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UNIDAD V
Bajtín Ya no nos ocupamos de la enunciación desde un punto de vista estrictamente lingüístico, una
enunciación anclada en la subjetividad del locutor, en el ego, sino que empezamos a considerarla desde
una perspectiva sociológica, sostenida en una relación intersubjetiva y social y en el marco de una
disciplina que puede entenderse como una translingüística, como un estudio que se abre a la discursividad
social. Este enfoque es el llevado a cabo por el Círculo de Bajtín, conformado por un grupo de
intelectuales, epocalmente contemporáneos a Saussure, pero cuya producción es recuperada, dentro de la
Lingüística occidental, por la escuela posestructuralista francesa hacia fines de los años 60.
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La propuesta bajtiniana reinstala el lugar del hablante en el espacio social. El foco, en consecuencia, está
puesto en la vinculación entre el lenguaje y la sociedad, se estudia el lenguaje desde su dimensión
comunicativa y social. Las producciones del Círculo Bajtiniano se sostienen sobre el presupuesto de que el
lenguaje refracta la sociedad. Esto quiere decir que, para estos autores, la expresión verbal, la
enunciación, no refleja pasivamente una situación, sino que la interpreta ideológicamente, representa su
solución, se vuelve su conclusión valorativa.
Se emprende, entonces, el análisis de las expresiones concretas realizadas en el flujo de los discursos
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sociales y producidas en contextos comunicativos específicos. Estas expresiones, los enunciados, son
concebidas como manifestaciones lingüísticas emitidas por un sujeto en permanente interacción con otros
y definidas como unidades reales de la comunicación discursiva. De esto se desprende, entonces, que,
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para este abordaje, el discurso solo existe en forma de enunciados.
Bajtín vincula los discursos con las prácticas sociales e históricas y propone el concepto de género
discursivo para caracterizar ciertas regularidades que comparten los enunciados. Bajtín establece que, en
la sociedad, los distintos sectores con sus distintos intereses y en distintas esferas de actividad, producen
enunciados con rasgos similares. Estos enunciados que comparten tema, estilo y estructura conforman,
para Bajtín, un género discursivo. El concepto de género discursivo remite, entonces, a tipos de
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enunciados relativamente estables que tienen propiedades en común y se corresponden con determinada
esfera de la praxis social. Un diálogo cotidiano, una clase universitaria, una carta, una declaración policial,
un cuento literario, se incluyen entre los géneros discursivos. Podrían pensarse como matrices de
producción y de percepción que regulan, de algún modo, lo que se puede decir y cómo en cada contexto
determinado.
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Con este concepto, lo que se sugiere desde este punto de vista es que el hablante no sólo dispone de
formas obligatorias de la lengua, sino que cuenta también con formas discursivas normativas cuyo
manejo es necesario para la intercomprensión. Los géneros no son creados por él, sino que le son dados.
Lo interesante es que se plantea que los géneros son “relativamente estables”, esto es, no permanecen
fijos y clausurados, sino que evolucionan y se mueven con la cultura (son ágiles y plásticos, en
consecuencia, caen en desuso, cambian, se combinan, dan lugar a nuevas formas).
• No se puede pensar en el enunciado individual porque si bien por separado, cada uno de ellos es
singular, sólo pueden concebirse en el marco mayor del género.
• No es posible hablar por fuera de los géneros, porque están enlazados y determinados por las prácticas
sociales.
Bajtín pone de relieve la relación inevitable del lenguaje con “la vida social”, los enunciados y los géneros
discursivos son, a su juicio, correas de transmisión entre la historia de la sociedad y la historia de la
lengua. El lenguaje participa de la vida y, de modo inverso, la vida interviene en el lenguaje también
a través de los enunciados.
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Crítica: Se trata de un proceso complejo, multilateral y activo que debe ser estudiado por las distintas
ramas de la lingüística y las ciencias dedicadas al análisis del lenguaje en su verdadera dimensión y no, de
modo sesgado o esquemático, como hacen ciertos enfoques, que caen en lo que Bajtín llama “ficción
científica”.
En cada esfera de la praxis, existe todo un repertorio de géneros discursivos que se diferencia y desarrolla
a medida que se complejiza la esfera misma (está determinado por la situación discursiva, las relaciones
entre los hablantes, su posición en la jerarquía social).
Propone un acercamiento primero a través de una clasificación:
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Sobre todo, hay que prestar atención a la diferencia, sumamente importante, entre géneros discursivos
primarios (simples) y secundarios (complejos); tal diferencia no es funcional. Los géneros discursivos
secundarios (complejos) -a saber, novelas, dramas, investigaciones científicas de toda clase, grandes
géneros periodísticos, etc.- surgen en condiciones de la comunicación cultural más compleja,
relativamente más desarrollada y organizada, principalmente escrita: comunicación artística, científica,
sociopolítica, etc. En el proceso de su formación estos géneros absorben y reelaboran diversos géneros
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primarios (simples) constituidos en la comunicación discursiva inmediata. Los géneros primarios que
forman parte de los géneros complejos se transforman dentro de estos últimos y adquieren un carácter
especial: pierden su relación inmediata con la realidad y con los enunciados reales de otros, por ejemplo,
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las réplicas de un diálogo cotidiano o las cartas dentro de una novela, conservando su forma y su
importancia cotidiana tan sólo como partes del contenido de la novela, participan de la realidad tan sólo a
través de la totalidad de la novela, es decir, como acontecimiento artístico y no como suceso de la vida
cotidiana.
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Todo enunciado es, expresa Bajtín en una de esas iluminadoras metáforas con las que da cuenta de sus
proposiciones, un eslabón en una cadena de enunciados. Y de este modo anula toda posibilidad de
pensar un texto cerrado sobre sí mismo, en una clausura que busque dar cuenta de su estructura. El
enunciado se abre hacia el afuera, hacia el contexto, hacia el otro.
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Y en ese sentido, no hay enunciado primero, ni último: todo enunciado es respuesta de enunciados
anteriores y será, a su vez, respondido en enunciados posteriores.
Por eso, todo enunciado es orientado, destinado, existe sólo en una orientación valorativa hacia el
interlocutor. En esta propuesta, el oyente tiene un papel activo, no es un mero receptor del discurso, no es
engendrado por un yo que gobierna de modo absoluto la enunciación.
Así entonces, y distanciándose de otros enfoques que entienden al receptor como responsable de la
decodificación pasiva del mensaje emitido, Bajtín conceptualiza al oyente como contestatario, una figura
que replica, comenta, completa, actúa (no sólo a través de palabras, también las acciones -una sonrisa, un
leve movimiento de cabeza, la tos, una trompada-, también la postura, también el silencio son respuestas).
La relación que establece entre el lenguaje y la organización de la conciencia: Bajtín asume que la
fuente del psiquismo la constituyen las relaciones sociales y la comunicación que se establece dentro de la
praxis humana y, que, por lo tanto, la conciencia es un reflejo activo de la realidad, que surge como algo
que se construye desde afuera. La realidad es reflejada (mejor aún, como vimos, refractada) a través del
lenguaje, de las expresiones verbales que son los signos. Los signos, entonces, funcionan como
mediadores en la relación del hablante con la realidad. Bajtín sostiene, así, que la conciencia
individual tiene una organización semiótica, está poblada por signos, pero esos signos, no se
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incorporan a una conciencia vacía, sino que la propia conciencia es resultado de la acción de los
signos, no existe sin ellos.
El principio y el final de los enunciados están determinados, entonces, por el hecho de que los hablantes
los intercambian con otros, y es por eso que un enunciado individual representa, para esta teoría, una
contradicción pues siempre que se enuncia se lo hace en relación con otro/otros. En este sentido, el
proceso discursivo implica necesariamente, al menos, dos sujetos hablantes, o sea, una relación dialógica
en la cual el enunciado resulta afectado por la participación activa de ambos. Como ya señalamos, esto
diferencia este planteo de otros enfoques sobre la comunicación, que atribuyen al oyente un papel pasivo,
ajeno al enunciado.
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LAS PROPIEDADES DEL ENUNCIADO
Bajtín establece claras diferencias entre el enunciado como unidad del discurso frente a las unidades de la
lengua: las palabras y oraciones.
Mientras que, los límites del enunciado están determinados por el cambio de los sujetos discursivos, -
lo que supone, para Bajtín, su primer rasgo constitutivo-, la oración, como unidad de la lengua, tiene
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una naturaleza gramatical y, por lo tanto, sus límites son, también, gramaticales: empieza con
mayúscula y termina con un punto. Así, como unidad aislada, es monológica y, por tanto, resulta imposible
adoptar con respecto a ella una postura de respuesta (a menos que sepamos qué es aquello que el
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hablante quiso expresar y que eso fue todo cuanto él quiso decir. Pero en ese caso no estaríamos ante
una oración sino ante un enunciado, como veremos en detalle en lo que sigue). Al respecto, señala Bajtín
que las unidades de la lengua tienen un significado abstracto, no relacionado con ningún contexto
real. Tomando un ejemplo muy sencillo, el de la oración “Ya salió el sol”, muestra que, aunque pueda ser
analizada según las reglas de la lengua, reconocida como una construcción del español y examinada en
todos sus constituyentes internos, no resulta posible entenderla más que como una unidad cerrada sobre
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sí misma, que no provoca respuesta alguna. Sin embargo, esa oración, una vez ubicada en un contexto
discursivo, en una cadena de comunicación con sujetos hablantes concretos implicados, una vez incluida
en una situación dialógica determinada, se convierte en un enunciado, porque obtiene un sentido
específico, por ejemplo, “Ya es hora de levantarnos”, “Dejó de llover”, “No tiene sentido salir” o muchas
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otras interpretaciones dado que, en situaciones discursivas distintas, puede adoptar sentidos también
distintos. Ese sentido, por lo tanto, aparece determinado por múltiples factores que no actúan dentro del
sistema de la lengua, sino que importan dentro de un marco discursivo concreto y son de otro carácter:
para analizarlos deben considerarse las complejas determinaciones sociales, ideológicas y culturales que
prefiguran y moldean el discurso de un hablante. Mientras que el significado de la oración es sometido
a la operación de reconocimiento, el sentido del enunciado -social, ideológico, mutable y flexible-
es interpretado, comprendido en función de los contextos comunicativos concretos.
Estrechamente vinculado al primero, el segundo rasgo constitutivo que Bajtín atribuye al enunciado es
el de su conclusividad específica. La conclusividad indica que el enunciado:
a. Consiguió agotar el sentido de su objeto en una situación concreta, es decir, que el oyente advierte que
se ha producido un agotamiento temático.
b. muestra la concepción que el hablante tiene ante el objeto del discurso, esto es, es posible captar la
intención discursiva y la voluntad del hablante.
c. está constituido por rasgos típicos que lo ubican como perteneciente a un género discursivo con sus
propiedades estructurales de clausura o conclusión específicas.
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La oración como unidad de la lengua carece de todos esos atributos: no se delimita por el cambio de los
sujetos discursivos, no tiene un contacto directo con la realidad (con la situación extraverbal) ni tampoco
se relaciona de una manera directa con los enunciados ajenos; no posee plenitud de sentido ni una
capacidad de determinar directamente la postura de respuesta del otro hablante, es decir, no provoca una
respuesta.
Así llega Bajtín al tercer rasgo constitutivo del enunciado: la actitud del enunciado hacia el hablante
mismo y hacia los otros participantes en la comunicación.
Esta también es una característica del enunciado que lo distingue de las unidades de la lengua. Bajtín lo
denomina “momento expresivo” y remite a la actitud subjetiva y evaluadora del hablante hacia el
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objeto/tema de su discurso, hacia el contenido semántico de su propio enunciado. La lengua, como
sistema, ofrece al hablante recursos expresivos (por ejemplo, adjetivos valorativos, tipos de oraciones,
signos de puntuación, entre otros) por lo que las palabras y oraciones pueden ser marcadas
estilísticamente a nivel lingüístico, pero esos recursos son absolutamente neutrales en relación con
cualquier valoración real determinada. Las palabras y oraciones en sí mismas no evalúan nada, no
dan cuenta de la visión del mundo, de los valores o las emociones del hablante. Sólo adquieren
matiz expresivo en el marco de un contexto específico. Y es por las mismas razones, que no se puede
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hallar un enunciado absolutamente neutral. Uno de los recursos más potentes para expresar la actitud
evaluadora y emotiva del hablante es la entonación expresiva que, conviene recordarlo una vez más, no
es individual sino social, por lo que solo podrá darse cuenta cabal de ella si se la pone en relación con
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otras propiedades del enunciado como la orientación y la responsividad. A continuación, recuperaremos
las líneas centrales sobre este concepto trazadas por Valentín Voloshinov, otro representante del Círculo
Bajtiniano.
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Voloshinov, V.
LO DICHO / LO SOBREENTENDIDO
Volóshinov establece, así, que en el enunciado además de lo expresado verbalmente, se debe considerar
también una parte extraverbal, no expresada pero sobreentendida, sin cuya comprensión no resulta
posible entender la enunciación misma.
Cada enunciación efectiva tiene un sentido determinado, que solo se puede comprender en una
situación concreta. Para mostrarlo, Voloshinov recurre a un enunciado mínimo del tipo ¡Vaya! y señala
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que, a quienes desconocen las condiciones en las que se enuncia la expresión, la misma les resulta
incomprensible. Como sabemos, en condiciones distintas, en situaciones distintas, esta enunciación tendrá
también sentidos distintos: podría ser un signo de maravilla, de indignación, de alegría, de tristeza, podría
ser respuesta o réplica a acontecimientos y circunstancias absolutamente diversos y disímiles.
Como podemos advertir, para poder entender el enunciado, es preciso conocer algo más que la emisión
proferida, es necesario recuperar la parte extraverbal de la enunciación: saber dónde y cuándo ocurre,
cuál es el tema de la conversación y, finalmente, la relación que los interlocutores tienen con respecto al
tema y cuáles son sus respectivas valoraciones del mismo.
Supongamos, ahora, que esos momentos se vuelven conocidos. Aunque para nuestra comprensión fue
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necesario explicitarlos, se trata de aspectos de la enunciación que estaban sobreentendidos por los
hablantes.
La vida misma completa directamente la palabra, la que no puede ser separada de la vida sin que
pierda su sentido.
¿Qué fue necesario conocer para poder comprender la conversación? Por un lado, el tono con que fue
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pronunciada (reproche, indignación, fastidio, desagrado) y por el otro, el contexto extraverbal que los
participantes del intercambio compartían y que les permitió tener una comprensión común de lo que
estaba ocurriendo.
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Voloshinov establece que este contexto extraverbal se compone por tres momentos:
a. el horizonte espacial compartido (lo visto)
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b. el conocimiento y comprensión común de la situación (lo sabido)
c. la valoración compartida de la situación (lo evaluado).
Estos momentos constituyen el sobreentendido, ese horizonte espacial y semántico de los hablantes, que
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conocen, entienden y evalúan conjuntamente la situación.
Voloshinov sostiene que el enunciado cotidiano es un entimema, es decir, una forma de silogismo en que
una premisa o la conclusión aparece silenciada, pero puede ser recuperada fácilmente por el oyente.
Establece el autor que todo enunciado cotidiano es un entimema objetivo y social. Se constituye, así, como
una suerte de “contraseña” conocida solamente por aquellos que pertenecen al mismo horizonte social.
Entonces este carácter social impregna el enunciado: en primer lugar, el enunciado está dirigido a alguien
(lo que quiere decir que hay, como decíamos al inicio, por lo menos esa micro sociedad formada por dos
personas, el hablante y el oyente); en segundo lugar, el mismo hablante es siempre un ser social.
Las valoraciones sociales organizan la forma del enunciado, organizan también el gesto, (porque el
cuerpo también permite la expresión de valores, gesticulando el hablante ocupa una posición activa con
respecto a evaluaciones determinadas) pero es en la entonación donde la valoración encuentra su
expresión más pura. La entonación establece el vínculo entre la palabra y el contexto extraverbal: La
entonación se encuentra siempre en el límite entre lo verbal y lo no verbal, lo dicho y lo no dicho. En la
entonación, el discurso entra en contacto inmediato con la vida. Y es ante todo mediante la entonación
como el hablante entra en contacto con los oyentes: la entonación es social por excelencia.
Existen tres participantes en una enunciación: el hablante, el oyente y aquel de quien o de que se habla.
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LO INDIVIDUAL Y LO SOCIAL EN LOS ESTUDIOS SOBRE EL LENGUAJE
El círculo de Bajtín entabla un diálogo polémico con la Psicología, la Lingüística y los Estudios literarios,
respectivamente. En términos muy generales, podríamos decir que el fundamento de la polémica es, en
todos los casos, la oposición entre lo social y lo individual.
Ningún enunciado puede atribuirse sólo al hablante, sino que es el resultado de la interacción entre
interlocutores por lo que tampoco puede concebirse por fuera de la situación social compleja que lo
engendra y a la que interpreta ideológicamente. En ese marco, incluso el acto más personal, la toma de
conciencia de sí, implica siempre ya un interlocutor, una mirada ajena que se posa sobre el hablante.
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De este modo, si lo intersubjetivo y lo social son rasgos constitutivos del lenguaje y si, por otra parte, y, al
mismo tiempo, son esenciales al hombre, se impone por sí misma una conclusión: el hombre es un ser
originalmente social, al que no cabría reducir a su dimensión biológica sin privarlo de los rasgos que lo
hacen hombre; de ahí la oposición a cualquier psicología biológica o subjetiva (individualista).
Los representantes del Círculo de Bajtín establecen la especificidad cultural e histórica de la conciencia
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humana. Desde su postura, el contenido del psiquismo es absolutamente ideológico: La personalidad del
hablante, entonces, tomada desde adentro, diríamos, resulta ser totalmente un producto de las
interrelaciones sociales. No sólo su expresión externa sino también su experiencia interna son territorio
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social. Por lo tanto, todo el camino entre la experiencia interna (lo "expresable") y su objetivación externa
(el "enunciado") cruza territorio social.
Voloshinov dirige sus críticas al freudismo. Según él, este enfoque, de algún modo, hace descansar al
psiquismo humano sobre una base biológica y concibe el inconsciente como anterior, o exterior, al
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lenguaje. No obstante -señala este autor- no es posible acceder a él más que por medio del lenguaje, y
nada autoriza a ver en él un terreno virgen de cualquier huella verbal. Este énfasis en los factores sociales
no debe interpretarse, sin embargo, como una falta de preocupación por lo psicológico, sólo significa que,
en términos de Voloshinov, la actividad psicológica sólo puede entenderse comprendiendo lo
social.
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CRÍTICAS AL SUBJETIVISMO INDIVIDUALISTA
Voloshinov analiza críticamente la lingüística romántica o “subjetivismo individualista”, de Humboldt a
Vossler y Spitzer, que reconoce y valora solo las variaciones lingüísticas individuales y se niega a
reconocer a la “lengua”, a la que considera una ficción. Esta corriente llama la atención sobre el papel
creador del enunciado singular y trata de explicarlo en función de la vida psíquica individual del hablante.
El subjetivismo individualista considera que la base del lenguaje es el acto de habla individual
creativo. El origen del lenguaje está en la psiquis individual. Las leyes de la creatividad del lenguaje son
las de la psicología individual, y estas leyes son precisamente lo que se supone que deben estudiar el
lingüista y el filósofo del lenguaje.
Voloshinov rechaza la teoría de la expresión que sustenta el subjetivismo individualista porque,
como vimos, entiende que el centro organizador de toda emisión, de toda experiencia, no está adentro
sino afuera, en el medio social que circunda al ser individual. De acuerdo con Voloshinov, la experiencia
no organiza la expresión, sino a la inversa: la expresión organiza la experiencia. Cualquier clase de
emisión que consideremos, incluso aquella más elemental de la expresión verbal de una necesidad —el
hambre, por ejemplo—está orientada socialmente en su totalidad.
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CRÍTICA AL OBJETIVISMO ABSTRACTO. LA CUESTIÓN DEL SIGNIFICADO
Podría decirse que no existe corriente ni escuela posterior que no reconozca, de algún modo, la enorme
contribución que ha significado el CLG, no solamente para la ciencia del lenguaje, sino también para el
desarrollo del pensamiento formal en las ciencias de la sociedad y la cultura. Pero Voloshinov lo examina
desde un ángulo crítico y polemiza con los presupuestos que allí se sostienen.
Crítica Lengua/Habla: Voloshinov entiende el habla y el sistema lingüístico en una unión indivisible que
no puede ser estudiada al aislar una de otro. Sostiene que no es posible manejar adecuadamente la
emisión concreta sin, simultáneamente, tener en cuenta el sistema lingüístico que en ella se despliega.
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Según Voloshinov, la lengua como un sistema de formas normativamente idénticas no es sino una
abstracción, obtenida mediante un arduo trabajo realizado para determinados propósitos cognoscitivos y
prácticos. Es, en suma, el producto de una reflexión sobre el lenguaje que de ningún modo llevan a cabo
los hablantes y oyentes de una lengua determinada, una construcción teórica que no permite captar el
problema de la realidad concreta de los fenómenos del lenguaje, el resultado de un abordaje que en
absoluto sirve para llegar al auténtico problema de la realidad lingüística.
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La realidad concreta del lenguaje en cuanto discurso no está en la identidad y equivalencia, en el sistema
abstracto de formas lingüísticas despojadas de su contenido ideológico (como tampoco lo está en el
enunciado monológico y aislado, ni en el acto psicofísico de su realización, como sostenía el subjetivismo
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individualista) sino en la novedad, en el acontecimiento social de interacción discursiva, llevado a cabo
mediante la enunciación y plasmado en enunciados específicos.
Voloshinov plantea, entonces, el reconocimiento y la comprensión como dos operaciones de análisis del
signo: el signo es reconocido como forma idéntica a sí misma, en su momento de unidad, con un
LA
significado fijo y estable; el signo es comprendido en tanto se asume que su sentido es ideológico y que
está determinado plenamente por su contexto pues no es independiente de las condiciones en que se
produce. “En realidad, hay tantos significados para una palabra como contextos de uso”.
Al postular que la verdadera realidad del lenguaje no reside ni el habla individual aislada, ni en el sistema
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abstracto de normas lingüísticas, Voloshinov justifica la tesis fundamental de los teóricos del círculo
bajtiniano: dicha realidad no debe buscarse sino en el hecho social de la interacción verbal que se cumple
en uno o más enunciados. Es allí donde se halla la solución al problema del modo real de existencia de la
lengua.
La segunda discusión se da con respecto a la sincronía y diacronía; “Un sistema sincrónico no es una
entidad real; no sirve más que como escala convencional en la cual se registran las desviaciones que se
producen a cada instante en el tiempo real”.
El objetivo de los hablantes, sostiene Voloshinov, consiste en producir enunciados concretos. Y la
concretización de una palabra solo se logra al incluirla en el contexto histórico-ideológico específico de su
realización primitiva: “nunca decimos u oímos palabras, sino que decimos y oímos lo que es verdadero o
falso, bueno o malo, importante o intrascendente, agradable o desagradable, etc”.
El interés del hablante está centrado en la forma como estable y auto equivalente, o sea, como una señal
que puede ser reconocida independientemente del contexto en el que aparezca, sino como un signo
ideológico siempre adaptable y cambiante, siempre mutable y elástico.
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Diferencias entre Voloshinov y Saussure con respecto al signo
Voloshinov plantea el reconocimiento y la comprensión como dos operaciones de análisis del signo: el
signo es reconocido como forma idéntica así misma, en su momento de unidad, con un significado fijo y
estable; el signo es comprendido en tanto se asume que su sentido es ideológico y que está determinado
plenamente por su contexto pues no es independiente de las condiciones en que se produce. “En realidad,
hay tantos significados para una palabra como contextos de uso”.
La concepción del carácter social, ideológico, mutable y flexible del significado y la fuerza de su novedad
se corresponden con la semioticidad y con la tarea de la comprensión, y sustentan el proceso complejo,
multilateral y activo de la comunicación discursiva llevada a cabo naturalmente por los miembros de una
OM
comunidad lingüística en sus interacciones verbales.
Así, entonces, al postular que la verdadera realidad del lenguaje no reside ni el habla individual aislada, ni
en el sistema abstracto de normas lingüísticas, Voloshinov justifica la tesis fundamental de los teóricos del
círculo bajtiniano: dicha realidad no debe buscarse sino en el hecho social de la interacción verbal que se
cumple en uno o más enunciados. Es allí donde se halla la solución al problema del modo real de
existencia de la lengua.
.C Lo verosímil-Todorov
DD
Introducción
“En los tribunales, en efecto, la gente no se inquieta en lo más mínimo por decir la verdad, sino por
persuadir, y la persuasión depende de la verosimilitud” (Platón).
El relato y el discurso no son un reflejo fiel de las cosas, sino que adquieren un valor
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independiente. Las palabras son una entidad autónoma que se rige por leyes propias. Los discursos no
están regidos por una correspondencia con el referente. Todorov propone sacar al lenguaje de su
transparencia ilusoria y aprender a percibirlo para estudiar las técnicas por las cual se sirve.
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Según Todorov, para Platón y Aristóteles "lo verosímil es la relación del texto particular
con otro texto, general y difuso, que se llama la opinión pública", el que hace las veces de filtro cultural y
censurador de los posibles reales.
Para este autor, la verosimilitud tiene además otro sentido: “Se hablará de verosimilitud de una obra en la
medida en que ésta trate de hacernos creer que se conforma a lo real y no a sus propias leyes”. Dicho de
otro modo, “lo verosímil es la máscara con que se disfrazan las leyes del texto y que nosotros debemos
tomar por una relación con lo verosímil”
Para Todorov existen dos núcleos esenciales de lo verosímil:
a) lo verosímil como ley discursiva inevitable.
b) lo verosímil como sistema de procedimientos retóricos, como máscara, que tiende a
presentar estas leyes como otras tantas sumisiones o referentes”.
Las leyes del discurso son verosímiles e indescifrables, pues no es sino otro discurso el que puede
describirlas. El texto obedece a un verosímil ideológico, literario, que nos lleva a ocuparnos de lo verosímil.
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