0% encontró este documento útil (0 votos)
210 vistas15 páginas

Relatos de amor y pérdida en la vida

El resumen del documento es: 1) Una mujer olvida qué hizo el día 17 y se preocupa por su memoria. 2) Recuerda con claridad los días anteriores y posteriores al 17. 3) Mientras camina por un pasto verde siente paz a pesar de no recordar ese día.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
210 vistas15 páginas

Relatos de amor y pérdida en la vida

El resumen del documento es: 1) Una mujer olvida qué hizo el día 17 y se preocupa por su memoria. 2) Recuerda con claridad los días anteriores y posteriores al 17. 3) Mientras camina por un pasto verde siente paz a pesar de no recordar ese día.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Al borde del barranco

Jorge Accame

La mujer apareció de golpe sobre la ruta y le hizo señas para que se detuviera. El
hombre frenó en la banquina unos metros más adelante. Ella se acercó y
asomándose hacia adentro por la ventanilla, le dijo:

- ¿Puede ayudarme? Mi auto se desbarrancó.

El hombre miró y descubrió un cartel arrancado y la huella profunda de unas


ruedas que terminaban en el vacío.

- Suba – le ofreció.

Pero ella dijo que iría a pie para mostrarle el camino.


El hombre la siguió hasta la curva. La vio parada en el borde del barranco, con el
brazo extendido, inmóvil por unos segundos.
Luego la perdió en la neblina.
Bajó de la camioneta y cerró con llave. En el fondo del monte divisó un automóvil
rojo atorado en la maleza. Era un atardecer nublado y el verde de las plantas
resplandecía.

- Señora - llamó.

Comenzó a descender lentamente porque la barranca era casi vertical. Resbaló


dos veces antes de llegar y se rompió el pantalón. Pensó en la mujer. Se preguntó
cómo se las había arreglado en una pared tan escarpada.

- Señora – llamó otra vez.

Escuchó un llanto de niño que provenía desde el interior del auto. Se aproximó y a
través de los vidrios astillados distinguió en el asiento de atrás un bebé de meses.
En el sitio del conductor había un cuerpo doblado sobre el volante.
El hombre tanteó las puertas pero estaban trabadas. Con cuidado, terminó de
romper el parabrisas. Se retorció hacia adentro, llegó hasta el niño y lo sacó. Lo
apoyó en el pasto, envuelto en su campera.
Luego volvió por el conductor. Era la mujer que lo había detenido en la ruta.
Empujó su cuerpo suavemente hacia el respaldo. En el peso comprendió que
estaba muerta. Una muerta serena, sin muecas de dolor ni de miedo. Sólo en los
suaves labios morados se alargaba un suspiro de cansancio, porque su instinto de
hembra la había forzado a trabajar más allá de las jornadas humanas.

1
Nunca es tarde (Dispositivo escénico)
Dora Apo

Al cumplir los cincuenta, quedé viuda.


Después de repartir la herencia, un terreno y la casa entre los cinco hijos, me fui a
vivir con Ercilia, mi hermana soltera sin estrenar, pero con ternura de sobra.
Me recibió en su casa y me agobió con mimos, desesperada para que olvidara, sin
saber que lo que más me gustaba era, por fin, tenerlo encerrado entre cuatro
tablas y para siempre.
Nunca me ahorró dolores y como broche final se murió de a poco y maldiciendo.
Todos los domingos, deber de viuda decente pueblerina, iba al cementerio a
limpiar, lustrar los bronces y a sentarme en el banco frente a su retrato que me
miraba victorioso desde la cruz.

Sabía que lo que me esperaba era para siempre.


El nuevo sepulturero se llamaba Nemesio (lo supe después), le calcule mas o
menos cuarenta años, flaco y alto como arco de pérgola. Al principio, mudo, se
acercaba y sin dejar-me hacer mi rutina, lustraba y acomodaba la tumba, mientras
yo complacida lo miraba. Al cuarto domingo, después de terminar su labor se sentó
a mi lado y la charla comenzó con el cuidado de las flores para luego ampliarse
hasta la forma de cocinar un pollo.
Con el tiempo traje el termo con el café y los bollos de miel...
La mañana del domingo se convirtió para ambos en una ráfaga donde los
recuerdos y las confesiones se mezclaban, aprisionándonos.
La gente del pueblo comenzó a murmurar...

Si hasta me pareció ver un cambio en la mirada de la foto del finado, ahora estaba
impregnada de rabia contenida. Decidí no preocuparme. Pero eso sí, cuando
Nemesio se atrevió y tomó suavemente de la mano, el pasado se me vino encima
y me apresuré a tapar con mi pañuelo de lino, el retrato.
Mis hijos se enteraron y decidieron venir a ponerme en vereda. -¡A su edad!-
decían.
Pero la suerte nos favoreció. Justo ese domingo , cuando el sol mañereaba, a la
salida del pueblo y en un carromato que nos prestó un amigo, nos fuimos para
siempre a vivir nuestros amores.

La nota que dejé junto a la foto del difunto de ninguna manera fue una burla, como
lo consideraron varias vecinas, seguro con una pizca de envidia e impotencia. A lo
mejor la dictó la rutina o tal vez el que dirán, quedar bien, mis cincuenta años en el
pueblo, no es tan fácil zafarse de nuestra historia, sólo se que de corrido la escribí
y así quedo:
“Queridos hijos:

2
No se olviden de regar y limpiar la tumba de vuestro amado padre. Sobre todo
ahora que le va a faltar el cariño y cuidado que Nemesio y yo le dimos. Besos.
Mamá.”

3
Boleros (Música)

Eduardo Chavez

Mi madre cantaba boleros a las siete de la tarde. Era la hora exacta para comenzar
en la búsqueda de la melodía, en la canción que hiciera dulce la caída de la tarde,
en el tono opaco del sol apagándose y el regreso de mi padre desde la fábrica.
Cuando la bicicleta de mi padre asomaba en la curva de la ruta y era un punto
visible como un dibujo que se aclara en la distancia, el bolero ya estaba elegido y
sintonizado en la voz suave y perfecta, preparaba el reencuentro diario que
dulcificaba el trabajo y el esfuerzo:
“Tú me acostumbraste,
a todas esas cosas, que tú me enseñaste y son maravillosas……”

Dicen que la voz de mi madre era bellísima pero nunca pude escucharla pues dejó
de cantar unos meses antes de que yo naciera. El bolero estaba ya dentro de su
boca, asomaba en las notas de amor y bienvenida.
Cuando el camión giró de repente en la curva al mismo tiempo que la bicicleta
intentaba apurar el ritmo para llegar más pronto al refugio de los brazos y a la luz
de la canción.
“Tanto tiempo disfrutamos este amor,
nuestras almas se acercaron tanto así,
que yo guardo tu sabor…..”

Mi padre murió de inmediato y los ojos de mi madre no olvidaron nunca.


En aquél olvido también entró la música. Nadie la escuchó nunca otra vez aunque
en el barrio se hablaba siempre de tan extraordinario talento.
En reuniones de vecinos, entre amigas los domingos, en alguna Navidad con
familiares cercanos, siempre alguien hacía aparecer la propuesta, la súplica
pequeña para que mi madre cantara un bolero. Ella decía: “Cuando mi amor se
fue, se llevó mi voz con él…” y se quedaba callada, con un leve gesto de
cansancio, agitando las manos sobre la cabeza como quien aleja un pensamiento
extraño.
Los años pasaron sin asombros ni consuelos y una noche me encontré sentado a
los pies de una cama de hospital.

4
Mi madre respiraba con los ojos cerrados. La vejez no había borrado la suavidad
de su semblante y en la habitación había una especie de conformidad hacia el
tiempo que agotaba todas las fatigas. De pronto, de sus labios quietos, una
canción buscó un resto de aire, hubo un suspiro leve y como si salieran de un
sueño, sonaron las palabras:
Reloj no marques las horas
porque mi vida se apaga
él es la estrella
que alumbra mi ser
yo sin su amor no soy nada
Fue sólo un instante, luego vino el silencio. Sin embargo, su sonrisa infinita parecía
continuar la canción, el bolero de amor que abría por fin las puertas del encuentro.
Detén el tiempo en tus manos
haz esta noche perpetua
para que nunca se vaya de mí
para que nunca amanezca

5
El Olvido (Luces)
María Cristina García

13, 14, 15, 16. Cristina repasó nuevamente los días.


El 13 había ido al cine. Excelente película.
No se acordaba que había hecho el 17.
El 14 se levantó tarde; un milagro, porque después de tantos años poniendo el
despertador a las seis de la mañana, la alarma se le había metido adentro. Todos
los días cinco minutos antes de que sonara, se despertaba. Ese sábado también;
pero logró vencerla. Desenchufó el reloj, tomó un vaso de agua y volvió a dormir.
El 15 había sido un domingo como todos. La visita de los chicos, escribir un rato,
dibujar, un café en el centro…recordaba todo.
Pero el 17….

16, lunes: pasó en limpio algunos cuentos, ordenó la casa ¡ah! Visitó a los chicos.
No supo bien porqué; los había visto el día anterior pero, de repente, sintió unas
ganas locas de tenerlos cerca, de besarlos, de abrazarlos. También paso por la
casa de los viejos que lo tomaron casi como un regalo; no iba muy seguido. Más
tarde, ya en casa, llamó a algunos amigos. Un día dedicado a los amores. Pero
también podía recordarlo.
Ahora bien, pensó mientras caminaba por aquel pasto verde…tan verde…, ¿Qué
había hecho el 17?
Nada, no recordaba nada.

Hoy era 18. Consultó otra vez el reloj. Ahí estaba: 18 de marzo. Tal vez el error
fuera anterior. Buscó la entrada del cine (siempre las guardaba aunque nunca supo
bien porqué)13 de marzo, ninguna duda, había olvidado un día completo de su
existencia.
Seguramente no habría pasado nada importante pero, de todos modos, debería
recordar donde había estado, cuantos cafés, quién llamó. Nada.
Trabajo para su psicóloga. ¿O para el médico? ¿Arteriosclerosis precoz? ¡Lo único
que le faltaba! Convertirse en una vieja chota vagando por ahí sin recordar quién
era, dónde vivía, los chicos pasando avisos por la tele. Hizo un esfuerzo y espantó
los malos pensamientos.

6
Miró el cielo. Estaba limpio, el sol en el poniente. Bajó la vista, la alfombra verde la
invitaba a seguir caminando. El rocío del atardecer le humedecía los pies
descalzos pero era agradable. A pesar de ese cortocircuito de la memoria, no se
sentía mal; en realidad se sentía bien, muy bien. .
Tenía una inédita sensación de paz, de que todo estaba en orden. Miró hacia
delante: el césped parecía no tener límites. Caminó más lentamente, no tenía
horarios ni urgencias.
Frente a ella, sin verla, sin que lo viera, un grupo pequeño caminaba en sentido
contrario. Iban abrazados, las cabezas bajas, cada tanto alguien sollozaba. De
pronto uno de ellos se separó, desanduvo el camino y dejó una flor sobre la tierra
junto a una fecha grabada: 17 de marzo de 1977.

7
Para amarte mejor
Carolina Rivas

... "Esta soberana indecencia de no amar", leo torpemente en voz alta. "Estoy
haciendo y deshaciendo nudos, he pasado toda la tarde en esto; las paredes se
aprietan con la ausencia paulatina de la luz". ¿Qué será paulatina?, me pregunto.
De cada diez palabras hay tres que no entiendo y levanto los ojos para
preguntarte, pero vos no tenís idea tampoco, porque desde hace una página q'
estay durmiendo y yo hago como que no atino, porque es con la voz mía que
suena a mentira, con esas cosas raras que digo, que te vay yendo al sueño,
muerto de lata ahí, al otro lado de la pieza.
Pero voy a seguir Pedro. Porque vos fuiste el que me dijo que aprendiera a leer,
que siquiera uno de los dos había de salir más avispáo, que las cosas andan
difíciles, que por eso hay que saber leer y escribir, me dijiste bien serio y me
asusté tanto al verte tan afligió, que inventé tiempo para ir a la escuela en las
tardes, aquí estoy, Pedro, leyéndote, cansada hasta esta hora, aunque estís ahi,
lejitos, ni mirándome siquiera y yo con el esfuerzo, y esta página que es tan difícil.
¿Qué será paulatina?
... "Abres los ojos y me llevas al fondo de la cama, apretándome fuerte hasta
donde el amor no se escribe con letras".
... (Qué hacer ahora Pedro, ahora que he ido aprendiendo el valor de las vocales,
la fuerza de los acentos, ahora que voy separando tu lenguaje elemental del mío
enviciado de conceptos. Para qué me pediste que progresara, que avanzara en
alejarme poco a poco de ti, que como siempre, escuchas semidormido mis lecturas
en voz alta, aparentando entender todo lo que digo, sonriendo a veces, cuando te
pregunto si captaste la intención del verso).
... Y tú me abrazas, haces que deje el libro, Pedro inconsecuente... vos Pedro me
lo pediste y ahora te enojai... No, no quiero que me toques, ahora no, te digo, no
veís que estoy estudiando, p' aprender que la vida no es así tan fácil negro. No
veís que quiero estar sola, que esa manía tuya me hace mal, muy mal, que me
cuestan tus olores después de saber que hay gente que huele distinto, a jazmín
por ejemplo (jazmín se escribe así...) y que esta pieza tampoco me cabe, no
entendís que estoy llorando, porque pasan los días y paulatinamente me voy
yendo derecho a saber como se escriben otras palabras, lejos, muy lejos Pedro,
como un punto aparte.

8
Elegía para una yunta brava
Pedro Orgambide

Ustedes dirán qué hace Santiago Cruz en el cementerio de los rusos; esas son
cosas de él y uno no es nadie para meterse en su vida. Habrá ido a tomar sol entre
las tumbas, digo yo. Pero no, si sabe quedarse hasta que el sol baja por el muro de
La Tablada, entre esas piedras llenas de ganchitos que, según dicen, son letras,
nombres de difuntos. Solo, apoyado en un árbol, ve pasar a la gente que llora a
sus muertos detrás del cura de ellos, un tipo que va cantando a lo loco, como perro
en pena, con un libro en la mano. Respetuoso, Santiago Cruz se toca el ala del
sombrero, baja los ojos hasta sus zapatos, mira una hormiga con un palito a
cuestas. Va cayendo la noche y Santiago Cruz sigue allí, hasta que alguien le dice
que es tarde, que van a cerrar el camposanto. Se va y toma una ginebra en el
primer boliche y otra un poco más lejos y otra al llegar a su casa. Da lástima verlo,
a él, que fue un taura, achicarse como pasa de uva en el crepúsculo, acariciando
un perro.
Porque Santiago Cruz, allá por el veinte, cuando ustedes no habían nacido, supo
ser una luz en la milonga, un beneficio para el hembraje. Era el mimado del
quilombo. No había cumplido veinte años y ya tenía más historia que San Martín.
Bien trajeado, con un reloj y cadena de oro, recuerdo de una de sus mujeres (que
fueron muchas) llegaba a eso de las seis, a matear con las pupilas, a tomar una
copita con la madama, que lo quería como a un hijo. Servicial, él retribuía las
atenciones, y cuando una de ellas cumplía años, arrimaba al quilombo un paquete
de merengues de El Molino. Así como lo oyen. Sabía ser dulce y cariñoso, cosa
que las hembras agradecen, y nunca hizo alarde de guapeza aunque debía, a su
edad, varias muertes.
Entonces, se llegaba al quilombo en carro. Así venían los matarifes y cuchilleros,
aquí a Mataderos, que es el barrio de Santiago Cruz, aunque él supo alternar en
San Fernando y también en la Boca y la isla Maciel, de putañero y curioso que era.
Llegaban los carros, digo, con su gente mamada y ruidosa, y estas calles eran un
carnaval, señores, con farolitos y guitarras. Todavía, en los patios, era costumbre
bailar con las muchachas y ahí se lucía Santiago Cruz, un tigre en la milonga, y un
junco, una vara florida en aquel vals criollo que tocaba el violinista ciego. Bailaba
como un dios, perdonando a los presentes, como ya no se baila. Una de sus
mañas era dejar a la mujer pidiendo, soltarla un poco, aflojarle la rienda, para
después darle en las ancas, la mano abierta como una cachetada, el cuerpo
distante, medio echado hacia atrás, adonde ella iba a parar al fin, arrinconándose
en el pecho. Entonces Santiago Cruz, siempre bailando, se apartaba del barullo,
cruzaba con la mujer por el patio de ladrillo. Ella alzaba la cortina de junco,
entraban en la pieza, y allí se quedaba, caballeros, hasta que cantara el gallo.
Por menos de una noche jamás tuvo una mujer y ese fue su arte, andar sin apuro
en el hembraje. No cualquiera se quedaba a nochear en el quilombo, a oír el canto
de la calandria abrazado a una mujer. Para él fue costumbre. Después, se iba a

9
refrescar con el agua de la bomba, a oír el silencio de la casa, a esa hora en paz
como un convento. En la higuera ya estaban alborotando los pájaros, y en las
calles, en estas calles, señores, que antes eran de tierra, ya se oían los carros que
iban para el matadero.
Un olor de sebo y sangre, de bosta y de matanza, se le metía en las narices que
un rato antes olfateaban el agua florida de la hembra. Por el oeste se levantaba
una polvareda, un mugido de pampa. Pero ya Santiago Cruz rumbeaba para el
centro, y el oeste eran las casas bajas a un costado de las vías y él, sentado en el
banco de madera, entre los infelices que iban al trabajo, en el tren de los
ganapanes, cabeceaba un sueñito porque le molestaba la fealdad. Si el guarda lo
golpeaba en el hombro como si fuera un borracho, Santiago Cruz le daba un
chicotazo de colmillo o le bajaba la gorra hasta los ojos o le decía ¿qué hacés
gallego?, aunque el otro recién dejara el chiripá. Pero eso rara vez ocurría porque
de sólo verlo, aunque estuviera dormido, se le adivinaba el coraje.
El resplandor de la ciudad le pegaba de frente. Quizá por eso requintaba el ala del
chambergo y se iba contoneando sobre sus tacos militares, arrimado a la pared,
por las calles laterales del ruido. Era hombre de noche y el día le parecía un
desperdicio, una insolencia. Hasta que se abrían los quilombos era hombre
perdido. Toleraba, apenas, el boliche donde otros se entreveraban en el truco, en
inútiles pendencias, en aspavientos y empujones. Poco amigo de las confidencias,
prefería la ginebra en el estaño, la solitaria contemplación de una moldura, de un
angelito de yeso. A veces, con desgano, caía por el comité.
No iba para servir, aunque el doctor le era tan aficionado. No; si caía por allí, era
sólo por despuntar un monte, para tirar la taba o palpitar una riña de gallos. Supo
tener un bataraz, mañero y bravo como él solo. Verlo pelear era una fiesta. Astuto
como un cristiano, esquivaba el ataque encogiendo el cogote, dando saltitos, como
de miedo, como de puta en la milonga. El otro se envalentonaba y se venía
caliente y ciego picoteando a bulto. Para qué. Ahí nomás el cogote del bataraz se
estiraba como un brazo, se le abrían las alas (de águila parecía, che) y entraba a
picotear los ojos del infeliz, que sangraba en el ruedo. Y ahí el bataraz se iba de un
salto (volaba, señores, volaba para matar) y el otro caía hecho un montón de
plumas y miseria. Santiago Cruz, displicente, juntaba los pesos de la apuesta y se
iba con el bataraz hacia el quilombo.
Porque allí lo tenía, en una jaula, junto al loro y los patos de la madama. Cuando
curaba al gallo, las pupilas se alborotaban imaginando ese derroche de pelea y de
sangre, sin comprender. Un día el gallo amaneció muerto, envenenado. Una de
ellas lo mató. De celos, señores, como oyen. De celos por el bataraz que Santiago
Cruz llevaba bajo el brazo.
Infeliz, le dijo. Y la sopapeó con tristeza. La otra, de rodillas, lloraba como una
Magdalena. Él se fue, sin rencor. La madama no le vio más el pelo. Esperó,
inútilmente. Decía, a quien quería oírla, que el quilombo se había quedado
huérfano.

10
Es que gaviones como Santiago Cruz no hubo muchos en Buenos Aires. Las
mujeres pagaron sus favores, trabajaron para él, para sus vicios. Sin embargo, no
fue un cafiolo organizado. Nunca anduvo en la trata ni en los negocios raros.
Canfinflero, bailarín, guapo, se prodigaba en los quilombos, en las fiestas, en el
asado electoral. De gusto nomás, sin otras intenciones. Cuando se alzaba con una
dama no era pensando en la ganancia; nunca sacó el cuchillo para pelear un peso
como otras ratas del suburbio. No fue un rufián, señores, sino un hombre que se
dejaba querer.
Les digo esto porque ahora hay gente sonsa que habla de lo que no sabe y
confunde a un compadre con cualquiera. Santiago Cruz mató, es cierto, pero
nunca de vicio. Fue siempre en defensa propia, siempre por envidia de otro que no
pudo soportar su pinta, su altivez, su suerte. Muy instruido, verseador, tenía
conversación y unas manos finas para la caricia y el naipe.
Les digo esto también para que sepan qué hembra merecía ese hombre. Porque
un día, señores, hizo yunta.
Pero ahora voy a tomar un trago, a aclararme el garguero. Tengo que hablar de la
Berta.
¿Qué? ¿Quién fue la Berta? Fue una reina, señores. Una yegua de piel blanca,
diosa de los quilombos. Alta, grande, generosa, tenía la melena negra, los ojos
verdes, los pies chicos y una risa que hacía temblar de gusto a la clientela. Todos
esos desgraciados se morían por la risa de ella, por que les dijera querido alguna
de esas noches, por besarle la trompa. Número fuerte de la casa, ambición del
pobre que se encerraba con una triste turra, la Berta supo tener tratos con
ministros que le bancaban la noche. ¿Para qué hacer nombres, señores? Pero
más de un bacán putañero, más de uno que ahora es calle o estatua de plaza, fue
a pedir los favores de la Berta.
Todo eso es historia, y ustedes, por cachorros, saben poco de eso. Pero en ese
entonces había una punta de rusos caralisas, minos canfinfleros, que laburaban en
la trata. Se tomaban el barco e iban a buscar mercadería a Polonia o a Marsella y
se traían a las potrancas con el cuento del casorio. Uno de esos cosos se trajo a la
Berta cuando tenía quince años.
No estoy bolaceando, compañero. Si no me cree pregúntele al de la tiendita, que
las sabe todas. El puede contarle cómo la yuta de los polacos sacaba carpiendo a
los judíos de las casas y los cagaba a palos y sablazos. Hasta les tiraban chicos al
fuego, mientras incendiaban las iglesias de ellos. ¿Que no? Vayan, pregúntenle a
él, que lo dejaron tuerto en el entrevero. ¿O se creen que lleva el ojo de vidrio por
joder nomás? Bueno, como les decía, la yuta los corría, y ellos se caían del mapa.
Así era fácil pescar a esas pobres desgraciadas que soñaban con venir a América.
Dicen que cuando la Berta estaba en el Hotel de Inmigrantes y vio a los bichitos de
luz en el baldío, creyó que era el oro que flotaba en el aire. Pobre gringa. Apenas
el cafishio la metió en el mateo, ya la estaba sobando, ya la estaba entregando a la
madama. Contenta, la Berta se quitó las pilchas, tomó una sopa de remolacha, se

11
zampó un vestido de seda y esa noche nomás ya estaba en la catrera con un
negro. Así es la vida, amigo. Peor es la muerte.
Ella lo supo pronto. Nunca lloró la carta, se aficionó al trabajo, aprendió con los
reos esos tangos de antes. Cantaba lindo la Berta. En el patio, rodeada por la
clientela, sabía enloquecer de gusto a los compadres.
Cuando Santiago Cruz entró, allá estaba cantando uno de esos tangos reos, con
una voz gangosa y arrastrada, la mano en la cintura, una gamba adelante, la otra
apoyada, con todo lo demás, en la columna de la galería. Verla y desearla fue uno,
desde la blusa que le apretaba esas tetas de reina, hasta la panza curvada en la
pollera negra como diciendo: tócame. Fue verla y desearla cuando ella estiró el
cogote, insolente, cantando, desafiando al recién llegado que le sostuvo la mirada.
Allí estaba Santiago Cruz, impasible, pero con los ojos queriendo y la sonrisa,
decente como siempre, pero saliéndose de la vaina por morder esa boca que
cantaba aquello de la mina derecha y del purrete de puente Alsina. Fue un
segundo nomás, lo que dura un relámpago. Pero bastó y sobró para entenderse.
Cantás lindo —le dijo—, cantás con sentimiento. Le miraba los ojos, tan verdes
como esa hoja de la higuera con su gotita de agua, y la gota caía, pero ahora en la
comisura de los labios de Berta, mientras hablaba y se reía y mostraba los dientes.
A él, que era un experto, le tembló el zurdo, se quedó mirándola como un sonso,
como un chico que ve pasar una nube en el potrero y la va siguiendo con los ojos.
¿A Santiago Cruz quién no lo conoce? —dijo ella. Pero él estaba aspirando ese
perfume de la piel y la blusa, tan cerca, y tuvo miedo de contestar —¡Él,
justamente!— y la Berta se calló también y dio un paso atrás cuando el hombre se
inclinó, buscándola.
Yo no sé explicar eso, señores. No sé tampoco qué se dijeron esa noche, en la
galería de la casa. No sé si la Berta se negó a entrar en la pieza o si él no se lo
pidió; dicen que estuvieron sin tocarse, durante horas, mirándose, en el fondo, bajo
la luna. A la mañana, la Berta dejó la casa. Pagó la libertad para servir al hombre.
Todo lo que había ganado, que era mucho, quedó en manos de la madama. Hasta
esa estrellita de oro que ella llevaba sobre el pecho, donde otras llevan la cruz. En
su valija de fibra fue poniendo las pilchas, no las de lujo, que quedaron en la casa,
sino esas de la decencia que ahora eran su ajuar. Como una novia la miraban las
pupilas. Tan blanca, con la melena hecha trenza sobre el pecho, parecía una
virgen. Cruzó el patio, entre saludos y besos de hembras, entró al zaguán de
mosaicos, y corrió a la puerta donde Santiago Cruz la estaba esperando.
En tranvía llegaron a la pensión. Casi se echa a llorar cuando Santiago Cruz dijo
“mi mujer” al presentarla, cuando entró en la pieza de su hombre. Fue vichando
todo de a poco, pasando la mano por el tualé con palangana, por la pared, por la
silla donde él dejó el saco, su cuchillo, su lengue. Iba como bailando sola mientras
él la besaba, mientras la desnudaba frente a la luna del ropero. Las manos del
hombre la iban llevando como en el tango y ella se sentía sonsa, nada, nadie,
hasta que él la volteó en la catrera. Ella lo veía (lo mismo que la primera vez en el
quilombo) con los ojos queriendo y la sonrisa, y luego en esa confianza de la boca,

12
en esa osadía de la lengua, mientras los dos se iban conociendo. Sin apuro,
Santiago la fue buscando, chamuyándole en la oreja, esquivando, como un
bataraz, los picotazos, los besos a lo loco. Como su gallo también, se alzó de
pronto como un dios, y ella supo lo que un hombre puede cuando quiere. En el
revuelo se le había desatado la trenza en esa piel blanca, como leche: una crin
negra, una melena de sudor y deseo que le caía hasta las ancas. A él le pareció
que se escapaba. La apretó contra los fierros de la cama, contra su pecho, contra
su cosa de hombre, y entonces ella se dejó hacer, peleando todavía, gimiendo, con
los ojos cerrados.
No hay nada más lindo que un animal cansado por el amor, y así estaba ella, a la
mañana, dormida como un ángel. Sin querer, como jugando, él le picoteaba la
nariz, los labios gruesos, las piernas tan grandes para esos pies chiquitos, de
bataclana, que tenía la Berta. Sin querer, como jugando, le hurgaba los rincones, la
sobaba, hasta que ella lo empujó con sus piernas, sin querer, como jugando, como
si lo peleara y después le pidiera perdón con el regalo de sus pechos. Y quién iba
a decir que no con esa fiesta, tan luego él, Santiago Cruz, él que la venía
buscando en tanta noche de quilombo. Aunque ahora era distinto, ahora —
recordaba la Berta— él había dicho “mi mujer” al presentarla.
Linda yunta. En los bailongos, donde habían juntado su fama, solían caer con un
aire de dicha que contagiaba a los presentes. Bailaban enlazados, como si fueran
un solo cuerpo, un mismo tango, una reunión donde el resto no contaba, sólo ellos,
la yunta, entre tantos mirones. Para qué más, si los dos se bastaban. Para qué
más, si verlos era una ceremonia, compañeros. Él la llevaba, sin exigir, sabiéndola,
y ella lo seguía, volcada sobre el pecho.
La Berta dejó la vida, Santiago Cruz no pisaba un quilombo. Hacía algunas
changas en Barracas con el carro florido de un vasco; traía, creo, tierra negra de
unas quintas de Quilmes.
Por la noche, ella cantaba en “Balalaika”, un cafetín ruidoso del Bajo, una cantina
de gringos, de rusos y polacos en pedo, que después de tomar vodka, la ginebra
de ellos, tiraban el vaso sobre e hombro. Subida a una mesa, la Berta cantaba
esquivando los manotazos de los parroquianos; los hacía desear y los dejaba
pagando. Calientes por el vodka y por ella, los gringos chillaban como locos.
Cuando se ponían cargosos, cuando ya se iban al humo, ella se ponía a berrear el
Ochichornia, el Volga, y otras tristezas que dejaban planchados a los rusos. Había
que verlos llorar como criaturas a esos brutos, goterones así les salían de los ojos.
Apenas clareaba, usted los veía tirados sobre las mesas, durmiendo la mona. Los
mozos despertaban a los sin patria que sacaban unos billetes arrugados. Y allá se
iban: los estibadores al puerto, los changadores a Constitución y a Retiro, y un
ruso funebrero... a “las pampas fúnebres”, como él decía.
Santiago Cruz estaba allí, esperándola. La Berta le apoyaba la cabeza en el
hombro, y juntos volvían al bulín, sin hacer caso de tanta marinería borracha, de
tanto gil en curda, de tanto minaje reo que, a la luz del día, con el revoque a la
miseria, se arrastraba de los piringundines de la noche a los hoteles y pensiones

13
del Bajo. Algún turco en camiseta, alguna paica en bolas se asomaba a un balcón
de 25 de Mayo, puteando por no poder dormir. Se habían apagado los letreros, y
en esa luz lechosa de la primera mañana, las hembras pintadas parecían
mascaritas.
Menos Berta, vestida de negro y dignidad. La yunta volvía a casa, tomaban unos
mates y cuando los otros rajaban pa el laburo, ellos se iban derecho a la catrera.
Linda vida. Después de comer, tenían la tarde para sacarse el gusto. La Berta, que
había llenado la pieza de cortinitas y chirimbolos, soñaba ahora con la casita de
ladrillo y cal y parras y jazmines. Además había bordado un almohadón de plumas.
Allí recostaba la cabeza Santiago Cruz; a veces, dormido, soñaba una pelea, una
milonga, un quilombo perdido. No es que despreciara los primores de la Berta. Al
contrario. Pero la cabra al monte tira, compañeros.
Así fue cómo una noche pasó, como al descuido, por una de esas casas de placer,
que le dicen, y se quedó arrimado. La Berta lo esperó. Y lloró como una perra
perdida. Ella, que fue una diosa. No es de macho dar explicaciones, así que
Santiago Cruz no dijo nada. Ni esa noche ni otras.
Hembras como la Berta no lloran porque sí. Una loba de esas clava los dientes
para pelear lo suyo. Cuando la vio entrar, la madama abrió los ojos como el dos de
oro. La Berta se abalanzó hacia la negra, la agarró de los pelos y empezó a
zamarrearla; tomá, le decía mientras la cacheteaba; tomá, piojosa, tomá, tomá... y
ella estaba llorando, ella, la Berta, de vergüenza por haberlos seguido, porque
Santiago le jugara sucio, a ella que lo quería... te quiero... te quiero... te quiero...,
oía que decía Santiago mientras la otra le desgarraba la blusa... ¿o era él que la
andaba buscando, otra vez?... Sí, era Santiago Cruz que apareció de pronto y dijo
basta, y separó a las mujeres que rodaban, arañándose como gatas por el suelo.
Lo mismo que al bataraz, Santiago Cruz le curó las heridas. Después le besó las
marcas como quien besa un crucifijo. Tirada en la cama, llorando todavía, ella lo
recibió.
Esa noche soñó con su patria; soñó un incendio, un grito, un atropello, se despertó
temblando, llamó a Dios en su idioma.
Santiago Cruz la abrazó. Siempre en yunta, le dijo.
El hombre propone y Dios dispone, compañeros. Fue a la noche siguiente, en el
“Balalaika”, cuando ocurrió eso que no debió pasar, cuando uno de esos mamados
se puso a joder. No, no fue un gringo; fue un mal compadre, un cuchillero que la
había deseado, un envidioso de la suerte de Santiago Cruz. “Cantate la Morocha,
gringa”—gritaba desde la mesa. Y ella, como si no lo oyera. Ella cantaba un tango
si quería; o; mejor, si Santiago Cruz se lo pedía con los ojos, como aquella vez en
el quilombo. Más temprano que de costumbre, apareció en el boliche el marido de
la Berta. Se hizo un silencio respetuoso. Entonces ella cantó; para él. Cantó
aquello de la mina derecha y el macho de Puente Alsina, cantó para su hombre, no
para el insolente que se levantó de la mesa y quiso ponerla la zarpa en su cuerpo
de diosa. Fue un momento, nomás. Pero la vida también es un momento. Rápido
salió el cuchillo del maula; rápido también el de Santiago Cruz. Entre los dos, como

14
un relámpago, se interpuso la Berta. Confundido, rabioso, el otro le tiró una
puñalada.
Se le cayó en los brazos, como bailando. Santiago Cruz la sostuvo, las manos
inútiles para la venganza. Ella lo vio como en un sueño. Venía caminando hacia
ella entre los gritos y sablazos de la infancia, venía caminando por su pueblo de
Polonia con una flor en la mano; desde allí ella le pidió que la enterraran en el
cementerio de los gringos; vio un barco que volvía, el mar que Santiago Cruz no
conoció.
Así terminó la yunta compañeros. Durante un tiempo, el hombre fue buscando en
los boliches a ese que le debía su muerte. Lo encontró en un quilombo. Sin
cuidarse (ya era la mitad de sí mismo) lo peleó sin arte, sin respeto. Lo dejó tirado,
despatarrado, con los ojos abiertos.
Ojalá hubiera muerto. Entonces no estaría condenado a juntar tanta basura del
corazón, a contarles, como ahora, esta historia.

15

También podría gustarte