Veinte Matematicos Celebres - Francisco Vera
Veinte Matematicos Celebres - Francisco Vera
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Lestrobe 13.09.14
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Título original: Veinte matemáticos célebres
Francisco Vera, 1961
Retoque de cubierta: Piolin
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Prólogo
Francisco Vera
Buenos Aires, noviembre de 1959
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Capítulo 1
ABEL Y GALOIS
Este ensayo está dedicado a dos matemáticos ilustres entre los más ilustres,
geniales entre los más geniales, conocidos, naturalmente, de todos los que se
dedican a la Matemática; pero desconocidos, en general, de los no matemática,
por la sencilla razón de que las creaciones, que tal es el nombre adecuado a sus
partos sublimes, caen en el campo del Análisis, disciplina al margen de los
estudios básicos de la cultura media.
Las vidas de estos dos matemáticos son vidas poco extensas y muy intensas,
que vale la pena divulgar; vidas ligeramente asincrónicas, pero de tal
paralelismo que están pidiendo la pluma de un nuevo Plutarco que sepa,
además, calar hondo en los recovecos psicológicos de la personalidad humana.
Son dos vidas pequeñitas: de veinte años la una, de veintiséis la otra; pero la
una produce una teoría de grupos que invade hoy todas las ramas de la
Matemática y empieza a invadir la Física; la otra produce un teorema que “abre
un nuevo” capítulo en la historia del Álgebra, y las dos están llenas de episodios
que, como los de la, vida de Nuestro Señor Don Quijote, unas veces nos hacen
reír y otras veces nos hacen llorar. Aludo a Galois y a Abel, muertos ambos en
plena juventud. Los segmentos que gráficamente, representan sus vidas tienen
un trozo superpuesto que dura dieciocho años: desde 1811, fecha del
nacimiento de Galois, hasta 1829, fecha de la muerte de Abel, trozo que
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constituye, al propio tiempo, uno de los períodos más densos de la historia de
Europa: período de revoluciones políticas, de luchas filosóficas, de
mejoramientos económicos, de adelantos científicos y de ansias de libertad en
la plena eclosión romántica del primer tercio del siglo XIX.
En ente ambiente nació, vivió y murió Galois y este ambiente respiró
también Abel durante sus viajes por el centro de Europa, cuando hasta los fríos
fiordos de su Noruega natal aún no habían llegado las chispas encendidas del
romanticismo: esa brillante rosa pomposa cultivada en los jardines amables de
Francia —patria de Galois— como reacción contra el falso idealismo de la
época inmediatamente anterior.
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muchas de las proposiciones intermedias utilizadas para llegar a sus
conclusiones, punto de vista completamente opuesto al de otro gran
matemático: Lagrange, que decía que un matemático no ha comprendido su
propia obra hasta que no la ha hecho suficientemente clara para podérsela
explicar a la primera persona que vea al salir a la calle.
Con el bagaje científico a que se acaba de aludir, el joven Abel se preparaba
para su ingreso en la Universidad cuando murió su padre, el año 1820, dejando
a su numerosa familia: esposa, seis hijos (Niels-Henrik era el segundo) y una
hija, en la más angustiosa situación económica.
Era preciso un gran amor, una verdadera pasión por la Matemática, ciencia
tan escasamente productiva, para perseverar en su estudio en aquellas
condiciones, a las que se agregaba la pobreza de la Universidad de Cristianía,
cuyas cátedras —único puesto a que podía aspirar un matemático puro—
estaban mal retribuidas; pero Abel, que llevaba encendida en la frente la
antorcha de la inquietud espiritual y sentía en su alma un ansia incontenible de
superación, no cejó en su empeño, y en medio de las mayores dificultades y de
apuros económicos sin cuento, ingresó en la Universidad en julio de 1821, y
dos años más tarde empezó a publicar sus primeros trabajos en francés,
convencido de la importancia científica de este idioma y de la inutilidad del
suyo materno para darse a conocer en el mundo matemático.
Este mismo año, 1823, Galois ganó media beca en el Colegio de Reims y
poco después se trasladó a Parla para estudiar en el Liceo Louis-le-Grand,
donde tuvo lugar el primer incidente de su azarosa vida. En su expediente
escolar, iniciado al empezar la enseñanza secundaria, se lee esta nota: “Es
dulce, lleno de candor y de buenas cualidades, pero hay algo raro en él.”
En efecto, Galois era un raro. A pesar de sus doce años, discutía
violentamente sobre política, interesándose por la situación de Francia. Sus
frases, que salían como saetas de sus labios pueriles, tenían trémolos de
emoción y palpitaba en ellas un ansia de libertad que hacía torcer el gesto al
director del Liceo, terrible realista.
Cuando no hablaba de política, tema que lo volvía agresivo, Galois era un
adolescente dulce y soñador. Pocos meses después de su entrada en el Liceo,
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dice su expediente: “Nada travieso; pero original y singular; razonador”; y en
las notas de fin de curso se consignan estas frases: “Hay algo oculto en su
carácter. Afecta ambición y originalidad. Odia perder el tiempo en redactar los
deberes literarios.”
Sólo es verdad, en parte, este juicio. Cierta la originalidad y la ambición;
falsa su aversión por la literatura. Galois leía no sólo a los escritores de su
tiempo, sino también a los clásicos, y discutía en las tertulias literarias de la
época.
Vernier, profesor de Matemática del Liceo, fue quien descubrió al futuro
genio. “La locura matemática domina a este alumno escribía en su informe de
fin de curso, y sus padres debían dejarle estudiar Matemática. Aquí pierde el
tiempo, y todo lo que hace es atormentar a sus profesores y atormentarse a sí
mismo”
Tenía razón Vernier. A poco de estar en el Liceo, Galois inspiraba a sus
profesores y condiscípulos una mezcla de temor y cólera. Suave y violento,
dulce y agresivo a un mismo tiempo, aquel niño de doce años era la encarnación
de una paradoja viva.
Por aquellos días, las enconadas luchas políticas de la calle tuvieron eco en
el Liceo, y Galois capitaneó un grupo de revoltosos. Fácil es adivinar la
consecuencia: el joven Evaristo fue expulsado del Liceo.
No por eso se enfrió la amistad de Vernier, quien le aconsejaba que
trabajase ordenada y metódicamente. Imposible; Galois era la encarnación del
desorden y del frenesí.
Abel, en tanto, guiado por Holmboë, estudiaba sistemáticamente, y el año
en que Galois fue expulsado del Liceo, Abel obtuvo una beca para realizar un
viaje a Copenhague a fin de ponerse en relación con los famosos profesores
Degen y Schmidten. Se instaló en casa de un tío suyo: el capitán Tuxen, desde
donde sostenía frecuente correspondencia científica con Holmboë. En una de
sus cartas, y en medio de una exposición de teorías matemáticas, se encuentra
esta frase: “Las mujeres de esta ciudad son espantosamente feas”, y como si su
bondad, que era una de sus cualidades características, se sintiera herida por tan
espontáneo y cruel juicio acerca de la belleza de las dinamarquesas, agrega:
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“pero son graciosas”; y, sin dar más importancia al asunto, sigue escribiendo de
Matemática con aquella su letra apretada y menudita que fue el terror de los
tipógrafos.
El 29 de marzo de aquel año, 1824, Abel consigue una pensión de
doscientos speciedaler anuales durante un bienio para estudiar en el extranjero,
y al poco tiempo publicó una memoria, no incluida en sus obras completas,
sobre las ecuaciones algebraicas en la que se demuestra la imposibilidad de
resolver la ecuación general de quinto grado, siendo, por consiguiente, el
primero que puso en claro esta importante parte de la teoría de ecuaciones y
haciendo un descubrimiento que Legendre consideró como el más trascendental
que hasta entonces se había hecho en el Análisis.
Abel editó esta memoria por su cuenta. Era pobre, muy pobre, tan pobre que
fue la pobreza quien lo mató. La impresión de aquel trabajo, el primero suyo de
envergadura, era cara, y Abel tuvo que suprimir algunas proposiciones a fin de
que el original no ocupase más de medio pliego, que salió de las prensas de
Gröndahl, según las noticias que nos ha transmitido Hansteen en el Illustreret
Nyhedsblad de 1862, pero lo más triste es que, además de suprimir
proposiciones matemáticas en el texto, Abel tuvo que suprimir alimentos en el
estómago para pagar la impresión.
En aquella memoria minúscula, escrita con la máxima ilusión por un joven
de veintidós años, está el germen de uno de los teoremas más importantes del
Álgebra: el germen, porque había un error inicial que, corregido por el propio
Abel, fue el origen del teorema que lo ha hecho inmortal, error fecundo como el
cometido después por Kummer, que le guió al descubrimiento de sus números
ideales.
El año en que Abel hizo su primera genial incursión en el campo del
Análisis, cayó en manos de Galois la Geometría de Legendre. Tenía entonces
trece años y leyó con avidez y de un tirón la obra, asimilando en pocos meses lo
que costaba dos años a los buenos estudiantes. En Álgebra fue otra cosa: sólo
disponía de un manual vulgar. Lo tiró descorazonado, y se dedicó por su cuenta
a leer a Lagrange.
Y la revelación fue. Legendre y Lagrange precipitaron su vocación. Como
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el pintor florentino, Galois pudo también exclamar: “Anch'io sonno,
matematico”. Si José Enrique Rodó, que tan bellísimas páginas ha escrito en
sus Motivos de Proteo sobre el Anch'io, hubiera conocido la vida de Galois,
habría inmortalizado el momento en que éste, leyendo a Legendre, comprendió
que “la vocación es la conciencia de una aptitud determinada”.
Entonces, decidió prepararse para el ingreso en la Escuela Politécnica, labor
que simultaneaba con otras actividades. Intervenía en las discusiones artísticas,
dividida la opinión en dos bandos: los partidarios del viejo Ingres, que había
expuesto El voto de Luis XIII, y los adictos al joven Delacroix con su Matanza
de Scio, discusiones que en vano intentó cortar el Gobierno adquiriendo el
cuadro del joven y concediendo la Legión de Honor al viejo; leía las odas
lacrimógenas de Lamartine, que acababan de aparecer, y odiaba por igual a los
bonapartistas, para quienes era sagrada la memoria de Napoleón, cuya carne se
pudría ya en Santa Elena, y al conde de Artois, viejo testarudo y fanático, de
poca inteligencia y mucha mala intención, que acababa de suceder a Luis
XVIII, como si el matemático en cierne hubiera adivinado lo caro que iba a
pagar Europa el delirio imperialista del corso audaz y la sangre francesa que
haría verter Carlos X.
Abel, por su parte, había conseguido que le ampliaran a seiscientos
speciedaler su pensión durante otros dos años y marchó a Berlín, adonde llegó a
fines de 1825. Inmediatamente fue a visitar a Adam Crelle, a quien entregó un
ejemplar de su memoria sobre la ecuación de quinto grado. Crelle lo recibió
fríamente. Aquel joven pálido, de mediana estatura, débil complexión, ojos
profundos y aspecto melancólico, predisponía a la simpatía, pero su descuidado
atuendo personal puso en guardia a Crelle, que se apercibió a un inminente
asalto a su bolsillo. Se equivocó; y, cuando en visitas sucesivas se convenció de
los profundos conocimientos del joven noruego, le invitó a acudir a su casa
todos los lunes para hablar de Matemática y oír música.
Entre un minué de: Mozart y un trozo de Rossini, cantado por una fraulein
de ojos azules y trenzas rubias, entre un lied de Schubert, que a la, sazón
triunfaba en Viena, y una cantata de Bach, en el salón de Crelle se discutían las
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cuestiones matemáticas del día y se comentaban los chismes de los
matemáticos. Allí conoció Abel a Dirksen y a Steiner y allí supo que Jacobi,
que ignoraba sus investigaciones, había demostrado que la solución de la
ecuación de quinto grado reducida a la forma:
x5 - 10qx 2 =p
dependía de una cierta ecuación de décimo grado; pero también supo que el
gran matemático prusiano dijo con plausible honestidad científica: “Abel está
por encima de mis elogios y por encima de mis propios trabajos”. Después, al
correr de los años, ambos habrían de compartir la gloria de la creación de la
teoría de funciones elípticas y el Gran Premio de Matemática de la Academia de
Ciencias de París: demasiado tarde para Abel porque el Premio se adjudicó al
año siguiente de morir y lo cobró su madre.
La amistad con Adam Crelle fue estrechándose. Muchas tardes paseaba con
él y con Steiner por los alrededores de Berlín, y las gentes, al verlos, solían
decir: “Ahí va Adam con Caín y Abel”. El papel de Caín le tocaba a Steiner
que, por cierto, era un infeliz. De esta amistad nació la primera revista del
mundo dedicada exclusivamente a la investigación matemática: el Journal für
reine und angewandte Matematik, que todavía se publica.
Durante aquel año y parte del siguiente, Abel viajó por Alemania. “Acaso
me decida, escribe Holmboë, a quedarme en Berlín hasta fines de febrero o
marzo, en que iré, por Leipzig o Halle, a Gotinga, no por ver a Gauss, que debe
tener un orgullo insoportable, sino por estudiar en la excelente biblioteca de su
Universidad.”
Por aquellos días vacó una cátedra de Matemática en Cristiania y se pensó
en él; pero estaba en el extranjero y, además, dice el informe, “no podría
ponerse al alcance de la inteligencia de los jóvenes estudiantes”. Se la dieron a
Holmboë.
Luego de visitar varias ciudades alemanas, se sintió atraído por el prestigio
de París y se dirigió a la capital de Francia, adonde llegó en junio de 1826. Su
nombre era ya conocido de Galois, que había leído algunos de sus trabajos, pero
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su estancia en la vieja Lutecia pasó inadvertida. Apenas le hicieron caso por
creerle oriundo de un país semisalvaje, lo que hizo despertar en él tal
sentimiento patriótico que, en lo sucesivo, firmó sus trabajos N. H. Abel,
noruego, declarando su nacionalidad con el mismo orgullo con que los súbditos
de Augusto declaraban su ciudadanía romana.
En París trabajaba por restablecer el Análisis sobre bases sólidas, y su
proyecto se encuentra claramente expresado en una carta al astrónomo
Hansteen:
El 14 de octubre del mismo año, 1826, Abel escribe, también desde París,
una carta a Holmboë en la que le dice:
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contra el atropello de que fue víctima el creador de la Geometría Descriptiva;
pero Cauchy dijo que aquello no tenla nada que ver con él. Políticamente era un
ingenuo: creía en la buena fe de los Borbones, y aunque Carlos X era un bufón
inepto forrado de déspota, cumplió con él sentándose en el sillón de Monge.
Claro es que cuando Carlos X fue desterrado, Monge volvió a ocupar su sillón
que esta vez dejó libre a Cauchy para seguir en el exilio a su amado monarca, el
cual le nombró preceptor de su hijo, el duque de Burdeos, que tenía a la sazón
nueve años. A Cauchy no le hizo mucha gracia el oficio de ama seca y regresó a
París, donde tuvo que bailar en la cuerda floja bajo el reinado de Luis Felipe.
El trabajo de que habla Abel en su carta versaba Sur una proprieté générale
d’une classe trés étendue des fonctions transcendentes y, por acuerdo de la
Academia, debió ser examinado por Legendre y Cauchy. A causa de la edad
avanzada de Legendre, se lo llevó a su casa Cauchy para hacer el informe y
perdió el original, o dijo que lo perdió. Cauchy tenía excesiva soberbia para
admitir rivales de veinticuatro años. Abel no se quejó. Era demasiado bueno, y
se limitó a escribir a Halmboë: “Cauchy es terriblemente católico y beato, cosa
rara en un matemático.”
Casi tres años después, el 14 de marzo de 1829, Jacobi, que había tenido
noticias del trabajo de Abel, se quejó a Legendre, quien le contestó el 8 de abril
siguiente diciéndole que el original en cuestión era apenas legible porque la
tinta estaba demasiado pálida, y disculpaba, en cierta forma, la incuria de
Cauchy. Precisamente dos días antes de la carta de Legendre había muerto
Abel. Su temprana muerte causó honda sensación en el mundo científico y el
cónsul de Noruega en Paris recibió el encargo de presionar al Gobierno francés
para que buscara el famoso manuscrito, el cual apareció, ¡naturalmente!, entre
los papeles de Cauchy. Se mandó a la imprenta con toda clase de garantías y...
se perdió. Afortunadamente, estaba compuesto; pero hubo que corregir las
pruebas sin posible cotejo.
La obra maestra de Abel, de la que ha dicho Hermite que contiene
inspiración para quinientos años de labor matemática, fue calificada por
Lagrange, con palabras, de Homero, de monumentum aere perennius, y en ella
se encuentra el que ha pasado a la Historia con el nombre de teorema de Abel,
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quien lo enunció textualmente así:
“Si se tienen varias funciones cuyas derivadas son raíces de una sola
ecuación algebraica cuyos coeficientes son todos funciones racionales de una
sola variable, se puede expresar la suma de un número cualquiera de tales
funciones por medio de una función algebraica y logarítmica, siempre que se
establezcan entre las variables un cierto número de relaciones algebraicas. El
número de estas relaciones no depende en modo alguno del de funciones, sino
sólo de la naturaleza de las funciones consideradas.”
En Navidad de aquel año salió de París dirigiéndose a su patria, a la que
llegó en enero de 1827. En mayo se pidió una nueva beca para él, que no fue
concedida porque el Gobierno carecía de fondos, y Abel tuvo que dedicarse a
preparar a los estudiantes para el examen philosophicum a fin de poder comer
malamente. Poco después fue nombrado Docent de la Universidad para suplir a
Hansteen, que había ido a Siberia en misión científica.
El mismo año de 1827 Galois fracasaba en la Escuela Politécnica. Era
natural. Muerto Monge, la Politécnica cultivaba la Matemática ortodoxa y
Galois era un heterodoxo hasta en Matemática.
Su fracaso fue un acicate. A los pocos meses publicaba su primera memoria:
Demostración de un teorema sobre las fracciones continuas periódicas, y
enviaba a la Academia de Ciencias una comunicación sobre la teoría de
ecuaciones algebraicas que Cauchy, encargado de presentarla, escamoteó.
Cauchy era un contumaz. Sectario fanático, votaba a los candidatos a la
Academia no con arreglo a su valor científico, sino a sus ideas religiosas;
realista borbónico, no podía ver con buenos ojos el trabajo de Galois, joven
republicano que amenazaba proyectar una sombra sobre su fama: y las
investigaciones de Galois fueron a hacer compañía a las de Abel, pero si las de
éste aparecieron gracias a la reclamación diplomática antes aludida, las de
Galois se perdieron para siempre.
Al año siguiente, Galois volvió a intentar el ingreso en la Politécnica,
haciendo un examen que ha dejado imperecedera memoria. Discutió con el
tribunal examinador en tonos acres, calificó de estúpida una pregunta sobre la
teoría aritmética de logaritmos, negándose a contestarla, y, como uno de los
profesores le hiciera observar su incorrección, le tiró a la cabeza el cepillo de
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borrar la pizarra y se marchó furioso, protestando contra la pseudociencia de
quienes calificó de ganapanes de la enseñanza.
Veinticinco años más tarde, Terquem escribía en los Nouvelles Annales de
Mathematiques, aludiendo al fracaso de Galois:
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envolvió a Cristina en una luz de alma, reflejo de su alma bañada ya en una
nueva luz: la luz de la inmortalidad.
En la necrología que publicó Crelle en su Journal, tomo IV, se leen estas
palabras que sintetizan la obra del matemático noruego: “Todos los trabajos de
Abel llevan la huella de una sagacidad y de una fuerza mental extraordinaria, y
a veces asombrosa, a pesar de la juventud del autor. Penetraba, por decirlo así,
frecuentemente hasta el fondo de las cosas con una intensidad que parecía
irresistible, las tomaba con una energía tan extraordinaria, desde lo alto, y se
elevaba de tal modo por encima de su estado actual que las dificultades parecían
desvanecerse ante la potencia victoriosa de su genio.”
Hasta Abel se conocía la expresión general de las raíces de las ecuaciones
de los cuatro primeros grados y se creyó que se podría encontrar un método
uniforme aplicable a una ecuación de cualquier grado. Los matemáticos se
ponían a resolver las ecuaciones sin saber si esto era posible, y unas veces
encontraban la solución y otras no. Abel siguió otro camino. En vez de buscar
una relación que se ignoraba si existía o no, se preguntó si tal relación era
posible y en esta pregunta estaba ya el germen de la solución.
Abel se propuso dos problemas:
En el fondo los dos problemas son uno mismo, ya que la solución del
primero debe conducir a la del segundo.
Para atacar de frente la cuestión, lo primero era precisar qué se entiende por
resolver algebraicamente una ecuación, punto que Abel definió sin ambigüedad
diciendo que consiste en expresar sus raíces por medio de funciones algebraicas
de sus coeficientes, es decir: que sólo contengan un número finito de
operaciones de sumar, restar, multiplicar, dividir y extraer raíces de índices
primos.
Planteado así el problema de la resolución de ecuaciones, Abel llegó a estas
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dos conclusiones:
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periódicos, Galois arengaba al pueblo y arrancaba aplausos delirantes a la
multitud, a la que se habían unido los orleanistas por el deseo común de acabar
con los Borbones. Expulsado Carlos X, fue proclamado rey de Francia Luis
Felipe el 9 de agosto, con gran disgusto de los republicanos, verdaderos autores
de la revolución, cuyo éxito aprovecharon los orleanistas en beneficio de su
candidato al trono. Con este motivo, Galois dirigió una violenta carta al director
de la Escuela Normal, partidario de Luis Felipe, y sucedió lo que tenía que
suceder. Fue expulsado de la Escuela.
Poco después ingresó en la artillería de la Guardia Nacional. “Si hace falta
un cadáver para amotinar al pueblo, contad con el mío”, dijo cuando, acusados
los artilleros de haber querido entregar los cañones a los republicanos, fue
disuelto el Cuerpo que primero comprendió que Luis Felipe, renegando del
origen revolucionario de su exaltación al trono, empezaba a evolucionar en el
sentido cada vez más conservador que le había de quitar la corona dieciocho
años más tarde.
Vino el proceso consiguiente y, declarados inocentes, los ensartados se
reunieron con unos doscientos correligionarios en Belleville, en los alrededores
de París, para celebrar la favorable sentencia. Al final del banquete Galois se
levantó a brindar y, con la copa en una mano y un cuchillo en la otra, sólo
pronunció estas palabras: “Para Luis Felipe.”
Se produjo un escándalo formidable. Algunos comensales huyeron saltando
por las ventanas: pero los más jóvenes rodearon a Galois para felicitarle por la
intención regicida de su brindis, y regresaron a París, donde acabaron la noche
bailando alegremente en la plaza Vendôme.
Y cuando a la luz lechosa del amanecer llegó Galois a su casa, los esbirros
que le aguardaban a la puerta le condujeron a la prisión de Santa Pelagia.
El abogado defensor de aquel niño rebelde consiguió su libertad gracias a
una estratagema. Afirmó que Galois, luego de las palabras “Para Luis Felipe”,
pronunció estas otras: “si traiciona a la patria”, que no fueron oídas a causa del
tumulto que se produjo.
Poco gozó de la libertad. El partido republicano tenía preparada una
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manifestación para el 14 de julio, y, entre las medidas gubernativas para
asegurar el orden, figuraba la detención de Galois. El pretexto fue la falsa
acusación de uso indebido del uniforme de artillero, y estuvo en Santa Pelagia
hasta el 6 de marzo del año siguiente, en que fue trasladado a un sanatorio
porque era un “importante detenido político”, a quien no se podía exponer a que
muriera víctima del cólera que a la sazón diezmaba a París.
La vida de Galois llega aquí a un periodo borroso. En el sanatorio debió de
conocer a una mujer: la misteriosa ella que, siempre hay que buscar en los
momentos cruciales de la vida de un hombre.
Conducido de nuevo a Santa Pelagia cuando pasó el peligro de la epidemia,
Galois acusa recibo de una carta a su amigo Augusto Chevalier con otra fechada
el 25 de mayo, en la que dice: “Tu carta, llena de unción apostólica, me ha
traído un poco de calma; pero ¿cómo destruir las huellas de las emociones tan
violentas que he sufrido? Releyendo tu carta observo una frase en la que me
acusas de estar emborrachado por la ola putrefacta de un mundo podrido que
ensucia el corazón, la cabeza y las manos. ¿Bo-rra-che-ra? Estoy desengañado
de todo, incluso del amor y de la gloria. ¿Cómo puede mancharme un mundo
que detesto?”
Cuatro días más tarde recobra la libertad y parece que estaba decidido a
pasar una temporada en el campo. Se ignora lo que sucedió ese día: 29 de
mayo; pero de su epistolario se deduce que, inmediatamente de salir de Santa
Pelagia, entró en colisión con sus adversarios políticos. En una carta fechada
ese día y dirigida “a todos los republicanos”, carta recogida por Raspail,
compañero de cárcel de Galois, en sus Lettres sur les prisons de París, dice:
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Al amanecer del otro día acudió al estúpidamente llamado “campo del
honor”. Duelo a pistola a veinticinco pasos. Un certero disparo de su adversario
le hirió en el vientre. No habían llevado médico y lo dejaron tendido en el suelo.
A las nueve de la mañana un campesino, que pasaba por allí, avisó al hospital
Cochin, a donde fue trasladado. Viendo los facultativos su fin inmediato, le
aconsejaron que recibiera los auxilios espirituales. Galois se negó. Es probable
que en aquel momento se acordara de su padre. Su hermano, único familiar que
fue avisado, llegó con lágrimas en los ojos, y Galois le dijo con gran entereza:
“No llores, que me emocionas. Necesito conservar todo mi valor para morir a
los veinte años”
Al día siguiente, el 31 de mayo de 1832, se declaró la peritonitis y murió a
las diez en punto de la mañana, siendo enterrado en la fosa común del
cementerio del Sur. Sus restos se han perdido, pero su pensamiento es inmortal.
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Capítulo 2
MONGE Y FOURIER
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precedido han admitido con ligereza algunas proposiciones de los nuevos
principios de filosofía natural, y los corrige. Necesita más conocimientos de
mecánica que los que hay en su época y crea la mayor parte de la mecánica de
los sólidos. Corregido Newton, creada así casi por completo la nueva ciencia,
empieza a rehacer la ciencia antigua, y tiene que abandonar el camino seguido
por sus predecesores. Así llega, por fin, a fórmulas que concuerdan
perfectamente con la experiencia. Para probar el rigor de sus teorías crea otra
que, si bien carece de importancia práctica, la tiene muy grande para los que
aprecian la ciencia por la ciencia: esta es la teoría de los voladores o cometas.
La opinión del mundo sabio se había rebelado contra las conclusiones de todos
les geómetras. Habla Jorge Juan y la Europa calla. Y, sin embargo, el autor del
Examen señala a cada geómetra sus errores; y en cuanto a los de Newton, los
hace recaer sobre las Academias que, con su autoridad, sostenían la de Newton.
Levéque traduce el Examen al francés y la Academia de París obtiene del
Gobierno el privilegio de la publicación.”
Después de la obra de Jorge Juan aparecieron: los “Freyen Perspective” de
Lambert, Zurich, 1774; los “Eléments de Géométrie” de Legendre, París, 1794,
y la “Geometria di compasso” de Mascheroni, Pavía, 1797; pero el progreso
máximo de la Geometría corresponde a los últimos años del siglo XVIII y
primeros del XIX que llenan tres nombres, franceses los tres, y los tres hijos de
la Revolución, que hacen brotar del viejo tronco euclídeo sendas ramas nuevas:
Gaspar Monge, varias veces ministro, que da al mundo la Geometría
Descriptiva; Lázaro Carnot, llamado con justicia el Organizador de la Victoria,
que funda la Geometría de la Posición, y Víctor Poncelet, prisionero de los
rusos en Saratov, que crea la Geometría Proyectiva.
Hablemos del primero, que tiene en otro compatriota y coetáneo, Fourier, el
complemento de su vida.
Gaspar Monge nació en Beaune, Borgoña, el 10 de mayo de 1746, y fue
hijo de un afilador, hombre aficionado a la cultura, que quería que sus retoños
llegaran a ocupar la posición social que a él le había sido imposible. Se
comprende, pues, la alegría del afilador cuando Gaspar ganó el primer premio
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en el colegio, al que siguieron después otros muchos, lo que le valió el honroso
título de puer aurcus, que fue el orgullo de su padre.
Apenas contaba catorce años cuando inventó una bomba de incendios. Sus
conterráneos quedaron maravillados del talento de aquel niño, que contestaba
invariablemente a las preguntas que le hacían sobre su invento: “He empleado
dos medios infalibles: una tenacidad a toda prueba y mis dedos, que han
reproducido mi pensamiento con fidelidad geométrica”, palabras que
caracterizan el genio de Monge: la perseverancia y la habilidad manual. La
primera, de acuerdo con la concepción goethiana, le condujo a dar una nueva
dirección a la Geometría, y la segunda le permitió ser ejemplo vivo de los
obreros que estuvieron a sus órdenes en uno de los momentos más dramáticos
de la historia de Francia.
A los dieciséis años levantó el plano de Beaune, trabajo que fue el origen de
su carrera. Sus profesores, que dependen del Oratorio de Lyon, lo propusieron
que ingresara en su orden y le recomendaron para que explicara Física en el
Colegio Central de la ciudad del Ródano; pero el afilador aconsejó a su hijo que
no aceptara porque un oficial de Ingenieros le había indicado que su porvenir
estaba en la Escuela Militar de Mezières, y allí acudió el joven Gaspar
ignorando que su humilde origen sólo le permitiría entrar en la sección práctica,
cuya más importante misión era la de défiler un Port con arreglo a laboriosos
métodos tradicionales que Monge no tardó en simplificar; pero su genio
inventiva tropezó con la resistencia pasiva de sus superiores cuyo misoneísmo
les impedía aceptar novedades.
Sin embargo, Monge era tenaz, y pudo, al fin, imponer sus procedimientos.
Entonces le nombraron profesor adjunto, previo juramento de no revelar su
secreto.
Poco después, cuando sólo tenía veintidós años de edad, realizó algunas
investigaciones sobre las propiedades infinitesimales de las curvas y superficies
y presentó a la Academia de Ciencias de París, el 11 de enero de 1771, una
Mémoire sur les développées, les rayons de courbure et les différents genres
d’infléxions des courbes a doble courbure, que tiene excepcional importancia
tanto para la Geometría Analítica como para la teoría de curvas alabeadas, y fue
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nombrado profesor titular de la Escuela: primero de Matemática y luego,
además, de Física, lo que le obligaba a un doble trabajo abrumador.
Pero esto no le impedía acudir a salones y tertulias. Hijo de su siglo, Monge
gustaba del diálogo galante y de la conversación literaria, haciendo compatible
la rigidez de su formación científica con la flexibilidad de su espíritu de
mosquetero. En una recepción oyó hablar en términos poco correctos de una
joven y bella viudita a cierto galán despachado, y, nuevo Quijote, no sólo
defendió caballerescamente a la dama, de la que ignoraba hasta el nombre, sino
que pasando a vías de hecho dio una descomunal bofetada al galán. Era
inevitable el desafío, y Monge propuso que fuera a muerte nada menos; pero los
padrinos pudieron arreglar el asunto por medio de un acta y no se verificó el
duelo. Unos meses después, en otra recepción, le fue presentada una joven de
veinte años cuya singular belleza le produjo honda impresión: el consabido
flechazo tan a la orden del día en aquella época. La joven era la viudita quien
había defendido, y Monge le propuso, sin más preámbulos, casarse
inmediatamente. Ella le contestó que tenía que arreglar algunas cuentas
pendientes de su esposo antes de decidirse a contraer nuevo matrimonio, a lo
que Monge respondió: “No se preocupe por eso. Yo he resuelto muchos
problemas más difíciles”. Y en efecto, se casó con ella.
Esto ocurría el año 1777, cuando ya su nombre era conocido en los centros
científicos de París. Sus trabajos sobre las ecuaciones en derivadas parciales
utilizando originales consideraciones geométricas, habían llamado la atención
de los matemáticos, y con razón dijo Lagrange: “Avec son aplication de
l’Analyse á la representation des surfaces, ce diable d’homme sera immortel”.
Por entonces empezó a bullir en su cerebro la idea de la que con feliz
neologismo llamó Geometría Descriptiva; pero la rivalidad entre las Escuelas
Militares francesas del antiguo régimen retrasó el conocimiento de sus métodos.
Tres años más tarde, Condorcet y D’Alembert aconsejaban al Gobierno la
fundación de un Instituto de Hidráulica en el Louvre, y Monge fue llamado a
París con la obligación de residir la mitad del año en la capital y la otra mitad en
Mezières.
*R3N3*
Y aquí termina la primera época de la vida de Monge, época dedicada a la
enseñanza y a la gestación de su obra inmortal.
La segunda época es dinámica y tumultuosa. Nacido del pueblo, Monge
abrazó con entusiasmo los principios de la Revolución; y cuando después de la
batalla de Valmy, 20 de septiembre de 1792, que, al decir de Goethe, abrió una
nueva era en la Historia, quedó abolida la Monarquía e implantada la República
en Francia, la Asamblea Legislativa le nombró ministro de Marina, cargo que
desempeñó hasta el 13 de febrero de 1793 en que dimitió porque creyeron que
no era suficientemente radical; pero fue reelegido el 18 al convencerse la
Convención de que quien iba a producir una revolución en la Geometría era un
perfecto revolucionario en el sentido que daban a esta palabra los hombres del
89.
Fue un ministro incorruptible. No ignoraba que su cabeza podía caer en el
cesto fatal, pero nunca claudicó ante los ignorantes ni ante los ineptos, y su
encendida fe en los destinos de Francia sólo abrigaba un temor que las
disensiones internas de su país, que estaba, además, desarmado, facilitaran la
ofensiva del extranjero y redujesen a la nada las conquistas de la Revolución.
Con perfecta acuidad política, Monge denunció el peligro; y cuando se
produjo la ofensiva, la Convención le autorizó, con fecha 10 de abril de 1793,
para poner en práctica sus ideas salvadoras. La primera preocupación de Monge
fue abastecer los arsenales que no tenían municiones para hacer a la situación.
El cobre y el estaño para fabricar el bronce de los cañones y el salitre
indispensable para la pólvora eran de procedencia extranjera. “Dadme salitre y
en tres días cargaré los cañones”, dijo Monge a la Convención. Y ¿de dónde lo
sacaremos?”, preguntaron los convencionales. “De los sótanos de las casas”,
respondió Monge respaldado por Berthollet que, como todos los científicos, se
había adherido a la causa de la Revolución.
Toda la nación se puso en pie de guerra. Se movilizó un ejército de
novecientos mil hombres para defender el suelo francés y bajo la dirección de
Monge, Francia se convirtió en una inmensa fábrica de material bélico. Sólo en
París se establecieron doscientas cincuenta y ocho fraguas y quince herrerías
*R3N3*
que construían mil fusiles diarios, la fábrica de Grenoble puso en práctica los
métodos de Berthollet y dio treinta mil libras de pólvora diarias y las
fundiciones produjeron al ritmo de siete mil piezas de bronce y trece mil de
hierro colado al año.
Con una actividad verdaderamente sobrehumana, puestos los ojos en un alto
ideal patriótico, Monge inspeccionaba fábricas y arsenales, corregía
personalmente los errores cometidos por los obreros, y por la noche, en vez de
entregarse a un bien merecido descanso, redactaba circulares relativas a la
manera de trabajar con la máxima eficacia en un tiempo mínimo. Su boletín
sobre El arte de construir cañones, fue el breviario de todas las fábricas y aún
hoy, después de siglo y medio, todavía se puede consultar con provecho.
Por una natural reacción biológica, la popularidad del gran matemático trajo
como consecuencia la formación de un grupo enemigo, Un día, al salir de su
casa, su esposa oyó susurrar misteriosamente a las vecinas que Monge y
Berthollet iban a ser denunciados. Loca de terror corrió a las Tullerías, donde
encontró al gran químico sentado tranquilamente bajo los castaños. Berthollet,
que era un ironista plácido y bonachón, le dijo que, en efecto, la noticia era
cierta, pero que tardaría una semana en convertirse en realidad, y con su
habitual placidez agregó: “Dentro de unos ocho días su esposo y yo seremos
detenidos, interrogados, condenados y ejecutados.”
La bella viudita recasada, que ya era una noble matrona, hecha y perfecta,
vio a su esposo ante la barra, acusado de traidor a la patria, y, luego de una
tempestuosa sesión, presidida por jueces parciales, subiría a la carreta trágica
para que la hoja de la guillotina realizara la mortal ablación del cuello que
tantas veces había ella rodeado con sus brazos.
Cuando Monge, al llegar a su casa por la noche, la encontró convertida en
un mar de lágrimas y conoció la causa de su inmensa tristeza, le dijo
sencillamente: “No sabía nada de eso. Lo único que sé es que mis fábricas
marchan estupendamente.”
Pero algo había de verdad en el rumor, porque poco después el “ciudadano
Gaspar Monge fue denunciado por su portero, lo que le obligó a ausentarse de
*R3N3*
París hasta que pasara la tormenta, que, afortunadamente, duró poco, y cuyo
final coincide con el principio de una nueva etapa de su vida.
El 9 de brumario del año II, 30 de octubre de 1793, “la Convención
Nacional, queriendo acelerar la época en que pudiera hacer extender de una
manera uniforme en toda la República la instrucción necesaria a los ciudadanos
franceses”, creó la Escuela Normal, en la que ingresarían “los ciudadanos ya
instruidos en las ciencias útiles, para aprender, bajo la dirección de los
profesores más hábiles, el arte de enseñar”.
Los alumnos eran designados por los municipios a razón de uno por cada
veinte mil habitantes; debían tener veinticinco años cumplidos, y “unir a
costumbres puras el más probado patriotismo”. Cobrarían, además, un sueldo de
mil doscientos francos anuales.
La Convención empezaba a poner en práctica el lema: “Después del pan, la
educación es la primera necesidad de un hombre”, que fue la divisa de Danton,
equivalente al “Despensa y escuela” que Joaquín Costa había de defender en la
España sin pulso de fines del siglo XIX, después del colapso del 98.
En nombre del Comité de Instrucción Pública, Lakanal redactó el
reglamento interior de la Escuela en que, además de las lecciones magistrales,
habría conferencias y discusiones en las que tomarían parte maestros y
discípulos.
Monge fue nombrado profesor de Matemática y se autorizó para explicar
públicamente sus nuevas concepciones que cristalizaron en la creación de la
Geometría Descriptiva, cuyo tratado no publicó hasta el año 1800. Aunque
según su autor, la nueva ciencia tenía por objeto “tirer la nation française de la
dépendence oú elle a été jusqu’á présent de l’industrie étrangère”, toda la obra
tiene carácter científico puro.
Los dos objetivos que perseguía Monge, eran, según sus propias palabras:
“El primero, dar métodos para representar en una hoja de dibujo, que no tiene
más que dos dimensiones, largo y ancho, todos los cuerpos del Naturaleza, que
tienen tres: longitud, anchura y profundidad, siempre que estos cuerpos se
puedan definir rigurosamente. El segundo objeto es proporcionar el medio de
*R3N3*
reconocer las formas de los cuerpos luego una descripción exacta, y deducir de
aquí todas las verdades que resulten en su forma y en sus posiciones
respectivas. Además, de igual modo que una vez planteado un problema el
Análisis da procedimientos para resolver las ecuaciones y deducir los valores de
cada incógnita, en la Geometría Descriptiva existen métodos generales para
construir todo lo que resulta de la forma y de la posición de los cuerpos. Esta
comparación de la Geometría Descriptiva con el Álgebra no es gratuita, puesto
que ambas ciencias están en íntima relación. No hay ninguna construcción de
Geometría Descriptiva que no tenga una traducción analítica, y cuando las
cuestiones no tienen más de tres incógnitas, cada operación se puede considerar
como la escritura de un espectáculo en Geometría. Sería de desear que estas dos
ciencias estudiasen simultáneamente: la Geometría Descriptiva llevaría a las
más complicadas operaciones analíticas la evidencia que las caracteriza y, a su
vez, el Análisis llevaría a la Geometría la generalidad que le es propia.
La idea de Monge, como todas las ideas geniales, es muy sencilla.
Supongamos dos planos: uno horizontal otro vertical, en ángulo recto, a la
manera de un libro abierto apoyado contra una pared. Si imaginemos cuerpo, un
cilindro, por ejemplo, para fijar las idea y lo proyectarnos sobre los dos planos,
tendremos, circulo sobre el horizontal y un rectángulo, de igual anchura que el
diámetro del círculo, sobre el vertical. Abatiendo ahora este plano sobre aquél,
resulta un solo plano, como el libro abierto sobre la mesa, y en él las dos
proyecciones, de dos dimensiones, del cilindro, que tiene tres.
Este es un método descriptivo que permite representar sobre una hoja de
papel los cuerpos del mundo exterior, y basta un pequeño entrenamiento para
leer en el plano con la misma facilidad con que se lee una fotografía aérea.
Claro es que la concepción de Monge ha tenido desarrollos posteriores, pero es
el genial geómetra francés quien hizo progresar la ingeniería militar, el dibujo
de máquinas y los métodos gráficos de construcción, y quien dio forma
definitiva a la obra encentada por Vitrubio para la arquitectura en la Roma de
Augusto; por Alberto Durero para la pintura en la Alemania luterana y por el
polifacético Leonardo da Vinci para ambas artes en la Italia del Renacimiento.
*R3N3*
A la creación de la Escuela Normal siguió la Central de Trabajos Públicos.
El 21 de ventoso año II, 11 de marzo 1794, Barére pidió una Escuela de
Ingenieros civiles y militares. El decreto, redactado por Fourcroy, se promulgó
el 7 de vendimiarlo año III, 28 de septiembre 1794, y la Escuela se inauguró el
10 de frimario, 30 de noviembre, y el 15 de fructidor siguiente, 1 de septiembre
1795, recibió el nombre de Escuela Politécnica, que conserva todavía.
Debía tener cuatrocientos alumnos, elegidos por concurso, y los estudios
duraban tres cursos, cobrando los estudiantes mil doscientos francos anuales,
como los de la Normal. Monge fue encargado de organizar la Escuela y explicar
Matemática.
La Convención, que había modificado por completo el sistema político y
social de Francia, no podía negarse a aceptar innovaciones pedagógicas, y
puede decirse que, a partir del año 1795, los métodos de enseñanza sufrieron
una transformación radical en manos de Monge. Hasta entonces, el sabio
propiamente dicho sólo enseñaba rara vez. Era un hombre dedicado a la
investigación, mal vestido y peor alimentado, que, por regla general, sabía lo
que todo el mundo ignoraba e ignoraba lo que todo el mundo sabía; un hombre
al margen de todos los demás, que sólo tenía contacto con sus compañeros de
tal o cual sociedad científica, de las que empezaron a crearse a fines del siglo
anterior, y que publicaba el resultado de sus meditaciones en alguna de las
revistas que ya se editaban y a las que se debe la iniciación del intercambio
intelectual que es hoy una necesidad imperativa y sólo era entonces un
balbuceo.
Pero a partir de Monge, el sabio no profesor es una excepción. Creció de
manera sorprendente el número de vocaciones científicas y, en particular, las
matemáticas, y más en particular las geométricas. Monge formó una verdadera
escuela de geómetras que ilustran los nombres de Lacroix, Hachette, Dupin,
Briachon y Gaultier de Tours, para no citar más que a sus discípulos
inmediatos, quienes introdujeron en la Geometría métodos demostrativos que
habrían rechazado los antiguos como una licencia incompatible con su
concepción matemática del rigor, pero que en manos de los geómetras de la
*R3N3*
escuela de Monge condujeron a resultados felices.
La Politécnica ejerció una influencia decisiva en la enseñanza de la
Matemática, a pesar de sus dos defectos originales: el sistema centralizador,
característica, por otra parte, de la política francesa, que hizo crecer demasiado
el número de alumnos, y el criterio de los tribunales examinadores que juzgaban
por las esperanzas de los candidatos, lo que trajo como consecuencia ciertos
lamentables fracasos, como el de Galois; pero hay que hacer a la Convención la
justicia de declarar que no sólo supo dirigir el patriotismo y la abnegación de
los franceses del período revolucionario, sino que su a veces exagerada neofilia
fue fecunda en materia de pedagogía matemática mediante la creación de las
escuelas Normal y Politécnica en las que dejó imborrable huella de león uno de
los más grandes geómetras de la Historia.
No hay que olvidar tampoco al ya citado Lakanal, que fundó las Escuelas
Centrales cuyos becarios ostentaban el título de “Discípulos de la Patria”, ni a
Condorcet, que creó la Sociedad Nacional de Ciencias y Artes, el 5 de fructidor
del año III, 22 de agosto 1795, lo que le acarreó no pocos disgustos y sinsabores
una vez apagado el fermento revolucionario.
Y llegamos ya al último período de la vida de Monge, que empieza el año
1796 con una carta de Napoleón en la que el militar decía al matemático:
“Permítame que le agradezca la acogida que el ministro de Marina de 1792
dispensó en cierta ocasión a un joven oficial de Artillería, desconocido y un
poco en desgracia. El oscuro oficial de entonces es hoy el general del Ejército
de Italia y tiene el honor de tenderle una mano agradecida y amiga.”
Esa carta fue el origen de la amistad entre Monge y Napoleón, amistad
desinteresada por parte de ambos, lo que no tiene nada de particular respecto de
Monge, que era noble, pero sí respecto de Napoleón, que era un ambicioso y
nada sensible a los afectos. Comentando esta amistad, el astrónomo Arago pone
en boca de Bonaparte esta frase: “Monge me adora como a una amante.”
Napoleón no olvidó que Monge, siendo ministro de Marina, le había
ayudado en su carrera, y su gratitud se tradujo por el nombramiento, juntamente
con Berthollet, de comisario del Directorio para seleccionar las obras de arte
*R3N3*
“regaladas” por los italianos como aportación voluntaria” para contribuir a los
gastos de guerra. Estos regalos y aportaciones voluntarias son eufemismos
napoleónicos que hoy no nos sorprenden. Comparado con los dictadores
actuales, Napoleón resulta un ingenuo en el arte de desvalijar; pero tuvo en
cuenta la opinión de Monge cuando éste le aconsejó moderación.
Al año siguiente de su viaje a Italia como perito de arte, Monge hubo de
hacer otro como miembro de la comisión nombrada para depurar
responsabilidades con motivo del asesinato del general Duphot. A la comisión
se le ocurrió la “luminosa” idea de proponer el establecimiento de una
República de tipo francés, a lo que se opuso sensatamente cierto diplomático
diciendo que había que poner un límite a todo, incluso a los derechos de
conquista. Los hechos le dieron la razón ocho meses después cuando,
proclamada la República en Italia, se encontró en un aprieto Napoleón, entonces
en El Cairo, y con é, Monge, que era una de las pocas personas que conocían el
plan de invasión a Egipto.
Y en este momento entra en escena Fourier, el creador de la Física
matemática moderna, con su Teoría analítica del calor, obra calificada por lord
Kelvin de gran poema matemático, a pesar de su evidente falta de rigor desde el
punto de vista de la Matemática pura.
José Fourier había nacido en Auxerre el 21 de mayo de 1768. Tenía, pues,
treinta años cuando conoció a Napoleón personalmente. Siendo un niño de ocho
años murió su padre, que era un modesto sastre, y el huerfanito fue
recomendado al obispo de Auxerre por una dama caritativa. El prelado lo
internó en la Escuela Militar de la ciudad, que regentaban los benedictinos,
donde no tardó en destacarse por su talento. A los doce años escribía sermones
para los signatarios de la Iglesia, quienes se los aprendían de memoria y los
lanzaban desde el púlpito como piezas oratorias originales.
Los benedictinos le aconsejaron que ingresara en su orden, y Fourier, que
sabía que la Escuela Militar no podía conceder el título de oficial al hijo de un
sastre, decidió meterse a fraile, a cuyo efecto hizo el noviciado en la abadía de
Saint Benoit; pero antes de pronunciar los votos estalló la Revolución y Fourier
*R3N3*
cambió la vida silenciosa de la celda conventual por la vida agitada del París de
1789, decidido a tomar parte en las revueltas callejeras y dedicarse a la
Matemática, ciencia con la que había trabado conocimiento en la Escuela
Militar de Auxerre.
Su inclinación natural le guió hacia el estudio de las ecuaciones numéricas,
y el 9 de diciembre de aquel año glorioso presentó a la Academia de Ciencias
una memoria que causó gran sensación en el mundo matemático, y fue
nombrado alumno de la Escuela Normal. Allí conoció a Monge y al poco
tiempo llegó a “maître de conférences”, pasando luego a la Politécnica, donde
afirmó su amistad con el creador de la Geometría Descriptiva.
El año 1798 ambos fueron nombrados, con Berthollet, miembros de la
Legión de Cultura que Napoleón llevó consigo a Egipto “para tender una mano
segura a los pueblos desgraciados y libertarlos del yugo brutal bajo el cual
gimen desde hace siglos, a fin de hacerles gozar sin retraso de los beneficios de
la civilización europea”, palabras que no son de un político, sino de un
astrónomo, Arago que explicaba, en 1883, las razones que movieron a
Napoleón para llevar a cabo la campaña de Egipto.
La flota francesa, que se componía de quinientos barcos, llegó a Malta el 8
de junio, y tres días después los gruñones tomaban la plaza, Como primera
medida civilizadora, Monge creó quince escuelas elementales y una Superior
calcada sobre el molde de la Politécnica. A los pocos días, el Oriente, que
llevaba el pabellón napoleónico y a cuyo bordo iban los tres mosqueteros de la
cultura europea: Monge, Fourier y Berthollet, zarpó rumbo a Egipto.
Durante la travesía, Napoleón trazaba todas las mañanas el plan de la
tertulia nocturna para después de cenar. Eran charlas de tipo científico y los
asuntos que más preocupaban al corso y que sometía constantemente a
discusión eran: la edad de la Tierra, su posible destrucción por el agua o por el
fuego y la pluralidad de mundos habitados. Este último tema demuestra que los
delirios de Napoleón superaban a los de Alejandro. El capitán macedonio
soñaba modestamente con conquistar el mundo entonces conocido, mientras
que Napoleón hacía planes subconscientes para invadir los planetas del sistema
*R3N3*
solar, porque el globo terráqueo, incluida América, de la que también pensó
adueñarse, era pequeño para su ambición teratológica. Si viviera hoy diría que
su espacio vital empezaba en la Luna.
El 1 de julio llegó la flota francesa a Alejandría, y Monge, Fourier y
Berthollet desembarcaron inmediatamente, apercibiéndose a remontar el Nilo
hasta El Cairo, lo que si bien les impidió presenciar el asalto de la ciudad a los
acordes de la Marsellesa, les puso a cubierto de una posible emboscada.
Napoleón era previsor; pero un día se llevó un susto descomunal al oír un
formidable cañoneo procedente del río. Temiendo por la suerte de los miembros
de la Legión de Cultura, abandonó el campo de batalla y corrió al galope de su
caballo hacia el sitio de donde procedían los cañonazos. El barco fluvial de los
intelectuales había varado en un banco de arena y era objeto de un ataque.
Monge servía la pieza como un consumado artillero e intentaba rechazar en
vano a los asaltantes, quienes, al divisar el famoso sombrero bicorne de
Napoleón, se dieron a la fuga.
Después de la batalla de las Pirámides, 20 de julio, el ejército francés entró
en El Cairo cantando a grito pelado “Allons, enfants de la patrie”, y los
egipcios, que no entendían una palabra, protestaban a su manera por la noche:
rebanando todos los cuellos franceses que podían, al amparo de la oscuridad.
Estos atentados preocupaban a Napoleón; pero como le preocupaban más
las noticias de París, decidió regresar secretamente a Francia con Monge y
Berthollet, dejando a Fourier en El Cairo para que continuara su labor cultural.
El viaje de vuelta no fue tan agradable como el de ida. Evidentemente, el corso
había desertado ante el enemigo y en vez de pensar en invadir los planetas
pensaba en su suerte si lo atrapaban los ingleses. Como todos los dictadores que
en el mundo han sido —y son— gustaba de los efectos teatrales y no se
resignaba a morir de una manera vulgar. ¡Qué lejos estaba entonces de pensar
que iba a acabar vulgarmente en un peñasco perdido en medio del Atlántico!
Encargó a Monge nada menos que hiciese volar el barco si era atacado por
los ingleses. Justamente al otro día apareció una silueta sospechosa en el
horizonte y todo el mundo se apercibió a rechazar el ataque; pero resultó que el
*R3N3*
barco era francés. Cuando se le pasó el susto, Napoleón preguntó por Monge y
grande fue su inquietud al no aparecer éste por parte alguna. Luego de un
minucioso registro, lo encontraron en el polvorín con una mecha encendida en
la mano, y costó no poco trabajo convencerle de que aquello era una barbaridad.
Monge y Berthollet llegaron a París en lamentable estado. No se habían
mudado de ropa durante toda la travesía. A Monge, en particular, no le conoció
su portero —¡tan sucio iba!— y se negaba a dejarlo entrar en su casa.
El 2 de enero de 1802 regresó Fourier. Había estado en El Cairo hasta que
los franceses, después de Trafalgar, se convencieron de que era a los ingleses a
quienes correspondía civilizar a Egipto.
Fourier fue nombrado prefecto del Isère con residencia en Grenoble, donde
tuvo que resolver no pocos problemas de orden público. La región estaba
agitada por las cuestiones religiosas que recientes descubrimientos
arqueológicos hacían incompatibles con la cronología bíblica; pero Fourier
consiguió la tranquilidad desempolvando los huesos de un tío abuelo: el
bienaventurado Pedro Fourier, y los grenobleses se olvidaron de la Biblia para
cantar alabanzas en loor de su coterráneo, tregua que aprovechó Fourier para
realizar grandes trabajos públicos: la desecación de las marismas, entre ellos,
que beneficiaron al departamento.
Durante su estancia en Grenoble redactó la Teoría analítica del calor, cuya
primera memoria presentó a la Academia de Ciencias el año 1807, obteniendo
tal éxito que los académicos propusieron este tema para el Gran Premio de
1812, al que concurrió Fourier y se lo llevó, a pesar de las reservas que hicieron
Laplace, Lagrange y Legendre sobre el rigor de ciertas proposiciones.
En esto radica precisamente la diferencia entre el matemático puro y el
físico-matemático. El matemático puro, el matemático a secas, sólo dispone de
las leyes de la Lógica como garantía de sus descubrimientos, mientras que el
físico tiene al alcance de la mano la realidad del Universo para comprobar
experimentalmente las deducciones de aquél. El matemático se mueve en la
serena región del pensamiento, mientras que el físico actúa en la región
tumultuosa del mundo exterior. El primero; se da por satisfecho cuando sus
*R3N3*
teoremas no tienen contradicciones internas ni están en oposición con
proposiciones ya demostradas o admitidas, mientras que el segundo exige el
acuerdo entre la teoría y la práctica, y cuando falla este acuerdo le vuelve la
espalda a los teoremas “demostrados”, con gran indignación del matemático
que quiere ver el Universo como un sistema de ecuaciones diferenciales con
arreglo a un fanatismo que hinca sus raíces en el determinismo newtoniano, y
para quien la falta de un parámetro en una fórmula es tan irritante como la falta
de un acento para un helenista en un texto de Platón; pero a veces se da el caso
—tal el de Fourier— de que, despreciando la meticulosidad lógica, el físico
construye un monumento matemático imperecedero.
La Física no toma una ecuación como, por ejemplo, la de Laplace relativa al
movimiento de un fluido y la tira contra la cabeza del matemático para que le dé
una solución general, sino que, las más veces, le pide algo mucho más difícil:
una solución particular que satisfaga ciertas condiciones dependientes del
problema que quiere resolver. Análoga a la aludida ecuación de Laplace es la
que encontró Fourier para el movimiento térmico de un conductor y, mediante
sucesivas experimentaciones con varillas metálicas, creó la teoría de los
valores-fronteras adaptando las soluciones de las ecuaciones diferenciales a las
condiciones iniciales dadas, y demostrando que toda función física se puede
desarrollar en serie trigonométrica bajo ciertas condiciones que,
afortunadamente, no tienen importancia desde el punto de vista práctico, y que
toda curva periódica, sin ordenadas infinitas, es descomponible en un cierto
número de curvas armónicas de períodos conmensurables, lo que dio origen al
invento de las máquinas llamadas analizadores armónicos, que permiten
determinar mecánicamente las amplitudes correspondientes a los períodos
necesarios para construir una curva periódica dada.
El año 1812, en que Fourier ganó el Gran Premio de la Academia de
Ciencias, anunciado como el año de la victoria, fue el de la retirada de Rusia.
Monge no había ido a la campaña porque era demasiado viejo. Tenía sesenta y
seis años, y cuando el famoso Boletín XXIX anunció la derrota del ejército
francés y su literatura fue como el canto de cisne del imperio napoleónico,
*R3N3*
Monge recibió tal impresión que sufrió un ataque de apoplejía. Su amor a
Francia era grande, como también era grande su afecto a Napoleón, lo que no le
impedía decirle a veces verdades como puños. Por ejemplo: cuando Bonaparte
se coronó emperador, los alumnos de la Escuela Politécnica promovieron un
alboroto que llegó a oídos del flamante césar, quien se quejó a Monge
preguntándole si los politécnicos se habían declarado enemigos suyos, y Monge
le contestó tranquilamente: “Es natural. Me costó mucho trabajo hacerlos
republicanos y, como usted ha cambiado de casaca tan bruscamente, no he
tenido tiempo todavía de hacerlos imperialistas.”
La amistad de Fourier, en cambio, se enfrió, y Luis XVIII lo respetó en el
cargo de prefecto del Isère. Por cierto que cuando el 19 de mayo de 1815
Napoleón volvió de Elba, Fourier, que estaba en Grenoble, marchó a Lyon para
prevenir al rey de lo que sucedía y el rey, con su borbónica cerrazón mental, no
le hizo caso. La consecuencia es demasiado conocida para recordarla. Lo que sí
diremos es que Fourier fue detenido y conducido a Bourgoin ante Napoleón,
que consultaba un mapa con un compás en la mano en el momento en que
Fourier entró en su despacho.
—¿Qué hay, prefecto? —le dijo Napoleón sin levantar la vista del mapa—.
¿Me ha declarado usted la guerra?
—Señor —respondió Fourier—, mi deber…
—¿Su deber? ¿Es usted tan ciego que no ve que nadie comparte su opinión?
Lo único que siento es que usted, un egipcio, un hombre que ha compartido
conmigo el pan del vivac, un viejo amigo, figure hoy en las filas de mis
adversarios. Seguramente olvida lo que yo hice por usted en El Cairo.
Fourier no quiso recoger la última frase. Era demasiado bueno para recordar
a Napoleón su huída.
Dos días después éste volvió a llamarle para darle cuenta de su plan.
—¿Qué le parece? —le preguntó.
—Un disparate condenado al fracaso —le respondió Fourier sin inmutarse.
Y agregó:
—Se puede usted encontrar con un fanático que le desbarate sus proyectos.
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—Los Borbones no cuentan ni siquiera con un fanático.
Y cambiando el tema de la conversación, añadió:
—Ya habrá leído que me han declarado fuera de ley. Yo seré más
indulgente. Me limitaré a expulsarlos de las Tullerías.
Cuando, en efecto, volvió a instalarse en las Tullerías, Napoleón, aparte de
sus proyectos bélicos, empezó a preocuparse de la cultura con más intensidad
que antes. Al fin y al cabo era hijo del siglo XVIII y discípulo de la
Enciclopedia, y, con su natural visión de la realidad, comprendió que los
ideólogos vencidos el 18 de brumarlo empezaban a dar señales de descontento.
Era ya demasiada la sangre vertida y Francia se veía complicada en nuevas
guerras. Los esfuerzos militares afectaban profundamente la economía nacional,
y aunque el bloqueo aduanero y la exclusión de las manufacturas inglesas
favorecían la industria francesa, hasta el punto de que en Italia sólo se permitía
la importación de productos textiles fabricados en Francia, la patria de Watt
seguía siendo insustituible, gracias al maquinismo que había tomado formidable
impulso en Inglaterra en el último tercio del siglo XVIII.
En Francia faltaban especialmente el algodón y los productos coloniales:
especias, café y, sobre todo, azúcar. Por cierto que la falta de azúcar dio origen
a una nueva industria. La Química había descubierto la existencia de azúcar en
la remolacha, y dos alemanes, Marggraff y Achard, consiguieron extraerla;
Napoleón, que carecía de escrúpulos, se aprovechó de este descubrimiento.
Por aquellos días empezó la decidida protección a los sabios. Humboldt,
Volta, Ampère, Gay-Lussac y otros supieron de su liberalidad, y alguno
también de su ingratitud.
En materia de enseñanza reorganizó las escuelas Normal y Politécnica,
dándoles un acentuado matiz uniforme, centralista y utilitario. Napoleón sólo
consideraba la Ciencia por sus aplicaciones prácticas y siempre prefirió las
escuelas profesionales a las universidades, porque ignoraba que las ideas son
tanto más fecundas cuanto más abstractas y que los grandes progresos
industriales se gestan en el silencio fecundo del laboratorio.
Los últimos años de Fourier fueron tristes. De su estancia en Egipto sacó la
*R3N3*
peregrina consecuencia de que el calor del desierto es condición indispensable
para la salud y se fajaba y forraba como una momia. En su casa hacía siempre
un insoportable calor de horno.
Durante la segunda Restauración tuvo que vender sus muebles para mal
comer, pero su situación económica mejoró un poco cuando sus amigos
consiguieron para él la dirección de la Oficina de Estadística del Sena.
La Academia de Ciencias lo llamó a su seno en 1816 y los Borbones no le
dejaron sentarse en el codiciado sillón; pero fue reelegido al año siguiente, y
desde el de 1822 desempeñó el cargo de secretario perpetuo hasta su muerte,
acaecida en París el 16 de mayo de 1830 a consecuencia de un ataque cardíaco,
en los momentos en que corregía las pruebas de imprenta de su obra sobre
ecuaciones numéricas, fruto de cuarenta años de estudios y meditaciones.
El final de Monge fue más lento. Aunque apenas se le veía, retirado casi
siempre en su casa de campo, no dejó de ejercer influencia sobre Napoleón, a
quien siguió admirando —no así Fourier— después de Waterloo.
La primera Restauración produjo en su imperial amigo un hondo
sentimiento de rencor hacia los que habían cambiado de ideario político; pero
atendió a los sentimientos de piedad que le invocó Monge, cuya doble carrera
de revolucionario y de favorito de Napoleón hizo de su cabeza, en el final de su
vida, un objeto codiciado por los Borbones, lo que le obligó a cambiar de
domicilio varias veces para huir de los esbirros que lo perseguían.
He aludido antes a la idea napoleónica de conquistar América, punto en que
parecen estar de acuerdo todos los historiadores. Sin embargo, la referencia de
Monge difiere. Su intimidad con Napoleón le presta caracteres de verosimilitud.
Según Monge, además de sus ambiciones de conquistador, Bonaparte tenía
ambiciones científicas. Quería ser un segundo Humboldt.
—Voy a empezar una nueva etapa en mi vida —le dijo en una ocasión,
poco antes de Waterloo— y quiero dejar obras y descubrimientos dignos de mí,
para lo cual necesito una persona que primero me ponga al corriente del estado
actual de la Ciencia y sea luego mi compañero de viaje al Nuevo Mundo.
Ambos recorreremos toda América, desde Alaska al cabo de Hornos para
*R3N3*
estudiar su fauna y su flora, así como los prodigiosos fenómenos de la Física
terrestre acerca de los cuales no han dicho todavía su última palabra los
científicos.
—Yo seré ese compañero —repuso Monge que tenía ya cerca de setenta
años.
—Usted es demasiado viejo. Necesito un hombre joven.
Monge pensó en Arago; pero los ingleses interrumpieron las negociaciones
metiendo a Napoleón en el Belerophon y mandándolo a Santa Elena.
El gran geómetra murió el 28 de julio de 1818, causando gran consternación
en el mundo científico. Los politécnicos pidieron permiso para asistir a su
entierro; pero el rencoroso Borbón que detentaba entonces el trono de San Luis,
lo negó. Al día siguiente los estudiantes acudieron en masa al cementerio, y
sobre la tumba del maestro depositaron una corona de rosas rojas, como la
sangre de quien nunca renegó de ser un humilde hijo del pueblo.
*R3N3*
Capítulo 3
TARTAGLIA Y CARDANO
Un desafío matemático
*R3N3*
inspiradas en las obras didácticas griegas, que no sólo no sustituyen el cálculo
de cantidades por combinaciones imaginadas con éstas, sino que tampoco
explican ni aun las fórmulas de las áreas, por medio de la medida de sus
magnitudes, las reglas del Álgebra extraían su demostración de las
construcciones geométricas.
Como concepción sintética de la Matemática, el Álgebra es una técnica de
cálculo sin contenido, un método Matemático por excelencia, en el sentido
luliano, cuyo papel se reduce a asociar elementos simples de tal modo que,
formando progresivamente compuestos cuya estructura es cada vez más
complicada, tiende a hacer inútil la inteligencia y a reducir el razonamiento a
reglas que se dejan aplicar Sucesivamente, pero como auxiliar de la Geometría,
produjo frutos en el Renacimiento dando una fisonomía especial a la ciencia de
Euclides y actuando sobre ella de un modo influyente para su desarrollo
ulterior, a pesar de la pesadez, inelegancia y laboriosidad con que se aplicaba; y
cuando, aparecen en la historia de la Matemática Tartaglia y Cardano, el
Álgebra sincopado sigue siendo una ciencia de origen árabe dedicada al estudio
sistemático de las ecuaciones o regla de la cosa, así llamada por haberse dado a
la incógnita el nombre de res, cosa, que los algebristas de la época
representaban por una R. La x con que hoy se representa es de origen
cartesiano.
Dos hechos casi simultáneos influyeron poderosamente en el progreso que
inicia entonces el Álgebra: la invención de la imprenta y la toma de
Constantinopla por los turcos. Gracias a los griegos cultos que huyeron de la
invasión otomana, el Occidente europeo conoció a los grandes matemáticos
antiguos cuyas obras habían sido desfiguradas por los copistas o por los
traductores árabes; y los originales griegos, sustraídos al pillaje turco y
multiplicados por el arte de Gutenberg, fueron la fuente purísima en que
calmaron su sed de saber los matemáticos renacentistas.
Los escritores contaban en la Edad Media con un número reducidísimo de
lectores a consecuencia de la escasez de las copias, y los hombres de ciencia no
tenían ningún centro de reunión, a diferencia de los de los tiempos clásicos, que
*R3N3*
lo tuvieron en Alejandría, de modo que puede decirse que la imprenta inaugura
la época moderna, lo mismo desde el punto de vista político que científico; el
Renacimiento se caracteriza por una gran actividad en todas las ramas del saber,
y el descubrimiento de América y las discusiones que precedieron a la Reforma
inundan Europa de ideas nuevas que la imprenta difundió.
La Matemática, en particular, y más en particular el Álgebra sincopada,
adquirieron gran desarrollo en Italia, primera que conoció los métodos griegos,
y recibió un impulso que dura hasta fines del siglo XVI, en que Viète inicia la
época del Álgebra simbólica.
Estudiadas las ecuaciones de primero y segundo grados, la Matemática
renacentista se hace esta pregunta: ¿Se puede encontrar la solución general de
las ecuaciones literales de grado superior al segundo? Tartaglia, Cardano y sus
discípulos contestaron afirmativamente para las de tercero y cuarto, pero quedó
abierto un nuevo paréntesis que cerró Abel en el siglo XIX demostrando la
imposibilidad de resolver algebraicamente las de grado superior al cuarto.
Se ignora la fecha exacta del nacimiento de Tartaglia, cuyo verdadero
nombre es Nicolo Fontana, según se desprende de su testamento, en el que deja
por heredero a su hermano Giampietro Fontana; pero se le conoce en la Historia
por su apodo de Tartaglia, el Tartamudo, a causa del defecto que tuvo para
hablar desde que, siendo niño, conoció los horrores de la guerra.
Cuando Gaston de Foix tomó Brescia, ciudad natal de Tartaglia, el 19 de
febrero de 1512, sus habitantes se refugiaron en la catedral acogiéndose al
derecho de asilo; pero allanada ésta por los soldados, uno de ellos infirió cinco
heridas al pequeño Nicolás, que quedó con el cráneo roto, abiertas las dos
mandíbulas y partida la lengua. Durante mucho tiempo no pudo hablar ni
comer, y, como él mismo cuenta en sus Quesiti et inventioni diverse, fue su
madre quien lo salvó “imitando a los perros, que se curan lamiéndose las
heridas”.
Por la misma obra sabemos que era hijo de un tal “Micheletto, cavallero de
casaca ignota” quien, al morir, le dejó, niño aún, con un hermano algo mayor y
una hermana, al cuidado de la madre “liquida di beni della fortuna”.
*R3N3*
Tartaglia fue un autodidacto. Luego de haber aprendido a leer y escribir,
meditó sobre las obras de los muertos, “sopra le opere degli uomini defonti”,
son sus palabras, dedicándose a la enseñanza en varias ciudades de la República
de Venecia. En el trienio 1521-23 ejerció el profesorado en Verona; en 1526
estaba en Mantúa; en 1534 enseñó en Venecia; en 1548 volvió a Brescia,
regresando después a Venecia, donde murió el 13 de diciembre de 1557.
La humildad de su origen y la estrechez económica en que siempre vivió le
impidieron tener una educación esmerada, por lo cual no escribió en latín, que
era el idioma culto de su tiempo, sino en el italiano vulgar que hablaban sus
conciudadanos.
Esto es casi todo lo que se sabe de la vida del gran matemático, cuya
primera obra: Nuova Scientia, data de 1537. En ella establece los principios de
la Balística y es, realmente, el primer libro que aplica el razonamiento
matemático a los problemas bélicos. Tartaglia sostuvo que el efecto máximo se
obtiene disparando el cañón bajo un ángulo de 45° y estudió la trayectoria de
los proyectiles, cometiendo algunos errores que no fueron advertidos hasta
1590, en que Diego de Alava, gentilhombre de cámara de Felipe II, publicó en
Madrid una obra con el mismo título, Nueva ciencia, que la de Tartaglia, en la
que, a diferencia de éste, consideró que podían combinarse el movimiento
natural y el violento de los proyectiles, deduciendo de aquí que su trayectoria
era una línea curva, estudiada matemáticamente por Jerónimo Muñoz,
catedrático de la Universidad de Salamanca.
Otro libro famoso de Tartaglia es el ya citado Quesiti o inventioni diverse,
Venecia, 1546, dedicado a
x3 + px = q
x3 = px + q
y que la
x3 +q = px
*R3N3*
quando che’l cubo restasse lui solo,
tu osserverai quest’altri contratti,
del numer farai due tal part’a volo,
che l’una, in l’altra, si produca schietto,
el terzo cubo delle cose in stolo;
delle quali poi, per commun precetto,
torrai li lati cubi, insieme gionti,
et co tal somma, sará ii tuo concetto;
el terzio, poi de questi nostri cónti,
se solve col segundo, se ben guardi
che per natura son quasi congionti.
Questi trovai, et non con pasi tardi
nell mille cinquecent’e quatro e trenta;
con fondamenti ben saldi, e gagliardi;
nella cittá del mar’intorno centa.
Fijándonos en el primer caso, que basta para captar la regla de Tartaglia, los
versos mnemotécnicos dicen traducidos literalmente:
*R3N3*
px de la cosa, incógnita, es igual a un cierto número q, determinemos, por los
métodos habituales, dos números y y z cuya diferencia sea q y cuyo producto
sea el cubo del tercio del coeficiente de la incógnita; se extraen sus raíces
cúbicas, y, restándolas, se tiene el valor de x, valor que, como se puede
comprobar, está obtenido por el mismo método que suele explicarse en los
tratados de Álgebra.
Los últimos versos indican el lugar: Venecia, y la fecha: 1534, del
descubrimiento:
*R3N3*
éste va con su nombre y todo lo demás es cosa mía.”
Irritado por estas palabras sinuosas, Tartaglia desafió a Cardano; pero éste,
deseando quedar al margen de toda disputa, se entendió con Ferrari, el cual
envió a aquél desde Milán, el 10 de febrero de 1547, un cartello di sfida,
proponiéndole una “controversia pública en un lugar cómodo para los dos y
ante jueces idóneos, sobre Geometría, Aritmética y todas las disciplinas que
dependen de éstas”, declarando estar dispuesto a hacer un depósito de
doscientos escudos destinados al vencedor y dándole un plazo de treinta días
para contestarle.
La respuesta no se hizo esperar. Nueve días después le escribió Tartaglia
desde Venecia, aceptando; pero con la condición de que Cardano, tomara parte
en la contienda.
Ferrari respondió en abril del mismo año con otro cartel de desafío que
agrió la cuestión. Aparte del detalle de estar escrito en latín, con la aviesa
intención de poner en un apuro a Tartaglia, dada su poca cultura literaria, decía
que durante un viaje de Milán a Florencia, el año de 1542, y mientras
descansaba en Bolonia, Aníbal de la Nave había comunicado a Cardano un
cuaderno de Escipión del Ferro en el cual “estaba expuesta elegante y
completamente la resolución de la ecuación cúbica”, dato de gran interés
histórico puesto que permitía poner en duda el derecho de prioridad de
Tartaglia; pero demostraba también la mala fe de Cardano al ocultarlo.
El 27 de abril contesta largamente Tartaglia insistiendo en que asistiera
Cardano al torneo, en el que podían tomar parte, además, todos los matemáticos
del mundo, y le planteaba treinta y un problemas, diecisiete de los cuales se
refieren a construcciones con una sola abertura de compás, tema que había sido
tratado por Abulguafa y por Alberto Durero, y parece que también por Escipión
del Ferro; pero así como éstos utilizaban una abertura en cada caso, Tartaglia
exigía que el radio fuese el mismo en todos los problemas, inspirándose,
evidentemente, en consideraciones teóricas.
Ferrari contestó el 24 de mayo con una carta plagada de injurias,
presentando sus contraposiciones y planteando otros problemas, treinta y uno en
*R3N3*
total, más complicados que los de Tartaglia, y algunos de los cuales excedían de
sus recursos matemáticos.
Fechada el 23 de junio, y concluida de imprimir el 9 de julio siguiente,
apareció la respuesta de Tartaglia, resolviendo veintiséis de las treinta y una
cuestiones propuestas por su rival, incluyendo las de carácter filosófico relativas
a un pasaje del Timeo de Platón y otro de Aristóteles, y termina su escrito con
este verso:
*R3N3*
En posesión de este dato, Cardano, cuyo perfil moral deja mucho que
desear, faltó al juramento prestado y publicó la solución de la ecuación en su
Ars Magna haciéndola preceder de palabras que indignaron a Tartaglia, quien
desafió a Cardano; pero éste no sólo rehusó el debate (fue su discípulo Ferrari
quien, manejado por él, lo sostuvo), sino que, acosado para que asistiese a la
controversia pública, huyó cobardemente de Milán a uña de caballo.
Es indudable, pues, que Tartaglia fue quien resolvió la ecuación de tercer
grado tal como ha llegado a nosotros, con absoluta independencia del método
empírico que Escipión del Ferro consignó en el cuaderno que todavía no se ha
encontrado a pesar de las pacientes y minuciosas búsquedas de matemáticos e
historiadores; pero como fue Cardano quien la dio a conocer y además en latín,
que era el idioma científico de la época, ha pasado a la Historia con el injusto
título de fórmula cardánica, negándosele a Tartaglia incluso la reparación
póstuma a que tiene indudable derecho.
*R3N3*
Capítulo 4
WEIERSTRASS Y SONJA KOWALEWSKI
El maestro y la discípula
*R3N3*
de los límites de la investigación experimental inventando un mundo real de
símbolos y de números, del que sólo es una sombra nuestro mundo, y
afirmando que los juicios matemáticos son verdades eternas, opinión que habría
de esgrimir Kant contra los materialistas de su tiempo. También es culpable
Kant del retraso de la Matemática porque su consejero áulico, Segnier, era un
expositor y no un investigador. Sírvale de disculpa el hecho de que cuando
publicó la Crítica de la razón pura, se ignoraba aún la función no auditiva de los
conductos semicirculares del oído, de cuya disposición anatómica depende el
número de dimensiones del espacio; pero desde que las dos ciencias más
recientes, la Biología y la Psicología experimental, con la audacia propia de la
juventud, le han faltado al respeto a las creencias tradicionales, los argumentos
ex mathematicis kantianos están derogados.
En el capítulo de cargos no olvidemos tampoco a Hegel, cuyos
razonamientos triangulares hicieron resucitar el culto mágico del número 3, que
se creyó derrotado en el siglo XVIII cuando ya parecía olvidada la filosofía de
los doctores de la Sorbona, quienes al poner la lógica aristotélica al lado de la
teología católica, empezaron por admitir la trinidad de pensamiento,
sentimiento y volición, que todavía no ha desaparecido por completo, y
subdividieron tales potencias en tres categorías, y así sucesivamente, para
colocar lo Absoluto en el vértice común de todos estos triángulos
desvanecientes.
Weierstrass comprendió que era necesario podar la manigua que rodeaba a
la Matemática para que ésta alcanzase su pleno desarrollo, y atacó el problema
en su raíz: el número irracional, cuyo estudio comenzó en el punto en que lo
había dejado Eudoxio, lo que le llevó al convencimiento de que todo el Análisis
había que construirlo sobre el número entero y de que toda la Matemática tenía
que hablar no el lenguaje oscuro de la filosofía hegeliana, sino el claro lenguaje
de los números naturales.
Y en esto, que era en cierta forma la realización del ideal pitagórico en
cuanto hipóstasis del Número, consiste uno de los méritos de Weierstrass, que
hubiera bastado para incorporar su nombre a la historia de la Matemática si no
*R3N3*
tuviera, además, otros títulos que lo hacen acreedor a ello.
Carlos Weierstrass nació el 31 de octubre de 1815 en Ostenfeld, Westfalia,
donde su padre, Guillermo Weierstrass, desempeñaba el cargo de funcionario
de Aduanas al servicio de Francia, recuérdese que el año 1815 fue el año de
Waterloo y hasta entonces Francia dominaba en Europa, y era un idealista
teórico y un tirano práctico. Le gustaba intervenir en todos los asuntos de su
hijo hasta cuando éste tenía cuarenta años y estaba ya en la cima de su
reputación.
La madre, Teodora Forst, era católica, religión que adoptó su marido al
casarse, abjurando del protestantismo. Murió cuando su hijo Carlos tenía once
años, dejando a éste y a dos niñas: Clara y Elisa, quienes cuidaron de su
hermano con solicitud maternal. El padre contrajo segundas nupcias al año de
enviudar, pero nunca se llevó bien con su segunda esposa.
Trasladada su familia a Westernkotten, pequeño pueblo, también de la
Westfalia, en el que no había colegio de enseñanza secundaria, su padre lo
mandó a Münster. Allí perdió el tiempo. O no lo perdió. Todo depende del
punto de vista en que nos coloquemos. Concurría a los premios, no por la
gloria, sino por su importe en marcos para bebérselos en cerveza, y con el
mismo objeto llevó la contabilidad de un almacén. Este es un detalle interesante
de la vida de Weierstrass. Él, que era un matemático puro, es decir, un espíritu
idealista, era también un espíritu práctico.
En vista de lo ocurrido en Münster, el padre lo envió a estudiar Derecho a
Bonn, donde estuvo cuatro años: desde 1834 a 1838, durante los cuales no hizo
otra cosa que beber cerveza y divertirse. Le molestaba tanto la Jurisprudencia
como el entusiasmo de las gentes de la patria de Beethoven por las sinfonías del
sordo genial. Porque otro detalle de Weierstrass es que no le gustaba la música:
cosa rara en un matemático. En la Opera se dormía. En cambio adoraba la
esgrima. Alto, corpulento, macizo, llegó a ser un virtuoso de florete. Como su
amigo personal y adversario científico, Leopoldo Koneeker, quien, físicamente,
era la contrafigura de Weierstrass. Sólo medía metro y medio de estatura.
En Bonn, y sin saber por qué, los caminos de la inspiración científica son
*R3N3*
más misteriosos aún que los de la inspiración artística, se despertó su afición
por la Matemática. Acaso fue la actuación de Plücker en la Universidad, donde
la presencia del iniciador de la dirección analítica de la Geometría Proyectiva se
destacaba más, ya que, a diferencia de Gotinga, en Bonn no había tradición
matemática. El hecho es que Weierstrass leyó en la pintoresca ciudad del Rhin a
Abel y fue tal su admiración por el matemático noruego que lo primero que
decía a sus discípulos cuando llegó a profesor era: “Leed a Abel”, y lo último
que les recomendaba era: “Leed a Abel.”
Weierstrass volvió sin ningún grado académico al lado de su padre, quien lo
envió otra vez a Münster para que estudiase lo que quisiera. En Münster estaba
entonces Cristóbal Gudermann, poco conocido a pesar de sus trabajos en el
Journal de Crelle, que era un entusiasta de la teoría de funciones elípticas. Diez
años antes Jacobi había dado a conocer sus Fundamenta nova theoriae
functionum ellipticarum y tenía en el profesor de Münster tan profundo
admirador que anunció un curso sobre dicha teoría. Tuvo un éxito. A la primera
lección de Gudermann asistieron trece alumnos; a la segunda uno solo:
Weierstrass. En el fondo se alegraron los dos. Nadie interrumpiría los diálogos
entre el maestro y su único discípulo.
En 1841 se preparó para ingresar en el profesorado secundario y, a petición
suya, Gudermann le propuso un tema verdaderamente matemático: demostrar
los desarrollos en serie de potencias de las funciones elípticas. Otro de los
temas, eran tres en total, para cuya preparación se concedían seis meses a los
candidatos, fue un estudio sobre el procedimiento de Sócrates aplicado a los
alumnos medios, que Weierstrass siguió incluso cuando fue catedrático de
Matemática superior. Las preguntas, hábilmente escalonadas, a la manera del
filósofo de la mayéutica que hizo geometrizar al esclavo ignorante del Menón,
son, en efecto, el método más fecundo que puede utilizarse con los estudiantes
de Matemática.
En la enseñanza secundaria estuvo Weierstrass quince años, los más
fecundos de su vida de investigador, y como su escaso sueldo no le permitía
sostener una correspondencia científica ni leer revistas, destaca en ellos más
*R3N3*
profundamente su poderosa originalidad. Trabajaba incansablemente. Como
Don Quijote, se pasaba las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio
en turbio, pero, el Amadís de Gaula de Weierstrass era Abel y, a diferencia del
héroe manchego, a quien del mucho leer y poco dormir se le secó el “celebro”,
el de Weierstrass fue cada vez más jugoso.
El mismo año de ser profesor de enseñanza secundaria escribió una
memoria sobre funciones analíticas y llegó al que se llama teorema fundamental
del Análisis, independientemente de la integral de Cauchy. Al año siguiente
conoció el trabajo de éste, mas no reivindicó el derecho de prioridad que, en
realidad, pertenece a Gauss, quien lo había descubierto en 1811; pero siguiendo
su costumbre de no dar a conocer sus investigaciones sino muchos años después
de realizadas, el princeps mathematicorum se dejó adelantar en éste como en
otros puntos.
Poco después, Weierstrass aplicó su método a los sistemas de ecuaciones
diferenciales que se presentan en el problema de los tres cuerpos, problema que,
desde Euler, se considera uno de los más difíciles. Matemáticamente, se reduce
a resolver un sistema de nueve ecuaciones diferenciales simultáneas lineales o
de segundo grado. Si existe una solución, ésta vendrá dada bajo forma de series
infinitas, y la solución existe si estas series satisfacen las ecuaciones, y, además,
son convergentes para ciertos valores de las variables. Weierstrass atacó el
problema con todo rigor, haciéndolo progresar de manera notable.
Posteriormente lo estudiaron: el francés Henri Poincaré en 1905, el finlandés
Carlos Frithiof Sudmann en 1906, el español José María Plans en 1916, el
colombiano Julio Garavito en 1918 y el peruano Godofredo García en 1950.
El año a que nos estamos refiriendo, 1842, Weierstrass era profesor del Pro-
Gymnasium de Deutsch-Krone, oscuro pueblecito de la Prusia Oriental, que
tiene el honor de haber sido donde Weierstrass hizo su primera publicación: el
Programa que tenían que redactar todos los profesores de enseñanza pública en
Alemania.
De Deutsch-Krone pasó al Gimnasio de Braunsberg en 1848, año de hondas
perturbaciones políticas. La caída de la Monarquía de julio, con la huida de Luis
*R3N3*
Felipe, tuvo gran repercusión en el centro de Europa y ocasionó, sobre todo en
Alemania, un cambio radical, iniciado en la segunda Cámara del Gran Ducado
de Baden, cuyas sesiones asumieron categoría histórica porque determinaron la
libertad de los pueblos germánicos en el siglo XIX.
El partido realista estableció la censura previa para la prensa, que, como
siempre, hizo brotar la literatura clandestina, y en Braunsberg floreció una serie
de poetas que cantaban la libertad en inflamados versos, los cuales aparecían
impunemente en la hoja local porque el censor, que odiaba la literatura y sólo
leía los artículos políticos, había dejado la censura de los versos a Weierstrass y
éste los dejaba pasar con gran regocijo de las gentes. Enterado el Gobierno,
tomó cartas en el asunto, pero como oficialmente el responsable era el censor, a
Weierstrass no le pasó nada.
También intervino en este movimiento democrático otro matemático ilustre:
Jacobi, a quien el exceso de trabajo le había ocasionado una gran depresión, y
su médico le recomendó que se metiera en política “para bien de su sistema
nervioso”. El bueno de Jacobi creyó en la eficacia de tan extraña receta y tomó
parte en algunas reuniones públicas. Acusado de espía por los realistas, se
defendió de la falsa acusación en un discurso que, como buen matemático,
cimentó sobre la lógica más inflexible. Fracasó. Indudablemente, no servía para
político, porque la lógica es la única arma que no debe esgrimir un político, y el
rey de Prusia le suprimió la pensión que le habla concedido ocho años antes.
Durante los seis años que siguieron al de 1848, Weierstrass trabajó
intensamente hasta el de 1854 que fue el de su consagración como matemático.
El Journal de Crelle publicó su memoria sobre las funciones abelianas y eran
tan nuevas y tan profundas las ideas de Weierstrass que Richelot, que ocupaba
en Königsberg la cátedra que Jacobi había dejado vacante al morir tres años
antes, consiguió que le nombraran Doctor honoris causa y él mismo fue a
Braunsberg para entregarle el diploma. En la cena que el director del Gimnasio
organizó en su honor, Richelot dijo: “Hemos encontrado en Weierstrass a
nuestro maestro”, y Brochard, editor del Journal de Crelle, que también acudió
al homenaje, lo llamó “el mejor analista del mundo”, título que ha recogido la
*R3N3*
Historia.
El Ministerio de Instrucción Pública le concedió una licencia de un año para
que se dedicara a la investigación pura y poco después fue profesor de la
Escuela Politécnica, de la Universidad, académico, etc., en una ininterrumpida
sucesión de triunfos que nunca le envanecieron. Weierstrass fue siempre un
hombre modesto. Ante un vaso de cerveza y acompañado de unos cuantos
discípulos, se sentía feliz. Además, era siempre él quien pagaba las
consumiciones.
En cátedra no escribía jamás en la pizarra. Dictaba a un alumno, y si éste se
equivocaba, borraba tranquilamente y volvía a dictar. Nada desconfiado,
prestaba sus manuscritos a todo el mundo, de lo que se aprovecharon algunos
para tomar notas y publicarlas como suyas, sin que Weierstrass protestara
nunca. Era, además, lento en publicar, y si no hubiera sido por sus discípulos se
habría retrasado su influencia en el desarrollo de la Matemática.
No es posible hablar de Weierstrass, sobre todo dado el carácter de estos
ensayos, sin decir algunas palabras acerca de su teoría del número irracional.
Sus otras contribuciones exigen conocimientos de Matemática superior, fuera
de los límites de este cursillo de vulgarización.
El antes citado Eudoxio de Cnido, que había heredado de Zenón lo que el
jefe de los eleáticos legó al mundo, y nada más, y cuyo concepto de la realidad
matemática le hizo alzarse contra su maestro Platón, sostuvo que, en
Matemática, no hace falta suponer la existencia de cantidades infinitamente
pequeñas, sino que basta conseguir una magnitud tan pequeña como queramos
mediante la división continua de una magnitud dada. Esta idea genial que
permitía tratar los números irracionales con la misma precisión que los
racionales, pasó inadvertida durante veintitrés siglos, y aún hoy, medio siglo
después de muerto Weierstrass, todavía tropieza con la pereza dogmática de
muchos profesores que sigue teniendo la opinión de que la Matemática moderna
es la Matemática superior y que las ideas actuales no deben llevarse a la
Matemática elemental. Con este criterio se consiguen, entre otras cosas, todas
ellas perjudiciales estas cuatro:
*R3N3*
1. empedrar el cerebro del alumno de conceptos anquilosados,
2. ahogar su espíritu crítico,
3. desarrollar teratológicamente su intuición en perjuicio de su facultad
razonadora
4. y obligarle, cuando llega a los estudios universitarios, a un doble trabajo:
olvidar lo aprendido para construir, sobre el solar limpio de escombros, un
nuevo edificio que podría elevarse más de lo que se eleva hoy en los países
en que todavía se explica la Matemática clásica, si los cimientos se
colocaran lógica y no dogmáticamente.
*R3N3*
buena es con el gesto, no raído;
poco ofende encerrada en cueva oscura;
mas para mayor gloria del marido
es buena cuando está en la sepultura.
Ni Molière ni Quevedo tenían razón. Eran antifeministas porque estaban
llenos de los prejuicios de la época, de los cuales hemos prescindido nosotros,
para nuestro bien y para el de ellas. Esto no quiere decir que la mujer deje de
inquietarnos como, evidentemente, nosotros la inquietamos a ella.
Madre, esposa, hija, hermana y amante, la mujer ha sido estudiada desde
todos los puntos de vista: en el hogar y en la calle, en el tálamo y en la mesa de
disección, y podemos afirmar que ha sido, es y será la preocupación del
hombre. Bien es cierto que mientras no aparece en nuestra vida, todo es paz y
calma en nuestro espíritu, y que en cuanto se atraviesa en nuestro camino,
nuestro corazón se agita y nuestra alma se altera, pero también es cierto que
como esta agitación y esta alteración son biológicamente normales, no debemos
hipertrofiar su importancia, ni aun literariamente. En la época de nuestras
abuelas, la mujer era el enemigo; en la nuestra es el amigo.
Se comprende, pues, el asombro de la aristocrática sociedad rusa en que
vivía Sonja cuando manifestó su deseo de ir a Alemania a estudiar Matemática,
es decir: la ciencia que diríase más alejada de toda preocupación femenina si no
supiéramos ya que la bella veneciana que una noche, paseando por el “piccolo
canale” en la inevitable góndola a la no menos inevitable luz de la luna, dijo a
Rousseau: “Lascia le donne e studia la Matematica”, daba al filósofo ginebrino
una lección de bovarysmo integral, que los días que corren han demostrado que
es falsa.
Hoy estamos convencidos de que la inteligencia no tiene sexo; pero en
aquella época había que salvar las apariencias y, para realizar sus propósitos,
Sonja contrajo un matrimonio blanco, conviniendo con su esposo de que sólo
serían como hermanos hasta que ella terminara sus estudios, y salió de Rusia
para Alemania siendo oficial y legalmente la señora Kowalewski, que viajaba
sola sin escandalizar a nadie.
*R3N3*
Siguió los cursos de Física de Kirchoff y de Helmholtz y conoció a Bunsen
en circunstancias que vale la pena de recordar. El famoso químico había dicho:
“Ninguna mujer profanará con su presencia mi laboratorio”. Sonja Kowalewski,
que era un diablillo, lo supo y fue a visitar a Bunsen dejándose el sombrero en
casa. Esto del sombrero tiene su explicación. Sonja era bellísima y, sobre todo,
tenía unos ojos fascinadores que ocultaba con un sombrero de anchas alas bajas
porque, al decir de un contemporáneo, “a la elocuencia de sus ojos nadie podía
resistir cuando quería obtener algo”.
A fines del 1869 Sonja estudiaba funciones elípticas en Heidelberg con Leo
Königsberger, que había sido discípulo de Weierstrass en Berlín, y tantos
elogios hacía del maestro que Sonja decidió ir a estudiar con Weierstrass.
Cuando se enteró Bunsen, previno al matemático. “Es una mujer que me ha
hecho renegar de mis propias palabras. Que no se quite el sombrero, porque sin
él es muy peligrosa”. Hoy el químico hubiera dicho que Sonja tenía ojos de
mujer fatal. Weierstrass se rió. No es que Weierstrass fuese un misógino, ni
mucho menos. Cuando se cruzaba en la calle con una mujer bonita volvía la
cabeza para contemplarla.
El aspecto serio de Sonja y sus conocimientos matemáticos encantaron a
Weierstrass quien escribió a Königsberger pidiéndole informes. Fueron
excelentes: Sonja tenía condiciones intelectuales para hacer de ella una gran
matemática.
Como la Universidad de Berlín no admitía entonces inscripciones
femeninas, Weierstrass pidió al Consejo universitario que exceptuara de tal
prohibición a la joven rusa. No lo consiguió, y ella entonces propuso al gran
matemático que le diera lecciones particulares, a lo que accedió Weierstrass.
Cuando Sonja fue a Berlín tenía veinte años, edad peligrosa para una mujer,
y Weierstrass contaba ya cincuenta y cinco, edad peligrosa para un hombre
porque suele retoñar la juventud ida. A la primera lección, Sonja acudió con
sombrero. A la segunda, sin sombrero. Era el otoño: la dulce estación en que se
deshojan las rosas. Weierstrass era desordenado: perdía con frecuencia sus
manuscritos y en más de una ocasión cuando, invitado a dictar una conferencia,
*R3N3*
se ausentaba de Berlín, tuvo que rehacer sus notas porque las primitivas se
habían quedado en el vagón del tren. Sonja, que no era tampoco un dechado de
orden, quiso corregir este defecto mandando hacer una caja de madera con llave
para que Weierstrass guardase sus papeles. En el primer viaje, Weierstrass
perdió la caja.
Durante cuatro años Weierstrass dio a Sonja lecciones privadas, sólo
interrumpidas por pequeños intervalos de vacaciones, y en el otoño de 1874 ella
volvió a Rusia dejando escrita una memoria, que se publicó después en el
Journal de Crelle t. LXXX, 1875, Zur Theorie der partiellen
Differentialgleichungen, en donde expone, aplica y desarrolla algunos
resultados inéditos de Weierstrass, y la Universidad le concedió el diploma in
absentia.
Weierstrass, con el prestigio que le daba su nombre, pidió a todas las
universidades del mundo una cátedra para su discípula, pero no fue atendido,
con gran disgusto del genial matemático, que no se recataba para censurar la
incomprensión de la burocracia académica.
Mientras Weierstrass lanzaba en todas las direcciones de la rosa de los
vientos el nombre de Sonja, ésta se entregaba de lleno a la vida mundana en San
Petersburgo, cuya atención había atraído por su diploma alemán. Periodistas,
literatos, poetas y hombres de mundo halagaron su vanidad femenina y Sonja se
olvidó de la Matemática.
De la nueva vida frívola de Sonja se enteró Weierstrass por Chebycheff,
catedrático de la Universidad de San Petersburgo que por aquellos días fue a
visitar a su colega alemán, quien escribió a Sonja preguntándole cómo era
posible que hubiera abandonado la Matemática. Sonja tardó en contestarle.
¿Será cierta la opinión que el donjuanesco tenor de Rigoletto expone entre
gorgoritos en la empalagosa aria del último acto?
Pero, como dice el poeta francés:
On revient toujours
á ses premiers amours
,y en octubre de 1878 Sonja escribe a su maestro haciéndole una consulta
*R3N3*
técnica, que fue el origen de una ininterrumpida correspondencia matemática e
íntima, hasta 1880, en que, sin esperar respuesta a una carta suya, Sonja marchó
a Berlín, donde, por sugestión de Weierstrass, estudió el problema de la
propagación de la luz en un medio cristalino, y a los tres meses regresó a
Moscú, tan transformada en su manera de ser, que no la conocieron sus
estúpidos admiradores de antes. Ni su marido tampoco, con el cual no
congeniaba.
El año 1883 fue a París para ponerse en relación personal con los
matemáticos franceses y allí recibió la noticia de que su marido se había
suicidado en Moscú a causa de dificultades económicas. Sonja se encerró en sus
habitaciones, presa de un ataque de nervios, y estuvo cuatro días sin comer. Al
quinto sufrió un desvanecimiento y, repuesta al día siguiente, pidió lápiz y
papel, lo llenó de fórmulas y se marchó a Odesa a leérselo a los matemáticos
reunidos allí en congreso, en el que tuvo un éxito delirante.
Mittag-Leffler pidió para ella una cátedra en la Universidad de Estocolmo.
El matemático sueco fue más afortunado que el alemán, y Sonja conservó su
puesto hasta el 10 de febrero de 1891 en que murió, recién cumplidos los
cuarenta años, aquella mujer excepcional tanto por sus dotes intelectuales como
por su belleza.
Su paso por la universidad sueca, además de los discípulos que formó, está
señalado por tres notabilísimas memorias: Über die Reduction einer
bestimmten Klasse Abel’scher Integraten 3-ten Bangeg auf eiliptische
Integrale, Acta Mathematica, t. IV,1885; Über die Brechung des Lichtes in
cristalinischen Mitteln, lb., t. XI, 1887, y el famoso estudio sobre la rotación
de un cuerpo sólido alrededor de un eje, al que la Academia de París concedió
el Premio Bordin de 1888 y cuyos resultados eran tan interesantes que la
Academia elevó de 3000 a 5000 francos su recompensa en metálico.
La concesión de este premio fue una de las mayores alegrías de Weierstrass,
quien recibió la noticia el día 24 de diciembre de aquel año, cuyas fiestas
navideñas tuvieron para el ya sexagenario profesor una nueva emoción. El
premiado era él en su discípula, a la que consideraba como una prolongación de
sí mismo. Lo mejor de su pensamiento se lo había comunicado a ella y ella lo
*R3N3*
había sublimado haciéndolo pasar por el crisol de su inteligencia privilegiada.
Seis años le sobrevivió. Al cumplir los setenta, Weierstrass recibió el
homenaje de todo el mundo científico y a los ochenta y dos, pocos antes de
morir, el 19 de febrero de 1897, la Universidad de Berlín celebró su jubileo con
solemnidad excepcional.
No se puede hoy andar por la ancha superficie del Análisis matemático sin
encontrar el nombre de Weierstrass a cada paso. En todos los capítulos ha
dejado impresa, con caracteres imborrables, una muestra de su genio.
Weierstrass era también poeta en el más noble y elevado sentido de esta
palabra. En una de sus cartas a Sonia, y hablando de Jacobi, dice: “Hay en él
[Jacobi] un defecto que se encuentra en muchos hombres muy inteligentes,
sobre todo en los de raza semítica: no tiene imaginación suficiente y un
matemático que no es un poco poeta no será nunca un matemático perfecto. Las
comparaciones son instructivas. La visión que abarca todo, dirigida hacia las
cumbres, hacia el ideal, designa a Abel como superior a Jacobi… de una
manera definitiva.”
A estas palabras pone Mittag-Leffler el siguiente comentario digno de ser
traducido: “La opinión de Weierstrass es de gran interés por muchos conceptos.
Al lado de la escuela del rigor matemático, cuyos más ilustres representantes
modernos son Gauss, Cauchy, Abel y el mismo Weierstrass, se ha desarrollado
poco a poco otra escuela que pretende percibir, gracias a ciertos aspectos
geométricos, caminos transversales en las verdades matemáticas. Se presenta de
buena voluntad en esta escuela el método de Weierstrass como una especie de
lógica aritmética casi escolástica, y se profesa que las verdades descubiertas no
se hacen jamás por vía puramente deductiva, en que cada proposición está
ligada inflexiblemente a la que le precede. Esto es absolutamente justo, pero el
ejemplo de Abel demuestra que es un error considerar los aspectos geométricos
como la fuente única de descubrimientos nuevos. Abel no se entrega jamás a
consideraciones geométricas y jamás mostró el menor interés por las
proposiciones o por los métodos geométricos. Sin embargo, tenía un don de
intuición como pocos lo han tenido antes o después de él. Y este don es el que
*R3N3*
le ha conducido a sus grandes descubrimientos. Pero, al propio tiempo, era
completamente opuesto a la pretensión que preconizan los protagonistas de los
aspectos geométricos en el Análisis: hacer aceptar como demostrados
rigurosamente teoremas que deducían de vagas consideraciones espaciales.
Abel era demasiado grande como pensador para tener tal pretensión. Había
visto muy profundamente la íntima conexión de las cosas para no saber que
incluso su intuición, necesitaba comprobarse por una deducción rigurosa. La
frase de Weierstrass: “El verdadero matemático es poeta”, puede parecer
singularmente extraña al gran público. Y, sin embargo, es así. Dicha frase no
implica sólo que al matemático le hace falta, como al poeta, imaginación e
intuición. Esto es verdad para todas las ciencias, pero no en el mismo grado que
para la Matemática. La frase tiene un significado de mayor alcance. Los
mejores trabajos de Abel son verdaderos poemas líricos, de una belleza
sublime, en donde la perfección de la forma deja transparentar la profundidad
del pensamiento, a la vez que llena la imaginación de cuadros de ensueños
sacados de un mundo de ideas aparte, por encima de la trivialidad de la vida y
más directamente emanados del alma misma que todo lo que haya podido
producir ningún poeta en el sentido ordinario de la palabra. No hay que olvidar,
en efecto, hasta qué punto el lenguaje matemático, hecho para las más altas
necesidades del pensamiento humano, es superior a nuestro lenguaje ordinario.
No hay que olvidar tampoco que el pensamiento interior está allí más completa
y claramente expresado que en ningún otro dominio del hombre.”
Weierstrass, que conoció las mieles del triunfo, conoció también las hieles
de la censura. Su adversario científico, antes aludido, fue Kronecker, que atacó
sus ideas fundamentales. La hostilidad empezó en 1872 cuando Weierstrass
presentó a la Academia de Berlín una curva continua en todos sus puntos y sin
ninguna tangente, asestando con ello, un golpe de muerte a la intuición
geométrica. La curva de Weierstrass tenía el valor de un experimentum crucis,
al que Kronecker negó todo significado.
Kronecker era un iconoclasta. En 1881 empezó también a atacar
públicamente a Cantor, alma sensible empapada de transfinitud, genial creador
*R3N3*
de la Aritmética transfinita, a quien los ataques de Kronecker hicieron dudar de
la solidez de su teoría de conjuntos.
Sus contemporáneos creyeron que la actitud de Kronecker era producto de
los celos, celos judíos, y no la tomaron en serio; pero hace pocos años se ha
visto que la Matemática presenta fisuras y que la opinión de Kronecker es, en
parte, responsable de la crisis actual.
La Matematica de hoy padece, en efecto, una enfermedad de infinito, sin
que hayan podido conjurarla los remedios drásticos de Weierstrass; pero
cualquiera que sea el resultado de esta crisis, Weierstrass tendrá siempre el
mérito de haber descubierto la raíz del mal, que es el primer paso indispensable
para curarlo.
*R3N3*
Capítulo 5
DESCARTES Y FERMAT
La época a que se contrae este trabajo, primera mitad del siglo XVII, tiene
muchos puntos de contacto con la actual. Terminaba entonces el Renacimiento,
como termina hoy la Edad Moderna, en el colapso que empezó en 1914, tuvo
una recidiva en 1939 y todavía no ha salido de él. En los días que vivieron
Descartes y Fermat, protagonistas del presente ensayo, como en los días que
vivimos, se hundía rápidamente un estado de cosas y no se había cimentado aún
uno nuevo. Como hoy, el mundo estaba incómodo.
El siglo anterior había despertado al encanto de las musas griegas
redescubiertas, y el ideal medieval de morir para este mundo quedó sustituido
por el ideal renacentista de vivir para este mismo mundo, cumpliéndose así la
exclamación del Petrarca: “Juliano renace”. Una luz inédita bañó las
condiciones de vida; se exaltó el individualismo; la conciencia humana protestó
contra la tiranía colectiva; Gutenberg coronó la obra de Colón y, al difundirse
las ideas nuevas, todos los valores espirituales se quebrantaron. La Roma papal
vio alzarse contra ella la figura de Lutero, y Francisco I de Francia, rey
cristiano, combatía al católico Carlos I de España, buscaba la amistad de los
protestantes de Alemania y se aliaba con los turcos.
El ansia de saber, el apetito de curiosidad que caracterizó al Renacimiento,
se prolongó hasta el, siglo XVII, que es el de los grandes matemáticos, cuya
*R3N3*
primera mitad ilustran especialmente los nombres de Fermat y de Descartes.
Nace Descartes en 1596 y Fermat en 1601; muere Descartes en 1650 y
Fermat en 1665. Tienen, por tanto, los dos un período común de cuarenta y
nueve años: medio siglo fecundo y denso, que vio crear la Geometría Analítica
con Descartes y la teoría de números con Fermat.
Ambos pertenecían a familias de parlamentarios y ambos estudiaron
Jurisprudencia: Descartes en Poitiers, Fermat en Toulouse; pero éste ejerció la
abogacía y aquél no. Descartes abrazó la carrera de las armas porque se aburría
en París, y Fermat fue magistrado en Toulouse porque tenía espíritu burgués;
Descartes fue filósofo y Fermat jurisconsulto y los dos dedicaron a la
Matemática sus ratos de ocio. Nada más, ni nada menos.
Descartes publicó su Geometría como un ejemplo de su método, y su labor
matemática sólo fue un episodio de su carrera de filósofo; Fermat escribió
mucho, mas fue su hijo Samuel quien editó la mayor parte de sus trabajos.
Ambos se dieron a conocer a través de su correspondencia con los sabios de su
tiempo; pero mientras la época de Descartes ha sido adjetivada con su apellido,
el nombre de Fermat, aunque parezca extraño, no aparece citado por Voltaire
entre los que ilustraron el que, con evidente cortesanía, llamó siglo de Luis
XIV.
Descartes y Fermat tienen de común su admiración por los griegos, franca
en Fermat, oculta en Descartes. Fermat reconstruye los Lugares planos de
Apolonio y traduce la Aritmética de Diofanto; Descartes quiere romper con la
tradición griega, pero su obra no es, en el fondo, sino un retorno a Grecia, y
ambos tienden un puente entre lo abstracto y lo concreto haciendo que la
Matemática pierda su rigidez antigua para asumir una categoría intelectual
independiente de toda representación empírica, y determinando un nuevo
aspecto de la Geometría que proyecta su influencia sobre el monismo de
Spinoza y sobre el dualismo de Malebranche, quienes inician una etapa de
filosofía matemática empapada de fermatcartesianismo.
Spinoza construye su ética more geometrico y espiritualiza la ciencia de la
extensión hasta considerarla como la ciencia de las ideas puras, y Malebranche
*R3N3*
estudia la extensión inteligible “con todas las líneas y figuras que se puedan
descubrir en ella”, eliminando por completo la imaginación. Spinoza se apoya
en el número inconmensurable para descartar las objeciones clásicas contra el
infinito actual; Malebranche defiende el concepto de número como relación, y
ambos tienden a satisfacer las exigencias de las ideas “claras y distintas”,
diferenciándose únicamente en que Spinoza dirige su pensamiento hacia el
hontanar del que manan las verdades científicas y Malebranche hacía el objeto
de la Ciencia.
Descartes publica su Geometría en 1637 y Fermat escribe su Isagoge el
mismo año, mas no lo da a conocer. Son dos obras de orientaciones distintas,
pero de igual contenido técnico. Fermat, fiel a la tradición griega, parte de las
proposiciones de los antiguos y les da mayor elegancia y sencillez; Descartes,
tomando como punto de arranque su concepción universal de la Ciencia, tiende
hacia el automatismo de la producción matemática, y los dos, eruditos Fermat y
metódico Descartes, perfeccionan la teoría de las secciones cónicas hasta que
los recursos del Cálculo Infinitesimal, ampliando el principio de
correspondencia entre las curvas y las ecuaciones, abrieron nuevos horizontes
fecundos. Fermat sólo utiliza el Álgebra como auxiliar del estudio de las figuras
que son siempre para él objeto de la Geometría; Descartes, en cambio, coloca el
Álgebra, con todos sus caracteres específicos, en un primer plano y hace surgir
un nuevo mundo geométrico mediante el automatismo a que se presta el método
algebraico, independientemente de la intuición directa de las figuras.
Tal es, a grandes rasgos, la síntesis del pensamiento de Descartes y de
Fermat. En cuanto a sus biografías, poco puede agregarse a lo dicho de Fermat
y mucho a lo de Descartes. Fermat contrajo matrimonio con Luisa de Long,
prima de su madre, y tuvo cinco hijos, Descartes permaneció célibe. Fermat
prefería la belleza a la verdad; Descartes la verdad a la belleza, y así se lo dijo
en una ocasión a una dama. Quizá por eso no se casó.
A despecho de su escepticismo racionalista, las ideas religiosas de Descartes
tenían una sencillez natural y no se comprende cómo sus obras fueron llevadas
al Índice a pesar de haber sido permitida su publicación por Richelieu,
*R3N3*
ignoramos, por cierto, la autoridad que podía tener el omnipotente cardenal para
prohibir o autorizar la publicación de los libros de un hombre de Ciencia, y
Fermat era un creyente sincero.
Fermat gustaba de la vida sedentaria; Descartes tenía el alma viajera.
Soldado a las órdenes del príncipe Mauricio de Orange, tomó parte en la guerra
de los Treinta Años, y cuando se cansó de la vida militar, se marchó a Alemania
y al poco tiempo regresó a París. La peste que diezmaba la capital y la guerra
contra los hugonotes hacían poco agradable la vida en Francia y se embarcó
para la Frisia oriental. Su aspecto de hombre adinerado excitó la codicia de los
marineros, quienes, hablando en su lengua materna, tramaron en presencia suya
un plan para desvalijarle. Descartes, que conocía el idioma, desenvainó la
espada y los obligó a desembarcarle. Visita después Holanda y luego marcha a
Roma, donde no intenta ver a Galileo, que acababa de ser condenado por la
Inquisición, porque él era también copernicano y el proceso del gran astrónomo
le aconsejó ser prudente.
Fermat, en tanto, trabaja como magistrado y apenas hace alguno que otro
viaje a París, donde conoce en una ocasión a Carcavi, el cual lo presentó al P.
Mersenne, en su celda del convento de los mínimos que frecuentaba Descartes,
cuya amistad con Mersenne era vieja.
Cuando Descartes tenía ocho años, su padre lo envió al colegio de La
Flèche, Anjou, que acababan de fundar los jesuitas, y allí estudió idiomas y
ciencias exactas y filosóficas, sintiéndose inmediatamente atraído hacia la
Matemática porque era la disciplina que le producía más satisfacción espiritual,
aunque luego, al correr de los años, la colocase en un plano subalterno respecto
de la Filosofía. En La Flèche conoció al P. Mersenne; y en el mismo colegio
adquirió una costumbre que conservó hasta sus últimos años: la de levantarse
tarde, que los jesuitas le consintieron a causa de su naturaleza enfermiza. Hasta
tal punto arraigó en él este hábito que cuando en 1647 le visitó Pascal, le dijo
que la única manera de producir un buen trabajo era no recibir visitas por la
mañana para no tener que levantarse.
La celda del P. Mersenne era una verdadera academia científica. A ella se
*R3N3*
habían trasladado las conferencias contradictorias semanales que se verificaron
en el Bureau d’adresse de Teofrasto Renaudot hasta el 1° de septiembre de
1642 en que, muerto Richelieu, ya no tenía Renaudot quien le defendiera de los
ataques de la Facultad de Medicina, y como su otro protector, Luis XIII, no
tardó en seguir a la tumba al cardenal, las reuniones fueron presididas en lo
sucesivo por el P. Mersenne, hasta la muerte de éste: 1648, que coincidió con
sucesos políticos que perturbaron la vida de aquellos coloquios sabios, hasta
1657, año en que se reanudaron en el palacio de Habert de Montmor, mecenas y
protector de Gassendi y, finalmente en 1666 y obedeciendo a sugestiones de
Perrault y de Colbert, Luis XIV elevó aquella tertulia a la categoría de
Academia de Ciencias, cuyos estatutos definitivos se aprobaron en 1669. La
Academia fue disuelta en 1793; pero no tardó en renacer como parte principal
del Instituto de Francia.
Se puede, pues, decir, que la Academia de Ciencias nació en la celda del P.
Mersenne, en la que estaba Descartes como en su propia casa, y adonde fue
Fermat con una acaso imperceptible timidez provinciana. Descartes y Fermat
contrastaban incluso en el aspecto exterior. Descartes era un elegante: vestía
trajes de impecable corte, espada al cinto, y sobre su chambergo de anchas alas
cimbreábase una pluma de avestruz. Fermat, en cambio, era descuidado en su
atuendo personal y sólo se preocupaba, en punto a coquetería masculina, de su
copiosa barba rubia que parecía reírse de la mosca negra que colgaba del labio
inferior de Descartes. Fermat era digno de las recias pinceladas de Velázquez y
Descartes hubiera sido un magnífico modelo de Van Dyck, mejor que lo fue de
Rembrandt.
La admiración de ambos por los geómetras de la escuela de Alejandría
cristalizó en una reforma de gran trascendencia. Ambos dieron flexibilidad a la
rigidez euclídea, haciendo intervenir el tiempo en las consideraciones
exclusivamente espaciales de los griegos, hasta el punto de que Descartes pudo
decir con orgullo: “Dadme espacio y movimiento y os daré un mundo.” Tres
siglos después, Einstein invirtió los términos de la concepción cartesiano y dijo
precisamente lo contrario: “Sin un mundo no hay movimiento ni espacio”, lo
*R3N3*
que demuestra que la Ciencia es un perpetuo fluir.
Las leyes científicas cambian, como todo, y muy especialmente en los días
de Descartes y en los días actuales, cosa que no debe sorprendernos. Como
entonces, todo está hoy en crisis. El movimiento literario de 1917, que se llamó
dadaísmo, acabó con la verborrea ripiosa del siglo XIX y destruyó el concepto
clásico de belleza, como cuatro años antes la teoría de la Relatividad había
dislocado el concepto de simultaneidad rebajando, por consiguiente, la Verdad
en sí; la Sociología ha destronado los conceptos del bien y del mal inmutables,
y el Arte, último ídolo romántico contemporáneo, ya no es el fin único de la
vida de muchos jóvenes, sino un medio de ganar dinero como cualquiera otro y
una actividad que, en el mejor de los casos, tiende al equilibrio goethiano, en
cuanto desarrollo armónico de las facultades humanas.
Cuando vivían Descartes y Fermat, Europa estaba en guerra y la artillería
tenía una importancia superior a la de hoy, perdido su efecto desmoralizador del
siglo XIII cuando empezaron a utilizarse los cañones, mejor dicho: las
bombardas y las culebrinas de mano, para destruir la moral del enemigo, como
hoy los aviones de bombardeo en las poblaciones de la retaguardia. En el siglo
XIII nació la que hoy se llama guerra fría; pero en el XVII, generalizado ya el
uso de la pólvora, se vio que era la artillería la que decidía las batallas.
¿Cómo determinar la trayectoria del proyectil? ¿Cómo estudiar su
movimiento en el tiempo y en el espacio? Por medio de las coordenadas que
faltaban en la Geometría de Euclides y que inventaron Descartes y Fermat, las
cuales permiten representar gráficamente la marcha de la bala desde que sale
del ánima del cañón hasta que da en el blanco.
En la vida de Descartes hay una fecha de importancia capital: el 10 de
noviembre de 1619. Descartes estaba en Francfort con motivo de las fiestas de
la coronación de Fernando II como emperador de Alemania. La noche de ese
día, reunido con otros oficiales del ejército del príncipe de Orange, cenó
copiosamente, y cuando se retiró a descansar iba un poco mareado por efecto de
los vapores de vino. Tuvo tres sueños, que él mismo ha relatado, los cuales
decidieron su porvenir. En su onírico delirio adivinó la unión del Álgebra y la
*R3N3*
Geometría, es decir: la Geometría Analítica, y decidió entonces abandonar la
carrera de las armas, que había abrazado no por espíritu bélico, sino porque era
un pretexto para viajar. “Yo, que considero el oficio de la guerra como filósofo,
dice en una de sus cartas: la CXVIII del tomo III de la colección de 1656, no lo
estimo en lo que vale e incluso me cuesta trabajo colocarlo entre las
profesiones honorables cuando veo que el ocio y el libertinaje son los dos
principales motivos que guían a los hombres para dedicarse a él.”
Apenas repatriado, conoció al cardenal Berulle, quien admirado de su
talento, le aconsejó que se dedicara exclusivamente a la investigación de la
verdad. Descartes aceptó esta sugestión y, para llevarla a cabo, se retiró a
Holanda y vivió durante veinte años, sucesivamente, en Amsterdam, El Haya y
Leyden, y, por último, en el delicioso pueblecito de Egmond, donde se consagró
por completo a la Ciencia, que, según él, “se puede comparara un árbol cuya
raíz es la Metafísica y el tronco la Física, y las tres ramas principales son: la
Mecánica, la Medicina y la Moral, que constituyen las tres aplicaciones de
nuestros conocimientos: al mundo exterior, al cuerpo humano y a la conducta
en la vida, respectivamente”.
Su dirección en Holanda sólo la conocía el P. Mersenne, que cuidaba de sus
asuntos económicos y recibía su correspondencia científica.
Entre tulipanes holandeses, Descartes meditó sobre todas las ramas de la
Ciencia: óptica, Química, Física, Astronomía, Medicina, y, sobre todo,
Filosofía, y concibió el plan de hacer una obra orgánica para cuya inteligencia
era preciso un prólogo, que fue creciendo hasta adquirir proporciones de libro.
Tal es el origen del Discours de la méthode pour bien conduire sa raison et
chercher la verité dans les sciences, en el que, por lo que toca a la Matemática,
dice:
*R3N3*
Bachet de Méziriac, que pide la solución de la ecuación
x2 + y2 = a2,
xn + yn = an
*R3N3*
números p < 14000, así es que hay que empezar a operar con números
extraordinariamente elevados.
El incidente entre Descartes y Beaugrand tuvo como consecuencia una
polémica entre aquél y Fermat. Beaugrand no sólo cometió la indelicadeza de
retener los pliegos de la Dióptrica, sino que se los dio a leer a Fermat, quien, en
abril de 1637, envió al P. Mersenne, para conocimiento de Descartes, ciertas
objeciones a su teoría de la reflexión de la luz, le pedía al propio tiempo algunas
obras del solitario de Egmond, el cual contestó a aquéllas el 5 de octubre. El
recuerdo de estas fechas es oportuno porque la Geometría cartesiano apareció
en Leyden el 8 de junio del mismo año, y el 1° de noviembre Fermat vuelve a
escribir a Mersenne sin aludir para nada a ella, lo que permite sospechar que no
la conocía, ya que el perfil moral de Fermat no autoriza a creer en una
ocultación maliciosa de sus lecturas.
Al mismo tiempo, Fermat había encargado a su amigo Carcavi que hiciera
llegar a manos de Descartes sus principales obras matemáticas y varias cartas
de éste a Mersenne demuestran que De locis planis et solidis y De maximis et
minimis habían sido leídas por Descartes en febrero de 1636, lo que comprueba
que estas obras no pudieron ser inspiradas por su Geometría.
El mismo mes Fermat pidió al P. Mersenne la opinión de Roberval sobre su
Isagoge y su Appendix, de modo que, además de aquellos libros, Fermat debió
encargar a Carcavi que también éstos fueran remitidos a Descartes y, por tanto,
si la Geometría vio la luz pública antes que los escritos de Fermat, éste había
encontrado simultáneamente, por lo menos, lo que constituye la esencia de la
Geometría Analítica, sin pretender con ello sustituir a la griega.
Fermat creía en el progreso ininterrumpido de la Ciencia. “Si este
descubrimiento, dice, luego de exponer su método, hubiese precedido a nuestra
ya antigua restitución de los dos libros de los Lugares planos, la construcción
de los teoremas y lugares hubiera sido más elegante; pero no lamentamos esta
producción porque es muy importante poder contemplar plenamente los
progresos ocultos del espíritu y el desarrollo espontáneo del arte: artem sese
ipsam promoventem.”
Fermat, como todos sus antecesores, consideraba que los problemas
relativos a las figuras son geométricos y en ellos interviene el Álgebra como
*R3N3*
medio auxiliar, mientras que con Descartes el Álgebra figura en primera línea
como técnica, como método de combinación y construcción, de tal modo que es
el cálculo algebraico el que legitima los resultados de la nueva Geometría,
destruye los escrúpulos de los griegos relativos a la definición de las curvas y
hace inútil la teoría de la construcción geométrica, que queda sustituida por la
síntesis de la construcción algebraica.
Liard, que ha calado profundamente en el pensamiento matemático
cartesiano, ha hecho observar que Descartes pretendió construir un Álgebra más
que una Geometría. “Descartes, dice fue el primero en ver que la forma de una
figura resulta de la posición de los puntos que la componen por medio de
magnitudes, abstracción hecha de toda idea de forma, de modo que reduce la
forma a la magnitud mediante la posición.”
Descartes, que alude muchas veces a su Geometría, insiste en los resultados
obtenidos que refiere siempre a su método, el cual no debe confundirse con el
procedimiento analítico de representar las líneas por ecuaciones; y así escribe
Mersenne: “Con la Dióptrica y los Meteoros he querido únicamente convencer
de que mi método es mejor que el ordinario y creo que lo he demostrado con mi
Geometría.”
Se comprende, pues, el efecto que le produjeron las objeciones de Fermat,
tanto más cuanto que Descartes profesaba un profundo desprecio no sólo por
sus antecesores, sino también por sus contemporáneos. Era ególatra y vanidoso;
pero, a pesar suyo, no pudo prescindir de unos ni de otros, lo que demuestra,
una vez más, que el pensamiento matemático evoluciona lentamente y que la
Geometría Analítica, como todos los capítulos nuevos de la Matemática, tuvo
una laboriosa gestación, cuyo feliz resultado no hubiera sido posible sin el
análisis geométrico de los griegos y el análisis algebraico de Viéte.
Descartes era, además, oscuro escribiendo. “He prescindido en mi
Geometría, dice, de muchas cosas que pueden servir para facilitar la práctica
lo he hecho y deliberadamente, excepto en el caso de la asíntota, que lo olvidé.
Había previsto que ciertas gentes, que se vanaglorian de saberlo todo, no
hubieran dejado de decir que yo no había escrito nada que ellos no supieran si
lo hubiese hecho en forma más inteligible”, soberbias palabras que denuncian
*R3N3*
su carácter, el cual no podía tolerar la crítica fermatiana de sus investigaciones
aunque fuese guiada por la noble idea de aportar perfeccionamientos a una
teoría.
Entre ambos matemáticos se cruzaron carteles de desafíos en forma de
problemas para resolver y teoremas para demostrar, mezclados con palabras
irónicas y descorteses por parte de Descartes, quien no podía disimular sus
celos.
Algo bueno resultó de esta discusión: un notable progreso en el
conocimiento de la parábola y de los sólidos engendrados por su rotación;
varias e interesantes cuestiones relativas a la teoría de números, y el principio
de las investigaciones sobre la cicloide cuya historia es muy embrollada a causa
de la intervención del propio Descartes en otra disputa entre Roberval y
Torricelli, quienes se acusaron mutuamente de plagiarios.
Descartes tuvo dos discípulas de regia estirpe: la princesa palatina Isabel, a
quien conoció en Francfort siendo niña y que vivía con su madre, exilada en
Holanda, donde recibió de aquél lecciones que mitigaron el dolor de unos
amores contrariados, y sostuvo con él una copiosa correspondencia científica
cuando el filósofo abandonó su retiro de Egmond para ser maestro de la reina
Cristina de Suecia.
Esta interesante mujer, de diecinueve años, un poco masculina, amazona,
cazadora, tuvo el deseo de legar al mundo algo más que una fecha en la
cronología de los reyes y llamó a Descartes, quien, gracias a la habilidad de
Chanut, embajador de Francia en Suecia, accedió a ir a Estocolmo adonde llegó
en el otoño de 1649, siendo objeto de una fastuosa recepción.
Poco duró su estancia en la capital sueca. La reina tenía caprichos absurdos.
Insensible al frío, jamás cerraba las ventanas de sus habitaciones, por lo cual sus
ministros siempre estaban de acuerdo con ella. Cuando acudían a despachar
tiritaban, y lo único que querían era marcharse cuanto antes.
A Cristina no le pareció mejor hora para recibir las lecciones de Descartes
que la de las cinco de la mañana: terrible suplicio para aquel hombre que no
estaba acostumbrado a madrugar y una pulmonía le causó la muerte el 11 de
*R3N3*
febrero de 1650, a los cinco meses de haber comenzado a iniciar a su regia
discípula en los secretos de la Matemática y de la Filosofía.
Diecisiete años después, cuando Cristina ya había perdido la corona, los
restos de Descartes fueron trasladados a París, excepto los huesos de la mano
derecha que conservó el representante de Francia como recuerdo por el éxito de
sus negociaciones. Fueron inhumados el 24 de junio de 1667 en la iglesia de
Santa Genoveva, de donde pensó trasladarlos la Convención, por decreto de 4
de octubre de 1793, al Panteón, y, mientras llegaba este momento, fueron
llevados al jardín del Elíseo. Acordada poco después la desaparición de éste, los
despojos de Descartes encontraron reposo, esta vez parece que definitivo, en la
iglesia de Saint-Germain-des-Prés, donde se encuentran actualmente.
Mucho viajó Descartes en vida y no poco después de muerto. Fermat, en
cambio, apenas viajó en vida y tampoco muerto. Su alma sencilla se desprendió
de su cuerpo el 12 de enero de 1665, en Chartres, donde ejercía a la sazón su
profesión de jurisconsulto.
*R3N3*
Capítulo 6
NEWTON Y LEIBNIZ
Uno de los debates más agrios que registra la historia de la Ciencia es el que
sostuvieron Newton, Leibniz y sus respectivos partidarios sobre la prioridad del
descubrimiento del Cálculo infinitesimal; y lo más curioso del caso es que el
asunto en litigio no existía realmente, puesto que las investigaciones de Leibniz
y de Newton eran completamente distintas.
Newton y Leibniz son dos espíritus diferentes. Newton es inglés y Leibniz
alemán: Newton permanece fiel a la tradición griega, como lo demuestra el
elogio que hizo del Análisis geométrico, del español Hugo de Omerique, y
Leibniz sueña con una combinatoria universal, de ascendencia luliana, como
estudio a priori de las diferentes combinaciones que dan origen a las
operaciones aritméticas; Newton es un poco arbitrario y artificial y Leibniz es
un metodista que se acerca más a Descartes que su ilustre adversario; Newton
es un enamorado de lo bello y armonioso, lo que le obliga a oponerse al carácter
mecánico del Álgebra y Leibniz se siente irresistiblemente atraído por el idioma
universal simbólico de las generalizaciones algebraicas, que le conduce a hacer
asumir al racionalismo categoría de dogma.
Para centrar la famosa polémica, recordemos brevemente la
correspondencia cruzada entre ambos matemáticos durante los años 1673-1676
por intermedio de Oldenbourg, secretario de la Royal Society.
*R3N3*
En su primera carta, fecha 3 de febrero de 1673, Leibniz habla de su teoría
de las diferencias finitas, y en la segunda, de 15 de junio de 1674, dice que ha
hecho construir una máquina que permite calcular rápidamente el producto de
un número de diez cifras por otro de cuatro y que ha encontrado que el
segmento de cicloide comprendido entre la curva y la recta trazada desde el
vértice a un punto que diste de la base el radio del círculo generador, es igual a
la mitad del cuadrado construido sobre el radio, añadiendo que este teorema se
funda en una teoría que dará a conocer más adelante.
La tercera carta, sin fecha, pero de 1674 como la anterior, es más interesante
porque contiene un párrafo en el que habría de apoyarse Newton para esgrimir
argumentos contra su rival.
Decía Leibniz:
Lo que Leibniz creía nuevo ya había sido encontrado por Gregory cuyas
investigaciones, aunque inéditas, eran conocidas de los matemáticos ingleses y,
sobre todo, de Newton, que estaba en posesión de métodos más generales que
*R3N3*
los de su compatriota, lo que le inspiró, sin duda, la idea de aprovechar este
conocimiento contra Leibniz y, de acuerdo con su perfil psicológico, no
contestó a esta carta y siguió esperando nuevos datos que la ingenuidad de
Leibniz no habría de dejar de facilitarle.
Y, en efecto, a fines de 1674 o principios de 1675, Leibniz escribió una
carta a Oldenbourg en la que decía, entre otras cosas:
Creo que el método del ilustre Newton para hallar las raíces de una
ecuación difiere del mío, en el que, por cierto, no sé para qué puedan servir
los logaritmos o los círculos concéntricos; pero como la cosa parece
interesante, intentaré resolverla y le remitiré la solución.
6a2cdae13e2f7i319n4oq2r4s8t12vx
en el que se ha querido ver nada menos que el Cálculo diferencial, pero que
lo único que denota es la mala fe de Newton de no descubrir su método, y sólo
mucho después, en 1687, dio la traducción del jeroglífico: Data aequatione
quotcunque fluentes quantitates involvente, fluxiones invenire, et vice versa,
frase que, en efecto, contiene seis a, dos c una d, etc., y que quiere decir: Dada
una ecuación en la que se encuentran mezcladas diversas fluentes, hallar las
fluxiones de estas variables.
Ahora bien, como Leibniz no conocía el método de Newton, imposible,
además, de comprender ni aun con la traducción del anagrama, antes de
publicar su Nova Methodus en las Acta Eruditorum, 1684, no se comprende la
acusación de plagiario de que fue víctima.
Pero hay más. Newton alude después a otro método, comunicado ya a la
Royal Society, que le permitía determinar la curva que pasa por un número
cualquiera de puntos.
*R3N3*
alguna alude a la sustitución de una parábola por una curva cualquiera; pero no
se explica tan fácilmente por qué necesitándose nueve puntos para determinar
una curva de tercer orden, sólo habla de siete. Aplica después su método al
desarrollo en serie de las raíces de una ecuación con dos incógnitas e, igualando
una función a su desarrollo, la considera como una ecuación entre la variable
independiente como incógnita y la función, y la resuelve en sentido inverso.
Y por si era poco con el anagrama antes citado, agrega estas palabras
sibilinas:
"Para que no parezca que he anunciado más cosas de las que puedo
hacer, tengo la solución del problema inverso de las tangentes y de otros
más difíciles aún, para cuya solución he utilizado dos métodos: uno
particular y otro general, creyendo oportuno consignarlos ahora por medio
de letras transpuestas, ne propter alios idem obtinentes, institutum in
aliquibus mutare cogerer.”
5a2dae10e2fh12i413m10n6o2qr7i11t10v3x:
11ab3c2d10eaeg1oi214m7n6o3p3q6r5f1177uvx,
3acae4egh6i414m5n80q4r3s6t4v,
2a2dae5e3i2m2n20p3r5s2t2u,
*R3N3*
Leibniz continuó desarrollando y perfeccionando su cálculo sin que nadie le
disputase la paternidad hasta 1695, en que empezaron a salir a la superficie las
maniobras de Newton.
En efecto, en el prefacio del primer tomo de las obras de Wallis, impreso en
abril de dicho año, se leen estas palabras: “El segundo volumen contiene, entre
otras cosas, el método de las fluxiones de Newton, análogo al Cálculo
Diferencial de Leibniz, aunque sea distinto su lenguaje. Lo doy en los capítulos
XCI a XCV de mi Algebra, con arreglo a las cartas dirigidas por Newton a
Oldenbourg el 13 de junio y 24 de octubre de 1676 para ser comunicadas a
Leibniz. Apenas cambio algunas palabras de estas cartas, iisdem fere verbis,
saltem leviter mutatis, en las que Newton expone su método que poseía diez
años antes por lo menos. Hago esta advertencia para que no se pueda
argumentar por qué no he dicho nada del Cálculo Diferencial.”
Es indudable que estas palabras fueron inspiradas por Newton, rodeado ya
de gloria y de riquezas en 1695, año en que un antiguo discípulo suyo, Carlos
Montagne, lord Halifax, le hacía inspector de la Casa de la Moneda y la
Academia de Ciencias de París la nombraba socio correspondiente. Miembro de
la Royal Society desde 1672; representante de la universidad en el parlamento
desde 1688, y con una justa y merecida reputación de genio que ello es
compatible con una moral tortuosa al servicio de la vanidad, Newton no fue
ajeno a la redacción del prefacio de Wallis, como lo demuestra la carta que éste
dirigió a aquél el 10 de abril de 1695 en la que dice: “Desearía imprimir sus dos
cartas de junio y de octubre de 1676. Sus amigos de Holanda me comunican
que algo de ello debía darse al público porque su doctrina de las fluxiones es
muy aplaudida en aquella nación, con el nombre de Cálculo Diferencial de
Leibniz. He recibido esta noticia cuando ya estaban impresos todos los pliegos
de mi libro, excepto una parte del prefacio, así es que lo único que puedo hacer
es intercalar la cosa, no sólo por su reputación, sino porque no deben quedar en
su gabinete de estudio piezas de tanto valor, a fin de evitar que otros se
atribuyan su fama.”
¿Quién, sino el propio Newton, pudo facilitar a Wallis la copia de las
*R3N3*
famosas cartas y quién sino él mismo le autorizó a reproducirlas y a cambiar
apenas algunas palabras?
Maliciosamente se envió a Leibniz un resumen del prefacio de Wallis para
que no pudiera alegar ignorancia, pero no una copia de la carta del 10 de abril
que el matemático alemán no conoció hasta que la vio publicada en el
Commercium epistolicum.
Al recibir aquel prefacio, las Acta Eruditorum dieron cuenta con estas
frases: “El propio Newton, tan notable por su candor como por sus insignes
méritos como matemático, ha reconocido públicamente, lo mismo que en sus
relaciones privadas, que cuando Leibniz se carteaba con él por medio de
Oldenbourg, es decir, hace veinte años o más, poseía la teoría de su Cálculo
Diferencial, la de las series infinitas y los métodos generales para una y otra,
que Wallis ha silenciado en el prefacio de sus obras, porque, sin duda, no estaba
suficientemente enterado, quoniam de eo fortasse non satis ipsi constabat,
y en cuanto a la consideración leibniziana de las diferencias, punto al que alude
Wallis diciendo que lo hace para que no se pueda argumentar no haber dicho
una palabra del Cálculo Diferencial, suscitó meditaciones que de otro modo no
se producían tan fácilmente: meditaciones aperuit quae aliunde non aeque
nascebantur.”
El redactor de esta nota era, por lo menos, tan candoroso como
ingenuamente creía que lo era Newton; y en cuanto a las meditaciones que
inspiraban la teoría leibniziana de las diferencias, es claro que no nacían tan
fácilmente del cálculo de las fluxiones: aliunde; pero bien se advierte que
Leibniz estaba muy lejos de sospechar la tormenta que se cernía sobre él.
El encargado de desencadenarla fue Nicolás Fatio de Duillier, mediano
matemático de origen suizo, a quien Leibniz había protegido en sus primeros
años y que, establecido en Inglaterra, vivía a la sombra de Newton y a fuerza de
arrastrarse consiguió ingresar en la Royal Society.
Fatio de Duillier publicó, en efecto, un opúsculo: Lineao brevissimi
descenmo investigatio geometrica duplez; cui addita est investigatio
geometrica solidi rotundi, in ouod minima fiat ressistentia, Londres,
1699, en el que intentó difamar a su antiguo protector, como para dar la razón a
*R3N3*
los que creen que el más precioso derecho humano es el derecho a la ingratitud.
La primera de las cuestiones enunciadas en el folleto de Fatio de Duillier
estaba resuelta antes de 1699 y las Acta Eruditorum habían dado cuenta de
ella; y respecto de la segunda, parece que fue el propio Newton quien facilitó su
solución a Fatio, a fin de darle un título que pudiera servirle para lanzar la
acusación, concebida en estas palabras:
“Dice Duillier que desde el año 1687 había encontrado las bases y la
mayor parte de las reglas cálculo que llamamos diferencial. Creamos que
es así, pero sólo en parte porque me parece que, incluso ahora, no conoce
muy bien todos los fundamentos de este cálculo y, aunque no se dé cuenta
de ello, quizás radique en esto su animadversión contra mí. Como dice el
poeta: «No te amo, pero no puedo decir por qué»; y así no es extraño que
odie lo que llama mi celo, porque, al publicar los elementos de mi cálculo
tres años antes de encontrarlo él, he tomado inocentemente posesión de la
gloria a que cree tener derecho. Duillier piensa como el antiguo escritor:
«Mueran quienes han hecho nuestros descubrimientos antes que nosotros».
No le atribuyo malicia alguna; pero es tal la debilidad de la naturaleza
humana que no me asombraría que un joven inclinado a las grandes cosas
y ávido de gloria, no hubiese cedido a estos motivos. Pocos son los que
tienen la virtud necesaria para amar la del prójimo cuando les perjudica;
sobre todo cuando se figuran, como él cree de mí, que el prójimo ha
alcanzado la gloria por caminos tortuosos; pero cuando yo publiqué
algunos fragmentos en 1684 no aspiraba ni a la gloria ni a la envidia, y lo
hice sólo por complacer a mis amigos, los editores de las Actas de Leipzig,
que me los pidieron. Las circunstancias, más que mis propios esfuerzos,
han dado nombradía a mis trabajos.”
“Los elementos de este cálculo han sido tratados en estas Actas por el
inventor Godofredo Guillermo Leibniz, y sus diversos pasos han sido
*R3N3*
detallados tanto por el propio Leibniz como por los hermanos Bernoulli y
el marqués de L’Hôpital, cuya muerte prematura debe afligir
profundamente a todos los que se interesan por el progreso de las ciencias
elevadas. En vez de las diferencias de Leibniz, Newton consideraba y ha
considerado siempre las fluxiones, que son los incrementos de las variables
engendrados en las partes iguales y tan pequeñas como se quiera del
tiempo, y que ha utilizado elegantemente tanto en sus Principios
matemáticos de la Naturaleza como en sus obras editadas después, y así
Honorato Fabri, en sus Sinopsis geométrica, ha sustituido la consideración
de los movimientos progresivos por el método de Cavalieri.”
*R3N3*
ordenación, elegantissima compages, de nuestro sistema planetario no podía
explicarse por leyes mecánicas ni desarrollarse de una manera natural, y que
sólo una fuerza sobrenatural tenía que impedir que los astros se precipitaran
sobre el Sol; pero reconoce que la máquina universal no era perfecta, por lo cual
Leibniz decía que el sistema newtoniano del mundo era como un péndulo que
necesitaba de vez en cuando que lo corrigiera el relojero. “El catecismo anuncia
a Dios a los niños y Newton lo demuestra a los sabios”, dijo Voltaire, finalista
como el autor de los Principia, que en sus últimos años se dedicó a comentar
ridículamente el Apocalipsis, con gran regocijo de Halley, que gustaba
embromarse y no se recataba para pronunciar frases cáusticas sobre temas
religiosos cuando hablaba de la poco conocida faceta de Newton como exégeta
de textos bíblicos.
Leibniz, en cambio, buscando la concordancia entre la Teología y la
Filosofía, que había de exponer años más tarde en su Teodicea, y creyendo que
el mundo real es el mejor de los mundos posibles, era indiferente para todas las
confesiones, y como no practicaba ninguna religión positiva ni iba al templo,
sus conciudadanos traducían su apellido, en el bajo alemán, por Lovenix, que
quiere decir: el que no cree en nada: Glaube-nichis.
Esta diferencia de opiniones en puntos que nada tenían que ver con la
Matemática, favoreció a Newton para que el gran público se interesara en la
cuestión de los discutidos derechos de prioridad del Cálculo.
Y así, cuando Leibniz cometió la ingenuidad de entregar el pleito a la Royal
Society, ésta, no se olvide que Newton era ya su presidente vitalicio, nombró
una comisión dictaminadora, 16 de marzo de 1712, compuesta por Arbuthnot,
Hill, Halley, Jones, Machin y Burnes, todos ingleses, ampliada con los nombres
de Roberts, también inglés, el 20 de marzo; Bonet, ministro de Prusia, el 27, y,
finalmente, el 17 de abril, Moivre, francés, refugiado en Londres a
consecuencia de la revocación del edicto de Nantes, y Astan y Brook Taylor,
ingleses, comisión en la que sólo figuran dos extranjeros, y todos ellos, excepto
Halley, Taylor y Moivre, no tenían más título científico que el ser amigos de
Newton, y de los tres exceptuados, Halley era astrónomo y Moivre geómetra.
*R3N3*
Todo lo que se le ocurrió a esta comisión fue publicar viejas cartas y
papeles con el título de Commercium epistolicum de varia Re mathematica inter
celeberrimos praesentis saeculi mathematicos, Isaacum Newtonium, Is.
Barrow, Jacob, Gregoriom, Leibnizium, etc, Londres, 1712, publicación que
Leibniz conoció por Juan Bernoulli, puesto que a él no le enviaron ningún
ejemplar, y en un pasaje de la Correspondencia de Leibniz se leen estas
palabras:
La última frase de este innoble párrafo es la burla más sangrienta que puede
concebirse, pues nadie más que un obseso por la envidia puede tener la audacia
de decir que el anagrama newtoniano era una clara explicación del método de
Newton; y en otro párrafo se afirma que el método diferencial era idéntico al de
las fluxiones “casi con los mismos términos y signos”, lo cual es absolutamente
falso, y, por tanto, que “hay que considerar a Newton como el primer inventor
*R3N3*
de este método, de modo que al proclamarlo así, Keill no ha injuriado a
Leibniz”.
Con su ejemplar del Commercium, Bernoulli remitió a Leibniz desde
Basilea el 7 de junio de 1713 su opinión sobre tal libro, que Leibniz se encargó
de publicar en forma de carta dirigida a la condesa de Kilmansegge, de la que
hizo él mismo un extracto en francés para su mayor difusión, y cuya traducción
es la siguiente:
Como agudamente dice Marie, “es cierto que si Leibniz vio el pasaje,
también vio la carta, es decir: el papel de la carta; pero ver y leer son dos
cosas distintas. Se puede muy bien leer el párrafo de una carta referente a un
asunto sobre el cual ha recaído la conversación, sin leer la carta entera; y si
Newton hubiera siempre razonado así, no habría sido tan gran geómetra”.
Es absurdo suponer que Collins leyera a Leibniz toda la carta, que tiene
precisamente la misma fecha: 24 de octubre de 1676, que la dirigida a
Oldenbourg en la que le comunica su método bajo la luminosa forma de dos
anagramas, por la sencilla razón de que Newton, “insidioso, ambicioso y
excesivamente ávido de alabanzas”, según el rebato moral que de él hizo
Flamsteed, que lo trató mucho, y “el carácter más desconfiado que he
conocido”, en opinión de G. Whiston, su sucesor en Cambridge, no dejaría de
recomendar el silencio a Collins quien, por otra parte, no se concibe que, no
habiendo podido recibir tal carta antes del 25 de octubre y estando Leibniz en
Londres durante este mes, se apresurara a aprovechar los seis días que hay entre
el 25 y el 31 para traicionar a su amigo, revelando un secreto que éste no dio a
conocer hasta 1695, es decir, veinte años después.
Cabe aún la posibilidad de que la carta de los anagramas llevase la fecha de
24 de octubre por equivocación. Dutens dice en efecto, pro octob. 24 scriptum
*R3N3*
sit augusti 24; id est mendum est, et emendandum. “No conozco las pruebas de
ello, comenta Marie, ni Dutens las da, limitándose a hacer esta observación
como editor al margen de toda discusión, lo que obliga a no desconfiar. Ahora
bien, si la tontería de Collins es muy improbable en la primera hipótesis, se,
hace imposible en la otra, puesto que si Newton dirigió sus anagramas a Leibniz
el 24 de agosto, probablemente a Hannover, y sabía que había llegado a
Londres en octubre debió, naturalmente, escribir a Collins el 24, si llegaba a
tiempo, como debía ser porque Newton era hombre ordenado, recomendándole
de nuevo que no hablase con Leibniz de la carta del 24 de agosto, y de la cual
Collins había recibido ya comunicación, a los efectos sus derechos de autor.”
Pero hay más. Un año después de la conversación con Collins, envía
Leibniz a Newton un tratado casi completo de Cálculo Diferencial y Newton, a
pesar de conocer la entrevista de aquéllos, ni se extraña ni pide explicaciones a
Collins, lo que demuestra que éste no le traicionó, y prueba de ello es que
siguió siendo, su confidente, y por si todo esto no fuera bastante, en 1687, es
decir, diez años después, publica en sus Principia las líneas que ya se han
transferido sobre el cálculo, leibniziano de las diferencias
Para terminar, nos limitaremos a agregar que Newton, cegado por el orgullo
y no sabiendo ya qué hacer para desacreditar a Leibniz, lo único que consiguió
fue desacreditarse a sí mismo al decir que el Cálculo Diferencial era idéntico al
método de las tangentes de su maestro Barrow, puesto que si esto fuese cierto,
como él había sostenido que el descubrimiento de Leibniz sólo difería del suyo
en las palabras y en la notación, resultaría que el primer descubridor del Cálculo
no era Newton, sino Barrow.
Leibniz pensó publicar por su cuenta otro Commercium epistolicum, y así se
lo comunicó a su amigo Chamberlain, pero se lo impidió la muerte, acaecida el
14 de noviembre de 1716, luctuoso suceso que no cortó el chorro de bilis de
Newton.
En efecto, en 1722, seis años después de morir Leibniz, se hizo una nueva
edición del Commercium epistolicum, modificando la de 1712 en todo aquello
que pudiera beneficiar a aquél, ¡y no le beneficiaba en nada!, y agregando
*R3N3*
nuevos documentos que, como dicen Biot y Lefort, “denuncian la mano de
Newton y la mano de Keill, llevada por Newton”.
Cuatro años después, éste publicó una nueva edición, la tercera, 1726 de sus
Principia, suprimiendo en ella la nota, ya modificada en la segunda, 1713, en
que reconocía los derechos de Leibniz, y escribiendo en su lugar estas palabras:
“Con respecto al escolio que puse a continuación del lema 29 del libro
II de mi obra, y que tanto se ha citado contra mí, debo decir que no lo
escribí con objeto de hacer honor a Leibniz, sino para asegurarme la
posesión del mismo.”
*R3N3*
Capítulo 7
CAYLEY Y SYLVESTER
Los invariantes
*R3N3*
Pero en la primera mitad del siglo XIX, las cosas pasaban de otro modo, y
fueron los ingleses quienes, saliendo de su “espléndido aislamiento“, las
modificaron de raíz. El año 1812 Jorge Peacock, Carlos Babbage y Juan
Federico Guillermo Herschell fundan en Cambridge una “Sociedad Analítica”
que no tardó en hacer progresar la Matemática, encerrada hasta entonces en
moldes newtonianos. Dicha sociedad fue el germen de lo que después se ha
llamado escuela de los reformadores ingleses, quienes, con su característica
originalidad insular, pusieron los cimientos de la actual Álgebra por postulados;
y cuando el año 1841 Cayley y Sylvester crean la teoría de invariantes, de
importancia capital en la Física teórica, el terreno está ya preparado para recibir
la nueva semilla.
a+b=b+a
ab=ba
*R3N3*
teoría de invariantes.
El concepto de invariante está ligado al de grupo cuya definición general se
apoya en la idea de operación; y así dice Bourlet que “un conjunto de
transformaciones constituye un grupo si comprende la transformación idéntica
y si el producto de un número cualquiera de transformaciones, así como la
inversa de una transformación, forma parte del conjunto”.
Esta definición, demasiado abstracta, necesita algunas aclaraciones para el
lector no matemático.
Una transformación es una correspondencia entre dos elementos A y B de
un conjunto, llamándose B el transformado de A. Si consideramos ahora dos
transformaciones T y T', una de las cuales hace corresponder al elemento A el B
y la otra el B al C, el producto de las transformaciones T y T' es la
transformación que al elemento A le nace corresponder el C; la inversa de la
transformación T es la que al elemento B le hace corresponder el A, y,
finalmente, el producto de una transformación por su inversa, aplicado a una
figura, la, sustituye por ella misma: transformación idéntica. Una notable
propiedad de los grupos es la invariante, es decir: operaciones que dejan las
relaciones que se pueden establecer entre los elementos del grupo y cuya ley de
composición constituye su estructura.
Un ejemplo aclarará estas ideas. Tracemos en una hoja de papel una figura
cualquiera, sencilla o complicada, compuesta de rectas y curvas que se
entrecrucen, y doblemos el papel en la forma que nos plazca, pero, sin
desgarrarlo. ¿Tendrá esta figura alguna propiedad que sea la misma antes y
después de plegar el papel? Tracemos ahora la misma figura sobre un trozo de
caucho y luego estiremos el caucho en todas las direcciones que queramos, pero
sin desgarrarlo. Se comprende sin dificultad que las longitudes de las líneas han
variado; que los ángulos que formaban no son los mismos, ni las áreas tampoco;
que algunas de las curvas se habrán complicado y otras, en cambio, han podido
convertirse en rectas y, al revés, algunas rectas en curvas, y, sin embargo, hay
algo en la figura que no ha cambiado, algo tan sencillo que, precisamente por
eso, puede pasar inadvertido: ese algo es el orden de los puntos en que una línea
cualquiera de la figura, recta o curva, encuentra a otra línea cualquiera, de modo
*R3N3*
que si, por ejemplo, para ir de un punto A a otro C, siguiendo una cierta línea,
teníamos que pasar por un punto B de esta línea antes de deformarla, también
tendremos que pasar por B para ir de A a C después de deformada, es decir: ese
orden es un invariante en las transformaciones particulares que han plegado la
hoja de papel y estirado la hoja de caucho.
Y ahora es fácil ver que la Geometría se reduce al estudio de los invariantes
del grupo de los movimientos, esto es: de las relaciones que no cambian en el
movimiento de los cuerpos sólidos, independientemente de las que tengan con
el mundo exterior, límite alcanzado por un doble proceso psicológico de
abstracción de las sensaciones y de generalización de la idea de cuerpo hasta
hacerle asumir la categoría de figura geométrica, de tal modo que cuando
decimos, por ejemplo, que en un triángulo isósceles los ángulos opuestos a los
lados iguales son iguales, no pensamos un triángulo determinado, sino un
triángulo isósceles cualquiera, con absoluta independencia de su magnitud y de
su posición.
Obsérvese, en efecto, que los objetos del mundo exterior producen en
nosotros diversas sensaciones que situamos en un cierto continente, de tal modo
que la noción de éste queda aislada de las de orden, peso, contacto, etc. hasta
llegar al concepto de extensión concreta primero y al de espacio vacío después.
Si aquellas sensaciones no varían cuando estamos quietos, es decir, cuando no
realizarnos ningún esfuerzo muscular, decimos que el objeto está fijo y si varían
afirmamos que se mueve, esto es, que experimenta un cambio de posición o de
estado, según que podamos o no podamos restablecer el primitivo conjunto de
sensaciones por movimientos adecuados de nuestro cuerpo. En el primer caso el
objeto no se deforma y en el segundo sí.
Por consiguiente, si un objeto, colocado en una posición P', produce en
nosotros un cierto conjunto de sensaciones, y pasa sin deformarse de P’ a P’’ y
de P’’ a P’’’, variarán las sensaciones, pero siempre podremos restituir las
primitivas por un cambio de actitud que nos permita colocar los diversos
miembros de nuestro cuerpo en la misma posición relativa inicial respecto del
objetos es decir, que la transformación directa de P’ a P’’’, es también un
*R3N3*
movimiento, de donde resulta que todos los movimientos sin deformación
constituyen un grupo, concepto que aparecía en la definición de Bourlet como
un todo complicado y ahora se presenta al espíritu como la síntesis de una serle
de hechos idealizados, verdadera experimentación mental integrada por juicios
mudos en tanto hemos tenido conciencia de estos dos procesos intelectuales: el
formado por la variedad de sensaciones musculares y el constituido por la
permanencia de forma en los movimientos, que nos permiten conocer las
propiedades métricas de congruencia según las cuales dos figuras iguales a una
tercera son iguales entre sí, o si se prefiere, dos figura iguales son dos
posiciones distintas de una misma figura.
Los movimientos conservan las longitudes, los ángulos y la orientación de
las figuras; pero hay otras transformaciones que no tienen estas propiedades,
como las semejanzas, que conservan los ángulos pero no la distancia, y las
simetrías, en las que se pierde la orientación; tal el guante de la mano derecha
que no se puede superponer al de la izquierda sin volverlo del revés, en cuyo
caso ya no es el mismo guante, o el objeto y su imagen en un espejo, que
tampoco son superponibles sin atravesar el espejo, y de aquí, tal vez, las
sensaciones extrañas que experimentamos cuando pensamos en la imposibilidad
de coincidir con nuestra imagen al mirarnos al espejo; algo así como si fuera
otro el que nos mira desde su superficie.
El grupo formado por todos los movimientos, todas las semejanzas y todas
las simetrías es el grupo fundamental de Félix Klein, en cuyo famoso Programa
de Erlangen estableció que la Geometría estudia las propiedades invariantes
respecto de un grupo cualquiera de transformaciones, de donde resulta que hay
tantas Geometrías como grupos de transformaciones.
Pero estos grupos se pueden reducir a tres: Análisis Situs, Geometría
Proyectiva y Geometría Métrica, cada uno de los cuales corresponde a tres
grupos de transformaciones fundamentales y estudia las propiedades invariantes
respecto de estos grupos.
El concepto de grupo, surgido, de la experiencia, ha conseguido sistematizar
las tres Geometrías que nacen de tres conjuntos de sensaciones: musculares,
*R3N3*
visuales y táctiles, estudiando cada una de ellas las propiedades invariantes
respecto de un grupo de transformaciones fundamentales que responden a
necesidades biológicamente inmediatas, puesto que todas las sensaciones
espaciales, de espacio psicológico, tienden a nuestra conservación individual
provocando las adecuadas reacciones corporales, directas o reflejas, que
permiten el paso de la representación psicológica a la Geometría por medio de
una eliminación de los datos heterogéneos de los sentidos, sin que nos
asombren las desigualdades entre los espacios psicológicos: anisótropos,
heterogéneos y limitados, y el espacio geométrico: isótropo, homogéneo e
ilimitado, por razones de utilidad, como no nos chocan los bailes y las
funciones de teatro en favor de los tuberculosos pobres, a causa de la diferencia
entre el concepto y la representación sensible, que queda anulada por el
imperativo biológico.
La labor de Cayley y de Sylvester fue más analítica que geométrica, pero,
dado el carácter de este cursillo, es más fácil trasladar al campo de la Geometría
el concepto de invariante, que dejarlo en el dominio del Álgebra.
Los dos matemáticos se conocieron el año 1850, no como matemáticos, sino
como abogados, y en verdad que debió de ser curiosa la entrevista. Cada uno de
ellos conocía la labor del otro y ambos se profesaban mutua admiración, de la
que nació en aquel momento una amistad perdurable.
La relación personal de ambos tuvo recíproca influencia de la que salió
beneficiada la Matemática y perjudicada la Jurisprudencia. Sylvester pidió un
puesto de profesor en la Escuela Militar de Woolwich, y no se lo dieron, lo que
le obligó a seguir trabajando en la compañía de seguros. Cayley fue más
afortunado, pues que la Universidad de Cambridge creó por entonces una nueva
cátedra de Matemática de la que le encargaron, y entonces se casó con Susana
Moline. Sylvester permaneció célibe, encerrado unos años más en una oficina,
realizando una labor de burócrata que no se acomodaba a su temperamento, y,
al vacar una plaza en el Gresham College de Londres, la solicitó, pero no se la
dieron. En cambio, fue llamado por la Academia de Woolwich para sustituir al
candidato que lo había derrotado antes, porque éste acababa de morir.
*R3N3*
Sylvester conservó la cátedra de Woolwich hasta el año 1870 en que fue
jubilado por imperativo legal, aunque estaba en plena actividad y en pleno
vigor.
Al año siguiente la instrucción pública inglesa se libró de la tutela
eclesiástica y Sylvester obtuvo rápidamente sus grados honoris causa, y con
ellos volvió a América.
Los [Link]. tenían a gala en aquellos días no importar de Europa más que
la Matemática estrictamente indispensable para satisfacer sus necesidades
industriales. La opinión de cierto profesor inglés que reconocía la belleza de la
teoría de funciones de Bessel a pesar de que tenía algunas aplicaciones
prácticas, hubiera sido inconcebible para un norteamericano del último tercio
del siglo XIX y en cambio aplaudiría a Cicerón cuando alababa a sus
conciudadanos porque “gracias a los dioses, no son como los griegos y saben
limitar el estudio de la Matemática al dominio de las aplicaciones prácticas”.
Afortunadamente, el aludido profesor inglés no pronunció su frase ni en la
Roma del siglo I antes de J. C. ni en la Nueva York del XIX, sino en la
Inglaterra de hoy.
La presencia de Sylvester en Norteamérica cambió radicalmente su modo de
pensar a este respecto. Con voluntad tesonera y paciencia ejemplar, explicó sus
teorías analíticas, convencido de la fecundidad de la abstracción; y cuando en
1875 se fundó la Universidad de Baltimore, Gilman, que era el alma de ella,
llama Sylvester, quien, durante diez años de una labor que diríase incompatible
con su edad, educó a una multitud de estudiantes que determinaron el magnífico
desarrollo que tiene actualmente la Matemática pura en los Estados Unidos.
Sylvester no se limitó a las lecciones magistrales de la cátedra, sino que
realizó, además, una labor de divulgación y de extensión desde el American
Journal of Mathematics, que fundó en 1875, provocando una verdadera
revolución en la enseñanza de la Matemática, y cuando volvió a Inglaterra, en
1885, como profesor especial de Oxford, podía sentirse verdaderamente
orgulloso de sí mismo. En la otra orilla del Atlántico quedaban una afición y un
método que ya habían empezado a dar pruebas fidedignas de inmediatos frutos
*R3N3*
sazonados, y cuando en 1893 hubo de retirarse no ya por razones de carácter
burocrático, sino biológico, porque era octogenario y estaba casi ciego, alcanzó
a saber con legítima e íntima satisfacción que la semilla depositada por él daba
ya frutos de bendición.
Murió en Londres el 15 de marzo de 1897. Dos años antes, el 26 de enero
de 1895, habla muerto Cayley, dejando escritas novecientas sesenta y seis
memorias, que ocupan trece volúmenes en cuarto de seiscientas páginas cada
uno.
*R3N3*
Capítulo 8
RIEMANN Y BOOLE
Los matemáticos ingleses de la primera mitad del siglo XIX sólo estudiaban
lo que les interesaba particular y personalmente, como para distraerse, sin dar
ninguna importancia a los problemas que preocupaban al resto de Europa,
separada de ellos por una cinta de mar. Además de isla geográfica, Inglaterra
era una isla matemática que vivía del jugo newtoniano. Un nacionalismo
estrecho le impidió aceptar las teorías dé Leibniz, y la consecuencia fue que la
Matemática inglesa quedó estancada durante un siglo: exactamente hasta el año
1812, en que se fundó la Sociedad Analítica de Cambridge, que puso remedio a
tan lamentable estado de cosas. Claro es que sus fundadores tuvieron que
enfrentarse con políticos de ignorancia ejemplar. Sirva de muestra el siguiente
botón:
A principios del siglo XVII el Ministerio, de Hacienda inglés adoptó los
bastoncitos de Neper para hacer las operaciones contables. Estos bastoncitos
consistían en unas tiras rectangulares de madera de unos siete centímetros de
largo por ocho, milímetros de ancho, divididas en nueve cuadrados por medio
de líneas transversales, cada una de las cuales estaba encabezada por una cifra,
y debajo de ésta sus productos por los números dígitos, escritos en los sucesivos
cuadrados de modo que si el producto tiene dos cifras, la de las decenas se
*R3N3*
coloca en el triángulo superior de los dos en que cada diagonal divide el
cuadrado. Mediante una manipulación engorrosa se hacía la multiplicación de
los números de varias cifras; y en cuanto a la división tan complicada que
constituía una verdadera tortura, hasta el punto de que solo la abordaban hábiles
calculadores. Para este absurdo sistema de operar, la burocracia inglesa creó
una nube de escribientes, tenedores de libros y actuarios que se sucedieron por
generaciones en las covachuelas del Ministerio hasta que un día, en tiempo de
Jorge III (1760-1820), un ministro “revolucionario” tuvo la audacia de incoar
un expediente para saber si debían seguir llevándose las cuentas por aquel
procedimiento, análogo al de Robinson para tener al día el calendario en su isla
desierta o cambiarse por otro más moderno. Se levantó tal tempestad de
protestas que hubo que esperar hasta el año 1826 para que se decretara la
desaparición de aquellos palitroques, cuyo número había crecido tan
monstruosamente durante más de un siglo, que todavía en 1834 había tal
cantidad que se planteó el problema de decidir lo que se iba a hacer con ellos. A
cualquiera que no fuese un político conservador inglés se le hubiera ocurrido
tirarlos, pero a un tory británico lo que se le ocurrió fue llevar a Westminster
aquellos pedacitos de madera apolillados y podridos como si se tratara de una
reliquia.
Era tan absurdo esto que, al fin, triunfó el sentido común y se dio la orden
de quemarlos, pero clandestinamente para que no se alarmaran los
conservadores. Los bastoncitos fueron arrojados a una estufa de la Cámara de
los Lores donde se les prendió fuego, y como la madera era viejísima ardieron
tan admirablemente que las llamas prendieron en los artesonados de la Cámara
de los Lores, de ésta se propagó el fuego a la de los Comunes y a Inglaterra le
costó la broma varios millones de libras esterlinas.
Los matemáticos alemanes, al revés que los ingleses, tenían más amplia
visión; y a partir de las Disquisitiones Aritmeticae de Gauss, que se publicaron
el primer año del siglo XIX, es interminable la lista de obras originales que
aparecieron hasta 1855, fecha en que muere el princeps mathematicorum y
queda roto el último lazo con la Matemática de la centuria anterior.
*R3N3*
Uno de los matemáticos que ilustran la primera mitad del siglo XIX es
Bernardo Riemann, que nace en Breselenz, Hannover, el 17 de septiembre de
1826. Su padre, pastor luterano que tomó parte en las guerras napoleónicas, se
hizo agricultor para subvenir a las necesidades de su familia: esposa y seis
hijos, el segundo de los cuales fue Bernardo. Todos murieron jóvenes: el
matemático cuando no había cumplido aún los cuarenta años. Algunos
biógrafos de Riemann dicen que estas muertes prematuras no obedecen a
ninguna tara hereditaria, sino a la escasa alimentación durante la infancia.
Siendo niño todavía, su padre fue nombrado pastor de Quiekborn, donde el
pequeño Bernardo aprendió las primeras letras; y apenas tenía seis años cuando
no sólo resolvía problemas de Aritmética elemental, sino que imaginaba otros
más difíciles poniendo en más de un aprieto al maestro de escuela, y al cumplir
los diez le dio lecciones de Matemática un profesional, Schulz, que no tardó en
ir a remolque de su discípulo.
Un año después fue nombrado profesor del Queen’s College, que acababa
de inaugurarse en Cork, Irlanda, y allí intimó con el catedrático de griego, con
cuya hija María Everest se casó.
*R3N3*
Riemann, en tanto, se doctoraba en Gotinga el año 1851, con una tesis
titulada Grundlagen einer allgemeinen Theorie der Functionen einer
veränderlichen complexen Grosse, de la que Gauss dijo en su informe
oficial:
*R3N3*
y escribió a su padre confiándole sus inquietudes. No ignoraba que Gauss, de
acuerdo con su costumbre que retrasó en más de una ocasión su influencia en la
Matemática, dejaba transcurrir años y años antes de dar a conocer los
resultados, siempre geniales, de sus meditaciones, y tenía la seguridad de que el
gran matemático había profundizado con su sagacidad excepcional en aquella
cuestión. Buena prueba de ello era lo ocurrido hacía veinticinco años con los
trabajos de Bolyai sobre la geometría no-euclídea, pero, sacando fuerzas de
flaqueza, preparó el tema en siete semanas y pidió fecha para exponerlo. Por
aquellos días, Gauss cayó enfermo y hubo de retrasarse la prueba, retraso que
ocasionó la casi simultaneidad en dar a conocer públicamente los dos
matemáticos a quienes se contrae este ensayo sus obras fundamentales.
En 1854, en efecto, Riemann da su conferencia Über die Hypothesen
welche der Geometrio zu Grunde liegen, y Boole publica An investigation
into the laws of thought, on wich are founded the mathematioal theories of logic
and probabilities. La memoria de Riemann es un folleto de pocas páginas; la
investigación de Boole es un libro de muchas páginas; pero el primero produjo
una revolución en la Geometría y el segundo sólo fue un pronunciamiento en
Álgebra, aunque como todos los pronunciamientos, cuando el pronunciado no
es tonto, tuvo, y tiene todavía, algunas buenas consecuencias.
Con una audacia de pensamiento que contrasta con la timidez de su carácter,
Riemann, a quien le aterraba la idea de tener que hablar en público, presentó la
Geometría bajo un aspecto completamente nuevo, que entusiasmó a Gauss y
sigue entusiasmando aún a los matemáticos. Considera dicha ciencia como no-
euclídea, haciéndola depender del concepto de medida, pero en el que hay algo
más que una filosofía práctica de la Matemática, a la que aspiran hoy la Física
teórica, la teoría de la relatividad y la mecánica de los quanta.
Riemann parte del concepto de multiplicidad como clase tal que todo
elemento de ella se pueda caracterizar asignándole ciertos números en un orden
determinado, que correspondan a propiedades numerables, y llega a la
consecuencia, aceptada por la Matemática actual de que el espacio es una
multiplicidad-número, preocupándose de lo que es el espacio, aunque este es no
signifique nada en relación con el espacio.
*R3N3*
Como, dado el carácter de este cursillo, no es posible entrar en detalles que
exigen recursos de Matemática pura para ahondar en el pensamiento de
Riemann, baste decir que con la concepción de éste hemos aprendido a no creer
en ningún espacio como necesidad de la percepción y a creer, en cambio, en
tantos espacios y Geometrías como sean convenientes para un fin determinado,
y en que lo mismo que hay diferentes clases de líneas y superficies, hay
diferentes especies de espacios de tres dimensiones y sólo la experiencia puede
decirnos a qué especie pertenece el espacio en que vivimos.
Rompiendo con la tradición anterior y colocándose en un punto de vista
general, sin descender a detalles, con aquilina visión panorámica de la
Geometría, Riemann sentó las bases de la Física geometrizada de hoy.
*R3N3*
se atrevió a descubrir su pensamiento. Si hubiera comunicado sus ideas a
Lagrange, a Laplace y a Legendre, el triunvirato francés de las L, otra cosa
hubiera sucedido y aquélla sí que habría sido una verdadera entente franco-
alemana, porque aunque estos tres matemáticos vivieron en el primer tercio del
siglo XIX, la mayor parte de sus obras son obras de preparación. La teoría de
ecuaciones de Lagrange roturó el terreno en que Abel y Galois sembraron la
semilla del Álgebra nueva; las investigaciones de Laplace sobre ecuaciones
diferenciales fueron el preludio del desarrollo de la Física matemática, y los
estudios de Cálculo Integral de Legendre inspiraron a Jacobi uno de los más
fecundos recursos con que cuenta hoy el Análisis.
Una gran parte de la nueva orientación se debe a Riemann y a Boole; pero
así como la obra de aquél es indiscutible y sus ideas parecen tener una solidez
inquebrantable, las de éste se hallan todavía en la zona polémica. La revolución
hecha por Riemann en Geometría, como todas las revoluciones triunfantes, ha
sido codificada ya y tiene estado legal; pero el pronunciamiento de Boole no ha
conseguido aún que sea reconocido universalmente y hay todavía sectores de
opinión en los que no tiene representantes acreditados.
Nadie pone en duda hoy que la ampliación al espacio del concepto
gaussiano de curvatura hecho por Riemann, aplicado especialmente al nuestro
de tres dimensiones, hace posible el movimiento de las figuras sin deformación,
punto en que se apoya el empirismo de Helmholtz, su sucesor inmediato en el
orden histórico para establecer el axioma de libre movilidad en tomo al cual
gira la filosofía matemática de Russell, si bien éste le ha dado una orientación
logística, y todo el mundo está de acuerdo en que, gracias a Riemann, la
asimilación kantiana de las formas intuitivas a las formas lógicas no sólo ha
desaparecido, sino que la imaginación constructiva del matemático ha adquirido
una libertad que no pudo entrever el filósofo de Königsberg, y empezamos ya a
pensar en la conveniencia de no admitir la necesidad intrínseca de ninguna
proposición primera.
En cambio, no todos los matemáticos están de acuerdo con Boole. Sin
palabras, sin oraciones sintácticas, valiéndose únicamente de un idioma
*R3N3*
simbólico, Boole pretende resolver el debate pendiente desde Leibniz y Kant;
niega los juicios sintéticos a priori, anula el papel de la inducción e intenta
reducir la Matemática a la Lógica.
“Si al final, dice Brunschvicg en sus Etapes de la philosophie
mathematique, ha parecido falaz la idea de apoyarse en la inteligibilidad del
número entero positivo para justificar a priori la verdad matemática, es porque
hay contradicción entre la concepción aritmetista que procede de lo particular
a lo general y las condiciones de la justificación a prior¡ que implican una
deducción a partir de nociones más generales. El aritmetismo debe, por
consiguiente, ser considerado como una etapa de un movimiento que, más allá
de las formas especificas del número, se une a las formas universales del ser,
movimiento que parece obedecer a la naturaleza del espíritu humano, puesto
que es el mismo que hemos visto producirse del pitagorismo al aristotelismo.
Pero la Lógica formal de Aristóteles sólo es el prototipo de la Logística
contemporánea. En contacto con los métodos modernos, e imitando el
algoritmo perfeccionado de la Matemática, la Logística ha manifestado una
flexibilidad de análisis y una preocupación por el rigor de las que aquélla
permanece infinitamente alejada. La Logística es una nueva técnica.”
Pero esta técnica tiene graves inconvenientes. La hipertrofia del
simbolismo, el aislamiento de la realidad, la ruptura de todo contacto con el
mundo exterior, es tan peligrosa como los balones de oxígeno que se
administran a los enfermos desahuciados: que lo mismo se muere por asfixia en
una atmósfera de oxígeno puro que en una atmósfera de anhídrido carbónico; y
aquí vienen como anillo al dedo estas palabras de Klein: “Cuando se asciende a
una montaña se va notando que la pureza de la atmósfera aumenta en cada
momento; pudiera, pues, creerse que si se asciende indefinidamente el
bienestar que se experimenta sería cada vez mayor. Todo el mundo sabe, sin
embargo, que esto no ocurre, sino que, por el contrario, existe un límite de
altura, pasado el cual la vida se hace imposible. Análogamente puede decirse
que en la ascensión de los lógicos hacia la pureza científica eliminando la
intuición, en lo posible, pues aun los símbolos de Peano tienen un resto de
elementos intuitivos, se encuentran innegables ventajas; pero sólo hasta cierto
límite, que no puede ser superado sin que el excesivo predominio de la Lógica
produzca la esterilidad del razonamiento.”
Boole y Riemann sobrevivieron pocos años al conocimiento de sus obras:
diez el primero y doce el segundo. Los últimos de Boole se deslizaron
*R3N3*
plácidamente, sin que se encuentre en ellos nada digno de recordación especial.
Fueron años dedicados a la investigación desinteresada y romántica, a la
búsqueda de la Verdad por la Verdad, sin otro objetivo que la íntima
satisfacción espiritual, hasta el último día de su vida: el 8 de diciembre de 1864,
en que murió de una pulmonía ocasionada por una mojadura al ir a dictar una
conferencia.
*R3N3*
pero cayó enfermo en seguida, y en agosto volvió en busca del cielo azul y del
clima templado del mediodía, viéndose obligado a detenerse en Pisa, a causa de
la fatiga que le producía el viaje. Allí nació su hija Ida.
El invierno siguiente fue tan excepcionalmente frío que hasta se helaron las
aguas del Arno. La Universidad de Pisa ofreció una cátedra a Riemann, que éste
no pudo aceptar por su lastimoso estado de salud; pero la de Gotinga le
prolongó generosamente el permiso y hasta le envió un refuerzo económico que
le permitió instalarse en una casita de campo de los alrededores de Pisa, donde
murió su hermana Elena y donde él se agravó lamentablemente.
En vano intentó mejorar en Livorna y en Génova. Sintiendo la nostalgia de
su patria, regresó a Gotinga en octubre de 1865; pero bien pronto se convenció
de que su curación era imposible en Alemania y volvió a Italia, pasando sus
últimos días en Selasca, a orillas del lago Mayor, donde murió el 20 de julio de
1866.
Dedekind, su colega y amigo, que profesaba al matemático tan grande
admiración como cariño al hombre, cuenta su muerte con estas sencillas y
emocionadas palabras: “Sus fuerzas declinaban rápidamente y comprendió que
el final estaba próximo. El día antes de morir estudiaba a la sombra de una
higuera y su alma estaba alegre ante el maravilloso paisaje; pero la vida se le
escapaba dulcemente, sin lucha y sin agonía. Diríase que presenciaba con
interés cómo se separaba el alma del cuerpo. Su esposa le dio un poco de pan y
vino, y él le dijo entonces: “Dale un beso a nuestra hijita”, y juntos empezaron
a rezar el padrenuestro. Al llegar a “perdónanos nuestras deudas” Riemann
alzó lentamente los ojos al cielo. Ella estrechó su mano, cada vez más fría,
entre las suyas, y, luego de un suspiro muy hondo, dejó de latir aquel noble
corazón. La dulzura que había respirado en su infancia no le abandonó nunca.
Sirvió a Dios fielmente, como lo había servido su padre, pero de manera
distinta.”
El epitafio de la tumba que le erigieron sus amigos italianos termina con
estas palabras en alemán: “Todas las cosas trabajan para el bien de los que
aman al Señor”.
*R3N3*
Capítulo 9
LOBACHEWSKI Y HAMILTON
Antikantiano y kantiano
*R3N3*
ningún mártir para imponerse, aunque sí tuvo que luchar contra la opinión
vulgar durante más de veinticinco años y permaneció en un punto muerto
porque la Europa científica de entonces ignoraba el ruso y hubo que esperar a
las traducciones francesas y alemanas para que el mundo matemático la
conociera. El descubrimiento de Copérnico nos enseñó a considerar el Universo
bajo un nuevo aspecto, como el descubrimiento de Lobachewski nos enseñó a
considerar la Geometría bajo un nuevo aspecto también.
¿Qué nuevo aspecto es éste? Muy sencillo. Más de veinte siglos llevaban
los geómetras intentando demostrar el postulado de Euclides, pero a ninguno,
excepto a Gauss que, como de costumbre, guardó el secreto se le ocurrió la
sencilla idea genial que a Lobachewski: prescindir de la famosa proposición
euclídea que afirma que por un punto exterior a una recta hay una paralela
única, y construir una Geometría rigurosamente lógica como si no existiera tal
postulado. Si éste era una consecuencia de los demás, debía llegarse a una
contradicción, que es la prueba matemática de la falsedad. Pues bien,
Lobachewski no sólo no llegó a ninguna contradicción, sino que se encontró
con una Geometría nueva, distinta de la de Euclides, pero sin oposición lógica
con ella, una Geometría que podía convivir con la griega en un sector más
amplio que el que conserva el nombre primitivo aunque haya alterado su
significación.
El postulado de Euclides no es, pues, verdadero ni falso. Todo depende del
punto de vista en que nos coloquemos, y si hasta entonces nadie lo había puesto
en duda era, según palabras de Lobachewski, “porque no se encuentra ninguna
contradicción en sus consecuencias y porque la medida directa de los ángulos
de un triángulo está de acuerdo con él dentro de los límites de error de las
medidas más perfectas”, quedando el criterio de la experiencia, que sería
decisivo si pudieran calcularse los ángulos de un triángulo cuyos lados fueran
inmensamente grandes, como el definido por tres estrellas del mundo
extragaláctico.
En la Geometría de Lobachewski una recta puede ser perpendicular a sí
misma; la suma de los ángulos de un triángulo es menor que dos rectos; por un
*R3N3*
punto hay dos paralelas a una recta, y otras propiedades que desconciertan al
principio porque chocan con nuestro concepto intuitivo de espacio, pero que
están lógicamente encadenadas y han tenido dos consecuencias trascendentales:
derribar el postulado de Euclides del lugar de privilegio que ocupaba en la
Geometría y destruir la concepción kantiana de espacio.
El descubrimiento de Lobachewski es una piedra miliar en la historia de la
Geometría, sobre la cual hay que grabar una fecha: 12/24 de febrero de 1826,
día en que el geómetra ruso, que tenía entonces treinta y tres años, presentó su
comunicación a la Sociedad de Física y Matemática de Kazan, de cuya
Universidad era profesor.
Acaso los no matemáticos crean que la Geometría lobatchewskiana es solo
un producto mental sin ninguna realidad y que la de Euclides es la verdadera
dando a las palabras realidad y verdad su sentido corriente, el que les asigna el
hombre de la calle. Un sencillo ejemplo le sacará de su posible error. La más
corta distancia entre dos puntos es la línea recta… en un plano; pero sobre la
superficie de la Tierra, la más corta distancia entre dos puntos es un arco de
círculo máximo, lo que obliga a introducir en Geometría la noción de geodésico
de una superficie que es eso: la línea de mínima distancia entre dos puntos, de
modo que en el plano las geodésicas son los segmentos rectilíneos euclídeos.
Excepto en una pequeña extensión, el mar no es una superficie plana, sino
esférica, luego la geometría del navegante no es la Geometría de Euclides, y,
por tanto, ésta no es la única Geometría real y verdadera útil al hombre.
En un plano, dos geodésicas se cortan en un punto, a no ser que sean
paralelas, y no contienen espacio, mientras que en la superficie esférica dos
geodésicas se cortan siempre en dos puntos y contienen espacio.
Entendido esto, pasemos a una superficie menos familiar que la esfera: la
pseudoesfera, descubierta por un matemático Italiano: Eugenio Beltrami, el año
1868, precisamente para dar un sentido euclídeo a la Geometría de
Lobatchewsky.
La pseudoesfera está engendrada por la rotación de una curva llamada
tractriz de un modo análogo a como la esfera está engendrada por la rotación de
*R3N3*
una circunferencia alrededor de un diámetro. Es la tractoria de Huygens y de
Leibniz, que encontraron su ecuación; pero no se les ocurrió la idea de hacerla
girar. La tractriz tiene la propiedad de que los segmentos de tangente
comprendidos entre el punto de contacto y la asíntota son iguales, propiedad
que puede servir para construirla mecánicamente. Supongamos dos ejes, uno
horizontal y otro vertical, y coloquemos un hilo inextensible a lo largo del eje
vertical, poniendo un extremo en el punto de intersección de los dos ejes y
corrámoslo sobre el horizontal hacia la derecha. Si el otro extremo del hilo lleva
un plomo, éste, en virtud de la propiedad citada, describe una rama de la curva,
y corriéndolo hacia la izquierda describe la otra rama, que es simétrica de la
anterior. Haciendo girar ahora la curva alrededor del eje horizontal se engendra
la pseudoesfera, cuya forma se asemeja a la de dos trompas muy alargadas,
como los clarines, soldadas por sus pabellones. Pues bien, la Geometría de la
superficie de la pseudoesfera es precisamente la de Lobachewski.
*R3N3*
pueblo ruso era una fantasía inventada por los periodistas occidentales. Fácil es
imaginar la estupefacción del extranjero, que era un representante diplomático
acreditado cerca de la corte de San Petersburgo, de paso por Kazan, cuando
aquella noche, en un banquete oficial dado en su honor, reconoció, al serle
presentado el rector de la Universidad, al mozo de limpieza que por la mañana
le había servido de cicerone.
De cómo entendía sus obligaciones es ejemplo lo ocurrido en 1830, durante
una epidemia de cólera que causó millares de víctimas en Kazan, cosa natural,
dada la espantosa miseria reinante en las clases populares rusas de aquella
época que, en vez de acudir al médico, acudían al pope, y el hacinamiento en
los templos no hizo sino aumentar la mortandad. Lobachewski alojó en la
Universidad a todos los profesores y sus familias, los sometió a un severísimo
régimen higiénico, y de las seiscientas personas refugiadas en las aulas sólo
murieron dieciséis, es decir: el dos y medio por ciento, cifra asombrosamente
pequeña.
Gracias a su actividad y celo, se salvó también la biblioteca universitaria del
incendio de 1842, que destruyó media ciudad y entre ella gran parte de la
Universidad.
Este hombre de tan excepcionales cualidades fue desposeído de su cargo no
sólo como rector, sino también como profesor el año 1846 porque sí, por esas
absurdas cosas incomprensibles que ocurrían en la Rusia zarista, y fue en balde,
y hasta contraproducente, que el claustro de profesores protestara contra aquel
atropello; pero el buen sentido se impuso, en 1855, con motivo de las fiestas del
cincuentenario de la Universidad, en que Lobachewski presentó el original de
su Pangeometría, manuscrito en ruso y en francés por otra persona porque él
estaba casi ciego, y al año siguiente, el día 12/24 de febrero, exactamente el día
del trigésimo aniversario de su primera comunicación sobre la Geometría no-
euclídea, murió el hombre que tuvo la audacia de desafiar el dogma griego del
paralelismo que durante cerca de veintidós siglos había reinado como monarca
absoluto en el campo de la Geometría.
*R3N3*
persa, y exactamente tres meses después, James Hamilton escribía a su hermano
el abogado: “Tu hijo no puede saciar su sed de aprender lenguas orientales.
Las sabe casi todas, aparte de algunos dialectos poco importantes. El
conocimiento del hebreo, persa y árabe lo va a completar con el del sánscrito.
Ha aprendido ya los elementos del caldeo y del siríaco, del indostánico y de los
idiomas que hablan los países malayos y otros, y va a comenzar el chino; pero
aquí es difícil procurarse libros apropiados y cuesta caro traerlos de Londres.
Sin embargo, hará un sacrificio porque tengo la seguridad de que es la mejor
colocación que puedo dar al dinero”.
No había cumplido los catorce años cuando Hamilton, caso único de
monstruosidad lingüística, escribió un poema en persa dando la bienvenida al
embajador del shah, que visitaba Dublín. El encopetado personaje hizo llevar a
su presencia al autor de los versos y quedó maravillado al encontrarse con que
era un niño. A Hamilton se le puede aplicar, invertida su significación, la
conocida décima:
Asombróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supieran hablar francés.
Arte diabólica es,
dijo torciendo el mostacho,
que para hablar en gabacho
un fidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal
y allí lo parla un muchacho.
Además de saber tan enorme cantidad de idiomas, sabía con igual maestría
esgrima y natación y era de carácter tan irascible que a un condiscípulo que le
llamó mentiroso lo desafió a muerte, pero los padrinos arreglaron la cosa y no
pasó nada. Hamilton tenía entonces quince años escasos.
Por aquellos días fue a Trim un famoso calculador norteamericano; un tal
*R3N3*
Zerath Colburn, que influyó en la futura orientación de Hamilton. Tuvo con él
una conversación de la que sacó el convencimiento de que la lingüística no
servía para nada. Colburn le descubrió trucos, diciéndole que todo era cuestión
de memoria: de memoria monstruosa, porque en una ocasión un espectador
preguntó a Colburn si el número 4294967297 era primo, y el calculador
contestó instantáneamente y sin vacilar, que no, porque era divisible por 641, lo
cual es cierto. Precisamente tal número es el quinto de Fermat y costó no poco
trabajo encontrarle el divisor 641 tan rápidamente dado por Colburn, quien no
supo responder cómo había averiguado lo que Euler descubrió un siglo antes.
Hay una carta de Hamilton a su primo Arturo en la que reconoce que
Colburn le convenció de la inutilidad lingüística y entonces pensó dedicarse a la
Matemática, lo que hizo con la misma intensidad con que se había entregado al
estudio de los idiomas, pues a los diecisiete años sabía Cálculo Integral y a los
dieciocho ingresaba en el Trinity College de Cambridge con el número 1 en una
promoción de cien candidatos. Y no estará de más advertir que se preparó solo.
A los diecinueve años tuvo la primera novia, cuya belleza se dedicó a cantar
en versos griegos y, ¡claro! ella se casó con otro. Hamilton sufrió un ataque de
nervios cuando la que pudo ser su suegra le dio la noticia, e intentó suicidarse
arrojándose al río, pero como era buen nadador, no consiguió, a pesar suyo,
hundirse, y se consoló componiendo un poema “a la ingrata”. Hamilton fue, en
esto, un goethiano puro.
El año 1827, es decir, cuando apenas tenía veintidós de edad, fue nombrado
profesor de Astronomía de la Universidad de Dublín y director del Observatorio
anexo a la cátedra, y aquel mismo año, durante unas vacaciones, conoció en el
pintoresco distrito de los lagos al poeta Wordsworth. Al día siguiente de serle
presentado Hamilton le envió un poema de noventa versos, muy malos por
cierto.
No fue así su Theory of system of Rays, publicada en igual fecha en las
Transactions of the Royal Irish Academy, que es un profundo estudio de los
sistemas doblemente infinitos de las rectas en el espacio en relación con el
problema de la refracción, de la luz, que llamó poderosamente la atención de los
*R3N3*
físicos y cuyas conclusiones se comprobaron después experimentalmente.
Poco después tuvo la segunda novia. Hamilton debió de haberse olvidado ya
de lo que pasó con la primera porque también componía versos esta vez en
latín, a los lindos ojos de la segunda, la cual hizo lo mismo que aquélla: casarse
con otro.
La vena poética de Hamilton era inagotable. A Coleridge también le dedicó
interminables poemas como a Wordsworth; pero, a diferencia de éste, que los
soportaba pacientemente, Coleridge se vengaba devolviéndole indigestas
meditaciones sobre la Trinidad y otros misterios teológicos, lo cual sacaba de
sus casillas a Hamilton, quien, pluma en ristre, le rebatía sus argumentos en
hexámetros de hemistiquios mal partidos.
Veinticinco años tenía cuando se enamoró por tercera vez y, como se dice
en Castilla, “a la tercera va la vencida”. Se casó. Ella se llamaba Elena Bayley
y, seguramente, no fue víctima del lirismo hamiltoniano porque si lo hubiera
sido habría hecho lo que sus dos antecesoras. Además, parece que quedó curado
de esta manía, porque no se conocen versos suyos posteriores a su matrimonio.
En cambio, y afortunadamente para la Ciencia, aumentó su producción
matemática, publicando al poco tiempo de casado una memoria titulada Theory
of conjugate functions, or algebric couples, and Essay on Algebra as science of
pure time, Irish Trans, 1837.
Esta memoria tiene un vicio de origen: su ortodoxia kantiana. El Álgebra,
como ciencia del tiempo puro, no tiene ningún sentido matemático, y,
precisamente por esto, apasiona y seguirá apasionando a los aficionados, como
apasionan y seguirán apasionando los problemas de la cuadratura del círculo y
de la trisección del ángulo, la demostración del postulado de Euclides y otras
cuestiones de Matemática patológica de cuyos cultivadores conviene huir como
medida de profilaxis.
Pero, al lado del vicio apuntado, la memoria de Hamilton tiene una virtud:
la de considerar los números complejos como una pareja de números reales en
un cierto orden, lo que le permitió construir una teoría aritmética que ha
despojado a los mal llamados números imaginarios de su misterio,
verdaderamente imaginario, que los hacía aparecer, ¡a ellos, tan inofensivos!
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como monstruos.
La teoría aritmética del número complejo, cuya representación gráfica es un
vector en un plano, inspiró a Hamilton la idea de generalizar al espacio la
interpretación de las rotaciones en el plano, y se encontró con la sorpresa de que
había creado unos entes, a los que dio el nombre de cuaternios, que no
satisfacían la ley conmutativa del producto, es decir: que el orden de factores
altera el producto.
Este descubrimiento tiene una fecha exacta: 16 de octubre de 1863, en que
Hamilton, paseando con su esposa, fue asaltado por la fórmula fundamental de
la nueva Álgebra y la escribió en el parapeto del puente que cruzaba en aquel
momento.
El cálculo de cuaternios es un poco complicado. Aparte de su dificultad
intrínseca, tiene el inconveniente la notación, que es verdaderamente anárquica,
pues cada autor tiene la suya propia. El Congreso de Cassel de 1903 intentó
poner orden en este caos y, en efecto, todos los matemáticos estaban de acuerdo
en que era preciso uniformar la notación, en vista de lo cual acordaron… tres
notaciones nuevas.
A los efectos de estos ensayos de divulgación baste decir que el principal
mérito de la obra hamiltoniana es haber podido establecer un Álgebra
consecuente consigo misma en la que no se verifica la propiedad de la
inalterabilidad del producto cualquiera que sea el orden en que se multipliquen
los factores.
En vista de esto, era lógico que los matemáticos se preguntaran si había
otros sistemas de números de más de dos componentes reales que verificaran
todas las leyes formales de la Aritmética. Weierstrass resolvió negativamente la
cuestión, demostrando el llamado teorema final de la Aritmética, es decir: el
teorema con que termina el desarrollo natural de esta ciencia.
El descubrimiento de Hamilton enseña el camino que hay que seguir para
establecer otros sistemas de Álgebra, y hoy se construyen Álgebras a voluntad,
es decir: sistemas que comprenden un conjunto de elementos y dos operaciones,
llamadas adición y multiplicación que se pueden efectuar con dos elementos del
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conjunto de tal manera que satisfagan los postulados que previamente se hayan
establecido.
La teoría de cuaternios gozó del favor de los físicos de las dos últimas
generaciones; pero hoy está sustituida por el Análisis sensorial, más sencillo,
que ha tomado gran impulso a partir de 1905 gracias a la relatividad
generalizada. No obstante, sigue teniendo apasionados defensores, los cuales
cuentan con una Liga mundial para el progreso de la teoría de cuaternio,
fundada en 1895 por el matemático japonés Kimura, que hizo sus estudios en
los Estados Unidos.
Hamilton murió creyendo que habla realizado una obra análoga a los
Principia de Newton. “Mi descubrimiento, dijo, me parece tan interesante a
mediados del siglo XIX como lo fue el de las fluxiones [Cálculo Diferencial] a
fines del XVII”. Se equivocó, y la culpa de su equivocación la tuvo Kant.
Los últimos años de Hamilton contrastan con los primeros. Quizá un poco
borrachín, pero humilde y devoto. El día final de su vida fue el 2 de septiembre
de 1865, y murió de gota. En su mesa de trabajo se encontraron verdaderas
montañas de papel, y entre ellas, restos de comida y hasta platos intactos.
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Capítulo 10
MAUROLICO Y COMMANDINO
El humanismo en la matemática
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Botticelli preparan el advenimiento de Miguel Ángel, de Rafael y de los
pintores de la escuela veneciana, como Dante, Petrarca y Boccaccio anuncian la
eclosión que habrían de tener las letras con Maquiavelo, Castiglione,
Guicciardini, Ariosto, Tasso y Pedro Aretino, precursor éste, de la decadencia
renacentista al triunfar el arte académico, amanerado, frío y cerebral, a
mediados del siglo XVII, muerto León X, y sus sucesores, conquistada ya
Roma por las tropas imperiales que convirtieron su política liberal y de
mecenazgo en ciega y sistemática oposición a todo lo que no pudiesen vigilar
directamente y al desarrollo de la Ciencia.
En los países del Norte brilla, en tanto, la estrella de Erasmo, para quien el
humanismo es la lucha contra los abusos del clero, la incultura monástica, la
esterilidad del tomismo y las arbitrarias interpretaciones que de la Biblia daban
los teólogos eclesiásticos, tendiendo hacia la exégesis de los primeros padres de
la Iglesia.
El humanismo francés se caracteriza por una orientación erudita y crítica
que culmina en Rabelais y Montaigne, mientras que el alemán, con Rodolfo
Agrícola y Regiomontano, prepara el camino de la Reforma; el inglés, con
Tomás Moro, adquiere un matiz socializante, y el español, con Cisneros,
Nebrija, Arias Montano, Fernando de Córdoba, Luis Vives y Fox Morcillo, es
moralista y tiende a una síntesis científica.
Los humanistas se apartan de las ideas de los siglos medievales para dar un
sentido humano al Arte y a la Ciencia; y, al presentar la vida de los pueblos de
la antigüedad clásica como tipo ideal de la Humanidad, ponen los cimientos de
la civilización moderna. La Ciencia, en general, y la Matemática en particular,
no fueron ajenas a aquel movimiento y siguieron también la corriente
humanística. Los Elementos de Euclides, el Almagesto de Ptolomeo, la
Aritmética de Diofanto, las Cónicas de Apolonio y todas las obras de los
grandes matemáticos de la antigua Grecia, y hasta algunas de los menores,
fueron dadas a conocer por los matemáticos humanistas como Zamberti,
Barrozzi, Memo, Holzmann, más conocido por su nombre latinizado de
Xylander, y otros que, al poner el Occidente en contacto con los genios de la
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Hélade, compraron la obra encentada en el siglo XII por la Escuela de
Traductores de Toledo, fundada por el arzobispo Don Raimundo, en los
momentos en que el espíritu latino empezaba a despertar de su modorra y los
hombres a comprender que en el mundo hay que hacer algo más que cantar las
lamentaciones del Dies irae.
Hasta entonces la Matemática había vivido del jugo de Boecio y de San
Isidoro. La Aritmética del noble romano y las Etimologías del arzobispo de
Sevilla eran las únicas fuentes de conocimientos matemáticos, superadas en el
siglo XII por Savasorda en España, Alberto Magno en Alemania y Juan de
Sacrobosco en Inglaterra, pero es una Matemática contaminada por las
supersticiones, siendo precisamente en España el país donde se conservó más
pura la Ciencia; y así ha dicho un escritor citado por Fernández Vallín, sin
indicar su nombre, que “cuando volvían a los hispanos, aumentados y
comentados, aquellos libros que habían salido de su nación, no los conocían,
porque la verdadera Ciencia había desaparecido en el barbarismo del sofisma y
de la sutileza que reinaba en toda Europa.”
Era, en efecto, la época de los números mágicos y de la Gematría; y así, por
ejemplo, el número 3 representaba el alma con sus potencias y virtudes
cardinales; el 5 es la representación del matrimonio porque está formado por el
primer par: 2, y el primer impar: 3; el 7 es el hombre por contener las tres
potencias del alma y los cuatro elementos del cuerpo, y el 11 es el número de
letras de la palabra abracadabra que tiene la virtud de curar las fiebres
intermitentes escribiéndola en un papel y colocándola sobre el estómago del
enfermo.
Todos estos números sagrados son impares por ser los gratos a Dios, según
el verso virgiliano: Églogas, VIII, 75: número Deus impare gaudet, excepto el
12, que representa el Cosmos y se elige como base de la numeración porque son
doce los signos del Zodiaco, las tribus de Israel, los profetas mayores y los
tonos de la música con que se cantan alabanzas al Altísimo.
De todos estos números dotados de propiedades climatéricas, el 7 es el
preferido. Siete son los días de la Creación, los dones del Espíritu Santo, los
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brazos del Candelabro, los dolores de María, los actos del alma, los pecados
capitales, las virtudes y los planetas.
Representando los números por letras, cada palabra tenía su número
característico, y así resultaba que Aquiles era superior a Héctor porque el valor
de las letras de la palabra Aquiles es 1276 mientras que las de la palabra Héctor
sólo valen 1225. En hebreo, el nombre Eleázaro equivale a 318 y por eso
Abraham libertó trescientos dieciocho esclavos cuando salvó al sucesor de
Aarón.
Combinando los números cabalísticos se construían figuras como los
cuadrados mágicos, tal el que pintó Alberto Durero en su Melancolía, cuyos
elementos sumados por filas, columnas o diagonales, dan el mismo total;
satánicos o doblemente mágicos, y diabólicos o mágicamente mágicos.
Construidos estos cuadrados, los hombres medievales observaron un hecho
sorprendente: que no se pueden hacer de segundo orden, es decir: de cuatro
casillas, de donde dedujeron la imperfección de los cuatro elementos: aire,
tierra, fuego y agua, y no vacilaron entonces en considerar el número 4 como
símbolo del pecado original; y, en cambio, como construían cuadrados de los
órdenes 39, 49, 59, 69, 79, 89 y 99, o sea: de siete órdenes distintos, el número
7 vuelve a aparecer bajo otro aspecto.
Todos estos números teúrgicos conjuran al fatídico 13, cuyo maleficio debió
de ser tan enorme que todavía proyecta su sombra hoy, en pleno siglo XX, que
es el siglo del motor de explosión, de la incredulidad y de las camisas flojas.
La serie de disparates medievales desapareció, afortunadamente, con las
primeras ediciones de los clásicos griegos. Un mundo nuevo apareció ante los
ojos atónitos de los hombres, preocupados hasta entonces en pueriles
combinaciones numéricas y triviales figuras geométricas; y una sed de saber y
un ansia de curiosidad se despertaron en todos los espíritus.
Estas primeras ediciones tienen, sin embargo, un defecto: su oscuridad,
producida por amanuenses torpes que desfiguraron el pensamiento del autor al
copiar infielmente el original, defecto que aumentó al ser traducidos textos
adulterados; pero era tan grande su poder de sugestión, a pesar de todo, que
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muchos eruditos, familiarizados con la técnica del razonamiento matemático, se
dedicaron a la noble y nunca bien alabada tarea de revisar y corregir los libros
ya publicados, a comentar las obras de los maestros y, finalmente, a adivinar lo
que habían escrito, tomando como punto de partida para su labor de exégesis
los comentarios de Pappo, de Proclo y de Eutocio, especialmente, y buscando a
través de ellos, con tanta paciencia como ingenio y entusiasmo, el hilo de
Ariadna que los condujera a los grandes maestros, sobre todo a los que
definieron el ápice de la escuela de Alejandría.
Como representantes de los beneméritos traductores de la Matemática
griega, que tienen, además, el mérito de haber hecho algunas aportaciones de no
escaso valor, pueden escogerse dos nombres: Francisco Maurolico y Federico
Commandino, ambos italianos, de Mesina el primero y de Urbino el segundo, y
ambos contemporáneos y amigos que sostuvieron larga correspondencia
epistolar.
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pasó más inadvertido que el segundo, cuya fama llegó hasta Carlos I de España.
Cuando el premier de Austria que pisó el suelo español estuvo en Mesina con
motivo de sus desavenencias con Barbarroja, mandó llamar a Maurolico para
tener una conversación con él. A pesar de todos nuestros esfuerzos no hemos
conseguido averiguar cómo se desarrolló el diálogo entre el matemático y el
hijo de Juana la Loca, y en verdad que lo lamentamos, porque debió de ser
sabroso. Seguramente que la soberbia del rey de España y emperador de
Alemania, su último acto de soberbia fue encerrarse en Yuste para sincronizar
relojes, dejaría atónito al traductor de Euclides.
No terminaremos estas breves notas sin indicar que Maurolico fue el
iniciador del llamado método de inducción completa que Bernoulli perfeccionó
en el siglo siguiente. Este método se funda en el hecho de que todo número
natural se puede considerar como suma de unidades, ya que partiendo del cero
se forman todos los números naturales por adiciones sucesivas de la unidad, de
donde resulta que, comprobada una propiedad para el valor 1 y, si supuesta
verdadera para un cierto valor, demostramos que lo es para el siguiente, la
tendremos demostrada para todos los valores.
FIN
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FRANCISCO VERA FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, nació el 26 de febrero de
1888 en Alconchel, un pueblo del suroeste de la provincia de Badajoz, en el
seno de una familia que se dedicaba al comercio. Realizó los estudios de
Bachillerato en el Instituto de Badajoz. Uno de los profesores al que admiró fue
Romero de Castilla, defensor del krausismo.
Parece ser, que en un principio deseo ser Ingeniero de Minas pero las
circunstancias económicas familiares le llevaron a decidirse por los estudios de
la licenciatura de Ciencias, especializándose en Matemáticas. Realizó el
doctorado.
Vera alternó su pasión por las matemáticas con otra afición muy intensa, la
literatura y el periodismo. En 1909 realizó su primera publicación de
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matemáticas Teoría general de ecuaciones y en 1910 su primera publicación
literaria De mujer a mujer. A partir de entonces, va intercalando publicaciones
de ambos tipos aunque en sus últimos años se decanta por la historia de las
matemáticas y de las ideas científicas.
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masón.
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Notas
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[1] La cita correcta es: “Barbarus hic ego sum quia non intelligor illis”. Ovidio:
Tristium, libro V, elegía X. <<
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