Arqueología y Tradición Científica en México
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Luis Vazquez
Ciesas Occidente
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El Leviatán
Arqueológico
CIESAS DE OCCIDENTE
El Leviatán Arqueológico
Antropología de una tradición científica en
México
1
EL LEVIATÁN ARQUEOLÓGICO. ANTROPOLOGÍA DE UNA
TRADICIÓN CIENTÍFICA EN MÉXICO
ABREVIATURAS, III
PROLOGO, VI
INTRODUCCION, 1
2
7. Tablas y gráficos.
3
ABREVIATURAS DE REVISTAS
A Antropológicas
AA American Anthropologist
AM Arqueología Mexicana
AR Archaeology
C Cuicuilco
CA Current Anthropology
CD Ciencia y Desarrollo
LR La Recherche
MC Mundo Científico
NA Nueva Antropología
S Scientometrics
SA Scientific American
4
SSS Social Studies of Science
ST Synthese
TS The Sciences
UF Universidad Futura
ABREVIATURAS DE INSTITUCIONES
5
Secretaría de Obras Públicas de
Zacatecas
6
SMA Sociedad Mexicana de Antropología
7
PROLOGO A LA SEGUNDA EDICION
8
sinónimo de atacar. Mi crítica se centró en el contexto institucional que constreñía
la organización del conocimiento y praxis arqueológicos. Contexto que además
compartía como investigador del INAH, lo mismo que mis colegas arqueólogos.
Me refiero sobre todo al patrimonialismo con que viene administrando al
patrimonio cultural desde tiempos de la Colonia, pero que se llevó a su expresión
más acabada bajo el nacionalismo revolucionario. Hoy, que asistimos a un cambio
de régimen, la herencia patrimonialista no parece haber menguado más que en
sus aspectos más superficiales, pues el patrimonio sigue estando centralizado. El
gesto de devolver las pinturas retenidas en la mansión presidencial de Los Pinos
no tiene eco en otras devoluciones culturales que ni siquiera se imaginan, mucho
menos se plantean. De hecho, prevalece la sensación en la sociedad interesada
en disfrutar estos bienes públicos de uso común, de que el cambio de régimen no
fue más que una continuidad burocrática del mismo interés dominante sobre la
herencia del pasado. Y que en ello coinciden el nacionalismo anterior con la
gestión empresarial en boga.
9
que algunos insignes arqueólogos han sufrido en el pasado, pero que subestimé
por la sencilla razón de que yo no era insigne. A lo más, un investigador de base,
uno de los que ha diario constituyen al INAH con su trabajo cotidiano.
10
recogí entre los arqueólogos, en medio de sus disputas personales. Si se cita a
otros autores por nombre y apellido es porque hice uso de sus escritos públicos,
escritos que son accesibles aún para la lectura del propio dictaminador.
11
PREFACIO A LA TERCERA EDICION
Una vez más hay que celebrar la frase galileana “Y sin embargo se mueve”. Este libro, y
contra lo que deseaban sus críticos más recalcitrantes -que lo llegaron a prohibir como
inquisidores vestidos con disfraz académico-, se sigue leyendo entre un público juvenil de
arqueólogos al que siempre estuvo dedicado, cosa que les debo agradecer de antemano.
Desde esta objetivación, he de establecer asimismo que nada estuvo más lejos de mi
intención que imitar a las cuatro ediciones alcanzadas por Anthropology and
Anthropologists. The British School in the Twentieth Century de Adam Kuper1, pero sí es
verdad que como motivo de inspiración esa obra siempre estuvo presente. Más allá de ese
motivo del todo intelectual yace el hecho de que el mayor respaldo moral lo hallé, primero,
en la bonhomía de nuestro antecesor y muy respetable colega Guillermo Bonfil Batalla,
quien desde el entonces CONACULTA estimuló este trabajo, debido a su preocupación
personal cuando habiendo sido director del INAH, fue el fundador del Consejo de
Arqueología, respecto del cual abrigaba dudas sobre su correcto funcionamiento. Luego de
su lamentable muerte, el entonces director del CIESAS, Rafael Loyola Díaz, me inquirió si
el libro era polémico. Tan pronto supo que sí, decidió apoyarlo en su segunda edición, algo
que en nuestro medio caníbal es del todo inusual que ocurra, pues no se acostumbra a
tolerar ninguna libertad de pensamiento, excepto el propio de la visión dominante. A ambos
debo también que este libro se mueva.
Esta tercera edición ocurre en un momento crucial para la administración del patrimonio
cultural y el futuro de la propia arqueología gubernamental. Como ya es sabido, se ha
creado la Secretaría de la Cultura, a la cual el INAH ha pasado a formar parte, alejándose
definitivamente de la educación pública. Con este cambio, todavía por estructurarse del
todo, se han levantado protestas anticipadas, casi todas basadas en rumores que anticipan
un escenario catastrófico en el campo de la administración patrimonial. Que se vea así de
oscuro el futuro no es incidental. Hay muchos factores adversos en el contexto (no se diga
en el horizonte histórico presente) como para pensar lo contrario. Por ejemplo, aunque se ha
instrumentado ya un sindicato de empresa, hasta hace poco los académicos, administrativos
y manuales del INAH eran parte de dos delegaciones sindicales adheridas al Sindicato
1
Su primera edición data de 1973 y fue reeditado en 1983, 1987 y 2015; tuvo otras reimpresiones.
12
Nacional de Trabajadores de la Educación, lugar donde nada tenían en común con los
profesores de enseñanza media y básica. Se dilataron en hacerse cargo de su distancia
subjetiva y profesional. Más aún cuando el SNTE empezó a experimentar fuertes tensiones
internas con sus caciquiles dirigentes y con su mayor beneficiario, la SEP. Desde entonces
las tensiones internas en vez de disminuir fueron creciendo, tornándose en muy violentas y
de plena rebeldía. Nada que ver con el INAH. Pero este distanciamiento creciente del poder
condicionado de la educación pública conlleva sus propias acechanzas. Quiero decir que la
ideología nacionalista, y con ella una administración patrimonial basada en una identidad
nacional monista, ha concluido sin tener claro una alternativa eficaz. Si ese monismo
identitario ya carece de sentido, el punto crucial ahora es esclarecer qué lo sustituye como
principio estructurante de la futura administración patrimonial.
Otra fuente de preocupación es la guerra al narcotráfico, aunque se pretenda tenerla bajo
control militar total, lo que no es ningún alivio pues es bien sabido que los índices de
violencia crecen en vez de caer. De este modo la violencia más despiadada sigue apilando
cadáveres sin respetar ningún derecho humano o de guerra. En ese contexto oscuro, no hace
mucho Noemí Castillo, profesora de muchas generaciones de antropólogos y arqueólogos
mexicanos entre las que figuro, fue balaceada durante su trabajo de campo. Más lamentable
es que entre las filas de los arqueólogos haya que citar la muerte violenta de Carlos López
Cruz, también estando de trabajo de campo. Carlos López aparece citado en uno de los
casos de la arqueología de baja intensidad abordados en este libro. Tan preocupante resulta
este ambiente, que a sugerencia de la Academia Mexicana de Ciencias Antropológicas, y
con el apoyo de la Red Mexicana de Arqueología, me dediqué a reconstruir las condiciones
de riesgo que encaran estos investigadores en sus estudios, y que a ratos recuerda el drama
social que se vivió en Perú bajo la guerra contrainsurgente contra de Sendero Luminoso.2
No voy a repetir aquí todo lo que dije en ese momento, pero lo mejor es consultar el
testimonio de primera mano rendido en esa reunión por José Luis Punzo sobre lo ocurrido
en Durango y Sinaloa, poco antes de la campaña militar contra el Chapo.3
2
“Las acechanzas externas e internas de la antropología hipermoderna en México”, ponencia al Coloquio de
Antropología e Historia de la AMCA, 22/10/2015. Este y otros resultados de ese coloquio, está circulando
como libro electrónico y en plataforma de CDR de la Academia de Ciencias Antropológicas.
3
José Luis Punzo Díaz, “Arqueología, violencia e identidad. El patrimonio arqueológico de la Sierra Madre
Occidental de Durango”, ponencia al Coloquio de Antropología e Historia de la AMCA, 22/10/2015.
13
De los testimonios y casos que recabé, uno merece ahora mi especial atención, en conexión
de las preocupaciones sobre del entorno de desempeño profesional. La información de que
disponía el año pasado era incorrecta, y siempre la realidad es bastante más complicada que
las versiones circulantes, que no dejan de ser rumores. Me habían informado del presunto
secuestro del colega Alberto Martos en la zona arqueológica Plan de Ayala, en Chiapas. No
fue tal secuestro, no en un sentido lato según él me refirió. Hubo varios intentos de
extorsionarlo, cercándolo a él y a su equipo, primero para que entregara “el tesoro”
excavado –sintomático que haya indígenas que sigan pensando tal como los españoles del
siglo XVI temprano-4 que no había tal; luego de aclararlo, la exigencia se convirtió en la
entrega de “contribuciones” a los descontentos, lo que incluía el cobro de “derecho de
paso”. Las cosas se pusieron tan tensas con los caciques de Ocosingo, que Martos decidió
suspender el proyecto. Pero como él me dijo, hay casos análogos en todo Chiapas, pero
tienen en común las exigencias de tomar el control de las zonas arqueológicas. En efecto,
en Chinkultik la disputa con los zapatistas que tomaron la zona arrojó el saldo de seis
personas muertas en un tiroteo con la policía en septiembre de 2008, y en Toniná hubo el
peligro de un desenlace similar. Justo por ello, luego me inquietó saber, a poco del coloquio
de la AMCA, sobre fuertes disputas en Tajín también. Y aún en Guachimontones (Jalisco),
donde uno no esperaría encontrar disputas así, éstas se expresan también como dobles
retenes de cobro organizados por cualquiera que se asuma como “dueño del patrimonio”, si
no es que del “territorio”. Cierto que siempre hay razones qué comprender detrás de ese
comportamiento ilícito.
Este comportamiento reactivo ha venido a agregar un factor de riesgo que no existía en
1995 cuando escribí la primera versión de El Leviatán Arqueológico, cuando era fácil, y
hasta esperanzador, decir entonces que había que estimular la participación social en la
administración patrimonial local del INAH. Y asimismo tratar de superar en definitiva el
pecado original del patrimonio arqueológico como una expoliación de bienes culturales, es
decir, como una herencia feudal –obvio que aludo al análisis histórico de Luis Weckman-5
todavía presente en Coatlinchan en 1964, si bien en este caso la percepción local de despojo
4
Tardíamente en ese siglo, hacia 1571-1577 Francisco Hernández de Toledo introdujo la noción de
Antigüedades de la Nueva España (disponible en Google Books), pero aún se refería a épocas y no a
vestigios, sentido que luego obtuvo la palabra antigüedad. Empero, Hernández sí contribuyó a hacer
pretérita a la sociedad indígena viviente que conoció como contemporáneo.
5
Luis Weckman, La herencia medieval de México, México, Fondo de Cultura Económica, 1994.
14
parece ser una elaboración posterior entre los pobladores del lugar, pues primero
intercambiaron al Tláloc por servicios que carecían. Más hay que reconocer de todas
maneras en que semejante herencia colonial primigenia, de un patrimonialismo en proceso
de consolidación, ésta ya estaba vigente en 1780 cuando el cura jesuita Francisco Javier
Clavijero ideó la construcción de un museo de antigüedades con objetos y códices que “se
necesita sacar [esta clase de documentos] de manos de los indios”.6 Se había iniciado la
acumulación de bienes patrimoniales antiguos de un modo análogo a la expoliación
colonial ya que Clavijero sabía a la perfección que esas “pinturas mexicanas” tenían dueño
y estaban en uso legal en el Juzgado General de Naturales para los “pleitos sobre la
propiedad de las tierras o la nobleza de algunas familias indias”, según sus propias palabras
muy reveladoras. Hoy, si a esos motivos antiguos les mezclamos los reclamos actuales, el
compuesto resultante puede ser explosivo, un fenómeno que se repite en otros conflictos
étnicos, y sobre todo en los casos de limpieza étnica bien conocidos. Muchos actores están
deseosos de recomponer el pasado a como dé lugar, y sin importar los medios requeridos.
Lo que Zygmunt Bauman ha llamado con certeza “retrotopías”.
Por supuesto que las respuestas violentas no son meras consecuencias de los crímenes
coloniales, que en teoría les justifican de modo fundamentalista. Hay que explicarlas
también en sintonía presente. Mucha de las causas de esta reacción es que desde 1994, y
con los avatares estratégicos cambiantes del momento, se fue creando una representación
contradictoria en el seno de algunos pueblos indígenas (de hecho ocurre no en los pueblos
como multitud y status jurídico, sino entre ciertos individuos y grupos que “hablan a
nombre de los pueblos indígenas”), de ser víctimas históricas del colonialismo, y por lo
tanto ser unos actores que deben recurrir medios violentos para conseguir mejorar su
situación o revertirla, aun creyendo que pueden dar marcha atrás a la rueda de la historia.
Así las cosas, más de una “comunidad armada” se ha forjado bajo esta representación
encontrada.7 Y tal parece que a nadie extraña que ese deber ser admita sin tapujos su
asociación con varios grupos guerrilleros, autodefensas, narcotráfico, policías comunitarias,
6
Francisco Javier Clavijero, “A la Real y Pontificia Universidad de México”, Historia antigua de México,
México, Editorial Porrúa, 1991: xix.
7
Marco Estrada Saavedra, La comunidad armada rebelde y el EZLN. Un estudio histórico y sociológico sobre
las bases de apoyo zapatista en las cañadas tojolabales de la Selva Lacandona (1930-2005), México, El
Colegio de México, 2007.
15
protestas violentas, etc.8 Gracias a esa representación contradictoria se puede reclamar un
derecho racional sin dudar en emplear un medio irracional para obtenerlo. El fin justifica
los medios, como en el renacentista Maquiavelo.
Mencioné arriba el caso de Tajín. Me refería con ello a la documentación que ha reunido
Álvaro Brizuela desde 1988 sobre la disputa de la “parcela 126” dentro del área poligonal
de la zona arqueológica de Tajín. Como de hecho ocurre en varias zonas arqueológicas, hay
dudas sobre el estatus legal de éstas, dudas que antes se apisonaban con la fuerza de un
decreto presidencial de expropiación e integración ulterior a los bienes patrimoniales
culturales de la nación. Pero desde 1991 esa medida de fuerza jurídica cifrada en el
presidente no solo es imposible de aplicar en términos legales, sino que tampoco es
justificable bajo los valores morales de la sociedad diversa. Las reformas al artículo 27
Constitucional no solo clausuraron las posibilidades de expansión por decreto o
reconocimiento jurídicos de las tierras de propiedad ejidal y comunal, sino también las
declaratorias presidenciales para constituir las zonas arqueológicas. Tajín, como otras zonas
más, ha mostrado conservar toda una estratigrafía de formas de propiedad de las más
diversas expresiones (varias coloniales, republicanas y modernas, pero también previas a la
nacional), incluso anteriores a la propiedad nacional del INAH como pudiera pensarse, sino
que datan de la constitución de PEMEX y la expropiación petrolera. Tal como Brizuela lo
ha estudiado, hay también varios derechos vigentes basados en las propiedades comunales
de los totonacos, de la Congregación de Tajín, de los propietarios privados, de los
parceleros ejidales y desde 1992 de la UNESCO también, una vez declarada Tajín como un
bien “patrimonio de la humanidad”, una propiedad bastante elusiva en comparación al
resto. Y lo que ha complicado todo el asunto del control, es que todos estos sedimentos de
propiedad se expresan en personas interesadas en reclamarlos. Por lo mismo, en una fecha
tan reciente como 2014 hubo una marcha de comuneros totonacos de Tajín para “tomar
8
No nos extrañe que una vez más haya un antecedente colonial en las milicias indígenas al servicio del
imperio; cfr. Raquel Güereca Durán, Milicias indígenas en la Nueva España. Reflexiones del derecho indiano
sobre los derechos de guerra, México, UNAM-IIJ, 2016; para los huicholes como privilegiados “flecheros del
rey”, José de Jesús Torres, Relaciones de frontera entre los huicholes y sus vecinos mestizos. Santa Catarina y
Huejuquilla el Alto, Guadalajara, Colegio de Jalisco, 2009. Y para el uso militar del concepto de nación
aplicado a las sociedades indígenas, Canek Sandoval Toledo, Teoría de la guerra justa de Ginés de Sepúlveda:
prototipo imperialista y cristiano, Tesis de licenciatura en filosofía, Universidad Veracruzana, Veracruz, 2013.
16
simbólicamente” la zona arqueológica, y que siguen reclamando la “parcela 126” en
disputa desde el siglo XIX según la detallada historia de Brizuela.9
Pero de una vez lo aclaro, para que no se malinterprete lo antes dicho, y es que no siempre
están involucrados los intereses indígenas. En muchas zonas arqueológicas nacionales las
autoridades mismas están comprando tierras para recrear un poco el estatus jurídico previo,
sin lograrlo a cabalidad. En una historia muy reciente de la zona arqueológica de Chichén
Itzá se deja ver cómo el fabuloso saqueo de 30 mil piezas del cenote estuvo basado en una
legislación patrimonial maleable, en los intereses de un aventurero americano disfrazado de
arqueólogo (Edward H. Thompson), en un museo universitario americano ávido de
acumular colecciones antiguas (el Peabody de Harvard), y en los hacendados como los
interesados dueños previos y en varios cómplices yucatecos que hicieron que la defensa del
patrimonio cultural por parte del INAH fuera poco efectiva.10 Su caso constituye todo un
paradigma del saqueo del pasado en manos privadas.
Esta debilidad hace comprensible el interés de varios arqueólogos por esclarecer las
relaciones sociales existentes en las zonas arqueológicas. Hasta ahora ese interés esta
reducido a la redacción de varias tesis profesionales, y no han trascendido al conjunto de la
profesión, y menos aún a la administración patrimonial.11 Se entenderá ahora el esfuerzo
profesional por buscar una salida razonable tanto al problema de la declaratoria patrimonial
como a las disputas que afloran a causa de la irregularidad en las relaciones de propiedad
subyacentes a los bienes culturales arqueológicos. Uno de los académicos del Centro de
Estudios Arqueológicos de El Colegio de Michoacán ha propuesto integrar a las zonas
9
De los varios trabajos hechos por Álvaro Brizuela Absalón, “Un asentamiento campesino en un sitio
arqueológico”, Ponencia al Foro Estatal en Defensa del Patrimonio Cultural de la Nación”, Veracruz,
30/5/1999.
10
Pedro Castro Martínez, El fabuloso saqueo del cenote sagrado de Chichén Itzá, México, UAM-Tirant
Humanidades, 2016; para una mejor comprensión de la época, Guillermo Palacios Maquinaciones
neoyorkinas y querellas porfirianas. Marshall H. Saville, el American Museum of Natural History de New York
y los debates en torno a las leyes de protección del patrimonio arqueológico nacional, 1896-1897, México, El
Colegio de México, 2014.
11
Armando Nicolau Romero, La incidencia del Estado en la conservación de las zonas arqueológicas
patrimonio mundial de México, Tesis Doctoral en Arquitectura, Morelia, Universidad Autónoma de
Aguascalientes-Universidad de Colima-Universidad de Guanajuato-Universidad Michoacana San Nicolás de
Hidalgo, 2015; Héctor Cardona Machado, Las narrativas de la autoridad: activación del pasado en el sitio
arqueológico Los Guachimontones, Teuchtitlán, Jalisco, Tesis de Maestría en Arqueología, La Piedad, El
Colegio de Michoacán, 2016.
17
arqueológicas a unas “reservas patrimoniales bioculturales”.12 Se trata de una “estrategia de
conservación” que busca conjuntar intereses de la sociedad, de los académicos y del
gobierno estatal. Legalmente, y ya sin el respaldo presidencial que decretaba la zona
arqueológica, se busca aprovechar otras legislaciones de protección a la naturaleza en
cuanto a “patrimonio natural”, lo que es bastante extraño, pues la cultura nunca se podrá
“naturalizar” con su opuesto ontológico, sin mencionar que el mismo Antropeceno ha
tiranizado a la naturaleza hasta límites irresponsables. Pero esto es un asunto menor en la
cuestión patrimonial. Es preocupante, dice Cárdenas, que de 44 mil sitios arqueológicos
registrados en todo el país solo 48 posean decreto presidencial. Su señalamiento es
preocupante en sí mismo.
Pero también es muy preocupante que, para Michoacán, de los 21 sitios susceptibles de
transformarse en reservas bioculturales, solo uno tiene visos de ser exitoso, lo que él mismo
llama “la reserva patrimonial del Curutarán”, que no obstante sigue siendo un “patrimonio a
rescatar”. Es decir, a diferencia de Tajín, aquí sí hubo la decisión favorable por parte de la
asamblea ejidal para proteger las tumbas de tiro y otros vestigios arquitectónicos, pero hay
dificultades con su administración local, que debiera ser compartida entre un comité
directivo amplio. En vez de ello, se piensa aún de modo excluyente: ¿es dicha
administración del INAH, del COLMICH, del municipio o del ejido en vías de extinción?
Es obvio que las zonas arqueológicas no pueden seguir en manos de arqueólogos o
arqueólogas solitarios.
Hay que recordar, además, que exactamente esa misma cuestión sobre la administración de
los bienes patrimoniales es la que está pendiente en Guachimontones -entre el Gobierno de
Jalisco, el poder municipal, el INAH y el COLMICH-, una confluencia de intereses
incoherentes que no deja claro cuál es el papel que tienen los académicos colmicheanos en
la administración del sitio o de los otros sitios registrados en el resto del área de cultivo
agavero. Al respecto, es muy grave que el “sitio arqueológico Guachimontones”13 sirviera
12
Efraín Cárdenas García, “Reservas patrimoniales bioculturales de Michoacán. En el camino de la
corresponsabilidad”, en Claudia Espejel (ed), La investigación arqueológica en Michoacán. Avances,
problemas y perspectivas, Zamora, Colegio de Michoacán, 2014, pp.415-453; también “Arqueología
biocultural y corresponsabilidad patrimonial”, Relaciones, 148:11-40, 2016.
13
Uso los términos de una arqueóloga adherida al Centro Interpretativo Guachimontones, Ericka Blanco
Morales “El sitio arqueológico Guachimontones”, en Francisco Pérez A. (comp.), Centro Interpretativo
Guachimontones, Guadalajara, Secretaría de la Cultura del Gobierno del Estado de Jalisco, 2013, pp. 19-27.
18
de simulación a la agroindustria tequilera para arrasar con muchos sitios arqueológicos
desconocidos con tal de establecer la “zona de denominación de origen”, zona de influencia
económica solapada bajo la declaratoria de ser un “patrimonio cultural de la humanidad”, 14
y que varios arqueólogos académicos se prestaran a la maniobra de los intereses
económicos. En consecuencia, no es sobrado mencionar que algunos arqueólogos
involucrados tanto en Curutarán como en Guachimontones enfrentaron luego conflictos
graves cuando se pusieron al frente de la zona arqueológica de Tzintzuntzan. Tan fuerte
resultó el diferendo por la construcción de un museo de sitio que se llegó a la controvertida
protesta en el Museo Nacional de Antropología y a la intervención del Consejo de
Arqueología en el asunto, pero éste en modo alguno favoreció a los colmicheanos, ya que
justo para evitar los roces personales entre investigadores eligió atraer a un dictaminador
externo desde Argentina, aunque con experiencia y estudios en México. Me reservo el
nombre, aunque es fácil adivinar.
Esto deja ver a las claras que la conciliación razonable de los cometidos académicos y de
los cometidos gubernamentales no es fácil de equilibrar en nuestra arqueología. Tal parece
que las soluciones de compromiso mutuo no es algo que se enseñe a practicar – al menos a
reflexionar-, sino que se deja su aprendizaje a la casuística práctica, que aparece cuando ya
es muy tarde abordarlo negociadamente y se ha apelado con excesiva frecuencia a las
soluciones de fuerza del todo o nada. Esta es, de hecho, una ingente carencia que se
derrama sobre toda una arqueología que quiere ser más académica pero que todavía trabaja
bajo una exigencia gubernamental condicionante. No es tampoco la única ambigüedad que
intensifica los riesgos profesionales. Veamos su componente estrictamente “académico”,
pero siempre en tensión con el condicionante gubernamental.
En él, desde 1995 han aparecido nuevas escuelas de arqueología en las universidades de
Zacatecas, San Luis Potosí, Estado de México y Chihuahua, y que se agregan a las ya
existentes en la ENAH, UNAM, Veracruzana y Yucatán, todas de carácter público, un
campo académico dependiente de las universidades estatales pero en expansión, pues que
incluye a una maestría en el COLMICH, y a una maestría y un doctorado en la ENAH. Pero
14
José de Jesús Hernández López, El paisaje agavero: expansión y estatización. Ecología cultural política y
nuevas formas de valor, Tesis de doctorado en antropología social, El Colegio de Michoacán, Zamora, 2007;
del mismo autor, Paisaje y creación de valor. La transformación de los paisajes culturales del agave y del
tequila, El Colegio de Michoacán, Zamora, 2013.
19
mientras en Veracruz y Yucatán se impuso rápido la tradición de la escuela mexicana de
arqueología bajo un peso monumental y cultural apabullante, no es el caso de las otras
escuelas, como el de una arqueología norteña que apenas despunta,15 más se le sigue
pensando como una sucursal de Mesoamérica en cada resto que se descubre, incluido un
papagayo “mesoamericano”, como si el frenesí de imitar fuera sinónimo de la difusión
aculturadora.16 Por obvias razones, estas nuevas escuelas deben enfatizar una preparación
mucho más academicista y hacerlo en contextos regionales muy diferentes de lo habitual de
la tradición. Luego no es una coincidencia que en la UAEM haya aparecido la arqueología
industrial como materia de estudio, pero como tal no la hay ni es reconocida en lo más
mínimo por el mesoamericanismo más conservador. Introducir innovaciones no es sencillo
para esta tradición de años y años de forja constante. De hecho, esas innovaciones siempre
mantienen una gran ambigüedad interna, dado que no son del todo ajenas al desempeño
central que es el dominante.
En Michoacán, los arqueólogos colmicheanos han hecho otro esfuerzo significativo al
proponer una arqueología regional. Un paso adelante, dos hacia atrás porque no admiten
aún la idea de una área cultural por sus propios méritos –como la han propuesto varios
arqueólogos marginales, de Robert Lister a Arturo Oliveros-, pero sí están iniciando algo
que observé en 1995 como una carencia derivada de su principal sistema de premiación –el
descubrimiento rutilante con el nombre y apellido del autor aunque sea el vestigio de otros,
sus verdaderos creadores-, y que era precisamente la cooperación en “masas críticas” para
la investigación de una misma temática. No me refería pues a la solidaridad mecánica que
se da entre los miembros de los equipos de investigación, sino a cooperar horizontalmente
en la consecución de un conocimiento científico más avanzado. Sería entonces hasta abril
de 2016, en que se toma a la cultura tarasca como un reto interdisciplinar y sobre todo
interinstitucional para abordar. Hasta dónde crezca este impulso cooperativo es una
15
Francisco Mendiola Galván, Las texturas del pasado. Una historia del pensamiento arqueológico en
Chihuahua, México, ENAH Chihuahua, 2008; del mismo autor, Arqueología de la incivilización. Historia de la
cultura material del norte antiguo de México en el siglo XIX, Tesis de doctorado en historia, BUAP, Puebla,
2013.
16
Basta con referir el olvidado hallazgo de Luis Aveleyra en la Cueva de la Candelaria en Coahuila de una
vasija de estilo maya, pero hecha con materiales propios de la Comarca Lagunera. ¿Esto hacía mayanses a
los laguneros? Por supuesto que no. Tal como Gordon Childe lo apuntara para la difusión del hierro, en cada
lugar se le dio a la metalurgia una adaptación diferente. Asimismo, en Paquimé con los papagayos criados
en corrales.
20
interrogante permanente mientras no haya resultados a la vista, más allá de su primer
coloquio.
En estas arqueologías regionales el tradicional imperativo de buscar “dioses, tumbas y
sabios” es menor aún si se les toma como testimonios residuales de Mesoamérica. El hecho
de que se premie tan ostensiblemente a la exploración de tumbas y túneles en las ciudades
antiguas más esplendorosas es lo que eclipsa, no digamos a las otras arqueologías de menor
intensidad, sino de objetivo distinto. Pero incluso trabajos tan clásicos, pero poco exaltados
como el realizado por Antonio Benavides en Campeche, pierden visibilidad en este
contexto tan poco amigable con el cometido mismo de la investigación.
Como se puede ver, los factores condicionantes externos están imbricados con los internos
de la propia estructuración tanto de la arqueología gubernamental como de la académica.
Sin embargo, es harto cómodo quejarse de la adversidad que los rodea, pero no lo es
encarar las asignaturas pendientes de toda la profesión. La mayor de ellas es que desde
1995 la discusión ética solo haya quedado reducida a una tesis doctoral poco conocida a
pesar de su interés.17 Prevalece por el contrario un gran desdén profesional hacia el tema,
máxime si lo contrastamos con los cinco códigos vigentes del World Archaeological
Congress, adaptados cada uno a circunstancias específicas. En México no hay nada que ni
remotamente apunte hacia allá. Mutatis mutandis, es como me dijo un médico
claridosamente, la única ética que conozco es la del silencio ante las faltas de mis colegas
porque así nos conviene a todos. Se crea así un cuerpo profesional interesado en ocultar las
debilidades que le afectan. Parece ser este el caso de la escuela mexicana de arqueología. Y
sin embargo solo mediante una amplia discusión de esta temática se pueden abordar las
soluciones de equilibrio que nadie aplica en el medio.
Hay, empero, un cambio esperanzador de otro orden de cosas, aunque no deja de tener sus
limitaciones. Me refiero a la propuesta de un grupo de investigadores del INAH a propósito
de la Ley General de la Cultura.18 Todo el documento está sustentado en la idea política de
una sociedad diversa, que es la manera como ahora nos referimos a la sociedad abierta y
17
Rodrigo Vilanova de Allende, Ética y arqueología en México, México, ENAH, Tesis de doctorado en
arqueología, 2015.
18
“Hacia una Ley General de Cultura incluyente de los derechos culturales y la diversidad cultural”, 2016. El
documento ha tenido amplia circulación en las redes sociales.
21
antes a la sociedad plural.19 Es notable que no se reitere en él esa pugna típica del idealismo
político entre “el modelo estatal” versus el “modelo neoliberal”. Ambos modelos
ideológicos siempre han llevado a visiones de la perfección política que nunca se darán del
todo en la realidad, caso inconfundible de las utopías, y que por lo mismo apelan a ideas
erróneas que tienen efectos prácticos inconvenientes y a veces muy dolorosos y dañinos.
Aunque los autores de ese documento admiten la presencia de cinco formas de patrimonio –
el paleontológico, el arqueológico, el histórico, el artístico, y el indígena- abren el cauce
para el florecimiento de muchas formas más. Y mejor aún, con una actitud ajena al
patrimonialismo dominante entre los arqueólogos (no me atrevería a decir lo mismo de las
arqueólogas, pero las debe haber), sugieren otras formas correlativas de apropiación, uso y
usufructo de los patrimonios considerados culturales.
Siguiendo la lógica de su documento, así como de la idea subyacente de una sociedad
diversa con la que resulta congruente, es factible entonces postular una adscripción social
de todas las formas patrimoniales culturales y de sus distintas formas de administrarlos. Si
no se desea que Chinkultik se repita nunca más se debe esclarecer la forma como se
adscribirá el patrimonio arqueológico e histórico a los indígenas, y el papel que jugará la
Secretaría de Cultura, el INAH y su propia administración. Los “guardianes del pasado”
pueden ser más que uno. Y apelando siempre a formas compartidas de organización. Desde
luego, esto se va a tener que consultar de modo informado con los interesados, negociación
que no será fácil según he visto con el monumento colonial en la isla de Mezcala. Pero el
mundo cultural no cesa aquí. Es llamativo que el patrimonio industrial no aparezca citado
nunca. Los industriales de Monterrey fueron los primeros en vislumbrarlo, y nadie puede
contradecir que están en su derecho de administrarlo –como no se puede cuestionar la
colección artística de la Fundación Carlos Slim y su Museo Soumaya-, pues incluso
invirtieron en la erección del Parque Fundidora, en especial del Museo del Acero. 20 Es
interesante anotar que en la Universidad del Estado de México esté creciendo un grupo
académico sin cabida alguna en el mesoamericanismo, solo porque practican la
19
El filósofo político Gerald Haus, en The Tyranny of the Ideal. Justice in a Diverse Society, Princeton,
Princeton University Press, 2016, sigue conectando la sociedad diversa con la sociedad abierta popperiana.
20
Erika Terrazas Ríos Elite cultural, patrimonio e ideología. Un estudio crítico sobre la administración del
patrimonio cultural en Monterrey, Nuevo León, Tesis de maestría en antropología social, Chihuahua, CIESAS-
ENAH Chihuahua, 2014; de la misma autora, Pirámides de Acero. Patrimonio industrial y propiedad privada
en el noreste mexicano, INAH-EAHNM, Chihuahua, 2017.
22
arqueología industrial.21 Es pertinente hacerse a la idea de que esta forma de patrimonio
existe y se puede gestionar en otros lados con los grupos interesados.
Otro tanto se puede decir del mismo patrimonio paleontológico. Este patrimonio no
concuerda con el patrimonio cultural por la sencilla razón de que no es un legado cultural,
sino natural, pero metamorfoseado a uno antropocéntrico. Tiene más en común con las
reservas naturales implementadas por los biólogos para salvar especies de la extinción
como producto de la agresiva cultura de los humanos. Asimismo, se convierten en
patrimonio cultural por la acción de sus coleccionistas humanos, lo que puede ser tanto
negativo como positivo. En Coahuila hay evidencias de saqueo y tráfico ilegal de vestigios
paleontológicos. Su mejor resguardo serían los propios interesados, que por desgracia casi
no los hay. Un puntual reportaje de la Deutsche Welle22 dejaba bien claro que el problema
esencial es “la menor densidad de paleontólogos en México”, que no es solo cuestión del
reducido número de profesionales disponibles, sino su falta de universidades y de museos.
Menciona también al Museo del Desierto en Saltillo, pero el reportaje no se hace eco de
que los empresarios de Monterrey que, contagiados del “coleccionismo extremo”,23 han
propuesto erigir otro museo paleontológico con sus propias colecciones. ¿Nos opondremos
a ello si idealizamos al patrimonio nacional del Estado o buscamos la forma razonable de
compartirlo y administrarlo en manos privadas? ¿No nos dice nada el que 13 millones de
capitalinos haya visitado la exposición “Huellas de la vida” en pleno zócalo? Quizás el
Museo de la Evolución en Puebla sea solo una muestra del rumbo a tomar en el manejo de
este patrimonio natural culturalizado.
Recientemente, y ante la inminencia de promulgación de Ley de la Cultura, un arqueólogo
gubernamental, Ignacio Rodríguez,24 ha admitido la “alternativa privatizadora” dentro de la
esfera pública, a condición de que el enfoque empresarial respete un decálogo de normas
irrenunciables para una ética profesional, a la que confiere un rango de intrínseca. Habla
21
Vladimira Palma y Antonio Caballero (ed), Investigaciones en arqueología industrial, México, Primer
Círculo, 2014.
22
“México es una cuna de las especies”, [Link]/es/méxico-es-una-cuna-de-las-especies/a-19507442.
23
Graeme Were & J.C.H. King (ed), Extreme Collecting. Challenging Practices for 21st Century Museums, New
York, Bergham Books, 2012.
24
Ignacio Rodríguez García, La arqueología en México. Cultura y privatización, LXIII Legislatura de la Cámara
de Diputados, México, 2017.
23
por lo tanto de una coparticipación federal, estatal y privada en la administración del
patrimonio arqueológico.
En el mismo tenor del abuso del patrimonio gubernamental que asume Rodríguez, no puedo
dejar de hablar de una carencia que es un descuido ligado al mesoamericanismo más
obtuso. Tiene por cierto nombre propio –al estilo de la famosa Lucy-, y la llaman Naia sus
descubridores, unos espeleólogos americanos. Naia se ha venido a sumar a una línea de
investigación por demás interesante y que dio inicio con las “guerras del cráneo” del
Hombre de Kennewick.25 Dado el contexto de descubrimiento en el fondo de un cenote
llamado el Hoyo Negro, se ha implementado, a posteriori, el estudio de esos acuíferos
subterráneos, el cual no deja de recordar la enfermiza obsesión del dragado de Thompson.
Es extraño que toda la themata del poblamiento temprano de América –que ya estaba
implícita en las excavaciones de varias cuevas en Tamaulipas y finalmente en Coxcatlán
por Richard McNeish, aunque a él le importaba estudiar la domesticación del maíz- haya
sido abandonado completamente, al tiempo que el Departamento de Prehistoria del INAH
fue clausurado. Como resultado de esa decisión errada no hay el receptáculo institucional
donde se forjen los arqueólogos y arqueólogas del Paleoindio americano. Por lo que se
aprecia entonces, el hoyo negro es más vasto de lo que suponemos, y realmente engulle
cuanto le cae dentro. Éste cuando menos, y de modo indirecto, ha convertido a la
prehistoria en un asunto de arqueología subacuática. No obstante, las evidencias de las
excavaciones en cuevas son indicativas de cuál debe ser el sentido de su exploración en
gran escala. Como indican los paleontólogos alemanes, no hemos caído en cuenta que
México fue desde hace cuatro millones de años un verdadero corredor migratorio de
especies desaparecidas, pero asimismo de los diversos humanos siberianos, amén de otras
migraciones más recientes. Obviamente, si en este sendero nuestras huellas patrimoniales
son tan pobres, es de temer que ni siquiera nos imaginamos qué podemos hacer respecto a
los poblamientos de menor importancia como el largamente debatido asunto de los
“polinesios en América”, rastreable desde Concepción (Chile) hasta la isla de Cedros en
25
David Hurst Thomas, Skull Wars. Kennewick Man, Archaeology, and the Battle for Native American Identiy,
New York, Basic Books, 2000.
24
Baja California.26 La península toda puede ser toda “cuna de hallazgos” si se le presta la
atención adecuada.
Resumiendo, los factores de riesgo son reales y hay que abordarles de la mejor manera
posible. La Guerra al Narcotráfico no va a terminar para que los arqueólogos sigan
explorando Huetamo, por citar un ejemplo actual. Pero se deben disminuir los riesgos con
una planeación y monitoreo muy estrecho de los arqueólogos que trabajan en zonas
peligrosas, sin descartar a las propias fuerzas federales que reaccionan bajo presión. Por lo
demás, los cambios institucionales y legales que sobrevengan han de ser vistos mejor como
desafíos a encarar positivamente. En lugar de esperar la gran catástrofe que sobrevenga a
esta tradición científica lo que viene es una oportunidad única para hacer cosas nuevas y
mejores. Para empezar que bajo la sociedad diversa las formas patrimoniales son muchas y
que serán correlativas a los diversos grupos sociales interesados en su protección y
expresión. No se cuestiona a la propiedad nacional pero sí se asume que no es la única, y
que en varios lugares hay que regularizarla para evitar conflictos sociales. Pero habrá tantos
patrimonios culturales como grupos interesados intervengan y que sobre todo estén en
capacidad de forjar y mostrar públicamente su patrimonio cultural. La misma actitud
reguladora para con las formas de propiedad es la que ha de prevalecer en las formas de
administración. En aquellos patrimonios donde haya más de una forma de propiedad y de
intereses actuantes, se debe buscar establecer administraciones horizontales y confluyentes.
Pero donde haya un grupo en plena posesión patrimonial no controvertida, está en completo
derecho para establecer su propia administración.
Por último, la carencia ética va a solventarse cuando haya el interés de los subgrupos
profesionales, tanto de la arqueología gubernamental como de la académica. No se trata
solamente de un dilema, sino de hallar una salida que le convenga a toda la profesión
instrumentarla para su propia subsistencia. Por lo tanto, hay que buscar el punto medio
entre los extremos de Chinkultik y Guachimontones para el bien común de muchos
intereses. Esta es la oportunidad para que hagamos ciencia, tengamos un efectivo respeto
mutuo y cooperemos entre nosotros de una vez por todas.
26
Terry L. Jones, Alice Storey, Elizabeth Matisoo-Smith & Miguel Ramírez (ed), Polynesians in America. Pre-
Columbian Contacts with the New World, Lanham, Altamira Press, 2011.
25
Luis Vázquez León
Guadalajara, Jal. 14 de agosto, 2017.
26
INTRODUCCION
27
Octavio Paz “Tres ensayos sobre antropología e historia”, Vuelta, 11(122): 9, 1987.
27
crítica.28
28
Con todo, hay que puntualizar que no fue responsabilidad de Paz la actitud de Gándara. Esa hay que
descubrirla en su propio contexto disciplinario.
28
de Antropología, es decir, la longeva publicación de su propio instituto, misma que
hasta la fecha se sigue editando por lo que es factible revisarla hasta el presente.
Lo más intrigante sobre su estilo literario fue descubrir que las justificaciones de
ambos arqueólogos eran, para mayor asombro, análogas, a pesar de su diferencia
de edad, filiación institucional y de un supuesto cometido profesional divergente
(después de todo uno fue director del INAH y el otro es investigador del IIA). En
efecto, ambos dijeron evitar la evaluación de la arqueología reciente porque
estaban de por medio "consideraciones personales de amistad o de antipatía" o
bien de "amistad o compañerismo", pero, sobre todo, porque deseaban evitar
tocar ciertos "intereses creados", o sea, herir la "susceptibilidad de los
investigadores". Así pues, y tal como ocurrió en el affaire ENAH versus Octavio
Paz, otra vez los arqueólogos evitaron plantarse, ya no ante un literato externo a la
disciplina, sino inclusive frente a sí mismos. Comencé a sospechar que la
costumbre de evitación honorífica no era exclusiva de los grupos indígenas que
usaba antes estudiar,29 sino algo mucho más próximo a mí, pero que había
ignorado bajo la idea de lo "normal" o "natural" de una cultura disciplinaria en parte
compartida con ellos, ya que durante más de veinte años yo mismo me socialicé
junto a los arqueólogos, trabajé cerca de ellos y cuento algunos como amigos. De
pronto, sin embargo, esa normalidad había trocado en extrañeza, en interés, en
objeto de conocimiento.
29
En comunidades indígenas me ha tocado observar conflictos faccionales expresados como competencia y
a la vez como evitación del opositor, hasta el punto de parecer un gesto ritual el retirarse del escenario
cuando el otro u otros están presentes. A su vez, en la vida cotidiana se evita todo contacto, empezando por
el saludo.
29
1994), análisis que lejos de distanciarme del presente, lo tornó más inquirible.
Especialmente fue llamativo para mí el fenómeno, a todas luces expectante, sobre
cómo la arqueología mexicana "resuelve" los retos teóricos que de tiempo en
tiempo enfrenta. Lo puedo sintetizar diciendo esto: cada vez que algún arqueólogo
o arqueóloga innovador (o algún otro antropólogo interesado en la arqueología) ha
pretendido renovar su discurso tradicional, éste ha sido repudiado hasta el punto
de expulsarlo del medio profesional, si es necesario. Históricamente, se trata de
un proceso repetitivo que empieza con Gamio en 1913, vuelve con Armillas,
Palerm, Litvak, Gándara y otros, y no cesa en nuestros días, pues sigue siendo
iterado hasta en casos menos extremos en que se ha sugerido emprender una
"arqueología de la arqueología" (caso de Yadeum en 1978) o el demostrar el
componente personal implicado en la experiencia del ser arqueólogo (Crespo y
Viramontes 1996). Como establezco en los capítulos primero y segundo de esta
obra, tan ruda ortodoxia del pensamiento arqueológico mexicano no consiste
solamente en aferrarse a ciertas ideas muy fijas, sino que posee un nexo
sociocognitivo con una organización social muy peculiar de la arqueología
mexicana, fundada en el uso patrimonialista (más que nacionalista) del pasado
prehispánico. Parte sustancial de este fenómeno, lo constituye la fusión de
intereses de la administración patrimonial del pasado y la disciplina científica de la
arqueología, proyectada hacia los mismos objetos. A esta confusión achaco la
rigidez de ideas y de procedimientos.
30
Yucatán y Autónoma de Jalisco).30 Este cambio social -al que dedico el tercer
capítulo, lugar donde resalto la creciente importancia de la arqueología
regionalizada, pero aún marginal a la mesoamericanizada dominante-, se refleja
claramente en la inserción de algunos representantes universitarios en el seno del
Consejo de Arqueología que, por ley, reglamenta toda la investigación
arqueológica en México. Hasta aquí, pues, pareciera irrefutable la aseveración de
que teórica y prácticamente, estamos ante una dualidad, a saber, una
"arqueología del INAH" y una "arqueología universitaria", una de tipo político o
nacionalista y otra de tipo académico o científico. Esta visión esquemática ha sido
especialmente cara a Lorenzo (Alonso y Baranda 1984: 155; Lorenzo 1984:99) y a
Litvak (1978:671-672;1989), pero también ha sido expresada por otros
arqueólogos, pertenezcan lo mismo al INAH que al IIA (cfr. Ochoa, Sugiura y Serra
1989; Schöndube 1991:264).
Esta especie de dilema entre el científico y el político -que nos remite por fuerza
a los tipos ideales weberianos-, tiene alguna razón de ser en las filiaciones
institucionales y sus diferencias funcionales en cuanto a la actividad de protección
o no del patrimonio antiguo, lo que supuestamente se expresa en cometidos
divergentes ora políticos, ora académicos. Entonces, para el estudioso, debería
ser evidente que mientras en el INAH la arqueología es práctica, en el IIA es
teórica, que es justo la idea de Lorenzo. Suplementariamente sobrevienen otras
deducciones: que mientras en el INAH la actividad teórica es irrelevante, en el IIA
habría una situación tal que la teoría debería desarrollarse sin obstáculos de
ningún orden. Confieso que difiero rotundamente de esta interpretación. De hecho,
creo que estamos ante identidades simbólicamente construidas para rivalizar por
el prestigio y el poder. La cuestión es, para empezar, por qué los arqueólogos de
ambas instituciones comparten actitudes y costumbres similares.
30
Otras instituciones académicas se han ido agregando a esta lista. El más reciente es el Centro de Estudios
Arqueológicos del Colegio de Michoacán.
31
He hablado de la evitación como una práctica común. Ello nada tiene que ver
con la afiliación institucional aparente de los arqueólogos. Para el IIA, por ejemplo,
sabemos de la reticencia normativa a criticar a los colegas más cercanos. Esta
actitud ha sido elevada a regla de comportamiento social, pues, como confiesa
uno de sus arqueólogos, “en alguna ocasión se propuso en nuestro instituto, en
aras de la paz social, que no deberíamos reseñar obras de otros miembros del
instituto (...) la crítica se interpreta negativamente y difícilmente le vemos el lado
constructivo, aunque esa fuera la intención del que reseña, del dictaminador o del
editor” (Schmidt 1991:1-2; cursivas mías). A su vez, y en el mismo tenor, un
destacado arqueólogo gubernamental ha hecho público el mismo uso de "evitar la
crítica del colega" (Nalda 1991:65; cursivas mías), costumbre llevada al extremo
de afectar los resultados del conocimiento arqueológico: "El dato arqueológico, en
México, se queda en el informe de campo o en la publicación de circulación
interna: es un producto de consumo entre colegas (frecuentemente su circulación
se restringe, en la práctica, a los especialistas del área, ni siquiera del tema)"
(Nalda 1991:62). Este problema de comunicación e intercambio horizontal entre
colegas implica, sobre todo, una misma dificultad social para encarar el cambio
teórico, fenómeno peculiar porque que en la historia del pensamiento arqueológico
mundial (Willey 1980 [1968]; Trigger 1992 [1989]; Hodder 1988 [1986]; Malina &
Vasicek 1990; Hodder 1995:92-121), este cambio se presenta como una sucesión
muy parecida al cambio paradigmático sugerido por Kuhn (1980 [1962]). No es
este el caso de la arqueología mexicana.
Sin descontar la influencia que una estructura social ideal tan esquemática
pudiera ejercer sobre el pensamiento teórico de los arqueólogos de ambas
instituciones, me parece que la cuestión del cambio teórico en la arqueología
mexicana es más compleja que su expresión política o institucional. Es muy
probable que, como tal, el esquema dual responda más a un pensamiento
tipológico que a uno holístico (incluido el sistemático), lo que explicaría su enorme
popularidad entre los mismos arqueólogos, tan habituados a este modo de
clasificar la realidad. Por mi parte, me propongo explorar aquí las cualidades de su
32
complejidad antes que abstraerlas para fines esquemáticos. Sospecho que tal
como lo ha sugerido Litvak (1996) de modo informal en conversaciones y charlas
públicas, entre los arqueólogos gubernamentales y universitarios pesa una
socialización común en la ENAH, esto es, un entrenamiento bajo una cultura
disciplinaria común más reveladora, observación capital que pudiera valer hasta
para las escuelas posteriores, invariablemente fundadas por arqueólogos
formados en la ENAH.
33
mesoamericanista que ocupa con naturalidad la mayoría de sus textos. Este tópico
es una y otra vez puesto de relieve en toda su literatura especializada y vale tanto
para la arqueología oficial como para la académica, para la inmensa mayoría de
tesis arqueológicas producidas en la ENAH, e , indirectamente, para el estudio de
aquellas regiones arqueológicas usualmente descuidadas por el
mesoamericanismo, por lo que éstas son un cielo abierto para los investigadores
extranjeros, libres del fijismo de sus pares mexicanos.
31
Según la terminología kuhniana, bajo el estadio de ciencia normal no se cuestionan la teoría o teorías
establecidas, sino que se les perfecciona técnica y hasta cierto punto progresivamente.
34
¿existe una relación mutuamente condicionante entre su estructura social y su
estructura cognoscitiva?.
Lo que hizo Merton entonces fue trabajar en los linderos del condicionamiento
social del conocimiento, pero sin preocuparse por cerrar la dualidad abierta por
Mannheim. Se podría decir que Merton vino a desarrollar la variante empírico-
sistemática en vez de la epistemológica. Al desentrañar los imperativos institucion-
ales de la ciencia, Merton la mostró como una institución comunal, poseedora de
un comportamiento característico expresado en normas, recompensas y
cometidos, esto es, en un ethos científico (cfr. Merton 1980). La relevancia de esta
sociología de la ciencia de corte empírico es palpable en sus aportes ulteriores
sobre la calidad de las investigaciones, la medición de su actividad, la demografía
institucional, las motivaciones de los científicos, su organización en colegios
invisibles, y aún algunos conflictos internos. Sin embargo, en el presente, y contra
lo dispuesto por Merton al soslayar la vertiente cognoscitiva de la ciencia, su
aproximación sociológica no parece ser suficiente para comprender cabalmente la
elusiva pero insoslayable unidad de conocimiento y sociedad.
35
Gracias a la contribución mertoniana, para el sociólogo no parece problemático
aprehender una comunidad científica a través de encuestas y estadísticas
inferenciales diseñadas ex profeso. Sin embargo, es notorio que el trabajo clásico
de Warren O. Hagstrom (1965), que ha servido de piedra angular a toda clase de
construcciones sociológicas posteriores, está basado en lo que él llamó la
"organización clásica de la ciencia", es decir, en una organización ideal inferida de
una encuesta a 76 científicos. Pocos años más tarde, Hagstrom (cfr. 1979, 1982)
asumiría que esa comunidad se subdivide en unidades menores y que vive sujeta
de una tensión esencial, producto de su crecimiento interno y de su patrocinio
externo. Tal tensión, preveía él, podría llevar a esta ciencia comunitaria a perder
autonomía y desorganizarse. Hoy, su presunción es una tendencia efectiva dentro
de la empresa de la gran ciencia, como resultado del patrocinio industrial y militar
(Ziman 1999). Muchos de los rasgos primigenios que caracterizaron a las primeras
comunidades científicas surgidas en el siglo XVII -la comunicación horizontal, el
desinterés científico, el escepticismo y el universalismo-, están siendo socavadas
por la eclosión de nuevas relaciones interesadas provocadas intencionalmente por
los científicos, al tiempo que han ido reduciendo sus espacios organizativos a
grupos estrechos, muy dinámicos, y altamente informales de interacción social
(cfr. Rosenberg & Birdzell 1990; Ferné, s.d.; Franklin, s.d.; Lewenstein, s.d.). En
suma, hoy resulta difícil postular una comunidad científica como estructura a priori,
sin antes demostrar que lo es efectivamente en términos sociales y cognitivos. Lo
anterior, como abundaré más adelante, explica en alguna medida por qué he
preferido hablar de "tradición científica" en vez de "comunidad científica", toda vez
que me ocupo de los arqueólogos y de la arqueología mexicanos.
36
y solo ellos, comparten. A la inversa, es un posesión de un paradigma común lo
que constituye una comunidad científica" (Kuhn 1982:319). No entraré en la
discusión de su definición más sintética, pero, para efectos de esta introducción,
es importante hacer notar que muy pocos de su numerosos críticos y epígonos se
dieron cuenta de que el concepto reunía elementos que estaban distanciados
desde Mannheim (Kuhn 2000 [1970]). Pero dada la herencia empírica anterior, fue
fácil caer en el error opuesto de reinterpretar al paradigma sólo por una porción de
su contenido cognitivo, pasando por alto la relación consensual o comunitaria de
fondo. Se invirtió así la estrategia de Merton, ocultando ahora su expresión social.
El error fue amplificado en grande escala por los científicos sociales, siempre
deseosos de compartir la autoridad cientificista de las ciencias físicas y formales.
Una tentación a la que todos sucumbimos fue la de reinterpretar al paradigma por,
digamos, la mitad de su contenido teórico o metateórico, olvidándonos del
condicionante sociocomunitario implícito. Como indicaron varios críticos de esta
moda, detrás del kuhnianismo social había un positivismo embozado, y cuya
evidencia más demostrativa era que había tantos paradigmas sociológicos como
sociólogos intentaron la clasificación (Eckeberg & Hill 1980; Roth 1987:115-129).
La crítica era susceptible de extensión a los antropólogos sociales que siguieron el
camino de paradigmatización de su disciplina, pero sin brindar resultados
alentadores, ni siquiera acuerdo mínimo sobre cuáles eran los paradigmas
teóricos y cuáles no (cfr. Kirsch 1982; Krotz 1981; Hewitt 1982 [1984,1988];
Vázquez 1987). No está de más recordar aquí que Kuhn extrajo su noción de
paradigma luego de convivir durante un año con un grupo de científicos sociales,
en calidad de historiador de la ciencia. "Principalmente -escribió después- me
asombré ante el número y alcance de los desacuerdos patentes entre los
científicos sociales, sobre la naturaleza de problemas y métodos científicos
aceptados (...) Al tratar de descubrir esta diferencia [con las ciencias físicas],
llegué a reconocer el papel desempeñado en la investigación científica por lo que,
desde entonces, llamo paradigmas" (Kuhn 1980:13-14). No es de extrañar que
Kuhn tuviera por esa época en tan bajo concepto a los científicos sociales (que
37
eufemistamente agrupaba dentro de unas "ciencias inmaduras"), que en cualquier
caso le sirvieron de ejemplo analógico de lo que no era un grupo paradigmático.
Por una parte entonces se había impuesto la dispersión del ideal de comunidad
científica (arqueológica en nuestro caso) en unidades organizativas cada vez
menores, como los grupos coherentes de trabajo y, por último, las redes
personalizadas de investigación. Queda asentado que para nosotros es en
determinados niveles de organización social -específicamente en los proyectos
arqueológicos- donde se produce socialmente el conocimiento arqueológico,
cualquiera que sea su alcance cognoscitivo y sus efectos sociales. Aún así,
seguíamos sin poder articular existencia y pensamiento. Fue entonces que reparé
que en la historia de la ciencia se venía usando con excesiva liberalidad la idea de
"tradición científica". La misma historiografía de la antropología la había aplicado
indistintamente a la arqueología y a la antropología social (Trigger 1985; Kupper
1987[1973]); Pahl por su parte la empleó para describir el estado crónico de
controversia dentro de la sociología inglesa (Pahl 1979). Nuestro problema era
entonces definir al concepto para usos analíticos en vez de descriptivos.
32
En 1970, en la respuesta a sus críticos, distinguió entre comunidades de tradición –típicas de las
humanidades- y comunidades propiamente científicas, donde habría mayor progreso teórico (Khun
2000:137).
38
Debo a Angel Palerm el haber caracterizado a la "cultura de la etnología" como
"tradición antropológica", es decir, como un "conjunto de valores, actitudes,
preocupaciones e intereses de los etnólogos" (Palerm 1974:12), una "subcultura
en el sentido antropológico, que no se basa exclusivamente en la transmisión
literaria de ideas marxistas [caso de la red de transmisión de la antropología
marxista], sino también de comunicación personal y la transmisión oral" (Palerm
1979:45). Trabajos ulteriores como los de Boyer (1990) y Hobsbawm (1988 [1983])
me permitieron reelaborar esta definición, haciéndola más receptiva hacia aquellas
interacciones sociales repetitivas que implican al tradicionalismo como proceso
sociocultural. Asimismo, y esta vez desde el campo de la sociología de la
educación, Becher (1992:57) sugirió tratar a las disciplinas e identidad de los
académicos como "culturas disciplinarias" que involucran "actitudes, actividades y
estilos cognoscitivos característicos de las personas que ejercen dentro de varias
disciplinas", poniendo el énfasis en las características epistemológicas de su
pensamiento como la base de su identidad, lo cual nos remite a la variante
filosófica del programa de sociología del conocimiento de Mannheim, pero bajo
una conceptualización monista, no dualista.
39
concepto de “praxis arqueológica”, con el cual persigue, también, iluminar la
“implicación práctica de nuestras teorías”, desechando la positivista distinción de
ciencia y sociedad (Hodder 1995a:3).33 Qué tipo de ciencia sea o deba ser, qué
tan aproximada esté o no a una definición normativa de ciencia, e incluso si la
arqueología es un arte o bien una ciencia, son cuestiones que rebasan en mucho
los límites de mi estudio. Pienso que eso es algo que los propios arqueólogos
pueden y deben discernir. En trueque, ofrezco una fenomenología no prescriptiva,
aunque no mas complaciente.
33
Mucho más recientemente, Jones (2001) se cuestiona la causa de la polarización entre arqueólogos
científicos y teóricos de la arqueología, apelando también al análisis de la práctica de la arqueología.
40
posmoderna de la ciencia. Me refiero además de ésta, a la antropología
funcionalista y a la antropología inspirada en la etnometodología.34
Para el estudioso siempre resultará asombroso ver como las ideas parecen
repetirse cual episodios ya vistos de un movimiento pendular en la historia del
pensamiento social. Y es que desde sus orígenes más proteicos los estudios de la
ciencia estaban divididos -y en esa dinámica encontrada seguimos-, excepto que
estamos repitiendo ideas muy parecidas. Hubo también sus campeones en
contradicción. Mientras Spengler presentaba al hundimiento de la Alemania de su
época como nada menos que el universal “ocaso de la civilización occidental” –
nótese en ello su nietzscheana altivez-, al mismo tiempo que postulaba el fin de la
ciencia como parte
de la decadencia civilizatoria (“Tras siglos de orgías científicas, hemos llegado a
hartarnos”, decía), en la pujante Norteamérica, el “bardo del salvajismo” –uso a
propósito el apelativo dado por su biógrafo John P. Diggins (1983)-, el disidente
economista de aires antropológicos Thorstein Veblen, pronto barruntó que la
ciencia lejos de estar decayendo, estaba creciendo domesticada por el agresivo
capitalismo americano, y que ello era visible desde su fase inicial en la educación
superior universitaria, tal como habría de denunciarlo en su obra The Higher
Learning in America: A Memorandum on the Conduct of Universities by Business
Men (Veblen 1993 [1918]). El libro, como sabemos por Diggins, tuvo primero el
retador subtítulo de “Un estudio sobre la depravación total”. Fuerte, sí, pero muy
distinto a El ocaso de Occidente, ya que Veblen (1980:322) identificaba los
agentes y el contexto de esa depravación del conocimiento ilustrado:
34
En el post scriptum final declaro mi filiación etnometodológica, por lo que mi análisis de las corrientes está
orientado, luego no pretendo engañar a nadie; Hacking (2001:109-167) dedica un largo capítulo al mismo
tema sin llegar a ser conclusivo; y Nelkin (1996:31-36), desde la propia perspectiva de los estudios culturales
de la ciencia, hace más bien una reflexión reveladora sobre las perspectivas de estos estudios.
41
que es incompatible con la visión científica (...) las tácticas comerciales, los asuntos militares y la
teoría política es extraña al espíritu científico escéptico y lo subvierte.
42
Por cuanto hace a una antropología propiamente dicha de la ciencia hubo que
esperar hasta 1966, cuando Gerald Swatez diserta sobre la Social Organization of
a University Laboratory, para que se reconociera en ella su inicio como
especialización; a poco, en 1967, Robert S. Anderson escribiría Community for
Research:An Anthropologist in the Enrico Fermi Institute for Nuclear Studies y,
luego, en 1975, Building Scientific Institutions in India: Saha and Bhabha
(Anderson 1981). Por desgracia, la mayoría de estos estudios pioneros no
rebasaron los ámbitos académicos en que fueron expuestos como disertaciones
doctorales, lo que impidió disponer de ellos como conocimiento público. Pese a lo
cual, Wolf Lepenies (1981) hablaba ya de un “giro antropológico en la sociología
de la ciencia”. Se mantenía que el antropólogo social en este terreno, aunque
llegase a emplear las técnicas cuantitativas del sociólogo, podía extenderse hacia
problemas y observaciones usualmente dejadas de lado, tales como la ubicación
social, el status, la jerarquía, los imperativos normativos, las ligazones sociales,
etc. (Mendelsohn y Elkana 1981).
43
se volvía a poner en tensión conocimiento y sociedad, no obstante que entonces
Lepenies celebraba lo mismo a la benéfica influencia de la hermenéutica que de la
etnometodología. Pronto se vería que la etnometodología poseía un programa de
investigación por principio opuesto al posmodernismo (Lynch 1993; Pleasants
1997).
35
Influido por Garfinkel, John Law (1976) replanteo su estudio sobre la cristalografía de las proteínas, para lo
que evita toda prescripción y adopta la propia visión del mundo de los científicos; Angela Metropulos (1986)
por su parte exploró la interrelación del conocimiento científico y la organización social del mismo en un
laboratorio de biología marina. La idea de contextualizar este conocimiento sin sobredeterminarlo aparece
en otros estudios, tales como Collins (1982) para varios laboratorios experimentales de laser; y Whitley
(1981) para la conexión entre patrones de investigación y contextos de práctica científica específicos. De
hecho, todavía en esta época Woolgar (1981) y Knorr-Cetina (1981) suscribían la idea de la contextualización
de Garfinkel , si bien ya daban prioridad al “contexto presentacional”, o mejor, representacional, mucho más
apropiado para su postura constructivista social del conocimiento.
44
no pretendía probar nada sobre la epistemología de la ciencia. Lynch se interesó
mucho más en escuchar las conversaciones del laboratorio, procurando como
todo buen antropólogo al menos aprender algo de la ciencia estudiada, antes que
oponer (y anteponer) cualquier axiología personal. Resulta obvio que estudios tan
poco presuntuosos jamás consiguieron generar toda una corriente sociológica
comparable en prestigio a los “estudios sociales de la ciencia” provocados por la
obra de Bruno Latour y Steve Woolgar Laboratory Life. The Construction of
Scientific Facts (1986 [1979]), punto de arranque de una polémica en curso
conocida como las “guerras de la ciencia” (Ross 1996; Ruse 2001:15-26). Este
título de “guerras de la ciencia” no es para menos, pues los más atrevidos críticos
proclamaron a viva voz “las mentiras de la ciencia” (Di Trocchio 1995 [1993]).
Empero, el lenguaje común norteamericano está tan agobiado de metáforas
militares, que uno se pregunta si hay una conexión verdadera entre las guerras
académicas y las guerras coloniales que de tiempo en tiempo emprenden como
sociedad imperial.36
36
Para un filósofo ajeno a la sociedad norteamericana como es el caso de Hacking (200:12), estas metáforas
tendrían un resultado insensibilizador: “La predisposición a describir el desacuerdo profundo en términos de
metáforas de guerra hace que la existencia de guerras reales parezca más natural, más inevitable, más parte
de la condición humana”. Luego del 11-S estamos seguros de ello.
45
no solo de hacerlos adquirir la nueva identidad científica, sino sobre todo corregir
sus desviaciones conductuales de la norma. Se sigue pues que esa ideología y
ese tipo ideal son congruentes con los fines de la institución. La carga
funcionalista de esta conclusión es evidente. Pero surgen dudas al respecto.
Aparte de que se habla poco sobre la interacción entre la organización de la
investigación y el proceso de conocimiento que suscita en las aulas, cabe la duda
de si realmente las normas y valores institucionales son así de homoestáticos,
pues en estudios previos (Adler Lomnitz 1972; 1985) se habla de un conflicto que
dividía a toda la comunidad biomédica sin resolución aparente. Vale decir que
esta antropología (que aún insistía en reconocerse como sociología de la ciencia)
estimuló a algunas de las alumnas de Larissa Lomnitz a desarrollar lo que en un
momento se conoció como "estudios de pares" (Nolasco 1984), pero que luego se
definen como sendas investigaciones de la comunidad de los matemáticos (Mayer
1991) o del desarrollo tecnológico en la industria (Pérez-Lizaur 1991).
Para los nuevos sociólogos de la ciencia todas estas insuficiencias fueron muy
útiles. Incluyendo la etnografía usada por los antropólogos, que de inmediato fue
adoptada y adaptada para sus propios fines, interesados en demostrar la “falacia
ontológica” del realismo científico. Un estudio equivalente hecho por un grupo de
antropólogos australianos en el Instituto Hall de Ciencia Médica en Melbourne
llevó a Steve Woolgar (1991a) a decir que los antropólogos no eran lo
suficientemente antropólogos, pues siguen privilegiando a las instituciones y a sus
arreglos internos sin abrazar el enfoque relativista-constructivista aportado por los
“estudios sociales de la ciencia”, bajo el cual se deconstruye la filosofía objetivista
de la ciencia con tal de cuestionar todos los campos de estudio con pretensiones
científicas. La tesis relativista de la cultura científica de Anderson (1981), antes
mencionada, adquiere aquí mayor relevancia. La nueva “etnografía reflexiva”
desarrolla en el extraño que observa al científico un abisal “escepticismo analítico”
sobre todas las explicaciones y pensamientos de los científicos (Woolgar 1991:80;
Latour & Woolgar 1986:278), escepticismo que llevado a sus últimas
consecuencias termina por tildar de falaz a toda la ciencia. La misma ciencia, dirá
46
Woolgar, “no es científica, excepto cuando se presenta a sí misma como tal”
(Woolgar (1991:164).
47
hipótesis y demás medios del razonamiento científico, en vez de reflejar al mundo
real han de ser meras construcciones sociales interesadas.37
37
Y, como señala incisivamente Hacking (2001), hay que agregar a la lista los resultados o contenido del
saber científico. Como bien dice, los constructivistas sociales son unos externalistas de nuevo cuño, que han
heredado la vieja tradición empirista, lo cual explicaría sus arrebatos positivistas invertidos: no más
objetivismo, sí al subjetivismo.
48
de la antropología y de las ciencias sociales contradicen las imágenes ubicuas de
la ciencia Occidental como pura, independiente de la política”, escribe Nader, para
luego, a pie de página, como para no disminuir la fuerza de su afirmación, agregar
que a estos antropólogos americanos los mueve la oposición a la intolerancia para
con la disidencia dentro de su cultura, y la naturaleza crecientemente ideológica
de la ciencia “en nuestro país [pero] que afecta alrededor del globo” (Nader
1996:xiii y xiv). Spengler se habría de remover contento en su tumba por el eco de
sus declaraciones estridentistas.38 No es casual que uno de los temas favoritos
abordados sean los físicos de la alta energía (Traweek 1988) o los físicos de los
laboratorios de armas nucleares (Gusterson 1992 y 1996). Análisis etnológicos de
las teorías científicas como el de Stockzkowski (1992) aparecen como extraños
dentro del contexto americano.
Se ve, pues, que las relaciones entre esta corriente y la antropología social de
la ciencia son del todo amistosas, a pesar de su recurso etnográfico común. La
divergencia entre ambas se antoja profunda, pues tiene que ver con la filosofía y la
teoría social implicadas. Que sepamos, no ha habido hasta ahora una réplica a tal
crítica por parte de los antropólogos interesados en el asunto, como sí la ha
habido desde la filosofía de la ciencia (Bunge 1992; Hacking 2001), la historia de
la ciencia (Thuillier 1990) o para el conjunto de la antropología posmoderna
(Reyna 1994).
Creo que esta incapacidad de respuesta en mucho es atribuible a la carencia
teórico-filosófica antes anotada. Movido entonces por los fines inmediatos del
presente estudio, sugiero que esta teoría puede ser la hermenéutica crítica
(Bleicher 1990: 143-211), la que, entre otras características, es una corriente que
se ha desprendido del subjetivismo prevaleciente entre los hermeneutas
decimonónicos, por lo que procura disminuir la tensión entre explicación e
interpretación, buscando inclusive unificarlas (Apel 1984). Tal como lo aprecia
38
A la orgía de la ciencia, Spengler añadía el exceso de democracia y de socialismo como causales de la crisis
moral, síntoma del ocaso de la civilización occidental. Si esto recuerda al nacionalsocialismo, la coincidencia
es correcta, ya que a poco escribe la Reconstrucción del Estado alemán en 1924. Todo un clásico del
pensamiento reaccionario, hoy reconocido como una de las fuente ideológicas del nazismo.
49
Reyna (1994), la hermeneútica crítica, en clara distinción al deconstruccionismo,
pretende más que nunca ser una "ciencia de la interpretación", cuyo método,
aunque siga siendo aproximativo (el llamado "círculo hermenéutico"), consigue su
comprensión a través de la validación dialógica (Habermas y Apel, Gamader hasta
cierto punto), hipotético-deductiva (Hirsch), argumentativa (Ricoeur), en incluso en
una profundización declaradamente metódica (Betti, Giddens y Thompson), por lo
que en ocasiones se acerca al principio de falseación de Popper y a ciertas
posturas pospositivistas que proponen que la validación científica es provisional y
la explicación una verdad aproximada, tanto como la comprensión lo es (Reyna
1994:556-557; Ricoeur 1992: 212-213; Ferraris 323-332; Popper 1995: 123).
50
que, como ellos, también examinemos sus textos y al comportamiento social
intencional. Antes, por el contrario, postulamos que los objetos del mundo real no
solo existen, sino que son objeto de la acción práctica, razonable, metódica, de las
ciencias.
No puedo concluir este parágrafo sin hacer una destacada mención del sostén
filosófico que encuentro en la hermenéutica moderna. Dentro de la hermenéutica
histórico-ontológica, Gadamer (1977) convirtió al lenguaje en tradición o
transmisión. Los textos, lo mismo que la historia, siempre son interpretados y
ulteriormente comprendidos a través de prejuicios o pre-entendimientos (ideas,
conjeturas o presuposiciones) que nos confrontan con tradiciones radicalmente
diferentes a nosotros, puesto que nosotros mismos estamos ubicados en una de
ellas. Aparte de esta doble conciencia de extrañamiento y de pertenencia, advierte
que aún la más auténtica y sólida de las tradiciones (como es el caso de una
tradición científica arqueológica), ésta no se desarrolla sólo en virtud de cierta
persistencia, sino que requiere ser aceptada, adoptada, cultivada y renovada. Se
verá, pues, que éste es precisamente el modo como inquiriremos a nuestro actual
objeto de estudio: concatenando el conocimiento arqueológico y el
condicionamiento social de la arqueología y cómo ambos contribuyen para hacer
aceptable, adoptable, cultivable y renovable esa tradición arraigada de ciencia,
conocida entre nosotros como Escuela Mexicana de Arqueología. Dicho más
claridosamente aún, para nosotros las instituciones de la arqueología son
mediaciones entre la tradición arqueológica y los arqueólogos como tales.
Entendemos el origen social del esquemático prejuicio establecido entre la
"corriente del INAH" y la "corriente de la UNAM", pero suponemos que a un nivel
profundo hay un sustrato tradicionalista que las unifica en la teoría y en la cultura
disciplinaria más amplia.
51
especializado de la antropología social en México. En nuestro medio, la única
postura que alguna vez sugirió una indagación en esa dirección fue a
consecuencia del programa de historia social de la etnología emprendido por
Angel Palerm, según el cual la actividad etnológica -tanto en su teoría como en su
práctica- "constituye un fenómeno cultural a cuyo estudio resulta preciso aplicar la
teoría y método de la misma etnología" (Palerm 1977:14). Por desgracia, este
proyecto palermiano quedó inconcluso, lo mismo que su historia de las teorías
etnológicas. Reconozco en él, empero, una orientadora inspiración, digna de
continuarse con la mayor seriedad.
52
Ocasionalmente, pero más desde el campo de la antropología de la educación,
algún antropólogo social se ha ocupado de la política en la academia (Bailey
1977). Asimismo, una novedosa "etnografía de los etnógrafos", hecha bajo los
contextos de Ghana, Camerún y Sudáfrica (Owusu 1989; Barley 1989 [1983];
Kuper 1987a), ha ensanchado nuestro autoconocimiento de la relación teoría-
praxis en ámbitos específicos. Por último, la "etnología del conocimiento" sugerida
por Héctor Vázquez (1988), aunque mantiene una orientación dirigida a la
creación simbólica, es un jalón en este orden programático.
39
Bahn, además de aportar una historia ilustrada de la arqueología, escribió su Bluff your way in
Archaeology (1993), que ha de tomarse como un comentario jocoso de su práctica. Por desgracia, su
traducción al español, Cómo pasar por experto en arqueología (1995), es una verdadera traición de la
intención de Bahn, pues llega al punto de agregar párrafos enteros ajenos al autor. Todo un fraude.
40
La etnometodología en este campo “Busca demostrar que los científicos usan, en su investigación, un
cierto número de recursos que consideran naturales (teorías, razonamiento lógico, y resultados de pasados
experimentos), cuyo carácter objetivado olvidan, y que no relacionan más con la actividad práctica del
laboratorio que ha sido construido por ellos. El trabajo científico solo puede transmitirse a causa de esa
reificación, como cualquier artículo sobre descubrimientos puede mostrar” (Coulon 1995:61).
53
Se trata pues de un campo de estudio prácticamente virgen. Al igual que los
antropólogos que han hecho aportes reflexivos, los arqueólogos (y algunos
filósofos de la arqueología) han ido desarrollando lo que se conoce como
"tradiciones críticas de la arqueología" de corte post-procesualista (Pinsky & Wylie
1989), las cuales han dejado de centrarse en las evidencias del pasado para
examinar el contexto histórico, sociopolítico y epistemológico del conocimiento
arqueológico actual. Es interesante anotar que uno de los filósofos que se han
sumado a este campo, Lester Embree (1989, 1989a,1992), propone una
"metaarqueología" fenomenológica que, por medios etnográficos, estadísticos y
literarios, consiga esclarecer la epistemología de la nueva arqueología
norteamericana. Cabe advertir que en México no hay nada que ni remotamente se
le asemeje. La obra de Gándara (1992), siendo reflexiva también, es, en gran
medida una crítica admonitoria de la arqueología oficial, que considera a los
problemas prácticos y políticos como condicionantes de su insuficiente
cientificidad. Bien que comparto con él la preocupación por abordar su peculiar
cambio teórico, advierto diferencias en cuanto a su tratamiento prescriptivo, lo que
a mi juicio estrecha el campo de estudio reflexivo, es decir, comprensivo desde mi
posición de observador ajeno a la tradición arqueológica.
54
En consecuencia, reitero que el objetivo manifiesto de esta antropología de la
arqueología es la de comprender y explicar por qué ha sucedido que las
arqueologías del más diverso signo han terminado siendo avasalladas, si no es
que suprimidas, por una concepción nacionalista de pensar y hacer la arqueología,
cuando en los textos se ofrece como una disciplina científica genérica y universal,
lo que ya nos plantea una paradoja de entrada. En relación a ella, advierto una
coincidencia de intereses con el movimiento de la arqueología teórica, tal como se
ha expresado en los tres congresos arqueológicos mundiales en Southampton
(sostenidos en los años de 1986,1990 y 1992) . En ellos, constantemente ha
aparecido la interrogante de por qué la arqueología teórica no ha podido despegar
en varios países. Según sus análisis, existen ciertas tradiciones regionales que,
fundadas en las condiciones específicas de la práctica arqueológica del país o
región particulares, impiden el desarrollo de una "disciplina en verdad mundial por
primera vez" (Renfrew & Bahn 1991:37). El estudio de tales tradiciones
arqueológicas nacionales forma parte integral del programa de esta corriente, por
ello muy próxima a mi interés indagativo.
Pero mientras los más conspicuos seguidores de esta corriente aceptan que
hay una "explicación [arqueológica] tradicional" bien generalizada, yo sostengo
que la complejidad de la tradición mexicana requiere una mayor atención sobre la
normalidad de su "explicación tradicional". Se trata, como dice Gándara
(1992:181), de “un caso agudo de arqueología tradicional”. En consecuencia,
entramos así en los objetivos específicos a delucidar. Comenzaré por lo más
evidente. Desde los días arqueológicos de Gamio (1913-1922), la arqueología
mexicana se define como netamente científica, aunque desempeñe funciones de
gobierno. No es pues reductible a un tipo general de arqueología pública (no tiene,
por ejemplo, similitud alguna con la arqueología pública norteamericana), sino que
es una variante particularizada. Ambos componentes -la ciencia y la administra-
ción pública- siguen vigentes hasta hoy, si bien la segunda domina y subsume a la
primera. Es extraño, no obstante, que mientras en el México actual, la ciencia y la
tecnología cruzan por un proceso de cambio determinado por una política de
55
"excelencia científica" de inspiración empresarial -para la que se ha dispuesto la
asignación discriminatoria y competitiva de recursos, becas, sobresueldos,
estímulos a la productividad, etcétera-, la arqueología se mantiene
convenientemente aislada en una situación de excepción fomentada por medio de
instituciones centrales de financiamiento (el Fondo Nacional Arqueológico y el
Fondo Nacional para la Cultura y las Artes). Estas instituciones han prohijado la
renovación de grandes proyectos arqueológicos monumentales ya conocidos en el
pasado, pero que de alguna manera recuerdan a la investigación científica de gran
escala (lo que se conoce como Big Science en la administración de la ciencia).
Nueva paradoja: la arqueología en México es una ciencia que no se comporta
como el resto de las ciencias, al menos en cuanto a la premiación de sus
prioridades. Su preeminencia científica depende vitalmente de su asociación con
la administración central del pasado. Orgánicamente, su liga se establece más con
la cultura y la educación nacionalistas que con la ciencia y la investigación
globales.
Nos guste o no, los así llamados Proyectos Especiales de Arqueología han sido
los buques enseña de la flota arqueológica mexicana. Con razón de sobra se les
tildó de "proyectos especiales" según variados criterios (a saber, por involucrar
zonas monumentales reconocidas como patrimonio de la humanidad, por estar
asociados a reservas de la naturaleza, por estar poco explorados o simplemente
por demandar mantenimiento; cfr. García-Bárcena 1994:7-11). Esto es verdad,
mas no toda la verdad. Aparte de la especial manera como su dirección fue
asignada a prominentes arqueólogos de la administración patrimonial, de nueva
cuenta influyó de manera decisiva el poder presidencial para transformarles,
desde el ritual día del 12 de octubre de 1992, en "proyectos estratégicos", de "gran
envergadura y profundo significado social" (Tovar 1994:289), por lo que el sexto
informe presidencial del tristemente célebre Carlos Salinas de Gortari (1994),
fueron reconocidos por reafirmar "nuestras raíces prehispánicas". De lo anterior se
sigue que: a) la ciencia de la arqueología sigue adherida a una concepción mítica
del origen nacional, a la que nutre y de la que se nutre; b) que sigue amalgamada
56
a la administración patrimonialista que emana de la figura personal del presidente
en turno. Todo esto nos habla reiteradamente de una tradición y un tradicionalismo
que involucra a toda una disciplina científica con la administración de cosas
antiguas, por lo que ella misma se rige por una racionalidad material orientada con
postulados valorativos, asimismo tradicionales.
57
Otra manifestación pertinente de estudio es el examen comparativo de los
proyectos arqueológicos. Por comparación no quiero decir contrastación ni
verificación, pero sí examen naturalista de su heurística. Pienso que es en este
nivel fenomenológico-procesual que puede descubrirse la articulación entre la
tradición de pensamiento y los hábitos más usuales de desempeño práctico. Si en
principio hemos desdibujado la esquemática dualidad de arqueologías institucion-
ales, sugiero que es dentro de los proyectos efectivos, tal como se aplican y
desarrollan, donde podemos indagar puntualmente los nexos entre la estructura
cognitiva (teoría, planteamiento, resultados) y la organización social (instituciones,
financiamientos, transacciones, relaciones sociales, comportamientos).
Convendría, empero, en que para los fines argumentales de mi análisis, seguirá
siendo necesario referirme tanto a los proyectos del INAH como a los del IIA. Una
solución integrativa podría ser estadística: reunir en la misma base de datos sus
resultados, mensurados con los mismos parámetros. Pero ya que el interés de la
investigación está enfocado al problema del cambio teórico, prefiero recurrir, hacia
los capítulos finales, a los estudios de caso de cualitativos, más adecuados al
análisis conceptual propuesto.
58
ciencia básica y ciencia aplicada que existe en el seno de los comités de
evaluación de la ciencia y la tecnología en México y otros países (García y
Lomnitz 1991; Bunge 1986:217-218). Sin embargo, también es claro que el caso
de Matos demuestra una cierta coherencia interna en cuanto a la dirección de
proyectos de alta intensidad -es decir, de enorme magnitud en recursos
financieros, organizativos y resultados monumentales-, por lo menos desde su
Proyecto Tula (y, por supuesto, Templo Mayor y el Especial de Teotihuacan). En
este nuevo contexto, Manzanilla parece haber penetrado, con la segunda etapa de
su Proyecto del Centro Urbano de Teotihuacan (me refiero al de Túneles y
Cuevas, antecedido por el de Ciudad Antigua de Teotihuacan), en un espacio que
parecía ser coto reservado de la arqueología gubernamental. Qué tan exitoso
resulte su proyecto podría sentar un sano precedente para una arqueología más
científicamente orientada, pero llevada a cabo con grandes medios.
59
comprensión siempre es parcial y nuestras verdades son particulares. Suponemos
crucial nuestra aproximación personal a través de la participación en algún grado
de las relaciones sociales que se aprecian alrededor, y, por ese medio tratamos de
comprender qué significa ser miembro del grupo que se estudia. No es fortuito, en
suma, que admitamos que nuestras unidades de análisis rara vez son numéricas
y, asimismo, que hay fenómenos inaccesibles al tratamiento estadístico, no así a
la observación y comprensión de significados (Leach 1967:77-87;1982:161; Dey
1993:29).
Aunque en lo personal creo que muchos de los problemas que encara esta
corriente tienen una salida de carácter comunicativo y más aún conversacional
con actores sociales activos y pensantes, me resulta de enorme interés la
modalidad de entrevista que denominan "encuentro de investigación", cuya forma
depende precisamente de la relación establecida entre los interlocutores, pero que
admite la posición influyente del actor, hasta el punto de que el tópico de
conversación puede derivar del sujeto al objeto, que de ese modo expresa sus
intenciones, intereses e interpretaciones. Este giro comunicativo tiene el
inconveniente de que el tópico puede variar rápidamente, o bien concluir ahí
60
donde el actor lo juzgue conveniente, lo que hace del encuentro algo efímero,
volátil y descentrado. Huelga mencionar que los “encuentros sociales” alguna vez
planteados por la microsociología de Goffman desde 1959, siguen siendo
pertinentes para la interacción usada aquí. Es decir, tal como Carrithers
(1995:145 y 154) ha mostrado, estos encuentros etnográficos fuerzan al
observador a concebir el trabajo de campo “como si se tratase de resolver un
enigma policiaco”, y que más que proporcionar información factual, permiten
acceder de pronto al flujo real de las relaciones e interacciones sociales.
61
gracias a la familiaridad que me brindó la interacción cotidiana con arqueólogos a
lo largo de veinte años en que los tuve como colegas investigadores en el INAH, y
desde antes, en la etapa de socialización profesional en la ENAH, en una época
en que compartíamos planes de estudio comunes. En parte, se podría decir que
fui miembro de su comunidad profesional, al menos en lo que toca a su
desempeño contextual en las mismas instituciones.
62
etnometodológico, penetrar la cultura desconfiada, conflictiva y egoísta de
nuestros arqueólogos, la que lejos de ser interpretada como un signo de
acientificidad, es equiparada a la "cultura del secreto" observada por Gusterson
(1992) entre los físicos de las bombas nucleares o con las "guerras personales"
sostenidas por los biólogos especializados en la sistemática (Rivero y Lugo 1994).
Justo hacia el final de mi estudio hago notar la correspondencia de este
comportamiento con la competencia y conflictos provocados por las prioridades
del descubrimiento científico, cómo se expresan éstos en un contexto tradicional
como este, y, por último, con los dilemas y paradojas a que inducen tales
interacciones en una situación social recurrente, en que se producen actos
previsibles desde la óptica de la teoría de los juegos, teoría que nos indica mejor
las dosis de racionalidad e irracionalidad implicadas en las relaciones sociales
distintivas de los arqueólogos mexicanos.
En síntesis, puedo decir que este estudio se ubica dentro de una incipiente
antropología de la ciencia sustentada en un enfoque teórico hermenéutico-crítico y
técnicamente etnometodológico, dispuesto a comprender a la arqueología en
México como una tradición heredada de ciencia y cultivada en un entorno de
tradicionalismo nacionalista, producto de la conservación del mito de origen
nacional, pero también de una administración anticuada de los bienes culturales, a
su vez sujeta de un patrimonialismo presidencialista. En este contexto sociopolí-
tico, la tradición arqueológica mexicana persiste y es reproducida cotidianamente,
por lo que uno de sus rasgos diacríticos es su tozuda resistencia al cambio teórico.
Simultáneamente, estos fenómenos coinciden con una cultura disciplinaria de
evitación, desconfianza y conflicto permanentes, que impiden, en conjunto, su
transformación conceptual y la eclosión de masas críticas de arqueólogos coop-
erativos.
63
CAPITULO PRIMERO
EL DIFUSIONISMO, MESOAMERICA Y LA
ESCUELA MEXICANA DE ARQUEOLOGIA.
41
Arnold (1989:30 y 37).
64
que las ciencias sociales difieren en método y epistemología de las ciencias
formales y físicas. Desde este postulado central hasta la fundamentación de un
modelo particular no mediaría una gran distancia. Con todo, prefiero desestimarla
a causa de la cultura científica ampliamente arraigada entre los arqueólogos de
todas partes, que, con sobrada razón, podrían reclamar su tratamiento como una
disciplina humanista, luego de haberse deshecho de este legado, para bien o para
mal.
42
Para Laudan (1994:10-16), la desiderata juega un importante papel en las elecciones
teóricas, en lugar de ser materia de convención o de intuición. Hace notar que el conjunto
de desiderata involucra factores a los que cada quien da un peso distinto (precisión,
consistencia, falseabilidad, predictividad, explicabilidad). Podría admitir que en mi caso, la
desiderata es la apetencia de comprensión, luego eligir a Lakatos dejaría de ser contradicto-
rio con un acercamiento hermenéutico y externalista en cuanto que social. Estimo que
Moulines (1982:42) ha tendido un firme puente entre la filosofía de la ciencia y las
ciencias de la cultura, al asumir que la tarea de dicha filosofía (ella misma una ciencia de la
cultura, muy emparentada con la antropología y la crítica literaria) es la de construir
esquemas interpretativos para entender otros esquemas interpretativos de la realidad que
llamamos teorías científicas, a modo estructuras culturales abstractas, sus referencias, y sus
usos.
43
Un caso que me viene a la memoria de inmediato es el de Medawar con Bertrand Russell
primero y con Karl Popper después. No se olvide que el método hipotético-deductivo que
admiraba Medawar de Popper, concordaba a la perfección con el método experimental que
él aplicaba; remito al respecto el interesante comentario de M.F. Perutz en "High on
Science", New York Review of Books, 13(37):12- 15,1990.
65
182-183). De dichas tesis, me sorprende aquélla para la que el desarrollo de la
ciencia es un proceso competitivo o conflictivo, pero que concibe la coexistencia
de enfoques diversos como beneficiosa, cuando siempre se la había tomado como
perniciosa. En esta nueva valoración de la ciencia hemos de reconocer la
influencia de Paul Feyerabend, pero más que nadie de su amigo Lakatos.44
Así las cosas, no debe confundir a nadie el que la metodología que preside
nuestra reconstrucción racional de la historia de la teoría arqueológica en México
sea influencia de un filósofo de las matemáticas. Desde luego que me estoy
refiriendo a Imre Lakatos y a su metodología de los programas de investigación
científica (Lakatos 1985, 1989). Por lo pronto, y en obligado descargo de mi más
amplio enfoque hermenéutico, podría argumentar que esta aplicación no es
extraña a la arqueología mexicana, pues ocurre que ya desde mucho antes
algunos arqueólogos la habían empezado a explorar de manera muy vaga. Fue
sobre todo Manuel Gándara (1991,1992,1994) quien con suma rapidez derivó de
Kuhn a Hempel y de Lakatos a Laudan, si bien se puede advertir que su último
"análisis teórico" tiene más en común con el modelo de Laudan (1985), que con
ningún otro. Sin embargo, fue él quien introdujo en la arqueología mexicana estas
discusiones. (Es significativo por supuesto que de todos los modelos disponibles,
haya elegido éste en particular. Pienso al respecto que Gándara,
independientemente de sus variaciones filosóficas, no llega a trascender su
tradición puesto que siempre mantuvo su afán de hacer una propuesta teórico-
metodológica para resolver los problemas teóricos, prácticos y políticos de la
escuela mexicana de arqueología en general y de la arqueología del INAH en lo
particular, cuyo desarrollo se da también a modo de tradición científica, con todas
sus implicaciones tradicionalistas, y que, como totalidad, son motivo de análisis a
lo largo de este libro).
44
Ver al respecto el intercambio de Lakatos y Feyerabend (Lakatos & Feyerabend 1999).
66
decir, a pesar mío, que dicha metodología es la idónea para el fin propuesto, ya
que, comparativamente, es la única que nos facilita procedimientos para explicar
tanto el cambio teórico progresivo -como usualmente se ha enfocado la
renovación de ideas y conceptos en la ciencia-, como, asimismo, su contrario, esto
es (y es claro que estoy pensando en mi objeto), la dogmática permanencia o
cambio teórico regresivo, toda vez que, como en nuestro caso, una serie teórica
cualquiera pierde heurística pero se sostiene vigente gracias a que es capaz de
liquidar a las teorías rivales ejerciendo su posición dominante en la
institucionalidad arqueológica. Este componente externo, que podría sonar
discordante con el pensamiento lakatiano original, pertenece a una creciente
presunción del "internalismo externalista" (Alston 1988) que se ha venido abriendo
paso conforme se percibe que la ciencia no es una empresa absolutamente
autónoma, como supuso erróneamente Lakatos y muchos otros antes que él. De
hecho, históricamente, la muy valorativa separación del mundo de la política y del
mundo del conocimiento científico se produjo raíz de la famosa controversia
protagonizada por Hobbes con Boyle, en que se entremezclaron tópicos de
provenientes de la física y de la política, privando desde entonces la idea (elevada
luego a valor) de que la ciencia debería vivir al margen de la sociedad. Hoy, ya es
un lugar común incluir entre las dimensiones de la actividad científica su relación
con los poderes públicos, el sistema educativo, el sistema económico, los medios
de divulgación, además de su propia institucionalidad, que por largo tiempo fue el
non plus ultra del externalismo sociológico (cfr. Callon et al. 1994).
45
Una buena síntesis y discusión de los cambiantes tópicos de la filosofía de la ciencia
puede hallarse en Hacking (1990), así como en su conocida antología sobre las
67
postule que una teoría cultural (la historia cultural, genéricamente agrupada como
difusionismo, pero en realidad entrañando varios tipos de difusionismo, del que el
mesoamericanismo mexicano sería una modalidad teórica más), acuñada en
Alemania hacia entre mediados del siglo pasado y las primeras décadas de éste,
sea, en el México de fines del siglo XX, la teoría más influyente en nuestro
pensamiento arqueológico, puede resultar una afirmación menos chocante si
considera de entrada los siguientes datos alusivos.
revoluciones científicas (Hacking 1987[1985]). Para una puntual crítica a las superviven-
cias positivistas en el corpus Kuhn-Feyerabend, lo mejor es consultar a Laudan (1994).
68
vigente dentro de la "tradición seleriana" mexicana, tal como la identifica Richard
E. W. Adams (1992:7-9).46
46
Luego volveré sobre esta comparación teórica cuando examine la heurística negativa de
la serie de periodificaciones cronológico-culturales de la arqueología mexicana.
47
Desconozco si Ignacio Bernal concluyó en el IIA-UNAM la puesta al día (periodo 1960-
1975) de su bibliografía mesoamericanista, tal como él mismo anunció durante su III
Congreso Interno en 1979.
69
Considérese en seguida que dentro del campo de conocimiento propiamente
arqueológico, las teorías difusionistas cuentan con un prestigio menos negativo o
anticuado que en la antropología social, la que, como disciplina, surgió
compitiendo con las etnologías histórico-culturales alemana, inglesa y
norteamericana, buscando sobreseirlas.48 En parte, los funcional-estructuralistas
británicos tuvieron éxito, pues segregaron a los difusionistas ingleses como un
grupo marginal y pintoresco, que sigue durmiendo el sueño de Elliot Smith y W. J.
Perry.49 Mas en arqueología las teorías tienen otra dinámica. Fue hasta una fecha
tan reciente como 1964 cuando Colin Renfrew debió cuestionar procesualmente a
la arqueología difusionista en Inglaterra (Bradley 1993:74). De hecho, en un
reciente manual de arqueología escrito por Renfrew y Bahn (1991), los autores
afinan su crítica contra lo que despectivamente llaman (como antes hizo Binford)
la "explicación tradicional" en arqueología, que no es otra sino la difusionista.
Hacen notar que esta teoría explica muy poco, si no es que malinterpreta
ostensiblemente el pasado con fines nacionalistas.50
48
Para James Urry (1993), esta guerra aún no termina en la antropología británica, y él mismo retoma ideas
sobre la “unidad de la antropología” de tiempos de W. H. R. Rivers, un etnólogo difusionista anterior a
Malinowski. En los países de lengua alemana, todavía en 1995 la antropología social volvió a enfrentarse con
partidarios de la historia cultural, en el seno de la Sociedad Alemana de Etnología (Gingrich & Mückler
1997).
49
Me refiero al grupo reunido en torno a las revistas The New Diffusionist primero y luego
Historical Diffusionism, entre quienes cabe mencionar a Gerhard Kraus y R. A. Jairazbhoy.
Mención aparte requiere el difusionismo moderado de Martin Bernal (1987 y 1996), muy
cercano al Childe temprano, pero que no deja de parecer una reinvindicación del
heliocentrismo de Elliot Smith.
50
Una "explicación tradicional" consta, según Renfrew y Bahn (1991:407-409), de los
siguientes pasos metodológicos:1) el arqueólogo dibuja un mapa de distribución de la
ocurrencia cerámica; 2) le asigna su lugar como "cultura arqueológica" (o "recurrencia
constante de artefactos", según definición de Childe); 3) esa cultura es atribuida a un grupo
étnico específico; 4) todo cambio apreciable es causado por migraciones; 5) si la ruta
migratoria trazada es problemática, se buscan paralelos lejanos, que son tomados como
núcleos de difusión cultural; 6) estos paralelos son usados para fechar relativamente por
comparación, a pesar de la datación cronométrica; 7) la recurrencia es entonces elevada a
todo un "horizonte histórico". Tal explicación tradicional nos resulta tan familiar en la
arqueología mexicana que no podríamos menos que parafrasear lo que en los colofones
fílmicos: que toda similitud es mera coincidencia. El difusionismo se difundió aquí de
manera intencional a través del grupo alemán reunido en torno a la revista El México
Antiguo y muy destacadamente por su continuador, Paul Kirhhoff, progenitor del concepto
70
Nuestra evidencia de que la historia cultural está viva y actuante no se reduce a
estos ejemplos. Algunos textos poco conocidos en nuestro medio indican que en
la Alemania de posguerra el difusionismo sólo fue despojado de los componentes
más aberrantes que le introdujeron Gustav Kossinna y otros arqueólogos y
etnólogos ligados al nacionalsocialismo, observándose desde entonces un
renovado esfuerzo por replantear sus ideas sin prescindir de sus principios
centrales, lo cual no debería de extrañar si se considera que muchos de estos
ellos volvieron a ocupar sus puestos de investigación en museos, universidades y
fundaciones. Un signo alentador de oposición al dogmatismo de esta teoría (que
Arnold expresa como una negativa de los arqueólogos alemanes a criticar su
involucramiento político bajo Hitler, pero que aquí intrerpretamos como el
desarrollo de otra tradición nacional) es que en septiembre de 1992 un Grupo de
Arqueología Teórica decidió debatir la llamada "escuela histórica alemana", como
parte de su esfuerzo de apertura teórica (Arnold 1992:37; Harke & Wolfram
1993:182-184). Los resultados de tal propuesta de cambio aún no son visibles, sin
embargo.
Finalmente, si nos volvemos hacia Estados Unidos, cabe hacer mención que en
una fecha tan reciente como 1989 Trigger observó que en la arqueología
americana estaba renaciendo el interés por el particularismo histórico -su variante
autóctona de difusionismo- no obstante ser "una posición analítica que los
antropólogos hace mucho abandonaron como estéril" (Trigger 1990:33). Como el
mismo autor observa en otro lugar, la teoría histórico-cultural sigue siendo
"socialmente atractiva" en muchas tradiciones nacionales de arqueología -incluida
la mexicana, pero también en la china, japonesa, india e israelí-, es decir, ahí
donde se requiere de la arqueología para fines de constitución de la identidad
política nacional (Trigger 1992:195). En suma, todo parece indicar que para
51
Por supuesto que el pensamiento de Childe precisa de una comprensión más densa que
ésta, de momento solo interesada en resaltar su dimensión difusionista juvenil. Como dice
Trigger al respecto:"Nada se ganaría con interpretar su pensamiento como una serie de
paradigmas que fueran sustituyéndose unos a otros, según la caracterización que Kuhn hace
de las disciplinas científicas" (Trigger 1982:16).
72
Para los conspicuos seguidores de los "estudios sociales de la ciencia"
(Woolgar 1991) la mayor parte de la actividad científica se realiza bajo lo que Kuhn
llamó "ciencia normal", es decir, una fase bajo la cual un paradigma sirve de
modelo para resolver "rompecabezas" o "enigmas", sin mayores complicaciones.
Bajo tales periodos, las ideas y valores del paradigma ganarán en sofisticación y
hasta en clarificación de los problemas implicados en la teoría en uso. Como de
ello se infiere que el contexto de descubrimiento y el contexto de justificación
están entrelazados, buena parte del trabajo de investigación normal discurrirá en
la forma acostumbrada y en cierto grado acumulativa, cuando menos mientras el
paradigma se sostenga. Cabría pues el aserto de que la Escuela Mexicana de
Arqueología -cuando menos desde 1943 en que el etnólogo alemán Paul Kirchhoff
formuló el concepto de "área cultural mesoamericana"- se habría ocupado de
rutinarias "reparaciones menores" a su paradigma, a través de un sinnúmero de
excavaciones con resultados públicos y reservados (quiero decir publicados y a
veces conservados en informes técnicos), pero de los que se esperaría que
inductivamente llegarán a la reconstrucción de la historia o desarrollo cultural de
una región de alta civilización. Para el estudioso de la arqueología como ciencia
(pero no como cultura disciplinaria o como tradición bajo nuestro enfoque) restaría
entonces la tarea de determinar los casos ejemplares que sirven de paradigma
(digamos Gamio en Azcapotzalco, Caso en Monte Albán, Bernal en
Teotihuacan,etc.) y, de modo simultáneo, el conjunto de valores compartidos por
la comunidad arqueológica mexicana.
Esta fue la línea de argumentación seguida por Gándara (1992) hasta 1989.
Critica pero no rechaza un "crecimiento por aglutinación" (o por "agregación" en
los términos de Litvak), que da como resultado un "conglomerado de proto-
paradigmas", a saber, el particularista histórico y el neoevolucionista-ambientalista.
Anhelante, espera que este proceso teórico desemboque en una crisis donde su
propio paradigma (materialista histórico, hipotético-deductivo y sistemático) se
convierta en el modelo para una especie de nueva arqueología mexicana. Es
73
notorio que esta construcción normativa conserva en espíritu el carácter "agre-
gativo" o "aglutinador" propuesto mucho antes por Litvak (1986: 121 y 156).
Mas el problema de asumir una tradición científica como una ciencia normal en
estos términos estriba en buena medida en la integridad del sistema de
pensamiento de Kuhn (1980 [1962]), y más específicamente radica en la llamada
inconmesurabilidad del concepto paradigma, tal como él lo manejaba, cuestión
que los etnógrafos de la ciencia pertenecientes a la corriente de los "estudios
sociales de la ciencia" pasan por alto con excesiva frecuencia.52 Recuérdese
además, que ya desde nuestro planteamiento inicial hacíamos notar la inviabilidad
de aplicación del modelo kuhniano de revolución científica (esquemáticamente
compuesto por una ciencia normal, una crisis, una revolución y una nueva ciencia
normal) por razones de orden ontológico social: hacíamos notar la vaguedad de la
noción de "comunidad arqueológica". Pero la dificultad ahora es intrínseca al
modelo planteado. Y es estrictamente filosófica y metodológica.
52
El concepto de ciencia normal fue uno de los más criticados por Popper y su grupo (Lakatos, Feyerabend),
por resultarles excesivamente sociológico. Pero como replicó Khun, es la cara opuesta de las revoluciones.
Sobre su naturaleza y funciones ver Khun (2000:135-142), donde también advierte la importancia de las
tradiciones para las comunidades humanistas.
53
En 1962 Kuhn y Feyerabend arribaron a este concepto de modo paralelo, pero mientras
Feyerabend limitaba la inconmesurabilidad al lenguaje, Kuhn lo extendía a los métodos,
problemas y normas de resolución de enigmas por parte de un paradigma. Veinte años
después Kuhn optará por una versión débil del mismo concepto, con la analogía metafórica
"sin lenguaje común", lo que antes era "sin medida común" (Kuhn 1989:96-99). El giro
linguístico de Kuhn ha sido captado admirablemente en la entrevista que le hizo Giovanna
Borradori (1994), donde entiende la inconmensurabilidad como intraductibilidad. Ahí Kuhn
sostiene que las teorías científicas no pueden comprenderse sin primero aprender, como una
segunda lengua, el lenguaje en que fueron formuladas, luego no pueden incorporarse
términos de una lengua en los de otra, usándolas como intercambiables, pues hay una
referencialidad ontológica implicada. Cambiar de teoría es, entonces, cambiar de bases
conceptuales y referenciales.
74
el fenómeno psicológico de la gestalt, donde la sensación es global y a la postre
determinante para la significación de las partes. Mudar de paradigma era más una
suerte de "conversión religiosa" que una selección racional. En consecuencia,
Kuhn, además de introducir cierta dosis de irracionalidad en su esquema, no
permite, metodológicamente hablando, ninguna evaluación, excepto en los propios
términos del paradigma, lo que hace tautológica la aproximación, si bien es justo
admitir que ésta puede ser necesaria para un tratamiento puramente histórico,
puesto que fuerza al estudioso a concebir al universo paradigmático de acuerdo a
las ideas de cada uno de estos sistemas, lo que equivaldría, en otras palabras, a
"un deleite imaginativo y un antídoto para el dogmatismo", como alguna vez dijera
Bertrand Rusell a propósito de la historia de las ideas en la filosofía griega (Rusell
1972: 38). Por lo tanto, resulta obligado establecer una acotación del concepto de
"normalidad" para fines expresamente comprensivos de la historia de la ciencia, lo
mismo que para los fines analíticos de la antropología de la ciencia.
75
normal interioriza factores sociales antes vistos como externos, es decir, la
selección teórica está condicionada por la estructura social piramidal de la ciencia,
en cuyo vértice están los creadores de grandes teorías, dejando al resto las
opciones y operatividad de las teorías simples. Aún así, la elección teórica
devendría de criterios de fertilidad ulterior. En el mismo tenor, Laudan (1994)
postula el papel central de la desiderata, al tiempo que rechaza a la idea de
inconmesurabilidad linguística a favor de una metodología y axiología científicas,
dispuestas a iluminar las transiciones teóricas derivadas ya de la elección, ya de la
comparación.
76
"crecimiento por aglutinación" de Litvak (1986: 119-156), pero también en la de la
"arqueología ecléctica" mexicana y sus "posiciones teóricas" en Gándara (1991).54
54
Gándara define a la posición teórica como “conjunto de supuestos valorativos, ontológicos y
epistemológico-metodológicos que orientan el trabajo de una comunidad académica particular y que le
permiten producir investigaciones concretas, algunas de las cuales actúan como ‘casos ejemplares’”
(Gándara 1994:74). En cierto modo, hay mucho del paradigma kuhniano aún presente en su concepto.
Agrega que diacrónicamente, una comunidad debe ser vista más bien como “tradición académica” gracias a
una serie de “elementos centrales” profundamente compartidos.
77
el nuestro incluido, porque puede ser que el programa rival tenga la última palabra
(Lakatos 1989:35-47).
55
La actitud dogmática en la ciencia apenas si ha sido estudiada, por lo que pertenece al
ideográfico reino del "estilo personal", y en consecuencia al anecdotario privado. Sin
embargo, casos bien conocidos denotan que el dogmatismo puede tener rango institucional.
Tal es el caso del radioastrónomo Halton Arp, cuya postura disidente frente a la oficializada
teoría del Big Bang le ocasionó el veto de los grandes observatorios norteamericanos y su
"exilio teórico" en el Instituto Max Plank. Como escribe Manuel Sanromá sobre este
asunto, “los científicos son seres sociales, son personas. Sus teorías, sus modelos, no son
entes matemáticos fríos y no están dispuestos a tirarlos a la papelera a la primera de cambio
78
Cuando ocurre lo contrario, que la teoría va a la zaga del desarrollo empírico,
asistimos a una degeneración programática, al tiempo que su heurística se
ocupara más de las anomalías que de prever nuevas aportaciones, dando
explicaciones ad hoc de hechos previstos por un programa rival. Por supuesto que
nada de esto ocurriría si no hubiera una rivalidad con programas alternativos. La
competencia puede ser un proceso prolongado "durante el cual es racional
trabajar en cualquiera de ellos (o, si se puede, en ambos)" (Lakatos 1985: 224),
como ocurre cuando uno de los programas está vagamente formulado. También
existe la posibilidad de estancamiento cuando un programa se va cerrando en sí
mismo, degenerando en subprogramas parciales (Hacking 1990:117). Como
quiera que sea, habrá una continuidad remarcable entre los seguidores de las
teorías conectadas en serie al mismo programa."Esta continuidad -reminiscencia
de la 'ciencia normal' kuhniana- tiene un papel vital en la historia de la
ciencia"(Lakatos 1989:47).
entre historia interna e historia externa. A ésta última la consideraba secundaria y hasta
prescindible, mientras que la historia interna es una "historia de hechos que son
frases que expresen lo que los seguidores de un programa están tratando de encontrar y
reúne cuanto texto esté disponible sobre la época y sus practicantes, descartando, aún desde
, que pretende que las ideas son relativamente autónomas en el sentido hegeliano
de la actividad humana. Hoy en día, no obstante, dicho internalismo radical de
Lakatos ha sido atemperado por un internalismo que conviene en que los "factores
externos" -o algunos de ellos-, pueden ser interiorizados y, por ende, obrar sobre
el pensamiento científico, por lo que no es aconsejable excluirlos a la ligera de la
evaluación teórica. De hecho, el aprendizaje por vía de la experiencia personal,
muy generalizado en ciertas disciplinas y tradiciones (clave para nuestra
fenomenología de la arqueología mexicana), puede ser el medio como se articulen
las estructuras mentales a las sociales.
contar con los dedos de las manos, sin siquiera agotarlos (Gándara 1980,
156). A pesar de que su estudio podría resultar apropiado para exaltar a los grandes
arqueólogos y su obra, hasta hoy los estudios de Eduardo Matos (1983, 1986) sobre Manuel
Gamio siguen siendo paradigmáticos para este tipo de historia internalista. Paradóji-
arqueología institucionalizada, pues fomenta la impresión de que las teorías son meras
respuestas al medio social, sin ningún juego independiente (la arqueología histórica en el
80
independientemente del hablante, apenas si oculta una postura política frente a la política-
sus tipos ideales del científico y del político. Pero ya un enfoque externalista de los mismos
Litvak, con no pocos autores en el medio (Litvak 1978:672; Ochoa 1983:x-xi; Schöndube
56
Obviando el sesgo del arqueólogo australiano T. Murray en su respuesta a [Link], es
interesante su comentario de la obra de Yoffee & Sherratt,Theoretical Archaeology: Who
Sets the Agenda?; v. Tim Murray "On Klejn's Agenda for Theoretical Archaeology", CA,
2(36):290-292,1995.
57
El lector ha de tener presente que la ENAH es una dependencia educativa del INAH. La
frontera social de "teóricos" y "prácticos" cruza a través de otros niveles organizativos
como son el sindicato de profesores e investigadores o las comisiones de estímulos, donde
la participación es diferente, y en general conflictiva.
81
cador no es unilateral pues antes era usual desmerecer a los otros como
"piramidiotas".
Solo entonces comprenderemos por qué Matos (1979:18) dice de Armillas que
"no está exento" de la arqueología ambiental, para más tarde asegurar que debió
romper con Caso y el INAH por sus ideas neovolucionistas (Matos 1991:53-54).
Otros autores coinciden en que su mayor influencia es la neoevolucionista (más
que Childe, de Steward), si bien Lorenzo haya hecho notar con agudeza que el
primer Armillas seguía a la escuela mexicana (como asistente de Alfonso Caso y
antes de Kirchhoff), siendo posterior su deriva al neoevolucionismo y a la teoría de
sistemas (Lorenzo 1991:15-29). Me parece por demás significativo que uno de sus
alumnos, Carlos Navarrete (1991:45, nota 11 infra), seguramente interpretando su
exclusión de la arqueología mexicana, considere que "desafortunadamente, fue [el
82
suyo] un proyecto frustrado" (consideración que recuerda la frustrada trayectoria
arqueológica de Gamio, que Armillas mismo llamó la "antropología que no pudo
ser"), a pesar de que todavía en 1973 intentó (con el Programa de Adiestramiento
Avanzado en Arqueología) practicar sus ideas renovadoras dentro del INAH, sin
más éxito que cuando antes de marcharse a Estados Unidos (Rojas 1991:59-73).
58
Veánse sus declaraciones a la periodista Adriana Malvido en el diario La Jornada del 7 al
12 de Agosto de 1990. En esa oportunidad, dijo: “Entonces no vemos a la arqueología tanto
como un simple discurso científico, sino como una forma de conocimiento que se finca en
la búsqueda de la nacionalidad, de nuestros orígenes”.
83
teórica en lugar de imponer adscripciones simplistas, que de todos modos
deberían evaluarse como totalidades en sí mismas, no como influencias parecidas
a la difusión de rasgos culturales particularizados.
Como se verá, todo esto demuestra la extrema vaguedad con que las teorías
alternativas a la historia cultural han sido planteadas, al tiempo que nos habla de
una crónica debilidad para competir con ella. En este sentido, el caso más
paradójico lo ofrece la arqueología marxista, cuyos antecedentes son fijados en
los años treinta, en torno a ¡Paul Kirchhoff precisamente!. Ya Matos (1979:7 y 25)
intentó reunir los trabajos ejemplares de esta corriente, llegando a la asombrosa
conclusión de que, como teoría, su influencia era esporádica y la corriente toda
minoritaria. Luego, en 1984 varios jóvenes arqueólogos de la ENAH formularon un
programa duro de arqueología marxista, para, en seguida, reconocer que, con
arreglo a sus ideas, "no podamos contar con un solo caso de arqueología
marxista.." (Gándara et al.1985:12;cursivas mías), reveladora confesión que sigue
siendo válida hasta la fecha.
84
ejemplares, uno se percata de inmediato de que tal escuela no es cosa del pasado
sino del presente, y que es justo su oposición a ella lo que motiva el discurso
modernista aplicado retrospectivamente.
85
Antes de pasar a nuestro tema de interés, es conveniente detenernos un poco
en los cambiantes análisis teóricos introducidos por Gándara (1991,1992,1994),
por resultar completamente insólitos dentro de la historiografía teórica de la
arqueología mexicana. Independientemente de su vena prescriptiva -que a la
postre terminó por colocarlo fuera de su comunidad linguística disciplinaria, donde
me temo que falló en hacerse comprender, además de que no se le quiso
comprender-,Gándara observó que la tesis de la "asimilación por agregación" de
Litvak respondía a un peculiar "crecimiento por aglutinación" que, según él, se
reducía a una mezcla protoparadigmática de particularismo histórico y neoevolu-
cionismo, si bien advierte que el primero es mucho más influyente en la actividad
normal de la arqueología gubernamental. En consecuencia, la agregación de las
ideas neoevolucionistas devienen del choque protagonizado por Lorenzo con los
conspicuos dirigentes de la escuela mexicana de arqueología, conflicto que se
resolvió segregándole a un Departamento de Prehistoria (hoy desaparecido y
Lorenzo jubilado) dentro del INAH e incorporando de palabra sus ideas a la
arqueología tradicional, lo que, de ser correcto, constituiría una modalidad en la
acción social de los arqueólogos poderosos, pues lo habitual en ellos ha sido la
exclusión de los teóricamente disidentes. Sin embargo, también observa que el
fenómeno arranca desde la mismísima socialización profesional en la ENAH, lugar
donde las influencias teóricas se van en efecto agregando a la experiencia de
modo incoherente, dispar e incompleto, lo que nos hace sospechar que allí reside
la génesis de una visión del mundo habitual, generalizada, interiorizada y
continuamente reproducida por los arqueólogos mexicanos -y de la que la tesis de
cambio teórico de Litvak sería una derivación lógica-, bien que no necesariamente
asumida como una variante teórica más, sino adoptada con la familiaridad de lo
normal o acostumbrado, pero, para nosotros, deveras fundamental para entender
la actividad ortodoxa de la historia cultural en México, nada dispuesta a ceder en
lo básico, pero sí en lo periférico.
86
Por supuesto que cabría emprender al respecto una etnografía educativa
enfocada a la enseñanza de la arqueología en la ENAH (asumo que alguna
autoridad tendrá el testimonio de uno de sus directores, Manuel Gándara,
arqueólogo él mismo), no tanto en lo que concierne al modo como las teorías son
impartidas, sino en especial en cuanto a la interiorización de lo que se ha llamado
sus áreas "formativa técnica" y "formativa auxiliar", donde sugiero que residen la
enseñanza y aprendizaje de los supuestos básicos (núcleo duro) y los
compromisos ontológicos y metodológicos (cinturón protector y heurística) del
aparentemente difuso programa histórico cultural, difuso solamente porque se le
considera normal, por ello la displicente novedad de que apenas en una fecha tan
tardía como 1972 se introdujo la enseñanza explícita de la teoría arqueológica
contemporánea, sin que esa reforma haya provocado ningún efecto
"revolucionario" perceptible, como confiaba Gándara. Lo normal aquí es que los
estudiantes aprenden a no retener más que lo que está de acuerdo a cierta
concepción habitual. Sabemos al respecto que ya desde los cursos introductorios
a la disciplina, el joven arqueólogo es enfrascado en conceptos "técnicos" tales
como "culturas arqueológicas", "sistemas tipológicos", "sistemas de
periodificación", "hechos históricos" y muchos otros de clara filiación tradicional.59
59
Los cursos introductorios a la licenciatura de arqueología no dejan lugar a dudas sobre la teorización que
está detrás de la exposición “técnica”.
87
treinta años- de una tendencia es grave, toda vez que entre 1945 y 1970 se
presentaron grandes transformaciones en México” (Wario y Pulido 1991:91-92).
Así las cosas, Gándara debió apreciar en 1976 (1992) que el caso de Lorenzo
no era único, sino que fue antecedido por la ruptura de Caso y Armillas en 1944 y
las posteriores de Palerm, Litvak y Manzanilla, todo dentro del establecimiento de
la arqueología del INAH. Esto lo advertirá mejor en 1991, cuando concluye que
todos estos casos de repulsa y exclusión apuntan hacia una posición teórica
central, la "arqueología ecléctica", a la que poco preocupa los problemas de
congruencia, de metodologías diversas y de agregación de términos de una teoría
sobre los términos de otra. Hasta aquí su descripción es adecuada, aunque sigo
pensando que cada caso individual merece un tratamiento histórico aparte,
aunque eso entre arqueólogos sea un pecado disimulable.60 Por ahora diré
solamente que todos tienen en común haber planteado diferencias teóricas de
fondo que necesariamente se han traducido en acciones sociales, mismas que a
la larga han llegado a confluir en la actual institucionalidad antropológica
mexicana. No fue sólo Litvak quien reaccionó así desde el IIA, sino también
Palerm desde el CISINAH (hoy CIESAS). También es sintomático que, con la sola
excepción de Lorenzo, todos terminaron por alejarse de ese aglomerado de teoría
única y corporación que es el INAH.
60
Mi paráfrasis es casi textual; dice Navarrate a propósito de Armillas: "No vine a sacar a
luz las motivaciones personales. Eso entre arqueólogos es pecado. Somos gente que ha
tornado el sentimiento de amistad en visajes entre colegas..."(Navarrete 1991: 32). En el
capítulo cuarto, procuro comprender qué significan las motivaciones ( pecados ) entre los
arqueólogos mexicanos.
88
histórica cultural. Empero, el "crecimiento por aglutinación" se complicó cuando el
materialismo histórico de la arqueología social se proclamó de forma estridente en
la Reunión de Teotihuacan en 1975, postura a la que sumaron Joaquín García
Bárcena, José Luis Lorenzo, Eduardo Matos y otros (Lorenzo 1976; Lorenzo et al.
1979). Como los hechos demostraron después, los tres se convirtieron en altos
oficiales del INAH, e incluso en convencidos defensores de la arqueología más
tradicional. Esta "regresión teórica", ¿cómo explicarla, más allá de una
conveniencia política obvísima?. La respuesta tiene muchas aristas. Implicaría:
Uno, que las agregaciones de términos no han tocado los supuestos básicos de la
teoría receptora ni mucho menos los de la teoría emisora, por lo cual los
compromisos ontológicos y metodológicos permanecen inconmovibles. Dos, que
la agregación ha sido muy selectiva pese a todo, pero en última instancia
resistente a la traducción directa y, sobre todo, a la comprensión cabal de la teoría
o teorías como conjuntos de enunciados. Tres, que lo que parece ser un progreso
teórico de la disciplina en su conjunto, es en realidad una estrategia para
mantener a flote la propia teoría, por muy híbrida, progresiva y tolerante que se
ofrezca a ojos de sus seguidores.
89
1987, en cuyo desarrollo se ensañaron las críticas de sus adversarios de la ar-
queología oficial, mostrándolo como un "teórico" incapaz de poner en práctica no
sólo sus ideas, sino las provistas por el entrenamiento básico de la ENAH, que es
lo que, por vía de la experiencia personal, hace a uno arqueólogo de verdad. (Ser
arqueólogo en México no se reduce desde luego a ser mesoamericanista o ser
entrenado bajo determinadas técnicas necesarias a la teoría en uso; como
veremos en el segundo capítulo, involucra un condicionamiento social
fundamental: apegarse a los cánones del Consejo de Arqueología. Desafiarlo
teórica y activamente, equivale es perder su permiso, el presupuesto y hasta los
materiales objeto de estudio. Dicho con llaneza, es no ser arqueólogo, sin que
valgan los mejores estudios y titulos de grado. Es como ser ingeniero petrolero sin
trabajar para PEMEX, todo un paria profesional). Al final, por cierto, Gándara
terminó alejándose también de la arqueología, dejando inconclusa su esperada
tesis doctoral.61
61
Corrijo el aserto: ha retornado calladamente a programa de doctorado en antropología de
la ENAH.
62
En uno de sus últimos artículos (Gándara 1994:71), él hace notar que su concepto de posición teórica le
era más útil cuando enfrentaba a una “comunidad diferente de la mía”, es decir, la Universidad de Michigan,
90
ciencia arqueológica oficial es menos exacta que la no-ciencia inductiva, cuando
pareciera que es muy delicado decidir, para alguien inmerso e identificado con la
cultura disciplinaria, qué es científico y qué no lo es. Ni yo mismo me tomo esa
libertad como antropólogo social externo al fenómeno. Por lo tanto, con estricto
apego a los valores lakatianos, me limito honestamente a examinar sus resultados
y compararlos.
donde advierte dificultades de comunicación que desestima sean producto de las diferencias idiomáticas.
Sin embargo, nada dice de las diferencias de lengua teórica implicadas y que sí dificultan el “diálogo
interparadigmático”.
91
histórica disponible, la que nunca se sometía a crítica de fuentes, siendo normal la
asignación de culturas a partir de su lectura literal. Las reconstrucciones
monumentales estarían justificadas, de acuerdo a Yadeum, por la historia cultural,
más que por condicionamientos sociopolíticos.63
63
Juan Yadeum,"Arqueología de la arqueología", citado por Matos (1979:17-18); la misma
idea reaparece en esa época en Gándara: el problema de la arqueología oficial no es
sociológico sino teórico y metodológico, concretamente su fijación particularista histórica.
Nuestro enfoque internalista externalista difiere de ellos: sugiere que pensamiento y
condicionamiento contextual están interrelacionados.
64
Hasta muy recientemente se ha querido disgregar la historia cultural de una arqueología
histórica plena, como algo equivalente a la arqueología medieval europea y que aquí
correspondería a un campo de conocimiento que se extendería del siglo XVI al XIX. Es
llamativo que los vestigios materiales sean vistos como "documentos por derecho propio",
no dependientes de las fuentes escritas (López Cervantes 1989:331-353).
92
tipologías que en secuencias (el resto merecen un tratamiento sociopolítico a lo
largo de esta obra, por lo que procederé a abstraerlas para los fines del actual
capítulo).
65
Entrevista a Jaime Litvak,9/IX/92.
66
La identidad ha sido aplicada a Paul Kirchhoff por el etnohistoriador Carlos García Mora
a raíz de la edición de sus obras selectas por parte de Linda Manzanilla, Jesús Monjarás y
el propio García Mora.
93
de referencia común con sus pares del INAH,67 concepto que, como bien estimó
Nalda (1990: 11), "facilita la comunicación entre arqueólogos", resultando normal
que el término sea utilizado por seguidores de enfoques diferentes, incluso
presuntamente irreconciliables. Que sepamos, nadie, absolutamente nadie, ha
osado cuestionar dentro de la arqueología universitaria la pertinencia del
concepto y sus implicaciones.68 Se ha buscado, sí, redefinirlo, darle un nuevo sig-
nificado sistémico, pero no desecharlo del todo. En la historia de la arqueología
mexicana el único que se atrevió a cuestionar al dogmatismo teórico-político de la
historia cultural fue Pedro Armillas, por lo que es muy burdo argüir que su
exclusión fue producto de un "antagonismo artificialmente creado" (Ochoa,
Sugiura y Serra 1989:305). Las palabras de Armillas no se prestan a confusiones,
como en la ocasión que dijo a sus alumnos de la ENAH, allá por 1956 (citado por
Navarrete 1991:36; cursivas mías):
Una sociedad no se define por una simple lista de rasgos, sino por la interrelación y
dinámica funcional que dichos rasgos significan en la vida social. Kirchhoff sentó las
bases para una discusión más amplia: su enlistado debemos considerarlo como hipótesis
de trabajo y no hacerlo el mito que ahora es.
Ya en una fecha tan temprana como 1946 (tres años después de la clásica
publicación de Kirchhoff) Armillas opuso el concepto "provincia arqueológica" al
concepto de "área cultural", con la mejor intención de hacer más sincrónico el
estudio regional (Navarrete 1991:43-44,nota 6). Es probable que desconociera que
su reforma seguía inmersa en la historia cultural, ya que ese era precisamente el
término que Kossinna daba a las áreas culturales (Kulturprovinzen), usado
también como sinónimo por Kroeber hacia 1923 ([Link] & Vasicek 1990:62;
67
La obra divulgativa editada por arqueólogos del INAH y la UNAM (Manzanilla y López
1993) es ilustrativa de cómo el concepto Mesoamérica conserva su añejo sabor histórico-
cultural original (Kirchhoff 1960[1943]),a pesar de las ulteriores redefiniciones de
Litvak en 1975 (1992) y Willey (1981), cercanas a la nueva arqueología. A propósito de
esta continuidad y repetición de la tradición teórica, remito a la lectura del trabajo de
Escalante (1993:11-16), en la obra colectiva citada.
68
En 1997 se volvió a polemizar en torno al concepto. En esa ocasión hice notar la influencia de Fritz
Graebner en la elaboración de Kirchhhoff sobre Mesoamérica, apreciando su esfuerzo de traducir “círculo
cultural” por “superárea cultural”. Se sigue que Kirchhoff no fue un difusionista tardío (Vázquez 1999).
94
Kroeber 1931:716). De hecho, no será hasta que en 1952 Julian Steward
reformule la taxonomía cultural a modo de regularidades sociales (en vez de
uniformidades culturales), producto de funciones y tipos culturales, que la historia
cultural en general sufrirá su primera derrota a manos del neoevolucionismo
(Steward 1955:78-97). Ahora bien, aunque todo esto provoca la simplista
sensación de que Kirchhoff sirvió el mismo de difusor del difusionismo alemán, la
verdad es que ésta influencia teórica arrojó -si se sigue la analogía con la teoría en
sí- por lo menos tres oleadas aculturativas sucesivas sobre la arqueología
mexicana, la que, para sus propios fines internos (pero sobre la misma base
teórica histórico-cultural, lo que explica que no sufriera problemas aparentes de
comunicabilidad con el pensamiento etnológico alemán sino hasta el final de la
influencia, en que la incomunicabilidad afloró del todo) la terminó por reelaborar,
haciendo de Mesoamérica un núcleo de irradiación cultural por sus propios méritos
civilizatorios, más en la línea del paralelismo cultural de Seler (y de Caso, a través
de Beyer), que de la convergencia cultural de Graebner a través de Kirchhoff.
"La arqueología mexicana nunca se había entregado de esta forma a una idea:
Kirchhoff se confundió con la totalidad de la arqueología" (Nalda 1990:17). Tal es,
en síntesis, la importancia histórica y disciplinaria de su definición de Mesoamérica
como área cultural en 1943 (Kirchhoff 1960). Se admite por igual que la
postulación de este concepto equivale a suscribir la teoría difusionista, pero es
poco clara la implicación. En realidad, se prefiere destacar sus logros, sus eficaces
resultados heurísticos, cuanto que facilitó a la arqueología mexicana un marco
espacial y cultural donde clasificar sus análisis particulares a nivel de sitios, al
tiempo que le mostró el rumbo de los problemas normales a resolver
(determinación de subáreas y fronteras, profundidad histórica, influencias, focos
culturales, etc.). Este habrá de ser el gran corpus empírico-descriptivo que dibuja
el perfil de la escuela mexicana de arqueología y su continuidad como tradición
teórica hasta nuestros días. Mas si nuestra observación se amplía de foco hasta
95
abarcar su parte oscura, comienzan a aflorar las anormalidades. Desde la
exclusión de Armillas, el único arqueólogo que ha vislumbrado tales anomalías de
la teoría al uso, pero vistas desde dentro de su propia estructura de referencia, ha
sido Enrique Nalda, quien sin dejar de resaltar la operatividad del concepto para
sus indicadores y procedimientos técnicos, advierte que su mayor restricción no es
lo que se hizo y lo que se hace normalmente, sino lo que deja de hacerse,
constituyéndose por lo tanto en un "freno al desarrollo de proposiciones
alternativas", amén de su ya "bajo potencial explicativo"(Nalda 1990:17-19). Sin
embargo, cuando este mismo autor debe puntualizar cuáles son esas "nuevas
alternativas", su panorama se oscurece sensiblemente, sin aportar visiones
alternativas.
Se sigue de esto que no podría continuar este parágrafo sin primero llamar la
atención del lector sobre los mecanismos metodológicos más sutiles de aplicación
arqueológica, que son precisamente los que nos interesan destacar como
receptáculo del núcleo duro del programa histórico cultural, del que la escuela
mexicana sería una modalidad más. Antes, empero, conviene dejar claro el
siguiente supuesto en este orden de ideas. Es de todos conocido que los
competidores funcionalistas del programa histórico cultural popularizaron la
especie de que la suya era una historia conjetural, harto distinta de la documental.
Incluso hace poco Bruce Trigger repitió este prejuicio al aducir que su etiqueta de
"histórico" tenía poco que ver con la "verdadera historia", excepto, quizás, sus
cronologías (Trigger 1990:22). Para la época anterior a la Segunda Guerra
Mundial, su crítica es certera, pero no estoy seguro que siga siendo válida bajo las
reformulaciones que desarrollaron sus seguidores de cara a las nuevas teorías
con las que tuvieron que contemporizar.69 Así y todo, soy de la misma opinión de
Steward, cuando en 1952 asentó que los conceptos de la historia cultural no
69
Marschall (1979 [1972]:viii) por ejemplo, diciéndose continuador de Barthel y Kirchhoff
para el estudio de las influencias asiáticas en las culturas americanas, corrige el método
graebneriano con vistas a sobrepasar el reto de la teoría neovolucionista en boga. Kirchhoff
mismo hizo esfuerzos parecidos desde 1956 en su trabajo "Las ideas actuales de la Escuela
Etnológica de Viena". Su giro a la etnohistoria es indicativa del nuevo rumbo tomado por la
historia cultural de postguerra (Vázquez y Rutsch 1997 y 1999; Vázquez 1999).
96
estaban desprovistos de significación teórica y que, no obstante que se les utilizó
normalmente para la clasificación de uniformidades culturales, implicaron de
cualquier manera una cierta clase de historia (Steward 1955:79). Veamos, pues,
de qué está hecha la historia de la historia cultural.
97
clasificatorios y espaciales de la arqueología histórico cultural contribuyeron de
manera natural a apuntalar una etnogénesis de bases empíricas, por ello su
tozuda conexión a las ideologías nacionalistas en todas las escuelas
arqueológicas nacionales que las han aplicado. Parte destacada de esta estrategia
metodológica fue justamente la cronología cultural fundada en la seriación
tipológica, las secuencias culturales regionales y la estratigrafía neogeológica,
todas ellas procedimientos de datación relativa equivalentes a los "estratos cultu-
rales" sugeridos conceptual y deductivamente por la etnología histórica alemana,
pero que en la arqueología se convirtieron en estratos objetivos y correlativos a
cada cultura arqueológica.
Sobre este último procedimiento debo agregar que una hipótesis auxiliar que
ha sostenido a la historia cultural en muchos países ha sido acudir,
adicionalmente, a la cronología histórica, recurso facilitado por la identidad de
etnia y cultura arqueológica, lo mismo que el sentido historicista que está en el
98
fondo de toda la concepción. En Europa, esto lo posibilitó durante algún tiempo la
"cronología corta", es decir, la correlación de tipos y seriaciones egipcios
(fechados históricamente) y micénicos (asociados a los primeros). En lugares
como Mesoamérica, desde que Thompson y Kidder correlacionaron en 1938 las
cronologías maya y cristiana, ha prevalecido el uso de incripciones calendáricas
en monumentos y etapas constructivas de edificios. Mejor que eso ha resultado el
abundante soporte documental ofrecido por códices y crónicas indígenas y
españolas del siglo XVI, hasta el punto en que un arqueólogo mexicano-alemán se
ha preguntado -sin mucho convencimiento por cierto- qué sería de nuestra
arqueología sin esas fuentes históricas.70 La mayoría de arqueólogos mesoameri-
canistas prefiere ignorar anomalías tan retadoras a su habitual normalidad. Así, es
harto significativo que mientras otras tradiciones nacionales han procurado hacer
consistentes la sucesión estratigráfica relativa con la determinación cronométrica
absoluta, en México prevalezca un disimulado rechazo hacia esta última porque,
como me refirió una arqueóloga experta en Teotihuacan,"no coincide con la teoría
existente".71 En consecuencia, ésta doble renovación periférica -una positiva (uso
de fuentes documentales) y otra negativa (desdén del fechamiento absoluto)-
demuestra indirectamente que la historia cultural ha sobrellevado el reto del
proceso civilizatorio mesoamericano, que se creía la debilitaria definitivamente
(Malina & Vasicek 1990:66), haciendo más conciso su núcleo duro historicista.
Para sobrellevar este nuclear replanteamiento, la arqueología mexicana contó con
los americanistas alemanes, que supieron retomar y fundirse con nuestra tradición
decimonónica de historia antigua y, luego, con su valiosa intervención, de
etnohistoria.
70
Las palabras de Otto Schöndube (1989:40) son más sugerentes si se considera la aporía
que contienen:"Sería interesante hacer la prueba -de hecho imposible de realizar- de qué
sabríamos de los aztecas y de los tarascos si hiciéramos a un lado las fuentes históricas". Yo
creo que la prueba sí se puede hacer, a condición de transponer la tradición desde la que
habla, cosa en verdad imposible si no se toma conciencia de ella para principiar.
71
Rosa Brambila Paz, 25/v/93; ver también Brambila (1993:26), lugar donde menciona muy
de paso este cuestionamiento en Teotihuacan.
99
Por supuesto que no fue ésta su única aportación. En lo que ahora nos ocupa,
entre los años veintes y treintas los etnólogos difusionistas alemanes prefirieron
utilizar la noción de "complejo cultural" como concepto cultural espacial y, en
seguida, el de "círculo" o "ciclo cultural" para ganar en profundidad histórica. La
arqueología alemana, sin embargo, se aproximó a un concepto parecido al de
"área cultural" de la antropología cultural norteamericana, cuando introdujo las
"provincias culturales" en sus estudios de distribución espacial de artefactos.
Hacia 1943 prevalecía cierto consenso entre los estudiosos de la América Media
en que ésta era una área o región que compartía rasgos culturales comunes (lo
que Kirchhoff tradujó como "historia [cultural] común", sin citar su inspiración
teórica de fondo). Simultáneamente, los difusionistas norteamericanos habían ido
clasificando estas uniformidades en áreas culturales a todo lo largo y ancho del
continente americano, regionalización que implicaba una concepción policéntrica
pero acotada de la difusión, es decir, una historia particularizada y de magnitud
diferente a la historia universal alemana, basada en la difusión monocéntrica
universal. Fue dentro de estas aguas encontradas de un mismo programa de
investigación con variantes teóricas, que Kirchhoff debió bregar. La comunicación
que estableció entre la historia cultural alemana y su contraparte norteamericana
solo fue posible porque ciertos conceptos aparentaban ser intercambiables y otros
modificables, sin meterse en serios problemas de inconmensurablidad linguística,
a consecuencia de lo cual la traducción que emprendió nunca fue exacta porque
sus epígonos mexicanos ni siquiera se enteraron del marco conceptual
subyacente en sus trabajos. Así, Mesoamérica podía ser solamente una área
cultural basada en la disposición contigua de elementos culturales, pero para él no
dejó de ser un complejo estructurado de rasgos basados en la agricultura. Podía
haber un "clímax" del desarrollo cultural, pero, en él, ello apuntaba hacia un "foco
cultural" como epicentro. A esta elección y superposición conceptual responde el
que Kroeber zanjara sus diferencias con Kirchhoff de manera cooperativa en 1954,
pues advirtió que las clasificaciones cuantitativas de rasgos (como la suya) y las
100
clasificaciones subjetivas de estilos y patrones institucionales (como la de
Kirchhoff) conducían a los mismos resultados históricos.72
72
Como museógrafo y etnólogo de las culturas nativas de California, Kroeber desarrolló los
conceptos de "inten-sidad" y "clímax" culturales; por intensidad entendía las áreas más
ricas en rasgos, que era donde las instituciones estaban mejor definidas; por clímax, el
centro más especializado del área, del que irradiaba influencia de manera gradual hasta más
allá de los límites del área. Sin embargo, resintió la falta de registros históricos y de una
arqueología auxiliar. No se le escapaba que estos mismos métodos de clasificación
arrojarían resultados sobresalientes en áreas donde hubiera una historia documentada y
excavaciones con tipologías cerámicas y secuencias culturales comprobadas (Kroeber
1931).
73
Ver prólogo a la segunda edición de su opúsculo (Kirchhoff 1960).
101
Hay que remarcar de paso que en 1968 Ehrich y Henderson (1979:522)
observaron también que el uso práctico del concepto área cultural estaba
produciendo discrepancias de valoración en cuanto a su significado teórico. Su
insistencia en mantenerlo como "instrumento de clasificación" dentro del conjunto
de enunciados del particularismo histórico ha de interpretarse como una
declaración de principios relativa a su invariancia de significado esencial (nuclear
diría yo), toda vez que Steward, una década atrás, había replanteado al área
cultural como "tipo de área cultural", pero ésta vez bajo la pretensión multievolutiva
de iluminar regularidades sociales, no solo de descripción de historias culturales
particulares. Con ello, toda el área se convierte en un sistema sociocultural,
prefigurando el tratamiento definitivamente sincrónico que se dará al concepto
durante el auge de la nueva arqueología norteamericana, traspaso conceptual
sobre el que hay que preguntarse si preserva su significado esencial. Como quiera
que haya sido, lo que hicieron Willey, Sabloff y otros arqueólogos histórico
culturales fue reaprender los términos de la nueva teoría, adquisición que implicó
que el área cultural apareciera como un concepto cada vez mas inútil y ajeno para
las generalizaciones procesuales. Con todo, hubo un momento transicional en el
que los "tipos interculturales" de Steward, de origen histórico, funcional y evolutivo,
parecieron facilitar una reorientación de la taxonomía cultural (de la historia
cultural) hacia las regularidades procesuales, de modo que, digamos, el Cuicuilco
mesoamericano tendría más en común con la Huaca Prieta andina, que ambos
con sus respectivas áreas culturales. Las secuencias culturales de Armillas en
esta época reflejan a las claras este intento de comunicabilidad (Armillas 1989
[1951]) entre teorías divergentes, pero que a la postre resultó infructuosa, pues
terminó por desligarse a los esquemas cronológicos de las fases de desarrollo
cultural-histórico, hasta, por último, eliminar de la cronología todo referente
diacrónico de la teoría subyacente (Willey 1981:4).
102
Según la evaluación hecha por Wigberto Jiménez Moreno (1987:5213), la
contribución medular de Kirchhoff al mesoamericanismo estriba mejor en su
estudio de la distribución de elementos culturales, la afinación de su demarcación
geográfica y la determinación étnica de la misma. No obstante, a medio siglo de
distancia, no cesa de sorprendernos que solo 43 elementos culturales fueran
suficientes para definir los caracteres de tan dilatada área cultural. Fueron,
empero, los más "típicamente mesoamericanos", los más desarrollados y
complejos, y, sobre todo, diría yo, justo los que facilitaron los indicadores
empíricamente evidentes de la cultura material civilizada para la prospección
arqueológica subsecuente (Nalda 1990:16) -que es, valga decirlo, uno de los
flancos débiles de cualquier teoría en este campo del conocimiento obligadamente
empírico-. Considero pues que esta operatividad de la etnología histórico cultural
de Kirchhoff es la causa de su incondicional aceptación entre los arqueólogos
mexicanos, que, gracias a ello, consiguieron un marco de referencia teórico lo
suficientemente comprensivo como para depositar en él todas y cada una de sus
muy particulares y muy parciales excavaciones de sitio en las zonas
arqueológicas, a las que, con dicho marco reticular, por lo general no se comienza
preguntando nada, ni mucho menos se desea problematizar para comprobar nada.
El mesoamericanismo, el trabajar bajo la idea de su área cultural y de su historia
común, se convierte en la forma normal de hacer arqueología en México. Quizá
por ello la ironía de que casi veinte años después de haber leído su Mesoamérica
en una sesión especial de la SMA a principios de 1943, Kirchhoff se doliera de su
gran aceptación, pero anhelara al mismo tiempo alguna crítica constructiva.
74
Luego cambió a Dirección de Investigación y Conservación del Patrimonio Arqueológico (DICPA).
103
parecida a la ya referida de Renfrew y Bahn (1991:407-409), cuando definen la
"construcción de una explicación tradicional".75 En la DEA las reglas son así.
Aparte de la compulsión externa de la restauración arquitectónica de sitios
monumentales -que ha sido interiorizada bajo el binomio "investigación y
conservación", pues estudio abstracto y preservación física se confunden en un
mismo proceso real, a la vez técnico que cognoscitivo-, la intervención del
arqueólogo consiste en determinar la función específica de los edificios, sus
etapas de ocupación o de construcción, la secuencia cronológica relativa y el
levantamiento arquitectónico (Mastache 1991: 12).
75
Véase nota 10 al respecto; tanto en Gándara (1992:26) como en Nalda (1990:16-17)
encontramos caracterizaciones análogas a ésta, pero mientras el primero apunta hacia la
normalidad del "conglomerado de protoparadigmas de la arqueología tradicional", el
segundo se limita a postular un "paradigma del área cultural", si bien asimismo practicado
de modo rutinario. Más tarde, Gándara (1994:85) puntualizará que la arqueología
tradicional mexicana se tipifica por el trabajo de recuperación en el campo, la definición de
tipos , la distribución espacial y temporal, y su comparación con otros sitios y regiones con
que determinar influencias.
76
En otro lugar (Vázquez 1993) he mostrado que la constitución de la arqueología como
profesión en México fue acompañada por la intrusión de otra profesión más antigua, la
arquitectura, no como objeto de estudio, como pudiera pensarse de inmediato (la llamada
"arquitectura mesoamericana"), sino como parte de la metodología y experiencia del
arqueólogo profesionalizado, intrusión perceptible en la presente discusión de los
procedimientos de restauración versus reconstrucción o consolidación entre arquitectos y
arqueólogos, pero sobre todo en la competencia profesional entre ambos grupos al interior
del INAH por la distribución del poder en los cargos asignados profesionalmente (Vázquez
1995 [1990]:366). Después de todo, arqueólogos y arquitectos cumplen una función casi
análoga dentro de la política patrimonial del INAH. En el capítulo segundo se pueden
encontrar otras referencias al respecto.
104
elaborar la historia del sitio explorado, cuyo principal enigma es el determinar su
paralelismo o difusión de rasgos, su ubicación dentro de complejos culturales
(Bernal 1952:119-129), sus "influencias culturales" o su "comercio", siempre que
aparezcan elementos "fuera de serie". Entonces, su puesta a punto como "órgano
especializado de difusión" (Mastache 1991:8), es decir, como museo al aire libre,
lleva implícita la idea instrumental de recrear su historia a través de
señalizaciones, "guías oficiales", cédulas y, cuando así lo amerita la zona
arqueológica descubierta, la fundación de un "museo de sitio" en las inmedia-
ciones. Como asientan Mastache y Cobean (1988:64), este procedimiento habitual
de la arqueología monumental estatal "sigue vigente" en los proyectos de alta
intensividad emprendidos hasta el presente, por lo que podemos concluir que la
escuela mexicana de arqueología no ha sido sobreseida por más que su época de
oro pertenezca al pasado, bien fechada entre 1952 y 1962, alcanzando su clímax
con la erección de otro monumento, el Museo Nacional de Antropología en 1964.77
Así las cosas, los Proyectos Arqueológicos Especiales 1992-1995 y sus actuales
derivaciones -cuya intensividad de recursos aplicados hablan de una segunda
edad de oro “salinista”- se apegan en líneas generales a estas características
normales o tradicionales de la escuela mexicana de arqueología.78
77
Desearía disponer de la información necesaria para completar el cuadro de exploraciones
efectivas sufragadas por el INAH entre 1939 y 1995. La fuente de que dispongo (INAH
1962:38 y 41) es, pese a todo, indicativa de una tendencia de crecimiento, ya que hacia
1942 el total de exploraciones eran 26; en 1952 apenas se elevaron a 28, pero en 1962
alcanzaron la elevada cifra de 93. Por desgracia, las estadísticas oficiales no son uniformes.
En Vázquez (1995) discuto este problema informativo, que de orden técnico ha derivado a
secreto burocrático impenetrable. Lo que estoy diciendo es que el INAH no informa el
número de exploraciones que se han practicado desde 1962.
78
En los capítulos cuarto y quinto abordo otros aspectos de los proyectos arqueológicos, de
acuerdo a una tipología combinatoria de intensividad de recursos y verticalidad
organizativa. Ahí se apreciará mejor en que consiste esta segunda edad de oro de la escuela
mexicana de arqueología.
105
planteamientos teóricos definidos en casi todos sus proyectos,79 da la impresión
de que, en verdad, como lo afirmara Matos en 1979, no hay una definición teórica
ni metodológica, mucho menos una problematización epistemológica de sus
procedimientos cognoscitivos. Formalmente esta crítica es cierta, pero también
post hoc, porque no fue hasta que apareció la nueva arqueología hacia 1962 en
que los arqueólogos empezaron a problematizar su teoría o su metodología de
manera normal. Mientras, como dice Gándara: “La arqueología contemporánea
sigue manteniendo una epistemología empirista ingenua, en donde los datos son
autoevidentes y no problemáticos” (Gandara 1987:8). En consecuencia, si nos
apartamos de esta senda crítica que no lleva muy lejos, y concomitantemente,
inscribimos el qué se hace y cómo se hace dentro de una teoría descriptiva para la
que es intrínseco que sus ideas “no solo son constructos teóricos, sino parte de la
realidad viviente ante nosotros” (Kirchhoff 1954:530), Mesoamérica, entonces, es
más, mucho más, que un mero concepto clasificador, es, en palabras de un
arqueólogo, un término central que “ha logrado constituirse como una realidad que
plantea a la arqueología mexicana problemas por resolver, al mismo tiempo que la
asiste enmarcando sus resultados y posibilitando interpretaciones de una
naturaleza particular”(Nalda 1990: 12).
79
En 1983 un impaciente grupo de arqueólogos de la Dirección de Monumentos (hoy
DICPA) revisaron los 95 proyectos vigentes en el INAH, encontrando que tal insuficiencia
de postulados teóricos era generalizada (Braniff et al.1983:42). A fines de 1990, otro grupo
disidente aplicó un cuestionario entre 83% de los investigadores de la DEA, arrojando
como respuesta que solo 9 consideraban a la teoría un problema; 6 percibían problemas
metodológicos y 5 técnicos. En cambio,12 no percibían ningún problema en sus proyectos
(González y Rodríguez 1991:8).
106
arquitectónicos locales. Y aun cuando algunos arqueólogos han girado hacia
regiones geográficas anómalas para las fronteras culturales mesoamericanas
(incluso suponiendo que éstas han variado temporalmente), el referente inevitable
sigue siendo el foco cultural difusor del altiplano central. Esto podrá ser de lo más
elemental como explicación, acaso ni siquiera eso (una "no explicación" como diría
Trigger), pero la cuestión sigue siendo como la planteara Caso para la historia
mixteca: el registro arqueológico es un recurso de la historia escrita, historia que,
al igual que Seler, se inicia con un pasado mítico, tal como en las fuentes
documentales (Caso 1984). En este contexto, es perfectamente legítimo decir que
la historia cultural mesoamericana estimuló el abordaje de una serie de problemas
tales como la regionalización en subáreas culturales, la configuración
(arqueologización) del área toda en periodos y horizontes (clímax), la definición de
sus fronteras a lo largo de su desarrollo (intensidad) y, por lo tanto, el descubri-
miento de sus sucesivos focos culturales (Nalda 1990:16). Todos ellos son
compromisos ontológicos y metodológicos que reflejan una normalidad historicista,
pero cuya heurística que es preciso desentrañar.
80
En el siguiente capítulo analizo la actividad y alcance del Consejo de Arqueología desde
el punto de vista jurídico y político.
107
un tanto singular. Normalmente pocos se plantean el problema de modo
conscientemente estratégico. Más bien son los arqueólogos universitarios los que
deben recurrir a la estratagema de una doble intención, de esconderse y
manifestarse al mismo tiempo. Con todo, resulta claro que el sostén del programa
histórico cultural no es ajeno a la institucionalidad, bajo la que las ideas subsisten
y se solidifican. Esta es la concreción misma de la ortodoxia teórica, responsable
de la expulsión de los arqueólogos innovadores dentro de la escuela mexicana de
arqueología.
108
los datos aportados por los numerosos asistentes se disiparan en un vicioso ritual
de culto al caos.
Lo que estoy implicando aquí es que tras cinco décadas de arqueología normal
difusionista no se ha elaborado una explicación consistente de la historia cultural
mesoamericana, el sueño eterno de Seler y Kirchhoff y de todos sus epígonos,
que más que nunca la ocasión exigía lograr, tal como en 1964 el mismo objetivo -
la primera museografía del MNA- tuvo tan grande importancia que puso en tensión
a toda la arqueología oficial de la época, con los resultados de todos conocidos en
las salas del MNA, y en trabajos tan elaborados como los de Piña Chán. 81 Por el
contrario, lo que este seminario captó con agudeza es la evidencia de que el
compromiso metodológico con un enfoque inductivo de la historia cultural
particularista -responsable del "crecimiento por aglutinación" sufrido- es
impracticable, a la vez que le incapacita para alcanzar su objetivo más caro: la
reconstrucción de la "historia común" mesoamericana (Gándara 1992:40-43 y 50-
54). En consecuencia, lo que hubo en sus interesantes discusiones, además de
datos en cantidades industriales, fueron anomalías cada vez más insorteables,
expuestas como enormes cantidades de piezas de un rompecabezas cada vez
más irracional, al que se le van agregando nuevas piezas incompatibles, por lo
que nunca acabarán por armarse coherentemente. Un asistente al seminario, no-
arqueólogo, atinadamente hizo referencia a todos esos nuevos "pedacitos porque
llegamos a lo mismo (...) tenemos historias aisladas y no una historia integral".82
Pero mejor que nadie, Julio César Olivé sintetizó la condición de postración vivida
81
Aproximadamente en la misma época, Piña Chán (1993 [1967]:17) dio a conocer el que
pudiera ser el mayor esfuerzo conocido por dotar a la escuela mexicana de una explicación
global de la "evolución histórico-cultural del México antiguo". Aparte del deseo de
dinamizar evolutivamente una concepción estática-descriptiva (cuya resistencia al cambio
empieza desde el muy alemán nombre de "México antiguo", cuando México como entidad
política-territorial no existió antes del siglo XIX), es evidente por qué no existe una
explicación sintética: la historia cultural en arqueología está hecha de particularismos
(regiones, culturas, sitios, etc.) que muy forzadamente caben en las cronologías culturales,
que no dejarán de ser esquemas descriptivos y nunca interpretaciones de gran aliento.
82
Las palabras pertenecen a la lúcida crítica de José Antonio Pompa, recogidas en Sodi
(1990:676).
109
por esta tradición teórica, incluyendo una muy significativa paráfrasis de Boas,
cuando usó la misma metáfora de la teoría como camisa de fuerza (Sodi
1990:678):
110
general de comercio, según se infiere de sus aportaciones a los congresos
internos del IIA. Es revelador recordar que mientras estas ideas tuvieron un
considerable impacto en la mesoamericanística norteamericana, en el propio seno
del IIA tuvieron escasa audiencia.83 Esto expresa un fenómeno equivalente al de
los estudios particularistas llevados a cabo por décadas en el seno de la
arqueología gubernamental, pero que en este caso se hacen visibles en los ocho
congresos internos celebrados en esa institución entre 1977 y 1984.
83
Una honrosa excepción la representa el Proyecto Cañada del Río Bolaños en Zacatecas y
Jalisco, debido a Teresa Cabrero, motivo de un tratamiento especial en el capítulo quinto.
Diré solamente que en su interpretación se mantiene la noción del sistema de intercambio
regional y suprarregional.
84
La clasificación de Ochoa (1983:115-127) de los artículos arqueológicos publicados por
el anuario Anales de Antropología entre 1964 y 1978, es ilustrativa. De un total de 59
artículos, 22 son de tipo descriptivo-interpreta-tivo; 13 metodológico-tipológico; 10 de
111
única explicación razonable que puedo reconocer para este patrón general de
comportamiento es la que me dio el propio Litvak: la socialización común de
arqueólogos universitarios y gubernamentales, excepto que debió agregar:
socialización común en las mismas ideas histórico culturales de la
mesoamericanística arqueológica de la escuela mexicana de arqueología. 85
86
Un indicador de la débil visibilidad externa de la arqueología en el terreno cientimétrico
lo encontramos en las colaboraciones al Handbook of Middle American Indians. Sus
volúmenes 3 y 11, editados en 1965 y 1971, indican la presencia influyente de arqueólogos
mexicanos. Para 1981,cuando se edita el primer suplemento de arqueología, de diez
autores, solo uno es mexicano, Angel García Cook.
113
de conocimiento mesoamericanístico en general, sugerido por Adams (1992:9), es
bastante considerado cuando hace referencia nuestras tradiciones distintivas:
Sería una injusticia, no obstante, tomar mi aserto al pie de la letra. Quiero decir
que este proceso de competencia, inconmesurabilidad y comunicabilidad es
mucho más complicado que el citar o dejar de citar. Por un lado, parte del cambio
teórico en ese contexto vino de México a través de la tradición wittfogeliana de
Armillas, Palerm y Wolf y cuya consecuencia más sobresaliente fue el ambicioso
proyecto de la Cuenca de México de William Sanders en 1979, de enfoque
sistémico, pero de filiación ecológica cultural. Paradójicamente, la búsqueda de
evidencia de obras hidraúlicas -que orientan hacia la explicación de la
intensificación de la agricultura y la formación del Estado en Mesoamérica- tuvo en
nuestro país una significación arqueológica menor a la deseada; inclusive, se ha
convertido en una temática residual en la etnohistoria mexicana pero compartida
con la geografía cultural norteamericana y canadiense, acaso por implicar todavía
un sistema unicausal de explicación ([Link] 1986 [1984], Siemens 1989, Doo-
little 1990). En ese sentido, se podría aseverar que el patrón de traspaso de
conceptos entre especialistas ha sido selectivo siempre que ha habido el contexto
teórico de comunicabilidad necesario entre investigadores de diversa procedencia
nacional. No parece ser este el caso de la propia idea de Mesoamérica para la
nueva arqueología norteamericana y para la escuela mexicana de arqueología.
114
Otro matiz relevante en la competencia teórica que se ha dado en la
mesoamericanística norteamericana, sería la de que los arqueólogos histórico
culturales en efecto han reaprendido las nuevas series teóricas para fincar su
propio cambio conceptual, cambio que no ha estado exento de continuidades.
Gordon Willey, por ejemplo, no ha negado la dirección científica de la arqueología
procesual, pero el post-procesualismo lo ha hecho buscar una "convergencia de
intención" con la "riqueza del contexto histórico", pero ya como "enfoque
directamente histórico" en vez de histórico-cultural (Freidel 1994:65 y 67). Los
clamorosos avances obtenidos por la epigrafía maya parecen indicar un cierto
retorno a la historia cultural (Florescano 1991,1992; Marcus 1993), excepto que el
nuevo movimiento es tan rico que ya no puede prescindir de la multidisciplina ni
mucho menos de la interpretación y reinterpretación propiamente históricas -
renovación que la historia cultural alemana quiso emprender desde la postguerra.
87
Para Blanton y otros, el progreso en la arqueología mesoamericanista está fundado en
cuatro factores a caballo entre las condicionantes internas y externas, a saber:1)mejores
teorías que han permitido buscar las información correcta; 2) investigaciones de largo
alcance -de una década o más- en una misma región de estudio; 3) mayor dedicación a los
esfuerzos instrumentales;4) más recursos para la investigación (Blanton et al. 1993:7). De
ser correcta su evaluación, el mesoamericanismo mexicano no cumple con los dos primeros
requisitos, al menos. En su lugar existe una terca adherencia a una teoría dominante y los
ciclos políticos de auge y descenso gubernamentales impiden dar continuidad suprasexenal
a los proyectos de investigación, ya de por sí degradados por el cometido restaurador
monumental.
115
estrictamente diacrónica ha mutado en una decidida concepción sincrónica (“teoría
dual-procesual de evolución de la civilización mesoamericana”), que, de seguirse
profundizando, ya como un sistema de economía-mundo y de intercambio ritual,
ya como interacciones de actores políticos, o ya como un inestable sistema
complejo, es previsible termine por abandonar en definitiva la idea de
Mesoamérica como un inmenso receptáculo con profusos anaqueles dispuestos
para ser colmados con un sinfín de elementos y particularidades culturales, tantos
como sitios excavados haya.88
5. DE PERIODIZACIONES Y HEURISTICAS.
Tan alargado periplo nos lleva finalmente al principal caso que examinaremos
directamente a la luz de la metodología de los programas de investigación
científica. Se trata de la serie teórica de secuencias cronológicas elevadas a
periodizaciones generales del área mesoamericana, en lo que se supone serían
casi como explicaciones de la historia cultural. Preciso es decir que la elaboración
de estas herramientas heurísticas fue una tarea otrora favorecida, del todo
consistente con la historia cultural del área -en calidad de "instrumentos de
comprensión histórica"-, énfasis que hoy va languideciendo lenta pero
irremisiblemente, al tiempo que decrece su capacidad heurística.89
88
Desde la perspectiva teórica de la teoría de la complejidad, López y Bali (1995) han sugerido dar al término
Mesoamérica un nuevo contenido sistémico, topológico y no cultural. Como ellos dicen, su primera duda fue
si mantenían o no el vocablo, pero iba a ser difícil de evitar dentro del lenguaje disciplinario. Mesoamérica
para ellos es un espacio discontinuo donde un sistema global experimenta puntos de tensión, singularidad y
auto-organización. Su problema es llevar a cabo nuevas indagaciones, toda vez que sus conceptos teóricos
no concilian con los materiales tradicionalmente recogidos por los arqueólogos mesoamericanistas. Es
significativo también que las observaciones indicadas por esta teorización se centren precisamente en las
fronteras.
89
En Roger Bartra (1979 [1964]) puede encontrarse un cuadro comparativo de la seriación
de secuencias culturales desde Spinden hasta Willey, pasando por Caso, Bernal, Steward y
Armillas; en López Luján (1991) hay una reseña de las "periodizaciones marxistas" de
Armillas, Olivé, Matos, Nalda y otros; haremos, por nuestra parte, especial referencia a la
periodificación de Armillas (1989 [1951]), Piña Chán (1989 [1976]), Nalda (1991 1987]) y
Olivé (1989), que es también el último intento en serie por dar coherencia a los
particularismos fragmentarios de la escuela mexicana de arqueología.
116
En términos de la historia del pensamiento arqueológico, esta subtradición de la
tradición se remonta a la primera tipología cerámica de Boas (azteca-
teotihuacano-arcaico) en 1911, que, tras las respectivas excavaciones
estratigráficas de Gamio y Engerrand en Azcapotzalco y Tacuba en 1912, la
confirmaron como secuencia cultural (Gamio 1921:44-45). Por entonces, la
heurística del programa histórico-cultural navegaba viento en popa, porque, de
hecho, la tipología fue desarrollada con antelación bajo la concepción abstracta de
capas culturales y luego verificada con la excavación estratigráfica. A poco de
esto, Kroeber introdujo la noción auxiliar de "horizonte cultural", concepto que
implicaba la recurrencia de rasgos, principalmente cerámicos, en una región, y que
a la postre se entendió como etapas de desarrollo histórico de una área
determinada, "durante las cuales prevalecen en ésta ciertos estilos en los
materiales arqueológicos y predominan formas económicas y sociales
características" (Jiménez 1987: 5217). Todavía más tarde se agregaría el
concepto de
"fase cultural" para llenar lapsos menores de tiempo en una secuencia, sobre
todo
en sitios y regiones. Gracias a estos perfeccionamientos, las cartas cronológicas posteriores
periodos, horizontes y fases, a los que se procura intersectar como ejes. Nótese que no
obstante este progreso formalista, tal ganancia en complejidad ha sido una consecuencia
lógica de una morfología cultural cada vez más heterogénea, derivada de la multiplicidad
modo (y en ello radica el supuesto mérito de las secuencias) por una historia común. La
inducción implícita en estas ideas, lejos de aproximarse a su formulación general, así sea
Para evitar esta zozobra metodológica, fue que se acudió, con la misma lógica aglutinadora
117
términos de una teoría sobre los de otra, todo ello sin alterar el núcleo duro de fondo de una
90
Durante la realización del Seminario Wigberto Jiménez Moreno en el MNA, cuando se
puso a discusión el horizonte epiclásico y las dificultades para conciliarlo con las fases
regionales, Piña Chán realzó sus ideas, diciendo: “Yo siempre creí que los horizontes
culturales eran una herramienta metodológica que lo único que querían decir era una
abstracción, que implica una forma de vida, una tradición, y que se determina por una serie
de rasgos específicos que ocurren en un periodo de tiempo determinado. Así, el que se les
haya puesto el nombre de Preclásico, Clásico, Lítico y demás, es intrascendente. Se les
puede llamar horizonte A, B, C, D, E, etcétera, siempre que se defina lo que se entiende por
ese horizonte, sus características y cierta temporalidad. Es claro que el paso de un horizonte
a otro, no es un corte horizontal (...) Las fechas se ajustan con el tiempo. No hay que
118
incipiente-aldeas/centros ceremoniales-centros/ciudades urbanas-
ciudades/señoríos militaristas-señoríos/metrópolis imperialistas) con otra
agregación de "rasgos culturales" en una columna paralela, no deja lugar a dudas
sobre el carácter auxiliar de su "evolucionismo" para una arqueología histórica y
etnogenética.91
tomarlas tan drásticamente. Los periodos, las fases, los complejos, las esferas que los
arqueólogos elaboran, esos pueden subir y bajar, pueden mostrar que mientras en un lugar
se está entrando a la decadencia, en otro lugar están surgiendo y van a su auge. Pero eso no
importa, lo que no hay que hacer es meterlos en estancos horizontales, sino en columnas
verticales, para un día ver en donde se cortan mejor esos horizontes" (Sodi 1990: 643).
91
La misma voz alemana para "evolución" o "desarrollo" propicia confusiones cuando se le
traduce como equivalente. A decir verdad, la voz evolutio (del verbo evolvo) tiene
similares problemas, pues designa la acción y el efecto de desenvolverse o desarrollarse.
Para evitar mayores confusiones, sugiero cualificar los sentidos de "evolución" y de
"desarrollo" de acuerdo a los enunciados de cada teoría, reservando "desarrollo" para las
teorías de la historia cultural y "evolución" para las del evolucionismo. Mejor aún, sugiero
que una cualificación adicional debe hacerse para los cambiantes sentidos en cada una de
esas teorías o en los intentos de apropiación interteórica. Evolución, tal como la usó Piña
Chán, refiere a un desarrollo histórico gradual. Este sentido reaparece en otros arqueólogos
histórico culturales. Seguramente para hacer consistentes sus conceptos y marco
conceptual, Sanders optó en cambio por separar su esquema puramente cronológico del
esquema evolutivo (caza-reco-lección/caza-recolección-agricultura/ intensificación
agrícola-crecimiento poblacional/ estabilidad demográfica-intensificación-fluctuación-
centralización y fragmentación/ clímax de crecimiento y evolución sociopolítica y urbana)
en etapas generales.
119
marxistas supusieron que bastaba con hacer consistente la teoría sustantiva con
los criterios de ordenación de la periodización, supuesta deficiencia en la que
hicieron blanco sus críticas a las periodizaciones tradicionales de la escuela
mexicana, a las que se tildó de "conglomerado caótico" (Bartra 1979:59). Es decir,
observaron que aparte de estar fundadas en bases cerámico-tipológicas y en
cronologías relativas, sus criterios de clasificación eran dispares e inconsistentes.
Pareció entonces un avance positivo el que estos criterios correspondieran a la
teoría (López Aguilar 1990:133-139). El siguiente paso fue emprender sus propias
periodizaciones más coherentemente, pese a que algunos repararon en que la
metodología del empirismo lógico no hizo del periodo un concepto preteórico -en
los términos de Hempel (1984:130), es decir, disponible desde antes-, sino que
simplemente ello reprodujo la tradición difusionista con injertos marxistas
agregados.92
92
Fernando López Aguilar, comunicación personal.
120
realidad, no digamos de las teorías antropológicas, sino de las nuevas evidencias
arqueológicas. Y si aceptamos que este fenómeno se produce en el cinturón
protector del programa, particularmente en su heurística, se sigue que la historia
cultural ha entrado en una etapa degenerativa interminable.
Para 1941 Alfonso Caso aún reconocía como válida la periodización cultural de
la Escuela Internacional, si bien las tipologías cerámicas de Eduardo Noguera
habían agregado al periodo azteca el tipo cholulteca. El primer problema que
resolvió exitosamente la SMA en 1941, durante su primera mesa redonda, fue, al
decir de Jiménez Moreno: “¿Teotihuacan había sido la capital de los toltecas de
que hablan las fuentes históricas o había sido Tula, Hidalgo, la capital de esos
toltecas históricos?” (Olivera 1990:94). Por aquel entonces prevalecía la creencia -
extensiva de Humboldt a Gamio, pasando por Tozzer y Vaillant- de que Teotihua-
can era la Tollan de los códices y crónicas coloniales. Gamio incluso aventuró la
hipótesis de que los primitivos pobladores toltecas de Teotihuacan habían luego
emigrado a la Tula conocida (Gamio 1993). Sin embargo, los difusionistas
mexicanos de la segunda generación disentían de esta identificación histórica y
étnica. Le opusieron pues una cronología absolutamente sustentada en las
fuentes históricas y en las inferencias de Seler y Krickeberg. A pesar de la
resistencia ofrecida por Miguel Othón de Mendizábal y Enrique Juan Palacios
(quien en la primera versión de las conclusiones de la memoria no dejó de apuntar
sus críticas a los renovadores), Alfonso Caso asentó, como una verdad revelada,
121
en sus propias e imperativas conclusiones, que: "Los datos sobre la Historia
Tolteca (...) se refieren a Tula, Hidalgo".93 Y no hubo más discusión.
Hay que precisar en seguida que desde 1940 Jorge Acosta había emprendido
excavaciones en Tula, bajo auspicio del recién fundado INAH. En 1941 éstas no
habían concluido, pero terminaron por confirmar el desplante autoritario pero
certero de Caso (y los valiosos estudios etnohistóricos de Jiménez Moreno). En
efecto, los "complejos cerámicos" Mazapa y Coyotlatelco eran posteriores a
Teotihuacan. La evidencia trastocó la secuencia existente a la de Arcaico-
Teotihuacano-Tolteca, pero tuvo un efecto inesperado: dejó a Teotihuacan sin
historia cultural, creándose un hiato en el que "el material [arqueológico
teotihuacano] se queda desnudo, con un vacío social y con un desconocimiento de
la vida concreta de la sociedad que lo produjo" (Brambila 1992:7;1993:21).
Adelante volveré sobre esta paradoja, una anomalía que está siendo abordada
con alguna posibilidad de éxito. Mas en aquel momento esto no se hizo evidente.
Y de inmediato se dispuso resolver otro problema: lo que Beyer en 1927 denominó
la cultura olmeca, motivo de diferencia con los mayistas norteamericanos, porque
la asignaban en el horizonte postclásico. Para 1942 -al celebrarse la segunda
mesa redonda de la SMA- Caso había elaborado una perodización sugerente,
donde el primer horizonte (arcaico) difería del horizonte correspondiente a
Teotihuacan y el Viejo Imperio Maya (Jiménez 1987:5215). En esta segunda
oportunidad se impuso su deducción de que la cultura olmeca pertenecía al
horizonte arcaico más antiguo. Su cronología histórica fue confirmada
arqueológicamente hasta veinte años después como impecablemente correcta,
aunque a nadie gustó ya el apelativo de "cultura madre" asignado por Caso muy a
la alemana (Mastache y Cobean 1988:51).
93
Cfr. SMA (1987 [1941]),especialmente su tercer boletín.
122
corroborarlo con la arqueología. La escuela mexicana de arqueología es,
consecuentemente, un programa de investigación doblemente histórico, tipificado
ya por combinar fuentes documentales y excavaciones sobre el terreno. Al
respecto, la "paradoja teotihuacana" es una anomalía que desde 1941 pone en
evidencia las limitaciones de esta escuela histórica. Cuando Otto Schöndube
propuso la prueba contradictoria de ensayar una arqueología sin historia para en
seguida retractarse, bien pudo asegurar que esto se ha verificado ya en
Teotihuacan. Sabemos, por ejemplo, que una tendencia minoritaria de etnohisto-
riadores y arqueólogos sigue creyendo que ésta es la Tula mítica. La tendencia
mayoritaria es arqueológica y ha debido prescindir de las fuentes. Según Brambila,
esta soledad disciplinaria ha enriquecido la cronología cultural local (con
periodizaciones como la de Armillas) y el estudio iconográfico, que indirectamente
ha restablecido cierta concordancia con las fuentes históricas.94 Pero los efectos
de la disociación entre arqueología e historia siguen presentes. Tal como lo han
puntualizado dos estudiosas norteamericanas, los estudios de Millon, Cowgill y
Sanders han hecho emerger desde los años sesenta una imagen más pragmática
de la antigua urbe (Berrin & Pasztory 1993:59-60). Este pragmatismo, esta
"desnudez" del hard fact, no satisface del todo a quienes dan por normal una
arqueología histórica basada en fuentes, arqueología que hoy tiene ante sí, y por
obra de su propia heurística, lo que podría ser uno de su mayores retos. Como
dice Brambila,"ni la acumulación empírica ni los descubrimientos espectaculares o
de nuevos hechos producto de la actividad rutinaria de la arqueología fueron
suficientes para explicar la monumentalidad de la Ciudad de los Dioses" (Brambila
1992:9;1993:29).
94
En el capítulo quinto ofrezco mayor información sobre como un descubrimiento reciente
de Rubén Cabrera ha estimulado la resolución de la anomalía de una sociedad sin historia
documental, pero acaso poseedora de una literatura alternativa propia.
123
huacanas, descubierto durante los trabajos de salvamento en La Ventilla en 1993,
han renovado la esperanza de historificar otra vez a esta cultura arqueológica.
Este repunte, aparentemente progresivo, está atemperado por lo que en 1941
fuera su verdadero avance: Tula. Ahí, tras cincuenta años de agregar datos sobre
datos, incluidos los etnohistóricos, la urbe ha vuelto a ser un enigma, como admiti-
era Felipe Solís (Sodi 1990:687). Aun más grave es que un especialista en
antropología biológica niegue la evidencia disponible como para definir un "grupo
étnico tolteca"; y otro tanto podría aseverarse de la "población fantasma" olmeca,
pues no existen ambos como grupos demográficos comprobados por restos óseos
significativos (Sodi 1990:662 y 693). Lógicamente, el último reducto (núcleo duro)
que resta son las fuentes históricas, tomadas como evidencias incuestionables y,
por ende, de lectura literal. Como dijera Román Piña Chán a la vista de estas
anomalías: “Otra cosa que pensaba yo era que la arqueología mexicana si algo
tenía de bueno era el basarse en sus fuentes históricas, de la cual es tan rica. Que
no se interpreten bien o que no se lean, eso no quiere decir que haya que
desecharlas o tirarlas al cajón de la basura” (Sodi 1990: 643).
124
tradiciones desde los años cincuenta. Esta paradoja tiene una causa obvia: su
contexto social. Pero la aseveración no impide ver que persiste la cuestión de por
qué una teoría como la historia cultural, que era “una posición analítica que los
antropólogos abandonaron hace mucho como estéril” (Trigger 1990:33), sigue
siendo atractiva para nuestros arqueólogos. Mi respuesta es interna pero también
externa: al tiempo que da sentido a toda la epistemología particularista practicada
una y otra vez, es la teoría más complaciente con la función divulgativa y hasta
espectacular asignada por la sociedad mexicana a nuestra arqueología, para la
que sigue siendo necesario alimentar su mito de origen nacional. A altos niveles
directivos del INAH es un lugar común escuchar la afirmación de que el monopolio
estatal ejercido sobre el patrimonio arqueológico "privilegia el trabajo de los
arqueólogos mexicanos" (García Moll 1991:7). Pero cabe la ominosa interrogante
de si el trabajar de modo normal bajo los rígidos límites sociocognitivos impuestos
por una teoría vinculada prácticamente a zonas arqueológicas monumentales y
demás escenificaciones de la "historia del México antiguo", no ha hecho de
nuestra arqueología una cautiva de sus propios privilegios.
125
CAPITULO SEGUNDO
ARQUEOLOGIA, PATRIMONIO Y PATRI-
MONIALISMO EN MEXICO.
Cada país tiene sus propias razones para hacer su arqueología, dependiendo de su
historia cultural y política. Cualesquiera que sean estas razones -impecablemente
éticas o altamente dudosas-, el trabajo es hecho por arqueólogos de cualidades e
integridad variables. Si todos los arqueólogos del mundo fueran reunidos en una
gran conferencia internacional, ¿qué tendrían en común?. ¿Qué distinguiría esta
interesante reunión de una de economistas, políticos o estadígrafos?. ¿Qué
cualidades especiales hace a un arqueólogo ser lo que es?. ¿Nace con una espátula
de plata en la mano o la adquiere por accidente cultural?. Estas son las cuestiones
por explorar ahora.
95
Rahtz (1986:49-50).
96
World Archaeology es también la revista derivada de los Congresos Mundiales de
Arqueología, la cual asume a la arqueología comparativamente, con alcance mundial. Es
curioso que Rahtz ofreciera en su texto (en tiempos del primer congreso) un "tour mundial"
por una serie de arqueologías nacionales, para así descubrirnos las diferencias de
motivación y política subyacentes. Sin embargo, observa que no obstante la diferencia, un
factor ampliamente extendido es el nacionalismo que, según él, puede catalogarse como “el
mayor factor de desarrollo de la arqueología en cualquier nación que tenga un pasado
'glorioso' ” (Rahtz 1986:25). Lo más interesante en su breve y perpicaz comparación es que
el nacionalismo arqueológico no es típico de las naciones atrasadas o emergentes, sino
existe por igual en Europa y Estados Unidos, aunque difiera en grados. Este fenómeno
demanda una cualificación que nos ocupará a lo largo de este capítulo.
126
práctica profesional en cada país o región. Un segundo descubrimiento no menos
importante es que estas tradiciones específicas pueden ser tan influyentes a nivel
local que impidan la propagación de teorías aparentemente válidas a nivel
internacional. Se sigue que tales averiguaciones han desembocado por último en
un creciente interés filosófico por determinar en qué consiste la anhelada
cientificidad de la arqueología, por una parte, y por otra desentrañar el carácter
único de las escuelas de arqueología nacionales, sobre las que pesan serias
dudas a propósito de su carácter cerrado y estático.
97
El título en ruso de la obra de Klejn es, Fenomen Sovietskoi Arjeologuii, primeramente
editada en inglés por la revista World Archaeology.
127
como un factor independiente a la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas
Arqueológicos, Artísticos e Históricos (en vigor desde fines de 1975), pasando por
alto con ágil ligereza la preceptiva de Hans Kelsen de que “es imposible asir la
naturaleza de la ley si limitamos nuestra atención a una sola y aislada regla” (cit.
Raz 1983:2). En ese orden de ideas, la jurisprudencia analítica sostiene que sólo
mediante el estudio sistemático de la naturaleza de una ley se puede avanzar más
allá de su carácter normativo, institucional y coercitivo inmediatos. Con tal fin en
mente, hemos adoptado las nociones de “estructura genética” y “estructura
operativa” de la teoría del sistema legal de Raz (1983:183-185), tanto para exami-
nar la relación interna que guarda ésta ley con otras leyes dentro de un “sistema
legal momentáneo” (vigente), así como para desvelar al mismo tiempo la relación
genética que posee con leyes previas, cuya anterioridad autoriza su existencia en
un momento dado. Esto induce a un tratamiento histórico de la arqueología, no de
modo aislado, para sí misma, sino con respecto al cómo un cierto sistema legal
patrimonial ha sobrevelledado el cambio y cómo éste ha repercutido en la
disciplina y su concepción de fondo.
98
A finales de noviembre de 1995 la Cámara de Diputados convocó a una discusión en materia de política y
legislación culturales y que involucró a la Ley de Monumentos. Las sesiones camerales contaron con la
asistencia de numerosos arqueólogos gubernamentales y universitarios, así como de otros actores sociales.
Las reformas a la ley serán luego traspasadas a la Cámara de Senadores, donde se tomarán mayores
decisiones ya no consultadas abiertamente. Los resultados de este proceso aún no son claros. No lo son
incluso en el 2001, no obstante que el partido en el gobierno es el mismo que propuso una iniciativa de ley
en 1999.
128
debate desatado desde que un grupo de diecisiete diputados priístas intentó
enmedar la ley en 1991; aunque su iniciativa no prosperó, el debate ha continuado
a través de una serie de manifestaciones verbales y escritas (incluso encuestas,
reportajes y artículos periodísticos) que anuncian
una inminente lucha política de diversos actores y grupos sociales.99
Discursivamente, el conflicto está centrado alrededor de la noción de propiedad
del patrimonio arqueológico e histórico, lo que nos remite otra vez a una temática
esencialmente jurídica, clave del capítulo actual. Empero, sería una largueza
referir aquí los argumentos esgrimidos por todos y cada uno de los actores,
porque tal parece que el desenlace del conflicto aguarda conocer la última palabra
del presidente,100 quien desde julio de 1994, siendo apenas candidato suplente del
PRI, habló de reformar la Ley Federal de Monumentos para dar una mayor
participación a las autoridades estatales y municipales, lo mismo que a una
indefinida “comunidad” en la administración del patrimonio artístico, histórico y
antiguo. Tengo la fundada sospecha de que el interés de la prensa en los
escándalos protagonizados por prestigiados arqueólogos en Teotihuacan y
Cacaxtla se inscriben en este escenario de conflicto en torno a la ley de
monumentos.
Otra causa consiste en la relación que guarda esta propiedad pública con la idea y sentimiento de
nacionalidad -o sea, el percibir a los monumentos antiguos como símbolos nacionales-, entramado que
contribuye a que se adopte una postura ciegamente nacionalista (en casos indistingible de una socializante)
que, como sentimiento, es difícil conciliar con una discusión racional y comunicativa del tema. De ahí
pues que en nuestro análisis hayamos preferido trocar el hegeliano espíritu nacionalista que suele dar
sustancia a cuanto se dice del patrimonio cultural en México, por una pespectiva que intenta explorar de
modo racional la administración del patrimonio y de la arqueología mexicanos del fin del siglo. Este
trueque es tanto más obligado cuanto que una revisión de trabajos de autores recientes probaría hasta qué
punto nos ocupamos de una tradición cultural y disciplinaria amalgamada con ideologías políticas, si no es
que con la política en sí, e incluso intereses corporados de origen profesional, no todos de tipo
arqueológico. Comparemos con tal fin las
siguientes obras actuales. Por una parte, Díaz Berrio (1990) nos ofrece una obra
que es fiel reflejo de los intereses del poderoso grupo de arquitectos y
restauradores del INAH, y cuyo mayor arrebato es el de distanciarse del anticuado
99
En parte me he referido a ese debate en la Segunda Mesa Redonda de Monte Albán (Vázquez 2000).
100
Se trata de Ernesto Zedillo, el último priísta en la silla presidencial; la polémica disminuyó hasta
silenciarse al asumir el cargo Vicente Fox, no obstante en que se acusó al panismo de enemigo del
patrimonio público. La obviedad de un arreglo interno podría ser la explicación de este silencio.
129
concepto “monumento artístico y arqueológico” a favor del de “bien cultural”, pero
siempre conservando el supuesto de la función patrimonial estatal; jurídicamente,
la misma posición está secundada por Olivé Negrete (1988, 1994, 1995), quien ha
hecho todo un alegato a favor del predominio del derecho público sobre el derecho
privado.
130
Europa, sin mencionar siquiera los de América, no obstante que en muchos de
ellos ha habido un desarrollo impresionante -usualmente monumental o
“faraónico”- de sus respectivas arqueologías. Admito que la barrera del idioma
cuenta como dificultad. También el que sus respectivas historias profesionales
estén incompletas, que sería el caso de México.101 Como quiera que sea, es
asombroso que uno de los textos más influyentes en este campo -me refiero al de
Bruce Trigger A History of Archaeological Thought (1992 [1989])- sea capaz de
dar cuenta en unos cuantos párrafos de, digamos, las arqueologías de Italia o de
México.102 Ambos ejemplos, como veremos a continuación, tienen una relación
más estrecha de la que suponemos.
101
La mejor historia disponible es la de Ignacio Bernal (1980 [1979]) que, por razones de
cultura disciplinaria, evita llevar más allá de 1950, exactamente la época que nuestros
arqueólogos conciben como "la edad de oro" de su profesión, si no es que de la escuela
mexicana de arqueología en concreto.
102
No se malinterprete el sentido de esta crítica ya que Trigger mismo ha criticado a la
historia intelectual o interna de la arqueología en pos de una social o externa; empero, al
concederle mayor énfasis a las influencias intelectuales más amplias (racionalismo,
romanticismo, positivismo, etc.) sobre la cambiante historia de los estilos de interpretación
arqueológica, parece difícil aprehender lo que él llama "las bases sociales de las tradiciones
arqueológicas nacionales" (Trigger 1985:226). En consecuencia, las diferencias nacionales
de hacer y pensar la arqueología son tomadas casi como derivaciones de tales mentalidades
en vez de ser fenómenos concentrados del pensamiento y del contexto sociopolítico local.
131
disciplina y la administración del patrimonio arqueológico.103 Sin meternos en las
honduras de una modelación teórica rigurosa, diríamos simplemente que estamos
ante un “modelo Schliemann de desarrollo arqueológico” diverso de un “modelo
Champollion de desarrollo arqueológico”.
Insisto, tómese este esquema más como una guía explorativa que como un
modelo isomórfico bien ajustado a la realidad, pues, a decir verdad, el estudio
comparado de las tradiciones nacionales de la arqueología -que nos podrá brindar
mayores elementos de juicio sobre las formas de desarrollo profesional- apenas
despunta como un campo de investigación por mérito propio. Con todo, es
apreciable que Trigger observe que mientras en Escandinavia, Escocia y Suiza
(bastante más influidas por el evolucionismo racionalista francés) se orientaron
hacia la prehistoria como disciplina humanista, Francia e Inglaterra (con su
nacionalismo romántico) lo hicieran hacia el estudio del paleolítico con sentido
cientifista. En ambos casos, no obstante, está presente la figura del anticuario
organizado en sociedades profesionales tan antiguas como la inglesa en 1572 o
en escuelas como el Colegio de Anticuarios de Uppsala en 1666 (Trigger 1992:36-
76). En Alemania, sin embargo, donde se enfrentaron dificultades para un
desarrollo burgués pleno lo mismo que un proceso de unificación nacional muy
tardío, hubo desde 1848 una reacción histórico-cultural en el seno de su
arqueología prehistórica; contextualmente hablando, cabe entonces la
interpretación según la cual una arqueología pública terminó por ser necesaria
para los fines de unificación del Estado-nación. Así visto su desarrollo, puede ser
menos grosero el hecho de que en un momento dado el Estado empleara a la
arqueología para su propaganda política, lo mismo que a su etnología.
103
La antología de trabajos reunidos con propósitos comparativos por Cleere (1990) es
sumamente ilustrativa de este proceso divergente de la profesionalización de la arqueología
y de la profesionalización de la administración cultural, si bien sean gemelas. En México,
ambas se confunden.
132
una sucesión cronológica, que él supone general, sino de procesos simultáneos y
divergentes, susceptibles de abstraerse en tipos de desarrollo. Convengo, eso sí,
en que hasta bien entrado el siglo XVIII subsistió la idea, entonces compartida por
los anticuarios de todo el orbe, en identificar su interés con la búsqueda de
tesoros. Pero la “invención de la arqueología romana”, a partir del siglo XIV, no
deja lugar a dudas. Fue bajo el empuje conjunto del renacentismo y el mecenazgo
de la nobleza que surgió el interés por el arte clásico. Papas y príncipes se
disputaron tanto su contemplación estética, como, y sobre todo, su apropiación
privada como manifestación vistosa de sus diferencias en poder y honor. El
anticuario bajo esta sociedad era más un saqueador o proveedor de esculturas
que un intelectual amparado en los medios de una sociedad opulenta, ocio que
solo brindaría la revolución industrial en otros contextos nacionales. Ello difiere,
repito, del anticuario que sin dejar de proveer a las colecciones reales y nobles del
resto de las aristocracias europeas, era al mismo tiempo premiado con su ingreso
a la Royal Society of London o al Colegio de Anticuarios de Suecia. Tan sutil
diferencia de estímulo a la iniciativa privada, fue la que por un lado indujo a un
anticuarismo cientifizante cada vez más dueño de su profesionalidad, y, por otro, a
un anticuarismo inhibido por el orden absolutista, que necesariamente lo empujó a
la historia de arte, esto es, haciéndolo semiprofesionalizado y eternamente sujeto
de los encantos contemplativos de la aristocracia y la monarquía.
133
impidió estudiar directamente su famosa colección de Pompeya y Herculano. Esta
concepción patrimonial o privada de la arqueología obstaculizó el libre desarrollo
de la investigación y de la profesionalidad, si bien en sus cartas personales, en
que Winckelmann critica las torpes excavaciones del ingeniero y coronel español
Joachim Alcubierre -a quien descalifica como anticuario-, está demostrando que él
y el Conde Caylus poseían un interés genuino en el valor del conocimiento, pese a
estar constreñidos por el medio social que los rodeaba, de ahí su insistencia -que
los indispuso con la real merced- en hacer públicos los resultados de las
excavaciones.104
104
vv. Trigger (1992:52-61) y Etienne (1990:138-145), especialmente su apéndice
documental, donde se citan pasajes epistolares de Winckelmann y Caylus hacia 1784.
134
comparación, el papa Clemente XIV era muy magnánimo. Hizo redactar un edicto
por el cual se dividía la riqueza antigua en cuatro beneficiarios: el papa, la cámara
apostólica, los propietarios del terreno y los que costearan la empresa de
excavación. Mas tarde, los Napoleón no vinieron a poner fin a este expolio cultural
de la realeza italiana, al contrario. Simplemente hicieron que los tesoros pasaran
del Vaticano al Louvre en 1799, como si se tratase de un botín privado (Etienne
1990:22-23; Moatti 1991; Alcina 1988:71-91). Esta mentalidad aristocrática, para la
que el pasado es objeto de apropiación privada, concede sobrada razón a Handler
(1991), cuando advierte que la noción moderna de “propiedad cultural” es una
prolongación metafórica del individualismo posesivo. Sostiene incluso que la
propiedad cultural nacional (no se diga la que sigue siendo privada) deviene de
esta concepción individualista de posesión y no es casual que frente a ella los
Estados-nación se asuman como invididuos colectivos, imaginariamente
homogéneos: “Naciones y grupos étnicos prueban su existencia y su valor ante el
mundo entero por la estima hacia su propiedad [cultural]” (Handler 1991:67). En
México, según veremos, el antecedente inmediato de esta “propiedad cultural”
será la propiedad real, patrimonial y privada, sobre los monunentos antiguos, es
decir, ninguna forma abstracta de invidualismo posesivo.
Una característica que habría que enfatizar desde ahora a propósito de este
tipo de desarrollo arqueológico, es que ya desde el renacimiento aparece la
igualación de la antiguedad con el monumento. La mayor expresión estética de
dicha identidad la encontramos en los teóricos del neoclacisismo (Caylus,
Burlington, Fischer, etc.), que no solo se inspiran directamente con el Gran Viaje a
la Roma monumental, sino a través de obras claves como el Monumenti antichi
ineditii spiegati e illustrati (1767) de Winckelmann (Francastel 1987:15-55). La
pertinencia del pasado como monumento tiene que ver con el hecho de que en
México todavía se conserva esta concepción en su sistema legal y en su
arqueología. Pues bien, desde tiempos de Caylus y Winckelmann se llamaba
“monumento” lo mismo a una escultura, a un edificio o a un fragmento de
cerámica, que Caylus clasificaba como “clases de monumentos”. En fechas tan
135
tardías como 1862, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística hizo, para un
proyecto de Ley de Conservación de Monumentos Arqueológicos, una
clasificación muy similar de “monumentos antiguos”(Solís 1988:57-58).105 Aunque
hoy solo se distingue, con reminiscencias del derecho romano, entre “bien mueble”
y “bien inmueble” en la Ley de Monumentos de 1972, es claro que permanece la
noción monumental de la arqueología clásica patrimonial. Un intento de
modernización del léxico administrativo lo representa el “concepto de bienes y
servicios culturales”, pero es de alcance limitado, pues se supone ser un
“concepto dinámico que entrelaza los [productos] de arte, educación, creatividad,
conocimiento social, valores estéticos, étnicos y regionales”, según palabras del
actual titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Tovar 1994:79),
organismo público detrás de los Proyectos Especiales de Arqueología 1992-
1994.106 No deja de ser significativo que en su modernizado concepto no
aparezcan los vestigios arqueológicos.
105
Otro ejemplo tardío lo ofrece el Duque de Loubat (1896), mecenas de Eduard Seler,
quien se refiere a un códice prehispánico como "monumento escrito de los antiguos
mexicanos".
106
Ver capítulo cuarto sobre el particular.
136
países, el nuestro en lugar destacado.107 Curiosamente, en Pompeya los
arqueólogos profesionales hicieron acto de presencia hasta 1952; y en Roma, la
auténtica arqueología clásica se impondrá hasta 1960. Bajo estas circunstancias,
teniendo a la vista las reconstrucciones, restauraciones, acuarelas y maquetas de
estos arquitectos, uno se podría preguntar con justa razón si la antiguedad
grecolatina influyó al neoclacisismo o este movimiento recreó a la antiguedad.108
Como quiera que haya sido, es indudable que bajo tal contexto histórico y social la
arqueología propiamente dicha vio retardarse su desarrollo, en el sentido que Gras
(1985:14) dijera de los estudios etruscos: “Excavar para comprender y no
simplemente descubrir es, desde hace varios decenios, el único objetivo de los
arqueólogos profesionales.” Pero el descubrir, más que el comprender, no son
objetivos disociados dentro de las prioridades científicas de la arqueología
mexicana.
107
En la que podría considerarse como la primera excavación arqueológica oficial hecha en
la Nueva España en 1787, el capitán Antonio del Río utilizó en Palenque un grupo de 69
indios -de más 200 que había solicitado (Cabello 1992:40). Fue, sin lugar a dudas, el primer
proyecto de gran intensidad y alta verticalidad emprendido en lo que sería México. Su
herencia organizativa sobrevive en los proyectos monumentales de la arqueología moderna
mexicana.
108
Una idea parecida ha sido desarrollada por Whitelam (1996) para la invención del Antiguo Israel, con el
agravante de que el nacionalismo religioso judío implica la desposesión tanto del pasado palestino como de
su territorio. Como veremos después, el México Antiguo puede haber pecado de los mismos agravios.
109
Me parece que la tesis de Alcina (1988) no es convincente porque proyecta al pasado lo
que son en el presente las arqueologías mexicana y española, esto es, y según su decir, una
"arqueología etnográfica" o "antropológica" (mexicana) y una "arqueología clásica" o
"historia del arte" (española). Lo más dudoso de su esquema estriba en que da como
antecedentes de la primera las relaciones, crónicas y visitaciones españolas,
contemporáneas a las sociedades hoy tomadas como arqueológicas (y cuyas descripciones
son fuentes de la etnohistoria o de una arqueología histórica). Sería, para Alcina, una
137
incontrovertible evidencia de mi afirmación es que desde el siglo XVI quedó juríd-
icamente asentado un patrimonialismo sin cortapisas en las primeras cuatro leyes
relativas a las antiguedades. La ley del 4 de septiembre de 1536 concibe al
vestigio como un tesoro,y, como tal, perteneciente al soberano, excepto los
derechos y quintos (Solís 1988:29-30; Litvak et al. 1980: 182; Pastrana 1994). Tal
patrimonialismo era considerablemente más vasto que la propiedad de los
tesoros indígenas, ya que com-
prendía el territorio entero de las Indias Occidentales en tanto que propiedad a
perpetuidad, por lo que “para siempre jamás no serán enajenadas, ni apartadas en
todo, o en parte [de la corona]...”. La noción aurífera del pasado americano, que
prevaleció durante toda la dinastía de los Austrias, explica que la primera
expedición científica a América -hablo del la viaje a la Nueva España de Francisco
Hernández, protomédico general de todas las Indias entre 1570 y 1577- cayera en
el olvido por mero desinterés de Felipe II, con todo y que Hernández escribiera un
informe primordial, las Antiguedades de la Nueva España, donde menciona “ruinas
de edificios fabricados con arte admirable” en Yucatán, Mitla y Cuernavaca
(Lozoya 1991). Igual destino corrió la información de Diego García al rey, con
fecha 8 de marzo de 1576, donde le hace saber de las ruinas de Copan, que
equipara al Coliseo de Roma (Baudez & Picasso 1992: 134-135). Peor aún, el
menosprecio colonialista de Felipe II llegó al punto de prohibir en 1577 la
recolección y estudio de los documentos indígenas, causando la requisa de la
obra de fray Bernardino de Sahagún (Florescano 1993a:146). Finalmente, por
estos años -1572 para ser exacto- el virrey de Perú insinuó al soberano la creación
de un Museo Indiano, propuesta que no prosperó pese a que en El Escorial se
conservaron algunas piezas enviadas por Cortés como tributo real, no pocas de
las cuales terminaron fundidas o en los gabinetes de otras casas reales (Cabello
1989:25-27; Bernal 1980:131; Garrido et al. 1990:48).
"arqueología viva, en la que los monumentos están habitados”, pero su más próxima
denominación modernista podría ser la de etnografía americana, pero aún bajo esta
acepción sería forzar un tanto las evidencias, pues la etnografía de motivos francamente
seculares no aparece sino hasta 1793, con la descripción de los nutka por el naturalista
novohispano José Mariano Mociño. Desde luego, es evidente que su idea de la arqueología
mexicana está influida por su paso por la ENAH.
138
El ascenso al trono de la dinastía borbónica en 1701 marca el inicio de un
despotismo ilustrado mucho más centralizador en sus designios, pero al mismo
tiempo mucho más abierto a las ciencias, las artes y la industria. En esta
encrucijada radican tanto sus virtudes como sus defectos. Como ha señalado un
estudioso del Real Jardín Botánico, el poder absoluto del monarca produjo el
indeseable efecto de inhibir la creatividad científica de individuos e instituciones,
resultando endeble todo ese auge científico inducido desde arriba (Puerto
1992:316). Su dura conclusión podría extenderse a las reformas económicas: el
rey era el empresario más grande. Usando dinero de la Real Hacienda, sufragó
industrias muy innovadoras, pero todas ellas adolecían del defecto de estar
pensadas para hacer más grata la vida cotidiana en los palacios, que así se
surtían de toda clase de preciosidades (Guerra 1991:64-65). Estos ejemplos
muestran que el patrimonialismo real bajo los Borbones -que no es otra cosa sino
un peculiar dominio de lo público en función de lo privado-, fue apuntalado en vez
de amainado, si bien atrajo variantes progresivas dignas de resaltar.
110
Reales sitios como El Escorial pertenecen hoy al patrimonio nacional, distintos
jurídicamente de los bienes propiedad del Estado, entre los que se cuentan museos tan
importantes como el Museo Nacional del Prado y el Museo Arqueológico Nacional (Garri-
do et al.1990).
139
vocabularios de origen nativo, códices en especial.111 Esta disposición sugiere que
el coleccionismo documental de Lorenzo Boturini pudo tener como fin halagar a
Felipe V, quien de hecho lo nombra historiador de las Indias tras su expulsión de
la Nueva España en 1744, cargo que no ocupará jamás (Cabello 1989:27; Bernal
1980:58-61). Lo irónico de su anticuarismo es que la confiscación de su colección
obstaculizó la pretensión última de crear un Museo Histórico Indiano.
Las antiguedades dan luz de lo que fueron los países en los tiempos más remotos y por
ellas se saca el conocimiento del aumento y disminución que han tenido: con este motivo
se procura investigar lo conducente a su averiguación, dando noticia de los vestigios que
permanezcan en algunos parajes...Estas noticias serán de las ruinas de edificios antiguos
de la gentilidad de cualquier materia que sea; de las paredes, cercas, muros, zanjas o
fosos; de los entierros o sepulturas; de los adoratorios o templos; de las casas o chozas
111
Ecos de este proceder patrimonialista, por muy patriótico que se ofrezca, aún se advierte en 1780 cuando
Clavijero propone a la Real y Pontificia Universidad de México “sacar esta clase de documentos de manos de
los indios” (Clavijero 1991:xviii).
112
Ulloa fue un auténtico sabio ilustrado, pues era astrónomo, geógrafo, químico, botánico,
zoólogo, ingeniero naval y arqueólogo, faceta poco conocida de su vida, no obstante haber
residido en la Nueva España entre 1776 y 1777 (de Solano 1992). Su descripción de un
eclipse solar en 1778 refleja nítidamente el estado de la ciencia en su época. Su
comunicación fue leída en las reales academias científicas de París, Berlín, Estocolmo y
Londres, pero en España debió dedicársela a su majestad en calidad de "su más humilde fiel
vasallo", de cuyo arbitrario patrocinio dependía.
140
que habitaban con expresión de sus figuras, capacidades, entradas y distribuciones
internas...
113
Fue Boturini quien atribuyó a Sigüenza su horadación y von Humboldt se refiere a
ciertos manuscritos del sabio en que asigna a los olmecas de Tlaxcala la construcción de
Teotihuacan, contra la extendida creencia -aun viva en 1941- de que fueron los toltecas.
Con todo, el extravío de sus manuscritos hace suponer "que parte de lo que se cree perdido
en realidad nunca fue escrito" (Trabulse 1988:25).
114
Quisiera creer que a eso se refiere Trabulse cuando pondera la "tradición científica
mexicana que sin solución de continuidad ha llegado hasta nosotros", pero es muy posible
que su enfoque internalista puro lo lleve a desechar estos "factores externos" que no casan
con su idea del progreso científico nacional (Trabulse 1987).
141
los sabios jesuitas (Puerto 1992:13). Evidentemente, no todo fueron luces en el
siglo de las luces.
142
1989:155-164). Con el mismo fin el gobernador de Guatemala envió al arquitecto
Antonio Bernasconi a Palenque en 1785, quien no se concretó a dibujar edificios,
sino que practicó las primeras excavaciones en el lugar. Su informe excitó la
curiosidad de Juan Bautista Muñoz -cronista de Indias de Carlos III-, consiguiendo
una Real Orden en 1786 para una nueva expedición, ahora a cargo del capitán
Antonio del Río, dando inicio a la arqueología mayista...en manos militares, pero
que hoy pasan en la historiografía por “prospecciones oficiales” y hasta
“científicas” (Cabello 1992:33).115
A poco, una segunda Real Orden fechada en 1789 ordena, por parte de
Carlos IV, que el capitán Guillaume Dupaix emprendiera una ambiciosa expedición
de catalogación de las ciudades antiguas mesoamericanas, recogiendo “diseños
exactos de los edificios y demás monumentos de los tiempos anteriores a la
conquista”, según acotación del virrey Iturrigaray en 1804; Dupaix por su parte, en
su respuesta al virrey, le pide apoyo de un dibujante que tome diseños “de
aquellos monumentos
de la antiguedad que se habrán podido descubrir y [darles] mejor conservación
con la proligidad que permite este país” (Solís 1988:32-33). Estas palabras son
premonitorias, indicativas del rumbo que tomaba el coleccionismo arqueológico
patrimonial de la corona: descubrir monumentos y conservarlos como tales. No es
casual pues que en 1808, un año después de concluida la expedición de Dupaix
(cuyos dibujos y piezas nunca pudieron ser enviados a España a causa de la inter-
vención napoleónica), se funda en la Nueva España la primera Junta de
Antiguedades por orden del virrey (“con la comisión de indagar y descubrir cuantos
monumentos se encuentren de las antiguedades de los indios, anteriores a su
conquista, que sean dignos de la posteridad”), misma que suspendió sus trabajos
115
La "militarización de la ciencia" fue un legado más del patrimonialismo borbónico, ya
que el ejército y la marina resultaron ser los más eficaces ejecutores de los deseos del
monarca. Del Río y Dupaix en la Nueva España o Alcubierre y Gazolla en Pompeya y
Poseidona, forman parte de este fenómeno de apropiación privada de las antiguedades.
Como dice Guerra: “Fuera de ellos [ejército y marina] apenas existieron estas ciencias”
(Guerra, 1991:90); para una mayor información de la historia de la arqueología maya,
remito a la consulta de Cabello (1992), Baudez & Picasso (1992) y Brunhouse (1989).
143
en 1813, hasta que en 1822 el emperador Iturbide la reinstaló con el mismo fin, al
tiempo que abría, en la Real y Pontificia Universidad de México, un Conservatorio
de Antiguedades y, en lo que había sido el gabinete de historia natural del
botánico José Martínez Longinos en 1790, un remosado Gabinete de Historia
Natural; ambas instituciones terminarán por fundirse en 1834 en el Museo
Nacional Mejicano (Bernal 1980:134;Castillo 1924:9 y 66; Lozoya 1984: 103-106;
Florescano 1993a:148-152).
Por lo antes establecido no puedo concluir este apartado sin una última
reflexión sobre la debacle del anticuarismo novohispano. Es obvio que difiero de la
interpretación finalista según la cual “la conjunción de las ideas ilustradas con el
celo patriótico de los criollos, produjo resultados favorables para la conservación
de los monumentos arqueológicos” (Florescano 1993a:149), pues creo que ello
confunde las diferencias de sentido del anticuarismo criollo respecto del
coleccionismo real, oposición que a la postre arrojó profundas consecuencias en la
manera como se profesionalizó la arqueología en México, dependiendo de la
administración pública del patrimonio arqueológico. Para el siglo XVIII, llama la
atención el nulo impacto que tuvieron los anticuarios criollos en el curso de los
acontecimientos. El arzobispo de México Francisco Antonio de Lorenzana fue uno
de los pocos coleccionistas que protegieron a anticuarios como Mariano
Férnandez de Echeverría y Veyta, entre otros; pero la suya fue una actividad no
muy distinta de la de los príncipes y papas renacentistas. Pedro José Márquez, un
jesuita amigo del astrónomo Antonio de León y Gama, también salió exiliado
rumbo a Italia, donde escribió Antichi Monumenti di Architettura Messicana (1804).
Otro distinguido naturalista, el cura José Antonio de Alzate, alumno de Clavijero en
el Colegio de San Gregorio, y que había hecho estudios de los monumentos de
Xochicalco y Tajín, en 1792 tuvo la pésima ocurrencia de ensarzarse en una
envidiosa polémica con de León y Gama, cuando éste publicó un fragmento de su
estudio de los monolitos aztecas descubiertos en el zócalo capitalino en 1790 (de
León 1990).
144
La polémica, que pudo haber sido sana en el contexto de una sociedad
abierta, fue tomada por de León como censura, lo cual no está lejos de ser verdad.
En efecto, habiendo concluido la obra, fue notificado por las autoridades
virreinales de ciertas “diligencias jurídicas”, “conducentes a la perpetúa
conservación de estas estatuas y a la permanencia de la memoria de ellas como
monumentos preciosos”. Dicho en palabras llanas, la corona se había reservado
su cuidado e incluso su conocimiento. En consecuencia de León y Gama publicó
una versión incompleta de su estudio, eliminando la primera parte, donde trataba
la descripción de la Piedra del Sol y la Coatlicue, pasaje que no se conocería
hasta 1832, cuando el Museo Nacional Mejicano imprimió una edición íntegra a
cargo de Carlos María Bustamante. Con esta censura quedaron nulificados la
curiosidad del anticuario y sus deseos, como él decía, de “dar algunas luces a la
literatura anticuaria, que tanto se fomenta en otros países”, además de servir a su
patria. “Solo en esta ciudad -concluye diciendo León y Gama con amargura- tuve
la desgracia de encontrar con algunos desafectos (no sé si por falta de
inteligencia, o por motivos privados) que dudaron y pretendieron contradecir varias
proposiciones...”.(de León 1990:5-6). De nada valieron sus elogiosas referencias a
las excavaciones de Carlos III en Nápoles. Como Winckelmann y Caylus, le costó
admitir la reserva patrimonialista con que el rey y la burocracia patrimonialista
guardaba su colección arqueológica de cámara.
Es una cruel ironía histórica -que muchos toman como simple “anécdota curiosa”- que el monolito
de la Coatlicue volviera a ser sepultado en los patios de la universidad, luego de que los frailes dominicos
se percataron que su exhibición pública estaba revitalizando el culto prehispánico entre los indígenas de la
ciudad de México. Matos (1988:14) relaciona esta vuelta al pasado con el movimiento de independencia
que a poco explotó, mientras que Florescano (1993a: 150) aprecia mejor el drama en que estaban sumidos
los criollos novohispanos, que pretendían apropiarse simbólicamente de un pasado que no era el suyo.
Para la historia de la arqueología mexicana el hecho puede interpretarse como una ironía reveladora del
contraste entre la concepción monumental de la corona española y el deseo de conocimiento de los
anticuarios de filiación criolla, cuyo nacionalismo apenas brotaba. No solo se les impidió su estudio, sino
incluso se les ocultó, tal como ocurrió a los indios con su religión.
145
Su nacimiento como nación introduce en México un nuevo elemento cultural
hasta entonces presente a hurtadillas entre los criollos jesuitas: el nacionalismo,
quiero decir con esto, la creencia social en una comunidad política imaginaria,
finita y soberana. Enrique Florescano, en su notable Memoria Mexicana (1988),
muestra con diáfana claridad cómo el patriotismo criollo prefigura la aparición de
una historia nacional como fundamento simbólico del nuevo nacionalismo
mexicano. Sobre todo, aprecia la “percepción genial” con que los criollos ilustrados
se apropiaron de la antiguedad indígena, acto constitutivo de un poder simbólico
que habrá de extenderse persuasivamente a toda la comunidad imaginaria, hasta
asignarle visos de continuidad en el tiempo y una convicción generalizada,
ideológica en una palabra, para integrar un orden social por demás heterogéneo.
No obstante, el concepto genealógico de nación tan arraigado entre los
colonizadores originó una mezcla forzada en esta época. Si no todos los
mexicanos descendían de la misma sangre, a la que además se pretendía
conservar pura, la nueva ideología comunitaria trasladó a los símbolos lo que eran
relaciones sociales entre estamentos. Por otra parte estaban de por medio los
derechos y bienes antes retenidos por la Corona y los grupos estamentales en
calidad de prebendas, mercedes, etc. Tal como advirtió Molina Enríquez un siglo
después, el Estado independiente heredó los derechos sobre bienes que antes
pertenecían al soberano absoluto. La nacionalización de estos bienes
necesariamente habría de crear conflictos con esos grupos. No se diga la
dificultad para asumir una nacionalidad plena como individuos. Pero lo que aquí
interesa es mostrar la naturalidad con que las antigüedades continuaron retenidas
por el poder central, y cómo éstas sirvieron para crear genealogías de origen.
Lomnitz (1999[1993]), en su antropología de la nacionalidad mexicana, ha
mostrado la misma continuidad de los viejos y nuevos conceptos de nación en
este periodo, en especial con el lazo esencial de la religión católica. Aquí hablo de
otra continuidad mucho menos reconocida, acaso porque alcanzó su plena
expresión hasta 1917, con el artículo 27 constitucional. Para entonces, la
nacionalización del pasado resultó menos insultante que “sacar esta clase de
monumentos de manos de los indios”, ya que para entonces la continuidad
146
genealógica con el pasado prehispánico estaba consolidada gracias al
nacionalismo porfirista.
Desde entonces y en adelante, los fallidos esfuerzos individuales del
anticuarismo criollo se convertirán en una tarea de gobierno, como si se tratase de
una inevitable herencia patrimonial del antiguo régimen y su ostentosa
monumentalidad coleccionista. Tal como señala Brading, la tarea de establecer un
nexo entre la nueva mentalidad y el pasado arrogado no fue obra de la primera
generación de nacionalistas mexicanos -a quienes se reserva el pedestal de
“Próceres de la Independencia” en la simbología política retrospectiva-, sino de
quienes califica como “indigenistas históricos” o, mejor, como “nacionalistas
arcaicos”, es decir, fray Servando Teresa de Mier y Carlos María Bustamante
(Brading 1973:150). Asimismo, conservadores como Lucas Alamán -que con
razón imaginaba a México arraigado en el pasado colonial- contribuyeron
indirectamente a fundar toda una genealogía ficticia, al dar un sustento político a la
nueva institucionalidad cultural, cuya sustancia fue desde aquí en parte mítica y en
parte material.
147
“establecimiento científico”, reuniendo la conservación de antigüedades con la
historia natural, y abriendo cursos a cargo de los conservadores, al estilo del Real
Gabinete de Carlos III. Esta integración la sanciona Valentín Gómez Farías en
1831, pero el museo permanece en el Colegio de Minería, junto a la biblioteca de
la universidad. Ahí, Ignacio de Cubas continuó impartiendo la cátedra de “Historia
Antigua” que habían iniciado en el mismo museo el cura Isidro Ignacio de Icaza y
el aventurero Jean-Frederic Waldeck, bien conocido por sus exploraciones mayas
(Solís 1988: 41-45; Castillo 1924:63-66; Florescano 1993a:150-152).
116
Mientras Brading redescubre el papel de las ideologías, los símbolos y mitos en los
orígenes del nacionalismo mexicano, Florescano resulta crudo cuando escribe: “Así, al
integrar a la noción de patria la antigüedad indígena, los criollos expropiaron a los
indígenas su propio pasado e hicieron de ese pasado un antecedente legítimo y prestigioso
de la patria criolla (...) Ningún otro grupo ni clase creó símbolos integradores dotados de
esa fuerza, ni tuvo la habilidad de introducirlos y extenderlos en el resto de la población”
(Florescano 1988:263). Cruda porque la expropiación fue más que simbólica.
148
hacer de lo imaginario, lo mítico y lo simbólico algo tangible y, sobre todo, funcion-
al. Gracias a ello, la historia patria vino a ser, antes que la arqueología, un recurso
del poder, al lado del mapa, el censo y el museo (Anderson 1991:163-185; 1985).
Tal como acaeció en otros países -sobre todo de Asia-, la arqueología
momumental nacionalista despuntó con plenitud hasta fines del siglo XIX, en
conexión a la erección de museos y los servicios administrativos de inspección de
antiguedades, si bien en nuestro país no podrá evitarse la pesada herencia del
coleccionismo real de las postrimerías de la colonia.
117
Su caso me recuerda a la arqueología judía (que no israelí), en que el contexto de
justificación de un descubrimiento arqueológico no solo es político, sino de plano religioso.
Tendrían en común, no obstante, la concepción de los vestigios como monumentos
nacionales y, en consecuencia, pruebas irrefutables de una supuesta continuidad cultural
con un glorioso pasado que debe imitarse. Se tratarían pues de verdaderos "símbolos
materiales". Esta materialidad facilita, como demuestra Elon (1994), una actividad científi-
ca de la arqueología, la que justifica el contexto de descubrimiento, independientemente de
la ideología político-religiosa subyacente. Solo hasta muy recientemente, ciencia y política
han dejado de cohabitar simbióticamente en Israel, al tiempo que la eclosión del
nacionalismo palestino obliga a disputar los mismos vestigios antiguos, hasta el punto en
que los arqueólogos tienen que habérselas ahora con los fundamentalistas judíos de su
propia nacionalidad.
149
1939, institución que en definitiva reunirá ambas funciones, bajo un derrotero
contrastante a lo que ocurre en otros países, en que ciencia y administración del
pasado son independientes (Cleere 1990:1-19).
150
gobernantes actuales,118 evidenciado en los altares museográficos y
arqueológicos que le han dedicado a semejante identidad histórica. Hasta para
una observadora extraña a nuestra cultura política resulta patente que “Los mexica
son claramente la culminación de la narrativa desarrollada por la arqueología”
(Errington 1993:234), llegando a percibir la hiperbólica confusión con la que los
aztecas son vistos, ya no como protonación, sino inclusive que los mexicanos
serían los aztecas de hoy. Esta interpretación ha sido apuntalada recientemente
por el trabajo deconstructivo de Gorbach (1995:34), donde también aprecia que la
elaboración de la museografía del Museo Nacional de Antropología, el
“Monumento de Monumentos” como se le designó en 1964, conlleva una
admiración del pasado azteca, excepto que se le “volvió fría, objetiva,
desapasionada, científica”.
118
Al menos hasta el primer régimen no priísta de México moderno. Hasta ahora no hay una política cultural
bien delineada bajo el nuevo régimen. Para los comentaristas, el Plan Nacional de Cultura 2001-2006 no es
muy diferente al de los gobiernos del PRI, apreciando una continuidad de facciones burocráticas que a los
panistas más militantes no pasa desapercibida (Carlos E. Orozco “El Plan Nacional de Cultura: ¿PAN con lo
mismo?”, Público, Suplemento Arte y Gente, 24/8/2001:7). Está pues por verse si la utopía empresarial es
capaz de generar una legitimidad por este medio.
151
mexicano hay una aureola de autoridad tradicional que remite a los poderes del
pasado, aztecas o no. El estudio de esta simbología política requiere, creo yo, de
un tratamiento aparte. Por estudios de Monnet (1989,1991) y, en un marco más
amplio, de Verrey & Henley (1991), sabemos que la arqueología sigue brindando -
a veces sin proponérselo- objetos físicos de culto secular, sea en México o en
comunidades norteamericanas, en las que no se esperaría encontrar mitos de
origen. Este uso social de la arqueología hace de la administración del patrimonio
cultural un campo político, donde los propios mitos pueden ser en mayor o menor
grado poderosos, de acuerdo al condicionamiento o persuasión que permitan
desplegar sobre la sociedad de masas. Para Verrey y Henley (1991:89-91), el
papel del arqueólogo en situaciones politizadas y mitificadas como éstas debe ser
cauteloso antes que iconoclasta, por tanto estar dispuesto a consentir que su
interpretación hará más sofisticado al mito de origen, nunca a eliminarlo.119
Una vez hecha esta digresión, podemos continuar observando que las
vicisitudes del nacionalismo mexicano ocasionadas por la pugna entre
conservadores y liberales, las que contribuyeron a que a lo largo del siglo XIX
prevaleciera un criterio filológico y bibliográfico del pasado prehispánico, mientras
que la arqueología quedó reservada prácticamente a los viajeros extranjeros,
destacadamente la Comisión Científica francesa y la mancuerna Frederick Cather-
wood y John L. Stephens. Mientras, el Museo Nacional Mejicano sufrió el mismo
destino de la Universidad Pontificia, que fue clausurada hasta 1863, tan sólo para
ser suprimida en definitiva por el emperador Maximiliano dos años después;
excepto que a fines de 1865 él mismo
crea un nuevo Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia en la
vieja
119
Claudio Lomnitz (1999a), en su crítica a la noción de “México Profundo” (que es, de hecho, el “México
Mesoamericano”) de Guillermo Bonfil, llama la atención sobre el papel de los llamados “intelectuales de
provincia” de Tepotztlán. No creo forzar su análisis si añado a su lista a dos arqueólogos, quienes no fueron
unos nation builders, sino unos identity builders, pues su trabajo permitió elaborar genealogías
prehispánicas...con un estilo hispánico. Me refiero Francisco Rodríguez, el descubridor de la zona
arqueológica del Tepozteco, y segundo Inspector de Monumentos. Muchos años después, Carmen Cook de
Leonard, tras excavar en Cinteopa, dio con el “lugar de nacimiento de Quetzálcoatl”. Sin ellos, es difícil
comprender al activo resurgimiento étnico en Morelos, si bien apenas esconde su teatralidad mexicanista.
152
Casa de Moneda, que a la caída del imperio debió otra vez sobrevivir
precariamente
como Museo Nacional, porque el liberalismo juarizta apenas si se preocupaba de
las
“antigüedades nacionales”, abandonadas a la Secretaría de Justicia e Instrucción
Pública. El pasado indígena, según analiza Brading, era detestable para el
liberalismo por la asociación del indio con la propiedad comunal de la tierra,
agravado por el fundado temor en una guerra de castas generalizada. Ello implica
que lo mismo el pasado que el presente indígenas eran incompatibles con los
afanes del Estado liberal, de ahí la irrelevancia del museo y la arqueología
monumental durante buena parte de este siglo (Brading 1973: 220; Bernal
1980:103-141;Castillo 1924:20-22; Florescano 1993a:152-153; Lira 1984: 75-94).
153
Sobre ellos, sigue el texto diciendo, obran los derechos de dominio que la
nación tiene como regalías establecidas desde la Recopilación de Indias. En
seguida, una vez clasificados dieciséis tipos de monumentos -desde pirámides
hasta utensilios-, se propone que las autoridades judiciales cuiden su
conservación; que las excavaciones cuenten con el permiso del Ministerio de
Justicia, Fomento e Instrucción Pública; que el gobierno se reserve el derecho de
adquisición de modo que, sin menguar su propiedad, no puedan ser exportados
objetos; y, por último, que cualquier extracción sea verificada por un arquitecto
(Solís 1988:57-58). En fin, a pesar de su referencia a la legislación colonial que las
antecede, ambas disposiciones jurídicas demuestran que el dilema entre el
carácter nacional de los monumentos y su valorización por los grupos sociales
interesados estaba ya planteada desde mediados del siglo XIX en toda su
magnitud (Lombardo 1988:9-26), sin que siglo y medio después haya visos de su
superación dentro del sistema legal patrimonial.
154
conlleva otro que involucra a la disciplina arqueológica, simplemente porque están
articuladas.
Obvio es decir que la tendencia seguida fue la misma planteada por la
Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística: la “nacionalización” del pasado.
Apenas ocho años después, en 1870, la legislación mexicana pasa a distinguir
entre bienes de propiedad pública y bienes de propiedad privada, muebles o
inmuebles; a su vez, los bienes de propiedad pública se dividirán en bienes de uso
común -de aprovechamiento general con ciertas restricciones-, y bienes públicos
propios -de aprovechamiento limitado por concesión. Para 1897 ya se diferencia
entre los bienes raíces nacionalizados a la iglesia por las leyes de expropiación y
nacionalización de 1853 y 1859, y aquellos “bienes nacionales” dominio de la
nación por cualquier otro motivo. Hacia fines de 1902 es claro que las ruinas
arqueológicas (a partir de 1907 agrupadas bajo la figura de “zonas arqueológicas”)
son “bienes de dominio público o uso común”, es decir, son imprescriptibles pero
sujetos de permisos o concesiones temporales (Solís 1988:69 y 75). Esta
absorción como bienes nacionales a caballo entre el bien de uso común y el bien
público propio será apuntalada por otras leyes. La ley de terrenos baldíos de 1894
expresa esta ambigüedad, cuando a un mismo tiempo desea enajenar y retener
los baldíos bajo el dominio de la federación, pero incluyendo los terrenos “en que
se encuentren ruinas monumentales, con la superficie que se declare necesaria
para el cuidado y conservación de éstas” (Litvak et al. 1980: 187). Todo parece
indicar que este doble sentido jurídico, que aparenta ser una contradicción de la
esfera pública con la esfera privada, tiene una génesis y motivo más profundos en
la confusión introducida por la tradición patrimonialista, que identificaba ambas
esferas desde tiempos de la colonia. Mas adelante volveré sobre el punto
fundamental para entender el dilema de la administración del patrimonio
arqueológico.
155
16 de noviembre de 1827, que prohibía la exportación de “monumentos y
antigüedades mexicanas” en calidad de restricción aduanal (Solís 1988:40), ya
que implicaba su traslado a Francia y a los Estados Unidos. Aunque el decreto
presidencial fue finalmente inhibido en la Cámara de Diputados el 28 de octubre
de ese año, son indicativos los debates que tuvieron lugar, ya que el renovado
nacionalismo de los diputados revivió la idea de que nuestra historia antigua era
patrimonio de la nación. Uno de los diputados, por feliz coincidencia, trajo a
mientes el ejemplo del rey Víctor Manuel III, cuyo reino se estaba haciendo cargo
de las excavaciones en Pompeya y Herculano, e impidiendo la salida de
antigüedades (Díaz 1990:34). Mejor aún, Gumesindo Enríquez sugirió que era el
momento en que el Estado hiciera por su cuenta las excavaciones. Previó que “no
está remoto el día en que el gobierno de la República pueda mandar hacer
excavaciones que le costarán bien poca cosa y enriquecerán los museos
nacionales, sin esperar que un extranjero venga a enriquecerlos”(Díaz 1990:29). Y
contra la postura cientifista o universalista del conocimiento arqueológico
propugnada por Justo Sierra en favor de Charnay, Guillermo Prieto opuso los
estudios arqueológicos adelantados por Clavijero, León y Gama y Alzate. A pesar
de su patriota recordatorio, para 1880 el anticuarismo en México estaba
rotundamente liquidado, por lo que, como se adujo entonces, su función
correspondía al Estado. Pero el ejemplo de Pompeya y Herculano y la arqueología
real italiana atrajo resabios más tradicionales de lo que se creía. Cuatro años des-
pués, en 1884, Leopoldo Batres inicia las primeras excavaciones gubernamentales
en Mitla y Teotihuacan, en lo que será, en claridosas palabras de Bernal, “la
reanudación de una tradición que ha permitido hasta nuestros días seguir
estudiando edificios antiguos” (Bernal 1984:43).120
120
Creo necesario citar el párrafo completo de Ignacio Bernal, escrito en 1952, dos años
antes de iniciar una descollante carrera administrativa en el INAH, del que terminó siendo
su director general en 1968: “ Desde las exploraciones de Antonio del Río y Dupaix,
ordenadas por los últimos Borbones, no se habían realizado en México trabajos
encabezados y costeados por el gobierno. Por tanto, debemos a Batres la reanudación de
una tradición que ha permitido hasta nuestros días seguir estudiando los edificios antiguos”.
156
Estos antecedentes son convenientes para entender la manera
peculiarísima como se fueron administrando los monumentos arqueológicos,
paralela y conjuntamente a la profesionalización de la arqueología. Para
comenzar, el 11 de mayo de 1897 el presidente Díaz decreta la Ley de
Monumentos Arqueológicos, cuyo primer artículo establece las bases del futuro,
pero sobre la base de una condensación del pasado. Dice a la letra: “Los
monumentos arqueológicos existentes en territorio mexicano, son propiedad de la
Nación y nadie podrá explorarlos, removerlos, ni restaurarlos, sin autorización
expresa del Ejecutivo de la Unión” (Solís 1988:68). Entre otros agregados de esa
ley, sobresalen que (artículo 5o) el ejecutivo federal podrá expropiar por causa de
utilidad pública a los dueños de las tierras “en la extensión superficial que fuere
necesaria para la conservación y estudio de los mismos monumentos”. Más
delante (artículo 6o), se prohíbe su exportación, aún tratándose de monumentos
muebles. De modo adicional, pero necesario para la organicidad de estos pre-
ceptos, en 1885 la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública, siguiendo el
ejemplo del Reino Unido, crea primero el cargo de “inspector y conservador de
monumentos arqueológicos de la República”, y cuyas atribuciones eran las de
cuidar de todos los monumentos arqueológicos, impedir su excavación sin la
debida autorización de esa secretaría, remitir al Museo Nacional las antigüedades
y decomisar piezas en las aduanas (Solís 1988:66-67). Será hasta 1909 cuando la
Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes (a la que se adscribe el inspector
en 1905 con todos sus “monumentos históricos y arqueológicos”) institucionaliza
su actividad a través de unas más impersonales “Instrucciones para la Inspección
y Conservación de Monumentos Arqueológicos de la República” (Solís 1988: 85-
87). Este cambio jurídico a posteriori prueba que el estatus de inspector fue
creado ex profeso para Batres como si la arqueología fuera de su propiedad,
mientras que la institución en sí obtendrá su figura legal hasta casi un cuarto de
siglo después de que detentara el cargo. Pero este no es el único rasgo
patrimonialista que reaparece en la moderna administración de los monumentos
arqueológicos.
157
La preponderancia del poder ejecutivo en el manejo de esta propiedad de la
nación es mayormente sintomática de que la legislación porfiriana reprodujo una
fuerte dosis del patrimonialismo colonial, toda vez que éste administraba al
coleccionismo arqueológico como un bien privado. Tal herencia se torna más que
evidente si se le contrasta con lo que realmente ocurría. A pesar de su derrota en
la cámara de diputados en 1880, en 1896 el mismo Díaz había autorizado dar al
ejecutivo (su ejecutivo) capacidad para conceder permisos a particulares para
hacer exploraciones en calidad de concesiones no mayores de diez años, lo que
implicaba una calificación de los monumentos como bien público propio. Aparte de
eso, en 1891 se había ratificado la prohibición de exportar antigüedades. Ello no
impidió que el General Díaz permitiera finalmente a Charnay exportar piezas a
París a fines de 1899, lo que era equivalente a manipularlas como un bien privado
del soberano (Solís 1988: 67-68 y 73). Del mismo modo, cuando la imagen
nacional lo requirió -léase cuando la imagen de su poder lo precisó-, impulsó una
serie de excavaciones en Cempoala, Casas Grandes, la Huasteca y Comalcalco -
a cargo de Francisco del Paso, Gerste, Villado y Río de la Loza- para colectar
piezas de exhibición en principio destinadas a la Feria Mundial de Madrid en 1892
(Bernal 1980:155). A partir de esta prometedora experiencia de proyección pública
de una imagen mistificada, Díaz se convirtió en el adulado “Patrono” de toda la
arqueología monumental, haciendo vivir al Museo Nacional de Arqueología,
Historia y Etnografía su mayor esplendor, hecho solo comparable a la fundación
del Museo Nacional de Antropología y la edad de oro de la escuela mexicana de
arqueología.121
121
En otros lugares (Vázquez 1993:36-77;1994:69-89) me he ocupado en extenso del
proceso de profesionalización de la arqueología entre 1885 y 1942, por lo que obviaré
muchas referencias sobre una bibliografía más extensa, que puede consultarse en ambos
trabajos.
158
Americanistas en Londres por el gobierno mexicano, quedó sorprendido de la
“abstención absoluta del gobierno inglés” para sostener el evento, a diferencia a
“como pasa con otros gobiernos, entre otros y muy particularmente, el mexicano”
(Pruneda 1912:4). Nótese que lo que sorprendía a Pruneda no era el sostén
gubernamental mexicano, sino la iniciativa privada demostrada por los antropó-
logos ingleses. Pronto, los arqueólogos gubernamentales mexicanos aprenderían
a granjearse el favor del presidente en turno, como parte de una tradición
clientelar (patrimonialista) que no iniciaron Batres ni Gamio -aunque ambos la
practicaron por igual-, sino que viene de muy atrás, justo desde la incapacidad de
los anticuarios criollos para romper con las costumbres cortesanas y absolutistas
españolas. Desde entonces, los arqueólogos deben sujetarse (y aprovechar, en el
reverso de la moneda) a los caprichos de los poderosos, dando lugar a una
sucesiva repetición de situaciones sociales iteradas -siempre se repite la imagen
de arqueólogos guiando a los políticos en turno dentro de sus excavaciones- que
conforman una definida continuidad, y que solo presentistamente se expresan bajo
el ropaje restringido que unos arqueólogos críticos han caracterizado como
“proyectos arqueológicos coyunturales”(Morelos et al.1991:15-28), de origen
evidentemente político, pero que practican una y otra vez, como si de un
comportamiento ritualizado se tratara, a cada sexenio presidencial, porque en
realidad nacen de una añosa tradición de siglos.122
122
Ver capítulo cuarto, a propósito de estos "proyectos coyunturales" y, en general, la
fenomenología de la actividad arqueológica en México.
159
entre la Federación y el Estado de Oaxaca”123, cuando la cámara de diputados
oaxaqueña quiso legislar, dentro de su soberanía, sobre los monumentos
arqueológicos. Al final del diferendo, la Suprema Corte de Justicia dictaminó que la
soberanía nacional estaba por encima de la estatal. Pero lo interesante del caso
es la exposición de motivos que arguyó el procurador de entonces. Aparte de
enumerar la serie de leyes porfirianas que sentaron jurisprudencia al respecto,
llegó a la notable conclusión de que el artículo 27 constitucional (1917) vinculaba
el régimen jurídico de la propiedad territorial nacional con el que regía en la
colonia, “que lo refieren al Derecho Romano y a las leyes y disposiciones de
Indias”, las cuales, sigue argumentando, hacen inalienable e imprescriptible la
propiedad privada de los soberanos españoles. Ahora bien, al independizarse
México, “la República Mexicana asumió todos los derechos de propiedad que a los
reyes de España correspondían y, por lo mismo, este patrimonio ingresó a la
Nación toda, y no a las partes que entonces constituían el territorio...”. Con tan sig-
nificativas palabras resurge dentro del derecho constitucional mexicano la noción
de un patrimonio (cultural), originalmente en propiedad privada, pero que el
Estado-nación se arroga con todas sus consecuencias. Veamos teóricamente lo
que esto significa.
123
El texto íntegro está reproducido como apéndice en Litvak et al. (1980:188-195) y fue
examinado por María del Refugio González (Litvak et al.1980:71-82). Asimismo, Marcia
Castro Leal (1994) le ha dedicado su atención, pues el asunto involucra al descubrimiento
de la Tumba 7 de Monte Albán por Alfonso Caso, que los legisladores oaxaqueños querían
retener dentro de la soberanía del poder estatal.
124
Para una mejor apreciación de la cambiante semántica de la voz patrimonio, confróntese
su definición en la Enciclopedia del idioma, [Link], Aguilar Editor; Oxford Universal
Dictionary Illustrated, [Link]; y el Diccionario de la lengua castellana, [Link], Real Academia
Española.
160
(1954:266), en su notable estudio del patrimonio nacional de España -que es, en
realidad, el patrimonio de la corona-, la voz es impropia en sí misma porque
conlleva confusión. De lo que él trata es, puntualmente, del patrimonio que tiene
por titular a la corona y, por ende, “destinada a su servicio como medio material
para el cumplimiento de sus fines y digno ejercicio de sus funciones” (López
1954:9-10). El problema es que semejante masa patrimonial heredable fácilmente
se confunde, en tanto propiedad privada, con la perteneciente al Estado. Esta
confusión no es exclusiva de la monarquía constitucional, pero tuvo su mayor
avenencia bajo el despotismo ilustrado, un régimen “tan fuertemente patrimonial
como lo fue, en general, la concepción fundamental del ‘Estado’ en que se
basaba” (Weber 1984:836). Bajo esta sociedad el patrimonio es en realidad un
patrimonialismo, debido a que “el soberano organiza en forma análoga a su poder
doméstico el poder político, y por tanto, el dominio sobre hombres y territorios
extrapatrimoniales” (Weber 1984:759).
125
Ya López Rodó (1954:20-23) observó que César absorbió al Estado como si fuera de su
propiedad, lo que denota que el patrimonialismo hunde sus raíces en la antigüedad y
derecho romanos.
161
A partir de lo antes dicho, cuando hablo de “patrimonial” me refiero
únicamente a lo relativo a ese patrimonio, o sean bienes materiales apreciados
como culturales. Hay entonces “leyes patrimoniales” (que no, necesariamente,
patrimonialistas) o, como es el caso, de “leyes del patrimonio cultural”. En dicho
orden de ideas debería haber incluso tanto el reconocimiento de una cierta
“patrimonialidad” como el derecho que cualquier ciudadano mexicano tendría
sobre un “bien cultural” en tanto que “bien de dominio público” concesionable,
como discutiré adelante. Por último, reservo la voz “patrimonialismo” para refer-
irme a aquellas manifestaciones políticas y jurídicas donde el soberano y sus
funcionarios administran lo público como si se tratase de su propiedad particular.
Como he mostrado, esta tradición se afianza sobre todo con el absolutismo
borbónico. Funcionales “reminiscencias” de este patrimonialismo del patrimonio
arqueológico pueden rastrearse en actos tales como las “declaratorias de zonas
arqueológicas” creadas por decreto presidencial, en los usos simbólicos
intencionales de los vestigios antiguos en exposiciones internacionales y en los
museos, o el financiamiento a discreción de proyectos arqueológicos de gran
intensidad.126
126
La exposición México: Esplendor de Treinta Siglos o el pabellón mexicano en la
Exposición Universal de Sevilla 1992, son solo muestras -no menos ostentosas- del uso
patrimonialista del patrimonio cultural mexicano. Asimismo, debo recordar que los
Proyectos Especiales de Arqueología 1992-1994 fueron decretados por el entonces
presidente Carlos Salinas de Gortari durante un ritual de nacionalidad celebrado el 12 de
octubre de 1992 en la zona arqueológica del Tajín, ritual al que se esperaba contar con la
presencia del rey Juan Carlos I de España (para lo que oportunamente se concluyó el
Proyecto Tajín como fastuosa escenografía posmoderna). La simbología política reunida
para esta malograda situación social resulta de cualquier forma esclarecedora de la tradición
en la que formó la arqueología mexicana.
162
públicos”. Esta es la teoría jurídica. El problema está en que las leyes
patrimoniales que se desprenden de este traslado de dominio y de propiedad
mantienen su monopolio bajo el poder ejecutivo republicano, de la misma manera
que lo habían sido del soberano patrimonialista que lo antecede. Según hemos
visto, ya desde el porfiriato el presidente es quien directamente ejerce este
monopolio, como lo asienta a las claras la ley de 1897 y las decisiones personales
que tomaba el dictador. Repito pues, legado de esta especificidad es que aún en
nuestros días el presidente sea quien declare el estatuto de una zona
arqueológica y que sexenio tras sexenio se emprendan proyectos arqueológicos
monumentales que tipifican su gobierno, hasta el punto de que toda la arqueología
gubernamental semeja regirse no tanto por una lógica turística o por la necesidad
de persuación educativa masiva sobre la vigencia nacionalista de nuestro mito de
origen, sino, además de todo ello, por un más arraigado estilo monárquico de
gobernar y, correlativamente, de administrar de manera personalizada un
patrimonio cultural pretendidamente público. En vez de coyuntura política,
nacionalismo cultural o pragmatismo económico, de lo que estoy hablando es de
una tradición patrimonialista que se rige según criterios personales del soberano,
aunque discursiva, pero coherentemente con un modo tradicional de gobernar,
apele a símbolos o valores constitutivos de esa comunidad nacional imaginaria, en
especial aquellos que se avienen al mito cosmogónico del primer crisol nacional,
que aduce que la nacionalidad mexicana se finca en una continuidad
ininterrumpida de herencias culturales que vienen de un aztequizado pasado
prehispánico.127
127
La noción de "continuidad cultural" es común a los nacionalismos, pero pocos países
pueden deveras demostrar que así fue, de ahí la pertinencia de la ciencia arqueológica.
Cleere (1990:7) aduce que este fenómeno ideológico abreva del Renacimiento y del
Iluminismo. Como quiera que sea, he de convenir en que la mentalidad de nuestros
gobernantes exige un análisis discursivo mucho más complejo que mi tratamiento jurídico-
político. En especial, sus reiteradas referencias a una "deuda histórica" con la población
indígena, referente que posiblemente rebasa las demandas sociales de la Revolución de
1910, y que bien podría surgir de la expropiación criolla del pasado a los indígenas, acto
constitutivo del Estado-nación. De igual forma, todavía requiere comprensión la paradójica
exaltación del indio muerto y la iniquidad del indio vivo, que además de provenir de una
163
Como veremos en el siguiente apartado, este fenómeno del patrimonialismo
del patrimonio arqueológico posee expresiones menos sofisticadas que las de
nuestro lenguaje analítico-jurídico comunica. Acaso una de sus manifestaciones
más groseras sea la manera cómo se administra este patrimonio y las formas
organizativas que suscita. Dentro de ellas llama poderosamente la atención que a
fines del siglo XX se mantenga un monopolio estatal ejercido patrimonialistamente
sobre una herencia de suyo tradicional pero que, justo por ello, mezcla lo que era
un patrimonio privado con lo que es formalmente un patrimonio público, haciendo
arbitrarias las atribuciones de los funcionarios encargados de su conservación,
empezando por la figura presidencial y terminando con aquél arqueólogo
gubernamental que imagina como de su propiedad personal la zona arqueológica
o los vestigios a su cargo; en seguida, está la manera cómo se recluta a los
funcionarios patrimoniales en base a criterios de orden personal (amistad, lealtad y
clientelismo) en vez de los criterios de eficiencia en que debería basarse una
planeación racional de la actividad arqueológica a largo plazo, deficiencia que
explica la alta dosis de politicidad con que se rigen las relaciones sociales al
interior del INAH, un campo político movedizo que depende de la efímera y
cambiante interacción de funcionarios que liderean faccciones o camarillas
actuantes (Vázquez 1995).
desigual condición de clase y estamental, refiere al modo como se construyó México como
nación comunitaria pero en realidad estratificada.
164
por ser estos dependientes de un monopolio que, en última instancia, deviene de
la figura presidencial, y que, en primera instancia, subordina a toda la disciplina
como si se tratase de una feudalizada profesión de estatus, quizá la única en
nuestro país que ha sobrevivido la modernidad sujeta de una normatividad jurídica
centralizada por dos leyes federales patrimoniales (1972 y 1975) y dos
reglamentos de legalidad dudosa (los del Consejo de Arqueología e Investigación
Arqueológica) para regular su más mínimo desempeño.
165
Aunque no pierde de vista las costumbres y valores que le distinguen, su
énfasis está puesto en la confusión de la esfera pública y la esfera privada, o sea,
en la administración doméstica de personas y cosas. Desde luego, pone de relieve
su aspecto organizativo, que es donde mayor contraste presenta con una adminis-
tración burocrática impersonal fundada en el saber y los deberes y servicios
objetivamente limitados. Por el contrario, la organización burocrática del Estado
patrimonialista descansa en ordenaciones heredadas de tiempos lejanos, donde
antes que obedecerse a las normas se debe lealtad a la persona del señor, no
como un deber al cargo o deber objetivo, sino como fidelidad incondicional, que es
donde reside su legitimidad. En síntesis, es un “poder doméstico organizado”
(Weber 1984:756), bien adaptado para responder a las exigencias personales del
soberano. Como tipo ideal, esta forma tradicional de dominación arroja una pode-
rosa luz sobre fenómenos palpables tales como la corrupción política, que, aparte
de su vertiente moral, puede ser resultado de la costumbre de ceder prebendas
personales por medio de las cuales el señor regala y gana la obediencia
incondicional de sus funcionarios, y cuyo en-cargo es visto como un derecho
personal o incluso apropiación de su sustento.
166
muy preocupante analogía que tender entre la administración de una tradición
reificada del pasado y el desarrollo de una disciplina científica que, subsumida en
ella, por igual se comunica mediante un discurso teórico tradicional e interacciones
sociales iteradas (Pascal 1990).
Entre los bienes de uso común del dominio público están los
monumentos
arqueológicos e históricos. Una lectura puntillosa -agregaría policial- podría
indicarnos que es incurrir en ilícito el celebrar un contrato que involucre la
propiedad de estos bienes. Ello supondría que están absolutamente sustraídos del
167
comercio.128 Sin embargo, su administración no está del todo fuera del mercado
en cuanto a usufructo, ya que la ley conserva la ambigüedad que apuntábamos
para el porfiriato: mientras no varíe su posesión jurídica, particulares y entidades
públicas podrán adquirir en uso o aprovechamiento estos bienes a través de
concesiones, permisos o autorizaciones correpondientes al Ejecutivo Federal, que
incluso sigue capacitado para desincorporarlos del dominio público mediante
decreto. Ese fue el caso, por ejemplo, de la venta de 937 empresas paraestatales
entre 1982 y 1992, de un total de 1,155 que eran bienes nacionales de dominio
128
Tal era la opinión del abogado Jorge Sánchez (1980:55-70), ciertamente válida cuando se
trata del coleccionismo fincado en el tráfico ilegal de piezas antiguas. Pero la cuestión es
más vasta que su intercambio comercial. Cuando se decretó la actual ley patrimonial en
1972, no pocos arqueólogos asumieron una visión represiva y hasta patrimonialista. Jorge
Williams (1980:93-112), por ejemplo, se dedicó a definir los catorce delitos en que se podía
incurrir con la violación de la propiedad nacional de monumentos arqueológicos, olvidando
que la facultad presidencial de ingresar bienes al dominio público de uso común requiere un
proceso de “recuperación de posesión” -que puede ser todo un litigio-, conforme a otras
leyes civiles y penales, esto es, que la declaratoria de zona arqueológica requiere de un
tratamiento previo (la compra, permuta o traspaso, sin importar que se llame
“expropiación”) con los dueños del terreno, quienquiera que sean. Ello significa que la
“propiedad nacional” del pasado podría ser más bien artificial y, en casos, la más reciente.
Se entienden así las dificultades para “regularizar la tenencia de la tierra” de las zonas
arqueológicas, donde las más de las veces el dominio nacional vive en la ilegalidad desde el
momento en el que el INAH recurre a lo que eufemistamente llama “ocupación pacífica”
del terreno o terrenos, que siempre tienen dueño (pequeño propietario, ejidatario o
comunero). Por ende, el que incurre en ilícito es el Estado, no la sociedad, si bien este
proceder aparece disimulado bajo el carácter nacional del suelo concedido por el artículo 27
constitucional, lo que facilita fijar una jurisdicción arqueológica, independientemente de su
declaratoria como bien nacional. En la práctica, tal fragilidad legal de la propiedad nacional
de los vestigios arqueológicos hacen mucho más sensibles a los arqueólogos
gubernamentales frente a toda reclamación que ponga en tela de juicio su control
patrimonial. Por ello también su burda concepción de la sociedad, grupos e individuos,
como enemigos reales o potenciales de su “materia de trabajo”, que es una visión
tradicional hasta el cansancio. Sobre la lenta expansión de la propiedad nacional sobre
zonas arqueológicas y la actitud socialmente conservadurista de los arqueólogos, remito a
Nalda (1993:136-137), Sánchez (1995) y Aguirre (1980:133-149). Agregaré, de paso, que
el afianzamiento de la propiedad nacional de la tierra en estas zonas se ha dado casi todo en
tres meses (diciembre de 1993 a febrero de 1994), mediante quince declaratorias
presidenciales, estando 33 bajo estudio y proceso (Tovar 1994:86-87). Antes de eso, solo
tres estaban regularizadas, dos de ellas desde tiempos porfirianos. En cambio, el registro de
monumentos muebles (colecciones de piezas) en manos de personas físicas y morales está,
comparativamente, mucho más desarrollado y se cuenta por miles.
168
privado. En cuanto a los monumentos en sí, subsiste la posibilidad de concesi-
onarlos sin llegar a su enajenación.129
129
La cesión en usufructo de una parte del patrimonio arqueológico (en zonas arqueológicas
turísticamente rentables) y el sostén de su estudio y difusión bajo reglas claras fijadas por
parte de las autoridades patrimoniales y los arqueólogos, constituye en esencia la propuesta
Rodríguez (1990), propuesta que, remarco, nunca involucra la cuestión de la propiedad
nacional o su imaginaria privatización. Cabe mencionar que su postura fue duramente criti-
cada por sus colegas del INAH, a pesar de que una parte de ella ya se ha cumplido: el
Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), dependencia del CNCA, desde 1989
viene canalizando recursos privados deducibles de impuestos y que se han aplicado a varias
inversiones en Teotihuacan, Monte Albán, Palenque y Yaxchilán. En todos estos fondos
mixtos destaca la incorporación activa de los empresarios en la toma de decisiones, por lo
que no ha de extrañar que Tovar y de Teresa (1994:69 ) hable de la "puesta en valor de
zonas arqueológicas", concepto hasta ahora extraño a la administración del patrimonio
arqueológico, donde tradicionalmente se hablaba mejor de "condiciones presupuestarias",
dando por sentado que devenían del Estado (Nalda 1993: 139). No se ha llegado a la
concesión de zonas arqueológicas a los inversionistas, pero es previsible que sea el
siguiente paso. Lo grave es que la decisión recaiga todavía en el ejecutivo y su
administración y que el colectivo de arqueólogos no esté a la altura profesional de los
acontecimientos por venir. Posterior a esta redacción, se ha conocido la noticia de que el
INAH y varias secretarías han entrado en tratos con inversores para entrar en alguna clase
de convenio no explicitado y que involucra a las zonas arqueológicas de Palenque, Tulum y
Calakmul.
169
Realmente la ley que vino a endurecer el monopolio estatal sobre estos
bienes públicos de uso común, fue la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas
Arqueológicos, Artísticos e Históricos de 1972, y su ley reglamentaria de 1975,
aún vigentes (vv. Olivé y Urteaga 1988:405-426; INAH 1984a[1972]). Si hasta aquí
la estructura genética del sistema de leyes patrimoniales era algo así como una
seriación de variaciones de una misma estructura jurídica ya presente, en forma
tácita, en la real Instrucción de 1776, a partir de 1975 el patrimonialismo alcanza
su mayor esplendor. Parte de esa responsabilidad recae en un grupo de
arqueólogos gubernamentales que impidieron un proyecto de ley que consideraron
inconveniente. El punto de debate fue justo la propiedad privada de los
monumentos arqueológicos muebles -el coleccionismo-, que se equiparó a
saqueo, destrucción, comercio y retención privada de nuestros valores sociales
más profundos.130 Ecos de aquél debate resuenan en la actual disputa del
pasado, donde neoliberalismo económico y coleccionismo privado son la misma
cosa para nuestros retencionistas autóctonos.131 Pero lo relevante en todo caso no
es eso, sino que, inadvertidamente, los más radicales arqueólogos de la
administración monumental contribuyeron a declarar de “utilidad pública” a la
misma investigación arqueológica, que es tanto como decir que fue expropiada a
la totalidad de la arqueología, disciplinariamente vista, puesto que la figura de
“utilidad pública” pertenece a Ley de Expropiación cardenista de 1936 (INAH 1963:
130
La historia detallada de esta acción está recogida en Olivé (1980:19-46; también 1988).
Pero mientras los arqueólogos nacionalistas, bajo una postura administrativa implícita, solo
ven el aspecto colonial de la cuestión (y, por tanto, la funcionalidad interna de la ley), rara
vez se menciona que ciertas reacciones restitucionistas favorables a la conservación
nacional de estos bienes (caso concreto de la devolución de murales teotihuacanos de la
colección Wagner por el Museo Young) son obstaculizadas por esos mismos nacionalistas
militantes (Seligman 1990:73-84). Es curioso, pero la disputa que existe en el mundo
museográfico y en el mercado internacional de antigüedades entre retencionistas
(partidarios de la apropiación privada) y restitucionistas (partidarios de retornarla a sus
"verdaderos propietarios") guarda más de una analogía con el caso mexicano: también en
ese ámbito se apela a la concepción del invidualismo posesivo original, pero, por igual, se
construyen comunidades nacionales imaginarias de supuesta profundidad histórica para
allegarse una propiedad cultural (Handler 1991:67-72).
131
Recomiendo la consulta de las posturas asumidas por el comité ejecutivo sindical de
investigadores del INAH y por el diputado neocardenista Gilberto López y Rivas,
publicados por la revista Este país, enero, 1994:24-27.
170
138-142), donde estaba ajustada a los servicios, recursos estratégicos, y en
general a la satisfacción de necesidades colectivas, es decir, cuando mucho era
extensiva a los monumentos, no a una actividad profesional en sí.132 Con esta
acción irreflexiva se cristaliza algo que ni Carlos III hubiera imaginado conseguir
con sus personalistas desplantes de militarización y reserva privada que
asfixiaron a la arqueología anticuaria de la época. Para equipararse a sus
herederos modernos, debió primero haber parafraseado a su déspota pariente,
diciendo sin rodeos algo así como “La arqueología soy yo”.
En otros términos lo que ésta ley hizo fue extremar el dominio administrativo
del INAH sobre estos bienes y, simultáneamente, sobre quienes únicamente los
estudian. En cierto modo este precepto podría ser tomado como un ejemplo más
de la xenofobia mexicana contra los investigadores extranjeros, mas, en la prácti-
ca, aparte de someterlos a un mayor control, la misma dominación se extiende a
todos los arqueólogos mexicanos, académicos o aplicados. La administración de
bienes públicos se convirtió así en un recurso de poder exclusivo (apropiado
agregaría yo) de los arqueólogos que detentan altos rangos en la muy
personalizada jerarquía interna del INAH. No es raro entonces que en todo el
discurso de ambas leyes patrimoniales los arqueólogos queden disminuidos a
estatus inferiores en calidad de peritos, dictaminadores, inspectores y
registradores, en una palabra, técnicos calificados del reforzado patrimonialismo
del patrimonio arqueológico. Luego, por mucho que se quiera ponderar esta
preceptiva monopólica, sería una cruel ironía decir que, en términos legales, así
“se reconoció el carácter científico de nuestra disciplina” (Olivé 1980:44), propo-
sición aceptable si por ello entendemos una profesión de estatus jurídicamente
regimentada. Detrás de esta confusión yace una verdad mayor: que ciencia y
administración arqueológicas fueron amalgamadas a causa del saldo histórico que
132
A la letra, el artículo segundo de la Ley Federal de Monumentos y Zonas Arqueológicos
dice: “ Es de utilidad pública la investigación, protección, conservación, restauración y
recuperación de los monumentos arqueológicos, artísticos e históricos y de las zonas de
monumentos” (Olivé y Urteaga 1988:405; INAH 1984a:6).
171
analicé, esto es, la debilidad orgánica de los primeros arqueólogos y la fortaleza
coleccionista del absolutismo y el Estado-nación que lo suplantó.
133
vv. artículos uno a dieciséis del Reglamento de la Ley Federal de Monumentos (Olivé y
Urteaga 1988:417-420).
134
La lista completa puede consultarse en el "Anexo estadístico" del boletín oficial del
INAH: Antropología,21, 1988:8-10.
172
que el INAH considera irrelevantes para la supervisión y control centralizados.135
Por el contrario, zonas de “interés social” como Cacaxtla, propician conflictos entre
los dominios local y nacional, tal como ocurrió entre los pobladores de San Miguel
del Milagro y arqueólogos del INAH en Puebla,136 conflictos donde cobra su cabal
sentido aquello de la “ocupación pacífica” y la “recuperación de la posesión” de la
zona disputada, la que, con la fuerza del Estado, termina de una forma u otra en
sus manos. A pesar de ello, se asevera con insustancial retórica que gracias a tan
progresistas leyes, “el patrimonio arqueológico pasa a manos de su legítimo
propietario: el pueblo de México” (Matos 1980:125). Excepto que primero ese
pueblo debe disputarlo a los arqueólogos de la administración partrimonial, que se
lo han apropiado de hecho, si no de derecho.
135
Es una burda falacia de los administradores que la protección monumental no pueda ser
asumida por las localidades campesinas. El ejemplo más notable lo tenemos en el ejido
Coyuxquihui, municipio de Papantla, Ver., muy próximo a la ostentosa zona arqueológica
de Tajín. Ahí, los mismos campesinos han emprendido trabajos de limpieza y la
construcción de un museo de sitio, incluso asignándole terrenos a la zona arqueológica.
Cuenta mucho que entre los vestigios aparezca una deidad que todavía es motivo de
respeto, si no de culto. En Michoacán he podido observar fenómenos similares de
revitalización cultural a partir de la arqueología. Si lo mismo es pertinente para la nación
toda, no veo por qué deba negársele a los actores sociales locales.
136
Me refiero sobre todo al intento de linchamiento del arqueólogo Daniel Molina, pero el
conflicto no ha cesado hasta la fecha. Gorbach, en su historia del Museo Nacional de
Antropología, recuerda el acto de apropiación con que procedió el gobierno mexicano para
“sacar esta clase de monumentos de manos de los indios”, como aconsejaba proceder
Clavijero desde 1780, en este caso, el monolito de Tlaloc, que fue disputado a los
pobladores de San Miguel Coatlichan, y cuyas protestas fueron ignoradas. “De pronto, el
museo aparecía como propiedad exclusiva del gobierno y hasta se podría decir que
concretamente del presidente” (Gorbach 1995:46).
173
Sonora, luego de año y medio de litigio desde que los arqueólogos franceses del
CEMCA objetivaron lo que era parte de una realidad social viviente, no una
imaginaria comunidad nacional.137 Sea que las zonas arqueológicas sean vistas
como lugares sagrados, recursos turísticos, etnogénesis míticas o meras
propiedades campesinas en litigio, hay indicios de una naciente beligerancia
étnica y comunal que, con la presunta Ley Reglamentaria del artículo 4o
constitucional sobre los derechos indígenas y la orgullosa rebelión en Chiapas,
amenaza extenderse al control de otras zonas arqueológicas del país. Simbóli-
camente hablando, es previsible, como dijo Florescano, que se deba reconsiderar
en lo futuro la expropiación del pasado con que se fundó esta nación, elaborando
una nueva concepción de los bienes culturales y una nueva actitud de abierta de
los arqueólogos para negociar su objeto de estudio con otros actores sociales,
situación competitiva no muy distinta a la que ya prevalece en Estados Unidos,
Canadá y Australia con sus aborígenes, cuya experiencia ofrece ejemplos de
arqueólogos que han colaborado con los grupos sociales en la recuperación de su
pasado vez de ser siempre los portavoces de la sin razón de Estado.138
137
Entrevista a Ari Rajsbaum (30/IX/1992), en la Dirección de Procuración de Justicia del
Instituto Nacional Indigenista; es necesario decir que el conflicto de la arqueología con una
tradición cultural viva -cada vez más común en nuestro globalizado mundo, pero,
contradictoriamente, cada vez más afecto a particularismos- tuvo una desagradable
respuesta en la mentalidad colonial (eso sí, científica) de los investigadores franceses,
insensibles a su entorno social, aunque tan real como sus objetos de estudio. No creo,
empero, que esa actitud sea privativa de los arqueólogos extranjeros, como bien lo deja
entrever el análisis regionalista de Villalpando (1994) en torno al mismo hecho. Como ella
asienta, “sólo basta la autorización del Consejo de Arqueología para llevar a cabo
investigaciones arqueológicas en cualquier parte del territorio nacional, sin necesidad de
consulta alguna con los descendientes de las poblaciones nativas. Como todos somos mexi-
canos, no existe la noción de territorio tradicional, sólo es cuestión de ética lo que guía una
diferente actitud social”. Ello supondría que muchos arqueólogos mexicanos no se
comportan distinto a sus pares franceses, en lo que a esto toca.
138
Bajo una visión restitucionista del pasado y de los bienes culturales en general, puede agregarse aquí la
disputa de los zuni de Nuevo México con la Smithsonian Institution, que finalmente los favoreció (Merrill,
Lad & Ferguson 1993; Merrill & Ahlborn 1996). En México ha sido hasta la celebración de la Segunda Mesa
Redonda de Monte Albán en que ha empezado a abordarse el espinoso problema de la relación entre
sociedad y patrimonio arqueológico en el Valle de Oaxaca. Aparte de mi ponencia (Vázquez 2000), muchos
otros arqueólogos e indígenas contribuyeron con ideas importantes, si bien la memoria espera a ser
publicada, cosa nada clara.
174
La actitud de los arqueólogos que coadyuvaron a este estado de cosas es
comprensible si se recuerda que representaban a una institución a la que le fueron
encomendados todos estos bienes públicos de uso común, pero cuya concepción
tradicional de fondo es sin duda la mayor causa de su perversión como
administración patrimonialista corporada. Cuando Cárdenas dictó el decreto-ley
del INAH (o Ley Orgánica) a fines de 1938, no se conservó en ella este importante
matiz -lo público de uso común coaccionado por su administración como cosa
privada-, a pesar de que ya lo habían introducido los legisladores porfirianos. El
texto de esta ley suscita la errónea idea que el patrimonio del INAH y el patrimonio
monumental es una y la misma cosa, ya que, junto a inmuebles históricos (sedes
de sus museos y otros servicios), se incluyen “Los monumentos artísticos,
arqueológicos e históricos con que actualmente cuenta el Departamento de
Monumentos de la Secretaría de Educación Pública y los que en el futuro se
declaren como tales, de acuerdo a las leyes”.139 Como resultado de esta grave
yuxtaposición, lo que era un acto de dominio sobre los bienes de propiedad
nacional, se transformó, en los estilos de trabajo y la cultura disciplinaria de los
arqueólogos de la época de oro de la escuela mexicana de arqueología, en
sinónimo de algo suyo, tan suyo que había que defenderlo hasta el exceso de
tomar los sitios y zonas arqueológicos como patrimonio personal y a la “sociedad
como el enemigo a vencer” (Nalda 1991a:66). La Ley de Monumentos de 1972
vino a reforzar esta mentalidad patrimonialista, para la que las actividades de
exploración, rescate, salvamento y conservación de monumentos son, además de
administrativamente prioritarias, las únicas concebibles, y, más importante aún, la
única manera de pensar la arqueología como disciplina.140 Una concepción tan
estrecha de la arqueología -sólo para el descubrimiento y la conservación de
139
Artículo tercero, inciso cuarto de la Ley Orgánica del INAH en 1939 (INAH 1963:4).
140
En el capítulo cuarto describo el componente epistemológico de la apropiación física por
cuanto aprehensión de sus objetos de estudio, todo ello motivado por las prioridades de
descubrir e interpretar el pasado. Dicho en otros términos, no atribuyo todo el
comportamiento de los arqueólogos al contexto político-jurídico e institucional, ni tampoco
a la ortodoxia teórica de la historia cultural. El internalismo externalista que despliego es
más amplio que la orientación teórica, la que, tratándose de una ciencia empírica, de todos
modos nos remite a su referente observacional, es decir, no está compuesta de ideas
abstractas únicamente.
175
monumentos ad gloriam patria- tenía que provenir del viciado ambiente burocrático
de la administración del patrimonio, que, así como antes se había apropiado de las
cosas antiguas, pasó por consiguiente a apropiarse hasta de la ciencia, sujeta
como instrumento a su servicio particular.
141
Cfr. con la exposición de motivos del proyecto de ley orgánica discutido en el Congreso
de la Unión en diciembre de 1938; en ese lugar, y a tono con la época, se habló del "estudio
científico" como causa de "utilidad pública", idea autoritaria que reaparecerá en las
discusiones camerales de principios de los setenta (Olivé y Urteaga 1988:368-369).
142
Artículo noveno de la Ley Orgánica de 1939 (INAH 1963:5).
143
Artículos octavo y noveno de la Ley Orgánica de 1939 (INAH 1963:5); la Ley Orgánica
reformada de 1986 se reduce, en su artículo sexto, al nombramiento o libre remoción del
director general, quedando implícito que éste nombra a sus subordinados o "personal de
confianza" (título bien descriptivo de lo que son), mientras que los investigadores se rigen
por otras reglas de reclutamiento que no trataré aquí; sobre el decreto presidencial que
reforma la ley del INAH,[Link] Oficial de la Federación, enero 13, 1986: 48-50, así
como su reproducción en Olivé y Urtega (1988:373-377).
144
Por decreto presidencial del 6 de diciembre de 1988 se creó al CNCA, con diez
atribuciones desligadas de la SEP, incluyendo la readscripción de unidades administrativas
completas, dejando al arbitrio del ejecutivo agregar nuevas atribuciones. Como tal, el
decreto nada especifica sobre la administración del patrimonio cultural, agregado que
176
ha variado el viejo estilo de reclutamiento de sus funcionarios sobre la base de
“nombramientos” en calidad de “personal de confianza”. Con todo, esta tradición
patrimonialista es más extendida y sutil que la presente en la asignación de los
cargos administrativos de primer y segundo nivel jerárquicos en el INAH. De
hecho, y como he venido sosteniendo, alcanza al desempeño mismo de la
arqueología en su conjunto por obra del monopolio patrimonial, que los mismos
protagonistas aprecian que los avasalla desde mucho antes de crearse el CNCA.
Lorenzo (1984:99), por ejemplo, definía a su disciplina “como un monopolio de
Estado [que] es aplicado en la práctica y en el entrenamiento de sus
profesionales”.
177
departamento y el personal técnico de investigación. La idea de este consejo
interno era positiva. Se trataba de verificar “los trabajos científicos de conjunto”,
proponiendo, así, los presupuestos adecuados al gobierno federal.145 Pese a sus
bondades, nunca se puso en práctica. De nueva cuenta, a principios de 1971, se
instrumentó un Consejo de Investigación del INAH, con la misma finalidad del
Consejo Consultivo. Todavía en 1977 flotaba en el aire la idea de ponerlo a punto,
por lo que el director en turno lo reglamentó pensando en que el INAH disponía de
una plantilla de investigación tan variada como para transformarle en un grupo
multidisciplinario y, con él, arribar a una cabal política de investigación (INAH
1977). La historia volvió a repetirse: el Consejo de Investigación fue olvidado. La
tercera vuelta a la tuerca no fue más exitosa. En la Ley Orgánica reformada de
1986 se establece un Consejo General Consultivo, esta vez integrado por los
cuatro (supuestos) Consejos de Area (investigación, conservación, museografía y
docencia).146 Pero por alguna poderosa razón informal que escapa al ordenami-
ento legal, todos estos consejos no existen sino en el papel.147 Excepto el Consejo
de Arqueología, por supuesto.
145
Artículo décimo segundo de la Ley Orgánica de 1938 (INAH 1963:6).
146
Artículo octavo de la Ley Orgánica reformada de 1986 (Olivé y Urteaga 1988:377).
147
Al parecer el origen de este eterno desfase entre lo real y lo normado ha sido la falta de
una reglamentación de la ley orgánica, pero cuenta mucho más la preocupación de la
burocracia patrimonial por contrarrestar el posible poder de interferencia del grupo de
investigadores -que suman más de setecientos- en su vertical toma de decisiones. Por ello,
en vez de consejos, lo que se ha instrumentado primero son las coordinaciones de
antropología, historia, arqueología, museos y exposiciones, restauración, monumentos
históricos y difusión, todas ellas dependientes de la secretaría técnica del INAH.
178
excepción de Arturo Romano -que representaba a los antropólogos físicos-, todos
eran arqueólogos. En 1974 se integraron Carlos Navarrete, Noemí Castillo,
Enrique Valencia (a la sazón director de los centros regionales) y Lorena
Mirambell, casi todos arqueólogos. Por último, en 1975, el entonces director
general, el etnólogo Guillermo Bonfil, dicta el primer Reglamento del Consejo de
Arqueología, que no hizo sino sancionar una situación de hecho. Así, el Consejo
de Investigación mutó en Consejo de Arqueología, un órgano consultivo interno
pero necesario para un director que no era arqueólogo, pero con capacidad de
decisión externa sobre el otorgamiento de autorizaciones con las que emprender
investigaciones arqueológicas a nivel nacional.
179
consejeros en sus cargos, excluyendo a Carlos Navarrete desde 1977. 148 El
monopolio patrimonial del INAH tiene pues nombres y apellidos bien
identificables.149 El traslado administrativo del INAH al CNCA alteró ligeramente la
composición del consejo al integrar tres representantes universitarios de la UNAM,
UV y UAY, pero de modo informal, bajo invitación personal expresa de la directora
general. Ya que el último reglamento del consejo del 2 de junio de 1994 (INAH
1994) no reconoce legalmente esta reforma, ello implica que el monopolio
persiste, haciéndose inclusive más centralizado. Este fenómeno se manifiesta en
los individuos que, siendo funcionarios a cargo de la estructura interna de la
institución (ver esquema de la arqueología del INAH en el capítulo cuarto), per-
manecen como consejeros y, al mismo tiempo, como directores de los Proyectos
Especiales de Arqueología. Esto quiere decir que reúnen tres estatus y algunos
hasta cuatro.
148
Y otros como Román Piña Chán, cuya trayectoria dentro del INAH lo distingue
ostensiblemente del resto de sus pares por ser ésta más académica que administrativa.
149
Un listado de titulares y suplentes del consejo hasta junio de 1992 puede consultarse en
los boletines del consejo, CAB 1990 (1991) y CAB 1991 (1992).
150
Desde 1975 han habido cuatro reglamentos del consejo: 1975, 1982, 1990 y 1994; todos
han sido prescritos por los respectivos directores generales del INAH, según su muy
patrimonialista parecer; (cfr. Olivé y Urteaga 1988: 379-381; INAH 1990: 5-9 y 1994: 7-
11). Los reglamentos de investigación arqueológica responden a la misma lógica y se les
puede considerar su derivación genética; cfr. (Litvak et al.1980:218-222; Olivé y Urteaga
1988: 382-391;INAH 1990:10-22 y 1994:12-24).
151
En 1994, la inclusión de representantes de la arqueología universitaria pareció abrir la
corporación: de once consejeros, cuatro son nombrados directamente por la dirección
general del INAH; su presidente y tres consejeros, que pueden ser miembros o no del
INAH. Sin embargo, por ningún lado se establece que deban ser arqueólogos universitarios,
mucho menos en el caso de su presidente. En cambio, los siete restantes sí lo son por
fuerza, en particular cuatro de ellos, que siempre serán funcionarios de tercer nivel. De esos
180
funcionalidad, podemos inferir que, a consecuencia del artículo trigésimo de la Ley
de Monumentos de 1972 (que capacita al INAH para autorizar todo trabajo
arqueológico), sus competencias son tres: 1) dictar la línea de investigación
arqueológica de todo el país al fijar sus “prioridades”; 2) dictaminar sobre todos los
proyectos de investigación arqueológica, también a nivel nacional; 3) “recomendar”
-toda una innovación que debemos al penúltimo director general- a todas las
instituciones educativas superiores respecto a la preparación de las nuevas
generaciones de arqueólogos. Para desgracia de este monopólico monopolio (es
decir, restrictivo hacia dentro y hacia fuera) esta última función excede su
capacidad legal, porque no toda la socialización profesional ocurre ya dentro de la
ENAH (como se verá más claro en el siguiente capítulo), aunque subsiste la
voluntad de dominio sobre toda la profesión.
siete, para los centros regionales se reservan tres escaños, según la zona (sur, centro y
norte), lo que genera la ilusión de democracia, pues son elegidos por los arqueólogos que
trabajan en provincias, pero sin romper la corporación (INAH 1994:9). Tómese en cuenta
que las decisiones del consejo son por consenso, pero que en caso de diferendo, será el
director general, no el presidente, quien diga la última palabra. La verticalidad está bien
asegurada.
181
menoscabo de la libertad de investigación”. En 1982 cambia a: “Sin menoscabo de
la libertad de investigación, la arqueología en México es competencia del Estado y
de ejercicio profesional”. Para 1990 el dictado es imperativo, sin escape posible:
“La investigación arqueológica en México es de social interés y causa de utilidad
pública y corresponde al Estado su regulación por conducto del INAH”.
Finalmente, en 1994 se repite la misma frase, pero en el artículo tercero se
agrega: “Las investigaciones arqueológicas se sujetarán a los intereses científicos
de la arqueología nacional, cuyas prioridades se establecerán, mediante
propuesta del Consejo de Arqueología, por la Dirección General del Instituto
Nacional de Antropología e Historia” (todas las cursivas son mías).
152
Artículo 8o, inciso c (INAH 1994:14).
182
llamó “reculamiento” (retreatism o retirada en términos militares), es decir, una
estrategia de confinarse a sí mismo a roles alternativos en la enseñanza o en la
arqueología de gabinete, considerablemente menos recompensados por la
disciplina y la administración patrimonial, por lo que son marginales.
153
Ello introduce un nuevo matiz en la actitud de los arqueólogos franceses en Quitovac:
posiblemente obraron también movidos por las exigencias monumentales (un entierro es un
monumento, lo creamos o no) que les impuso nuestra administración patrimonialista. El
reglamento exige conservar los cacharros (hasta la cerámica misma es un monumento
mueble) para luego entregarlos al INAH en calidad de propiedad de la nación. La idea de
convertir Quitovac I en zona arqueológica sigue las mismas líneas jurídicas del resto de la
arqueología gubernamental. Simplemente quisieron hacer lo mismo que sus pares
mexicanos, reservando para sí el pasado a nombre de la propiedad nacional mexicana.
183
6. EL LEVIATAN ARQUEOLOGICO EN SU JAULA PATRIMONIALISTA.
184
concluir los Proyectos Especiales del sexenio pasado (1988-1994), hasta totalizar
163.154
Pero lo que puede ofrecernos una idea exacta del techo objetivo que ciñe a
la administración patrimonialista de los bienes arqueológicos, son los resultados
parciales obtenidos por el Proyecto Atlas Arqueológico 1984-1988, según los
cuales hay en México 13,563 sitios verificados visualmente, de un total de 20,718
documentados en gabinete (INAH [Link]-35).156 Si bien ambas cifras son
154
"Proyectos Especiales de Arqueología", AM, 7,1994:82.
155
Antropología, 18, 1988:7.
156
Según un especialista de la Subdirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicas, se
tienen registrados en cédulas un total de 16, 840 sitios (Sánchez 1995:196).
185
absolutamente realistas, no ha de olvidarse que son harto incompletas porque
hubo estados de la república donde no se hizo ningún recorrido o se hizo
parcialmente.157 Lo que indican a pesar de todo son dos cosas. Primera, que por
un lado el monopolio administrativo de los monumentos ha crecido entre 1912 y
1994 en 16,200 %, en cuanto a zonas arqueológicas exploradas. Dos, que no
obstante tan impresionante crecimiento, su alcance efectivo es irrisorio, pues
representa apenas 1.2% respecto a los sitios observados y aproximadamente
0.8% de los sitios documentados por medios indirectos, que no son porcentajes
muy elevados sobre la estimación más moderada del párrafo anterior. En conse-
cuencia, podemos concluir diciendo que el Leviatán arqueológico mexicano no
cabe dentro de la jaula patrimonialista en que se le ha querido encerrar para los
fines personales del soberano y de sus administradores. En seguida, que el grillete
monopólico con que se le quiere controlar en el fondo de la tierra resulta a estas
alturas anacrónico.
157
En Vázquez (1995:347-348) me ocupo de examinar las causas del fracaso de este
proyecto de inventario arqueológico. Sánchez (1995) ofrece también información sobre el
particular.
186
posible, hasta lo que debemos aceptar como marginal e imposible de defender”
(Nalda 1993:134), uno no puede por menos que señalar que tan grueso descuido
resulta inconcebible por quienes manipulan tan sustancial legado, todavía más
anacrónico si, a pesar de su manifiesta ineficacia, de todos modos lo reservan
para su exclusivo dominio. El juicio expresado por Enrique Florescano es mucho
más severo que mi lenguaje académico políticamente correcto:158
No hay razón cultural o científica para que un grupo de arqueólogos, pertenecientes a una
sola institución, de quienes ignoramos sus calificaciones científicas, determinen las
políticas nacionales de rescate, exploración, conservación y estudio arqueológico. Es un
absurdo (...) Más preocupante es que la investigación arqueológica esté determinada por
los programas sexenales presidenciales, y no por verdaderas propuestas científicas de
mediano y largo plazo, surgidas de un análisis cuidadoso de las prioridades en materia de
investigación arqueológica (...) Lo que actualmente ocurre en la arqueología mexicana
indica que hay que separar completamente el área de investigación propiamente dicha de
las áreas de rescate, conservación y protección del patrimonio arqueológico. La
investigación además, como en cualquier país libre, debe estar abierta a todos,
nacionales y extranjeros, sin más trámites que los requisitos científicos. Romper el actual
monopolio de la investigación arqueológica deberá ser una prioridad.
158
Sus palabras fueron recogidas por reporteros de la revista Este país, 32,1993:20.
187
188
CAPITULO TERCERO
189
dónde trabajan, qué tipo de labores desempeñan cotidianamente, con qué medios
lo hacen, qué crean, e incluso cómo se agrupan profesionalmente. Lo ideal, creo
yo, sería abordarlos por medios estadísticos, mediante una encuesta fiable. Con
pena debo adelantar que mis intentos de indagación cuantitativa resultaron en
gran medida vanos. Una encuesta aplicada nunca me fue remitida intencional-
mente por los arqueólogos consultados. Luego, mi pretensión de reunir algunas
bases de datos tampoco obtuvo resultados óptimos, según se podrá constatar a lo
largo del capítulo. No deseo curarme en salud, justificando mis propias fallas, pero
aduzco que muchos arqueólogos prefieren retener en secreto la información
básica de sus actividades sociales, y a veces, hasta la de sus propios resultados.
Así y todo, mi idea sigue siendo la de facilitar al lector una guía orientada para
acercarse a ellos. Elucidar estas preguntas parte del principio de que los
paradigmas cualitativo y cuantitativo de investigación social, lejos de ser
antagónicos, han de buscar sintetizarse (Méndez 1993:209-213). Empero, dada la
actitud cerrada al escrutinio público por parte de los sujetos de estudio - actitud de
suyo reveladora de cierta cultura disciplinaria peculiar-, me indujo por fuerza a dar
preponderancia a lo cualitativo (que se manifiesta multifacéticamente en nuestra
fenomenología comprensiva por medio de una etnometodología como guía de
observación directa, estudio de casos, aproximación holística y procesual, cambio
conceptual de las teorías, etcétera), al tiempo que invierte la estrategia
sociológica, procurando, hasta donde ello me fue permitido, cuantificar lo
cualitativo.
190
estrategia de documentación arroja algunos resultados interesantes. El más
sobresaliente de todos es que contrariamente a lo que creí debería ser una
sencilla estructura social dual (arqueología estatal por un lado y arqueología
universitaria por otro, un esquema ampliamente compartido por los propios
arqueólogos), estamos testificando la rica proliferación de las arqueologías
regionales a través de una diversificación institucional inesperada, desarrollo que,
por otra parte, no coincide en absoluto con su unitaria organización profesional
(me refiero, desde luego, a la SMA), la que se mantiene como si estuviera
suspendida en estado inerte, sin cambios apreciables desde cuando se le fundó
en 1937.
191
ciernes, o algo parecido. De momento, y digámoslo con la misma franqueza, es un
campo poco favorecido por estos especialistas, no obstante los beneficios que
pueda brindar a la historia e investigación reflexivas de la propia disciplina, a la
política de investigación a largo plazo y a la no menos importante administración
del patrimonio cultural en un país como México, con abundancia abrumadora de
vestigios arqueológicos.
159
Los resultados obtenidos, aunque insuficientes, pueden consultarse en Nalda y López
(1984);Velázquez et al. (1988); Fernández et al. (1988) y Casado (1987).
160
Antropoideas,16 (marzo),1992.
192
captación de datos, hasta el punto de mercantilizarlos para su análisis e
interpretación indirectas.161 Me refiero, por supuesto,a los servicios que presta el
ISI, institución que desde 1963 viene editando sus famosos Science Citation Index
para fines cientimétricos dentro de las ciencias duras, y, desde 1973, para las
ciencias sociales. Sobre el particular, he de señalar que nuestra búsqueda en los
citados índices (sus anuarios 1976-1989) resultó por entero infructuosa para el
actual propósito. Se podría afirmar que en cierto modo, para este instituto, la
arqueología mexicana es desdeñable o de plano invisible.162 Así, si esta fuente
bibliométrica fuera la única disponible o, mejor aún, valedera, se podría pasar con
facilidad a la aseveración de la ínfima visibilidad internacional de la disciplina -
suponiendo, claro, que arqueología mexicana tuviera una orientación
internacional-, o a la de una "difusión endogámica" de sus conocimientos, si no es
que a caracterizar "algunos rasgos típicos de una estructura subdesarrollada",
como hizo Villagrá (1992:14 y 18) con las disciplinas sociales y humanistas dentro
de las universidades españolas.163
161
Para Aída Méndez, del Instituto de Información y Documentación en Ciencias Sociales y
Humanidades del CSIC, su especialidad se ocupa de la adquisición, almacenamiento,
recuperación y diseminación de la información, registrada principalmente en publicaciones
periódicas. En su origen, ésta era una rama de la biblioestadística e incluso, cuando en 1955
Eugene Garfield no sospechaba el imperio que iba a fundar, estuvo inspirada en un manual
de jurisprudencia de 1873. Así las cosas, paralelamente al ISI norteamericano, han ido
apareciendo instituciones homólogas como el ISOC arriba citado (lo mismo que Instituto
de Información y Documentación en Ciencia y Tecnología, también del CSIC español) y el
Laboratorio de Evaluación y Prospección Internacional en el CNRS francés. Es lamentable
que en México el SNI o el CONACYT carezcan de algo similar no obstante su uso acrítico
del análisis de citas para asignar estímulos y financiamientos a los científicos; vv. Méndez
(s.d.); Miquel et al. (s.d.);Rabkin (1984) y Witowski (s.d.).
162
Específicamente se trata de los índices acumulados anuales y quinquenales
correspondientes a ese periodo; cfr. Social Sciences Citation Index. An International
Multidisciplinary Index to the Literature of the Social, Behavioral and Related Sciences,
Philadelphia, Institute for Scientific Information, 1976-1989.
163
A la vista de estas conclusiones, solo al final de su estudio Villagrá se pregunta cómo y
en qué medida pueden evaluarse estas disciplinas con parámetros similares a las de otras
ciencias. Descontando la resolución del problema de cuantifación, parece pertinente
primero una definición cualitativa de las técnicas, como observa Hicks (1987) en su
evaluación del análisis de las co-citas, incluso en un campo de investigación experimental
duro.
193
Debo admitir que cuando inicié la presente documentación me inspiré en una
serie de trabajos análogos que me parecieron dignos de ser imitados.164 Pronto
me hice cargo de que su ejemplo no podía duplicarse a causa de que la mayoría
de sus análisis e interpretaciones estaban fundadas en las bases de datos
ofrecidas por el antes mencionado ISI.165 Pero un factor crítico más importante que
el descuido del ISI respecto de las actividades científicas tercermundistas (Gibbs
1995), es que en el fondo los estudios cuantitativos de este tipo parten de la idea
central de que el crecimiento de cualquier actividad científica es mensurable según
su expresión bibliométrica en cuanto a publicaciones, más específicamente en
cuanto a revistas y artículos impresos en ellas. Gracias a esta cuantificación,
paradójicamente literaria (peculiaridad que no ha pasado inadvertida por la crítica
posmoderna de los nuevos estudios sociales de la ciencia, que así pueden
deconstruirlos discursivamente como piezas de retórica), se hace factible toda
inferencia relativa a la productividad científica, suponiendo que ésta es la única
forma permisible de determinación de la actividad cognoscitiva. La noción
administrativo-empresarial subyacente en el concepto se puede apreciar en la idea
misma de la cienciametría posterior a de Solla Price, pues mientras él proponía
una concepción integral de la "ciencia de la ciencia", los directivos de las
instituciones de investigación o aplicación del conocimiento científico han
transformado a la documentación en un medio para evaluar recursos y, sobre
todo, para asignarlos. En ese sentido, el servicio que presta el ISI es un medio
comercial que percibe a la ciencia desde una óptica harto particular, es decir,
como un proceso conducente “a considerar al artículo científico como un 'bien' y a
determinar su 'valor' conforme al 'mercado' de citas” (Guggenheim, s.d., p.1224).
Conviene puntualizar entonces que lo qué es bueno para los administradores no
164
Se trata de Pestaña (1990), Ferreiro & Ugena (1992), Méndez y Ribas (s.d.), González y
Jiménez (1979:97-125) y, destacadamente, Lomnitz et al. (1987).
165
La contribución de Lomnitz et al.(1987) difiere en que combina la observación
participativa con un inventario muy completo de las publicaciones y referencias del
Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM. Se trata, entonces, de una
combinación de datos cualitativos y cuantitativos, obtenidos por un equipo de
investigación.
194
necesariamente lo es para los investigadores y mucho menos para los
investigadores de los investigadores.166
166
La cienciametría o cientimetría reconoce que la "ciencia de la ciencia" fue su antecesora,
en especial la pieza clásica de Solla Price (1986 [1963]) sobre el análisis de citas. Rara vez
se dice que la ciencia de la ciencia era un programa de investigación interdisciplinario
compuesto de historia, filosofía, sociología, psicología, economía política y
operacionalidad de la ciencia, y que "todas ellas son partes especiales de algo que debe ser
estudiado como un todo" (Price 1968: 321). Admitía que junto a los estudios cuantitativos,
se deberían emprender estudios de contenido de los modelos teóricos, pero asimismo de la
política y administración, si bien la medición de la literatura científica era uno de sus
aportes significativos. Sostenía además que independientemente de sus usos prácticos, la
ciencia de la ciencia implicaba un conocimiento comprensivo, intención no siempre respe-
tada por sus epígonos.
167
Una interesante discusión de los juicios prospectivos y retrospectivos sobre la calidad de
la ciencia experimental lo debemos a Pérez Tamayo (1989:94-121), quien defiende el valor
de los juicios de expertos en el mismo campo,"aún cuando sean subjetivos y no
cuantificables". Muchas de sus ideas son producto de la experiencia personal por lo que
195
Mas el reverso de la moneda no resulta obsequioso. A sugerencia de la revista
Science, un investigador del ISI, usando sus mismas bases de datos, descubrió
que 55% de los artículos publicados entre 1981-1985 en las 4,500 revistas
internacionales más importantes, nunca habían sido citados por un autor en los
cinco años siguientes a su publicación. En ciencias sociales, este porcentaje se
disparaba a 74.7% y, cruel paradoja, el índice más alto era para los campos de
moda. Según el autor del estudio, no hay explicación para este anormal
fenómeno.168 Empero, desde el punto de vista cualitativo, día a día se va haciendo
claro que la práctica de las citas depende de variables hasta hoy desestimadas,
como son sus variaciones de una revista a otra, de una disciplina a otra, de un
país a otro y desde un significado diverso al de la supuesta deuda intelectual
(Guggenheim, s.d.:1225). Ya en México, algunos estudiosos se han preguntado
qué tan válido es evaluar con reglas comunes a las distintas tradiciones científicas
y tecnológicas, entre las que se ha creado una competencia y disputa por la
asignación de los recursos públicos (García y Lomnitz 1991).169 Incluso un
resulta difícil, desde su perspectiva, convenir en que los marcadores cuantitativos son
criticables por basarse también en el "juicio personal" (si un investigador cita a otro es
porque lo ha leído y aprecia su calidad). Pero lo más delicado de aceptar es que asuma con
tanta naturalidad lo que podría ser uno de los peores defectos del juicio de pares: lo que
Merton llamó bondadosamente el "efecto de San Mateo", fenómeno por el cual se da más a
quien más tiene, uego el "juicio de iguales" es en realidad un "juicio de desiguales". Otros
analistas han hecho notar que las apreciaciones emitidas por estos jueces pueden ser
fluctuantes, arbitrarias y ventajosas para una élite de investigadores de renombre y, lo que
es más grave, que estimulan formas de poder que pueden ser funestas para quien no
concilie con ellas. Es curioso que el mismo efecto de desigualdad se aprecia en los
resultados de las evaluaciones de investigadores tercermundistas a manos de sus “pares” de
los países industrializados; vv. Thuillier (s.d.),Kahn (s.d.) y Gibbs (1995:81-83).
168
Ver nota al respecto en MC,113(11):465.
169
Es notorio que uno de los ejemplos ofrecidos por ambas autoras (García y Lomnitz
1991:174) sea un problema de valoración disciplinaria, esto es, la diferente valoración
asignada al informe técnico por parte de los tecnólogos y el artículo y el libro por los
científicos. A mi juicio, esta discordancia se prolonga a ciencias sociales, donde se aprecia
distinto al artículo respecto al libro. En arqueología es bien conocido el problema que han
enfrentado los dictaminadores del SNI para valorar los nutridos informes técnicos antes
dirigidos al Consejo de Arqueología del INAH. Ya que no son conocimientos públicos, un
dictaminador académico ha ponderado la publicación sobre el informe, lo que agrava el
196
especialista ha observado la tendencia de los científicos a exagerar en sus citas
los artículos de sus connacionales, por lo que sugiere elaborar un "coeficiente de
la megalomanía científica nacional" (Rabkin 1984: 93).170 A su vez, los estudiosos
de los fraudes científicos advierten que la actual exigencia de "publica o perece"
estimula actitudes tramposas, donde el fraude puede ser propiciado por la misma
estructura discursiva de los artículos científicos (Blanc et al.,s.d, p.217; Benach y
Tapia 1995:124-130). Por último, y desde otro ángulo, la historiadora Helge Kragh
(1989) ha hecho notar que la historiografía cientimétrica peca de superficial porque
acaso no refleje en absoluto las condiciones que dice estudiar, ya que sus bases
de datos conllevan una idea de la ciencia que predetermina sus conclusiones,
descontando que el análisis de citas ignora contenidos y motivaciones más
profundas (y no siempre racionales) que inducen al investigador a citar o a no
citar.171
Llegamos con esto al nudo gordiano de la cuestión que nos interesa abordar,
no digamos ya el hábito de citar sino del acto mismo de escribir para otros. Si la
finalidad de publicar diverge del ideal de hacer público el conocimiento, comunicar
de manera desinteresada o simplemente informar, ¿para qué sirve?. Las respu-
estas adelantadas parecen ser excluyentes: una de dos, o se publica
interesadamente para ganar reconocimiento y sobre todo recompensas o la
literatura científica es de plano un género de carácter retórico para construir
socialmente conocimientos. Ambas posturas dividen a los partidarios de la
funcionalista escuela mertoniana y a los radicales constructivistas de la ciencia. A
A lo que quiero llegar con todo este circunloquio es a decir que dentro de la
ca-
rencia de una estrategia de documentación arqueológica, el uso privilegiado de
una sola variable literaria, tal como ha sido concebida hasta ahora, y por mucho
que ésta
asuma diversos valores numéricos, pudiera confundir más que aclarar la posible
acumulación de datos en este campo. No se malinterprete mi postura. Me refiero a
que en nuestro país son contadas las revistas enteramente especializadas en
arqueología, es decir, revistas hechas por y para comunicar arqueólogos. Para ser
exacto, la inmensa mayoría de las revistas examinadas son de tipo mixto (an-
tropológicas integrales, esto es, arqueología mezclada con otras "especialidades")
lo que, por lo demás, refleja mucho mejor a la tradición integral con que se
concibió a la antropología mexicana, que a los intereses y preocupaciones de las
distintas clases de arqueólogos. No me estoy contradiciendo cuando digo que de
un total de 21 revistas examinadas, solo cuatro son especializadas, a saber:
198
Arqueología Mexicana; Consejo de Arqueología. Boletín; Revista de Arqueología
Americana y Cuadernos de Arquitectura Mesoamericana.172
Ahora bien, no obstante que las cuatro tienen una orientación nacional, solo
una de ellas realmente se distribuye en todo el país gracias a su carácter
divulgativo, mientras que las tres restantes, siendo de investigación, están
limitadas a una circulación doméstica muy próxima al grupo de arqueólogos que
las edita, rasgo de autoconsumo muy acentuado en todas las revistas, sobre todo
las de explícita orientación regional. Tómese, por ejemplo, el bien documentado
caso del Boletín de la Escuela de Ciencias Antropológicas de la Universidad de
Yucatán, revista de fuerte orientación arqueológica, pero absolutamente mayista
de contenido, su temática dominante en los 133 artículos arqueológicos
publicados (42% del total de artículos) entre 1973 y 1989 (Ramírez Carrillo 1990;
Andrews 1990).
Esto nos dejaría, para propósitos cuantitativos, con una sola revista,
Arqueología Mexicana, pero entonces no puede evadirse el hecho de que es una
revista concebida alrededor de los así denominados "proyectos arqueológicos
nacionales", "proyectos especiales de arqueología" o "megaproyectos", muy
propios del pasado sexenio presidencial. Arqueología Mexicana, es una
publicación del INAH a través de una editorial privada, que vino a sustituir desde
mayo de 1993 a la anterior revista Arqueología, órgano, primero, de la Dirección
de Monumentos Prehispánicos, y, luego, de la Dirección de Arqueología, cambio
que coincide con sus dos épocas y series, correspondientes al trienio 1988-1990.
Entre ambas publicaciones media una diferencia de sentido: en su origen, era una
publicación de investigación cuyo público, aunque limitado, eran los propios
arqueólogos. Quiero decir con esto, que sus artículos estaban redactados bajo los
estándares académicos más convencionales. Por el contrario, las primeras diez
entregas de Arqueología Mexicana (1993-1994) poseen un contenido ya
172
Ver tabla 3.1 al final del presente capítulo; posterior a la primera edición de este libro, hubo un esfuerzo
para reactivar la revista Arqueología, como órgano propio de la arqueología del INAH, en claro contraste con
la revista Arqueología Mexicana, que funge como órgano de divulgación.
199
superficial, muy apropiado para resaltar los avances en relación a los hallazgos
más rutilantes conseguidos por los citados proyectos, observándose a partir de
1995 la misma orientación hacia un público amplio de lectores, pero ya no
circunscrita a la exaltación de los proyectos especiales, sino también a otras zonas
arqueológicas de protección patrimonial. La estructura de su redacción no deja
lugar a dudas de que la revista solo representa los intereses prioritarios de la
"arqueología nacional", que asumen a la investigación como un subproducto de la
conservación patrimonial primordial. En cierto modo, la revista es un escaparate
de la sofisticada estructura jerárquica de la organización de la arqueología del
INAH, de la que me ocuparé en el capítulo siguiente.
173
Según los criterios cientimétricos, el factor de impacto de una revista se mide por el
número de veces que se cita ésta durante un año, dividido entre el número de artículos
publicados en ese lapso (Pestaña 1992:1204). Determinar este factor supone una segunda
publicación (o publicaciones) que reflejara la importancia de Arqueología mexicana.
200
investigación es menospreciable, lo que no es exacto tampoco. Mas adelante
usaré su ejemplo para afinar nuestras observaciones cualitativas.174
174
Ver tablas 3.2 y 3.3 al final del capítulo.
201
arqueológica, dicha literatura trasciende a la administración patrimonial y puede
ser benéfica para los intereses de la disciplina.175
175
Esta literatura invisible va a parar al Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de
Arqueología del INAH, antes Archivo Técnico de la Dirección de Monumentos
Prehispánicos; aunque solo cubra el periodo 1925-1958, uno puede darse idea de su
amplitud a través del índice elaborado por García Moll (1982). Sin embargo, el encargado
de ese archivo ha elaborado un índice actualizado, que puede consultarse directamente bajo
supervisión, lo mismo que la documentación ahí reunida.
176
Ver tabla 3.4 al final del capítulo.
202
siguiente capítulo, la arqueología mexicana está cogida entre ambas prioridades -
el hallazgo monumental y el progreso en la interpretación-, lo que se interioriza
bajo reiteradas estrategias mixtas, una para el Consejo de Arqueología y otra para
el SNI. Las variantes literarias producidas no escapan a esta contradicción.
203
SMA indica que no. Muchas de sus memorias y ponencias se han quedado
inéditas, disipándose información y conocimiento. Pero no puedo dejar de
remarcar a propósito de la comunicación formal tal como existe en este instante, el
hecho de que, para el caso de Teotihuacan, medien de cinco a diez años para
comunicar los resultados, siempre en calidad de libros. Estoy pensando en los
Proyectos Ciudad Antigua 1985-1988 del IIA y Teotihuacan 1980-1982 del INAH
(Manzanilla et al. 1993; Cabrera et al. 1991; Morelos 1993). Nótese asimismo la
diferencia del lapso temporal que separa el final de ambos proyectos con su
respectivo ex libris: once años en el INAH y cinco en el IIA. Por otro lado, que
Teotihuacan logre ser una masa crítica efectiva está seriamente constreñida por la
espinosa competencia establecida entre el Proyecto Especial Teotihuacan 1993-
1994 de Eduardo Matos, el Proyecto La Ventilla 1992-1994 de Rubén Cabrera y el
Proyecto Túneles y Cuevas en Teotihuacan 1989-1995 de Linda Manzanilla.177
177
Ver capítulo quinto sobre este conflicto de prioridades.
204
Aunque esta tensión haya amainado a fechas recientes con la inclusión de tres
representantes universitarios en el influyente Consejo de Arqueología del INAH,
los informes técnicos universitarios suelen ser juzgados por sus opositores,
aunque éstos hubieran sido sus maestros o condiscípulos durante su fase de
socialización común. Con el tiempo, sus denuncias públicas contra esta
arbitrariedad modificaron informalmente la estructura del consejo, pero prevalece
el hecho de que sus informes deben exponerse ante los competidores o, en el
mejor de los casos, dictaminadores. Para los arqueólogos del INAH hay cierta
flexibilidad: si el informe de su primera campaña no es aprobado por el consejo, la
Coordinación de Arqueología negará el presupuesto para la continuación del
proyecto (Lorenzo 1984: 94). Esta es la teoría. En la práctica pesan mucho las
relaciones personales de clientelismo con los consejeros -hay arqueólogos que
deben por años informes al consejo-, si bien el uso interesado de esta informalidad
nunca será admitida.178 No obstante, también es practicada por algunos
arqueólogos universitarios nacionales y extranjeros, que dependen del permiso del
consejo para trabajar y obtener recursos en sus respectivas instituciones de
origen. En consecuencia, la forma de redactar los informes y darles sustancia
empírica es un requisito para nulificar cualquier argumentación en su contra, si no
es que el enfrentamiento haya tomado un cariz personal que impida toda relación
y hasta se prolongue en vetos y cancelación de proyectos, como ha ocurrido en
efecto en las fluctuantes relaciones del INAH y el IIA.
178
Eufemistamente, algunos arqueólogos se quejan del “cabildeo” a que deben someterse con sus colegas
del consejo y la administración patrimonial.
205
obstáculos inducen a buscarlos por otros medios. Un fenómeno perfectamente
apreciable desde 1992 es que organismos públicos como CONACYT y las
fundaciones extranjeras están canalizando mayores recursos hacia la institución
universitaria.179 En tal competencia, los arqueólogos del INAH están en desventaja
en cuanto a méritos académicos, pero su incapacidad arranca desde la habilidad
en la redacción de los informes y su distinto público. Como muestro en la tabla
3.5,180 la orientación de los libros y artículos universitarios en parte sigue siendo,
como en el INAH, para "consumo interno", luego, cientimétricamente, carecen de
"visibilidad externa".181 No obstante, cierta visibilidad externa se manifiesta en 15
artículos y dos libros publicados en Estados Unidos, España e Italia. He de aclarar
que algunos arqueólogos del INAH siguen este patrón de publicación, pero son
una minoría no cuantificada. A simple vista puedo mencionar a Eduardo Matos
como ejemplo descollante de un autor del INAH ampliamente conocido en el
extranjero, en especial desde el descubrimiento del Templo Mayor, hallazgo que,
al mismo tiempo, ofrece rasgos equiparables a los de una masa crítica si se rec-
uerda que suscitó no menos de 130 artículos, libros y hasta tesis profesionales
(Matos 1988:162-166; López Luján 1993: 34).
179
En 1992 CONACYT asignó recursos a tres proyectos arqueológicos, uno originalmente
universitario (Proyecto Xochimilco de Carmen Serra Puche, antigua directora del
IIAUNAM y hoy directora del MNA del INAH), y dos gubernamentales, a saber, el de la
prehistoriadora Susana Xelhuantzi y el de Lorena Gamez, muy relacionado al de Serra
Puche, ella misma evaluadora de CONACYT en el área de ciencias humanas. Como quiera
que sea, en 1993 dos arqueólogas universitarias, Linda Manzanilla y Teresa Cabrero,
obtuvieron también financiamientos del citado organismo (CONACYT 1992). Por desgra-
cia, hay indicios de que las pugnas personales se han contagiado al CONACYT, por lo que
en 1995 el Proyecto Bolaños de Cabrero (ver capítulo quinto para mayor comprensión) fue
rechazado, justo cuando el proyecto alcanzaba descubrimientos de gran visibilidad, lo que
no es casual.
180
Ver al final del capítulo.
181
El criterio de visibilidad es denotativo y se calcula de la relación entre publicaciones
nacionales versus internacionales (Lomnitz et al.1987:116), otra vez asumiendo que la
arqueología es mundial y equivalente en todo el orbe, afirmación por demás dudosa,
según vimos en los capítulos previos.
206
acusó a la arqueología mexicana de falta de presencia en las citas de los mayistas
norteamericanos, pasando por alto el "coeficiente de la megalomanía científica
nacional" (Rabkin), los obstáculos impuestos a toda la ciencia proveniente del sur
(Gibbs), o el mucho más sutil fenómeno de la inconmesurabilidad comunicativa
entre arqueologías dispares. A fuer de ser comprensivos, deberíamos considerar
que el supuesto "subdesarrollo" o "falta de visibilidad externa" de la arqueología
mexicana (según un prejuiciado criterio cientimétrico), comparte problemas muy
parecidos a los del resto de las ciencias sociales, si es que damos crédito al
análisis de citas del Social Sciences Citation Index. En la tabla 3.6 he pretendido
relacionar la totalidad de citas reunidas por la ciencia y técnica mexicanas con la
totalidad de citas de las ciencias sociales, entre 1980 y 1990.182 El resultado
parece pobre a primera vista, pero hay que advertir que aún precisa
correlacionarse con el número absoluto de científicos e ingenieros a nivel nacional
para obtener una apreciación exacta. Con todo, me parece en algún grado
indicativo de que las disciplinas científicas no son tan fácilmente comparables,
descontando el hecho de que, por ejemplo, los arqueólogos norteamericanos
nunca se han interesado realmente "por informar a los colegas mexicanos de sus
resultados", como afirma categórico Schmidt (1988:409), luego de examinar 367
proyectos arqueológicos norteamericanos hechos en México.
182
Ver al final del capítulo.
207
observarse en las tablas 3.7 a 3.11,183 esta clasificación permite ubicar a todos
los arqueólogos activos
profesionalmente, habida cuenta de que no existe el libre ejercicio de la
arqueología en el mercado de servicios profesionales, lo que nos obligaría a una
revalorización del parámetro institucional. De momento, pues, llamaré la atención
sobre la incipiente diversidad institucional existente, a pesar de la omnipresencia
del INAH en casi toda la tipología adoptada, lo que le hace aparecer como una
institución multifuncional de extraordinaria complejidad en su estructura
organizativa y territorial, sobre la que me detendré después. Con todo, persiste
esa creciente diversidad institucional, que se manifiesta en estos cuadros como
un fenómeno muy reciente que pudiera reflejar una limitación del propio INAH para
seguir monopolizando este campo profesional, especialmente a nivel regional,
como en efecto ocurrió luego de 1972, cuando sus filiales regionales liquidaron a
los institutos locales de antropología e historia que desde los años cuarenta
habían aparecido en algunas entidades con apoyo de los respectivos gobiernos
estatales.
183
Ver al final del capítulo.
208
el monopolio estatal existe, no puede negarse tampoco la presencia de
instituciones privadas de enseñanza como la UDLA, la cual es cada vez más
activa en la competencia por los nuevos puestos de trabajo ofrecidos por el propio
INAH y en los proyectos de misiones extranjeras, no contemplados aquí.184 A esta
competencia en un mercado profesional que se va abriendo poco a poco conforme
crece la oferta de otras escuelas y la demanda de las instituciones regionales
receptoras, atribuyo la causa de que en las gráficas 3.1 y 3.2185 se observe entre
los egresados de la licenciatura de arqueología de la ENAH una acusada
tendencia a la titulación, muy clara desde 1976, pero que alcanza su punto más
alto en 1990. Junto con la UDLA, serían las universidades de Yucatán y Veracruz
las que irían presionando al INAH como institución multifuncional, incluso
mediante recursos no del todo reconocidos, como son los llamados "arqueólogos
protocolarios" veracruzanos, que obtienen su título sin el requisito de tesis.
Correcto o no, es un hecho de que estos arqueólogos han entrado también al
mercado laboral.
Lo que los cuadros 3.7 a 3.11 expresan con certeza es que el INAH ya no está
sola como institución de gran escala como para dar cuenta cabal de todas las
funciones de investigación, enseñanza, aplicación, divulgación y financiamiento,
porque al lado de su constitución compleja han aparecido instituciones de menor
envergadura pero unifuncionales, especialmente adaptadas para ciertos fines y
espacios.
184
Ya que las arqueologías mesoamericanísticas o mexicanistas no son mi objeto de
estudio, no puedo sino mencionar ejemplos como el del Proyecto Sayula de ORSTOM y la
Universidad de Guadalajara (Schöndube, Emphoux y Palafox 1991:225-228; Emphoux
1994), el cual ha atraído egresados de la maestría en arqueología de la UDLA (Acosta y
Uruñuela 1994). La presencia de éstos empieza a notarse también en algunos centros
regionales del INAH (Puebla, p.e.), pero su alcance más amplio no está cuantificado.
185
Ver al final del capítulo.
209
Esta disyuntiva, que en las ciencias físicas y formales se expresa tajantemente
como la clásica dicotomía de investigación básica versus instrumentalidad técnica,
también existe en el seno de las arqueologías mexicanas, y hasta al interior del
INAH, y, desde luego, en el resto de instituciones que hemos clasificado ora de
investigación, ora de aplicación. Mientras en el INAH sus administradores han
adopta-
do la política de subordinar la investigación a la aplicación (bajo la fórmula
generalizada de "exploración y restauración"), en el resto de las instituciones la
diferencia subsiste como sentidos divergentes de abordar la actividad
arqueológica. No es casual que aparte del INAH, todas las instituciones de
investigación arqueológica pertenezcan a matrices universitarias o académicas
en general (correlato obvio en la enseñanza), en tanto que las instituciones de
aplicación estén surgiendo ligadas a los gobiernos estatales con intereses muy
focalizados al resguardo de su patrimonio cultural. En cierto modo, y a pesar de la
administración patrimonial del INAH, esta divergencia de sentidos permanece
como una tensión irresuelta en su interior, suscitando conflictos entre sus
arqueólogos y los proyectos de alta y mediana intensidad que emprenden, si bien
es claro que siempre termina por imponerse el cometido aplicado que justifica la
existencia toda de la institución. En el siguiente capítulo examinaré con mayores
detalles cómo se organiza la arqueología aplicada del INAH en relación a la
estructuración y proceso de los proyectos arqueológicos, de modo que de sólo
agregaré que la estructura piramidal de la administración patrimonial del INAH
está predispuesta para solucionar con verticalidad burocrática cualquier problema
que obstaculice la realización de sus proyectos de descubrimiento de los
monumentos nacionales.
210
patrimonial. En el capítulo anterior he examinado mejor el sistema jurídico
patrimonial como para no abundar más en el asunto. Para la actual exposición
bastará decir que en la Ley Orgánica del INAH de 1939 se establecieron cinco
funciones institucionales, a saber: 1) exploración de zonas arqueológicas; 2)
vigilancia, conservación y restauración de monumentos arqueológicos, artísticos e
históricos; 3) investigación científica de los campos tangentes de la arqueología,
historia, antropología y etnografía; 4) publicación de obras afines; 5) las demás
que las leyes le confieren. En cambio, para 1986, y a iniciativa de su director
general, esta ley fue modificada. Con las reformas introducidas, las funciones se
incrementaron a 21. De ellas, doce se refieren a la actividad de restauración y
conservación del patrimonio; cinco a la investigación; dos a la difusión, una a la
docencia y otra más para dotarle de la concordancia jurídica necesaria (cfr. INAH
1963:3-4;Olivé y Urteaga 1988:373-375). Se desprende de lo anterior que el INAH
se ha ido concentrando más y más en torno a la función prioritaria de la
conservación monumental. Las cifras de zonas arqueológicas abiertas, su
custodia, su plantilla de arqueólogos y el crecimiento ostensible del personal
burocrático-administrativo lo confirman sin lugar a dudas.
Por ello donde mejor puede detectarse la causa original de toda la complejidad
de esta institución es en el crecimiento de las zonas arqueológicas y en la plantilla
de personal general y técnico involucrado en la atención del patrimonio.186 Puedo
aseverar a continuación que la función práctica de exploración arqueológica
llevada a cabo de 1922 a 1995 ha desembocado en un serio problema de manejo
de las zonas arqueológicas, lo que explica el actual rechazo administrativo para
nuevas exploraciones -que es una manifestación primaria de la actividad de
investigación- y, en consecuencia, el constreñimiento de la arqueología en general
a las zonas ya existentes. En ese orden de ideas, no me parece una coincidencia
que las prescripciones del Consejo de Arqueología del INAH se hayan ido
haciendo más y más constrictivas conforme decrece el ritmo de expansión de las
zonas arqueológicas. Su fricción abierta o velada con las arqueologías
186
Ver tablas 3.12 a 3.15 al final del capítulo.
211
académicas nacionales y extranjeras devienen de una y la misma causa evidente:
éstas representan, tarde o temprano, problemas administrativos patrimoniales, ya
que todo vestigio, una vez investigado, pasa a constituir para la arqueología
patrimonial del INAH una exigencia adicional en recursos humanos, financieros y
logísticos (mantenimiento, protección, supervisión, etc.) como zonas
arqueológicas indeseadas y no siempre monumentales.
187
Ver al final del capítulo.
188
Desde 1995, la estructura organizativa de la arqueología del INAH ha aumentado un
rango más a su jerarquía: las subdirecciones se han convertido en direcciones y éstas
engloban unidades operativas menores, aumentando sensiblemente los cargos
administrativos a cada nivel; ver siguiente capítulo al respecto.
189
La cercanía de Toluca al Distrito Federal parece haber inhibido por algún tiempo el
desarrollo de la enseñanza de la arqueología. Con todo, la Escuela de Antropología de
UAEM de tiempo en tiempo atrae arqueólogos para su planta docente, por lo que no sería
212
adoptada por el IA/UV con el Centro INAH Veracruz (con 10 arqueólogos, 228
zonas potenciales y 11 atendidas efectivamente) (INAH 1989: ff.35 y 43). En
Yucatán la adaptación regional ha sido parecida, pero asimismo exitosa.
Otro grupo técnico, más o menos coincidente con los 138 arqueólogos
distribuidos en cantidades variables entre los 28 centros regionales estatales, es el
que se ocupa de otra actividad técnica poco visible, denominada como "protección
técnica y legal de la conservación del patrimonio", la cual tiene que ver con la
atención de inspecciones, dictámenes, denuncias, supervisiones, etc. Esta
actividad difícilmente podría cuantificarse ya que en las fuentes publicadas por el
INAH se mezcla la misma actividad con la desarrollada por 278 arquitectos y
restauradores, y dirigida hacia 105 inmuebles posteriores al siglo XVI en los
centros históricos de varias ciudades. Sólo para darnos una idea de la importancia
de esta actividad aplicada, de plano rutinaria, debo recordar que hasta mediados
de 1993 se realizaron, por arqueólogos y arquitectos, 224 inspecciones técnicas y
1,103 legales; 833 dictámenes técnicos y 962 legales; 330 denuncias y 1,088
supervisiones (INAH 1993:15). Un indicador suplementario aunque parcial lo
facilita la Dirección de Salvamento Arqueológico, cuyas labores de atención a
denuncias, peritajes y rescates propiamente dichos han ido creciendo
aceleradamente entre 1989 y 1994. De hecho, sus 59 proyectos de investigación
derivan de inspecciones previamente realizadas, es decir, de reportes de
afectación y saqueo de vestigios arqueológicos.193
192
Ver al final del capítulo.
193
En este periodo, la Dirección de Salvamento ha atendido a 544 denuncias, 32 peritajes y 121 rescates;
Algo más de Salvamento Arqueológico, 8 (diciembre), 1994.
214
Habría que aclarar de inmediato que en todas las dependencias del INAH los
arqueólogos pueden, en teoría, desarrollar proyectos de exploración en zonas
monumentales, pero siempre de modo suplementario a las funciones prioritarias
institucionales de conservación o protección del patrimonio antiguo. En resumen,
la discordancia entre la planta total de arqueólogos y los proyectos efectivos de
"exploración y restauración" es comprensible dentro de la lógica interna de esta
arqueología aplicada, conservadurista por definición y técnica para efectos
prácticos. Como confirmación de este aserto he de recordar que en un estudio
recabado en 1982 se descubrió la misma discordancia: de 269 arqueólogos de
planta sólo había registrados 95 proyectos que involucraban a 127 arqueólogos,
47.2% del total, estableciéndose además que había departamentos donde no se
realizaba investigación alguna, pero sí una dedicación de tiempo completo al
mantenimiento, restauración y catalogación del patrimonio monumental (Braniff et
al.1983:40-42), fenómeno que ahora imputo definitivamente a las intervenciones
físicas y a la protección técnico-legal.
215
imagen de desproporción entre el INAH y el resto de las instituciones consignadas.
Pero no pueden ignorarse los matices apuntados.
Aunque las cifras anotadas parecen concluyentes, pueden ser engañosas. Por
ejemplo, en la tabla 3.1, tres de las revistas editadas por el INAH son de
orientación regional, dos de consumo interno (boletines) y una más es de
divulgación y no de investigación. Por lo que se refiere a sus 22 series (tres de
ellas básicas: las colecciones Científica, Arqueología y Prehistoria), llama la
atención lo desigual de todas ellas, con un crecimiento desproporcionado de sus
publicaciones divulgativas. Lo anterior no quiere decir que en el IIA/ UNAM el
cometido de investigación perviva en mejores condiciones. Ahí, no hace mucho
una de sus revistas (Antropológicas, segunda época) cesó de ser una publicación
especializada para mutar a mixta, que es también la línea de su reconocido
anuario.194 Su edición de colecciones arqueológicas son en cambio más estables
(Arqueología y Antropología y Técnica), aunque ésta última parezca estancada.
Aparentemente las cosas serían distintas en el IA/UV, pero sus arqueólogos se
quejan de que su universidad carece de colecciones para la publicación de
reportes de mayor aliento que los artículos.
194
Entiendo que, tras su segunda época (1992-1993), Antropológicas está siendo
reorganizada, probablemente bajo un nuevo nombre.
216
competencia establecida entre el poder federal y el gobierno estatal, por lo que no
es atrevido decir que este instituto es una especie de reliquia del pasado, que
sobrevive letárgicamente gracias a que la UdG se ha olvidado que existe dentro
de su estructura, ya que no aparece en sus directorios ni en el Censo de Personal
Académico aplicado en 1987 (Villa 1993). Irónicamente, la desaparición del
Laboratorio de Antropología de la misma universidad -que en colaboración del
Institut Francais de Recherche Scientifique pour le Developpement en Cooperation
(ORSTOM), era responsable del Proyecto Cuenca de Sayula-, coloca al IJAH en
una posición ventajosa a nivel regional...si tuviera la capacidad para expandirse
dentro de la UdG y sin indisponer al INAH en su contra.195
Como quiera que sea, es claro que el esfuerzo más serio para desarrollar una
arqueología aplicada desde una perspectiva regional lo representa la Dirección de
Arqueología del Instituto Cultural Mexiquense, donde temporalmente se han
llegado a emplear hasta 11 arqueólogos para atender algunas de las zonas
arqueológicas del estado. Asimismo, un caso digno de mencionar es el incipiente
Centro de Estudios Arqueológicos y Geográficos del Colegio de Michoacán, que
apenas cuenta con tres arqueólogos adscritos, pero que se ha impuesto la
conservación de una zona arqueológica en La Piedad.
195
Lo que ocurrió es que el Laboratorio de Antropología se convirtió en Departamento de Estudios del
Hombre, con un equipo de arqueólogos más consolidado. En el presente se discute la estructuración de una
Maestría en Estudios Mesoamericanos.
217
puede significar una desgastante pugna de poder y la ulterior eliminación del
campo profesional. Me refiero a los casos de Jeffrey Wilkerson de la National
Geographic Society en Filobobos, Ver. y de Joaquín Muñoz de la Fundación
Eduard Seler en Tantoc, S.L.P. Ambos proyectos están ahora en manos de
arqueólogos oficiales, luego de fuertes polémicas con sus iniciadores.196 Nótese
además que no es fortuito que sea el monopolio estatal del pasado el que se
impone a las iniciativas privadas de investigación individual, tal como viene
ocurriendo desde fines del siglo XVIII.
196
Cfr. Gerardo Ochoa,"Pormenores de la historia donde el INAH descalifica al arqueólogo
Wilkerson sobre el rescate de Filobobos", Proceso, 828, septiembre,1992:52-53; Gerardo
Ochoa et alia,"El INAH y la sociedad civil: varas y medidas", Este país, 32, noviembre,
1993:22-23.
218
[Link] DE LA ENSEÑANZA DE LA ARQUEOLOGIA.
197
Agradezco a María Candelaria Ku Cuc (y su tutor, Rafael Cobos) permitirme consultar
los avances de su tesis sobre la condición de la arqueología yucateca.
219
propiciada por el Centro INAH Veracruz, el Instituto de Antropología de la UV y los
famosos megaproyectos de Tajín y Filobobos, que no obstante estar controlados
por el INAH, están compuestos por arqueólogos veracruzanos.
198
Ver al final del capítulo.
220
1971). Para el periodo 1977-1993, por el contrario, la titulación tiende a
concentrarse en la licenciatura. Empero, en 1988 la ENAH estableció su propia
maestría en arqueología, que no obstante haber tenido tres ingresos bianuales
(que es el total de alumnos inscritos), no ha obtenido ninguna titulación. Así las
cosas, los 119 arqueólogos con maestría registrados como alumnos titulados no
corresponden a la actual maestría, sino a la ya desaparecida (1959-1970); sin
embargo, tampoco corresponden en tiempo a los 213 licenciados que desde 1977
se han graduado con llamativa celeridad, hasta 1993. Un problema de clasificación
similar tenemos en el caso de la FA/UV, donde siguiendo el esquema de la ENAH,
en sus inicios concedió 7 grados de maestría entre 1969-1985; sin embargo,
desde 1981 se viene otorgando la mera licenciatura, aunque valga decirlo, es la
única escuela donde están otorgando la titulación sin el requisito de la tesis. Entre
1989-1993 se ha reconocido la titulación de 14 estudiantes "protocolarios", es
decir, que se han ganado el título con promedios de calificación u otros estudios
equivalentes, de manera que su registro total de egresados incluye estos tres
rubros tan dispares. La gráfica 3.2 trata de corregir estos problemas de los
registros y sus tiempos efectivos de realización, anualizándolos.
Una confusión similar se observa en los registros del DA/ UDLA, heredero de
una institución tan antigua como la ENAH. Me refiero al Mexico City College,
fundado en 1940, para luego cambiar, en 1963, al de Universidad de las Américas.
Ahí, su Departamento de Antropología comenzó en 1947 a impartir cátedras en
antropología cultural y arqueología, esquema bimodal que hasta la fecha conserva
(Limón 1988). La columna de alumnos titulados no distingue sin embargo entre
licenciados y maestros, por lo que confunde su lectura, empero la directora del
propio departamento no se mostró dispuesta a poner al día sus registros como
para aclararnos la diferencia. Aún así, las tesis que tenemos registradas son en su
mayoría de maestría y, a diferencia de la ENAH, tienden a ser recientes, un
fenómeno inverso al de ésta escuela, lo que explica, creo yo, la creciente
competividad de los egresados de la UDLA en un mercado laboral estrecho e
inundado de pasantes y licenciados. Además, cuando los registros de la UDLA
221
puedan ser divulgados, podremos determinar con exactitud cuántos de esos
maestros realmente ingresaron a las arqueologías mexicanas, ya que el único
registro de sus tesis disponible indica que, de 42 titulados entre 1948 y 1983, solo
dos arqueólogas ingresaron en las instituciones de investigación y enseñanza,
mientras que el resto -casi todos de nacionalidad norteamericana- al parecer
regresaron a su país de origen.199
199
Me refiero a Evelyn Rattray (investigadora en el IIA/UNAM) y Gabriela Uruñuela
(actual directora del DA/ UDLA) (García Valencia 1989:131-135). La actitud evasiva de la
directora me ha impedido mensurar el ingreso de sus egresados al INAH y otros proyectos,
aparte del Centro INAH Puebla y el Proyecto Sayula de ORSTOM-UdG, ya citados.
200
Ver al final del capítulo.
201
Ver tabla 3.21 al final del capítulo.
222
hacer notar otro factor independiente: la jefatura de proyecto puede asignarse lo
mismo a un licenciado que a un doctor, por lo que conseguir un posgrado puede
ser ornamental para los arqueólogos activos.
202
Cfr. Linda Manzanilla,"Anexo del plan de estudios del doctorado en antropología"(MS,
s.d.); Doctorado en investigación arqueológica, CCH-IIA-UNAM, s.d., documento
facilitado por el Dr. Carlos Serrano, entonces coordinador del doctorado.
223
arqueológicas que funcionan como museos al aire libre, habría un número muy
aproximado (133) de museos propiamente dichos.203 Desde luego, ha de quedar
claro que, en lo que se refiere a la arqueología gubernamental, la gran mayoría de
los 98 museos de sitio y locales del INAH son instalaciones de poca capacidad de
exposición, no se diga de investigación. De hecho, en la práctica ocurre que el
arqueólogo o arqueólogos que intervienen una zona arqueológica se encarguen,
suplementariamente, de la confección de estos museos. La condición objetiva
anterior -ligada a las intervenciones físicas- está ajustada a una concepción más
profunda y tradicional, que se refiere a la idea de que las museografías científicas
se proyectan de manera definitiva para no cambiar, siendo usual que los cambios
se den esporádicamente, de sexenio a sexenio, o en periodos más prolongados,
pero ésta vez de manera radical, siempre pretendiendo "modernizaciones"
definitivas, hechas de una vez y para siempre.204 Como resultado de todo ello -y
en total contraste a la arqueología practicada en otros países-, la arqueología
propiamente museográfica es muy débil como alternativa profesional, no obstante
que la investigación y aplicación en museos podría ser un campo pleno de
posibilidades, como lo está demostrando en los hechos la curaduría de la zona
arqueológica de Teotihuacan. Cabe resaltar que es justo alrededor de este
sustrato institucional que el estudio de Teotihuacan asuma ciertos rasgos de una
potencial masa crítica de investigación arqueológica sin paralelo en México,
fenómeno que sólo habíamos observado en otro museo, el del Templo Mayor. En
fin, en la tabla 3.22 hemos registrado aquellos museos con investigadores
adscritos, sumando apenas 28 los curadores-arqueólogos en todo el país, cifra
que difiere ampliamente con el número de establecimientos efectivos.205
203
En los registros del INAH se distingue entre museos nacionales (5), metropolitanos (3),
regionales (27), de sitio (25) y locales (73), quedando fuera los comunitarios (55), por estar
a cargo de las localidades (INAH 1989: f.54).
204
Al menos en el monumental Museo Nacional de Antropología, pero probablemente
también ocurra en otros, las dificultades de actualización museográfica se topan con el
derecho de autor del Arq. Pedro Ramírez Vázquez, lo que dificulta doblemente la curaduría
de investigación, pues implica una concepción teórico-expositiva de fondo. Ya vimos en el
capítulo primero que los seminarios de modernización del MNA no han tenido ninguna
consecuencia visible por razones teóricas más amplias.
205
Ver al del capítulo.
224
En nuestra tipología hemos incluido una serie de instituciones de financiamiento
de las arqueologías (tabla 3.11), que requiere de algún abundamiento. Para
empezar es necesario decir que cualquier estrategia de documentación
arqueológica encontrará en el rubro del financiamiento la parte más delicada de la
información y, por ende, la más difícil de obtener. Este secreto de Estado también
es un rasgo característico de su arqueología nacional, ya que toda evaluación
científica precisa arrancar de un análisis de sus recursos presupuestales, sobre
todo cuántos son y cómo son canalizados. Para ser más explícito entonces, tanto
en el INAH como en el FNA el manejo de los recursos está cubierto de un pesado
velo en todo lo que a él se refiere. Ello parece sugerir un manejo discrecional y,
peor aún, personalizado, lo que nos remite a los hábitos patrimonialistas de la
administración del patrimonio cultural. Por supuesto que para el caso del
CONACYT la información es más transparente, pero asimismo escasa,
probablemente porque costear la arqueología sea todavía un sesgo novedoso de
parte de un organismo de apoyo a la ciencia dura y a la tecnología.206 Quiero decir
que si bien este organismo de sostén del desarrollo científico surgió desde 1971,
ha sido hasta un par de años atrás que ha empezado a financiar algunos
proyectos arqueológicos. Este financiamiento gubernamental está propiciando un
fenómeno singular: el que los arqueólogos universitarios estén ingresando al
mundo de los proyectos de gran intensidad, que estaban reservados al grupo de
arqueólogos del INAH. Como veremos en el capítulo que sigue, este ingreso está
fomentando un nuevo tipo organizativo de proyecto arqueológico, pero con el
agravante de que el intercambio de recursos y resultados induzca a los
arqueólogos a la búsqueda de hallazgos muy visibles, cometido que era propio de
la arqueología del INAH.
206
El problema de información a este respecto depende de la magnitud y particularidad de
los montos dirigidos a cada disciplina lo que, para efectos estadísticos, es desdeñable, luego
es subsumida en indicadores macro sobre la evolución del gasto de CONACYT; ver al
respecto CONACYT (1993), en especial su capítulo cinco.
225
Lo antedicho no es del todo comparable a la magnitud de los recursos que se
han venido asignando a la arqueología del INAH por el FNA (específicamente a
los Proyectos Especiales 1992-1994), fideicomiso público creado el 3 de
noviembre de 1992 en Nacional Financiera con medios impositivos proveídos por
la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Estos recursos fluían de manera
externa hacia el INAH a través de un Comité Técnico Nacional, pero hay pruebas
de que la administración del INAH ha expandido su dominio hasta manejarlo de
manera directa, como una más de sus prerrogativas monopólicas.207 Remito al
lector a la tabla 4.1 sobre la distribución presupuestal por proyecto, y su discusión
en relación al conflicto de prioridades entre arqueólogos.208 De momento, es
apresurado suponer que la crisis monetaria de 1995 tendrá un efecto negativo
sobre el futuro del FNA. Económicamente es razonable pensar que la austeridad
del gasto público influirá en esta fuente de financiamiento, pero la simbología
política no se rige por esta lógica. Quiero decir que existe la posibilidad de que el
poder ejecutivo federal vuelva a prodigar a la arqueología patrimonialista de
medios, a pesar de la crisis y precisamente por ella. La exaltación nacionalista del
pasado está muy lejos de haber sido desvirtuada como recurso del poder
condicionado.
207
El FNA incluso ha trasladado sus oficinas del CNCA al edificio administrativo del INAH.
208
Ver el siguiente capítulo.
226
proyectos normales de la arqueología gubernamental.209 El punto precisa ser
aclarado antes de llegar a un juicio definitivo.
209
Esta fuente administrativa (INAH 1993) reduce a cinco los "proyectos programáticos" de
todo el INAH, a saber: investigación de la cultura, formación de profesionales,
conservación del patrimonio cultural, divulgación del patrimonio cultural y planeación y
administración. No se siguen los mismos parámetros para la "aplicación de recursos",
donde aparecen otros rubros, como son: ejercicio de recursos de terceros, servicios
personales, materiales y suministros, servicios generales, transferencias, bienes muebles e
inmuebles y obras públicas, todos ellos rubros de asignación, no de presupuestación.
210
CNCA, Décima primera sesión ordinaria, abril de 1992, Comisión Interna de
Administración, f.24, consultado en el Centro de Documentación de la Gestión
Gubernamental 1988-1994.
227
está centralizada en la SMA, de manera coincidente a como el INAH centraliza a
la disciplina junto con el patrimonio arqueológico.
Hacia 1986 la SMA contaba con 343 socios, 52% de los cuales eran
arqueólogos. Desde sus inicios, la SMA reflejó la idea integral de antropología,
característica de México, pero con la peculiaridad de que en aquél entonces ser
investigador del INAH y ser afiliado de la SMA eran casi lo mismo, no obstante que
entre sus 63 socios fundadores había unos cuantos provientes de la UNAM, del
IPN y del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía. Con el andar de
los años, conforme el INAH crecía en complejidad estructural, la SMA se convirtió
en una extensión de él, hasta que a partir de 1973 el IIA hizo variar su
composición aparente. En 1989, 39% de los socios provenían del INAH y 13% del
IIA, pero de ambos porcentajes no se sabe exactamente cuántos eran
arqueólogos en tales instituciones (García Mora 1988:16-19). Es de hacerse notar
en seguida que para algunos de sus propios directivos, la SMA dejó de ser un foro
académico independiente desde la década de los sesenta (Arechavaleta
1988:140). Cualquiera que sea el origen de este decaimiento, sigue siendo
relevante el que la SMA agrupe a todos los arqueólogos sin distinción de su
adscripción institucional. Sugiero que eso se debe a que durante mucho tiempo los
arqueólogos compartieron una socialización común en la ENAH (si no es que un
empleo común en el INAH), origen que ha venido cambiando con la eclosión de
otras alternativas académicas y la diversificación profesional que he delineado a lo
largo del capítulo, las que podrían estar confluyendo en una variación en los
intereses de lo que en otro tiempo fue una sola corporación profesional.
Finalmente, es factible que la SMA permanezca y funcione para la arqueología
mexicana como una "asamblea crítica", efímera y poco comunicativa, pero
asimismo cíclica y dependiente de la temática específica de cada mesa redonda.
Me refiero al hecho indicativo de que cuando en su XIX congreso (1985) la SMA
reafirmó la validez teórica del concepto de Mesoamérica, las ponencias
arqueológicas abundaron; pero cuando se ocupó de la interdisciplina en su XXIII
228
congreso (1994), la presencia de arqueólogos decreció a ojos vistas (cfr. SMA
1985 y 1994).
229
conocimiento prehispánico (Avila et al.1988:135-138) confirman que la arqueología
de la ENAH tiene una vocación mesoamericanista y particularista a la vez. De
hecho, de un total 213 tesis examinadas (a fines de 1993 sumaban 332), solo
6.1% (es decir, 13 tesis) poseían temáticas ajenas a la Mesoamérica mexicana.
En la tabla 3.23 he vaciado y reclasificado este subgrupo de tesis, cuyo
desconcierto demuestra la inexistencia de una tradición de estudios
internacionales pensada desde México, aunque su enfoque teórico recuerde
vivamente al resto de tesis mesoamericanistas.211 Por los nombres de sus autores
deducimos que fueron motivadas por intereses personales o de origen nacional.
Además, es bien significativo que algunos arqueólogos que se han interesado por
la India y China han debido dirigirse al Centro de Estudios de Asia y Africa de El
Colegio de México, donde hay una maestría y doctorado con dicha orientación,
mientras que en el plan de estudios de la maestría en arqueología de la ENAH no
se enfatiza ninguna especialización, pese al mayor peso concedido a la
preparación teórica en comparación a la licenciatura del mismo plantel.
Desafortunadamente, los nulos resultados terminales de esta maestría impide
determinar si la temática mesoamericanista tradicional ha variado en alguna
medida.
211
Ver tabla al final del capítulo.
230
experiencias en Turquía y Bolivia. Aunque es indudable que mantiene su interés
en la arqueología mundial, parece claro que su reinserción en la arqueología
mexicana, así sea dentro de la arqueología universitaria desde 1983, implica una
reorientación, que arranca desde la dirección del Proyecto Cobá 1983-1984 (en
colaboración con personal del INAH) y que se continúa hasta Teotihuacan en el
presente.212 Indirectamente, pero con vastas implicaciones para toda la
arqueología mexicana, la base de datos reunida por Paul Schmidt es también
indicativa del mismo fenómeno de circunscripción tradicional a una área cultural
privilegiada, puesto que los proyectos norteamericanos tienden a ocuparse de
regiones desatendidas por los mexicanos, “quizá” -como dice su autor- “porque
nos consideramos mesoamericanistas”(Schmidt 1988: 408-409).
212
En el capítulo quinto se encontrará mayor información al respecto.
213
Ver capítulo quinto sobre el particular.
231
_______________________________________________________________
___________
IIA/UNAM
7. Antropológicas M I N
8. Anales de Antropología M I N
FCA/UADY
9. Boletín de la Escuela de
Ciencias Antropológicas M I R
FA/UV
10. Tlacatl M I R
11. Anales Antropológicos M I R
ENAH/INAH
12. Cuicuilco M I N
DA/UDLA
13. Notas Mesoamericanas M I R
DA/IMC
14. Expresión Antropológica M I R
IA/UV
15. Boletín Informativo M D R
16. Anuario Antropológico M I R
IPGH
17. Boletín de Antropología
232
Americana M I N
18. Revista de Arqueología
Americana E I N
FA/UNAM
19. Cuadernos de Arquitectura
Mesoamericana E I N
LA/UdeG
20. Anuario1 M I R
DPC/ICT
21. Tierra y Agua M D R
E M I D N R
------ ------ ------
TOTALES 4 17 17 4 9 12
_____________________________________________________________
FUENTE: Obtención directa.
NOTA: E (Especializada), M (Mixta), I (Investigación), D (Divulgación), N (Nacional) y R
(Regional).
[Link] el periodo de estudio, el Laboratorio de Antropología de la UdG se transformó en
Departamento de Estudios del Hombre y su Anuario fue sustituido por la revista Estudios
del Hombre, con equivalentes características.
_____________________________________________________________
Antologías 5 Científica 7
Biblioteca del INAH 2 Cuadernos de Trabajo 13
Catálogos 8 Obras varias 1
Científica 36 Publicaciones diversas 1
Cuadernos de Trabajo 18 Total 22
Divulgación 2
Facsimilar 4
Guías Oficiales 14
Miniguías 87
Monumentos Prehisp. 1
Museo [Link] Antrop. 1
Obras diversas 11
Obras varias 11
233
Atlas Arqueológico 2
Publicaciones Period. 5
Regiones de México 1
Total 208
_____________________________________________________________
FUENTE: Catálogo de publicaciones 1992/1993, INAH, 1992:39-88 y 189-195.
234
_____________________________________________________
Arqueología 29
Antropología y técnica 3
Bibliografía 1
Publicaciones periódicas 14
Total 47
_____________________________________________________
FUENTE: Catálogo de publicaciones 1992, IIA,1992: 11-22 y 41-57.
___________________________________________________________
[Link] 6 2 3
[Link] 6 2 3 3 5
[Link] 3 1 8 2 2
[Link] 1 3 1
[Link] 2 1
[Link] 1 1 1
[Link] 5 1 4 1 5
[Link] 6 1 5 10
[Link] 2 1 1 3 3 2
[Link] 2 2 2 1 10
[Link] 4 1 4 1
[Link] 1 1 1 3 3
TOTAL 38 13 5 33 20 34
_____________________________________________________________
FUENTE: Informes anuales 1991. Arqueología, IIAUNAM.
NOTA: La misma fuente indica la ausencia de los informes de tres arqueólogos (Teresa
Cabrero, Jaime Litvak King y Paul Schmidt), por lo que no se les incluye.
[Link] conferencias, reseñas y notas en el boletín A dos tintas del mismo instituto.
235
____________________________________________________________
[Link] 5 1 2
[Link] 2 2 2
[Link] 4 1 1
[Link]énez 3
[Link] 2
[Link] 2
[Link] 11 2
[Link] 8 5 4
[Link] 5 4
[Link] 4 2
[Link] 11 1
[Link] 5 1
TOTAL 62 11 15 2
_____________________________________________________________
__________________________________________________________
236
1988 1,510 145 9.6
1989 1,440 157 10.9
1990 1,344 136 10.1
_____________________________________________________________
FUENTE: Indicadores de las actividades científicas y tecnológicas 1993, SEP-
CONACYT,1993:78.
_____________________________________________________________
TABLA [Link] ARQUEOLOGICAS DE INVESTIGACION,
LOCALIZACION Y AÑO DE FUNDACION
_____________________________________________________________
237
_____________________________________________________________
______________________________________________________________
[Link]/CNCA,México,DF.,1939.
238
[Link]ón de Patrimonio Cultural/Instituto de Cultura de
Tabasco (DPC/ICT),Villahermosa,Tab.,?.
______________________________________________________________
FUENTE: obtención directa.
______________________________________________________________
[Link]/CNCA:
[Link] nacionales y metropolitanos (8)1
[Link] regionales (27)
[Link] de sitio y locales (98)
[Link] arqueológicas (163)
[Link] universitarios:
[Link] Regional de la Universidad Autónoma de Baja
California.
[Link] Regional de la Universidad de Sonora.
[Link] de Antropología de la Universidad Veracruzana.
[Link] de Arqueología de Occidente del IJAH/UdeG.
[Link] Universitario de Antropología del IIA/UNAM
[Link] privados:
[Link] Cultural Alfa.
[Link] Amparo.
[Link] Serfín.
[Link] estatales:
[Link] Cultural de Tijuana.
[Link] de las Estelas [Link]án Piña Chán
[Link] Biblioteca Pape
[Link] de las Culturas de Occidente María Ahumada
[Link] de Antropología e Historia Mexiquense
[Link] Arqueológico de Mazatlán
[Link] del Estado de Michoacán
______________________________________________________________
FUENTE: Museos de México, Editorial Jilguero, México,1992; Zonas Arqueológicas,
Editorial Jilguero, México,1991; "Memoria de labores INAH 1983-1987. Museos y
exposiciones-docencia", Antropología, 19,marzo-abril,1988; INAH. Indicadores de gestión,
segundo trimestre,1993, p.22.
[Link] rigor, de los ocho sólo uno es francamente arqueológico: el Museo Nacional de
Antropología; el Museo del Templo Mayor está clasificado como museo de sitio.
______________________________________________________________
239
TABLA [Link] DE FINANCIAMIENTO DE LA ARQUEOLOGIA Y
AÑO DE FUNDACION
______________________________________________________________
[Link]/CNCA,México,DF,1939.
[Link] Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT),México,DF
1971
[Link] Financiera,México,D.F.:
[Link] Nacional Arqueológico (FNA),1992.
______________________________________________________________
FUENTE: obtención directa.
_____________________________________________________________
1932 22 52
1942 43 66
1952 57 71
1962 81 212
1972 108 944
1982 122 1526
1992 155 n.d.
1995 163 n.d.
______________________________________________________________
FUENTE: El INAH. Funciones y labores, 1962:36-37; Memoria de labores,1977-1979,
1980:135-136; "INAH. Evaluación y desafíos", Antropología, 23,1988:14 y 29;"Proyectos
especiales de arqueología", Arqueología mexicana, 7(2):82-84,1994.
[Link] cifras incluyen personal de custodia de museos y zonas.
________________________________________________________________
240
Docente 83 141 509 377 409 -
Investigación 343 408 611 647 677 760
________________________________________________________________
FUENTE: NAH 1984. Segunda Reunión Anual de Evaluación, 1985:314-315; Manual
estadístico de los resultados de la gestión institucional (periodo 1983-1988), 1989,f.133;
"INAH. Evaluación y desafíos" Antropología, 23, 1988: 7; INAH. Indicadores de gestión.
Segundo trimestre,1993,1993:31.
241
________________________________________________________________
________________________________________________________________
DEPENDENCIA NUMERO
________________________________________________________________
242
TOTAL 3062
________________________________________________________________
FUENTE: X Evaluación de Personal Académico del INAH. Resultados finales, 1994.
[Link] solo docentes de tiempo completo, no así los contratados semestralmente ni con plaza
en otra dependencia del INAH.
[Link] incluye un número indeterminado de arqueólogos adscritos a las Direcciones de Etnología
y Antropología Social, Etnohistoria y al Departamento de Arqueología Subacuática. La fuente
usada está basada en autoevaluaciones individuales, lo que implica que hubo la opción personal
de elegir la identidad disciplinaria. Así, los arqueólogos de la ENAH se evaluaron como
docentes, no como arqueólogos. Su orientación responde a los estímulos económicos ofrecidos
por el INAH a sus docentes de la ENAH y a la Escuela Nacional de Restauración. No es claro
qué ocurre con los demás, pero es factible suponer una estrategia de retirada a la docencia o a la
investigación.
________________________________________________________________
243
________________________________________________________________
Investigación:
[Link]/UNAM 15 2 13 2
[Link]/UDLA 1 - 1 -
[Link]/UdeG1 2 - - -
[Link]/UdG2 2 1 1 -
[Link]/UV 8 2 8 -
[Link]/UAC 1 - 1 -
Aplicación:
[Link]/ICT - 1 - -
_______________________________________________________________
FUENTE: cuadros anteriores.
[Link] estudiantes de la maestría de la ENAH estaban por reactivar la Sección de Arqueología
del IJAH.
[Link]ólogos no adscritos al Laboratorio, sino al Proyecto Cuenca de Sayula; tres asistentes
más estaban pendientes de contratación.
244
_____________________________________________________________
[Link]/INAH1
Licenciatura 5 408 n.d. 213 1 5
Maestría 3 28 17 119 4
[Link]/UV
Licenciatura 3 10 n.d. 31 2 2
[Link]/UADY
Licenciatura 2 17 129 22 1 1
[Link]/UAG
Licenciatura 2 9 38 13 - -
[Link]/UDLA
Licenciatura 4 n.d. 40 n.d. 1 4
Maestría n.d. 21 42
[Link]/FFL/UNAM
Doctorado 8 5 n.d. 11 2 8
________________________________________________________________
FUENTE: obtención directa.
NOTA: I (Inscritos), E (Egresados) y T (Titulados).
[Link] el periodo de estudio la ENAH estableció su propio doctorado en antropología, incluyendo
la especialidad de arqueología.
245
______________________________________________________________
_____
TABLA [Link] DE ARQUEOLOGIA POR INSTITUCIONES EDUCATIVAS Y
GRADO, 1946-1993.
________________________________________________
GRADO NUMERO %
________________________________________________
246
______________________________________________
INSTITUCION NUMERO %
______________________________________________
CIHS/UAC 1 3.2
IIE/UNAM 1 3.2
IEA-DA/UDLA 2 6.4
IA-MA/UV 2 6.4
IIA/UNAM 10 32.2
INAH 15 48.4
_____________________________________________
FUENTE: Sistema Nacional de Investigadores. Directorio 1990, 1991:60-64.
__________________________________________________
[Link]ón de Arqueología,
Museo Nacional de Antropología/INAH 11
[Link] del Templo Mayor/INAH 6
[Link] de Antropología/UV 5
[Link] Nacional de las Culturas/INAH 1
[Link] Regional de La Laguna/INAH 1
[Link] Nacional de Historia/INAH 1
[Link] Arqueológica de Teotihuacan/INAH 31
T O T A L 28
____________________________________________________
FUENTE: X Evaluación de Personal Académico del INAH,1994.
[Link] incluye los 12 arqueólogos-becarios del Centro de Estudios Teotihuacanos,sino
a los de su curaduría.
247
________________________________________________________________
248
CAPITULO CUARTO
FENOMENOLOGIA DE LA ARQUEOLOGIA
MEXICANA
214
Cfr. el texto original de Hobbes (1963:142-143) con su traducción al español por Manuel
Sánchez Sarto en 1940 (Hobbes 1980:101-102).
249
que vendría siendo para nosotros la conciencia de los dilemas y paradojas que
encaran las instituciones, grupos e individuos involucrados en esta tradición
científica. Antes de proceder a su estudio, en los dos capítulos inmediatos me
propongo ampliar la indagación social por medio de una fenomenología de la
arqueología, en ésta ocasión enfocada a la manera como se realiza en sus
proyectos cotidianos, algunos de los cuales seleccionaremos en el quinto capítulo
como casos de estudio, con el fin declarado de iluminar nuestro interés central, a
saber, el problema del cambio teórico-conceptual, tal como se da en México.
250
en restos no linguísticos de la vida humana colectiva en un tiempo que está más
allá de nuestra memoria” (Embre 1992:191).
Heidegger, nos inclinamos por definir al fenómeno como "lo que hace patente por sí
mismo", lo que se revela por sí mismo en su luz, por ende, materia de descripción y objeto
la sociología fenomenológica iniciada por Alfred Shütz (a su vez, piedra angular del
tomar al fenómeno como una realidad ilusoria, la consideramos una realidad subordinada y
última, que no puede negarse por ser objeto de la experiencia. Tampoco nos interesa
como un haz de realidades compuestas por una serie de acciones racionales e irracionales,
total de objetos y ocurrencias dentro del mundo social cultural experimentado por el sentido
común del pensamiento de los hombres viviendo sus vidas diarias entre sus congéneres,
215
El sitial de "Padre de la Antropología Mexicana" concedido a Manuel Gamio podría ser
la única excepción a esta regla. Empero, no se denomina a su proyecto integral en
Teotihuacan como "el Proyecto Gamio en Teotihuacan", sino que en la terminología actual
sería simplemente "Proyecto Teotihuacan 1918-1922", tal como luego se hablará del
Proyecto Teotihuacan 1962-1964, del Proyecto Teotihuacan 1980-1982 o del Proyecto
Teotihuacan 1992-1994. Las figuras de Ignacio Bernal o Eduardo Matos, si bien están
indisolublemente asociados a ellos, no los nombran del todo; pero tampoco los disgregan.
252
y de la teoría al uso. No es infundado decir, pues, que los proyectos son la
condensación misma del ser arqueólogo.216
216
Otros factores subjetivos que nunca han sido analizados son las cualidades personales de integración y de
interpretación, si bien a éstas se les toma como lo mismo (Manzanilla y Barba 1994:101). La distinción entre
ambos factores reside en que la primera cualidad es un mecanismo de correspondencia entre los
enunciados teóricos y los enunciados observacionales. La interpretación en cambio es ya una interpretación
teórica absoluta, un retorno enriquecido al piso teórico.
253
clasificación tipológica bipolar de proyectos coyunturales y de proyectos académi-
cos (Morelos, Rodríguez y Cabrera 1991). Otra es que a partir de la propuesta de
un diseño de proyecto ideal, pretendidamente más eficiente en materia de
organización a modo de "estrategia industrial", se reiteró la presencia dual de
proyectos-presupuesto (sólo movidos por un acceder al presupuesto de origen
estatal) y proyectos-orientados-a-problemas (o sea explícitamente hipotético-
deductivos)(Gándara 1992: 78-144). Análoga concepción ya estaba implícita en el
conocido diagnóstico del estado de la investigación arqueológica del INAH debido
a Braniff, López, Mastache y Nieto (1983), quienes encontraron que de 95
proyectos registrados, ninguno de ellos hacía referencia a sus planteamientos
teóricos, métodos, técnicas, objetivos y resultados esperados, carencia genérica
que podría equivaler a decir que debería existir otro tipo más explícito de proyecto
académico.
Mas en clara oposición a los más críticos de este grupo, Mastache y Cobean
(1988:64-65) restaron importancia a los proyectos oficiales o coyunturales, para
argüir que la caracterización de estos arqueólogos críticos era insuficiente: solo un
estudio sistemático permitiría conocer sus diferencias formales y de contenido, así
como sus resultados. Por desgracia tal sistemática no fue emprendida, sino que
estos autores no desaprovecharon la ocasión para criticar el exceso de recursos
asignados al Proyecto Templo Mayor de Eduardo Matos, lo que vuelve a poner a
discusión el problema de la distribución de presupuestos y, por ende, la rivalidad
subyacente entre proyectos y arqueólogos. Finalmente, una tipología ajustada a
un juego de variables (recursos, unidades organizativas y tiempo) me llevó a una
clasificación de “proyectos-de-alta-intensidad” y “proyectos-de-baja-intensidad”,
que si bien admitía gradaciones intermedias, no dejaba de reproducir de otro
modo las tipologías bipolares anteriores (Vázquez 1996).
254
combinatoria de verticalidad e intensidad, lo que arroja cuatro clases posibles de
proyectos arqueológicos, para los que la variable tiempo es independiente, pues
varía de acuerdo a la duración del proceso de resolución de toda clase de
imponderables inherentes a un proyecto en su consecución de éxito y, por ende,
de fama y poder para el arqueólogo. El tiempo aquí es considerablemente más
amplio que el fijado por las fechas límite presupuestales o sexenales. Es un
tiempo activo, no político ni coyuntural, que depende de la actividad desplegada
por el arqueólogo para optimizar sus objetivos.
Este cambio de orientación implica mucho más que una táctica de lenguaje
"políticamente correcto", esto es, fingidamente neutral. Antes al contrario, me
parece que se basa en la idea de que los proyectos arqueológicos son fenómenos
de tanta complejidad como para ameritar un estudio muchísimo más detallado. Ya
que no partimos de un modelo a priori o de un tipo ideal de proyecto que nos
induzca de antemano a valorar lo correcto o incorrecto de la actividad de los
arqueólogos, su habilidad o integridad, su relevancia o irrelevancia, o cualquier
otro par de juicios de valor excluyentes (cuya peor implicación siempre es que
divide en dos a la disciplina, lo que nos haría eco de sus disputas internas),
sugiero definir al proyecto arqueológico como “un proceso sociocognitivo individual
y grupal de estrategias y transacciones prácticas que buscan obtener un fin
óptimo, sea político , académico, personal o alguna combinación variable de ellos”.
Sostengo en seguida que esta definición permite no sólo aprehender sus
componentes estrictamente arqueológicos (teoría, métodos, técnicas, resultados),
sino también los sociales (institucionales, organizativos, lenguaje, valores,
recompensas) y aún los idiosincráticos (elecciones, motivaciones, acciones,
comportamientos), que en general son causa de evitación (e informalmente de
anécdotas, chismes, sanciones, pasiones, incomunicación) entre arqueólogos.
"Eso entre arqueólogos es pecado", nos previene el sensible mecanismo de
evitación de Carlos Navarrete (1991:32). Al respecto solo podría reponer que, si
en verdad lo son, ha llegado el momento de abordar analíticamente los “pecados”
de la arqueología mexicana.
255
1. LA IMAGINERIA BELICA Y SU SENTIDO.
LA ARQUEOLOGIA ES GUERRA
Un juicio así sería explicable por la creencia (aún viva) en la búsqueda ana-
lítica de un lenguaje estrictamente observacional no problemático, es decir, libre
de vaguedades y connotaciones metafísicas y hasta personales, que, por otra
parte, siempre se ha atribuido a las humanidades, algunas ciencias sociales, y
sobre todo a las artes, la literatura en particular. Hoy, gracias al análisis textual,
sabemos que el lenguaje metafórico en la literatura se rige por diferentes princi-
pios, dependiendo de su género (Acero 1989).218 Por el lado del lenguaje de la
ciencia, ya desde 1945, Cohen (1992:110-116) observó que sus metáforas no
pertenecían al reino de la retórica científica porque servían efectivamente para
aprehender y comunicar nuevas ideas teóricas, apreciando su relevancia para el
desarrollo de nuevos campos del conocimiento. Este podría ser muy bien el caso
de las neurociencias, cuyo desarrollo puede esquematizarse a través de varias
etapas relacionadas al uso de ciertas metáforas específicas, las que a su vez han
218
Un estudio reciente sobre el poder seductor de las palabras debido a Grijelmo (2000), al mismo tiempo
que admite que las metáforas abren mayor riqueza descriptiva, aprecia que en el amor, la economía y la
política éstas son mentirosas. Concluye que “Las palabras pueden pronunciar la melancolía con el sonido del
violín pero también la guerra con la potencia de los tambores. Las palabras engatusan y repelen, edulcoran y
amargan, perfuman y apestan. Más vale que conozcamos su fuerza”. Eso fue lo que descubrió Ari Shabari,
un exoficial israelita cuando, en su tesis doctoral en la London School of Economics, se puso a analizar las
cartas de niños cuando los puso a escribir sobre “el árabe malo”. Descubrió cuánto reflejan los prejuicios y
cuánto servían para estructurar el pensamiento y la acción social (“Mohamed, quiero que te mueras”, El
País, 25/8/2001:4).
257
provocado modelos conceptuales previos a los matemáticos. De hecho, los
especialistas en la materia sugieren un proceso teórico-evolutivo en las
referencias metafóricas, y cuyo punto culminante consiste en sustituir unas
metáforas iniciales por otras más adecuadas a la realidad observada en fases
ulteriores (Garduño, Lara y Sandoval 1986:23-56).
258
traspasó al régimen de bienes inmuebles nacionales, pero ya elevadas al rango de
"monumentos arqueológicos".219 Su inclusión en los conceptos metafóricos re-
sponde al hecho de que Batres, en calidad de Inspector de Monumentos
Arqueológicos, estaba encargado en esos momentos del proyecto de excavación
extensiva de Teotihuacan. Gracias a la investigación histórica, sabemos bien que
como militar retirado estilaba organizar la excavación extensiva como si fuera un
campo militar, dividiendo incluso a los obreros (operarios) en brigadas vigiladas
por cabos y capitanes, bajo el mando de un capataz general.220 Cabe muy bien la
posibilidad de que Batres interiorizara como arqueólogo la reforma introducida en
el ejército porfirista en 1876, en que fue organizado territorialmente en 12 zonas
militares y tres mandos,221 mismas que en la actualidad se han engrosado con las
bases navales y aéreas (Sohr 1990:128). Entonces, el que hoy se diga que el
INAH y los particulares sostienen un litigio de terrenos para crear estas zonas, y
que ello induce a una estrategia política de ocupación pacífica de estos terrenos
por el poder estatal (en tanto se les "regulariza" por decreto presidencial) (Nalda
1993:137), ello resulta por demás consistente con la analogía de la zona
arqueológica y la zona militar.
219
Los detalles del acuerdo expropiatorio vía adquisición de terrenos data del 24 de junio de
1907 y lleva la firma de Justo Sierra; se encuentran en Solís (1988:79-83). El historiador
José Gallegos (1994), en su historia de esta zona, sostiene que ya desde 1902 Batres había
delimitado las zonas monumentales de Palenque y Mitla, lo que parece confirmar nuestra
sospecha sobre su autoría.
220
La lista de enemigos, envidiosos y defensores está en Batres (1911); su referencias
militares para organizar el descubrimiento de la Pirámide del Sol aparecen en un artículo de
1919 (Batres 1993:45-48); para más referencias del momento histórico, remito a mis
trabajos (Vázquez 1993 y 1994). Bahn, con tono jocoso, se refiere a que el Gral. Pitt-
Rivers (1827-1900) excavaba “con precisión y disciplina, como en ejercicios militares. Esta
tradición continuó luego con Mortimer Wheeler, otro militar; cierto número de excavadores
modernos aún tratan de excavar como cabos” (Bahn 1993:57; cursivas mías).
221
Debo al historiador Salvador Rueda Smithers esta información.
259
cuya experiencia es precisamente la de disputar a los actores sociales
(propietarios rurales y urbanos, coleccionistas, traficantes, indígenas, etc.) la
propiedad de los vestigios del pasado prehispánico. No abundaré más en la
cuestión, que he abordado en detalle en el capítulo segundo, en relación al tipo
de dominación patrimonialista con que se rige su administración. En cambio, me
interesa enfatizar cómo el concepto metafórico de enemigo puede ser extendido a
otro arqueólogo (o arqueólogos) que compita en la consecusión de recompensas,
rivalidad que frecuentemente arranca desde la postulación de un proyecto y la
asignación presupuestal.
222
Me refiero al coloquio Experiencia del trabajo arqueológico: pluralidad y vertientes,
sostenido en el Museo Regional de Querétaro del 4 al 6 de noviembre de 1992 (Crespo y
Viramontes 1996).
223
Las excavaciones de Schofield en Billinsgate (reproducida en McIntosh 1987:175-185) y
Rahtz en Sutton Hoo y Wharram Percy (Rahtz 1986:138-161) son ilustrativas de esa
concepción organizativa.
260
vez que su financiamento viene de medios privados, combinados a los
universitarios. Por supuesto que un financiamiento privado no determina
necesariamente conceptos empresariales, como lo demuestra el modelo Madrid
de arqueología de salvamento y rescate, donde la brevedad de la relación patrón-
cliente y su carácter de urgencia no se entremezclan plenamente, quiero decir, no
se condensan en sola institución (Vázquez, 1996a). La del Reino Unido parece ser
el caso de una estructura organizativa que difiere del todo de una estructura de
rango a la mexicana, que, según demostraré, es francamente vertical, por proced-
er de una administracion burocrática tradicional que, como ya vimos, absorbe
incluso las funciones de la arqueología como disciplina de estudio. Baste decir
que en México resultaría descabellado admitir en el seno de un proyecto a dos
comités, uno consultivo (de las corporaciones o personas patrocinadoras), y otro
ejecutivo -éste último el propiamente arqueológico-. Operativamente, bajo tal
estructura el director de la investigación es asistido por uno o más supervisores, a
cargo de los arqueólogos-operarios-voluntarios, ya que ha de considerarse que la
contratación de obreros es en este contexto una costumbre en franca extinción, lo
mismo que en Estados Unidos, sociedad donde el patrimonio público está
completamente volcado a la sociedad civil, un fenómeno coincidente con el hecho
de que la arqueología experimente allí un auge del trabajo voluntario (Wertime
1995), en lugar de sustentarse del todo en la contratación de ejércitos de cientos
de obreros como en México. En fin, estas experiencias son consistentes con el
ideal de "arqueólogo completo" de Graham Clarke, que precisa, entre otros
atributos, el de "ser apto para los negocios y la administración", eso es, "capaz de
administrar y dirigir excavaciones que bien pueden volverse empresas de gran
escala" (Rathz 1986:53; las cursivas son mías). Llega a estimarse a tal grado la
habilidad administrativa del director de una excavación, que se estima que "sin
tales habilidades administrativas, todo el edificio arqueológico trepidaría" (Rathz
1986:70-71).224
224
En su satírico tratamiento de la arqueología académica inglesa, Paul Bahn (1993:19-22) cuando se ocupa
de la organización de la excavación habla más bien del director, los supervisores y los excavadores, aunque
su sarcasmo lo lleve todavía a equipararlos a un general, sus oficiales y la infantería. Aunque ambas
organizaciones sean jerárquicas, sus rangos no son los mismos. Aún en México.
261
Ahora bien, aunque por convención se restringa a tres tipos la fase de
excavación de un proyecto -investigación, rescate y salvamento-, y de que
siempre será una operación compleja en equipo (de dos o mas arqueólogos) que
dependa de los objetivos del trabajo, los recursos disponibles (gente, dinero,
tiempo), el tipo de sitio, la clase de subsuelo, etcétera, es claro que los proyectos
arqueológicos reclaman de un buen número de habilidades extras, pero sobre
todo, agrego yo, de una serie de respuestas (decisiones) tomadas sobre sobre la
marcha del proceso, lo que merece una atención puntillosa. Conviene al respecto
tener presente que el tópico tradicional mesoamericano de la arqueología
mexicana introduce un factor constante o expectativa generalizada en casi todos
los proyectos realizados bajo su condicionante contextual: me refiero a la
envergadura misma de los hallazgos esperados. Por su naturaleza monumental,
estos objetos inducen (que no crean) proyectos con grandes excavaciones
extensivas, que siempre requieren de una gran intensidad de recursos,
complejidad organizativa y elecciones potenciadas para administrarlos y llevarlos a
buen éxito. Es ilustrativa al respecto la estrategia evasiva (de prioridad de sus
preferencias personales aunque impliquen menos recursos para sus proyectos
académicos, ante la opción de proyectos con más recursos pero de interés
gubernamental antes que personal) adoptada por varios arqueólogos
universitarios frente a los Proyectos Especiales de Arqueología 1992-1994.225
Estos no se concretaron a criticar la intensidad de los proyectos, sino que de
inmediato reconocieron que no había otra manera de abordarlos dada la cantidad
de factores implicados en ellos (estudio, publicación, ingeniería de obras, servicios
turísticos, recursos, etcétera), algo para lo que seguramente no están bien
adaptados los académicos.
225
El Proyecto Especial Xochicalco fue ofrecido a Jaime Litvak y el Proyecto Especial
Palenque a Carlos Navarrete; ambos declinaron la oferta personal de la directora general
del INAH. En ambos casos se esgrimieron (de modo informal, en conversaciones) argu-
mentos sobre su complejidad de administración; Navarrete agregó otro factor limitante: el
manejo de la epigrafía maya, que ha experimentado avances radicales además de que ha
hecho de Palenque una Meca internacional para dicha investigación.
262
Es justo en el terreno organizativo y su razón de ser en el contexto práctico
actual que se explica el sentido del lenguaje militarizado. Su uso conlleva implícita
la idea de que la organización filomilitar es el medio más eficaz para administrar
los proyectos en su fase crítica de excavación.226 En ello coinciden arqueólogos
gubernamentales y universitarios, aunque difieran en otros aspectos.227
Recuérdese que éstos no solo han tenido en común con los primeros una misma
socialización profesional. Unos y otros comparten conceptos teóricos y
observacionales, tópicos de interés, y hasta han trabajado en el INAH en algún
momento temprano de su trayectoria personal, cuando iniciaron su ascenso de
escala; aún en el caso de que den rienda suelta a sus preferencias personales de
estudio, su arqueología debe ser negociada con el Consejo de Arqueología del
INAH, que es una referencia constante, decisiva, para obtener la autorización a
sus proyectos. En suma, no son nunca ajenos a su contraparte gubernamental.
Por ello que confirmen que la preparación de un proyecto arqueológico "En
muchos sentidos se parece a una operación militar..."(Litvak 1986:67; cursivas
mías). La idea de que la formación del arqueólogo puede compararse al ingreso a
una "sociedad secreta o un grupo de guerreros", procede de la misma fuente
universitaria.228
226
Hole y Heizer (1983:115-116 y 131) admiten también la similitud de la organización
militar y la organización arqueológica, pero sin asumir sus metáforas como modélicas ni
mucho menos con la misma consistencia conceptual.
227
Manzanilla y Barba (1994) , que han descollado en la instrumentación de un nuevo tipo de proyecto (ver
más adelante), han introducido una serie de metáforas provenientes de la medicina y para las que una
excavación sería como una “minuciosa cirugía”, una prospección una “radiografía” y la integración e
interpretación una “diagnóstico”. Es interesante que ambos autores sean investigadores universitarios.
228
Cito el resumen de la ponencia de Jaime Litvak, "La función del anecdotario en la
formación del antropólogo", escrita para el coloquio La historia de la antropología en
México. Fuentes y transmisión, llevado a cabo del 5 al 7 de julio de 1993 en la ENAH. Su
versión escrita (transcrita en realidad, ya que Litvak optó por improvisar sus anécdotas) fue
un poco diferente. Las anécdotas, dijo, sirven para transmitir la tradición entre
generaciones, tradición que es como una cultura, una identidad y un cuerpo cerrado: “La
anécdota en la formación del antropólogo es parte de una tradición, de una herencia. Es la
transmisión de una serie de rasgos que compartimos, que nos identifican hacia fuera y que
nos unen hacia adentro. Nos localizan, nos dicen qué somos, de dónde venimos, de cuántos
grupos estamos hechos, quiénes son nuestros amigos y hasta dónde podemos contar con
ellos y quiénes no lo son y hasta qué punto son peligrosos. Esas anécdotas llevan a cabo esa
labor dentro del grupo y fuera de él” (Litvak 1996:283-284). ¡Batres (1911) se identificaba
263
La misma imaginería bélica ha sido interpretada como una parábola con
lección moral. Según Carlos Navarrete, existe una analogía entre el
comportamiento arqueológico y la Guerra de 1847 contra Estados Unidos, en que
varios generales mexicanos optaron por conservar intacto su ejército en vez de
cooperar contra el ejército invasor, simplemente porque ello facilitó la derrota de
otros generales que no les eran gratos. De manera más reservada, gusta ilustrarlo
con la guerra intestina sostenida por los "generales" Eduardo Matos, Angel García
Cook y Enrique Nalda, una guerra de posiciones hecha desde sus respectivos
frentes y trincheras, distanciadas por una cuantas calles de por medio, pero con
un mismo objeto de interés, Templo Mayor (un caso muy similar a éste es el
Proyecto Xochimilco, en que cada equipo trazó una línea Maginot imaginaria
imposible de cruzar, aunque eran escasos 150 metros los que los separaban). La
informalidad con que este relato ha sido hecho -Navarrete siempre se ha negado
ponerlo por escrito, cosa doblemente extraña en él, dadas sus reconocidas dotes
como escritor- demuestra dos cosas: 1) que es un lenguaje reservado a los actos
de habla (las anécdotas, la enseñanza del trabajo de campo, las temporadas de
exploración); 2) que si bien refuerza la estrategia de atarse a sí mismo para evitar
la cooperación o comunicación -o estrategia evasiva-, enfatiza la metáfora de que
la arqueología es guerra, argumento que, por otro lado, oscurece otros aspectos
de la experiencia, ya que subestima los aspectos de la comunicación y sobre todo
la cooperación, claves para la actividad científica. En ese sentido puede afirmarse
que los arqueólogos han llegado al extremo de ser víctimas de sus propias
metáforas beligerantes.229
de modo tan similar cuando agrupaba a sus congéneres en “Enemigos míos”, “Mis
envidiosos” y “Mis defensores”!
229
Lakoff y Jonson (1980) observan que los conceptos metafóricos contribuyen a la compresión mutua. No
así cuando su sistematización extrema –como es el caso de la “La discusión es una guerra”- impiden la
comunicación, y, por ende, la comprensión. Tal como ocurre a los arqueólogos del cuento de Borges, “Tlön,
Uqbar, Orbis Tertius”, donde el director de una cárcel estatal promete la libertad a los presos que trajeran
un hallazgo importante. Sus excavaciones en masa, ávidas y esperanzadas, solo produjeron resultados
contradictorios que inhibieron sus ansiados resultados.
264
2. TIPOLOGIA DE ORGANIZACION DE LOS PROYECTOS ARQUEOLOGICOS.
Sin ser del todo infundadas, el gran problema de las tipologías polares antes
citadas (Gándara 1992:79-81 y 96; García, Rodríguez y Cabrera 1991:15-16) es
que sustituyen un enfoque comparativo por otro valorativo, donde el analista
siempre argumenta desde el punto de vista de un deseado y deseable proyecto
arqueológico de investigación, que siempre existe como ideal,230 al tiempo que
desmerece a los proyectos de otros tipos, especialmente los político-
monumentales, donde el imperativo académico-científico aparece menguado por
otros objetivos y motivaciones, casualmente los de orden monumental y los que
más prestigio retribuyen a las jefaturas. Esta sustitución retórica arroja magros
resultados para la comprensión y explicación. Por ejemplo, la propuesta de un
proyecto ideal explícitamente científico, induce a Gándara dejar de lado la
creciente importancia de los proyectos-presupuesto en manos de quienes
denomina los "arqueólogos administradores", pero cuya preponderancia es
concomitante al incremento de proyectos con altos presupuestos, mucho personal
y materiales cuantiosos, y la relación que este fenómeno guarda con la dinámica
teórica del enfoque histórico cultural, con la búsqueda de "cosas"
(descubrimientos), y con los conflictos de poder por el control de presupuestos y
autorizaciones del Consejo de Arqueología. Todo esto cae, para él, en el rubro de
proyectos "altamente ineficientes", siempre que se les contrasta a un modelo ideal,
que no es sino el deseado.
230
Es notorio que estas clasificaciones valorativas siempre vengan de arqueólogos
gubernamentales, en especial de aquellos con más luces y que desean hacer del imperativo
de conocimiento un objetivo central, pero dentro de un contexto que los repele al
predominar en él un imperativo monumental. En cambio, los arqueólogos universitarios
parecen ajenos a este sentimiento contradictorio, por lo que sus clasificaciones son
justamente de orden temático-personal. Confróntese al respecto la clasificación de Ochoa
(1983:115-119), aunque solo indirectamente se refiera a los proyectos del IIA entre 1964 y
1978, ya que se basa en sus productos como artículos.
265
En ese orden de ideas, la clasificación de proyectos coyunturales versus
proyectos académicos se aproxima más a la realidad de las cosas. Sus autores
escriben desde la perspectiva de los miembros de un proyecto político,
definitivamente dedicado al "descubrimiento y a la salvaguarda de los intereses
estatales" (Morelos, Ro-
dríguez y Cabrera 1991:15), y donde los objetivos académicos son un resultado
indirecto (y postrero) del proyecto, porque dependen de la decisión (y dificultad)
personal de obtenerlos, como ha quedado claro en sus publicaciones muy
posteriores al “final” del proyecto monumental (Cabrera, Rodríguez y Morelos
1982,1982a,1991; Morelos 1993). No obstante su avance hacia una tipología más
descriptiva, el tipo de proyecto político-coyuntural no facilita el análisis comparativo
ya que los circunscribe, como su nombre indica, a coyunturas casuísticas
singulares, cuando en realidad, desde nuestra perspectiva comparada, son
proyectos que regularmente se repiten a pesar de sus particularidades intrínsecas.
Cada ciclo sexenal o presidencial vemos repetirse esta clase de proyectos
dependientes del ánimo del soberano patrimonialista en turno. Cabe advertir que
esta dinámica cíclico-repetitiva domina no solo a estos proyectos explícitamente
monumentales de gran escala, sino incluso afecta a toda la arqueología, aun la
más personalizada y académica.
266
provoca la idea de que en realidad no generan nada en absoluto. El mismísimo
Proyecto Teotihuacan 1980-1982 (al que se refieren Cabrera, Rodríguez y
Morelos) confirma esta dinámica, pues una década después seguimos conociendo
trabajos y sabemos que cuando menos uno de sus autores sigue trabado en la
clasificación tipológica de 78 mil tepalcates recogidos en uno de los 16 frentes de
excavación del proyecto, por lo que pasarán algunos años más para que
comunique sus aportes a la disciplina. Pero por esa misma causa el Proyecto
Templo Mayor 1978-1989 aún no concluye y sigue arrojando resultados
actualizados. Por lo mismo los Proyectos Especiales de Arqueología 1992-1994
sólo han producido grandes hallazgos, museos y museografías, nuevas zonas
arqueológicas, pero ninguna literatura especializada, excepto artículos divulgativos
para la revista Arqueología Mexicana.231
231
Fue una sorpresa para mí toparme en Holanda con una antología de trabajos escritos por los directores
de los Proyectos Especiales (Sabau 1993), una edición muy costosa de 2,750 ejemplares, que sirvieron como
obsequio diplomático por el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Se trata de un libro casi desconocido, y
que confirma varias afirmaciones hechas a lo largo de este estudio, entre ellas la falta de resultados
comunicables de la gran arqueología.
267
de alta intensidad) para referirse a la escala o dimensión del conflicto,
subsumiendo en él a los variables medios requeridos (Sohr 1990:22 y 45-46). Sin
embargo, las últimas guerras latinoamericanas (El Salvador, Guatemala, Perú)
muestran que guerras de baja intensidad pueden ser también de larga duración;
que una guerra de corta duración puede ser de alta intensidad, como la Guerra del
Golfo Pérsico; o que la Guerra Fría, siendo de alta intensidad, pudo prolongarse
por cincuenta años, por lo que ya se le denomina como la "Guerra de los
Cincuenta Años" ([Link] 1994, Kruijt 1994).
232
Las preguntas eran éstas:1)¿Cuántos informes técnicos ha rendido?; 2) ¿Cuántas cuartillas e ilustraciones
contienen?; 3) ¿Cuántos artículos, libros, ponencias y tesis ha generado?; 4) ¿Cuántas intervenciones ha
realizado? (especificar tipo); 5) ¿Cuántos proyectos se han realizado previamente al suyo? (especificar
número y periodo); 6) ¿Cuántos investigadores ha ocupado y en qué actividad?; 7) ¿Cuántos técnicos ha
ocupado y en qué actividad?; 8) ¿Cuántos administrativos ha ocupado y con qué asignación?; 9) ¿Cuántos
trabajadores ha ocupado, según temporadas?; 10) ¿Qué cantidad global de dinero ha canalizado al
proyecto?; oficio SEC/520/94 de agosto 4, 1994 de Martha Tello (Directora de Información y Estudios
Culturales del CNCA) a la Lic. María Carina Navarro (Secretaria Ejecutiva del Fondo Nacional Arqueológico).
268
económicamente estos grandes proyectos arqueológicos. Pese a ello, tácitamente
los arqueólogos se negaron a brindar la información requerida. Me refiero a que ni
siquiera se dieron por enterados. Al entrevistarlo, uno de ellos me brindó la
deferencia de negar el haberla recibido. Pero la única respuesta formal obtenida
fue harto esclarecedora. Según Beatriz Braniff, no podía responder por dos
razones: 1) porque su Proyecto Especial "Museo de las Culturas del Norte" en
Paquimé no incluía excavaciones; 2) porque "no tengo autorización por parte del
INAH para dar la información solicitada" (cursivas mías).233
Como puede verse, esta actitud esquiva confirma la costumbre de evitación que
advertimos desde el planteamiento de esta investigación, pero ahora estamos en
condiciones de asegurar que responde a una organización de la arqueología
dominada por relaciones verticales, de índole jerárquica, y por ello consistentes
con la orientación militar de la concepción metafórica de su propia organización
interna. Estamos, creo yo, ante un fenómeno equivalente al de las jerarquías
feudales, que lo mismo ordenaban a las milicias celestiales de los ángeles más
etéreos que a las distinciones más mundanamente ostensibles de los dignatarios
eclesiásticos. La “petición de autorización" nos habla así de un esquema
conceptual que reconoce las diferencias internas entre niveles de rango y sin la
cual la dominación jerárquica sería imposible (Esquivel y Olivé 1983). Para no
desviarnos más hacia este crucial punto -al que dedicaré mi atención adelante-,
sólo agregaré que, sin ser en rigor de corte militar, las diferencias estratificadas
tienen que ver con una organización menos visible de recompensas y gratifi-
caciones entre arqueólogos, que en mucho dependen del convertir en exitoso un
proyecto. El cómo se logre será tan crucial como el premio mismo.
233
Comunicación de Beatriz Braniff a Martha Tello, junio 7,1994.
269
de modo combinatorio, utilizando dos variables.234 Por un lado el grado de
verticalidad de un proyecto (tamaño de la jerarquía interna) y por otro el grado de
intensidad (número de miembros o recursos aplicados). La combinatoria muestra
entonces cuatro clases posibles de proyectos arqueológicos:
234
Debo al lingüista Fernando Leal acudir en mi ayuda con esta idea.
270
pero trabajando bajo relaciones horizontales. Es muy probable que estos
proyectos apenas se estén desarrollando en los proyectos más recientes de la
UNAM y algunos de la maestría de arqueología de la ENAH, que tienen en común
haber accedido a dinero de CONACYT desde hace pocos años, por lo que antes
hubieran sido proyectos de baja intensidad y baja verticalidad (-,-). Se trata, creo,
de un fenómeno inédito en la organización de la arqueología mexicana, por lo que
no parece ocasional la eclosión de un conflicto con la gran arqueología del INAH.
Me refiero en concreto al enfrentamiento en Teotihuacan del Proyecto Especial de
Eduardo Matos y el Proyecto Cuevas y Túneles de Linda Manzanilla, que
trataremos en el capítulo siguiente.
271
informalidad que se extiende como una espesa sombra de transacciones ubicada
tras de las relaciones estructurales. De hecho, en términos organizativos, ello crea
un conglomerado de pirámides jerarquizadas formales e informales.
272
escasos dos años de concluirse el pasado sexenio presidencial (1988-1994), justo
cuando nadie, en la burocracia patrimonial, esperaba más de lo que había
obtenido. Pero dentro del CNCA había quien pensaba distinto. El proyecto ya
estaba hecho. El problema era como llevarlo a la práctica, lo que incluía la
defenestración de García Moll y otros arqueólogos de su administración
patrimonial del INAH.
273
estructura compleja precedió a su clímax final. En 1991, por ejemplo, dio un
desplante autoritario a una propuesta de carácter académico de parte de un grupo
de ex-colegas suyos de la Subdirección de Estudios Arqueológicos, que
pretendían desarrollar proyectos de investigación en vez de conservación
monumental. A pesar de lo autoritario de su respuesta, se puede notar que en
última instancia ésta se mantenía fiel a la tradición; les dijo a los inconformes que
"si en algún momento la conservación o consolidación se ha planteado como
prioridad, una vez que deja de serlo, cede su lugar, si hay quien la efectúe, a la
investigación" (García Moll 1991:6), regla no dicha para los proyectos oficiales
todavía vigente y que se reduce a que la investigación arqueológica es una
actividad paralela en el sentido más literal. Mas con una elemental división del
trabajo, la inquietud pudo haberse aprovechado para lanzar un proyecto o
proyectos de investigación no menos visibles que los aplicados. Pero él no lo vio,
como tampoco vio venir la idea de los Proyectos Especiales, previsible en vista de
la predisposición arqueológica del presidente, harto sensibilizado desde la
escandalosa "recuperación del tesoro prehispánico" con que se saldó la "ofensa
personal" que le significó el robo al Museo Nacional de Antropología.235
235
En 14 de junio de 1989 hubo un sonado ritual de recuperación del pasado (las piezas que
habían sido robadas al Museo Nacional de Antropología) protagonizado por su, en
apariencia, único propietario histórico. En él, el presidente Salinas sentenció a sus
subalternos: "Por eso, nuestro patrimonio cultural es más que una posesión que está en el
mercado o una propiedad que podemos detentar, es un acto de constitución y carácter. Todo
lo que [lo] afecte es una afrenta personal a cada uno de nosotros (...) El Gobierno de la
República se compromete a apoyar a todas las acciones que valoren los signos de nuestro
pasado y que eleven la conciencia de la población sobre la riqueza y variedad de su
patrimonio histórico y cultural" (Salinas 1989:2 y 4).
274
mayor espacio al cometido académico en los proyectos. Al mismo tiempo, es
probable que el presidente Salinas haya experimentado la misma pasión
fundamentalista de su antecesor José López Portillo, cuando el 28 de febrero de
1978 degustó "pleno y redondo el poder", un poder tan irrestricto como para crear
la realidad histórica a voluntad, causa primera del Proyecto Templo Mayor.236 Me
refiero pues a que en mayo de 1993, durante una visita a Palenque en compañía
de los presidentes de Honduras y Belice -con quienes discutió el Proyecto Ruta
Maya, ideado para crear una ruta turística que uniera las zonas arqueológicas de
Palenque, Toniná, Yaxchilán, Bonampak, Altún Ha y Copán- Salinas no pudo
contenerse más, confesando a su guía que "me encantaría dedicarme a la
arqueología". Más que dispuesto, el Coordinador Nacional de Arqueología del
INAH, Alejandro Martínez, repuso: "Pues adelante, bienvenido al gremio".237 Y así
se declaró en “amigo de los arqueólogos”. Más aún, Salinas se tomó tan en serio
la caravana de su servidor, que en los últimos dos años de su neoliberal mandato
pasó a ser el mayor mecenas de la arqueología patrimonialista desde los tiempos
de Carlos IV.238
236
La frase completa de López Portillo está recogida por López Luján (1993:31), quien
también lo pone como arranque del proyecto, tildándolo de "capricho presidencial", como
si fuera un desplante pasajero. Se olvida que este "capricho" es voluntad a su nivel,
mandato hacia la abigarrada jerarquía inferior y tradición disciplinaria para sus colegas.
237
El diálogo fue recogido por un reportero de la revista Epoca 103, 1993:11.
238
No soy retórico. Me limito a parafrasear a Rafael Tovar y de Teresa (INAH 1994) en su
presentación de los proyectos especiales, con motivo de la exposición de 250 piezas
descubiertas entre 1992 y 1994, en el Museo Nacional de Antropología. Tovar, presidente
del CNCA hasta el 2000, dijo que el apoyo otorgado a la arqueología era "sin duda el
mayor -en términos de su dimensión y significado- que haya recibido a lo largo de su
historia...". Coinciden con él los mismos arqueólogos beneficiados: "Gracias al interés del
presidente Carlos Salinas de Gortari, se ha contado con un apoyo sin precedente que no
sólo beneficia al patrimonio cultural mexicano, sino también a la difusión y comprensión de
nuestro legado histórico";v. "Proyectos Especiales de Arqueología", AM, 7(2):83,1994.
275
catorce) Proyectos Especiales de Arqueología, de los cuales dos eran museos
propiamente dichos y el resto proyectos de exploración-restauración. Para ese fin,
en noviembre de 1992, y con recursos provenientes de la Secretaría de Hacienda
(es decir, de los impuestos públicos), se constituyó el fideicomiso Fondo Nacional
Arqueológico con 13.5 millones de (nuevos) pesos, a los que en 1994 se
agregaron nada menos que 111 más. La manera como se repartieron los
proyectos-presupuesto entre los arqueólogos hace sospechar que primero fue el
presupuesto y después el proyecto mismo. Su planteamiento (INAH 1992) indica
una repetida comunidad de objetivos (conservación, exploración de nuevos
conjuntos arquitectónicos, reforzamiento del turismo, mayor conocimiento de la
"historia prehispánica de México", difusión), pero de seguro la designación de los
jefes de proyecto no fue una decisión fácil para la nueva directora del INAH, pues
se ve que entraron en juego muchos factores "subjetivos", además de la
competencia profesional y la honestidad. Por lo menos en tres proyectos, esa
designación incluyó la consideración política local, pues no hay otra manera de
explicarse la concentración de poderes en tres individuos destacados.239
Hasta aquí los Proyectos Especiales coinciden con las tipologías previas, esto
es, son coyunturales y se les crea a posteriori a la obtención del financiamiento.
Este es el cuadro general. Pero las cosas aparentan ser más complicadas
conforme penetramos en su análisis. Lo más evidente parece ser su intensidad.
En solo dos años involucraron a 3 mil personas, se exploraron ocho nuevas zonas
arqueológicas, se obtuvieron 15 declaratorias presidenciales, se crearon cuatro
museos y se rehabilitó uno más, y, por último, se hicieron descubrimientos
rutilantes entre los que brilla por su visibilidad el hallazgo de una segunda tumba
239
Así, la directora del Museo Nacional de Antropología se desempeñó simultáneamente
como presidenta del Consejo de Arqueología y jefe del Proyecto Especial Xochitécatl
(Tlaxcala); el Secretario Técnico cumplió también como jefe del Proyecto Especial
Corredor Sur de Quintana Roo con tres sitios (Kohunlich, Dzibanché y Kinichná, todos
ellos parte de la Ruta Maya); por último, el director del Museo Templo Mayor se
transformó en director de la Zona Arqueológica Teotihuacan y jefe del Proyecto Especial.
Como ninguno posee el don de la ubicuidad, necesariamente instrumentaron organizaciones
de rango para cumplir en todas sus funciones.
276
real en Palenque. Vistos desde sus propios objetivos y prioridades, los proyectos
fueron un éxito, a pesar de haber trabajado a contrarreloj, si bien al final de los
mismos los sucesos políticos externos (asesinatos de políticos prominentes,
levantamiento indígena chiapaneco, elecciones presidenciales) deslucieron el
arrebato arqueológico del soberano.
240
No obstante, algunas informaciones filtradas a la prensa confirman nuestra clasificación.
Por ejemplo, el Proyecto Especial Cantona durante 18 meses ocupó a 500 trabajadores para
liberar 450 ha. Tal cantidad de gente precisó la intervención de 10 arqueólogos a cargo de
Angel García Cook. Además de anecdótico, no deja de ser interesante que el Proyecto
Especial Filobobos haya propiciado la primera "huelga arqueológica" de más de 300 obrer-
os, descontentos con la administración del proyecto. La dispersión de la información
obtenida por este medio nos obliga a disminuirla.
241
Mientras Mastache y Cobean (1988:65) criticaron el exceso de recursos asignado a
Templo Mayor, Nalda (1993:129) sostiene que Templo Mayor fue "una habilitación muy
tardía que satisfizo más una preocupación personal que una necesidad social". Si bien
Nalda nunca aclara a quién se refiere, si a Matos o al expresidente López Portillo (la
confusión es factible en ambos), uno puede pensar que su guerra personal no ha concluido.
Al menos, fue esa la sensación que me comunicó su entrevista.
277
El siguiente cuadro (Tabla 4.1) indica que sería incorrecto clasificar a todos los
Proyectos Especiales dentro del primer tipo esbozado en la Figura 4.1. Esto es
muy obvio en proyectos como el de Pinturas Rupestres en Baja California Sur, que
solo hasta el segundo año de labores pudo superar a los proyectos de baja
intensidad universitarios. Sin embargo, por otras fuentes sabemos de dos
proyectos universitarios que han progresado hacia la alta intensidad, estando uno
de ellos al mismo nivel presupuestal que el Proyecto Especial Teotihuacan en sus
inicios. Me refiero desde luego al Proyecto Túneles y Cuevas de Teotihuacan
1989-1996, que en 1990 accedió a un presupuesto de 1.4 millones de pesos
canalizados por CONACYT, la UNAM y la National Geographic Society.
Del cuadro siguiente debemos destacar por igual cómo dos proyectos no
contemplados al principio -Toniná y Calakmul-, no solo se pusieron por encima de
un Proyecto Especial (Pinturas Rupestres), sino que fueron sostenidos
directamente por el INAH, elevando a 122 millones la cantidad total aplicada en un
año, esto es, el equivalente a casi la mitad del presupuesto total ejercido por el
INAH en el mismo año y por encima de su presupuesto total de 1989 y un poco
inferior al de 1990 ([Link] 1993:28). Las posibles repercusiones que esta
política arqueológica tuvo sobre el resto de proyectos y actividades arqueológicas
rutinarias del INAH no pueden evaluarse aún. De hecho, es probable que en estos
años buena parte de los arqueólogos gubernamentales se mantuvieran trabajando
en una más baja intensidad y una verticalidad inferior. Dado que los registros
oficiales no están publicados o no están puestos al día, sólo podemos conjeturar
que se mantuvo la tendencia apreciada hasta 1988, en que el Consejo de
Arqueología registró a 149 proyectos, en su mayoría del propio INAH.242 Ya que la
cifra es rebasada por mucho por una plantilla de 306 arqueólogos, cabe pensar
que casi un 50% de ellos siguió dedicado a las rutinarias tareas de intervención
242
La cifra corresponde a los registros del Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de
Arqueología (ATCNA en adelante), publicados bajo el título "Proyectos arqueológicos en
curso" por la revista Arqueología (3-5,1988), en su primera temporada; según otra fuente,
los proyectos serían 171 hasta finales del pasado sexenio (INAH 1989,f.3). Para una
discusión de estos datos, ver el capítulo previo.
278
física en las zonas arqueológicas ya existentes, como establecimos en el capítulo
anterior.
279
alguna vez fueron también grandes proyectos. Más aún, aunque desde los
estudios de Lomnitz la UNAM no es ajena a las estructuras jerárquicas, el INAH se
distinguiría por ser una estructura predispuesta para desarrollar grandes proyec-
tos, lo suficientemente compleja como para también no descuidar las tareas
suplementarias de restauración y mantenimiento monumental, que quedan como
residuo del exceso. Sin esa carga patrimonial que pone en tensión las relaciones
verticales entre arqueólogos, en la UNAM se abre la posibilidad de dar prioridad a
las preferencias de estudio personales, aún cuando se hagan con limitaciones. La
verticalidad tendría aquí, sin ser del todo extraña, una función disminuida.243 De
paso, es necesario observar que en nuestro periodo de estudio, los proyectos de
campo universitarios fueron solo cuatro de un total de 15 arqueólogos, dos de los
cuales se dedican por entero a labores editoriales.244 Ello nos lleva a referir la
interrelación de estructura y organización de los proyectos.
243
Hasta donde sé, el IIA dispone de diez unidades operativas, una de las cuales es la
Sección de Arqueología, ubicada en un cuarto nivel, junto con las otras tres secciones de
investigación. Sin embargo, esto deja de lado las jerarquías de la intrincada estructura
universitaria como totalidad.
244
Me refiero a Jaime Litvak y Paul Schmidt. Los cuatro proyectos de campo son: "Túneles
y Cuevas" de Linda Manzanilla, "Bolaños" de Teresa Cabrero, "Quechula y Altos
Orientales de Chiapas" de Carlos Navarrete y "Espacios domésticos olmecas en San
Lorenzo Tenochtitlán" de Ann Cyphers. No quiero decir con esto que los nueve restantes
no trabajen; en realidad se ocupan de análisis de materiales de sus respectivos proyectos.
Algunos, empero, sabiéndose "vetados" por el Consejo de Arqueología, han optado por no
salir al campo o desarrollar proyectos que escapen al control de sus enemigos. La estrategia
de atarse a sus cubículos es una manera de evitarse complicaciones más costosas que lanzar
proyectos que desembocarán en el fracaso.
280
general a cargo de tres unidades operativas, una de ellas propiamente
arqueológica. Para 1962 esta estructura se había engrosado a 17 unidades,
aumentado a dos las unidades arqueológicas, a saber, los Departamentos de
Prehistoria y de Monumentos Prehispánicos (INAH 1962:4-5). Para 1983 se
aprecian cambios radicales en cuanto a niveles, unidades y jerarquías. Lorenzo
(1984:95-96; véanse también INAH 1980:138 y 1984: 44) debió entonces
reconstruir dos organigramas separados, uno para la estructura del INAH en su
conjunto y otro exclusivamente para las operaciones arqueológicas. Según el
primero, había un total 61 unidades distribuidas en siete niveles. De esta cantidad,
la arqueología disponía de 12 unidades, dispuestas en cinco niveles jerárquicos.
Otra fuente oficial no confirmada indica que para 1989 el INAH dispondría de
417 unidades de todo tipo, lo que podría ser cierto si tomamos en cuenta que su
plantilla total era de 5,541 empleados hacia fines de 1993 (Tovar 1994:379). Sin
embargo, un organigrama recién publicado por la SEP dentro de su manual de
organización (SEP 1994:94) presenta una versión simplificada del mismo, ya que
solo diagrama a sus unidades de mando del segundo y tercer nivel, que coinciden
con las cifras de 14 mandos superiores y 320 mandos intermedios (Tovar 1993:
379). Por lo demás, en el presente la arqueología oficial está estructurada en 11
unidades, pero mucho más jerarquizadas que en 1983, pues ha aumentado un
nivel (la Coordinación Nacional de Arqueología), para sumar seis en total, al
tiempo que desaparece el Departamento de Prehistoria y se crea una nueva
subdirección (Servicios Académicos) de mayor rango. Huelga decir que todos
estos escaños son ocupados por arqueólogos.
281
como humilde departamento. Los niveles de jerarquización son un claro indicio de cómo se
organizan los proyectos arqueológicos: usualmente desde arriba o, en el mejor de los casos,
como una elección personal dentro de límites preestablecidos. Bajo esta estructura, la
arqueología del INAH está por naturaleza dispuesta a allanar las cosas a las
determinaciones superiores, pero rara vez a recoger las ideas y aspiraciones de los niveles
inferiores. Incluso esto explica por qué las relaciones horizontales tienen tantas dificultades
trabajo, demandas, proyectos cooperativos, ideas, etc., suelen terminar olvidados, a no ser
que algún intermediario las recoja y canalice dentro de la cadena de mando (ver figura 4.2).
282
incipiente tiene a la ENAH como núcleo de confluencia, más que de irradiación de
influencias
DIRECCION GENERAL
ENAH
283
todos sus miembros pero no siempre apegados a la realidad. Ya observamos en el
capítulo primero que no escapan a la tradición mesoamericanista ni llevaron a sus
últimas consecuencias las tesis de la nueva arqueología que presuntamente les
sirvió para afirmarse frente al monopolio del INAH. Era una identidad política más
que un programa de investigación. La crítica a esta postura conflictiva como
positivista (Ochoa, Sugiura y Serra 1989:307-308) no es más que el corolario de la
confesión de una "diversidad de intereses" hecha pública desde su VI Congreso
Interno en 1982. Esta diversidad fue una manera eufemista de decir que la idea de
integrar proyectos, colaborar y conjuntar intereses comunes (expresada en el I
Congreso de fines de 1973) había fracasado. Los mismos congresos internos se
extinguen luego de 1984, al mismo tiempo que aparecen desembozados proble-
mas de individualización absoluta (un investigador, una investigación, un proyecto)
e incomunicación, incluida la evitación de la crítica entre colegas "en aras de la
paz social" (Schmidt 1991:1-2). Esta costumbre -hecha estrategia de
sobrevivencia- ha llegado hasta el Consejo Interno, que reúne a las cuatro
especialidades de investigación del IIA, y en donde se usaba discutir cada uno del
proyectos arqueológicos: toda una anacrónica usanza del pasado. La propia
Sección de Arqueología sesiona con dificultades, aunque se torna corporativa
siempre que se trata de defender causas específicas. En realidad, estos
arqueólogos tienen una mayor vida social en la informalidad de los pasillos o en la
cafetería que en la formalidad de la estructura. Su disgregación surge desde el
momento en que cada proyecto es visto como ajeno y, sobre todo, como
competitivo del propio. Por último, su habitual aislamiento en los cubículos
concuerda con la debilidad de las relaciones horizontales en toda la disciplina.
284
1984-1988 no pudo prosperar por la incongruencia de las relaciones horizontales,
en el IIA el primer proyecto de gran intensidad practicado en Temamatla 1986-
1991 (el primero en recibir apoyo de CONACYT) tampoco pudo concitar la
colaboración de sus pares inmediatos, a pesar de plantearse como interdiscipli-
nario (Serra y Morelos 1991:229-235). Incluso, los últimos dos proyectos de Linda
Manzanilla en Teotihuacan (1985-1995) solo sostienen una comunicación informal
con Emily C. Rattray.245 Es curioso además que en la medida en que algunos
arqueólogos universitarios han incursionado en los proyectos intensivos, su
acercamiento al INAH ha crecido a pesar de todo. Desde el Proyecto Temamatla
y, a poco, el Proyecto Xochimilco, pasando por la propuesta de arribar a una
"etapa de síntesis" con la arqueología oficial (Ochoa, Sugiura y Serra 1989:310), la
interdisciplina universitaria se tradujo en cierto intercambio interinstitucional, hasta
que finalmente Carmen Serra traspasó la frontera con el INAH para convertirse en
directora del MNA. No puede decirse lo mismo de Linda Manzanilla, pero llama la
atención su ingreso al Consejo de Arqueología por designación de la directora del
INAH.246
245
En su informe de 1991, Rattray admite en cambio colaboraciones explícitas con George
Cowgill en el Proyecto Templo de Quezalcoatl y con M. Spence en el Proyecto Barrio
Oaxaqueño de Teotihuacan. Desconozco si esto ha variado en los últimos años.
246
Este ingreso de representantes universitarios al seno del Consejo de Arqueología no se
dio sin reacciones de oposición como la que protagonizó Noemí Castillo y la general
suspicacia del resto de arqueólogos del INAH. Cabe la mención de que Manzanilla
mantiene intercambios amistosos con algunos arqueólogos del INAH como Rubén Cabrera
(Zona Arqueológica Teotihuacan) y Leonardo López (Templo Mayor). El que la
comunicación resida en el terreno informal es ilustrativa del peso generalizado de la
verticalidad.
247
Ver cuadros 3.4 y 3.5 en el capítulo anterior.
285
simple como distinguir a los "arqueólogos del poder" y a los "arqueólogos de la
intelectualidad" (Schöndube 1991:264), de la "corriente del INAH" y la "corriente
universitaria" (Lorenzo en Alonso y Baranda 1984:155) o de la "arqueología
política" y la "arqueología científica" (Litvak 1978: 672).248 Se trata además de que
sus proyectos sean funcionales con la estructura de la que devienen. Lo que ya no
es tan funcional son las re-
compensas obtenidas y el modo como se relacionan con sus muy materiales
objetos de estudio, sustento de sus más caros anhelos. Aquí residen los
"pecados" más azorantes y que sin embargo los mueven.
248
Nótese que las tipologías antes citadas reflejan la misma dualidad esquemática que les
criticamos, esquematismo que no es otro más que la funcionalidad institucional dispuesta
en oposición política de identidades, que así reinterpretada desdibuja los pares excluyentes
hasta ahora manipulados por los arqueólogos para sus juegos no cooperativos. Ver capítulo
VI al respecto.
286
esta actitud extrema y una presunta pasión del decubrimiento apenas disimulada
entre los arqueólogos mexicanos. De inmediato minimizó comportamientos como
el de Abascal, asegurándome que el motivo único y declarado de la arqueología
era el científico, aunque con un lenguaje políticamente correcto usó la fórmula de
que el descubrimiento era "una motivación sin la que la arqueología carecería de
interés y no sería arqueología".
249
Compárense sus palabras con lo escrito por Bahn al respecto: “Virtualmente todo arqueólogo profesional
actual insiste en que no son cazadores de tesoros sino científicos, buscando información en vez de objetos
(...) Esto es generalmente verdad, pero también es justo decir que cualquier arqueólogo se desbordaría de
alegría al encontrar algo que no solo pruede ser importante para la investigación sino que también capte la
imaginación pública. Y como son pocos los descubrimientos, si se les presenta sobriamente no despertará
más que un bostezo del promedio del espectador de televisión o del lector del tabloide; ellos [los
descubrimientos] deben ser revestidos con los superlativos del engañoso: el primero, el más antiguo, el
mayor, el mejor preservado, el más rico, el más espectacular en su tipo (...) No sería sorpresa descubrir que
cualquiera que considere a la arqueología como una profesión sea o se convierta en un engañoso
consumado” (Bahn 1993:9-10).
250
Incluso antes de iniciar nuestra conversación, se negó a ser grabado; aceptado esto, me
exigió una guía de la entrevista, a lo que concedí sería una charla informal de café. Los
encuentros de investigación no fueron una técnica prevista: los mismos actores me la
impusieron.
287
El fraude de Abascal lo mismo que la búsqueda compulsiva de reconocimiento,
las disputas por la prioridad de los proyectos, o las invisibles guerras entre
arqueólogos pasarían por ser un curioso folklore profesional si no concordaran con
comportamientos más amplios de envidia, egoísmo, maledicencia, secreto y
evitación. Si alguien creyera por esto que me dispongo a ventilar los asuntos
malolientes o pecaminosos de los arqueólogos está equivocado. En sociología de
la ciencia éstas mismas actitudes han sido objeto de estudio, discurriendo su
interpretación desde comportamientos patológicos a los de plano interesados.251
En lo personal pienso que nuestra fenomenología demuestra que estos actos son
del todo normales. Para desterrar por anticipado suspicacias debo subrayar que
en muchos aspectos la tradición arqueológica mexicana es sospechosamente
similar a la cultura observada entre otros grupos científicos, tales como los físicos
de la bomba H o los biólogos taxonómicos. Veamos en breve por qué coinciden.
251
Todavía en 1957 Merton (1974) apreciaba que las respuestas fraudolentas eran contadas
y definitivamente patogénicas, si bien las atribuía a un papel disfuncional del sistema de
recompensas a la originalidad, desarrollado por la misma institución científica. Mucho más
enérgico, Woolgar (1981,1991:84-100) ve en la metáfora del des-cubrimiento un recurso
retórico de la ciencia y los científicos para construir socialmente su conocimiento. Mas que
un contexto del descubrimiento habría un contexto de (re)presentación, en el que se
negociaría tanto su objetividad como su reconocimiento.
252
Me refiero, claro está, a los imperativos institucionales postulados por Merton en 1942
(1980) como todo un ethos: universalismo, comunismo, desinterés y escepticismo
organizado.
288
es lógico, la cultura y comportamiento de este grupo de físicos se dan en un
contexto institucional adecuado, es decir, en un laboratorio gubernamental de
carácter altamente reservado. Pero decir que la institución lo explica todo es decir
una verdad incompleta. Otro es el caso cuando Rivero y Lugo (1994), que
preocupados por desviaciones éticas de sus colegas (los biólogos) universitarios,
no dudan en denunciar sus empeños egoístas, celos, guerras personales y la
apropiación de especies, cuya clasificación les reporta reconocimiento personal.
Como ellos observan, este ambiente propicia fraudes de todos tipos, lo que sería
su expresión más baja, pero consecuente con dichas actitudes. Peor aún, según
ellos, estos desórdenes mentales pueden ocurrir a los más altos niveles inte-
lectuales, aseveración que ha venido a confirmar el affaire Baltimore, en que un
premio Nobel se vio involucrado en un sonado fraude (la publicación de un artículo
basado en datos experimentales fabricados por una asistente) que cimbró a la
comunidad biológica norteamericana hace escasos años (Lewin 1992).
289
simplemente porque los científicos utilizan un "esquema de experimento científico
canónico", al cual "ajustan" sus detalles.
En lo que sigue dirigiré hacia allá nuestra indagación, sin interesarme gran
cosa la "fraudología". La cuestión a esclarecer es cómo las prioridades de los
proyectos, ya académicas ya monumentales, son recompensadas, pero asimismo,
cómo alcanzar dicho objetivo exalta una especie de apropiación no sólo del
reconocimiento al descubridor, sino, en un terreno cognoscitivo más sutil, hasta de
los vestigios físicos sobre los que se sustenta el conocimiento. No puedo por lo
tanto asumir una fenomenología del conocimiento solamente circunscrita al acto
de conocimiento.253 Aquí nos importa determinar, consecuentes con nuestra idea
de fenomenología, cómo la experiencia puede fundamentar al objeto de conocimi-
ento, al sujeto cognoscente y a su ulterior aprehensión, específicamente aquel
fenómeno que Merton delimitó como "derechos de propiedad intelectual" del
descubrimiento, como si de derechos legales se tratara, cuando en el caso de la
arqueología mexicana se expresa como una relación particular de aprehensión
fácilmente confundible con la apropiación jurídica dentro de un contexto
patrimonialista, donde soberano y servidores efectivamente de apropian de los
vestigios del pasado. El que los biólogos taxónomos se comporten como dueños
de ciertas especies tiene que ver con la afirmación de la originalidad personal,
253
En vez se referirme al estudio fenomenológico y paralelo de Embree (1992), me refiero a
la fenomenología de Woolgar (1981, 1991), que aplicada a los descubrimientos científicos
no se contenta con resaltar su carácter social como construcciones discursivas, sino que está
atascada en su idea fija del "fraude ontológico" de la ciencia, que aduce que es el
entramado social el que crea al objeto, es decir, que la representación da lugar al objeto, no
el objeto a la representación. Los descubrimientos se basan en este último supuesto: el
objeto es previo a su conocimiento, se les des-cubre y expone tal cual son. Antes al
contrario, para Woolgar su estudio del descubrimiento de los pulsares, a modo de
cambiantes objetos y explicaciones pertinentes, le parece la prueba irrefutable de que es
construido artificialmente por el lenguaje de la ciencia. Nunca se plantea que ese cambio en
la idea de objeto puede ser la justa medida del crecimiento del conocimiento, si es que la
noción de progreso le desagrada.
290
simultáneo al mecanismo de conocimiento que obliga a que se apropien de
objetos de los que no son dueños en sentido estricto.254
291
su conocimiento público; es, de hecho, como si el proyecto o la excavación nunca
se hubieran realizado (Hester, Heizer y Graham 1988:346). Agréguese a ello la
dilación que determina el cometido aplicado de un proyecto o el prolongado
proceso de análisis de materiales y se comprenderán mejor las dificultades de
comunicación que campean en toda la arqueología, además de las problemáticas
ya tratadas (falta de revistas especializadas, evitación de la crítica, verticalidad de
las relaciones, etc.).
292
susceptible de avasallarse por el dominio de rango, se le brindan los materiales
para que los clasifique a su apropiador -y , si gana su confianza, merecerá la
suerte de titularse con los algunos de los resultados-. Cuando el otro es un igual
(por nivel de jerarquía o por méritos académicos) la desconfianza y predisposición
a la guerra se activan. Finalmente, cuando la consecución del mismo fin excede la
estructura organizativa, el odio y la envidia han puesto en marcha la máquina de
guerra. La acendrada costumbre de la evitación es por lo tanto la mejor estrategia
para caminar sobre el campo minado de una ciencia así organizada sobre
relaciones sociales de confrontación. Pero más allá de las pasiones y la política, el
problema es en última instancia intrínseco a la fundación del conocimiento
empírico. Si llega a ser un hábito social es porque se le practica de manera
reiterada y normal.
255
No es mi interés discutir qué clase de ciencia es la arqueología, pero me inclino a pensar que su
epistemología no es positivista y ni siquiera protopositivista. Su objetivismo es tan natural, que me recuerda
mucho al primer programa científico de Francis Bacon, en el siglo XVII. Este programa está lejos de haber
sido sobreseído del todo. Todavía en 1876 Darwin reconocía que su inductivismo venía de Bacon y de que
293
sensibles se fundamentan en las impresiones sensibles. Así, las tipologías de
agrupación de atributos, abstraídas para clasificar tiestos y otros remanentes de la
cultura material del pasado, y sumamente comunes en el medio mexicano, se
convierten en hechos de existencia real, de los que el arqueólogo sería un mero
descubridor (Fournier 1992:6).256 Ante esta postura extrema, hasta John Locke
(1975 [1690]) podría ser tildado de empirista moderado por admitir que el
conocimiento sabe de la existencia por otras vías (reflexión e intuición), además
de la sensación.
siempre recogió grandes cantidades de datos sin trabajar bajo una teoría, a pesar de que en su momento
hizo lo imposible porque se le reconociera su prioridad sobre el evolucionismo. Pero además, Darwin era
muy consciente de las atrofias que ese modo de pensar y de accionar le ocasionó en el desarrollo de su
mente y carácter. Aparte de observar su incapacidad para el pensamiento abstracto y estético, y su atrofia
del “lado emotivo de nuestra naturaleza”, asentó: “La pasión por coleccionar lleva al hombre a ser
naturalista sistemático, un virtuoso o un avaro...”( Darwin 1993:6-7). Para una comprensión de la génesis y
desarrollo del pensamiento positivista, remito a Moulines (1982:305-323). Al respecto, me parece
importante señalar que mientras Comte procuró aplicar el método de las ciencias naturales a la historia y la
sociedad, nuestros arqueólogos parecen estar a disgusto entre las ciencias blandas, luego insisten en
buscar prótesis científicas de tipo técnico, suponiendo que el manipular con ellas objetos-cosa los lleva hacia
las ciencias duras. La crítica de Clarke (1984 [1968]) de que tales técnicas observacionales “son meros
accesorios” y de que la arqueología debía ser una ciencia analítica más matemática que científica, no ha
tenido gran acogida en México. Con todo, subsiste su ominosa descripción de que la arqueología, sin un
cuerpo teórico central, “continua siendo una profesión intuitiva, una destreza maquinalmente aprendida”.
256
Tiryakian (1979), en una intesante discusión del uso heurístico de las tipologías, indica que la polémica de
si son entidades empíricas o categorías mentales está lejos de resolverse. Sin embargo, hace notar varias
cosas más. La primera es que las nuevas perspectivas taxonómicas son explícitamente nominalistas, es
decir, admiten que las tipologías no son “naturales” sino actos creativos y heurísticos. Luego, que su
reificación puede acarrear esterilidad científica, al impedir la búsqueda de explicaciones más convincentes,
siempre que se tome de facto su carácter explicativo. Pero lo más interesante es que su examen de las
tradiciones tipológicas en la teología, la filosofía y la biología lo lleve a descubrir que lo más ardientes
defensores de las clasificaciones tipológicas sean aquellos más tradicionalistas y con predisposición a una
ordenación jerárquica de la naturaleza en estratos bien definidos. No es una coincidencia que en la tradición
arqueológica mexicana hasta la fecha se admita que la tipologización cerámica “es la parte más importante
del trabajo”, como una vez estableciera Eduardo Noguera, ya que, teóricamente, se les considera claves
para estudiar las fases de desarrollo de la historia del México antiguo (Noguera 1995).
294
del proceso de conocimiento, cuando la parte más visible e intensiva (los
hallazgos monumentales y su conservación) han cesado. Como asienta López
Luján (1993:149): “Esta tarea se ha vuelto tan habitual que muchos investigadores
la practican simplemente por costumbre, más que como un medio, como el fin
último de sus pesquisas” (cursivas mías). En cuanto a técnica, su reiteración
exacerba la relación objeto-sujeto, afianzando con su insistencia el sentido de
pertenencia del objeto-cosa. Dada la epistemología objetivista de fondo, la
clasificación llega a potenciar la reiteración a escalas infinitas. En un proyecto de
baja intensidad y baja verticalidad como es el Proyecto Bolaños (del me ocuparé
detenidamente en el siguiente capítulo), la cifra de tiestos ascendía, hasta
mediados de 1993, a 30 mil unidades. Comparado a un proyecto de alta
intensidad y alta verticalidad como el de Teotihuacan 1980-1982, la cifra es
irrisoria, pues en uno solo de sus frentes (y recuérdese que en sus mejores
tiempos tuvo 16) arrojó 78 mil tepalcates, que aún no acaban de ser clasificados
en la bodega de Cuicuilco por el arqueólogo a cargo del frente.
257
Paulos es sumamente crítico hacia la reunión obsesiva de estadísticas y datos en grandes cantidades,
pero sin útiles conceptuales para llenarlos de contenido. Por ello su paráfrasis de Coleridge: “Datos, datos
por todas partes, pero ni una sola idea para pensar”. Aparte del uso de algoritmos de recuperación, Paulos
sugiere que “El algoritmo de clasificación más importante es una buena formación y una amplia cultura
general” (Paulos 1993: 48).
258
Una tercera coincidencia la abordaremos en el capítulo final. Me refiero a que los biólogos evolucionistas
están fascinados con la lucha eterna entre cooperación y competición en el seno de sociedades y
organismos, virus inclusive (Novack y Sigmund 2000).
295
destacar entonces el arraigo del método más retardado de clasificación, conocido
entre los matemáticos como algoritmo de clasificación por inserción, que siempre
es N2, ya que potencia la ordenación de cada ejemplar, porque éste debe ser una
y otra vez comparado con el conjunto. Si luego de tan ardua tarea de comparación
analógica uno no se convence de que los tipos son tan reales como la forma,
textura o color que dicen aprehender por la vía natural de nuestros sentidos, lo
menos que puede ocurrir es que se establezca una relación viciada con los
objetos de estudio. A eso me refiero con el sentido de apropiación de la
aprehensión, común a taxómonos de la arqueología y de la biología. Pero
mientras en la biología el cambio radical de clasificaciones ha sido fruto de
concepciones metodológicas diferentes y aun encontradas, aquí no hay un
proceso de cambio teórico y metodológico similar. Este "fijismo" arqueológico es
mucho más notorio si se le contrasta con la tipología linguística, cuyos avances
han estado interrelacionados con el progreso global de la teoría (Comrie 1990:
517; Croft 1990). En comparación, las tipologías arqueológicas recuerdan más a
su tipología de áreas (basada en rasgos compartidos por lenguas relacionadas
geográficamente, ya en desuso) que a la tipología estructural de la linguística
moderna.
296
y Manzanilla son hoy por hoy los arqueólogos más prestigiados de México, y yo
diría que los mejores, si nos atenemos a los reconocimientos que se les ha
brindado socialmente a su labor.
259
El así denominado "estilo científico" está inspirado en la economía del razonamiento
matemático de Newton. A su vez, el estilo narrativo recuerda la complejidad opulenta de
tratamiento a lo Darwin. Ambos estilos conllevan sentidos estéticos, ya de sobriedad, ya de
variedad, es decir, nada menos que la conocida oposición entre una ciencia analítica y una
ciencia sintética. Que los profesen nuestros autores no es una coincidencia. Tiene que ver
con su orientación cientifista e historicista, como veremos en el capítulo quinto.
260
Matos se gradúa en 1965 con la tesis La revolución urbana en la Cuenca de México; en
1960 trabaja para el Proyecto Tlateloco y luego en el Proyecto Teotihuacan. Ya graduado,
en 1966 se suma al equipo de Messmacher en el Proyecto Cholula, que al concluir le
facilitó convertirse en director asistente del Departamento de Monumentos Prehispánicos,
cargo desde el que puede ya dirigir el Proyecto Tula y, en 1977, el Proyecto Templo Mayor
(Matos 1994:10-12). Se puede decir de él que ha sido un sobresaliente "hombre del
sistema", de este sistema para ser preciso.
297
en un "capricho presidencial” sería tanto como subestimar sus 60 artículos y libros.
A decir verdad, dentro del INAH se le tiene como el eterno pretendiente de la
dirección general, sin que sus filiaciones políticas hayan dado los resultados
deseados.261
Para Manzanilla la carrera académica no fue del todo opcional. En cierto modo
fue obligada por la circunstancia de un conflicto político personal en el
Departamento de Prehistoria.262 No obstante, sus preferencias de estudio
personales fueron divergentes en los días de la ENAH, contrariamente de
Matos.263 Esta deriva tuvo el beneficio de convertirla en la primera egiptóloga
mexicana, con experiencias únicas en excavaciones practicadas en Turquía,
Egipto y Bolivia.264 Su impresionante curricula -49 artículos y libros hasta 1992-,265
261
Hasta antes de la inesperada muerte del candidato del PRI a la presidencia, Luis D.
Colosio, Matos había "amarrado" el cargo. Eso era del dominio público por lo que ni Matos
lo oculto.
262
Describe así la experiencia: “Por último debo destacar un aspecto negativo que conllevó
un lado positivo, pues me permitió salir de México e iniciar mis correrías orientales. Hablo
de mi renuncia al Instituto Nacional de Antropología e Historia, mi protesta ante el uso
indiscriminado del poder de los jerarcas para apagar cualquier brote de 'independencia
académica', mi negativa a estar sujeta a vicios longevos y prepotencia” (Manzanilla
1986:7-8).
263
La temática de su tesis de maestría en sí misma es heterodoxa, aunque guarda cierto
parentesco temático con la de Matos: Comentarios en torno a un proceso histórico:
constitución de la sociedad urbana en Mesopotamia (cuarto milenio a.C.) (1979), más
tarde publicada con correcciones (Manzanilla 1986). Aunque se trate de una elaboración
bibliográfica, sus ideas de entonces son claves para entender posteriores elaboraciones de la
autora. Hay que recordar una vez más (ver tabla 3.23 en el capítulo previo) que entre 1946
y 1987 sólo hubieron 13 tesis (6.1% de las tesis arqueológicas producidas en ese lapso) no
mesoamericanistas -casi todas emprendidas por extranjeros con estudios en la ENAH-, una
de las cuales es la de ella (cfr. Avila et al.1988:99-138;García Valencia 1989:34-51).
264
Su tesis doctoral en la Sorbona en 1982 permanece inédita: Hypotheses et indices
du processus de formation de la civilization Egyptienne (cinquieme et quatrieme
millenaires avant Jesus-Christ). Hasta entonces Manzanilla había trabajado como asistente
en varios proyectos del Departamento de Prehistoria del INAH entre 1972 y 1977, el último
de los cuales, el Proyecto Cuanalan, coordinará con Marcella Frangipane de la Misión
Italiana (Manzanilla 1989:133-178). Desde 1976 (y luego en 1984 y 1989) participa con la
misma Misión en Malatya (Turquía Oriental) y, en 1978, en El Maadi (Egipto), con
profesores de la Universidad de Roma. En 1983-1984, a la vez que regresa a México e
integra al personal del IIA, dirige el Proyecto Cobá, en colaboración con Antonio
Benavides del INAH. En el ínterin a su retorno a "mi problema de partida: Teotihuacan y el
298
no deja lugar a dudas sobre el cometido académico de su actividad como
arqueóloga. Políticamente, sin embargo, su actividad no es de subestimarse. Por
ejemplo, gracias a una campaña periodística lanzada por ella y Mari Carmen Serra
Puche fue posible que el Consejo de Arqueología del INAH se abriera a la
representación de los intereses universitarios, aunque sólo de modo informal,
quiero decir, por invitación personal de la actual directora general y no por la
reglamentación expresa del consejo, que legalmente sigue siendo una institución
cerrada. Tal victoria no hubiera sido factible sin sus redes familiares con la clase
política yucateca. Otro tanto puede decirse de Serra Puche, sobre todo en el
sexenio pasado, en que su hermano era ministro de Hacienda.
299
una ambivalencia de origen en su reconocimiento, anterior incluso a su
contradicción por obtenerlo.266 Hablo pues de dos estrategias de camino al éxito.
Una consiste en el proceso de descubrir y otra en el proceso de interpretar.
Ambas interesadas en la
originalidad. La primera es bastante clara en los proyectos de arqueología del
INAH, consecuentes con la disposición institucional. Una administración
patrimonial requiere, por lógica, un patrimonio que administrar. Descubrir vestigios
monumentales determina proyectos intensivos, pero asimismo demandantes de su
intervención, que es su legitimación. Es una vía que se debe a su público, si por
éste entendemos a los gobernantes y a su idea de una historia patria para la
persuación educativa de las masas dominadas. Los arqueólogos en ese contexto
no son unos títeres de la política patrimonial, sino que la adaptan y aprovechan. La
vía académica es mucho más restringida, pues es de autoconsumo de la
arqueología en sí misma. Sin embargo, es ésta la que la disciplina concibe como
el premio más alto al que se puede aspirar. Trigger (1985:218-219) lo ha
sintetizado en estas palabras:
266
Ya Gándara (1992:165) apreciaba que los arqueólogos jugaban a la contradicción: “Pensamos que
podemos satisfacer al mismo tiempo a dos amos diferentes: nuestra conciencia científica y nuestro
compromiso estatal y de movimiento social ascendente”. Creo que este doble juego es permisible como
estrategia mixta, a pesar de su aparente exclusión.
300
institucionales. Que se correspondan es una realidad última, una tendencia,
explicable en nuestro medio por la confusión de la instancia administrativa
patrimonial y la instancia disciplinaria, que es dependiente de la primera, domina-
ción a la que no pueden sustraerse los quince arqueólogos universitarios, por
destacados que sean. Así las cosas, es digno de apreciar que si bien los
arqueólogos de los proyectos intensivos del INAH persiguen en un primer
momento hacer llamativos descubrimientos que les reporten fama y poder, más
adelante se ven forzados a precisar en qué consiste su descubrimiento. Que
recurran tradicionalmente a historias culturales con poca o ninguna dosis de
interpretación disminuirá su logro disciplinario pero aumentará la importancia del
hallazgo. Pero mientras mayor sea dicho hallazgo, mayor la exigencia de
interpretarlo, lo que puede reportar reconocimientos mayores, una vez que ha
cesado el asombro adscrito al mero acto de descubrir. Se explica así el giro aca-
démico de los arqueólogos más "politizados", que siempre estarán en capacidad
de construir en retrospectiva la secuencia lógica de su primer logro.
301
Corría el año de 1651 cuando Thomas Hobbes (1980) expuso toda una filosofía
civil -en sus vertientes política y ética- erigida sobre una base peculiar, que casi se
podría tildar de estrecha y monópoda por lo individualista. Me refiero a su doctrina
de las pasiones -algo que hasta Descartes, su rival y contemporáneo, reconocía
como un conocimiento difícil de conseguir por "sentirlas cada cual en sí mismo"-,
que no obstante su desafiante intersubjetividad, él generalizaba a todo el género
humano. En apariencia, a Hobbes le obsesionaba más el peligro de la anarquía
que el del despotismo ilustrado, de manera que podía y debía postular una ética
egoísta como la causa común del desorden social. Ese desorden era un estado de
conflicto de vastos alcances, pero con una misma raíz de tres ramificaciones: la
competencia, la desconfianza y la gloria. Todas ellas producto de apetitos o
aversiones que encubrían una extensa variedad de pasiones simples y complejas.
Para Hobbes entonces, la tesis de la igualdad del género humano le permitía
suponer una igualdad de capacidad y expectativas orientadas hacia los mismos
fines, luego el movimiento voluntario de autopreservación por fuerza desembo-
caba en el conflicto de todos contra todos. En consecuencia, para hacer posible la
vida en sociedad, se imponía un contrato social bajo el que cada uno cediera en lo
que apetecía, transfiriendo al poder absoluto sus derechos personales, que en
retribución los haría respetar sobre todos.
Aunque en la historia de la filosofía política estas ideas han sido una y otra vez
criticadas como equivalentes a una justificación del Estado absolutista y aún del
poder autocrático en general, es poco lo que se ha dicho al respecto desde la
teoría de la conducta racional o teoría racional de la sociedad, dimanada de la
teoría matemática de los juegos y aplicada a situaciones sociales recurrentes
como las que nos ocupan en este capítulo. En ese sentido, es asombroso que a
pesar de la ética egoísta que está en el fondo de su filosofía social, Hobbes
concluyera en que el estado de guerra precisaba, para resolverse, de un acuerdo
mutuo entre actores para no aniquilarse mutuamente ("Pactistas sin espadas, sino
con palabras"). En otros términos, dio una solución cooperativa a lo que más tarde
el matemático Albert Tucker formalizaría como el dilema del prisionero, elección
302
que prueba que moverse solo en función de los propios intereses no siempre es la
mejor manera de salir ganando.267 Por supuesto que esta es una interpretación
que podemos hacer desde nuestro propio horizonte histórico, pero elusiva para
alguien tan eminente como Bertrand Russell, cuando desvalorizó las aptitudes
matemáticas de Hobbes: "Era vigoroso, pero tosco" (Russell 1972: 546).268
Obviamente se refería a su bizarro intento de cuadrar el círculo, motivo que lo
embarcó en una acre controversia con un distinguido matemático de Oxford.
Descontando este desliz, lo que aquí interesa es otra rivalidad bastante más
próxima al tema de este capítulo. Hago referencia a la acusación de plagio
lanzada por Descartes contra Hobbes, que Merton (1974 [1957]) también
menciona a propósito de las frecuentes disputas entre científicos, tan antiguas
como la ciencia misma.
267
Paulos (1990:158)) ha reivindicado esta aportación matemática de Hobbes, oponiéndolo
a Adam Smith, esto es, lo que sería el conflicto de la racionalidad individual y la
irracionalidad social. Como él dice: "Si los miembros de una sociedad nunca se comportan
cooperativamente, es muy probable que sus vidas sean, en palabras de Thomas Hobbes,
'solitarias, pobres, rudas, brutas y cortas'" (Paulos 1990:163). En el capítulo final retomo la
teoría de los juegos para discutir esta aseveración.
268
La obra de Russell (1972) a que hago referencia fue publicada en 1945, dos años antes de
que von Neumann y Morgenstern presentaran su Theory of Games and Economic Behavior
(1947); otros filósofos y economistas posteriores han reconocido el “reto de Hobbes”, y su
resolución tan próxima a la matemática (Paden 1997; Dascal s.d.; Conté 1999).
303
estrategia de enfrentar unas pasiones contra otras).269 Si bien la parte fisiológica
de su explicación hoy nos cause hilaridad sin ser anatomistas, me parece que
contribuyó con un argumento empírico que la formalización de Hobbes solo
supuso: la trabazón del comportamiento individual y el comportamiento social. En
concreto, me refiero a su observación de que lo que es pasión en el sujeto -y por
tanto una expresión ideosincrásica de aprehensión escurridiza-, siempre es acción
intencional para el objeto, "el agente y el paciente" según sus propias palabras.
Entonces, por muy inaccesibles que se nos ofrezcan en primera instancia las
pasiones, éstas siempre implicarán acciones y efectos sobre los demás. Son estas
acciones y estos efectos lo que las hacen aprehensibles, es decir, observables, de
igual modo a como los instintos son observables al etólogo del comportamiento
animal por sus manifiestos signos externos. No hay razón, desde Descartes, para
menospreciar las pasiones como cualquier otro tipo de comportamiento humano.
Excepto que dentro de la ciencia eso suena a anatema, pues sería algo así como
estudiar la racionalidad por medio de la irracionalidad. Se entiende así la rotunda
condena de esta línea de indagación en la sociología de la ciencia mertoniana.
269
Uno de los deliciosos aforismos de Elías Canetti sintetiza al máximo la estrategia cartesiana: “Una pasión
intensa tiene la ventaja de que obliga al hombre a superarla con astucia y, de paso, a conocerla también con
precisión”.
270
Ver al respecto el interesante artículo de Fedro [Link]én, significativamente titulado "La
cartas marcadas. Darwin y Wallace" (La Jornada Semanal, 256:26-29,1994).
304
naturaleza humana común, le parecía un disparate metodológico. Era categórico
cuando establecía (Merton 1974:290):
Admitía, eso sí, que la teoría de los juegos podría iluminar las maniobras
ofensivas y defensivas de los rijosos científicos, pero nunca sospechó que esa
misma aplicación podría sacar a la luz las gradaciones de la racionalidad
estratégica o, más grave aún, la demostración de que los proyectos fracasados,
expectativas insatisfechas y deseos frustrados de individuos que, actuando
racionalmente, pudieran en su defecto basarse en suposiciones irracionales,
pasionales las más de las veces (Elster 1989:260). La propuesta analítica de
Elster va precisamente orientada en ese sentido: la conducta racional sólo tiene
sentido en un trasfondo de irracionalidad. Según pienso, esta unificación del
pensamiento racional e irracional sin recurrir a la psicología, la sociobiología o al
funcionalismo -ampliamente criticados por Elster mismo-, constituye una
aportación fundamental a la teoría del actor racional, la que desde sus orígenes
padeció de graves limitaciones de aplicación a la vida real (Vajda 1988:1267).271
Lo que pretendo establecer con tan informativo periplo por los fundamentos de
la modernidad es que razón y pasión nunca estuvieron reñidas en sus orígenes.
La pasión se tornó contradictoria y hasta enfermiza cuando el nacimiento de la
clínica se arrogó su conocimiento para su propio beneficio y legitimación. El
psicoanálisis de nuestro siglo no pudo haber sido sin asumirse por antonomasia
271
La otra línea de aplicación de la teoría racional (más allá de los modelos de juegos) es la experimentación.
Davis (1986:136-146), cuando se ocupa del dilema del prisionero, menciona una serie de experimentos muy
prometedores, pues hasta ahora el análisis de los juegos en la vida real ha sido descriptiva, incluso en la
politología, donde ha sido imposible establecer una expresión cuantitativamente fiable de los pagos, cuyas
cifras son estimativas y hasta arbitrarias.
305
como "un vasto tratado de las pasiones humanas, una suerte de comedia
humana" -en palabras de un divulgador de Freud-, y cuyo afán central era sanar al
individuo enfermo a la vez que criticar a la sociedad enferma que lo reproduce. No
es fortuito pues que mucha de la psicología actual siga creyendo que las pasiones
son asequibles estrictamente como "trastornos mentales","cuadros patológicos",
"desórdenes emocionales" y demás léxico que siempre opone e impone el logos al
pathos (pasión, emoción, afección). Muy tardíamente, los psiquiatras han debido
asimilar el hecho palmario de que la creatividad artística posee resortes
usualmente designados como causales de su diagnóstico experto (Redfield 1995).
Antes de eso, debíamos contentarnos con intuiciones geniales pero iconoclastas
como las de Koestler (1964), cuando sugería que el acto de creación implicaba
una suspensión del acto racional. Por cierto que no estaba desencaminado
cuando sugirió un pensamiento bisociativo, que hoy preferimos denominar como
capacidad de procesamiento paralelo de la racionalidad y las emociones (Neisser
1975).
Es una ironía el que la metáfora cartesiana del hombre como autómata, tan útil
a la neurociencia (hoy convertida en el cerebro como ordenador), sea también la
que haya apuntalado la clara distinción de la inteligencia humana y la inteligencia
artificial. Los programas computacionales son unidireccionales simplemente
porque carecen de la multiplicidad de motivos del pensamiento humano. Esta
multiplicidad refleja la base emocional de su actividad cognoscitiva. Tales
emociones no se retiran del escenario para permitir el raciocinio, sino que trabajan
en paralelo, aún cuando se trata de elegir estratégicamente entre ganar o perder.
Escribe Neisser (1975:265) puntualmente: "Ninguna persona escribe un ensayo
científico simplemente para comunicar información técnica, así como tampoco
nadie lo lee sólo para estar mejor informado. Los motivos manifiestos y
conscientes son importantes, pero nunca operan aislados". De hecho, es probable
que las motivaciones más profundas sean tanto más pertinentes cuanto la tarea a
resolver sea más y más compleja. Esta peculiaridad motivacional (pasional, ya
libre de patogenias de toda especie) del científico acrecienta su eficacia
306
resolutiva, sumado a su ventaja educativa y metódica sobre la cognición del
hombre de la calle (de Vega 1992: 513-514; Coleman y Freedman 1987:133)
dispone al alma a fijar la atención del mismo modo sobre todos los
demás objetos que se presenten, a poco nuevos que le parezcan. Y
esto es lo que hace durar la enfermedad de los ciegamente
curiosos, es decir, de los que buscan cosas raras sólo para admi-
rarlas y no para conocerlas; porque se hacen poco a poco tan
admirativos que son capaces de fijar su atención no menos sobre
las cosas sin ninguna importancia que sobre aquellas cuya inves-
tigación es más útil.
307
científica de la arqueología a la mera búsqueda de tesoros.272 No es esa mí
intención, por más que haya ciertas analogías de comportamiento imposibles de
ignorar. Me refiero a que en el presente los mismos buscadores de tesoros se
comportan más como arqueólogos amateur que como saqueadores de piezas.273
Muchos de ellos prefieren los más respetables títulos de "operadores de radares
de penetración", "buceadores de rescate", "especialistas en observación aérea" y
hasta “nuevos exploradores”. La revolución técnica, de la que antes se preciaba la
arqueología científica en cualquiera de sus acepciones, también ha arribado a este
ámbito, junto con la popularización del conocimiento arqueológico, fenómeno
bastante más ostensible en las sociedades opulentas del orbe, en que los particu-
lares pueden darse lujos que los arqueólogos mexicanos carecen.274 Pudiera ser
también anecdótico que en alguna ocasión una mundana pasión se contagiara a
un arqueólogo de salvamento. Me refiero al supuesto tesoro de Moctezuma, del
que finalmente solo se descubrió un tejo de oro a principios de 1981. No obstante,
es significativo que paralelamente al rescate del Banco de México, el arqueólogo a
cargo mantuviera en secreto esta segunda motivación del proyecto (González
1994:50). Debe de quedar bien claro al lector que es de esta motivación paralela a
la arqueología de la que estoy hablando, no de los objetos-cosa en sí, sea que les
vea como tesoros, monumentos o evidencias sensibles.
272
La arqueóloga Sarah Tarlow (2000) está explorando el mismo campo, y sostiene que las emociones no
pueden separarse de la experiencia. Muy a lo Herder, revive la empatía como proyección comprensiva hacia
el pasado, pero ello plantea el problema de la comprensión e interpretación dentro de la disciplina. Aquí
hemos ido directo al grano, es decir, a la experiencia propia de la disciplina.
273
Me adelanto un poco al siguiente capítulo, pero los “moneros” (campesinos saqueadores de tumbas de
tiro) del sur de Nayarit, efectivamente proceden como arqueólogos (Zepeda 2000).
274
La revista Help Ware Magazine publicada por la IBM de vez en cuando recoge ejemplos
de estos buscatesoros modernizados que no esconden su pasión por descubrir y apropiarse
del oro y otras riquezas. La cosificación del objeto de asombro tiene un sustrato común con
la cosificación del objeto de conocimiento como monumento. Otro ejemplo citable son
numerosos programas televisivos del Discovery Channel, donde conviven arqueólogos y
nuevos aventureros.
308
contra todos. Este pensamiento estratégico existe lo mismo en la planeación y
realización de un proyecto que en ponderar la prioridad de su ulterior descubrimi-
ento y apropiación. Esto es rigurosamente racional. En ese sentido es consistente
con la "concepción heredada" de ciencia, como la llama Woolgar, es decir con la
tradición. Los propios conflictos y costumbres del secreto, evitación y desconfianza
son estrategias adecuadas al gran juego de la guerra, aunque imperfectamente
racionales, ya que obstaculizan las relaciones horizontales de colaboración,
comunicación y resolución de problemas. Parte desde aquí nuestra divergencia
con Merton. El nunca ocultó que las disputas por el reconocimiento científico
fueran conflictos sociales comunes en su institución. Como Simmel, llegó a
sostener que el conflicto mantenía unida a la institución (Merton 1977:120), pues,
en última instancia, la institución disponía de las normas necesarias para ajustar
los comportamientos más desviados. Pero el que admitiera que el sistema de
recompensas podía llegar a ser disfuncional para la institución es algo que no
sopesó en sus mayores implicaciones.
Querría decir, por lo menos, que ciertas actitudes y deseos de los científicos no
tienen forma de ser ajustados por las normas. Más aún, una de estas normas, el
desinterés (lo mismo que el valor de la modestia o humildad que la respalda), no
es una pasión muy atractiva de practicar simplemente porque no es óptima o deja
pobres rendimientos para quien la experimente y actúe. De hecho, es incompatible
con el imperativo o priodidad de la originalidad. Se sigue que el mismo desarrollo
de la ciencia es el que impele a una interacción de rivalidad que puede salirse de
control. Fue así como Merton advirtió -y eso hay que reconocerlo una y otra vez-
que cuando la búsqueda de reconocimiento se convierte en un sentimiento en sí
mismo, la racionalidad de los fines empieza a quebrarse (Merton 1974:322).
Asimismo, que mientras más orientados estén los científicos al éxito de la ciencia
(y colateralmente el de su gloria), más vulnerables son emocionalmente a la
posibilidad del fracaso. La cuestión entonces es saber si los medios utilizados para
conseguir estos fines son tan racionalmente perfectos como sus causas. Las
pruebas indican que no. Demostrarlo será materia del siguiente capítulo.
309
Rematando, diré solamente que los referentes ontológicos de la metáfora LA AR-
QUEOLOGIA ES GUERRA tienen sus peores saldos en el leviatanismo a ultranza
-las pasiones desatadas con fines racionales-, que hace de la arqueología
mexicana una ciencia víctima de los comportamientos egoístas de sus
practicantes. Quizá la primera ciencia en México que supo de las consecuencias
más desagradables de lo que hoy, con cuestionable orgullo, llamamos la
competitiva excelencia académica.
310
CAPITULO QUINTO
275
La Jornada Semanal, 203:42,1993.
276
Infortunada intervención oral que fue duramente rebatida por Piña Chán; ambas están
recogidas en Sodi (1990:638).
311
imperceptiblemente, nuestra perturbación crece en la medida de que nos
percatamos que su curva logística o sigmoide tiene un punto (coincidente con el
año de 1991) en que el crecimiento exponencial de la ciencia empieza a saturarse
y progresar a su límite. Dice Price: “Si anticipamos discurrir en un estilo científico
acerca de la ciencia, y planear por consiguiente, debemos llamar a este periodo
inminente como la Nueva Ciencia o Saturación Estable; si carecemos de tales
esperanzas, hemos de llamarle senilidad” (Price 1986:29).277 Según este
planteamiento -que además de matemático se basa en la idea mucho más aguda
de la estructura acumulativa de la ciencia- hubo antes una transición de la
Pequeña Ciencia a la Gran Ciencia a manera de un cambio de escala que, sin
embargo, ya era preocupante por sus dimensiones monstruosas.278 Con todo,
para Price, la Gran Ciencia era una transición que, sin dejar de ser impresionante
por sus logros, demostraba síntomas de "enfermedades triviales", como podrían
ser el que los descubrimientos congreguen a cada vez menos estudiosos, que la
cantidad de la investigación ("superabundancia de literatura") se vaya oponiendo
a la calidad de la misma, que sea plausible una moratoria de la investigación pura
respecto a la aplicada, o que la estrategia de escala termine por arruinar la
oportunidad de investigación en los campos más empobrecidos de la investigación
(Price 1964:139-145). Como hemos visto antes, algunas de éstas "enfermedades"
recuerdan ciertos fenómenos descritos para varias ciencias. Y la arqueología
mexicana por igual.
Sería por demás iluminador llevar estas ideas a un punto más allá que su
superficial analogía con la arqueología. Por desgracia, mientras sus archivos y
fuentes económicas sigan siendo secretas, será imposible dar un paso
comparativo así. Por ejemplo, desconocemos numéricamente si los proyectos de
la gran arqueología han sobrepasado definitivamente a los proyectos de la rala
277
Para un enfoque optimista sobre el advenimiento de una edad de oro en que la Nueva
Ciencia se libre de su pasión faústica, véase Stent (1986).
278
Los proyectos de la Big Science precisamente por sus tremendas proporciones concitan
imágenes monstruosas, no necesariamente malignas. El Golem ha sido una de las favoritas.
No escapamos a esta reacción con nuestro Leviatán antigüo.
312
arqueología en algo más que en intensividad de uso de recursos, lo que es obvio
por intuición. La coexistencia de varios tipos de proyectos arqueológicos haría
pensar que no ha acaecido algo tan avasallador (o es que de plano la arqueología
como ciencia no sigue sus patrones de crecimiento, idea nada descabellada pues
hemos visto cómo la arqueología es singular en cuanto a un sistema de
recompensas que ha derivado en comportamientos contradictorios, al tiempo que
la mostramos dueña de un singular cambio teórico, casi atascado). No menos
necesario será determinar si la Gran Arqueología es superior cualitativamente a la
Pequeña Arqueología, lo cual sólo sabremos si nos introducimos en su estudio
textual y conceptual. En este capítulo desarrollaremos éste y otros de los
planteamientos contenidos en el capítulo anterior, aprovechando la única posibi-
lidad que tenemos a la mano, los estudios cualitativos o de caso. Recurriré con tal
fin a la tipología combinatoria ya planteada, en especial los Tipos I, III y IV. Nos
refirimos con ellos a los proyectos Templo Mayor/Especial de Teotihuacan,
Túneles y Cuevas de Teotihuacan y, por último, Cañada del Río Bolaños, a
propósito del cual haremos breve mención del Proyecto de Rescate de Huitzilapa,
que no tuve oportunidad de estudiar en mayor detalle, pero que correspondería al
Tipo II.
313
ésta y otras zonas arqueológicas, centros rituales por excelencia.279 Así visto, es
asombroso que un mismo proyecto arqueológico haya logrado satisfacer tantos y
tan diversos intereses. Sin duda alguna se precisó de un agudo ingenio
pragmático, pero más que nada hay que reconocer que su director supo tomar las
decisiones correctas en el momento correcto. Sería un poco insolente decir que
Matos brindó a cada quien lo que quiso, pero creo hay alguna certeza en ello.
Mejor dicho, estableció una suerte de intercambio tan maleable, que de él todos
salieron beneficiados. No creo que ese comportamiento sea prueba de
deshonestidad personal, como hoy argumentan sus enemigos. Lo que implico
pertenece a un orden no moral: me refiero en todo caso a su admirable
pensamiento estratégico, tal como éste fue desplegado entre 1978 y 1992.
279
Aunque los movimientos nativistas de la clase media urbana de México han llamado la
atención de los etnólogos, poco se sabe de la extraña combinación de aztequismo y nazismo
que también ha tomado a Templo Mayor como centro y símbolo. Da la impresión de que
esta rareza ideológica no está reñida con los grupos de concheros que día a día danzan en la
zona arqueológica. Aunque es factible la presencia de una variedad de agrupaciones
etnicistas en el gran movimiento de reinvención de pasado prehispánico, conviene decir que
no es un fenómeno sociocultural despreciable: su último ritual de primavera congregó a
más de un millón de personas en Teotihuacan, aunque con menor afluencia en otras zonas
arqueológicas.
280
De hecho, Matos ha perdido influencia por esa causa. Ya no es director de la zona arqueológica de
Teotihuacan y su dominio se reduce en estos instantes a la zona y museo de Templo Mayor.
314
Un episodio puede ilustrar por qué me resultan tan contradictorios ambos
momentos de nuestro autor. Hace pocos años, en víspera del Día de Muertos,
mientras Matos supervisaba el trabajo de las museógrafas que ponían una ofrenda
en el tzompantli azteca (altar de calaveras), no pude evitar inquirirle el por qué
todo el museo del Templo Mayor parecía evadir el tratamiento público del sacrificio
humano entre los aztecas. No era gratuita la cuestión. No hacía mucho había
tenido lugar una nutrida polémica alrededor del tema, siempre con la notoria (pero
segura) ausencia de los arqueólogos mexicanos.281 Por otra parte, la escena
momentánea se prestaba a la reflexión abierta. Su primera respuesta, pues me dio
dos, me recordó que él era un experto en el "culto a la muerte" prehispánico. Me
dijo algo así como que la muerte estaba omnipresente en Templo Mayor, y no
precisamente de manera simbólica. Mas reservadamente, me confío: “La gente
[que viene al museo y zona] no lo cree y no quiere saber de él”. Con merecido
orgullo, me aseguró que se había tomado la molestia de pasearse entre el público,
preguntando al azar. Y que los resultados de su elemental pesquisa lo convencían
de ello. Mucho me temo que estaba en lo cierto. Las primeras encuestas aplicadas
por investigadores del proyecto fueron luego confirmadas por la muestra levantada
por Rosas Mantecón (1993:226-229). Según ella, era claro que aunque diferentes
públicos captaran diferentes mensajes de la museografía, había también una
constante mitificación azteca previa al espectáculo del templo, una idea de
grandiosidad que no dejaba espacio a negatividades de alguna especie, pero que
se recreaba a la perfección con la monumentalidad tanto del templo descubierto,
como del museo erigido por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez a su
costado.282 Esta imagen romántica del pasado estaba pues condicionada por una
281
El gran interés académico que suscitó el espectacular descubrimiento del templo fue
también un tanto ajeno a esta polémica, lo que hace sospechar que la evitación fue más
amplia de lo que afirmo. Así, David Carrasco (1987) muy de paso la menciona; para una
síntesis apretada de la polémica, consúltese Anawalt (1986).
282
Para el lector que lo desconozca, Ramírez Vázquez es el creador del Museo Nacional de
Antropología, entre otros. Entre ellos están los de Templo Mayor y el nuevo museo de sitio
en Teotihuacan, subproducto del Proyecto Especial 1992-1994.
315
exposición anterior del público a la educación oficial, a los medios, y a otros
museos monumentales.
283
"El Proyecto Templo Mayor" de Eduardo Matos apenas se conoció hasta fines de
1978, casi nueve meses después de iniciado el proyecto, en marzo del mismo año. Aunque
ello confirme la sospecha de que el proyecto en sí fue parte de una construcción social
retrospectiva (tanto más necesaria cuanto que fue motivo de disputa con otros arqueólogos),
eso no puede desmerecer la intención de Matos en retener cierta imagen académica
progresiva, a solo tres años de haber suscrito la postura de la arqueología social, junto con
Lorenzo (1976) y otros arqueólogos. Lo que estoy puntualizando es que ya puesto en
marcha un proyecto arqueológico altamente politizado con él a la cabeza, de todos modos
corrió el riesgo de volverse a sus colegas cuando bien pudo haber eliminado estos pasajes
desde el principio (Matos 1986a:95; 1990:27). No encuentro otra explicación más plausible
que ésta a la defensa que luego hizo Lorenzo de Matos y su proyecto en 1979, habida
cuenta de su consabida crítica a la arqueología monumental (Lorenzo 1991:422).
284
“Creo -llegó a decir Russell- que la fe marxista es más repelente que cualquier otra de
las que han adoptado las naciones civilizadas (excepto quizá la de los aztecas)”
285
En uno de sus textos más tempranos (Matos 1986c [1974,1978]:12), que todavía exhuma
lecturas althusserianas, asentó con claridad: "Todo lo que se maneja de nuestra 'sangre
316
ocurría, porque hay documentados precedentes de enfrentamiento entre
arqueólogos y políticos en éste y solo éste caso específico, en que un
descubrimiento arqueológico no pudo ser respaldado por la evidencia empírica.286
indígena' y que nos lleva a ese concepto aztequista, en detrimento de los otros grupos
indígenas, no es más que tratar de alcanzar lo que los aztecas no terminaron de hacer: el
control económico e ideológico. Y todo esto también está ubicado en el campo de la
ideología, de la ideología actual que quiere llegar a un nacionalismo al tratar de hacer
héroes aunque para ello haya que decir mentiras piadosas, con las que, desde luego, no
estamos de acuerdo".
286
De hecho han sido tres o cuatro las veces en que se han tratado de sacralizar estas
osamentas; en todas las ocasiones los arqueólogos implicados (Armillas, Gamio, Matos) se
han opuesto rotundamente a la construcción social del descubrimiento (Keen 1984:475-
476), quizás no tanto por la mitificación en sí, sino por ir contra el contexto del
descubrimiento, o sea, contra sus propias reglas disciplinarias.
317
referencia a las pasiones). Si aceptamos esta equivalencia binaria de objetividad y
desapasionamiento, hay que precisar que el hecho de que las controversias de
antaño hayan sido suplantadas por una sola versión científicamente dominante, no
significa que ésta sea menos ajena a su contexto sociohistórico, tesis de Keen que
debe aplicar a pesar suyo a ésta, la fase final de la históricamente cambiante
imagen de los aztecas (Keen 1984:569).287
287
En realidad, la diversidad de interpretaciones antropológicas, etnohistóricas y
arqueológicas sí se ha dado, pero siempre en el contexto académico norteamericano, como
han denotado Kubler (1987) y Carrasco (1987:10) en diferentes oportunidades. Consciente
de esa diversidad, Carrasco ha enfatizado que lejos de reflejar incoherencia, han
enriquecido al objeto, lo que es muy cierto. Creo incluso que ese ambiente abierto al
conflicto de interpretaciones es el que ha obligado a Matos a corregir sus ideas, ya resuelto
políticamente el problema de la competencia por la prioridad de su proyecto. Quizá por ello
la ausencia del debate interno dentro de la arqueología nacional, donde se da por supuesta
la cientificidad o univocidad de los resultados interpretativos del proyecto.
288
Su público agradecimiento al Prof. Gastón García Cantú por el impulso y defensa del
proyecto así hace suponerlo (Matos 1982: 8).
318
presidencial de nombramiento como director del mismo. La fecha es importante
como indicador cronológico ya que, como establecí antes (v. nota 9 supra), el
planteamiento efectivo del proyecto fue hecho a posteriori, en diciembre de
1978.289 Debo añadir además que ya desde 1975, Matos participaba del Proyecto
Cuenca de México de William Sanders, que incluía la colaboración del
Departamento de Monumentos Prehispánicos (del que era jefe Matos también) en
la arqueología urbana del sector central de la ciudad capital (Matos 1986a: 93-94;
1990:27). Según uno de mis informantes, que participó en la Sección 3 de
excavación de Templo Mayor, Matos retuvo en secreto el proyecto, si bien poseía
la idea desde mucho antes.290 De ser esto cierto, Matos poseería la prioridad
absoluta del descubrimiento, sin lugar a la menor duda. Pero lo importante
entonces es por qué debió mantenerlo en secreto. La causa, como es usual, fue la
cerrada competencia de otros arqueólogos con fines incompatibles entre sí, por
cuanto que deseaban aprehender y poseer el mismo objeto, muy en la línea de la
cultura organizativa de esta arqueología.
289
Este segundo indicador se basa en la fecha de publicación del proyecto (Matos 1986a),
que no es el de la fecha de redacción, de seguro anterior. De todos modos mediaría un lapso
temporal entre su formulación y su conocimiento público.
290
En efecto, en su texto Muerte a filo de obsidiana (1986c [1974]), ya están expresadas las
ideas básicas del proyecto, no obstante que en la última edición introduce correcciones -
bloques enteros de texto que se repiten en textos posteriores- que muestran una
construcción retrospectiva. Pese a ello, es evidente que de esta época vienen sus lecturas de
Althusser -que influyen en su visión materialista de la ideología azteca- y de Mircea Eliade,
de quien toma a pie juntillas la idea de que "El mito relata una historia sagrada". De esto al
uso literal de las fuentes históricas del siglo XVI no hay más que un paso. Por lo mismo, su
adscripción a una arqueología histórico-cultural está expresada en germen; para él, la
arqueología ha de comprobar la evidencia documental: "El dato arqueológico es de
indiscutible importancia ya que sirve para comprobar lo dicho por los cronistas" (Matos
1986c:112).
319
accidental "encuentro fortuito" o "localización casual", para así arrogarse el
verdadero des-cubrimiento, aunque éste fuera del todo previsible. Lo cierto es que
ellos no se enteraron de él sino hasta que una llamada anónima alertó al personal
del Departamento de Salvamento Arqueológico del INAH, que, para el 25, ya
estaba liberando la monumental escultura. La excavación les absorbió en las
siguientes siete semanas, hasta concluir el 25 de abril de 1978 (las excavaciones
de Matos se iniciaron el 20 de marzo, de forma simultánea). En un esfuerzo sin
precedentes, si se toma en cuenta la premura del rescate, no había terminado el
mes cuando hicieron publicar un informe preliminar (García y Arana 1978), si bien
su prometida memoria final nunca se conoció, porque el 15 de abril debieron de
entregar todos sus materiales a Matos. Nada veladamente, se refieren a él en
estos duros términos (García y Arana 1978:13; cursivas mías):
Estamos conscientes de que la publicación de este reporte puede ser arriesgada, debido
a que, como hemos visto, abundan los plagiarios -colegas sin escrúpulos ni ética
profesional que pueden utilizar los datos para continuar sus "investigaciones" y ofrecer
sus conferencias o dar información que no les corresponde...
291
Aunque el equipo reunido estaba mejor dispuesto para un proyecto de larga duración y
mayores expectativas, no puede pasarse por alto su constitución organizativa (del Tipo II),
a saber: tres arqueólogos (jefe y dos asistentes personales), cuatro ayudantes (pasantes de
arqueología), dos biólogos, cuatro restauradores, dos dibujantes y dos empleados manuales;
se pretendía, para una fase ulterior -ya convertido en Proyecto Templo Mayor- engrosarlo
con 15 arqueólogos más (García y Arana 1978:76). La intención de la propuesta era
evidente.
320
del natural asombro del hallazgo. Por ello su mayor contribución disciplinaria se
reduce a corregir el plano de 1960 del arquitecto y arqueólogo Ignacio Marquina
(García y Arana 1978:78). Para suplementar sus insuficiencias, no vacilaron en
acudir al aztequismo de los gobernantes, que, además de interesarse también en
liberar al famoso templo (conocido desde el siglo XVI por las fuentes históricas),
tenía el supuesto atractivo de haber
...renacido en el mejor momento, el más oportuno para todos los que estamos interesados
de algún modo en obtener un mayor conocimiento de nuestro pasado, de los que en una
u otra forma tratamos de comprender no sólo nuestros orígenes y raíces culturales, sino
de afianzar con más fuerza nuestra nacionalidad. Coyolxauhqui hace realidad el proyecto
Templo Mayor y Coyolxauhqui dará mayor solidez a nuestra nacionalidad como
mexicanos (García y Arana 1978:82; cursivas mías).
Descubrir, sacar a la luz: darle otra vez dimensión a las proporciones centrales de nuestro
origen. Abrir el espacio de nuestra conciencia de Nación excepcional. Y pude hacerlo.
Simplemente dije: expropiénse las casas. Derríbense.Y descúbrase, para el día y la
noche, el Templo Mayor de los aztecas.
321
Semejantes expresiones de poder coactivo permiten entender por qué el
Proyecto Templo Mayor resolvió con éxito los intentos de oposición de algunos
sectores de la sociedad civil que defendían los monumentos históricos coloniales
que obstaculizaban al descubrimiento, acallando la "desabrida polémica" (palabras
de Lorenzo 1991:411) que de inmediato afloró con la afectación.292 De paso, su
aprobación del proyecto no solo nulificó al grupo de arqueólogos de Salvamento
Arqueológico, sino a un segundo grupo de competidores interesados en la
erección de un museo ligado a la administración de la nueva zona arqueológica
urbana (González y Angulo 1983). Hay que reconocer de inmediato que algunos
de ellos ya desde 1967 habían prohijado proyectos de excavación con el Templo
Mayor como objeto de estudio, pero es incuestionable que la magnitud de los
hallazgos arrojados por el proyecto intensivo (hasta 600 obreros ocupados en sus
fases críticas) de Matos, con 58 meses de excavación extensiva y el
descubrimiento de 15 edificaciones, 110 ofrendas rituales y 7 mil elementos
asociados, terminó por imponer la necesidad de construir en 1987 un museo de
sitio por extensión, y del que Matos es director hasta la fecha (López 1993: 35-
36).293
292
Se "liberaron" 13 edificios circundantes que estorbaron a la monumentalidad del
descubrimiento; algo análogo a la decisión de "ocupación pacífica" de terrenos en las
zonas arqueológicas descubiertas en terrenos rústicos.
293
Para Salomón González y Jorge Angulo (1983), este Museo del Templo Mayor debería
incluir un centro de investigación de la cultura mexica o Centro Regional de Tenochtitlan.
Con tal fin, elaboraron un guión temático, a espera de los recursos económicos y humanos
requeridos. Estos nunca llegaron a sus manos. La respuesta de Matos fue más ambiciosa:
impulsó una consistente investigación paralela al análisis de materiales, por lo que hasta
1991 disponía de ocho tesis profesionales producidas por su joven personal y 130 libros y
artículos publicados (López 1993:34, nota 22 infra). Gracias a esta política de
investigación, el proyecto alcanzó una eficacia mayor que el simple asombro de un
descubrimiento remarcable, punto débil de la pasión sus opositores. Eso lo advirtió Lorenzo
desde 1979: "El problema arqueológico es uno, y es sencillo aun en su magnitud,
profesionalmente solucionable aunque sea difícil hacerlo entender a quienes ya han
reaccionado ante la vieja y mantenida política que consiste en creer que la arqueología es
fabricar zonas arqueológicas por pedido, en vez de pensar que la tarea del arqueólogo es la
de buscar la vida de las sociedades que nos precedieron" (Lorenzo 1991:425).
322
No se sabe hasta la fecha la cantidad de recursos que fluyeron al proyecto
desde la cúspide del poder ejecutivo. Los ecos de las protestas de otros
arqueólogos indican que fueron gigantescos. A falta de esa información, un
segundo indicador lo representa el tiempo inputado. Al principio, por ejemplo,
Matos calculaba concluir las excavaciones en mayo de 1979 y el análisis de
materiales en marzo de 1980 (Matos 1990 [1979]:37). La magnitud de los
hallazgos obligó, por el contrario, a prolongarlas hasta 1982, con dos temporadas
más en 1987 y 1989.294 Otro indicador inconfundible de su alta intensidad y alta
verticalidad (del Tipo I) fue la organización interna del proyecto, que carece de
parangón, aun si se le compara con los Proyectos Especiales de 1992-1994.
Aparte de la cantidad de mano de obra que demandó remover 1,3 ha. de terreno
urbanizado, su equipo interdisciplinario involucró a 24 arqueólogos y un número
indeterminado de especialistas (etnohistoriadores, arquitectos, antropólogos
físicos, restauradores, administradores, fotógrafos,etc.). Para hacer funcionar
tamaña maquinaria humana, resultó indispensable su jerarquización, que podría
diagramarse como lo muestra la Figura 5.1.
294
De hecho, fueron cinco las temporadas de campo, pues hubo dos más en 1991-1992 y
1994 (López 1993:16 y 1995:77).
295
El mejor estudio disponible sobre las ofrendas del Templo fue hecho por Leonardo
López Luján (1993), quien se incorporó en fecha tardía (1988) al proyecto. Dispuso
entonces de los materiales e informes de los otros arqueólogos. En parte, su valiosa
323
FIGURA [Link] DEL PROYECTO TEMPLO MAYOR
Etnohistoria
Monumentos Histó- Administración Investigación
ricos.
Laboratorios de Unidades de: [Link]
excavación
Prehistoria Presupuesto Sección I
Antropología Fí- Personal Sección II
ca. Inventario Sección III
Mecánica de suelo
Secciones auxiliares:
Conservación y restauración
Control de materiales
Fotografía
Dibujo
Cerámica
Estudios Especiales
296
cfr."El Museo del Templo Mayor", Antropología, 17,noviembre-diciembre,1987
(suplemento) y Matos (1985).
297
Fernando Checa,"Textos e imágenes", Babelia, febrero 11,1995:16.
298
Hasta antes de la revolución informática este estilo era motivo de desprecio entre los
investigadores. Me viene a la mente el estilo de historiar que [Link] condenaba como
propio de "tijeras y engrudo". Hoy día es probable que nadie coincida con él, excepto
los historiadores, por razones obvias. La hipermedia por su parte ha brindado al científico
un tercer recurso que no posee el libro de arte: agregar sonido a las imágenes y texto. Es
imprevisible saber a dónde llevará este desarrollo, pero hay quien asegura que Internet está
sobrepasando la comunicación científica, vía artículos y revistas. En fin, lo que ya se
conoce como "efecto de superposición" de los textos magnéticos se refiere a costumbres
ligadas al procesamiento de hipertextos por ordenador. Ya no es cosa de cortar y pegar,
sino de "encontrar y reemplazar" o "mover y copiar bloques" y, sobre todo, vincular gran
cantidad de archivos de forma no lineal. El efecto es el de sobreponer unos textos a otros, lo
325
interese en el análisis textual, leer a Matos puede resultar una tarea enfadosa por
su reiteración de fragmentos completos que se repiten una y otra vez en sucesivas
publicaciones. Este efecto de superposición puede resultar confuso, y hasta
prestarse a malas interpretaciones. La nuestra propone lo siguiente explicación:
por un lado, la aparente repetitividad de sus escritos se origina en que su
interpretación arqueológica borda alrededor del núcleo histórico cultural, que
conserva a pesar de su marxismo, fenomenología y simbolismo periféricos. Sin
embargo, por otro lado, no deja de ser interesante cómo se da su progresión
interpretativa, que en vez de ser lineal se mueve en círculos concéntricos de
mayor radio cada vez.
significado con este libro, y especialmente por la habilidad del profesor Matos para
comunicar la significación del Proyecto del Templo Mayor tanto a estudiosos como al
público en general.
299
No pasó inadvertida esta evaluación a los arqueólogos universitarios. En una pequeña
nota en su boletín (que no llega a comentario bibliográfico), Matos responde a Renfrew y
Bahn diciendo que a partir de julio de 1991 el Proyecto Templo Mayor derivó en Programa
de Arqueología Urbana, esto es, un programa preventivo en el perímetro trazado por
Marquina para la plaza ceremonial de Tenochtitlan. Su intención es prepararse para nuevos
hallazgos fortuitos e integrarlos al Templo Mayor como investigación (Matos 1991a:1-2).
Tal respuesta me parece gratuita: la investigación siempre estuvo presente pero como
estrategia no dominante, empero al calificar a los "descubrimientos espectaculares"
precisamente como "tesoros del Gran Templo" (Matos 1994), él mismo propició esta
interpretación uni-literal del proyecto y sus resultados. Recuérdese entonces que en su guía
de la zona arqueológica, expresó (Matos 1985:42): "Fue una investigación, que desde el
comienzo se dividió en tres fases fundamentales para su desarrollo". Un problema adicional
aquí, producto de la elaboración retrospectiva del des-cubrimiento, es que éstas tres fases
(historia-excavación-interpretación) no aparecen en el proceso del proyecto sino hasta
1981, es decir, tres años después de iniciadas las excavaciones (Matos 1982a: 11).
327
no así en la arqueología gubernamental mexicana. Por su parte, la imagen de un
"descubrimiento espectacular" que el propio Matos debió elaborar para sus
transacciones sociales más amplias que la disciplina y sus practicantes, concilia
con estas otras evaluaciones. Pero es justo reponer que es una imagen
incompleta porque involucra una idea de arqueología bastante común en México:
únicamente su espectacularidad monumental.
300
Schávelzon (1983) sostiene tozudamente que Boturini se equivoca, y que Sigüenza
taladró bajo la Pirámide de la Luna. Como quiera que haya sido, la cantidad de
exploraciones que se han hecho desde 1675 (que irían de Brantz Mayer en 1841 hasta
Linda Manzanilla recientemente), indican la existencia y conocimiento sobre un sistema de
túneles y cuevas, pero invariablemente la que más ha atraído asombro es la caverna bajo la
Pirámide del Sol, que a todo mundo provoca sueños egipcios. Más tarde volveré sobre ello.
El hecho es que estas pirámides son conocidas desde tiempos lejanos por lo que el
descubrir es más un des-cubrir.
301
El siglo XVIII fue una época profusa de reconstrucciones mentales del templo, que no
ocultaban la sensibilidad e interpretación neoclásica; la ópera y literatura barrocas no
fueron ajenas a este impulso estético (vv . Gruzinski 1992; Sten 1992).
328
Templo Mayor302, lo que aquí nos preocupa es su re-conocimiento, su re-
interpretación, su re-constitución.
302
Pienso en particular en el ejemplo del des-cubrimiento de América, que Woolgar
(1991:88-92) aborda por medio del análisis de las bases sociales de los descubrimientos
científicos debido a Branningan.
303
Corría 1979 cuando Matos usó, por una sola ocasión, a palabra hipótesis para referirse a
la doble escalinata del templo, y, por ende, su dualidad religiosa, en parte agrícola (Tlaloc)
y en parte tributaria (Huitzilopochtli) (Matos 1990 [1979]:33): una hipótesis auxiliar ad
hoc, por así decirlo. Para 1987 -una vez que ha debido discutir con los estudiosos
extranjeros- toma como equivalentes "postulados", "principios generales" e "hipótesis".
Este giro coincide con la introducción de un mentalismo innovador en su materialismo
marxista: sin variar en su concepción central, debe admitir que los mitos son cada vez más
esenciales a su explicación histórica (Matos 1987:24-25 y 38). Luego volveremos sobre
este cambio interpretativo.
329
proyecto, por más instrumental que fuera, indica, con su sección de etnohistoria,
cómo se están llevando a la práctica estos postulados.
Es muy claro que el proyecto como tal se inicia con una fase de recopilación y
revisión de fuentes históricas, informes arqueológicos previos y la elección de una
teoría específica. Se podría asegurar que la redacción del proyecto se dio bajo
ella, aunque la fase lo rebasa, sobre todo en lo que se refiere al uso del conoci-
miento documental, que incluso se prolonga a una fecha tan tardía como 1985, en
que Matos (1994a [1986]) pretende interpretar a fondo el simbolismo de las
ofrendas y las etapas constructivas del templo. En este último texto, lo (para él)
fenoménicamente externo (mito, ritual, culto, ofrendas) pasa a ocupar el lugar de
lo esencialmente interno (estructura económica) ([Link] 1994a: 19 y 106-109).
Este cambio subrepticio está precedido de un uso más decidido de las fuentes
históricas, con muchos más mitos (que el reiterado nacimiento de Huitzilopochtli)
y, sobre todo, rituales, que en conjunto hacen del templo "un mito vivo". La
evidencia empírica de las estructuras arquitectónicas descubiertas son ahora
manifestaciones del ritual y éste del mito (Matos 1993).
Acaso sea ocioso decirlo, pero Althusser deja de ser citado definitivamente,
mientras Eliade se convierte en su principal asidero teórico, intencionalmente
seleccionado. Para entonces Matos (1981 y 1986a,b) ha publicado sendas
antologías de fuentes que, a su modo de ver, demuestran -vía corroboración
arqueológica- que "la descripción de los cronistas estuvo muy apegada a lo que
vieron o a lo que les relataron algunos indígenas" (Matos 1986b: 265). Ni por
asomo ofrece, por ningún lado, algo parecido a una crítica de fuentes, sino que
repite la anacrónica pero tradicional actitud de los eruditos del siglo XIX, de verlas
como fuentes de datos aprovechables.304 No es el único rasgo preterista de su
304
Literalmente dice Matos de ellas que "es un material aprovechable" (Matos 1994a:16;
cursivas mías), lo que está muy lejos de verlas como totalidades, según recomendaba
O'Gorman desde 1940 (O'Gorman 1989 [1972]: 122-123). No está de sobra observar que
para los actuales etnohistoriadores alemanes, un enunciado no es de mayor confianza
330
interpretación: ya a mediados del siglo pasado José Ramírez sostenía que los
mitos nativos eran fuentes históricas por su propio derecho. Matos, como Orozco
y Berra, sigue interpretando literalmente estos mitos. A decir verdad, este proceder
era generalizado entre los padres fundadores de la etnohistoria mexicana, cuyas
ideas al respecto Keen (1984:431) no duda en caracterizarlas de "fantasías
científicas". Esta actitud no varió sino hasta que Seler introdujo un método crítico
de análisis. No obstante, es paradójico que el Seler que abordó el estudio del
Templo Mayor en 1901 (incluso refiriendo la misma lucha fraticida de
Huitzilopochtli y Coyolxauhqui, tan cara a Matos) no aparece nunca en las referen-
cias de Matos, quizás porque la historia cultural de Seler era bastante más
progresiva que la suya, ochenta años atrás.
Nótese que Seler escribió cuando todavía Batres estaba trabajando (él excavó
de urgencia de septiembre a diciembre de 1900, pero su informe es de julio de
1902) en la esquina de Santa Teresa y Escalerillas. Descontando que la
intrerpretación seleriana es muy superior a la descripción empírica de Batres, su
porque provenga de un autor nativo, ello sin dejar de reconocer, como dice Hans [Link],
que “En el México antiguo se justificaba la realidad presente por la realidad mítica”.
331
evaluación del descubrimiento debió causar la ira de él, cuando dijo: "Para la
antigua topografía del templo y otras cosas que quisiéramos conocer, y que tienen
relación con él, los resultados de las excavaciones [de Batres] han sido bastante
insignificantes. Las esperanzas exageradas que se abrigan con este motivo no se
han realizado" (Seler 1903:256;cursivas mías). Batres arguyó por contra que Seler
ni siquiera había visitado el sitio, pero en cambio se había reservado "el derecho
de hacer avanzar después la ciencia, aún si haber visto los monumentos,
iluminando al mundo con sus eruditas disertaciones" (Batres 1990:114).
Sarcasmos aparte, cualquiera puede captar la moraleja subyacente: Seler pasó a
ser enemigo de Batres, en su esquemática pero ya muy arqueológica visión del
mundo social a su alrededor. No nos pasa desapercibido el hecho de que Seler
pudo decir mucho del templo sólo interpretando las fuentes históricas disponibles y
los escasos hallazgos fortuitos entonces conocidos. En suma, es (ahora sí
simbólicamente) significativo, que mientras la admiración de Batres ha ido
creciendo en Matos (1991c), su coincidencia de método con Seler es pasmosa en
otros sentidos, aunque de heurísticas contrarias. Luego, es mejor evitarla que
darle crédito. Racionalmente hablando, nadie obra contra sí mismo.
Las tres fases del proyecto son harto consistentes con su concepción más
profunda de que "la arqueología no sólo [es] una parte de la historia, sino algo
más: la historia misma" (Matos 1986a: 9). Que la historia cultural no sea referida
como tal cuando habla de que "todo trabajo arqueológico debe ir precedido de
planteamientos teóricos correspondientes y las problemáticas específicas a
resolver" (Matos 1982:7), no invalida que ésta sea la teoría bajo la que interprete
la realidad antigua en última instancia.305 En relación a su verdadera filiación
teórica debemos observar que sus cambios interpretativos más aparentes son asi-
mismo los más periféricos. Primero invierte su fenomenología sin problemas. Al
305
Será en un texto dirigido al público anglosajón que dirá que no pretende hacer una
apología de la documentación histórica, pero que "De esta manera fuimos capaces de
desarrollar un marco teórico y anticipar al menos algunos de los resultados de las excava-
ciones. Pero en muchos sentidos, las excavaciones nos han dicho mucho más de lo que
supimos por la historia" (Matos 1994 [1988]: 13) (cursivas mías). ¿Sabía Matos que
Renfrew lo leería?. Yo diría que sí.
332
mismo tiempo, su versión fuerte del marxismo se transforma en una versión débil.
Me explico mejor. Ya no se trata de relegar a Althusser, sino que, al inicio, la
esencia detrás de lo fenoménico es la estructura económica, que se refleja
simbólicamente en la ideología religiosa (Matos 1982b). Conforme se va
adentrando en la interpretación mítica de la historia documental, “podemos ver
como el proceso de transformación mítico influye en el simbolismo de Templo
Mayor” (Matos 1987:48), hasta el punto de estructurar su arquitectura y ofrendas.
Podríamos hablar ya, con Marvin Harris, de un paso del materialismo al
"mentalismo" (idealismo) en Matos, de no ser porque en su discusión del concepto
de Mesoamérica, él sigue haciendo hincapié en el modo de producción agrícola-
tributario ([Link] 1982d,1993a y 1994b). No entraré de inmediato en el
tratamiento de este último asunto, pero puedo adelantar que su versión débil del
marxismo -del que solo toma un concepto decantado- sirve únicamente para
reiterar el mesoamericanismo clásico de la arqueología histórico-cultural
mexicana. Otra vez, el núcleo duro permanece, pero el cinturón protector varía.
333
29). Pese a ello, sigue creyendo que hay una relación coherente entre estructura y
superestructura. Aduce con seguridad que los hallazgos “confirman nuestras
hipótesis [sic] de que los Mexica fueron, por necesidad, un pueblo agrícola y
militarista, cuya sustancia dependía de la producción agrícola y los pagos
tributarios” (Matos 1987:38).
334
que había venido aprovechando desde 1978. Aunque sigue
postergando un análisis a fondo de estos supuestos hechos
históricos, sigue a la vez privilegiando el mito del nacimiento de
Huitzilopochtli, por ser el más ajustado a su evidencia
arquitectónica-ritual. Pero mientras él se interesa en la mitad
guerrera del templo, admite que "la gran mayoría del material
encontrado se asocia de alguna manera a Tlaloc" (Matos
1994a[1986]:107). Un año después, repite su estimación de que la
mayoría están asociados a Tlaloc, pero sostiene su creencia de
que, simbólicamente, los mexica "continuaron la misión de su dios
tutelar" (Matos 1987:38). No faltan, por supuesto, las ofrendas a
Huitzilopchtli, pero "Significativamente [sic] no hay una sola
imagen de Huitzilopochtli" (Matos 1978:38). Justo en 1988, la
disgregación de la interpretación y la evidencia es del todo
insostenible. “Aquí vemos -dirá en referencia a una ofrenda
asociada al sacrificio de 42 niños a Tlaloc, explicable por una
sequía acaecida en 1470, según las fuentes- la complementación
entre las fuentes históricas y el dato arqueológico, lo que en el
caso de Templo Mayor va a ocurrir en muchas ocasiones” (Matos
1988:127-128). Sólo que las anomalías comienzan donde las
fuentes terminan. Y éstas crecen conforme se acumulan
evidencias sin el recurso de la documentación escrita. Tomados al
335
azar, dos o tres ejemplos lo ilustran: teniendo a la vista la cabeza
de alabastro de un venado, de "su significado poco es lo que
podemos decir"; de un brasero, una "deidad no identificada"; y de
una escultura con dos Tlaloc superpuestos, "En realidad, hasta la
fecha no hemos podido aclarar definitivamente el enigma que
formula" (Matos 1988:156,144 y 130). Para esta fase del proyecto,
uno no puede por menos que preguntarse estadísticamente qué
significa esta ignorancia, porque pudiera ser que una arqueología
tan sometida a la interpretación literal de las fuentes
documentales, pudiera ser cuantitativamente débil en sus
conclusiones finales, como de veras estaba ocurriendo.
336
(López 1993:62). Apena decirlo, pero el mismo autor confiesa no haber alcanzado
su ambicioso objetivo. "Falta explicar, por ejemplo, el significado general de la
mayor parte de los complejos obtenidos en la taxonomía numérica" (López
1993:292), dirá en sus conclusiones finales.
337
Al decir esto nos ubicamos en la antesala del Proyecto Especial Teotihuacan
1992-1994 de Eduardo Matos. Antes, juzgo pertinente hacer alto en una digresión
en torno a su concepción del desarrollo en Mesoamérica, no tanto para volver
sobre su esquema de periodización (ver primer capítulo al respecto), como para
apuntalar su filiación teórica, pero en particular destacar una idea que lo enfrenta
en apariencia a su nueva competidora, Linda Manzanilla, conflicto que, por lo
demás, demuestra que el cambio teórico -si se le puede conceptuar como tal-, es
de suyo muy estrecho, porque en realidad se da dentro de la misma tradición
histórico-cultural, sin lograr trascenderla.
338
Teotihuacan, la mayor anomalía de la historia cultural desde 1941, es el punto
problemático que motiva esta discusión. Pero el interlocutor real de Matos es otro,
al que en cualquier caso evita mencionar.306 Con todo, arguye que los datos
arqueológicos (murales con figuras guerreras, producción masiva de armas en un
sitio, muros de protección, expansión a lugares lejanos, sacrificios masivos bajo el
Templo de Quetzalcoatl) hacen difícil "concebir una expansión como la
teotihuacana basada en aspectos religiosos. Para nosotros, ambos aparatos, el
coercitivo y el ideológico, están actuando desde ese momento" (Matos 1994b:70).
Su arremetida es evidente cuando, ante los arqueólogos universitarios, reafirma
que "La idea de aquel Estado teocrático o de una pax teotihuacana ya no resulta
sostenible a la luz de los últimos hallazgos y de las evidencias murales y en otros
datos" (Matos 1993a:85). Su argumento es posdictivo: Tula y Tenochtitlan
muestran que invariablemente los pueblos tributarios se sacuden del poder
centralizado, auspiciando su declinación. El puntal de dicha interpretación es el
carácter militarista de todas las sociedades mesoamericanas, pero mucho más
obvio en las sociedades tardías que siguen al colapso teotihuacano. Más delante,
estando en curso el Proyecto Teotihuacan, no desperdiciará ocasión en reiterar
que el estatus del militar es tan importante como el del sacerdote, como lo vuelve
a confirmar otra excavación en el Templo de Quetzalcoatl (Matos 1993c:17).307 En
realidad, lo que quiere decir es que Teotihuacan era una sociedad
guerrera y agrícola (Matos 1994d:78, infra).
306
No es el único. En reciprocidad, tampoco cita a Nalda a propósito de las
periodificaciones marxistoides. Explica por qué: "Aunque la idea de Nalda tiene cierta
similitud con la nuestra, no deja de ser interesante que ese autor jamás nos menciona, pese a
que nuestro trabajo fue planteado con anterioridad" (Matos 1994b:70).
307
Hasta 1993 se habían descubierto 272 individuos dispuestos en entierros masivos y dos
tumbas, una de las cuales estuvo dedicada a personajes encumbrados, rodeados de ofrendas
de valor; luego se descubrieron 31 individuos más,o tra vez con las manos atadas a la
espalda (Cabrera y Cowgill 1993:21-26). Ambos autores ponen en entredicho el carácter
pacifista y religioso del Estado teotihuacano, si bien no se pronuncian por la interpretación
militar.
339
Ya hemos visto en el capítulo anterior cómo se originaron los Proyectos
Especiales 1992-1994, bajo el conocido avatar del "capricho presidencial". El
apremio del soberano en turno es el responsable, creo yo, de que muchos de los
proyectos poseyeran una lejana semejanza con los proyectos arqueológicos de
salvamento, que justo por la premura no cumplen con todos los estándares de los
proyectos de investigación. No se trata meramente del limitado factor tiempo
(menos de dos años en su caso), sino de los planteamientos inherentes al
proyecto. Comparado a Templo Mayor, este nuevo Proyecto Teotihuacan carece
de preinterpretaciones, aun como postulados. En rigor, el proyecto consta de
cuatro apartados, a saber: descripción del sitio, justificación de los trabajos,
trabajos por realizar, e impacto social, cultural y turístico. La investigación es
relegada a un inasible "aspecto científico", y se le entiende instrumentalmente
como la fundación de un Centro de Estudios Teotihuacanos (Matos 1993b).308 Los
trabajos proyectados son, por el contrario, muy definidos y prácticos:
levantamiento topográfico para mejorar la planimetría de Millon, restauración
general de la zona arqueológica, restauración especial del Palacio de las
Mariposas y Templo de Quetzalcoatl, construcción de un novísimo museo de sitio,
regularización de la tenencia de la tierra con la adquisición de nuevos terrenos y ,
por último, reubicación de los vendedores ambulantes, restaurantes y
estacionamientos. El proyecto deja ver a las claras la intención de estimular a
empresarios a invertir en hoteles con espacios comerciales (Matos 1992:7-8).
308
El 15 de septiembre de 1993 Matos convocó a un concurso para la contratación por
nueve meses (octubre 1993 a junio de 1994) de 12 becarios para "obtener conocimientos de
la cultura teotihuacana". Esto significa que la estrategia de investigación, además de
circunscrita, era de corto plazo. Las motivaciones del proyecto estaban puestas en otras
expectativas. Por esa causa, los becarios fueron dirigidos a la excavación de la Plaza Oeste
de la Pirámide de la Luna, lejos de la competencia establecida entre Rubén Cabrera, Linda
Manzanilla y Eduardo Matos.
340
Matos en Templo Mayor- de una bien planeada muestra estadística para apreciar
que son en su mayoría turistas mexicanos. Sin embargo, el diseño de una de las
plazas comerciales, la controvertida Plaza Jaguares, fue planeada por sus
ambiciosos inversionistas para explotar al "visitante cosmopolita" en sus
restaurantes de fast food, bares, salones multimedia y, para amenizarlos con una
mexicanísima realidad virtual, se les adiciona la venta de artesanías, mariachis y
los inevitables Voladores de Papantla.309 Un segundo error fue ubicarla "dentro de
una zona que es patrimonio de la humanidad", según sus mismas palabras, si bien
no del todo exactas, pues al parecer se escogió un terreno privado fuera del
circuito de la zona federal. Como era de preverse, ésta y otras dos plazas
pretendían mucho más que reubicar a gran cantidad de gente que modestamente
se gana la vida comerciando con los turistas nacionales. El "impacto social" del
proyecto pronto fue entendido como un eufemismo que implicaba desalojo.310 A
fines de sepiembre de 1994 comenzaron las protestas masivas, cuyas
escandalosas resonancias han llegado a la Cámara de Diputados, a los partidos
políticos y a la procuraduría de justicia a través de demandas judiciales.
309
Ver folleto Plaza Jaguares.Cósmica,Mágica y [Link] turístico y comercial.
310
Libre de sueños egipcios, Matos desconoció la experiencia de los arqueólogos en la zona de Gizeh,
también metidos en su restauración y reordenación. Quiero decir por ello, que el monumentalismo egipcio
enfrenta también el problema social de un asentamiento pobre en las inmediaciones, para dar espacio a dos
centros culturales y museos. Los habitantes del barrio también viven de la vendimia a los turistas. Su
desalojo está pendiente, pero se le ha eludido convirtiéndolos en ghetto: se habla ya de cercar la zona con
un muro de contención social.
341
todos sus deseos en un negocio turístico mal planteado, lo que podría inter-
pretarse como un paradójico autoengaño, esto es, aquel en que el actor racional
se niega a aceptar las consecuencias previsibles de sus acciones (Elster
1989:285, ss.). De paso, el affaire teotihuacano demuestra la irresponsable
ignorancia con que el capital privado está abordando el difícil problema de la
administración del patrimonio arqueológico, viéndolo solo desde la torpe
perspectiva de sus ganancias inmediatas.
311
Es decir, los pagos a cada jugador están balanceados en cero, pues uno gana lo que el otro pierde. Si se
continúa con una misma estrategia (pura), la proporción de ganancia será igual, a no ser que se opte por
jugar al azar. La búsqueda de otras estrategias modifica el juego pues lleva a otros puntos de equilibrio, de
mayor o menor ganancia.
342
(Matos 1994c:37). Descubrimiento visible arquitectónicamente hablando, pero
nada espectacular para la originalidad de la interpretación arqueológica.312
313
Inicialmente, el proyecto incluyó a tres arqueólogos, pero le ocurrió lo que al Proyecto de
Rescate Coyolxauh-qui, que fue creciendo conforme aumentaba la importancia del
hallazgo; para marzo de 1994, en La Ventilla trabajaban diez arqueólogos -distribuidos en
cuatro frentes y cuatro conjuntos residenciales-, dos antropólogos físicos, tres biólogos y
dos restauradores bajo la dirección de Cabrera (Cabrera a Matos, marzo 24,1994,6 ff.). En
esta carta se percibe su interés de convertir su proyecto de salvamento en uno de
investigación, deseo que Matos liquidó dando por terminado el contrato temporal de su
equipo, grupo que no vaciló en optar por el enfrentamiento con el director del Proyecto
Especial y de la Zona Arqueológica Teotihuacan, al darse cuenta de que daba prioridad a la
inversión turística privada en vez de la disciplina arqueológica.
343
se haya destruido una cueva, marcadores astronómicos, murales y otros
vestigios”.314 Es decir, se refirió nada menos que a los objetos de estudio de Linda
Manzanilla, Rubén Cabrera y el de un arqueoastrónomo aficionado que fue quien
inició las denuncias contra Matos. Es evidente que detrás del conflicto patrimonial
hay un conflicto de prioridades por los descubrimientos arqueológicos. Bastante
más sagaz, Matos ha aparentado eludir el juego competitivo con cada uno de ellos
mediante una estrategia de equilibrio que precisamente elude el tema a su favor
(Davis 1986:35). Discursivamente este comportamiento se manifiesta en rebajas
retóricas en cada mención de sus proyectos. El hallazgo de Cabrera es solo de
"particular importancia", y el ansiado por Manzanilla, unas "excavaciones de
cuevas" (Matos 1994d: 78;1993d: 69). En la práctica, el Proyecto La Ventilla está
liquidado bajo el inminente peligro de ser sepultado. Y el Proyecto Túneles y
Cuevas, hasta su quinta temporada (octubre a diciembre de 1994), fue
intencionalmente desviado por Matos hacia otras cuevas con hallazgos
(rendimientos) francamente pobres. El procedimiento tiene que ver con la
apropiación de objetos que hemos estudiado antes: cuando Manzanilla intentó
excavar tras la Pirámide del Sol para penetrar la caverna en forma de trébol,
Matos comenzó a excavar a escasos dos metros de distancia, cerrándole el paso
literalmente a los arqueólogos universitarios.
314
La Jornada, 29/I/95:27.
344
preferible que los especialistas de ambas instituciones [INAH e IIA] colaboraran.
Se hubiera avanzado mucho porque hay laboratorios que ellos tienen y nosotros
no, y viceversa. Como en Teotihuacan, donde tenemos proyectos científicos
importantes y hubiera sido estupendo trabajar en equipo con ellos" (cursivas
mías).315 Se olvida que a mediados de 1993, cuando se organizaba el Centro de
Estudios Teotihuacanos, Matos llamó a colaborar a Rosy Brambila, Alfredo López
Austin, Beatriz de la Fuente, Linda Manzanilla, Emily McClung y Evelyn Rattray
(Matos 1993b:74). Más aún, a fines de noviembre del mismo año, ese centro
auspició el "Taller de Discusión de la Cronología de Teotihuacan", el cual reunió a
una potencial masa crítica de especialistas nacionales y extranjeros. Sin embargo,
no tuvo efectos por las motivaciones personales involucradas, fueran científicas o
ideosincráticas. Por un lado observé la reserva con que Cabrera mantuvo su
hallazgo, sobre todo ante los arqueólogos extranjeros de quienes temía plagiaran
su aportación.316 Por su parte, Manzanilla no desaprovechó la oportunidad para
seguir excavando mientras todo mundo estaba discutiendo. Lo que estoy
implicando aquí es que el juego de estrategias es más vasto de lo que suponemos
al personalizarlo. De hecho, forma parte de las actividades e interacciones
sociales rutinarias de los miembros de toda la tradición.
315
El Financiero, 9/IX/94:58; el 17 de octubre, cinco días después de concluido el Proyecto
Especial de Matos, Linda y su equipo volvieron al campo para iniciar su quinta temporada.
No fue una coincidencia. Está jugando el mismo juego de Matos, buscando eludirlo para
obtener mejores resultados.
316
Es interesante la repetición de la costumbre: se evitó que visitaran y tomaran fotos del hallazgo.
345
pensamiento y actuación. La primera es su exposición temprana a lo que Gándara
llama la "escuela de los ambientalistas británicos", cuyo modo de investigar se
basa en el trabajo interdisciplinario (Gándara 1992:101), por lo que guarda cierto
parecido con la nueva arqueología posterior. Esta escuela estuvo asociada en
México a la figura de José Luis Lorenzo, jefe del Departamento de Prehistoria del
INAH, bajo cuya dirección trabajó Manzanilla de fines de 1972 a mediados de
1977. La segunda condicionante tiene que ver con la anterior experiencia, pero se
refiere a su colaboración personal en la coordinación del Proyecto de
Paleoetnología del Valle de Teotihuacan, Fases Preurbanas 1974-1977, junto con
Marcella Frangipane. Su participación en este proyecto es el antecedente
inmediato a su ruptura con la dirección del Departamento de Prehistoria, por
causas no del todo claras aunque reconocidamente conflictivas.
317
Para una mejor comprensión del difusionismo graebneriano de Kirchhoff, remito a Vázquez (1999).
346
mesoamericano" (Manzanilla 1986:8). En el fondo, ella siempre ha sido una
mesoamericanista convencida.
Al final, y sin dejar de referirse a Service, no deja de ser extraño que interprete
la evolución multilineal como tres etapas de desarrollo, esto es, una periodización
que se inicia con los centros ceremoniales, la civilización teocrática y, por último,
la civilización dinástica secular y militarista. Los indicadores de este proceso
serían el templo primero y el palacio después, en otras palabras, la redistribución
primero -institución primigenia ensayada desde la etapa ceremonial- y a
continuación el control de la producción y distribución a través de la definitiva
distinción de rango de los gobernantes. Negando que éstas sean las conclusiones
definitivas del proceso urbano investigado por ella, no deja de comunicarnos la
clave de su familiar interpretación: “Simplemente son producto [estas ideas] de
una preocupación por recalcar el carácter discontinuo y complejo del proceso, y
347
por interrelacionar algunos sectores de la información con categorías que nos son
familiares” (Manzanilla 1986:370; cursivas mías).
No obstante que sus ideas sobre los primeros Estados surgidos en el sur de
Irán e Irak entre 3500 y 3200 a.C. no concilien del todo con nuevas y
contradictorias evidencias que lo mismo apuntan a que ya estas sociedades
neolíticas distaban de ser armoniosas arcadias de pacíficos e inofensivos
agricultores, pero asimismo a que ciertas ciudades secundarias como Mashkan-
sapir muestran signos de que el modelo centralizado político y religioso pudo
haber sido menos acusado de lo que se suponía (cfr. Harris 1993, Stone &
Zimansky 1995), lo que aquí nos interesa es el mecanismo de traducción cultural y
teórica usado por la autora para aprehender realidades dispares mediante
categorías que nos son "familiares". Claro está que no tenía por qué haber citado
a Piña Chán en este contexto ajeno, pero sugiero que es él con quien traduce.
Vamos entendiendo así por qué Matos dirige su crítica contra Piña, cuando en
realidad lo hace a Manzanilla (A decir verdad se trata de una tesis ampliamente
compartida por los arqueólogos histórico culturales mexicanos, pues el mismo
esquema fue aplicado por Bernal en otra época a la sociedad teotihuacana y aún
la azteca: las fases Teotihuacan I y II, de paso de la aldea a la urbe, corresponden
a edificaciones religiosas y al dominio sacerdotal; hasta Teotihuacan III se dará
una contemporización de militares y sacerdotes, previa a su decadencia bajo
Teotihuacan IV. Bernal también advertía el paso del templo al palacio en las
edificaciones; son deveras "familiares" las creencias de Manzanilla, como puede
inferirse).318
318
Bernal (1985 [1964]).
348
pronto refuta la importancia de la agricultura hidráulica que Sanders ponderaba, se
vuelve a Sumeria para destacar la importancia del templo y los grandes centros de
acopio redistributivo, previos al desarrollo del mercado individualizado (Manzanilla
1989:163). Por consiguiente, tenemos que lo que en su primera tesis era una
hipótesis razonable, en adelante la traduce a tesis irrecusable. Quizás tan
arraigada creencia suya sea la causa de que en lo futuro sus proyectos de
investigación posean una doble intención (y, por ende, una doble estrategia), una
manifiesta y otra interior (por cierto, algo parecido a la paradoja de Kirchhoff
cuando poco antes de fallecer, reveló que "no puedo llevar dos vidas, una
continuando lo otro y otra haciendo esto").
Esta dicotomía es muy real, pero acaso menos acusada que en otros científicos
duros que, luego de doctorarse en temáticas de interés en los países anfitriones,
deben luego retornar a las carencias del Tercer Mundo, para dedicarse a
proyectos asaz diferentes. Cierto que la egiptología nadie la practica en México,
como no sea para fines museográficos muy limitados a una pequeña sala en el
Museo de las Culturas. Pero hay que recordar que para ella regresar a México fue
como restaurar el nexo perdido por un tiempo. Por ello, una vez doctorada en
1982, retorna para ingresar como investigadora del IIA e iniciarse a poco en la
dirección del Proyecto Cobá 1983-1984 (Manzanilla y Benavides 1985), un estudio
cuyo objeto eran las unidades habitacionales mayas. Este proyecto anuncia el
interés manifiesto de su siguiente experiencia, el Proyecto Antigua Ciudad de
Teotihuacan. Primeras Fases de Formación del Centro Urbano,1985-1988 (que
para abreviar llamaré mejor Proyecto Oztoyohualco), y cuyos resultados finales
son ya motivo de reconocimiento público.319
319
Me refiero a Manzanilla (1993a), obra en tres volúmenes, pero de la que se disponen de
los dos primeros, a saber, los relativos a las excavaciones y a los estudios específicos. Un
tercer volumen se dedicará al microanálisis.
349
necesidad propia de la baja intensidad, atraer la cooperación horizontal de otros
especialistas, tanto del propio IIA como del Instituto de Geofísica y de la Facultad
de Ciencias de la UNAM, entre otros. Una condicionante extra, que reafirma la
horizontalidad de los proyectos académicos o universitarios, es que la directora
debió negociar la disposición del dueño del terreno para proceder a excavarlo,
condición que en el INAH se resuelve mediante la "ocupación pacífica" del terreno,
acción que plantea un conflicto tácito, que puede o no desatarse, según la
capacidad de los actores afectados para reaccionar. Así las cosas, ya que el
objetivo aparente del proyecto fue el estudio de áreas de actividad y estructuras
domésticas, parece mucho más obvio que un proyecto así solo se podía llevar a
cabo en un entorno académico, ya que no existe la condicionante de la gran
arqueología para retribuir los recursos de que se le provee por medio de grandes
hallazgos o imponentes monumentos consagrados a la nacionalidad. Sus contri-
buciones son de detalle, de muchísimo menor visibilidad, pero a cambio de mayor
rigurosidad en sus análisis paleobotánicos, paleozoológicos, químicos,
prospectivos, etc., etc. Son ellos los que le confieren a éste y a su siguiente
proyecto una aureola científica apabullante.320
320
La obra de Manzanilla y Barba (1994) es ilustrativa de su visión científica y académica de la arqueología,
siendo notorio cómo ha pasado de las metáforas militares a las médicas (radiografía, cirugía, diagnóstico).
Con todo, su énfasis está puesto en el aspecto técnico, no en el progreso de la interpretación teórica.
350
horizontalmente información sobre un objeto común. El director del proyecto, bajo
estas circunstancias, es más bien un coordinador, que siempre procura alcanzar
una síntesis de lo que otro modo sería divergente, si no inconexo. Me parece,
empero, que tanto si el proyecto es interdisciplinario como si es intradisciplinario,
la semántica del lenguaje no parece ser de grande ayuda para superar el estilo
sumario de los resultados de las investigaciones e investigadores concertados.
Por último, siempre será el coordinador quien se reserve las conclusiones (o,
como en el caso que nos ocupa, la interpretación de conjunto), lo que hace temer
que el problema es resuelto instrumental, pero no comunicativamente y acaso
tampoco metodológicamente.321
Sin embargo, este problema organizativo expresa las dificultades propias del
pretender implantar la horizontalidad de relaciones en los proyectos arqueológicos
del Tipo III, en medio de un contexto social de naturaleza poco propicia para estos
desarrollos cooperativos, lo que por lo demás explica por qué, por muchos años,
dichos proyectos no han sido nada comunes, mientras que los proyectos del Tipo
IV, con mucho menos recursos, al menos han estado circunscritos a los ámbitos
de la enseñanza y la academia en general. Al margen de cualquier crítica, hay que
destacar el mérito del Proyecto Oztoyohualco para conjuntar investigadores y
disciplinas (cfr. Manzanilla, Ludlow, Valadez y Barba 1987) dentro de una
horizontalidad poco común.
321
El libro de Manzanilla y Barba (1994) ha planteado que el rompecabezas de información de la realidad
fragmentaria que ve el arqueólogo, lo mismo que la interdisciplina que de esa ontología deriva, precisa de
una “cualidad de integración” que produzca un “relato coherente”. La interpretación es, para ellos, un
residuo de la capacidad de integración, misma que depende de las técnicas rigurosas de registro como de
una asociación funcional y tridimensional, de la que surgen las asociaciones sincrónicas y diacrónicas. Lo
curioso es que se fije en los reglas de correspondencia toda la interpretación, tal como creía Hempel. Para
una crítica a esta concepción, remito a Moulines (1993:158-161).
351
ejercido por el sacerdocio sobre la producción y distribución de bienes."La
redistribución [teocrática] pudo ser, pues, uno de los mecanismos para la
centralización de las actividades productivas y distributivas" (Manzanilla y Barba
1987:19). Si este objetivo implicaba una estrategia de estudio de nivel comunal o
inclusive regional, ¿por qué poner a prueba una hipo-tesis macro al nivel
doméstico de actividades, de tres o cuatro unidades familiares nucleares,
probablemente emparentadas entre sí?. Más aún, ¿por qué seleccionar
Oztoyohualco, cuando sería más adecuado escoger una área comunal de
captación de recursos locales, sobre todo en las inmediaciones de los templos?.
En otro trabajo de esta época, Manzanilla (1990) propuso una consistente
estrategia de estudio de lo simple a lo complejo, que englobaba los niveles
doméstico, comunal y regional. En él, la unidad espacial mínima de registro es el
área de actividad uso-consumo; le sigue la unidad doméstica propiamente dicha,
cuyo indicador es la unidad habitacional. El nivel inmediato superior es el área de
captación de recursos, expresada en la distribución del asentamiento (doméstico,
público, barrios o sectores especializados, servicios, etc.), que entroniza en la
región. Puede argumentarse con sobrada razón, que el proyecto arranca por la
escala espacial más elemental, bajo la idea de irle remontando. Esto es lógico.
Pero no lo es tanto el razonamiento inductivo inverso: suponer lo comunal (que
aquí significa mucho: las actividades políticas, ideológicas, de circulación e
intercambio de bienes) para descender forzadamente a lo doméstico.
352
hacia el siglo VI -se le dató en la Fase Xolalpan, de 550 a 600 d.C. Con gran
honestidad, Manzanilla admitirá que no se sostuvo la hipótesis de que
Oztoyohualco fuera el centro urbano primordial, pero aclara: "Mis objetivos no solo
estuvieron centrados en la investigación de la actividad de área, sino también
enfocadas a la detección de la acumulación de centralización en manos del
sacerdocio de Teotihuacan" (Manzanilla 1989a:180; cursivas mías). Por fortuna, la
estrategia mixta del proyecto permitió sacar ventaja de la desventaja: "Aún así, fue
un excelente laboratorio para el estudio de las actividades [domésticas] del
pasado" (Manzanilla 1993a:20).
353
Tengo la fundada sospecha de que son tales objetos los que más innacesibles
le han resultado para conseguir verificar su hipótesis teocrática, que, a fuerza de
resistirla sus competidores de la arqueología monumental, la han tornado en una
idea más y más fija en ella. Ya a comienzos de 1992, Manzanilla fue incapaz de
eludir el poder de apropiación del entonces director de la zona arqueológica,
Roberto Gallegos, quien le impidió introducir el laboratorio móvil del IIA (instalado
en un tractocamión) hasta el área monumental. Por entonces, sus relaciones con
el Consejo de Arqueología del INAH se hicieron más tensas, con mayores exigen-
cias para otorgarle sus permisos de excavación. Desde luego, esto ocurrió tras
bambalinas, y yo mismo me enteré de sus dificultades por medios informales entre
los arqueólogos universitarios. Se entiende que su acceso, también informal, al
Consejo de Arqueología, una vez defenestrado Roberto García Moll, la ubicó en
una posición estratégica para llevar a la práctica la intención interior de su
investigación. No contaba con que contendería con un actor equiparable en
prestigio, que simultáneamente tomaba decisiones de acuerdo a sus propios y
excluyentes intereses.
354
"túnel" bajo la Pirámide del Sol.322 Al hacerlo, alteró el equilibrio inicial del juego, el
cual se basa en elegir sin saber la decisión del adversario.323 En esta ocasión,
Manzanilla reiteró su tesis de que el Estado teotihuacano había sido teocrático en
sus orígenes, pero de paso lanzó un reto honorífico (Manzanilla 1993:71; cursivas
mías):
No creo que nadie pudiera contradecir el hecho de que una de las figuras centrales de la
sociedad teotihuacana fuese el sacerdote. Sus representaciones, particularmente en la
pintura mural, son muy frecuentes. Se ha señalado que la instancia política de Teotihua-
can estaba sacralizada, sin un diferenciación formal entre las esferas religiosa y
política...Yo iría más allá y propondría que el sacerdocio teotihuacano estuvo encargado
de la centralización de la producción excedentaria de las comunidades de la parte central
de la cuenca de México, del mantenimiento de artesanos de tiempo completo y del
auspicio de emisarios encargados de establecer diferentes tipos de relaciones con otras
regiones mesoamericanas .
322
No debe confundir el lector el túnel y la caverna. Ambas palabras se confunden en los
informes y artículos generados por Manzanilla. Aquí se refiere a una caverna redescubierta
en 1971, durante la instalación del espectáculo de luz y sonido en Teotihuacan. Uno de los
túneles en cambio corre por encima de la caverna, probablemente sin sospechar de la cavi-
dad natural. Uno lo perforó Kroeber en 1925 en la base del segundo cuerpo; otro lo hizo
Noguera en 1933, en la base del primer cuerpo (de hecho son cuatro los túneles practicados,
pues también está el de Smith en 1962 y el de Rattray en 1968, en el quinto cuerpo). Ambos
túneles buscaron localizar el centro de la pirámide (Noguera 1935; Pérez 1935; Baker et
al.1974; Tompkins 1987:333). Cuando Manzanilla se refirió en su alocución a cierto "túnel
bajo la Pirámide del Sol" (Manzanilla 1993:79), lo hizo en relación al "culto a las cuevas
entre los teotihuacanos", es decir, se refiere a la caverna. No es un error de la autora, sino
una referencia a medias que a nadie confundió, mucho menos a Matos. Una confirmación
pública de su elección la dio a conocer Manzanilla (1994:62), a través de un mapa cuya
nota al pie cita los "dos túneles explorados" (las cuevas de Las Varillas y de la Basura),
pero por un tremendo descuido el dibujo incluye la caverna bajo la pirámide, que hasta
entonces no había explorado. De hecho, esa excavación es motivo de su octava temporada
en 1996, sin grandes resultados (Manzanilla, López & Freter 1996). Quisiera añadir que el
estudio de Tompkins (1987) mezcla con peculiar talento la arqueología cientifista y la
arqueología soñada en relación a los “misterios de las pirámides” mexicanas. El que ambas
posean un límite tan tenue me hace pensar que los sueños egipcios del difusionismo
mexicano no han disminuido a pesar de la autonomización de la historia cultural nacional.
323
En realidad, Matos pudo haber sabido del nuevo Proyecto Túneles y Cuevas en
Teotihuacan 1989-1995 desde que Manzanilla rindió su primer informe al Consejo de
Arqueología del INAH (Manzanilla 1991).
355
los avances registrados en la epigrafía maya y olmeca, pero sobre todo por las
perspectivas que abre el descubrimiento de Rubén Cabrera en La Ventilla. Al
respecto hay que poner de relieve también que fue un continuador de las ideas
difusionistas de Kirchhoff quien postuló por primera vez que la elaborada
iconografía local era susceptible de lectura a través de "grafemas" o
"pictogramas", metáforas y condensaciones textuales (Barthel 1987). Este fue el
camino elegido por Pasztory (1993) para sobrepasar la falta de registros escritos.
Como a Manzanilla, a Pasztory le intriga la falta de representaciones dinásticas,
ausencia que resulta más preocupante toda vez que el Estado teotihuacano fue el
más longevo de los Estados prehispánicos. También observa la dificultad para
ubicar los palacios, mientras que los templos y edificios cívicos destacan por su
articulación espacial. Pasztory no deduce de ello un régimen clerical, sino una elite
despersonalizada que se legitima a través de una ideología comunitaria. Esta elite,
cualquiera que sea su composición social, se representa a sí misma derramando
dádivas -agua, semillas, jade-, pero también con armas y corazones empalados en
cuchillos. El mundo natural resaltado en los murales sería una metáfora cívica, de
probable representación divina, pero también aparentando cumplir
cosmológicamente en el orden político. Nada distinto a muchos otros Estados
tempranos.
356
sólo religiosamente persuasivo), sostiene que en los murales abundan símbolos
de poder y algunos personajes que podrían ser individualizados, si bien no
pertenecen a las fases más antiguas. En cualquier caso, la erección de la pirámide
de la Serpiente Emplumada sugeriría una lucha faccional y un cambio de
liderazgo, pero sin romper del todo con el carácter corporado del poder político.
Esta corporación política, para Millon (1994:143), sería un conglomerado de
"potentados religiosos, burócratas sacerdotales y líderes militares", cuya sociedad
y dominio les opuso serios problemas de integración, cohesión y control social.
357
carta robada, en que el jugador procura optimizar sus ganancias sin razonar en
absoluto. La arqueología de los más encumbrados arqueólogos de México es para
entonces juguete de sus pasiones por ganar la originalidad.
Pretende esclarecer cuáles fueron los factores para que Teotihuacan se haya construido en
ese sitio, cuál fue la importancia de los túneles y cuevas para Teotihuacan, qué tipos de
recursos usó la ciudad, cómo este uso afectó la ecología y qué factores ocasionaron su
declinación.
Se verá que, tal como está planteado, el proyecto es más que ambicioso, ya
que posee cinco finalidades simultáneas. La tesis teocrática no aparece entre
ellas, sino que se le mantiene internamente dentro de los informes técnicos,
aclarándose hasta junio de 1993. Antes pondrá por delante una imponente
acumulación de información de datos geofísicos, una parte de la cual fue reunida
en las últimas fases del Proyecto Oztoyohualco, oportunidad en que ya había
explorado varias cuevas al norte del valle e implementado tres perforaciones al
este de la Pirámide de la Luna. “Nuesta hipótesis es que los teotihuacanos
modificaron considerablemente los huecos naturales y crearon otros para extraer
materiales constructivos, como para reproducir la geografía del inframundo”
(Manzanilla 1991:171; cursivas mías). A esta fase prospectiva inicial corresponde
mucho mejor la estructura organizativa interdisciplinaria de colaboración con el
Instituto de Geofísica de la UNAM, si bien hubo un momento en que contrató los
servicios de la empresa Investigaciones Geofísicas de México, S.A. de C.V. El
proyecto fue adquiriendo con rapidez la fisonomía de los proyectos de alta
intensividad, antes exclusivos del INAH. Su perfil definitivo lo brindará el sostén
económico de CONACYT, pero con una modalidad hasta entonces desconocida:
se le combina con una baja verticalidad. Su equipo constará entonces de seis
358
arqueólogas pasantes, cuatro especialistas en paleobotánica, dos en
paleozoología, dos en química, uno en conservación, dos en prospección y dos en
osteología.324
324
Linda Manzanilla,"Informe final de los trabajos de prospección del proyecto 'Estudio de
túneles y cuevas en Teotihuacan. Arqueología y geohidrología'. 1991 y primer trimestre de
1992", Exp.14-112, f.2., ATCNA-INAH.
325
Linda Manzanilla,"Informe técnico del proyecto 'Estudio de túneles y cuevas en
Teotihuacan, temporada de excavación de 1992-1993", Exp.14-124, f.49, ATCNA-INAH.
326
Linda Manzanilla,"Informe final de los trabajos de prospección del proyecto 'Estudio de
túneles y cuevas de Teotihuacan. Arqueología y geohidrología'. 1991 y primer trimestre de
1992", Exp.14-112, ff.20 y 45, ATCNA-INAH.
359
pero que al parecer dijeron más a las arqueólogas que todos sus costosos
artificios técnicos.327
327
Exp.14-124, ff.11-21, ATCNA-INAH.
328
Exp.14-112, f.1, ATCNA-INAH.
329
En Manzanilla y Barba (1994:37-38) no se deja lugar a dudas sobre el uso de este artificio, ya que se
refiere a que ha sido usado para localizar cámaras ocultas en Keops y la tumba de los hijos de Ramsés II.
330
Linda Manzanilla,"Informe técnico del proyecto 'Estudio de túneles y cuevas en
Teotihuacan (El Cambio Global en Perspectiva Histórica. El Centro Urbano Pre-industrial
de Teotihuacan). Segunda temporada de excavación (abril-junio 1993)",Exp.14-146, ff.3,19
y 30; también "Informe técnico del proyecto 'Estudio de túneles y cuevas en Teotihuacan
(El Cambio Global en Perspectiva Histórica. El Centro Urbano Pre-industrial de
Teotihuacan)'.Tercera temporada de excavación (octubre-noviembre 1993)", Exp.14-157,
18 ff., ATCNA-INAH.
331
Linda Manzanilla,"Informe técnico del proyecto 'Estudio de túneles y cuevas en
Teotihuacan (El Cambio Global en Perspectiva Histórica. El Centro Urbano Pre-industrial
de Teotihuacan)'. Cuarta temporada de excavación (marzo a junio de 1994)", Exp.14-173,
f.14, ATCNA-INAH.
360
ahora excavado proporcionará sorpresas por ser esta cámara la única no
perturbada hasta ahora”, escribe en junio de 1995.332
332
Linda Manzanilla, “Informe técnico del Proyecto ‘Estudio de túneles y cuevas en Teotihuacan (El cambio
global en perspectiva histórica. El centro urbano pre-industrial de Teotihuacan). Quinta temporada de
excavación (octubre a diciembre 1994)”, Exp.14-182, 24 ff., ATCNA-INAH; asimismo, “Informe
técnico....Sexta temporada de excavación (abril a junio 1995), Exp.14-195, ff.8-9; e “Informe
técnico...Séptima temporada de excavación (octubre a diciembre 1995), Exp.14-213, f.3, ATCNA-INAH.
333
Exp.14-195, f.7, ATCNA-INAH.
334
Exp.14-195,f.8 y Exp. 14-213, f.32, ATCNA-INAH.
335
Exp. 14-213, Linda Manzanilla a Norberto González Crespo, enero 8, 1996, ATCNA-INAH.
361
Hacia 1996 la exploración de cuatro cuevas estaba concluida, y los materiales
recogidos en proceso de análisis (Manzanilla, López & Freter 1996). Sin logros
sobresalientes que reportar, hablan ya de la Pirámide del Sol como un
Tonacatepetl simbólico y reiteran mucho más el uso ritual que el uso material de
las cavidades, al decir que: “Hemos considerado la hipótesis de que los principales
burócratas de la antigua ciudad de Teotihuacan fueron enterrados en este
submundo, un Tlalocan, o submundo del estado divino. Muchas de las pulidas
máscaras funerarias de piedra, en manos de colecciones privadas, pero también
producto del saqueo prehispánico, pudieron haber venido de estas tumbas”
(Manzanilla, López & Freter 1996:255). Nótese que para entonces ninguno de sus
resultados reportados coincide con la validación de esta hipótesis central, y sin
embargo subyacente en buena parte del proceso de trabajo de investigación.
Aparece además el ominoso fantasma del saqueo previo, que pone en peligro al
descubrimiento perseguido.
A estas alturas me parece obligado decir que el descubrimiento cámaras
mortuorias bajo las pirámides moches, mixtecas, mayas y hasta teotihuacanas
hace suponer razonablemente que la intención subyacente al proyecto de
Manzanilla es nada menos que dar con un hallazgo espectacular, con una especie
de Señor de Sipán o, si se quiere, con un Tutankhamon teotihuacano. El trabajo
de Schávelzon (1983) demuestra que la analogía egipcia no está fuera de lugar.
Desde el siglo XVIII todo mundo ha creído que Casa del Sol era idéntica a Keops.
Las descripciones de Antonio García Cubas en 1872 y Alfredo Chavero en 1887
no dejan lugar a dudas que se refieren a la gran caverna, por lo que su
descubrimiento en 1971 es inexacto. De hecho, tal parece que García Cubas hizo
una búsqueda sistemática de tesoros en la caverna, basado en la analogía
egipcia. Hasta ahora los resultados han sido pobres, pero existe la terrible
posibilidad de que los aristócratas aztecas sí hayan tenido éxito en su saqueo (así
como los aristócratas renancentistas italianos hicieron con la Roma antigua)
coleccionista de las preciadas antigüedades teotihuacanas, según se aprecia en
algunas ofrendas del Templo Mayor. Al respecto, Cabrera y Cowgill (1993:24) se
362
quedaron sorprendidos cuando su propio túnel de exploración se topó con otro de
origen prehispánico -al parecer practicado por teotihuacanos para saquear dos
ricas tumbas bajo la Pirámide de Quetzalcoatl. Acaso se busque descubrir lo que
ya no existe. O en el lugar equivocado. A fines de 1998 finalmente se descubrió lo
que Sigüenza de seguro sospechaba: Saburo Sugiyama, en colaboración de
Rubén Cabrera, descubrieron una tumba real dentro de la Pirámide de la Luna,
con un esqueleto rodeado de 150 ofrendas excepcionales. Para Cowgill, “Este
último descubrimiento es el entierro más antiguo e intacto hallado en Teotihuacan”
(Schuster 1998).
En descargo de tan caro deseo de Manzanilla, hay que recordar que la mayor
autoridad en la arqueología teotihuacana, René Millon, cree probable que un gran
líder antiguo aún pueda estar enterrado en el centro de la Pirámide del Sol y que
este monumento esté asociado a la cueva sacra debajo.336 Algunas evidencias
son sugerentes: Manzanilla menciona el hallazgo de una figurilla antropomorfa
rodeada de cuarenta puntas de obsidiana;337 otra exploración practicada entre
1971 y 1972 por Doris Heyden y Jorge Acosta encontró en una de las cuatro
cámaras (la gran caverna concluye en forma de trébol de cuatro hojas) una
estructura monolítica parecida a una tumba pero sin ningún resto, excepto una
docena de discos con motivos estilo Tajín (Baker et al.1974:12 y 17). Según estos
últimos autores, la caverna habría sido sellada en la fase Teotihuacan II, pero su
entrada coincide con una plataforma ligada a su primer cuerpo (la misma
descubierta por Matos), luego pudo influir en la planeación urbana en sus etapas
más tempranas.
336
Millon citado por Cowgill (1992:107) y Manzanilla (Exp.14-124, f.29).
337
Exp.14-124, f.29.
363
míticas de origen, una de las cuales tiene la forma de trébol (Manzanilla 1994: 60;
Limón 1990). Pero de seguro la imagen que más la inquieta es el glifo de
Teotihuacan en el Códice Xolotl, con dos pirámides sobre una cueva con un
extraño personaje dentro. Es muy comprensible que suponga que esta cueva
motivó la ubicación del primer centro urbano en este lugar (algo que confiaba
hallar en Oztoyohualco). Indirectamente, ello demostraría su uso lo mismo
económico que ritual. “El túnel la Pirámide del Sol podría ser parte de un sistema
de túneles excavados por los teotihuacanos para construir la ciudad sagrada con
material del inframundo...Teotihuacan sería pues, el modelo más perfecto del
cosmos mesoamericano...”(Manzanilla 1994:65). Si sus competidores le
permitieran ser absolutamente sincera, podría reponer que también sería la
prueba palmaria de que Teotihuacan se desarrolla a través de un periodo cere-
monial y un señorío teocrático, en caso de que la tumba estuviera asociada a un
contexto religioso en vez de militar.
364
de medir este progreso, a lo largo de este capítulo lo que hemos planteado
comparativamente como una secuencia descendiente de la racionalidad perfecta a
la racionalidad imperfecta y de ahí a la irracionalidad. Es dable suponer que nada
de esto sucedería si la organización social de la arqueología mexicana se rigiera
por valores menos contradictorios como los actuales, bajo los cuales la trans-
acción de recursos siempre debe retribuirse con notables descubrimientos que
predisponen a sus actores a actuar unos contra otros, rara vez a cooperar entre sí
en aras del progreso del conocimiento común de una disciplina científica. Esta
evaluación puede ser un truismo de cortos alcances, lo acepto. Pero que no
esconde las huellas de “las ronchas y cardenales de sus pasiones”, como dijera
Saavedra Fajardo.
El así llamado Proyecto Arqueológico Cañada del Río Bolaños, que desde 1982
lleva a cabo María Teresa Cabrero (IIAUNAM) en una región arqueológica
marginal ubicada en los límites de los actuales estados de Zacatecas y Jalisco,
era hasta hace poco un típico proyecto de baja intensidad (del Tipo IV), que no
obstante las limitaciones de presupuesto y organización que durante años
experimentó, ha demostrado poseer una insospechada capacidad para arrojar
marcados resultados de gran interés, relativos al problema de la resistencia al
cambio observada en el pensamiento arqueológico mexicano, problema que nos
ocupa centralmente en esta obra. Hago pues referencia a que se puede advertir
en el curso de su dilatado proceso de indagación, la introducción de una serie de
innovaciones conceptuales que lo distinguen dentro del ambiente teórico-
interpretativo general de la historia cultural prevaleciente. A mi juicio, esta actitud
abierta es producto de su origen académico, pero sobre todo al hecho mismo de
tratar con un objeto de estudio situado en una región distinta (me resisto a llamarla
marginal) a la mesoamericana, cuyas fronteras culturales siempre han
representado un problema de ordenación para las teorías difusionistas imperantes.
365
Consecuentemente, de ahí surge el impulso a la elección y selección de nuevos
términos teóricos y nuevas interpretaciones.
338
Philip Weigand (1993:76) advierte también una obsesión de los arqueólogos del occidente por encontrar
tumbas de tiro intactas. Desde mi interpretación –que argumento casi al final del capítulo- es que se trata de
una emoción experimentada con gran pasión a causa de su rareza para el conocimiento científico. Todavía
Zepeda (2000:48) llega a asentar que “podemos contar con una mano a los arqueólogos que han
experimentado la sensación de entrar en una tumba de tiro, intactas o alteradas; en Nayarit únicamente
Corona Núñez, Peter Furst, Gabriela Zepeda, Francisco Samaniega y Verónica Rodríguez”. Imagíne el lector
lo que se siente, siendo arqueólogo, saber que un solo campesino de oficio saqueador haya violado 200
tumbas intactas (concediendo que su testimonio sea fiable), cuando uno no descubre una más que por obra
del azar.
366
del Proyecto Bolaños poseen la peculiaridad de poner en tensión al concepto (y
los términos teóricos a él coligados) y apuntar hacia otro sistema teórico-
conceptual, que de todas maneras no acaba por ser adoptado resueltamente,
dado el peso que aún ejerce la tradición teórica adoptada de manera habitual
desde la socialización educativa profesional de buena parte de los arqueólogos
mexicanos.
339
Hasta 1989, eran 68 los sitios detectados visualmente (Cabrero 1989:123), pero en 1991
ya sumaban 90 (Cabrero 1992:32).
340
Aunque sus resultados aparecieron luego publicados (Cabrero 1980), su tesis de
licenciatura de 1978 lleva como título Estudio de un área rural en la franja intermedia
entre la zona chinampera y el bosque; en ella es manifiesta otra influencia de Litvak, que le
comunicó su interés por estudiar una región de contacto entre los valles de México y
Morelos.
367
Cabrero ingresó como investigadora al IIA, trabajando temporalmente como
asistente del Proyecto Xochipala, antes de emprender en abril de 1982 el actual
proyecto, una parte sustancial del cual ha sido ya publicado como libro (Cabrero
1989), un producto indirecto de su tesis de doctorado en arqueología.341
Asimismo, es necesario observar que durante las primeras fases del proyecto -
que abarcan, cuando menos, hasta su cuarta temporada de campo, hacia fines de
1989 (ver cronología en el cuadro 5.1)-, éste se ubicaba claramente dentro de los
lineamientos tradicionales de la historia cultural mesoamericana, con evidente
referencia a Kirchhoff. En su segundo reporte,342 asienta su interés en desentrañar
la historia cultural regional ("completar el rompecabezas que se presenta", dirá al
inicio),343 avanzando la hipótesis de que se origina como una "Cultura del Desierto,
pero [que] alcanzó una evolución civilizada",344 estando en presencia de un patrón
de asentamiento sedentario, la existencia de ciertos elementos culturales (juego
de pelota y tumbas de tiro) y, sobre todo, una cerámica que a simple vista le habla
de "su probable difusión a través del contacto de índole comercial y social,
extendido posiblemente hasta el corazón de Mesoamérica" (cursivas mías).345
Todavía en la nota introductoria a su libro (Cabrero 1989:16-17), repite la metáfora
de orientación tradicional de "incorporar una pieza más al rompecabezas que
constituye la historia prehispánica de México", por medio de una "reconstrucción
histórico-cultural (...) muy fragmentaria aún hoy en día" (cursivas mías).
341
Tras su informe final a CONACYT en 1994, se perfiló un segundo libro, todavía en
ciernes; sin embargo, su asistente Carlos López Cruz (1994) ha empleado parte del material
reunido en las últimas temporadas de campo para elaborar su propia tesis de licenciatura,
bajo la dirección de Cabrero.
342
Teresa Cabrero,"Reporte de la segunda temporada arqueológica en la Cañada del Río
Bolaños en los estados de Zacatecas y Jalisco",T. Estado de Zacatecas 1982-1986, Exp.25-
7, f.115, ATCNA-INAH.
343
Teresa Cabrero,"Informe de la primera temporada de campo del Proyecto Arqueológico
en la Cañada del Río Valparaíso, que luego toma el nombre de Río Bolaños",T. Estado de
Zacatecas 1982-1986, Exp.31-7, f.40, ATCNA-INAH.
344
Exp.25-7, f.110, ATCNA-INAH.
345
Ibidem, f.104.
368
A pesar de esta declaración de principios, ya de entrada se hace manifiesta la
contradicción entre las evidencias empíricas y la conceptualización inicial. Ocurre
que Kirchhoff había delimitado el área mesoamericana del área aridoamericana
(es decir, la civilización de base agrícola de la cultura primitiva de caza-
recolección), clasificando incorrectamente grupos étnicos que en estudios
arqueológicos posteriores demostraron ser sedentarios, agrícolas y productores de
cerámica, ergo civilizados según la misma teoría, tales como los de esta región en
concreto. Siguiendo entonces la hipótesis auxiliar de Armillas346 sobre las posibles
oscilaciones climáticas en la frontera septentrional mesoamericana, se toma a la
evidencia inicial u observacional como una "expansión norteña" de esta frontera,
que pasa a convertirse en una "Mesoamérica Marginal", muy ligada a la subárea
cultural del occidente, de modo equivalente a como Kirchhoff reinterpretaba como
influencia difusora del "complejo agrario mesoamericano" las pruebas de
agricultura en el sur de Tamaulipas y La Laguna (Kirchoff 1943: 144;Cabrero
1989:33-34). Con todo, esta sencilla reinterpretación no pone fin al problema de si
el occidente (y el norte y noroeste) pertenecía o no a Mesoamérica (en una fecha
tan tardía como 1954 Kirchhoff debió encarar problemas análogos de clasificación
de rasgos culturales en el suroeste de Estados Unidos, punto en que difería del
difusionismo particularista de Kroeber [Kirchhoff 1954]).
Así, aunque Cabrero opta por ver en sus evidencias iniciales una expansión
civilizadora hacia el norte, finalmente se ve obligada a encarar el proceso
sociocultural regional como un sistema dentro de otro sistema, enfoque mucho
más explicativo que la "presencia acumulativa de rasgos" con que arranca su
investigación. Para comprender la magnitud de este cambio dentro de la tradición
arqueológica mexicana vale la pena introducir una pequeña digresión sobre el
estado que guarda esta discusión entre los occidentalistas y otros arqueólogos
fronterizos. Veamos.
346
La hipótesis auxiliar fue propuesta por Armillas en 1964 (cfr. Nalda 1994).
369
CUADRO 5.1:CRONOLOGIA DEL PROYECTO BOLANOS,
SEGUN TEMPORADAS
_______________________________________________________________
_
370
completamente cierta, pero es evidente que su primer motor es teórico, y se
refiere a la concepción mesoamericanista tradicional y secundariamente a la
administración centralizada de sus bienes culturales. Un ejemplo adicional
atribuible a la misma causa la podemos ilustrar regionalizando más puntualmente
la actividad de investigación y conservación. Una crítica del descuido con que se
atiende a la arqueología del norte y noroeste de México (Villapando 1994) ha
hecho notar con agudeza que mientras 297 arqueólogos del INAH se ocupan de
Mesoamérica, solo 31 lo hacen de las dos regiones citadas. Como ella misma
dice: "No hay arqueología importante fuera de Mesoamérica" (cursivas mías). Sin
embargo, deja de lado el hecho de que al menos dos Proyectos Especiales
(Paquimé y Arte Rupestre de Baja California) están localizados en esas zonas,
mientras que la arqueología del occidente y del noreste están definitivamente
olvidadas, de modo que cuando se habla de Mesoamérica se ha de asumir que
está hablando de Meso-México, o sea, de las subáreas central, golfo, sur y
sureste, todas ellas "típicamente" mesoamericanas, con apego a los criterios
clasificatorios de elementos culturales de la teoría de respaldo.
371
comunicación.347 Es significativo que otras denuncias de destrucción patrimonial
en Jalisco, como las expresadas por Phil Weigand o Joseph Mountjoy (1994), no
han tenido ningún efecto sobre las autoridades centrales, que olímpicamente las
han ignorado. El caso del rescate de Huitzilapa indica pues que la coyuntura
extrainstitucional requiere de la intervención decidida de los interesados para
hacer de ellas exitosos proyectos arqueológicos.
347
Este compromiso tácito fue denunciado públicamente por Jaime Litvak (El Financiero,
9/IX/94), expresando su extrañeza ante la desproporción existente entre las escasas
denuncias de afectación del patrimonio comparadas a la magnitud de las autopistas con-
struidas el pasado sexenio, sobre todo en regiones donde era de preverse afectaciones
obligadas. En palabras llanas, se simuló ignorar la destrucción patrimonial, complicidad
que desde luego ha sido opacada por la visibilidad publicitaria de los Proyectos Especiales
de Arqueología 1992-1994.
348
Sin ser una coincidencia, es revelador que hasta ahora hayan sido los arqueólogos
extranjeros (Rousseau 1991 y 1994; Mountjoy 1994) quienes más hayan insistido en
elaborar un programa de arqueología regional que involucre una infraestructura y un
inventario de sitios arqueológicos completo. Coincido con Rousseau (1991:64) en que "el
Occidente de México llegará a ser una región histórica (...) cuando posea sus propias
estructuras de investigación". Creo que esta afirmación es extensiva al resto de regiones
ignoradas por el mesoamericanismo dominante.
372
indirectamente para Jalisco (Ladrón y Schöndube 1990:135-148). A su vez,
únicamente el Proyecto Bolaños ha confirmado la existencia de 90 sitios en su
región, desde Zacatecas hasta Jalisco.
349
La arquitectura auspiciada por el Estado ([Link].,la Ciudad de las Artes del arquitecto
Ricardo Legorreta) también posee este sentido de grandiosidad monumental, lo que parece
confirmar esta manifestación estético-simbólica poco desvelada en la relación entre ciencia
y política. Un crítico español ha escrito el siguiente comentario: “Los hijos de aquel poder
divino [ancestral], convertidos en presidentes, reproducen, cuando se ponen a tiro obras
oficiales, los lenguajes solemnes del pasado. Valgan lo que valgan a costa de lo que
sea”;Vicente Verdú, “El orgullo mexicano”, Babelia, marzo,1995:17.
373
sostener la misma idea, la cual está implícita en su clasificación bibliográfica de
1,222 fichas especializadas, o al menos eso es lo que implica Ladrón de Guevara
en su introducción (Ladrón y Schöndube 1990:11, nota 3, infra). No obstante, en
un artículo posterior (Schöndube 1994) ha preferido hablar del "Occidente
mesoamericano" o "subárea mesoamericana", para así poder englobar una morfo-
logía cultural abigarrada, no fácilmente reductible a unos cuantos "rasgos
culturales diagnósticos". Empero, su postura es una retirada a la tradición
mesoamericanista clásica.350
350
En un artículo posterior (Schöndube 1994a), que fue una ponencia para un público de occidentalistas,
retornó con grandes dudas a su anterior identidad occidentalista, haciendo notar las diferencias de
interpretación del occidente como área cultural, la que si bien podría servir por igual como un gran
receptáculo “en el que caen nuestros estudios”, de todos modos no es producto del consenso. “Aquí está,
pues, el dilema. Hasta dónde es útil seguir hablando del Occidente como un área cultural con una definición
hasta cierto punto fija, o tan cambiante como la quiera hacer la mentalidad de cada investigador. Hablar de
región, ¿será solo útil como punto de referencia, como gran receptáculo para incorporar conocimientos en
momentos de hacer síntesis?. Lo que sí veo como necesario, pero difícil, es definir la región en diversas
épocas y circunstancias, tal como trató de hacer Porter (sin demasiado éxito) para Mesoamérica”
(Schöndube 1994a:110).
374
cursivas mías)351, al tiempo que va surgiendo con ambigüedad una "región
cultural" (la "Gran Chichimeca") no homogénea y por ende no equivalente a "la
misma categoría que Mesoamérica" (Braniff 1994:14), pero que, otra vez, como en
tiempos de Kirchhoff, es disputada a la arqueología norteamericana del suroeste
bajo una perspectiva mesoamericana,
más bien nacionalista. Esta actitud, tradicional a la vez que retadora, haría prever
que llegará el día en que las culturas agrícolas del suroeste de Estados Unidos
terminarán por ser agregadas a la expansión concéntrica mesoamericana, si no
fuera porque esta estrategia de perfeccionamiento del cinturón protector está
preñada de anomalías irresueltas (En un trabajo innovador muy contradictorio,
Braniff [1994a] recomienda a los arqueólogos mexicanos estudiar con más
cuidado la arqueología del suroeste, a la que insiste en llamarle Mesoamérica
Septentrional no obstante que ella misma desiste de la explicación difusionista en
pos de la explicación wallerstiana: "Para explicar esta expansión no sirve el
modelo de área cultural -que es el concepto que subyace al término de
Mesoamérica"; aunque previene contra las confusiones de la cronología relativa,
no deja de observar la paradoja de que ciertos materiales septentrionales, antes
tomados como prueba de influencia civilizada, son aquí más antiguos que en el
supuesto núcleo difusor mesoamericano –difusor simplemente porque para el
difusionismo lo más civilizado se propaga sobre lo más primitivo-, lo que cuestiona
de raíz toda la explicación tradicional).
351
Para comprender el sentido último de las palabras “olas de influencia” pido al lector dirigirse a la consulta
de otros trabajos (Vázquez y Rutsch 1997 [1999] y Vázquez 1999), donde esas mismas palabras cobran su
significado pleno dentro de las teorías difusionistas de la historia cultural alemana, en especial bajo la
subtradición de los círculos culturales.
375
rompecabezas que constituye la historia prehispánica de México”, y cuyo fin último
es su "reconstrucción histórico-cultural" (Cabrero 1989:16-17). Esta postura sólo
diferiría de Kirchhoff en materia de delimitación de fronteras y profundidad
histórica, pero conservaría su planteamiento de un área cultural civilizada basada
en un modo de subsistencia agrícola común. Teóricamente, éstas subáreas
demostrarían su realismo interno (es decir, con hechos que corresponden a sus
proposiciones teóricas) a través de su ocupación por culturas sedentarias,
cerámicas y activamente relacionadas con otros focos culturales civilizadores,
como Teotihuacan primero y Tula después.
352
El compromiso ontológico puede definirse así: "Una teoría está comprometida
ontológicamente con aquéllas entidades y solamente con aquéllas entidades que la teoría
dice o implica que existen" (Searle 1994:114).
376
los arqueólogos (práctica que Litvak eleva a explicación del cambio teórico en
general) coligar conceptos ajenos para evitar dicha pérdida y aun sobrepasarla,
dejando sin resolver los compromisos ontológicos y metodológicos
correspondientes a cada sistema teórico, en especial la referencia real implicada
en la terminología conceptual agregada. El proyecto que ahora nos ocupa
muestra cómo esta contradicción es manejada sintéticamente, a pesar de su
discordancia analítica.353 En consecuencia, resultará por demás enriquecedor
subrayar a continuación la gradación de este proceso cognoscitivo.
Viene esto a cuenta porque los resultados arrojados por el Proyecto Bolaños
demuestran un claro intento por conciliar la visión del mundo prehispánico ofrecida
por la historia cultural (visión normal en el conocimiento práctico de la tradición
arqueológica mexicana) con la teoría de los sistemas mundiales inspirada en la
obra de I. Wallerstein, si bien es preciso anotar desde aquí que tal conjugación se
da a dos niveles distintos. Precisemos al respecto que Carnap y luego Hempel
introdujeron una concepción de dos pisos, esto es, el piso teórico y el piso
observacional, articulados a través de las reglas de correspondencia y los
postulados de significación, o sea teórico-observacionales (Moulines 1982:57-58;
1993:158). La arquitectónica de la ciencia (también conocida como “concepción
estructuralista” en filosofía de la ciencia) ha ido más allá al tomar a las teorías
científicas como un conjunto de modelos de estructura idéntica, y donde cada
teoría dispondría de un conjunto de modelos potenciales (“marco conceptual”) y un
conjunto de modelos actuales ( “de contenido empírico”). Surgen de ello dos
clases de conceptos: los específicos de la teoría en cuestión (sin sentido fuera de
ella) y los que presuponen teorías previas, que son como una base confirmatoria
de la teoría. Dada la fuerte dosis de lógica simbólica que este análisis exige, su
popularización ha estado restringida a las teorías físicas.
353
En filosofía,"Una proposición analítica es verdadera en virtud del significado de las
palabras que la forman, mientras que la veracidad de una proposición sintética se da en
virtud del modo como son las cosas" (Allen 1993:105).
377
En nuestro caso ocurre que mientras la primera teoría se corresponde
plenamente con sus procedimientos técnicos (sobre todo los de clasificación y
comparación de materiales y la cronología cultural inducida subsecuentemente), la
segunda aparece asociada a la interpretación del cambio cultural, pero derivada
del primer nivel de estructuración de las mismas evidencias, mas hasta cierto
punto forzada por ciertos datos de intercambio obtenidos bajo la primera teoría y
sus observaciones. En ese sentido, Cabrero no se restringe a una verificación
estática de influencias difusoras a un nivel local de análisis, sino que al ir
traspasando los niveles regionales y suprarregionales, sobrepasa también los
tradicionales "corredores culturales" de la difusión, para insertar sus evidencias en
un sistema regional primero y luego en los sistemas teotihuacano y tolteca de
intercambio comercial. Vale la pena adelantar que mientras la primera teoría es
notoriamente rica en contenido empírico, la segunda es pobre en evidencias. No
obstante, gracias a esta (s)elección combinatoria o sintética, la región, sin dejar de
ser parte de la "Mesoamérica marginal", pasa a articularse como región periférica
a la interacción provocada por centros nodales distantes.354
354
Para una discusión de la teoría de los sistemas mundiales aplicada a Teotihuacan, la
frontera sureste de Mesoamérica, el Oriente Medio y respecto a la teoría general de
sistemas dentro de la teoría neoevolutiva en arqueología y aún como dirección filosófica,
remito a Price (1986), Schortman & Urban (1994), Kohl (1989), Trigger (1992:283-292) y
Rapoport (1979: 704-710), respectivamente.
378
la cifra de los 30 mil, a la fecha en proceso de clasificación con la asistencia de
tres pasantes de la ENAH.355 Habría que añadir, para remarcar cómo a veces las
metáforas determinan actitudes y actos, que esta metáfora es sumamente popular
entre muchos grupos científicos, excepto que en la arqueología mexicana
adquiere una significación avasalladora. Me explico. En la ceramoteca del INAH se
ha reunido alrededor de ocho toneladas de tiestos, que por ley deben ser
centralizados en sus bodegas (Fournier 1992). Este proceder no es extraño.
Aparte de los problemas de centralización patrimonial implicados, de la
apropiación para aprehensión y de la tipologización por inserción, ya examinados
en el capítulo anterior, responde al compromiso metodológico de la teoría al uso
(sus enunciados que articulan teoría y observación por las reglas técnicas de
asociación de elementos u objetos), para la cual la cerámica provee no sólo de
datación relativa (e histórica cuando se correlaciona a fuentes históricas), sino, lo
que es en verdad clave, la filiación étnico-cultural de sus productores y aun su
interacción con otras culturas o grupos.356
355
Cabrero (1989:205-232); también "Análisis preliminar del material cerámico de la cuarta
temporada de campo del Proyecto Arqueológico Cañada del Río Bolaños, Jalisco",T.
Estado de Jalisco 1965-1990, Exp.13-4, 17 ff.; "Informe de la VI temporada de campo del
Proyecto Arqueológico Cañada del Río Bolaños, Jalisco", T. Estado de Jalisco, Exp.13-19,
f.30, ATCNA-INAH.
356
La asociación de tipologías cerámicas y grupos étnicos es característica de las teorías
difusionistas; surge desde que Childe y Kossina igualaron el concepto cultura arqueológica
a entidades teóricas grupales. Contra este "modelo teórico determinista de la etnicidad" se
ha dicho que no se puede suponer que las condiciones étnicas del presente son similares a
las del pasado. Y que los estilos cerámicos no son los indicadores más adecuados para
captarlas (López y Viart 1993). De hecho, los términos observacionales usados por
antropólogos sociales y etnólogos para definir la adscripción étnica de grupos actuales -
supuestamente evidentes a los sentidos- son fuente de aguda controversia y disenso, lo que
incrementa la duda sobre una etnicidad antigua basada exclusivamente en datos cerámicos
(cfr. Bentley 1981 y Vázquez 1992, especialmente su capítulo dos).
379
tensión permanente, pues la interpretación "de ninguna manera significa que haya
terminado la época de la simple recolección de datos, ya que faltan infinitos [datos]
para poder completar el rompecabezas" (Bernal 1984:59). Se sigue que la
metáfora implica un juego infinito: si faltan piezas, la reconstrucción no tiene
sentido. Por ende, la interpretación es residual, si no subestimable. Antes, se
precisa reunir todas las piezas.357 Así las cosas, el concepto metafórico no sólo
dicta una orientación, sino que es ontológico por cuanto se refiere a objetos
físicos, los que condenadamente crecen en vez de disminuir. Bajo esta
concepción más profunda de la realidad, nuestros arqueólogos nunca suscribirán
las palabras de Hodder cuando establece: “Lo que medimos y cómo lo medimos
son teóricos (...) La arqueología, quizás más que ninguna ciencia, está forzada a
usar la teoría para construir informes sobre la base de evidencias fragmentarias y
altamente parciales” (Hodder 1995:5). Un ejemplo consevacionista al calce:
cuarenta años después de la famosa excavación de Palenque de Alberto Ruz en
el Templo de los Murciélagos, los arqueólogos del Proyecto Especial Palenque
encontraron un fragmento de cerámica que faltaba a una vasija parcialmente
reconstruida por Ruz. Esta "anécdota" -que sabemos que para los arqueólogos es
un recurso educativo informal ampliamente aleccionador (Litvak 1996)-, contada
incluso con el orgullo de una gran proeza por sus descubridores, revela
claramente lo que implica esta metáfora dentro de su ambiente teórico-social.358
357
Bahn, en un texto satírico que ha disgustado profundamente a los arqueólogos mexicanos al punto de
sobreescribirlo para alterar su sentido humorístico, ha sugerido que acaso la tarea paradójica de la
arqueología es que deba dedicarse a solucionar problemas sin solución posible. El punto crítico es que su
realidad como rompecabezas puede ser una perversión pues el rompecabezas siempre estará incompleto,
no se sabe cuántas piezas faltan y se desconoce a ciencia cierta cuál es la figura que se está reconstruyendo
(Bahn 1995:6). En vista de esta incertidumbre, le parece mejor tomar a la arqueología como diversión que
como ciencia dura y, sobre todo, severa.
358
Véanse sus declaraciones a la prensa nacional; La Jornada 5/VI/94:25.
380
cada vez más sofisticada. Por un lado, las evidencias cerámicas y arquitectónicas
indican difusión cultural, pero asimismo una complejidad sociocultural que implica
un proceso social más vasto: el comercio a distancia.359 Ello implica cierta
dinámica e incluso una evolución basada tanto en la adaptación ecológica como
en el intercambio, los componentes clave del concepto "sistema cultural del Río
Bolaños". En ese orden de ideas, su texto de 1989 refleja el proceso indagativo
seguido hasta aquí. Este se inicia con la localización y tipología de sitios; le sigue
la clasificación y tipología de materiales cerámicos, líticos y otros; pasa al análisis
del patrón de asentamiento y de ahí a las correlaciones cerámicas y temporales,
que dan lugar a una cronología relativa. Esta última secuencia tiene un carácter
tentativo prometedor: no es la conclusión del proceso de estudio -culminación
usual de la arqueología histórico cultural más rutinaria-, sino una etapa que debe
confirmarse con dataciones absolutas.360
359
Cfr."Informe de la primera temporada de campo del Proyecto Arqueológico en la Cañada
del Río Valparaíso, que luego toma el nombre de Río Bolaños",T. Estado de Zacatecas
1982-1986, Exp.31-7; Exp.25-7; "Tercera temporada de campo en la Cañada del Río Bola-
ños, en los estados de Zacatecas y Jalisco",T. Estado de Zacatecas 1982-1986, Exp.31-8;
"Informe de la cuarta temporada de campo del Proyecto Arqueológico en la Caña del Río
Bolaños (Jalisco y Zacatecas)",T. Estado de Zacatecas 1989-1990, Exp.31-22; "5o informe
Proyecto Arqueológico Cañada del Río Bolaños, Jalisco" T. Estado de Jalisco, Exp.13-13,
ATCNA-INAH.
360
En nuestros encuentros de investigación pude observar la relevancia concedida por
Cabrero y su asistente a los fechamientos radiocarbónicos, posibles de emprender con los
recursos de CONACYT. Por desgracia, no pude acceder al informe final donde aparecen
estos resultados que confirman o falsean su cronología cultural previa (Cabrero 1989:283-
302).
381
indica asimismo -confirmado indirectamente por las correlaciones cerámicas con la
cultura Chalchihuites al norte y la cultura Teuchtitlán-Ahualulco al sur- una
especialización en la industria lítica, ligada, muy probablemente, a la extracción de
minerales, el cual constituye todo un complejo minero verificado por los trabajos
de Weigand (1993:211-226 y 245-311) tanto en Jalisco como en Zacatecas.
361
En su informe de la cuarta temporada menciona muy de paso que en la actualidad
existen explotaciones mineras en las inmediaciones de San Martín Bolaños (un mineral de
origen colonial, por lo demás), pero la analogía no es explorada a fondo. La lítica y otras
evidencias (el relleno de un juego de pelota en el Piñón, pero también en La Florida y El
Banco) hacen de esta presunción una hipótesis muy viable; [Link].31-22, f.3 y Exp.13-19,
ff.25-26, ATCNA-INAH.
382
"Pero, ¿hubo minas?", se pregunta hacia 1993.362 López Cruz (1994:10) admite
que el asunto ha sido poco estudiado, a pesar de su importancia para la
explicación sistémica. Mientras Langenscheidt, Franco y Weitlaner han
comprobado la existencia de más de dos mil minas prehispánicas en Querétaro y
Weigand alrededor de 750 en Zacatecas (López 1994:9-25), en la región de
Bolaños la pregunta sigue sin respuesta por parte del proyecto, aunque le parece
dable suponer que esta actividad tecnoeconómica debió ser "la base del
intercambio de productos dentro del sistema de intercambio establecido y que unía
estas regiones de cultura" (López 1994:25). Adicionalmente, el trabajo de Charles
Kelley en Altavista indica un intercambio de turquesa y cerámica dirigido hacia el
norte (suroeste de Estados Unidos), seguramente integrado al sistema económico
mundial teotihuacano, y que cesa con la debacle del centro nuclear (López
1994:39-43). Sea que se apele al sistema mundial del horizonte clásico
mesoamericano o incluso a un más limitado "modelo de simbiosis económica" de
alcance interregional (sugerido por López 1994: 55-64), y aún suponiendo que se
dé solución al problema de los indicadores que asocien teoría y observación, es
evidente "que hace falta realizar excavaciones bajo estas conceptualizaciones"
(López 1994:57;cursivas mías).
362
Exp.13-19, f.25.
383
"influencia" y "comercio", para usar los términos cuestionados por Price a la
historia cultural. Sobre todo, es pertinente destacar que Cabrero (1989:303-326)
no se aprisiona en la mera secuencia cronológica, sino que ya entonces avanza
hacia la postergada "fase interpretativa", así sea andando a caballo entre teorías
diversas.
384
cultura arqueológica y grupo étnico permite suponer que esta cultura es, para la
primera fase de ocupación, un movimiento de población proveniente del lago
Magdalena para ponerse en contacto con la cultura Chalchihuites, la que a su vez
se movería al sur por medio de un grupo de especialistas migrantes que
desarrollarían la minería en Bolaños, y cuya presencia es inferida por la evidencia
de ciertos tipos cerámicos norteños. Sin embargo, es la misma presencia
acumulativa de rasgos la que induce por fuerza a tomar como equivalentes focos
difusores con centros económicos y los contactos culturales con relaciones de
interdependencia. Deriva de ello el intento por conjugar creativamente culturas y
sistemas, historia cultural y sistemas mundiales.
385
selección y translación de conceptos es hecha en función de los hechos
organizados en la primera teoría. Por ello que la autora diga que "al aplicar este
modelo [de Wallerstein] deben seguirse solo sus dimensiones generales" (Cabrero
1989: 59; cursivas mías). Es decir, no se asume por completo su propia capacidad
para organizar y construir los hechos de manera distinta. Simplemente se
pretende ampliar la explicación de los hechos ordenados bajo la conceptualización
anterior.
363
Si bien las unidades organizativas internas del proyecto permanecen siendo elementales
(un director, un asistente), el cambio en la cantidad de fuerza de trabajo empleada es
crítico: en las primeras temporadas se emplearon ocho peones, pero al final se elevaron
hasta 20 y 25 (desde luego, nada comparable a los proyectos intensivos del INAH); cfr.
Exp.13-19, ATCNA-INAH.
364
Exp.13-13,24 ff.; María Teresa Cabrero “Proyecto arqueológico en la Caña del Río
Bolaños, Jalisco. Informe de la VIII temporada de campo.1995”, T. Jalisco, Exp.13-35, 27
ff., ATCNA-INAH; Cabrero y López (1993).
365
Exp.13-19, f.28, ATCNA-INAH.
386
adultos), había diez ollas enormes que contenían restos cremados, costumbre
asociada a la cultura hohokam en la Arizona prehistórica, que, por lo demás, junto
con los anasazi y mogollón, comparten "rasgos mesoamericanos" elocuentes, que
por algún tiempo fueron vistos como pruebas de una migración desde el sur
(Fagan 1991:207-212).366 No obstante, la cremación es una costumbre funeraria
que se extiende hasta la región tarasca de Michoacán, donde aparece claramente
asociada a la aristocracia gobernante. Cabrero en cambio la interpreta como un
“rasgo original y desconocido”, e incluso cree que son restos de guerreros y
sirvientes del personaje principal (Cabrero 1999:109-112).
No fueron las únicas piezas halladas en contexto. Una pipa tubular y los
motivos de las vasijas hacen pensar ya no en Chalchihuites sino en el noroeste,
incluido un caracol de posible origen californiano. Para complicar todo, los
materiales incluyen un objeto extraño, de función desconocida (posiblemente
usado para hilar algodón), pero de aire mayance. Con todo, lo más interesante no
son tanto los hallazgos aislados como el que las seriaciones cerámicas y el patrón
de asentamiento comienzan a dejar de coincidir con su distribución lógica, creando
tensión con la noción (débil) de difusión en regiones contiguas. Percibe así una
mayor influencia de Chalchihuites en lítica, alfarería y tipo de asentamiento hacia
la parte central del cañón -que atribuye a una migración de norte a sur-, pero,
simultáneamente, la cerámica decorada parece haber sido menos usada en la
parte norte a comparación de la central, donde aumenta como masa, al tiempo
que es constante la distribución de una cerámica monocroma de posible
manufactura local (Cabrero 1993a:7 y 11). Luego, el patrón arquitectónico circular,
típico de la tradición Teuchtitlán-Ahualulco, y de la que se supone la cultura
Bolaños es una expansión migratoria de sur a norte, se localiza mejor en el
extremo norte del cañón, junto con tumbas de tiro muy elaboradas (López
1994:80). Para terminar, Cabrero (1994:230-231), descubre que uno de los tipos
cerámicos locales, asociado a las tumbas de tiro, exhibe una decoración muy
366
Asimismo, en las ofrendas asociadas se localizaron brazaletes y caracoles de concha, restos textiles, una
hacha zoomorfa, un objeto de función desconocida, una máscara de concha, etcétera.
387
semejante a las cerámicas halladas tan al sur como Ecuador, pero también en
Guatemala, lo que revive la idea de Clement Meighan de un claro nexo
sudamericano, ya sospechado por la costumbre de las tumbas de tiro en el área
andina central.
A esta altura del proceso indagativo del proyecto, resulta harto difícil asirse de
la historia cultural, pero todavía se agrega una hipótesis auxiliar: la cultura Bolaños
se transforma en una cultura híbrida, influencia de otras, empero dueña de sus
propios rasgos."Sin embargo, se persiste en creer que la razón fundamental del
desarrollo de la cultura Bolaños se encuentra en la red de intercambio establecido
con Chalchihuites. De este proceso eminentemente económico se derivaron los
rasgos que la caracterizan hasta imprimirle un carácter híbrido, producto de la
comunicación de diversas regiones aledañas" (Cabrero 1993a:15; cursivas mías).
Este cambio conceptual es a todas luces insuficiente para explicar los hallazgos
obtenidos, por lo que la única respuesta razonable sigue siendo la propuesta de
vastas redes comerciales funcionando como un sistema hasta ahora desconocido.
Lo más interesante es que la autora empiece a decir que el Occidente, Norte y
Mesoamérica toda son "regiones culturales" que "pudieron mantener contactos
comerciales sin influencias mutuas" (Cabrero 1994:232), lo que, de llevarse a sus
últimas consecuencias, rompería definitivamente con la noción estática
difusionista de propagación desde el núcleo civilizatorio central. Nótese que
retoma un concepto ya avanzado por Armillas, pero todavía inscrito en la teoría
histórico-cultural, modificándola poco.
388
plenamente si no se tiene un conocimiento mínimo de la disciplina en que
aparecen"; más aún,"su uso sólo puede ser sancionado por una teoría científica, y
que solo quien conozca esa teoría, podrá hacer uso genuino de ellos" (Moulines
1993:147-149). Así, si bien la concepción estructuralista rechaza la idea relativista
de la inconmensurabilidad teórica, tal como Kuhn (1980) una vez sugirió en su
versión fuerte (que en síntesis aducía la imposibilidad de añadir términos de una
teoría sobre la base de los términos de otra, siendo diferentes los métodos,
problemas y normas de resolución de cada una), pienso que no es desdeñable el
problema de comunicabilidad cuando dos teorías han sido formuladas con len-
guajes mutuamente intraducibles literalmente. Como luego replantaría Kuhn, "la
falta de una medida común no significa que la comparación sea imposible" (Kuhn
1989:99), sólo que las teorías puedan traducirse sin pérdida. Desde el punto de
vista histórico y linguístico, la elección de teorías alternas conllevaría elementos de
interpretación hermenéutica y sobre todo de aprendizaje global de las teorías
como un segundo idioma. El problema linguístico entonces no niega los problemas
epistemológicos, ontológicos, metodológicos, etc., simplemente se les antepone
como precondición. 367
367
Resiento aquí la infuencia de Putnam (1990:175) y su “realismo pragmático”, cuando establece que:
“Hablar de ‘hechos’ sin antes especificar qué lenguaje se usará, es hablar de nada. El mundo mismo fija el
uso de la palabra ‘hecho’ no menos que el de la palabra ‘existir’ o la palabra ‘objeto’”. Para él, lo
epistemológico, ontológico y lo linguístico están mutuamente interconectados.
389
segunda teoría como una segunda lengua, no para traducirlas lo mejor posible,
sino para entender la realidad implicada en sus conceptos y términos. Lo que se
hace de modo habitual -y es en lo que se sustenta la tesis del "cambio teórico
agregativo" sugerida por Litvak (1986:121-122 y 156) y secundada implícitamente
por Gándara (1991)- es, en efecto, trasladarlos a la "lengua materna", con la
mejor intención de incrementar su léxico explicativo. Las dificultades apreciadas
en este acto (y que remiten al problema esencial de la resistencia al cambio
teórico general de la tradición estudiada) indican que la traducción hecha es un
mecanismo ineficiente en este contexto.
390
pero omitiendo que toda traducción es ya una interpretación, por lo que se le debe
asumir con plenitud de conciencia en vez de suponer que es literal u objetiva.
Nótese, empero, que estos ejemplos de elección teórica difieren del pre-juicio
de una progresiva de evolución teórica, pues siempre se hacen desde la primera
teoría, que es la que enfrenta anomalías explicativas y la que debe buscar en otra
conceptos "prestados". Es decir, asistimos a un cambio peculiar, no
necesariamente progresivo, con una flecha del tiempo unívoca. Esta interpretación
nos hace volver de nuevo la vista a Lakatos, pero desde otro ángulo. No puede
soslayarse el hecho de que proyectos como el de Templo Mayor y otros
comparables dentro del INAH confirman la regla de que los cambios en su
programa de investigación son regresivos en tanto que se apoyan en un
reduccionismo histórico muy acusado. Así las cosas, al examinar al concepto
Mesoamérica descubrimos un débil movimiento dentro de la arqueología
universitaria para redefinirlo como sistema de intercambio económico (movimiento
del que el Proyecto Bolaños forma parte avanzada), lo que interpretamos como un
indicio útil de polisemia, aunque de pobres resultados prácticos. Al respecto
mostramos por igual que a pesar de todo en esta arqueología universitaria
prevalece su significado como "historia común" (si no como "cultura común"). Pero
aun así sostengo que habría un pequeño pero importante matiz que destacar: su
mayor predisposición al cambio a pesar del hábito, a pesar de la normalidad de la
tradición teórica compartida, a pesar, en fin, de conservación del núcleo duro
histórico cultural.
368
En su polémica con los falsacionistas, Khun (2000:136) dice algo similar: “Los marcos [teóricos] deben
vivirse y explorarse antes de que sean rotos”.
391
sigue el derrotero común de obtener reconstrucciones racionales negativas, cada
vez que se aplica a casos particulares, digamos, la física de interacción débil
(Kragh 1989:254) o la biología molecular (Suárez y Barahona 1993:35). Con otras
palabras, lo que estoy implicando es que la misma ortodoxia del programa
histórico-cultural induce a ciertos arqueólogos -justo aquellos menos
condicionados por el imperativo institucional de la conservación patrimonial dentro
del área cultural mesoamericana- a explorar muy tímida y elécticamente las
potencialidades de la elección teórica, con las limitaciones ya apuntadas. 2) Que
estas limitaciones, atribuibles a la pertenencia y reiteración de la tradición teórica,
obstaculiza de todos modos elegir teorías alternativas radicalmente ajustadas a
sus visiones conceptuales, por lo que no se preguntan las cuestiones relevantes a
ellas ni se conducen investigaciones para contestarlas. La translación
pretendidamente literal de conceptos y su agregación (que curiosamente disgrega
teorías para luego unirlas en fragmentos de modo similar a como operativamente
se acumulan rasgos culturales o piezas del rompecabezas sinfín), evidentemente
lleva a que se retengan los compromisos ontológicos y metodológicos originales.
3) Que un enfoque heurísticamente positivo, generador de evidencias empíricas
de nuevo cuño, compele a una investigación teórica y explícitamente dirigida para
ser productiva a nivel observacional. Pero para conseguirlo, o se hace uso de una
hermenéutica científica consciente o se adquiere la teoría alternativa como
segunda lengua, hasta el punto de pensar (como en efecto ocurre
linguísticamente) con ella.
Cabe una última digresión, que no creo prudente obviar. Se ha dicho que la
teoría general de sistemas, más que una teoría es una orientación que admite
asimilar, integrativamente, a las teorías particulares, sin hacerlas perder sus
características esenciales, cualesquiera que éstas sean. Bajo su concepción, la
"intercambiabilidad de conceptos" es viable gracias a un conjunto de ecuaciones
aplicables a cualquier fenómeno, natural o social. El uso de modelos matemáticos
ofrecería, en suma, las reglas de traducción adecuadas, gracias a lo cual
terminarían de una vez las interminables controversias terminológicas, típicas de
392
las ciencias del comportamiento humano (Rapoport 1979:708). Sin embargo,
Trigger (1992:283-292), al analizar el pensamiento arqueológico de la teoría
procesual, observa que los arqueólogos de esta filiación nunca han sido capaces
de aplicar del todo estas ideas al estudio del cambio sociocultural, en buena
medida por el rigor exigido en las reglas de traducción matemática. Además de
ello, hace notar que en realidad estos arqueólogos trabajan todavía dentro de la
tradición teórica neoevolutiva, lo que los condiciona a demostrar que el número de
variables que intervienen es limitado, luego tienden a imponer explicaciones
sistémicas unicausales (usualmente la ecología, la irrigación, la guerra, la
demografía, etc.). A algunos incluso se les ha acusado de moldear la teoría de
sistemas boasianamente, es decir, inductiva y particularistamente. Nada distinto a
lo que hemos observado nosotros aquí, excepto que varían la dirección y la
resistencia al cambio.
Con todo, hay que admitir que estas dificultades del cambio teórico han sido
muchas veces más productivas para adentrarse en las causas de los procesos o,
cuando menos, a su descripción. Una descripción sistemática, aún sin la ayuda de
un análisis matemático riguroso, puede ofrecer ventajas heurísticas en cuanto a la
calidad de las interrelaciones, siempre que se sostenga que las partes están
determinadas por el sistema global. La noción de Mesoamérica como sistema de
intercambio económico (Litvak 1992 [1975]) bien pudiera dar con los primeros
indicios de un sistema no lineal y complejo muy sensible a cambios ínfimos en sus
redes y vértices de intercambio, y por lo tanto propenso al desorden caótico,
hecho coincidente con los procesos de auges y caídas de las sociedades estatales
prehispánicas (López y Bali 1995). Hablo, por supuesto, en términos heurísticos, a
modo de conjetura, por lo que no veo, como dice Matos (1994b:60), que obrar así
induzca por fuerza a problemas de relativismo, antes al contrario, permitiría
explicar el mismo fenómeno por él resaltado, de que un modo de producción
tributario siempre se desintegra tan pronto como la fase de intercambio
económico (y seguramente ritual) es sometida al factor expansionista militar.
393
Este es precisamente el valor inmanente que aprecio en la postulación del
modelo de simbiosis económica dentro del Proyecto Bolaños (López 1994), que,
de momento, no pasa de ser un modelo conceptual, con indicadores
insuficientemente desarrollados en el formalismo requerido. Descontando su
reconversión teórica, es evidente que una parte sustancial de su futura percepción
sensible depende, sin duda, de efectuar "excavaciones orientadas bajo estas
conceptualizaciones" (López 1994: 57). Tal certidumbre, propia de la experiencia
empírica e ineluctable de la arqueología, nos lleva a ocuparnos de las etapas más
actuales del proyecto.
369
En realidad, se puede decir que fue motivo de una investigación suplementaria (Cabrero 1995 [1989]).
394
diferenciación social avanzada, ya que no aparecen asociados a los entierros
directos del común.370
Hay que precisar, para mayor comprensión del proceso, que El Piñón es un
sitio clasificado tipológicamente como centro rector regional en cuanto a su
complejidad estructural como asentamiento que consta de vestigios habitacionales
y una zona de elite ligada a un centro ceremonial (juego de pelota y zona
funeraria). Ahora bien, por su características arquitectónicas, la tumba explorada
poseía de entrada rasgos que fueron reportados como inusuales: su cámara
370
Exp.25-7, f.18, ATCNA-INAH; también Cabrero (1989:149-165 y 183- 201) y López
(1994:88-89).
371
Recuérdese el proceder autoritario que se sigue en todos los casos: se procede a la
"ocupación pacífica" de los sitios, eufemismo que apenas oculta un acto de poder
administrativo, usado a discreción por los arqueólogos del INAH. Los arqueólogos univer-
sitarios, en cambio, están incapacitados legalmente para actuar así, por lo que deben
negociar su objeto de estudio con sus poseedores, a pesar de la noción de bienes nacionales
que pesa sobre éstos en general. Ello establece de inmediato una relación cualitativa
ligeramente distinta por parte de la arqueología académica: ya que no media una
apropiación tácita de los hallazgos por el arqueólogo y el poder estatal que lo ampara, la
sociedad local no se convierte en enemiga. Por ello, no se establece un conflicto con
tradiciones vivas como la papago, que tratamos en el segundo capítulo de esta obra.
395
circular estaba colocada justo bajo una estructura o terraza (donde también se
descubrió un entierro-ofrenda). Se asentó así en el informe:372
Hacemos notar que este descubrimiento, aún cuando resulta fragmentario, con valiosa
información perdida gracias a los saqueos que ha sufrido el sitio, representa la evidencia
sociocultural más importante que se tiene en relación a las sociedades que acostumbraron
enterrar a sus muertos en tumbas de tiro. En ninguna parte del Occidente de México, se
habían encontrado uno de estos monumentos asociado directamente a la sociedad que las
creó.
372
Exp.13-13, ff.10-11, ATCNA-INAH.
373
El Proyecto de Rescate Arqueológico Autopista Ixtlán-Tepic exploró cinco "panteones"
de tumbas de tiro, que se reportaron así: "Las excavaciones de estas formas de entierro,
ofrece aspectos nuevos que no habían sido reportados en la literatura arqueológica, y su
[ulterior] estudio alentará otras ópticas en el análisis de los antiguos arquitectos
funerarios..."(Zepeda 1994:8;cursivas mías). En Colima, otro grupo de arqueólogos
igualmente reportaron el hallazgo de una tumba de tiro intacta, descubrimiento dado como
“extraordinario” en la prensa (Público, suplemento Arte y Gente, 1/8/2000:5).
396
el patrón arquitectónico circular de Teuchtitlán-Ahualulco (primer foco difusor de la
cultura Bolaños, como ya vimos) con esta costumbre funeraria (López 1994:52).
El hallazgo de una tumba de tiro sellada constituye uno de los logros más importantes
para el conocimiento de esta tradición funeraria al Occidente de México, puesto que, a
excepción de los hallazgos en el fraccionamiento El Grillo-Tabachines [autoría de Javier
Galván y Otto Schöndube], situado en los alrededores de Guadalajara, los cientos de
tumbas de este tipo encontradas habían sido saqueadas con anterioridad a su exploración
arqueológica (...) Por otra parte, la tumba de Bolaños [El Piñón] es la primera tumba de
tiro encontrada dentro de un contexto social, ya que todas las anteriores están situadas en
contextos funerarios, es decir, cementerios.
374
Exp.13-19 ,ff.2-3, ATCNA-INAH.
375
Ibidem, f.7.
397
se puso al descubierto otra tumba de tiro sellada (de dos cámaras), de inmediato
reportada, no como producto del azar, sino derivada de investigaciones
conscientemente dirigidas a tal fin. Aparte de las coincidentes argumentaciones
empleadas en ambos descubrimientos, llama la atención que los autores de uno y
otro simulen desconocer sus respectivas aportaciones al conocimiento de la
arqueología regional, pues evitan citarse mutuamente.376 Dicen los miembros del
Proyecto de Rescate Arqueológico Huitzilapa (López y Ramos 1994:60; cursivas
mías), también de baja intensidad como el de Bolaños:
En un valle de esta región queda ubicado el sitio Huitzilapa, en el cual, durante recientes
trabajos de investigación arqueológica, fue descubierta una tumba de tiro, cuya
importancia radica en ser la primera de este tipo, asociada a un contexto arquitectónico,
que es estudiada científicamente.
Durante los trabajos de rescate arqueológico en Huitzilapa, fue descubierta una tumba de
tiro cuya importancia radica en ser la primera de este tipo, asociada a un concepto
arquitectónico y que es estudiada científicamente...La tumba se localizó en el centro de
una estructura cuadrangular, ubicada en el sur de la plaza oeste del sitio, espacio que
aunado a otros conjuntos arquitectónicos, forma su área ceremonial.
376
Lo dicho puede confirmarse comparando dos artículos reproducidos en la revista Ancient America. En el
primero (Ramos y López 1996: 121) apenas si mencionan al Cañón de Bolaños como “últimamente
identificada en la porción noroccidental del Bajío”. Tres años después Cabrero (1999:112) reporta su
hallazgo de 1993 “de una tumba de tiro sellada” sin mención alguna del hallazgo de Huitzilapa. El juego de
suma cero, o mejor, uno de “diente por diente”.
398
y Ramos 1994:60-61). Sabedores, seguramente, del hallazgo paralelo (lo que
comprobé mediante conversaciones sostenidas con Cabrero y Ramos
separadamente), este equipo de investigación agregó, sin embargo, un argumento
que no había aflorado en la disputa por la prioridad. Introdujeron una tipología de
formas de tumbas de tiro mucho más elaborado del sugerido por Soto (1994:43-
46), con solo tres variantes. Ellos postularon ocho tipos, uno de los cuales era el
de Huitzilapa, lo que singularizaba su descubrimiento, al tiempo que nunca
aparecía El Piñón, que así queda reducido a variante tipológica ya conocida. En
un informe posterior, Cabrero y su asistente dirán que sus tumbas son de forma
acorazonada, singularizándolas en contrapartida.377 Será hasta un trabajo muy
posterior, debido a Zepeda (2000: 226-227) que se apreciara de modo íntegro la
variedad de tumbas estudiadas por los arqueólogos en Nayarit, Jalisco, Colima,
Zacatecas y Michoacán.378
377
Exp.13-35, f.12, ATCNA-INAH.
378
Este análisis ha provocado un reto molesto a la pasión arqueológica profesional por las tumbas de tiro.
Aunque desde tiempos de Isabel Kelly (y acaso desde Lumholtz) en 1940, se hizo común recurrir a los
“moneros” para descubrir tumbas de tiro intactas –uso que José Corona Núñez elevó a su máxima expresión
instrumental como servicios asistenciales-, la superioridad heurística del conocimiento práctico de estos
arqueólogos amateur no puede ser admitida, en parte por su asociación al saqueo, pero sobre todo por la
precisión del mismo, conocimiento que ni los arqueólogos profesionales disponen. La tumba de El Arenal, en
Etzatlán, Jalisco, descubierta por Corona Núñez con sus “buscadores de tesoros”, sigue siendo la más
apabullante de todas. Más grave aún es la conclusión de que sin este saqueo no existiría buena parte del
patrimonio arqueológico del INAH en Nayarit, vía requisas a los traficantes (¿expropiación de los
expropiadores?), pero asimismo a través de su contratación en los equipos arqueológicos oficiales. Se
entiende así el interés puesto por esta arqueóloga en una forma campesina de conocimiento local tan eficaz
(Zepeda 2000). Weigand coincide en decir al respecto que entre los arqueólogos profesionales y los amateur
hay “dos mundos sin puentes entre sí”, incluidas distintas visiones del pasado (Weigand a de la Torre,
13/9/2000).
399
bajo nuestra perspectiva comprensiva, un indicador indirecto del asunto realmente
trascendente del cambio como elección o, en su defecto, como selección
conceptual.379
379
El Proyecto Bolaños, con catorce años de pacientes trabajos, ha producido dos libros,
otro a punto de concluir,14 artículos y ocho informes técnicos (dos del grueso de un libro),
al tiempo que admite ser la continuación de un estudio de sitio practicado por Charles
Kelley en Totuate en 1963 ([Link] 1989:81-86).
380
Para su octava temporada de campo se descubrieron dos tumbas de tiro selladas en Pochotitán, pero el
informe refleja un retorno a la baja intensidad y menos vistosidad de los hallazgos. De hecho, se indica que
su excavación quedó inconclusa “por falta de tiempo y de dinero”. Debe recordarse que por causa de las
envidias personales de una dictaminadora de CONACYT, el Proyecto Bolaños dejó de percibir sostén
económico; Exp.13-35, f.25.
400
CAPITULO SEXTO
LOS DILEMAS DE LA ARQUEOLOGIA MEXICANA
John M. Ziman, El conocimiento público. Un ensayo sobre la dimensión social de la ciencia 381
381
Ziman (1972:46).
401
despejar. Quizás el más extravagante de todos sean sus flechas del tiempo invertidas.
Quiero decir con esto que en nuestros días es una ciencia que ambiciona estudiar al pasado
con medios del futuro. Y cuanto más futuristas sean éstos últimos, más felices y seguros
parecen estar los arqueólogos para aprehender los ignotos tiempos idos. No me atrevería a
juzgar qué tanto lo han logrado (en otras palabras, evaluar su cientificidad y, antes que eso,
su cambiante y nunca consensuado sentido de la cientificidad), pero puede ser divertido
observarlos transidos en este doble impulso, un comportamiento que deja de ser simpático
cuando los vemos distanciarse proporcionalmente de sus viejos cometidos humanistas con
esa terca búsqueda de cientificidad objetivista a toda costa, sin medir sus consecuencias o
su responsabilidad.
Llevado a los extremos, ese comportamiento contradictorio se convierte en sendos
dilemas comunes para todos aquellos individuos que actúan bajo las recurrentes situaciones
sociales a que da lugar su pertenencia a la misma tradición científica. ¿Arqueología
nacional o arqueología mundial?, ¿ciencia o administración patrimonial?, ¿uso público o
privado?, ¿comunicación o reserva?, ¿cambio o continuidad?, ¿descubrir o interpretar?,
¿evitar o participar?, ¿tolerar o sancionar?. La lista es larga sin haberla agotado. Planteando
las cosas en términos más amplios podemos afirmar que los dilemas sociales se presentan
en grupos que asumen conflictivamente el elegir entre el bien general y el bien personal,
entre la solidaridad y el egoísmo, entre el yo y los demás. El dilema aparece siempre que un
objetivo grupal exige un esfuerzo común y solidario. Vale la pena recordar al respecto que
los primeros modelos de la elección racional fueron postulados para comprender el
problema del intercambio en el comportamiento económico.382 Por aquel entonces (1948)
era un supuesto aceptable el sostener que la conducta racional tenía que ser por fuerza
egoísta y que toda elección apropiada era la que producía el mayor beneficio personal. La
mano invisible de Adam Smith parecía bendecir esta búsqueda del provecho individual, a
pesar del bien y del bienestar colectivos (Paulos 1990:162; 1993b:99). Con el paso del
tiempo, la valoración de la elección cooperativa cambió notablemente hasta en el mundo de
los negocios, la organización empresarial y las coaliciones de intereses para mutuo
382
Ver prólogo de Oskar Morgenstern a Davis (1986:11-13).
402
beneficio.383 Tanta ha sido su revaloración, que hoy los especialistas se permiten citar nada
menos que al príncipe Kropotkin y su concepción anarquista sobre la ayuda mutua como
mecanismo de la evolución humana (Nowak, May & Sigmund 1995:50-51), si bien no deja
de asombrarles que la no cooperación sea tan recurrente (Nowak y Sigmund 2000:30-31).
Mucho más importante que este cambio valorativo es que ya en 1956 Vajda (1988:1267)
observó que el teorema principal de von Neumann no funcionaba en los “juegos reales” de
varias personas, anunciando así las dificultades que luego se tornarían en manifiestas
carencias de una teoría sin conceptos observacionales adecuados a sus conceptos de
utilidad, información, comportamiento óptimo, estategia, pago, equilibrio, etcétera., es
decir, todos ellos conceptos teóricos pero estáticos.384
En su temprana crítica a la teoría del actor racional, Deutsch (1985 [1966]: 91)
adujo que la teoría misma había optado por una estrategia minimax, esto es, procuraba
incurrir en el menor riesgo de pérdida con una mínima ganancia. Creo que él se hizo cargo
de lo apresurado de su juicio cuando repuso que la teoría era poco realista, cuando menos
en lo que se refería a la toma de decisiones en política. Asimismo se percató que la
identificación analógica de los modelos de los juegos con ciertas situaciones sociales
recurrentes permitía desentrañar en cierta medida las preferencias personales, la magnitud y
dirección de los errores, y sus desviaciones respecto a la mejor estrategia teórica. De paso,
sugirió que el actor social no correspondía del todo al jugador de “un solo propósito”, sino
que, en la práctica, entraban en juego propósitos múltiples, entre los que pesaban los
valores socioculturales, luego jugar en política era jugar por lo menos dos juegos, el
valorativo y el conveniente. Esta realista apreciación ha hecho menos chocantes posturas
como la de Elster (1989), al contrastar la conducta racional a la irracional o a la
383
Dixit y Nalebuff (1991), por ejemplo, dirigiéndose a los inversionistas, están primeramente preocupados
en conseguir un balance entre cooperación y competencia; Galjart (1992) sugiere aplicar una estrategia de
pool -un juego cooperativo de contribuidores- a ciertas empresas conjuntas; más recientemente Glance y
Huberman (1994) proponen generalizar la cooperación dentro de las organizaciones jerárquicas para
mejorar su eficiencia;
Conthe (1999), un alto funcionario del Banco Mundial, igualmente se inclina por una “estrategia mixta” en el
mundo de los negocios, y por un “Leviatán con chistera” en asuntos diplomáticos. En fin, como establece
Elster (1989:235), es ya insostenible el eslabón de racionalidad e interés egoísta de los economistas.
384
Remito a la crítica de Deutsch (1985:83-102) sobre estas insuficiencias de la teoría de los juegos para la
elección política. En lo particular, aquí hago referencia al carácter fundamentalmente descriptivo con que
debemos proceder al ser difícil pasar de las cifras asignadas en los modelos matemáticos de los juegos a las
cifras efectivas de los pagos en los juegos reales.
403
imperfectamente racional, pues lo que le importaba era entender la realidad de la elección
racional, razón por la que incluyó aquellas conductas abstraídas por los modelos
matemáticos, basados en una sola modalidad conductual.385
Desde entonces, han sido los experimentos y cuasiexperimentos, más que las
simulaciones por computadora, los que han hecho más acuciantes las necesidades de los
estudiosos por ampliar sus análisis hacia expresiones tales como la desconfianza, la
ambición, la beligerancia o la ignorancia de quienes actúan bajo ciertas situaciones, a pesar
de los controles de las variables estratégicas en el laboratorio. Con todo, lo que estos
estudios han revelado con razonable confiabilidad es la gran dificultad que tiene los actores
para obrar bajo una racionalidad estratégica -o sea, aquella capaz de ponderar hasta dónde
sus intereses chocan con los intereses de los demás- y en cambio han demostrado la
tendencia generalizada a la racionalidad paramétrica, que asume al medio en que se actúa
como constante, esto es, un horizonte no ve más allá de los propios beneficios. Dicho con
otras palabras, la gente colocada en determinadas situaciones es bastante incapaz de usar la
apreciación social de la hermenéutica, como para ponerse mentalmente en el lugar de su
competidor. Así, se ha observado que los jugadores no se dan cuenta de lo que entraña su
propio juego y no conciben otra forma de elegir sino la egoísta (Davis 1986: 137,143,163 y
166). De hecho, a menudo juegan irracionalmente. En ese orden de ideas, se sabe que la
correlación de personalidad y elección no ha arrojado resultados concluyentes, pero, a
diferencia de los test psicológicos aplicados, sí se han observado conexiones entre la
manera de jugar con las preferencias políticas, la experiencia y la profesión (Davis
1986:165-166).
En el campo del comportamiento científico no han habido avances significativos
desde esta perspectiva teórica.386 A decir verdad, al contemplar el estudioso una situación
385
Si bien Shubik (1992 [1982]) acepta que la teoría de los juegos aplicada a la economía está mal provista
para tratar sociedades en movimiento, con cambios en leyes y preferencias de los actores, las costumbres y
las instituciones, de todos modos prefiere abstraerlos y tornarlos estáticos. En sus modelos, los jugadores
siempre son tomadores de decisiones racionales y conscientes, con objetivos bien definidos y que ejercitan
su elección dentro de los límites prescritos por el modelo. Con todo, como él admite, el problema sigue
siendo cómo trabajar aproximaciones matemáticas a una realidad no matemática. Tal parece que la clave
está en conocer las preferencias de los jugadores, quizás no menos que las situaciones sociales (Greenberg
1990). Los estudios experimentales con juegos espaciales de Hermer y Spelke (1995) indican además que la
flexibilidad en las estrategias humanas se van desarrollando progresivamente a lo largo del crecimiento
humano y que esa flexibilidad en la madurez está conectada a la complejidad del lenguaje y otros cambios
cognitivos.
404
social compleja como si tratara de un juego, su esfuerzo sigue siendo el convertir la
intuición del observador en deducciones cuantitativas y a los pagos arbitrarios asignados en
las matrices, en preferencias efectivas de los científicos. Este problema operativo, aunque
sea generalizado a todos los “juegos reales”, no es de menospreciar, como bien lo previó
Merton al abordar el sistema de recompensas a las prioridades y descubrimientos
científicos. Pero mientras a Merton le importó más analizar los conflictos por esas
rivalidades, dio por sentado en exceso la norma de la colaboración social o carácter
comunal de la ciencia (“comunismo”), norma que podría en algún momento entrar en
oposición con las prioridades efectivas perseguidas. No hay duda que semejante
disfuncionalidad fue reconocida por él, lo mismo que la posible aplicación de la teoría de
los juegos a las maniobras ofensivas y defensivas usuales en estas disputas, pero la verdad
es que desde mi punto de vista la misma atención precisaría la elección individualista que
la colectivista o, mejor, cómo se da la interacción entre comunitarismo e individualismo en
el proceso de conocimiento científico. Un ejemplo ilustrativo de mi señalamiento lo facilita
la prueba del último teorema de Fermat, que durante más de 350 años resistió a las mejores
mentes de los matemáticos. Finalmente, Andrew Wiles conquistó la presea.387 Pero no fue
sencillo. Ni totalmente egoísta. De hecho estuvo a punto de fracasar en su demostración por
el acostumbrado individualismo disciplinario. Según él mismo confesó, en esa fase resintió
el entorno competitivo de sus colegas matemáticos. Una de dos, o apelaba a la ayuda de
otro matemático (compartiendo el mérito) o lo perdía todo a manos de otro matemático o
matemáticos. Optó así por cooperar con Richard Taylor para completar la demostración. Y
gracias a esta elección, ambos salieron ganando del dilema socio-cognitivo. Al último,
Wiles y Taylor escribieron un esclarecedor artículo juntos.
386
Barnes (1994 [1985]) ha iniciado la aplicación de la teoría del cálculo racional no tanto a los científicos
como a las consecuencias sociales de ciertas técnicas calculadas según intereses individualistas, si bien
admite que los científicos son tan vulnerables a ellas como cualquier otro grupo o profesión. Por
consiguiente, critica el concepto de racionalidad vinculado al comportamiento egoísta. Adicionalmente,
destaca el papel del contexto social en que se desarrollan la ciencia y la tecnología, aventurando una
obligada comprensión de la relación entre la evidencia científica y los juicios y decisiones colectivos. Con
todo, él prefiere no aplicar este análisis directamente a las elecciones de los científicos pues conserva la
utopía cientifista de que la ciencia debería de ser ella misma un mecanismo de racionalización social,
dejando en la penumbra las acciones individuales de esos científicos.
387
Ver nota de Tim Folger “Sure, Pierre. Sure you knew”, Discover, 1(15):61,1994 y mucho mejor, el artículo
de Goldstein (1995); también la nota “Así se solucionó el defecto en la demostración del teorema de
Fermat”, El País, 15/II/95:33.
405
Claro está que este fenómeno de la cooperación estratégica ha sido pasado por alto
con demasiada frecuencia. Desconocemos por ello cuál sea su efecto real sobre la actividad
científica. En gran medida, seguimos creyendo que la motivación del reconocimiento
personal -aunque pueda ser disfuncional- es la única de las alternativas posibles. En ese
sentido concebimos a los científicos como individuos de un solo propósito egoísta,
capacidad que solo poseen las máquinas con inteligencia artificial. Y en cierta forma nos
colocamos pasos atrás de Hobbes. En efecto, para él, el hombre era un ser
fundamentalmente antisocial, en continua disputa por la competencia, la desconfianza y el
deseo de fama.388 Pero también es innegable que su solución fue un solución cooperativa
bajo el dominio de un actor central tomando decisiones por los concertadores del contrato
social, a los que se imponía la estrategia cooperativa. En las ciencias, es probable que este
poder lo ejercieran por un tiempo la autoridad escéptica de las comunidades de científicos.
Pero como asentamos al inicio del estudio, hay crecientes evidencias de que esas
comunidades se están desorganizando. Es harto significativo que en el escándalo
Baltimore-Imanishi, el “juicio de iguales” de los NIH (National Institutes of Health) no
pudo solucionar la disputa y fue la Suprema Corte la que tomó la última decisión, que para
entonces ya había derivado en demanda legal.389 También el caso de la fusión fría de Pons
y Fleischmann se originó precisamente como una disputa entre científicos por apropiarse
del supuesto descubrimiento, pero lo interesante aquí es que la autoridad nunca residió
entre los pares, sino en la prensa (Lewenstein,s.d.). A falta de control social o comunal, es
la guerra, la incomunicación y el escándalo. Desde luego que la cuestión no siempre
deviene de conflictos como los referidos, es solo que éstos hacen más ostensibles los
dilemas implicados. En otros términos, hay indicios de que la cooperación científica se está
convirtiendo en un asunto clave para el adecuado funcionamiento de la investigación en
388
Paden (1997) analiza este punto de Hobbes: dentro de su estado de la naturaleza, la gente racional
(egoísta) bien puede establecer una sociedad civil sin obligarse a cooperar con una soberanía absoluta. Bajo
el contexto de un dilema sinfín, en que la competencia sea ilimitada, es dable deducir que elegirán la no
cooperación tal como hacen los prisioneros incomunicados. Más aún si son jugadores de una sola estrategia,
o sea maximizadores de suma cero. En ese estado, la cooperación resulta poco valiosa. Propone entonces
investigar primero la psicología de los competidores involucrados en un conflicto.
389
Nota de David H. Freedman, “Who’s to Judge?”, ibidem, pp.78-79; sobre el curso de la disputa y sus
pormenores, ver notas aparecidas en Mundo Científico, 108(10):1193 y “The Antibodies that Weren’t”, en
Newsweek, abril, 1991:45.
406
gran escala.390 Sin ella, me temo, la eclosión de masas críticas y el progreso mismo del
conocimiento será mucho más difícil de conseguir.
¿Cooperar o luchar?, he ahí la cuestión crucial en que se debaten nuestros
arqueólogos en la antesala quinquenal del siglo XXI, la causa misma de sus interacciones
más habituales y sugerentes. Las elecciones y actitudes individualistas o egoístas parece
ser la impronta característica de ellas. No solamente consisten en que mentalmente cada
arqueólogo o arqueóloga crea que sus hallazgos personales son esenciales para la
ontológica y epistemológicamente fragmentada historia cultural del “México
prehispánico”(noción intrínsecamente contradictoria desde el momento en que México no
existía en la época prehispánica). Sino que en sus iterados juegos de competencia por
sobresalir sobre los demás -que es la lógica de la ganancia en la originalidad del
descubrimiento o de su interpretación, su cursus honorum-, la estrategia dominante en cada
uno de ellos sea pretender ganar lo que el otro pierde en reputación. Se trata, por cierto, del
juego más elemental conocido, porque las ganancias y las pérdidas están balanceadas en
cero, pero también es el juego que mejor se adapta a la organización de la arqueología
mexicana y su sistema de recompensas. El carácter único y personalizado asignado al
descubrimiento o a la interpretación no precisan comunicación en este contexto y crean el
supuesto de que la competencia concluye en una sola partida. El que se le practique
repetidamente puede conllevar la búsqueda no de otros puntos de equilibrio o de
compromisos, sino de plano aventajar al oponente. Y con ello, la eclosión de una situación
generalizada de competencia, desconfianza y de ávido apetito de fama, la bellum omnium
contra omnes, la guerra de todos contra todos, y el individuo actuando como el archeologus
archaeologo lupissimus, como su natural expresión social.391
390
Varios analistas (Miquel, Shinozaki-Okubo, Narvaez y Frigoletto, s.d.) se han preguntado también si los
científicos están abiertos realmente a la cooperación internacional. Usando bases cientimétricas, han
abordado el problema como una cuestión de copublicaciones. A mi juicio, las publicaciones colectivas son la
expresión de la cooperación, no la cooperación en sí.
391
La famosa frase, que viene de Plauto originalmente (homo homini lupus), se la debo al prehistoriador
gallego Carlos Alonso del Real, a quien tuve oportunidad de conocer poco antes de su fallecimiento.
Agradezco también que gracias a la comunicación de su experiencia personal, fue que comencé a prestar
mayor atención a las influencias alemanas sobre la arqueología mexicana, influencia que comparte con la
prehistoria española.
407
Empero, si procuramos ir más allá de nuestra feroz analogía competitiva, debemos
recordar que Hobbes sostenía además que si los miembros de una sociedad nunca se
comportan cooperativamente, sus vidas serían “solitarias, pobres, repugnantes, brutales y
cortas”. A su manera, Gándara (1992:80-81, cursivas mías) ha afirmado algo parecido,
cuando escribe:
En resumen, lo que se había logrado -y aún subsiste- es una arqueología dividida,
neurotizada y enfermiza, sin recursos profesionales para ventilar las diferencias de enfoque
y, por lo tanto, una arqueología sin cohesión ni fuerza para exigir lo que le es indispensable,
o bien para oponerse a lo que le es inaceptable.
392
El dilema consiste de dos elecciones básicas: cooperar o competir. Cuando dos jugadores actúan
cooperativamente, cada uno consigue mejores pagos. Pero eso no lo saben. Y una vez que un jugador ha
escogido su estrategia, el otro consigue mejorar actuando individualmente. Si el juego es de una partida, la
estrategia óptima es obrar egoístamente. Si se repite varias veces, es conveniente cooperar. Si se sabe que
el número de partidas a jugar es finito, se presenta una paradoja regresiva: en el penúltimo juego se
traiciona al compañero y así sucesivamente, lo que hace insostenible la cooperación hasta en su comienzo.
Si el juego se repite indefinidamente, y los pagos son atractivos, puede en cambio persistir la cooperación.
Los experimentos no confirman del todo estas conclusiones, pero sí las simulaciones con juegos espaciales
por computadora.
408
sino que por igual son permisibles bajo las condiciones sociocognitivas de la normalidad en
que se trabaja. No extrañe entonces que así como se rehuye el problema del cambio teórico
progresivo no agregativo, la cuestión del comportamiento ético sea igualmente evitada.
Representa una clave el que en este terreno el que las únicas referencias accesibles sean los
debates éticos de los arqueólogos norteamericanos, nunca de los propios mexicanos.393
Hasta los más vergonzosos escandalos que van contra el conjunto de la disciplina no pasan
de ser “asuntos técnicos”, solucionables de manera restringida y secreta por los
directamente interesados.
Ahora bien, de la parábola de la Guerra del 47 de Navarrete tomamos la enseñanza
moral de que así como México perdió la mitad de su territorio por las acciones
personalistas de sus generales, la arqueología mexicana perdía mucho con las decisiones
egoístas de sus arqueólogos. Se sigue que la estrategia óptima es la de cooperar, pero
también que es una estrategia ideal. Supondría que todos los arqueólogos tienen una
opinión uniforme sobre la forma de actuar y valorar la arqueología. De ser así, deberían ser
considerados como un solo jugador y su antagonista cualquier otro cuerpo homogéneo. Tal
parece que los únicos que podrían tener una concepción valorativa semejante serían
aquellos arqueólogos que conciben a la sociedad como su enemigo. Y éstos no son
precisamente unos cooperadores natos. De hecho, y como lo han probado los experimentos
antes citados, es probable que ignoren que están actuando como si sus interacciones fueran
parte de un complicado juego real. A mi juicio entonces, las observaciones plasmadas a lo
largo del estudio indicarían tres estrategias puestas en práctica: 1) obtención de un
minimax; 2) obtención de pagos secundarios; 3) obtención de lo que el otro pierde. Por
desgracia para ellos, el dilema del prisionero no es un juego completamente antagónico. En
realidad, supone una mezcla de objetivos conflictivos y objetivos comunes. Y el uso de
estrategias mixtas más sofisticadas que la de esconderse y manifestarse al mismo tiempo. El
problema entonces es cómo lograr la cooperación, dada de la competencia persistente.
Vayamos, pues, por partes.
393
Fernando López Aguilar, “Cuestión de ética”, El País, 23/VIII/ 95:4; en efecto, su referente son las
discusiones editadas por Lynott y Wylie para la Society for American Archaeology, Ethics in American
Archaeology. Challenges for the 1990s, SAA, 1995. Aclaro que no estoy afirmando que estos debates sean
ajenos a los arqueólogos mexicanos, sino el punto es que éstos no aborden los suyos con el mismo espíritu
abierto.
409
Las ampliamente compartidas costumbres de la evitación, la desconfianza y el
secreto están asociadas precisamente a una estrategia de supervivencia o minimax. Esta
deviene del juego más común de obtener toda la reputación arrebatándosela a los demás. El
arqueólogo o arqueóloga juegan así sobre seguro: no se obtiene mucho pero tampoco se
pierde mucho. Elster (1989) utilizó la metáfora literaria de Ulises atado al mástil de su nave
para sobrevivir al tentador cántico de las sirenas, justo para captar la seguridad de esta
estrategia, invariable en el curso seguido. La actitud de atarse o recular al aula o al
cubículo, así como la de preferir proyectos de baja intensidad (Tipo IV), sigue la misma
línea estratégica. No obstante, hay que destacar que es una estrategia sumamente racional,
pues supone que un adversario más ambicioso puede impedir una mayor fortuna si compite
con él. Una modificación de esta estategia es la de buscar otros puntos de equilibrio con el
mismo pago. Ello obliga al uso de estrategias mixtas, sobre todo si ya se desea un beneficio
privado maximizado. Ankeny ([Link] 1986:58 y 68) ha señalado al respecto la
conveniencia de un equilibrio entre el engaño y la seguridad, empleando la simulación y las
acciones solapadas.394 La actitud de servir a dos amos (Gándara 1992:165), jugando al
descubrimiento monumental y sirviendo simultáneamente al cometido interpretativo de la
disciplina como ciencia, coincide con este comportamiento ambivalente en términos
abstractos. En la práctica, esta estrategia mixta es tanto más conveniente cuanto que el
descubridor y el científico son igualmente reconocidos por el sistema de premiación a la
arqueología mexicana.
Conforme crece la importancia del reconocimiento adherido al hallazgo
arqueológico se hace factible introducir una nueva estrategia mixta, que lleva implícita
cierta dosis de cooperación. Ello se observa en los proyectos altamente intensivos y
verticales del Tipo I . En ellos, la magnitud del proyecto es correlativa de la magnitud del
pago conseguido. Un gran descubrimiento paga un gran prestigio. Cuando es este el caso,
son practicables los pagos secundarios a los colaboradores del proyecto, esto es, compartir
en medidas diferenciales y jerarquizadas el reconocimiento con el jefe de proyecto. Ello
explica la fidelidad con la que los subalternos retribuyen a éste. Bajo los raros proyectos
394
La estrategia de simular el rastro en la arqueología, tal como la ha sugerido Bahn (1993), a pesar de su
sentido sarcástico, ilustra una serie de jugadas de engaño en las excavaciones y las publicaciones.
Obviamente, los arqueólogos mexicanos no tienen el mismo sentido del humor como para ser capaces de
burlarse de sí mismos.
410
del Tipo III, la cooperación se incrementa, pero al mantenerse el sistema de reconocimiento
dual, el sentido competitivo permanece a pesar de todo. Se entiende entonces por qué los
miembros de un proyecto actúan corporativamente contra los miembros de otro proyecto
competitivo, a pesar del egoísmo. Implica que se actúa egoístamente en grupo. Los
estudiosos han resaltado una paradoja en los juegos bipersonales de suma no nula, que
consiste en que la restricción del abanico de las posibilidades de elección, puede resultar
ventajoso para fortalecer la propia posición, pues condiciona el comportamiento del
contrario. Estos juegos permiten introducir promesas y amenazas al mismo tiempo.
Schelling (cit. Deutsch 1985:98), al estudiar la estrategia de conflicto entre los bloques
durante la Guerra Fría, observó esta mezcla de intereses. Pero asimismo que en un
contexto así, la ignorancia, la temeridad, la pobre de capacidad de comunicación o de plano
la irracionalidad podrían ser ventajosas para los contrincantes. De hecho, en situaciones de
menor envergadura, es usual que se juegue al azar y sin razonar en absoluto.
Al penetrar de plano en estos juegos (como el de los “dos generales en combate”), la
competencia se ha hecho la estrategia dominante. Ya no hay puntos de acuerdo posibles,
sino que se procura ostensiblemente arrebatar los bienes y reputación a los demás. La
concepción paramétrica del resto de los actores hace en verdad imposible imaginarse en el
lugar del oponente y mucho menos asumir los beneficios sociales de la cooperación. Las
pasiones de descubrir o de encumbrarse en el vértice honorífico corresponden a esta manera
egoísta de jugar. A este respecto, la racionalidad social podría ser, por oposición, la
expresión más pura del pensamiento estratégico, porque atempera las expectativas propias
en base a las expectativas de los demás (Elster 1989:39). Empero, hay que reconocer que
las pruebas aportadas al respecto son contradictorias. Y en ello difieren las computadoras y
los experimentadores.
De acuerdo a las simulaciones del dilema del prisionero desarrolladas por Glance y
Huberman (1994), Nowak, May y Sigmund (1995) y Lloyd (1995), existe en efecto una
tendencia a la cooperación, pero ésta se hace más paradójica que nunca. Se observa así que
la transición de la competencia a la cooperación (y viceversa) se produce rápida e
inesperadamente. Todos coinciden en que la cooperación suele darse en grupos reducidos
con intensa comunicación. Bajo organizaciones muy jerarquizadas, la cooperación está
delimitada a grupos o facciones usualmente colocados en las jerarquías más bajas o bien,
411
cuando se trata de poblaciones sedentarias, en grupos vecinales muy próximos
territorialmente. La simulación espacial del dilema del prisionero se grafica como una
especie de tapete persa, con patrones definidos de cooperación y defección coexistentes y
de proporciones fluctuantes. Teóricamente entonces, la cooperación a pequeña escala puede
evolucionar en estructuras más complejas, del mismo modo a como los individuos más
cooperativos pueden dispersarse en la organización jerárquica para hacerla más eficiente
para los intereses corporativos. Sin embargo, aquí existe la ominosa posibilidad de que esos
individuos sean explotados por los actores que siempre persiguen maximizar sus ganancias
personales. Lo usual es que se llegue a estados de equilibrio en situaciones en que muchos
o pocos cooperan. Asimismo, que el tamaño crítico de un grupo y la amplitud de horizontes
tiendan a circunscribirse en grupos reducidos. No es mera coincidencia entonces que las
relaciones horizontales de reciprocidad ocurran en proyectos marginales de muy baja
intensidad y composición social.
Los juegos llevados a cabo bajo control experimental arrojan resultados más
contradictorios todavía. En ellos, hay la insistente tendencia a jugar egoístamente, por lo
que los jugadores cooperativos están destinados al fracaso. Las variables usadas han sido la
cuantía de pagos, la manera de jugar del compañero, la capacidad de comunicación y la
personalidad. Según Davis (1986), quien ha hecho una síntesis de estas experiencias, las
causas de ese comportamiento son precisamente la magnitud de los pagos y la posible
ausencia de arbitraje. Pero aún cuando se elevaron los pagos a las respuestas cooperativas,
fue sorprendente la frecuencia con que se eligió no cooperar. La desconfianza fue
apareciendo también como factor influyente, junto con la dificultad para sincronizar
acciones conjuntas bajo condiciones de incomunicación. Robert Axerold llevó a cabo
entonces un experimento con personas familiarizadas y aún expertas en el dilema del
prisionero. En ellas ¡todos jugaron contra todos!. Pero las estrategias mixtas ganaron en
complejidad. Hubo así quien siempre cooperaba, quien siempre defeccionaba, quien jugaba
a lo Pavlov (ganar-estar, perder-salir) y a lo “tit for tat” (golpe por golpe o pago igual), es
decir, según la antiquísima regla bíblica (ojo por ojo, diente por diente...). Al final, la
estrategia ganadora fue ésta última, aplicada por el mismo experimentador. En esencia, la
estrategia dicta que se empieza cooperando y luego se repite lo que hace el competidor en
cada jugada. Más en profundo, la estrategia combinaba cuatro variables: la claridad, la
412
amabilidad o compasión, la provocabilidad o capacidad de respuesta enérgica, y el olvido o
falta de rencor.395 Otra vez, las viejas y mundanas pasiones del ser humano que, como en
Descartes, son enfrentadas unas con otras.396
Sin embargo, esta estrategia teóricamente óptima -también conocida como
“estrategia burguesa”- tiene serias fallas prácticas. Cualquier mala interpretación de la
acción o un desliz egoísta pasajero puede desencadenar una “reacción en cadena” que
induzca a fuertes pérdidas mutuas. Se ha calculado que cuando eso ocurre, la mitad del
tiempo se coopera y la mitad del tiempo se defecciona. Los expertos en finanzas, mucho
más realistas que los estudiosos, han sugerido a sus clientes recurrir a una estrategia de
pago igual modificada: cooperar, sí, pero llevando un conteo riguroso de las veces que el
otro traiciona mientras uno coopera, estrategia que se sostiene hasta que la relación costo-
beneficio determine revertir por completo la estrategia cooperadora. Recomiendan también
hacer decisiones interdependientes y de absoluta confianza mutua (Dixit & Nalebuff
1991:113 y 117). Pero son más elocuentes que sugerir un poder de arbitraje: hablan de
castigar duramente a los egoístas y premiar a los cooperadores, haciendo de los pagos
cuotas bien diferenciadas y desiguales. La cuestión es, entonces, quién impone el castigo y
en base a qué poder. Ello nos remite a Hobbes, precisamente. En su caso, es muy obvio que
el Estado y sus órganos represivos imponen la estrategia cooperativa a una sociedad
conformada por actores ambiciosos. Como ya dijimos, en las comunidades científicas los
comportamientos más egoístas han sido sancionados con la exhibición pública de
deshonestidad. El problema es grave cuando las comunidades carecen de la autoridad o de
los medios para obrar concomitantemente.
395
Es decir, clara en su simpleza; compasiva, porque nunca se inicia egoístamente; provocable, porque
nunca deja a la defección sin castigo y falta de rencor, porque siempre está dispuesta a volver a cooperar si
el otro actúa así.
396
Juegos experimentales inspirados en la inteligencia emocional sugerida por el psicólogo Daniel Goleman
indican que las emociones o pasiones no solo son la base de la inteligencia racional, sino que son
imprescindibles para desarrollar la capacidad de comprensión, la perseverancia y la destreza social. Los
experimentos indican que dicha inteligencia emocional permite, precisamente, el control racional de las
pasiones, antes que reprimirlas. Con todo, la clave de tal inteligencia es la conciencia de uno mismo, el ser
inteligente a la hora de sentir, es decir, hacer lo que Aristóteles en la Etica de Nicómaco: es fácil enfadarse,
pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado adecuado, en el momento adecuado, en la forma
adecuada y con el propósito adecuado, eso no es fácil. Para ello sirve la inteligencia emocional, que no se
presta a medida numérica, pero se le advierte en acciones tales como las preferencias y elecciones; ver nota
“Las emociones y no el cociente intelectual pueden ser la base de la inteligencia humana”, El País,
8/X/95:27.
413
Hemos visto al respecto que el Consejo de Arqueología está lejos de ser la
institución de arbitraje en los diferendos personales entre arqueólogos. El mismo cuerpo
actúa como un solo arqueólogo afiliado a una sola idea de arqueología o bien en su interior
los individuos se amparan en su poder corporativo para castigar a sus competidores.
También se echa en falta la asombrosa inexistencia de instituciones intermedias de carácter
profesional y que en un momento dado jueguen colectivamente según sus propios intereses.
En este caso, el Estado no parece ser el mediador más idóneo, pues él mismo estimula el
reconocimiento a ultranza del descubridor y, eventualmente, del interpretador. Aparte del
problema del sistema de recompensas dual, el nudo gordiano parece estar en el concepto
del pasado como monumento a la nacionalidad, concepto que aprisiona tanto a los
arqueólogos como al poderoso Leviatán.
Otra vez, ¿cómo balancear la cooperación y la competencia en la arqueología
mexicana?. A lo largo de mi análisis he dejado entrever varias soluciones posibles, pero mi
suscripción de la metáfora de la Esfinge me impide seguir este camino prescriptivo. Más
bien deseo cerrar este primer círculo hermeneútico llamando la atención sobre la parábola
de Navarrete y la ética de la situación dominante. Si bien abrigo serias dudas sobre un
posible summun bonun de consenso en arqueología mexicana, dadas sus características
fenomenológicas,397 es razonable suponer que en vez de imaginar a la sociedad como un
enemigo común, se viera a la disciplina como un beneficio común. Ello bien podría incluir
valores como el progreso de la interpretación teórica o la mejoría material de los
arqueólogos. Un compromiso posible sería el de convertir una contribución minúscula al
bien común a pesar de otra mayor para beneficio propio. O buscar que las ganancias
conjuntas superaran a las individuales.
La fórmula de la medida ética de Birkhoff (1988), con su extrema simpleza
(M = G, donde M es la medida ética y G el bien logrado), posee la extraña peculiaridad -
considerando que viene de un matemático interesado en la ética y la estética- de que el bien
397
La definición exacta de las preferencias entre arqueólogos precisaría de uno o varios experimentos de
laboratorio que dudo mucho que estén dispuestos a soportar. Como dice Embree, los arqueólogos no son lo
suficientemente antropólogos para ser objetos de estudio. En Vázquez (1999), haciéndola de abogado del
diablo de Kirchhoff, introduje un experimento de quebrantamiento inspirado en Garfinkel, que permitió
demostrar que el concepto de Mesoamérica importaba moralmente tanto a sus partidarios como a sus
críticos. Indirectamente, el fracaso para constituir un colegio profesional indica que la situación de
competencia ilimitada sigue vigente.
414
obtenido implica elementos materiales e inmateriales. Entre éstos, destacadamente, la
amistad y la confianza. Bajo el dilema de optar por lo social y lo personal, los valores
inmateriales también están en juego. Y estos se suman o restan al bien perseguido. Admito
que no es irracional velar por los propios intereses, pero la fórmula de la medida ética
indica que una acción unilateral puede conllevar una sustracción de sociabilidad que no
puede eludirse. En consecuencia, sí se actúa irracionalmente cuando en aras de la
autoestima hacemos suposiciones infundadas sobre la conducta e intereses de los demás,
sobre la racionalización de los propios deseos o sobre las metas irrealizables que nos
proponemos. De modo que cuando un arqueólogo o arqueóloga se apasionen por
“coleccionar coros”, trepando sobre cualquiera, harían bien en sopesar las palabras de
Saavedra Fajardo de que las pasiones “levantan tempestades furiosas de afectos, con las
cuales, perturbada y ofuscada la razón, desconoce la verdad y aprehende las cosas, no como
son, sino como se las propone la pasión”. Vista racionalmente la tradición científica de la
Escuela Mexicana de Arqueología quizás caigamos en cuenta de que el bien más elevado a
que puede aspirar la disciplina sea el de concebir a la propia arqueología como la medida
ética máxima. Qué tanto consiga serlo, es algo que los futuros arqueólogos mexicanos
decidirán.
415
POST SCRIPTUM
Esta obra guarda sus propias paradojas. Quiero decir que ha sido posible cuando ya
era imposible. También que, contra los malos augurios, se mueve. Y que lejos de venir a
dictar precepto alguno, abre la perspectiva de la comprensión de nosotros mismos. Sobre la
primera paradoja diré que inicié esta pesquisa justo en el momento en que me había
resignado a olvidarla. Sucede que habían pasado tres años desde que la propuse como
proyecto de investigación a mis entonces directores del Centro INAH Puebla y de la
Coordinación de Centros Regionales, solicitando su aprobación.398 Me dijeron, al primer
año transcurrido, que se les había extraviado en algún escritorio; al segundo, que no
resultaba prioritario. A la tercera negativa, mi jefe inmediato se sinceró ante el visible
desconcierto reflejado en mi rostro: “Se ha echado usted a poderosos enemigos”. No dijo
más. Dio por sobreentendido su mensaje. Fue hasta que hablé con una arqueóloga miembro
del Consejo de Arqueología que entendí realmente: me confió que el proyecto había sido
vetado simplemente porque proponía una sociología de la arqueología, parte de un objetivo
mayor de estudiar la condición de la investigación dentro del INAH. No había nada más
que hacer. O cambiaba de proyecto, o mi doctorado se iba al traste. Sin apenas saberlo,
estaba en graves aprietos. Por fortuna, no todo había sido tiempo perdido. Durante ese
periodo me dediqué a indagar sobre la historia de la arqueología al mismo tiempo que sobre
la comunidad científica de la que era miembro (Vázquez 1993, 1994,1995). Con todo, las
perspectivas futuras no eran nada halagüeñas. Se imponía un urgente cambio de objeto de
estudio.
398
En el INAH, los recursos de la investigación son asignados presupuestalmente por el gobierno federal, no
son conseguidos por los propios investigadores de otras fuentes de financiamiento.
416
control cultural, base de su obra máxima, México Profundo. Una civilización negada (1990
[1987]) y de otros ensayos más puntuales (Bonfil 1993 y 1995). Esta coincidencia se podría
sintetizar bajo la pregunta: ¿cómo constituir una cultura autónoma indígena si antes había
sido enajenada por el monopolio estatal sobre su pasado?. La misma cuestión había
empezado a ser debatida entre mis colegas antropólogos del Instituto Nacional Indigenista,
en relación a los primeros intentos de elaborar una ley indígena que viniera a reglamentar la
reforma constitucional del artículo 4º, donde se consagra el principio del derecho colectivo
de las comunidades étnicas de México. Si en México Profundo se establecía una relación
retórica entre el pasado y presente de estas comunidades, de lo que ahora se trataba era de
establecer derechos efectivos sobre el uso común del esos bienes públicos llamados
monumentos arqueológicos de propiedad federal.
417
Segunda paradoja. ¿Cuál ha sido entonces su movimiento a pesar de todo?. Al
respecto ha habido lo mismo críticas positivas que negativas. Las primeras han tomado la
forma de comentarios hechos a través de diferentes recensiones o presentaciones de la
primera edición del libro. Con la excepción de un largo comentario hecho por el Dr.
Fernando Leal Carretero en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la
Universidad Autónoma de Puebla el 18 de Abril de 1997, todas las demás han sido
publicadas y son de acceso público.399 Las segundas han sido en su gran mayoría de
carácter informal –han ido de boca en boca-, pero solo una se centró, por escrito, en la
metodología etnocientífica usada. Corresponde a la de un dictaminador anónimo que supo
captar algunas implicaciones de este enfoque, pero que critica desde la postura de ciertos
“estudios antropológicos de la ciencia”, con los que en verdad no coincide.
399
La de Fernando López Aguilar en Cuicuilco (9:151-156, 1997); la de María Isabel Martínez Navarrete en
Trabajos de Prehistoria (2:181-183, 1999 ); la de Blas Román Castellón Huerta en Inventario Antropológico
(6:182-191, 2000) y en [Link] por último Ignacio
Rodríguez García hace prudentes comentarios dentro de su artículo “El presagio de un prestigio: un año de
Actualidades Arqueológicas”, Actualidades Arqueológicas (8:5-7, 1996).
400
“Es importante hacer esto –escribe mi crítico anónimo-, pues los estudios antropológicos de la ciencia
(sic) han criticado a la etnociencia por su postura jerárquica al proponer que ‘otras culturas’ tienen
‘etnociencia’, mientras el etnocientífico hace ‘ciencia’ (y por ello sus proposiciones son ‘verdaderas’)”. Esta
postura contradice la expuesta por Giddens desde 1976 (1997), en la que establece el dictum de que las dos
actividades, la del científico y la del lego, no se mezclan, sino que apuntan a racionalidades diversas.
¿Cientificismo? No, nada de eso. En la crítica de Giddens a la etnometodología se establece la inadecuación
de su postura conocida como “indiferencia metodológica” para efectos de la doble hermenéutica. Más aún,
él asimila ideas etnometodológicas dentro de su teoría de la estructuración social (Giddens 1986).
418
cuestiona evidentemente una hagiografía científica de la que participan a menudo y que
necesitan creerse los científicos” (Bordieu 2000: 63). Contradictorio, porque antes
establece que “la sociología tiene todas las propiedades que definen una ciencia”. ¿Hacen lo
mismo los sociólogos de la ciencia, a pesar de que desafían a la ciencia?. Tengo la sospecha
de que sí, de que su reto nace más bien de un abierto resentimiento desarrollado en
determinados contextos opulentos. Hacking (2001:159), mucho más prudente, llama a esto
un “poderoso componente desenmascarador”.
419
cierto, un relativismo débil, nunca radical hasta el escepticismo-, sino porque no nos
cuestionamos, como Bordieu, si lo que hacemos es ciencia. Mas bien es que partimos del
supuesto de que no lo es, de que nuestro conocimiento pertenece al campo de la
comprensión hermenéutica, interpretación que busca ser tan metódica y rigurosa como el
método científico. Mas lejos de oponer comprensión hermenéutica y explicación científica,
buscamos fusionarlas en un horizonte comunicativo que deje de confrontarlas como dos
culturas (inconmensurables, singulares, totales) ajenas. Lo nuestro, en el campo de estudio
de la ciencia, persigue los mismos cometidos que planteara Charles Percy Snow desde
1959: fundar una tercera cultura en el ámbito de las ciencias sociales (Le Bras 2000; Apel
1984; Snow 1977).
420
Arnonowitz 1996:8). Y lo que antes era un conocimiento socialmente construido ahora es
un conocimiento culturalmente construido –mucho más inmanente y avasallador que
nunca-, si bien deban confesar a regañadientes que así visto el conocimiento están en
rumbo de la descontextualización, la abstracción y la autorreflexión (Nelkin 1996:35). Y yo
agregaría del conservadurismo. Me cuesta trabajo creer que los mismos antropólogos
involucrados no se den perfecta cuenta de que su cruzada por la desmitificación de la
“tecnociencia” coincide con una giro derechista en su sociedad, giro que coincide con el
recorte de fondos públicos a la ciencia pura. Y de que la Guerra Fría ha regresado con
nuevos ropajes antiterroristas y orientalistas, incluida la buena ciencia militar. Pero esto es
un exceso de contextualización que no parecen dispuestos asumir. No son tan radicales
como para enemistarse con su patriotismo.
No es casual por lo tanto que cuando me ocupo del sistema de premiación entre
arqueólogos en los dos capítulos finales de El Leviatán Arqueológico, no me concreto a
describir los beneficios específicos perseguidos socialmente por ellos (prioridad del
descubrimiento, prestigio, competencia, etc.), sino que, atento a sus razones para actuar,
recurro a una teoría racional alternativa, la teoría de la elección racional, inspirada en la
teorización de los juegos por los matemáticos. Si bien ahí destaco la solución cooperativa o
de equilibrio de los mismos juegos, en especial del dilema del prisionero, y con ellos la
421
importancia de una ética de la situación de competencia en la que están inmersos, me hago
cargo de que la estrategia ganadora más racional para ellos es la de no cooperar, que es
tanto como afirmar que en una ciencia constituida de descubrimientos impactantes, la
prioridad del descubrimiento arqueológico es absoluta, es su valor máximo, social y
cognitivamente hablando. Es, por así decirlo, una ética de la ganancia a ultranza. Una vez
comprendido este doble imperativo (social y cognitivo), advierto, como lo ha hecho
Poundstone (1995: 22), que bastaría aprender que el dilema del prisionero tiene otra
solución ventajosa pero menos dañina (cooperar y competir simultáneamente), para
reconocer su extraordinaria importancia en la organización de las sociedades humanas,
inclusive en el trabajo cotidiano del científico.401 La pertinencia de esta enseñanza ha
llegado finalmente a enciclopedias antropológicas -al menos en el caso de la editada por
Adam y Jessica Kuper (Dowding 1996)-, nada distinto a como antes se implantó en la
economía, la biología, la sicología, el derecho y la propia sociología.
Vuelvo a mi crítico. Exige saber desde qué punto de vista observo la realidad
descrita, mejor aún cuál es mi “peculiar posición”, que se le antoja revanchista, y hasta
peligrosa para “personas en posiciones subalternas o socialmente desfavorecidas dentro de
las instituciones que estudió”. Pasa de largo que compartí condiciones de membresía con
los arqueólogos durante una veintena de años, y de que yo mismo me adiestré bajo el
programa de investigación conocido como “antropología integral” 402
, rasgo característico
que distingue a la ENAH de muchas otras escuelas de antropología, en que la
especialización temprana es antecedida por una socialización común en tales
especializaciones terminales. De hecho, desde fuera de México, esta peculiaridad es vista,
para el caso de los arqueólogos, como el entrenamiento bajo una “arqueología
antropológica”. Semejante apreciación la capté con toda nitidez trabajando entre los
arqueólogos españoles, entre quienes resulta extraño, aunque no inadecuado, una
arqueología así pensada (Vázquez 1996). Cabe pues la pregunta de si los antropólogos
401
La estrategia mixta de cooperar y competir (también conocida como “burguesa” o “ley del Talión”),
descubierta por Robert Axerold, fue experimentada en 200 juegos con personas que ya sabían en qué
consistía el dilema. En ese experimento, el éxito de la estrategia se basó en invitar al oponente a cooperar,
pero castigar sin falta su defección.
402
Se reconoce que fue Manuel Gamio, por influencia de Boas, quien originó este programa. Es interesante
saber que Gamio mismo lo personificaba. El trabajó durante años como arqueólogo, para luego dedicarse a
la etnología, a los estudios demográficos de la migración y a la antropología social indigenista
422
sociales surgidos de la ENAH no habrán sido entrenados en algo así como una
“antropología arqueológica”. O bien en una suerte de antropología social con influencias
etnológicas, lingüísticas, biológicas e históricas. De estar en lo correcto, no sería sino hasta
la ulterior institucionalización de la antropología social (Vázquez 1998), que esa
especialización ha sido llevada a sus últimas consecuencias disgregativas respecto a tal
programa de investigación integral. Pero es sintomático que el CIESAS siga atrayendo a
etnohistoriadores, lingüistas y sociólogos junto a los antropólogos sociales. A fechas
recientes también se están agregando arqueólogos en proyectos de investigación integral.
No obstante todo lo dicho, habría que puntualizar algo más sobre esta mezcla aparente de
enfoques. Empezaré por la etnometodología, que tanto inquieta a mi crítico anónimo.
Ni por error podría suscribir el pensamiento de que una ciencia social se permita someter
a juicio a cualquiera de las ciencias físicas y formales. Eso, para emplear términos de
Bordieu, equivale a un “imperialismo sociológico”. Desde aquí empiezan las diferencias
entonces. Ningún estudio etnometodológico estará dirigido a formular o argumentar
correctivos. Se puede autoproclamar como “la ciencia de los etnométodos”, pero nunca
en su juez. 403 Como apuntara Harold Garfinkel, incluso si tales estudios son hechos
como ironías, resultan inconvenientes. La llamada “indiferencia etnometodológica” es
uno de sus requisitos esenciales de esta aproximación naturalista, que busca abstenerse
de formular juicios sobre la adecuación, valor, importancia, necesidad o utilidad del
conocimiento comprendido. Lo que en verdad concierne a la etnometodología es el
estudio organizacional del propio conocimiento de los miembros de un grupo sobre sus
asuntos cotidianos, sus empresas y cómo ese conocimiento contribuye a ordenar su
existencia social. Garfinkel lo expresaba con estas palabras:
403
“El proyecto científico de la etnometodología es analizar los métodos o los procedimientos que la gente
usa para conducirse en diferentes sucesos que realizan en sus vidas cotidianas. La etnometodología es el
análisis de los métodos ordinarios que la gente ordinaria emplea para realizar tales acciones (...) La
etnometodología puede, entonces, definirse como la ciencia de los etnométodos...”(Coulon 1995:2).
423
etnométodos propios de la reflexividad de los arqueólogos. La historia de la arqueología
parece ser el camino más accesible para ella. No es extraño por lo tanto que de la
historia de la arqueología se transite con llaneza al papel estructurante del nacionalismo
o del romanticismo en el pensamiento arqueológico y de éstos al abordaje del contexto
político de desempeño, los grupos étnicos actuales, el saqueo y la falsificación, el
turismo y la conservación, incluso al papel del género dentro de la disciplina (Díaz-
Andreu 1997:36-38;1999:115-138; 2000:189-215; Díaz-Andreu & Sorensen 1998; Díaz-
Andreu & Champion 1996; Khol & Fawcett 1995; Trigger 1995; Bahn 1999:1-19 y 353-
373). Se apreciará a todas luces que este ha sido exactamente el mismo derrotero que he
seguido en mi rastreo de estudio.
424
Rodríguez y González (1991 [1996]), también orientada a fincar una alternativa política
distinta a la de la arqueología monumental, pero ésta vez basada en una encuesta aplicada al
personal de la ex-Subdirección de Estudios Arqueológicos del INAH. Un procedimiento
sociológico similar fue aplicado con la intención de intervenir conductivamente en la
profesionalización de la arqueología de salvamento, si bien, junto a la encuesta, iba
implícita una historia de esta especialización.404
Del mismo autor (López y Pulido 1991) tenemos una revisión de los planes de
estudio de la Especialidad de Arqueología de la ENAH (a nivel de licenciatura) entre 1941-
1991, esfuerzo que anuncia una futura etnografía de la socialización profesional del estilo
de Levinson (1991), pero de momento inclinada hacia el estudio temático, parecido al
sugerido desde la historia de la ciencia por Holton (1985), sin adoptar de plano su
metodología, que Holton mismo equiparaba a la del antropólogo social o del etólogo.
Quizás la mayor afluencia de trabajos reflexivos la encontremos en la historia y la
sociopolítica de la arqueología (Panameño y Nalda 1979; Gándara 1980-1981;Gándara et
al.1985;Gándara 1991; Morelos et al. 1991:15-28; Ruiz 1992 y 1993; Rodríguez 1993).
Como quiera que les evalúe, esta serie de trabajos tienen en común recurrir a otras
disciplinas de estudio social o humanístico (historia, sociología, política, filosofía), que
rebasan el preterismo405 obligatorio de su disciplina, al tiempo que reflejan su propia visión
del mundo. Es notable asimismo que algunas de estas aproximaciones internas hayan
logrado superar con extraordinaria naturalidad la idea de que las condicionantes
sociopolíticas son "aspectos externos" de la disciplina, al tomar conciencia de que "no
existe trabajo arqueológico sin una vinculación con la realidad que vive el arqueólogo"
(Panameño y Nalda 1979:113), lo que es tanto como interiorizar a dichas condicionantes,
aunque se les siga viendo como predominantemente políticas.
404
Su autor dejó a medias esta indagación (relativa a su tesis de su maestría en etnohistoria), por lo que sólo
conozco los avances que me facilitó hasta antes de hacerse cargo de la Subdirección de Salvamento
Arqueológico del INAH (López Wario, s.d.).
405
De pretérito. Prefiero este neologismo a emplear la palabra “arcaísmo” mucho mejor, pero con
connotación de “anticuado”, aunque de antigüedades se trate.
425
sí hice fue llevarlos a sus últimas consecuencias. Fue el caso de Imre Lakatos, y hasta cierto
punto de Thomas S. Kuhn. La comparación de programas de investigación teóricos y de los
proyectos arqueológicos prácticos fueron hechos respetando la metodología lakatiana, y no
tanto porque fuera mi preferida. En lo personal, me siento mucho más atraído por la
metodología del análisis estructural de la ciencia que, sin dejar de interesarse por la
epistemología, apunta mejor hacia la ontología de la práctica científica. Pero en vista de la
regla metodológica asumida, elegí mejor la de los etnométodos que estaban siendo
explorados por estos arqueólogos. Solo en uno de los casos abordados me permití
introducir algunas ideas avanzadas por Ulises Moulines.
426
tratamiento aparte cada una, con la salvedad del occidente de México, que sí encaré. No
obstante, convendría con él en que pasé por alto un tópico más importante y que estaba
presente en la discusión de la incomensurabilidad lingüística de Kuhn: la especialización de
campos en el seno de las comunidades científicas.406 Esta evolución del conocimiento
genera grupos que gradualmente instrumentan sus propias revistas, discusiones,
departamentos y hasta léxicos distintivos (Kuhn 2000: 90-104). En lo que a la
arqueología realizada en México se refiere, convendría sopesar el fenómeno de que revistas
especializadas tales como Mesoamérica o Ancient Mesoamerica estén inmersas en este
proceso de especialización que acaece entre los arqueólogos de lo maya.407
406
Bahn (1999: 355) observa que la especialización en el seno de la arqueología mundial está fragmentando
a la ciencia en una diversidad de investigaciones, ideas y estrategias que, en ocasiones, impiden la
comunicación en la transmisión de resultados entre arqueólogos.
407
Desconozco si Quetzil Castañeda, en su libro In the Museum of Maya Culture. Touring Chichen Itza (1996),
y del que sé generalidades, haya cubierto este fenómeno al que hago referencia. Para un comentario al
respecto, ver Leone (2001:582-584).
427
sin ser ellos mismos juristas o abogados, se desempeñan tan conocedores del campo como
si fueran especialistas (Garfinkel 1975:15-17).
428
(Gellner 1998). Pero en el presente se ha desarrollado a través de la etnografía del habla
(Duranti 1992). Bajo esta perspectiva se concibe que el mundo social es constituido a través
del lenguaje, y permite establecer una fuerte relación entre la acción social y el uso del
lenguaje en la vida cotidiana de una comunidad lingüística concreta. Si bien mi
aproximación a este aspecto ordinario de la existencia fue en mucho intuitiva, lo hice
atendiendo a las conversaciones naturales de los arqueólogos, mediante las que me enfoqué
especialmente al uso de sus metáforas más consistentes, que eran las ligadas a sus
proyectos de trabajo de campo. La primera vez que expuse la metáfora experiencial de la
arqueología es guerra (Vázquez 1996:31-46) me sorprendió el carácter constitutivo de esta
etnografía que permitía la convergencia de mi investigación y de la reflexividad de los
arqueólogos acerca de la ligazón de su lenguaje con las acciones que emprendían. Más
tarde relacioné (mediante la observación) al lenguaje y la acción con la constitución de una
estructura social muy jerarquizada, y que en efecto coincidía con una especie de rangos
altamente valorados, la cual dotaba de gran coherencia al lenguaje metafórico, y lo hacia
traducirse en actividad organizada. En efecto, su lenguaje hacía cosas. Pero igual ocultaba
los aspectos cooperativos de la actividad científica, de ahí mi énfasis en la solución no
egoísta de sus juegos de competencia real.
A pesar de ser ampliamente reconocido que una de las mayores influencias que
experimentó la etnometodología fue la sociología fenomenológica y comprensiva de Alfred
Schütz, sus seguidores obviaron mucha de la herencia hermenéutica que se les legó por esa
vía. Así las cosas, no solo hice referencia a una “fenomenología de la arqueología” –esto es,
la experimentación del mundo de modo intersubjetivo entre sus miembros por medio del
lenguaje-, sino que destaqué con más fuerza el uso de la hermenéutica ontológica. Sobre el
particular, resultará a primera vista una pieza insólita el que Gadamer comparta créditos
con Lakatos, un popperiano. No lo es si admitimos, con Popper, que la interpretación y la
comprensión están anclados en su “mundo 3” –el mundo de las ideas en sentido objetivo-,
lo mismo que las explicaciones (teorías) del mundo de los objetos físicos. Toda
interpretación, por más subjetiva que pueda ser, hace referencia a ese “mundo 1”, de las
429
cosas físicas.408 Pero si no percibo una exclusión entre Lakatos y Gadamer, mucho menos
la encontré entre fenomenología y comprensión. Justo una apreciación análoga a esta ha
sido desarrollada por la crítica positiva efectuada por Giddens para con Garfinkel y la
hermenéutica (Giddens 1997).
430
fascinarse con el prospecto de ser sujetos de estudio etnográfico” (Embree 1989:29). Pese a
ello, su objeto son los métodos de estudio de esta tradición, cómo se relacionan éstos
arqueólogos con sus respectivos objetos de estudio, fenomenológica e internalistamente, tal
como podría ser el caso, por ejemplo, de su empleo de la observación arqueológica
(Embree 1989a:70-74; 1992:165-193). En suma, se podría decir que sus propósitos de
conocimiento filosófico prevalecen, independientemente de los de los fines normativos de
una filosofía de la arqueología realizada por los arqueólogos para sí mismos.
409
Habermas (1989:105) ha criticado la absolutización de la tradición al momento de trascenderla,
preocupación que comparto ante el arraigado tradicionalismo: “Cuanto más sean las tradiciones culturales las
que de antemano deciden qué pretensiones de validez, cuándo, dónde, en relación con qué, por quién y frente
a quién tienen que ser aceptadas, tanto menor será la posibilidad que tienen los propios participantes de hacer
explícitas y someter a examen las razones potenciales en que basan sus tomas de postura de aceptación o
rechazo”.
431
del mesoamericanismo que congrega a buena parte de la arqueología mexicana (Vázquez y
Rutsch 1997; Vázquez 1999), praxis y comprensión son reunidos aquí bajo el concepto de
tradición.
Nótese, por último, que esta vez por vía de la hermenéutica textual, volvemos al asunto
de la literariedad del trabajo arqueológico.410 Si me impuse la tarea metódica de leer una
masa enorme de artículos, libros e informes fue porque deseaba comprender a fondo el
conocimiento de los arqueólogos. Nada de eso hubiera sido necesario de haber sido un
completo extraño a la arqueología. Es verdad que, siendo yo mismo investigador del INAH,
se me impidió consultar el archivo del Consejo de Arqueología. O que se hizo caso omiso
de una encuesta dirigida a los Proyectos Especiales, entonces en el centro del espectáculo
del poder patrimonialista. Así y todo, la vía textual de comprensión me permitió superar
estos obstáculos para propio beneficio del enfoque etnometodológico utilizado, resultando
en lo que se conoce como “método documental de interpretación” entre etnometodólogos
de la pedagogía.
Pero todo hermeneuta sabe a la perfección que la comprensión del otro –sea un texto,
una cultura, un grupo o una historia- conlleva la simultaneidad del fenómeno de la
comprensión de uno mismo. Gadamer ha utilizado las palabras de Kant para resaltarlo:
somos ciudadanos de dos mundos, el saber y la experiencia, y sin embargo, hay una
vinculación del intérprete con el sentido que intenta comprender, que sería otro sentido de
objetividad que en el caso de las ciencias naturales (Gadamer 1990:110). La misma doble
motivación exegética de la hermenéutica ha sido denominada como el efecto combinado de
una “voluntad de escucha” y una “voluntad de sospecha” (Ricoeur 1987 y 1992). El punto
en cualquier caso es que siempre habrá un encuentro con uno mismo, reconociendo lo
común en los otros y los de otra clase. La misma etnometodología no podría alejarse del
asunto de la comprensión de nosotros mismos. Desde luego lo hace manteniendo una
versión débil de la relación sujeto y objeto, pues persigue una visión íntima de un mundo
social particular. “Para hacerlo es necesario estar tanto en una posición externa y ser
410
“Literariedad” me parece un término más adecuado al de “alfabetización” de uso común. Ya que es algo
más que la capacidad de lectoescritura, me refiero con ello a la capacidad de crear y comunicarse por medio
de textos especializados.
432
participante en las conversaciones naturales en las que emergen las significaciones de las
rutinas de los participantes” (Coulon 1995:48). Pero si asume algún involucramiento como
estrategia necesaria de investigación, la comprensión no solo buscará explicar los métodos
realizados en todas las prácticas sociales, sino comprender las propias.
En el capítulo final del libro digo algo así como que los arqueólogos se han adelantado
a lo que hoy es una práctica común de la ciencia postacadémica: su involucramiento con el
mundo de la política, de la política cultural, de la política de investigación. Para Ziman
(1999) este nuevo mundo intrépido reclama un mayor control ético sobre prácticas
intensamente individualistas y cada vez menos comunitarias entre los científicos. Ya que
coincidimos, su apreciación nos sirve para cerrar el círculo de esta indagación. Estando en
ese punto, nunca estará de sobra decir que el dilema del prisionero de los arqueólogos es
también nuestro dilema. Y que sus dificultades con el absolutismo leviatánico de la
administración patrimonial pueden ser equivalentes a las dificultades con la administración
de la ciencia y la tecnología, hoy también interesada en una “ciencia práctica”, si no más al
servicio de una burocracia nacionalista, sí para el usuario empresarial de vocación global
que ha venido a apoderarse de México. En suma, estoy afirmando que tenemos que
aprender de la experiencia de los arqueólogos. Y apreciar lo que tenemos de común. Quizás
porque nosotros mismos hemos que lidiar con nuestro Golem empresarial. El Golem, en la
mitología judía, es una criatura poderosa pero potencialmente peligrosa. El Leviatán en
cambio es poderoso pero descuidado. Así las cosas, puedo decir que lo extraño que una vez
me resultaron los arqueólogos ahora me resultan cercanos.
433
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