ALFAGU
Los perros mudos
Miguel Barnet
1988
NUNC COCNOSCO EX PARTE
THOMASJ. BATA LIBRARY
TRENT UNIVERSITY
■41
Htg
i JUVENIL
I ALFAGUARA
1
1
1 DIRECTORA: MICHI STRAUSFELD
| Los perros mudos
I Fábulas cubanas
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4» Miguel Barnet
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t|í Ilustraciones de Sergio Vesely
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3 ALFAGUARA
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LA MAQUETA DE LA COLECCION
•OZ Y EL DISEÑO DE LA CUBIERTA
ESTUVIERON A CARGO DE
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*4
*4 Introducción . 11
44r El alacrán y el baile . 13
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-Ht
44 Changó y la jicotea . 16
•Ht El sijú y la lechuza . 18
•Ht
44r Por qué los pájaros viven en los pa¬
*4 los del monte . 21
+4 Al camaleón le sale la envidia .. 24
*4 La lechuza canta de noche . 28
•4
48
44
Las guineas jaspeadas . 29
+4 Donde el mundo se acaba . 32
+§|
+4 Los carapachos de tortuga y jicotea 34
*4 El majá azulea y es puente .... 36
44
44 Los bueyes no se cansan . 40
44
•Ht
44j Los pájaros de colores . 41
44
44 El pavo real y la guinea: reyes y con
44 corona . 43
•Ht
44 El baile de los murciélagos .... 47
+4
•Ht
44
El camaleón y el majá . 54
+4 Osaín y el venado . 57
4-4
+4 El perro, olfatea, olfatea . 61
48
48 El buey y el rabo del mono ... 64
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48 Cangrejo moro y Cangrejo de la
48 tierra . 67
48
44 El mulo y la yunta de bueyes ... 74
+4
•Ht
+4
•44
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4fe El lagarto y el venado: esta gente
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44
corre . 79
4§f
44
El fin del mundo . 84
44 Los bueyes siempre andan juntos 87
4íf
44
44
Las orejas del conejo . 90
4jf El gavilán y el sapo, al cielo ... 93
44
Los perros mudos y el caimán .. 97
44
El grillo canta sin parar . 102
•«f Por qué la Jicotea tiene el carapacho
44 cuarteado . 106
+§! El cangrejo sin cabeza . 109
44 El gorrión no come en jaula ... 111
44
44 El gallo y los animales del cielo .. 113
*4
TH La lechuza y el mono . 115
+«
44 Venado, Jicotea y Toro . 118
El gato y la jutía . 123
%
4r El burro y el cochino . 127
44
La cotorra glotona . 130
44 La culebra debajo de la piedra .. 132
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| Los perros mudos
I Fábulas cubanas
Introducción
El pueblo cubano tiene sus fábulas.
Es decir, sus versiones acerca de la
creación del mundo, de la vida animal y
vegetal y de todos los sucesos que la ani¬
man.
Sus versiones y conclusiones.
Estas fábulas, algunas de origen afri¬
cano, otras de Canarias o Andalucía, han
recibido la influencia de nuestro medio,
transformándose.
En el campo, en la ciudad de La
Habana, en los pueblos chiquitos, he reco¬
gido algunas historias que creo debieron
ser argumentos de viejas y hermosas fábu¬
las, bien africanas o españolas.
Las he recreado literariamente, res¬
petando giros y sintaxis propios de la
manera cubana de contar.
Los elementos de teatro, la inclu¬
sión de cantos o refranes, corresponden a
la esencia misma de este género, así como
la sencillez y el lenguaje fluido y cortante.
12
Los campesinos más viejos, las libretas de
santería y algunos sacerdotes de los ritos
afrocubanos han sido las principales fuen¬
tes de este primer tomo de fábulas de
Cuba.
M. B.
El alacrán y el baile
A
xsjckeké, el alacrán, vivía en una
cuerda floja.
El cielo sostenido por los hermanos
Sapa y Sapo empezó a descender porque
ellos se cansaron. Los hombros se les am¬
pollaron y ya eran postillas negras y hom¬
bros chatos.
El alacrán se cansó del cielo y bajó
por la cuerda. Llegó a la Tierra contento,
pero a los pocos días se empezó a aburrir.
Pensó en qué pensaría y terminó
sin pensar.
Le dio, entonces, por picar.
Picó al primer hombre que le cruzó
por su camino.
Y el hombre saltó.
Luego esperó a que pasara una pa¬
reja de un hombre y una mujer. Cuando la
pareja pasó, la picó, y el alacrán dejó de
aburrirse porque la pareja bailó del dolor
toda la noche.
15
Entonces le avisó a todos los ala¬
cranes que cogieran la cuerda y bajaran.
Ellos bajaron y picaron a diestra y
siniestra.
Y ahí nació el baile. De la picada de
Akeké.
Changó y la jicotea
Reinaba Changól. Cuarto rey de la
tierra Oyó.
Reinaba solo, hasta un día.
Ahora reinaba con su mujer, la dueña
del río.
Como dueña, iba todos los días a la
corriente y le traía piedras a su futuro
esposo. Piedras y raíces de mangle, que a
él le gustaban mucho para comer.
Fueron sus bodas en la tierra Oyó.
Todos los animales asistieron tra¬
yendo regalos.
Changó y su mujer se sentaron en
el trono y fueron la esposa Ochún2 y el
esposo Changó. Marido y mujer.
1 Changó. Dios del trueno y de los rayos en la
mitología yoruba.
2 Ochún. Diosa del amor y del oro. Mujer de
Changó en la mitología yoruba.
17
El pavo real se quiso poner en el
centro para que el Rey y la nueva Reina le
vieran la cola: verdiazul, rojiblanca.
Changó, al verlo tan vanidoso, lo mandó a
salir.
Ochún le pregunta:
—Ven acá, mi marido, ¿por qué
sacaste el pavo real?
—Por dos razones. Primera, por¬
que el Rey aquí se llama Changó Kawo
sile, y soy yo. Y segunda, porque no me
dejaba ver con su telón de fondo a la jico-
tea, que me sospecho que no ha venido.
Diciendo esto llama a un mensajero
y la manda a buscar.
Jicotea viene como siempre es ella,
lenta y perezosa, y le dice a su Rey:
—Changó, a mí me gusta estar siem¬
pre en mi casa.
Donde Changó le contesta:
—Pues no vas a salir más nunca de
tu casa.
Y la castigó, porque la muy tonta,
por hablar más de la cuenta, tiene que
cargar con el carapacho a dondequiera
que va. Y el carapacho de Jicotea pesa,
pesa.
El sijú y la lechuza
Pasa que la lechuza es fea y que el
sijú1 también lo es. Dos feos juntos.
Y pasa también que por eso nunca
se miraban de frente. La lechuza, preten¬
ciosa, le viraba la cara el sijú. Y el sijú se
escurría en el agua del plátano.
De ahí lo de sijú platanero.
Pasa que un día hay una fiesta y
todos van, como siempre, en bandadas.
Bailan el zapateo2 3, menos la lechuza
y el sijú.
La lechuza y el sijú van a mirar
nada más.
Bailan toda la noche, la cotorra, el
carpintero, que está en todas partes, el
pitirreé, en fin, toda la población animal
del monte.
1 Sijú. Pájaro del Caribe, pequeño y negro, de
pico corto.
2 Zapateo. Baile de parejas, de origen campe¬
sino, con influencia canaria.
3 Pitirre. Pájaro pequeño de color cenizo que
canta con un chillido muy fuerte.
19
«Toma y toma toma el piquito...» O
si no:
Bailan la rata y el ratón
Bailan la rana y el camaleón
Bailan que bailan sin parar
Bailan la conga, bailan el son.
Así se pasaron toda la noche. La
lechuza roncando y el sijú dormitando.
Pero que cae un rayo detrás de la
pared y la lechuza se despierta, erizada.
¡Una lechuza erizada!
LECHUZA: —¡Qué sed tengo!
SIJÚ: —Yo también.
LECHUZA: —Pues vaya a buscar
agua, holgazán.
SIJÚ: —Vaya usted, que es la más
fea.
Lechuza se irrita y le da un plu¬
mazo a Sijú que por poco le saca un ojo.
Por poco no, se lo sacó.
Ahora pasa que viene la codorniz y
dice:
—Que vaya el más feo. Pero rápido,
que nos secamos de sed.
Y la codorniz dijo que la más fea
era la lechuza, y el judío que no, que el
sijú, y el sijú cogió a la lechuza por un
brazo y le dijo:
—Agarra un cubo y vamos a bus¬
car el agua, que aquí los más feos somos
nosotros.
20
Pero la lechuza, como hembra al
fin, no se conformó y le dijo al sijú que
ella antes de ir al río quería bailar un poco
y sacó los tacones y se puso a bailar. Llegó
el día y a todo el mundo se le olvidó lo de
la sed y el sijú amaneció durmiendo y la
lechuza bailando sola.
Aquí se acaba.
Por qué los pájaros viven
en los palos del monte
Esta historia la cuenta Icá. ¿Y quien
era Icá? Pues Icá era simplemente un hom¬
bre que vivía en la tierra Ibo.
Es una historia vieja, de cuando no
existían los reyes con corona.
En el pueblo de Icá gobernaban los
pájaros. Pero era un gobierno corto. Go¬
bernaban por un año y se morían. Nadie
sabía por qué.
Unos decían que porque los pájaros
no comían maíz, y otros porque no se ali¬
mentaban de los huevos del majá1, que
alargan la vida.
En eso viene uno que quería gober¬
nar por más de un año y, naturalmente, no
morirse. Se llamaba Ebbó y fue a ver al
adivino Orula, dueño del tablero Ifá y
conocedor de todos los misterios del cielo
y de la tierra. Pero para llegar a Orula
había que cruzar un estero muy grande y
1 Majá. Serpiente pequeña, no venenosa, oriunda
de América.
22
un río por cuatro lugares y muchas mura¬
llas de guano2 de palma.
Había una tormenta y las jicoteas
estaban revueltas. En el carapacho de una
de ellas Ebbó cruzó el río por los cuatro
lugares y llegó a casa del adivino. Pero
tuvo que esperar porque muchos animales
querían conocer al viejo sabio y pedirle
consejo. Entonces se posó en el palo más
alto que vio y esperó allí por más de un
año. Cuando entró a la casa de Orula,
Ebbó estaba flaco y enfermo.
Orula lo ve y le pregunta: —¿Qué
haces tú aquí, Ebbó? ¿Cómo no estás go¬
bernando?
—Hace más de un año que estoy
esperando allá afuera para verlo y pedirle
un consejo, Orula.
—Pues ya puedes estar pidiéndome
el consejo, Ebbó.
—Orula, quiero gobernar este pue¬
blo por más de un año.
Orula lo mira vacilante y se toca la
cabeza blanca y coposa.
Inmediatamente sale afuera y le pre¬
gunta a Ebbó:
—Dime, Ebbó: ¿y dónde tú espe¬
raste tanto tiempo para verme?
—En aquel palo, Orula, posado allá
arriba.
2 Guano. Hoja seca de la palma real que sirve
para techar las casas.
23
—Pues vuelve a los palos, conviér¬
telos en tu casa y gobernarás siempre, ¿no
ves que en ellos tu vida se alarga?
Y así es como los pájaros decidie¬
ron vivir encaramados en los palos del
monte, saltando de uno a otro, pero jamás
arrastrándose por la tierra para buscar
granos de maíz o huevos de majá.
Y cuando Orula da un consejo siem¬
pre dice Ebbó, que es como se llamaba
aquel pájaro que duró tanto por encara¬
marse en los palos del monte.
Al camaleón le sale la envidia
El camaleón era un animal feo y
triste. De un solo color: cenizo.
No tenía adornos en la piel, ni man¬
chas, ni collar. Como era así le nació una
envidia muy grande.
El perro pasaba con collar y man¬
chas y arreo, y el camaleón lo miraba de
reojo, desde arriba de la ceiba, muy alto.
Un día que el perro pasaba le pre¬
gunta:
—Oye, compadre, ¿cómo te las arre¬
glas tú para lucir tan figurín?
El perro sigue de largo y no le
contesta.
Al otro día, el camaleón, vestido de
verde, se va a visitar a Orula.
—Orula, yo quiero que tú me hagas
igual al perro, igual al gato, igual al caba¬
llo, igual al pato, igual al pavo real, igual
al tocoloro1.
1 Tocoloro o íocororo. Pájaro de América de
alas multicolores.
25
Orula le dio un golpe en la cabeza
con su rama de guayabo2 y le dijo:
—Alagguema, tú eres envidioso y la
envidia mata a los hombres.
(Alagguema es el nombre propio
del camaleón.)
Yo quiero ser como te dije y no
así como la ceniza.
Alagguema, te voy a complacer,
toma...
Nadie supo qué fue lo que le dio
Orula, pero al otro día el camaleón andaba
de saltimbanqui por el monte exhibiendo
una bandera que le había salido en la piel.
Retozaba y brincaba de rama en rama y
así, en ese retozo, iba cambiando de colo¬
res. Verde, azul, rojo, amarillo, blanco...
Pasó el perro, como pasaba siem¬
pre, sin mirar a nadie. Y el camaleón lo
llamó.
—¡Compadre!
Y saltaba de una rama a otra, de
árbol en árbol, para que el perro lo viera
cambiar de traje.
Camaleón se hizo orgulloso. Y se
declaró el más lindo de los animales. Más
lindo que el perro, más lindo que el gato,
más lindo que el caballo, más lindo que el
pavo real...
Orula, al verlo así, lo llamó y le dijo
2 Guayabo. De la mata del guayabo, de donde
crece la guayaba.
27
que anduviera con cuidado y que no se
creyera superior a nadie.
Camaleón no hizo caso y siguió de
figurín, sin mirar a nadie, sin hablar, sin
cantar.
Entonces la gente lo empezó a repu¬
diar y nadie le hablaba. Él pasaba y nada.
Se puso viejo de tan lindo y orgulloso. Y
la gente cuando lo veían le tiraban piedras
y le daban palos para matarlo porque él no
quería ni a su mujer, que la pobre se había
quedado ceniza.
Una cosa roja y verde que él saca
del pecho, como una lengua, es la envidia
que le creció por orgulloso y figurín. Ahora
en el monte lo ven y le gritan:
—¡Diablo!
Y él saca esa lengua roja y verde y
maldice.
La lechuza canta de noche
La lechuza cantaba siempre de día,
con la luz del Sol, no como los grillos, que
cantan de noche.
Por eso no duró, porque la invita¬
ban los lunes y los martes y los miércoles y
todos los días a las fiestas del reino.
La lechuza iba a toda costa, hasta
que de tanto ir se le rajó la voz de soprano
que tenía y se quedó con un vozarrón pro¬
fundo y ronco que metía y mete miedo.
Entonces, como nadie la llamaba,
se fue de la tierra.
Pero ella en el mar no hacía más
que enchumbarse y coger resfriados.
Se cansó y volvió a la tierra, empe¬
ñada en cantar. Cantó de noche cuando
todos dormían, para que no la oyeran.
Cantó sola y así se quedó cantando.
¡Chuas, chuas, chuas!, por el res¬
friado.
Bruja y triste y sola y de noche.
Las guineas jaspeadas
El secretario del Rey, que lo vio
todo, hizo la historia de la siguiente manera:
El gato juguetón perseguía a las
guineas por la tierra Ibo, por la tierra
Oyó, por Abeokuta, por el río Calabar;
perseguía a las guineas y las hacía volar.
El Rey lo sabía y quería regañar al
gato en su algazara. El gato, como si con
él no fuera.
Entonces el Rey mandó a buscar a
Inle, el cazador, para que le trajera al gato
vivo y coleando.
Inle persiguió al gato por la tierra
Ibo, por la tierra Oyó, por Abeokuta, por
el río Calabar; perseguía al gato y lo hacía
volar.
El gato, como si con él no fuera.
Inle regresa al Rey y le dice que...
Mi Rey, el gato no se deja cazar.
El gato siguió persiguiendo a las
guineas y el Rey y el cazador Inle se olvi¬
daron del asunto.
31
Pero el gato insistía y se volvía
pájaro y se volvía guinea con tal de seguir
en su algazara.
Todavía es y el gato sigue persi¬
guiendo a las guineas. El secretario del
Rey, que lo vio todo, terminó contando la
historia de la siguiente manera:
Las guineas volanderas y asustadi¬
zas se escondieron en casa de Obatalá. Ese
día Obatalá se estaba lavando la cara con
jabón y las salpicó y desde entonces, ¡ah!,
desde entonces, las guineas nacen pinta¬
das, con manchas blancas, del jabón de
Obatalá.
Donde el mundo se acaba
El tocoloro se puso a pensar.
Y como era la primera vez que lo
hacía se le ocurrió buscar el fin del mundo.
Se paró en una loma y los ojos se le
perdieron en la distancia.
No le bastó al tocoloro con pensar.
Buscó a la tojosa, al azulejo, al car¬
pintero, a la mariposa y, por supuesto, a la
lechuza que está en todo.
—Emprendamos vuelo, dijo.
Volaron tanto que el cielo se les
acercó y les dijo con voz de nubarrón:
—Ustedes buscan lo que no van a
encontrar— y con la misma subió.
El tocoloro al frente de la caravana
se hizo el tocoloco y no le prestó atención.
Siguieron hasta el Valle del Silen¬
cio, en Pinar del Río, donde nadie hace
ruido, ni las ramas de los naranjos, ni la
yerba seca.
El tocoloro pensó que debían hablar.
La tojosa se adelantó proponiendo
33
que el primero que llegara al fin del mundo
tiñera el cielo con una pluma de su color.
Y así fue.
Llegó la mariposa y como tenía
plumas de siete colores pintó un arco lin¬
dísimo en la punta.
Por eso cuando llueve se ve ese
arco, abierto como un compás, en la parte
donde el mundo se acaba.
Los carapachos de tortuga
y jicotea
Las tortugas crecen bajo el agua.
Arriba no.
Las jicoteas lo saben, y se preocupan
porque ellas quisieran ser grandes como
las tortugas.
Las jicoteas se dejan coger chiqui¬
tas en las orillas de los ríos y lagunatos.
Por eso no les crece el carapacho.
Las tortugas le dicen a las jicoteas:
TORTUGA: —Yo soy más hermosa
que tú, jicotea.
JICOTEA: —La más hermosa soy
yo.
TORTUGA: —Mi carapacho sirve
para hacer una batea.
JICOTEA: —Y el mío sirve para ha¬
cer una cuchara que es más importante
que una batea.
Y diciendo esto, la Tortuga la pisa
y Jicotea se hunde y crece debajo del agua
35
y sale hecha una batea 1 gigante, riéndose
de Tortuga que por hacerle mal, le hizo
bien.
Y se acabó.
1 Batea. Recipiente campesino de madera que
se usa para lavar la ropa.
El majá azulea y es puente
Ésta era un vieja discordia.
¿El mapa que azulea y es puente?
¿Que azulea?
¿Que es puente?
Las lagartijas estaban condenadas a
arrastrarse porque los sunsunes, pequeñi-
tos como son, no las dejaban trepar a las
copas de los árboles.
Cada vez que una lagartija rondaba
un árbol, la bandada de sunsunes se le
tiraba y la picoteaba.
Esto no podía seguir.
Los sunsunes 1 vivían a ambos lados
del río, mientras que las lagartijas a una
sola orilla.
Pasó un tiempo y la pugna siguió.
Las lagartijas arriconándose cada vez más.
Pero ningún mal dura cien años, y
las lagartijas tuvieron que iniciar una
1 Sunsunes. Pajarillos mínimos de Cuba, del
tamaño de un dedo pequeño. Nombre común, colibrí.
37
contienda a base de piedras y pedruscos.
Los sunsunes volaron hacia el otro
lado del río y empezaron a anidar en los
atejes2 y las majaguas3.
Cuando las lagartijas creían que ya
su infortunio había cesado, vieron una
bandada de sunsunes que irrumpía en su
viejo territorio, y como Pedro por su casa
se anidaban en los laureles y las acacias:
sus antiguas moradas.
Reiniciaron la contienda, pero como
los sunsunes volaban y ellas no, estuvieron
a punto de ser derrotadas.
Aquí es donde cuenta la fábula que
se apareció el majá. Un majá azulado al
que se le ven las escamas por la noche. El
majá se apostó en la sabana y observó la
desigual lucha.
—Malo para las lagartijas. Las pico¬
tean y luego se van volando, los muy
astutos.
Meditó un poco y se acordó de que
era majá y que como majá se podía estirar
y hacer un puente entre una orilla y la
otra, para que las lagartijas cruzaran y
cogieran a los sunsunes desprevenidos en
sus confortables nidos.
Hizo el puente y las lagartijas cru¬
zaron por la madrugada: una inmensa ca-
2 Atejes. Árboles de madera dura, de mucha
altura.
3 Majaguas. Árboles de madera dura y floridos.
39
ravana de lagartijas cargadas de piedras y
de pedruscos.
Al llegar apedrearon los nidos, y
medio mundo de sunsunes quedó extermi¬
nado.
Por eso es que casi no se ven.
¡Ah!, el majá dejó de ser puente esa
misma noche, cuando las lagartijas regre¬
saron victoriosas.
Los bueyes no se cansan
Los bueyes no se cansan. Trabajan
como bueyes y no, no se quejan.
El eje, sin embargo, pone el grito en
el cielo.
Una vez el eje estaba descentrado
por el agotamiento y empezó a chirriar:
cuich, cruak, cuich, cruak...
Artillero miró a Navegante de reojo
y se le oyó el refunfuño:
—Fíjate, Navegante, óyelo qué que¬
joso y nosotros que somos los que hala¬
mos la carreta no decimos ni esta boca es
mía.
Navegante le devolvió la respuesta
con un resoplido que levantó la tierra.
Ahora dice la fábula que así siem¬
pre pasa; los que más se lamentan son los
que menos trabajan.
Los pájaros de colores
Los pájaros iban en caravana, cru¬
zando puentes, caminos, volando sobre el
desierto para no quemarse los pies, metién¬
dose en las nubes para refrescarse, el sin¬
sonte cantando, la bijirita 1 en el lomo de
la tojosa, la paloma llevando el mensaje a
la cabeza de la gran manifestación que iba
a homenajear al Rey por el día de su
cumpleaños.
Al fin llegan al palacio y toman sus
puestos; la paloma en el sitio de preferen¬
cia. Ou, el algodón, cubriéndola de pies a
cabeza.
¡Para pa pam pa pam! y sale el Rey
con su casaca roja a saludar.
Los pájaros pasan y le dan la mano,
lo besan y vuelven a pararse en sus pues¬
tos. Pero había uno muy vanidoso que era
la envidia de los demás, por lo blanco. Un
blanco de vela, de coco, de espuma.
1 Bijirita. Pajarillo cubano de color gris.
42
Le decían Odilere, que es la belleza.
Odilere, arrogante, se queda reza¬
gado y no saluda al Rey.
—¿Para qué vino? —preguntó el
sijú.
—Para darse plante —refunfuñó la
siguapa.
Todos se morían de envidia. Menos
el Rey, que al verlo blanco lo llama.
—Tú, acércate.
Odilere se acerca y hace una reve¬
rencia. El Rey sonríe con cara de usted.
Y aquí fue donde ni el sijú, ni la
siguapa, ni el sinsonte pudieron más y
cogieron ceniza en burujones, manteca de
cacao en puñados, almagro, azufre y tinta
y se lo tiraron a Odilere, que quedó trans¬
formado en un arco iris, mucho más lindo
que cuando blanco.
El Rey, al verlo coloreado, lo llamó
y le puso corona como premio. Corona de
cardenal. Y así por la envidia de los feos
nacieron los pájaros de colores.
Nació Odilere, que es la belleza.
La paloma, como que no saltó, se
quedó blanca.
El Rey la nombró, entonces, su men¬
sajera oficial.
Aquí se acaba la historia.
El pavo real y la guinea:
reyes y con corona
Todos los animales son compadres.
Compadrean, es decir, viven juntos, se cui¬
dan unos a los otros, comparten la comida,
van a cazar en procesión, a bañarse en los
ríos y las lagunas como la jicotea y la
yaguasa', que aunque no se parecen se
juntan para nadar, salen a coger el sol, en
bandadas cruzan los parques, las avenidas,
en fin, la historia de nunca acabar.
Ésa es la historia de la amistad y la
confraternidad animal. Pero siempre hay
un pero, hasta en la vida de los animales.
Y el pero era entre el pavo real y la guinea.
Pero de reyes.
Porque ¡ah!, Olofi, el Rey, tenía su
predilección. Una predilección marcada ha¬
cia su favorito el pavo real: Agüé, como él
mismo lo había llamado.
1 Yaguasa. Paloma pequeña y muy montuna.
44
Agüé para acá y Agüé para allá.
La historia es que Agüé no salía del
palacio de Olofi.
En todas las ceremonias. Agüé.
En todas las fiestas, Agüé.
En las comidas, Agüé.
En las bodas, Agüé.
En... Agüé, Agüé, Agüé, y...
Y todo porque el pavo real tenía
Aguoró, que quiere decir corona.
La corona más linda, eso sí, de
todo el pueblo.
Una corona que era para Agüé como
una bolsa de oro.
Una noche Olofi ofrece un banquete
en su palacio de algodón y cobre.
Como era de esperar, llama a Agüé
suavemente, porque Agüé era muy deli¬
cado.
—Agüé, ven acá. Esta noche quiero
que recibas a mis invitados en la puerta.
Agüé, para sorpresa de Olofi, le
contestó negativamente.
—¿Qué te ocurre? ¿Quién te hace
daño, Agüé?
—Es la picaresca de Guinea que
como también tiene corona se cree con
derecho a humillarme y me dice privile¬
giado y me restriega su coronilla por las
narices.
Olofi se indigna y manda a editar
un bando que resuelve decapitar a todas
las guineas.
45
Las guineas huyen, asustadísimas,
se esconden, pero nada; perseguidas y sin
protección, son despojadas de sus hermo¬
sas y jaspeadas coronas de plumas.
Los mismos pavo reales hacían de
verdugos.
En la plaza pública descoronaban,
con vidrio de botella, a las tristes guineas.
Aquello sembró el terror. Los pavo
reales eran temidos hasta por sus mujeres.
Pasó una semana y dos y tres. Ya
no quedaban guineas con corona. Los úni¬
cos eran los pavo reales, los privilegiados
de la corte celestial.
Olofi, inquieto, llama a Agüé con
un silbido.
Agüé acude con aire de vencedor.
Llega a donde está Olofi y hace la ronda,
abriendo una chirriante cola que Olofi con¬
templa orgulloso.
—Qué hermoso eres, Agüé. Tú eres
desde ahora el único pájaro con corona.
Te doy gobierno infinito.
Pero en eso Olofi le mira a las
patas y ve que las tiene horrendas, man¬
chadas de sangre y purulentas.
—¿Qué es eso, Agüé?
Agüé, que no se había mirado, baja
la cabeza y muere del susto.
Y es que la guinea lo había casti¬
gado y mientras él cortaba coronas ella
derramaba sangre y le manchaba las patas,
afeándoselas para siempre.
46
Olofi no utilizó más los servicios de
Agüé.
Por eso dice la fábula que el Rey es
siempre Rey. Y el súbdito, el súbdito.
Los pavo reales abren su telón de
plumas, de vez en cuando, pero nunca se
miran a los pies. Saben que los tienen tan
feos que si se miran, mueren, como Agüé,
del susto.
La guinea que castigó al pavo real
también recibe su castigo.
Ojo por ojo y diente por diente.
En tierra de Olofi, para matarlas,
las degüellan, y así pierden sus coronas.
Todo el que hace mal recibe un
castigo.
Más tarde o más temprano, pero lo
recibe.
Si no, ¿para qué están las fábulas?
El baile de los murciélagos
Por Vega hay un caserío, en un
corte de monte, donde dicen que se daban
las fiestas más concurridas de toda la zona.
Adornaban con banderitas, plumas de aves,
azulejos y mariposas.
No había techo. A los pájaros les
gusta la intemperie. Las fiestas de noche
quedaban más lucidas; el cielo mismo se
adornaba sólo con un paño color rosado
oscuro. Las arañas hacían una tela transpa¬
rente y el carpintero venía y la cerraba, en
un burujón, y ésas eran las nubes.
Vamos a ver lo que pasó en la fiesta
del compadre Gallo, el presidente y por¬
tero a la vez.
Pues uno llegaba y lo primero que
veía era un cartel:
GRAN FIESTA BENEFICIO
SÓLO PODRÁN ASISTIR LOS ANIMALES
QUE TENGAN PLUMAS Y ALAS
48
Y el gallo, muy retozón en la puerta,
recibiendo a los otros gallos con sus galli¬
nas, a los pitirres, las palomas, las bijiritas
vestidas de lo más elegante con sombrero
de pajilla el macho, y tela de saco la hem¬
bra, ¡un lindo traje de cola!
Así iban entrando, y el gallo:
—Buenas noches, compay Grillo.
Y el grillo:
—Buenas, con esa vocecita. Y la
mujer del grillo: —Fui, fui, fuiiii, que pare¬
cía un pito.
Llegan, por fin, todos los pájaros
de la zona y empieza el baile.
Una orquesta formada por ellos mis¬
mos amenizaba la velada. El palomo con
las claves, la paloma era la voz prima, el
gallo en el contrabajo, del pitirre, ¡qué
buen timbalero el pitirre!, la codorniz to¬
caba un saxofón viejo que se había encon¬
trado. Tocaba bien la codorniz. El grillo
no tocaba nada, pero daba los agudos con
su mujer.
No había piano, ni arpa, como en
otras fiestas, porque los pájaros hacen sus
ruidos y armonizan, como la lechuza que
hacía un segundo formidable.
Ésa era la orquesta de la fiesta.
Bueno, faltaba la tojosa, que así tan seria
como uno la ve, parece que se le escapó al
diablo, porque había hecho una filarmó¬
nica más grande que ella con tronquitos de
caña y tocaba de un modo envidiable. Los
49
demás bailaban. Son, changüí*, valses...
El gallo y la gallina no se separaban.
—Compay, está usted bailando hoy
a las mil maravillas.
—Nada de eso, mi mujer, es que
hay que dar el ejemplo, contestó el gallo.
¡Tum, tum, tum!
—Perdóname, que voy a abrir —le
dice el gallo a su mujer, y la acompaña a
sentarse.
Abre el gallo y ve ante sus ojos a la
murciélaga y al murciélago vestidos de eti¬
queta los dos.
—¿Qué le trae? —pregunta el gallo
con voz de güira seca.
—Compay Gallo, mi mujer y yo
estamos cansados de la oscuridad y veni¬
mos a pasar un rato.
—¿Pero ustedes no han leído el car¬
tel?
—Sí, compay Gallo.
—Entonces, cómo se atreven a venir
si ninguno de los dos es ave, porque —y
eso se ve a la legua—, ustedes son mitad
pájaro y mitad ratón. Aquí no vengan a
bailar. Quién ha visto un pájaro con dien¬
tes y fumador. ¡Largo, con la música a
otra parte!
El murciélago y la murciélaga ni
1 Changüí. Tipo de son de las lomas de oriente.
Se baila más rápido que el son y con más cadencia, tipo
botecito.
50
contestaron porque la puerta de tablas les
cruzó la cara y... ¡pam!
Se puso el Sol. Ellos siguieron cami¬
nando cogidos de las manos.
Por la Loma, cerca del Valle del
Silencio, había otra fiesta, que no era tan
nombrada, pero era una fiesta al fin y al
cabo.
El murciélago no le soltó las manos
a su mujer, y echaron trillo.
Un poquito cansados, pero animo¬
sos a pesar del resoplido que les dieron,
llegaron a la fiesta de los... bueno, de los
animales que no se parecen a los pájaros,
del ratón, el sapo, la lagartija, etcétera,
etcétera, etcétera.
Allí había bulla también. Menos
adornado pero un olor a lechón asado que
hacía la boca agua.
La orquesta era mayor, eso sí.
Lo que más se oía era el piano de
cola.
Murciélaga miró entre las yaguas y
vio a la rana con cascarilla en la cara,
tocando.
El murciélago llama a la puerta.
No había letrero ni anuncio de nada,
porque ellos tuvieron la precaución de mi¬
rar. Tocan suavecito y abre el sapo que era
el portero.
—¿Qué le trae, compay Murciélago?
—Buenas noches, mi querido com¬
pay Sapo; mi mujer y yo hemos caminado
51
todo el trillo y el veguerío para llegar aquí
y bailar un poquito con ustedes. Estamos
cansados de volar dentro de la cueva todo
el tiempo. La oscuridad tupe, y nosotros que¬
remos ser inteligentes como los demás y
sociables. ¿Podríamos entrar y tirar un
pasito?
El sapo, que ve al murciélago con el
tabaco en la boca y el traje de etiqueta
dice:
—Un momento —muy serio, y va a
consultar a los demás.
La consulta duró una hora. Ya los
dos tiritaban de frío afuera.
La música siguió andando, el piano,
sobre todo: taratatán, tan, tatán, tatán,
tan...
La murciélaga miraba por la ren¬
dija, embobecida.
Al murciélago se le iban los pies.
Al cabo de una hora, el sapo abrió
la puerta con una escalenta en la espalda.
Ni siquiera miró al compay Murcié¬
lago y a la comay Murciélaga. Se subió en
la escalerita y puso el letrero siguiente:
PROHIBIDO ANIMALES CON ALAS
EN ESTE BAILE.
La dirección
Cerró la puerta y la orquesta subió,
escandalizando el valle.
53
Era una guaracha l. «Tíralos, tíra¬
los, que no vengan a fastidiar.»
Claro, que eso era con ellos dos.
Por eso se fueron sin quejarse por
el mismo trillo y por el mismo veguerío.
Desde ese día, para verlos hay que
bajar a la cueva con una soga y una lin¬
terna. Y aun así, ni se les ve bien porque
los dos están hechos de la oscuridad de la
cueva.
Se hablan el uno a la otra, se entien¬
den, donde él va, va ella, lo sigue haciendo
círculos, porque no salen ni para coger el
sol. El murciélago y la murciélaga viven
muertos de vergüenza, porque no son ni
una cosa ni la otra: mitad pájaro con alas,
mitad ratón con dientes. Muertos de ver¬
güenza.
1 Guaracha. Baile cantado de género satírico y
cómico surgido en el teatro cubano del siglo xix.
El camaleón y el majá
Alagguema es el camaleón, su nom¬
bre propio.
Chegüe es el majá, también su nom¬
bre propio. En esta historia tienen que ver
los dos.
Alagguema porque se enfermó y Che¬
güe porque no lo quiso curar.
Veremos:
Alagguema vivía de saltarín, de ár¬
bol en árbol, de güiro en güiro K
Al llegar las lluvias, Alagguema re¬
cibe un mensaje de su médico Osaín1 2.
«Alagguema, no puedes mojarte, cú¬
brete.»
Pero a Alagguema... este Alag¬
guema era... bueno, el mensaje le entra por
1 Güiro. Fruto de la mata de la güira, muy
común en Cuba. El güiro se usa como instrumento
musical.
2 Osaín. Dios de la brujería y médico del monte
en la mitología yoruba.
55
un oído y le sale por el otro, dejándole una
cosquillita.
Terco, se moja, se empapa, se en¬
chumba y cae con fiebres altísimas. Fie¬
bres de rojo, de verde, de azul, de carme¬
lita. Alagguema se está muriendo.
Pasan unos jimaguas y Alagguema
los llama.
—Beyi1 * 3, ayúdenme.
Pero ellos, indiferentes.
Pasa su amigo Chegüe, el majá, y
Alagguema lo llama.
—Chegüe, por favor, me muero.
Y Chegüe, indiferente.
—¡Chegüe!, grita Alagguema.
Pero Cheggüe no le va a avisar a
Osaín, el médico de los animales del monte.
Por fin pasa Akeké, el alacrán.
Alagguema no lo llama porque le
teme.
Sin embargo, Akeké lo ve y se le
acerca.
—¿Qué te pasa, Alagguema?
—Me muero, Akeké. Me muero.
Akeké lo ve cambiar de colores y
sale corriendo a avisarle a Osaín.
Llega Osaín por la noche y cura a
Alagguema con romerillo y hojas de ma¬
guey.
Entonces Alagguema canta:
1 Beyi o Ibeyi, así se llama a los jimaguas en la
Regla de Ochoa; San Cosme y San Damián en el
catolicismo.
56
Alagguema Aisán
Akeké Oddú pué Osaín
O sea: «Alagguema enfermó y Akeké
lo salvó, gracias Akeké, gracias Osaín.»
Pero ahí no se queda. Olofi, que se
entera de todo, llamó a Beyi3 y les dijo
estas palabras:
—Beyi, malditos, los castigo a que¬
darse niños. Más nunca crecerán. Y así
fue.
Llamó a Chegüe, el majá malagra¬
decido, y le dijo estas palabras:
—Chegüe, majá maldito, te castigo
a estar siempre arrastrándote por el suelo.
Y así fue, porque Chegüe, a pesar
de que tiene dos páticas atrás, no las puede
usar y se arrastra, se arrastra...
Osaín y el venado
Osaín Okini, Osaín Eleyo, Osain
del monte es uno y solamente uno.
No tiene hermanos, ni se le conoce
padre ni madre. Médico del monte, el
correveidile, el tirador que quiere irritar a
Ochosi1. Maneja arco y flecha con una
sola mano. Es tuerto, cojo y manco.
Elecán: tuerto.
Odeté: cojo.
Ofatán: manco.
Los lucumises2 dicen que tiene la
boca torcida, la cabeza grande como un
melón y que habla fañoso.
Dice: «Ño ña y ña ño» y eso es lo
que repite cada vez que alguien lo va a
molestar en su casa del monte.
Chifla por las noches cuando ni las
hojas suenan. Y su chillido penetrante es
temido por todo el monterío.
1 Ochosi. Dios de la caza en la mitología yo-
ruba.
2 Lucumises. De la cultura lucumí o yoruba de
Cuba. Lucumí, nombre popular para definir a los yo-
rubas.
58
La yaguasa lo acompaña siempre
en sus correrías. Es la cómplice de todas
las maldades.
Osaín caza por maldad.
Un día le dio por tirarle a la luna
que estaba medio negruzca y gastó todas
sus flechas. Por eso fue a ver a Olofi,3 el
proveedor, y le habló así:
—Oñe Olofi ño ña no tengo flechas.
Olofi se compadeció de él, conside¬
rando sus facultades de médico y le regaló
un cartucho repleto de flechas de jiquí4.
Sale como un bólido con Yaguasa y
sus dos perros: Eyi soro y Ayabé.
Caza jutías5, perros jíbaros, cerdos,
guineas, etcétera.
Al enterarse Olofi de que Osaín
andaba cazando a diestra y siniestra, manda
un mensajero para advertirle:
—Osaín, en nombre de Olofi, se le
prohíbe cazar venados. (El venado era el
animal sagrado y preferido de Olofi.) Pero
Osaín, que no está oyendo consejos de
nadie, se pone a brincar con arco y flecha
y rompe el mensaje.
3 Olofi. Dios supremo y Juez mayor en la san¬
tería, o culto yoruba de Cuba, mezclado con el catoli¬
cismo popular.
4 Jiquí. Uno de los palos más duros del monte
cubano.
5 Julias. Tipo de depredador parecido a una
rata gigante que en Cuba se caza y es un manjar en la
comida campesina.
60
En eso pasa un venadito blanco con
los tarros a medio hacer todavía.
Eyi soro lo ve y le canta a Osaín:
¡Baba! moro moré Kodeé
Otá modeé!
Y esto quiere decir:
—Mi padre, tírale, que está bueno
para comida.
Osaín le tira y el flechazo le da en
la parte blanda de la frente.
El animal cae muerto sobre la hierba.
Y para allá corren Ayabé y Eyi
soro a recogerlo con los dientes.
Pero qué va, la cara de aquel venado
era horrorosa.
Ayabé y Eyi soro salieron corriendo
de miedo.
—Osaín, dijeron, el venado tiene
venganza en los ojos. No los ha cerrado y
está muerto.
Efectivamente, el venado miraba
con ojos de carnero degollado, como advir¬
tiéndole a Osaín que recibiría un castigo
por haberle dado muerte.
Y el castigo, según el pwataki, como
le llamaban los lucumises a sus leyendas,
fue que Osaín, en sus fechorías, se quedó
como se quedó, como se le ve hoy: hecho
de palo, cojo, tuerto y manco. Elecán,
odeté, ofatán.
Aquí termina.
El perro olfatea, olfatea
Los perros se disfrazaron.
Uno de brujo y cantaba:
Si malembe malembe
Ah si malembe
malembe
Otro de jutía y:
Palo endiambo arere
¡Ensuso arere!
Otro de hombre:
Cuenda endoquito
cuenda endoqui
Cuenda endoquito
cuanda endoqui
cuendan entute, cuenda nganga
cuando yo mira cara
yo mira pá ti na má.
62
Una bola de candela saltó del cielo
y los perros salieron corriendo por el
campo de verdolaga.
El perro brujo, el perro jutía, el
perro hombre. Pero no cesaron de diver¬
tirse y se siguieron divirtiendo en las már¬
genes del río, en el arroyo, en el estero, en
el pantano, en la manigua, ¡no!, en la
manigua, no, que estaba muy caliente.
Pidieron que lloviera y llovió.
Los perros se empaparon en el charco
del güije. ¡Fuach, glu, fuach, glu!
Desde lejos divisaron una colum-
nita de humo, ¿una columnita de humo?,
no, una nube, no, un arroyo, no... Pues sí,
era una columnita de humo. Y emprendie¬
ron rumbo hacia ella. Era la fiesta del
toro que estaba cobijando su casa. Dijeron
adiós y siguieron andando. (El toro apretó
los dientes y dijo por dentro: —«Vagos».)
Cruzaron el río y ya en el otro lado,
al perro brujo se le ocurrió hacer un arroz
con leche.
Y al perro jutía se le ocurrió echarle
canela al arroz con leche.
Y el perro hombre tuvo que cruzar
el río porque la bodega quedaba al otro
lado.
Una vez en la otra orilla con la
canela en la boca, le preguntó a los otros,
gritando:
—¿Cómo cruzo para no mojar la
canela?
63
El perro brujo le dijo:
—Llévala en la boca.
El perro jutía:
—Llévala mejor debajo de la cola.
El perro hombre optó por lo último
y se lanzó al río. ¡Fuach! ¡Fuach!, tra¬
gando agua hasta que se ahogó. Los otros
dos compadres al ver que el perro hombre
no llegaba se dieron a la búsqueda. Busca¬
ron en la manigua, en el arroyo, en el río,
en el pantano, en el pueblo. Pero nada.
Cada vez que veían a un compadre se le
acercaban y sin preguntarle ni boniato frito 1
le olfateaban en la boca y debajo de la
cola.
Pero nada. Y así siguieron olfa¬
teando y siguen, en la boca y debajo de la
cola.
1 Sin preguntarle ni boniato frito. Sin pregun¬
tarle nada, ni pío.
El buey y el rabo del mono
Este era un buey. Sí, este era un
buey.
Un buey que miraba el horizonte
como si se mirara en un espejo.
El horizonte hacía vacas y castillos
y eran las nubes, y el buey miraba, rascán¬
dose las pulgas.
Pasó un mono y el buey le dijo:
—Mono, sácame las pulgas.
El mono, que es muy maldito, em¬
pezó a sacarle las pulgas al buey. Le sacaba
las pulgas y lo rascaba con sus uñas afila¬
das.
Los bueyes padecen de un sueño
muy crepuscular y éste se quedó embo¬
bado y se durmió.
Lo que el buey no sospechaba era
que el mono llevaba una soga y que lo iba
a amarrar.
Después de largas caricias, el mono
amarró al buey por el rabo. Lo amarró de
una mata de aguacate.
65
Al despertar y verse amarrado, el
buey empieza a embestir, pero la soga no
cede y al pobre no le queda otra alterna¬
tiva que seguir durmiendo amarrado.
Por fin, se despierta.
—Mono, te voy a comer, te haré
añicos, sinvergüenza.
Pasa la jicotea y ve el espectáculo,
pero sigue. Cuando iba llegando al batey1
oye al buey que le llama, suplicante.
—Jicotea, záfame la cola. Jicotea,
jicotea...
Se puso de pie para que la voz le
saliera de abajo y de gritar se le doblaron
las rodillas.
La jicotea, que peca de cobarde,
regresó y le zafó la cola al buey.
El buey zafado se volvió buey y ni
le dio las gracias a la comadre. Cogió una
madera de cedro y la pulió para hacer una
tribuna. Clavó una bandera en un poste de
jiquí y mandó a busca la orquesta del
monte y a todos los animales.
Se paró en la plataforma de cedro y
dijo tal y más cual cosa acerca del mono.
—Mono atrevido, mono zurrupio,
mono paluchero...
—Y ahora —insistió— díganle al
muy mal intencionado que yo me he muerto
y vayan a mi entierro y llévenlo.
1 Batey. Poblado cercano un ingenio azu¬
carero. Coto cerrado
66
Así fue. El mono hizo el papel de
acongojado, lloró y se vistió de negro.
Había que verlo llegar al entierro del buey
con un ramo de siemprevivas. Había que
verlo colocarlas en la tumba. Y llorar des¬
pués oyendo la marcha fúnebre.
—¡Ah, mi pobre amigo Buey! ¡Tan
bueno! ¡Ah!
Pero qué iba a sospechar el mono
que el buey se había puesto en trato con el
chivo.
Esto fue lo que le dijo el buey al
chivo:
—Chivo, cuando el mono llegue,
usted se pone a su lado y cuando yo diga
beee, usted lo agarra fuerte y me lo deja.
El chivo, en medio de las honras, se
le tira al pescuezo al mono y el buey apro¬
vecha y lo embiste, agarrándolo por la
cola. El mono rechiflando, pataleando y el
buey halando el rabo sin soltar.
Por eso, por el estirón, es que el
mono tiene ese rabo largo y fino, y por eso
también es que vive en los palos del monte.
Cangrejo moro
y Cangrejo de la tierra
Cuando hicieron el mundo, los ho¬
yos, las nubes, los ríos, las piedras, hicie¬
ron también a los cangrejos, pero ya a lo
último y con mucha velocidad. Por eso se
quedaron sin cabeza y sin pellejo.
Cuando fueron a colocarlos en el
sitio donde les correspondía, pasó lo mismo
y Cangrejo moro fue para el mar, los ris¬
cos y las cavernas submarinas.
Mientras que Cangrejo de la tierra
se quedó en la tierra, abriendo agujeros y
alimentándose de las babosas y los gusanos.
Quiere esto decir que Cangrejo moro
salió ganando y que ahora es rey y viste de
un rojo salpicado, que es la admiración de
toda la gente de mar.
El pobre Cangrejo de la tierra anda
sucio, enfangado y flaco. A veces se con¬
funde con una raíz tuberculosa.
Cruza las carreteras de noche para
68
que ni lo vean, se pasa la vida oculto en
sus huecos, no hace mucha cría, no escarba,
no...
Cangrejo moro, por el contrario,
vive feliz en su reino. Se da golpes de
pecho, come como todo un señor, se manda
a hacer collares de cuentas de coral, se
manda a hacer tiaras de limo verdusco, se
manda a pulir el carapacho con piedra de
rayo *, bueno, todo lo que puede el poder
debajo del agua.
Su hermano terrícola sabía de esos
privilegios de su hermano marino.
Pero su hermano marino ni siquiera
sabía que tenía un hermano pordiosero en
la tierra y que le llamaban Cangrejo de la
tierra.
En enero, la especie de los cangre¬
jos moros sale a la superficie a coger
brisa y un poco, lo poco que hay de sol en
ese tiempo.
Un día la señora Cangreja estaba
con su marido en una roca alta cerca del
litoral. De lejos vio a un cangrejo feo y
prietusco y le pidió a su esposo los ante¬
ojos.
MUJER: —Marido, préstame los an¬
teojos, que veo visiones.
MARIDO: —¿Qué ves, mi mujer?
MUJER: —Veo un cangrejo como
1 Piedra de rayo. Piedra de Changó, piedra ta-
lismánica que se supone caída del cielo.
70
nosotros, pero de otro color y flacucho y
feo.
La mujer, al ponerse los anteojos,
ve de cerca al cangrejo de la tierra y le
habla bajito como si lo tuviera ante sus
narices.
MUJER: —Hermano, qué feo eres,
¿cómo te llamas, de dónde has salido?
Se quita los anteojos y no ve nada.
El cangrejo de la tierra se había metido en
su hoyo de tres pies de profundidad. Y
estaba lejos.
La mujer se pone los anteojos de
nuevo, pero ya no se ve nada.
Se monta en cólera y el marido la
calma diciéndole que ve mal, que a lo
mejor en vez de un cangrejo lo que vio fue
un ratón o una araña.
—Pero ratón no tiene tenazas y yo
vi tenazas, araña no tiene carapacho y yo vi
carapacho.
—Bueno, mujer, dejemos eso.
Entonces bajan a su reino y se echan
a dormir.
Pero el cangrejo macho no queda
satisfecho y sube solo a la tierra, aprove¬
chando el sueño de su mujer.
Sale el Sol y el ejército de cangrejos
de la tierra se desbanda por la manigua.
Cangrejo moro los ve y se pasa la lengua
por los ojos para comprobar que no está
viendo visiones.
Se acerca y llama a uno.
71
—¡Compadre!
El uno viene, y sin acercarse mu¬
cho...
—¿Qué le trae por aquí, compay?
—porque al cangrejo de la tierra no le
gusta decir compadre.
—Pues vengo a proponerte a que
bajes a mi reino y seas como yo y puedas
tener collares de coral y el carapacho lim¬
pio y reluciente.
—Pues voy pa’allá, —porque al can¬
grejo de la tierra no le gusta decir para.
Y van los dos compadres conver¬
sando hasta la orilla del mar.
Al ver el mar grande y frío, el can¬
grejo de la tierra no quiere entrar.
—Pero, ¿cómo, compadre, si abajo
está caliente y hay comida acabada de
hacer?
Por fin bajan los dos, uno murién¬
dose de frío.
Cuando llegan y el compay de la
tierra ve aquel reino, con aquellas escale¬
ras de piedra y aquellos pasamanos de
coral, se queda lelo, se pellizca, se muerde
los labios y dice para dentro de sí: «Aquí
me quedo yo.»
Y, en efecto, se queda y lo hacen
portero de palacio. Pero todo lo que brilla
no es oro, y el que está acostumbrado a la
intemperie y la libertad no puede soportar
lo que cangrejo feo y flaco soportó en el
reino de su compadre moro.
72
—Abre la puerta.
—Trae la carroza.
—Amarra los caballos.
—Pesca, caza, baila, canta, cocina,
lava cangrejito, barre la casa, friega la sar¬
tén, límpiame los zapatos pronto, tráeme
los anteojos —con voz de pantera, la can¬
greja mora.
—¡Qué va, esto no lo aguanto yo!
Coge y se va.
Ya en la tierra, de nuevo en su agu¬
jero, cangrejo reflexiona: «Para qué quiero
yo ese reino si soy esclavo. Mejor estoy
aquí comiendo babosas.»
Y pensando esto se aparece un men¬
sajero de Cangrejo moro, vestido de rojo
bermellón.
—Vengo a buscarte —con voz ru¬
giente, el mensajero.
Cangrejo de la tierra, sin contestar,
empieza a escarbar y abre un hoyo de tres
pies de profundidad. Se cuela, huyéndole
al mensajero.
—Sube, Cangrejo, que te conviene.
Te van a nombrar secretario del Rey Moro.
—Primero me ahogo aquí antes de
subir. Baja tú que hay la misma distancia.
—Sube te digo, que te conviene.
—No subo.
—Sube.
—Que no.
—Pero, ¿a qué tanta lija. Cangrejo,
si tú no tienes pellejo?
73
—Yo no tendré pellejo, pero tengo
libertad y tú no, seboruco2.
Y así se quedaron discutiendo, hasta
que Cangrejo de la tierra no oyó más
voces de reclamo y subió, hallando el ho¬
rizonte lindísimo con una mancha negra al
fondo igual que el Sol. Respiró un poco,
hizo sus ejercicios y llamó a todo el ejér¬
cito de cangrejos de la tierra para contarles.
Así empezó:
«Mis ojos han visto un reino donde
un cangrejo como ustedes, pero medio co-
lorausco y engalanado, se cree que tiene el
Diablo cogido por la cola, mis ojos han
visto también...»
2 Seboruco. Estúpido. Torpe.
El mulo y la yunta de bueyes
Un guajiro ve una luz y se le tira.
Remueve la tierra con los dedos y encuen¬
tra un tesoro en una botijuela de barro.
Empieza a chiflar de alegría y luego se
calla, para cruzar por el pueblo con el
tesoro. Cruza y nadie lo ve.
Al rato, pasa por una finca, abre la
talanquera y saluda a los dueños.
—Buen día, vengo a hacer una com¬
pra.
Por la tarde sale el guajiro con un
mulo y una yunta de bueyes, con bueyes y
todo.
Al mulo lo manda al potrero y le
da un jamacazo con bejuco ubi.
A los bueyes los pone a trabajar.
Trabajaban en exceso. Rompían la tierra,
la rastreaban, la surcaban, la cruzaban y
hasta halaban los vagones y pipas de agua
con cadenas gruesas, a eso de las cinco
cuando sonaba el pito del ingenio. Los
bueyes, en resumen, lo hacían todo.
75
—¡Qué cansado estoy!
—Y yo más que tú, vago.
Y así se insultaban para soltar la
pesadumbre que tenían por el trabajo en la
tierra. Como estaban pegados hablaban
bajito y el guajiro no los oía.
Una tarde, al ponerse el sol, fueron
a pastar yerba. Y ahí se encontraron al
mulo, comiendo con un apetito voraz.
El mulo les dijo —el mulo se lla¬
maba Práctico:
—Bueyes, ustedes trabajan como
mulos porque quieren. Mírenme a mí, vivo
como un vaina, me alimento sin trabajar,
me baño en el río, me seco, me pongo al
sol, y ustedes removiendo la tierra y mal¬
diciendo en voz baja, porque hasta le temen
a su amo.
—¿Y de qué vales, Práctico?
Práctico se levantó y paró las ore¬
jas. Orgulloso dijo:
—Muy sencillo (y quiso reírse pero
no le salía la risa). Cuando vienen a bus¬
carme para tirar de la collera me finjo
enfermo y no me llevan. Me hago el cojo y
ya.
Los bueyes quisieron imitar al mulo
y le pidieron que hiciera una demostración.
¡Qué manera de cojear el sabio mulo!
—Pues ahora que ya saben cómo se
cojea, háganlo.
A los bueyes, que están gordos como
barriles, les costó trabajo cojear.
76
—Cuando vengan a buscarlos ma¬
ñana, pónganse duros y cojeen.
Los bueyes dijeron que sí con las
yuntas. Y el mulo se retiró a su plácida
yerba.
Al amanecer llega el dueño con el
látigo en la mano.
— ¡Ojinegro, Primavera, jalen
pa’arriba!
Los bueyes preparados ya para fin¬
gir. Fingen que cojean y hasta les sale bien
esa mañana. El guarijo se larga y va a bus¬
car a Práctico para que haga el trabajo
por los bueyes. Práctico no sospechaba un
alpiste de esto.
—Práctico, vamos a laborar.
—¡Ay, caramba, me cogió despreve¬
nido!
Y es que Práctico, al oír el grito del
amo, se levantó y salió caminando con un
trote liviano y sin cojera. Trabajó el picaro
de Práctico como tres o cuatro días. Ya se
le salía la lengua y echaba candela por los
cascos. Al mediodía pasaba por el potrero
y veía a los bueyes durmiendo como liro¬
nes: un ronquido a dúo que tenía encan¬
tada a la población del batey.
Talmente parecía que los bueyes ha¬
blaban para sus adentros: («Amigo Mulo,
compadre, qué bien estamos gracias a ti».)
Al quinto y decisivo día, el mulo
furioso y con la lengua saliéndosele de la
boca, despierta a los placenteros bueyes y
77
los amenaza con un mensaje que lee de
arriba a abajo sin parar:
MENSAJE DIRIGIDO A LOS BUEYES
OJINEGRO Y PRIMAVERA
Por orden de la administración de
esta finca y en nombre de su amo y señor
el respetable Don Mariano Peña y de la
Oz encomendamos al mulo de primera
Práctico de la Peña comuniar a los bueyes
Ojinegro y Primavera que si en un breve
lapso no se reintegran a sus habituales
tareas agrícolas serán guindados en la casi¬
lla de la muerte para disfrute de sus carnes
y sus pieles.
Don Mariano Peña y de la Oz
Este mensaje, naturalmente, no les
cayó nada bien al par de cojos. El mulo,
que lo había inventando todo, la cojera y
el mensaje, añadió:
—Más vale, mis queridos compa¬
dres, que vuelvan a su trabajo si no quie¬
ren verse colgados de los ganchos de la
casilla. Es preferible trabajar que morir— .Y
los bueyes salieron a trabajar después de
cinco días de asueto, y el mulo se volvió a
tirar en la yerba, roncando y soñando con
lo que sueña un mulo: un campo inmenso
sembrado de romerillo y dos yeguas azules
y a lo lejos cantando ópera.
78
Los bueyes habían escrito unos ver¬
sos y los habían mandado a imprimir,
reclamando la ayuda del mulo:
La décima decía:
«Práctico, amigo sincero,
no dejes que me maltraten
porque aunque a palos me maten
ya no doy más, compañero»
y firmaba Ojinegro
«Debes buscarme potrero
con pasto y agua sabrosa
porque si sigue la cosa.
Práctico, como hasta hoy,
te juro que pronto soy
almuerzo de una tiñosa»
y firmaba Primavera
Pero el mulo, como si con él no
fuera, lee la décima, rebuzna semidormido
y se echa de nuevo en su catre de lona.
Esa es la historia del mulo y la
yunta de bueyes.
El lagarto y el venado:
esta gente corre
Esta gente corre. ¡Que si corre!
Hablaban el Capataz y la Capataza.
—¿Y cuál corre más? —la Capataza
preguntó.
—El venado, mujer.
—¿Estás seguro?
—Yo no.
—Yo sí.
—Yo no.
—Yo sí.
—¡Ya!
(Pelea entre marido y mujer, ¡jum!)
MARIDO: —Ya que no estás segura,
echemos una apuesta y al que corra más le
casamos con nuestra hija.
MUJER: —Muy bien.
¡Pía! ¡Pía! ¡Pía!
(Palmadas para llamar al lagarto y
al venado.)
—¡Buenas! —dijeron a dos voces.
Y ya en la casa y tomando café, la
Capataza propone el reto.
80
El lagarto, que es el que estaba en
desventaja, contestó enseguida.
Y respiro hondo.
Acordaron juntarse el día 24 de
junio a las cinco de la mañana en el entron¬
que de Guisa. A las cuatro estaba allí,
escondido en un bejucal*, el lagarto. A las
cinco llegó el venado con toda su corte. Se
quitó la chamarreta y bostezó.
La Capataza y el Capataz y la hija
de ambos llevaron sombrillas, bocaditos,
refrescos y hasta una casa de campaña
para que no las quemara el sol de Guisa.
—¿Durmió bien anoche? —le pre¬
guntó el Capataz al venado.
Éste respondió con un bostezo de
diez segundos.
El Capataz, nervioso, apretó los
puños.
—Se le ve muy bien, señor lagarto
—le dijo la Capataza al atrevido competi¬
dor.
—Gracias, señora Capataza, muchas
gracias.
La hija de ambos abrió la sombrilla
de óvalos amarillos.
—¡Uno, dos y tres!
Y salieron por el terraplén el venado
y el lagarto, levantando vuelo el venado en
la salida.
1 Bejucal. Monte de bejucos o palos del monte
muy finos.
82
¡Fuichsss! (Así suena un venado en
el aire.)
Y ahora la Capataza mira al marido
y le pregunta:
—¿Has visto al lagarto?
—El lagarto se quedó, porque no lo
veo —contestó el Capataz, colocándose
los anteojos para ver los tarros del venado
en la distancia.
Cómo lo iba a ver si el lagarto, de
un brinquito, se había encaramado en el
rabo del venado y estaba allí atrás tra¬
gando polvo, pero vencedor.
Ahora el diálogo entre el venado y
el lagarto:
—Señor Lagartooo.
—Aquí voy —con voz bajita el
lagarto, susurrando.
Y vuelve el venado:
—Señor Lagartooo —con voz que-
dita, para cerciorarse.
Y el lagarto:
—Aquí voy —casi murmurando, en
lo profundo del rabo.
El venado, preocupado, echó a volar
y cayó de espaldas en el sillón de la hija
del Capataz. El ambicionado sillón del
ganador.
Pero al caer oyó una vocecita fañosa
que le gritó:
—¡Ay, venado, compadre, que me
revientas!
—¿Pero, cómo, ya tú estabas aquí?
83
—Claro, compadre, no ve que me
ha aplastado usted por tirarse de espaldas.
Pobre lagarto, adolorido y con los
huesos traqueteándole tuvo que casarse
esa misma noche con la hija del Capataz.
Y la historia parece fantasía.
Todavía en Guisa hay quien no lo
cree.
El fin del mundo
Aura tiñosa tenía por costumbre
cruzar el mar.
Iba gritando como una desaforada;
hambrienta.
Esta era Aura tiñosa: flaca, pelona,
vieja.
No había aire. No había agua. La
tierra levantaba llamaradas de candela.
—Qué raro está esto hoy —refunfu¬
ñaba Aura tiñosa.
Un pescador la ve y grita.
—La Sunsundambal. Ahí va la
Sunsundamba.
Ella cruza el mar y se encuentra
otro pescador.
—Kolé2. Ahí va la Kolé.
Ella sigue en la negrura.
Grita sin ton ni son.
Otro pescador la ve y no hace nada
ni dice.
1 Sunsundamba. La lechuza en lengua conga
2 Kolé. La lechuza en lengua yoruba.
85
Ella avanza y el mar con ella.
Los pescadores se van enterrando,
con bote y todo.
El mar alejándose de la tierra.
Sunsundamba ve los esqueletos, los
barcos hundidos; toda la flora que está
debajo del agua.
Sunsundamba regresa a la tierra,
vuela más alto.
—¡Hombres! —pero ellos nada, por¬
que le temen.
—¡Hombres, el mundo se acaba!
Y, en efecto, el mundo se estaba
yendo. El mar era lo primero que se iba y
Sunsundamba lo había visto.
Pero los hombres la temían y no
querían escucharla. Y ella, allá arriba, gri¬
tando desesperada, porque le había salido
algo de buena.
—¡El mundo se acaba!
Entonces uno le preguntó. Y ella le
informó el desastre. Lo que había visto.
Y le siguió preguntando:
—¿Y el mar?
—Debe estar seco.
—¿Y el cielo?
—Sube cada vez más.
Los hombres no pudieron conte¬
nerse y empezaron a llamar al repartidor
del mar, del cielo y de la Tierra.
Éste llegó, después de un largo pere¬
grinaje.
Se paró en un taburete y dio un
86
discurso. Medio en congo, medio en lucumí,
medio en castellano.
El caso fue que nombró a la Sun-
sundamba su secretaria.
Y en el acta decía:
«Los hombres harán todo lo posi¬
ble por establecer la paz sobre la faz de la
tierra.»
Al leerlo en voz alta, todos levanta¬
ron la mano y los pájaros empezaron a
tener plumas, y todo volvió: el mar, los
peces, los pescadores, el pavo real, el cielo,
etcétera...
Los bueyes siempre andan juntos
Artillero y Navegante eran de la
costa norte.
Una pareja buena, de poco arar,
porque la tierra allá se suaviza por el agua
de lluvia. Así que no tenían el lomo tan
duro, ni las pezuñas.
Lo de Artillero no sé, pero Nave¬
gante se llamaba así porque la verdad es
que parecía un buque surcando la tierra de
Sagua. Artillero padecía de un mal de
huesos y tenía la caja del cuerpo entablada
como un mueble rehecho.
Era el que más hablaba, eso sí. Por
eso la sofocación y el sube y baja de la
cabeza, lento.
Honorio le dice: —¡Jala, Artillero,
arriba!
A Navegante se le doblan las rodi¬
llas.
Esos eran más o menos los compa¬
dres Artillero y Navegante cuando se le
cayó el techo de la casa a Honorio por el
fenómeno aquel.
88
Como en todos los pueblos corren
historias paralelas, en Sagua decían que
había sido un terremoto y una marea alta,
o ras de mar, y un cataclismo y un ciclón
terrestre y el fin del mundo por no dejar
de decir...
El caso fue que empezó por un aire
liviano. Y el maíz que nunca se queja
empezó a chirriar. El río, desbocado ya
por la tarde, se abrió paso entre la paja seca
y no miró atrás hasta que vio la entrada
del mar y se clavó.
El remolino de viento se empezó a
revirar contra la boca del estero y removió
la tierra. La tormenta fue general, rebo¬
tando por los maizales, loma abajo. Arti¬
llero y Navegante se quedaron mudos y se
miraron sin decirse nada, por supuesto.
Honorio se cubrió con la yagua y salió a
buscar la salvación animal.
—Pobres bueyes —decía—, pobres.
Loma arriba, loma abajo, piedras,
pedruscos, hasta que llegue muerto de can¬
sado al tope.
—Buenos días, señor Rey.
—Buenas, Honorio, ya sé qué le
trae.
Honorio se arrasca la cabeza...
—Señor Rey, por la salvación del
reino animal, acuda a este reclamo. Detenga
el mundo. Sálvenos de este precipicio.
Y mientras Honorio atormentaba
al Rey, el chivo y la chiva se protegían
89
debajo de una mata de mangos, el perro y
la perra se pegaron tanto del miedo que se
quedaron gemelos para toda la vida, la
vaca y el toro se metieron en el establo y
cerraron la puerta con candado, cerró el
toro; el gallo y la gallina se encaramaron
en un palo de guásima, y la jutía y su
marido abrieron un hoyo de tres metros en
la tierra y se quedaron allí, sordos por el
estruendo, pero a salvo. Todo esto hicie¬
ron los animales por no naufragar. Hicie¬
ron más que no se conoce, menos el buey
y su compadre que cada uno cogió por un
lado, Artillero para la siembra de caña y
Navegante para el medio del mar.
—¡Sálvese quien pueda! —gritaron.
Así fue, y el Rey y Honorio lo
pudieron presenciar todo. Por eso cuando
la tormenta o el ras de mar o el cataclismo
pasó y la tierra estaba seca ya. Honorio
llegó cansado al maizal, con los yugos en
las manos.
«Artillero y Navegante
condenados por el Rey
a andar por el mundo errantes
uno atrás y el otro alante
Ojinegro, Primavera, Artillero, Navegante.»
Y es que el Rey los castigó a andar
enyugados siempre, y en pareja.
Parece que para la próxima.
Las orejas del conejo
El conejo al principio era un animal
insoportable. Se quejaba de todo, no le
gustaba estar en jaulas, no le gustaba que
lo ensuciaran. Bueno, de todo, hasta del
tamaño pequeño que le había dado la
naturaleza.
Un día se quejó demasiado y alguien
bondadoso, como siempre ocurre en estos
casos, le oyó y le dijo:
—Conejo, quejón, si me consiguen
una pluma de águila, rojo vivo, un colmi¬
llo de león, oye bien, conejo, de león, y el
huevo de una serpiente, ¡ah! de una ser¬
piente venenosa, te voy a aumentar el
tamaño. No me preguntes cómo. Yo me
las arreglaré.
Pues el conejo se fue, meditó un
poco y ¡zas!, se subió a una lomita con un
pito de calabaza y llamó al águila. El
águila cruzó el Atlántico y vino.
—¿Cómo te atreves a llamarme,
conejo? ¿No ves lo lejos que vivo?
91
—Es que necesito una pluma tuya
para que me den tamaño, una rojo vivo,
para hacerme respetar.
El conejo se fue con la pluma, que
por cierto, le manchó los ojos.
Volvió a la lomita y despertó a la
serpiente con el pito de calabaza.
Todo se arregló y el conejo salió
con el huevo de la serpiente.
El león también escuchó el pito de
calabaza y salió de su cueva rugiendo:
—¡Err... agrrrr... Errr... Aggrr...!
Caminó despacio hasta que vio al conejo.
—Conejo, ¿qué quieres? ¿Qué ruido
estás haciendo?
—Es un pelo mágico de mi cuerpo,
una canita, que suena una vez al día. Yo lo
que quiero es un colmillo tuyo.
El león, impresionado por el sonido
misterioso del conejo, se arrancó un col¬
millo.
—¡Ay! —El colmillo cayó al suelo
y el conejo lo recogió en un tilín.
Entonces el conejo, muy orgulloso
y feliz, llegó a ver a su amigo y le dijo con
la voz gruesa como si se hubiera tragado
la calabaza:
—Aquí está lo prometido: la pluma
rojo vivo, el colmillo afilado y el huevo de
la serpiente...
El amigo se puso la mano en la
barbilla y sonriéndose le dijo al conejo:
—Si tú, con ese tamañito, logras
92
hacer todo eso, qué ocurriría si fueras del
tamaño del camello o del chivo cuando
más. Serías, mi querido amigo, al azote de
la creación.
El conejo se enfureció y las orejas
se le pararon de punta, porque el amigo
no cesaba de decirle:
—No te hace falta más tamaño.
Con esas orejotas te basta. Con esas orejo...
El gavilán y el sapo, al cielo
Aquí va este cuento. ¡Oigan!
El gavilán y el sapo, los dos privile¬
giados, fueron invitados a la gran fiesta
del cielo. El gavilán, un poco desconfiado,
fue a la casa del sapo y le dijo:
—Sapo, compadre, me he enterado
de que tú también vas al cielo. ¿Qué te
parece si vamos los dos juntos? ¿Qué te
parece, Sapo?
El sapo se hinchó de orgullo y eso
quería decir: sí.
Cuando el gavilán se alejó, el sapo
le gritó:
—No te olvides de la guitarra, Ga¬
vilán.
—La llevaré, compay, la llevaré, pero
no te olvides tú de la tumbadora.
El sapo se quedó pensativo. Pen¬
saba esto el sapo: (A lo mejor este maldito
pájaro no me viene a buscar el día de la
partida y me quedo yo con tumbadora y
todo, embarcado.)
Pasaron los tres y los cuatro y los
94
cinco días. Y al sexto llegó el gavilán con
un guitarrón de cuerdas de pato, inmenso
como una casa.
—¿Qué tal, compay Sapo?
—Muy bien, Gavilán, estaba espe¬
rándote hacía dos horas. Entra a mi casa
para que comas algo, te refresques y conoz¬
cas a mis hijas.
Gavilán entra y deja la guitarra re¬
costada a un horcón del portal.
El gavilán ni se da cuenta, porque
se pone a enamorar a la hija mayor del
sapo que tenía los ojos verdes y la boca
anaranjada.
—Qué linda eres.
—Gracias, señor Gavilán.
—No me digas gracias, tú te lo
mereces todo.
Cuando, como un eco, se oye a lo
lejos una vocecita. La vocecita del compay
sapo.
VOCECITA: —Compadre Gavilán,
compadrito, como yo soy lento en mi an¬
dar, voy a adelantarme un poco. Ya me
alcanzará.
Pero ni el gavilán ni la sapita sos¬
pechaban que esa vocecita salía de la gui¬
tarra, donde se había escondido el sapo
para que el gavilán lo llevara al cielo por
el aire.
—Adiós —le dijo el gavilán a la
hija del sapo y cogió su guitarra y levantó
vuelo con el sapo y la tumbadora.
95
Cuando llegó al cielo, el cielo era
una feria, el cielo era un carrusel, un car¬
naval, una tómbola, una...
—¿Dónde está el compay Sapo? —le
preguntaron al Gavilán.
—¡Pero cómo!, ¿no ha llegado aún
ese tonto? Claro, como que creía que iba a
llegar primero que yo. ¡Qué atrevido! Si lo
único que sabe es saltar como lo que es,
un sapo.
La madrina de la fiesta habló mu¬
cho, bueno, como lo que era: una cotorrita
multicolor y parlanchína.
—¡Qué linda fiesta! —repetía—.
¡Qué colores, qué trajes, qué cantidad de
luces! ¡Ay, no puedo más! —Y de tanto
bailar se cayó redonda en el piso.
Los invitados se sentaron a la gran
mesa de los manjares y el gavilán dejó su
guitarra recostada a una pata.
—¡Aquí estoy yo! —gritó el sapo,
saliendo de la guitarra sin que lo vie¬
ran.
El gavilán se quedó perplejo y el
sapo le hizo burlas, bailando a su alrede¬
dor con la sapa, la esperanza, la escara-
baja, la jicotea que nada más bailaba dan¬
zones, y la rana. Oscureció y la fiesta se
fue acabando. El gavilán se tomó dos litros
de aguardiente y se emborrachó. Al verlo,
el sapo aprovechó y se metió de nuevo en
la guitarra para el viaje de regreso.
—¡Ay! Qué cómodo está esto aquí.
96
Un poco oscuro, pero qué cómodo... —y
bostezó de sueño.
El gavilán se compuso un poco y
emprendió el viaje a la tierra con guitarra
y sapo, pero sin tumbadora. (La tumba¬
dora se rompió y nadie la quiso bajar.)
Pero la borrachera le quedaba, y el
gavilán empezó a dar tumbos en el aire y a
zigzaguear.
El pobre sapo se dio golpes en todo
el cuerpo.
Se aguantaba a las cuerdas de pato
para no caerse, pero... Un giro fatal del
gavilán en el aire sacó al sapo por la boca
de la guitarra y lo lanzó.
—¡Ay! —gritó—. ¡Ay! —volvió a
gritar.
El gavilán, al verlo en el aire, pensó:
(Menos mal que el sapo ya sabe volar.)
Y el sapo gritaba:
—¡Piedras, nubes, pedruscos, vien¬
tos, quítense del medio, déjenme solo, qué
rico, qué maravilla, qué frío, qué friecito,
qué... ¡crack!, pum, pum, fuish, fuish...!
Y es que el sapo se estrelló contra el
peñón de Gibraltar y se desinfló.
El gavilán se dio cuenta. Desde ese
día, el sapo es como es: feo, frío y con el
cuerpo aplastado de sapo.
Los perros mudos y el caimán
Aquí va este otro.
El perro andaba siempre por todos
los charcos y los ríos.
Gustaba de la sombra del mangle y
los jagüeyes.
Ese era el perro correntón que no
vive en casa de nadie porque su casa es el
aire libre.
Por la mañana corría en zigzag por
los campos. (Al perro correntón lo llaman
salvaje.)
Por la tarde se recostaba con la
cabeza para arriba mirando la puesta del
sol. Los indios no le temían porque vivían
un poco como él, sueltos y a la intemperie.
Pero los españoles se extrañaron de llegar
a la Isla y ver a aquellos animalitos que
hacían como si ladraran mirando las estre¬
llas y no se oía nada. Les extrañaba que
fueran mudos, perros mudos en Cuba.
Y como eso no tenía explicación
salió este cuento, que habla del caimán y
el perro mudo.
98
Ya ustedes se han dado cuenta de
lo agitados que son los perros. No sé si se
habrán fijado también que ellos andan
siempre con la lengua afuera y respirando
fuerte. Bien, lo de la lengua afuera es para
hacer contrapeso con el rabo, porque si no
los perros se caerían hacia atrás, por el
peso.
El caimán en su quietud lo ve todo.
Y veía al perro cruzar el arroyo todos los
días, con su hermosa lengua roja salpi¬
cando agua fresca. El caimán se entris¬
tecía porque el desgraciado no tenía len¬
gua para tomar agua, que es para lo que
ella sirve.
Un día, al caer el sol, el perro se
incorpora y va al arroyo a tomar agua
cristalina. Sacaba la lengua con rapidez
asombrosa.
El caimán, muerto de envidia, le
pregunta: —Dime, perro...
Y es aquí donde empieza el diálogo:
Dime, perro, ¿cómo es que te has
buscado una lengua tan grande? Yo no
puedo tomar agua porque no tengo lengua
y tú, sin embargo, tomas con tanto gusto.
Me hundo de sed, perro. Ayúdame.
—¿Qué puedo hacer. Caimán?
pregunta el perro, con la boca llena de
agua fresca.
Préstame tu lengua. Te debía dar
vergüenza tomar tanta agua y yo que vivo
en ella no poder probarla nunca y secarme,
99
seco como estoy por dentro y fuera. Mí¬
rame la piel, perro, ¿no ves que la tengo
arrugada de tanta sed?
El perro contesta de una manera
grosera:
PERRO: —Mira, Caimán, no te creo.
Tú tienes lengua y si no tomas agua es
porque no quieres.
El caimán, llorando con lágrimas
de caimán, que son gordas y pesadas, con¬
quista al perro y el perro conquistado se
saca la lengua con un bejuco de monte y se
la presta al caimán.
—Gracias, amigo; cuando me tome
toda el agua del arroyo te la devuelvo.
El perro se quedó esperando y de
esperar tanto se durmió, dándole la luna
en la cabeza y dejándole una mancha blanca
y brillosa.
El caimán, por su lado, se sumergió
en el arroyo, chapoteó, tomó agua y tam¬
bién desapareció. A la mañana siguiente,
el perro se levanta, y cuando va a bostezar
se da cuenta de que no tiene lengua y se
acuerda.
Busca al caimán por todo el arroyo,
llega hasta el río Zaza, bordea la costa sur,
se tira en la Laguna del Tesoro, nada
como un arrebatado, pero ni rastros del
caimán.
Entonces quiere ladrar y ladra, pero
no se oye nada. Ladra de rabia, de tris¬
teza, de deseo de venganza, y nada.
101
El caimán se llevó la lengua del
perro, se tomó toda el agua del arroyo,
dejó un río seco completamente y siguió
rumbo al mar, orgulloso con su lengua de
perro.
El perro se quedó en tierra, mudo y
sediento.
Y por eso los españoles cuando lle¬
garon a Cuba escribieron tanto y con tanto
asombro acerca de los perros mudos. Lo
que sí nunca dijeron fue lo del caimán.
Porque este cuento vino después.
El grillo canta sin parar
La isla de Cuba está repleta de gri¬
llos. Los grillos pululan en el monte, en los
campos de caña, en los jardines de las
casas, en los cementerios, para alegrar, en
la arena de las playas, en los heléchos, en
las yaguas y, sin embargo, no se ven.
A ellos les ha gustado siempre estar
escondidos. A los grillos y a las esperan¬
zas, que son su esposas. Las esperanzas no
cantan, los grillos sí. Las esperanzas true¬
nan bajito: ¡Pssszzzzzzuuuu! Los grillos
¡Fuiiiiii! y no paran de cantar. Empiezan
al oscurecer, como si cogieran aire del
terral, y siguen hasta la madrugada. Se
despiertan por el ruido de los pomos de
leche y por las pisadas. Cantan dormidos,
por eso es que no paran.
La mujer del grillo, la esperanza,
dice que su marido canta para que el
hombre sepa la hora, porque antes no se
sabía a no ser por la luz del sol y el res¬
plandor de la luna. Se sabía que era de día
103
y de noche, pero nada más. Entonces la
gente no se apuraba y los cultivos se mo¬
rían. ¡Qué hambre se pasaba por no sa¬
ber dónde estaban las manecillas del re¬
loj!
El grillo se dio cuenta y quiso ayu¬
dar, inflándose y pitando hasta reventar.
Al principio, por falta de experiencia, mu¬
chos grillos se reventaron, pero ya no, ya se
hinchan y deshinchan como una goma.
Las esperanzas, eso sí, se han quedado
sordas. Por eso no se fastidian y les da
igual que el grillo cante o no. Tal vez
oigan algo. ¡Quién sabe!
Eso es lo que hacen las esperanzas
y lo que dicen de los grillos. Aunque les
taladren las orejas, ellas se quedan verdeci-
tas como el laurel y quietas, al lado de
ellos, que son ¡ah! carmelitas, que es el
pálido de los grillos.
Bien, pues los sinsontes, las tojosas,
los azulejos, los carpinteros, piensan otra
cosa y no están de acuerdo con las esperan¬
zas.
Piensan que los grillos chillan sin
cesar para que no se oigan los gorjeos y las
filigranas de los otros pájaros. Una vez, el
sinsonte se paró en un maguey y le dijo al
grillo desde arriba:
—Grillo, tú no cantas, tú chillas.
El grillo no lo miró, pero se puso a
saltar nervioso de una rama a la otra sin
parar de cantar.
104
El sinsonte, que sí canta lindo, em¬
pezó a dar su concierto. El grillo sin ca¬
llarse.
Aquello era una competencia. Todos
los pájaros del coro vinieron. La bijirita y
el canario, de finos que son, delante para
hacer de solistas.
Fue un concierto gigante, y el monte,
la isla entera, pegó el oído al maravilloso
canto de los verdaderos pájaros cantores.
El grillo malojero 1 y chirrión no se humi¬
lló.
Las esperanzas cogieron una carreta
de caña, se montaron todas y se fueron
huyendo del molote. Pero los grillos, ter¬
cos, se quedaron escondidos detrás de las
hojas resistiendo el reto de toda la cantu¬
rria.
Resistieron más de tres noches se¬
guidas. Mientras que los otros se queda¬
ron mudos por aquella gritería. El gorrión,
por ejemplo, no cantó más.
Las esperanzas volvieron en tres ca¬
rretas de caña, llenas de cintas y brochas
de flores, romerillo y vicaria, en las blusas
de seda que se mandaron a hacer con las
arañas, sus modistas.
Gordas, pero verdes de alegría, hi¬
cieron una fiesta para celebrar el triunfo
de sus esposos.
1 Grillo malojero. Grillo de los matojos, del
monte, que vive junto a la meloja.
105
Y a esa fiesta no fueron más que
grillos y esperanzas. Los grillos se atragan¬
taron de comida y se echaron a dormir a
las doce de la noche, cantando todos, de
abajo de las piedras, en las hojas, junto a
las raíces, en el matorral.
Por qué la jicotea tiene
el carapacho cuarteado
Jicotea vivía con su esposo en las
orillas del río Quibú. En la Vega del Oro
tenía un amigo, a tres leguas de distancia,
cruzando ríos y montañas.
—«Una, dos, tres leguas» —reflexio¬
naba Jicotea—. «Demasiado lejos, dema¬
siado.»
Y todo porque Buara, el amigo, la
visitaba a ella y a su esposo con mucha
frecuencia porque tenía alas, mientras que
Jicotea no, y era triste saber que no podía
devolverle la visita a Buara.
Jicotea se encolerizaba. Y su ma¬
rido, que era ciego, se daba golpes contra
las piedras.
Un día Jicotea...
—Marido, tenemos que hacer algo
para ir a visitar a Buara.
—Mujer, yo no vuelo para ir tan
lejos, estoy ciego y no puedo.
—Bien, iré yo entonces.
Con la misma, haló del brazo a su
107
marido y lo llevó a las vegas de tabaco
más cercanas.
—Ven, amárrame fuerte a una gavi¬
lla de tabaco y escóndeme en un catauro.
Cuando Buara venga, lo llevas al campo y
se lo entregas, conmigo amarrada a un
extremo. Le dices: «Querido Buara, en nom¬
bre de mi mujer y en el mío te hacemos
este regalo para que lo lleves a tu casa.» Y
así me voy con él por el aire.
Hechos esto, viene Buara y el marido
de Jicotea le da el regalo. Jicotea, callada,
atada al extremo del catauro. Callada Jico-
tea, callada y nerviosa.
Las jicoteas, cómo fingen.
Buara pregunta por ella. El marido
le dice:
—Jicotea salió para tu casa, a visi¬
tarte.
—¡Pero, cómo, tan lejos! ¿Cuándo
llegará?
Jicotea, pasando calor dentro de las
hojas de tabaco, mareada del tufo verde,
clavada.
—¡Adiós!
Y sale volando Buara con su carga
al hombro.
Volando y cantando.
Este es Buara:
Pático florido dime adiós
Donde vive mi madre de agua
vivo yo
108
Pático florido dime adiós...
Pero, para su sorpresa, se oye una
vocecita como de pitillo de calabaza que le
dice:
—Buara, mi amigo, Buara, mi amigo,
me muero de miedo aquí tan alta.
Buara no atina y suelta la carga,
cayendo el catauro con jicotea y todo.
¡Cra-cri-cra-cri-crash-crash!
Así fue cómo se le partió el carapa¬
cho a la volandera de Jicotea, por ir a visi¬
tar a Buara.
Y no se le quedó partido, gracias a
las hormigas que se lo fueron pegando
pedazo a pedazo. No se le quedó partido,
pero sí cuarteado y color tierra.
El cangrejo sin cabeza
El cangrejo soñaba mucho. Tenía
esa manía, que en los animales como él,
sin cabeza, es muy rara.
Como era muy inteligente, un día
soñó que soñaba sin cabeza. Y se levantó
de la paja en que dormía.
Caminó por toda la cueva negra
buscando una salida. El propósito del can¬
grejo era ver a alguien que pudiera favore¬
cerlo, colocándose arriba del carapacho
una cabeza.
Fue a la palma y se encontró con
Ou, el algodón, y le preguntó:
—Ou, ¿tú sueñas?
Ou le contestó que sí, pero poco.
—¿Y cómo puedes soñar si no tie¬
nes cabeza?
Ou se zarandeó, nervioso.
Descansaron junto a la palma toda
la noche. Y por la mañana se fueron a
buscar cabeza. Llegaron a casa de Olofi,
quien les prometió un par.
110
—Vengan dentro de seis días, que
yo me ocuparé de ponerles dos cabezas.
Una para Óu y otra para ti, Cangrejo.
Al sexto día, Olofi empezó a repar¬
tir. Cabeza para el león, cabeza para el
pollo, cabeza para la jicotea.
Pero a Ou y al cangrejo se les hizo
tarde. Y Olofi no perdona y sí castiga,
como hizo con el algodón y con el pobre
cangrejo.
El gorrión no come en jaula
En la tierra de los mogotes vivía un
campesino, Genaro. Genaro tenía un horno
y hacía pan para él y su mujer. Los gorrio¬
nes volaban cerca, y un día, cuando vieron
las migajas alrededor del horno de Genaro,
se acercaron y empezaron a devorar el
alimento. Uno de ellos, el más viejo, se
puso gordo de tanto comer. Engordó y así
Genaro lo pudo atrapar fácilmente, por¬
que el gorrión no podía volar con tanto
peso.
Lo puso en una jaula muy linda
que Genaro había hecho de bambú. La
madera más hueca del monte.
Pero el gorrión no hacía más que
volver la cabeza de un lado a otro, de acá
para allá y decía:
—¡Ay!, mi casa.
Y así se pasaba los días, en ese
quejido.
Genaro le echaba comida y el go¬
rrión no comía. Se puso flaco y casi se iba
112
a salir por una rendija de la jaula, cuando
la mujer de Genaro, ya viendo que él o se
moría o se escapaba, le amarró una hebra
de hilo fino a una pata. Una hebra larga.
El gorrión echó a volar y ella lo fue
siguiendo, hasta que él llegó, conocedor
como era del monte, a una laguna. Se
posó, abrió las alas, se sacudió y cantó por
primera vez. Cantando estaba cuando Genaro
lo atrapó y lo metió de nuevo en la jaula.
El gorrión se tiró en un rincón y allí
se quedó hasta que la mujer lo vio seco y
duro como palo.
Entonces llegaron los otros, que es¬
taban libres, de la laguna y lloraron de
tristes...
La jaula de bambú se quedó ahí. Y
Genaro y su mujer se dedicaron a hacer
carbón en el horno. Por eso cuando uno
pasa cerca de un mogote ve una nubecita
de humo que se mueve lenta, arriba.
El gallo y los animales del cielo
Hubo un tiempo, al principio de
todo, que el cielo estaba abarrotado de
pájaros y animales. Hasta había elefantes,
tigres, jirafas y leones. El cielo era como lo
que es hoy la selva. Eso fue, naturalmente,
al principio de todo. Un día empezó a llo¬
ver. Llovió durante meses seguidos. Todos
los animales se apretujaron en un rincón
para no mojarse y surgió la pelea. Lucha¬
ban por buscar comodidad. Pero no la
encontraron porque el cielo estaba abarro¬
tado.
El león se peleó con el tigre. Y los
pájaros se desplumaron y se dieron de
picotazos.
Al ver aquello, el búho, que era el
más sabio, dijo:
¡Uuuuuuuuhhh! ¡Uuuuuuhhh!, y eso
quería decir:
—Gallo, tú que eres el más viejo,
baja a la tierra y traénos calor. Tráenos el
fuego. Gallo.
El gallo bajó por una enramada de
114
nubes y llegó a la tierra muerto de cansan¬
cio.
Al llegar vio a los hombres en el
trabajo, en las fiestas, junto al fuego.
Vio también un maizal lindísimo y
se quedó comiendo.
El elefante pensó: «Al gallo lo han
esclavizado.» El león pensó: «Al gallo se lo
comieron vivo.»
La jirafa pensó: «El gallo murió en
el camino.»
Pero el búho, que lo conocía bien,
murmuró en voz baja:
-El gallo se ha quedado comiendo
maíz.
Los animales del cielo, abarrotados,
los pájaros enchumbados, temblaban de
frío. Algunos murieron y otros, los que
quedaron vivos, bajaron una vez, al des¬
cubrir la enramada de nubes.
Llegaron en caravana a una loma
de Trinidad. Detrás de la loma estaba el
gallo comiendo maíz todavía.
Le preguntaron al búho: —Búho,
¿quién le corta las alas, quién lo despluma,
quién le entra a picotazos por haberse
olvidado de nosotros?
Búho no contestó, pero hubo una
gran polvareda y sangre y las espuelas del
gallo saltaron por el aire.
Desde ese día. Gallo quedó sin alas
y por eso no vuela como la lechuza, como
el tocoloro, como la misma guinea.
La lechuza y el mono
Antes, cuando había esclavitud en
Cuba, la lechuza veía de día y de noche.
El mono, allá en su tierra, hablaba
con gran soltura:
—Diambo, malembe, diambo.
Y cantaba moviendo las manos:
Cuenda endoqui cuenda
cuenda endoque diambo
Eran amigos de lejos.
Un día se vieron porque ella lo fue
a visitar, cuando el charco.
Se vieron y fueron amigos para
siempre.
Pero en el largo camino, el Día se
paró frente a la lechuza y le ordenó:
—Ve a la Luna y dile que yo quiero
sus atributos. Si no te los da a las buenas,
arráncaselos.
La lechuza se sorprendió de esa
enemistad del Día con la Luna. Pero la
117
muy maldita fue con un velo en los ojos y
con su amigo el mono, que se me olvidaba.
Mientras el mono cantaba, a la le¬
chuza le daba vueltas en la cabeza la idea
de quitarle los atributos a la Luna. Ya
tenía al pobre mono medio trastornado
de tanto contarle acerca del proyecto. Pero
los dos fueron tontos. No se dieron cuenta
que la tojosa, amiga íntima de la Luna, lo
estaba escuchando todo.
—¡Qué sinvergüenzas son! Ahora
corro y le doy detalles a la Luna. '
Y así lo hizo. Cuando la lechuza y
el mono llegaron tiritando a los cráteres,
ésta lo sabía ya todo. Como dijo el mono
después:
—Hasta donde el jején puso el huevo.
Tomó todas las precauciones y con
su gran poderío oscureció la Tierra, origi¬
nando el primer eclipse total.
El Día, rabioso, llamó a contar a la
imprudente lechuza y al mono entretenido.
Los castigó severamente.
—Lechuza, pracatatpacata? &X./.
Mono, tiquiriquitaquq?.:&X./
A la lechuza la imposibilitó de ver
luz del día y al mono lo dejó sin voz.
Pobrecito, no cantó más.
Venado, Jicotea y Toro
Un toro se cree dueño y señor,
viento, ráfaga, causante del daño humano,
caverna rugiente, terror original.
Se cree todo eso sumergido en la
sombra de un coposa mata de mangos.
Venado y Jicotea lo observan en su
delirio.
El toro ruge, chorreando el líquido
amarillo de un inmenso mango bizco-
chuelo.
Jicotea y Venado se miran, adivi¬
nándose el pensamiento.
Jicotea piensa mal. Venado no se
queda atrás.
El toro pela otro mango y los dien¬
tes se le llenan de hilachas.
Por fin Venado y Jicótea se dicen
en voz alta:
—Nos comeremos al toro.
—Qué rico está, ¿verdad?
Y hacen una apuesta que consiste
en una carrera.
119
Baragayán, que es como se dice al
venado, marca el punto de salida, el día y
la hora.
Baragagán, que es como le dicen a
la jicotea, lo acepta todo, punto y fecha.
Por fin van a salir.
Baragayán se pule los tarros con
piedra pómez. Baragagán se da un barniz
ligero en el carapacho, que se le vuelve
luna. Antes de salir, Jicotea reúne toda la
comarca de jicoteas, como 300 ó 350 y les
da las orientaciones siguientes:
—¡Comadres, comadritas!: Venado,
veloz como el trueno, me ha retado a una
larga carrera. El nombre de nuestra raza
tiene que quedar bien alto. Y, sobre todo,
invicto en este desafío. El toro que nos
rifamos tiene que ser nuestro.
Jicoteas y jicoteítas sacaron la ca¬
beza del carapacho y se movieron, sonando
como matracas.
Jicotea sigue en su tonito fañoso:
«A todo lo largo del camino, detrás
de los arbustos y las piedras, se irán colo¬
cando ustedes. Venado pasará y no se
equivoquen si ven algo como una flecha,
es Venado en persona, en persona de Ve¬
nado quiero decir. Cada vez que él pase
cerca de una de ustedes y pregunte: —
¿Baragagán?, ustedes contestarán: —Aquí
estoy, Baragayán. Díganlo bajito, para que
él crea que ustedes se han quedado atrás.
Bien, pues eso es todo, todo cuanto vamos
120
a hacer para que nuestra raza permanezca
invicta.»
La carrera empezó. Salieron los dos,
como espejo el venado y como luna la
jicotea.
Llegando al puente grita el venado:
—¡Baragagán!
—¡Aquí estoy, Baragayán!
—¡Baragagán!, llegando al río.
—Aqui estoy, Baragayán.
Y Baragagán estaba ya al otro lado
del río.
Venado, enfurecido, embistió el
polvo del camino, los palos, las casas de
tablas, despedazó una carreta de bagazo,
vadeó ríos con la velocidad de un sal¬
món, y Jicotea le contestaba, pegadita
a su oído, pero en voz de lejanía. Le con¬
testa:
—Aquí estoy, o aquí voy, Baraga¬
yán.
Al llegar a la meta, Baragayán con
un tobillo jorobado y los cuernos llenos de
malezas. Jicotea en la meta con la bande-
rita en la mano, riéndose.
Aquí se acabó la carrera y Jicotea
quedó invicta, como era su deseo. Enton¬
ces Venado buscó al toro. Incorporándose
lentamente, la boca con aliento a mango
bizcochuelo, el toro se puso a disposición
de Jicotea, sin saberlo.
VENADO: —Compadre toro, acom¬
páñeme a dar un paseo.
121
TORO (rugiendo): —Iré si me llenas
la barriga.
VENADO: —Te llevaré a las matas
de mango más ricas de toda la comarca.
El toro, con una intoxicación terri¬
ble, amarillo de pies a cabeza, fue. Y junto
a las matas estaba la jicotea-luna esperán¬
dolo.
El toro empezó a cambiar de color.
Toro amarillo, toro carmelita, toro rojizo,
toro azul. Todo por la terrible intoxica¬
ción. Más que toro aquello era un cama¬
león con cuernos.
Aprovechando la enfermedad del
toro, Baragagán le pide a Baragayán:
—Baragayán, si matas al compadre
toro, te daré un trozo de carne.
Baragayán corrió a conseguir un
cuchillo y mató al toro y lo colgó de un
palo de júcaro altísimo.
—Así de alto no lo puedo alcanzar,
se quejó la jicotea. Esa traición no va
conmigo.
Baragayán bajó al toro, que ya es¬
taba feo, morado y gris. Hizo un hoguera,
también de llamaradas altas, y colocó al
toro en el centro.
La jicotea lo miraba todo en un
estado de tensión animal. Mira al venado
saltando por encima de las llamas. Y ella
que no podía ni pararse en puntas. Bara¬
gayán se quedó dormido de la hartada que
se dio.
122
Baragagán todavía no había probado
ni bocado. Pero esperaba una solución.
Esperaba paciente. Pasan los días y Bara-
gayán no se despierta.
Jicotea le tira una piedra y Venado
asustado salta creyéndose canguro. Al ver
al toro en medio de la hoguera se acuerda
de todo, de la carrera, de la comadre
Baragagán y de que él ya estaba harto de
carne de toro.
Ahí es donde coge lo que quedaba
del animal y lo tira al río.
Jicotea se pone a llorar y le dice
egoísta, traidor, mal amigo, glotón, glotón
y comelón y hasta le dijo...
Venado se enfurece con Jicotea y la
tira al agua para ahogarla, donde Jicotea
descubre que puede nadar y nada, que
puede comerse lo que queda del toro y se lo
come, que ha salido ganando y canta, que
el venado es un tonto porque para hacerle
daño le hizo bien, y que el ejército com¬
pleto de las jicoteas, por su heroica resis¬
tencia debajo del agua, quedaba invicto
ante todos los animales del monte y no
sólo ante Baragayán, el iluso venado.
El gato y la jutía
El gato presumía de sus habilida¬
des calisténicas. Presumía de su pelo, de
sus ojos de tigre enano, de sus cautelosas
patas, de sus movimientos suaves y arro¬
gantes. El gato caminaba como sobre las
nubes.
Presumía de lo que más podía pre¬
sumir: de su gordura. Y de la manera en
que podía moverse y brincar siendo tan
gordo.
¡Cómo no iba a estar gordo el gato
si era el único animal del pueblo que podía
cazar aves y comérselas! Pollos, guanajos,
guineas, liebres eran sus favoritos. A pesar
de sus libras, el gato era ágil en la caza. En
fin, era un prodigio de gato. Y por prodi¬
gio tuvo que acceder a la petición de la
famélica jutía.
—Señor Gato, ¿cómo es que usted
puede cazar tan hábilmente? Deme una
lección.
El gato, como ya suponíamos, le da
124
la lección y la jutía se pone a cazar pollos,
guanajos, guineas, liebres. Pero el gato, en
su sagacidad, observaba a la comadre Jutía.
La comadre había cogido el rábano por
las hojas y mataba animales por tongas
diariamente. Muchas veces sólo por el pla¬
cer de cazar.
El gato empezó a pensar agazapado.
Pensó que la jutía había cogido un
trillo equivocado y que él era responsa¬
ble.
Le llamó la atención de lo más
decentemente:
—Comadre Jutía, no exagere. Haga
como yo, mate sólo al animal que vaya a
comer al día.
La jutía, como es de monte, medio
cimarrona ella, no entiende nada y se pelea
con el gato.
Pasan los años. El gato, entriste¬
cido, veía cómo iba creciendo la montaña
de huesos de guanajo, guinea, liebre, que
la jutía amontonaba para gloria y orgullo
de su especie. El gato, entristecido, miraba
con dolor hacia el cementerio.
—¡Qué infame la jutía! —maullaba.
La jutía se paraba arriba de los
huesos y se dejaba fotografiar por los visi¬
tantes. «Click», y la jutía sonreía; «clack», y
levantaba las páticas; «click-clack», y ense¬
ñaba los afilados dientes.
El gato doblemente acongojado.
Pero un día la jutía ya no tenía a
126
quién matar. Se moría de hambre. Se en¬
furecía. Se estiraba fieramente.
Entonces, asaltada por los demo¬
nios, se le ocurre ir a buscar al gato para
comérselo. ¡Se oyen cada cosas! ¡Ir a co¬
merse al gato después de haberle suplicado
ayuda!
Pues va y lo coge durmiendo. Pero
el gato la presiente y se levanta velozmente
para conversar con ella.
—¿Qué hay, Jutía?
—Lo único que hay es que me lo
vengo a comer a usted, compadre.
El gato aparenta que le teme y se
acurruca en una mata de mango.
La jutía se acerca, y él, picaro tam¬
bién, le viene a la cabeza una idea, a la
cabeza una solución.
—Jutía, comadre, ya que usted me
va a comer empiece por los pies.
Y se para contra la mata de man¬
gos. Cuando la jutía va a darle la primera
mordida, el gato, apoyándose en sus hom¬
bros, le salta por encima como un delfín y
va a caer, suavecito, no olvidemos que el
gato tiene siete vidas, a la copa de un
almácigo.
La jutía lo ve acomodado en la
copa y le pregunta:
—Gato— ¡ay!, cómo chilla la jutía-
gato—, ¿cómo fue que no me enseñaste ese
truco, traidor?
El burro y el cochino
El burro, con toda su paciencia y
sus grandes quijadas, comía a diario en las
orillas del río Yayabo, cerca de una siem¬
bra de tomates.
La siembra se veía aplanada como
una alfombra.
El burro cruzaba por encima de
ella, hincándose un poco, para llegar al
río. Estuvo haciendo esto muchos meses
seguidos. Por eso nunca se murió de ham¬
bre. El burro, de burro, no tenía un pelo.
El cochino, medio jíbaro, se le acercó
un día.
—Señor Burro, compay, mi her¬
mano —el cochino, en fin, no sabía cómo
halagar al burro—, hágame el favor de lle¬
varme a donde usted va todos los días, que
si no, me muero de hambre. Mire cómo
estoy.
El cochino estaba flaco y huesudo.
No parecía un cochino, parecía una jutía
cimarronera.
128
El barro, después de oír ese re¬
clamo...
—Vamos, compay, pero pórtese
bien, porque si hace una pizca de ruido lo
echará todo a perder.
Claro, los terrenos estaban vigila¬
dos y había que escarbarlos cautelosa¬
mente. Dos blancos y presurosos gansos
servían de guardianes de la tomatera.
Pero ahí van el cochino y el burro.
El burro alante para que no se es¬
pante. El cochino atrás. Cuando llegan a
las orillas del río, el burro le imparte órde¬
nes muy estrictas al cochino.
—No puedes caminar rápido, ni
chapotear, ni hacer ruidc cuando comas.
¡Ah, no hacer ruido!, decirle eso al
cochino, que cuando come parece una mo¬
ledora de caña.
El primer día muy bien. ¡Fut, fut,
fut!
El segundo día más o menos bien.
¡Fut, factachatof, fut!
El tercero, el tercero ya el cochino
hacía su ruido.
Pero el cuarto, el cuarto, compa¬
dre, fue el escándalo que se oyó en todo el
sitio.
El burro echó un pie por la toma¬
tera y el cochino glotón se quedó devo¬
rando las sobras.
Ahí es donde viene el guajiro, le
entra a palos por la cabeza y le clava un
129
enorme cuchillo bruñido en medio del
pecho.
El cochino, arrepentido de haberle
echado a perder la fiesta al burro, lo llama
en un grito que pega antes de morir.
—¡Fujuiiii! —llamando al burro para
que lo perdone—. ¡Fujuiiii!
La cotorra glotona
La cotorra es parlanchína. Eso nadie
lo ignora. Pero que fuera glotona y que de
su glotonería salieran tantas historias, eso
muy poca gente lo sabe. La historia que
les cuento es real y fueron testigos de ella
los montes donde la cotorra vive, del alga¬
rrobo a la guanábana, del almácigo al
jagüey.
Esta era una cotorra cualquiera, un
poco más verde que las demás y con algu¬
nas plumas azules en la cola. Y muda, eso
sí, porque nadie la oyó hablar en todo el
tiempo que transcurrió desde su juventud
en las ramas de los árboles, hasta su vejez
rechoncha buscando albergue en los nidos
de la yaguasa. Pero... ¡qué glotona!
Cuando le daba por comer frutas verdes se
iba al monte y trepaba alegre los cerezos.
Los niños la veían y gritaban: ¡ahí
va la cotorra comelona!
Y ella volaba bajito rozando los
techos de guano de todo el caserío.
131
¡Comelona! Y ella como si nada.
Pero un día se posa en un cerezo cuajado
de frutas y mira en derredor. Cotica cree
que a ella nadie la está vigilando y coge
una cereza con el pico. Cuando ve que no
es suficiente con una, carga dos en las alas,
se coloca otras dos entre las patas y el
resto se lo pone en la espalda y sale vo¬
lando.
Pero al volar, las cerezas de las alas
se le caen y las de las patas igual. ¿Y las de
la espalda? ¡Ah!, las de la espalda se las
come la sunsundamba, que vuela más alto
que ella y es mucho más glotona.
Y aquí es donde todo el mundo
pregunta: ¿Y qué cerezas pudo comerse
la cotorra? Donde el cuentero siempre
responde: la que se llevó en el pico. Y
luego se pone de pie y martillando con el
índice hacia el grupo que lo escucha,
dice: Moraleja: el que mucho abarca,
poco aprieta.
Y se va, con un aire de sabio, por el
sendero de los coralillos
1 Coralillos. Flores rosadas en puchas que se
dan en toda la isla y sirven de setos en las fincas.
La culebra debajo de la piedra
La culebra es pendenciera, y por
pendenciera le pasó lo que le pasó.
¿Y qué le pasó?
Pues que por meterse en los asuntos
de Akeké, el alacrán, se trabó debajo de
una piedra y ahí se quedó semiaplastada
con la cabeza y la lengua afuera.
Nadie decía: la pobre culebra, hay
que ayudar a Culebra, sáquenla; nadie,
nadie, nadie.
Ella, sin perder esperanzas de sal¬
varse, empezó a solicitar ayuda. Pasaba el
grillo, y la culebra:
—Grillito, ayúdame.
Pasaba el caballo, y la culebra, más
respetuosa que nunca:
—Compadre Caballo, ¿podría usted
sacarme de este apuro?
Pasaba la vaca y:
—Vaca, vaquita, quítame este peso
de encima.
133
Pero ni el grillo, ni el caballo, ni la
vaca se dieron por enterados. A Culebra
le dolían los huesos, la piel, el alma... Pero
nadie, ni el pipisigallo, le daba una mano.
La culebra se puso verde y se iba secando.
El dolor la mataba.
—¡Qué infierno! —fue lo último que
dijo antes de quedarse semidesmayada. La
culebra, en ese infierno bajo la piedra,
viendo planetas, constelaciones, estrellas,
se puso a delirar.
Veía, además, unas ramas gigan¬
tes, como el jagüey, que llegaban al río y
se lo tragaban. Veía güijes vestidos de
zarza. Veía a un chivo barbudo que le
daba golpes con un palo. Lo veía y le
dolían los golpes. Lo primero fue sueño o
pesadilla. Lo segundo, lo de los güijes,
fue un cuento que a ella le hicieron en el
Central Purio.
Y lo tercero, lo tercero, fue verdad.
Un golpe de guayacán en medio del koko-
rícamo la sacó de su letargo.
Ante sus ojos, el chivo:
—Bee, comadre Culebra.
—¿Qué hay, Chivo, vienes a sa¬
carme?
—Sí, comadre.
—Pues hazlo pronto que me muero.
El chivo levanta la piedra para que
Culebra salga.
Culebra, ya afuera, se pone maja¬
dera y se acuerda que es temida. Ahí le
134
sale lo de orgullosa y valentona. Oigan
esto:
—Chivo, tráeme agua.
—Un momento, comay Culebra.
—Chivo, pronto, algo de comer.
—Ya va, comadre.
¡Jum! pero Chivo se tarda y compay
se desespera. Piensa para sus adentros:
—A éste me lo estoy comiendo yo
en cuanto llegue.
Imagina al chivo colgando de cua¬
tro estacas al fuego.
En eso llega el compay Chivo con
su plátano burro.
—Tenga, comay.
—No, compay Chivo, yo no me
alimento con plátano de monte. Yo te voy
a comer a ti. ¿Me oyes?
Y sin terminar coge al pobre y lo
amarra a las cuatro estacas.
Pobre chivo berreando. Pero como
todo es como es, y la fábula es la fábula,
se aparece por arte de magia... ¡Taratín-ta-
tan! La JICOTEA.
Kiaco kiriaco, chángana
Kiaco kiriaco, chángana
(Ese es el paso de Jicotea)
—¿Qué le pasa, compay Chivo?
—¿No me ve aquí, atado por la
culebra? Dice la muy salvaje que me va
comer. Sálvame, Kiriaco. Sálvame.
—Ya, Chivo, no te entristezcas. Por
tonto te iban a coger de alimento.
136
Kiriaco desata al compay Chivo y
los dos van a buscar a la pendenciera
Culebra.
Se la encuentran preparando la leña
para asar al chivo.
Jicotea coge dos piedras y va:
Kiaco, kiriaco, chángana.
Luego se para en puntas y lanza
una pedrada que le da en la misma coroni¬
lla a la culebra. Al verla en el suelo medio
turulata, le tira otra piedra, y con las dos
la tapa, quedando como antes y con la
lengua afuera.
La lección es que una piedra no
basta para el que hace daño. Y, a veces, ni
dos.
Jicotea y Chivo se fueron juntos
por el camino. Kiaco, kiriaco, chángana.
—Bee, bee.
Kiaco, kiriaco, chángana.
—Beee...
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+í| ESTE LIBRO
•¡4j SE TERMINO DE IMPRIMIR
EN LOS TALLERES GRAFICOS
*fí DE ROGAR, S. A.
FUENLABRADA (MADRID)
•54Í EN EL MES DE ENERO DE 1988.
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1 OTROS TITULOS PUBLICADOS
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i
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Traducción de Cristina Azaola
$
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1
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Traducción de los autores
309. Irmgard Keun
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LOS NIÑOS
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310. Angelika Mechtel
JANNE Y EL CORTADOR DE SUEÑOS
Ilustraciones de Amhild Johne
Traducción de Elsa Alfonso Morí
311. Els Pelgrom
LA PEQUEÑA SOFIA Y EL LARGUIRUCHO
WAPPER
Ilustraciones de The Tjong Khing
Traducción de Alberto Villalba
1
1
4B
3
754114
DATE DUE / DATE DE RETOUR
"T?
SEP . 4
CARR MCLEAN
38-297
MIGUEL BARNET
nació en 1940 en La Habana (Cuba). Estudió
publicidad y ciencias sociales. Ha trabajado
como profesor de folklore cubano en las
Escuelas de Arte de su país. Durante el año
1967 viajó por Europa y Africa. Ha escrito
varias novelas, como Biografía de un cimarrón,
Canción de Rachel y Gallego. También ha
publicado diversos libros de poemas.
Los perros mudos recoge diversas fábulas,
algunas de origen africano, otras de Canarias
o Andalucía, que al recibir la influencia
del medio cubano han ido transformándose.
Estas diferentes versiones, sazonadas, por
lo general, con cierta malicia, se han ido
transmitiendo oralmente a través
de generaciones.