Revista Epistemología, Psicología y Ciencias Sociales
Siete mitos epistemológicos de
la antropología
Seven epistemological myths of anthropology
Recibido: 27-02-2021 Sergio Morales Inga
Aceptado: 28-08-2021 Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Publicado: 29-12-2021
[Link]
Resumen Abstract
En la discusión sobre el carácter científico de la In the discussion on the scientific character of
antropología podemos identificar dos posturas anthropology we can identify two relatively
relativamente opuestas: la positiva, para la cual opposed positions: the positive one, for which
la antropología es una ciencia tan rigurosa como anthropology is as rigorous a science as physics
la física o la biología, y la negativa, según la cual or biology, and the negative one, according to
no es una ciencia ni puede serlo, ya que forma which it is not a science and cannot be, since it
parte de las humanidades. Aunque casi nunca is part of the humanities. Although almost
manifiesta, la creencia en el carácter no científico never manifested, the belief in the non-
de la antropología no solo existe, sino que resulta scientific character of anthropology not only
influyente. Usualmente, los argumentos para exists, but is also influential. Usually, the
sustentar dicha postura refieren a lo que la arguments to support such a position refer to
antropología no puede realizar: formular teorías, what anthropology cannot do: formulate
leyes o predicciones, a diferencia de las llamadas theories, laws or predictions, unlike the so-
ciencias duras. ¿Qué tan cierto es esto? called "hard sciences". How true is this? Using
Empleando literatura clásica y contemporánea, el classic and contemporary literature, this article
presente artículo cuestiona siete mitos questions seven epistemological myths of
epistemológicos de la antropología, divulgados anthropology, spread by those who deny its
por quienes niegan su carácter científico: a) no scientific character: 1) it does not use
emplea técnicas cuantitativas, b) no aplica quantitative techniques, 2) it does not apply
métodos formales, c) no utiliza diseños formal methods, 3) it does not use
experimentales, d) no postula teorías, e) no experimental designs, 4) it does not postulate
predice fenómenos, f) no formula leyes y g) no theories, 5) it does not predict phenomena, 6)
interactúa con otras ciencias. Aportando it does not formulate laws, and 7) it does not
evidencia, la finalidad del artículo es contribuir a interact with other sciences. By providing
una mejor discusión sobre el carácter científico evidence, the purpose of the article is to
de la antropología. contribute to a better discussion on the
scientific character of anthropology.
Palabras Clave: antropología,
experimentación, método científico, predicción, Keywords: anthropology, experimentation,
teoría prediction, scientific method, theory
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Siete mitos epistemológicos de la antropología/ Sergio Morales Inga
La antropología, ¿una ciencia?
En las facultades de ciencias sociales y hasta en la misma literatura académica hay un rumor
sobre la antropología: no es una ciencia. Hasta hace algunas décadas, por influencia de ciertas
corrientes, el consenso en torno al carácter no científico de la antropología era marcado. A
fines de los 80s, O’Meara (1989) sostuvo que, lo que inició como un sano intento de
cuestionar la disciplina, “se ha convertido últimamente en el argumento extremo de que una
ciencia empírica de los fenómenos humanos es imposible o inapropiada” (p. 354). Aunque
discutir el origen epistemológico de tal creencia no es materia de este trabajo, las
preocupaciones por el carácter científico de la antropología han estado presentes desde su
origen y se arrastran, como veremos, hasta lo más reciente de la literatura antropológica. Lo
que es peor, gran parte de las discusiones ignoran que hay muchos argumentos por considerar.
A fines del siglo XIX, Tylor (1871) sostuvo que la antropología era la ciencia de la cultura
cuyo objetivo era formular las leyes del pensamiento y la acción humana. Posteriormente,
aunque con matices, Boas (1932), Benedict (1959), Linton (1936), Malinowski (1944) y White
(1949) también la concibieron como la ciencia de la cultura. A mitad de siglo, Evans-Pritchard
(1951), Kroeber (1952) y Redfield (1953) introdujeron otra perspectiva al considerarla una
ciencia histórica. No obstante, pese a las divergencias, todos coincidían en que la antropología
era una ciencia. El giro hacia una postura negativa se gestó tras las obras de Geertz (1973),
quien sostuvo que la antropología debía ser “no una ciencia experimental en busca de leyes,
sino una [ciencia] interpretativa en busca de significados” (p. 5). El impacto del geertzianismo
hizo que muchos asumieran que la antropología era una ciencia blanda porque la conducta
humana no puede explicarse científicamente, sino interpretarse literariamente (Kahhat, 2003;
Reynoso, 1995a). Esto implicó abandonar el método de las ciencias naturales y abrazar el estilo
de las humanidades: explicación por interpretación.
No obstante, la idea de que la ciencia es muy rígida para comprender la conducta humana
reposa sobre un conjunto de vicios epistemológicos: considerar al empirismo lógico (Círculo
de Viena) como un modelo de ciencia válido, pretender que criticar la noción de objetividad
implica derrumbar la ciencia, sostener que la cultura dota a los fenómenos humanos de
irracionalidad o arbitrariedad (haciéndolos inexplicables), realizar una lectura limitada del
concepto de interpretación o sostener que las acciones humanas no tienen causas (como los
fenómenos biológicos o físicos) sino significados, por ende, las explicaciones causales son
imposibles y hasta inmorales (O’Meara, 1989). Aunque la postura negacionista desarrolla
algunos cuestionamientos válidos sobre la adquisición de conocimiento en ciencias sociales,
O’Meara (1989) sostuvo que “sus conclusiones son innecesariamente extremas y se basan
principalmente en exageraciones y malentendidos” (p. 366). Dicho esto, no sorprende que
quienes afirman que la antropología no puede formular teorías científicas no sepan qué es
una teoría científica.
El 2010, la American Anthropological Association (AAA) generó fuertes debates al
reemplazar la palabra ciencia de su pronunciamiento institucional: mientras la antigua
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declaración sostenía que el propósito de la AAA era “promover la antropología como la ciencia
que estudia la humanidad en todos sus aspectos” (AAA, 2009, citado por Hirst, 2019, párr.
4), la nueva declaración sostenía que su propósito era “promover el entendimiento público de
la humanidad en todos sus aspectos” (AAA, 2010, citado por Hirst, 2019, párr. 5). Para
muchos, tal viraje constituyó una renuncia oficial de la antropología a ser una ciencia, si es
que alguna vez lo fue. La polémica fue tan amplia que llegó a medios como New York Times
(Boellstorf, 2010; Wade, 2010) o Cable News Network [CNN] (Landau, 2010), siendo incluso
discutida en Twitter mediante el hashtag #aaafail. Los debates generados –que reunieron más
de 170 pronunciamientos entre ensayos, artículos periodísticos, columnas de opinión,
entrevistas, blogs y podcasts– no solo cuestionaron el carácter científico de la antropología,
sino que también reanimaron aquella clásica brecha entre antropología cultural y antropología
biológica (Kuper & Marks, 2011).
Recientemente, Horowitz, Yaworsky y Kickham (2019) encuestaron a 301 antropólogos y
hallaron que el 89% consideró que la ciencia mejora el bienestar, el 31% que las cosmologías
indígenas son tan ciertas como la ciencia, el 22% que la ciencia es una manera entre tantas de
conocer la realidad, el 60% que las teorías posmodernas realizaron grandes contribuciones o
que el 54% que la actitud anticientífica menoscaba la disciplina; asimismo, el 32% consideró
que las explicaciones evolucionistas son erróneas, mientras el 57% sostuvo que constituyen
importantes contribuciones. Según Horowitz et al. (2019), hay ambivalencias sobre los
conocimientos epistemológicos, así como divisionismos con relación al papel de las teorías
evolucionistas. Como vemos, esta disputa no es tan fácil como responder sí o no, pues nuestras
concepciones sobre ciertos enfoques están inevitablemente asociadas a nuestra imagen de la
antropología como ciencia. Aunque hoy muy pocos afirmarían públicamente que la
antropología no es científica, esta no es una creencia del todo superada:
Ahora no solo se sostiene que la antropología no es una ciencia, sino que la ciencia en sí
es un modo de investigación obsoleto, independientemente de la disciplina. Los
posmodernistas argumentan que no tiene sentido, e incluso es inmoral, buscar
generalizaciones, leyes, pruebas, verificación, todo lo cual, en su opinión, deshumaniza a
las personas al objetivarlas. (Barrett, 2009, p. 33)
Acerca de la naturaleza de la antropología hay […] posiciones discrepantes entre los mismos
antropólogos; unos la consideran ciencia natural —la ciencia natural teórica de la especie
humana—, con métodos esencialmente iguales a los que se utilizan en las ciencias naturales;
mientras que otros la entienden como el estudio de la cultura, sosteniendo que no es
posible, o al menos que no resulta práctico aplicar a los fenómenos sociales los métodos
teóricos de las ciencias naturales, puesto que se trata de órdenes completamente diferentes,
y establecen una división más marcada entre el hombre biológico y el hombre cultural.
(Silva Santisteban, 2018, p. 23)
¿Es la antropología una ciencia o una de las humanidades? Ese es un debate de larga data en
círculos antropológicos con una respuesta compleja. Esto se debe en parte a que la
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antropología es un término general amplio que abarca cuatro subdisciplinas principales
(antropología cultural, antropología física, arqueología y lingüística); y porque ciencia es un
término cargado que puede interpretarse como excluyente. Un estudio no es ciencia a menos
que esté tratando de resolver una hipótesis comprobable, o eso se ha definido (Hirst, 2019).
Responder la pregunta ¿es la antropología una ciencia? es una tarea compleja que requiere
una solución vinculada al problema de la demarcación (Hansson, 2017), el tópico más
fundamental de la filosofía de la ciencia. La finalidad de este trabajo no es responder si la
antropología es científica, sino brindar evidencia para su mejor discusión. Como tal, el
presente artículo se enfoca en cuestionar siete mitos epistemológicos por los cuales usualmente
se afirma que la antropología no es una ciencia. Y es que, para los negacionistas, la
antropología 1) no emplea técnicas cuantitativas, 2) no aplica métodos formales, 3) no utiliza
diseños experimentales, 4) no postula teorías, 5) no predice fenómenos, 6) no formula leyes y
7) no interactúa con otras ciencias. ¿Qué tan cierto es todo ello? ¿Qué dice realmente la
evidencia disponible? Para cumplir tal objetivo, el presente trabajo revisa literatura clásica (de
fines del siglo XIX y mediados del XX) y contemporánea (del siglo XXI) presente en libros y
artículos científicos publicados en revistas de antropología y ciencias afines.
Primer mito: La antropología no emplea técnicas cuantitativas
Generalmente, las técnicas cuantitativas tienen por objetivo recoger datos de tipo numérico
(Roni et al., 2020). Aunque la división cualitativa–cuantitativa es objetable (Aldrich, 2014;
Reynoso, 1995b), el uso de técnicas cuantitativas ha formado parte de la antropología desde
su origen. A mediados del siglo XX, Driver (1953) sostuvo que, aunque la antropología fuera
la ciencia social que menos cuantifica, “conceptos estadísticos de uno u otro tipo se han
empleado en antropología durante más de un siglo” (p. 42). Por ese tiempo, los trabajos de
Murdock (1967) fueron fundamentales para la investigación transcultural (cross-cultural
research), un campo donde la cuantificación tiene un rol preponderante y la antropología
muestra un papel activo (Ember & Ember, 2009). En los años 70’, Johnson (1978) estudió el
empleo de técnicas cuantitativas en antropología y sostuvo que, gracias a ellas, la disciplina
ingresaba a “una fase de preocupación por las descripciones conductuales” (p. 6). Pocos años
después, Chibnik (1985) indicó que, para los años 50’ y 60’, se había incrementado el uso de
técnicas estadísticas para el análisis de datos etnográficos.
A finales de los 90’, Chibnik (1999) cuestionó que la antropología hubiera dado un giro
humanista por influencia de enfoques interpretativos y concluyó que, aunque hubo una fuerte
ausencia de cuantificación en las revistas American Anthropologist, American Ethnologist y
Ethnology, esta había aumentado notablemente en otras como Journal of Anthropological
Research, Current Anthropology y Human Organization. Uno de los manuales de investigación
más populares de la disciplina muestra con suma claridad cómo la antropología emplea
recursos cuantitativos, como el diseño de cuestionarios, la construcción de escalas o el análisis
multivariado (Bernard, 2011). En palabras de Madrigal (2012), la estadística constituye una
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parte integral de la investigación antropológica porque “nos permite abordar nuestra materia
de estudio de una manera que nos deja probar hipótesis sobre la materia” (p. 1). Hoy por hoy,
diversos estudios antropológicos incorporan al análisis de datos (o big data) como técnicas de
investigación (Beuving, 2020; Krieg et al., 2017).
Opuesta a la creencia de que la antropología no puede cuantificar, la evidencia es
contundente: diversas técnicas estadísticas han sido empleadas en la antropología desde fines
del siglo XIX hasta la actualidad para diversos problemas de investigación. Recientemente,
Williams y Quave (2019) publicaron un libro que explora cómo la antropología puede emplear
diversas herramientas cuantitativas para el manejo y visualización de datos, tales como
estadística descriptiva, modelos bivariados y correlacionales, testeo de hipótesis y modelos
comparados, en concordancia con el uso de software. Todo ello confirma la necesidad de
ahondar en el estudio de métodos estadísticos y técnicas cuantitativas desde el pregrado. Dicho
esto, en lugar de acusar a la antropología de algo que no es, procuremos seguirle el paso a la
comunidad científica.
Segundo mito: La antropología no aplica métodos formales
Según Reynoso (1995b), para que un método sea formal debe cumplir ciertos requisitos en
alguna de sus etapas: “operacionalización de los términos, análisis de los datos, consistencia
de los pasos lógicos, justificación de los enunciados, lineamientos para la replicación de los
resultados” (p. 58). Aunque en antropología ocurre que “ni las teorías formales fueron jamás
dominantes ni las teorías dominantes fueron jamás formales” (Reynoso, 1995b, p. 58), no es
cierto que la disciplina sea incapaz de formalizar el conocimiento que produce. Quizá la rama
de la antropología que más aplicó métodos formales, al menos en el siglo pasado, es la
antropología cognitiva. Uno de los ejemplos más resaltantes es el análisis componencial de
Goodenough (1956), un método formal extraído de la lingüística y empleado para el análisis
de los sistemas terminológicos de parentesco. Cercano al estudio de la cognición, el parentesco
también fue terreno idóneo para la aplicación de métodos formales y la conformación de la
llamada álgebra del parentesco (Barnes, 1980). No obstante, eso no es todo.
Reynoso (2006), quien ha trabajado el vínculo entre antropología y métodos formales,
demostró cómo una cantidad nada despreciable de métodos lógicos, matemáticos y
computacionales pertenecientes a las teorías de la complejidad —como los sistemas complejos
adaptativos, los sistemas dinámicos, la teoría del no-equilibrio o la teoría del caos, formulados
originalmente en disciplinas como física y química— han encontrado interesantes correlatos
en las ciencias sociales y especialmente en la antropología. En lo que también constituye un
balance crítico del tema, Reynoso (2006) expuso cómo tales métodos, modelos y enfoques han
estado presentes en la antropología desde los sistemas autorregulados de Nadel (1953, 1957),
la esquismogénesis de Bateson (1975) y la ecosistémica de Rappaport (1984, 1999), hasta las
sociedades artificiales de Lansing (2002, 2003). Aunque todas estas vertientes han estado
principalmente activas en los sectores angloparlantes de la antropología (los cuales han estado
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históricamente preocupados por formalizar el conocimiento), es pertinente destacar que
esfuerzos semejantes también se realizan en idioma castellano.
Díaz et al. (2007), miembros del Grupo Antropocaos de la Universidad de Buenos Aires,
aplicaron diversos métodos formales y computacionales para el análisis de datos etnográficos
y arqueológicos: modelos basados en agentes, autómatas celulares, modelos de percolación y
difusión o análisis de redes. Para Díaz et al. (2007), tales métodos “se proponen como una
nueva forma de investigación abierta a mucha experimentación y desarrollo teórico” (p. 35).
Tal como ocurre con el mito anterior, esta clase de herramientas y recursos suelen estar muy
alejados de los planes de estudio de las facultades latinoamericanas, las cuales optan por
enfoques discursivos y estilísticos de hacer antropología, en desmedro de las estrategias
formales. Dado que las mejores escuelas de antropología, aquellas bien ubicadas en los
rankings internacionales, crean e impulsan este tipo de herramientas, lo debido es seguirles el
paso. La idea de que la antropología es una ciencia incapaz de emplear métodos formales,
lógico-matemáticos o computacionales se revela inadecuada.
Tercer mito: La antropología no utiliza diseños experimentales
La experimentación es considerada el sello distintivo de la ciencia moderna. Disciplinas como
física (Smith, 2020), biología (Quinn & Keough, 2002), economía (Banerjee & Duflo, 2017)
o psicología (Martin, 2008) realizan diversos experimentos para testear hipótesis y formular
teorías científicas. Los diseños experimentales más comunes son los experimentos puros, los
cuasiexperimentos y los pre- o pseudo-experimentos (Cash et al., 2016). En ciencias sociales,
tales diseños son empleados, aunque con menor regularidad; los más comunes son los
experimentos naturales (Diamond & Robinson, 2010; Dunning, 2012), los experimentos de
campo (Baldassarri & Abascal, 2017) y los experimentos naturalísticos (Bernard, 2011). En
antropología, la problemática no es muy distinta. A inicios del siglo XX, Bartlett (1937) sostuvo
que el mejor consejo que había recibido para su formación fue tener “una instrucción
exhaustiva en los métodos experimentales del laboratorio psicológico” (pp. 416-417). Como
tales, los experimentos han estado presentes en antropología, desde el método comparativo de
inicios del siglo XX (González, 1990) hasta estudios sobre categorización racial de fines del
siglo XX (Byrne et al., 1995; Harris et al., 1993).
Actualmente, mucha investigación antropológica emplea diseños experimentales
(mayormente de corte natural o de campo), inaugurando lo que especialistas de la Universidad
de Connecticut llaman antropología experimental. Así, uno puede hallar experimentos sobre
racionalidad económica (Chibnik, 2005; Henrich et al., 2005), efervescencia colectiva
(Xygalatas, 2014), neuroantropología (Lende & Downey, 2012), sistemas cognitivos
(Kronenfeld, 2018), conducta ritual (Jackson et al., 2018), evolución cultural (Boyd &
Richerson, 2005), evolución cognitiva (Gamble et al., 2014), aprendizaje social (Van Leeuwen
et al., 2018), entre otros. Considerando esta evidencia, es equivocado afirmar que la
antropología sea incapaz de realizar experimentos como las ciencias básicas o naturales.
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Especialidades renombradas de la disciplina, como la antropología cognitiva (Kronenfeld et
al., 2011), la antropología biológica (Larsen, 2010) y la antropología evolucionista (Henrich,
2016), recurren constantemente a diseños experimentales. En lugar de creer que la
antropología es incapaz de experimentar, procuremos que los cursos de metodología incluyan
la experimentación. Caso contrario, la ciencia avanzará sin que podamos alcanzarla.
Cuarto mito: La antropología no postula teorías científicas
Las teorías son el producto más importante de la ciencia, pues el científico tiene por objetivo
explicar ciertos fenómenos. Según Bunge (1996), una teoría científica es un “sistema
hipotético-deductivo”, un “sistema de proposiciones, algunas de las cuales tienen forma de
hipótesis y el resto son deducciones a partir de las primeras” (p. 165). Aunque en ciencias
naturales sea común teorizar, en antropología es problemático (Morales, 2019, 2020). A
mediados del siglo XX, Morgenbesser (1958) sostuvo que “no hay un acuerdo universal entre
los antropólogos sobre el papel y la relevancia de cualquiera de las teorías actualmente
empleadas” (p. 285). Desde los años 80’ hasta el nuevo siglo, el concepto de teoría cayó en
desuso. Según Ellen (2010) es posible constatar “cómo el posmodernismo y la crisis de
representación resultaron en una reformulación de las prácticas antropológicas, un repudio
de la gran teoría, una redefinición de la noción de teoría y una ‘retirada hacia’ la etnografía”
(p. 389). ¿Esto significa que la antropología es incapaz de postular teorías científicas? Aunque
el “problema de la inducción” dificultó la elaboración de teorías durante el siglo XX (Morales,
2020), hoy la realidad es distinta.
Lejos del culturalismo, funcionalismo, estructuralismo y otros clásicos ismos, la
antropología elabora diversas teorías científicas: por ejemplo, la teoría de los bienes de información
(Henrich & Gil-White, 2001) explica cómo el prestigio es producto de adaptaciones
psicológicas resultantes del aprendizaje cultural; la teoría de la señal costosa (Sosis, 2003) muestra
cómo las creencias religiosas disminuyen el coste percibido de las prácticas rituales que
promueven la cooperación intragrupo; la teoría de los ciclos de vida grupales (Salali et al., 2015)
explica cómo grupos humanos de pequeña escala (grupos unicelulares) emergen y evolucionan
hasta conformar grupos de gran escala (grupos multicelulares); la teoría de la selección de grupo
cultural (Richerson et al., 2016) explica cómo la cooperación entre individuos no parientes
genera el surgimiento de sociedades humanas complejas; y la teoría del cerebro cultural
(Muthukrishna et al., 2018) postula que el cerebro humano aumentó de tamaño para
almacenar y procesar conocimiento adaptativo obtenido vía aprendizaje cultural. Si
ahondamos más en la literatura, encontraremos otros ejemplos. De momento, la evidencia
muestra que la antropología es capaz de formular teorías como cualquier otra ciencia.
Quinto mito: La antropología no predice fenómenos
En ciencia, predecir (o pronosticar) significa conocer las condiciones iniciales de un evento
para anticipar su ocurrencia futura (Barrett & Stanford, 2006). Aunque muchos crean que las
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ciencias sociales no pueden predecir, dada la arbitrariedad de la conducta humana, diversos
estudios muestran que, de hecho, es posible. Un punto importante para comprender este
tópico yace en que las predicciones científicas siempre se realizan en función de un problema
concreto. En ciertos dominios de la psicología, predecir la conducta no es inusual (Nießen et
al., 2020). No obstante, los fenómenos estudiados por la sociología, la politología o la
antropología difieren de la conducta individual, pues “una cosa es predecir la conducta de un
individuo desconocido en un sistema conocido, y otra pronosticar la conducta de este último”
(Bunge, 1999, p. 31). Aunque durante el siglo XX se realizaron algunas formas de predicción
(Bunge, 1999; Kaplan, 1940), las ciencias sociales debieron esperar al desarrollo de métodos
computacionales más sofisticados para transitar de la predicción de grupos pequeños hacia la
predicción de sistemas sociales complejos. Hoy por hoy, abundante literatura muestra que las
ciencias sociales pueden predecir diversos fenómenos (Alvarez, 2016; Brady, 2019; Grimmer
et al., 2021; Hindman, 2015; Hofman et al., 2017; Hofman et al., 2021; Taagepera 2008).
Como disciplina científica, la antropología no ha permanecido ajena a este desarrollo, pues
ciertas teorías antropológicas poseen poder predictivo. Por ejemplo, la teoría de los bienes de
información (Henrich & Gil-White, 2001) predice cómo los individuos más hábiles y de mayor
edad serán los que obtendrán prestigio y sean más imitados; la teoría del cerebro cultural
(Muthukrishna et al., 2018) predice el tamaño del cerebral humano atendiendo al conjunto
de sus condiciones denominado hipótesis acumulativa del cerebro cultural; asimismo, los estudios
sobre moral y evolución de la cooperación de Purzycki et al. (2018) no solo demostraron que
los individuos que poseen modelos de moral tienden a obedecer más las reglas, sino que
además establecieron que las creencias religiosas predicen mejor la conducta honesta y la
cooperación intragrupo. Si tenemos una teoría capaz de explicar determinados fenómenos, las
predicciones científicas emergen de su comprobación y aplicación. Considerando que la
antropología puede formular teorías, la obtención de modelos predictivos es solo el siguiente
paso.
Sexto mito: La antropología no formula leyes
Una ley científica es una representación lógico-matemática que demuestra una relación
constante entre variables (Pfeifer, 2006). En ciencias básicas y naturales, formular leyes es algo
constitutivo de su labor; no obstante, en ciencias sociales es un tópico muy discutido (Kincaid,
1990; McIntyre, 1999). Para Bunge (1999), en disciplinas como sociología o economía hay
“cientos de generalizaciones” (p. 29) con rango de ley —por ejemplo, el tamaño de una
población se halla limitado por el volumen de la producción económica—; los déficits
poblacionales originan ritos de fertilidad, en tanto los excedentes generan prácticas de control
de la natalidad; las sociedades que poseen economías de subsistencia tienden a ser más
igualitarias que las que generan excedentes; etcétera. Una postura semejante, más reciente, la
hallamos en Goertz (2012), quien sostuvo que en sociología y politología podemos encontrar
docenas de generalizaciones descriptivo-causales basadas en evidencia empírica, capaces de
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predecir, sostener condicionales contrafácticos y ser transformadas en leyes de cobertura (del
tipo Todo A es B o Ningún A es B). En antropología, el concepto de regularidad —sustrato
material de una ley científica— no es ajeno, sino parte de la disciplina (Diener et al., 1980).
A fines del siglo XIX, Tylor (1871) y Morgan (1877) propusieron leyes de la evolución
cultural basadas en lo que concibieron como regularidades de desarrollo social: según tales
propuestas, las sociedades atravesaban las mismas etapas de desarrollo (desde las simples hacia
las complejas) de manera unilineal. Aunque Boas (1896) criticó el grado de especulación de
tales propuestas, no abandonó la búsqueda de regularidades, pues argumentó que “[l]a
antropología moderna ha descubierto el hecho que la sociedad humana ha crecido y se ha
desarrollado en todas partes, de tal modo que sus formas, opiniones y acciones presentan
muchos rasgos fundamentales en común” (p. 901). En las primeras décadas del siglo XX,
Linton (1936) sostuvo que “[s]i la antropología ha triunfado en probar algo, es en que los
pueblos y razas son fundamentalmente muy parecidos” (p. 4). Posteriormente, Herskovits
(1965) también destacó que “[u]no de los primeros postulados de la ciencia antropológica fue
que los fines conseguidos por todas las culturas humanas eran básicamente semejantes” (p.
111). Como vemos, parte importante de la antropología aceptó la existencia de regularidades
sobre las cuales podían edificarse leyes de evolución cultural. Para aquellos teóricos, la
antropología no solo estudiaba las particularidades culturales, sino también los universales
culturales.
Sobre aquella base, White (1943) propuso un conjunto de leyes sobre evolución cultural
(i.e., la cultura evoluciona a medida que aumenta la productividad del trabajo). No obstante,
por esa misma época, el estudio de regularidades fue abandonado en favor del estudio
casuístico y etnográfico de particularidades (Steward, 1949). Dicho efecto, que dura hasta hoy,
olvida que la antropología también es la ciencia de los universales humanos. Como tales, los
hechos sociales son regulares y pueden modelarse siguiendo principios legaliformes (Goertz,
2012), tal como hacen las teorías citadas en los apartados previos. Teniendo la evidencia
empírica de nuestro lado, solo falta una sólida preparación en matemática para formular una
ley científica. En efecto, por analizar regularidades culturales vía técnicas etnográficas y
modelos matemáticos, la evolución cultural es un campo idóneo para el desarrollo de leyes
científicas (Boyd & Richerson, 2005; Carneiro, 1972; Peregrine et al., 2004; White, 1943).
Aunque son minoría, la antropología es una ciencia capaz de formular leyes.
Séptimo mito: La antropología no interactúa con otras ciencias
Dado que la antropología constituye un campo peculiar, se cree que está desvinculada de otras
ciencias. Sin embargo, su amplia cantidad de subdisciplinas es un sólido indicador de sus
relaciones con otras disciplinas, sean sociales, naturales o incluso formales. Por ejemplo, si
solamente hablamos de sus interacciones más populares, tendríamos que resaltar sus
encuentros con la biología (antropología biológica), la historia (antropología histórica), la
politología (antropología política), la educación (antropología educativa), la economía
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Siete mitos epistemológicos de la antropología/ Sergio Morales Inga
(antropología económica), los estudios de género (antropología del género), la ecología
(antropología ecológica), la ciencia evolucionista (antropología evolucionista) o el derecho
(antropología jurídica). No obstante, ¿qué sabemos de sus vínculos con otras disciplinas
científicas? Como tal, la antropología posee decenas de especialidades que han surgido
precisamente de su interacción con diversos campos del saber. Dichas relaciones merecen ser
conocidas y discutidas, pues revelan mucho sobre los verdaderos alcances de la ciencia del
hombre.
Especialidades menos conocidas como antropología psicológica (Casey & Edgerton, 2007),
antropología organizacional (Caulkins & Jordan, 2013), antropología cognitiva (Kronenfeld
et al., 2011), antropología criminológica (Schneider & Schneider, 2008), antropología
lingüística (Duranti, 2004), antropología de la ciencia (Nader, 2013), antropología psiquiátrica
(Good, 1992), antropología genética (Gokcumen et al., 2011), antropología molecular
(Stoneking, 2017), antropología forense (Boyd & Boyd, 2018) o neuroantropología (Lende &
Downey, 2012), por mencionar solo algunos casos, surgen de la relación entre antropología y
psicología, ciencia organizacional, ciencia cognitiva, criminología, lingüística, estudios de la
ciencia, psiquiatría, análisis molecular, ciencias forenses o neurociencia. Finalmente,
especialidades menos conocidas como la etnológica (Hamill, 1990) y la etnomatemática (Rosa
et al., 2017) han emergido de la relación entre antropología, lógica y matemática.
Considerando este caudal, es claro que la antropología no solo está muy vinculada a otras
disciplinas, sino que además puede ser la ciencia más interrelacionada del espectro.
Reflexiones finales
El presente ensayo tuvo por objetivo cuestionar siete mitos epistemológicos de la antropología.
A despecho de las narrativas negacionistas, posmodernas o anticientíficas, la evidencia muestra
que la antropología sí emplea técnicas cuantitativas, sí aplica métodos formales, sí utiliza
diseños experimentales, sí postula teorías científicas, sí predice fenómenos, sí formula leyes
científicas y sí se vincula a otras ciencias, sean sociales, naturales y formales. Como finalidad,
el presente ensayo contribuye a la discusión sobre el estatus científico de la antropología, a
sabiendas de que aún existe una tendencia a concebirla como una ciencia blanda,
interpretativa o humanística que no puede explicar fenómenos, sino solo interpretar un
conjunto de significados. Si en poco más de un siglo la ciencia ha dejado de construir
aeroplanos para enviar un rover a Marte, no pretendamos que la antropología no haya
progresado en igual o mayor medida. A modo de conclusión, valgan dos advertencias finales.
Primero, comparar los experimentos, teorías y predicciones antropológicas con las de las
ciencias naturales o físicas para establecer si son realmente científicas —como hace cierta
literatura (Llanos, 2009)— es un ejercicio destinado al fracaso, pues ello coteja sin cuidado
productos científicos realizados en disciplinas diferentes. Si los objetos de estudio son
distintos, esperemos lo mismo de sus productos. Segundo, la presencia de experimentos,
teorías y predicciones no son suficientes criterios de cientificidad (no hacen necesariamente
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que un campo de conocimiento sea científico). Mucha buena ciencia se hizo y se hace sin leyes
ni predicciones. ¿Alguien sabe si los refinados modelos computacionales de la sismología ya
pueden predecir la ocurrencia de un sismo o si los teoremas más complejos de las matemáticas
son capaces de explicar algo?
El posmodernismo antropológico ha desaparecido, pero sus rezagos continúan impidiendo
que los antropólogos accedamos a métodos científicos. No es que esa corriente esté vigente,
sino que su espectro pervive en quienes consideran que la antropología no es una ciencia, en
quienes eligen lo particular sobre lo universal, en quienes prefieren los ismos a las teorías y en
quienes escogen interpretar en lugar de explicar. Aunque ciertos estilos posmodernos
continúan en algunos planes de estudio y sílabos, más por dejadez que por intención, lo cierto
es que siguen influenciando nuestro desarrollo profesional y académico. Dado que todavía
seguimos en la cola de los rankings globales de producción científica (por motivos nada ajenos
a los discutidos aquí), es momento de que los docentes de antropología reemplacen las lecturas
de escritura etnográfica, interpretativismo o perspectivismo por las de experimentación,
teorización, causalidad, predicción, modelización matemática y, desde luego, epistemología.
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Correspondencia:
Sergio Morales Inga
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
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