El vagabundo
LEMA: Tiempos solidarios
La Navidad estaba tocando a las puertas de los hogares. A Lena le
fascinaba la época navideña, estaba eufórica. Llegaban las vacaciones
y al colegio no tenía que asistir. Se aburría mucho y no le gustaba.
Era una niña de ocho años muy inteligente y de gran corazón. Vivía
con su madre, Azucena, en una casa humilde. Cada mañana Lena se
levantaba contenta. Con ese entusiasmo iba corriendo a encender las
luces del árbol y a poner villancicos para cantar con su madre.
Como tradición, todas las navidades caminaban madre e hija por las
calles para impregnarse del aroma navideño. Las luces de colores de
las grandes avenidas, los bonitos adornos de los balcones y el olor a
castañas recién hechas.
Todo un festín para los ojos verdes de Lena. Su madre la miraba con
dulzura.
De repente, caminando por una avenida Lena vio a un vagabundo
tumbado en el suelo con una manta. Azucena se dio cuenta. A Lena le
dio mucha pena. Así que, sin pensárselo dos veces se acercó al
hombre y le dijo:
— ¿Te gustaría cenar esta noche con nosotras? Es Nochebuena.
El vagabundo la miró desconcertado. Le sonrió. Y sus ojos se
inundaron de lágrimas. Luego miró a su madre y sintió un vuelco en
su corazón. El hombre asintió con la cabeza. Pues apenas podía
articular palabra. Apto seguido, le ayudaron a levantarse, cogieron
todas sus pertenencias y marcharon a casa.
El trayecto fue entrañable. Lena le cogió su mano todo el camino. El
hombre no sabía ni qué decir. Solo sonreía y en su mirada afable se
podía observar su gratitud sincera.
Ya en casa le ofrecieron ropa limpia y lo invitaron a ir al cuarto de
baño para ducharse y relajarse.
El vagabundo no se lo creía. De vez en cuando se pellizcaba la cara
para ver si estaba soñando o por el contario lo estaba viviendo.
La mesa estaba lista cuando el hombre regreso del baño.
Lena le esperaba de pie con una sonrisa de oreja a oreja, al lado de
la silla que iba a ocupar él. Apto seguido, Lena le hizo un ademán
elegante con su mano para que ocupara el asiento.
El hombre la miró, sonrió y dijo:
—Muchas gracias, señorita. Muy amable.
Se rieron los tres a carcajadas.
Ya sentados en la mesa, el hombre se subió la manga del brazo
derecho cuando Lena y Azucena se fijaron en una mancha de
nacimiento que tenía forma de corazón.
Madre e hija se miraron con cara de asombro. No podían creerlo.
Creían que había muerto. Las dos se levantaron con rapidez y lo
abrazaron.
—Papá —dijo Lena llorando de alegría.
—Amor mío —espetó su mujer cubriendo su rostro de miles de besos.