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Arqueología y Tradición Científica en México

Este documento resume un libro titulado "El Leviatán Arqueológico. Antropología de una tradición científica en México" escrito por Luis Vázquez León. El libro analiza la tradición arqueológica en México, incluyendo el difusionismo, la Escuela Mexicana de Arqueología, el patrimonialismo arqueológico, y las instituciones e investigaciones arqueológicas prominentes en México. El autor también discute los dilemas que enfrenta la arqueología mexicana.
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Arqueología y Tradición Científica en México

Este documento resume un libro titulado "El Leviatán Arqueológico. Antropología de una tradición científica en México" escrito por Luis Vázquez León. El libro analiza la tradición arqueológica en México, incluyendo el difusionismo, la Escuela Mexicana de Arqueología, el patrimonialismo arqueológico, y las instituciones e investigaciones arqueológicas prominentes en México. El autor también discute los dilemas que enfrenta la arqueología mexicana.
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El Leviatán Arqueológico. Antropología de una tradición científica en México

Book · December 2018

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Luis Vazquez
Ciesas Occidente
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2003

El Leviatán
Arqueológico

ANTROPOLOGIA DE UNA TRADICION CIENTIFICA

CIESAS DE OCCIDENTE
El Leviatán Arqueológico
Antropología de una tradición científica en
México

Luis Vázquez León

1
EL LEVIATÁN ARQUEOLÓGICO. ANTROPOLOGÍA DE UNA
TRADICIÓN CIENTÍFICA EN MÉXICO

ABREVIATURAS, III

PROLOGO, VI

INTRODUCCION, 1

CAPITULO I. Difusionismo, Mesoamérica y la Escuela Mexicana de


Arqueología, 37

1. La ciencia normalmente desafiante.


2. La extraña historia de las teorías arqueológicas en México.
3. El área cultural en la arqueología normal difusionista.
4. Mesoamérica en la arqueología difusionista mexicana.
5. De periodizaciones y heurísticas.

CAPITULO II. Arqueología, patrimonio y patrimonialismo en México, 95

1. La arqueología de cámara como patrimonio privado.


2. Orígenes de la arqueología patrimonialista americana.
3. Monumentalismo antiguo y genealogía imaginaria de México.
4. Patrimonio arqueológico y patrimonialismo moderno.
5. Operatividad de la arqueología patrimonialista.
6. El Leviatán arqueológico en su jaula patrimonialista.

CAPITULO III. La arqueología mexicana en siglas, cifras y nombres, 154

1. Cualidad y cantidad en la estrategia de documentación.


2. La literatura arqueológica y las funciones institucionales.
3. Hacia una tipología clasificatoria de instituciones.
4. ¿Arqueología de investigación o de aplicación?
5. Saldos de la enseñanza de la arqueología.
6. De museos, financiamientos y otras rarezas profesionales.

2
7. Tablas y gráficos.

CAPITULO IV. Fenomenología de la arqueología mexicana, 210

1. Imaginería bélica y su sentido.


2. Tipología de organización de los proyectos arqueológicos.
3. Las instituciones arqueológicas y sus proyectos.
4. Dualidad de prioridades, ¿descubrimiento o interpretación?
5. Racionalidad de fines e irracionalidad de medios.

CAPITULO V. La gran arqueología, la otra arqueología...y más allá, 268

1. Obertura de la gran arqueología, o de Templo Mayor a Teotihuacan.


2. Interludio de la caverna teotihuacana.
3. Suite del Cañón de Bolaños y de la Laguna de Magdalena.

CAPITULO VI. LOS DILEMAS DE LA ARQUEOLOGIA MEXICANA, 352

POST SCRIPTUM, 368

BIBLIOGRAFIA GENERAL, 388

3
ABREVIATURAS DE REVISTAS

A Antropológicas

AdA Anales de Antropología

AA American Anthropologist

AM Arqueología Mexicana

AR Archaeology

BAA Boletín de Antropología Americana

BECAUY Boletín de la Escuela Ciencias


Antropo- lógicas de la
Universidad de Yucatán

BMN Boletín del Museo Nacional de


Aqueolo-
gía,Historia y Etnografía

C Cuicuilco

CA Current Anthropology

CAB Consejo de Arqueología. Boletín

CD Ciencia y Desarrollo

EdH Estudios del Hombre

EMA El México Antiguo

HAN History of Anthropology Newsletter

LR La Recherche

MC Mundo Científico

NA Nueva Antropología

S Scientometrics

SA Scientific American

4
SSS Social Studies of Science

ST Synthese

TS The Sciences

UF Universidad Futura

ABREVIATURAS DE INSTITUCIONES

ANUIES Asociación Nacional de Universidades


e
Instituciones de Educación Superior

CEMCA Centre d'Etudes Mexicaines et Centro-


americaines

CONACYT Consejo Nacional de Ciencia y Tecno-


logía

CNCA/SEP Consejo Nacional para la Cultura y


las
Artes. Secretaría de Educación
Pública

CEA/COLMICH Centro de Estudios Antropológicos de


El Colegio de Michoacán

CIHS/UAC Centro de Investigaciones Históricas


y Sociales de la Universidad Autónoma
de Campeche

DA/ESC/UDLA Departamento de Antropología, Escuela


de Ciencias Sociales, Universidad de
las Américas

DA/IMC Dirección de Arqueología del


Instituto Mexiquense de la
Cultura

DEH/UdG Departamento de Estudios del Hombre


de la Universidad de Guadalajara

DA/SOPZ Departamento de Arqueología de la

5
Secretaría de Obras Públicas de
Zacatecas

DPC/ICT Dirección de Patrimonio Cultural del


Instituto de Cultura de Tabasco

ENAH/INAH Escuela Nacional de Antropología e


Historia del INAH

FNA/CNCA Fondo Nacional Arqueológico del CNCA

FONCA/CNCA Fondo Nacional para la Cultura y las


Artes del CNCA

FCA/UADY Facultad de Ciencias Antropológicas


de la Universidad Autónoma de Yucatán

FA/UV Facultad de Antropología de la


Univer- sidad Veracruzana

FA/UNAM Facultad de Arquitectura de la UNAM

INAH/SEP Instituto Nacional de Antropología e


Historia de la SEP

ISI Institute for Scientific Information

IIA/UNAM Instituto de Investigaciones


Antropo- lógicas de la UNAM

IA/UV Instituto de Antropología de la


Universidad Veracruzana

IPGH Instituto Panamericano de Geografía e


Historia

IEA/UDLA Instituto de Estudios Avanzados de la


UDLA

IJAH/UdeG Instituto Jaliciense de Antropología


e Historia de la UdG

IH/UAG Instituto de Humanidades de la


Universi- dad Autónoma de Guadalajara

LA/UdG Laboratorio de Antropología de la


UdG

6
SMA Sociedad Mexicana de Antropología

7
PROLOGO A LA SEGUNDA EDICION

Una tentación inevitable en toda reedición es la de volver a plantear las


cosas ya dichas. Si se cede a ella, lo más seguro es que uno acabe escribiendo
un libro diferente. Otro libro. Fue así que preferí atarme al mástil de lo ya dicho.
Aunque con ligaduras no del todo ajustadas, ya que procuré introducir cambios
diversos, casi todos de orden expositivo, en contadas ocasiones analíticos, y por
lo regular colocados como notas al calce, que en poco alteraron el sentido original
de la primera edición.

Esta segunda edición ocurre en una situación muy diferente a la primera,


que anunciaba una gran adversidad hacia los resultados de esta investigación. En
efecto, hubo consecuencias. Creí al principio que la mayor de ellas había sido que
renuncié a mi empleo como investigador del INAH, pero veo me equivoqué. Su
lectura siguió caminos insondables por su parte. Y no siempre para mal. A pesar
de haber sido publicado en Holanda, este libro vino a ser leído poco a poco,
aunque fuera en fotocopias. Lo importante es que el lector puede ahora contrastar
las lecturas interesadas de segunda mano con la suya propia. Y sacar sus propias
conclusiones, al margen de las interpretaciones canónicas. Lo digo porque hubo
una lectura especialmente sesgada hecha por mi primera lectora arqueóloga,
cuando apenas era una tesis doctoral. Ella adujo que El Leviatán Arqueológico no
pasaba de ser más que un ataque contra su profesión. Una idea del todo similar a
esta –la mejor para propiciar la mutua incomunicación y la mala interpretación-
fue repetida por altos funcionarios del INAH a los que hice llegar una copia del
resultado, con la invitación a criticarme públicamente. Que yo sepa nunca lo
hicieron. Recibí en cambio presiones, ligadas a una misma lectura sesgada y me
temo que profundamente parcial.

Como autor, y si tengo alguna responsabilidad sobre lo que escribo, digo


que nada más ajeno a mis intenciones. Aclaro, además, que criticar no es

8
sinónimo de atacar. Mi crítica se centró en el contexto institucional que constreñía
la organización del conocimiento y praxis arqueológicos. Contexto que además
compartía como investigador del INAH, lo mismo que mis colegas arqueólogos.
Me refiero sobre todo al patrimonialismo con que viene administrando al
patrimonio cultural desde tiempos de la Colonia, pero que se llevó a su expresión
más acabada bajo el nacionalismo revolucionario. Hoy, que asistimos a un cambio
de régimen, la herencia patrimonialista no parece haber menguado más que en
sus aspectos más superficiales, pues el patrimonio sigue estando centralizado. El
gesto de devolver las pinturas retenidas en la mansión presidencial de Los Pinos
no tiene eco en otras devoluciones culturales que ni siquiera se imaginan, mucho
menos se plantean. De hecho, prevalece la sensación en la sociedad interesada
en disfrutar estos bienes públicos de uso común, de que el cambio de régimen no
fue más que una continuidad burocrática del mismo interés dominante sobre la
herencia del pasado. Y que en ello coinciden el nacionalismo anterior con la
gestión empresarial en boga.

Por cuanto se refiere a mi posición como observador, vuelvo a establecer


que no podía ser ajeno a lo que sucedía cuando realicé mi estudio. Antes al
contrario, dicha posición se entendía porque al igual que mis críticos más
negativos, era miembro de la misma institución, si bien ubicados en posiciones
jerárquicas muy diferentes. A lo largo de diecinueve años (sin mencionar los
cuatro más que los tuve como condiscípulos y maestros en la ENAH) conviví de
cerca con los arqueólogos, y los pude conocer a fondo porque en los entonces
centros regionales del INAH se establecía una relación de proximidad que no se
tenía en las coordinaciones y departamentos centrales, donde efectivamente hay
una clara distancia entre las especialidades antropológicas. Fue gracias a esta
familiaridad cotidiana que pude emprender mi estudio. Habría que decir incluso
que lo concluí siendo miembro del INAH. Entonces, la identidad de enemigo que
se me adscribió era del todo artificial. Y sí creo que se hizo malintencionada a
propósito. Fue hasta que el prejuicio de los altos funcionarios del instituto se
tornaron amenazantes, que opté por retirarme de él. Nada distinto, por cierto, a lo

9
que algunos insignes arqueólogos han sufrido en el pasado, pero que subestimé
por la sencilla razón de que yo no era insigne. A lo más, un investigador de base,
uno de los que ha diario constituyen al INAH con su trabajo cotidiano.

Una condicionante evidente de mi proceder en tales circunstancias fue que,


atado a los preceptos etnometodológicos que guiaron toda la pesquisa, nunca me
atreví a suscribir una postura normativa sobre el quehacer de los arqueólogos. En
el post scriptum que he agregado a esta edición explico mejor este proceder
metodológico. Baste decir aquí que fue hasta la Segunda Mesa Redonda de
Monte Albán, sostenida en Oaxaca a mediados del 2000 (y luego, en el Diplomado
sobre Patrimonio Cultural en la ENAH Chihuahua a finales del 2001), que me
permití, con muchas reservas de mi parte, comenzar a sugerir medidas para
reformar, no a la arqueología en sí, sino a la administración de los bienes
culturales heredados del pasado. La misma temática de la discusión ahí sostenida
en torno a la conflictiva relación establecida entre sociedad y patrimonio
arqueológico así lo obligaba. Y así fue interpretado por los arqueólogos del
Colegio Mexicano de Antropólogos que suscribieron algunas de mis propuestas en
una carta dirigida al presidente electo Vicente Fox, el 2 de Octubre de 2000.

El fin que he perseguido al escribir ese post scriptum no es remediar una


falta, sino aclarar el sentido que rigió al proceso de investigación. En mucho
sintetiza lo que era un apéndice en la tesis original. Pero asimismo sirve de
respuesta a algunos de mis críticos, en especial a un dictaminador anónimo de
esta segunda edición, quien me llama a respetar el aspecto ético, ya que supone
que la publicación puede dañar intereses de personas en “posiciones subalternas”
dentro del INAH. Hasta donde sé, el único que ha sufrido tales daños es el propio
autor del libro, y debiera agregar que se lo debo a personas en “posiciones
superalternas”. Cualquier lector apreciará también que siempre dejé en el
anonimato, cuando fue necesario, los nombres de aquellos colegas que así lo
prefirieron. Y que mi análisis textual fue el medio técnico adecuado precisamente
para no incurrir en faltas a que me inducían los testimonios encontrados que

10
recogí entre los arqueólogos, en medio de sus disputas personales. Si se cita a
otros autores por nombre y apellido es porque hice uso de sus escritos públicos,
escritos que son accesibles aún para la lectura del propio dictaminador.

Por último, la actual edición no hubiera sido posible sin la desinteresada


colaboración de los colegas arqueólogos del Colegio de Michoacán, pero destaca
entre ellos Efraín Cárdenas García, a quien tuve ocasión de conocer en el Centro
INAH Michoacán, cuando ambos éramos investigadores del mismo. Por lo tanto,
deseo agradecerle a él, a sus colegas del Centro de Estudios Arqueológicos, y
sobre todo al director del Colegio de Michoacán, Dr. Carlos Herrejón, el interés
demostrado en mi libro. Todos ellos se tomaron la molestia de leerme tal como
cualquier autor esperaría que lo hicieran con sus ideas, sin prejuicios ad hominen.
Sigo creyendo que la suya es la única manera de comunicarse, pero de
comunicarse de modo comprensivo entre colegas. Y que ese es un valor escaso
que no debiéramos perder. Ni siquiera cuando sea políticamente poco redituable.

11
PREFACIO A LA TERCERA EDICION

Una vez más hay que celebrar la frase galileana “Y sin embargo se mueve”. Este libro, y
contra lo que deseaban sus críticos más recalcitrantes -que lo llegaron a prohibir como
inquisidores vestidos con disfraz académico-, se sigue leyendo entre un público juvenil de
arqueólogos al que siempre estuvo dedicado, cosa que les debo agradecer de antemano.
Desde esta objetivación, he de establecer asimismo que nada estuvo más lejos de mi
intención que imitar a las cuatro ediciones alcanzadas por Anthropology and
Anthropologists. The British School in the Twentieth Century de Adam Kuper1, pero sí es
verdad que como motivo de inspiración esa obra siempre estuvo presente. Más allá de ese
motivo del todo intelectual yace el hecho de que el mayor respaldo moral lo hallé, primero,
en la bonhomía de nuestro antecesor y muy respetable colega Guillermo Bonfil Batalla,
quien desde el entonces CONACULTA estimuló este trabajo, debido a su preocupación
personal cuando habiendo sido director del INAH, fue el fundador del Consejo de
Arqueología, respecto del cual abrigaba dudas sobre su correcto funcionamiento. Luego de
su lamentable muerte, el entonces director del CIESAS, Rafael Loyola Díaz, me inquirió si
el libro era polémico. Tan pronto supo que sí, decidió apoyarlo en su segunda edición, algo
que en nuestro medio caníbal es del todo inusual que ocurra, pues no se acostumbra a
tolerar ninguna libertad de pensamiento, excepto el propio de la visión dominante. A ambos
debo también que este libro se mueva.
Esta tercera edición ocurre en un momento crucial para la administración del patrimonio
cultural y el futuro de la propia arqueología gubernamental. Como ya es sabido, se ha
creado la Secretaría de la Cultura, a la cual el INAH ha pasado a formar parte, alejándose
definitivamente de la educación pública. Con este cambio, todavía por estructurarse del
todo, se han levantado protestas anticipadas, casi todas basadas en rumores que anticipan
un escenario catastrófico en el campo de la administración patrimonial. Que se vea así de
oscuro el futuro no es incidental. Hay muchos factores adversos en el contexto (no se diga
en el horizonte histórico presente) como para pensar lo contrario. Por ejemplo, aunque se ha
instrumentado ya un sindicato de empresa, hasta hace poco los académicos, administrativos
y manuales del INAH eran parte de dos delegaciones sindicales adheridas al Sindicato

1
Su primera edición data de 1973 y fue reeditado en 1983, 1987 y 2015; tuvo otras reimpresiones.

12
Nacional de Trabajadores de la Educación, lugar donde nada tenían en común con los
profesores de enseñanza media y básica. Se dilataron en hacerse cargo de su distancia
subjetiva y profesional. Más aún cuando el SNTE empezó a experimentar fuertes tensiones
internas con sus caciquiles dirigentes y con su mayor beneficiario, la SEP. Desde entonces
las tensiones internas en vez de disminuir fueron creciendo, tornándose en muy violentas y
de plena rebeldía. Nada que ver con el INAH. Pero este distanciamiento creciente del poder
condicionado de la educación pública conlleva sus propias acechanzas. Quiero decir que la
ideología nacionalista, y con ella una administración patrimonial basada en una identidad
nacional monista, ha concluido sin tener claro una alternativa eficaz. Si ese monismo
identitario ya carece de sentido, el punto crucial ahora es esclarecer qué lo sustituye como
principio estructurante de la futura administración patrimonial.
Otra fuente de preocupación es la guerra al narcotráfico, aunque se pretenda tenerla bajo
control militar total, lo que no es ningún alivio pues es bien sabido que los índices de
violencia crecen en vez de caer. De este modo la violencia más despiadada sigue apilando
cadáveres sin respetar ningún derecho humano o de guerra. En ese contexto oscuro, no hace
mucho Noemí Castillo, profesora de muchas generaciones de antropólogos y arqueólogos
mexicanos entre las que figuro, fue balaceada durante su trabajo de campo. Más lamentable
es que entre las filas de los arqueólogos haya que citar la muerte violenta de Carlos López
Cruz, también estando de trabajo de campo. Carlos López aparece citado en uno de los
casos de la arqueología de baja intensidad abordados en este libro. Tan preocupante resulta
este ambiente, que a sugerencia de la Academia Mexicana de Ciencias Antropológicas, y
con el apoyo de la Red Mexicana de Arqueología, me dediqué a reconstruir las condiciones
de riesgo que encaran estos investigadores en sus estudios, y que a ratos recuerda el drama
social que se vivió en Perú bajo la guerra contrainsurgente contra de Sendero Luminoso.2
No voy a repetir aquí todo lo que dije en ese momento, pero lo mejor es consultar el
testimonio de primera mano rendido en esa reunión por José Luis Punzo sobre lo ocurrido
en Durango y Sinaloa, poco antes de la campaña militar contra el Chapo.3

2
“Las acechanzas externas e internas de la antropología hipermoderna en México”, ponencia al Coloquio de
Antropología e Historia de la AMCA, 22/10/2015. Este y otros resultados de ese coloquio, está circulando
como libro electrónico y en plataforma de CDR de la Academia de Ciencias Antropológicas.
3
José Luis Punzo Díaz, “Arqueología, violencia e identidad. El patrimonio arqueológico de la Sierra Madre
Occidental de Durango”, ponencia al Coloquio de Antropología e Historia de la AMCA, 22/10/2015.

13
De los testimonios y casos que recabé, uno merece ahora mi especial atención, en conexión
de las preocupaciones sobre del entorno de desempeño profesional. La información de que
disponía el año pasado era incorrecta, y siempre la realidad es bastante más complicada que
las versiones circulantes, que no dejan de ser rumores. Me habían informado del presunto
secuestro del colega Alberto Martos en la zona arqueológica Plan de Ayala, en Chiapas. No
fue tal secuestro, no en un sentido lato según él me refirió. Hubo varios intentos de
extorsionarlo, cercándolo a él y a su equipo, primero para que entregara “el tesoro”
excavado –sintomático que haya indígenas que sigan pensando tal como los españoles del
siglo XVI temprano-4 que no había tal; luego de aclararlo, la exigencia se convirtió en la
entrega de “contribuciones” a los descontentos, lo que incluía el cobro de “derecho de
paso”. Las cosas se pusieron tan tensas con los caciques de Ocosingo, que Martos decidió
suspender el proyecto. Pero como él me dijo, hay casos análogos en todo Chiapas, pero
tienen en común las exigencias de tomar el control de las zonas arqueológicas. En efecto,
en Chinkultik la disputa con los zapatistas que tomaron la zona arrojó el saldo de seis
personas muertas en un tiroteo con la policía en septiembre de 2008, y en Toniná hubo el
peligro de un desenlace similar. Justo por ello, luego me inquietó saber, a poco del coloquio
de la AMCA, sobre fuertes disputas en Tajín también. Y aún en Guachimontones (Jalisco),
donde uno no esperaría encontrar disputas así, éstas se expresan también como dobles
retenes de cobro organizados por cualquiera que se asuma como “dueño del patrimonio”, si
no es que del “territorio”. Cierto que siempre hay razones qué comprender detrás de ese
comportamiento ilícito.
Este comportamiento reactivo ha venido a agregar un factor de riesgo que no existía en
1995 cuando escribí la primera versión de El Leviatán Arqueológico, cuando era fácil, y
hasta esperanzador, decir entonces que había que estimular la participación social en la
administración patrimonial local del INAH. Y asimismo tratar de superar en definitiva el
pecado original del patrimonio arqueológico como una expoliación de bienes culturales, es
decir, como una herencia feudal –obvio que aludo al análisis histórico de Luis Weckman-5
todavía presente en Coatlinchan en 1964, si bien en este caso la percepción local de despojo

4
Tardíamente en ese siglo, hacia 1571-1577 Francisco Hernández de Toledo introdujo la noción de
Antigüedades de la Nueva España (disponible en Google Books), pero aún se refería a épocas y no a
vestigios, sentido que luego obtuvo la palabra antigüedad. Empero, Hernández sí contribuyó a hacer
pretérita a la sociedad indígena viviente que conoció como contemporáneo.
5
Luis Weckman, La herencia medieval de México, México, Fondo de Cultura Económica, 1994.

14
parece ser una elaboración posterior entre los pobladores del lugar, pues primero
intercambiaron al Tláloc por servicios que carecían. Más hay que reconocer de todas
maneras en que semejante herencia colonial primigenia, de un patrimonialismo en proceso
de consolidación, ésta ya estaba vigente en 1780 cuando el cura jesuita Francisco Javier
Clavijero ideó la construcción de un museo de antigüedades con objetos y códices que “se
necesita sacar [esta clase de documentos] de manos de los indios”.6 Se había iniciado la
acumulación de bienes patrimoniales antiguos de un modo análogo a la expoliación
colonial ya que Clavijero sabía a la perfección que esas “pinturas mexicanas” tenían dueño
y estaban en uso legal en el Juzgado General de Naturales para los “pleitos sobre la
propiedad de las tierras o la nobleza de algunas familias indias”, según sus propias palabras
muy reveladoras. Hoy, si a esos motivos antiguos les mezclamos los reclamos actuales, el
compuesto resultante puede ser explosivo, un fenómeno que se repite en otros conflictos
étnicos, y sobre todo en los casos de limpieza étnica bien conocidos. Muchos actores están
deseosos de recomponer el pasado a como dé lugar, y sin importar los medios requeridos.
Lo que Zygmunt Bauman ha llamado con certeza “retrotopías”.
Por supuesto que las respuestas violentas no son meras consecuencias de los crímenes
coloniales, que en teoría les justifican de modo fundamentalista. Hay que explicarlas
también en sintonía presente. Mucha de las causas de esta reacción es que desde 1994, y
con los avatares estratégicos cambiantes del momento, se fue creando una representación
contradictoria en el seno de algunos pueblos indígenas (de hecho ocurre no en los pueblos
como multitud y status jurídico, sino entre ciertos individuos y grupos que “hablan a
nombre de los pueblos indígenas”), de ser víctimas históricas del colonialismo, y por lo
tanto ser unos actores que deben recurrir medios violentos para conseguir mejorar su
situación o revertirla, aun creyendo que pueden dar marcha atrás a la rueda de la historia.
Así las cosas, más de una “comunidad armada” se ha forjado bajo esta representación
encontrada.7 Y tal parece que a nadie extraña que ese deber ser admita sin tapujos su
asociación con varios grupos guerrilleros, autodefensas, narcotráfico, policías comunitarias,

6
Francisco Javier Clavijero, “A la Real y Pontificia Universidad de México”, Historia antigua de México,
México, Editorial Porrúa, 1991: xix.
7
Marco Estrada Saavedra, La comunidad armada rebelde y el EZLN. Un estudio histórico y sociológico sobre
las bases de apoyo zapatista en las cañadas tojolabales de la Selva Lacandona (1930-2005), México, El
Colegio de México, 2007.

15
protestas violentas, etc.8 Gracias a esa representación contradictoria se puede reclamar un
derecho racional sin dudar en emplear un medio irracional para obtenerlo. El fin justifica
los medios, como en el renacentista Maquiavelo.
Mencioné arriba el caso de Tajín. Me refería con ello a la documentación que ha reunido
Álvaro Brizuela desde 1988 sobre la disputa de la “parcela 126” dentro del área poligonal
de la zona arqueológica de Tajín. Como de hecho ocurre en varias zonas arqueológicas, hay
dudas sobre el estatus legal de éstas, dudas que antes se apisonaban con la fuerza de un
decreto presidencial de expropiación e integración ulterior a los bienes patrimoniales
culturales de la nación. Pero desde 1991 esa medida de fuerza jurídica cifrada en el
presidente no solo es imposible de aplicar en términos legales, sino que tampoco es
justificable bajo los valores morales de la sociedad diversa. Las reformas al artículo 27
Constitucional no solo clausuraron las posibilidades de expansión por decreto o
reconocimiento jurídicos de las tierras de propiedad ejidal y comunal, sino también las
declaratorias presidenciales para constituir las zonas arqueológicas. Tajín, como otras zonas
más, ha mostrado conservar toda una estratigrafía de formas de propiedad de las más
diversas expresiones (varias coloniales, republicanas y modernas, pero también previas a la
nacional), incluso anteriores a la propiedad nacional del INAH como pudiera pensarse, sino
que datan de la constitución de PEMEX y la expropiación petrolera. Tal como Brizuela lo
ha estudiado, hay también varios derechos vigentes basados en las propiedades comunales
de los totonacos, de la Congregación de Tajín, de los propietarios privados, de los
parceleros ejidales y desde 1992 de la UNESCO también, una vez declarada Tajín como un
bien “patrimonio de la humanidad”, una propiedad bastante elusiva en comparación al
resto. Y lo que ha complicado todo el asunto del control, es que todos estos sedimentos de
propiedad se expresan en personas interesadas en reclamarlos. Por lo mismo, en una fecha
tan reciente como 2014 hubo una marcha de comuneros totonacos de Tajín para “tomar

8
No nos extrañe que una vez más haya un antecedente colonial en las milicias indígenas al servicio del
imperio; cfr. Raquel Güereca Durán, Milicias indígenas en la Nueva España. Reflexiones del derecho indiano
sobre los derechos de guerra, México, UNAM-IIJ, 2016; para los huicholes como privilegiados “flecheros del
rey”, José de Jesús Torres, Relaciones de frontera entre los huicholes y sus vecinos mestizos. Santa Catarina y
Huejuquilla el Alto, Guadalajara, Colegio de Jalisco, 2009. Y para el uso militar del concepto de nación
aplicado a las sociedades indígenas, Canek Sandoval Toledo, Teoría de la guerra justa de Ginés de Sepúlveda:
prototipo imperialista y cristiano, Tesis de licenciatura en filosofía, Universidad Veracruzana, Veracruz, 2013.

16
simbólicamente” la zona arqueológica, y que siguen reclamando la “parcela 126” en
disputa desde el siglo XIX según la detallada historia de Brizuela.9
Pero de una vez lo aclaro, para que no se malinterprete lo antes dicho, y es que no siempre
están involucrados los intereses indígenas. En muchas zonas arqueológicas nacionales las
autoridades mismas están comprando tierras para recrear un poco el estatus jurídico previo,
sin lograrlo a cabalidad. En una historia muy reciente de la zona arqueológica de Chichén
Itzá se deja ver cómo el fabuloso saqueo de 30 mil piezas del cenote estuvo basado en una
legislación patrimonial maleable, en los intereses de un aventurero americano disfrazado de
arqueólogo (Edward H. Thompson), en un museo universitario americano ávido de
acumular colecciones antiguas (el Peabody de Harvard), y en los hacendados como los
interesados dueños previos y en varios cómplices yucatecos que hicieron que la defensa del
patrimonio cultural por parte del INAH fuera poco efectiva.10 Su caso constituye todo un
paradigma del saqueo del pasado en manos privadas.
Esta debilidad hace comprensible el interés de varios arqueólogos por esclarecer las
relaciones sociales existentes en las zonas arqueológicas. Hasta ahora ese interés esta
reducido a la redacción de varias tesis profesionales, y no han trascendido al conjunto de la
profesión, y menos aún a la administración patrimonial.11 Se entenderá ahora el esfuerzo
profesional por buscar una salida razonable tanto al problema de la declaratoria patrimonial
como a las disputas que afloran a causa de la irregularidad en las relaciones de propiedad
subyacentes a los bienes culturales arqueológicos. Uno de los académicos del Centro de
Estudios Arqueológicos de El Colegio de Michoacán ha propuesto integrar a las zonas

9
De los varios trabajos hechos por Álvaro Brizuela Absalón, “Un asentamiento campesino en un sitio
arqueológico”, Ponencia al Foro Estatal en Defensa del Patrimonio Cultural de la Nación”, Veracruz,
30/5/1999.
10
Pedro Castro Martínez, El fabuloso saqueo del cenote sagrado de Chichén Itzá, México, UAM-Tirant
Humanidades, 2016; para una mejor comprensión de la época, Guillermo Palacios Maquinaciones
neoyorkinas y querellas porfirianas. Marshall H. Saville, el American Museum of Natural History de New York
y los debates en torno a las leyes de protección del patrimonio arqueológico nacional, 1896-1897, México, El
Colegio de México, 2014.
11
Armando Nicolau Romero, La incidencia del Estado en la conservación de las zonas arqueológicas
patrimonio mundial de México, Tesis Doctoral en Arquitectura, Morelia, Universidad Autónoma de
Aguascalientes-Universidad de Colima-Universidad de Guanajuato-Universidad Michoacana San Nicolás de
Hidalgo, 2015; Héctor Cardona Machado, Las narrativas de la autoridad: activación del pasado en el sitio
arqueológico Los Guachimontones, Teuchtitlán, Jalisco, Tesis de Maestría en Arqueología, La Piedad, El
Colegio de Michoacán, 2016.

17
arqueológicas a unas “reservas patrimoniales bioculturales”.12 Se trata de una “estrategia de
conservación” que busca conjuntar intereses de la sociedad, de los académicos y del
gobierno estatal. Legalmente, y ya sin el respaldo presidencial que decretaba la zona
arqueológica, se busca aprovechar otras legislaciones de protección a la naturaleza en
cuanto a “patrimonio natural”, lo que es bastante extraño, pues la cultura nunca se podrá
“naturalizar” con su opuesto ontológico, sin mencionar que el mismo Antropeceno ha
tiranizado a la naturaleza hasta límites irresponsables. Pero esto es un asunto menor en la
cuestión patrimonial. Es preocupante, dice Cárdenas, que de 44 mil sitios arqueológicos
registrados en todo el país solo 48 posean decreto presidencial. Su señalamiento es
preocupante en sí mismo.
Pero también es muy preocupante que, para Michoacán, de los 21 sitios susceptibles de
transformarse en reservas bioculturales, solo uno tiene visos de ser exitoso, lo que él mismo
llama “la reserva patrimonial del Curutarán”, que no obstante sigue siendo un “patrimonio a
rescatar”. Es decir, a diferencia de Tajín, aquí sí hubo la decisión favorable por parte de la
asamblea ejidal para proteger las tumbas de tiro y otros vestigios arquitectónicos, pero hay
dificultades con su administración local, que debiera ser compartida entre un comité
directivo amplio. En vez de ello, se piensa aún de modo excluyente: ¿es dicha
administración del INAH, del COLMICH, del municipio o del ejido en vías de extinción?
Es obvio que las zonas arqueológicas no pueden seguir en manos de arqueólogos o
arqueólogas solitarios.
Hay que recordar, además, que exactamente esa misma cuestión sobre la administración de
los bienes patrimoniales es la que está pendiente en Guachimontones -entre el Gobierno de
Jalisco, el poder municipal, el INAH y el COLMICH-, una confluencia de intereses
incoherentes que no deja claro cuál es el papel que tienen los académicos colmicheanos en
la administración del sitio o de los otros sitios registrados en el resto del área de cultivo
agavero. Al respecto, es muy grave que el “sitio arqueológico Guachimontones”13 sirviera

12
Efraín Cárdenas García, “Reservas patrimoniales bioculturales de Michoacán. En el camino de la
corresponsabilidad”, en Claudia Espejel (ed), La investigación arqueológica en Michoacán. Avances,
problemas y perspectivas, Zamora, Colegio de Michoacán, 2014, pp.415-453; también “Arqueología
biocultural y corresponsabilidad patrimonial”, Relaciones, 148:11-40, 2016.
13
Uso los términos de una arqueóloga adherida al Centro Interpretativo Guachimontones, Ericka Blanco
Morales “El sitio arqueológico Guachimontones”, en Francisco Pérez A. (comp.), Centro Interpretativo
Guachimontones, Guadalajara, Secretaría de la Cultura del Gobierno del Estado de Jalisco, 2013, pp. 19-27.

18
de simulación a la agroindustria tequilera para arrasar con muchos sitios arqueológicos
desconocidos con tal de establecer la “zona de denominación de origen”, zona de influencia
económica solapada bajo la declaratoria de ser un “patrimonio cultural de la humanidad”, 14
y que varios arqueólogos académicos se prestaran a la maniobra de los intereses
económicos. En consecuencia, no es sobrado mencionar que algunos arqueólogos
involucrados tanto en Curutarán como en Guachimontones enfrentaron luego conflictos
graves cuando se pusieron al frente de la zona arqueológica de Tzintzuntzan. Tan fuerte
resultó el diferendo por la construcción de un museo de sitio que se llegó a la controvertida
protesta en el Museo Nacional de Antropología y a la intervención del Consejo de
Arqueología en el asunto, pero éste en modo alguno favoreció a los colmicheanos, ya que
justo para evitar los roces personales entre investigadores eligió atraer a un dictaminador
externo desde Argentina, aunque con experiencia y estudios en México. Me reservo el
nombre, aunque es fácil adivinar.
Esto deja ver a las claras que la conciliación razonable de los cometidos académicos y de
los cometidos gubernamentales no es fácil de equilibrar en nuestra arqueología. Tal parece
que las soluciones de compromiso mutuo no es algo que se enseñe a practicar – al menos a
reflexionar-, sino que se deja su aprendizaje a la casuística práctica, que aparece cuando ya
es muy tarde abordarlo negociadamente y se ha apelado con excesiva frecuencia a las
soluciones de fuerza del todo o nada. Esta es, de hecho, una ingente carencia que se
derrama sobre toda una arqueología que quiere ser más académica pero que todavía trabaja
bajo una exigencia gubernamental condicionante. No es tampoco la única ambigüedad que
intensifica los riesgos profesionales. Veamos su componente estrictamente “académico”,
pero siempre en tensión con el condicionante gubernamental.
En él, desde 1995 han aparecido nuevas escuelas de arqueología en las universidades de
Zacatecas, San Luis Potosí, Estado de México y Chihuahua, y que se agregan a las ya
existentes en la ENAH, UNAM, Veracruzana y Yucatán, todas de carácter público, un
campo académico dependiente de las universidades estatales pero en expansión, pues que
incluye a una maestría en el COLMICH, y a una maestría y un doctorado en la ENAH. Pero

14
José de Jesús Hernández López, El paisaje agavero: expansión y estatización. Ecología cultural política y
nuevas formas de valor, Tesis de doctorado en antropología social, El Colegio de Michoacán, Zamora, 2007;
del mismo autor, Paisaje y creación de valor. La transformación de los paisajes culturales del agave y del
tequila, El Colegio de Michoacán, Zamora, 2013.

19
mientras en Veracruz y Yucatán se impuso rápido la tradición de la escuela mexicana de
arqueología bajo un peso monumental y cultural apabullante, no es el caso de las otras
escuelas, como el de una arqueología norteña que apenas despunta,15 más se le sigue
pensando como una sucursal de Mesoamérica en cada resto que se descubre, incluido un
papagayo “mesoamericano”, como si el frenesí de imitar fuera sinónimo de la difusión
aculturadora.16 Por obvias razones, estas nuevas escuelas deben enfatizar una preparación
mucho más academicista y hacerlo en contextos regionales muy diferentes de lo habitual de
la tradición. Luego no es una coincidencia que en la UAEM haya aparecido la arqueología
industrial como materia de estudio, pero como tal no la hay ni es reconocida en lo más
mínimo por el mesoamericanismo más conservador. Introducir innovaciones no es sencillo
para esta tradición de años y años de forja constante. De hecho, esas innovaciones siempre
mantienen una gran ambigüedad interna, dado que no son del todo ajenas al desempeño
central que es el dominante.
En Michoacán, los arqueólogos colmicheanos han hecho otro esfuerzo significativo al
proponer una arqueología regional. Un paso adelante, dos hacia atrás porque no admiten
aún la idea de una área cultural por sus propios méritos –como la han propuesto varios
arqueólogos marginales, de Robert Lister a Arturo Oliveros-, pero sí están iniciando algo
que observé en 1995 como una carencia derivada de su principal sistema de premiación –el
descubrimiento rutilante con el nombre y apellido del autor aunque sea el vestigio de otros,
sus verdaderos creadores-, y que era precisamente la cooperación en “masas críticas” para
la investigación de una misma temática. No me refería pues a la solidaridad mecánica que
se da entre los miembros de los equipos de investigación, sino a cooperar horizontalmente
en la consecución de un conocimiento científico más avanzado. Sería entonces hasta abril
de 2016, en que se toma a la cultura tarasca como un reto interdisciplinar y sobre todo
interinstitucional para abordar. Hasta dónde crezca este impulso cooperativo es una

15
Francisco Mendiola Galván, Las texturas del pasado. Una historia del pensamiento arqueológico en
Chihuahua, México, ENAH Chihuahua, 2008; del mismo autor, Arqueología de la incivilización. Historia de la
cultura material del norte antiguo de México en el siglo XIX, Tesis de doctorado en historia, BUAP, Puebla,
2013.
16
Basta con referir el olvidado hallazgo de Luis Aveleyra en la Cueva de la Candelaria en Coahuila de una
vasija de estilo maya, pero hecha con materiales propios de la Comarca Lagunera. ¿Esto hacía mayanses a
los laguneros? Por supuesto que no. Tal como Gordon Childe lo apuntara para la difusión del hierro, en cada
lugar se le dio a la metalurgia una adaptación diferente. Asimismo, en Paquimé con los papagayos criados
en corrales.

20
interrogante permanente mientras no haya resultados a la vista, más allá de su primer
coloquio.
En estas arqueologías regionales el tradicional imperativo de buscar “dioses, tumbas y
sabios” es menor aún si se les toma como testimonios residuales de Mesoamérica. El hecho
de que se premie tan ostensiblemente a la exploración de tumbas y túneles en las ciudades
antiguas más esplendorosas es lo que eclipsa, no digamos a las otras arqueologías de menor
intensidad, sino de objetivo distinto. Pero incluso trabajos tan clásicos, pero poco exaltados
como el realizado por Antonio Benavides en Campeche, pierden visibilidad en este
contexto tan poco amigable con el cometido mismo de la investigación.
Como se puede ver, los factores condicionantes externos están imbricados con los internos
de la propia estructuración tanto de la arqueología gubernamental como de la académica.
Sin embargo, es harto cómodo quejarse de la adversidad que los rodea, pero no lo es
encarar las asignaturas pendientes de toda la profesión. La mayor de ellas es que desde
1995 la discusión ética solo haya quedado reducida a una tesis doctoral poco conocida a
pesar de su interés.17 Prevalece por el contrario un gran desdén profesional hacia el tema,
máxime si lo contrastamos con los cinco códigos vigentes del World Archaeological
Congress, adaptados cada uno a circunstancias específicas. En México no hay nada que ni
remotamente apunte hacia allá. Mutatis mutandis, es como me dijo un médico
claridosamente, la única ética que conozco es la del silencio ante las faltas de mis colegas
porque así nos conviene a todos. Se crea así un cuerpo profesional interesado en ocultar las
debilidades que le afectan. Parece ser este el caso de la escuela mexicana de arqueología. Y
sin embargo solo mediante una amplia discusión de esta temática se pueden abordar las
soluciones de equilibrio que nadie aplica en el medio.
Hay, empero, un cambio esperanzador de otro orden de cosas, aunque no deja de tener sus
limitaciones. Me refiero a la propuesta de un grupo de investigadores del INAH a propósito
de la Ley General de la Cultura.18 Todo el documento está sustentado en la idea política de
una sociedad diversa, que es la manera como ahora nos referimos a la sociedad abierta y

17
Rodrigo Vilanova de Allende, Ética y arqueología en México, México, ENAH, Tesis de doctorado en
arqueología, 2015.
18
“Hacia una Ley General de Cultura incluyente de los derechos culturales y la diversidad cultural”, 2016. El
documento ha tenido amplia circulación en las redes sociales.

21
antes a la sociedad plural.19 Es notable que no se reitere en él esa pugna típica del idealismo
político entre “el modelo estatal” versus el “modelo neoliberal”. Ambos modelos
ideológicos siempre han llevado a visiones de la perfección política que nunca se darán del
todo en la realidad, caso inconfundible de las utopías, y que por lo mismo apelan a ideas
erróneas que tienen efectos prácticos inconvenientes y a veces muy dolorosos y dañinos.
Aunque los autores de ese documento admiten la presencia de cinco formas de patrimonio –
el paleontológico, el arqueológico, el histórico, el artístico, y el indígena- abren el cauce
para el florecimiento de muchas formas más. Y mejor aún, con una actitud ajena al
patrimonialismo dominante entre los arqueólogos (no me atrevería a decir lo mismo de las
arqueólogas, pero las debe haber), sugieren otras formas correlativas de apropiación, uso y
usufructo de los patrimonios considerados culturales.
Siguiendo la lógica de su documento, así como de la idea subyacente de una sociedad
diversa con la que resulta congruente, es factible entonces postular una adscripción social
de todas las formas patrimoniales culturales y de sus distintas formas de administrarlos. Si
no se desea que Chinkultik se repita nunca más se debe esclarecer la forma como se
adscribirá el patrimonio arqueológico e histórico a los indígenas, y el papel que jugará la
Secretaría de Cultura, el INAH y su propia administración. Los “guardianes del pasado”
pueden ser más que uno. Y apelando siempre a formas compartidas de organización. Desde
luego, esto se va a tener que consultar de modo informado con los interesados, negociación
que no será fácil según he visto con el monumento colonial en la isla de Mezcala. Pero el
mundo cultural no cesa aquí. Es llamativo que el patrimonio industrial no aparezca citado
nunca. Los industriales de Monterrey fueron los primeros en vislumbrarlo, y nadie puede
contradecir que están en su derecho de administrarlo –como no se puede cuestionar la
colección artística de la Fundación Carlos Slim y su Museo Soumaya-, pues incluso
invirtieron en la erección del Parque Fundidora, en especial del Museo del Acero. 20 Es
interesante anotar que en la Universidad del Estado de México esté creciendo un grupo
académico sin cabida alguna en el mesoamericanismo, solo porque practican la

19
El filósofo político Gerald Haus, en The Tyranny of the Ideal. Justice in a Diverse Society, Princeton,
Princeton University Press, 2016, sigue conectando la sociedad diversa con la sociedad abierta popperiana.
20
Erika Terrazas Ríos Elite cultural, patrimonio e ideología. Un estudio crítico sobre la administración del
patrimonio cultural en Monterrey, Nuevo León, Tesis de maestría en antropología social, Chihuahua, CIESAS-
ENAH Chihuahua, 2014; de la misma autora, Pirámides de Acero. Patrimonio industrial y propiedad privada
en el noreste mexicano, INAH-EAHNM, Chihuahua, 2017.

22
arqueología industrial.21 Es pertinente hacerse a la idea de que esta forma de patrimonio
existe y se puede gestionar en otros lados con los grupos interesados.
Otro tanto se puede decir del mismo patrimonio paleontológico. Este patrimonio no
concuerda con el patrimonio cultural por la sencilla razón de que no es un legado cultural,
sino natural, pero metamorfoseado a uno antropocéntrico. Tiene más en común con las
reservas naturales implementadas por los biólogos para salvar especies de la extinción
como producto de la agresiva cultura de los humanos. Asimismo, se convierten en
patrimonio cultural por la acción de sus coleccionistas humanos, lo que puede ser tanto
negativo como positivo. En Coahuila hay evidencias de saqueo y tráfico ilegal de vestigios
paleontológicos. Su mejor resguardo serían los propios interesados, que por desgracia casi
no los hay. Un puntual reportaje de la Deutsche Welle22 dejaba bien claro que el problema
esencial es “la menor densidad de paleontólogos en México”, que no es solo cuestión del
reducido número de profesionales disponibles, sino su falta de universidades y de museos.
Menciona también al Museo del Desierto en Saltillo, pero el reportaje no se hace eco de
que los empresarios de Monterrey que, contagiados del “coleccionismo extremo”,23 han
propuesto erigir otro museo paleontológico con sus propias colecciones. ¿Nos opondremos
a ello si idealizamos al patrimonio nacional del Estado o buscamos la forma razonable de
compartirlo y administrarlo en manos privadas? ¿No nos dice nada el que 13 millones de
capitalinos haya visitado la exposición “Huellas de la vida” en pleno zócalo? Quizás el
Museo de la Evolución en Puebla sea solo una muestra del rumbo a tomar en el manejo de
este patrimonio natural culturalizado.
Recientemente, y ante la inminencia de promulgación de Ley de la Cultura, un arqueólogo
gubernamental, Ignacio Rodríguez,24 ha admitido la “alternativa privatizadora” dentro de la
esfera pública, a condición de que el enfoque empresarial respete un decálogo de normas
irrenunciables para una ética profesional, a la que confiere un rango de intrínseca. Habla

21
Vladimira Palma y Antonio Caballero (ed), Investigaciones en arqueología industrial, México, Primer
Círculo, 2014.
22
“México es una cuna de las especies”, [Link]/es/méxico-es-una-cuna-de-las-especies/a-19507442.
23
Graeme Were & J.C.H. King (ed), Extreme Collecting. Challenging Practices for 21st Century Museums, New
York, Bergham Books, 2012.
24
Ignacio Rodríguez García, La arqueología en México. Cultura y privatización, LXIII Legislatura de la Cámara
de Diputados, México, 2017.

23
por lo tanto de una coparticipación federal, estatal y privada en la administración del
patrimonio arqueológico.
En el mismo tenor del abuso del patrimonio gubernamental que asume Rodríguez, no puedo
dejar de hablar de una carencia que es un descuido ligado al mesoamericanismo más
obtuso. Tiene por cierto nombre propio –al estilo de la famosa Lucy-, y la llaman Naia sus
descubridores, unos espeleólogos americanos. Naia se ha venido a sumar a una línea de
investigación por demás interesante y que dio inicio con las “guerras del cráneo” del
Hombre de Kennewick.25 Dado el contexto de descubrimiento en el fondo de un cenote
llamado el Hoyo Negro, se ha implementado, a posteriori, el estudio de esos acuíferos
subterráneos, el cual no deja de recordar la enfermiza obsesión del dragado de Thompson.
Es extraño que toda la themata del poblamiento temprano de América –que ya estaba
implícita en las excavaciones de varias cuevas en Tamaulipas y finalmente en Coxcatlán
por Richard McNeish, aunque a él le importaba estudiar la domesticación del maíz- haya
sido abandonado completamente, al tiempo que el Departamento de Prehistoria del INAH
fue clausurado. Como resultado de esa decisión errada no hay el receptáculo institucional
donde se forjen los arqueólogos y arqueólogas del Paleoindio americano. Por lo que se
aprecia entonces, el hoyo negro es más vasto de lo que suponemos, y realmente engulle
cuanto le cae dentro. Éste cuando menos, y de modo indirecto, ha convertido a la
prehistoria en un asunto de arqueología subacuática. No obstante, las evidencias de las
excavaciones en cuevas son indicativas de cuál debe ser el sentido de su exploración en
gran escala. Como indican los paleontólogos alemanes, no hemos caído en cuenta que
México fue desde hace cuatro millones de años un verdadero corredor migratorio de
especies desaparecidas, pero asimismo de los diversos humanos siberianos, amén de otras
migraciones más recientes. Obviamente, si en este sendero nuestras huellas patrimoniales
son tan pobres, es de temer que ni siquiera nos imaginamos qué podemos hacer respecto a
los poblamientos de menor importancia como el largamente debatido asunto de los
“polinesios en América”, rastreable desde Concepción (Chile) hasta la isla de Cedros en

25
David Hurst Thomas, Skull Wars. Kennewick Man, Archaeology, and the Battle for Native American Identiy,
New York, Basic Books, 2000.

24
Baja California.26 La península toda puede ser toda “cuna de hallazgos” si se le presta la
atención adecuada.
Resumiendo, los factores de riesgo son reales y hay que abordarles de la mejor manera
posible. La Guerra al Narcotráfico no va a terminar para que los arqueólogos sigan
explorando Huetamo, por citar un ejemplo actual. Pero se deben disminuir los riesgos con
una planeación y monitoreo muy estrecho de los arqueólogos que trabajan en zonas
peligrosas, sin descartar a las propias fuerzas federales que reaccionan bajo presión. Por lo
demás, los cambios institucionales y legales que sobrevengan han de ser vistos mejor como
desafíos a encarar positivamente. En lugar de esperar la gran catástrofe que sobrevenga a
esta tradición científica lo que viene es una oportunidad única para hacer cosas nuevas y
mejores. Para empezar que bajo la sociedad diversa las formas patrimoniales son muchas y
que serán correlativas a los diversos grupos sociales interesados en su protección y
expresión. No se cuestiona a la propiedad nacional pero sí se asume que no es la única, y
que en varios lugares hay que regularizarla para evitar conflictos sociales. Pero habrá tantos
patrimonios culturales como grupos interesados intervengan y que sobre todo estén en
capacidad de forjar y mostrar públicamente su patrimonio cultural. La misma actitud
reguladora para con las formas de propiedad es la que ha de prevalecer en las formas de
administración. En aquellos patrimonios donde haya más de una forma de propiedad y de
intereses actuantes, se debe buscar establecer administraciones horizontales y confluyentes.
Pero donde haya un grupo en plena posesión patrimonial no controvertida, está en completo
derecho para establecer su propia administración.
Por último, la carencia ética va a solventarse cuando haya el interés de los subgrupos
profesionales, tanto de la arqueología gubernamental como de la académica. No se trata
solamente de un dilema, sino de hallar una salida que le convenga a toda la profesión
instrumentarla para su propia subsistencia. Por lo tanto, hay que buscar el punto medio
entre los extremos de Chinkultik y Guachimontones para el bien común de muchos
intereses. Esta es la oportunidad para que hagamos ciencia, tengamos un efectivo respeto
mutuo y cooperemos entre nosotros de una vez por todas.

26
Terry L. Jones, Alice Storey, Elizabeth Matisoo-Smith & Miguel Ramírez (ed), Polynesians in America. Pre-
Columbian Contacts with the New World, Lanham, Altamira Press, 2011.

25
Luis Vázquez León
Guadalajara, Jal. 14 de agosto, 2017.

26
INTRODUCCION

I. A principios de 1987, los conocidos editores de la revista Vuelta hicieron


publicar la traducción de unos artículos signados por arqueólogos mayistas
norteamericanos, los cuales causaron gran revuelo en nuestro país, no por
un ruidoso contenido de los mismos, sino por el polémico comentario de la incisiva
pluma de Octavio Paz que los precedía.27 Entre otras críticas vertidas, Paz la tomó
contra los marxistas de la ENAH, haciéndolos responsables de la falta de citas de
arqueólogos mexicanos en los estudios más recientes del área maya, según se
desprendía de la lectura de los textos traducidos. Ya que era un mensaje con
destinatario, pareció lógico que algunos antropólogos sociales y el director del
plantel (que sí era arqueólogo) saltaran a la palestra para cambiar algunos
mandobles, pero Paz los desarmó con elegancia esgrimística, sin mayores
consecuencias inmediatas. Con todo, si se sopesa su juicio sobre la innegable
ausencia de visibilidad de nuestra arqueología en el ámbito académico
internacional (concediendo a Paz que ser citado en Estados Unidos signifique ser
internacional), se deriva que los verdaderos campeones del duelo debieron haber
sido los arqueólogos especializados en la región en cuestión. Estos, por razones
del todo enigmáticas en aquel momento, evitaron la exposición pública de sus
resultados académicos, aunque me consta que el chisme -o, hablando en la
neolengua de la corrección política, su comunicación informal- corrió de boca en
boca. En lo íntimo, me parece que muchos de ellos se solazaron a la vista de una
ENAH escarnecida, cuyo marxismo arqueológico no les era grato por igual.
Tampoco Manuel Gándara, el entonces director de la escuela, quien a la postre se
alejó temporalmente de la arqueología, tras la velada repulsa que ocasionó su
puntillosa crítica a la arqueología gubernamental (Gándara 1992 [1977] ). Desde
luego, es muy posible que Octavio Paz nunca se enterase de los corolarios de su
impulsiva

27
Octavio Paz “Tres ensayos sobre antropología e historia”, Vuelta, 11(122): 9, 1987.

27
crítica.28

A pesar de mi completa marginalidad hacia estos hechos, desde entonces


comencé a preguntarme qué era tanto de los arqueólogos mayistas del Instituto
Nacional de Antropología e Historia, como los del Instituto de Investigaciones
Antropológicas de la UNAM, sobre quienes cualquier persona medianamente
enterada sabe que por largos años han excavado sitios magnificentes en el
sureste del país. Fue ésta mi primera interrogante a propósito de los arqueólogos
mexicanos, que comenzaron a asemejarse a una especie de acertijo científico.
¿Por qué evadían y hasta rechazaban el más elemental cuestionamiento, no
digamos el proveniente de un egregio neófito, sino de un colega crítico?.

Esta interrogante, que terminaría por apasionarme, resurgió luego en relación al


modo particular de abordar su disciplina en sus textos de tipo historiográfico. Me
topé con ello precisamente cuando hice, en 1985, un repaso de la historiografía
antropológica reciente -tema de un ensayo publicado dos años después (Vázquez
1987). Se trataba ahora del caso de dos arqueólogos adscritos a cada uno de los
grandes institutos que practican la arqueología en México (los arriba citados INAH
e IIA), que todo mundo supone como diametralmente opuestos, por el hecho
evidente de ser uno de índole gubernamental y otro de índole universitario. Pese a
lo que el sentido común y sus trayectorias personales indicarían, ambos autores
(Bernal 1980 [1979];Ochoa 1983) coincidían en la cláusula de evitar analizar el
trabajo de sus pares inmediatos, para lo que Ignacio Bernal se impuso la
paradójica limitación de cercenar abruptamente su ya clásica historia de la
arqueología en el año de 1950 -corte doblemente extraño si recordamos que
Bernal escribió su obra hacia 1979 y la reeditó en inglés en 1980-, mientras que la
clasificación de Lorenzo Ochoa se constreñía a una aséptica y descriptiva
cronología de quince años de proyectos universitarios (1962-1978), negándose
también, como Bernal, a ponerla al día, no obstante que su fuente eran los Anales

28
Con todo, hay que puntualizar que no fue responsabilidad de Paz la actitud de Gándara. Esa hay que
descubrirla en su propio contexto disciplinario.

28
de Antropología, es decir, la longeva publicación de su propio instituto, misma que
hasta la fecha se sigue editando por lo que es factible revisarla hasta el presente.

Lo más intrigante sobre su estilo literario fue descubrir que las justificaciones de
ambos arqueólogos eran, para mayor asombro, análogas, a pesar de su diferencia
de edad, filiación institucional y de un supuesto cometido profesional divergente
(después de todo uno fue director del INAH y el otro es investigador del IIA). En
efecto, ambos dijeron evitar la evaluación de la arqueología reciente porque
estaban de por medio "consideraciones personales de amistad o de antipatía" o
bien de "amistad o compañerismo", pero, sobre todo, porque deseaban evitar
tocar ciertos "intereses creados", o sea, herir la "susceptibilidad de los
investigadores". Así pues, y tal como ocurrió en el affaire ENAH versus Octavio
Paz, otra vez los arqueólogos evitaron plantarse, ya no ante un literato externo a la
disciplina, sino inclusive frente a sí mismos. Comencé a sospechar que la
costumbre de evitación honorífica no era exclusiva de los grupos indígenas que
usaba antes estudiar,29 sino algo mucho más próximo a mí, pero que había
ignorado bajo la idea de lo "normal" o "natural" de una cultura disciplinaria en parte
compartida con ellos, ya que durante más de veinte años yo mismo me socialicé
junto a los arqueólogos, trabajé cerca de ellos y cuento algunos como amigos. De
pronto, sin embargo, esa normalidad había trocado en extrañeza, en interés, en
objeto de conocimiento.

Ambas interrogantes, aunque un tanto anecdóticas, persistieron en mí desde


aquellos años, sin obtener una respuesta razonable. Con el tiempo, agregué
lecturas sobre las sociologías de la ciencia y de las profesiones, las cuales no
hicieron sino ensanchar el radio de mis dudas, llegando a merecer un tratamiento
sistemático. Conviene informar, además, que un primer acercamiento a su elucida-
ción lo experimenté por medio de la historia de la arqueología (Vázquez 1993 y

29
En comunidades indígenas me ha tocado observar conflictos faccionales expresados como competencia y
a la vez como evitación del opositor, hasta el punto de parecer un gesto ritual el retirarse del escenario
cuando el otro u otros están presentes. A su vez, en la vida cotidiana se evita todo contacto, empezando por
el saludo.

29
1994), análisis que lejos de distanciarme del presente, lo tornó más inquirible.
Especialmente fue llamativo para mí el fenómeno, a todas luces expectante, sobre
cómo la arqueología mexicana "resuelve" los retos teóricos que de tiempo en
tiempo enfrenta. Lo puedo sintetizar diciendo esto: cada vez que algún arqueólogo
o arqueóloga innovador (o algún otro antropólogo interesado en la arqueología) ha
pretendido renovar su discurso tradicional, éste ha sido repudiado hasta el punto
de expulsarlo del medio profesional, si es necesario. Históricamente, se trata de
un proceso repetitivo que empieza con Gamio en 1913, vuelve con Armillas,
Palerm, Litvak, Gándara y otros, y no cesa en nuestros días, pues sigue siendo
iterado hasta en casos menos extremos en que se ha sugerido emprender una
"arqueología de la arqueología" (caso de Yadeum en 1978) o el demostrar el
componente personal implicado en la experiencia del ser arqueólogo (Crespo y
Viramontes 1996). Como establezco en los capítulos primero y segundo de esta
obra, tan ruda ortodoxia del pensamiento arqueológico mexicano no consiste
solamente en aferrarse a ciertas ideas muy fijas, sino que posee un nexo
sociocognitivo con una organización social muy peculiar de la arqueología
mexicana, fundada en el uso patrimonialista (más que nacionalista) del pasado
prehispánico. Parte sustancial de este fenómeno, lo constituye la fusión de
intereses de la administración patrimonial del pasado y la disciplina científica de la
arqueología, proyectada hacia los mismos objetos. A esta confusión achaco la
rigidez de ideas y de procedimientos.

Para el observador externo podría ser relativamente fácil constatar que la


arqueología funciona como una profesión de estatus -es decir, una profesión
regimentada jurídicamente-, casi monopolizada por el Estado, no obstante que
desde 1973 (año de fundación del IIA) ha desarrollado una estructura social apa-
rentemente dual, en parte gubernamental y en parte académica, pero
anormalmente desarrollada en uno de sus polos. Así, mientras en el INAH se
emplean 306 arqueólogos, en el IIA sólo 18. Hoy, ésta estructura, sin dejar de ser
desproporcionada, se ha ensanchado en su parte académica, al agregarse una
serie de instituciones universitarias (las Américas, Veracruzana, Autónoma de

30
Yucatán y Autónoma de Jalisco).30 Este cambio social -al que dedico el tercer
capítulo, lugar donde resalto la creciente importancia de la arqueología
regionalizada, pero aún marginal a la mesoamericanizada dominante-, se refleja
claramente en la inserción de algunos representantes universitarios en el seno del
Consejo de Arqueología que, por ley, reglamenta toda la investigación
arqueológica en México. Hasta aquí, pues, pareciera irrefutable la aseveración de
que teórica y prácticamente, estamos ante una dualidad, a saber, una
"arqueología del INAH" y una "arqueología universitaria", una de tipo político o
nacionalista y otra de tipo académico o científico. Esta visión esquemática ha sido
especialmente cara a Lorenzo (Alonso y Baranda 1984: 155; Lorenzo 1984:99) y a
Litvak (1978:671-672;1989), pero también ha sido expresada por otros
arqueólogos, pertenezcan lo mismo al INAH que al IIA (cfr. Ochoa, Sugiura y Serra
1989; Schöndube 1991:264).

Esta especie de dilema entre el científico y el político -que nos remite por fuerza
a los tipos ideales weberianos-, tiene alguna razón de ser en las filiaciones
institucionales y sus diferencias funcionales en cuanto a la actividad de protección
o no del patrimonio antiguo, lo que supuestamente se expresa en cometidos
divergentes ora políticos, ora académicos. Entonces, para el estudioso, debería
ser evidente que mientras en el INAH la arqueología es práctica, en el IIA es
teórica, que es justo la idea de Lorenzo. Suplementariamente sobrevienen otras
deducciones: que mientras en el INAH la actividad teórica es irrelevante, en el IIA
habría una situación tal que la teoría debería desarrollarse sin obstáculos de
ningún orden. Confieso que difiero rotundamente de esta interpretación. De hecho,
creo que estamos ante identidades simbólicamente construidas para rivalizar por
el prestigio y el poder. La cuestión es, para empezar, por qué los arqueólogos de
ambas instituciones comparten actitudes y costumbres similares.

30
Otras instituciones académicas se han ido agregando a esta lista. El más reciente es el Centro de Estudios
Arqueológicos del Colegio de Michoacán.

31
He hablado de la evitación como una práctica común. Ello nada tiene que ver
con la afiliación institucional aparente de los arqueólogos. Para el IIA, por ejemplo,
sabemos de la reticencia normativa a criticar a los colegas más cercanos. Esta
actitud ha sido elevada a regla de comportamiento social, pues, como confiesa
uno de sus arqueólogos, “en alguna ocasión se propuso en nuestro instituto, en
aras de la paz social, que no deberíamos reseñar obras de otros miembros del
instituto (...) la crítica se interpreta negativamente y difícilmente le vemos el lado
constructivo, aunque esa fuera la intención del que reseña, del dictaminador o del
editor” (Schmidt 1991:1-2; cursivas mías). A su vez, y en el mismo tenor, un
destacado arqueólogo gubernamental ha hecho público el mismo uso de "evitar la
crítica del colega" (Nalda 1991:65; cursivas mías), costumbre llevada al extremo
de afectar los resultados del conocimiento arqueológico: "El dato arqueológico, en
México, se queda en el informe de campo o en la publicación de circulación
interna: es un producto de consumo entre colegas (frecuentemente su circulación
se restringe, en la práctica, a los especialistas del área, ni siquiera del tema)"
(Nalda 1991:62). Este problema de comunicación e intercambio horizontal entre
colegas implica, sobre todo, una misma dificultad social para encarar el cambio
teórico, fenómeno peculiar porque que en la historia del pensamiento arqueológico
mundial (Willey 1980 [1968]; Trigger 1992 [1989]; Hodder 1988 [1986]; Malina &
Vasicek 1990; Hodder 1995:92-121), este cambio se presenta como una sucesión
muy parecida al cambio paradigmático sugerido por Kuhn (1980 [1962]). No es
este el caso de la arqueología mexicana.

Sin descontar la influencia que una estructura social ideal tan esquemática
pudiera ejercer sobre el pensamiento teórico de los arqueólogos de ambas
instituciones, me parece que la cuestión del cambio teórico en la arqueología
mexicana es más compleja que su expresión política o institucional. Es muy
probable que, como tal, el esquema dual responda más a un pensamiento
tipológico que a uno holístico (incluido el sistemático), lo que explicaría su enorme
popularidad entre los mismos arqueólogos, tan habituados a este modo de
clasificar la realidad. Por mi parte, me propongo explorar aquí las cualidades de su

32
complejidad antes que abstraerlas para fines esquemáticos. Sospecho que tal
como lo ha sugerido Litvak (1996) de modo informal en conversaciones y charlas
públicas, entre los arqueólogos gubernamentales y universitarios pesa una
socialización común en la ENAH, esto es, un entrenamiento bajo una cultura
disciplinaria común más reveladora, observación capital que pudiera valer hasta
para las escuelas posteriores, invariablemente fundadas por arqueólogos
formados en la ENAH.

Reconozco en seguida que aunque carecemos de estudios del proceso de


socialización profesional como los que han hecho para la biomedicina Jacqueline
Fortes y Larissa Lomnitz (1981, 1982, 1991 y 1994), podemos abordar la cuestión
por medios indirectos, orientados a estudiar el pensamiento de la tradición teórica
conocida como Escuela Mexicana de Arqueología. Esto es, podemos estudiar
cómo surge y se reproduce dicha tradición heredada de ciencia, lo cual, al margen
de la inserción institucional que se le da (que erróneamente se liga al INAH,
cuando la mayoría de arqueólogos vienen de un origen común en la ENAH, que es
una escuela del INAH, lo que los emparenta por fuerza a la misma concepción
tradicional), puede desentrañarse en su concepción general, en sus productos
literarios, en sus prioridades, en sus proyectos de investigación y en sus acciones
sociales intencionales, a veces tan políticas en el INAH como en el IIA. Los
capítulos primero, cuarto y quinto están redactados bajo esta óptica unificada.

Entonces, para la fase inicial de mi estudio empecé por conjeturar acerca de lo


intrigante que resultaba el conservador desarrollo teórico de la arqueología
mexicana (por lo que es, también, la motivación central del primer capítulo). La
historia de sus ideas me indica un extraño anclaje -que cruza sutilmente las
fronteras de la filiación institucional actual de sus miembros- en algo que recuerda
una mezcla conceptual tanto del particularismo histórico norteamericano como de
la historia cultural alemana, concepción habitual o normal que, por lo visto, impide
en el orden de las ideas el desenvolvimiento de arqueologías alternativas. Lo más
ostensible de este fenómeno tradicionalista es sin duda el tópico

33
mesoamericanista que ocupa con naturalidad la mayoría de sus textos. Este tópico
es una y otra vez puesto de relieve en toda su literatura especializada y vale tanto
para la arqueología oficial como para la académica, para la inmensa mayoría de
tesis arqueológicas producidas en la ENAH, e , indirectamente, para el estudio de
aquellas regiones arqueológicas usualmente descuidadas por el
mesoamericanismo, por lo que éstas son un cielo abierto para los investigadores
extranjeros, libres del fijismo de sus pares mexicanos.

La motivación central de esta indagación consiste entonces en la de


comprender y explicar la especificidad del pensamiento arqueológico mexicano y
su modo de responder al cambio conceptual y ontológico. Mientras que de tiempo
en tiempo nuestros más conspicuos arqueólogos se esfuerzan por adaptar sus
cronologías histórico-culturales a las nuevas evidencias empíricas obtenidas en
excavaciones de sitios particulares hechas por el grueso de sus colegas -trabajos
cotidianos que alteran en poco sus ideas nucleares respecto a Mesoamérica como
una área cultural dueña de una "historia común" o, mejor, de una "cultura común"-,
la normalidad transcurre sin más retos que los de mejorar las hipótesis
auxiliares.31 Al respecto, constituye una demostrativa reafirmación de la tradición
el que Litvak (1986:119-122 y 156) y Gándara (1991) coincidan en apreciar al
pensamiento arqueológico mexicano como sujeto de un proceso de cambio
agregativo en gran medida ecléctico, donde se van sumando conceptos de lo más
dispar, sin importar su sentido y referencia. ¿Es normal esta normalidad, esto es,
de veras la agregación implica cambio alguno?. ¿A qué responde este fenómeno
del comportamiento social y del pensamiento abstracto en una disciplina científica
que, en vez de orientarse a lo científicamente universal, insiste en identificarse
como "arqueología mexicana"?. ¿Es el conservadurismo teórico la causa de su
peculiar comportamiento social de evitación u ortodoxia o, como en esa manida
frase marxista, es su ser social lo que determina su pensamiento?. Parafraseando
a Mannheim, quizá la pregunta operativa de toda nuestra indagación sería mejor:

31
Según la terminología kuhniana, bajo el estadio de ciencia normal no se cuestionan la teoría o teorías
establecidas, sino que se les perfecciona técnica y hasta cierto punto progresivamente.

34
¿existe una relación mutuamente condicionante entre su estructura social y su
estructura cognoscitiva?.

II. Cuestiones análogas a éstas se vienen planteando desde que la


sociología del conocimiento se propuso emprender una investigación
sistemática de vastos alcances a propósito de los nexos entre sociedad
y conocimiento. Ya en 1930 Karl Mannheim pretendía erigir toda una teoría
sociológica general del conocimiento, pero sustentada en dos variantes, una
estrictamente empírico-sistemática y otra epistemológica (Mannheim 1973). Más
tarde, tanto Robert K. Merton como Wright Mills criticarían las insuficiencias de la
sociología del conocimiento para establecer las supuestas conexiones entre ser
social y conocimiento a causa de sus limitaciones instrumentales, como podría ser
un bagaje categórico cuestionable. Adorno mismo enderezó su crítica contra el
método y categorías de Mannheim, a raíz de una nueva ola de revalorizaciones
que inspiró su obra (Adorno 1978).

Lo que hizo Merton entonces fue trabajar en los linderos del condicionamiento
social del conocimiento, pero sin preocuparse por cerrar la dualidad abierta por
Mannheim. Se podría decir que Merton vino a desarrollar la variante empírico-
sistemática en vez de la epistemológica. Al desentrañar los imperativos institucion-
ales de la ciencia, Merton la mostró como una institución comunal, poseedora de
un comportamiento característico expresado en normas, recompensas y
cometidos, esto es, en un ethos científico (cfr. Merton 1980). La relevancia de esta
sociología de la ciencia de corte empírico es palpable en sus aportes ulteriores
sobre la calidad de las investigaciones, la medición de su actividad, la demografía
institucional, las motivaciones de los científicos, su organización en colegios
invisibles, y aún algunos conflictos internos. Sin embargo, en el presente, y contra
lo dispuesto por Merton al soslayar la vertiente cognoscitiva de la ciencia, su
aproximación sociológica no parece ser suficiente para comprender cabalmente la
elusiva pero insoslayable unidad de conocimiento y sociedad.

35
Gracias a la contribución mertoniana, para el sociólogo no parece problemático
aprehender una comunidad científica a través de encuestas y estadísticas
inferenciales diseñadas ex profeso. Sin embargo, es notorio que el trabajo clásico
de Warren O. Hagstrom (1965), que ha servido de piedra angular a toda clase de
construcciones sociológicas posteriores, está basado en lo que él llamó la
"organización clásica de la ciencia", es decir, en una organización ideal inferida de
una encuesta a 76 científicos. Pocos años más tarde, Hagstrom (cfr. 1979, 1982)
asumiría que esa comunidad se subdivide en unidades menores y que vive sujeta
de una tensión esencial, producto de su crecimiento interno y de su patrocinio
externo. Tal tensión, preveía él, podría llevar a esta ciencia comunitaria a perder
autonomía y desorganizarse. Hoy, su presunción es una tendencia efectiva dentro
de la empresa de la gran ciencia, como resultado del patrocinio industrial y militar
(Ziman 1999). Muchos de los rasgos primigenios que caracterizaron a las primeras
comunidades científicas surgidas en el siglo XVII -la comunicación horizontal, el
desinterés científico, el escepticismo y el universalismo-, están siendo socavadas
por la eclosión de nuevas relaciones interesadas provocadas intencionalmente por
los científicos, al tiempo que han ido reduciendo sus espacios organizativos a
grupos estrechos, muy dinámicos, y altamente informales de interacción social
(cfr. Rosenberg & Birdzell 1990; Ferné, s.d.; Franklin, s.d.; Lewenstein, s.d.). En
suma, hoy resulta difícil postular una comunidad científica como estructura a priori,
sin antes demostrar que lo es efectivamente en términos sociales y cognitivos. Lo
anterior, como abundaré más adelante, explica en alguna medida por qué he
preferido hablar de "tradición científica" en vez de "comunidad científica", toda vez
que me ocupo de los arqueólogos y de la arqueología mexicanos.

Ocurre pues que ya no podemos seguir escindiendo las estructuras sociales de


las estructuras cognitivas de la ciencia. El popularísimo concepto de "paradigma
científico", tal como Thomas S. Kuhn lo postuló en 1962, conjunta ambas
manifestaciones de un mismo fenómeno, al punto de parecer tautológico cuando
escribía que: "Un paradigma es lo que los miembros de una comunidad científica,

36
y solo ellos, comparten. A la inversa, es un posesión de un paradigma común lo
que constituye una comunidad científica" (Kuhn 1982:319). No entraré en la
discusión de su definición más sintética, pero, para efectos de esta introducción,
es importante hacer notar que muy pocos de su numerosos críticos y epígonos se
dieron cuenta de que el concepto reunía elementos que estaban distanciados
desde Mannheim (Kuhn 2000 [1970]). Pero dada la herencia empírica anterior, fue
fácil caer en el error opuesto de reinterpretar al paradigma sólo por una porción de
su contenido cognitivo, pasando por alto la relación consensual o comunitaria de
fondo. Se invirtió así la estrategia de Merton, ocultando ahora su expresión social.

El error fue amplificado en grande escala por los científicos sociales, siempre
deseosos de compartir la autoridad cientificista de las ciencias físicas y formales.
Una tentación a la que todos sucumbimos fue la de reinterpretar al paradigma por,
digamos, la mitad de su contenido teórico o metateórico, olvidándonos del
condicionante sociocomunitario implícito. Como indicaron varios críticos de esta
moda, detrás del kuhnianismo social había un positivismo embozado, y cuya
evidencia más demostrativa era que había tantos paradigmas sociológicos como
sociólogos intentaron la clasificación (Eckeberg & Hill 1980; Roth 1987:115-129).
La crítica era susceptible de extensión a los antropólogos sociales que siguieron el
camino de paradigmatización de su disciplina, pero sin brindar resultados
alentadores, ni siquiera acuerdo mínimo sobre cuáles eran los paradigmas
teóricos y cuáles no (cfr. Kirsch 1982; Krotz 1981; Hewitt 1982 [1984,1988];
Vázquez 1987). No está de más recordar aquí que Kuhn extrajo su noción de
paradigma luego de convivir durante un año con un grupo de científicos sociales,
en calidad de historiador de la ciencia. "Principalmente -escribió después- me
asombré ante el número y alcance de los desacuerdos patentes entre los
científicos sociales, sobre la naturaleza de problemas y métodos científicos
aceptados (...) Al tratar de descubrir esta diferencia [con las ciencias físicas],
llegué a reconocer el papel desempeñado en la investigación científica por lo que,
desde entonces, llamo paradigmas" (Kuhn 1980:13-14). No es de extrañar que
Kuhn tuviera por esa época en tan bajo concepto a los científicos sociales (que

37
eufemistamente agrupaba dentro de unas "ciencias inmaduras"), que en cualquier
caso le sirvieron de ejemplo analógico de lo que no era un grupo paradigmático.

Así las cosas, al demostrarse que la aplicación de la filosofía científica de Kuhn


era desaconsejable para el análisis de la antropología y otras ciencias sociales, a
pesar del enorme mérito conseguido por él al superar la dicotomía pensamiento-
sociedad, se imponía una búsqueda reflexiva que en vez de errar persiguiendo
cientificidades ilusorias, se volviera hacia sí misma, hacia su propio pensamiento y
hacia su propio condicionamiento social. Cosa curiosa, Kuhn mismo contribuyó a
esto cuando replanteó la cuestión de la estructura social del paradigma, llegando a
la conclusión que éste podría descomponerse en niveles integrativos como
subgrupos o sub-comunidades de menor envergadura (Kuhn 1982:320). Luego,
las evidencias obtenidas por la sociología de la ciencia contribuyeron a la
reorientación hacia una nueva conceptualización.32

Por una parte entonces se había impuesto la dispersión del ideal de comunidad
científica (arqueológica en nuestro caso) en unidades organizativas cada vez
menores, como los grupos coherentes de trabajo y, por último, las redes
personalizadas de investigación. Queda asentado que para nosotros es en
determinados niveles de organización social -específicamente en los proyectos
arqueológicos- donde se produce socialmente el conocimiento arqueológico,
cualquiera que sea su alcance cognoscitivo y sus efectos sociales. Aún así,
seguíamos sin poder articular existencia y pensamiento. Fue entonces que reparé
que en la historia de la ciencia se venía usando con excesiva liberalidad la idea de
"tradición científica". La misma historiografía de la antropología la había aplicado
indistintamente a la arqueología y a la antropología social (Trigger 1985; Kupper
1987[1973]); Pahl por su parte la empleó para describir el estado crónico de
controversia dentro de la sociología inglesa (Pahl 1979). Nuestro problema era
entonces definir al concepto para usos analíticos en vez de descriptivos.

32
En 1970, en la respuesta a sus críticos, distinguió entre comunidades de tradición –típicas de las
humanidades- y comunidades propiamente científicas, donde habría mayor progreso teórico (Khun
2000:137).

38
Debo a Angel Palerm el haber caracterizado a la "cultura de la etnología" como
"tradición antropológica", es decir, como un "conjunto de valores, actitudes,
preocupaciones e intereses de los etnólogos" (Palerm 1974:12), una "subcultura
en el sentido antropológico, que no se basa exclusivamente en la transmisión
literaria de ideas marxistas [caso de la red de transmisión de la antropología
marxista], sino también de comunicación personal y la transmisión oral" (Palerm
1979:45). Trabajos ulteriores como los de Boyer (1990) y Hobsbawm (1988 [1983])
me permitieron reelaborar esta definición, haciéndola más receptiva hacia aquellas
interacciones sociales repetitivas que implican al tradicionalismo como proceso
sociocultural. Asimismo, y esta vez desde el campo de la sociología de la
educación, Becher (1992:57) sugirió tratar a las disciplinas e identidad de los
académicos como "culturas disciplinarias" que involucran "actitudes, actividades y
estilos cognoscitivos característicos de las personas que ejercen dentro de varias
disciplinas", poniendo el énfasis en las características epistemológicas de su
pensamiento como la base de su identidad, lo cual nos remite a la variante
filosófica del programa de sociología del conocimiento de Mannheim, pero bajo
una conceptualización monista, no dualista.

Podemos afirmar entonces que la antropología social del trabajo científico


estaría en condiciones de recoger el añejo desafío lanzado por Mannheim a
condición de ubicar a los científicos, su conocimiento y sus actividades, en un
contexto de explicación y comprensión socioculturales, que lo mismo atienda a las
estructuras sociales que a las cognitivas. Con este propósito en mente, definiría a
la "tradición arqueológica" como “aquel legado cultural específico de
conocimientos, enfoques y modos cognoscitivos, lo mismo que de actitudes,
valores, intereses y formas de conducta repetidos e interactuados por grupos y
cuasigrupos de arqueólogos de ese modo identificados”. Esta especie de cultura
organizativa o disciplinaria, repito, pretende enlazar en un mismo concepto a los
modos de hacer y de pensar esta ciencia. Hodder, por ejemplo, ha sugerido desde
el ámbito reflexivo de la arqueología inglesa algo equivalente mediante el

39
concepto de “praxis arqueológica”, con el cual persigue, también, iluminar la
“implicación práctica de nuestras teorías”, desechando la positivista distinción de
ciencia y sociedad (Hodder 1995a:3).33 Qué tipo de ciencia sea o deba ser, qué
tan aproximada esté o no a una definición normativa de ciencia, e incluso si la
arqueología es un arte o bien una ciencia, son cuestiones que rebasan en mucho
los límites de mi estudio. Pienso que eso es algo que los propios arqueólogos
pueden y deben discernir. En trueque, ofrezco una fenomenología no prescriptiva,
aunque no mas complaciente.

III. La aplicación de la antropología sociocultural a la comprensión y


explicación de la praxis y conocimiento de la ciencia es un desarrollo
muy reciente impulsado lamentablemente por el pensamiento
posmoderno. Digo lamentable porque ese impulso habrá de resultar en detrimento
de la propia antropología de la ciencia, haciéndola aparecer como una impostura
en su conjunto, ignorando de este modo las diferencias de enfoque a su interior.
Por si esto fuera poco, dicho impulso posmoderno acaricia en el fondo un
arraigado motivo romántico conservador , responsable de que se haya enzarzado
en una crítica de corte neopositivista respecto de la ideología científico-técnica
conocida como cientificismo –ideología que antes se achacaba al protopositivismo
y al positivismo en sí-, pero que ha conducido a lo que ya parece ser, oh paradoja,
la mismísima copia al carbón de aquella muerte anunciada bajo el mesiánico título
del “ocaso de Occidente”, ocaso que una vez presagiara el ideólogo historicista
alemán Oswald Spengler hacia 1918-1922 (Thuillier s.d.; 1983:92-116) Antes de
entrar en dicha materia, vale una digresión obligada por medio de la cual he de
distinguir al menos tres caminos seguidos por la antropología de la ciencia, dos de
los cuales han sido casi engullidos por el florecimiento de la antropología

33
Mucho más recientemente, Jones (2001) se cuestiona la causa de la polarización entre arqueólogos
científicos y teóricos de la arqueología, apelando también al análisis de la práctica de la arqueología.

40
posmoderna de la ciencia. Me refiero además de ésta, a la antropología
funcionalista y a la antropología inspirada en la etnometodología.34

Para el estudioso siempre resultará asombroso ver como las ideas parecen
repetirse cual episodios ya vistos de un movimiento pendular en la historia del
pensamiento social. Y es que desde sus orígenes más proteicos los estudios de la
ciencia estaban divididos -y en esa dinámica encontrada seguimos-, excepto que
estamos repitiendo ideas muy parecidas. Hubo también sus campeones en
contradicción. Mientras Spengler presentaba al hundimiento de la Alemania de su
época como nada menos que el universal “ocaso de la civilización occidental” –
nótese en ello su nietzscheana altivez-, al mismo tiempo que postulaba el fin de la
ciencia como parte
de la decadencia civilizatoria (“Tras siglos de orgías científicas, hemos llegado a
hartarnos”, decía), en la pujante Norteamérica, el “bardo del salvajismo” –uso a
propósito el apelativo dado por su biógrafo John P. Diggins (1983)-, el disidente
economista de aires antropológicos Thorstein Veblen, pronto barruntó que la
ciencia lejos de estar decayendo, estaba creciendo domesticada por el agresivo
capitalismo americano, y que ello era visible desde su fase inicial en la educación
superior universitaria, tal como habría de denunciarlo en su obra The Higher
Learning in America: A Memorandum on the Conduct of Universities by Business
Men (Veblen 1993 [1918]). El libro, como sabemos por Diggins, tuvo primero el
retador subtítulo de “Un estudio sobre la depravación total”. Fuerte, sí, pero muy
distinto a El ocaso de Occidente, ya que Veblen (1980:322) identificaba los
agentes y el contexto de esa depravación del conocimiento ilustrado:

Allí donde se entrometen cánones de conveniencia en la investigación [científica] o se intenta


incorporarlos a ella, las consecuencias son desdichadas para la ciencia, por felices que sean para
algún otro fin extraño a la ciencia. La actitud mental de la sabiduría mundana está en conflicto
con el espíritu científico desinteresado, y su mantenimiento genera una parcialidad intelectual

34
En el post scriptum final declaro mi filiación etnometodológica, por lo que mi análisis de las corrientes está
orientado, luego no pretendo engañar a nadie; Hacking (2001:109-167) dedica un largo capítulo al mismo
tema sin llegar a ser conclusivo; y Nelkin (1996:31-36), desde la propia perspectiva de los estudios culturales
de la ciencia, hace más bien una reflexión reveladora sobre las perspectivas de estos estudios.

41
que es incompatible con la visión científica (...) las tácticas comerciales, los asuntos militares y la
teoría política es extraña al espíritu científico escéptico y lo subvierte.

Pero sucede que mientras él dirigía su crítica contra los acaudalados


patrocinadores de las ideas y la constricción que ello implicaba para la libre
búsqueda de ideas, en The Place of Science in Modern Civilization (Veblen 1990
[1919]) había un mensaje de esperanza cifrado en la vital persistencia del instinto
de la curiosidad ociosa enclavado en la entraña misma de la tradición científica,
que así estaría abocada a una búsqueda incesante de conocimiento. Esta fe en el
conocimiento fáctico y sus consecuencias tecnológicas era más bien un motor
civilizatorio, nunca la causa de su decadencia. Esa curiosidad ociosa era, según
sus palabras, “la inclinación desinteresada a adquirir conocimiento de las cosas y
reducir este conocimiento a un sistema comprensible”. Como es obvio, dos
décadas después, en 1942, la sociología funcionalista de la ciencia en manos de
Merton (1980) convertiría esa curiosidad en un valor, y por ende, en un imperativo
institucional de aquella ciencia y la tecnología realizadas bajo un orden
democrático. En ese sentido, los científicos eran desinteresados “comunistas”
porque el conocimiento científico era de propiedad común, si bien la historia previa
(¡y presente en plena guerra mundial!) indicaba que había una “dependencia de
tipos particulares de estructura social” que no podían abstraerse al momento de
analizar lo que el mismo Merton llamaba “la estructura cultural de la ciencia”, lo
que, según la lógica de su teorización, consistía en la ciencia como institución. No
obstante esa limitación institucional de su análisis funcional-estructural, mismo
sería superado más tarde, quedaba claro una relación específica entre ciencia y
sociedad por cuanto que la ciencia se desarrollaba a través de diversas
estructuras sociales. Pero al decir que el mejor contexto de desarrollo era el orden
democrático, Merton puso en claro que hablar de la ciencia como “tradición
científica occidental” –una “contextualización” tan amplia que en realidad nunca
puntualiza situaciones y actores -, resulta en una exageración tan ideologizada
como el mito que pretendía rechazar.

42
Por cuanto hace a una antropología propiamente dicha de la ciencia hubo que
esperar hasta 1966, cuando Gerald Swatez diserta sobre la Social Organization of
a University Laboratory, para que se reconociera en ella su inicio como
especialización; a poco, en 1967, Robert S. Anderson escribiría Community for
Research:An Anthropologist in the Enrico Fermi Institute for Nuclear Studies y,
luego, en 1975, Building Scientific Institutions in India: Saha and Bhabha
(Anderson 1981). Por desgracia, la mayoría de estos estudios pioneros no
rebasaron los ámbitos académicos en que fueron expuestos como disertaciones
doctorales, lo que impidió disponer de ellos como conocimiento público. Pese a lo
cual, Wolf Lepenies (1981) hablaba ya de un “giro antropológico en la sociología
de la ciencia”. Se mantenía que el antropólogo social en este terreno, aunque
llegase a emplear las técnicas cuantitativas del sociólogo, podía extenderse hacia
problemas y observaciones usualmente dejadas de lado, tales como la ubicación
social, el status, la jerarquía, los imperativos normativos, las ligazones sociales,
etc. (Mendelsohn y Elkana 1981).

Pero Anderson (1981), bastante más experimentado en estas tareas, volvió a


poner en tensión la exploración concienzuda de los nexos entre estructuras
sociales y estructuras cognitivas. Para él, la antropología de la ciencia se
interesaba emicamente en la cultura científica, mas no tenía por qué estar
validada en esos términos, es decir, la interpretación última, etic, estaba en manos
del extraño profesional. Luego agregó un recio ingrediente relativista que más
tarde se haría esencial para los críticos de la ciencia. Según Anderson, el ser un
extraño sin competencia alguna en el campo bajo estudio era un valor intrínseco –
valor, digo yo, muy útil cuando de salvajes y primitivos se trataba-, ya que, sigue
Anderson diciendo, como cualquier otra cultura bajo escrutinio antropológico, lo
que cuenta no es la exactitud sino la interpretación de la misma. Habría pues
distancia entre las categorías etic y las categorías emic, que muy bien podían ser
comparadas, si se deseaba, si bien el “éxito de esta comparación dependerá de lo
que finalmente queramos saber de nuestros estudios sociales de la ciencia y la
tecnología” (Anderson 1981:239; cursivas mías). Con estas palabras, como digo,

43
se volvía a poner en tensión conocimiento y sociedad, no obstante que entonces
Lepenies celebraba lo mismo a la benéfica influencia de la hermenéutica que de la
etnometodología. Pronto se vería que la etnometodología poseía un programa de
investigación por principio opuesto al posmodernismo (Lynch 1993; Pleasants
1997).

Los etnometodólogos, sin dejar de ser críticos hacia la sociología funcionalista


de la ciencia, tuvieron en común con su contraparte en la antropología
funcionalista la insuficiencia de frutos abundantes. Ello se advierte en los trabajos
abordados por el grupo de Garfinkel a propósito de un grupo de astrofísicos, otro
de matemáticos y dentro de un laboratorio neurobiológico (Coulon 1995:59-61;
Heritage 1990:336-340; Lynch 1985 [1979]). En contraste con los estudios hechos
bajo esta corriente respecto de la interacción escolar en el salón de clase (Coulon
1995a), por ejemplo, la etnometodología de la ciencia parece ser un desarrollo
pobre.35 La causa de su escasa popularidad reside en las exigencias del enfoque
mismo. Sus críticos hablan de unas crónicas conclusiones modestas, si no es que
carencia de éstas. En efecto, lejos de ser tan suficientes como se exhiben sus
competidores posmodernos en campos de conocimiento y de experiencia
desconocidos -y para los que ser extraño es una desventaja imperdonable; hablo,
sí, de los campos científicos-, los así llamados “estudios del trabajo” de Garfinkel
y otros (1986) siempre procuraron describir la actividad científica en los propios
términos de los científicos, eso es, con absoluto respeto de sus razonamientos
etic. Por ello mismo, se criticó el exceso de descripción etic del estudio de Lynch
entre los neurobiólogos en su Art and Artifact in Laboratory Science: A Study of
Shop Work and Shop Talk in a Research Laboratory (1985 [1979]), justo porque

35
Influido por Garfinkel, John Law (1976) replanteo su estudio sobre la cristalografía de las proteínas, para lo
que evita toda prescripción y adopta la propia visión del mundo de los científicos; Angela Metropulos (1986)
por su parte exploró la interrelación del conocimiento científico y la organización social del mismo en un
laboratorio de biología marina. La idea de contextualizar este conocimiento sin sobredeterminarlo aparece
en otros estudios, tales como Collins (1982) para varios laboratorios experimentales de laser; y Whitley
(1981) para la conexión entre patrones de investigación y contextos de práctica científica específicos. De
hecho, todavía en esta época Woolgar (1981) y Knorr-Cetina (1981) suscribían la idea de la contextualización
de Garfinkel , si bien ya daban prioridad al “contexto presentacional”, o mejor, representacional, mucho más
apropiado para su postura constructivista social del conocimiento.

44
no pretendía probar nada sobre la epistemología de la ciencia. Lynch se interesó
mucho más en escuchar las conversaciones del laboratorio, procurando como
todo buen antropólogo al menos aprender algo de la ciencia estudiada, antes que
oponer (y anteponer) cualquier axiología personal. Resulta obvio que estudios tan
poco presuntuosos jamás consiguieron generar toda una corriente sociológica
comparable en prestigio a los “estudios sociales de la ciencia” provocados por la
obra de Bruno Latour y Steve Woolgar Laboratory Life. The Construction of
Scientific Facts (1986 [1979]), punto de arranque de una polémica en curso
conocida como las “guerras de la ciencia” (Ross 1996; Ruse 2001:15-26). Este
título de “guerras de la ciencia” no es para menos, pues los más atrevidos críticos
proclamaron a viva voz “las mentiras de la ciencia” (Di Trocchio 1995 [1993]).
Empero, el lenguaje común norteamericano está tan agobiado de metáforas
militares, que uno se pregunta si hay una conexión verdadera entre las guerras
académicas y las guerras coloniales que de tiempo en tiempo emprenden como
sociedad imperial.36

Como antes dije, la antropología funcionalista de la ciencia tuvo la seria


dificultad
de cargar con la herencia de la sociología funcionalista anterior, lo cual complico
su desarrollo. Un ejemplo próximo lo tenemos en el estudio de Fortes y Adler
Lomnitz (1994 [1991]) sobre el proceso de socialización científica de los
estudiantes de tres generaciones de licenciatura del Instituto de Investigaciones
Biomédicas de la UNAM. Como tal, el estudio fue realizado entre 1974 y 1980, y
se ocupa de un campo largamente descuidado por la sociología mertoniana, no
así de Veblen. No obstante que uno de los mayores aportes de este estudio es la
postulación de una ideología y un tipo ideal de “científico ideal” –los que serían
introyectados a los estudiantes en el curso de su socialización científica-, las
autoras buscan demostrar que las normas y valores de la institución son capaces

36
Para un filósofo ajeno a la sociedad norteamericana como es el caso de Hacking (200:12), estas metáforas
tendrían un resultado insensibilizador: “La predisposición a describir el desacuerdo profundo en términos de
metáforas de guerra hace que la existencia de guerras reales parezca más natural, más inevitable, más parte
de la condición humana”. Luego del 11-S estamos seguros de ello.

45
no solo de hacerlos adquirir la nueva identidad científica, sino sobre todo corregir
sus desviaciones conductuales de la norma. Se sigue pues que esa ideología y
ese tipo ideal son congruentes con los fines de la institución. La carga
funcionalista de esta conclusión es evidente. Pero surgen dudas al respecto.
Aparte de que se habla poco sobre la interacción entre la organización de la
investigación y el proceso de conocimiento que suscita en las aulas, cabe la duda
de si realmente las normas y valores institucionales son así de homoestáticos,
pues en estudios previos (Adler Lomnitz 1972; 1985) se habla de un conflicto que
dividía a toda la comunidad biomédica sin resolución aparente. Vale decir que
esta antropología (que aún insistía en reconocerse como sociología de la ciencia)
estimuló a algunas de las alumnas de Larissa Lomnitz a desarrollar lo que en un
momento se conoció como "estudios de pares" (Nolasco 1984), pero que luego se
definen como sendas investigaciones de la comunidad de los matemáticos (Mayer
1991) o del desarrollo tecnológico en la industria (Pérez-Lizaur 1991).

Para los nuevos sociólogos de la ciencia todas estas insuficiencias fueron muy
útiles. Incluyendo la etnografía usada por los antropólogos, que de inmediato fue
adoptada y adaptada para sus propios fines, interesados en demostrar la “falacia
ontológica” del realismo científico. Un estudio equivalente hecho por un grupo de
antropólogos australianos en el Instituto Hall de Ciencia Médica en Melbourne
llevó a Steve Woolgar (1991a) a decir que los antropólogos no eran lo
suficientemente antropólogos, pues siguen privilegiando a las instituciones y a sus
arreglos internos sin abrazar el enfoque relativista-constructivista aportado por los
“estudios sociales de la ciencia”, bajo el cual se deconstruye la filosofía objetivista
de la ciencia con tal de cuestionar todos los campos de estudio con pretensiones
científicas. La tesis relativista de la cultura científica de Anderson (1981), antes
mencionada, adquiere aquí mayor relevancia. La nueva “etnografía reflexiva”
desarrolla en el extraño que observa al científico un abisal “escepticismo analítico”
sobre todas las explicaciones y pensamientos de los científicos (Woolgar 1991:80;
Latour & Woolgar 1986:278), escepticismo que llevado a sus últimas
consecuencias termina por tildar de falaz a toda la ciencia. La misma ciencia, dirá

46
Woolgar, “no es científica, excepto cuando se presenta a sí misma como tal”
(Woolgar (1991:164).

Solo en apariencia estos estudios de laboratorio consiguen restituir la unidad de


sociedad y conocimiento que una vez Kuhn conciliara. Mas esa apariencia es
falsa, porque se trata de un axioma que a la postre colocara en una encrucijada a
todo el paradigma constructivista puesto que uno de sus méritos había sido la
contextualización del conocimiento, idea que compartían con la etnometodología.
Sin duda peso mucho más la intención de traer ese conocimiento a la tierra y
desmitificarlo como un “artefacto cultural” (Krohn 1981). De las tres hipótesis
planteadas por Knorr-Cetina (1981) para reconstruir la macrosociología de la
ciencia a partir de la microsociología, es la hipótesis representativa la que prima
justo porque sostiene que toda representación es activamente construida por la
acción social, una variación del “programa fuerte” de la sociología del
conocimiento de David Bloor, en el que todo conocimiento científico puede
explicarse socialmente (Barnes, Bloor & Henry 1996). Se sigue que bajo esta
concepción, los científicos manipulan conscientemente las limitaciones
contextuales. Woolgar (1981) hablará en seguida de una determinación social del
conocimiento, misma que antecede a la discusión filosófica de si éste es o no
verdadero, descontando que la verdad es también negociada. El contexto real
queda así disminuido a un “contexto presentacional”, a una “organización textual”,
que refleja mejor al discurso que a la realidad. El golpe definitivo lo asesta Latour
(1981:56-69) al concluir diciendo que todo proceso de investigación científica es
contextual, heterogéneo (nunca es puro), oportunista (responde a las
circunstancias), ideosincrático y es la “construcción de una ficción”. Por último,
será la fenomenología de Berger y Luckman (1967) sobre la construcción social de
la realidad, la mayor influencia filosófica que contribuye al endurecimiento del
axioma según el cual por fuerza el contenido del conocimiento es resultado de un
proceso social. En suma, las explicaciones, teorías, experimentos, modelos,

47
hipótesis y demás medios del razonamiento científico, en vez de reflejar al mundo
real han de ser meras construcciones sociales interesadas.37

Entre los antropólogos estas ideas no pasaron desapercibidas. Hubo un


momento en que la antropología de la ciencia se percibía dividida entre dos polos,
de un lado Bronislaw Malinowski y de otro Ludwig Fleck (González, Nader & Ou
1995). Pero con la publicación de Naked Science. Anthropological Inquiry into
Boundaries, Power and Knowledge (Nader 1996) se opta por Fleck. Luego se
acude en ayuda de los sociólogos en su tarea de exponer a la ciencia desnuda,
libre de purezas, pero eso sí, nunca libre de cultura. No está de sobra decir que la
idea que darle un contexto cultural a la ciencia difiere del uso que una vez diera
Snow (1977 [1959]) al concepto de cultura científica, que antes había derivado de
la antropología. Snow era al mismo tiempo físico y novelista, así que no percibía
oposición entre la cultura científica y la cultura humanista, por lo que proponía
unificarlas. Sokal y Bricmont (1999), físicos ambos, han vuelto a traer esto a la
discusión a propósito de un “verdadero diálogo entre las dos culturas”. Pero detrás
del sentido que los antropólogos posmodernos de la ciencia dan al concepto de
cultura como una entidad inconmensurable (tal como la entendió el padre del
romanticismo Johann Gottfried Herder en 1784 [1997]), reaparece la confusión
entre ciencia e ideología propiciada por lo que Veblen ya veía como un contexto
malsano: que la “ciencia americana” estaba ya no entronizada por los intereses
industriales, sino de plano por los militares. Si bien es muy claro en estos análisis
que hay una continua referencia al desarrollo científico conocido como la “gran
ciencia”, esto es, el desarrollo de la investigación en gran escala como un modelo
de estructuración organizativa adoptado desde el Proyecto Manhattan (Galison &
Hevly 1992), y de que el contexto de referencia es “nuestro país”, es asombroso
que los académicos americanos vuelvan elevarse al rango universal para
generalizar en torno a la “las tradiciones científicas de Occidente”: “Los hallazgos

37
Y, como señala incisivamente Hacking (2001), hay que agregar a la lista los resultados o contenido del
saber científico. Como bien dice, los constructivistas sociales son unos externalistas de nuevo cuño, que han
heredado la vieja tradición empirista, lo cual explicaría sus arrebatos positivistas invertidos: no más
objetivismo, sí al subjetivismo.

48
de la antropología y de las ciencias sociales contradicen las imágenes ubicuas de
la ciencia Occidental como pura, independiente de la política”, escribe Nader, para
luego, a pie de página, como para no disminuir la fuerza de su afirmación, agregar
que a estos antropólogos americanos los mueve la oposición a la intolerancia para
con la disidencia dentro de su cultura, y la naturaleza crecientemente ideológica
de la ciencia “en nuestro país [pero] que afecta alrededor del globo” (Nader
1996:xiii y xiv). Spengler se habría de remover contento en su tumba por el eco de
sus declaraciones estridentistas.38 No es casual que uno de los temas favoritos
abordados sean los físicos de la alta energía (Traweek 1988) o los físicos de los
laboratorios de armas nucleares (Gusterson 1992 y 1996). Análisis etnológicos de
las teorías científicas como el de Stockzkowski (1992) aparecen como extraños
dentro del contexto americano.

Se ve, pues, que las relaciones entre esta corriente y la antropología social de
la ciencia son del todo amistosas, a pesar de su recurso etnográfico común. La
divergencia entre ambas se antoja profunda, pues tiene que ver con la filosofía y la
teoría social implicadas. Que sepamos, no ha habido hasta ahora una réplica a tal
crítica por parte de los antropólogos interesados en el asunto, como sí la ha
habido desde la filosofía de la ciencia (Bunge 1992; Hacking 2001), la historia de
la ciencia (Thuillier 1990) o para el conjunto de la antropología posmoderna
(Reyna 1994).
Creo que esta incapacidad de respuesta en mucho es atribuible a la carencia
teórico-filosófica antes anotada. Movido entonces por los fines inmediatos del
presente estudio, sugiero que esta teoría puede ser la hermenéutica crítica
(Bleicher 1990: 143-211), la que, entre otras características, es una corriente que
se ha desprendido del subjetivismo prevaleciente entre los hermeneutas
decimonónicos, por lo que procura disminuir la tensión entre explicación e
interpretación, buscando inclusive unificarlas (Apel 1984). Tal como lo aprecia

38
A la orgía de la ciencia, Spengler añadía el exceso de democracia y de socialismo como causales de la crisis
moral, síntoma del ocaso de la civilización occidental. Si esto recuerda al nacionalsocialismo, la coincidencia
es correcta, ya que a poco escribe la Reconstrucción del Estado alemán en 1924. Todo un clásico del
pensamiento reaccionario, hoy reconocido como una de las fuente ideológicas del nazismo.

49
Reyna (1994), la hermeneútica crítica, en clara distinción al deconstruccionismo,
pretende más que nunca ser una "ciencia de la interpretación", cuyo método,
aunque siga siendo aproximativo (el llamado "círculo hermenéutico"), consigue su
comprensión a través de la validación dialógica (Habermas y Apel, Gamader hasta
cierto punto), hipotético-deductiva (Hirsch), argumentativa (Ricoeur), en incluso en
una profundización declaradamente metódica (Betti, Giddens y Thompson), por lo
que en ocasiones se acerca al principio de falseación de Popper y a ciertas
posturas pospositivistas que proponen que la validación científica es provisional y
la explicación una verdad aproximada, tanto como la comprensión lo es (Reyna
1994:556-557; Ricoeur 1992: 212-213; Ferraris 323-332; Popper 1995: 123).

Adicionalmente, creo necesario aclarar en relación al glosocentrismo (la


palabra es todo, la ciencia un texto) del deconstruccionismo, que la hermenéutica
desde sus inicios surgió ligada a la filosofía del lenguaje, por lo que su "giro
lingüístico" a la pragmática y al más tradicional análisis textual no es oportunista
(cfr. Lafont 1993). Hay, eso sí, el convencimiento de que sólo a través del lenguaje
accedemos a la realidad, pero no se le hipostasía como la "cárcel de la realidad".
Esta perspectiva abre todo un campo de posibilidades a la antropología de la
ciencia para interpretar, por medio del discurso hablado y escrito, al pensamiento y
ser social de la ciencia y de los científicos, sin "pecar", como dice Bunge, de
irracionalismo o de subjetivismo colectivista. Más que otra cosa, esta pragmática
retendría las nociones de sentido y referencia de Gottlob Frege (1999). Me explico:
a través del estudio textual y conversacional del lenguaje disciplinario podemos
avanzar hacia la comprensión de sentido, pero sin sustituir a éste por su referente
real. Esto asegura no confundir cosa e idea, hechos y explicaciones, sujeto y
objeto. No asumir dicha confusión es justo lo que Woolgar critica a la antropología:
si la ciencia es simple retórica, comprender el conocimiento científico termina por
ser irrelevante, ya que antes lo es su referente. Su sentido nunca dejará de ser
una construcción social interesada, sin criterios de verdad discernibles. Como
resulta obvio, nunca podremos suscribir, como en los estudios sociales de la
ciencia, el pretendido "fraude ontológico" que se achaca a la ciencia, por mucho

50
que, como ellos, también examinemos sus textos y al comportamiento social
intencional. Antes, por el contrario, postulamos que los objetos del mundo real no
solo existen, sino que son objeto de la acción práctica, razonable, metódica, de las
ciencias.

No puedo concluir este parágrafo sin hacer una destacada mención del sostén
filosófico que encuentro en la hermenéutica moderna. Dentro de la hermenéutica
histórico-ontológica, Gadamer (1977) convirtió al lenguaje en tradición o
transmisión. Los textos, lo mismo que la historia, siempre son interpretados y
ulteriormente comprendidos a través de prejuicios o pre-entendimientos (ideas,
conjeturas o presuposiciones) que nos confrontan con tradiciones radicalmente
diferentes a nosotros, puesto que nosotros mismos estamos ubicados en una de
ellas. Aparte de esta doble conciencia de extrañamiento y de pertenencia, advierte
que aún la más auténtica y sólida de las tradiciones (como es el caso de una
tradición científica arqueológica), ésta no se desarrolla sólo en virtud de cierta
persistencia, sino que requiere ser aceptada, adoptada, cultivada y renovada. Se
verá, pues, que éste es precisamente el modo como inquiriremos a nuestro actual
objeto de estudio: concatenando el conocimiento arqueológico y el
condicionamiento social de la arqueología y cómo ambos contribuyen para hacer
aceptable, adoptable, cultivable y renovable esa tradición arraigada de ciencia,
conocida entre nosotros como Escuela Mexicana de Arqueología. Dicho más
claridosamente aún, para nosotros las instituciones de la arqueología son
mediaciones entre la tradición arqueológica y los arqueólogos como tales.
Entendemos el origen social del esquemático prejuicio establecido entre la
"corriente del INAH" y la "corriente de la UNAM", pero suponemos que a un nivel
profundo hay un sustrato tradicionalista que las unifica en la teoría y en la cultura
disciplinaria más amplia.

IV. Si la antropología de la ciencia es rara avis in terra, la antropología


de la antropología es mucho más extraña como desarrollo

51
especializado de la antropología social en México. En nuestro medio, la única
postura que alguna vez sugirió una indagación en esa dirección fue a
consecuencia del programa de historia social de la etnología emprendido por
Angel Palerm, según el cual la actividad etnológica -tanto en su teoría como en su
práctica- "constituye un fenómeno cultural a cuyo estudio resulta preciso aplicar la
teoría y método de la misma etnología" (Palerm 1977:14). Por desgracia, este
proyecto palermiano quedó inconcluso, lo mismo que su historia de las teorías
etnológicas. Reconozco en él, empero, una orientadora inspiración, digna de
continuarse con la mayor seriedad.

Allende las fronteras, el panorama de la antropología de la antropología no es


más halagüeño. Contamos, por supuesto, con la insólita contribución de Leslie A.
White (1966), quien en una fecha tan temprana se propuso desentrañar la
organización social de las teorías etnológicas -con especial referencia al
particularismo histórico de Boas y al funcionalismo de Radcliffe-Brown-, logrando
destacar la influencia de sus fuertes personalidades en el modo como se
estructuró su propagación teórica a través de la organización (en redes
personales) de sus adeptos/alumnos. Dada su postura fisicalista, White se impuso
no ir más allá, pues en lo íntimo creía que la ciencia de la cultura no podía admitir
influencias sociales y personales en su constitución y progreso, trazando por ello
una separación artificial entre lo que llamó la "escuela teórica conceptual" y el
"grupo social conceptual", separación que él mismo contradecía con su análisis,
donde estaban realmente unificados. Comparado al programa palermiano -en
especial su principio de tomar holísticamente a la praxis etnológica-, el de White
aparece, en este sentido, superado.

Empero, la línea de investigación de White carece, asimismo, de solución de


continuidad, por más que puedan citarse contribuciones más o menos próximas
desde la historia de la antropología para la antropología norteamericana e inglesa
(Silverman 1981; Kuper 1987 [1973]), y aún para la historia de ciertas ideas, tal
como hizo Kuper (1988) con la noción antropológica de "sociedad primitiva".

52
Ocasionalmente, pero más desde el campo de la antropología de la educación,
algún antropólogo social se ha ocupado de la política en la academia (Bailey
1977). Asimismo, una novedosa "etnografía de los etnógrafos", hecha bajo los
contextos de Ghana, Camerún y Sudáfrica (Owusu 1989; Barley 1989 [1983];
Kuper 1987a), ha ensanchado nuestro autoconocimiento de la relación teoría-
praxis en ámbitos específicos. Por último, la "etnología del conocimiento" sugerida
por Héctor Vázquez (1988), aunque mantiene una orientación dirigida a la
creación simbólica, es un jalón en este orden programático.

Con todo, de lo que aquí tratamos es de una antropología de la arqueología.


Sobre el particular estableceré de entrada el supuesto de que es factible elaborar
una arqueología de la arqueología. No pienso, por supuesto, en términos de
Foucault, a quien alguien llamó el “arqueólogo del humanismo”. Me refiero más
bien al prehistoriador Paul G. Bahn (1999, 1995 y 1993), uno de los miembros de
la disciplina que más ha avanzado en ese sentido, incluso al punto de ironizar su
práctica.39 Este supuesto no es un principio ético, sino etnometodológico: toda
práctica social es reflexiva –es decir, la acción descrita por un miembro equivale a
su producción-, y explicable –o sea que toda acción puede ser evaluada bajo su
racionalidad. En ese sentido, la arqueología de la arqueología constituye un modo
de revelar la constitución interna de su raciocinio. Solo que reflexividad no se
confunde con reflexión o conciencia. Es aquí donde resalta la viabilidad de una
antropología hermeneútico-crítica de la arqueología. Uno de los hallazgos
aportados por la etnometodología del trabajo científico ha sido demostrar que los
científicos olvidan o minimizan las actividades prácticas que rutinariamente
realizan para hacer ciencia.40

39
Bahn, además de aportar una historia ilustrada de la arqueología, escribió su Bluff your way in
Archaeology (1993), que ha de tomarse como un comentario jocoso de su práctica. Por desgracia, su
traducción al español, Cómo pasar por experto en arqueología (1995), es una verdadera traición de la
intención de Bahn, pues llega al punto de agregar párrafos enteros ajenos al autor. Todo un fraude.
40
La etnometodología en este campo “Busca demostrar que los científicos usan, en su investigación, un
cierto número de recursos que consideran naturales (teorías, razonamiento lógico, y resultados de pasados
experimentos), cuyo carácter objetivado olvidan, y que no relacionan más con la actividad práctica del
laboratorio que ha sido construido por ellos. El trabajo científico solo puede transmitirse a causa de esa
reificación, como cualquier artículo sobre descubrimientos puede mostrar” (Coulon 1995:61).

53
Se trata pues de un campo de estudio prácticamente virgen. Al igual que los
antropólogos que han hecho aportes reflexivos, los arqueólogos (y algunos
filósofos de la arqueología) han ido desarrollando lo que se conoce como
"tradiciones críticas de la arqueología" de corte post-procesualista (Pinsky & Wylie
1989), las cuales han dejado de centrarse en las evidencias del pasado para
examinar el contexto histórico, sociopolítico y epistemológico del conocimiento
arqueológico actual. Es interesante anotar que uno de los filósofos que se han
sumado a este campo, Lester Embree (1989, 1989a,1992), propone una
"metaarqueología" fenomenológica que, por medios etnográficos, estadísticos y
literarios, consiga esclarecer la epistemología de la nueva arqueología
norteamericana. Cabe advertir que en México no hay nada que ni remotamente se
le asemeje. La obra de Gándara (1992), siendo reflexiva también, es, en gran
medida una crítica admonitoria de la arqueología oficial, que considera a los
problemas prácticos y políticos como condicionantes de su insuficiente
cientificidad. Bien que comparto con él la preocupación por abordar su peculiar
cambio teórico, advierto diferencias en cuanto a su tratamiento prescriptivo, lo que
a mi juicio estrecha el campo de estudio reflexivo, es decir, comprensivo desde mi
posición de observador ajeno a la tradición arqueológica.

Al respecto, deseo y debo ante todo suscribir mi cometido definitivamente


académico. Pienso que para la antropología social de la ciencia sigue vigente la
interpretación de Francis Bacon de la metáfora de la Esfinge. De ella, deducía que
"el objeto de la meditación y la búsqueda intelectual no es otro que el conocimi-
ento" (Bacon 1986:3). En el mismo tenor, de Solla Price, un prestigiado sociólogo
de la ciencia, remarcó que la pretensión última de una ciencia de la ciencia es
"entender que tales conocimientos deben ser investigados por la comprensión que
proporcionan, independientemente de donde puedan conducir" (de Solla Price
1968:330; cursivas mías).

54
En consecuencia, reitero que el objetivo manifiesto de esta antropología de la
arqueología es la de comprender y explicar por qué ha sucedido que las
arqueologías del más diverso signo han terminado siendo avasalladas, si no es
que suprimidas, por una concepción nacionalista de pensar y hacer la arqueología,
cuando en los textos se ofrece como una disciplina científica genérica y universal,
lo que ya nos plantea una paradoja de entrada. En relación a ella, advierto una
coincidencia de intereses con el movimiento de la arqueología teórica, tal como se
ha expresado en los tres congresos arqueológicos mundiales en Southampton
(sostenidos en los años de 1986,1990 y 1992) . En ellos, constantemente ha
aparecido la interrogante de por qué la arqueología teórica no ha podido despegar
en varios países. Según sus análisis, existen ciertas tradiciones regionales que,
fundadas en las condiciones específicas de la práctica arqueológica del país o
región particulares, impiden el desarrollo de una "disciplina en verdad mundial por
primera vez" (Renfrew & Bahn 1991:37). El estudio de tales tradiciones
arqueológicas nacionales forma parte integral del programa de esta corriente, por
ello muy próxima a mi interés indagativo.

Pero mientras los más conspicuos seguidores de esta corriente aceptan que
hay una "explicación [arqueológica] tradicional" bien generalizada, yo sostengo
que la complejidad de la tradición mexicana requiere una mayor atención sobre la
normalidad de su "explicación tradicional". Se trata, como dice Gándara
(1992:181), de “un caso agudo de arqueología tradicional”. En consecuencia,
entramos así en los objetivos específicos a delucidar. Comenzaré por lo más
evidente. Desde los días arqueológicos de Gamio (1913-1922), la arqueología
mexicana se define como netamente científica, aunque desempeñe funciones de
gobierno. No es pues reductible a un tipo general de arqueología pública (no tiene,
por ejemplo, similitud alguna con la arqueología pública norteamericana), sino que
es una variante particularizada. Ambos componentes -la ciencia y la administra-
ción pública- siguen vigentes hasta hoy, si bien la segunda domina y subsume a la
primera. Es extraño, no obstante, que mientras en el México actual, la ciencia y la
tecnología cruzan por un proceso de cambio determinado por una política de

55
"excelencia científica" de inspiración empresarial -para la que se ha dispuesto la
asignación discriminatoria y competitiva de recursos, becas, sobresueldos,
estímulos a la productividad, etcétera-, la arqueología se mantiene
convenientemente aislada en una situación de excepción fomentada por medio de
instituciones centrales de financiamiento (el Fondo Nacional Arqueológico y el
Fondo Nacional para la Cultura y las Artes). Estas instituciones han prohijado la
renovación de grandes proyectos arqueológicos monumentales ya conocidos en el
pasado, pero que de alguna manera recuerdan a la investigación científica de gran
escala (lo que se conoce como Big Science en la administración de la ciencia).
Nueva paradoja: la arqueología en México es una ciencia que no se comporta
como el resto de las ciencias, al menos en cuanto a la premiación de sus
prioridades. Su preeminencia científica depende vitalmente de su asociación con
la administración central del pasado. Orgánicamente, su liga se establece más con
la cultura y la educación nacionalistas que con la ciencia y la investigación
globales.

Nos guste o no, los así llamados Proyectos Especiales de Arqueología han sido
los buques enseña de la flota arqueológica mexicana. Con razón de sobra se les
tildó de "proyectos especiales" según variados criterios (a saber, por involucrar
zonas monumentales reconocidas como patrimonio de la humanidad, por estar
asociados a reservas de la naturaleza, por estar poco explorados o simplemente
por demandar mantenimiento; cfr. García-Bárcena 1994:7-11). Esto es verdad,
mas no toda la verdad. Aparte de la especial manera como su dirección fue
asignada a prominentes arqueólogos de la administración patrimonial, de nueva
cuenta influyó de manera decisiva el poder presidencial para transformarles,
desde el ritual día del 12 de octubre de 1992, en "proyectos estratégicos", de "gran
envergadura y profundo significado social" (Tovar 1994:289), por lo que el sexto
informe presidencial del tristemente célebre Carlos Salinas de Gortari (1994),
fueron reconocidos por reafirmar "nuestras raíces prehispánicas". De lo anterior se
sigue que: a) la ciencia de la arqueología sigue adherida a una concepción mítica
del origen nacional, a la que nutre y de la que se nutre; b) que sigue amalgamada

56
a la administración patrimonialista que emana de la figura personal del presidente
en turno. Todo esto nos habla reiteradamente de una tradición y un tradicionalismo
que involucra a toda una disciplina científica con la administración de cosas
antiguas, por lo que ella misma se rige por una racionalidad material orientada con
postulados valorativos, asimismo tradicionales.

Estos supuestos sobre la normalidad de la arqueología mexicana devienen de


una obligada contextualización de la tradición científica bajo estudio. Por lo tanto,
un objetivo específico perseguido aquí es el de esclarecer este tradicionalismo
más amplio, referente a la administración del patrimonio arqueológico y al
patrimonialismo que la domina. Se trata, a mi juicio, de un campo jurídico y
político, del que la controvertida figura del Consejo de Arqueología constituye su
expresión emblemática. Ese órgano de consulta de la dirección general del INAH
se ha convertido con el tiempo en una instancia decisoria y aún conductual para
todo tipo de arqueología que se practique en nuestro país. Es, por lo tanto, el
mecanismo más poderoso para afianzar y renovar la tradición teórica dominante,
lo que en ningún momento debe confundirse con los conflictos políticos sostenidos
por los arqueólogos con fines de prestigio y competencia. Ello no implica
desconexión entre ambos fenómenos. El hecho de que los estatus del consejo
estén, desde sus orígenes, concentrados en ciertos individuos que por otra parte
ocupan altos cargos en la administración patrimonial, y que éstos los usen para
sus fines personales de competencia, indica que el consejo posee funciones más
vastas de lo que la formalidad jurídica establece. Ello convierte al consejo en una
arena política y a la función de supervisión en un recurso para dirimir las disputas
personales. La "democratización" introducida a mediados del sexenio salinista -
consistente en invitar individualmente a los representantes universitarios-, sólo
hizo menos tajante la frontera política entre la arqueología gubernamental y la
universitaria, pero retuvo interacciones acostumbradas en su interior, una de las
cuales es la pertinaz idea de que la arqueología nacional es de "utilidad pública" y
de que ésta dicta las prioridades a toda la disciplina científica, cualquiera que sea
su origen y objetivos.

57
Otra manifestación pertinente de estudio es el examen comparativo de los
proyectos arqueológicos. Por comparación no quiero decir contrastación ni
verificación, pero sí examen naturalista de su heurística. Pienso que es en este
nivel fenomenológico-procesual que puede descubrirse la articulación entre la
tradición de pensamiento y los hábitos más usuales de desempeño práctico. Si en
principio hemos desdibujado la esquemática dualidad de arqueologías institucion-
ales, sugiero que es dentro de los proyectos efectivos, tal como se aplican y
desarrollan, donde podemos indagar puntualmente los nexos entre la estructura
cognitiva (teoría, planteamiento, resultados) y la organización social (instituciones,
financiamientos, transacciones, relaciones sociales, comportamientos).
Convendría, empero, en que para los fines argumentales de mi análisis, seguirá
siendo necesario referirme tanto a los proyectos del INAH como a los del IIA. Una
solución integrativa podría ser estadística: reunir en la misma base de datos sus
resultados, mensurados con los mismos parámetros. Pero ya que el interés de la
investigación está enfocado al problema del cambio teórico, prefiero recurrir, hacia
los capítulos finales, a los estudios de caso de cualitativos, más adecuados al
análisis conceptual propuesto.

Para este propósito resulta iluminador el examen de la competencia establecida


desde hace pocos años entre Eduardo Matos y Linda Manzanilla, interesados
ambos en Teotihuacan. Su selección es absolutamente simbólica y nada tiene que
ver con un criterio de “representatividad estadística”. En el medio arqueológico
Matos es considerado como el arqueólogo más prestigiado, mientras que
Manzanilla es reconocida como la mejor arqueóloga. Se introduce un pequeño
matiz cualificador: mientras a Matos se reserva una actividad política, a Manzanilla
se confiere una actividad científica. Desde mi punto de vista, ambas precon-
cepciones requieren problematizarse, aunque es innegable que sus trayectorias
personales se han ligado a proyectos de creciente importancia tanto para la
política patrimonial del INAH como para la política de excelencia científica del
CONACYT. En cierto sentido, esto recuerda la competencia establecida entre

58
ciencia básica y ciencia aplicada que existe en el seno de los comités de
evaluación de la ciencia y la tecnología en México y otros países (García y
Lomnitz 1991; Bunge 1986:217-218). Sin embargo, también es claro que el caso
de Matos demuestra una cierta coherencia interna en cuanto a la dirección de
proyectos de alta intensidad -es decir, de enorme magnitud en recursos
financieros, organizativos y resultados monumentales-, por lo menos desde su
Proyecto Tula (y, por supuesto, Templo Mayor y el Especial de Teotihuacan). En
este nuevo contexto, Manzanilla parece haber penetrado, con la segunda etapa de
su Proyecto del Centro Urbano de Teotihuacan (me refiero al de Túneles y
Cuevas, antecedido por el de Ciudad Antigua de Teotihuacan), en un espacio que
parecía ser coto reservado de la arqueología gubernamental. Qué tan exitoso
resulte su proyecto podría sentar un sano precedente para una arqueología más
científicamente orientada, pero llevada a cabo con grandes medios.

Lo dicho resulta sumamente relevante para nuestro estudio, ya que una


divergencia práctica entre el INAH y el IIA era que la arqueología universitaria
había estado restringida, por oposición, a los proyectos de baja intensidad, pero
ahora la competencia empieza a equilibrarse. Hay que decir, de paso, que estos
proyectos de baja intensidad también existen dentro del INAH, luego no son
privativos de ninguna institución. La comparación se establece más bien en los
planteamientos, desarrollo y resultados de ambos tipos de proyectos. Por lo tanto,
junto a los proyectos de la gran arqueología, contemplaré, para fines
comprensivos, a dos proyectos de baja intensidad, observando su evolución
teórica. Para tal fin he elegido al Proyecto Bolaños de Teresa Cabrero y al
Proyecto de Rescate Arqueológico Huitzilapa de Lorenza López y Jorge Ramos.
Debo puntualizar en seguida que mi criterio selectivo deviene de una tipología
heurística, como explico en el capítulo cuarto.

V. Aunque no creo que todos mis colegas estén de acuerdo sobre el


particular, algunos antropólogos sociales aceptamos que nuestra

59
comprensión siempre es parcial y nuestras verdades son particulares. Suponemos
crucial nuestra aproximación personal a través de la participación en algún grado
de las relaciones sociales que se aprecian alrededor, y, por ese medio tratamos de
comprender qué significa ser miembro del grupo que se estudia. No es fortuito, en
suma, que admitamos que nuestras unidades de análisis rara vez son numéricas
y, asimismo, que hay fenómenos inaccesibles al tratamiento estadístico, no así a
la observación y comprensión de significados (Leach 1967:77-87;1982:161; Dey
1993:29).

No obstante, el hecho de observar y el hecho de participar puede esconder un


dilema. De hecho, ambos componentes del método etnográfico están siendo
disociados y opuestos, no tanto por razones de orden teórico o filosófico, como por
una situación social inédita, en que los tradicionales objetos de estudio se están
erigiendo ellos mismos en sujetos de conocimiento, negándose por ello a
mantener una relación instrumental como meros "informantes" de los
antropólogos. Esta actitud dificulta el trabajo etnográfico, que cada vez más ha ser
negociado con los actores involucrados. Ha surgido así, y de manera muy
relacionada a la antropología postmoderna, toda una corriente metodológica
conocida como "paradigma orientado al actor", que, fenomenológicamente,
pretende captar lo que Husserl llamó los "mundos de la vida" de los propios
actores ([Link] & Long 1992; González 1994:17-44; Torres 1994).

Aunque en lo personal creo que muchos de los problemas que encara esta
corriente tienen una salida de carácter comunicativo y más aún conversacional
con actores sociales activos y pensantes, me resulta de enorme interés la
modalidad de entrevista que denominan "encuentro de investigación", cuya forma
depende precisamente de la relación establecida entre los interlocutores, pero que
admite la posición influyente del actor, hasta el punto de que el tópico de
conversación puede derivar del sujeto al objeto, que de ese modo expresa sus
intenciones, intereses e interpretaciones. Este giro comunicativo tiene el
inconveniente de que el tópico puede variar rápidamente, o bien concluir ahí

60
donde el actor lo juzgue conveniente, lo que hace del encuentro algo efímero,
volátil y descentrado. Huelga mencionar que los “encuentros sociales” alguna vez
planteados por la microsociología de Goffman desde 1959, siguen siendo
pertinentes para la interacción usada aquí. Es decir, tal como Carrithers
(1995:145 y 154) ha mostrado, estos encuentros etnográficos fuerzan al
observador a concebir el trabajo de campo “como si se tratase de resolver un
enigma policiaco”, y que más que proporcionar información factual, permiten
acceder de pronto al flujo real de las relaciones e interacciones sociales.

Mi interés en este instrumento de comprensión tiene una poderosa causa


detrás. Tiene que ver con los estatus y roles que los “objetos de estudio” asignan a
los antropólogos. Como dije antes, aunque siempre es deseable cierta dosis de
participación, hay contextos en que esto se dificulta. Al respecto quisiera anotar
que carecí para mi estudio de una precondición que, en cambio, sí ha estado
presente en otros análisis sociales de la ciencia y de los científicos. Me refiero a
que, por ejemplo, Larissa Lomnitz fue invitada a estudiar el IIB a instancias de su
director, preocupado por su situación interna. Ello facilitó su indagación a través de
entrevistas dirigidas, observación participante y encuestas. Al final, su informe fue
discutido por los investigadores de ese instituto, algunos de los cuales (por cierto,
no todos) vieron en él un jalón de cientificidad en un terreno que desconocían,
como lo era la organización social de su investigación (Lomnitz 1972:1-4,53-57).
Pero hasta el iconoclasta trabajo de Latour y Woolgar (1986:11-14), contó, si no
con la aprobación de sus discutibles juicios, sí al menos con la invitación del
director del Instituto Salk de Estudios Biológicos. En otras palabras, estoy
hablando de un problema de acceso al objeto de estudio, dificultad bien común
entre quienes se ocupan de hacer investigación dentro de organizaciones de todo
tipo, no sólo científicas (cfr. Crompton & Jones 1988).

Seré enfático sobre mi posición como observador. En mi caso, nunca fui


invitado a realizar esta investigación. Para resolverlo, hice en cambio una extenso
uso de los encuentros sociales de modo natural –tal fue mi modo de participación-,

61
gracias a la familiaridad que me brindó la interacción cotidiana con arqueólogos a
lo largo de veinte años en que los tuve como colegas investigadores en el INAH, y
desde antes, en la etapa de socialización profesional en la ENAH, en una época
en que compartíamos planes de estudio comunes. En parte, se podría decir que
fui miembro de su comunidad profesional, al menos en lo que toca a su
desempeño contextual en las mismas instituciones.

No niego que hubo ámbitos donde sí encaré un problema de acceso y, por


ende, de participación restringida, si no de abierto rechazo a mi sola intención
inquisitiva. El problema se agrava en un ambiente generalizado de desconfianza
bajo el cual los mismos arqueólogos evitan referirse a sus propios colegas -hasta
cuando éstos cometen evidentes actos reprobables-, procurando conservar en
secreto esta parte trascendente de su vida cotidiana. Aún así, siempre dispuse del
amplio espacio de la informalidad que, en lo que a mí condición de observador
interno se refiere, me indujo a la construcción o reactivación de redes sociales de
amistad con arqueólogos con los que mantuve conversaciones fundadas en la
confianza mutua, conversaciones que no fueron otra cosa sino mis propios
encuentros de investigación. Las entrevistas formales y las encuestas represen-
taron para mí problemas de aplicabilidad que no hubiesen tenido de haber sido
ésta una investigación solicitada y mi estatus validado políticamente. No di por
descontadas ambas técnicas, pero mi condicionamiento me orilló hacia el análisis
del dato cualitativo, como el lector advertirá con entera claridad en el capítulo
tercero.

Se entiende entonces que el énfasis no está puesto en la participación sino en


la observación directa, siempre que ésta fue permisible, esto es, situacional. Se
entiende también mi propensión hacia la etnografía del habla y al análisis textual,
que, por lo demás, se avienen con mi enfoque teórico hermenéutico más amplio.
Así por ejemplo, procuré coligar el uso linguístico de sus metáforas militares con la
fenomenología de los proyectos arqueológicos como formas de organización
social, a la vez que procesos sociocognitivos, y, por esa senda de rastreo

62
etnometodológico, penetrar la cultura desconfiada, conflictiva y egoísta de
nuestros arqueólogos, la que lejos de ser interpretada como un signo de
acientificidad, es equiparada a la "cultura del secreto" observada por Gusterson
(1992) entre los físicos de las bombas nucleares o con las "guerras personales"
sostenidas por los biólogos especializados en la sistemática (Rivero y Lugo 1994).
Justo hacia el final de mi estudio hago notar la correspondencia de este
comportamiento con la competencia y conflictos provocados por las prioridades
del descubrimiento científico, cómo se expresan éstos en un contexto tradicional
como este, y, por último, con los dilemas y paradojas a que inducen tales
interacciones en una situación social recurrente, en que se producen actos
previsibles desde la óptica de la teoría de los juegos, teoría que nos indica mejor
las dosis de racionalidad e irracionalidad implicadas en las relaciones sociales
distintivas de los arqueólogos mexicanos.

En síntesis, puedo decir que este estudio se ubica dentro de una incipiente
antropología de la ciencia sustentada en un enfoque teórico hermenéutico-crítico y
técnicamente etnometodológico, dispuesto a comprender a la arqueología en
México como una tradición heredada de ciencia y cultivada en un entorno de
tradicionalismo nacionalista, producto de la conservación del mito de origen
nacional, pero también de una administración anticuada de los bienes culturales, a
su vez sujeta de un patrimonialismo presidencialista. En este contexto sociopolí-
tico, la tradición arqueológica mexicana persiste y es reproducida cotidianamente,
por lo que uno de sus rasgos diacríticos es su tozuda resistencia al cambio teórico.
Simultáneamente, estos fenómenos coinciden con una cultura disciplinaria de
evitación, desconfianza y conflicto permanentes, que impiden, en conjunto, su
transformación conceptual y la eclosión de masas críticas de arqueólogos coop-
erativos.

63
CAPITULO PRIMERO

EL DIFUSIONISMO, MESOAMERICA Y LA
ESCUELA MEXICANA DE ARQUEOLOGIA.

Lección número uno: si vas a torcer el pasado con fines políticos,


elimina las interpretaciones rivales (...) [Lección número dos:]...La
investigación arqueológica financiada totalmente o en parte por
el Estado es vulnerable a la manipulación estatal.
Bettina Arnold,"The Past as Propaganda"41

H ay cierto dejo salomónico en el hecho de que una filósofa de la ciencia


haya declarado una suerte de entente cordiale entre los alternantes
modelos de cambio cambio científico suscritos por Kuhn, Lakatos y
Laudan. Según su postura, cada uno de ellos es útil en ciertos aspectos y para
ciertas disciplinas, pero serían, asimismo, incompletos e inexactos para dar
cuenta de cualquier proceso de cambio -al menos en lo que hace a la historia de
la química, motivo de su reflexión-, por lo que parece recomendable crear modelos
parciales a la medida de cada cambio científico (Estany 1990). Plausible o no, la
idea del acuerdo filosófico no nos parece ser la mejor vía posible de estudio para
emprender un acercamiento cuasiinternalista al pensamiento teórico de la
arqueología mexicana, por mucho que podamos suponer -si así renováramos la
añosa polémica de la comprensión hermenéutica versus la explicación científica-,

41
Arnold (1989:30 y 37).
64
que las ciencias sociales difieren en método y epistemología de las ciencias
formales y físicas. Desde este postulado central hasta la fundamentación de un
modelo particular no mediaría una gran distancia. Con todo, prefiero desestimarla
a causa de la cultura científica ampliamente arraigada entre los arqueólogos de
todas partes, que, con sobrada razón, podrían reclamar su tratamiento como una
disciplina humanista, luego de haberse deshecho de este legado, para bien o para
mal.

A partir de este ideal científico, asumido como precondición metodológica por


nuestra indagación, el problema sigue siendo el de adoptar un modelo de cambio
teórico que sea relevante para el objeto de estudio. ¿Cómo elegirlo?. Confieso que
lo he hecho de la manera más común: adoptando el que intuitivamente percibo
como el más aproximado a las condiciones impuestas por mi investigación.42 Al
decirlo lisa y llanamente no pretendo adoptar pose cínica alguna, pero ciertamente
me reconforta saber que bien reconocidos científicos hicieron cosas parecidas
para atraer hacia sus intereses a las filosofías de una cultura humanista tan
diversificada como la científica.43 Un segundo aliento nos lo insufla otra filósofa de
la ciencia, cuando, de éstos y otros modelos posempiristas de cambio científico,
deriva siete tesis en mayor o menor grado compartidas entre ellos (Pérez 1993a:

42
Para Laudan (1994:10-16), la desiderata juega un importante papel en las elecciones
teóricas, en lugar de ser materia de convención o de intuición. Hace notar que el conjunto
de desiderata involucra factores a los que cada quien da un peso distinto (precisión,
consistencia, falseabilidad, predictividad, explicabilidad). Podría admitir que en mi caso, la
desiderata es la apetencia de comprensión, luego eligir a Lakatos dejaría de ser contradicto-
rio con un acercamiento hermenéutico y externalista en cuanto que social. Estimo que
Moulines (1982:42) ha tendido un firme puente entre la filosofía de la ciencia y las
ciencias de la cultura, al asumir que la tarea de dicha filosofía (ella misma una ciencia de la
cultura, muy emparentada con la antropología y la crítica literaria) es la de construir
esquemas interpretativos para entender otros esquemas interpretativos de la realidad que
llamamos teorías científicas, a modo estructuras culturales abstractas, sus referencias, y sus
usos.
43
Un caso que me viene a la memoria de inmediato es el de Medawar con Bertrand Russell
primero y con Karl Popper después. No se olvide que el método hipotético-deductivo que
admiraba Medawar de Popper, concordaba a la perfección con el método experimental que
él aplicaba; remito al respecto el interesante comentario de M.F. Perutz en "High on
Science", New York Review of Books, 13(37):12- 15,1990.
65
182-183). De dichas tesis, me sorprende aquélla para la que el desarrollo de la
ciencia es un proceso competitivo o conflictivo, pero que concibe la coexistencia
de enfoques diversos como beneficiosa, cuando siempre se la había tomado como
perniciosa. En esta nueva valoración de la ciencia hemos de reconocer la
influencia de Paul Feyerabend, pero más que nadie de su amigo Lakatos.44

Así las cosas, no debe confundir a nadie el que la metodología que preside
nuestra reconstrucción racional de la historia de la teoría arqueológica en México
sea influencia de un filósofo de las matemáticas. Desde luego que me estoy
refiriendo a Imre Lakatos y a su metodología de los programas de investigación
científica (Lakatos 1985, 1989). Por lo pronto, y en obligado descargo de mi más
amplio enfoque hermenéutico, podría argumentar que esta aplicación no es
extraña a la arqueología mexicana, pues ocurre que ya desde mucho antes
algunos arqueólogos la habían empezado a explorar de manera muy vaga. Fue
sobre todo Manuel Gándara (1991,1992,1994) quien con suma rapidez derivó de
Kuhn a Hempel y de Lakatos a Laudan, si bien se puede advertir que su último
"análisis teórico" tiene más en común con el modelo de Laudan (1985), que con
ningún otro. Sin embargo, fue él quien introdujo en la arqueología mexicana estas
discusiones. (Es significativo por supuesto que de todos los modelos disponibles,
haya elegido éste en particular. Pienso al respecto que Gándara,
independientemente de sus variaciones filosóficas, no llega a trascender su
tradición puesto que siempre mantuvo su afán de hacer una propuesta teórico-
metodológica para resolver los problemas teóricos, prácticos y políticos de la
escuela mexicana de arqueología en general y de la arqueología del INAH en lo
particular, cuyo desarrollo se da también a modo de tradición científica, con todas
sus implicaciones tradicionalistas, y que, como totalidad, son motivo de análisis a
lo largo de este libro).

Y contra el carácter inevitablemente social de esta ciencia -y la aparente


incongruencia filosófica que implica su tratamiento internalista lakatiano- puedo

44
Ver al respecto el intercambio de Lakatos y Feyerabend (Lakatos & Feyerabend 1999).

66
decir, a pesar mío, que dicha metodología es la idónea para el fin propuesto, ya
que, comparativamente, es la única que nos facilita procedimientos para explicar
tanto el cambio teórico progresivo -como usualmente se ha enfocado la
renovación de ideas y conceptos en la ciencia-, como, asimismo, su contrario, esto
es (y es claro que estoy pensando en mi objeto), la dogmática permanencia o
cambio teórico regresivo, toda vez que, como en nuestro caso, una serie teórica
cualquiera pierde heurística pero se sostiene vigente gracias a que es capaz de
liquidar a las teorías rivales ejerciendo su posición dominante en la
institucionalidad arqueológica. Este componente externo, que podría sonar
discordante con el pensamiento lakatiano original, pertenece a una creciente
presunción del "internalismo externalista" (Alston 1988) que se ha venido abriendo
paso conforme se percibe que la ciencia no es una empresa absolutamente
autónoma, como supuso erróneamente Lakatos y muchos otros antes que él. De
hecho, históricamente, la muy valorativa separación del mundo de la política y del
mundo del conocimiento científico se produjo raíz de la famosa controversia
protagonizada por Hobbes con Boyle, en que se entremezclaron tópicos de
provenientes de la física y de la política, privando desde entonces la idea (elevada
luego a valor) de que la ciencia debería vivir al margen de la sociedad. Hoy, ya es
un lugar común incluir entre las dimensiones de la actividad científica su relación
con los poderes públicos, el sistema educativo, el sistema económico, los medios
de divulgación, además de su propia institucionalidad, que por largo tiempo fue el
non plus ultra del externalismo sociológico (cfr. Callon et al. 1994).

Me hago cargo sin embargo de que para el neófito, la tesis de un internalismo


externalista así aplicado puede resultar desconcertante, si todavía cree,
positivista-mente, que el cambio científico es un ininterrumpido y bien alineado
proceso de suplantación teórica, con arreglo a la concepción ampliamente
compartida hasta inicios de los años sesenta, cuando Kuhn sacudió las
conciencias tradicionales al negar el carácter acumulativo de la ciencia. 45 Que

45
Una buena síntesis y discusión de los cambiantes tópicos de la filosofía de la ciencia
puede hallarse en Hacking (1990), así como en su conocida antología sobre las
67
postule que una teoría cultural (la historia cultural, genéricamente agrupada como
difusionismo, pero en realidad entrañando varios tipos de difusionismo, del que el
mesoamericanismo mexicano sería una modalidad teórica más), acuñada en
Alemania hacia entre mediados del siglo pasado y las primeras décadas de éste,
sea, en el México de fines del siglo XX, la teoría más influyente en nuestro
pensamiento arqueológico, puede resultar una afirmación menos chocante si
considera de entrada los siguientes datos alusivos.

A guisa de ejemplo compárese, si no, a la arqueología mesoamericanista como


especialización regional por un lado, y como objeto de estudio omnímodo por otro.
Lo primero es característico de la arqueología norteamericana (y otras
arqueologías extranjeras con estudios mexicanistas), fácilmente discernible en sus
estudios y textos. Contrástese, por ejemplo, a Brian Fagan (1990) con Muriel
Porter Weaver (1981). Asimismo es imprescindible la consulta (para quien desee
fuera de nuestro país especializarse en la temática "arqueología mesoamericana")
de la guía elaborada por Susan Fortson (1981). Parece obvio insistir en que para
un arqueólogo académico norteamericano habría una mayor posibilidad teórica de
optar entre estudiar un tipo cultural -incluso una área o proceso culturales- dentro
o fuera de su país, que para un arqueólogo mexicano deslindarse del
encapsulamiento mesoamericano, aún si, como área cultural, se le restringe a
ciertas regiones geográficas, más o menos acotadas. Desde luego, es claro que
aunque se adopte la noción de Mesoamérica como área cultural siendo un
estudioso extranjero, la diferencia entre especialización y exclusividad sigue
presente. Median también diferencias más profundas. En Estados Unidos,
autoridades como Willey, Sabloff y otros procuraron hacer del concepto
Mesoamérica un concepto operacional para los fines de su cambiante arqueología
académica, desligándolo de su sentido histórico-etnológico, que sería el todavía

revoluciones científicas (Hacking 1987[1985]). Para una puntual crítica a las superviven-
cias positivistas en el corpus Kuhn-Feyerabend, lo mejor es consultar a Laudan (1994).
68
vigente dentro de la "tradición seleriana" mexicana, tal como la identifica Richard
E. W. Adams (1992:7-9).46

La segunda opción, si se le puede llamar así, es una característica exclusiva


de la arqueología mexicana, harto visible en el área cultural que circunscribe la
mayor parte de sus trabajos, comenzando por la decidida tendencia temática a la
historia cultural mesoamericana ostensible en las tesis arqueológicas producidas
en la ENAH entre 1946-1987 (Avila et al.1988:131; Montemayor 1971), pero asi
también en las 13,990 fichas relativas a toda el área cultural reunidas hasta 1960,
incluidos 832 artículos temáticamente mesoamericanistas producidos hasta 1962
por investigadores afines al INAH y, mucho antes, al Museo Nacional de
Arqueología, Historia y Etnología (Pompa y Pompa 1962; Bernal 1962).47 Otro
ejemplo no menos evidente son los actuales museos y zonas arqueológicas del
INAH, que sin el "concepto fundamental" de Mesoamérica -como lo valoraba
Ignacio Bernal-, resultarían incomprensibles, especialmente dentro de la lógica
expositiva del monumental Museo Nacional de Antropología (cfr. Bernal 1972;
Ramírez et al. 1968, en particular el trabajo de Román Piña Chán sobre la Sala de
Mesoamérica). Bien podríamos repetir en este contexto las autoritarias palabras
de Alfonso Caso, cuando sentenciaba a los impacientes estudiantes sesenta y
ocheros: "Para tí, que eres un arqueólogo que ha estudiado en México, tu área de
trabajo es Mesoamérica..."(Caso 1968:11; cursivas mías). No es, por cierto, la sola
circunscripción geográfico-cultural lo que está en fondo de su prescripción. La
acompañan en paquete los referentes teóricos y ontológicos que la definen y los
términos conceptuales que la interdefinen. Es en dicho terreno conceptual donde
localizo la invariancia del significado de Mesoamérica como área cultural, en
relación al resto de enunciados difusionistas que la siguen desde cerca.

46
Luego volveré sobre esta comparación teórica cuando examine la heurística negativa de
la serie de periodificaciones cronológico-culturales de la arqueología mexicana.
47
Desconozco si Ignacio Bernal concluyó en el IIA-UNAM la puesta al día (periodo 1960-
1975) de su bibliografía mesoamericanista, tal como él mismo anunció durante su III
Congreso Interno en 1979.
69
Considérese en seguida que dentro del campo de conocimiento propiamente
arqueológico, las teorías difusionistas cuentan con un prestigio menos negativo o
anticuado que en la antropología social, la que, como disciplina, surgió
compitiendo con las etnologías histórico-culturales alemana, inglesa y
norteamericana, buscando sobreseirlas.48 En parte, los funcional-estructuralistas
británicos tuvieron éxito, pues segregaron a los difusionistas ingleses como un
grupo marginal y pintoresco, que sigue durmiendo el sueño de Elliot Smith y W. J.
Perry.49 Mas en arqueología las teorías tienen otra dinámica. Fue hasta una fecha
tan reciente como 1964 cuando Colin Renfrew debió cuestionar procesualmente a
la arqueología difusionista en Inglaterra (Bradley 1993:74). De hecho, en un
reciente manual de arqueología escrito por Renfrew y Bahn (1991), los autores
afinan su crítica contra lo que despectivamente llaman (como antes hizo Binford)
la "explicación tradicional" en arqueología, que no es otra sino la difusionista.
Hacen notar que esta teoría explica muy poco, si no es que malinterpreta
ostensiblemente el pasado con fines nacionalistas.50

48
Para James Urry (1993), esta guerra aún no termina en la antropología británica, y él mismo retoma ideas
sobre la “unidad de la antropología” de tiempos de W. H. R. Rivers, un etnólogo difusionista anterior a
Malinowski. En los países de lengua alemana, todavía en 1995 la antropología social volvió a enfrentarse con
partidarios de la historia cultural, en el seno de la Sociedad Alemana de Etnología (Gingrich & Mückler
1997).
49
Me refiero al grupo reunido en torno a las revistas The New Diffusionist primero y luego
Historical Diffusionism, entre quienes cabe mencionar a Gerhard Kraus y R. A. Jairazbhoy.
Mención aparte requiere el difusionismo moderado de Martin Bernal (1987 y 1996), muy
cercano al Childe temprano, pero que no deja de parecer una reinvindicación del
heliocentrismo de Elliot Smith.
50
Una "explicación tradicional" consta, según Renfrew y Bahn (1991:407-409), de los
siguientes pasos metodológicos:1) el arqueólogo dibuja un mapa de distribución de la
ocurrencia cerámica; 2) le asigna su lugar como "cultura arqueológica" (o "recurrencia
constante de artefactos", según definición de Childe); 3) esa cultura es atribuida a un grupo
étnico específico; 4) todo cambio apreciable es causado por migraciones; 5) si la ruta
migratoria trazada es problemática, se buscan paralelos lejanos, que son tomados como
núcleos de difusión cultural; 6) estos paralelos son usados para fechar relativamente por
comparación, a pesar de la datación cronométrica; 7) la recurrencia es entonces elevada a
todo un "horizonte histórico". Tal explicación tradicional nos resulta tan familiar en la
arqueología mexicana que no podríamos menos que parafrasear lo que en los colofones
fílmicos: que toda similitud es mera coincidencia. El difusionismo se difundió aquí de
manera intencional a través del grupo alemán reunido en torno a la revista El México
Antiguo y muy destacadamente por su continuador, Paul Kirhhoff, progenitor del concepto
70
Nuestra evidencia de que la historia cultural está viva y actuante no se reduce a
estos ejemplos. Algunos textos poco conocidos en nuestro medio indican que en
la Alemania de posguerra el difusionismo sólo fue despojado de los componentes
más aberrantes que le introdujeron Gustav Kossinna y otros arqueólogos y
etnólogos ligados al nacionalsocialismo, observándose desde entonces un
renovado esfuerzo por replantear sus ideas sin prescindir de sus principios
centrales, lo cual no debería de extrañar si se considera que muchos de estos
ellos volvieron a ocupar sus puestos de investigación en museos, universidades y
fundaciones. Un signo alentador de oposición al dogmatismo de esta teoría (que
Arnold expresa como una negativa de los arqueólogos alemanes a criticar su
involucramiento político bajo Hitler, pero que aquí intrerpretamos como el
desarrollo de otra tradición nacional) es que en septiembre de 1992 un Grupo de
Arqueología Teórica decidió debatir la llamada "escuela histórica alemana", como
parte de su esfuerzo de apertura teórica (Arnold 1992:37; Harke & Wolfram
1993:182-184). Los resultados de tal propuesta de cambio aún no son visibles, sin
embargo.

Finalmente, si nos volvemos hacia Estados Unidos, cabe hacer mención que en
una fecha tan reciente como 1989 Trigger observó que en la arqueología
americana estaba renaciendo el interés por el particularismo histórico -su variante
autóctona de difusionismo- no obstante ser "una posición analítica que los
antropólogos hace mucho abandonaron como estéril" (Trigger 1990:33). Como el
mismo autor observa en otro lugar, la teoría histórico-cultural sigue siendo
"socialmente atractiva" en muchas tradiciones nacionales de arqueología -incluida
la mexicana, pero también en la china, japonesa, india e israelí-, es decir, ahí
donde se requiere de la arqueología para fines de constitución de la identidad
política nacional (Trigger 1992:195). En suma, todo parece indicar que para

Mesoamérica. Para un estudio de caso de la explicación difusionista en arqueología,


Renfrew y Bahn (1991:408) utilizan el Gran Zimbabwe, mejor estudiado por Kuklick (199:
135-169), ya que ella muestra cómo ciertos “monumentos disputados” han sido útiles tanto
para racistas blancos como para los nacionalistas negros.
71
numerosos arqueólogos el difusionismo puede ser del todo admisible bajo una
versión débil del mismo, tal como Gordon Childe puede ser asimilable como
"difusionista modificado" por admitir influencias de las teorías evolucionista y
marxista, sin renunciar a sus secuencias culturales geográficamente delimitadas
(Fagan 1977: 19-20).51

A modo de puntualización puedo adelantar entonces que la tesis central


manejada en este capítulo es que la Escuela Mexicana de Arqueología, si es
entendida como una concepción global, lejos de haber sido sobreseida en el orden
de las ideas por otras teorías (como las "subsecuentes" del neoevolucionismo,
marxismo, ecologismo, procesualismo y postprocesualismo), es en realidad un
programa de inves-tigación de filiación difusionista que se reproduce idealmente a
través de la conservación de un núcleo duro de principios histórico-culturales (de
los que el concepto Mesoamérica es el más obvio), un cinturón protector de
conceptos secundarios to-
mados de las teorías rivales con los que reformula las anomalías periféricas que
enfrenta su actividad, y, por último, una heurística que de 1941 a 1995 ha pasado
de ser progresiva a regresiva, es decir, que de motivar observaciones previas a los
hallazgos ahora debe modificarse después de ellos, entrando en un interminable
proceso de degeneración. En este sentido, la seriación de periodizaciones
cronológico-culturales, típicas de esta escuela nacional, es un buen indicador de
tal reorientación de su heurística: en 1912 era capaz de adelantarse a los
resultados obtenidos por las excavaciones estratigráficas, pero en el presente es
una herramienta que debe ser reformulada constantemente para ponerla al día,
toda vez que una excavación resulte anómala al esquema.

1. ¿UNA CIENCIA NORMALMENTE DESAFIANTE?

51
Por supuesto que el pensamiento de Childe precisa de una comprensión más densa que
ésta, de momento solo interesada en resaltar su dimensión difusionista juvenil. Como dice
Trigger al respecto:"Nada se ganaría con interpretar su pensamiento como una serie de
paradigmas que fueran sustituyéndose unos a otros, según la caracterización que Kuhn hace
de las disciplinas científicas" (Trigger 1982:16).
72
Para los conspicuos seguidores de los "estudios sociales de la ciencia"
(Woolgar 1991) la mayor parte de la actividad científica se realiza bajo lo que Kuhn
llamó "ciencia normal", es decir, una fase bajo la cual un paradigma sirve de
modelo para resolver "rompecabezas" o "enigmas", sin mayores complicaciones.
Bajo tales periodos, las ideas y valores del paradigma ganarán en sofisticación y
hasta en clarificación de los problemas implicados en la teoría en uso. Como de
ello se infiere que el contexto de descubrimiento y el contexto de justificación
están entrelazados, buena parte del trabajo de investigación normal discurrirá en
la forma acostumbrada y en cierto grado acumulativa, cuando menos mientras el
paradigma se sostenga. Cabría pues el aserto de que la Escuela Mexicana de
Arqueología -cuando menos desde 1943 en que el etnólogo alemán Paul Kirchhoff
formuló el concepto de "área cultural mesoamericana"- se habría ocupado de
rutinarias "reparaciones menores" a su paradigma, a través de un sinnúmero de
excavaciones con resultados públicos y reservados (quiero decir publicados y a
veces conservados en informes técnicos), pero de los que se esperaría que
inductivamente llegarán a la reconstrucción de la historia o desarrollo cultural de
una región de alta civilización. Para el estudioso de la arqueología como ciencia
(pero no como cultura disciplinaria o como tradición bajo nuestro enfoque) restaría
entonces la tarea de determinar los casos ejemplares que sirven de paradigma
(digamos Gamio en Azcapotzalco, Caso en Monte Albán, Bernal en
Teotihuacan,etc.) y, de modo simultáneo, el conjunto de valores compartidos por
la comunidad arqueológica mexicana.

Esta fue la línea de argumentación seguida por Gándara (1992) hasta 1989.
Critica pero no rechaza un "crecimiento por aglutinación" (o por "agregación" en
los términos de Litvak), que da como resultado un "conglomerado de proto-
paradigmas", a saber, el particularista histórico y el neoevolucionista-ambientalista.
Anhelante, espera que este proceso teórico desemboque en una crisis donde su
propio paradigma (materialista histórico, hipotético-deductivo y sistemático) se
convierta en el modelo para una especie de nueva arqueología mexicana. Es

73
notorio que esta construcción normativa conserva en espíritu el carácter "agre-
gativo" o "aglutinador" propuesto mucho antes por Litvak (1986: 121 y 156).

Mas el problema de asumir una tradición científica como una ciencia normal en
estos términos estriba en buena medida en la integridad del sistema de
pensamiento de Kuhn (1980 [1962]), y más específicamente radica en la llamada
inconmesurabilidad del concepto paradigma, tal como él lo manejaba, cuestión
que los etnógrafos de la ciencia pertenecientes a la corriente de los "estudios
sociales de la ciencia" pasan por alto con excesiva frecuencia.52 Recuérdese
además, que ya desde nuestro planteamiento inicial hacíamos notar la inviabilidad
de aplicación del modelo kuhniano de revolución científica (esquemáticamente
compuesto por una ciencia normal, una crisis, una revolución y una nueva ciencia
normal) por razones de orden ontológico social: hacíamos notar la vaguedad de la
noción de "comunidad arqueológica". Pero la dificultad ahora es intrínseca al
modelo planteado. Y es estrictamente filosófica y metodológica.

Considérese pues que la inconmesurabilidad consiste en que no se pueden


com-
parar (menos contrastar) dos o más paradigmas por implicar visiones del mundo
radicalmente distintas e intraducibles entre sí.53 Kuhn mismo trazó la analogía con

52
El concepto de ciencia normal fue uno de los más criticados por Popper y su grupo (Lakatos, Feyerabend),
por resultarles excesivamente sociológico. Pero como replicó Khun, es la cara opuesta de las revoluciones.
Sobre su naturaleza y funciones ver Khun (2000:135-142), donde también advierte la importancia de las
tradiciones para las comunidades humanistas.
53
En 1962 Kuhn y Feyerabend arribaron a este concepto de modo paralelo, pero mientras
Feyerabend limitaba la inconmesurabilidad al lenguaje, Kuhn lo extendía a los métodos,
problemas y normas de resolución de enigmas por parte de un paradigma. Veinte años
después Kuhn optará por una versión débil del mismo concepto, con la analogía metafórica
"sin lenguaje común", lo que antes era "sin medida común" (Kuhn 1989:96-99). El giro
linguístico de Kuhn ha sido captado admirablemente en la entrevista que le hizo Giovanna
Borradori (1994), donde entiende la inconmensurabilidad como intraductibilidad. Ahí Kuhn
sostiene que las teorías científicas no pueden comprenderse sin primero aprender, como una
segunda lengua, el lenguaje en que fueron formuladas, luego no pueden incorporarse
términos de una lengua en los de otra, usándolas como intercambiables, pues hay una
referencialidad ontológica implicada. Cambiar de teoría es, entonces, cambiar de bases
conceptuales y referenciales.
74
el fenómeno psicológico de la gestalt, donde la sensación es global y a la postre
determinante para la significación de las partes. Mudar de paradigma era más una
suerte de "conversión religiosa" que una selección racional. En consecuencia,
Kuhn, además de introducir cierta dosis de irracionalidad en su esquema, no
permite, metodológicamente hablando, ninguna evaluación, excepto en los propios
términos del paradigma, lo que hace tautológica la aproximación, si bien es justo
admitir que ésta puede ser necesaria para un tratamiento puramente histórico,
puesto que fuerza al estudioso a concebir al universo paradigmático de acuerdo a
las ideas de cada uno de estos sistemas, lo que equivaldría, en otras palabras, a
"un deleite imaginativo y un antídoto para el dogmatismo", como alguna vez dijera
Bertrand Rusell a propósito de la historia de las ideas en la filosofía griega (Rusell
1972: 38). Por lo tanto, resulta obligado establecer una acotación del concepto de
"normalidad" para fines expresamente comprensivos de la historia de la ciencia, lo
mismo que para los fines analíticos de la antropología de la ciencia.

Tras Kuhn se han debatido varias clases de inconmesurabilidad: como tópico,


por disociación y por significado linguístico (Hacking 1990:11-16 y 66-90). En
general, hoy se acepta que la presencia de teorías rivales no es una excepción y
que la evaluacion interteórica es un procedimiento valedero desde el momento en
que los científicos optan entre teorías alternantes. Esta visión realista de la ciencia
cuenta con amplias simpatías entre los científicos que consideran que los
esquemas de filósofos, historiadores y sociólogos de la ciencia no corresponden a
lo que normalmente hacen, sino a lo que deberían hacer (Ziman 1972:11 y 26) ,
crítica que, por otra parte, los filósofos dirigen a Kuhn: se inclina demasiado a la
descripción y no lo suficiente a la prescripción (Lalumia 1991). En arqueología, por
ejemplo, esta postura sostiene que la disciplina no tiene por qué custionarse sus
supuestos filosóficos, ya que lo suyo es un asunto práctico (Watson 1991). Otros
científicos por su parte han abordado el problema desde la óptica de la elección de
teorías, ya que cotidianamente deben optar entre "grandes teorías" y "teorías
simples", según la fertilidad o potencial generativo de nuevas y exitosas vías de
indagación. Este es el punto de Cushing (1989), cuando advierte que la ciencia

75
normal interioriza factores sociales antes vistos como externos, es decir, la
selección teórica está condicionada por la estructura social piramidal de la ciencia,
en cuyo vértice están los creadores de grandes teorías, dejando al resto las
opciones y operatividad de las teorías simples. Aún así, la elección teórica
devendría de criterios de fertilidad ulterior. En el mismo tenor, Laudan (1994)
postula el papel central de la desiderata, al tiempo que rechaza a la idea de
inconmesurabilidad linguística a favor de una metodología y axiología científicas,
dispuestas a iluminar las transiciones teóricas derivadas ya de la elección, ya de la
comparación.

Sin embargo, hacia 1987 Kuhn (1989) respondió de un modo inesperado al


mostrar una inconmesurabilidad menos excluyente de lo que se creía, pero no
menos complicada, tanto en el terreno cultural-linguístico como en el histórico-
inter-pretativo, si bien su ligazón con el concepto de paradigma parece
difuminarse. Como quiera que sea, desde entonces quedó claro que su
inconmesurabilidad tiene que ver tanto con las diferencias de lenguaje, sentido y
comunicación como con la comparabilidad y elección de teorías. Kuhn coincidirá
con Hempel en que la elección de teorías requiere una especificación previa de los
objetivos que quieren conseguirse con dicha elección. Pero es una suposición
simplista el que los científicos seleccionen teorías para elevar su eficiencia en la
resolución de enigmas. Resurge aquí el problema no de la traducción directa o
literal de términos o conceptos, sino ya de comprensión, aprendizaje e inserción
en el nuevo campo semántico de la teoría seleccionada, cuestión donde sí hay
problemas de inconmesurabilidad linguística, aunque no del todo irresolubles para
el historiador ni para el científico (Kuhn 1989a,1989; Borradori 1994:161-166).
Esta importante addenda et corrigenda revela problemas adicionales como los de
la incomunicación por incomprensión o el de la evaluación global de las teorías
científicas. Ambos, como veremos después, están implicados en la tesis del

76
"crecimiento por aglutinación" de Litvak (1986: 119-156), pero también en la de la
"arqueología ecléctica" mexicana y sus "posiciones teóricas" en Gándara (1991).54

Ahora bien, la perspectiva cambia radicalmente cuando se asume de entrada


que la competencia teórica es lo normal y que los desafíos a las creencias y
tradiciones forjadas en el proceso pueden ser ellos mismos un motor de progreso
o retroceso. Siendo un falsacionista popperiano sofisticado, Lakatos asumió que el
cambio científico devenía de la competencia entre programas de investigación
científica rivales, dentro de los cuales las teorías científicas demostraban poseer
una tenacidad insospechada, ya que sus seguidores no las abandonaban solo
porque los hechos las contradigan. Se sigue que puede ser una elección racional
apegarse a un programa hasta que sea superado por otro y aún después, cuando,
en plena decadencia, arroje un rendimiento cada vez más pobre (Lakatos
1985:233). Esta concepción del cambio científico como una "guerra oculta de
desgaste" entre programas, socava a fondo la tesis fuerte de la
inconmesurabilidad de paradigmas, requiriendo, entonces, procedimientos
metodológicos de evaluación de la fertilidad de los programas. Sugiere esto un
"poder heurístico" que valora cuántos hechos novedosos produjeron y cuán
grande fue su capacidad para explicar sus refutaciones en el curso de su
crecimiento. Como indica Hacking (1990:121), esta metodología es bizarra, ya
que es absolutamente retrospectiva. No ayuda a decidir qué es racional o no, sino
a recons-
truir cómo se tomaron decisiones racionales en el pasado. No obstante, algunos
de sus valores podrían hacer volver la racionalidad hacia adelante, digamos, la
indulgencia en la evaluación, el percibir la historia desde varios puntos de vista, el
uso del criticismo de modo constructivo, y la honestidad intelectual para llevar a
cabo un conteo fidedigno de los resultados obtenidos por éste o aquél programa -

54
Gándara define a la posición teórica como “conjunto de supuestos valorativos, ontológicos y
epistemológico-metodológicos que orientan el trabajo de una comunidad académica particular y que le
permiten producir investigaciones concretas, algunas de las cuales actúan como ‘casos ejemplares’”
(Gándara 1994:74). En cierto modo, hay mucho del paradigma kuhniano aún presente en su concepto.
Agrega que diacrónicamente, una comunidad debe ser vista más bien como “tradición académica” gracias a
una serie de “elementos centrales” profundamente compartidos.

77
el nuestro incluido, porque puede ser que el programa rival tenga la última palabra
(Lakatos 1989:35-47).

La unidad básica de un programa no es una teoría. Lakatos muestra que todo


programa dispone de un continuum de teorías seriadas, producto de añadir
cláusulas o reinterpretaciones a una teoría previa, lo que le confiere un aspecto
ecléctico a la larga. Lo distingue en cambio un "núcleo duro" de proposiciones
irrenunciables e irrefutables, aquellos principios que nunca serán cuestionados por
definición. Se trata de una "heurística negativa", que se va desarrollando
lentamente por medio de un proceso de prueba y error. Al contrario de la ciencia
normal de Kuhn, aquí sí hay una jerarquización y selección de problemas a
resolver. Esta selección genera un "cinturón protector" alrededor del núcleo duro,
lugar donde las teorías se prueban a través de hipótesis auxiliares. La elección de
problemas surge de una "heurística positiva", de la que depende el "cinturón
protector", y que es responsable de que el programa avance o retroceda. Habrá
una "heurística positiva" cuando prevea anomalías y las resuelva como casos
ejemplares; ello hará que el programa en su conjunto progrese y su desarrollo
teórico seriado se anticipe a su crecimiento empírico, al predecir nuevos hechos.
Mejor aún, alrededor del núcleo programático habrá sugerencias parcialmente
articuladas sobre el cómo cambiar, sobre el cómo desarrollar variantes refutables,
sobre el cómo modificarse sin renunciar a sus principios, en fin, sobre el cómo
mantener el rumbo en el mar de anomalías circundante. Este cinturón conceptual
le brinda un aire flexible al dogmatismo de fondo: "La actitud dogmática en la
ciencia -que explica sus periodos estables- fue descrita por Kuhn como el primer
rasgo de una ciencia normal" (Lakatos 1989:90).55

55
La actitud dogmática en la ciencia apenas si ha sido estudiada, por lo que pertenece al
ideográfico reino del "estilo personal", y en consecuencia al anecdotario privado. Sin
embargo, casos bien conocidos denotan que el dogmatismo puede tener rango institucional.
Tal es el caso del radioastrónomo Halton Arp, cuya postura disidente frente a la oficializada
teoría del Big Bang le ocasionó el veto de los grandes observatorios norteamericanos y su
"exilio teórico" en el Instituto Max Plank. Como escribe Manuel Sanromá sobre este
asunto, “los científicos son seres sociales, son personas. Sus teorías, sus modelos, no son
entes matemáticos fríos y no están dispuestos a tirarlos a la papelera a la primera de cambio
78
Cuando ocurre lo contrario, que la teoría va a la zaga del desarrollo empírico,
asistimos a una degeneración programática, al tiempo que su heurística se
ocupara más de las anomalías que de prever nuevas aportaciones, dando
explicaciones ad hoc de hechos previstos por un programa rival. Por supuesto que
nada de esto ocurriría si no hubiera una rivalidad con programas alternativos. La
competencia puede ser un proceso prolongado "durante el cual es racional
trabajar en cualquiera de ellos (o, si se puede, en ambos)" (Lakatos 1985: 224),
como ocurre cuando uno de los programas está vagamente formulado. También
existe la posibilidad de estancamiento cuando un programa se va cerrando en sí
mismo, degenerando en subprogramas parciales (Hacking 1990:117). Como
quiera que sea, habrá una continuidad remarcable entre los seguidores de las
teorías conectadas en serie al mismo programa."Esta continuidad -reminiscencia
de la 'ciencia normal' kuhniana- tiene un papel vital en la historia de la
ciencia"(Lakatos 1989:47).

Aparte de este instrumental técnico, Lakatos introducía una demarcación heterodoxa

entre historia interna e historia externa. A ésta última la consideraba secundaria y hasta

prescindible, mientras que la historia interna es una "historia de hechos que son

seleccionados e interpretados de manera normativa"(Lakatos 1985:242). Sus

reconstrucciones son entonces una historia de casos, analizados discursivamente a través de

frases que expresen lo que los seguidores de un programa están tratando de encontrar y

cómo lo están tratando de hacer (Hacking 1990:125). Al seleccionar un caso ejemplar se

reúne cuanto texto esté disponible sobre la época y sus practicantes, descartando, aún desde

un típico enfoque internalista, los sentimientos y motivaciones de los protagonistas, no se

(...)Cuando surgen resultados o argumentaciones que parecen hacer peligrar el paradigma,


la reacción es a menudo inesperada"; ver MC,130 (2):1088-1089.
79
diga la sociopolítica y la prosopografía (Hacking 1985:266). Se trata de la historia de un

"tercer mundo" metafórico

, que pretende que las ideas son relativamente autónomas en el sentido hegeliano
de la actividad humana. Hoy en día, no obstante, dicho internalismo radical de
Lakatos ha sido atemperado por un internalismo que conviene en que los "factores
externos" -o algunos de ellos-, pueden ser interiorizados y, por ende, obrar sobre
el pensamiento científico, por lo que no es aconsejable excluirlos a la ligera de la
evaluación teórica. De hecho, el aprendizaje por vía de la experiencia personal,
muy generalizado en ciertas disciplinas y tradiciones (clave para nuestra
fenomenología de la arqueología mexicana), puede ser el medio como se articulen
las estructuras mentales a las sociales.

2. LA EXTRAÑA HISTORIA DE LAS TEORIAS ARQUEOLOGICAS EN MEXICO

La historia de las teorías arqueológicas en un sentido restringido nunca ha sido un

tópico especialmente interesante para los arqueólogos mexicanos. Su número se puede

contar con los dedos de las manos, sin siquiera agotarlos (Gándara 1980,

1981,1991,1992:21-77,1994:67-118;Gándara et al. 1985; Matos 1979; Litvak 1986: 119-

156). A pesar de que su estudio podría resultar apropiado para exaltar a los grandes

arqueólogos y su obra, hasta hoy los estudios de Eduardo Matos (1983, 1986) sobre Manuel

Gamio siguen siendo paradigmáticos para este tipo de historia internalista. Paradóji-

camente, tal propensión elegiáca ha reflejado mucho mejor a la organización social de la

arqueología institucionalizada, pues fomenta la impresión de que las teorías son meras

respuestas al medio social, sin ningún juego independiente (la arqueología histórica en el

INAH y la nueva arqueología en el IIA). Asimismo, la extendida noción esquemática de

dos "estilos de arqueología" excluyentes (gubernamental y universitario) -que

80
independientemente del hablante, apenas si oculta una postura política frente a la política-

no refleja exactamente la dinámica teórica de los arqueólogos adscritos en ambos polos de

reclutamiento profesional, entre quienes es normal observar confluencia de ideas, en vez de

cometidos y elecciones prácticas. La fuente original de esta concepción dualista es Weber y

sus tipos ideales del científico y del político. Pero ya un enfoque externalista de los mismos

lo encontramos en Horowitz (1968:195-220) para la sociología de la sociología. Su

dualidad de "sociólogos importantes" y "sociólogos marginales" recuerda la distinción

divisoria entre "arqueólogos políticos" y "arqueólogos científicos", expresada de Lorenzo a

Litvak, con no pocos autores en el medio (Litvak 1978:672; Ochoa 1983:x-xi; Schöndube

1991:264; Alonso y Baranda 1984:155).

La escasez de trabajos en este terreno es de suyo sospechosa. Sin embargo,


debe tomarse en cuenta que no hay en México el equivalente a una arqueología
teórica que sea proclive al análisis filosófico, metodológico e historiográfico. 56 Tal
ausencia solo en parte es explicable por la condicionante contextual de que en
México su simple mención equivale a decir "especulativo" o "falto de com-
probación", si no es que decididamente "alejado de la práctica". Los reiterados
esfuerzos por desarrollar en la ENAH una arqueología teorizante, que no teórica,
son continuamente sancionados en el discurso aplicado de los arqueólogos
activos del INAH, entre quienes es usual la frase despectiva de "los teóricos de la
ENAH", usada para demeritar la actividad de sus colegas.57 Este hábito descalifi-

56
Obviando el sesgo del arqueólogo australiano T. Murray en su respuesta a [Link], es
interesante su comentario de la obra de Yoffee & Sherratt,Theoretical Archaeology: Who
Sets the Agenda?; v. Tim Murray "On Klejn's Agenda for Theoretical Archaeology", CA,
2(36):290-292,1995.
57
El lector ha de tener presente que la ENAH es una dependencia educativa del INAH. La
frontera social de "teóricos" y "prácticos" cruza a través de otros niveles organizativos
como son el sindicato de profesores e investigadores o las comisiones de estímulos, donde
la participación es diferente, y en general conflictiva.
81
cador no es unilateral pues antes era usual desmerecer a los otros como
"piramidiotas".

Un elemento persistente en estos trabajos es que sus autores demuestran


mayor perspicacia para caracterizar a la escuela mexicana de arqueología
(aunque usen sinónimos como "reconstrucción momumental","arqueología oficial"
o "corriente del INAH"), cosa que no ocurre con las otras teorías, donde incluso se
perciben reveladoras dificultades para identificar a los arqueólogos que se supone
afiliados a ellas.
Pedro Armillas, por ejemplo, es disputado por la arqueología marxista y la
arqueología neoevolucionista, pero también es cierto que sus primeros trabajos se
ubican dentro de los cánones tradicionales, aunque con tintes marxistas. El
problema historiográfico aquí es muy parecido al que antes referimos para Childe,
para quien sería absurdo disgregar partes y paradigmas. A decir verdad, esta
dificultad de identificación teórica es causada por el problema de la elección
teórica y el cómo se expresa dentro de la tradición. El camino más sensato sería
apreciar estos cambios de manera procesual, pero sin suponer de entrada que el
cambio teórico es abrupto o revolucionario, aún en el caso en que haya de por
medio un exilio teórico, que en vez de ser una manifestación de revolución
paradigmática tal vez sea la medida in-justa del dogmatismo dominante.

Solo entonces comprenderemos por qué Matos (1979:18) dice de Armillas que
"no está exento" de la arqueología ambiental, para más tarde asegurar que debió
romper con Caso y el INAH por sus ideas neovolucionistas (Matos 1991:53-54).
Otros autores coinciden en que su mayor influencia es la neoevolucionista (más
que Childe, de Steward), si bien Lorenzo haya hecho notar con agudeza que el
primer Armillas seguía a la escuela mexicana (como asistente de Alfonso Caso y
antes de Kirchhoff), siendo posterior su deriva al neoevolucionismo y a la teoría de
sistemas (Lorenzo 1991:15-29). Me parece por demás significativo que uno de sus
alumnos, Carlos Navarrete (1991:45, nota 11 infra), seguramente interpretando su
exclusión de la arqueología mexicana, considere que "desafortunadamente, fue [el

82
suyo] un proyecto frustrado" (consideración que recuerda la frustrada trayectoria
arqueológica de Gamio, que Armillas mismo llamó la "antropología que no pudo
ser"), a pesar de que todavía en 1973 intentó (con el Programa de Adiestramiento
Avanzado en Arqueología) practicar sus ideas renovadoras dentro del INAH, sin
más éxito que cuando antes de marcharse a Estados Unidos (Rojas 1991:59-73).

Román Piña Chán ha sido igualmente emparentado al neoevolucionismo, pero


él mismo, y de manera pública, se considera heredero de la escuela mexicana de
arqueología.58 Debo recordar, en apoyo de su propia identificación, que el maestro
Piña fue atraído a la arqueología por Alfonso Caso y que sus tópicos de mayor
interés pertenecen a la historia cultural mexicana, ni que decir de sus influyentes
obras en sí ([Link] 1988,García y García 1989), si bien es innegable que su
secuencia cultural favorita posea un agregado evolucionista (Litvak 1986: 136),
que la convierte en una suerte de "evolución cultural". Si estas mezclas teóricas
ocurren entre los más prominentes arqueólogos, se podrán imaginar las dificul-
tades que hay para apreciar los niveles más sutiles e impersonales de la teoría,
terreno donde es fácil caer en la confusión de interpretar un aislado elemento
teórico adoptado -léase elegido al margen de sus dificultades de traductibilidad, no
se diga de inconmensurabilidad- como diacrítico de todo un sistema conceptual de
referencia, que queda incólume a pesar de la decisión selectiva y personal del
arqueólogo. Así, por ejemplo, López Luján (1991) habla de varias "periodizaciones
marxistas" adscritas a arqueólogos particulares (Armillas, Olivé, Matos, Nalda y
Bate), no obstante hacerse cargo de que rara vez asumen del todo el núcleo duro
del marxismo (lo que, con Gándara, serían sus principios filosóficos, sustantivos y
políticos), y pese a que todas las periodizaciones marxistas sin excepción tienen
siempre como referente Mesoamérica y su anhelada "historia cultural", mejor
conocida en nuestros días como "historia del México Antiguo". El problema
entonces es comprender primero a la historia cultural como sistema y seriación

58
Veánse sus declaraciones a la periodista Adriana Malvido en el diario La Jornada del 7 al
12 de Agosto de 1990. En esa oportunidad, dijo: “Entonces no vemos a la arqueología tanto
como un simple discurso científico, sino como una forma de conocimiento que se finca en
la búsqueda de la nacionalidad, de nuestros orígenes”.
83
teórica en lugar de imponer adscripciones simplistas, que de todos modos
deberían evaluarse como totalidades en sí mismas, no como influencias parecidas
a la difusión de rasgos culturales particularizados.

Como se verá, todo esto demuestra la extrema vaguedad con que las teorías
alternativas a la historia cultural han sido planteadas, al tiempo que nos habla de
una crónica debilidad para competir con ella. En este sentido, el caso más
paradójico lo ofrece la arqueología marxista, cuyos antecedentes son fijados en
los años treinta, en torno a ¡Paul Kirchhoff precisamente!. Ya Matos (1979:7 y 25)
intentó reunir los trabajos ejemplares de esta corriente, llegando a la asombrosa
conclusión de que, como teoría, su influencia era esporádica y la corriente toda
minoritaria. Luego, en 1984 varios jóvenes arqueólogos de la ENAH formularon un
programa duro de arqueología marxista, para, en seguida, reconocer que, con
arreglo a sus ideas, "no podamos contar con un solo caso de arqueología
marxista.." (Gándara et al.1985:12;cursivas mías), reveladora confesión que sigue
siendo válida hasta la fecha.

Otro rasgo generalizado en estas contribuciones es que, en cuanto a recons-


trucciones racionales, tienden muy característicamente a ordenar
cronológicamente lo que en cierto modo es metahistórico. Quiero decir con esto,
que una cosa es el orden de aparición histórica de cada teoría (o su comunicación
como tradiciones teóricas mediante redes sociales de maestros y alumnos) y otro,
muy distinto, es su existencia abstracta como teorías propiamente dichas. Así, el
marxismo aparentaba ser la culminación lógica de la ordenación cronológico-
racional, bien visible en Matos (1979:25), pero lo mismo aparentaba ser la nueva
arqueología para el caso de Litvak (1986:150). Los autores recurren una y otra vez
a una retórica presentista para crear el efecto de alejamiento y superación, en
favor de su postura al momento de reconstruir la historia teórica. Este efecto
descalificador es bastante notorio cuando el discurso se aplica a la escuela mexi-
cana de arqueología asociada a Caso y a sus epígonos del INAH, que siempre es
la teoría adversaria a superar. Sin embargo, a la hora de citar sus casos

84
ejemplares, uno se percata de inmediato de que tal escuela no es cosa del pasado
sino del presente, y que es justo su oposición a ella lo que motiva el discurso
modernista aplicado retrospectivamente.

No obstante, la arqueología "explícitamente científica" de Litvak ("tecnicista"


para Matos, la "vieja nueva arqueología" para Gándara) introduce en su
reconstrucción una idea típica del Círculo de Viena, a saber, la unidad del método
científico y, por tanto, el carácter acumulativo de la arqueología, gracias al cual
toda competencia teórica concluye en agregación. Toda teoría, dice Litvak, será
incorporada a la ortodoxia de la disciplina (que "posee el don de aborber estas
posiciones"), porque hasta las teorías más retadoras pasarán a formar parte de la
normalidad (Litvak 1986:121-122 y 156). Como tal, este compromiso metodológico
es sumamente atractivo para una teoría como el procesualismo, que se proponía
dar un jalón definitivo a la cientifización de toda la disciplina ([Link] 1988;
Watson et al.1987). Bajo tal expectativa, las teorías "previas" se juzgan de
acuerdo a su valor explicativo y, en conjunto, ello sirve para engrosar el corpus de
conocimiento arqueológico. Así y todo, permanece entonces la duda de por qué
ciertos aqueólogos mexicanos (Litvak mismo) han debido recurrir al procedimiento
de seleccionar entre teorías alternativas, cuando menos en algún momento crucial
de sus trayectorias profesionales. Acaso podrá haber convergencia, pero éste
invariablemente será un juicio a posteriori, factible porque es desde una per-
spectiva distanciada que podemos suponer que ha tenido lugar la acumulación de
conocimiento a través de las variantes teóricas. Pero en tanto podemos hacer esa
evaluación posdictiva, ocurre lo que otro distinguido procesualista ve como normal,
"la lucha intelectual y el debate...constituyen el auténtico drama de la arqueología
contemporánea"(Renfrew 1988:11). Por último, esta postura valorativamente
unitaria produce un efecto equivalente de superioridad de su teoría, recurso
político inestimable cuando Litvak decidió (y obró en concomitancia) llevar a un
punto más alto la tarea de Juan Comas en la UNAM, reorganizando al Instituto de
Investigaciones Antropológicas un tanto como reacción al INAH, pues coincide con
su personal alejamiento (¿exclusión?) de él.

85
Antes de pasar a nuestro tema de interés, es conveniente detenernos un poco
en los cambiantes análisis teóricos introducidos por Gándara (1991,1992,1994),
por resultar completamente insólitos dentro de la historiografía teórica de la
arqueología mexicana. Independientemente de su vena prescriptiva -que a la
postre terminó por colocarlo fuera de su comunidad linguística disciplinaria, donde
me temo que falló en hacerse comprender, además de que no se le quiso
comprender-,Gándara observó que la tesis de la "asimilación por agregación" de
Litvak respondía a un peculiar "crecimiento por aglutinación" que, según él, se
reducía a una mezcla protoparadigmática de particularismo histórico y neoevolu-
cionismo, si bien advierte que el primero es mucho más influyente en la actividad
normal de la arqueología gubernamental. En consecuencia, la agregación de las
ideas neoevolucionistas devienen del choque protagonizado por Lorenzo con los
conspicuos dirigentes de la escuela mexicana de arqueología, conflicto que se
resolvió segregándole a un Departamento de Prehistoria (hoy desaparecido y
Lorenzo jubilado) dentro del INAH e incorporando de palabra sus ideas a la
arqueología tradicional, lo que, de ser correcto, constituiría una modalidad en la
acción social de los arqueólogos poderosos, pues lo habitual en ellos ha sido la
exclusión de los teóricamente disidentes. Sin embargo, también observa que el
fenómeno arranca desde la mismísima socialización profesional en la ENAH, lugar
donde las influencias teóricas se van en efecto agregando a la experiencia de
modo incoherente, dispar e incompleto, lo que nos hace sospechar que allí reside
la génesis de una visión del mundo habitual, generalizada, interiorizada y
continuamente reproducida por los arqueólogos mexicanos -y de la que la tesis de
cambio teórico de Litvak sería una derivación lógica-, bien que no necesariamente
asumida como una variante teórica más, sino adoptada con la familiaridad de lo
normal o acostumbrado, pero, para nosotros, deveras fundamental para entender
la actividad ortodoxa de la historia cultural en México, nada dispuesta a ceder en
lo básico, pero sí en lo periférico.

86
Por supuesto que cabría emprender al respecto una etnografía educativa
enfocada a la enseñanza de la arqueología en la ENAH (asumo que alguna
autoridad tendrá el testimonio de uno de sus directores, Manuel Gándara,
arqueólogo él mismo), no tanto en lo que concierne al modo como las teorías son
impartidas, sino en especial en cuanto a la interiorización de lo que se ha llamado
sus áreas "formativa técnica" y "formativa auxiliar", donde sugiero que residen la
enseñanza y aprendizaje de los supuestos básicos (núcleo duro) y los
compromisos ontológicos y metodológicos (cinturón protector y heurística) del
aparentemente difuso programa histórico cultural, difuso solamente porque se le
considera normal, por ello la displicente novedad de que apenas en una fecha tan
tardía como 1972 se introdujo la enseñanza explícita de la teoría arqueológica
contemporánea, sin que esa reforma haya provocado ningún efecto
"revolucionario" perceptible, como confiaba Gándara. Lo normal aquí es que los
estudiantes aprenden a no retener más que lo que está de acuerdo a cierta
concepción habitual. Sabemos al respecto que ya desde los cursos introductorios
a la disciplina, el joven arqueólogo es enfrascado en conceptos "técnicos" tales
como "culturas arqueológicas", "sistemas tipológicos", "sistemas de
periodificación", "hechos históricos" y muchos otros de clara filiación tradicional.59

Esta dirección en la socialización coincide con los resultados de la


comparación hecha con los planes de estudio de la licenciatura entre 1941 y 1991,
aunque éstos aparezcan y desaparezcan en lapsos promedio de tres años cada
uno -lo que pudiera interpretarse como un tremendo cambio cognitivo, pero
también como una tremenda inestabilidad en el pensamiento arqueológico
mexicano-, que indica, por el contrario, una continuidad asombrosa en las áreas
más instrumentales, puesto que “con cambios menores, las áreas técnica e
informativa (que le dan cuerpo a la especialidad) permanecen con sus énfasis y
bajo los mismos criterios geográfico-culturales. Y esta permanencia -cerca de

59
Los cursos introductorios a la licenciatura de arqueología no dejan lugar a dudas sobre la teorización que
está detrás de la exposición “técnica”.

87
treinta años- de una tendencia es grave, toda vez que entre 1945 y 1970 se
presentaron grandes transformaciones en México” (Wario y Pulido 1991:91-92).

Así las cosas, Gándara debió apreciar en 1976 (1992) que el caso de Lorenzo
no era único, sino que fue antecedido por la ruptura de Caso y Armillas en 1944 y
las posteriores de Palerm, Litvak y Manzanilla, todo dentro del establecimiento de
la arqueología del INAH. Esto lo advertirá mejor en 1991, cuando concluye que
todos estos casos de repulsa y exclusión apuntan hacia una posición teórica
central, la "arqueología ecléctica", a la que poco preocupa los problemas de
congruencia, de metodologías diversas y de agregación de términos de una teoría
sobre los términos de otra. Hasta aquí su descripción es adecuada, aunque sigo
pensando que cada caso individual merece un tratamiento histórico aparte,
aunque eso entre arqueólogos sea un pecado disimulable.60 Por ahora diré
solamente que todos tienen en común haber planteado diferencias teóricas de
fondo que necesariamente se han traducido en acciones sociales, mismas que a
la larga han llegado a confluir en la actual institucionalidad antropológica
mexicana. No fue sólo Litvak quien reaccionó así desde el IIA, sino también
Palerm desde el CISINAH (hoy CIESAS). También es sintomático que, con la sola
excepción de Lorenzo, todos terminaron por alejarse de ese aglomerado de teoría
única y corporación que es el INAH.

Por último, coincido con Gándara en que el eclecticismo es en gran medida


retórico, pero bastante más significativo que eso. Por ejemplo, en 1967 Ignacio
Bernal -ya perfilado como heredero intelectual y político de Alfonso Caso-, en clara
alusión a los retadores wittfogelianos del momento, no tuvo problema para reco-
nocer que la base económica de Mesoamérica había sido la agricultura de riego
(Bernal 1972:33), agregado que no alteró en lo más mínimo su concepción

60
Mi paráfrasis es casi textual; dice Navarrate a propósito de Armillas: "No vine a sacar a
luz las motivaciones personales. Eso entre arqueólogos es pecado. Somos gente que ha
tornado el sentimiento de amistad en visajes entre colegas..."(Navarrete 1991: 32). En el
capítulo cuarto, procuro comprender qué significan las motivaciones ( pecados ) entre los
arqueólogos mexicanos.
88
histórica cultural. Empero, el "crecimiento por aglutinación" se complicó cuando el
materialismo histórico de la arqueología social se proclamó de forma estridente en
la Reunión de Teotihuacan en 1975, postura a la que sumaron Joaquín García
Bárcena, José Luis Lorenzo, Eduardo Matos y otros (Lorenzo 1976; Lorenzo et al.
1979). Como los hechos demostraron después, los tres se convirtieron en altos
oficiales del INAH, e incluso en convencidos defensores de la arqueología más
tradicional. Esta "regresión teórica", ¿cómo explicarla, más allá de una
conveniencia política obvísima?. La respuesta tiene muchas aristas. Implicaría:
Uno, que las agregaciones de términos no han tocado los supuestos básicos de la
teoría receptora ni mucho menos los de la teoría emisora, por lo cual los
compromisos ontológicos y metodológicos permanecen inconmovibles. Dos, que
la agregación ha sido muy selectiva pese a todo, pero en última instancia
resistente a la traducción directa y, sobre todo, a la comprensión cabal de la teoría
o teorías como conjuntos de enunciados. Tres, que lo que parece ser un progreso
teórico de la disciplina en su conjunto, es en realidad una estrategia para
mantener a flote la propia teoría, por muy híbrida, progresiva y tolerante que se
ofrezca a ojos de sus seguidores.

De mala gana pienso que estas conclusiones serían extensivas a Gándara y su


grupo "preparadigmático" de arqueología social (marxista) e hipotético-deductiva
(neoprocesual y empirista lógica). Ya era sospechoso que su posición teórica
fuera también un agregado sin problemas de inconmesurabilidad, esto es, de
comunicabilidad. Supongo además que para él las condiciones sociales no se
presentaron muy propicias, nada distinto a las de sus innovadores predecesores.
Sufrió primero un demoledor descalabro al descubrir que el pensamiento de Kuhn
implicaba ideas relativistas opuestas al empirismo lógico y, por si esto no fuera
suficiente, que Binford había dejado de sostener sus posiciones más beligerantes.
Una segunda desilusión la aportaron sus estudiantes, que según su cada vez más
negativa interpretación, reaccionaron contra el marxismo académico tan pronto
ingresaron a la profesión, dejando a ésta teoría como ornamento ecléctico en sus
trabajos. Un tercer abatimiento lo facilitó su problemático Proyecto Cuicuilco 1985-

89
1987, en cuyo desarrollo se ensañaron las críticas de sus adversarios de la ar-
queología oficial, mostrándolo como un "teórico" incapaz de poner en práctica no
sólo sus ideas, sino las provistas por el entrenamiento básico de la ENAH, que es
lo que, por vía de la experiencia personal, hace a uno arqueólogo de verdad. (Ser
arqueólogo en México no se reduce desde luego a ser mesoamericanista o ser
entrenado bajo determinadas técnicas necesarias a la teoría en uso; como
veremos en el segundo capítulo, involucra un condicionamiento social
fundamental: apegarse a los cánones del Consejo de Arqueología. Desafiarlo
teórica y activamente, equivale es perder su permiso, el presupuesto y hasta los
materiales objeto de estudio. Dicho con llaneza, es no ser arqueólogo, sin que
valgan los mejores estudios y titulos de grado. Es como ser ingeniero petrolero sin
trabajar para PEMEX, todo un paria profesional). Al final, por cierto, Gándara
terminó alejándose también de la arqueología, dejando inconclusa su esperada
tesis doctoral.61

Esta última contracrítica -que escuché como comentario y sanción de parte de


va
rios arqueólogos gubernamentales disgustados con él- nos pone sobre la pista,
otra vez, de la normalidad de cierta teorización, su ortodoxia y enclaustramiento,
pero sobre todo la manera como la (s)elección de teorías diferentes no ha
conllevado nunca un reaprendizaje en sus enunciados y compromisos más
profundos, no se diga de una comunicabilidad que, en las condiciones de nuestra
desigual competencia spenceriana (inviduo versus Estado), nunca se logrará
cabalmente. En ese sentido es que afirmo que Gándara, sin proponérselo
intencionalmente, se colocó fuera del campo linguístico de la disciplina, tal como
se enseña y practica en nuestro país (por ello que coincida con sus estudios de
posgrado en Michigan y su contradictoria relación de amor-odio con la nueva
arqueología).62 Podríamos parafrasearlo todo con la afirmación kuhniana de que la

61
Corrijo el aserto: ha retornado calladamente a programa de doctorado en antropología de
la ENAH.
62
En uno de sus últimos artículos (Gándara 1994:71), él hace notar que su concepto de posición teórica le
era más útil cuando enfrentaba a una “comunidad diferente de la mía”, es decir, la Universidad de Michigan,

90
ciencia arqueológica oficial es menos exacta que la no-ciencia inductiva, cuando
pareciera que es muy delicado decidir, para alguien inmerso e identificado con la
cultura disciplinaria, qué es científico y qué no lo es. Ni yo mismo me tomo esa
libertad como antropólogo social externo al fenómeno. Por lo tanto, con estricto
apego a los valores lakatianos, me limito honestamente a examinar sus resultados
y compararlos.

Hasta aquí nuestro comentario general a la historiografía internalista producida.


Vayamos ahora a sus detalles, ya que, como establecí antes, todas las contribu-
ciones citadas comparten una gran penetración crítico-descriptiva cuando se trata
de definir a la escuela mexicana de arqueología, justo porque se ocupan de una
tradición teórica viva y dominante. Comenzaré por Matos. De su tratamiento de la
historia del pensamiento arqueológico se deriva que han habido tres grandes
"corrientes arqueológicas": la reconstrucción monumental, el marxismo y el
tecnicismo. A la sazón marxista (qué tanto lo fuera es algo irrelevante para
nuestros fines analíticos inmediatos; trato en mayor detalle su trayectoria en los
estudios de caso del quinto capítulo), Matos apunta tres características definitorias
de la reconstrucción monumental. Estas serían: 1) carencia de un referente
teórico-metodológico; 2) técnica de excavación deficiente; 3) reconstrucción
monumental de edificios antiguos (Matos 1979: 15). Luego añadirá una distinción
extra, a saber: 4) estudio de tipología cerámica (Matos 1991:52). De este listado
de rasgos puede destacarse que tres de las características son instrumentales,
todas ellas de orden técnico (excavación, restauración y tipología). Realmente la
única distinción teórica es decir que carece de teoría, lo que es una aporía. En
comparación, una de las fuentes de Matos es bastante más persuasiva, que es el
caso cuando Juan Yadeum escribió en 1978 que esta corriente pertenecía a la
historia cultural, aunque empleara esquemas funcionales o evolucionistas. Dentro
de ella, el material arqueológico era interpretado a partir de la documentación

donde advierte dificultades de comunicación que desestima sean producto de las diferencias idiomáticas.
Sin embargo, nada dice de las diferencias de lengua teórica implicadas y que sí dificultan el “diálogo
interparadigmático”.

91
histórica disponible, la que nunca se sometía a crítica de fuentes, siendo normal la
asignación de culturas a partir de su lectura literal. Las reconstrucciones
monumentales estarían justificadas, de acuerdo a Yadeum, por la historia cultural,
más que por condicionamientos sociopolíticos.63

A continuación viene la serie de "movimientos teóricos" de Litvak, que es mucho


más rica en opciones teóricas y da la impresión de que, a causa de su idea
unitaria, traslapa con holgura las teorías generales y las teorías específicas. De su
tratamiento, resultan: la arqueología histórica, la arqueología ambiental, las
arqueologías sociales, la escuela mexicana de arqueología y la nueva
arqueología. Resulta obvio en su lectura que la arqueología como historia bien
podría contener a la escuela mexicana. En ambos casos, el referente obligado es
la historia cultural justamente, esto es, una teoría preocupada por la etnogénesis,
por fijar secuencias y tipologías, así como por recurrir a la documentación
escrita.64 Ahora, la escuela mexicana se identificaría, según Litvak, por nueve
características, que serían: 1) etnogénesis nacionalista; 2) ligazón de la actividad
científica y la actividad política; 3) reconstrucción o conservación de zonas
arqueológicas; 4) uso político de sus resultados; 5) institucionalización de la
arqueología; 6) interés centrado en urbes monumentales; 7) desarrollo técnico
nulo; 8) desarrollo teórico cedido a extranjeros; 9) desarrollo de tipologías y
secuencias de sitios (Litvak 1986: 144-150). De todos estos rasgos, y no sin
dificultades, sólo tres son asequibles desde el punto de vista internalista: la idea
de etnogénesis (inevitablemente relacionada a la ideología política nacionalista),
un desarrollo teórico irrelevante y su interés científico centrado lo mismo en

63
Juan Yadeum,"Arqueología de la arqueología", citado por Matos (1979:17-18); la misma
idea reaparece en esa época en Gándara: el problema de la arqueología oficial no es
sociológico sino teórico y metodológico, concretamente su fijación particularista histórica.
Nuestro enfoque internalista externalista difiere de ellos: sugiere que pensamiento y
condicionamiento contextual están interrelacionados.
64
Hasta muy recientemente se ha querido disgregar la historia cultural de una arqueología
histórica plena, como algo equivalente a la arqueología medieval europea y que aquí
correspondería a un campo de conocimiento que se extendería del siglo XVI al XIX. Es
llamativo que los vestigios materiales sean vistos como "documentos por derecho propio",
no dependientes de las fuentes escritas (López Cervantes 1989:331-353).
92
tipologías que en secuencias (el resto merecen un tratamiento sociopolítico a lo
largo de esta obra, por lo que procederé a abstraerlas para los fines del actual
capítulo).

La pretensión de Litvak de que los enfoques teóricos no son excluyentes y su


concepción subyacente de que la disciplina se va formando de agregados de
todas las tendencias, recuerda, sin duda, la "arqueología ecléctica" de Gándara,
pero con un elemento cognitivo adicional que no debe ser pasado por alto, algo
que bien podría interpretarse como un amplio compartimiento de los mismos
conceptos teóricos. De su conversación me ha llamado la atención que
prácticamente ha reducido su distanciamiento del INAH a una brecha técnica que
habrá de superarse tarde o temprano, lo que es tanto como decir que INAH e IIA
habrán de limar de alguna forma convencional sus asperezas. La propuesta de
"síntesis" de la arqueología gubernamental y la universitaria, adelantada por
algunos arqueólogos universitarios (Ochoa, Sugiura y Serra Puche 1989:297-310)
es coherente con las ideas de Litvak, y, como él, parten de que ambas
arqueologías están fundadas en la misma formación académica en la ENAH, por
lo que sólo difieren en cometido. Lo que desdeña Litvak en forma tajante es que
ambas instituciones representen tradiciones divergentes de concebir la disciplina,
haciéndome notar por el contrario la socialización común de sus investigadores y
los lazos no necesariamente conflictivos entre ellos.65

Sus aseveraciones encierran una verdad teórica mayor: lo que alguien ha


tenido
a bien llamar -y que comprende a la arqueología gubernamental y universitaria-
como la "mesoamericanística científica".66 Es un hecho palmario el que
Mesoamérica sigue siendo para la arqueología universitaria un concepto nuclear

65
Entrevista a Jaime Litvak,9/IX/92.
66
La identidad ha sido aplicada a Paul Kirchhoff por el etnohistoriador Carlos García Mora
a raíz de la edición de sus obras selectas por parte de Linda Manzanilla, Jesús Monjarás y
el propio García Mora.
93
de referencia común con sus pares del INAH,67 concepto que, como bien estimó
Nalda (1990: 11), "facilita la comunicación entre arqueólogos", resultando normal
que el término sea utilizado por seguidores de enfoques diferentes, incluso
presuntamente irreconciliables. Que sepamos, nadie, absolutamente nadie, ha
osado cuestionar dentro de la arqueología universitaria la pertinencia del
concepto y sus implicaciones.68 Se ha buscado, sí, redefinirlo, darle un nuevo sig-
nificado sistémico, pero no desecharlo del todo. En la historia de la arqueología
mexicana el único que se atrevió a cuestionar al dogmatismo teórico-político de la
historia cultural fue Pedro Armillas, por lo que es muy burdo argüir que su
exclusión fue producto de un "antagonismo artificialmente creado" (Ochoa,
Sugiura y Serra 1989:305). Las palabras de Armillas no se prestan a confusiones,
como en la ocasión que dijo a sus alumnos de la ENAH, allá por 1956 (citado por
Navarrete 1991:36; cursivas mías):

Una sociedad no se define por una simple lista de rasgos, sino por la interrelación y
dinámica funcional que dichos rasgos significan en la vida social. Kirchhoff sentó las
bases para una discusión más amplia: su enlistado debemos considerarlo como hipótesis
de trabajo y no hacerlo el mito que ahora es.

Ya en una fecha tan temprana como 1946 (tres años después de la clásica
publicación de Kirchhoff) Armillas opuso el concepto "provincia arqueológica" al
concepto de "área cultural", con la mejor intención de hacer más sincrónico el
estudio regional (Navarrete 1991:43-44,nota 6). Es probable que desconociera que
su reforma seguía inmersa en la historia cultural, ya que ese era precisamente el
término que Kossinna daba a las áreas culturales (Kulturprovinzen), usado
también como sinónimo por Kroeber hacia 1923 ([Link] & Vasicek 1990:62;

67
La obra divulgativa editada por arqueólogos del INAH y la UNAM (Manzanilla y López
1993) es ilustrativa de cómo el concepto Mesoamérica conserva su añejo sabor histórico-
cultural original (Kirchhoff 1960[1943]),a pesar de las ulteriores redefiniciones de
Litvak en 1975 (1992) y Willey (1981), cercanas a la nueva arqueología. A propósito de
esta continuidad y repetición de la tradición teórica, remito a la lectura del trabajo de
Escalante (1993:11-16), en la obra colectiva citada.
68
En 1997 se volvió a polemizar en torno al concepto. En esa ocasión hice notar la influencia de Fritz
Graebner en la elaboración de Kirchhhoff sobre Mesoamérica, apreciando su esfuerzo de traducir “círculo
cultural” por “superárea cultural”. Se sigue que Kirchhoff no fue un difusionista tardío (Vázquez 1999).

94
Kroeber 1931:716). De hecho, no será hasta que en 1952 Julian Steward
reformule la taxonomía cultural a modo de regularidades sociales (en vez de
uniformidades culturales), producto de funciones y tipos culturales, que la historia
cultural en general sufrirá su primera derrota a manos del neoevolucionismo
(Steward 1955:78-97). Ahora bien, aunque todo esto provoca la simplista
sensación de que Kirchhoff sirvió el mismo de difusor del difusionismo alemán, la
verdad es que ésta influencia teórica arrojó -si se sigue la analogía con la teoría en
sí- por lo menos tres oleadas aculturativas sucesivas sobre la arqueología
mexicana, la que, para sus propios fines internos (pero sobre la misma base
teórica histórico-cultural, lo que explica que no sufriera problemas aparentes de
comunicabilidad con el pensamiento etnológico alemán sino hasta el final de la
influencia, en que la incomunicabilidad afloró del todo) la terminó por reelaborar,
haciendo de Mesoamérica un núcleo de irradiación cultural por sus propios méritos
civilizatorios, más en la línea del paralelismo cultural de Seler (y de Caso, a través
de Beyer), que de la convergencia cultural de Graebner a través de Kirchhoff.

3. EL AREA CULTURAL EN LA ARQUEOLOGIA NORMAL DIFUSIONISTA.

"La arqueología mexicana nunca se había entregado de esta forma a una idea:
Kirchhoff se confundió con la totalidad de la arqueología" (Nalda 1990:17). Tal es,
en síntesis, la importancia histórica y disciplinaria de su definición de Mesoamérica
como área cultural en 1943 (Kirchhoff 1960). Se admite por igual que la
postulación de este concepto equivale a suscribir la teoría difusionista, pero es
poco clara la implicación. En realidad, se prefiere destacar sus logros, sus eficaces
resultados heurísticos, cuanto que facilitó a la arqueología mexicana un marco
espacial y cultural donde clasificar sus análisis particulares a nivel de sitios, al
tiempo que le mostró el rumbo de los problemas normales a resolver
(determinación de subáreas y fronteras, profundidad histórica, influencias, focos
culturales, etc.). Este habrá de ser el gran corpus empírico-descriptivo que dibuja
el perfil de la escuela mexicana de arqueología y su continuidad como tradición
teórica hasta nuestros días. Mas si nuestra observación se amplía de foco hasta

95
abarcar su parte oscura, comienzan a aflorar las anormalidades. Desde la
exclusión de Armillas, el único arqueólogo que ha vislumbrado tales anomalías de
la teoría al uso, pero vistas desde dentro de su propia estructura de referencia, ha
sido Enrique Nalda, quien sin dejar de resaltar la operatividad del concepto para
sus indicadores y procedimientos técnicos, advierte que su mayor restricción no es
lo que se hizo y lo que se hace normalmente, sino lo que deja de hacerse,
constituyéndose por lo tanto en un "freno al desarrollo de proposiciones
alternativas", amén de su ya "bajo potencial explicativo"(Nalda 1990:17-19). Sin
embargo, cuando este mismo autor debe puntualizar cuáles son esas "nuevas
alternativas", su panorama se oscurece sensiblemente, sin aportar visiones
alternativas.

Se sigue de esto que no podría continuar este parágrafo sin primero llamar la
atención del lector sobre los mecanismos metodológicos más sutiles de aplicación
arqueológica, que son precisamente los que nos interesan destacar como
receptáculo del núcleo duro del programa histórico cultural, del que la escuela
mexicana sería una modalidad más. Antes, empero, conviene dejar claro el
siguiente supuesto en este orden de ideas. Es de todos conocido que los
competidores funcionalistas del programa histórico cultural popularizaron la
especie de que la suya era una historia conjetural, harto distinta de la documental.
Incluso hace poco Bruce Trigger repitió este prejuicio al aducir que su etiqueta de
"histórico" tenía poco que ver con la "verdadera historia", excepto, quizás, sus
cronologías (Trigger 1990:22). Para la época anterior a la Segunda Guerra
Mundial, su crítica es certera, pero no estoy seguro que siga siendo válida bajo las
reformulaciones que desarrollaron sus seguidores de cara a las nuevas teorías
con las que tuvieron que contemporizar.69 Así y todo, soy de la misma opinión de
Steward, cuando en 1952 asentó que los conceptos de la historia cultural no

69
Marschall (1979 [1972]:viii) por ejemplo, diciéndose continuador de Barthel y Kirchhoff
para el estudio de las influencias asiáticas en las culturas americanas, corrige el método
graebneriano con vistas a sobrepasar el reto de la teoría neovolucionista en boga. Kirchhoff
mismo hizo esfuerzos parecidos desde 1956 en su trabajo "Las ideas actuales de la Escuela
Etnológica de Viena". Su giro a la etnohistoria es indicativa del nuevo rumbo tomado por la
historia cultural de postguerra (Vázquez y Rutsch 1997 y 1999; Vázquez 1999).
96
estaban desprovistos de significación teórica y que, no obstante que se les utilizó
normalmente para la clasificación de uniformidades culturales, implicaron de
cualquier manera una cierta clase de historia (Steward 1955:79). Veamos, pues,
de qué está hecha la historia de la historia cultural.

La arqueología histórico cultural no se inicia en rigor con un pensador alemán,


sino con un arqueólogo sueco, Oscar Montelius, que, sustentando en el método
estratigráfico desarrollado de modo independiente en su país desde comienzos del
siglo XIX y por influencia de la numismática (Trigger 1992:78-79), él reformula en
1880, en confluencia con el enfoque seriacional de estilos sucesivos debido a
Thomsen. Gracias a éste, Thomsen había desarrollado la primera cronología
relativa, en lo que hoy mundialmente se conoce como las edades de piedra,
bronce y hierro para la prehistoria europea. Pues bien, lo que innovó Montelius fue
esta cronología relativa, haciendo mucho más completa y sofisticada la sucesión a
partir de tipologías de artefactos. De modo suplementario, su innovación técnica
se apoyó en el estudio puntual de la distribución geográfica. Montelius llegó así a
la conclusión de que su cronología cultural indicaba que un desarrollo original
había tenido lugar en Oriente Medio y que, por oleadas migratorias, se había
difundido ampliamente (Trigger 1992:154). Como indican Malina y Vasicek (1990:
60) perceptivamente, el mayor contraste de la arqueología difusionista con la
evolucionista previa, se aprecia mejor si comparamos el refinamiento de las
excavaciones, las técnicas de registro y la cartografía de distribución cultural, que
no se hubieran desarrollado sin esta concepción cultural de la historia.

Sin embargo, quedaba pendiente la cuestión de relacionar los vestigios físicos


con los supuestos pueblos que los habían creado. Fue aquí donde Gustav
Kossinna y Gordon Childe descollaron, ya que asociaron las llamadas "culturas
arqueológicas" (tipos de restos que aparecen constantemente de manera
recurrente, geográfica y temporalmente acotados) con estructuras sociales tales
como el Estado, la nación, la tribu, el "ethnos" (hoy diríamos "grupo étnico" o
“etnia”) y, sobre todo, la raza. Al proceder así, todo el sistema de conceptos

97
clasificatorios y espaciales de la arqueología histórico cultural contribuyeron de
manera natural a apuntalar una etnogénesis de bases empíricas, por ello su
tozuda conexión a las ideologías nacionalistas en todas las escuelas
arqueológicas nacionales que las han aplicado. Parte destacada de esta estrategia
metodológica fue justamente la cronología cultural fundada en la seriación
tipológica, las secuencias culturales regionales y la estratigrafía neogeológica,
todas ellas procedimientos de datación relativa equivalentes a los "estratos cultu-
rales" sugeridos conceptual y deductivamente por la etnología histórica alemana,
pero que en la arqueología se convirtieron en estratos objetivos y correlativos a
cada cultura arqueológica.

Cabe pues preguntarse si la idea misma de datación relativa -necesaria para


ordenar artefactos en tipos y secuencias-, implícita en la historia cultural en su
conjunto, precedió al desarrollo de los conceptos operacionales en la arqueología.
Al menos en lo que se refiere a las primeras periodificaciones, los indicios parecen
ser concluyentes: la excavación se convirtió en el mecanismo de verificación de
las secuencias deducidas con anticipación. Esto habla de una heurística positiva
del programa, que se mantuvo vigente hasta que se desarrollaron las técnicas de
datación cronométrica o absoluta que, por lo demás, han resultado en una
innovación no fácilmente conciliable con la historia cultural tipológica, pues se
descubrió que artefactos similares no significan temporalidades similares, lo que
puso en entredicho tipologías enteras y las secuencias derivadas de ellas. Se
entiende entonces por qué la datación absoluta con el tiempo pasó a ser una
técnica distintiva de la nueva arqueología, por compaginar con su estudio de
procesos sociales en vez de centrar su interés en la cronología relativa y sucesión
de culturas particulares, propias de la historia cultural.

Sobre este último procedimiento debo agregar que una hipótesis auxiliar que
ha sostenido a la historia cultural en muchos países ha sido acudir,
adicionalmente, a la cronología histórica, recurso facilitado por la identidad de
etnia y cultura arqueológica, lo mismo que el sentido historicista que está en el

98
fondo de toda la concepción. En Europa, esto lo posibilitó durante algún tiempo la
"cronología corta", es decir, la correlación de tipos y seriaciones egipcios
(fechados históricamente) y micénicos (asociados a los primeros). En lugares
como Mesoamérica, desde que Thompson y Kidder correlacionaron en 1938 las
cronologías maya y cristiana, ha prevalecido el uso de incripciones calendáricas
en monumentos y etapas constructivas de edificios. Mejor que eso ha resultado el
abundante soporte documental ofrecido por códices y crónicas indígenas y
españolas del siglo XVI, hasta el punto en que un arqueólogo mexicano-alemán se
ha preguntado -sin mucho convencimiento por cierto- qué sería de nuestra
arqueología sin esas fuentes históricas.70 La mayoría de arqueólogos mesoameri-
canistas prefiere ignorar anomalías tan retadoras a su habitual normalidad. Así, es
harto significativo que mientras otras tradiciones nacionales han procurado hacer
consistentes la sucesión estratigráfica relativa con la determinación cronométrica
absoluta, en México prevalezca un disimulado rechazo hacia esta última porque,
como me refirió una arqueóloga experta en Teotihuacan,"no coincide con la teoría
existente".71 En consecuencia, ésta doble renovación periférica -una positiva (uso
de fuentes documentales) y otra negativa (desdén del fechamiento absoluto)-
demuestra indirectamente que la historia cultural ha sobrellevado el reto del
proceso civilizatorio mesoamericano, que se creía la debilitaria definitivamente
(Malina & Vasicek 1990:66), haciendo más conciso su núcleo duro historicista.
Para sobrellevar este nuclear replanteamiento, la arqueología mexicana contó con
los americanistas alemanes, que supieron retomar y fundirse con nuestra tradición
decimonónica de historia antigua y, luego, con su valiosa intervención, de
etnohistoria.

70
Las palabras de Otto Schöndube (1989:40) son más sugerentes si se considera la aporía
que contienen:"Sería interesante hacer la prueba -de hecho imposible de realizar- de qué
sabríamos de los aztecas y de los tarascos si hiciéramos a un lado las fuentes históricas". Yo
creo que la prueba sí se puede hacer, a condición de transponer la tradición desde la que
habla, cosa en verdad imposible si no se toma conciencia de ella para principiar.
71
Rosa Brambila Paz, 25/v/93; ver también Brambila (1993:26), lugar donde menciona muy
de paso este cuestionamiento en Teotihuacan.

99
Por supuesto que no fue ésta su única aportación. En lo que ahora nos ocupa,
entre los años veintes y treintas los etnólogos difusionistas alemanes prefirieron
utilizar la noción de "complejo cultural" como concepto cultural espacial y, en
seguida, el de "círculo" o "ciclo cultural" para ganar en profundidad histórica. La
arqueología alemana, sin embargo, se aproximó a un concepto parecido al de
"área cultural" de la antropología cultural norteamericana, cuando introdujo las
"provincias culturales" en sus estudios de distribución espacial de artefactos.
Hacia 1943 prevalecía cierto consenso entre los estudiosos de la América Media
en que ésta era una área o región que compartía rasgos culturales comunes (lo
que Kirchhoff tradujó como "historia [cultural] común", sin citar su inspiración
teórica de fondo). Simultáneamente, los difusionistas norteamericanos habían ido
clasificando estas uniformidades en áreas culturales a todo lo largo y ancho del
continente americano, regionalización que implicaba una concepción policéntrica
pero acotada de la difusión, es decir, una historia particularizada y de magnitud
diferente a la historia universal alemana, basada en la difusión monocéntrica
universal. Fue dentro de estas aguas encontradas de un mismo programa de
investigación con variantes teóricas, que Kirchhoff debió bregar. La comunicación
que estableció entre la historia cultural alemana y su contraparte norteamericana
solo fue posible porque ciertos conceptos aparentaban ser intercambiables y otros
modificables, sin meterse en serios problemas de inconmensurablidad linguística,
a consecuencia de lo cual la traducción que emprendió nunca fue exacta porque
sus epígonos mexicanos ni siquiera se enteraron del marco conceptual
subyacente en sus trabajos. Así, Mesoamérica podía ser solamente una área
cultural basada en la disposición contigua de elementos culturales, pero para él no
dejó de ser un complejo estructurado de rasgos basados en la agricultura. Podía
haber un "clímax" del desarrollo cultural, pero, en él, ello apuntaba hacia un "foco
cultural" como epicentro. A esta elección y superposición conceptual responde el
que Kroeber zanjara sus diferencias con Kirchhoff de manera cooperativa en 1954,
pues advirtió que las clasificaciones cuantitativas de rasgos (como la suya) y las

100
clasificaciones subjetivas de estilos y patrones institucionales (como la de
Kirchhoff) conducían a los mismos resultados históricos.72

En poco ayuda decir que el pensamiento difusionista norteamericano culmina


con la acuñación del área cultural como concepto nuclear obvio y simplista (Harris
1978:323-324). Para estos efectos, resulta mucho más incitante que dos adeptos,
Ehrich y Henderson (1975:21), establezcan sin ambages que el área cultural es un
"instrumento de clasificación" inseparable del particularismo histórico, teoría donde
aparece interdefinida por los principios de invención independiente, préstamo
cultural e integración cultural. Como concepto instrumental, siguen ellos diciendo,
el área permite la reconstrucción indirecta de la historia cultural, en especial ahí
donde existen hiatos del conocimiento histórico y arqueológico. Es evidente, no
obstante, que para ambos etnólogos el problema crucial del concepto sea su
carácter estático, por lo que les resulta difícil darle permanencia en el tiempo a
través de periodos concretos. En relación a esta dificultad, en 1960 Kirchhoff se
apercibió de que su clasificación de rasgos comunes carecía de mayores alcances
históricos que no fueran los contemporáneos al momento del contacto, es decir, su
superárea cultural pertenecía al horizonte del siglo XVI. 73 Aunque sus palabras de
entonces indican un velado deseo por retornar a la concepción alemana de los
círculos culturales, la corrección de la anomalía temporal la brindó tanto la
etnohistoria como la arqueología a través del concepto accesorio de "horizonte
cultural", con el cual el concepto Mesoamérica consigue retroceder de 1520 a
1500 a.C. (Jiménez Moreno 1987; Willey 1992 [1962]).

72
Como museógrafo y etnólogo de las culturas nativas de California, Kroeber desarrolló los
conceptos de "inten-sidad" y "clímax" culturales; por intensidad entendía las áreas más
ricas en rasgos, que era donde las instituciones estaban mejor definidas; por clímax, el
centro más especializado del área, del que irradiaba influencia de manera gradual hasta más
allá de los límites del área. Sin embargo, resintió la falta de registros históricos y de una
arqueología auxiliar. No se le escapaba que estos mismos métodos de clasificación
arrojarían resultados sobresalientes en áreas donde hubiera una historia documentada y
excavaciones con tipologías cerámicas y secuencias culturales comprobadas (Kroeber
1931).
73
Ver prólogo a la segunda edición de su opúsculo (Kirchhoff 1960).
101
Hay que remarcar de paso que en 1968 Ehrich y Henderson (1979:522)
observaron también que el uso práctico del concepto área cultural estaba
produciendo discrepancias de valoración en cuanto a su significado teórico. Su
insistencia en mantenerlo como "instrumento de clasificación" dentro del conjunto
de enunciados del particularismo histórico ha de interpretarse como una
declaración de principios relativa a su invariancia de significado esencial (nuclear
diría yo), toda vez que Steward, una década atrás, había replanteado al área
cultural como "tipo de área cultural", pero ésta vez bajo la pretensión multievolutiva
de iluminar regularidades sociales, no solo de descripción de historias culturales
particulares. Con ello, toda el área se convierte en un sistema sociocultural,
prefigurando el tratamiento definitivamente sincrónico que se dará al concepto
durante el auge de la nueva arqueología norteamericana, traspaso conceptual
sobre el que hay que preguntarse si preserva su significado esencial. Como quiera
que haya sido, lo que hicieron Willey, Sabloff y otros arqueólogos histórico
culturales fue reaprender los términos de la nueva teoría, adquisición que implicó
que el área cultural apareciera como un concepto cada vez mas inútil y ajeno para
las generalizaciones procesuales. Con todo, hubo un momento transicional en el
que los "tipos interculturales" de Steward, de origen histórico, funcional y evolutivo,
parecieron facilitar una reorientación de la taxonomía cultural (de la historia
cultural) hacia las regularidades procesuales, de modo que, digamos, el Cuicuilco
mesoamericano tendría más en común con la Huaca Prieta andina, que ambos
con sus respectivas áreas culturales. Las secuencias culturales de Armillas en
esta época reflejan a las claras este intento de comunicabilidad (Armillas 1989
[1951]) entre teorías divergentes, pero que a la postre resultó infructuosa, pues
terminó por desligarse a los esquemas cronológicos de las fases de desarrollo
cultural-histórico, hasta, por último, eliminar de la cronología todo referente
diacrónico de la teoría subyacente (Willey 1981:4).

4. MESOAMERICA EN LA ARQUEOLOGIA DIFUSIONISTA MEXICANA.

102
Según la evaluación hecha por Wigberto Jiménez Moreno (1987:5213), la
contribución medular de Kirchhoff al mesoamericanismo estriba mejor en su
estudio de la distribución de elementos culturales, la afinación de su demarcación
geográfica y la determinación étnica de la misma. No obstante, a medio siglo de
distancia, no cesa de sorprendernos que solo 43 elementos culturales fueran
suficientes para definir los caracteres de tan dilatada área cultural. Fueron,
empero, los más "típicamente mesoamericanos", los más desarrollados y
complejos, y, sobre todo, diría yo, justo los que facilitaron los indicadores
empíricamente evidentes de la cultura material civilizada para la prospección
arqueológica subsecuente (Nalda 1990:16) -que es, valga decirlo, uno de los
flancos débiles de cualquier teoría en este campo del conocimiento obligadamente
empírico-. Considero pues que esta operatividad de la etnología histórico cultural
de Kirchhoff es la causa de su incondicional aceptación entre los arqueólogos
mexicanos, que, gracias a ello, consiguieron un marco de referencia teórico lo
suficientemente comprensivo como para depositar en él todas y cada una de sus
muy particulares y muy parciales excavaciones de sitio en las zonas
arqueológicas, a las que, con dicho marco reticular, por lo general no se comienza
preguntando nada, ni mucho menos se desea problematizar para comprobar nada.
El mesoamericanismo, el trabajar bajo la idea de su área cultural y de su historia
común, se convierte en la forma normal de hacer arqueología en México. Quizá
por ello la ironía de que casi veinte años después de haber leído su Mesoamérica
en una sesión especial de la SMA a principios de 1943, Kirchhoff se doliera de su
gran aceptación, pero anhelara al mismo tiempo alguna crítica constructiva.

Para comprender adecuadamente la dura amalgama de la historia cultural con


la arqueología (lo que aquí entendemos como la escuela mexicana de arqueología
propiamente dicha) sería de gran utilidad volver nuestros ojos al presente,
preguntándonos cuál es el trabajo normal de un arqueólogo gubernamental,
digamos uno adscrito a la Dirección de Estudios Arqueológicos, antes Dirección de
Monumentos Prehispánicos del INAH.74 La respuesta para esta cuestión es muy

74
Luego cambió a Dirección de Investigación y Conservación del Patrimonio Arqueológico (DICPA).

103
parecida a la ya referida de Renfrew y Bahn (1991:407-409), cuando definen la
"construcción de una explicación tradicional".75 En la DEA las reglas son así.
Aparte de la compulsión externa de la restauración arquitectónica de sitios
monumentales -que ha sido interiorizada bajo el binomio "investigación y
conservación", pues estudio abstracto y preservación física se confunden en un
mismo proceso real, a la vez técnico que cognoscitivo-, la intervención del
arqueólogo consiste en determinar la función específica de los edificios, sus
etapas de ocupación o de construcción, la secuencia cronológica relativa y el
levantamiento arquitectónico (Mastache 1991: 12).

Dejando de lado la pulsión arquitectónica o conservacionista (concomitante a


una institución enfocada al cuidado de 163 zonas arqueológicas monumentales)76,
el interés en las "etapas de ocupación" se refiere exactamente a movimientos
migratorios, bajo el supuesto de que cada fase constructiva es producto de un
grupo étnico o cultura arqueológica distinto. Además, esto facilita una "estratigrafía
artificial" del sitio. Luego, la secuencia cronológico-cultural particular suele ser una
datación relativa basada en la seriación de tipologías cerámicas delimitadas
espacialmente. La estratigrafía y la clasificación de materiales permite entonces

75
Véase nota 10 al respecto; tanto en Gándara (1992:26) como en Nalda (1990:16-17)
encontramos caracterizaciones análogas a ésta, pero mientras el primero apunta hacia la
normalidad del "conglomerado de protoparadigmas de la arqueología tradicional", el
segundo se limita a postular un "paradigma del área cultural", si bien asimismo practicado
de modo rutinario. Más tarde, Gándara (1994:85) puntualizará que la arqueología
tradicional mexicana se tipifica por el trabajo de recuperación en el campo, la definición de
tipos , la distribución espacial y temporal, y su comparación con otros sitios y regiones con
que determinar influencias.
76
En otro lugar (Vázquez 1993) he mostrado que la constitución de la arqueología como
profesión en México fue acompañada por la intrusión de otra profesión más antigua, la
arquitectura, no como objeto de estudio, como pudiera pensarse de inmediato (la llamada
"arquitectura mesoamericana"), sino como parte de la metodología y experiencia del
arqueólogo profesionalizado, intrusión perceptible en la presente discusión de los
procedimientos de restauración versus reconstrucción o consolidación entre arquitectos y
arqueólogos, pero sobre todo en la competencia profesional entre ambos grupos al interior
del INAH por la distribución del poder en los cargos asignados profesionalmente (Vázquez
1995 [1990]:366). Después de todo, arqueólogos y arquitectos cumplen una función casi
análoga dentro de la política patrimonial del INAH. En el capítulo segundo se pueden
encontrar otras referencias al respecto.
104
elaborar la historia del sitio explorado, cuyo principal enigma es el determinar su
paralelismo o difusión de rasgos, su ubicación dentro de complejos culturales
(Bernal 1952:119-129), sus "influencias culturales" o su "comercio", siempre que
aparezcan elementos "fuera de serie". Entonces, su puesta a punto como "órgano
especializado de difusión" (Mastache 1991:8), es decir, como museo al aire libre,
lleva implícita la idea instrumental de recrear su historia a través de
señalizaciones, "guías oficiales", cédulas y, cuando así lo amerita la zona
arqueológica descubierta, la fundación de un "museo de sitio" en las inmedia-
ciones. Como asientan Mastache y Cobean (1988:64), este procedimiento habitual
de la arqueología monumental estatal "sigue vigente" en los proyectos de alta
intensividad emprendidos hasta el presente, por lo que podemos concluir que la
escuela mexicana de arqueología no ha sido sobreseida por más que su época de
oro pertenezca al pasado, bien fechada entre 1952 y 1962, alcanzando su clímax
con la erección de otro monumento, el Museo Nacional de Antropología en 1964.77
Así las cosas, los Proyectos Arqueológicos Especiales 1992-1995 y sus actuales
derivaciones -cuya intensividad de recursos aplicados hablan de una segunda
edad de oro “salinista”- se apegan en líneas generales a estas características
normales o tradicionales de la escuela mexicana de arqueología.78

Esta operación normal de la arqueología gubernamental la hace aparecer como


exclusivamente descriptiva o rutinariamente técnica. La carencia de

77
Desearía disponer de la información necesaria para completar el cuadro de exploraciones
efectivas sufragadas por el INAH entre 1939 y 1995. La fuente de que dispongo (INAH
1962:38 y 41) es, pese a todo, indicativa de una tendencia de crecimiento, ya que hacia
1942 el total de exploraciones eran 26; en 1952 apenas se elevaron a 28, pero en 1962
alcanzaron la elevada cifra de 93. Por desgracia, las estadísticas oficiales no son uniformes.
En Vázquez (1995) discuto este problema informativo, que de orden técnico ha derivado a
secreto burocrático impenetrable. Lo que estoy diciendo es que el INAH no informa el
número de exploraciones que se han practicado desde 1962.
78
En los capítulos cuarto y quinto abordo otros aspectos de los proyectos arqueológicos, de
acuerdo a una tipología combinatoria de intensividad de recursos y verticalidad
organizativa. Ahí se apreciará mejor en que consiste esta segunda edad de oro de la escuela
mexicana de arqueología.
105
planteamientos teóricos definidos en casi todos sus proyectos,79 da la impresión
de que, en verdad, como lo afirmara Matos en 1979, no hay una definición teórica
ni metodológica, mucho menos una problematización epistemológica de sus
procedimientos cognoscitivos. Formalmente esta crítica es cierta, pero también
post hoc, porque no fue hasta que apareció la nueva arqueología hacia 1962 en
que los arqueólogos empezaron a problematizar su teoría o su metodología de
manera normal. Mientras, como dice Gándara: “La arqueología contemporánea
sigue manteniendo una epistemología empirista ingenua, en donde los datos son
autoevidentes y no problemáticos” (Gandara 1987:8). En consecuencia, si nos
apartamos de esta senda crítica que no lleva muy lejos, y concomitantemente,
inscribimos el qué se hace y cómo se hace dentro de una teoría descriptiva para la
que es intrínseco que sus ideas “no solo son constructos teóricos, sino parte de la
realidad viviente ante nosotros” (Kirchhoff 1954:530), Mesoamérica, entonces, es
más, mucho más, que un mero concepto clasificador, es, en palabras de un
arqueólogo, un término central que “ha logrado constituirse como una realidad que
plantea a la arqueología mexicana problemas por resolver, al mismo tiempo que la
asiste enmarcando sus resultados y posibilitando interpretaciones de una
naturaleza particular”(Nalda 1990: 12).

Según este planteamiento, la clave no está en los aspectos externos de la


escuela mexicana (el nacionalismo oficial, el monumentalismo, la restauración,
etc.), sino en sus aspectos internos, especialmente en la noción de arqueología
como "ciencia histórica" enfocada a la elaboración de la historia de una área
cultural particular. De eso a "escribir la historia del lugar" o sitio arqueológico
(Bernal 1952:127), no habría más que la resolución de un problema menor del
particularismo, superable por medio del estudio de los tipos cerámicos o

79
En 1983 un impaciente grupo de arqueólogos de la Dirección de Monumentos (hoy
DICPA) revisaron los 95 proyectos vigentes en el INAH, encontrando que tal insuficiencia
de postulados teóricos era generalizada (Braniff et al.1983:42). A fines de 1990, otro grupo
disidente aplicó un cuestionario entre 83% de los investigadores de la DEA, arrojando
como respuesta que solo 9 consideraban a la teoría un problema; 6 percibían problemas
metodológicos y 5 técnicos. En cambio,12 no percibían ningún problema en sus proyectos
(González y Rodríguez 1991:8).
106
arquitectónicos locales. Y aun cuando algunos arqueólogos han girado hacia
regiones geográficas anómalas para las fronteras culturales mesoamericanas
(incluso suponiendo que éstas han variado temporalmente), el referente inevitable
sigue siendo el foco cultural difusor del altiplano central. Esto podrá ser de lo más
elemental como explicación, acaso ni siquiera eso (una "no explicación" como diría
Trigger), pero la cuestión sigue siendo como la planteara Caso para la historia
mixteca: el registro arqueológico es un recurso de la historia escrita, historia que,
al igual que Seler, se inicia con un pasado mítico, tal como en las fuentes
documentales (Caso 1984). En este contexto, es perfectamente legítimo decir que
la historia cultural mesoamericana estimuló el abordaje de una serie de problemas
tales como la regionalización en subáreas culturales, la configuración
(arqueologización) del área toda en periodos y horizontes (clímax), la definición de
sus fronteras a lo largo de su desarrollo (intensidad) y, por lo tanto, el descubri-
miento de sus sucesivos focos culturales (Nalda 1990:16). Todos ellos son
compromisos ontológicos y metodológicos que reflejan una normalidad historicista,
pero cuya heurística que es preciso desentrañar.

No obstante lo anterior, es pertinente establecer cómo factores aparentemente


externos al programa y la teoría son interiorizados dentro de los supuestos básicos
del núcleo duro. Me refiero a las exigencias metodológicas impuestas por el in-
fluyente Consejo de Arqueología, por una parte, y por otra el sentido museográfico
implícito en los resultados físicos de la escuela mexicana de arqueología.80 En mis
encuentros con los arqueólogos me he topado con esta dimensión que, siendo
externa, conlleva manifestaciones cognoscitivas que no debemos subestimar. Tal
como me lo refirió un arqueólogo de la DEA muy ligado al grupo
"preparadigmático" de Gándara, es decir, retóricamente disidente de los
postulados oficiales: si me atreviera a introducir en mi proyecto ideas distintas a
las dominantes en la “arqueología nacional” del Consejo de Arqueología del INAH,
sufriría su sanción y consecuente veto, por lo tanto prefiero no hacerlo. Su caso es

80
En el siguiente capítulo analizo la actividad y alcance del Consejo de Arqueología desde
el punto de vista jurídico y político.
107
un tanto singular. Normalmente pocos se plantean el problema de modo
conscientemente estratégico. Más bien son los arqueólogos universitarios los que
deben recurrir a la estratagema de una doble intención, de esconderse y
manifestarse al mismo tiempo. Con todo, resulta claro que el sostén del programa
histórico cultural no es ajeno a la institucionalidad, bajo la que las ideas subsisten
y se solidifican. Esta es la concreción misma de la ortodoxia teórica, responsable
de la expulsión de los arqueólogos innovadores dentro de la escuela mexicana de
arqueología.

Ahora bien, otro elemento típicamente difusionista imposible de abstraer es su


ligazón a la estructura museográfica en zonas arqueológicas y museos en sí. Esta
relación permanece constante en las escuelas alemana, norteamericana y
mexicana de antropología integral, cuyos museos son reducto del pensamiento
difusionista por razones de clasificación inhrentes a su desempeño, luego no es
casual que la diversificación teórica se dé en cambio en estructuras académicas
universitarias, si bien no es dable interpretar esta relación como una articulación
mecánica entre el ser social y el sujeto de conocimiento. Hablo más bien en
términos de posibilidades de estudio. Más adelante seré más explícito al respecto,
cuando me ocupe de los arqueólogos universitarios y sus coincidencias teóricas
con los arqueólogos gubernamentales. No obstante, estoy pensando en los
resultados arrojados por tres importantes seminarios de arqueología auspiciados
por el Museo Nacional de Antropología en 1989, con el fin expreso de actualizar
su museografía mesoamericana, base corpórea de su expresión cognoscitiva.
Para abreviar, voy a referirme solo al tercero de ellos, del que hay literatura
accesible (Sodi 1990). Aunque la transcipción de las discusiones sostenidas en él
es pobre, y seguramente no refleja la riqueza de ideas ahí expuestas, no deja de
comunicar la sensación de que no se llegó a nada sustancial, a pesar y sin
demérito de los trabajos particularistas ahí expuestos. Quiero decir que no
obstante la gran cantidad de investigaciones monográficas conjuntadas, no se
obtuvieron conclusiones de ninguna índole en las discusiones. Pareciera como si

108
los datos aportados por los numerosos asistentes se disiparan en un vicioso ritual
de culto al caos.

Lo que estoy implicando aquí es que tras cinco décadas de arqueología normal
difusionista no se ha elaborado una explicación consistente de la historia cultural
mesoamericana, el sueño eterno de Seler y Kirchhoff y de todos sus epígonos,
que más que nunca la ocasión exigía lograr, tal como en 1964 el mismo objetivo -
la primera museografía del MNA- tuvo tan grande importancia que puso en tensión
a toda la arqueología oficial de la época, con los resultados de todos conocidos en
las salas del MNA, y en trabajos tan elaborados como los de Piña Chán. 81 Por el
contrario, lo que este seminario captó con agudeza es la evidencia de que el
compromiso metodológico con un enfoque inductivo de la historia cultural
particularista -responsable del "crecimiento por aglutinación" sufrido- es
impracticable, a la vez que le incapacita para alcanzar su objetivo más caro: la
reconstrucción de la "historia común" mesoamericana (Gándara 1992:40-43 y 50-
54). En consecuencia, lo que hubo en sus interesantes discusiones, además de
datos en cantidades industriales, fueron anomalías cada vez más insorteables,
expuestas como enormes cantidades de piezas de un rompecabezas cada vez
más irracional, al que se le van agregando nuevas piezas incompatibles, por lo
que nunca acabarán por armarse coherentemente. Un asistente al seminario, no-
arqueólogo, atinadamente hizo referencia a todos esos nuevos "pedacitos porque
llegamos a lo mismo (...) tenemos historias aisladas y no una historia integral".82
Pero mejor que nadie, Julio César Olivé sintetizó la condición de postración vivida

81
Aproximadamente en la misma época, Piña Chán (1993 [1967]:17) dio a conocer el que
pudiera ser el mayor esfuerzo conocido por dotar a la escuela mexicana de una explicación
global de la "evolución histórico-cultural del México antiguo". Aparte del deseo de
dinamizar evolutivamente una concepción estática-descriptiva (cuya resistencia al cambio
empieza desde el muy alemán nombre de "México antiguo", cuando México como entidad
política-territorial no existió antes del siglo XIX), es evidente por qué no existe una
explicación sintética: la historia cultural en arqueología está hecha de particularismos
(regiones, culturas, sitios, etc.) que muy forzadamente caben en las cronologías culturales,
que no dejarán de ser esquemas descriptivos y nunca interpretaciones de gran aliento.
82
Las palabras pertenecen a la lúcida crítica de José Antonio Pompa, recogidas en Sodi
(1990:676).
109
por esta tradición teórica, incluyendo una muy significativa paráfrasis de Boas,
cuando usó la misma metáfora de la teoría como camisa de fuerza (Sodi
1990:678):

Creo que se ha avanzado mucho en la investigación de facto, en


los hechos, en lo empírico. Me parece evidente que no se avanzará
más allá, seguiremos acumulando datos y datos, si no hay una
reflexión teórica en serio y un replanteamiento de posiciones en
este sentido (...) Estamos en camisas de fuerza teóricas, una de
ellas es el mismo concepto de Mesoamérica que necesitamos
revisar, otro es el concepto de categorías temporales que estamos
manejando (...) Porque si no tenemos una construcción teórica
apropiada y no revisamos los conceptos que se han venido
haciendo, no vamos a llegar a resultados positivos.

También es sintomático que los acostumbrados expedientes de apelar a


nuevas secuencias, uso de las fuentes históricas o la antropología integral
instrumen-talizada para los fines de esta arqueología, no pudieron en esta ocasión
fundar una historia cultural renovada, digna de ser expuesta públicamente en las
salas del museo. Lo anterior podría tomarse como un signo de agotamiento
definitivo de la arqueología del INAH, pero creo que tiene alcances más vastos
para toda la tradición nacional. Para explicarlo hay que enfocarse ahora a la
arqueología universitaria y su derrotero conjunto. Comenzaré por destacar la
relevancia de Litvak cuando en 1975 releyó la Mesoamérica de Kirchhoff como un
"modelo descriptivo estático". Siguiendo ideas de la nueva arqueología, de
Flannery en particular, propuso redefinirla de un modo "puramente arqueológico",
como "un sistema espacial de intercambio normal, donde cada región
componente, además de su dinámica interior, tiene relaciones de ese tipo con
todas las demás regiones que la conforman, que varían en tiempo y que presentan
entre sí estados de equilibrio siempre cambiantes"(Litvak 1992:87). Hasta donde
sé, todavía en 1977 y 1978 Litvak mantuvo su propuesta de estudio del transporte
mesoamericano, la comunicación en el Valle de Oaxaca durante el Clásico y la red

110
general de comercio, según se infiere de sus aportaciones a los congresos
internos del IIA. Es revelador recordar que mientras estas ideas tuvieron un
considerable impacto en la mesoamericanística norteamericana, en el propio seno
del IIA tuvieron escasa audiencia.83 Esto expresa un fenómeno equivalente al de
los estudios particularistas llevados a cabo por décadas en el seno de la
arqueología gubernamental, pero que en este caso se hacen visibles en los ocho
congresos internos celebrados en esa institución entre 1977 y 1984.

Los cambiantes matices de su discurso cientifista son harto indicativos. En


marzo de 1977 el IIA estaba en pleno ascenso, si se toma en cuenta que fue
fundado a finales de 1973. Flotaba en su ambiente la intención de agrupar
proyectos y sumar colaboraciones. Esta expectativa cooperativa comenzó a
difuminarse en III Congreso de 1979, cuando se advierte: “Seguimos viendo la
pluralidad de ideas como característica, posiblemente llevada al grado de una
extrema individualización de la investigación”. Un año después se constata que
“La mayoría de los trabajos han sido producto de investigación individual, aunque
se nota claramente una tendencia a mayor colaboración”. Para el V Congreso de
1981 se ha eliminado todo comentario evaluatorio, admitiéndose que ha tomado
carta de naturaleza la “diversidad de intereses” de los arqueólogos universitarios.
En broma, el informe de la sección de arqueología se refiere a Litvak como
"Arqueólogo cum camionero que mordió la manzana y nos empujó a la edad
electrónica". Y aunque varias de las ponencias ofrecidas se ocupan de la nueva
arqueología "veinte años después" (1960-1980), la concepción de Mesoamérica
como sistema no ha motivado ninguna masa crítica de arqueólogos trabajando
cooperativamente. En realidad, todos estaban instalados en proyectos particulares
y particularistas, en su mayoría descriptivos, tipológicos y de difusión cultural. 84 La

83
Una honrosa excepción la representa el Proyecto Cañada del Río Bolaños en Zacatecas y
Jalisco, debido a Teresa Cabrero, motivo de un tratamiento especial en el capítulo quinto.
Diré solamente que en su interpretación se mantiene la noción del sistema de intercambio
regional y suprarregional.
84
La clasificación de Ochoa (1983:115-127) de los artículos arqueológicos publicados por
el anuario Anales de Antropología entre 1964 y 1978, es ilustrativa. De un total de 59
artículos, 22 son de tipo descriptivo-interpreta-tivo; 13 metodológico-tipológico; 10 de
111
única explicación razonable que puedo reconocer para este patrón general de
comportamiento es la que me dio el propio Litvak: la socialización común de
arqueólogos universitarios y gubernamentales, excepto que debió agregar:
socialización común en las mismas ideas histórico culturales de la
mesoamericanística arqueológica de la escuela mexicana de arqueología. 85

Sería ilustrativo, para terminar este apartado, referir rápidamente la diferente


trayectoria del concepto Mesoamérica como área cultural, pero dentro de la
arqueología norteamericana, donde el cambio teórico diverge, ya que es
progresivo en vez de regresivo. En ella encontramos cuando menos dos casos
ejemplares que se aproximan a lo que podríamos considerar una historia cultural
íntegra del área tomada como una totalidad. Me refiero a los trabajos de Willey
(1992 [1962]) y Porter (1981 [1972]). Ambos se basan en un esfuerzo notable de
síntesis del conocimiento arqueológico disponible, aunque todavía sustentado en
la concepción original de Kirchhoff y en la némesis histórica de hacer conciliar en
sus cartas cronológicas las culturas arqueológicas, fases regionales, eras y
periodos. Empero, no se puede ignorar que ya en 1962 Willey introdujo términos
traspasados de las teorías evolucionistas de Childe y Wittfogel por medio de
Armillas, Palerm y Wolf. Un fenómeno análogo de desazón se aprecia en Porter
una década después, pero es más ostensible en la segunda edición de su obra,
cuando refiere a modelos, teorías e hipótesis correspondientes a todo un
replanteamiento de ideas, si bien ella insiste en mantenerse dentro de la tradición

interrelación-difusión; ocho (incluido el texto de Litvak "En torno al problema de la


definición de Mesoamérica") teórico-metodológicos y seis misceláneos.
85
Se comprende así la tregua lanzada por Lorenzo Ochoa, Yoko Sugiura y Carmen Serra
(1989) a sus pares del INAH, a propósito del homenaje a José Luis Lorenzo, donde, entre
otras razones, apuntan el entrenamiento común en la ENAH y las mismas influencias
teóricas sobre todos ellos. La tregua estaba planteada en términos de unificar a la disciplina
para aumentar el conocimiento. Tengo la impresión de que esta expectativa se olvidó, al
tiempo que el acercamiento al INAH dependió de las estrategias personales. Con todo, los
resultados de esta política de pacificación no llegarían sino hasta mediados de 1993, con la
reorganización informal del Consejo de Arqueología, no sin faltar las presiones de Carmen
Serra y Linda Manzanilla por medio de declaraciones polémicas a la prensa nacional. Serra
se convertiría en presidenta del Consejo y Manzanilla en representante universitaria
invitada al Consejo.
112
al decir que su objeto es lograr una "historia de eventos culturales en
Mesoamérica más que la verificación de las teorías, aunque no se excluyen"
(Porter 1992:2). También es digno destacar que si bien mantiene la cronología
cultural convencional de Spinden en 1917 (preclásico, clásico y postclásico),
considera que ésta ha perdido su implicación "evolucionista" original. Esta
"confusión" no es gratuita: los retos a la historia cultural fueron de tal envergadura
entre sus colegas, que Mesoamérica como área cultural fue desdibujándose hasta
dejarla solo como una región geográfica donde tienen lugar procesos sincrónicos.

Correlativamente a la competencia teórica propiciada por la emergencia de


nuevos programas de investigación -cuyo parteaguas lo fijó Walter Taylor en 1948
al exigir una arqueología contextual atenta a las relaciones entre artefactos-, los
arqueólogos histórico culturales debieron primero replantearse el concepto de
Mesoamérica como simple agregado de rasgos, complejos y patrones culturales
de índole estática. Urgía hacer de Mesoamérica un concepto operativo para la
arqueología que estaba desarrollándose independientemente al
mesoamericanismo. La cuestión, como explica Sabloff, dejó de ser quién influyó a
quién, para preguntarse por qué ciertos procesos sociales indujeron al desarrollo
de la complejidad sociocultural simultáneamente. Esta idea de complejidad llevó
por fuerza hacia la idea de sistemas y las explicaciones multicausales (Willey
1981:26; Sabloff 1992:149-151). El cambio, en lo que a la mesoamericanística
norteamericana toca, se produjo entre 1960 y 1980. Gordon Willey (1981) dió
cuenta de ello. Y es de ponerse de relieve cómo en el mismo lapso los
arqueólogos mexicanos fueron perdiendo presencia en la mesoamericanística
norteamericana. Resulta obvio que sus investigaciones particularistas no sólo
carecieron de interés como citas, sino que teóricamente se hicieron más y más
intraducibles al pensamiento sistémico prevaleciente.86 La evaluación del campo

86
Un indicador de la débil visibilidad externa de la arqueología en el terreno cientimétrico
lo encontramos en las colaboraciones al Handbook of Middle American Indians. Sus
volúmenes 3 y 11, editados en 1965 y 1971, indican la presencia influyente de arqueólogos
mexicanos. Para 1981,cuando se edita el primer suplemento de arqueología, de diez
autores, solo uno es mexicano, Angel García Cook.
113
de conocimiento mesoamericanístico en general, sugerido por Adams (1992:9), es
bastante considerado cuando hace referencia nuestras tradiciones distintivas:

Los mesoamericanistas actuales son un grupo mucho más


heterogéneo que antes. Desde ser un campo largamente
dominado por estudiosos mexicanos y norteamericanos de
diversas instituciones, se han enlistado al esfuerzo investigadores
de varias universidades estatales y escuelas de la Ivy League.
Incluso, el esfuerzo nacional mexicano se ha profundizado en
número y sofisticación del entrenamiento. Grupos de investigación
franceses, alemanes e ingleses han aparecido y hecho
contribuciones significativas ...[en México] La tradición seleriana
continúa, igual que los estudios de la escuela etnohistórica
mexicana...

Sería una injusticia, no obstante, tomar mi aserto al pie de la letra. Quiero decir
que este proceso de competencia, inconmesurabilidad y comunicabilidad es
mucho más complicado que el citar o dejar de citar. Por un lado, parte del cambio
teórico en ese contexto vino de México a través de la tradición wittfogeliana de
Armillas, Palerm y Wolf y cuya consecuencia más sobresaliente fue el ambicioso
proyecto de la Cuenca de México de William Sanders en 1979, de enfoque
sistémico, pero de filiación ecológica cultural. Paradójicamente, la búsqueda de
evidencia de obras hidraúlicas -que orientan hacia la explicación de la
intensificación de la agricultura y la formación del Estado en Mesoamérica- tuvo en
nuestro país una significación arqueológica menor a la deseada; inclusive, se ha
convertido en una temática residual en la etnohistoria mexicana pero compartida
con la geografía cultural norteamericana y canadiense, acaso por implicar todavía
un sistema unicausal de explicación ([Link] 1986 [1984], Siemens 1989, Doo-
little 1990). En ese sentido, se podría aseverar que el patrón de traspaso de
conceptos entre especialistas ha sido selectivo siempre que ha habido el contexto
teórico de comunicabilidad necesario entre investigadores de diversa procedencia
nacional. No parece ser este el caso de la propia idea de Mesoamérica para la
nueva arqueología norteamericana y para la escuela mexicana de arqueología.

114
Otro matiz relevante en la competencia teórica que se ha dado en la
mesoamericanística norteamericana, sería la de que los arqueólogos histórico
culturales en efecto han reaprendido las nuevas series teóricas para fincar su
propio cambio conceptual, cambio que no ha estado exento de continuidades.
Gordon Willey, por ejemplo, no ha negado la dirección científica de la arqueología
procesual, pero el post-procesualismo lo ha hecho buscar una "convergencia de
intención" con la "riqueza del contexto histórico", pero ya como "enfoque
directamente histórico" en vez de histórico-cultural (Freidel 1994:65 y 67). Los
clamorosos avances obtenidos por la epigrafía maya parecen indicar un cierto
retorno a la historia cultural (Florescano 1991,1992; Marcus 1993), excepto que el
nuevo movimiento es tan rico que ya no puede prescindir de la multidisciplina ni
mucho menos de la interpretación y reinterpretación propiamente históricas -
renovación que la historia cultural alemana quiso emprender desde la postguerra.

Con todo, en su aspecto puramente arqueológico, el movimiento continúa.


¿Qué es hoy Mesoamérica?, se inquieren varios arqueólogos interesados.87
Mínimamente, siguen diciendo, es una área cultural, pero sus atributos y
transformaciones son comprendidos de manera radicalmente distinta al complejo
cultural estático que una vez supuso. Mesoamérica, sostienen, fue un sistema
social, un sistema cuya "cultura común" refleja mejor un sistema de prestigio y
comunicación entre élites indígenas de diversas sociedades sincrónicamente
interrelacionadas y cuya estructura persistió a través de dos milenios (Blanton et
al. 1993:222; 1996:1-14). En otras palabras, lo que fuera una concepción

87
Para Blanton y otros, el progreso en la arqueología mesoamericanista está fundado en
cuatro factores a caballo entre las condicionantes internas y externas, a saber:1)mejores
teorías que han permitido buscar las información correcta; 2) investigaciones de largo
alcance -de una década o más- en una misma región de estudio; 3) mayor dedicación a los
esfuerzos instrumentales;4) más recursos para la investigación (Blanton et al. 1993:7). De
ser correcta su evaluación, el mesoamericanismo mexicano no cumple con los dos primeros
requisitos, al menos. En su lugar existe una terca adherencia a una teoría dominante y los
ciclos políticos de auge y descenso gubernamentales impiden dar continuidad suprasexenal
a los proyectos de investigación, ya de por sí degradados por el cometido restaurador
monumental.
115
estrictamente diacrónica ha mutado en una decidida concepción sincrónica (“teoría
dual-procesual de evolución de la civilización mesoamericana”), que, de seguirse
profundizando, ya como un sistema de economía-mundo y de intercambio ritual,
ya como interacciones de actores políticos, o ya como un inestable sistema
complejo, es previsible termine por abandonar en definitiva la idea de
Mesoamérica como un inmenso receptáculo con profusos anaqueles dispuestos
para ser colmados con un sinfín de elementos y particularidades culturales, tantos
como sitios excavados haya.88
5. DE PERIODIZACIONES Y HEURISTICAS.

Tan alargado periplo nos lleva finalmente al principal caso que examinaremos
directamente a la luz de la metodología de los programas de investigación
científica. Se trata de la serie teórica de secuencias cronológicas elevadas a
periodizaciones generales del área mesoamericana, en lo que se supone serían
casi como explicaciones de la historia cultural. Preciso es decir que la elaboración
de estas herramientas heurísticas fue una tarea otrora favorecida, del todo
consistente con la historia cultural del área -en calidad de "instrumentos de
comprensión histórica"-, énfasis que hoy va languideciendo lenta pero
irremisiblemente, al tiempo que decrece su capacidad heurística.89

88
Desde la perspectiva teórica de la teoría de la complejidad, López y Bali (1995) han sugerido dar al término
Mesoamérica un nuevo contenido sistémico, topológico y no cultural. Como ellos dicen, su primera duda fue
si mantenían o no el vocablo, pero iba a ser difícil de evitar dentro del lenguaje disciplinario. Mesoamérica
para ellos es un espacio discontinuo donde un sistema global experimenta puntos de tensión, singularidad y
auto-organización. Su problema es llevar a cabo nuevas indagaciones, toda vez que sus conceptos teóricos
no concilian con los materiales tradicionalmente recogidos por los arqueólogos mesoamericanistas. Es
significativo también que las observaciones indicadas por esta teorización se centren precisamente en las
fronteras.

89
En Roger Bartra (1979 [1964]) puede encontrarse un cuadro comparativo de la seriación
de secuencias culturales desde Spinden hasta Willey, pasando por Caso, Bernal, Steward y
Armillas; en López Luján (1991) hay una reseña de las "periodizaciones marxistas" de
Armillas, Olivé, Matos, Nalda y otros; haremos, por nuestra parte, especial referencia a la
periodificación de Armillas (1989 [1951]), Piña Chán (1989 [1976]), Nalda (1991 1987]) y
Olivé (1989), que es también el último intento en serie por dar coherencia a los
particularismos fragmentarios de la escuela mexicana de arqueología.
116
En términos de la historia del pensamiento arqueológico, esta subtradición de la
tradición se remonta a la primera tipología cerámica de Boas (azteca-
teotihuacano-arcaico) en 1911, que, tras las respectivas excavaciones
estratigráficas de Gamio y Engerrand en Azcapotzalco y Tacuba en 1912, la
confirmaron como secuencia cultural (Gamio 1921:44-45). Por entonces, la
heurística del programa histórico-cultural navegaba viento en popa, porque, de
hecho, la tipología fue desarrollada con antelación bajo la concepción abstracta de
capas culturales y luego verificada con la excavación estratigráfica. A poco de
esto, Kroeber introdujo la noción auxiliar de "horizonte cultural", concepto que
implicaba la recurrencia de rasgos, principalmente cerámicos, en una región, y que
a la postre se entendió como etapas de desarrollo histórico de una área
determinada, "durante las cuales prevalecen en ésta ciertos estilos en los
materiales arqueológicos y predominan formas económicas y sociales
características" (Jiménez 1987: 5217). Todavía más tarde se agregaría el
concepto de
"fase cultural" para llenar lapsos menores de tiempo en una secuencia, sobre
todo
en sitios y regiones. Gracias a estos perfeccionamientos, las cartas cronológicas posteriores

de la historia cultural se complejizaron visiblemente como esquemas combinatorios de

periodos, horizontes y fases, a los que se procura intersectar como ejes. Nótese que no

obstante este progreso formalista, tal ganancia en complejidad ha sido una consecuencia

lógica de una morfología cultural cada vez más heterogénea, derivada de la multiplicidad

misma originada por un trabajo sustentado en particularismos locales, enlazados de algún

modo (y en ello radica el supuesto mérito de las secuencias) por una historia común. La

inducción implícita en estas ideas, lejos de aproximarse a su formulación general, así sea

esquemática, se va disgregando proporcionalmente a la masa de información agregada.

Para evitar esta zozobra metodológica, fue que se acudió, con la misma lógica aglutinadora

tan característica de la escuela, a los "préstamos teóricos", es decir, a la agregación de

117
términos de una teoría sobre los de otra, todo ello sin alterar el núcleo duro de fondo de una

arqueología tributaria de la historia documental.

El primer intento en esa dirección lo protagonizó Armillas en 1951, cuando


todavía trabajaba bajo las ideas tradicionales. De modo aproximado al esquema
de Caso (prehistórico-primitivo-arcaico-formativo-clásico-tolteca-histórico), Armillas
se propuso mejorar un esquema previo de su propia factura (formativo-floreciente-
militarista por formativo-clásico-histórico), si bien en él está ya presente el deseo
de interpretar las "secuencias de desarrollo" de la historia cultural dentro de una
dinámica social, tecnológica, política y religiosa (Armillas 1989). Conforme
aprende los términos de Steward, su secuencia adoptará un estilo evolucionista
(preagrícola-protoagrícola-civilización), hacia 1957. Es llamativo, sin embargo, que
casi veinte años después de Armillas, Piña Chán proponga su "modelo de
evolución sociocultural", también de estilo evolucionista. Por las fechas -ya que
Piña no cita a nadie en ningún pasaje-, tengo la sospecha de que fue su contesta-
ción a William Sanders y al neoevolucionismo, pues, curiosamente, lo hace
oponiéndole un evolucionismo unilineal de corte decimonónico, pese a que su
modelo fuera un esquema muy sofisticado capaz de ampliarse verticalmente con
nuevas fases desarrolladas por otros arqueólogos en sus respectivos sitios. En
ese aspecto, su esquema es muy flexible: está abierto a la agregación. Así y todo,
la curva que se aprecia en el "desarrollo sociocultural" no sólo es en realidad una
línea, sino que impide una sistemática coexistencia de sociedades, que no es su
objeto, desde luego.90 En cambio, su correlación de periodos (preagrícola-agrícola

90
Durante la realización del Seminario Wigberto Jiménez Moreno en el MNA, cuando se
puso a discusión el horizonte epiclásico y las dificultades para conciliarlo con las fases
regionales, Piña Chán realzó sus ideas, diciendo: “Yo siempre creí que los horizontes
culturales eran una herramienta metodológica que lo único que querían decir era una
abstracción, que implica una forma de vida, una tradición, y que se determina por una serie
de rasgos específicos que ocurren en un periodo de tiempo determinado. Así, el que se les
haya puesto el nombre de Preclásico, Clásico, Lítico y demás, es intrascendente. Se les
puede llamar horizonte A, B, C, D, E, etcétera, siempre que se defina lo que se entiende por
ese horizonte, sus características y cierta temporalidad. Es claro que el paso de un horizonte
a otro, no es un corte horizontal (...) Las fechas se ajustan con el tiempo. No hay que
118
incipiente-aldeas/centros ceremoniales-centros/ciudades urbanas-
ciudades/señoríos militaristas-señoríos/metrópolis imperialistas) con otra
agregación de "rasgos culturales" en una columna paralela, no deja lugar a dudas
sobre el carácter auxiliar de su "evolucionismo" para una arqueología histórica y
etnogenética.91

En medio de este hábito de agregación de partes al cinturón protector, resulta


harto significativo que todavía en 1987 (Nalda 1991) la teoría marxista acudiera en
auxilio de esta historia cultural inalcanzable. Este préstamo teórico no es aislado.
Ya desde 1951 se observa que Armillas acude a Childe y luego a Julian Steward;
igual harán Olivé con Morgan primero y luego con Childe (Olivé 1989); y Matos,
Bate y Nalda con Marx y Engels (López 1991). Sería prolijo enumerar la serie
completa de periodizaciones que le siguen a la primera desde 1925. Baste decir
que estos esquemas comparten el objetivo común de superar la "fase de
acumulamiento de datos", para arribar a la de interpretación teórica general,
objetivo largamente acariciado por la historia cultural, aunque al costo creciente de
echar mano de teorías contradictorias. En el mismo tenor, hasta los arqueólogos

tomarlas tan drásticamente. Los periodos, las fases, los complejos, las esferas que los
arqueólogos elaboran, esos pueden subir y bajar, pueden mostrar que mientras en un lugar
se está entrando a la decadencia, en otro lugar están surgiendo y van a su auge. Pero eso no
importa, lo que no hay que hacer es meterlos en estancos horizontales, sino en columnas
verticales, para un día ver en donde se cortan mejor esos horizontes" (Sodi 1990: 643).
91
La misma voz alemana para "evolución" o "desarrollo" propicia confusiones cuando se le
traduce como equivalente. A decir verdad, la voz evolutio (del verbo evolvo) tiene
similares problemas, pues designa la acción y el efecto de desenvolverse o desarrollarse.
Para evitar mayores confusiones, sugiero cualificar los sentidos de "evolución" y de
"desarrollo" de acuerdo a los enunciados de cada teoría, reservando "desarrollo" para las
teorías de la historia cultural y "evolución" para las del evolucionismo. Mejor aún, sugiero
que una cualificación adicional debe hacerse para los cambiantes sentidos en cada una de
esas teorías o en los intentos de apropiación interteórica. Evolución, tal como la usó Piña
Chán, refiere a un desarrollo histórico gradual. Este sentido reaparece en otros arqueólogos
histórico culturales. Seguramente para hacer consistentes sus conceptos y marco
conceptual, Sanders optó en cambio por separar su esquema puramente cronológico del
esquema evolutivo (caza-reco-lección/caza-recolección-agricultura/ intensificación
agrícola-crecimiento poblacional/ estabilidad demográfica-intensificación-fluctuación-
centralización y fragmentación/ clímax de crecimiento y evolución sociopolítica y urbana)
en etapas generales.

119
marxistas supusieron que bastaba con hacer consistente la teoría sustantiva con
los criterios de ordenación de la periodización, supuesta deficiencia en la que
hicieron blanco sus críticas a las periodizaciones tradicionales de la escuela
mexicana, a las que se tildó de "conglomerado caótico" (Bartra 1979:59). Es decir,
observaron que aparte de estar fundadas en bases cerámico-tipológicas y en
cronologías relativas, sus criterios de clasificación eran dispares e inconsistentes.
Pareció entonces un avance positivo el que estos criterios correspondieran a la
teoría (López Aguilar 1990:133-139). El siguiente paso fue emprender sus propias
periodizaciones más coherentemente, pese a que algunos repararon en que la
metodología del empirismo lógico no hizo del periodo un concepto preteórico -en
los términos de Hempel (1984:130), es decir, disponible desde antes-, sino que
simplemente ello reprodujo la tradición difusionista con injertos marxistas
agregados.92

A mi juicio todos estos son cambios periféricos experimentados en el cinturón


protector de la historia cultural de fondo. Pero lo más importante en este sentido
es cómo estos préstamos teóricos pretenden resolver las crecientes anomalías
empíricas que se van acumulando sin resolución a la vista. Este podría ser el caso
de la última periodización propuesta por Enrique Nalda (comunidad primitiva-
transición a formaciones estatales) y su replanteamiento (comunidad primitiva-
transición a Estados desarrollados), luego de un lapso de seis años (Nalda 1981,
1991). Con todo, en ambas "fases" se mantiene vigente la idea de sistematizar la
"historia del México antiguo", aunque ésta vez a través de la formación de las
clases sociales y del Estado incipiente. No es mi interés discutir la sustancia
misma de su enfoque, sino observar sus medios metodológicos de cara al
programa histórico-cultural. Al respecto destacan dos elementos introducidos: a)
un nuevo recurso a otra teoría, en este caso la antropología política y su
acercamiento al Estado temprano; b) una dosis correctiva proveniente de nuevas
excavaciones realizadas en el lapso citado. En conjunto, esto produce en el
historiador de la ciencia la convicción de que su formulación va a la zaga de la

92
Fernando López Aguilar, comunicación personal.
120
realidad, no digamos de las teorías antropológicas, sino de las nuevas evidencias
arqueológicas. Y si aceptamos que este fenómeno se produce en el cinturón
protector del programa, particularmente en su heurística, se sigue que la historia
cultural ha entrado en una etapa degenerativa interminable.

Esta conclusión es apuntalada por el estudio de otras modalidades de la serie


histórico-cultural, que prueban que antes de 1951 el programa poseía una
heurística positiva que se adelantaba a las verificaciones por excavación. Ya
mencioné cómo la primera secuencia cultural previó en buena medida la primera
excavación estratigráfica y sus resultados, los que en todo caso perfeccionaron la
escala ordinal de la sucesión. Veamos ahora dos fases subsecuentes, en que la
heurística del programa siguió siendo anticipatoria, antes de navegar a barlovento.

Para 1941 Alfonso Caso aún reconocía como válida la periodización cultural de
la Escuela Internacional, si bien las tipologías cerámicas de Eduardo Noguera
habían agregado al periodo azteca el tipo cholulteca. El primer problema que
resolvió exitosamente la SMA en 1941, durante su primera mesa redonda, fue, al
decir de Jiménez Moreno: “¿Teotihuacan había sido la capital de los toltecas de
que hablan las fuentes históricas o había sido Tula, Hidalgo, la capital de esos
toltecas históricos?” (Olivera 1990:94). Por aquel entonces prevalecía la creencia -
extensiva de Humboldt a Gamio, pasando por Tozzer y Vaillant- de que Teotihua-
can era la Tollan de los códices y crónicas coloniales. Gamio incluso aventuró la
hipótesis de que los primitivos pobladores toltecas de Teotihuacan habían luego
emigrado a la Tula conocida (Gamio 1993). Sin embargo, los difusionistas
mexicanos de la segunda generación disentían de esta identificación histórica y
étnica. Le opusieron pues una cronología absolutamente sustentada en las
fuentes históricas y en las inferencias de Seler y Krickeberg. A pesar de la
resistencia ofrecida por Miguel Othón de Mendizábal y Enrique Juan Palacios
(quien en la primera versión de las conclusiones de la memoria no dejó de apuntar
sus críticas a los renovadores), Alfonso Caso asentó, como una verdad revelada,

121
en sus propias e imperativas conclusiones, que: "Los datos sobre la Historia
Tolteca (...) se refieren a Tula, Hidalgo".93 Y no hubo más discusión.

Hay que precisar en seguida que desde 1940 Jorge Acosta había emprendido
excavaciones en Tula, bajo auspicio del recién fundado INAH. En 1941 éstas no
habían concluido, pero terminaron por confirmar el desplante autoritario pero
certero de Caso (y los valiosos estudios etnohistóricos de Jiménez Moreno). En
efecto, los "complejos cerámicos" Mazapa y Coyotlatelco eran posteriores a
Teotihuacan. La evidencia trastocó la secuencia existente a la de Arcaico-
Teotihuacano-Tolteca, pero tuvo un efecto inesperado: dejó a Teotihuacan sin
historia cultural, creándose un hiato en el que "el material [arqueológico
teotihuacano] se queda desnudo, con un vacío social y con un desconocimiento de
la vida concreta de la sociedad que lo produjo" (Brambila 1992:7;1993:21).
Adelante volveré sobre esta paradoja, una anomalía que está siendo abordada
con alguna posibilidad de éxito. Mas en aquel momento esto no se hizo evidente.
Y de inmediato se dispuso resolver otro problema: lo que Beyer en 1927 denominó
la cultura olmeca, motivo de diferencia con los mayistas norteamericanos, porque
la asignaban en el horizonte postclásico. Para 1942 -al celebrarse la segunda
mesa redonda de la SMA- Caso había elaborado una perodización sugerente,
donde el primer horizonte (arcaico) difería del horizonte correspondiente a
Teotihuacan y el Viejo Imperio Maya (Jiménez 1987:5215). En esta segunda
oportunidad se impuso su deducción de que la cultura olmeca pertenecía al
horizonte arcaico más antiguo. Su cronología histórica fue confirmada
arqueológicamente hasta veinte años después como impecablemente correcta,
aunque a nadie gustó ya el apelativo de "cultura madre" asignado por Caso muy a
la alemana (Mastache y Cobean 1988:51).

Como bien lo percibieron los difusionistas alemanes, el reto de las civilizaciones


del Nuevo Mundo sólo podía acometerse haciendo en verdad histórico
(documental, en vez de que las culturas fueran los documentos) a su método y

93
Cfr. SMA (1987 [1941]),especialmente su tercer boletín.
122
corroborarlo con la arqueología. La escuela mexicana de arqueología es,
consecuentemente, un programa de investigación doblemente histórico, tipificado
ya por combinar fuentes documentales y excavaciones sobre el terreno. Al
respecto, la "paradoja teotihuacana" es una anomalía que desde 1941 pone en
evidencia las limitaciones de esta escuela histórica. Cuando Otto Schöndube
propuso la prueba contradictoria de ensayar una arqueología sin historia para en
seguida retractarse, bien pudo asegurar que esto se ha verificado ya en
Teotihuacan. Sabemos, por ejemplo, que una tendencia minoritaria de etnohisto-
riadores y arqueólogos sigue creyendo que ésta es la Tula mítica. La tendencia
mayoritaria es arqueológica y ha debido prescindir de las fuentes. Según Brambila,
esta soledad disciplinaria ha enriquecido la cronología cultural local (con
periodizaciones como la de Armillas) y el estudio iconográfico, que indirectamente
ha restablecido cierta concordancia con las fuentes históricas.94 Pero los efectos
de la disociación entre arqueología e historia siguen presentes. Tal como lo han
puntualizado dos estudiosas norteamericanas, los estudios de Millon, Cowgill y
Sanders han hecho emerger desde los años sesenta una imagen más pragmática
de la antigua urbe (Berrin & Pasztory 1993:59-60). Este pragmatismo, esta
"desnudez" del hard fact, no satisface del todo a quienes dan por normal una
arqueología histórica basada en fuentes, arqueología que hoy tiene ante sí, y por
obra de su propia heurística, lo que podría ser uno de su mayores retos. Como
dice Brambila,"ni la acumulación empírica ni los descubrimientos espectaculares o
de nuevos hechos producto de la actividad rutinaria de la arqueología fueron
suficientes para explicar la monumentalidad de la Ciudad de los Dioses" (Brambila
1992:9;1993:29).

Leyéndola, reparamos en que el reto más profundo de la tradición mexicana de


arqueología no es solo Teotihuacan en sí, sino emprender una arqueología que no
sea histórica. De hecho, un reciente hallazgo de escritura en las ruinas teoti-

94
En el capítulo quinto ofrezco mayor información sobre como un descubrimiento reciente
de Rubén Cabrera ha estimulado la resolución de la anomalía de una sociedad sin historia
documental, pero acaso poseedora de una literatura alternativa propia.

123
huacanas, descubierto durante los trabajos de salvamento en La Ventilla en 1993,
han renovado la esperanza de historificar otra vez a esta cultura arqueológica.
Este repunte, aparentemente progresivo, está atemperado por lo que en 1941
fuera su verdadero avance: Tula. Ahí, tras cincuenta años de agregar datos sobre
datos, incluidos los etnohistóricos, la urbe ha vuelto a ser un enigma, como admiti-
era Felipe Solís (Sodi 1990:687). Aun más grave es que un especialista en
antropología biológica niegue la evidencia disponible como para definir un "grupo
étnico tolteca"; y otro tanto podría aseverarse de la "población fantasma" olmeca,
pues no existen ambos como grupos demográficos comprobados por restos óseos
significativos (Sodi 1990:662 y 693). Lógicamente, el último reducto (núcleo duro)
que resta son las fuentes históricas, tomadas como evidencias incuestionables y,
por ende, de lectura literal. Como dijera Román Piña Chán a la vista de estas
anomalías: “Otra cosa que pensaba yo era que la arqueología mexicana si algo
tenía de bueno era el basarse en sus fuentes históricas, de la cual es tan rica. Que
no se interpreten bien o que no se lean, eso no quiere decir que haya que
desecharlas o tirarlas al cajón de la basura” (Sodi 1990: 643).

Hoy día, la declinación de esta teoría se convierte para la arqueología oficial (y


para la arqueología académica que aún se rige por conceptos comunes) en una
trayectoria errática, que va a la deriva cubriendo anomalías con respuestas ad
hoc. Por mucho que siguiendo a Lakatos hagamos un honrado conteo de sus
avances, la comparación demuestra que desde hace años la historia cultural
mexicana sigue un derrotero en deminuendo, que resiste gracias a su encierro
dentro del duro dogmatismo empotrado a la institución arqueológica más poderosa
de México. Porque si el historiador de la arqueología mexicana introdujera una
racionalidad retroactiva, resolviéndose por aplicar el esquema de periodificación
sucesiva de Gordon Willey (1980:29-30) para la arqueología norteamericana -con
sus cuatro periodos: especulativo, descriptivo, histórico-descriptivo e histórico-
comparativo-, resultaría de ello la paradoja de que la escuela mexicana de
arqueología es una tradición tercamente anclada en problemas de la cronología
cultural mesoamericana que dejaron de ser relevantes en otras escuelas y

124
tradiciones desde los años cincuenta. Esta paradoja tiene una causa obvia: su
contexto social. Pero la aseveración no impide ver que persiste la cuestión de por
qué una teoría como la historia cultural, que era “una posición analítica que los
antropólogos abandonaron hace mucho como estéril” (Trigger 1990:33), sigue
siendo atractiva para nuestros arqueólogos. Mi respuesta es interna pero también
externa: al tiempo que da sentido a toda la epistemología particularista practicada
una y otra vez, es la teoría más complaciente con la función divulgativa y hasta
espectacular asignada por la sociedad mexicana a nuestra arqueología, para la
que sigue siendo necesario alimentar su mito de origen nacional. A altos niveles
directivos del INAH es un lugar común escuchar la afirmación de que el monopolio
estatal ejercido sobre el patrimonio arqueológico "privilegia el trabajo de los
arqueólogos mexicanos" (García Moll 1991:7). Pero cabe la ominosa interrogante
de si el trabajar de modo normal bajo los rígidos límites sociocognitivos impuestos
por una teoría vinculada prácticamente a zonas arqueológicas monumentales y
demás escenificaciones de la "historia del México antiguo", no ha hecho de
nuestra arqueología una cautiva de sus propios privilegios.

125
CAPITULO SEGUNDO
ARQUEOLOGIA, PATRIMONIO Y PATRI-
MONIALISMO EN MEXICO.

Cada país tiene sus propias razones para hacer su arqueología, dependiendo de su
historia cultural y política. Cualesquiera que sean estas razones -impecablemente
éticas o altamente dudosas-, el trabajo es hecho por arqueólogos de cualidades e
integridad variables. Si todos los arqueólogos del mundo fueran reunidos en una
gran conferencia internacional, ¿qué tendrían en común?. ¿Qué distinguiría esta
interesante reunión de una de economistas, políticos o estadígrafos?. ¿Qué
cualidades especiales hace a un arqueólogo ser lo que es?. ¿Nace con una espátula
de plata en la mano o la adquiere por accidente cultural?. Estas son las cuestiones
por explorar ahora.

Philip Rahtz, Invitation to Archaeology 95

B ien que Rahtz mismo responde estas preguntas en clara alusión a la


diferencia -pues nos habla de “clases de arqueólogos”, lo mismo que de
“clases de arqueología”-, el lector deberá enterarse que su imaginaria
conferencia mundial de arqueólogos ya ha tenido lugar, no una, sino en varias
ocasiones, dentro de un movimiento que ya se conoce como “arqueología
mundial”.96 Y lo que ha resultado de éstos y otros congresos internacionales (en
especial los posteriores de los diversos Grupos de Arqueología Teórica europeos)
es la firme constatación de la existencia de “tradiciones regionales de teoría e
investigación arqueológica”, derivadas de las condiciones específicas de la

95
Rahtz (1986:49-50).
96
World Archaeology es también la revista derivada de los Congresos Mundiales de
Arqueología, la cual asume a la arqueología comparativamente, con alcance mundial. Es
curioso que Rahtz ofreciera en su texto (en tiempos del primer congreso) un "tour mundial"
por una serie de arqueologías nacionales, para así descubrirnos las diferencias de
motivación y política subyacentes. Sin embargo, observa que no obstante la diferencia, un
factor ampliamente extendido es el nacionalismo que, según él, puede catalogarse como “el
mayor factor de desarrollo de la arqueología en cualquier nación que tenga un pasado
'glorioso' ” (Rahtz 1986:25). Lo más interesante en su breve y perpicaz comparación es que
el nacionalismo arqueológico no es típico de las naciones atrasadas o emergentes, sino
existe por igual en Europa y Estados Unidos, aunque difiera en grados. Este fenómeno
demanda una cualificación que nos ocupará a lo largo de este capítulo.
126
práctica profesional en cada país o región. Un segundo descubrimiento no menos
importante es que estas tradiciones específicas pueden ser tan influyentes a nivel
local que impidan la propagación de teorías aparentemente válidas a nivel
internacional. Se sigue que tales averiguaciones han desembocado por último en
un creciente interés filosófico por determinar en qué consiste la anhelada
cientificidad de la arqueología, por una parte, y por otra desentrañar el carácter
único de las escuelas de arqueología nacionales, sobre las que pesan serias
dudas a propósito de su carácter cerrado y estático.

Ambas preocupaciones son motivo tanto para una metaarqueología, como


para una especie de arqueología comparada en auge. Respecto a esta última
vertiente, se podría citar la interesante monografía preparada por Leo S. Klejn
(1993) sobre el “fenómeno de la arqueología soviética”97, donde, luego de evaluar
la desgracia sufrida por toda una escuela de pensamiento arqueológico que fue
puesta al servicio del marxismo (y no al contrario), llega a la dolorosa conclusión
de que es mejor valerse libremente de una serie de paradigmas que encerrarse en
uno de ellos. Se verá, pues, que estudios de esta índole poco a poco están
revalorando la diversidad arqueológica nacional como algo tan real y acaso más
efectivo que el ideal de una arqueología universalmente unificada.

Dicho lo anterior, de pronto surge la cuestión: ¿qué cualifica a la


arqueología mexicana dentro de este proceso plural en aparente pugna con el
cometido científico universalista?. En el presente capítulo nos ocuparemos de lo
que sostenemos constituye el cometido patrimonial que caracteriza de modo
fundamental a la escuela mexicana de arqueología, ya no desde el punto de vista
teórico internalista, sino desde el punto de vista político-jurídico. Generalmente,
cuando los arqueólogos mexicanos se ocupan de este tema (cfr. Nalda 1993,
Litvak et al.1980) lo hacen reduciéndose a sus efectos regulativos actuales: toman

97
El título en ruso de la obra de Klejn es, Fenomen Sovietskoi Arjeologuii, primeramente
editada en inglés por la revista World Archaeology.

127
como un factor independiente a la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas
Arqueológicos, Artísticos e Históricos (en vigor desde fines de 1975), pasando por
alto con ágil ligereza la preceptiva de Hans Kelsen de que “es imposible asir la
naturaleza de la ley si limitamos nuestra atención a una sola y aislada regla” (cit.
Raz 1983:2). En ese orden de ideas, la jurisprudencia analítica sostiene que sólo
mediante el estudio sistemático de la naturaleza de una ley se puede avanzar más
allá de su carácter normativo, institucional y coercitivo inmediatos. Con tal fin en
mente, hemos adoptado las nociones de “estructura genética” y “estructura
operativa” de la teoría del sistema legal de Raz (1983:183-185), tanto para exami-
nar la relación interna que guarda ésta ley con otras leyes dentro de un “sistema
legal momentáneo” (vigente), así como para desvelar al mismo tiempo la relación
genética que posee con leyes previas, cuya anterioridad autoriza su existencia en
un momento dado. Esto induce a un tratamiento histórico de la arqueología, no de
modo aislado, para sí misma, sino con respecto al cómo un cierto sistema legal
patrimonial ha sobrevelledado el cambio y cómo éste ha repercutido en la
disciplina y su concepción de fondo.

La tendencia a la individuación de la esta ley e incluso su tratamiento como


culminación jurídica de una serie de leyes y preceptos anteriores, parece
responder a varias causas evidentes. En gran medida se trata de causas de origen
político, que no siempre conviene ventilar. Muchos arqueólogos hoy activos parti-
ciparon personalmente en los debates camerales que antecedieron a su
estipulación. Luego, una vez vigente, pero especialmente en los últimos cinco
años, la ley ha sufrido intensas críticas de diversos sectores, poniendo en tensión
su resistencia al cambio. De hecho, pareciera estarse conformando toda una
arena política de lucha para decidir a quién pertenece el pasado.98 Me refiero al

98
A finales de noviembre de 1995 la Cámara de Diputados convocó a una discusión en materia de política y
legislación culturales y que involucró a la Ley de Monumentos. Las sesiones camerales contaron con la
asistencia de numerosos arqueólogos gubernamentales y universitarios, así como de otros actores sociales.
Las reformas a la ley serán luego traspasadas a la Cámara de Senadores, donde se tomarán mayores
decisiones ya no consultadas abiertamente. Los resultados de este proceso aún no son claros. No lo son
incluso en el 2001, no obstante que el partido en el gobierno es el mismo que propuso una iniciativa de ley
en 1999.

128
debate desatado desde que un grupo de diecisiete diputados priístas intentó
enmedar la ley en 1991; aunque su iniciativa no prosperó, el debate ha continuado
a través de una serie de manifestaciones verbales y escritas (incluso encuestas,
reportajes y artículos periodísticos) que anuncian
una inminente lucha política de diversos actores y grupos sociales.99
Discursivamente, el conflicto está centrado alrededor de la noción de propiedad
del patrimonio arqueológico e histórico, lo que nos remite otra vez a una temática
esencialmente jurídica, clave del capítulo actual. Empero, sería una largueza
referir aquí los argumentos esgrimidos por todos y cada uno de los actores,
porque tal parece que el desenlace del conflicto aguarda conocer la última palabra
del presidente,100 quien desde julio de 1994, siendo apenas candidato suplente del
PRI, habló de reformar la Ley Federal de Monumentos para dar una mayor
participación a las autoridades estatales y municipales, lo mismo que a una
indefinida “comunidad” en la administración del patrimonio artístico, histórico y
antiguo. Tengo la fundada sospecha de que el interés de la prensa en los
escándalos protagonizados por prestigiados arqueólogos en Teotihuacan y
Cacaxtla se inscriben en este escenario de conflicto en torno a la ley de
monumentos.

Otra causa consiste en la relación que guarda esta propiedad pública con la idea y sentimiento de
nacionalidad -o sea, el percibir a los monumentos antiguos como símbolos nacionales-, entramado que
contribuye a que se adopte una postura ciegamente nacionalista (en casos indistingible de una socializante)
que, como sentimiento, es difícil conciliar con una discusión racional y comunicativa del tema. De ahí
pues que en nuestro análisis hayamos preferido trocar el hegeliano espíritu nacionalista que suele dar
sustancia a cuanto se dice del patrimonio cultural en México, por una pespectiva que intenta explorar de
modo racional la administración del patrimonio y de la arqueología mexicanos del fin del siglo. Este
trueque es tanto más obligado cuanto que una revisión de trabajos de autores recientes probaría hasta qué
punto nos ocupamos de una tradición cultural y disciplinaria amalgamada con ideologías políticas, si no es
que con la política en sí, e incluso intereses corporados de origen profesional, no todos de tipo
arqueológico. Comparemos con tal fin las
siguientes obras actuales. Por una parte, Díaz Berrio (1990) nos ofrece una obra
que es fiel reflejo de los intereses del poderoso grupo de arquitectos y
restauradores del INAH, y cuyo mayor arrebato es el de distanciarse del anticuado

99
En parte me he referido a ese debate en la Segunda Mesa Redonda de Monte Albán (Vázquez 2000).
100
Se trata de Ernesto Zedillo, el último priísta en la silla presidencial; la polémica disminuyó hasta
silenciarse al asumir el cargo Vicente Fox, no obstante en que se acusó al panismo de enemigo del
patrimonio público. La obviedad de un arreglo interno podría ser la explicación de este silencio.

129
concepto “monumento artístico y arqueológico” a favor del de “bien cultural”, pero
siempre conservando el supuesto de la función patrimonial estatal; jurídicamente,
la misma posición está secundada por Olivé Negrete (1988, 1994, 1995), quien ha
hecho todo un alegato a favor del predominio del derecho público sobre el derecho
privado.

En otra perspectiva estarían las posturas renovadoras. López Aguilar


(1991) expresa un radicalismo postmoderno, pero atemperado por la idea de que
México “es el país que ha planteado las leyes más progresivas” sobre conserva-
ción monumental, si bien la suya no deja de ser una variación heterodoxa en la
concepción nacionalista-estatista dominante. De algún modo coincidente,
Florescano (1993), al distinguir cuatro variables históricas en las concepciones del
patrimonio cultural, está introduciendo una mayor comprensión en su construcción
social, llegando a sugerir una nueva idea producto de la negociación del Estado y
sus instituciones culturales con los grupos sociales y el capital privado. Luego
estaría Litvak (1990), que se contenta con reafirmar su noción humanista del
patrimonio cultural como herencia de la humanidad, mientras que Tovar y de
Teresa (1994) sigue manteniendo la relación entre cultura y nacionalismo, aunque
con evidentes intenciones de modernización y reconciliación hasta cierto grado
con los intereses privados, sin llegar a proponer su privatización por vía del
coleccionismo. Mención aparte merece Ignacio Rodríguez (1990), quien desde la
arqueología oficial sugirió abrir ciertos espacios a la intervención privada sin
renunciar a la propiedad pública del pasado prehispánico. Lo que resulta claro en
este breve repaso es que la concepción y propiedad de los vestigios antiguos está
modificándose con celeridad, y que la arqueología más ligada a la administración
patrimonial no será el único interlocutor en su futura redefinición.

1. LA ARQUEOLOGIA DE CAMARA COMO PATRIMONIO PRIVADO.


Como arranque propondría cavilar en por qué los autores anglosajones que
se ocupan de la historia del pensamiento arqueológico general les resulta tan
difícil ocuparse de la historia de la arqueología de los países latinos del sur de

130
Europa, sin mencionar siquiera los de América, no obstante que en muchos de
ellos ha habido un desarrollo impresionante -usualmente monumental o
“faraónico”- de sus respectivas arqueologías. Admito que la barrera del idioma
cuenta como dificultad. También el que sus respectivas historias profesionales
estén incompletas, que sería el caso de México.101 Como quiera que sea, es
asombroso que uno de los textos más influyentes en este campo -me refiero al de
Bruce Trigger A History of Archaeological Thought (1992 [1989])- sea capaz de
dar cuenta en unos cuantos párrafos de, digamos, las arqueologías de Italia o de
México.102 Ambos ejemplos, como veremos a continuación, tienen una relación
más estrecha de la que suponemos.

Lo que ocurre es que Trigger (y la tradición a la que pertenece) tendría más


en común con el anticuarismo de la clase burguesa (o “media”, si la traducimos
literalmente) de la Europa central y septentrional, que con el mecenazgo de papas
y monarcas del Renacimiento italiano o con el patronazgo de dinastías ilustradas
como la Casa Borbón para España y Nueva España (hoy México). So pena de
esquematizar más allá de lo razonable estas tendencias históricas, me parece
claro que estamos ante dos tradiciones divergentes de institucionalización y
profesionalización de la arqueología. Una que evolucionó hacia una arqueología
liberal y académica y otra que estrechó su dependencia del mecenas; será la
arqueología que finalmente habrá de derivar en gubernamental, reuniendo en una
sola institución lo que en otras partes está separado: la arqueología como

101
La mejor historia disponible es la de Ignacio Bernal (1980 [1979]) que, por razones de
cultura disciplinaria, evita llevar más allá de 1950, exactamente la época que nuestros
arqueólogos conciben como "la edad de oro" de su profesión, si no es que de la escuela
mexicana de arqueología en concreto.
102
No se malinterprete el sentido de esta crítica ya que Trigger mismo ha criticado a la
historia intelectual o interna de la arqueología en pos de una social o externa; empero, al
concederle mayor énfasis a las influencias intelectuales más amplias (racionalismo,
romanticismo, positivismo, etc.) sobre la cambiante historia de los estilos de interpretación
arqueológica, parece difícil aprehender lo que él llama "las bases sociales de las tradiciones
arqueológicas nacionales" (Trigger 1985:226). En consecuencia, las diferencias nacionales
de hacer y pensar la arqueología son tomadas casi como derivaciones de tales mentalidades
en vez de ser fenómenos concentrados del pensamiento y del contexto sociopolítico local.
131
disciplina y la administración del patrimonio arqueológico.103 Sin meternos en las
honduras de una modelación teórica rigurosa, diríamos simplemente que estamos
ante un “modelo Schliemann de desarrollo arqueológico” diverso de un “modelo
Champollion de desarrollo arqueológico”.

Insisto, tómese este esquema más como una guía explorativa que como un
modelo isomórfico bien ajustado a la realidad, pues, a decir verdad, el estudio
comparado de las tradiciones nacionales de la arqueología -que nos podrá brindar
mayores elementos de juicio sobre las formas de desarrollo profesional- apenas
despunta como un campo de investigación por mérito propio. Con todo, es
apreciable que Trigger observe que mientras en Escandinavia, Escocia y Suiza
(bastante más influidas por el evolucionismo racionalista francés) se orientaron
hacia la prehistoria como disciplina humanista, Francia e Inglaterra (con su
nacionalismo romántico) lo hicieran hacia el estudio del paleolítico con sentido
cientifista. En ambos casos, no obstante, está presente la figura del anticuario
organizado en sociedades profesionales tan antiguas como la inglesa en 1572 o
en escuelas como el Colegio de Anticuarios de Uppsala en 1666 (Trigger 1992:36-
76). En Alemania, sin embargo, donde se enfrentaron dificultades para un
desarrollo burgués pleno lo mismo que un proceso de unificación nacional muy
tardío, hubo desde 1848 una reacción histórico-cultural en el seno de su
arqueología prehistórica; contextualmente hablando, cabe entonces la
interpretación según la cual una arqueología pública terminó por ser necesaria
para los fines de unificación del Estado-nación. Así visto su desarrollo, puede ser
menos grosero el hecho de que en un momento dado el Estado empleara a la
arqueología para su propaganda política, lo mismo que a su etnología.

La distinción sugerida por Trigger entre la “arqueología clásica” y el


“anticuarismo” corresponden bien a lo que estoy planteando. No es cuestión de

103
La antología de trabajos reunidos con propósitos comparativos por Cleere (1990) es
sumamente ilustrativa de este proceso divergente de la profesionalización de la arqueología
y de la profesionalización de la administración cultural, si bien sean gemelas. En México,
ambas se confunden.
132
una sucesión cronológica, que él supone general, sino de procesos simultáneos y
divergentes, susceptibles de abstraerse en tipos de desarrollo. Convengo, eso sí,
en que hasta bien entrado el siglo XVIII subsistió la idea, entonces compartida por
los anticuarios de todo el orbe, en identificar su interés con la búsqueda de
tesoros. Pero la “invención de la arqueología romana”, a partir del siglo XIV, no
deja lugar a dudas. Fue bajo el empuje conjunto del renacentismo y el mecenazgo
de la nobleza que surgió el interés por el arte clásico. Papas y príncipes se
disputaron tanto su contemplación estética, como, y sobre todo, su apropiación
privada como manifestación vistosa de sus diferencias en poder y honor. El
anticuario bajo esta sociedad era más un saqueador o proveedor de esculturas
que un intelectual amparado en los medios de una sociedad opulenta, ocio que
solo brindaría la revolución industrial en otros contextos nacionales. Ello difiere,
repito, del anticuario que sin dejar de proveer a las colecciones reales y nobles del
resto de las aristocracias europeas, era al mismo tiempo premiado con su ingreso
a la Royal Society of London o al Colegio de Anticuarios de Suecia. Tan sutil
diferencia de estímulo a la iniciativa privada, fue la que por un lado indujo a un
anticuarismo cientifizante cada vez más dueño de su profesionalidad, y, por otro, a
un anticuarismo inhibido por el orden absolutista, que necesariamente lo empujó a
la historia de arte, esto es, haciéndolo semiprofesionalizado y eternamente sujeto
de los encantos contemplativos de la aristocracia y la monarquía.

La comparación es harto ilustrativa. Desde temprano (en 1533 se nombró a


John Leland como Anticuario Real) despuntó en Inglaterra la idea de emprender
investigaciones sistemáticas de los monumentos antiguos; en Suecia y Dinamarca
el patronazgo real no obstaculizó tampoco su registro sistemático desde finales del
siglo XVI. Todo esto desembocó en una concepción distinta de las antigüedades
como fuentes de información o motivos de interpretación en el seno de las
sociedades de anticuarios, dueñas de una dinámica propia. Por el contrario, en
Italia el destacado anticuario J.J. Winckelman, padre de la historia del arte, en
pleno siglo XVIII sobrevivía precariamente como bibliotecario del cardenal Albani.
Y Carlos III de España, rey de las Dos Sicilias, en lugar de estimular su avance, le

133
impidió estudiar directamente su famosa colección de Pompeya y Herculano. Esta
concepción patrimonial o privada de la arqueología obstaculizó el libre desarrollo
de la investigación y de la profesionalidad, si bien en sus cartas personales, en
que Winckelmann critica las torpes excavaciones del ingeniero y coronel español
Joachim Alcubierre -a quien descalifica como anticuario-, está demostrando que él
y el Conde Caylus poseían un interés genuino en el valor del conocimiento, pese a
estar constreñidos por el medio social que los rodeaba, de ahí su insistencia -que
los indispuso con la real merced- en hacer públicos los resultados de las
excavaciones.104

Gracias a la historia de la arqueología romana sabemos que hacia


mediados del siglo XVI había en Roma alrededor de noventa colecciones
privadas. Viene de entonces la moda del cortile y del studiolo, lo que más
adelante serán los gabinetes que anteceden a los primeros museos, como el del
papa Sixto IV en 1471. Excepto que no eran equivalentes a los actuales museos,
porque eran solo para los ojos de sus poderosos dueños. Un progreso significativo
de la sociedad de masas fue que Pío VI instalara en el Vaticano el Museo Pío
Clementino, que abría sus puertas al público...¡una vez al año!. No extrañe
entonces que en el mismo siglo XVIII, Carlos III de España hiciera construir cerca
de su palacio en Portici (Nápoles) la Academi de Herculano, para albergar ahí su
preciosísima colección de monumentos. Como denunciara el conde Caylus, para
visitarla se requería permiso del monarca. Otro tanto ocurría con las ruinas.
Cuando el famoso arquitecto Juan de Villanueva las visitó, se limitó a un corto
recorrido bajo la estricta prohibición de tomar notas y bosquejos (Guerra
1990:142-145).

La arqueología así apropiada era un encantador pasatiempo de la nobleza,


pues apenas bastaba que el monarca ordenara, cual graciosa distracción de su
majestad, excavar en los terrenos aledaños a su dominio palaciego. En

104
vv. Trigger (1992:52-61) y Etienne (1990:138-145), especialmente su apéndice
documental, donde se citan pasajes epistolares de Winckelmann y Caylus hacia 1784.
134
comparación, el papa Clemente XIV era muy magnánimo. Hizo redactar un edicto
por el cual se dividía la riqueza antigua en cuatro beneficiarios: el papa, la cámara
apostólica, los propietarios del terreno y los que costearan la empresa de
excavación. Mas tarde, los Napoleón no vinieron a poner fin a este expolio cultural
de la realeza italiana, al contrario. Simplemente hicieron que los tesoros pasaran
del Vaticano al Louvre en 1799, como si se tratase de un botín privado (Etienne
1990:22-23; Moatti 1991; Alcina 1988:71-91). Esta mentalidad aristocrática, para la
que el pasado es objeto de apropiación privada, concede sobrada razón a Handler
(1991), cuando advierte que la noción moderna de “propiedad cultural” es una
prolongación metafórica del individualismo posesivo. Sostiene incluso que la
propiedad cultural nacional (no se diga la que sigue siendo privada) deviene de
esta concepción individualista de posesión y no es casual que frente a ella los
Estados-nación se asuman como invididuos colectivos, imaginariamente
homogéneos: “Naciones y grupos étnicos prueban su existencia y su valor ante el
mundo entero por la estima hacia su propiedad [cultural]” (Handler 1991:67). En
México, según veremos, el antecedente inmediato de esta “propiedad cultural”
será la propiedad real, patrimonial y privada, sobre los monunentos antiguos, es
decir, ninguna forma abstracta de invidualismo posesivo.

Una característica que habría que enfatizar desde ahora a propósito de este
tipo de desarrollo arqueológico, es que ya desde el renacimiento aparece la
igualación de la antiguedad con el monumento. La mayor expresión estética de
dicha identidad la encontramos en los teóricos del neoclacisismo (Caylus,
Burlington, Fischer, etc.), que no solo se inspiran directamente con el Gran Viaje a
la Roma monumental, sino a través de obras claves como el Monumenti antichi
ineditii spiegati e illustrati (1767) de Winckelmann (Francastel 1987:15-55). La
pertinencia del pasado como monumento tiene que ver con el hecho de que en
México todavía se conserva esta concepción en su sistema legal y en su
arqueología. Pues bien, desde tiempos de Caylus y Winckelmann se llamaba
“monumento” lo mismo a una escultura, a un edificio o a un fragmento de
cerámica, que Caylus clasificaba como “clases de monumentos”. En fechas tan

135
tardías como 1862, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística hizo, para un
proyecto de Ley de Conservación de Monumentos Arqueológicos, una
clasificación muy similar de “monumentos antiguos”(Solís 1988:57-58).105 Aunque
hoy solo se distingue, con reminiscencias del derecho romano, entre “bien mueble”
y “bien inmueble” en la Ley de Monumentos de 1972, es claro que permanece la
noción monumental de la arqueología clásica patrimonial. Un intento de
modernización del léxico administrativo lo representa el “concepto de bienes y
servicios culturales”, pero es de alcance limitado, pues se supone ser un
“concepto dinámico que entrelaza los [productos] de arte, educación, creatividad,
conocimiento social, valores estéticos, étnicos y regionales”, según palabras del
actual titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Tovar 1994:79),
organismo público detrás de los Proyectos Especiales de Arqueología 1992-
1994.106 No deja de ser significativo que en su modernizado concepto no
aparezcan los vestigios arqueológicos.

Bajo tal monumentalismo del pasado resulta doblemente significativo que


en las primeras excavaciones emprendidas en Roma y Pompeya los anticuarios
tuvieran tan escasa relevancia: en su lugar se contrata arquitectos o se usan
militares. Y con ellos surge con más intensidad (que la solamente estética, pues
expresa su sentido profesional último) la idea de la “limpieza total” del monumento
-eliminando vestigios que solo podrían interesar a los anticuarios conocedores- y,
por supuesto, la valoración de los conjuntos monumentales. Esta concepción
monumental, arquitectónica, esteticista y patrimonial de la arqueología requerirá
desde su génesis de ocupar grandes masas de obreros para poner al descubierto
la magnificencia del pasado. Inaugura el advenimiento de la era de los
“monumentos artísticos antiguos”, exaltación que no ha cesado en muchos

105
Otro ejemplo tardío lo ofrece el Duque de Loubat (1896), mecenas de Eduard Seler,
quien se refiere a un códice prehispánico como "monumento escrito de los antiguos
mexicanos".
106
Ver capítulo cuarto sobre el particular.
136
países, el nuestro en lugar destacado.107 Curiosamente, en Pompeya los
arqueólogos profesionales hicieron acto de presencia hasta 1952; y en Roma, la
auténtica arqueología clásica se impondrá hasta 1960. Bajo estas circunstancias,
teniendo a la vista las reconstrucciones, restauraciones, acuarelas y maquetas de
estos arquitectos, uno se podría preguntar con justa razón si la antiguedad
grecolatina influyó al neoclacisismo o este movimiento recreó a la antiguedad.108
Como quiera que haya sido, es indudable que bajo tal contexto histórico y social la
arqueología propiamente dicha vio retardarse su desarrollo, en el sentido que Gras
(1985:14) dijera de los estudios etruscos: “Excavar para comprender y no
simplemente descubrir es, desde hace varios decenios, el único objetivo de los
arqueólogos profesionales.” Pero el descubrir, más que el comprender, no son
objetivos disociados dentro de las prioridades científicas de la arqueología
mexicana.

2. ORIGENES DE LA ARQUEOLOGIA PATRIMONIALISTA AMERICANA.

Contra la errónea interpretación de Alcina Franch, que advierte una


separación manifiesta de la arqueología del Viejo y Nuevo Mundos, yo replicaría
que es exactamente al contrario, que lo que tenemos en la Nueva España y el
Perú es la palmaria prolongación de la arqueología de las luces en España.109 Una

107
En la que podría considerarse como la primera excavación arqueológica oficial hecha en
la Nueva España en 1787, el capitán Antonio del Río utilizó en Palenque un grupo de 69
indios -de más 200 que había solicitado (Cabello 1992:40). Fue, sin lugar a dudas, el primer
proyecto de gran intensidad y alta verticalidad emprendido en lo que sería México. Su
herencia organizativa sobrevive en los proyectos monumentales de la arqueología moderna
mexicana.
108
Una idea parecida ha sido desarrollada por Whitelam (1996) para la invención del Antiguo Israel, con el
agravante de que el nacionalismo religioso judío implica la desposesión tanto del pasado palestino como de
su territorio. Como veremos después, el México Antiguo puede haber pecado de los mismos agravios.
109
Me parece que la tesis de Alcina (1988) no es convincente porque proyecta al pasado lo
que son en el presente las arqueologías mexicana y española, esto es, y según su decir, una
"arqueología etnográfica" o "antropológica" (mexicana) y una "arqueología clásica" o
"historia del arte" (española). Lo más dudoso de su esquema estriba en que da como
antecedentes de la primera las relaciones, crónicas y visitaciones españolas,
contemporáneas a las sociedades hoy tomadas como arqueológicas (y cuyas descripciones
son fuentes de la etnohistoria o de una arqueología histórica). Sería, para Alcina, una
137
incontrovertible evidencia de mi afirmación es que desde el siglo XVI quedó juríd-
icamente asentado un patrimonialismo sin cortapisas en las primeras cuatro leyes
relativas a las antiguedades. La ley del 4 de septiembre de 1536 concibe al
vestigio como un tesoro,y, como tal, perteneciente al soberano, excepto los
derechos y quintos (Solís 1988:29-30; Litvak et al. 1980: 182; Pastrana 1994). Tal
patrimonialismo era considerablemente más vasto que la propiedad de los
tesoros indígenas, ya que com-
prendía el territorio entero de las Indias Occidentales en tanto que propiedad a
perpetuidad, por lo que “para siempre jamás no serán enajenadas, ni apartadas en
todo, o en parte [de la corona]...”. La noción aurífera del pasado americano, que
prevaleció durante toda la dinastía de los Austrias, explica que la primera
expedición científica a América -hablo del la viaje a la Nueva España de Francisco
Hernández, protomédico general de todas las Indias entre 1570 y 1577- cayera en
el olvido por mero desinterés de Felipe II, con todo y que Hernández escribiera un
informe primordial, las Antiguedades de la Nueva España, donde menciona “ruinas
de edificios fabricados con arte admirable” en Yucatán, Mitla y Cuernavaca
(Lozoya 1991). Igual destino corrió la información de Diego García al rey, con
fecha 8 de marzo de 1576, donde le hace saber de las ruinas de Copan, que
equipara al Coliseo de Roma (Baudez & Picasso 1992: 134-135). Peor aún, el
menosprecio colonialista de Felipe II llegó al punto de prohibir en 1577 la
recolección y estudio de los documentos indígenas, causando la requisa de la
obra de fray Bernardino de Sahagún (Florescano 1993a:146). Finalmente, por
estos años -1572 para ser exacto- el virrey de Perú insinuó al soberano la creación
de un Museo Indiano, propuesta que no prosperó pese a que en El Escorial se
conservaron algunas piezas enviadas por Cortés como tributo real, no pocas de
las cuales terminaron fundidas o en los gabinetes de otras casas reales (Cabello
1989:25-27; Bernal 1980:131; Garrido et al. 1990:48).

"arqueología viva, en la que los monumentos están habitados”, pero su más próxima
denominación modernista podría ser la de etnografía americana, pero aún bajo esta
acepción sería forzar un tanto las evidencias, pues la etnografía de motivos francamente
seculares no aparece sino hasta 1793, con la descripción de los nutka por el naturalista
novohispano José Mariano Mociño. Desde luego, es evidente que su idea de la arqueología
mexicana está influida por su paso por la ENAH.
138
El ascenso al trono de la dinastía borbónica en 1701 marca el inicio de un
despotismo ilustrado mucho más centralizador en sus designios, pero al mismo
tiempo mucho más abierto a las ciencias, las artes y la industria. En esta
encrucijada radican tanto sus virtudes como sus defectos. Como ha señalado un
estudioso del Real Jardín Botánico, el poder absoluto del monarca produjo el
indeseable efecto de inhibir la creatividad científica de individuos e instituciones,
resultando endeble todo ese auge científico inducido desde arriba (Puerto
1992:316). Su dura conclusión podría extenderse a las reformas económicas: el
rey era el empresario más grande. Usando dinero de la Real Hacienda, sufragó
industrias muy innovadoras, pero todas ellas adolecían del defecto de estar
pensadas para hacer más grata la vida cotidiana en los palacios, que así se
surtían de toda clase de preciosidades (Guerra 1991:64-65). Estos ejemplos
muestran que el patrimonialismo real bajo los Borbones -que no es otra cosa sino
un peculiar dominio de lo público en función de lo privado-, fue apuntalado en vez
de amainado, si bien atrajo variantes progresivas dignas de resaltar.

Una de estas variantes fue la fundación de la Real Biblioteca (“en la


inmediación de mi Real Palacio”) por Felipe V en 1716. El carácter de esta
biblioteca refleja muy bien al despotismo ilustrado. Seguía siendo de propiedad
real, pero con una función pública. Estamos ante el más viejo precedente de lo
que hoy se conoce en España como “patrimonio nacional”, esto es, bienes que se
encuentran dedicados al uso y servicio exclusivos del rey y la familia real, pero de
acceso restringido a los ciudadanos.110 En esa biblioteca, por “real orden de
acopio” de 1712, se encargó a los virreyes de Perú y la Nueva España, así como a
todas las autoridades eclesiásticas y seculares, reunir libros, gramáticas y

110
Reales sitios como El Escorial pertenecen hoy al patrimonio nacional, distintos
jurídicamente de los bienes propiedad del Estado, entre los que se cuentan museos tan
importantes como el Museo Nacional del Prado y el Museo Arqueológico Nacional (Garri-
do et al.1990).
139
vocabularios de origen nativo, códices en especial.111 Esta disposición sugiere que
el coleccionismo documental de Lorenzo Boturini pudo tener como fin halagar a
Felipe V, quien de hecho lo nombra historiador de las Indias tras su expulsión de
la Nueva España en 1744, cargo que no ocupará jamás (Cabello 1989:27; Bernal
1980:58-61). Lo irónico de su anticuarismo es que la confiscación de su colección
obstaculizó la pretensión última de crear un Museo Histórico Indiano.

Luego, en 1752, Fernando VI se adueñó del primer gabinete de historia


natural creado por el destacado naturalista Antonio de Ulloa, quien había sido
miembro de la expedición científica de La Condamine y almirante de la Armada
Española.112 Por lo poco que se sabe de este gabinete, es probable que fuera
administrado como bien privado por su Secretaría del Despacho Universal. Como
haya sido, el hecho es que el gabinete tuvo un destino incierto. De Ulloa cayó en
desgracia, junto con los altos dignatarios que lo protegían. La colección sobrevivió
hasta 1773 a cargo Reigosa, año en que fue agregada a las colecciones del Real
Gabinete de Historia Natural, inaugurado por Carlos III en 1776. No obstante,
Ulloa llegó a redactar un puntual cuestionario a petición del rey, para surtir su
gabinete. En él, Ulloa demostró un sensible interés en el conocimiento de las
antiguedades (Cabello 1989:61; también Cabello 1992:16-18), al escribir que:

Las antiguedades dan luz de lo que fueron los países en los tiempos más remotos y por
ellas se saca el conocimiento del aumento y disminución que han tenido: con este motivo
se procura investigar lo conducente a su averiguación, dando noticia de los vestigios que
permanezcan en algunos parajes...Estas noticias serán de las ruinas de edificios antiguos
de la gentilidad de cualquier materia que sea; de las paredes, cercas, muros, zanjas o
fosos; de los entierros o sepulturas; de los adoratorios o templos; de las casas o chozas

111
Ecos de este proceder patrimonialista, por muy patriótico que se ofrezca, aún se advierte en 1780 cuando
Clavijero propone a la Real y Pontificia Universidad de México “sacar esta clase de documentos de manos de
los indios” (Clavijero 1991:xviii).
112
Ulloa fue un auténtico sabio ilustrado, pues era astrónomo, geógrafo, químico, botánico,
zoólogo, ingeniero naval y arqueólogo, faceta poco conocida de su vida, no obstante haber
residido en la Nueva España entre 1776 y 1777 (de Solano 1992). Su descripción de un
eclipse solar en 1778 refleja nítidamente el estado de la ciencia en su época. Su
comunicación fue leída en las reales academias científicas de París, Berlín, Estocolmo y
Londres, pero en España debió dedicársela a su majestad en calidad de "su más humilde fiel
vasallo", de cuyo arbitrario patrocinio dependía.
140
que habitaban con expresión de sus figuras, capacidades, entradas y distribuciones
internas...

El estudio de este anticuarismo ilustrado ha hecho sospechar que una


remesa de cerámica peruana enviada por el virrey Manuel Amat a mediados de
1765, proviniera de una excavación practicada en una huaca en el cerro Tantalluc,
en la provincia de Cajamarca. Lo interesante de este hallazgo es que el excavador
(anónimo) del sitio levantó un elemental corte estratigráfico (Cabello
1989:88;1992:19-20; s.d.: 37). Tan fundamental progreso arqueológico -la
estratigrafía cultural como técnica de excavación data de 1847 en Dinamarca, pero
no será redescubierta en México hasta 1912- se perderá en medio del impulso
coleccionista patrimonial. No será la única pérdida sufrida por la arqueología
americana en esta época. La presunta excavación del jesuita Carlos de Sigüenza
y Góngora en la Pirámide de la Luna en Teotihuacan, se perdió en el olvido al
confiscarse la colección Boturini en 1743.113 Pero lo relevante en todo caso es que
el genuino anticuarismo que se estaba gestando dentro de la orden jesuita -que en
el Colegio de San Ildefonso había reunido un museo de antiguedades indepen-
diente- fue cortada de tajo en 1767. Francisco Javier Clavijero, poco antes de salir
al exilio, había propuesto crear un museo en la Universidad Pontificia con piezas
obtenidas por medio de excavaciones. Esta pérdida intelectual tuvo, en suma,
consecuencias incalculables para la ciencia iberoamericana en general y para la
arqueología en particular.114 De hecho, la sospecha podría extenderse a la
metrópoli misma. Los intentos de botánicos y farmacéuticos por fundar en España
una academia de ciencias al estilo francés o una sociedad científica real al estilo
inglés, fueron paralizados por el poder real para evitar su obvia capitalización por

113
Fue Boturini quien atribuyó a Sigüenza su horadación y von Humboldt se refiere a
ciertos manuscritos del sabio en que asigna a los olmecas de Tlaxcala la construcción de
Teotihuacan, contra la extendida creencia -aun viva en 1941- de que fueron los toltecas.
Con todo, el extravío de sus manuscritos hace suponer "que parte de lo que se cree perdido
en realidad nunca fue escrito" (Trabulse 1988:25).
114
Quisiera creer que a eso se refiere Trabulse cuando pondera la "tradición científica
mexicana que sin solución de continuidad ha llegado hasta nosotros", pero es muy posible
que su enfoque internalista puro lo lleve a desechar estos "factores externos" que no casan
con su idea del progreso científico nacional (Trabulse 1987).
141
los sabios jesuitas (Puerto 1992:13). Evidentemente, no todo fueron luces en el
siglo de las luces.

La biografía de Pedro Franco Dávila (Calatayud 1988) es particularmente


ilustrativa de las carencias de los anticuarios y naturalistas españoles y del
sofocante patronazgo real. Criollo ecuatoriano de familia enriquecida por el
comercio, pasó quince años en París (1745-1772) dando rienda suelta a su pasión
coleccionista por los estudios naturalistas. Su “gabinete de historia natural y
curiosidades del arte y de la naturaleza” logró reunir tal acervo que disputaba con
los reunidos por reyes y nobles de la época. Pero en ello se le fueron los dineros
familiares. En 1753 debió ofrecerlo en venta a Fernando VI, sin lograrlo. Poco a
poco se fue deshaciendo de sus tesoros (entre los que catalogaba antiguedades
griegas, egipcias, etruscas, romanas, chinas e indianas), hasta que, con grandes
apremios, en 1771 se lo cede a Carlos III a cambio de la dirección del museo, un
sueldo fijo, y permiso para un acceso público. Para tal efecto, el nuevo gabinete
quedó adscrito al Ministerio de Gracia y Justicia, junto con las Academias de
Nobles Artes, las expediciones botánicas y otros asuntos de la administración
pública del patrimonio real (Cabello 1989: 32). Así las cosas, en mayo de 1776
hizo circular por todo el reino una Instrucción real (preparada por Dávila), donde se
ordenaba recolectar, preparar y enviar al gabinete “no solamente las diferentes
sustancias comprendidas en los tres reynos de la naturaleza”, sino asimismo
“curiosidades del arte” (Cabello 1989: 62;Calatayud 1988: 95).

Pese a exhibir menos luces que Ulloa en el conocimiento del anticuarismo,


la Instrucción tuvo efectos inmediatos en la magnitud de las colecciones reunidas.
Procedentes de Perú y la Nueva España, llegaron ricos cargamentos
arqueológicos, producto las más de las veces de excavaciones rayanas en el
saqueo y la destrucción. Clérigos y funcionarios se aplicaron a cumplir la voluntad
de Su Majestad, con la implícita esperanza de ganar su favor. Tal es el caso del
obispo de Trujillo, Baltasar Jaime Martínez Compañón, que de 1782 a 1785 hizo
reunir piezas y planos de Chán-Chán, y que luego enviaría al rey en 1788 (Cabello

142
1989:155-164). Con el mismo fin el gobernador de Guatemala envió al arquitecto
Antonio Bernasconi a Palenque en 1785, quien no se concretó a dibujar edificios,
sino que practicó las primeras excavaciones en el lugar. Su informe excitó la
curiosidad de Juan Bautista Muñoz -cronista de Indias de Carlos III-, consiguiendo
una Real Orden en 1786 para una nueva expedición, ahora a cargo del capitán
Antonio del Río, dando inicio a la arqueología mayista...en manos militares, pero
que hoy pasan en la historiografía por “prospecciones oficiales” y hasta
“científicas” (Cabello 1992:33).115

A poco, una segunda Real Orden fechada en 1789 ordena, por parte de
Carlos IV, que el capitán Guillaume Dupaix emprendiera una ambiciosa expedición
de catalogación de las ciudades antiguas mesoamericanas, recogiendo “diseños
exactos de los edificios y demás monumentos de los tiempos anteriores a la
conquista”, según acotación del virrey Iturrigaray en 1804; Dupaix por su parte, en
su respuesta al virrey, le pide apoyo de un dibujante que tome diseños “de
aquellos monumentos
de la antiguedad que se habrán podido descubrir y [darles] mejor conservación
con la proligidad que permite este país” (Solís 1988:32-33). Estas palabras son
premonitorias, indicativas del rumbo que tomaba el coleccionismo arqueológico
patrimonial de la corona: descubrir monumentos y conservarlos como tales. No es
casual pues que en 1808, un año después de concluida la expedición de Dupaix
(cuyos dibujos y piezas nunca pudieron ser enviados a España a causa de la inter-
vención napoleónica), se funda en la Nueva España la primera Junta de
Antiguedades por orden del virrey (“con la comisión de indagar y descubrir cuantos
monumentos se encuentren de las antiguedades de los indios, anteriores a su
conquista, que sean dignos de la posteridad”), misma que suspendió sus trabajos

115
La "militarización de la ciencia" fue un legado más del patrimonialismo borbónico, ya
que el ejército y la marina resultaron ser los más eficaces ejecutores de los deseos del
monarca. Del Río y Dupaix en la Nueva España o Alcubierre y Gazolla en Pompeya y
Poseidona, forman parte de este fenómeno de apropiación privada de las antiguedades.
Como dice Guerra: “Fuera de ellos [ejército y marina] apenas existieron estas ciencias”
(Guerra, 1991:90); para una mayor información de la historia de la arqueología maya,
remito a la consulta de Cabello (1992), Baudez & Picasso (1992) y Brunhouse (1989).
143
en 1813, hasta que en 1822 el emperador Iturbide la reinstaló con el mismo fin, al
tiempo que abría, en la Real y Pontificia Universidad de México, un Conservatorio
de Antiguedades y, en lo que había sido el gabinete de historia natural del
botánico José Martínez Longinos en 1790, un remosado Gabinete de Historia
Natural; ambas instituciones terminarán por fundirse en 1834 en el Museo
Nacional Mejicano (Bernal 1980:134;Castillo 1924:9 y 66; Lozoya 1984: 103-106;
Florescano 1993a:148-152).

Por lo antes establecido no puedo concluir este apartado sin una última
reflexión sobre la debacle del anticuarismo novohispano. Es obvio que difiero de la
interpretación finalista según la cual “la conjunción de las ideas ilustradas con el
celo patriótico de los criollos, produjo resultados favorables para la conservación
de los monumentos arqueológicos” (Florescano 1993a:149), pues creo que ello
confunde las diferencias de sentido del anticuarismo criollo respecto del
coleccionismo real, oposición que a la postre arrojó profundas consecuencias en la
manera como se profesionalizó la arqueología en México, dependiendo de la
administración pública del patrimonio arqueológico. Para el siglo XVIII, llama la
atención el nulo impacto que tuvieron los anticuarios criollos en el curso de los
acontecimientos. El arzobispo de México Francisco Antonio de Lorenzana fue uno
de los pocos coleccionistas que protegieron a anticuarios como Mariano
Férnandez de Echeverría y Veyta, entre otros; pero la suya fue una actividad no
muy distinta de la de los príncipes y papas renacentistas. Pedro José Márquez, un
jesuita amigo del astrónomo Antonio de León y Gama, también salió exiliado
rumbo a Italia, donde escribió Antichi Monumenti di Architettura Messicana (1804).
Otro distinguido naturalista, el cura José Antonio de Alzate, alumno de Clavijero en
el Colegio de San Gregorio, y que había hecho estudios de los monumentos de
Xochicalco y Tajín, en 1792 tuvo la pésima ocurrencia de ensarzarse en una
envidiosa polémica con de León y Gama, cuando éste publicó un fragmento de su
estudio de los monolitos aztecas descubiertos en el zócalo capitalino en 1790 (de
León 1990).

144
La polémica, que pudo haber sido sana en el contexto de una sociedad
abierta, fue tomada por de León como censura, lo cual no está lejos de ser verdad.
En efecto, habiendo concluido la obra, fue notificado por las autoridades
virreinales de ciertas “diligencias jurídicas”, “conducentes a la perpetúa
conservación de estas estatuas y a la permanencia de la memoria de ellas como
monumentos preciosos”. Dicho en palabras llanas, la corona se había reservado
su cuidado e incluso su conocimiento. En consecuencia de León y Gama publicó
una versión incompleta de su estudio, eliminando la primera parte, donde trataba
la descripción de la Piedra del Sol y la Coatlicue, pasaje que no se conocería
hasta 1832, cuando el Museo Nacional Mejicano imprimió una edición íntegra a
cargo de Carlos María Bustamante. Con esta censura quedaron nulificados la
curiosidad del anticuario y sus deseos, como él decía, de “dar algunas luces a la
literatura anticuaria, que tanto se fomenta en otros países”, además de servir a su
patria. “Solo en esta ciudad -concluye diciendo León y Gama con amargura- tuve
la desgracia de encontrar con algunos desafectos (no sé si por falta de
inteligencia, o por motivos privados) que dudaron y pretendieron contradecir varias
proposiciones...”.(de León 1990:5-6). De nada valieron sus elogiosas referencias a
las excavaciones de Carlos III en Nápoles. Como Winckelmann y Caylus, le costó
admitir la reserva patrimonialista con que el rey y la burocracia patrimonialista
guardaba su colección arqueológica de cámara.

Es una cruel ironía histórica -que muchos toman como simple “anécdota curiosa”- que el monolito
de la Coatlicue volviera a ser sepultado en los patios de la universidad, luego de que los frailes dominicos
se percataron que su exhibición pública estaba revitalizando el culto prehispánico entre los indígenas de la
ciudad de México. Matos (1988:14) relaciona esta vuelta al pasado con el movimiento de independencia
que a poco explotó, mientras que Florescano (1993a: 150) aprecia mejor el drama en que estaban sumidos
los criollos novohispanos, que pretendían apropiarse simbólicamente de un pasado que no era el suyo.
Para la historia de la arqueología mexicana el hecho puede interpretarse como una ironía reveladora del
contraste entre la concepción monumental de la corona española y el deseo de conocimiento de los
anticuarios de filiación criolla, cuyo nacionalismo apenas brotaba. No solo se les impidió su estudio, sino
incluso se les ocultó, tal como ocurrió a los indios con su religión.

3. MONUMENTALISMO ANTIGUO Y GENEALOGIA IMAGINARIA DE MEXICO.

145
Su nacimiento como nación introduce en México un nuevo elemento cultural
hasta entonces presente a hurtadillas entre los criollos jesuitas: el nacionalismo,
quiero decir con esto, la creencia social en una comunidad política imaginaria,
finita y soberana. Enrique Florescano, en su notable Memoria Mexicana (1988),
muestra con diáfana claridad cómo el patriotismo criollo prefigura la aparición de
una historia nacional como fundamento simbólico del nuevo nacionalismo
mexicano. Sobre todo, aprecia la “percepción genial” con que los criollos ilustrados
se apropiaron de la antiguedad indígena, acto constitutivo de un poder simbólico
que habrá de extenderse persuasivamente a toda la comunidad imaginaria, hasta
asignarle visos de continuidad en el tiempo y una convicción generalizada,
ideológica en una palabra, para integrar un orden social por demás heterogéneo.
No obstante, el concepto genealógico de nación tan arraigado entre los
colonizadores originó una mezcla forzada en esta época. Si no todos los
mexicanos descendían de la misma sangre, a la que además se pretendía
conservar pura, la nueva ideología comunitaria trasladó a los símbolos lo que eran
relaciones sociales entre estamentos. Por otra parte estaban de por medio los
derechos y bienes antes retenidos por la Corona y los grupos estamentales en
calidad de prebendas, mercedes, etc. Tal como advirtió Molina Enríquez un siglo
después, el Estado independiente heredó los derechos sobre bienes que antes
pertenecían al soberano absoluto. La nacionalización de estos bienes
necesariamente habría de crear conflictos con esos grupos. No se diga la
dificultad para asumir una nacionalidad plena como individuos. Pero lo que aquí
interesa es mostrar la naturalidad con que las antigüedades continuaron retenidas
por el poder central, y cómo éstas sirvieron para crear genealogías de origen.
Lomnitz (1999[1993]), en su antropología de la nacionalidad mexicana, ha
mostrado la misma continuidad de los viejos y nuevos conceptos de nación en
este periodo, en especial con el lazo esencial de la religión católica. Aquí hablo de
otra continuidad mucho menos reconocida, acaso porque alcanzó su plena
expresión hasta 1917, con el artículo 27 constitucional. Para entonces, la
nacionalización del pasado resultó menos insultante que “sacar esta clase de
monumentos de manos de los indios”, ya que para entonces la continuidad

146
genealógica con el pasado prehispánico estaba consolidada gracias al
nacionalismo porfirista.
Desde entonces y en adelante, los fallidos esfuerzos individuales del
anticuarismo criollo se convertirán en una tarea de gobierno, como si se tratase de
una inevitable herencia patrimonial del antiguo régimen y su ostentosa
monumentalidad coleccionista. Tal como señala Brading, la tarea de establecer un
nexo entre la nueva mentalidad y el pasado arrogado no fue obra de la primera
generación de nacionalistas mexicanos -a quienes se reserva el pedestal de
“Próceres de la Independencia” en la simbología política retrospectiva-, sino de
quienes califica como “indigenistas históricos” o, mejor, como “nacionalistas
arcaicos”, es decir, fray Servando Teresa de Mier y Carlos María Bustamante
(Brading 1973:150). Asimismo, conservadores como Lucas Alamán -que con
razón imaginaba a México arraigado en el pasado colonial- contribuyeron
indirectamente a fundar toda una genealogía ficticia, al dar un sustento político a la
nueva institucionalidad cultural, cuya sustancia fue desde aquí en parte mítica y en
parte material.

Alamán utilizó todos los medios al alcance de su ministerio para fundar el


Museo Nacional Mejicano. Sabemos que desde 1823 había dado con
“monumentos muy preciosos de las antiguedades mexicanas” (Solís 1988: 35),
que no eran sino las colecciones de Boturini y Dupaix, que se conservaron en el
archivo de la Secretaría de Relaciones Exteriores e Interiores. Dos años después
propone a las cámaras formar un museo que reuniera “todos los restos de la
antigüedad mexicana”, vistos, claro, como “monumentos respetables” (Solís 1988:
38). Entretanto, con la venia del presidente Victoria, decide abrir un salón especial
dentro de la universidad, al que designa ya como Museo Nacional, y al que se
agregan nuevas antigüedades traídas desde la Isla de Sacrificios, producto de
unas poco conocidas excavaciones auspiciadas por el Museo Británico (Solís
1988: 38; Bernal 1980:132; García Valencia 1995). Hacia 1829 Alamán pretendió,
al parecer sin éxito, que el museo se trasladara al Colegio de Santos; quizá por
ello el decreto de Anastacio Bustamante, en 1830, para que ganara fuerza como

147
“establecimiento científico”, reuniendo la conservación de antigüedades con la
historia natural, y abriendo cursos a cargo de los conservadores, al estilo del Real
Gabinete de Carlos III. Esta integración la sanciona Valentín Gómez Farías en
1831, pero el museo permanece en el Colegio de Minería, junto a la biblioteca de
la universidad. Ahí, Ignacio de Cubas continuó impartiendo la cátedra de “Historia
Antigua” que habían iniciado en el mismo museo el cura Isidro Ignacio de Icaza y
el aventurero Jean-Frederic Waldeck, bien conocido por sus exploraciones mayas
(Solís 1988: 41-45; Castillo 1924:63-66; Florescano 1993a:150-152).

Refiero estas minucias porque en realidad son importantes para entender la


manera como el nacionalismo histórico se vio impelido más hacia la
reconstrucción de la historia antigua que hacia la reconstrucción de pirámides,
divergencia que convergirá luego de 1880, bajo el patronazgo del régimen
porfirista. Al respecto, se advierte una coincidencia con el paralelismo trazado por
Benedict Anderson (1991) entre los nacionalismos americanos, europeos y
asiáticos. En todas partes, entre 1815 y 1850, surge un movimiento que recurre a
la disciplina de la historia para fundar una tradición nacional que justifique su
soledad frente a la metrópoli y que al mismo tiempo haga viable una
ininterrumpida comunidad imaginaria, libre del trauma colonial. Como Anderson y
Florescano apuntan por separado, en México esto se llevó al extremo de que los
criollos (que seguían compartiendo idioma, religión y cultura con los españoles
peninsulares, aunque ya “aindiados”) se identificaran -mejor dicho, se adueñaran
de una herencia mal habida, la última expropiación simbólica del indígena- con la
historia de los “pueblos muertos” nativos.116 La genealogía ficticia establecida
dentro del panteón heroico y secular creado por Carlos María de Bustamante, fue
la manera como se forjó una identidad nacional históricamente necesaria para

116
Mientras Brading redescubre el papel de las ideologías, los símbolos y mitos en los
orígenes del nacionalismo mexicano, Florescano resulta crudo cuando escribe: “Así, al
integrar a la noción de patria la antigüedad indígena, los criollos expropiaron a los
indígenas su propio pasado e hicieron de ese pasado un antecedente legítimo y prestigioso
de la patria criolla (...) Ningún otro grupo ni clase creó símbolos integradores dotados de
esa fuerza, ni tuvo la habilidad de introducirlos y extenderlos en el resto de la población”
(Florescano 1988:263). Cruda porque la expropiación fue más que simbólica.
148
hacer de lo imaginario, lo mítico y lo simbólico algo tangible y, sobre todo, funcion-
al. Gracias a ello, la historia patria vino a ser, antes que la arqueología, un recurso
del poder, al lado del mapa, el censo y el museo (Anderson 1991:163-185; 1985).
Tal como acaeció en otros países -sobre todo de Asia-, la arqueología
momumental nacionalista despuntó con plenitud hasta fines del siglo XIX, en
conexión a la erección de museos y los servicios administrativos de inspección de
antiguedades, si bien en nuestro país no podrá evitarse la pesada herencia del
coleccionismo real de las postrimerías de la colonia.

Es revelador, a propósito del comportamiento social de los arqueólogos


mexicanos actuales, que a diferencia de los historiadores, aquellos sean tan
reacios a admitir la mítica política que precede (y garantiza) sus trabajos. Esta
evitación puede deberse a las acusaciones lanzadas en su contra de ser
creadores de mitos, acusación que, como demostraremos en el caso del Templo
Mayor, es infundada. Yo diría más bien que en vez de creadores son beneficiarios
de estos mitos de la nacionalidad, a los que en todo caso confieren algo tan
apreciable como es la materialidad, la objetividad, lo que tiene el tremendo mérito
de hacerlos más verosímiles por estar científicamente validados y por tanto ser
más creíbles como voliciones del poder político.117 Precisemos de paso que la
férrea unidad de nacionalismo y ciencia fue establecida sin ambages por Gamio
(1914), siendo el tercer Inspector de Monumentos Arqueológicos, a través de una
metodología distintiva que conjuntó la investigación arqueológica a la
administración monumental, anunciando lo que orgánicamente será el INAH desde

117
Su caso me recuerda a la arqueología judía (que no israelí), en que el contexto de
justificación de un descubrimiento arqueológico no solo es político, sino de plano religioso.
Tendrían en común, no obstante, la concepción de los vestigios como monumentos
nacionales y, en consecuencia, pruebas irrefutables de una supuesta continuidad cultural
con un glorioso pasado que debe imitarse. Se tratarían pues de verdaderos "símbolos
materiales". Esta materialidad facilita, como demuestra Elon (1994), una actividad científi-
ca de la arqueología, la que justifica el contexto de descubrimiento, independientemente de
la ideología político-religiosa subyacente. Solo hasta muy recientemente, ciencia y política
han dejado de cohabitar simbióticamente en Israel, al tiempo que la eclosión del
nacionalismo palestino obliga a disputar los mismos vestigios antiguos, hasta el punto en
que los arqueólogos tienen que habérselas ahora con los fundamentalistas judíos de su
propia nacionalidad.
149
1939, institución que en definitiva reunirá ambas funciones, bajo un derrotero
contrastante a lo que ocurre en otros países, en que ciencia y administración del
pasado son independientes (Cleere 1990:1-19).

Descontando como axiomático tan apremiante condicionamiento contextual,


cabe advertir que no es fácil admitir en la modernidad del discurso científico
antropológico la presencia de mitos en nuestra sociedad, ya que estos son
adscritos siempre a la otredad -sobre todo si ésta es conceptualmente
primitivizada o, en su defecto, preterizada, lo que para Kuper (1988) sería otra
suerte de mitificación científica-, prejuicio que la psicología y la historia pueden
eludir con la holgura de no tener que cuestionarse sus fundamentos (cfr. May
1992; Samuel & Thompson 1993). Por último, si la intuición crítica de Octavio Paz
(1972:105-155) es correcta, como es probable que lo sea, más que existir un
“arquetipo azteca” en el fondo del símbolo de la pirámide, lo más seguro es que
ese símbolo represente, en su supuesta continuidad, a la estructura del poder
político actual (cuya recia continuidad de setenta años de dominación evoca una
historia interminable con evocación monumental), luego, “Al contemplarse [en el
pasado mítico], se afirma” (Paz 1972:154). Se sigue de esto que es del todo
racional que los arqueólogos eviten discutir la cuestión, no por el mito implicado,
sino por la conveniencia profesional de usufructuarlo.

“La historia antigua de México empieza en mito y termina en profecía”,


sentencia Brading (1989:15). El mito fundador de la nacionalidad mexicana fue,
para él, el culto guadalupano. Esto explicaría la popularidad de estas
representaciones. Mas para la clase criolla dirigente hay indicios que apuntan a
que su lugar lo ocupó la supuesta “nación azteca” (Florescano 1989:35). Desde
Clavijero, el imperio azteca sirvió ya de motivo de orgullo protonacional;
Bustamante mismo puso en boca de Morelos la idea de restablecer al “imperio
mexicano”. Al menos en el pensamiento político, esta genealogía logró identificar
al Estado moderno con el Estado azteca, lo que ilumina el aztequismo de nuestros

150
gobernantes actuales,118 evidenciado en los altares museográficos y
arqueológicos que le han dedicado a semejante identidad histórica. Hasta para
una observadora extraña a nuestra cultura política resulta patente que “Los mexica
son claramente la culminación de la narrativa desarrollada por la arqueología”
(Errington 1993:234), llegando a percibir la hiperbólica confusión con la que los
aztecas son vistos, ya no como protonación, sino inclusive que los mexicanos
serían los aztecas de hoy. Esta interpretación ha sido apuntalada recientemente
por el trabajo deconstructivo de Gorbach (1995:34), donde también aprecia que la
elaboración de la museografía del Museo Nacional de Antropología, el
“Monumento de Monumentos” como se le designó en 1964, conlleva una
admiración del pasado azteca, excepto que se le “volvió fría, objetiva,
desapasionada, científica”.

No sería juicioso de todos modos leer en estas genealogías imaginarias


unas intencionales manipulaciones políticas o fantasías sin sentido. Para
Anderson (1985:24), esta imaginería tiene la peculiaridad de ser bastante más
resistente y persuasiva que cualquier discurso político. Son verdaderos mitos
políticos refractarios a la modernidad, con la que no acaban de compaginar.
Entonces, el hecho de que los monumentos arqueológicos sean en México
nominalmente propiedad del Estado y la arqueología una profesión oficializada,
hace inevitable que se les apropie y politice. Estudiosos de los rituales políticos
actuales han llamado la atención sobre la correspondencia de éstos y la simbo-
logía que se desprende de ciertas zonas arqueológicas, que sexenio a sexenio
sirven de Meca de peregrinación para nuestros más altos dignatarios (Lomnitz et
al. s.d.). Tanto si los políticos manipulan estos símbolos como si los símbolos los
hacen actuar ritualmente, no basta con decir que alrededor del presidente

118
Al menos hasta el primer régimen no priísta de México moderno. Hasta ahora no hay una política cultural
bien delineada bajo el nuevo régimen. Para los comentaristas, el Plan Nacional de Cultura 2001-2006 no es
muy diferente al de los gobiernos del PRI, apreciando una continuidad de facciones burocráticas que a los
panistas más militantes no pasa desapercibida (Carlos E. Orozco “El Plan Nacional de Cultura: ¿PAN con lo
mismo?”, Público, Suplemento Arte y Gente, 24/8/2001:7). Está pues por verse si la utopía empresarial es
capaz de generar una legitimidad por este medio.

151
mexicano hay una aureola de autoridad tradicional que remite a los poderes del
pasado, aztecas o no. El estudio de esta simbología política requiere, creo yo, de
un tratamiento aparte. Por estudios de Monnet (1989,1991) y, en un marco más
amplio, de Verrey & Henley (1991), sabemos que la arqueología sigue brindando -
a veces sin proponérselo- objetos físicos de culto secular, sea en México o en
comunidades norteamericanas, en las que no se esperaría encontrar mitos de
origen. Este uso social de la arqueología hace de la administración del patrimonio
cultural un campo político, donde los propios mitos pueden ser en mayor o menor
grado poderosos, de acuerdo al condicionamiento o persuasión que permitan
desplegar sobre la sociedad de masas. Para Verrey y Henley (1991:89-91), el
papel del arqueólogo en situaciones politizadas y mitificadas como éstas debe ser
cauteloso antes que iconoclasta, por tanto estar dispuesto a consentir que su
interpretación hará más sofisticado al mito de origen, nunca a eliminarlo.119

Una vez hecha esta digresión, podemos continuar observando que las
vicisitudes del nacionalismo mexicano ocasionadas por la pugna entre
conservadores y liberales, las que contribuyeron a que a lo largo del siglo XIX
prevaleciera un criterio filológico y bibliográfico del pasado prehispánico, mientras
que la arqueología quedó reservada prácticamente a los viajeros extranjeros,
destacadamente la Comisión Científica francesa y la mancuerna Frederick Cather-
wood y John L. Stephens. Mientras, el Museo Nacional Mejicano sufrió el mismo
destino de la Universidad Pontificia, que fue clausurada hasta 1863, tan sólo para
ser suprimida en definitiva por el emperador Maximiliano dos años después;
excepto que a fines de 1865 él mismo
crea un nuevo Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia en la
vieja

119
Claudio Lomnitz (1999a), en su crítica a la noción de “México Profundo” (que es, de hecho, el “México
Mesoamericano”) de Guillermo Bonfil, llama la atención sobre el papel de los llamados “intelectuales de
provincia” de Tepotztlán. No creo forzar su análisis si añado a su lista a dos arqueólogos, quienes no fueron
unos nation builders, sino unos identity builders, pues su trabajo permitió elaborar genealogías
prehispánicas...con un estilo hispánico. Me refiero Francisco Rodríguez, el descubridor de la zona
arqueológica del Tepozteco, y segundo Inspector de Monumentos. Muchos años después, Carmen Cook de
Leonard, tras excavar en Cinteopa, dio con el “lugar de nacimiento de Quetzálcoatl”. Sin ellos, es difícil
comprender al activo resurgimiento étnico en Morelos, si bien apenas esconde su teatralidad mexicanista.

152
Casa de Moneda, que a la caída del imperio debió otra vez sobrevivir
precariamente
como Museo Nacional, porque el liberalismo juarizta apenas si se preocupaba de
las
“antigüedades nacionales”, abandonadas a la Secretaría de Justicia e Instrucción
Pública. El pasado indígena, según analiza Brading, era detestable para el
liberalismo por la asociación del indio con la propiedad comunal de la tierra,
agravado por el fundado temor en una guerra de castas generalizada. Ello implica
que lo mismo el pasado que el presente indígenas eran incompatibles con los
afanes del Estado liberal, de ahí la irrelevancia del museo y la arqueología
monumental durante buena parte de este siglo (Brading 1973: 220; Bernal
1980:103-141;Castillo 1924:20-22; Florescano 1993a:152-153; Lira 1984: 75-94).

La historia de la legislación de las antigüedades posee, empero, una lógica


propia, a pesar de la turbulencia política que la rodea hasta 1870. Es interesante
recordar la respuesta que recibió por parte de un empresario del gobernador Luis
G. Vieyra, cuando intentó en 1840 emprender excavaciones arqueológicas por su
cuenta. Ya en 1827 se había prohibido el tráfico internacional de antigüedades,
pero Vieyra fue más allá, ya que quiso reglamentar cualquier investigación (es la
palabra que usa en su bando) por parte de empresas interesadas. Con tal fin,
continúa, se debía dar aviso a la autoridad local, previo acuerdo con los dueños de
los terrenos y bajo la condición de entregar una tercera parte de los objetos o su
valor al gobierno (Solís 1988:48-49), precepto que recuerda la legislación indiana
del siglo XVI. Este documento es una rareza en la tradición patrimonial mexicana,
al igual que el proyecto de ley sobre monumentos arqueológicos de la Sociedad
Mexicana de Geografía y Estadística en 1862, que si bien no llegó decretarse,
está mucho más cerca del espíritu de la legislación indiana, que pronto habría de
reconciliarse con el derecho positivo mexicano. En efecto, esta última iniciativa
responde a un deseo de contener la destrucción de monumentos y su exportación
incontrolada.

153
Sobre ellos, sigue el texto diciendo, obran los derechos de dominio que la
nación tiene como regalías establecidas desde la Recopilación de Indias. En
seguida, una vez clasificados dieciséis tipos de monumentos -desde pirámides
hasta utensilios-, se propone que las autoridades judiciales cuiden su
conservación; que las excavaciones cuenten con el permiso del Ministerio de
Justicia, Fomento e Instrucción Pública; que el gobierno se reserve el derecho de
adquisición de modo que, sin menguar su propiedad, no puedan ser exportados
objetos; y, por último, que cualquier extracción sea verificada por un arquitecto
(Solís 1988:57-58). En fin, a pesar de su referencia a la legislación colonial que las
antecede, ambas disposiciones jurídicas demuestran que el dilema entre el
carácter nacional de los monumentos y su valorización por los grupos sociales
interesados estaba ya planteada desde mediados del siglo XIX en toda su
magnitud (Lombardo 1988:9-26), sin que siglo y medio después haya visos de su
superación dentro del sistema legal patrimonial.

Estos signos de conflicto en torno a la administración del patrimonio cultural


se han agravado gracias a la anacrónica relación de disputa establecida por el
Estado con los grupos sociales (empresariales, pero también indígenas y
particulares), con quienes el monopolio gubernamental del pasado fomenta
problemas de apropiación. Al respecto, los innovadores trabajos de Florescano
(1993) y de Tovar y de Teresa (1994) indican un intento de modernización de este
segmento tradicional del poder político, pero mientras el segundo solo concibe
como interlocutor al grupo empresarial, el primero, mucho más perceptivo, da
cuenta de la presencia de grupos indígenas y campesinos más y más activos
como autogestores directos del patrimonio, admitiendo de paso que la clase
política debe considerarlos para elaborar una nueva idea de patrimonio cultural,
acorde a nuestra época. Su actitud flexible contrasta con la de los arqueólogos
gubernamentales. Nalda (1993: 144; 1991:66), a la sazón secretario técnico del
INAH, deja entrever que éstos han optado por desafiar a la sociedad toda,
encerrados en lo que creen es un inexpugnable control patrimonial-estatal para su
exclusivo beneficio profesional. Nótese de paso, cómo este conflicto administrativo

154
conlleva otro que involucra a la disciplina arqueológica, simplemente porque están
articuladas.
Obvio es decir que la tendencia seguida fue la misma planteada por la
Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística: la “nacionalización” del pasado.
Apenas ocho años después, en 1870, la legislación mexicana pasa a distinguir
entre bienes de propiedad pública y bienes de propiedad privada, muebles o
inmuebles; a su vez, los bienes de propiedad pública se dividirán en bienes de uso
común -de aprovechamiento general con ciertas restricciones-, y bienes públicos
propios -de aprovechamiento limitado por concesión. Para 1897 ya se diferencia
entre los bienes raíces nacionalizados a la iglesia por las leyes de expropiación y
nacionalización de 1853 y 1859, y aquellos “bienes nacionales” dominio de la
nación por cualquier otro motivo. Hacia fines de 1902 es claro que las ruinas
arqueológicas (a partir de 1907 agrupadas bajo la figura de “zonas arqueológicas”)
son “bienes de dominio público o uso común”, es decir, son imprescriptibles pero
sujetos de permisos o concesiones temporales (Solís 1988:69 y 75). Esta
absorción como bienes nacionales a caballo entre el bien de uso común y el bien
público propio será apuntalada por otras leyes. La ley de terrenos baldíos de 1894
expresa esta ambigüedad, cuando a un mismo tiempo desea enajenar y retener
los baldíos bajo el dominio de la federación, pero incluyendo los terrenos “en que
se encuentren ruinas monumentales, con la superficie que se declare necesaria
para el cuidado y conservación de éstas” (Litvak et al. 1980: 187). Todo parece
indicar que este doble sentido jurídico, que aparenta ser una contradicción de la
esfera pública con la esfera privada, tiene una génesis y motivo más profundos en
la confusión introducida por la tradición patrimonialista, que identificaba ambas
esferas desde tiempos de la colonia. Mas adelante volveré sobre el punto
fundamental para entender el dilema de la administración del patrimonio
arqueológico.

La contradicción reapareció otra vez en 1880, a raíz de las excavaciones


concedidas a Desiré Charnay en Teotihuacan y Tula, por medio de un contrato
celebrado entre el Ejecutivo y él como particular. El contrato contravenía la ley del

155
16 de noviembre de 1827, que prohibía la exportación de “monumentos y
antigüedades mexicanas” en calidad de restricción aduanal (Solís 1988:40), ya
que implicaba su traslado a Francia y a los Estados Unidos. Aunque el decreto
presidencial fue finalmente inhibido en la Cámara de Diputados el 28 de octubre
de ese año, son indicativos los debates que tuvieron lugar, ya que el renovado
nacionalismo de los diputados revivió la idea de que nuestra historia antigua era
patrimonio de la nación. Uno de los diputados, por feliz coincidencia, trajo a
mientes el ejemplo del rey Víctor Manuel III, cuyo reino se estaba haciendo cargo
de las excavaciones en Pompeya y Herculano, e impidiendo la salida de
antigüedades (Díaz 1990:34). Mejor aún, Gumesindo Enríquez sugirió que era el
momento en que el Estado hiciera por su cuenta las excavaciones. Previó que “no
está remoto el día en que el gobierno de la República pueda mandar hacer
excavaciones que le costarán bien poca cosa y enriquecerán los museos
nacionales, sin esperar que un extranjero venga a enriquecerlos”(Díaz 1990:29). Y
contra la postura cientifista o universalista del conocimiento arqueológico
propugnada por Justo Sierra en favor de Charnay, Guillermo Prieto opuso los
estudios arqueológicos adelantados por Clavijero, León y Gama y Alzate. A pesar
de su patriota recordatorio, para 1880 el anticuarismo en México estaba
rotundamente liquidado, por lo que, como se adujo entonces, su función
correspondía al Estado. Pero el ejemplo de Pompeya y Herculano y la arqueología
real italiana atrajo resabios más tradicionales de lo que se creía. Cuatro años des-
pués, en 1884, Leopoldo Batres inicia las primeras excavaciones gubernamentales
en Mitla y Teotihuacan, en lo que será, en claridosas palabras de Bernal, “la
reanudación de una tradición que ha permitido hasta nuestros días seguir
estudiando edificios antiguos” (Bernal 1984:43).120

120
Creo necesario citar el párrafo completo de Ignacio Bernal, escrito en 1952, dos años
antes de iniciar una descollante carrera administrativa en el INAH, del que terminó siendo
su director general en 1968: “ Desde las exploraciones de Antonio del Río y Dupaix,
ordenadas por los últimos Borbones, no se habían realizado en México trabajos
encabezados y costeados por el gobierno. Por tanto, debemos a Batres la reanudación de
una tradición que ha permitido hasta nuestros días seguir estudiando los edificios antiguos”.
156
Estos antecedentes son convenientes para entender la manera
peculiarísima como se fueron administrando los monumentos arqueológicos,
paralela y conjuntamente a la profesionalización de la arqueología. Para
comenzar, el 11 de mayo de 1897 el presidente Díaz decreta la Ley de
Monumentos Arqueológicos, cuyo primer artículo establece las bases del futuro,
pero sobre la base de una condensación del pasado. Dice a la letra: “Los
monumentos arqueológicos existentes en territorio mexicano, son propiedad de la
Nación y nadie podrá explorarlos, removerlos, ni restaurarlos, sin autorización
expresa del Ejecutivo de la Unión” (Solís 1988:68). Entre otros agregados de esa
ley, sobresalen que (artículo 5o) el ejecutivo federal podrá expropiar por causa de
utilidad pública a los dueños de las tierras “en la extensión superficial que fuere
necesaria para la conservación y estudio de los mismos monumentos”. Más
delante (artículo 6o), se prohíbe su exportación, aún tratándose de monumentos
muebles. De modo adicional, pero necesario para la organicidad de estos pre-
ceptos, en 1885 la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública, siguiendo el
ejemplo del Reino Unido, crea primero el cargo de “inspector y conservador de
monumentos arqueológicos de la República”, y cuyas atribuciones eran las de
cuidar de todos los monumentos arqueológicos, impedir su excavación sin la
debida autorización de esa secretaría, remitir al Museo Nacional las antigüedades
y decomisar piezas en las aduanas (Solís 1988:66-67). Será hasta 1909 cuando la
Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes (a la que se adscribe el inspector
en 1905 con todos sus “monumentos históricos y arqueológicos”) institucionaliza
su actividad a través de unas más impersonales “Instrucciones para la Inspección
y Conservación de Monumentos Arqueológicos de la República” (Solís 1988: 85-
87). Este cambio jurídico a posteriori prueba que el estatus de inspector fue
creado ex profeso para Batres como si la arqueología fuera de su propiedad,
mientras que la institución en sí obtendrá su figura legal hasta casi un cuarto de
siglo después de que detentara el cargo. Pero este no es el único rasgo
patrimonialista que reaparece en la moderna administración de los monumentos
arqueológicos.

157
La preponderancia del poder ejecutivo en el manejo de esta propiedad de la
nación es mayormente sintomática de que la legislación porfiriana reprodujo una
fuerte dosis del patrimonialismo colonial, toda vez que éste administraba al
coleccionismo arqueológico como un bien privado. Tal herencia se torna más que
evidente si se le contrasta con lo que realmente ocurría. A pesar de su derrota en
la cámara de diputados en 1880, en 1896 el mismo Díaz había autorizado dar al
ejecutivo (su ejecutivo) capacidad para conceder permisos a particulares para
hacer exploraciones en calidad de concesiones no mayores de diez años, lo que
implicaba una calificación de los monumentos como bien público propio. Aparte de
eso, en 1891 se había ratificado la prohibición de exportar antigüedades. Ello no
impidió que el General Díaz permitiera finalmente a Charnay exportar piezas a
París a fines de 1899, lo que era equivalente a manipularlas como un bien privado
del soberano (Solís 1988: 67-68 y 73). Del mismo modo, cuando la imagen
nacional lo requirió -léase cuando la imagen de su poder lo precisó-, impulsó una
serie de excavaciones en Cempoala, Casas Grandes, la Huasteca y Comalcalco -
a cargo de Francisco del Paso, Gerste, Villado y Río de la Loza- para colectar
piezas de exhibición en principio destinadas a la Feria Mundial de Madrid en 1892
(Bernal 1980:155). A partir de esta prometedora experiencia de proyección pública
de una imagen mistificada, Díaz se convirtió en el adulado “Patrono” de toda la
arqueología monumental, haciendo vivir al Museo Nacional de Arqueología,
Historia y Etnografía su mayor esplendor, hecho solo comparable a la fundación
del Museo Nacional de Antropología y la edad de oro de la escuela mexicana de
arqueología.121

Un funcionario de la época, quien luego sería rector de la Universidad


Nacional, el Dr. Alfonso Pruneda, ilustra la naturalidad con que se interiorizó este
patronazgo a la vez personal que estatal dentro de la incipiente arqueología.
Habiendo sido enviado como “delegado oficial” al XVIII Congreso Internacional de

121
En otros lugares (Vázquez 1993:36-77;1994:69-89) me he ocupado en extenso del
proceso de profesionalización de la arqueología entre 1885 y 1942, por lo que obviaré
muchas referencias sobre una bibliografía más extensa, que puede consultarse en ambos
trabajos.
158
Americanistas en Londres por el gobierno mexicano, quedó sorprendido de la
“abstención absoluta del gobierno inglés” para sostener el evento, a diferencia a
“como pasa con otros gobiernos, entre otros y muy particularmente, el mexicano”
(Pruneda 1912:4). Nótese que lo que sorprendía a Pruneda no era el sostén
gubernamental mexicano, sino la iniciativa privada demostrada por los antropó-
logos ingleses. Pronto, los arqueólogos gubernamentales mexicanos aprenderían
a granjearse el favor del presidente en turno, como parte de una tradición
clientelar (patrimonialista) que no iniciaron Batres ni Gamio -aunque ambos la
practicaron por igual-, sino que viene de muy atrás, justo desde la incapacidad de
los anticuarios criollos para romper con las costumbres cortesanas y absolutistas
españolas. Desde entonces, los arqueólogos deben sujetarse (y aprovechar, en el
reverso de la moneda) a los caprichos de los poderosos, dando lugar a una
sucesiva repetición de situaciones sociales iteradas -siempre se repite la imagen
de arqueólogos guiando a los políticos en turno dentro de sus excavaciones- que
conforman una definida continuidad, y que solo presentistamente se expresan bajo
el ropaje restringido que unos arqueólogos críticos han caracterizado como
“proyectos arqueológicos coyunturales”(Morelos et al.1991:15-28), de origen
evidentemente político, pero que practican una y otra vez, como si de un
comportamiento ritualizado se tratara, a cada sexenio presidencial, porque en
realidad nacen de una añosa tradición de siglos.122

4. PATRIMONIO ARQUEOLOGICO Y PATRIMONIALISMO MODERNO.

Antes de discurrir en torno a la distinción que trazo entre patrimonial y


patrimonialista, basado en lo que Weber caracterizó como “tipo de dominación
patrimonialista”, quisiera dejar asentado un último antecedente jurídico que me
parece de gran relevancia para comprender la genética del sistema legal
patrimonial. Se trata de esto. En 1932 se desató una “Controversia constitucional

122
Ver capítulo cuarto, a propósito de estos "proyectos coyunturales" y, en general, la
fenomenología de la actividad arqueológica en México.
159
entre la Federación y el Estado de Oaxaca”123, cuando la cámara de diputados
oaxaqueña quiso legislar, dentro de su soberanía, sobre los monumentos
arqueológicos. Al final del diferendo, la Suprema Corte de Justicia dictaminó que la
soberanía nacional estaba por encima de la estatal. Pero lo interesante del caso
es la exposición de motivos que arguyó el procurador de entonces. Aparte de
enumerar la serie de leyes porfirianas que sentaron jurisprudencia al respecto,
llegó a la notable conclusión de que el artículo 27 constitucional (1917) vinculaba
el régimen jurídico de la propiedad territorial nacional con el que regía en la
colonia, “que lo refieren al Derecho Romano y a las leyes y disposiciones de
Indias”, las cuales, sigue argumentando, hacen inalienable e imprescriptible la
propiedad privada de los soberanos españoles. Ahora bien, al independizarse
México, “la República Mexicana asumió todos los derechos de propiedad que a los
reyes de España correspondían y, por lo mismo, este patrimonio ingresó a la
Nación toda, y no a las partes que entonces constituían el territorio...”. Con tan sig-
nificativas palabras resurge dentro del derecho constitucional mexicano la noción
de un patrimonio (cultural), originalmente en propiedad privada, pero que el
Estado-nación se arroga con todas sus consecuencias. Veamos teóricamente lo
que esto significa.

Precisemos para empezar. En rigor nuestro uso de la palabra “patrimonio”


resulta inadecuada, no obstante que en nuestro siglo haya ganado la acepción de
“herencia espiritual o intelectual”, sobre todo cuando se refiere al “patrimonio
nacional” (si entendemos bienes concernientes a la patria) y al “patrimonio cultur-
al”, que sería una mezcla de ambos sentidos.124 Pero como bien dijo López Rodó

123
El texto íntegro está reproducido como apéndice en Litvak et al. (1980:188-195) y fue
examinado por María del Refugio González (Litvak et al.1980:71-82). Asimismo, Marcia
Castro Leal (1994) le ha dedicado su atención, pues el asunto involucra al descubrimiento
de la Tumba 7 de Monte Albán por Alfonso Caso, que los legisladores oaxaqueños querían
retener dentro de la soberanía del poder estatal.
124
Para una mejor apreciación de la cambiante semántica de la voz patrimonio, confróntese
su definición en la Enciclopedia del idioma, [Link], Aguilar Editor; Oxford Universal
Dictionary Illustrated, [Link]; y el Diccionario de la lengua castellana, [Link], Real Academia
Española.
160
(1954:266), en su notable estudio del patrimonio nacional de España -que es, en
realidad, el patrimonio de la corona-, la voz es impropia en sí misma porque
conlleva confusión. De lo que él trata es, puntualmente, del patrimonio que tiene
por titular a la corona y, por ende, “destinada a su servicio como medio material
para el cumplimiento de sus fines y digno ejercicio de sus funciones” (López
1954:9-10). El problema es que semejante masa patrimonial heredable fácilmente
se confunde, en tanto propiedad privada, con la perteneciente al Estado. Esta
confusión no es exclusiva de la monarquía constitucional, pero tuvo su mayor
avenencia bajo el despotismo ilustrado, un régimen “tan fuertemente patrimonial
como lo fue, en general, la concepción fundamental del ‘Estado’ en que se
basaba” (Weber 1984:836). Bajo esta sociedad el patrimonio es en realidad un
patrimonialismo, debido a que “el soberano organiza en forma análoga a su poder
doméstico el poder político, y por tanto, el dominio sobre hombres y territorios
extrapatrimoniales” (Weber 1984:759).

Para fines de precisión del lenguaje analítico que empleamos, convendría


tener presente que el patrimonium latino refería la propiedad que pasaba del
príncipe a sus herederos directos, no al sucesor del trono, que, ya como cosa
pública, disponía, impersonalmente, del patrimonium principis.125 Esta influencia
del derecho romano dominó el pensamiento jurídico del siglo XIII al XIX, y aún hoy
la empleamos la palabra “patrimonio” para referirnos a la herencia que alguien
recibe de su padre, abuelo u otro ancestro por línea paterna. Su transferencia a la
esfera pública también es antigua, y viene de la idea de propiedad en manos de
una corporación, como podrían ser el papado, la corona y, por fin, el Estado-
nación. Aunque hoy le demos un sentido en parte espiritual y en parte público, no
puede negarse que sigue siendo un legado material análogo al privado. Hablamos
así de “patrimonio cultural” a pesar de todo.

125
Ya López Rodó (1954:20-23) observó que César absorbió al Estado como si fuera de su
propiedad, lo que denota que el patrimonialismo hunde sus raíces en la antigüedad y
derecho romanos.
161
A partir de lo antes dicho, cuando hablo de “patrimonial” me refiero
únicamente a lo relativo a ese patrimonio, o sean bienes materiales apreciados
como culturales. Hay entonces “leyes patrimoniales” (que no, necesariamente,
patrimonialistas) o, como es el caso, de “leyes del patrimonio cultural”. En dicho
orden de ideas debería haber incluso tanto el reconocimiento de una cierta
“patrimonialidad” como el derecho que cualquier ciudadano mexicano tendría
sobre un “bien cultural” en tanto que “bien de dominio público” concesionable,
como discutiré adelante. Por último, reservo la voz “patrimonialismo” para refer-
irme a aquellas manifestaciones políticas y jurídicas donde el soberano y sus
funcionarios administran lo público como si se tratase de su propiedad particular.
Como he mostrado, esta tradición se afianza sobre todo con el absolutismo
borbónico. Funcionales “reminiscencias” de este patrimonialismo del patrimonio
arqueológico pueden rastrearse en actos tales como las “declaratorias de zonas
arqueológicas” creadas por decreto presidencial, en los usos simbólicos
intencionales de los vestigios antiguos en exposiciones internacionales y en los
museos, o el financiamiento a discreción de proyectos arqueológicos de gran
intensidad.126

Volvamos entonces al argumento del procurador antes citado. En él, se


remonta hasta la Recopilación... y, en realidad, a la real orden de 1536, cuando
todo el reino de Indias era de propiedad privada. Es justa su apreciación de que,
tras la independencia, el Estado heredó esta propiedad en lo que, por influencia
del código napoleónico (y resultado de la Revolución Francesa), empieza a
llamarse “dominio público”, y a sus bienes “propiedad de la Nación” o “bienes

126
La exposición México: Esplendor de Treinta Siglos o el pabellón mexicano en la
Exposición Universal de Sevilla 1992, son solo muestras -no menos ostentosas- del uso
patrimonialista del patrimonio cultural mexicano. Asimismo, debo recordar que los
Proyectos Especiales de Arqueología 1992-1994 fueron decretados por el entonces
presidente Carlos Salinas de Gortari durante un ritual de nacionalidad celebrado el 12 de
octubre de 1992 en la zona arqueológica del Tajín, ritual al que se esperaba contar con la
presencia del rey Juan Carlos I de España (para lo que oportunamente se concluyó el
Proyecto Tajín como fastuosa escenografía posmoderna). La simbología política reunida
para esta malograda situación social resulta de cualquier forma esclarecedora de la tradición
en la que formó la arqueología mexicana.
162
públicos”. Esta es la teoría jurídica. El problema está en que las leyes
patrimoniales que se desprenden de este traslado de dominio y de propiedad
mantienen su monopolio bajo el poder ejecutivo republicano, de la misma manera
que lo habían sido del soberano patrimonialista que lo antecede. Según hemos
visto, ya desde el porfiriato el presidente es quien directamente ejerce este
monopolio, como lo asienta a las claras la ley de 1897 y las decisiones personales
que tomaba el dictador. Repito pues, legado de esta especificidad es que aún en
nuestros días el presidente sea quien declare el estatuto de una zona
arqueológica y que sexenio tras sexenio se emprendan proyectos arqueológicos
monumentales que tipifican su gobierno, hasta el punto de que toda la arqueología
gubernamental semeja regirse no tanto por una lógica turística o por la necesidad
de persuación educativa masiva sobre la vigencia nacionalista de nuestro mito de
origen, sino, además de todo ello, por un más arraigado estilo monárquico de
gobernar y, correlativamente, de administrar de manera personalizada un
patrimonio cultural pretendidamente público. En vez de coyuntura política,
nacionalismo cultural o pragmatismo económico, de lo que estoy hablando es de
una tradición patrimonialista que se rige según criterios personales del soberano,
aunque discursiva, pero coherentemente con un modo tradicional de gobernar,
apele a símbolos o valores constitutivos de esa comunidad nacional imaginaria, en
especial aquellos que se avienen al mito cosmogónico del primer crisol nacional,
que aduce que la nacionalidad mexicana se finca en una continuidad
ininterrumpida de herencias culturales que vienen de un aztequizado pasado
prehispánico.127

127
La noción de "continuidad cultural" es común a los nacionalismos, pero pocos países
pueden deveras demostrar que así fue, de ahí la pertinencia de la ciencia arqueológica.
Cleere (1990:7) aduce que este fenómeno ideológico abreva del Renacimiento y del
Iluminismo. Como quiera que sea, he de convenir en que la mentalidad de nuestros
gobernantes exige un análisis discursivo mucho más complejo que mi tratamiento jurídico-
político. En especial, sus reiteradas referencias a una "deuda histórica" con la población
indígena, referente que posiblemente rebasa las demandas sociales de la Revolución de
1910, y que bien podría surgir de la expropiación criolla del pasado a los indígenas, acto
constitutivo del Estado-nación. De igual forma, todavía requiere comprensión la paradójica
exaltación del indio muerto y la iniquidad del indio vivo, que además de provenir de una
163
Como veremos en el siguiente apartado, este fenómeno del patrimonialismo
del patrimonio arqueológico posee expresiones menos sofisticadas que las de
nuestro lenguaje analítico-jurídico comunica. Acaso una de sus manifestaciones
más groseras sea la manera cómo se administra este patrimonio y las formas
organizativas que suscita. Dentro de ellas llama poderosamente la atención que a
fines del siglo XX se mantenga un monopolio estatal ejercido patrimonialistamente
sobre una herencia de suyo tradicional pero que, justo por ello, mezcla lo que era
un patrimonio privado con lo que es formalmente un patrimonio público, haciendo
arbitrarias las atribuciones de los funcionarios encargados de su conservación,
empezando por la figura presidencial y terminando con aquél arqueólogo
gubernamental que imagina como de su propiedad personal la zona arqueológica
o los vestigios a su cargo; en seguida, está la manera cómo se recluta a los
funcionarios patrimoniales en base a criterios de orden personal (amistad, lealtad y
clientelismo) en vez de los criterios de eficiencia en que debería basarse una
planeación racional de la actividad arqueológica a largo plazo, deficiencia que
explica la alta dosis de politicidad con que se rigen las relaciones sociales al
interior del INAH, un campo político movedizo que depende de la efímera y
cambiante interacción de funcionarios que liderean faccciones o camarillas
actuantes (Vázquez 1995).

En el ámbito del comportamiento profesional, también es visible la influencia


que ejerce en su así desarrollada jerarquización burocrática de estatus y la
concomitante cultura belicosa compartida ampliamente entre los arqueólogos
mexicanos, misma que impide el desarrollo de masas críticas, multiplicidad teórica
e imperio de una racionalidad formal para beneficio tanto de la administración
patrimonial como de la arqueología en sí misma; asimismo, se refleja en la falta de
competencia de aptitudes en la formación profesional de los arqueólogos para
ocupar los cargos en la estructura administrativa y la dirección de los proyectos,

desigual condición de clase y estamental, refiere al modo como se construyó México como
nación comunitaria pero en realidad estratificada.
164
por ser estos dependientes de un monopolio que, en última instancia, deviene de
la figura presidencial, y que, en primera instancia, subordina a toda la disciplina
como si se tratase de una feudalizada profesión de estatus, quizá la única en
nuestro país que ha sobrevivido la modernidad sujeta de una normatividad jurídica
centralizada por dos leyes federales patrimoniales (1972 y 1975) y dos
reglamentos de legalidad dudosa (los del Consejo de Arqueología e Investigación
Arqueológica) para regular su más mínimo desempeño.

Concluiré este parágrafo abundando algo en el patrimonialismo weberiano y


su pertinencia en México. Si bien ha sido a fechas recientes que se le ha aplicado
al Estado contemporáneo en México, Brasil y otros contextos donde prevalecen
relaciones de patrón-cliente a lo largo de jerarquías de estatus (Zabludowsky 1989
y 1993; Roett 1992; Bennet 1979), para Weber eran visibles en pleno 1922 una
serie de fenómenos políticos inconfundiblemente tradicionales para su época, no
obstante que el tratamiento histórico-comparativo que le había permitido
deducirlos partiera de ejemplos de la antigüedad y de la Edad Media. Para Weber,
entonces, no pasó inadvertido que también formaban parte de la constitución de
algunos Estados modernos. A lo largo de su análisis resalta su asombro frente a
los caracteres tradicionales que obstaculizan el ejercicio de poder del dominio
burocrático como tipo racional. La dominación patrimonial se le aparece como una
variante de dominación primariamente orientada por la tradición, pero tipificada por
el ejercicio de un derecho propio. Es decir, en su aspecto jurídico, el Estado
patrimonialista representa un conjunto de tradiciones inquebrantables. “En vez de
la objetividad burocrática y del ideal basado en la validez abstracta del mismo
derecho objetivo que tiende a gobernar ‘sin acepción de personas’”, explica
Weber, “se impone el principio opuesto. Todo se basa entonces completamente en
‘consideraciones personales’, es decir, en la actitud asumida frente a los
solicitantes concretos y frente a las circunstancias, censuras, promesas y
privilegios puramente personales” (Weber 1984: 785).

165
Aunque no pierde de vista las costumbres y valores que le distinguen, su
énfasis está puesto en la confusión de la esfera pública y la esfera privada, o sea,
en la administración doméstica de personas y cosas. Desde luego, pone de relieve
su aspecto organizativo, que es donde mayor contraste presenta con una adminis-
tración burocrática impersonal fundada en el saber y los deberes y servicios
objetivamente limitados. Por el contrario, la organización burocrática del Estado
patrimonialista descansa en ordenaciones heredadas de tiempos lejanos, donde
antes que obedecerse a las normas se debe lealtad a la persona del señor, no
como un deber al cargo o deber objetivo, sino como fidelidad incondicional, que es
donde reside su legitimidad. En síntesis, es un “poder doméstico organizado”
(Weber 1984:756), bien adaptado para responder a las exigencias personales del
soberano. Como tipo ideal, esta forma tradicional de dominación arroja una pode-
rosa luz sobre fenómenos palpables tales como la corrupción política, que, aparte
de su vertiente moral, puede ser resultado de la costumbre de ceder prebendas
personales por medio de las cuales el señor regala y gana la obediencia
incondicional de sus funcionarios, y cuyo en-cargo es visto como un derecho
personal o incluso apropiación de su sustento.

Es extraño pues que reconocidos estudios sobre el reclutamiento político en


México (v.g. Camp 1985:11-26, 1990:85-107, 1993:94-111) hayan evitado
cualificarlo como una variante de reclutamiento patrimonial de servidores, pese a
que se observe que las reglas informales de reclutamiento residen en la “selección
patrocinada” de las camarillas políticas, de las que la más poderosa es la que
tiene al propio presidente de la república como líder, derramándose desde la
cúspide del sistema político un entramado de relaciones patrón-cliente muy
tradicionales y que por igual contribuyen a definir nuestra cortesana cultura
política. Lo que estoy diciendo, en suma, es que los rasgos patrimonialistas
señalados para la administración del patrimonio arqueológico en México pueden
constituir un fenómeno no exclusivo de este segmento de la administración
pública, sino, muy probablemente, un fenómeno generalizado que abarca, si no a
todo el aparato de Estado, sí a sus segmentos menos modernizados. Habría una

166
muy preocupante analogía que tender entre la administración de una tradición
reificada del pasado y el desarrollo de una disciplina científica que, subsumida en
ella, por igual se comunica mediante un discurso teórico tradicional e interacciones
sociales iteradas (Pascal 1990).

5. OPERATIVIDAD DE LA ARQUEOLOGIA PATRIMONIALISTA.

Hasta 1944 no hubo gran preocupación por convalidar jurídicamente a los


bienes nacionales. En 1935 el presidente Cárdenas reformó ligeramente la ley de
1902 de bienes inmuebles, que incluía a los monumentos arqueológicos e
históricos. Luego, en 1941 Avila Camacho trató de derogarla, pero por alguna
razón que desconocemos su iniciativa se postergó hasta 1944, en que Miguel
Alemán decretó la Ley General de Bienes Nacionales (INAH 1963:57-76), siendo
el entonces secretario de Bienes Nacionales e Inspección Administrativa un
arqueólogo arquetípico, Alfonso Caso, el mismo que en 1939 había forjado al
Instituto Nacional de Antropología e Historia. Que sepamos, esta ley sigue vigente,
no obstante que esa secretaría -la encargada de poseer, vigilar, conservar y
administrar el “patrimonio nacional”- fue luego sustituida por la Secretaría del
Patrimonio Nacional y, por último, por la Secretaría del Desarrollo Social. En lo
que a la ley bienes nacionales corresponde, en ella se sigue descomponiendo ese
patrimonio en bienes de dominio público y bienes de dominio privado, tal como en
el siglo pasado. Entre los primeros se concentran los bienes de uso común
(muebles e inmuebles), y, en fin, todos aquellos declarados inalienables e
imprescriptibles. Esto los distingue de los bienes de dominio privado, que sí son
susceptibles de enajenación a los particulares.

Entre los bienes de uso común del dominio público están los
monumentos
arqueológicos e históricos. Una lectura puntillosa -agregaría policial- podría
indicarnos que es incurrir en ilícito el celebrar un contrato que involucre la
propiedad de estos bienes. Ello supondría que están absolutamente sustraídos del

167
comercio.128 Sin embargo, su administración no está del todo fuera del mercado
en cuanto a usufructo, ya que la ley conserva la ambigüedad que apuntábamos
para el porfiriato: mientras no varíe su posesión jurídica, particulares y entidades
públicas podrán adquirir en uso o aprovechamiento estos bienes a través de
concesiones, permisos o autorizaciones correpondientes al Ejecutivo Federal, que
incluso sigue capacitado para desincorporarlos del dominio público mediante
decreto. Ese fue el caso, por ejemplo, de la venta de 937 empresas paraestatales
entre 1982 y 1992, de un total de 1,155 que eran bienes nacionales de dominio

128
Tal era la opinión del abogado Jorge Sánchez (1980:55-70), ciertamente válida cuando se
trata del coleccionismo fincado en el tráfico ilegal de piezas antiguas. Pero la cuestión es
más vasta que su intercambio comercial. Cuando se decretó la actual ley patrimonial en
1972, no pocos arqueólogos asumieron una visión represiva y hasta patrimonialista. Jorge
Williams (1980:93-112), por ejemplo, se dedicó a definir los catorce delitos en que se podía
incurrir con la violación de la propiedad nacional de monumentos arqueológicos, olvidando
que la facultad presidencial de ingresar bienes al dominio público de uso común requiere un
proceso de “recuperación de posesión” -que puede ser todo un litigio-, conforme a otras
leyes civiles y penales, esto es, que la declaratoria de zona arqueológica requiere de un
tratamiento previo (la compra, permuta o traspaso, sin importar que se llame
“expropiación”) con los dueños del terreno, quienquiera que sean. Ello significa que la
“propiedad nacional” del pasado podría ser más bien artificial y, en casos, la más reciente.
Se entienden así las dificultades para “regularizar la tenencia de la tierra” de las zonas
arqueológicas, donde las más de las veces el dominio nacional vive en la ilegalidad desde el
momento en el que el INAH recurre a lo que eufemistamente llama “ocupación pacífica”
del terreno o terrenos, que siempre tienen dueño (pequeño propietario, ejidatario o
comunero). Por ende, el que incurre en ilícito es el Estado, no la sociedad, si bien este
proceder aparece disimulado bajo el carácter nacional del suelo concedido por el artículo 27
constitucional, lo que facilita fijar una jurisdicción arqueológica, independientemente de su
declaratoria como bien nacional. En la práctica, tal fragilidad legal de la propiedad nacional
de los vestigios arqueológicos hacen mucho más sensibles a los arqueólogos
gubernamentales frente a toda reclamación que ponga en tela de juicio su control
patrimonial. Por ello también su burda concepción de la sociedad, grupos e individuos,
como enemigos reales o potenciales de su “materia de trabajo”, que es una visión
tradicional hasta el cansancio. Sobre la lenta expansión de la propiedad nacional sobre
zonas arqueológicas y la actitud socialmente conservadurista de los arqueólogos, remito a
Nalda (1993:136-137), Sánchez (1995) y Aguirre (1980:133-149). Agregaré, de paso, que
el afianzamiento de la propiedad nacional de la tierra en estas zonas se ha dado casi todo en
tres meses (diciembre de 1993 a febrero de 1994), mediante quince declaratorias
presidenciales, estando 33 bajo estudio y proceso (Tovar 1994:86-87). Antes de eso, solo
tres estaban regularizadas, dos de ellas desde tiempos porfirianos. En cambio, el registro de
monumentos muebles (colecciones de piezas) en manos de personas físicas y morales está,
comparativamente, mucho más desarrollado y se cuenta por miles.
168
privado. En cuanto a los monumentos en sí, subsiste la posibilidad de concesi-
onarlos sin llegar a su enajenación.129

En 1934 el gobierno de Abelardo L. Rodríguez, aprovechando el


pronunciamiento de 1932 de la Suprema Corte a que hicimos referencia en el
parágrafo anterior, emitió una nueva Ley sobre Protección y Conservación de
Monumentos Arqueológicos e Históricos, Poblaciones Típicas y Lugares de
Belleza Natural (INAH 1963:8-32) Esta repite casi textualmente a la Ley sobre
Monumentos Arqueológicos de 1897, en el sentido de declarar dominio de la
nación todos los monumentos de tipo inmueble, pero permitiendo la “propiedad
arqueológica particular” (léase coleccionismo privado) sobre los monumentos
muebles; para los monumentos históricos es más flexible, puesto que admite la
propiedad privada mueble e inmueble, a condición de registrarla. Otra continuidad
estriba en la restricción para investigar: se exige una “concesión” de la Secretaría
de Educación Pública, exigencia que es normada en detalle con la ley
reglamentaria decretada el mismo año.

129
La cesión en usufructo de una parte del patrimonio arqueológico (en zonas arqueológicas
turísticamente rentables) y el sostén de su estudio y difusión bajo reglas claras fijadas por
parte de las autoridades patrimoniales y los arqueólogos, constituye en esencia la propuesta
Rodríguez (1990), propuesta que, remarco, nunca involucra la cuestión de la propiedad
nacional o su imaginaria privatización. Cabe mencionar que su postura fue duramente criti-
cada por sus colegas del INAH, a pesar de que una parte de ella ya se ha cumplido: el
Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), dependencia del CNCA, desde 1989
viene canalizando recursos privados deducibles de impuestos y que se han aplicado a varias
inversiones en Teotihuacan, Monte Albán, Palenque y Yaxchilán. En todos estos fondos
mixtos destaca la incorporación activa de los empresarios en la toma de decisiones, por lo
que no ha de extrañar que Tovar y de Teresa (1994:69 ) hable de la "puesta en valor de
zonas arqueológicas", concepto hasta ahora extraño a la administración del patrimonio
arqueológico, donde tradicionalmente se hablaba mejor de "condiciones presupuestarias",
dando por sentado que devenían del Estado (Nalda 1993: 139). No se ha llegado a la
concesión de zonas arqueológicas a los inversionistas, pero es previsible que sea el
siguiente paso. Lo grave es que la decisión recaiga todavía en el ejecutivo y su
administración y que el colectivo de arqueólogos no esté a la altura profesional de los
acontecimientos por venir. Posterior a esta redacción, se ha conocido la noticia de que el
INAH y varias secretarías han entrado en tratos con inversores para entrar en alguna clase
de convenio no explicitado y que involucra a las zonas arqueológicas de Palenque, Tulum y
Calakmul.
169
Realmente la ley que vino a endurecer el monopolio estatal sobre estos
bienes públicos de uso común, fue la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas
Arqueológicos, Artísticos e Históricos de 1972, y su ley reglamentaria de 1975,
aún vigentes (vv. Olivé y Urteaga 1988:405-426; INAH 1984a[1972]). Si hasta aquí
la estructura genética del sistema de leyes patrimoniales era algo así como una
seriación de variaciones de una misma estructura jurídica ya presente, en forma
tácita, en la real Instrucción de 1776, a partir de 1975 el patrimonialismo alcanza
su mayor esplendor. Parte de esa responsabilidad recae en un grupo de
arqueólogos gubernamentales que impidieron un proyecto de ley que consideraron
inconveniente. El punto de debate fue justo la propiedad privada de los
monumentos arqueológicos muebles -el coleccionismo-, que se equiparó a
saqueo, destrucción, comercio y retención privada de nuestros valores sociales
más profundos.130 Ecos de aquél debate resuenan en la actual disputa del
pasado, donde neoliberalismo económico y coleccionismo privado son la misma
cosa para nuestros retencionistas autóctonos.131 Pero lo relevante en todo caso no
es eso, sino que, inadvertidamente, los más radicales arqueólogos de la
administración monumental contribuyeron a declarar de “utilidad pública” a la
misma investigación arqueológica, que es tanto como decir que fue expropiada a
la totalidad de la arqueología, disciplinariamente vista, puesto que la figura de
“utilidad pública” pertenece a Ley de Expropiación cardenista de 1936 (INAH 1963:

130
La historia detallada de esta acción está recogida en Olivé (1980:19-46; también 1988).
Pero mientras los arqueólogos nacionalistas, bajo una postura administrativa implícita, solo
ven el aspecto colonial de la cuestión (y, por tanto, la funcionalidad interna de la ley), rara
vez se menciona que ciertas reacciones restitucionistas favorables a la conservación
nacional de estos bienes (caso concreto de la devolución de murales teotihuacanos de la
colección Wagner por el Museo Young) son obstaculizadas por esos mismos nacionalistas
militantes (Seligman 1990:73-84). Es curioso, pero la disputa que existe en el mundo
museográfico y en el mercado internacional de antigüedades entre retencionistas
(partidarios de la apropiación privada) y restitucionistas (partidarios de retornarla a sus
"verdaderos propietarios") guarda más de una analogía con el caso mexicano: también en
ese ámbito se apela a la concepción del invidualismo posesivo original, pero, por igual, se
construyen comunidades nacionales imaginarias de supuesta profundidad histórica para
allegarse una propiedad cultural (Handler 1991:67-72).
131
Recomiendo la consulta de las posturas asumidas por el comité ejecutivo sindical de
investigadores del INAH y por el diputado neocardenista Gilberto López y Rivas,
publicados por la revista Este país, enero, 1994:24-27.
170
138-142), donde estaba ajustada a los servicios, recursos estratégicos, y en
general a la satisfacción de necesidades colectivas, es decir, cuando mucho era
extensiva a los monumentos, no a una actividad profesional en sí.132 Con esta
acción irreflexiva se cristaliza algo que ni Carlos III hubiera imaginado conseguir
con sus personalistas desplantes de militarización y reserva privada que
asfixiaron a la arqueología anticuaria de la época. Para equipararse a sus
herederos modernos, debió primero haber parafraseado a su déspota pariente,
diciendo sin rodeos algo así como “La arqueología soy yo”.

En otros términos lo que ésta ley hizo fue extremar el dominio administrativo
del INAH sobre estos bienes y, simultáneamente, sobre quienes únicamente los
estudian. En cierto modo este precepto podría ser tomado como un ejemplo más
de la xenofobia mexicana contra los investigadores extranjeros, mas, en la prácti-
ca, aparte de someterlos a un mayor control, la misma dominación se extiende a
todos los arqueólogos mexicanos, académicos o aplicados. La administración de
bienes públicos se convirtió así en un recurso de poder exclusivo (apropiado
agregaría yo) de los arqueólogos que detentan altos rangos en la muy
personalizada jerarquía interna del INAH. No es raro entonces que en todo el
discurso de ambas leyes patrimoniales los arqueólogos queden disminuidos a
estatus inferiores en calidad de peritos, dictaminadores, inspectores y
registradores, en una palabra, técnicos calificados del reforzado patrimonialismo
del patrimonio arqueológico. Luego, por mucho que se quiera ponderar esta
preceptiva monopólica, sería una cruel ironía decir que, en términos legales, así
“se reconoció el carácter científico de nuestra disciplina” (Olivé 1980:44), propo-
sición aceptable si por ello entendemos una profesión de estatus jurídicamente
regimentada. Detrás de esta confusión yace una verdad mayor: que ciencia y
administración arqueológicas fueron amalgamadas a causa del saldo histórico que

132
A la letra, el artículo segundo de la Ley Federal de Monumentos y Zonas Arqueológicos
dice: “ Es de utilidad pública la investigación, protección, conservación, restauración y
recuperación de los monumentos arqueológicos, artísticos e históricos y de las zonas de
monumentos” (Olivé y Urteaga 1988:405; INAH 1984a:6).
171
analicé, esto es, la debilidad orgánica de los primeros arqueólogos y la fortaleza
coleccionista del absolutismo y el Estado-nación que lo suplantó.

Una segunda proyección social igualmente poco estimada es que la ley y su


reglamentación permiten cierto acceso de la sociedad civil a la preservación de los
bienes arqueológicos muebles e inmuebles, cuanto a “concesiones de uso” (ya
que siendo bienes públicos de uso común, los “pueden usar todos los habitantes
de la República con solo las restricciones establecidas por la ley”) autorizadas por
el INAH a personas físicas o morales tales como comerciantes, asociaciones
civiles, juntas vecinales, y uniones campesinas.133 Sabemos que en el presente el
INAH tiene registradas a 222 de estas entidades (Tovar 1994:103). Lo cierto es
que hasta 1988, de 96 asociaciones, juntas y uniones reconocidas, sólo siete
atendían zonas arqueológicas pequeñas y poco vistosas en los estados de
Michoacán, México, Tamaulipas y Quintana Roo.134 La inmensa mayoría de estas
organizaciones autogestoras del patrimonio estaban orientadas hacia la
restauración de parroquias, actividad tradicional que se viene haciendo desde
hace siglos, mucho antes de que el Estado posrevolucionario les concediera la
protección de su propia iglesia. Considérese de paso que en el cuerpo
reglamentario de la ley de 1972 se desliza la posibilidad de que las autorizaciones
involucren el cuidado de una zona o monumentos inmuebles, ergo, un conjunto de
edificios prehispánicos.

Nuestras fuentes indican que no obstante que el Estado está materialmente


imposibilitado para cuidar de todo el patrimonio arqueológico in situ, se procura de
todos modos mantener a raya la participación civil, que, solo cuando es
irrefrenable en su acción social, se le concede el cuidado de sitios arqueológicos

133
vv. artículos uno a dieciséis del Reglamento de la Ley Federal de Monumentos (Olivé y
Urteaga 1988:417-420).
134
La lista completa puede consultarse en el "Anexo estadístico" del boletín oficial del
INAH: Antropología,21, 1988:8-10.
172
que el INAH considera irrelevantes para la supervisión y control centralizados.135
Por el contrario, zonas de “interés social” como Cacaxtla, propician conflictos entre
los dominios local y nacional, tal como ocurrió entre los pobladores de San Miguel
del Milagro y arqueólogos del INAH en Puebla,136 conflictos donde cobra su cabal
sentido aquello de la “ocupación pacífica” y la “recuperación de la posesión” de la
zona disputada, la que, con la fuerza del Estado, termina de una forma u otra en
sus manos. A pesar de ello, se asevera con insustancial retórica que gracias a tan
progresistas leyes, “el patrimonio arqueológico pasa a manos de su legítimo
propietario: el pueblo de México” (Matos 1980:125). Excepto que primero ese
pueblo debe disputarlo a los arqueólogos de la administración partrimonial, que se
lo han apropiado de hecho, si no de derecho.

Hasta el 12 de octubre de 1992 el patrimonialismo del INAH había tenido


un éxito absoluto en su guerra silenciosa contra la sociedad civil. Pero el mismo
día en que el presidente celebraba la consagración simbólica de los Proyectos
Especiales de Arqueología, de manera muy discreta el patrimonialismo
arqueológico ocultó el haber sufrido una derrota legal que ha sentado un funesto
precedente. Los indios papago (tohono odham en su identidad étnica propia) y sus
abogados hicieron devolver al INAH los entierros de sus ancestros en Quitobac,

135
Es una burda falacia de los administradores que la protección monumental no pueda ser
asumida por las localidades campesinas. El ejemplo más notable lo tenemos en el ejido
Coyuxquihui, municipio de Papantla, Ver., muy próximo a la ostentosa zona arqueológica
de Tajín. Ahí, los mismos campesinos han emprendido trabajos de limpieza y la
construcción de un museo de sitio, incluso asignándole terrenos a la zona arqueológica.
Cuenta mucho que entre los vestigios aparezca una deidad que todavía es motivo de
respeto, si no de culto. En Michoacán he podido observar fenómenos similares de
revitalización cultural a partir de la arqueología. Si lo mismo es pertinente para la nación
toda, no veo por qué deba negársele a los actores sociales locales.
136
Me refiero sobre todo al intento de linchamiento del arqueólogo Daniel Molina, pero el
conflicto no ha cesado hasta la fecha. Gorbach, en su historia del Museo Nacional de
Antropología, recuerda el acto de apropiación con que procedió el gobierno mexicano para
“sacar esta clase de monumentos de manos de los indios”, como aconsejaba proceder
Clavijero desde 1780, en este caso, el monolito de Tlaloc, que fue disputado a los
pobladores de San Miguel Coatlichan, y cuyas protestas fueron ignoradas. “De pronto, el
museo aparecía como propiedad exclusiva del gobierno y hasta se podría decir que
concretamente del presidente” (Gorbach 1995:46).
173
Sonora, luego de año y medio de litigio desde que los arqueólogos franceses del
CEMCA objetivaron lo que era parte de una realidad social viviente, no una
imaginaria comunidad nacional.137 Sea que las zonas arqueológicas sean vistas
como lugares sagrados, recursos turísticos, etnogénesis míticas o meras
propiedades campesinas en litigio, hay indicios de una naciente beligerancia
étnica y comunal que, con la presunta Ley Reglamentaria del artículo 4o
constitucional sobre los derechos indígenas y la orgullosa rebelión en Chiapas,
amenaza extenderse al control de otras zonas arqueológicas del país. Simbóli-
camente hablando, es previsible, como dijo Florescano, que se deba reconsiderar
en lo futuro la expropiación del pasado con que se fundó esta nación, elaborando
una nueva concepción de los bienes culturales y una nueva actitud de abierta de
los arqueólogos para negociar su objeto de estudio con otros actores sociales,
situación competitiva no muy distinta a la que ya prevalece en Estados Unidos,
Canadá y Australia con sus aborígenes, cuya experiencia ofrece ejemplos de
arqueólogos que han colaborado con los grupos sociales en la recuperación de su
pasado vez de ser siempre los portavoces de la sin razón de Estado.138

137
Entrevista a Ari Rajsbaum (30/IX/1992), en la Dirección de Procuración de Justicia del
Instituto Nacional Indigenista; es necesario decir que el conflicto de la arqueología con una
tradición cultural viva -cada vez más común en nuestro globalizado mundo, pero,
contradictoriamente, cada vez más afecto a particularismos- tuvo una desagradable
respuesta en la mentalidad colonial (eso sí, científica) de los investigadores franceses,
insensibles a su entorno social, aunque tan real como sus objetos de estudio. No creo,
empero, que esa actitud sea privativa de los arqueólogos extranjeros, como bien lo deja
entrever el análisis regionalista de Villalpando (1994) en torno al mismo hecho. Como ella
asienta, “sólo basta la autorización del Consejo de Arqueología para llevar a cabo
investigaciones arqueológicas en cualquier parte del territorio nacional, sin necesidad de
consulta alguna con los descendientes de las poblaciones nativas. Como todos somos mexi-
canos, no existe la noción de territorio tradicional, sólo es cuestión de ética lo que guía una
diferente actitud social”. Ello supondría que muchos arqueólogos mexicanos no se
comportan distinto a sus pares franceses, en lo que a esto toca.
138
Bajo una visión restitucionista del pasado y de los bienes culturales en general, puede agregarse aquí la
disputa de los zuni de Nuevo México con la Smithsonian Institution, que finalmente los favoreció (Merrill,
Lad & Ferguson 1993; Merrill & Ahlborn 1996). En México ha sido hasta la celebración de la Segunda Mesa
Redonda de Monte Albán en que ha empezado a abordarse el espinoso problema de la relación entre
sociedad y patrimonio arqueológico en el Valle de Oaxaca. Aparte de mi ponencia (Vázquez 2000), muchos
otros arqueólogos e indígenas contribuyeron con ideas importantes, si bien la memoria espera a ser
publicada, cosa nada clara.

174
La actitud de los arqueólogos que coadyuvaron a este estado de cosas es
comprensible si se recuerda que representaban a una institución a la que le fueron
encomendados todos estos bienes públicos de uso común, pero cuya concepción
tradicional de fondo es sin duda la mayor causa de su perversión como
administración patrimonialista corporada. Cuando Cárdenas dictó el decreto-ley
del INAH (o Ley Orgánica) a fines de 1938, no se conservó en ella este importante
matiz -lo público de uso común coaccionado por su administración como cosa
privada-, a pesar de que ya lo habían introducido los legisladores porfirianos. El
texto de esta ley suscita la errónea idea que el patrimonio del INAH y el patrimonio
monumental es una y la misma cosa, ya que, junto a inmuebles históricos (sedes
de sus museos y otros servicios), se incluyen “Los monumentos artísticos,
arqueológicos e históricos con que actualmente cuenta el Departamento de
Monumentos de la Secretaría de Educación Pública y los que en el futuro se
declaren como tales, de acuerdo a las leyes”.139 Como resultado de esta grave
yuxtaposición, lo que era un acto de dominio sobre los bienes de propiedad
nacional, se transformó, en los estilos de trabajo y la cultura disciplinaria de los
arqueólogos de la época de oro de la escuela mexicana de arqueología, en
sinónimo de algo suyo, tan suyo que había que defenderlo hasta el exceso de
tomar los sitios y zonas arqueológicos como patrimonio personal y a la “sociedad
como el enemigo a vencer” (Nalda 1991a:66). La Ley de Monumentos de 1972
vino a reforzar esta mentalidad patrimonialista, para la que las actividades de
exploración, rescate, salvamento y conservación de monumentos son, además de
administrativamente prioritarias, las únicas concebibles, y, más importante aún, la
única manera de pensar la arqueología como disciplina.140 Una concepción tan
estrecha de la arqueología -sólo para el descubrimiento y la conservación de

139
Artículo tercero, inciso cuarto de la Ley Orgánica del INAH en 1939 (INAH 1963:4).
140
En el capítulo cuarto describo el componente epistemológico de la apropiación física por
cuanto aprehensión de sus objetos de estudio, todo ello motivado por las prioridades de
descubrir e interpretar el pasado. Dicho en otros términos, no atribuyo todo el
comportamiento de los arqueólogos al contexto político-jurídico e institucional, ni tampoco
a la ortodoxia teórica de la historia cultural. El internalismo externalista que despliego es
más amplio que la orientación teórica, la que, tratándose de una ciencia empírica, de todos
modos nos remite a su referente observacional, es decir, no está compuesta de ideas
abstractas únicamente.
175
monumentos ad gloriam patria- tenía que provenir del viciado ambiente burocrático
de la administración del patrimonio, que, así como antes se había apropiado de las
cosas antiguas, pasó por consiguiente a apropiarse hasta de la ciencia, sujeta
como instrumento a su servicio particular.

Lo establecido explica por qué los arqueólogos gubernamentales, en cuanto


a grupo profesional, no opusieron resistencia alguna a que tanto en la Ley de
Monumentos de 1972 como en la reglamentaria se les siguiera identificando como
“personal técnico de conocimientos científicos”141 o, en el mejor de los casos,
como “personal técnico o de conocimientos especiales”.142 Con la misma
naturalidad que crea nuestra cultura política, se asumió como habitual que el
secretario de la SEP designara libremente al director general del INAH y a todos
los jefes de departamento, incluso a su personal técnico.143 Las cosas incluso
mejoraron cuando la designación del personal técnico se convirtió durante largos
años en una prerrogativa del titular del INAH (fue hasta hace una década y media
que se reglamentó el ingreso de personal de “investigación científica y docencia”
mediante exámenes de admisión abiertos, todo un logro académico y sindical), si
bien desde junio de 1992, el nombramiento del director general parecen disputarlo
el secretario de la SEP y el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las
Artes.144 Pero la “modernización” del sector cultura de la administración pública no

141
Cfr. con la exposición de motivos del proyecto de ley orgánica discutido en el Congreso
de la Unión en diciembre de 1938; en ese lugar, y a tono con la época, se habló del "estudio
científico" como causa de "utilidad pública", idea autoritaria que reaparecerá en las
discusiones camerales de principios de los setenta (Olivé y Urteaga 1988:368-369).
142
Artículo noveno de la Ley Orgánica de 1939 (INAH 1963:5).
143
Artículos octavo y noveno de la Ley Orgánica de 1939 (INAH 1963:5); la Ley Orgánica
reformada de 1986 se reduce, en su artículo sexto, al nombramiento o libre remoción del
director general, quedando implícito que éste nombra a sus subordinados o "personal de
confianza" (título bien descriptivo de lo que son), mientras que los investigadores se rigen
por otras reglas de reclutamiento que no trataré aquí; sobre el decreto presidencial que
reforma la ley del INAH,[Link] Oficial de la Federación, enero 13, 1986: 48-50, así
como su reproducción en Olivé y Urtega (1988:373-377).
144
Por decreto presidencial del 6 de diciembre de 1988 se creó al CNCA, con diez
atribuciones desligadas de la SEP, incluyendo la readscripción de unidades administrativas
completas, dejando al arbitrio del ejecutivo agregar nuevas atribuciones. Como tal, el
decreto nada especifica sobre la administración del patrimonio cultural, agregado que
176
ha variado el viejo estilo de reclutamiento de sus funcionarios sobre la base de
“nombramientos” en calidad de “personal de confianza”. Con todo, esta tradición
patrimonialista es más extendida y sutil que la presente en la asignación de los
cargos administrativos de primer y segundo nivel jerárquicos en el INAH. De
hecho, y como he venido sosteniendo, alcanza al desempeño mismo de la
arqueología en su conjunto por obra del monopolio patrimonial, que los mismos
protagonistas aprecian que los avasalla desde mucho antes de crearse el CNCA.
Lorenzo (1984:99), por ejemplo, definía a su disciplina “como un monopolio de
Estado [que] es aplicado en la práctica y en el entrenamiento de sus
profesionales”.

Por consiguiente, el referente obligado en todo esto son las


reglamentaciones adicionales a que está sujeta toda aquella persona que desee
ser y hacer arqueología en México, a saber, el Reglamento del Consejo de
Arqueología y el Reglamento de Investigación Arqueológica en México. Ambos
brotan directamente de la apropiación de la disciplina por parte del aparato
administrativo desde el acto de expropiación de la arqueología a los arqueólogos
por causa de su “utilidad pública”, con apego a la ley patrimonialista de 1972.
Vayamos pues por partes, deteniéndonos en cada reglamento por separado.

La ocurrencia de crear un Consejo de Arqueología viene de ciertos


precedentes jurídicos y administrativos. Con la Ley Orgánica de 1938 se pensó en
crear un Consejo Consultivo integrado por el director general, los jefes de

apareció un día después de su decreto, cuando el presidente de México atribuyó al consejo


“la investigación y conocimiento del pasado, para abordar las raíces de la identidad
nacional y para renovar... nuestro orgullo de ser mexicanos” (Tovar 1994:362-363). Este
procedimiento voluntarista típicamente patrimonialista permite entender por qué en junio
de 1992 la remoción del director general del INAH se presentó como un sorpresivo golpe
palaciego de traspaso del dominio central sobre el INAH de la SEP al CNCA,
contraviniendo su ley orgánica. De paso, el CNCA ha incluido entre sus Programas
Sustantivos la conservación monumental, mientras que el sostén de los Proyectos
Arqueológicos Especiales corre a cargo del fideicomiso Fondo Arqueológico Nacional, que
forma parte de los Proyectos Estratégicos del CNCA.

177
departamento y el personal técnico de investigación. La idea de este consejo
interno era positiva. Se trataba de verificar “los trabajos científicos de conjunto”,
proponiendo, así, los presupuestos adecuados al gobierno federal.145 Pese a sus
bondades, nunca se puso en práctica. De nueva cuenta, a principios de 1971, se
instrumentó un Consejo de Investigación del INAH, con la misma finalidad del
Consejo Consultivo. Todavía en 1977 flotaba en el aire la idea de ponerlo a punto,
por lo que el director en turno lo reglamentó pensando en que el INAH disponía de
una plantilla de investigación tan variada como para transformarle en un grupo
multidisciplinario y, con él, arribar a una cabal política de investigación (INAH
1977). La historia volvió a repetirse: el Consejo de Investigación fue olvidado. La
tercera vuelta a la tuerca no fue más exitosa. En la Ley Orgánica reformada de
1986 se establece un Consejo General Consultivo, esta vez integrado por los
cuatro (supuestos) Consejos de Area (investigación, conservación, museografía y
docencia).146 Pero por alguna poderosa razón informal que escapa al ordenami-
ento legal, todos estos consejos no existen sino en el papel.147 Excepto el Consejo
de Arqueología, por supuesto.

La historia detallada del Consejo de Arqueología no se conoce. Pero la


información que se ha filtrado da pistas del por qué ningún consejo de
investigación ha funcionado, excepto cuando se le jerarquiza miméticamente al
resto de la administración patrimonial, lo que cuestiona de entrada su carácter de
investigación. Hacia 1971 el Consejo de Investigación fue copado por los
arqueólogos de la vieja guardia y algunos que iban en ascenso en la jerarquía
interna: Ignacio Bernal lo presidía y Eduardo Matos era su secretario. Los
acompañaban José Luis Lorenzo, Román Piña Chán y Jorge Acosta. Con

145
Artículo décimo segundo de la Ley Orgánica de 1938 (INAH 1963:6).
146
Artículo octavo de la Ley Orgánica reformada de 1986 (Olivé y Urteaga 1988:377).
147
Al parecer el origen de este eterno desfase entre lo real y lo normado ha sido la falta de
una reglamentación de la ley orgánica, pero cuenta mucho más la preocupación de la
burocracia patrimonial por contrarrestar el posible poder de interferencia del grupo de
investigadores -que suman más de setecientos- en su vertical toma de decisiones. Por ello,
en vez de consejos, lo que se ha instrumentado primero son las coordinaciones de
antropología, historia, arqueología, museos y exposiciones, restauración, monumentos
históricos y difusión, todas ellas dependientes de la secretaría técnica del INAH.
178
excepción de Arturo Romano -que representaba a los antropólogos físicos-, todos
eran arqueólogos. En 1974 se integraron Carlos Navarrete, Noemí Castillo,
Enrique Valencia (a la sazón director de los centros regionales) y Lorena
Mirambell, casi todos arqueólogos. Por último, en 1975, el entonces director
general, el etnólogo Guillermo Bonfil, dicta el primer Reglamento del Consejo de
Arqueología, que no hizo sino sancionar una situación de hecho. Así, el Consejo
de Investigación mutó en Consejo de Arqueología, un órgano consultivo interno
pero necesario para un director que no era arqueólogo, pero con capacidad de
decisión externa sobre el otorgamiento de autorizaciones con las que emprender
investigaciones arqueológicas a nivel nacional.

Para entonces, la arqueología ya había sido expropiada jurídicamente a los


arqueólogos. Matizo de inmediato el aserto, debí decir que había sido expropiada
a los arqueólogos que no pertenecieran al INAH, o que, en su interior, carecieran
de rangos elevados. Porque la persistencia de nombres en los cargos administra-
tivos y en la estructura del consejo habla de un grupo de interés bastante
influyente y con rangos previamente definidos: Ignacio Bernal fue nombrado
presidente del consejo, seguido de Eduardo Matos (jefe del Departamento de
Monumentos Prehispánicos), José Luis Lorenzo (jefe del Departamento de
Prehistoria), Noemí Castillo (jefa de la Sección de Arqueología del Museo Nacional
de Antropología), Ariel Valencia (jefe del Departamento de Registro Público de
Monumentos), Jorge Angulo (vocal de las secciones de arqueología de los centros
regionales), Román Piña Chán y Carlos Navarrete como vocales, y Enrique
Valencia como asesor (un antropólogo social de la confianza de Bonfil) (Matos
1980:128-129).

No seguiré con esta larga enumeración de nombres, extraños para quien no


sepa quién es quién dentro de la arqueología estatal. Baste decir que en lo
sucesivo el consejo fue integrado por las más altas jerarquías de la arqueología
del INAH, llamando la atención del observador la persistencia de ciertos

179
consejeros en sus cargos, excluyendo a Carlos Navarrete desde 1977. 148 El
monopolio patrimonial del INAH tiene pues nombres y apellidos bien
identificables.149 El traslado administrativo del INAH al CNCA alteró ligeramente la
composición del consejo al integrar tres representantes universitarios de la UNAM,
UV y UAY, pero de modo informal, bajo invitación personal expresa de la directora
general. Ya que el último reglamento del consejo del 2 de junio de 1994 (INAH
1994) no reconoce legalmente esta reforma, ello implica que el monopolio
persiste, haciéndose inclusive más centralizado. Este fenómeno se manifiesta en
los individuos que, siendo funcionarios a cargo de la estructura interna de la
institución (ver esquema de la arqueología del INAH en el capítulo cuarto), per-
manecen como consejeros y, al mismo tiempo, como directores de los Proyectos
Especiales de Arqueología. Esto quiere decir que reúnen tres estatus y algunos
hasta cuatro.

El monopolio pertenece a éstos arqueólogos y a nadie más. Inclusive, el


que en el penúltimo reglamento del consejo150 se prescriba que los once titulares
(y diez suplentes) han de ser todos investigadores del INAH, es una manera
velada de decir que ser consejero es disfrutar de una prebenda asignada a la
jefatura de alguna dirección o subdirección arqueológicas, si bien cuatro de los
miembros son nombrados por el director directamente.151 En cuanto a su

148
Y otros como Román Piña Chán, cuya trayectoria dentro del INAH lo distingue
ostensiblemente del resto de sus pares por ser ésta más académica que administrativa.
149
Un listado de titulares y suplentes del consejo hasta junio de 1992 puede consultarse en
los boletines del consejo, CAB 1990 (1991) y CAB 1991 (1992).
150
Desde 1975 han habido cuatro reglamentos del consejo: 1975, 1982, 1990 y 1994; todos
han sido prescritos por los respectivos directores generales del INAH, según su muy
patrimonialista parecer; (cfr. Olivé y Urteaga 1988: 379-381; INAH 1990: 5-9 y 1994: 7-
11). Los reglamentos de investigación arqueológica responden a la misma lógica y se les
puede considerar su derivación genética; cfr. (Litvak et al.1980:218-222; Olivé y Urteaga
1988: 382-391;INAH 1990:10-22 y 1994:12-24).
151
En 1994, la inclusión de representantes de la arqueología universitaria pareció abrir la
corporación: de once consejeros, cuatro son nombrados directamente por la dirección
general del INAH; su presidente y tres consejeros, que pueden ser miembros o no del
INAH. Sin embargo, por ningún lado se establece que deban ser arqueólogos universitarios,
mucho menos en el caso de su presidente. En cambio, los siete restantes sí lo son por
fuerza, en particular cuatro de ellos, que siempre serán funcionarios de tercer nivel. De esos
180
funcionalidad, podemos inferir que, a consecuencia del artículo trigésimo de la Ley
de Monumentos de 1972 (que capacita al INAH para autorizar todo trabajo
arqueológico), sus competencias son tres: 1) dictar la línea de investigación
arqueológica de todo el país al fijar sus “prioridades”; 2) dictaminar sobre todos los
proyectos de investigación arqueológica, también a nivel nacional; 3) “recomendar”
-toda una innovación que debemos al penúltimo director general- a todas las
instituciones educativas superiores respecto a la preparación de las nuevas
generaciones de arqueólogos. Para desgracia de este monopólico monopolio (es
decir, restrictivo hacia dentro y hacia fuera) esta última función excede su
capacidad legal, porque no toda la socialización profesional ocurre ya dentro de la
ENAH (como se verá más claro en el siguiente capítulo), aunque subsiste la
voluntad de dominio sobre toda la profesión.

A continuación, las así llamadas “Disposiciones reglamentarias para la


investigación arqueológica en México” han sido cuatro también, todas ellas
inspiradas en el artículo trigésimo primero de la Ley de Monumentos de 1972
(Olivé y Urteaga 1988:410; INAH 1984a:17), que faculta al INAH dictar “los
términos y condiciones a que deban sujetarse los trabajos, así como las
obligaciones de quienes los realicen”. La comparación de la serie de reglamenta-
ciones indica, de entrada, la tendencia a regimentar hasta el menor detalle: baste
advertir que la de 1977 constaba de cuatro capítulos y 23 artículos; la de 1982 seis
capítulos y 41 artículos, y la de 1990 seis capítulos y 45 artículos (la de 1994 varía
ligeramente: seis capítulos, 43 artículos y dos transitorios). Quizás lo más notorio
en este subsistema legal sea la transformación sucesiva que demuestra la
declaración de principios asentada en su artículo primero (capítulo primero), que
denota una voluntad de control absoluto apenas ocultada. En 1977 se decía: “La
arqueología en México es competencia del Estado y de ejercicio profesional, sin

siete, para los centros regionales se reservan tres escaños, según la zona (sur, centro y
norte), lo que genera la ilusión de democracia, pues son elegidos por los arqueólogos que
trabajan en provincias, pero sin romper la corporación (INAH 1994:9). Tómese en cuenta
que las decisiones del consejo son por consenso, pero que en caso de diferendo, será el
director general, no el presidente, quien diga la última palabra. La verticalidad está bien
asegurada.
181
menoscabo de la libertad de investigación”. En 1982 cambia a: “Sin menoscabo de
la libertad de investigación, la arqueología en México es competencia del Estado y
de ejercicio profesional”. Para 1990 el dictado es imperativo, sin escape posible:
“La investigación arqueológica en México es de social interés y causa de utilidad
pública y corresponde al Estado su regulación por conducto del INAH”.
Finalmente, en 1994 se repite la misma frase, pero en el artículo tercero se
agrega: “Las investigaciones arqueológicas se sujetarán a los intereses científicos
de la arqueología nacional, cuyas prioridades se establecerán, mediante
propuesta del Consejo de Arqueología, por la Dirección General del Instituto
Nacional de Antropología e Historia” (todas las cursivas son mías).

Al detallar en seguida los planteamientos particulares de los proyectos


arqueológicos -predisponiendo su organización vertical y sus resultados
monumentales-, entendemos mejor cómo se articulan los componentes sociales y
cognitivos de la escuela mexicana de arqueología, delineados en el capítulo
previo. No se niega explícitamente la libertad de investigación, pero en los hechos
se le restringe a las “relevancias para la arqueología nacional”, como
condicionante dentro sus planteamientos, cualesquiera que éstos sean.152 Es
comprensible, por lo tanto, que los arqueólogos interioricen dobles intenciones en
sus estrategias prácticas, cuando menos una pública para el consejo y otra
personal para sus preferencias teóricas, si las es que las tienen. Pero incluso
trabajando normalmente bajo la teoría histórico cultural, el juego con el consejo
debe mantenerse a todo lo largo del proceso de estudio, so pena de ser
sancionado y aún desautorizado, lo que conllevaría un fracaso del proyecto y una
marginación profesional que ninguno estaría dispuesto asumir por los costos
aparejados (una suerte de estrategia de minimax, o sea de incurrir en el menor
riesgo de pérdida, hasta con una mínima ganacia). Los contados casos que
conozco de arqueólogos que han retado abierta y personalmente al consejo y a
sus miembros son los que pueden sortear la amenaza mediante lo que Merton
(1974: 317-318) reconoció como un comportamiento pasivo del científico, el cual

152
Artículo 8o, inciso c (INAH 1994:14).
182
llamó “reculamiento” (retreatism o retirada en términos militares), es decir, una
estrategia de confinarse a sí mismo a roles alternativos en la enseñanza o en la
arqueología de gabinete, considerablemente menos recompensados por la
disciplina y la administración patrimonial, por lo que son marginales.

La comparación pormenorizada de todas estas disposiciones


administrativas sería prolija. En su lugar será suficiente agregar que los proyectos
arqueológicos, como divisa de toda investigación (e invariablemente a cargo de un
jefe o titular del proyecto, titulado y avalado por una institución), estarán sujetos de
los “intereses de la investigación arqueológica nacional”(artículo segundo en 1977;
luego, en 1994, francamente de los intereses de la “arqueología nacional”, artículo
tercero), sobre la base de ciertas prioridades arbitrio del Director General del INAH
y el consejo, que obviamente se refieren en primera instancia al interés de
satisfacer la función -su función, pues ella los legitima como administradores del
pasado- de protección y conservación monumentales, sin importar que el objetivo
pueda ser la sola investigación.153 (Literalmente el artículo décimo segundo de las
disposiciones de 1990 decía: “La investigación arqueológica y la conservación son
inseparables, ya que el conocimiento de la ubicación espacio-temporal de los
monumentos es lo que le confiere su valor histórico”). Cabe insistir, para concluir,
que esta reglamentación es y ha sido taxativa (desde 1977) para toda
investigación que se practique en territorio nacional, sea mexicana o extranjera,
gubernamental o académica. Y que su estricto cumplimiento es materia de
supervisión del Consejo de Arqueología, que se reserva el derecho de
suspenderla, si lo cree necesario.

153
Ello introduce un nuevo matiz en la actitud de los arqueólogos franceses en Quitovac:
posiblemente obraron también movidos por las exigencias monumentales (un entierro es un
monumento, lo creamos o no) que les impuso nuestra administración patrimonialista. El
reglamento exige conservar los cacharros (hasta la cerámica misma es un monumento
mueble) para luego entregarlos al INAH en calidad de propiedad de la nación. La idea de
convertir Quitovac I en zona arqueológica sigue las mismas líneas jurídicas del resto de la
arqueología gubernamental. Simplemente quisieron hacer lo mismo que sus pares
mexicanos, reservando para sí el pasado a nombre de la propiedad nacional mexicana.
183
6. EL LEVIATAN ARQUEOLOGICO EN SU JAULA PATRIMONIALISTA.

Concluiré el capítulo con una última comparación ejemplar de carácter


prospectivo. Pensemos en la relación que guarda esta organización administrativa
y la magnitud física de los bienes nacionales objeto del control centralizado. En
1912 la Inspección de Monumentos Arqueológicos -la primera institución formal de
la arqueología gubernamental- solo administraba el museo de sitio y la zona
arqueológica de Teotihuacan, la primera con ese estatus. Aparte del inspector
general y su secretario, había dos subinspectores para vigilar todo el territorio de
Chiapas y Yucatán, con la asistencia de treinta conserjes y veintinueve peones
para trabajos de conservación (Pruneda 1912: 31). Cambiemos ahora de
escenario. En 1962 el INAH disponía de dos departamentos (de un total de 17)
para ocuparse de los monumentos arqueológicos: el Departamento de
Monumentos Prehispánicos y el Departamento de Prehistoria; empero, ya
sumaban 81 las zonas arqueológicas y estaban bajo exploración 12 más;
disponía, para tal efecto, de 212 custodios y 200 técnicos, en su mayoría
arqueólogos (INAH 1962:12 y 36-37;Nelken-Terner 1968: 213).

A la vuelta de casi tres décadas tenemos que en 1989 el INAH alcanza su


mayor inflación en este rubro: 155 zonas arqueológicas, sin contar 105 inmuebles
históricos, que requieren un tratamiento aparte (INAH 1989:ff.39-43). Ello
demandaba la atención de 301 arqueólogos, distribuidos en una Dirección de
Arqueología y cuatro subdirecciones ( Estudios Arqueológicos, Salvamento
Arqueológico, Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos y
Servicios Académicos); agréguese un Departamento de Arqueología Subacuática
y 28 secciones de arqueología en otros tantos Centros Regionales, luego Centros
INAH. Los custodios de esas zonas monumentales e inmuebles ascendían a 1,526
(INAH 1989:f.137;Vázquez 1995:316, tabla 3). Según una fuente reciente, a fines
de 1993 el INAH contaba con 5,441 empleados (Tovar 1994:379), de los cuales
307 eran arqueólogos y un número indeterminado de custodios, pero que de
seguro aumentan conforme se han abierto ocho nuevas zonas arqueológicas al

184
concluir los Proyectos Especiales del sexenio pasado (1988-1994), hasta totalizar
163.154

Pasemos ahora a examinar los límites conocidos del patrimonio


arqueológico realmente existente en México. Al respecto ha de lamentarse que no
haya un inventario detallado e íntegro tras un siglo de arqueología estatal
institucionalizada (1885-1995) y de reiterados intentos de poner al día cartas o
atlas arqueológicos. Por lo tanto, sólo contamos con cifras estimativas calculadas
con procedimientos insondables. Las más extremas calculan entre 4 y 8 millones
los sitios arqueológicos, que abarcan desde campamentos de caza-recolección
hasta ciudades antiguas.155 Con el tiempo se ha reducido su cuantía a cifras más
razonables, pero asimismo inverificables. Hoy se habla de 100 a 250 mil sitios
visibles desde la superficie (Nalda 1993:131; Tovar 1994:85; Sánchez 1995:195).
Cualquiera que sea la magnitud real de este patrimonio nacional, es evidente que
la arqueología administrada por el INAH se enfrenta con una “misión imposible”
(Nalda 1993:131) en materia de su conservación, al menos si se concibe ésta
desde la perspectiva excluyente del sistema legal patrimonial y el monopolio del
pasado a que ha dado lugar. Suponiendo que esta limitación administrativa tradi-
cional permaneciera a pesar de todo, e incluso si tomáramos la cifra más modesta
de 90 mil sitios, como se creía hace diez años (INAH 1984:26), las 163 zonas
arqueológicas exploradas, con todo y ser las más conmovedoras
monumentalmente, no llegan ni a 0,2% del total.

Pero lo que puede ofrecernos una idea exacta del techo objetivo que ciñe a
la administración patrimonialista de los bienes arqueológicos, son los resultados
parciales obtenidos por el Proyecto Atlas Arqueológico 1984-1988, según los
cuales hay en México 13,563 sitios verificados visualmente, de un total de 20,718
documentados en gabinete (INAH [Link]-35).156 Si bien ambas cifras son

154
"Proyectos Especiales de Arqueología", AM, 7,1994:82.
155
Antropología, 18, 1988:7.
156
Según un especialista de la Subdirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicas, se
tienen registrados en cédulas un total de 16, 840 sitios (Sánchez 1995:196).

185
absolutamente realistas, no ha de olvidarse que son harto incompletas porque
hubo estados de la república donde no se hizo ningún recorrido o se hizo
parcialmente.157 Lo que indican a pesar de todo son dos cosas. Primera, que por
un lado el monopolio administrativo de los monumentos ha crecido entre 1912 y
1994 en 16,200 %, en cuanto a zonas arqueológicas exploradas. Dos, que no
obstante tan impresionante crecimiento, su alcance efectivo es irrisorio, pues
representa apenas 1.2% respecto a los sitios observados y aproximadamente
0.8% de los sitios documentados por medios indirectos, que no son porcentajes
muy elevados sobre la estimación más moderada del párrafo anterior. En conse-
cuencia, podemos concluir diciendo que el Leviatán arqueológico mexicano no
cabe dentro de la jaula patrimonialista en que se le ha querido encerrar para los
fines personales del soberano y de sus administradores. En seguida, que el grillete
monopólico con que se le quiere controlar en el fondo de la tierra resulta a estas
alturas anacrónico.

Una elemental proyección de las cifras administrativas conocidas obligaría


imaginar al INAH con dimensiones igualmente monstruosas, si es que se mantiene
la lógica monopólica y patrimonialista que ha predominado en los últimos
doscientos años en la arqueología mexicana. Atender solamente esos 13,563
sitios como zonas arqueológicas requeriría del concurso de 133,529 custodios y
26,338 arqueólogos a su servicio. Suponer al INAH con tan polifémicas
proporciones es algo disparatado que raya, otra vez, en la escala de lo mitológico.
Pero ese mismo gigantismo a que conduce su tradicional lógica revela su mayor
debilidad, porque apareja en un mismo orden al monopolio y a la ineficacia
administrativos. Con el devenir del tiempo, este dilema se hará más y más agudo
como límite objetivo de la administración patrimonialista de los bienes de nuestro
patrimonio. Así las cosas, cuando los actuales jerarcas de la arqueología
administrativa nos invitan a distinguir entre “lo imprescindible y lo humanamente

157
En Vázquez (1995:347-348) me ocupo de examinar las causas del fracaso de este
proyecto de inventario arqueológico. Sánchez (1995) ofrece también información sobre el
particular.

186
posible, hasta lo que debemos aceptar como marginal e imposible de defender”
(Nalda 1993:134), uno no puede por menos que señalar que tan grueso descuido
resulta inconcebible por quienes manipulan tan sustancial legado, todavía más
anacrónico si, a pesar de su manifiesta ineficacia, de todos modos lo reservan
para su exclusivo dominio. El juicio expresado por Enrique Florescano es mucho
más severo que mi lenguaje académico políticamente correcto:158

No hay razón cultural o científica para que un grupo de arqueólogos, pertenecientes a una
sola institución, de quienes ignoramos sus calificaciones científicas, determinen las
políticas nacionales de rescate, exploración, conservación y estudio arqueológico. Es un
absurdo (...) Más preocupante es que la investigación arqueológica esté determinada por
los programas sexenales presidenciales, y no por verdaderas propuestas científicas de
mediano y largo plazo, surgidas de un análisis cuidadoso de las prioridades en materia de
investigación arqueológica (...) Lo que actualmente ocurre en la arqueología mexicana
indica que hay que separar completamente el área de investigación propiamente dicha de
las áreas de rescate, conservación y protección del patrimonio arqueológico. La
investigación además, como en cualquier país libre, debe estar abierta a todos,
nacionales y extranjeros, sin más trámites que los requisitos científicos. Romper el actual
monopolio de la investigación arqueológica deberá ser una prioridad.

Paradójicamente, semejante administración anticuada de la herencia


antigua tiene como irónico pero concomitante remanente el estimular,
virtualmente, su saqueo ilegal. La ilegalidad es la indeseable sombra que
acompaña la nacionalización excluyente de un pasado que socialmente tiene
muchos dueños y muchos corresponsables, uno de las cuales es la arqueología
como disciplina de conocimiento, más que exaltación monumental.
Adicionalmente, su rasgo restrictivo duramente interiorizado como apropiación de
lo público, inhibe a la sociedad resguardarlo de la única manera posible: como
racional responsabilidad colectiva. Esas podrían ser, según creo, las justas
medidas de las grandezas y pobrezas de un modelo de arqueología
patrimonialista que una vez se originara en el ornamental encanto de coleccionar
antigüedades entre papas y reyes del sur de Europa, tradición que terminará por
agobiarnos indefectiblemente en el preludio del siglo XXI.

158
Sus palabras fueron recogidas por reporteros de la revista Este país, 32,1993:20.

187
188
CAPITULO TERCERO

LA ARQUEOLOGIA MEXICANA EN SIGLAS,


CIFRAS Y NOMBRES.

Lo que los científicos hacen nunca ha sido objeto de una investigación...científica. De


nada sirve mirar los "artículos" científicos, pues no solo ocultan, sino que malinterpretan
activamente el razonamiento que subyace en el trabajo que describen (...) No existe esa
persona, el científico. Hay científicos, desde luego, y hay una colección tan variada de
temperamentos como entre los médicos, abogados, clérigos, empleados o encargados de
piscinas (...) No, los científicos son gente: descubrimiento literario de [Link]...

Peter B. Medawar (Premio Nobel en fisiología,1960)

E n el actual capítulo me propongo captar a los arqueólogos y


instituciones por medio de cifras que den sentido de apreciación numérica a
la posible discrepancia que pudiera advertirse entre mis interpretaciones y la
a sus

realidad abordada. Cuando me ocupé de la membresía del Consejo de


Arqueología en el capítulo anterior, inevitablemente debí personalizar a un grupo
de individuos con fines descriptivos. Así lo haré también cuando, en los siguientes
capítulos, me ocupe de los conflictos de prioridad en los proyectos de arqueología,
puesto que éstos implican estrategias de acción que aparentemente son
individuales. Con todo, me resisto a la intención de personalizar de modo
generalizado. Excepto que en vez de buscar una objetividad intachable, estoy
pensando más bien en el sentido de proporción numérica de los fenómenos
observados a lo largo de esta indagación. Sobre todo porque si todo un grupo
disciplinario reacciona de la misma manera, es que algo habrá de regular en su
comportamiento social. Pero eso será asunto de los capítulos siguientes. De
momento, bajo esta perspectiva más impersonal, pretendo responder aquí
cuestiones tan elementales como cuántos son los miembros activos de ese grupo,

189
dónde trabajan, qué tipo de labores desempeñan cotidianamente, con qué medios
lo hacen, qué crean, e incluso cómo se agrupan profesionalmente. Lo ideal, creo
yo, sería abordarlos por medios estadísticos, mediante una encuesta fiable. Con
pena debo adelantar que mis intentos de indagación cuantitativa resultaron en
gran medida vanos. Una encuesta aplicada nunca me fue remitida intencional-
mente por los arqueólogos consultados. Luego, mi pretensión de reunir algunas
bases de datos tampoco obtuvo resultados óptimos, según se podrá constatar a lo
largo del capítulo. No deseo curarme en salud, justificando mis propias fallas, pero
aduzco que muchos arqueólogos prefieren retener en secreto la información
básica de sus actividades sociales, y a veces, hasta la de sus propios resultados.

Así y todo, mi idea sigue siendo la de facilitar al lector una guía orientada para
acercarse a ellos. Elucidar estas preguntas parte del principio de que los
paradigmas cualitativo y cuantitativo de investigación social, lejos de ser
antagónicos, han de buscar sintetizarse (Méndez 1993:209-213). Empero, dada la
actitud cerrada al escrutinio público por parte de los sujetos de estudio - actitud de
suyo reveladora de cierta cultura disciplinaria peculiar-, me indujo por fuerza a dar
preponderancia a lo cualitativo (que se manifiesta multifacéticamente en nuestra
fenomenología comprensiva por medio de una etnometodología como guía de
observación directa, estudio de casos, aproximación holística y procesual, cambio
conceptual de las teorías, etcétera), al tiempo que invierte la estrategia
sociológica, procurando, hasta donde ello me fue permitido, cuantificar lo
cualitativo.

Sin derivar del todo hacia un quién es quién en la arqueología mexicana,


procuré reunir una summa de datos estadísticos descriptivos que no estaban
disponibles siquiera para el observador externo, por lo que apenas ofrezco al
lector un primer esbozo de documentación a todas luces incipiente y aún, diría yo,
de un superficial conteo, debilidad tanto más evidente si se le contrasta con toda
esa imponente sofisticación estadística que ha alcanzado la información científica
en otros campos y disciplinas. A pesar de sus objetables limitaciones, mi

190
estrategia de documentación arroja algunos resultados interesantes. El más
sobresaliente de todos es que contrariamente a lo que creí debería ser una
sencilla estructura social dual (arqueología estatal por un lado y arqueología
universitaria por otro, un esquema ampliamente compartido por los propios
arqueólogos), estamos testificando la rica proliferación de las arqueologías
regionales a través de una diversificación institucional inesperada, desarrollo que,
por otra parte, no coincide en absoluto con su unitaria organización profesional
(me refiero, desde luego, a la SMA), la que se mantiene como si estuviera
suspendida en estado inerte, sin cambios apreciables desde cuando se le fundó
en 1937.

1. CUALIDAD Y CANTIDAD EN LA ESTRATEGIA DE DOCUMENTACION.

La actividad sistemática de documentación científica tiene en nuestro país un


grave defecto bifacial: carece de profesionalización y de institucionalidad. Los
numerosos trabajos de Salvador Malo sobre la composición y tendencias del SNI,
aparecidos en la revista Ciencia y Desarrollo entre 1986 y 1990, parecían indicar
que esa institución asumiría dicho servicio como una de sus funciones colaterales.
Era lógico que así fuera, puesto que en todas partes la información científica se le
utiliza como herramienta para la toma de decisiones administrativas sobre política
científica. Desafortunadamente no fue así. Para colmo, no hay todavía quien se
ocupe de ello de manera global. Todo parece indicar que su auspicio seguirá
siendo sectorial, limitado y parcial en el futuro inmediato. Digamos pues que la
ANUIES deberá estimular sus propias evaluaciones de la instituciones
universitarias y de investigación por medio de su Sistema Nacional de Información
para la Educación Superior, y así sucesivamente. Impetú equivalente demostró en
sus inicios la Red de Escuelas de Antropología, pero hasta ahora todo se ha
reducido a colaborar en la manufactura de un catálogo actualizado de tesis
antropológicas (García Valencia 1989). Así las cosas, es muy probable que la
información y documentación de la arqueología la deberán encarar tarde o
temprano los propios arqueólogos a través de un colegio profesional aún en

191
ciernes, o algo parecido. De momento, y digámoslo con la misma franqueza, es un
campo poco favorecido por estos especialistas, no obstante los beneficios que
pueda brindar a la historia e investigación reflexivas de la propia disciplina, a la
política de investigación a largo plazo y a la no menos importante administración
del patrimonio cultural en un país como México, con abundancia abrumadora de
vestigios arqueológicos.

Hablando de manera general, una excepción en tan yermo cuadro la constituye


la propuesta de Lyon (1989) para desarrollar una estrategia de documentación de
la arqueología norteamericana con una base de datos de alcance nacional, pero
de la que desconocemos resultados prácticos. En ese rumbo, en nuestro país el
inconcluso Proyecto Atlas Arqueológico del INAH (1984-1988) bien pudo haber
rendido los primeros frutos de una estrategia de documentación al servicio de los
intereses de planeación y racionalidad administrativas. Como si fuera una condena
oprobiosa, el proyecto quedó inconcluso.159 En seguida tenemos la base de datos
emprendida por Paul Schmidt a propósito de 367 proyectos arqueológicos
norteamericanos realizados en México entre 1910 y 1960, aproximadamente
(Schmidt 1988). Con el mismo fin sistemático encontramos algunos catálogos.
Destacan los de Ochoa (1983) sobre las publicaciones arqueológicas
universitarias entre 1964-1978, los referentes a las tesis de arqueología a nivel de
licenciatura, maestría y doctorado de Montemayor (1971), Avila y otros (1988) y
García Valencia (1989), y, por último, un anunciado Directorio de Revistas
Antropológicas a cargo de María Villanueva.160 Son, con todo, raras y dispersas
excepciones a la regla general de descuido que priva en este campo de estudio.

Pero ya desde esta constatación podemos advertir la insuficiencia que distancia


a la arqueología mexicana -entendida como actividad presuntamente científica-
de las ciencias físicas y formales, para las que la especialidad conocida como
"información y documentación científicas" ha sistematizado procedimientos de

159
Los resultados obtenidos, aunque insuficientes, pueden consultarse en Nalda y López
(1984);Velázquez et al. (1988); Fernández et al. (1988) y Casado (1987).
160
Antropoideas,16 (marzo),1992.
192
captación de datos, hasta el punto de mercantilizarlos para su análisis e
interpretación indirectas.161 Me refiero, por supuesto,a los servicios que presta el
ISI, institución que desde 1963 viene editando sus famosos Science Citation Index
para fines cientimétricos dentro de las ciencias duras, y, desde 1973, para las
ciencias sociales. Sobre el particular, he de señalar que nuestra búsqueda en los
citados índices (sus anuarios 1976-1989) resultó por entero infructuosa para el
actual propósito. Se podría afirmar que en cierto modo, para este instituto, la
arqueología mexicana es desdeñable o de plano invisible.162 Así, si esta fuente
bibliométrica fuera la única disponible o, mejor aún, valedera, se podría pasar con
facilidad a la aseveración de la ínfima visibilidad internacional de la disciplina -
suponiendo, claro, que arqueología mexicana tuviera una orientación
internacional-, o a la de una "difusión endogámica" de sus conocimientos, si no es
que a caracterizar "algunos rasgos típicos de una estructura subdesarrollada",
como hizo Villagrá (1992:14 y 18) con las disciplinas sociales y humanistas dentro
de las universidades españolas.163

161
Para Aída Méndez, del Instituto de Información y Documentación en Ciencias Sociales y
Humanidades del CSIC, su especialidad se ocupa de la adquisición, almacenamiento,
recuperación y diseminación de la información, registrada principalmente en publicaciones
periódicas. En su origen, ésta era una rama de la biblioestadística e incluso, cuando en 1955
Eugene Garfield no sospechaba el imperio que iba a fundar, estuvo inspirada en un manual
de jurisprudencia de 1873. Así las cosas, paralelamente al ISI norteamericano, han ido
apareciendo instituciones homólogas como el ISOC arriba citado (lo mismo que Instituto
de Información y Documentación en Ciencia y Tecnología, también del CSIC español) y el
Laboratorio de Evaluación y Prospección Internacional en el CNRS francés. Es lamentable
que en México el SNI o el CONACYT carezcan de algo similar no obstante su uso acrítico
del análisis de citas para asignar estímulos y financiamientos a los científicos; vv. Méndez
(s.d.); Miquel et al. (s.d.);Rabkin (1984) y Witowski (s.d.).
162
Específicamente se trata de los índices acumulados anuales y quinquenales
correspondientes a ese periodo; cfr. Social Sciences Citation Index. An International
Multidisciplinary Index to the Literature of the Social, Behavioral and Related Sciences,
Philadelphia, Institute for Scientific Information, 1976-1989.
163
A la vista de estas conclusiones, solo al final de su estudio Villagrá se pregunta cómo y
en qué medida pueden evaluarse estas disciplinas con parámetros similares a las de otras
ciencias. Descontando la resolución del problema de cuantifación, parece pertinente
primero una definición cualitativa de las técnicas, como observa Hicks (1987) en su
evaluación del análisis de las co-citas, incluso en un campo de investigación experimental
duro.
193
Debo admitir que cuando inicié la presente documentación me inspiré en una
serie de trabajos análogos que me parecieron dignos de ser imitados.164 Pronto
me hice cargo de que su ejemplo no podía duplicarse a causa de que la mayoría
de sus análisis e interpretaciones estaban fundadas en las bases de datos
ofrecidas por el antes mencionado ISI.165 Pero un factor crítico más importante que
el descuido del ISI respecto de las actividades científicas tercermundistas (Gibbs
1995), es que en el fondo los estudios cuantitativos de este tipo parten de la idea
central de que el crecimiento de cualquier actividad científica es mensurable según
su expresión bibliométrica en cuanto a publicaciones, más específicamente en
cuanto a revistas y artículos impresos en ellas. Gracias a esta cuantificación,
paradójicamente literaria (peculiaridad que no ha pasado inadvertida por la crítica
posmoderna de los nuevos estudios sociales de la ciencia, que así pueden
deconstruirlos discursivamente como piezas de retórica), se hace factible toda
inferencia relativa a la productividad científica, suponiendo que ésta es la única
forma permisible de determinación de la actividad cognoscitiva. La noción
administrativo-empresarial subyacente en el concepto se puede apreciar en la idea
misma de la cienciametría posterior a de Solla Price, pues mientras él proponía
una concepción integral de la "ciencia de la ciencia", los directivos de las
instituciones de investigación o aplicación del conocimiento científico han
transformado a la documentación en un medio para evaluar recursos y, sobre
todo, para asignarlos. En ese sentido, el servicio que presta el ISI es un medio
comercial que percibe a la ciencia desde una óptica harto particular, es decir,
como un proceso conducente “a considerar al artículo científico como un 'bien' y a
determinar su 'valor' conforme al 'mercado' de citas” (Guggenheim, s.d., p.1224).
Conviene puntualizar entonces que lo qué es bueno para los administradores no

164
Se trata de Pestaña (1990), Ferreiro & Ugena (1992), Méndez y Ribas (s.d.), González y
Jiménez (1979:97-125) y, destacadamente, Lomnitz et al. (1987).
165
La contribución de Lomnitz et al.(1987) difiere en que combina la observación
participativa con un inventario muy completo de las publicaciones y referencias del
Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM. Se trata, entonces, de una
combinación de datos cualitativos y cuantitativos, obtenidos por un equipo de
investigación.
194
necesariamente lo es para los investigadores y mucho menos para los
investigadores de los investigadores.166

El problema clave en ese sentido es que las técnicas, modelos y medios


cienciamétricos (citas, co-citas, redes, colegios invisibles, atlas y leximapas) han
pasado a ser, de auxiliares en las políticas de investigación o de las tradicionales
evaluaciones colegiadas (llámense juicios de expertos, de pares, de iguales o
meros arbitrajes), a sus sustitutos. “Gracias a bases de datos de citas como las del
ISI, muchos investigadores son ahora tasados por el número de veces que sus
artículos han sido listados como referencias en otros artículos” (Gibbs 1995:77).
Su implantación ha encontrado cierta resistencia de parte de destacados
científicos, pero lo cierto es que los vicios e ineficiencias de los juicios de pares
son el mejor argumento contra sus méritos. De paso, en Estados Unidos hay una
creciente tendencia (estimulada por sonados escándalos protagonizados por
figuras prominentes, cuyos fraudes han desembocado en un cuestionamiento
interno a la autonomía de la ciencia) a juzgar a los científicos por sus méritos
públicos y no por su popularidad entre otros científicos. No es fortuito entonces
que los enfoques numéricos se definan como objetivos y unívocos, eso es, el
reverso de la subjetividad y ambigüedad admitida por los experimentados
miembros de los comités de evaluadores.167

166
La cienciametría o cientimetría reconoce que la "ciencia de la ciencia" fue su antecesora,
en especial la pieza clásica de Solla Price (1986 [1963]) sobre el análisis de citas. Rara vez
se dice que la ciencia de la ciencia era un programa de investigación interdisciplinario
compuesto de historia, filosofía, sociología, psicología, economía política y
operacionalidad de la ciencia, y que "todas ellas son partes especiales de algo que debe ser
estudiado como un todo" (Price 1968: 321). Admitía que junto a los estudios cuantitativos,
se deberían emprender estudios de contenido de los modelos teóricos, pero asimismo de la
política y administración, si bien la medición de la literatura científica era uno de sus
aportes significativos. Sostenía además que independientemente de sus usos prácticos, la
ciencia de la ciencia implicaba un conocimiento comprensivo, intención no siempre respe-
tada por sus epígonos.
167
Una interesante discusión de los juicios prospectivos y retrospectivos sobre la calidad de
la ciencia experimental lo debemos a Pérez Tamayo (1989:94-121), quien defiende el valor
de los juicios de expertos en el mismo campo,"aún cuando sean subjetivos y no
cuantificables". Muchas de sus ideas son producto de la experiencia personal por lo que
195
Mas el reverso de la moneda no resulta obsequioso. A sugerencia de la revista
Science, un investigador del ISI, usando sus mismas bases de datos, descubrió
que 55% de los artículos publicados entre 1981-1985 en las 4,500 revistas
internacionales más importantes, nunca habían sido citados por un autor en los
cinco años siguientes a su publicación. En ciencias sociales, este porcentaje se
disparaba a 74.7% y, cruel paradoja, el índice más alto era para los campos de
moda. Según el autor del estudio, no hay explicación para este anormal
fenómeno.168 Empero, desde el punto de vista cualitativo, día a día se va haciendo
claro que la práctica de las citas depende de variables hasta hoy desestimadas,
como son sus variaciones de una revista a otra, de una disciplina a otra, de un
país a otro y desde un significado diverso al de la supuesta deuda intelectual
(Guggenheim, s.d.:1225). Ya en México, algunos estudiosos se han preguntado
qué tan válido es evaluar con reglas comunes a las distintas tradiciones científicas
y tecnológicas, entre las que se ha creado una competencia y disputa por la
asignación de los recursos públicos (García y Lomnitz 1991).169 Incluso un

resulta difícil, desde su perspectiva, convenir en que los marcadores cuantitativos son
criticables por basarse también en el "juicio personal" (si un investigador cita a otro es
porque lo ha leído y aprecia su calidad). Pero lo más delicado de aceptar es que asuma con
tanta naturalidad lo que podría ser uno de los peores defectos del juicio de pares: lo que
Merton llamó bondadosamente el "efecto de San Mateo", fenómeno por el cual se da más a
quien más tiene, uego el "juicio de iguales" es en realidad un "juicio de desiguales". Otros
analistas han hecho notar que las apreciaciones emitidas por estos jueces pueden ser
fluctuantes, arbitrarias y ventajosas para una élite de investigadores de renombre y, lo que
es más grave, que estimulan formas de poder que pueden ser funestas para quien no
concilie con ellas. Es curioso que el mismo efecto de desigualdad se aprecia en los
resultados de las evaluaciones de investigadores tercermundistas a manos de sus “pares” de
los países industrializados; vv. Thuillier (s.d.),Kahn (s.d.) y Gibbs (1995:81-83).
168
Ver nota al respecto en MC,113(11):465.
169
Es notorio que uno de los ejemplos ofrecidos por ambas autoras (García y Lomnitz
1991:174) sea un problema de valoración disciplinaria, esto es, la diferente valoración
asignada al informe técnico por parte de los tecnólogos y el artículo y el libro por los
científicos. A mi juicio, esta discordancia se prolonga a ciencias sociales, donde se aprecia
distinto al artículo respecto al libro. En arqueología es bien conocido el problema que han
enfrentado los dictaminadores del SNI para valorar los nutridos informes técnicos antes
dirigidos al Consejo de Arqueología del INAH. Ya que no son conocimientos públicos, un
dictaminador académico ha ponderado la publicación sobre el informe, lo que agrava el
196
especialista ha observado la tendencia de los científicos a exagerar en sus citas
los artículos de sus connacionales, por lo que sugiere elaborar un "coeficiente de
la megalomanía científica nacional" (Rabkin 1984: 93).170 A su vez, los estudiosos
de los fraudes científicos advierten que la actual exigencia de "publica o perece"
estimula actitudes tramposas, donde el fraude puede ser propiciado por la misma
estructura discursiva de los artículos científicos (Blanc et al.,s.d, p.217; Benach y
Tapia 1995:124-130). Por último, y desde otro ángulo, la historiadora Helge Kragh
(1989) ha hecho notar que la historiografía cientimétrica peca de superficial porque
acaso no refleje en absoluto las condiciones que dice estudiar, ya que sus bases
de datos conllevan una idea de la ciencia que predetermina sus conclusiones,
descontando que el análisis de citas ignora contenidos y motivaciones más
profundas (y no siempre racionales) que inducen al investigador a citar o a no
citar.171

Llegamos con esto al nudo gordiano de la cuestión que nos interesa abordar,
no digamos ya el hábito de citar sino del acto mismo de escribir para otros. Si la
finalidad de publicar diverge del ideal de hacer público el conocimiento, comunicar
de manera desinteresada o simplemente informar, ¿para qué sirve?. Las respu-
estas adelantadas parecen ser excluyentes: una de dos, o se publica
interesadamente para ganar reconocimiento y sobre todo recompensas o la
literatura científica es de plano un género de carácter retórico para construir
socialmente conocimientos. Ambas posturas dividen a los partidarios de la
funcionalista escuela mertoniana y a los radicales constructivistas de la ciencia. A

contradictorio problema valorativo dentro de la disciplina, cogida entre el cometido


académico y el cometido práctico. En el capítulo siguiente abundo sobre el particular.
170
No es cosa de broma esta idea. El reciente trabajo de Gibbs (1995) es indicativo de que la in-visibilidad
externa de las ciencias tercermundistas está asociada a prejuicios y obstáculos estructurales para rebasar
sus fronteras nacionales e internacionalizarse.
171
Es por demás interesante su crítica a de Solla Price, al demostrar que sus análisis pasan
por alto los periodos de cambio en la historia de la física moderna, justo porque su método
estadístico no puede captar las innovaciones conceptuales, incluso si éstas son
revolucionarias. Para fines estadísticos cuenta mucho la masa de artículos mediocres e
irrelevantes, generando la falsa idea de acumulación y continuidad, tan falsa como la
conclusión de que no hay fases especialmente dinámicas en su desarrollo reciente (Kragh
1989: 240-248).
197
decir verdad, prefiero no pronunciarme sobre una u otra alternativas sencillamente
porque creo que hay indicios de que la ciencia actual ha introducido factores
contextuales que solo podían darse en nuestro horizonte histórico. El controvertido
caso de la fusión fría (1989-1995), examinado por Lewenstein (s.d.), en que han
interactuado la política, la competencia, la economía y la prensa, indica que éste
bien puede ser el estado constitutivo de la ciencia de fines del siglo XX. Sugiero
por todo esto observar cualitativamente a las peculiaridades de la producción de
conocimiento y las formas que éste asume entre los arqueólogos mexicanos,
donde lo mismo hay intereses y prioridades que retórica nacionalista, todos de
difícil disgregación. En suma, puedo resumir diciendo que mi estrategia de
documentación es doble: quiere ser numérica (qué tanto lo sea es otro asunto)
pero siempre atenta de los aspectos cualitativos de la información.

2. LA LITERATURA ARQUEOLOGICA Y LAS FUNCIONES INSTITUCIONALES

A lo que quiero llegar con todo este circunloquio es a decir que dentro de la
ca-
rencia de una estrategia de documentación arqueológica, el uso privilegiado de
una sola variable literaria, tal como ha sido concebida hasta ahora, y por mucho
que ésta
asuma diversos valores numéricos, pudiera confundir más que aclarar la posible
acumulación de datos en este campo. No se malinterprete mi postura. Me refiero a
que en nuestro país son contadas las revistas enteramente especializadas en
arqueología, es decir, revistas hechas por y para comunicar arqueólogos. Para ser
exacto, la inmensa mayoría de las revistas examinadas son de tipo mixto (an-
tropológicas integrales, esto es, arqueología mezclada con otras "especialidades")
lo que, por lo demás, refleja mucho mejor a la tradición integral con que se
concibió a la antropología mexicana, que a los intereses y preocupaciones de las
distintas clases de arqueólogos. No me estoy contradiciendo cuando digo que de
un total de 21 revistas examinadas, solo cuatro son especializadas, a saber:

198
Arqueología Mexicana; Consejo de Arqueología. Boletín; Revista de Arqueología
Americana y Cuadernos de Arquitectura Mesoamericana.172

Ahora bien, no obstante que las cuatro tienen una orientación nacional, solo
una de ellas realmente se distribuye en todo el país gracias a su carácter
divulgativo, mientras que las tres restantes, siendo de investigación, están
limitadas a una circulación doméstica muy próxima al grupo de arqueólogos que
las edita, rasgo de autoconsumo muy acentuado en todas las revistas, sobre todo
las de explícita orientación regional. Tómese, por ejemplo, el bien documentado
caso del Boletín de la Escuela de Ciencias Antropológicas de la Universidad de
Yucatán, revista de fuerte orientación arqueológica, pero absolutamente mayista
de contenido, su temática dominante en los 133 artículos arqueológicos
publicados (42% del total de artículos) entre 1973 y 1989 (Ramírez Carrillo 1990;
Andrews 1990).

Esto nos dejaría, para propósitos cuantitativos, con una sola revista,
Arqueología Mexicana, pero entonces no puede evadirse el hecho de que es una
revista concebida alrededor de los así denominados "proyectos arqueológicos
nacionales", "proyectos especiales de arqueología" o "megaproyectos", muy
propios del pasado sexenio presidencial. Arqueología Mexicana, es una
publicación del INAH a través de una editorial privada, que vino a sustituir desde
mayo de 1993 a la anterior revista Arqueología, órgano, primero, de la Dirección
de Monumentos Prehispánicos, y, luego, de la Dirección de Arqueología, cambio
que coincide con sus dos épocas y series, correspondientes al trienio 1988-1990.
Entre ambas publicaciones media una diferencia de sentido: en su origen, era una
publicación de investigación cuyo público, aunque limitado, eran los propios
arqueólogos. Quiero decir con esto, que sus artículos estaban redactados bajo los
estándares académicos más convencionales. Por el contrario, las primeras diez
entregas de Arqueología Mexicana (1993-1994) poseen un contenido ya

172
Ver tabla 3.1 al final del presente capítulo; posterior a la primera edición de este libro, hubo un esfuerzo
para reactivar la revista Arqueología, como órgano propio de la arqueología del INAH, en claro contraste con
la revista Arqueología Mexicana, que funge como órgano de divulgación.

199
superficial, muy apropiado para resaltar los avances en relación a los hallazgos
más rutilantes conseguidos por los citados proyectos, observándose a partir de
1995 la misma orientación hacia un público amplio de lectores, pero ya no
circunscrita a la exaltación de los proyectos especiales, sino también a otras zonas
arqueológicas de protección patrimonial. La estructura de su redacción no deja
lugar a dudas de que la revista solo representa los intereses prioritarios de la
"arqueología nacional", que asumen a la investigación como un subproducto de la
conservación patrimonial primordial. En cierto modo, la revista es un escaparate
de la sofisticada estructura jerárquica de la organización de la arqueología del
INAH, de la que me ocuparé en el capítulo siguiente.

En suma pues, no es tampoco el medio adecuado para medir la "productividad


científica" de nuestros arqueólogos, como sí podrían serlo una o más revistas de
investigación y de amplio impacto.173 Tenemos pues que de las 21 revistas
consignadas, 17 son mixtas y 4 especializadas, mientras que del mismo total, 9
son de orientación nacional y 12 regional. Además, hay que asentar que si por
alguna razón, nuestro único criterio analítico fueran las instituciones que más
publican, ello mismo iría en detrimento de un cuadro completo del campo
especializado, el que quedaría en parte oculto toda vez que habría arqueólogos
que se ocupan de aplicar o divulgar sus conocimientos antes que de publicarlos,
caso típico del INAH. Pero aún en su caso, asistiríamos al fenómeno de que el
INAH es la institución multifuncional con más revistas y publicaciones de informes
arqueológicos, luego, otra vez, no podemos cifrar nuestro interés en una revista
divulgativa o en alguna otra de tipo mixto, que sólo representarían a un grupo
limitado de arqueólogos. Concomitantemente, la producción arqueológica del IIA -
institución unifuncional de investigación por antonomasia-, quedaría relegada
frente a las publicaciones del INAH, dando la falsa impresión de que su

173
Según los criterios cientimétricos, el factor de impacto de una revista se mide por el
número de veces que se cita ésta durante un año, dividido entre el número de artículos
publicados en ese lapso (Pestaña 1992:1204). Determinar este factor supone una segunda
publicación (o publicaciones) que reflejara la importancia de Arqueología mexicana.

200
investigación es menospreciable, lo que no es exacto tampoco. Mas adelante
usaré su ejemplo para afinar nuestras observaciones cualitativas.174

De las siguientes dos tablas (3.2 y 3.3) debemos destacar el predominio de la


publicación de libros sobre la publicación de revistas periódicas. En el caso del
INAH ello se constata en su Colección Científica -a pesar de que sus abundantes
informes técnicos suelen terminar archivados o en el peor de los casos publicados
como Cuadernos de Trabajo, que es una colección en decadencia, lo mismo que
toda la Serie Prehistoria (con todas sus colecciones), tras haber sido liquidado el
Departamento de Prehistoria. Sin embargo, mientras en el IIA la producción de
libros arqueológicos es también dominante, en el INAH hay una serie de
publicaciones que, aparte de las periódicas, reflejan las actividades de divulgación
museográfica y de resguardo patrimonial. Aunque parezca una perogrullada
decirlo, hay que insistir en la importancia que se asigna a la publicación de
"miniguías" de las zonas arqueológicas, aún por encima de las "guías oficiales" de
museos y zonas arqueológicas, si bien éstas últimas parecen estar reservadas
para los arqueólogos prominentes ya que se les reconoce su autoría (digamos
Eduardo Matos para el Templo Mayor o Ignacio Bernal para Teotihuacan), no así
las miniguías publicadas anónimamente, pero que de todas formas aportan puntos
escalafonarios a sus autores, lo que explica su aprecio entre los arqueólogos
gubernamentales menos aventajados. Por desgracia, no está cuantificada la
magnitud de toda esa "literatura gris" producida por éstos arqueólogos, esto es, su
producción de informes, peritajes, denuncias e intervenciones físicas, que, a
juzgar por el tamaño de sus archivos no hay que dudar de la importancia que ellos
les dan, pero todos esos textos no alcanzan el rango de conocimiento público,
quedando como información de uso reservado por la administración patrimonial.
Sólo con fuertes restricciones establecidas en los reglamentos de investigación

174
Ver tablas 3.2 y 3.3 al final del capítulo.

201
arqueológica, dicha literatura trasciende a la administración patrimonial y puede
ser benéfica para los intereses de la disciplina.175

Si conviniéramos en que la producción escrita de la arqueología aplicada del


INAH fuera solamente una variante explicable por su cometido institucional, uno
supondría, con la misma lógica, que la arqueología universitaria podría muy bien
acercarse a una producción científica a manera de artículos. En rigor ello no es
así, no obstante que la cantidad de artículos producidos entre 1989-1991 sea la
más considerable.176 En el cuadro 3.4 se aprecia que, junto a los artículos, los
arqueólogos universitarios producen una gran variedad de textos, incluyendo,
como en el INAH, informes relativamente reservados para el Consejo de
Arqueología y otras instituciones de financiamiento. No dejan de ser importantes
los capítulos de libros y las ponencias que, mutatis mutandis, se convierten a la
larga en artículos. Empero, el trabajo más preciado para ellos no es el artículo,
sino precisamente el libro, que es visto como la obra más acabada a que puede
aspirar el estudioso, pues después de todo en él se plasman los resultados de
investigaciones completas. En el INAH, por lo que puede deducirse de sus
publicaciones recientes, se comparte en parte el mismo objetivo, aunque no de
manera generalizada. Es probable que su repunte literario responda a un estímulo
externo. Me refiero a las recompensas que ofrece el
SNI, en las que no sólo prevalece un criterio cientifista sino que domina la idea
unversitaria de la arqueología, esto es, una arqueología para producir
conocimientos en vez de cosas. Litvak (1989), como nadie, ha divulgado esta
concepción integral e interdisciplinaria de la antropología, pero es obvio que está
pensando desde un contexto académico de desempeño, acaso tan unilateral como
el administrativo del Consejo de Arqueología. Como se verá más claro en el

175
Esta literatura invisible va a parar al Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de
Arqueología del INAH, antes Archivo Técnico de la Dirección de Monumentos
Prehispánicos; aunque solo cubra el periodo 1925-1958, uno puede darse idea de su
amplitud a través del índice elaborado por García Moll (1982). Sin embargo, el encargado
de ese archivo ha elaborado un índice actualizado, que puede consultarse directamente bajo
supervisión, lo mismo que la documentación ahí reunida.
176
Ver tabla 3.4 al final del capítulo.

202
siguiente capítulo, la arqueología mexicana está cogida entre ambas prioridades -
el hallazgo monumental y el progreso en la interpretación-, lo que se interioriza
bajo reiteradas estrategias mixtas, una para el Consejo de Arqueología y otra para
el SNI. Las variantes literarias producidas no escapan a esta contradicción.

De cualquier forma, ésta concepción libresca distingue a los arqueólogos


mexicanos de otros grupos científicos, cuyo intercambio horizontal se da justo por
medio del artículo. Inclusive, es bien sabido que en otros campos científicos el
libro es malquerido, y, por lo mismo, se reserva para fines divulgativos y
manuales. Se podría afirmar entonces que la manufactura de libros arqueológicos
es una herencia humanista muy arraigada, pero no del todo conciliable con el
desarrollo de masas críticas de arqueólogos citándose en torno a un mismo tema,
si bien el defecto se aminora por medio del uso de una temática más comprensiva,
el mesoamericanismo, que liga a todas las variantes literarias de arqueología, lo
que no deja de ser problemático por otras razones.

En términos prescriptivos, el criterio cientimétrico de "masa crítica" indica que


no habrá una "comunidad científica madura" sin un número creciente de
investigadores locales trabajando el mismo problema de manera interactiva, formal
(escrita) e informal (redes de comunicación personales) (Lomnitz et al.1987:115).
Desde este punto de vista, no abundan las masas críticas entre arqueólogos.
Abstrayéndonos de sus conflictos intestinos, la elaboración de libros retrasa su
intercambio comunicativo durante varios años (súmese a ello la falta de revistas
de investigación de gran impacto y de comunicación expedita). Sin embargo, sí
existe algo que podríamos llamar "asamblea crítica", es decir, el congreso de
discusión e intercambio fugaz de ideas. Algunas mesas redondas de la SMA han
tenido esta función. También es el caso de simposios más modestos, digamos el
"Taller de discusión de la cronología de Teotihuacan" (Teotihuacan, 24-27 de
noviembre, 1993), que reunió arqueólogos de varias procedencias y
nacionalidades, con intereses comunes en el tema. Está por verse si esas
asambleas críticas se transforman en masas críticas. La larga experiencia de la

203
SMA indica que no. Muchas de sus memorias y ponencias se han quedado
inéditas, disipándose información y conocimiento. Pero no puedo dejar de
remarcar a propósito de la comunicación formal tal como existe en este instante, el
hecho de que, para el caso de Teotihuacan, medien de cinco a diez años para
comunicar los resultados, siempre en calidad de libros. Estoy pensando en los
Proyectos Ciudad Antigua 1985-1988 del IIA y Teotihuacan 1980-1982 del INAH
(Manzanilla et al. 1993; Cabrera et al. 1991; Morelos 1993). Nótese asimismo la
diferencia del lapso temporal que separa el final de ambos proyectos con su
respectivo ex libris: once años en el INAH y cinco en el IIA. Por otro lado, que
Teotihuacan logre ser una masa crítica efectiva está seriamente constreñida por la
espinosa competencia establecida entre el Proyecto Especial Teotihuacan 1993-
1994 de Eduardo Matos, el Proyecto La Ventilla 1992-1994 de Rubén Cabrera y el
Proyecto Túneles y Cuevas en Teotihuacan 1989-1995 de Linda Manzanilla.177

Una peculiaridad que he podido observar entre los arqueólogos universitarios


es la calidad de sus informes técnicos dirigidos a instituciones externas como el
INAH, el CONACYT, la National Science Fundation o la National Geographic
Society. Los distintos públicos a que están dirigidos tales informes son la clave
para entender su expresión final. Como ya dije, en el INAH estos informes rara vez
se publican. Son solo para los ojos de la jerarquía administrativa patrimonial, lo
que desmerece muchas veces su calidad de presentación. Pero para los
arqueólogos universitarios su redacción representa una exigencia adicional en su
consecusión de prestigio y recompensas, pues de antemano saben que serán
leídos y evaluados con tanto o más rigor que el resto de su producción literaria. La
rivalidad política sostenida entre la arqueología gubernamental y la académica
tiene pues un aspecto positivo: se traduce en lo que un estudioso califica como
una "tensión creativa", es decir, supone que para que una investigación sea
productiva necesita de una apuesta y una cierta insatisfacción (Franklin, s.d.:98).

177
Ver capítulo quinto sobre este conflicto de prioridades.
204
Aunque esta tensión haya amainado a fechas recientes con la inclusión de tres
representantes universitarios en el influyente Consejo de Arqueología del INAH,
los informes técnicos universitarios suelen ser juzgados por sus opositores,
aunque éstos hubieran sido sus maestros o condiscípulos durante su fase de
socialización común. Con el tiempo, sus denuncias públicas contra esta
arbitrariedad modificaron informalmente la estructura del consejo, pero prevalece
el hecho de que sus informes deben exponerse ante los competidores o, en el
mejor de los casos, dictaminadores. Para los arqueólogos del INAH hay cierta
flexibilidad: si el informe de su primera campaña no es aprobado por el consejo, la
Coordinación de Arqueología negará el presupuesto para la continuación del
proyecto (Lorenzo 1984: 94). Esta es la teoría. En la práctica pesan mucho las
relaciones personales de clientelismo con los consejeros -hay arqueólogos que
deben por años informes al consejo-, si bien el uso interesado de esta informalidad
nunca será admitida.178 No obstante, también es practicada por algunos
arqueólogos universitarios nacionales y extranjeros, que dependen del permiso del
consejo para trabajar y obtener recursos en sus respectivas instituciones de
origen. En consecuencia, la forma de redactar los informes y darles sustancia
empírica es un requisito para nulificar cualquier argumentación en su contra, si no
es que el enfrentamiento haya tomado un cariz personal que impida toda relación
y hasta se prolongue en vetos y cancelación de proyectos, como ha ocurrido en
efecto en las fluctuantes relaciones del INAH y el IIA.

Como quiera que sea, esta adversidad ha capacitado a los arqueólogos


académicos para allegarse recursos extrauniversitarios. Es un lugar común decir
que finalmente toda la arqueología mexicana es gubernamental porque hasta las
universidades públicas reciben subsidios estatales (Lorenzo 1984:99). La verdad
es que los medios al alcance de los arqueólogos universitarios (incluyendo los de
universidades privadas) son menores comparados a los oficiales (los proyectos
altamente intensivos siempre han sido gubernamentales) y que éste y otros

178
Eufemistamente, algunos arqueólogos se quejan del “cabildeo” a que deben someterse con sus colegas
del consejo y la administración patrimonial.

205
obstáculos inducen a buscarlos por otros medios. Un fenómeno perfectamente
apreciable desde 1992 es que organismos públicos como CONACYT y las
fundaciones extranjeras están canalizando mayores recursos hacia la institución
universitaria.179 En tal competencia, los arqueólogos del INAH están en desventaja
en cuanto a méritos académicos, pero su incapacidad arranca desde la habilidad
en la redacción de los informes y su distinto público. Como muestro en la tabla
3.5,180 la orientación de los libros y artículos universitarios en parte sigue siendo,
como en el INAH, para "consumo interno", luego, cientimétricamente, carecen de
"visibilidad externa".181 No obstante, cierta visibilidad externa se manifiesta en 15
artículos y dos libros publicados en Estados Unidos, España e Italia. He de aclarar
que algunos arqueólogos del INAH siguen este patrón de publicación, pero son
una minoría no cuantificada. A simple vista puedo mencionar a Eduardo Matos
como ejemplo descollante de un autor del INAH ampliamente conocido en el
extranjero, en especial desde el descubrimiento del Templo Mayor, hallazgo que,
al mismo tiempo, ofrece rasgos equiparables a los de una masa crítica si se rec-
uerda que suscitó no menos de 130 artículos, libros y hasta tesis profesionales
(Matos 1988:162-166; López Luján 1993: 34).

Con todo, no me atrevería a suscribir el juicio superficial de Octavio Paz cuando

179
En 1992 CONACYT asignó recursos a tres proyectos arqueológicos, uno originalmente
universitario (Proyecto Xochimilco de Carmen Serra Puche, antigua directora del
IIAUNAM y hoy directora del MNA del INAH), y dos gubernamentales, a saber, el de la
prehistoriadora Susana Xelhuantzi y el de Lorena Gamez, muy relacionado al de Serra
Puche, ella misma evaluadora de CONACYT en el área de ciencias humanas. Como quiera
que sea, en 1993 dos arqueólogas universitarias, Linda Manzanilla y Teresa Cabrero,
obtuvieron también financiamientos del citado organismo (CONACYT 1992). Por desgra-
cia, hay indicios de que las pugnas personales se han contagiado al CONACYT, por lo que
en 1995 el Proyecto Bolaños de Cabrero (ver capítulo quinto para mayor comprensión) fue
rechazado, justo cuando el proyecto alcanzaba descubrimientos de gran visibilidad, lo que
no es casual.
180
Ver al final del capítulo.
181
El criterio de visibilidad es denotativo y se calcula de la relación entre publicaciones
nacionales versus internacionales (Lomnitz et al.1987:116), otra vez asumiendo que la
arqueología es mundial y equivalente en todo el orbe, afirmación por demás dudosa,
según vimos en los capítulos previos.

206
acusó a la arqueología mexicana de falta de presencia en las citas de los mayistas
norteamericanos, pasando por alto el "coeficiente de la megalomanía científica
nacional" (Rabkin), los obstáculos impuestos a toda la ciencia proveniente del sur
(Gibbs), o el mucho más sutil fenómeno de la inconmesurabilidad comunicativa
entre arqueologías dispares. A fuer de ser comprensivos, deberíamos considerar
que el supuesto "subdesarrollo" o "falta de visibilidad externa" de la arqueología
mexicana (según un prejuiciado criterio cientimétrico), comparte problemas muy
parecidos a los del resto de las ciencias sociales, si es que damos crédito al
análisis de citas del Social Sciences Citation Index. En la tabla 3.6 he pretendido
relacionar la totalidad de citas reunidas por la ciencia y técnica mexicanas con la
totalidad de citas de las ciencias sociales, entre 1980 y 1990.182 El resultado
parece pobre a primera vista, pero hay que advertir que aún precisa
correlacionarse con el número absoluto de científicos e ingenieros a nivel nacional
para obtener una apreciación exacta. Con todo, me parece en algún grado
indicativo de que las disciplinas científicas no son tan fácilmente comparables,
descontando el hecho de que, por ejemplo, los arqueólogos norteamericanos
nunca se han interesado realmente "por informar a los colegas mexicanos de sus
resultados", como afirma categórico Schmidt (1988:409), luego de examinar 367
proyectos arqueológicos norteamericanos hechos en México.

3. HACIA UNA TIPOLOGIA CLASIFICATORIA DE INSTITUCIONES.

Como consecuencia de lo antes asentado, hemos adoptado desde el principio


de nuestra recolección de datos la clasificación de las instituciones arqueológicas
según seis tipos comprensivos de toda la actividad arqueológica, tal y como se
realiza en nuestro país, a saber: a) instituciones de investigación; b) instituciones
de enseñanza; c) instituciones de aplicación; d) instituciones de divulgación; e)
instituciones de financiamiento; f) instituciones profesionales. Como puede

182
Ver al final del capítulo.

207
observarse en las tablas 3.7 a 3.11,183 esta clasificación permite ubicar a todos
los arqueólogos activos
profesionalmente, habida cuenta de que no existe el libre ejercicio de la
arqueología en el mercado de servicios profesionales, lo que nos obligaría a una
revalorización del parámetro institucional. De momento, pues, llamaré la atención
sobre la incipiente diversidad institucional existente, a pesar de la omnipresencia
del INAH en casi toda la tipología adoptada, lo que le hace aparecer como una
institución multifuncional de extraordinaria complejidad en su estructura
organizativa y territorial, sobre la que me detendré después. Con todo, persiste
esa creciente diversidad institucional, que se manifiesta en estos cuadros como
un fenómeno muy reciente que pudiera reflejar una limitación del propio INAH para
seguir monopolizando este campo profesional, especialmente a nivel regional,
como en efecto ocurrió luego de 1972, cuando sus filiales regionales liquidaron a
los institutos locales de antropología e historia que desde los años cuarenta
habían aparecido en algunas entidades con apoyo de los respectivos gobiernos
estatales.

No basta decir entonces que el INAH es "una de las principales fuentes de


trabajo" para los arqueólogos (García Valencia 1993: 63) o que la arqueología
como disciplina es un "monopolio del Estado" (Lorenzo 1984: 99), toda vez que el
verdadero monopolio reside en la administración del patrimonio arqueológico y en
la asignación de permisos por parte del Consejo de Arqueología. En el mismo
tenor, García Valencia ha aventurado la hipótesis de que la monopolización de la
contratación de arqueólogos por el INAH coincide con la oferta de egresados la
ENAH (García Valencia 19930: 63), relación de dudosa simetría y todavía menos
clara en el resto de instituciones de enseñanza, que aparentemente prepararían
desempleados, apreciación poco menos que infundada. Sin negar que es la
institución con la mayor plantilla de arqueólogos, es preciso decir que no hay un
pase automático de la ENAH al INAH, pues en ciertas regiones otras escuelas
tienden a suplir la demanda de arqueólogos, a ese nivel cuando menos. Y aunque

183
Ver al final del capítulo.

208
el monopolio estatal existe, no puede negarse tampoco la presencia de
instituciones privadas de enseñanza como la UDLA, la cual es cada vez más
activa en la competencia por los nuevos puestos de trabajo ofrecidos por el propio
INAH y en los proyectos de misiones extranjeras, no contemplados aquí.184 A esta
competencia en un mercado profesional que se va abriendo poco a poco conforme
crece la oferta de otras escuelas y la demanda de las instituciones regionales
receptoras, atribuyo la causa de que en las gráficas 3.1 y 3.2185 se observe entre
los egresados de la licenciatura de arqueología de la ENAH una acusada
tendencia a la titulación, muy clara desde 1976, pero que alcanza su punto más
alto en 1990. Junto con la UDLA, serían las universidades de Yucatán y Veracruz
las que irían presionando al INAH como institución multifuncional, incluso
mediante recursos no del todo reconocidos, como son los llamados "arqueólogos
protocolarios" veracruzanos, que obtienen su título sin el requisito de tesis.
Correcto o no, es un hecho de que estos arqueólogos han entrado también al
mercado laboral.

Lo que los cuadros 3.7 a 3.11 expresan con certeza es que el INAH ya no está
sola como institución de gran escala como para dar cuenta cabal de todas las
funciones de investigación, enseñanza, aplicación, divulgación y financiamiento,
porque al lado de su constitución compleja han aparecido instituciones de menor
envergadura pero unifuncionales, especialmente adaptadas para ciertos fines y
espacios.

4. ¿ARQUEOLOGIA DE INVESTIGACION O DE APLICACION?

184
Ya que las arqueologías mesoamericanísticas o mexicanistas no son mi objeto de
estudio, no puedo sino mencionar ejemplos como el del Proyecto Sayula de ORSTOM y la
Universidad de Guadalajara (Schöndube, Emphoux y Palafox 1991:225-228; Emphoux
1994), el cual ha atraído egresados de la maestría en arqueología de la UDLA (Acosta y
Uruñuela 1994). La presencia de éstos empieza a notarse también en algunos centros
regionales del INAH (Puebla, p.e.), pero su alcance más amplio no está cuantificado.
185
Ver al final del capítulo.

209
Esta disyuntiva, que en las ciencias físicas y formales se expresa tajantemente
como la clásica dicotomía de investigación básica versus instrumentalidad técnica,
también existe en el seno de las arqueologías mexicanas, y hasta al interior del
INAH, y, desde luego, en el resto de instituciones que hemos clasificado ora de
investigación, ora de aplicación. Mientras en el INAH sus administradores han
adopta-
do la política de subordinar la investigación a la aplicación (bajo la fórmula
generalizada de "exploración y restauración"), en el resto de las instituciones la
diferencia subsiste como sentidos divergentes de abordar la actividad
arqueológica. No es casual que aparte del INAH, todas las instituciones de
investigación arqueológica pertenezcan a matrices universitarias o académicas
en general (correlato obvio en la enseñanza), en tanto que las instituciones de
aplicación estén surgiendo ligadas a los gobiernos estatales con intereses muy
focalizados al resguardo de su patrimonio cultural. En cierto modo, y a pesar de la
administración patrimonial del INAH, esta divergencia de sentidos permanece
como una tensión irresuelta en su interior, suscitando conflictos entre sus
arqueólogos y los proyectos de alta y mediana intensidad que emprenden, si bien
es claro que siempre termina por imponerse el cometido aplicado que justifica la
existencia toda de la institución. En el siguiente capítulo examinaré con mayores
detalles cómo se organiza la arqueología aplicada del INAH en relación a la
estructuración y proceso de los proyectos arqueológicos, de modo que de sólo
agregaré que la estructura piramidal de la administración patrimonial del INAH
está predispuesta para solucionar con verticalidad burocrática cualquier problema
que obstaculice la realización de sus proyectos de descubrimiento de los
monumentos nacionales.

El desarrollo complejo del INAH, que en cinco décadas (1939-1989) creció


hasta sumar 417 unidades operativas de todo tipo, responde a cambios jurídicos y
burocráticos auspiciados por la administración del patrimonio arqueológico, cuyos
problemas de control se han ido haciendo agobiantes conforme transcurre el
tiempo, lo que es, por otra parte, la consecuencia más obvia del monopolio

210
patrimonial. En el capítulo anterior he examinado mejor el sistema jurídico
patrimonial como para no abundar más en el asunto. Para la actual exposición
bastará decir que en la Ley Orgánica del INAH de 1939 se establecieron cinco
funciones institucionales, a saber: 1) exploración de zonas arqueológicas; 2)
vigilancia, conservación y restauración de monumentos arqueológicos, artísticos e
históricos; 3) investigación científica de los campos tangentes de la arqueología,
historia, antropología y etnografía; 4) publicación de obras afines; 5) las demás
que las leyes le confieren. En cambio, para 1986, y a iniciativa de su director
general, esta ley fue modificada. Con las reformas introducidas, las funciones se
incrementaron a 21. De ellas, doce se refieren a la actividad de restauración y
conservación del patrimonio; cinco a la investigación; dos a la difusión, una a la
docencia y otra más para dotarle de la concordancia jurídica necesaria (cfr. INAH
1963:3-4;Olivé y Urteaga 1988:373-375). Se desprende de lo anterior que el INAH
se ha ido concentrando más y más en torno a la función prioritaria de la
conservación monumental. Las cifras de zonas arqueológicas abiertas, su
custodia, su plantilla de arqueólogos y el crecimiento ostensible del personal
burocrático-administrativo lo confirman sin lugar a dudas.

Por ello donde mejor puede detectarse la causa original de toda la complejidad
de esta institución es en el crecimiento de las zonas arqueológicas y en la plantilla
de personal general y técnico involucrado en la atención del patrimonio.186 Puedo
aseverar a continuación que la función práctica de exploración arqueológica
llevada a cabo de 1922 a 1995 ha desembocado en un serio problema de manejo
de las zonas arqueológicas, lo que explica el actual rechazo administrativo para
nuevas exploraciones -que es una manifestación primaria de la actividad de
investigación- y, en consecuencia, el constreñimiento de la arqueología en general
a las zonas ya existentes. En ese orden de ideas, no me parece una coincidencia
que las prescripciones del Consejo de Arqueología del INAH se hayan ido
haciendo más y más constrictivas conforme decrece el ritmo de expansión de las
zonas arqueológicas. Su fricción abierta o velada con las arqueologías

186
Ver tablas 3.12 a 3.15 al final del capítulo.

211
académicas nacionales y extranjeras devienen de una y la misma causa evidente:
éstas representan, tarde o temprano, problemas administrativos patrimoniales, ya
que todo vestigio, una vez investigado, pasa a constituir para la arqueología
patrimonial del INAH una exigencia adicional en recursos humanos, financieros y
logísticos (mantenimiento, protección, supervisión, etc.) como zonas
arqueológicas indeseadas y no siempre monumentales.

La tabla 3.15,187 además de mostrar que la mayor parte de los arqueólogos


del
INAH están ubicados en provincias, y que, para fines de atención al patrimonio
arqueológico requieren de una planta técnica similar a las entonces
subdirecciones de Estudios Arqueológicos y Salvamento Arqueológico,188 su
distribución territorial podría ser tomada como un indicador indirecto del éxito o
fracaso de algunas fórmulas de desarrollo regional de la arqueología aplicada y de
investigación. La primera alternativa es factible siempre que coincidan tres
factores, a saber: una ingente necesidad regional de atención patrimonial, la
preocupación local por atenderla (incluyendo la presencia de un plantel escolar
que imparta arqueología) y la habilidad estratégica de los actores regionales para
no entrar en abierta competencia con el INAH. En el Estado de México, por
ejemplo, el Centro INAH sólo dispone de cinco arqueólogos. Si bien son 16 las
zonas exploradas, en 1988 el Atlas Arqueológico Nacional arrojó un total de 1,081
zonas potencialmente existentes (INAH 1989: f.34). Frente a esto, lo que ha
hecho la DA/ICM es desarrollar proyectos independientes de los del Centro INAH,
que de todos modos no puede atenderlos.189 La misma estrategia ha sido

187
Ver al final del capítulo.

188
Desde 1995, la estructura organizativa de la arqueología del INAH ha aumentado un
rango más a su jerarquía: las subdirecciones se han convertido en direcciones y éstas
engloban unidades operativas menores, aumentando sensiblemente los cargos
administrativos a cada nivel; ver siguiente capítulo al respecto.
189
La cercanía de Toluca al Distrito Federal parece haber inhibido por algún tiempo el
desarrollo de la enseñanza de la arqueología. Con todo, la Escuela de Antropología de
UAEM de tiempo en tiempo atrae arqueólogos para su planta docente, por lo que no sería
212
adoptada por el IA/UV con el Centro INAH Veracruz (con 10 arqueólogos, 228
zonas potenciales y 11 atendidas efectivamente) (INAH 1989: ff.35 y 43). En
Yucatán la adaptación regional ha sido parecida, pero asimismo exitosa.

Como se sabe, el Instituto Yucateco de Antropología e Historia, fundado en


1959, se transformó en la Escuela de Ciencias Antropológicas de la UAY, hoy
Facultad de Ciencias Antropológicas (Barrera 1988). En 1973 se creó el Centro
Regional del Sureste, el que siempre mantuvo estrechas relaciones con la
ECAUAY, a pesar de los conflictos personales entre arqueólogos
gubernamentales y académicos. En el presente, la mitad de los 20 arqueólogos
del Centro INAH Yucatán son egresados de la misma universidad y, de hecho, la
demanda actual (1992-1994) de profesionales supera la oferta de egresados, si
bien en calidad de contrataciones temporales para llevar a cabo los proyectos
especiales del sexenio pasado en esa región. Sin embargo, persiste el diferencial:
son 17 las zonas arqueológicas exploradas por el INAH y 1,582 las zonas por
explorar (INAH 1989:ff. 35 y 43; Velázquez et al. 1988).

Antes de pasar a establecer algunas comparaciones entre las instituciones de


investigación y las de aplicación de la arqueología, es preciso esclarecer en qué
consiste bien a bien la actividad aplicada de los arqueólogos del INAH, razón por
lo que más delante, en la tabla 3.17,190 se aprecia una curiosa incoherencia, ya
que ahí se establece que de 306 arqueólogos de planta, únicamente 149 poseen
proyectos registrados ante el Consejo de Arqueología.191 ¿Qué hace el restante
49% ?. Veamos. Un número indeterminado de arqueólogos (que probablemente
coincida con los 50 adscritos a la ex-Subdirección de Estudios Arqueológicos) se

extraño despuntara en ella otra arqueología universitaria. Desarrollos similares se observan


en la Universidad de Guadalajara y en El Colegio de Michoacán.
190
Ver al final del capítulo.
191
La cifra de proyectos arqueológicos en marcha durante 1988 deriva de registros del
antiguo Archivo Técnico de Monumentos Prehispánicos, publicados bajo el título
"Proyectos arqueológicos en curso" (Arqueología,3-5, 1988); sin embargo, según otra
fuente oficial de la época (INAH 1989:f.3) los proyectos eran 171 en el mismo año. Por
desgracia carezco de nuevas cifras actualizadas que permitan su contrastación.
213
ocupa de lo que en la jerga técnica oficial se conoce como la "intervención física
en zonas y sitios arqueológicos", es decir de las labores de mantenimiento,
consolidación, exploración, investigación, erección de museos de sitio y
restauración, precisamente en ese orden de importancia, cuando menos en lo que
toca al periodo 1983-1988, el único para el que se han filtrado cifras exactas. De
acuerdo a las cifras de la tabla 3.16,192 las actividades de tipo técnico dominan
sobre las intelectuales, las que están colocadas no en un segundo, sino en un
tercer plano de prioridades efectivas.

Otro grupo técnico, más o menos coincidente con los 138 arqueólogos
distribuidos en cantidades variables entre los 28 centros regionales estatales, es el
que se ocupa de otra actividad técnica poco visible, denominada como "protección
técnica y legal de la conservación del patrimonio", la cual tiene que ver con la
atención de inspecciones, dictámenes, denuncias, supervisiones, etc. Esta
actividad difícilmente podría cuantificarse ya que en las fuentes publicadas por el
INAH se mezcla la misma actividad con la desarrollada por 278 arquitectos y
restauradores, y dirigida hacia 105 inmuebles posteriores al siglo XVI en los
centros históricos de varias ciudades. Sólo para darnos una idea de la importancia
de esta actividad aplicada, de plano rutinaria, debo recordar que hasta mediados
de 1993 se realizaron, por arqueólogos y arquitectos, 224 inspecciones técnicas y
1,103 legales; 833 dictámenes técnicos y 962 legales; 330 denuncias y 1,088
supervisiones (INAH 1993:15). Un indicador suplementario aunque parcial lo
facilita la Dirección de Salvamento Arqueológico, cuyas labores de atención a
denuncias, peritajes y rescates propiamente dichos han ido creciendo
aceleradamente entre 1989 y 1994. De hecho, sus 59 proyectos de investigación
derivan de inspecciones previamente realizadas, es decir, de reportes de
afectación y saqueo de vestigios arqueológicos.193

192
Ver al final del capítulo.

193
En este periodo, la Dirección de Salvamento ha atendido a 544 denuncias, 32 peritajes y 121 rescates;
Algo más de Salvamento Arqueológico, 8 (diciembre), 1994.

214
Habría que aclarar de inmediato que en todas las dependencias del INAH los
arqueólogos pueden, en teoría, desarrollar proyectos de exploración en zonas
monumentales, pero siempre de modo suplementario a las funciones prioritarias
institucionales de conservación o protección del patrimonio antiguo. En resumen,
la discordancia entre la planta total de arqueólogos y los proyectos efectivos de
"exploración y restauración" es comprensible dentro de la lógica interna de esta
arqueología aplicada, conservadurista por definición y técnica para efectos
prácticos. Como confirmación de este aserto he de recordar que en un estudio
recabado en 1982 se descubrió la misma discordancia: de 269 arqueólogos de
planta sólo había registrados 95 proyectos que involucraban a 127 arqueólogos,
47.2% del total, estableciéndose además que había departamentos donde no se
realizaba investigación alguna, pero sí una dedicación de tiempo completo al
mantenimiento, restauración y catalogación del patrimonio monumental (Braniff et
al.1983:40-42), fenómeno que ahora imputo definitivamente a las intervenciones
físicas y a la protección técnico-legal.

A continuación, en la tabla 3.17 he reunido información tanto de instituciones de


investigación como de aplicación (es decir, de conservación monumental), a
sabiendas de su carácter contradictorio. La idea en todo caso es resaltar las
diferencias en recursos humanos y materiales de conjunto. Con ello podemos
apreciar que si bien el INAH cuenta con la planta más elevada de arqueólogos,
sólo la mitad de ellos está involucrada en la realización de proyectos, así sean
bajo la modalidad de aplicación y solo eventualmente de investigación. En cambio,
el IIA / UNAM, con una plantilla comparativamente reducida, tendría solo a dos
arqueólogos dedicados a otras funciones que no son las de investigación (están
dedicados a labores editoriales), que es su cometido primario, como es también el
caso del IA/UV, ambos institutos universitarios plenamente abocados a investigar
y donde rara vez se exige a los arqueólogos desempeñar actividades técnicas,
muy características de la arqueología del INAH y de las instituciones aplicadas a
la protección del patrimonio antiguo. En general, es cierto, la tabla induce una

215
imagen de desproporción entre el INAH y el resto de las instituciones consignadas.
Pero no pueden ignorarse los matices apuntados.

Aunque las cifras anotadas parecen concluyentes, pueden ser engañosas. Por
ejemplo, en la tabla 3.1, tres de las revistas editadas por el INAH son de
orientación regional, dos de consumo interno (boletines) y una más es de
divulgación y no de investigación. Por lo que se refiere a sus 22 series (tres de
ellas básicas: las colecciones Científica, Arqueología y Prehistoria), llama la
atención lo desigual de todas ellas, con un crecimiento desproporcionado de sus
publicaciones divulgativas. Lo anterior no quiere decir que en el IIA/ UNAM el
cometido de investigación perviva en mejores condiciones. Ahí, no hace mucho
una de sus revistas (Antropológicas, segunda época) cesó de ser una publicación
especializada para mutar a mixta, que es también la línea de su reconocido
anuario.194 Su edición de colecciones arqueológicas son en cambio más estables
(Arqueología y Antropología y Técnica), aunque ésta última parezca estancada.
Aparentemente las cosas serían distintas en el IA/UV, pero sus arqueólogos se
quejan de que su universidad carece de colecciones para la publicación de
reportes de mayor aliento que los artículos.

Donde sí es bien evidente la superioridad del INAH es en la arqueología


aplicada, en comparación de las otras tres instituciones abocadas a esta clase de
actividad. Al respecto hay que decir que desde 1972, por razones legales ya
referidas en el capítulo anterior, el INAH extendió su monopolio proteccionista a
todo el país, lo cual inhibió algunos brotes regionales de arqueología aplicada.
Antes de esa fecha, entre 1940-1960, en Puebla, Yucatán, Veracruz, Jalisco y
otros estados hubo esfuerzos por parte de sus gobiernos para atender esa
necesidad. Pero mientras en Veracruz el IA/UV tuvo el acierto de ligarse desde
temprano a la estructura universitaria, en Puebla y Jalisco los esfuerzos men-
guaron. Hoy, por ejemplo, el IJAH/UdG es un ejemplo ostensible de la desigual

194
Entiendo que, tras su segunda época (1992-1993), Antropológicas está siendo
reorganizada, probablemente bajo un nuevo nombre.
216
competencia establecida entre el poder federal y el gobierno estatal, por lo que no
es atrevido decir que este instituto es una especie de reliquia del pasado, que
sobrevive letárgicamente gracias a que la UdG se ha olvidado que existe dentro
de su estructura, ya que no aparece en sus directorios ni en el Censo de Personal
Académico aplicado en 1987 (Villa 1993). Irónicamente, la desaparición del
Laboratorio de Antropología de la misma universidad -que en colaboración del
Institut Francais de Recherche Scientifique pour le Developpement en Cooperation
(ORSTOM), era responsable del Proyecto Cuenca de Sayula-, coloca al IJAH en
una posición ventajosa a nivel regional...si tuviera la capacidad para expandirse
dentro de la UdG y sin indisponer al INAH en su contra.195

Como quiera que sea, es claro que el esfuerzo más serio para desarrollar una
arqueología aplicada desde una perspectiva regional lo representa la Dirección de
Arqueología del Instituto Cultural Mexiquense, donde temporalmente se han
llegado a emplear hasta 11 arqueólogos para atender algunas de las zonas
arqueológicas del estado. Asimismo, un caso digno de mencionar es el incipiente
Centro de Estudios Arqueológicos y Geográficos del Colegio de Michoacán, que
apenas cuenta con tres arqueólogos adscritos, pero que se ha impuesto la
conservación de una zona arqueológica en La Piedad.

Adelantándome a su tratamiento, debo decir en el mismo orden de ideas que la


creciente diversificación institucional mostrada por las tablas 3.7 a 3.9 se da
precisamente a nivel regional y en cierto modo representa una segunda oleada de
expansión, tras el fracaso de los institutos regionales. De ser correcta esta apre-
ciación, tanto las escuelas como los centros de investigación o de aplicación
ubicados en este contexto tienen posibilidades de ir desarrollándose al margen del
INAH, nunca en contra de él. Dos conflictos recientes, ampliamente documentados
por la prensa y las revistas políticas, muestran de modo fehaciente cómo la
competencia de prioridades con el INAH por el control de una zona arqueológica

195
Lo que ocurrió es que el Laboratorio de Antropología se convirtió en Departamento de Estudios del
Hombre, con un equipo de arqueólogos más consolidado. En el presente se discute la estructuración de una
Maestría en Estudios Mesoamericanos.

217
puede significar una desgastante pugna de poder y la ulterior eliminación del
campo profesional. Me refiero a los casos de Jeffrey Wilkerson de la National
Geographic Society en Filobobos, Ver. y de Joaquín Muñoz de la Fundación
Eduard Seler en Tantoc, S.L.P. Ambos proyectos están ahora en manos de
arqueólogos oficiales, luego de fuertes polémicas con sus iniciadores.196 Nótese
además que no es fortuito que sea el monopolio estatal del pasado el que se
impone a las iniciativas privadas de investigación individual, tal como viene
ocurriendo desde fines del siglo XVIII.

Evitar un frontal choque de prioridades con la administración central patrimonial,


con una posición afianzada en una riqueza arqueológica desatendida y con el
personal profesional a la mano, puede ser la estrategia clave de la arqueología
regional que se está abriendo paso lentamente en nuestro país. En ese sentido, la
FCA/UADY tiene ante sí todo un cúmulo de posibilidades en el sureste del país, ya
que no hay otra escuela de arqueología en toda el área maya. Algo parecido
puede ocurrir en la UdG para el occidente y el noroeste, pues todo parece indicar
que la UAG no está dispuesta a estimular una expansión de su pobrísima escuela,
acción que no necesariamente es achacable a su origen privado, ya que en
Cholula, otra empresa universitaria, la UDLA, ha sido lo bastante perceptiva como
para crear una oferta profesional bien preparada en sus aulas. Diera la impresión
de que a diferencia de los obtusos empresarios jalicienses, los propietarios de la
UDLA se han sensibilizado del problema porque les resulta físicamente
inmediato:todo el asentamiento actual de Cholula yace sobre un asentamiento
prehispánico. Tanto así, que en la actualidad sus alumnos se ejercitan excavando
en el propio campus universitario (Suárez, Plunket y Uruñuela 1990 y 1992),
privilegio inusual solo comparable a la zona arqueológica de Cuicuilco para la
ENAH.

196
Cfr. Gerardo Ochoa,"Pormenores de la historia donde el INAH descalifica al arqueólogo
Wilkerson sobre el rescate de Filobobos", Proceso, 828, septiembre,1992:52-53; Gerardo
Ochoa et alia,"El INAH y la sociedad civil: varas y medidas", Este país, 32, noviembre,
1993:22-23.
218
[Link] DE LA ENSEÑANZA DE LA ARQUEOLOGIA.

Un factor independiente que está conduciendo al desarrollo paralelo de


arqueologías en los ámbitos regionales es la persistente oferta de arqueólogos
que presionan sobre un mercado profesional constreñido por la coyuntural y
restringida demanda del INAH. En efecto, ya en otro lugar habíamos observado
que la instauración del monopolio patrimonial del INAH había propiciado luego de
1972 la rápida contratación de arqueólogos, a una tasa pasmosa del 29,4% entre
1977-1990 (Vázquez 1995:318), hasta llegar a la actual cota de 306, límite a partir
del cual la demanda se vuelve incierta. Es revelador, entonces, que el auge
motivado por los proyectos especiales de alta intensidad haya generando una
demanda temporal (1992-1994) entre los arqueólogos, produciendo reacciones un
tanto desconcertantes desde la óptica del empleo. Esto lo pude observar en
Yucatán. Hasta 1993, la FCA/ UADY había generado 22 graduados y 91 pasantes
de licenciatura en arqueología, pero solo diez de los cuales tenían un puesto
permanente en el Centro INAH. Una estudiosa del comportamiento ocupacional de
los noveles arqueólogos yucatecos me hizo notar la reticencia de los egresados
locales para incorporarse como personal de trabajo de la serie de proyectos
derivados de la Ruta del Mundo Maya y
otros de gran envergadura.197 Su negativa estaba originada por el carácter
coyuntural
del empleo, de manera que para muchos de ellos resultaba racional buscar
empleos más atractivos fuera de la arqueología yucateca que dentro de ella (en
Campeche, p.e.), y hasta fuera de la profesión en sí. Como luego me confirmó
Alfredo Barrera -director del INAH en Yucatán-, para los directivos de la gran
arqueología parece inconcebible que los arqueólogos locales no cubran la
demanda regional existente, por lo que han recurrido a la contratación de
estudiantes egresados de la FA/UV en Xalapa. Estos, por su parte, ya duplican al
número de titulados yucatecos y han cubierto holgadamente la propia demanda

197
Agradezco a María Candelaria Ku Cuc (y su tutor, Rafael Cobos) permitirme consultar
los avances de su tesis sobre la condición de la arqueología yucateca.
219
propiciada por el Centro INAH Veracruz, el Instituto de Antropología de la UV y los
famosos megaproyectos de Tajín y Filobobos, que no obstante estar controlados
por el INAH, están compuestos por arqueólogos veracruzanos.

En la tabla 3.18198 hemos vertido algunas de las cifras más evidentes de la


enseñanza de la arqueología en México, de acuerdo a los planes de estudio
vigentes en cada institución -que son desiguales en detalles y tiempos-, pero que
dan una idea bastante aproximada de su situación presente. La principal diferencia
estriba en la columna 4 (alumnos titulados), ya que no comprende el mismo
periodo bajo estudio; esto se percibe con mayor claridad en las gráficas siguientes
a propósito de las tesis profesionales y su ritmo anual (ver gráfico 3.2). Para la
columna 2 de la tabla en cuestión (alumnos inscritos), hemos procurado ajustarnos
al último plan de estudios en vigor en cada caso, el cual varía entre los 3,5 años
(caso de la EA/UAG) y los 4,5 años (caso de la ENAH/INAH). Las columnas 4 y 5
pretenden remediar esta disparidad, pero no siempre han estado disponibles los
datos. En cuanto a la columna 1, conviene explicar que solo capta a los docentes
de tiempo completo, por ser aleatorio el número de profesores a contrato para
dictar una materia en particular. Además, en el caso del doctorado de la UNAM,
los ocho docentes son en realidad tutores e invariablemente investigadores del
IIA/UNAM. Aún así, los hemos anotado.

La tabla requiere otras precisiones relativas a la consistencia de la información


recogida en el campo. En la intersección de la línea 1 y las columnas de alumnos
inscritos en su licenciatura y maestría no coinciden con la columna de alumnos
titulados. Esta última cifra fue tomada de nuestra base de tesis en total. Al
respecto conviene aclarar que en la ENAH el grado de maestría fue concedido
entre 1946-1982 gracias a un convenio de intercambio académico suscrito entre
esa escuela y la UNAM en 1959, pero roto en 1970. Por esa razón, entre 1970-
1982 vemos decrecer el número de arqueólogos a los que la UNAM siguió
otorgando la maestría retroactivamente (siempre que se hubieran inscrito antes de

198
Ver al final del capítulo.

220
1971). Para el periodo 1977-1993, por el contrario, la titulación tiende a
concentrarse en la licenciatura. Empero, en 1988 la ENAH estableció su propia
maestría en arqueología, que no obstante haber tenido tres ingresos bianuales
(que es el total de alumnos inscritos), no ha obtenido ninguna titulación. Así las
cosas, los 119 arqueólogos con maestría registrados como alumnos titulados no
corresponden a la actual maestría, sino a la ya desaparecida (1959-1970); sin
embargo, tampoco corresponden en tiempo a los 213 licenciados que desde 1977
se han graduado con llamativa celeridad, hasta 1993. Un problema de clasificación
similar tenemos en el caso de la FA/UV, donde siguiendo el esquema de la ENAH,
en sus inicios concedió 7 grados de maestría entre 1969-1985; sin embargo,
desde 1981 se viene otorgando la mera licenciatura, aunque valga decirlo, es la
única escuela donde están otorgando la titulación sin el requisito de la tesis. Entre
1989-1993 se ha reconocido la titulación de 14 estudiantes "protocolarios", es
decir, que se han ganado el título con promedios de calificación u otros estudios
equivalentes, de manera que su registro total de egresados incluye estos tres
rubros tan dispares. La gráfica 3.2 trata de corregir estos problemas de los
registros y sus tiempos efectivos de realización, anualizándolos.

Una confusión similar se observa en los registros del DA/ UDLA, heredero de
una institución tan antigua como la ENAH. Me refiero al Mexico City College,
fundado en 1940, para luego cambiar, en 1963, al de Universidad de las Américas.
Ahí, su Departamento de Antropología comenzó en 1947 a impartir cátedras en
antropología cultural y arqueología, esquema bimodal que hasta la fecha conserva
(Limón 1988). La columna de alumnos titulados no distingue sin embargo entre
licenciados y maestros, por lo que confunde su lectura, empero la directora del
propio departamento no se mostró dispuesta a poner al día sus registros como
para aclararnos la diferencia. Aún así, las tesis que tenemos registradas son en su
mayoría de maestría y, a diferencia de la ENAH, tienden a ser recientes, un
fenómeno inverso al de ésta escuela, lo que explica, creo yo, la creciente
competividad de los egresados de la UDLA en un mercado laboral estrecho e
inundado de pasantes y licenciados. Además, cuando los registros de la UDLA

221
puedan ser divulgados, podremos determinar con exactitud cuántos de esos
maestros realmente ingresaron a las arqueologías mexicanas, ya que el único
registro de sus tesis disponible indica que, de 42 titulados entre 1948 y 1983, solo
dos arqueólogas ingresaron en las instituciones de investigación y enseñanza,
mientras que el resto -casi todos de nacionalidad norteamericana- al parecer
regresaron a su país de origen.199

Finalmente, la tablas 3.19 y 3.20200 indican que éste es en un campo


disciplinario obviamente dominado por los profesionales de mediano y bajo nivel
(licenciados y pasantes de licenciatura y un número considerable de maestros),
que en conjunto representan 97.5% del total de 447 arqueólogos titulados en
todos los planteles y a todos los niveles de estudio entre 1946-1993, destacando
por ende la escasa presencia de los arqueólogos de alto nivel académico con
grado doctoral, y que hasta ahora provienen casi todos de la UNAM. Es aquí
donde mejor se aprecia claramente el impacto de la tecnificación profesional
impuesta a la arqueología en general por parte de la administración patrimonial
monopólica, para la que evidentemente el desarrollo académico o científico de la
misma es menospreciable para sus fines monumentales prioritarios. Un indicador
indirecto del mismo impacto lo encontramos en el escaso número de arqueólogos
adscritos al SNI, que en 1990 sumaban 31, esto es, 22.5% del total de
antropólogos (138) miembros de esa institución, y sólo 2.7% de todos los
miembros provenientes de las ciencias sociales y humanidades (1,141) en el
mismo año.201 Más aún, esta repercusión de la tecnificación se remonta hasta
provocar un desinterés generalizado por hacer carrera en la investigación de altos
vuelos. El aprecio que se observa por la titulación en la licenciatura responde en lo
inmediato, como ya establecí, a la creciente competencia en la oferta educativa a
ese nivel, por lo que no parece continuar en las maestrías y doctorado. Cabe

199
Me refiero a Evelyn Rattray (investigadora en el IIA/UNAM) y Gabriela Uruñuela
(actual directora del DA/ UDLA) (García Valencia 1989:131-135). La actitud evasiva de la
directora me ha impedido mensurar el ingreso de sus egresados al INAH y otros proyectos,
aparte del Centro INAH Puebla y el Proyecto Sayula de ORSTOM-UdG, ya citados.
200
Ver al final del capítulo.
201
Ver tabla 3.21 al final del capítulo.

222
hacer notar otro factor independiente: la jefatura de proyecto puede asignarse lo
mismo a un licenciado que a un doctor, por lo que conseguir un posgrado puede
ser ornamental para los arqueólogos activos.

Según pudimos apreciar en nuestras entrevistas en la UNAM, el bajo índice de


egresados de su programa de doctorado tiene que ver con problemas internos de
desorganización del mismo entre 1965-1991, pues hubo lapsos en que el
programa fue suspendido y aun traspasado de la Facultad de Filosofía y Letras al
Colegio de Ciencias y Humanidades.202 Este descontrol coincide con bajos índices
de titulación y, según me comentaron, con el fenómeno de que muchos
doctorantes provenientes del INAH hayan optado mejor por la carrera
administrativa en el manejo patrimonial en vez de la carrera puramente
académica, menos redituable al interior de esa institución aplicada. En lo futuro
este desajuste puede modificarse si es que los estímulos académicos externos
(que demandan estudios de postgrado) sobrepasan las recompensas que ofrecen
las jefaturas administrativas. Me refiero a la creciente influencia del SNI y el
CONACYT sobre los patrones de publicación de la arqueología gubernamental y,
por tanto, en los cometidos divergentes de la arqueología realizada en México. Por
esta razón, en el cuadro 3.21 observamos que de 31 arqueólogos adscritos al SNI
en 1990, 48.4% son investigadores del INAH, seguidos muy de cerca por los del
IIA, con 32.2%.
6. DE MUSEOS, FINANCIAMIENTOS Y OTRAS RAREZAS PROFESIONALES.

Otro rasgo característico de las arqueologías tal como se desempeñan en


México -más allá del monopolio patrimonial oficial multifuncional y al mismo tiempo
espoleado por la incipiente alternativa regional-, es la escasa importancia que
juega la arqueología en las curadurías del complejo sistema de museos existente.
En la tabla 3.10 hemos mostrado que de manera paralela a 163 zonas

202
Cfr. Linda Manzanilla,"Anexo del plan de estudios del doctorado en antropología"(MS,
s.d.); Doctorado en investigación arqueológica, CCH-IIA-UNAM, s.d., documento
facilitado por el Dr. Carlos Serrano, entonces coordinador del doctorado.

223
arqueológicas que funcionan como museos al aire libre, habría un número muy
aproximado (133) de museos propiamente dichos.203 Desde luego, ha de quedar
claro que, en lo que se refiere a la arqueología gubernamental, la gran mayoría de
los 98 museos de sitio y locales del INAH son instalaciones de poca capacidad de
exposición, no se diga de investigación. De hecho, en la práctica ocurre que el
arqueólogo o arqueólogos que intervienen una zona arqueológica se encarguen,
suplementariamente, de la confección de estos museos. La condición objetiva
anterior -ligada a las intervenciones físicas- está ajustada a una concepción más
profunda y tradicional, que se refiere a la idea de que las museografías científicas
se proyectan de manera definitiva para no cambiar, siendo usual que los cambios
se den esporádicamente, de sexenio a sexenio, o en periodos más prolongados,
pero ésta vez de manera radical, siempre pretendiendo "modernizaciones"
definitivas, hechas de una vez y para siempre.204 Como resultado de todo ello -y
en total contraste a la arqueología practicada en otros países-, la arqueología
propiamente museográfica es muy débil como alternativa profesional, no obstante
que la investigación y aplicación en museos podría ser un campo pleno de
posibilidades, como lo está demostrando en los hechos la curaduría de la zona
arqueológica de Teotihuacan. Cabe resaltar que es justo alrededor de este
sustrato institucional que el estudio de Teotihuacan asuma ciertos rasgos de una
potencial masa crítica de investigación arqueológica sin paralelo en México,
fenómeno que sólo habíamos observado en otro museo, el del Templo Mayor. En
fin, en la tabla 3.22 hemos registrado aquellos museos con investigadores
adscritos, sumando apenas 28 los curadores-arqueólogos en todo el país, cifra
que difiere ampliamente con el número de establecimientos efectivos.205

203
En los registros del INAH se distingue entre museos nacionales (5), metropolitanos (3),
regionales (27), de sitio (25) y locales (73), quedando fuera los comunitarios (55), por estar
a cargo de las localidades (INAH 1989: f.54).
204
Al menos en el monumental Museo Nacional de Antropología, pero probablemente
también ocurra en otros, las dificultades de actualización museográfica se topan con el
derecho de autor del Arq. Pedro Ramírez Vázquez, lo que dificulta doblemente la curaduría
de investigación, pues implica una concepción teórico-expositiva de fondo. Ya vimos en el
capítulo primero que los seminarios de modernización del MNA no han tenido ninguna
consecuencia visible por razones teóricas más amplias.
205
Ver al del capítulo.

224
En nuestra tipología hemos incluido una serie de instituciones de financiamiento
de las arqueologías (tabla 3.11), que requiere de algún abundamiento. Para
empezar es necesario decir que cualquier estrategia de documentación
arqueológica encontrará en el rubro del financiamiento la parte más delicada de la
información y, por ende, la más difícil de obtener. Este secreto de Estado también
es un rasgo característico de su arqueología nacional, ya que toda evaluación
científica precisa arrancar de un análisis de sus recursos presupuestales, sobre
todo cuántos son y cómo son canalizados. Para ser más explícito entonces, tanto
en el INAH como en el FNA el manejo de los recursos está cubierto de un pesado
velo en todo lo que a él se refiere. Ello parece sugerir un manejo discrecional y,
peor aún, personalizado, lo que nos remite a los hábitos patrimonialistas de la
administración del patrimonio cultural. Por supuesto que para el caso del
CONACYT la información es más transparente, pero asimismo escasa,
probablemente porque costear la arqueología sea todavía un sesgo novedoso de
parte de un organismo de apoyo a la ciencia dura y a la tecnología.206 Quiero decir
que si bien este organismo de sostén del desarrollo científico surgió desde 1971,
ha sido hasta un par de años atrás que ha empezado a financiar algunos
proyectos arqueológicos. Este financiamiento gubernamental está propiciando un
fenómeno singular: el que los arqueólogos universitarios estén ingresando al
mundo de los proyectos de gran intensidad, que estaban reservados al grupo de
arqueólogos del INAH. Como veremos en el capítulo que sigue, este ingreso está
fomentando un nuevo tipo organizativo de proyecto arqueológico, pero con el
agravante de que el intercambio de recursos y resultados induzca a los
arqueólogos a la búsqueda de hallazgos muy visibles, cometido que era propio de
la arqueología del INAH.

206
El problema de información a este respecto depende de la magnitud y particularidad de
los montos dirigidos a cada disciplina lo que, para efectos estadísticos, es desdeñable, luego
es subsumida en indicadores macro sobre la evolución del gasto de CONACYT; ver al
respecto CONACYT (1993), en especial su capítulo cinco.
225
Lo antedicho no es del todo comparable a la magnitud de los recursos que se
han venido asignando a la arqueología del INAH por el FNA (específicamente a
los Proyectos Especiales 1992-1994), fideicomiso público creado el 3 de
noviembre de 1992 en Nacional Financiera con medios impositivos proveídos por
la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Estos recursos fluían de manera
externa hacia el INAH a través de un Comité Técnico Nacional, pero hay pruebas
de que la administración del INAH ha expandido su dominio hasta manejarlo de
manera directa, como una más de sus prerrogativas monopólicas.207 Remito al
lector a la tabla 4.1 sobre la distribución presupuestal por proyecto, y su discusión
en relación al conflicto de prioridades entre arqueólogos.208 De momento, es
apresurado suponer que la crisis monetaria de 1995 tendrá un efecto negativo
sobre el futuro del FNA. Económicamente es razonable pensar que la austeridad
del gasto público influirá en esta fuente de financiamiento, pero la simbología
política no se rige por esta lógica. Quiero decir que existe la posibilidad de que el
poder ejecutivo federal vuelva a prodigar a la arqueología patrimonialista de
medios, a pesar de la crisis y precisamente por ella. La exaltación nacionalista del
pasado está muy lejos de haber sido desvirtuada como recurso del poder
condicionado.

Sea porque los recursos de estos grandes proyectos no beneficiaron al


conjunto de 306 arqueólogos del INAH sino solo a 14 de ellos (con un número
desconocido de arqueólogos subalternos trabajando en sus equipos, a veces
recibiendo pagos secundarios de los grandes hallazgos conseguidos), o
simplemente porque hubo obvias diferencias de asignación entre los proyectos
especiales y los proyectos normales, el hecho es que en varias regiones del país
se escucharon quejas motivadas por los recortes en las asignaciones anuales del
propio INAH. Hemos de lamentar al respecto que los montos presupuestales
asignados al instituto en su conjunto, entre 1989-1993 (INAH 1993:28), no
distingan exactamente las cantidades que en ese lapso se han aplicado a los

207
El FNA incluso ha trasladado sus oficinas del CNCA al edificio administrativo del INAH.
208
Ver el siguiente capítulo.

226
proyectos normales de la arqueología gubernamental.209 El punto precisa ser
aclarado antes de llegar a un juicio definitivo.

Un rubro financiero bastante más oscuro e incierto es el de los fondos


provenientes de donaciones y convenios con la iniciativa privada, que la
administración del INAH procura retener bajo su control absoluto, aunque hacia
1991 el FONCA también captó donaciones para Teotihuacan, Palenque,Yaxchilán
y Monte Albán.210 Por esa época, el INAH había convenido con empresas tales
como Mainichi y Namikawa, Nestlé, American Express, Fundación Cultural
Domecq, Vitro Envases y otras. Pese a lo prometedor que pueda resultar la idea
de que la arqueología cuente con recursos que no sean los de carácter público,
todavía flota en el aire la idea de que aparezca en nuestro país la mancuerna del
ejercicio libre de la arqueología y el financiamiento privado a ésta. Desde donde
quiera que se vea, la iniciativa privada ya de inversionistas, ya de arqueólogos es
insuficiente para contener los usos patrimonialistas del soberano, defecto
reproducido desde el siglo XVIII. Escasos meses atrás apenas ha brotado la idea
de crear un Colegio Mexicano de Arqueólogos, como respuesta a los escándalos
en Teotihuacan y Cacaxtla que involucran a varios connotados profesionales, al
tiempo que pusieron en entredicho la capacidad de juicio del Consejo de
Arqueología del INAH que los había avalado, pero que políticamente siempre dejó
de lado la opinión profesional de una comunidad arqueológica inexistente. Por
cierto que esto último nos lleva al asunto de la peculiar estructuración profesional
de los arqueólogos mexicanos que, como ya apuntamos al principio del capítulo,

209
Esta fuente administrativa (INAH 1993) reduce a cinco los "proyectos programáticos" de
todo el INAH, a saber: investigación de la cultura, formación de profesionales,
conservación del patrimonio cultural, divulgación del patrimonio cultural y planeación y
administración. No se siguen los mismos parámetros para la "aplicación de recursos",
donde aparecen otros rubros, como son: ejercicio de recursos de terceros, servicios
personales, materiales y suministros, servicios generales, transferencias, bienes muebles e
inmuebles y obras públicas, todos ellos rubros de asignación, no de presupuestación.
210
CNCA, Décima primera sesión ordinaria, abril de 1992, Comisión Interna de
Administración, f.24, consultado en el Centro de Documentación de la Gestión
Gubernamental 1988-1994.
227
está centralizada en la SMA, de manera coincidente a como el INAH centraliza a
la disciplina junto con el patrimonio arqueológico.

Hacia 1986 la SMA contaba con 343 socios, 52% de los cuales eran
arqueólogos. Desde sus inicios, la SMA reflejó la idea integral de antropología,
característica de México, pero con la peculiaridad de que en aquél entonces ser
investigador del INAH y ser afiliado de la SMA eran casi lo mismo, no obstante que
entre sus 63 socios fundadores había unos cuantos provientes de la UNAM, del
IPN y del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía. Con el andar de
los años, conforme el INAH crecía en complejidad estructural, la SMA se convirtió
en una extensión de él, hasta que a partir de 1973 el IIA hizo variar su
composición aparente. En 1989, 39% de los socios provenían del INAH y 13% del
IIA, pero de ambos porcentajes no se sabe exactamente cuántos eran
arqueólogos en tales instituciones (García Mora 1988:16-19). Es de hacerse notar
en seguida que para algunos de sus propios directivos, la SMA dejó de ser un foro
académico independiente desde la década de los sesenta (Arechavaleta
1988:140). Cualquiera que sea el origen de este decaimiento, sigue siendo
relevante el que la SMA agrupe a todos los arqueólogos sin distinción de su
adscripción institucional. Sugiero que eso se debe a que durante mucho tiempo los
arqueólogos compartieron una socialización común en la ENAH (si no es que un
empleo común en el INAH), origen que ha venido cambiando con la eclosión de
otras alternativas académicas y la diversificación profesional que he delineado a lo
largo del capítulo, las que podrían estar confluyendo en una variación en los
intereses de lo que en otro tiempo fue una sola corporación profesional.
Finalmente, es factible que la SMA permanezca y funcione para la arqueología
mexicana como una "asamblea crítica", efímera y poco comunicativa, pero
asimismo cíclica y dependiente de la temática específica de cada mesa redonda.
Me refiero al hecho indicativo de que cuando en su XIX congreso (1985) la SMA
reafirmó la validez teórica del concepto de Mesoamérica, las ponencias
arqueológicas abundaron; pero cuando se ocupó de la interdisciplina en su XXIII

228
congreso (1994), la presencia de arqueólogos decreció a ojos vistas (cfr. SMA
1985 y 1994).

Un análisis bibliométrico que podría iluminar este pobre comportamiento


profesional sería el estudio temático de las tesis finales y el de los proyectos
arqueológicos, pero asimismo la comparación pormenorizada de los planes de
estudio de la ENAH y todas las escuelas de arqueología. Como se sabe,
contamos ya con un analisis temático de los planes de estudio en la licenciatura
de arqueología en la ENAH entre 1941-1991 (López y Pulido 1991). No obstante
que sus criterios clasificatorios podrían perfeccionarse, se pone de relieve que en
los 16 planes ensayados en cinco décadas (lo que hace un promedio de 3.1 años
cada uno, es decir, que no habría una generación estudiantil enteramente
adiestrada bajo uno solo) hay una ostensible permanencia del "área de formación
técnica", orientación educativa que coincide con la importante actividad rutinaria
de la arqueología aplicada y el demérito de la investigación. Es lamentable que
estos autores dejen sin definir claramente la preferencia por ciertas áreas de
estudio y las escuelas teóricas subyacentes, si bien su periodificación contiene
atisbos interesantes al respecto. Por ejemplo, el periodo que articulan a la Escuela
Mexicana de Arqueología (1941-1958) coincide con una evidente orientación
histórico-cultural mesoamericanista. Empero, luego de algunos cambios difíciles
de evaluar, tal parece que desde 1991 la licenciatura en arqueología de la ENAH
ha renovado este enfoque tradicional, incluso haciendo obligatorio el estudio de la
restauración y conservación, una insistente exigencia de la administración del
INAH.

En parte, este problema está contestado por la clasificación temática


introducida por Avila et al. (1988) en su documentación de las tesis producidas por
todos los alumnos de la ENAH entre 1946-1987. En este estudio se mezclan
criterios técnicos con teóricos, pero, cosa rara, no se incluyen los geográficos,
acaso por la obviedad de la circunscripción mesoamericana. Sin embargo, sus
mapas de ubicación de las tesis relativas a tipologías, técnicas, historia cultural y

229
conocimiento prehispánico (Avila et al.1988:135-138) confirman que la arqueología
de la ENAH tiene una vocación mesoamericanista y particularista a la vez. De
hecho, de un total 213 tesis examinadas (a fines de 1993 sumaban 332), solo
6.1% (es decir, 13 tesis) poseían temáticas ajenas a la Mesoamérica mexicana.
En la tabla 3.23 he vaciado y reclasificado este subgrupo de tesis, cuyo
desconcierto demuestra la inexistencia de una tradición de estudios
internacionales pensada desde México, aunque su enfoque teórico recuerde
vivamente al resto de tesis mesoamericanistas.211 Por los nombres de sus autores
deducimos que fueron motivadas por intereses personales o de origen nacional.
Además, es bien significativo que algunos arqueólogos que se han interesado por
la India y China han debido dirigirse al Centro de Estudios de Asia y Africa de El
Colegio de México, donde hay una maestría y doctorado con dicha orientación,
mientras que en el plan de estudios de la maestría en arqueología de la ENAH no
se enfatiza ninguna especialización, pese al mayor peso concedido a la
preparación teórica en comparación a la licenciatura del mismo plantel.
Desafortunadamente, los nulos resultados terminales de esta maestría impide
determinar si la temática mesoamericanista tradicional ha variado en alguna
medida.

De este grupo de tesis no mesoamericanistas hay que prestar atención a tres


arqueólogos, todos ellos investigadores actuales del IIA. Se trata de Yoko Sigiura,
Linda Manzanilla y Bernd Fahmel. Derivado de su disertación doctoral, Sigiura
continua su estudio del patrón de asentamiento en el epiclásico en el Valle de
Toluca y de la etnicidad en la misma región durante el posclásico; Fahmel por su
parte trabaja la arquitectura de Monte Albán y Linda Manzanilla los túneles y
cuevas en el inframundo teotihuacano. Lo que quiero decir con esto es que como
investigadores han experimentado una especie de reconversión temática desde
su salida de la ENAH y su ingreso al IIA, la que siempre converge hacia
Mesoamérica. El caso particular de Linda Manzanilla es mucho más llamativo, ya
que es la única arqueóloga mexicana doctorada en egiptología, sin mencionar sus

211
Ver tabla al final del capítulo.

230
experiencias en Turquía y Bolivia. Aunque es indudable que mantiene su interés
en la arqueología mundial, parece claro que su reinserción en la arqueología
mexicana, así sea dentro de la arqueología universitaria desde 1983, implica una
reorientación, que arranca desde la dirección del Proyecto Cobá 1983-1984 (en
colaboración con personal del INAH) y que se continúa hasta Teotihuacan en el
presente.212 Indirectamente, pero con vastas implicaciones para toda la
arqueología mexicana, la base de datos reunida por Paul Schmidt es también
indicativa del mismo fenómeno de circunscripción tradicional a una área cultural
privilegiada, puesto que los proyectos norteamericanos tienden a ocuparse de
regiones desatendidas por los mexicanos, “quizá” -como dice su autor- “porque
nos consideramos mesoamericanistas”(Schmidt 1988: 408-409).

En resumidas cuentas, Mesoamérica es el punto nodal que articula e identifica


a todos los arqueólogos, independientemente de la institución en que trabajen,
concordancia por demás parecida a la que se da profesionalmente en el seno de
la SMA. Cabría preguntarse para terminar si una diversificación de objetos de
estudio regionales, ligada a la diversificación institucional al mismo nivel, traerá
como consecuencia una diversificación teórica. El estudio de caso del Proyecto
Bolaños213 ofrece indicios de una respuesta afirmativa. Lo puedo formular así. Tal
parece que el ocuparse de regiones limítrofes al área cultural tradicional (donde es
normal la inexistencia de monumentalidad en los vestigios, por lo que no hay la
propensión a su glorificación, aunque sí puedan ser simbólicos para las
identidades regionales de cualquier tipo) está condicionando una búsqueda
conceptual renovadora con la que hacer frente a las anomalías interpretativas de
la historia cultural más habitual. Pero demostrarlo será materia de los siguientes
capítulos.

212
En el capítulo quinto se encontrará mayor información al respecto.
213
Ver capítulo quinto sobre el particular.

231
_______________________________________________________________
___________

TABLA [Link] ARQUEOLOGICAS Y ANTROPOLOGICAS


INTEGRALES

INSTITUCION NOMBRE TIPO ENFOQUE ORIENTACION


EDITORA
_____________________________________________________________
INAH/CNCA
1. Arqueología Mexicana E D N
2. Antropologí[Link]ín M I N
3. Consejo de Arqueología E D N
4. I'[Link] de maíz M I R
5. Anales Museo Michoacano M I R
6. Barro Nuevo M I R

IIA/UNAM
7. Antropológicas M I N
8. Anales de Antropología M I N

FCA/UADY
9. Boletín de la Escuela de
Ciencias Antropológicas M I R

FA/UV
10. Tlacatl M I R
11. Anales Antropológicos M I R

ENAH/INAH
12. Cuicuilco M I N

DA/UDLA
13. Notas Mesoamericanas M I R

DA/IMC
14. Expresión Antropológica M I R

IA/UV
15. Boletín Informativo M D R
16. Anuario Antropológico M I R

IPGH
17. Boletín de Antropología

232
Americana M I N
18. Revista de Arqueología
Americana E I N

FA/UNAM
19. Cuadernos de Arquitectura
Mesoamericana E I N

LA/UdeG
20. Anuario1 M I R

DPC/ICT
21. Tierra y Agua M D R

E M I D N R
------ ------ ------
TOTALES 4 17 17 4 9 12
_____________________________________________________________
FUENTE: Obtención directa.
NOTA: E (Especializada), M (Mixta), I (Investigación), D (Divulgación), N (Nacional) y R
(Regional).
[Link] el periodo de estudio, el Laboratorio de Antropología de la UdG se transformó en
Departamento de Estudios del Hombre y su Anuario fue sustituido por la revista Estudios
del Hombre, con equivalentes características.

_____________________________________________________________

TABLA 3.2 PUBLICACIONES ARQUEOLOGICAS DEL INAH (1992-1993)


Serie Arqueología (col. y no.) Serie Prehistoria (col. y no.)
_____________________________________________________________

Antologías 5 Científica 7
Biblioteca del INAH 2 Cuadernos de Trabajo 13
Catálogos 8 Obras varias 1
Científica 36 Publicaciones diversas 1
Cuadernos de Trabajo 18 Total 22
Divulgación 2
Facsimilar 4
Guías Oficiales 14
Miniguías 87
Monumentos Prehisp. 1
Museo [Link] Antrop. 1
Obras diversas 11
Obras varias 11

233
Atlas Arqueológico 2
Publicaciones Period. 5
Regiones de México 1
Total 208
_____________________________________________________________
FUENTE: Catálogo de publicaciones 1992/1993, INAH, 1992:39-88 y 189-195.

234
_____________________________________________________

TABLA 3.3 PUBLICACIONES ARQUEOLOGICAS DEL IIAUNAM(1992)


Serie Número
_____________________________________________________

Arqueología 29
Antropología y técnica 3
Bibliografía 1
Publicaciones periódicas 14
Total 47
_____________________________________________________
FUENTE: Catálogo de publicaciones 1992, IIA,1992: 11-22 y 41-57.

___________________________________________________________

TABLA [Link] ARQUEOLOGICA DEL IIAUNAM 1989-1991

Autor artículo libro informe ponencia [Link]. otros1


_____________________________________________________________

[Link] 6 2 3
[Link] 6 2 3 3 5
[Link] 3 1 8 2 2
[Link] 1 3 1
[Link] 2 1
[Link] 1 1 1
[Link] 5 1 4 1 5
[Link] 6 1 5 10
[Link] 2 1 1 3 3 2
[Link] 2 2 2 1 10
[Link] 4 1 4 1
[Link] 1 1 1 3 3
TOTAL 38 13 5 33 20 34
_____________________________________________________________
FUENTE: Informes anuales 1991. Arqueología, IIAUNAM.
NOTA: La misma fuente indica la ausencia de los informes de tres arqueólogos (Teresa
Cabrero, Jaime Litvak King y Paul Schmidt), por lo que no se les incluye.
[Link] conferencias, reseñas y notas en el boletín A dos tintas del mismo instituto.

235
____________________________________________________________

TABLA [Link] DE LAS PUBLICACIONES DEL IIAUNAM 1989-1991

México Otro país


Autor -------------------- -------------------
Artículo Libro Artículo Libro
_____________________________________________________________

[Link] 5 1 2
[Link] 2 2 2
[Link] 4 1 1
[Link]énez 3
[Link] 2
[Link] 2
[Link] 11 2
[Link] 8 5 4
[Link] 5 4
[Link] 4 2
[Link] 11 1
[Link] 5 1
TOTAL 62 11 15 2
_____________________________________________________________

FUENTE: Informes anuales 1991. Arqueología, IIAUNAM.


NOTA: Las discordancias con el cuadro 3.4 provienen de la diferencia entre publicación
anual neta y productividad anual neta, que no coinciden; es decir, un artículo o un libro no
se publican el mismo año en que se escriben. En los informes esta distinción no se hace
porque los autores de los mismos desean resaltar su producción en general.

__________________________________________________________

TABLA [Link] DE CIENTIFICOS E INGENIEROS MEXICANOS SEGUN LOS


SCIENCE CITATION INDEX Y SOCIAL SCIENCES CITATION INDEX 1980-
1990

AÑO [Link] Y TECNICA [Link] SOCIALES 2/1


_____________________________________________________________

1980 1,147 139 12.1


1981 1,163 140 12.0
1982 1,022 180 17.6
1983 1,022 91 8.9
1984 1,096 75 6.8
1985 1,144 115 10.0
1986 1,230 121 9.8
1987 1,329 126 9.5

236
1988 1,510 145 9.6
1989 1,440 157 10.9
1990 1,344 136 10.1
_____________________________________________________________
FUENTE: Indicadores de las actividades científicas y tecnológicas 1993, SEP-
CONACYT,1993:78.

_____________________________________________________________
TABLA [Link] ARQUEOLOGICAS DE INVESTIGACION,
LOCALIZACION Y AÑO DE FUNDACION
_____________________________________________________________

[Link] Nacional de Antropología e Historia/Consejo


Nacional para la Cultura y las Artes/Secretaría de Educación
Pública (INAH/CNCA/SEP),México,D.F.(con 27 centros regionales
estatales), 1939.

[Link] de Investigaciones Antropológicas/Universidad


Nacional Autónoma de México (IIA/UNAM),México,D.F.,1973.

[Link] de Estudios Avanzados/Universidad de las Américas


(IEA/UDLA),Cholula,Pue.,?.

[Link] Jaliciense de Antropología e Historia/Universidad


de Guadalajara (IJAH/UdeG),Guadalajara,Jal.,1959.

[Link] de Estudios del Hombre (antes Laboratorio de


Antropología)/Universidad de Guadalajara (LA/UdeG),
Guadalajara, Jal.,1987.

[Link] de Antropología/Universidad Veracruzana (IA/UV),


Jalapa,Ver.,1957.

[Link] de Investigaciones Históricas y Sociales/Universidad


Autónoma de Campeche (CIHS/UAC),Campeche,Camp.,?.

[Link] de Estudios Antropológicos/El Colegio de Michoacán


(CEA/COLMICH),Zamora,Mich.,1979.
_____________________________________________________________
FUENTE: obtención directa.

237
_____________________________________________________________

TABLA 3.8 INSTITUCIONES ARQUEOLOGICAS DE ENSEÑANZA,


LOCALIZACION, AÑO DE FUNDACION Y GRADOS ACADEMICOS
EXPEDIDOS
______________________________________________________________

[Link] Nacional de Antropología e Historia/INAH (ENAH/


INAH), México,DF,1940:
[Link] de Arqueología (licenciatura).
[Link]ón de Estudios Superiores (maestría y doctorado).

[Link] de Antropología/Universidad Veracruzana (FA/UV),


Jalapa,Ver.,1957.
[Link] de Arqueología (licenciatura,antes maestría).

[Link] de Ciencias Antropológicas/Universidad Autónoma de


Yucatán (FCA/UADY),Mérida,Yuc.,1966.
[Link] de Arqueología (licenciatura).

[Link] de Humanidades/Universidad Autónoma de Guadalajara


(IH/UAG),Guadalajara,Jal.,1972.
[Link] de Antropología (licenciatura).

5. Escuela de Ciencias Sociales/Universidad de las Américas


(ESC/UDLA),Cholula,Pue.,1947.
[Link] de Antropología (licenciatura y maestría).

[Link] de Filosofía y Letras/UNAM (FFL/UNAM), México, DF,


1959.
[Link]ón de Estudios de Posgrado (doctorado).
______________________________________________________________
FUENTE: obtención directa.

______________________________________________________________

TABLA [Link] ARQUEOLOGICAS DE APLICACION,


LOCALIZACION Y AÑO DE FUNDACION
______________________________________________________________

[Link]/CNCA,México,DF.,1939.

[Link]ón de Arqueología/Instituto Mexiquense de la Cultura


(DA/IMC), Toluca,[Link] Méx.,1988.

[Link] de Arqueología/Secretaría de Obras Públicas del


Estado de Zacatecas (DA/SOP),Zacatecas,Zac.,?.

238
[Link]ón de Patrimonio Cultural/Instituto de Cultura de
Tabasco (DPC/ICT),Villahermosa,Tab.,?.
______________________________________________________________
FUENTE: obtención directa.

______________________________________________________________

TABLA [Link] ARQUEOLOGICAS DE DIVULGACION Y


NUMERO DE ESTABLECIMIENTOS
______________________________________________________________

[Link]/CNCA:
[Link] nacionales y metropolitanos (8)1
[Link] regionales (27)
[Link] de sitio y locales (98)
[Link] arqueológicas (163)
[Link] universitarios:
[Link] Regional de la Universidad Autónoma de Baja
California.
[Link] Regional de la Universidad de Sonora.
[Link] de Antropología de la Universidad Veracruzana.
[Link] de Arqueología de Occidente del IJAH/UdeG.
[Link] Universitario de Antropología del IIA/UNAM
[Link] privados:
[Link] Cultural Alfa.
[Link] Amparo.
[Link] Serfín.
[Link] estatales:
[Link] Cultural de Tijuana.
[Link] de las Estelas [Link]án Piña Chán
[Link] Biblioteca Pape
[Link] de las Culturas de Occidente María Ahumada
[Link] de Antropología e Historia Mexiquense
[Link] Arqueológico de Mazatlán
[Link] del Estado de Michoacán
______________________________________________________________
FUENTE: Museos de México, Editorial Jilguero, México,1992; Zonas Arqueológicas,
Editorial Jilguero, México,1991; "Memoria de labores INAH 1983-1987. Museos y
exposiciones-docencia", Antropología, 19,marzo-abril,1988; INAH. Indicadores de gestión,
segundo trimestre,1993, p.22.
[Link] rigor, de los ocho sólo uno es francamente arqueológico: el Museo Nacional de
Antropología; el Museo del Templo Mayor está clasificado como museo de sitio.

______________________________________________________________

239
TABLA [Link] DE FINANCIAMIENTO DE LA ARQUEOLOGIA Y
AÑO DE FUNDACION
______________________________________________________________

[Link]/CNCA,México,DF,1939.
[Link] Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT),México,DF
1971
[Link] Financiera,México,D.F.:
[Link] Nacional Arqueológico (FNA),1992.
______________________________________________________________
FUENTE: obtención directa.

_____________________________________________________________

TABLA [Link] ARQUEOLOGICAS BAJO CUSTODIA DEL INAH,1932-1995


Año Zonas Personal de custodia1
_____________________________________________________________

1932 22 52
1942 43 66
1952 57 71
1962 81 212
1972 108 944
1982 122 1526
1992 155 n.d.
1995 163 n.d.
______________________________________________________________
FUENTE: El INAH. Funciones y labores, 1962:36-37; Memoria de labores,1977-1979,
1980:135-136; "INAH. Evaluación y desafíos", Antropología, 23,1988:14 y 29;"Proyectos
especiales de arqueología", Arqueología mexicana, 7(2):82-84,1994.
[Link] cifras incluyen personal de custodia de museos y zonas.

________________________________________________________________

TABLA [Link] TOTAL DEL INAH POR FUNCIONES,1977-1993

FUNCION 1977 1979 1983 1989 1990 1993


________________________________________________________________

Directivo - - 236 320 320 325


Confianza - - 154 412 414 377
Administrativo 1433 2384 3124 3429 3523 2909
Arq. y rest. - - 289 309 371 278

240
Docente 83 141 509 377 409 -
Investigación 343 408 611 647 677 760
________________________________________________________________
FUENTE: NAH 1984. Segunda Reunión Anual de Evaluación, 1985:314-315; Manual
estadístico de los resultados de la gestión institucional (periodo 1983-1988), 1989,f.133;
"INAH. Evaluación y desafíos" Antropología, 23, 1988: 7; INAH. Indicadores de gestión.
Segundo trimestre,1993,1993:31.

241
________________________________________________________________

TABLA [Link] DE INVESTIGACION DEL INAH POR ESPECIALIDAD,


1977-1993

ESPECIALIDAD 1977 1979 1983 1994


________________________________________________________________

Arqueología 125 138 271 306


Historia 109 160 182 191
[Link]/Etnol. 78 79 106 120
Antrop.física 16 20 32 31
Linguística 15 11 20 24
Etnohistoria 1 - - - 12
________________________________________________________________
FUENTE: Memoria de labores 1977-1979, 1980:132; INAH 1983. Situación general, 1984:86;
"INAH. Actividades realizadas,1983-1986", Antropología, 11, 1986:32; "INAH. Evaluación y
desafíos", Antropología,23,1988:7; X Evaluación de Personal Académico del INAH, 1994.
[Link] fuentes no separan esta especialidad de la historia a pesar de que el Departamento de
Etnohistoria (hoy Dirección) fue creado a mediados de 1977, por lo que no puede confundirse
con la Dirección de Historia.

________________________________________________________________

TABLA 3.15 ARQUEOLOGOS DEL INAH SEGUN UBICACION, 1993

DEPENDENCIA NUMERO
________________________________________________________________

Coordinación Nacional de Centros Regionales 138


Subdirección de Estudios Arqueológicos 50
Subdirección de Salvamento Arqueológico 50
Subdirección de Servicios Académicos 16
Subdirección de Registro Público de
Monumentos y Zonas Arqueológicas 12
Subdirección de Arqueología del Museo
Nacional de Antropología 11
Escuela Nacional de Antropología e Historia 81
Museo del Templo Mayor 8
Dirección de Restauración del Patrimonio 5
Zona arqueológica de Teotihuacan 3
Museo Nacional de Historia 1
Museo Nacional de las Culturas 1
Museo Regional de La Laguna 1
Coordinación Nacional de Museos y Exposiciones 1
Coordinación Nacional de Monumentos Históricos 1

242
TOTAL 3062
________________________________________________________________
FUENTE: X Evaluación de Personal Académico del INAH. Resultados finales, 1994.
[Link] solo docentes de tiempo completo, no así los contratados semestralmente ni con plaza
en otra dependencia del INAH.
[Link] incluye un número indeterminado de arqueólogos adscritos a las Direcciones de Etnología
y Antropología Social, Etnohistoria y al Departamento de Arqueología Subacuática. La fuente
usada está basada en autoevaluaciones individuales, lo que implica que hubo la opción personal
de elegir la identidad disciplinaria. Así, los arqueólogos de la ENAH se evaluaron como
docentes, no como arqueólogos. Su orientación responde a los estímulos económicos ofrecidos
por el INAH a sus docentes de la ENAH y a la Escuela Nacional de Restauración. No es claro
qué ocurre con los demás, pero es factible suponer una estrategia de retirada a la docencia o a la
investigación.

________________________________________________________________

TABLA [Link] FISICAS EN ZONAS Y SITIOS


ARQUEOLOGICOS ENTRE 1983-1988

Mantenimiento Consolidación Exploración e Museos


Restauración
Investigación
No. % No. % No. % No. % No. %
________________________________________________________________

138 48.4 64 22.4 55 19.3 16 5.6 12 4.2


________________________________________________________________
FUENTE: Manual estadístico de los resultados de la gestión institucional (periodo 1983-1988),
1989, ff. 23-33.

243
________________________________________________________________

TABLA 3.17. CUADRO COMPARATIVO DE INSTITUCIONES DE INVESTIGACION


Y APLICACION ARQUEOLOGICAS EN 1993

INSTITUCION ARQUEOLOGOS REVISTAS PROYECTOS SERIES DE


DE PLANTA PUBLICACION
________________________________________________________________

Investigación:

[Link]/CNCA 306 6 149 22

[Link]/UNAM 15 2 13 2

[Link]/UDLA 1 - 1 -

[Link]/UdeG1 2 - - -

[Link]/UdG2 2 1 1 -

[Link]/UV 8 2 8 -

[Link]/UAC 1 - 1 -

[Link]/COLMICH 2 1 n.d. n.d.

Aplicación:

[Link]/IMC 2 1 n.d. n.d.

[Link]/SOP-Z 1 n.d. 1 n.d.

[Link]/ICT - 1 - -
_______________________________________________________________
FUENTE: cuadros anteriores.
[Link] estudiantes de la maestría de la ENAH estaban por reactivar la Sección de Arqueología
del IJAH.
[Link]ólogos no adscritos al Laboratorio, sino al Proyecto Cuenca de Sayula; tres asistentes
más estaban pendientes de contratación.

244
_____________________________________________________________

TABLA [Link] DE LA ARQUEOLOGIA SEGUN PLANES DE ESTUDIO


VIGENTES EN 1993

INSTITUCION DOCENTESALUMNOS REVISTAS INVESTIGACIONES


I E T
________________________________________________________________

[Link]/INAH1
Licenciatura 5 408 n.d. 213 1 5
Maestría 3 28 17 119 4

[Link]/UV
Licenciatura 3 10 n.d. 31 2 2

[Link]/UADY
Licenciatura 2 17 129 22 1 1

[Link]/UAG
Licenciatura 2 9 38 13 - -

[Link]/UDLA
Licenciatura 4 n.d. 40 n.d. 1 4
Maestría n.d. 21 42

[Link]/FFL/UNAM
Doctorado 8 5 n.d. 11 2 8
________________________________________________________________
FUENTE: obtención directa.
NOTA: I (Inscritos), E (Egresados) y T (Titulados).
[Link] el periodo de estudio la ENAH estableció su propio doctorado en antropología, incluyendo
la especialidad de arqueología.

245
______________________________________________________________
_____
TABLA [Link] DE ARQUEOLOGIA POR INSTITUCIONES EDUCATIVAS Y
GRADO, 1946-1993.

INSTITUCION GRADOS NUMERO %


________________________________________________________________

IIA/UNAM Doctorado 11 2.4

ENAH/INAH Maestría 119 25.8


Licenciatura 213 46.2

FA/UV Maestría 7 1.5


Licenciatura 20 4.3
Protocolarios 14 3.0

EA/UAG Licenciatura 13 2.8

FA/UAY Licenciatura 22 4.7

DA/UDLA Maestría 42 9.1

TOTAL 461 99.8


________________________________________________________________
FUENTE: obtención directa.

________________________________________________

TABLA [Link] DE TESIS DE ARQUEOLOGIA POR GRADO

GRADO NUMERO %
________________________________________________

Licenciatura 268 59.9


Maestría 168 37.6
Doctorado 11 2.5
________________________________________________
FUENTE: Tabla anterior.

246
______________________________________________

TABLA [Link] MIEMBROS DEL SNI EN 1990

INSTITUCION NUMERO %
______________________________________________

CIHS/UAC 1 3.2
IIE/UNAM 1 3.2
IEA-DA/UDLA 2 6.4
IA-MA/UV 2 6.4
IIA/UNAM 10 32.2
INAH 15 48.4
_____________________________________________
FUENTE: Sistema Nacional de Investigadores. Directorio 1990, 1991:60-64.

__________________________________________________

TABLA [Link] CON CURADURIAS ARQUEOLOGICAS


Museo Investigadores
___________________________________________________

[Link]ón de Arqueología,
Museo Nacional de Antropología/INAH 11
[Link] del Templo Mayor/INAH 6
[Link] de Antropología/UV 5
[Link] Nacional de las Culturas/INAH 1
[Link] Regional de La Laguna/INAH 1
[Link] Nacional de Historia/INAH 1
[Link] Arqueológica de Teotihuacan/INAH 31

T O T A L 28
____________________________________________________
FUENTE: X Evaluación de Personal Académico del INAH,1994.
[Link] incluye los 12 arqueólogos-becarios del Centro de Estudios Teotihuacanos,sino
a los de su curaduría.

247
________________________________________________________________

TABLA 3.23 TESIS ARQUEOLOGICAS NO MESOAMERICANISTAS DE LA ENAH,


1946-1987
Autor Año País/continente Tipo
________________________________________________________________

Pablo López V. 1965 Asia-América Difusionista(?)


Jorge Canseco V. 1967 México-Egipto Difusionista
Angelina Macías G. 1969 Perú Arquitectura
Gladys Casimir M. 1970 Panamá Sondeo gral.
José Larrain B. 1970 Chile Sondeo gral.
Yoko Sigiura Y. 1973 Asia-América y Difusionista
Japón moderada
Diana López S. 1975 Puerto Rico Est. de sitio
Roberto Reyes M. 1976 Honduras Sondeo gral.
Luis Casasola G. 1977 El Salvador [Link] sitio
María [Link] 1977 Colombia [Link] área
Linda Manzanilla N. 1979 Iraq [Link] área
[Link]ín y [Link]. 1980 El Salvador [Link] sitio
Bernard Fahmel B. 1981 México-Caribe Difusionista
moderada
________________________________________________________________
FUENTE: Agustín Avila et al., Las tesis de la ENAH. Ensayo de sistematización,1988:99-138.

248
CAPITULO CUARTO

FENOMENOLOGIA DE LA ARQUEOLOGIA
MEXICANA

De esta igualdad en cuanto a capacidad se deriva la igualdad de


esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Por lo
tanto, si dos hombres cualquiera desean la misma cosa, que
ambos nunca podrán disfrutar, se convierten en enemigos; y en el
camino a su fin, que es principalmente el de su propia
conservación, y en ocasiones sólo su delectación, tratan de
aniquilarse o sujetarse uno al otro (...) Por esto es manifiesto que
durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común
para mantenerlos temerosos, permanecen en aquella condición
llamada guerra; una guerra tal, que es de todos contra todos.
Porque la guerra no consiste solo en la batalla o en el acto de
pelear (...) sino en la disposición a ello, que durante todo el tiempo
no haya confianza en el contrario...
Thomas Hobbes, Leviathan or the Matter, Form and Power of a Commonwealth
Ecclesiastical and Civil (1651).214

sando como paráfrasis la metáfora del “tercer mundo” de Popper, podríamos


U afirmar que ya desde los dos capítulos anteriores habríamos iniciado
nuestro descenso del mundo de las ideas arqueológicas mexicanas hacia el
mundo social de la arqueología institucional, y con ella, el conocimiento en torno
de los grupos e individuos que la componen. Bajo dicho orden de indagación,
reservamos para los tres capítulos finales la exploración del segundo mundo, lo

214
Cfr. el texto original de Hobbes (1963:142-143) con su traducción al español por Manuel
Sánchez Sarto en 1940 (Hobbes 1980:101-102).
249
que vendría siendo para nosotros la conciencia de los dilemas y paradojas que
encaran las instituciones, grupos e individuos involucrados en esta tradición
científica. Antes de proceder a su estudio, en los dos capítulos inmediatos me
propongo ampliar la indagación social por medio de una fenomenología de la
arqueología, en ésta ocasión enfocada a la manera como se realiza en sus
proyectos cotidianos, algunos de los cuales seleccionaremos en el quinto capítulo
como casos de estudio, con el fin declarado de iluminar nuestro interés central, a
saber, el problema del cambio teórico-conceptual, tal como se da en México.

Admito de inmediato, a propósito de esta fenomenología, que el concepto


fenómeno es sumamente equívoco. Como indica Ferrater Mora (1990:1145), en
un sentido puede ser la verdad, lo que es a la vez aparente y evidente; puede ser
lo que encubre la verdad, el falso ser; o bien ser aquello por lo cual la verdad se
manifiesta, el camino hacia lo verdadero. Es lícito entonces que en la literatura
filosófica se recomiende puntualizar entre su uso pre-husserliano, husserliano y
post-husserliano, máxime cuando suele identificarse a la fenomenología con el
método de Husserl. En el que ahora nos ocupa, sin pretender ser ni lejanamente
un texto filosófico, semejantes distinciones no son del todo subestimables, toda
vez que Embree (1992:165-193), en un estudio paralelo a éste, ha propuesto un
"modelo fenomenológico de la observación arqueológica", mediante el cual aborda
los enunciados observacionales del Proyecto Virú de Gordon Willey. Este modelo
parece utilizar el adjetivo fenomenológico para referirse a su uso metacientífico
dentro de las "teorías fenomenológicas", esto es, aquellas teorías que formulan
enunciados observacionales no representacionales. Sin embargo, es claro que
Embree sí se refiere a una estructura donde el pensamiento de Willey se movería
entre observaciones representacionales y una conciencia igualmente
representacional (representational awareness), que concuerda con el método
husserliano en la suspención el mundo natural, luego ve a los actos sensibles o
empíricos como puros términos de la conciencia. La observación arqueológica,
sostiene él, “siempre es una conciencia representacional, principalmente basada

250
en restos no linguísticos de la vida humana colectiva en un tiempo que está más
allá de nuestra memoria” (Embre 1992:191).

Pero si vamos más allá, y siendo su reconstrucción puramente intencional, un


producto de la conciencia, Embree percibe al proceso del conocimiento como algo
dado. No discute qué tan reales son los contenidos de los conceptos o qué parte
de la realidad recortan. Ocasionalmente, sin ser central a su tratamiento, anota la
preocupación de Wiley por la crítica de sus colegas a sus primeros reportes e
interpretaciones sobre el patrón de asentamiento -que, por cierto, lo hizo más
cauto en sus planteamientos-, o bien que su intención primera de reconocer los
vestigios de una región entera, a la postre se redujo a 25% de los sitios
consignados. Estas condicionantes del pensamiento de Wiley no son menos
reales por ser sociales, por ser de una ontología humana. Solo bajo la pureza del
examen fenomenológico de Embree las hace un tanto relegables, puesto que
privilegia su forma de evidenciar a través de representaciones.

Nuestra interpretación de la fenomenología es mucho más social. Siguiendo a

Heidegger, nos inclinamos por definir al fenómeno como "lo que hace patente por sí

mismo", lo que se revela por sí mismo en su luz, por ende, materia de descripción y objeto

de una fenomenología (Ferrater 1990:1145). A diferencia de Embree y en coicidencia con

la sociología fenomenológica iniciada por Alfred Shütz (a su vez, piedra angular del

enfoque etnometodológico que suscribimos) ponemos énfasis en la experiencia. En vez de

tomar al fenómeno como una realidad ilusoria, la consideramos una realidad subordinada y

última, que no puede negarse por ser objeto de la experiencia. Tampoco nos interesa

mantener su pureza en la conciencia, sino, por el contrario, revelar su totalidad compleja

como un haz de realidades compuestas por una serie de acciones racionales e irracionales,

de abstracciones del pensamiento y de rutinas, de expresiones comunicativas del habla y la

escritura, de organización y estructuras sociales, de transacciones y recompensas, en fin,


251
como una abigarrada fenomenología. Como dijera Shütz, la realidad social sería “la suma

total de objetos y ocurrencias dentro del mundo social cultural experimentado por el sentido

común del pensamiento de los hombres viviendo sus vidas diarias entre sus congéneres,

conectados entre ellos en variadas relaciones de interacción” (cit. Coulon 1995:5).

El que tome como piedra angular de esta fenomenología a los proyectos


arqueológicos resulta manifiesto. De una forma u otra la arqueología y los
arqueólogos deben formular estos discursos para realizarse como tales. Estos
llegan a ser tan cruciales en su experiencia vital, que de ellos depende su ingreso
a la profesión y el acceso a sus ulteriores recompensas en la trayectoria personal,
tanto si se consagra ésta a la erección de monumentos nacionales o a la menos
vistosa (pero también recompensada) expansión de los conocimientos previos. Si
bien no existe como en otras ciencias una eponimia que dé nombre a los
productos de los proyectos, es indudable que hay un recio componente personal
en ellos, del que dependen otros reconocimientos honoríficos y materiales,
especialmente los políticos bajo la institucionalidad mexicana.215 Puede ser tan
importante lograr culminar un proyecto arqueológico con éxito que, sin él, no hay
manera de evaluar la competencia profesional, si no es a través de algo tan difícil
de medir como son la habilidad intelectual y la honestidad incorporadas por los
individuos al proyecto en sí. Ambos factores subjetivos, como advirtiera Thompson
desde 1956 (1970), están por fuerza presentes en la reconstrucción arqueológica
del pasado, al lado de sus evidencias más caras, de sus métodos, de sus técnicas

215
El sitial de "Padre de la Antropología Mexicana" concedido a Manuel Gamio podría ser
la única excepción a esta regla. Empero, no se denomina a su proyecto integral en
Teotihuacan como "el Proyecto Gamio en Teotihuacan", sino que en la terminología actual
sería simplemente "Proyecto Teotihuacan 1918-1922", tal como luego se hablará del
Proyecto Teotihuacan 1962-1964, del Proyecto Teotihuacan 1980-1982 o del Proyecto
Teotihuacan 1992-1994. Las figuras de Ignacio Bernal o Eduardo Matos, si bien están
indisolublemente asociados a ellos, no los nombran del todo; pero tampoco los disgregan.
252
y de la teoría al uso. No es infundado decir, pues, que los proyectos son la
condensación misma del ser arqueólogo.216

Sorprende por ello la poca atención que ha prestado a su estudio. En los


manuales arqueológicos se les refiere más como estrategias de acción técnica
que como cualificadores de las "clases de arqueología y de arqueólogos". Si bien
en los manuales de Rahtz (1986), Hole & Heizer (1983) y McIntosh (1987), por
citar algunos bien conocidos, encontramos atisbos de una dirección no
instrumental -en que los proyectos hablen tanto de los hacedores del pasado
como de los hacedores del presente-, los manuales están finalmente dedicados al
adiestramiento reproductivo, no a la reflexión internalista. No obstante, estos
mismos manuales pueden servir de indicadores de los cambios históricos en la
propia disciplina, como puede ser el paso
de la arqueología humanista a la arqueología científica (vgr. Schwartz 1976). Así
también la agregación de unidades organizativas en el seno de los proyectos -que
varían entre los extremos de un arqueólogo y su ayudante hasta el nutrido equipo
multidisciplinario-, fenómeno muy ostensible en estos manuales, refleja una
creciente complejidad en la magnitud, administración, objetivos y resultados,
misma que no puede ignorarse al momento de evaluar sus logros, sobre todo si
éstos se dan en situaciones de conflicto por la prioridad de los descubrimientos o
de rivalidad por la consecución de prestigio, poder o validación de una teoría e
interpretación. En ese sentido, hasta el instrumentalismo más exacerbado nos dice
algo de su contexto presente.

Dentro de la arqueología mexicana hubo no obstante un pequeño debate en


torno a la motivación política de los proyectos y a su eficacia. Arqueólogos críticos
observaron el carácter coyuntural de ciertos proyectos prohijados por los
voluntaristas intereses de cada administración sexenal, lo que resultó en una

216
Otros factores subjetivos que nunca han sido analizados son las cualidades personales de integración y de
interpretación, si bien a éstas se les toma como lo mismo (Manzanilla y Barba 1994:101). La distinción entre
ambos factores reside en que la primera cualidad es un mecanismo de correspondencia entre los
enunciados teóricos y los enunciados observacionales. La interpretación en cambio es ya una interpretación
teórica absoluta, un retorno enriquecido al piso teórico.

253
clasificación tipológica bipolar de proyectos coyunturales y de proyectos académi-
cos (Morelos, Rodríguez y Cabrera 1991). Otra es que a partir de la propuesta de
un diseño de proyecto ideal, pretendidamente más eficiente en materia de
organización a modo de "estrategia industrial", se reiteró la presencia dual de
proyectos-presupuesto (sólo movidos por un acceder al presupuesto de origen
estatal) y proyectos-orientados-a-problemas (o sea explícitamente hipotético-
deductivos)(Gándara 1992: 78-144). Análoga concepción ya estaba implícita en el
conocido diagnóstico del estado de la investigación arqueológica del INAH debido
a Braniff, López, Mastache y Nieto (1983), quienes encontraron que de 95
proyectos registrados, ninguno de ellos hacía referencia a sus planteamientos
teóricos, métodos, técnicas, objetivos y resultados esperados, carencia genérica
que podría equivaler a decir que debería existir otro tipo más explícito de proyecto
académico.

Mas en clara oposición a los más críticos de este grupo, Mastache y Cobean
(1988:64-65) restaron importancia a los proyectos oficiales o coyunturales, para
argüir que la caracterización de estos arqueólogos críticos era insuficiente: solo un
estudio sistemático permitiría conocer sus diferencias formales y de contenido, así
como sus resultados. Por desgracia tal sistemática no fue emprendida, sino que
estos autores no desaprovecharon la ocasión para criticar el exceso de recursos
asignados al Proyecto Templo Mayor de Eduardo Matos, lo que vuelve a poner a
discusión el problema de la distribución de presupuestos y, por ende, la rivalidad
subyacente entre proyectos y arqueólogos. Finalmente, una tipología ajustada a
un juego de variables (recursos, unidades organizativas y tiempo) me llevó a una
clasificación de “proyectos-de-alta-intensidad” y “proyectos-de-baja-intensidad”,
que si bien admitía gradaciones intermedias, no dejaba de reproducir de otro
modo las tipologías bipolares anteriores (Vázquez 1996).

Conviniendo en que la crítica de Mastache y Cobean es justa, se impone una


nueva tipología heurística, pero ya dispuesta para emprender una sistemática.
Más adelante me ocuparé de ella, para replantearla como una tipología

254
combinatoria de verticalidad e intensidad, lo que arroja cuatro clases posibles de
proyectos arqueológicos, para los que la variable tiempo es independiente, pues
varía de acuerdo a la duración del proceso de resolución de toda clase de
imponderables inherentes a un proyecto en su consecución de éxito y, por ende,
de fama y poder para el arqueólogo. El tiempo aquí es considerablemente más
amplio que el fijado por las fechas límite presupuestales o sexenales. Es un
tiempo activo, no político ni coyuntural, que depende de la actividad desplegada
por el arqueólogo para optimizar sus objetivos.

Este cambio de orientación implica mucho más que una táctica de lenguaje
"políticamente correcto", esto es, fingidamente neutral. Antes al contrario, me
parece que se basa en la idea de que los proyectos arqueológicos son fenómenos
de tanta complejidad como para ameritar un estudio muchísimo más detallado. Ya
que no partimos de un modelo a priori o de un tipo ideal de proyecto que nos
induzca de antemano a valorar lo correcto o incorrecto de la actividad de los
arqueólogos, su habilidad o integridad, su relevancia o irrelevancia, o cualquier
otro par de juicios de valor excluyentes (cuya peor implicación siempre es que
divide en dos a la disciplina, lo que nos haría eco de sus disputas internas),
sugiero definir al proyecto arqueológico como “un proceso sociocognitivo individual
y grupal de estrategias y transacciones prácticas que buscan obtener un fin
óptimo, sea político , académico, personal o alguna combinación variable de ellos”.
Sostengo en seguida que esta definición permite no sólo aprehender sus
componentes estrictamente arqueológicos (teoría, métodos, técnicas, resultados),
sino también los sociales (institucionales, organizativos, lenguaje, valores,
recompensas) y aún los idiosincráticos (elecciones, motivaciones, acciones,
comportamientos), que en general son causa de evitación (e informalmente de
anécdotas, chismes, sanciones, pasiones, incomunicación) entre arqueólogos.
"Eso entre arqueólogos es pecado", nos previene el sensible mecanismo de
evitación de Carlos Navarrete (1991:32). Al respecto solo podría reponer que, si
en verdad lo son, ha llegado el momento de abordar analíticamente los “pecados”
de la arqueología mexicana.

255
1. LA IMAGINERIA BELICA Y SU SENTIDO.

Considérese en seguida el sentido del pensamiento arqueológico mexicano a


partir de la metáfora general LA ARQUEOLOGIA ES GUERRA (ver recuadro). Los
actos de habla recogidos en nuestros encuentros etnográficos de investigación
indican que los arqueólogos gubernamentales y universitarios acostumbran usar
en su estructura conversacional un lenguaje propio y privado –su comunidad de
lengua- que no es meramente el de la usual jerga técnica, sino que se trata de un
léxico plagado de metáforas de inocultable procedencia militar.217

Para abordar el estudio de la experiencia a que hace referencia este


lenguaje, parece obligado decir que semejante léxico metafórico no es accidental
ni mucho menos implica un retraso en la cientificidad de los arqueólogos
mexicanos.

LA ARQUEOLOGIA ES GUERRA

[Link] arqueólogos es como ingresar a un grupo de guerreros.


[Link] conservación patrimonial, la sociedad es el enemigo a vencer.
[Link] patrimonio cultural está sitiado por intereses privados.
[Link] sitio arqueológico ha sido saqueado con anticipación.
[Link] liberado a la estructura de escombro.
[Link] excavación extensiva comprende seis frentes.
[Link] de un campamento para resguardo de materiales.
[Link] logística del proyecto requiere de éstas medidas.
[Link] posición teórica consta de ontología, valores y método.
[Link] rebeliones académicas son normales entre nosotros.
217
Para una confrontación del "léxico último" -aquél que justifica acciones, creencias y
vivencias vitales, según Rorty (1991:91)- militar y arqueológico, remito al diccionario de
terminología militar de Martínez Caraza (1990) y al artículo de Garduño (1990) sobre las
relaciones entre estrategia y organización. Para la etnografía del habla como “lingüística de
la praxis” que uso para acceder a consideraciones emic específicas, remito a Duranti
(1992).
256
[Link] grandes excavaciones demandan estrategias especiales.
[Link] zona arqueológica carece de resolución presidencial.
[Link] la cadena de mando del proyecto hay tres responsables.
[Link] jefatura del proyecto recae en quien tiene permiso del Consejo.
[Link] han practicado calas, pozos y trincheras.
[Link] INAH recurre a la ocupación pacífica de propiedades.
[Link] sección de arqueología se reúne el jueves próximo.
[Link] los Enemigos míos se encuentran éstos:
[Link] de la primera campaña de excavación.
[Link] intervención física en la zona arqueológica concluyó.
21. Los arqueólogos son seres indefensos.

Un juicio así sería explicable por la creencia (aún viva) en la búsqueda ana-
lítica de un lenguaje estrictamente observacional no problemático, es decir, libre
de vaguedades y connotaciones metafísicas y hasta personales, que, por otra
parte, siempre se ha atribuido a las humanidades, algunas ciencias sociales, y
sobre todo a las artes, la literatura en particular. Hoy, gracias al análisis textual,
sabemos que el lenguaje metafórico en la literatura se rige por diferentes princi-
pios, dependiendo de su género (Acero 1989).218 Por el lado del lenguaje de la
ciencia, ya desde 1945, Cohen (1992:110-116) observó que sus metáforas no
pertenecían al reino de la retórica científica porque servían efectivamente para
aprehender y comunicar nuevas ideas teóricas, apreciando su relevancia para el
desarrollo de nuevos campos del conocimiento. Este podría ser muy bien el caso
de las neurociencias, cuyo desarrollo puede esquematizarse a través de varias
etapas relacionadas al uso de ciertas metáforas específicas, las que a su vez han

218
Un estudio reciente sobre el poder seductor de las palabras debido a Grijelmo (2000), al mismo tiempo
que admite que las metáforas abren mayor riqueza descriptiva, aprecia que en el amor, la economía y la
política éstas son mentirosas. Concluye que “Las palabras pueden pronunciar la melancolía con el sonido del
violín pero también la guerra con la potencia de los tambores. Las palabras engatusan y repelen, edulcoran y
amargan, perfuman y apestan. Más vale que conozcamos su fuerza”. Eso fue lo que descubrió Ari Shabari,
un exoficial israelita cuando, en su tesis doctoral en la London School of Economics, se puso a analizar las
cartas de niños cuando los puso a escribir sobre “el árabe malo”. Descubrió cuánto reflejan los prejuicios y
cuánto servían para estructurar el pensamiento y la acción social (“Mohamed, quiero que te mueras”, El
País, 25/8/2001:4).

257
provocado modelos conceptuales previos a los matemáticos. De hecho, los
especialistas en la materia sugieren un proceso teórico-evolutivo en las
referencias metafóricas, y cuyo punto culminante consiste en sustituir unas
metáforas iniciales por otras más adecuadas a la realidad observada en fases
ulteriores (Garduño, Lara y Sandoval 1986:23-56).

La teoría pragmática y ciertas líneas de la filosofía del lenguaje (Horn 1990,


Meulen 1990) han llevado estos planteamientos más a fondo. El atractivo intuitivo
(y, en casos, estético) de una teoría científica podría relacionarse al uso de sus
metáforas de especialización ligadas al aparato conceptual, pero asimismo a la
experiencia que satisfacen en el adepto. Esto indica que los conceptos
metafóricos poseen sistematicidad, consistencia y coherencia, ya que sirven de
vehículo a la comprensión. Según Lakoff y Johnson (1980), la naturaleza de los
conceptos metafóricos es inseparable de la naturaleza de nuestras actividades, si
no es que de nuestra cultura. Ello abre un vasto campo de estudio sociolinguístico
basado en la experiencia, la referencia y el contexto de uso.

Siguiendo el enfoque de éstos últimos autores, podemos inferir que en la


metáfora general LA ARQUEOLOGIA ES GUERRA hay coherencia cuanto a que
todas las metáforas se adecuan entre sí, pero no todas son consistentes. Unas
apuntan hacia las metáforas de orientación (usadas para organizar la experiencia
de campo arqueológico, sobre todo la fase de excavación de un proyecto) y otras
hacia las metáforas ontológicas, que, como se ve, son las más elaboradas (vv. 1-
3, 16, 18 y 21). Estas suelen denotarse cuando un objeto adquiere rasgos
humanos, en este caso, la sociedad como enemigo o la socialización profesional
como pasaje a un grupo de guerreros. El identificar enemigos personales, como
hizo Batres en 1911, no es sino introducir una modalidad de la metáfora de la
sociedad enemiga. Muy probablemente también a Batres debemos a que desde
mediados de 1907 en México usemos la figura jurídica de zona arqueológica para
referirnos al territorio (antes meros terrenos de cultivo) que albergaban al conjunto
de ruinas de la ciudad antigua de Teotihuacan, acto de utilidad pública que las

258
traspasó al régimen de bienes inmuebles nacionales, pero ya elevadas al rango de
"monumentos arqueológicos".219 Su inclusión en los conceptos metafóricos re-
sponde al hecho de que Batres, en calidad de Inspector de Monumentos
Arqueológicos, estaba encargado en esos momentos del proyecto de excavación
extensiva de Teotihuacan. Gracias a la investigación histórica, sabemos bien que
como militar retirado estilaba organizar la excavación extensiva como si fuera un
campo militar, dividiendo incluso a los obreros (operarios) en brigadas vigiladas
por cabos y capitanes, bajo el mando de un capataz general.220 Cabe muy bien la
posibilidad de que Batres interiorizara como arqueólogo la reforma introducida en
el ejército porfirista en 1876, en que fue organizado territorialmente en 12 zonas
militares y tres mandos,221 mismas que en la actualidad se han engrosado con las
bases navales y aéreas (Sohr 1990:128). Entonces, el que hoy se diga que el
INAH y los particulares sostienen un litigio de terrenos para crear estas zonas, y
que ello induce a una estrategia política de ocupación pacífica de estos terrenos
por el poder estatal (en tanto se les "regulariza" por decreto presidencial) (Nalda
1993:137), ello resulta por demás consistente con la analogía de la zona
arqueológica y la zona militar.

Parece claro también que muchas de las metáforas ontológicas aquí


examinadas están enraizadas en el binomio institucional de la disciplina
arqueológica con la administración gubernamental del patrimonio arqueológico,

219
Los detalles del acuerdo expropiatorio vía adquisición de terrenos data del 24 de junio de
1907 y lleva la firma de Justo Sierra; se encuentran en Solís (1988:79-83). El historiador
José Gallegos (1994), en su historia de esta zona, sostiene que ya desde 1902 Batres había
delimitado las zonas monumentales de Palenque y Mitla, lo que parece confirmar nuestra
sospecha sobre su autoría.
220
La lista de enemigos, envidiosos y defensores está en Batres (1911); su referencias
militares para organizar el descubrimiento de la Pirámide del Sol aparecen en un artículo de
1919 (Batres 1993:45-48); para más referencias del momento histórico, remito a mis
trabajos (Vázquez 1993 y 1994). Bahn, con tono jocoso, se refiere a que el Gral. Pitt-
Rivers (1827-1900) excavaba “con precisión y disciplina, como en ejercicios militares. Esta
tradición continuó luego con Mortimer Wheeler, otro militar; cierto número de excavadores
modernos aún tratan de excavar como cabos” (Bahn 1993:57; cursivas mías).
221
Debo al historiador Salvador Rueda Smithers esta información.

259
cuya experiencia es precisamente la de disputar a los actores sociales
(propietarios rurales y urbanos, coleccionistas, traficantes, indígenas, etc.) la
propiedad de los vestigios del pasado prehispánico. No abundaré más en la
cuestión, que he abordado en detalle en el capítulo segundo, en relación al tipo
de dominación patrimonialista con que se rige su administración. En cambio, me
interesa enfatizar cómo el concepto metafórico de enemigo puede ser extendido a
otro arqueólogo (o arqueólogos) que compita en la consecusión de recompensas,
rivalidad que frecuentemente arranca desde la postulación de un proyecto y la
asignación presupuestal.

Una discusión sostenida a propósito de la causa de este léxico último con un


grupo de arqueólogos del INAH, me confirmó la sospecha de que respondía a una
experiencia cotidiana, pero más que nada a la actividad de organización de ciertas
fases prácticas de los proyectos.222 Claro está que en esta discusión no dejó de
referirse sus antecedentes históricos, como es el caso de Batres, que además de
arqueólogo era militar. Algunos otros recordaron también el caso de Pedro
Armillas, que todavía en sus cursos en la ENAH usaba manuales de topografía del
ejército republicano español, del que fue oficial. Esta personificación de las "in-
fluencias militares" sobre la arqueología mexicana fue luego desestimada cuando
recordé que varios de los más conspicuos arqueólogos ingleses (Pitt-Rivers,
Wheeler, etc.) habían también servido en el ejército, sin que se denotaran
influencias linguísticas similares sobre el resto de sus colegas. Antes al contrario,
en los manuales ingleses se trasluce el uso de extensiones de una metáfora de
diversa orientación, la de LA AQUEOLOGIA COMO EMPRESA.223

En efecto, la organización práctica de sus proyectos se asemeja a la


organización de una empresa burguesa, lo que no debería de extrañarnos toda

222
Me refiero al coloquio Experiencia del trabajo arqueológico: pluralidad y vertientes,
sostenido en el Museo Regional de Querétaro del 4 al 6 de noviembre de 1992 (Crespo y
Viramontes 1996).
223
Las excavaciones de Schofield en Billinsgate (reproducida en McIntosh 1987:175-185) y
Rahtz en Sutton Hoo y Wharram Percy (Rahtz 1986:138-161) son ilustrativas de esa
concepción organizativa.
260
vez que su financiamento viene de medios privados, combinados a los
universitarios. Por supuesto que un financiamiento privado no determina
necesariamente conceptos empresariales, como lo demuestra el modelo Madrid
de arqueología de salvamento y rescate, donde la brevedad de la relación patrón-
cliente y su carácter de urgencia no se entremezclan plenamente, quiero decir, no
se condensan en sola institución (Vázquez, 1996a). La del Reino Unido parece ser
el caso de una estructura organizativa que difiere del todo de una estructura de
rango a la mexicana, que, según demostraré, es francamente vertical, por proced-
er de una administracion burocrática tradicional que, como ya vimos, absorbe
incluso las funciones de la arqueología como disciplina de estudio. Baste decir
que en México resultaría descabellado admitir en el seno de un proyecto a dos
comités, uno consultivo (de las corporaciones o personas patrocinadoras), y otro
ejecutivo -éste último el propiamente arqueológico-. Operativamente, bajo tal
estructura el director de la investigación es asistido por uno o más supervisores, a
cargo de los arqueólogos-operarios-voluntarios, ya que ha de considerarse que la
contratación de obreros es en este contexto una costumbre en franca extinción, lo
mismo que en Estados Unidos, sociedad donde el patrimonio público está
completamente volcado a la sociedad civil, un fenómeno coincidente con el hecho
de que la arqueología experimente allí un auge del trabajo voluntario (Wertime
1995), en lugar de sustentarse del todo en la contratación de ejércitos de cientos
de obreros como en México. En fin, estas experiencias son consistentes con el
ideal de "arqueólogo completo" de Graham Clarke, que precisa, entre otros
atributos, el de "ser apto para los negocios y la administración", eso es, "capaz de
administrar y dirigir excavaciones que bien pueden volverse empresas de gran
escala" (Rathz 1986:53; las cursivas son mías). Llega a estimarse a tal grado la
habilidad administrativa del director de una excavación, que se estima que "sin
tales habilidades administrativas, todo el edificio arqueológico trepidaría" (Rathz
1986:70-71).224

224
En su satírico tratamiento de la arqueología académica inglesa, Paul Bahn (1993:19-22) cuando se ocupa
de la organización de la excavación habla más bien del director, los supervisores y los excavadores, aunque
su sarcasmo lo lleve todavía a equipararlos a un general, sus oficiales y la infantería. Aunque ambas
organizaciones sean jerárquicas, sus rangos no son los mismos. Aún en México.

261
Ahora bien, aunque por convención se restringa a tres tipos la fase de
excavación de un proyecto -investigación, rescate y salvamento-, y de que
siempre será una operación compleja en equipo (de dos o mas arqueólogos) que
dependa de los objetivos del trabajo, los recursos disponibles (gente, dinero,
tiempo), el tipo de sitio, la clase de subsuelo, etcétera, es claro que los proyectos
arqueológicos reclaman de un buen número de habilidades extras, pero sobre
todo, agrego yo, de una serie de respuestas (decisiones) tomadas sobre sobre la
marcha del proceso, lo que merece una atención puntillosa. Conviene al respecto
tener presente que el tópico tradicional mesoamericano de la arqueología
mexicana introduce un factor constante o expectativa generalizada en casi todos
los proyectos realizados bajo su condicionante contextual: me refiero a la
envergadura misma de los hallazgos esperados. Por su naturaleza monumental,
estos objetos inducen (que no crean) proyectos con grandes excavaciones
extensivas, que siempre requieren de una gran intensidad de recursos,
complejidad organizativa y elecciones potenciadas para administrarlos y llevarlos a
buen éxito. Es ilustrativa al respecto la estrategia evasiva (de prioridad de sus
preferencias personales aunque impliquen menos recursos para sus proyectos
académicos, ante la opción de proyectos con más recursos pero de interés
gubernamental antes que personal) adoptada por varios arqueólogos
universitarios frente a los Proyectos Especiales de Arqueología 1992-1994.225
Estos no se concretaron a criticar la intensidad de los proyectos, sino que de
inmediato reconocieron que no había otra manera de abordarlos dada la cantidad
de factores implicados en ellos (estudio, publicación, ingeniería de obras, servicios
turísticos, recursos, etcétera), algo para lo que seguramente no están bien
adaptados los académicos.

225
El Proyecto Especial Xochicalco fue ofrecido a Jaime Litvak y el Proyecto Especial
Palenque a Carlos Navarrete; ambos declinaron la oferta personal de la directora general
del INAH. En ambos casos se esgrimieron (de modo informal, en conversaciones) argu-
mentos sobre su complejidad de administración; Navarrete agregó otro factor limitante: el
manejo de la epigrafía maya, que ha experimentado avances radicales además de que ha
hecho de Palenque una Meca internacional para dicha investigación.
262
Es justo en el terreno organizativo y su razón de ser en el contexto práctico
actual que se explica el sentido del lenguaje militarizado. Su uso conlleva implícita
la idea de que la organización filomilitar es el medio más eficaz para administrar
los proyectos en su fase crítica de excavación.226 En ello coinciden arqueólogos
gubernamentales y universitarios, aunque difieran en otros aspectos.227
Recuérdese que éstos no solo han tenido en común con los primeros una misma
socialización profesional. Unos y otros comparten conceptos teóricos y
observacionales, tópicos de interés, y hasta han trabajado en el INAH en algún
momento temprano de su trayectoria personal, cuando iniciaron su ascenso de
escala; aún en el caso de que den rienda suelta a sus preferencias personales de
estudio, su arqueología debe ser negociada con el Consejo de Arqueología del
INAH, que es una referencia constante, decisiva, para obtener la autorización a
sus proyectos. En suma, no son nunca ajenos a su contraparte gubernamental.
Por ello que confirmen que la preparación de un proyecto arqueológico "En
muchos sentidos se parece a una operación militar..."(Litvak 1986:67; cursivas
mías). La idea de que la formación del arqueólogo puede compararse al ingreso a
una "sociedad secreta o un grupo de guerreros", procede de la misma fuente
universitaria.228

226
Hole y Heizer (1983:115-116 y 131) admiten también la similitud de la organización
militar y la organización arqueológica, pero sin asumir sus metáforas como modélicas ni
mucho menos con la misma consistencia conceptual.
227
Manzanilla y Barba (1994) , que han descollado en la instrumentación de un nuevo tipo de proyecto (ver
más adelante), han introducido una serie de metáforas provenientes de la medicina y para las que una
excavación sería como una “minuciosa cirugía”, una prospección una “radiografía” y la integración e
interpretación una “diagnóstico”. Es interesante que ambos autores sean investigadores universitarios.
228
Cito el resumen de la ponencia de Jaime Litvak, "La función del anecdotario en la
formación del antropólogo", escrita para el coloquio La historia de la antropología en
México. Fuentes y transmisión, llevado a cabo del 5 al 7 de julio de 1993 en la ENAH. Su
versión escrita (transcrita en realidad, ya que Litvak optó por improvisar sus anécdotas) fue
un poco diferente. Las anécdotas, dijo, sirven para transmitir la tradición entre
generaciones, tradición que es como una cultura, una identidad y un cuerpo cerrado: “La
anécdota en la formación del antropólogo es parte de una tradición, de una herencia. Es la
transmisión de una serie de rasgos que compartimos, que nos identifican hacia fuera y que
nos unen hacia adentro. Nos localizan, nos dicen qué somos, de dónde venimos, de cuántos
grupos estamos hechos, quiénes son nuestros amigos y hasta dónde podemos contar con
ellos y quiénes no lo son y hasta qué punto son peligrosos. Esas anécdotas llevan a cabo esa
labor dentro del grupo y fuera de él” (Litvak 1996:283-284). ¡Batres (1911) se identificaba
263
La misma imaginería bélica ha sido interpretada como una parábola con
lección moral. Según Carlos Navarrete, existe una analogía entre el
comportamiento arqueológico y la Guerra de 1847 contra Estados Unidos, en que
varios generales mexicanos optaron por conservar intacto su ejército en vez de
cooperar contra el ejército invasor, simplemente porque ello facilitó la derrota de
otros generales que no les eran gratos. De manera más reservada, gusta ilustrarlo
con la guerra intestina sostenida por los "generales" Eduardo Matos, Angel García
Cook y Enrique Nalda, una guerra de posiciones hecha desde sus respectivos
frentes y trincheras, distanciadas por una cuantas calles de por medio, pero con
un mismo objeto de interés, Templo Mayor (un caso muy similar a éste es el
Proyecto Xochimilco, en que cada equipo trazó una línea Maginot imaginaria
imposible de cruzar, aunque eran escasos 150 metros los que los separaban). La
informalidad con que este relato ha sido hecho -Navarrete siempre se ha negado
ponerlo por escrito, cosa doblemente extraña en él, dadas sus reconocidas dotes
como escritor- demuestra dos cosas: 1) que es un lenguaje reservado a los actos
de habla (las anécdotas, la enseñanza del trabajo de campo, las temporadas de
exploración); 2) que si bien refuerza la estrategia de atarse a sí mismo para evitar
la cooperación o comunicación -o estrategia evasiva-, enfatiza la metáfora de que
la arqueología es guerra, argumento que, por otro lado, oscurece otros aspectos
de la experiencia, ya que subestima los aspectos de la comunicación y sobre todo
la cooperación, claves para la actividad científica. En ese sentido puede afirmarse
que los arqueólogos han llegado al extremo de ser víctimas de sus propias
metáforas beligerantes.229

de modo tan similar cuando agrupaba a sus congéneres en “Enemigos míos”, “Mis
envidiosos” y “Mis defensores”!
229
Lakoff y Jonson (1980) observan que los conceptos metafóricos contribuyen a la compresión mutua. No
así cuando su sistematización extrema –como es el caso de la “La discusión es una guerra”- impiden la
comunicación, y, por ende, la comprensión. Tal como ocurre a los arqueólogos del cuento de Borges, “Tlön,
Uqbar, Orbis Tertius”, donde el director de una cárcel estatal promete la libertad a los presos que trajeran
un hallazgo importante. Sus excavaciones en masa, ávidas y esperanzadas, solo produjeron resultados
contradictorios que inhibieron sus ansiados resultados.

264
2. TIPOLOGIA DE ORGANIZACION DE LOS PROYECTOS ARQUEOLOGICOS.

Sin ser del todo infundadas, el gran problema de las tipologías polares antes
citadas (Gándara 1992:79-81 y 96; García, Rodríguez y Cabrera 1991:15-16) es
que sustituyen un enfoque comparativo por otro valorativo, donde el analista
siempre argumenta desde el punto de vista de un deseado y deseable proyecto
arqueológico de investigación, que siempre existe como ideal,230 al tiempo que
desmerece a los proyectos de otros tipos, especialmente los político-
monumentales, donde el imperativo académico-científico aparece menguado por
otros objetivos y motivaciones, casualmente los de orden monumental y los que
más prestigio retribuyen a las jefaturas. Esta sustitución retórica arroja magros
resultados para la comprensión y explicación. Por ejemplo, la propuesta de un
proyecto ideal explícitamente científico, induce a Gándara dejar de lado la
creciente importancia de los proyectos-presupuesto en manos de quienes
denomina los "arqueólogos administradores", pero cuya preponderancia es
concomitante al incremento de proyectos con altos presupuestos, mucho personal
y materiales cuantiosos, y la relación que este fenómeno guarda con la dinámica
teórica del enfoque histórico cultural, con la búsqueda de "cosas"
(descubrimientos), y con los conflictos de poder por el control de presupuestos y
autorizaciones del Consejo de Arqueología. Todo esto cae, para él, en el rubro de
proyectos "altamente ineficientes", siempre que se les contrasta a un modelo ideal,
que no es sino el deseado.

230
Es notorio que estas clasificaciones valorativas siempre vengan de arqueólogos
gubernamentales, en especial de aquellos con más luces y que desean hacer del imperativo
de conocimiento un objetivo central, pero dentro de un contexto que los repele al
predominar en él un imperativo monumental. En cambio, los arqueólogos universitarios
parecen ajenos a este sentimiento contradictorio, por lo que sus clasificaciones son
justamente de orden temático-personal. Confróntese al respecto la clasificación de Ochoa
(1983:115-119), aunque solo indirectamente se refiera a los proyectos del IIA entre 1964 y
1978, ya que se basa en sus productos como artículos.
265
En ese orden de ideas, la clasificación de proyectos coyunturales versus
proyectos académicos se aproxima más a la realidad de las cosas. Sus autores
escriben desde la perspectiva de los miembros de un proyecto político,
definitivamente dedicado al "descubrimiento y a la salvaguarda de los intereses
estatales" (Morelos, Ro-
dríguez y Cabrera 1991:15), y donde los objetivos académicos son un resultado
indirecto (y postrero) del proyecto, porque dependen de la decisión (y dificultad)
personal de obtenerlos, como ha quedado claro en sus publicaciones muy
posteriores al “final” del proyecto monumental (Cabrera, Rodríguez y Morelos
1982,1982a,1991; Morelos 1993). No obstante su avance hacia una tipología más
descriptiva, el tipo de proyecto político-coyuntural no facilita el análisis comparativo
ya que los circunscribe, como su nombre indica, a coyunturas casuísticas
singulares, cuando en realidad, desde nuestra perspectiva comparada, son
proyectos que regularmente se repiten a pesar de sus particularidades intrínsecas.
Cada ciclo sexenal o presidencial vemos repetirse esta clase de proyectos
dependientes del ánimo del soberano patrimonialista en turno. Cabe advertir que
esta dinámica cíclico-repetitiva domina no solo a estos proyectos explícitamente
monumentales de gran escala, sino incluso afecta a toda la arqueología, aun la
más personalizada y académica.

Un estudio del número de proyectos autorizados por el Consejo a lo largo de


una década (1975-1985) parece concluyente a este respecto, independientemente
de sus deficiencias de tratamiento: cada seis años observamos curvas de ascenso
y descenso, una de las cuales -la del sexenio 1976-1982- alcanza un máximo a
mediados del gobierno lopezportillista (Gamboa 1989:48). Así las cosas, sería
injusto negar que hasta en los proyectos más politizados algún conocimiento ha
sido producido, como lo demuestran con honradez varios arqueólogos
universitarios (Ochoa, Sugiura y Serra Puche 1989: 298-301). Simplemente
ocurre que la producción de conocimiento (que ocurre paralelamente al proceso
de análisis de los materiales extraídos) se prolonga hasta fechas muy tardías,
varios años después de la fase más intensiva de exploración/restauración, lo que

266
provoca la idea de que en realidad no generan nada en absoluto. El mismísimo
Proyecto Teotihuacan 1980-1982 (al que se refieren Cabrera, Rodríguez y
Morelos) confirma esta dinámica, pues una década después seguimos conociendo
trabajos y sabemos que cuando menos uno de sus autores sigue trabado en la
clasificación tipológica de 78 mil tepalcates recogidos en uno de los 16 frentes de
excavación del proyecto, por lo que pasarán algunos años más para que
comunique sus aportes a la disciplina. Pero por esa misma causa el Proyecto
Templo Mayor 1978-1989 aún no concluye y sigue arrojando resultados
actualizados. Por lo mismo los Proyectos Especiales de Arqueología 1992-1994
sólo han producido grandes hallazgos, museos y museografías, nuevas zonas
arqueológicas, pero ninguna literatura especializada, excepto artículos divulgativos
para la revista Arqueología Mexicana.231

Así pues, con la decidida intención de establecer una tipología de corte


weberiano, esto es, comparativa y lo más rica descriptivamente (Bendix & Roth
1980: 109-187;Vázquez 1996), fue que propuse correlacionar dos variables, a
saber, la intensidad del proyecto (mensurable en unidades tales como costos en
pesos, número de obreros o tiempo aplicado) y el grado de organización
(cuantificable en unidades organizativas). A simple vista ello permitía visualizar
dos grandes espectros de ordenación de los proyectos, que irían en serie desde
los proyectos de baja intensidad hasta los proyectos de alta intensidad. La primera
reconsideración que me impuse en su planteamiento consistió en que al asumir yo
mismo el uso de extensiones metafóricas de LA ARQUEOLOGIA ES GUERRA,
oscurecí otros aspectos de la realidad inconsistentes con esta clasificación de los
proyectos arqueológicos, del mismo modo en que la clasificación de los conflictos
bélicos en que se inspira no es del todo adecuada a su realidad. Como se sabe, a
partir de la experiencia de la Guerra de Vietnam, desde 1986 se popularizó la
noción de "conflicto de baja intensidad" (que, por oposición, implica los conflictos

231
Fue una sorpresa para mí toparme en Holanda con una antología de trabajos escritos por los directores
de los Proyectos Especiales (Sabau 1993), una edición muy costosa de 2,750 ejemplares, que sirvieron como
obsequio diplomático por el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Se trata de un libro casi desconocido, y
que confirma varias afirmaciones hechas a lo largo de este estudio, entre ellas la falta de resultados
comunicables de la gran arqueología.

267
de alta intensidad) para referirse a la escala o dimensión del conflicto,
subsumiendo en él a los variables medios requeridos (Sohr 1990:22 y 45-46). Sin
embargo, las últimas guerras latinoamericanas (El Salvador, Guatemala, Perú)
muestran que guerras de baja intensidad pueden ser también de larga duración;
que una guerra de corta duración puede ser de alta intensidad, como la Guerra del
Golfo Pérsico; o que la Guerra Fría, siendo de alta intensidad, pudo prolongarse
por cincuenta años, por lo que ya se le denomina como la "Guerra de los
Cincuenta Años" ([Link] 1994, Kruijt 1994).

A pesar de estas deficiencias descriptivas de nuestra tipología polar -que se


fueron haciendo visibles en el proceso de estudio-, la postulación de parámetros
numéricos de clasificación hizo acariciar la idea de reunir una respetable base de
datos que respaldara una amplia clasificación. Pero una cosa fue imaginarla y otra
muy distinta realizarla. No contaba con la negación de los arqueólogos de la gran
arqueología a colaborar en su observación. Me costó mucho llegar a la misma
conclusión que Embree hacia los nuevos arqueólogos norteamericanos y sus
dificultades para relacionarse con un filósofo: “Los arqueólogos no parecen ser lo
suficientemente antropólogos como para fascinarse con el prospecto de ser
objetos de estudio etnográfico” (Embree 1989:29; 1989a:65)

A principios de 1994 diseñé una encuesta de diez preguntas susceptibles de


cuantificación, y que fue dirigida a los directores de todos los Proyectos Especiales
por medio de la Dirección de Información y Estudios Culturales de la DGCP-
CNCA.232 Para facilitar su respuesta, la encuesta fue enviada a la Secretaría
Ejecutiva del Fondo Nacional Arqueológico, que por entonces era una unidad de
enlace entre el CNCA y el INAH, y de la que en gran medida dependían

232
Las preguntas eran éstas:1)¿Cuántos informes técnicos ha rendido?; 2) ¿Cuántas cuartillas e ilustraciones
contienen?; 3) ¿Cuántos artículos, libros, ponencias y tesis ha generado?; 4) ¿Cuántas intervenciones ha
realizado? (especificar tipo); 5) ¿Cuántos proyectos se han realizado previamente al suyo? (especificar
número y periodo); 6) ¿Cuántos investigadores ha ocupado y en qué actividad?; 7) ¿Cuántos técnicos ha
ocupado y en qué actividad?; 8) ¿Cuántos administrativos ha ocupado y con qué asignación?; 9) ¿Cuántos
trabajadores ha ocupado, según temporadas?; 10) ¿Qué cantidad global de dinero ha canalizado al
proyecto?; oficio SEC/520/94 de agosto 4, 1994 de Martha Tello (Directora de Información y Estudios
Culturales del CNCA) a la Lic. María Carina Navarro (Secretaria Ejecutiva del Fondo Nacional Arqueológico).

268
económicamente estos grandes proyectos arqueológicos. Pese a ello, tácitamente
los arqueólogos se negaron a brindar la información requerida. Me refiero a que ni
siquiera se dieron por enterados. Al entrevistarlo, uno de ellos me brindó la
deferencia de negar el haberla recibido. Pero la única respuesta formal obtenida
fue harto esclarecedora. Según Beatriz Braniff, no podía responder por dos
razones: 1) porque su Proyecto Especial "Museo de las Culturas del Norte" en
Paquimé no incluía excavaciones; 2) porque "no tengo autorización por parte del
INAH para dar la información solicitada" (cursivas mías).233

Como puede verse, esta actitud esquiva confirma la costumbre de evitación que
advertimos desde el planteamiento de esta investigación, pero ahora estamos en
condiciones de asegurar que responde a una organización de la arqueología
dominada por relaciones verticales, de índole jerárquica, y por ello consistentes
con la orientación militar de la concepción metafórica de su propia organización
interna. Estamos, creo yo, ante un fenómeno equivalente al de las jerarquías
feudales, que lo mismo ordenaban a las milicias celestiales de los ángeles más
etéreos que a las distinciones más mundanamente ostensibles de los dignatarios
eclesiásticos. La “petición de autorización" nos habla así de un esquema
conceptual que reconoce las diferencias internas entre niveles de rango y sin la
cual la dominación jerárquica sería imposible (Esquivel y Olivé 1983). Para no
desviarnos más hacia este crucial punto -al que dedicaré mi atención adelante-,
sólo agregaré que, sin ser en rigor de corte militar, las diferencias estratificadas
tienen que ver con una organización menos visible de recompensas y gratifi-
caciones entre arqueólogos, que en mucho dependen del convertir en exitoso un
proyecto. El cómo se logre será tan crucial como el premio mismo.

Volvamos de momento a nuestro problema clasificatorio con fines comparativos


de proyectos. Enfrentados al fracaso sociológico de reunir información en gran
escala, nos quedaba aún el recurso heurístico de reinterpretar la tipología inicial

233
Comunicación de Beatriz Braniff a Martha Tello, junio 7,1994.
269
de modo combinatorio, utilizando dos variables.234 Por un lado el grado de
verticalidad de un proyecto (tamaño de la jerarquía interna) y por otro el grado de
intensidad (número de miembros o recursos aplicados). La combinatoria muestra
entonces cuatro clases posibles de proyectos arqueológicos:

FIGURA 4.1 COMBINATORIA ORDINAL DE


TIPOS DE PROYECTOS ARQUEOLOGICOS

TIPO VERTICALIDAD INTENSIDAD


I + +
II + -
III - +
IV - -

Según esta combinación, lo que denominamos inicialmente como proyectos de


alta intensidad serían siempre de alta verticalidad (+,+), lo que es correcto en casi
todos los casos de los proyectos gubernamentales, ocupando un lugar destacado
el Proyecto Templo Mayor y sus secuelas más recientes, los Proyectos
Especiales. Su opuesto serían los proyectos de baja verticalidad y baja intensidad
(-,-), que recuerdan al Proyecto Bolaños de la UNAM, un caso raro donde solo
cooperan una arqueóloga y su asistente. Otros proyectos universitarios siguen el
mismo patrón organizativo. Sin embargo, también son posibles proyectos de alta
verticalidad y poca intensidad (+,-), caso de aquellos proyectos donde el número
de unidades subordinadas son muchas pero poca su intensidad. Los proyectos de
enseñanza y de rescate en la ENAH y el INAH parecen aproximarse a este tipo.
Contrariamente a ellos, están los que funcionan con gran intensidad y baja
verticalidad (-,+). Estos parecieran ser los más peculiares, pues es una
combinación difícil de conseguir: reunir dinero y gente en número significativo,

234
Debo al lingüista Fernando Leal acudir en mi ayuda con esta idea.
270
pero trabajando bajo relaciones horizontales. Es muy probable que estos
proyectos apenas se estén desarrollando en los proyectos más recientes de la
UNAM y algunos de la maestría de arqueología de la ENAH, que tienen en común
haber accedido a dinero de CONACYT desde hace pocos años, por lo que antes
hubieran sido proyectos de baja intensidad y baja verticalidad (-,-). Se trata, creo,
de un fenómeno inédito en la organización de la arqueología mexicana, por lo que
no parece ocasional la eclosión de un conflicto con la gran arqueología del INAH.
Me refiero en concreto al enfrentamiento en Teotihuacan del Proyecto Especial de
Eduardo Matos y el Proyecto Cuevas y Túneles de Linda Manzanilla, que
trataremos en el capítulo siguiente.

Creo necesario aclarar en seguida en qué consisten estas relaciones verticales


y horizontales de organización, antes de pasar a analizar cómo se expresan
dentro de la tradición científica. Expliquemos entonces nuestros conceptos.

Como sugiere Lomnitz (1987:525-527), existe un alarmante paralelismo entre la


estructura de los grupos universitarios -incluida la investigación científica, al
menos en el Instituto de Investigaciones Biomédicas y la Facultad de Ciencias,
bien estudiados por ella (Lomnitz 1972, 1977, 1985; Fortes y Lomnitz 1991 y
1994)- y otras estructuras sociales mayores, tal como se desprende de su
propuesta de un modelo estructural capaz de conciliar el análisis estructural y el
análisis individual desde una perspectiva macro sumamente ambiciosa,
predispuesta a dar cuenta de las relaciones internas dentro del sector público, el
sector laboral, el sector privado y el sector informal de la economía (Lomnitz
1987). Su modelo, basado en cuatro variables (tipo de recursos, cantidad,
dirección del intercambio y tipo de mediación), resalta que mientras las relaciones
horizontales entre grupos e individuos son de reciprocidad, las verticales son de
desigualdad e implican dominación patrón-cliente, pues cambian lealtad por
recursos. Lejos de confrontarse, ambas relaciones trabajan simultáneamente en
las estructuras institucionales, obligando a sus miembros a manipularlas según su
conveniencia y situación. Ello explica la actividad política generalizada y la

271
informalidad que se extiende como una espesa sombra de transacciones ubicada
tras de las relaciones estructurales. De hecho, en términos organizativos, ello crea
un conglomerado de pirámides jerarquizadas formales e informales.

En lo que a la actividad científica se refiere, Lomnitz descubre el predominio de


las relaciones verticales sobre las horizontales. Lo que eso implica es grave, ya
que los investigadores ven un progreso real en aspirar a cargos directivos, que
reúnen mejora material y prestigio; asimismo, la verticalidad no deja más
alternativa a los investigadores subordinados que demandar constantemente a los
superiores, sin identificarse con la institución y mucho menos con una comunidad
científica. Por otro lado, las relaciones horizontales, que excluyen jerarquías e
implican igualdad, están definitivamente constreñidas, tendiendo a darse en
grupos muy reducidos, casi familiares (nucleados alrededor de un tutor que sirve
de intermediario con otros niveles más altos, lo que jerarquiza de entrada las
relaciones), resultando todo en un cuadro de cooperación nula o escasa, de poco
intercambio recíproco, falta de comunicación, carencia de masas críticas,
creatividad limitada, etc. A mi juicio, la arqueología universitaria y gubernamental
no son una excepción al modelo planteado, si bien hay gradaciones dependientes
del contexto institucional y el modo como se organiza cada proyecto. Aquí es
donde entra en juego la heurística de nuestra tipología.

3. LAS INSTITUCIONES ARQUEOLOGICAS Y SUS PROYECTOS.

El 1o de junio de 1992 ocurrió un suceso sin parangón en la historia del INAH.


En la víspera, el arqueólogo Roberto García Moll recibió una cortante llamada
telefónica -probablemente del presidente Carlos Salinas en persona- donde le
exigió presentar al día siguiente un vasto proyecto de conservación, exploración,
protección y difusión de cinco zonas arqueológicas, entre las que destacaban
Teotihuacan, Palenque y Filo-Bobos. Como es obvio, el funcionario falló en la
amañada prueba, por lo que ese mismo día fue destituido por la superioridad.
Suceso doblemente raro, no solo por carecer de precedentes, sino porque se dio a

272
escasos dos años de concluirse el pasado sexenio presidencial (1988-1994), justo
cuando nadie, en la burocracia patrimonial, esperaba más de lo que había
obtenido. Pero dentro del CNCA había quien pensaba distinto. El proyecto ya
estaba hecho. El problema era como llevarlo a la práctica, lo que incluía la
defenestración de García Moll y otros arqueólogos de su administración
patrimonial del INAH.

Cómo llegó nuestro personaje a la máxima jefatura del INAH es especulativo.


Se dice que subrepticiamente había venido militando en las filas del PRI desde
hacía años. Sea cierto o no, es claro que cualquier director general debe, por ley
orgánica, ser nombrado por el secretario de la SEP, quien a su vez es nombrado
por el presidente en turno. Su caída introdujo la novedad de que el CNCA pasó a
ser una unidad superordinada sobre el INAH, aunque de modo muy informal, sin
llegar a cambiar la ley (por lo que después de todo se recurrió al golpe palaciego
para lograrlo), ambigüedad que hoy ha hecho volver a la SEP por sus fueros. Lo
importante es que hasta antes de su designación, García Moll había venido
trabajando por espacio de quince años (1973-1988) el Proyecto Yaxchilán, un sitio
arqueológico de alguna importancia localizado en la cuenca del río Usumacinta, y
que se planeaba integrar con otros sitios (Pomoná entre ellos) en un circuito
turístico-cultural que recuerda mucho al proyecto Ruta Maya de años después.
Tan fuerte era su dominio personal sobre el sitio, que medio en broma medio en
serio se le conoció por el sobrenombre de "Señor de Yaxchilán", título que muy
bien podrían portar otros arqueólogos que dominan las zonas arqueológicas como
si fueran de su propiedad privada. Su proyecto en sí no era de muchas luces. No
ambicionaba ir más allá de reconstruir la historia cultural del sitio, es decir,
establecer "generalizaciones e hipótesis de trabajo válidas para el sitio" [sic]
(García Moll 1984:187).

Su arribo a la cúspide de la pirámide estructural del INAH no introdujo grandes


modificaciones a lo acostumbrado, no más del ritual de cambio de unos
arqueólogos distantes por otros allegados a él. Su ineficacia para administrar una

273
estructura compleja precedió a su clímax final. En 1991, por ejemplo, dio un
desplante autoritario a una propuesta de carácter académico de parte de un grupo
de ex-colegas suyos de la Subdirección de Estudios Arqueológicos, que
pretendían desarrollar proyectos de investigación en vez de conservación
monumental. A pesar de lo autoritario de su respuesta, se puede notar que en
última instancia ésta se mantenía fiel a la tradición; les dijo a los inconformes que
"si en algún momento la conservación o consolidación se ha planteado como
prioridad, una vez que deja de serlo, cede su lugar, si hay quien la efectúe, a la
investigación" (García Moll 1991:6), regla no dicha para los proyectos oficiales
todavía vigente y que se reduce a que la investigación arqueológica es una
actividad paralela en el sentido más literal. Mas con una elemental división del
trabajo, la inquietud pudo haberse aprovechado para lanzar un proyecto o
proyectos de investigación no menos visibles que los aplicados. Pero él no lo vio,
como tampoco vio venir la idea de los Proyectos Especiales, previsible en vista de
la predisposición arqueológica del presidente, harto sensibilizado desde la
escandalosa "recuperación del tesoro prehispánico" con que se saldó la "ofensa
personal" que le significó el robo al Museo Nacional de Antropología.235

Ya en esa ocasión el presidente Salinas había ordenado al presidente del


CNCA ocuparse activamente de preservar al patrimonio antiguo, decisión que
García Moll siempre vio con ambivalencia por resultarle antitética a la lealtad que
debía al secretario de la SEP. Lo que ocurrió en 1992 en cierto modo él lo provocó
con su limitada capacidad estratégica. Pero tan ignominiosa degradación no fue
suficiente para sus enemigos. La derrota le costó incluso la dirección del Proyecto
Yaxchilán a manos de uno de los arqueólogos que en 1991 le proponían darle

235
En 14 de junio de 1989 hubo un sonado ritual de recuperación del pasado (las piezas que
habían sido robadas al Museo Nacional de Antropología) protagonizado por su, en
apariencia, único propietario histórico. En él, el presidente Salinas sentenció a sus
subalternos: "Por eso, nuestro patrimonio cultural es más que una posesión que está en el
mercado o una propiedad que podemos detentar, es un acto de constitución y carácter. Todo
lo que [lo] afecte es una afrenta personal a cada uno de nosotros (...) El Gobierno de la
República se compromete a apoyar a todas las acciones que valoren los signos de nuestro
pasado y que eleven la conciencia de la población sobre la riqueza y variedad de su
patrimonio histórico y cultural" (Salinas 1989:2 y 4).
274
mayor espacio al cometido académico en los proyectos. Al mismo tiempo, es
probable que el presidente Salinas haya experimentado la misma pasión
fundamentalista de su antecesor José López Portillo, cuando el 28 de febrero de
1978 degustó "pleno y redondo el poder", un poder tan irrestricto como para crear
la realidad histórica a voluntad, causa primera del Proyecto Templo Mayor.236 Me
refiero pues a que en mayo de 1993, durante una visita a Palenque en compañía
de los presidentes de Honduras y Belice -con quienes discutió el Proyecto Ruta
Maya, ideado para crear una ruta turística que uniera las zonas arqueológicas de
Palenque, Toniná, Yaxchilán, Bonampak, Altún Ha y Copán- Salinas no pudo
contenerse más, confesando a su guía que "me encantaría dedicarme a la
arqueología". Más que dispuesto, el Coordinador Nacional de Arqueología del
INAH, Alejandro Martínez, repuso: "Pues adelante, bienvenido al gremio".237 Y así
se declaró en “amigo de los arqueólogos”. Más aún, Salinas se tomó tan en serio
la caravana de su servidor, que en los últimos dos años de su neoliberal mandato
pasó a ser el mayor mecenas de la arqueología patrimonialista desde los tiempos
de Carlos IV.238

En efecto, el 12 de octubre de 1992, en pleno rito de escenificación del mito del


origen nacional de México (rebautizado como "Día de la Raza" desde que fueron
desechados los de "Día del Descubrimiento de América" y el más chocante "Día
de la Hispanidad"), Salinas hizo el anuncio de los primeros doce (desde 1993

236
La frase completa de López Portillo está recogida por López Luján (1993:31), quien
también lo pone como arranque del proyecto, tildándolo de "capricho presidencial", como
si fuera un desplante pasajero. Se olvida que este "capricho" es voluntad a su nivel,
mandato hacia la abigarrada jerarquía inferior y tradición disciplinaria para sus colegas.
237
El diálogo fue recogido por un reportero de la revista Epoca 103, 1993:11.
238
No soy retórico. Me limito a parafrasear a Rafael Tovar y de Teresa (INAH 1994) en su
presentación de los proyectos especiales, con motivo de la exposición de 250 piezas
descubiertas entre 1992 y 1994, en el Museo Nacional de Antropología. Tovar, presidente
del CNCA hasta el 2000, dijo que el apoyo otorgado a la arqueología era "sin duda el
mayor -en términos de su dimensión y significado- que haya recibido a lo largo de su
historia...". Coinciden con él los mismos arqueólogos beneficiados: "Gracias al interés del
presidente Carlos Salinas de Gortari, se ha contado con un apoyo sin precedente que no
sólo beneficia al patrimonio cultural mexicano, sino también a la difusión y comprensión de
nuestro legado histórico";v. "Proyectos Especiales de Arqueología", AM, 7(2):83,1994.
275
catorce) Proyectos Especiales de Arqueología, de los cuales dos eran museos
propiamente dichos y el resto proyectos de exploración-restauración. Para ese fin,
en noviembre de 1992, y con recursos provenientes de la Secretaría de Hacienda
(es decir, de los impuestos públicos), se constituyó el fideicomiso Fondo Nacional
Arqueológico con 13.5 millones de (nuevos) pesos, a los que en 1994 se
agregaron nada menos que 111 más. La manera como se repartieron los
proyectos-presupuesto entre los arqueólogos hace sospechar que primero fue el
presupuesto y después el proyecto mismo. Su planteamiento (INAH 1992) indica
una repetida comunidad de objetivos (conservación, exploración de nuevos
conjuntos arquitectónicos, reforzamiento del turismo, mayor conocimiento de la
"historia prehispánica de México", difusión), pero de seguro la designación de los
jefes de proyecto no fue una decisión fácil para la nueva directora del INAH, pues
se ve que entraron en juego muchos factores "subjetivos", además de la
competencia profesional y la honestidad. Por lo menos en tres proyectos, esa
designación incluyó la consideración política local, pues no hay otra manera de
explicarse la concentración de poderes en tres individuos destacados.239

Hasta aquí los Proyectos Especiales coinciden con las tipologías previas, esto
es, son coyunturales y se les crea a posteriori a la obtención del financiamiento.
Este es el cuadro general. Pero las cosas aparentan ser más complicadas
conforme penetramos en su análisis. Lo más evidente parece ser su intensidad.
En solo dos años involucraron a 3 mil personas, se exploraron ocho nuevas zonas
arqueológicas, se obtuvieron 15 declaratorias presidenciales, se crearon cuatro
museos y se rehabilitó uno más, y, por último, se hicieron descubrimientos
rutilantes entre los que brilla por su visibilidad el hallazgo de una segunda tumba

239
Así, la directora del Museo Nacional de Antropología se desempeñó simultáneamente
como presidenta del Consejo de Arqueología y jefe del Proyecto Especial Xochitécatl
(Tlaxcala); el Secretario Técnico cumplió también como jefe del Proyecto Especial
Corredor Sur de Quintana Roo con tres sitios (Kohunlich, Dzibanché y Kinichná, todos
ellos parte de la Ruta Maya); por último, el director del Museo Templo Mayor se
transformó en director de la Zona Arqueológica Teotihuacan y jefe del Proyecto Especial.
Como ninguno posee el don de la ubicuidad, necesariamente instrumentaron organizaciones
de rango para cumplir en todas sus funciones.
276
real en Palenque. Vistos desde sus propios objetivos y prioridades, los proyectos
fueron un éxito, a pesar de haber trabajado a contrarreloj, si bien al final de los
mismos los sucesos políticos externos (asesinatos de políticos prominentes,
levantamiento indígena chiapaneco, elecciones presidenciales) deslucieron el
arrebato arqueológico del soberano.

La evasiva respuesta dada a nuestra encuesta nos impide ir más allá en su


tratamiento organizativo, que permanece en la penumbra hasta que conozcamos
sus primeras publicaciones.240 No obstante esta seria limitación, la escasa
información disponible permite comprender que la desigual distribución de los
presupuestos fue un acicate para los celos personales, ya que desde el segundo
año (1993) se favoreció ampliamente al Proyecto Teotihuacan, concitando la
animadversión de los demás jefes de proyecto no convidados en suficiencia,
acoso que Eduardo Matos soporta desde los días del Templo Mayor.241
Asimismo, en Monte Albán ocurrió otro fenómeno sin precedente: su director fue el
único que retuvo como prioritario el cometido de comunicación de sus resultados,
dedicando un tiempo importante a la redacción y publicación a la vez que
descuidaba la excavación y restauración. Alarmado por el corto tiempo político
fijado en la máxime cúspide jerárquica, el Consejo de Arqueología le impuso a un
director interino para cumplir con las expectativas institucionales.

240
No obstante, algunas informaciones filtradas a la prensa confirman nuestra clasificación.
Por ejemplo, el Proyecto Especial Cantona durante 18 meses ocupó a 500 trabajadores para
liberar 450 ha. Tal cantidad de gente precisó la intervención de 10 arqueólogos a cargo de
Angel García Cook. Además de anecdótico, no deja de ser interesante que el Proyecto
Especial Filobobos haya propiciado la primera "huelga arqueológica" de más de 300 obrer-
os, descontentos con la administración del proyecto. La dispersión de la información
obtenida por este medio nos obliga a disminuirla.
241
Mientras Mastache y Cobean (1988:65) criticaron el exceso de recursos asignado a
Templo Mayor, Nalda (1993:129) sostiene que Templo Mayor fue "una habilitación muy
tardía que satisfizo más una preocupación personal que una necesidad social". Si bien
Nalda nunca aclara a quién se refiere, si a Matos o al expresidente López Portillo (la
confusión es factible en ambos), uno puede pensar que su guerra personal no ha concluido.
Al menos, fue esa la sensación que me comunicó su entrevista.
277
El siguiente cuadro (Tabla 4.1) indica que sería incorrecto clasificar a todos los
Proyectos Especiales dentro del primer tipo esbozado en la Figura 4.1. Esto es
muy obvio en proyectos como el de Pinturas Rupestres en Baja California Sur, que
solo hasta el segundo año de labores pudo superar a los proyectos de baja
intensidad universitarios. Sin embargo, por otras fuentes sabemos de dos
proyectos universitarios que han progresado hacia la alta intensidad, estando uno
de ellos al mismo nivel presupuestal que el Proyecto Especial Teotihuacan en sus
inicios. Me refiero desde luego al Proyecto Túneles y Cuevas de Teotihuacan
1989-1996, que en 1990 accedió a un presupuesto de 1.4 millones de pesos
canalizados por CONACYT, la UNAM y la National Geographic Society.

Del cuadro siguiente debemos destacar por igual cómo dos proyectos no
contemplados al principio -Toniná y Calakmul-, no solo se pusieron por encima de
un Proyecto Especial (Pinturas Rupestres), sino que fueron sostenidos
directamente por el INAH, elevando a 122 millones la cantidad total aplicada en un
año, esto es, el equivalente a casi la mitad del presupuesto total ejercido por el
INAH en el mismo año y por encima de su presupuesto total de 1989 y un poco
inferior al de 1990 ([Link] 1993:28). Las posibles repercusiones que esta
política arqueológica tuvo sobre el resto de proyectos y actividades arqueológicas
rutinarias del INAH no pueden evaluarse aún. De hecho, es probable que en estos
años buena parte de los arqueólogos gubernamentales se mantuvieran trabajando
en una más baja intensidad y una verticalidad inferior. Dado que los registros
oficiales no están publicados o no están puestos al día, sólo podemos conjeturar
que se mantuvo la tendencia apreciada hasta 1988, en que el Consejo de
Arqueología registró a 149 proyectos, en su mayoría del propio INAH.242 Ya que la
cifra es rebasada por mucho por una plantilla de 306 arqueólogos, cabe pensar
que casi un 50% de ellos siguió dedicado a las rutinarias tareas de intervención

242
La cifra corresponde a los registros del Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de
Arqueología (ATCNA en adelante), publicados bajo el título "Proyectos arqueológicos en
curso" por la revista Arqueología (3-5,1988), en su primera temporada; según otra fuente,
los proyectos serían 171 hasta finales del pasado sexenio (INAH 1989,f.3). Para una
discusión de estos datos, ver el capítulo previo.

278
física en las zonas arqueológicas ya existentes, como establecimos en el capítulo
anterior.

TABLA 4.1 DISTRIBUCION PRESUPUESTAL DE LOS


PROYECTOS ESPECIALES DE ARQUEOLOGIA (1992-1994)
(en millones de nuevos pesos)
_____________________________________________________________
__
PROYECTO 1992-1993 PROYECTO 1993-1994
_____________________________________________________________
__
Xochicalco 1.5 Teotihuacan 37.5
Monte Albán 1.4 Xochicalco 15.6
Teotihuacan 1.3 Monte Albán 12.2
Sur de Quintana Roo 1.2 Filobobos 10.7
Palenque 1.1 Museo Paquimé 8.5
Chichén-Itzá 0.9 Sur de Quintana Roo 6.6
Cantona 0.7 Museo Dzibilchaltún 5.0
Xochitécatl 0.5 Cantona 2.9
Pinturas Rupestres BCS 0.5 Xochitécatl 2.7
Toniná 2.5
Calakmul 2.3
Pinturas Ruprestres 2.0
_____________________________________________________________
__
FUENTE:"Fondo Nacional Arqueológico. Estado de cuenta al 28 de febrero de 1993" (La
Jornada, 2/v/93:22); Rafael Tovar y de Teresa: Modernización y política cultural, cuadro
3.2, pp.106-107.

A lo que quiero llegar con esto es a demostrar que ni toda la arqueología


guber-
namental es de gran intensidad ni toda la arqueología universitaria es de baja
intensidad, sino que habría gradaciones que seguramente se correlacionan con
diversos niveles de verticalidad en sus relaciones organizativas. Sin embargo, es
claro que estos datos hablan de un pequeño grupo de usufructuarios de los
proyectos de gran escala, mientras que el grupo mayoritario se ocuparía de
proyectos de pequeña escala o de rutinas técnicas de mantenimiento de lo que

279
alguna vez fueron también grandes proyectos. Más aún, aunque desde los
estudios de Lomnitz la UNAM no es ajena a las estructuras jerárquicas, el INAH se
distinguiría por ser una estructura predispuesta para desarrollar grandes proyec-
tos, lo suficientemente compleja como para también no descuidar las tareas
suplementarias de restauración y mantenimiento monumental, que quedan como
residuo del exceso. Sin esa carga patrimonial que pone en tensión las relaciones
verticales entre arqueólogos, en la UNAM se abre la posibilidad de dar prioridad a
las preferencias de estudio personales, aún cuando se hagan con limitaciones. La
verticalidad tendría aquí, sin ser del todo extraña, una función disminuida.243 De
paso, es necesario observar que en nuestro periodo de estudio, los proyectos de
campo universitarios fueron solo cuatro de un total de 15 arqueólogos, dos de los
cuales se dedican por entero a labores editoriales.244 Ello nos lleva a referir la
interrelación de estructura y organización de los proyectos.

Ya en otro lugar (Vázquez 1995) había observado el impresionante proceso de


complejidad institucional por el que ha transitado el INAH desde 1939. Al fundarse
el INAH se componía de dos grandes unidades operativas, el Museo Nacional de
Arqueología, Historia y Etnografía (con 5 departamentos: Arqueología, Etnografía
Aborigen, Antropología Física, Historia y Arte Colonial) y el Departamento de
Monumentos Artísticos, Arqueológicos e Históricos (con sus dos Direcciones de
Monumentos Prehispánicos y Monumentos Coloniales, que pasaron a ser
departamentos). Es decir, poseía una estructura bastante elemental: una dirección

243
Hasta donde sé, el IIA dispone de diez unidades operativas, una de las cuales es la
Sección de Arqueología, ubicada en un cuarto nivel, junto con las otras tres secciones de
investigación. Sin embargo, esto deja de lado las jerarquías de la intrincada estructura
universitaria como totalidad.
244
Me refiero a Jaime Litvak y Paul Schmidt. Los cuatro proyectos de campo son: "Túneles
y Cuevas" de Linda Manzanilla, "Bolaños" de Teresa Cabrero, "Quechula y Altos
Orientales de Chiapas" de Carlos Navarrete y "Espacios domésticos olmecas en San
Lorenzo Tenochtitlán" de Ann Cyphers. No quiero decir con esto que los nueve restantes
no trabajen; en realidad se ocupan de análisis de materiales de sus respectivos proyectos.
Algunos, empero, sabiéndose "vetados" por el Consejo de Arqueología, han optado por no
salir al campo o desarrollar proyectos que escapen al control de sus enemigos. La estrategia
de atarse a sus cubículos es una manera de evitarse complicaciones más costosas que lanzar
proyectos que desembocarán en el fracaso.
280
general a cargo de tres unidades operativas, una de ellas propiamente
arqueológica. Para 1962 esta estructura se había engrosado a 17 unidades,
aumentado a dos las unidades arqueológicas, a saber, los Departamentos de
Prehistoria y de Monumentos Prehispánicos (INAH 1962:4-5). Para 1983 se
aprecian cambios radicales en cuanto a niveles, unidades y jerarquías. Lorenzo
(1984:95-96; véanse también INAH 1980:138 y 1984: 44) debió entonces
reconstruir dos organigramas separados, uno para la estructura del INAH en su
conjunto y otro exclusivamente para las operaciones arqueológicas. Según el
primero, había un total 61 unidades distribuidas en siete niveles. De esta cantidad,
la arqueología disponía de 12 unidades, dispuestas en cinco niveles jerárquicos.

Otra fuente oficial no confirmada indica que para 1989 el INAH dispondría de
417 unidades de todo tipo, lo que podría ser cierto si tomamos en cuenta que su
plantilla total era de 5,541 empleados hacia fines de 1993 (Tovar 1994:379). Sin
embargo, un organigrama recién publicado por la SEP dentro de su manual de
organización (SEP 1994:94) presenta una versión simplificada del mismo, ya que
solo diagrama a sus unidades de mando del segundo y tercer nivel, que coinciden
con las cifras de 14 mandos superiores y 320 mandos intermedios (Tovar 1993:
379). Por lo demás, en el presente la arqueología oficial está estructurada en 11
unidades, pero mucho más jerarquizadas que en 1983, pues ha aumentado un
nivel (la Coordinación Nacional de Arqueología), para sumar seis en total, al
tiempo que desaparece el Departamento de Prehistoria y se crea una nueva
subdirección (Servicios Académicos) de mayor rango. Huelga decir que todos
estos escaños son ocupados por arqueólogos.

Estos cambios organizativos testifican las relaciones de mando imperantes y la

ordenación que conllevan para determinar la complejidad estructural actual. Si se observa

con cuidado, la índole de las direcciones indican el interés institucional puesto en la

exploración/restauración, el salvamento, el registro y los servicios requeridos. No extrañe

que la prehistoria haya sido finalmente liquidada y la arqueología subacuática se mantenga

281
como humilde departamento. Los niveles de jerarquización son un claro indicio de cómo se

organizan los proyectos arqueológicos: usualmente desde arriba o, en el mejor de los casos,

como una elección personal dentro de límites preestablecidos. Bajo esta estructura, la

arqueología del INAH está por naturaleza dispuesta a allanar las cosas a las

determinaciones superiores, pero rara vez a recoger las ideas y aspiraciones de los niveles

inferiores. Incluso esto explica por qué las relaciones horizontales tienen tantas dificultades

para expandirse dentro de centros de trabajo de un mismo nivel. Propuestas, reglamentos de

trabajo, demandas, proyectos cooperativos, ideas, etc., suelen terminar olvidados, a no ser

que algún intermediario las recoja y canalice dentro de la cadena de mando (ver figura 4.2).

La figura capta la disposición piramidal de las unidades organizativas


institucionales, según niveles estratigráficos de dominio y cuya base es más ancha
de lo que aparece en el esquema, pues las secciones de los centros y museos
suman más de 30. Nótese de paso que la única unidad que no parece conciliar del
todo con esa imagen vertical del flujo de poder es la ENAH, compuesta de dos
unidades semiautónomas pertenecientes también a dos niveles educativos, la
licenciatura y la maestría, con sus respectivos proyectos de adiestramiento/investi-
gación, que aparentemente solo dependen de la aprobación/desaprobación del
Consejo de Arqueología. En realidad, su ubicación en el nivel más bajo indica
también su escaso poder, por lo que sus proyectos requieren de intermediarios a
otros niveles. Cuando esto no funciona por conflictos personales, y a pesar de ser
una escuela del propio instituto, ha habido el peligro de ver cancelada su
capacidad para hacer excavaciones, como ocurrió a raíz del Proyecto Abasolo de
Manuel Gándara (1992:207-208). La contraparte de esta debilidad es que admite
una dosis de "marginalidad creadora" que, desde la baja intensidad y menor
verticalidad, permite que florescan entre sus docentes posturas divergentes con el
resto de los proyectos de la arqueología institucional. Cierta tradición crítica muy

282
incipiente tiene a la ENAH como núcleo de confluencia, más que de irradiación de
influencias

FIGURA [Link] DE LA ARQUEOLOGIA DEL INAH

DIRECCION GENERAL

SECRETARIA TECNICA CONSEJO DE ARQUEOLOGIA

COORDINACCION NACIONAL DE ARQUEOLOGIA

DIRECCION DIRECCION DIRECCION DIRECCION


ESTUDIOS SALVAMENTO [Link] DE SERVICIOS
ARQUEOL. ARQUEOLOGICO MONUMENTOS Y Z.A. ACADEMICOS

[Link] ARQ. [Link] [Link]


LABORATORIOS
SUBACUATICA DE CENTROS INAH DE MUSEOS

ENAH

ESPECIALIDAD DE ARQUEOLOGIA MAESTRIA DE ARQUEOLOGIA

Ahora bien, con solo 15 arqueólogos, el IIA de la UNAM planteó desde su


fundación en 1973 la posibilidad de constituir una cabal alternativa como
arqueología de investigación, científica e interdisciplinaria, valores compartidos por

283
todos sus miembros pero no siempre apegados a la realidad. Ya observamos en el
capítulo primero que no escapan a la tradición mesoamericanista ni llevaron a sus
últimas consecuencias las tesis de la nueva arqueología que presuntamente les
sirvió para afirmarse frente al monopolio del INAH. Era una identidad política más
que un programa de investigación. La crítica a esta postura conflictiva como
positivista (Ochoa, Sugiura y Serra 1989:307-308) no es más que el corolario de la
confesión de una "diversidad de intereses" hecha pública desde su VI Congreso
Interno en 1982. Esta diversidad fue una manera eufemista de decir que la idea de
integrar proyectos, colaborar y conjuntar intereses comunes (expresada en el I
Congreso de fines de 1973) había fracasado. Los mismos congresos internos se
extinguen luego de 1984, al mismo tiempo que aparecen desembozados proble-
mas de individualización absoluta (un investigador, una investigación, un proyecto)
e incomunicación, incluida la evitación de la crítica entre colegas "en aras de la
paz social" (Schmidt 1991:1-2). Esta costumbre -hecha estrategia de
sobrevivencia- ha llegado hasta el Consejo Interno, que reúne a las cuatro
especialidades de investigación del IIA, y en donde se usaba discutir cada uno del
proyectos arqueológicos: toda una anacrónica usanza del pasado. La propia
Sección de Arqueología sesiona con dificultades, aunque se torna corporativa
siempre que se trata de defender causas específicas. En realidad, estos
arqueólogos tienen una mayor vida social en la informalidad de los pasillos o en la
cafetería que en la formalidad de la estructura. Su disgregación surge desde el
momento en que cada proyecto es visto como ajeno y, sobre todo, como
competitivo del propio. Por último, su habitual aislamiento en los cubículos
concuerda con la debilidad de las relaciones horizontales en toda la disciplina.

Observemos entonces cómo un cometido académico tiene en el IIA efectos


perniciosos equivalentes a los del cometido político en el INAH. La causa común
de esto es, como veremos en el siguiente apartado, un sistema de recompensas
contradictorio establecido para premiar tanto a los descubridores como a los que
los que pretenden hacer progresar la interpretación del dato arqueológico. Así
como en el INAH un proyecto cooperativo del tipo del Atlas Arqueológico Nacional

284
1984-1988 no pudo prosperar por la incongruencia de las relaciones horizontales,
en el IIA el primer proyecto de gran intensidad practicado en Temamatla 1986-
1991 (el primero en recibir apoyo de CONACYT) tampoco pudo concitar la
colaboración de sus pares inmediatos, a pesar de plantearse como interdiscipli-
nario (Serra y Morelos 1991:229-235). Incluso, los últimos dos proyectos de Linda
Manzanilla en Teotihuacan (1985-1995) solo sostienen una comunicación informal
con Emily C. Rattray.245 Es curioso además que en la medida en que algunos
arqueólogos universitarios han incursionado en los proyectos intensivos, su
acercamiento al INAH ha crecido a pesar de todo. Desde el Proyecto Temamatla
y, a poco, el Proyecto Xochimilco, pasando por la propuesta de arribar a una
"etapa de síntesis" con la arqueología oficial (Ochoa, Sugiura y Serra 1989:310), la
interdisciplina universitaria se tradujo en cierto intercambio interinstitucional, hasta
que finalmente Carmen Serra traspasó la frontera con el INAH para convertirse en
directora del MNA. No puede decirse lo mismo de Linda Manzanilla, pero llama la
atención su ingreso al Consejo de Arqueología por designación de la directora del
INAH.246

Como ya advertimos, donde se nota una mayor diferencia es la producción


literaria de los arqueólogos universitarios en relación a los gubernamentales,247
pero ésta era de esperar dada la diferencia de cometidos. Parece una obviedad
puntualizar que al no haber aquí el objetivo de la aplicación, pasa a la inversa del
INAH, que la investigación no es paralela ni residual, sino aquí sí prioritaria, por
ende mayor la exigencia de publicar. No se trata, en suma, de un fenómeno tan

245
En su informe de 1991, Rattray admite en cambio colaboraciones explícitas con George
Cowgill en el Proyecto Templo de Quezalcoatl y con M. Spence en el Proyecto Barrio
Oaxaqueño de Teotihuacan. Desconozco si esto ha variado en los últimos años.
246
Este ingreso de representantes universitarios al seno del Consejo de Arqueología no se
dio sin reacciones de oposición como la que protagonizó Noemí Castillo y la general
suspicacia del resto de arqueólogos del INAH. Cabe la mención de que Manzanilla
mantiene intercambios amistosos con algunos arqueólogos del INAH como Rubén Cabrera
(Zona Arqueológica Teotihuacan) y Leonardo López (Templo Mayor). El que la
comunicación resida en el terreno informal es ilustrativa del peso generalizado de la
verticalidad.
247
Ver cuadros 3.4 y 3.5 en el capítulo anterior.

285
simple como distinguir a los "arqueólogos del poder" y a los "arqueólogos de la
intelectualidad" (Schöndube 1991:264), de la "corriente del INAH" y la "corriente
universitaria" (Lorenzo en Alonso y Baranda 1984:155) o de la "arqueología
política" y la "arqueología científica" (Litvak 1978: 672).248 Se trata además de que
sus proyectos sean funcionales con la estructura de la que devienen. Lo que ya no
es tan funcional son las re-
compensas obtenidas y el modo como se relacionan con sus muy materiales
objetos de estudio, sustento de sus más caros anhelos. Aquí residen los
"pecados" más azorantes y que sin embargo los mueven.

4. DUALIDAD DE PRIORIDADES, ¿DESCUBRIMIENTO O INTERPRETACION?

Indagando por azar sobre el mayor fraude que se ha cometido en la


arqueología mexicana -el affaire conocido como "Códice Abascaliensis", ahora sí
eponímico-, pregunté intrigado a mi calificado interlocutor por qué, a pesar de su
resonancia, nadie había escrito sobre él desde 1984. Me esquivó con el consabido
muletazo, argüyendo que no tenía elementos suficientes para hacerlo él mismo (
Al poco tiempo entrevisté a la arqueóloga que extrajo la urna donde Rafael
Abascal plantó la "evidencia" -un códice apócrifo que pudo haberlo llevado de un
salto a la cúspide de la fama-, pero de igual forma evitó discutir el asunto, en su
caso aduciendo que Joaquín García Bárcena la había exonerado de culpas, por lo
que a él, como autoridad del INAH, le tocaba "resolver" el caso. Coincidió conmigo
en que era impenetrable el silencio en que se había mantenido el asunto; con
todo, me sugirió que si deseaba saber más, mejor entrevistara a García Bárcena,
consejo que desoí, porque según sé Abascal fue separado del INAH no por su
fraude a la disciplina, sino por un supuesto fraude presupuestal al instituto).
Reticente a olvidarme del tópico, le cuestioné si no habría un sustrato común entre

248
Nótese que las tipologías antes citadas reflejan la misma dualidad esquemática que les
criticamos, esquematismo que no es otro más que la funcionalidad institucional dispuesta
en oposición política de identidades, que así reinterpretada desdibuja los pares excluyentes
hasta ahora manipulados por los arqueólogos para sus juegos no cooperativos. Ver capítulo
VI al respecto.
286
esta actitud extrema y una presunta pasión del decubrimiento apenas disimulada
entre los arqueólogos mexicanos. De inmediato minimizó comportamientos como
el de Abascal, asegurándome que el motivo único y declarado de la arqueología
era el científico, aunque con un lenguaje políticamente correcto usó la fórmula de
que el descubrimiento era "una motivación sin la que la arqueología carecería de
interés y no sería arqueología".

Consciente de su contradicción y ya lindando en el cinismo, añadió que si en el


curso de una excavación se hacía, por accidente por supuesto, un gran hallazgo
que le diera renombre al descubridor, ello era bienvenido como inevitable. 249
Conviniendo en ello, si el contexto de un descubrimiento era tan riguroso como él
me aseguraba, de inmediato surgía la pregunta.¿Cómo lo evadió Abascal, si el
fraude no se redescubrió in situ, sino hasta que se determinó la química de los
colorantes empleados?. La respuesta fue circunstancial. Abascal plantó el códice
la misma noche del hallazgo, cubriendo con tierra el fondo de la urna para simular
su descubrimiento, lo que no deja de ser extraño dada la supuesta rigurosidad del
registro arqueológico. Pero mi insistencia en aclarar ésta y otras muchas dudas
relacionadas (como el previsible descubrimiento de sepulcros en Palenque en
espera de escenarios adecuados a su des-cubrimiento) lo fue haciendo más y más
hermético, hasta que me atajó, diciendo que era mejor no proseguir: "Se puede
destapar una cloaca de grandes proporciones". Cambio de tópico o fin de la
comunicación. Opté, a pesar mío, por el primero.250

249
Compárense sus palabras con lo escrito por Bahn al respecto: “Virtualmente todo arqueólogo profesional
actual insiste en que no son cazadores de tesoros sino científicos, buscando información en vez de objetos
(...) Esto es generalmente verdad, pero también es justo decir que cualquier arqueólogo se desbordaría de
alegría al encontrar algo que no solo pruede ser importante para la investigación sino que también capte la
imaginación pública. Y como son pocos los descubrimientos, si se les presenta sobriamente no despertará
más que un bostezo del promedio del espectador de televisión o del lector del tabloide; ellos [los
descubrimientos] deben ser revestidos con los superlativos del engañoso: el primero, el más antiguo, el
mayor, el mejor preservado, el más rico, el más espectacular en su tipo (...) No sería sorpresa descubrir que
cualquiera que considere a la arqueología como una profesión sea o se convierta en un engañoso
consumado” (Bahn 1993:9-10).
250
Incluso antes de iniciar nuestra conversación, se negó a ser grabado; aceptado esto, me
exigió una guía de la entrevista, a lo que concedí sería una charla informal de café. Los
encuentros de investigación no fueron una técnica prevista: los mismos actores me la
impusieron.
287
El fraude de Abascal lo mismo que la búsqueda compulsiva de reconocimiento,
las disputas por la prioridad de los proyectos, o las invisibles guerras entre
arqueólogos pasarían por ser un curioso folklore profesional si no concordaran con
comportamientos más amplios de envidia, egoísmo, maledicencia, secreto y
evitación. Si alguien creyera por esto que me dispongo a ventilar los asuntos
malolientes o pecaminosos de los arqueólogos está equivocado. En sociología de
la ciencia éstas mismas actitudes han sido objeto de estudio, discurriendo su
interpretación desde comportamientos patológicos a los de plano interesados.251
En lo personal pienso que nuestra fenomenología demuestra que estos actos son
del todo normales. Para desterrar por anticipado suspicacias debo subrayar que
en muchos aspectos la tradición arqueológica mexicana es sospechosamente
similar a la cultura observada entre otros grupos científicos, tales como los físicos
de la bomba H o los biólogos taxonómicos. Veamos en breve por qué coinciden.

La observación antropológica de Gusterson (1992) indica que estos físicos


poseen una cultura del secreto donde la evitación es ontológica. De hecho, por
ello su lenguaje es metonímico más que metafórico: las ciudades son "blancos
contravaluados", la destrucción masiva "daño colateral", las bombas nucleares
"paquetes físicos" y así por el estilo. Esta cultura obliga a restringir la información
(que circula verticalmente, no entre colegas), luego la obligación de enseñar o de
escribir les son innecesarias. En suma, los supuestos imperativos de la ciencia
son sustituidos por una moral finalista donde el fin justifica a los medios.252 Como

251
Todavía en 1957 Merton (1974) apreciaba que las respuestas fraudolentas eran contadas
y definitivamente patogénicas, si bien las atribuía a un papel disfuncional del sistema de
recompensas a la originalidad, desarrollado por la misma institución científica. Mucho más
enérgico, Woolgar (1981,1991:84-100) ve en la metáfora del des-cubrimiento un recurso
retórico de la ciencia y los científicos para construir socialmente su conocimiento. Mas que
un contexto del descubrimiento habría un contexto de (re)presentación, en el que se
negociaría tanto su objetividad como su reconocimiento.
252
Me refiero, claro está, a los imperativos institucionales postulados por Merton en 1942
(1980) como todo un ethos: universalismo, comunismo, desinterés y escepticismo
organizado.

288
es lógico, la cultura y comportamiento de este grupo de físicos se dan en un
contexto institucional adecuado, es decir, en un laboratorio gubernamental de
carácter altamente reservado. Pero decir que la institución lo explica todo es decir
una verdad incompleta. Otro es el caso cuando Rivero y Lugo (1994), que
preocupados por desviaciones éticas de sus colegas (los biólogos) universitarios,
no dudan en denunciar sus empeños egoístas, celos, guerras personales y la
apropiación de especies, cuya clasificación les reporta reconocimiento personal.
Como ellos observan, este ambiente propicia fraudes de todos tipos, lo que sería
su expresión más baja, pero consecuente con dichas actitudes. Peor aún, según
ellos, estos desórdenes mentales pueden ocurrir a los más altos niveles inte-
lectuales, aseveración que ha venido a confirmar el affaire Baltimore, en que un
premio Nobel se vio involucrado en un sonado fraude (la publicación de un artículo
basado en datos experimentales fabricados por una asistente) que cimbró a la
comunidad biológica norteamericana hace escasos años (Lewin 1992).

No obstante, los estudiosos de la "fraudología" han agregado a la discusión


sobre este comportamiento egoísta un elemento del mayor interés, pero que
Merton pasó por alto no obstante su meritorio reconocimiento de la
disfuncionalidad que provocan las recompensas en la institución de la ciencia.
Para Blanc, Chapouthier y Danchin (s.d.), los fraudes en efecto satisfacen las
ambiciones de fama y ascenso (motivaciones comunes a todos los científicos,
aunque no siempre graves). Pero varían de los más considerables a los más
superficiales. Los "pequeños fraudes" son muchas veces tolerados, pero lo mismo
si son grandes como pequeños, unos y otros son reveladores del modo como
funciona la ciencia en una época, país o institución. No basta con su investigación
ontológica; urgen llevar las cosas hasta su epistemología más profunda, pues es
posible que ahí resida su causa última. Un ejemplo que refuerza esta
preocupación lo proporcionan los experimentos de Vicente y Brewer (s.d.), que
indican que los errores en la comunicación de resultados escritos no son
aleatorios o incoherentes, sino regulares. Las distorsiones muchas veces ocurren

289
simplemente porque los científicos utilizan un "esquema de experimento científico
canónico", al cual "ajustan" sus detalles.

En lo que sigue dirigiré hacia allá nuestra indagación, sin interesarme gran
cosa la "fraudología". La cuestión a esclarecer es cómo las prioridades de los
proyectos, ya académicas ya monumentales, son recompensadas, pero asimismo,
cómo alcanzar dicho objetivo exalta una especie de apropiación no sólo del
reconocimiento al descubridor, sino, en un terreno cognoscitivo más sutil, hasta de
los vestigios físicos sobre los que se sustenta el conocimiento. No puedo por lo
tanto asumir una fenomenología del conocimiento solamente circunscrita al acto
de conocimiento.253 Aquí nos importa determinar, consecuentes con nuestra idea
de fenomenología, cómo la experiencia puede fundamentar al objeto de conocimi-
ento, al sujeto cognoscente y a su ulterior aprehensión, específicamente aquel
fenómeno que Merton delimitó como "derechos de propiedad intelectual" del
descubrimiento, como si de derechos legales se tratara, cuando en el caso de la
arqueología mexicana se expresa como una relación particular de aprehensión
fácilmente confundible con la apropiación jurídica dentro de un contexto
patrimonialista, donde soberano y servidores efectivamente de apropian de los
vestigios del pasado. El que los biólogos taxónomos se comporten como dueños
de ciertas especies tiene que ver con la afirmación de la originalidad personal,

253
En vez se referirme al estudio fenomenológico y paralelo de Embree (1992), me refiero a
la fenomenología de Woolgar (1981, 1991), que aplicada a los descubrimientos científicos
no se contenta con resaltar su carácter social como construcciones discursivas, sino que está
atascada en su idea fija del "fraude ontológico" de la ciencia, que aduce que es el
entramado social el que crea al objeto, es decir, que la representación da lugar al objeto, no
el objeto a la representación. Los descubrimientos se basan en este último supuesto: el
objeto es previo a su conocimiento, se les des-cubre y expone tal cual son. Antes al
contrario, para Woolgar su estudio del descubrimiento de los pulsares, a modo de
cambiantes objetos y explicaciones pertinentes, le parece la prueba irrefutable de que es
construido artificialmente por el lenguaje de la ciencia. Nunca se plantea que ese cambio en
la idea de objeto puede ser la justa medida del crecimiento del conocimiento, si es que la
noción de progreso le desagrada.
290
simultáneo al mecanismo de conocimiento que obliga a que se apropien de
objetos de los que no son dueños en sentido estricto.254

La legislación de los derechos de autoría en arqueología es una consecuencia


más que un primer motor de la aprehensión de objetos-cosas. El más reciente
reglamento para la investigación arqueológica en México (INAH 1994) confirma
esta actitud apropiadora, pero la coloca en un punto más central si se le compara
con sus antecedentes en los reglamentos de 1977, 1982 y 1990 ([Link] et al.
1980: 218-222; Olivé y Urteaga 1988:382-391; INAH 1990). En él, hay que
diferenciar con precisión entre los derechos legales del monopolio estatal y los
derechos que ese mismo monopolio respalda y reconoce al arqueólogo. De una
parte, todo material arqueológico, por ser propiedad de la nación, debe ser
entregado al INAH íntegramente hacia el final del proyecto, sea éste de investi-
gación o de aplicación. En apariencia, ahí terminaría la apropiación individual de
objetos para dar paso a la apropiación estatal. Informalmente ocurre otra cosa. Así
lo atestigua la ceramoteca del INAH en Cuicuilco, que ha llegado a concentrar
cerca de ocho toneladas de tepalcates. Para revisar una colección específica, el
estudioso ha de pedir permiso al responsable del proyecto para acceder a sus
materiales (Fournier 1992:2). Mucho mayor compenetración se establece entre
apropiación y aprehensión cuando el citado reglamento dispone que los informes
técnicos parciales y finales dirigidos al Consejo de Arqueología no pueden ser
consultados sin el permiso expreso del jefe de proyecto, informes que por lo
general nunca serán conocidos públicamente. Esta norma impide, en efecto, el
plagio de ideas y resultados, pero posee el grave inconveniente de obstaculizar
254
Philip Kohl (1996) ha examinado en detalle la espinosa cuestión de los “derechos de propiedad en la
arqueología”, a raíz de la disputa de prioridad sostenida por el ruso A. Formozov con los miembros del
equipo ucraniano-americano que han vuelto a excavar el sitio paleolítico de Staroselye, en Crimea. “La regla
no escrita es, por supesto, que el arqueólogo que descubre e inicialmente investiga un sitio tiene, ceteris
paribus, el derecho de continuar el trabajo de ese sitio. Tal ‘derecho’ no constituye un reclamo legal hacia el
sitio, y diferentes países tratan de modificarlo por diferentes medios” (Kohl 1996:113). En Estados Unidos, se
reconoce así un “derecho de primacía”, pero habría una tensión entre a quién pertenece el pasado y un
conocimiento arqueológico que reconoce la prioridad del descubrimiento. Kohl, finalmente, admite que
debió de haberse consultado a Formozov, pero éste es más tajante cuando exige su permiso personal. Lo
que se deja de lado en este estudio es que Crimea es hoy territorio independiente de Ucrania, pero lo que
los rusos no parecen dispuestos a renunciar es a seguir considerando al sitio como “monumento
arqueológico”, según se desprende del alegato de Formozov incluido junto al artículo de Kohl.

291
su conocimiento público; es, de hecho, como si el proyecto o la excavación nunca
se hubieran realizado (Hester, Heizer y Graham 1988:346). Agréguese a ello la
dilación que determina el cometido aplicado de un proyecto o el prolongado
proceso de análisis de materiales y se comprenderán mejor las dificultades de
comunicación que campean en toda la arqueología, además de las problemáticas
ya tratadas (falta de revistas especializadas, evitación de la crítica, verticalidad de
las relaciones, etc.).

Al respecto, los arqueólogos del INAH tienen la bien ganada fama de


comportarse como dueños del patrimonio arqueológico, del que se asumen como
sus defensores incondicionales. Lo cierto es que cuando uno de sus mismos
colegas se aproxima a un proyecto aventajado, su interés se expresa como la
defensa de “sus ofrendas”, “sus descubrimientos”, “sus materiales”, “sus datos”.
Este hábito tiene un justificante lógico: los proyectos que la institución estimula o
permite han hecho de la investigación un resultado indirecto, que depende de la
iniciativa personal el realizarlo. En efecto, proyecto e interés individual se
amalgaman como nunca en el proceso del proyecto. A partir de aquí aparecen ya
como conflictivas las prioridades de descubrir o de investigar. Si no se consigue un
sonado hallazgo, queda la alternativa de la investigación, que ha de realizarse con
grandes dificultades y sin los medios dedicados a los descubrimientos
monumentales. Este aferrarse a los materiales se convierte en una estrategia
egoísta de superación, a falta de otras opciones.

La apropiación se agrava en este medio cuando se transforma en hábito de


trabajo. El caso más extremo es cuando un arqueólogo o arqueóloga llega a
sentirse dueño de una zona arqueológica donde desarrolla una intervención o
proyecto. Cualquier otro arqueólogo que tome al mismo objeto de estudio lo
convierte automáticamente en un real o potencial enemigo con el cual se debe
luchar antes que cooperar. El resultado de esta competencia depende ya de las
artes políticas, pero a veces se organiza a lo largo de las líneas relacionales
verticales. Si el otro es un pasante de licenciatura ("esclavo" en la jerga aplicada)

292
susceptible de avasallarse por el dominio de rango, se le brindan los materiales
para que los clasifique a su apropiador -y , si gana su confianza, merecerá la
suerte de titularse con los algunos de los resultados-. Cuando el otro es un igual
(por nivel de jerarquía o por méritos académicos) la desconfianza y predisposición
a la guerra se activan. Finalmente, cuando la consecución del mismo fin excede la
estructura organizativa, el odio y la envidia han puesto en marcha la máquina de
guerra. La acendrada costumbre de la evitación es por lo tanto la mejor estrategia
para caminar sobre el campo minado de una ciencia así organizada sobre
relaciones sociales de confrontación. Pero más allá de las pasiones y la política, el
problema es en última instancia intrínseco a la fundación del conocimiento
empírico. Si llega a ser un hábito social es porque se le practica de manera
reiterada y normal.

Es por demás indicativo que los arqueólogos mexicanos sinceramente crean


que sus datos son, como dice Gándara, evidentes. Aduzco por mi parte que,
además de tal creencia, es su materialidad, su cosificación, lo que los hace
confundirse con genuinos "datos duros", esto es, objetivos por definición.
Deberíamos mejor hablar en su caso de un “objetivismo”, que Klejn (1996:346)
define como “la absolutización de la percepción objetiva de la realidad”.
Cognitivamente entonces, la arqueología sería una ciencia de la descripción
objetiva del pasado, en la que sus procedimientos técnicos más interiorizados
harían las veces de una teoría observacional nunca explicitada (Gándara 1987:9).
Para el mismo analista, esta epistemología equivale a un empirismo ingenuo
cuanto supone que la observación es no problemática y a sus técnicas,
teóricamente neutrales (Gándara 1991: 11; 1987: 8). Sin embargo, bien vistas las
cosas, su empirismo en vez de ingenuo es del todo radical -una suerte de
positivismo tercamente atado a lo dado-, pues no habría otra realidad que la
accesible a los sentidos.255 Bajo estas condiciones, hasta las realidades no

255
No es mi interés discutir qué clase de ciencia es la arqueología, pero me inclino a pensar que su
epistemología no es positivista y ni siquiera protopositivista. Su objetivismo es tan natural, que me recuerda
mucho al primer programa científico de Francis Bacon, en el siglo XVII. Este programa está lejos de haber
sido sobreseído del todo. Todavía en 1876 Darwin reconocía que su inductivismo venía de Bacon y de que

293
sensibles se fundamentan en las impresiones sensibles. Así, las tipologías de
agrupación de atributos, abstraídas para clasificar tiestos y otros remanentes de la
cultura material del pasado, y sumamente comunes en el medio mexicano, se
convierten en hechos de existencia real, de los que el arqueólogo sería un mero
descubridor (Fournier 1992:6).256 Ante esta postura extrema, hasta John Locke
(1975 [1690]) podría ser tildado de empirista moderado por admitir que el
conocimiento sabe de la existencia por otras vías (reflexión e intuición), además
de la sensación.

Volvamos entonces a la apropiación de tiestos y de resultados de los proyectos.


Uno de los hábitos más profundamente enraizados en esta tradición es
precisamente el de la clasificación de materiales, cerámicos en especial, a fin de
abstraer tipologías con las cuales establecer relaciones entre culturas
arqueológicas. Como técnica, es el procedimiento que más tiempo consume a un
proyecto; casualmente por ello se le posterga para fases terminales, casi invisibles

siempre recogió grandes cantidades de datos sin trabajar bajo una teoría, a pesar de que en su momento
hizo lo imposible porque se le reconociera su prioridad sobre el evolucionismo. Pero además, Darwin era
muy consciente de las atrofias que ese modo de pensar y de accionar le ocasionó en el desarrollo de su
mente y carácter. Aparte de observar su incapacidad para el pensamiento abstracto y estético, y su atrofia
del “lado emotivo de nuestra naturaleza”, asentó: “La pasión por coleccionar lleva al hombre a ser
naturalista sistemático, un virtuoso o un avaro...”( Darwin 1993:6-7). Para una comprensión de la génesis y
desarrollo del pensamiento positivista, remito a Moulines (1982:305-323). Al respecto, me parece
importante señalar que mientras Comte procuró aplicar el método de las ciencias naturales a la historia y la
sociedad, nuestros arqueólogos parecen estar a disgusto entre las ciencias blandas, luego insisten en
buscar prótesis científicas de tipo técnico, suponiendo que el manipular con ellas objetos-cosa los lleva hacia
las ciencias duras. La crítica de Clarke (1984 [1968]) de que tales técnicas observacionales “son meros
accesorios” y de que la arqueología debía ser una ciencia analítica más matemática que científica, no ha
tenido gran acogida en México. Con todo, subsiste su ominosa descripción de que la arqueología, sin un
cuerpo teórico central, “continua siendo una profesión intuitiva, una destreza maquinalmente aprendida”.
256
Tiryakian (1979), en una intesante discusión del uso heurístico de las tipologías, indica que la polémica de
si son entidades empíricas o categorías mentales está lejos de resolverse. Sin embargo, hace notar varias
cosas más. La primera es que las nuevas perspectivas taxonómicas son explícitamente nominalistas, es
decir, admiten que las tipologías no son “naturales” sino actos creativos y heurísticos. Luego, que su
reificación puede acarrear esterilidad científica, al impedir la búsqueda de explicaciones más convincentes,
siempre que se tome de facto su carácter explicativo. Pero lo más interesante es que su examen de las
tradiciones tipológicas en la teología, la filosofía y la biología lo lleve a descubrir que lo más ardientes
defensores de las clasificaciones tipológicas sean aquellos más tradicionalistas y con predisposición a una
ordenación jerárquica de la naturaleza en estratos bien definidos. No es una coincidencia que en la tradición
arqueológica mexicana hasta la fecha se admita que la tipologización cerámica “es la parte más importante
del trabajo”, como una vez estableciera Eduardo Noguera, ya que, teóricamente, se les considera claves
para estudiar las fases de desarrollo de la historia del México antiguo (Noguera 1995).

294
del proceso de conocimiento, cuando la parte más visible e intensiva (los
hallazgos monumentales y su conservación) han cesado. Como asienta López
Luján (1993:149): “Esta tarea se ha vuelto tan habitual que muchos investigadores
la practican simplemente por costumbre, más que como un medio, como el fin
último de sus pesquisas” (cursivas mías). En cuanto a técnica, su reiteración
exacerba la relación objeto-sujeto, afianzando con su insistencia el sentido de
pertenencia del objeto-cosa. Dada la epistemología objetivista de fondo, la
clasificación llega a potenciar la reiteración a escalas infinitas. En un proyecto de
baja intensidad y baja verticalidad como es el Proyecto Bolaños (del me ocuparé
detenidamente en el siguiente capítulo), la cifra de tiestos ascendía, hasta
mediados de 1993, a 30 mil unidades. Comparado a un proyecto de alta
intensidad y alta verticalidad como el de Teotihuacan 1980-1982, la cifra es
irrisoria, pues en uno solo de sus frentes (y recuérdese que en sus mejores
tiempos tuvo 16) arrojó 78 mil tepalcates, que aún no acaban de ser clasificados
en la bodega de Cuicuilco por el arqueólogo a cargo del frente.

La reiteración de un procedimiento de clasificación, cuando se trata de grandes


cantidades de datos, es ya un problema matemático de eficiencia (Paulos
1993:46-48).257 Una vez más encontramos otro punto de contacto con la
taxonomía biológica, además del sentido de apropiación de objetos-cosa.258
Desde principios de la década de los sesentas, la taxonomía biológica más
tradicional se distanció de una taxonomía teórica, la cual aplicó una estadística
multivariante que a la postre desembocó en las vertientes cladista y fenética
(Viladiu 1991). Este progreso técnico ha sido emulado por la arqueología, pero en
México su desarrollo ha estado pasmosamente limitado a ¡cinco proyectos,
incluido Templo Mayor en sus fases avanzadas! (López 1993:155). Es interesante

257
Paulos es sumamente crítico hacia la reunión obsesiva de estadísticas y datos en grandes cantidades,
pero sin útiles conceptuales para llenarlos de contenido. Por ello su paráfrasis de Coleridge: “Datos, datos
por todas partes, pero ni una sola idea para pensar”. Aparte del uso de algoritmos de recuperación, Paulos
sugiere que “El algoritmo de clasificación más importante es una buena formación y una amplia cultura
general” (Paulos 1993: 48).
258
Una tercera coincidencia la abordaremos en el capítulo final. Me refiero a que los biólogos evolucionistas
están fascinados con la lucha eterna entre cooperación y competición en el seno de sociedades y
organismos, virus inclusive (Novack y Sigmund 2000).

295
destacar entonces el arraigo del método más retardado de clasificación, conocido
entre los matemáticos como algoritmo de clasificación por inserción, que siempre
es N2, ya que potencia la ordenación de cada ejemplar, porque éste debe ser una
y otra vez comparado con el conjunto. Si luego de tan ardua tarea de comparación
analógica uno no se convence de que los tipos son tan reales como la forma,
textura o color que dicen aprehender por la vía natural de nuestros sentidos, lo
menos que puede ocurrir es que se establezca una relación viciada con los
objetos de estudio. A eso me refiero con el sentido de apropiación de la
aprehensión, común a taxómonos de la arqueología y de la biología. Pero
mientras en la biología el cambio radical de clasificaciones ha sido fruto de
concepciones metodológicas diferentes y aun encontradas, aquí no hay un
proceso de cambio teórico y metodológico similar. Este "fijismo" arqueológico es
mucho más notorio si se le contrasta con la tipología linguística, cuyos avances
han estado interrelacionados con el progreso global de la teoría (Comrie 1990:
517; Croft 1990). En comparación, las tipologías arqueológicas recuerdan más a
su tipología de áreas (basada en rasgos compartidos por lenguas relacionadas
geográficamente, ya en desuso) que a la tipología estructural de la linguística
moderna.

Tras de tan elongada cincunnavegación, podemos dirigirnos a nuestro destino


final, a saber, el sistema de recompensas en arqueología y su dualidad intrínseca.
Para comprender este fenómeno en parte ideal y en parte material, que lo mismo
implica a instituciones, costumbres y actos del comportamiento, quisiera arrancar
de la siguiente contrastación. Ya en el parágrafo anterior habíamos establecido las
diferentes asignaciones presupuestales que, por el lado de la arqueología estatal,
premiaron al Proyecto Teotihuacan 1992-1994 de Eduardo Matos, y, por el lado de
la arqueología universitaria, premiaron al Proyecto Túneles y Cuevas de
Teotihuacan 1989-1996 de Linda Manzanilla. La notoria preponderancia de ambos
proyectos en sus respectivas instituciones no es ocasional: están precedidas por
reconocimientos altamente honoríficos a sus directores. Aunque no faltaran
arqueólogos que lo objeten (la excepción a la regla será que lo confirmen), Matos

296
y Manzanilla son hoy por hoy los arqueólogos más prestigiados de México, y yo
diría que los mejores, si nos atenemos a los reconocimientos que se les ha
brindado socialmente a su labor.

Sus asignaciones presupuestales como proyectos intensivos es simultánea al


ingreso de Manzanilla a la Academia de la Investigación Científica en 1990 y su
Premio Nacional de Ciencias Sociales el mismo año. Luego, en 1993 el INAH le
concedió el Premio Alfonso Caso a la mejor investigación por su obra Anatomía de
un conjunto residencial teotihuacano en Oztoyahualco (1993), producto de la
primera etapa del Proyecto "Cambio Global en Perspectiva Histórica. El caso del
centro urbano de Teotihuacan", del que los proyectos "Antigua Ciudad de
Teotihuacan" 1985-1989 y "Estudio de Túneles y Cuevas de Teotihuacan" 1989-
1996, serían la primera y segunda fases, respectivamente. Por su lado, Eduardo
Matos ingresó en 1994 al prestigiado Colegio Nacional, precedido por la fama
ganada en el éxito del Proyecto Templo Mayor. La premiación de dos estilos tan
distintos de expresar la arqueología -cuya estética discursiva es en un caso
cientifista y en otro narrativa-259 muestra lo prejuicioso que sería reducirlo todo a
dos trayectorias profesionales excluyentes, la científica y la política. Sin duda hay
algo de verdad en la dicotomía (además de referir a Weber, claro). No podemos
ignorar para nuestro enfoque comprensivo que Matos ha hecho carrera dentro del
sistema jerárquico del INAH ligado a proyectos altamente intensivos y verticales,
desde su época de estudiante en 1960.260 Que Templo Mayor se haya originado

259
El así denominado "estilo científico" está inspirado en la economía del razonamiento
matemático de Newton. A su vez, el estilo narrativo recuerda la complejidad opulenta de
tratamiento a lo Darwin. Ambos estilos conllevan sentidos estéticos, ya de sobriedad, ya de
variedad, es decir, nada menos que la conocida oposición entre una ciencia analítica y una
ciencia sintética. Que los profesen nuestros autores no es una coincidencia. Tiene que ver
con su orientación cientifista e historicista, como veremos en el capítulo quinto.
260
Matos se gradúa en 1965 con la tesis La revolución urbana en la Cuenca de México; en
1960 trabaja para el Proyecto Tlateloco y luego en el Proyecto Teotihuacan. Ya graduado,
en 1966 se suma al equipo de Messmacher en el Proyecto Cholula, que al concluir le
facilitó convertirse en director asistente del Departamento de Monumentos Prehispánicos,
cargo desde el que puede ya dirigir el Proyecto Tula y, en 1977, el Proyecto Templo Mayor
(Matos 1994:10-12). Se puede decir de él que ha sido un sobresaliente "hombre del
sistema", de este sistema para ser preciso.
297
en un "capricho presidencial” sería tanto como subestimar sus 60 artículos y libros.
A decir verdad, dentro del INAH se le tiene como el eterno pretendiente de la
dirección general, sin que sus filiaciones políticas hayan dado los resultados
deseados.261

Para Manzanilla la carrera académica no fue del todo opcional. En cierto modo
fue obligada por la circunstancia de un conflicto político personal en el
Departamento de Prehistoria.262 No obstante, sus preferencias de estudio
personales fueron divergentes en los días de la ENAH, contrariamente de
Matos.263 Esta deriva tuvo el beneficio de convertirla en la primera egiptóloga
mexicana, con experiencias únicas en excavaciones practicadas en Turquía,
Egipto y Bolivia.264 Su impresionante curricula -49 artículos y libros hasta 1992-,265

261
Hasta antes de la inesperada muerte del candidato del PRI a la presidencia, Luis D.
Colosio, Matos había "amarrado" el cargo. Eso era del dominio público por lo que ni Matos
lo oculto.
262
Describe así la experiencia: “Por último debo destacar un aspecto negativo que conllevó
un lado positivo, pues me permitió salir de México e iniciar mis correrías orientales. Hablo
de mi renuncia al Instituto Nacional de Antropología e Historia, mi protesta ante el uso
indiscriminado del poder de los jerarcas para apagar cualquier brote de 'independencia
académica', mi negativa a estar sujeta a vicios longevos y prepotencia” (Manzanilla
1986:7-8).
263
La temática de su tesis de maestría en sí misma es heterodoxa, aunque guarda cierto
parentesco temático con la de Matos: Comentarios en torno a un proceso histórico:
constitución de la sociedad urbana en Mesopotamia (cuarto milenio a.C.) (1979), más
tarde publicada con correcciones (Manzanilla 1986). Aunque se trate de una elaboración
bibliográfica, sus ideas de entonces son claves para entender posteriores elaboraciones de la
autora. Hay que recordar una vez más (ver tabla 3.23 en el capítulo previo) que entre 1946
y 1987 sólo hubieron 13 tesis (6.1% de las tesis arqueológicas producidas en ese lapso) no
mesoamericanistas -casi todas emprendidas por extranjeros con estudios en la ENAH-, una
de las cuales es la de ella (cfr. Avila et al.1988:99-138;García Valencia 1989:34-51).
264
Su tesis doctoral en la Sorbona en 1982 permanece inédita: Hypotheses et indices
du processus de formation de la civilization Egyptienne (cinquieme et quatrieme
millenaires avant Jesus-Christ). Hasta entonces Manzanilla había trabajado como asistente
en varios proyectos del Departamento de Prehistoria del INAH entre 1972 y 1977, el último
de los cuales, el Proyecto Cuanalan, coordinará con Marcella Frangipane de la Misión
Italiana (Manzanilla 1989:133-178). Desde 1976 (y luego en 1984 y 1989) participa con la
misma Misión en Malatya (Turquía Oriental) y, en 1978, en El Maadi (Egipto), con
profesores de la Universidad de Roma. En 1983-1984, a la vez que regresa a México e
integra al personal del IIA, dirige el Proyecto Cobá, en colaboración con Antonio
Benavides del INAH. En el ínterin a su retorno a "mi problema de partida: Teotihuacan y el
298
no deja lugar a dudas sobre el cometido académico de su actividad como
arqueóloga. Políticamente, sin embargo, su actividad no es de subestimarse. Por
ejemplo, gracias a una campaña periodística lanzada por ella y Mari Carmen Serra
Puche fue posible que el Consejo de Arqueología del INAH se abriera a la
representación de los intereses universitarios, aunque sólo de modo informal,
quiero decir, por invitación personal de la actual directora general y no por la
reglamentación expresa del consejo, que legalmente sigue siendo una institución
cerrada. Tal victoria no hubiera sido factible sin sus redes familiares con la clase
política yucateca. Otro tanto puede decirse de Serra Puche, sobre todo en el
sexenio pasado, en que su hermano era ministro de Hacienda.

A lo que quiero llegar es simplemente a desdibujar un buen tanto la tipología


esquemática de los malos arqueólogos políticos y los buenos arqueólogos
académicos. Las cosas son más complicadas que eso. Ni la arqueología del INAH
es ajena a la investigación (por más que la limite) ni la arqueología del IIA es ajena
a la política (por mucho que la condene). A propósito quisiera puntualizar que la
trayectoria administrativa de Matos, por muy exitosa que parezca a primera vista,
para efectos de su reconocimiento social le costó la friolera de 28 años de
esfuerzo, si partimos de la fecha de su titulación (1965-1993). A Manzanilla en
cambio una trayectoria académica le reportó un gran reconocimiento con 11 años
de trabajo (1979-1990). Medido así el sistema de recompensas, se diría que,
contra lo que se cree, la estrategia académica es más óptima que la
administrativa. No digo que una sea más fácil que otra, solo que tienen un costo
temporal diferencial.

Empero, ambas coexisten e interactúan. Ello no refuta la tesis mertoniana del


valor prioritario de la originalidad como el más elevado de la ciencia. Introduce sí

inicio de la sociedad urbana" (Manzanilla 1986:8), excavará en Akapana (Bolivia) con el


Instituto Nacional de Arqueología de Bolivia y la Universidad de Chicago, experiencia
nada feliz por la tensa competencia establecida con los arqueólogos norteamericanos, como
ella misma indica (Manzanilla 1992:13).
265
Agradezco a esta autora el haberme facilitado su curriculum vitae.

299
una ambivalencia de origen en su reconocimiento, anterior incluso a su
contradicción por obtenerlo.266 Hablo pues de dos estrategias de camino al éxito.
Una consiste en el proceso de descubrir y otra en el proceso de interpretar.
Ambas interesadas en la
originalidad. La primera es bastante clara en los proyectos de arqueología del
INAH, consecuentes con la disposición institucional. Una administración
patrimonial requiere, por lógica, un patrimonio que administrar. Descubrir vestigios
monumentales determina proyectos intensivos, pero asimismo demandantes de su
intervención, que es su legitimación. Es una vía que se debe a su público, si por
éste entendemos a los gobernantes y a su idea de una historia patria para la
persuación educativa de las masas dominadas. Los arqueólogos en ese contexto
no son unos títeres de la política patrimonial, sino que la adaptan y aprovechan. La
vía académica es mucho más restringida, pues es de autoconsumo de la
arqueología en sí misma. Sin embargo, es ésta la que la disciplina concibe como
el premio más alto al que se puede aspirar. Trigger (1985:218-219) lo ha
sintetizado en estas palabras:

Aunque hay varias excelentes historias de la exploración arqueo-


lógica [hechas] por arqueólogos profesionales...la imagen de la
arqueología como una disciplina consagrada a recobrar vestigios
exóticos descuida el trabajo de arqueólogos cuyas principales
contribuciones han sido la interpretación más que la recuperación
del dato arqueológico, así como el logro que la mayoría de profe-
sionales reclaman como el premio más alto: hacer progresar la
interpretación del dato arqueológico en términos de
comportamiento humano.

Esta explicitación analítica del sistema de recompensas no significa que


necesariamente los proyectos sean obedientes tributarios de sus matrices

266
Ya Gándara (1992:165) apreciaba que los arqueólogos jugaban a la contradicción: “Pensamos que
podemos satisfacer al mismo tiempo a dos amos diferentes: nuestra conciencia científica y nuestro
compromiso estatal y de movimiento social ascendente”. Creo que este doble juego es permisible como
estrategia mixta, a pesar de su aparente exclusión.

300
institucionales. Que se correspondan es una realidad última, una tendencia,
explicable en nuestro medio por la confusión de la instancia administrativa
patrimonial y la instancia disciplinaria, que es dependiente de la primera, domina-
ción a la que no pueden sustraerse los quince arqueólogos universitarios, por
destacados que sean. Así las cosas, es digno de apreciar que si bien los
arqueólogos de los proyectos intensivos del INAH persiguen en un primer
momento hacer llamativos descubrimientos que les reporten fama y poder, más
adelante se ven forzados a precisar en qué consiste su descubrimiento. Que
recurran tradicionalmente a historias culturales con poca o ninguna dosis de
interpretación disminuirá su logro disciplinario pero aumentará la importancia del
hallazgo. Pero mientras mayor sea dicho hallazgo, mayor la exigencia de
interpretarlo, lo que puede reportar reconocimientos mayores, una vez que ha
cesado el asombro adscrito al mero acto de descubrir. Se explica así el giro aca-
démico de los arqueólogos más "politizados", que siempre estarán en capacidad
de construir en retrospectiva la secuencia lógica de su primer logro.

La doble estrategia (y ambivalencia de fines) es extensiva a la arqueología


académica, con la seria limitante de que la baja intensidad puede restringir un
descubrimiento remarcable. El que destacadas arqueólogas del IIA hayan buscado
acceder a la gran arqueología coincide con la búsqueda de hallazgos notorios. En
ese punto están mejor dispuestas que sus pares para aprovechar la oportunidad.
El ámbito en que trabajan sí está predispuesto para cultivar el conocimiento por el
conocimiento mismo. Tienen a su favor que en su caso motivación y preferencia
se identifican. Su mayor desventaja, no obstante, está en arribar al descubrimiento
previo. En semejantes condiciones, su competencia política se hace más estrecha
y personalizada, pues se desean los mismos objetos que sus competidores. El
problema está en apropiárselos para aprehenderlos.

[Link] DE FINES E IRRACIONALIDAD DE MEDIOS.

301
Corría el año de 1651 cuando Thomas Hobbes (1980) expuso toda una filosofía
civil -en sus vertientes política y ética- erigida sobre una base peculiar, que casi se
podría tildar de estrecha y monópoda por lo individualista. Me refiero a su doctrina
de las pasiones -algo que hasta Descartes, su rival y contemporáneo, reconocía
como un conocimiento difícil de conseguir por "sentirlas cada cual en sí mismo"-,
que no obstante su desafiante intersubjetividad, él generalizaba a todo el género
humano. En apariencia, a Hobbes le obsesionaba más el peligro de la anarquía
que el del despotismo ilustrado, de manera que podía y debía postular una ética
egoísta como la causa común del desorden social. Ese desorden era un estado de
conflicto de vastos alcances, pero con una misma raíz de tres ramificaciones: la
competencia, la desconfianza y la gloria. Todas ellas producto de apetitos o
aversiones que encubrían una extensa variedad de pasiones simples y complejas.
Para Hobbes entonces, la tesis de la igualdad del género humano le permitía
suponer una igualdad de capacidad y expectativas orientadas hacia los mismos
fines, luego el movimiento voluntario de autopreservación por fuerza desembo-
caba en el conflicto de todos contra todos. En consecuencia, para hacer posible la
vida en sociedad, se imponía un contrato social bajo el que cada uno cediera en lo
que apetecía, transfiriendo al poder absoluto sus derechos personales, que en
retribución los haría respetar sobre todos.

Aunque en la historia de la filosofía política estas ideas han sido una y otra vez
criticadas como equivalentes a una justificación del Estado absolutista y aún del
poder autocrático en general, es poco lo que se ha dicho al respecto desde la
teoría de la conducta racional o teoría racional de la sociedad, dimanada de la
teoría matemática de los juegos y aplicada a situaciones sociales recurrentes
como las que nos ocupan en este capítulo. En ese sentido, es asombroso que a
pesar de la ética egoísta que está en el fondo de su filosofía social, Hobbes
concluyera en que el estado de guerra precisaba, para resolverse, de un acuerdo
mutuo entre actores para no aniquilarse mutuamente ("Pactistas sin espadas, sino
con palabras"). En otros términos, dio una solución cooperativa a lo que más tarde
el matemático Albert Tucker formalizaría como el dilema del prisionero, elección

302
que prueba que moverse solo en función de los propios intereses no siempre es la
mejor manera de salir ganando.267 Por supuesto que esta es una interpretación
que podemos hacer desde nuestro propio horizonte histórico, pero elusiva para
alguien tan eminente como Bertrand Russell, cuando desvalorizó las aptitudes
matemáticas de Hobbes: "Era vigoroso, pero tosco" (Russell 1972: 546).268
Obviamente se refería a su bizarro intento de cuadrar el círculo, motivo que lo
embarcó en una acre controversia con un distinguido matemático de Oxford.
Descontando este desliz, lo que aquí interesa es otra rivalidad bastante más
próxima al tema de este capítulo. Hago referencia a la acusación de plagio
lanzada por Descartes contra Hobbes, que Merton (1974 [1957]) también
menciona a propósito de las frecuentes disputas entre científicos, tan antiguas
como la ciencia misma.

A regañadientes y no falto de presiones de parte de sus amigos más íntimos,


Descartes (1994) accedió a dar a conocer en 1649 un tratado de las pasiones
bastante más complejo que la doctrina de las pasiones de Hobbes. Como bien
observa Ferrater Mora (1986:110), la "psicología" o doctrina del hombre que des-
pliega Descartes en esta oportunidad, es mucho más descriptiva que racional o
deductiva, como bajo el cartesianismo anterior. Ello es consecuente con su
propósito de explicar las pasiones no como orador ni como moralista, "sino solo
como físico" (y, para Elster, como matemático: habría una teoría cartesiana de la
elección racional en su voluntad para dominar las pasiones, pero también en su

267
Paulos (1990:158)) ha reivindicado esta aportación matemática de Hobbes, oponiéndolo
a Adam Smith, esto es, lo que sería el conflicto de la racionalidad individual y la
irracionalidad social. Como él dice: "Si los miembros de una sociedad nunca se comportan
cooperativamente, es muy probable que sus vidas sean, en palabras de Thomas Hobbes,
'solitarias, pobres, rudas, brutas y cortas'" (Paulos 1990:163). En el capítulo final retomo la
teoría de los juegos para discutir esta aseveración.
268
La obra de Russell (1972) a que hago referencia fue publicada en 1945, dos años antes de
que von Neumann y Morgenstern presentaran su Theory of Games and Economic Behavior
(1947); otros filósofos y economistas posteriores han reconocido el “reto de Hobbes”, y su
resolución tan próxima a la matemática (Paden 1997; Dascal s.d.; Conté 1999).
303
estrategia de enfrentar unas pasiones contra otras).269 Si bien la parte fisiológica
de su explicación hoy nos cause hilaridad sin ser anatomistas, me parece que
contribuyó con un argumento empírico que la formalización de Hobbes solo
supuso: la trabazón del comportamiento individual y el comportamiento social. En
concreto, me refiero a su observación de que lo que es pasión en el sujeto -y por
tanto una expresión ideosincrásica de aprehensión escurridiza-, siempre es acción
intencional para el objeto, "el agente y el paciente" según sus propias palabras.
Entonces, por muy inaccesibles que se nos ofrezcan en primera instancia las
pasiones, éstas siempre implicarán acciones y efectos sobre los demás. Son estas
acciones y estos efectos lo que las hacen aprehensibles, es decir, observables, de
igual modo a como los instintos son observables al etólogo del comportamiento
animal por sus manifiestos signos externos. No hay razón, desde Descartes, para
menospreciar las pasiones como cualquier otro tipo de comportamiento humano.
Excepto que dentro de la ciencia eso suena a anatema, pues sería algo así como
estudiar la racionalidad por medio de la irracionalidad. Se entiende así la rotunda
condena de esta línea de indagación en la sociología de la ciencia mertoniana.

A mi juicio Merton subestimó las constantes referencias que los científicos


hacen de las pasiones dentro de las disputas que él mismo analizó, incluso las
que Darwin refiere en su comportamiento contradictorio hacia Wallace, ejemplo
que no obstante Merton eleva a paradigma del ethos científico más puro. Los
biólogos modernos difieren por entero en este punto con Merton. La actitud de
Darwin dejó mucho que desear sin demeritar por ello su contribución; simplemente
que su doble estrategia frente a la competencia de Wallace es éticamente
oscura.270 En lo que a Merton se refiere, él acepta en sus juicios una "gran
concentración de afecto" y aún una psicología de los fraudes enfermizos, pero
atribuir el comportamiento científico en el terreno social al egotismo de una

269
Uno de los deliciosos aforismos de Elías Canetti sintetiza al máximo la estrategia cartesiana: “Una pasión
intensa tiene la ventaja de que obliga al hombre a superarla con astucia y, de paso, a conocerla también con
precisión”.
270
Ver al respecto el interesante artículo de Fedro [Link]én, significativamente titulado "La
cartas marcadas. Darwin y Wallace" (La Jornada Semanal, 256:26-29,1994).
304
naturaleza humana común, le parecía un disparate metodológico. Era categórico
cuando establecía (Merton 1974:290):

La historia del pensamiento social está esparcida de cadáveres de


los que han intentado, en su teoría, hacer el peligroso salto de la
naturaleza humana a formas particulares de conducta social,
como se ha visto desde el tiempo de Montesquieu, pasando por
Comte y Durkheim hasta el presente.

Admitía, eso sí, que la teoría de los juegos podría iluminar las maniobras
ofensivas y defensivas de los rijosos científicos, pero nunca sospechó que esa
misma aplicación podría sacar a la luz las gradaciones de la racionalidad
estratégica o, más grave aún, la demostración de que los proyectos fracasados,
expectativas insatisfechas y deseos frustrados de individuos que, actuando
racionalmente, pudieran en su defecto basarse en suposiciones irracionales,
pasionales las más de las veces (Elster 1989:260). La propuesta analítica de
Elster va precisamente orientada en ese sentido: la conducta racional sólo tiene
sentido en un trasfondo de irracionalidad. Según pienso, esta unificación del
pensamiento racional e irracional sin recurrir a la psicología, la sociobiología o al
funcionalismo -ampliamente criticados por Elster mismo-, constituye una
aportación fundamental a la teoría del actor racional, la que desde sus orígenes
padeció de graves limitaciones de aplicación a la vida real (Vajda 1988:1267).271

Lo que pretendo establecer con tan informativo periplo por los fundamentos de
la modernidad es que razón y pasión nunca estuvieron reñidas en sus orígenes.
La pasión se tornó contradictoria y hasta enfermiza cuando el nacimiento de la
clínica se arrogó su conocimiento para su propio beneficio y legitimación. El
psicoanálisis de nuestro siglo no pudo haber sido sin asumirse por antonomasia

271
La otra línea de aplicación de la teoría racional (más allá de los modelos de juegos) es la experimentación.
Davis (1986:136-146), cuando se ocupa del dilema del prisionero, menciona una serie de experimentos muy
prometedores, pues hasta ahora el análisis de los juegos en la vida real ha sido descriptiva, incluso en la
politología, donde ha sido imposible establecer una expresión cuantitativamente fiable de los pagos, cuyas
cifras son estimativas y hasta arbitrarias.

305
como "un vasto tratado de las pasiones humanas, una suerte de comedia
humana" -en palabras de un divulgador de Freud-, y cuyo afán central era sanar al
individuo enfermo a la vez que criticar a la sociedad enferma que lo reproduce. No
es fortuito pues que mucha de la psicología actual siga creyendo que las pasiones
son asequibles estrictamente como "trastornos mentales","cuadros patológicos",
"desórdenes emocionales" y demás léxico que siempre opone e impone el logos al
pathos (pasión, emoción, afección). Muy tardíamente, los psiquiatras han debido
asimilar el hecho palmario de que la creatividad artística posee resortes
usualmente designados como causales de su diagnóstico experto (Redfield 1995).
Antes de eso, debíamos contentarnos con intuiciones geniales pero iconoclastas
como las de Koestler (1964), cuando sugería que el acto de creación implicaba
una suspensión del acto racional. Por cierto que no estaba desencaminado
cuando sugirió un pensamiento bisociativo, que hoy preferimos denominar como
capacidad de procesamiento paralelo de la racionalidad y las emociones (Neisser
1975).

Es una ironía el que la metáfora cartesiana del hombre como autómata, tan útil
a la neurociencia (hoy convertida en el cerebro como ordenador), sea también la
que haya apuntalado la clara distinción de la inteligencia humana y la inteligencia
artificial. Los programas computacionales son unidireccionales simplemente
porque carecen de la multiplicidad de motivos del pensamiento humano. Esta
multiplicidad refleja la base emocional de su actividad cognoscitiva. Tales
emociones no se retiran del escenario para permitir el raciocinio, sino que trabajan
en paralelo, aún cuando se trata de elegir estratégicamente entre ganar o perder.
Escribe Neisser (1975:265) puntualmente: "Ninguna persona escribe un ensayo
científico simplemente para comunicar información técnica, así como tampoco
nadie lo lee sólo para estar mejor informado. Los motivos manifiestos y
conscientes son importantes, pero nunca operan aislados". De hecho, es probable
que las motivaciones más profundas sean tanto más pertinentes cuanto la tarea a
resolver sea más y más compleja. Esta peculiaridad motivacional (pasional, ya
libre de patogenias de toda especie) del científico acrecienta su eficacia

306
resolutiva, sumado a su ventaja educativa y metódica sobre la cognición del
hombre de la calle (de Vega 1992: 513-514; Coleman y Freedman 1987:133)

Que las emociones sirvan de motivo a la actividad cognoscitiva no es, por


cierto, un avance que debamos en exclusiva a la psicología cognitiva, bien que lo
ha venido a confirmar. Lo más intrigante de los pensadores del siglo XVIII es que
no asumían como excluyentes pasión y razón. Y esto vale para tanto para
Descartes y Hobbes como para Locke y Voltaire. Especialmente en Descartes
encontramos que su descripción de las pasiones discurre en pares encontrados
que apuntan hacia una ruptura de las tradiciones medievales y estoicas que
tomaban como condenables cualquiera de sus expresiones. Proponía en seguida
evitar su vicio o exceso para la toma de decisiones y acciones, pero también
administrarlas en lo que tenían de bueno. Así por ejemplo, las pasiones de la
admiración y el asombro, que adelante cito con en extenso por obvias razones
ligadas a la pasión de descubrir. Mientras la primera era una sorpresa súbita ante
objetos extraordinarios, no era en sí misma ni buena ni mala. El asombro en
cambio era una sobredosis de admiración. Era su exceso el que pervertía a la
razón. La admiración era útil para aplicar el entendimiento y adquirir las ciencias;
no así su hábito, que, sigue Descartes (1994:126) diciendo:

dispone al alma a fijar la atención del mismo modo sobre todos los
demás objetos que se presenten, a poco nuevos que le parezcan. Y
esto es lo que hace durar la enfermedad de los ciegamente
curiosos, es decir, de los que buscan cosas raras sólo para admi-
rarlas y no para conocerlas; porque se hacen poco a poco tan
admirativos que son capaces de fijar su atención no menos sobre
las cosas sin ninguna importancia que sobre aquellas cuya inves-
tigación es más útil.

Al lector avezado le parecerá que cuando hablo de pasiones tales como la


envidia, el asombro, el celo, la ambición o la gloria estoy reduciendo la actividad

307
científica de la arqueología a la mera búsqueda de tesoros.272 No es esa mí
intención, por más que haya ciertas analogías de comportamiento imposibles de
ignorar. Me refiero a que en el presente los mismos buscadores de tesoros se
comportan más como arqueólogos amateur que como saqueadores de piezas.273
Muchos de ellos prefieren los más respetables títulos de "operadores de radares
de penetración", "buceadores de rescate", "especialistas en observación aérea" y
hasta “nuevos exploradores”. La revolución técnica, de la que antes se preciaba la
arqueología científica en cualquiera de sus acepciones, también ha arribado a este
ámbito, junto con la popularización del conocimiento arqueológico, fenómeno
bastante más ostensible en las sociedades opulentas del orbe, en que los particu-
lares pueden darse lujos que los arqueólogos mexicanos carecen.274 Pudiera ser
también anecdótico que en alguna ocasión una mundana pasión se contagiara a
un arqueólogo de salvamento. Me refiero al supuesto tesoro de Moctezuma, del
que finalmente solo se descubrió un tejo de oro a principios de 1981. No obstante,
es significativo que paralelamente al rescate del Banco de México, el arqueólogo a
cargo mantuviera en secreto esta segunda motivación del proyecto (González
1994:50). Debe de quedar bien claro al lector que es de esta motivación paralela a
la arqueología de la que estoy hablando, no de los objetos-cosa en sí, sea que les
vea como tesoros, monumentos o evidencias sensibles.

A lo largo de este capítulo traté de poner en claro que los proyectos


arqueológicos son productos concentrados de un pensamiento estratégico
provocado por un medio competitivo tal, que parece ser una guerra de todos

272
La arqueóloga Sarah Tarlow (2000) está explorando el mismo campo, y sostiene que las emociones no
pueden separarse de la experiencia. Muy a lo Herder, revive la empatía como proyección comprensiva hacia
el pasado, pero ello plantea el problema de la comprensión e interpretación dentro de la disciplina. Aquí
hemos ido directo al grano, es decir, a la experiencia propia de la disciplina.
273
Me adelanto un poco al siguiente capítulo, pero los “moneros” (campesinos saqueadores de tumbas de
tiro) del sur de Nayarit, efectivamente proceden como arqueólogos (Zepeda 2000).
274
La revista Help Ware Magazine publicada por la IBM de vez en cuando recoge ejemplos
de estos buscatesoros modernizados que no esconden su pasión por descubrir y apropiarse
del oro y otras riquezas. La cosificación del objeto de asombro tiene un sustrato común con
la cosificación del objeto de conocimiento como monumento. Otro ejemplo citable son
numerosos programas televisivos del Discovery Channel, donde conviven arqueólogos y
nuevos aventureros.
308
contra todos. Este pensamiento estratégico existe lo mismo en la planeación y
realización de un proyecto que en ponderar la prioridad de su ulterior descubrimi-
ento y apropiación. Esto es rigurosamente racional. En ese sentido es consistente
con la "concepción heredada" de ciencia, como la llama Woolgar, es decir con la
tradición. Los propios conflictos y costumbres del secreto, evitación y desconfianza
son estrategias adecuadas al gran juego de la guerra, aunque imperfectamente
racionales, ya que obstaculizan las relaciones horizontales de colaboración,
comunicación y resolución de problemas. Parte desde aquí nuestra divergencia
con Merton. El nunca ocultó que las disputas por el reconocimiento científico
fueran conflictos sociales comunes en su institución. Como Simmel, llegó a
sostener que el conflicto mantenía unida a la institución (Merton 1977:120), pues,
en última instancia, la institución disponía de las normas necesarias para ajustar
los comportamientos más desviados. Pero el que admitiera que el sistema de
recompensas podía llegar a ser disfuncional para la institución es algo que no
sopesó en sus mayores implicaciones.

Querría decir, por lo menos, que ciertas actitudes y deseos de los científicos no
tienen forma de ser ajustados por las normas. Más aún, una de estas normas, el
desinterés (lo mismo que el valor de la modestia o humildad que la respalda), no
es una pasión muy atractiva de practicar simplemente porque no es óptima o deja
pobres rendimientos para quien la experimente y actúe. De hecho, es incompatible
con el imperativo o priodidad de la originalidad. Se sigue que el mismo desarrollo
de la ciencia es el que impele a una interacción de rivalidad que puede salirse de
control. Fue así como Merton advirtió -y eso hay que reconocerlo una y otra vez-
que cuando la búsqueda de reconocimiento se convierte en un sentimiento en sí
mismo, la racionalidad de los fines empieza a quebrarse (Merton 1974:322).
Asimismo, que mientras más orientados estén los científicos al éxito de la ciencia
(y colateralmente el de su gloria), más vulnerables son emocionalmente a la
posibilidad del fracaso. La cuestión entonces es saber si los medios utilizados para
conseguir estos fines son tan racionalmente perfectos como sus causas. Las
pruebas indican que no. Demostrarlo será materia del siguiente capítulo.

309
Rematando, diré solamente que los referentes ontológicos de la metáfora LA AR-
QUEOLOGIA ES GUERRA tienen sus peores saldos en el leviatanismo a ultranza
-las pasiones desatadas con fines racionales-, que hace de la arqueología
mexicana una ciencia víctima de los comportamientos egoístas de sus
practicantes. Quizá la primera ciencia en México que supo de las consecuencias
más desagradables de lo que hoy, con cuestionable orgullo, llamamos la
competitiva excelencia académica.

310
CAPITULO QUINTO

LA GRAN ARQUEOLOGIA, LA OTRA


ARQUEOLOGIA... Y MAS ALLA

Sin embargo, se preservó el nombre de Moctezuma y la saga de sus compatriotas y


nunca se les olvidará gracias, no a la piedra, sino a las palabras que captaron el
acontecimiento, a los relatos que han sabido transmitirlo...

Tzvetan Todorov,"La conquista vista por los aztecas"275

A mí modo de ver, tendríamos la Historia de los Olmecas Xicalancas y [la] de Cacaxtla


[que] la hemos estado construyendo como una pirámide; los arqueólogos trabajamos
continuamente con pirámides, pero en este caso hemos construido una pirámide que en
lugar de estar apoyada sobre una base firme está apoyada sobre su vértice; el vértice en
este caso, el único punto para sustentar que Cacaxtla y los Olmecas Xicalanca son lo
mismo, es la Historia de Diego Muñoz Camargo, es la Historia de Tlaxcala de Diego
Muñoz Camargo. Esto yo siento que [cae] por su propio peso [sic], ya es el momento en
que debemos de dejar esto por un lado. Cacaxtla tiene su propio desarrollo, así lo
debemos manejar, y de alguna manera por eso los Olmecas Xicalancas tal vez por eso
nos son tan desconocidos, tal vez por eso no tienen tanta importancia, cuando menos ahí
en Cacaxtla como hemos pretendido.

Andrés Santana Sandoval276

E n su obra clásica (un "clásico de la citación" al decir de los inspirados


epígonos de la cienciametría) Little Science, Big Science...and Beyond,
Derek de Solla Price (1986[1963]) no se concretó a establecer e interpretar
el desarrollo de las magnitudes numéricas del "tamaño de la ciencia", en lo que ya
de por sí constituiría un jalón decisivo para el análisis cuantitativo de la ciencia.
Más que eso, tenemos que, en un primer acercamiento, su demostración del
crecimiento exponencial de la ciencia era bien esperanzadora. Empero,

275
La Jornada Semanal, 203:42,1993.
276
Infortunada intervención oral que fue duramente rebatida por Piña Chán; ambas están
recogidas en Sodi (1990:638).
311
imperceptiblemente, nuestra perturbación crece en la medida de que nos
percatamos que su curva logística o sigmoide tiene un punto (coincidente con el
año de 1991) en que el crecimiento exponencial de la ciencia empieza a saturarse
y progresar a su límite. Dice Price: “Si anticipamos discurrir en un estilo científico
acerca de la ciencia, y planear por consiguiente, debemos llamar a este periodo
inminente como la Nueva Ciencia o Saturación Estable; si carecemos de tales
esperanzas, hemos de llamarle senilidad” (Price 1986:29).277 Según este
planteamiento -que además de matemático se basa en la idea mucho más aguda
de la estructura acumulativa de la ciencia- hubo antes una transición de la
Pequeña Ciencia a la Gran Ciencia a manera de un cambio de escala que, sin
embargo, ya era preocupante por sus dimensiones monstruosas.278 Con todo,
para Price, la Gran Ciencia era una transición que, sin dejar de ser impresionante
por sus logros, demostraba síntomas de "enfermedades triviales", como podrían
ser el que los descubrimientos congreguen a cada vez menos estudiosos, que la
cantidad de la investigación ("superabundancia de literatura") se vaya oponiendo
a la calidad de la misma, que sea plausible una moratoria de la investigación pura
respecto a la aplicada, o que la estrategia de escala termine por arruinar la
oportunidad de investigación en los campos más empobrecidos de la investigación
(Price 1964:139-145). Como hemos visto antes, algunas de éstas "enfermedades"
recuerdan ciertos fenómenos descritos para varias ciencias. Y la arqueología
mexicana por igual.

Sería por demás iluminador llevar estas ideas a un punto más allá que su
superficial analogía con la arqueología. Por desgracia, mientras sus archivos y
fuentes económicas sigan siendo secretas, será imposible dar un paso
comparativo así. Por ejemplo, desconocemos numéricamente si los proyectos de
la gran arqueología han sobrepasado definitivamente a los proyectos de la rala

277
Para un enfoque optimista sobre el advenimiento de una edad de oro en que la Nueva
Ciencia se libre de su pasión faústica, véase Stent (1986).
278
Los proyectos de la Big Science precisamente por sus tremendas proporciones concitan
imágenes monstruosas, no necesariamente malignas. El Golem ha sido una de las favoritas.
No escapamos a esta reacción con nuestro Leviatán antigüo.
312
arqueología en algo más que en intensividad de uso de recursos, lo que es obvio
por intuición. La coexistencia de varios tipos de proyectos arqueológicos haría
pensar que no ha acaecido algo tan avasallador (o es que de plano la arqueología
como ciencia no sigue sus patrones de crecimiento, idea nada descabellada pues
hemos visto cómo la arqueología es singular en cuanto a un sistema de
recompensas que ha derivado en comportamientos contradictorios, al tiempo que
la mostramos dueña de un singular cambio teórico, casi atascado). No menos
necesario será determinar si la Gran Arqueología es superior cualitativamente a la
Pequeña Arqueología, lo cual sólo sabremos si nos introducimos en su estudio
textual y conceptual. En este capítulo desarrollaremos éste y otros de los
planteamientos contenidos en el capítulo anterior, aprovechando la única posibi-
lidad que tenemos a la mano, los estudios cualitativos o de caso. Recurriré con tal
fin a la tipología combinatoria ya planteada, en especial los Tipos I, III y IV. Nos
refirimos con ellos a los proyectos Templo Mayor/Especial de Teotihuacan,
Túneles y Cuevas de Teotihuacan y, por último, Cañada del Río Bolaños, a
propósito del cual haremos breve mención del Proyecto de Rescate de Huitzilapa,
que no tuve oportunidad de estudiar en mayor detalle, pero que correspondería al
Tipo II.

[Link] DE LA GRAN ARQUEOLOGÍA: DE TEMPLO MAYOR A


TEOTIHUACAN.

Por las bondades de su realización, el Proyecto Templo Mayor (1978-1982) de


Eduardo Matos Moctezuma ha llegado a satisfacer con creces las expectativas
más diversas. En principio destacan las del poder simbólico reclamadas a la
arqueología por la clase política mexicana, que por lo visto, al margen de su
enarbolada modernización económica, sigue durmiendo el sueño del poder des-
pótico de la clase dominante azteca. En seguida vendrían toda esa serie de
expectativas prácticas de índole monumental, educativa, turística, académica y
hasta personal. No quisiera soslayar tampoco la no por menos conocida bien
expresada por los militantes adoradores del pasado azteca, que han hecho de

313
ésta y otras zonas arqueológicas, centros rituales por excelencia.279 Así visto, es
asombroso que un mismo proyecto arqueológico haya logrado satisfacer tantos y
tan diversos intereses. Sin duda alguna se precisó de un agudo ingenio
pragmático, pero más que nada hay que reconocer que su director supo tomar las
decisiones correctas en el momento correcto. Sería un poco insolente decir que
Matos brindó a cada quien lo que quiso, pero creo hay alguna certeza en ello.
Mejor dicho, estableció una suerte de intercambio tan maleable, que de él todos
salieron beneficiados. No creo que ese comportamiento sea prueba de
deshonestidad personal, como hoy argumentan sus enemigos. Lo que implico
pertenece a un orden no moral: me refiero en todo caso a su admirable
pensamiento estratégico, tal como éste fue desplegado entre 1978 y 1992.

Cual paradoja, dicho pensamiento resulta mucho más relevante cuando se le


ha de contrastar con el conflicto social propiciado por ciertos errores de cálculo
cometidos por el mismo actor a propósito del Proyecto Especial Teotihuacan
(1992-1994), oportunidad en que Matos se ha enzarzado en una pugna de
alcances impredecibles con la población local, que se siente amenazada en sus
intereses económicos debido a las mismas ideas monumentales probadas con
éxito en Templo Mayor (todas menos una, asimismo la más grave: la ambiciosa
idea turística de crear plazas comerciales y, de paso, mejorar el paisaje
monumental, expectativa estética -y seguramente económica- que le ha mermado
su reputación).280 La pregunta es: ¿cómo es posible que algo así le ocurra en la
cúspide de una trayectoria profesional tan ampliamente reconocida?.

279
Aunque los movimientos nativistas de la clase media urbana de México han llamado la
atención de los etnólogos, poco se sabe de la extraña combinación de aztequismo y nazismo
que también ha tomado a Templo Mayor como centro y símbolo. Da la impresión de que
esta rareza ideológica no está reñida con los grupos de concheros que día a día danzan en la
zona arqueológica. Aunque es factible la presencia de una variedad de agrupaciones
etnicistas en el gran movimiento de reinvención de pasado prehispánico, conviene decir que
no es un fenómeno sociocultural despreciable: su último ritual de primavera congregó a
más de un millón de personas en Teotihuacan, aunque con menor afluencia en otras zonas
arqueológicas.
280
De hecho, Matos ha perdido influencia por esa causa. Ya no es director de la zona arqueológica de
Teotihuacan y su dominio se reduce en estos instantes a la zona y museo de Templo Mayor.

314
Un episodio puede ilustrar por qué me resultan tan contradictorios ambos
momentos de nuestro autor. Hace pocos años, en víspera del Día de Muertos,
mientras Matos supervisaba el trabajo de las museógrafas que ponían una ofrenda
en el tzompantli azteca (altar de calaveras), no pude evitar inquirirle el por qué
todo el museo del Templo Mayor parecía evadir el tratamiento público del sacrificio
humano entre los aztecas. No era gratuita la cuestión. No hacía mucho había
tenido lugar una nutrida polémica alrededor del tema, siempre con la notoria (pero
segura) ausencia de los arqueólogos mexicanos.281 Por otra parte, la escena
momentánea se prestaba a la reflexión abierta. Su primera respuesta, pues me dio
dos, me recordó que él era un experto en el "culto a la muerte" prehispánico. Me
dijo algo así como que la muerte estaba omnipresente en Templo Mayor, y no
precisamente de manera simbólica. Mas reservadamente, me confío: “La gente
[que viene al museo y zona] no lo cree y no quiere saber de él”. Con merecido
orgullo, me aseguró que se había tomado la molestia de pasearse entre el público,
preguntando al azar. Y que los resultados de su elemental pesquisa lo convencían
de ello. Mucho me temo que estaba en lo cierto. Las primeras encuestas aplicadas
por investigadores del proyecto fueron luego confirmadas por la muestra levantada
por Rosas Mantecón (1993:226-229). Según ella, era claro que aunque diferentes
públicos captaran diferentes mensajes de la museografía, había también una
constante mitificación azteca previa al espectáculo del templo, una idea de
grandiosidad que no dejaba espacio a negatividades de alguna especie, pero que
se recreaba a la perfección con la monumentalidad tanto del templo descubierto,
como del museo erigido por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez a su
costado.282 Esta imagen romántica del pasado estaba pues condicionada por una

281
El gran interés académico que suscitó el espectacular descubrimiento del templo fue
también un tanto ajeno a esta polémica, lo que hace sospechar que la evitación fue más
amplia de lo que afirmo. Así, David Carrasco (1987) muy de paso la menciona; para una
síntesis apretada de la polémica, consúltese Anawalt (1986).
282
Para el lector que lo desconozca, Ramírez Vázquez es el creador del Museo Nacional de
Antropología, entre otros. Entre ellos están los de Templo Mayor y el nuevo museo de sitio
en Teotihuacan, subproducto del Proyecto Especial 1992-1994.
315
exposición anterior del público a la educación oficial, a los medios, y a otros
museos monumentales.

Este significativo (pero poco sopesado) hallazgo antropológico hace más


verosímil la declaración de principios hecha por Matos muy al inicio del proyecto,
pero que al parecer desapareció de su discurso tan pronto advirtió "una afortunada
coincidencia de interés científico y poder presidencial" (Matos, cit. Rosas 1993:
200). Me refiero a su radicalizada intención marxista por desmitificar el pasado
prehispánico, renegando del aztequismo ideológico que impulsaba al proyecto, a
pesar de él.283 Este acto, aunque fuera retórico, fue en su momento contradictorio
con la oportunidad política que se le ofrecía. A mi juicio posee dos antecedentes
que lo tornan comprensible en ese instante. El primero ya lo mencionamos antes
en relación al público de Templo Mayor. Consiste en que luego de siete décadas y
media de accionar el poder condicionado, la educación pública efectivamente ha
convencido a las actuales generaciones de mexicanos de que Bertrand Russell
era un viejito alocado con una enfermiza aversión a los admirables aztecas.284 La
otra, que hoy ya nadie menciona por el envidiable encumbramiento de Matos, es
que se trata de la misma persona que se opuso a resucitar el mito del
Cuauhtémoc de Ichcateopan, dictamen profesional negativo que incluso fue
rechazado por la SEP.285 Cabe matizar que no fue la primera vez que esto

283
"El Proyecto Templo Mayor" de Eduardo Matos apenas se conoció hasta fines de
1978, casi nueve meses después de iniciado el proyecto, en marzo del mismo año. Aunque
ello confirme la sospecha de que el proyecto en sí fue parte de una construcción social
retrospectiva (tanto más necesaria cuanto que fue motivo de disputa con otros arqueólogos),
eso no puede desmerecer la intención de Matos en retener cierta imagen académica
progresiva, a solo tres años de haber suscrito la postura de la arqueología social, junto con
Lorenzo (1976) y otros arqueólogos. Lo que estoy puntualizando es que ya puesto en
marcha un proyecto arqueológico altamente politizado con él a la cabeza, de todos modos
corrió el riesgo de volverse a sus colegas cuando bien pudo haber eliminado estos pasajes
desde el principio (Matos 1986a:95; 1990:27). No encuentro otra explicación más plausible
que ésta a la defensa que luego hizo Lorenzo de Matos y su proyecto en 1979, habida
cuenta de su consabida crítica a la arqueología monumental (Lorenzo 1991:422).
284
“Creo -llegó a decir Russell- que la fe marxista es más repelente que cualquier otra de
las que han adoptado las naciones civilizadas (excepto quizá la de los aztecas)”
285
En uno de sus textos más tempranos (Matos 1986c [1974,1978]:12), que todavía exhuma
lecturas althusserianas, asentó con claridad: "Todo lo que se maneja de nuestra 'sangre
316
ocurría, porque hay documentados precedentes de enfrentamiento entre
arqueólogos y políticos en éste y solo éste caso específico, en que un
descubrimiento arqueológico no pudo ser respaldado por la evidencia empírica.286

"Pocas oportunidades tiene un investigador de poder estar y sentir cómo operan


los aparatos ideológicos del Estado en un momento determinado", escribió luego
sobre este episodio de su vida (Matos 1980a:7). Por entonces, no sabía que esas
oportunidades se repetirían y que su actitud ya no sería la misma, sino más
flexible, ya que tendría que implementar elecciones menos maximalistas a las del
juego del todo o nada. Por cierto que la misma estrategia vale para el público de
Templo Mayor: se le deja en la creencia de su mito a cambio de ver popularizado
el descubrimiento. O lo que es lo mismo, se aprisiona un tanto la razón arqueo-
lógica ante el tentador cántico del aztequismo, que sin retarlo, se gana en
sostenimiento y visibilidad gubernamentales. Elecciones racionales y
cuasirracionales como éstas (y otras que citaremos adelante) son las que
caracterizan al exitoso proceso del Proyecto Templo Mayor. Solo habría un pero
que oponer, si bien no se relacione al proyecto directamente.

Contra lo que indica la sociología del conocimiento histórico de la sociedad


azteca debida a Keen (1984 [1971]), hay serias dudas de que la etnohistoria y
arqueología de nuestro siglo (Keen se refiere en especial a Seler y Gamio) hayan
dado paso a una interpretación objetivizada de la sociedad azteca, es decir, según
él, desapasionada (Keen la contrasta con la imagen del romanticismo, de ahí su

indígena' y que nos lleva a ese concepto aztequista, en detrimento de los otros grupos
indígenas, no es más que tratar de alcanzar lo que los aztecas no terminaron de hacer: el
control económico e ideológico. Y todo esto también está ubicado en el campo de la
ideología, de la ideología actual que quiere llegar a un nacionalismo al tratar de hacer
héroes aunque para ello haya que decir mentiras piadosas, con las que, desde luego, no
estamos de acuerdo".
286
De hecho han sido tres o cuatro las veces en que se han tratado de sacralizar estas
osamentas; en todas las ocasiones los arqueólogos implicados (Armillas, Gamio, Matos) se
han opuesto rotundamente a la construcción social del descubrimiento (Keen 1984:475-
476), quizás no tanto por la mitificación en sí, sino por ir contra el contexto del
descubrimiento, o sea, contra sus propias reglas disciplinarias.

317
referencia a las pasiones). Si aceptamos esta equivalencia binaria de objetividad y
desapasionamiento, hay que precisar que el hecho de que las controversias de
antaño hayan sido suplantadas por una sola versión científicamente dominante, no
significa que ésta sea menos ajena a su contexto sociohistórico, tesis de Keen que
debe aplicar a pesar suyo a ésta, la fase final de la históricamente cambiante
imagen de los aztecas (Keen 1984:569).287

Podría convenir con él en que es indudable que la arqueología mexicana ha


lava-
do por último su rostro ensangrentado, objetivándola en verdad y, por lo tanto,
haciendo más creíble nuestro mito de origen. Como bien dice Keen (1984:517):
"En el siglo XX, la estrella de la cultura azteca se ha elevado continuamente en el
firmamento de la opinión mundial". Con Templo Mayor, tal ascenso alcanza un
punto culminante. Empero, no me parece casual que algunas pasiones de los
arqueólogos (que Keen obviamente no pudo conocer) se hayan desatado e
intervenido en su ascendimiento, y de la única manera posible: luchando por la
prioridad de su descubrimiento, por la descomunal asignación de recursos al
proyecto, por el previsible hallazgo y por la fama a él adherida.

La asignación del proyecto a Matos es un misterio. En aquel entonces, él era el


presidente del Consejo de Arqueología. Muy probablemente fue el mismo director
del INAH quien lo recomendó al presidente de la república.288 Lo que sí se sabe
con seguridad es que fue el 14 febrero de 1978 en que se logró el acuerdo

287
En realidad, la diversidad de interpretaciones antropológicas, etnohistóricas y
arqueológicas sí se ha dado, pero siempre en el contexto académico norteamericano, como
han denotado Kubler (1987) y Carrasco (1987:10) en diferentes oportunidades. Consciente
de esa diversidad, Carrasco ha enfatizado que lejos de reflejar incoherencia, han
enriquecido al objeto, lo que es muy cierto. Creo incluso que ese ambiente abierto al
conflicto de interpretaciones es el que ha obligado a Matos a corregir sus ideas, ya resuelto
políticamente el problema de la competencia por la prioridad de su proyecto. Quizá por ello
la ausencia del debate interno dentro de la arqueología nacional, donde se da por supuesta
la cientificidad o univocidad de los resultados interpretativos del proyecto.
288
Su público agradecimiento al Prof. Gastón García Cantú por el impulso y defensa del
proyecto así hace suponerlo (Matos 1982: 8).
318
presidencial de nombramiento como director del mismo. La fecha es importante
como indicador cronológico ya que, como establecí antes (v. nota 9 supra), el
planteamiento efectivo del proyecto fue hecho a posteriori, en diciembre de
1978.289 Debo añadir además que ya desde 1975, Matos participaba del Proyecto
Cuenca de México de William Sanders, que incluía la colaboración del
Departamento de Monumentos Prehispánicos (del que era jefe Matos también) en
la arqueología urbana del sector central de la ciudad capital (Matos 1986a: 93-94;
1990:27). Según uno de mis informantes, que participó en la Sección 3 de
excavación de Templo Mayor, Matos retuvo en secreto el proyecto, si bien poseía
la idea desde mucho antes.290 De ser esto cierto, Matos poseería la prioridad
absoluta del descubrimiento, sin lugar a la menor duda. Pero lo importante
entonces es por qué debió mantenerlo en secreto. La causa, como es usual, fue la
cerrada competencia de otros arqueólogos con fines incompatibles entre sí, por
cuanto que deseaban aprehender y poseer el mismo objeto, muy en la línea de la
cultura organizativa de esta arqueología.

La mención puntual de estas fechas responde a un descubrimiento paralelo


que, irónicamente, fue el principal acicate del Proyecto Templo Mayor. El 21 de
febrero de 1978 un grupo de obreros electricistas "descubrieron" el monolito
fragmentado de la mítica diosa Coyolxauhqui. Pongo entre comillas la palabra
"descubrieron" porque los arqueólogos prefieren llamar a este acto realmente

289
Este segundo indicador se basa en la fecha de publicación del proyecto (Matos 1986a),
que no es el de la fecha de redacción, de seguro anterior. De todos modos mediaría un lapso
temporal entre su formulación y su conocimiento público.
290
En efecto, en su texto Muerte a filo de obsidiana (1986c [1974]), ya están expresadas las
ideas básicas del proyecto, no obstante que en la última edición introduce correcciones -
bloques enteros de texto que se repiten en textos posteriores- que muestran una
construcción retrospectiva. Pese a ello, es evidente que de esta época vienen sus lecturas de
Althusser -que influyen en su visión materialista de la ideología azteca- y de Mircea Eliade,
de quien toma a pie juntillas la idea de que "El mito relata una historia sagrada". De esto al
uso literal de las fuentes históricas del siglo XVI no hay más que un paso. Por lo mismo, su
adscripción a una arqueología histórico-cultural está expresada en germen; para él, la
arqueología ha de comprobar la evidencia documental: "El dato arqueológico es de
indiscutible importancia ya que sirve para comprobar lo dicho por los cronistas" (Matos
1986c:112).
319
accidental "encuentro fortuito" o "localización casual", para así arrogarse el
verdadero des-cubrimiento, aunque éste fuera del todo previsible. Lo cierto es que
ellos no se enteraron de él sino hasta que una llamada anónima alertó al personal
del Departamento de Salvamento Arqueológico del INAH, que, para el 25, ya
estaba liberando la monumental escultura. La excavación les absorbió en las
siguientes siete semanas, hasta concluir el 25 de abril de 1978 (las excavaciones
de Matos se iniciaron el 20 de marzo, de forma simultánea). En un esfuerzo sin
precedentes, si se toma en cuenta la premura del rescate, no había terminado el
mes cuando hicieron publicar un informe preliminar (García y Arana 1978), si bien
su prometida memoria final nunca se conoció, porque el 15 de abril debieron de
entregar todos sus materiales a Matos. Nada veladamente, se refieren a él en
estos duros términos (García y Arana 1978:13; cursivas mías):

Estamos conscientes de que la publicación de este reporte puede ser arriesgada, debido
a que, como hemos visto, abundan los plagiarios -colegas sin escrúpulos ni ética
profesional que pueden utilizar los datos para continuar sus "investigaciones" y ofrecer
sus conferencias o dar información que no les corresponde...

Descontando el problema de las disputadas prioridades y el secreto conflicto


que crearon, ha de considerarse la limitación de un proyecto de rescate frente a
otro de investigación, aunque éste haya sido elaborado a posteriori, bajo la doble
estrategia de satisfacer tanto al patrimonialismo presidencial como a las
exigencias de la disciplina. Lo que estoy diciendo es que el recio esfuerzo aplicado
en el rescate (que incluso generó un inusual equipo multidisciplinario)291 no dejó
de poseer las limitaciones propias de los proyectos de urgencia. Las más obvias
que pueden advertirse en su reporte técnico son las de orden interpretativo. No
esbozaron siquiera un proyecto preliminar, sino que confiaron a que éste deviniera

291
Aunque el equipo reunido estaba mejor dispuesto para un proyecto de larga duración y
mayores expectativas, no puede pasarse por alto su constitución organizativa (del Tipo II),
a saber: tres arqueólogos (jefe y dos asistentes personales), cuatro ayudantes (pasantes de
arqueología), dos biólogos, cuatro restauradores, dos dibujantes y dos empleados manuales;
se pretendía, para una fase ulterior -ya convertido en Proyecto Templo Mayor- engrosarlo
con 15 arqueólogos más (García y Arana 1978:76). La intención de la propuesta era
evidente.

320
del natural asombro del hallazgo. Por ello su mayor contribución disciplinaria se
reduce a corregir el plano de 1960 del arquitecto y arqueólogo Ignacio Marquina
(García y Arana 1978:78). Para suplementar sus insuficiencias, no vacilaron en
acudir al aztequismo de los gobernantes, que, además de interesarse también en
liberar al famoso templo (conocido desde el siglo XVI por las fuentes históricas),
tenía el supuesto atractivo de haber

...renacido en el mejor momento, el más oportuno para todos los que estamos interesados
de algún modo en obtener un mayor conocimiento de nuestro pasado, de los que en una
u otra forma tratamos de comprender no sólo nuestros orígenes y raíces culturales, sino
de afianzar con más fuerza nuestra nacionalidad. Coyolxauhqui hace realidad el proyecto
Templo Mayor y Coyolxauhqui dará mayor solidez a nuestra nacionalidad como
mexicanos (García y Arana 1978:82; cursivas mías).

Este mensaje político tenía un destinatario obvio: el presidente de la república,


quien a sólo cinco días del descubrimiento visitó la excavación con su corte de
altos funcionarios del gabinete, una escena bastante común y reiterada en la
historia de la arqueología mexicana. Como quiera que haya sido su resolución
favorecedora de Matos, es claro que no bastó con pulsar sus cuerdas
nacionalistas-aztequistas. El así llamado "capricho presidencial" fue más un acto
de poder autocrático que un acto de afirmación nacional. Por ello que dijera que:
"Aquel 28 de febrero de 1978, sentí pleno y redondo el poder: podía, por mi
voluntad, transformar la realidad que encubría raíces fundamentales de mi México
..." (cit.López 1993: 31; cursivas mías). Otra cita citable, del mismo tenor
patrimonialista -hasta bordada con pinitos poéticos-, fue cuando el presidente
López Portillo puntualizó sobre la conexión del acto sociocognitivo del des-cubrir y
el acto autoritario del decidir sin cortapisas ([Link] 1993:201-202; todas las
cursivas son mías):

Descubrir, sacar a la luz: darle otra vez dimensión a las proporciones centrales de nuestro
origen. Abrir el espacio de nuestra conciencia de Nación excepcional. Y pude hacerlo.
Simplemente dije: expropiénse las casas. Derríbense.Y descúbrase, para el día y la
noche, el Templo Mayor de los aztecas.

321
Semejantes expresiones de poder coactivo permiten entender por qué el
Proyecto Templo Mayor resolvió con éxito los intentos de oposición de algunos
sectores de la sociedad civil que defendían los monumentos históricos coloniales
que obstaculizaban al descubrimiento, acallando la "desabrida polémica" (palabras
de Lorenzo 1991:411) que de inmediato afloró con la afectación.292 De paso, su
aprobación del proyecto no solo nulificó al grupo de arqueólogos de Salvamento
Arqueológico, sino a un segundo grupo de competidores interesados en la
erección de un museo ligado a la administración de la nueva zona arqueológica
urbana (González y Angulo 1983). Hay que reconocer de inmediato que algunos
de ellos ya desde 1967 habían prohijado proyectos de excavación con el Templo
Mayor como objeto de estudio, pero es incuestionable que la magnitud de los
hallazgos arrojados por el proyecto intensivo (hasta 600 obreros ocupados en sus
fases críticas) de Matos, con 58 meses de excavación extensiva y el
descubrimiento de 15 edificaciones, 110 ofrendas rituales y 7 mil elementos
asociados, terminó por imponer la necesidad de construir en 1987 un museo de
sitio por extensión, y del que Matos es director hasta la fecha (López 1993: 35-
36).293

292
Se "liberaron" 13 edificios circundantes que estorbaron a la monumentalidad del
descubrimiento; algo análogo a la decisión de "ocupación pacífica" de terrenos en las
zonas arqueológicas descubiertas en terrenos rústicos.
293
Para Salomón González y Jorge Angulo (1983), este Museo del Templo Mayor debería
incluir un centro de investigación de la cultura mexica o Centro Regional de Tenochtitlan.
Con tal fin, elaboraron un guión temático, a espera de los recursos económicos y humanos
requeridos. Estos nunca llegaron a sus manos. La respuesta de Matos fue más ambiciosa:
impulsó una consistente investigación paralela al análisis de materiales, por lo que hasta
1991 disponía de ocho tesis profesionales producidas por su joven personal y 130 libros y
artículos publicados (López 1993:34, nota 22 infra). Gracias a esta política de
investigación, el proyecto alcanzó una eficacia mayor que el simple asombro de un
descubrimiento remarcable, punto débil de la pasión sus opositores. Eso lo advirtió Lorenzo
desde 1979: "El problema arqueológico es uno, y es sencillo aun en su magnitud,
profesionalmente solucionable aunque sea difícil hacerlo entender a quienes ya han
reaccionado ante la vieja y mantenida política que consiste en creer que la arqueología es
fabricar zonas arqueológicas por pedido, en vez de pensar que la tarea del arqueólogo es la
de buscar la vida de las sociedades que nos precedieron" (Lorenzo 1991:425).
322
No se sabe hasta la fecha la cantidad de recursos que fluyeron al proyecto
desde la cúspide del poder ejecutivo. Los ecos de las protestas de otros
arqueólogos indican que fueron gigantescos. A falta de esa información, un
segundo indicador lo representa el tiempo inputado. Al principio, por ejemplo,
Matos calculaba concluir las excavaciones en mayo de 1979 y el análisis de
materiales en marzo de 1980 (Matos 1990 [1979]:37). La magnitud de los
hallazgos obligó, por el contrario, a prolongarlas hasta 1982, con dos temporadas
más en 1987 y 1989.294 Otro indicador inconfundible de su alta intensidad y alta
verticalidad (del Tipo I) fue la organización interna del proyecto, que carece de
parangón, aun si se le compara con los Proyectos Especiales de 1992-1994.
Aparte de la cantidad de mano de obra que demandó remover 1,3 ha. de terreno
urbanizado, su equipo interdisciplinario involucró a 24 arqueólogos y un número
indeterminado de especialistas (etnohistoriadores, arquitectos, antropólogos
físicos, restauradores, administradores, fotógrafos,etc.). Para hacer funcionar
tamaña maquinaria humana, resultó indispensable su jerarquización, que podría
diagramarse como lo muestra la Figura 5.1.

Probablemente fue la misma saturación de notorios hallazgos obtenidos la que


ya desde 1979 estimuló a Matos y a sus arqueólogos a introducir la prioridad de la
investigación. El habitual asombro del descubrimiento dio paso forzoso a una
concienzuda admiración por el conocimiento. Las excavaciones de las 110
ofrendas fueron hechas tan meticulosamente, que se dedicaron meses a algunas.
Es sintomática la actitud adoptada, hasta el punto en que dejó ser motivo de
competencia entre ellos: "El hallazgo de ofrendas se convirtió en un suceso
cotidiano para los integrantes del Proyecto Templo Mayor, debido a su
abundancia.." (López 1993: 37; cursivas mías).295 Lo que merece remarcarse,
como digo, es precisamente el factor tiempo, ya

294
De hecho, fueron cinco las temporadas de campo, pues hubo dos más en 1991-1992 y
1994 (López 1993:16 y 1995:77).
295
El mejor estudio disponible sobre las ofrendas del Templo fue hecho por Leonardo
López Luján (1993), quien se incorporó en fecha tardía (1988) al proyecto. Dispuso
entonces de los materiales e informes de los otros arqueólogos. En parte, su valiosa
323
FIGURA [Link] DEL PROYECTO TEMPLO MAYOR

Dirección General del INAH

Dirección del Proyecto

Areas Externas: Areas Internas:

Etnohistoria
Monumentos Histó- Administración Investigación
ricos.
Laboratorios de Unidades de: [Link]
excavación
Prehistoria Presupuesto Sección I
Antropología Fí- Personal Sección II
ca. Inventario Sección III
Mecánica de suelo

Secciones auxiliares:

Conservación y restauración
Control de materiales
Fotografía
Dibujo
Cerámica
Estudios Especiales

contribución está fundada en su originalidad de tratamiento sistemático-numérico de las


miles de piezas obtenidas, una deficiencia que nadie (Matos incluido) había logrado
encarar. Ello no lo eximió de participar en las últimas temporadas de excavación (1991-
1992 y 1994), y el descubrimiento de seis ofrendas más y un entierro (López 1995). Otros
arqueólogos como María Rodrígez, que también se sumó tardíamente al proyecto, debió en
cambio demostrarles a sus colegas que no quería apropiarse de “sus ofrendas” porque, a
diferencia de López Luján, se interesaba más en la interpretación que en la consecusión de
descubrimientos. Estas actitudes contradictorias hacia uno y otra hacen sospechar que la
excavación tuvo, además, funciones parecidas a un rito de paso.
324
que median cuatro años para la apertura de la zona arqueológica, nueve para la
inauguración del museo y once para la última intervención.296 De manera indirecta,
esto indica que Matos supo negociar con tres administraciones sexenales los
recursos necesarios, dando a cada una la retribución merecida (una zona
arqueológica, un museo y numerosos resultados). Empero, la clave de este
esfuerzo sostenido fue hacer de la investigación una estrategia de largo alcance,
que rebasa el descubrimiento y la monumentalidad iniciales, que, sin embargo, no
se desechan, sino que funcionan bajo otros tiempos y condiciones sin excluirse.

Entramos así en la parte medular del proyecto, su contenido y aportaciones al


conocimiento arqueológico. Antes, convendría hacer un par de precisiones sobre
el estilo literario de Matos. Por un lado ha desarrollado como pocos arqueólogos
una rama de la literatura que haríamos poca justicia en calificar de "divulgativa".
Sin dejar de ser divulgativo en algún grado, se trata más bien de un género
análogo al de los libros de arte, el cual explora las posibilidades combinatorias del
texto y la imagen. Como ha establecido un historiador del arte, este estilo deja de
usar la imagen como ilustración del texto para convertirse en un discurso visual,
paralelo al escrito.297 Como la sensibilidad artística de Matos es un tanto ajena a
nuestro objeto (si bien reaparecerá en sus ideas restauradoras y expectativas
teotihuacanas), me limitaré a explorar la segunda característica, que se sintetiza
en el "efecto de superposición", típico del hipertexto.298 Para alguien que no se

296
cfr."El Museo del Templo Mayor", Antropología, 17,noviembre-diciembre,1987
(suplemento) y Matos (1985).
297
Fernando Checa,"Textos e imágenes", Babelia, febrero 11,1995:16.
298
Hasta antes de la revolución informática este estilo era motivo de desprecio entre los
investigadores. Me viene a la mente el estilo de historiar que [Link] condenaba como
propio de "tijeras y engrudo". Hoy día es probable que nadie coincida con él, excepto
los historiadores, por razones obvias. La hipermedia por su parte ha brindado al científico
un tercer recurso que no posee el libro de arte: agregar sonido a las imágenes y texto. Es
imprevisible saber a dónde llevará este desarrollo, pero hay quien asegura que Internet está
sobrepasando la comunicación científica, vía artículos y revistas. En fin, lo que ya se
conoce como "efecto de superposición" de los textos magnéticos se refiere a costumbres
ligadas al procesamiento de hipertextos por ordenador. Ya no es cosa de cortar y pegar,
sino de "encontrar y reemplazar" o "mover y copiar bloques" y, sobre todo, vincular gran
cantidad de archivos de forma no lineal. El efecto es el de sobreponer unos textos a otros, lo
325
interese en el análisis textual, leer a Matos puede resultar una tarea enfadosa por
su reiteración de fragmentos completos que se repiten una y otra vez en sucesivas
publicaciones. Este efecto de superposición puede resultar confuso, y hasta
prestarse a malas interpretaciones. La nuestra propone lo siguiente explicación:
por un lado, la aparente repetitividad de sus escritos se origina en que su
interpretación arqueológica borda alrededor del núcleo histórico cultural, que
conserva a pesar de su marxismo, fenomenología y simbolismo periféricos. Sin
embargo, por otro lado, no deja de ser interesante cómo se da su progresión
interpretativa, que en vez de ser lineal se mueve en círculos concéntricos de
mayor radio cada vez.

Quizá sea ilustrativo para nuestro análisis recurrir a continuación a las


evaluaciones externas a nuestra arqueología, que no tienen otro interés sino el
conocimiento en sí proporcionado por los arqueólogos mexicanos a la disciplina.
Así, en su atlas arqueológico, Martin Roland sostiene que Templo Mayor es una
demostración de que la arqueología histórica conserva su aliento a pesar de la
nueva arqueología cientifista. Aunque las nuevas técnicas de prospección y
análisis encaminen a la "arqueología interdisciplinaria", eso no cambia su
naturaleza reconstructiva de la historia. En este caso concreto, sigue diciendo
Roland, se da una interacción de texto y excavación, que debe ponderarse:
"Gracias a las descripciones de los españoles se ha reconocido inmediatamente el
gran templo mayor de México, el mayor descubrimiento en los últimos años"
(Roland s.d.:211). Hasta cierto punto, Sabloff y Renfrew coinciden con él, en el
prólogo a un texto de Matos (1994 [1988]:8) traducido al inglés. Escriben:
El trabajo de campo del profesor Matos ilustra brillantemente cómo la investigación

arqueológica puede iluminar un objeto considerado bien comprendido desde el

conocimiento documental. Sentimos poderosamente que el gran potencial del trabajo

que puede hacer reiterativo el estilo, si se aplica en demasía. En el caso de Matos es


probable que contribuya por igual la experiencia "piramidal" a que hace referencia Andrés
Santana en el epígrafe inicial, es decir, habría una cierta similitud entre la superposición
textual y la superposición constructiva de las pirámides mesoamericanas; cfr. Anne
Eisenberg, "Scientists and their CD-ROMs", SA,2(272):88, 1995.
326
coordinado arqueológico e histórico en las Américas, tendrá un nuevo sustento y

significado con este libro, y especialmente por la habilidad del profesor Matos para

comunicar la significación del Proyecto del Templo Mayor tanto a estudiosos como al

público en general.

Si no me equivoco, ambos arqueólogos están invirtiendo el sentido de las


palabras de Roland (y de Matos cuando dice que la arqueología es una ciencia
auxiliar de la historia): es la arqueología la que ilumina la historia, no al revés.
Además, condicionan este procedimiento a un área geográfica, presuntamente
rica en evidencias documentales. Es extraño también que en el párrafo
inmediatamente anterior a la cita, califiquen al proyecto como "trabajo de salva-
mento", lo que puede ser una desinformación. No obstante, en un manual de
arqueología posterior, Renfrew (Renfrew & Bahn 1991:476-477) es más
circunspecto: toma a Templo Mayor como ejemplo de conservación de un
monumento nacional relativo a la relación de la arqueología y su público. Pero
cuando se trata de ejemplificar a la arqueología en acción, su simpatía está puesta
en los proyectos académicos de Flannery, Marcus y Blanton en Oaxaca (Renfrew
& Bahn 1991:446-454).299 Esto no es desinformación: la arqueología académica
inglesa se ve reflejada en la imagen de la arqueología académica norteamericana,

299
No pasó inadvertida esta evaluación a los arqueólogos universitarios. En una pequeña
nota en su boletín (que no llega a comentario bibliográfico), Matos responde a Renfrew y
Bahn diciendo que a partir de julio de 1991 el Proyecto Templo Mayor derivó en Programa
de Arqueología Urbana, esto es, un programa preventivo en el perímetro trazado por
Marquina para la plaza ceremonial de Tenochtitlan. Su intención es prepararse para nuevos
hallazgos fortuitos e integrarlos al Templo Mayor como investigación (Matos 1991a:1-2).
Tal respuesta me parece gratuita: la investigación siempre estuvo presente pero como
estrategia no dominante, empero al calificar a los "descubrimientos espectaculares"
precisamente como "tesoros del Gran Templo" (Matos 1994), él mismo propició esta
interpretación uni-literal del proyecto y sus resultados. Recuérdese entonces que en su guía
de la zona arqueológica, expresó (Matos 1985:42): "Fue una investigación, que desde el
comienzo se dividió en tres fases fundamentales para su desarrollo". Un problema adicional
aquí, producto de la elaboración retrospectiva del des-cubrimiento, es que éstas tres fases
(historia-excavación-interpretación) no aparecen en el proceso del proyecto sino hasta
1981, es decir, tres años después de iniciadas las excavaciones (Matos 1982a: 11).
327
no así en la arqueología gubernamental mexicana. Por su parte, la imagen de un
"descubrimiento espectacular" que el propio Matos debió elaborar para sus
transacciones sociales más amplias que la disciplina y sus practicantes, concilia
con estas otras evaluaciones. Pero es justo reponer que es una imagen
incompleta porque involucra una idea de arqueología bastante común en México:
únicamente su espectacularidad monumental.

En rigor, el des-cubrimiento de Templo Mayor conserva el sentido que Leopoldo


Batres dio al vocablo descubrir en Teotihuacan (Batres 1993 [1919]). Cuando
reconstruyó la Pirámide del Sol, su tarea fue precisamente la de "descubrir la capa
más exterior" que recubría la edificación, que, como bien lo atestiguan las pinturas
y bocetos de José María Velasco, a nadie confundía lo que ocultaba debajo. Con
toda seguridad, Sigüenza y Góngora no se equivocó tampoco al momento de
hacer la primera excavación de que se tiene noticia en la Nueva España, en
1675.300 Por lo tanto, durante mucho tiempo bastó con repasar a Hernán Cortés,
Bernal Díaz del Castillo o fray Bernardino de Sahagún para darse una idea
bastante aproximada del monumento sepultado bajo el orden arquitectónico
colonial, si bien se desconociera cuán preservado pudiera estar el templo.301 Un
ejemplo retrospectivo muy influyente sobre la imagen actual del pasado es la
conocida maqueta realizada por Marquina en 1960, todavía expuesta en la Sala
Mexica del Museo Nacional de Antropología. Aunque todo este preconocimiento
pudiera servir a una deconstrucción de la elaboración social del descubrimiento de

300
Schávelzon (1983) sostiene tozudamente que Boturini se equivoca, y que Sigüenza
taladró bajo la Pirámide de la Luna. Como quiera que haya sido, la cantidad de
exploraciones que se han hecho desde 1675 (que irían de Brantz Mayer en 1841 hasta
Linda Manzanilla recientemente), indican la existencia y conocimiento sobre un sistema de
túneles y cuevas, pero invariablemente la que más ha atraído asombro es la caverna bajo la
Pirámide del Sol, que a todo mundo provoca sueños egipcios. Más tarde volveré sobre ello.
El hecho es que estas pirámides son conocidas desde tiempos lejanos por lo que el
descubrir es más un des-cubrir.
301
El siglo XVIII fue una época profusa de reconstrucciones mentales del templo, que no
ocultaban la sensibilidad e interpretación neoclásica; la ópera y literatura barrocas no
fueron ajenas a este impulso estético (vv . Gruzinski 1992; Sten 1992).
328
Templo Mayor302, lo que aquí nos preocupa es su re-conocimiento, su re-
interpretación, su re-constitución.

Volvamos a la formulación a posteriori del proyecto en 1978. Como antes


asenté, cuatro años antes Matos (1986c [1974]) estaba en posesión de ciertas
ideas teóricas germinales, pero inconfundibles. Al abordar el concepto de la
muerte en el mundo mesoamericano, vio en la ideología mítico-religiosa mexica un
fenómeno cuya esencia estaba en la estructura económica de un modo de produc-
ción basado en la agricultura y el tributo. Metodológicamente, su estudio de la
superestructura deja mucho que desear, pero ya anuncia su interpretación literal
de las fuentes históricas, en especial las que refieren mitos que, así tratados,
equivalen a datos duros. Esta idea positivista de la historia explica por qué en el
proyecto sugiere comprobar sus postulados -es decir, principios claros y
evidentes, admitidos antes de su demostración- a través de la iconografía y
simbolismo del mito de Huitzilopochtli (Matos 1986a: 97). Dichos postulados, que
no hipótesis,303 eran dos: uno, todo el contexto arqueológico (ofrendas, esculturas,
edificios, etc.) tienen un contenido ideológico reflejo de la hegemonía política; dos,
los hallazgos esperados "deberán reflejar el control mexica, tanto interno como
externo", es decir, de origen mexica y tributario (Matos 1986a:96-97;cursivas
mías). Aunque lógicamente estos postulados sean criticables como petitio principii
-pues toman como premisas la misma conclusión que pretenden probar (Copi
1974:94-95)-, hay que admitir que avanzan hacia una interpretación que sus
competidores ni siquiera imaginaban. En seguida, la organización social del

302
Pienso en particular en el ejemplo del des-cubrimiento de América, que Woolgar
(1991:88-92) aborda por medio del análisis de las bases sociales de los descubrimientos
científicos debido a Branningan.
303
Corría 1979 cuando Matos usó, por una sola ocasión, a palabra hipótesis para referirse a
la doble escalinata del templo, y, por ende, su dualidad religiosa, en parte agrícola (Tlaloc)
y en parte tributaria (Huitzilopochtli) (Matos 1990 [1979]:33): una hipótesis auxiliar ad
hoc, por así decirlo. Para 1987 -una vez que ha debido discutir con los estudiosos
extranjeros- toma como equivalentes "postulados", "principios generales" e "hipótesis".
Este giro coincide con la introducción de un mentalismo innovador en su materialismo
marxista: sin variar en su concepción central, debe admitir que los mitos son cada vez más
esenciales a su explicación histórica (Matos 1987:24-25 y 38). Luego volveremos sobre
este cambio interpretativo.
329
proyecto, por más instrumental que fuera, indica, con su sección de etnohistoria,
cómo se están llevando a la práctica estos postulados.

Es muy claro que el proyecto como tal se inicia con una fase de recopilación y
revisión de fuentes históricas, informes arqueológicos previos y la elección de una
teoría específica. Se podría asegurar que la redacción del proyecto se dio bajo
ella, aunque la fase lo rebasa, sobre todo en lo que se refiere al uso del conoci-
miento documental, que incluso se prolonga a una fecha tan tardía como 1985, en
que Matos (1994a [1986]) pretende interpretar a fondo el simbolismo de las
ofrendas y las etapas constructivas del templo. En este último texto, lo (para él)
fenoménicamente externo (mito, ritual, culto, ofrendas) pasa a ocupar el lugar de
lo esencialmente interno (estructura económica) ([Link] 1994a: 19 y 106-109).
Este cambio subrepticio está precedido de un uso más decidido de las fuentes
históricas, con muchos más mitos (que el reiterado nacimiento de Huitzilopochtli)
y, sobre todo, rituales, que en conjunto hacen del templo "un mito vivo". La
evidencia empírica de las estructuras arquitectónicas descubiertas son ahora
manifestaciones del ritual y éste del mito (Matos 1993).

Acaso sea ocioso decirlo, pero Althusser deja de ser citado definitivamente,
mientras Eliade se convierte en su principal asidero teórico, intencionalmente
seleccionado. Para entonces Matos (1981 y 1986a,b) ha publicado sendas
antologías de fuentes que, a su modo de ver, demuestran -vía corroboración
arqueológica- que "la descripción de los cronistas estuvo muy apegada a lo que
vieron o a lo que les relataron algunos indígenas" (Matos 1986b: 265). Ni por
asomo ofrece, por ningún lado, algo parecido a una crítica de fuentes, sino que
repite la anacrónica pero tradicional actitud de los eruditos del siglo XIX, de verlas
como fuentes de datos aprovechables.304 No es el único rasgo preterista de su

304
Literalmente dice Matos de ellas que "es un material aprovechable" (Matos 1994a:16;
cursivas mías), lo que está muy lejos de verlas como totalidades, según recomendaba
O'Gorman desde 1940 (O'Gorman 1989 [1972]: 122-123). No está de sobra observar que
para los actuales etnohistoriadores alemanes, un enunciado no es de mayor confianza
330
interpretación: ya a mediados del siglo pasado José Ramírez sostenía que los
mitos nativos eran fuentes históricas por su propio derecho. Matos, como Orozco
y Berra, sigue interpretando literalmente estos mitos. A decir verdad, este proceder
era generalizado entre los padres fundadores de la etnohistoria mexicana, cuyas
ideas al respecto Keen (1984:431) no duda en caracterizarlas de "fantasías
científicas". Esta actitud no varió sino hasta que Seler introdujo un método crítico
de análisis. No obstante, es paradójico que el Seler que abordó el estudio del
Templo Mayor en 1901 (incluso refiriendo la misma lucha fraticida de
Huitzilopochtli y Coyolxauhqui, tan cara a Matos) no aparece nunca en las referen-
cias de Matos, quizás porque la historia cultural de Seler era bastante más
progresiva que la suya, ochenta años atrás.

Reconocerlo podría contribuir a deconstruir la elaboración retrospectiva del


"descubrimiento espectacular", mostrándolo más como genuino des-cubrimiento
en su contexto social. Desde luego, sería una flagrante mentira de mi parte decir
que Matos nunca cita a Seler, porque de hecho aprovecha sus comentarios al
Códice Borgia (Matos 1994a:21,infra). Pero reclama nuestra atención el que en
ninguna de sus antologías históricas nunca haya aparecido el trabajo de Seler
(1903 [1901]) a propósito de las excavaciones de Batres (1990[1902]) en Templo
Mayor. Es sintomático que el mismo trabajo haya sido motivo de un diferendo
entre un arqueólogo mexicano y otro alemán, por lo que es el primer conflicto
documentado que hay sobre la prioridad del descubrimiento del templo, que
coincide con el surgimiento de la arqueología profesional en México (Vázquez
1993).

Nótese que Seler escribió cuando todavía Batres estaba trabajando (él excavó
de urgencia de septiembre a diciembre de 1900, pero su informe es de julio de
1902) en la esquina de Santa Teresa y Escalerillas. Descontando que la
intrerpretación seleriana es muy superior a la descripción empírica de Batres, su

porque provenga de un autor nativo, ello sin dejar de reconocer, como dice Hans [Link],
que “En el México antiguo se justificaba la realidad presente por la realidad mítica”.
331
evaluación del descubrimiento debió causar la ira de él, cuando dijo: "Para la
antigua topografía del templo y otras cosas que quisiéramos conocer, y que tienen
relación con él, los resultados de las excavaciones [de Batres] han sido bastante
insignificantes. Las esperanzas exageradas que se abrigan con este motivo no se
han realizado" (Seler 1903:256;cursivas mías). Batres arguyó por contra que Seler
ni siquiera había visitado el sitio, pero en cambio se había reservado "el derecho
de hacer avanzar después la ciencia, aún si haber visto los monumentos,
iluminando al mundo con sus eruditas disertaciones" (Batres 1990:114).
Sarcasmos aparte, cualquiera puede captar la moraleja subyacente: Seler pasó a
ser enemigo de Batres, en su esquemática pero ya muy arqueológica visión del
mundo social a su alrededor. No nos pasa desapercibido el hecho de que Seler
pudo decir mucho del templo sólo interpretando las fuentes históricas disponibles y
los escasos hallazgos fortuitos entonces conocidos. En suma, es (ahora sí
simbólicamente) significativo, que mientras la admiración de Batres ha ido
creciendo en Matos (1991c), su coincidencia de método con Seler es pasmosa en
otros sentidos, aunque de heurísticas contrarias. Luego, es mejor evitarla que
darle crédito. Racionalmente hablando, nadie obra contra sí mismo.

Las tres fases del proyecto son harto consistentes con su concepción más
profunda de que "la arqueología no sólo [es] una parte de la historia, sino algo
más: la historia misma" (Matos 1986a: 9). Que la historia cultural no sea referida
como tal cuando habla de que "todo trabajo arqueológico debe ir precedido de
planteamientos teóricos correspondientes y las problemáticas específicas a
resolver" (Matos 1982:7), no invalida que ésta sea la teoría bajo la que interprete
la realidad antigua en última instancia.305 En relación a su verdadera filiación
teórica debemos observar que sus cambios interpretativos más aparentes son asi-
mismo los más periféricos. Primero invierte su fenomenología sin problemas. Al

305
Será en un texto dirigido al público anglosajón que dirá que no pretende hacer una
apología de la documentación histórica, pero que "De esta manera fuimos capaces de
desarrollar un marco teórico y anticipar al menos algunos de los resultados de las excava-
ciones. Pero en muchos sentidos, las excavaciones nos han dicho mucho más de lo que
supimos por la historia" (Matos 1994 [1988]: 13) (cursivas mías). ¿Sabía Matos que
Renfrew lo leería?. Yo diría que sí.
332
mismo tiempo, su versión fuerte del marxismo se transforma en una versión débil.
Me explico mejor. Ya no se trata de relegar a Althusser, sino que, al inicio, la
esencia detrás de lo fenoménico es la estructura económica, que se refleja
simbólicamente en la ideología religiosa (Matos 1982b). Conforme se va
adentrando en la interpretación mítica de la historia documental, “podemos ver
como el proceso de transformación mítico influye en el simbolismo de Templo
Mayor” (Matos 1987:48), hasta el punto de estructurar su arquitectura y ofrendas.
Podríamos hablar ya, con Marvin Harris, de un paso del materialismo al
"mentalismo" (idealismo) en Matos, de no ser porque en su discusión del concepto
de Mesoamérica, él sigue haciendo hincapié en el modo de producción agrícola-
tributario ([Link] 1982d,1993a y 1994b). No entraré de inmediato en el
tratamiento de este último asunto, pero puedo adelantar que su versión débil del
marxismo -del que solo toma un concepto decantado- sirve únicamente para
reiterar el mesoamericanismo clásico de la arqueología histórico-cultural
mexicana. Otra vez, el núcleo duro permanece, pero el cinturón protector varía.

La primera objeción que recibió su preinterpretación marxista original ocurrió en


octubre de 1983, durante la Conferencia Anual en Dumbarton Oaks, lugar donde
la línea de separación de excavadores y no excavadores se difuminó. A diferencia
de Batres, Matos debió soportar ahí la alternacia interpretativa. Para empezar,
Kubler invirtió la relación determinante de la estructura sobre la superestructura,
trayendo a cuenta que los rituales son codificados en mitos, los que incorporan
materia histórica a modo de paráfrasis; se trataría, pues, de una historia adaptada
a los usos y propósitos ideológicos (Kubler 1987:490). Una segunda línea
interpretativa que Matos resiente positivamente, la desarrolla David Carrasco.
Influido por el simbolismo de Geertz, ve a Templo Mayor como un centro de
dramatización de las obsesiones aztecas por el poder. Sus rituales no serían solo
medios para fines políticos, sino fines en sí mismos. El poder político bien podría
ser un vehículo de la fuerza mítica de los rituales (Carrasco 1987). En fin, si bien
su ulterior idealismo ya estaba prefigurado en su proyecto de 1978, a partir de
1987, si no es que de antes, los mitos ya son "historias de origen" (Matos 1987:

333
29). Pese a ello, sigue creyendo que hay una relación coherente entre estructura y
superestructura. Aduce con seguridad que los hallazgos “confirman nuestras
hipótesis [sic] de que los Mexica fueron, por necesidad, un pueblo agrícola y
militarista, cuya sustancia dependía de la producción agrícola y los pagos
tributarios” (Matos 1987:38).

¿Cuán cierta era esta aseveración?. La tardía contribución de López (1993


[1991]), suponiendo que se inicia tres años antes (en 1988), hace pensar que el
proyecto estaba enfrentando graves anomalías interpretativas en relación a su
capacidad explicativa de los propios hallazgos. En teoría, la fase interpretativa del
proyecto arranca con una reflexión más profunda del simbolismo del templo, hacia
1986 (Matos 1994a:109). Volvería a matizar este esquema retrospectivo como lo
he hecho con la primera fase de recopilación de fuentes históricas (Matos
1982c:1), que en realidad se prolonga hasta 1985, es decir, posterior a la
conclusión de la primera y más intensiva temporada de excavación (1978-1982).
En lo que a la fase de interpretación se refiere, ya desde 1978 el proyecto se lanza
con una preintepretación cuya débil elaboración no merma su fijación a todo lo
largo del proceso. A ello atribuyo, como dije, el estilo hipertextual o superpositivo
de sus textos. Aclarado esto, diré que desde 1985 el esfuerzo interpretativo de
Matos empieza a ser presa de la ambigüedad. A finales de 1979 la excavación
había arrojado 40 ofrendas, que a simple vista confirmaban los dos postulados
clave, quiero decir, reflejaban el culto dual y su procedencia fuereña al control
militar-tributario (Matos 1980b:18-19;Matos 1982b:110-118). Luego de la segunda
temporada en 1987, las ofrendas rebasan la centena, sumando más de siete mil
los objetos (Matos 1987:37). Ahora las cosas ya no son tan tangibles a los
sentidos.

La ambigüedad a que me refiero es ésta: en su mayor


esfuerzo interpretativo (Matos 1994a [1986]:33-106), nuestro
autor admite en su análisis a mucho más mitos y rituales de los

334
que había venido aprovechando desde 1978. Aunque sigue
postergando un análisis a fondo de estos supuestos hechos
históricos, sigue a la vez privilegiando el mito del nacimiento de
Huitzilopochtli, por ser el más ajustado a su evidencia
arquitectónica-ritual. Pero mientras él se interesa en la mitad
guerrera del templo, admite que "la gran mayoría del material
encontrado se asocia de alguna manera a Tlaloc" (Matos
1994a[1986]:107). Un año después, repite su estimación de que la
mayoría están asociados a Tlaloc, pero sostiene su creencia de
que, simbólicamente, los mexica "continuaron la misión de su dios
tutelar" (Matos 1987:38). No faltan, por supuesto, las ofrendas a
Huitzilopchtli, pero "Significativamente [sic] no hay una sola
imagen de Huitzilopochtli" (Matos 1978:38). Justo en 1988, la
disgregación de la interpretación y la evidencia es del todo
insostenible. “Aquí vemos -dirá en referencia a una ofrenda
asociada al sacrificio de 42 niños a Tlaloc, explicable por una
sequía acaecida en 1470, según las fuentes- la complementación
entre las fuentes históricas y el dato arqueológico, lo que en el
caso de Templo Mayor va a ocurrir en muchas ocasiones” (Matos
1988:127-128). Sólo que las anomalías comienzan donde las
fuentes terminan. Y éstas crecen conforme se acumulan
evidencias sin el recurso de la documentación escrita. Tomados al

335
azar, dos o tres ejemplos lo ilustran: teniendo a la vista la cabeza
de alabastro de un venado, de "su significado poco es lo que
podemos decir"; de un brasero, una "deidad no identificada"; y de
una escultura con dos Tlaloc superpuestos, "En realidad, hasta la
fecha no hemos podido aclarar definitivamente el enigma que
formula" (Matos 1988:156,144 y 130). Para esta fase del proyecto,
uno no puede por menos que preguntarse estadísticamente qué
significa esta ignorancia, porque pudiera ser que una arqueología
tan sometida a la interpretación literal de las fuentes
documentales, pudiera ser cuantitativamente débil en sus
conclusiones finales, como de veras estaba ocurriendo.

Es aquí donde Matos se vio en la necesidad de tomar otra decisión correcta,


encargando a López Luján un estudio sistemático del cúmulo de evidencias y
anomalías interpretativas que estaban amenazando la reputación del proyecto.
Las coincidencias de ambos autores me parecen tan importantes como sus
discordancias. Por principio de cuentas, López dejó claro con su base de datos de
1770 registros (para 118 ofrendas y 15 atributos contextuales) que la cantidad de
ofrendas dedicadas a Tlaloc es casi idéntica a la de Huitzilopchtli (40 y 39
respectivamente), con siete más localizadas espacialmente en la unión de los dos
basamentos (López 1993:115). Confirma que 80% del total son de origen
alóctono, pero en vez de atribuirlas a la sola tributación, añade el comercio, la
donación, el pillaje y hasta el saqueo de antigüedades olmecas y teotihuacanas
(López 1993:137). Lo más original de su estudio (sin demérito su impresionante
aplicación informático-cladística), es que se plantee decodificar su lenguaje
ideológico, apelando a un enfoque multidisciplinario a caballo entre la arqueología,
la historia, la etnografía, la lingüística, la geografía, la geología y las matemáticas

336
(López 1993:62). Apena decirlo, pero el mismo autor confiesa no haber alcanzado
su ambicioso objetivo. "Falta explicar, por ejemplo, el significado general de la
mayor parte de los complejos obtenidos en la taxonomía numérica" (López
1993:292), dirá en sus conclusiones finales.

Precisando las cosas, no puede ignorarse que procure despejar el significado


de aquellas ofrendas (16 de 118) que no fueron susceptibles de agrupamiento.
Asimismo, que detecte patrones de ordenamiento en 20 complejos de contenido
homogéneo, descubriendo que la multiplicidad de intenciones de sus donadores
demuestra una complejidad de significados. Así las cosas, si bien no llega a
refutar del todo la postura de Matos de que las evidencias deben a fortiori reflejar
la estructura económica, sí prueba que esos dones fueron ofrendados con fines
diversos como la construcción y sus ampliaciones, las fiestas de consagración, los
periodos de crisis económicas y políticas, los rituales de promoción social, las
exequias de personajes de muy alto rango, etc. (López 1993: 292). Tal originalidad
decrece un tanto cuando, en aras de expandir la explicación de las ofrendas más
enigmáticas, debe apoyarse exclusivamente en las fuentes y la etnografía
mesoamericanista, que le son más accesibles. El grueso de su estudio del
significado de las ofrendas (que no semántica de ellas) está erigido sobre estas
bases, que desde luego son las mismas de Matos y la más tradicionales en la
escuela mexicana de arqueología. Como él, habla de "corroborar el nexo" o la
"plena consonancia con la información arqueológica" con los testimonios gráficos
(códices) y escritos (crónicas) (López 1993:191). No extrañe, en consecuencia, la
dolorosa conciencia de que su "lectura cabal es aún inalcanzable" (López 1993:
49). Pero se resuelvan o no estas anomalías del proyecto, debe quedar claro que
éste no ha concluido. Y que su permanencia depende ahora solamente de la
optimización de la estrategia de investigación de larga duración. "Queda por
delante una larga fase de análisis de los datos recabados durante los últimos
catorce años"(López 1995:77).

337
Al decir esto nos ubicamos en la antesala del Proyecto Especial Teotihuacan
1992-1994 de Eduardo Matos. Antes, juzgo pertinente hacer alto en una digresión
en torno a su concepción del desarrollo en Mesoamérica, no tanto para volver
sobre su esquema de periodización (ver primer capítulo al respecto), como para
apuntalar su filiación teórica, pero en particular destacar una idea que lo enfrenta
en apariencia a su nueva competidora, Linda Manzanilla, conflicto que, por lo
demás, demuestra que el cambio teórico -si se le puede conceptuar como tal-, es
de suyo muy estrecho, porque en realidad se da dentro de la misma tradición
histórico-cultural, sin lograr trascenderla.

La vocación histórica de Matos y sus colegas, enemigos o no, nos remite


continuamente a Kirchhoff y a su concepto seminal. Ya en 1982, Matos se propuso
conferirle (como era el deseo de su creador) una profundidad histórica que lo
retrajera del siglo XVI d.C. al siglo X a.C. Mesoamérica, decía, debía tomarse, más
que como historia común o como agregado de rasgos culturales comunes, como
sinónimo de un modo de producción agrícola-tributario común, estructurado desde
los olmecas hasta los aztecas (Matos 1982d:130). Así, aunque Kirchhoff se viese
tentado por la idea de replantear su área cultural como círculo cultural
graebneriano para dotarle de antigüedad, Matos hizo lo necesario con un dejo
marxista (mérito adscribible al común de arqueólogos, sin tan artificial aditamento).
Recientemente, por alguna buena razón, ha retomado esta discusión, pero dando
mayor énfasis al aspecto estatal-militarista, producto de ese modo de producción,
pero que había desestimado en 1982. Mucha de su crítica se centra, no tanto en
Kirchhoff, sino en Piña Chán, y no sólo por ser la suya la periodización más
popular entre los arqueólogos mexicanos, sino porque implica una etapa teocrática
(con dos periodos de tránsito, de los centros ceremoniales a las ciudades) en que
se desarrollaría una administración religiosa que, transformada en teocracia en las
primeras urbes, monopolizaría la actividad económica (Piña Chán 1975:8). No
está de sobra decir que esta fase teocrática (1200 a.C.-900 d.C.) abarca nada
menos que a Teotihuacan.

338
Teotihuacan, la mayor anomalía de la historia cultural desde 1941, es el punto
problemático que motiva esta discusión. Pero el interlocutor real de Matos es otro,
al que en cualquier caso evita mencionar.306 Con todo, arguye que los datos
arqueológicos (murales con figuras guerreras, producción masiva de armas en un
sitio, muros de protección, expansión a lugares lejanos, sacrificios masivos bajo el
Templo de Quetzalcoatl) hacen difícil "concebir una expansión como la
teotihuacana basada en aspectos religiosos. Para nosotros, ambos aparatos, el
coercitivo y el ideológico, están actuando desde ese momento" (Matos 1994b:70).
Su arremetida es evidente cuando, ante los arqueólogos universitarios, reafirma
que "La idea de aquel Estado teocrático o de una pax teotihuacana ya no resulta
sostenible a la luz de los últimos hallazgos y de las evidencias murales y en otros
datos" (Matos 1993a:85). Su argumento es posdictivo: Tula y Tenochtitlan
muestran que invariablemente los pueblos tributarios se sacuden del poder
centralizado, auspiciando su declinación. El puntal de dicha interpretación es el
carácter militarista de todas las sociedades mesoamericanas, pero mucho más
obvio en las sociedades tardías que siguen al colapso teotihuacano. Más delante,
estando en curso el Proyecto Teotihuacan, no desperdiciará ocasión en reiterar
que el estatus del militar es tan importante como el del sacerdote, como lo vuelve
a confirmar otra excavación en el Templo de Quetzalcoatl (Matos 1993c:17).307 En
realidad, lo que quiere decir es que Teotihuacan era una sociedad
guerrera y agrícola (Matos 1994d:78, infra).

306
No es el único. En reciprocidad, tampoco cita a Nalda a propósito de las
periodificaciones marxistoides. Explica por qué: "Aunque la idea de Nalda tiene cierta
similitud con la nuestra, no deja de ser interesante que ese autor jamás nos menciona, pese a
que nuestro trabajo fue planteado con anterioridad" (Matos 1994b:70).
307
Hasta 1993 se habían descubierto 272 individuos dispuestos en entierros masivos y dos
tumbas, una de las cuales estuvo dedicada a personajes encumbrados, rodeados de ofrendas
de valor; luego se descubrieron 31 individuos más,o tra vez con las manos atadas a la
espalda (Cabrera y Cowgill 1993:21-26). Ambos autores ponen en entredicho el carácter
pacifista y religioso del Estado teotihuacano, si bien no se pronuncian por la interpretación
militar.

339
Ya hemos visto en el capítulo anterior cómo se originaron los Proyectos
Especiales 1992-1994, bajo el conocido avatar del "capricho presidencial". El
apremio del soberano en turno es el responsable, creo yo, de que muchos de los
proyectos poseyeran una lejana semejanza con los proyectos arqueológicos de
salvamento, que justo por la premura no cumplen con todos los estándares de los
proyectos de investigación. No se trata meramente del limitado factor tiempo
(menos de dos años en su caso), sino de los planteamientos inherentes al
proyecto. Comparado a Templo Mayor, este nuevo Proyecto Teotihuacan carece
de preinterpretaciones, aun como postulados. En rigor, el proyecto consta de
cuatro apartados, a saber: descripción del sitio, justificación de los trabajos,
trabajos por realizar, e impacto social, cultural y turístico. La investigación es
relegada a un inasible "aspecto científico", y se le entiende instrumentalmente
como la fundación de un Centro de Estudios Teotihuacanos (Matos 1993b).308 Los
trabajos proyectados son, por el contrario, muy definidos y prácticos:
levantamiento topográfico para mejorar la planimetría de Millon, restauración
general de la zona arqueológica, restauración especial del Palacio de las
Mariposas y Templo de Quetzalcoatl, construcción de un novísimo museo de sitio,
regularización de la tenencia de la tierra con la adquisición de nuevos terrenos y ,
por último, reubicación de los vendedores ambulantes, restaurantes y
estacionamientos. El proyecto deja ver a las claras la intención de estimular a
empresarios a invertir en hoteles con espacios comerciales (Matos 1992:7-8).

Antes bien, la idea de integrar la zona arqueológica a sofisticados servicios


turísticos se eleva aquí a leitmotiv. El cálculo no está desencaminado, pero sí la
solución. Anualmente, la zona es visitada por 2,5 millones de personas. Cada
domingo la cifra borda alrededor de los diez mil turistas. No se requiere -como hizo

308
El 15 de septiembre de 1993 Matos convocó a un concurso para la contratación por
nueve meses (octubre 1993 a junio de 1994) de 12 becarios para "obtener conocimientos de
la cultura teotihuacana". Esto significa que la estrategia de investigación, además de
circunscrita, era de corto plazo. Las motivaciones del proyecto estaban puestas en otras
expectativas. Por esa causa, los becarios fueron dirigidos a la excavación de la Plaza Oeste
de la Pirámide de la Luna, lejos de la competencia establecida entre Rubén Cabrera, Linda
Manzanilla y Eduardo Matos.
340
Matos en Templo Mayor- de una bien planeada muestra estadística para apreciar
que son en su mayoría turistas mexicanos. Sin embargo, el diseño de una de las
plazas comerciales, la controvertida Plaza Jaguares, fue planeada por sus
ambiciosos inversionistas para explotar al "visitante cosmopolita" en sus
restaurantes de fast food, bares, salones multimedia y, para amenizarlos con una
mexicanísima realidad virtual, se les adiciona la venta de artesanías, mariachis y
los inevitables Voladores de Papantla.309 Un segundo error fue ubicarla "dentro de
una zona que es patrimonio de la humanidad", según sus mismas palabras, si bien
no del todo exactas, pues al parecer se escogió un terreno privado fuera del
circuito de la zona federal. Como era de preverse, ésta y otras dos plazas
pretendían mucho más que reubicar a gran cantidad de gente que modestamente
se gana la vida comerciando con los turistas nacionales. El "impacto social" del
proyecto pronto fue entendido como un eufemismo que implicaba desalojo.310 A
fines de sepiembre de 1994 comenzaron las protestas masivas, cuyas
escandalosas resonancias han llegado a la Cámara de Diputados, a los partidos
políticos y a la procuraduría de justicia a través de demandas judiciales.

No me detendré a examinar este conflicto social porque creo que es coherente


con la disputa establecida por el INAH con la sociedad enemiga (ver capítulo dos
al respecto), no obstante que reintroduce la novedosa modalidad de que el INAH y
sus arqueólogos son acusados de violar la misma ley que antes esgrimían para
arrogarse el patrimonio antiguo, esto es, se trata de un fenómeno que repite como
amenazador presagio el conflicto legal de Quitovac, Sonora. Mucho más intere-
sante es, para los efectos de este estudio, resaltar el error de estrategia cometido
por Matos, probablemente ocasionado por la creencia previamente experimentada
de que el poder ejecutivo volvería a acallar las protestas sociales. En suma, puso

309
Ver folleto Plaza Jaguares.Cósmica,Mágica y [Link] turístico y comercial.
310
Libre de sueños egipcios, Matos desconoció la experiencia de los arqueólogos en la zona de Gizeh,
también metidos en su restauración y reordenación. Quiero decir por ello, que el monumentalismo egipcio
enfrenta también el problema social de un asentamiento pobre en las inmediaciones, para dar espacio a dos
centros culturales y museos. Los habitantes del barrio también viven de la vendimia a los turistas. Su
desalojo está pendiente, pero se le ha eludido convirtiéndolos en ghetto: se habla ya de cercar la zona con
un muro de contención social.

341
todos sus deseos en un negocio turístico mal planteado, lo que podría inter-
pretarse como un paradójico autoengaño, esto es, aquel en que el actor racional
se niega a aceptar las consecuencias previsibles de sus acciones (Elster
1989:285, ss.). De paso, el affaire teotihuacano demuestra la irresponsable
ignorancia con que el capital privado está abordando el difícil problema de la
administración del patrimonio arqueológico, viéndolo solo desde la torpe
perspectiva de sus ganancias inmediatas.

Distanciado de los becarios y sus estudios, el proyecto propiamente


arqueológico de Matos se concentró en la monumentalidad de la gran pirámide del
Sol, es decir, su restauración, bien que siguiendo su invariable postura de
intervenir monumentos respetando su originalidad -por lo que en Templo Mayor
resistió a su reconstrucción-, cuestión que sigue debatiéndose entre los conser-
vacionistas del patrimonio. Por segunda vez la investigación (pero ya como
autolimitación) se traspasa a segundo plano. Se trata pues de la consolidación de
la pirámide, en especial sus caras norte y este, que, al ser intervenidas,
devolverían al monumento su "unidad arquitectónica", unidad que, según Matos,
Batres habría distorsionado con una reconstrucción artificiosa, si no de plano
imaginativa llevada a cabo entre 1905-1910 (Matos 1993b). Sin embargo, es
notorio que sus excavaciones se reorientaron a la mitad sur del primer cuerpo
(Matos 1993d:71), ya no solo por razones instrumentales sino por el juego
bipersonal de suma cero311 que estableció con Linda Manzanilla, cuyos intereses
de estudio y prestigio le resultaban diametralmente opuestos. Luego volveremos a
ello. Sea como fuere, logró descubrir dos etapas constructivas y el desplante con
una banqueta en derredor; asimismo, una plataforma con restos del "primer
coatepantli (muro de serpientes) del que se tiene noticia en el centro de México"

311
Es decir, los pagos a cada jugador están balanceados en cero, pues uno gana lo que el otro pierde. Si se
continúa con una misma estrategia (pura), la proporción de ganancia será igual, a no ser que se opte por
jugar al azar. La búsqueda de otras estrategias modifica el juego pues lleva a otros puntos de equilibrio, de
mayor o menor ganancia.

342
(Matos 1994c:37). Descubrimiento visible arquitectónicamente hablando, pero
nada espectacular para la originalidad de la interpretación arqueológica.312

Otro es el caso del descubrimiento de Rubén Cabrera, cuya importancia radica


en que puede ser el inicio de la resolución de la anomalía histórico-cultural de un
pueblo sin historia, no al menos como la conocemos para otras sociedades
mesoamericanas, en que el conocimiento documental sirve de verificación de la
interpretación arqueológica. Me refiero en cambio a algo equivalente a la escritura
jeroglífica para los mayas y olmecas. Ocurre que Cabrera, sin ser miembro del
proyecto especial (desde mucho antes pertenecía a la curaduría de la zona, tras
concluir el Proyecto Teotihuacan 1980-1982), descubrió en un conjunto
habitacional de La Ventilla algo que se sospechaba pero no estaba probado: los
primeros glifos de la escritura teotihuacana. El Proyecto La Ventilla 1992-1994 era,
por desgracia, un proyecto de salvamento originado por la futura construcción de
la Plaza Jaguares, es decir un proyecto sin muchas expectativas, muy del Tipo
II.313 El simbolismo subyacente es atroz en este caso: un gran hallazgo
arqueológico está por ser sepultado bajo un monumento a la modernidad, peligro
que no ha terminado por mucho que la obra esté detenida. Todo mundo sospecha
que la suspensión es temporal.

En una conferencia de prensa, la actual directora del INAH emitió un enunciado


que pasó desapercibido por el amplio público. Dijo: “Es absolutamente falso que
312
En 1995 publica (Matos 1995) un informe con sus excavaciones recientes que atestiguan un interés
centrado en la Pirámide del Sol y en la “cueva que se encuentra debajo de la pirámide”. De paso, su
antología de autores no incluye a Linda Manzanilla.

313
Inicialmente, el proyecto incluyó a tres arqueólogos, pero le ocurrió lo que al Proyecto de
Rescate Coyolxauh-qui, que fue creciendo conforme aumentaba la importancia del
hallazgo; para marzo de 1994, en La Ventilla trabajaban diez arqueólogos -distribuidos en
cuatro frentes y cuatro conjuntos residenciales-, dos antropólogos físicos, tres biólogos y
dos restauradores bajo la dirección de Cabrera (Cabrera a Matos, marzo 24,1994,6 ff.). En
esta carta se percibe su interés de convertir su proyecto de salvamento en uno de
investigación, deseo que Matos liquidó dando por terminado el contrato temporal de su
equipo, grupo que no vaciló en optar por el enfrentamiento con el director del Proyecto
Especial y de la Zona Arqueológica Teotihuacan, al darse cuenta de que daba prioridad a la
inversión turística privada en vez de la disciplina arqueológica.
343
se haya destruido una cueva, marcadores astronómicos, murales y otros
vestigios”.314 Es decir, se refirió nada menos que a los objetos de estudio de Linda
Manzanilla, Rubén Cabrera y el de un arqueoastrónomo aficionado que fue quien
inició las denuncias contra Matos. Es evidente que detrás del conflicto patrimonial
hay un conflicto de prioridades por los descubrimientos arqueológicos. Bastante
más sagaz, Matos ha aparentado eludir el juego competitivo con cada uno de ellos
mediante una estrategia de equilibrio que precisamente elude el tema a su favor
(Davis 1986:35). Discursivamente este comportamiento se manifiesta en rebajas
retóricas en cada mención de sus proyectos. El hallazgo de Cabrera es solo de
"particular importancia", y el ansiado por Manzanilla, unas "excavaciones de
cuevas" (Matos 1994d: 78;1993d: 69). En la práctica, el Proyecto La Ventilla está
liquidado bajo el inminente peligro de ser sepultado. Y el Proyecto Túneles y
Cuevas, hasta su quinta temporada (octubre a diciembre de 1994), fue
intencionalmente desviado por Matos hacia otras cuevas con hallazgos
(rendimientos) francamente pobres. El procedimiento tiene que ver con la
apropiación de objetos que hemos estudiado antes: cuando Manzanilla intentó
excavar tras la Pirámide del Sol para penetrar la caverna en forma de trébol,
Matos comenzó a excavar a escasos dos metros de distancia, cerrándole el paso
literalmente a los arqueólogos universitarios.

No quisiera provocar la idea en el lector de que Matos de pronto se convirtió en


un detestable personaje maquiavélico, obsesionado por su fama personal. Con
fines comprensivos o interpretativos, sugiero más bien que su escenario
teotihuacano conlleva factores no presentes en Templo Mayor, los cuales lo han
hecho obrar irracionalmente. Para colmo, los dos arqueólogos más prestigiados de
México -cuya nobleza adquirida los obliga a ser más sensibles al fracaso, pero
también más apasionados por sus logros- han puesto sus deseos en casi el
mismo objeto, la gran pirámide y la caverna bajo de ella. Demasiado tarde (justo
cuando el Proyecto Especial de Matos terminaba), Manzanilla propuso la solución
cooperativa: "Creo que, en el caso de los Proyectos Especiales, hubiera sido

314
La Jornada, 29/I/95:27.
344
preferible que los especialistas de ambas instituciones [INAH e IIA] colaboraran.
Se hubiera avanzado mucho porque hay laboratorios que ellos tienen y nosotros
no, y viceversa. Como en Teotihuacan, donde tenemos proyectos científicos
importantes y hubiera sido estupendo trabajar en equipo con ellos" (cursivas
mías).315 Se olvida que a mediados de 1993, cuando se organizaba el Centro de
Estudios Teotihuacanos, Matos llamó a colaborar a Rosy Brambila, Alfredo López
Austin, Beatriz de la Fuente, Linda Manzanilla, Emily McClung y Evelyn Rattray
(Matos 1993b:74). Más aún, a fines de noviembre del mismo año, ese centro
auspició el "Taller de Discusión de la Cronología de Teotihuacan", el cual reunió a
una potencial masa crítica de especialistas nacionales y extranjeros. Sin embargo,
no tuvo efectos por las motivaciones personales involucradas, fueran científicas o
ideosincráticas. Por un lado observé la reserva con que Cabrera mantuvo su
hallazgo, sobre todo ante los arqueólogos extranjeros de quienes temía plagiaran
su aportación.316 Por su parte, Manzanilla no desaprovechó la oportunidad para
seguir excavando mientras todo mundo estaba discutiendo. Lo que estoy
implicando aquí es que el juego de estrategias es más vasto de lo que suponemos
al personalizarlo. De hecho, forma parte de las actividades e interacciones
sociales rutinarias de los miembros de toda la tradición.

2. INTERLUDIO DE LA CAVERNA TEOTIHUACANA.

Para empezar procederé a matizar la heterodoxia temática demostrada por


Linda Manzanilla en su primera tesis profesional, que por una fácil impresión
pareciera que se aleja en sentido diametralmente opuesto del tópico
mesoamericanista tradicional de los egresados de la ENAH. No es así de radical el
cambio temático. Citaré a continuación dos condicionantes de su experiencia
personal, que luego serán de la mayor relevancia para comprender su

315
El Financiero, 9/IX/94:58; el 17 de octubre, cinco días después de concluido el Proyecto
Especial de Matos, Linda y su equipo volvieron al campo para iniciar su quinta temporada.
No fue una coincidencia. Está jugando el mismo juego de Matos, buscando eludirlo para
obtener mejores resultados.
316
Es interesante la repetición de la costumbre: se evitó que visitaran y tomaran fotos del hallazgo.

345
pensamiento y actuación. La primera es su exposición temprana a lo que Gándara
llama la "escuela de los ambientalistas británicos", cuyo modo de investigar se
basa en el trabajo interdisciplinario (Gándara 1992:101), por lo que guarda cierto
parecido con la nueva arqueología posterior. Esta escuela estuvo asociada en
México a la figura de José Luis Lorenzo, jefe del Departamento de Prehistoria del
INAH, bajo cuya dirección trabajó Manzanilla de fines de 1972 a mediados de
1977. La segunda condicionante tiene que ver con la anterior experiencia, pero se
refiere a su colaboración personal en la coordinación del Proyecto de
Paleoetnología del Valle de Teotihuacan, Fases Preurbanas 1974-1977, junto con
Marcella Frangipane. Su participación en este proyecto es el antecedente
inmediato a su ruptura con la dirección del Departamento de Prehistoria, por
causas no del todo claras aunque reconocidamente conflictivas.

Su experiencia de excavación en Cuanalan no es solamente coincidente con la


etapa de elaboración de su tesis sobre la constitución de la sociedad urbana en
Mesopotamia, sino que posee conexiones internas de interdependencia mutua.
Como ella misma nos informa, su problema de partida (¡y de llegada!) es el inicio
de Teotihuacan como sociedad urbana, luego de su periplo por Turquía y Egipto.
Inclusive su interés en Tiahuanaco (sueño de sus días de estudiante) parece
haber sido contagiado por uno de sus más entrañables mentores intelectuales,
Paul Kirchhoff (Manzanilla 1986:7). Temáticamente, este común interés por las
altas civilizaciones sigue un derrotero inverso al de Kirchhoff, ya que se propaga
teniendo como centro al Teotihuacan mesoamericano. El difusionismo extremo de
Kirchhoff suponía las cosas al revés: todas las altas civilizaciones comienzan en
Mesopotamia, de allí se propagan hasta el "sudeste de Asia y desde ahí a
Mesoamérica de San Lorenzo y la Venta" (Kirchhoff 1983 [1971]: 21). 317 Por supu-
esto que tan aventajada alumna mexicana tenía que diferir de esta interpretación
ingenua. Ya en 1979, ella abstrae procesos homotaxiales dentro de la revolución
urbana mundial, no simples migraciones e influencias aculturativas. Con todo, al
leerla uno se apercibe de lo pasajero que fue su corte del "cordón umbilical

317
Para una mejor comprensión del difusionismo graebneriano de Kirchhoff, remito a Vázquez (1999).

346
mesoamericano" (Manzanilla 1986:8). En el fondo, ella siempre ha sido una
mesoamericanista convencida.

Ahora bien, el entorno procesualista que mantiene su tesis está focalizado


sobre dos preocupaciones. De una parte, el siempre espinoso problema de los
indicadores arqueológicos, de cuya consistencia depende la verificabilidad de la
serie de hipótesis teóricas que se han propuesto para explicar el desarrollo urbano
de Sumeria. Una a una va cuestionando las evidencias reunidas por las
explicaciones de la demografía, la guerra, el riego, el control y redistribución de la
producción, el intercambio y la jerarquización administrativa. Mas que brindar
conclusiones, su análisis deja abierta la cuestión, pero igual deja bien claro que la
arqueología de superficie sobre la que sustenta la teoría hidráulica es un frágil
castillo en el aire (Manzanilla 1986:366). Es claro también que se inclina por la
explicación redistributiva, pero establece que su consistencia con las evidencias
exige determinar sin equívocos los materiales de uso, consumo, producción,
almacenaje y desecho, todos lo cuales implican excavaciones extensas de
asentamientos interrelacionados. La misma rigurosidad ha de aplicarse a la
hipótesis del intercambio: hay que reconocer los yacimientos de extracción de
materia prima, los mecanismos de intercambio, etc.(Manzanilla 1986: 367).

Al final, y sin dejar de referirse a Service, no deja de ser extraño que interprete
la evolución multilineal como tres etapas de desarrollo, esto es, una periodización
que se inicia con los centros ceremoniales, la civilización teocrática y, por último,
la civilización dinástica secular y militarista. Los indicadores de este proceso
serían el templo primero y el palacio después, en otras palabras, la redistribución
primero -institución primigenia ensayada desde la etapa ceremonial- y a
continuación el control de la producción y distribución a través de la definitiva
distinción de rango de los gobernantes. Negando que éstas sean las conclusiones
definitivas del proceso urbano investigado por ella, no deja de comunicarnos la
clave de su familiar interpretación: “Simplemente son producto [estas ideas] de
una preocupación por recalcar el carácter discontinuo y complejo del proceso, y

347
por interrelacionar algunos sectores de la información con categorías que nos son
familiares” (Manzanilla 1986:370; cursivas mías).

No obstante que sus ideas sobre los primeros Estados surgidos en el sur de
Irán e Irak entre 3500 y 3200 a.C. no concilien del todo con nuevas y
contradictorias evidencias que lo mismo apuntan a que ya estas sociedades
neolíticas distaban de ser armoniosas arcadias de pacíficos e inofensivos
agricultores, pero asimismo a que ciertas ciudades secundarias como Mashkan-
sapir muestran signos de que el modelo centralizado político y religioso pudo
haber sido menos acusado de lo que se suponía (cfr. Harris 1993, Stone &
Zimansky 1995), lo que aquí nos interesa es el mecanismo de traducción cultural y
teórica usado por la autora para aprehender realidades dispares mediante
categorías que nos son "familiares". Claro está que no tenía por qué haber citado
a Piña Chán en este contexto ajeno, pero sugiero que es él con quien traduce.
Vamos entendiendo así por qué Matos dirige su crítica contra Piña, cuando en
realidad lo hace a Manzanilla (A decir verdad se trata de una tesis ampliamente
compartida por los arqueólogos histórico culturales mexicanos, pues el mismo
esquema fue aplicado por Bernal en otra época a la sociedad teotihuacana y aún
la azteca: las fases Teotihuacan I y II, de paso de la aldea a la urbe, corresponden
a edificaciones religiosas y al dominio sacerdotal; hasta Teotihuacan III se dará
una contemporización de militares y sacerdotes, previa a su decadencia bajo
Teotihuacan IV. Bernal también advertía el paso del templo al palacio en las
edificaciones; son deveras "familiares" las creencias de Manzanilla, como puede
inferirse).318

En su inicial experiencia teotihuacana en la comunidad de Cuanalan,


advertimos diafanamente similar divergencia entre la teoría en boga y la
interpretación teórica tradicional. Al principio parece estar aplicando el modelo de
simbiosis económica de Sanders -postulado para comunidades especializadas
productivamente, pero convergentes a un centro distribuidor de bienes-, pero tan

318
Bernal (1985 [1964]).
348
pronto refuta la importancia de la agricultura hidráulica que Sanders ponderaba, se
vuelve a Sumeria para destacar la importancia del templo y los grandes centros de
acopio redistributivo, previos al desarrollo del mercado individualizado (Manzanilla
1989:163). Por consiguiente, tenemos que lo que en su primera tesis era una
hipótesis razonable, en adelante la traduce a tesis irrecusable. Quizás tan
arraigada creencia suya sea la causa de que en lo futuro sus proyectos de
investigación posean una doble intención (y, por ende, una doble estrategia), una
manifiesta y otra interior (por cierto, algo parecido a la paradoja de Kirchhoff
cuando poco antes de fallecer, reveló que "no puedo llevar dos vidas, una
continuando lo otro y otra haciendo esto").

Esta dicotomía es muy real, pero acaso menos acusada que en otros científicos
duros que, luego de doctorarse en temáticas de interés en los países anfitriones,
deben luego retornar a las carencias del Tercer Mundo, para dedicarse a
proyectos asaz diferentes. Cierto que la egiptología nadie la practica en México,
como no sea para fines museográficos muy limitados a una pequeña sala en el
Museo de las Culturas. Pero hay que recordar que para ella regresar a México fue
como restaurar el nexo perdido por un tiempo. Por ello, una vez doctorada en
1982, retorna para ingresar como investigadora del IIA e iniciarse a poco en la
dirección del Proyecto Cobá 1983-1984 (Manzanilla y Benavides 1985), un estudio
cuyo objeto eran las unidades habitacionales mayas. Este proyecto anuncia el
interés manifiesto de su siguiente experiencia, el Proyecto Antigua Ciudad de
Teotihuacan. Primeras Fases de Formación del Centro Urbano,1985-1988 (que
para abreviar llamaré mejor Proyecto Oztoyohualco), y cuyos resultados finales
son ya motivo de reconocimiento público.319

Por su organización y resultados textuales, el Proyecto Oztoyohualco fue un


proyecto interdisciplinario de baja intensidad y baja verticalidad (Tipo IV). Con solo
un arqueólogo asistente y diez estudiantes de la ENAH, Manzanilla debió, por

319
Me refiero a Manzanilla (1993a), obra en tres volúmenes, pero de la que se disponen de
los dos primeros, a saber, los relativos a las excavaciones y a los estudios específicos. Un
tercer volumen se dedicará al microanálisis.
349
necesidad propia de la baja intensidad, atraer la cooperación horizontal de otros
especialistas, tanto del propio IIA como del Instituto de Geofísica y de la Facultad
de Ciencias de la UNAM, entre otros. Una condicionante extra, que reafirma la
horizontalidad de los proyectos académicos o universitarios, es que la directora
debió negociar la disposición del dueño del terreno para proceder a excavarlo,
condición que en el INAH se resuelve mediante la "ocupación pacífica" del terreno,
acción que plantea un conflicto tácito, que puede o no desatarse, según la
capacidad de los actores afectados para reaccionar. Así las cosas, ya que el
objetivo aparente del proyecto fue el estudio de áreas de actividad y estructuras
domésticas, parece mucho más obvio que un proyecto así solo se podía llevar a
cabo en un entorno académico, ya que no existe la condicionante de la gran
arqueología para retribuir los recursos de que se le provee por medio de grandes
hallazgos o imponentes monumentos consagrados a la nacionalidad. Sus contri-
buciones son de detalle, de muchísimo menor visibilidad, pero a cambio de mayor
rigurosidad en sus análisis paleobotánicos, paleozoológicos, químicos,
prospectivos, etc., etc. Son ellos los que le confieren a éste y a su siguiente
proyecto una aureola científica apabullante.320

Sin pretender darlos por descontados, estos estudios interdisciplinarios nos


remiten a la escuela ambientalista que menciona Gándara como influencia sobre
algunos arqueólogos que algún momento de su trayectoria profesional estuvieron
ligados a Lorenzo. Así, aunque Flannery y Hodder estén presentes en el estudio
del "nivel de actividad de área", su estilo de exposición recuerda poderosamente el
debate contradictorio en que cayó Lorenzo respecto a la oposición de
interdisciplina o intradisciplina del Proyecto Tlapacoya 1965-1973 (Lorenzo y
Mirambell 1986:7-12 y 225-287). Según Lorenzo, la interdisciplina en arqueología
deriva en disgregación especializada, hasta el punto de propiciar investigaciones
por su propio derecho. Entonces, para obtener una cabal labor de conjunto, el
proyecto debía ser intradisciplinario, a fin de que llegue a intercambiar

320
La obra de Manzanilla y Barba (1994) es ilustrativa de su visión científica y académica de la arqueología,
siendo notorio cómo ha pasado de las metáforas militares a las médicas (radiografía, cirugía, diagnóstico).
Con todo, su énfasis está puesto en el aspecto técnico, no en el progreso de la interpretación teórica.

350
horizontalmente información sobre un objeto común. El director del proyecto, bajo
estas circunstancias, es más bien un coordinador, que siempre procura alcanzar
una síntesis de lo que otro modo sería divergente, si no inconexo. Me parece,
empero, que tanto si el proyecto es interdisciplinario como si es intradisciplinario,
la semántica del lenguaje no parece ser de grande ayuda para superar el estilo
sumario de los resultados de las investigaciones e investigadores concertados.
Por último, siempre será el coordinador quien se reserve las conclusiones (o,
como en el caso que nos ocupa, la interpretación de conjunto), lo que hace temer
que el problema es resuelto instrumental, pero no comunicativamente y acaso
tampoco metodológicamente.321

Sin embargo, este problema organizativo expresa las dificultades propias del
pretender implantar la horizontalidad de relaciones en los proyectos arqueológicos
del Tipo III, en medio de un contexto social de naturaleza poco propicia para estos
desarrollos cooperativos, lo que por lo demás explica por qué, por muchos años,
dichos proyectos no han sido nada comunes, mientras que los proyectos del Tipo
IV, con mucho menos recursos, al menos han estado circunscritos a los ámbitos
de la enseñanza y la academia en general. Al margen de cualquier crítica, hay que
destacar el mérito del Proyecto Oztoyohualco para conjuntar investigadores y
disciplinas (cfr. Manzanilla, Ludlow, Valadez y Barba 1987) dentro de una
horizontalidad poco común.

A nivel general entonces, el Proyecto Oztoyohualco tenía por objetivo estudiar


los factores que llevaron al desarrollo urbano más antiguo, el conjunto habitacional
de Oztoyohualco precisamente. Pero más específicamente, había una hipótesis
que no era auxiliar, ni nunca lo ha sido para Manzanilla: el grado de control

321
El libro de Manzanilla y Barba (1994) ha planteado que el rompecabezas de información de la realidad
fragmentaria que ve el arqueólogo, lo mismo que la interdisciplina que de esa ontología deriva, precisa de
una “cualidad de integración” que produzca un “relato coherente”. La interpretación es, para ellos, un
residuo de la capacidad de integración, misma que depende de las técnicas rigurosas de registro como de
una asociación funcional y tridimensional, de la que surgen las asociaciones sincrónicas y diacrónicas. Lo
curioso es que se fije en los reglas de correspondencia toda la interpretación, tal como creía Hempel. Para
una crítica a esta concepción, remito a Moulines (1993:158-161).

351
ejercido por el sacerdocio sobre la producción y distribución de bienes."La
redistribución [teocrática] pudo ser, pues, uno de los mecanismos para la
centralización de las actividades productivas y distributivas" (Manzanilla y Barba
1987:19). Si este objetivo implicaba una estrategia de estudio de nivel comunal o
inclusive regional, ¿por qué poner a prueba una hipo-tesis macro al nivel
doméstico de actividades, de tres o cuatro unidades familiares nucleares,
probablemente emparentadas entre sí?. Más aún, ¿por qué seleccionar
Oztoyohualco, cuando sería más adecuado escoger una área comunal de
captación de recursos locales, sobre todo en las inmediaciones de los templos?.
En otro trabajo de esta época, Manzanilla (1990) propuso una consistente
estrategia de estudio de lo simple a lo complejo, que englobaba los niveles
doméstico, comunal y regional. En él, la unidad espacial mínima de registro es el
área de actividad uso-consumo; le sigue la unidad doméstica propiamente dicha,
cuyo indicador es la unidad habitacional. El nivel inmediato superior es el área de
captación de recursos, expresada en la distribución del asentamiento (doméstico,
público, barrios o sectores especializados, servicios, etc.), que entroniza en la
región. Puede argumentarse con sobrada razón, que el proyecto arranca por la
escala espacial más elemental, bajo la idea de irle remontando. Esto es lógico.
Pero no lo es tanto el razonamiento inductivo inverso: suponer lo comunal (que
aquí significa mucho: las actividades políticas, ideológicas, de circulación e
intercambio de bienes) para descender forzadamente a lo doméstico.

Paralelamente a las razones teóricas, se eligió Oztoyohualco suponiendo que


era un asentamiento primordial -la ciudad antigua-, dado que Millon había
detectado ahí alguna concentración de cerámica tipo Tzacualli, es decir, de
principios de nuestra era (1-150 d.C.), pero asimismo porque se sabía de cuevas
próximas, con huellas de extracción de materiales de construcción de Teotihuacan
II (150-300 d.C.) en adelante. La raíz náhuatl de Oztoyohualco significa cueva
precisamente. La suposición era, en resumen, que éste era el primer centro
urbano de Teotihuacan. Las evidencias refutaron esta expectativa errónea (pero
capital para la tesis teocrática), descubriendo una unidad residencial construida

352
hacia el siglo VI -se le dató en la Fase Xolalpan, de 550 a 600 d.C. Con gran
honestidad, Manzanilla admitirá que no se sostuvo la hipótesis de que
Oztoyohualco fuera el centro urbano primordial, pero aclara: "Mis objetivos no solo
estuvieron centrados en la investigación de la actividad de área, sino también
enfocadas a la detección de la acumulación de centralización en manos del
sacerdocio de Teotihuacan" (Manzanilla 1989a:180; cursivas mías). Por fortuna, la
estrategia mixta del proyecto permitió sacar ventaja de la desventaja: "Aún así, fue
un excelente laboratorio para el estudio de las actividades [domésticas] del
pasado" (Manzanilla 1993a:20).

Admitir este desfase no significa asumirlo con plenitud. De hecho, hay el


reiterado esfuerzo de poner en concordancia niveles de análisis y la expectativa
mayor, si bien con precarios asideros empíricos. De un lado, sus hallazgos
demuestran áreas de procesamiento y consumo de alimentos, almacenaje de los
mismos en pequeña escala, destazamiento y desecho, manufactura y
construcción, culto, entierro y materias alóctonas...pero todas evidencias
domésticas sin remedio. Las diferencias de actividad familiar sugieren una
especialización, pero el circuito de circulación sigue siendo elusivo. "Sin abordar el
problema de las diferentes esferas de circulación, el asunto del acceso diferencial
permanecerá irresoluto" (Manzanilla 1993c:566), concluye ella en su interpretación
final. Sin embargo, hay una obstinación en descubrir las evidencias de cen-
tralización teocrática, tal como se conoce en Tiahuanaco y Sumer, a través de una
"red regional de redistribución que involucraba actividades de grupos de diferentes
partes de la cuenca de México, los cuales 'ofrecían' su excedente a los dioses
teotihuacanos (y a los sacerdotes)" (Manzanilla 1993b:43). Ya que las pruebas
obtenidas por el proyecto son tan objetivamente restringidas, le queda el recurso
de interpretar los murales del Templo de la Agricultura, con personajes de cuyas
manos caen alimentos. Otra vez será ella misma quien diga que los contextos
religiosos (que son coincidentemente los más monumentales y, por tanto, objeto
de interés gubernamental) no están trabajados desde esta perspectiva.

353
Tengo la fundada sospecha de que son tales objetos los que más innacesibles
le han resultado para conseguir verificar su hipótesis teocrática, que, a fuerza de
resistirla sus competidores de la arqueología monumental, la han tornado en una
idea más y más fija en ella. Ya a comienzos de 1992, Manzanilla fue incapaz de
eludir el poder de apropiación del entonces director de la zona arqueológica,
Roberto Gallegos, quien le impidió introducir el laboratorio móvil del IIA (instalado
en un tractocamión) hasta el área monumental. Por entonces, sus relaciones con
el Consejo de Arqueología del INAH se hicieron más tensas, con mayores exigen-
cias para otorgarle sus permisos de excavación. Desde luego, esto ocurrió tras
bambalinas, y yo mismo me enteré de sus dificultades por medios informales entre
los arqueólogos universitarios. Se entiende que su acceso, también informal, al
Consejo de Arqueología, una vez defenestrado Roberto García Moll, la ubicó en
una posición estratégica para llevar a la práctica la intención interior de su
investigación. No contaba con que contendería con un actor equiparable en
prestigio, que simultáneamente tomaba decisiones de acuerdo a sus propios y
excluyentes intereses.

Una diferencia de interpretación vino a agudizar el conflicto de intereses. El 29


de julio de 1993, durante una sesión inaugural del XIII Congreso Internacional del
CICAE, Manzanilla hizo referencia a una polémica (evitó, inútilmente, decir con
quién) entre dos posiciones encontradas en relación al carácter del Estado
teotihuacano: la tesis militarista versus la tesis teocrática. Para quienes
observamos desde fuera este juego bipersonal de suma cero (de intereses
opuestos y excluyentes), el motivo del diferendo puede ser insignificante. Quizá lo
sea teóricamente, pero no personalmente. Tómese en cuenta que la interpretación
correcta es el mayor valor al que aspira la arqueología. Luego, que las estrategias
de maximizar el aporte se establecen entre los dos arqueólogos más notables de
México. En cierta forma, lo que está en juego es quién es el número uno, el mejor,
el más original, el que merece el máximo reconocimiento. Así se entienden mejor
los riesgos que asumió Manzanilla al informar públicamente sobre su elección del

354
"túnel" bajo la Pirámide del Sol.322 Al hacerlo, alteró el equilibrio inicial del juego, el
cual se basa en elegir sin saber la decisión del adversario.323 En esta ocasión,
Manzanilla reiteró su tesis de que el Estado teotihuacano había sido teocrático en
sus orígenes, pero de paso lanzó un reto honorífico (Manzanilla 1993:71; cursivas
mías):

No creo que nadie pudiera contradecir el hecho de que una de las figuras centrales de la
sociedad teotihuacana fuese el sacerdote. Sus representaciones, particularmente en la
pintura mural, son muy frecuentes. Se ha señalado que la instancia política de Teotihua-
can estaba sacralizada, sin un diferenciación formal entre las esferas religiosa y
política...Yo iría más allá y propondría que el sacerdocio teotihuacano estuvo encargado
de la centralización de la producción excedentaria de las comunidades de la parte central
de la cuenca de México, del mantenimiento de artesanos de tiempo completo y del
auspicio de emisarios encargados de establecer diferentes tipos de relaciones con otras
regiones mesoamericanas .

Resulta pertinente introducir una nueva digresión sobre el estado de la cuestión


en el estudio pictográfico de Teotihuacan, que ha cobrado nuevo interés gracias a

322
No debe confundir el lector el túnel y la caverna. Ambas palabras se confunden en los
informes y artículos generados por Manzanilla. Aquí se refiere a una caverna redescubierta
en 1971, durante la instalación del espectáculo de luz y sonido en Teotihuacan. Uno de los
túneles en cambio corre por encima de la caverna, probablemente sin sospechar de la cavi-
dad natural. Uno lo perforó Kroeber en 1925 en la base del segundo cuerpo; otro lo hizo
Noguera en 1933, en la base del primer cuerpo (de hecho son cuatro los túneles practicados,
pues también está el de Smith en 1962 y el de Rattray en 1968, en el quinto cuerpo). Ambos
túneles buscaron localizar el centro de la pirámide (Noguera 1935; Pérez 1935; Baker et
al.1974; Tompkins 1987:333). Cuando Manzanilla se refirió en su alocución a cierto "túnel
bajo la Pirámide del Sol" (Manzanilla 1993:79), lo hizo en relación al "culto a las cuevas
entre los teotihuacanos", es decir, se refiere a la caverna. No es un error de la autora, sino
una referencia a medias que a nadie confundió, mucho menos a Matos. Una confirmación
pública de su elección la dio a conocer Manzanilla (1994:62), a través de un mapa cuya
nota al pie cita los "dos túneles explorados" (las cuevas de Las Varillas y de la Basura),
pero por un tremendo descuido el dibujo incluye la caverna bajo la pirámide, que hasta
entonces no había explorado. De hecho, esa excavación es motivo de su octava temporada
en 1996, sin grandes resultados (Manzanilla, López & Freter 1996). Quisiera añadir que el
estudio de Tompkins (1987) mezcla con peculiar talento la arqueología cientifista y la
arqueología soñada en relación a los “misterios de las pirámides” mexicanas. El que ambas
posean un límite tan tenue me hace pensar que los sueños egipcios del difusionismo
mexicano no han disminuido a pesar de la autonomización de la historia cultural nacional.
323
En realidad, Matos pudo haber sabido del nuevo Proyecto Túneles y Cuevas en
Teotihuacan 1989-1995 desde que Manzanilla rindió su primer informe al Consejo de
Arqueología del INAH (Manzanilla 1991).
355
los avances registrados en la epigrafía maya y olmeca, pero sobre todo por las
perspectivas que abre el descubrimiento de Rubén Cabrera en La Ventilla. Al
respecto hay que poner de relieve también que fue un continuador de las ideas
difusionistas de Kirchhoff quien postuló por primera vez que la elaborada
iconografía local era susceptible de lectura a través de "grafemas" o
"pictogramas", metáforas y condensaciones textuales (Barthel 1987). Este fue el
camino elegido por Pasztory (1993) para sobrepasar la falta de registros escritos.
Como a Manzanilla, a Pasztory le intriga la falta de representaciones dinásticas,
ausencia que resulta más preocupante toda vez que el Estado teotihuacano fue el
más longevo de los Estados prehispánicos. También observa la dificultad para
ubicar los palacios, mientras que los templos y edificios cívicos destacan por su
articulación espacial. Pasztory no deduce de ello un régimen clerical, sino una elite
despersonalizada que se legitima a través de una ideología comunitaria. Esta elite,
cualquiera que sea su composición social, se representa a sí misma derramando
dádivas -agua, semillas, jade-, pero también con armas y corazones empalados en
cuchillos. El mundo natural resaltado en los murales sería una metáfora cívica, de
probable representación divina, pero también aparentando cumplir
cosmológicamente en el orden político. Nada distinto a muchos otros Estados
tempranos.

Otros arqueólogos han sido más resueltos en su interpretación de la supuesta


ausencia de representaciones dinásticas o individualizadas al estilo maya, mixteca
y azteca. Para Cowgill (1992), los aspectos sacros no deben hacernos subestimar
la evidencia militar de la elite gobernante, como demuestran las tumbas y
sacrificios del Templo de Quetzalcoatl (Cabrera y Cowgill 1993, 1991). Respecto a
los murales, sugiere tratarlos como glifos susceptibles de desciframiento.
Decididamente escéptico hacia la imagen política de un grupo de amables y
contemplativos sacerdotes ya en la Fase Tzacualli (1-150 d.C.) -que antes se
aplicaba a las sociedades mayas hasta que se comprobó su beligerancia
generalizada-, es decir, desde el periodo de mayor concentración urbana e ímpetu
constructivo (agrandando la posibilidad de un poder militarmente compulsivo y no

356
sólo religiosamente persuasivo), sostiene que en los murales abundan símbolos
de poder y algunos personajes que podrían ser individualizados, si bien no
pertenecen a las fases más antiguas. En cualquier caso, la erección de la pirámide
de la Serpiente Emplumada sugeriría una lucha faccional y un cambio de
liderazgo, pero sin romper del todo con el carácter corporado del poder político.
Esta corporación política, para Millon (1994:143), sería un conglomerado de
"potentados religiosos, burócratas sacerdotales y líderes militares", cuya sociedad
y dominio les opuso serios problemas de integración, cohesión y control social.

Por su cronología, estas interpretaciones no sobreseen la hipótesis teocrática


de Manzanilla, pero ciertamente reducen su capacidad empírica, haciendo más
precaria su verificación. Es factible entonces atribuir a esta condicionante social el
por qué eligió tan resueltamente explorar los túneles y cuevas en lugar de llevar a
cabo su esquema de estudio sistemático de la explicación redistributiva, dando el
paso siguiente, el estudio del nivel comunal y, a continuación, el regional. Esta,
creo yo, hubiera sido la elección más racional, pero también la más retardada por
conllevar una estrategia de investigación de largo plazo y numerosas disputas con
la administración monumental. En términos de la teoría racional, la elección fue
precipitada porque dio lugar a un juego bipersonal de suma cero pero sin puntos
de equilibrio, es decir, permitiendo cambios unilaterales de estrategia entre los
competidores, con elecciones un tanto azarosas. Lo que podría ser un honorable
reto interpretativo se convierte en irregulares acciones de ofensa y defensa y
viceversa. Primero,"a petición" de Matos, Manzanilla debe dirigirse a cuevas con
magros resultados empíricos; cuando está por excavar la parte posterior de la
Pirámide del Sol, Matos le cierra el paso con su propia excavación; y cuando
Matos es centro de la tormenta por sus ambiciosas decisiones monumentales,
Manzanilla se alía a los descontentos de un modo indirecto: renuncia
condicionalmente al Consejo de Arqueología, es decir, espera con su acción de
protesta defenestrar al oponente, pero reteniendo en secreto la decisión entre ella
y la presidenta del Consejo, por lo que en realidad no renuncia ni quiere en verdad
hacerlo. Todo esto recuerda aquel juego planteado por Edgar Allan Poe en La

357
carta robada, en que el jugador procura optimizar sus ganancias sin razonar en
absoluto. La arqueología de los más encumbrados arqueólogos de México es para
entonces juguete de sus pasiones por ganar la originalidad.

En su informe anual rendido al IIA a fines de 1991, describe su nuevo Proyecto


Túneles y Cuevas en Teotihuacan de este modo:

Pretende esclarecer cuáles fueron los factores para que Teotihuacan se haya construido en

ese sitio, cuál fue la importancia de los túneles y cuevas para Teotihuacan, qué tipos de

recursos usó la ciudad, cómo este uso afectó la ecología y qué factores ocasionaron su

declinación.

Se verá que, tal como está planteado, el proyecto es más que ambicioso, ya
que posee cinco finalidades simultáneas. La tesis teocrática no aparece entre
ellas, sino que se le mantiene internamente dentro de los informes técnicos,
aclarándose hasta junio de 1993. Antes pondrá por delante una imponente
acumulación de información de datos geofísicos, una parte de la cual fue reunida
en las últimas fases del Proyecto Oztoyohualco, oportunidad en que ya había
explorado varias cuevas al norte del valle e implementado tres perforaciones al
este de la Pirámide de la Luna. “Nuesta hipótesis es que los teotihuacanos
modificaron considerablemente los huecos naturales y crearon otros para extraer
materiales constructivos, como para reproducir la geografía del inframundo”
(Manzanilla 1991:171; cursivas mías). A esta fase prospectiva inicial corresponde
mucho mejor la estructura organizativa interdisciplinaria de colaboración con el
Instituto de Geofísica de la UNAM, si bien hubo un momento en que contrató los
servicios de la empresa Investigaciones Geofísicas de México, S.A. de C.V. El
proyecto fue adquiriendo con rapidez la fisonomía de los proyectos de alta
intensividad, antes exclusivos del INAH. Su perfil definitivo lo brindará el sostén
económico de CONACYT, pero con una modalidad hasta entonces desconocida:
se le combina con una baja verticalidad. Su equipo constará entonces de seis

358
arqueólogas pasantes, cuatro especialistas en paleobotánica, dos en
paleozoología, dos en química, uno en conservación, dos en prospección y dos en
osteología.324

La difícil descripción de la fase prospectiva no impide que pongamos de relieve


el extraordinario mérito de ser el primer proyecto del Tipo III que conocemos en la
arqueología mexicana moderna, progreso que probablemente pase desapercibido
para su autora. El problema de no reparar en un aporte revolucionario así se debe
a que todo el esfuerzo está dominado por su deseo de penetrar a los túneles y
cuevas principales. Este deseo fomenta contradicciones tan gruesas como la
siguiente. Todo su "contexto geológico" y los "datos geofísicos" brindados por la
aplicación de rigurosas técnicas de magnetometría, gravimetría y resistencia
eléctrica parecen artificiosos cuando comunica que "resultaron inoperantes para
detectar huecos en las condiciones electromagnéticas del subsuelo de
Teotihuacan. Solo fueron útiles para detectar cambios en los materiales del
subsuelo, particularmente basalto".325 (cursivas mías). En el curso a esta
revelación resolverá algunos de los objetivos suplementarios a su motivación
personal, tales como comprobar la hipótesis de la extracción de toba y tezontle
para la construcción de la urbe o bien que éstas cuevas sean "el factor que motivó
la ubicación del primer centro urbano en este sector" en vez de los manantiales de
Puxtla.326 Lo más desconcertante de toda esta fase preparatoria es que su sobre-
cogedor despliegue científico-técnico no solo sea infructuoso para sus fines, sino
que incluso pueda sustituirlo por algo así como unas "encuestas sobre las cuevas
en Teotihuacan", en realidad meras charlas recogidas por azar en un restaurante,

324
Linda Manzanilla,"Informe final de los trabajos de prospección del proyecto 'Estudio de
túneles y cuevas en Teotihuacan. Arqueología y geohidrología'. 1991 y primer trimestre de
1992", Exp.14-112, f.2., ATCNA-INAH.
325
Linda Manzanilla,"Informe técnico del proyecto 'Estudio de túneles y cuevas en
Teotihuacan, temporada de excavación de 1992-1993", Exp.14-124, f.49, ATCNA-INAH.
326
Linda Manzanilla,"Informe final de los trabajos de prospección del proyecto 'Estudio de
túneles y cuevas de Teotihuacan. Arqueología y geohidrología'. 1991 y primer trimestre de
1992", Exp.14-112, ff.20 y 45, ATCNA-INAH.
359
pero que al parecer dijeron más a las arqueólogas que todos sus costosos
artificios técnicos.327

Apreciar su proceso discursivo de estilo duro como preámbulo a su intención


oculta puede interpretarse como una justificación científica de índole irrebatible
para proceder legítimamente a “excavar en la parte posterior de la Pirámide del
Sol (...) en un sector que no parece tener estructuras y que no es de tránsito
turístico”.328 De la Universidad de Alabama (con sostén de la National Geographic
Society) consigue un radar de penetración, más adecuado a su deseos.329 La
intervención desviacionista de Matos la lleva, a su pesar, a otras cuevas
arqueológicamente estériles o con evidencias de ocupación azteca posterior.330
Durante la cuarta temporada de excavación (marzo a junio de 1994) descubrirá en
la Cueva de las Varillas una cámara funeraria con doce entierros primarios, al
parecer dedicados al culto a Tlaloc, pero asociados a abundante material azteca.
Y agrega: “Al parecer, el túnel no sigue a la pirámide [del Sol], aunque nos
preguntamos de dónde viene el material de inundación”(cursivas mías).331 A Las
Varillas le siguen la cueva de El Pirul (quinta temporada de abril a junio de 1995),
donde descubre 12 entierros, sumando 30 al final, así como abundante material
azteca, mazapa y coyotlateloco (770-1410 d.C.), que no hacen sino estimular su
curiosidad: “Suponemos que el nivel teotihuacano que debe subyacer a lo hasta

327
Exp.14-124, ff.11-21, ATCNA-INAH.
328
Exp.14-112, f.1, ATCNA-INAH.
329
En Manzanilla y Barba (1994:37-38) no se deja lugar a dudas sobre el uso de este artificio, ya que se
refiere a que ha sido usado para localizar cámaras ocultas en Keops y la tumba de los hijos de Ramsés II.
330
Linda Manzanilla,"Informe técnico del proyecto 'Estudio de túneles y cuevas en
Teotihuacan (El Cambio Global en Perspectiva Histórica. El Centro Urbano Pre-industrial
de Teotihuacan). Segunda temporada de excavación (abril-junio 1993)",Exp.14-146, ff.3,19
y 30; también "Informe técnico del proyecto 'Estudio de túneles y cuevas en Teotihuacan
(El Cambio Global en Perspectiva Histórica. El Centro Urbano Pre-industrial de
Teotihuacan)'.Tercera temporada de excavación (octubre-noviembre 1993)", Exp.14-157,
18 ff., ATCNA-INAH.
331
Linda Manzanilla,"Informe técnico del proyecto 'Estudio de túneles y cuevas en
Teotihuacan (El Cambio Global en Perspectiva Histórica. El Centro Urbano Pre-industrial
de Teotihuacan)'. Cuarta temporada de excavación (marzo a junio de 1994)", Exp.14-173,
f.14, ATCNA-INAH.
360
ahora excavado proporcionará sorpresas por ser esta cámara la única no
perturbada hasta ahora”, escribe en junio de 1995.332

Su informe de la sexta temporada, pero más claro en el de la séptima -los


cuales abarcan sus intensas exploraciones a todo lo largo de 1995 (abril-junio y
octubre-diciembre, respectivamente)-, introducen una intencionalidad más abierta
en su investigación. Hay que tener presente que ya ha cambiado el presidente del
Consejo y la influencia de Matos sobre la zona arqueológica se va aminorando,
hasta desaparecer como competencia, al ser sustituido en su cargo por un
abogado desconocido, pero de seguro útil para defender los intereses
patrimoniales del Estado frente a los intereses sociales de la comunidad local. En
el primer informe citado, hace una síntesis de su proyecto, diciendo que es su
objeto “localizar y definir túneles y cuevas de interés arqueológico por el uso ritual
o económico a que fueron destinados...”.333 Aduce que los trabajos de la
arqueóloga Doris Heyden, relativos a las cuevas teotihuacanas, la han persuadido
de su importancia. Hace entonces un recuento de lo hasta aquí realizado por su
equipo, pero inadvertidamente informa de muchas otras exploraciones que nunca
había mencionado, como un estudio con detectores de radón en los túneles de
Gamio-Noguera, Rattray y en las cuevas de El Pirul, Las Varillas, y la “cámara
tetralobulada” de la gran caverna bajo la pirámide del Sol.334 Asimismo, informa al
Consejo de que, por medio del radar, ha detectado dos cámaras inexploradas, una
en la cueva de Las Varillas, y otra, de muy grandes proporciones, localizada entre
la Depresión 11 y la plataforma de la pirámide. Solicita entonces permiso para
excavarla de inmediato, para lo que cuenta con un presupuesto adicional de 50 mil
pesos proporcionados por la UNAM y la Foundation for the Advancement of
Mesoamerican Studies. 335

332
Linda Manzanilla, “Informe técnico del Proyecto ‘Estudio de túneles y cuevas en Teotihuacan (El cambio
global en perspectiva histórica. El centro urbano pre-industrial de Teotihuacan). Quinta temporada de
excavación (octubre a diciembre 1994)”, Exp.14-182, 24 ff., ATCNA-INAH; asimismo, “Informe
técnico....Sexta temporada de excavación (abril a junio 1995), Exp.14-195, ff.8-9; e “Informe
técnico...Séptima temporada de excavación (octubre a diciembre 1995), Exp.14-213, f.3, ATCNA-INAH.
333
Exp.14-195, f.7, ATCNA-INAH.
334
Exp.14-195,f.8 y Exp. 14-213, f.32, ATCNA-INAH.
335
Exp. 14-213, Linda Manzanilla a Norberto González Crespo, enero 8, 1996, ATCNA-INAH.

361
Hacia 1996 la exploración de cuatro cuevas estaba concluida, y los materiales
recogidos en proceso de análisis (Manzanilla, López & Freter 1996). Sin logros
sobresalientes que reportar, hablan ya de la Pirámide del Sol como un
Tonacatepetl simbólico y reiteran mucho más el uso ritual que el uso material de
las cavidades, al decir que: “Hemos considerado la hipótesis de que los principales
burócratas de la antigua ciudad de Teotihuacan fueron enterrados en este
submundo, un Tlalocan, o submundo del estado divino. Muchas de las pulidas
máscaras funerarias de piedra, en manos de colecciones privadas, pero también
producto del saqueo prehispánico, pudieron haber venido de estas tumbas”
(Manzanilla, López & Freter 1996:255). Nótese que para entonces ninguno de sus
resultados reportados coincide con la validación de esta hipótesis central, y sin
embargo subyacente en buena parte del proceso de trabajo de investigación.
Aparece además el ominoso fantasma del saqueo previo, que pone en peligro al
descubrimiento perseguido.
A estas alturas me parece obligado decir que el descubrimiento cámaras
mortuorias bajo las pirámides moches, mixtecas, mayas y hasta teotihuacanas
hace suponer razonablemente que la intención subyacente al proyecto de
Manzanilla es nada menos que dar con un hallazgo espectacular, con una especie
de Señor de Sipán o, si se quiere, con un Tutankhamon teotihuacano. El trabajo
de Schávelzon (1983) demuestra que la analogía egipcia no está fuera de lugar.
Desde el siglo XVIII todo mundo ha creído que Casa del Sol era idéntica a Keops.
Las descripciones de Antonio García Cubas en 1872 y Alfredo Chavero en 1887
no dejan lugar a dudas que se refieren a la gran caverna, por lo que su
descubrimiento en 1971 es inexacto. De hecho, tal parece que García Cubas hizo
una búsqueda sistemática de tesoros en la caverna, basado en la analogía
egipcia. Hasta ahora los resultados han sido pobres, pero existe la terrible
posibilidad de que los aristócratas aztecas sí hayan tenido éxito en su saqueo (así
como los aristócratas renancentistas italianos hicieron con la Roma antigua)
coleccionista de las preciadas antigüedades teotihuacanas, según se aprecia en
algunas ofrendas del Templo Mayor. Al respecto, Cabrera y Cowgill (1993:24) se

362
quedaron sorprendidos cuando su propio túnel de exploración se topó con otro de
origen prehispánico -al parecer practicado por teotihuacanos para saquear dos
ricas tumbas bajo la Pirámide de Quetzalcoatl. Acaso se busque descubrir lo que
ya no existe. O en el lugar equivocado. A fines de 1998 finalmente se descubrió lo
que Sigüenza de seguro sospechaba: Saburo Sugiyama, en colaboración de
Rubén Cabrera, descubrieron una tumba real dentro de la Pirámide de la Luna,
con un esqueleto rodeado de 150 ofrendas excepcionales. Para Cowgill, “Este
último descubrimiento es el entierro más antiguo e intacto hallado en Teotihuacan”
(Schuster 1998).

En descargo de tan caro deseo de Manzanilla, hay que recordar que la mayor
autoridad en la arqueología teotihuacana, René Millon, cree probable que un gran
líder antiguo aún pueda estar enterrado en el centro de la Pirámide del Sol y que
este monumento esté asociado a la cueva sacra debajo.336 Algunas evidencias
son sugerentes: Manzanilla menciona el hallazgo de una figurilla antropomorfa
rodeada de cuarenta puntas de obsidiana;337 otra exploración practicada entre
1971 y 1972 por Doris Heyden y Jorge Acosta encontró en una de las cuatro
cámaras (la gran caverna concluye en forma de trébol de cuatro hojas) una
estructura monolítica parecida a una tumba pero sin ningún resto, excepto una
docena de discos con motivos estilo Tajín (Baker et al.1974:12 y 17). Según estos
últimos autores, la caverna habría sido sellada en la fase Teotihuacan II, pero su
entrada coincide con una plataforma ligada a su primer cuerpo (la misma
descubierta por Matos), luego pudo influir en la planeación urbana en sus etapas
más tempranas.

Para Manzanilla no ha pasado inadvertida dicha información, que aune la


emergencia ancestral de la ciudad con la mitología del inframundo, todo un
arquetipo mesoamericano. Las diversas representaciones del Chicomoztoc mexica
(en los códices Selden, de León e Historia Tolteca-Chichimeca) muestran cuevas

336
Millon citado por Cowgill (1992:107) y Manzanilla (Exp.14-124, f.29).
337
Exp.14-124, f.29.
363
míticas de origen, una de las cuales tiene la forma de trébol (Manzanilla 1994: 60;
Limón 1990). Pero de seguro la imagen que más la inquieta es el glifo de
Teotihuacan en el Códice Xolotl, con dos pirámides sobre una cueva con un
extraño personaje dentro. Es muy comprensible que suponga que esta cueva
motivó la ubicación del primer centro urbano en este lugar (algo que confiaba
hallar en Oztoyohualco). Indirectamente, ello demostraría su uso lo mismo
económico que ritual. “El túnel la Pirámide del Sol podría ser parte de un sistema
de túneles excavados por los teotihuacanos para construir la ciudad sagrada con
material del inframundo...Teotihuacan sería pues, el modelo más perfecto del
cosmos mesoamericano...”(Manzanilla 1994:65). Si sus competidores le
permitieran ser absolutamente sincera, podría reponer que también sería la
prueba palmaria de que Teotihuacan se desarrolla a través de un periodo cere-
monial y un señorío teocrático, en caso de que la tumba estuviera asociada a un
contexto religioso en vez de militar.

¿Quién mejor que la única egiptóloga mexicana para descubrir tamaño


hallazgo?. No se tome a broma la cuestión. Si en otros ámbitos arqueológicos el
tesoro de Troya está siendo redescubierto a través de nuevas técnicas, si el
descubrimiento de la Tumba KV-5 de Ramsés ha hecho renacer la “pasión
egipcia”, o si se asegura haber descubierto la tumba de Alejandro Magno, no veo
por qué la arqueología mexicana no deba plantearse la probable existencia de
cámaras ocultas dentro de la gran pirámide. Haría falta su Howard Carter o, mejor,
su Sophie Schliemann. De comprobarse un descubrimiento así, de un golpe
quedaría verificada la tesis teocrática del origen del Estado teotihuacano, la
rivalidad honorífica se saldaría a favor de Manzanilla y el reconocimiento sería
desmesurado para su autora. Empero, el riesgo de fracaso puede ser muy alto
para una intención largamente postergada, para un deseo insatisfecho
profundamente arraigado y para un proyecto basado en expectativas muy ambicio-
sas. Nada de esto es de por sí criticable como motivación, si bien remarcaría el
escaso progreso teórico que media entre la interpretación religiosa y la
interpretación militar de la sociedad teotihuacana. Por ello, en lugar de ocuparnos

364
de medir este progreso, a lo largo de este capítulo lo que hemos planteado
comparativamente como una secuencia descendiente de la racionalidad perfecta a
la racionalidad imperfecta y de ahí a la irracionalidad. Es dable suponer que nada
de esto sucedería si la organización social de la arqueología mexicana se rigiera
por valores menos contradictorios como los actuales, bajo los cuales la trans-
acción de recursos siempre debe retribuirse con notables descubrimientos que
predisponen a sus actores a actuar unos contra otros, rara vez a cooperar entre sí
en aras del progreso del conocimiento común de una disciplina científica. Esta
evaluación puede ser un truismo de cortos alcances, lo acepto. Pero que no
esconde las huellas de “las ronchas y cardenales de sus pasiones”, como dijera
Saavedra Fajardo.

3. SUITE DEL GRAN CAÑON DE BOLAÑOS Y DE LA LAGUNA DE MAGDALENA

El así llamado Proyecto Arqueológico Cañada del Río Bolaños, que desde 1982
lleva a cabo María Teresa Cabrero (IIAUNAM) en una región arqueológica
marginal ubicada en los límites de los actuales estados de Zacatecas y Jalisco,
era hasta hace poco un típico proyecto de baja intensidad (del Tipo IV), que no
obstante las limitaciones de presupuesto y organización que durante años
experimentó, ha demostrado poseer una insospechada capacidad para arrojar
marcados resultados de gran interés, relativos al problema de la resistencia al
cambio observada en el pensamiento arqueológico mexicano, problema que nos
ocupa centralmente en esta obra. Hago pues referencia a que se puede advertir
en el curso de su dilatado proceso de indagación, la introducción de una serie de
innovaciones conceptuales que lo distinguen dentro del ambiente teórico-
interpretativo general de la historia cultural prevaleciente. A mi juicio, esta actitud
abierta es producto de su origen académico, pero sobre todo al hecho mismo de
tratar con un objeto de estudio situado en una región distinta (me resisto a llamarla
marginal) a la mesoamericana, cuyas fronteras culturales siempre han
representado un problema de ordenación para las teorías difusionistas imperantes.

365
Consecuentemente, de ahí surge el impulso a la elección y selección de nuevos
términos teóricos y nuevas interpretaciones.

Empero, si bien es cierto que la baja intensidad en que se ha desenvuelto


propicia en el proyecto un poco influyente impulso por descubrir hallazgos
espectaculares -a la postre elevados a monumentos ad gloriam patria-, cabe
observar que desde 1993, cuando finalmente accedió a recursos provenientes de
CONACYT, el proyecto pareció moverse obedeciendo a la búsqueda de un
hallazgo (en este caso, una tumba de tiro sellada, mostrada con estridencia como
un “hallazgo insólito en la arqueología mexicana”), reacción ésta que facilita
entender desde tan elemental contexto organizativo el comportamiento de
aquellos otros arqueólogos involucrados en proyectos de alta intensidad, cuya
conducta es presa del dilema de intercambiar grandes medios económicos y
políticos por escasos resultados interpretativos, lo que torna al hallazgo en una
obsesión y a la interpretación en un resultado menospreciable.338 Con todo, es una
peculiaridad meritoria del proyecto que a pesar de esta reiteración de la tradición,
en 1994 resolvió devolver los materiales excavados a un museo comunitario de la
localidad de Bolaños (donde se ubica la tumba descubierta), previa autorización
del INAH, institución que a su vez no vio en ellos monumentos de interés, un
desprecio bastante generalizado hacia aquellos vestigios arqueológicos
provenientes del occidente de México, no siempre considerados en rigor mesoa-
mericanos. Lo que aparece entonces en el fondo de esta discriminación es, para
variar, el concepto de área cultural mesoamericana (versus la presunta área
cultural occidental), cosa en la que la arqueología histórico cultural mexicana no se
pone de acuerdo, aunque hay visos de ello. Como veremos luego, los resultados

338
Philip Weigand (1993:76) advierte también una obsesión de los arqueólogos del occidente por encontrar
tumbas de tiro intactas. Desde mi interpretación –que argumento casi al final del capítulo- es que se trata de
una emoción experimentada con gran pasión a causa de su rareza para el conocimiento científico. Todavía
Zepeda (2000:48) llega a asentar que “podemos contar con una mano a los arqueólogos que han
experimentado la sensación de entrar en una tumba de tiro, intactas o alteradas; en Nayarit únicamente
Corona Núñez, Peter Furst, Gabriela Zepeda, Francisco Samaniega y Verónica Rodríguez”. Imagíne el lector
lo que se siente, siendo arqueólogo, saber que un solo campesino de oficio saqueador haya violado 200
tumbas intactas (concediendo que su testimonio sea fiable), cuando uno no descubre una más que por obra
del azar.

366
del Proyecto Bolaños poseen la peculiaridad de poner en tensión al concepto (y
los términos teóricos a él coligados) y apuntar hacia otro sistema teórico-
conceptual, que de todas maneras no acaba por ser adoptado resueltamente,
dado el peso que aún ejerce la tradición teórica adoptada de manera habitual
desde la socialización educativa profesional de buena parte de los arqueólogos
mexicanos.

A primera vista resulta un tanto paradójico que un proyecto de baja intensidad


se manifieste como estudio de área en vez de un restringido estudio de sitio -
propio en cambio de los proyectos de alta intensidad, centrados en los hallazgos
monumentales de sitios urbanos. Incansablemente, Cabrero y uno o dos
asistentes, recorrieron los 180 kilómetros que abarca todo el cañón del río
Bolaños, desde Zacatecas hasta Jalisco, habiendo localizado a 90 sitios a todo lo
largo del cauce.339 Estos, una vez clasificados en tipos de asentamiento,
permitieron luego una serie de excavaciones bien seleccionadas, según los fines
expresos de la investigación. A este respecto, debo recordar que desde su primera
experiencia profesional, Cabrero se vio muy influida por la arqueología regional
practicada por Jaime Litvak en el Valle de Xochicalco, por lo que para ella no fue
problemático conciliar desde entonces amplios recorridos de superficie,
localización de sitios, y apertura de pozos de confirmación, coincidentes todos con
la falta de apoyo económico, todo ello en la región de Topilejo. Además de eso,
por entonces expresó su simpatía, al menos de palabra, hacia la nueva
arqueología binfordiana, declaración que iba de la mano de un explícito rechazo
de la "investigación monumental" y su consecución de "hallazgos espectaculares"
(Cabrero 1980:7-9), objetivos por demás extraños en tanto que ajenos a las
condiciones sociales objetivas de su primera experiencia de campo.340 A poco,

339
Hasta 1989, eran 68 los sitios detectados visualmente (Cabrero 1989:123), pero en 1991
ya sumaban 90 (Cabrero 1992:32).
340
Aunque sus resultados aparecieron luego publicados (Cabrero 1980), su tesis de
licenciatura de 1978 lleva como título Estudio de un área rural en la franja intermedia
entre la zona chinampera y el bosque; en ella es manifiesta otra influencia de Litvak, que le
comunicó su interés por estudiar una región de contacto entre los valles de México y
Morelos.
367
Cabrero ingresó como investigadora al IIA, trabajando temporalmente como
asistente del Proyecto Xochipala, antes de emprender en abril de 1982 el actual
proyecto, una parte sustancial del cual ha sido ya publicado como libro (Cabrero
1989), un producto indirecto de su tesis de doctorado en arqueología.341

Asimismo, es necesario observar que durante las primeras fases del proyecto -
que abarcan, cuando menos, hasta su cuarta temporada de campo, hacia fines de
1989 (ver cronología en el cuadro 5.1)-, éste se ubicaba claramente dentro de los
lineamientos tradicionales de la historia cultural mesoamericana, con evidente
referencia a Kirchhoff. En su segundo reporte,342 asienta su interés en desentrañar
la historia cultural regional ("completar el rompecabezas que se presenta", dirá al
inicio),343 avanzando la hipótesis de que se origina como una "Cultura del Desierto,
pero [que] alcanzó una evolución civilizada",344 estando en presencia de un patrón
de asentamiento sedentario, la existencia de ciertos elementos culturales (juego
de pelota y tumbas de tiro) y, sobre todo, una cerámica que a simple vista le habla
de "su probable difusión a través del contacto de índole comercial y social,
extendido posiblemente hasta el corazón de Mesoamérica" (cursivas mías).345
Todavía en la nota introductoria a su libro (Cabrero 1989:16-17), repite la metáfora
de orientación tradicional de "incorporar una pieza más al rompecabezas que
constituye la historia prehispánica de México", por medio de una "reconstrucción
histórico-cultural (...) muy fragmentaria aún hoy en día" (cursivas mías).

341
Tras su informe final a CONACYT en 1994, se perfiló un segundo libro, todavía en
ciernes; sin embargo, su asistente Carlos López Cruz (1994) ha empleado parte del material
reunido en las últimas temporadas de campo para elaborar su propia tesis de licenciatura,
bajo la dirección de Cabrero.
342
Teresa Cabrero,"Reporte de la segunda temporada arqueológica en la Cañada del Río
Bolaños en los estados de Zacatecas y Jalisco",T. Estado de Zacatecas 1982-1986, Exp.25-
7, f.115, ATCNA-INAH.
343
Teresa Cabrero,"Informe de la primera temporada de campo del Proyecto Arqueológico
en la Cañada del Río Valparaíso, que luego toma el nombre de Río Bolaños",T. Estado de
Zacatecas 1982-1986, Exp.31-7, f.40, ATCNA-INAH.
344
Exp.25-7, f.110, ATCNA-INAH.
345
Ibidem, f.104.
368
A pesar de esta declaración de principios, ya de entrada se hace manifiesta la
contradicción entre las evidencias empíricas y la conceptualización inicial. Ocurre
que Kirchhoff había delimitado el área mesoamericana del área aridoamericana
(es decir, la civilización de base agrícola de la cultura primitiva de caza-
recolección), clasificando incorrectamente grupos étnicos que en estudios
arqueológicos posteriores demostraron ser sedentarios, agrícolas y productores de
cerámica, ergo civilizados según la misma teoría, tales como los de esta región en
concreto. Siguiendo entonces la hipótesis auxiliar de Armillas346 sobre las posibles
oscilaciones climáticas en la frontera septentrional mesoamericana, se toma a la
evidencia inicial u observacional como una "expansión norteña" de esta frontera,
que pasa a convertirse en una "Mesoamérica Marginal", muy ligada a la subárea
cultural del occidente, de modo equivalente a como Kirchhoff reinterpretaba como
influencia difusora del "complejo agrario mesoamericano" las pruebas de
agricultura en el sur de Tamaulipas y La Laguna (Kirchoff 1943: 144;Cabrero
1989:33-34). Con todo, esta sencilla reinterpretación no pone fin al problema de si
el occidente (y el norte y noroeste) pertenecía o no a Mesoamérica (en una fecha
tan tardía como 1954 Kirchhoff debió encarar problemas análogos de clasificación
de rasgos culturales en el suroeste de Estados Unidos, punto en que difería del
difusionismo particularista de Kroeber [Kirchhoff 1954]).

Así, aunque Cabrero opta por ver en sus evidencias iniciales una expansión
civilizadora hacia el norte, finalmente se ve obligada a encarar el proceso
sociocultural regional como un sistema dentro de otro sistema, enfoque mucho
más explicativo que la "presencia acumulativa de rasgos" con que arranca su
investigación. Para comprender la magnitud de este cambio dentro de la tradición
arqueológica mexicana vale la pena introducir una pequeña digresión sobre el
estado que guarda esta discusión entre los occidentalistas y otros arqueólogos
fronterizos. Veamos.

346
La hipótesis auxiliar fue propuesta por Armillas en 1964 (cfr. Nalda 1994).
369
CUADRO 5.1:CRONOLOGIA DEL PROYECTO BOLANOS,
SEGUN TEMPORADAS
_______________________________________________________________
_

Temporada Periodo Meses Año


_______________________________________________________________
_
1a febrero, marzo, abril 3
1982
2a sin especificar ? ?
3a febrero, marzo 2
1985
4a diciembre, enero, febrero 3 1989-
1990
5a noviembre, diciembre, enero 3 1991-
1992
6a marzo, abril, mayo 3
1993
7a n.d. ? ?
8a enero, marzo, abril 3
1995
_______________________________________________________________
_
FUENTE Informes al Consejo de Arqueología, Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de
Arqueología del INAH (ATCNA).

Al decir de O. Schöndube (1991:257), la elusiva región arqueológica del


occidente de México podría deber a su misma concepción residual la causa de su
subestimación como objeto de estudio. Como él dice, esta área ha sido definida
"con lo que quedó [luego] de hacer otro tipo de divisiones" dentro de la gran área
cultural mesoamericana. En buena medida, agrega, esta subestimación coincide
con el hecho de que carece de grandes sitios monumentales susceptibles de
convertirse en zonas arqueológicas de interés central, razón (de Estado, que no
del todo disciplinaria) por lo que se le ignora. Esta apreciación de las
consecuencias regionales de la política de la administración patrimonial es

370
completamente cierta, pero es evidente que su primer motor es teórico, y se
refiere a la concepción mesoamericanista tradicional y secundariamente a la
administración centralizada de sus bienes culturales. Un ejemplo adicional
atribuible a la misma causa la podemos ilustrar regionalizando más puntualmente
la actividad de investigación y conservación. Una crítica del descuido con que se
atiende a la arqueología del norte y noroeste de México (Villapando 1994) ha
hecho notar con agudeza que mientras 297 arqueólogos del INAH se ocupan de
Mesoamérica, solo 31 lo hacen de las dos regiones citadas. Como ella misma
dice: "No hay arqueología importante fuera de Mesoamérica" (cursivas mías). Sin
embargo, deja de lado el hecho de que al menos dos Proyectos Especiales
(Paquimé y Arte Rupestre de Baja California) están localizados en esas zonas,
mientras que la arqueología del occidente y del noreste están definitivamente
olvidadas, de modo que cuando se habla de Mesoamérica se ha de asumir que
está hablando de Meso-México, o sea, de las subáreas central, golfo, sur y
sureste, todas ellas "típicamente" mesoamericanas, con apego a los criterios
clasificatorios de elementos culturales de la teoría de respaldo.

Dos experiencias recientes confirman lo antes dicho. Hago referencia a un par


de proyectos de rescate arqueológico (por ende, de baja intensidad, pero de corta
duración), llevados a cabo a raíz de la construcción de la nueva carretera
Guadalajara-Tepic, los que no hubieran sido posibles sin el obligado concurso de
la compañía constructora que proveyó los medios necesarios para su realización
(López y Ramos 1994; Zepeda 1994). Por conversaciones sostenidas con uno de
los arqueólogos a cargo, pudimos constatar que el rescate del sitio Huitzilapa-
Cerro de las Navajas (municipio de Magdalena, Jal.) no hubiera ocurrido sin
mediar las presiones e intereses personales de este arqueólogo, que las mismas
autoridades del INAH desestimaron, si no es que obstaculizaron hasta el último
momento, seguramente para no disgustarse con la política de comunicaciones de
la federación, sustentada en la concesión privada de estas vías de

371
comunicación.347 Es significativo que otras denuncias de destrucción patrimonial
en Jalisco, como las expresadas por Phil Weigand o Joseph Mountjoy (1994), no
han tenido ningún efecto sobre las autoridades centrales, que olímpicamente las
han ignorado. El caso del rescate de Huitzilapa indica pues que la coyuntura
extrainstitucional requiere de la intervención decidida de los interesados para
hacer de ellas exitosos proyectos arqueológicos.

Asimismo, es sintomático el hecho de que el Proyecto Atlas Arqueológico


Nacional 1983-1988, implementado por Registro Arqueológico del INAH hace dos
sexenios, no hubiera arrojado ningún resultado en lo que al estado de Jalisco se
refiere. La negligencia, sin dejar de ser político-patrimonial, deviene en última
instancia del orden conceptual que condiciona la política arqueológica y la propia
actividad de los arqueólogos en la región.348 Nótese de paso que de acuerdo a los
resultados parciales obtenidos por dicho proyecto cartográfico, sabemos que no
hubo para Jalisco recorridos de superficie que verificaran la presencia de 427
sitios mencionados en pasadas investigaciones (además de otros 60 con
pictografías y petrograbados). Por experiencia de los arqueólogos del Centro
Regional INAH, habría solo 24 sitios plenamente reconocidos (INAH 1989,f.34).
Esta cifra es irrisoria si se recuerda que de 1,222 referencias bibliográficas
relativas a estudios hechos en Jalisco, Colima, Nayarit, Michoacán, Guerrero,
Sinaloa, Guanajuato y Zacatecas, hay por lo menos 49 documentados

347
Este compromiso tácito fue denunciado públicamente por Jaime Litvak (El Financiero,
9/IX/94), expresando su extrañeza ante la desproporción existente entre las escasas
denuncias de afectación del patrimonio comparadas a la magnitud de las autopistas con-
struidas el pasado sexenio, sobre todo en regiones donde era de preverse afectaciones
obligadas. En palabras llanas, se simuló ignorar la destrucción patrimonial, complicidad
que desde luego ha sido opacada por la visibilidad publicitaria de los Proyectos Especiales
de Arqueología 1992-1994.
348
Sin ser una coincidencia, es revelador que hasta ahora hayan sido los arqueólogos
extranjeros (Rousseau 1991 y 1994; Mountjoy 1994) quienes más hayan insistido en
elaborar un programa de arqueología regional que involucre una infraestructura y un
inventario de sitios arqueológicos completo. Coincido con Rousseau (1991:64) en que "el
Occidente de México llegará a ser una región histórica (...) cuando posea sus propias
estructuras de investigación". Creo que esta afirmación es extensiva al resto de regiones
ignoradas por el mesoamericanismo dominante.

372
indirectamente para Jalisco (Ladrón y Schöndube 1990:135-148). A su vez,
únicamente el Proyecto Bolaños ha confirmado la existencia de 90 sitios en su
región, desde Zacatecas hasta Jalisco.

Correcta o no la cifra de 427 sitios, es claro que la riqueza patrimonial del


estado rebasa con mucho el interés de instituciones y profesionales, tal como
están orientados hoy en día. A mi juicio entonces, la idea residual del occidente, y
de Jalisco en particular, no variará mientras el mesoamericanismo siga teniendo
como conceptualmente marginal a toda la región. Quizá por ello la insistencia de
algunos arqueólogos en reinterpretarla como una área cultural por sus propios
méritos y para sus propios intereses. Este problema, que, insisto, es conceptual en
esencia, está interpolado con el contexto en que se desarrolla la arqueología y el
cómo se ha venido administrando centralizadamente el patrimonio antiguo, como
si se tratase en de un gigantesco monumento erigido a semejanza de su
incuestionable y monolítica autoridad central.349

Conviniendo pues en que coinciden la subestimación teórica y el centralismo


administrativo, en términos estrictamente conceptuales se podría inferir que se
trata de una subárea cultural equivalente a las subáreas maya, oaxaqueña,
central, etc. Sin embargo, no toda la arqueología pensada y realizada bajo la
historia cultural concuerda en esta apreciación. Lister, por ejemplo, utilizando la
cronología cultural de Caso, pretendió definirla como un área cultural que reunía
una serie de rasgos distintivos, apelando a un procedimiento no muy distinto al
usado por Kirchhoff, es decir, cartografiando la distribución de elementos
culturales (Lister 1955). Schöndube por su parte, por mucho tiempo pareció

349
La arquitectura auspiciada por el Estado ([Link].,la Ciudad de las Artes del arquitecto
Ricardo Legorreta) también posee este sentido de grandiosidad monumental, lo que parece
confirmar esta manifestación estético-simbólica poco desvelada en la relación entre ciencia
y política. Un crítico español ha escrito el siguiente comentario: “Los hijos de aquel poder
divino [ancestral], convertidos en presidentes, reproducen, cuando se ponen a tiro obras
oficiales, los lenguajes solemnes del pasado. Valgan lo que valgan a costa de lo que
sea”;Vicente Verdú, “El orgullo mexicano”, Babelia, marzo,1995:17.

373
sostener la misma idea, la cual está implícita en su clasificación bibliográfica de
1,222 fichas especializadas, o al menos eso es lo que implica Ladrón de Guevara
en su introducción (Ladrón y Schöndube 1990:11, nota 3, infra). No obstante, en
un artículo posterior (Schöndube 1994) ha preferido hablar del "Occidente
mesoamericano" o "subárea mesoamericana", para así poder englobar una morfo-
logía cultural abigarrada, no fácilmente reductible a unos cuantos "rasgos
culturales diagnósticos". Empero, su postura es una retirada a la tradición
mesoamericanista clásica.350

En general, la arqueología mexicana ha preferido concebirle más y más como


una "Mesoamérica marginal" (equivalente a quienes hablan de una "Mesoamérica
Septentrional"), es decir, una subárea cultural producto de una "expansión
norteña" migratoria, que propaga la civilización en un "movimiento de pueblos
agrícolas" ligado a la variaciones climáticas, que habrían por último alterado las
fronteras del área cultural nuclear, hasta alcanzar no sólo el norte de Zacatecas,
sino probablemente aún más allá. Este proceso de difusión sugiere una influencia
tolteca en el norte de Jalisco (al este del Cañón de Bolaños), hacia la cultura
chalchihuites en Zacatecas y Durango, y finalmente Chihuahua (Hers 1993;
Cabrero 1993).

No deja de ser significativo en tal sentido cómo se va reconceptualizando el


norte de México. Paquimé, por ejemplo, cesa de clasificarse como parte de
Aridoamérica, al descubrírsele influencias mesoamericanas, apreciadas éstas
como "olas de influencia que procedían de Mesoamérica" (Brown 1994:27;

350
En un artículo posterior (Schöndube 1994a), que fue una ponencia para un público de occidentalistas,
retornó con grandes dudas a su anterior identidad occidentalista, haciendo notar las diferencias de
interpretación del occidente como área cultural, la que si bien podría servir por igual como un gran
receptáculo “en el que caen nuestros estudios”, de todos modos no es producto del consenso. “Aquí está,
pues, el dilema. Hasta dónde es útil seguir hablando del Occidente como un área cultural con una definición
hasta cierto punto fija, o tan cambiante como la quiera hacer la mentalidad de cada investigador. Hablar de
región, ¿será solo útil como punto de referencia, como gran receptáculo para incorporar conocimientos en
momentos de hacer síntesis?. Lo que sí veo como necesario, pero difícil, es definir la región en diversas
épocas y circunstancias, tal como trató de hacer Porter (sin demasiado éxito) para Mesoamérica”
(Schöndube 1994a:110).

374
cursivas mías)351, al tiempo que va surgiendo con ambigüedad una "región
cultural" (la "Gran Chichimeca") no homogénea y por ende no equivalente a "la
misma categoría que Mesoamérica" (Braniff 1994:14), pero que, otra vez, como en
tiempos de Kirchhoff, es disputada a la arqueología norteamericana del suroeste
bajo una perspectiva mesoamericana,
más bien nacionalista. Esta actitud, tradicional a la vez que retadora, haría prever
que llegará el día en que las culturas agrícolas del suroeste de Estados Unidos
terminarán por ser agregadas a la expansión concéntrica mesoamericana, si no
fuera porque esta estrategia de perfeccionamiento del cinturón protector está
preñada de anomalías irresueltas (En un trabajo innovador muy contradictorio,
Braniff [1994a] recomienda a los arqueólogos mexicanos estudiar con más
cuidado la arqueología del suroeste, a la que insiste en llamarle Mesoamérica
Septentrional no obstante que ella misma desiste de la explicación difusionista en
pos de la explicación wallerstiana: "Para explicar esta expansión no sirve el
modelo de área cultural -que es el concepto que subyace al término de
Mesoamérica"; aunque previene contra las confusiones de la cronología relativa,
no deja de observar la paradoja de que ciertos materiales septentrionales, antes
tomados como prueba de influencia civilizada, son aquí más antiguos que en el
supuesto núcleo difusor mesoamericano –difusor simplemente porque para el
difusionismo lo más civilizado se propaga sobre lo más primitivo-, lo que cuestiona
de raíz toda la explicación tradicional).

En cierto modo, y para ciertos horizontes cronológico-culturales, lo que se está


diciendo es que habría otras subáreas mesoamericanas acotadas por las
evidencias de la difusión cultural. Este razonamiento tradicional, sin dejar de estar
fundado en registros empíricos, está en el fondo de éstos y otros planteamientos.
Se entiende entonces que se diga que una arqueología regional del occidente,
norte y noroeste se fundaría en la idea de “incorporar una pieza más al

351
Para comprender el sentido último de las palabras “olas de influencia” pido al lector dirigirse a la consulta
de otros trabajos (Vázquez y Rutsch 1997 [1999] y Vázquez 1999), donde esas mismas palabras cobran su
significado pleno dentro de las teorías difusionistas de la historia cultural alemana, en especial bajo la
subtradición de los círculos culturales.

375
rompecabezas que constituye la historia prehispánica de México”, y cuyo fin último
es su "reconstrucción histórico-cultural" (Cabrero 1989:16-17). Esta postura sólo
diferiría de Kirchhoff en materia de delimitación de fronteras y profundidad
histórica, pero conservaría su planteamiento de un área cultural civilizada basada
en un modo de subsistencia agrícola común. Teóricamente, éstas subáreas
demostrarían su realismo interno (es decir, con hechos que corresponden a sus
proposiciones teóricas) a través de su ocupación por culturas sedentarias,
cerámicas y activamente relacionadas con otros focos culturales civilizadores,
como Teotihuacan primero y Tula después.

Este fenómeno de persistencia y renovación de la tradición –que


lakatianamente
apunta a una conservación del núcleo duro histórico cultural mediante cambios
periféricos- posee, no obstante, implicaciones más vastas de las que hasta aquí
he planteado. Como establece Cabrero a un nivel conceptual muy perspicaz: "Del
concepto de área cultural se desprende el de fronteras culturales; no puede
desvincularse un concepto de otro"(1989: 39). La pregunta que asalta a partir de
este compromiso ontológico352 es hasta dónde un sistema de conceptos teóricos
interdefinidos puede ser compatible con conceptos pertenecientes a otro sistema
teórico (el modelo teórico del sistema mundial wallerstiano, que luego citaremos),
que igualmente los interdefine. Tal como hemos visto cuando nos ocupamos del
concepto Mesoamérica en el primer capítulo, el problema de la elección teórica
deviene en un problema de comunicabilidad -más exactamente de
inconmesurabilidad linguística (Kuhn 1989)-, que permanece a pesar del deseo de
incrementar la capacidad explicativa por medio de la conjugación de conceptos
extraños entre sí, que efectivamente se agregan aparentando cambiar. En
términos más amplios, y basados en un criterio universal de teoricidad, la elección
teórica usualmente implicaría el rechazo de teorías alternativas, decisión que
conlleva una pérdida explicativa (Pérez 1993). Sin embargo, es práctica común en

352
El compromiso ontológico puede definirse así: "Una teoría está comprometida
ontológicamente con aquéllas entidades y solamente con aquéllas entidades que la teoría
dice o implica que existen" (Searle 1994:114).
376
los arqueólogos (práctica que Litvak eleva a explicación del cambio teórico en
general) coligar conceptos ajenos para evitar dicha pérdida y aun sobrepasarla,
dejando sin resolver los compromisos ontológicos y metodológicos
correspondientes a cada sistema teórico, en especial la referencia real implicada
en la terminología conceptual agregada. El proyecto que ahora nos ocupa
muestra cómo esta contradicción es manejada sintéticamente, a pesar de su
discordancia analítica.353 En consecuencia, resultará por demás enriquecedor
subrayar a continuación la gradación de este proceso cognoscitivo.

Viene esto a cuenta porque los resultados arrojados por el Proyecto Bolaños
demuestran un claro intento por conciliar la visión del mundo prehispánico ofrecida
por la historia cultural (visión normal en el conocimiento práctico de la tradición
arqueológica mexicana) con la teoría de los sistemas mundiales inspirada en la
obra de I. Wallerstein, si bien es preciso anotar desde aquí que tal conjugación se
da a dos niveles distintos. Precisemos al respecto que Carnap y luego Hempel
introdujeron una concepción de dos pisos, esto es, el piso teórico y el piso
observacional, articulados a través de las reglas de correspondencia y los
postulados de significación, o sea teórico-observacionales (Moulines 1982:57-58;
1993:158). La arquitectónica de la ciencia (también conocida como “concepción
estructuralista” en filosofía de la ciencia) ha ido más allá al tomar a las teorías
científicas como un conjunto de modelos de estructura idéntica, y donde cada
teoría dispondría de un conjunto de modelos potenciales (“marco conceptual”) y un
conjunto de modelos actuales ( “de contenido empírico”). Surgen de ello dos
clases de conceptos: los específicos de la teoría en cuestión (sin sentido fuera de
ella) y los que presuponen teorías previas, que son como una base confirmatoria
de la teoría. Dada la fuerte dosis de lógica simbólica que este análisis exige, su
popularización ha estado restringida a las teorías físicas.

353
En filosofía,"Una proposición analítica es verdadera en virtud del significado de las
palabras que la forman, mientras que la veracidad de una proposición sintética se da en
virtud del modo como son las cosas" (Allen 1993:105).
377
En nuestro caso ocurre que mientras la primera teoría se corresponde
plenamente con sus procedimientos técnicos (sobre todo los de clasificación y
comparación de materiales y la cronología cultural inducida subsecuentemente), la
segunda aparece asociada a la interpretación del cambio cultural, pero derivada
del primer nivel de estructuración de las mismas evidencias, mas hasta cierto
punto forzada por ciertos datos de intercambio obtenidos bajo la primera teoría y
sus observaciones. En ese sentido, Cabrero no se restringe a una verificación
estática de influencias difusoras a un nivel local de análisis, sino que al ir
traspasando los niveles regionales y suprarregionales, sobrepasa también los
tradicionales "corredores culturales" de la difusión, para insertar sus evidencias en
un sistema regional primero y luego en los sistemas teotihuacano y tolteca de
intercambio comercial. Vale la pena adelantar que mientras la primera teoría es
notoriamente rica en contenido empírico, la segunda es pobre en evidencias. No
obstante, gracias a esta (s)elección combinatoria o sintética, la región, sin dejar de
ser parte de la "Mesoamérica marginal", pasa a articularse como región periférica
a la interacción provocada por centros nodales distantes.354

Como ya he establecido, en sus inicios el proyecto estaba del todo imbuido en


la tradición teórica de la historia cultural. La metáfora ontológica del juego de
rompecabezas era consistente con la teoría al uso, uno de cuyos procedimientos
técnicos característicos se apoya en una visión fragmentaria de la realidad
(elementarismo y objetivismo) para su ulterior ordenamiento por clasificación de
secuencias tipológicas, especialmente cerámicas, que, como ha dicho la misma
Cabrero en términos observacionales,"es el material arqueológico más numeroso,
más común y el que se obtiene con más facilidad" (Cabrero 1980:10). Para darnos
una idea de la magnitud de estos objetos, cabe señalar que hasta 1989 se habían
reunido 11,807 tiestos (clasificados en 17 tipos), pero que para 1993 alcanzaban

354
Para una discusión de la teoría de los sistemas mundiales aplicada a Teotihuacan, la
frontera sureste de Mesoamérica, el Oriente Medio y respecto a la teoría general de
sistemas dentro de la teoría neoevolutiva en arqueología y aún como dirección filosófica,
remito a Price (1986), Schortman & Urban (1994), Kohl (1989), Trigger (1992:283-292) y
Rapoport (1979: 704-710), respectivamente.
378
la cifra de los 30 mil, a la fecha en proceso de clasificación con la asistencia de
tres pasantes de la ENAH.355 Habría que añadir, para remarcar cómo a veces las
metáforas determinan actitudes y actos, que esta metáfora es sumamente popular
entre muchos grupos científicos, excepto que en la arqueología mexicana
adquiere una significación avasalladora. Me explico. En la ceramoteca del INAH se
ha reunido alrededor de ocho toneladas de tiestos, que por ley deben ser
centralizados en sus bodegas (Fournier 1992). Este proceder no es extraño.
Aparte de los problemas de centralización patrimonial implicados, de la
apropiación para aprehensión y de la tipologización por inserción, ya examinados
en el capítulo anterior, responde al compromiso metodológico de la teoría al uso
(sus enunciados que articulan teoría y observación por las reglas técnicas de
asociación de elementos u objetos), para la cual la cerámica provee no sólo de
datación relativa (e histórica cuando se correlaciona a fuentes históricas), sino, lo
que es en verdad clave, la filiación étnico-cultural de sus productores y aun su
interacción con otras culturas o grupos.356

En suma, el "rompecabezas arqueológico" posee un referente muy próximo a la


realidad inmediata observada por el arqueólogo mesoamericanista, cuya
perspectiva inductiva (y que supone que la "presencia acumulativa de rasgos"
conducirá a la defragmentación de la historia cultural) mantiene una tensión
irresuelta por superar su "fase descriptiva", en pos de una "fase interpretativa",

355
Cabrero (1989:205-232); también "Análisis preliminar del material cerámico de la cuarta
temporada de campo del Proyecto Arqueológico Cañada del Río Bolaños, Jalisco",T.
Estado de Jalisco 1965-1990, Exp.13-4, 17 ff.; "Informe de la VI temporada de campo del
Proyecto Arqueológico Cañada del Río Bolaños, Jalisco", T. Estado de Jalisco, Exp.13-19,
f.30, ATCNA-INAH.
356
La asociación de tipologías cerámicas y grupos étnicos es característica de las teorías
difusionistas; surge desde que Childe y Kossina igualaron el concepto cultura arqueológica
a entidades teóricas grupales. Contra este "modelo teórico determinista de la etnicidad" se
ha dicho que no se puede suponer que las condiciones étnicas del presente son similares a
las del pasado. Y que los estilos cerámicos no son los indicadores más adecuados para
captarlas (López y Viart 1993). De hecho, los términos observacionales usados por
antropólogos sociales y etnólogos para definir la adscripción étnica de grupos actuales -
supuestamente evidentes a los sentidos- son fuente de aguda controversia y disenso, lo que
incrementa la duda sobre una etnicidad antigua basada exclusivamente en datos cerámicos
(cfr. Bentley 1981 y Vázquez 1992, especialmente su capítulo dos).
379
tensión permanente, pues la interpretación "de ninguna manera significa que haya
terminado la época de la simple recolección de datos, ya que faltan infinitos [datos]
para poder completar el rompecabezas" (Bernal 1984:59). Se sigue que la
metáfora implica un juego infinito: si faltan piezas, la reconstrucción no tiene
sentido. Por ende, la interpretación es residual, si no subestimable. Antes, se
precisa reunir todas las piezas.357 Así las cosas, el concepto metafórico no sólo
dicta una orientación, sino que es ontológico por cuanto se refiere a objetos
físicos, los que condenadamente crecen en vez de disminuir. Bajo esta
concepción más profunda de la realidad, nuestros arqueólogos nunca suscribirán
las palabras de Hodder cuando establece: “Lo que medimos y cómo lo medimos
son teóricos (...) La arqueología, quizás más que ninguna ciencia, está forzada a
usar la teoría para construir informes sobre la base de evidencias fragmentarias y
altamente parciales” (Hodder 1995:5). Un ejemplo consevacionista al calce:
cuarenta años después de la famosa excavación de Palenque de Alberto Ruz en
el Templo de los Murciélagos, los arqueólogos del Proyecto Especial Palenque
encontraron un fragmento de cerámica que faltaba a una vasija parcialmente
reconstruida por Ruz. Esta "anécdota" -que sabemos que para los arqueólogos es
un recurso educativo informal ampliamente aleccionador (Litvak 1996)-, contada
incluso con el orgullo de una gran proeza por sus descubridores, revela
claramente lo que implica esta metáfora dentro de su ambiente teórico-social.358

Bajo estos supuestos y principios, Cabrero inicio su acercamiento a la "cultura


arqueológica del Río Bolaños". Los recorridos de superficie, la prospección
arqueológica y la excavación de pozos estratigráficos, calas y trincheras
(practicadas en sitios seleccionados con apego a una tipologización de
asentamientos) inducen a un cúmulo de datos que demandan una explicación

357
Bahn, en un texto satírico que ha disgustado profundamente a los arqueólogos mexicanos al punto de
sobreescribirlo para alterar su sentido humorístico, ha sugerido que acaso la tarea paradójica de la
arqueología es que deba dedicarse a solucionar problemas sin solución posible. El punto crítico es que su
realidad como rompecabezas puede ser una perversión pues el rompecabezas siempre estará incompleto,
no se sabe cuántas piezas faltan y se desconoce a ciencia cierta cuál es la figura que se está reconstruyendo
(Bahn 1995:6). En vista de esta incertidumbre, le parece mejor tomar a la arqueología como diversión que
como ciencia dura y, sobre todo, severa.
358
Véanse sus declaraciones a la prensa nacional; La Jornada 5/VI/94:25.
380
cada vez más sofisticada. Por un lado, las evidencias cerámicas y arquitectónicas
indican difusión cultural, pero asimismo una complejidad sociocultural que implica
un proceso social más vasto: el comercio a distancia.359 Ello implica cierta
dinámica e incluso una evolución basada tanto en la adaptación ecológica como
en el intercambio, los componentes clave del concepto "sistema cultural del Río
Bolaños". En ese orden de ideas, su texto de 1989 refleja el proceso indagativo
seguido hasta aquí. Este se inicia con la localización y tipología de sitios; le sigue
la clasificación y tipología de materiales cerámicos, líticos y otros; pasa al análisis
del patrón de asentamiento y de ahí a las correlaciones cerámicas y temporales,
que dan lugar a una cronología relativa. Esta última secuencia tiene un carácter
tentativo prometedor: no es la conclusión del proceso de estudio -culminación
usual de la arqueología histórico cultural más rutinaria-, sino una etapa que debe
confirmarse con dataciones absolutas.360

A continuación observamos que la necesidad de introducir cambios


conceptuales está propiciada por dos evidencias cruciales, digamos, una negativa
y otra positiva. La negativa se refiere a que el recurso metodológico de las fuentes
etnohistóricas le está prácticamente negado, pues para el siglo XVI la región es
descrita como casi despoblada y los grupos más próximos (zacatecos y
tepecanos) no comparten las evidencias arqueológicas obtenidas. La positiva se
refiere al hallazgo de una industria de concha y cuentas -poco más de doscientos
ejemplares-, de procedencia no local, sino de origen costero. El estudio ambiental

359
Cfr."Informe de la primera temporada de campo del Proyecto Arqueológico en la Cañada
del Río Valparaíso, que luego toma el nombre de Río Bolaños",T. Estado de Zacatecas
1982-1986, Exp.31-7; Exp.25-7; "Tercera temporada de campo en la Cañada del Río Bola-
ños, en los estados de Zacatecas y Jalisco",T. Estado de Zacatecas 1982-1986, Exp.31-8;
"Informe de la cuarta temporada de campo del Proyecto Arqueológico en la Caña del Río
Bolaños (Jalisco y Zacatecas)",T. Estado de Zacatecas 1989-1990, Exp.31-22; "5o informe
Proyecto Arqueológico Cañada del Río Bolaños, Jalisco" T. Estado de Jalisco, Exp.13-13,
ATCNA-INAH.
360
En nuestros encuentros de investigación pude observar la relevancia concedida por
Cabrero y su asistente a los fechamientos radiocarbónicos, posibles de emprender con los
recursos de CONACYT. Por desgracia, no pude acceder al informe final donde aparecen
estos resultados que confirman o falsean su cronología cultural previa (Cabrero 1989:283-
302).
381
indica asimismo -confirmado indirectamente por las correlaciones cerámicas con la
cultura Chalchihuites al norte y la cultura Teuchtitlán-Ahualulco al sur- una
especialización en la industria lítica, ligada, muy probablemente, a la extracción de
minerales, el cual constituye todo un complejo minero verificado por los trabajos
de Weigand (1993:211-226 y 245-311) tanto en Jalisco como en Zacatecas.

Es muy interesante entonces contrastar que mientras la interpretación de las


evidencias del Proyecto Templo Mayor está hecha a la luz concentrada de las
fuentes históricas -haciendo más sólido su núcleo histórico cultural-, aquí la
arqueología no tiene más asideros que la que ella misma construya. Por lo mismo,
creo, su secuencia cronológica cultural (resultado de la correlación estratigráfica-
tipológica-cerámica-arquitectónica con sitios y regiones cercanos) es vista como
tentativa y nunca como conclusión definitiva del estudio. Sin embargo, la evidencia
positiva es pobre. Como ella establece: “La única evidencia que se tiene hasta el
momento de un intercambio con grupos vecinos, es la presencia de objetos de
concha marina, depositados como parte de una ofrenda en un entierro excavado
en Mezquitic; este hecho sugiere también la participación activa de la región de la
cañada con el resto del occidente" (Cabrero 1989:295). Más adelante agrega: “En
la región de Bolaños no se ha descubierto hasta el momento minas prehispánicas,
a excepción de un yacimiento superficial de ágata ubicado en las inmediaciones
del valle de Mezquitic...Esto no significa que no se explotaran los recursos
mineros, sino que simplemente no se ha realizado una investigación enfocada
específicamente a la búsqueda de minas prehispánicas" (Cabrero 1989:
311;cursivas mías).361

361
En su informe de la cuarta temporada menciona muy de paso que en la actualidad
existen explotaciones mineras en las inmediaciones de San Martín Bolaños (un mineral de
origen colonial, por lo demás), pero la analogía no es explorada a fondo. La lítica y otras
evidencias (el relleno de un juego de pelota en el Piñón, pero también en La Florida y El
Banco) hacen de esta presunción una hipótesis muy viable; [Link].31-22, f.3 y Exp.13-19,
ff.25-26, ATCNA-INAH.
382
"Pero, ¿hubo minas?", se pregunta hacia 1993.362 López Cruz (1994:10) admite
que el asunto ha sido poco estudiado, a pesar de su importancia para la
explicación sistémica. Mientras Langenscheidt, Franco y Weitlaner han
comprobado la existencia de más de dos mil minas prehispánicas en Querétaro y
Weigand alrededor de 750 en Zacatecas (López 1994:9-25), en la región de
Bolaños la pregunta sigue sin respuesta por parte del proyecto, aunque le parece
dable suponer que esta actividad tecnoeconómica debió ser "la base del
intercambio de productos dentro del sistema de intercambio establecido y que unía
estas regiones de cultura" (López 1994:25). Adicionalmente, el trabajo de Charles
Kelley en Altavista indica un intercambio de turquesa y cerámica dirigido hacia el
norte (suroeste de Estados Unidos), seguramente integrado al sistema económico
mundial teotihuacano, y que cesa con la debacle del centro nuclear (López
1994:39-43). Sea que se apele al sistema mundial del horizonte clásico
mesoamericano o incluso a un más limitado "modelo de simbiosis económica" de
alcance interregional (sugerido por López 1994: 55-64), y aún suponiendo que se
dé solución al problema de los indicadores que asocien teoría y observación, es
evidente "que hace falta realizar excavaciones bajo estas conceptualizaciones"
(López 1994:57;cursivas mías).

Ahora bien, aunque Price (1986:177,182-183 y 188) ha advertido, desde la


teoría materialista cultural (bajo su versión próxima a la teoría del poder social),
que la operacionalización basada en la distribución de los estilos cerámicos y
mercancías suntuarias es insuficiente para explicar los mecanismos políticos y
económicos im-
plicados en un sistema mundial –no, en tanto que la indagación evite ser
teóricamente dirigida a obtener los datos precisos (Price 1986:170 y 188)-, no
puede pasarse por alto el esfuerzo interpretativo iniciado por este elemental
equipo cooperativo de investigación, que a todas luces intenta, con elecciones
intuitivas, rebasar la teoría tradicional, seleccionando aquellos términos de la
teoría alterna que mejor se avienen a las evidencias (¿anómalas desde aquí?) de

362
Exp.13-19, f.25.
383
"influencia" y "comercio", para usar los términos cuestionados por Price a la
historia cultural. Sobre todo, es pertinente destacar que Cabrero (1989:303-326)
no se aprisiona en la mera secuencia cronológica, sino que ya entonces avanza
hacia la postergada "fase interpretativa", así sea andando a caballo entre teorías
diversas.

Descontando, como ella apunta, que el conocimiento arqueológico es por


naturaleza limitado a ciertas partes (fragmentarias) de la realidad pretérita
(Cabrero 1989: 26), su proceso de indagación tiende a sustentarse en la
normalidad habitual de los procedimientos de observación y clasificación, bien
probados heurísticamente por la tradición teórica. La riqueza de contenido
empírico que ofrecen 11,807 tiestos cerámicos y 68 sitios estructurales no sólo
resultan abrumadores frente a la pobreza empírica del intercambio, sino que son
también el resultado de aquellas entidades y fenómenos postulados como
existentes por la historia cultural. Es curioso que a este nivel observacional, más
bien local y regional, lo que para efectos del intercambio puede ser un subsistema,
aquí se conceptúa como una cultura singular y ésta a su vez como una "presencia
acumulativa de rasgos". Hasta el intercambio pasa a ser también un estático
contacto cultural. Las analogías cerámicas, del patrón de asentamiento circular y
la costumbre de las tumbas de tiro son indicadores (elementos) pertinentes desde
el punto de vista de la difusión cultural, propagada desde culturas del Noroeste y
el Occidente. Los objetivos de los sitios excavados son muy claros
ontológicamente: reconocer la forma y tipo de las estructuras y obtener la
estratigrafía necesaria para elaborar la secuencia cronológica en dos periodos de
ocupación.

A continuación, la convergencia de rasgos culturales con las culturas


arqueológicas de Chalchihuites y Teuchitlán-Ahualulco es inferida con un
razonamiento deductivo difusor poco explícito: su mayor complejidad
arquitectónica y cultural los hace ser focos irradiadores de cultura hacia la "cultura
Bolaños". De la misma manera, la tradicional equivalencia que se hace entre

384
cultura arqueológica y grupo étnico permite suponer que esta cultura es, para la
primera fase de ocupación, un movimiento de población proveniente del lago
Magdalena para ponerse en contacto con la cultura Chalchihuites, la que a su vez
se movería al sur por medio de un grupo de especialistas migrantes que
desarrollarían la minería en Bolaños, y cuya presencia es inferida por la evidencia
de ciertos tipos cerámicos norteños. Sin embargo, es la misma presencia
acumulativa de rasgos la que induce por fuerza a tomar como equivalentes focos
difusores con centros económicos y los contactos culturales con relaciones de
interdependencia. Deriva de ello el intento por conjugar creativamente culturas y
sistemas, historia cultural y sistemas mundiales.

Repito entonces, el cambio teórico que se aprecia en esta conjugación deriva


de las mismas evidencias obtenidas bajo la primera teoría, implícita en sus
procedimientos técnicos y experiencia. Este proceso se inicia desde el momento
en que Kirchhoff trazó un límite cultural que no se corresponde con las pruebas de
un avance civilizatorio hacia el noroeste de Mesoamérica. Los hechos obtenidos
por el proyecto, por otra parte, indican un proceso que, si bien es captado con
dificultad bajo la misma teoría, demuestra cambios sociales más complejos que la
mera difusión de rasgos. Esta anomalía determina buscar las posibles causas del
surgimiento, desarrollo y desaparición de una cultura, que ya no puede seguir
siendo discreta y un objeto en sí misma. Según su interpretación sistémica,
suplementaria y superpuesta, el subsistema regional pasa por dos fases de
ocupación, que debieron corresponder a dos procesos de intercambio, uno
expansivo y otro contractivo. El primero tendría que ver con un sistema de
intercambio centralizado por Teotihuacan, donde la Cañada de Bolaños haría las
veces de intermediario en la red comercial dirigida hacia el suroeste de Estados
Unidos. Al desplomarse este sistema y reimplantarse otro centralizado por Tula,
pero con otra red de comunicación, la cultura-sistema Bolaños se vendría abajo,
motivando los cambios de la segunda ocupación y, por último, su despoblación
definitiva. Aunque pobre en evidencias, la segunda teoría vendría a explicar el
cambio cultural evidenciado bajo la primera teoría. Nótese, insisto, que la

385
selección y translación de conceptos es hecha en función de los hechos
organizados en la primera teoría. Por ello que la autora diga que "al aplicar este
modelo [de Wallerstein] deben seguirse solo sus dimensiones generales" (Cabrero
1989: 59; cursivas mías). Es decir, no se asume por completo su propia capacidad
para organizar y construir los hechos de manera distinta. Simplemente se
pretende ampliar la explicación de los hechos ordenados bajo la conceptualización
anterior.

Concluiré este argumento haciendo hincapié en sus trabajos más recientes


(Cabrero 1993,1993a,1994 y 1999), la ambigüedad teórica no es superada, pero
es más decidida su apelación al modelo teórico del sistema mundial, sin llegar
nunca a ser por entero predominante. Esta agudización teórica interna está condi-
cionada por las últimas fases de la investigación, que han tornado más complejas
las evidencias acumuladas, haciéndolas de plano anómalas para la teoría
tradicional. Como cité al inicio, en 1993 el proyecto estuvo en condiciones
financieras para practicar la primera excavación extensiva (intensiva en nuestra
tipología organizativa) del sitio El Piñón, ubicado en la parte media del cañón, muy
cerca del pueblo San Martín Bolaños.363 Fue aquí donde se descubrió la tumba de
tiro sellada, durante la quinta temporada de campo de fines de 1991 y principios
de 1992.364 Aunque luego volveré a la elaboración social de este hallazgo, de
momento referiré que la exploración extensiva arrojó resultados inesperados, lo
mismo sobre la complejidad social, que sobre la difusión cultural. Por ejemplo, se
detectó una estructura similar a una kiva,365 hasta ahora registrada dentro de la
tradición anasazi, extendida tan al norte como Utah y Colorado; ya en la tumba,
además de los tres entierros primarios (en total se reconoció a once cráneos de

363
Si bien las unidades organizativas internas del proyecto permanecen siendo elementales
(un director, un asistente), el cambio en la cantidad de fuerza de trabajo empleada es
crítico: en las primeras temporadas se emplearon ocho peones, pero al final se elevaron
hasta 20 y 25 (desde luego, nada comparable a los proyectos intensivos del INAH); cfr.
Exp.13-19, ATCNA-INAH.
364
Exp.13-13,24 ff.; María Teresa Cabrero “Proyecto arqueológico en la Caña del Río
Bolaños, Jalisco. Informe de la VIII temporada de campo.1995”, T. Jalisco, Exp.13-35, 27
ff., ATCNA-INAH; Cabrero y López (1993).
365
Exp.13-19, f.28, ATCNA-INAH.
386
adultos), había diez ollas enormes que contenían restos cremados, costumbre
asociada a la cultura hohokam en la Arizona prehistórica, que, por lo demás, junto
con los anasazi y mogollón, comparten "rasgos mesoamericanos" elocuentes, que
por algún tiempo fueron vistos como pruebas de una migración desde el sur
(Fagan 1991:207-212).366 No obstante, la cremación es una costumbre funeraria
que se extiende hasta la región tarasca de Michoacán, donde aparece claramente
asociada a la aristocracia gobernante. Cabrero en cambio la interpreta como un
“rasgo original y desconocido”, e incluso cree que son restos de guerreros y
sirvientes del personaje principal (Cabrero 1999:109-112).

No fueron las únicas piezas halladas en contexto. Una pipa tubular y los
motivos de las vasijas hacen pensar ya no en Chalchihuites sino en el noroeste,
incluido un caracol de posible origen californiano. Para complicar todo, los
materiales incluyen un objeto extraño, de función desconocida (posiblemente
usado para hilar algodón), pero de aire mayance. Con todo, lo más interesante no
son tanto los hallazgos aislados como el que las seriaciones cerámicas y el patrón
de asentamiento comienzan a dejar de coincidir con su distribución lógica, creando
tensión con la noción (débil) de difusión en regiones contiguas. Percibe así una
mayor influencia de Chalchihuites en lítica, alfarería y tipo de asentamiento hacia
la parte central del cañón -que atribuye a una migración de norte a sur-, pero,
simultáneamente, la cerámica decorada parece haber sido menos usada en la
parte norte a comparación de la central, donde aumenta como masa, al tiempo
que es constante la distribución de una cerámica monocroma de posible
manufactura local (Cabrero 1993a:7 y 11). Luego, el patrón arquitectónico circular,
típico de la tradición Teuchtitlán-Ahualulco, y de la que se supone la cultura
Bolaños es una expansión migratoria de sur a norte, se localiza mejor en el
extremo norte del cañón, junto con tumbas de tiro muy elaboradas (López
1994:80). Para terminar, Cabrero (1994:230-231), descubre que uno de los tipos
cerámicos locales, asociado a las tumbas de tiro, exhibe una decoración muy

366
Asimismo, en las ofrendas asociadas se localizaron brazaletes y caracoles de concha, restos textiles, una
hacha zoomorfa, un objeto de función desconocida, una máscara de concha, etcétera.

387
semejante a las cerámicas halladas tan al sur como Ecuador, pero también en
Guatemala, lo que revive la idea de Clement Meighan de un claro nexo
sudamericano, ya sospechado por la costumbre de las tumbas de tiro en el área
andina central.

A esta altura del proceso indagativo del proyecto, resulta harto difícil asirse de
la historia cultural, pero todavía se agrega una hipótesis auxiliar: la cultura Bolaños
se transforma en una cultura híbrida, influencia de otras, empero dueña de sus
propios rasgos."Sin embargo, se persiste en creer que la razón fundamental del
desarrollo de la cultura Bolaños se encuentra en la red de intercambio establecido
con Chalchihuites. De este proceso eminentemente económico se derivaron los
rasgos que la caracterizan hasta imprimirle un carácter híbrido, producto de la
comunicación de diversas regiones aledañas" (Cabrero 1993a:15; cursivas mías).
Este cambio conceptual es a todas luces insuficiente para explicar los hallazgos
obtenidos, por lo que la única respuesta razonable sigue siendo la propuesta de
vastas redes comerciales funcionando como un sistema hasta ahora desconocido.
Lo más interesante es que la autora empiece a decir que el Occidente, Norte y
Mesoamérica toda son "regiones culturales" que "pudieron mantener contactos
comerciales sin influencias mutuas" (Cabrero 1994:232), lo que, de llevarse a sus
últimas consecuencias, rompería definitivamente con la noción estática
difusionista de propagación desde el núcleo civilizatorio central. Nótese que
retoma un concepto ya avanzado por Armillas, pero todavía inscrito en la teoría
histórico-cultural, modificándola poco.

Examinemos esto con mayor discernimiento a continuación. Sostiene Moulines


(1993:148-149) que el problema de los términos teóricos trasciende su horizonte
estrictamente linguístico para imbricarse al problema metateórico crucial de la
naturaleza de las teorías científicas. Desde su óptica estructural, le parecen de
mayor interés las cuestiones de orden semántico-filosófico, epistemológico,
ontológico, metodológico y metateórico. Empero, no es mera "curiosidad filológica"
el que diga asimismo que: "El sentido de tales términos no puede ser apresado

388
plenamente si no se tiene un conocimiento mínimo de la disciplina en que
aparecen"; más aún,"su uso sólo puede ser sancionado por una teoría científica, y
que solo quien conozca esa teoría, podrá hacer uso genuino de ellos" (Moulines
1993:147-149). Así, si bien la concepción estructuralista rechaza la idea relativista
de la inconmensurabilidad teórica, tal como Kuhn (1980) una vez sugirió en su
versión fuerte (que en síntesis aducía la imposibilidad de añadir términos de una
teoría sobre la base de los términos de otra, siendo diferentes los métodos,
problemas y normas de resolución de cada una), pienso que no es desdeñable el
problema de comunicabilidad cuando dos teorías han sido formuladas con len-
guajes mutuamente intraducibles literalmente. Como luego replantaría Kuhn, "la
falta de una medida común no significa que la comparación sea imposible" (Kuhn
1989:99), sólo que las teorías puedan traducirse sin pérdida. Desde el punto de
vista histórico y linguístico, la elección de teorías alternas conllevaría elementos de
interpretación hermenéutica y sobre todo de aprendizaje global de las teorías
como un segundo idioma. El problema linguístico entonces no niega los problemas
epistemológicos, ontológicos, metodológicos, etc., simplemente se les antepone
como precondición. 367

En el caso examinado, hemos mostrado que la elección y aparente asimilación


transteórica es selectiva: se elige solamente aquellos conceptos pertinentes, so
riesgo de que la translación pueda resultar contradictoria, ontológica, metodológica
y aun semánticamente. No es casual entonces que ello ocurra más a nivel
interpretativo de la evidencia que a nivel observacional y clasificador de la misma.
En consecuencia, el ordenamiento conceptual dentro de la historia cultural
aparece con un mayor contenido empírico que aquel que organiza
conceptualmente la experiencia bajo los sistemas de intercambio regional y
suprarregional. Podemos preguntarnos entonces con toda legitimidad si las cosas
podrían ser distintas si la (s)elección fuera tan rotunda que se tomara a la

367
Resiento aquí la infuencia de Putnam (1990:175) y su “realismo pragmático”, cuando establece que:
“Hablar de ‘hechos’ sin antes especificar qué lenguaje se usará, es hablar de nada. El mundo mismo fija el
uso de la palabra ‘hecho’ no menos que el de la palabra ‘existir’ o la palabra ‘objeto’”. Para él, lo
epistemológico, ontológico y lo linguístico están mutuamente interconectados.

389
segunda teoría como una segunda lengua, no para traducirlas lo mejor posible,
sino para entender la realidad implicada en sus conceptos y términos. Lo que se
hace de modo habitual -y es en lo que se sustenta la tesis del "cambio teórico
agregativo" sugerida por Litvak (1986:121-122 y 156) y secundada implícitamente
por Gándara (1991)- es, en efecto, trasladarlos a la "lengua materna", con la
mejor intención de incrementar su léxico explicativo. Las dificultades apreciadas
en este acto (y que remiten al problema esencial de la resistencia al cambio
teórico general de la tradición estudiada) indican que la traducción hecha es un
mecanismo ineficiente en este contexto.

No deja de ser relevante, sin embargo, el procedimiento utilizado de modo


empírico. La arquitectónica de la ciencia ha propuesto que una evolución teórica
"tiene mejores perspectivas de éxito, cuando ésta no implica un rechazo completo
del paradigma anterior sino, más bien, el intento de recuperarlo como una buena
aproximación del nuevo"(Pérez 1993a:199). Este último matiz es interesante si
consideramos que la teoría de los sistemas mundiales, tal como ha sido
reconsiderada por Kohl (1989) para la arqueología del Cercano Oriente, tiene la
peculiaridad de tomar a los primeros modelos difusionistas de interrelación cultural
como una aproximación elemental a lo que luego se reinterpretará como sistemas
de interacción societal. Bajo esta concepción tácita de la evolución teórica, resulta
plausible una síntesis de la "historia total" y la "evolución cultural" (que Kohl, a
nivel metodológico, articula mediante el uso combinado de evidencias
arqueológicas y documentales, sin ser del todo una arqueología histórica, sino
sistémica). Sin eludir los problemas epistemológicos y metodológicos implicados
en una elección teórica análoga, Price (1986) rechaza el simplismo con que se
toman términos prestados, para en seguida "enchufarlos" mecánicamente a las
observaciones tradicionales de "comercio" e "influencia"; por lo tanto sugiere una
reformulación en los términos de su posición energética original, sabedora de su
propia estructura conceptual. Esta estrategia, correcta según creo, se asemeja a la
interpretación hermenéutica que antes mencionamos, pero también recuerda el
procedimiento de traducción superficial de la concepción agregativa tradicional,

390
pero omitiendo que toda traducción es ya una interpretación, por lo que se le debe
asumir con plenitud de conciencia en vez de suponer que es literal u objetiva.

Nótese, empero, que estos ejemplos de elección teórica difieren del pre-juicio
de una progresiva de evolución teórica, pues siempre se hacen desde la primera
teoría, que es la que enfrenta anomalías explicativas y la que debe buscar en otra
conceptos "prestados". Es decir, asistimos a un cambio peculiar, no
necesariamente progresivo, con una flecha del tiempo unívoca. Esta interpretación
nos hace volver de nuevo la vista a Lakatos, pero desde otro ángulo. No puede
soslayarse el hecho de que proyectos como el de Templo Mayor y otros
comparables dentro del INAH confirman la regla de que los cambios en su
programa de investigación son regresivos en tanto que se apoyan en un
reduccionismo histórico muy acusado. Así las cosas, al examinar al concepto
Mesoamérica descubrimos un débil movimiento dentro de la arqueología
universitaria para redefinirlo como sistema de intercambio económico (movimiento
del que el Proyecto Bolaños forma parte avanzada), lo que interpretamos como un
indicio útil de polisemia, aunque de pobres resultados prácticos. Al respecto
mostramos por igual que a pesar de todo en esta arqueología universitaria
prevalece su significado como "historia común" (si no como "cultura común"). Pero
aun así sostengo que habría un pequeño pero importante matiz que destacar: su
mayor predisposición al cambio a pesar del hábito, a pesar de la normalidad de la
tradición teórica compartida, a pesar, en fin, de conservación del núcleo duro
histórico cultural.

De lo antes establecido emanarían tres conclusiones tentativas, a saber: 1) que


es factible suponer que el aferrarse a una teoría podría tener un lado positivo, a
saber, que obliga a explorar sus conceptos hasta sus últimos límites, como un
preámbulo a su replanteamiento (Serrano 1980:175 ). 368 Esta conclusión no
contradice la metodología lakatiana, pero abre un campo de interpretación que no

368
En su polémica con los falsacionistas, Khun (2000:136) dice algo similar: “Los marcos [teóricos] deben
vivirse y explorarse antes de que sean rotos”.

391
sigue el derrotero común de obtener reconstrucciones racionales negativas, cada
vez que se aplica a casos particulares, digamos, la física de interacción débil
(Kragh 1989:254) o la biología molecular (Suárez y Barahona 1993:35). Con otras
palabras, lo que estoy implicando es que la misma ortodoxia del programa
histórico-cultural induce a ciertos arqueólogos -justo aquellos menos
condicionados por el imperativo institucional de la conservación patrimonial dentro
del área cultural mesoamericana- a explorar muy tímida y elécticamente las
potencialidades de la elección teórica, con las limitaciones ya apuntadas. 2) Que
estas limitaciones, atribuibles a la pertenencia y reiteración de la tradición teórica,
obstaculiza de todos modos elegir teorías alternativas radicalmente ajustadas a
sus visiones conceptuales, por lo que no se preguntan las cuestiones relevantes a
ellas ni se conducen investigaciones para contestarlas. La translación
pretendidamente literal de conceptos y su agregación (que curiosamente disgrega
teorías para luego unirlas en fragmentos de modo similar a como operativamente
se acumulan rasgos culturales o piezas del rompecabezas sinfín), evidentemente
lleva a que se retengan los compromisos ontológicos y metodológicos originales.
3) Que un enfoque heurísticamente positivo, generador de evidencias empíricas
de nuevo cuño, compele a una investigación teórica y explícitamente dirigida para
ser productiva a nivel observacional. Pero para conseguirlo, o se hace uso de una
hermenéutica científica consciente o se adquiere la teoría alternativa como
segunda lengua, hasta el punto de pensar (como en efecto ocurre
linguísticamente) con ella.

Cabe una última digresión, que no creo prudente obviar. Se ha dicho que la
teoría general de sistemas, más que una teoría es una orientación que admite
asimilar, integrativamente, a las teorías particulares, sin hacerlas perder sus
características esenciales, cualesquiera que éstas sean. Bajo su concepción, la
"intercambiabilidad de conceptos" es viable gracias a un conjunto de ecuaciones
aplicables a cualquier fenómeno, natural o social. El uso de modelos matemáticos
ofrecería, en suma, las reglas de traducción adecuadas, gracias a lo cual
terminarían de una vez las interminables controversias terminológicas, típicas de

392
las ciencias del comportamiento humano (Rapoport 1979:708). Sin embargo,
Trigger (1992:283-292), al analizar el pensamiento arqueológico de la teoría
procesual, observa que los arqueólogos de esta filiación nunca han sido capaces
de aplicar del todo estas ideas al estudio del cambio sociocultural, en buena
medida por el rigor exigido en las reglas de traducción matemática. Además de
ello, hace notar que en realidad estos arqueólogos trabajan todavía dentro de la
tradición teórica neoevolutiva, lo que los condiciona a demostrar que el número de
variables que intervienen es limitado, luego tienden a imponer explicaciones
sistémicas unicausales (usualmente la ecología, la irrigación, la guerra, la
demografía, etc.). A algunos incluso se les ha acusado de moldear la teoría de
sistemas boasianamente, es decir, inductiva y particularistamente. Nada distinto a
lo que hemos observado nosotros aquí, excepto que varían la dirección y la
resistencia al cambio.

Con todo, hay que admitir que estas dificultades del cambio teórico han sido
muchas veces más productivas para adentrarse en las causas de los procesos o,
cuando menos, a su descripción. Una descripción sistemática, aún sin la ayuda de
un análisis matemático riguroso, puede ofrecer ventajas heurísticas en cuanto a la
calidad de las interrelaciones, siempre que se sostenga que las partes están
determinadas por el sistema global. La noción de Mesoamérica como sistema de
intercambio económico (Litvak 1992 [1975]) bien pudiera dar con los primeros
indicios de un sistema no lineal y complejo muy sensible a cambios ínfimos en sus
redes y vértices de intercambio, y por lo tanto propenso al desorden caótico,
hecho coincidente con los procesos de auges y caídas de las sociedades estatales
prehispánicas (López y Bali 1995). Hablo, por supuesto, en términos heurísticos, a
modo de conjetura, por lo que no veo, como dice Matos (1994b:60), que obrar así
induzca por fuerza a problemas de relativismo, antes al contrario, permitiría
explicar el mismo fenómeno por él resaltado, de que un modo de producción
tributario siempre se desintegra tan pronto como la fase de intercambio
económico (y seguramente ritual) es sometida al factor expansionista militar.

393
Este es precisamente el valor inmanente que aprecio en la postulación del
modelo de simbiosis económica dentro del Proyecto Bolaños (López 1994), que,
de momento, no pasa de ser un modelo conceptual, con indicadores
insuficientemente desarrollados en el formalismo requerido. Descontando su
reconversión teórica, es evidente que una parte sustancial de su futura percepción
sensible depende, sin duda, de efectuar "excavaciones orientadas bajo estas
conceptualizaciones" (López 1994: 57). Tal certidumbre, propia de la experiencia
empírica e ineluctable de la arqueología, nos lleva a ocuparnos de las etapas más
actuales del proyecto.

Hasta fines de 1991 la exploración de tumbas había sido un objetivo relegado


dentro del proyecto. De hecho, en su tesis doctoral Cabrero (1989) apenas si le
refiere.369 En mucho era una respuesta natural al condicionamiento social ligado al
saqueo generalizado de tumbas en todo el occidente, lo que, paradójicamente, ha
repercutido en la arqueología regional, creando una especie de pasión parecida a
la que mueve a los saqueadores, pero matizada por el deseo de descubrir tumbas
intactas, tipológicamente únicas, como debe corresponder a lo insólito del acto de
descubrimiento en la ciencia. Cabrero y su asistente, con toda esta trayectoria de
investigación detrás, habían sido un tanto refractarios a esta motivación.
Interesados más en procesos que en rutilantes descubrimientos, desde el principio
desarrollaron una adaptación a la situación práctica. Se dedicaron entonces a
reestudiar las tumbas saqueadas, con la intención de reconocer su forma de con-
strucción. Así lo hicieron en varias tumbas de cámara, de dos y tres cámaras,
localizadas en los sitios La Florida, El Arenal y El Aguacate, en la parte
septentrional del cañón. El resultado no fue despreciable: fue en ellas donde se
encontraron las escasas evidencias disponibles de intercambio a distancia, tales
como cuentas de piedras preciosas, conchas, etc., que hacen pensar en una

369
En realidad, se puede decir que fue motivo de una investigación suplementaria (Cabrero 1995 [1989]).

394
diferenciación social avanzada, ya que no aparecen asociados a los entierros
directos del común.370

Durante la quinta temporada de campo (ver cuadro 5.1), se propusieron


reestudiar dos tumbas de tiro saqueadas, localizadas en los sitios El Piñón y
Chimaltitán, hacia la parte media del cañón. Esta última no pudo ser excavada otra
vez a causa de que el campesino dueño del terreno no se los permitió. 371 En El
Piñón la negociación política del objeto de estudio no aparece documentada en
ninguno de los informes técnicos consultados, pero puede inferirse por la
respuesta posterior -y que fue tarea del proyecto en casi todo el año de 1994- de
reintegración de las piezas restauradas a un museo comunitario elaborado por
Cabrero y su asistente, acción que es dable interpretar como un intercambio
simbólico entre sociedad y arqueólogos universitarios, pero que se relaciona
también con el proceso de construcción social del descubrimiento para sus
intereses internos.

Hay que precisar, para mayor comprensión del proceso, que El Piñón es un
sitio clasificado tipológicamente como centro rector regional en cuanto a su
complejidad estructural como asentamiento que consta de vestigios habitacionales
y una zona de elite ligada a un centro ceremonial (juego de pelota y zona
funeraria). Ahora bien, por su características arquitectónicas, la tumba explorada
poseía de entrada rasgos que fueron reportados como inusuales: su cámara

370
Exp.25-7, f.18, ATCNA-INAH; también Cabrero (1989:149-165 y 183- 201) y López
(1994:88-89).
371
Recuérdese el proceder autoritario que se sigue en todos los casos: se procede a la
"ocupación pacífica" de los sitios, eufemismo que apenas oculta un acto de poder
administrativo, usado a discreción por los arqueólogos del INAH. Los arqueólogos univer-
sitarios, en cambio, están incapacitados legalmente para actuar así, por lo que deben
negociar su objeto de estudio con sus poseedores, a pesar de la noción de bienes nacionales
que pesa sobre éstos en general. Ello establece de inmediato una relación cualitativa
ligeramente distinta por parte de la arqueología académica: ya que no media una
apropiación tácita de los hallazgos por el arqueólogo y el poder estatal que lo ampara, la
sociedad local no se convierte en enemiga. Por ello, no se establece un conflicto con
tradiciones vivas como la papago, que tratamos en el segundo capítulo de esta obra.
395
circular estaba colocada justo bajo una estructura o terraza (donde también se
descubrió un entierro-ofrenda). Se asentó así en el informe:372

Hacemos notar que este descubrimiento, aún cuando resulta fragmentario, con valiosa

información perdida gracias a los saqueos que ha sufrido el sitio, representa la evidencia

sociocultural más importante que se tiene en relación a las sociedades que acostumbraron

enterrar a sus muertos en tumbas de tiro. En ninguna parte del Occidente de México, se

habían encontrado uno de estos monumentos asociado directamente a la sociedad que las

creó.

Vis-a-vis, ésta tumba y su complejo arquitectónico podrían compararse con las


moles olmecas halladas sin relación a los restos de la sociedad que las produjo,
hasta que el hallazgo de los centros urbanos (La Venta, San Lorenzo, Manatí y
otros) comenzaron a despejar su incógnita sociocultural contextual. Por esta
misma razón, las tumbas de tiro hasta entonces reportadas en Michoacán, Colima,
Nayarit y Jalisco habían sido interpretadas como verdaderos cementerios, idea
reforzada por la disposición de las tumbas de tiro del Valle de Atemajac y otras
(Galván 1991; Cabrero y López 1993:78).373 Según Cabrero y López (1993:77), el
proyecto había logrado detectar a toda la sociedad y al grupo dirigente que la
construyó, cosa que en otros estudios era atribuida a una hipotética sociedad
organizada baja un modo de producción asiático, de dudosísima existencia
(Galván 1991:291-303). Pero inclusive Weigand, se dijo, no había logrado asociar

372
Exp.13-13, ff.10-11, ATCNA-INAH.
373
El Proyecto de Rescate Arqueológico Autopista Ixtlán-Tepic exploró cinco "panteones"
de tumbas de tiro, que se reportaron así: "Las excavaciones de estas formas de entierro,
ofrece aspectos nuevos que no habían sido reportados en la literatura arqueológica, y su
[ulterior] estudio alentará otras ópticas en el análisis de los antiguos arquitectos
funerarios..."(Zepeda 1994:8;cursivas mías). En Colima, otro grupo de arqueólogos
igualmente reportaron el hallazgo de una tumba de tiro intacta, descubrimiento dado como
“extraordinario” en la prensa (Público, suplemento Arte y Gente, 1/8/2000:5).
396
el patrón arquitectónico circular de Teuchtitlán-Ahualulco (primer foco difusor de la
cultura Bolaños, como ya vimos) con esta costumbre funeraria (López 1994:52).

En adelante, la fortuna sonrió a nuestros arqueólogos. Providencialmente, por


una feliz coincidencia, la excavación extensiva del El Piñón -bastante más rica en
resultados observacionales de lo que expreso aquí-, que no había sido posible en
etapas previas del proyecto hasta que acudió en su ayuda CONACYT (con poco
más de 200 mil pesos), se correspondió con un segundo hallazgo mucho más
sorpresivo. En el muro la terraza, junto a la tumba saqueada, se descubrió el tiro
de otra tumba (de una cámara), ésta sí sellada. Su carácter insólito creció
desmesuradamente, pues se aduce que se trata de un "hallazgo insólito en la
arqueología mexicana". Se estableció entonces (cursivas mías): 374

El hallazgo de una tumba de tiro sellada constituye uno de los logros más importantes
para el conocimiento de esta tradición funeraria al Occidente de México, puesto que, a
excepción de los hallazgos en el fraccionamiento El Grillo-Tabachines [autoría de Javier
Galván y Otto Schöndube], situado en los alrededores de Guadalajara, los cientos de
tumbas de este tipo encontradas habían sido saqueadas con anterioridad a su exploración
arqueológica (...) Por otra parte, la tumba de Bolaños [El Piñón] es la primera tumba de
tiro encontrada dentro de un contexto social, ya que todas las anteriores están situadas en
contextos funerarios, es decir, cementerios.

En efecto, los hallazgos (24 cajetes, 10 ollas, 4 brazaletes, 3 entierros


primarios, 11 cráneos adultos, una ofrenda de huesos quema dos, cremaciones,
etc.) confirman que "son en su mayoría únicos y muy particulares",375 es decir, son
"descubrimientos que representan nuevas aportaciones a la tradición de tumbas
de tiro", con "características arquitectónicas nunca antes reportadas" (López 1994:
48; cursivas mías). El carácter singular o notable del descubrimiento, resaltado por
sus autores con términos tales como "insólito", "único", "particular", "nunca antes"
y "más importante", probablemente hubieran sido atinados de no ser porque un
descubrimiento paralelo vino a empeñar un tanto su visibilidad social.
Accidentalmente, en el curso del tendido de la nueva autopista Guadalajara-Tepic,

374
Exp.13-19 ,ff.2-3, ATCNA-INAH.
375
Ibidem, f.7.
397
se puso al descubierto otra tumba de tiro sellada (de dos cámaras), de inmediato
reportada, no como producto del azar, sino derivada de investigaciones
conscientemente dirigidas a tal fin. Aparte de las coincidentes argumentaciones
empleadas en ambos descubrimientos, llama la atención que los autores de uno y
otro simulen desconocer sus respectivas aportaciones al conocimiento de la
arqueología regional, pues evitan citarse mutuamente.376 Dicen los miembros del
Proyecto de Rescate Arqueológico Huitzilapa (López y Ramos 1994:60; cursivas
mías), también de baja intensidad como el de Bolaños:

En un valle de esta región queda ubicado el sitio Huitzilapa, en el cual, durante recientes
trabajos de investigación arqueológica, fue descubierta una tumba de tiro, cuya
importancia radica en ser la primera de este tipo, asociada a un contexto arquitectónico,
que es estudiada científicamente.

A poco, a fines de 1994, coincidiendo con la museografía comunitaria de


Bolaños, el Proyecto Huitzilapa expuso públicamente sus logros en una exposición
temporal en el Museo Regional de Guadalajara. En ella se repite el mismo texto,
pero abundando en detalles dignos de citar por su familiaridad con el Proyecto
Bolaños. Decía una de sus cédulas:

Durante los trabajos de rescate arqueológico en Huitzilapa, fue descubierta una tumba de
tiro cuya importancia radica en ser la primera de este tipo, asociada a un concepto
arquitectónico y que es estudiada científicamente...La tumba se localizó en el centro de
una estructura cuadrangular, ubicada en el sur de la plaza oeste del sitio, espacio que
aunado a otros conjuntos arquitectónicos, forma su área ceremonial.

Ciertamente, se pueden abrigar dudas respecto a la primicia científica de estos


hallazgos, pero no pueden ignorarse las similitudes argumentales y hasta en la
índole de los propios datos obtenidos, a saber, tres entierros primarios -uno de
muy alta jerarquía-, posible sacrificio de cinco individuos más, 75 vasijas, seis
figuras, atavíos de cuentas de concha y aún piezas de jade de gran calidad (López

376
Lo dicho puede confirmarse comparando dos artículos reproducidos en la revista Ancient America. En el
primero (Ramos y López 1996: 121) apenas si mencionan al Cañón de Bolaños como “últimamente
identificada en la porción noroccidental del Bajío”. Tres años después Cabrero (1999:112) reporta su
hallazgo de 1993 “de una tumba de tiro sellada” sin mención alguna del hallazgo de Huitzilapa. El juego de
suma cero, o mejor, uno de “diente por diente”.

398
y Ramos 1994:60-61). Sabedores, seguramente, del hallazgo paralelo (lo que
comprobé mediante conversaciones sostenidas con Cabrero y Ramos
separadamente), este equipo de investigación agregó, sin embargo, un argumento
que no había aflorado en la disputa por la prioridad. Introdujeron una tipología de
formas de tumbas de tiro mucho más elaborado del sugerido por Soto (1994:43-
46), con solo tres variantes. Ellos postularon ocho tipos, uno de los cuales era el
de Huitzilapa, lo que singularizaba su descubrimiento, al tiempo que nunca
aparecía El Piñón, que así queda reducido a variante tipológica ya conocida. En
un informe posterior, Cabrero y su asistente dirán que sus tumbas son de forma
acorazonada, singularizándolas en contrapartida.377 Será hasta un trabajo muy
posterior, debido a Zepeda (2000: 226-227) que se apreciara de modo íntegro la
variedad de tumbas estudiadas por los arqueólogos en Nayarit, Jalisco, Colima,
Zacatecas y Michoacán.378

Si bien podría convenir metafóricamente con Lakoff y Johnson (1980) en que el


argumento es guerra y de que solo en el lenguaje el Proyecto Huitzilapa ha
ganado al Proyecto Bolaños, la comparación no deja lugar a dudas, más allá de la
motivación descubridora coyuntural. La superioridad del Proyecto Bolaños es la
que hemos venido delineando a lo largo de este estudio de caso: su sentido
interpretativo y, con él, su predisposición al cambio teórico, a pesar de la tradición
que lo arraiga a la normalidad general. Esta superioridad puede, si es preciso, ser
llevada al terreno cientimétrico de la productividad científica, que no pasa de ser,

377
Exp.13-35, f.12, ATCNA-INAH.
378
Este análisis ha provocado un reto molesto a la pasión arqueológica profesional por las tumbas de tiro.
Aunque desde tiempos de Isabel Kelly (y acaso desde Lumholtz) en 1940, se hizo común recurrir a los
“moneros” para descubrir tumbas de tiro intactas –uso que José Corona Núñez elevó a su máxima expresión
instrumental como servicios asistenciales-, la superioridad heurística del conocimiento práctico de estos
arqueólogos amateur no puede ser admitida, en parte por su asociación al saqueo, pero sobre todo por la
precisión del mismo, conocimiento que ni los arqueólogos profesionales disponen. La tumba de El Arenal, en
Etzatlán, Jalisco, descubierta por Corona Núñez con sus “buscadores de tesoros”, sigue siendo la más
apabullante de todas. Más grave aún es la conclusión de que sin este saqueo no existiría buena parte del
patrimonio arqueológico del INAH en Nayarit, vía requisas a los traficantes (¿expropiación de los
expropiadores?), pero asimismo a través de su contratación en los equipos arqueológicos oficiales. Se
entiende así el interés puesto por esta arqueóloga en una forma campesina de conocimiento local tan eficaz
(Zepeda 2000). Weigand coincide en decir al respecto que entre los arqueólogos profesionales y los amateur
hay “dos mundos sin puentes entre sí”, incluidas distintas visiones del pasado (Weigand a de la Torre,
13/9/2000).

399
bajo nuestra perspectiva comprensiva, un indicador indirecto del asunto realmente
trascendente del cambio como elección o, en su defecto, como selección
conceptual.379

En medio de su modestia, los resultados obtenidos por el Proyecto Bolaños


pueden ser de consideración si les contrasta con los arrojados por los Proyectos
Especiales de gran intensidad, de ostensible visibilidad en hallazgos
monumentales, pero hasta ahora pobres en generación de conocimientos e
interpretaciones. No podría terminar este análisis sin observar cómo la inyección
de recursos económicos -que han hecho paladear a estos arqueólogos las bon-
dades de gran arqueología- motiva aparentemente una respuesta análoga de
comportamiento, predispuesta a la consecución de grandes hallazgos.380 Este
comportamiento social hace suponer que no se concibe otra manera de retribuir
esos recursos brindados a la ciencia, exactamente tal como la gran arqueología
debe trocar su sostén por monumentos nacionales. Ciencia y política no parecen
entonces estar indispuestas en lo que se refiere a premiar a la arqueología, cuya
consecuencia deletérea ha sido el fenómeno por el cual la búsqueda evidencias
de intercambio sean, para esta fase del proceso, un subproducto de los hallazgos,
en vez de su motivo primero. Luego, una investigación teóricamente dirigida a la
producción de nuevas evidencias, no a su descubrimiento fortuito, es uno de los
desafíos futuros del proyecto. Que lo encaren o no, depende de la actividad
efectiva de estos arqueólogos. Mas hay que reconocerles que han dado dos pasos
adelante y solo uno atrás, inevitable, me temo, en su contexto social y en su
entorno cognoscitivo tradicional.

379
El Proyecto Bolaños, con catorce años de pacientes trabajos, ha producido dos libros,
otro a punto de concluir,14 artículos y ocho informes técnicos (dos del grueso de un libro),
al tiempo que admite ser la continuación de un estudio de sitio practicado por Charles
Kelley en Totuate en 1963 ([Link] 1989:81-86).
380
Para su octava temporada de campo se descubrieron dos tumbas de tiro selladas en Pochotitán, pero el
informe refleja un retorno a la baja intensidad y menos vistosidad de los hallazgos. De hecho, se indica que
su excavación quedó inconclusa “por falta de tiempo y de dinero”. Debe recordarse que por causa de las
envidias personales de una dictaminadora de CONACYT, el Proyecto Bolaños dejó de percibir sostén
económico; Exp.13-35, f.25.

400
CAPITULO SEXTO
LOS DILEMAS DE LA ARQUEOLOGIA MEXICANA

A fin de cuentas, la mejor manera de decidir si determinado conjunto de


conocimientos es científico o no consiste a menudo en estudiar las actitudes
recíprocas de quienes lo practican profesionalmente ante la obra de sus colegas.
Un síntoma inequívoco de no ciencia es el denuesto personal y la intolerancia ante
las opiniones de otros especialistas. La existencia de irreconciliables “escuelas” de
pensamiento es familiar en ámbitos académicos tales como la teología, la filosofía,
la literatura y la historia. Cuando las encontremos en una disciplina “científica”,
haremos bien en ponernos en guardia.

John M. Ziman, El conocimiento público. Un ensayo sobre la dimensión social de la ciencia 381

e invocado a propósito un epígrafe asaz provocador al comienzo de este capítulo


H conclusivo del estudio, simplemente con la intención de tornar más inteligible a nuestra
comprensión el ambiente contradictorio en que se desenvuelve la arqueología y los
arqueólogos mexicanos, si bien no comparto del todo esta idea sociológica de ciencia de
Ziman porque, como he referido en numerosos pasajes, las ciencias y los científicos más
respetables no son ajenas a los conflictos, los denuestos y las intolerancias. De paso
agregaré muy solidariamente, que siempre consuela saber que no estamos solos con nuestra
diferencia de bajo perfil (que conste que hablo como antropólogo social).
No obstante, se habrá advertido que en mi lenguaje continuamente he empleado las
palabras “paradoja” y “paradójico” para denotar una serie de contradicciones observables,
las cuales que arrancan desde la conocida costumbre de la evitación personal -la génesis
de mi interés de conocimiento comprensivo- y que se prolongan hasta la antinomia del
poderoso Leviatán dentro de su estrecha jaula patrimonial y patrimonialista. Ya que no
deseo arribar a prospectiva sociológica alguna ni mucho menos esbozar algún deber ser a
priori (si bien la ética de las situaciones sociales en arqueología sí reclamarán en seguida mi
atención), no me parece pertinente seguir bordando sobre tales insuficiencias, sino más
bien ir directo a sus causas generales. Por lo demás, me parece que la arqueología seguirá
siendo una ciencia de paradójicos contrastes que no creo que sea mi responsabilidad

381
Ziman (1972:46).
401
despejar. Quizás el más extravagante de todos sean sus flechas del tiempo invertidas.
Quiero decir con esto que en nuestros días es una ciencia que ambiciona estudiar al pasado
con medios del futuro. Y cuanto más futuristas sean éstos últimos, más felices y seguros
parecen estar los arqueólogos para aprehender los ignotos tiempos idos. No me atrevería a
juzgar qué tanto lo han logrado (en otras palabras, evaluar su cientificidad y, antes que eso,
su cambiante y nunca consensuado sentido de la cientificidad), pero puede ser divertido
observarlos transidos en este doble impulso, un comportamiento que deja de ser simpático
cuando los vemos distanciarse proporcionalmente de sus viejos cometidos humanistas con
esa terca búsqueda de cientificidad objetivista a toda costa, sin medir sus consecuencias o
su responsabilidad.
Llevado a los extremos, ese comportamiento contradictorio se convierte en sendos
dilemas comunes para todos aquellos individuos que actúan bajo las recurrentes situaciones
sociales a que da lugar su pertenencia a la misma tradición científica. ¿Arqueología
nacional o arqueología mundial?, ¿ciencia o administración patrimonial?, ¿uso público o
privado?, ¿comunicación o reserva?, ¿cambio o continuidad?, ¿descubrir o interpretar?,
¿evitar o participar?, ¿tolerar o sancionar?. La lista es larga sin haberla agotado. Planteando
las cosas en términos más amplios podemos afirmar que los dilemas sociales se presentan
en grupos que asumen conflictivamente el elegir entre el bien general y el bien personal,
entre la solidaridad y el egoísmo, entre el yo y los demás. El dilema aparece siempre que un
objetivo grupal exige un esfuerzo común y solidario. Vale la pena recordar al respecto que
los primeros modelos de la elección racional fueron postulados para comprender el
problema del intercambio en el comportamiento económico.382 Por aquel entonces (1948)
era un supuesto aceptable el sostener que la conducta racional tenía que ser por fuerza
egoísta y que toda elección apropiada era la que producía el mayor beneficio personal. La
mano invisible de Adam Smith parecía bendecir esta búsqueda del provecho individual, a
pesar del bien y del bienestar colectivos (Paulos 1990:162; 1993b:99). Con el paso del
tiempo, la valoración de la elección cooperativa cambió notablemente hasta en el mundo de
los negocios, la organización empresarial y las coaliciones de intereses para mutuo

382
Ver prólogo de Oskar Morgenstern a Davis (1986:11-13).

402
beneficio.383 Tanta ha sido su revaloración, que hoy los especialistas se permiten citar nada
menos que al príncipe Kropotkin y su concepción anarquista sobre la ayuda mutua como
mecanismo de la evolución humana (Nowak, May & Sigmund 1995:50-51), si bien no deja
de asombrarles que la no cooperación sea tan recurrente (Nowak y Sigmund 2000:30-31).
Mucho más importante que este cambio valorativo es que ya en 1956 Vajda (1988:1267)
observó que el teorema principal de von Neumann no funcionaba en los “juegos reales” de
varias personas, anunciando así las dificultades que luego se tornarían en manifiestas
carencias de una teoría sin conceptos observacionales adecuados a sus conceptos de
utilidad, información, comportamiento óptimo, estategia, pago, equilibrio, etcétera., es
decir, todos ellos conceptos teóricos pero estáticos.384
En su temprana crítica a la teoría del actor racional, Deutsch (1985 [1966]: 91)
adujo que la teoría misma había optado por una estrategia minimax, esto es, procuraba
incurrir en el menor riesgo de pérdida con una mínima ganancia. Creo que él se hizo cargo
de lo apresurado de su juicio cuando repuso que la teoría era poco realista, cuando menos
en lo que se refería a la toma de decisiones en política. Asimismo se percató que la
identificación analógica de los modelos de los juegos con ciertas situaciones sociales
recurrentes permitía desentrañar en cierta medida las preferencias personales, la magnitud y
dirección de los errores, y sus desviaciones respecto a la mejor estrategia teórica. De paso,
sugirió que el actor social no correspondía del todo al jugador de “un solo propósito”, sino
que, en la práctica, entraban en juego propósitos múltiples, entre los que pesaban los
valores socioculturales, luego jugar en política era jugar por lo menos dos juegos, el
valorativo y el conveniente. Esta realista apreciación ha hecho menos chocantes posturas
como la de Elster (1989), al contrastar la conducta racional a la irracional o a la

383
Dixit y Nalebuff (1991), por ejemplo, dirigiéndose a los inversionistas, están primeramente preocupados
en conseguir un balance entre cooperación y competencia; Galjart (1992) sugiere aplicar una estrategia de
pool -un juego cooperativo de contribuidores- a ciertas empresas conjuntas; más recientemente Glance y
Huberman (1994) proponen generalizar la cooperación dentro de las organizaciones jerárquicas para
mejorar su eficiencia;
Conthe (1999), un alto funcionario del Banco Mundial, igualmente se inclina por una “estrategia mixta” en el
mundo de los negocios, y por un “Leviatán con chistera” en asuntos diplomáticos. En fin, como establece
Elster (1989:235), es ya insostenible el eslabón de racionalidad e interés egoísta de los economistas.
384
Remito a la crítica de Deutsch (1985:83-102) sobre estas insuficiencias de la teoría de los juegos para la
elección política. En lo particular, aquí hago referencia al carácter fundamentalmente descriptivo con que
debemos proceder al ser difícil pasar de las cifras asignadas en los modelos matemáticos de los juegos a las
cifras efectivas de los pagos en los juegos reales.

403
imperfectamente racional, pues lo que le importaba era entender la realidad de la elección
racional, razón por la que incluyó aquellas conductas abstraídas por los modelos
matemáticos, basados en una sola modalidad conductual.385
Desde entonces, han sido los experimentos y cuasiexperimentos, más que las
simulaciones por computadora, los que han hecho más acuciantes las necesidades de los
estudiosos por ampliar sus análisis hacia expresiones tales como la desconfianza, la
ambición, la beligerancia o la ignorancia de quienes actúan bajo ciertas situaciones, a pesar
de los controles de las variables estratégicas en el laboratorio. Con todo, lo que estos
estudios han revelado con razonable confiabilidad es la gran dificultad que tiene los actores
para obrar bajo una racionalidad estratégica -o sea, aquella capaz de ponderar hasta dónde
sus intereses chocan con los intereses de los demás- y en cambio han demostrado la
tendencia generalizada a la racionalidad paramétrica, que asume al medio en que se actúa
como constante, esto es, un horizonte no ve más allá de los propios beneficios. Dicho con
otras palabras, la gente colocada en determinadas situaciones es bastante incapaz de usar la
apreciación social de la hermenéutica, como para ponerse mentalmente en el lugar de su
competidor. Así, se ha observado que los jugadores no se dan cuenta de lo que entraña su
propio juego y no conciben otra forma de elegir sino la egoísta (Davis 1986: 137,143,163 y
166). De hecho, a menudo juegan irracionalmente. En ese orden de ideas, se sabe que la
correlación de personalidad y elección no ha arrojado resultados concluyentes, pero, a
diferencia de los test psicológicos aplicados, sí se han observado conexiones entre la
manera de jugar con las preferencias políticas, la experiencia y la profesión (Davis
1986:165-166).
En el campo del comportamiento científico no han habido avances significativos
desde esta perspectiva teórica.386 A decir verdad, al contemplar el estudioso una situación

385
Si bien Shubik (1992 [1982]) acepta que la teoría de los juegos aplicada a la economía está mal provista
para tratar sociedades en movimiento, con cambios en leyes y preferencias de los actores, las costumbres y
las instituciones, de todos modos prefiere abstraerlos y tornarlos estáticos. En sus modelos, los jugadores
siempre son tomadores de decisiones racionales y conscientes, con objetivos bien definidos y que ejercitan
su elección dentro de los límites prescritos por el modelo. Con todo, como él admite, el problema sigue
siendo cómo trabajar aproximaciones matemáticas a una realidad no matemática. Tal parece que la clave
está en conocer las preferencias de los jugadores, quizás no menos que las situaciones sociales (Greenberg
1990). Los estudios experimentales con juegos espaciales de Hermer y Spelke (1995) indican además que la
flexibilidad en las estrategias humanas se van desarrollando progresivamente a lo largo del crecimiento
humano y que esa flexibilidad en la madurez está conectada a la complejidad del lenguaje y otros cambios
cognitivos.

404
social compleja como si tratara de un juego, su esfuerzo sigue siendo el convertir la
intuición del observador en deducciones cuantitativas y a los pagos arbitrarios asignados en
las matrices, en preferencias efectivas de los científicos. Este problema operativo, aunque
sea generalizado a todos los “juegos reales”, no es de menospreciar, como bien lo previó
Merton al abordar el sistema de recompensas a las prioridades y descubrimientos
científicos. Pero mientras a Merton le importó más analizar los conflictos por esas
rivalidades, dio por sentado en exceso la norma de la colaboración social o carácter
comunal de la ciencia (“comunismo”), norma que podría en algún momento entrar en
oposición con las prioridades efectivas perseguidas. No hay duda que semejante
disfuncionalidad fue reconocida por él, lo mismo que la posible aplicación de la teoría de
los juegos a las maniobras ofensivas y defensivas usuales en estas disputas, pero la verdad
es que desde mi punto de vista la misma atención precisaría la elección individualista que
la colectivista o, mejor, cómo se da la interacción entre comunitarismo e individualismo en
el proceso de conocimiento científico. Un ejemplo ilustrativo de mi señalamiento lo facilita
la prueba del último teorema de Fermat, que durante más de 350 años resistió a las mejores
mentes de los matemáticos. Finalmente, Andrew Wiles conquistó la presea.387 Pero no fue
sencillo. Ni totalmente egoísta. De hecho estuvo a punto de fracasar en su demostración por
el acostumbrado individualismo disciplinario. Según él mismo confesó, en esa fase resintió
el entorno competitivo de sus colegas matemáticos. Una de dos, o apelaba a la ayuda de
otro matemático (compartiendo el mérito) o lo perdía todo a manos de otro matemático o
matemáticos. Optó así por cooperar con Richard Taylor para completar la demostración. Y
gracias a esta elección, ambos salieron ganando del dilema socio-cognitivo. Al último,
Wiles y Taylor escribieron un esclarecedor artículo juntos.

386
Barnes (1994 [1985]) ha iniciado la aplicación de la teoría del cálculo racional no tanto a los científicos
como a las consecuencias sociales de ciertas técnicas calculadas según intereses individualistas, si bien
admite que los científicos son tan vulnerables a ellas como cualquier otro grupo o profesión. Por
consiguiente, critica el concepto de racionalidad vinculado al comportamiento egoísta. Adicionalmente,
destaca el papel del contexto social en que se desarrollan la ciencia y la tecnología, aventurando una
obligada comprensión de la relación entre la evidencia científica y los juicios y decisiones colectivos. Con
todo, él prefiere no aplicar este análisis directamente a las elecciones de los científicos pues conserva la
utopía cientifista de que la ciencia debería de ser ella misma un mecanismo de racionalización social,
dejando en la penumbra las acciones individuales de esos científicos.
387
Ver nota de Tim Folger “Sure, Pierre. Sure you knew”, Discover, 1(15):61,1994 y mucho mejor, el artículo
de Goldstein (1995); también la nota “Así se solucionó el defecto en la demostración del teorema de
Fermat”, El País, 15/II/95:33.

405
Claro está que este fenómeno de la cooperación estratégica ha sido pasado por alto
con demasiada frecuencia. Desconocemos por ello cuál sea su efecto real sobre la actividad
científica. En gran medida, seguimos creyendo que la motivación del reconocimiento
personal -aunque pueda ser disfuncional- es la única de las alternativas posibles. En ese
sentido concebimos a los científicos como individuos de un solo propósito egoísta,
capacidad que solo poseen las máquinas con inteligencia artificial. Y en cierta forma nos
colocamos pasos atrás de Hobbes. En efecto, para él, el hombre era un ser
fundamentalmente antisocial, en continua disputa por la competencia, la desconfianza y el
deseo de fama.388 Pero también es innegable que su solución fue un solución cooperativa
bajo el dominio de un actor central tomando decisiones por los concertadores del contrato
social, a los que se imponía la estrategia cooperativa. En las ciencias, es probable que este
poder lo ejercieran por un tiempo la autoridad escéptica de las comunidades de científicos.
Pero como asentamos al inicio del estudio, hay crecientes evidencias de que esas
comunidades se están desorganizando. Es harto significativo que en el escándalo
Baltimore-Imanishi, el “juicio de iguales” de los NIH (National Institutes of Health) no
pudo solucionar la disputa y fue la Suprema Corte la que tomó la última decisión, que para
entonces ya había derivado en demanda legal.389 También el caso de la fusión fría de Pons
y Fleischmann se originó precisamente como una disputa entre científicos por apropiarse
del supuesto descubrimiento, pero lo interesante aquí es que la autoridad nunca residió
entre los pares, sino en la prensa (Lewenstein,s.d.). A falta de control social o comunal, es
la guerra, la incomunicación y el escándalo. Desde luego que la cuestión no siempre
deviene de conflictos como los referidos, es solo que éstos hacen más ostensibles los
dilemas implicados. En otros términos, hay indicios de que la cooperación científica se está
convirtiendo en un asunto clave para el adecuado funcionamiento de la investigación en

388
Paden (1997) analiza este punto de Hobbes: dentro de su estado de la naturaleza, la gente racional
(egoísta) bien puede establecer una sociedad civil sin obligarse a cooperar con una soberanía absoluta. Bajo
el contexto de un dilema sinfín, en que la competencia sea ilimitada, es dable deducir que elegirán la no
cooperación tal como hacen los prisioneros incomunicados. Más aún si son jugadores de una sola estrategia,
o sea maximizadores de suma cero. En ese estado, la cooperación resulta poco valiosa. Propone entonces
investigar primero la psicología de los competidores involucrados en un conflicto.
389
Nota de David H. Freedman, “Who’s to Judge?”, ibidem, pp.78-79; sobre el curso de la disputa y sus
pormenores, ver notas aparecidas en Mundo Científico, 108(10):1193 y “The Antibodies that Weren’t”, en
Newsweek, abril, 1991:45.

406
gran escala.390 Sin ella, me temo, la eclosión de masas críticas y el progreso mismo del
conocimiento será mucho más difícil de conseguir.
¿Cooperar o luchar?, he ahí la cuestión crucial en que se debaten nuestros
arqueólogos en la antesala quinquenal del siglo XXI, la causa misma de sus interacciones
más habituales y sugerentes. Las elecciones y actitudes individualistas o egoístas parece
ser la impronta característica de ellas. No solamente consisten en que mentalmente cada
arqueólogo o arqueóloga crea que sus hallazgos personales son esenciales para la
ontológica y epistemológicamente fragmentada historia cultural del “México
prehispánico”(noción intrínsecamente contradictoria desde el momento en que México no
existía en la época prehispánica). Sino que en sus iterados juegos de competencia por
sobresalir sobre los demás -que es la lógica de la ganancia en la originalidad del
descubrimiento o de su interpretación, su cursus honorum-, la estrategia dominante en cada
uno de ellos sea pretender ganar lo que el otro pierde en reputación. Se trata, por cierto, del
juego más elemental conocido, porque las ganancias y las pérdidas están balanceadas en
cero, pero también es el juego que mejor se adapta a la organización de la arqueología
mexicana y su sistema de recompensas. El carácter único y personalizado asignado al
descubrimiento o a la interpretación no precisan comunicación en este contexto y crean el
supuesto de que la competencia concluye en una sola partida. El que se le practique
repetidamente puede conllevar la búsqueda no de otros puntos de equilibrio o de
compromisos, sino de plano aventajar al oponente. Y con ello, la eclosión de una situación
generalizada de competencia, desconfianza y de ávido apetito de fama, la bellum omnium
contra omnes, la guerra de todos contra todos, y el individuo actuando como el archeologus
archaeologo lupissimus, como su natural expresión social.391

390
Varios analistas (Miquel, Shinozaki-Okubo, Narvaez y Frigoletto, s.d.) se han preguntado también si los
científicos están abiertos realmente a la cooperación internacional. Usando bases cientimétricas, han
abordado el problema como una cuestión de copublicaciones. A mi juicio, las publicaciones colectivas son la
expresión de la cooperación, no la cooperación en sí.

391
La famosa frase, que viene de Plauto originalmente (homo homini lupus), se la debo al prehistoriador
gallego Carlos Alonso del Real, a quien tuve oportunidad de conocer poco antes de su fallecimiento.
Agradezco también que gracias a la comunicación de su experiencia personal, fue que comencé a prestar
mayor atención a las influencias alemanas sobre la arqueología mexicana, influencia que comparte con la
prehistoria española.

407
Empero, si procuramos ir más allá de nuestra feroz analogía competitiva, debemos
recordar que Hobbes sostenía además que si los miembros de una sociedad nunca se
comportan cooperativamente, sus vidas serían “solitarias, pobres, repugnantes, brutales y
cortas”. A su manera, Gándara (1992:80-81, cursivas mías) ha afirmado algo parecido,
cuando escribe:
En resumen, lo que se había logrado -y aún subsiste- es una arqueología dividida,
neurotizada y enfermiza, sin recursos profesionales para ventilar las diferencias de enfoque
y, por lo tanto, una arqueología sin cohesión ni fuerza para exigir lo que le es indispensable,
o bien para oponerse a lo que le es inaceptable.

De hecho, al igual que han vislumbrado Navarrete y otros arqueólogos aislados,


Gándara se apercibió que había que “encontrar salidas como tarea común” (Gándara
1992:170,cursivas del autor), enfocándose precisamente hacia la cuestión de las
prioridades. La mayor de esas tareas comunes era, según él, la de la conservación física y
legal de los objetos de estudio, motivo de confusión con la administración patrimonial, que,
como ya hemos visto, es ni más ni menos que la matriz de un sistema de recompensas
encontradas, que lo mismo premia al descubridor que al interpretador qua individuos. El
que exista una minoritaria arqueología movida un poco más por el deseo de conocimiento
no parece ser razón de peso suficiente para resolver esta poderosa contradicción, sino que
acaso la agudice, pues el cometido contradictorio lo mismo involucra a tirios que a
troyanos. El quid de la cuestión es comprender entonces el por qué frente a esta especie de
dilema del prisionero,392 prevalece la racionalidad individual sobre la racionalidad social.
La “ética de la situación” o “situación de carácter ético” -como bien la han denominado los
matemáticos (Allen 1993:100; Birkhoff 1988:2179)-, tal como se plantea en la práctica a
los arqueólogos mexicanos, y a falta de un código deontológico formal que los obligue a
comportamientos de compromiso previo, está mediada en cambio por motivos y
recompensas opuestos, que dan pie a realizar actos que no están ni prohibidos ni obligados,

392
El dilema consiste de dos elecciones básicas: cooperar o competir. Cuando dos jugadores actúan
cooperativamente, cada uno consigue mejores pagos. Pero eso no lo saben. Y una vez que un jugador ha
escogido su estrategia, el otro consigue mejorar actuando individualmente. Si el juego es de una partida, la
estrategia óptima es obrar egoístamente. Si se repite varias veces, es conveniente cooperar. Si se sabe que
el número de partidas a jugar es finito, se presenta una paradoja regresiva: en el penúltimo juego se
traiciona al compañero y así sucesivamente, lo que hace insostenible la cooperación hasta en su comienzo.
Si el juego se repite indefinidamente, y los pagos son atractivos, puede en cambio persistir la cooperación.
Los experimentos no confirman del todo estas conclusiones, pero sí las simulaciones con juegos espaciales
por computadora.

408
sino que por igual son permisibles bajo las condiciones sociocognitivas de la normalidad en
que se trabaja. No extrañe entonces que así como se rehuye el problema del cambio teórico
progresivo no agregativo, la cuestión del comportamiento ético sea igualmente evitada.
Representa una clave el que en este terreno el que las únicas referencias accesibles sean los
debates éticos de los arqueólogos norteamericanos, nunca de los propios mexicanos.393
Hasta los más vergonzosos escandalos que van contra el conjunto de la disciplina no pasan
de ser “asuntos técnicos”, solucionables de manera restringida y secreta por los
directamente interesados.
Ahora bien, de la parábola de la Guerra del 47 de Navarrete tomamos la enseñanza
moral de que así como México perdió la mitad de su territorio por las acciones
personalistas de sus generales, la arqueología mexicana perdía mucho con las decisiones
egoístas de sus arqueólogos. Se sigue que la estrategia óptima es la de cooperar, pero
también que es una estrategia ideal. Supondría que todos los arqueólogos tienen una
opinión uniforme sobre la forma de actuar y valorar la arqueología. De ser así, deberían ser
considerados como un solo jugador y su antagonista cualquier otro cuerpo homogéneo. Tal
parece que los únicos que podrían tener una concepción valorativa semejante serían
aquellos arqueólogos que conciben a la sociedad como su enemigo. Y éstos no son
precisamente unos cooperadores natos. De hecho, y como lo han probado los experimentos
antes citados, es probable que ignoren que están actuando como si sus interacciones fueran
parte de un complicado juego real. A mi juicio entonces, las observaciones plasmadas a lo
largo del estudio indicarían tres estrategias puestas en práctica: 1) obtención de un
minimax; 2) obtención de pagos secundarios; 3) obtención de lo que el otro pierde. Por
desgracia para ellos, el dilema del prisionero no es un juego completamente antagónico. En
realidad, supone una mezcla de objetivos conflictivos y objetivos comunes. Y el uso de
estrategias mixtas más sofisticadas que la de esconderse y manifestarse al mismo tiempo. El
problema entonces es cómo lograr la cooperación, dada de la competencia persistente.
Vayamos, pues, por partes.

393
Fernando López Aguilar, “Cuestión de ética”, El País, 23/VIII/ 95:4; en efecto, su referente son las
discusiones editadas por Lynott y Wylie para la Society for American Archaeology, Ethics in American
Archaeology. Challenges for the 1990s, SAA, 1995. Aclaro que no estoy afirmando que estos debates sean
ajenos a los arqueólogos mexicanos, sino el punto es que éstos no aborden los suyos con el mismo espíritu
abierto.

409
Las ampliamente compartidas costumbres de la evitación, la desconfianza y el
secreto están asociadas precisamente a una estrategia de supervivencia o minimax. Esta
deviene del juego más común de obtener toda la reputación arrebatándosela a los demás. El
arqueólogo o arqueóloga juegan así sobre seguro: no se obtiene mucho pero tampoco se
pierde mucho. Elster (1989) utilizó la metáfora literaria de Ulises atado al mástil de su nave
para sobrevivir al tentador cántico de las sirenas, justo para captar la seguridad de esta
estrategia, invariable en el curso seguido. La actitud de atarse o recular al aula o al
cubículo, así como la de preferir proyectos de baja intensidad (Tipo IV), sigue la misma
línea estratégica. No obstante, hay que destacar que es una estrategia sumamente racional,
pues supone que un adversario más ambicioso puede impedir una mayor fortuna si compite
con él. Una modificación de esta estategia es la de buscar otros puntos de equilibrio con el
mismo pago. Ello obliga al uso de estrategias mixtas, sobre todo si ya se desea un beneficio
privado maximizado. Ankeny ([Link] 1986:58 y 68) ha señalado al respecto la
conveniencia de un equilibrio entre el engaño y la seguridad, empleando la simulación y las
acciones solapadas.394 La actitud de servir a dos amos (Gándara 1992:165), jugando al
descubrimiento monumental y sirviendo simultáneamente al cometido interpretativo de la
disciplina como ciencia, coincide con este comportamiento ambivalente en términos
abstractos. En la práctica, esta estrategia mixta es tanto más conveniente cuanto que el
descubridor y el científico son igualmente reconocidos por el sistema de premiación a la
arqueología mexicana.
Conforme crece la importancia del reconocimiento adherido al hallazgo
arqueológico se hace factible introducir una nueva estrategia mixta, que lleva implícita
cierta dosis de cooperación. Ello se observa en los proyectos altamente intensivos y
verticales del Tipo I . En ellos, la magnitud del proyecto es correlativa de la magnitud del
pago conseguido. Un gran descubrimiento paga un gran prestigio. Cuando es este el caso,
son practicables los pagos secundarios a los colaboradores del proyecto, esto es, compartir
en medidas diferenciales y jerarquizadas el reconocimiento con el jefe de proyecto. Ello
explica la fidelidad con la que los subalternos retribuyen a éste. Bajo los raros proyectos

394
La estrategia de simular el rastro en la arqueología, tal como la ha sugerido Bahn (1993), a pesar de su
sentido sarcástico, ilustra una serie de jugadas de engaño en las excavaciones y las publicaciones.
Obviamente, los arqueólogos mexicanos no tienen el mismo sentido del humor como para ser capaces de
burlarse de sí mismos.

410
del Tipo III, la cooperación se incrementa, pero al mantenerse el sistema de reconocimiento
dual, el sentido competitivo permanece a pesar de todo. Se entiende entonces por qué los
miembros de un proyecto actúan corporativamente contra los miembros de otro proyecto
competitivo, a pesar del egoísmo. Implica que se actúa egoístamente en grupo. Los
estudiosos han resaltado una paradoja en los juegos bipersonales de suma no nula, que
consiste en que la restricción del abanico de las posibilidades de elección, puede resultar
ventajoso para fortalecer la propia posición, pues condiciona el comportamiento del
contrario. Estos juegos permiten introducir promesas y amenazas al mismo tiempo.
Schelling (cit. Deutsch 1985:98), al estudiar la estrategia de conflicto entre los bloques
durante la Guerra Fría, observó esta mezcla de intereses. Pero asimismo que en un
contexto así, la ignorancia, la temeridad, la pobre de capacidad de comunicación o de plano
la irracionalidad podrían ser ventajosas para los contrincantes. De hecho, en situaciones de
menor envergadura, es usual que se juegue al azar y sin razonar en absoluto.
Al penetrar de plano en estos juegos (como el de los “dos generales en combate”), la
competencia se ha hecho la estrategia dominante. Ya no hay puntos de acuerdo posibles,
sino que se procura ostensiblemente arrebatar los bienes y reputación a los demás. La
concepción paramétrica del resto de los actores hace en verdad imposible imaginarse en el
lugar del oponente y mucho menos asumir los beneficios sociales de la cooperación. Las
pasiones de descubrir o de encumbrarse en el vértice honorífico corresponden a esta manera
egoísta de jugar. A este respecto, la racionalidad social podría ser, por oposición, la
expresión más pura del pensamiento estratégico, porque atempera las expectativas propias
en base a las expectativas de los demás (Elster 1989:39). Empero, hay que reconocer que
las pruebas aportadas al respecto son contradictorias. Y en ello difieren las computadoras y
los experimentadores.
De acuerdo a las simulaciones del dilema del prisionero desarrolladas por Glance y
Huberman (1994), Nowak, May y Sigmund (1995) y Lloyd (1995), existe en efecto una
tendencia a la cooperación, pero ésta se hace más paradójica que nunca. Se observa así que
la transición de la competencia a la cooperación (y viceversa) se produce rápida e
inesperadamente. Todos coinciden en que la cooperación suele darse en grupos reducidos
con intensa comunicación. Bajo organizaciones muy jerarquizadas, la cooperación está
delimitada a grupos o facciones usualmente colocados en las jerarquías más bajas o bien,

411
cuando se trata de poblaciones sedentarias, en grupos vecinales muy próximos
territorialmente. La simulación espacial del dilema del prisionero se grafica como una
especie de tapete persa, con patrones definidos de cooperación y defección coexistentes y
de proporciones fluctuantes. Teóricamente entonces, la cooperación a pequeña escala puede
evolucionar en estructuras más complejas, del mismo modo a como los individuos más
cooperativos pueden dispersarse en la organización jerárquica para hacerla más eficiente
para los intereses corporativos. Sin embargo, aquí existe la ominosa posibilidad de que esos
individuos sean explotados por los actores que siempre persiguen maximizar sus ganancias
personales. Lo usual es que se llegue a estados de equilibrio en situaciones en que muchos
o pocos cooperan. Asimismo, que el tamaño crítico de un grupo y la amplitud de horizontes
tiendan a circunscribirse en grupos reducidos. No es mera coincidencia entonces que las
relaciones horizontales de reciprocidad ocurran en proyectos marginales de muy baja
intensidad y composición social.
Los juegos llevados a cabo bajo control experimental arrojan resultados más
contradictorios todavía. En ellos, hay la insistente tendencia a jugar egoístamente, por lo
que los jugadores cooperativos están destinados al fracaso. Las variables usadas han sido la
cuantía de pagos, la manera de jugar del compañero, la capacidad de comunicación y la
personalidad. Según Davis (1986), quien ha hecho una síntesis de estas experiencias, las
causas de ese comportamiento son precisamente la magnitud de los pagos y la posible
ausencia de arbitraje. Pero aún cuando se elevaron los pagos a las respuestas cooperativas,
fue sorprendente la frecuencia con que se eligió no cooperar. La desconfianza fue
apareciendo también como factor influyente, junto con la dificultad para sincronizar
acciones conjuntas bajo condiciones de incomunicación. Robert Axerold llevó a cabo
entonces un experimento con personas familiarizadas y aún expertas en el dilema del
prisionero. En ellas ¡todos jugaron contra todos!. Pero las estrategias mixtas ganaron en
complejidad. Hubo así quien siempre cooperaba, quien siempre defeccionaba, quien jugaba
a lo Pavlov (ganar-estar, perder-salir) y a lo “tit for tat” (golpe por golpe o pago igual), es
decir, según la antiquísima regla bíblica (ojo por ojo, diente por diente...). Al final, la
estrategia ganadora fue ésta última, aplicada por el mismo experimentador. En esencia, la
estrategia dicta que se empieza cooperando y luego se repite lo que hace el competidor en
cada jugada. Más en profundo, la estrategia combinaba cuatro variables: la claridad, la

412
amabilidad o compasión, la provocabilidad o capacidad de respuesta enérgica, y el olvido o
falta de rencor.395 Otra vez, las viejas y mundanas pasiones del ser humano que, como en
Descartes, son enfrentadas unas con otras.396
Sin embargo, esta estrategia teóricamente óptima -también conocida como
“estrategia burguesa”- tiene serias fallas prácticas. Cualquier mala interpretación de la
acción o un desliz egoísta pasajero puede desencadenar una “reacción en cadena” que
induzca a fuertes pérdidas mutuas. Se ha calculado que cuando eso ocurre, la mitad del
tiempo se coopera y la mitad del tiempo se defecciona. Los expertos en finanzas, mucho
más realistas que los estudiosos, han sugerido a sus clientes recurrir a una estrategia de
pago igual modificada: cooperar, sí, pero llevando un conteo riguroso de las veces que el
otro traiciona mientras uno coopera, estrategia que se sostiene hasta que la relación costo-
beneficio determine revertir por completo la estrategia cooperadora. Recomiendan también
hacer decisiones interdependientes y de absoluta confianza mutua (Dixit & Nalebuff
1991:113 y 117). Pero son más elocuentes que sugerir un poder de arbitraje: hablan de
castigar duramente a los egoístas y premiar a los cooperadores, haciendo de los pagos
cuotas bien diferenciadas y desiguales. La cuestión es, entonces, quién impone el castigo y
en base a qué poder. Ello nos remite a Hobbes, precisamente. En su caso, es muy obvio que
el Estado y sus órganos represivos imponen la estrategia cooperativa a una sociedad
conformada por actores ambiciosos. Como ya dijimos, en las comunidades científicas los
comportamientos más egoístas han sido sancionados con la exhibición pública de
deshonestidad. El problema es grave cuando las comunidades carecen de la autoridad o de
los medios para obrar concomitantemente.

395
Es decir, clara en su simpleza; compasiva, porque nunca se inicia egoístamente; provocable, porque
nunca deja a la defección sin castigo y falta de rencor, porque siempre está dispuesta a volver a cooperar si
el otro actúa así.
396
Juegos experimentales inspirados en la inteligencia emocional sugerida por el psicólogo Daniel Goleman
indican que las emociones o pasiones no solo son la base de la inteligencia racional, sino que son
imprescindibles para desarrollar la capacidad de comprensión, la perseverancia y la destreza social. Los
experimentos indican que dicha inteligencia emocional permite, precisamente, el control racional de las
pasiones, antes que reprimirlas. Con todo, la clave de tal inteligencia es la conciencia de uno mismo, el ser
inteligente a la hora de sentir, es decir, hacer lo que Aristóteles en la Etica de Nicómaco: es fácil enfadarse,
pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado adecuado, en el momento adecuado, en la forma
adecuada y con el propósito adecuado, eso no es fácil. Para ello sirve la inteligencia emocional, que no se
presta a medida numérica, pero se le advierte en acciones tales como las preferencias y elecciones; ver nota
“Las emociones y no el cociente intelectual pueden ser la base de la inteligencia humana”, El País,
8/X/95:27.

413
Hemos visto al respecto que el Consejo de Arqueología está lejos de ser la
institución de arbitraje en los diferendos personales entre arqueólogos. El mismo cuerpo
actúa como un solo arqueólogo afiliado a una sola idea de arqueología o bien en su interior
los individuos se amparan en su poder corporativo para castigar a sus competidores.
También se echa en falta la asombrosa inexistencia de instituciones intermedias de carácter
profesional y que en un momento dado jueguen colectivamente según sus propios intereses.
En este caso, el Estado no parece ser el mediador más idóneo, pues él mismo estimula el
reconocimiento a ultranza del descubridor y, eventualmente, del interpretador. Aparte del
problema del sistema de recompensas dual, el nudo gordiano parece estar en el concepto
del pasado como monumento a la nacionalidad, concepto que aprisiona tanto a los
arqueólogos como al poderoso Leviatán.
Otra vez, ¿cómo balancear la cooperación y la competencia en la arqueología
mexicana?. A lo largo de mi análisis he dejado entrever varias soluciones posibles, pero mi
suscripción de la metáfora de la Esfinge me impide seguir este camino prescriptivo. Más
bien deseo cerrar este primer círculo hermeneútico llamando la atención sobre la parábola
de Navarrete y la ética de la situación dominante. Si bien abrigo serias dudas sobre un
posible summun bonun de consenso en arqueología mexicana, dadas sus características
fenomenológicas,397 es razonable suponer que en vez de imaginar a la sociedad como un
enemigo común, se viera a la disciplina como un beneficio común. Ello bien podría incluir
valores como el progreso de la interpretación teórica o la mejoría material de los
arqueólogos. Un compromiso posible sería el de convertir una contribución minúscula al
bien común a pesar de otra mayor para beneficio propio. O buscar que las ganancias
conjuntas superaran a las individuales.
La fórmula de la medida ética de Birkhoff (1988), con su extrema simpleza
(M = G, donde M es la medida ética y G el bien logrado), posee la extraña peculiaridad -
considerando que viene de un matemático interesado en la ética y la estética- de que el bien

397
La definición exacta de las preferencias entre arqueólogos precisaría de uno o varios experimentos de
laboratorio que dudo mucho que estén dispuestos a soportar. Como dice Embree, los arqueólogos no son lo
suficientemente antropólogos para ser objetos de estudio. En Vázquez (1999), haciéndola de abogado del
diablo de Kirchhoff, introduje un experimento de quebrantamiento inspirado en Garfinkel, que permitió
demostrar que el concepto de Mesoamérica importaba moralmente tanto a sus partidarios como a sus
críticos. Indirectamente, el fracaso para constituir un colegio profesional indica que la situación de
competencia ilimitada sigue vigente.

414
obtenido implica elementos materiales e inmateriales. Entre éstos, destacadamente, la
amistad y la confianza. Bajo el dilema de optar por lo social y lo personal, los valores
inmateriales también están en juego. Y estos se suman o restan al bien perseguido. Admito
que no es irracional velar por los propios intereses, pero la fórmula de la medida ética
indica que una acción unilateral puede conllevar una sustracción de sociabilidad que no
puede eludirse. En consecuencia, sí se actúa irracionalmente cuando en aras de la
autoestima hacemos suposiciones infundadas sobre la conducta e intereses de los demás,
sobre la racionalización de los propios deseos o sobre las metas irrealizables que nos
proponemos. De modo que cuando un arqueólogo o arqueóloga se apasionen por
“coleccionar coros”, trepando sobre cualquiera, harían bien en sopesar las palabras de
Saavedra Fajardo de que las pasiones “levantan tempestades furiosas de afectos, con las
cuales, perturbada y ofuscada la razón, desconoce la verdad y aprehende las cosas, no como
son, sino como se las propone la pasión”. Vista racionalmente la tradición científica de la
Escuela Mexicana de Arqueología quizás caigamos en cuenta de que el bien más elevado a
que puede aspirar la disciplina sea el de concebir a la propia arqueología como la medida
ética máxima. Qué tanto consiga serlo, es algo que los futuros arqueólogos mexicanos
decidirán.

415
POST SCRIPTUM

Esta obra guarda sus propias paradojas. Quiero decir que ha sido posible cuando ya
era imposible. También que, contra los malos augurios, se mueve. Y que lejos de venir a
dictar precepto alguno, abre la perspectiva de la comprensión de nosotros mismos. Sobre la
primera paradoja diré que inicié esta pesquisa justo en el momento en que me había
resignado a olvidarla. Sucede que habían pasado tres años desde que la propuse como
proyecto de investigación a mis entonces directores del Centro INAH Puebla y de la
Coordinación de Centros Regionales, solicitando su aprobación.398 Me dijeron, al primer
año transcurrido, que se les había extraviado en algún escritorio; al segundo, que no
resultaba prioritario. A la tercera negativa, mi jefe inmediato se sinceró ante el visible
desconcierto reflejado en mi rostro: “Se ha echado usted a poderosos enemigos”. No dijo
más. Dio por sobreentendido su mensaje. Fue hasta que hablé con una arqueóloga miembro
del Consejo de Arqueología que entendí realmente: me confió que el proyecto había sido
vetado simplemente porque proponía una sociología de la arqueología, parte de un objetivo
mayor de estudiar la condición de la investigación dentro del INAH. No había nada más
que hacer. O cambiaba de proyecto, o mi doctorado se iba al traste. Sin apenas saberlo,
estaba en graves aprietos. Por fortuna, no todo había sido tiempo perdido. Durante ese
periodo me dediqué a indagar sobre la historia de la arqueología al mismo tiempo que sobre
la comunidad científica de la que era miembro (Vázquez 1993, 1994,1995). Con todo, las
perspectivas futuras no eran nada halagüeñas. Se imponía un urgente cambio de objeto de
estudio.

Y así lo hubiera hecho de no ser porque el Dr. Guillermo Bonfil, a la sazón


coordinador del Seminario de Cultura del CONACULTA, se interesó personalmente por el
proyecto. Tras someterlo a dictamen, el seminario decidió brindarme apoyo financiero para
realizarlo. Hoy lamento que no tuve la oportunidad de discutir con él los primeros avances
de la investigación a causa de su inesperada muerte, acaecida por esos días. Y hasta la fecha
me pesa el desencuentro porque creo que coincidía con sus planteamientos de una teoría del

398
En el INAH, los recursos de la investigación son asignados presupuestalmente por el gobierno federal, no
son conseguidos por los propios investigadores de otras fuentes de financiamiento.

416
control cultural, base de su obra máxima, México Profundo. Una civilización negada (1990
[1987]) y de otros ensayos más puntuales (Bonfil 1993 y 1995). Esta coincidencia se podría
sintetizar bajo la pregunta: ¿cómo constituir una cultura autónoma indígena si antes había
sido enajenada por el monopolio estatal sobre su pasado?. La misma cuestión había
empezado a ser debatida entre mis colegas antropólogos del Instituto Nacional Indigenista,
en relación a los primeros intentos de elaborar una ley indígena que viniera a reglamentar la
reforma constitucional del artículo 4º, donde se consagra el principio del derecho colectivo
de las comunidades étnicas de México. Si en México Profundo se establecía una relación
retórica entre el pasado y presente de estas comunidades, de lo que ahora se trataba era de
establecer derechos efectivos sobre el uso común del esos bienes públicos llamados
monumentos arqueológicos de propiedad federal.

El Leviatán Arqueológico vino a decir que la peculiar administración centralizada


de patrimonio cultural, con fuertes resabios coloniales, impedía la constitución de esos
derechos a sus legítimos herederos, al tiempo que condicionaba la actividad científica de la
propia arqueología y de los arqueólogos que trabajaban bajo tal dominio. Esta conclusión
implícita de mi investigación fue motivo suficiente para complicarme la vida como
investigador del INAH. Antes, y con toda honestidad hacia mis colegas arqueólogos, ya
desde su versión como tesis doctoral distribuí entre muchos de ellos los resultados
conseguidos, gracias a una impresión en offset a cargo del sindicato de investigadores.
Asimismo, bajo la misma ética comunicativa, les hice llegar sendos ejemplares ya de la
tesis, ya del libro a varios altos funcionarios del instituto. Pero mientras que la respuesta de
los arqueólogos de base fue abierta, la de los arqueólogos encumbrados en la
administración del patrimonio fue declaradamente cerrada. De paso, lo que pudo derivarse
en un sano conflicto interpretativo para un diálogo comunicativo, en realidad se convirtió
en presiones nada veladas para acallarme. La primera edición del Leviatán Arqueológico
debió hacerse gracias al apoyo desinteresado brindado por otro grupo de arqueólogos
agrupados en el CNWS de Holanda. Su publicación coincidió exactamente con mi renuncia
como investigador del instituto. Ulteriores correcciones a esa edición las hice ya como
miembro del CIESAS, mismas que ahora ofrezco con esta segunda edición.

417
Segunda paradoja. ¿Cuál ha sido entonces su movimiento a pesar de todo?. Al
respecto ha habido lo mismo críticas positivas que negativas. Las primeras han tomado la
forma de comentarios hechos a través de diferentes recensiones o presentaciones de la
primera edición del libro. Con la excepción de un largo comentario hecho por el Dr.
Fernando Leal Carretero en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la
Universidad Autónoma de Puebla el 18 de Abril de 1997, todas las demás han sido
publicadas y son de acceso público.399 Las segundas han sido en su gran mayoría de
carácter informal –han ido de boca en boca-, pero solo una se centró, por escrito, en la
metodología etnocientífica usada. Corresponde a la de un dictaminador anónimo que supo
captar algunas implicaciones de este enfoque, pero que critica desde la postura de ciertos
“estudios antropológicos de la ciencia”, con los que en verdad no coincide.

Si bien en el capítulo introductorio del libro procuré desmarcarme de la misma


concepción que este crítico suscribe en mi contra, ahora convendría decir que de acuerdo a
los conspicuos pensadores de esa corriente – sociólogos europeos luego relevados por los
antropólogos culturales americanos-, la etnometodología, lo mismo que la antropología del
trabajo científico ligada a ella, son culpables de sostener la “falacia ontológica” de las
ciencias en general, a saber, aquella tesis que sostiene que no hay una realidad que no sea
“construida socialmente” por los científicos, que invariablemente obrarán movidos por sus
intereses específicos, pues todo lo suyo es subjetivo. Esto es lo que me dice también mi
crítico: tu etnociencia peca de ser cientificista.400 Más allá de su ignorancia relativa, el
asunto no es trivial. Sociólogos tan encumbrados como Pierre Bordieu han secundado la
estrategia retadora de sus pares que dicen a la ciencia que es una falacia: “Esta descripción

399
La de Fernando López Aguilar en Cuicuilco (9:151-156, 1997); la de María Isabel Martínez Navarrete en
Trabajos de Prehistoria (2:181-183, 1999 ); la de Blas Román Castellón Huerta en Inventario Antropológico
(6:182-191, 2000) y en [Link] por último Ignacio
Rodríguez García hace prudentes comentarios dentro de su artículo “El presagio de un prestigio: un año de
Actualidades Arqueológicas”, Actualidades Arqueológicas (8:5-7, 1996).
400
“Es importante hacer esto –escribe mi crítico anónimo-, pues los estudios antropológicos de la ciencia
(sic) han criticado a la etnociencia por su postura jerárquica al proponer que ‘otras culturas’ tienen
‘etnociencia’, mientras el etnocientífico hace ‘ciencia’ (y por ello sus proposiciones son ‘verdaderas’)”. Esta
postura contradice la expuesta por Giddens desde 1976 (1997), en la que establece el dictum de que las dos
actividades, la del científico y la del lego, no se mezclan, sino que apuntan a racionalidades diversas.
¿Cientificismo? No, nada de eso. En la crítica de Giddens a la etnometodología se establece la inadecuación
de su postura conocida como “indiferencia metodológica” para efectos de la doble hermenéutica. Más aún,
él asimila ideas etnometodológicas dentro de su teoría de la estructuración social (Giddens 1986).

418
cuestiona evidentemente una hagiografía científica de la que participan a menudo y que
necesitan creerse los científicos” (Bordieu 2000: 63). Contradictorio, porque antes
establece que “la sociología tiene todas las propiedades que definen una ciencia”. ¿Hacen lo
mismo los sociólogos de la ciencia, a pesar de que desafían a la ciencia?. Tengo la sospecha
de que sí, de que su reto nace más bien de un abierto resentimiento desarrollado en
determinados contextos opulentos. Hacking (2001:159), mucho más prudente, llama a esto
un “poderoso componente desenmascarador”.

Pero, ¿por qué tanto atrevimiento? La respuesta es porque no hacemos una


desconstrucción radical de la falacia objetivista del pensamiento científico. La antropología,
tal como la entienden ellos, es “una construcción de ficciones acerca de una construcción
ficticia” (Latour & Woolgar 1986:282). Su etnografía, añaden, no es propiamente
instrumental, sino “reflexiva”, simplemente porque su interpretación “no sabe cuál es la
naturaleza de la sociedad bajo estudio, ni dónde trazar los límites entre las esferas técnica,
social, científica, natural, etc.” (Latour y Woolgar 1986:278). El juicio “no sabe cuál”, en
vez de ontológico, es metodológico, y acaso el que más se confronta con el “requisito único
de adecuación” postulado por la etnometodología en sus estudios del trabajo científico. Este
requisito se sintetiza en que el sociólogo o el antropólogo ha de ser competente en la
racionalidad expresada por los científicos. Es decir, lo obliga a saber cuál es la naturaleza
de la organización bajo estudio, haciendo al observador capaz de distinguir lo que es social
de lo que es objetivo, sin dejar de advertir sus puntos de contacto. Heritage (1990:339) lo
ha condensado con estas alusivas palabras:

De modo similar, es poco probable que un estudio etnográfico de un laboratorio científico


llevado a cabo por quien no sea competente en el campo científico relevante aporte datos de
interés sobre la organización de su praxis científica. En suma, gran parte de las actividades
de una ocupación (...) le resultan opacas a un observador ajeno a ellas.

A partir de ese requisito de adecuación se sigue que si algunos antropólogos nos


rehusamos a ser “tan antropólogos como ellos” es porque suponemos que el “punto de vista
del nativo” dice mucho más del raciocinio del conocimiento local que lo que nosotros
podamos decir en contra del mismo. Es más, nos negamos a hacerlo. Y no creo que solo a
causa de un relativismo cultural duramente introyectado en nuestra disciplina –que es, por

419
cierto, un relativismo débil, nunca radical hasta el escepticismo-, sino porque no nos
cuestionamos, como Bordieu, si lo que hacemos es ciencia. Mas bien es que partimos del
supuesto de que no lo es, de que nuestro conocimiento pertenece al campo de la
comprensión hermenéutica, interpretación que busca ser tan metódica y rigurosa como el
método científico. Mas lejos de oponer comprensión hermenéutica y explicación científica,
buscamos fusionarlas en un horizonte comunicativo que deje de confrontarlas como dos
culturas (inconmensurables, singulares, totales) ajenas. Lo nuestro, en el campo de estudio
de la ciencia, persigue los mismos cometidos que planteara Charles Percy Snow desde
1959: fundar una tercera cultura en el ámbito de las ciencias sociales (Le Bras 2000; Apel
1984; Snow 1977).

Lo anterior nos lleva directo a la antropología y cómo entiende la cultura en esta


situación. Es muy posible que los científicos aceptaran de buen grado admitir que la ciencia
no está más allá de la cultura. O que ésta influya de una u otra manera en su proceder. Para
la historia del evolucionismo, por ejemplo, Ruse (2001:275) admite que este pensamiento
no es menos cultural que otras creaciones humanas. De ello no se sigue que la ciencia sea
subjetiva, y no menos aún, no realista. Una crítica muy razonable es decir que los
ciudadanos necesitan comprender la ciencia y la tecnología como parte del proceso
democrático. Este es el argumento utilizado por Collins y Pinch (1993) cuando advierten
que es imposible separar la ciencia de la sociedad, y que todo desplante cientificista
necesariamente genera un movimiento anticientífico. Los errores, las consecuencias, las
controversias de los expertos o la pésima enseñanza del conocimiento científico son
cuestiones que por fuerza tocan a las instituciones sociales. La ciencia, dicen ellos, es como
un Golem que en la sociedad tecnológica puede salirse de control. Por su parte, Sandra
Harding (1998) tiene sobrada razón en sostener que las relaciones coloniales no han cesado
de influir en la división internacional de la ciencia. Pero al pasarse del estudio social de la
ciencia al estudio cultural de la ciencia las cosas se enturbian mucho más. La misma
Harding pierde el contexto neocolonial para decir que las culturas ajenas conciben a la
ciencia de manera por completo diferente. Seguimos siendo buenos salvajes. La suya es
inhumana. La “tecnocultura americana” se convierte en una verdadera amenaza porque
“permea (pero no determina) nuestro ser corpóreo, subjetivo y social” (Menser &

420
Arnonowitz 1996:8). Y lo que antes era un conocimiento socialmente construido ahora es
un conocimiento culturalmente construido –mucho más inmanente y avasallador que
nunca-, si bien deban confesar a regañadientes que así visto el conocimiento están en
rumbo de la descontextualización, la abstracción y la autorreflexión (Nelkin 1996:35). Y yo
agregaría del conservadurismo. Me cuesta trabajo creer que los mismos antropólogos
involucrados no se den perfecta cuenta de que su cruzada por la desmitificación de la
“tecnociencia” coincide con una giro derechista en su sociedad, giro que coincide con el
recorte de fondos públicos a la ciencia pura. Y de que la Guerra Fría ha regresado con
nuevos ropajes antiterroristas y orientalistas, incluida la buena ciencia militar. Pero esto es
un exceso de contextualización que no parecen dispuestos asumir. No son tan radicales
como para enemistarse con su patriotismo.

A este respecto, me parece sumamente indicativo que en las polémicas sostenidas


entre científicos duros y científicos sociales –las benditas guerras de la ciencia- aparezca
una y otra vez el reclamo de ignorancia de la cultura científica hacia quienes dicen ser
especialistas en la “ciencia de la cultura”. Pero mientras Ruse (2001:18) habla en general de
una “oposición basada en el prejuicio, el miedo y, sobre todo, en una absoluta ignorancia”,
Sokal y Bricmont (1999:136-137), al abordar en detalle lo que Bruno Latour dice contra de
la teoría de la relatividad de Einstein, ellos muestran que su pretendida comprensión no
pasa de ser una analogía mal formulada entre física y sociología (¡otra vez el positivismo
con ropajes posmodernos!), que solo podía elucubrar alguien que carece de la más mínima
familiaridad con el conocimiento desarrollado por la física teórica. Y así con el resto del
conocimiento científico en sus distintas expresiones disciplinarias.

No es casual por lo tanto que cuando me ocupo del sistema de premiación entre
arqueólogos en los dos capítulos finales de El Leviatán Arqueológico, no me concreto a
describir los beneficios específicos perseguidos socialmente por ellos (prioridad del
descubrimiento, prestigio, competencia, etc.), sino que, atento a sus razones para actuar,
recurro a una teoría racional alternativa, la teoría de la elección racional, inspirada en la
teorización de los juegos por los matemáticos. Si bien ahí destaco la solución cooperativa o
de equilibrio de los mismos juegos, en especial del dilema del prisionero, y con ellos la

421
importancia de una ética de la situación de competencia en la que están inmersos, me hago
cargo de que la estrategia ganadora más racional para ellos es la de no cooperar, que es
tanto como afirmar que en una ciencia constituida de descubrimientos impactantes, la
prioridad del descubrimiento arqueológico es absoluta, es su valor máximo, social y
cognitivamente hablando. Es, por así decirlo, una ética de la ganancia a ultranza. Una vez
comprendido este doble imperativo (social y cognitivo), advierto, como lo ha hecho
Poundstone (1995: 22), que bastaría aprender que el dilema del prisionero tiene otra
solución ventajosa pero menos dañina (cooperar y competir simultáneamente), para
reconocer su extraordinaria importancia en la organización de las sociedades humanas,
inclusive en el trabajo cotidiano del científico.401 La pertinencia de esta enseñanza ha
llegado finalmente a enciclopedias antropológicas -al menos en el caso de la editada por
Adam y Jessica Kuper (Dowding 1996)-, nada distinto a como antes se implantó en la
economía, la biología, la sicología, el derecho y la propia sociología.

Vuelvo a mi crítico. Exige saber desde qué punto de vista observo la realidad
descrita, mejor aún cuál es mi “peculiar posición”, que se le antoja revanchista, y hasta
peligrosa para “personas en posiciones subalternas o socialmente desfavorecidas dentro de
las instituciones que estudió”. Pasa de largo que compartí condiciones de membresía con
los arqueólogos durante una veintena de años, y de que yo mismo me adiestré bajo el
programa de investigación conocido como “antropología integral” 402
, rasgo característico
que distingue a la ENAH de muchas otras escuelas de antropología, en que la
especialización temprana es antecedida por una socialización común en tales
especializaciones terminales. De hecho, desde fuera de México, esta peculiaridad es vista,
para el caso de los arqueólogos, como el entrenamiento bajo una “arqueología
antropológica”. Semejante apreciación la capté con toda nitidez trabajando entre los
arqueólogos españoles, entre quienes resulta extraño, aunque no inadecuado, una
arqueología así pensada (Vázquez 1996). Cabe pues la pregunta de si los antropólogos

401
La estrategia mixta de cooperar y competir (también conocida como “burguesa” o “ley del Talión”),
descubierta por Robert Axerold, fue experimentada en 200 juegos con personas que ya sabían en qué
consistía el dilema. En ese experimento, el éxito de la estrategia se basó en invitar al oponente a cooperar,
pero castigar sin falta su defección.
402
Se reconoce que fue Manuel Gamio, por influencia de Boas, quien originó este programa. Es interesante
saber que Gamio mismo lo personificaba. El trabajó durante años como arqueólogo, para luego dedicarse a
la etnología, a los estudios demográficos de la migración y a la antropología social indigenista

422
sociales surgidos de la ENAH no habrán sido entrenados en algo así como una
“antropología arqueológica”. O bien en una suerte de antropología social con influencias
etnológicas, lingüísticas, biológicas e históricas. De estar en lo correcto, no sería sino hasta
la ulterior institucionalización de la antropología social (Vázquez 1998), que esa
especialización ha sido llevada a sus últimas consecuencias disgregativas respecto a tal
programa de investigación integral. Pero es sintomático que el CIESAS siga atrayendo a
etnohistoriadores, lingüistas y sociólogos junto a los antropólogos sociales. A fechas
recientes también se están agregando arqueólogos en proyectos de investigación integral.
No obstante todo lo dicho, habría que puntualizar algo más sobre esta mezcla aparente de
enfoques. Empezaré por la etnometodología, que tanto inquieta a mi crítico anónimo.

Ni por error podría suscribir el pensamiento de que una ciencia social se permita someter
a juicio a cualquiera de las ciencias físicas y formales. Eso, para emplear términos de
Bordieu, equivale a un “imperialismo sociológico”. Desde aquí empiezan las diferencias
entonces. Ningún estudio etnometodológico estará dirigido a formular o argumentar
correctivos. Se puede autoproclamar como “la ciencia de los etnométodos”, pero nunca
en su juez. 403 Como apuntara Harold Garfinkel, incluso si tales estudios son hechos
como ironías, resultan inconvenientes. La llamada “indiferencia etnometodológica” es
uno de sus requisitos esenciales de esta aproximación naturalista, que busca abstenerse
de formular juicios sobre la adecuación, valor, importancia, necesidad o utilidad del
conocimiento comprendido. Lo que en verdad concierne a la etnometodología es el
estudio organizacional del propio conocimiento de los miembros de un grupo sobre sus
asuntos cotidianos, sus empresas y cómo ese conocimiento contribuye a ordenar su
existencia social. Garfinkel lo expresaba con estas palabras:

Eso es lo que concierne a la etnometodología. Es un estudio organizacional del


conocimiento de un miembro sobre sus asuntos ordinarios, de sus propias actividades
organizadas, y donde ese conocimiento es tratado por nosotros como parte del mismo
ambiente, que también lo hace ordenable (Garfinkel 1975:18)

En algún momento se jugó inclusive con el nombre de neopraxiología a causa de su


interés por conocer al conocimiento ordinario en su contexto de uso cotidiano. Luego, si
ese conocimiento es dado como existente de entrada, entonces es admisible aseverar que
todo grupo es capaz de comprenderse, describirse y analizarse a sí mismo. Se sigue
desde esta perspectiva, que la llamada arqueología de la arqueología sería uno de esos

403
“El proyecto científico de la etnometodología es analizar los métodos o los procedimientos que la gente
usa para conducirse en diferentes sucesos que realizan en sus vidas cotidianas. La etnometodología es el
análisis de los métodos ordinarios que la gente ordinaria emplea para realizar tales acciones (...) La
etnometodología puede, entonces, definirse como la ciencia de los etnométodos...”(Coulon 1995:2).

423
etnométodos propios de la reflexividad de los arqueólogos. La historia de la arqueología
parece ser el camino más accesible para ella. No es extraño por lo tanto que de la
historia de la arqueología se transite con llaneza al papel estructurante del nacionalismo
o del romanticismo en el pensamiento arqueológico y de éstos al abordaje del contexto
político de desempeño, los grupos étnicos actuales, el saqueo y la falsificación, el
turismo y la conservación, incluso al papel del género dentro de la disciplina (Díaz-
Andreu 1997:36-38;1999:115-138; 2000:189-215; Díaz-Andreu & Sorensen 1998; Díaz-
Andreu & Champion 1996; Khol & Fawcett 1995; Trigger 1995; Bahn 1999:1-19 y 353-
373). Se apreciará a todas luces que este ha sido exactamente el mismo derrotero que he
seguido en mi rastreo de estudio.

Otro etnométodo ordinario es el de la reflexividad epistemológica, terreno en el que


encontré varios aportes hechos por el grupo de arqueología social reunido alrededor de
Manuel Gándara. Se entiende así por qué hago una constante referencia a los trabajos de él
y de otros miembros de ese grupo. Que los arqueólogos han emprendido esfuerzos
comprensivos de su propia disciplina lo prueban ciertas tradiciones críticas que han venido
abordando la historia social, el contexto sociopolítico y la filosofía de la arqueología, todo
ello desde su propio punto de vista (Pinsky & Wylie 1989). En nuestro país estas
tradiciones están apenas esbozadas en algunos trabajos dispersos. Es sintomático que casi
todos provengan de la tradición de la arqueología gubernamental, dentro de la cual siempre
han tenido escasa recepción, acaso por desear renovarla políticamente, pretensión destinada
al fracaso dado el apabullante peso político que ejerce el efecto combinado del monopolio
estatal del pasado y su administración burocrática bajo los que trabajan. El trabajo más
sobresaliente de todos es el de Gándara (1992 [1976]), de índole epistemológica y
sociopolítica, que el mismo autor reconoce debe ser complementado con una sociología de
la arqueología. Mucho más centrado en el tratamiento de los problemas teóricos y
metodológicos para la construcción de inferencias de alto nivel a partir de los registros
arqueológicos, es el trabajo de López Aguilar (1990 [1984]), que apunta hacia un
competencia teórica deseable. Antes que ellos, un grupo pionero de arqueólogos de la
entonces Dirección de Monumentos Prehispánicos (Braniff et al.1983) intentaron un
diagnóstico de su experiencia, diagnóstico en parte histórico y en parte sociopolítico, pero
que, por desgracia, dejó inconclusos sus objetivos al anteponerles un interés normativo,
pensado para establecer una política de investigación explícita. Esta línea político-
académica fue continuada por López Aguilar (1988) y plasmada en la propuesta de

424
Rodríguez y González (1991 [1996]), también orientada a fincar una alternativa política
distinta a la de la arqueología monumental, pero ésta vez basada en una encuesta aplicada al
personal de la ex-Subdirección de Estudios Arqueológicos del INAH. Un procedimiento
sociológico similar fue aplicado con la intención de intervenir conductivamente en la
profesionalización de la arqueología de salvamento, si bien, junto a la encuesta, iba
implícita una historia de esta especialización.404

Del mismo autor (López y Pulido 1991) tenemos una revisión de los planes de
estudio de la Especialidad de Arqueología de la ENAH (a nivel de licenciatura) entre 1941-
1991, esfuerzo que anuncia una futura etnografía de la socialización profesional del estilo
de Levinson (1991), pero de momento inclinada hacia el estudio temático, parecido al
sugerido desde la historia de la ciencia por Holton (1985), sin adoptar de plano su
metodología, que Holton mismo equiparaba a la del antropólogo social o del etólogo.
Quizás la mayor afluencia de trabajos reflexivos la encontremos en la historia y la
sociopolítica de la arqueología (Panameño y Nalda 1979; Gándara 1980-1981;Gándara et
al.1985;Gándara 1991; Morelos et al. 1991:15-28; Ruiz 1992 y 1993; Rodríguez 1993).
Como quiera que les evalúe, esta serie de trabajos tienen en común recurrir a otras
disciplinas de estudio social o humanístico (historia, sociología, política, filosofía), que
rebasan el preterismo405 obligatorio de su disciplina, al tiempo que reflejan su propia visión
del mundo. Es notable asimismo que algunas de estas aproximaciones internas hayan
logrado superar con extraordinaria naturalidad la idea de que las condicionantes
sociopolíticas son "aspectos externos" de la disciplina, al tomar conciencia de que "no
existe trabajo arqueológico sin una vinculación con la realidad que vive el arqueólogo"
(Panameño y Nalda 1979:113), lo que es tanto como interiorizar a dichas condicionantes,
aunque se les siga viendo como predominantemente políticas.

En gran parte debo a ellos mi exploración y aplicación de ciertos filósofos de la


ciencia que habían empezado a popularizarse en su práctica. Lejos de desmarcarme, lo que

404
Su autor dejó a medias esta indagación (relativa a su tesis de su maestría en etnohistoria), por lo que sólo
conozco los avances que me facilitó hasta antes de hacerse cargo de la Subdirección de Salvamento
Arqueológico del INAH (López Wario, s.d.).
405
De pretérito. Prefiero este neologismo a emplear la palabra “arcaísmo” mucho mejor, pero con
connotación de “anticuado”, aunque de antigüedades se trate.

425
sí hice fue llevarlos a sus últimas consecuencias. Fue el caso de Imre Lakatos, y hasta cierto
punto de Thomas S. Kuhn. La comparación de programas de investigación teóricos y de los
proyectos arqueológicos prácticos fueron hechos respetando la metodología lakatiana, y no
tanto porque fuera mi preferida. En lo personal, me siento mucho más atraído por la
metodología del análisis estructural de la ciencia que, sin dejar de interesarse por la
epistemología, apunta mejor hacia la ontología de la práctica científica. Pero en vista de la
regla metodológica asumida, elegí mejor la de los etnométodos que estaban siendo
explorados por estos arqueólogos. Solo en uno de los casos abordados me permití
introducir algunas ideas avanzadas por Ulises Moulines.

Fue esto posible porque el propio Lakatos apelaba al uso de reconstrucciones


racionales, históricas, basadas en la evaluación de sus textos más caros, en los que se
expone al conocimiento científico en toda su pureza. Si fue posible articular este proceder
con el análisis estructural, fue porque este sostiene a su vez que lo que hace tal análisis es
una interpretación de las interpretaciones, una teorización de las teorías, por ende algo
emparentado con las ciencias sociales (Moulines 1982). Y asimismo porque se basa en el
análisis lógico de artículos y libros, especialmente de los libros de texto, claves para
comprender aspectos esenciales de las disciplinas científicas, porque no solo sabemos a
través de ellos sobre la estructura formal de una teoría y de sus términos de referencia, sino
sobre todo su uso normal.

Una de las críticas que mi aplicación de la metodología de los programas de


investigación originó de inmediato fue que la arqueología del INAH quedaba rezagada en
resultados heurísticos con respecto a la arqueología de la UNAM. Esta fue la lectura que
hizo el Dr. Enrique Nalda, a la sazón a cargo de uno de los Proyectos Especiales. La
comparación de resultados de ambas instituciones me sigue indicando que estaba en lo
cierto. No obstante, en su airada crítica –que nunca puso por escrito, sino que me comunicó
verbalmente en sus oficinas- dijo algo que en efecto subestimé. Hizo referencia a la
dinámica que había adquirido la arqueología maya, que es verdad trato de manera
superficial. Si no lo hice en su momento, ahora admito la falta de ese abordaje. Pero igual
se podría decir de otras zonas mesoamericanas y no mesoamericanas que ameritan un

426
tratamiento aparte cada una, con la salvedad del occidente de México, que sí encaré. No
obstante, convendría con él en que pasé por alto un tópico más importante y que estaba
presente en la discusión de la incomensurabilidad lingüística de Kuhn: la especialización de
campos en el seno de las comunidades científicas.406 Esta evolución del conocimiento
genera grupos que gradualmente instrumentan sus propias revistas, discusiones,
departamentos y hasta léxicos distintivos (Kuhn 2000: 90-104). En lo que a la
arqueología realizada en México se refiere, convendría sopesar el fenómeno de que revistas
especializadas tales como Mesoamérica o Ancient Mesoamerica estén inmersas en este
proceso de especialización que acaece entre los arqueólogos de lo maya.407

Es relevante decir a continuación que toda vez que la etnometodología ha abordado


estudios de grupos científicos lo ha hecho de manera análoga a la de estos los filósofos de
la ciencia. Cuando Garfinkel y sus alumnos se ocuparon de los astrofísicos que estudiaban
los pulsares lo hicieron grabando su conversaciones cotidianas, leyendo sus notas y sus
publicaciones y comprendiendo la explicación de sus resultados. Sus descubrimientos
dejaron de ser construcciones elaboradas con un interés social inmediato, para percibirlos
como afirmaciones del mundo real, luego objeto de la acción práctica de la ciencia. Optaron
incluso por llamarles “estudios del trabajo” en vez de “estudios sociales” de la ciencia. Y
consiguieron demostrar que la actividad científica objetivaba a tal punto su actividad
sociocognitiva, que percibía como natural recursos metódicos que ellos mismos elaboraban
para explicar la realidad. No se trataba, como dijera Bordieu (2000), de que la sociología
confronte la cientificidad de los científicos para reivindicar la propia cientificidad del
sociólogo. La etnometodología del trabajo científico no es prescriptiva en ese u otro
sentidos. Ni tiene necesidad de saberse por encima de nadie. Es más, reconoce tal
racionalidad científica a pesar de sus condicionantes socioculturales y cómo ésta se adecua
a sus reportes, descripciones y evidencias, de la misma manera a como un grupo de jurados,

406
Bahn (1999: 355) observa que la especialización en el seno de la arqueología mundial está fragmentando
a la ciencia en una diversidad de investigaciones, ideas y estrategias que, en ocasiones, impiden la
comunicación en la transmisión de resultados entre arqueólogos.
407
Desconozco si Quetzil Castañeda, en su libro In the Museum of Maya Culture. Touring Chichen Itza (1996),
y del que sé generalidades, haya cubierto este fenómeno al que hago referencia. Para un comentario al
respecto, ver Leone (2001:582-584).

427
sin ser ellos mismos juristas o abogados, se desempeñan tan conocedores del campo como
si fueran especialistas (Garfinkel 1975:15-17).

Tal como lo asentaba en el capítulo introductorio, la antropología posmoderna de la


ciencia ha crecido de modo impresionante en los últimos años (Harding 1998, Rabinow
1997, Marcus 1995, Aronowitz, Martisons, Menser & Rich 1996, Ross 1996). Por
contraste, los aportes de la antropología del trabajo científico siguen siendo “marginales”
(en los términos que alguna vez empleara Horowitz [1968] para distinguir entre “sociólogos
principales” –que están el centro de las disputas y la teoría- y los “sociólogos marginales” –
ocupados en labores cotidianas) sin dejar por ello de iluminar tanto la racionalidad como la
experiencia en que se condensa. La entometodología sigue siendo marginal en ese sentido
cotidiano, luego ha de buscársele sobre todo en las tesis de posgrado. Invariablemente, en
cada uno de estos casos se ha precisado del requisito único de adecuación por parte del
antropólogo. Este requisito obliga a que la incursión en los campos de conocimiento
abordados precise de observadores con entrenamiento previo en los mismos. Así, para tratar
la enfermedad de modo intercultural (Good 1997) ha sido un médico el que ha podido
discutir la racionalidad de la medicina cuando está de por medio la diferencia cultural. Un
estudio muy próximo a este es el de las decisiones eutanáticas por parte de médicos
colocados bajo situaciones sociales críticas en un hospital de Guadalajara (Vega 2000).
Esto en el campo de la antropología médica y del trabajo médico. Pero hasta el estudio
efectuado por una arqueóloga (Zepeda 2000), entre grupos campesinos que poseen su
propio y muy eficaz etnométodo para descubrir cientos de tumbas de tiro en Nayarit –ahí
donde los arqueólogos profesionales por lo regular fracasan, exaltándose al descubrir solo
una por accidente-, no oculta la necesidad de una preparación previa como requisito
comprensivo. Que los descubrimientos de estos saqueadores sirvan para traficar con el
patrimonio cultural es un asunto social y jurídico que no puede ocultar la existencia de un
etnométodo local.

Ahora bien, aparte de los etnométodos, otro de los componentes propios de la


etnometodología es la “indexicalidad” del lenguaje, esto es, que éste adquiere sentido
dentro de su contexto de uso. La idea viene de Wittgenstein, y asimismo de Malinowski

428
(Gellner 1998). Pero en el presente se ha desarrollado a través de la etnografía del habla
(Duranti 1992). Bajo esta perspectiva se concibe que el mundo social es constituido a través
del lenguaje, y permite establecer una fuerte relación entre la acción social y el uso del
lenguaje en la vida cotidiana de una comunidad lingüística concreta. Si bien mi
aproximación a este aspecto ordinario de la existencia fue en mucho intuitiva, lo hice
atendiendo a las conversaciones naturales de los arqueólogos, mediante las que me enfoqué
especialmente al uso de sus metáforas más consistentes, que eran las ligadas a sus
proyectos de trabajo de campo. La primera vez que expuse la metáfora experiencial de la
arqueología es guerra (Vázquez 1996:31-46) me sorprendió el carácter constitutivo de esta
etnografía que permitía la convergencia de mi investigación y de la reflexividad de los
arqueólogos acerca de la ligazón de su lenguaje con las acciones que emprendían. Más
tarde relacioné (mediante la observación) al lenguaje y la acción con la constitución de una
estructura social muy jerarquizada, y que en efecto coincidía con una especie de rangos
altamente valorados, la cual dotaba de gran coherencia al lenguaje metafórico, y lo hacia
traducirse en actividad organizada. En efecto, su lenguaje hacía cosas. Pero igual ocultaba
los aspectos cooperativos de la actividad científica, de ahí mi énfasis en la solución no
egoísta de sus juegos de competencia real.

A pesar de ser ampliamente reconocido que una de las mayores influencias que
experimentó la etnometodología fue la sociología fenomenológica y comprensiva de Alfred
Schütz, sus seguidores obviaron mucha de la herencia hermenéutica que se les legó por esa
vía. Así las cosas, no solo hice referencia a una “fenomenología de la arqueología” –esto es,
la experimentación del mundo de modo intersubjetivo entre sus miembros por medio del
lenguaje-, sino que destaqué con más fuerza el uso de la hermenéutica ontológica. Sobre el
particular, resultará a primera vista una pieza insólita el que Gadamer comparta créditos
con Lakatos, un popperiano. No lo es si admitimos, con Popper, que la interpretación y la
comprensión están anclados en su “mundo 3” –el mundo de las ideas en sentido objetivo-,
lo mismo que las explicaciones (teorías) del mundo de los objetos físicos. Toda
interpretación, por más subjetiva que pueda ser, hace referencia a ese “mundo 1”, de las

429
cosas físicas.408 Pero si no percibo una exclusión entre Lakatos y Gadamer, mucho menos
la encontré entre fenomenología y comprensión. Justo una apreciación análoga a esta ha
sido desarrollada por la crítica positiva efectuada por Giddens para con Garfinkel y la
hermenéutica (Giddens 1997).

Mención especial requiere entonces la indagación de Lester Embree (1989, 1989a,


1992), un filósofo fenomenólogo que estudió la tradición de la arqueología teórica
norteamericana, investigación que mantiene semejanzas técnicas y conceptuales con mi
estudio de la tradición arqueológica mexicana. Aunque Embree insiste en denominar a su
estudio como "metaarqueología" para distanciarse de la filosofía de la ciencia, es innegable
que sus preocupaciones van dirigidas hacia el esclarecimiento de las cuestiones lógicas,
epistemológicas, metafísicas e históricas encaradas por esta tradición: “Metaarqueología
parece ser un buen nombre génerico para una investigación secundaria, reflexiva y no
sustantiva de esta clase”, dice él (Embree 1989:35). Advierte, empero, la diferencia entre
una "metaarqueología filosófica" hecha desde fuera y una "metaarqueología arqueológica"
hecha desde dentro de la disciplina. Su repaso de los aportes ofrecidos por ocho filósofos y
arqueólogos con inclinaciones filosóficas (Embree 1992a), no deja lugar a dudas sobre las
diferencias que median entre ambas aproximaciones. Mientras los arqueólogos tienden a
asumir filosofías positivistas o postpositivistas, los filósofos simpatizan por las
fenomenológicas y hermenéuticas.

Técnicamente hablando, los recursos de Embree fueron la encuesta, la historia social, la


etnografía (incluyendo observación y entrevista) y la interpretación textual. Consciente de
su carácter externo, admite, como fenomenólogo, la necesidad de mantener la distinción
entre sujeto y del objeto, sin adoptar una posición realista ni idealista. Dado que el gran
tema de la fenomenología del conocimiento es, como advierte José Ferrater Mora
(1990:1145-1153), la descripción del acto de conocimiento como acto cognoscitivo, a
Embree le interesa saber concretamente cómo se hace la arqueología científica, aun cuando
confiese que “Los arqueólogos no parecen ser lo suficientemente antropólogos como para
408
“Por lo tanto, lo que me separa de Gadamer, es una mejor comprensión del ‘método’ de las ciencias
naturales, una teoría lógica de la verdad y la actitud crítica. Pero mi teoría es tan antipositivista como la
suya, y he mostrado que la interpretación textual (hermenéutica) utiliza métodos genuinamente científicos”
(Popper 1995: 123).

430
fascinarse con el prospecto de ser sujetos de estudio etnográfico” (Embree 1989:29). Pese a
ello, su objeto son los métodos de estudio de esta tradición, cómo se relacionan éstos
arqueólogos con sus respectivos objetos de estudio, fenomenológica e internalistamente, tal
como podría ser el caso, por ejemplo, de su empleo de la observación arqueológica
(Embree 1989a:70-74; 1992:165-193). En suma, se podría decir que sus propósitos de
conocimiento filosófico prevalecen, independientemente de los de los fines normativos de
una filosofía de la arqueología realizada por los arqueólogos para sí mismos.

En mi caso, el concepto de tradición arqueológica que aplico para referirme a esa


suma fenomenológica de objetos y ocurrencias del mundo experimentado por los
arqueólogos, me permite establecer un vínculo entre las instituciones sociales y las acciones
cotidianas de arqueólogos individuales. ¿Significa esto que la tradición es un concepto
lejano a la vida cotidiana de estos actores? No lo creo, excepto que ellos le dan el nombre
mucho más próximo de linaje, esto es, “una sociedad que comparte características de
conducta, de comunicación simbólica, de valores y que reconoce ancestros comunes”
(Litvak 1996:289). El lector apreciará a esta altura por qué la hermenéutica de la tradición
de Gadamer (1977) me resultó especialmente instructiva para tomar al etnoconocimiento
arqueológico como un primer nivel de interpretación. Me hizo reparar en la existencia de
las tradiciones como realidades históricas del ser, trascendentes a la correlación objeto-
sujeto. Adicionalmente, Gadamer puso de relieve la fuerza de la tradición racional: la más
auténtica y sólida de las tradiciones no se desarrolla en virtud de la persistencia del pasado,
sino debido a reiteradas renovaciones (y hasta subversiones) que la cultiven, adapten y la
hagan aceptable. Aunque este concepto pareciera ser la antítesis conservadora del concepto
de revolución científica, hay que señalar que se ha venido popularizando entre los mismos
filósofos de la ciencia, junto con antropólogos que se han propuesto desentrañar su
complejo proceso de adquisición, memorización e interacción social (Velasco 1997;
409
Laudan 1985; Boyer 1990; Palerm 1967,1974, 1976 y 1977). Aunque en la presente
edición he excluido el estudio de la tradición etnológica alemana y su reproducción dentro

409
Habermas (1989:105) ha criticado la absolutización de la tradición al momento de trascenderla,
preocupación que comparto ante el arraigado tradicionalismo: “Cuanto más sean las tradiciones culturales las
que de antemano deciden qué pretensiones de validez, cuándo, dónde, en relación con qué, por quién y frente
a quién tienen que ser aceptadas, tanto menor será la posibilidad que tienen los propios participantes de hacer
explícitas y someter a examen las razones potenciales en que basan sus tomas de postura de aceptación o
rechazo”.

431
del mesoamericanismo que congrega a buena parte de la arqueología mexicana (Vázquez y
Rutsch 1997; Vázquez 1999), praxis y comprensión son reunidos aquí bajo el concepto de
tradición.

Nótese, por último, que esta vez por vía de la hermenéutica textual, volvemos al asunto
de la literariedad del trabajo arqueológico.410 Si me impuse la tarea metódica de leer una
masa enorme de artículos, libros e informes fue porque deseaba comprender a fondo el
conocimiento de los arqueólogos. Nada de eso hubiera sido necesario de haber sido un
completo extraño a la arqueología. Es verdad que, siendo yo mismo investigador del INAH,
se me impidió consultar el archivo del Consejo de Arqueología. O que se hizo caso omiso
de una encuesta dirigida a los Proyectos Especiales, entonces en el centro del espectáculo
del poder patrimonialista. Así y todo, la vía textual de comprensión me permitió superar
estos obstáculos para propio beneficio del enfoque etnometodológico utilizado, resultando
en lo que se conoce como “método documental de interpretación” entre etnometodólogos
de la pedagogía.

Pero todo hermeneuta sabe a la perfección que la comprensión del otro –sea un texto,
una cultura, un grupo o una historia- conlleva la simultaneidad del fenómeno de la
comprensión de uno mismo. Gadamer ha utilizado las palabras de Kant para resaltarlo:
somos ciudadanos de dos mundos, el saber y la experiencia, y sin embargo, hay una
vinculación del intérprete con el sentido que intenta comprender, que sería otro sentido de
objetividad que en el caso de las ciencias naturales (Gadamer 1990:110). La misma doble
motivación exegética de la hermenéutica ha sido denominada como el efecto combinado de
una “voluntad de escucha” y una “voluntad de sospecha” (Ricoeur 1987 y 1992). El punto
en cualquier caso es que siempre habrá un encuentro con uno mismo, reconociendo lo
común en los otros y los de otra clase. La misma etnometodología no podría alejarse del
asunto de la comprensión de nosotros mismos. Desde luego lo hace manteniendo una
versión débil de la relación sujeto y objeto, pues persigue una visión íntima de un mundo
social particular. “Para hacerlo es necesario estar tanto en una posición externa y ser

410
“Literariedad” me parece un término más adecuado al de “alfabetización” de uso común. Ya que es algo
más que la capacidad de lectoescritura, me refiero con ello a la capacidad de crear y comunicarse por medio
de textos especializados.

432
participante en las conversaciones naturales en las que emergen las significaciones de las
rutinas de los participantes” (Coulon 1995:48). Pero si asume algún involucramiento como
estrategia necesaria de investigación, la comprensión no solo buscará explicar los métodos
realizados en todas las prácticas sociales, sino comprender las propias.

En el capítulo final del libro digo algo así como que los arqueólogos se han adelantado
a lo que hoy es una práctica común de la ciencia postacadémica: su involucramiento con el
mundo de la política, de la política cultural, de la política de investigación. Para Ziman
(1999) este nuevo mundo intrépido reclama un mayor control ético sobre prácticas
intensamente individualistas y cada vez menos comunitarias entre los científicos. Ya que
coincidimos, su apreciación nos sirve para cerrar el círculo de esta indagación. Estando en
ese punto, nunca estará de sobra decir que el dilema del prisionero de los arqueólogos es
también nuestro dilema. Y que sus dificultades con el absolutismo leviatánico de la
administración patrimonial pueden ser equivalentes a las dificultades con la administración
de la ciencia y la tecnología, hoy también interesada en una “ciencia práctica”, si no más al
servicio de una burocracia nacionalista, sí para el usuario empresarial de vocación global
que ha venido a apoderarse de México. En suma, estoy afirmando que tenemos que
aprender de la experiencia de los arqueólogos. Y apreciar lo que tenemos de común. Quizás
porque nosotros mismos hemos que lidiar con nuestro Golem empresarial. El Golem, en la
mitología judía, es una criatura poderosa pero potencialmente peligrosa. El Leviatán en
cambio es poderoso pero descuidado. Así las cosas, puedo decir que lo extraño que una vez
me resultaron los arqueólogos ahora me resultan cercanos.

433
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