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Mavis Gallant - Venga A Nosotros Tu Reino

Mavis Gallant, escritora y periodista canadiense, referente y maestra de Alice Munro y Margaret Atwood.

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Mavis Gallant - Venga a nosotros tu reino (1986)

Después de pasar veinticuatro años en la República de Saltnatek, donde estableció la prime-


ra universidad moderna, registró el vocabulario y la estructura de la lengua saltnateka, y descu-
brió en un pueblo perdido una lengua finougria desconocida para todos excepto para sus ha-
blantes, el doctor Domini Missierna volvió a Europa y se encontró con que a nadie le importaba.
Saltnatek no era exuberante, rica, ni seductora, y tampoco era lo suficientemente pobre para
provocar la conmiseración de la comunidad internacional. La universidad sobrevivía gracias a
las ayudas de lo que sobraba del presupuesto de Defensa y hasta el propio Missierna tenía que
admitir que no había sido capaz de atraer a profesores de primer orden. Había malgastado su
vitalidad corriendo detrás del dinero de los salarios y los equipos hasta el día de hoy, en que
una administración desagradecida le había despedido, y el último gobierno revolucionario le ha-
bía puesto en un avión sin la más mínima muestra de gratitud.
Aún estaba de luto por todos esos años en Saltnatek. Le dolió profundamente oír en un con-
greso de lingüistas de Helsinki a colegas más jóvenes que él que confundían sin el más mínimo
pudor Saltnatek con Malta o Madagascar. Salnatek era un archipiélago de islas baldías, una de
las cuales había sido puerto de cruceros a principios de siglo. La mayoría de esos turistas ni si-
quiera se habían molestado en adentrarse en la isla, no había nada que admirar salvo hileras de
casas sin decoración, y nada que comprar a excepción de caracolas gigantes en las que los ar-
tistas de la nación grababan en espiral la leyenda: CUANDO ESTO VEAS DE MÍ TE ACORDA-
RÁS. Al parecer el lema lo habían copiado de una tapa de pastillero encontrada en el bolsillo de
un oficial de la marina que se ahogó durante las guerras napoleónicas. (Missierna creía que esa

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caja era un talismán, a pesar de que no había resultado providencial, pero esto se lo guardó
para él, no era de los que van por ahí especulando.) Incluso esa menudencia de comercio se
había detenido cuando, tras la Primera Guerra Mundial, la sociedad protectora de caracolas pro-
movió el boicot a las conchas mutiladas, una prohibición que causó gran desconcierto, además
de estragos económicos.
En Helsinki, con el corazón dando brincos, a veces con voz trémula, Missierna reveló la exis-
tencia de un lenguaje complejo y vivo, hablado por una población endogámica que producía ni-
ños propensos al pillaje, astutos y de belleza inexpresiva. Estaba de pie en un estrado que le iba
grande, iluminado pobremente, en un auditorio del tamaño de una sala de conciertos. Entre las
primeras quince filas había nueve hombres y tres mujeres sentados por separado. Eran inmuta-
bles e indiferentes y en cuanto terminó de leer se levantaron con toda tranquilidad y se dirigieron
a la salida. Ni una pregunta: le había devuelto un nuevo sistema a Europa y nadie sabía cómo
hacer funcionar los antiguos.
Su decepción se debía en parte a que había perdido su juventud y ya era demasiado tarde
para que sus aptitudes, o tal vez su genio, recibieran la recompensa que merecían. Aunque era
mucho menos vanidoso que cualquiera de los profesores mediocres que había entrevistado y
contratado para Saltnatek, seguía esperando que al menos hubiera una conclusión que recibie-
ra su nombre, para que, cuando sus nietos se encontraran ante ella en un libro de texto, pudie-
ran decir: «Así es como él era: modesto, creativo». Pero todo lo que se dijo en aquel congreso
de Hensinki fue: «No ha demostrado usted nada que no se pueda ver a través del húngaro».
Durante aquellos años en los que se había enfrascado de una manera tan obsesiva, Europa
se había hecho más pequeña, había quedado reducida y su espíritu tan yermo como los pedre-
gales y la arena de las islas de Saltnatek. Aquellas recelosas voces eran finas y metálicas. Na-
die escuchaba. Sus colegas dijeron: «Pasito a pasito» y «De uno en uno». Seguían reglas de
discurso rancias, rastreaban la tierra en busca de restos de razón y sentido. Si la salvación no
se encontraba en esos rescoldos no estaba en ningún sitio. Aunque viniera a revelarles veinte

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nuevos y ordenados sistemas poéticos para crear el orden a través de palabras le dirían: «Será
mejor que tratemos temas que estén bajo nuestros pies, más cercanos a nosotros».
Era padre divorciado, lo cual significaba que tenía hijos y nietos pero ningún sitio concreto al
que ir. Saltnatek había sido como un hijo, y con este había estado más tiempo que con ningún
otro, le había visto madurar, le había usado y le había rechazado como hacen los hijos, como
tienen los hijos derecho a hacer. No estaba en su naturaleza hacer ultimátums emocionales.
Puede que en el pasado hubiera actuado de ese modo —habría tenido que obligarse a actuar
de ese modo— para observar los patrones de intercambio entre sus hijos reales, aun cuando la
información, una vez aislada, le hubiera dejado deprimido y asustado. Podría haber hecho como
si ellos fueran una república independiente y formular una solicitud de entrada. Incluso en este
momento tenía que plantearse si sería adecuado invitarse para las próximas navidades. Segura-
mente le concederían ese visado limitado que nadie niega a un viejo sin hogar, un pariente dis-
tinguido que no es pobre, que solo necesita consideración, que se hagan cargo de su sordera,
de su hombro maltrecho, su manía de levantarse y tomar el desayuno a las cinco de la mañana,
sus alergias a la mantequilla y al vino blanco.
¿Y qué llevar en su exploración navideña? La primera regla a la hora de hacer excursiones a
sociedades incólumes es: no lleves regalos. A menos que uno quiera afrontar cargos por corrup-
ción. Pero al fin y al cabo, él, como cualquier erudito que sabe esquivar una crítica, podía justifi-
car los presentes diciéndose a sí mismo que otro visitante podría contaminar la sociedad de un
modo mucho más atroz mientras él, Missierna, estaba tan tranquilo. Con sus hijos había sido un
pusilánime, casi no se les había acercado. Cuando eran jóvenes solía llevarles a casa un reloj
de pulsera y hacer que lo dibujaran cientos de veces. En sus viajes de trabajo llevaba pilas de

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radio, sus andanzas le habían enseñado que en las nuevas repúblicas las pilas se agotaban
pronto. Cuando había montañas nevadas llevaba botas de esquiar, excepto en los lugares en
que la nieve era sagrada. Había hecho siempre gala de un gran sentido de la paciencia, afronta-
ba las esperas con buen humor, en tanto que recortaba la línea de puntos de sus visados de
tránsito, los permisos de residencia semestrales, las becas de investigación de cinco años. En
su imaginación para entrar a la familia de uno mismo también había que rellenar formularios.
Todo lo que tenía que comprender era qué tendencia seguían las preguntas.
Desde la habitación de su hotel de Helsinki, Missierna veía el Báltico y las gaviotas planean-
do sobre las crestas blancas de las olas. Por la noche los fantasmas flotaban sobre el horizonte.
Al haber vivido entre gentes que los veían por todas partes daba por sentado que se trataba de
fantasmas y no de simples sombras blancas veraniegas.
Un estudio actuarial del seguro le daba seis años más de vida si seguía tal como estaba,
ocho si dejaba de fumar, nueve y medio si adoptaba una perspectiva más optimista. ¿Y la magia
blanca? ¿Por qué no intentar añadir más primaveras por medio de versos y conjuros? ¿Por qué
no invocar a un santo, un santo tan desconocido que la línea directa que iba de la mente de Mis-
sierna a la memoria de mentes del santo se hiciera clara al no tener el bullicio de voces ajenas?
Podría empezar por repetir su propio nombre antes de decidir qué imprecación iría después.
Seguro que sus nietos vivían gracias a la magia. Por la mañana había siempre una luz natu-
ral renovada. La ropa que tiraban al suelo se la encontraban limpia y doblada. En el congreso,
un hombre de cabello cano que decía haber sido alumno suyo le había asegurado que pronto
serían los hijos los que tendrían que reconocer a los padres y no al contrario. Missierna suponía
que habría algunos rechazos impasibles, algunos por puro egoísmo, otros inspirados por la ver-
güenza. También podría haber casos de simple antipatía. La mayoría de los hijos probablemen-
te aceptaría a sus padres por pena, o por mantener una línea de ascendencia poderosa, para
reclamar la herencia o adecuarse a su carta astral. Otros, para evitar la visión de las lágrimas
adultas. Puede que unos cuantos mostraran esa fe ciega por la que los padres suplicaban. Esa
nueva inseguridad, ese terror a ser rechazado, ya estaba haciendo que algunos adultos adopta-
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ran el conservadurismo extremo que caracteriza a los más jóvenes. Seguramente esta descon-
fianza en la novedad y el miedo al cambio justificaban el escaso público que tuvo Missierna, el
silencio del auditorio, la falta de predisposición para conocer algo nuevo.
En Saltnatek, hacia el final, ya había oído algunos fríos comentarios que negaban su paterni-
dad claramente. Y los había oído de unos estudiantes a los que él les había enseñado, que él
había criado, amamantado, y ahora estaban dispuestos a mandarle a hacer las maletas: «No
puede decir que no le avisamos», «Ya intenté decirle que algún día lo sentiría», «Siento que
tenga que sentirlo, pero eso es lo único por lo que lo siento». También de sus propios hijos ha-
bía habido señales premonitorias que él había tomado por impertinencias: «¿Es que no puedes
pedirle un café a la camarera sin tener que contarle tu vida?», «Los otros padres no se equivo-
can de autobús», «Por favor, no te levantes a bailar. Hace que parezcas tonto de remate». A pe-
sar de que sus ojos eran puros y claros estaban atormentados por la mortificación y el descon-
tento. Los ojos de los niños son los ojos del pequeñoburgués, concluyó. No pueden evitarlo, han
nacido preguntándose si sus padres son dignos de lo que piensa el conductor del autobús.
Durante veinticuatro años los ojos de Saltnatek le habían evaluado para luego mirar hacia
otro lado. Se había convertido en alguien demasiado grande y torpe para él mismo, un padre sin
autoridad, desposeído, dejado a su suerte en un aeropuerto en el que tropezaba como si estu-
viera borracho o enfermo.
Podía recitar de memoria las primeras oraciones de prueba que usó para su investigación:
«Ahora que mencionas eso ya veo a qué te refieres.»
«No hay ninguna ley contra ello, ¿o sí?»
«No estoy cómodo, pero espero estarlo pronto.»

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«Cualquiera puede escribirle. Contesta a todas las cartas.»
«Compruébalo. Verás que llevaba razón desde el principio.»
Al principio, en Saltnatek, había pedido una legislación gubernamental para que se pusiera un
tope a la lengua: el vocabulario no debía aumentar durante el periodo de su trabajo de campo.
La expansión entorpecería el recuento de palabras. No habían estado seguros de cómo llamar-
le. Algunos le llamaban «padre», porque sonaba parecido a su nombre tal como ellos lo pronun-
ciaban. Sus propios hijos por un tiempo habían evitado incluso usar la segunda persona, borran-
do de sus saludos frases como: «¿Cuánto tiempo te quedas?» o «¿Traes algún regalo?». Eran
como los pacientes que tienen que pasar una temporada larga en el hospital o como sublevados
bajo confinamiento. Sus expresiones, de repente cuidadosas y distantes, parecían estar dicién-
dole: «Si tiene usted intención de seguir yendo y viniendo al menos podría traernos algo que
nos haga falta».
Sus hijos no estaban orgullosos de él. De esto él era el único culpable, no les había contado
lo suficiente. Tal vez les pareciera viejo, pero él se sentía joven. Cuando se ponía frente al espe-
jo veía al hombre joven que había sido en la universidad. En sus sueños, incluso en sus pesadi-
llas, nunca tenía más de veintiún años.
Saltnatek fue su última aventura. Ahora era el momento de volver hacia sus hijos verdaderos,
le dieran ellos la bienvenida o no a ese viejo explorador. O tal vez pudiera encontrar algo mejor
que hacer, algo tranquilo. Podía ver que Europa caía y se hundía, con toda su mezquindad y
crueldad apagada, con su riqueza arisca y su sentimentalismo. Tal vez saliera algo de su vileza,
tal vez se sacara algo en claro entre el pasado y el presente ahora que estaban todos al mismo
nivel, aplastados todos hasta tener el mismo tamaño y la misma forma. Pero ¿y si él hubiera
perdido su mezcla de sentido del deber y curiosidad, su humildad profesional, su mordacidad?
En tal caso, podría empezar, pero no habría final.
En Helsinki vio cómo sus colegas más jóvenes describían repúblicas que apenas habían vis-
to. Al parecer fueron razones privadas y casuales las que les habían llevado aquí o allá. No le
gustaron esas razones y se arrepintió de haber mencionado en su conferencia el incesto entre
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hermanos que se daba en aquel pequeño pueblo de Saltnatek. Había tenido la prudencia de
precisar que había confiado en el folclore y las leyendas y que jamás podría saber qué era lo
que pasaba cuando los niños se quitaban toda la ropa. Los actos repetidos son religiosos, pero
con los niños jamás se puede decir si son paganos, ateos, agnósticos, panteístas, atomistas, si
aún queda vestigio de ritual, alguna plegaria recitada.
Digamos que usara a sus nietos como a un país poco conocido; tendría que rastrear su len-
guaje en busca de información. ¿Qué dirían cuando pensaban «infinito»? En Saltnatek, en el
pueblo, le habían dado simples imágenes: una luz centelleante, un fuego que no podía ser apa-
ciguado, un sol que se alzaba y se ponía siguiendo ciclos largos, una noche iluminada. Todo y
nada.
Pensó que tal vez tuvieran razón y solo existiera el momento presente. La manera en que
veían la infinitud era asunto de ellos. Pero si me empiezo a interesar solo por mis asuntos, se
decía, entonces ya no tendré razón de ser.
¿Había alguna causa para sentirse incómodo con la situación actual en Europa? ¿Qué tenía
de malo? No había disputas entre Turquía y Gales, ni había guerra entre Italia y Schleswig-Hols-
tein. Habían pasado años desde que una parte de la población había huido después de escar-
bar para llevarse sus muertos con ellos. Tenía la sensación de que toda su vida laboral, sus in-
dagaciones, los sobornos y persuasiones para llegar hasta significados secretos no eran más
que exhumación y huida.
Los niños de la aldea querían motocicletas y cascos blancos. Él les había dado cascos, pero
les dijo que no podía traer motos porque eran peligrosas y harían que temblaran las viejas ven-
tanas y que los bebés lloraran. Algunas de las mujeres de la aldea hicieron tiestos con los cas-

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cos, pero los cascos no dejaban pasar el aire y sus plantas murieron por falta de drenaje. Los
cascos jamás se pudrirían. Solo las caracolas gigantes mutiladas que eran devueltas al océano
podían descomponerse. El día en que Missierna concluyó que los cascos no morían, con lo cual
no había esperanza de que resucitaran, se preguntó si no habría llegado el momento de dejar
de pensar.
No debería haber mencionado en su conferencia que los niños de la aldea eran de una belle-
za inexpresiva pero extraordinaria, que querían motocicletas y carreteras empinadas nuevas.
Podría haber inducido a que viajaran allí investigadores pesados, grises y lujuriosos y los sedu-
jeran dando lugar a una nueva persecución torpe y burda.
Todo esto pensaba durante las noches en su habitación de hotel, y mientras caminaba a la
luz del día por las calles de Helsinki. Hizo una visita al consulado de Saltnatek, porque curiosa-
mente se sentía desamparado, como un padre al que la ley hubiera impedido decir nada más
respecto a la educación y el destino de sus hijos. Entró en una librería conocida como la más
grande de Europa y en unos grandes almacenes que tenían aspecto de ser los más caros. En
un puesto de la calle compró un helado de chocolate en un cono de plástico. No devolvió el
cono como debería haber hecho. Creyó que había pagado por él. Cruzó por la ajetreada calle
diciéndose: «El cono es mío. No lo voy a devolver».
Así que se había vuelto un avaricioso. Durante algunos minutos su mente se mantuvo ocupa-
da con esta consideración sutil e interesante. ¿Qué sentido tenía quedarse con el cono? En Sal-
tnatek lo habrían tirado, incluso en la más pobre y mezquina de las poblaciones. Lo que pedía
ahora el imaginario colectivo de los niños eran autobuses sin conductores, aviones sin pilotos,
lecciones sin profesores. Querían venir al mundo sabiendo escribir y contar o no llegar a saberlo
nunca, la cuestión era la misma. O saber tan solo de todo un poco. Vio cascos en el alféizar de
una ventana con helechos creciendo en su interior. Las mujeres ya habían aprendido a usar gui-
jarros para el drenaje. Vio a niños que iban colina arriba a todo gas con las motos que otros visi-
tantes les habían llevado. Al imaginar esto, o al creer que podía verlo —que para el caso es lo
mismo—, comprendió que jamás volvería aunque le aceptaran. Iba a vivir sus seis años actua-
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riales en su propia mitad del continente. Imaginaría, o pensaría que era capaz de ver, sus pila-
res pudriéndose, algas arremolinándose alrededor de los cimientos. Respiraría ese aire viciado
que apesta a vida marina muerta. Tal vez en el aire diáfano de Saltnatek durara algo más de
seis años. ¿Y entonces qué? Habría caído muerto a los pies de esos niños maleantes de rostro
ausente. Habría oído durante un segundo más de lo que la vida permite la decadencia de sus ri-
sas cuando se burlaran de él, ese viejo extranjero inquisitivo en descomposición, que seguía in-
tentando engañarles para que le obsequiaran con la palabra que usaban para decir: «Venga a
nosotros tu reino».

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