadie hace
nada.
—Bueno, pues buen viaje.
—Mira: me llevo a Cardeñosa, que es el ayudante del Grupo, para hacer los partes de las pasadas
operaciones.
—Bien; que se incorpore cuando pueda.
—Seguramente no podré —dijo el aludido—, porque he cursado papeleta y espero destino este
mismo mes.
—¡Ah!, entonces nada.
La Fatalidad, que tantas y tantas veces nos lleva de su mano, tenía elegido al caballero don Benito
Cardeñosa, para que, cuando fuera glorioso resto de un capitán español, diese nombre a unas peñas y a un
poblado, que aun hoy existen, pero que ya son muy pocos los que recuerdan de quién fué la sangre que los
bautizó por primera vez.
El convoy volvió a ponerse en movimiento, iniciando el descenso por el peligroso zigzag
denominado «El Tobogán»; mas al pasar el primer camión por la revuelta que a la salida de una gran
barrancada existe entre Loma Negra y Loma Verde fué saludado con una nutridísima descarga. Los
vehículos se detuvieron, y conductores y ayudantes, armados de sus carabinas, se apostaron en la
trinchera de la pista e iniciaron sin orden ni concierto un fuego rápido contra las nubes, por no poner las
cabezas en peligro; el mismo capitán de Ingenieros jefe del convoy, poco acostumbrado a sorpresas de tal
índole, iba pistola en mano de acá para allá sin saber qué hacer, aunque decidido a descerrajar un tiro a
la primera chilaba que se le pusiera por delante. Allí nadie mandaba y la situación era en extremo
peligrosa; pero, como sucede casi siempre, la Providencia estuvo al quite, y no faltó quien tomase la
dirección de aquello: un escuadrón de Regulares —el 3.º del Grupo de Larache—, acudió a galope
tendido al lugar de la agresión y recibió órdenes, actuando rápida y eficazmente; se dió protección a una
batería de montaña, que se hallaba sin defensa en aquel inesperado ataque; se recogieron las bajas, y se
organizó de nuevo la marcha del convoy.
No obstante el fuego que el tercer escuadrón y otras fuerzas hacían sobre el enemigo, éste era tan
numeroso que podía a un mismo tiempo hacer frente a las tropas y batir el sector de pista enfilado desde
la barrancada; así es que los camiones, por elemental medida de prudencia, tuvieron que ir pasando uno a
uno con grandes intervalos y a todo correr por el sector peligroso. Al tocarnos el turno a nosotros, el
conductor lanzó el coche a la máxima velocidad; pero no bien entramos en la zona batida oímos un fuerte
trompazo, prueba evidente de que habíamos sido alcanzados.
—¡A mí ha sido! —dijo el conductor.
—¿Dónde? —preguntamos a un tiempo Zorrilla y yo.
—¡En el pie! ¡La muy p… se me ha llevado el tacón del zapato!
—¡Vaya suerte, muchacho! —exclamó el capitán.
Al llegar al primer espacio cubierto nos apeamos para examinar los desperfectos ocasionados en el
coche y ver el desfile de camiones. En casi todos venía algún herido y no pocos lo estaban de
consideración; entre éstos un capitán de cazadores atravesado de pecho.
Al pie de Dar Akobba se hallaban el general Grund y el coronel Cabanellas; junto a ellos, alineados
en el suelo, los heridos graves. ¡Un cuadro!… Zorrilla entró en funciones en el acto.
Después de un rápido cambio de impresiones con los jefes militares de Xauen, guiado por un teniente
llamado Marías de la Fuente, que por orden del comandante jefe accidental del Grupo de Larache me
esperaba allí con un caballo de mano, salí para las alturas de Dar Akobba con objeto de dirigir el
repliegue de la columna de dicha posición, empeñada toda ella en el combate.
Sobre el campo, bajo el fuego enemigo, el comandante del primer tabor me hizo entrega del mando y
acto seguido mandé recado al del 4.º, que era el que estaba más alejado, dándole cuenta de mi
incorporación.
Cuando la retaguardia de la columna de Xauen hubo repasado el Mizal, iniciamos nosotros el
repliegue sobre el campamento de Dar Akobba, lo que se llevó a efecto con todo orden y sin ser casi
hostilizados. De la pista, frente a la barrancada de marras, una densa columna de humo se elevaba recta,
como si quisiera perforar el cielo. Pregunté a uno:
—¿Qué es eso?
—Un camión que ha volcado ahí por haber sido herido el conductor, y ahora, al retirarnos, el
enemigo le ha prendido fuego.
Cerca del campamento, apartada del camino, una bandada de grajos se disputaba las excelencias del
cadáver de un mulo a medio pudrir. Al salvar la trinchera de entrada al recinto tropezó el caballo con el
piquete de un viento de tienda y estuvimos a punto de dar con nuestros huesos en tierra. ¡Banquete de
grajos y tropezón!… Recordé lo que la leyenda cuenta de cierto príncipe, cuyos restos yacen en el atrio
de una iglesia de Navarra, y dije para mi capote:
—¡Mal presagio!
CAPÍTULO VI
¡¡Dar Akobba!!
A poco de ser ocupada la misteriosa ciudad de Xauen conocí la posición de Dar Akobba. Fué el 29 de
diciembre de 1920, es decir, al día siguiente de haber sido atacado un convoy al pie de Daar Ayana y
cortadas por primera vez las comunicaciones; esta circunstancia me permitió ser yo, el día 2 de enero
siguiente, quien llevara el primer convoy hasta la subida a Cudia Borox.
Entre Xauen y Dar Akobba pasé buena parte del año 21. El terreno me era, pues, conocido, aun
cuando sabía que por mucha retentiva que el hombre tenga, con el tiempo los accidentes se deforman en
la imaginación, y luego, al contrastar el recuerdo con la realidad, se sufren desconsoladoras decepciones;
por esta causa había olvidado bastantes detalles, aunque me bastó una rápida ojeada para situarme y traer
a mi memoria los puntos fuertes, las barrancadas peligrosas, los accesos a la posición, el lugar de las
aguadas, las distancias, etc.
¡Dar Akobba! Posición histórica de nuestras campañas en Marruecos: de ella se partieron en 1920 las
columnas que al mando del general Berenguer ocuparon Xauen, y ella había de ser el final de la primera
etapa de la evacuación de 1924. En 1920 la audacia y la decisión nos dieron el éxito; en 1924 habrían de
ser la prudencia y la serenidad las que evitasen el desastre. En 1920 la marcha sobre Xauen partiendo de
Dar Akobba fué alegría y orgullo; en 1924 el repliegue de la columna de Xauen sobre Dar Akobba, dolor
y vergüenza.
Dar Akobba es la atalaya natural de Beni-Hassan sobre El Ajmás; un centinela avanzado, siempre
alerta, que vigila la confluencia del Mizal y el Lau con excelente campo de vista, que abarca desde el pie
de Laxaix a las peñas del Kaiatz, bajo las cuales, el río entra en la estrecha garganta que termina en
Cobba-Darsa. Dar Akobba es el final de la estribación Suroeste del abrupto macizo de Beni-Hassan,
cuya divisoria coronada de gigantescos peñascos e inaccesibles picos preside el majestuoso Yebel Kelti,
seguro refugio de monos y aves de rapiña. Es Dar Akobba un hito que, señala los límites de las
importantes cabilas de Beni-Hassan y El Ajmás; el poblado que da nombre a la posición es el primero de
ésta.
A pesar de la situación privilegiada de Dar Akobba y aun de su elevación sobre el cauce del Lau
(220 metros), las accidentadas fracciones de Timisar e Isumaten, el macizo de Beni-Hassan, las sierras
de Beni-Lait, el Sugna y Taslama, hacen que considerada como accidente geográfico sea de escasa
importancia. Su valor es exclusivamente militar.
Dar Akobba, desde que se ocupó, constaba de dos recintos. Uno de ellos, con parapeto de piedra,
alambrada, algunos barracones y varias tiendas, instalado en la cúspide de la loma, tenía el suficiente
perímetro para albergar una compañía, una batería Saint-Chamond, los depósitos de víveres y
municiones, las reservas de agua y la central telefónica y óptica: constituía la verdadera «posición». El
otro, situado al Este, en una meseta de menor cota, no tenía edificaciones y era el destinado a la columna:
se le denominaba «el campamento». Este estuvo sin defensa alguna hasta que una bandera de la Legión
construyó una trinchera para hombre en pie con varios tambores capaces para instalar ametralladoras.
Del campamento a la posición había escasamente cuarenta metros; podía considerarse aquél como una
prolongación de ésta.
De la posición de Dar Akobba dependían varios puestos, de los cuales los más inmediatos eran: la
avanzadilla, situada a unos 60 metros al Norte, que tenía por objeto impedir fuera hostilizada la puerta de
la posición y vigilar la pista de acceso; y el blocao, distante unos 750 metros al Noroeste (cota 440), que
tenía la misión vigilar la pista de Xauen y el camino de Xeruta al Lau por la divisoria.
La fuerza que guarnecía Dar Akobba el día 25 de agosto era la siguiente:
En la posición: 7 oficiales y un centenar de europeos.
En el campamento: 3 jefes, 39 oficiales, 310 europeos y 554 indígenas.
Total (aproximado): 49 jefes y oficiales y 1.013 individuos de tropa[1].
Dar Akobba disponía de hornos capaces para producir más de 3,000 raciones de pan diarias, y,
además, de medio millón de cartuchos mauser de repuesto, 500 disparos de cañón, una docena de bidones
medianos para reservas de agua, víveres para quince días escasos y pienso para tres. Había también
estación telefónica y óptica; la comunicación óptica con Xauen se establecía por Miskrel-la.
La columna apenas cabía en el campamento, porque tiendas, caballos, mulos y rancherías lo ocupaban
por completo; menos mal que conforme entraban las diversas unidades después de un servicio rompían
filas y los hombres iban derechos a buscar bajo la lona de las tiendas y en las cuevas una temperatura
algo más agradable que la soportada fuera de ellas.
Los alrededores del campamento despedían un hedorcillo a lo excusado, en fuerza de abrir y tapar
letrinas por espacio de cuatro años; y en cuanto al interior del recinto, la aglomeración de hombres y
ganado traía a la nariz un perfume, rara mezcla de sudor, cuero usado, cuadra y cocina barata, que no era
precisamente de ámbar ni del llamado de la Arabia: olor a guerra. Y es que ésta tiene muchas más cosas
desagradables que el dolor de las heridas y la tristeza de la muerte: suciedad, fatigas, miseria…; pero
también proporciona satisfacciones inmensas: la de la victoria, la del deber cumplido, la de Ser útil a la
Patria y otras, muchas otras.
Aquella tarde reinaba en el campamento buen humor. Ocho horas de fuego, a ratos muy intenso, a
cambio de un muerto y dos heridos, era para estar contentos. La jornada había salido «barata»; faltaba
únicamente que la noche transcurriera tranquila para poder descansar.
Cuando salí de la tienda, después de redactar los telegramas dando cuenta de mi incorporación y las
novedades ocurridas durante el día, la oficialidad se hallaba ya esperando a la puerta. El comandante
Pérez Rama, jefe del primer tabor, hizo la presentación en pocas palabras; yo contesté brevemente.
Después del acto oficial, me dió a conocer uno por uno a todos, empezando por su compañero Losada de
Arteaga, que mandaba el 4.º tabor; luego conversé con ellos largo rato y saqué la mejor impresión:
bravos jefes y oficiales, pletóricos de entusiasmo y vacíos de preocupaciones; allí estaban dispuestos a
lo que fuera, incluso a morir, que morir luchando en la guerra es honor y es gloria. Claro es que esto no lo
entienden quienes estiman que la vida está por encima de todo, cuando la vida en sí no vale nada,
absolutamente nada; pero no es el caso de sacarles de su error, que harta desgracia tienen ¡pobres
diablos! con que su egoísmo y cuando no su cobardía les haya hecho descender al orden de los seres en
que el instinto domina sobre los sentimientos.
Y llegó la noche. En la mayor parte de las tiendas, pese al cansancio de la jornada, había su poco de
fiesta. En una de indígenas, un joven corneta en camisa y descalzo hacía las delicias de la concurrencia
bailando voluptuosas danzas morunas al compás de las palmas de unos y del repiqueteo de las cucharas
contra los platos de otros; al mismo tiempo, los vasos de té eran apurados a sorbos ruidosos, como es
costumbre, y una pipa de kif corría de mano en mano para que cada cual le diese, con la ceremoniosidad
que es de ritual, la chupada de rigor; completaba el cuadro un laraxi que con fervor religioso dedicaba
sentidas canciones a Lala Menana, la piadosa santa.
Mientras tanto en la trinchera, las centinelas, vigiladas de cerca por los oficiales de servicio,
observaban el campo de donde llegaban de cuando en cuando lejanos ladridos de perros y aullidos
próximos de chacales, que venían retozando a celebrar el festín que les deparaban las sobras del rancho y
los desperdicios de las reses sacrificadas.
Fué la del 25 de agosto una noche serena y de paz.
CAPÍTULO VII
Días «baratos»
La primera noche que todo mortal pasa en un campamento duerme bien (si le dejan) y se levanta
temprano; en seguida le pica la curiosidad y procura enterarse de lo que le interesa de modo directo y
también de lo que ni remotamente le importa. Por tales razones no ha de extrañar que aquella mañana
dirigiese mis primeros cuidados a enterarme bien de los servicios que en Dar Akobba se prestaban, así
como de las posiciones a que atendía, lugar de las aguadas y forma de abastecimiento, procurando de
paso averiguar antecedentes y pormenores de las gentes con quienes tenía que convivir.
Dar Akobba formaba parte del sector de Xauen y tenía a su cargo varios puestos, de los cuales ya dos
han sido citados: la avanzadilla y el blocao. Este enlazaba perfectamente con el llamado de Loma Verde,
situado a unos 2.250 metros de la posición principal, con misión de vigilar la barrancada desde la cual se
había agredido el convoy la tarde anterior, vigilancia que realizaba muy deficientemente. El nombre de
Loma Verde no respondía a otra razón que al color de la vegetación de que estaba cubierta, así como el
nombre de Loma Negra, con que se designaba la próxima a Xeruta, obedecía a igual fundamento. Al otro
lado del barranco dé Muley Busta, en la margen derecha del Mizal, existían otros dos blocaos: Abada y
Tagbalut. El primero (740 metros de cota) estaba sobre el poblado de su nombre y distaba 6.000 metros
en linea recta de Dar Akobba; tenía por objeto flanquear la pista, amenazar el poblado y vigilar la gaba
de Beni-Maharon, o por lo menos hacerse esas ilusiones; era un puesto muy difícil de abastecer en cuanto
a media docena de tíos les diese la gana de oponerse, como quedó demostrado durante el repliegue de la
protección que se montó para llevar un convoy el día 23, repliegue que había costado 7 muertos y 26
heridos, algunos de los cuales no pudieron ser recogidos no obstante los esfuerzos realizados para ello.
El segundo, instalado sobre una meseta que domina el barranco de Muley Busta, decían era el enlace con
Abada; pero en realidad únicamente servía para impedir que los rebeldes se aproximaran a la pista en tan
peligroso sector como era el de la gaba de Kob-bats. También por aquellos días se instaló otro blocao al
pie de Dar Akobba, junto al puente sobre el Mizal, con objeto de impedir lo pudiera destruir el enemigo
y de paso asegurar la aguada de la posición.
Los campamentos tienen todos el mismo despertar: ganado que reclama su ración más o menos
imperiosamente; hombres que van, saltan la trinchera en busca de un discreto matojo, y hombres que
vuelven después de haberlo encontrado; carrasperas, toses, alguno que otro estornudo, sacudimiento de
mantas, apaleo de tiendas, maldiciones, tal cual discusión, y en cuanto sale el sol, si no hay otro
quehacer, a «leer el periódico». Esto de leer el periódico no es precisamente enterarse de lo que dice la
Prensa llegada uno o varios días antes, nada de eso; leer el periódico en esta ocasión quiere decir:
sentarse cómodamente al sol, quitarse la guerrera y la camisa, coger ésta con las dos manos
cuidadosamente extendida y examinarla con detenimiento, un poco en alto para ver mejor, hasta exclamar:
«¡Ya veo uno! ¡Oh, ladrón!…» Luego un imperceptible chasquido bajo la presión de las uñas de los
pulgares, y a examinar de nuevo…
Y aunque sea volver un poco atrás en mi relato —que en ello no creo haya inconveniente—, diré que
al despabilarme después de tan buen dormir me dediqué a curiosear el interior de la tienda. Lo primero
que saltaba a la vista eran tres camas de las llamadas de campaña con sendos jergones rellenos de paja
corta, por no haberla larga, y bajo ellas, convenientemente ocultas, otras tantas latas que habían sido de
conservas y que entonces cada huésped utilizaba para su personal comodidad en substitución de esos
vasos de loza o hierro esmaltado de boca ancha y asa que tanto en las casas ricas como en las humildes
se suelen guardar cuidadosamente en el arcano de las mesillas de noche; también pude observar igual
número de maletas que de camas y sobre cada una de ellas la consabida jofaina con el jabón, la toalla y
demás efectos de aseo; junto a la entrada había asimismo tres caballetes de tosca construcción para los
equipos de montar, y en el palo central, al alcance de la mano, unos cuantos clavos de herradura torcidos
hacia arriba, de los cuales colgaban correajes, gorras y chilabas; una mesa y varias sillas plegables, un si
es no es desvencijadas, completaban el ajuar. La instalación no podía ser más modesta, aunque a nosotros
se nos antojaba refinada, pues lo mismo los comandantes —mis compañeros de alojamiento— que yo
estábamos acostumbrados a dormir sobre el duro suelo, que en aquella guerra y en algunas épocas fué el
pan nuestro de cada día.
Cuando más abstraído me hallaba contemplando cuanto acabo de detallar, apareció bajo la falda de
junto a la entrada una mano color de azabache que cuidadosamente comenzó a soltar las lazadas del
cierre hasta permitir el paso a un morazo negro y bien plantado que resultó ser Salah, el ordenanza de
Losada, el cual venía a dar aviso de que la fuerza estaba dispuesta para montar el servicio del día. El
comandante saltó rápido de la cama, se cubrió con la chilaba y salió.
Cuando regresó Losada de inspeccionar los servicios, ya estábamos Pérez Rama y yo instalados en el
«garigolo», especie de cenador recubierto de adelfas, inmediato a la tienda, donde los jefes de tabor
recibían los partes reglamentarios y despachaban la correspondencia. Por lo que pude apreciar desde el
primer momento, entre ambos jefes existían ciertos recelos, debidos tanto a sus caracteres
diametralmente opuestos como al natural prurito de estimarse cada uno mejor hombre de guerra que su
compañero. Losada era un madrileño de pura cepa, inteligente y simpático, que hacía gala de buen humor
manejando los chistes lopezsilvescos con oportunidad y gracia; Pérez Rama, mezcla de poeta y
matemático —no hay que olvidar que había sido durante muchos años preparador—, recitaba con
bastante buen gusto sus composiciones predilectas y permanecía a veces horas enteras, ante una cuartilla
de papel repleta de letras y guarismos resolviendo problemas o en busca de nuevas demostraciones a un
teorema que la mayor parte de nosotros teníamos olvidado. Losada era aseado, detallista y culto, y
gustaba de hacer los menús de las comidas, para lo cual tenía especial habilidad; Pérez Rama era más
despreocupado de su persona, al punto de olvidarse con frecuencia de los afeitados y cortes de pelo, y le
tenían sin cuidado las combinaciones de guisos y el orden en que se los presentaban en la mesa. En los
actos del servicio ambos eran exigentes, cumplidores y correctos.
A media mañana, un grupo de indígenas cantando salmos y precedidos de una camilla portadora de un
largo paquete blanco nos hizo poner a todos respetuosamente en pie: era el entierro del soldado muerto la
víspera.
Aquel día, por ser de descanso, no hubo otros quehaceres que el pago de muna, la revista y
reposición de las municiones consumidas el anterior; el siguiente, ya fué otro cantar. Losada, al punto de
acostamos, lo había previsto.
A medianoche, un telegrama del general Grund decía como sigue: «Mañana a las siete rompe la
marcha esta columna hacia Zoco. Cuando la vea en puente Fomento (el del Lau) disponga salida sus
tabores y escuadrón. Llevará estación óptica esa posición. Avanzará con fuerzas cubriendo flanco
derecho y después continuará por la izquierda del blocao Loma Verde reconociendo Tobogán y ocupando
Loma Negra, buscando contacto óptico con el general Riquelme y quedando ocupando el frente desde
Loma Negra hasta barranco inclusive donde ocurrió la agresión, estableciendo cuidadosa vigilancia y
comunicando novedades tan pronto haya reconocido Tobogán. Coronel Cabanellas, que manda la
columna, estará en blocao Dar Akobba».
Llamé al teniente Marías de la Fuente, el mismo que me esperó el día 25 al pie de la posición, y le
nombré ayudante con carácter interino. Acto seguido nos pusimos a redactar la orden. Cuando
terminamos nuestra tarea, el alba apuntaba.
El avance de la columna se hizo con relativa facilidad, ya que el enemigo se contentó con tirar mal y
desde lejos. A las nueve llegamos a Loma Negra, donde se instaló la estación óptica al abrigo del blocao
que allí había; me puse en contacto con las fuerzas del general Riquelme, y en seguida di parte al coronel
Cabanellas de estar montado el servicio y expedita la pista. Una hora más tarde una inmensa polvareda
nos anunció la llegada del convoy de regreso, de paso para el Zoco del Arbaa, convoy que tardó más de
tres horas en desfilar, pues los pobres camiones andaban tan mal de motores que el que no se detuvo una
vez fué porque lo hizo varias.
Cuando hubimos perdido de vista el último camión, previa consulta al coronel, iniciamos el repliegue
sobre Dar Akobba. Para efectuarlo empezaron a desplazarse las fuerzas de Loma Negra al amparo del
blocao, guarnecido por un sargento y diecisiete soldados peninsulares de la compañía de Xeruta, que por
su valor y gran espíritu nada tenían que envidiar a los de las tropas especiales. Ni que decir tiene que tan
pronto el enemigo se dió cuenta de la maniobra arreció el fuego, tumbándonos un hombre a las primeras
de cambio, lo que dió lugar a un poco de confusión en el movimiento del primer tabor, que fué corregido
en el acto. A las seis estábamos en el campamento.
Al oscurecer, un buen número de disparos hechos desde el blocao Dar Akobba sembraron la alarma
en el campamento. En seguida se preguntó por teléfono si ocurría alguna novedad. El cabo del
destacamento contestó que momentos antes se había aproximado un individuo a la alambrada y
cumpliendo la consigna ordenó hacer fuego sobre él; estaba en la creencia de que por lo menos lo habían
herido. Del campamento salió una sección con orden de practicar un reconocimiento. Al poco rato se
presentó en mi tienda el teniente Otero Valderrama indignado, descompuesto…, y dijo:
—¡Un asesinato, mi teniente coronel; un asesinato! Ha sido la víctima el soldado de mi compañía
Buasa Ben Mati, que indudablemente salió a buscar algo que se le había perdido, pues entró en el
campamento con nosotros. ¡Lo han acribillado a balazos! Ahí traen al pobre. Yo pido, mi teniente
coronel, un fuerte castigo para el blocao…
Siguió dándome más detalles. Mi primera intención fué corregir severamente al oficial que tan fuera
de tono se manifestaba; mas comprendí que su actitud era debida a un momento de exaltación por la
impresión de la desgracia, y opté por calmarle. Le dije que para enjuiciar los hechos, lo primero era
proceder con serenidad, tranquilizarse, razonar… Sensible, muy sensible la muerte de un soldado; ¿pero
quién le mandaba a tales horas salir del campamento y aproximarse a un blocao en donde todo son ojos?
¿Había ido a buscar algo? ¿El qué? ¿Lo sabía él? ¿Acaso lo había averiguado? ¿No podría ser que
hubiera intentado desertar? ¿Podría él afirmar lo contrario?… El teniente se dió por vencido.
—Es que… ¡era tan buen soldado!
Otero Valderrama se retiró para ver llegar el cadáver, que lo traían entre cuatro compañeros casi a
rastras.
Después del incidente relatado, noche apacible. Por Taguesut y Xeruta, disparos sueltos para que no
echásemos en olvido estábamos en guerra. Entrados ya en la madrugada me despertaron para darme un
telegrama del general Grund, que decía como sigue: «Mañana a las siete saldrá esta columna con convoy
para Taguesut. A la misma hora emprenderá la marcha con tabores y escuadrón hacia Garrofa, donde
dejará compañía de fusiles, otra ametralladoras y escuadrón; con resto fuerza cubrirá flanco izquierdo
hasta pasado Luta-Kala y dando vista a Taguesut, disponiendo protección fija y vigilancia cuidadosa para
evitar que el convoy sea hostilizado. Por mi izquierda va caballería de Vitoria para buscar contacto con
esa columna hasta Garrofa».
Para mí era completamente desconocido el itinerario a Taguesut. Por fortuna se hallaba a mi lado el
teniente Marías que, sobre ser un muchacho inteligente y valeroso, era excelente práctico; también el
comandante Losada conocía el terreno palmo a palmo.
—La primera parte del avance —me dijo éste— se hace siempre sin dificultad; pero luego, de
Garrofa a Luta-Kala, existe un camino a media ladera batido desde el flanco izquierdo, un «Paso del
Señorito» que es de lo más desagradable que puede darse. Lo principal, a mi entender, es ocupar pronto
las peñas de delante del blocao de Garrofa para que el enemigo no se nos adelante. En ellas fué donde
quedó abandonado el cadáver del alférez Rodríguez Flores.
A las siete en punto emprendimos la marcha. El itinerario era bajar a la pista de Xauen y luego seguir
por el llano hasta cruzar el Lau agua abajo de la afluencia del Mizal. El escuadrón hizo un rápido avance
y coronó las alturas de la margen derecha para cubrir el paso de las tropas de a pie. ¡Admiraba ver
aquellos caballitos, tan ligeros de carnes, trepar veloces entre la maleza y llegar arriba, arriba de todo!
Cuando el grueso hubo vadeado el río, ya la vanguardia de la colümna de Xauen había pasado de
Kalaa bajo (la posición que el Uafi tanto interés tuvo en que se ocupara). Nada se podía temer del flanco
derecho; en cuanto al izquierdo, tampoco: era el terreno demasiado despejado para ocultar una
concentración numerosa. El escuadrón, hábilmente dirigido por el capitán Santamaría, apresuró la
marcha; casi en un abrir y cerrar de ojos ocupó las trincheras cavadas entre el Lau y el blocao Garrofa.
Al pie de éste se concentraron las dos columnas. Tras un breve descanso para tomar alientos se prosiguió
el avance, entrando en el llamado «Paso del Señorito», donde zumbaban de lo lindo. Sobre el camino
cayó un hombre hecho un ovillo; se dejó atrás para que la ambulancia lo recogiera. Había que llegar
cuanto antes a Luta-Kala, y se llegó. Cumplidas al pie de la letra las órdenes recibidas, quedó montada la
protección. Dos tabores de Regulares siguieron a Taguesut con instrucciones para hacer una demostración
sobre el puente romano. Quedaron en Luta-Kala, como reserva, algunas fuerzas de cazadores, entre ellas
el batallón de Figueras, al frente del cual venía Fernando Cirujeda, jefe brillante, valeroso y curtido en la
guerra; allí quedaron también instalados los puestos de mando del general Grund y coronel Cabanellas.
Según dijeron, se iba a llevar un convoy de cargas moras a Taguesut y gasolina a la radio de García Uría.
¡Nos quedaba un buen rato de espera!
Establecido el contacto con las huestes del teniente coronel Permuy, jefe de Taguesut, se hizo avanzar
el convoy que aguardaba en Garrofa convenientemente vigilado. Cuando los conductores de las cargas
moras se vieron hostilizados en el «Paso del Señorito» trataron de volver grupas y no hubo más remedio
que hacer entrar en acción a S. M. la Estaca, procedimiento que no será muy ajustado a derecho, pero que
en tales casos no hay otro que sea tan eficaz. ¡Aquellos muletos y borriquillos hostigados por los árrias y
estacazos de los moros, que a su vez lo eran por nuestros indígenas, corrían que se las pelaban!
Durante el paso del convoy el tiroteo se intensificó sin consecuencias para las fuerzas de protección,
que se hallaban perfectamente parapetadas. Algún borrico vi pasar chorreando sangre; otros quedaron
sobre el camino para pasto de los grajos.
—Cada vez que veo esa posición se me ponen los pelos de punta —dijo el general Grund señalando a
Gaicía Uría—. De ahí querían que partiera para socorrer a Tazza y Solano. El terreno es infernal.
—¿Y García Uría es la posición principal del Grupo Adgós? —interrogué[2].
—Sí, en efecto —contestó—. En ella está la batería de posición, que ¡vive Dios! no sé cómo
pudieron subirla. Fíjese bien: después de bajar de Taguesut al río Talambot (que tiene pasos obligados y
dificilísimos) hay que subir aquella empinada cuesta que se ve, y cuando ya cree uno que está arriba,
tocando la posición con las manos, ¡pásmese!, todavía le queda un zigzag de veintiséis rampas.
¡Veintiséis rampas!…
—Y la aguada ¿en dónde la hacen? —preguntó uno de los allí presentes, que como yo debía
desconocer aquellos lugares.
—De eso están bien —dijo el general—. Tienen un estupendo, manantial detrás de la posición y a
cubierto. Agua no puede faltarles; pero créame que es una preocupación para mí ese segundo tabor del
Grupo de Larache que está ahí arriba destacado.
—Y esos peñascos de la izquierda ¿son los que llaman el Hafa Kaiatz?
—Así les llaman, y esos sí que son inexpugnables. De ahí se despeñaron dos oficiales el día de la
ocupación —respondió.
—Sí, ya recuerdo, lo leí en los periódicos. Y allí —dije señalando la posición principal—, allí
murió uno de mis mejores amigos, el capitán don José García Uría: un veterano calvo y con más años que
un palmar, que no cejó hasta conseguir el mando de una compañía de la Legión. Eso para que digan que
los viejos, carecen de espíritu.
A este punto llegábamos en nuestra conversación, cuando empezó a pasar el convoy de bajas de
Taguesut. Entre éstas venía el capitán Pascual del Povil, gravemente herido durante una de las famosas
demostraciones sobre el puente romano.
Como con toda seguridad habrá éntre mis lectores quienes ignoren lo que era una «demostración» en
la guerra de Marruecos, lo voy a explicar en muy pocas palabras: Demostración era la realización de un
cometido que se daba a una fuerza más o menos numerosa, casi siempre de efectivo inferior a la columna
principal, para que ésta pudiera alcanzar su objetivo sin gran desgaste. Consecuencia de ello, dicha
fuerza era la llamada a recibir todas las tortas que se repartían en el campo de la acción y algunas veces
fuera de él. Rara vez se la citaba en el parte oficial. ¿Está claro?
Tras los heridos, transportados unos en camillas y otros en artolas, llegaron los enfermos con su
andar lento y sus continuas paradas; después, mucho después, las cargas moras que venían de regreso, las
cuales si antes corrían ahora volaban.
Cuando hubo pasado todo lo evacuable se organizó el repliegue, desplazándose las unidades en orden
inverso, es decir, primero las de reserva, luego el cuartel general, a continuación los tabores del Grupo
de Tetuán, y, por último, la columna de Dar Akobba. El enemigo intensificó el fuego; mas la rapidez de la
maniobra impidió que las fuerzas fueran acosadas, especialmente en el famoso paso, camino estrecho,
muy batido y sembrado de cadáveres de caballos y mulos a medio pudrir.
Cuando la columna de Dar Akobba llegó al pie de Garrofa, ya había roto el combate la de Xauen e
iba en franco repliegue. Aquélla, después de una breve parada para reorganizar sus compañías, prosiguió
la marcha cubierta por el escuadrón, que quedó combatiendo pie a tierra. El fuego no era intenso; sin
embargo, a los pocos momentos de abandonar la caballería las peñas de Garrofa, ya estaban allí unos
cuantos tiradores sacudiendo de lo lindo. Hubo que acelerar la marcha, pero los malditos mulos tenían
pocas ganas de andar y la velocidad era muy inferior a la que convenía en aquellas circunstancias,
máxime siendo cada vez mayor el número de los que tiraban.
Sin contratiempo salvamos un lomo muy descubierto y luego otro; entonces —ya a más de mil metros
de Garrofa— el ayudante Marías comentó con satisfacción:
—Ya aquí no alcanzan. Por hoy se acabaron los tiros.
—Mire: no haga comentarios, que aún pueden atizarnos un linternazo —le atajé.
Diciendo esto, una bala con buen gas pasó entre nuestras cabezas.
—¡Caray! Tiene usted razón —contestó.
En aquel mismo momento oí a Losada que gritaba:
—¡A ver, un médico! ¡¡Uisástegui!!
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada, que acaban de hacerme dos heridos; pero por fortuna dos balazos de mucha suerte.
—Marías: hágame el favor de no hacer más profecías —dije al ayudante en cariñoso tono de
reconvención.
—Descuide usted, mi teniente coronel, que no volveré a hacer afirmaciones gratuitas.
La columna de Xauen cada vez estaba más distante de nosotros. Ya sólo se oía alguno que otro
disparo suelto de los «disgustados», como llamábamos en África a los tiradores que seguían molestando
hasta última hora.
Cuando el sol lanzaba sus últimos rayos sobre la llanura, llegamos al vado del Lau. Allí nos
detuvimos para abrevar el ganado y que los hombres saciaran la sed. Era ya de noche cuando entramos en
Dar Akobba. El día no había sido caro para nosotros: cinco heridos. ¡Si todos hubieran sido así!…
No hay nada tan grato, que ocasione tan honda satisfacción, como el campamento después del
combate. Para el que conoce la guerra —y para el que no la conoce también— los tiros son
desagradables: producen cansancio, malestar y excitan el sistema nervioso. El silbido de las balas, las
manchas de sangre de los heridos, los muertos, también los caballos y mulos revolcándose de dolor, todo
eso —que es sensación de peligro— repugna, y cada cual procura hacer de tripas corazón y desea que el
fuego acabe lo antes posible. Cuando el combate cesa, inmediatamente sobreviene la reflexión, y al darse
cuenta el individuo del riesgo corrido y de que ha podido formar número en el triste campo de las cruces,
cae en una crisis de depresión. Por fortuna ésta dura poco y sobreviene la reacción; y entonces es cuando
el hombre se siente dichoso, la lengua se desata en comentarios y se hacen animados relatos de los
episodios de la jornada, que es lo más grato de la guerra. ¡Oh, contar todo aquello que uno vio!…
Pero volvamos al campamento y a la posición de Dar Akobba envueltos ya en las sombras de una
noche estrellada. En la trinchera, hombres silenciosos penetrando con su mirada escrutadora en la
oscuridad, el arma al brazo y al menor ruido el consabido «¿as-kún?», que en árabe reemplaza a nuestro
tradicional «¿quién vive?»; en cada sector, su oficial de cuarto, vestido de trapillo para mayor
comodidad y con la pistola al cinto; en las filas de ganado, los de cuadra poniendo paz entre las bestias,
siempre dispuestas a propinarse mordiscos y coces; en las tiendas, la gente dé descanso en animada
charla o armando zambra, y allá, en lo alto, los destellos del aparato de luces cursando y recibiendo
partes… Poco a poco las conversaciones cesan, el holgorio decrece, y a medianoche, silencio absoluto.
¡Esta es la paz en la guerra!
CAPÍTULO VIII
Los días de descanso —que como habrá visto el lector eran bien contados— los dedicaba a ordenar
papeles, redactar instrucciones para la administración del Grupo, contestar cartas y poner en limpio los
partes de las operaciones. Todo esto lo hacía teniendo que soportar a mis vecinos de tienda, los oficiales
del primer Tabor que, con los del cuarto que se les unían para pasar el rato, armaban cada discusión de
dos mil demonios. Llevaba la voz cantante casi siempre en tan animadas tertulias un capitán apellidado
Manso, hombre muy aficionado a hablar de lo divino y de lo humano y a imponer su criterio a fuerza de
voces. Unas veces filosofaba sobre la existencia o inexistencia del alma, otras sobre la energía y la
materia, también sobre las probabilidades de una vida ultraterrena y hasta sobre la omnipotencia del
Supremo Hacedor, es decir, siempre sacando a colación temas que arguyo no le importaban un bledo a él
ni a quienes le escuchaban, y más en aquellas circunstancias. Por si esto fuera poco, Pérez Rama
completaba el cuadro recitándonos en el garigolo a Losada y a mí sonetos y romances de su inspiración,
no malos del todo, aunque siempre de un marcado matiz romántico, poco acorde con cierto salpullido que
padecía y los parásitos que nos disfrutábamos. Una de sus composiciones favoritas era cierta oración
fúnebre dedicada a un sobrino, caído en la guerra, a quien por lo visto había profesado en vida gran
cariño.
Había en las disquisiciones filosóficas de la tienda vecina y en las aficiones poéticas de Pérez Rama
algo de inconsciencia que hasta cierto punto envidiaba; pues algo peor para el espíritu era meditar sobre
lo que estaba ocurriendo y lo que podría ocurrir de seguir las Cosas como hasta entonces. Era el caso que
desde mi salida de la Mehala y sobre todo desde mi incorporación a Dar Akobba había perdido el
contacto con el servicio central de información y estaba ayuno de, cuanto sucedía en el territorio,
teniendo que conformarme con las escasas noticias que de Xauen me decían por teléfono Cirujeda y
García Colomo, éste jefe de Estado Mayor del sector. Mi mayor preocupación, por ser lo más grave,
estaba en la falta de noticias sobre el desarrollo de las operaciones en la línea del Lau, porque tenía la
seguridad de que si Serrano hubiera podido socorrer las guarniciones de Tazza y Solano, el general en
jefe se hubiese apresurado a darnos la buenandanza; mas como nada se nos decía oficialmente de las
operaciones que se estaban llevando a cabo en la parte de Cobba-Darsa, sospechaba que las cosas no
debían ir bien ni mucho menos, pues aun la noticia recibida el 29 sobre un fracasado ataque a Solano,
durante el cual el enemigo había dejado más de cincuenta cadáveres en las alambradas de la posición,
indicaba bien a las claras que los rebeldes contaban con hombres y elementos de guerra sobrados para
oponerse a la columna y atacar las posiciones; además, ¿cuál habría sido el desgaste de la guarnición
después de tan duro combate? ¿Tendría municiones bastantes para hacer frente a una nueva embestida?
¿Contaría con agua y víveres para resistir hasta la llegada de las fuerzas de socorro?… Estas y otras
preguntas me hacía yo sin lograr encontrar respuestas que me pusieran en trance de un franco optimismo.
El día 30 salimos de nuevo a cubrir la pista hasta Loma Negra para proteger el paso de un convoy de
camiones; los víveres y el material llevado a Xauen fueron escasos, debido a que gran parte de los
vehículos los ocupaban fuerzas del batallón expedicionario de Gravelinas, enviado de Tetuán para
reforzar el sector. El general Grund aprovechó la protección de la pista para trasladarse a Ceuta,
quedando el coronel Cabanellas encargado del mando. El enemigo ejerció mayor presión sobre nosotros
que de ordinario, y al iniciar el repliegue vimos con sorpresa que de la parte de Abada bajaba bastante
gente para acosar en la retirada, que se efectuó con un orden admirable.
Al día siguiente recibimos noticias poco satisfactorias de la línea del Lau: Serrano estaba detenido
cerca de la Yemaa de Tirines y cada vez era más intensa la presión sobre Tazza y Solano. El general en
jefe dispuso, en vista de ello, que el tabor destacado en el Grupo Adgós hiciera una demostración sobre
el río Ibuharren para restar enemigo a la columna libertadora y ver si ésta, en un supremo esfuerzo,
conseguía llegar a las posiciones sitiadas, ya en trance desesperado. Se trató de llevar a efecto la
demostración, pero tan pronto los rebeldes se dieron cuenta cayeron sobre el tabor en número
considerable, y, ante la perspectiva de un combate francamente adverso, el comandante que lo mandaba
acordó el repliegue sobre su base con dos muertos y cinco heridos.
La tarde la aprovechamos para dar tierra al cadáver del cabo de ametralladoras Miguel García,
muerto el día anterior. Los enterramientos en campaña producen una profunda melancolía. Y no es por la
existencia segada en un instante del hombre pletórico de vida, sino por la indiferencia con que se acoge
la desgracia y la soledad en que queda la víctima. Se deposita un cadáver en el cementerio de la más
mísera y apartada aldea, y parece no queda abandonado; antes bien pudiera decirse pasa de la sociedad
humana a formar parte de otra donde reina el silencio, la paz y la verdad, pero donde aún le siguen
acompañando las lágrimas, las oraciones y el recuerdo de los seres queridos. En campaña no sucede nada
de eso; en el caso más favorable, unas manos piadosas cavan la fosa, colocan los restos y los cubren con
tierra; en ocasiones, algunas palabras del jefe para ensalzar la conducta militar de la víctima, y luego la
comitiva se esfuma y el muerto queda allí solo, ¡completamente solo! Al rato, una bandada de grajos
escarba con furia sobre la tierra removida y lanza sus graznidos al aire, protestando de que se le haya
vedado el rico manjar; más tarde, una manada de chacales pasea sus aullidos por los alrededores y sigue
escarbando; y a los pocos días los torpes pies de quienes hacen la descubierta derriban la cruz que puso
un amigo cariñoso… y desaparece la única señal de que allí descansan los restos de un mártir de la
Patria.
Con un par de cajones de galleta y unos largueros —que ignoro de dónde salieron— se construyó un
ataúd al cadáver de Miguel García. El cortejo le acompañó a la tumba; él sacerdote rezó un responso; y
después de unas breves frases de despedida, que terminaron con: «¡Tropas de Dar Akobba: el cabo
Miguel García ha muerto! ¡Viva el cabo Miguel García! ¡Viva España!», un grito de hombres de guerra
vibró en el espacio, grito que el eco devolvió atenuado. La tarde caía y pronto las sombras de la noche lo
envolvieron todo, todo, ¡absolutamente todo!… hasta el recuerdo del cabo Miguel García. ¡Así es la
guerra!
Al día siguiente —1.º de septiembre— salió la columna para proteger el regreso de los camiones que
llegaron a Xauen el 30. El servicio hubo que extenderlo hasta la posición de Xeruta, porque parte de la
columna del general Riquelme tuvo que quedar en el Zoco del Arbaa sobre las armas, en espera de
acontecimientos, por haber sido atacada la posición de Buharrax. El repliegue sobre Dar Akobba tuvo
que hacerse con grandes precauciones por haber prendido la insurrección en los poblados de la parte
derecha del Mizal. Con esto, ya todo lo que nos rodeaba era enemigo.
Al regresar aquella tarde al campamento ¡qué ajenos estábamos a las angustias que nos esperaban tras
los parapetos de sus trincheras!
Y amaneció el 2 de septiembre: Muy de mañana me llamó al teléfono el capitán García Colomo,
encargándome recibiese personalmente un cifrado muy importante, cuya contestación urgía. Le dije no se
molestara, porque carecía de clave.
—¿Pero no tiene usted la del territorio? —preguntó asombrado.
—No, amigo Colomo, carezco de ella; quizá la tenga el jefe de la posición. Preguntaré…
Mandé un recado y a los pocos momentos me trajeron la contestación: tampoco el jefe de la posición
la tenía.
—Pues nada, no hay clave —repetí a García Colomo—. Si quieren que me entere han de someter el
despacho a la curiosidad pública.
—No puede ser —afirmó—. Sin embargo, hablaré con el coronel —dijo después de reflexionar unos
instantes.
Al momento oí la voz de Cabanellas:
—Hola, Mola. ¿Qué hay por esa?
—Nada, mi coronel; paz octaviana.
—Paz ¿eh? Bueno, atienda: me pongo al aparato para decirle que no se puede mandar ese telegrama
sin cifrar. Hay que ver el procedimiento para que llegue a usted.
—Eso es fácil, mi coronel: ahora mismo ordenaré monte una sección con un oficial europeo que irá a
recogerlo.
—Me parece muy bien. Yo mandaré otra sección, y ambas podrán entrevistarse en puente Fomento.
Ya verá por la índole del asunto que no puede cursarse como los partes ordinarios. Por ahí, ¿qué noticias
hay? —volvió a insistir.
—¿Por aquí? Ninguna, mi coronel; ya se lo he dicho, antes. Vivimos en el limbo. No habrá más que
las que ustedes nos den.
—Pues yo bien pocas puedo darle. Adiós.
Y sin dar tiempo a decirle el consabido «a la orden de usted», quedó interrumpida la comunicación.
Llamé al capitán de Caballería y le di orden de que montase inmediatamente una sección. Esta salió a
los pocos momentos.
¿Qué diablos ocurrirá?, nos preguntábamos en la tienda, pues tanto Losada como Pérez Rama habían
sido testigos de la conversación con el coronel. Desde luego la noticia no puede ser buena, afirmábamos,
porque de serlo la publicarían a bombo y platillos. ¿Habrá confidencias de que vamos a ser atacados?
Esto creíamos lo más probable; pero, en fin, ¿para qué preocuparse?… Lo que fuese sonaría, y sonaría
pronto.
Dos horas más tarde regresó la sección. El oficial sacó del bolsillo un sobre azul y me lo entregó. Leí
lo siguiente: «Para el teniente coronel Mola, jefe de la Columna de Dar Akobba. Personal y reservado».
Lo abrí en el acto y aparecieron dos cuartillas: una de ellas era la clave del territorio; la otra, escrita de
puño y letra del capitán García Colomo, decía como sigue:
«El general en jefe, en telegrama de hoy 2, me dice: Hay que intentar la salvación de guarnición Solano, agotando todos los
medios imaginables. Si puede V. S. encontrar un grupo de hombres voluntariosos que de noche fueran a sacarla, se les otorgaría
el premio que quisieran aunque fuera muy crecido, y tratándose de soldados se ganarían la Laureada; vea V. S. si existe en todo
ese sector quienes acometieran voluntariamente la hazaña; deme cuenta del resultado de esa gestión. Lo que traslado a V. para
su conocimiento y efectos. Deme cuenta.»
Me quedé de una pieza. ¡Oh!… Yo, que conocía la situación política del territorio; yo, que había visto el
estado de desorganización de los recién llegados batallones expedicionarios; yo, que sabía de engaño en
que vivía el pueblo español; yo, que no ignoraba los propósitos del Gobierno; yo, que había sido testigo
presenciar de escenas que aun hoy no es prudente decir…; yo, lector querido, empecé a preocuparme
seriamente de la suerte que nos estaría reservada después de la evacuación de la línea del Lau. La
situación se iba poniendo seria, muy seria, de «bigote negro», como decía Serrano. Y nosotros allí, en
Dar Akobba, a cincuenta kilómetros de Tetuán, expuestos a una situación crítica de un momento a otro,
teniendo quizá que confiar la salvación al éxito de un telegrama del calibre del que acababa de recibir…
¡La tragedia se mascaba!
Un rato después, en una hoja de papel que aún conservo, redacté el siguiente cifrado:
«El jefe columna Dar Akobba a coronel Sector Xauen: En contestación a su escrito reservado trasladando telegrama general en
jefe, aun sin consultar puede afirmar el teniente coronel que suscribe no duda por un momento que su oficialidad está dispuesta
a todos los sacrificios que le imponga el mando. Ahora bien, hace constar no cree prudente exponer la situación de Solano a la
tropa, por cuanto el personal de este Grupo, procedente de otra zona, desconoce completamente el terreno y emplazamiento de la
posición, y, además, tratándose de indígenas, seria quizá pernicioso el conocimiento de la verdadera situación de la línea del
Lau y tal vez podría entrar la desconfianza sobre nuestro poder, que en seguida se traduciría en deserciones, hasta ahora
contenidas. Si no obstante estas razones, V. S. lo estima conveniente, exploraré la voluntad de mis soldados.»
Los comandantes, aunque no lo manifestaban, ardían en deseos de conocer el contenido del sobre azul.
Por fin les dije:
—Pueden ustedes dormir tranquilos. He aquí el papel reservado; y después de empaparse bien,
díganme lo que les parece.
Losada, que era el más sereno, hizo el comentario siguiente:
—¡Pobre guarnición de Solano!
Pérez Rama, por el contrario, se desató en improperios, como si éstos tuvieran un poder sobrenatural
sobre las desdichas. ¡Estábamos dejados de la mano de Dios! ¡Oh!… Buharrax atacado y perdida la línea
del Lau, ¿qué iba a ser de nosotros?…
Losada cortó las exclamaciones llamando al cocinero y diciéndole:
—Mira: esta noche nos vas a poner un puré de «trompitos» y unas croquetas de gallina. El puré lo
haces cociendo primero los garbanzos y luego…
Siguió dando las instrucciones necesarias para la confección del puré y las croquetas; después, como
de costumbre, auxiliado por el insustituible Salah, se acicaló cuidadosamente. Pérez Rama no quiso ser
menos: hizo que Verdú, su asistente, fuera a buscar al barbero de la compañía de ametralladoras para que
le cortase el pelo; luego se fregoteó de lo lindo y hasta se mudó de camiseta.
Por la tarde Cirujeda me llamó por teléfono desde Xauen.
—¿Qué hay, Emilio? —preguntó.
—Nada, Fernando; lo que tú digas —le repuse.
—Yo, hijo, poco y malo. Te habrás enterado del telegrama del general en jefe. Aquí nos ha reunido el
coronel…
—Sí; ya estoy enterado —le atajé.
—Pues, además, hay una novedad triste.
—¿Triste? ¿Ha caído Solano?
—¡Tazza! Es noticia oficial.
……………………………………
A los pocos momentos entraba en la tienda el teniente interventor. Era Juan de Juan —que así se llamaba
el visitante que nos ocupa— un tipo notable: alto, robusto, pelado al cero, mirada triste y timbre de voz
aún más triste. Juan de Juan, para romper a hablar, tenía antes que sentarse, coger el gorro entre las
manos, darle repetidas vueltas, mirar al suelo, y, por último, dejar a sus labios que dibujasen una sonrisa
incomprensible. Juan de Juan era portador esta vez de noticias del campo; sabía de grandes disensiones
entre gomaras y rifeños, y que éstos tenían órdenes de Abd-el-Krim de regresar a Beni-Urriaguel, con lo
cual la presión en el Lau decrecería bastante en beneficio de la situación general, algo complicada; por
otra parte, a los gomaras les faltaba el arrojo de los urriaglis. En vista de ello —aunque era muy difícil
—, las cosas podrían llegar a arreglarse… Hasta cierto punto era optimista.
Mientras le oía, estrujaba en el bolsillo el telegrama cifrado recibido horas antes y todo mi
pensamiento lo absorbía un nombre: ¡Tazza!
Como de ordinario, después de la cena se organizó una animada tertulia a la puerta de mi tienda. La
oficialidad comentaba jovialmente la suerte que íbamos teniendo. Allí estábamos en el mejor de los
mundos; las noches transcurrían tranquilas; los días, salvo los de convoy, eran deliciosos; ya el enemigo
no paqueaba desde el Pitón de Azúcar —un montículo coronado de grandes peñascos situado entre los
blocaos de Dar Akobba y Loma Verde—. ¡Dar Akobba era Jauja! ¡Vaya suerte la nuestra!…
—Por cierto —dijo Losada— he observado que desde hace un par de semanas no se monta durante el
día el puesto del Pitón de Azúcar, el cual es muy conveniente para evitar se instale un «paco» en las
peñas que lo coronan y nos dé la lata.
—Tiene usted razón —le repliqué—, desde mañana volverá a establecerse; me parece necesario. No
lo había puesto porque creí lo vigilaba el blocao; pero no hay que fiarse. Mañana al amanecer irán allí un
sargento y doce hombres, que serán relevados al mediodía por otra patrulla que regresará al oscurecer.
Una discusión algo violenta entre los tenientes Otero Valderrama y Casas Miticola, en la que actué de
mediador, acabó la reunión. Ambos eran excelentes oficiales, pero tenían caracteres diametralmente
opuestos. Las discusiones no entibiaban en nada el afecto que mutuamente se profesaban.
Aquella noche, al tiempo de acostarme, escribí en mi diario de operaciones:
«¡Loor a vosotros, bravos soldados de Vizcaya, mártires de la Patria, que, sabiendo morir como
héroes, tan alto habéis puesto el nombre de nuestra amada España y tanto habéis hecho por ella! Yo juro
por mi honor que, si llega el caso, sabré imitaros.»
No pude dormir. Una maza invisible parecía clavaba en mi cerebro con persistente martilleo: ¡Tazza!
¡Tazza! ¡Tazza!…
CAPÍTULO IX
Días de incertidumbre
El 6 de septiembre
Comentarios.—¿Se debieron evacuar Adgós y Taguesut? Creo sinceramente que sí. Atacada la línea
fortificada del Lau y perdidas gran parte de las posiciones de ella; obligada la columna del general
Serrano a retirar los puestos inmediatos a Cobba-Darsa, para qué no sufrieran igual suerte que los demás;
declaradas en rebeldía las cabilas de Beni-Hassan y El Ajmás y rota toda acción política, no quedaba
otro recurso que hacerlo y hacerlo pronto; unos días más de vacilación, y el enemigo las hubiera
bloqueado con fuertes contingentes, y ¡sabe Dios entonces lo que habría costado socorrerlas!
Se ha hablado mucho sobre el gran error que se cometió al instalar la línea del Lau, confundiendo
lamentablemente lo que fué en un principio con lo que llegó a ser después. Cuando en los primeros días
de mayo de 1921 el entonces teniente coronel Castro Giro na hizo por primera vez el recorrido de Cobba
Darsa a Xauen estableció a lo largo del desfiladero unos cuantos pequeños puestos de policía,
guarnecidos exclusivamente con indígenas, que tenían por único objeto vigilar el camino natural de
Xauen a la costa; estos puestos, aun en el caso de que hubieran sido atacados y vencidos, no
representaban problema alguno de orden político ni menos un contratiempo para nuestra acción militar:
en cualquier agresión se perdían más vidas y más fusiles. Ahora bien, desde el año 21 al verano del 24
esos puestos fueron aumentados y convertidos en posiciones militares, guarnecidas en su mayor parte por
tropas europeas, y ese sí que fué un grave error, pues la línea carecía de finalidad militar y era difícil de
abastecer y defender. El error, por tanto, no es imputable a los que la establecieron, sino a quienes le
dieron un carácter que nunca debió tener.
La operación del 6 de septiembre fué bien concebida y, si cabe, mejor ejecutada. Hubo, claro está,
sus lunares; pero ello es natural. Si en un sencillo supuesto táctico, en terreno fácil y conocido, tiene
siempre la crítica motivo de censura, ¿acaso puede exigirse más en el desarrollo de una operación de
maniobra difícil, teniendo que moverse las fuerzas en un terreno abrupto y hostil y acosadas por un
enemigo numeroso, aguerrido, de excepcional acometividad, elevada moral y abundancia de municiones?
No, no y no.
Fuí testigo —actor, mejor dicho— de muchas evacuaciones en 1924 y 1925; en ninguna de ellas el
orden y la precisión superaron a las del día en que se retiraron las guarniciones de Adgós y Taguesut, y
en ninguna de ellas el jefe director de la maniobra estuvo más al tanto del desarrollo del combate que el
coronel Cabanellas el día 6 de septiembre. Y si así hablo del que dirigid, ¿qué no he de decir de los
jefes, oficiales y tropa, en aquella jornada, especialmente de los que formaron en las filas de la 6.ª
bandera, Grupo de Larache y batallón de Figueras? No hubo una sola nota discordante, y si el mando se
vid precisado algunas veces a corregir, fué para contener el ímpetu de sus subordinados, empeñados
después del episodio Casas-Otero en ser carne de camilla, Por lo visto, entendían que no era airoso salir
sano y salvo de la operación.
El convencimiento que tenía de la imprescindible necesidad de evacuar Adgós y Taguesut no fué
obstáculo para que viera con pena enorme y hasta con vergüenza arder García Uría y entrar la morisma en
el campamento que tan heroicamente había sabido defender el teniente coronel Permuy. ¡Cuánta sangre
derramada estérilmente por mantener una línea de posiciones absurda y cuánto dinero derrochado para
nada! A la cuenta de quienes iniciaron y siguieron una política equivocada, hay que cargar la
responsabilidad de cuanto entonces ocurrió; a la cuenta de los que se batieron, sólo cabe hacerlo de
competencia, abnegación y heroísmo, que el soldado español —y en el concepto soldado va incluida toda
la escala jerárquica— siempre supo batirse con provecho y gloria cuando se le puso en condiciones.
CAPÍTULO XI
De mal en peor
Nuestro primer cuidado en la mañana del 7 fué pasar una rápida revista de armas para reponer percutores
y completar unos fusiles con piezas de otros fuera de servicio, municionar y recoger los efectos de los
muertos y heridos, tarea ésta última obligada y poco grata. Hallábame yo mientras tanto dedicado a
examinar partes y estados de fuerza para redactar el correspondiente a la columna, cuando entró
precipitadamente en el garigolo el comandante Pérez Rama, y me espetó:
—Mi teniente coronel, ¿sabe usted la noticia?
—¿Qué noticia? ¿Viene acaso el convoy? —le repuse con cierta ironía, sin levantar la vista de los
papelotes que estaba examinando.
—¡Ca! No, señor; nada de eso. Es que acaban de atacar el blocao de Abada y han hecho varias bajas.
—¡Vaya por Dios! Tendremos que adelantar el convoy —le dije siguiendo en mi trabajo, sin querer
dar demasiada importancia al suceso, aun cuando comprendí desde el primer momento toda la que tenía.
—Eso es lo que espera el jefe de la posición; tanto es así, que no ha hecho más que recibir el
telegrama y ha dicho, saltando como un loco alrededor del palo de la tienda: «Ya estoy viendo a los
Regulares salir “petaqueando” camino de Abada…» A ese pollo —comentó con indignación— debe
hacerle mucha gracia contemplar desde la barrera del parapeto cómo andamos fuera de él a tiros.
¡Realmente la guerra es una buena distracción para los que la disfrutan de lejos!
—Bueno, ¿pero está usted seguro de lo que acaba de decirme? —le pregunté para desviarlo del
camino de los comentarios.
—Arriba, en la tienda de ametralladoras, me lo han dicho. El capitán creo se está preparando para
venir a verle.
—Entonces, esperaremos —repuse volviendo a mis papeles.
En efecto, momentos después se presentaba el capitán de la posición, el cual se expresó así:
—Mi teniente coronel: acabo de recibir un heliograma del jefe de Abada manifestándome ha sido
atacado el servicio de protección de aguada, resultando cuatro muertos y dos heridos, de los cuales los
primeros no se han podido recoger. La gente se ha metido en el blocao, sobre el que ahora tira el
enemigo. Pide vaya la columna a retirar las bajas y a llevarles convoy.
—Está bien. ¿Dónde está la aguada de ese puesto? —pregunté con objeto de poder juzgar la
importancia del hecho.
—Junto al poblado —contestó.
Mala cosa, pensé para mí al mismo tiempo que le decía:
—Vamos a ver si podemos darnos cuenta de algo.
Me encasqueté la gorra, tomé los gemelos y eché a andar hacia la posición seguido de Pérez Rama,
Marías y el capitán. Llegamos. Desde ella no se oía nada, ni nada se percibía. Hice llamar al teniente
interventor, que se presentó en el acto luciendo su cabeza rapada.
—Dígame, De Juan, ¿tiene usted noticias de Abada? —fué mi primera pregunta.
—Acabo de tenerlas ahora mismo —repuso—. Parece se ha concentrado alguna gente: unos
quinientos hombres, dispuestos a atacar el convoy del Zoco del Arbaa. Esos son los que han debido hacer
la agresión.
—¿Así es que dice usted que unos quinientos hombres? —recalqué.
—Eso asegura el que ha venido con la confidencia.
Por ser dato indispensable para adoptar una decisión, le hice la siguiente pregunta:
—Y el 23 de agosto, cuando se llevó el último convoy, el que costó 7 muertos y 26 heridos, ¿había
mucha gente?
—Entonces, casi nadie: los del poblado nada más —contestó De Juan con aplomo.
Lo que acababa de oir era en extremo interesante, pues si el expresado día, teniendo por único
enemigo a los del poblado y los naturales «convidados» de los alrededores, hubo de librarse un combate
que costó lo que costó, ahora era preciso tentarse la ropa para ir hasta allí; además, dadas las
circunstancias por que atravesábamos, la más elemental prudencia aconsejaba no exponer las fuerzas a un
contratiempo, sino ir sobre seguro, es decir, con completas garantías de éxito. Examiné durante un buen
rato el terreno: bajada al Mizal, senda por la gaba del Kob-bats en pronunciada cuesta hasta el poblado,
que era inmenso, y luego nueva subida hasta el blocao. Avance difícil y penoso…
Pedí comunicación con Xauen. Se puso al habla García Colomo, quien me saludó diciendo:
—¿Qué hay, mi teniente coronel? ¿Ha descansado usted de la jornada de ayer?
—Ya he descansado, gracias. Llamo para dar cuenta al coronel de una agresión.
—¿De una agresión? —interrumpió García Colomo, como sí quisiera hacerse la ilusión de que no
había oído bien.
—Sí, señor; de una agresión.
A continuación le di los detalles que sabía, y terminé:
—Creo necesario ir allí en seguida para evacuar las bajas y abastecer el blocao, y por eso llamo:
para pedir autorización.
—¡Ah! Pues desde luego se la concederá el coronel…
—¡Ya! —interrumpí—. Pero es el caso que necesito más fuerzas, pues los quinientos de la
concentración, más los del poblado, más los que puedan acudir, han de sumar un número de fusiles muy
decentito. Y sobre todo esto el terreno, que es infernal.
—¿Cuánto necesita usted? —preguntó.
—Pues dos tabores más, un batallón y una batería de montaña.
—¡Caramba! Eso es mucho. De todos modos, lo consultaré; aunque la fuerza la necesitamos también
aquí, porque mañana hay en proyecto una operación. ¿No puede ser con menos?
—No —le repliqué.
—En fin, cumpliré su encargo: se lo diré al coronel. Espere.
Pocos momentos después oí la voz seca de Cabanellas.
—Mola: eso que usted me pide no se lo puedo dar; lo necesitamos aquí. Vea si con la fuerza que tiene
y su segundo tabor, que le enviaré, puede hacer la operación.
—No es posible, mi coronel —contesté—. Necesito primeramente dejar bien asegurado el
campamento y después mandar por lo menos un tabor a Loma Verde para cerrar el paso a los que por el
barranco de Xeruta puedan acudir y amenazar nuestro flanco derecho; hay que subir a Abada con dos
tabores: uno para conducir el convoy hasta la posición, y otro para dejarlo en el poblado con objeto de
asegurar el repliegue del que lleva el convoy; es indispensable, además, guardar el flanco izquierdo, no
sea que se nos corra la gente de Laxaix. También es necesaria una batería, ya que de las piezas de Dar
Akobba, sobre ser de posición, sólo hay tres en estado de servicio y tienen un tiro demasiado lento para
proporcionar un apoyo eficaz durante el repliegue.
—Pues yo eso no puedo enviárselo; a lo sumo, su segundo tabor y un batallón. Además, tenga en
cuenta que de ví-ve-res (recalco para que me entienda), de ví-ve-res de artillería hay lo justo, lo justo, y
quedan aquí muchas cosas por hacer. Dígame lo indispensable.
Como antes de hablar con Xauen había estudiado perfectamente el terreno y calculado las
necesidades en elementos, no tuve otro remedio que contestar:
—Lo indispensable es lo que he dicho, mi coronel. Y la operación convendría llevarla a cabo mañana
mismo; cuanto antes mejor.
Cabanellas hizo una larga pausa, sin duda para meditar la respuesta, y, por fin, dijo:
—Bien; lo pensaré y ya le daré una contestación. ¿No tiene más que pedir?
—Nada —repuse.
Terminado el diálogo, los telegrafistas me pusieron al corriente de las noticias que habían logrado
obtener de sus compañeros de Xauen: en Tetuán estaban desde el día anterior el marqués de Estella y los
vocales del Directorio militar, generales Gómez-Jordana, Muslera y Rodríguez Pedré; cerca de Ben
Karrich, las columnas de Riquelme y Queipo habían librado un combate, al parecer de resultado dudoso,
durante la noche, grupos enemigos que iban de paso se entretuvieron largo rato tiroteando la posición de
Kalaa bajo, lo que unido a la noticia dada por el servicio del Pilón de Azúcar de que de madrugada había
sido hostilizado el blocao de Loma Verde, me afirmaba en mis sospechas de que el enemigo del Lau se
nos venía encima; además, la concentración de Abada era un síntoma definitivo.
Aproveché la estancia en la centralilla para hablar con Rodríguez Couto y Muedra. Este me dió la
triste noticia de haber fallecido Otero y de que Casas estaba agonizando; también habían muerto algunos
soldados. Aquél me informó de las malas condiciones en que allí se hallaban las tropas alojadas, al
punto, de que a muchos heridos se les veía tirados por las calles; los nuestros eran, después de todo, los
mejor atendidos; el Uafi cuidaba de ellos como si fueran hijos suyos.
Por la tarde repetí mi llamada al Estado Mayor. Como de costumbre se puso al habla el capitán, a
quien sin más preámbulos dije:
—Vamos a ver, Colomo, ¿qué hay de lo propuesto sobre Abada? Me están ustedes dando la callada
por respuesta.
La contestación fué reproducir los mismos argumentos de la mañana: la fuerza hacía falta para otras
cosas; de proyectiles de cañón andaban muy escasos; de víveres, medianos, y de piensos, peor que
medianos. Y lo malo era que el convoy aún tardaría unos cuantos días, quizá diez; el atascamiento estaba
lejos, muy lejos; había que confiar en que todo se solventaría satisfactoriamente.
¿Diez días aún sin convoy? ¡Caray! Esto era muy serio; tan serio, que al punto me personé en el
depósito de Intendencia. Se hizo un rápido recuento: ¡víveres para diez días escasos y de piensos ni un
grano de cebada ni un granzón de paja! En el acto se dió orden de que todo el mundo, oficiales inclusive,
quedaran a media ración de pan y etapa y que la fuerza de Caballería libre de servicio bajase al llano y
trajese el forraje que encontrara, No quedaba otro recurso que empezar a vivir sobre el país, aunque el
país no tenía nada de nada.
La orden de racionamiento causó la natural sorpresa entre la oficialidad, ajena por completo a lo que
ocurría. Todo eran preguntas sobre los motivos por los cuales no llegaba el convoy; preguntas a las
cuales respondía con evasivas; no pasaba nada; era la del racionamiento una simple medida de previsión,
quizás en el fondo también de higiene.
Y llegó la noche. Pérez Rama y yo cenamos sin cruzar palabra. Nos acostamos temprano y nos
levantamos cuando aún no había empezado a clarear. Ni un momento se apartaban de mi imaginación
Abada y el Pilón de Azúcar. Había que tomar todo género de precauciones. A partir de aquella misma
mañana, además de salir una compañía a montar el servicio, en el campamento quedaría formado el resto
del tabor.
Antes de poner en movimiento la fuerza se practicó una detenida inspección por los alrededores sin
observar nada de particular; luego subí al reducto, desde donde aprecié que el enemigo estaba dedicado
a la construcción de trincheras en Abada, por encima del lindero del poblado y en dirección normal al
camino obligado del convoy. Estaban vistas sus intenciones: poner cerco al blocao y evitar el socorro.
¡Abada había sido sentenciado a muerte! Los rebeldes obraban convencidos de que más pronto o más
tarde se repetiría allí lo de Ifartán, Chentafa, Tazza y Solano… Quizá no tardarían en poner cerco a Dar
Akobba, campamento que con la retirada del Grupo de Adgós y Taguesut resultaba en primera línea.
Di orden a la batería de que preparase las tres piezas útiles para tirar sobre Abada. Los artilleros,
rápidos, dirigidos por su oficial, trasladaron las piezas al emplazamiento apropiado. Minutos después
rompían el fuego. Al segundo disparo, que fué certero, los zapadores morunos dieron de mano al trabajo
y salieron cada cual por su lado a cobijarse en el monte.
Allí, en la batería, un telegrafista me entregó el siguiente despacho, de calificación SDD
(urgentísimo), puesto por el jefe del Zoco del Arbaa: «Habiendo recibido a las cuatro telegrama
urgentísimo del blocao Xeruta que comunica que de asalto enemigo resultó herido un soldado, y como a
las siete tengo ordenada la evacuación de los heridos habidos ayer tarde posición Isumaten, así como
convoy a ésta y blocao Loma Larga con caballería y dos compañías de las tres que tengo que me han
quedado como defensa de este Zoco, fuerza que no considero suficiente para llegar dicho blocao,
advierto a usted la necesidad de que esa columna retire al mismo tiempo el herido y convoye posición
Xeruta y Loma Negra, distribuyéndose en esta forma enemigo ambas partes»[3].
¡Repámpanos! Y yo tenerme que lanzar con mis tabores esqueléticos hasta Xeruta, con la amenaza de
Abada ocupado por una concentración que inmediatamente se nos echaría encima para impedir el
repliegue sobre Dar Akobba. Lo que quería el jefe del Zoco del Arbaa era asunto de gran
responsabilidad, imposible de poner en ejecución sin consultar con el coronel Cabanellas. Pedí
comunicación con éste, pero no pude hablar con él por estar dirigiendo una operación en las
inmediaciones de Kalaa bajo; en vista de ello me limité a dejar el encargo de que le dieran cuenta del
telegrama recibido tan pronto regresara.
Al mediodía llegó el 2.º tabor, que nos trajo un pequeño convoy de paja y nos dió la triste noticia del
fallecimiento del teniente Casas. Sentí muy de veras la desgracia, por ser uno de los oficiales con quien
más había simpatizado.
La llegada de dicho tabor nos planteó los problemas del alojamiento y el suministro. Con buena
voluntad por parte de todos, pudimos hacer frente al primero; mas para resolver el segundo fué preciso el
sacrificio de reducir nuevamente la ración.
La tarde transcurrid oyendo los relatos que nos hacían los oficiales recién llegados del trágico fin de
las posiciones del Lau. La caída de Tazza fué cosa breve: unos cuantos tiros al amanecer y en seguida una
inmensa columna de humo. Solano duró más: la gente resistió con gran coraje; uno y otro asalto
rechazados; por fin un tercero en que el enemigo logra llegar al parapeto; la guarnición se bate
bizarramente cediendo terreno palmo a palmo ante el número; así hasta el extremo opuesto de la posición;
rápidamente decrece la intensidad del fuego. ¡Momentos de angustia!… Un rato después el triste convoy
de tiendas y cajas de municiones. ¡Ni un prisionero! Dos horas más tarde sólo quedaban un montón de
cadáveres y el recuerdo de una heroica defensa. El 5, al amanecer, había desaparecido de sus posiciones
la columna del general Serrano.
Por la noche volví a hablar con Xauen para recordar lo de Abada y Xeruta. «Quién piensa en ello»,
contestaron. Lo peor del caso es que no cabía hacer otra cosa. Tenían razón.
El día 9, ya de noche, un grupo enemigo se acercó al campamento por el barranco Nordeste y nos
saludó con una descarga. El servicio de seguridad contestó, trabándose un tiroteo que duró próximamente
una hora. Total: el teniente Rafael Seoane y un sargento europeo heridos, más un caballo muerto y otros
dos heridos.
Al amanecer del 10 se adoptaron nuevas precauciones, tanto por lo ocurrido la noche anterior como
por haber avisado el diligente De Juan que los moradores del poblado de Dar Akobba habían
desaparecido. ¡El Ajmás se había sumado a la rebeldía! Me lo confirmaba un escrito de dicho oficial,
que decía así: «Tengo noticias de que día 8 vino a Buhal-la, delante del Mago, caíd rifeño de la familia
de Abd-el-Krim, que después de haber reunido en el Had de Beni-Derkul esta fracción y notables del
resto de El Ajmás han acordado levantar la cabila. Piensan poner guardias en Tizimelal y Kalaa y
contribuir a las guardias para impedir el convoy de camiones a Xauen y atacar los servicios. Han
trasladado sus bienes Laxaix y Garusín al interior y se espera lo hagan otros poblados. En el camino Dar
Akobba-Xauen hay pequeñas guardias. Se impone obrar con toda rapidez y si se intenta algún repliegue
procurar que sea lo más indispensable y eligiendo la nueva línea con toda seguridad y detalle. Es preciso
tener en cuenta que las fuerzas indígenas están atravesando una situación muy difícil y es Conveniente
bombardeos intensos a las cabilas rebeldes».
Como se ve, seguían los acontecimientos precipitándonos en la catástrofe. Ya había llegado,
desgraciadamente para nosotros, el caso de «tener que librar una batalla cada vez que hubiera necesidad
de llevar un convoy a Xauen», palabras que yo había pronunciado el día 12 de agosto ante la junta de
generales. Y aún tendrían que venir días peores. Recordaba con repugnancia los campos de Sebt y
Tahuima impregnados del hedor a cadaverina en aquel septiembre de 1921; casi estábamos en los
comienzos de otro Annual trágico y no quedaba más remedio que disponerse a morir con dignidad,
confiados en la piedad de Dios y en la justicia de los hombres. ¡Oh, la justicia de los hombres! Esto era
lo que más nos preocupaba. ¿Llegaría a saberse cómo habíamos sucumbido? ¿Qué juicio merecería
nuestra conducta?… No deseo a nadie pase por las amarguras de aquellos días de horrible pesadilla. Aún
conservo de mi carnet de notas una que dice así: «10 de septiembre. Sin convoy y sin noticias. ¿Ocurrirá
un segundo desastre como el de Melilla?».
Aquella mañana noté la falta del acostumbrado debate en el alojamiento de los oficiales del primer
tabor; no oía la voz chillona de Manso ni la gangosa de Rubio discutiendo sobre lo divino y lo humano.
Pregunté al ayudante. Este me llevó frente a la puerta de la tienda y me mostró un cartelón colgado de uno
de los tentemozos, en el cual habían escrito con gruesos caracteres:
¡13 de septiembre!
El día 11 a media mañana se nos presentó en Dar Akobba el batallón de Figueras, el cual, a pesar de traer
un par de vacas facilitadas por el Uafi —vacas con más huesos que carne—, nos puso en un verdadero
aprieto, ya que en aquellas circunstancias un aumento de 2 jefes, 20 oficiales y 435 individuos de tropa
más 55 semovientes que integraban dicho batallón, constituía, en orden al racionamiento, un problema de
muy difícil solución; sin embargo, como existían buenos deseos por parte de unos y de otros, hicimos un
cálculo y la ración se redujo otra vez.
Fernando Cirujeda se mostró contentísimo por unirse a nosotros y apenado por no haber podido traer
consigo la compañía destacada en Kalaa bajo, que se hallaba en muy crítica situación, ya que las
acometidas de los harqueños eran constantes, de víveres andaba mal y de agua peor. A pesar de todo,
Fernando Cirujeda era un optimista. Reconocía que aquello estaba muy mal, rematadamente mal, pero
creía firmemente que la incomunicación sería cosa de muy pocos días, pues don Miguel —que así
designaba él al general Primo de Rivera— era un «tío» de grandes arrestos, de indiscutibles méritos y
capaz de movilizar al mundo entero antes de dejamos abandonados a nuestra suerte. Precisamente había
ido a Tetuán con el decidido propósito de salvamos. Él —Cirujeda— sabía muchas cosas, muchas,
tomadas de acá y de allá, aunque reconocía que más sabía el coronel Cabanellas; pero éste era un
«gachó» que no soltaba prenda ni a su padre. Después de todo hacía bien, porque hay que ver la que se
hubiera armado si llega a contar que en Tetuán habían estado casi a punto de darnos por perdidos. Por
fortuna ya no había cuidado: ¡Don Miguel, el gran don Miguel, nos salvaría!… Una buena mañana
veríamos por esos montes del frente aparecer y desbordarse la gran columna con él a la cabeza, y con
Castro Girona, que también había llegado a Tetuán para tomar parte en las operaciones, columna que a
nosotros se nos antojaría de un nuevo ejército; pues tenía la seguridad de que vendrían en ella los más
grandes cañones vistos en la Guerra Europea, ya que don Miguel habría adquirido todo lo necesario para
acabar de una vez para siempre con la vergüenza de Marruecos; porque todo aquello que estaba allí
ocurriendo era una vergüenza de la cual nosotros, los militares, éramos las víctimas sin ser los culpables.
No toleraba se tomase cuanto decía a pitorreo; los hechos confirmarían sus predicciones; él creía en Dios
y en don Miguel, Su fe en uno y otro le decía no debíamos preocuparnos. Por su parte, pensaba pasarlo de
perlas mientras hubiera algo que fumar y no le faltase el bicarbonato; sin bicarbonato, R. I. P.
El carácter jovial y los optimismos un tanto fantásticos de Fernando Cirujeda no diré nos alegraban,
ni menos nos convencieran; pero sí nos servían de distracción, y esto era ya bastante. Sin embargo, la
realidad tenía tal fuerza de tragedia, que no era posible olvidarla. Sin ir más lejos: Abada pedía socorro
apremiante; los heridos estaban sin curar y sólo contaban con ración de agua para dos días.
A pesar de todo esto, Fernando Cirujeda no se apeaba del burro de su optimismo. Entre gestos y
tomas de bicarbonato nos quiso demostrar que en Xauen estaban tan mal como en Abada, y, después de
todo, se vivía. Allí la falta de material sanitario era grande; la aglomeración de heridos, enorme; éstos se
tumbaban donde podían; por si lo dicho fuera poco, Zorrilla, el jefe del equipo quirúrgico, había caído
enfermo con unas fiebres infecciosas y se veía obligado a operar con cuarenta grados de fiebre. De
comida no se andaba muy allá; reconocía que de ración peor andábamos nosotros: en Dar Akobba eso de
la manducatoria era la «panocha», y el jefe, que cada vez que echaba cuentas reducía más el número ya
muy limitado de granos, un nuevo Papús.
El día 12 Fernando Cirujeda pasó un mal rato. La columna de Xauen intentó abastecer Kalaa bajo, sin
lograrlo más que a medias. Después de un duro combate, tuvo el teniente coronel del batallón de
Segorbe, ¡el bravo Permuy!, que dar un empujón brioso, logrando llegar hasta las mismas alambradas con
unas cuantas cargas de víveres y municiones a costa de un balazo que le quitó la vida. A pesar de tal
sacrificio, las numerosas bajas que había en la posición no pudieron ser evacuadas ni introducido el
completo del convoy. Cirujeda, con motivo de este hecho de armas, puso un vibrante telegrama al
destacamento, en nombre del cual contestó el jefe de posición con otro en que le hacía presente podía
tener la completa seguridad de que, si llegaba el caso, sabrían todos morir honrando el glorioso nombre
del batallón. Claro es que estas declaraciones en frío y en seguro no tienen nada de particular; por el
contrario, decir lo que dijo el capitán de Kalaa bajo en las críticas circunstancias en que se vió el día 12
de septiembre, tiene un mérito enorme.
Aquella noche, tranquila, apacible y serena, al amparo de la oscuridad trabajaron sin tregua picos,
palas y azadas en abrir trincheras que al día siguiente habrían de servir para ahogamos en un círculo de
fuego. ¡Las huestes de Abd-el-Krim El Jatabi habían condenado a muerte la posición de Dar Akobba y la
sentencia empezaba a cumplirse! En aquella ocasión, como en otras muchas, la Providencia veló por
nosotros.
……………………………………
Y el telegrama llegó, siendo acogido con entusiasmo por los generales, tanto es así que aquel mismo día,
aniversario del golpe de Estado, el presidente del Directorio dió a la Prensa una nota oficiosa, cuyo es el
párrafo siguiente: «… Esta fecha había de traernos alguna satisfacción. Dios ha querido sea un combate
en posición Dar Akobba, camino de Xauen, en que saliendo guarnición ha castigado al enemigo tan
fuertemente que van hasta ahora recogidos 48 muertos, 19 fusiles y 3 prisioneros. El jefe de la columna,
teniente coronel Mola, no pide otra recompensa que tabaco para sus tropas».
No obstante la derrota sufrida, el enemigo persistió en sus propósitos de sitiar Dar Akobba, de lo que nos
cercioramos a la mañana siguiente al practicar un reconocimiento en dirección al Pilón de Azúcar, que
costó un muerto y dos heridos del batallón de Figueras. También pudimos comprobar la existencia de
fuertes núcleos a lo largo del cauce del Mizal, los que no abandonaron sus posiciones a pesar de haber
sido intensamente cañoneados. El enemigo así situado no sólo hacía imposible el socorro a Abada, sino
también el abastecimiento de Tagbalut. Las cosas iban de mal en peor.
El coronel Cabanellas dispuso en este día una operación para abastecer Kalaa bajo. Movilizó para
ella todos los elementos de que disponía. El enemigo le esperó en las inmediaciones de Cudia Borox
perfectamente atrincherado, entablándose un duro combate; al mismo tiempo era atacada la posición.
Nosotros, desde Dar Akobba, seguimos los episodios visibles de la lucha con el interés que es de
suponer, y cuando íbamos perdiendo la esperanza de un resultado satisfactorio, serían próximamente las
dos de la tarde, la bandera de Rada y tras ella las demás tropas combatientes de la columna, en un
supremo y decidido esfuerzo, se lanzaron a la bayoneta sobre las trincheras, y luego de una violentísima
lucha cuerpo a cuerpo —cuerpo a cuerpo verdad—, quedaron dueños del campo, llegando hasta la
posición, donde metieron el convoy por entero y evacuaron las bajas, que sumaban cuarenta y cinco entre
muertos, heridos y enfermos graves.
La operación costó sensibles bajas, pero el enemigo, completamente derrotado, dejó en poder de las
tropas de Cabanellas buen número de muertos, heridos y prisioneros, así como gran cantidad de
armamento y municiones.
Eran ya las tres de la tarde e íbamos perdiendo las esperanzas de que mi ruego al general Aizpuru
fuera atendido, cuando de improviso estalló un griterío ensordecedor en el campamento; me asomé a la
puerta de la tienda con los demás jefes y al punto nos informaron de que en aquel momento habían
aparecido en el horizonte unos puntos negros. ¡Eran aviones! Les vimos acercarse veloces y descender
como si fueran a tomar tierra en el campamento, despreciando con el heroísmo propio de nuestros
brillantes aviadores las descargas que las guardias enemigas hacían sobre ellos. Y empezaron a caer
sacos terreros atestados de tabaco de todas clases. La alegría en Dar Akobba fué indescriptible: los
soldados se lanzaban en busca de los sacos que caían fuera del recinto sin hacer caso de las balas
enemigas; los jefes y oficiales se abrazaban llenos de gozo, más que por el contenido de los sacos, por la
satisfacción que les producía verse atendidos por el alto mando; Pérez Rama, algo infantil, ató al extremo
de un palo un pañuelo a guisa de banderola y gritaba como un energúmeno a los aviadores para que
soltaran los sacos en el momento en que él lo indicase. Como la mañana anterior, Dar Akobba volvió a
parecer un manicomio.
Los aparatos cruzaron repetidas veces sobre nosotros, y cuando ya vacíos iniciaban el regreso,
volvían a pasar casi rozando las galletas de las tiendas para decirnos: «¡Adiós!»… ¡Qué pena daba
verles alejarse en dirección a Tetuán!
El último avión dejó caer un porta-parte dentro del cual venía un tarjetón escrito de puño y letra del
general Primo de Rivera, que decía:
«13-9-24. Se complace en enviar unos cigarros a las fuerzas de esa brava columna en el día que con su arrojo nos ha
proporcionado a todos una gran satisfacción; con el tabaco va un fuerte abrazo y un cariñoso saludo,
El efecto que esta tarjeta produjo en la oficialidad de la columna no es para descrito; parecía que no
estábamos tan aislados como hasta entonces habíamos creído.
Dentro de un saco de tabaco encontramos también el siguiente saludo; «B. 95. Un abrazo a los
valientes del 4.º Grupo y a su jefe el teniente coronel Mola, del que fué oficial del Grupo y siente
admiración por ellos. Mil enhorabuenas y hasta la próxima, Capaz.»
Había mandado traer los sacos a mi tienda y en la confianza propia del regocijo apenas podía
contener a la tropa. Por fin, conseguimos, entre los jefes y Marías, hacer un reparto lo más equitativo
posible entre todas las fuerzas; y poco después, despreciando el fuerte paqueo, quien más quien menos
veía cómo ascendía en el ambiente cálido de una tarde de verano en tierras africanas la columna de humo
de su cigarrillo, esfumándose en volutas variadísimas que al fin se perdían, se perdían lo mismo que
nosotros, pobres confinados tras los parapetos de aquel Dar Akobba en «situación delicada», como dijo
con frase certera el general Primo de Rivera, íbamos perdiendo la esperanza de nuestra salvación.
Como el día transcurrió nublado, hasta el oscurecer no pudieron los telegrafistas recibir el servicio
de Tetuán. Un montón de enhorabuenas y entre ellas la del general en jefe, que decía:
«Con la felicitación expresiva del Presidente del Directorio, que se halla presente, les envío la mía y como estimo que el mayor
galardón para un soldado es la divulgación de su conducta, la de V. S. y sus valientes tropas la conocerán hoy mismo para
ejemplo y estímulo todas las fuerzas del Ejército. Mañana (15) recibirán tabaco que me complazco en enviarles.»
¿Más tabaco? ¡Era ya demasiado! Teníamos con el enviado por el presidente del Directorio para un buen
número de días y para todos los gustos, pues nos habían arrojado cajetillas de picaduras, cigarrillos de
todas marcas, tabaco Capstan para pipa, puros y hasta ¡una caja de habanos de Hoyos de Monterrey!
No bien cerró la noche los rebeldes estrecharon el cerco y tantearon el servicio por diversos frentes,
especialmente por el Sur, llegando algunos tiradores a pocos metros de, la trinchera, contestando los
nuestros al fuego con el fuego y a los insultos con insultos; sin embargo, entre maldición y linternazo, se
entablaban animados diálogos que nos obligaron a adoptar medidas severas. Los del monte instaban a los
indígenas a nuestro servicio a que abandonaran el campamento, pasándose a sus filas, empleando para
decidirles frases como estas: que en Dar Akobba estaban irremisiblemente perdidos; que las
comunicaciones con Tetuán se hallaban cortadas; que ya no podrían volver a tener convoy; que allí
morirían de hambre y de sed, y que, en cambio, ellos eran los defensores de la ley de Dios, que imponía
acabar de una vez para siempre con «los perros cristianos». Mediada la noche, los impertinentes
harqueños nos dejaron en paz; pero sus predicaciones habían hecho presa en el ánimo de algunos
indígenas. Esto era un grave síntoma.
Para el 15 habíamos decidido socorrer los blocaos de Loma Verde y Dar Akobba, el primero en
situación bastante apurada de víveres y municiones. Para ello teníamos que salir y arrojar al enemigo del
Pilón de Azúcar, donde se hallaba de nuevo fuertemente atrincherado. Bases fundamentales del éxito,
eran: la sorpresa y la velocidad. Había por tanto que burlar al enemigo, que vigilaba las salidas naturales
del campamento, y caer inopinadamente sobre sus trincheras; conseguido esto, lo demás era fácil con un
poco de decisión. Para realizar la maniobra se dispuso que el escuadrón montase a la hora que de
ordinario lo hacía para abrevar, y que saliese por la barrancada del Sur; pero que en vez de bajar al
Mizal bordease la loma de Dar Akobba por el Oeste, y luego apareciendo inopinadamente entre la
posición y el blocao, lo que podía muy bien hacer a cubierto del cauce del río, se lanzara sobre el Pilón
de Azúcar seguido del 2.º tabor, que permanecería oculto en las trincheras hasta el momento oportuno.
Cuando todo estuvo dispuesto, salió la Caballería; mas en vez de bordear la posición, pegada a la
alambrada, como sé había dispuesto, descendió hasta media ladera y, claro está, las guardias del Mizal
empezaron a tiros sembrando la alarma en el Pilón de Azúcar y demás puntos ocupados por el enemigo,
que en seguida inició un fuerte paqueo sobre el campamento. La sorpresa había fracasado. Sin sorpresa y
sin la rápida acción del escuadrón, que tuvo que echar pie a tierra para defenderse y contener el avance
de los rebeldes de la parte de Abada, las cosas cambiaban completamente; pero ello no fué obstáculo
para que se llevara a efecto la operación, atacando con los tabores 2.º y 4.º previa una eficaz preparación
artillera. El primero de ellos logró llegar hasta muy cerca de la posición enemiga. Tan equilibradas se
hallaban las fuerzas, tan grande era el arrojo de los unos y la obstinación de los otros, que atacantes y
defensores llegaron a estar a muy pocos metros de distancia, sin lograr ni tirios ni troyanos resolver la
situación a su favor, pues el pícaro instinto de conservación unido a la nerviosidad hizo que tanto unos
como otros dispararan al buen tuntún sin causarse bajas. Por fin, los nuestros lograron poner pie en una
zanja, y, tras una lucha violenta, el enemigo cedió, quedando en poder del tabor de Rodríguez Couto el
anhelado Pilón de Azúcar.
A todo esto, Juste, con una perspicacia digna del mayor elogio, establecido ya en la loma del blocao
de Dar Akobba, abrió el camino al de Loma Verde y dió paso al convoy, que llegó a su destino
fuertemente protegido y débilmente hostilizado.
El repliegue sobre el campamento se hizo con todo orden, y eso que el escuadrón no pudo actuar
como era debido, porque los caballos caían desfallecidos en cuanto los jinetes intentaban ponerlos al
trote. Era la consecuencia lógica de muchos días a media ración y varios a dieta absoluta, ya que las
provisiones del depósito de Intendencia estaban agotadas y habíamos dado fin a lo poco que los campos
de los alrededores tenían. Para mayor complicación el enemigo había incendiado los almiares del
poblado de Dar Akobba.
Este es, a grandes rasgos, el relato de lo ocurrido en el combate del 15 de septiembre; hecho de
armas victorioso e interesantísimo, al que quizá por el entusiasmo que produjo el del 13 no se le dió la
importancia que en realidad tuvo, ya que abastecidos los blocaos para un buen número de días y
relevadas sus guarniciones, habíamos puesto los más firmes puntales para la defensa de Dar Akobba y
para asegurar la salida de la columna el día que llegase el tan deseado convoy del Zoco del Arbaa. Como
en el combate del 13, también se cogieron muertos, fusiles, municiones y hasta un vejete muy templado,
con su buen mauser, al cual no pudimos sacar otras palabras que las de: «Dios lo ha querido; hágase la
voluntad de Dios».
Tuve que lamentar la pérdida de dos bravos oficiales: el capitán Baturone, caído gallardamente al pie
de una de las trincheras, que no consintió ser retirado hasta ver resuelta favorablemente la situación, y el
teniente Federico Mínguez, herido en un costado cuando se hallaba dirigiendo el fuego de sus
ametralladoras. De tropa tuvimos al sargento del batallón de Figueras, Sierra Aracena, herido grave, más
siete indígenas muertos, once heridos y unos cuantos contusos.
Nuevamente vinieron aquella tarde los aviones a obsequiarnos con tabaco y nuevamente reinó en el
campamento el regocijo. Entre los sacos caídos venían algunos con el rótulo «Buharrax», lo que nos hizo
caer en la cuenta de que también dicha posición debía estar en «situación delicada».
Como de costumbre, De Juan vino un ratq a mi tienda, y vino como siempre: con sus ojos tristes, su
hablar lento y su gorro dando vueltas entre las manos. Traía las últimas noticias, las últimas malas
noticias, quiero decir. Desgraciadamente todo empeoraba: El Ajmás estaba íntegro al lado de Abd-el-
Krim; el Jeriro se había trasladado con un fuerte contingente a las inmediaciones de Ben Karrich y
acababa de decir: «Si veis pasar el convoy, es que hemos muerto»; de Tetuán no se sabía una sola
palabra; en cambio, de ser ciertos los rumores procedentes del campo, no quedaba otro, recurso que
prepararnos a bien morir, lo que por cierto no era muy agradable. A las mujeres cuando van a dar a luz se
las desea una «horita corta»; nosotros nos conformábamos con menos: un balazo en el corazón o en la
cabeza, para acabar pronto.
Cuando De Juan se fué entró en la tienda el teniente de Artillería de la posición. Tenía que hablar
conmigo reservadamente. Nos sentamos frente a frente, y empezó: la situación respecto a las reservas de
municiones era precaria; solamente existía el repuesto de la posición y 15.000 cartuchos, es decir, que si
teníamos otro día de tiros íbamos a quedar con la dotación individual. Era preciso que sin pérdida de
tiempo mandasen un convoy de Xauen, donde tampoco debían andar muy sobrados, porque días antes
habían hablado de ir a Draa-el-Assef a retirar la mitad de la dotación.
En cuanto se marchó el teniente redacté un cifrado para Xauen. No quise hablar por teléfono porque
había sido advertido de que el enemigo intervenía a ratos las conversaciones.
Como se ve, la situación era cada vez más crítica; tan crítica, que andaba en los linderos de la
desesperación. Y el convoy sin llegar, y lo que era peor, sin esperanzas de que llegara. ¡Nadie que no
haya pasado por ello puede imaginarse la angustia tan grande que produce ver acercarse a pasos rápidos
la catástrofe, catástrofe que sería para nosotros la muerte, quizá con gloria, pero desde luego sin
provecho!… Y todo previsto; todo cantado desde hacía varios meses. ¿Quiénes eran los responsables de
tanta desventura? ¿Por qué la voluntad de Dios no había querido que estuvieran allí, con nosotros,
sufriendo también las consecuencias de sus imprevisiones, desatinos e ineptitudes? Si era para que los
hombres hicieran en ellos justicia, bien estaba; pero ¿quién aseguraba que después, cuando sólo quedase
de Dar Akobba, de Xauen, de todo el sector, un vago recuerdo de los que habían perecido, no harían caer
precisamente sobre los inmolados el inmenso peso de toda la responsabilidad en la hecatombe?… ¡Cuán
humano es cargar con el saco de las culpas a los que ya no pueden defenderse! Sobre todas estas
preocupaciones, que no eran livianas, existía la incógnita del desenlace de nuestro drama. Muchas veces
he pensado, después de aquello, en los ratos de amargura que debe pasar un reo la noche que precede al
día de su ejecución. Algo así sufrimos nosotros, no por espacio de unas horas, sino durante el transcurso
de muchos días.
Aquella noche padecimos, como la anterior, las molestias dé la aproximación del enemigo, al que
contestamos con más maldiciones que fuego, pues hubo que limitar a un mínimum el consumo de
cartuchos. Los moros, que no eran tontos, empezaron a murmurar.
Ya de madrugada recibí el siguiente cifrado del general en jefe: «Quedo enterado de que blocao
Xeruta, Loma Larga y Loma Negra se hallan en situación muy apurada; es de suponer llegue columna en
plazo ocho días y entre tanto espero de su probada acometividad e inteligencia haya medio hábil
socorrerlos suministrándolos por ese tiempo con alguna patrulla durante la noche o cualquier otro medio
que resuelva esta situación, pues perdidos dichos puestos sería muy perjudicial a mis propósitos de
socorro. Aviación va a intentar también socorrerlos».
¡Todo se esperaba de mi acometividad e inteligencia! Por el éxito obtenido el día 13 habían llegado a
creerse que yo lo podía todo, ¡todo! ¡absolutamente todo!, y desgraciadamente no era así. Yo ya podía
hacer muy pocas cosas.
CAPÍTULO XIV
El 16, desde el amanecer, el enemigo se dedicó a hostilizar con tal intensidad que la circulación por el
campamento, completamente rasado, se hizo peligrosísima. Hubo necesidad de arreglar las trincheras
construidas durante las noches anteriores y establecer un nuevo puesto en la barrancada Sur para batir la
vaguada en previsión de que el enemigo durante la noche intentase un golpe de audacia por ella; al propio
tiempo me puse de acuerdo con Cirujeda para que su tropa, más descansada que la mía, iniciase la
construcción de un camino cubierto que enlazara ambos campamentos a fin de podernos comunicar sin
grave riesgo. La gente de la posición tuvo que tapar la entrada principal, porque era uno de los puntos
más enfilados desde el Pilón de Azúcar, otra vez en poder de los harqueños, con la agravante de no ser
posible el intento de rechazarlos, puesto que con un repuesto de 15.000 cartuchos no podíamos meternos
en aventuras de ninguna clase. En las tiendas se trabajaba febrilmente para ahondar el pavimento, única
forma de que la gente pudiera descansar con relativa tranquilidad. La vida en aquella madriguera
múltiple, que no otra cosa parecía Dar Akobba entonces, era en extremo desagradable.
Sentado en la cama de campaña me puse desde muy temprano a ordenar notas y contestar telegramas,
entre los cuales figuró uno dirigido al general en jefe, que decía textualmente: «En la mañana de ayer, 15,
por propia iniciativa salió parte disponible de la columna para abastecer Loma Verde, consiguiéndolo
tras reñido combate, teniendo que asaltar trincheras que defendieron, quedando enemigos muertos en
ellas, siendo repliegue difícil a causa agotamiento tropas y ganado. Enemigo me rodea y temo que dentro
de uno o dos días me impedirá hacer aguada. No veo posibilidad socorrer Loma Negra, Xeruta y Loma
Larga, actualmente. Situación de Abada también es muy crítica; pedí coronel Xauen otro tabor, batallón y
batería para ir en socorro, que no pudo facilitarme, siendo hoy ya imposible con dichos elementos.
Actualmente sólo puedo mantenerme a la defensiva por agotamiento y bajas sufridas desde día 6,
debiendo manifestar V. E. que hay compañía cuyo efectivo no pasa de cincuenta hombres».
Como habíamos recibido noticia de que nos enviarían un convoy de Xauen —¡lo último que se nos
podía facilitar!— fué preciso estudiar la forma de entrarlo en Dar Akobba burlando la pelmacería de
nuestros sitiadores. Desde luego, era imprescindible descartar la idea de subirlo por la pista, porque el
enemigo seguía atrincherado en el cauce del Mizal y no iba a dejar un solo mulo en pie. Sobre esta
condicional, decidimos entrarlo por la barrancada Sur, itinerario de acceso que a partir del llano
resultaba perfectamente cubierto, sobre todo si se tomaban los contrafuertes que la flanqueaban. Este
servicio de flanqueo no convenía establecerlo con mucha anticipación a fin de no prevenir al enemigo y
darle tiempo de modificar sus posiciones por otras más ventajosas para hostilizar. Y con objeto de que
los de Xauen no se metieran en la boca del lobo, se les advirtió que al llegar a puente Fomento
continuasen el curso del Lau por la margen derecha, evitando la proximidad de Laxaix, de fidelidad
dudosa, y cruzasen el río por el vado existente agua abajo de la confluencia con el Mizal. Entre este punto
y el pie de Dar Akobba nada había que temer, dado lo despejado del terreno y lo bien batidas que estaban
desde el campamento las posiciones que pudieran ocupar nuestros adversarios.
Con tiempo suficiente salieron los tabores 2.º y 4.º a cubrir el barranco. Para mayor seguridad se
mandó la gente del escuadrón —pie a tierra, naturalmente— a que merodease por el llano.
Las cosas salieron como habíamos previsto. Recibimos un convoy de municiones de muy cerca de
200.000 cartuchos, algunos sacos de harina de arroz, menos de harina de trigo, tal cual paca de paja y
media docena de vacas tísicas, a las que nada tenían que envidiar en cuanto a carnes nuestros
hambrientos semovientes. «Esto es lo único de que podemos desprendernos», me volvieron a decir.
Aprovechamos el convoy para evacuar aquellos heridos que a juicio de los médicos necesitaban una
inmediata intervención quirúrgica, quedando con nosotros los demás, pues para estar tirados por las
calles de Xauen, bien se hallaban en Dar Akobba.
El convoy de regreso lo vimos alejarse a buen paso; al propio tiempo el enemigo, molesto por el
ridículo, echaba sobre nosotros no diré una lluvia de plomo, pero sí un chubasco muy decentito, chubasco
que nos ocasionó dos muertos y algunos heridos.
Salvo en lo tocante a municiones, el convoy no mejoró nuestra situación, puesto que la paja no
alcanzaba ni a dos kilos por cabeza de ganado, las pobres vacas, no eran capaces de suministrar una
docena de libras de carne limpia, y los sacos de harina —que por cierto, la de arroz estaba florecida—
sólo podían servir para prolongar un poco más el número de fechas que teníamos previsto. Seguimos a
régimen severo de racionamiento. He de advertir, sin embargo, que si reducida era la ración de los
hombres, mucho más lo era la del ganado, ya que la mayor parte de los animales estaban a dieta absoluta
desde hacía varios días; y digo la mayor parte, porque no todo se hallaba en iguales condiciones, ya que
desde que se inició el racionamiento, y por lo que pudiera suceder, se dispuso que una parte de los
caballos y mulos tuviera la ración limitada, condenándose el resto a morir de hambre. Los pobres
animales privados de ración habían acabado con todas las hierbecitas y raíces del campamento, y en el
colmo de su desesperación, entre lastimosos quejidos de dolor, locos en plena furia, en cuanto lograban
romper el ronzal se lanzaban sobre las tiendas para comerse los vientos, roer los tentemozos y
mordisquear las correas de los equipos… Aún no he olvidado aquellas mañanas en que el teniente García
Valdés tiraba al suelo las bestias con sólo empujarlas en las ancas, y si alguna no podía levantarse se la
arrastraba a la barrancada, dejando a jirones la piel en el trayecto, donde eran pasto de los grajos, que a
cientos nos rodeaban, como si su instinto les hubiese hecho saber que allí podrían tener carne muerta en
abundancia.
Y ahora es cuando empieza lo triste de aquella jornada.
Al dar cuenta telefónica al coronel Cabanellas de haber recibido el convoy, me habló de cierta
cooperación que al día siguiente esperaba de mí para llevar otro a Kalaa bajo. Le hice ver la situación en
que me encontraba: rodeado de enemigo, con la gente un tanto deprimida, el ganado sin poderse sostener,
y bajo la amenaza de un ataque por la espalda de los de Laxaix si, como indicaba, tenía que avanzar
sobre Ameharchen. El coronel respondió que no obstante mi situación enviaría la orden, a lo cual
contesté que la cumpliría.
Aun cuando tenía el convencimiento íntimo de que aquella salida iba a acarrearnos un serio
contratiempo y aun quizá fuera el fin de Dar Alcobba, circulé las instrucciones preparatorias. La noticia
de la salida causó en la tropa muy mal efecto, y aunque no hubo manifestación ostensible de desagrado, ni
menos acto alguno de indisciplina, menudearon los corrillos y en ellos los comentarios poco
tranquilizadores. El ayudante, que no obstante su juventud era precavido y también observador, me puso
en antecedentes de un hecho en extremo grave, que quise y pude comprobar personalmente.
Caía la tarde. Marías y yo salimos de la tienda como si fuéramos a recorrer el servicio y nos
deslizamos por la barrancada Sur hasta dar vista a la pequeña explanada que habíamos convertido en
cementerio; y allí, de hinojos, dando espaldas al sol, ya próximo a ocultarse tras el Sugna majestuoso,
más de un centenar de nuestros indígenas se hallaban rezando la oración del Mogreb. Aquella explosión
de religiosidad, en hombres a quienes importaba un bledo Alah y toda su corte celestial era para poner
carne de gallina al menos avisado, cuanto más a los que como yo éramos perros viejos y sabíamos
sobradamente que el soldado mofo sólo reza cuando está en trance de hacer una trastada o ha perdido la
moral. Aquellas genuflexiones, aquellos besos repetidos en la tierra, invocando unos el nombre del
Profeta, pidiendo piedad otros, llegaron a preocupamos seriamente. Por primera vez mandando fuerzas
indígenas pasó por mí el temor de una sublevación. Desde luego lo de menos era que cierto número de
individuos saltaran la trinchera y se sumaran al enemigo. ¿Qué nos importaban ya unos cuantos fusiles
más tirando sobre nosotros? Nada; absolutamente nada. Lo de temer eran los actos que pudieran realizar
antes de saltar la trinchera.
Cuando regresé a la tienda se hallaban en ella Fernando Cirujeda y el comandante González
Alcántara, Ambos me preguntaron por el convoy del Zoco del Arbaa. Aquello de tanto racionamiento y
tanta incomunicación pasaba ya de castaño oscuro.
—Nada, Fernando, que al pasó que vamos te estoy viendo cavar trincheras en Axdir —le dijé
recordando el espectáculo de mal agüero que acababa de presenciar.
—¡Hombre!, no fastidies, que allí no debe haber bicarbonato y a mí me es indispensable. ¡Esta
dichosa hiperclorhidria me devora el estómago! —contestó como siempre haciendo chiste a cuenta de la
dolencia que le traía a mal traer.
—Por lo menos tienes algo que te sobra: el ácido clorhídrico.
—No, mira: me sobra eso y un poquito de buen humor; quizá esto último porque tenga el
convencimiento de que ha de resolverse satisfactoriamente nuestra situación.
—¿Tú crees eso de verdad? —inquirí con marcada intención.
—Yo, sí; es decir, si antes no hemos «palmado» víctimas de tu riguroso régimen de dieta. Ya te lo he
dicho repetidas veces: yo tengo una confianza grande, ciega si cabe, en don Miguel. Estoy seguro de que
a estas fechas hay más de cien mil hombres en Ceuta. Todo es cuestión de un poco de paciencia y un
mucho de ayuno.
—Puede que tengas razón; pero por si acaso vete haciendo a la idea de que hay que resistir y quizá
pasar trances muy amargos. Y a eso tengo la seguridad de que me ayudaréis todos.
—No hará falta: vendrá don Miguel —replicó convencido.
—Bueno, pues en vista de eso tomemos una copita del «Fundador» que nos ha traído de Xauen el
bravo Muedra —dije para cambiar de conversación.
Todos los allí presentes bebimos, a excepción de Cirujeda a quien su estómago no se lo permitía.
Prolongamos la charla hasta después de oscurecido en que nos pusimos a cenar; pero no hicimos más que
empezar con nuestra ración de judías hervidas sin sal —plato obligado de aquellos días— cuando una
descarga, seguida de un intenso tiroteo y algunas explosiones de granadas de mano, nos obligó a apagar
las velas y correr a la trinchera, donde el fresquillo de la noche favoreció los escalofríos de rigor.
¿Qué fué lo sucedido? Unos grupos enemigos habían tratado de asaltar el nuevo puesto del barranco,
sin duda por creerlo cosa fácil. Alguien sospechó fuera dicho intento hecho en combinación con gente
nuestra. ¡Todo era posible tal como estaban las cosas! El fuego duró poco. Cuando pudimos hacer un
reconocimiento nos encontramos con un muerto y dos o tres heridos. Cirujeda y González Alcántara se
despidieron; Pérez Rama y Rodríguez Couto se acostaron; yo me quedé preparando las cuartillas para la
orden de la madrugada. En el campamento, silencio, y de vez en cuanto, algún disparo.
Era ya muy cerca de la medianoche cuando entró en la tienda el capitán Zanón. A la escasa luz del
farol con que me alumbraba pude observar su rostro desencajado y su gran nerviosidad. Poco preámbulo:
tenía que poner en mi conocimiento algo muy grave, que era la comidilla de la oficialidad. Había luchado
mucho consigo mismo antes de entrar donde estaba; pero como nadie se decidía, él lo había hecho
convencido de que cumplía con su deber… La tropa indígena —necesario era que yo lo supiese— se
hallaba completamente desmoralizada; la noticia de la próxima salida había causado tan mal efecto, que
buen número de indígenas estaban decididos a abandonar el campamento. Me lo participaba para que
supiera a qué atenerme. El capitán Castejón, entre otros, quizá podría darme más detalles…
Desperté a los comandantes y les puse al corriente de lo que sucedía. Rodríguez Couto fué a avistarse
con Castejón. A los pocos momentos regresaba con él. Habló el capitán: los informes que me había dado
Zanón eran, por desgracia, rigurosamente exactos; es más, lo probable sería hubiera núcleos que se
insubordinaran negándose a salir del campamento. Unos indígenas —por cierto de lo mejorcito del
segundo tabor— se habían acercado por la tarde al teniente León Adorno para decirle que la columna de
Dar Akobba estaba irremisiblemente perdida; que era preciso huir; que él nada tenía que temer, pues
ellos se comprometían a acompañarle hasta Tetuán; que lo mismo harían con los oficiales que lo
desearan. ¡Todo menos quedar allí, encerrados como ratas, esperando pacientemente a sufrir los horrores
del hambre y de la sed para luego terminar por morir asesinados!
Me di cuenta exacta de la gravedad de la situación. No podía dar palos de ciego ni dejarme llevar de
mis nervios, en aquellos días excesivamente alterados; era preciso proceder con calma y con prudencia;
las resoluciones había que meditarlas bien. Un paso en falso podría conducirnos a un desastre, que
arrastraría consigo a la parte del ejército sitiado en el sector. Resolví de plano: aquella noche era
indispensable que los comandantes de unidad se informaran exactamente del estado de ánimo de la tropa
indígena. A las cuatro de la madrugada en punto debían concurrir a mi tienda para darme cuenta del
resultado de las investigaciones practicadas, para yo decidir.
Salí. Di una vuelta por la trinchera acompañado de los comandantes y regresé a la tienda. Me puse a
escribir. A los dos renglones me levanté, cogí la pistola y salí de nuevo. Estuve un momento parado
admirando la esplendidez de aquella noche de un verano ya moribundo; luego relacioné las noticias
recibidas con el espectáculo que había presenciado por la tarde en el cementerio; después eché a andar,
y, casi sin darme cuenta, me dirigí hacia la tienda en la que en noches anteriores había oído las canciones
a Lala Menana. Entré en ella poco menos que a gatas. Sobre el suelo, pegada a un plato vuelto del revés,
una vela a medio consumir; junto a la vela el imaginaria, en camisa, fusil al lado, correaje entre las
piernas, remendando una chilaba de montañés; alrededor, hacinados, casi medio centenar de hombres,
inmóviles, no por el sueño reparador, sino por la preocupación agotadora. El imaginaria me miró de
arriba abajo y sin mayor cortesía masculló: «Ualu» (nada), y siguió cosiendo sin hacer tan siquiera
ademán de ponerse en pie. Mi primer impulso fué el de irme hacia él y obligarle a levantarse; pero miré
en derredor y observé que los individuos allí alojados, aunque inmóviles, tenían los ojos abiertos de par
en par y los fusiles bien asidos. ¡Allí no dormía nadie! Las miradas un poco estúpidas de aquellos
hombres las sentía como si fueran puñales que se clavaran en mí. No supe nunca la intención que
encerraban; lo que sí sé es que jamás he podido borrar de mi memoria el recuerdo triste del cuadro que
presencié en aquella tienda. Evidentemente los ojos abiertos y fijos en mí demostraban existía en la tropa
una grave preocupación colectiva, y lo que era peor, que había perdido por completo la moral; y sin
moral no hay disciplina, y sin disciplina no hay ejército posible, y sin ejército la partida bélica está
irremisiblemente perdida. He aquí una argumentación que había oído a un profesor en la Academia de
Toledo y he tenido siempre muy presente.
Cuando regresé a la tienda no estaban allí ni Pérez Rama ni Rodríguez Couto. Volví a sentarme ante la
mesa y recogí las cuartillas a medio escribir, llenas de tachones. Reflexioné. Desde luego, tal como se
habían puesto las cosas, era un soberano desatino tomar parte en la operación sobre Kalaa bajo; varias
razones lo justificaban: primera, porque era ilusorio pretender que la tropa, dada su desmoralización,
rindiera el esfuerzo indispensable para hacer frente a la importante concentración que en Ameharchen se
acusaba; segunda, porque el enemigo que rodeaba Dar Akobba intentaría impedir el regreso de la
columna, y Laxaix aprovecharía la oportunidad para batirnos por retaguardia, y, cerrado el paso a Xauen,
cortadas las comunicaciones con Dar Akobba, y con la hostilidad de Laxaix, no nos quedaba; otro
recurso que sucumbir; tercera, porque se corría el gravísimo riesgo de que algunos grupos se negaran a
salir… Y en tal caso ¿qué hacer?… Para mantener la disciplina habría que recurrir a la violencia; y, bien
mirado ¿qué fuerza real tendría para imponerla? ¿No harían los demás indígenas causa común con los
indisciplinados declarándose todos en rebeldía? Podría contar, desde luego, con el apoyo del batallón de
Figueras; pero ¿cuál sería el resultado de la lucha entablada dentro del mismo recinto, donde la
indisciplina tendría el apoyo inmediato de los sitiadores? Aniquilada la columna y ocupado el
campamento bajo (el nuestro) por los harqueños ¿no habría sonado la hora final de Dar Akobba? Y
perdido Dar Akobba ¿podría la columna libertadora llegar a Xauen? Por otra parte ¿cómo negarme a
cumplimentar una orden tan terminante como la del coronel Cabanellas? ¿Qué juicios se harían sobre mi
conducta? ¿Se me llegaría algún día a hacer la justicia que merecía?… Seguí buscando una salida al
laberinto en que las circunstancias me habían colocado. ¡Jamás en la vida pasé ratos de tanta angustia!
Recordaba con verdadera envidia las trágicas noches de Buxdar, durante las cuales dormía a pierna
suelta, sin quererme enterar de que los mismos que velaban mi sueño y el del compañero Ladislao Ayuso
esperaban impacientes el momento propicio para asesinamos; pero entonces ni tenía la experiencia de
ahora ni la responsabilidad. Tal vez por eso nos salvamos todos, y tal vez también porque entonces los
moros no habían soñado pudiera ocurrir un Abarrán, un Annual, un Monte Arruit y un Akba-el-Kola, y,
desde luego, como decía Rodríguez Couto, porque había una Providencia, justo es consignarlo.
Cansado de estar sentado, me eché sobre la cama y encendí un cigarrillo, al que di media docena de
chupadas; lo tiré y encendí otro, y otro, y así no sé cuántos más… Por fin decidí salir de nuevo de la
tienda. Eran las tres y media en punto. Madrugada fría y húmeda, con un frío y una humedad que llegaba a
los huesos; en algunas tiendas había ya luz y de todas partían toses, muchas toses. Me puse a pasear por
el centro del recinto; se me acercó el capitán de servicio a darme parte. ¡Todo estaba tranquilo!
Alrededor de las cuatro fueron entrando en la tienda, uno a uno, los comandantes de unidad, casi
todos envueltos en sus chilabas. Les invité a sentarse y algunos tuvieron que hacerlo en el suelo. Pedí que
de moderno a antiguo expusieran el resultado de sus gestiones y por último la impresión personal. Las
manifestaciones no pudieron ser más pesimistas: las tropas, que tan valientemente se habían conducido el
día de la retirada de Adgós y Taguesut, el 13 de septiembre y el 15, dos días después se hallaban
desmoralizadas; temían que una noche lograse entrar en el campamento un grupo enemigo y empezáramos
a tiros unos contra otros; se quejaban de la mala alimentación, de la carencia de trajes y de la falta de
calzado: eran peores que pordioseros; el día menos pensado —y a eso no querían llegar— les diríamos
que salieran por donde pudiesen o sucumbirían como los de Tazza y Solano. El trágico fin de estas
posiciones, presenciado por los hombres del 2.º tabor, les había impresionado grandemente; los
fantásticos relatos de los testigos estaban dando malos frutos. Aquella noche habían desertado tres
individuos, sin que nadie supiera cómo y por dónde: indudablemente existían cómplices. Todos
coincidieron en que era una temeridad sacar la fuerza del campamento.
Agradecí los informes. Les dije era preciso vigilar mucho; estar en constante contacto con la tropa;
inculcarla confianza y moral; y que después de meditar resolvería. Para ello era preciso que los informes
me los dieran por escrito. Así ofrecieron hacerlo. Les despedí.
Mandé recado a Cirujeda y a González Alcántara, que no tardaron en presentarse. Reunidos todos los
jefes de la columna, les expuse la situación tal como yo la veía. Cirujeda apuntó la idea de ocupar con su
batallón el campamento; mas consideré que un acto de esa naturaleza podría agravar la situación. Había
que proceder con extremado tacto. Reflexioné unos instantes, y luego llamé a Xauen; el coronel no tardó
en ponerse al aparato. La conversación que sostuvimos fué la siguiente:
—Mi coronel: me he permitido llamarle a usted para hacerle presente que por causas graves, que no
me es posible decir por teléfono, le ruego revoque la orden de salida de esta columna.
—¿Por causas graves? ¿Cuáles son ellas? —inquirió.
—Ya le he manifestado que no puedo decirlas por teléfono —le repuse.
—¿Tan graves son? —preguntó con curiosidad no exenta de desconfianza.
—Más que graves: gravísimas. Repito que no son para confiarlas al teléfono.
—Necesito saberlas en el acto. Es preciso me las diga usted —respondió malhumorado.
Ante lo terminante de su, orden hube de contestarle:
—Pues bien: no me es posible salir porque tengo el convencimiento absoluto de que si doy la orden
de marcha habrá núcleos de importancia en todas las unidades que abandonarán el campamento y se
pasarán al enemigo. Si después de saber esto me ordena salir, lo haré; pero declino toda responsabilidad
sobre lo que pueda suceder.
—En estas condiciones no salga; pero deme cuenta de cuanto acaba de decirme por telegrama
cifrado.
—Ahora mismo lo redactaré y le pondré otro al general en jefe.
—Bueno. Está bien.
La conversación quedó interrumpida. Con la conferencia me había quitado un gran peso de encima y
al mismo tiempo contraía una gran responsabilidad. Llamé a Marías, que esperaba a la puerta de la
tienda, y le dije:
—Prevenga usted a la columna que queda suspendida la salida anunciada para hoy.
El ayudante hizo una inclinación de cabeza en señal de haber comprendido y se retiró.
—Y ahora, señores —dije dirigiéndome a los jefes, que aún permanecían en mi tienda— asumo todas
las consecuencias de esta determinación, que creo firmemente es la que debo adoptar; mas si mi conducta
no merece la aprobación del general en jefe, no quiero compartir con nadie responsabilidades: daré a
este incidente una solución personal y definitiva, Hay errores en la vida que no se deben pagar más que
de una manera.
Nada quiero decir de la escena que se desarrolló en la tienda a cuenta de las palabras anteriores; haré
presente, sin embargo, que jamás he recibido de mis subordinados pruebas tan evidentes de cariño como
en dicha ocasión. Y pasado algún tiempo, cuando todo se puso en claro, puedo afirmar, con orgullo, que
fué el propio coronel Cabanellas el jefe que mayores elogios hizo de mi proceder en aquellos días. De
una declaración suya, en los expedientes que luego se incoaron con motivo de las propuestas de ascenso,
son los siguientes párrafos: «En circunstancias tan críticas —las del sector de Xauen en septiembre de
1924—, Mola, sobreponiéndose a todo, sostuvo con firmeza su puesto, y con falta de piensos que le
impedía hacer uso del ganado, con escasos víveres y recursos de todas clases, con no abundantes
municiones, con número grande de heridos mal asistidos y siendo la mayor parte de su fuerza de
indígenas, trabajada por el enemigo para inducirla a dejar nuestra causa, en situación tan incierta y
angustiosa ante la persistente hostilidad contraria, no se limitaba a la defensiva pasiva, sino que el 13 de
septiembre al ser el campamento atacado seriamente a favor de atrincheramientos construídos durante la
noche, dispone Mola la salida, ataca las trincheras y en lucha cuerpo a cuerpo sus fuerzas rechazan el
ataque cogiendo muertos, armas, municiones y prisioneros, mereciendo ser felicitada la columna por el
General en Jefe…» Y luego añade: «Los resultados de su intervención en la operación del 6 de
septiembre ya quedan dichos, y con su proceder en Dar Akobba, además de demostrar valor, energía y
aptitudes militares en un mando independiente superior a su empleo y ejercicio en circunstancias de
excepcional gravedad, obtuvo el indudable resultado de hacer posible la salvación de Xauen y quedar
aún en su columna energía y espíritu para ayudar a las que avanzaron sobre Xauen. Conocedor el
enemigo de la importancia de la posesión de Dar Akobba y de la situación en que se hallaba su columna,
sobre ella dirigió sus persistentes esfuerzos, que frustró el buen comportamiento de la columna y de su
jefe, el teniente coronel Mola».
CAPÍTULO XV
Mentiras piadosas
Era completamente de día cuando volví a salir de la tienda. El campamento presentaba un aspecto triste
como nunca: la oficialidad, reunida en las tiendas, comentaba en voz queda los sucesos de la noche
pasada; a la tropa se la veía poco y no alborotada como de costumbre. El ambiente era de preocupación;
más todavía: de decaimiento.
Rogué a los jefes me dejaran solo para redactar los telegramas; únicamente quedó conmigo Rodríguez
Couto, con objeto de ayudarme a cifrarlos. El primer telegrama fué para el coronel de Xauen; el segundo
para el general en jefe. Este último decía así:
«En este momento digo al jefe columna de Xauen: “No obstante victorias obtenidas estos días tropa
indígena se halla completamente desmoralizada a pesar constante gestión oficialidad para convencer de
que situación no es crítica. He sabido que grupos en todas compañías quieren abandonar posición, al
parecer pacíficamente, y hago esfuerzos para evitarlo. Es probable que si hacen salir columna haya
núcleos que se nieguen a hacerlo, y me parece expuesto a mayores males actos violencia, dado que
elemento indígena haría causa común y como consecuencia sólo se conseguirían sacrificios estériles. He
tomado medidas para evitar reuniones de la tropa. Espíritu oficialidad y tropa europea, excelente”. Hago
presente a V. E. que posición Dar Akobba sigue sufriendo presión enemiga que nos causa constantes
bajas; pero puede tener seguridad que toda oficialidad columna sabrá cumplir con su deber.»
Tan pronto fueron ambos telegramas puestos en limpio, los mandé con el teniente Marías a la estación
y le encargué me trajera dos hojas de las utilizadas por los Ingenieros para comunicar los recibidos. Se
me había ocurrido una idea que iba a poner en práctica inmediatamente.
Cuando tuve las hojas en mi poder llené una de ellas y se la enseñé a Rodríguez Couto.
—¿Y esto qué es, mi teniente coronel? —preguntó después de leerla con atención.
—¿Esto? Quizá la salvación nuestra, Couto. ¡La salvación de Dar Akobba!
—No comprendo —repuso con desconfianza, mal disimulada.
—Es muy fácil de comprender —le dije—; ya verá: ahora mismo me hace usted el favor de subir a la
estación y decirle a los telegrafistas que registren este telegrama, y pregunte quien pregunte manifiesten
se ha recibido esta mañana; y también les añade: que si alguien llega a saber por ellos que es falso, como
me llamo Mola, se acuerdan del santo de mi nombre. Y usted, Couto, hágame el favor de guardar este
secreto: es una mentira piadosa.
Pocos minutos después llegaba a mi poder, procedente de la estación, el mismo telegrama que había
redactado, y, como si fuera yo el primer sorprendido, salí de la tienda gritando:
—¡A ver, señores! ¡Una buena noticia! ¡¡Una gran noticia!!… ¡El cornetín!; que venga el cornetín y
toque «parte».
Casi todos los oficiales salieron de las tiendas y se agolparon a la puerta de la mía; tras ellos muchos
soldados, la mayor parte. Yo mantenía en alto la cuartilla encamada para que todos la vieran, al mismo
tiempo que decía:
—¡Un telegrama del presidente del Directorio! ¡Buenas noticias!… A ver: que venga un caíd para
traducirlo.
No fué preciso esperar. La columna entera estaba allí. Rodríguez Couto cogió la hoja y leyó en voz
alta; el caíd Aomar traducía:
Un grito de alegría estalló al terminar la lectura. ¡Estábamos salvados! ¡Viva España! ¡Viva Dar Akobba!
¡Vivan los Regulares de Larache!… La oficialidad comentaba con satisfacción el inesperado telegrama,
que corría de mano en mano; la tropa se consagró a las ya sabidas manifestaciones de entusiasmo; no
pocos indígenas, cogiendo sus fusiles, corrieron a la trinchera a tirar sobre las guardias enemigas,
diciéndoles: «¡Toma candela, moro montaña!… ¡Toma candela…!» Rodríguez Couto era uno de los que
más entusiasmo demostraban. A los pocos momentos se presentaron Cirujeda y González Alcántara. El
primero, después de leer y releer el telegrama, exclamó:
—¿Ves, Emilio, ves? ¡Don Miguel! ¡El gran don Miguel! ¿No decía yo que tenía en él una absoluta
confianza?
No supe qué contestarle. Me daba pena decirle la verdad. ¡Estaba tan ilusionado!
La reacción favorable que produjo la lectura del telegrama y la natural alegría por la distribución de
algunos cigarrillos no podía ser duradera. Cuando pasados algunos días, quizá horas —pensaba yo—, los
indígenas se enteren del engaño y vuelvan a sus preocupaciones, caeremos en otra crisis aiín peor, crisis
de la que quizá no sabré o no podré salir… Era necesario tomar medidas enérgicas y rápidas para
contrarrestarla. Se dispuso una gran vigilancia sobre la tropa y que los caídes y clases de mayor
confianza procuraran llevar al ánimo de ella el convencimiento de una inmediata liberación,
contrarrestando con energía los pesimismos y los efectos demoledores de las predicaciones enemigas; se
prohibió rigurosamente todo comentario sobre la situación. Como el asedio era cada vez más intenso,
ante el temor de que el día menos pensado no pudiera hacerse la aguada, se ordenó que por las tardes
quedaran llenos todos los recipientes y cubas de la posición y campamento; respecto al servicio de
noche, sé reforzó extraordinariamente para ponernos a cubierto de cualquier sorpresa, tanto del exterior
como del interior, y a ese fin cada uno de los sectores asignados a los tabores fué cubierto por una
compañía completa, con sus cuadros de oficiales y clases, teniendo cada uno de aquéllos a su disposición
diez granadas de mano defensivas para utilizarlas personalmente en caso necesario; se designó asimismo
otra compañía de retén, con obligación de pasar la noche arma al brazo; en caso de ataque quedaba
prohibido salir de los alojamientos sin orden. Enterado existían buen número de curiosos que
constantemente merodeaban por los alrededores del depósito de municiones para enterarse de las
existencias y que también los había que se estacionaban en las inmediaciones de la cabina de los
telefonistas para saber lo que en ella se cocía, nos vimos en el caso de no permitir la entrada en la
posición a los elementos extraños a ella, es decir, de la columna.
Aquella tarde volvieron a visitarnos los aviones, los cuales nos echaron tabaco y ración. Dentro de
los sacos, ¡oh, sorpresa!, venían varios ejemplares de una proclama, que decía así:
«Hoy empiezan las operaciones. Vuestra admirable resistencia nos ha permitido organizar un fuerte Ejército que os dará la mano
y os llevará refuerzos y víveres y derrotaremos al enemigo. ¡Bravo por los jefes, oficiales y soldados que conservan elevado
espíritu en situaciones angustiosas! Tres miembros del Directorio conmigo han venido a facilitar todo lo preciso. Hemos vencido
al enemigo en el Fondak y tenemos comunicación completa con la base. Tenemos ya libres las fuerzas del Lau, Tiguias y M‘Ter.
Cinco columnas salen en vuestro auxilio. La población indígena es fiel y empieza a someterse. Decid a vuestras tropas indígenas
que se resistan a vuestro, lado. Es cuestión de pocos días y serán dignamente recompensadas.
El Gobierno concede una paga mensual extraordinaria a los indígenas fieles al terminar estas operaciones. Os enviamos
ración y tabaco para españoles y moros y más que nada nuestra admiración e interés, ¡VIVA ESPAÑA!
17-9-24.»
Si grande había sido la alegría de la gente de la columna al enterarse del falso telegrama de la mañana,
mucho mayor fué la producida por este escrito del general Primo de Rivera. Los vivas a España, al
Ejército, al Grupo de Larache, a Dar Akobba y a todo lo divino y humano eran atronadores. El optimismo
más inconsciente volvió a reinar.
No sé cómo nos encontramos un momento solos Rodríguez Couto y yo.
—Mi comandante, ¿ha visto usted? Lo del telegrama de esta, mañana ha sido una feliz inspiración —
comenté.
—Ha sido, mi teniente coronel, la Providencia, que no nos deja de su mano ni un momento. ¡La
Providencia!… La misma que nos salvó a nosotros, a los del segundo tabor, el día de la evacuación de
Adgós y Taguesut, mandando una espesa niebla. ¿Ahora estará usted tranquilo?
—Ahora sí, puesto que la visita de los aviones y la proclama demuestran que el general Primo de
Rivera ha aprobado mi conducta.
Pasó un rato. En la tienda, sentados en sendas camas, nos hallábamos Fernando Cirujeda y yo; mi
buen amigo volvió a machacar sobre el tema de siempre:
—¿Ves, Emilio, ves cómo he acertado de la cabeza al rabo? Primero el oportunísimo telegrama de
esta mañana; después, para confirmarlo, las hojas que acaban de arrojar los aviones. No cabe duda: ¡Don
Miguel es muy grande!
—Sí, muy grande… Pero ahora voy a decirte una cosa. Agárrate, no te vayas a desvanecer.
—Di lo que quieras, que aquí, sentado en esta confortable cama, aun ligero de estómago como estoy,
puedo aguantar las mayores impresiones.
—Pues, chico, he de confesarte un secreto.
—¿Cuál?
—El telegrama de esta mañana era falso.
—¿Cómo falso? —exclamó sin comprender.
—Pues sí, hombre, falso; completamente falso. Lo redacté yo mismo.
—¡¡Emilio!! —gritó poniéndose en pie no sé si indignado o vencido.
……………………………………
La conversación en mi tienda versó durante la tarde sobre la probable fecha de llegada de las columnas.
Los optimistas calculaban sería para el 21; yo, más en la realidad, afirmaba que para el 25 o 26.
—Ahora, mi teniente coronel, será usted menos riguroso con el racionamiento —dijo en un inciso
Rodríguez Couto, que era tan comilón como empedernido fumador.
—Ahora, señores —repuse—, tengo el proyecto de reducir un poco más la ración. Debemos asegurar
un mínimum de quince días de víveres, que nadie sabe todavía lo que puede ocurrir.
—Es usted un exagerado —exclamó Rodríguez Couto.
—No, mi comandante, un previsor, que no es lo mismo.
No había que olvidar que sobre lo poco que ya teníamos en el depósito de Intendencia, el auxilio que
nos prestaban los aviones era más moral que efectivo, pues un centenar de latas de sardinas, cuarenta o
cincuenta de mantequilla, algunos pedazos de jamón y un par de docenas de raciones de pan, no era nada
repartido entre los dos mil y pico de hombres que guarnecían Dar Akobba.
La noticia del avance de las columnas sobre El Ajmás corrió por Xauen como reguero de pólvora,
produciendo la natural alegría. El Uafi no tardó en llamarme: tenía un gran contento; pronto, muy pronto,
iba «a terminar el mal y empezaría el bien»; en cuanto la columna llegase al Zoco del Arbaa, todos los
canallas del monte dejarían de tirar; ya era bastante prueba la que habíamos y aún estábamos sufriendo.
Años después, presente todavía el recuerdo de aquellos días para cuantos los pasamos, me escribió
desde Alcazarquivir: «¿Cómo no acordarme de nuestros ratos de Xauen, ora amargos, ora alegres? Todo
el que sienta algo por España, sea o no español, tiene que recordar esos ratos que fueron lazos de unión
entre españoles y musulmanes adictos. “En el mal y en el bien está la amistad”, dicen mis compatriotas».
También llegó la noticia al capitán Munita, encerrado en la posición de Garrofa, quien se apresuró a
rogarme le dijera la verdad, toda la verdad. Y cuando confirmé la buena nueva, a través del micrófono oí
los alaridos de aquel puñado de hombres, allí prisioneros, que preveían ya próxima su liberación.
—¿Y no habrá un poco de tabaco para la guarnición de este puesto que le admira y adora y fuma
hojas secas desde hace muchos días? —preguntó al despedirse.
—Habrá tabaco y todo lo que usted quiera —le repuse.
Un ¡Viva España! fué colofón puesto por Munita a nuestra charla.
Y aquella noche, cuando después del ataque, durante el cual se dieron a conocer los tres sujetos que
habían desertado la anterior, me dejé caer rendido sobre la cama, no pude conciliar el sueño. Una
horrible duda me asaltaba: ¿no sería también la proclama del general Primo de Rivera otra piadosa
mentira?…
CAPÍTULO XVI
Al amanecer del 18 nos enteramos de que, durante la noche, había sido violentamente atacado el blocao
de Xeruta, viéndose sus defensores obligados a refugiarse en la posición principal, A solicitud del jefe
de ésta, capitán Rosaleny, tuvimos que demolerlo a fuerza de cañonazos, porque el enemigo instalado en
él hostilizaba tan eficazmente, que era imposible la permanencia dentro del recinto de ella. También la
guarnición de Abada entraba ya en los límites de la desesperación; su jefe pedía socorro en todos los
tonos: los heridos, faltos de asistencia, morían consumidos por la fiebre y los que se hallaban ilesos
apenas podían tenerse en pie, faltos de alimentos y escasos de agua. Perdida la oportunidad de ir
inmediatamente después de la agresión, no era ya posible otro auxilio que el que se les pudiera prestar
por hombres aislados, que voluntariamente se comprometiesen a ello; por otra parte, un servicio de esa
naturaleza no podía improvisarse. Para tranquilizar un poco a la guarnición, ínterin organizaba algo, puse
al jefe del destacamento el siguiente telegrama: «Pasado mañana llega columna al Zoco del Arbaa.
Resista». ¡Esta era otra piadosa mentira!
En represalia al cañoneo del blocao de Xeruta, el enemigo arreció su presión sobre Dar Akobba.
Contra nuestra voluntad tuvimos que mantenernos a la defensiva, porque según mis cuentas, deducidas de
las existencias en la, tarde del 16 las municiones consumidas en los tiroteos posteriores, contábamos con
un repuesto de 150 cartuchos por individuo, aparte la dotación, y esto era muy poco en aquellas
circunstancias, máxime no sabiendo como no sabíamos lo que aún podría durar el asedio.
El fuego, intermitente durante el día, se hizo intenso al llegar la noche y cesó en las primeras horas de
la madrugada, calma que aprovechamos para ponernos de acuerdo por óptica con el teniente de Abada
con objeto de enviarle una pequeña provisión de agua, Lo convenido fué lo siguiente: al anochecer iría al
blocao de Puente Mizal una patrulla compuesta de seis individuos con cinco cantimploras cada uno y un
odre pequeño que utilizábamos para aceite; dichos individuos, de madrugada, saldrían en dirección a
Abada después de llenar los recipientes en el río. Al llegar a las proximidades del puesto, una vez
situados frente a la entrada, producirían tres destellos con una linterna eléctrica y acto seguido los del
blocao les franquearían la puerta. Si el servido se prestaba con éxito, cada individuo percibiría a su
regreso 500 pesetas en metálico, para lo cual contaba con dos mil que Cirujeda me había entregado de
orden del coronel Cabanellas, como parte correspondiente al Grupo de Larache de la cantidad que los
aviones habían dejado caer en Xauen para atenciones de las fuerzas del sector. Para tan arriesgada
empresa sólo encontramos tres voluntarios, uno de ellos el soldado indígena número 340, ordenanza del
teniente Marías, conocido por Arbaín (el cuarenta). Era éste un mulato audaz y temerario, fiel y
respetuoso, aficionado a jugar con la muerte y vencer lo imposible: por eso fué nombrado jefe de la
patrulla.
Mientras se planeaba lo de Abada —mañana del 19—, nos enteramos de que los jomsis —que así se
llaman los naturales de El Ajmás—■, unidos a guerreros venidos del Rif, habían decidido poner sitio a
Xauen, atrincherándose convenientemente a su alrededor para impedir la salida de la columna. La línea
telefónica con Dar Akobba fué respetada, sin duda para estar al tanto de las noticias y órdenes que por
ella se circulaban.
El teniente De Juan, hombre activo como pocos, hacía todos los intentos imaginables para poder
conseguir información. Por él supimos que el Jeriro había marchado a Beni-Hosmar con algunos cientos
de hombres para oponerse al avance de las columnas; que Timisar, puesto situado al Norte de Abada,
dependiente del Zoco del Arbaa, era insistentemente atacado; que el Baccard acababa de incorporarse
con algunos refuerzos a los sitiadores de Dar Akobba; y, por último, que el enemigo hallábase
emplazando un cañón de montaña, de 7 cm, en la loma del antiguo blocao de Garrofa con objeto de
bombardear Kalaa bajo y Dar Akobba. Para impedir, o por lo menos dificultar, los trabajos de
instalación, de cuando en cuando, tanto de día como de noche, disparábamos nuestras piezas sobre dicho
punto y, para variar, sobre Ameharchen.
La carencia absoluta dé noticias respecto al avance de las columnas nos tenía intranquilos, más que
nada a mí, que veía cómo, a pesar del riguroso racionamiento, iban rápidamente disminuyendo las
existencias del depósito de víveres. El fin de aquellos escasos sacos de arroz, garbanzos, alubias y
harina señalaría el momento de dar comienzo la agonía de Dar Akobba.
Al atardecer despedimos a los tres valientes que voluntariamente se habían prestado para ir a Abada.
Y aquella noche, cuando los sitiadores con mayor encono nos atacaban, el Arbaín con sus dos
compañeros, después de salvar la línea de trincheras del cauce del Mizal, emprendían el camino del
blocao.
Interminables horas de angustia. Muy de mañana me llamó al teléfono el sargento jefe del
destacamento de Puente Mizal: allí estaba uno de los moros; había llegado en tan lamentable estado de
agotamiento, que apenas podía hablar; de los otros dos, nada se sabía. Mandé un caballo para que
pudiera subir al campamento. Tres cuartos de hora después le tuvimos entre nosotros. ¡Daba pena verle!:
venía completamente destrozado de traje, ensangrentadas las piernas, los brazos y la cara; no podía
sostenerse; le acostamos en una camilla; hablaba despacio y a cada cuatro palabras se veía precisado a
hacer una larga pausa para tomar alientos. Nos relató su odisea en la forma siguiente:
«Cuando salieron de Puente Mizal se echaron al monte, procurando apartarse de caminos para evitar
encuentros con partidas o guardias rebeldes; la marcha fué en extremo penosa y a punto estuvieron de
perderse a causa de la obscuridad. “¡La noche engaña mucho y desorienta!”. Por fin, en las primeras
horas de la madrugada —habían salido a las nueve del blocao— llegaron a las inmediaciones del puesto
de Abada, que parecía abandonado. Empezaron a arrastrarse y consiguieron llegar sin llamar la atención
hasta muy cerca de la alambrada, donde, por una prudente precaución, se parapetaron bien; el Arbaín
sacó la linterna, y, después de cerciorarse de que funcionaba, hizo las señas convenidas; inmediatamente
se les contestó, pero no encendiendo una cerilla y franqueándoles la puerta como era lo convenido, sino
con una descarga. Las guardias enemigas, alarmadas, empezaron a tiros. El Arbaín gritó a los del blocao
diciendo eran los Regulares que iban a llevarles el agua; mas los de dentro ño hicieron caso y siguieron
disparando sus fusiles. Oyeron al enemigo aproximarse, pidieron protección, contestando uno, que debía
ser el jefe, que allí no dejaba entrar a nadie; rogaron, suplicaron… ¡nada! Por fin decidieron echar entre
el parapeto y la alambrada el odre y las cantimploras y huyeron perseguidos de cerca como perros… Se
perdieron en la gaba… Él cayó a un barranco, despeñado; estuvo un rato escondido, casi sin
conocimiento; un grupo enemigo pasó a su lado sin descubrirle; cuando se creyó seguro, emprendió la
marcha a Puente Mizal, adonde llegó al romper el día. El Arbaín y el otro compañero seguramente habían
sido muertos… El blocao, en lugar de darles apoyo, les recibió a tiros. ¡Aquello no estuvo bien!»
Marías, que se hallaba presente oyendo el relato, montó en cólera. ¡Oh, lo sucedido era intolerable!
¡Muerto el Arbaín, a quien quería con todo el corazón! ¡No había derecho!… Al cabo de un rato, ya más
tranquilo, afirmó convencido: «Tengo la seguridad de que no ha muerto; no puede haber muerto. ¡No!»
Se pidieron explicaciones al teniente de Abada. Contestó que habían recogido el agua; pero que no
dejaron entrar a los Regulares, porque el enemigo se dió cuenta del socorro y tuvo el temor de que, al
abrir la puerta de la alambrada, asaltaran el puesto. Eso era todo.
Pasó el día y parte de la noche sin noticias. De madrugada me despertó un interminable repiqueteo
del teléfono. Resultó ser otra vez el sargento de Puente Mizal, que llamaba para decirme que en aquel
momento acababan de llegar el Arbaín y su compañero, completamente extenuados. ¡Mi alegría no tuvo
límites! Acto seguido hice levantar a Marías para comunicarle la grata noticia.
En cuanto amaneció subieron los dos héroes. El Arbaín, más negro que nunca, sonreía mostrando su
doble fila de blancos dientes, como si en vez de correr un gran peligro nos hubiese gastado una pesada
broma. Su relato coincidió en un todo con el de su compañero llegado la madrugada anterior, aunque con
detalles mucho más espeluznantes, pues la persecución emprendida por los yebalas no cesó ni un
momento durante el día. Por fortuna, en Puente Mizal habían sido mejor recibidos que en Abada. Marías
le escuchaba sin pestañear y de cuando en cuando mascullaba algo…, seguramente maldiciones; y era que
el bravo teniente, convencido como estaba de que Dar Akobba más o menos pronto sería nuestra tumba,
tenía pensado confiar al Arbaín una carta de despedida, dirigida a su buena madre, carta que el leal moro
estaba comprometido a hacer llegar hasta Sariñena, pueblo de la provincia de Huesca, donde ella residía.
Cuando el moro dió fin a su relato, saqué la cartera y di a cada uno el premio ofrecido, del que
inmediatamente hicieron entrega a sus respectivos capitanes, con lo cual, las mil quinientas pesetas que
importaban los tres quedaron de nuevo dispuestas para premiar otros servicios arriesgados. Pero en Dar
Akobba, y más en aquella época, las alegrías no podían durar mucho, y así sucedió, que estando
comentando entre chistes y chirigotas las peripecias de la expedición, un heliograma apremiante del jefe
de Xeruta nos hizo volver a la triste realidad; dicho heliograma, decía: «Situación desesperada, agravada
ataque anoche bombas mano. Ruego destruya blocao y poblado. Preciso auxilio para noche próxima».
¡Nueva contrariedad! Fué avisado el oficial de la batería y con las tres piezas útiles se inició la tarea de
complacer al capitán Rosaleny.
En la visita que aquella mañana giré al depósito de Intendencia —cosa que efectuaba con relativa
frecuencia—, pude comprobar que, no obstante las medidas adoptadas, apenas si podríamos alcanzar un
máximum de cuatro días de ración, por lo cual se hacían precisas nuevas medidas restrictivas en el
suministro de víveres. Con este objeto convoqué a una junta de jefes en la tienda dé Fernando Cirujeda
para después de celebrada la misa, pues así se llamaría menos la atención de los indígenas, que de nuevo
volvían a mostrarse desconfiados. ¡Alguna ventaja habría de proporcionarnos el domingo!
A las diez, sobre un estante del barracón de Intendencia dedicado a depósito de víveres, el capellán
improvisó el altar. Dos canecos de ginebra armados de sendas velas de sebo y un pequeño crucifijo sobre
los corporales, hechos de sábanas de provisión en ya lejana vida, constituían la ornamentación litúrgica
de la sagrada mesa. Casi toda la oficialidad y tropa europea libres de servicio, con sus jefes a la cabeza,
estaban allí presentes, cuadrados y sin pestañear. Jamás en mi vida, durante la celebración de ceremonias
religiosas, observé mayor recogimiento ni tanta devoción; y era de ver cómo las lágrimas resbalaban por
las mejillas relucientes, a fuerza de estar tostadas por el sol, de aquellos hombres más que curtidos en los
azares de la guerra… Toda esta devoción, sentida de veras, demostraba bien a las claras cuál era el
estado de ánimo de aquellas gentes, las cuales, sin duda alguna, desconfiando ya del apoyo que podrían
prestarle los de acá abajo, buscaban el amparo del de allá arriba, que Él todo lo puede, aparte que tal
proceder es prudente medida de higiene del alma cuando existen temores de que la carroña apunte en el
cuerpo.
Cuando terminó la ceremonia, uno a uno, como si la casualidad nos llevase, fuimos entrando en la
tienda del jefe de Figueras, convenientemente custodiada por oficiales para evitar escuchas indiscretos.
Una vez en ella Cirujeda, los comandantes de tabor, el jefe de la posición, el de la batería, el teniente de
Regulares de Tetuán y el de Intervenciones, les hablé del siguiente modo:
—Señores: he estado inspeccionando el depósito de Intendencia y he sacado la convicción de que
contamos con víveres para muy pocos días, los precisos hasta la llegada de las columnas, que, como
ustedes muy bien saben, han salido ya de Tetuán y en estos momentos avanzan hacia nosotros; sin
embargo, como hay que prevenirse contra lo imprevisto, y lo imprevisto puede ser que por causas ajenas
a la voluntad de todos las columnas se retrasen más de lo que suponemos, considero necesario imponer
nuevas restricciones, aunque deseo hacerlo en forma tal, que la tropa, sobre todo la indígena, se dé la
menor cuenta posible. Espero contar para ello con la colaboración decidida de todos.
Un movimiento general de asentimiento subrayó mis últimas palabras. Proseguí:
—Gracias, señores. Y vamos al grano: la ración de pan diaria, que hoy se hace con harina de trigo
mezclada con la de arroz que nos mandaron para piensos, consta de ciento veinte gramos, pongan ustedes
cien, y mejor noventa… Como comprenderán, no es posible reducirla más. Pues bien, consumiendo todos
pan, a duras penas tendremos harina para cinco días; pero aprovechando unas cajas de galleta que existen
como último recurso, esos días pueden convertirse en diez y quizá, aquilatando mucho, en quince; así es
que a partir de hoy, y mientras duren las actuales circunstancias, vamos a racionar con ellas al personal y
jefes, oficiales, clases y soldados europeos a razón de dos galletas por barba y día, reservando el pan
exclusivamente para los indígenas, que no conviene se aperciban de la escasez que padecemos. ¿Están
ustedes conformes?
Nuevas manifestaciones de aprobación. Ello me dió ánimos para seguir hablando así:
—Ahora bien, lo que se extrae actualmente por individuo viene a ser en legumbres la mitad de la
ración ordinaria; en azúcar, aceite, tocino, café y pimentón, mucho menos; sal, ya saben que no hay…
Pues es preciso reducir aún más. Para ello cada unidad se suministrará por artículos en vez de por
raciones, y a razón de cien gramos de legumbres por plaza y cinco de los demás artículos, salvo el
azúcar, que se administrará a diez gramos para la tropa europea y a veinte la indígena. El condimento se
hará con tocino en las comidas de personal europeo y con aceite en las indígenas. Desde luego la
oficialidad devengará iguales cantidades que la tropa, puesto que los estómagos no entienden de
categorías.
Todo cuanto propuse fué aceptado sin discusiones ni «pegas», y es más, el bueno de Cirujeda cedió
para el Grupo dos becerros, los últimos que le quedaban, con lo cual podría, según él afirmaba, seguir
cultivando el «camelo estomacal» entre los indígenas. A propuesta de uno de los reunidos se acordó
poner un telegrama al coronel solicitando un pequeño convoy de víveres. La contestación fué inmediata y
decía así: «Esta columna se halla en igualdad de condiciones por lo que respecta a víveres que esa.
Puede V. S. solicitarlos del general en jefe.» ¡Vive Dios que era un acertado y práctico consejo!
Después de una breve deliberación, en que se concretaron detalles sobre la forma como debían
hacerse los vales de suministro, terminó la junta. Cuando Fernando Cirujeda y yo quedamos solos, me
dijo entre resignado y convencido:
—Emilio, decididamente eres el teniente coronel Papús.
CAPÍTULO XVII
La tragedia de Xeruta
No era preciso ser un estratega para comprender que, perdido el blocao-avanzadilla, la posición de
Xeruta quedaba a merced del enemigo, pues desde su emplazamiento se batía el interior del recinto tan
perfectamente, que puede afirmarse no había bala perdida. En estas condiciones, por caridad, y también
por egoísmo, importaba darle ánimos a la gente de Rosaleny, que no a él, pues sobrados los tenía como
demostró después, y a tal fin hube de ponerle un despacho urgente, lacónico e imperativo, que decía:
«Su telegrama nos da vida, esperamos. Nunca pensé evacuarla. Prefiero muerte defendiéndola.»
Para nosotros, y especialmente para las columnas en su avance sobre Dar Akobba y Xauen, la
conservación de Xeruta era algo esencial, por constituir un excelente punto de apoyo al mismo tiempo
que facilitaría la entrada en el desfiladero del Hámara. Y ya que no era posible intentar abastecerla,
porque no lo permitían ni los víveres con que contábamos, ni las municiones disponibles, ni el estado del
ganado, ni los atrincheramientos enemigos, ni aún la moral de las tropas, se juzgó de gran importancia
que por lo menos viera la guarnición nos ocupábamos de ella y la atendíamos en la medida de nuestras
fuerzas, pues no pocas veces en la guerra es suficiente dejar adivinar un buen deseo o inculcar a tiempo
una esperanza para resolver satisfactoriamente las situaciones difíciles, Por tal motivo, todas las
gestiones del día 21 fueron encaminadas a organizar una expedición de aguadores con destino a Xeruta,
asunto que no era fácil ni mucho menos después de lo ocurrido con el socorro a Abada, Por fin pudimos
dar con dos indígenas que se ofrecieron a prestar el arriesgado servicio, mediante la suma de quinientas
pesetas por barba, Como daba la feliz coincidencia de que uno de los, oficiales del destacamento había
pertenecido al Grupo en fecha reciente y era conocido de nuestros moros, dije a Rosaleny: «Esta noche
irá pareja a llevar agua y hacerles aguada. Llamarán al teniente Ortega, Ruego tengan cuidado de no
hacerles fuego y les permitan el acceso a la posición».
El intento fracasó. Antes de amanecer regresaron los dos enviados manifestando no les había sido
posible llegar a la posición por estar completamente rodeada de enemigo, lo que me apresuré a
comunicar a Rosaleny, dándole nuevas esperanzas.
Las horas del día 22 pasaron lentas. Hubo, como de ordinario, la comitiva de la escuadra con picos y
palas seguida de la camilla con el muerto; además, cuatro soldados habían sido heridos. Y llegó la noche.
Después de numerosas y difíciles gestiones, encontramos dos nuevos voluntarios que se comprometieron
a ir y entrar en Xeruta, costase lo que costase. Llevarían cinco cantimploras cada uno y una vez allí
intentarían por todos los medios hacer aguada.
Para llevar mayores alientos a los sitiados, intentamos, sin lograrlo, saber algo positivo de las
columnas. Todos los días, mañana y tarde, llegaba a nosotros el vago rumor de un fuerte cañoneo,
cañoneo lejano, muy lejano, casi me atrevo a decir que cada vez más lejano. Esto nos sumía en un mar de
confusiones. La gente, resignada, con la esperanza puesta en el próximo amanecer, que suponía portador
de agradables noticias, aguardaba; pero nada, si alguna conseguían captar los telegrafistas, era de
contrariedad. ¡Otra nueva posición en situación angustiosa! Apenas cambiaba impresiones con la
oficialidad; únicamente con los jefes hacía calendarios sobre la fecha probable de nuestra liberación, que
de común acuerdo cada vez retrasábamos más. Cirujeda, firme en su optimismo, nos describía con pelos
y señales el avance arrollador del formidable Ejército de don Miguel: una especie de «rodillo ruso», con
toda clase de máquinas y artificios. Llegué a creer que mi buen compañero, con su esfuerzo de
imaginación, trataba de engañarse a sí mismo para luego poder dormir tranquilo.
Y amaneció el 23. Las noches eran ya frías y había que abrigarse. Al levantarnos solíamos tiritar. Mi
primer acto fué enterarme de si habían regresado los dos indígenas aguadores. Según me informaron los
oficiales de servicio, en el transcurso de la noche, ni un momento había cesado el fuego en los
alrededores de Xeruta y Kalaa bajo. Empecé a sospechar que los dos bravos habían caído en poder del
enemigo; pero la Providencia quiso en esta ocasión, como en otras muchas, no dejamos de su mano. A las
diez menos cuarto recibí el parte de Rosaleny que copio a continuación:
«A las ocho entraron los dos soldados moros. Que Dios se lo premie. Le abraza esta guarnición. Nos dicen llegará mañana
columna. Ruego confirmación» [5].
Inmediatamente puse al general en jefe y coronel Cabanellas el siguiente telegrama: «Esta mañana se ha
conseguido entrar agua en Xeruta por fuerza este Grupo». Y luego a la posición:
«Bravo por ese puñado de valientes. Tengo noticias oficiales que mañana llega columna al Zoco. Columna Riquelme está ya en
Mexerah. De Timisar dicen ven las columnas. Es cuestión de dos días.»
¿Qué había de cierto en todo esto? Únicamente nuestra admiración por el capitán Rosaleny y sus
soldados. Lo demás era pura invención, pues aun cuando de Xauen se habían apresurado a darnos por
telégrafo la noticia de la llegada del general Riquelme a Mexerah con numerosas fuerzas, y nosotros la
creímos, e incluso pasamos buenos ratos haciendo cábalas y comentarios sobre la conjunción de las
fuerzas procedentes de Tetuán y Alcazarquivir, ¡qué inocentes éramos! ¡Cuán ajenos estábamos a que era
muy otra a nuestro socorro la causa que llevará la columna del coronel García Boloix —que no la de
Riquelme— a Mexerah! No fué, no, venir en nuestro auxilio, ¡ca!; fué replegar las posiciones de Merino,
Soldevilla y Dar Mestah. Pues ¿qué pasaba en la zona de Larache para tan grave determinación? Que
también en ella se habían sublevado las cabilas y muchas posiciones sufrían los horrores del asedio.
¡Todo, absolutamente todo se derrumbaba!… Mas sigamos con Dar Akobba.
La constante hostilidad del enemigo, que hacía un verdadero derroche de municiones mientras
nosotros nos veíamos obligados a dosificar su consumo; el trabajo diario de dar sepultura al cadáver de
tal cual desgraciado, cuando no era a los de varios; el constante arrastre de caballos y mulos muertos de
hambre a la barrancada Sur, convertida en pudridero; la reducción de la ración a un límite irrisorio; la
falta absoluta de noticias sobre los progresos de las columnas, y, por último, la incomunicación con
Xauen, habían vuelto a deprimir la moral de los indígenas, en forma que parecía imposible hacerles
reaccionar. Para ver si lo lograba, habida cuenta de la importancia que ellos dan a todo lo escrito, hice
poner a la puerta de la tienda un cartel anunciando que al día siguiente las columnas procedentes de
Tetuán llegarían al Zoco del Arbaa; pero mis buenos deseos se vieron fallidos, porque la tropa leyó la
noticia con tales muestras de desagrado que me vi en el caso de retirarlo y propinar alguno que otro
empujón. Seguro estoy de que si en aquellos días hubiésemos tenido nuestros moros al corriente de sus
haberes, muchos de ellos hubieran desertado; como se debían todas las munas del mes de septiembre y
buena parte de los pluses de campo del año, aguantaban.
El 23 por la tarde vimos marchar grupos considerables en dirección al Zoco del Arbaa. Era
indudable que los contingentes venidos del interior y algunos de los que nos sitiaban eran conducidos
hacia Tetuán para oponerlos al avance de las fuerzas que venían en nuestro socorro. Coincidiendo con
este desplazamiento de harqueños, observamos una menor presión enemiga; alrededor mismo de Xeruta
parecía existir calma, lo que me hizo suponer que en esas condiciones les sería viable a los sitiados
resolver el problema del agua. Y en esta creencia estaba cuando fuí sorprendido por un comunicado de
Rosaleny, que decía como sigue:
«Ruego diga con urgencia y exactitud si mañana llega aquí columna, para caso contrario verificar aguada donde podamos
antes morir de sed.»
«Ignoro si mañana llegará columna a esa. Puede disponer de mis moros para hacer aguada.»
«Hasta mañana, día 25, resistirá esta posición. En la noche de mañana será incendiada y volado depósito de municiones,
quedando en la posición jefe de ella.»
Leí y releí el heliograma; luego lo guardé cuidadosamente para que nadie lo viera. El final de Xeruta
representaba para nosotros el prólogo de nuestro epílogo; pero ¿qué podía yo hacer si me faltaba de todo
y en primer término municiones? Cogí papel y redacté el siguiente comunicado para Xeruta:
«Mañana es casi seguro llegue columna. Dígame si moros siguen ahí. Doy cuenta de su telegrama.»
Pasaron las horas. Examiné mientras tanto con la mayor serenidad la situación a que nos habían
conducido los acontecimientos. En primer término pensaba en Rosaleny, hombre valiente, enérgico y
animoso, y en su decisión de poner término a tanto sufrimiento. «Realmente —me decía— es preferible
terminar de una vez, y él por lo visto está resuelto a ello». Sin embargo, ¿podía adoptarse una resolución
de esta índole? Dejando a un lado consideraciones de orden religioso y refiriéndonos al aspecto
puramente militar de la cuestión, ¿era correcto hacer lo que pretendía el capitán Rosaleny? No sabía
contestarme a mí mismo. A un hombre se le puede exigir que cumpla con su deber, cabe incluso si es
militar poner a prueba su voluntad para saber hasta qué límite es capaz de mantenerla y si tiene corazón
de héroe; pero lo que a nadie puede exigírsele es tener vocación de mártir, porque ésta, que es bendición
y gracia divina, sólo la poseen los elegidos de Dios.
Yo quisiera poder reproducir aquí razón por razón, palabra por palabra, las que se me ocurrieron en
aquella interminable tarde otoñal. Recuerdo, eso sí, que para alejar preocupaciones recorrí el servicio, y
conversé con las centinelas; luego fuí hasta el cementerio, por casualidad desierto, y me asomé al
barranco de la muerte, en el cual un hedor insoportable lo infestaba todo. De la hinchada tripa de un mulo
muerto vi salir un animal obscuro y repugnante, que no me fué posible identificar. No podía alejar el
recuerdo de mi entrada en Dar Akobba la tarde del 25 de agosto, apenas hacía un mes. «¡Mal presagio!»,
había dicho ante el banquete de grajos y el tropezón de mi caballo.
Llegó la hora de la segunda comida. La falta absoluta de sal hacía del rancho repugnante bazofia. Era
necesaria una gran fuerza de voluntad para pasar por el gaznate aquellos guisos de agua hervida con unos
gramos de habichuelas y garbanzos a medio cocer, que el más tolerante estómago rechazaba. Muchos
renunciaban a la ración y mataban el hambre con hierbas y mazorcas de maíz que eran disputadas al
enemigo a tiro limpio en el llano. Durante mi larga estancia en la guerra había conocido tres de los cuatro
jinetes que precedían al monstruo en el ensueño de Juan; me faltaba conocer el del caballo negro, el que
tenía en la mano una balanza para pesar el sustento de los hombres: ¡el Hambre! Ya iba a conocerlo; ya
casi lo conocía. Recordaba la descripción: «Viejo, calvo y horriblemente descamado, el tercer jinete
saltaba sobre el cortante dorso del caballo negro. Sus piernas disecadas oprimían los flancos de la magra
bestia. Con una mano enjuta mostraba la balanza, símbolo de alimento escaso, que iba a alcanzar el valor
del oro…» Ya estaba allí. Al salir de la tienda cualquier vez pensaba verle galopar alrededor de la
trinchera… Había que ir creyendo en la frase del capitán Manso: «La tabla dice: palmar».
A media tarde un ingeniero me trajo la contestación del jefe de Xeruta. Decía textualmente:
«Agradezco su telegrama. Siguen los moros. Esta noche intentarán buscarnos agua.»
«Se aplazan resoluciones extremas gracias a pequeño auxilio aviación, que convendría repitiera. Murieron mulos resto que
quedaba de ganado. La noche igual a la anterior. Espero noticias columnas socorro.»
Este heliograma, por el momento, nos quitaba de encima una gran preocupación y así lo comuniqué al
general en jefe y coronel del sector. En evitación de que la sed venciera a aquellos bravos, hice gestiones
para que dos indígenas se comprometieran a llevar una cuba de veinticinco litros con agua.
Afortunadamente lo conseguí. Cuando se tuvo el servicio dispuesto, puse al jefe de la posición un
comunicado que decía:
«Le daré noticias tenga de las columnas. Esta noche se les llevará una cuba con agua con moros números 89 y 42.»
«Esta noche intentaré de nuevo llevar agua a Xeruta. Ruego V. E. me mande pellejos para atender estos servicios. Si columnas
no vienen pronto quedaremos sin víveres.»
Inmediatamente después de haber hecho entrega en la estación del despacho que acabo de copiar, recibí
del general Aizpuru el siguiente cifrado:
«Columnas que han de socorrer posiciones y abrir paso de la pista de Xauen van venciendo resistencia opuesta por el enemigo,
alcanzando hoy collado Keriquera al Sur de Zinat. Sin perder momento se proseguirá el avance en que espero serán vencidas
todas las resistencias. Por tanto posiciones deben extremar esfuerzos y sacrificios para defender puestos que, como ese de Dar
Akobba, tienen capitalísima importancia. Ordeno que aviación lleve cuantos víveres pueda para personal, ya que no sea posible
alimentar ganado por medios tan difíciles y necesarios en otros menesteres como es la aviación.»
El anterior cifrado no produjo buen efecto entre los jefes de la columna, pues Dar Akobba no había dado
muestras del menor desfallecimiento. Sabíamos era deber ineludible resistir y estábamos decididos a
ello. Para que constase de una vez para siempre nuestra actitud, contesté al general en jefe diciéndole
tuviera la seguridad de que nosotros nos defenderíamos cuanto fuese necesario, y al decir «nosotros»
sólo pensaba en la oficialidad y tropa europea, porque de los indígenas no podía hacer yo ni nadie tal
afirmación. Aparte el absurdo temor de que no cumpliésemos con nuestro deber, el telegrama descubría
que las cosas no se desarrollaban tan bien como nosotros veníamos suponiendo, toda vez que si en el
primer salto, o sea el de Ben Karrich a Keriquera, las columnas habían invertido más de una semana,
¿cuánto más tardarían en llegar al Zoco del Arbaa primero y a Xeruta después? Porque si grandes habían
sido las dificultades halladas hasta entonces, como lo demostraba la lentitud de las operaciones, era
lógico suponer que en lo sucesivo serían aún mayores, dado lo abrupto del terreno e importantes
contingentes enemigos concentrados sobre el recorrido de la pista de Xauen. Por otra parte, la orden
dada a la aviación para que nos abasteciera era un síntoma alarmante, ya que indicaba que el socorro por
tierra no iba a ser inmediato; además, dada la escasez de nuestras fuerzas aéreas en aquellas
circunstancias y el número de posiciones sitiadas, el auxilio prestado por los aviones no pasaba de ser de
un orden puramente moral, porque ni aun dedicados todos los aparatos en vuelo al exclusivo servicio de
Dar Akobba hubieran podido asegurarnos un racionamiento reducido[6]. Ahora bien, ¿estaba la moral de
los indígenas en estado de soportar más duras pruebas? ¿Qué efecto les produciría la inevitable pérdida
de Abada y, sobre todo, la muy probable de Xeruta? ¿Se hallaban estos puestos en condiciones de resistir
dos semanas más?… Era mejor no discurrir y dejarse llevar por los acontecimientos, confiando en que la
Providencia, como decía Rodríguez Couto, en fin de cuentas, velaría por nosotros.
Fué la noche del 25 al 26 fría en extremo, no sé si por haber descendido la temperatura o porque
nuestros cuerpos, faltos de calor por la escasa alimentación, eran en extremo sensibles a las variaciones
del ambiente; el caso es que aquella noche, por los temores que abrigaba respecto a lo que pudiera
suceder en Xeruta, la pasé en la trinchera, y no a cuerpo como otras, sino bien envuelto en una manta de
lana que, dicho sea de paso, me supo a poco.
Antes de amanecer regresaron los dos moros sin haber podido burlar las guardias, las cuales, según
dijeron, se hallaban a tan corta distancia de la posición, que más que con fuego de fusil atacaban con
granadas de mano. Cuando hube recibido el parte de relevo del servicio de noche me acosté; pero a poco
entró en la tienda Fernando Cirujeda acompañado de su inseparable comandante. Venía muy preocupado
y, contra su costumbre, completamente pesimista. Aquello se estaba poniendo muy mal de veras. La
situación de Kalaa bajo era desesperada; casi toda la oficialidad estaba herida y dentro del recinto se
amontonaban muertos y heridos en cantidad; los defensores que aún alentaban en la avanzadilla se habían
visto en la precisión de abatir la tienda para cubrir los cadáveres sobre los cuales tenían que permanecer
y evitar el mal olor. ¡Los heroicos cazadores de Figueras morían de hambre y de sed y carecían de lo más
indispensable para atender a los enfermos y curar a los heridos!… ¡La gangrena! ¡El tétanos! He aquí las
muertes obligadas. Cirujeda me pidió hiciera cuanto fuera, posible por aquellos pobres; yo le ofrecí
mandarles agua y telegrafiar al general en jefe para que les enviase hielo, víveres y elementos de
curación, dedicando a este servicio, si preciso fuere, los aparatos destinados a Dar Akobba. ¡No podía
dejarse abandonados a su suerte a tan gloriosos hijos de España!
No faltaron moros que, alentados por Arbaín y otros como él, se ofrecieron a ir a Kalaa bajo
cargados de cantimploras. Se acordó que la patrulla formada por dichos voluntarios, a los cuales
capitaneaba un sargento, fuera primero a Garrofa y de esta posición se partiese mediada la noche,
evitando el paso por Ameharchen por estar en poder del enemigo. Aproveché la expedición para enviar a
Munita una parte de la sal que por la tarde nos habían arrojado los aviones y también tabaco.
Por la noche recibí el siguiente despacho del general Aizpuru, depositado la anterior:
«Columnas pernoctan en Keriquera y Taranes; mañana lo harán en Zoco Arbaa. Lo digo a usted para conocimiento.»
La noticia la hice pública en seguida, pero fué acogida con desconfianza, al punto de que hasta un teniente
llegó a decir con cierta ironía que aquello no era más que «un nuevo golpe al desacreditado recurso del
camelo de la esperanza».
A medianoche me llamó Munita al teléfono. Empezó diciendo:
—Buenas noches, mi teniente coronel.
—Santas y buenas, amigo Munita. ¿Llegó mi gente? —repuse y pregunté.
—Para eso le llamo —contestó—; para eso y para darle las más expresivas gracias en nombre de
esta guarnición de «paisas»…
Y luego de hacer una pequeña pausa, prosiguió:
—Mi teniente coronel, ¡qué grande es usted! Bueno, aquí sin conocerle se le adora por todos… Ya
verá: lo primero que he hecho es liar un pitillo, al cual por orden de categorías hemos ido dando un par
de chupadas. Ya comprendo que el procedimiento es un tanto puerco; pero no hay más remedio que
hacerlo así si todos hemos de disfrutar de su obsequio.
—¿Y los Hoyos de Monterrey? —inquirí, pues éstos eran regalo expreso para él.
—¡Oh, los Hoyos de Monterrey! —repuso en tono enfático—. Los Hoyos de Monterrey… los
pensamos reservar. Se les sacrificará haciéndoles picadillo en último lugar. Hay que ver, está usted en
todo: sal, tabaco picado, puros, papel de fumar y hasta cerillas. Gracias, mi teniente coronel, gracias.
—De nada, hombre, de nada. ¿Ha salido ya la expedición?
—A eso voy. Acaban de salir. ¡Qué tíos!… Fíjese si son tontos estos diablos de soldados míos: había
dejado la puerta de la alambrada abierta y en la del parapeto coloqué un centinela en el centro, detrás de
un murete para tirador rodilla en tierra, y a los costados, por si acaso, dos puestos de ocho hombres bien
apercibidos, y, ¿quiére usted creer que no se han dado cuenta de la presencia de los mojameds hasta que
el sargento les ha dirigido la palabra en sus mismas narices? Si serán topos, que no les han visto cruzar la
alambrada…
—Mejor es así —interrumpí—. A ver si consiguen entrar lo mismo en el Kalaa. ¿Han salido
animados?
—Mucho. Tengo la seguridad de que lograrán lo que se proponen.
—Dios lo quiera —repuse con desconfianza, conocedor de las dificultades a vencer.
—Ya le pondré un telegrama para que conste oficialmente el servicio. Y de las columnas, ¿qué sabe
usted?
—Según me dice el general en jefe en un telegrama que he recibido esta misma noche, de fecha de
ayer, hoy debían pernoctar las Columnas en el Zoco del Arbaa. Es ya cuestión de poco.
—No me engañe usted, mi teniente coronel —dijo con manifiesta duda.
—¡Hombre, no! No están las cosas para bromas, que dadas las circunstancias actuales resultarían
demasiado pesadas. Como me lo han dicho se lo cuento.
—Gracias. Ahora mismo voy a dar la noticia a la guarnición.
—Déla, déla…
—Bueno, mi teniente coronel, en cuanto vuelvan esos bravos se lo comunicaré. Siempre a sus
órdenes.
—Adiós, Munita. Suerte y descansar.
Al poco rato de este diálogo recibí un telefonema de Garrofa, que decía:
«Llegó esta posición comisión hidráulica, sin novedad. Agradecidísimo saludo convoy. Si sabe algo de Tetuán ruego me lo
comunique».
Al amanecer del 27 subí a la posición para ponerme al habla con Timisar, suponiendo que por tener
comunicación directa con el Zoco del Arbaa podría dar algún detalle sobre la llegada de las columnas o
desengañarnos de una vez; pero nada, allí no sabían una palabra, y lo que era peor, la niebla del llano les
impedía comunicar con el Zoco. Los telegrafistas, tan interesados como lo estábamos los demás,
procuraban hacerse también con noticias preguntando a Una y otra parte. Nada. En realidad el silencio
que había seguido al último telegrama del general en jefe era intranquilizador. ¿Habrían llegado las
columnas al Zoco? ¿Estarían todavía detenidas en Taranes? He aquí el enigma que nos interesaba
descifrar. Todo era en Dar Alcobba nerviosidad y desasosiego, y hasta el mismo Cirujeda, siempre
optimista, empezaba a dudar.
A primera hora pasaron unos aviones por encima de Dar Ákobba y volaron sobre el Kalaa bajo
arrojando algunos sacos. Sin duda alguna el general Aizpuru había atendido mi ruego, recibiendo la
heroica guarnición el pequeño auxilio que a mi fuerza no le fué posible prestar, ya que la patrulla tuvo
que volver sin haber podido entrar en la posición por hallarse completamente rodeaba de harqueños,
esperando impacientes el momento, que ya estimaban próximo, de entrar en ella y saquearla.
Cuando mayor era el pesimismo en Dar Alcobba, llegó un comunicado por el heliógrafo de Miskrel-
la que hizo cambiar por completo la decoración; me lo dirigía el coronel Cabanellas y textualmente
decía:
«El general en jefe, en telegrama hoy, me dice: Participo que columna ha entrado Zoco. Mañana proseguirá avance.
Comuníquelo posiciones ese sector. Lo que, traslado para conocimiento esa columna.»
Ni que decir tiene que en el acto trasladé la grata nueva a Abada, Xeruta y Garrofa; pero muy al contrario
de lo que esperaba, en Dar Akobba no hubo ni el menor síntoma de contento. La gente había llegado a un
grado de indiferencia tal, que parecía idiotizada: era insensible a todo; no estaba dispuesta a alterarse
por nada.
Más tarde, por Timisar, recibí una orden del general Castro Girona, en la cual notificaba que al día
siguiente, 28, iba a proseguir el avance y que con la fuerza disponible saliera a su encuentro. Acusé
recibo manifestándole sería complacido. ¡Había que salir costase lo que costase!
Sobre las ocho de la noche, el servicio del frente Norte nos avisó de que un reflector alumbraba a
intervalos la posición de Xeruta y el enorme macizo de Beni-Hassan. Todos salimos al parapeto y
permanecimos en él largo rato para contemplar aquellos haces de luz blanca en la noche, que eran para
nosotros de salvación y de vida.
Realmente —llegué, a pensar yo— Cirujeda tiene razón. He aquí a pocos kilómetros de nosotros un
poderoso ejército a la moderna; con todo género de elementos… Y me imaginaba unas grandes columnas,
con muchos miles de hombres, precedidas de carros de asalto y «autos» blindados; la Infantería
abarrotada de ametralladoras, morteros y aparatos lanzallamas, apoyado todo por una Artillería potente y
destructora. Con la columna vendría también un fuerte convoy… ¡Por fin comeríamos!
Y aquella noche, por primera vez desde hacía algunas semanas, dormimos tranquilos, con esa
tranquilidad que da la satisfacción del deber cumplido y la seguridad de que ha de amanecer un día que
ya no ha de ser de horrible pesadilla.
CAPÍTULO XIX
Dios quiso que los divinos rayos del sol adornasen el amanecer del día de nuestra liberación, disipando
la densa niebla con que nos obsequiaban las noches en aquella época en que ya la temporada de lluvias
apuntaba. Desde muy temprano el campamento recobró el aspecto alegre que tenía cuando me hice cargo
de la columna, como si todo lo pasado hubiera sido una pesadilla. De nuevo se abrieron las sesiones de
Cortes y se reanudaron los violentos debates; otra vez volvió Pérez Rama a recitamos poesías ripiosas y
romances de clásicos; resurgieron también los típicos corrillos de moros, dados a la tarea de recoser
prendas y engrasar fusiles, y con ellos las sentidas coplas del Jolot y del Sús; y para que la dicha
alcanzara a todo bicho viviente, fueron libertados los perros y gatos que algunos precavidos guardaban
en cautiverio como último recurso contra el hambre. ¡Todo fué optimismo y camaradería en aquel
venturoso 28 de septiembre!
Poco antes de las nueve recibí un telegrama del general Castro Girona, que decía: «Columnas han
suspendido marcha sobre esa. Oportunamente se avisará cuando hayan de efectuarla». La noticia, que
cayó como una bomba y produjo la consiguiente angustia, fué rectificada sobre las diez por otro mensaje:
¡Las columnas habían emprendido el avance!… A esa misma hora, numerosos grupos enemigos,
procedentes del Lau, marchaban a toda prisa hacia el Zoco del Arbaa. Indudablemente los harqueños iban
con intenciones de oponer una tenaz resistencia. Nuestros cañones les molestaron cuanto pudieron, que
fué poco más de nada.
Sobre las once y media, los observadores —que todo eran ojos en la posición y en el campamento—
me avisaron que un grupo de jinetes avanzaba sobre Timisar. No obstante la distancia, con los gemelos se
distinguían perfectamente sus movimientos y también los del enemigo, que se limitó a hacer acto de
presencia para en seguida huir. Algo después, obuses de montaña empezaron a descargar su metralla
formidable sobre las peñas de Xeruta y las ruinas del blocao; más tarde percibimos claramente el fuego
de fusilería y el tableteo característico de las ametralladoras. Sin hacer el menor caso del insistente
paqueo, la columna formó, y tan pronto vimos aparecer las primeras siluetas de soldados en el horizonte,
más allá de Xarquia Xeruta, salimos a su encuentro.
Los tabores avanzaron decididos hacia el famoso Pilón de Azúcar, sin encontrar la menor resistencia.
De este punto, con escaso fuego, pasamos a Loma Verde, en donde la guarnición nos recibió con visibles
muestras de alegría. Cuando nos disponíamos a dar el salto a Loma Negra, vimos con sorpresa que la
posición de Xeruta era abandonada por algunos soldados sin armamento, los cuales, a la carrera, se
dirigieron al poblado; sin duda, ¡pobres infelices!, iban en busca del agua codiciada, Minutos más tarde
entraban en el recinto tan briosamente defendido por el capitán Rosaleny las fuerzas procedentes del
Zoco.
A retaguardia de Xeruta, a cubierto del enemigo situado en las estribaciones de Beni-Hassan, fueron
concentrándose hombres y ganado, como si trataran de establecerse allí en vivac; pero cuando mis
exploradores alcanzaron Loma Negra vieron a un escuadrón que hacia ellos venía, que resultó ser de
Regulares de Ceuta; tras él, «peinando» el terreno, avanzaba el tercer tabor de Larache al mando del
capitán Rosales Useleti[7]. Estas fuerzas pertenecían a la columna del general Serrano.
No he de describir las escenas que se desarrollaron al encontrarse libertadores y asediados, y la
desilusión que nos invadió a todos al observar que el fantástico ejército con el cual habíamos soñado,
ejército con auto-ametralladoras, tanques, tractores-orugas y potente artillería, lo constituían unos cuantos
batallones de la guarnición de Tetuán, otros tantos expedicionarios y los tabores de Regulares, ya muy
escasos de efectivo, que providencialmente habían escapado del Lau y de las evacuaciones de los
puestos de la costa. Los primeros en llegar a mi encuentro fueron los dos bravos que Habían ido a llevar
agua a la posición de Xeruta; uno de ellos me entregó la interesante carta del capitán Rosaleny que a
continuación copio:
Mi muy respetado jefe: Llegaron los dos valientes que envió, que pasaron la noche en los barrancos junto a la posición y
entraron ya de día claro, pues el enemigo no nos dejó ni de madrugada, atacándonos con bombas de mano; más ruido que
efecto. Indudablemente son merecedores de recompensa, pues el cerco que nos tienen puesto es grande, y no han encontrado en
ello obstáculo para acercarse y traernos agua. Aguada no nos pueden hacer por estar el corte del agua muy lejano a la posición
y tiene el enemigo una guardia allí. Se nota presencia de más enemigo extraño al que teníamos. Me he permitido gratificarles y
les di orden de permanecer aquí hasta que llegue la columna.
Mi agradecimiento a usted será siempre grande y puede disponer de mí a su antojo en todas las ocasiones. Salude a los
señores jefes y oficiales y siempre cuente con la devoción y afecto de su subordinado
Francisco Rosaleny.
Por las conversaciones que mis oficiales sostuvieron con los de la columna procedentes del Zoco,
vinimos en conocimiento de muchas y muy graves cosas que ignorábamos. La situación había estado
rematadamente mal, tan rematadamente mal, que incluso se pensó, ¡alabado sea Dios!, en abandonarnos a
nuestra suerte. Desde luego el corte de comunicaciones había sido general, y la ciudad de Tetuán llegó a
estar seriamente amenazada; para avanzar sobre el Zoco había sido preciso librar duros combates en el
macizo de Gorgues e inmediaciones de Ben Karrich, combates que costaron muchas bajas. Bermúdez de
Castro ya no estaba en Ceuta; le había sustituido el Barón de Casadavalillos, llegado a Marruecos con el
tiempo preciso para tomar el mando y quedar encerrado en el Zoco del Arbaa; Riquelme, que recibió
orden de salir para Ben Karrich, hubo de refugiarse en Zinat con toda su columna; los generales Primo de
Rivera y Aizpuru habían estado a punto de caer en manos del enemigo cerca de ese mismo campamento
uno de los días en que fué atacado el convoy de camiones. Uad-Lau y otros puntos de la costa, habían
sido evacuados a cambio de significativas defecciones y sensibles pérdidas; Beni-Arós se daba por
perdido; la evacuación de García Acero había sido un desastre; las de Merino, Soldevila y Dar Mestah,
poco menos; Beni-Gorfet se hallaba sublevado en manos de Uld-Regiüa y sitiadas las posiciones del
macizo, incluso Sidi Osman; en Ben-Ider se había perdido una posición y Buharrax estaba en las últimas.
¡Desdichas por todas partes! ¡Ah! y menos mal que nosotros, por lo menos, lo contábamos.
La columna seguía desfilando lenta y levemente hostilizada. En cabeza de la primera compañía de
europeos marchaba el destacamento de Xeruta: pobres esqueletos vivientes, casi restos de hombres que
fueron, cuyos rostros pálidos y demacrados eran la prueba inequívoca de las privaciones sufridas; apenas
podían andar; las contestaciones a nuestras preguntas eran incoherentes. «¡Agua! ¡Agua, por Dios!» —
decía uno, medio desnudo, los ojos hundidos y los pelos de punta, a quien acompañaban dos legionarios.
—Darle agua a ése —ordené al pasar junto a mí.
—Si ya se ha bebido más de tres canecos —repuso uno de sus acompañantes; y añadió:
—Yo creo, mi teniente coronel, que este infeliz o está loco o ha cogido una merluza de agua dulce.
El enfermo se encaró conmigo diciendo imperativo:
—¡Agua, hombre, agua!…
Cuando le acercaron a los labios una nueva cantimplora no fué posible hacerle beber: había perdido
el conocimiento.
Al frente de los de Xeruta venía Rosaleny, que se apresuró a darme las gracias por mis telegramas de
aliento. ¡Oh, aquello había sido una dura prueba! Pero estaba satisfecho del comportamiento de su tropa:
más resignación y valor no cabe; después de todo, ¡soldaditos de España!
Según supe después, el espectáculo que había encontrado la columna dentro de los parapetos de
Xeruta era desolador: los hombres, llenos de emoción, abrazaban a sus libertadores llorando como niños;
algunos yacían en el suelo, agotadas las fuerzas; otros daban la impresión de haber perdido el juicio. En
una esquina del parapeto, un cabo rezaba arrodillado sobre un montón de tierra removida, bajo la cual
descansaban los restos de su padre, veterano oficial que había muerto, tras una horrible agonía, a
consecuencia de un balazo en una mano. Los últimos días fueron de prueba: por todo alimento unos
garbanzos tostados y dos cucharaditas de agua. Para completar el cuadro, fuego constante y granadas de
mano a todo pasto.
Siguió el desfile de la columna, que dejaba a su paso el tufo característico de toda tropa en campaña:
olor a sudor de hombre, a ropa sucia, a correas húmedas y a otras malolientes exhalaciones humanas, que
la corrección me impide designar por su nombre. A mitad de aquel hormiguero humano venía el general:
le delataba su sombrero picudo, de estrechas alas, encasquetado hasta las orejas; le delataba a su vez la
guerrera corta y ceñida, de cuyo interior se desprendían sus voluminosas posaderas, mal disimuladas
entre los pliegues de unos calzones anchos como zaragüelles; le delataban sus polainas cortas y fuertes,
sus enormes zapatones de tropa y, sobre todo, aquel cigarro puro que parecía no consumirse jamás. Salí a
su encuentro. Le acompañaban su ayudante de campo, Eleuterio Peña, mordiéndose el bigote para no
perder la costumbre, y el simpático Galvis, con su pierna a la rastra.
Serrano me estrechó fuertemente entre sus brazos de hierro al mismo tiempo que decía, visiblemente
emocionado:
—¡Hola, Emilio! ¡Cuántas ganas tenía de verle!
—Y yo a usted, mi general —repuse con todo el cariño y todo el respeto que aquel hombre me
inspiraba.
—Las deben ustedes haber pasado «de bigote negro» —comentó.
—Diga usted negras a secas, y acierta —le repuse—. ¿Y el general Castro? —inquirí.
—Queda hoy en Xeruta con su columna. Mañana vendrá y yo seguiré para Xauen.
—¿Traerán ustedes fuerte convoy? —interrogué, seguro de una respuesta afirmativa.
—Tan fuerte que si no nos dan ustedes de comer vamos a tener que seguir en ayunas. Esa es, ¡cho…
ta!, la consecuencia de las precipitaciones.
El general buscó a su alrededor sitio a propósito y se dejó caer pesadamente sobre unos matojos. Una
vez sentado cómodamente, se expresó así:
—Amigo don Emilio: no le extrañe no traigamos ni un chusco, ni media paca, ni nada. Queríamos
hacer las cosas despacio y bien; pero de Tetuán nos han obligado a avanzar a toda prisa. Consecuencia de
ello es que hemos dejado la retaguardia completamente al aire, y mucho me temo tengamos que volver de
prisa y corriendo. ¡En mi vida he visto más desorden ni más desconcierto! Pero don Miguel —a quien los
que le rodean no se atreven a ponerle en antecedentes de las dificultades— dijo que para el 29 teníamos
que estar en Xauen, y fieles cumplidores de la orden, el 29 estaremos; es decir, estaré yo, porque Castro
se quedará en Dar Akobba.
—¡Cuántas cosas han pasado, mi general, desde que nos separamos en Uad-Lau! —interrumpí.
Serrano hizo un gesto de desagrado y prosiguió:
—Es verdad; no quiero ni acordarme, ni quiero preocuparme. Pronto espero hacer un corte de… lo
que usted sabe, y pedir el pase a la reserva. Estoy hasta la coronilla, ¡cordones!, de que se me exprima,
se me saque el jugo posible y luego me traten a puntapiés. Ya ve usted: hoy he salido en cola del Zoco y
he resultado en cabeza. Luego veremos quién es el héroe de la jornada.
Serrano sentía celos del general Castro y a consecuencia de ellos le profesaba una profunda antipatía,
que jamás intentó disimular. Creía ver en él un contrincante poderoso y de cuidado; y, a tal punto es esto
verdad, que aseguran quienes le trataron de cerca en aquella época, que precisamente esos celos le
llevaron a la muerte. Su intervención poco afortunada en las operaciones del Lau, en las cuales, a pesar
de su arrojo, no logró libertar a las posiciones asediadas, dieron materia a sus enemigos para una
campaña de descrédito que le proporcionó grandes sinsabores; si a todo esto se une que su estado de
salud era en extremo delicado, al punto de padecer frecuentes vómitos de sangre, se comprenderá
perfectamente que la bondad de su carácter —porque bueno lo era de veras— se viera en ocasiones
eclipsada por aparentes o reales arrebatos de mal humor, que algunos con tanta ligereza juzgaron.
Obsesión de sus últimos tiempos fué poseer la medalla militar; mas quiso su mala estrella la luciera
cuando ya era cadáver; homenaje póstumo a su valía, que por lo tardío, no pudo evitar que el bravo
soldado bajara a la tumba con la triste amargura de un hondo rencor para quienes tanto le exigieron y tan
parcos se habían mostrado en recompensarle.
Cuando terminó de pasar la columna, el general marchó hacia Dar Akobba para disponer el vivac.
Mis fuerzas se retiraron en último lugar, casi sin ser hostilizadas.
Serrano instaló sus tropas entre el blocao de Dar Akobba y la posición. Le invité a pasar la noche en
mi tienda, pero no aceptó, porque era norma de su proceder no separarse jamás de las fuerzas que
mandaba. La noche transcurrió tranquila como nunca, y tranquilo se deslizó el amanecer del día 29, pues
incluso el pelmazo de Don Perpetuo Constante —un «paco» que nos trajo de cara durante todo el asedio
— no dió señales de vida ni aun cuando se formó para distribuir el café, que era su hora favorita. Como
epílogo digno de lo pasado, al amanecer aparecieron ocho caballos muertos de hambre.
Muy temprano recibí orden de salir con los tabores en dirección a Loma Verde para apoyar el paso
de la columna del general Castro, Serrano, al amanecer, levantó el vivac y salió para Xauen.
Los Beni-Hassan, repuestos de la sorpresa que les produjera el inesperado y rápido avance del día
anterior, ejercieron bastante presión por mi flanco derecho, causándome un muerto y seis heridos a las
primeras de cambio; también sufrió algunas bajas la columna de Castro. Esta era más fuerte que la de
Serrano. Traía como tropas de choque los restos de Regulares de Alhucemas —ciento y pico de hombres
— y dos banderas del Tercio con su jefe, el teniente coronel Franco; el grueso lo constituían varios
batallones, entre los que recuerdo el de Arapiles y uno de San Fernando; contaba también con dos o tres
baterías de montaña, una de obuses y los correspondientes servicios auxiliares. Tampoco vimos auto-
ametralladoras, tanques ni tractores-orugas. Franco y Temprano —éste jefe del Grupo de Regulares de
Alhucemas— me relataron algunos episodios de las operaciones pasadas y no pocos interesantes detalles
de las resistencias que Habían tenido que vencer hasta llegar a nosotros.
Casi en último lugar venía el general Castro, a quien di cuenta de las últimas noticias recibidas del
blocao de Abada, cuyo jefe, luego de pintar la trágica situación en que se encontraba, hacía la pregunta
de si se les iba a dejar morir como perros (sic). El general, sus piernas abiertas y los brazos atrás
cogidas las manos sobre la rabadilla, como era en él costumbre, observó largo rato el blocao. Por fin
dejó caer este comentario: «Mañana veremos».
Castro, como Serrano, censuraba la precipitación en las operaciones, lo que había obligado a dejar al
descubierto toda la línea de comunicaciones hasta Tetuán, con evidente riesgo para el tráfico y
abastecimiento. Al comunicarle que su compañero había salido aquella mañana para Xauen, le criticó con
dureza. La antipatía entre ambos generales era recíproca.
Acompañaban al general Castro su ayudante de campo, un capitán de Estado Mayor y el comandante
Capaz, que había dejado su destino de Aviación para asistir con su antiguo jefe a las operaciones de
Beni-Hassan y El Ajmás.
Una columna de tres a cuatro mil hombres con toda su impedimenta por una senda por la cual
forzosamente hay que ir de a uno tarda varias horas en desfilar. La del general Castro no podía ser una
excepción, y por eso, a pesar de haber salido temprano de Xeruta, hasta muy entrada la tarde no estuvo
toda ella concentrada en Dar Akobba, y tampoco nosotros, que nos replegamos en último lugar. Al entrar
en la tienda me encontré sobre la mesa una hojita, arrancada de un carnet de notas, que textualmente
decía: «Se siente orgullo de ser español cuando hay quien hace lo que usted ha hecho en esta posición».
Y firmaba: «Garcilaso, director del Diario de Navarra, que ha venido a estrechar su mano». Poco
después llegó una valija de correspondencia con abundante Prensa, cartas y telegramas. Cada mochuelo
se acomodó en su olivo y se entregó a la lectura; yo quise hacer lo mismo y no me fué posible: tuve que
redactar el parte de la operación de aquel día y de los anteriores para remitírselos al coronel Cabanellas
en el primer convoy.
El bueno de Cirujeda, a quien desde la mañana anterior no le había echado la vista encima, vino a
tomar café después de cenar.
—¿Qué te ha parecido el formidable ejército de don Miguel? —le pregunté con un poquito de
pitorreo.
—Chico, una birria. No han traído esos «gachés del arpa» ni bicarbonato; pero desde el momento que
han podido llegar hasta aquí, es que realmente no hacía falta más.
Fernando Cirujeda tenía razón. El que no se consuela es porque no quiere.
CAPÍTULO XX
Me despertó una llamada telefónica cuando aún era de noche. Resultó ser el general Castro, que me dijo
bajase en seguida al vivac para concretar detalles de la operación que se había propuesto realizar
aquella mañana; me ordenó asimismo tuviera la columna dispuesta para las siete y media en punto.
«Abada tenemos», pensé para mi capote. Llamé al ayudante, y, luego de dictarle las órdenes propias del
caso, me eché a la busca del general.
Castro tenía establecido el vivac en la parte baja de la barrancada Oeste de Dar Akobba, junto al
Mizal. Cuando llegué a la columna, las fuerzas empezaban a embastar. Habían caído algunos chubascos
durante la noche y por ello se dejaba sentir un fresco desagradable. En el vivac ardían centenares de
hogueras. Cuando entré en la tienda encontré al general envuelto en un recio capote-manta tomando un
vaso de café. ¡La noche había sido de abrigo! Castro me explicó de lo que se trataba: iban, como
vulgarmente se dice, a matarse dos pájaros de un tiro. Franco, con los Regulares de Alhucemas, las dos
banderas y algunas otras fuerzas, apoyado por una batería del siete y otra de obuses de diez con cinco,
iría a socorrer el blocao de Abada; mis tabores, con Arapiles, Figueras y otra batería saldrían en
dirección a Xeruta, con objeto de cubrir el sector comprendido entre este punto y Dar Akobba y proteger
un convoy de camiones procedente del Zoco del Arbaa. Como Losada, el teniente coronel de Arapiles,
era el más antiguo, asumiría el mando de la columna; pero yo, como perfecto conocedor del terreno,
habría de asesorarle, indicándole la forma más conveniente de efectuar el avance y disponer las fuerzas
durante el estacionamiento.
Losada y yo cambiamos impresiones. Desde luego, aceptando mis consejos, dispuso que Figueras
ocupase las inmediaciones de Dar Akobba y el Pilón de Azúcar; los Regulares, Loma Verde y Loma
Negra, que era el sector más peligroso; una vez establecidas estas fuerzas avanzaría Arapiles para
enlazar con Xeruta. El repliegue en orden inverso, es decir; primero Arapiles a cubierto de Loma Negra y
al amparo de mis fuerzas; después las demás unidades como tantas otras veces. Aquello era para mí
como el Padrenuestro.
Como aún era temprano, me detuve en la tienda del teniente coronel Miaja, jefe del batallón de San
Fernando y antiguo capitán mío. Al parecer estaba dado a los demonios, porque le había correspondido
quedar custodiando el campamento. Me invitó a tomar café, que lo tenía excelente. Miaja era, por lo
previsor, el reverso de la medalla del general Serrano.
Minutos antes de la hora, ya dispuestos Arapiles y la batería, salimos para el campamento, hacia el
qúe se adelantó Marías con objeto de prevenir a los tabores que emprendieran la marcha. Losada y yo
nos fuimos directamente al blocao de Dar Akobba, en cuyas inmediaciones le aconsejé emplazara la
batería.
Empezó el desfile de la columna. En vanguardia salieron las dos primeras compañías del 2.º tabor.
Rebasado por éste el Pilón de Azúcar, dije al siguiente (4.º) se estableciera en dicho punto; al mismo
tiempo ordené a Cirujeda ocupara con una compañía el lugar en que nosotros estábamos y que las demás
fuerzas fuesen al Pilón. La batería quedó emplazada a la derecha del blocao. Entretanto Franco avanzaba
sin dificultad por la margen derecha del Mizal, rebasando el puesto de Tagbalut. Hasta aquel momento el
enemigo no había dado señales de vida; todo hacía suponer que la doble operación iba a desarrollarse
sin grandes cosas.
Quedó Losada con la batería y me incorporé a la extrema vanguardia, Dispuse entonces que el 2.º
tabor se emplazara a la izquierda del blocao de Loma Verde y que el primero se situase a la derecha,
flanco que consideraba el más peligroso. Tan pronto aparecieron las primeras fracciones de Pérez Rama
en la cresta topográfica, el enemigo rompió el fuego.
Figueras ocupó sin dificultad los objetivos señalados. Tras el 4.º tabor, que hice ir a mi encuentro,
siguió Arapiles para salvar la barrancada inmediatamente detrás de Rodríguez Couto, a quien ordené
avanzara en seguida. En aquellos momentos la gente de Franco era hostilizada seriamente desde el
poblado de Abada, respondiendo los óbuses con un fuego metódico, lento si cabe, pero certero.
Tras breve parada desfiló el 2.º tabor ladera abajo y me asomé a la cresta militar para verle marchar.
Unos disparos muy bien dirigidos procedentes de la derecha me advirtieron del peligro que corría. Acto
seguido me retiré del punto enfilado, y mientras daba tiempo a que Rodríguez Couto apareciese por la
ladera opuesta me avisté con Juste, jefe del 4.º tabor, para recomendarle tuviera sus compañías bien en la
mano con objeto de reforzar rápidamente el flanco derecho, donde el fuego arreciaba; asimismo previne
al comandante del batallón de Arapiles estuviera dispuesto a proseguir el avance. Ya entonces la columna
de Franco sostenía un fuego violento.
La barrancada que el 2.º tabor tenía que salvar era la misma en donde tuvo lugar la agresión del 25 de
agosto; barrancada profunda y de laderas cubiertas, a tal punto, que era preciso adelantarse hasta la mitad
de ellas para poder adivinar, aunque en forma alguna ver, el fondo, por donde corría, ceñido entre
escarpadas márgenes, un arroyo completamente oculto por altas adelfas y espesa maleza. Los pasos para
cruzar el cauce eran pocos y peligrosos.
Dispuesto el movimiento de fuerzas, me encaminé al blocao de Loma Verde para ponerme al habla
por teléfono con Losada. Antes de entrar en él se me acercó Marías para decirme que el 2.º tabor
sostenía mucho fuego. No le hice caso: mi obsesión era el flanco derecho. Puse en conocimiento del jefe
de la columna las medidas adoptadas hasta entonces, rogándole al propio tiempo ordenara a la batería
tirase sobre el punto donde el antiguo camino de Xeruta alcanza la ladera del macizo de Beni-Hassan
(flanco derecho).
Cuando volví a mi puesto de mando, insistió Marías en que el 2.º tabor no acababa de pasar el
barranco; pero como no veía enemigo, ni oía tiros, ni recibía noticias de Rodríguez Couto, ni podía
imaginarme que los harqueños se hubieran hecho fuertes en aquella ratonera, donde tan mal les fué la vez
anterior, le mandé poco menos que con cajas destempladas, reconviniéndole por andar siempre de Ceca
en Meca, sin poder dar con él cuando me era necesario, con lo cual sólo conseguiría rapapolvos y que le
dieran un balazo sin gloria ni provecho. Así las cosas, me asomé a ver la columna de Franco, en la cual,
por momentos, el fuego aumentaba en intensidad; del barranco no se percibía absolutamente nada, aunque
era lo cierto que a las fuerzas de Rodríguez Couto no acababa de verlas aparecer por la ladera opuesta.
Algo después de lo dicho llegaron dos camillas y en ellas los tenientes Díaz Lorda y Alonso Nart,
ambos heridos. Por éstos supe que el 2.º tabor se hallaba detenido; que el número de bajas era elevado y
la cantidad de enemigo considerable. Ante tales informes, dije a Juste enviase una compañía de refuerzo
a Rodríguez Couto, con orden de pasar el barranco a todo trance. Para tal misión fué designada la del
capitán Muedra (2.ª). Acto seguido —de acuerdo con Losada— ordené a Cirujeda dejase una compañía
en el Pilón y que con el resto de la fuerza avanzara a Loma Verde para relevar al primer tabor, el cual
deseaba tener a mano como reserva. Los del blocao me avisaron que grupos enemigos corrían barranco
arriba. Desde una aspillera vi que, en efecto, numerosos montañeses se retiraban en franco «chaqueteo».
Mandé que los del destacamento les hicieran fuego.
Al salir del blocao para reintegrarme al puesto de mando, observé con sorpresa que el batallón de
Arapiles se hallaba a media ladera en posición de cuerpo a tierra; al mismo tiempo recibí una nota de
Rodríguez Couto, en la cual me daba parte de haber sufrido muchas bajas y tener bastante enemigo; decía
también le eran indispensables nuevos refuerzos. Hasta entonces no me di cuenta de la situación.
Emprendí la marcha barranco abajo, dando a Marías, sin detenerme, las siguientes órdenes: «Al capitán
Juste: que baje en seguida al barranco con las dos compañías de que dispone. A Pérez Rama: que tan
pronto sea relevado por Figueras se incorpore con su tabor al lugar donde yo esté. Al teniente coronel
Losada: que salgo para el barranco, donde la situación parece no está nada clara».
Pasé junto al batallón de Arapiles, que permanecía aún cuerpo a tierra; vi también que fuerzas del
Tercio se aproximaban hacia la salida de la barrancada y que algunos Regulares habían ocupado las
primeras casas del poblado de Xeruta, sito en la ladera opuesta. Poco después crucé con una camilla en
la que era conducido el alférez Martínez García, herido de cierta importancia. Le interrogué. Me dijo que
allá abajo se había luchado encarnizadamente y que las pérdidas eran grandes por ambas partes. Aceleré
el paso entrando de lleno en el fragor de la pelea hasta dar de manos a boca con el puesto de mando del
2.º tabor, situado en una pequeña vaguada, aun cuando con excelentes condiciones de seguridad.
El cuadro que entonces se presentó a mi vista es indescriptible. En informe montón, desordenados,
destrozadas las ropas y mostrando heridas horrorosas, yacían cerca de medio centenar de soldados
muertos o heridos; de entre las adelfas, unos Regulares traían a rastras nuevas bajas; el médico no daba
abasto para contener hemorragias y vendar heridas; por el barranco se oían gritos de rabia, lamentos,
tiros y explosiones de bombas. ¿Qué había pasado o estaba pasando allí? Rodríguez Couto me lo refirió
en la siguiente forma:
—Cumpliendo sus órdenes —empezó— nos lanzamos por el camino, pendiente abajo, con una
compañía en vanguardia y las consiguientes precauciones. Al llegar a mitad de la cuesta dimos vista al
fondo del barranco sin notar nada anormal, y con la tranquilidad de quienes pisan terreno firme llegan los
primeros hombres a la maleza que oculta al río. Cuando éstos se daban a la tarea de buscar los puntos de
paso para salvar el cauce, inopinadamente, a quemarropa, sin que yo mismo pueda explicarlo, sonó una
descarga seguida de un fuego rabioso. Cayeron bastantes de los nuestros, pero acto seguido, sin titubeos,
rápido como un rayo, desplegó el tabor trabándose una lucha horrible… Creyendo se trataba de una
agresión corriente —prosiguió— quise forzar el paso del barranco, pero fuí rechazado; luego,
aconchados al terreno y sosteniéndonos a duras penas, iniciamos la tarea, más que difícil, de retirar las
bajas… Así permanecimos un gran rato, hasta que, por fin, llegó la compañía de Muedra, quien puesto en
antecedentes de la situación, lanza su gente por la izquierda en tanto el tabor arremete de frente; mas
entonces cae sobre los nuestros una verdadera lluvia de granadas de mano. Preocupado por cuanto
sucedía, decidí enviarle la nota que supongo habrá recibido.
Rodríguez Couto hizo una pequeña pausa, tomó alientos y prosiguió:
—Así las cosas, vemos a nuestra derecha descolgarse una compañía del primer tabor —la de Rubio
— y por la izquierda acercarse otra de legionarios. El capitán Castejón, el de la segunda, ataca con
granadas de mano y logra hacerse dueño de un sector; Muedra, por su parte, consigue salvar el cauce y
tomar posiciones al otro lado. El enemigo cede a nuestro empuje. Desde ese momento la victoria, aunque
cara, es nuestra y da comienzo una matanza brutal. Muchas son nuestras bajas; pero las del enemigo son
más… ¡El tabor ha quedado deshecho!…
De pronto, como si recordase algo muy interesante, hizo fijar mi atención en unos cuantos indígenas
que se hallaban a pocos metros de nosotros convenientemente custodiados, y dijo:
—Fíjese, mi teniente coronel, en estos siete que hay ahí: son prisioneros. Los tengo bien guardados,
tanto para que no se escapen como para que no los maten. La tropa está sedienta de venganza. ¡Hemos
vencido otra vez, mi teniente coronel; hemos vencido!… ¡Y luego dirán que no hay Providencia!
Junto con las bajas nuestras habían sido retiradas también algunas del enemigo. Rodríguez Couto,
excitadísimo, las mostraba a los prisioneros, gritándoles verdaderamente fuera de sí:
—¡Miradles! ¿Les conocéis? Pues ahí, en el barranco, hay muchos más, muchos, muchísimos más.
¡Todos vuestros! ¡¡Canallas!!…
Omití comentarios. Era preciso resolver con rapidez para consolidar la victoria; aún podría venir una
reacción y cogernos desprevenidos. A todo esto, el 2.º tabor estaba completamente desorganizado y Juste
se mostraba inquieto por la suerte que pudiera correr la compañía de Muedra, que era, hasta aquel
momento, la única fuerza que había logrado hacerse fuerte al otro lado del barranco. Ante todo
consideraba urgente relevar al tabor de Rodríguez Couto por el 4.º y seguir adelante. Cuando tuve allí a
Pérez Rama, le ordené cruzara el cauce y montase el servicio de protección hasta Loma Negra, en la
misma forma que se hacía antes del asedio; la compañía de Muedra quedó a sus órdenes. Dadas las
anteriores instrucciones dije a Rodríguez Couto:
—Mi comandante: ahora vamos al cauce a ver esos muertos que dice.
Me contuvo. Si no lo tomaba a mal, llamaría a los gastadores para que nos acompañaran, pues aún
podrían darnos un susto. La indicación me pareció prudente y aproveché la espera para observar desde
allí el avance del primer tabor, que ocupó el poblado y llegó a Loma Negra sin contratiempo.
Dispuestos los gastadores, emprendimos la marcha tras ellos. Descendimos al cauce. ¡Vaya
espectáculo macabro el que se presentó a nuestros ojos!… Muertos y más muertos, dentro del agua, entre
las piedras, enredados en las adelfas, enterrados bajo los escombros en el fondo de las que habían sido
sus trincheras; todos desnudos o casi desnudos, con heridas horribles, cráneos deshechos, brazos y
piernas separados del tronco, vientres abiertos mostrando a la intemperie repugnantes mondongos de
color indefinido. Se percibía un pronunciado olor a carnicería… Recuerdo pasamos junto a un cuerpo
semidesnudo, cuya camisa manchada de sangre le ocultaba la cara. Uno de nuestros acompañantes quedó
junto a él. Poco después sonaron unos disparos y seguidamente le vimos aparecer, cargando su fusil;
venía sonriente, satisfecho…
—¿Qué ha sido eso? —le pregunté.
—Mi «finiente» coronel: que muerto no estar muerto; estar vivo como tú. Ahora sí que estar muerto,
¡por Dios!…
Era uno de tantos harqueños que viéndose perdidos y sin posible retirada se fingen cadáveres para
poder salvar la pelleja; mas es muy difícil escapar a la inspección minuciosa de los guerreros indígenas.
Jamás en mis años de guerra había visto tal número de enemigos muertos. Y fué que, cerradas las
salidas del barranco, no les cupo otro remedio que morir en aquella trinchera, la cual, si bien contaba con
todas las garantías para ser inexpugnable, tenía el gravísimo inconveniente de su muy difícil evacuación.
Los parapetos estaban adosados a la margen izquierda del arroyo y dentro del mismo cauce, con la
ventaja para sus ocupantes de poder hacer fuego indistintamente en dirección a Loma Verde o Loma
Negra y enfilar además un buen trayecto de la pista de Xauen.
Cuando iba a salir de aquel cementerio me avisaron venía Losada. Fuí a su encuentro y le relaté lo
ocurrido, invitándole a visitar el barranco en el sector que, por estar dentro de las líneas, era posible
recorrer sin peligro.
—Deseo que vengas —le dije—, porque como quiera que en esto de las matanzas morunas siempre
se fantasea mucho, tengo especial interés en que tú mismo veas los «fiambres».
Losada accedió. Le acompañaban el ayudante del batallón y varios soldados. Al saltar al cauce
quedaron asombrados.
—Y ahora —le dije— te ruego que dos hombres tuyos, los que designes, cuenten los muertos
enemigos para que luego no se diga por ahí que los hemos multiplicado por diez. No quiero apuntar en
haber de mi Grupo tai uno más de los que hay sobre el campo.
Dos muchachotes altos, fuertes, alegres y decididos se prestaron voluntarios. Cuando estábamos a
mitad de nuestro recorrido empezó a pasar el batallón de Arapiles. Los soldados no podían reprimir su
entusiasmo ante tanto harqueño muerto; era raro el «paisa» que no deshacía un cráneo a culatazos o
hundía su machete buscando un corazón… ¡Desahogo cruel y bárbaro! ¡Siempre la bestia humana feroz y
vengativa!… Me dió vergüenza haber nacido hombre.
Salimos de la fosa —que no otra cosa parecía el cauce del arroyo— y nos sentamos en un ribazo a
comentar la victoria. Losada redactó una nota para el general Castro, dándole cuenta detallada de lo que
acababa de ver. Al cabo de un buen rato aparecieron los dos cazadores.
—¿Cuántos muertos habéis contado? —interrogó el jefe de Arapiles.
—OCHENTA Y SIETE —contestaron.
—Me parece que ya son unos pocos —comenté.
—¡Unos muchos! —replicó Losada[8].
No tardó en llegar un capitán de Estado Mayor comisionado por el general Castro para enterarse de
lo ocurrido y ver personalmente los cadáveres. Acompañado de Marías, el infatigable ayudante del
Grupo, recorrió el lugar de la lucha. Regresó asombrado.
Mientras tanto la columna de Franco, pese al arrojo de su jefe, se hallaba estancada sin poder rebasar
los linderos de Abada. Para asegurar el repliegue y favorecer la circulación por la pista estaba
instalando unos puestos fortificados inmediatos al Mizal.
—Esa operación sobre Abada —hice observar al jefe de Arapiles— hace días quisieron la hiciera
yo solito con mis tabores, en momentos en que nuestra situación era angustiosa por todos conceptos.
Ahora se ve cuánta razón tenía para no decidirme a llevarla a cabo.
—Sí, chico —replicó Losada—; las cosas de la guerra parecen tanto más fáciles cuanto más desde
lejos se ven. Fué un gran acierto tuyo no exponerte a un fracaso ¡que Dios sabe las consecuencias que
hubiera podido tener!, porque ten en cuenta soy de los convencidos de que las cosas han estado bastante
peor de lo que nosotros mismos sospechamos.
—Estoy de acuerdo contigo —afirmé.
Al cabo de un rato montamos en nuestros rocinos y nos encaminamos al blocao de Loma Verde para
disponer el repliegue.
Luego de pasar el convoy y rato ha desaparecida la polvareda producida por los camiones, se recibió
la orden de retirada, que se cumplimentó en la forma convenida y sin incidentes de importancia. Desde
Loma Verde pudimos, además, apoyar con las ametralladoras a los del Tercio, sobre quienes parecía
haberse volcado toda la morisma de Yebala, a pesar de lo cual las unidades se desplazaban con el mayor
orden. Poco después Losada emprendió el regreso al campamento.
Cuando lo consideré oportuno, di el salto a la loma del blocao de Dar Akobba, en el que me
acompañó el comandante Capaz, llegado a mi encuentro poco antes con el propósito de recorrer el
barranco de los muertos. Desde el nuevo puesto de mando presencié cómo se replegaban las últimas
fracciones de la columna y cómo el enemigo ocupaba Loma Verde. Las balas silbaban que era una
delicia. Una dió un poco delante de donde estábamos, haciendo saltar tierra a nuestros ojos; otra segunda
pegó a los pies de Capaz. Eran dos avisos apremiantes. Cruzamos una mirada de inteligencia y echamos a
andar en dirección al Campamento, sin hacer la menor alusión a la causa que nos alejaba de aquella
peligrosa meseta.
Poco después entrábamos en Dar Akobba, invadido por gentes de la columna del general Castro,
deseosas de darse el gustazo de contemplar los prisioneros. De los siete apresados, sólo cuatro se
hallaban allí; los tres restantes habían sido víctimas de la furia de las tropas, sedientas de venganza.
Capaz quiso hablar con ellos, uno de los cuales resultó ser un antiguo soldado suyo; luego me pidió
autorización para trasladarlos a su vivac, con objeto de interrogarles detenidamente. Como para mí era
un engorro tenerlos, se los entregué de muy buen grado.
La tienda estaba atestada de jefes, oficiales y periodistas; entre éstos Garcilaso y Pepe Díaz. Me
esperaban para felicitarme por la defensa de Dar Akobba y por el feliz resultado de la jornada. Uno me
acometió con su cámara fotográfica: era preciso un grupo de todos. ¡La «foto» de mayor actualidad!
—No; eso no —protesté con energía—. Retrate usted a quien le dé la gana; pero a mí de ninguna
manera. Soy supersticioso y no lo niego. Tengo la preocupación de que a retrato publicado, balazo
seguro: el fotograbado es «gafe» para mí.
Pepe Díaz recordó que el año 21, en Melilla, tampoco permití se me retratara.
Cuando mayor era el holgorio en la tienda, impuso silencio una detonación fuerte y próxima, seguida
de buena cantidad de cascotes que cayeron sobre la lona. Creí se trataba de un proyectil de cañón
disparado por el enemigo desde Garrofa; otros muchos pensaron lo mismo. Salí al exterior, donde se veía
circular a la gente un tanto desconcertada. Poco después unos soldados dieron cuenta de que en una
cueva-abrigo había un europeo muerto. Me asomé a la entrada y vi un cuadro repugnante. En el fondo de
un hoyo, sentado en un cajón, aparecía el cadáver de un hombre horriblemente mutilado: la cara
completamente destrozada, tan destrozada que de ella habían desaparecido la mandíbula inferior, los
pómulos, la nariz, los ojos y las orejas; su cuerpo desnudo —el accidente únicamente había respetado las
alpargatas— dejaba ver sobre sus piernas, aún temblorosas, todo el contenido de las cavidades torácica
y abdominal en informe revoltijo; del brazo derecho conservaba parte del cúbito; el izquierdo había
desaparecido por completo… Era imposible, de momento, identificar la persona de aquel desgraciado.
Algo después, las investigaciones practicadas dieron su fruto y el misterio quedó desvanecido: se trataba
de un camillero de la compañía de Muedra que había cometido la imprudencia de manipular con una
granada de mano. El desgraciado pagó con la vida no haber tenido en cuenta las instrucciones dictadas
reiteradamente para el manejo de tan peligrosos artefactos. Milagrosamente no habían ocurrido más
desgracias. Con unos sacos —no era posible en otra forma— fué recogido el cadáver y conducido al
cementerio, donde aún se hallaban aguardando la humana caridad buen número de muertos de los que
había costado la jornada.
Los médicos de la columna me pidieron permiso para trasladarse a la posición con objeto de prestar
ayuda a sus compañeros de la ambulancia. Subí con ellos.
Causaba verdadera lástima aquel cuadro de dolor. Más de doscientos heridos se hallaban allí
apiñados y gran parte a la intemperie, pues el barracón y las tiendas habilitados no eran suficientes para
alojar las bajas de las dos columnas. Muchos pedían a voces una inyección para calmar sus dolores;
otros habían perdido el conocimiento o estaban agonizando. Me acerqué al kaid Abderrahaman, que tenía
la respiración fatigosa y entrecortada; dirigió hacia mí sus ojos vidriosos de rostro hipocrático y
balbuceó unas palabras que no pude entender. Momentos después dejaba de existir.
Al pasar por delante de una camilla vi a un oficial de la Legión incorporarse para saludarme. Me
detuve ante él.
—¿No me conoce usted, mi teniente coronel? —preguntó sonriente.
—No. En este momento no caigo… —le repliqué maldiciendo mi torpeza.
—Soy Saliquet; un hijo del general Saliquet; el más pequeño de los dos.
Le reconocí en seguida. Estaba contento, muy contento; le habían dado un balazo de mucha suerte en
un muslo; cuestión de poco tiempo, pues el hueso no debía estar roto. Me ofrecí para cuanto se le
antojara, y después de saludar a los oficiales heridos del Grupo regresé al campamento, donde
continuaba el buen humor. Sobre una silla, el alférez Grosso Alexandre, con un vaso de coñac en alto,
hablaba a la concurrencia. Yo sólo pude oír estas últimas palabras:
—Elevemos nuestras copas por la gloria del Grupo de Larache y el eterno descanso de los que han
perdido la vida en el «Barranco de la Muerte».
Desde entonces la barrancada de Xeruta tomó el nombre con que le bautizara el pequeño Grosso, y
así se le conoce desde entonces[9].
¡¡Tetuán!!
Cuanto dijera de la lamentable situación que en orden a provisiones de boca nos hallamos a raíz de la
llegada de las columnas de socorro sería pálido ante la realidad. Tanto el general Serrano como su
compañero Castro Girona habían llegado tan vacíos de estómagos como lo estuvimos nosotros durante el
asedio. Cierto que los convoyes eran diarios, pero no lo es menos que el número de vehículos
disponibles era insuficiente para las necesidades, ya que la mayor parte de los anteriormente en uso
habían sido destruidos por el enemigo o se hallaban en reparación, y los contados en estado de servicio
no daban abasto para el transporte de piensos, municiones y material de todas clases; así es que la ración
para hombres continuó siendo reducida, especialmente la de pan, que tan indispensable es a nuestro
soldado. A pesar de las privaciones, la gente estaba satisfecha y deseosa de dar fin, cualquiera fuera el
sacrificio, a un período de operaciones que iba siendo demasiado largo, penoso y sangriento.
Las dificultades antes expuestas decidieron al general Castro a descongestionar Dar Akobba,
empezando por trasladar a Xeruta dos tabores del Grupo de Larache (1.º y 4.º) conmigo a la cabeza, y
también el batallón de Arapiles, lo que se llevó a cabo el primero de octubre. El 3 se trasladó él al
Hámara con toda su columna.
Durante mi estancia en Xeruta, a diario tuve que salir a cubrir el sector hasta Loma Verde, salvando
cada vez el «Barranco de la Muerte», en el cual de trecho en trecho todavía se dejaba ver algún que otro
brazo o pierna de los allí enterrados. Por lo visto los harqueños no se preocuparon gran cosa en cavar
sepulturas y cubrir con tierra los cadáveres o quizá se habían encargado de ponerlos al descubierto
cuervos, perros y chacales, que para eso se dan buena maña los de aquella tierra.
La mayor parte de las horas que duraba el servicio de protección las pasaba en el blocao de Loma
Negra, de charla con el sargento jefe del destacamento, que era hombre agradable y discreto, y en tal
medida cariñoso, que cuidaba de los soldados como pudieran hacerlo sus propios padres, llegando en su
desvelo por ellos incluso a confeccionar personalmente las sopas de ajo, que era el único alimento que
toleraban sus delicados estómagos, contraídos por el prolongado ayuno del asedio; porque he de advertir
al lector que casi todos los allí presentes eran de los gloriosos defensores de Xeruta.
El sargento a que me refiero describía con graciosa desenvoltura los apuros y los miedos pasados
entre aquellas tablas revestidas de sacos terreros cuando se vió obligado a hacer frente, por espacio de
más de tres semanas, al enemigo atrincherado a diez metros de la alambrada.
Tanto en el vivac de Xeruta como en todo el frente de Beni-Hassan el paqueo era constante e intenso,
y ello unido al frío que se dejaba sentir por las noches y a los frecuentes chaparrones con que el cielo nos
obsequiaba, hacía que la permanencia a la intemperie fuera en extremo desagradable; casi casi me atrevo
a decir echábamos de menos nuestro encierro de Dar Akobba.
Al mediodía del 4 de octubre llegó a Xeruta el batallón expedicionario de Ordenes Militares; vino
para que pudiéramos salir al día siguiente en dirección al Zoco del Arbaa. Cuando los tabores (el 2.º
inclusive) al regresar de servicio supieron la grata nueva, echaron las campanas a vuelo.
No puedo precisarlo, pero no creo exagerar si afirmo que poco más allá de la medianoche empezó la
gente a prepararse. Y digo esto, porque cuando al amanecer saqué la gaita de entre las mantas para ver
cómo pintaba el día, ya todo estaba dispuesto para romper la marcha. Salté de la cama acosado por la
tropa asistenteril, y sin vestirme, porque ya lo estaba incluso con botas, que así dormíamos allí, me fuí al
emplazamiento de las compañías a recoger las novedades. En todos los rostros se notaba la satisfacción
inmensa por salir del infierno de Xeruta; amén de que quien más quien menos abrigaba la esperanza de
una temporada de descanso, esperanza que, como verá el lector más adelante, duró bien poco, ya que a
nuestra llegada a Ben Karrich nos enteramos del porqué de nuestro relevo.
Antes de salir la descubierta di a Beorlegui, jefe accidental del batallón de Ordenes Militares, todo
género de explicaciones para efectuarla y montar el servicio de protección, haciéndole presente cuáles
eran los lugares más peligrosos y las precauciones que le convenía adoptar para hacer frente con
seguridades de éxito a cualquier agresión, de esperar entonces más que nunca, pues el enemigo era de
suponer tuviera sobradas ganas de tomarse el desquite por el palizón del día 30.
A la impaciencia de mi gente por salir pronto, opuse mi cachaza. Quise aguardar a que el camino
estuviera protegido para ponerme en marcha, que en la guerra cuando se va de viaje cara al pesebre no es
prudente entablar combate, porque la gente está propicia a convertir el paso de maniobra en carrera
desenfrenada, que es velocidad contagiosa y muy dada a degenerar en pánico. Este es asunto que
conviene saber, aunque no se enseñe en las Academias Militares ni siquiera se hable de ello en los libros
que tratan de Arte de la Guerra.
Próximamente a las nueve vimos aparecer las primeras fuerzas de la columna del general Castro.
Acto seguido di la orden de marcha, que fué recibida con ensordecedores gritos de entusiasmo, los cuales
acarrearon la inmediata alarma de las guardias enemigas y por ende una intensificación del paqueo que
nos puso piel de gallina, porque digan lo que quieran los valientes de tertulia de café, el silbido de las
balas molesta de lo lindo, y no por el silbido en sí, sino por lo que acusa de velocidad en el proyectil.
Justo es confesar nos parecía imposible abandonar definitivamente aquel sector y perder de vista los
parapetos del Dar Akobba de nuestros sobresaltos, donde tan diversas y encontradas emociones
habíamos experimentado: la satisfacción del deber cumplido; el orgullo de la victoria; las angustias del
asedio; la amargura de no poder ir en socorro de queridos compañeros; y, por último, el dolor de haber
fundado un cementerio donde yacían los restos de un centenar de los que habían sido nuestros más
valerosos compañeros.
Como he dicho antes, la marcha de los tres tabores y el escuadrón —éste pie a tierra, naturalmente—
se emprendió bajo una muy decente ensalada de tiros, lo cual no fué óbice para que prosiguiese el buen
humor y la algarabía. Los jefes y oficiales íbamos materialmente empujados por la tropa, ansiosa no sé si
de salir lo más pronto posible del alcance de las balas o de llegar cuanto antes al Zoco del Arbaa.
No tardamos una hora en llegar al Hámara. Allí, aprovechando un pequeño descanso, abrevó el
ganado y tanto los oficiales como los que no lo eran se dieron a la tarea de asearse, porque en Xeruta lo
del agua andaba bastante mal, ya que las cargas reglamentarias apenas daban abasto para las necesidades
de las rancherías. Cuando reanudamos la marcha y me despedí de aquellos lugares ¡qué ajeno estaba a
que precisamente ellos iban a ser teatro de uno de los más lamentables contratiempos de la campaña!
Desde las peñas de Xeruta al Hámara rindieron tributo a la muerte, entre otros muchos inolvidables
compañeros, mi buen amigo y maestro el general Serrano Orive; el simpático y culto Claudio Temprano;
el comandante Arredondo Acuña, modelo de caballeros y de soldados; el pundonoroso comandante
Carmona; y, en fin, tantos y tantos otros que más vale no recordar, porque el recuerdo produce aflicción y
da tristeza.
A mitad de camino nos encontramos con un contingente de rifeños, reclutas recién alistados, que unos
oficiales noveles conducían para el Grupo de Alhucemas, reducido a su más mínima expresión a
consecuencia de las continuas bajas y numerosas deserciones. Ya cerca del Zoco, cabalgando en un
yegüito que por verdadero milagro pude proporcionarme, adelanté a los tabores para conocer cuanto
antes el destino que nos estaba reservado.
El campamento se hallaba abarrotado de tropas y material de guerra. Un oficial me condujo al Cuartel
General, donde encontré al barón de Casadavalillos acompañado de Federico Berenguer y varios jefes
de su Estado Mayor. Le di parte de la marcha y sus pequeñas incidencias y acto seguido dispuso, habida
cuenta que mis soldados no estaban para grandes jornadas después de las privaciones sufridas, que el
tabor de vanguardia montara en unos camiones que se hallaban allí preparad os para regresar a Ben
Karrich de vacío; los tres restantes forzosamente tendrían que pernoctar allí.
Después de despedirme de los generales fuí en busca de mi gente, que ya había llegado, y con el
auxilio de los comandantes Roldán, de Artillería, y Martínez Cajén, de Estado Mayor, organizamos
rápidamente la expedición, instalando al segundo tabor en los camiones. Subí al pescante de uno de ellos
y, luego de desearles mucha suerte a los que allí quedaban, nos pusimos en marcha.
Tan pronto abandonamos el campamento, los conductores embalaron los motores y a poco volábamos
por las peligrosas revueltas de aquella pista con pujos de carretera. A lo largo del recorrido observamos
desplegadas algunas fuerzas de batallones expedicionarios, muchas de ellas tan próximas a la cuneta, que
su protección no servía absolutamente para nada. Cerca de la posición de Zinat vimos los restos de
treinta y tantos vehículos incendiados por el enemigo, y algo más adelante el poblado completamente
destruido por nuestras fuerzas. No era preciso ser especialista en asuntos guerrero-marroquíes para
comprender que la seguridad de la línea de comunicaciones dejaba mucho que desear; tanto es así que
hubiera bastado una reacción un poco enérgica del enemigo para crear una situación crítica y obligar a
las columnas a desandar lo andado; puede afirmarse se circulaba por la tal línea merced a la
benevolencia de los harqueños, que más bien que desconcertados andaban faltos de mando, y en su afán
de lucrarse con el botín que les ofrecían en perspectiva las posiciones agonizantes merodeaban pequeñas
partidas sin una firme decisión. Si Abd-el-Krim, con el prestigio de que entonces gozaba entre los moros,
lejos de obstinarse en no salir de Axdir se hubiera trasladado a Yebala, las cosas habrían cambiado
radicalmente en perjuicio de nosotros.
Próximamente a las doce de la mañana llegamos a Ben Karrich. En el poblado había bastante
movimiento. No hice más que apearme del camión y supe que allí se hallaban los generales Primo de
Rivera y Aizpuru presenciando una operación de grandes vuelos, dirigida por el coronel Ovilo. Se
pretendía libertar la heroica guarnición de Buharrax que, como quien dice, estaba dando las boqueadas.
El general en jefe me abrazó con sus brazos secos. En el acto se apresuró a presentarme al
Presidente, quien me recibió con el afecto que era peculiar de su carácter, pues el marqués de Estella
tenía a gala ser, tanto más atento y expresivo con sus subordinados cuanto mayor era la distancia
jerárquica que le separaba de ellos. Allí vi también a los miembros del Directorio, generales Gómez
Jordana y Rodríguez Pedré; al primero lo había llevado Primo de Rivera como técnico, al segundo no
pudo saber nadie en concepto de qué. Todos esos personajes y correspondiente séquito ocupaban casi
por completo la Oficina de Intervenciones, desde donde presenciaban el desarrollo de la operación; por
cierto que, por lo que pude apreciar, muy preocupados debían de andar por la lentitud del avance de la
columna, o mejor dicho, atascamiento, pues no había podido alcanzar ni aún siquiera los primeros
contrafuertes del macizo de Ben-Ider, al cual, como solíamos decir en nuestra jerga de guerra, «le olía el
aliento». El Presidente, optimista por demás, no perdía la esperanza de ver coronada la meseta; pero yo,
y conmigo otros varios, lo dudamos. «Si a las doce y media de la mañana —pensaba yo— apenas la
vanguardia está a dos mil metros de Ben Karrich, ¿cómo es posible que en las horas que restan de día se
llegue a Buharrax, situado casi en lo más alto de la divisoria del macizo?» Definitivamente el objetivo no
podría lograrse y así debió reconocerlo al fin el propio marqués de Estella, porque después de un buen
rato de estar oteando con los gemelos, hizo un gesto de contrariedad y dejó escapar un comentario que
seguro estoy no hubiera hecho ni pizca de gracia al ilustre jefe de la columna si llega a oirlo.
Pero el marqués de Estella era persona correcta y afable, y jamás pagaba con unos las contrariedades
que le proporcionaban otros. Y así ocurrió que se vino hacia el grupo en que yo me hallaba refiriendo
algunas anécdotas del asedio de Dar Akobba y se puso a escuchar como un camarada más, hasta que
rompió su silencio para decirme que el tabor habría de seguir a Lauzién, en donde, luego de concentrarse
todo el Grupo, lo revistaría y seríamos obsequiados por él jefes, oficiales y tropa, para en seguida
proseguir la marcha por el Fondak de Ain-Yedida y Dar-Xaui a Megaret, en donde el general Riquelme
reclamaba nuestra inmediata presencia. No sería preciso fuera yo con el tabor; tenía a mi disposición uno
de los coches de los ayudantes, en el cual podría trasladarme a Tetuán para, a las dos en punto, estar en la
Alta Comisaría, donde quedaba invitado a comer con él. Le hice presente no contaba de momento con
uniforme decoroso para sentarme a su mesa, a lo que contestó era gusto suyo lo hiciera vistiendo
precisamente el uniforme destrozado y lleno de lamparones con que había combatido en Dar Akobba.
Aproveché la buena disposición de ánimo del general para solicitar permitiera que la concentración
de tabores se hiciese en Tetuán en lugar de Lauzién, pues ello tanto la oficialidad como la tropa lo
agradecerían. Accedió a mi ruego; mas cuando fuí a dar la orden a Rodríguez Couto, me encontré que ya
los camiones habían desaparecido rumbo a la capital del Protectorado.
También yo salí de estampía camino de Tetuán; de la bella Tetuán. ¡Oh, Tetuán! Jamás como entonces
experimenté tan profunda emoción al divisar sobre las abruptas laderas del vigilante Dersa las
enjalbegadas construcciones chatas de la ciudad santa; jamás como entonces sentí el rudo contraste de la
fértil vega del Martín con la belleza salvaje del barranco de Samsa, teñidas más de cien veces las aguas
de su arroyo con sangre de nuestros soldados; jamás como entonces aprecié toda la romántica poesía de
los altos minaretes de ías misteriosas mezquitas, y la rudeza señorial de las torres albarranas de su
recinto, y la típica sencillez de la histórica puerta de Tánger y el valor artístico de la vetusta alcazaba,
último reducto de las defensas de la ciudad. ¡Aquello era una realidad y Dar Akobba con sus tristezas y
sus glorias un recuerdo, nada más que un recuerdo! Me veía otra vez en la aristocrática urbe musulmana,
taza de plata berberí, cuyas murallas almenadas guardaban los mejores recuerdos de una juventud militar
ya próxima a extinguirse.
El «auto» pasó veloz bajo la meseta en donde está emplazado el antiguo cementerio católico, en el
que tantas y tantas veces había penetrado silencioso llevando sobre mis hombros, vencidos por el peso,
el féretro que guardaba los sagrados restos de un compañero querido. Recordaba nombres: Fairén,
Ochando, Moreno, Sánchez Peralta, Izarduy, Infantes, Gil Bonald, García Cuevas, Aizpúrua, Argüelles y
muchos más.
El conductor paró ante el Hotel Alfonso. Momentos después me hallaba en una de sus habitaciones
rebuscando en mi maleta de campaña prendas medio decorosas con que reemplazar las que llevaba sobre
mí. Vano empeño. No cabía ya ni el recurso de ir a la Representación a ver si daba con el baúl; era
demasiado tarde. Tuve que dar gusto al Presidente, y al convite me fuí con mi gorra costrosa y
descolorida, la guerrera falta de botones y rota y deshilacliada, los calzones llenos de parches de todos
colores y las gafas, mis inseparables compañeras, repuestas con cordel y alambre de paca: traje completo
de sociedad.
A las dos en punto, ni minuto más ni segundo menos, entré en el palacio de la Residencia. Esto de la
puntualidad matemática lo aprendí de mi padre y de uno de los primeros jefes que tuve en la milicia. Este
buen señor siempre nos decía: «Un minuto después de la hora, no es la hora; un minuto antes de la hora,
tampoco es la hora: la hora, es la hora». Una vez se le ocurrió soltar esta sentencia ante cierto recluta,
quien preguntó a un veterano qué le querían decir con tal ensarta de palabras que a él se le antojó
retahila. El veterano respondió: «Pues mira, quiere decir, tenlo bien presente, que nos va a jorobar».
Repito que a las dos en punto entré en el palacio de la Residencia. Momentos después llegaron los
generales de Ben Karrich. Venían contrariadísimos y era lógico que así fuera. Aquello iba mal. Acto
seguido subimos al comedor y nos sentamos a la mesa. Primo de Rivera y Aizpuru ocuparon las
presidencias; a la derecha del primero me colocaron a mí y a su izquierda a Benigno Fiscer, también
invitado; y luego, por orden de categorías, los generales del Directorio y los ayudantes.
Conocí al jefe del Gobierno en 1910, cuando era coronel del Regimiento de Wad-Ras; pero sólo una
vez, en 1913, cambié la palabra con él. En aquella época era Primo de Rivera un tipo arrogante y llevaba
el uniforme militar con especial distinción; en 1924 ya no podía aspirar al papel de galán joven ni a ser
protagonista de novela romántica. El aire juvenil y la figura gallarda eran cosa pasada; las canas
poblaban su cabeza y el abdomen le había crecido con exceso, dándole un aspecto de burgués pacífico y
burócrata. La responsabilidad y las preocupaciones siempre envejecen prematuramente. Lo único que
conservaba de aquellos años era su personal simpatía, la bondad de su carácter y el buen humor.
Tan pronto estuvimos acomodados en nuestros puestos, el Presidente tomó la palabra; los demás,
cerrado el pico, nos dispusimos a escucharle con toda atención.
Primo de Rivera era hombre que tenía ideas propias sobre el problema de Marruecos y sobre todos
los demás; estas ideas estaban cimentadas en un gran optimismo, una de las características de su especial
modo de ser. Tocó diversos temas políticos de modo general y dedicó particular atención al referente a la
acción de España en África, muy especialmente a la parte militar. Cuanto se había hecho hasta entonces
—afirmaba rotundo— había sido un soberano disparate. El sistema de regar posiciones a voleo era
absurdo, como absurdo resultaba querer sujetar al enemigo con una barrera de puestos fortificados. ¿A
quién diablos se le habría ocurrido poner puertas al campo? Él estaba en Tetuán para evitar se persistiera
en el error. Abominaba de nuestra acción en Marruecos, opinión que había expuesto en repetidas
ocasiones. Su pensamiento era éste: Gibraltar para España y lo de más abajo para quien lo quisiera.
Respetaba el testamento de Isabel la Católica; pero creía habían pasado demasiados siglos para ponerlo
en ejecución: era ya tarde. La situación militar —siguió diciendo— había estado francamente grave; sin
embargo, en aquellos momentos el peligro se hallaba conjurado.
Todos escuchábamos al Presidente con gran atención salvo un comensal, a quien interesaba más la
calidad de los guisos que se servían que las disertaciones, hasta cierto punto didácticas, del jefe del
Gobierno. Esta actitud un tanto desconsiderada de un invitado no hacía maldita la gracia a Primo de
Rivera; pero al comensal todo ello le salía por una friolera, en tanto quedase en las fuentes algo sobrante
para repetir.
Así iba transcurriendo el almuerzo cuando un camarero entró los periódicos que acababan de llegar
de España, periódicos que fueron ojeados rápidamente por el ayudante de servicio, quien de pronto
profirió una exclamación de sorpresa. En La Unión Mercantil, de Málaga, bajo el epígrafe «Víctimas de
la guerra», aparecían dos retratos, el del comandante Frías, del Grupo de Alhucemas, que había sido
muerto pocos días antes, y el mío. A continuación se leía: «Mola ha muerto», título que encabezaba un
artículo necrológico del cual era autor el farmacéutico malagüeño don Juan Vázquez del Río, amigo de la
infancia, compañero de estudios y fervoroso admirador mío. Dejando aparte los elogios, siempre gratos
aunque la propia conciencia los juzgue inmerecidos, leer su propio responso en vida —pues aquello
responso era— produce una especial sensación, mezcla de satisfacción y enojo, muy difícil de explicar.
Por unos instantes parece como si en realidad uno hubiera dejado este pícaro mundo sin enterarse y
viviese desde el otro el período que pudiéramos llamar de reconocimiento de méritos, colofón de toda
humana existencia: por eso no es de extrañar que en la guerra se oyese decir a diario: «¡Mal haya la hora
de las alabanzas!»
De pronto caí en la cuenta de que la falsa noticia podría llegar a conocimiento de los míos y
proporcionarles un disgusto morrocotudo. Cuando me disponía a solicitar autorización para ausentarme
con el propósito de ir a Telégrafos, el bueno de don Miguel, que estaba en todo, me alargó una cuartilla
acompañada de su estilográfica y me dijo:
—Redacte ahora mismo, en mi nombre, un telegrama para su señor padre, que ordenaré sea
transmitido inmediatamente por el hilo directo. Antes de una hora lo tendrá en su poder.
Escribí: «Presidente del Directorio a General Mola. Diputación, 369. Barcelona. Ha llegado de Dar
Akobba su hijo Emilio sin novedad alguna. No hagan caso noticias de Prensa. Hoy ha almorzado conmigo
y dentro de dos días saldrá para Larache».
Pero esto no lo juzgué suficiente, y por eso, tan pronto pude abandonar la Residencia, marché a
Telégrafos. El funcionario de servicio en la ventanilla, muchacho atento y servicial, me mostró el texto de
un despacho que cierto periodista acababa de depositar; decía así: «Vázquez del Río. Unión Mercantil,
Málaga. Los muertos que vos matáis gozan de buena salud».
Este telegrama proporcionó a mi buen amigo una de las mayores alegrías de su vida.
CAPÍTULO XXII
El día siguiente lo dediqué por entero a preparar mi tropa para la formación que habría de tener lugar en
las últimas horas de la tarde. Cuantos esfuerzos realicé para presentar las unidades medio decorosas
fracasaron ante la carencia de prendas nuevas y el mal estado de las que se hallaban en uso. Algunos
oficiales se proporcionaron guerreras y calzones de compañeros; otros menos afortunados tuvieron que
presentarse con los usados en Dar Akobba, entre ellos Marías, que para ocultar su traje hecho jirones se
zampó un impermeable al que faltaba medio faldón.
A pesar del mal estado del vestuario, el conjunto no ofrecía mal aspecto; la marcialidad de la tropa y
la prestancia de la oficialidad daban a los tabores un aire militar y aguerrido. Así lo estimaron cuantos
compañeros nos hicieron el honor de acudir al desfile, y muy especialmente él general Primo de Rivera,
que gustaba de la variedad un tanto anárquica en la indumentaria de las tropas que permanecen largo
tiempo en operaciones activas de campaña.
Al compás de la «nuba» de atambores y chirimías cruzaron los defensores de Dar Akobba las
principales calles de Tetuán, con la infantil ilusión de que la colonia española tendría el gesto simpático
de acudir a su paso, rindiendo así un justo homenaje de gratitud a las fuerzas que por su lealtad, arrojo y
bizarría habían logrado, en circunstancias bien tristes por cierto, renaciera la confianza en el éxitode
nuestras armas, evitando con su esfuerzo y sacrificio un desastre irreparable. Nadie en Tetuán, y menos la
colonia española, los estimó dignos de dispensarles ese honor, y los Regulares desfilaron por la ciudad
sin que un solo aplauso les diera nuevos alientos para la dura empresa que aún les quedaba por realizar
en la zona de Larache. A mí tan extraña conducta no me cogió de sorpresa, porque allá en Melilla, en el
año 1921, presencié algo muy parecido con motivo de ser repatriados los restos de unos tabores del
Grupo de Ceuta que, junto con los legionarios de Millán Astray, salvaron la ciudad de las hordas rifeñas;
todo esto después de dejar en los campos de Guelaia y Quebdana lo más florido de su oficialidad y lo
más selecto de su tropa. En Melilla entonces, como en Tetuán el 6 de octubre de 1924, únicamente
acudieron a despedir a sus salvadores la chiquillería harapienta, los desocupados de oficio y tales cuales
comadres desgreñadas quienes, para colmo, se complacieron en hacer blanco de sus más soeces burlas a
unos cuantos desdichados que se hallaban en la imposibilidad de llevar el compás de la marcha a cuenta
de heridas recibidas y no curadas. Todo esto era desconsolador y síntoma grave para la salud de España.
No pasó desapercibida al Presidente la indiferencia del público para con los defensores de Dar
Akobba, y hasta quiero recordar hizo un comentario mezcla de amargura e ironía.
Una hora más tarde de la señalada para el desfile la tropa recibió un rico presente de té, azúcar y
tabaco y la oficialidad fué obsequiada en el palacio de la Residencia con un vino de honor y habanos de
superior categoría. A falta de damas, fué el propio general quien hizo los honores de la casa, amenizando
la reunión con anécdotas de su vida militar que sabía relatar con discreción y gracia.
Al día siguiente embarcamos en Ceuta, unos a bordo del Reina Victoria y otros del Atlante. Y ya de
madrugada, bajo el oscuro manto de una espléndida noche de verano, nos hicimos a la mar con rumbo al
Atlántico.
Serían próximamente las cuatro cuando cruzamos frente al faro de Tarifa. Paseando sobre cubierta se
hallaban los oficiales de servicio. De pronto uno de ellos, al reparar en los destellos, se encaramó sobre
la borda sujeto a un pescante y agitando un pañuelo con su mano libre gritó con toda la fuerza de sus
pulmones:
—¡Adiós, Patria querida! ¡Un hijo tuyo que va a morir te saluda y envía un beso! ¡Adiós, Patria
querida!
Llamábase este oficial Joaquín de León Adorno. Cuatro fechas más tarde, el 12 de octubre, moría
gloriosamente en las inmediaciones de Asak…
Y aquí haría punto final; mas no creo justo poner término a este libro sin antes dedicar un recuerdo a los
bravos que derramaron sin regateos su sangre generosa en holocausto de una empresa militar a la que el
pueblo español volvió las espaldas desde su comienzo, empresa que bien llevada pudo ser el principio
de un resurgimiento nacional que malograron nuestras propias discordias, la poca eficiencia de nuestra
organización bélica y los desaciertos de quienes, con absoluto desconocimiento del problema, se
empeñaron en uncirlo a la carreta desvencijada de la política nacional, olvidando enseñanzas que la
Historia del mundo ofrece a manos llenas.
Desde el día 4 de julio en que los tabores del Grupo de Larache empezaron a operar en la zona de
Ceuta-Tetuán hasta la salida de Xeruta el 5 de octubre, tuvimos que lamentar en las filas de jefes y
oficiales: 13 muertos (uno desaparecido), 25 heridos y un contuso; de tropa: 144 muertos, 446 heridos, 8
desaparecidos y 25 contusos. Total: (662), SEISCIENTAS SESENTA Y DOS bajas.
Los jefes y oficiales muertos, heridos y contusos en dicho período fueron los siguientes[10]:
Capitán don Calixto Montaner M. Arango, muerto el 18 de septiembre.
Teniente don Ricardo Palacios Serrano, herido el 4 de julio (falleció el 10 de agosto).
Teniente don César Gurriarán Salgado, muerto el 6 de julio.
Teniente don Julio Sáenz de Urraca, muerto el 18 de agosto.
Teniente don Francisco Casas Miticola, herido el 6 de septiembre (falleció el 8).
Teniente don Vicente Otero Valderrama, herido el 6 de septiembre (falleció el 7).
Teniente don Adolfo Domínguez Hernández, muerto el 18 de septiembre.
Teniente don Eugenio Hernández Barrero, muerto el 18 de septiembre.
Alférez don José Ortiz Pérez, herido el 4 de julio (falleció el 7).
Alférez don Antonio Rodríguez Flórez, muerto y desaparecido el 14 de agosto.
Alférez don Joaquín Urigüen Barandiarán, muerto el 18 de septiembre.
Alférez don José Quiles Alfonso, muerto el 18 de septiembre.
Oficial moro Sidi Abderrahaman Ben Dukali, muerto el 30 de septiembre.
Comandante don José Losada de Arteaga, herido el 6 de septiembre.
Capitán don Mariano Moreno de Guerra, herido el 4 de julio.
Capitán don Félix Muedra Miñón, herido el 6 de septiembre.
Capitán don Pedro Santamaría Iracheta, herido el 6 de septiembre.
Capitán don Manuel Baturone Colombo, herido el 15 de septiembre.
Capitán don Valentín López Jiménez, herido el 21 de septiembre.
Teniente don Eloy Álvarez Martín, herido el 4 de julio.
Teniente don Antonio González Sánchez, herido el 31 de julio.
Teniente don Segundo Funes Funes, herido el 14 de agosto.
Teniente don José Ríos Capapé, herido el 6 de septiembre.
Teniente don Ricardo Asensi Garci-Martín, herido el 6 de septiembre.
Teniente don Rafael Seoane González, herido el 13 de septiembre.
Teniente don Federico Mínguez López, herido el 15 de septiembre.
Teniente don José Musiera F. Burgos, herido el 18 de septiembre.
Teniente don Jesús Jiménez Momediano, herido el 21 de septiembre.
Teniente don Angel Hernández del Castillo, herido el 23 de septiembre.
Teniente don Jesús Díaz Lorda, herido el 30 de septiembre.
Teniente Médico don Ramiro Ilisástegui Ulecia, herido el 13 de agosto.
Alférez don Fernando Valiente Fernández, herido el 6 de julio.
Alférez don Eduardo Curiel Palazuelo, herido el 21 de julio.
Alférez don Rafael Alonso Nart, herido el 30 de septiembre.
Alférez don Ramón Martínez García, herido el 30 de septiembre.
Oficial moro Sidi Embarek Ben Alí, herido el 6 de julio.
Oficial moro Sidi Mohamed Ben El Hach, herido el 23 de agosto.
Capitán don José Samaniego Martínez-Fortún, contuso el 21 de septiembre.
Durante el período de operaciones que se denominó «Campaña de repliegue», o sea desde el 4 de julio
de 1924 al 28 de enero de 1925, el Grupo de Regulares de Larache sufrió las siguientes bajas: de jefes y
oficiales: 71 muertos, 45 heridos, 3 desaparecidos y un contuso; de tropa: 247 muertos, 907 heridos, 28
desaparecidos y 40 contusos. Total general: (1.291) MIL DOSCIENTAS NOVENTA Y UNA bajas.
Como quiera que la plantilla del Grupo eran poco más de dos mil hombres, dicho se está que las
bajas sufridas se elevaron al cincuenta por ciento del efectivo.
Ya que no los hombres del presente, tengo la evidencia que la Historia en su día sabrá hacer justicia a
los héroes que sucumbieron en esta guerra de África, soñando con una España grande, fuerte y respetada.
Notas
[1] Estado de la fuerza y ganado que guarnecía Dar Akobba el día 25 de agosto de 1924, por la tarde:
inclusive, dependientes de ella. En aquella época el grupo lo guarnecían: una compañía de Cazadores, un
tabor de Regulares, una batería de posición y servicios auxiliares.
Taguesut y sus blocaos los ocupaban un batallón de Cazadores y una bandera de la Legión.
En Talambot había una oficina de Intervenciones, custodiada por una mía de la Mehala de Xauen. <<
[3] La mala redacción del telegrama no excluye la claridad.
Xeruta, blocao de Xeruta, Isumaten y otras muchas posiciones dependían del Zoco del Arbaa.
La comunicación heliográfica entre el Zoco y Dar Akobba (la telefónica estaba interrumpida) se hacía
por intermedio de varias posiciones. Por eso, no es de extrañar que un despacho, como el que copio,
depositado a las cinco de la madrugada, llegase a mi poder después de las once. <<
[4] Sidi Sadik Hamelich, que me acompañó durante las operaciones sobre Beni-Buchibet y Tagsut en la
primavera de 1926, me dijo que fué el propio hermano de Abd-el-Krim El Jatabi quien ordenó y llevó la
dirección del a taque a Dar Akobba. <<
[5] Meses después, uno de estos heroicos indígenas fué condenado a muerte en juicio sumarísimo, Su
comportamiento durante el asedio de Dar Akobba y el gran servicio que acabo de detallar fué tenido en
cuenta por el Gobierno y se le indultó. <<
[6] El consumo diario de artículos de ración de etapa en Dar Akobba era por lo menos de: 80 litros de
fué muerto el de igual empleo don Calixto Montaner. También Rosales encontró gloriosa muerte en las
inmediaciones de Jerba, el día 29 de noviembre siguiente. <<
[8] Según informe del hoy general Capaz, el número de muertos que el enemigo tuvo en el episodio del
pero en mi archivo sólo existen de esa época las de jefes y oficiales. <<