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Los Origenes Del Cristianismo 4

Este documento trata sobre los orígenes del cristianismo según los apóstoles. Explica cómo la iglesia cristiana se fundó primero en Antioquía y cómo los apóstoles como Pablo llevaron el evangelio a otras provincias del Imperio Romano. También describe la importancia histórica de Antioquía como el lugar donde el cristianismo se separó del judaísmo y se extendió a los paganos.

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Los Origenes Del Cristianismo 4

Este documento trata sobre los orígenes del cristianismo según los apóstoles. Explica cómo la iglesia cristiana se fundó primero en Antioquía y cómo los apóstoles como Pablo llevaron el evangelio a otras provincias del Imperio Romano. También describe la importancia histórica de Antioquía como el lugar donde el cristianismo se separó del judaísmo y se extendió a los paganos.

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LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO

BIBLIOTECA APOLOGÉTICA
MONSEÑOR LE CAMUS
Obispo de La Rochela y Saintes

LOS ORÍGENES DEL =


— CRISTIANISMO IV
SEGUNDA PARTE
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES
VOLUMEN PRIMERO
’Eyévero xpíj/xaTÍíTcu 'Tpuyrov ¿v
’A v t io x ^Í-o. tovs juaffyTas xP l<TTia,'0^s-
Y sucedió que por primera vez, en Antioquía,
los discípulos fueron llamados cristianos.
(Hech.. XI, 26).

Traducción de la 4.a edición francesa


POR EL
Dr. D, Juan B.a Codina y Formosa, Pbro.
CATEDRÁTICO DE HEBREO Y GRIEGO EN EL SEMINARIO CONCILIAR DE BARCELONA
Y NUMERARIO DE LA REAL ACADEMIA DE
BUENAS LETRAS

CON LICENCIA DEL ORDINARIO

/ -----BARCELONA = = = = =
HEREDEROS DE JUAN GILI
Editores =_______ —= Cortes, 581
MCMIX
ES PROPIEDAD

tipografía de los editores , Barcelona


PRÓLOGO

Un intervalo mucho más largo de lo conveniente, pero


que acontecimientos múltiples, unidos á las dificultades que
origina el trabajo, nos han impuesto, ha separado la publi­
cación de esta primera parte de La Obra de los Apóstoles
de la segunda, que hoy aparece, por fin, á satisfacción de
nuestros amigos, con justicia impacientes. Sucedió que, ha­
biéndose agotado nuestro primer volumen cuando los otros
dos se editaban, ha tenido que ser reimpreso para los que
querían#adquirir los tres de una vez. Generalmente, reim­
primir, en obras de esta importancia, es introducir algunas
modificaciones. Éstas, sin embargo, noson aquí extraordina
rias,^>or lo que la segunda edición de este trabajo, que
íué recibido con la mayor simpatía, difiere muy poco de
la primera. Como nada importante ha sobrevenido en los
descubrimientos paleográficos, ú otros, que debiera modifi­
car notablemente lo que en otro tiempo escribimos, no
tenían razón de ser retoques de consideración.
Tan sólo ha sido modificada la cronología de los primeros
años de la obra apostólica, en razón de la posición que he­
mos creído tener que adoptar definitivamente en la expo­
sición histórica de la vida y de la obra de Pablo. Así, pa­
ra atenernos estrictamente á lo que este Apóstol parece
precisar en su epístola á los Gálatas, hemos colocado su
conversión en el año 33, y no en el 36. Pero esta modifi­
cación, y las que de ella se siguen hasta el año 47, no
cambian el fondo del libro, y los que poseen la prime­
ra edición podrán, teniendo en cuenta esta observación,
dispensarse de recurrir á la segunda.
¡Plegue á Dios que las almas que buscan lealmente la
verdad encuentren provecho en la lectura de esta expoei-
i T. IV
6 MONSEÑOR LE CAMUS

ción de nuestros Orígenes cristianos! Hemos procurado


poner en ellos, no tan sólo la apología de nuestra fe, pero
también el alimento y el ejemplo de la sincera piedad cris
ti ana. El más excelentg de todos los actos de caridad es
aquel en que Jesucristo es presentado á los hombres en
su vida y en la de su Iglesia. Á conseguir este efecto he­
mos consagrado nuestros esfuerzos durante treinta años,
y Dios nos ha dado á comprender que hemos obrado
bien.
t E milio-P ablo
Obispo de La Rochela y Saintes.

La Rochela, 15 de Noviembre de 1905.


PREFACIO DE LA PRIMERA EDICIÓN

En la misma ciudad de Antioquía tracé las grandes lí­


neas de este libro. Desde mucho antes había preparado
los materiales; pero mi obra, en mi pensamiento, tomó su
forma definitiva sobre las ruinas mismas de la antigua me­
trópoli cristiana. Las vetustas piedras, en aquellas soleda­
des en que el tiempo las ha enterrado, dan voces que hablan
al alma, y de aquellas tumbas ilustres que el peregrino
visita, se exhala una especie de supremo perfume vital
que ayuda á la ciencia á iniciarse en las cosas de lo pasado.
Lo que vi, lo que sentí, al pie del Silpio, iluminó con
nueva luz lo que sabía.
El historiador que ama y quiere que se ame á aquellos
de quienes habla, encuentra dulce satisfacción en iluminar­
los, lleno de solicitud—iba á decir de afectuosa coquetería,
—con el rayo de luz que les conviene y que fue precisamen­
te el del medio en que vivieron. Por lo demás, uno de los '
méritos de la crítica moderna, cualesquiera que sean sus
intenciones, consiste en haber arrancado de las formas
hieráticas en que parecían inmovibles, y haberlos hecho
obrar y hablar como en vida, á un sinnúmero de santos
ilustres que, por ser poco conocidos, eran quizá muy fría­
mente admirados, y que serán más y más queridos, á medi­
da que logremos representárnoslos tales como fueron,
miembros, como nosotros, de la gran familia humana, pero
tanto más admirables cuanto más superiores se mostraron
á las mezquinas vulgaridades de la humanidad.
En reunir focos luminosos en torno de los héroes del
Antiguo y del Nuevo Testamento, por la reconstitución
atenta de los lugares y de los tiempos en que vivieron, pu­
simos todos nuestros cuidados mi amigo elSr. Yigourouxy
8 MONSEÑOR LE CAMUS

yo, en nuestras diversas estancias en Oriente. El Voyage


auxPays bibliques y las Sept Églises, que he publicado en
intervalo de algunos años, precisan con bastante exacti­
tud el resultado sumario de nuestras reflexiones.
La historia de la manifestación divina á través de un
pueblo, Israel, y en un Hijo de este pueblo, el Cristo-Me-
sías, seguida por nosotros desde las riberas del Nilo hasta
las colinas de Nazaret y el lago de Tiberíades, no acaba
en Palestina. Y si durante largos siglos estuvo circunscri­
ta á este país, fue para salir de él con más decisivas conse­
cuencias, á la hora señalada por Dios. Todo el pasado de
Israel: Pueblo, Jueces, Heves, Profetas, Templo, Ciudad
Santa, Ley, Mesías, Cruz, Evangelio, Apóstoles, termina
un día en Antioquía, en la fundación de su prime­
ra Iglesia, salida del paganismo y destinada á regene­
rar al mundo idólatra. La solemne cita de reconciliación
entre Dios y el mundo pagano había sido providencial­
mente fijada allí, en las riberas del Orontas, donde nosotros
estábamos; y nuestra fe se sentía feliz al venerar aquellos
lugares benditos, donde la pobre gentilidad, agotada por
las locuras y la miseria, cayó, como el hijo pródigo, en
brazos del Padre misericordioso, para levantarse, perdona
da y fiel, impaciente por glorificar á su Salvador, invitando
al mundo entero al arrepentimiento y á las alegrías de la
salvación, mientras el judaismo, su hermano mayor, egoís­
ta y celoso, se encerraba más y más en su exclusivismo y
en su descontento. En la historia de la Iglesia y de la huma­
nidad, Antioquía es el Cristianismo emancipado de la Si­
nagoga, el punto psicológico en que termina el mundo an­
tiguo y del que sale el mundo nuevo.
Lleno de tales pensamientos, habíame sentado en una
piedra del cementerio latino, al pie del Monte Estauro;
y, dejando que mi espíritu remontase el curso de los si­
glos, me parecía ver llegar, de Jerusalén ó de Tarso,
aquellos ilustres portadores de la Buena Nueva que tu­
vieron el valor de inaugurar, en la metrópoli Siria, la
gran evangelización de los gentiles. Saludaba á Lucio,.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 9
á Manahén, á Simón el Negro, á Bernabé, á Pablo y otros
muchos que, innominados en la historia, ostentan también
en su frente la aureola santa de los obreros de Jesucristo.
Estos hombres fueron para nosotros, hijos de paganos,
nuestros maestros en la verdad, la levadura que, echada
por Dios en la masa del gentilismo, la fermentó hasta
transformarla por completo. Fueron y siguen siendo los
verdaderos padres del mundo civilizado. Ninguna influen­
cia en nuestra historia moral, después de la del Salvador,
que es la fuente de todas las demás, podría compararse
con la de aquel puñado de prosélitos generosos que, piso­
teando los prejuicios de Israel, empeñaron la lucha con el
paganismo, y, vencedores, viéronse oficialmente honrados
con el título de cristianos. Tenían el espíritu y el corazón
amplios como el Evangelio. Su alma llevaba todo el pensa­
miento y la caridad de Jesucristo. De aquí,—decíame á mi
mismo,—partían Pablo, Bernabé, Timoteo, Tito, Silas y los
demás, para abrir las grandes brechas del Evangelio
en las provincias del imperio romano; aquí volvían á contar
sus victorias, á recoger auxiliares, á recobrar fuerzas, como
en el hogar de la familia, para volverá partir de nuevo, para
abordar, en fin, á las riberas de esta pobre Europa, que
gritaba á Pablo: «Atraviesa el mar y socórrenos W.»
Doce piedras levantaron los hebreos en Gálgala, en me­
moria del p^so del Jordán y de la entrada en la Tierra
prometida; estas doce piedras se mantuvieron de pie mien­
tras Israel fué un pueblo. El Cristianismo rige todavía los
destinos del mundo moderno, y en los campos donde Antio­
quía fué, nada hay que diga al viajero: «De aquí, la luz,
emancipada del judaismo, tomó libre vuelo hacia las na­
ciones.» Sobre ruinas tan augustas, y para consagrar ta­
les recuerdos, parece que una pirámide, desafiando el es­
fuerzo del tiempo y de los hombres, hubiese sido un justo
testimonio de reconocimiento tributado á los primeros
(1) Hechos, XVI, 9. (*)
(*) El texto se refiere á una visión nocturna que Pablo tuvo en Troade,
y en la que se le dijo: «Ven á Macedónia y socórrenos.! —N. del T.
10 MONSEÑOR LE CAMUS

abogados de la igualdad humana ante la Cruz y el Evan­


gelio. ¡Habíamos visto tantas, por cierto injustificadas,
sobre tumbas de fhraones desconocidos y de déspotas
odiosos! ¡Qué fenómeno tan lastimoso é inexplicable es en
la historia de la humanidad esa indeferencia de los pue­
blos para con los sitios sagrados, donde el valor de algunos
hombres, una señal del cielo, la autoridad de un sabio ó
de un santo proporcionáronles un día vida, porvenir y
gloria! Jerusalén, Nazaret, Belén, tienen, á lo menos, san­
tuarios donde las almas cristianas van á orar. Aquí nada,
ó casi nada. Algunos, muy pocos, hijos del Evangelio
se confunden, pobres y humildes, entre los feroces sectarios
del Corán. El fanatismo musulmán, de tal modo reina como
dueño absoluto en esa antigua cuna de la Iglesia libre, que
ni siquiera las piedras, testigos de nuestros gloriosos orí­
genes, tienen derecho á mantenerse en pie. Lo poco que
queda de la antigua ciudad desaparece de día en día á los
golpes del azadón del primer advenedizo que quiere cons­
truir una casa ó murar un jardín.
Este espectáculo de indecible desolación transformaba
poco á poco mi entusiasmo en dolorosa tristeza. Si con la
imaginación contemplaba la vida exuberante de lo pasado,
en realidad todo estaba bien muerto en lo presente. Sepul­
tada á veinticinco pies bajo tierra, la antigua ciudad apenas
dejaba entrever, por algunas elevaciones del suelo, á través
de campos pedregosos que la mano del hombre ya no cul­
tiva, la huella incierta de sus edificios derribados. Aquí y
allá, algunos cipreses balanceaban su cabeza sombría sobre
aquel vasto sepulcro. Buscando á mi izquierda, hacia las
cumbres, la antigua ciudadela donde los soldados romanos
pronunciaron quizá por vez primera el nombre cristiano,
sólo descubría ruinas informes que ensanchaban por aquel
lado la pintoresca cinta de fortificaciones que corona la mon­
taña. En el desfiladero de las Puertas-de-Hierro, las aves
de rapiña daban gritos salvajes, á la entrada de las grutas
desiertas donde los piadosos solitarios han cesado de orar.
Por las grandes vías romanas que conducían á Oriente y á
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 11

Occidente, transformadas ya en senderos impracticables,


ni un ser viviente transitaba. Tan sólo el Orontas, en el
fondo del valle, dejaba oir el ruido monotono de sus olas,
y, á las primeras sombras de la noche, la Antakieh mo­
derna, coronada de delgados minaretes, se agrupaba, en
el fondo del paisaje, como un campamento de nómadas al
pie de la montaña.
¡Ay! este abandono de lugares tan venerables me recor­
daba, con pena todavía mayor, la prolongada indiferencia
con que la' ciencia religiosa y la misma piedad han rodeado
los graves acontecimientos que allí ocurrieron y los hombres
que allí vivieron. Los santos modernos y las'devociones
nuevas ¿podrían hacer olvidar los santos y los santuarios
de otro tiempo? En todo caso, la impiedad, provocándonos
á la controversia, allá nos lleva á la fuerza, y de ello hay
que alegrarse.
En aquel momento, me hallaba cerca de una de las ul­
timas reliquias, casi auténticas, de un pasado tan lamen­
tablemente destruido. Era la gruta del cementerio lati­
no. Cogí un ramo de laurel—el árbol de Dafnis crece siem­
pre en aquellos lugares,—y, piadosamente emocionado, pe­
netré en ella.
La montaña rocosa se redondea allí en bóveda, con
bastante desigualdad tallada. Á la derecha, se ve todavía
la pequeña fuente, cujas aguas límpidas sirvieron antigua­
mente para administrar el bautismo. ¡Ah, hace ya mucho
tiempo que los neófitos no se acercan á ella! A la izquierda y
en el fondo, un estrecho pasillo conduce á las estancias supe­
riores, donde se ocultaban los hombres de Dios en los días
de sangrienta persecución. Algunas excavaciones, visibles
en la piedra, debieron de recibir las lámparas que ilumi
naban las veladas de los primeros cristianos. Un altar, ho­
rriblemente desnudo, alzábase en este santuario, que mi­
de cerca de diez metros de ancho por veinte de largo.
Al decirme á mí mismo que allí quizás habían ora­
do y predicado los Apóstoles y los primeros discípulos; que
allí había resonado el himno de acción de gracias de la joven
12 MONSEÑOR LE CAMUS

Iglesia, salida también ella de Egipto, de las manos de un


pueblo fanático y perseguidor que no había sabido com­
prender ni á sus Profetas, ni á su Mesías, ni á su Dios;
que allí los generosos soldados de Jesucristo habían cono­
cido, a través del temor y de la esperanza, las crisis dolo-
rosas inseparables de toda gran empresa, experimentaba
ese estremecimiento religioso que arrebata el alma por en­
cima de la tierra. Saludando entonces la sombra de los
valientes que veía alzarse ante mí; oyendo todavía sus
gritos de ambición, cuando el Espíritu los envió á conquis­
tar el mundo pagano, cuyos caminos, á pesar del mosaísmo,
quedaban por fin abiertos; abarcando de una ojeada la
historia de sus combates y de sus triunfos, deposité,
con respeto santo, en el altar de piedra, el laurel que para
ellos poco antes cogiera. Era la corona que ofrecía á los
vencedores antes de escribir su panegírico.
Que se me perdone esta sencilla manifestación de un en­
tusiasmo, por otra parte, muy legítimo. Era la expresión
genuina de un vivo deseo de llevar mi modesta piedra al
monumento de gratitud que la historia y la Iglesia, la
ciencia y la piedad, en estos días dolorosos para la fe,
deben levantar en su propio honor, que es el honor de
aquellos por quienes la fe triunfó antiguamente de un
mundo no menos corrompido que el nuestro. Cuanto más
la falsa crítica se empeña en desfigurar ó empequeñecer á
los primeros propagadores del Evangelio, tanto más pre­
ciso es que nosotros los glorifiquemos y los justifiquemos,
despertando en las almas el culto de ese pasado, exube­
rante de evangélica savia, que en ellos tuvo sus héroes.
Así comenzó el trabajo de glorificación que hoy ofrezco
al público. Si ha placido al cielo hacer que por él circule
algo de lo que sentí en las ruinas de Antioquía, hallará mi
libro entre los lectores amantes de la verdad la misma acogi­
da que la Vida de Nuestro Señor Jesucristo, de la cual es
continuación. Los hombres de la primera generación cristia­
na, con sus caracteres tan diversos, sus virtudes prodigiosas
y aun sus defectos, se ofrecen á mi admiración, como el
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 13
«
Maestro se impuso á mi adoración. En diversos grados
apasionan aquéllos mi alma, como éste la había apasiona­
do; y la alegría que experimento al darlos á conocer, me
compensa abundantemente las muchas horas empleadas
•en estudiarlos.
E. L e C amus.
INTRODUCCION

El Cristianismo, tal como se estableció, transformando


el mundo antiguo y dominando después la humanidad
civilizada, es á la vez una idea y un hecho, una doctrina
y una institución. La historia de sus Orígenes, que inten­
tamos escribir' como otros muchos lo han hecho, debe
darnos á conocer sucesivamente á su fundador, Jesucris­
to, á sus propagadores, los Apóstoles, y, finalmente, a
sus primeros defensores, los apologistas y los mártires del
siglo apostólico. Después de ellos, la Iglesia quedo defini­
tivamente constituida con los elementos que debían ase­
gurar su indefectible permanencia y su triunfo eterno.
Hemos escrito, ya considerándola desde su doble aspec­
to dogmático é histórico, la Vida de Nuestro Señor Jesu­
cristo, realizando así la primera parte de nuestra empresa
y estudiando el Cristianismo, idea y hecho, en Aquel
que fué su autor. Vamos ahora á emprender la segunda
parte, que titulamos La Obra de los Apostóles, no por­
que esta obra no deba considerarse como de Jesús ó de su
Espíritu—pues el Cristo-Dios, á diferencia de todos los
demás fundadores de religión ó de instituciones huma­
nas, no vió terminar, con su vida mortal, su acción sobre la
Iglesia por Él fundada, ya que después de su muerte, la ^
dirige con su influencia, predica en ella por los Apóstoles y
depone en su favor por medio de los apologistas y los márti­
res,—sino porque, como todo esto lo hace valiéndose de per­
sonalidades diversas, sin suprimir en ellas ni su carácter,
ni sus inclinaciones, ni sus defectos, dejaremos en segun­
do término y en su gloriosa penumbra la acción divina,
á pesar de su preponderancia, para narrar tan sólo la his­
toria de los hombres que fueron sus instrumentos.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 15

Á ñnes del siglo IV, San Juan Crisóstomo Wdecía á sus


oyentes que nada les era á los fieles menos familiar que la
historia apostólica, y, al empezar el comentario del libro
de los Hechos, se lisonjeaba de reservar sorpresas muy in­
teresantes á la mayor parte de los que fueran á escucharle,
porque diría cosas viejas que á todos parecerían nuevas.
Permítasenos compartir las esperanzas del más elocuente
exégeta de la Iglesia griega, al ofrecer al público, que nos
ha demostrado ya sus simpatías, esta historia de los Após­
toles y de su Obra, continuación de la Vida de Nuestra
Señor Jesucristo.
No tan sólo la ciencia apologética, pero también la sana
y robusta piedad, tienen verdadero interés en saber cómo
el Cristianismo se estableció, se propagó y se organizó;
qué virtudes adornaron á la primitiva Iglesia, pues hay
que creer que practicó las más esenciales y las más dig­
nas de nuestro anhelo; qué vínculos unieron desde el prin­
cipio á los fieles entre sí y á éstos con sus maestros;
cuáles fueron los orígenes del culto, de la jerarquía y de
las diversas obras de edificación. Santo Tomás ha dicho
en alguna parte que todo ser encuentra su perfección en
su origen. Séame permitido tomar estas palabras en un
sentido favorable á mi tesis, y decir que toda institución
debe siempre buscar en-sus orígenes el secreto de su últi­
ma perfección, de la cual le es muy fácil apartarse en el de­
curso del tiempo y al contacto de las pasiones humanas.
En nuestro tiempo ha concedido Dios á su Iglesia la
gracia especial d*e llevar nuevamente las almas al estu­
dio de nuestros orígenes religiosos, de arrancarlas de las
pequeñas devociones que las embarazan y de la ignorancia
que las invade, para ejercitarlas principalmente en la imi­
tación de las virtudes varoniles que fueron honor y gloria
imperecedera de la Iglesia naciente. ¡Benditos sean los
pastores del místico rebaño que contribuyan á fomentar
este movimiento! En la esfera del mundo espiritual, que1
( 1) Homil. I, in Act.
16 MONSEÑOR LE CAMUS

no hay que confundir con aquella en que se desenvuelve


el progreso material de las sociedades, el ideal será siem­
pre mirar atrás y no adelante. No debemos buscar lo que
dicen la filosofía, el espíritu moderno, el progreso, sino lo
que hicleroñ y predicaron los primeros discípulos de Jesu­
cristo, suficientemente autorizados para llevar á la vida
práctica el verdadero pensamiento del Maestro, con el cual
habían vivido. Nada exageraron; pero poniendo á la cabe­
za de sus obligaciones la honestidad, el horror á la men­
tira, la justicia absoluta, juntáronles aquello que, por mu­
cha que sea su excelencia, no habría podido suplir jamás
á sus ojos estas virtudes primordiales: el espíritu de sacri­
ficio, la fe robusta, la esperanza imperturbable y la bondad
sin límites, que son la nota distintiva del veráadero cris­
tiano. No gustemos otro Cristianismo que el de los tiempos
apostólicos, ni permitamos que enerven nuestra vida reli­
giosa, ni extravíen nuestra buena voluntad, ni debiliten
nuestra energía, aquellos que nos proponen cosa muy dife­
rente. Al emprender estos estudios, útiles para las almas
de buena voluntad, nos mueve principalmente la conside­
ración de que nuestra sociedad se muere porque le falta la
verdadera savia del Evangelio. Nuestro trabajo producirá
algún bien, á pesar de su insuficiencia, en la presente crisis
religiosa. En tiempo de carestía, aun el pan negro es bien
recibido en casa de los desgraciados que perecen de hambre.
Á todo el que lea estas páginas, sólo tenemos que repetirle
las palabras de la Epístola álos Hebreos: Mementoteprae-
positorum vestrorum, quorum intuentes exitum, imitamini
fidem(1).
En La Obra de los Apóstoles, se pueden distinguir, co­
mo lo hicimos en la Vida de Nuestro Señor Jesucristo,
tres fases. En sus modestos comienzos hay una explosión
súbita de actividad, la cual, por medio de heroicos trabajos
y martirios, prepara él completo desenvolvimiento de la
Iglesia. Es el movimiento progresivo del grano de mosta-1
(1) Hebr., XIII, 7.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 17
za, echado en tierra y regado con sangre divina. Debe ger­
minar y convertirse en el árbol sobre el cual reposarán las
aves del cielo. En el primer esfuerzo, la semilla desmenu­
za la tierra que la cubre, hasta que, brotada violentamente
del surco, dice al sol, al rocío, á la tempestad: «Heme
aquí.» La planta ó el arbusto abre entonces sus tiernas
ramas, extiende sus brazos en el espacio y desarrolla sus
fuerzas, asentando su vida en extensas y profundas raí­
ces. Finalmente, las flores aparecen, los frutos se preparan y
el árbol se muestra en su hermosa fecundidad. Tal fué, en
resumen, la Obra de los Apóstoles. Surge la Iglesia sacu­
diendo la dura tierra del judaismo, mal cultivada por los
fariseos: éste es su Período de Emancipación; después,
lanzando álos cuatro vientos del cielo sus mensajeros, con
su palabra y sú gracia victoriosa, les ordena apoderar­
se del mundo: éste es su Período de Conquista; en fin,
completando su organización interior, asegura su porve­
nir contra el mal, el tiempo y los hombres: éste es su Pe­
ríodo de Consolidación. Estudiaremos sucesivamente es­
tos tres períodos, si Dios nos da tiempo para ello. Cada
uno, constituyendo un todo distinto, pide ser expuesto en
libro aparte. '
Los manantiales en que debemos inspirarnos para este
trabajo están, ó deberían estar, en manos de todos; por­
que, si algunos testimonios de Josefo, de Filón y de los
más antiguos Padres de la Iglesia pueden á veces ser in­
vocados, los principales documentos que hay que hojear,
comprender y desarrollar, son el libro de los Hechos, las
Epístolas y el Apocalipsis. En ellos encontraremos todos los
elementos para una historia délos tiempos apostólicos, co­
mo encontramos en los cuatro Evangelios los elemen­
tos de la vida del Salvador. Todo fiel debe tener á
mano estos archivos de la gran familia cristiana, y no ol­
vidar jamás que ningún predicador hablará mejor al alma
que los autores de las Epístolas; que ningún historiador
referirá con mayor edificación los sucesos que el autor
de los Hechos; que ningún mortal ha contemplado las
18 MONSEÑOR LE [Link]

cosas con más elevación que el Vidente del Apocalipsis.


Á su tiempo estudiaremos la autenticidad de los diver­
sos escritos de Pablo, de Santiago, de Pedro, de Judas y de
Juan. Por el pronto, el libro de los Hechos es el que debe
solicitar nuestra atención, ya que su primera parte, por sí
sola, constituirá el fondo de este volumen. Séanos, pues,
permitido, exponer, con alguna extensión, su valor histó­
rico y su carácter especial.
El libro de los Hechos tfué escrito poco después de nues­
tro tercer Evangelio(1), del cual declara que es continua­
ción 1(2)3, y con el cual tiene, por otra parte, el más evidente
parentesco. La identidad de estilo y de composición son
tales, en estos dos libros, que demostrar el origen del
uno, es establecer el origen del otro. Ofrecen absolu­
tamente el mismo procedimiento de composición, la mis­
ma fraseología, las mismas construcciones gramaticales,
las mismas expresiones favoritas Al igual que en el ter-
(1) En los Padres apostólicos se encuentran algunas alusiones al libro de
los Hechos. Así, San Policarpo, en su epístola á los Pilipenses, hacia el año
108, reproduce el versículo 24 del cap. II: dv íyeipev o Qeós, Xúaas ras ü)5lvas TOV
“Adov. Antes de él, San Ignacio, escribiendo álos deEsmirna, §. 3: fiera dé rr\v
áváo-rao-iv <xwé<payev aOrols /cal <rvvé-riev, parece tener una* reminiscencia de los
Hechos, X, 41. En su carta á los Magnesios, § 5, emplea la expresión misma
de Pedro ( Hechos, 1,25) para señalar el fin del hombre: i/cao-ros eis r&v tdiov ri-
ttov néWei xojpelv. Pero más antigua aun, pues remonta al fin del primer siglo,
nos parece ser la alusión de la epístola de Clemente de Roma al cap. XIII,
22, del libro de los Hechos. Leemos en ella, cap. XIII: Tí di eíírwfiev étd
fiefiaprvpTffiévip Aavídj irpbs Óv eltrev ó Oeós. Eupov ívdpa Kara rr¡v /capdíav fiov, Aavld
rdv toO'Teatral', ¿v é\éei aluviíp éxPí(ra ^ío-óv. Citando el Salmo LXXXVIII, 21,
Clemente intercala estas palabras: «hombre según rii corazón>, tomadas
de I Beyes, XIII, 14, absolutamente como Pablo lo había hecho en su dis­
curso de Antioquía de Pisidia. Añadamos que la expresión fiefiaprvprffioxp
recuerda también la fiaprvpr¡cras del Apóstol La Aidaxv T&v ’Aito<tt6X<i}v recuerda,
p. 21, 4.a edición de Brienmio, Hechos, II, 44, 47; IV, [Link] carta á Diogne-
tes nos lleva, 3, 4, á Hechos, XVII, 24.
(2) Comp. el preámbulo del tercer Evangelio con el comienzo de los
Hechos.
(3) Nada es más curioso que la serie de comparaciones que pueden ha­
cerse entre el ftstilo del tercer sinóptico y el de los Hechos. El autor de los
dos libros tiene la especialidad del participio de los verbos avíur^fu y ¡cadífa,
empleados simultáneamente con otros tiempos de otros verbos para dar
reUeve'á la narración (Eoang., I, 39; IV, 29, etc, y con frecuencia en ios
Heck.)', de ciertas expresiones: émxetpeiv ( Evang., I, 1; Hech., IX, 29; XIX,
13); diaTropetv (Evang., IX, 7; XXIV, 4; Hech., II, 12; V, 24; X, 17); <ra2e£í}f
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 19
-cer Evangelio, el griego, regularmente puro, que habla el
autor de los Hechos no ha evitado más que en parte nu­
merosos arameísmos, sobre todo en la primera parte de su
trabajo (L. Se puede, pues, afirmar que, en defecto de otra
indicación, esta fraternidad literaria de los dos libros sería
suficiente para hacer que los aceptásemos como obra de
un solo y mismo escritor.
Pero la más explícita tradición habla en el mismo sen­
tido. Según San Ireneo'2), Lucas—abreviación de Lucano ó
Luciano, con la forma aramea a y la terminación griega s,
—es indudablemente el autor del tercer Evangelio y del
libro de los Hechos. El fragmento de Muratori, que data,
lo más tarde, del año de 160, igualmente lo atestigua'3! Des-
(Evang., I, 3; VIII, 1; Hech., III, 24; XI, 4; XVIII, 23); KaOón Evang., I, 7;
XIX, 9; Hech., II, 24, 45; IV, 35); icará con genitivo para indicar lo que se
hizo en toda una comarca (Evang., IV, 14; XV, 14; XXIII, 5; Hech., IX, 31
y 42; X, 37) ó con acusativo para indicar el punto de llegada ( Evang., X, 32;
Hech., V, 15; XVI, 7: XXVII, 7); o¡u\elv {Evang., XXIV, 14; Hech., XX, 11;
XXIV, 26); ádiKÍa {Evang., XIII, 27, etc.; Hech., 1, 18; VIII, 23) en un sen­
tido particular. La enumeración no acabaría si se quisiese poner de manifies­
to todas las semejanzas. Puede verse este trabajo paciente en el P. Mertian.
Htudes des PP. Jésuites, 1863, p. 774, y más fácilmente en el Manuel bibli,
que de Mr. Bacuez, vol, IV, p. 11. Davidson, Introd. to the N. T ., ha seña­
lado cuarenta y siete expresiones particulares del autor de los dos libros.
(Vol. II, p. 261 y sigs.)
(1) Puede comprobarse no solamente en los discursos de Pedro, cap. II,
14 y sigs.; III, 12 y sig3.; IV, 8 y sigs.; V, 29 y sigs.; pero también en el cur­
so mismo de los relatos que hace el autor: 1, 15, 25; II, 1, 4; V, 41; XI, 22,
etcétera.
(2) El gran obispo, que ocupaba la sede de Lión desde 178, y que
había conocido en Asia á los contemporáneos de los Apóstoles, no sólo atribu­
ye á San Lucas el libro de los Hechos, si que además cita algunos de sus pa­
sajes y resume los doce capítulos últimos (Adv., Haeres., III, XIV, 1.)
(3) Este fragmento, traducción de un escrito griego de Papías de Hieró-
polis, según unos, de Hegesipo. ó tan sólo del sacerdote Cayo, según otros, y
en todo caso de un autor del siglo segundo, dice en su latín bárbaro, que
transcribimos del original: «Acta autem omnium Apostolorumsub uno libro
scribta sunt. Lucas obtime Theofile comprindit quia (quae?) sub praesentia
ejus singula gerebantur, sicut fet semote passionem Petri evidenter declarat.
■ Sed et profectionem Pauli ab urbe ad Spaniam proficiscentis.» Cualquiera
modificación que se proponga para explicar el final del texto á partir de se­
mote, precisa entender que el autor supone que Lucas deja á un lado el mar­
tirio de Pedro y el viaje de Pablo á España, para no escribir más que sobre
los acontecimientos de los cuales había sido testigo. En esta apreciación se en­
gaña, pues Lucas ha contado en su libro muchos sucesos que no había visto.
Pero esto no invalida el alcance de su atestación, en lo relativo al autor de
20 MONSEÑOR LE CAMUS

pués de estos dos testimonios tan categóricos, parece su-


perfluo invocar los de las Iglesias de Lión y de Viena(1),
en su carta á los fieles de Asia y de Frigia, de Clemente
de Alejandría (2}, de Tertuliano y de Orígenes H La Tra­
dición es unánime (5>; mas, aunque ésta faltase, sería tam­
bién posible suplir su silencio y llegar con toda seguridad,
siguiendo las indicaciones particulares del libro, á desig­
nar quién lo escribió.
Éste no acompaña constantemente á Pablo, sino á in­
tervalos. En efecto, hacia la mitad de su obra, el autor
se mezcla en el grupo que rodeaba al Apóstol: <<Habiendo
Pablo tenido—dice—esta visión en Troade, al punto pro­
* curamos partir para Macedonia í7\» Desaparece poco des­
pués en Filipos, para no reaparecer hasta mucho más tar­
de, en esta misma ciudad donde se había eclipsado, y no
dejar más al Apóstol hasta el fin. El estilo de estos frag­
mentos con los cuales se presenta en escena, es exactamen­
te el mismo que el del resto de la obra; tan sólo el orden
de ideas varía de un modo sensible. Así, en estos pasajes,,
apenas menciona otros sucesos que los pertinentes á la vi-
los Hechos. Es evidente que, desde la primera parte del siglo segundo, este
libro se atribuía á San Lucas.
(1) En Eusebio, II. E ., V, II. Se habla del martirio de Esteban y de su
plegaria para sus matadores. La carta es del año 177.
(2) Strom., V : «Como Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, recuerda
estas palabras de Pablo: Atenienses, etc.»
(3) Cita con frecuencia los Hechos, los cuales atribuye á San Lucas. Véa­
se sobre todo Dejejun., X: Cum in eodem commentario Lucae, et tertia ho­
ra orationis demonstretur, etc.», y De Baptismo, X: «Adeo postea in Actis
Apostolorum invenimus, etc.»
(4) En su comentario á la Epístola á los Hebreos, dice: «Algunos supo­
nen que fué escrita por Clemente, obispo de Roma, y otros por Lucas, autor
del Evangelio y de los Hechos.» Véase en Eusebio, H. E., VI, XXVI.
(5) Cuando Focio ( Quaest ad Amphiloch., 145) habla de «algunos que atri­
buyen el libro de los Hechos á Clemente de Roma, de otros á Barnabé, de
otros en fin á Lucas», no es que él admita alguna duda en la verdadera tra­
dición de la Iglesia; quiere hacer resaltar la ignorancia de algunos á propó­
sito de este libro.
(6) Pretender que el historiador ha podido introducir estos fragmentos^
escritos por otro, sin aplicarse á sí mismo el nosotros que los caracteriza, y
sencillamente por un respeto escrupuloso á las fuentes en las cuales bebe
es asimilarle, contra toda justicia, al más inepto de los compiladores.
(7) Hechos, XVI, 10-17.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 21
<la común de cada día. Lo hace con una exactitud que de­
muestra la vivacidad de sus recuerdos, pero que, á nuestro
juicio, no supone un diario de viaje escrito con toda regula­
ridad. No puede dudarse de que cuenta con suma fidelidad
todo lo que ha visto. Por desgracia, no lo vio todo, ni lo
sabe todo; de aquí sus profundas y lamentables lagunas.
Estas observaciones, que hará naturalmente un lector
atento del libro de los Hechos, obligan á buscar al autor
entre los compañeros menos asiduos de Pablo, descartan­
do desde luego á los nombrados en el curso de los re­
latos. En efecto, teniendo la facilidad de designarse á sí
mismo con la palabra nosotros, cuando quiere presentarse
en escena, es evidente que el historiador no debe mezclar
su nombre con el de los demás. Se distinguirá de igual
modo muy categóricamente de la mayor parte de ellos, si,
al nombrarlos, hace constar que él no formaba parte del
grupo. De esta suerte, en el momento en que va á dejar
á Macedonia para pasar al Asia, el narrador, que había
estado siete años separado del Apóstol, se le junta de nue­
vo en la misma ciudad de Filipos donde lo había dejado,
y declara que siete de sus compañeros, Sopatro, Aristarco,
Segundo, Gayo, Timoteo, Tiquico y Trofimo, se les ade­
lantaron, al Apóstol y á él, en Troade^í. En consecuencia,
él no puede ser ninguno de los siete discípulos nombrados
en esta ocasión.
Parece que no puede darse nada más legítimo que esta
conclusión. Sin embargo, la exégesis racionalista, andando
á caza de teorías singulares, hace gala de no tenerla en
cuenta. Le ha parecido más nuevo y más científico atri­
buir sucesivamente el libro, ora á Timoteo ora á Si-
las (3), y también á Tito. La suprema razón que alega es
que Lucas no fué con asiduidad compañero de Pablo. Pero
aquí está precisamente la explicación más natural de las
lagunas que encontramos en su obra. Uno que hubiera1
(1) Hechos, XX, 4.
(2) Schleiermacher, Ulrich, Bleek.
(3) Schwanbek, Quellen der Apostelg.
2 T. IV
22 MONSEÑOR LE CAMÜS

seguido regularmente al Apóstol se hubiera mostrado me­


jor informado y más completo. De nada sirve decir que
los más amplificados ó los mas vivos relatos, son los de
los acontecimientos en los cuales Timoteo ó Silas to­
maron parte. Esto debería probarse. Ni el uno ni el otro
estaban en Atenas, ó en Éfeso, con el Apóstol, y, con todo,
la descripción de las escenas que allá acaecieron no carece
ni de desenvolvimiento ni de realce. Al contrario, Timoteo
tomó parte en la segunda visita á Galacia, y el narra­
dor nada nos dice de los incidentes que la señalaron (1).
Tito parece haber desempeñado un papel importante en
uno de los viajes de Pablo á Jerusalen y en el libro de
los Hechos ni siquiera se habla de su presencia en esta ciu­
dad. Además, mientras que en el curso de los relatos, son
nombrados estos diversos personajes, en ellos el autor se
llama invariablemente nosotros. Aquí está el escollo fatal
de todos los sistemas que quieren suplantar á San Lucas.
Añadamos que muchas otras indicaciones fortuitas concu­
rren á hacerlos insostenibles. Por ejemplo, de Silas se dice
que era «un hombre eminente entre sus hermanos ¿Es
creíble que un autor tan poco presuntuoso de su obra co­
mo el del libro de los Hechos, se señale á sí mismo con
tal elogio? Semejante manera de recomendarse al lector
¿es compatible con la modestia de los hombres apostólicos?’
Batida en esa serie de hipótesis fantásticas, la critica
racionalista ha imaginado más recientemente que Lucas
pudo ser simplemente ó el editor de Timoteo ó el mismo
personaje que Silas. Se ha dicho: ¿por ventura la palabra
Silas no es abreviación de Silano, como Lucas lo es de
Lucano? ¿Y no es casi igual el significado de sus respecti­
vos radicales, silva, «selva» ylucus, «madera sagrada <1*356)?»
(1) Hechos, XVI, 6.
(a)Galat., II, l ysig.
(3) Heck., XV, 22. .
U) Mayerhoff, Einl. in die Petnn. Schriften. .
(5) Heunel apoya su opinión en que, cuando el nosotros interviene por
vez primera (Heck. XVI, 10) los únicos compañeros de Pablo eran Timoteo
y Silas {Heck. XV, 40; XVI, 3, 4, 6). Que eran sus compañeros es evidente;
lo que debería demostrarse es que eran sus úmcos compañeros.
LA OBRA DJS LOS APÓSTOLES 23
¿Acaso Pedro no era llamado también Cefas? Sin duda;
pero estos dos nombres eran uno sólo en dos lenguas dis­
tintas, el griego y el arameo, al paso que Silvano y Luca-
no son dos nombres, dos palabras diferentes, en la misma
lengua latina. Por otra parte, Pablo, en sus Cartas, no
solamente no dice nada que autorice la confusión de estos
dos personajes, antes bien, parece que los distingue de un
modo categórico. Así, nos indica que Silas estaba á su lado
en épocas en que el autor del Jibro de los Hechos se ha­
llaba muy distante (1). Por lo demás, ¿qué ganaba la obra,
publicándose como de Lucas, discípulo harto poco conoci­
do, si era de Timoteo ó de Silas, personajes ya céle­
bres en la Iglesia primitiva, y cuyo nombre era por sí sólo
una garantía? Difícil sería decirlo.
Pues bien, al paso que estos nombres, tanto el uno como
el otro, suscitan dificultades insuperables, el de Lucas
pide con toda naturalidad pasar del tercer Evangelio al
libro de los Hechos, que es su continuación. Lo poco que
sabemos de los viajes de este varón apostólico, nombra­
do solamente tres veces en las Epístolas, concuerda, en
efecto, muy exactamente con los pasajes en los cuales el
autor de los Hechos se mezcla en los viajes de Pablo. Es
decir, que, de conformidad con los datos de este libro, las
cartas á los Colosenses y a Eilemón nos revelan la presen­
cia de Lucas junto á Pablo cautivo, y la segunda Epísto­
la á Timoteo, en la cual el valiente atleta se queja de su
aislamiento en Roma, nos entera de que sólo Lucas se
hallaba entonces a su lado A su vez, Lucas prueba muy
bien que el estaba con el Apóstol en el largo y penoso
viaje de Cesárea a Roma, en el cuidado con que pinta
minuciosamente sus diversas peripecias. El nosotros que
emplea en esta relación es su firma auténtica.
Se ha supuesto que «el médico muy amado,> como le123

(1) I Tesalon., 2, 1; I I Tesalon., 2,1; I I Cor., 2, 19.


(2) Coios., IV, 14; Filena, 24.
(3) I I Tim., fV, 11.
24 MONSEÑOR LE CAMUS

llama Pablo W, viendo, al Apóstol extenuado por increíbles


trabajos, y quizá enfermo de esa dolencia de que se queja
como de una espina clavada en su carne t‘1\ se le juntó de­
finitivamente, cuando éste pasaba de nuevo á Filipos (3),
para dedicar todos sus cuidados á aquella endeble cons­
titución, comprometida por [Link] de celo.
No sólo en los médicos de nuestros días hay que reco­
nocer una verdadera potencia de iniciativa en la propa­
ganda de las ideas sociales ó filosóficas de las cuales
se constituyen en abogados. Al ofrecer la curación del
cuerpo, se atribuyen más de una vez el derecho de
sembrar en torno de sí mismos ideas que van derecha­
mente al alma. San Lucas trabajó probablemente muchí­
simo en la difusión de Buena Nueva (4). Era uno de los
hombres más cultos del Círculo Apostólico, como lo prue­
ba su griego generalmente puro y correcto. No obstaute,
carece de fundamento la serie de hipótesis racionalistas
á propósito del fin que se propuso al escribí i su Evan­
gelio ó los Hechos, pues los dos libros fueron redacta­
dos bajo una misma inspiración. Igualmente exento de
prejuicios, tanto al referir la historia de los Apóstoles co­
mo la de Jesús, se abstiene de reflexiones personales.
No manifiesta ni admiración, ni sorpresa, ni amor, ni odio.
Es el historiador escrupuloso, sin pasión por ninguna idea
ni por ningún hombre. No tiene esas miras sintéticas que
(1) Coios., IV, 14. Se ha creído encontrar en el libro de los Hechos, como
también en su Evangelio, indicios de su profesión. Así, Evang., IV, 38; VIII,
43 y 44; y Hech., III, 7; XII, 23; XIII, 11; XXVIII, 8.
(2) I I Cor., XII, 7. ,
(3) Se ha creído comúnmente, siguiendo á Eusebio, H. E. III, VI, que
Lucas era de Antioquía; pero la opinión de Eusebio está quizá fundada en
una confusión entre Lucas y Lucio de Cirene. Muchos prefieren creer que
era de Troade, ó de Filipos. El uso de algunos vocablos técnicos de la cien­
cia náutica parece indicar que vivió en compañía de marinos y en un puerto
de mar. . . ,
(4) Alguien se ha extrañado de que el nombre de Lucas no siga al titulo
del libro de los Hechos, en los más antiguos manuscritos que han llegado
hasta nosotros, como sigue al título de su Evangelio. Pero, además de que
el nombre servía para distinguir los Evangelios entre sí, el que se leía al
principio del tercer Sinóptico debía servir naturalmente para el libro de los
Hechos, que es su continuación. '
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 25
denotan el plan preconcebido de hacer prevaleer una doc­
trina. Las cosas menos importantes, los detalles minucio­
sos tienen cabida en su escrito, porque de ellos fue testi­
go, y con frecuencia pasa por alto los más importantes
hechos, tales como el primer conflicto del universalis­
mo helénico con el particularismo judío, ó tambián la fun­
dación de la Iglesia emancipada de la Sinagoga en Antio-
quía, pareciendo no sospechar su importancia decisiva. El
terrible antagonismo nacido del contacto de la Ley y deí
Evangelio, y cuyas consecuencias podían ser funestas al
desarrollo de la naciente Iglesia, es también denunciado
con tan poco vigor, que se necesita toda la atención de
la crítica para percibir en el curso de su relato los prime,
ros síntomas.
¿Por cuál extraña aberración se ha querido hacer de un
narrador tan reservado, tan tranquilo, tan equilibrado, ora
un biógrafo de Pedro ó de Pablo, siendo así que ni siquie­
ra se cuida de darnos á conocer la nota moral que los ca­
racteriza, ni sus tendencias personales, ni el conjunto de
sus empresas apostólicas; ora un defensor de las ideas uni­
versalistas del Apóstol de las naciones, como si ;<É1 no atri­
buyese enteramente á Pedro el honor de haber introduci­
do, el primero, á los paganos en la Iglesia; ora, en fin, una
especie de oportunista ensayando, en el primer cuarto
del siglo segundo, una conciliación entre el cristianismo
de Pablo, de quien era partidario, y el de Pedro, que te­
nía en Poma fervorosos defensores, como si Una real di­
vergencia de ideas entre los dos Apóstoles hubiese jamás
existido en otra parte que en la mente de Paur v de sus
discípulos W, ó como si un juez de paz, llegado muy tar­
díamente, no hubiese utilizado otros elementos para lle­
var á buen termino su audaz mediación? Hay que decir obu
daz, porque era un poco temerario publicar, entre los años
110 y 130, un libro con la pretensión de hacerlo aceptar1
(1) ^ Zeller, Kóstlin, Hilgenfeld, Schrader han seguido al maestro en esta
extraña campaña, y han empleado extensos y pacientes trabajos en sostener
una tesis insostenible.
26 MONSEÑOR LE CAMUS _____________

como apostólico. Se estaba todavía en presencia de la ge­


neración que había conocido á los Apóstoles. Pues bien, el
falsario habría logrado lo que con tanta impudencia in­
tentara; porque Ireneo, el grande obispo de las Galias, na­
cido hacia esta época y discípulo de Policarpo, contem­
poráneo de Juan, aceptó realmente el libro como obra de
San Ludas. Además, ¿cómo se explica que un autor sagaz,
imaginando, en fecha tan tardía, un compromiso semejan­
te entre la corriente judía y la corriente pagana, no se hu­
biese aprovechado de todo lo que debía saber por las Epís­
tolas de los dos adversarios, leídas entonces en todas las
iglesias, y por los acontecimientos que habían señalado en
Poma el fin de su apostolado? ¡Qué bella ocasión hubiera
perdido de mostrarnos, en su apología, á Pedro a y Pa­
blo, dándose el ósculo de paz antes de ir al martirio, y
consagrando, con el glorioso testimonio de su sangre, la
unidad de sus miras y la sinceridad de su reconciliación!
El autor de los Hechos no tuvo ninguna de las ideas
que le^atribuye la escuela de Tubinga. Lo que en el lla­
ma la ¿tención, es su honradez. Refiere lo que sabe, y
cuando sii ciencia es deficiente, no añade una palabra por
cuenta propia. Lo mismo que en su Evangelio, habla ó se
calla, según sus fuentes. Á menos que se le lea de propósito,
es imposible suponer en él una tendencia apologética cual­
quiera. Se comprende que no escribe sino para instruir, edi­
ficar y persuadir. Si Pedro y Pablo son puestos de relieve
en las dos partes muy distintas de su libro, y, por el
papel preponderante que desempeñan, aquel en la prime­
ra, y éste en la segunda, parecen rivalizar en gloria é in­
fluencia, obrando milagros, pronunciando discursos, atra­
vesando pruebas ¿nálogas í1^, el efecto depende sencilla­
mente de los acontecimientos, tales como el Espíritu San­
- (1) Schneckenburger fué el primero que hizo muy curiosas indagaciones
sobre el aparente pararelismo que el libro de los Hechos establece entre Pe­
dro y Pablo. (Y. But <^es Áctes cíes Apotres, Berna, 1841). Su trabajo sir­
vió de punto de partidá á las teorías de Baur y de sus discípulos; pero don­
de el profesor de Berna había comprobado combinaciones artificiales, los
otros vieron una intención dogmática muy decidida.
LA OBRA DK LOS APÓSTOLES 27

to los dirigió, quizá también de los documentos tales como


el historiador los recibió, pero de ningún modo de un plan
preconcebido y de una comparación premeditada. San Lu­
cas no suavizó la fisonomía de Pablo, ni exageró la de Pe­
dro, para juntarlos hábilmente bajo un mismo rayo de luz,
en fraternal abrazo, sino que pintó á los dos grandes Após­
toles tales como sus fuentes se los ofrecían, y se encontró
con dos vocaciones diversas que tenían idénticas miras.
¿Qué hay de particular en esto, si uno y otro obedecían á
una misma inspiración del Cielo?
El que quiere defender las hipótesis de que hablamos
poco ha, debe comenzar para hacer abstracción completa,
ya de la naturaleza del libro, que nada tiene de apologé­
tico, desde cualquier punto de vista en que uno se coloque,
ya del carácter del escritor, que no tiene ni la firmeza de
espíritu, ni la lógica abrumadora, ni la amplitud de expo­
sición necesarias para ofrecer una solución autorizada en el
vasto y caluroso debate que se supone. Se nos conce­
derá, no lo dudamos, que puede uno examinar atenta­
mente la obra, y no convencerse—este es nuestro caso
y el de muchos otros exégetas—de que el autor atri­
buya á Pedro y á Pablo tendencias diversas. ¡Y, sin em­
bargo, el libro habría sido escrito para hacer constar, se­
gún unos, ó para conciliar, según otros, su escandalosa ri­
validad! En verdad, que esa intención se habría malogra­
do de un modo sorprendente. A lo menos, debía dejarse
entrever la oposición sistemática de ambos adversarios. Pe­
ro no| San Lucas no es ni un conciliador ni un partidario, si­
no un narrador que se limita á consignar, en orden muy
sencillo y en lenguaje muy modesto, los informes que ha
recogido sobre la primera generación cristiana. Tal es la
verdadera idea de su libro. Creyó que esto sería suficien­
te para edificación de los que quisieran seguir la acción
de Dios sobre su Iglesia en el mundo pagano.
¿Cuáles fueron sus fuentes? Ante todo, puede decirse que
eran seguras; porque, ora se refiera á la historia judía ó ro­
mana, ora á cuestiones de topografía ó de administración,
28 MONSEÑOR LE CAMUS

ya trate de ciudades ó de provincias del imperio, ya de


los usos de los países más diversos, está siempre de acuer­
do con los mejores historiadores y geógrafos de Grecia y
de Roma. Por otra parte, y para precisar más, añadire­
mos que sus fuentes fueron personales, orales y escri­
tas (1). Lo que San Lucas nos cuenta, ó lo vió él mismo, ó
lo supo por los que lo vieron, ó finalmente lo encontró en
relaciones manuscritas puestas á su disposición. Con to­
dos estos elementos, compuso un libro cuya redacción de­
finitiva lleva un sello visiblemente personal. Procede, en
efecto, con la libertad que caracteriza á los verdaderos
escritores. Es cierto que si encuentra arameísmos en los
relatos tradicionales que consulta, los deja subsistir, para
así conservar en su libro un signo nada equívoco de au­
tenticidad; pero el literato helenista nunca abdica entera­
mente sus derechos, y, en el curso de su redacción, mues­
tra con qué pureza habla la lengua de Isócrates y de Je­
nofonte. De tal suerte conserva su personalidad en su
obra, que en el concilio de Jerusalén, por ejemplo, pone en
boca de Santiago un texto del profeta Amos según la ver­
sión de los Setenta, olvidándose de que, si el griego era
su lengua propia, no era la de un judaizante tal como el
hermano del Señor.
El desarrollo muy desigual de su relato depende de la
fuente donde se provee, y no de un plan preconcebido. De
lo que él fué testigo ocular—y esto desgraciadamente
apenas sucede hasta el final,—multiplica de buen gradó los
detalles, de suerte que la historia de los dos últimos'años
se lleva la tercera parte del libro. Consignando en poco1
(1) Después de la obra de Sehleiermacker (Ueber die Schriften des Lu-
kas, Berlín, 1817), el libro de los Hechos, no menos que el Evangelio de San
Lucas, han sido caprichosamente disecados para precisar las fuentes en que
el autor se inspiró, y con frecuencia se ha llegado á los más fantásticos re­
sultados (V. Zeller, Die Apo&telgeschickte, etc., Stuttgard, 1854, y sobre to­
do Lekebusch, Die Gomposition der Apostelg., Gotha, 1854). Más reciente­
mente C. Ciernen, Die Ghronol. der Paulinischen Briefe, 1893-95, Iungst,
Die Quellen der Apostelgeschichte, 1895, é Hilgenfeld, Die Apostelgesckichte
nach ikren Quellenschriften untersucht, 1895, han gastado inútiles esfuerzos
en idear, según este mismo orden de ideas, hipótesis que mutuamente se
destruyen.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 29

espacio los sucesos que los llenan, los tiene de tal suerte
presentes en la memoria, que, al relatarlos, parece que es­
tá ampliando notas de su cartera de viaje. Para los res­
tantes veinte años, sus relatos son generalmente muy re­
sumidos y, por lo general, deficientes. .
Si no vio lo que relata, pudo haberlo aprendido de los
mismos que de ello habían sido testigos ó actores. En este
caso, la influencia de los testimonios se deja sentir en
su narración. Así, de la conversión de Pablo y de mu­
chos- incidentes de su apostolado, pinta un cuadro de
mucho colorido, porque conocía los detalles por el mis­
mo Pablo. La conversión del eunuco le había sido contada
sin duda por Felipe; la curación del tullido en la puerta .
del Templo, quizá por el propio interesado ó por el após­
tol Juan. Lo mismo puede decirse de otras escenas que
reproduce más ó menos dramatizadas, según la 'narración
de los que le han proporcionado el informe. Durante su
permanencia en Jerusalén y en Cesárea, donde estuvo dos
años con Pablo, se enteró, probablemente por Santiago ó
los Ancianos de la madre Iglesia, de lo que había ocurri­
do en los días de la Ascensión, de Pentecostés y de las
primeras luchas por la fe. Juan Marcos, con quien mas
tarde estuvo en relaciones (1), y que había tomado una
parte bastante activa en las empresas de Bernabé, su tío,
y en las de Pedro, pudo también suministrarle útiles indi­
caciones. Felipe el diácono y sus hijas las profetisas eran
muy indicados para repetirle con sus detalles, ó trasmitir­
le por escrito, la comparecencia de Esteban ante el Sa­
nedrín, su discurso apologético y su muerte. Muchos han
creído que, aun antes de la publicación de los Hechos, la
relación oficial de este glorioso martirio se leía en la asam­
blea de los fieles. Esta relación es un opúsculo aparte. Así,
muchos explican que las Iglesias de Lión y de Vienne ci­
taran de él un fragmento, sin mencionar el libro de los
Hechos. ¿Quién sabe si Cornelio, ó por lo menos sus hijos,1
(1) Col., IV, 10, 14; Filemón, 24. Com. 11 Tira., IV, 11.
30 MONSEÑOR LE CAMUS

estaban todavía en Cesárea, cuando Lucas llegó, y si tu­


vieron el consuelo de contarle la conmovedora escena de
su admisión en el reino de Dios? En todo caso Cesárea, pa­
rece haber sido un centro muy propicio para recoger los
documentos necesarios á un autor deseoso de exponer la
historia de la manifestación de Dios en la humanidad, á
aquellos que, como Teófilo, no habiéndola visto por sí mis­
mos, debían creerla bajo su palabra.
Es muy probable que allí reunió, para redactar su Evan­
gelio, la mayor parte de las tradiciones conservadas, ya
de memoria, ya en notas escritas. Estas notas son las mis­
mas de las cuales, en un interesante preámbulo, nos dice
que habían sido anteriormente clasificadas y acordadas
por algunos fieles, celosos de conservar en orden aquellos le­
gados piadosos de los primeros ministros de la palabra W.
Como un gran número de las indicaciones que allí encon­
tró se extendían hasta los acontecimientos posteriores á
la Ascensión, creyó necesario formar una segunda co­
lección para completar la primera, y establecer así la his­
toria completa del Reino de Dios, desde los días del Me­
sías hasta el tiempo en que vivían aquellos á quienes él
quería instruir. Entre los documentos escritos que puso
á contribución, se señala, con justicia, la carta del Conci­
lio de Jerusalén, documento que llegó á ser oficial para
las diversas Iglesias; la de Lisias á Félix, y quizás algunos
-discursos conservados para la edificación de los fieles, ta­
les como los de Pedro, de Esteban y de Santiago !2\ Al
reproducir estas predicaciones, ¿echó Lucas sobre sí la ta­
rea de compendiarlos? Sería lamentable, porque debía
-conservarnos intactas las páginas incomparablemente
preciosas de la tradición apostólica. Es más natural creer12
(1) Lucas., I, 1-4.
(2) Schwanbeck llega á la injusticia al suponer que San Lucas no
fué más que un vulgar compilador, cuyo mérito consistiría en haber reuni­
do, para formar con ellos un solo libro, una biografía de Pedro, un relato de
la muerte de Esteban, una biografía de Bernabé y las memorias de Silas. La
verdadera crítica debe ser menos injusta en sus apreciaciones.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 31

que los mismos primeros narradores habían hecho sencillos


y muy sucintos resúmenes para que los fieles los pudiesen
cómodamente retener. Lo cierto es que en cada uno de los
discursos reproducidos, por muy abreviado que este, se en­
cuentra la nota característica del que lo pronuncio Pe­
dro, en el libro de los Hechos, no habla como Jaime ni co­
mo Pablo. Cada uno tiene su manera propia, casi debiera
decirse su literatura especial, prueba del respeto con que
nuestro historiador reprodujo las fuentes en que bebía. Es
indudable que, al traducir en un griego muy puro, lo que
había sido dicho en siró caldaico (12\ ó en griego muy me­
diano, da involuntariamente testimonio de su cultura li­
teraria; pero cuando pone en ello su estilo, se ve bien que
no añade nada de su propio fondo.
De estas consideraciones resulta, para todo espíritu im­
parcial, que San Lucas relató, sin propósito deliberad®, lo
que había recogido sobre el Salvador y sus discípulos. Si
fuese permitido emplear una expresión demasiado familiar,
pero muy exacta, para un asunto tan grave, podría decir­
se que su libro no tiene malicia, y que, por consiguiente, no
hay que buscarla en él. La antigua pretensión de un minis­
tro célebre: «Dadme dos líneas de un hombre honrado, y
le haré ahorcar,> podría servir de divisa á ciertos exege-
tas modernos. No hay nada que no hayan pretendido en­
contrar en tal ó cual de nuestros Libros Santos, y que en
realidad no lo hayan hecho entrever á los más crédulos,
pasando por encima de las más evidentes imposibilidades
y resignándose á las más flagrantes contradicciones. Asi,
«egún ellos, es un gran admirador de Pablo el que escribió
los Hechos, y, sin embargo, no mencionó ni su misión en
Oreta, ni sus relaciones con buen número de ciudades im­
portantes del Asia proconsular, ni la lección dada á Pe­
dro, ni otros muchos acontecimientos que habrían realza­
(1) Esto es sobre todo sorprendente en los discursos de Pablo á los An­
cianos de Éfeso, ó en su apología ante Agripa y Festo.
(2) Así, los discursos de Pedro y de Santiago en Jerusalén, la apología de
Pablo ante los judíos (Hech., XXVI, 1-32).
32 MONSEÑOR 1E CAMUS

do más y más la fisonomía del Apóstol {1\ Por ^el contra­


rio, al decirnos que Matías fue elegido para substituir al
traidor, y que Pedro había declarado que sólo podían ser
nombrados apóstoles los que habían seguido á Jesús todo-
el tiempo de su carrera rnesiánica, parece cerrar cruelmen­
te á Pablo la puerta del Apostolado. Á los que quisieran
ver en Lucas un partidario de Pedro, les haremos obser­
var que nada nos dice de lo que fue de éste después que
salió milagrosamente de la cárcel de Herodes, nada de los
viajes evangélicos que emprendió, y á los cuales alude Pa­
blo en sus Epístolas ¡Nueva inconsecuencia! Habría es­
crito su libro para exaltar á Pablo, y realza sin cesar la
primacía de Pedro, hasta hacer que éste abra las puertas
de la Iglesia á los gentiles, privilegio que le hubiese sido
fácil reservar al Apóstol de las naciones; ó bien, habría to­
mado la pluma para glorificar Pedro, y, desde el primer
tercio de su libro, le abandona, para no hablarnos más de
él. Todo esto sería desrazonable, si el historiador hubiese
tenido las preferencias ó el propósito deliberado que se le
suponen. La ciencia tiene algo más que hacer que entre­
tenerse en prender con alfileres imposibilidades y contra­
dicciones, y es rendirse á la evidencia. San Lucas nos
muestra los hombres tales como los conoce, con sus gran­
dezas y sus debilidades. Habla de lo que sabe, sininquie-
tarsé por las consecuencias que de su relato saque la pos­
teridad. Guando nada sabe, se calla, con gran desespera­
ción de nuestra parte. Así se explican las bruscas divisio­
nes que separan con tanta frecuencia sus relatos y que
caracterizan sobre todo el final del libro de los Hechos y
de su Evangelio.
Pues bien, aquí es donde hubiera debido hacer que pre­
valeciesen, si las tenía, sus miras tendenciosas, su teoría per­
sonal; aquí es donde hubiera debido consignar su sentencia
de juez conciliador. Sin embargo, nada se ve que á ello se
( l) Comp. Coios., II, 1; I I Tim., IV, 16; I I Cor., XI, 23; Rom., XV, 19,,
XVI, 3; Gal., II, 11, etc.
(2) 1 Cor., 1, 12; IX, 5.
LA OBRA DK LOS APÓSTOLES 33

parezca. La manera de terminar su libro es para el lector


la decepción que más le contraría. Diríase que de repente
la pluma se rompe en su mano, y que la muerte, u otro cual
quier accidente, le impide terminar su obra. Pero fiján­
dose bien, se siente uno inclinado á creer que, quedando
incompletos la mayor parte de sus relatos, el autor creyó
que el libro entero debía correr la misma suerte. Quizá no
entendía de otro modo el papel de historiador sincero y
desinteresado. Sea como sea, si ya su Evangelio tenía algo
de duro ó incompleto en sus últimas líneas, su libro de los
Hechos, por su final brusco y sin conclusión, no puede me­
nos que desconcertar enteramente al lector. Pablo llega a
Boma. El autor no parece siquiera conceder mucha impor­
tancia á la aparición del gran Apóstol en la capital del
mundo. Apenas consagra una página á relatar la confe­
rencia que tuvo aquél con los principales de los judíos;
después, cierra su libro diciendo que Pablo pasó dos años
en una habitación que había alquilado, recibiendo a los
que iban á verle, predicando el reino de Dios y enseñan­
do lo tocante á Jesucristo con toda libertad y sin que na-
-die se lo prohibiese. Nada más sorprendente ni más inex­
plicable que esta súbita detención, cuando quedaba todavía
tanto por contar. No puede, en efecto, admitirse la supo­
sición de que el historiador deje su pluma por no saber
nada más. Su libro está fechado en época posterior á la
llegada de Pablo á Roma W. Pues bien, en el intervalo,
algún suceso importante había seguramente ocurrido,
■ cuando no otro, la solución del proceso del Apóstol. Esto
no era indiferente, ni al lector, interesado muy vivamente
en este asunto por los relatos precedentes, ni a la perfec­
ción de la obra,, y, sin embargo, no trata de ello. Es
indudable que buscar historiadores completos entre los
primeros misioneros de la fe, sería no tener la menor no-
(1) Esta conclusión: «Pablo empero permaneció (évéfieiveu) dos años en­
teros en una habitación alquilada, etc.,» indica claramente que el autor,
«n el momento en que lo escribe, está bastante alejado de este periodo de
dos años. Si no hubiese transcurrido ya mucho tiempo, diría: «Pablo ka.
permanecido ó: Pablo permanece desde hace dos años, etc.»
34 MONSEÑOR LE CAMUS

cion del torbellino en que vivieron, de su indiferencia por


lo que mira á las reglas de la literatura, y de la candoro
sa sencillez de sus almas; pero interrumpir de un modo-
tan brusco su relato, sin insinuar una perspectiva de con­
junto, una síntesis, un resultado final, á ese carísimo Teó­
filo, para quien escribe, es cosa verdaderamente sorpren­
dente.
Se ha dicho que el autor no pudo terminar su libro, fi­
que, si lo terminó, se perdió el final. Esta doble suposi­
ción parece más aceptable que la hipótesis según la cual
San Lucas no habría dicho nada más, porque aquel á
quien quería instruir sabía lo restante por haberlo visto
con sus propios ojos. En efecto, no está averiguado que
Teófilo fuese de Roma, y menos todavía, que el autor hu­
biera querido escribir su libro tan sólo para él. Otros han
creído que el historiador, parando en seco y definitiva­
mente su relato, procuró no herir la suspicacia de la.
autoridad romana, que había desempeñado un papel odio­
samente feroz en la persecución en que Pedro y Pablo ha­
bían perecido. Mas, ¿quién se inquietaba en Roma por
pequeñas publicaciones leídas en secreto por una secta
insignificante, sin pretensiones políticas y por todos des­
preciada, á la que iban exclusivamente dirigidas? Es pre­
ferible creer que ya existía, ó que el autor se propuso escri­
bir, otro libro para relatar la obra de los Apóstoles en el
mundo pagano en general, y más particularmente la d&
Pedro y Pablo en Roma, como también su martirio glorio­
so. El título general de Hechos de los Apóstoles (1) dado á.
un libro en que solamente dos Apóstoles aparecen en esce­
na, y en que no leemos en realidad más que una pequeña
parte de sus trabajos, parece prometer una continuación, ó-
por lo menos, un todo más completo. De los dos Santiagos
y de Juan, no se dice más que algunas palabras. De loa
otros siete, nada. Ciertamente, la súbita interrupción de
(1) A decir verdad, es dudoso que este nombre le fuera dado por el autor.
Sin embargo, Tertuliano, Clemente de Alejandría y el autor del fragmento
de Muratori ya lo leían al principio del libro.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 35

esta historia no es otra cosa que un alto, y el autor debió,


ó á lo menos esperó, continuar su narración. Si el la
continuó, ó si otros se encargaron de ello, dispensándola
de ese trabajo, ¿tan miserablemente desfigurado por las-
sectas ebionitas ó gnósticas, del todo empeñadas en hacer
prevalecer sus errores, fué el complemento de su libro
que nada de él haya quedado? ¿Hay que buscar sus hue­
llas á través de esas ridiculas lucubraciones de tantas ac­
tas apócrifas que han llegado hasta nosotros, como se
buscan pepitas de oro en un inmenso lodazal? Este es un
problema cuya solución, por muy interesante que sea, na
podría comprometer la autoridad del libro que poseemos
y que debemos seguir paso á paso al escribir esta histo­
ria.
En su primera parte, es decir, en sus doce primeros ca­
pítulos, encontraremos los elementos de este primer volu­
men. Examinándolos de cerca, se ve que, por sí solos, for­
man un todo, ora por la redacción más visiblemente inspi­
rada en fuentes judías, ora por la serie de acontecimientos
convergentes hacia un primer resultado capital, la Eman­
cipación de la joven Iglesia. En ellos se lee, en efecto, por
qué esfuerzos sucesivos se libra de los brazos del Judaís-
mo y acaba por constituirse en I glesia Cristiana , en
Antioquía.
Las tres etapas que sigue en este movimiento progre­
sivo constituirán las subdivisiones normales de este libro.
Viviendo todavía en un medio exclusivamente judío en
Jerusalén, la Iglesia manifiesta ya desde luego que lleva
en su seno elementos vitales absolutamente independien­
tes de la Sinagoga. El lenguaje de sus predicadores es
distinto del de los rabinos. Respetan á Moisés; pero Jesús •
crucificado es el jefe efectivo trás del cual se resguar­
dan en su marcha siempre adelante. El culto del Templa
no les basta, y, sin romper abiertamente con la Ley, inau­
guran un culto particular, una sociedad nueva, con sus
vínculos especiales, sus recursos, sus esperanzas.
Á esta primera manifestación de una vida independien­
36 MONSEÑOR LE CAMUS

te, que, por otra parte, se da á conocer con numerosos mi­


lagros y brillantes virtudes, sucede un movimiento cen­
trífugo muy significativo, una especie de enjambrazón tí­
mida, pero precursora de una irradiación más poderosa y
más universal. La Buena Nueva no debía quedar dentro
de los muros de Jerusalén; era preciso, según la orden del
Maestro, llevarla á Samaria y después al mundo pagano.
El orden natural exige que el grano, después de haber per­
manecido por algún tiempo en la tierra, experimente un
deseo de salir, tanto más vehemente cuanto más numero­
sos son los obstáculos que en apretado haz tratan de im­
pedirlo. Un accidente providencial—Dios tiene siempre su
hora y sus hombres,—el helenismo, ó la presencia, en la
joven Iglesia, de judíos más habituados que los de Jeru­
salén al aire libre de la civilización pagana y al choque
estrepitoso de sus doctrinas, contribuye á desembarazar el
camino que debe seguir el Evangelio. Tres hombres son
los representantes de este movimiento saludable: Esteban,
que cae mártir de sus ideas; Felipe, que, bajo la inspira­
ción del Espíritu Santo, comienza su aplicación; Pablo,
que será su mayor esperanza.
Con todo, Pedro es el único á quien corresponde sacar
oficialmente el rebaño fuera del redil, y abrir la puerta de
la Iglesia á quienes Dios quiera. Él dará la señal de avan­
ce hacia la gentilidad, y, por consiguiente, hacia la consti­
tución definitiva de la Iglesia de lo por venir. Ya antes ha­
bía ido con Juan á consagrar lo que Felipe había hecho en
Samaria. Mas le cuesta dar el último paso. Sus conferencias
con Pablo convertido no han triunfado por completo de sus
afectos totalmente judíos. Dios interviene, y, en la azotea
del curtidor de Joppe, le muestra que, en lo sucesivo, no
habrá puro ni impuro, y que todo es bueno para ser in­
troducido en el Peino nuevo. Le conduce á Cesárea y le
arroja en sus brazos un centurión romano y su familia.
El bautismo de estos paganos, que tienen su Pentecostés,
lo mismo que los discípulos en el Cenáculo, es el golpe
decisivo á las viejas pretensiones del judaismo. Pedro,
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 37
obligado á defenderse, echa la responsabilidad sobre Dios,
y declara de esta suerte que en adelante todos los caminos
del mundo quedan abiertos á los predicadores Peí Evan­
gelio. La Iglesia sale entonces de Jerusalén y se va^ con
ellos hasta Antioquía, donde, dichosa al respirar el aire de
la libertad y ser dueña de sí misma, suprime toda distin­
ción entre judíos y gentiles, inaugura la evangelización
universal de la humanidad y se convierte en la I glesia #
DE LOS CRISTIANOS.
En resumen, tres elementos principales la han sosteni­
do en esta primera lucha por la vida, y la han* empujado
gradualmente por el camino que va de Jerusalén á A&fcio-
quía, es decir, del exclusivismo de los fariseos al univer­
salismo del Evangelio: el pensamiento del CrucifíÉftdo, qqe
la separó de la Sinagoga; el celo de los helenistas, que
la echó fuera de Jerusalén; la orden de Dios á Pedro, que
que la hizo cristiana en Antioquía. Todo esto sucede en
un período de cerca dieciséis años, desde el año 30/ifecha
bastante probable de la muerte de Jesús, al año 46, época
en que la Iglesia cristiana, definitivamente ^mancipada
del judaismo, se dispone á inaugurar sus grandes conquis­
tas en el mundo pagano. En último término, y como cua­
dro completamente humano de esta historia, el lector inte­
ligente podrá contemplar la serie de personajes más ó rne­
nos indignos que sucesivamente han ejercido el poder ci­
vil, militar ó religioso, en Poma y en Jerusalén. Este es el
medio de clasificar por orden los acontecimientos, y sobre
todo, de apreciar mejor sus caracteres.
En Roma, tres emperadores, de los cuales uno fué un
malvado hipócrita, el otro un loco sanguinario, y el ter- ’
cero un viejo imbécil, tienen en su mano los destinos
del mundo. Tales son: Tiberio, que, en Marzo del año
37, terminó su odioso reinado; Calígula, su sucesor, que
cuatro años después cayó bajo la espada de Quereas (24
de Enero del 41), para ceder el sitio á Claudio, emperador
hasta el 54. Estos príncipes influyeron sólo de lejos en
Palestina; pero, por sus delegados, esta influencia debió
3 T. IV
38 MONSEÑOR LE CAMUS

ser más de una vez considerable. No carece de interés el


saber como se sucedieron. Después de Pilato, vuelto á enviar
á Roma por Vitelio en el año 36 y definitivamente privado-
del pqder por Calígula, Jerusalén fué gobernada por Maree -
lo como procurador, y porMarulo como hiparca. Después da
ellos, Herodes Agripa I; investido desde el año 37, por
Calígula, de las tetrarquías de Filipo y de Antipas, reci­
be de Claudio, en 41, el título de rey de Judea. Muere
en 44, en Cesárea, y, siendo su hijo muy joven para suce-
derle, CuspioFado vuelve á comenzar la serie de los pro­
curadores romanos. Á Fado le sucede, en el año 47, un ju­
dío apóstata llegado de Egipto, Tiberio Alejandro, que de­
ja poco después la autoridad á Ventidio Cumano, y pasaá
gobernar ^Alejandría. Todos estos están en Palestina el
tiempo suficiente para hacer mal. y demasiado poco para ha­
cer algún bien. Por su parte* y á consecuencia de los capri­
chos del poder político, la autoridad religiosa es todavía,
más instable. Á Caifás, que, por una coincidencia sorpren­
dente, pierde el favor al mismo tiempo que Pilato (año 36),..
le sucede Jqnatán, hijo de Anás, el Sumo Sacerdote tan
tristemente célebre en la historia evangélica. Pero Vitelio-
no tarda en mostrarse descontento de esta elección, y, al
año siguiente, sustituye á Jonatán con Teófilo, otro hijo
del mismo personaje. Herodes, desde su advenimiento, se
mostró aún más emprendedor contra la autoridad sacer­
dotal. Sustituye á Teófilo, con Simón Canteras, al que-
depone algunos meses después. Sucesivamente ofrece en­
tonces la suprema dignidad de sacrificador á Jonatán, an­
tes desposeído por Vitelio, el cual la rehúsa, y á otro hijo
de Anás, Matías, que la acepta. En el año 44, y poco antes
de morir, el rey le priva de su oficio para transmitirlo á
Elioneo, hijo de Canteras. Esto dura poco; porque otra
Herodes, príncipe de Calcida, á quien Claudio confía la
dirección de los negocios religiosos en Jerusalén, depoue
á Elioneo y en su puesto coloca, en 45, á José, hijo de Ca-
mit, que tres años más tarde tiene por sucesor á Ananíaa.
ó Jonatán, hijo de Nebedeo.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 3»
He ahí la extraña sucesión de déspotas y dé fanáticos:
Césares, procuradores, reyes, sumos sacerdotes; á su lado
la joven Iglesia debía' conquistar y consolidar su inde­
pendencia. Sin embargo, puede decirse que, á pesar de
las peripecias dolorosas de persecución y *de martirio,
aquel período fué su edad de oro. El recuerdo del Maes­
tro hacía latir todos los corazones con santo entusiasmo;
sus palabras estaban en todos los labios; su imagen an­
te todos los ojos. No hay que decir que le habían visto,
oído, tocado, sino que le veían, le oían y le sentían pre­
sente todavía. Ayudando el Espíritu Santo á mantener
estas vivas y frescas impresiones del alma, Jesús era la
vida de todos. ¡Cuánto quisiera yo, para escribir estas pá­
ginas, experimentar algo de ese estado de alma que fué
entonces el de los hijos de la Iglesia nueva! ¡Ay! los tiem­
pos malos han llegado, y, pobres trabajadores á través
de la tempestad, debemos contentarnos, cuando no tene­
mos la plenitud de la luz del cielo, con conservar á lo me­
nos su culto y su recuerdo.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES

FUNDACIÓN DE LA IGLESIA CRISTIANA


PRIMERA PARTE
COMIENZOS DE LA IGLESIA EN JERUSALÉN
Ó LA IGLESIA Y LOS JUDÍOS

CAPÍTULO PRIMERO

La joven Iglesia se reconstituye 3$ el recogimiento


Los discípulos en el Cenáculo.—Días de piadoso recogimiento.—Composi­
ción de la pequeña Iglesia.—Vacante de Judas.—Moción oficial de Pedro.
—-Lo que se requiere para ser promovido al Apostolado.—Matías y Bar-
sabas.—Dios habla por la suerte.—Matías fue realmente el Apóstol duo­
décimo. (Hechos, I, 12-26).
Á la misma hora en que Jesús subía al cielo, la fe de
los discípulos recibía su plena confirmación. Después
de cuarenta días de consfladoras apariciones, durante las
cuales sus ojos, sus oídos, sus manos habían podido con­
vencerse de que era realmente Él, resucitado en con­
diciones tales que su cuerpo, nb^óhstante haber pasado al
estado espiritual(1). vivía como si jamás hubiese conoci-
(1) m o r ., XV; I I Cor. III, 17; IV, 4-6.
42 MONSEÑOR LE CAMUS

do la muerte, verle elevarse sobre un rayo de gloria para


inaugurar, á la derecha de su Padre, su reino celestial, ha­
bía sido para ellos un postrer prodigio del todo concluyen­
te. Los pocos que vacilaban(l)no dudaron más. Con una
confianza absoluta, todos quedaron en espera de aconteci­
mientos decisivos. Al fin iba á conocerse la naturaleza, de
aquel reino tantas veces anunciado, tan mal comprendido
y con tanta impaciencia deseado. Desde aquel momento,
los discípulos, teniendo en el corazón las mismas conviccio­
nes, el mismo amor, las mismas esperanzas, se habían uni­
do para formar una especie de sociedad aparte, ó tam­
bién un pequeño ejército, que comenzó á prepararse para
emprender una acción colectiva.
El historiador sagrado nos los muestra reunidos en una
de estas habitaciones superiores, especie de diván espacio­
so que se encuentra en toda casa oriental de alguna im­
portancia, y en donde la familia se reunía en horas de con­
versación íntima y de oración1(2). Este lugar era probable­
mente el mismo donde Jesús había comido con ellos la úl­
tima Pascua y pronunciado aquellos discursos de despedida
suaves y sublimes que embriagaban todavía sus corazones
y trasportaban sus almas. Por esto el escritor sagrado ha­
bla de él como de un local de todos suficientemente cono­
cido. Se ha supuesto que era propiedad de algún rico y po-
(1) Están mencionados en Mai,, XXVIII, 17. -
(2) Nada absolutamente autoriza para creer que su lugar de reunión
fuese alguna dependencia del Templo. No se hubiese permitido que en él
se instalasen unos extranjeros, galileos, discípulos del Crucificado, supo­
niendo que ellos hubiesen sido bastante imprudentes para solicitarlo. San
Epifanio dice que el Cenáculo eBtaba en el monte Sión y que la piedad de
los primeros fieles había edificado allí una iglesia ( De Ponder, et Mens., ca­
pítulo XIV). Se comprende que un lugar tan venerable hubiese sido señala­
do muy pronto por la tradición. Santa Helena hizo construir allí una notable
basílica, quizá con dos pisos, para recordar mejor la habitación superior,
¿ircpíov, á la que estaban unidos los más augustos recuerdos. Este es
el santuario que San Cirilo llamaba la iglesia de los Apóstoles ( Catee.,
XVI, 4), y al que hay que aplicar la denominación de primera iglesia (Lu-
ciani presbyt. Epístola De Invent. S. Steph., cap X), con frecuencia emplea­
da por la tradición de los primeros siglos. Todavía se venera el sitio proba­
ble en el monte Sión en el Nebí Daud, ó sepulcro de David. Véase nuestro
Voyage aux pays bibliques, vol. L, p. 326.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 43
«deroso prosélito, que se tenía por dichoso de ofrecer á los
discípulos de Jesús segura y cordial hospitalidad.
No salían sino para sub.r al Templo, mañana y tarde, á
la hora de la pública oración í11. El pueblo los veía oran­
do, y se asombraba de su fervor. Cada vez más unidos á
Dios á medida que la gracia los penetraba, regresaban al
Cenáculo para proseguir su plegaria, pero con mayor liber­
tad y en común. Así se traducía, en aquella efusión piadosa
de las almas, su anhelo de ver realizarse pronto las prome­
sas de Jesús por la inauguración de un nuevo orden de
•cosas. Se siente una simpatía profunda por este pequeño
grupo que, sin auxilio humano, expuesto a la malicia de
un partido poderoso, desprovisto de todo medio natural
para hacer prevalecer una idea, estaba, sin embargo, lla­
mado de lo alto á predicar el Evangelio en Judea, en
Samaria y aun en los confines del mundo. Todo lo que se
refiere á este pequeño ejército nos interesa: la vida que
llevaba, los sentimientos que le agitaban, el número y el
nombre de sus soldados. Eran próximamente unos ciento
veinte divididos en secciones distintas: Apóstoles, Dis­
cípulos, y piadosas Mujeres con María y sus sobrinos,
llamados los hermanos de Jesús. Es la última vez que de
ósta se hace mención en nuestros Libros Santos. Todos jun­
tos referían con efusión lo que habían visto hacer á su
Maestro ó le habían oído decir, pero María, que había leído
en su divino interior, podía, mejor que todos, reconstituir
el conjunto armonioso de su vida sobrehumana. Nadie,
como ella, había estado al corriente de sus más secretos
sentimientos y á la altura de sus lecciones. ^1
(1) No hay oposición entre Luc., XXIV, 53, y el pasaje de los Hechos
que comentamos. Los Apóstoles podían habitar en el Cenáculo y á la vez
asistir regularmente á las ceremonias cotidianas que en el Templo se cele­
braban. _
(2) Esto no contradice á / Cor., XV, 6, porque San Lucas no entiende
decir que todos los fieles á Jesús estaban reunidos en el Cenáculo, ni San
Pablo pone en Jerusalén la manifestación del Señor á quinientos discípulos.
(3) Conservaban así el sitio que Jesús les había señalado en su Iglesia y
vivían santamente unidas á los Apóstoles, participando, como en los días
del Maestro, de todas las gracias de la piadosa comunidad.
44 MONSEÑOR LE CAMUS

Sobre todo los Apóstoles debían tener muy en cuenta


lps encargos que habían recibido, como jefes del rebaño,
y todo lo que interesaba al porvenir de la joven Igle­
sia. Recordando que Jesús había fijado su número en doce,
en memoria de las doce tribus de Israel, se apresuraron
á completar este número simbólico, tan desgraciadamente-
comprometida por la traición de Judas. En efecto, el hi­
jo de perdición había dejado abierta una sucesión muy en­
vidiable á los ojos de los verdaderos amigos de Jesús. ¿Po­
dían entrever perspectiva más gloriosa que la de figurar
en el antiguo estado mayor del Maestro, entre aquellos
que tenían las promesas del porvenir? El historiador sa­
grado se complace en repetir los nombres de los once que,
habiendo permanecido fieles, iban á encontrarse á la cabe­
za dél reino nuevo y á tomar su dirección. Eran Pedro,
Santiago, Júan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Ma­
teo, Santiago hijo de Alfeo, Simón el Celador, y Judas,
hermano de Santiago, todos en lo sucesivo decididos y ab­
negados hasta la muerte.
Respondiendo á la expectación general, Pedro, que
hab% recibido de Jesús la misión de apacentar el rebaño y,
por consiguiente, de ejercer en él la suprema autoridad
levantóse en medio de la concurrencia é hizo la moción
siguiente: «Varones hermanos—quizá así indicaba que las
mujeres, aunque fuesen de sobreeminente santidad, no
debían te&<3r partp en el gobierno de la Iglesia,—era ne­
cesario qué se cumpliese la palabra de la Escritura, que el
Espíritu predijo por boca de David acerca de Judas 1(2),
que mé el guía de los que prendieron á Jesús. Él había
i

(1) San Crisóstomo, In lo. hom. 88, define muy bien la situación de Pe­
dro entre los Apóstoles, y de sus sucesores en la Iglesia :<rró/ua tS¡v fiae-qTtav nal
Kopv<f>r) tov x°P°u•
(2) Sin duda que, en los dos salmos á que Pedro alude y que pronto cita­
remos, David habla de sus propios enemigos. Pero David es la figura proféti-
ca del Mesías, y los males que predice á los que le traicionan serán también
los males reservados á*los adversarios de Cristo. Bien ftue las palabras del
rey-profeta fuesen pronunciadas por ál en sentido personal, el Espíritu San­
to les dió al mismo tiempo un valor profético. Por esto dice el Apóstol
que el Espíritu Santo, y no David, vió á Judas en esta maldición.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 45

sido contado con nosotros, y llamado a las funciones de


nuestro propio ministerio. Con el precio de su maldad ad­
quirió un campo, y habiendo caído sobre su vientre, re­
ventó por medio y se derramaron sus entrañas Y esto
les hizo notorio á todos los habitantes de Jerusalen, por
manera que aquel campo ha sido llamado en su lengua
Haceldama, esto es, campo de sangre Así es que en el
libro de los Salmos está escrito: Quede su morada desierta,
ni haya quien habite en ella ^\ y que otro ocupe su lugar
en el episcopado í4\»
Sorprende el tono solemne y autoritario que toma de
repente la palabra de Pedro, ayer todavía pescador iletra­
do del lago de Genesaret, hoy doctor visiblemente versa­
do en la ciencia de las Escrituras. No estábamos acostum­
brados á oirle hablar con tanta majestad, mucho menos
con tanta ciencia. Ha pasado algo muy extraordinario en
el interior de este aldeano galileo, que cita tan magistral­
mente los salmos, espigando acá y allá lo que hace á su
objeto. El ardor nativo de su alma vibra todavía en su
juicio sobre Judas y su triste destitución; pero se nota
que ha aprendido á contenerse, y, en sus palabras, la au­
toridad excluye desde luego toda vivacidad intemperante.
Pedro se muestra de pronto el hombre de las nuevas res­
ponsabilidades. Hk tomado por lo serio el cargo de jefe
del Colegio Apostólico que se le ha confiado. Un rayo de lo
alto lo ha penetrado ya, y, antes de Pentecostés, ha reci­
bido una comunicación del Espíritu Santo. En efecto, el
Maestro no había dicho en vano á sus discípulos: «¡Reci-
(1) Para la explicación de las dificultades suscitadas por este pasaje,
véase la Vida de N. S. «7. C., vol. III, p. 377. ^ T
(2) Esta última frase podría rn'uy bien ser un paréntesis de San Lucas.
En todo caso, es tan natural que el autor explique á Teófilo el sentido de la
palabra hebrea Haceldama, como sería extraña esta explicación en boca de
Pedro hablando á judíos.
# (3) Salmo LXVIII, 26. Yernos este salmo aplicado muchas veces al Me­
sías. El vers. 10 se cita en Juan, II, y Rom., XV, 3; el Ijgrs, 22, en Juan,
XIX, 28,29. _tt
(4) La segunda pífete de esta cita bíblica está tomada^el Salmo CVI11»
8. La palabra hebrea pequddah, que los Setenta traducen por éirurKoiri)*^ ex­
presa el oficio de inspector ó de intendente.
46 MONSEÑOR LE CAMUS

bid el Espíritu Santo ^!» Su palabra les había comunica­


do este Espíritu, el cual, visitando sus almas con su gracia
abundante y eficaz, elaboraba activamente en ellas el bo­
ceto vigoroso que Pentecostés debía transformar en per­
fecta obra maestra.
En elogio de Pedro notemos aquí que, á pesar de tener
plena conciencia de su primacía, no juzga ni útil ni pru­
dente gobernar por sí solo la Iglesia cristiana. Comprende
<|ue la cabeza no es realmente cabeza sino con la condición
de estar unida al resto del cuerpo y de ser la misma expre­
sión de su vida. Invita, pues, á sus hermanos á que mani­
fiesten su opinión, por lo que van á proceder colectivamen­
te íI Esta moderación tan prudente servirá de norma á los
sucesores de Pedro en el gobierno del rebaño de Jesucristo.
Parecenos, pues, que nada comprenden de la admirable eco­
nomía del cristianismo los que, por una hipótesis quimérica,
quieren prever circunstancias en que Pedro podría hacer
ver que dirige la Iglesia á espaldas del episcopado, como si la
primera condición de vida, para la cabeza, no fuese el es­
tar en comunicación permanente con las partes nobles del
ouerpo que ella gobierna.
«Es necesario, pues—añade el jefe de los Apóstoles,—
tjue de estos hombres ^ que han estado en nuestra compa­
ñía todo el tiempo que Jesús ha vivido con nosotros, desde
■ el bautismo de Juan hasta el en que apartándose de nos­
otros se subió al cielo, se elija uno que, como nosotros, sea
testigo de su resurrección.» Se es Apóstol para ser testi­
go, y el apostolado propiamente dicho será, ante todo, una
vocación al martirio. Así, no puede confiarse más que á
hombres de corazón. Las mujeres, por muy creyentes y
muy abnegadas que sean, están excluidas de él. Se necesi­
tan testigos que se impongan y que impongan respeto. Ni
uno solo deberá flaquear cuando llegue la hora de hablar. De1
( 1) Juan , ~£x, 22 . ’
(2) Lo prueban las expresiones: éanjo-av vers. 23jflftro>> vers. 24: Momeo»»**
vera. 26. w . 9.
(3) Las mujeres son excluidas del apostolado oficial: rQ>v ívSpü*.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 47

sus afirmaciones animosas y unánimes resultara la evidente


certeza del Evangelio. Desde luego, es preciso que el cuer­
po apostólico, representante titular de la Iglesia militan­
te, se dé á conocer en su integridad oficial, por lo que, sin
tardanza, hay que completarlo. Deben ser Doce para ir a
anunciar en seguida á las doce tribus de Israel, después a
los Samaritanos y en fin al mundo entero, el milagro deci­
sivo de la Resurrección. Se les contradirá, pero ellos man­
tendrán su leal testimonio, á pesar de todas las violencias,
y lo sellarán valientemente con su sangre.
La asamblea decidió escoger entre dos candidatos que
le parecieron igualmente dignos de tan temible honor. El
uno era José Barsabas, el otro Matías. Ambos habían sido,
desde el principio, discípulos de Jesús. Esta era la prime­
ra condición para la elegibilidad. Según una antigua tra­
dición consignada en Eusebio ^ y mencionada por San
Epifanio, Matías habría pertenecido al grupo de los Se­
tenta discípulos. En cuanto á José Barsabas, que, según
una costumbre muy extendida entonces, llevaba un so­
brenombre romano y era llamado también Justo, no con­
viene confundirlo con José Barnabas. Estos dos nombres
Barsabas y Barnabas no podrían, en efecto, identificarse
ni en cuanto á la forma, ni en cuanto al sentido Quizá
era hermano de Judas Barsabas que acompaño a Pablo y
á Bernabé de Jerusalén á Antioquía (3), y cuya influencia
parece haber sido grande en la Iglesia primitiva. Barsa­
bas era un nombre patronímico, como Bartolomé y tantos
-otros. En todo caso, estamos autorizados para creer que, a
lo menos por su fe, el émulo de Matías estaba a la altura
de lo que Jesús pedía á sus discípulos. Según el testimo-1

(2) Hist.,
(1) Ecles., 1 , 12. , , , t, , ,
A dem ás, el historiador introducirá más tarde a Barnabas o Bernabé
(cap. IV, 36), como uno del cual se trata por vez primera (*).
(3) ¿ech.¡ XV, 22. „ , rv
(*) La etimología de estos nombres es obscura, ban Lucas, Hechos, ív ,
36, dice que Barnabas <est interpretatum filius consolationü.y Vigouroux,
LeEouv. T e s t p. 24, escribe sencillamente: ^Barsabas hls de beba.> V.
Lightfoot, Horae kebr. et talm. in-Acta Aposta p. 14 y 35— N. del 1.
___________________________ MONSEÑOR LE CAMTJS

nio de Papias (l}, en él se había cumplido una de las pro*


mesas del Maestro, pues un día bebió un veneno mortal,,
sin experimentar mal alguno.
La proposición de los dos candidatos igualmente reco­
mendables parecía invitar al Señor á pronunciar por sí mis­
mo la ultima palabra de la elección. La asamblea, puesta en
oración, murmuraba piadosamente: «¡Oh Señor! tú que
ves los corazones de todos muéstranos cuál de estoa
dos has destinado á ocupar el puesto de este ministerio
apostólico, del cual cayó Judas por su prevaricación, para
irse á su lugar í3>.»
Esta manera de dirigirse al cielo, en espera de que éste
se pronuncie, no debe sorprendernos. Estamos todavía en
pleno judaismo. Israel había creído siempre en la inter­
vención directa de Dios en sus asuntos, cuantas veces
en ello le iba su vida ó intereses graves. La teocracia
judía descansaba por completo en esta asistencia perpetua
y en esta dirección inmediata de Jehová. Cuando se tra­
taba de zanjar un debate importante, se recurría á la suer­
te, y Dios respondía de esta manera á las almas creyen­
tes que reclamaban su intervención. Parecía que su mis­
ma mano escogía la mejor solución de una dificultad, en­
tre las diversas soluciones posibles, y todos quedaban
satisfechos(4). Así se procedió, por orden de Moisés, en la
repartición de la tierra prometida Así es también como12
(1) V. en Eusebio, Hist., III, 39.
(2) A Jesús es á quien los discípulos se dirigen. En otras circunstancias,
habían proclamado, como aquí, que el Maestro veía el fondo de los corazo­
nes (Juan, XXI, 17). Lo repiten en esta ocasión, y suplican que Él, que ha­
bía escogido á los otros Apóstoles, escoja también al que debe reemplazar á
Judas. Por lo demás, la palabra Señor, en sus labios, designa casi siempre al
Hijo de Dios. Así, en el vers. 21, se aplica sin dudaá Jesús; no se ve, pues,
por que aquí designaría al Padre. Esteban muere gritando: €¡Señor Jesús!
Domine Jesu, suseipe spiritum meum!»
Aquí hay una alusión al eterno castigo de Judas en el infierno. Los
rabinos interpretaban una frase análoga (Números, XXIV, 25) del sitio que
Balaam ocupaba en el Scheol: ^Balaam ivit in locum suum, id est, in ge-
hennam.» Véase Lightíoot, Hor. kebr. et talmudin Acta Apost.
(D Josu$, VII, 14, 18; I Reyes, XIV, 41; dieces, XX, 10, etc.
<ñ> Núm., XXVI, 55; Josué, XVIII, 10.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 49
Samuel hizo elegir á Saúl rey de Israel(1). Los Apóstoles
pidieron que el cielo confiriese, por un procedimiento se­
mejante, el honor del apostolado á uno de los dos candi­
datos, cuyos méritos personales se equilibraban. Esto era
una reminiscencia del Antiguo Testamento en el umbral
del Nuevo. Después de Pentecostés prevalecerán otras
ideas, y el Espíritu Santo se reservará el derecho de ha­
blar, no ya por la suerte, sino por sus obras y por sus
hombres.
De los dos nombres puestos en la urna, salió el de Ma­
tías. Desde aquel momento, el duodécimo Apóstol, acepta­
do por todos como sucesor de Judas, tomó asiento entre
b u s colegas. Las obras del novel electo no nos son conoci­
das (2); pero esto no es una razón para suponer, con algu­
nos, que esta elección de la suerte, ratificada por la asam­
blea cristiana, no fué grata al cielo Siete, por lo menos,
de los otros once miembros del Colegio Apostólico, están
tan poco mencionados como él en el libro de los Hechos y
en lo que nos resta de los documentos sobre la historia de
la Iglesia primitiva. Que Pablo fué más tarde directamen­
te designado Apóstol por el mismo Señor, esto es eviden­
te; pero que esta elección tuviera por objeto completar el
grupo simbólico de los Doce, como si la de Matías no hu­
biese tenido lugar, nada lo indica. Por el contrario, los
textos más precisos testifican que Pablo fue escogido, ade­
más de los Doce, para una misión especial y una represen­
tación aparte. Los Doce se dirigirán á Israel, Pablo debe­
rá ir á los gentiles Aquéllos son los apóstoles de la cir­
cuncisión; éste el predicador de los incircuncisos. Es incon­
testable que podría establecerse una conmovedora antítesis
entre Pablo y Judas, y escribirse una hermosa página so­
bre aquél como heredero de éste, el gran servidor de Je-
(1) I Reyes, X, 20.
(2) Nicéforo, II, 40, dice que predicó el Evangelio y sufrió el martirio en
Etiopía. *
(3) Stier, en su libro de los Discours des Apotres, I, 15, ha sostenido esta
tesis caprichosa. .
(4) Galat., II, 9. .
50 MONSEÑOR LE UAMUS

sucristo que por su heroísmo en el bien aventaja á lo que


la infamia del traidor se había atrevido en el mal; pero la
verdad vale más que la imaginación, y la exactitud no
puede ceder el paso á consideraciones sentimentales. En
ninguna parte se ha dicho que el Espíritu Santo anulara,,
como prematura é ilegal, la elección de Matías, y sabe­
mos, por el contrario, que Pablo, separándose intenciona­
damente de los Doce(1', cuidó de reivindicar para sí una
elección más directamente divina que la del sucesor de
Judas.
Así reconstituido el grupo apostólico, prestos los doce
testigos á partir á la primera señal del cielo, sólo había,
que esperar esta señal. Una circunstancia del todo na­
tural parecía que debía provocarla. Se acercaba el gran
día de Pentecostés. Los judíos helenistas llamaban así ^
la fiesta en que Israel ofrecía á Dios los panes hechos con
la harina del trigo nuevo. Durante las solemnidades pas­
cuales se había presentado á Jehová las primeras éspigaa
maduras; cincuenta días después, debía celebrarse el fin di­
choso y el resultado consolador de la cosecha. Jesús, grano-
de trigo misterioso arrojado en el surco por los malvados,
pero resucitado por su Padre, ¿no aprovecharía esta oca­
sión para presentar al mundo á sus discípulos confirmador
y llenos de valor, como fruto bendito de su muerte y de
su resurrección? ¿Podía escoger una circunstancia más pro­
picia para acabar su obra por la intervención del Espíritu
Santo y, como el gran sacerdote en el sacrificio de acción
de gracias, ofrecer en seguida á su Padre las primicias do
su Iglesia viva y militante?
El rabinismo de los últimos tiempos quiso ver en la fies­
ta de las Siete Semanas un recuerdo de la promulgación
de la Ley divina sobre el Sinaí; porque se contaba qijeha-
bían transcurrido cincuenta días entre la primera Pascua12
(1) I Cor., XV, 9.
(2) Tob., II, 1; 11 Macab., XII, 32; Josefo, Antiq., III, 10, 6, etc. En he­
breo se llamaba la fiesta de la Cosecha, ó de las Semanas. Sobre su institu­
ción, véase Levit., XXIII, 15-22; N úm ., XVIII, 2fi-31, etc.
LA OBRA D£ LOS APÓSTOLES 51
*

y esta promulgación. Si bien esta pretensión no tiene nin­


gún apoyo en la Escritura, la teología de entonces la adop­
tó (1). ¿No era natural esperar que la Ley Nueva sería
anunciada oficialmente á Israel el mismo día en que se
festejaba la promulgación de la Antigua?
Sea lo que se quiera de estas interpretaciones simbólicas,
no es dudoso que los discípulos se sentían en vísperas de
acontecimientos importantes. Debían suponer que no en
vano habían sido convocados á Jerusalén con ocasión de la
gran fiesta, y que era preciso estar á la expectativa de
todo, preparándose en el recogimiento y la oración.1
(1) Los rabinos la llamaban la fiesta de la Ley (Pesachim, fol. 68, 2).
Véase en Schoettger y Wetstein, Hor. hebr., ad h. loe. Maimonides ( More
Nevochim , III, 41) dice: «Festum Septimanarum est file dies quo lex data
fuit.» San Jerónimo (ad Fabiolam, Mando X I I ) y San Agustín ( Cont,
Faustum, XXXII, 12) sostienen esta opinión; mas ni Filón ni Josefo parti­
cipan de ella.
CAPÍTULO II

El Pentecostés cristiano
La mañana de Pentecostés.—Venida milagrosa del Espíritu Santo.—El don
de lenguas.—En qué consistió.—Razonamientos de la multitud.—Respues­
ta de Pedro.—Su primer discurso apologético.—Dios designó á Jesús como
Mesías; los judíos le crucificaron como criminal.—¿Quién tenía razón1?—
Felices resultados de esta primera predicación. (Hechos, II, 1 41).
Llegó la solemnidad de Pentecostés. Tan sólo duraba un
día. Comenzada desde la víspera W, á la puesta del sol, el
historiador sagrado tiene razón al decir que la fiesta esta­
ba en su apogeo cuando tuvo lugar el hecho por él narra­
do. Serían, en efecto, las ocho de la mañana^. La peque­
ña iglesia cristiana, agrupada en el sitio ordinario de sus
reuniones (1*3)4, preludiaba, con una especie de culto privado
y del todo íntimo, la gran demostración religiosa cuyo tea­
tro oficial debía ser el Templo. De repente, y sin que fue-
fle posible explicarlo naturalmente se oyó un gran rui­
do. Llegaba de las profundidades de los cielos. Dios era
su autor. Diríase un viento de tempestad abatiéndose so­
bre la casa en que los discípulos estaban sentados y en-
(1) Este es el sentido más natural que puede darse á la expresión de
San Lucas: év r£ avp.w\yjpovudai La fiesta, comenzada en la víspera, termina­
ba al día siguiente. Otras explicaciones son poco satisfactorias.
^2) Según Hechos, II, 15, Pedro pronunció su discurso á eso de las
nueve.
(3) . Nada, efectivamente, en el texto, indica que se trata de otro local
que del que ya<hemos hablado. La hipótesis de los que sueñan con uno de
los treinta departamentos que formaban parte de las construcciones conti­
guas al Templo, y que realmente Josefo llama oíkous (Ant., VIII, 3, 2) no
parece tener fundamento serio y motiva numerosas dificultades.
(4) Lightfoot ha dicho muy bien: cSonus venti vehementis, sed absque
vento; sic etiam linguad igneae, sed absque igne.» Las palabras ¿xr-trep y ««reí
cierran la puerta á toda interpretación naturalista.
LA OBRA DK LOS APÓSTOLES 53
volviéndola por todos lados. Era el murmullo terrible de
aquella voz del Señor que, como dice el Salmista, estre­
mece el desierto y quebranta los cedros del Líbano. El edi­
ficio fué sacudido hasta los cimientos, en tanto que un
prolongado mugido resonaba en todas sus dependencias.
Al mismo tiempo, como si la manifestación celeste de­
biese entrar por los ojos tanto como por los oídos, los dis­
cípulos vieron presentarse lenguas que parecían de fuego.
Sobre la humanidad sin mancha de Jesús, el Espíritu San­
to había descendido en forma de paloma; sobre la huma­
nidad caída y mancillada, vino como la tempestad que
desarraiga y como el fuego que abrasa. Estas lenguas sim­
bólicas significaban el lenguaje ardiente del Evangelio que
debía purificar al mundo. Dividiéndose, fueron á posarse
sobre cada miembro de la asamblea. Así, el cielo coronaba
á los suyos con una diadema de llamas, para mejor mani­
festar afuera el fenómeno milagroso que se operaba dentro.
El Espíritu Santo, penetrando con todos sus dones en el
alma de los discípulos, derramaba en ellos la ciencia W, la
fuerza, la santidad, y creaba, por decirlo así, una nueva
naturaleza en ellos, capaz de todas las energías, hasta la
efusión de sangre. Después de la Creación y la Reden­
ción, era ésta la tercera vez en que Dios iluminaba, como
en pleno día, la humanidad. Con razón se vió en ella una
especie de manifestación que recordaba la del Sinaí, la
fiesta de la unión de los pueblos y la antítesis de su anti­
gua dispersión.
Dn entusiasmo religioso, que ante3 les era desconocido,
se apoderó de los discípulos en el mismo instante. Trans­
portados por la gracia que los agitaba, dirigían todos á la
vez, con una armonía poderosa, gritos de amor y de ado-1
(1) Sin embargo, no hay que entender esto en el sentido de que los Após­
toles no debiesen ya progresar más ni en la ciencia ni en la virtud. La con­
tinuación de esta historia probará lo contrario, y Pedro necesitará una re­
velación especial para admitir á los gentiles en la Iglesia. Lo cierto es que,
á partir de este día, el Lspiritu Santo se apoderó, más fuertemente que nun­
ca» del punto central de su vida moral y religiosa. Gradualmente, realizará
su pleno desarrollo espiritual.
4 T. IV
54 MONSEÑOR LE CAMUS

ración al cielo. Alababan á Dios, y, ¡prodigio singular! ha­


blaban todas las lenguas de la tierra. En Babel, el espíri­
tu del mal había traído, con la confusión del lenguaje, la
división de la humanidad orgullosa y prevaricadora. En
Pentecostés, el Espíritu de Dios venía á suprimir esa de­
testable separación; y, para afirmar más visiblemente que,
después de la Redención, el mundo entero no sena mas que-
una inmensa familia, verdadera Iglesia universal (1) en la
que el Evangelio, anunciado á todos los pueblos, no ten­
dría, como la Ley, lengua preferida, concedía á los Após­
toles el don de hacerse entender en todos los idiomas de
la tierra
De estos dos milagros, la venida sensible del Espíritu.
Santo en los Apóstoles y el don de lenguas, el más impor­
tante era, sin duda, el primero. El es el que constituye lo
esencial de la manifestación celeste y el que debe progre­
sivamente asegurar el desenvolvimiento del reino de Dios
acá en la tierra. El otro fué simplemente el símbolo de
una idea y no tuvo mas que una importancia transitoria.
Fueron llenados todos del Espíritu Santo; he aquí la gran­
de obra de Pentecostés. Comenzaron á hablar en diversas
lenguas; he aquí un incidente milagroso que la exegesis
debe reducir á su justo valor.
Se ha preguntado si el milagro se produjo en los labios
de los Apóstoles hablando sucesivamente todas las lenguas
del mundo, ó en el oído de los oyentes entendiendo, cada
uno en su lengua, los discursos que en realidad los Após­
toles pronunciaban en arameo. Algunos Padres de la Igle­
sia 12(3) admitieron la última hipótesis, suponiendo así que
(1) San Agustín (Serm. CCLXVÍ, in [Link]., n. 2): «Futura Eacie­
sia in ómnibus linguis praenuntiabatur.> .
(2) Billroth (Comm, sur I Cor., XIV) llega á suponer que el Espíritu
Santo reconstituyó para los Apóstoles la lengua-madre de la humanidad, y
que cada oyente encontró en ella su lengua nacional derivada. Lange cree
que la vida espiritual, al llegar á un grado muy elevado, no tiene sino una
lengua, que, debiendo unir á todos los escogidos, es siempre por ellos com­
prendida. Tan pronto como se es digno de oirla, se entiende. Todo esto es
mas fácil suponerlo que probarlo.
(3) San Cipriano, San Gregorio de Niza, Beda, etc. Autores mas rnoder--
LA OBRA DK LOS APOSTOLES 55
el sujeto eu quien se cumplía el milagro fuó la multitud
incrédula y no los discípulos creyentes. Su opinión no po­
dría autorizarse con el sagrado texto En efecto, en él
se lee, no que los oyentes comenzaron á entender la len­
gua ordinaria de los Apóstoles en sus idiomas respectivos,
sino que los Apóstoles se pusieron á hablar lenguas dife­
rentes de aquellas que hasta entonces habían hablado.
Por lo demás esto lo había prometido Jesús á sus fieles:
«hablarán lenguas nuevas (2).» El milagro consistió, pues,
en un poder dado á los creyentes de hablar, no todas las
lenguas, sino algunas lenguas nuevas, y de hablarlas, no
á su antojo, sino á medida que el Espíritu Santo les comu­
nicaba esta facultad Además, no recibieron este don
para predicar á la multitud, sino para alabar al Señor.
En lenguas extrañas hablaban á Dios antes de la llegada
de la muchedumbre, y nada indica que hubiera interrum­
pido su himno para dirigirse á ella W. Cuando Pedro la
nos han sostenido esta opinión apoyándola en que San Francisco Javier,
San Bernardo, San Antonio de Padua, San Vicente Ferrer, se hacían enten­
der de oyentes cuya lengua ellos no hablaban. Mas hay que creer que estos
ilustres santos entusiasmaban sobre todo á su auditorio por su acento pene­
trante y su exterior, más elocuente todavía que sus discursos. No se dice
que ninguno de estos grandes apóstoles de los tiempos modernos haya ape­
lado, para probar su misión divina, á este poder milagroso de hablar todas
las lenguas, ó de hacerse entender de todos no hablando más que una.
Semejante argumento en favor de su predicación no hubiese carecido de va
lor.
(1) Hechos, II, 4.
(2) J/arc., XVI, 17.
(3) Hech., II, 4. El texto es explícito.
(4) Para entender bien nuestro pensamiento, conviene olvidar un mo­
mento las opiniones poco fundadas y, con todo, comúnmente admitidas so­
bre el milagro de Pentecostés y atenerse al texto, que es un guía mucho más
seguro. El vers. 2 nos muestra á los discípulos juntos en la casa, reunidos en
el cenáculo ó en la terraza, y allí es (vers. 4) donde hablan en diversas len­
guas. Los oyentes y los curiosos no llegan sino después de haber comenzado
el milagro (vers. 6). Oyen que algunos discípulos hablan su lengua nacional,
no que cada discípulo hable todas las lenguas. Se pasman porque aquellos que
alaban á Dios son todos galileos (vers. 7 y 8) y no judíos de la dispersión. El
desorden tumultuoso de tantos idiomas diversos hablados á la vez hace que al­
gunos supongan que los discípulos estaban ebrios, y confunden la admirable
escena de la acción de gracias con los gritos y demostraciones de gente que
ha perdido la razón (vers. 13). Esto no se explicaría en la hipótesis de que el
milagro se hubiese verificado en los oídos de la concurrencia, de suerte que
56 MONSEÑOR LE CAMUS

arengó, lo hizo verosímilmente en arameo, lengua que era


familiar á todos los judíos, cualquiera que fuese el país de
su procedencia í1-.
Pablo, caracterizando este fenómeno milagroso de la
glosolalia, dice que «quien habla lenguas, no habla para
los hombres, sino para Dios <2).» Primeramente habla pa­
ra sí, semetipsum aediñcat; después para los otros, si al­
guno le comprende. En realidad, la hipótesis que atribu­
ye á los Apóstoles el poder de entender á todos los pue­
blos y de hablarles en sus lenguas respectivas no se apo­
ya en el milagro de Pentecostés, ni en ningún hecho
consignado en la historia de la Iglesia primitiva. Al con­
trario, en ella leemos que Pedro se servía de Marcos como
de un intérprete y más tarde veremos que Pablo, aun­
que muy bien dotado con el don sobrenatural de lenguas,
no comprendía siempre el idioma de los pueblos entre los

cada oyente hubiese advertido que su propia lengua era hablada por cada
discípulo. De este fenómeno hubiese resultado, en efecto, la más admirable
unidad. Otro punto esencial que hay que observar es que los discípulos no
predican á la concurrencia. Semejante predicación hubiera sido á lo menos
muy caprichosa, pues cada uno hubiera debido dirigirse á una sola categoría
de oyentes (á aquellos cuya lengua él hablaba), y, sin embargo, la predicación
hubiese sido colectiva, hablando todos á la vez, como si fuese posible que en
esta confusión cada oyente pudiese seguir al orador que á él se dirigía. Ade­
más ¡,es admisible el hecho de que ciento veinte predicadores hablaran á la
vez, aun cuando hubieran hablado una sola lengua, milagrosamente tradu­
cida para oyentes de diversa nacionalidad? Esto fuera superfino, con uno só­
lo bastara. Por tanto, con razón el historiador sagrado precisa (v. 11), no
que los discípulos predicaban, sino que cantaban las alabanzas de Dios.
En casa de Cornelio, en Cesárea, los neófitos recibieron idénticamente el
mismo don de lenguas, y se sirvieron de él en seguida. ¿Se dirá que fué para
predicar? Ellos no tenían seguramente que hacerse uir por oyentes de nacio­
nalidades y de lenguas diversas. No hablaban sino para alabar á Dios. Todas
estas razones son por sí solas concluyentes; pero aunque lo fuesen menos,
lo que San Pablo dice de la glosolalia en las asambleas cristianas de Co-
rinto no permite la menor objeción.
(1) Otros suponen que habló en griego, mas sin probar su hipótesis. En
otra circunstancia solemne, leemos que Pablo habló al pueblo en arameo.
(I l e c h XXr, 40). ‘
(2) I Cor., XIY, 2.
(3) Véase Papias en Ensebio, II. E., III, 30. San Ireneo le da el título
de épnwebs ó ipfir¡veirrqi. En Clemente de Alej. (Strom., Vil), vemos que
los basilidos decían lo mismo de un tal Glauquias.
LA OBBA DE LOS APÓSTOLES 57
cualeo se hallaba W. Además, la manera como los Apósto­
les escriben el griego, con visibles incorrecciones, numero­
sos arameísmos y con dificultad alguna vez harto notoria,
honraría poco al Espíritu Santo, que, en ésta hipótesis, ha­
bría sido su profesor oficial.
Mas si este don de lenguas ó de glosolalia no servía de
nada en las relaciones ordinarias de la vida, ¿cuál era,
pues, su objeto? Porque Dios no obra prodigios sin utili­
dad. Para responder á esta cuestión, hay que recordar que
este fenómeno sobrenatural, muy común en la Iglesia pri­
mitiva, se encuentra mencionado en otros tres pasajes de
nuestros Libros Santos, y hay que caracterizarlo por la
combinación de estas indicaciones diversas. Así, en Cesárea,
se producirá en casa de Cornelio, del mismo modo que aquí
se produjo (2). Igualmente, en Éfeso, los discípulos de Juan
Bautista, convertidos por Pablo, hablarán lenguas nuevas
y profetizarán En fin, este mismo don se manifestará
en las jóvenes comunidades cristianas, y Pablo, escribien­
do su primera Epístola á los Corintios l4-, procurará preci­
sar su verdadero alcance. Sus indicaciones deben ser para
nosotros decisivas. Sería, en efecto, muy arbitrario pre­
tender que, salvo quizás el grado de intensidad, no nos
hallamos absolutamente en presencia del carisma que en
todas partes se manifiesta un poco durante este período
de la Iglesia naciente^. Pues bien, San Pablo supone,1
(1) Hech., XIV, 11-14: parece qué- no entendió lo que los licaonios de­
cían en su dialecto particular.
(2) Pedro (Hechos, XI, 15) dice: «El Espíritu descendió sobre ellos, co­
mo descendió al principio sobre nosotros.» Pues bien, el historiador caracte­
riza esta acción del Espíritu Santo diciendo que se oía á los convertidos ha­
blar lenguas nuevas, no predicando, sino glorificando á Dios (Hech., X, 46)-
(3) Hech., XIX, 6: «Descendió sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban
varias lenguas y profetizaban.
(4) I Cor., XII, 10, 30, y XIV entero.
(5) La identidad del don resulta evidente si se compara la identidad de
las expresiones empleadas para designarlo. En la Epístola á los Corintios,
Pablo caracteriza muchas veces este fenómeno con las palabras ykdnratus
XaXetv, loqui linguis (1 Cor., XIV, 5, 6, 13, 23, 39). Ahora bien, la misma fór­
mula se encuentra no solamente en Hech., XIX, 6: iXóXow yXdxraais, para
indicar el carisma conferido por el Espíritu Santo á los discípulos de Efeso,
y además en Hech., X, 46: ainG>v\a\oúvTuv yXúcraats, á propósito de los con-
58 MOJNSEÑOR LE CAMUS

analizándolo, que es posible hablar lenguas que no sólo


ninguno de los concurrentes entiende, sino que también el
que las habla es con frecuencia incapaz de traducir. En es­
te caso, da muy naturalmente la preferencia al don de pro­
fecía ó de predicación, como pronto veremos que lo mismo
hace Pedro, el cual, en su discurso, deja á un lado la glo­
solalia para incluirla en el don de profecía prometido por
Dios á los que habían recibido el Espíritu Santo. Es, por
tanto, natural que Pablo pusiera gran diligencia en hacer­
nos entender la importancia muy relativa y el carácter
transitorio de semejante carisma W. Éste se presenta, se­
gún el Apóstol, en hombres plenamente absortos en su
unión con Dios, y que ya no saben si están en su cuerpo ó
fuera de su cuerpo. Su lengua es una lira que la gracia
hace cantar, rezar, agradecer en todos los idiomas de la
tierra. Edifica realmente ver al Espíritu obrar en los cre­
yentes efectos tan prodigiosos, y un primer resultado de la
glosolalia es probar á los infieles el poder del Espíritu
Santo. Con todo, la edificación no es completa sino cuando
la concurrencia comprende las palabras ardientes, los tras­
portes de fe, los gritos de amor así pronunciados. Si no los
vertidos de Cesárea. Pues bien, Pedro declara, Hech., XI, 15, que lo sucedido
en casa de Cornelio fué absolutamente parecido á lo que ocurriera en Pente­
costés: &<nrep Kal é<p r¡fiai év apxa. Y, efectivamente, el fenómeno de Pente­
costés es determinado por estas mismas expresiones: y\S>a<xats \a\elv (Hech.,
II, 4). La palabra érépais no indica diferencia, porque se encuentra también,
en cuanto al sentido, en I Cor., XIV, 21, y en I Cor., XII, 10, 28; XIV, 5,
10, etc.
(1) Este don, lógicamente relegado á segundo término por un maestro
como él, desaparece pronto para dar lugar á otros más útiles. Ni el Pastor
de Hermas, ni las epístolas católicas lo mencionan. Sin embargo, San Ireneo
( Adv. llaeres., V, 6) habla «de muchos hermanos que él ha oído en la asam­
blea cristiana profetizar y hablar en diversas lenguas», TravTodawaís y\&tro-ais.
Tertuliano (Adv. Alare., V, 8; de Anima, IX) menciona algunos dones espi­
rituales que se manifiestan en los montañistas, y uno de ellos es el don de
lenguas. A partir del siglo III, no queda rastro de la perpetuidad de este
fenómeno. Lo que se cuenta de carismas análogos concedidas á ciertas sectas
cristianas, los caraisardos, en las Cevennes, los cuáqueros, los metodistas,
y más recientemente los irvingianos, parece que no es más que una falsifi-
inficación de la primitiva glosolalia.
(2) I Cor., XIV, 22: Itaque linguae in signum sunt, non fidelibus, sed
lelibus.
LA OBRA DE LOS APOSTOLES' 59

comprende, preciso es que alguno se levante para explicar­


los. Sin esto, vale cien veces más la predicación elocuente
y entusiasta de los Profetas. Así se expresa Pablo en su
Epístola. Ahora bien, los intérpretes naturales serán, ó el
mismo que habla la lengua extranjera y que debe, ante
todo, pedir á Dios el don de traducirla W, o algún miem­
bro de la asamblea el cual, por su origen y sus relaciones,
■ esté familiarizado con ella. En todo caso, la utilidad del
prodigio estará en razón directa de la facilidad con que el
auditorio pueda comprender.
De esta suerte se explica la capital importancia de lo
que pasó en Pentecostés. Los Apóstoles habrían tenido
ciertamente el don de traducirse, pero no hubo necesidad.
No hacían falta intérpretes naturales, porque estando re­
presentados en la asamblea todos los pueblos de la tierra,
cada uno de los oyentes atestiguó que oía hablar en su
lengua propia. El prodigio fué tanto mayor, cuanto se ex
tendía á casi todas las lenguas del mundo conocido,. Pero
el Espíritu Santo tenía otras miras que la de asombrar á
la multitud con la exhibición de un don sin grande utilidad
práctica. Quiso—y aquí está el aspecto importante de la
glosolalia,—profetizar lo por venir. En elVnomento mismo
en que inaugura su reinado sobre la humanidad, el mila­
gro por Él obrado es principalmente simbólico. Un día to­
dos los pueblos le pertenecerán; entre tanto, de ellos toma
posesión, haciendo que la Iglesia naciente hable los diver­
sos lenguajes que hablará la Iglesia de lo por venir Al
principio indica lo que sucederá al fin. Al mismo tiempo,
y como ordenación á este inmenso resultado, derriba con
su soplo las barreras que separan las naciones, y testi­
monia altamente que quiere hacer de la humanidad una
sola familia, en la cual se hablaran indistintamente todos
los idiomas de la tierra. La fe de Israel, por otra parte, se
complacía en cantar la unión de los hombres en un solo12
(1) I Cor., XIV, 13: Et ideo qui loquitur lingua, oret ut intcrpretetur-
(2) En toda otra circunstancia, el número de lenguas habladas simultá­
neamente fué ciertamente más reducido.
60 MONSEÑOR LE CAMUS

pueblo con una sola lengua, como el gran prodigio de loa


tiempos mesiánicos Para cualquiera que en ello reflexio­
ne, el don de lenguas no era sino el universalismo cristia­
no, proclamado por un hecho milagroso. En realidad, el
Evangelio vino á hablar al mundo, no una lengua nacio­
nal, sino la lengua de la humanidad. Por sí mismo se tra­
duce á todo el que quiere oirlo, y el Espíritu de Dios se-
encarga de hacerlo siempre llegar al oído del corazón. Tal
es el sentido real y razonable del milagro de la glosolalia.
Reproduciéndose en adelante en los grupos importantes de
nuevos convertidos, en Cesárea, en Éfeso, en Corinto, se­
ñalará las etapas principales de la Iglesia hacia su reino
universal, y durante un siglo, será como la garantía de que
este reino, prometido por Dios, no faltará. El día en que
toda la humanidad haya oído la Buena Nueva, la glosolalia
será inútil. Sin milagro y con pleno derecho, la Iglesia ha­
blará todas las lenguas de la tierra.
Desde el punto de vista psicológico, se comprende que
el Espíritu Santo puede apoderarse del alma del creyente
y, en el éxtasis en que la arrebata, iniciarla en una ciencia
sobreeminente, no sólo de lenguas, sí que también de su­
cesos. De la glosolalia á la profecía no había más que un pa­
so. Puede asimismo decirse que ésta es el coronamiento de
aquélla. Así veremos que Pedro no se cuidará muy pronto
sino del don de profecía, y no del don de lenguas conce­
dido á los hijos de Israel (2).
Sin insistir más en esta explicación del don de len­
guas,—la única satisfactoria, al parecer,—el prodigio tiene
una significación esencial que por todos debe ser conocida.
Después de tantos siglos de blasfemias y de impiedad,
Dios se complacía en ahogar los clamores idolátricos de lo
pasado y en presagiar la adoración universal de lo por venir,
arrancando á sus nuevos escogidos esta primera alabanza
solemne en todos los idiomas de la tierra. Nada más con-12
(1) Se dice en el testamento de los doce Patriarcas, p. 618: El* Xaó* Kupfo»
xal y\w<r<rafiía.
(2) Hechos, II, 16 y siguientes.
LA OBRA DB LOS APÓSTOLES 61
movedor que semejante himno de reparación publica, sa­
liendo de los pechos vigorosos de aquellos galileos y, ape­
sar de la discordancia de lenguas diversas, subiendo al
cielo con la más poderosa armonía. Era el Te Deum do
la humanidad que cantaba su libertad. Emancipada del
mal, afirmaba su fe en mejores destinos.
El ruido extraño que de súbito había retumbado en la
casa y los gritos entusiastas ó las demostraciones exterio­
res de los discípulos llamaron la atención de los transeún­
tes. A los primeros curiosos que se acercaron, se les juntú
bien pronto una multitud de otros. Era la hora en que la
ciudad entera, desparramada por las calles, se disponía á
subir al Templo para el oficio religioso de la mañana. Pe­
regrinos de todos los países ó habitantes de Jerusalén so
apiñaron en gran número alrededor del Cenáculo. Los
asombraba sin duda lo que veían; pero su sorpresa fué mu­
chísimo mayor cuando, al prestar atención, pudieron todos
ellos convencerse, cualquiera que fuese su nacionalidad,
de que oían alabar á Dios en sus lenguas respectivas. «¿Por
ventura—decían—estos que hablan no son todos Galileos?
¿Pues cómo es que les oímos cada uno de nosotros hablar
nuestra lengua nativa? Partos, medos, elamitas, los mo­
radores de Mesopotamia de Judea de Capadocia, del
Ponto, del Asia, de Frigia, de Pamfilia (3), del Egipto, do12
(1) Este primer grupo de cuatro pueblos representa al país de Levante,
al otro lado del Eufrates. Los partos, los medos y los elamitas habitaban
el país adonde Salmanasar, rey de Asiria, había llevado las diez tribus en
cautiverio. Mesopotamia,—el antiguo Padan Aram del Génesis,—situada
entre el Tigris y el Eufrates, era el país en que Nabucodonosor había arrin­
conado fas otras dos tribus reducidas á esclavitud.
(2) En lugar de este nombre, que motiva alguna dificultad, San Jeróni­
mo leyó «Siria,» y Tertuliano, como también San Agustín, «Armenia.»
Teofílacto lo suprime. Sin embargo, los mejores manuscritos lo llevan, y es
concebible que, en esta enumeración diversa de lenguas habladas por los dis
cípulos, se quisiera mencionar también su propia lengua.
(31 Suponiendo que el tránsito de los países de Levante á los de acá del
Eufrates se haga por Judea, ó el nombre que en su lugar quiera leerse, se
remonta en seguida hacia el Norte. Capadocia era ya provincia del imperio
romano, y el Ponto, situado al sur del mar Negro, habiendo aceptado láta­
tela de Roma, se preparaba á serlo. El Asia significa aquí, según la nomen­
clatura de las provincias de Oriente admitida en Roma, el distrito que se ex*
«2 MONSEÑOR LE CAMUS

las partes de la Libia, confinante con Cirene, los que han


venido dé Roma, tanto judíos como prosélitos, los cre­
tenses y los árabes W; á todos los oímos hablar en nues­
tras propias lenguas las maravillas de Dios <2).»
De esta suerte expresaban su asombro, en alta voz, es­
tos peregrinos venidos de todos los países que están bajo
los cielos, pues el judaismo tenía hijos en el mundo
entero Filón asegura que, en su tiempo, los había en
toda ciudad importante del Imperio y hasta en las islas
de Europa y de Asia. Primeramente, fué la mano de los
conquistadores laque los dispersó entre los medos y en las
orillas del Eufrates. Más tarde, fueron enviados como co­
lonias privilegiadas á ciertos distritos del Asia y de Egip­
to por Alejandro Magno y sus sucesores, los Seleucidas ó los
Tolomeos. Mas el espíritu mercantil de aquel pueblo fué
el que principalmente los atrajo á las ciudades comer-
niales del mundo greco romano. Por un designio providen­
cial, los judíos representaban, en el seno de la idolatría
más abyecta, la noción del verdadero Dios, y, conservan­
do la esperanza en un Mesías venidero, disponían los espí­
ritus para el establecimiento de la religión nueva.
Oir hablar así, no solamente las diversas lenguas del
mundo, pero también sus dialectos particulares, por estos
hombres inspirados, pareció á los mejor dispuestos el más
asombroso de los milagros. No disimulando su admiración,
se decían unos á otros: «¿Qué novedad es ésta?» El grupo
de los escépticos y de los satíricos malvados expresaba de
tiende á lo largo del mar Egeo y que comprendía Jonia, Lidia, Misia y (Ja­
ría. Su capital era Efeso. Era de mucho la más rica de las provincias romanas.
Frigia estaba más al interior del continente. Pamfilia se hallaba cerca del
mar.
(1) De las cinco naciones últimamente nombradas, en tres de ellas espe­
cialmente había gran mezcla de judíos: Egipto, la Libia cirenaica y Roma,
donde los veremos, según Tácito, hacer sombra al gobierno imperial.
(2) Hablaban, pues, casi todos los dialectos de las principales lenguas del
mundo civilizado. En esta enumeración de quince pueblos representados en
Pentecostés, no se siguió rigurosamente ningún orden geográfico ó etnográ­
fico.
(3) Josefo, B. J., II, 16, 4, hace decir á Agripa que en el mundo no ha­
bía ninguna nación en que los judíos no se hubiesen establecido.
LA OBRA DE LOS APOSTÓLES 63
otro modo sus sentimientos. Las almas indignas de reco­
nocer la verdad y de saborearla procuran ridiculizar á sus
defensores. «Estos sin duda—decían,—están llenos de
vino dulce (1).» ¡Como si la embriaguez, en lugar de ense­
ñar lenguas nuevas al hombre, no le hiciera olvidar las
que sabe!
Pedro oyó este insulto hecho al Espíritu Santo, y, ade­
lantándose con los Once 1(2), se dispuso á repararlo. A él,
como boca autorizada y corifeo oficial del grupo apostóli­
co, le correspondía el derecho de tomar la palabra. La pía-,
taforma de la casa, ó la escalera exterior que áella condu­
cía, debió servirle de tribuna improvisada. Desde allí,
dominando á la multitud, su voz vibrante impuso silencio.
Habiendo sacudido el éxtasis en que su alma cantaba
poco ha, en lenguas nuevas, las grandezas de Dios, se ex­
presó quizás en griego, ó más probablemente en arameo,
el idioma nacional familiar y particularmente grato á su
auditorio: «¡Oh vosotros judíos—exclamó,—y todos los
demás que moráis en Jerusalén! estad atentos á lo que
voy á deciros, y escuchad bien mis palabras. No están és­
tos embriagados, como sospecháis vosotros, pues no es más
que la hora tercia del día; sino que se verifica lo que dijo
el profeta Joel: «Sucederá en los postreros días, dice el
Señor, que Yo derramaré mi Espíritu sobre todos los hom­
bres,y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, y vues­
tros jóvenes tendrán visiones, y vuestros ancianos revela-
(1) La época en que cae Pentecostés no permite traducir la palabra y\aí-
xovt por mosto, ó vino nuevo déla vendimia, sino que significa una especie de
vino azucarado muy apetecido por los orientales y sumamente embriaga­
dor. (Luciano., Ep. sat. 22; Philop., 39, 65, etc). En Jafa se nos ofreció esta
bebida que traían del Líbano. Es desagradable por su extremada dulzura.
(2) Es de notar que los Once, á pesar de que aparecen formando una ca­
tegoría debajo de Pedro, puesto que están clasificados aparte y fuera de él,
marchan, sin embargo, en su seguimiento, como si fuesen á hablar con él y
por él. La cabeza no se separa del cuerpo, cuando hay que obrar solemne­
mente en nombre de la Iglesia. San Juan Crisóstomo (Uom. IV, sobre los
Hechos) dice: <Todos tenían un mismo lenguaje, y Pedro era su boca común.
Los Once estaban detrás de él para confirmar con su testimonio lo que él de­
cía.» Esta es una de las mejores pruebas y la explicación más sabia de la in­
falibilidad pontificia.
64 MONSEÑOR LE GAMOS

ciones en sueños. Sí, por cierto, Yo derramare mi Espirito


sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días, y
profetizarán. Y Yo haré que vean prodigios arriba en el*
cielo, y portentos abajo en la tierra, sangre, y fuego, y
torbellinos de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la
luna en sangre antes que llegue el día grande y patente
del Señor. Entonces todos los que hayan invocado el nom­
bre del Señor serán salvos M.»
Á juzgar por este nuevo discurso, la acción del Espíri­
tu Santo es cada vez más sensible sobre Pedro. El Após­
tol va transformándose por completo, á medida que la
gracia de Dios le penetra y que él tiene una conciencia
más alta de su misión. ¡Con qué serenidad perfecta, este
hombre, otras veces tan vivo, se encarga de refutar la
acusación no menos absurda que injuriosa lanzada contra
sus colegas! Con una sola palabra hace justicia. Si, tan
temprano, la embriaguez sería muy extraña entre paga­
nos (2), con mayor razón sería inverosímil entre judíos, en
día de gran solemnidad, cuando todo israelita piadoso de­
bía asistir en ayunas á la plegaria oficial de las nueve, y
también á la del mediodía (8). Es, por lo tanto, cierto que
el grupo de los discípulos, de conformidad con las pres­
cripciones religiosas de las que se muestra fiel observan­
te, no se encuentra en el estado que se supone. No, lo que
llena sus pechos, henchidos de entusiasmo, no es el vino,,
sino el Espíritu de Dios. ¿Por qué admirarse? ¿Por ventu-
(1) Por esta cita de Joel, II, 28-32, es inútil querer determinar qué len­
gua hablaba Pedro en su discurso. Si la cita se acercara más á los Setenta
que al hebreo, no sería lógico concluir que el Apóstol hablaba en griego y no
en arameo; porque San Lucas podría ser el único responsable de esta cita
según los Setenta. De otra parte, si la cita siguiera más de cerca el hebreo,
esta semejanza podría depender de que San Lucas, al reproducir el discurso
de Pablo, consultaba el documento arameo. Lo que hay de .más evidente es
que la cita no sigue literalmente ni á los Setenta ni al hebreo.
(2) Cicerón, en una de sus Filípicas, denuncia en estos términos la vida
licenciosa que se llevaba en la villa Antonia: «Ab hora tertia bibebatur, lu-
debatur, vomebatur.»
(3) Berachot, fol. 28, 2: «Non licet homini gustare quidquam, antequam
oraverit orationem suam.» Véase Lighfoot sobre este pasaje de los Hechos.
Josefo en su Autobiografía, 54, atestigua la fidelidad con que se observaba
esta práctica.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 65
ra los Profetas no habían anunciado esta difusión súbita
de los dones de lo alto? En aquel punto se realizaba á la
letra lo que Joel predijera ochocientos años antes. Dios,
guardando substancialmente su Espíritu en la unidad
indefectible de su Trinidad, lo envía sobre toda carne por
una abundaute efusión. Creer en el Redentor, es tener de­
recho al don celeste, que dispone á hablar bajo la inspira­
ción divina y á profetizar. Lo que fue privilegio de algu­
nos en la Ley antigua, viene á ser el estado ordinario de
muchos en la promulgación de la nueva El Espíritu de
Dios trabaja á cada miembro del reino mesiánico, y, si no
todos ellos anuncian lo por venir, porque el término prin­
cipal de las profecías ha llegado con el Salvador, todos di­
ferí cosas del cielo. Esto basta para merecer el título de
profeta. En efecto, este nombre, en su etimología primera,
significa hombre lleno de Dios que deja desbordar en
sus labios la ola de las comunicaciones divinas. Ahora
bien, estas comunicaciones no tienen por efecto único y
necesario la revelación de lo por venir. Dios establece
también como profetas, en medio de su pueblo, á hombres
á quienes concede inspiraciones, ora para cantar su gloria
y recordar sus derechos, ora para animar á los buenos y
reprender á los malos, ora en fin para penetrar y exponer
-el sentido misterioso de las divinas palabras.
Así, pues, la hora de la regeneración del mundohallegado.
Hijos ó hijas de Israel, siervos y siervas de Dios no profe­
tizan, jóvenes y viejos no tienen visiones sobrenaturales,
sino en razón de la clausura de la antigua Alianza y déla
inauguración de la nueva (3). Si son necesarias otras prue-
(1) Isaías, XLIV, 3, lo anuncia como Joel. Compar. Ezeq., XI, 19, XXXVI,
27; Zacarías, XII, 10.
(2) Se admite comúnmente que la palabra hebrea Ndbi, traducida por
profeta, en las lenguas clásicas, deriva, según Gesenius, del verbo ndbdóna-
basch, que significa borbotar como una fuente. En este sentido dice el Sal­
mista, XLIV, 1: «Eruetavit cor meum verbum bonum.» El verbo ndbd, co­
mo la mayor parte de los verbos que expresan la acción de hablar, no se en­
cuentra empleado sino en la forma niphal ó hitpaeL En la latín se dice; to­
qui, fu r i, concionari, etc., en la forma deponente, y, en griego, QOéyyoiMt,
fULVTeúopuu, en la voz media. .
(3) Sin duda Joel había dicho: «Después de esto,» mas Pedro traduce
66 MONSEÑOR LE CAMUS

bas, se leerán escritas en signos sangrientos en el cielo y


sobre la tierra. La ruina espantable de Jerusalén realiza­
rá terriblemente las últimas palabras de la profecía, así
como Pentecostés realiza gozosamente las primeras. Los
que no están del todo ciegos en su impiedad, verán lo que
sucede y podrán procurar aún su salvación. Con miseri­
cordia inagotable, el Señor abre á todos los hombres de
buena voluntad las puertas del reino nuevo. Es tiempo da
. entrar. Si el error fué posible para algunos durante la vi­
da de Jesús, ha dejado de serlo después de su muerte.
Pedro va á dar una razón irrefutable. Se adivina que
la guarda en el fondo del alma, poderosa como el acerjo
todavía en vainado, y que la reserva para la victoria defi­
nitiva. Rato ha se prepara á echarla en rostro al judais­
mo, como un argumento sin réplica: es la resurrección de
Jesús. Si los discípulos se callaron, su silencio no hizo más-
que preparar una explosión más elocuente y más irresisti­
ble de la verdad.
«¡Oh hijos de Israel!—añade—escuchadme ahora: Á
Jesús de Nazaret, hombre autorizado por Dios á vuestros
ojos, con los milagros, maravillas y prodigios que por me­
dio de Él ha hecho entre vosotros, como todos sabéis; á.
este Jesús, dejado á vuestro arbitrio por una orden expre­
sa de la voluntad de Dios y un decreto de su presciencia,
vosotros le habéis hecho morir, clavándole en la cruz por
mano de los impíos.» ¡Qué emoción en estas últimas pala­
bras del requisitorio! La acusación despiadada va dere­
cha al alma de los deicidas, como una flecha que debe
atravesarla. Todo ha sido maravillosamente preparado
para que el golpe sea certero. En primer término del
cuadro figuran los méritos de la Víctima, su santidad, la
excelencia de sus obras y la divinidad de su misión. En la
con razón esta frase por: év retís éax¿Taií y/iépaes, en los últimos días de la
era que precederá al reino mesiánico. Com. Is., II, 2; Miqueas, IV, 1; I I
Tim., III, 1, etc. Véase en Liglitfoot, Hor. hebr. in Act. II, 17. <Extremum
tempus, dice el rabino Nachman ad Gen., XLIX, 1, omnium doctorum con-
sensu sunt dies Messiae.»
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 67

enumeración nada falta; Pedro ha señalado intencionada­


mente hasta la nacionalidad de Jesús, este hijo de Naza-
ret, que, judío de raza y de corazón, fué hermano de sus
matadores. Ha mostrado á Dios, dejando á los malvados
la libertad de consumar sus crímenes, pero reservándose
el hacer servir su misma malicia para la realización de sus
planes providenciales. Él es quien, en la hora señalada por
su presciencia, les ha entregado á su Hijo. Nada ha suce­
dido sin su orden ó permiso. En el término del crimen que
iba á consumarse, ellos ño sospecharon sino el triunfo de
su odio; Él veía la salud del mundo. Asi, gracias a la sa­
biduría divina, el mal que ellos intentaron hacer ha re­
sultado un bien, y del crimen de los malvados ha salido la
salud de los justos. Su fechoría no es menos abominable,
porque en ella nada faltó, ni la ingratitud, ni la impiedad,
ni la hipocresía. Para no mojar sus manos con la sangre
del Enviado divino, han recorrido al brazo del extranjero,
del opresor de la patria, de los enemigos de Jehova y del
Templo. Mas, ¡desgraciados! ¿no eran ellos mismos los que
mataban al que, por su mandato, los romanos conducían
al postrer suplicio? Entregando la Víctima santa á la es­
pada de los paganos, ¿qué hacían sino añadir el sacrilegio
al homicidio? No, no pueden achacar á otros la responsa­
bilidad del crimen que pesa todo entero sobre sus almas.
Solos ellos quisieron su suplicio; solos ellos le condujeron
al Calvario; solos ellos criminalmente le mataron, á pesar
de sus obras milagrosas, de su vida de santidad incompa­
rable y de su misión toda divina.
Tal fué su obra. He aquí paralelamente la de Dios. El
rey del cielo, soberanamente sabio, puede permitir que por
un instante la iniquidad destruya la justicia; pero este
desorden no podría durar siempre, y la virtud puede estar
segura de alcanzar su gloriosa rehabilitación. Dios esperó
á los enemigos de su Hijo sobre la piedra misma de su se­
pulcro. Allá quiere aterrarlos con un golpe de su poder, ó
mejor, iluminarlos con un rayo de su gloria.
«Aquel á quien matasteis—grita Pedro con entusiasma
«8 MONSEÑOR LE OAMUS

creciente,—Dios lo ha resucitado rompiendo las ataduras


de la muerte (i), en que no podía quedar detenido.>
La demostración de la tesis se impone. El Apóstol de­
be probar la imposibilidad alegada. No carecerá de inte­
rés para nosotros el apreciar el método apologético inspi­
rado por el Espíritu Santo á sus primeros órganos para
convencer á los incrédulos. Siendo judío todo el auditorio,
de religión, si no de raza, Pedro se coloca en el terreno es­
criturario, casi el único aceptado por el rabinismo. Este
predicador improvisado por el Espíritu Santo, ayer simple
pescador, aparece de súbito tan familiarizado con los tex­
tos bíblicos como con los remos ó las redes del lago de Ge-
nesaret. Los maneja con la misma facilidad. Lee en las
profecías como un doctor de Israel. El Maestro, cumple,
pues, con su palabra dada á los suyos, poniendo en su bo­
ca una fuerza de convicción aja que nadie puede resistir.
La inspiración es aquí evidente. Ella debía brillar en la
frente del Apóstol tanto como resplandecía en sus labios.
Jesús no podía quedar detenido por las ataduras de la1
(1) Es dificultoso traducir exactamente este pasaje. A primera vista, pa­
rece,*según el texto: Xiío-aj reís wSiKay ro5 0a»»árou, que la imagen está tomada
de los dolores del parto (éste es el sentido propio de diSíves), como si la muer­
te, sorprendida de llevar en su seno al Hijo de Dios, estuviera sufriendo
hasta devolverlo á la vida. Puesto que Dios es quien resucita á Jesús, es
también El quien hace cesar los dolores de la muerte. Sin embargo, la ex­
presión hebraica jebelé maveth, que significa propiamente las ataduras, los
lazos de la muerte (V. Gesen., Tkes. I, p. 440), nos lleva á suponer que Pe­
dro compara la muerte con un cazador que ha cogido una presa en sus redes.
Las dos expresiones spardudai, estar detenido, y \úetv, desatar, responden
mejor á esta segunda metáfora, muy común en el lenguaje sagrado { II Re­
yes, XXII, 6). ¿Es necesario suponer que los Setenta, confundiendo el plu­
ral dejebel, dolor, que es jebalím, conjtbelé, ataduras, han, en la mayoría
de los casos, traducido mal adrede esta palabra por úSlves en vez de <rxoty^
Es posible. En esta hipótesis, San Lucas habría seguido la traducción de­
fectuosa de los LXX. Pero muchos filólogos pretenden que údires significa­
ba indistintamente dolores y ataduras. Véase Kuinoel, in Act., p. 82; Schl-
^usner, Tkes., V, p. 571. Si las razones que alegan no son absolutamente
concluyentes, no es menos verdadero que, para los Setenta, la sinonimia pa­
rece haber existido (*).
(*) La nota hebrea del autor significa que, según la mayoría de los gra­
máticos, la traducción dolores, en vez de funes, se explica por haber creído
quejebelé era el plural constructo de jebel, dolor, y no de jébel, atadura.—
N. del T.
l a o b r a d e lo s a p ó s t o l e s 69
muerte, porque David había dicho en su nombre ú); ^Tenía
siempre presente al Señor ante mis ojos, pues está siem­
pre á rai diestra, para que yo no experimente ningún tras­
torno^. Por tanto se llenó de alegría mi corazón, resonó
mi lengua en voces de jubilo y mi carne reposará en la
esperanzaporque no dejarás mi alma en el infierno^,
ni permitirás que tu Santo experimente la corrupción. Me
haras entrar otra vez en las sendas de la vida, y colmar­
me has de gozo en mi presencia Hermanos míos, per­
mitidme que os diga con toda libertad y sin el menor re­
celo: el patriarca David muerto está, y fué sepultado, y su
sepulcro se conserva entre nosotros hasta hoy <7'. Pero co­
mo era profeta, y sabía que Dios le había prometido con
juramento que lino de su descendencia se había de sentar
sobre su trono; previendo la resurrección de Cristo, dijo
(1) La expresión eis avrhv significa en vista de Jesús, mirando á Jesús ó
poniéndose en su lugar.
(2) La derecha no es solamente el sitio de honor, es también el puesto de
la protección (Jenofonte, Cirop., III, 3, 21). El abogado se colocaba á la de­
recha de su cliente para defenderlo ante los jueces. Véase élSalmo CVIII, 31.
(3) El texto hebreo actual lleva: Kebodi, m i alma, en lugar de mi lengua.
Es de creer que los LXX tenían á la vista otra lección, ó que tradujeron muy
libremente esta palabra.
(4) La expresión hebrea traducida por Ka,Ta.<rKf}t>diaei da á entender que el
cuerpo irá á la tumba, como el caminante se duerme en la tienda, con el pen­
samiento de reanudar el viaje al día siguiente.
(5) ^Los hebreos llamaban Sckeol, el sitio hueco, y los griegos “A5?js (de á
privativa y de iSele), el reino invisible de la muerte, al lugar en que las al­
mas viven separadas del cuerpo. Dichas palabras no implicaban por sí mis­
mas ninguna idea de felicidad ó de sufrimiento. Véase Vida de Nuestro Se­
ñor Jesucristo, voi. II, p. 400. Lo mismo debe decirse de la palabra infierno
en el sentido en que aquí la empleamos.
. Todo este pasaje del Salmo XV, 8-11, está citado exactamente según
los LXX, que en esta parte han seguido nuestro texto hebreo.
(7) Salomón hizo enterrar á su padre en el monte Sión, en el sitio llama­
do da ciudad de David». I I I Reyes, II, 10. A la vuelta del cautiverio exis­
tía aun la tumba, Nehem., III. 16. Más tarde Hircano tomó de allá tres mil
talentos, que ofreció á Antioeo Pío para determinarle á perdonar laCiudad
Santa. Poco antes de J. C., Herodes quitó de una de las numerosas cámaras
de estece pulcro las considerables riquezas que contenía. Ant., VII, 15 3
Dion Casio, LXIX, 14, dice que, en tiempo de Adriano, el mausoleo se arrui­
naba. ban Jerónimo lo vió todavía. El sitio que hoy se le señala, muy cerca
de donde se presume que estuvo el Cenáculo, permitiría creer que Pedro
mientras habiaba, podía mostrarlo á sus oyentes. V. Notre Voyaqe aux
Pays Btbeiques, vol. I, p. 327.
5 T. IV
70 MONSEÑOR LE CAMUS

que ni fue detenido en el infierno, ni su carne padeció co­


rrupción. Este Jesús es á quien Dios ha resucitado, de lo»
que todos nosotros somos testigos. Elevado, pues, al .cielo-
á la diestra de Dios y habiendo recibido de su Padre la*
promesa ó potestad de enviar al Espíritu Santo, lo ha de­
rramado del modo que estáis viendo y oyendo. Porque no
es David el que subió al cielo, antes bien él mismo dejó-
escrito: Dijo el Señor á mi Señor, siéntate á mi diestra,-
hasta que á tus enemigos los ponga Yo por tarima de tus-
pies Sepa, pues, toda la casa de Israel, que Dios ha
constituido S e ñ o r y C r ist o á este mismo Jesús que vos­
otros habéis crucificado.»
Como se ve por estas últimas palabras, el Espíritu San­
to inspira al Apóstol—el cual aborda, empero, la cuestión,
capital del dogma cristiano,—todas las consideraciones re­
queridas, para no suscitar por ün exceso de precisión pro­
testas violentas que podrían comprometer el fruto de su,
discurso. El mérito del que quiere curar a un ciego con­
siste en no herir con luz demasiado intensa los ojos enfei-
mos ó condenados desde largo tiempo á las tinieblas. A
judíos recelosos ó porfiados, Pedro nada les dice de la di­
vinidad de Jesús, como si temiese soliviantar su monoteís­
mo tradicional. Habla sólo del hombre, y si debiésemos juz­
gar de la personalidad del Mesías únicamente por este pri­
mer discurso apologético, sería preciso renunciar o esta­
blecer que, para los Apostóles, Jesús fue verdadero Dios...
Mas el predicador no dice aquí la última palabra de su fe.
Ésta se había expresado más categóricamente en otro-1
(1) Muchos prefieren traducir aquí y en otros pasajes, Hech., V, 31, «ele­
vado por la mano poderosa de Dios»; pero, si esto es más gramatical, no es
más natural. Aunque los verbos que expresan movimiento se construyen ge­
neralmente con Trpós Óelt, no es raro encontrarlos empleados con dativo en
los poetas y los autores de la decadencia. (Winer, [Link] Neutest. ¿>pra-
chidioms p 201). La relación natural que se puede establecer entre este pa-
sajey Maro., XVI, 19; Salmo CIX, I, ó Hech., VII, 55, induce á-creer que
San Lucas se consideró autorizado á hacer lo mismo.
(2) Es el primer versículo del Salmo CIX, que Jesús, durante su vida, ha­
bía ya citado como prueba de la inferioridad de David respecto del Mesías.
(Mateo, XXII, 43-45.)
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 71
tiempo en el camino de Cesárea, y no había podido dejar
de crecer por las manifestaciones sucesivas del Resucita­
do, el prodigio de su Ascensión y las iluminaciones de Pen­
tecostés. Adrede, pues, no presenta, por el momento, más
que la fisonomía humana del Salvador á un auditorio po­
co capaz de entrever los misterios superiores de la vida
divina. Sin duda que, en este bosquejo incompleto, habla­
rá de la acción de la divinidad sobre la humanidad de
Jesús, pero como si se tratase de la acción general de
Dios sobre un hombre y no de la acción especial de la se­
gunda persona de la Trinidad en la naturaleza humana
con la cual está hipostáticamente unida. Una sola vez se
nombra al Padre, para dejar entrever que tiene un Hijo,
mas sin abordar abiertamente el misterio de esta paterni­
dad. Pedro piensa con razón que, si por lo pronto logra
que sea reconocido el carácter mesiánico de Jesús, poco le
costará después establecer que el Mesías debía ser Hijo de
Dios, y Dios como su Padre. Manteniéndose en este terre­
no de la misión divina de Aquel á quien quiere rehabili­
tar, evita toda controversia grave. El buen sentido de to­
dos hará reconocer que un hombre resucitado por Dios es
un hombre de Dios. Después de esto, dueño de su audito­
rio, sabrá muy bien imponerle toda la verdad.
En la viva conclusión de su discurso recobra aquella ve­
hemencia del acusador que nos sorprendió desde el princi­
pio. El resumen de los hechos es sorprendente. Dios cons­
tituyó Señor y Cristo á Jesús; ellos le crucificaron. ¿Quién
tuvo razón, Jehová ó Israel? Jehová: lo prueba la resu­
rrección de Jesús. Mas si Israel se engañó, si mató al Me­
sías, ¿qué va á seguirse de esto? Porque este Mesías Jesús
vive aún, establecido Rey y Maestro de la humanidad pa­
ra siempre. ¿Qué suerte reserva para sus verdugos? Una
cuestión tan grave debía turbar á los oyentes y abismar
su espíritu en una ansiedad profunda. Según el historia­
dor sagrado, la angustia que experimentaron les obligó á
rendirse á discreción. El Espíritu Santo, atrayendo de es­
ta suerte los corazones, manifestaba de nuevo un poder
72 MONSEÑOR LE CAMUS

milagroso, como al comunicar á los labios el don de len­


guas. «Hermanos—dijeron á Pedro y á los otros Aposto-
Ies,—¿qué es, pues, lo que debemos hacer?» «Haced peni­
tencia—respondió Pedro,—y sea bautizado cada uno de
vosotros en el nombre de Jesucristo para remisión de vues­
tros pecados. Entonces recibiréis el don del Espíritu San­
to, porque la promesa es para vosotros y para vuestros hi­
jos, y también para los que viven lejos de Israel Ó), para
cuantos llamare á sí el Señor Dios nuestro.»
Para la salud y la iniciación á la vida nueva se requie­
ren dos condiciones: una interior, otra exterior. La prime­
ra consistía en la detestación del pecado, el dolor de ha­
berlo cometido, y la promesa formal de no cometerlo de
nuevo. La segunda era el bautismo, que significa la ablu­
ción de los pecados, la supresión de lo pasado y el comienzo
de una nueva existencia. No se trata aquí de un bautismo
administrado solamente en señal de arrepentimiento, co­
mo el de Juan ó el del judaismo acogiendo á los gentiles.
El nuevo rito es un acto de fe. Se administra en nombre
de Jesucristo, ó mejor, por su mandato y según sus pre­
ceptos^. Recibirlo es reconocer á Jesús como verdadero
Mesías y Salvador, aceptar su doctrina, alistarse en su
servicio y participar de sus méritos. En consecuencia, los
pecados son perdonados al que recibe el bautismo, y, pues­
to que la iniquidad desaparece, el Espíritu Santo se pose­
siona del alma purificada. No hay que creer, en efecto, que
sólo los Apóstoles fuesen llamados a recibir este gran1
(1) La expresión iracnv roh et’s fiaicpáv no podría designar á los israelitas
de la dispersión, los cuales, no distinguiéndose de los demás desde el punto
de vista religioso, y hallándose cumplidamente representados en la concu­
rrencia, estaban comprendidos en el primer grupo constituido por la palabra
ifur Tampoco podría designar á las generaciones futuras de los hi]os de Is­
rael porque estaban comprendidos en las palabras ré^ots Por otra par­
te el adverbio puticpi» indica extensión en el espacio, no en el tiempo. Se trata,
por tanto, de los gentiles. La frase se usaba entre los rabinos. Véase Schoett-
een flor., heb., I, p. 761. No se puede objetar que Pedro no admitía aun la
vocación de los gentiles al Evangelio Siempre la admitió; suponía sola­
mente que, para ser cristiano, era preciso comenzar por hacerse judio.
(2) Él mismo había prescrito, en efecto, la fórmula del bautismo en nom­
bre de la santa Trinidad, (d/iaí., XXVIII, 19.)
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 73
don celestial. Jesús lo ha prometido á toda su Iglesia.
Participarán de él todos los que, por muy alejados que es­
tén de Dios, vengan del judaismo ó del paganismo á ins­
cribirse en esta Iglesia.
Pedro apremiaba además, con otros discursos que el his­
toriador no nos ha conservado, á la parte de su auditorio,
conmovida ya, pero todavía indecisa. Multiplicaba los testi­
monios que prueban la misión divina de Jesús, y su con­
clusión era esta: «Poneos en salvo de entre esta genera­
ción perversa^.
Aquellos que, de buen grado, recibieron su palabra fue­
ron en seguida bautizados. Difícilmente hubiese podido ad­
ministrarse el bautismo por inmersión á tan gran número
de convertidos, en una ciudad en que el agua no abun­
da, sobre todo en verano. Pero el espíritu de la nueva re­
ligión no era formalista, y un poco de agua, cayendo sobre
la frente de un prosélito, pareció ciertamente á los Após­
toles lavar su. alma tanto como un baño completo en las
piscinas de la ciudad. El agua no era sino el signo figura­
tivo; el agente eficaz era el Espíritu, y éste se encubría
lo mismo en la gota simbólica de la aspersión que en la
ola que envolvía á los neófitos.
En este mismo día de Pentecostés, en que Israel ofrecía
á Jehová los panes nuevos, el Espíritu Santo y el Hijo
ofrecieron al Padre, por mano de los Apóstoles, las almas
de tres mil convertidos.
CAPITULO III

Vida edificante de los primeros cristianos


Situación preponderante de los Apóstoles.—Instruyendo á los prosélitos,
crean la unión de los espíritus.—La Eucaristía acaba la unión de los co­
razones.—Agapes fraternales.—Bolsa común.—Respeto ála ley mosaica.
—Fuerza que da la vida de comunidad rigurosamente observada.—Au­
mento de prosélitos.—El paganismo se suicida en Roma, mientras que
la Iglesia nace en Jerusalén. (Hechos, II, 42-47; IV, 32-35).
El suceso milagroso de Pentecostés había creado para
los Apóstoles y los discípulos una situación escepcional á
los ojos de la multitud. Dotados del don de milagros y
usando de él con oportunidad, veían crecer de día en día
la admiración respetuosa de sus prosélitos. El historiador
sagrado parece también indicar que difundían una especie
de terror W en torno de sí, como todo aquello que, por su
carácter, parece lindar con el mundo sobrenatural. Sin duda
que ellos eran los depositarios de una fuerza superior y quizá
vengadora. Por su boca, Dios venía á declarar que no po­
día permanecer indiferente á la actitud sacrilega de Israel
frente á su Mesías. Poco á poco se convirtieron en cen­
tros de actividad religiosa que excitaron la suspicacia
del partido teocrático. Se los vigiló como innovadores, y
se los clasificó come jefes de secta. Entre sí dábanse el
nombre de hermanos, para indicar el espíritu de tierna
caridad que los unía. Se llamaban Santos al recordar lo
que Dios hiciera por su salud. La asamblea ó la comunidad,
que formaba un cuerpo, tomó el nombre de Iglesia, palabra
griega que recordaba las asambleas democráticas de Atenas.(l)
(l) Hechos, II, 43.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 75
En hebreo, decíase Kahal. Parecía que en aquella peque­
ña pero admirable familia seguía viviendo, en la tierra,
su adorable Fundador, y Pablo sentirá, por haberla perse­
guido, tanto remordimiento como si hubiese perseguido al
■ mismo Jesucristo (i'. En efecto, no había una sola de las
virtudes del Maestro que ella no tratase de imitar. Su
imagen, cautivadora por su dulzura, su terneza, su pater­
nal autoridad, su hermosura luminosa, le estaba siempre
presente, y, á través de mil edificantes relatos, cada uno
procuraba grabarla, sugestionante é imperecedera, en el
alma de la joven Iglesia,
Debían ser altamente instructivas y consoladoras estas
-conversaciones piadosas, en que los Apóstoles y los ami­
gos del Salvador, recopilando sus más caros recuerdos, re­
petían á la asamblea atenta la historia del Maestro, sús
discursos, sus promesas y sus bendiciones. Así, el Evange­
lio revestía su primera forma auténtica y autorizada. Los
relatos diversos, mil veces repetidos, acabaron por afectar
la redacción oral uniforme, que los convirtió en una espe­
cie de catecismo tradicional. No hay que buscar otra ex­
plicación de la identidad de expresiones y de giros que
caracteriza á nuestros tres Sinópticos, aun cuando éstos
«olocan muy libremente en distinto orden narraciones y
discursos análogos, ó los esmaltan acá y allá con palabras
que constituyen aparentes divergencias.
La doctrina de la religión nueva estuvo desde luego to­
da en estos relatos. No teniendo nada de abstracto, se
comprende que debió imponerse como eminentemente po­
pular. Una teología especulativa, que hubiese definido y
precisado científicamente los dogmas, habríase quedado
sin posesionarse de inteligencias poco preparadas para en­
tenderla, y demasiado jóvenes en la fe para soportar el
alimento sustancial del que Pablo no se atreverá á ofrecer
las primicias sino á espíritus más vigorosos. Le bastaba á
cada prosélito ver en acción los grandes misterios del cris­ol)
ol) I Cor., XV, 9; I Tim ., I, 13-14; Oalat., I, 13.
76 MONSEÑOR LE CAMUS

tianismo, para conocerlos y profesarlos. Su fe no era ni me­


nos ilustrada ni menos robusta que la nuestra. Sin pre­
guntarse si es de la esencia del Ser infinito el obrar, el co­
nocerse y el amarse eternalmente, cada uno veía limpia­
mente en el Evangelio la augusta Trinidad, con el Padre
gobernando al mundo que creó, el Hijo rescatándolo con
su encarnación, y el Espíritu Santo penetrándolo con su
influjo. Se aprendía, sobre todo, la historia de la misericor
dia divina y de la malicia humana en el relato de los su­
frimientos del Salvador, y se asentaba sólidamente todo-
el edificio de la fe en la resurrección del Crucificado.
Los Sacramentos, estos medios por los que Dios comunica
su gracia, se imponían también á los nuevos convertidos
bajo las diversas formas del bautismo, de la remisión de
los pecados, de la comunicación del Espíritu en diversos
grados, y de la Eucaristía. Así, el conjunto de los dogmas
primeros y esenciales se destacaba, con limpieza progresi­
va, de la predicación evangélica ó del culto mismo de la
Iglesia primitiva. Aunque menos explícito que nuestro sím­
bolo actual, no por eso era menos completo. Como un teo­
rema geométrico encierra sus diversos corolarios, la profe­
sión de fe de los primeros creyentes contenía en germen
todas las deducciones dogmáticas que la teología católica
deduciría en el decurso de las edades. Al contrario, la mo­
ral, esta guía de la vida práctica, se impuso de golpe en
su plena eflorecencia, y fué desde luego practicada con
una fidelidad, un ánimo y un heroísmo que no han sido
sobrepujados. Los prosélitos, en efecto, no se contentaban
con escuchar con santa avidez la doctrina de los Apósto­
les (1); la meditaban y la traducían en sus obras cotidia­
nas. ¡Tiempo hermoso aquel en que todos los fieles, no te­
niendo sino un corazón y un alma compartían los mis­il)
il) «Erant quotidie perseverantes—dice Tirino sobre este capítulo—in
doctrina Apostolorum audienda, meditanda, executioni mandanda.»
(2) La expresión empleada en el cap. IV, 32, expresa la unión más ínti­
ma y recuerda la definición de la perfecta amistad atribuida á Aristóteles,
por Diógenes Laercio: fda if'irxv &5ooé\xaaiv évoucovffa.
LA OBBA DE LOS APÓSTOLES IT

mos pensamientos, las mismas aspiraciones y las mismas


virtudes! Su vida era una perpetua súplica, su conversa­
ción una perpetua acción de gracias, su comida perpetuos
ágapes que el gran memorial de la Redención, la Eucaris­
tía, venía á consagrar.
Así entraba en el plan de la Providencia que la religión
nueva descansase en la cátedra y en el altar, como so­
bre las dos bases de su estabilidad perpetua, y vemos
que, desde su origen, la Iglesia supo encontrar en la doble
participación del Verbo de Dios, distribuido por la pala­
bra ó dado en la comunión, el poder vital y el desenvolvi­
miento que aseguraron su porvenir. Por la autoridad de
su enseñanza, somete todos los espíritus á un mismo
pensamiento y los une en un mismo acto de fe. Por el
sacramento de la Eucaristía, esta obra admirable de la
sabiduría tanto como del amor divino, funde los cora­
zones en la más santa y más íntima fraternidad. Unidos
entre sí por este doble lazo, los fieles se encuentran al mis­
mo tiempo ligados de nuevo á Dios; porque si por la doc­
trina comparten su pensamiento, por la Eucaristía reci­
ben su vida.
No es dudoso C' que se trata de la Eucaristía, cuando
el historiador sagrado nos los muestra fraccionando ale­
gremente el pan, por grupos, de casa en casa, y alabando
á Dios en este acto de devoción, que reproducía de un
modo místico la inmolación del Calvario. Acordándose de
la suprema recomendación del Maestro, renovaban con
tanta fe como amor lo que le habían visto hacer, y, por la
consagración sacramental, rendían homenaje, bajo las es­
pecies de pan y de vino milagrosamente transubstancia­
dos, á los dolorosos y consoladores misterios de la Reden­
ción. En estos misterios, la Iglesia encontraba, indeleble*
la línea de demarcación que la separaba del mosaísmo.
Que los discípulos lo advirtieran ó no desde el primer mo­
mento, la cruz se levantaba, cada vez más inexorable*1
(1) Comp. I Cor., X, 16, etc.
78 MONSEÑOR LE CAMUS

entre ellos y los judíos, rechazando á éstos y ordenando á


aquéllos ir siempre adelante. La muerte de Jesús era el
crimen de los unos y la salud de los otros, el remordimien­
to de los obstinados y la esperanza de los creyentes, el
punto de partida de la nueva sociedad. Con razón San
Ignacio mártir llamó á la cruz «la gran máquina de salud»
en la que el Salvador, con los brazos abiertos, aguarda y
atrae al mundo entero. Ella mató la Sinagoga y edificó la
Iglesia. Su memorial vivo y eficaz era la Eucaristía. Se la
honró con toda la fidelidad del amor agradecido, y el ob­
jeto primero del culto fué la consagración mística del pan
y del vino. Comidas que se celebraban en comunidad, con
sencillez encantadora y cordialidad perfecta, precedían ó
seguían á la augusta ceremonia.
Cuando los corazones forman en realidad un solo cora­
zón, los intereses materiales fácilmente se confunden. Por
un movimiento natural de caridad, la mayoría de los fieles
vendía de sus bienes todo lo que podía y se conside-
Taban dichosos al depositar el precio en el tesoro de la co­
munidad. Con este régimen habían vivido los Doce en
tiempo del Maestro; juzgóse que lo mejor sería continuar
su aplicación. Así, los pobres se hallaron de repente eleva­
dos al nivel de los ricos; y como nadie tenía que inquie­
tarse por los cuidados del día siguiente, dedicaban juntos
el tiempo á la audición de la palabra divina y á la oración
en público y en privado. El Oriente es el país en que el
hombre acepta más fácilmente una vida sin inquietu­
des materiales, por poco que se alimente su espíritu
con pensamientos religiosos. La raza de Sem siente un
atractivo irresistible por las cosas del alma y de Dios.
Nació para la contemplación y la plegaria. Aun hoy, apar­
te de las cuestiones en que las armas intervienen, el único
medio de agrupar, apasionar y cautivar á los hombres en
esos países del sol, es hacer un llamamiento á su religiosi­
dad. De buena gana lo olvidan todo para seguir al instin-
(1) Más adelante veremos que estos actos de generosidad no eran obliga­
torios, y que, en realidad, se daba sólo una parte de los bienes.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 79

to característico que los impele á laB relaciones íntimas


non el mundo superior. .
Hay que notar, sin embargo; que los primeros fieles, al
inaugurar en sus casas y de UDa manera privada ún culto
nuevo más elevado que el del mosaismo, no dejaron de
obligarse públicamente y por largo tiempo todavía á las
exigencias de éste. Tiene algo de encantador este respeto
que los discípulos guardaban á la Ley, esta unión de dos
principios absolutamente opuestos que vivieron acordes,
no por compromiso, sino por una fusión que las circuns­
tancias hacían como natural. En un principio, los discípu­
los fueron judíos y cristianos a la vez. Subían regular­
mente al Templo y se mezclaban con la multitud de los ado­
radores. Para ellos, la religión nueva no era el adversario,
sino el fruto glorioso de la antigua. Con razón juzgaban
que las almas santas de uno y otro Testamento no consti­
tuían en realidad más que una sola y misma Iglesia alre­
dedor de un mismo Mesías, desconocido de unos, aclama­
do de otros, pero objeto único de las esperanzas de Israel.
¿Acaso el mismo Maestro no había observado una conduc­
ta análoga, dando testimonio de su respeto al ministerio del
Bautista, y no descartando sino con la mayor reserva aque­
llo que, dentro del Mosaísmo, podía perjudicar el desenvol­
vimiento déla nueva vida religiosa? Una sabia prudencia,
piadosas precauciones se imponían todavía, porque seguía
el mismo estado de transición. Á. Dios, autor de la anti­
gua Alianza, eraá quien correspondía, permitiendo la des­
trucción del Templo y de la nacionalidad de Israel, decla­
rar á todos que el fin legal del mosaísmo había llegado.
La pequeña Iglesia de JeruRalén consideró, por tanto,
como natural, aunque viviendo su vida personal y privada,
el aparecer todavía oficialmente sometida al yugo de la Ley.
Quiso enterrar á la Sinagoga con honor. Pero no hay que
engañarse; su deferencia con el judaismo no fue otra cosa
que un homenaje nacional tributado a un glorioso pasado
que se extinguía. Tras algunos debates de que mas tarde
«e hablará, reconoció que los prosélitos procedentes de la
80 MONSfiÑOK. LE CAMU8

gentilidad podían impunemente permamecer ajenos á


tales sentimientos. Les permitió entrar á pie llano, por
decirlo así, en la Iglesia, sin estación preliminar en la Si­
nagoga. Los verdaderos discípulos de Cristo comprendie­
ron que en el reino de Dios, que había cesado de ser nació
nal para convertirse en individual, se entraba, no por el
título de hijo de Israel, sino por la fe y el arrepentimien­
to. Los más perspicaces tuvieron siempre para la reí i
gión principal el culto vivo y espiritual que practicaban
en sus reuniones particulares. Allí solamente se remozaba
el proselitismo más ardiente.
Difícilmente puede imaginarse cuánta es la fuerza viva
que á una comunidad que trabaja por una idea le comu­
nican la exclusión de mezclas híbridas é indecisas, la vida
exclusivamente aparte, la plena conciencia de los recursos
de que dispone, y, en fin, el santo orgullo que se siente
de estar providencialmente mezclado en una gran obra.
Parecenos que después de la acción preponderante del Es­
píritu de Dios en la Iglesia primitiva, la causa eficaz de
su rápida difusión fué su primera manera de ser. En efec­
to, conociendo á los suyos, sabía conservar únicamente á los
que, á despecho de todo, estaban resueltos á pertenecerle.
Por esto tuvo tantos apóstoles, defensores y héroes como
miembros. El día en que una sociedad soporta impune­
mente á los indecisos, los cobardes ó también los indignos
al lado de los buenos, la actividad real se embota y el
nervio vital se rompe. Es numerosa, pero débil. Desde
el punto de vista sobrenatural, hoy todavía los medios de
otro tiempo están á disposición de la Iglesia. El mismo-
Pedentor le ofrece la vida, el mismo Espíritu le distribu­
ye la gracia, y, humanamente hablando, tiene menos obs­
táculos que superar. ¿Por qué, pues, su desenvolvimiento
es más lento? ¿Por qué, sobre todo, su autoridad entre nues­
tros pueblos civilizados es menos eficaz? ¿Sería quizá por­
que en un arranque de misericordia excesiva se ha con­
vertido en una sociedad demasiado abierta á todos, per­
mitiendo llamar suj^os á aquellos que, apenas marcados-
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 81
•coa su señal en el bautismo, en seguida la han descono­
cido indignamente, soportándolos en sus ceremonias pú­
blicas, á pesar de su indignidad ó su indiferencia notorias;
persiguiéndolos con su perdón cuando ellos lo rechazan, y
llevando la condescendencia hasta concederles el beso de
paz en la sepultura cristiana, cuando ellos voluntariamen­
te, por una vida de impiedad mal rescatada á última
hora, parece que se han excomulgado á 6Í mismos? Cuan­
do los hermanos se sienten dignos los unos de los otros, se
aman y se defienden con toda seguridad. Prueban que,
para ser una fuerza, no hay necesidad de ser una masa.
De estas reuniones cerradas de Jerusalén, Antioquía, Éfe*
so, Corinto y, más tarde, de las catacumbas romanas, sa­
lió el árbol vigoroso destinado á cubrir el mundo con sus
ramas. Dondequiera que el hacha del padre de familia no
teme intervenir para podar, la encina reverdece y ahonda
más profundamente sus raíces. ¿Cómo explicar este poder
esplendoroso que las órdenes religiosas ejercen en el mun­
do, sino por esa vida retirada que, murándolas en medio
de una sociedad sin convicciones, multiplica sus fuerzas y
su ánimo? Quien tiene verdaderamente fe, deja de ser pu­
silánime. El día en que enérgicamente se rompe con el
mundo, el mundo se pregunta por qué se le ha abandona­
do, y comienza á considerar seriamente problemas que ja­
más le inquietaran.
He aquí la razón de que en Jerusalén se fijase el pueblo
en aquellos hombres que constituían poco á poco una vas­
ta familia en el seno de la ciudad, llenos de benevolencia
para con todos, acogiendo á los pobres, consolando á los
desgraciados, y no pidiendo ninguna recompensa pública
por sus virtudes. Atraían naturalmente la admiración de
todos. De aquí á desear ser asociado á su vida, no había
más que un paso. El número de los elegidos, dice el libro
de los Hechos, aumentaba visiblemente W. Entre los que
se hallaban sólo de pasada en Jerusalén, más de uno, des-
(1) Hechos, II, 47.
82 MONSEÑOK LE CAMUS

paós de haber encontrado sitio en la piadosa colmena, so


sentía enviado para ir á fundar en otra parte un nuevo
enjambre. Acumulaba ávidamente en su alma los elemen­
tos necesarios para intentar con éxito una evangelizadon>
lejana. Escribía ó aprendía de memoria los piadosos rela­
tos de la historia evangélica, y después, consagrado por la.
mano del jefe de los Apóstoles, lleno del Espíritu de h>
alto, iba, á través de las relaciones comerciales, adonde la
Providencia lo llevaba, para anunciar la Buena Nueva.
Es probable que muchas iglesias y de las más célebres-
nacieron al paso de estos valientes obreros. ¡Qué senci­
llez la de aquellas edades de fe! La historia ni siquiera
ha conservado el nombre de los primeros sembradores del
Evangelio en los centros más importantes. Cada uno hacía
el bien con ardor, y, después de hacerlo, rindiendo á Dios
solo toda la gloria, decía: ^He sido un servidor inútil.>
Afortunadamente, el nombre del héroe era tanto más glo­
rioso en el cielo, cuanto menos conocido en la tierra.
Este período de trabajo íntimo y sin ruido en Jerusa­
lén duró hasta la muerte de Esteban, es decir, tres años,,
según la cronología que hemos adoptado W. Este tiem­
po puede parecer excesivo en aquel momento en que
el Espíritu Santo elaboraba vivamente las almas, y en que
la verdad debía sentir impaciencia por brillar en el mundo
entero. Pero Dios, en sus obras, nunca se precipita. Su sa­
biduría da á las virtudes del hombre el tiempo suficiente
para madurar, y, cuando ve que la semilla está dispuesta,
permite á los malos suscitar la tormenta para que la arro­
je en los surcos de la humanidad. En cuanto al apostolado-
innominado que se estableció exteriormente, no debía des­
aparecer, sino que, desarrollándose insensiblemente, iba á.
preparar muy convenientemente el camino á las grandes
misiones evangélicas.
Es curioso observar que, mientras la Iglesia cristiana,1
(1) El año 30 de nuestra era, 783 de Roma, nos ha parecido la fecha pro­
bable de la muerte de Jesús. V. La Vida de 1?. S. «/., vol. III, p. 354. El mar­
tirio de Esteban y la conversión de Pablo habrían tenido lugar en el año 33.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 83.
con la plena conciencia del valor moral del hombre, asom­
braba al mundo con su espíritu de caridad, de mansedum­
bre y de santidad absoluta, el paganismo, llegado al apo­
geo de lo inmoral y de lo absurdo, ostentaba en sentido
inverso, en Roma, toda la fealdad y amargura de sus fru­
tos. El reinado de Tiberio tocaba á su término. El astuto y
cínico tirano se ejercitaba en ahogar entre sus manos san­
guinarias las últimas protestas de la dignidad humana y
de la libertad. Solicitados por él, los delatores, es decir, el
odio, la envidia y la mentira asalariados, destruían des­
piadadamente la sociedad por lo alto, mientras los Apos­
tóles comenzaban á reedificarla por lo bajo. Todo lo que se
puede imaginar de indigno, de antisocial, de horrible, da­
ba en Roma con el paganismo las últimas boqueadas. To­
do lo que hay de bello, de grande, de puro, nacía en Je­
rusalén con la nueva religión. Allá los hombres se detes­
taban, se traicionaban, se mataban. Aquí se amaban tier­
namente, se sostenían y vivían como hermanos. Nada sería*
más instructivo, desde el punto de vista apologético, que
un profundo paralelo de estas dos sociedades, la una en su>
ocaso y la otra en su aurora; de estos dos pueblos, el uno
del demonio, el otro de Jesucristo. Aquél tenía por divisa:
«Odio egoísta;» éste: «Inagotable caridad.» Pero los en­
contraremos más tarde luchando en la misma Roma, y
veremos el fin del duelo grandioso que comienza en este-
níomento de la historia evangélica, sin que Roma lo sos­
peche, concluyendo con la ruina del paganismo y el adve­
nimiento de un mundo nuevo.
CAPITULO IV

Pedro y Juan, después de la curación de un tullido,


arengan al pueblo y son encarcelados
Pedro y Juan subiendo al Templo.—La Puerta Hermosa.—El tullido de na­
cimiento.—¡E n el nombre de Jesucristo de Nazaret, anda!—Emoción ge­
neral y discurso de Pedro en el peristilo de Salomón.—Doble resultado:
prisión de los dos predicadores y el número de los fieles elevado á cinco
mil. ( Hechos, I1I-IV, 4).
Supuesto que la Iglesia cristiana debe desligarse del ju ­
daismo é ir á la gentilidad por sacudidas sucesivas, hay que
esperar las persecuciones que, dentro del plan providen­
cial, conducirán á este resultado. ¿Era posible, por otra par­
te, que el partido jerárquico, habiendo extremado sus per­
secuciones contra Jesús, dejase á los representantes oficia­
les de su pensamiento y á los defensores de su memoria
multiplicarse libremente en la Ciudad Santa? Un mila­
gro, públicamente obrado en las puertas mismas del Tem­
plo, fué la ocasión de las primeras hostilidades contra los
Apóstoles. Por esto, sin duda, el historiador sagrado, no
concediendo á tantos otros prodigios realizados por los dis­
cípulos sino úna mención general (h, se complace en refe­
rir éste en detalle.
Un día, á eso de las tres, Pedro y Juan subían al Tem­
plo, para asistir á la oración pública y al sacrificio de la
tarde. El grupo apostólico continuaba, pues, sujetándose,
con la más edificante exactitud, á los deberes que la Ley
imponía á todo israelita piadoso. Pedro y Juan estaban
juntos. El Maestro había recomendado á los discípulos ir
(1) Hechos, II, 43.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 85
de dos en dos, y las escenas dolorosas de la Pasión tanto
como las santas sorpresas de la Resurrección (l\ habían es­
tablecido entre estos dos Apóstoles, por otra parte tan di­
ferentes de carácter, lazos de visible intimidad. Juan era
•el único que, del grupo apostólico, había sido testigo déla
flaqueza de Pedro. Quizás éste sentía algún consuelo en
tenerle siempre á su lado para hacerle testigo de su arre­
pentimiento (2\
Llegados á la puerta llamada la Hermosa ó, según otra
interpretación, del Tiempo (3), disponíanse á entrar en el
patio primero del Templo, cuando oyeron que un mendigo
los llamaba. Este pobre hombre, atacado de parálisis en
(1) Inte., XXII, 8; Juan, XVIII, 15, 18, 25; XX, 2; XXI, 7. '
(2) La pregunta que (Juan, XXI, 21) Pedro hace al Maestro es una prue­
ba del deseo que tenía de ver su suerte definitivamente unida á la de su
amigo.
(3) Algunos han creído que se trata de la riquísima puerta de bron­
ce de Corinto que Josefo se complace en describir (B. J., V, 5, 3), lla­
mada puerta de Nicanor. Pero esto no es admisible; porque, según el texto,
-los Apóstoles vieron al pobre antes de penetrar en el Templo: ahora bien, la
puerta de Nicanor estaba en la entrada del atrio de los hombres. Es muy
cierto que no se permitía á los mendigos establecerse en este lugar. Otios
suponen que se trata de la puerta Susán que estaba junto á la columnata de
Salomón y en la que se vendía lo que debía servir para los sacrificios; esto
es más plausible. Quizá tomaba su nombre, no de la ciudad de Susa que, se-
:gún se dice, figuraba en ella en relieve (Middoth, I, Kal., III), sino de los
lirios de bronce que adornaban los capiteles de sus columnas. Como Schusch
significa blanco en hebreo, y schuschán, lirio, es muy .probable que la puer­
ta así adornada fuese llamada la puerta blanca, la puerta hermosa, úpatav spe-
ciosam, como se decía, de Susa, la ciudad blanca, ó la ciudad hermosa (Ester.,
I, 2). Finalmente muchos han traducido üpaíav por la puerta que señalaba el
tiempo, la hora ó las estaciones. En hebreo, se la llamaría Juleda, de la raíz
■ Jeled, significando la vida que pasa, el curso del tiempo (Véase Gesenius,
N. Thes., vol. I, p. 474). Una de las puertas que se ven todavía en el muro
meridional de Haram (la Puerta doble), debajo de la mezquita El-Aksa,se
llama la puerta de Huida; su situación al mediodía era de las mejores para
un cuadrante solar. A decir verdad, los judíos creían que tomó el nom­
bre de la profetisa que vivió en tiempo de Josías (IV Reyes, XXII, 14; I I
Paralip., XXXIV, 22), y no de su primitivo destino, Puerta del Tiempo ó
de las Estaciones, de los meses y de las horas. Semejantes extorsiones he­
chas por el pueblo á las indicaciones más seguras de la tradición no son
•raras. Si la identificación de úpala y de Huida se admite, la inmensa colum­
na monolita, con el soberbio capitel de hojas palmeadas que allí se ve
¡todavía, hubiese sido testigo del presente milagro (V. Notre Voyage aux
Pays bibliques, I; 365). Es cierto que esta era la puerta que los Apóstoles de­
bían abordar directamente, después de haber atravesado el sur del Tiro-
6 T. IV
86 MONSEÑOR LE [Link]

las piernas desde su nacimiento, era cada día llevado a


este lugar para recoger algunas limosnas. En todo tiempo
consideró natural la miseria situarse en la puerta de loa
edificios sagrados para implorar más eficazmente la publi­
ca caridad. Allá, de ordinario, afluye la multitud compasi­
va, y una voz interior dice á todos que el medio más segu~
ro de ir á mendigar útilmente en la presencia de Dios*
es comenzar por atender á la súplica del pobre.
Pedro y Juan, habiendo fijado la vista en el mendigo,
como para reconocer su estado y su persona, le dijeron:
«Míranos.» Esta invitación tenía por objeto ponerlo direc­
tamente bajo la influencia moral y física de los que le que­
rían curar. Él esperaba una simple limosna; los Apostoles^
se disponían á prestarle, con el uso de los miembros, el
mejor beneficio de la vidd. El paralitico los miraba de hito
en hito. «Plata ni oro yo no tengo, dijo Pedro, pero te
doy loque tengo. E n e l n o m b r e d e J e su c r ist o N a z a r e ­
n o , l e v á n t a t e Y c a m in a .» Esta orden fue formulada con
la energía de un hombre seguro de su poder. Pedro sentía
lo que Dios quería de él en aquel momento, y lo que él
podía en nombre de su Maestro. Invocándole con sus títu­
los de gloria y de humillación mandaba como soberano.
Sin dudar, tomó al enfermo por la mano derecha, para
ayudarle á levantarse. Éste había ya sentido que sus pier­
nas y sus pies se consolidaban. De pronto, en efecto, so
levanta, comienza á andar como todo el mundo (2), y, sal-
peón, yendo del Cenáculo al Templo. El vasto pasillo de bóvedas rebajadas,
por donde se llegaba á los escalones que subían á la plataforma del Templo,
era á propósito para abrigar á los mendigos. _
(1) Realmente nada falta en esta evocación: Jesús, esto es, el Señor que
libra á su pueblo del pecado (Mat., I, 21); Cristo, esto es, el Mesías anun­
ciado por los profetas (Hech., II, 31); el Nazareno, es decir, el certificado de
su origen, que hizo le despreciase y desconociese su pueblo (M at, II, 23 y
Juan, 1 ,47). . , , . . ,
(2) Esta pintoresca descripción del milagro es absolutamente científica y
digna de un historiador versado en el arte médico. Estos estados sucesivos
del curado milagrosamente son la naturaleza misma sorprendida en su rea­
lidad. Siente renacer la vida en sus riñones y piernas, volver la fuerza á sus.
pies, se levanta de un salto, se encuentra y se mantiene en pie, anda, salta,
canta.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 87
tando de gozo, alabando á Dios, entra en el Templo Wcon
sus dos bienhechores.
El pueblo, que vió andar al mendigo conocido de todos
como tullido de nacimiento, quedó estupefacto y sobreco­
gido de un santo pavor. No era posible dudar ni de la identi­
dad del personaje, pues era evidentemente el que, atacado
de parálisis desde hacía cuarenta años (2\ jamás había ido
al Templo sino llevado en brazos, ni de la realidad del pro-
digio, pues el enfermo se tenía en pie, andaba, corría, sal­
taba como un niño. Y todo esto era obra de dos hombres
que, al pasar, habían dejado caer una palabra de sus la­
bios. El ^curado decía con su actitud quienes eran sus
bienhechores; porque siguiendo respetuosamente los pasos
de los dos Apóstoles, parecía no querer separarse de ellos.
Pedro y Juan se dirigieron al peristilo de Salomón, y
la multitud, que lo había abandonado al enterarse del
prodigio, allá los siguió en tumulto. Sin cuidarse del
lugar en que se hallaba ni de la autoridad religiosa
que iba á irritar, Pedro juzgó que debía sacar partido del
incidente é instruir á los que el milagro tan vivamente
había conmovido. «Hombres israelitas—dijo,—¿por qué
os maravilláis de esto, y por qué nos estáis mirando, como
si por nuestro propio poder ó nuestra piedad hubiése­
mos hecho andar á este hombre?» El Apóstol sería indig­
no de su misión si permitiese que el entusiasmo popular
le colocase en el lugar de Aquel á quien él debe predi­
car y glorificar. Pedro llama vivamente la atención públi­
ca sobre Jesús, verdadero autor del prodigio y que es el
único que tiene derecho á la admiración religiosa de todos.
«El Dios de Abraham—dice,—de Isaac y de Jacob, el
Dios de nuestros padres, ha glorificado á su caro servidor1
(1) Esta indicación establece claramente que la puerta donde sucedió el
prodigio se hallaba fuera del patio de los gentiles, y que el mendigo estaba
en el lado de la calle y no en el interior. Entra, en efecto, con los dos discí­
pulos y los acompaña hasta la columnata de Salomón, que formaba uno de
los lados de este patio.
(2) Sech., IV, 22.
(3) Algunos leen ¿fowr/p, autoridad, en vez de evoepd?.
88 MONSEÑOR LE CAMUS

Jesús á quien vosotros habéis entregado y negado en


él tribunal de Pilato, juzgando éste que debía ser puesto
en libertad. Mas vosotros renegasteis del Santo y del Jus­
to, y pedisteis que se os hiciese gracia ?de la vida de un
homicida; disteis la muerte al autor de la vida 1(2); pero
Dios le ha resucitado de entre los muertos, y nosotros so­
mos testigos de su resurrección. Su poder es el que, me­
diante la fe en su nombre, ha consolidado los pies á éste á
quien todos vosotros conocéis; de suerte que la fe que de
él proviene, es la que ha causado esta perfecta curación
delante de vosotros.» Aquí Pedro prosigue contra Israel
la acusación fiscal del día de Pentecostés. A sus ojos, cada
nuevo milagro tiene por objeto acentuar la antítesis pro­
funda entre el juicio de Dios y el de los judíos sobre Jesús.
Cuanto más éstos desconocieron, humillaron y deshonraron
al Nazareno, tanto más conviene ahora que Aquel le re­
habilite, le glorifique y pruebe que era su propio Hijo.
¿Querrán por fin los judíos abrir los ojos, reconocer que
Dios tuvo razón contra ellos y rendirle homenaje? Mas,
dado caso de estar bien dispuestos á ello, ¿pueden esperar el
perdón de un crimen tan grande? Esta es la cuestión que
se propone el celo del Apóstol y á la que su caridad facili­
ta una respuesta, atenuando el abominable deicidio.
^Ahora, hermanos, yo bien sé—añade,—que hicisteis por
ignorancia lo que hicisteis, como también vuestros jefes.
Si bien Dios ha cumplido de esta suerte lo pronunciado
por la boca de todos los profetas, en orden á la pasión de
(1) La Vulgata y muchos escritores eclesiásticos temieron probablemen­
te sin razón traducir la expresión Traída por servidor. En verdad, ésta signifi­
ca niño, y podría, por consiguiente, tomarse en el sentido de hijo. Pero es
evidente que Pedro, empleando iralda en lugar de vtov, tiene una intención
particular. Mira al título de «servidor de Dios» (jébed Jehová) dado al Me­
sías en los últimos capítulos de Isaías (XL-LXVI). El Mesías es, en efecto,
el ministro del Eterno, el servidor que ejecuta su plan de Redención. Los
Apóstoles llevarán el título de fioCXos respecto de Dios; Jesús tiene el de iroís,
que quiere decir servidor muy amado, formando parte de la familia y heeho
com o hijo de su dueño. Este calificativo se dirige sobre todo á su humani­
dad; víos indica más particularmente su generación divina.
(2) La expresión t&p dpxvybp ¿wíjs significa el que muestra el camino de
la vida y da la vida á los que le siguen.
LA^OBRA d e lo s a p ó s t o l e s 89
su Cristo.» Engañarse es más bien una desgracia que un
crimen Basta reconocer el error, para encontrarse, res­
pecto de Dios, en la actitud que conviene al verdadero pe­
nitente. Reconocer la verdad, es detestar el extravío, y,
por consiguiente, arrepentirse. «Haced, pues, penitencia y
convertios, á fin de que se borren vuestros pecados. En­
tonces (2) vendrán los tiempos de la consolación, saliendo
de la presencia del Señor. Entonces el Señor enviará
para vosotros, no ya visible como la primera vez en que
pudisteis tocarle con vuestras manos !4', pero ejerciendo
(1) Es evidente que Pedro, procurando atenuar el crimen de los judíos,
no piensa en suprimirlo. Cuando Jesús en la cruz decía: «Padre, perdónales,
porque no saben lo que hacen», dejaba entender que, si pedía gracia en ra­
zón de la ignorancia, es porque había que pedir gracia en razón del pecado.
(2) Hay gran dificultad en explicar convenientemente este pasaje. La lo­
cución óVws hv no puede señalar sino un fin que se espera. (Véanse los cinco
pasajes del N. T. en que está empleada: Mat., VI, 5;Luc.,Il, 35;Hech.,XV,
17: Rom., III, 4). No puede, por tanto, traducirse: «Arrepentios ahora que
han llegado los tiempos de consolación y que Dios ha enviadoá Jesucristo.»
Esto sería muy sencillo, pero poco gramatical. Resta, pues, admitir que Pe­
dro habla aquí de la Parousia ó advenimiento final de Jesús como de una
cosa cercana. Sabiendo que la conversión de Israel le precederá inmediata­
mente, exclama: «Arrepentios, á fin de apresurarlos tiempos de consolación;
obligad á Dios á enviar de nuevo á Jesucristo, etc.» Según esta explicación,
el Mesías, rechazado por los suyos, se ha encerrado en el cielo, y no debe
volver á la tierra hasta que los suyos estén dispuestos á recibirle. Israel pe­
nitente es quien debe hacerle descender de nuevo. Pedro, como todos los de­
más Apóstoles, comprendiendo mal las palabras de Jesús sobre la Parousia,
creíala cercana. Los textos de sus Epístolas, y en general de toda la litera­
tura apostólica, son demasiados numerosos y muy categóricos para que se
pueda negar la universalidad de este error entre los primeros discípulos del
Evangelio. Semejante ilusión, según diremos más tarde, tenía más ventajas
que inconvenientes, y por esto el Espíritu Santo la toleró en la Iglesia. En
el texto que nos ocupa, se puede eludir en parte la dificultad por una tra­
ducción que, respetando el sentido de las palabras, concuerde conveniente­
mente con el resto del discurso. Moisés, en efecto, profetiza, no ai Mesías
del fin de los tiempos, sino al Mesías que viene en la plenitud de los tiem­
pos. Pedro pudo, por tanto, hablar de una venida de Jesús en espíritu, y no
de su aparición personal al fin de los siglos. Si tal fué su pensamiento, la
razón que da de una venida puramente espiritual, es que Cristo esté ence­
rrado en la gloria celeste hasta la palingenesia final, de la que Él será su so­
lemne consagrante.
(3) La expresión áiró irpoaÚTrov tov Kvpíov y el singular desenvolvimiento
de toda la frase, lo mismo que más arriba, la construcción dificultosa del
versículo 16 revelan una fuente aramea de la que San Lucas toma su relato.
(4) La lectura irpoKexeiptcrp.évov, que es la mejor, significa puesta debajo de
la mano. (*) •
(*) El autor admite con razón esta lectura, que es la de la edición Gries-
90 MONSEÑOR LE CAMUS

su influencia espiritual y saludable, á este Jesucristo, el


cual es debido por cierto que se mantenga en el cielo, has­
ta los tiempos de la restauración de todas las cosas (1), de
que antiguamente Dios habló por boca de los santos pro­
fetas.» Israel no está, pues, definitivamente fuera de la
Redención. Para estar comprendido eficazmente en ella, no
tiene más que querer. La misericordia divina tiene toda­
vía días de salud á su disposición. El Mesías no ha renun­
ciado á hablarle por su gracia y su Evangelio. Manifieste,
pues, su arrepentimiento. ¿Es, por ventura, tan difícil ver
que las antiguas profecías se han cumplido, y que no hay
más que agruparse bajo el cayado del pastor aparecido en
Israel? ¿Acaso el antiguo legislador del pueblo no orientó,
antes de morir, el alma de todos los creyentes hacia este
Mesías venidero? ¿Por qué rehusar ir á él?
«Moisés dijo á vuestros padres: El Señor Dios vuestro
os suscitará de entre vuestros hermanos un Profeta como
yo (2). Á él habéis de obedecer en todo cuanto os diga. De
lo contrario, cualquiera que desobedeciere á aquel Profeta,
será separado del pueblo de Dios (3).» Después de la pena
de muerte, la excomunión era el castigo más severo que
podía imponerse á un hijo de Israel. Según Moisés, incu­
rre en ella con toda justicia el que se niega á reconocer al
Mesías. Tal será el caso de los que no responderán á la
bach. La Vulgata, siguiendo ’la lectura TrpoKeKypvyp.évov, traduce: et miserit
eum, qui proedicatus est vobis, Jesum Christum.»—N. del T.
(1) El espíritu cristiano debe trabajar en el mundo hasta que las ruinas
ocasionadas por Satán sean plenamente levantadas ó restauradas, y que el
bien haya definitivamente triunfado del mal. Este tiempo dichoso será la
á iro K a Tiia T a a ts.
(2) La semejanza entre Moisés y Jesucristo, indicada por las palabras: «co­
mo yo», podría referirse tan sólo á su nacionalidad común, y esta explicación
encontraría un punto de apoyo en esta otra expresión: «de entre vuestros
hermanos». Pero es más natural entenderla en un sentido más completo,
pues se tiene el derecho de decir que Jesús y Moisés fueron el uno y el otro
legisladores, profetas, pontífices, fundadores de religión. En todo caso la se­
mejanza no impide la excelencia de uno de los dos, y la Epístola á los He­
breos (III, 3-6) establece claramente la divina superioridad de Jesucristo. La
realidad supera la figura.
(3) Este pasaje está tomado del Deuter., XVIII, 15-19, con una pequeña
variación.
LA OBRA DJ5 LOS APÓSTOLES 91
fraternal invitación de Pedro. Ella se apoya en la gran
voz de Dios que habla á su pueblo, no solamente por Moi­
sés, sino por la gloriosa sucesión de sus enviados. «Todos
los Profetas que desde Samuel en adelante han vaticina­
do, anunciaron lo que pasa en estos días. Vosotros sois hi­
jos de los Profetas, y los herederos de la alianza que hizo
Dios con nuestros padres, diciendo á Abraham: En tu
descendencia serán benditas todas las naciones de la tie­
rra. Para vosotros en primer lugar es para quienes ha re­
sucitado Dios á su Hijo, y le ha enviado á llenaros de ben­
diciones, á fin de que cada uno se convierta de su iniqui­
dad.»
Los dos Apóstoles hablaban todavía al pueblo é iban
sin duda á desenvolver esta tesis con deducciones conso­
ladoras, cuando sobrevinieron los sacerdotes que estaban
de servicio en aquel momento. El jefe de la guardia del
Templo y algunos miembros de la secta de los saduceos
iban con ellos. Hablar al pueblo en el peristilo de la Casa
de Dios, sin misión y contra la voluntad de la autoridad
religiosa, la única que, desde Moisés, regía al pueblo de
Dios, ¿no era, por ventura, temeridad sacrilega? Por esto
los sacerdotes habían demandado auxilio al jefe principal
de la policía (1), y con él se presentaron para dar buena
cuenta de los dos novadores. Un grupo de saduceos, irri­
tados al oir sostener la tesis de la resurreción, no ya sola­
mente como una teoría ó una esperanza, sino como un he­
cho establecido por la resurreción misma de Jesús, atiza­
ba el furor de aquellos y se ofrecía á secundarlos eficaz­
mente. Por lo demás, veremos á este partido, que en otra
parte hemos ya caracterizado 1(2), adquirir una influencia
(1) El arpaTriybs tov iepov de quien se habla era el sacerdote que mandaba
la guardia del Templo. Los levitas de servicio constituían esta guardia. Este
comandante desempeñaba un papel relativamente importante, pues velaba
por la seguridad del lugar santo y era contado entre los personajes de
consideración de la ciudad. Josefo, Antiq., XX, 6, 2, habla de uno de ellos,
Anano, que fue enviado por Cuadrato á Koma, al mismo tiempo que el gran
sacerdote Ananías, para responder ante Claudio de los desórdenes ocurridos
en Judea.
(2) Vida de Nuestro Señor Jesucristo, vol. I, p. 115.
92 MONSEÑOR LE CAMUS

cada vez más preponderante en la lucha que va á enta­


blarse contra la Iglesia y venir á ser su más encarnizada
adversario. Sin otras consideraciones, se apoderaron de loa
dos predicadores, y como era demasiado tarde para en­
tablar un juicio, se contentaron con ponerlos en lugar se­
guro, esperando incoar el proceso al día siguiente.
La violencia no es un argumento. Para la multitud, el
discurso que acababa de oir era tanto más convincente,
cuanto había sido más visiblemente autorizado por un
milagro: la curación del tullido. El gran número de oyen­
tes se mostró dispuesto á hacer penitencia y á creer en
Jesús. Á partir de este momento, cinco mil hombres par­
ticiparon oficialmente de la fe de la pequeña Iglesia, de
su vida y de sus esperanzas Los pescadores de hom­
bres no echaban en vano sus redes.12
(1) La curación del mendigo había tenido lugar á eso de las tres de la
tarde. Los Apóstoles debieron ser arrestados entre cinco y seis.
(2) Del texto no es fácil deducir si, en este sermón, Pedro convirtió cin­
co mil hombres, ó si esta cifra la forman los convertidos este día con los tres
mil anteriormente convertidos. Esta segunda hipótesis nos parece más ve­
rosímil; pues aquí no se dice, como más arriba, que los cinco mil se añadieron
á los que constituían ya la Iglesia (TrpoaeTÍúijaav, II, 41), sino que el número
llegó, o ápíSfibs éyevr¡$7j, á cinco mil. Parece, pues, que aquí se trata de la su­
ma total.
CAPÍTULO Y

Pedro y Juan delante del Sanedrín

El Sanedrín propone á los dos Apóstoles la cuestión de hecho.—Su noble-


respuesta.—Los acusados acusadores de sus jueces.—El nombre de Je­
sús y su poder.—Embarazo de los sanedritas y su procedimiento de inti­
midación.—A on possumus non loqui.—Los dos Apóstoles puestos en li­
bertad.—Plegaria de la Iglesia.—Nueva comunicación del Espíritu San­
to. (Hechos, 1Y, 5-31.)
Al día siguiente, el Sanedrín fue solemnemente reuni­
do (l). En él debieron tomar asiento de oficio los repre­
sentantes de los tres órdenes: sacerdotes, escribas y ancia­
nos del pueblo, en número de setenta y uno. Presidíalo»
Anás, á quien el historiador califica de sumo sacerdote, bien
que la suprema dignidad de sacrificador le había sido qui­
tada tiempo hacía por los romanos, habiéndola recibido Cai­
fas en su lugar. Pero es cosa sabida que, para los verdade­
ros judíos, la intrusión de los elegidos por el extranjero no
quitaba al pontífice desposeído sus derechos inalienables á
un cargo reputado como vitalicio, y, según en otra parte
dijimos(3), si otros podían llegar á ser supremos sacrificado-
res de hecho, sólo él lo era de derecho. Tal era el caso de
(1) San Lucas dice que la reunión tuvo lugar en Jerusalén. Esta obser­
vación podría parecer superflua, dado que todo el asunto pasa en Jerusalén;
pero se explica bastante bien por una indicación gramatical que tiene su im­
portancia. Las mejores lecciones llevan eís 'IepovaaX^fj. en lugar de év 'Iepovaa-
\tfifj.; lo que permite suponer que los miembros del Gran Consejo llegaron
del campo á la ciudad. Así estaríamos autorizados para creer que en este mo­
mento, época del calor, estarían veraneando y que fueron convocados para,
la audiencia solemne.
(2) Véase Vida de Nuestro Señor Jesucristo, vol. I, p. 117.
(3) Vida de Nuestro Señor Jesucristo, vol. I, p. 121.
94 MONSEÑOR LE CAMÜS

Anás respecto de los cuatro sucesores que le habían sido


dados y muy especialmente respecto de su yerno Caifás, al
que, por otra parte, parece que había dominado con toda
la autoridad de su carácter altivo y emprendedor. Á su
lado sentáronse Caifás, Juan W, Alejandro 1(2) y muchos
miembros de la familia del Sumo Sacerdote. Cinco de ellos
por lo menos habiendo sido ó debiendo ser llamados á
qjercer el supremo cargo de sacrificador, es muy natural
encontrarlos reunidos en este sitio de honor.
Pedro y Juan fueron introducidos en la augusta asam­
blea y colocados en medio de la sala de forma semicircu­
lar. Comenzó el interrogatorio proponiéndoles la' cuestión
prejudicial: «¿Con qué potestad, ó en nombre de quién ha­
béis hecho esto?» No se atrevieron á calificar el aconteci­
miento de otro modo que con esta fórmula vaga é insufi­
ciente. Hablar de milagro ó de curación les parecía emba­
razoso y odioso. Al prodigio le llamaron: esto. Jesús, que
había prometido á los suyos no abandonarlos ante los
jueces, mostró que sabía mantener su palabra. El Es­
píritu Santo vino al instante á poner en los labios de Pe­
dro esta elocuencia limpia y firme, á la cual nadie podría
resistir.
«Príncipes del pueblo—dijo,—y vosotros, ancianos de
Israel, escuchad: ya que en este día se nos pide razón del
bien que hemos hecho á un hombre tullido, y que se quie­
re saber por virtud de quién ha sido curado, declaramos á
todos vosotros y á todo el pueblo de Israel, que la curación
se ha hecho e n n o m b r e d e n u e s t r o S e ñ o r J e su c r ist o
N a z a r e n o , á quien vosotros crucificasteis, y Dios ha re-
(1) Algunos han intentado identificar á este Juan con Johanán Ben Zac-
cai, célebre rabino, que obtuvo de los romanos, después de la ruina de Jeru­
salén, permiso para que el Sanedrín residiera en Jafne. Véase Lightfoot, in
'loe. Otros prefieren leer Jonatán, en lugar de Juan, y entonces se trataría
fie uno de los hijos de Anás, que fué sumo sacerdote.
(2) Este Alejandro es absolutamente desconocido en la historia judía, á
menos que se le quiera reconocer, lo que es bastante inverosímil, en el Ale­
jandro, hermano de Filón, el que, según Josefo (A n t., XIX, 8; 1 y XVIII, 8,
1) fué alabarco (prefecto de la sal), ó gobernador de los judíos en Ale­
jandría.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 95

sucitado. En virtud de tal nombre se presenta sano este


hombre á vuestros ojos. Este Jesús es aquella piedra que
vosotros desechasteis al edificar, la cual ha venido á ser la
principal piedra del ángulo W. Fuera de él no hay que bus­
car la salvación en ningún otro, pues no se ha dado a los
hombres otro nombre debajo del cielo, por el cual deba­
mos salvarnos.» No sin una ligera ironía <2) se asombra
Pedro ante los jueces de que se le encause por haber
curado á un paralítico. ¿Puede el servicio prestado
constituir un delito? En todo caso, supuesto que recono­
cen la curación,—ella es la ocasión del proceso, y el que
ha sido objeto del milagro está presente,—deben confesar
que es prodigiosa. Desde luego, harían mal en reunirse para
tratar con desprecio ora de la obra, ora de Aquel en cuyo
nombre se ha hecho. Quieren conocer este nombre; Pedro
no rehúsa decírselo. Es una buena ocasión de trocar útil­
mente los papeles: de acusado se convertirá en acusador.
Con solemnidad invita, pues, á los jueces y á todo Israel
á prestar atención, y cuando cada uno, ansioso y mudo,
espera la respuesta, va á tomar de sobre la cruz este nom­
bre bendito, tal como los judíos le leyeron y Pilatos lo es­
cribió, y, en medio del silencio general, lo deja caer terri­
ble como un remordimiento. Sus labios acentúan con noble
orgullo cada una de estas palabras: J e su c r ist o N a z a r e ­
n o . Y volviéndose en seguida despiadado hacia sus jueces,
les reprocha el haber crucificado y dado muerte á Aquel á
quien Dios ha glorificado y devuelto á la vida. Por más
que hagan, estos arquitectos sin inteligencia del reino de
Dios, no hay sino una piedra capaz de sostener el peso del
inmenso y eterno edificio, y precisamente la han rechaza­
do, como si nada valiese. La equivocación es verdadera­
mente grosera; por esto Dios se ha complacido en relevar -
(]) Pedro apela al Salmo CXVII, 22, como el Maestro lo había hecho
en otra ocasión. (Véase Vida de Nuestro Señor Jesucristo, vol. III, p. 63.)
Este Salmo, á lo menos en su segunda parte (22-26) se refiere literalmente al
Mesías.
(2) La ironía és aún más acentuada en el griego: ei rj/xeh: «Si, lo que no
parece creíble, nosotros somos encausados, etc.>
96 MONSEÑOR LE CAMU8

la, reponiendo á Jesús en el sitio glorioso que merece. Por


más que proteste el judaismo, cuyo corazón es malo y cuya
cabeza es dura, sólo un nombre fue dado á los hombres
de la Antigua Alianza en prenda de salud: el del Mesías-
venidero, en quien esperaban; sólo uno es dado á los hom­
bres de la Nueva: el del Mesías que ha venido, con el cual
se unen por la fe. Colocado entre los dos edificios, como
la piedra indispensable que soporta el esfuerzo, el Mesías^
es y será por siempre jamás el único lazo de unión provi­
dencial entre los dos Testamentos. Nadie se salvó ni se
salvará sino por ÉL Pues bien; este Mesías es Jesús. ¡Res­
peto á su nombre poderoso, saludable y glorioso!
Esta arrogante elocuencia de Pedro y de Juan W asom­
bró á los jueces, que tenían á los acusados por hombres ile­
trados y gente del bajo pueblo. La ciencia de las Escritu­
ras de que daban pruebas, como sin sospecharlo, resulta­
ba para los viejos doctores de Israel un hecho más prodigio­
so todavía que la curación del paralítico. Sentíanse en pre­
sencia de hombres verdaderamente asombrosos. ¿Iban á
encontrar en ellos, supuesto que habían sido discípulos de
Jesús, aquella fuerza de palabra y de obra que hicieron
tan temible al Maestro?
¿Qué hacer? Porque era necesaria una solución del pro­
ceso tan imprudentemente incoado. Contradecir la afir-
.mación de Pedro era difícil. El que había sido objeto del
milagro estaba allí, de pie, al lado de sus bienhechores..
Cuarenta años de parálisis demostraban la realidad de su
enfermedad pasada, así como su actitud desde la víspera
anterior garantizaba su curación presente. Si el Sanedrín
había contado con*que los Apóstoles dudarían en pronun­
ciar en su presencia el nombre de su Maestro, y si había.
esperado que todo acabaría con un silencio tímido ó una
cobarde apostasía, era evidente que se había engañado.1
(1) El historiador sagrado sigue suponiendo que aquí, como bajo el pe­
ristilo de Salomón, hablaban Pedro y Juan, si bien cita solamente el discur­
so de Pedro. Su intento fué sencillamente reproducir, de una manera gene­
ral, el orden de sus ideas desarrollado por los dos acusados.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 97
Entre el Pedro de la víspera de la Pasión y el Pedro de
después de Pentecostés, mediaba un abismo. En la medida
en que se había mostrado cobarde jurando delante de los
oriados del Sumo Sacerdote no conocer á Jesús, mostrába­
se ahora valiente para glorificar su nombre ante el Gran
Consejo reunido. Su aire resuelto y casi audaz atemoriza­
ba á los jueces. Se hizo salir un instante á los dos Apósto­
les, para deliberar. ¿Qué suprimir? ¿el prodigio ó á sus au­
tores? El mendigo mantenía el uno, y la multitud parecía
sostener á los otros. «¿Qué haremos con estos hombres?—
se preguntaban.—El milagro hecho por ellos es notorio á
todos los habitantes de Jerusalén; es tan evidente que no
podemos negarlo. Pero á fin de que no se divulgue más en
el pueblo, apercibámoslos que de aquí en adelante no tomen
en boca este nombre, ni hablen de él á persona viviente.»
El resultado de su deliberación era apelar al procedimiento
de intimidación á fuerte dosis. Se llamó de nuevo á los
dos Apóstoles á la sala del consejo, y se les significó enér­
gicamente que por ningún concepto hablasen y menos pre­
dicasen en nombre de su Maestro. Mas, cualquiera que
fuese la severidad de la sanción imaginada en apoyo de la
nueva orden, no podía bastar para cerrar la boca de
aquellos a quienes el Espíritu Santo trabajaba con sus
ardores. La mano del hombre se rompe cuando quie­
re de tener un movimiento determinado por el poder
divino.
Sin inmutarse, Pedro y Juan respondieron: «Juzgad
vosotros si en la presencia de Dios es justo el obedeceros
á vosotros antes que á Dios; porque nosotros no podemos
menos de hablar de lo que hemos visto y oído.» Esto era
categórico, y los acusados se mostraban absolutamente in­
tratables. ¡Cuantos mártires han repetido estas arrogan­
tes palabras! Han hablado bajo las varas, en el cadalso,
•en los braseros ardientes, rindiendo animoso y triunfante
homenaje a la verdad. Por mas que se renovaron las ame­
nazas, fué preciso contentarse con lo dicho, y despedirlos.
La actitud de la muchedumbre y el prodigio realizado ha-
98 MONSEÑOR LE CAMUS

biaban muy elocuentemente en su favor para atreverse á


otra cosa.
Apenas puestos en libertad, Pedro y Juan volvieron á
sus hermanos. Éstos, al corriente de lo sucedido la víspe­
ra, se hallaban en profunda ansiedad. El recuerdo del aten­
tado consumado tan rápidamente contra el Maestro estaba
bastante presente en la memoria de todos, para temer un
nuevo acto de violencia. Perdiendo á Pedro y á Juan,
cabeza v corazón del Colegio Apostólico, la joven Igle­
sia hubiese experimentado la más cruel de las prue­
bas. Así fué muy dulce la sorpresa de la asamblea cuando
vió que ambos llegaban. Con santa curiosidad y en medio
de la más viva alegría, escuchó el relato que hicieron de
lo que había pasado entre ellos y sus jueces. Después, le­
vantando unánimes su voz al cielo en un magnífico arran­
que de entusiasmo, los fieles exclamaron: «Señor, tú eres el
que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto en él
se contiene; el que, hablando el Espíritu Santo por boca
de David nuestro padre y siervo tuyo (1), dijiste: ¿Por qué
se han alborotado las naciones, y los pueblos han forjado
empresas vanas? Armáronse los reyes de la tierra, y los
príncipes se coligaron contra el Señor y contra su Cris­
to (2). Porque verdaderamente se mancomunaron en esta
ciudad contra tu santo Hijo Jesús, á quien ungiste, He-
rodes (S) y Poncio Pilato, con los gentiles y las tribus de
Israel, para ejecutar lo que tu poder y providencia deter­
minaron que se hiciese. [Link], pues, Señor, mira sus ame­
nazas, y da á tus siervos el predicar con toda confianza
(1) La calificación de irals, niño , servidor, es dada á D avid com o á Jesús,
porque D avid desem peñó un papel m esiánico y fué servidor m uy am ado de
D ios.
(2) El Salmo II, 1-2, está citado textualmente según los Setenta. Es uno
de los Salmos reconocidos como mesiánicos, no sólo por los escritores sagra­
dos (Hechos, XIII, 33; Hebr., I, 5; Y, 5), pero también por los rabinos Da­
vid Kimchi, Saadías Gaon, etc. Los judíos atribuían comúnmente á David
todos los salmos que no llevan título. Todo concurre á establecer que éste le
pertenece. _ _
(3) San Lucas, X X III, 8-11, el único, entre los Sinópticos, que hace in ­
tervenir á H erodes en el proceso de Jesús, concuerda aquí exactam ente con.
esta atestación, ó mejor, acusación de los fieles suplicando á D ios.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 99

tu palabra, extendiendo tu mano para hacer curaciones,


prodigios y portentos en el nombre de Jesús tu santo Hi­
jo.» Así, los bravos soldados no rehúsan la lucha; ruegan á
Dios que no olvide que está entablada, y que sosten­
ga su ánimo siempre que les proporcione ocasión de de­
mostrarlo. Los jueces les han prohibido hablar en nombre
de Jesús, y ellos piden obrar milagros en este nombre
bendito, á fin de que los jueces no ignoren que ellos toda­
vía lo pronuncian y trabajan siempre en hacerle glorioso. Na­
da más conmovedor que este ánimo, sencillo y grande como
el heroísmo, y que inspira una súplica tan hermosa á la
Iglesia perseguida. Cuando se dice que los que así habla­
ban habían sido en otro tiempo tan vacilantes y tan pusi­
lánimes, se hace preciso reconocer que un elemento nuevo
había sobrevenido en sus almas; en otros términos, que el
Espíritu Santo había pasado por ellos.
En aquella misma hora, este Espíritu se cernía aún so­
bre la piadosa asamblea. Apenas había acabado la con­
movedora súplica, cuando la casa donde se encontraba tem­
bló hasta sus fundamentos Una vez más el Espíritu
Santo derramábase abundantemente en todos los corazo­
nes. Hubo entonces un momento de exaltación sublime en
la asistóncia. Se reconoció la respuesta del cielo en esta
agitación súbita de la tierra, y, como en el día de Pente­
costés, cada uno encontró, en la comunicación divina reci­
bida, no solamente el poder transitorio de alabar á Dios
en lenguas nuevas, sino sobre todo el ánimo de predicar á
Jesucristo con tanta elocuencia como éxito.1
(1) El texto dice: «Et cum orassent, motus est locus, in quo erant congre­
ga ti; et repleti sunt omnes Spiritu Sancto, et loquebantur verbum Dei cum,
fi duela. > Visiblemente, estas palabras autorizan para creer que la manifesta­
ción celeste se pareció un poco á la de Pentecostés.

1
CAPÍTULO VI

La mentira de Ananías y de Safíra contrastando con


la belleza moral de la Iglesia
Continuación de la vida feliz y desarrollo de la caridad entre los fieles.—
Los que venden sus tierras.—José Bernabé.—Combinación hipócrita de
Ananías y de Safira.—Severidad del castigo.—Temor respetuoso que ins­
piran los Apóstoles.—Multitud de curaciones milagrosas.—La sombra de
Pedro.—La severidad no menos necesaria que la bondad en el desarrollo
de la Iglesia. {Hechos. IY, 32-Y, 16).
Este primer soplo de persecución tuvo por consecuencia
estrechar más fuertemente los lazos de unión que unían á
los fieles en una santa fraternidad. De ellos puede decirse
que estaban enlazados, no solamente por la mano, pero
también por el corazón. Así eran una fuerza que se afir­
maba de día en día. El historiador, volviendo á la pia­
dosa tabla que ya antes nos trazó de la unión de aquéllos,
declara que no tenían sino un corazón y un alma. Podría
haber dicho que este corazón y esta alma eran el mismo
Jesús, derramando, por su recuerdo y su gracia, la más
consoladora suavidad en las relaciones de los miembros en­
tre sí y sosteniendo su caridad con las más santas espe­
ranzas.
Lo tuyo y lo mío no estaban ni en los labios ni en la
bolsa de los nuevos hermanos; sin inquietarse por las
cosas de aquí bajo, empleaban toda su energía en predi­
car con unción ó insistencia la resurrección de Jesucristo.
Ésta era para ellos el fundamento inmoble del Evan­
gelio. Este sistema apologético, que hacía del último acon­
tecimiento de la vida de Jesús el punto de apoyo de todos
los demás, tenía verdaderamente su valor; porque la resu-
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 101
rrección probaba todo lo restante explicándolo. En este
trabajo, lleno de atractivo para ellos, los discípulos alcan­
zaron un éxito considerable. No solamente el Espíritu
Santo dictaba su enseñanza, sino .que la gracia la hacía pe­
netrar en los corazones. Cada vez más mostraba el pueblo
señalado interés por los nuevos predicadores, cuyo géne­
ro de vida, del todo consagrado á obras de caridad, era más
sorprendente aún que la doctrina. ¡Era tan extraño ver en
Jerusalén, donde la separación entre el rico y el pobre ha­
bía sido siempre muy profunda, hallándose entonces más
acentuada por la secta materialista de los saduceos, una
sociedad naciente, pero ya numerosa, que no tenía pobres
ni ricos, y en la que cada miembro participaba de los bie­
nes comunes á todos! Nada más elocuente á los ojos del
pueblo que estas aplicaciones prácticas de la igualdad y
de la fraternidad humana.
Mezclándose en ello el entusiasmo, veíase á prosélitos
generosos vender sus tierras ó sus casas para ir á de­
positar el precio á los pies de los Apóstoles(1). Así se ali­
mentaba la bolsa común. ¡Tiempos dichosos, pero que de­
bían tener fin con la infancia de la Iglesia! En efecto, á
ésta no le era posible ensanchar el círculo de su evolución
y extenderse en el mundo, sino con la condición de sacri­
ficar á su universalidad las dulces é íntimas relaciones que
unían á sus hijos. La vida de familia no se concibe y no
dura sino en los límites estrechos de una sociedad vigila­
da y escogida, con elementos perfectamente sumisos y co­
nocidos (2).
(1) La costumbre oriental exige que el que ofrece un presente á un sa­
cerdote ó á un personaje elevado en dignidad, lo deposite á sus pies. De
aquí la expresión familiar á los orientales, páthakániki, «la ofrenda de los
pies.»
(2) No se ve, en efecto, que esta santa comunidad de bienes haya existi­
do fuera de Jerusalén. Las recomendaciones que sobre el ejercicio de la ca­
ridad para con los pobres y sobre el desapego de los bienes de este mundo,
leernos en las Epístolas, suponen en todas partes la doble categoría de ricos
y de necesitados. Cuando Pablo habla á la Iglesia de Corinto (1 Cor., XVI,
2; I I Cor., IX, 5-7), á la de Galacia (Gal., II, 10), ó á discípulos como Ti­
moteo ( I Tim., VI, 17), admite en las diversas comunidades cristianas la
desigualdad de condiciones. El mismo Santiago, con el tono rudo y severo
7 T. IV
102 MONSEÑOR LE CAMUS

Uno de los primeros que dieron el ejemplo de la frater­


nidad bien comprendida y del desinterés heroico que ésta
lleva consigo, fué el levita José, originario de Chipre. Es
sobre todo conocido en la historia de la Iglesia con el nom­
bre de Bárnabas ó Bernabé, hijo de consolación ó de pre­
dicación calificativo honorable que la comunidad cris­
tiana le concedió sin duda en razón de su fructuoso minis­
terio. Tenía él un campo. Los levitas podían poseer tie­
rras en Palestina, además de las ciudades que les había
asignado Moisés Lo vendió y ofreció á los Apóstoles el
precio recibido.
Semejantes actos de caridad no eran obligatorios í3>; por
esto se comprende que fuesen altamente loados, y que al­
guna vez la hipocresía quisiera atribuirse su gloria, sin
aceptar francamente el sacrificio. Se cuenta, en efecto, que
un prosélito llamado Ananías vendió un campo y, de acuer­
do con su mujer Safira, habiendo retenido parte del pre-
que le caracteriza, nos recuerda que había pobres y ricos en la Iglesia de Je­
rusalén, y, sin condenar esta desigualdad, se contenta con afear los abusos
por ella provocados (Sant., II, 1-9; V, 1-5).
fl) La palabra hebrea Bar-nebuáh puede traducirse como el griego uíií
irapaitXijírítoí, por hijo de consolación, ó de predicación y de persuasión. El
verbo nabá significa profetizar. Ahora bien, como en hebreo la palabra hijo
sirve para indicar los atributos de un sujeto y muy particularmente sus dis­
posiciones morales, puede decirse que el levita José fué un sujeto de conso­
lación para la Iglesia, ó un consolador para los demás, ó, en fin, un profeta
(nabí), y, según el sentido ordinario de la palabra en esta época, un predi­
cador inspirado (*).
(2) Jerem., XXXII, 7. Véase Ewald, A l i e n p. 406.
(3) Si hubiesen sido obligatorios para todo el mundo, no se alabaría ¿
Bernabé como una edificante excepción; Pedro no diría poco después á
Ananías que «podía haber guardado su dinero;» no encontraríamos á María,
madre de Juan-Marcos (.Hechos XII. 12), una de las más celosas mujeres de
la Iglesia primitiva, en posesión de una casa en Jerusalén. Por consiguiente,
es preciso entender que, estando principalmente reclutada la Iglesia en la
clase pobre, los ricos que á ella pertenecían entregábanle muchas limosnas
procurando conservar, entre sus miembros, la vida común que habían lleva­
do los discípulos en tiempo de Jesús. La extrema pobreza á que se vieron
reducidos los cristianos de Jerusalén, aun antes del sitio (Hechos XI, 29;
XXIV, 17; Gal., II, 10; Bom., XV, 26; I Cor., XVI, 1; I I Cor., VIII, 4-14;
IX 1-12), prueba que los consejos evangélicos, excelentes para los indivi­
duos, no van dirigidos á la sociedad, ni siquiera á agrupaciones muy nume­
rosas.
(*) Véase pág. 47, nota 2.a, y pág. 65, nota 2.a—N. del T.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 103
cío de la venta, ofreció el resto á los Apóstoles, como si
llevase, sin ninguna reserva, á la comunidad de los her­
manos todo lo que había recibido. Esto equivalía á atri­
buirse el mérito de una generosidad absoluta, que no era
sino relativa, y quizá de esta suerte asegurarse, por una
baja y fraudulenta especulación, el medio de ser indefini­
damente mantenido á expensas del tesoro común, conser
vando algunos recursos personales para el caso de even­
tualidades imprevistas.
Sea como fuere, la intención era detestable. Constituía ó
una hipocresía o una estafa. La peor de las plagas, en una
sociedad, es la mentira, cuando finge las más santas vir­
tudes W. Tal fué el crimen de Ananías. Por inspiración ce­
leste, Pedro lo conoció, y el historiador deja entender, en
el tono mismo de su relato, que Dios fué el actor principal
de este drama terrible. En el mismo momento en que el
hipócrita acababa de depositar, y , quizá, contar en presen­
cia del jefe de los Apostóles su ofrenda incompleta, cuando
esperaba el elogio publico que debía proclamar su generosi­
dad, Pedro le miró con piedad ó indignación, y le dijo:
«Ananías, ¿cómo ha tentado Satanás tu corazón, para que
mintieses al Espíritu Santo, reteniendo parte del precio de
ese campo? ¿Quién te quitaba el conservarlo? Y aunque lo
hubieses vendido, ¿no estaba su precio á tu disposición?
¿Pues a qué fin has urdido en tu corazón esta trampa? No
mentiste á hombres, sino á Dios <12>.» Aquí estaba el mal irre­
mediable de su hipocresía. Ananías olvidaba que el verdade­
ro jefe de la Iglesia es Dios, y que, si con frecuencia es fácil
engañar, con falsas virtudes, á los Apóstoles, 'que son sus
representantes, no se engaña jamás á Aquel á quien ellos
representan. En aquellos tiempos de formación primera y
(1) Cicerón ha dicho: «T otius in ju stitia nulla capitalior est, quam eo-
rum qui, cum m áxim e fallunt, id agunt, u t viri boni esse videantur » (OMc
I, 13). v M ’’
(2) D e este pasaje, en el cual «m entir al E spíritu Santo» y «m entir á
D ios» son considerados com o una m ism a cosa, la teología cristiana en todo
tiem po ha sacado la prueba ya de la divinidad, ya de la personalidad d istin ­
ta del E spíritu Santo.
104 MONSEÑOR LE CAMUS

<le fe ardiente en la Iglesia, el Espíritu Santo residía con


una intensidad particular en los jefes de la nueva sociedad.
Hablaba y obraba por ellos, y querer abusar de ellos, era
suponer que se podía burlar al mismo Espíritu. Ananías no
ignoraba quién era este Espíritu cuyas divinas influencias
había personalmente experimentado. Su crimen era, por
tanto, una locura. El juicio de Dios fué terrible. Apenas
acababa Pedro su severa amonestación, cuando, con espanto
general, Ananías, herido por un fuerza invisible como por
un rayo, cayó muerto de repente. Símbolo terrible de un
castigo más terrible todavía en el orden espiritual: la muer­
te eterna que la justicia divina reserva á los malvados.
Ha parecido que Dios o Pedro habían sido seveios, pe*
ro, en el principio de toda renovación religiosa ó social,
¿no es por ventura una prudente severidad la mejor ga­
rantía de las virtudes futuras(1)? Dos hombres ajusticiados
sirven de escarmiento á multitudes á quienes se salva (2).
Después de semejante ejemplo, la hipocresía pudo sospe­
char que, si Dios difiere alguna vez el castigarla pública­
mente en esta vida, es porque para ello tiene la eterni­
dad (3). Las penas temporales dan al hombre una idea de
los suplicios eternos de los cuales son su terrible precursor.
(1) Comp. la historia de Acán, apedreado en el valle de Acor por haber
Tetenido algo del botín de Jericó, enteramente reservado al Señor. {Jo­
sué, VII). .
(2) San Jerónimo respondiendo á Porfirio {Epíst. 8), dice: «Ut poena
duorum sit doctrina m ultorum .» .
(3) En el caso de Ananías y Safira, muchos Padres de la Iglesia suponen
que Dios se contentó con castigarlos en la vida presente y tuvo misericordia
de ellos en la futura: así Orígenes, Tract. VIII; in Mat. IX; San Agustín,
Gont. Earmen., I; Isid. Pelas., 1. I, E píst 181; Casian., Coll VI, c. 1. Es
muy difícil imaginar que, en una muerte tan repentina, estos dos desgracia­
dos tuvieran tiempo de arrepentirse. Dichos Padres emitieron esta opinión
para suavizar quizá lo que encontraban de excesivo, en apariencia, en un
castigo que parece contrastar con el espíritu del Evangelio. En este terreno,
sería más sencillo suponer que Ananías y Safira no fuerou muertos por una
voluntad positiva de Dios ó de Pedro, sino por la emoción violenta que sin­
tieron al verse desenmascarados y desacreditados delante de toda la comu­
nidad De golpe cayendo del cielo á la tierra, estos desgraciados fueron ro­
tos por la sacudida El estado psicológico extraordinario en que vivían en­
tonces los fieles podría explicar la extremada sensibilidad que habría provo­
cado la muerte de los impostores. Pero no parece que sea este el sentido del
relato de San Lucas.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 105
Los más jóvenes de entre los asistentes, á quienes co­
rrespondían las faenas penosas, se levantaron al punto, y,
sin derramar una lágrima por el cadáver de aquel á quien
Dios hiriera, envolviéronlo en un manto ó mortaja, y la
llevaron á la tumba, á la otra parte del valle de Hinnón á
del Cedrón, donde estaban los cementerios judíos. Entre
ir y venir, fué asunto de unas tres horas. Una sepultura
tan precipitada, sin duelo previo, sin compostura fúnebre,
sin cortejo de amigos, debió contribuir singularmente á
acrecentar el sentimiento de espanto en los corazones de
todos.
La asamblea no había tenido ánimo para disolverse des
pués de tamaña catástrofe, y cada uno había resuelto es­
perar la vuelta de los mozos para conocer los detalles de
su triste expedición. Esto explica, en parte, el silencio dis­
creto guardado sobre el fatal acontecimiento y la comple­
ta ignorancia en que pareció estar Safira, al presentarse á
su vez en la santa asamblea, esperando recibir felicitacio­
nes unánimes. Como si se quisiese que el crimen fuese más
emocionante, el dinero estaba todavía donde Ananías lo
depositara, y cada uno podía contemplar este triste re­
cuerdo del sacrilegio. Pedro, mostrándolo á la desgraciada
mujer, le dijo: «Dime, ¿es así que vendisteis el campo por
tanto? Sí—respondió ella,—por este precio lo vendi­
mos.» El Apóstol, á pesar de la caritativa precaución de
su pregunta, no había podido apartar á Safira de su men­
tira. La criminal pareja había acordado no traicionar su
secreto y simular que sólo servía á un señor, cuando en
realidad tenía dos señores. Esto era, dice San Agustín,
un verdadero sacrilegio. La justicia de Dios no separó la
suerte de aquellos á quienes unía la misma hipocresía.
«¿Por qué—exclamó Pedro—os habéis concertado para ten­
tar al espíritu del Señor? He aquí á la puerta á los que han
enterrado á tu marido, y ellos mismos te llevarán á en­
terrar.» Lo mismo que su esposo, la infortunada cayó co­
mo herida por un rayo delante del dinero fatal. Los mozos,
que en aquel instante entraron, se la llevaron, y, sin otros
106 MONSEÑOR LE CAMTJS

preliminares, procedieron á sepultarla. Un suceso tan trá­


gico no podía dejar de impresionar muy vivamente el áni­
mo de los que lo habían presenciado, ó lo oyeron contar.
El Espíritu de Dios estaba realmente en los Apóstoles, ya
que tan peligroso era tratar de engañarlos. En la Ley nue­
va, no menos que en la antigua, Dios dejaba sentir su bra­
zo á los prevaricadores. Para judíos de corazón incircunciso
y de cabeza dura, semejantes lecciones eran necesarias.
Sólo el temor debía llevarlos á servir á Dios, aun bajo la
ley del amor.
El resultado fué no solamente enseñar que después de
la caridad y la fe, la sencillez de corazón y la ingenuidad
son las grandes virtudes cristianas, pero también que la
autoridad de los Apóstoles era temible, pues Dios les con­
cedía el don de conocer las malas disposiciones de cora­
zón y el derecho de castigarlas severamente. Desde aquel
día, el pueblo los rodeó de un respeto más profundo aún.
Cuando se paseaban, en grupo, bajo el peristilo de Salo­
món—y allí era donde ordinariamente se reunían,—nadie
se atrevía á juntarse con ellos. Comprendíase que eran los
depositarios de un poder superior, y que, en grado muy
diferente de los simples fieles, estaban en comunicación
con Dios. En una época en que los Celadores se hacían
tan temibles por el puñal, y en un pueblo al que no le
desagradaba la reivindicación de los derechos del cielo á
mano armada, se comprende que este poder de exterminar
con una mirada ó una palabra á los mentirosos debía pro­
ducir una saludable impresión.
Los Apóstoles, por otra parte, no tenían tan sólo el po­
der de dar la muerte; tenían también el de dar la vida, cu­
rando á los enfermos. Á pesar de haberse servido de aquél
una vez, no por esto resulta menos cierto, según el historia­
dor,que preferían usar del segundo. La bondad es el fondo
del espíritu cristiano. Al librar de sus males á los enfermos
ó á los posesos, los Apóstoles demostraban á todos que les
era más natural ejercitar obras de misericordia que actos
de severa justicia. La multitud, que bien lo sabía, acudía
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 107
con frecuencia á su poder extraordinario. Un gran movi­
miento de fe se acentuaba en Jerusalén. Se exponía á los
enfermos en las plazas públicas, y, con estos desgraciados
que gemían en sus lechos ó en sus camastros, según que
pertenecían á una clase más elevada ó más pobre, se es­
peraba á que el grupo apostólico pasase(1). Pedro era par­
ticularmente solicitado, porque en él parecía sobre todo
residir la potencia taumatúrgica. También por este lado, su
supremacía se afirmaba más y más. Se atribuía á su sombra
el poder de devolver la salud. En el fondo, este sentimien­
to del pueblo era más racional de lo que se supone. La
sombra de Pedro podía tanto y tan poco como su mano:
tanto, porque ella era suficiente para servir de lazo de
unión entre el enfermo y el que debía curarlo; tan poco,
porque no eran ni la sombra ni la mano los que obraban
el prodigio, sino Dios que, por su mediación, respondía á la
fe de los creyentes. Ahora bien, como mediadora, la som­
bra equivalía á la mano.
Todas estas curaciones públicamente obradas, aumenta­
ban cada vez más la agitación religiosa que se producía al­
rededor de los Apóstoles. De las ciudades vecinas traían á
los enfermos, y, como curaban á todos, se difundía el
nombre de Jesucristo y la luz del Evangelio. Así, la joven
Iglesia, que acababa de herir á dos de sus hijos, encontra­
ba consuelo en los que, hombres y mujeres lé llegaban
de todas partes. No quedó vacío el sitio de Ananías y de
Safira en la asamblea santa. Cuanto más la Iglesia enca­
rece el honor de pertenecer á ella, tanto más este honor
es buscado por los hombres que lo merecen. Soportar en
un cuerpo sano y vigoroso miembros cangrenados ó apén-12
(1) N o es raro ver en O riente á enferm os expuestos en las calles ó en los
cam inos por donde el m édico debe pasar. Presenciam os este espectáculo cer­
ca de la estación del ferrocarril de Tarso, donde el doctor que nos acom pa
fiaba diagnosticó al aire libre á una m ultitud de desgraciados m ás m uertos
que vivos.
(2) L os com entaristas creen que la historia m enciona, por vez primera,
en el vers. 14, conversiones de mujeres, con objeto de que resáltela com pen­
sación providencial de D ios, concedida por la defección de Safira.
108 MONSEÑOR LE CAMUS

dices que lo deslustren, es dañar su propia vida y desalen­


tar a los que desearían tener en él participación. Esto se
olvida demasiado en nuestros días. La Iglesia debe mos­
trar una misericordia infatigable para las debilidades del
corazón, pero una severidad intolerante para los pecados
del espíritu. Sin duda que esta severidad no encenderá
hogueras para quemar á nadie, pero no tratará como hi
jos de familia á los que nada quieren de ella, ni de sus
dogmas, ni de su Fundador. Cuando se ve obligada á
obrar con severidad, Dios se compadece de su corazón ma­
ternal, y le devuelve con creces lo que sacrificó animosa.
De esta suerte, para ella, cercenar es hacer renacer, y per­
der es recobrar.
CAPÍTULO VII

Por segunda vez se prende á los Apóstoles y son


llevados ante el Gran Consejo

E l valor de los predicadores hace que se los aprisione por segunda vez.— Su
liberación m ilagrosa.— D esengaño del Sanedrín en sesión.— L os A p ósto­
les, á quienes se busca en la cárcel, están predicando en el T em plo.—
A ceptan ir á explicarse ante los jueces.— Vigoroso discurso de Pedro.—
Intervención saludable de G am aliel.— Su hábil m oción y sus resultados.
— L os azotados, satisfechos de haber sufrido por Jesucristo, vanse de nue­
vo á predicar. ( Hechos, V, 17-42).

Después de la valiente declaración de los Apóstoles en


el Sanedrín no podía esperarse que los acontecimientos
tomasen un giro pacífico. Efectivamente, de una parte, la
primera autoridad de Israel no estaba acostumbrada á ver
desconocidas sus prescripciones y desafiada su autoridads
de otra parte, cuanto más se había recomendado á lo;
Apóstoles que se callaran, tanto más predicaban éstos pú­
blicamente la santidad de Jesucristo, su resurrección glo­
riosa y su poder sobre el mundo. La conciencia de un
hombre honrado no hace concesiones al miedo, y, para
aquéllos, el non possumus non loqui gritaba más fuerte
que las amenazas de los perseguidores. Al Sumo Sacerdote
le molestó aquella situación, y, de acuerdo con sus partida­
rios, se dispuso á obrar. La ocasión era tanto más favora­
ble cuanto Pilato estaba entonces dominado por otras, in­
quietudes. Era á fines del año 32. Los saduceos estaban más
que nunca dispuestos á sostener la autoridad religiosa.
Saber que se predicaba la resurrección los tenía fuera de
sí. Los fariseos, á decir verdad, estaban menos alborota-
110 MONSEÑOR LE CAMUS

dos. La agitación popular, fomentada por los Apóstoles en


nombre del Mesías, no les desagradaba del todo, y deja­
ban hacer. Además de estas dos sectas, había el gran par­
tido de los hábiles, los cuales deseosos de recomendarse al
poder público, cualquiera que fuese, complacíase en denun­
ciar y combatir todo lo que podía hacerle sombra: partido
formado, en todos los Estados, por la turba de los ham­
brientos, de los ambiciosos y de los aduladores. El Sumo
Sacerdote contó con él en esta ocasión. Dió sus órdenes, y
un golpe de mano hábilmente preparado puso á todos los
Apóstoles á su disposición.
Esperando luego juzgarlos, los metieron en la cárcel.
Pero Dios quiso mostrarse más fuerte que los hombres, y
los libró. La nocKe siguiente á su encarcelamiento, reci­
bieron la visita de un ángel que, abriendo las puertas del
calabozo, los hizo salir. Esto sucedió, no para arrancarlos
del peligro, sino para mejor meterlos en él. «Id al Templo,
—dijo el celestial mensajero,—y puestos allí, predicad al
pueblo esta doctrina de vida.» Apenas despuntaba el al­
ba. Los soldados del Evangelio al instante subieron al
Templo, para presentar al enemigo la nueva batalla que
debía redundar en gloria de Dios. Los pueblos de Oriente
tienen la costumbre de entregarse muy temprano, antes
del calor del día, á las diversas ocupaciones de la vida re­
ligiosa ó social. Los Apóstoles encontraron, pues, en el lu­
gar santo una concurrencia ya numerosa, y comenzaron á
predicar.
En el mismo momento el Sumo Sacerdote reunía el Sa­
nedrín y se preparaba á juzgar solemnemente W á los que
creía bajo cerrojo. Dada la orden de traer á los acusados,
los emisarios se presentaron en la cárcel; pero fué grande
su sorpresa al comprobar que los Apóstoles no estaban allí.
Volviéndose á toda prisa, hicieron en estos términos su re-
(1) A l añadir al Sanedrín omnes séniores, el historiador parece in ­
dicar que la reunión la com ponían no solam ente los m iem bros del Gran
Consejo, m as tam bién todos los ancianos del pueblo que podían no form ar
parte del Sanedrín. Se quería ver congregados á todos los principales repre­
sentantes de la nación para un negocio tan im portante.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES !11
lato oficial: «La cárcel hemos hallado muy bien cerra­
da, y á los guardias en centinela delante de las puertas;
mas habiéndolas abierto, á nadie hemos encontrado den­
tro.» Este informe, tan extraño como explícito, puso al
gran sacriticador, al capitán de los guardias del Templo y
á los príncipes de los sacerdotes en la más viva perpleji-,
dad. ¿Qué había sido de los Apóstoles? En este instante
llega un hombre que dice: «Sabed que aquellos hombres
que metisteis en la cárcel, están en el Templo enseñando
al pueblo.» ¿Cómo se hallaban en libertad? ¿Quién los ha­
bía soltado? En todo caso, la lección poco les había servi­
do, ya que tan presto, habían reincidido en los procedi­
mientos de la víspera.
El capitán de los guardias, habiendo pedido al punto
una compañía de sus subordinados, se presentó donde es­
taban los incorregibles predicadores. En vez de tratarlos
con violencia, parlamentó con ellos. La multitud sentía
admiración y entusiasmo siempre crecientes por unos hom­
bres tan animosos en su conducta, y tan enérgicos en el
hablar. Fácilmente se habría sublevado en su favor, y las
piedras habrían volado á la cabeza de cualquier que, en
aquel momento, se hubiese atrevido á ponerles la mano
encima.
Por lo demás, los Apóstoles se rindieron de muy buen
grado á la invitación del capitán. Su mayor deseo era te­
ner una nueva ocasión de confesar su fe, y no podían ape­
tecer una concurrencia más brillante que el Sanedrín, so­
lemnemente reunido y rodeado de innumerables curiosos
que seguían sus deliberaciones. Conducidos á la barra de
los acusados, fueron interpelados inmediatamente por el
Sumo Sacerdote: «Nosotros os teníamos prohibido con man­
dato formal que enseñaseis en ese nombre; y en vez de
obedecer, habéis llenado á Jerusalén de vuestra doctrina,
y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hom­
bre.» El hombre á quien se alude tiene un nombre bastan­
te conocido para que sea posible equivocarse. Si el Sumo
Sacerdote no lo deja llegar á sus labios, no es porque no
112 MONSEÑOR LE CAMUS

lo sienta resonar como un remordimiento en su corazón.


Se ve que tiene miedo, y disimulando el miedo con el ren­
cor, afecta no querer pronunciarlo. Pedro hará que vibre
fuertemente en los oídos de todos. Si alguno de los asis­
tentes recuerda haberle oído negar al Maestro en casa de
Caifás, ahora verá cómo sabe reparar su flaqueza. «Es ne­
cesario obedecer á Dios antes que á los hombres—excla­
ma en nombre del grupo apostólico.—El Dios de nuestros
padres ha resucitado á Jesús, á quien vosotros habéis he­
cho morir, colgándolo en un madero. A éste ensalzó Dios
con su diestra (1>por príncipe y Salvador, para dar á Is­
rael el arrepentimiento y la remisióa de los pecados. Nos­
otros somos testigos de estas verdades y lo es también el
Espíritu Santo, que Dios ha dado á todos los que le obe­
decen.» Los Apóstoles han visto con sus propios ojos la
rehabilitación solemne del Hijo por el Padre. Han con­
templado resucitado y glorioso al que vieron poner en una
cruz y en el sepulcro. Todo esto es incontestable, y
no pueden dejar de decirlo. A ello les impulsa el Espíritu
Santo, corroborando su testimonio con los milagros por
ellos obrados.* Por esto no temen afrontar á todos los jue­
ces y á todos los poderes de la tierra. El Sumo Sacerdote
les reprocha el haber querido hacer caer sobre su cabeza y
la de sus partidarios la sangre del Crucificado, y Pedro^
en vez de defenderse, arroja á la de sus adversarios esta
valiente acusación: «Sí, vosotros lo habéis matado con
vuestras propias manos (2\ colgándolo en un madero.» El
historiador sagrado insinúa que estas palabras atravesa­
ban el alma de los jueces, como un hierro que horrible­
mente los desgarraba (3). El remordimiento del crimen que
Pedro despertaba en ellos, la bravura con que los ata­
caba, y la impotencia de defenderse con ventaja excitaba
en ellos un terrible estremecimiento de cólera.
(1) Véase la nota 2 de la pág. 69.
(2) E sto es lo que enérgicam ente expresa el verbo diaxeipífadai.
(3) Aieirplovro significa directamente que ellos eran aserrados, cruelmen­
te desgarrados. Dícese: ¡¿úXov irplaai (Apollor., III, 15, 9). AiairpUiv roi)s ódóvras,
es producir con los dientes el rechinamiento de la sierra.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 113
Seguramente iban á tomar la resolución de pedir la ca­
beza de unos testigos tan audaces, para mejor cerrarles la
boca, cuando un fariseo, hombre profundamente versado
en la ciencia de la Ley y muy considerado de todo el pue­
blo, Gamaliel, levantóse de entre el grupo de los jueces
asesores, y pidió que se hiciera salir un momento de la sa­
la á los Apóstoles, para poder con toda libertad manifes­
tar su opinión.
«jOh israelitas!—dijo—considerad bien lo que vais á
hacer con esos hombres.» Estas palabras prudentes y me­
suradas contrastaban singularmente con el furor de la in­
mensa mayoría del Sanedrín. Al opinante, le parecía que
el asunto era complicado y que los acusados no eran nece­
sariamente culpables. Si los jueces quieren mantenerse en
la altura de su misión, deben guardarse de precipitar la
sentencia. No tomarse tiempo para calmarse, es exponerse
ú una equivocación y á juzgar mal las causas más graves.
En esto podría estar interesado el mismo Dios, pues estos
hombres se declaran enviados suyos. Contra novadores
que intentan una revolución religiosa, Israel no tiene que
intervenir; porqúe Israel sabe muy bien que tarde ó tem­
prano alguien se levantará con esta misión. El único que
puede inquietarse por ello es el César de Roma, porque
es el único que debe temer la venida del Mesías. Si los
Apóstoles quieren intentar un movimiento teocrático, Ro­
ma será la que una vez más cuide de reprimirlo. ¿Qué ga­
naría Israel mezclándose en este negocio? Se haría culpa­
ble, si estos hombres fuesen de Dios; si no son más que
viles agitadores, los soldados del procurador prescindirán,
como otras veces, del Sanedrín para aplastarlos. «Sa­
béis—prosiguió el orador—que antes de estos días levan­
tóse un tal Teudas, que se vendía por persona de mucha
importancia, al cual se asociaron cerca de cuatrocientos
hombres M; él fué muerto, y todos los que le creían se
(1) Hay que dar un significado de excelencia á la palabra avSpdv y creer
-que designa á los jefes detrás de los cuales se agrupaban partidarios de se­
gundo orden. De lo contrario, habría que sospechar un error de copista;
■ cuatrocientos partidarios parecerían poca cosa.
114 MONSEÑOR LE CAMUS

dispersaron y redujeron á nada.» Esta catástrofe de Teu-


das, cuya fecha exacta ignoramos W, debió dejar una viva
impresión en los ánimos; porque Josefo, aunque equivo­
cándose probablemente sobre el orden cronológico que le
corresponde cuidó de no pasarla en silencio. Consagra
(1) La expresión de que se sirve Gamalieljirpó G> ii/jLepQv, no signi­
tovtwv t v
fica que el acontecimiento fuese [Link] primeras palabras del versículo-
siguiente, (¿eratoutov, después de éste lo colocan más allá de la rebelión de
Judas el Galileo, y por consiguiente unos treinta años, por lo menos, antes
del discurso de Gamaliel. Querer entender ¡lera en el sentido de des­
tovtov

pués de aquél, remontando y no descendiendo el curso de la historia judía,,


es suponer que después equivale á antes, y violentar singularmente las pala­
bras sin lograr con esto armonizar las cosas.
(2) La contradicción entre Josefo y San Lucas, por lo que toca á la épo­
ca en que vivió Teudas, parece flagrante. Mientras que Gamaliel, hacia el.
año 32, supone que Teudas ha muerto desde hace algún tiempo, y aun lo
hace predecesor de Judas el Galileo transportándolo antes de la era cris­
tiana, Josefo lo hace vivir hacia el año 45, bajo Cuspio Fado. De Augusto á
Claudio el intervalo es considerable. De los dos historiadores que se contra­
dicen, ¿cuál pudo más fácilmente equivocarse1? ¿Sería posible que ambos tu­
viesen razón, y que hubiese habido dos Teudas diferentes?
La hipótesis más verosímil es que en el fondo de esta divergencia hay uiv
error, y que el culpable es Josefo. En efecto, este autor no es tan seguro en
materia de cronología, que sea preciso mantener su autoridad contra la del
libro de los Hechos. San Lucas escribió probablemente á vista de su maes­
tro Pablo. De él tenía quizás el discurso de este Gamaliel á cuyos pies ha­
bía Pablo estudiado. Añadamos que redactaba su libro con documentos d&
primera mano y en una época menos lejana de los sucesos que aquella en la
que Josefo, componía su historia. Es opinión muy decidida de gran número
de críticos (Niebuhr, Hist. anc., III, 455; Prideaux, Gonnection, I, 44, 341,.
352; Baronio, Casaubon, etc.) que el autor de la Historia antigua de los Ju­
díos estaba sujeto á distracciones cronológicas considerables. Ahora bien, al
primer golpe de vista, el párrafo que abre el capítulo V del libro XX, pare­
ce no ser más que un apéndice sobrevenido al azar, sin relación lógica con
lo que procede, y preparando sólo indirectamente lo que sigue. Diríase que
Josefo, en este aparte imprevisto, quiso como despedirse de Fado, atribu­
yéndole una postrera hazaña. Pero, engañado por sus recuerdos, no logró-
sino honrarle con hechos de armas ajenos. Esta solución, radical sin duda,
pero un tanto fundada en razón, parece más satisfactoria que todas aquellas,
de que se pagan nuestros más recientes exégetas.
Para sostener toda la autoridad histórica de Josefo y la de San Lucas,,
han dicho que no se trataba de un mismo hombre y que hubo dos Teudas;:
el uno antes de Judas el Galileo y bajo Augusto, éste sería el de Gamaliel;
el otro bajo Claudio, y éste sería el de Josefo. En sí, la cosano parecería im­
posible, sino se tratase más que de una identidad de nombre entre el Teudas.
de Gamaliel y el de Josefo; pero hay además y sobre todo la identidad de
fisonomía y de historia; y si bien es cierto que puede decirse que también
hubo cuatro agitadores políticos llamados Simón en un período de cuarenta
años, y tres llamados Judas en diez años, no podrá fácilmente probarse quo
dos de ellos tuvieran el mismo carácter, más religioso que político, las mis-
l a o b r a d e lo s a p ó s t o l e s 115.
á este revolucionario religioso tanto espacio como á Jesús,
y nos lo muestra imponiéndose al pueblo por sus discursos
y sus obras prodigiosas, hasta el punto de que un día con­
venció á sus partidarios á que le siguiesen con lo que te­
nían de más precioso, como si se tratase de emigrar. Re­
uniéronse en esta forma en las orillas del Jordán. Allí de­
bía obrar un prodigio digno de la antigüedad bíblica, pues;
Teudas se hacía pasar por profeta. Á su voz, las aguas del
río se separarían y permitirían, una vez más, á Israel
atravesar el Jordán á pie enjuto. Semejantes promesas les
mas pretensiones, el mismo fin trágico. Sea lo que fuese, una vez admitido
como posible, Josefo debería en alguna parte hablar del] Teudas primero ó-
antiguo; pues sería inadmisible suponer que Gamaliel evocara en su discur­
so un hecho sin importancia y que hubiera pasado inadvertido en la his­
toria judía. También es poco probable que el primer Teudas, como muchos
lo han pretendido, hubiese sido uno de los agitadores innominados que tur­
baron á Judea á fines del reinado de Heredes (B . J., II, 4, 1; Ant., XVII,
9, 3, etc); y por esto se ha sentido la necesidad de identificar al personaje
que se busca con alguno de los revolucionarios más célebres mencionados
por Josefo y que llevan otro nombre. Ora se ha pretendido que un mismo-
sujeto tenía dos nombres diferentes, para recordar, por ejemplo, dos fases
diferentes de su vida. Así el esclavo de Herodes que intentó hacerse rey
(B . J., II, 4, 2; Ant., XVII, 10, 6) y fué condenado á muerte, habría podido
llamarse Teudas, en el tiempo de su esclavitud,—este nombre se daba co­
múnmente á gente de esta condición (Cicer., A d Div., VI, 10),—y más tarde,
como pretendiente, haber tomado el de Simón. Esto es posible; pero, en este
caso, ¿por qué Gamaliel no lo llama por su nombre histórico y más célebre?'
Ora se ha buscado hacer de dos nombres uno solo, asegurando que Judas,
Judá, Tadeo, Teudas eran una misma palabra modificada por el uso. En es­
te caso,—si bien prescindiendo de carácter é historia que difiere esencialmen­
te,—Teudas podría ser aquel Judas, hijo de Ezequías, el cual, después de la
muerte de Herodes, se apoderó del palacio de Séforis en Galilea (Ant., XVII,.
10, 5.) Así también se ha dicho que, siendo Teudas, Teodos, Teodoro traduc­
ción griega de Matías, Matanías (don de Dios), Gamaliel había hablado del
legista que, de acuerdo con Judas, hijo de Sarifeo hizo pedazos el águila ro­
mana colocada sobre la puerta del templo (Ant., XVII, 6, 2); pero ¿acaso la
historia de este patriota se parece á la del Teudas de Gamaliel? Si se trata
de dar á Teudas una existencia cualquiera, sería mejor escoger un revolucio­
nario cuyo nombre le fuese más parecido; y en estas condiciones se encon­
traría á Teudión (Ant., XVII, 4, 2), que fué acusado de haber expedido do
Egipto un veneno á Feroras, para envenenar á Herodes. ¡Pero, cuán extraño,,
forzado, excesivo, y sobre todo inútil es todo esto, siendo así que, para pres­
cindir de ello, .basta admitir que Josefo, bastante sujeto, por otra parte, á
lapsus memorioe, se ha equivocado aquí una vez más y en un detalle de me­
diana importancia! Teudas y sus partidarios pudieron haber sido derrota­
dos por Valerio Grato, Annio Rufo ó cualquier otro, y Josefo atribuyó e!
honor de esta derrota á Fado, que no los había conocido.
116 MONSEÑOR LE CAMUS

«alentaban los sesos. Para acabar con estas locas preten­


siones, el procurador romano envió un escuadrón de ca­
ballería, que atacó de improviso destrozando á unos y ha­
ciendo prisioneros á los demás. El propio Teudas fué co­
gido y decapitado. Su cabeza, llevada á Jerusalén, destru­
yó las ilusiones de sus últimos partidarios. La causa pere­
ció con el falso profeta.
«Después de éste—prosiguió Gamaliel—alzó bandera
Judas Galileo en tiempo del empadronamiento, y arrastró
tras sí al pueblo, éste pereció del mismo modo y todos sus
secuaces quedaron dispersados.» He aquí las enseñanzas
de la historia W. Los agitadores sin misión divina no tie­
nen más que una hora, y ni su valor personal, ni el ardor
de sus partidarios, ni el patriotismo de sus aspiraciones
son suficientes para sostenerlos. Son una fuerza humana
que luego es abatida por otra fuerza humana más podero­
sa. ¿Había por ventura algo más profundamente nacional
y más simpático que el levantamiento intentado por Judas
Galileo 1(2)? Predicaba que los hijos de Israel no tenían
sino á Dios por Señor, y que era un crimen pagar el tri­
buto al César. Entendió escribir su predicación con la es-
(1) A aquellos que, siguiendo una cronología diferente de la nuestra, co­
locan el discurso de Gamaliel en el año 36, se les ha preguntado por qué
el Sanedrita no habla de la revolución más reciente que Pilato acababa de
reprimir de un modo brutal en el monte Garizim. ¿Pero, quién no ve que
el orador habría cometido una torpeza asimilando los negocios de los sama-
ritanos á los de los judíos, y tomando un ejemplo de la historia de este pue­
blo despreciado y maldito? .
(2) Repetidas veces nos habla Josefo de este Judas, al que tan pronto lla­
ma Gaulonita, porque era originario de Gamala en la baja Gaulonítida
-(.A nt., XVIII, I, 1), como Galileo (Ant., XVIII, 1, 6; XX, 5, 2; B. J., II, 8,
1, etc), del país donde vivió y organizó su rebelión. En el historiador judío
se ve cómo, con ocasión del establecimiento en Palestina, bajo Augusto, y
mientras Quirino administrába la provincia de Siria, este demagogo, el más
célebre de la época, llegó á sublevar al pueblo prohibiéndole someterse á es­
ta medida, que venía á ser el sello del vasallaje nacional. Se le había junta­
do el fariseo Sadoc, y estas dos almas ardientes soñaban nada menos que
en restablecer la antigua teocracia judía. Destruidos por el ejército roma­
no, su idea les sobrevivió, y Josefo observa que detrás de sí dejaron la
secta de los Celadores Los hijos de Judas se mostraron tan patriotas co­
mo su padre, y á su vez murieron mártires de la misma idea. (Ant., XX, 5,
2; B. J.. II, 17, 8-9). ’
LA OBRA DE L08 APÓSTOLES 117
pada; pero los romanos fueron más poderosos, y sucumbió,
á pesar de sus hermosas doctrinas y la adhesión de nume­
rosos y abnegados partidarios. La razón última es porque
oon él no estaba el dedo de Dios.
«Ahora, pues,—concluyó el miembro del Sanedrín—os
aconsejo que no os metáis con esos hombres, y que los de­
jéis; porque si este designio ó empresa es cosa de hom­
bres W, ella misma se desvanecerá, pero si es cosa de Dios
no podréis destruirla y os expondríais á ir contra Dios.»
Así habló Gamaliel, hijo de Simeón y nieto de Hillel.
Esta moderación no nos extraña sino á medias en un
doctor que, según la Gemara, no prohibía á sus discípulos
gustar las bellezas de la literatura griega. Por muy libe­
ral que fuese en sus ideas, no por esto Gamaliel era un
fariseo menos rígido en la práctica (2). Doctor tan sabio
como piadoso, sus contemporáneos le apellidaron la Belle­
za de la Ley, como nosotros hemos llamado á Santo To­
más el Doctor Angélico; y en el Talmud leemos esta her­
mosa apreciación que, para un judío, supera á otro cual­
quier panegírico: «Cuando Rabán Gamaliel murió, acabó­
se la gloria de la Ley (3).» Entre sus discípulos ilustres
contó al Apóstol Pablo y á Onkelos, autor del largum
ó paráfrasis caldaica del Pentateuco. Como jefe del fari-
seísmó más inteligente, podía estar naturalmente dispues­
to á sostener á los Apóstoles contra los saduceos, y apro­
vechar la ocasión que se le presentaba de humillar á sus
adversarios políticos y religiosos. Pero lo más probable es
que después de haber observado de cerca á los discípulos de
Jesús, quedase prendado de la pureza de sus costumbres,
de la sinceridad de su religión y de la energía de su fe en
lo por venir. Por esto no estaba muy lejos de suponer que1
(1) El cristianismo es lo uno y lo otro: pov\r¡„ una idea que se abre paso
y que desea andar; ¿pyot-,, una obra que se afirma, se realiza, se funda.
(2) Algunas de sus palabras, conservadas en la Mischná, nos lo revelan
•como tal. (Comp. Hech., XXII, 3).
(3) La palabra rabínica Rabbán, como las arameas Rabbi y Rabboni del
lluevo Testamento, significa Maestro, Doctor.—N . del T.
(4) Hechos, XXII, 3.
8 T. IV
118 MONSEÑOR LE CAMUS

•Dios estaba con ellos W. .El valor de su argumentación


para defenderlos puede parecer contestable. No es absolu­
tamente cierto que solamente se propaguen y tengan éxi­
to los movimientos religiosos ó políticos que son de Dios.
También las pasiones humanas pueden explotarlos, secun­
darlos y vivificarlos. El islamismo se impuso al mundo, y
nadie se atrevería á decir que sea de Dios. El argumento
es bueno para el Cristianismo, porque esta religión con­
traría de frente todas las pasiones humanas; pero, en tesia
general, si bien es cierto que la prudencia aconseja alguna
vez dejar que los movimientos revolucionarios se extingan
por sí mismos, en lugar de acrecentar su intensidad por la
persecución y la violencia, es todavía mas incontestable
que las doctrinas peligrosas y subversivas deben ser enér­
gicamente reprimidas. La tolerancia tiene ciertamente lí­
mites que el instinto natural de conservación traza á la so­
ciedad y que la prudencia de los legisladores cuida de que
se respeten. Lo que no puede negarse es la buena inten­
ción que dictó el discurso de Gamaliel, y el resultado más
ó menos satisfactorio que obtuvo.
En efecto, llamaron de nuevo á los Apóstoles, y se con­
tentaron con azotarlos, en lugar de votar sil muerte. De
otra parte, respecto de la autoridad romana, por muy be:
névola que hubiese querido mostrarse, una sentencia capi-
(1) Se puede deducir de la forma diversa que Gamaliel, en el texto grie­
go, da á las dos partes de su dilema. En la primera, la partícula si con sub­
juntivo, éw %, expresa duda que se inclina á la negación; en la segunda, la
partícula si con indicativo, el 4<ttív, expresa duda con tendencia á la afir,
mación. (Com. Gal, 1,8, 9). La antigüedad cristiana supuso también, dema­
siado pronto, que Gamaliel, siendo todavía miembro del Gran Consejo,
había sido secretamente cristiano. (Eecog. Clement., I, 65), y siguió exterior-
mente perteneciendo al judaismo sólo para mejor servir á sus hermanos. Jun­
tamente con su hijo Abib y Nicodemo habría recibido el bautismo de manos
de Pedro ó de Juan (Focio, Cod., 171). Su cuerpo, encontrado milagrosamen­
te en el siglo Y, junto al de San Esteban, se conservaría aún. Nada de esto
es imposible y ni siquiera improbable; pero nosotros nos inclinaríamos á
creer que Gamaliel no fúé cristiano sino más tarde. El discurso que
pronuncia en esta ocasión es de un hombre tolerante y lleno de; benevolen­
cia, no de un cristiano. La comparación entre Pedro y Teudas ó Judas ei
Galileo, nc tiene nada de respetuosa para el jefe de los Apóstoles. Su cris­
tianismo, más hábil que animoso, no entraría en la nota moral de aque­
lla época.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 11&

tal hubiese traído una complicación política que podía


haber inquietado al mismo Gamaliel. La flagelación se
administraba para castigar diversos crímenes W. No era
una tortura solamente dolorosa, era también infamante W.
Sirvió para castigar la desobediencia de los Apóstoles, y
sobre todo para salvar la dignidad del Sanedrín, pues no
debía parecer que la augusta asamblea había sido reunida
para dar la razón á unos acusados.
Después de haber azotado á los Apóstoles, se los despi­
dió, reiterándoles la prohibición de predicar en el nombre
de Jesús. Estos hombres de bronce, sin parecer sensibles
ni al dolor físico ni a la humillación moral, desfilaron arro­
gantemente por delante de sus jueces, lanzando quizá como
supremo adiós al judaismo nacional la hermosa frase que
Pedro acababa de pronunciar: Primero servir d Dios, des­
pués á los hombres. Sabían que aceptaban una lucha á
muerte, pero teniendo conciencia de la santidad de su
causa, sentíanse más grandes y más fuertes que el mundo
entero. A este primero é irresistible sentimiento del dere­
cho, contra el cual ni la autoridad ni la violencia prevale­
cíanle juntaba la satisfacción de haber sido juzgados dig­
nos de sufrir una afrenta por el nombre de jesús. La ale­
gría reprimida, pero intensa, del alma que ha probado su fi­
delidad, irradiaba en su mirada. Estaban hermosos como re­
vestidos de una primera aureola de martirio; pues había co­
menzado á realizarse la profecía del Maestro que les prome­
tiera azotes tan crueles como la injusticia de sus jueces <3>.
Tomaban para en adelante la cruz sobre sus espaldas, y
este primer testimonio de amor al Señor, asociándolos á
los dolores mismos de la Pasión, tenia para ellos una sua­
vidad singular. Sufrir como Él, por Él y con Él, debía ser
el eterno ideal de las almas generosas. La santa alegría
que experimentaron los Apóstoles en esta ocasión ha sido,
(1) D esde M oisés (Deut., X X V , 1-3) hasta San Pablo (II Cor XI 24)
este suplicio'se encuentra usado entre los judíos. ’ ’
(2) Josefo ^(Ant.} IV, 9) la llama nfuapia ala-x^rr). Sobre la crueldad de
este castigo véase la Vida de Nuestro Señor Jesucristo, vol III n 317
(3) Mat.,\X, 17. ’ ' ’
120 MO»SEÑOR LE [Link]

en el decurso de las edades, el estado de alma de todos los


mártires. Ni uno solo de ellos ha sufrido con tristeza. Han
derramado toda su sangre, pero no una lágrima. Esto es
suficiente para probar, no tanto el imperio del alma sobre
el cuerpo, cuanto la acción de la gracia divina sobre nues­
tra desfalleciente naturaleza. ^
Sin cuidarse más del Sanedrín, los Apóstoles pusié­
ronse de nuevo á enseñar en el Templo, á las horas que
el pueblo se congregaba en él, y de casa en casa, el resto
del día, predicando precisamente lo que se les había pro­
hibido decir: que Jesús crucificado era verdaderamente el
Mesías de Israel. #
Así, la joven Iglesia, á pesar de estar cohibida por el
judaismo y las hostilidades que éste suscitaba, afirmaba
cada vez más su vida personal, su derecho de hablar, de
instruir, de hacer prosélitos; su desprecio del sufrimiento
y de la persecución; la conciencia que tenía de su misión
fuera de la sinagoga y su fe en el porvenir. Tales fueron
los primeros resultados obtenidos y los comienzos de una
vida independiente y personal que revelaban su energía
naciente. _
Érase, como hemos dicho, á fines del año 32. El dere­
cho de juzgar y de hacer azotar á los acusados, que el Sa­
nedrín se atribuía; sus visibles aunque vanos deseos de
intentar una acción capital; los acontecimientos que lue­
go seguirán, en que veremos á Esteban entregado á muer­
te sin ninguna protesta de la autoridad romana, y á Sau-
lo comisionado con letras patentes del Sanedrín, revelan
suficientemente que Tiberio, enfermo ya y entregado á sus
vergonzosas pasiones de viejo lúbrico y de tirano odioso,
había dejado prevalecer á lo lejos una política más liberal,
con respecto á las provincias sometidas al imperio. Pilato
estaba todavía en Jerusalén; pero se inquietaba con la
agitación que comenzaba á producirse en Samaria y que
él, algún tiempo después, debía ahogar en sangre con horri­
bles matanzas. De suerte que en aquel momento se expli­
ca con bastante naturalidad el recrudecimiento hostil que
LA OBRA DE LOS APOSTÓLES 121
acabamos de comprobar en el partido jerárquico. Esta hos­
tilidad se afirma por este primer atentado á la libertad dó
los predicadores y el indigno tratamiento que se les infli­
ge, y se acentuará en los acontecimientos que luego se se­
guirán, motivados por la aparición de un elemento, no nue­
vo, pero cada vez más poderoso en la joven Iglesia; nos
referimos á los discípulos helenistas; porque si puede ser
inexacto el decir que los judíos de lengua griega fueron
favorables, por regla general, á la nueva religión W, es ab­
solutamente cierto que aquellos que la adoptaron fueron
sus propagadores más ardientes.1
(1) Los helenistas ocasionaron la muerte de Esteban. Pablo, uno de ellos,
fue el que con mayor violencia avivó el fuego de la persecución. Ellos fue­
ron los que conspiraron para matar á Pablo que predicaba en Jerusalén.
(H e c h IX , 29), y los que, más tarde, lo denunciaron al partido jerárquico,
habiéndolo reconocido en Asia (Hedí., X X I, 17). Por medio de su rigorismo
en Jerusalén, quería quizá compensar lo que su vida en el extranjero pare­
cía tener de menos ortodoxa.
SEGUNDA PARTE
PRIMEROS RESPLANDORES DE LA IGLESIA
FUERA DE JERUSALÉN
Ó LA IGLESIA Y LOS HELENISTAS

CAPÍTULO PRIMERO

Institución de los Diáconos


Prim era nube que se levanta en la Ig lesia n aciente.—Ju d íos h elenistas y ju ­
díos palestinos.—C onvocación de todos los fieles.— Proposición de los
A p óstoles.— E lección de siete diáconos.— Su consagración solem ne por los
A p óstoles.— E l orden del diaconado rem onta á la institución de los siete
elegidos. ( Hechos, Y I, 1-7).

El ministerio de la predicación, bien desempeñado, ab­


sorbe las fuerzas vivas de un hombre. Difícilmente puede
un apóstol evangelizar y atender á las obras materiales de
caridad que organiza en el curso de su apostolado. Á me­
dida que se desarrolló la pequeña comunidad, sobrevinie­
ron complicaciones en la repartición de las limosnas coti­
dianas. Por falta de justicia y de habilidad en los auxilia­
res que se habían ofrecido para suplir en este ministe­
rio, levantóse un murmullo de descontento. Fue la prime­
ra vez que una nota discordante venía á turbar la unión
admirable de todos los corazones. Para comprender bien
el alcance del incidente, conviene tener en cuenta que buen
número de los miembros de la Iglesia pertenecían á fami­
lias judías que vivían entre los paganos, fuera de Jerusa-
lón, y recientemente repatriados ó simplemente de pasa-
LA OBRA DE L08 APÓSTOLES 123
da en la Ciudad Santa. Muchos podían también no ser sino
paganos adheridos al judaismo. Hablaban comúnmente,
no el arameo, sino el griego. De aquí su nombre de hele­
nistas Sucedió, pues, que en las distribuciones de dine­
ro ó de víveres, sus viudas ^ eran menos bien tratadas
que las de los judíos palestinos. Quejáronse, y como pare­
cía que no se les hacía caso, viéronse obligados á acentuar
sus recriminaciones.
En el fondo de su corazón, todo judío de Jerusalén guar­
daba un sentimiento tan elevado de su propia excelencia
como hijo privilegiado de la Ley. que no le era posible
abstenerse de mostrar una señalada preferencia para con
todo el que nunca había salido de Tierra Santa ni se ha­
bía manchado con el contacto de los paganos. Aunque
uno no fuese circunciso proveniente del paganismo y re
negador de los falsos dioses, sino judío hijo de judío, fiel
adorador de Jehováy tributario del Templo, la casa pri
vilegiada para la plegaria oficial, desde el momento en
que se vivía en relaciones con los gentiles, y se hablaba su
lengua, y no sé habitaba en Jerusalén, formaba parte de una
clase de todo punto inferior á la de los verdaderos judíos,
que hablaban el idioma nacional, vivían á la sombra de
la casa de Dios, y constituían el verdadero Israel, exento
de todo compromiso respecto de los impuros. De esta dis­
tinción entre judíos helenistas y judíos jerosolimitanos,1
(1) Esta denominación, que se halla dos ó tres veces en el libro de los He­
chos (IX , 29 y X I, 20), se refiere á los judíos ó á los adeptos del judaismo
que no sólo hablaban entre sí la lengua griega, pero leían la Escritura y tri­
butaban á Jehová sus honores en este idioma. Su nombre venía de éW-rivífav,
hablar el griego, por oposición á los judíos palestinos, 'EppaXoi,, que leían la
Escritura en hebreo y hablaban el siró-caldeo, ó arameo. En masa eran de
raza judía, que habían nacido ó vivían en el extranjero. También se les lla­
maba hijos de la dispersión. Entre ellos podía también encontrarse pro­
sélitos de la Puerta, paganos convertidos al judaismo.
(2) La palabra viudas designa aquí probablemente á las pobres mujeres
que la muerte del jefe de familia había dejado sin apoyo, y que eran mante­
nidas á expensas de la comunidad. Si esta denominación quisiérase aplicar­
la á las piadosas mujeres de las que más tarde se hablará ( / Tim. V, 3), ocu­
padas en alimentar y cuidar á los pobres, el asunto habría tenido mayor al­
cance.
124 MONSEÑOR LE CAMTJ8

muy profundamente ahondada por el espíritu rigorista de


los unos y la conducta liberal de los otros, debía seguirse,
no solamente una diferencia en el reparto de las limosnas,
pero aun todo un sistema de preferencias, de prerogativas,
de clasificación, que pronto tendría algo de mortificante y
también de antievangélico. Nada nos impide tampoco creer
que, bajo de una recriminación accidental, se dibujase des­
de entonces por vez primera una cuestión importante, que
pronto debía imponerse, cada vez más urgente y despia­
dada, hasta que fuese resuelta de un modo oficial. En el
fondo, se trataba de saber si la religión nueva suprimía ra­
dicalmente toda la diferencia de origen, de lengua, de na­
cionalidad, todas las categorías inspiradas por antiguos re­
cuerdos del judaismo, toda prerogativa de hijo más o me­
nos directo de Israel y de Abraham.
Provisoriamente, á una dificultad de apariencia tan só­
lo material, se creyó suficiente responder con la institu­
ción de un oficio de orden análogo, nuevo en la Iglesia y
capaz de atenuar los inconvenientes señalados. En reali­
dad, la innovación llevóse mucho más lejos de'lo que se pen­
saba, y los resultados, desde el punto de vista de la difu­
sión de las ideas y de la emancipación de la Iglesia, no
fueron sólo decisivos desde el punto de vista del orden
interior y de la distribución de las limosnas. La asamblea
general de los discípulos fué convocada por los Doce. Á
ellos incumbía el perfeccionar la organización de la Igle­
sia y desarrollar sus medios de acción, para atender a sus
necesidades eventuales. En un asunto que directamente
afectaba á los intereses materiales de la sociedad, les pa­
reció lógico conceder un papel efectivo á esta misma socie­
dad, si bien reservándose el derecho de determinar las con­
diciones. No le podía desagradar á la Iglesia ver al pue­
blo participar en su gobierno, con tal que la autoridad
jerárquica dirigiera y sancionara los acuerdos del sufragio
universal. Esto entraba en la nota democrática del Evan­
gelio. «No es justo—dijeron los Apóstoles,—que nosotros
descuidemos la palabra de Dios, para tener cuidado de las
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 125

mesas. Por tanto, hermanos, nombrad de entre vosotros


siete sujetos de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de
inteligencia, á los cuales encarguemos este ministerio. Y
con esto podremos nosotros emplearnos enteramente en la
oración y en la predicación de la divina palabra.^ Asi, los
Apóstoles no desconocieron la legitimidad del murmullo
que habían oído. La autoridad mas alta se honra en ad­
mitir que ha podido ella ser menos vigilante. Ve su de­
ber y piensa en cumplirlo. Aquí, sin acritud contra los que
recriminan y con perfecta humildad, los Apóstoles piden
que se los releve del cuidado de repartir las limosnas. Si
en un principio lo aceptaron, fue porque los fieles habían
encontrado natural depositar á sus pies las ofrendas do
su caridad. Ahora la Iglesia es demasiado numerosa y las
ocasiones de predicar el Evangelio demasiado frecuen­
tes, para que ellos puedan con provecho atender á dos ofi­
cios tan distintos. De otra parte, la centralización no es un
bien para una sociedad que quiere aumentar. De dos mi­
nisterios, sacrifican el que les viene de los hombres: el cui­
dado de presidir las distribuciones de las limosnas, conser­
vando el que les viene de Dios: la misión de anunciar el
Evangelio. Escoja, pues, la comunidad inmediatamente á
sus administradores. Sus atribuciones dicen cuáles debe­
rán ser sus virtudes. Guardianes y distribuidores del te­
soro público, conviene exigirles desde luego una probidad
irreprochable; instrumentos de caridad para todos, es de
desear que el Espíritu Santo los penetre y les conceda el
don de difundir en torno suyo á Dios y su gracia, mejor
aún que las limosnas; providencia de los pobres, necesita­
rán de tacto y prudencia para contentar á todos y evitar
nuevas reclamaciones. Siete elegidos bastaran para des­
empeñar el nuevo ministerio, quizá porque la Iglesia cris­
tiana de Jerusalén está dividida en siete distritos, ó tam­
bién porque la semana tiene siete días y para la distribu­
ción de cada día se comisionará á uno de los elegidos, por
turno W.
(1) Por otra parte, el número 7 estaba lleno dé grandes recuerdos. Noú
126 MONSEÑOR LE CAMUS

Sea como fuese, la proposición de los Apóstoles fue del


agrado de todos, y se procedió á la elección. Los siete nom­
bres proclamados parecen indicar que la reacción fue viva*
ó que hubo empeño en complacer á los palestinos, pues to­
dos los elegidos tienen una fisonomía absortamente grie­
ga. Es muy cierto que buen número de judíos propiamente
dichos llevaban nombres griegos; por ejemplo, Andrés y
Felipe entre los Apóstoles. Pero no se puede negar que}
habiendo dado la mayoría sus votos á un simple prosélito
de Antioquía, la elección se hiciera sobre todo con inten­
ción de contentar al partido helenista y bajo una inspira­
ción muy diferente del exclusivismo jerosolimitano que ha­
bía provocado la legítima protesta. La lista de los elegi­
dos fué adoptada en la forma siguiente: Esteban, Felipe,
Procoro, Nicanor, Simón, Parmenas y Nicolás. Del prime­
ro de ellos se dice que estaba lleno de fe y del Espíritu
Santo. Pronto veremos la prueba. El segundo, Felipe, des­
empeñará también un papel glorioso, y mostrará que no
era menos apto en distribuir el pan de la palabra que el
de la caridad. De los cuatro siguientes nada sabemos, por­
que el interés por las individualidades era muy poca en
aquellos días en que la personalidad divina de Jesucris­
to lo absorbía todo. Nicolás, el séptimo, era un prosélito
de Antioquía, pagano de origen, el cual, antes de ser cris­
tiano, habíase incorporado al judaismo sometiéndose á
la circuncisión. La tradición está dividida acerca de su pa­
pel en la Iglesia naciente. Por desgracia, las explicaciones
caritativas de Clemente de Alejandría no han destruido
las terribles acusaciones contra él formuladas por San Ire-
neo, Tertuliano, San Epifanio y San Jerónimo (1'. Según
introdujo de 7 en 7 los animales puros y las aves del cielo en el arca; para
apoderarse de Jericó, fué preciso dar la vuelta á la ciudad 7 días, y en el 7.°,
al ruido de 7 trompetas, tocadas por 7 sacerdotes, se desplomaron las mura­
llas. El candelabro de oro tenía 7 brazos, la semana 7 días, etc., etc. Tam­
bién á cada instante encontramos este número en el Apocalipsis: 7 iglesias,
7 sellos, 7 trompetas, 7 copas, 7 ángeles, 7 espíritus ante el trono, 7 cuernos,
7 ojos de cordero, etc.
. (1) H e aquí, en resum en, el estado de la cuestión. D esde el fin del siglo
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 127
«líos, el desgraciado diácono, incapaz de cumplir los pro­
pósitos de castidad que había formado, habría llegado á
ser el autor de la secta impura de los nicolaítas, que el
Apocalipsis denuncia á la abominación de los primeros
cristianos.
Los siete elegidos fueron •presentados á los Apóstoles,

segundo, San Ireneo (Cont. haer., I, 26) afirma que los nicolaítas, los cuales
consideraban como actos indiferentes el adulterio y el uso de carnes inmola­
das á los ídolos, reivindicaban para sí, como autor, al diácono Nicolás.
Tertuliano (de Praescr., c. 47), San Hilario (in M ath., XXV) apoyan este
sentimiento. San Epifanio (Adv. haeres., 1,25) da también de la defección del
diácono Nicolás importantes detalles. Teniendo una mujer muy hermosa,
ia dejó para vivir continente y mostrarse más digno de su alta vocación; pe­
ro no pudo sostener su resolución heroica. Excitada su pasión por el diablo,
bascó pretextos para volver á su primer estado, i,como un perro á su propio
vómito>. Inventóse unos principios á fin de justificar á sus propios ojos y a
los ojos de los demás su flaqueza y los abominables excesos á que se entregó.
El autor del libro Philo&ophoumena, VII, 36, añadió su testimonio al de San
Epifanio agravándolo.
S in embargo, C lem ente de Alejandría (Strom ., I I I , 4) cuenta de otra m a­
nera la historia de N icolás, m ostrando tenerlo en estim a, llam ándole hombre
apostólico. Teodoreto ( ffaeret . Fab., I I I , 1) y San A gustín se prevalen de la
autoridad de aquél, m ás seria y m ás antigua que la de San E pifanio, para
establecer que los nicolaítas no tenían ningún derecho á rem ontar su origen
hasta el diácono de A ntioquía. Según C lem ente de A lejandría, N icolás, re­
prendido por los A póstoles á causa d$ m ostrarse celoso de su m ujer, la hizo
presentarse á la asam blea y declaró que quien quisiese casarse con ella po­
d ía tom arla. S u pensam iento era probar que la acusación de celos no tenía
fundam ento y que él estaba m uy por encim a de las m iserias de la carne. U n a
frase que pronunció: «pues precisa irapaxpy<ra<?0&<- la carne», para significar
que debía de ella abusarse, esto es, mortificarla, anonadarla, fué interpre­
tada en el sentido contrario, y m ás tarde algunos hom bres m al intenciona­
dos les hicieron decir que los ap etitos carnales deben satisfacerse. Pero N i­
co lás, según C lem ente de Alejandría, nunca dejó de llevar una vida m uy cas­
ta; sus hijos y sus hijas siguieron su ejem plo y guardaron virginidad. Por
tanto, sería injusto hacerle jefe de esta secta abom inable.
L a crítica m oderna supone que los nicolaítas no tom aron del todo su nom ­
bre del diácono N icolás, sino de la funesta aoción que ejercían sobre la m o­
ral pública y ei sentim iento religioso del pueblo cristiano. N icolaítas y Ba-
laam itas serían un m ism o nom bre sim bólico: el uno derivado de viko. v, suje­
tar, y de Xaós, pueblo; el otro, d el hebreo baláj, devorar, y de jam, pueblo,
usados sim ultáneam ente com o dos sinónim os, para designar una m ism a cate­
goría de enem igos del cristianism o. E l cotejo de los versículos 14 y 15 del
cap, I I del Apocalipsis apoya esta manera de sentir en lugar de com batirla,
com o algunos han creído. D e suerte que esos m iserables corruptores del
■ cristianismo, á los cuales Pedro, 11 Ep., II, 15, y Judas, 11, nos los presen­
tan andando por los cam inos de Balaam , serían los m ism os que esos nico­
laítas cuyas doctrinas estigmatiza el Apocalipsis (II, 6, 15).
128 MONSEÑOR LE CAMUS

los cuales, después de orar, les impusieron las manos.


Así, el pueblo, consultado por ellos sobre la elección de los
nuevos ministros, les dejaba, después de haber dado su
respuesta, el cuidado de consagrarlos. Una cosa es la de­
signación de los sujetos más dignos, y otra la colación del
carácter jerárquico. Ésta sólo pertenece á los Apóstoles y
á sus sucesores. Por lo demás, no proceden á introducir
nuevos miembros en la jerarquía instituida por Jesús sin
antes haber acudido á la oración, por ínfimo que sea el
grado al cual quieren promover á los elegidos de la asam­
blea. Comprenden que solamente á Dios ó á Jesucristo
pertenece el derecho de desarrollar la organización de la
Iglesia, de la que es jefe y único señor. Sólo Él puede con­
ceder el poder de asociar á recién llegados al privilegio de
representarle en el gobierno de la Iglesia y la distribución
de la gracia. Los diáconos aquí instituidos no tuvieron so­
lamente la misión de servir á las mesas: los veremos pre­
dicar valientemente la palabra de Dios, y con sus éxitos
probar que la mano de los Apóstoles no en vano se había
extendido sobre su cabeza. El Espíritu Santo, inflamando
con efusión especial sus corazones, les había comunicado
una fuerza moral á la que nada podía resistir.
Que sea necesario reconocer, en este incidente de la
historia apostólica, la institución de un ministerio, no
transitorio, sino definitivo para la Iglesia, y relaciona­
do con el presbiterado cuyas cargas debía aligerar, co-
E n el fondo, no siendo dudoso que, desde el siglo II, una secta lla ­
m ada de los n icolaítas pretendió tener por autor al diácono N icolás, con­
vendría quizá preguntarse si el nom bre B alaam era una traducción del
nom bre N icolás, evocando así un recuerdo odioso, á la m anera que el de B a­
bilonia había sido im aginado por Juan para significar á Roma. E sta h ip óte­
sis podría estar m ás cerca de la verdad que la otra; y en este caso, la m em o­
ria de N icolás no quedaría lim pia de una m ancha que la antigüedad a testi­
guó y que la ex égesis m oderna no podría lavar con una habilidad de lin ­
güistica. (*)
(*) A esta interesante nota del autor añadirem os que la explicación d e
C lem ente de A lejandría no pasa de ser m ás ó m enos ingeniosa. L a frase que
que atribuye á N icolás se tom a com únm ente en m al sentido; y si el diácono
quería hablar de la necesidad de mortificar la carne, podía servirse de otros
verbos que no se prestan á am bigüedades, por ejem plo, de ffavaróu, veicp6wr
etc., usados repetidas veces en el N u evo T estam ento.—N . del T.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 129
mo éste se relaciona con el episcopado, parece que no
puede ponerse en duda. La más antigua tradiáion esta de
acuerdo en reconocerlo así, y, en memoria de esta primera
institución, la mayor parte de las iglesias, comenzando
por la de Roma no tuvieron al principio más que siete
diáconos, procurándose en cambio gran número de sacer­
dotes. Además, la misma solemnidad con que los Siete fue­
ron escogidos y consagrados da á entender que no fueron
nombrados por algún tiempo y con funciones transitorias,
sino que debían ser una institución definitiva. ¿De dónde
procederían, por otra parte, los que les sucedieron, y
cuyo ideal, al lado del del Obispo, bosquejó perfectamente
San Pablo (12)3? Si es preciso relacionarlos con algo, ¿por qué
no con la presente elección? Que las funciones del diácono
hayan debido modificarse con el tiempo y según las nece­
sidades de la Iglesia, esto es muy natural; no por ello es
menos evidente que en el fondo han seguido siendo los
servidores titulares de la asamblea cristiana y los auxilia­
res oficiales del sacerdocio, presidiendo la distribución de
las agapes y el orden de la asamblea, administrando la
Santa Eucaristía y sobre todo llevándola á los hermanos
ausentes; leyendo públicamente el Evangelio y también
predicándolo asistiendo al Pontífice en el Santo Sacri­
ficio; en una palabra, estando unidos al altar y á la jerar­
quía eclesiástica de derecho divino, por una comunicación
primera y particular del Espíritu Santo y de la gracia,
bajo un signo sensible y permanente, la imposición de las
manos, lo que constituye una parte del sacramento del
Orden.
En cuanto al resultado, la promoción de los siete can­
didatos á la nueva dignidad, excedió, según dijimos, todas
las previsiones. Aunque en situación humilde y subalter­
na respecto de los demás dignatarios eclesiásticos, al me­
nos dos de ellos fueron los grandes abogados de las ideas
(1) Eusebio, H. E., VI, 43. *
(2) 1 Tim., III, 8-10.
(3) Felipe es llamado evangelista, Hech„ XXI, 8.
130 MONSEÑOR LE CAMUS

universalistas, que iban de repente á señalar las nuevas


vías de la Iglesia.
Sea porque los Apóstoles, libres de todo cuidado ma­
terial, . pudieron trabajar más enérgicamente en la di­
fusión de la verdad, sea también porque los diáconos, des­
plegando úncelo particular en el ejercicio de sus funcio­
nes, aprovecharon, mezclándose con el pueblo en la distri­
bución de las limosnas, todas las ocasiones de sembrar há­
bilmente en las almas la buena semilla, de nuevo en este
momento recrecieron las conversiones. El mismo partido
jerárquico judío fué descantillado, y gran número de levi­
tas y de sacerdotes hicieron á los pies de los Apóstoles su
profesión de fe en Jesucristo W.
¿Vieron en la Iglesia algo más que una forma más per­
fecta del judaismo? ¿Renunciaron francamente á antepo­
ner la ley de Moisés á la de Jesucristo? Después de haber
renunciado á ello, ¿no abandonaron en seguida este pru­
dente acuerdo, y, apegados al servicio del Templo, no fue­
ron de nuevo insensiblemente inducidos á creer que el
Templo, y no la cruz, debía ser el centro del movimiento-
religioso al que se habían adherido? Podría temerse, y
todo nos lleva á creer que, de entre estos sacerdotes y
levitas convertidos, se reclutaron pronto los porfiados y
audaces celadores de la Ley, conocidos con el nombre de
judaizantes ó partidarios de la circuncisión <2). Mal apar­
tados de las prácticas mosaicas, hombres que habían naci­
do y vivían en el Templo, legistas inconsolables por tener
que renunciar á su casuística penosamente aprendida*
fundaron el temible partido que persiguió á Pablo y sus
(1) El hecho de la conversión de un gran número de sacerdotes, iro\í>s 6-
xXos, ha parecido extraño á muchos comentaristas; pero todas las modifica­
ciones del texto que se han propuesto son tan inaceptables como gratuitas.
En lugar de torturar lo que está escrito, es más prudente buscar en él una de
las indicaciones .más importantes que nos da, sin parecer sospecharlo, el au­
tor de los Hechos. Entre estos convertidos extraordinarios es donde hay que
buscar los elementos de la secta de los judaizantes.
(1) Parece bastante natural identificar á los «algunos de la secta de loa
fariseos que habían abrazado la fe», Hechos, XV, 5, con los sacerdotes y le­
vitas de cuya conversión aquí se habla. Querían qtie las circuncisión y la.
observancia de la ley fuesen impuestas á los paganos.
LA. OBRA DE LOS APÓSTOLES 131¡
doctrinas universalistas con odio implacable doquiera pre­
dicó, y se hizo temer de Pedro en Antioquía y se preva­
lió de la influencia de Santiago en Jerusalén. Sin razón se
ha supuesto que se apoyó seriamente en la autoridad de
algunos Apóstoles. Más tarde veremos que no hubo nada
de esto; que, mientras vivió al lado del círculo apostólico,,
éste jamás participó de su error. Su doctrina se sostu­
vo por el crédito poderoso de los hombres de ciencia y de
virtud que propendían á que prevaleciera, y también
porque halagaba un instinto de raza, de viejos prejuicios
nacionales, el respeto innato á la Ley. En realidad, sus
representantes no tuvieron jamás procuración apostólica,
en Galacia no más que en Antioquía W. Alguna vez, aun­
que injustamente, quisieron atribuírsela tu. Todos los-
Apóstoíes, sin excepción, repudiaron sus miras, Santiago
tanto como los demás. Á pesar de esto, la secta de los ju­
daizantes tuvo en jaque, durante largo tiempo y un poco
en todas partes, al movimiento de emancipación que el
Espíritu de Dios imprimía á su Iglesia. Acabó por zozo­
brar en el ebionismo. Es muy digno de notarse que, si
realmente encontró á sus primeros representantes entre
los sacerdotes judíos cuya conversión hemos consignada
poco ha, nació precisamente en la hora en que, con los he­
lenistas, iba á comenzar la evolución universalista de la
cual debía ser irreconciliable adversario.12
(1) Hechos, XV, 24.
(2) Esto podría quizá deducirse de la frase irpó roO é\0eiv airb 'Yatcúfiov
(Galat. II, 12), que se ha traducido muy fuera de propósito por: antes de la
venida de unos emisarios de Santiago, y que significa solamente: «antes de
la venida de algunos que vivían en compañía de Santiago, recomendándose
en él, amparándose con su nombre.» (Comp. l l Cor. XI, 5; XII, 11).
CAPITULO II

Tentativa de Esteban para emancipar del judaismo la


Iglesia. Es apedreado
Elocuentes polémicas del diácono Esteban en las sinagogas.—Su amplitud
de miras: es el precursor de Pablo.—Su acusación ante el Sanedrín.—
Apología del joven diácono.—Idea general y desarrollo de su discurso.—
Fin tumultuoso del proceso.—Esteban ve al Hijo del Hombre.—Muere
inspirándose en su ejemplo.—Uno de sus verdugos hará revivir su idea.
(Hechos, VI, 8-15; VII, 1-60).
El diácono Esteban se señaló sobre todo por su celo pa­
ra propagar el Evangelio en el medio helenista de donde
él mismo procedía. De natural ardiente y fuertemente
templado, al que nada podía impedir de comunicar á otros
la luz que inundaba su alma, debió ir á buscar á los oyen­
tes allí donde estaba seguro de no encontrar sino adversa­
rios. Con él, la joven Iglesia salía de su actitud reservada,
para tomar la ofensiva contra la Sinagoga. Por lo demás,
Dios le alentaba en su apostolado concediéndole el don de
establecer la legitimidad de su predicación por medio de
brillantes milagros, de tal suerte que pareció rivalizar en
poder con los mismos Apóstoles. El pueblo admiraba sus
obras. Nadie podía resistir á la sabiduría de sus discursos.
Las sinagogas habían ofrecido al Maestro oyentes muy
bien dispuestos, y un medio escogido para sembrar la
Buena Nueva. Esteban juzgó que un tan alto ejemplo de­
bía seguirse, y se le vió presentarse resueltamente en las
asambleas piadosas de la capital para provocar en ellas
discusiones públicas. Si la innovación era atrevida, por
no haberse todavía ensayado los Apóstoles ante tales re­
uniones, no por esto dejaba de prometer ser fecunda en
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 133
felices resultados. En vez de entretenerse en sitiar al par­
tido jerosolimitano, Esteban atacó al judaismo helenista,
más dispuesto á disgregarse y menos extranjero, por el
medio mismo en que vivía, al soplo universalista del Evan­
gelio. De entre las cuatrocientas ochenta sinagogas que
contaba la Ciudad Santa, según los rabinos procuró ini­
ciar sus polémicas en aquellas que eran frecuentadas por los
judíos de la dispersión, ó los griegos judaizantes. Así parece
haberse dirigido, por turno, á los judíos de Eoma en su si­
nagoga llamada de los libertos á los judíos de Africa
^n las sinagogas de los cirineos y de los alejandrinos (3), á
los asiáticos en la sinagoga de Cihcia y del Asia procon­
sular (4). Si en ellas hacía conquistas, también levantaba
violentas oposiciones. El joven Saúlo de Tarso que, de de­
recho, pertenecía a la sinagoga de Oilicia, no debió ser uno
de los menos ardientes en escuchar y en combatir al elo­
cuente predicador. Le consideraba como el adversario de
la Ley y el enemigo de su pueblo. Su odio llegó hasta vo­
tar su muerte. Mas en vano se erguía contra la verdad
triunfante; á pesar suyo, sin que él lo advirtiese, la palabra
viva y enteramente nueva del diácono le penetraba! Ella
trabajaba su corazón como un aguijón despiadado, has-
(1) Mejilla, fol. 73.
(2) Esta es la traducción más natural de la palabra AtfitPTÍ»w, que, como
otras muchas, pasó, sin modificación esencial, del latín al griego de aquel
tiempo. Se llamaba libertinos á los judíos que Pompeyo había transporta­
do a Eoma como esclavos y que después habían sido manumitidos. Filón los
llama oí di-cWs/urtárret {Legal ad Caium), y Tácito (Ann. II, 85) dice de
sus descendientes expulsados de Italia, y muchos de los cuales debieron vol­
ver á Jerusalén, que eran libertini generis.
(3) Los judíos establecidos en. Cirene por Tolomeo Lago formaban se­
gún Josefo (Antig., XIV, 7, 2) un cuarto de la población de esta gran ciu­
dad. Eran mas numerosos todavía en Alejandría, donde ocupaban dos de los
cinco barrios, y alcanzaban la cifra de cien mil.
(4) Dada la construcción de la frase, muchos intérpretes han supuesto
que todos estos judíos helenistas formaban parte de una sola y misma sina­
goga. Pero estos edificios, muy numerosos en Jerusalén, no eran grandes v
uno sólo no habría podido contener á tanta gente. Otros quieren que los’ü-
j r v i - ■ c*r*üeos y l°s alejandrinos formaban un grupo, y otro los judíos
de Ulicia y de Asia. Es más probable que cada país tenía su sinagoga par­
ticular, como en nuestras capitales cada nacionalidad procura tener su capi­
lla, ya que no su iglesia.
9 T. IV
134 MONSEÑOR LE CAMUS

ta la hora en que caería vencido, declarándose conquis­


ta y representante determinado de las ideas y de la fe de
aquel á quien antes anatematizara. Por más que los man­
tenedores del judaismo se habían unido, no podían resis­
tir el soplo potente de esta nueva predicación. La ciencia
de Esteban destruía sus dificultades y el Espíritu de lo
alto, hablando por su boca, arrastraba los corazones.
Juzgóse, pues, más prudente renunciar a discusiones re­
gulares, donde sin cesar eran batidos, para recurrir á me­
dios menos honestos, pero que con su ayuda podía espe­
rarse salir vencedor. La calumnia, por poco que las cir­
cunstancias se presten, es un arma formidable. Asi suce­
dió en esta ocasión. En realidad, Esteban, con la amplitud
de ideas que le caracterizaba y las miras clarísimas que
tenía sobre el porvenir de la Iglesia, era el primero que le­
vantaba su mano contra la vetusta muralla del judaismo.
El oficio era peligroso. Los Apóstoles habían preferido
someterse á observar toda la Ley, antes que permitir que
se sospechara de sus sentimientos con respecto al mosaís-
mo. Por esto los fariseos, y con ellos el pueblo, los habían
tolerado como una secta, nueva sin duda, pero siempre
apegada al regazo de la Sinagoga. Esteban, por el con­
trario, creía llegada la hora de separarse de él, y su intré­
pida palabra lo trastornaba todo para ensanchar los hori­
zontes. Un innovador está siempre expuesto á acusaciones
malévolas, sea porque los unos no lo comprenden bastan­
te, ó porque los otros le comprenden demasiado. Se sobor­
nó á unos testigos, qúe pretendieron haber oído á Esteban
blasfemar contra Moisés y contra Dios. En esta acusa­
ción, á pesar de ser enteramente falsa, es donde hay que
buscar una apariencia de realidad, y encontrar la última
palabra del proceso. Si San Lucas hubiese entrevisto, co­
mo suponen ciertos críticos, un antagonismo real entre las-
doctrinas de Pedro y las de Pablo, esta éra la ocasión de­
insistir sobre el carácter especial de la predicación de Es­
teban, que, en verdad, preludió inmediatamente las teo­
rías del Apóstol de los gentiles. Mas el autor de los He-
l a o b r a d e lo s a p ó s t o l e s 135
chos estaba muy lejos de los fantásticos desvarios de la
escuela de Tubinga, y lo que hay de más evidente, leyen­
do entre líneas, es que no parece haberse dado cuenta, en
este proceso de Esteban, del fondo mismo de la cuestión.
Todo blasfemo merecía la muerte(1). No habiendo obs­
táculo de parte de la autoridad romana, se juzgó que po­
día sin temor intentarse una acción capital. El pueblo, los
ancianos y los escribas se entendieron muy pronto para
promover un motín. Corriendo en tropel, se apoderaron
del joven diácono y lo arrastraron á la barra del Sanedrín.
Esto era, en cierto sentido, repetir, á propósito del discí­
pulo, los procedimientos por los cuales se había suprimido
al Maestro. Presentaron, en efecto, algunos testimonios
falsos que repitieron más explícitamente aún las primeras
acusaciones. «Este hombre—dijeron—no cesa de proferir
palabras contra este lugar santo y contra la Ley; pues
nosotros le hemos oído decir que Jesús, el Nazareno ese*2*,
ha de destruir este lugar y mudar las tradiciones que nos
dejó ordenadas Moisés.» En realidad, Esteban podía ha­
ber dicho todo esto sin blasfemar. Pretender que los ritos
mosaicos no serían eternos, no era destruir á Moisés, que
había anunciado, para el porvenir, á un profeta más gran­
de que él. Declarar que el Templo no bastaba ya á la hu­
manidad, toda entera llamada en lo sucesivo á adorar al
verdadero Dios, no era blasfemar contra la grandeza ó la
santidad de este Dios. Si así había hablado Esteban, no
había hecho más que continuar y desarrollar, con particu­
lar energía, las enseñanzas de Jesús á la Samaritana. Des­
pués de haberlo dicho el Maestro, ¿estaba prohibido repe­
tir que había sonado la hora en que Dios debía ser adora­
do, no ya sobre tal montaña ó en tal edificio, sino en el
universo entero, en espíritu y en verdad, con un culto del
todo interior, de suerte que, llevando cada adorador en su
alma el más hermoso de los templos, resultaría superfluo
el de Jerusalén? ¿No podía, siguiendo también al Maestro,
(1) D e u te r XIII, 6-10.
(2) L a expresión de desprecio es evidente en la palabra oífroy.

- J
. 136 MONSEÑOR LE CAMTJ8

hacer resaltar todo lo que había de transitorio en la anti­


gua Alianza, mostrando cómo los ritos simbólicos del mo-
saísmo habían tenido su realización y su término en el es­
tablecimiento definitivo del reino de Dios? Todo esto era
correcto, ortodoxo, aunque muy opuesto á los viejos pre­
juicios del judaismo. Esto es lo que Pablo más tarde pre­
dicará. Se le calificó de intolerante, subversivo, criminal.
Al que pide la estación de los frutos después de la esta­
ción de las flores, se le dice: «Tú quieres la muerte del
árbol.> La verdad, considerada sólo al vislumbre, puede
parecer una blasfemia. A espíritus encarcelados en la ruti­
na formalista, todo progreso debía parecerles una criminal
revolución. , . , jy „
Esteban fué, pues, acusado de querer destruir a Dios,
cuando precisamente trabajaba, mejor que todos, en ex­
tender su reino. Convencido de la verdad de su tesis y de
£ tu r a s intenciones de su corazón, se presentó ante
los jueces con actitud tan majestuosa, con mirada tan bri­
llante y fisonomía tan dulce, que, al verlo, parecióles ver
á un ángel. El Espíritu divino, del que estaba lleno, lo ro­
deaba como de una gloria celeste. Ninguna de las calum­
nias con que se le abrumaba turbó la serenidad de su al­
ma. Se comprendía que estaba impaciente, no por defen­
derse sino por probar su violento amor de Dios. Para ata­
jar el movimiento de simpática admiración que poco á
poco se apoderaba de la asamblea entera, el presidente
del Sanedrín se apresuró á interpelar vivamente al acusa­
do. «¿Es esto así?»—gritó.—«Hermanos míos y padres-
respondió Esteban,—escuchadme.»
Estando su ánimo en plena posesión de la causa que de­
fiende, teme ser difuso y sobre todo incisivo. Por esto pi­
de ser oído con benévola atención. Se le acusa de impie­
dad; él dirá su Crede. Este Credo es la historia bíblica
del pueblo de Dios; la contará para probar que la admite
toda entsra. Sí, él cree en la acción divina y permanente
de Jehová sobre su pueblo. Cree en la misión de Moisés,
de quien hace un panegírico brillante. Cree en la santidad
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 137

del Templo. Pero cree no menos en el desarrollo progresi­


vo del reino de Dios en el mundo. ¿Por ventura la histo­
ria de Israel no le muestra que las revelaciones divinas
han dejado de ser individualistas para convertirse en na­
cionales, y que la verdadera religión, circunscrita prime­
ramente al corazón de un hombre, ha de resultar la reli­
gión de todo un pueblo? ¿Con qué derecho se querría pro­
hibirle creer en la superioridad del Mesías sobre Moisés,
supuesto que este Mesías fué anunciado, con su trascen­
dental realeza, por Moisés y por los profetas, ó en el ca­
rácter transitorio de un Templo que no ha existido siem­
pre y que no podría ser siempre suficiente? Lo que en­
cuentra de más inmutable, al reflexionar en esta historia
de lo pasado, es la infidelidad de Israel y su obstinada re­
sistencia á la gracia de Dios. Con amargura la subrayará,
desde el día en que en ella vió á José maltratado por sus
hermanos, á Moisés renegado por los suyos, á los falsos
dioses adorados, á los profetas perseguidos, hasta la hora
en que el Justo, el Mesías mismo fué muerto. Entonces,
no pudiendo contener por más tiempo su emoción, ataca­
rá directamente á los eternos adversarios de la verdad,
que quieren cerrarle la boca, como habían intentado ce­
rrarla á otros enviados de Dios, y así atraerá sobre su ca­
beza una sentencia de muerte. Tales son las grandes lí­
neas de este discurso, que, por una serie de relatos bas­
tante parecidos á digresiones, está sin duda fuera de
las reglas de nuestra retórica, pero que conserva entera­
mente el sabor del judaismo antiguo ib. Además, la apa­
rente indecisión de estos medios apologéticos debe ser, á
los ojos de la crítica, el signo irrefragable de su autenti­
cidad 1(2). .
(1) Salmo LXX VII, CIV y (JV; Ezeq., XX; Nehem., IX i Judit, V, etc. Lo
sorprendente es que el autor del libro de los Hechos no lo haya abreviado. Se­
guramente lo encontró hecho y, con su exactitud escrupulosa, no quiso cam­
biar nada, aunque encontrara algo inútil en su desarrollo y pudiese también
descubrir en él algunas inexactitudes cronológicas.
(2) Un autor que hubiese imaginado por entero el discurso de Esteban,
habría clasificado y acentuado de otra suerte sus respuestas á las imputado-
138 MONSEÑOR LE CAMUS

«El Dios de gloria—dijo Esteban, valiéndose de esta


frase para probar qile no blasfemaba del Dios de Israel,—
se apareció á nuestro padre Abraham, cuando estaba en
Mesopotamia, primero que habitase en Harán W, y le dijo:
Sal de tu patria y de tu parentela, y ven al país que yo
te mostraré.» Entonces salió de Caldea, y vino á habitar
en Harán. De allí, muerto su padre (2>, le hizo pasar Dios á
nes de los falsos testigos. La tradición, fijando temprano, quizá por boca de
Pablo ó de Felipe, que debieron oirla, esta apología con mayor desarrollo
que de ordinario, la impuso íntegra al redactor del libro de los Hechos.
(1) El libro del Génesis habla, en efecto, de esta vocación de Abraham,
cap. XII, 1, y dice que tuvo lugar , no en Mesopotamia, sino en Harán. Qui­
zá Esteban seguía, en su exposición histórica, las tradiciones déla Sinagoga
(Véase Filón, Abraham, § 15) que completan el relato de Moisés. De hecho,
no es imposible que Abraham hubiese sido invitado primeramente á salir de
Ur en Caldea y después á salir de Harán. Los pasajes del Génesis, XV, 7, y
del libro segundo de Esdras, IX, 7, autorizan esta suposición. Josefo (A nt.,
I, 7, 1) sólo menciona la vocación de Abraham en Caldea y pasa en silencia
su estancia en Harán. Sabido es que Harán, Charrán ó Charres, célebre
por la derrota de Craso, era una ciudad antiquísima déla alta Mesopotamia,
situada en punto muy frecuentado por las caravanas. Se ven sus ruinas al
sudeste de Edesa.
(2) También aquí Esteban parece haber seguido la tradición rabínica-
mejor que el texto de la Escritura. Se ha supuesto que, como judío helenis­
ta, debía estar sobre todo familiarizado con la enseñanza especial recibida
en las sinagogas extranjeras, y más particularmente en la de Alejandría. Uno
vez más (V. la nota precedente! está de acuerdo con Filón (de Migr. Abrah.,
XXX)5 para suponer que Abraham no salió de la ciudad de Harán hasta des­
pués de la muerte de su padre. Sin embargo, una suposición muy sencilla,
hecha con las mismas cifras del Génesis, parecería establecer que Taré aún
vivía cuando Abraham partió de Harán. En efecto, se dice que Abraham en
este momento tenía setenta y cinco años (Gén., XII, 4); ahora bien, Taré, cum­
plidos los setenta de su edad, engendró á tres hijos, Abraham, Nacor y Ha­
rán (Gén., XI, 26), lo que da un total de ciento cuarenta y cinco años. Pero
Taré, según el Génesis, XI, 32, vivió doscientos cinco años. Por tanto, no
había muerto cuando Abraham abandonó el país, y debió vivir todavía se­
senta años. Se han multiplicado las hipótesis para resolver esta dificultad.
Algunos prefieren á la lección del Pentateuco judío la del samaritano, que
limita la vida de Taré á ciento cuarenta y cinco años; otros han pretendido
que el verbo áiro6ai>eív, debe entenderse, no de la muerte real de Taré, sino
de su apostasía. La suposición más comúnmente admitida es que Taré
comenzó á tener hijos á los setenta años, pero con un intervalo de sesenta
entre el primero y el tercero, y que el tercero habría sido Abraham, aunque
figura como primero en la enumeración de la familia, no á causa de su
edad, sino de su celebridad. Así, en la enumeración de los hijos de Noé,
figuran Sem y Cam antes de Jafet (Gén., VI, 10), y, sin embargo, es muy cier,
to que Cam (Gén., IX, 24), y muy probable que Sem (Gén., X 21), eran
más jóvenes que él. En / Paralip., I, 28, está bien dicho: «Filii autem Abra­
ham, Isaac et Ismael,» aunque Ismael fué el primogénito.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 139
esta tierra, en donde ahora moráis vosotros. Y no le dió
de ella en propiedad un palmo tan solamente (1); prometió­
le, sí, darle la posesión de dicha tierra, y que después de
él la poseerían sus descendientes;y eso que á la sazón Abra­
ham no tenía hijos. Predíjole también Dios que sus des­
cendientes morarían en tierra extraña, y serían esclaviza­
dos, y muy maltratados por espacio de cuatrocientos
años (2); si bien, dijo el Señor, yo tomaré venganza de la
nación, á la cual servirán como esclavos; y al cabo saldrán
libres, y me servirán á mí en este lugar. Hizo después con
él la alianza de la circuncisión^; y así Abraham habiendo
engendrado á Isaac, le circuncidó á lós ocho días, é Isaac
á Jacob, y Jacob á los doce patriarcas.»
He aquí la alianza de Dios con la raza de los creyentes
sallada en la carne de tres generaciones. Con todo, ella no
impedirá que la malicia haga su obra, y Dios tendrá que
sacar bien del mal para constituir su pueblo.
(1) La compra del terreno en Hebrón ( Gén., XXIII, 20) no contradice
esta afirmación; pues, de una parte, Esteban habla de la primera estancia
de Abraham en Palestina antes de la institución de la circuncisión, y de
otra parte, casi no podría decirse que un lugar para sepultura fuese una dote
ó una herencia. En todo caso, Abraham lo compró, y Dios no se lo había
dado.
(2) Esteban cita aún aquí el Génesis, XV, 13, 14, según los Setenta. Fija
-en cuatrocientos años la duración de la estancia en Egipto. Esto es para
hablar en números redondos. Sabido es, por el Exodo, XII, 40, y Gálatas,
III, 17, que hay que entender cuatrocientos treinta años, comenzando muy
probablemente por la vocación de Abraham y acabando en la salida de
Egipto. Este número está dividido, en dos partes iguales por el estableci­
miento de Jacob y de sus hijos en Egipto. El cálculo es fácil de hacer, pues­
to que, de la vocación de Abraham al nacimiento de Isaac, van veinticinco
años; del nacimiento de Isaac al de Jacob, sesenta; del nacimiento de Jacob
á su instalación en Egipto, ciento treinta; total doscientos quince años. Del
establecimiento de Jacob en Egipto hasta la muerte de José, setenta y un
años; de la muerte de José al nacimiento de Moisés, sesenta y cuatro años;
del nacimiento de Moisés á la salida de Egipto, ochenta; total otros dos­
cientos quince años. (*)
(3) Hubo verdadera alianza; porque si Abraham quedaba obligado á in­
troducir el rito de la circuncisión, Dios por su parte se comprometía á
hacerle padre de una innumerable posteridad (Gén., XVII, 10, y Rom.,
IV,(*)11).Para que nadie se engañe por los tres párrafos primeros
\ de la nota pre­
cedente, conviene advertir que la cifra cuatrocientos años en números redon­
dos no es solamente la de los Setenta, pero también la del original hebreo.
— N. del T. .
140 MONSEÑOR LE CAMUS

«Los Patriarcas—prosigue Esteban,—movidos de envi­


dia, vendieron á José para ser llevado á Egipto. Pero
Dios estaba con él, y le libró de todas sus tribulaciones; y
habiéndole llenado de sabiduría, le hizo grato á Faraón,
rey de Egipto, el cual le constituyó gobernador de Egipto
y de todo su palacio. Vino después el hambre general en
todo el Egipto y en la tierra de Canaán, y la miseria fué
extrema: de suerte que nuestros padres no hallaban de qué
alimentarse. Pero habiendo sabido Jacob que en Egipto
había trigo, envió alia á nuestros padrea por primera vez;
y en la segunda José se dió á conocer á sus hermanos, y
fué descubierto su linaje á Faraón. Entonces José envió
por su padre Jacob y por toda su parentela, que era do
setenta y cinco personas (1>. Bajó, pues, Jacob á Egipto,
donde vino á morir él, y también nuestros padres. Y fue­
ron trasladados á Siquem, y colocados en el sepulcro que
Abraham había comprado de los hijos de Hemor, padre
de Siquem por cierta suma de dinero Pero acercán-123
(1) El diácono helenista sigue también aqtií la tradición alejandrina;
que lleva setenta y cinco donde el hebreo pone setenta. ( Gen., XLYI, 27; Ex,
1,5). Josefo (Ant., II, 7, 4; YI, 5, 6) sigue al hebreo. Generalmente se supone
que los Setenta formaron la cifra setenta y cinco añadiendo ála enumera­
ción de la familia de Israel á los hijos de Efraím y de Manases.
(2) El autor sigue la letra del Génesis XXXIII, 19, que dice: «Emit-
que... á filiis Hemor patris Sichem», prefiriendo esta lectura á la de los He­
chos, VII, 16, que dicen: «quod emit... á filiis Hemor, filii Sichem.»—Nota
del Traductor.
(3) Para que esté conforme á los relatos de Moisés, esta frase debe ser
considerablemente modificada. En primer lugar debe entenderse que sólo
los hijos de Jacob, y no Jacob, fueron transportados á Siquem; porque se
sabe que Jacob, según su deseo {Gén., XLIX, 29 y sig.), fué enterrado en la
cueva doble del campo de Efrón el Heteo. En segundo lugar, es muy incier-
tó que, á excepción de José {Josué, XXIV, 32), los hijos de Jacob hubiesen
sido sepultados en Siquem. La escritura nada nos dice y Josefo {Ant., II, 8,2)
declara que fueron enterrados en Hebrón. En tercer lugar, debe leerse Ja­
cob en lugar de Abraham, porque sabido es que fué Jacob {Gén., XXXIII,
19) quien compró el campo de Siquem á los hijos de Hemor. El error es
evidente, y todas las explicaciones que quieren suprimirlo no hacen sino
más fuertemente acusarlo. ¿Es debido á Esteban! Esto sería sorprendente
por dos razones: la primera es que, aun en un hombre menos lleno que él
del Espíritu Santo, la equivocación sería grosera; la segunda es que el Sa­
nedrín no lo habría tolerado sin protesta. ¿Debe atribuirse al redactor que
conservó el discurso de Esteban! Parece que, en este supuesto, San Lucas,
al acoger este documento, habría rectificado la inexactitud. ¿Acaso la teoría.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 141

dose ya el tiempo de cumplir la promesa que con juramen­


to había hecho Dios á Abraham, el pueblo de Israel fuo
creciendo y multiplicándose en Egipto, hasta que reino
allí otro soberano que no sabía nada de José Este prin­
cipe usando de una artificiosa malicia contra nuestra na­
ción, persiguió á nuestros padres, hasta obligarlos á aban­
donar á sus niños recién nacidos á fin de que no se propa­
gasen. Por este mismo tiempo nació Moisés, que fué grato
á Dios, y el cual por tres meses fué criado en casa de su
padre. Al fin, habiendo sido abandonado, le recogió la bija
de Faraón, y le crió como hijo suyo. Se le instruyó en to­
das las ciencias de los egipcios y llegó á ser varón po­
deroso, tanto en palabras como en obras. >
De este modo Dios prepara, á través de todos los obstá­
culos, la salud de su pueblo, porque no olvidaba su pro­
mesa. Las mayores dificultades desde entonces, como en el
decurso de las edades, debían venir de la mala voluntad
de este mismo pueblo.
«Llegado á la edad de cuarenta años (3)—prosiguó Es-
ordinaria de la inspiración no permite una revisión de los materiales histó­
ricos empleados por el autor? O hay que aceptar una definición más ancha
de la inspiración, ó hay que admitir resueltamente que el nombre de Abra­
ham, escrito dos líneas más abajo (vers. 17), fué, desde el principio, de mala
manera introducido en este pasaje (vers. 16) y puesto en lugar del de Jacob,
que figura dos líneas más arriha (vers. 15), y que, aun sin necesidad de repe­
tirlo, sería el sujeto de ¿¡vriaaTo, había comprado. Solamente que no hay ni
un solo manuscrito que autorice esta suposición.)
(1) E l relato del E xodo supone al m enos tres faraones. E l del cap. I, de
quien aquí se trata, habría sido S etí I; aquel cuya hija hizo educar á M oisés
sería R am sés I I ; en fin, aquel en cuyo reinado los H ebreos salieron de E gip ­
to, sería M eneftah I. (V éase R aw linson, Egypt. and Babilon 265, y sobre
todo la obra notabilísim a de nuestro am igo V igouroux, La Bible et les de-
couverles modernes, vol. II, p. 234 y sig., 5.a edición.)
(2) U n a vez m ás E steban no se inspira en los Libros Santos, que no dicen
una palabra de esta iniciación de M oisés en la ciencia de los egipcios, sino
en la tradición alejandrina consignada en F ilón (Be Vita Mos.), según la
cual M oisés habría sido instruido por sabios no solam ente egipcios, pero
griegos, asirios y caldeos. _
(3) Esta indicación no la hace la Escritura. Dice solamente que Moisés
vivió ciento veinte años (Beut., XXXIV, 7); que la estancia en el desierto
duró cuarenta (Exodo, XVI, 35); y que tenía ochenta cuando se presentó á
Faraón (Ex., VII, 7). La tradición rabí nica está conforme con la aserción
de Esteban: «Moses in palatio Pharaonis XL annos degit, in Madiam XL
142 MOJSSEÑOR LE CAMÜS

teban,—le vino deseo (á Moisés) de ir á visitar á sus her­


manos los hijos de Israel. Y habiendo visto que uno de
olios era injuriado, se puso de su parte, y le vengó, ma­
tando al egipcio que le injuriaba. El pensaba que sus her­
manos conocerían que por su medio les había de dar Dios
libertad; mas ellos no lo entendieron. Al día siguiente se
metió entre unos que reñían, y exhortábalos á la paz, di­
ciendo: «Hombres, vosotros sois hermanos, ¿por qué, pues,
os maltratáis uno al otro?» Mas aquel que hacía el agra­
vio á su prójimo, le rempujó diciendo: ¿Quién te ha pues­
to por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Quieres tú por
ventura matarme á mí como mataste ayer al egipcio?—
Al oir esto Moisés se ausentó, y retiróse á vivir como ex­
tranjero en el país de Madián, donde tuvo dos hijos.»
Israel jamás tuvo el instinto de reconocer á sus verda­
deros amigos, á aquellos por quienes debía venirle la sa­
lud. A primera vista los desairó y rechazó. Felizmente
Dios insiste, aun cuando ve que él no acepta sus ofreci­
mientos, buscando por todos los medios vencer su funesta
obstinación.
«Cuarenta años después, en el desierto del monte Si-
naí í1), se le apareció un ángel (2>entre las llamas de una
zarza que ardía. Maravillóse Moisés al ver aquel espectá­
culo; y acercándose á contemplarlo, oyó la voz del Señor,
queje decía: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de
Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» Despavo­
rimos, et XL annos Israeli ministravit.» (V. Beresh. rabb., i. 115, 3; Sche-
math rabb., f. 118, 3).
(1) El Sinaí y el Horeb son dos cumbres de una misma montaña. El An­
tiguo Testamento nombra indistintamenete la una y la otra para indicar el
lugar donde Dios habló á Moisés.
(2) Es muy notable que Esteban, lo mismo que el autor de la Epístola á
los Hebreos, II, 2, haga regularmente intervenir un ángel allí donde las san­
tas Escrituras introducen á Dios directamente en escena. Esta modificación
del texto caracteriza la escuela rabínica de Alejandría. Para ella, el ángel
que interviene no era otro que la Schechina, el Logos ó Yerbo de Dios. Mu­
chos Padres han participado de este sentimiento y han reconocido en él al
Ángel que hablaba absolutamente como Dios, al Verbo divino preludiando
el gran misterio de la encarnación (V. Ginoulhiac, Hist. du Dogme cath.,
vol. II, p 293 y sig.; vol. III, p. 149 y sjg).
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 143
rido entonces Moisés, no osaba mirar. Pero el Señor le
dijo: «Quítate de los pies el calzado, porque el lugar en
que estás, es una tierra santa. Yo he visto y considerado
la aflicción de mi pueblo, que habita en Egipto, y he oído
sus gemidos, y he descendido á librarle. Ahora, pues, ven
tú, y te enviaré á Egipto.» Así que á este Moisés, á quien
desecharon, diciendo: «¿Quién te ha constituido príncipe y
juez?,» á éste mismo envió Dios para ser el caudillo y li­
bertador de ellos, bajo la dirección del ángel, que se le
apareció en la zarza. Este mismo los libertó haciendo pro­
digios y milagros en la tierra de Egipto, y en el mar Po­
jo, y en el desierto por espacio de cuarenta años. Este es
aquel Moisés que dijo á los hijos de Israel: «Dios os susci­
tará de entre vuestros hermanos un Profeta, como yo; á
éste debéis obedecer.» Moisés es quien, mientras el pueblo
estaba congregado en el desierto, estuvo tratando con el
ángel que le hablaba en el monte Sinaí, el que estuvo con
nuestros padres, y recibió las palabras de vida para comu­
nicárnoslas. Pero nuestros padres no le quisieron obedecer,
antes bien le desecharon, y con su corazón se volvieron a
Egipto, diciendo á Aaron: «Haznos dioses que nos guien,
ya que no sabemos qué se ha hecho de ese Moisés, que nos
sacó de la tierra de Egipto.» Y fabricaron entonces un
becerro, y ofrecieron sacrificios á este ídolo, y hacían re­
gocijo ante la hechura de sus manos Entonces Dios
les volvió las espaldas y los abandonó á la idolatría de la
milicia del cielo ('2), según se halla escrito en el libro de los
Profetas ¡Oh casa de Israel! ¿por ventura me has ofre*
(1) No es probable que los israelitas quisieran, bajo este emblema del
buey, adorar á un Dios distinto de Jehová; porque {Exodo, XXXII, 5)Aarón
hizo anunciar la adoración de la estatua en estos términos: «Mañana es la
gran fiesta del Señor.» Su crimen fué el querer representar á su Dios bajo
una forma sensible «trocando su gloria en la figura de un becerro que come
heno», como dice el Salmista, CY, 20. Evidentemente la idea era del todo
egipcia, y el ídolo representaba, ó al buey Apis adorado en Memfis, o más
probablemente, según las danzas y los cantos de que habla el Exodo, al buey
Mnevis, adorando en Heliópolis.
(2) El sol, la luna y las estrellas eran los dioses del sabeísmo.
(3) La cita está tomada del profeta Amos, Y, 25-27, según la versión ale­
jandrina, con exactitud poco escrupulosa.
144 MONSEÑOR LE CAMUS

cido víctimas y sacrificios los cuarenta años del desierto?


Habéis conducido el Tabernáculo de Moloc, y el astro de
vuestro dios Bemfan W, figuras que fabricasteis para ado­
rarlas. Pues yo os trasportaré más allá de Babilonia
He aquí el endurecimiento, la infidelidad, la locura de lo
pasado. Lo presente no es mejor, y aquellos que descono­
cieron á Moisés han desconocido también al Mesías. ¡Si á
lo menos, después de haberse engañado, matándolo, con­
sintiesen en dejar que su obra crezca, y su espíritu se di­
funda y su reino se instituya! Pero no, están unidos al
pasado por tales prejuicios, que ni para Dios ni para el
hombre aceptan otro porvenir. Para ellos su Templo es.
toda su religión, y á ésta no la comprenden fuera del re­
cinto en donde la han murado; ahí está su crimen. ¡Qué
abran por fin los ojos! Los nuevos creyentes, á quienes
acusan de blasfemar contra Moisés y contra el Templo*,
respetan á Moisés y al Templo; pero entienden que ni
Moisés ni el Templo deben poner obstáculos á la gran ma­
nifestación de Dios en Jesucristo. Esteban alabará el Ta­
bernáculo de la Alianza y el Templo de Dios, como ha.
alabado á Moisés y á los Patriarcas; sólo que el uno y el
otro, siendo transitorios, deben tener quien los sustituya..12
(1) Moloc era el dios protector de los amonitas (I I I Heyes, XI, 7). Se le
representaba (V. Jarchi, m lerem., YTI, 31) con cabeza de buey, las manos
extendidas y levantadas. Entre sus brazos enrojecidos, se exponía á pobres
criaturas cuyos desgarradores gritos eran ahogados por los tamboriles de los
sacerdotes. Creen algunos que las víctimas morían en este suplicio; según
otros, eran simplemente purificadas en la chamusquina. Si bien esta des­
cripción del dios Moloc se parece absolutamente á la que Diódoro de Sicilia
(XX, 14) nos da del Kronos ó Saturno cartaginés, créese más comúnmente
que Moloc era el Sol, y Remfán, Saturno. Remfán ó Reían, era el nombre
copto correspondiente al Kiyun de los Hebreos y al Saturno de los Griegos.
En el relato de Moisés no se ve que los israelitas se entregaran al culto de
estos falsos dioses en el desierto. Sin embargo los pasajes del Levit., XVII,
7; XVIII, 21; XX, 2, autorizan esta suposición. Esteban siguióla versión
de los Setenta. Los hebraisantes modernos traducen todo el pasaje de Amós
suprimiendo en él á Moloc y Remfán, que pueden muy bien no ser más que
dos sustantivos comunes significando respectivamente rey y plataforma.
«Habéis conducido el tabernáculo de vuestro rey y el pedestal de vuestras
imágenes, la estrella de vuestra divinidad que os forjaste.» (V. Gesenius,
Thesaurus, II, p. 669).
(2) L os Setenta, como el hebreo, dicen D am asco en lugar de B abilonia.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 145
«Tuvieron nuestros padres en el desierto el Tabernáculo
del testimonio, según se lo ordenó Dios á Moisés, dicien-
dolé que lo fabricase según el modelo que había visto. Y
habiéndole recibido nuestros padres, lo condujeron bajo la
dirección de Josué á la posesión de las naciones, que fué
Dios expeliendo delante de ellos, hasta el tiempo de Da­
vid. Este fué acepto á los ojos de Dios, y pidió poder fa­
bricar un Templo al Dios de Jacob. Pero el Templo quien
lo edificó fué Salomón.»
Aquí termina la larga exposición de las misericordias
de este Dios, que definitivamente ha establecido su casa
en medio de su pueblo. Por un extraño egoísmo, este pue­
blo ha encontrado el medio de encerrar de tal suerte á
Jehová en esta casa, que el Templo, mal comprendido, en
vez de favorecer la glorificación de Dios, sólo ha servido
para paralizar su manifestación en la humanidad. El lugar
santo ha sido cerrado á los gentiles que buscan á Jehová,
ú la vez que se ha pretendido que no era posible alcanzar
al verdadero Dios fuera de este santuario. He aquí adon­
de ha conducido el espíritu estrecho del judaismo. Afor­
tunadamente «el Altísimo no habita en moradas hechas
de mano de los hombres, como dice el Profeta: El cielo es
mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué especie
de casa me habéis de edificar vosotros? dice el Señor, ó
¿cuál podrá ser el lugar de mi descanso? ¿Por ventura no
hizo mi mano todas estas cosas?» Así, con suficiente lenti­
tud para dar á sus jueces tiempo de reflexionar y de pesar
lo que hay de cruelmente verdadero en la historia de la in­
fidelidad de Israel, Esteban se dirige, implacable, á su
objeto. El proceso que se le sigue es idéntico al que siglos
ha se sigue al mismo Dios. Asimila su causa á la de Moi­
sés y de los profetas, como lo hizo el Maestro en circuns­
tancias análogas. Siempre el mismo antagonismo: de una
parte, la verdad luminosa, de ptra, la asquerosa obstina­
ción; la misericordia chocando con la infidelidad; blasfemos
acusando de blasfemia á los enviados de Dios; Jesucristo
citado de nuevo como un malvado, en la persona de su
146 MONSEÑOR LE CAMUS

predicador; los viñadores matando, en vez de acoger, al


hijo del dueño, para apoderarse de su herencia.
Todos estos recuerdos dolorosos se agolpan en el alma de=
Esteban, por lo que, dejando estallar su indignación, excla­
ma: «Hombres de dura cerviz, y de corazón y oído incir­
cuncisos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; coma
fueron vuestros padres, así sois vosotros. ¿A qué Profeta
no persiguieron vuestros padres? Ellos son los que mata­
ron á los que prenunciaban la venida del Justo, que vos­
otros acabáis de entregar, y del cual habéis sido homici­
das; vosotros que recibisteis la Ley por ministerio de án­
geles, y ñola habéis guardado.» De este modo el acusada
se ha transformado súbitamente en acusador. Sus palabras-
ardientes caían sobre los asistentes como otros tantos dar­
dos agudos que les atravesaban el alma, y debían provo­
car la tempestad más terrible. Hasta entonces se habían
contenido, aunque sus dientes rechinaban. De pronto su
furor explotó, con tal violencia que, dada la rapidez del
relato, no es posible adivinar dónde acaba la participación
legal del Sanedrín en el nuevo crimen de Israel y dónde
comienza la de la multitud amotinada.
Entre tanto Esteban permanecía impasible en medio del
tumulto que había levantado. Pertenecía por completo al
Espíritu Santo que llenaba su alma. Sus ojos, que no veían
ya la tierra, contemplaban en el cielo un espectáculo que
le tenía extasiado. De repente su voz domina el ruido de
la muchedumbre, y, con el entusiasmo del vencedor que
saluda ya su triunfo y se va á la gloria. «Veo—exclama,
—los cielos abiertos y al H ijo d e l H o m b r e W de pie á la
diestra de Dios.» Contempla el cielo á través de la muer
(1) Jesús se había con mucha frecuencia designado á sí mismo con este
título de Hijo del Hombre. Sin embargo, no vemos que los Apóstoles lo hu­
bieran empleado nunca. Esteban se sirve de él, sea para afirmar el carácter
mesiánico de Jesús, según Daniel, VII, 13, como en otra parte hemos expli­
cado, sea para hacer entender que ve á Jesús en su forma humana y tal co­
mo había sufrido. Podría ser también que, en esta frase, hubiese solamente
una aproximación intentada por el acusado entre su situación y la de Cristo-
diciendo á Caifás, y á sus asesores: «Veréis al Hijo del Hombre, etc.» (M a t.
XXVI, 64).
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 147
te, y, en consecuencia, es el martirio lo que generosamente
acepta. Sabe que va á morir por haber hablado; pero ¿qué
le importa, puesto que la muerte debe conducirle ala ver­
dadera vida? Ya el Hijo del Hombre se ha levantado (1), á
la derecha de su Padre, para dispensar á su testigo un
recibimiento glorioso. Esteban se estremece de alegría sa­
ludando, en las profundidades de los cielos, esta realiza­
ción de la promesa divina, y quiere que su grito de espe­
ranza aliente á los mártires de los tiempos venideros.
Su exclamación victoriosa pareció á sus enemigos el
colmo de la blasfemia. Tapáronse los oídos, clamando con
gran gritería. Entonces una escena de lo más brutal se
produce á vista del mismo Sanedrín, que no puede ó no
quiere evitarla. No se aguarda la sentencia, nadie se in­
quieta por saber si el Gran Consejo puede condenar á
muerte. El fanatismo suprime toda consideración política
ó legal. La turba, interpretando la Ley en actos y apli­
cándola por sus propias manos, se echa sobre el animoso
diácono y lo arrastra fuera de la ciudad l2) para matarlo.
(1) En todos los demás pasajes del Nuevo Testamento, el Hijo del Hom­
bre está representado sentado á la derecha del Padre. Aquí está de pie, como
si se hubiese levantado, sea para sostener á su valiente campeón, sea para
salir á su encuentro y rendirle el glorioso testimonio prometido á sus márti­
res. (Mat., X, 32).
(2) Según el Levítico (XXIV, 14), el blasfemo debía ser apedreado fuera,
del campamento, y la Glosa (Babyl. Sankedr.) dice: «Toda ciudad rodeada de
murallas está en las mismas condiciones que el campamento. Los culpables
deben ser apedreados fuera de las murallas.» La tradición más antigua con­
signada en una carta del sacerdote Luciano, de Inventione sancti Stephani,
hacia el año 415, fija el lugar del martirio en el lado de la puerta del norte,
en el camino de Cadar. La tribu de los Beni-Cedar ocupaba la parte sep­
tentrional de la Arabia, y á ella se llegaba yendo hacia el lago de Genesa-
ret, torciendo luego al Oriente. Por tanto, Esteban fué apedreado cerca del
camino que conduce á Jerusalén por la puerta septentrional. Conformándo­
se sin duda con esta indicación de Luciano, y con la tradición precisa de la
época, la emperatriz Eudoxia, esposa deTeodosio el Joven, encargó, algu­
nos años más tarde, á Juvenal, obispo de Jerusalén, la construcción de una
iglesia en el mismo sitio en que Esteban había sido apedreado. Allí debían
ser conducidas las reliquias del glorioso mártir, encontradas en Cafar-Ga-
mala. Esta iglesia, construida, según los historiadores eclesiásticos, sobre un
montecillo al norte de Jerusalén y visitado por los peregrinos de la Edad
Media, es el mismo cuyas ruinas acaban de descubrir los PP. Dominicos en
su cercado. (Véase Voyage aux Pays bibliques, vol. I, p. 315 y sig.) Las úl­
timas excavaciones no permiten dudas en esta materia.
148 MONSEÑOR LE CAMUS

Sólo pleble era la que iba á teñir sus manos en la san­


gre del hombre de Dios. Al llegar al sitio del suplicio, los
testigos, que debían dar la señal de la lapidación, qui­
táronse los mantos, cuya guarda confiaron á un joven,
instruidísimo, versado en la teología judía, influyente,
muy apreciado del partido fariseo y feliz por este acto de
violencia: Saulo de Tarso.
Sabido es como se practicaba el suplicio de la lapidación.
Los que habían testificado contra el criminal estaban obli­
gados á ser los primeros en herir W La prueba era dura
para el que había cometido un falso testimonio, y demos­
traba claramente que calumniar y matar son una misma
oosa. De ordinario, se tiraba la primera piedra á los riño­
nes del condenado, el cual caía boca arriba; la segunda de­
bía darle en el corazón (2). Aquí todo sucedió en el tumul­
to y el desorden de un motín, cada uno rivalizando en ar­
dor para dar los primeros golpes. Esteban, impasible, es­
taba absorto en el ideal divino que llenaba su corazón y
que sus ojos acababan de entrever en las profundidades
de los cielos. Si había sido testigo del crimen del Calvario,
cuatro años antes, debía naturalmente comparar su situa­
ción con la del Maestro. Rodeado de una turba de furio­
sos, que, contra toda justicia, le abrumaba sin piedad con
una lluvia de piedras homicidas, saboreaba con santa ale­
gría la dicha de seguir las huellas del Salvador, al que in­
vocaba diciendo: «¡Señor Jesús, recibe mi espíritu! <1*3)» Des­
pués, bajo un golpe más violento, se acuerda de la súplica
del Maestro <4), y á su vez tiene el heroísmo de formular-
(1) Deut., XIII, 9.
^2) V. Ligthfoot, Hor. hebr., p. 66, 354, 385, 718 (*).
(3) Es indudable que Esteban invoca aquí á Jesús, absolutamente como
Jesús, en la cruz, había invocado á su Padre, para encomendar su espíritu
en sus manos {Luc., X X III, 46). Es también á Él á quien pide gracia para
sus verdugos.
(4) Luc., X X III, 34. -
(*) He aquí un texto citado por este autor: <Unus testium projicit in
lumbos suos. Si in pectus suum se volvet, revolvunt in lumbos. Si sic mo-
riatur, bene. Si non, testis alter tollit lapidem, atque cordi ejus imponit. Si
ita moriatur, bene. Si non, lapidatur per omnem Israelem.»—N. del T.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 149
la: «¡Señor,—exclama en un supremo esfuerzo para hacer
llegar á todos este testimonio de su caridad,—no les ha­
gas cargo de este pecado!» Y habiendo manifestado así su
amor á Dios y á los hombres, pasó de las manos sanguina­
rias de éstos á la dulce justicia de Aquél W.
El cadáver de los apedreados era de ordinario suspen­
dido de un madero hasta la puesta de sol, para que el es­
pectáculo del castigo sirviese de escarmiento saludable á
todo el pueblo. Una tradición muy antigua (2>refiere que
el cuerpo de Esteban fué sometido á esta suprema igno­
minia. Lo que hay de cierto es que algunos hombres pia­
dosos cuidaron de sepultarlo, y que la Iglesia, á pesar de
estar vivamente impresionada por tan criminal atentado,
mostróse sumamente orgullosa por tan gran mártir, ha­
ciendo gran duelo en sus exequias, sin que la Sinagoga se
atreviese á protestar. No es raro ver, al día siguiente del
motín, reinar una calma siniestra. Entonces, mientras los
culpables se asombran de su audacia, las víctimas son se­
pultadas, cuando no rehabilitadas gloriosamente. Sobre la
tumba del valeroso diácono pudo escribirse: Primer már­
tir. Había muerto por las grandes ideas que iban á con­
quistar el mundo.12
(1) La expresión ¿Koi/xridi), se durmió, es n otable tratándose de una m uer­
te tan violenta, é indica la calm a perfecta del m ártir y su confianza en su
tránsito á una vida mejor. E steban cierra sus ojos á los dolores del tiem po,
para abrirlos á las santas alegrías de la eternidad.
(2) E n su Relation sur V invention du corps de saint Étienne, Luciano,
sacerdote de la Iglesia de Jerusalén y cura-párroco de Cafar-Gam ala, en el
siglo V , refiere (cap. Y, p. 631) que el cadáver del anim oso diácono estuvo
expuesto un día entero sin que las fieras ni las aves de rapiña se atreviesen
á tocarlo. G ainaliel invitó á los que sabía que eran los m ás piadosos de en­
tre los cristianos á levantarlo, lo puso en su carro, y se lo llevó á una de sus
posesiones, á Caiar-Gam ala, aldea de Gumáliel, á ocho leguas de Jerusalén.
A llí fué encontrado, unos cuatro cientos años m ás tarde, por el m ism o L u ­
ciano, avisado por el cielo. E ste sacerdote, en una relación dirigida á toda
la Iglesia y cuya autenticidad es incontestable, cuenta largam ente los deta­
lles de este suceso, al que San A gu stín alude m ás de una vez (V éase tom o
V II, edic. de los B enedictinos, p. 3-4, in Joh. tract. X X ). E l cuerpo del m ár­
tir estaba reducido á polvo, exceptuando los huesos, los cuales, com pleta­
m ente conservados, se m antenían todavía en su disposición natural. E n una
piedra encerrada en el sepulcro, leíanse los nom bres Scheliel, que es la tra­
ducción hebraica del griego Stephanos, Esteban^ ffiasuam ó X icodem o;
10 T. IV
CAPÍTULO III

La persecución de Pablo obliga á la Iglesia cristiana


á salir de Jerusalén
La irritación de los fariseos encuentra un instrumento terrible en Saulo de
Tarso.—Formación intelectual y moral de este joven.—Su familia- El
título de ciudadano romano.—Su doble nombre.—El joven discípulo de
Gamaliel en lo moral y en lo físico.—No estaba casádo y no había visto á.
Jesús.—Lo que hacía contra los cristianos.—Primeros resultados de su
persecución. (Hechos, V III, 1-4; X X II, 4; Galatas, I, 13).
Es evidente que las ideas que Esteban acababa de soste­
ner determinaban una nueva etapa en el desarrollo de la
Iglesia. El espíritu cristiano, según él, había manifestado
tendencias á suprimir todo formalismo inútil, substituyén­
dolo por la adoración en espíritu y en verdad, que Jesucris­
to había dado como el signo característico de su religión.
El elocuente diácono no veía inconveniente en invitar a
todas las naciones al reino de Dios. En este sentido se le ha­
bía reprochado hablar contra la Ley. Nada mas a proposi­
to para irritar al partido fariseo que un ataque tan direc­
to contra las doctrinas que le eran tan queridas. Hasta,
entonces este partido había guardado una actitud casi be­
névola, pero desde aquel momento entregóse á la más vio­
lenta hostilidad. Por lo demás, estaba seguro de que su si­
tuación era la mejor. Nada le era mas fscil que explotar el
viejo orgullo de la nación, denunciando como enemigo de
Israel á cualquiera que intentase suprimir sus privilegios,
su Templo, Moisés y la misma Alianza. En todas partes, es
imprudencia grave apelar al fanatismo del pueblo; en Je-
rusalén, era promulgar la ley de los sospechosos, divi-
Gamaliel y el de su hijo Abibas, que según la misma tradición, habían que­
rido ser enterrados al lado del glorioso diácono.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 151
dir las familias y autorizar los atentados más criminales.
# Uno de los promotores mas exaltados de la persecu­
ción fuá Saulo, aquel joven de quien ya hemos hablado y
que había tomado parte en el homicidio de Esteban.
Tendría entonces treinta años (1); he aquí su historia. Na­
cido en un centro helenista, en Tarso de Cilicia (2>, pero
de familia judía por sus cuatro costados, la cual jamás
había entroncado con paganos, Saulo estaba afiliado al
partido, fariseo, nu porque su espíritu, en busca de la ver­
dad, hubiese hallado por sí mismo su ideal religioso en el
ritualismo exagerado de esta secta, sino porque, hijo de
fariseo (3), había conocido, escuchado y admirado desde
niño a hombres eminentes por su carácter, su ciencia y su
virtud, que defendían con energía aquellos principios. En
razón de sus raras facultades intelectuales y del ardor
místico de su alma, su familia había soñado hacer de él
un rabino. La Ciudad Santa era la gran escuela en que
debía formarse todo verdadero doctor de la Ley. Se le en­
vió allá joven todavía, pues le veremos más tarde gloriar­
se, ante sus correligionarios convertidos en enemigos,
de haber sido allí educado y criado (4). Gamaliel fué su
maestro. Esta Gloria, de la Ley, como se le llamaba, ense­
ñó al joven discípulo á respetar las viejas tradiciones ra­
íl) S i bien calificado de joven, reavías, por el historiador sagrado, le ve­
m os, treinta años después, llam arse á sí m ism o viejo, vpeo-pórqs. (Filetnón,9 )
Los antiguos suponían que te. juven tud dura hasta los cuarenta años- viene
en segu id a la edad madura, que, á los sesenta, es seguida de la vejez.’ D ión
Casio (lib. X X X V I) llam a joven, véov, á César que ten ía ya cuarenta años.
Cicerón (hthp. II, 21) califica tam bién de joven á A ntonio, á los treinta; y
Josefo (Ant. V II, 9, 2) \\&[Link], reavivaos, á D avid que tam bién te­
m a treinta años cuando peleó contra G oliat.
(2) Pablo dice de si mismo (Hech., XXII, 3): «Nacido en Tarso.» Según
esto, hay que preguntarse cómo San Jerónimo (de Scriptor. teclee., cap. V)
pudo decir: «Paulus de tribu Benjamín et oppido Judaeae Gischalis fuít,’quo
a Komanis capto, cum parentibus suis Tarsum Cilicim commigravit.» El
gran doctor sufrió aquí una sorprendente distracción, pues Giscala fué to­
mada en 67 de J. C., después de todas las otras plazas fuertes de Galilea.
(B. J., IV, 2, 1-5).
(3) Hech., XXIII, 6; XXVI, 5.
(4) La expresión irareepa^évos (Hech.. XXII, 3) se entiende á la vez de
la manutención corporal y de la formación intelectual.
152 MONSEÑOR LE CAMUS

bínicas, dándole al propio tiempo el ejemplo de las virtu­


des más austeras, no logrando, sin embargo, con toda su
moderación, reprimir los fanáticos ardores de aquel que, á
sus pies, se estremecía de rabia contra la Iglesia naciente.
¿Hay que creer, como parece indicarlo el Talmud que
Gamaliel fué menos hostil que los otros doctores de Israel
á la literatura de los gentiles? Es posible; mas esto no
bastaría á explicar la cultura literaria que Pablo deja en­
trever en sus escritos. No solamente cita á los poetas grie­
gos í1234), pero algunas veces parece tomar de Aristóteles el
vigor de su dialéctica En todo caso, su argumentación
concisa y potente se separa en absoluto de los procedi­
mientos de la Sinagoga. La misma lengua griega, bien que
no la escribe en su elegancia clásica, le es familiar con sus
variados recursos de figuras de dicción y de pensamien­
to (4j, de precauciones oratorias (56), de finura y de aticis­
mo aunque se ve que sólo piensa en servirse de ella pa­
ra transmitir su pensamiento. Trata como dueño esta her­
mosa lengua de los griegos, imponiéndole los giros de que
su espíritu necesita, para arrojarlas, todas á un tiempo, em-
(1) Babab Rama, fol. 83, I (V. Etheridge Hebr. lit., p. 45). _
(2) El hemistiquio «porque linaje de éste también somos», que Pablo ci­
ta delante del Areopago {Hech., XVII, 28) se encuentra simultáneamente en
los Phenómena del poeta Arato de Soles, en Cilicia, ó quiza también ^de Tar­
so, hacia el 272 antes de J. 0.; en el himno del estoico Cleauto a Júpiter, y
en la Nemea V I de Píndaro. Pablo señala, pues, muy exactamente lo que
se lee en muchos poetas griegos. Esto es erudición helénica, si la hubo. En
I Cor., XV, 33, reproduce de la Tais de Menandro, ó quizá de una pieza
perdida de Eurípides, la sentencia: «Las malas conversaciones corrompen
las buenas costumbres.» Finalmente, escribiendo á Tito, I, 12, recuerda el
verso de Epiménides sobre los cretenses:
«Los cretenses siempre mentirosos, malas bestias, vientres perezosos.»
(3) Sobre todo en las Epístolas á los romanos y á los gálatas. Se sospe­
cha que conocía por lo menos la Moral 4 JVicomaco (Comp. Rom., V, 12-21,
con Eth. Nicom., V. 10). La expresión SíKa/w/ut, justificación, está tomada en
esta carta en el mismo sentido que en Aristóteles. La Epístola á los gálatas,
IV, 3, 9, recuerda el lenguaje de los filósofos estoicos. (*)
(4) Farrar, en su Vie de Saint Paul, vol. I, p. 626 y sigs., ha hecho de
ello un extracto minucioso é interesante.
(5) El discurso ante el Areópago lo demuestra.
(6) Véase las Epístolas á Filemón y á los filipenses.
(*) Quizá puede decirse lo mismo de áirepi<rirá<TTm, I Cor., VII, 35.—
N. del T.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 153
pujándose, chocando, entremezclándose, las grandes y só­
lidas ideas que le obsesionan. Cuando no existe la palabra
que desea, la crea. Si hubiese buscado los efectos litera­
rios, los hubiera encontrado fácilmente y quizá tenía
razón Baur al asegurar que existe una analogía real entre
su estilo y el de Tucídides. Todas estas reminicencias poé­
ticas, el uso de la literatura griega, el dominio pleno de
la lengua, se explican por el ambiente que rodeara la in­
fancia de Pablo, y en el que de nuevo se encontró más tar­
de, en sus diversas estancias en Tarso, á saber, la influencia
de los retóricos y filósofos griegos, que habían convertido
aquella ciudad en la primera universidad del imperio ro­
mano No sería posible admitir que con un natural tan
felizmente dotado, tan ávido de verdad y de ciencia, no se
hubiese interesado en las grandes cuestiones de filosofía
y de literatura que en torno suyo promovía el genio griego.
Su familia, por muy judía que fuese de origen y de prin­
cipios, debía disfrutar de una posición preeminente en la12
(1) E s m uy digno de notarse que m ás de una vez, é involuntariam ente
sin duda, su prosa se transform a en exám etros bien acentuados: I Cor., X V ,
25, toíis ¿xOpoiis viró toíis irádas avrov %crxaT0S ¿X^pós. I I Tesal., III , 6; I Cor., IX ,
2; I I Tim., II, 12, etc.
(2) Estrabón, nacido el año 50 antes de J. C., coloca á Tarso ( Geogr., li­
bro X IV , 5) por encima de Atenas y Alejandría, como ciudad del saber.
(V . Josefo, Ant., I, 6, 1; Jenofonte, Anab., I, 2, 23, etc.) De Tarso habían sa­
lido Atenodoro, el preceptor de Augusto, y Néstor, el preceptor de Tiberio.
Situada en el punto de partida de las grandes vías que penetraban en el co­
razón del Asia, en las orillas del Cidno, de aguas impetuosas, donde Ale­
jandro estuvo á punto de perecer, y que la ponía en comunicación con el mar,
Tarso era un centro comercial y militar muy populoso. El bienestar, las cir­
cunstancias y algunos hombres eminentes hicieron de ella un centro intelec­
tual. De la antigua ciudad, sólo subsisten hoy algunas columnas transforma­
das comúnmente en guardacantones y en paredones de las terrazas. En ellas
desciframos inscripciones interesantes. Sólo una muy pequeña parte de la an­
tigua ciudad está ocupada por una ciudad nueva. Algunas excavaciones darían
importantes resultados, pues basta con arañar el suelo para descubrir már­
moles espléndidos. Nada se sabe de probable de la casa en que Pablo nació.
En Tarso nadie se ha cuidado jamás de resucitar los gloriosos recuerdos cris­
tianos. Es desesperante la indiferencia ó la incuria de los sacerdotes que allí
viven. Quizás la tierra se habrá mostrado más celosa de ofrecer un abrigo
contra la barbarie del demoledor de importantes reliquias. Cuando estába­
mos allí, era esperado un grupo de exploradores ingleses que debía hacer in­
vestigaciones científicas. Para la descripción del sitio, véase Voyage aux Pays
bibliques, vol. III , p. 91 y sigs., 112 y sigs. '
154 MONSEÑOB LE CAMU8

gran ciudad comercial, y no es posible descartar la hipó­


tesis de que, por la fuerza de las circunstancias, Pablo se
encontró más de una vez en contacto con los representan­
tes más célebres de la alta cultura de aquellos tiempos.
Sabemos que su padre era ciudadano romano. Este tí­
tulo, con las prerogativas que consigo llevaba, lo había
adquirido, bien á precio de servicios prestados á los que se
disputaban entonces el imperio romano,—era suficiente
haber podido fletar un navio y ponerlo á disposición délos
beligerantes W;—bien á precio de oro,—sabido es que Mar­
co Antonio, en particular, había admitido que los ricos
negociantes compraran el útil diploma de ciudadano ro­
mano;—bien por la esclavitud sufrida en Roma y termina­
da por la manumisión que, dentro de las formas legales,
conducía al derecho de ciudad <2). Esta última hipótesis
resulta probable por el solo hecho de que, en la lucha en­
tre Octavio y Antonio contra Bruto y Casio, Tarso, que se
había puesto de parte de los primeros, se vió obligada á
capitular ante Casio. En consecuencia, gran número de
sus habitantes fueron vendidos como esclavos, para pagar
el impuesto de guerra con que fué gravada la ciudad. Á
decir verdad, los que llegaron á Boma no tardaron en re­
cobrar la libertad; porque cambió súbitamente el aspecto
de las cosas, con la victoria de Filipos que destruyó á los
conjurados. Un edicto general reparó él mal que habían
tenido que sufrir los habitantes de Tarso, y, en considera­
ción á sus desgracias, loe que habían sido vendidos como
esclavos regresaron á sus hogares con el título de ciuda­
danos romanos
¿En el nombre de Paulus, que el joven Saulo llevó en­
tre los gentiles, es posible encontrar un recuerdo de la ma-123
(1) Q uizás había proporcionado, con m ucha oportunidad, abastos de tien ­
das m ilitares á los ejércitos del imperio. E n todo caso, es seguro que no se
había alistado bajo los estandartes de Rom a, porque la ley ju d ía prohibía á
todo israelita combatir en com pañía de paganos.
(2) V. Fustel de Coulanges, La Cité antique, p. 464; Suetonio, Nerón,
XXIV; Ulpiano, III; Gayo, I, 16, 17.
(3) A piano, Bell. Civ., IV, 64; V, 7.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 155
numisión de su padre por algún miembro de la ilustre fa­
milia de los Paulusf Esto estaría conforme con las cos­
tumbres romanas. De otra parte, no debe olvidarse que,
si de ordinario los judíos helenistas tenían un nombre pa­
ra el mundo israelita y otro para el mundo pagano era
aún más natural que llevase un nombre romano el que go­
zaba del título de ciudadano de Roma. Casi siempre el se­
gundo se formaba por analogía de sentido ó de consonancia
con el nombre judío. De Saulus, muy extendido en la tri­
bu de Benjamín, en recuerdo del primer rey de Israel
(Schaúl) que fué de esta tribu, formóse Paulus, nombre
asimismo célebre en los fastos de Boma. Saulus significa
Deseado, quizá porque el niño que lo llevaba había sido el
heredero largo tiempo esperado de su familia; en efecto,
no le conocemos sino una hermana Paulus significa
Pequeño, y este nombre podía muy bien provenir de la
pequeña estatura del joven israelita ó de su constitu­
ción endeble, si no es que más tarde lo escogió él mismo
para expresar el íntimo convencimiento que tenía de su
propia debilidad (4). En todo caso, es poco probable que el
Apóstol, cuya modestia era tan grande, hubiese querido
consagrar con este sobrenombre el recuerdo de la conver­
sión de Sergio Paulo, procónsul de Chipre. Efectivamente,
el autor de los Hechos dice: «Saulo ó Pablo,» de la misma
(1) Así, Juan llevaba también el de Marco, Hillel el de Polión, Cefas el de
Pedro. Cuando el nombre arameo lo permitía, se le transformaba de muy
buena gana en otro que se le acercaba más en la lengua griega ó latina. Así
se transformó Eliacim en Alcimo, Jesús en Jasón, José en Hegesipo.
(2) Hechos, XXIII, 16. Muchos han creído que esta hermana, cuyo hi­
jo fué muy útil á Pablo, habitaba en Jerusalén. Esto es muy poco probable,
porque en el momento en que de ella se hace mención en el libro de los He­
chos, Pablo no se dirigía á su casa, lo que habría sido muy natural, sino á la
de Mnasón, que de Cesárea había ido á Jerusalén á esperarlo (Hech., XXI,
16). El sobrino estaría en Jerusalén para su formación intelectual, ó más pro­
bablemente aún, para alguna ocupación comercial. Los numerosos parientes,
irvyyevels, que podría parecer que Pablo se da en los saludos epistolares, no
fueron pr<>bablemente sino compatriotas.
(3) San Juan Crisóstomo, el más entusiasta admirador de Pablo, •le
llama «el hombre de tres codos»: ó Tpíwrixus ávdpuiros. (Serm. in Pet. et Paul.)
(4) Sabemos con que energía se expresa sobre su indignidad personal,
tratándose de «abortivo, el mínimo de los Apóstoles, indigno de ser llamado
Apóstol», etc. (1 Cor., XV, 8, 9, etc.)
i:--
'.i 156 MONSEÑOR LE CAMUS

manera que acaba de decir: «Elimás ó el Mago (1),» antes


de contar la historia de dicha conversión; y claro está que
el Apóstol no pudo llevar el nombre de su conquista an­
tes de hacerla. Por otra parte, ¿no era el discípulo quien
debía tomar el nombre del maestro, y no el maestro quien
debía recibir el nombre del discípulo?
Parece que Saulo pasó su juventud en Jerusalén, adon­
de debió ir, como todo buen hijo de la ley, hacia la edad
de doce años, á visitar el Templo. Mostróse allí correcto
y estudioso 1(2). Su manera de citar la Escritura en las
Epístolas, ora libremente, ora con la mayor exactitud,
otras veces combinando los pasajes ó espigando acá y allá
las palabras que pueden establecer su tesis, prueba hasta
qué punto estaba familiarizado con los Libros Santos.
Muy pronto adquirió esta ciencia, que algunas veces se
alía con el método de interpretación alegórica (3) que la Si­
nagoga le había enseñado. Con todo, si ésta, minuciosa­
mente ocupada, como se ha dicho, en suspender las mon­
tañas del dogma de los cabellos de algunos textos, intentó
inculcarle sus caprichosos principios, más tarde su razón
le dijo el caso que debía hacer de ellos. Pudo algunas veces
servirse de ellos como de reminicencias agradables, jamás
en detrimento de la lógica más rigurosa, ni para prescin­
dir de argumentos más serios. Tomó lo que había de ver­
dadero en las figuras proféticas del Antiguo Testamento,
dejando que el rabinismo se entretuviera con sus fantás­
ticas lucubraciones.
Pablo se alaba de haber tenidp en Gamaliel un buen
maestro; más orgulloso debió estar éste de semejante dis­
cípulo. Aun prescindiendo de su conversión, el joven tar-
sense estaba muy bien dotado para conquistarse un renom­
bre: inteligencia pronta, sensibilidad exquisita, espíritu
elevado, voluntad enérgica é inmenso amor á la verdad y
á la virtud. Difícilmente se encontraría una naturaleza
(1) Hech., XIII, 8, 9.
(2) Hech, XXYI, 4.
(3) Gal., IY, 22-24; I Cor., X, 1-4.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 157
mejor dotada que la suya. Juzgando que es mejor prac­
ticar la verdad que sólo conocerla, hacía lo que le ense­
ñaban, y su juventud transcurrió persiguiendo el ideal de
la justicia en el más escrupuloso cumplimiento de la Ley.
Observaba las tradiciones de sus padres con un celo tan
minucioso, que eclipsaba á todos sus contemporáneos por
su regularidad. Este violento deseo del bien poníalo en
peligro de ser arrastrado al fanatismo haciendo de él un
perseguidor M. Sin embargo, en sus mismos excesos, sus
intenciones debían conservarse rectas, y Dios no podía
menos que apiadarse de su generoso extravío.
Para ser completo en su futuro papel de rabino, Saulo
había aprendido un oficio. «No enseñar un oficio ásu hijo
—decía la Sinagoga,—es enseñarle á ser ladrón.» El ar­
diente celador de las doctrinas fariseas era demasiado or­
gulloso para aceptar la perspectiva de vivir jamás á ex­
pensas de otro. Sea que en su casa paterna hubiese vista
fabricar tiendas de pieles de cabra, sea porque esta era la
industria ordinaria de los habitantes de Tarso y de toda
Cilicia, escogió este arte manual para asegurarse un re­
curso contra todas las dificultades del porvenir (2).
De otra parte, su salud era delicada, y quizás estaba com­
prometida por una enfermedad cuya naturaleza no puede
fácilmente precisarse (3J, y que él llama una espina en la
(1) Hech., X X II, 4. Contp. Gal., 1 ,14; Filip., I I I , 6.
(2) L a expresión a-Krjvoiroiós se ha interpretado de diversas maneras; pero
hay que considerar inadmisibles todas las explicaciones que no tengan nada
de común con el arte de fabricar tiendas, y atenerse al dato cierto de que
Pablo había aprendido á hacer, ora la tela que servía para las tiendas, ora
solamente las mismas tiendas. Los cilicianos empleaban el pelo de las ca­
bras que poblaban sus montañas en fabricar un tejido muy fuerte llamado
Cilicio, y muy buscado para la fabricación de las tiendas. (V. Plinio Hist.
nat., VI, 28; Yegecio, De re milit., IV, 6). Sin embargo, es poco probable que
Pablo hiciera el tejido; este oficio le hubiese sido poco útil fuera de Cilicia.
Por tanto, debió dedicarse á la fabricación de tiendas. San Crisóstomo,
in IITim ot. II, Hom. IY, 3; Teodoreto in I I Cor. II, 6, dicen que era okt¡-
voppá<f>os, que es la palabra consagrada para significar á aquel que se ocupa en
coserla tela para las tiendas. (V. Eliano, Hist. var. II., i).
(3) Los numerosos pasajes en que habla de su impotencia,* de- su humi­
llante debilidad, de sus enfermedades (II Cor., XII, 7-9; Galat., IV, 13-15;
I Tesal., II, 18; I Cor., II, 3; I I Cor., 1,8-9; IV, 10) no podrían, en efecto,
sobre todo los dos primeros, entenderse ni de la insuficiencia de su palabra.
158 MONSEÑOR LE CAMU8

carne. Todo lo que sabemos es que este mal. ó esta prue­


ba permitida por Dios para humillarle, podía inspirar re­
pugnancia, y que algunas veces la sufría durante muchí­
simo tiempo. A un acceso de esta enfermedad atribuye su
larga permanencia entre los gálatas, cuando fundó ó con­
firmó sus Iglesias. Él mismo decía que su exterior estaba
lejos de imponer, pues sólo respiraba flaqueza AI En cam­
bio ¡qué energía en su alma, cómo sabía olvidarse de
todas las dificultades físicas que la naturaleza y los hom­
bres habían de suscitarle! Espanta la consideración del
prodigioso trabajo de toda su vida, y en él hay que admi­
rar lo que puede un alma de buen temple dentro del
desde el punto de vista humano, ni de las luchas interiores que sentía y de
su indignidad moral. Hay, por tanto, desacuerdo sobre el sentido que debe
darse á esta astilla, espina (Oseas, II, 6\Ezeq., XXVIII, 24-,Núm., XXVIII,
55, en los Setenta) ó estaca (<nc6\o\j/ significa también el palo empleado para
los ajusticiados, V. Herodoto, I, CXXVIII), que sentía en su carne y que le
seguía por todas partes, como un sufrimiento que impedía el arrojo vigoro­
so de su alma. ¿Era el aguijón terrible de la concupiscencia? Lo que de sí
mismo dice sobreestá materia (I Cor., VII, 7) casi no autoriza esta suposi­
ción, á pesar de ser muy común entre nuestros autores ascéticos. Más tarde,
estudiando este texto, veremos que la exégesis seria debe definitivamente re­
nunciar á ella. ¿Las inquietudes del espíritu? ¿Las pruebas de la fe? ¿Los des­
alientos del alma? ¿El peso de este cuerpo de muerte que le esclavizaba y del
que de buena gana quisiera verse libre? ¿La vecindad de ese hombre enemi­
go que él sentía en el fondo de su corazón? Muchos lo creen así; pero el mis­
mo Señor designa su prueba como una enfermedad, á<rSéveia una enfermedad:
«Virtus in infirmitate perfícitur.» Es muy cierto que Pabló no se queja sólo
de miserias morales, sino que supone también las físicas, á las que declara
más que suficientes para atraerle el desprecio de todos, é inspirar asco á los
que le rodean-{Gal., IV, 13-15). Estas miserias están en su carne, según el
texto, (m í ffKÓ\o\j/ Ttj ffapKÍ (II Cor-, XII, 7), y constituyen un estado en­
fermizo debajo del cual gime su cuerpo. Su enfermedad tenía algo de súbi­
ta, de violenta, como de bofetones reiterados, y se manifestaba probable­
mente en la cabeza. Algunos, como Tertuliano, San Jerónimo, San Crisós-
tomo, Teofilacto, etc., han pensado en congestiones, en neuralgias; otros, con
más razón, en una inflamación periódica de los ojos, verdadera estigma que
Jesús había dejado en su carne en recuerdo de la fulminante y saludable
manifestación del camino de Damasco (V. Hech., IX, 3, 17, 18; comp. con
XXII, 13; XXIII, 3, 5; Galat., IV, 15). También se ha creído que los bofe­
tones de Satanás y el mal vergonzoso de que el Apóstol se queja, era la epi­
lepsia. Finalmente, algunos han pensado en enfermedades más persistentes
que las dichas, tales como cólicos nefríticos ó ciertas afecciones cutáneas
muy dolorosas. En el terreno de las hipótesis, la imaginación tiene ancho
campo donde explayarse.
(1) I I Cor., X, 10:«praesentia corporis infirma», y más arriba, en el vers.
1, había dicho: «in facie humilis.»
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 159
débil cuerpo al que anima. Su violenta, su única in­
quietud era la gloria de Dios. Según esto, ¿podrá sor
prendernos que Pablo se hubiese desdeñado de obligarse
con los lazos del matrimonio? Harto temprano se había
apoderado de él la pasión religiosa para darle tiempo ni
siquiera de pensar en contraer un enlace que fatalmente
hubiera paralizado su celo. Más tarde le veremos conside­
rar como un don del cielo el haber sido llamado á vivir sin
esta sujeción, y escribirá á ios primeros discípulos de Co-
rinto deseándoles que estén, como él, libres de las exigen­
cias de la vida conyugal^.
¿Se había estrenado ya Pablo como rabino predicador, ó
misionero de la circuncisión, entre los judíos helenistas,
cuando entró en Jerusalén para desempeñar un papel mi­
litante en el partido jerárquico? No sería imposible(2>. Es­
te período de vida activa lejos de Jerusalén corresponde­
ría bastante bien al tiempo del ministerio público de Je­
sús (3). Si, desde muy jovencito, hubiese vivido siempre en
Jerusalén, difícilmente se comprendería que no hubiese
visto y oído al Señor. Ahora bien, si le vió y le oyó, ¿có­
mo se explicaría que nada nos diga de la indiferencia en
que su persona le había dejado, y aun de los sentimientos
hostiles que le había inspirado? Porque, teniendo en cuenta
el odio que mostraba á los discípulos, es e’vidente que, si hu-1
(1) Después del pasaje tan explícito de la Epístola á los Corintios ( / Cor.,
V II, 7-8), no se comprende que Clemente de Alejandría, en Eusebio (H. E.,
I I I , 30). y en general los exégetas protestantes, hayan querido que Pablo fue­
se casado, ó por lo menos, viudo. Pero áayfios significa uno que jamás estuvo
atado con los lazos del matrimonio. La palabra griega que significa viudo es
xvpo*. Tocante á la expresión oú£vye yvrj<rie (Filip., IV, 3) que sirve de apo­
yo á la opinión de Clemente de Alejandría, en ningún caso puede enten-
-derse de una esposa de Pablo.
(2) Gal., V , 2, comp. con I, 14; Hechos., XXII, 3; Filip., III, 5, y la
descripción que Jesú s hacía del celo de los fariseos (M at., XXIII, 15).
(3) Fuera de esta hipótesis, sería preciso decir que Saulo no fué á Jeru­
salén para sus estudios teológicos sino hasta muy tarde después de la muer­
te del Salvador, lo que no concuerda fácilmente con su afirmación de que
allí se había criado y educado {Hech., XXII, 3).
(4) E s digno de notarse que, cuando Jesú s se le m anifestó en el cam ino
d e Dam asco, Pablo no lo reconoció. En efecto, exclam ó «¿Quién eres, Señor?»
Hech. IX , 5.
160 MONSEÑOR LE CAMUS

biera conocido al Maestro, le hubiera detestado. Pero, si al­


guna vez había detestado á Jesús, si le había acusado, si ha­
bía pedido su muerte, ¿podemos admitir que hubiese resisti­
do á la necesidad de decirnos, en sus Epístolas, por lo menos
una palabra de pena sobre su participación en el horrible
deicidio? Si el cruel recuerdo de Esteban y otros mártires
estaba constantemente en su memoria, ¿tan pronto se ha­
bría desvanecido en su alma el de Jesús, muriendo en la
cruz, cubierto de sus sarcasmos y anatemas? No, y esta
primera razón para afirmar que Pablo no había conocido á
Jesús es ya concluyente. Se puede invocar una segunda,
que no es menos decisiva. Si Pablo hubiese oído á Jesús,
con toda certeza se hubiera hecho discípulo suyo. No po­
dría, en efecto, negarse que entre su alma y la religión
nueva había tal armonía prestabilita, que una palabra del
Señor, una mirada, la evocación franca y poderosa del
ideal cristiano habrían bastado á iluminarle, seducirle y
transformarle. No se concibe la naturaleza recta y sensi­
ble del joven rabino de Tarso resistiendo á la influencia
de Jesús. Al contrario, para comprender que fuese ad­
versario de sus discípulos, es necesario suponer que, re­
cién llegado á Jerusalén, se aconsejó únicamente de sus
prejuicios farisaicos, y se arrojó, con toda la inconsidera­
ción y el ardor de su juventud, en las filas de los persegui­
dores. A consecuencia de circunstancias difíciles de preci­
sar, pero que la lógica más elemental obliga á admitir, na­
da debió ver de los prodigios ocurridos en Pentecostés, en
la Resurrección y en el Calvario. Los relatos que se le hi­
cieron parecieron fábulas ridiculas y odiosas invenciones á
su espíritu prevenido. He aquí por qué se ofrece á aplastar
á los impostores, y pondrá tanta energía en perseguirlos
como en detestar la mentira y hacer prevalecer la verdad.
No hay nada más aflictivo que los detalles de lo que su
celo imaginó contra los cristianos(1). En ellos puede verse
la prueba evidente de que el fanatismo teocrático había
(1) Además de las afirmaciones del historiador, Hech., VIII, 3, y IX, 1,
«1 mismo Pablo caída de repetirlo en los cap. XXII, 4, 19 y XXVI, 9-11.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 161
enteramente suplantado la autoridad de Roma, y que el
procurador había recibido orden de dejar que el país mar­
chase á su antojo. Saulo, en la descripción de su furor re­
ligioso, se compara á los ciervos y gamos que todo lo de­
vastan (1>, y en los Hechos de los Apóstoles y en sus Epís­
tolas, menciona y condena ocho veces el triste recuer­
do de su fanatismo. Provisto de poderes suficientes por
el Sanedrín, al que había ofrecido sus servicios, el fo­
goso fariseo se había convertido en el más implacable
de los inquisidores. Veíasele ir de sinagoga en sina­
goga, provocando discusiones para que los partidarios de
las teorías de Esteban manifestasen su opinión. Cuando
habían hablado, no discutía con ellos, los hacía prender,
los llevaba ante los tribunales y los encarcelaba. Luego
que Saulo ya no encontró sospechosos en las sinagogas,
porque la suerte de los más animosos había hecho más
prudentes á los demás, fue á buscarlos hasta en el santua­
rio inviolable de la familia. Obligó á que el hermano de­
nunciara al hermano, el hijo al padre, la esposa al esposo;
y todos los acusados, hombres ó mujeres—éstas parecen
haber desempeñado un papel importante en este primer
movimiento universalista de la sociedad cristiana,—eran
encarcelados. La sentencia de los jueces había sido pro­
nunciada una vez por todas. Era necesario renegar de
su fe ó morir. En aquella multitud de gentes honradas
sometidas á la violencia hubo, como siempre, cobardes
apóstatas y mártires generosos. Toda su vida se repro­
chó Saulo el haber tenido el triste valor de hacer blas­
femar á los unos y morir á los otros (2). Se comprende
que la turbación y el pavor fuesen grandes en el reba­
ño en que se agitaba el terrible león. Parece que los
que menos se conmovieron fueron los Apóstoles, sea por­
que se sentían protegidos por el pueblo sea porque
(1) Hech,., VIII, 3. En este sentido se emplea ordinariamente el verbo
é\vfw.ívero. Véase Eliano (H. V., IV, 5), á propósito del león;Diod. de Sicilia
(Bibliot. hist. p. 22), hablando del hipopótamo, etc.
(2) Hech., XXII, 4; XXVI, 11.
(3) Hech., V, 13, 26.
162 MONSEÑOR LE CAMUS

la persecución no iba directamente contra ellos, en apa­


riencia apegados al mosaísmo de un modo más visible que
Esteban y sus partidarios. Quedáronse sosegadamente en
Jerusalén, cuando los helenistas, á lo menos los más com­
prometidos, recordando el aviso del Maestro, que reco­
mendaba la fuga siempre que el peligro apremiara, abando­
naron en masa la Ciudad Santa para dispersarse en las
campiñas.
Con ellos se ponían en marcha las nuevas ideas sobre la
emancipación de la Iglesia frente á frente de la Sinagoga*
y sobre la vocación de todos los hombres de buena volun­
tad, cualquiera fuese su origen, al reino de Dios. Donde
quiera que se detenían, los perseguidos comenzaban por
predicar estas doctrinas. Así, la consecuencia inmediata
de la tempestad suscitada por Pablo fue propagar el di­
vino incendio, que en lo sucesivo no fue posible circunscri­
bir á Jerusalén. Poco tiempo después, en efecto, había
cristianos en Damasco^, en Fenicia, en la isla de Chipre,
en Antioquía(2) y aun en Roma, donde veremos á Andró-
nico y á Junia recibir más tarde saludos de Pablo, como
hermanos valerosos que le habían precedido en la fe y á
quienes había quizá perseguido (3l De esta suerte, cuando
el huracán furioso se desencadena sobre nuestras campi­
ñas, y le vemos desarraigar los árboles y segar las flores,
diríase que su obra lo es sólo de muerte. Sin embargo, al
contemplar la llanura, algunos días después, es fácil reco­
nocer que Dios ha sabido servirse del propio devastador
para sembrar y multiplicar la vida que parecía destruir.
Del árbol y de la flor tronchados por el viento, ha recogi­
do y transportado éste á lo lejos, sin darse cuenta de ello,
elementos de germinación. Y allá á lo lejos los esperaba
impaciente una tierra desierta que anhelaba también á su
tiempo, adornarse con árboles, flores y frutos. Tal es el
juego admirable de la Providencia explotando el mal para
sacar el bien, la muerte para producir la vida.
(ll Hech., IX, 10.
(2) Hech., XI, 19.—(3) Rom., XYI, 7.
CAPÍTULO IV

La Iglesia, salida de Jerusalén, ofrece, por la iniciativa


del diácono Felipe, la salud á los samaritanos
Loque determinó al diácono Felipe á ir á predicar en Samaria.—Si allí
estaban dispuestos á proclamar á un Mesías. —Papel que allí desempeña­
ba Simón el Mago.—Su enseñanza gnóstica y pagana.—Efecto maravillo­
so de la predicación de Felipe.—Pedro y Juan van á consagrar lo que el
diácono helenista ha emprendido tan bien.—Simón quiere comprar el de­
recho de comunicar el Espíritu Santo.—Respuesta indignada de Pedro.—
Horror que el recuerdo del mago inspiró á la Iglesia primitiva. (He­
chos, VIII, 4-25).
Era muy natural que los discípulos, huyendo de la per­
secución del Sanedrín, se refugiasen en Samaria, donde el
despotismo jerárquico no los podía alcanzar. Mártires de
una idea, debían esforzarse en que ésta prevaleciera. Uno
de los emigrantes, Felipe, no el Apóstol, pues dejamos di­
cho que todo el grupo apostólico se había quedado en Je-
rubalén, sino el diácono ó el evangelista, marchó directa­
mente á Sebaste, ciudad principal de los samaritanos W.
Esta era la antigua Samaria, magníficamente reconstruida
por Herodes, que la había recibido de Augusto, yá laque
llamó Sebaste ó Augusta, en recuerdo del donador. Esta
ciudad había suplantado provisionalmente á Siquem, mu
cho menos bien situada como plaza fuerte, pero más có-
(1) La verdadera lectura es muy incierta. Si se lee els rty iróXiv Zacapelas,
es evidente que se trata de la capital Sebaste ó Samaria. Si se suprime el
artículo, ¿se está autorizado para decir que el historiador no ha querido pre­
cisar ninguna ciudad samaritana, porque no tenía datos suficientes en sus
notas1? No, pues el artículo rijv no era absolutamente necesario para designar
la misma ciudad de Samaria. (Véase Luc., II, 4, 11; I I Pedro, II, 6, y, entre
los autores profanos, Poppo, ad Thucid., I, 10; Ellendt, Lex. Soph., II, p.
137.) En cuanto al genitivo Zacapelas con el nombre iróXiv, en lugar del acu­
sativo de aposición, no es inusitado en griego. (V, Ruhnk, Epp. crit., p. 186).
164 MONSEÑOR LE CAMUS

moda como ciudad comercial. Las viejas ruinas de Sebas­


te, pintorescamente aislada en una altura cónica en medio
de una llanura, merecen todavía ser visitadas. Encuén-
transe acá y allá restos de construcciones herodianas. In­
numerables columnas parduzcas, que yacen entre los tri­
gos, ó levantan á través de míseros olivares sus fustes des­
boronados, dicen con qué magnificencia del todo oriental
había restaurado el rey la gran ciudad. En ella Felipe se
puso resueltamente á predicar la salud para todos. No po­
día dar respuesta mejor á las violencias del exclusivismo
farisaico que le expulsaba de Jerusalén. Originario, ó á lo
menos habitante de Cesárea, había vivido en un medio muy
heterogéneo, como lo eran todas las ciudades del litoral
mediterráneo. Su nombre y su admisión en el numero de
los siete diáconos bastan á indicar que era helenista, y el
lugar que ocupaba entre aquéllos, inmediato al de Este­
ban, prueba la consideración de que disfrutaba en la co­
munidad cristiana. Todo nos lleva á creer que teniendo su
casa y su familia en Cesárea (1), mantenía relaciones cons­
tantes con Samaria. Cesárea, en efecto, era el puerto al
cual los samaritanos iban con preferencia para tratar sus
asuntos comerciales. De lo alto de la colina de Sebaste, a
través de una escotadura de las montañas, hacia el O.,
puede verse su emplazamiento que baña el mar con sus
olas azuladas.
Con frecuencia los hombres á quienes más fácilmente se
conduce á la verdad religiosa son aquellos que viven de
ella más separados. Extraños á la luz, se sienten tanto
más atraídos, cuando ella se manifiesta, cuanto mas la
habían enérgicamente deseado. Esta es, aún en nuestros
días, una de las causas de que la acción del cristianismo
sea más poderosa sobre los idólatras que sobre los musul­
manes ó también los judíos. En los comienzos del ministe­
rio de Jesús, ya había podido comprobarse, por vez prime­
ra, que el pueblo de Samaria era más francamente accesi-
(1) Hech., XXI, 8, nos lo presentan más tarde habitando en esta villa con
sus cuatro hijas vírgenes y profetisas.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 165
ble que el de Jerusalén á la Buena Nueva. Baza decaída
y despreciada, suspiraba, sin embargo, por una rehabili­
tación moral. Mezcla de paganos y de judíos apóstatas,
tenía la credulidad de los unos y algunas chispas de la
Bevelación que dirigía la vida religiosa de los otros. De
suerte que admitía fácilmente la hipótesis de ún Mesías
Salvador—¿por ventura éste no había sido prometido por
Moisés, cuyos libros leía?—y lo buscaba de buena volun­
tad en todo hombre que se atribuía una misión extraor­
dinaria, sin que las decepciones más amargas hubiesen
descorazonado su perseverante credulidad 'X).
En aquel tiempo, un hombre que hacía obras extraor­
dinarias, y al que calificaban de mago, explotaba audaz­
mente esta inclinación á dispensar buena acogida á cual­
quiera que se hacía pasar por enviado del cielo. Era Simón
de Gitón, así llamado porque, según San Justino, había
nacido en esa aldea samaritana (2), ó porque se había sim­
plemente domiciliado en ella siendo en realidad oriundo
de Chipre, como dice Josefo Educado muy probable­
mente en Egipto (4), había adoptado las teorías gnósticas
á que se inclinaba el judaismo alejandrino. Mezclando es­
tas teorías con algunas nociones generales, pero muy im­
perfectas, de la doctrina religiosa de Jesús, acabó por edi-1
(1) Una prueba de esto iba á verse en la proyectada manifestación de es­
tos infelices samaritanos en el monte Garizim para buscar, según las indi­
caciones de un impostor, los vasos sagrados de Moisés allí escondidos. Pila-
to hizo una matanza en aquellos obstinados, y á su vez fué castigado poco
después, en Roma, por sus violencias. ( Ant., XVIII, 4, 1; Eusebio, H. E.
II, 7.) , .
(2) Apol., II: «A un tal Simón samaritano, de la aldea de Gittón, Tirdibv
k . .
t etc.» Se cree que esta localidad se encuentra en la actual Kuryet-
Sit, cerca de Naplusa. (V. Robinson, Bibl., Res., II, 308, nota.)
(3) El texto dice: «Por nombre Simón... judío, cipriota de nación
(Kínrpiov dé yévos),> Antiq, XX, 7, 2. Algunos quieren explicar esta divergen­
cia entre San Justino y Josefo, suponiendo que Simón era de Cicio, en la
isla de Chipre, y que San Justino pudo creer que era de Gitta ó Gittón en
Samaria, porque los autores lo calificaban de rimetfs ó Kmeiís. Pero Josefo
no menciona á Cicio, y el testimonio de San Justino, cuando se trata de Sa­
maria, es demasiado autorizado para que se le sacrifique. Mucho mejor se
podría concordar á los dos autores, suponiendo que Simón era de una fami­
lia cipriota, pero que él se había domiciliado en Gitón, en Samaria.
(4) Homil. Clem., II, 22.
11 T. IV
166 M0NSEÑ0K LE CAMÜS

ficar un sistema teológico tan impío como incoherente qu&


no formuló por completo hasta más tarde, suponiendo quo
no dejó á sus discípulos el cuidado de darle su consisten­
cia definitiva. En efecto, no es seguro que el libro de la
Grande Exposición, del cual los Philosophoumena ll) nos
han conservado curiosos fragmentos, sea obra del mismo
Simón, sino más bien la síntesis de un sistema elaborado
mejor por sus adeptos. Sea como fuere, y según lo que per­
miten juzgar los testimonios esparcidos de los autores ecle­
siásticos (2>, Simón admitía, como principio de todas las co­
sas, un fuego invisible, virtual, que contenía en sí mismo la
razón de todos los seres, y del cual el mundo era su eterna
manifestación. Este principio era activo y pasivo, ó mejor,,
de él procedían, como de una sola y misma raíz, dos fuer­
zas: la una, macho, que crea, y la otra, hembra y madre-
universal, en la que todo es creado. Esta sabiduría ó pen­
samiento eterno, es la que sale de Dios para engendrar los.
espíritus. Los espíritus ó eones, divididos en seis clases, crean
y conservan el mundo. Además, retienen cautivo el pensa­
miento de Dios, cuya obra son, y esta Ennoia divina su­
fre en la tierra los tratos más humillantes. Simón es el
principio todopoderoso enviado al mundo para libertar la
sabiduría cautiva. Llamaráse de buen grado ó'E<m6s, el In
mutable, ó también el Suscitado (3), el Yerbo, la Belleza,
el Paráclito, el Todo de Dios (4), persiguiendo sin descansó­
la Ennoia desterrada en este mundo, hasta que la encuen­
tre en una desgraciada cortesana de Tiro, y la emancipe,,
devolviéndole, á su lado, el sitio de honor que merece.
Entretanto, y en el momento en que nos hallamos de1234
(1) Pkilo&.y IV, 7; VI, 1; X, 4.
(2) Véase San Justino, mártir, Apol., I, 26 y 56; Rom. y Recogn. Pseudo-
Clem.; San Ireneo, Raer., I, 23; Hipólito, II, 15; Tertuliano, de An., 34; y,
entre los críticos modernos, Lipsio, Simón d. mag., en Schenkel, Bibtl Le-
xikon, vol. V, p. 301-21. ^
(3) Quizá aludiendo á la frase del D eu teron XVIII, 15, 18: «Tu Señor
Dios te suscitará (&vatr'Hj<rci.) un profeta.»
(4) San Jerónimo (in Matih. XXIV) le atribuye estas palabras: «Ego
sum sermo Dei, ego sura Speciosus, ego Paraclitus, ego Omnipotens, ego-
Omnia Dei.»
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 167
su historia, Simón, se hace pasar por un ser sobrenatural
Evidentemente, quería representar entre los samaritanos
el papel del Cristo entre los judíos, y se presentaba á ellos
como una encarnación de la Divinidad. En esto le había
precedido otro falso Mesías, Dositeo, contemporáneo de
Jesucristo, según Orígenes, que se hacía pasar por el Hijo
de Dios (2). Para mantener sus pretensiones, Simón obraba
prodigios, procurando de esta suerte imitar el poder de Je­
sús sobre los elementos, la enfermedad ó la misma muerte.
Mejor hubiera hecho ejercitándose en reproducir la santi­
dad de su vida. Ordinariamente la virtud del predicador
es la garantía más natural de la doctrina que predica.
Tratándose de milagros es preciso distinguir prudente­
mente entre los milagros verdaderos y los falsos, entre la
obra de Dios y la del demonio pero en cuestión de san­
tidad moral no hay lugar á distinciones: Dios está allí
donde se manifiesta. ¿Qué prodigios obraba Simón? Creía
poder, á su arbitrio, hacerse visible ó invisible, atravesar
los montes y horadar las rocas como si fuesen de barro,
precipitarse en el espacio sin peligro, romper las más fuer­
tes ataduras y encadenar á sus adversarios, animar esta­
tuas de madera ó de piedra, hacer que los árboles súbita­
mente germinasen, aventurarse impunemente en el fue­
go (4). Quizá también, con ayuda de supercherías que sus
admiradores no sospechaban,—parece que en aquella épo­
ca la magia tuvo éxitos incontestables <5),—llegó á hacer
creer que realizaba, de vez en cuando,lo que había prome­
tido. De aquí ese sentimiento general de admiración que,
según las teorías teosóficas familiares á Simón, hacía ex­
clamar á sus partidarios: «Éste es la llamada gran fuerza
(1) Hech., VIII, 9: «diciendo que él era algún grande ( v a p L é y a v ) . »
ti
(2) Orígenes (in Jo. VIII, 28) dice, á propósito de este Dositeo: «Fingía
ser el Cristo anunciado por los profetas;» y en otra parte, Contra Celsum,
VI, 17: «y el mismo hijo de Dios.»
(3) Véase en la Swnma de Santo Tomás, I P., Q. 114, a. 4, 2, 2; Q. 178
a. 1, ad 2, y a. 2.
(4) Recogn. Clemente lib, II.
(5) Véase Eliano, Hist. var., II, 18; IV, 20; Juvenal, &at., VI, 553, 557;
Properció, IV, 1.
168 MONSEÑOR LE CAMUS

{divafut peyi\t)) de Dios (1).» Así, para los samaritaños, el há­


bil mágico filé desde luego como una encarnación de la
primera de las energías divinas. No podían menos de reci­
birle bien, desde el momento en que intentaba remedar lo
que sucedía en su celosísima enemiga, la nación judía.
Samaría se dejaba voluntariamente llevar de la vanidad
de oponer á los profetas de Israel otros enviados extraor­
dinarios, como había opuesto un templo á su templo y una
religión á su religión.
Al abrir, pues, la Iglesia cristiana sus brazos á los sa-
maritanos malditos y deshonrados, éstos corrieron á ella
como se corre hacia la realidad, dejando los fantasmas que
entretienen porque la recuerdan, pero que irritan porque
jamás la dan. Había, entre las teorías incomprensibles de
Simón y la teología popular de Jesús, la diferencia que
hay entre las palabras de un hombre que delira y las pe­
netrantes efusiones de un padre ó de una madre que ins­
truye á sus hijos. Cuando Felipe anunció á este pueblo,
por mucho tiempo separado, y, por tanto, muy ávido de la
verdad religiosa, la feliz nueva del reino de Dios fundado
por Jesucristo y abierto á todos los hombres de buena vo­
luntad, sin distinción de raza, de educación, de fortuna,
exclamaron todos: «¡Esto es sencillo y amplio como la ver­
dad!^ Agradaba oir á los nuevos predicadores cuando de­
cían que en el porvenir no habría parias, y que todos los
hombres serían hermanos en la nueva sociedad.
Para mejor acentuar el resultado de estos discursos, que
el corazón humano encontraba ya llenos de un incompara­
ble sabor de verdad, Felipe hacía muchos milagros, y en­
tre los suyos y los de Simón había tanta diferencia como
entre la doctrina de los dos predicadores. A su mandato,
los demonios salían de los desdichados posesos, dando ala­
ridos. Los paralíticos y los cojos eran súbitamente cura-
(1) Naturalmente, hay que relacionar esta expresión técnica de la fe de
los admiradores con la teoría sostenida por Simón sobre la gran fuerza
de Dios: la gran fuerza macho (Apayv) y la gran fuerza ó sabiduría hembra,
(irtnia peyá\v). (Phüosoph. VI, I, 18). Filón había también llamado al
Logos ó Verbo: [Link]ópolis (¿MjrpórroXís) de todas las fuerzas de Dios.>
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 169
dos. Las viejas columnatas que visitamos en Sebaste fue­
ron, sin duda, testigos de estos prodigios. Felipe debió
predicar no lejos de la era en que, más de nueve siglos
antes, MiqUeas había dado una lección á los falsos profe
tas de Samaría, en presencia de Acab y de Josafat '1}. Sus
curaciones sorprendentes, llevadas á cabo sin pretensiones,
con la bondad más encantadora y siempre con éxito igual,
no podían ser obra del hombre. Los samaritanos lo reco­
nocieron con rectitud, y, olvidando en seguida á Simón y
sus sortilegios, aclamaron con el más alegre entusiasmo,
al nuevo predicador. El movimiento religioso tomó vastas
proporciones. Hombres y mujeres acudían en masa á pedir
el bautismo, es decir, la iniciación en la vida nueva, en nom­
bre de §olo Aquel que había sido la real manifestación de
Dios sobre la tierra, Jesús de Nazaret, muerto por la salud
del mundo, y único rey de la humanidad. El mismo Simón
no resistió este movimiento de general entusiasmo, y pidió
también el bautismo, quizá con la intención de continuar,
revestido con la piel de oveja, dentro del rebaño al que no
* desesperaba de poder más tarde reconquistar, quizá para
conocer, en calidad de adepto, el secreto de la nueva re­
ligión y de los prodigios que en ella se obraban. El triun­
fo del Evangelio parecía completo.
Al saber los Apóstoles en Jerusalén que Samaria había
recibido la palabra de Dios, se apresuraron á despachar
á Pedro y á Juan para comprobar y consagrar este nuevo
desenvolvimiento de la Iglesia. Esto fué un paso inmenso
en el sentido de las ideas universalistas. Lo importante y
significativo del suceso estaba, no en que algunos millares
de samaritanos entrasen en el reino de Dios, sino en que
estos dos emisarios, Pedro y Juan, los principales del Co­
legio Apostólico, se pusiesen en camino, á pesar de todos
los prejuicios nacionales, para abrir por sí mismos la puer­
ta á los malditos de otro tiempo y darles el abrazo frater -
nal. La dura corteza del judaismo se entreabría, por fin, sin1
(1) I I I Reyes, XXII. Voyage aux Pays bibliques, II, 171 y sig.
170 MONSEÑOR LE CAMU8

notables desgarros, para dejar salir el Evangelio, que no


debía ya detenerse en tan hermoso camino.
Viendo la obra de Felipe en su viva realidad, los dos
Apóstoles la aprobaron con la más santa alegría, y se dis­
pusieron á terminar oficialmente lo que tan bien había si­
do comenzado. Es indudable que, en la nueva sociedad,
puede un creyente alistar en la milicia cristiana á cual­
quiera que lo solicite; pero este primer paso, que se da
por el bautismo, debe ser regularmente confirmado, no ya
solamente por el sacerdote, que es el padre de familia, sino
por el obispo, que es el jefe de la tribu. Á él corresponde co­
municar el Espíritu Santo en su plenitud y armar á los
nuevos soldados de Jesucristo. Los dos Apóstoles, después
de suplicar á Dios que hiciera brillar su poder sobre los
prosélitos, comunicándoles, no ya tan sólo la gracia inte­
rior—la habían recibido ya por el bautismo,—pero aun
los dones exteriores del Espíritu Santo, imponíanles las
manos, y la virtud de lo alto se hacía visible sobre ellos
por dones extraordinarios W.
Este espectáculo inaudito é inesperado causó en Simón •
profunda sorpresa. Si Felipe, obrando milagros, le había
admirado, más debían admirarle Pedro y Juan dando á
los bautizados el poder de hacerlos. El fondo vil de su na­
turaleza era la causa de que su alma egoísta é hipócrita
estuviese privada de dilatados horizontes. En vez de pre­
guntarse de dónde provenía semejante poder y qué es lo
que él probaba, no consideró sino el provecho que más
tarde le reportaría si llegaba á adquirirlo. No hay que de­
cir que tales inquietudes habían debido arrojarle fuera
del movimiento religioso al que desde el primer momento
se había asociado. Parece, en efecto, que no asistió á la
efusión del Espíritu Santo sino en calidad de simple es­
pectador. Érale indiferente recibir para sí los dones sobre­
naturales, mas habría un negocio considerable en poder
comunicarlos á los otros. Estaba dispuesto á que se los1
(1) Comp. Hechos, XIX, 6.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 171

pagaran. Tomando, pues, una cantidad de dinero, fuese á


pedir á los dos Apóstoles que le vendiesen el derecho de
mandar al Espíritu Santo. «Dadme también a mi--dijo-
esa potestad, para que reciba al Espíritu Santo cualquiera
ú quien imponga yo las manos.» Esto era de lina ingenui­
dad cínica. Además, la proposición en su forma brutal de­
lataba la más grosera ignorancia de las cosas de Dios. Si­
món confundía indignamente la religión con la becbicena,
el apostolado con los fútiles triunfos ó las lucrativas in­
dustrias de un mago.
Su palabra cayó como una nota desagradablemente dis­
cordante en el concierto de piedad y de humilde fe que se
elevaba del corazón de todos los prosélitos. Pedro se irri­
tó, y, reconociendo que trataba con uno que no era de la
Iglesia, exclamó: «Perezca contigo tu dinero; pues has juz­
gado que se alcanzaba por dinero el don de Dios. Nu pue­
des tú tener parte ni cabida en este ministerio, porque
tu corazón no es recto á los ojos de Dios. Por tanto haz
penitencia de esta perversidad tuya, y ruega de tal suer­
te á Dios que te sea perdonado ese desvarío de tu cora­
zón, pues yo te veo lleno de amarguísima hiel, y arras­
trando la cadena de la iniquidad.» Hablando de esta suer­
te, Pedro no quitaba toda esperanza al hombre que había
creído poder comprar el poder de Dios y hacerlo servir
para fines bastardos. Apiadóse de su ignorancia, y se con­
tentó con profetizar el más triste porvenir al desgraciado.
Su mirada había leído en las profundidades de esta alma
que, hasta entonces, ignorante sobre todo y grosera, iba a
convertirse desde aquel momento en mala contra todo lo
que fuese cristiano, y dispuesta á los mas sacrilegos inten­
tos. Temblando, respondió Simón: «Rogad por mi vosotros
al Señor, para que no venga sobre mí nada de lo que aca­
báis de decir:» ¿Hablaba así por una falsa humildad y para
evitar los malos tratos de una multitud indignada? La
imprecación de Pedro, amenazando a el y a su dinero con
un fin miserable, ¿le había aterrado, y, en su pavor, busca­
ba un socorro allá donde sentía una fuerza sobrenatural?
172 MONSEÑOR LE CAMUS

Es posible. Lo cierto es que, á pesar de temer el castigo*


no parece haber detestado el pecado, como debiera hacer­
lo, ante todo, para evitarse un mal fin.
Los dos Apóstoles, habiendo dado testimonio del Señor
Jesús y predicado públicamente su doctrina, regresaron á
Jerusalén, no sin detenerse en las aldeas samaritanas que
atravesaban, y anunciar en ellas el Evangelio. El muro de
separación entre los dos pueblos comenzaba á derrumbarse
en las más felices condiciones. Los operarios del Señor, sa­
lidos de la Ciudad Santa para sembrar el campo del Padre
de familias, los precedían, entreviendo, por fin, el día en,
que, según la palabra del Maestro, la Buena Nueva salva­
ría las fronteras de Samaría, y marcharía resueltamente
á la conquista del mundo entero.
En cuanto al mago Simón, la historia, á través de al­
gunas leyendas inciertas, nos enseña que no tardó en re­
velar toda la malicia de su alma. El papel de taumaturgo
y de Mesías sentaba demasiado bien á su orgullo y á sus­
intereses para renunciarlo. Al paso que Josefo nos lo mues­
tra W sirviéndose de su influencia de mago para convencer
á Drusila, la hija de Herodes Agripa I, á que abando­
nase á Aziz, rey de Emesa, su marido, y se entregase al
procónsul romano Félix, perdidamente enamorado de ella*
la tradición más antigua(íi), con algunas variantes en los
detalles, lo estigmatiza como el perpetuo é insolente ad­
versario de Pedro y del cristianismo. Desarrollando poco12
(1) Ant., XX, 7, 2. Nada impide identificar al Simón que, en Josefo, se
hacía pasar como obrador de prodigios, con el Simón del libro de los Hechos.
El hecho de que vivió y conservó alguna influencia en Oriente hasta el
tiempo del procurador Félix (año 54), concuerda perfectísimamente con to­
da la historia de nuestro personaje. Pudo también igualmente, según diji­
mos, ser judío, cipriota, y habitante de Samaría.
(2) Después del libro de los Hechos, el primero que habla de Simón el
mago es Hegesipo en Eusebio (H . E., IV, 22). San Justino es una fuente
muy importante de documentos (Apol. I, 31 y 56; Dial, cum Tryfon.,
CXX-CXX1). Véase también San Ireneo, Adv. Haeres., I, 22-23; Eusebio,
H. E, II, 13, IV, 22; Tertuliano, de Anima, XXXIV; Clem. de Alej., Strom.,
II, 11; VII, 17; pero sobre todo el autor de los Philosophoum., VI, 7-20, que
parece ser el más exacto. Las Recog. y las Homil. Clem. abundan en deta­
lles fantásticos.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 173
á poco sus extravagantes teorías, acabó por predicarse á sí
mismo, dondequiera que se le quería escuchar, como la más
alta manifestación en la tierra: Padre con respecto á los
samaritanos, Hijo con respecto á los judíos, y Espíritu
Santo con respecto á las otras naciones. Recurriendo á un
simbolismo de sabor enteramente oriental para hacer más
inteligible su sistema, y también porque en estos desór­
denes del espíritu la carne reclama con frecuencia sus de­
rechos, Simón se hacía seguir de una prostituta, Elena,
recogida en Tiro, y representante de la verdad divina li­
bertada de la humana servidumbre. Simón la llamaba el
pensamiento eterno, ó la Ennoict encarnada, asociándola á
sus obras de magia y de apostolado. Más de una vez pare­
ce haber querido dar un jaque á la doctrina y á las obras
de Pedro, ora en la Cesárea marítima, ora en Antioquía, y
sobre todo en Roma, según más tarde tendremos ocasión
de decir. Siempre desenmascarado por la palabra del Após­
tol y confundido por sus milagros, no dejó de seguir enga­
ñando á muchos. Clemente de Alejandría nos dice que de
él y de Elena se conservaban estatuas, parecidas á las de
Júpiter y de Minerva. Justino creía haber visto una en
Roma, en una isla del Tiber, entre los dos puentes La1
(1) Se encontró, en efecto, en 1574, bajo Gregorio XIII, en la isla de San
Bartolomé, en el lugar mismo donde había habido un colegio de Tridentales
en honor de Semón Sanco, una piedra con esta inscripción: Semoni Sanca
Deo Fidio sacrurn Sext. Pompeius quinquennalis decus tridentalis donurn
dedit. Si esta inscripción sirvió de fundamento á la afirmación de Justino—
y así parece deducirse de su frase: quae statua erecta est in Ínsula Tiberia-
na Ínter dúos pontes, habens hanc Romanam inscriptionem: Simoni dea
Sancto (Apol. I, 26),-e s evidente su singular equivocación. El cipo en
cuestión estaba dedicado á Semón Sanco, el Hércules sabino, dios de la bue­
na fe (Ovidio, Fastos, VI, 213). Se han encontrado otros, expuestos entre
las antigüedades reunidas en el Museo del Vaticano. El último exhumado
en 1879 en el Esquilino, representa al dios con un pájaro en su mano iz­
quierda y un arco en su derecha. La'inscripción es siempre la misma: Se­
moni Sanco Deo Fidio sacrum. ¿Formuló Justino su aserción según el di­
cho de testigos imprudentes, ó se engañó realmente por sí mismo1? La pri­
mera hipótesis es la más probable, porque hay que reconocerle suficiente
talento para entender una inscripción epigráfica; y le bastaba leer el final
de la misma para comprender razonablemente que no la podía referir á Si­
món el Mago (*).
(*) Sobre el Sanco (ó Sanyo) de Ovidio, véase P. Ovidius Naso, edición
174 MONSEÑOR LE CAMUS

irritación de los primeros cristianos contra Simón prueba


que éste había procurado hacerles mucho mal. Contra él
se dirigieron toda suerte de acusaciones. Cualquiera que
sea la tradición que se siga, se entrevé que pereció mísera­
mente. Según unos, se hizo encerrar vivo por sus discípu­
los en un sepulcro, asegurando que resucitaría al tercer
día; «pero allí se quedó muerto—dice San Hipólito,—por
que no era el Cristo.» Según otros, habiendo querido ele­
varse volando para probar su omnipotencia, cayó vergon­
zosamente, detenido por la oración de Pedro, y se rompió
los huesos. Tan fatal experimento le descorazonó por siem­
pre, y quizás terminó su vida por el suicidio *l). Algu­
nos discípulos, de quienes Orígenes declara que los había
todavía en su tiempo, continuaron enseñando después de
él sus extravagantes doctrinas.
Lemaire, vol. VI, p. 404. Sobre la interpretación de San Justino, véase
D. Marani Praefatio, Migne, P. Gm, vol. VI, p. 139-144. En cuanto al Cole­
gio de Tridentales de que habla nuestro autor, parece que debe decir Cole­
gio de Bidentales; véase Forcellini, Totius Latinitatis Lexicón— N. del T
(1) Arnobio, Adv. Geni., II, 7.
CAPÍTULO V

Bajo la inspiración de lo alto, Felipe admite en


la Iglesia á un eunuco pagano
Las últimas barreras legales.—Felipe y el eunuco etíope en el camino de
Gaza.—La lectura del capítulo L U I de Isaías.—Felipe da [su lección de
exégesis.—El bautismo, signo y conclusión de la fe.—Felipe continúa su
apostolado universalista. (Hechos, VIII, 26-40).
Cuando el Espíritu de Dios ha soplado sobre un hom­
bre para dictarle santas innovaciones, le impulsa á lle­
gar pronto á las últimas consecuencias, dejando, empero,
que los demás entre tanto reflexionen, antes de obligarles
á que le sigan. Para los celadores de la ley, había algo to­
davía más indigno que un samaritano respecto del reino
de Dios; tal era un hombre de origen pagano, y, por
añadidura, degradado por la vergonzosa mutilación que el
despotismo oriental impone á los guardianes de las muje­
res en el harón. Moisés había dicho: «El eunuco no entra­
rá en la Iglesia de Dios (1).» Los hijos de los gentiles tam­
poco debían penetrar en ella. Aun cuando ellos adoraban
á Jehová, el judaismo los acorralaba más allá de la barre­
ra que, en el Templo, limitaba el recinto sagrado.
Pues bien, he aquí que el ángel de Dios dice á Felipe:
(1) Deut., XXIII, 1. Comp. con Levít., XXII, 24 (*).
(*) El sentido del original es que un eunuco no debía formar parte de la
congregación, asamblea ó pueblo de Israel. Sin embargo, se comprende que
estos infelices, una vez rechazados del pueblo, lo serían fácilmente del Tem­
plo, sobre todo teniendo en cuenta que los rabinos no hallarían gran dificul­
tad en relacionar el texto del Deuteronomio con el pasaje del Levítico, al
que alude nuestro autor, en que se prohibía ofrecer á Dios una víctima mu­
tilada: Omne animal, quod vel contritis, vel tusis, vel sectis ablatisque tes-
tic ulis est, non offeretis Domino.—X. del T.
176 MONSEÑOR LE CAMÜS

«Levántate, y ve hacia el mediodía, por la vía que lleva


de Jerusalén á Gaza, la cual está desierta.» Había dos ca­
minos que iban de Jerusalén á Gaza. El uno pasaba por
las montañas y Eleuteropolis (Beit Djibrin), á donde se
llegaba por Ñetofah (Beit Nettif), ó, dirigiéndose máa
al sur, por Hebrón y Aduram. Difícilmente se le po­
día llamar desierto, porque el país montañoso que atrave­
saba estaba cubierto de ciudades importantes. El otro ca
mino iba de Jerusalén á Lidda; de allí torcía súbitamente
hacia el sur, y, uniéndose con el de las caravanas que ve­
nía de Siquem, llegaba á través de la llanura de Sefela,
por Azot y Ascalón, á Gaza. Este es probablemente el ca­
mino que el ángel designaba á Felipe. Ambas vías eran
llamadas rutas de Jerusalén á Gaza; pero la segunda era
la más naturalmente indicada, si, como todo induce á
creerlo, el diácono predicaba todavía en Samaria cuando
recibió del cielo la orden de ponerse en marcha. Este ca­
mino es llamado desierto (1), porque apenas era frecuenta-
(1) Algunos exégetas han creído que la frase: haec est deserta, se refe­
ría á la misma ciudad de Gaza. Pero ¿qué interés había en hacer observar á
Felipe que esta ciudad estaba arruinada ó desmantelada? Lo que convenía
describir, no era la ciudad, sino el caminoque debía tomarse, ya que, de Je­
rusalén á Gaza, por lo menos había dos. A esta observación decisiva añáde­
se que la historia, á pesar del texto de Estrabón ( Geograf., XVI, 2, 30), no
nos muestra en manera alguna á Gaza como desierta en el tiempo en que
sucedió lo que aquí se cuenta. Tomada y en parte destruida por Alejandro, la
vieja capital de los filisteos tuvo aún algunos días de prosperidad. Fué com­
pletamente saqueada por Janneo (95 a. de J. O.), y, treinta años más tarde,
levantada de sus ruinas por el procónsul Gabinio (Y. Antiq., XIII, 13, 3;
XIY, 5, 3). Dada á Herodes_el Grande por Augusto, acabó por ser anexio­
nada á la provincia de Siria. Su situación estratégica era de las más impor­
tantes. Pomponio Mela, hacia el año 50 de J. C., escribía que Gaza era «in-
gens urbs et munita admodum.» Los judíos no la destruyeron hasta
el año 69. De aquí el que muchos han creído, pero sin razones suficientes,
que la frase en cuestión podía ser sencillamente una nota del autor del libro
de los Hechos, indicando el estado de la ciudad en el tiempo en que él escri­
bía. La Gaza moderna, que visitamos en 1898, es una ciudad de quince mil ha­
bitantes. Construida toda con los fragmentos de los monumentos antiguos,
bajo bosquetes de palmeras, en medio de frescos jardines, se extiende entre
dos cadenas de colinas, á. cuatro kilómetros del mar. La antigua ciudad de
los filisteos, más al oeste, ha sido invadida por sus arenas. Las excavacio­
nes emprendidas han dado algunos resultados; pero quedan aún verdaderos
tesoros arqueológicos que exhumar. Gaza, en la frontera de Egipto y á la
entrada del desierto, sigue siendo muy frecuentada por las caravanas. Sus.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 277
do más que por viajeros que podían defenderse. En Orien­
te, los países llanos son los más expuestos al pillaje, por­
que los ladrones procuran sobre todo ver venir de lejos á
aquellos á quienes quieren desbalijar, cayendo sobre ellos
como un rayo, antes de que puedan encontrar un asilo
protector. Estos asilos, ciudades ó aldeas, están de ordina­
rio situados en las alturas, donde es más fácil sostener los
asaltos del enemigo. Sólo se aventurarían á seguir el ca­
mino que va á Gaza, á través de la llanura arenosa y cu­
bierta de altas hierbas, las caravanas armadas ó los viaje­
ros que van deprisa y capaces de evitar un golpe de mano.
Andando Felipe por esta ruta de la llanura, vio venir
un carro. Por su forma y su ornamentación particular, pu­
do juzgar que tendría que tratar con un personaje de con­
sideración, de nacionalidad extranjera y probablemente
egipcio. Los grandes señores de las orillas del Nilo afecta­
ban distinguirse por la belleza de sus equipajes. Ordina­
riamente sus carros, incrustados de marfil, de plata y de
oro, eran arrastrados por caballos de diverso color (1>, en
que, además del cochero, podían tomar asiento dos viaje­
ros. En el que rodaba por la llanura de Sefela estaba sen­
tado uno solo, y se ocupaba en leer. Por el color, no me­
nos que por su traje, Felipe pudo reconocer á un etíope^.
Era un oficial superior, eunuco (3Me la Candace que
reinaba entonces en Etiopía, en el país de Meroe, y en las
bazares están bastante bien provistos. Sus moradores, astutos y bribones,
son amigos y aliados naturales de los beduinos, con quienes viven en con­
tacto diario.
(1) Wilkinson, Anc. Égypt., I, p. 368, 386; II, 75, 76 (2.a edición).
(2) Después de las categóricas palabras del vers. 27, vir JSthiops, no se
comprende que haya podido suponerse que el viajero era de raza judía. El
solo hecho de ser eunuco, debería ser suficiente para probar lo contrario.
(3) Los múltiples esfuerzos para demostrar que el calificativo de eunuco
podía ser aquí sinónimo de chambelán ó gran valiáx), son inútiles por la in­
dicación decisiva de que el personaje en cuestión estaba al servicio inme­
diato de una mujer. Además, se le llama potens, á la vez que eunuchus, lo
que sería una repetición, si ya eunuco tuviese aquel significado.
(4) Aquel país fue largo tiempo gobernado por mujeres que llevaban el
título de Candace, como los reyes de Egipto llevaron el de Faraón, y los
emperadores romanos, el de César. (V. Plinio, His. nat., VI, 35, y Eusebio,
H. U., II,-1).
178 MONSEÑOR LE CAMUS

tierras altas que hoy llamamos Nubia, Sudán egipcio y


Abisinia. Por más que era tesorero general de la reina
inquietudes más elevadas que las de aquí bajo llenaban su
alma. Los problemas de economía social ó doméstica le qui­
taban menos el sueño que los de la verdadera religión que
bay que seguir y las de la salvación que hay que alcanzar.
Instruido quizá por algunos judíos—éstos eran numerosos
en Etiopía, donde habían hecho muchos prosélitos,—ini­
ciado en la ciencia de los Libros Santos, entonces muy di­
vulgados en Egipto, había reconocido que el Dios de Is­
rael era el solo Dios verdadero, y había ido á Jerusalén á
rendirle homenaje en su Templo. De esto a concluir que
fuese prosélito de la puerta en el verdadero sentido de la
palabra, hay gran trecho. En razón de su mutilación y de
su completa inexperiencia en la interpretación de las Sa­
gradas Escrituras (2), puede creerse, con Eusebio, que en
realidad no era sino un pagano bien dispuesto con respecto-
á la Antigua Alianza, y no todavía un neófito que hubiese
aceptado el yugo de ésta(3).
En aquel momento leía al profeta Isaías. Los rabinos re­
comendaban leer la Ley, cuando se viajaba sin compañía (4).
Quizá, durante su estancia en la Ciudad Santa, se había
interesado en lo que allí se decía á propósito de Jesús de Na-
zaret y de sus discípulos. Se comprende que al día siguiente
del homicidio de Esteban, la agitación religiosa fuese gran­
de. Los ánimos debieron dirigirse á las graves cuestiones
suscitadas por el predicador mártir, y debatidas en senti­
do inverso por los dos partidos. Lleno de los argumentos
presentados por los unos y los otros, ¿buscaba quiza el eu-1
(1) Los reyes de Oriente tenían palacios especiales donde encerraban to~
da suerte de riquezas, oro, plata, ornamentos preciosos, documentos impor­
tantes. El tesorero general era el intendente de estos palacios.
(2) Véase vers. 31. ,
(3) En este caso, hay que armonizar la suposición de que el eunuco fué
el primer gentil bautizado y el hecho de que las primicias del gentilismo las
recibió Pedro, en Cesárea, en casa de Cornelio. Las primeras líneas del pre­
sente capítulo, á esto se refieren.—N. delT .
(4) Erubin, LIV, 1; Sota , XLVI, 2: «Dixit K. Jehoschua filius Levi: Qui
in itinere constitutos est, ñeque comitem habet, is studeat in lege.»
LA OBRA DE LOS APÓSTOLK8 179-
nuco, á todo evento, leyendo al profeta que más clara­
mente había hablado del Mesías, un apoyo á la fe nacien­
te que obraba en su alma? ¿Quería quizá sencillamente con­
servar en sí, por una edificante meditación, las dulces emo­
ciones que experimentara en la Casa de Jehová? Sea como
fuese, estaba tan absorto en su lectura, que parece haber
pasado por el lado de Felipe sin fijarse en él; de suerte
que, cuando el Espíritu Santo indicó al valiente diácono
que allí estaba el hombre que debía evangelizar, tuvo que
echar á correr para alcanzar el carro. En Oriente es muy
común ver á gentes que, jadeantes, siguen á los carruajes
y asedian á los viajeros pidiéndoles dinero ú ofreciéndoles
sus servicios. El eunuco y su cochero no hicieron ningún
caso del hombre que á su lado corría. El etíope, según era
costumbre (1}, leía en alta voz. Felipe oyó que la lectura
versaba sobre uno de los pasajes más célebres de Isaías, y
armándose de valor, preguntó con cierta familiaridad: «¿Te
parece á ti que entiendes lo que vas leyendoí2)?» El eunu­
co, sin ofenderse por la pregunta, respondió con la humil­
dad que convenía al estado religioso de su alma: «¿Cómo
lo he de entender, si alguno no me lo explica?» Esto equi­
valía á aceptar el ofrecimiento que parecía hacerle Felipe;
y ya que Dios abría así el corazón del eunuco, el Evange­
lista aprovechó al instante la ocasión de echar en él la
buena semilla. El viajero había parado su carro para invi­
tar á que subiese su interlocutor. Felipe tomó asiento á su
lado. El pasaje de la Escritura, que el eunuco leía en la
versión de los Setenta(3), era el famoso oráculo de Isaías:123
(1) Hoy todavía los orientales leen casi siempre en voz alta, aun cuando
están solos.
(2) Debió hablarle en griego, probablemente porque le oyó leer en esta
lengua. El juego de palabras ó la paranomasia que emplea, y que no puede
reproducirse en lengua romance, yivúoKeis á ávayivúaKei's, no estaba mal busca­
da para hacer aceptable lo que la pregunta parecía tener de indiscreto (*).
(*) El latín ha conservado el juego: ¿intel-Z^¿s quae legisl— N. del T.
(3) El texto de los LXX, que difiere algún tanto del hebreo, está aquí
muy exactamente citado, á excepción de dos insignificantes palabras: atVroD
añadido delante de ran-eivúafí y Sé delante de yeveáv. Es muy natural que un
hombre educado en el contacto de la civilización egipcia, leyese corriente-
180 MONSEÑOR LE CAMÜS

«Como oveja fue lleyado al matadero; y como cordero mu­


do delante del que le trasquila, así él no abrió su boca.
En su humillación, su juicio fue quitado. ¿Su generación
quién la contará, porqué quitada será su vida de la tie­
rra^1?» El etíope dirigiéndose á Felipe, añadió: «Ruégote
¿de quién dijo esto el profeta, de sí mismo, ó de algún
otro?» Al verle suponer que, en este pasaje, podría tratar­
se del mismo profeta ó de otra persona totalmente distin­
ta del Mesías, se estaría autorizado para creer que se ha­
cía eco de las objeciones recogidas en Jerusalén y que le
inquietaban á propósito de Jesús. Pero quizá su pregunta
no es sino la expresión cándida de una ignorancia por otra
parte muy excusable en un extranjero. Felipe, tomando
entonces la palabra, comenzó por explicar el pasaje que
embarazaba al eunuco, y no le fué difícil establecer que
Jesús había sido el punto de vista de todas las profecías y
la llave de la bóveda del Antiguo Testamento. Nada se
prestaba mejor á una evangelización de este género que
el capítulo LUI de Isaías, sobre el cual gastaba el viajero
mente el texto alejandrino. Pero una cosa es comprender la palabras, y otra
penetrar el pensamiento en su sentido profético (*).
(*) Entre el texto de Imías (L ili, 7-8) y la cita en los Hechos (VIII,
32 33) hay otras dos diferencias insignificantes: avroi añadido detrás de xeí-
pavros y de (ttó/jui. De las dos que el autor anota, la primera debe probable­
mente decir: «añadido detrás,> en vez de «añadido delante» (ajonté devant).
- N . del T. . . .
(1) En todo tiempo se ha experimentado la gran dificultad de determinar
el sentido de estas dos últimas frases. No se sabe exactamente lo que debe ,
entenderse por este juicio, esta sentencia, Kpl<ris, que ha sido quitada ó consu­
mada, ijpOr); menos aún se está de acuerdo sobre el sentido de la palabra
yeveá, que, para unos significa la generación eterna del Hijo; para otros, la
generación contemporánea y deicida; para muchos, la descendencia espiri­
tual del Mesías. Pero esta dificultad no impide ver la sublime significación
de la profecía en su conjunto (*).
(*) En el vol. II, p. 200, anotamos que parece cierto que la frase «gene-
rationein ejus quis enarrabitb no se refiere ni á la generación eterna ni á la
temporal del Mesías. Vigouroux dice terminantemente: «l5 hébreua un au-
tre sens» (Polyglotte, t. V., p. 451). La palabra hebrea dor nunca significa
generación en el sentido de engendramiento. Cierto que muchos padres han
comentado el texto en este sentido; pero hay que decir con Knabenbauer:
«Quod in ssnsum vocis originalis quam Isaías adhibuit non inquisierunt,
dolendum quidem est, at sane ista omissio non potest esse ratio pro nobis,
ut voci hebraicae alienam obtrudamus significationem.»—N. del T.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 181
«u esfuerzo intelectual sin comprenderlo. En efecto, aquel
pasaje se puede aplicar solamente á Jesús; y, después de
haber querido entenderlo de Ezequías, de Isaías, de Jere­
mías, o del pueblo de Israel, el judaismo posterior á Jesu­
cristo acabó por reconocer th que no es sostenible semejan­
te explicación, y que esta profecía debía aplicarse necesa­
riamente al propio Mesías, como lo había hecho la anti­
gua Sinagoga, antes que las preocupaciones de polémica
con los cristianos le hubiesen impuesto otras interpreta­
ciones. Hay que convenir, en efecto, que esta incompara­
ble profecía es el Evangelio escrito antes del Evangelio*2).
De tal suerte ella ha embarazado á la impiedad de todos
los tiempos, que, no pudiendo suprimirla ni desconocer su
realización en Jesus de Nazaret, ha llegado á suponer que
Éste, en su pasión, dióse la satisfacción extraña de reali­
zar, por una serie de circunstancias previstas y hábilmen­
te preparadas, todo lo que el Profeta había anunciado del
Mesías. Tan miserable subterfugio, por muy atentatorio que
sea al honor del Maestro, contiene, mal de su grado, un ho­
menaje tributado á la perfecta semejanza entre el Mesías
profetizado por Isaías y el Mesías por nosotros adorado.
Esto es lo esencial. El sentido moral hace justicia del resto,
sin que la razón tenga que demostrar que ello es absurdo.
Da lección magistral y concluyente de Felipe produjo
un efecto decisivo en el ánimo del príncipe etíope. Para
un alma recta que busca la verdad, nada hay más sor­
prendente que la exposición de la demostración evangéli­
ca en sus detalles y su síntesis armoniosa. Los antiguos
quedaban sobremanera maravillados ante esta compa­
ración luminosa que la primitiva apologética cuidó de
establecer entre el Mesías profetizado y Jesús de Nazaret,
el Mesías realizado. En aquella edad en que la Iglesia aca-
ÍP Constant. b 1 Emperador: [Link]. et R. Ulosis Alschechi^ com-
ment. in lesdiae proph., XXX, Lugd. Batav, 1631. El célebre rabino Salo­
món Jarchí ó Rashi, que vivía en el siglo XI, había también hecho esta leal
contestón.
(2) <Ce discours a été appelé avec raison: Passio Domini nostri Jesu
•Christi secundum Isaiam,» dice Vigouroux, Manuel Biblique.—N. del T.
12 T jy
182 MONSEÑOK LE CAMUS

baba de nacer, no era posible apoyarse en el hecho, no me­


nos milagroso, del Mesías perpetuado á través de los si­
glos. Predicábase entonces el Christus herí et hodie, pre­
dicamos hoy el Ipse et in saecula. Este argumento del
reino mesiánico desenvolviéndose progresivamente á tra­
vés de las edades, ha reemplazado, en parte, para nos­
otros al que había imperado en las primeras generaciones
cristianas. Sin embargo, no es menos verdadero que mos­
trar el Nuevo Testamento en el Antiguo, ó el Antiguo en
el Nuevo, será siempre poner muy felizmente la razón hu­
mana ante el gobierno providencial de Dios, y obligarla á
proclamar la sabiduría del Señor, que todo lo dirige, y la
solicitud del Padre, que nos salva á fuerza de amor.
Tal cual había sido visto y anunciado por los Profetas»
el Mesías venía á salvar á la humanidad. Felipe debió ex­
plicar cómo la salud se obraba por la Redención; cómo la
Redención se realizaba á su vez por la incorporación al
Mesías; cómo esta incorporación se hacía por la fe; cómo la
fe se afirmaba en el bautismo; cómo el bautismo producía
la gracia santificante y realizaba la justificación. En aquel
mismo instante pasaban por junto al lecho de un arroyo, ó
por una de esas fuentes que, en Oriente, motivan casi
siempre las paradas de los viajeros. «He aquí agua—dijo
el eunuco,—¿qué impide que yo sea bautizado(1)?» Y Fe-
(1) E l itinerario que hacem os seguir al eunuco rechaza las tradiciones
m ás ó m enos antiguas, pero todas poco fundadas, que colocan el lugar de su
bautism o cerca de B etsur, en A in-ed- D irueh, en el cam ino de Jerusa­
lén á H ebrón (Y. San Jerónim o de locis hebr., Bethsur), ó en A in-H ani-
yeh, á ocho kilóm etros sud-oeste de Jerusalén, como se supuso en tiem po de
las cruzadas. E l cam ino por la llanura de Sefela atravesaba bastantes arro­
yos para que pueda explicarse esta frase del etíope: «A quí hay agua,» sobre
todo si se considera que quizá esto sucedía en el m es de A bril, después de
las fiestas de Pascua, á las que sin duda el extranjero acababa de asistir.
N osotros encontram os no sólo pequeños lagos en m edio del pantano, a lo
largo del camino, sino tam bién una corriente de agua que atravesam os sobre
un puente de tres arcos, antes de llegar á Jam nia, donde una fuente m uy
abundante alim enta la pequeña ciudad.
D e otra parte, visitam os á A'in-ed-Dirueh, alm orzando ju n to á su herm o­
sa fuente (Y. Voyage aux Pays bibliques, vol. II, p. 28). E s inexacto que la
vía romana se bifurque allí en dirección á B etsur para ir á Gaza. Y a direc­
tam ente á H ebrón, y no se la podría calificar de cam ino de Gaza, porque ha­
ya uno m uy m alo que puede conducir de H ebrón á esta ciudad. F uera del
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 183
lipe respondió: «Nada, si crees de todo corazón.»—«Sí—
dijo el neófito,—creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.»
Mandó parar el carruaje, bajaron ambos al agua, y Felipe
lo bautizó. El pagano, á pesar de ser eunuco y de raza ne­
gra, quedó así convertido en prosélito, incorporado á Je
sucristo y recibido como miembro de la Iglesia. Contra to­
dos los prejuicios del judaismo, el Espíritu Santo había
hecho su obra. En el mismo instante, y de un modo mila­
groso, arrebató al Evangelista, haciéndole invisible al eu­
nuco admirado, para encaminarlo á nuevas conquistas.
El sitio al que fué conducido Felipe con la misión de pre­
dicar el Evangelio fué Azot ó Asdod W, en cuyas cerca­
nías se hallaba en aquel momento. No se sabe como aco­
gió su palabra esta antigua ciudad filistea; pero el histo­
riador sagrado nos dice que el ilustre diácono continuó con
camino que atravesaba la llanura de Sefela, el único camino que unía entre
sí Jerusalén y Gaza es el que partía de la llanura de Refaím, al sur de la
Ciudad Santa, y pasaba por Beter, Netofa, Eleuterópolis y Eglón. Sólo que,
á través de la interminable ondulación de las montañas, á pesar de ser el
más directo, era de mucho el más largo para los carros. De éste no puede
tratarse aquí, porque, lejos de ser un camino desierto, atravesaba un país
muy habitado. En todo caso la fuente de la Arcadia, ó El-Haniyeh, que allí
se muestra como si en ella hubiese sido bautizado el eunuco, dista sólo dos
horas de Jerusalén. ¿Cómo el ángel habría podido decir á Felipe que debía
juntarse al viajero en el camino desierto? Además, como la conferencia en­
tre el Evangelista y el eunuco duró al menos una hora, se seguiría que Feli­
pe habría alcanzado al viajero en las puertas mismas de Jerusalén, lo que
es absolutamente inadmisible. Por el contrario, el camino que, partiendo de
Lidda, se dirigía hacia el sur, es hoy todavía muy solitario. Nosotros lo se­
guimos durante tres horas partiendo de Yasur sin encontrar un solo grupo
de casas.
(1) Hoy Esdud. Allí había estado el Arca, en el templo de Dagón, duran­
te las guerras con los filisteos ( I Beyes, V, 1-9). Azot, tomada sucesivamen­
te por Sargón, rey de Asiria, y después de un sitio de veintinueve años,
por Psamético, rey de Egipto (Herodoto, H ü t., II, 157), fué arrasada duran­
te las guerras de los Macabeos, reconstruida por Gabinio, regalada á Hero-
des y definitivamente ocupada por los romanos. Algunas ruinas, que salen
á flor de tierra y entre las cuales las hay muy notables, dan testimonio del
pasado esplendor de esta gran ciudad. Un fragmento de capitel, en hermoso
mármol blanco, se ve sobre la colina donde estuvo probablemente el templo
de Dagón. Otros restos han servido para construir la hermosa noria donde
las mujeres van á llenar sus ánforas. Se ve todavía un sarcófago con uvas y
aceitunas, en el camino en cuyas orillas crecen los cactos. Esdud es una ciu­
dad enteramente moderna, y sus habitantes nos dispensaron buena aco­
gida.
184 MONSEÑOB LE CAMU8

ardor sa ininisterio de predicador á través de las villas


vecinas, hasta que, habiendo difundido la Buena Nueva
un poco en todas partes, entró en Cesárea, donde proba­
blemente habitaba su familia.
En cuanto al eunuco, convencido, por la súbita desapa­
rición de Felipe, de que había sido instruido y bautizado
por un enviado celestial, se puso de nuevo alegremente en
camino, lleno de gracia y de luz interior. La tradición
afirma, y parece muy natural que así sucediese, que llega­
do á Etiopía, predicó en ella el Evangelio y fundó una
Iglesia floreciente. La misma reina habría sido una de sus
primeras conquistas (1). Pero no madura todo lo que nace.
Acontecimientos, que nos son desconocidos, destruyeron
pronto lo que había edificado el celo de este primogénito
del paganismo, así llamado por Eusebio pues en el si­
glo IV, bajo Constantino, San Frumencio tuvo que em­
prender de nuevo la evangelización de Etiopía.12
(1) Nicéforo, H. E., II, 6; Eusebio, H. E., II, 2; San Jerónimo, in Is.t
LU I.
(2) UpCiTos é( ¿Ovia . ( H. E., II, 1).
p
CAPÍTULO VI

La Conversión de Saulo
Saulo reclama plenos poderes contra los cristianos.—Lo que le esperaba en
el camino de Damasco.—Victoria de Jesús de Nazaret.—Ciego y con­
ducido por la mano, entra en la ciudad.—La casa de Judas en la calle
Recta.—Ananías y su misión.—Saulo recobra la vista, recibe el bautis­
mo y da testimonio á Jesucristo. (Hechos, IX, 1-22; XXII, 4-16; XXVI,
10- 20).
Casi al mismo tiempo, tenía lugar otro acontecimiento
cuyas consecuencias iban á ser incalculables en la historia
del Cristianismo naciente. Aquel mismo Saulo, á quien
vimos lleno de odio contra los discípulos de Jesús, acaba­
ba de pedir al Sanedrín autorización de dirigir, personal­
mente y con poderes plenos, la persecución fuera deJeru-
salén. Comprendía que el Evangelio, salido de la Ciudad
Santa con los helenistas perseguidos, se extendería á to­
das partes, si no se ensanchaba el círculo de la persecución
para contener su desarrollo.
Damasco era una de las plazas más expuestas á verse
invadidas desde luego por la nuevas doctrinas. Los judíos
eran en ella numerosos. Josefo observa que casi todas las
mujeres practicaban allí la religión mosaica W. De allí,
como de un vasto foco, el Evangelio irradiaba hacia las
grandes comunidades israelitas que se habían establecido,
al E., en las orillas del Eufrates y del Tigris; al N. y ai1
(1) B. J., II, 20, 2. Como esta afirmación se refiere al año 12 de Nerón
(66 de J. C.), se tiene algún derecho á preguntarse si no califica de judías á
muchas mujeres que eran cristianas. Pronto veremos, en efecto, que la mi­
sión de Pablo era encadenar en Da masco á hombres y mujeres discípulos del
Evangelio. Pero esta confusión, quizá voluntaria, de Josefo no invalida en
modo alguno el hecho esencial de que Damasco fué, en esta época, un centro
judío de los más importantes.
186 MONSEÑOR LE CAMUS

O., en las provincias sirias y en el litoral del Mediterrá­


neo. La hermosa y rica ciudad, edificada al pie de la ver­
tiente oriental del Antilíbano, en una fértil y vasta lla­
nura que riegan siete ramificaciones del Barada, era como
el punto central donde convergían las grandes vías de
Oriente. Más antigua que Abraham W, había sido conver­
tida más tarde en capital de los reyes de Siria. Dos veces,
bajo David y Jeroboam II, los israelitas la habían ocupa­
do; pasó luego sucesivamente al poder de los asirios, los
babilonios, los persas y los griegos, hasta que la conquistó
Pompeyo en guerra contra Mitrídates Quizá, en el mo­
mento en que Saulo allí se dirigía para organizar la per­
secución, pertenecía ya á Aretas, rey de Arabia, que,
como los príncipes de la casa de Herodes en Palestina, la
gobernaba bajo la alta protección de Boma Sea como
fuese, desde el tiempo de los Seleucidas, los judíos se ha­
bían establecido en ella en gran número, así como en la
mayoría de otros importantes centros comerciales (4). En
Damasco poseían muchas sinagogas Desde esta gran
ciudad, casi limítrofe de la madre patria, mantenían fre­
cuentes relaciones con el partido jerárquico de Jerusalén,
y, más directamente que las comunidades judías muy apar­
tadas, estaban bajo la dirección espiritual del Sanedrín.
■ Saulo pidió, pues, al Sumo Sacerdotecartas que debían
acreditarle cerca de los jefes de la sinagoga y sostenerle
en la campaña que iba á emprender en favor del viejo ju-1
(1) Qén.., XV, 2.
(2) Antiq., XIV, 2, 3; Apiano, Bell. Mithrid.; M. Choren., I, 14.
(3) Antiq., XIV, 11, 9.
(4) B. J., I, 2, 25, y II, 20, 2. Nerón hizo morir allí diez mil israelita*.
(5) Hech., IX, 20.
(6) Podría determinarse quien era este sumo sacerdote, si la fecha de la
«onversión de San Pablo fuese cierta. Desgraciadamente no lo es. Los cro­
nologistas se dividen entre los años que van del 31 al 40. Estos dos punto*
extremos son igualmente improbables. La Epístola á los Calatas parece im­
ponernos el año 33, en razón del segundo viaje de Pablo á Jerusalén, viaje
que hizo catorce años después de su conversión y que hay que hacer coinci­
dir con el hambre del año 47 (Hedí., XI, 30; XII, 25). Si se admite esta cro­
nología, el sumo sacerdote sería todavía Caifas, que no fué depuesto hasta el
año 36 por Vitelio.
LA 0BKA DK LOS APÓSTOLES 187
daísmo que peligraba. Tratábase nada menos que de bus­
car cuidadosamente á los partidarios de Jesús, prender á
los que descubriera y llevarlos, hombres y mujeres, por­
que éstas tomaban parte muy activa en la difusión del
Evangelio, encadenados á Jerusalén, donde serían solem­
nemente juzgados. Sabido es que las comunidades judías,
bajo cualquier régimen que viviesen, en las tierras del
imperio romano ó en centros independientes, conserva­
ban el privilegio de regir á su arbitrio sus asuntos reli­
giosos. El sumo sacerdote, ó mejor, el Sanedrín por su
mediación (1), dió á Saulo las cartas que pedía, y, pro­
visto así de poderes excepcionales, el joven fanático se
puso en camino.
Después de haber atravesado Samaría y Galilea, debió
emprender su camino, bien hacia el oriente pasando por el
puente de las hijas de Jacob, bien hacia el Norte, subiendo
hasta Cesárea de Filipo, al pie del Hermón. De Jerusalén
á Damasco no hay menos de 200 kilómetros y una semana
larga de marcha. Por lo demás, rnujr probablemente, Pablo
se detuvo v extremó su celo durante el camino. Tuvo su­
ficiente tiempo para poder apreciar lo odioso de la misión
que se había procurado, y que se gloriaba de proseguir á
través de los extraños pensamientos que inquietaban su
espíritu. El recuerdo de la muerte de Esteban, la pacien­
cia y la fe enérgica de los nuevos mártires que él mismo
hacía, la vergüenza que se siente de no ser sino el hombre
de la violencia y de la fuerza brutal ante los represen­
tantes del derecho y de la libertad, la efusión de entu­
siasmo y de vida que caracterizaban la Iglesia naciente en
faz de la fría casuística del fariseísmo estacionario y pe­
trificado, los relatos que oía de la vida de Jesús, de su
muerte, de su resurrección y de su exaltación en la glo­
ria, ¿habían realmente cautivado su alma y comenzado á
turbar su fanatismo durante las horas silenciosas de su1
(1) Los versículos IX, 14 y XXVI, 10, dicen que tenía poderes de los
principes de los sacerdotes, y XXII, 5 de los ancianos del pueblo, lo que de­
signa claramente á todo el Sanedrín.
188 MONSEÑOR LE OAMUS

viaje? Algunos lo han supuesto, pero nada en el relato bí­


blico lo indica. Al contrario, todo nos lo representa rugiendo
de cólera hasta el último momento y herido de súbito por
un golpe violento que no había sido humamente prepara­
do. El mismo Apóstol, tan atento en estudiarse y darse á
conocer en las diversas fases de su vida religiosa, no ve
en su conversión otra causa que la manifestación religiosa
por la que fue derribado W. Pues bien, si jamás dice
nada de este trabajo íntimo que habría preparado su re­
pentina adhesión al cristianismo, es que, en sus recuerdos,
nada encontraba. Dios solo lo hizo todo, y Pablo es lo que
es, no por su cooperación individual, sino por una inter­
vención directa, milagrosa é irresistible del Salvador:.
Qratia Dei sum id quod sum Lobo devastador repen­
tinamente convertido en cordero, proclamará él mismo,
de un modo más admirable que cualquier otro discípulo del
Evangelio, el súbito triunfo de la gracia y la derrota im­
prevista del hombre malo.
La pequeña caravana llegaba al término del viaje. Si
bien era cerca de mediodía, no habían hecho alto. De ordi­
nario el calor es sofocante en aquel caos de piedras basál­
ticas que hay que atravesar antes de alcanzar el grande
oasis en que se asienta Damasco. Pero la perspectiva de
llegar cuanto antes no permitía una parada inútil Ya
(1) Para convencerse de esto, basta leer los dos relatos que hace de su
conversión (Hechos, XXII y XXVI. Comp. Gálatas, I, 13-14; Filip., III,
12), y que hemos seguido paralelamente para no olvidar nada en una expo­
sición tan interesante.
(2) / Cor., XV, 10.
(3) La tradición ha variado singularmente sobre el lugar en que Saulo
tuvo la celestial visión, habiéndose sucesivamente designado cuatro puntos,
bastante separados unos de otros. Solamente dos parecen responderá las in­
dicaciones del libro de los Hechos. El uno se encuentra en el cementerio
cristiano, y, por consiguiente, á las puertas mismas de la ciudad. Está dema­
siado cerca. El otro, defendido por una tradición más antigua, está no lejos
de la aldea de Cocab (la Estrella), á unos diez kilómetros al sud-oeste de Da­
masco. Desde allí se distingue la gran ciudad en medio de sus bosquecillos,
y el viajero que llega de Jerusalén puede muy bien decir que está al términa
de la jornada. El nombre de Pablo ha sido dado á una colina cubierta de blo­
ques de basalto que allá se encuentra, Tell mar Bulos. M. Guerin cree ha­
ber descubierto al borde del camino los vestigios de una iglesia que, desde
la más remota antigüedad, habría consagrado el recuerdo de la conversión
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 189 ’

la gran ciudad, en medio de su verde y pintoresco ceñidor


de naranjos, granados y sicómoros, entrelazados de viñas,
dejaba ver sus almenadas murallas, sus puertas coronadas
de torres y sus palacios de cúpulas resplandecientes. Con
razón puede decirse que, para el que sale del árido desier­
to, Damasco es una visión del paraíso Saulo debió sen­
tir en aquella hora lo que en su alma siente el general en
los lugares donde se va á librar la batalla. Bajo el sol ar­
diente que le abrasaba, todo en él debió exaltarse á por­
fía, el hombre, el judío y el sectario. El leóu saboreaba ya
su presa. Entonces fué cuando plugo á Dios derribarle ba­
jo el golpe de la más asombrosa misericordia. Á decir ver­
dad, Saulo, como tantos otros fanáticos, creía obrar bien.
En el fondo, su natural era recto. Sólo tenía una ambi­
ción: la de consagrar su vida al servicio de la verdad; pe­
ro desgraciadamente sus prejuicios farisaicos le impedían
ver donde la verdad se hallaba. De aquí aquel odio vio
lento contra los cristianos del que se reprochó tan amar­
gamente hasta el término de su vida, como del criminal
error que lo había manchado (21.
Según todas las apariencias, la caravana viajaba á pie;
los judíos caminaban poco á caballo. En todo caso, no se alu­
de, en el relato, á ninguna especie de cabalgadura, y leemos
que Saulo fué conducido á Damasco por la mano. De sú­
bito, y más brillante que la irradiación del rayo, pues, ba­
jo aquel cielo tan puro de Oriente, eclipsó al sol en el ze­
nit, una gran luz envolvió á los viajeros. Era el resplandor
de Pablo. El mismo nombre de la aldea, la Estrella, parece aludir á la mani­
festación sobrenatural con que el alma del perseguidor fué favorecida. (Véa­
se Notre Voyage aux Pays bibliques, vol. II, p. 305 y sigs.) ^^
(1) Nosotros llegamos de Banias á Damasco después de dieciseis horas
de marcha, y, viendo, á la puesta del sol, los minaretes de la gran ciudad
dominando el verde oasis, experimentamos aquella dulce alegría, aquel re­
poso del espíritu, aquella deliciosa tranquilidad del alma, que nada tienen
de común con los estados febriles y violentos por los cuales algunos exége-
tas fantaseadores han querido explicar la visión de Saulo. Verdad es que no
llegamos bajo el sol del mediodía, pero lo habíamos sufrido cruelmente du­
rante toda la jornada. (V. Notre Voyage aux Pays bibliques, vol. II, p. 294.)
(2) I Cor., XV, 9; Galat.} I, 13; Filip., III, 6. Comp. Hechos, XXIII, 1;
XXIV, 16; I I Tim., I, 3.
190 MONSEÑOR LE CAMUS

mismo de la gloria celeste donde mora Jesús resucitado.


Todos cayeron en tierra, asombrados y mudos W. En el
mismo instante, Saulo oyó una voz que decía: «Saulo, Sau­
lo, ¿por qué me persigues?» Esta voz hablaba en hebreo, ó
mejor, en arameo (2', para mostrarse más familiar y más
persuasiva. En lugar de ser ruda y aterradora, tomaba el
tono de la ternura entristecida y de la conciencia que
quiere despertar el remordimiento. ¿Qué mal había hecho
Jesús á Pablo para merecer su odio? Se encuentra en esta
frase algo de la dulce piedad con que el Salvador había
dicho al criado sacrilego: «¿Por qué me hieres?» y á Ju­
das: «Amigo, ¿á qué vienes? ¿con un beso entregas al Hijo
del hombre? (3>» El aspecto del Maestro guardaría á tra­
vés del resplandor de la majestad, ese aire de tristeza re­
signada que da una seducción irresistible al amor no co­
rrespondido, cuando formula sin amargura el más tierno
de los reproches.
Saulo jamás había visto á Jesús; por esto no le recono­
ció. Cuando se había estado una vez en contacto con el
Maestro, bajo la influencia de su palabra ó de su mirada,
no se le olvidaba jamás. Magdalena y Simón-Pedro no hu­
biesen preguntado quién era el que de esta suerte habla­
ba. Saulo quedó desconcertado. Sin embargo, aquella voz,
aquella visión, tenían algo de tan trastornador, que era
absolutamente preciso saludar á un Maestro en quien de
tal suerte se imponía. ¿Sospechó que aquel Maestro era su
mismo adversario? Es posible. «¿Quién eres, Señor?»—dijo1
(1) Parece que hay divergeucia entre la actitud en que San Lucas supo­
ne á los compañeros de Pablo y la actitud en que los presenta el mismo
Apóstol en el relato de este milagroso suceso. Según Lucas, diriase que se
quedaron de pie {eiar^Keicav) y sin voz; según Pablo (Hechos, XXVI, 14),
cayeron en tierra. Pero si se considera que dicho verbo griego no significa
siempre estar de pie, sino con mucha frecuencia permanecer en una actitud,
se comprenderá que puede traducirse: se quedaron mudos. Así se desvanece
la contradicción aparente.
(2) Nos lo dice el propio Pablo (Hechos, XXVI, 14), pero puede encon­
trarse una indicación en el mismo relato de San Lucas. En su interpelación,
Jesús emplea la forma aramea 2ao¿X, en lugar de la forma griega SaOXoi de
que se sirve el historiador en su relato.
(3) Juan, X V III, 23; Mat., XXVI, 50; Lucas, X X II, 48.
LA OBRA DE LOS APOSTÓLES 191
temblando.—Y Jesús, con aquella autoridad que tiene
siempre asiento en sus labios al lado de la soberana dul­
zura, respondióle: «Yo soy Jesús Nazareno, á quien tu
persigues.» Así, el enemigo no huye, sale á su encuentro.
•Jesús ante Saulo, la verdad ante el error, la fuerza an­
te la debilidad, el amor ante el odio, la bondad ante la
malicia, el Hijo de Dios ante el esbirro del Sanedrín, el
Rey del cielo ante un revoltoso de la tierra, todas estas
antítesis están incluidas en las pocas palabras que Jesús
acaba de pronunciar Afortunadamente para Saulo, es­
tán impregnadas de un sentimiento de misericordia infi­
nita. En realidad, en lugar de aplastarle con su omnipo­
tencia, el Señor le dirige el reproche más amistoso y la
más benévola proposición de paz. No quiere ni por un mo­
mento más dejarle la posibilidad de ser impío y malvado,
pues, mediante su gracia, levanta en su corazón como una
tempestad de remordimiento ^ que hara nacer en el, á vi­
va fuerza, el más sincero arrepentimiento. La temible bes­
tia hubiese querido obstinarse en la mala senda donde ha­
bía entrado; pero una mano poderosa la detiene y la empu­
ja hacia otro camino. ¿Dé qué le serviría resistir por más
tiempo á la gracia y extenuarse dolorosamente en una lu­
cha desigual y sacrilega? Lo mas prudente es capitular.
■ «Es cosa dura para ti—añade Jesus,—dar coces contra el
aguijón.»
Saulo conviene en ello, y á través de indecibles dolores
solamente conocidos de las almas ardientes condenadas á
volver repentinamente atrás, para buscar el ideal que per­
seguían en el extremo opuesto, se declara vencido. El que
se había puesto en camino para perseguir a Jesús no pue­
de soportar, un momento más, que este Jesús le persiga
con tanto amor: «Señor, ¿qué quieres que haga?» Entre-1
(1) En el texto griego, éyú> y «ni, yo y tú, están visiblemente en oposición.
€Y o soy Jesús el Nazareno, á quien tú (Saulo)persigues.»
(2) Fara mejor despertar estos remordimientos, Jesús, tanto en su pre­
gunta como en su respuesta, le recuerda á Pablo su triste oficio de persegui­
dor: <¿quid me persequeris!» (vers. 4) y en el versículo siguiente: «quem tu
persequeris». Esta repetición es intencionada.
192 MONSEÑOR LE CAMUS

gandose así atado de pies y manos, dispuesto á todo lo que


se quiera, proclama que realmente es el vencido, el siervo,,
el esclavo de Aquel que le ha detenido en la mitad de sus
locos furores. El Maestro le responde: ^Levántate y entra
en la ciudad, donde se te dirá lo que debes hacer.»
Los compañeros de Saulo habían oído un ruido de una
voz coincidiendo con la manifestación celestial W, pero sin
distinguir las palabras cambiadas, y, por consiguiente, sin
comprender la irresistible intimación de rendirse, dirigida
á su caudillo. Habían visto la luz que Jesús difundía, sin
ver a Jesús mismo. No es esta la primera vez que los Li­
bros santos nos muestran a Dios otorgando sus comunica­
ciones, ora á las disposiciones íntimas de los que son tes­
tigos de ellas, ora por razón de la misericordia y la justi­
cia que les dispensa ('¿KEn cuanto á Saulo, no olvidará ja-
(1) Esta es quiza la diferencia que hay que hacer entre áicoúeiv, construi­
do con el genitivo ríjs <f>G>vr)s, que indicaría la percepción de un ruido inarti­
culado, y atcoveiv, construido con el acusativo rr¡v <puvr¡v, que significaría oir
las mismas palabras. No es de suponer que el autor del libro délos Hechos
diga aquí que los compañeros de Saulo oyeron lo que Jesús decía, siendo así
que más lejos, en este mismo libro (XXIÍ, 9), hará declarar al mismo Saulo
que no lo oyeron. Sin embargo, una vez más, nótese la poca precaución que
los autores sagrados tomaban para evitar aparentes contradicciones. (*)
(2) Véase el hecho análogo que se produjo en torno de Jesús, Juan, XII,
28, 29. *
(*) Es muy cierto que las frases «audientes quidem vocem» (.H., IX, 7) y
<vocem autem non audierunt» (H ., XXII, 9) han de significar «audiebant
vocem solano, non vocem cum verbis»; porque, aun prescindiendo de razones
„de un orden más elevado, no es creíble que un mismo autor, á pocos capítu­
los de distancia de un mismo libro, y tratando de un mismo asunto, abierta­
mente se contradiga. Pero sobrada razón tiene monseñor Le Camus al mani­
festar poca confianza en que la armonía de aquellos textos deba fundarse en
la susodicha regla de régimen gramatical. En efecto, si admitimos que Ókoto»
con genitivo significa «sonitum quemdam esse perceptum vocis, non ipsa lo-
quentis verba», y aplicamos esta regla á $eowra \eyoóaVs ^ (H , XXII,
7), entonces se hace preciso concordar esta frase con II., XXVI, 14: audivi vo-
cem, Quvty, loquentem mihi» y con II., IX, 4: «Saulus audivit vocem, <f>wr(,v, di­
en te111 sibi». Es mejor prescindir del régimen y decir con Glaire que ¿Koúeiv
significa á la vez percibir un ruido y entender lo que se oye, determinándolo
el contexto. El ultimo párrafo de la nota del autor equivale al siguiente de
Bacuez. <S. Luc. ne s inquiete ni de V etrangete de certains recits, ni despré-
ventions qu on peut avoir, ni des imputa tions ó! erreur ou de contradiction
auxquelles il peut donner lieu. Assuré de la verité de ce qu il rapporte, i
tient pour certain qu’ il obtiendra confiance, et il s’ énonce avec 1’ autorité et
la sécurité d’un homme qui se sent au-dessus de toute reclamation.»—Nota
del T.
LA OBRA DJS LOS APÓSTOLES 193
más ni la dulce visión de Jesús de Nazaret, ni la voz ce­
lestial que ha transformado súbitamente su vida, ni la gra­
cia irresistible que lo ha convertido en Apóstol. Á quien
quiera saberlo, le repetirá que su fe descansa en lo que
ha visto y oído. Cree en la resurrección porque ha
visto á Jesús resucitado. Le ha visto, no en un éxtasis (1),
sino físicamente, como Cefas, como Santiago, como los de­
más Apóstoles le habían visto <1234-. Si cree que su misión
está ai lado de los gentiles, si afirma el carácter auténtico
y divino de aquélla, es porque la ha recibido de labios del
mismo Jesús. ¿Quién se atrevería á disputarle el título de
Apóstol? ¿Por ventura no ha visto realmente y con sus
propios ojos al Maestro? í3l Como favorecido con esta apa­
rición, la última de todas en la historia evangélica, es pre­
sentado por Bernabé á los Apóstoles de Jerusalén De
ella se prevaldrá delante de los judíos <5) y delante de
Agripa, en Cesárea (6), excluyendo por la claridad de sus
declaraciones, en una y otra circunstancia, toda explica­
ción que quisiera suprimir el milagro, y echando el ridícu­
lo sobre cualquiera interpretación que en aquélla quisiera
solamente ver un mito. Para él, de allí han salido su vida
religiosa, su obra apostólica y su influjo en la Iglesia.
(1) Pablo distingue muy bien sus arrobamientos en espíritu de esta apa­
rición exterior de Jesús. Las revelaciones que ha tenido, no las cuenta (II
Cor., XII, 1 9). Su humildad se resiste á citarlas, y si alguna vez entra en
este terreno, se detiene en seguida y sólo habla de lo que le humilla. Por el
contrario, repite con complacencia la aparición que lo ha convertido, por­
que ella recuerda su infidelidad. Por ella ha sido puesto al mismo nivel
de los demás Apóstoles. Ella, y no las revelaciones ó los éxtasis con que ha
sido favorecido, ha cerrado el ciclo de las apariciones personales, visibles,
exteriores de Jesús en la tierra (I Cor., XV, 8). Cuando (Galat., I, 12, 16)
dice que Dios ha revelado á su Hijo en él y que de allí proceden su conver­
sión y su apostolado, no suprime la aparición fuera de sí, sino que la supo­
ne El fenómeno interior que se produce en el éxtasis es la consecuencia de
la fe. El que tiene lugar en el camino de Damasco motiva la de Saulo. En
cuanto á la revelación del Hijo en Pablo hay que entenderla del trabajo in­
terior que está unido á la aparición exterior.
(2) I Cor., XV, 8.
(3) I Cor., IX, l.
(4) Hech., IX, 27.
(5) Hech., XXII.
(6) Hech., XXVI.
194 MONSEÑOK LE CAMUS

Cuando Saulo se levantó para obedecer la orden recibi­


da, estaba ciego. En vano intentó abrir los ojos, que ha­
bía cerrado al caer en tierra ante la gran visión: la luz.
del sol no penetraba en ellos, como si rehusasen ver
nada más después de haber contemplado al Rey glorioso.
Fué un espectáculo muy inesperado é inquietante para
sus compañeros verle, no ya, como poco antes, impetuoso
en precipitar su marcha, cuando quizás ellos mismos pe­
dían interrumpirla bajo un sol intolerable, sino, vacilante
y como herido por un golpe mortal, levantarse, extender
sus brazos para buscar su camino, y declarar en medio de
una emoción profunda que había perdido la vista.
Fué preciso tomarle de la mano, para conducirlo á la
ciudad. Allí recibió hospitalidad en casa de un judío lla­
mado Judas, quizá uno de sus amigos, ó mejor, el dueño
de alguna posada frecuentada por los judíos que iban &
Damasco. En una de las casas de la calle entonces llama­
da Recta, hoy la calle de Es-Sultani J), fué donde el ar­
diente fariseo, trabajado por la gracia, presa de sobrecogi­
miento indecible, hasta el punto de olvidar todas las exi­
gencias de la vida física, pasó tres días sin beber ni comer.
¿Qué emociones agitaron su alma? No sería fácil decirlo.
Con todo, dado el rigor lógico de este espíritu poderoso,
puede creerse que constituyó rápidamente toda la teoría
religiosa del Evangelio, tal como debía más. tarde predicar­
la á los gentiles. Había visto á Jesús, le había oído; por
(1) La calle actual, aunque conservando poco más ó menos el emplaza­
miento de la antigua, dista mucho de ser recta, debido á los estrechamien­
tos que ha sufrido. A juzgar por los zócalos de columnas que se encuentran
todavía en el subsuelo, y que recuerdan las columnatas de Palmira, la calle
antigua debía medir treinta metros de ancho por mil ochocientos de largo.
Se penetraba en ella por dos grandes puertas, la una al oriente, la otra al oc­
cidente. La puerta oriental, Bab-elCharki, es todavía la más hermosa de la
ciudad. Tenía tres arcos de bóveda, de los cuales uno solo, el del norte, está
abierto. El del medio, en pleno punto, mide siete metros de ancho por ocho
de alto debajo del dintel. La otra entrada, Bab-el-Djabyah, al occidente, tu­
vo también tres aberturas de las cuales sólo subsiste todavía una. Á pesar
de la tradición contraria, y únicamente porque es más natural, cuando se lle­
ga de Jerusalén, entrar en la calle Recta por occidente, me inclino á creer
que Saulo penetró en Damasco por la puerta Djabyah, y no por la de Charki
(Y. Notre Voyage aux JJays bibliques, vol II, p. 304 y 308).
LA OBRA Dfi LOS APÓSTOLES 195.

tanto, Jesús vivía, por tanto, había resucitado. El estado


de gloria en que se había mostrado lo probaba de un mo­
do irrefragable. Ahora bien, si había resucitado, era cier­
tamente de Dios; porque nadie se resucita á sí mismo, ni
podría decirse que Dios resucita á un impostor. En conse­
cuencia, su enseñanza era divina. La salud del hombre por
la cruz era una realidad, y alcanzar esta salud ó apropiár­
sela por la fe era el grande objetivo de la vida humana.
El pecado, la justificación, la gracia, eran otros tantos pro­
blemas fáciles de resolver, á la luz de la visión que acababa
de transformarlo.
Que su alma pasara por terribles trances, considerando
la responsabilidad que sobre ella pesaba por lo pasado,
esto era muy propio del carácter de aquel que, después de
haber evangelizado al mundo, temía más tarde no ser sino
un réprobo miserable. Estos tres días de aislamiento, los
pasó en oración; esto es lo que de él sabemos W. Esta ora­
ción, sucesivamente dictada por el arrepentimiento, la ac­
ción de gracias, la fe, el temor, terminaba sin duda en el
éxtasis. Mientras rodaban los carros, llevando á los hom­
bres con sus locas inquietudes, ó pasaban las carava­
nas, cubiertas de polvo y de fatiga; mientras la muche­
dumbre se apretaba bajo la doble columnata coronada de
estatuas á lo largo de la calle Recta; mientras que, en
sus bazares tumultuosos, los judíos, sus compatriotas,
vendían y compraban los productos de las ricas industrias
de Oriente, él entreveía el cielo y concebía el enérgico de­
seo de mostrarlo á la tierra. ¿Por qué no nos ha sido dado
conocer con certeza el lugar donde el Apóstol preparó, en
tres días, la conquista del mundo? Después de Belén, Na-
zaret y el huerto de Getsemaní, no habría quizás otro más
venerable para la humanidad (2).
(]) Hechos, IX, 11.
(2) Vimos, hacia el extremo occidental de la calle Es-Sultany (y esto
respondería bastante bien á nuestra suposición de que Saulo entró en la ciu­
dad por la puerta de occidente y no por la de oriente), una pequeña y asque­
rosa mezquita que, según la tradición, indicaría la casa de Judas. Está de-
196 MONSEÑOR LE CAMUS

Después que Dios hubo dejado á su nueva conquista


recobrar poco á poco la posesión de sí mismo, juzgó que
era tiempo de consagrarla por el bautismo. Joñas había
pasado tres días en el aislamiento y el terror en el fondo
de los abismos; el Hijo del hombre había permanecido tres
días en el silencio y la humillación del sepulcro; la prue­
ba ó la angustia de Pablo no duró más. Había en Damas­
co un discípulo del Evangelio llamado Ananías. Judío de
origen, como su nombre lo indica era un fiel observan­
te de la ley, y todos sus compatriotas daban testimonio
de su alta virtud No se ve, sin embargo, que ocupase
oficialmente un puesto en .la jerarquía eclesiástica, y, como
el historiador sagrado nada más nos dice de él, no se pue­
de menos de llegar naturalmente, con San Juan Crisósto-
mo, á la observación de que si Dios se complació en no
emplear ni á Pedro, ni á Juan, ni á ninguno de los Após­
toles, corifeos de la religión nueva, sino á un simple dis­
cípulo recién nacido á la fe, para introducir en la Iglesia á
aquel que debía ser el campeón más valiente, fué para me­
jor demostrar que Pablo había recibido su misión directa­
mente de Jesús mismo, y que, como los Doce, era verda­
deramente apóstol, escogido por el mismo Señor, teniendo
su Evangelio de parte de Dios, no de parte del hombre.
Estando Ananías piadosamente recogido en su morada,
—el alma está sobre todo dispuesta á recibir las manifes­
taciones del mundo superior, cuando ha cerrado la puer­
ta á las cavilaciones del mundo de abajo,—el Señor le
dijo: «;Ananías!» Y él respondió: «Maestro, aquí me te­
néis.» En aquellos días benditos, el corazón de todo dis­
cípulo, bajo la influencia del Espíritu Santo, vivía en per­
petua y familiar conversación con el cielo, oyendo, sin es­
fuerzo, las voces de lo alto, y respondiendo con la senci­
llez de un niño. «Levántate—prosiguió el Señor—y vete
bajo del nivel actual de la calle, y su destino religioso permite creer que
antes fué un santuario cristiano usurpado por el islamismo.
(1) Jananyáh es un nombre absolutamente israelita y muy común en la
historia sagrada (Jerern., XXV III, 1; Dan., I, 6; I Esdras, X , 28).
(2) Hech., XXII, 12.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 197
a la calle llamada Recta Busca en casa de Judas á un
hombre de Tarso, llamado Saulo Está orando. Ha visto
en una visión á un varón llamado Ananías que entraba y
le imponía las manos para que recobrase la vista.» El que
hablaba á Ananías había, pues, hablado también á Saulo,
y, por una doble manifestación preparaba el encuentro de
estos dos hombres, como algunos días después, preparará
la de Pedro y del centurión Cornelio. Ananías no pudo
evitar un movimiento de pavor. Saulo tenía una horroro­
sa reputación entre los judíos que se habían convertido al
Evangelio. El discípulo supuso que se trataba de ir á la
muerte. Sin embargo, el Maestro, instruyendo á sus dis­
cípulos, jamás dijo que la oveja debía ir á ofrecerse á
la rabia voraz de los lobos. «Señor—exclamó con ino­
cente sencillez—he oído decir á muchos que este hombre
ha causado grandes daños á tus santos en Jerusalén (3), y
también que ha venido acá con poderes plenos de los prín­
cipes de los sacerdotes para prender á todos los que invo­
can tu nombre.» Y el Señor, tranquilizando con una pa­
labra al bueno del discípulo i4>, añadió: «Yete á encontrar­
lo, que ese mismo es un vaso que he escogido para llevar
mi nombre á los gentiles, á los reyes y á los hijos de Is­
rael. Y le haré ver cuantos trabajos tendrá que padecer
por mi nombre.» El más violento de los perseguidores es-
J ) El sitio tradicional de la casa de Ananías se encuentra un poco al
norte de la calle Recta, hacia la puerta del oriente. Una capilla católica á
tres metros bajo el suelo, indica el lugar. ^V. Notre Voyage aux Pays bibli­
ques, vol. II, p. 303). ' ,
(2) Es evidente, por la manera misma de dar las indicaciones, aquí y más
abajo, que Ananías y Saulo en modo alguno se conocían, y que es superíluo
tratar de explicar, por relaciones antecedentes, la aproximación que sólo un
elemento sobrenatural motivó entre estos dos personajes.
(3) Esta es la primera vez que encontramos á discípulos del Crucificado
honrados con el título de santos. Hasta el presente habían sido llamados
discípulos, creyentes, hermanos. La nueva calificación quiere dar á entender
que los cristianos, por la fe que tienen en el Salvador y las influencias de la
gracia recibida en su justificación, están separados del mundo corrompido y
participan de la santidad de Jesús que los cubre con su sangre. {Rom I 7*
I Cor., I, 2; Efes., I, 4). * '
(4) También Moisés {Ex., III, 11) y Jeremías (Jerem., I, 6) habían mos­
trado ingenuamente su espanto al oir la misión que les confiaba Jehová.
13 T. IV
198 MONSKÑOK LE CAMUS

tá, pues, destinado á ser el más resignado y compungido


de los perseguidos. Ananías encontrará, no un león rugien­
te de rabia, sino un cordero dispuesto á dejarse llevar á la
muerte. Su mano, por muy tímida que sea, podrá fácil­
mente atarlo y afianzarlo al servicio de Jesucristo.
Levantándose al punto, el discípulo fué á la casa que el
Señor le indicaba. Encontró á Saulo, con el corazón des­
pedazado por el arrepentimiento, el cuerpo abatido por el
ayuno y la emoción moral, el alma entregada totalmente
á la oración. «Saulo, hermano mío—le dijo con el acento
de la más delicada caridad,—el Señor Jesús, que se te
apareció en el camino por donde venías (1), me ha enviado
para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu
Santo.» Al mismo tiempo el hombre de Dios había im­
puesto sus manos sobre la cabeza ardiente del joven ccm-
vertido. Éste sintió caer de sus ojos unas como escamas
y, mirando á su bienhechor, reconoció en él al hombre que
el cielo en el éxtasis le había mostrado. Se hallaba más
que nunca en pleno mundo sobrenatural, creciendo simui
táneamente, y con extrañas proporciones en su alma, la fe,
la esperanza y el amor. «El Dios de nuestros padres -pro­
siguió Ananías,—te ha predestinado para que conocieses
su voluntad, y vieses al Justo, y oyeses la voz de su boca,
porque has de ser testigo delante de todos los hombres,
de las cosas que has visto y oído.» Así, á medida que el
enviado de Dios habla, lo por venir se desarrolla á los ojos
de Pablo, con sus trabajos, sus tristezas y sus glorias.
Dios señala hoy el destino de su neófito, como en otro
tiempo había señalado el de sus profetas. Puesto que el
celo abrasador del joven rabino necesita una misión, la
(1) De aquí se deduce que Jesús había dado á Ananías detalles mas
completos que los mencionados poco ha por el autor del libro de los Hechos.
/o\ Lo qUe el autor compara aquí con escamas, no es otra cosa queja cns-
talización de los humores obstruyendo el ojo en la oftalmía ó inflamación agu­
da Hay que relacionar la expresión ¿«reí X^ríSes con la frase (Tobms, Xl, 13)
l u w X Muchos han supuesto que el Apóstol guardó toda su vida restos
de esta inflamación. Así se explica que debiese servirse de secretarios para
escribir sus Epístolas, y que por sí mismo escribiese rara vez y con muy
grandes caracteres ( Gal., VI, 11). ■
LA OBRA DK LOS APÓSTOLJCS 19»
tendrá; pero no la de aplastar á Jesús, como él había so­
ñado, sino la de predicarle sin desfallecimientos y estable­
cer su reino en el universo entero; no la de ahogar la na­
ciente Iglesia, sino la de ser su Apóstol más decidido y su
soldado más dichoso.
Pablo parece anonadado bajo el peso glorioso con
que se le abruma. Permanece prosternado y mudo an­
te las divinas proposiciones: «Ahora, pues—prosigue Ana-
nías, cuya voz toma poco á poco algo de la majestad
de un consagrante,—¿por qué te detienes? Levántate, re­
recibe el bautismo y lava tus pecados, invocando el nom­
bre del Señor.» El neófito no podía resistir á tan solem­
ne invitación. En Damasco, regada por las aguas frescas
del Barada, nunca hubo, ni ayer ni hoy, una casa de im­
portancia sin esas piscinas graciosas donde, en un patio
interior, a la sombra de los mirtos y de los naranjos, bajo
rosales y jazmines en flor, el hombre de Oriente va á bus­
car, en abluciones frecuentes, un remedio contra el sol que
le abrasa. Pablo se levantó y se hizo bautizar. Este sacra­
mento del bautismo, que él comparará más tarde con el se­
pulcro donde el hombre viejo se encierra con Jesucristo
para salir transformado en hombre nuevo, fué el signo ex­
terior que selló su conversión. Después de haberlo recibi­
do, consintió en tomar algún alimento. El gran obrero del
Evangelio entre las naciones quedaba alistado en la ban­
dera del Nazareno, no tardando en dejar entrever que
será un valiente luchador.
Durante algunos días que pasó en Damasco, instruyén­
dose con los discípulos é iniciándose en las prácticas de la
vida cristiana, se le vió glorificar á Aquel que le había tan
misericordiosamente vencido. Si se presentaba en las sina­
gogas, era para publicar, con todo el entusiasmo de un
convertido, que Jesús era el Hijo de Dios y el Mesías de Is­
rael No intentaba demostrar su tesis; afirmaba la impre-
(1) Así, la profesión de fe de Saulo era la misma que la de Nátanael
( Juan, I, 49) y la de Pedro (Mat., XVI, 16). En la Iglesia de Jesucristo, los
últimos y los primeros inscritos tienen el mismo Cvedo, y sus voces se en­
cuentran siempre para formular el mismo Símbolo.
200 MONSEÑOR LE CAMUS

sión íntima de su alma, conclusión lógica de lo que había


visto y sentido. Este testimonio no podía menos de parecer
extraño en sus labios. Todos conocían su pasado, y como se
ignoraba el milagro que había intervenido, no podían menos
de mostrarse asombrados de un cambio tan repentino. ^¿No
es éste—decían,—aquel mismo que perseguía en Jerusa-
lón á los que invocaban este nombre, y que vino aca de
propósito para conducirlos presos á los príncipes de los sa­
cerdotes?» Pero Saulo no se dejaba conmover por las legí­
timas prevenciones que en todos encontraba, mostrándose
cada vez más enérgico en su testimonio, confundiendo asi,
por la expresión de su fe, á los judíos de Damasco, irrita­
dos por encontrar en él, no un perseguidor, sino un auxi­
liar de la Iglesia naciente.
Sin embargo, aquella naturaleza rica y poderosa no se
contentaba con ser solamente testigo, necesitaba ser acti­
vo y conquistador. Ardor, lo tenía; quena adquirir la cien­
cia. Los rumores de que era objeto, tanto quizá como el
sentimiento de su insuficiencia, determináronle á aislarse
por algún tiempo. Dirigióse al desierto á sosegar su alma
de las punzantes emociones que le habían destrozado, y á
fortalecer su espíritu con las iluminaciones del éxtasis, en
la escuela del nuevo Maestro que había escogido1
(1) Esta es la mejor manera de intercalar en el relato, muy conciso, de
San Lucas, el retiro en Arabia indicado por el mismo Pablo, y del que ha­
blaremos en el capítulo siguiente. Admitiendo así, no una primera predica­
ción, sino un simple testimonio preliminar de Saulo en las sinagogas de Da­
masco, se comprende los «algunos días», r v is, que, según Mec/i., 1A,
L9 pasó desde un principio en aquella eiudad, y los razonamientos de los
oue, esperándole como perseguidor, le oyeron declararse prosélito. Puede en
seguida abrirse una laguna suficiente, sea antes del vers. 22, sea en el versí­
culo 23: curtí autem implerentur dies multo, puesto que esta ultima locuelo
indica ordinariamente un espacio de tiempo bastante largo. En 111 Meyes,
II, 38-39, una forma análoga equivale, como aquí, á tres años.
CAPÍTULO YII

Pablo se retira á Arabia


Época probable en que hay que colocar su permanencia en Arabia.—Razo­
nes exegéticas.—Argumento moral, necesidad del silencio al siguiente día
de las grandes crisis de la vida.—¿Prescindió Pablo del Cristo de la histo­
ria para no conocer sino el de la conciencia?—Cómo se obró su formación
religiosa y teológica.—Lugar donde se retiró. (Gálatas, I, 13-18.)
Hay en el libro de los Hechos ciertas lagunas que deben
atribuirse, sea al objeto exclusivo perseguido por el histo­
riador, sea á su ignorancia de detalles ó de hechos que
habrían felizmente completado su obra, si los hubiese co­
nocido. Esto podrán solamente extrañarlo los que con­
fundan la inspiración con la ciencia completa. Así, en
el punto en que nos hallamos del libro de los Hechos, y á
juzgar por el relato muy seguido de San Lucas, parecería
que Pablo, al día siguiente de su conversión, se puso á
evangelizar con tanto celo como elocuencia las sinagogas
de Damasco, hasta el momento en que, perseguido por sus
antiguos correligionarios, debió abandonar esta ciudad
para volver á Jerusalén. Pues bien, se engañaría el que rela­
tase así su historia. Entre su conversión y su huida de Da­
masco hay que colocar un hecho de la más alta importan­
cia, puesto que él explica, mejor que todo, la independen­
cia de su apostolado y el origen directamente divino de su
misión, según él mismo nos lo advierte. .
Escribiendo á los gálatas, les dice que llamado por la
gracia á ver distintamente, con los ojos del alma, al Hijo
de Dios y anunciarlo á los gentiles, no se cuidó desde luego
ni de la carne ni de la sangre, es decir, de ningún hom­
bre, pariente, amigo, doctor, discípulo del Evangelio, ni
202 MONSEÑOR LE CAMUS

tampoco de los Apóstoles que antes de él habían sido es­


cogidos é instituidos. En lugar de ir á encontrarlos en Je­
rusalén para instruirse y pedirles que consagrasen su apos­
tolado, se retiró á Arabia W, y, desde allí regresó á Damas­
co. Solamente tres años después de su conversión, se pre­
sentó en Jerusalén, para ver á Pedro, y comprobar, sin
duda, cerca del jefe del grupo apostólico que, si bien no
había sido instruido por él, poseía, empero, su misma doc­
trina, habiendo tenido por preceptor al mismo Maestro,
Jesucristo. Estamos, por tanto, autorizados para decir que
el tiempo del retiro de Pablo en alguna soledad de Ara­
bia, fué el mismo en que Jesús se complació en formarlo é
instruirlo. El lugar y la importancia que el Apóstol da á
este incidente, para probar la independencia de su Evan­
gelio, apoya nuestra suposición. De otra parte, es natural
que se impusiera á su alma al día siguiente de su bautis­
mo un deseo inmenso de soledad y de recogimiento. Las
grandes crisis de la vida moral reclaman, después de la
violenta sacudida que provocan, un tiempo de reposo, de si­
lencio, de aislamiento, en que la quebrantada naturaleza
se recobra poco á poco y se reconstituye con nuevas fuerzas
y aspiraciones. Cuanto más poderosa y elevada es una na­
turaleza, mayor necesidad tiene de esta tregua para orien­
tarse de nuevo y buscar su ideal en los antípodas del punto
donde en un principio lo había colocado. Que un hombre
superficial y sin convicciones queme súbitamente lo que
había adorado y adore lo que había quemado, eso es lo or­
dinario. El hombre serio, herido por el golpe de la gracia,
se detiene: ya no obra lo malo, pero tiene necesidad de
recogerse para saber cómo hará lo bueno. Debe razonar
sus ideas nuevas, organizar sus fuerzas para un objeto
nuevo, y hacerse, si no con otra naturaleza, a lo menos con(l)
(l) Hay que notar, sin embargo, y esto es quizás un medio de explicar el
silencio de San Lucas sobre este incidente, que el Apóstol, analizando por sí
mismo en dos de sus discursos este período de su vida, no habla de su retiro
en Arabia. Véase Hechos, XXII, 16-17, y XXVI, 20, donde dice que su pri­
mera predicación tuvo lugar en Damasco, y la segunda en Jerusalén y en
toda Judea.
LA OBKA DE LOS APÓSTOLES 203
otra manera de vivir. Pues bien, todo esto pide reflexión,
para que el alma se pese á sí misma; silencio, para que las
voces de lo alto se hagan oir, y humilde anonadamiento,
que atraiga el socorro de Dios. Moisés, Elias, el mismo
Maestro se habían preparado á su gran misión en el reti­
ro. Pablo siguió su ejemplo.
Puede, por tanto, creerse que el retiro en Arabia fue
como el noviciado del futuro Apóstol Al. En la escuela de
Jesús, y bajo las continuas inspiraciones del Espíritu San­
to, se formó, no sólo en las virtudes cristianas, sino tam­
bién en la ciencia que debía convertirlo en el gran teólo­
go de la nueva religión. En el momento en que de él se
apoderó la gracia, es evidente que, de Jesús y el Evan­
gelio, no sabía otra cosa que las odiosas calumnias que
circulaban entre sus correligionarios. Su más vivo deseo
debió ser aprender toda la verdad que había entrevisto
en su sublime conjunto, pero cuyos detalles prometían á
su corazón, ya lleno de Cristo, los más dulces consuelos.
En algunos días, ó también en algunas horas, Ananías y
los otros discípulos de Damasco no habían podido instruir­
le más que sumariamente. Como nada le aseguraba que iba
á ser directamente iluminado por revelaciones divinas, pro­
curó ayudarse de los medios humanos que pudieran satisfa­
cer su piadosa curiosidad y secundar su necesidad de cono­
cer más á fondo á Jesús. Muy probablemente existían desde
aquella época, bajo la forma de hojas volantes, redacciones
escritas, en que la fe de los primeros discípulos se ejerci­
taba en consignar los relatos del Evangelio oral. El que
quería predicar á Jesucristo y no le había oído durante su
vida mortal, ponía por escrito lo que referían los Após­
toles en la asamblea cristiana, ó copiaba con cuidado lo
que otros redactaban. Parece bastante natural suponer
que Pablo, al retirarse al desierto, llevóse consigo los do-1
(1) Los que suponen que Pablo empleó su estancia en Arabia en predicar
el Evangelio nada pueden invocar para apoyar su extraña opinión. El mismo
Apóstol (Hechos, XXVI, 20) dice que primeramente predicó á los habitan­
tes de Damasco, después en Jerusalén yen Judea. Nada dice de los árabes.
204 MONSEÑOR LE CAMUS

cumentos que los discípulos de Damasco conservaban so­


bre la vida pública de Jesús.
No hay, en efecto, el derecho de creer, con la escue­
la de Tubingia, que el gran Apóstol no conociera máa
que el Cristo de la conciencia y que prescindiese del
Cristo de la historia. Esto sería olvidar singularmente
todo lo que había de positivo y de lógico en su natura­
leza, llena de súbitas percepciones, es cierto, pero no me­
nos inclinada á razonarlo todo y principalmente su fe. En
él elj'ous, ó la razón, marcha á la par con el -rrv€vfiai ó la ins­
piración; él no sacrifica los derechos de la una á los arran­
ques de la otra. Es segurísimo que Pablo quiso saber sobre
Jesús todo lo que se sabía en la comunidad cristiana, y el
Cristo espiritual resultó tanto más vivo en su alma, cuan­
to que, por relatos autorizados, le era más familiar el Cris­
to histórico. Sin duda que en sus Epístolas, apenas cita ni
las palabras ni los hechos del Maestro; pero Pedro, Juan,
Santiago, Judas, no los citan mucho más, y, sin embargo,
sabían muy bien lo que el Maestro había hecho y había-
dicho. Lo que en realidad hay es que los hombres de aque­
lla edad estaban de tal manera llenos de Jesús viviente en
su corazón, que apenas pensaban en citar á Aquel de quien
se creían perpetuos y fieles portavoces.
Á menos de sufrir la más extraña de las prevenciones,
debe admitirse que Pablo conoció en todos sus detalles la
vida de Jesús. Cada vez que su argumentación se presta,
con una palabra deja ver que no ignora nada. Si su pre­
dilección por el misterio de la Cruz le lleva á profundizar
el sangriento y saludable sacrificio, precisa que el Maes­
tro fué condenado por los jefes del pueblo, que fué trai­
cionado de noche, que sufrió cruelmente en su pasión, que
los clavos atravesaron sus miembros, que murió en las
fiestas pascuales, y que, en fin, resucitó al tercer día í1'. Si
trata la cuestión del celibato 1(2), señala exactamente lo que
(1) 1 Cor., II, 8; XV, 1-9, 16-20; V, 7; I I Cor., XIII, 4, Som., XV, 3; Co­
ios., II, 14 et passim.
(2) I Cor., VII, 10, etc.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 205-
el Maestro enseñó sobre este punto, y distingue el precep­
to del Señor del consejo que ól da por sí mismo. Si quiere
establecer el derecho de los predicadores del Evangelio
por encima del argumento tomado del derecho natural y
del derecho mosaico, apela á la misma orden dada por Je­
sús. Por lo demás, nunca se juzgará mejor de la exactitud
con que se había asimilado los relatos orales ó escritos del
Evangelio, que abriendo la página de la Epístola á los co­
rintios en que repite la institución de la sagrada Eucaris­
tía (12). Este fragmento, que tiene un parentesco visible con
los pasajes correspondientes de San Marcos y de San Mateo,
es absolutamente idéntico con San Lucas. Pablo, tan bien
como nuestros Sinópticos, conocía el Evangelio oral. ¿Cómo,
además, los paganos á quienes evangelizaba habrían com
prendido su predicación, si hubiese sido puramente teoló­
gica como sus Epístolas? Ante todo era preciso referir á
sus auditorios extraños á la Buena Nueva la vida misma
de Jesús, y sólo después de haberlos así nutrido con esta
leche de la doctrina era posible ofrecerles un alimento más
sustancial. Ahora bien, preciso era que conociera lo que
contaba á los demás.
Suponer que Pablo se contentó con el sentimiento íntimo
que tenía de Jesús para edificar su propia religión, es no
tener la menor idea del hombre que, razonando siempre
su acto de fe, era más incapaz que ningún otro de sacrifi­
car su razón á las emociones de un idealismo más ó menos
vaporoso. Para él, el Cristo interior no podía ser otro que
el Cristo exterior, conocido por la fe y saboreado por la con -
ciencia; y cuando declara que hay que olvidar al Cristo se­
gún la carne, no quiere en modo alguno hablar del Cristo
visible y tangible, sino del Cristo, rey conquistador, del
Cristo, Mesías terrestre, del Cristo que trae los bienes de
la vida presente, tal como el judaismo carnal lo esperaba.
Sin embargo, de que Pablo no descuidara ninguno de
los medios humanos que encontró en torno su}To para ins-
(1) I Cor., IX, H.
(2) / Cor., XI, 23 y sig.
206 MONSEÑOR LE CAMUS

truirse en el Evangelio, no se sigue que su principal maes­


tro no hubiese sido Jesucristo: Esto sería negar lo que él
mismo afirma; pues, según lo que nos dice en sus Epísto­
las, es evidente que entre el Maestro y el discípulo se es­
tableció un estado de unión íntima, en el cual, á través
de comunicaciones incesantes, Aquél respondía con ilumi­
naciones sucesivas á las cuestiones múltiples que éste pro­
ponía con fe ardiente.
Uno de los puntos que debieron sobre todo cautivar al
hijo de la Sinagoga, fué, sin duda, el objeto de la Anti­
gua Alianza frente á la Nueva. En lo más íntimo de sus
entrañas, Pablo era judío. Repudiar la revelación comuni­
cada á Moisés, porque él tenía en sí mismo la revelación de
Jesucristo, debió parecerle irracional. Plugo á Dios ha­
cerle ver desde el primer momento cómo lo pasado se ar­
monizaba con lo presente, aquél siendo la figura y éste la
realización, el uno la promesa, el otro el cumplimiento; y
cómo Jesús, rey de los siglos venideros, había sido tam­
bién, bajo símbolos proféticos, el verdadero rey de los si­
glos pasados. Desde entonces ¡qué irradiaciones en la in­
teligencia de Pablo! Á la luz del Nuevo Testamento ex­
plora el Antiguo, y su ciencia de discípulo de Gamaliel le
servirá para hacer toda justicia á Jesucristo. Su teología
sale, como de un tirón, de la relación que su espíritu y su
fe establecen entre el Evangelio y la Ley. Se ha hablado
de la preparación de Jesús á la vida pública cuando pasó
cuarenta días en el desierto, con mayor razón debería
darse una importancia capital á la preparación apos­
tólica de Pablo en Arabia. Allí fué sobre todo donde el
Maestro trabajó el corazón y el espíritu del nuevo discí­
pulo, y adornó el vaso de elección destinado á los genti­
les. Cuando, en el fondo del desierto silencioso, el alma
se remonta, en alas de la fe y del amor, hasta las es­
feras superiores más allá de las cuales comienza el mundo
divino, Dios le deja entrever horizontes infinitos y oir el
lenguaje revelador que explica los misterios. La historia
de la Iglesia cuenta la transformación prodigiosa de algu-
LA OBRA DB LOS APÓSTOLES 207
nos santos en la soledad; mas ¡cuán lejos estuvo todo eso
de lo que Dios reservaba al hombre asombroso llamado á
ser el más valiente campeón del Evangelio frente al mun­
do pagano!
¿En qué lugar de Arabia buscó Pablo un asilo? No es
fácil decirlo. Muchos han supuesto ^ que el hijo de la Ley
fué á recogerse al pie mismo de aquellas rocas sinaíticas,
donde la Ley había sido promulgada; como si, antes de
romper con el mosaísmo, hubiese querido contemplar el tea­
tro mismo de la antigua revelación y recibir la nueva con­
traseña de Dios á la humanidad, allí mismo donde este
Dios había antiguamente hablado á Israel detrás de una
cortina de rayos. ¿No fué en aquellas cavernas del Horeb
donde había ido á recogerse el más grande de los profetas,
Elias, huyendo de la cólera de Jezabel? ^ Y allá vió á
Dios. Estos viejos recuerdos conservaban algo que seducía
al nuevo discípulo del Evangelio. Puede, por tanto, encon­
trarse natural que, tomando el camino del desierto y hu­
yendo de la sociedad de los hombres, Pablo hubiese ido á
ocultar las emociones de su corazón al pie de aquellas cimas
sagradas donde todo hablaba de Dios, de su poder y de
su misericordia frente á la humana fragilidad. Nada
más á propósito para sumir al alma en un sobrecogimien­
to piadoso que la majestad silenciosa de aquellas gargan­
tas sombrías y abruptas. Allá, y desde muchos siglos antes
que el Cristianismo levantase sus monasterios y sus ora­
torios, la mano del hombre había cavado asilos profundos,
á través de las rocas de gneis y de granito que habían vis­
to pasar á Moisés, Aarón y al pueblo de Israel. Á los gran­
des servidores de Dios les gustaba de esconderse en ellos1
(1) Desde el punto de vista escriturario, se fundan en que, si bien el nom­
bre de Arabia tenía para los historiadores y los geógrafos de otro tiempo un
sentido más amplio (Herodoto Hist., II, 12; Jenofonte, [Link], 5; XVI, 1,
3); Plinio, Hist, nat., VI, 5), para los judíos significaba más precisamente la
península sinaítica. Se puede ver la prueba en la misma Epístola á los Gála­
tas (IV, 25), donde Pablo parece indicar lo que él entiende por Arabia. (V.
Lightfoot, Galat., I, 17).
(2) I I I Reyes, XIX, 8.
(3) En uno de ellos se retiró Elias (I I I Reyes, XIX, 9).
208 MONSEÑOR LE CAMUS

¡Cuántos pensamientos germinaron allí, cuántas súplicas


resonaron, cuántas lágrimas corrieron! Cuanto más se pien­
sa en ello, menor sorprendente parece que uno de ellos»
sirviera de asilo á Pablo recibiendo, á través de los trans­
portes de su arrepentimiento y de su amor, el evangelio
de Dios y la orden de ir á predicarlo á la humanidad en­
tera. Aquellas intermitencias de clara luz y de sombrías
tinieblas, por entre las altas montañas que se yerguen á
pico por encima de los profundos barrancos; aquellas nu­
bes que de pronto suceden á las irradiaciones del cielo más
puro sobre las crestas rojizas del Djebel-Mu9a, del Deir y
del Serbal, donde algunas veces parece centellear aún la
huella de los pies de Jehová, están en completa armonía
con las impresiones del alma, ora arrebatada en éxtasis
ante el amor de Dios, ora triste en el hastío de sí misma.
En el mundo hay pocos sitios más imponentes que aquél.
El corazón del hombre siente allí el escalofrío religioso de
un terror santo. Apenas si el silencio de aquella naturale­
za salvaje, y por tanto hermosa en sus horrores, es inte­
rrumpido por el canto monótono de algún peregrino, que
hace rodar, bajo los pies de su dromedario, los guijarros
que cubren el camino y cuyos colores variados recuerdan
los caprichosos tapices de Oriente. El Dios que por allí
pasó, dejó vestigios, no solamente de su rayo en los picos
desnudos, pero sobre todo de su silenciosa majestad.
Sin duda que en la hipótesis de que Pablo hubiese ido á
ocultarse al pie del Sinaí, puede parecer extraño verle, al
término de su retiro, subir directamente hasta Damasco^
para bajar de nuevo desde allí á Jerusalén, que había de­
jado en su camino. Pero ¿quién sabe si el Señor no le ha­
bía mandado inaugurar, en la misma Damasco, su aposto­
lado, diciéndole como á Elias: «Yete, vuélvete por tu ca­
mino, á través del desierto, hasta Damasco (1)?» ¿Este ca­
mino del desierto no era el más directo, el más frecuenta­
do, para subir hacia Damasco? ¿No había inconveniente en1
(1) I I I Reyes XIX, 15.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 209

presentarse en Jerusalén antes de haberse estrenado en


•en otros puntos?
Si hay que buscar el lugar de su aislamiento, no al
sur de Palestina, sino al norte ó al este de Damasco, po­
dría entenderse que el nuevo convertido se dirigió hacia
las tierras tan tristemente desiertas que, mas abajo de
Palmira y más allá del Haurán, se extienden hacia el Eu­
frates, sin oasis, sin abrigo, sin recuerdos, sin vida, dejan­
do en el alma la impresión del abandono completo, a fin
de mejor abrirla á las influencias de la gracia. Allá, en me­
dio de los nómadas de la Arabia desierta, habría podido
muy fácilmente proveer á su subsistencia ejerciendo su
oficio de constructor de tiendas. Sabido es que los pasto­
res del desierto acampan todo el año, con sus rebaños, ba­
jo abrigos móviles, hechos con tejidos de Cilicia En
este caso, aquellos representantes de la antigua vida pa­
triarcal fueron el primer medio donde el nuevo convertido
ejerció su celo apostólico. De otra parte, leemos en los
geógrafos antiguos que la Auranítida, con Bostra, su ca­
pital, y la Traconítida formaban parte de Arabia (2). Aho­
ra bien, estas dos provincias eran limítrofes de Damasco.
Quizás á ellas se refería Pablo. Allá se habría encontrado
en un retiro menos aislado, porque en las llanuras del
Haurán y las montañas de Ledja había más de una ciu­
dad importante; si bien es cierto que no faltan grutas sal­
vajes bajo los enormes bloques de basalto.
Sea como fuese, para Pablo, el desierto con Jesús no
fué el desierto, y, encontrándose allí á solas con Aquel á
quien amaba, realizó prontamente aquella transformación
radical de su ser, que le autorizaba para decir: «Vivo aún,
ó mejor no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en

(1) Plinio, H. N., VI, 32.
(2) Estrabón, XVI, 2, 16; Tolomeo, V, 15, 26; Dión Casio, LIX, 12; Jose-
fo, B. J., I, 4, 3; Ant., X II, 4,11; y Eusebio, Onomas., en la palabra ’IopMrqu
(3) Galat., II, 20.
CAPÍTULO VIII

Pablo convertido predica en Damasco y en


Jerusalén
Pensamiento dominante de Pablo después de su permanencia en Arabia, y"
lo que él llama su Evangelio.—Su predicación convencida y triunfante en
las sinagogas de Damasco.—Peligro que corre de parte de los judíos.—Su
evasión y su partida para Jerusalén.—Impresiones probables del viaje.—
Es sospechoso á todos en la Ciudad Santa.—Bernabé lo presenta á los
Apóstoles.—La conferencia con Pedro.—Predicación á los helenistas.—
Persecución.—Partida para Cesárea y Tarso (Hechos, IX, 22-30; I I Cor.,
XI, 32-33; Galat., I, 18-19; Hech., XXII, 17-21).
De su retiro en Arabia, que parece haber durado cerca
de tres años, desde el fin del año 33 hasta el otoño del
año 36, volvió Pablo, totalmente lleno de Dios y de las
inspiraciones que había recibido. Éstas constituyen su
Evangelio, es decir, sus miras sobre la religión y más par­
ticularmente sobre la admisión de los gentiles en la Igle­
sia.
Para los otros Apóstoles, el mundo debía hacerse prime­
ramente judío y después cristiano. La salud no era sino pa­
ra los hijos de Abraham y los circuncisos. Á Pablo, Jesús le
ha revelado desde luego que no es útil conducir el mundo
pagano á la Sinagoga para hacerlo llegar á la Iglesia, ó dar­
le la circuncisión para disponerlo al Bautismo El Re­
dentor ha venido á salvar, no á los hijos de Abraham, sino
á los hijos de Adán, y ofrece la salud, no á través de la
ley de Moisés, sino á«través de la Cruz. De tal suerte que,
si la Ley ha sido buena para conducir á Jesucristo, des­
pués de Él resulta inútil, y se puede sin ella alcanzar la
C) Galat., 1 ,16; Hech., IX, 15; XXII, 21; XXVI, 17-18.
LA-OBEA DE LOS APÓSTOLES 211

salud. He aquí por qué, según el Evangelio de Pablo, no>


es ella lo que hay que predicar, sino la gracia, gracia qua
sale de Dios Padre, el cual, por un decreto eterno, escoge
á sus elegidos; gracia que se personifica en el Hijo, el cual
nace de la mujer para pagar el rescate de los culpables, y
clava en su cruz, completamente desgarrado, en testimonio
de nuestra libertad reconquistada,el acta vergonzosamente
suscrita de nuestra servidumbre; gracia que se posesiona
enteramente del hombre, y lo eleva, por el acto de fe y la
perfecta caridad, hasta la vida misma de Jesucristo, parsu
hacerlo coheredero de su gloria
Todo esto constituía un conjunto armonioso y una sín­
tesis tan vasta como poderosa, muy capaz de sublevar de
entusiasmo el alma del nuevo predicador. Por esto debió
dirigirse á Damasco, no menos impaciente de llevar allá la
verdad y la salud, que lo había estado en otro tiempo da
sembrar la persecución y la violencia. Su corazón estaba
trabajado por el deseo de hacer conocer á Jesús. El silen­
cio del desierto no había hecho más que excitar ese deseo
ardiente de hablar en nombre del agradecimiento y de la
verdad. Reapareció, pues, en las sinagogas de Damasco,
pero esta vez ampliamente instruido de Dios, maduro por
la meditación, poderoso por la plena posesión de la luz y
de la caridad. Era el propio Esteban devuelto á la Iglesia.
Ya no se contenta con afirmar, desenvuelve su enseñanza,
lucha cuerpo á cuerpo con sus contradictores y los ven­
ce El fondo de su tesis era exactamente el mismo de
los primeros días de su conversión; pero el desenvolvi­
miento debía ser más abundante y mejor variado. «Jesús
es el Cristo»—decía—y la lucha se entabla en torno de
e3ta afirmación. Como su sentimiento personal de esta12
(1) Epístolas passim.
(2) Esta diferencia de actitud está señalada por los dos verbos é^piva-e
y <rvftpipifav (rwéxurc. En el primer caso, al día siguiente de su conversión,
publica entusiasmado lo que siente; en el segundo, al regreso de su largo re­
tiro, razónalo que él se lia demostrado lógicamente á sí mismo; establece
sus argumentos y los agi'upa en un haz, vv/ifiipá&y- así confunde á sus con­
tradictores, avvhxwe.
212 MONSEÑOR LE CAMUS

verdad sólo tenía, en el fondo, valor indiscutible para él


mismo, en lugar de contentarse, como antes, con entusias­
tas declaraciones, le convenía apelar á argumentos toma­
dos de la Escritura, y mostrar, por orden sucesivo, la ley
instituida únicamente para conducir á Jesucristo, la eco­
nomía antigua convirgiendo toda entera hacia Él, á los
profetas anunciándole de edad en edad, y los últimos
acontecimientos realizados en Jerusalén estableciendo de
la manera más irresistible que Él había venido. Desgra­
ciadamente, un argumento bien fundado no asegura siem­
pre su triunfo. El hombre guarda siempre el poder de re­
sistir á la verdad, y con frecuencia le asalta la tentación,
como dice San Juan Crisóstomo, de responder á los mejo­
res silogismos con el más detestable de los argumentos, el
de la violencia. Á Pablo algo se le alcanzaba de eso, pues
otras veces se había servido de él para con los de Jerusa­
lén. Hacía tres años que duraba la predicación (1), y en
este largo espacio de tiempo, el novel evangelista había
causado la más viva impresión en el pueblo. Los judíos
de Damasco, exasperados por su tesis: Jesús es el Cristo
Hijo de Dios, conspiraron para apoderarse de Él y matarlo.
Poseyendo el poder del número y la influencia de la fortu­
na, se convinieron con el-gobernador de la ciudad (2), un lu­
garteniente de Aretas (3), rey de Arabia, que se prestó gus-
(1) Gal., I, 18: Hech., IX, 23, dice: rj/uépai iicavaí.
(2) Algunos han supuesto que este gobernador era uno de los etnarcas
encargados de gobernar á los judíos en las ciudades en que eran muy nu­
merosos (A nt., XVI, 7, 2; XIX, 5, 2, etc.) Aquí, esta suposición no tiene fun­
damento, porque el gobernador de quien se trata mandaba la guarnición
( I I Cor., XI, 32). .........................
(3) Se ha preguntado cómo Damasco podía estar bajo la jurisdicción de
Aretas, rey de Petra, en Arabia, cuando está probado que la Siria damasce-
na había sido conquistada mucho tiempo antes por Pompeyo, á continua­
ción de las guerras contra Mitridates. Muchos han supuesto que el rey ára­
be la había ocupado á viva fuerza, en ocasión de su guerra con Antipas. Es
más probable que Calígula, recordando que en otro tiempo los emires de
Petra habían sido los dueños, la había puesto de gracia bajo su dominación.
Se sabe, en efecto, que este emperador puso empeño en tratar como enemi­
gos suyos á los amigos de Tiberio, reservando, en cambio, todos sus favores
para los que habían sido enemigos de su predecesor. Ahora bien, Tiberio
había muerto en el momento mismo en que mandaba á Yitelio, gobernador
LA OBRA DK LOS APÓSTOLES 213
toso á sus deseos. Puso guardas en las puertas para*dete­
ner al joven tarsense, si, de día ó de noche, trataba de es­
capar; y al propio tiempo, y por toda suerte de astucias,
se procuraba saber dónde se ocultaba y atraerlo á una
emboscada. Pero la fidelidad de la pequeña comunidad
damascena le defendía victoriosamente contra todos.
Cuando se vió que estaba estrechado de cerca y corría pe­
ligro de ser cogido, imaginaron bajarlo con ayuda de un
serón hasta el pie de las murallas, por la ventana ^ de
una casa que dominaba el recinto fortificado, ó que se
abría en el mismo muro. W Se ve todavía en Damasco
-de Siria, marchar contra Aretas, que había destrozado el ejército de Hero-
des, y enviar á Roma al rey encadenado ó su cabeza, si era preciso matarlo.
Herodes había cometido toda suerte de injusticias contra Aretas, pues, se­
gún vimos, se había permitido repudiar á su hija para casarse con Herodías,
mujer de Filipo. Cuanto más Tiberio le había sostenido, tanto más severa­
mente le trató Caligula. Privóle de su tetrarquía y le desterró á Lión, en las
Galias. (Ant.> XVII, 4, 5). Es, por tanto, posible que hubiese querido mani­
festar sus buenas disposiciones para con Aretas, dándole jurisdicción sobre
Damasco, ciudad limítrofe del reino de Arabia. Esto entraba en su manera
de obrar. (V. Dion Casio, LIX, 12). De su parte, Aretas, habría venidoáser
aliado de Roma y habría prometido vivir en adelante en paz con los pueblos
vasallos del imperio. En todo caso, está comprobado que apenas elevado al
imperio, Calígulase ocupó en modificar muchos principados de Oriente. Dió
Iturea áSohem, otro emir árabe, y la pequeña Armenia, con algunos dis­
tritos de Arabia, á Cotis, que cedió la Tracia á Bemetalces, su primo. Por
eso Tito encontró más tarde, entre los arabes, auxiliares para hacer la gue­
rra á los judíos. (Tácito, Hi&t., V, 1). Lo que hay de cierto es que todavía no
se ha encontrado moneda de Damasco acuñada con la efigie de Calígulaóde
Claudio, mientras la hay con la efigie de Tiberio, de Nerón y de otros em­
peradores. Por lo contrario, Mionnet ( Descript. de medailles antigües, V,
285) menciona una medalla de Damasco, con el nombre de Aretas, que es
posterior alaño 37 y anterior al 41. Es del 101 de la era pompeyana, que co­
mienza en el 690 de Roma. Otras dos que están en el British Museum llevan
de un lado la inscripción: Ba^tX^ws ‘Apéroú yvos y del otro, la efigie del
prí[Link] sobrenombre Fileleno, amigo de ios griegos, indica que son de un
Aretas anterior á la conquista de Damasco por los romanos; porque según
Josefo (Ant., XIII, 13, 3; B. J., I, 6, 2), Damasco había pertenecido á una
serie de reyes Nabateos que llevaban este nombre.
(1) La idea de esta evasión pudo estar inspirada por otras evasiones ci­
tadas en el Antiguo Testamento. La cortesana Rahab había hecho escapar
á los dos espías israelitas, con ayuda de una cuerda, por una ventana que se
abría en el muro de Jericó ( Josué, II, 15). Micol arrebató á su esposo David
al luror de su padre, Saúl, haciéndole bajar también por una ventana. ( IR e ­
yes, XIX, 12).
_ segunda Epístola a los Corintios (XI, 32-33), Pablo cuenta este
incidente de la misma manera, con esta sola diferencia, no inútil á la com-
14 T. IV
214 MONSEÑOR LE CAMUS

aberturas que podrían servir á una evasión semejante Ah


Para Pablo, arrebatado así á las manos de sus enemigos,
comenzaba la serie de persecuciones que en lo sucesivo
acompañarían durante su vida, y que con tanta elocuencia
describió en su segunda carta á los corintios (2).
Solo, en medio de la noche, á un paso de sus enemigos,,
perdido si era sorprendido, comenzó á sentir que el apos­
tolado era una obra, no solamente de entusiasmo, sino so­
bre todo de paciencia y de valor, un martirio como el del
primer predicador del Evangelio, Jesucristo. La tradición
muestra todavía, no lejos del cementerio cristiano, cerca
de la vieja vía romana, un antiguo bloque de hormigón ca­
vado en forma de bóveda, donde Pablo se habría ocultado
en el momento de su evasión. Es un resto de una antigua
iglesia, á la que, de otra parte, pudo vincularse algún im­
portante recuerdo. Pablo no tuvo que reflexionar mucho-
para determinarse á tomar en seguida el camino de Jerusa-
lén. Allí estaba la silla del apostolado primero y oficial, allí
debía pedir y obtener la consagración de su apostolado
extraordinario. Comprendía que, para hacer algo útil y
duradero, debía ver á Pedro y conferenciar con él. Partió,
pues, para la Ciudad Santa, sin detenerse en evangeli-
pleta inteligencia del relato de los Hechos: que el ejecutor del complot fué
el gobernador de la ciudad. En efecto, no parecería admisible que los judíos,
con su autoridad privada, hubiesen guardado las puertas de la ciudad. De
otra parte, tampoco se comprendería que un prefecto árabe, por sí mismo y
sin ser incitado, se hubiese declarado en contra de un predicador judío que
debía serle muy indiferente, al paso que todo se explica combinando los dos
relatos. Los judíos habían inducido al gobernador á proceder contra Pablo;
los unos urdieron el complot, el otro lo ejecutó.
(1) Una tradición más ó menos fundada mostraba, hace medio siglo, en
el viejo muro meridional de Damasco, hacia la puerta Bad-Kisán, la abertu­
ra por la que Pablo fué descolgado. El fanatismo musulmán la destru­
yó hace algunos años. No lejos de allí, un pequeño oratorio, rodeado de
una verja, recuerda á un soldado llamado Jorge, el cual, secretamente adic­
to á la religión nueva, habría favorecido, estando de guardia en la puerta
del sur, la evasión de Pablo. Se le honra como santo, porque se supone que
pagó con su vida el servicio prestado á la causa de Jesucristo. Nosotros vi­
mos muchas lámparas encendidas alrededor de su sarcófago. (JVotre Voyt
aux Paya Bibliq., vol. II, 305 y sig).
(2) 77 Cor., XI, 23-27.
LA OBKA DE LOS APÓSTOLES 215
zar los lugares por donde pasaba Su pensamiento era
no emprender nada antes de ponerse de acuerdo con el
Colegio Apostólico.
¡Qué emociones debieron embargar su alma, al pasar de
nuevo por el mismo camino que había seguido, cinco años
antes, pero con muy diferentes disposiciones! En su ruta se
hallaba el lugar donde Jesús le había aterrado y transfor­
mado, dejándole ver un rayo de su gloria, aquel Sinaí, don-.
de le había impuesto el yugo de la nueva ley. ¡Con qué
efusión debió en aquellos parajes orar y ofrecer su acción
de gracias! ¡Con cuánta pena y cuantas lágrimas debió
expiar los pensamientos de odio, las amenazas fanáticas,
las maldiciones que hasta entonces había multiplicado!
Después, cuando se acercó á Jerusalén, ¡qué paralelo de­
bió su alma establecer entre el Templo y el Calvario! Allá
abajo, á la izquierda, el inmenso y majestuoso edificio, víc­
timas en lo sucesivo superfluas, un sacerdocio decaído,
símbolos que ya no tenían razón de ser; más cerca y á su
derecha, sobre la roca del Gólgota, la cruz de Jesucristo,
invisible para el ojo del judaismo, pero terrible y gloriosa,
sangrienta y saludable, única viviente y de pie por los si -
glos de los siglos, luminosa y adorable delante de su alma
creyente, la vieja Sión desvaneciéndose en la sombra, la
nueva levantándose en la luz, y él, por la gracia del Cru­
cificado, tránsfuga de aquélla y campeón de ésta! No se
necesitaba más para mantenerlo en éxtasis ante la extraña
visión. Al pasar cerca del campo donde Esteban ha sido
apedreado dedicó sin duda un piadoso recuerdo á aquel
en cuya muerte había consentido. Nos parece verlo mi­
rando ora el sitio desde el cual, sentado, había animado el
fanatismo de los asesinos, ora el lugar donde había caído
el noble mártir. Oyó, más conmovedora que nunca, la sú-
0 ) Gal, I, 22. No hay contradicción entre este pasaje de la Epístola y
el discurso á Agripa. {Hech., XXVI, 20). Según G al, I, 22, Pablo no evan­
gelizó aJudea al principio de su ministerio. Esto fué quizá, cuando vol­
viendo de Corinto, pasó por Jerusalén para ir á Antioquía.
(2) El sitio probable está junto al camino por el cual entró en Jerusalén
(V. más arriba, p. 147), ‘
216 MONSEÑOR LE CAMUS

plica heroica de la víctima en favor de sus verdugos. A


ella, quizás, debía su transformación religiosa. Con efu­
sión, besó la tierra donde gritaba todavía la sangre del
justo. De allí salía una palabra de paz y de perdón. Cuan­
do se levantó, quebrantado de amargura y de santas emo­
ciones, debió decir á Dios, puesta la mano sobre su cora­
zón: «Yo le mató, pero siento aquí algo con que hacerlo re­
vivir.»
En efecto, entró en Jerusalén, dispuesto a sufrirlo todo
y á atreverse á todo por la gloria de Jesucristo. En si
misma, su situación tenía algo de falsa. Los amigos de an­
tes no podían ahora ser sus amigos: había defraudado sus
esperanzas. En cuanto á los cristianos, ¿iban á creer ense­
guida en la sinceridad de su conversión y abrir sin des­
confianza sus brazos a aquel que había sido el mas cruel
de sus adversarios? La Historia Sagrada no nómbrala casa
en que recibió hospitalidad. Seguramente no fue ninguna
de los miembros del Sanedrín, que lo habían enviado á Da
masco en calidad de terrible inquisidor, y á quienes habría
llevado, como resultado de su misión, la nueva de que él
mismo se había hecho cristiano.
Sea lo que fuese, desde los primeros días, vióse que Pa­
blo no era el mismo hombre. Buscaba la sociedad de los
discípulos, y quería formar parte de susas ambleas. A ello
tenía perfecto derecho; porque si antes había sido el ad­
versario de Jesús, encontraba ahora, en el fondo de su
alma, los más poderosos motivos para señalar su sitio
entre sus más sinceros amigos. Desgraciadamente, en
Jerusalén, apenas se había sabido nada de su visión en
el camino de Damasco, y, en todo caso, mas de cinco
años habían transcurrido sin que él hubiese dado otras
pruebas públicas de su conversión. Sus recientes predica­
ciones y el peligro que había corrido en Damasco eran co­
sas ignoradas todavía en la Ciudad Santa. Se vacilaba en
demostrarle alguna confianza. Por tanto, su alma tenía
necesidad de consolarse con alguien, pues debía sufrir
cruelmente por su rompimiento con todos sus maestros y
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 217
amigos de otro tiempo. De ordinario no se pesa bastante
lo que hubo de heroico y de humanamente inexplicable en
la conversión de Pablo. Un filósofo inglés escribió un libro
para demostrar que en ella hay un argumento decisivo en
favor de la divinidad del cristianismo W. Su tesis es irre­
futable. Pablo, pasando á la nueva religión, sacrifica con
sus más íntimos afectos, sus prejuicios, sus ideas más arrai­
gadas, la gloria á que tenía derecho entre los hijos de la
Sinagoga, en una palabra los triunfos más ciertos. A los
treinta años, era el hombre de confianza de su partido, y
obtenía del Sanedrín credenciales para la más grave de
las empresas. Renunciando á todo esto <12), se obstina en
adherirse á la joven Iglesia, modesto rebaño sin conside­
ración pública, sin fortuna, y, humanamente hablando, sin
porvenir. Por añadidura, esta Iglesia, desconfiada, lo re­
chaza. ¡Qué extraña tenacidad la de querer entrar de to­
dos modos en ella, para vivir pobre, perseguido, maldito,
si no hubiese sido arrastrado por un móvil sobrenatural ó
irresistible como la verdad! Se dirá que, para ciertas al­
mas exaltadas, los extremos se tocan, y que, sin motivo,
con frecuencia por casualidad ó por capricho, pasan de
uno á otro con el ardor del iluminismo, y precipitan sus
contradicciones sucesivas con toda la violencia de la cegue­
ra y lo imprevisto de la sinrazón. Pero Pablo, á pesar del
fuego sagrado que arde en su corazón, no es en modo al-
(1) Lyttleton Observationsonthe conversión and apostleship of St. Paul.
London, 1727. Este trabajo muy concienzudo ha sido reimpreso muchas ve­
ces.
(2) El poderoso argumento sacado de la conversión de Pablo al cristia­
nismo ha embarazado en todo tiempo la incredulidad, y sabido es, según
San Epifanio (Adv. Ilaer., X X X , 16 y 25), que los ebionistas de los prime­
ros siglos inventaron, para deshacerse de él, la más indigna y la más absur­
da de las explicaciones. Según ellos, Pablo habría sido un joven pagano per­
didamente enamorado de la hija del sumo sacerdote. Para obtener su mano,
habría dirigido después de circuncidado, la persecución contra los cristianos
con el celo más exagerado. Defraudado en sus esperanzas y para vengarse
del sumo sacerdote, se habría convertido en el más ardiente defensor de la
nueva religión. Nada de todo esto guarda la menor relación con lo que Pa­
blo dice en sus discursos y en sus cartas á personas que conocían su origen
su juventud y toda su vida.
218 MONSEÑOR LE CAMUS

guno un iluminado; razona su fe, desenvuelve sus doctri­


nas, edifica su teología con una lógica tan rigurosa, que
desde el solo punto de vista humano, aventaja infinita­
mente las más grandes y las más sólidas concepciones de
todos los filósofos. Ni el hombre ni la obra se comprende­
rían, si se quisiese suprimir á Jesucristo, que es el único
que transformó á aquél y sostiene á ésta.
En el mismo momento en que la prueba era más aguda
para el joven prosélito, Dios envió á un hombre que le
había conocido quizás en Tarso,—la isla de Chipre no dis­
taba mucho,—quizás en Damasco, quizás en fin en las si­
nagogas helenistas de Jerusalén, en la época de las grandes
luchas de Esteban. Este hombre era el levita cipriota
Bernabé, verdadero hijo de Consolación ó de Persuasión,
como lo indicaba su nombre, y á quien hemos visto entre­
gar generosamente sus bienes en la comunidad cristiana.
Primeramente amigo de juventud y confidente ahora en
la angustia, Bernabé mostró para con Pablo una caridad
verdaderamente cristiana. Le tomó por la mano y lo pre­
sentó personalmente á los Apóstoles. En realidad, según
la Epístola á los Gálatas que aquí hay que tener á la
vista para completar el relato, Pablo no conferenció más
que con dos de ellos, Pedro y Santiago, no el hijo del Ze-
bedeo, sino el pariente del Señor. Esto no quiere decir
que en aquella fecha los otros hubiesen definitivamente
abandonado la Ciudad Santa. Sin duda, se los podría su­
poner dispersos en Palestina, donde se fundaban entonces
numerosas iglesias, pero más probablemente se encontra­
ban aún todos en Jerusalén Bernabé refirió que el Se­
ñor se había aparecido al perseguidor en el camino de
Damasco y lo que le había dicho. Afirmó que, por esta
manifestación muy cierta y realmente divina, Saulo había12
(1) Gal., 1 , 18-19.
(2) Creem os que el verdadero sentido de la frase <No vi á otro alguno
de los A póstoles,» en la E pístola á los G álatas, es que trató la cuestión reli­
giosa solam ente con Pedro y Santiago. Q ue vió á los otros, y que ellos, por
consiguiente, estaban en Jerusalén, parece decirlo el libro de los Hechos:
«Bernabé, tom ándole consigo, le llevó á los A póstoles.»
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 219

sido por completo transformado. Añadió también que sus


animosas predicaciones en Damasco, donde había pública­
mente glorificado el nombre de Jesús, no dejaban ningu­
na duda sobre la sinceridad de su fe. Ahora bien, el que
así servía de introductor á Pablo gozaba de gran influen­
cia en la comunidad cristiana, debida más aún á la eleva­
ción de su carácter y á su elocuencia, que á sus recientes
generosidades para con los fieles. El afecto que á Pablo
profesaba hacía particularmente persuasivo su lenguaje,
y acabó por triunfar de todas las resistencias. Pedro se
hospedaba probablemente en casa de María, madre de
Juan Marcos. Ahora bien, Marcos era pariente de Berna­
bé W. Por tanto, á éste le fué fácil hacer admitir á su pro­
tegido en la familia misma que era como el núcleo de la*
joven Iglesia. ¿Qué pudieron decirse Pedro y Pablo en su
primera entrevista, dos almas tan bien dispuestas para en­
tenderse, y de las cuales la crítica más ciega quiso hacer
más tarde dos adversarios '12); el uno tan ávido de apren­
der, el otrotan autorizado para relatar? Pedro sabía loque
le había enseñado el Cristo de la tierra; Pablo lo que
acababa de decirle, en la soledad, el Cristo del cielo. Aquél
exponía los grandes hechos de la Historia Evangélica,
éste las grandes doctrinas que de ellos resultaban, y uno
y otro estaban de acuerdo para deducir de las obras de Je­
sús, de su muerte dolorosa, de su resurrección, la gran
idea que constituye el dogma católico.
Todo induce á creer que Pablo insistió mucho sobre la
voluntad expresa de Jesús, á propósito de la admisión di­
recta de los gentiles al bautismo. Esta era la misión á la
cual debía él consagrarse. Su primer deseo debió ser ex­
ponerlo lealmente al jefe de la Iglesia. En esta frase de la
Epístola de los Gálatas: «De los demás Apóstoles no vi si­
no á Santiago», mientras que declara «haber conferencia-
(1) Coios., IV , 10.
(2) E speram os dem ostrar claram ente que todas las teorías que ven en
Pedro y Pablo á dos jefes de partidos opuestos son el ataque m ás atrevido
á la verdad histórica y á la evidencia.
220 MONSKÑOK LE OAMU8

do con Pedro durante quince días», ¿hay que sospechar


un indicio del escaso eco que sus proposiciones relativas á
los gentiles encontraron en el pariente del Señor, judío
rigorista y totalmente consagrado al mosaísmo? No es pro­
bable. Pablo había querido ver y oir sobre todo al jefe; los
otros hablaban todos por su boca y le interesaban menos.
Vivió, por tanto, muy fraternalmente con toda la comu­
nidad cristiana, y, para probar la sinceridad de su conver­
sión, se presentó en las sinagogas de los helenistas y pre­
dicó animosamente á Jesucristo. ¿Quería reemplazar allí
aquella voz elocuente de Esteban, que él había contribui­
do tan cruelmente en apagar? ¿Prefería exponer ante un
auditorio menos judío teorías que parecían minar al judais­
mo? Todo es posible.
Sea como fuese, la fuerza de sus argumentos y el ardor
de su palabra suscitaron pronto en Jerusalén una tempes­
tad no menos terrible que en Damasco. Sea por odio con­
tra el que debían calificar de renegado, sea por despe­
cho de ver á sus doctores rebatidos por aquel tránsfu­
ga de la Sinagoga, los helenistas resolvieron tratarlo como
se había hecho con Esteban. Ni siquiera se tomaron el tra­
bajo de ocultar sus propios proyectos. En aquel tiempo, ha­
cia el fin del año 38, cuanto más el despotismo insensato
de Calígula se acentuaba en Poma, tanto más los procu­
radores se mostraban tolerantes en provincias; de suerte
que, en Jerusalén, el partido religioso creía que todo le
era permitido. Los discípulos, convencidos de que el fana­
tismo judío era capaz de llegar á las últimas violencias,
quisieron determinar á Pablo á alejarse en seguida; pero
él no era de los que retroceden fácilmente ante el peligro,
y si había consentido en huir de Damasco para ir á ver á
Pedro, no era de parecer, después de haberlo visto, de
abandonar á Jerusalén.
Fué preciso que el mismo Jesús se pusiese de parte de
aquellos^1). «Estando en oración en el Templo—dice el
(1) Hech., XXII, 17 21.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 221

Apóstol,—fui arrebatado en éxtasis, y le vi que me decía:


Date prisa, y sal luego de Jerusalén, porque estos no reci­
birán el testimonio que les dieres de Mí.» ¿Se creía Pablo
obligado á reparar el mal allí mismo donde lo había hecho?
¿Suponía que su testimonio, tanto más decisivo cuanto daba
el más penoso mentís á todo su pasado, acabaría por
triunfar de los que pensaban todavía como él mismo ha­
bía en otro tiempo pensado? La respuesta que dió á Je­
sús puede tener uno y otro sentido. «Señor, dije yo, ellos
saben que yo era el que andaba por las sinagogas, metien
do en la cárcel, y maltratando á los que creían en Ti. Y
mientras se derramaba la sangre de tu testigo Esteban,
yo me hallaba presente, consintiendo en su muerte y guar­
dando la ropa de los que le mataban.» El Maestro reser­
vaba otro destino al discípulo. Pablo tenía que hacer
algo mejor que dejarse matar en Jerusalén: ser testigo de
Jesús entre los gentiles y el gran Apóstol del mundo
pagano. El Señor añadió: «Anda, que yo te quiero enviar
lejos de aquí hacia los gentiles.»
El ardiente discípulo acató esta orden, y conducido por
hermanos benévolos y abnegados, llegó hasta la Cesárea
marítima donde había una comunidad naciente, de la1
(1) Sin razón han supuesto algunos que aquí podía tratarse de la Cesárea
de F ilipo, porque Pablo ( Galat., I, 21), deja comprender que, partiendo de
Jeru salén , evangelizó á Siria y Cilicia. M as no se deduce de este texto que
no hubiese em prendido esta evangelización después de haber ido á Tar­
so. E n todo caso podía m uy bien haberse em barcado en Cesárea de P a­
lestina para Tarso y haberse deten ido en Sidón, en Tiro ó en Seleucia, el
puerto de A ntioquía. E l verbo KaTr¡yayovl por otra parte, se entiende m ejor
de viajeros que bajan hacia el mar que no de gentes que habrían subido ha­
cia la G alilea superior, del m ism o m odo que e^airéaTeiXav indica m ás exac­
tam ente la acción de los que expiden á alguno por un m edio de transporte.
Por lo dem ás, el nom bre Cesárea, sin otra indicación, indica siem pre en
nuestros Libros Santos la Cesárea m arítim a (*).
(*) L os intérpretes convienen en que aquí se trata realm ente de C esá­
rea, capital romana de P alestina. E n cuanto á e&iroéoWeiv, el autor no en ­
tiende significar que este verbo exprese mejor, por sí solo, la idea de enviar
por m edio de un trasporte, particularm ente de una embarcación. Su pensa­
m iento es que si Pablo sale de la Cesárea del litoral del M editerráneo, para
Tarso, deteniéndose en las ciudades marítimas de S id ón , Tiro y Seleucia
(Hech., IX , 30; Gal., I, 21), lo m ás probable es que hizo por mar este viaie.
— N . del T.
222 MONSEÑOR LE CAMUS

que dijimos algunas palabras á propósito del diácono


Felipe, que allá se había casado. El nuevo Apóstol, arran­
cado de esta suerte al peligro, fue probablemente confiado
á un navio que partía para Siria y Cilicia. En aquellas co­
marcas debía encontrar un medio menos trabajado por el
fanatismo de los fariseos y auditorios más tolerantes.
TERCERA PARTE
EMANCIPACIÓN DE LA IGLESIA EN ANTIOQUÍA
Ó LA IGLESIA DE LOS CRISTIANOS

CAPÍTULO PRIMERO

Una visita pastoral de Pedro


Id ea que Pablo dejaba á Pedro al abandonar á Jerusalén.— Paz general j
desarrollo de la joven Iglesia.— Causa religiosa y sobre todo p olítica.—
C alígula quiere ser adorado de los ju d íos.— Pedro visitando las com unida­
des cristianas.—E n L idda cura al paralítico E neas.— E n Joppe resucita á
la caritativa dam a T abita.— Perm anencia en casa del curtidor Sim ón. (He­
chos, IX , 31-43;)
Todo nos mueve á creer que el gran objetivo del viaje de
Pablo á Jerusalén había sido el de proponer á Pedro la cues­
tión de la evangelización de los gentiles. El nuevo converti­
do se sentía deputado para este ministerio, pero no le conve­
nía abordar de frente todas las repugnancias y encargarse
de la dirección de la Iglesia, á la que acababa de ser admiti­
do. Se le ha atribuido á Pablo el obstinado carácter de re­
volucionario, á lo menos de reformador violento. No hay
nada de esto, y el solo hecho de haber contado como un
importante suceso su amonestación á Cefas^, en una cir­
cunstancia en que todos los derechos estaban de su parte,
prueba suficientemente el respeto que le tenía. Los pasa-1
(1) Gal.,11, il.
224 MONSEÑOR LE CAMUS

jes de sus Epístolas, en los que se supone que alude á una


lucha sorda entre él y el jefe de los Apóstoles, han sido
muy mal comprendidos, y no hay ningún motivo serio para
confundir á Pedro con los partidarios de la circuncisión.
En una institución absolutamente autoritaria tal como,
según su constitución divina, debe ser la Iglesia, los más
prudentes y los más fuertes son, no aquellos que quieren
traer por sí mismos, por su iniciativa privada, las grandes
reformas, sino los humildes y los moderados que procuran
hacer aceptar sus ideas por la autoridad jerárquica, dejan­
do para quien tiene derecho á ello el cuidado de señalar
el tiempo, el lugar y los medios de ponerlas oficialmente
en práctica. Nada es más admirable que el poder de asi­
milación rápida, de preparación prudente, de ejecución
enérgica que ha caracterizado á los sucesores de Pedro,
siempre que se ha tratado de llevar á cabo una gran
reforma en la sociedad cristiana. Pablo, á pesar del
ardor de su temperamento y de la certeza de tener razón,
se guardó de provocar una revolución. Había hablado á
Pedro en particular; los sucesos producirían el conveniente
resultado. Por su parte, llegado á Tarso(1), comenzó á
ejercitar su celo sin ruido, pero no sin fruto. Con esta fa­
se de su vida hay que relacionar la fundación de las Igle­
sias de Cilicia, de las cuales hablaremos más tarde (2).
Su salida de Palestina permitió á la comunidad cristiana
recobrar la saludable paz de que desde algún tiempo goza­
ba. Según toda probabilidad, esta tolerancia para la nue­
va religión se remontaba á la conversión misma del joven
perseguidor. Pero hay que encontrarle otra causa, que, por
otra parte, la historia nos indica. El judaismo experimenta­
ba entonces mayores inquietudes. En efecto, para él, una
secta salida de su seno y del que no se había todavía visi- .
blemente desprendido, pues los discípulos de Jesús conti­
nuaban, á pesar de sus predicaciones en apariencia poco or­
todoxas, observando la Ley y honrando el Templo, no era
(1) Hech., IX, 30.
(2) Hech., XV, 23, 41.
LA OBRA DB LOS APÓSTOLES 225

más que un peligro menor, en presencia de dos legiones


romanas y de todo un cuerpo de auxiliares, reunidos en
Tolemaida, bajo las órdenes de Petronio, gobernador de
Siria, para ejecutar un sacrilego capricho del loco en cu­
yas manos estaba entonces la suerte del mundo.
Corría el año 40 de nuestra Era. El sucesor de Tiberio,
Cayo Calígula, hijo de Germánico, después de haber per­
dido en una enfermedad, á consecuencia de sus disoluciones,
enfermedad que hubiera debido costarle la vida, la escasa
razón de que estaba provista su cabeza de epiléptico y de
alucinado (1), se ejercitaba en asombrar á Roma y al univer­
so entero con la extravagancia de sus deseos y la multipli­
cidad de sus crímenes. Si el poder absoluto, aun disfrutado
durante largo tiempo, produce vértigos á los hombres mejor
equilibrados, ¿á qué criminales locuras no debía exponer
al triste personaje que, debilitado ya por algunos años de
disimulo y de perpetuo temor, pasó súbitamente de la vi­
da humillada á la extraordinaria categoría de señor del
imperio romano? Calígula, salido de la oscuridad en que
se había encerrado para vivir, y viendo de un golpe el
universo entero bajo su cetro, imaginó que se había con­
vertido en dios, y quiso serlo. «Los que conducen los
bueyes, las ovejas y las cabras—decía,—no son ni toros,
ni carneros, ni machos cabríos; son seres de una natura­
leza superior, son hombres. Así, el que conduce á to­
dos los hombres no podría ser un hombre, sino un dios.» Y
se le vió disfrazarse de Mercurio, de Neptuno, de Apolo.
Tuvo su templo, sus sacerdotes, su estatua de oro. Des­
graciadamente, la idea de ser dios no le inspiraba la idea
de ser bueno. Su divinidad se ejercitaba en soñar y en co­
meter las más abominables crueldades. Por celos de his­
trión, de retórico, de cochero, derramaba torrentes de san­
gre. Por codicia, multiplicaba las proscripciones, y, sin
motivo alguno, hacía morir á aquellos cuya herencia espe­
raba. Jugaba cruelmente con la virtud, el honor, las dig-1
(1) Suetonio, C. Calígula, L.
226 MONSEÑOR LE CAMUS

nidades públicas, el genio, y se reía de sus sanguinarios


triunfos. Sabido es que el miserable había llegado á deplorar
que el pueblo romano no tuviese más que una cabeza para
derribarla de un solo tajo(1). Todo lo que eramonstruoso sen­
taba bien á aquella naturaleza enferma, y pasaba el tiem­
po en soñarlo y en querer realizarlo. Edificar una ciudad,
ora en medio del mar, ora en un pico de los Alpes; echar
una vía romana sobre las olas, desde Bayas hasta Puzolo,
y recorrerla á caballo como triunfador; elevar los profun­
dos valles, suprimir las altas montañas, en una palabra, lo
imposible bajo todas las formas, le parecía el único entre­
tenimiento digno de los dioses, y en él se ejercitaba para
probar su divinidad.
Ahora bien, un día se le dijo á este loco peligroso que,
si todos los pueblos de la tierra reconocían su naturaleza
superior y se arrodillaban ante sus estatuas, había uno,
el pueblo judío, que se negaba y se obstinaba en na
jurar por el nombre de César. La delación llegaba de Ale­
jandría, donde habían estallado disentimientos violentos
entre la población greco-egipcia y los israelitas, é iba di­
rectamente al blanco. En efecto, el furor de Calígula fué
extremo. Dos bufones, Apeles el escalonita y Helicón el
egipcio, cuidaron, por otra parte, de atizarlo. Al punto se
dió orden á Petronio de ir á erigir, en el Templo mismo
de Jerusalén, la estatua del emperador y de hacerla ado­
rar en lugar de Jehová. La nación judía debía perecer has­
ta el último de sus representantes, si la orden del señor
no se cumplía. Nada más abominable podía ser anunciado
á los hijos de Israel, y se comprende que en aquel momen­
to olvidaran todo lo que separaba á los celadores de Moi­
sés de los discípulos de Jesucristo. Por lo demás, hay que
convenir en que su actitud fué heroica, y no se puede me­
nos de admirar la energía de este pueblo extraordinario,
siempre que su religión era amenazada. Josefo y Fi-1
(1) Séneca, De Ira, III, 19; Suetonio, C. Galíg., XXX; Dion Casio»
LIX.
LA OBRA DB LOS APÓSTOLES 227
lón (1>nos lo presentan corriendo en masa ante Petronio,.
ora en Tolemaida, ora en Tiberíades, en grupos de hom­
bres y mujeres, divididos según sus edades, y haciendo
resonar el aire con sus lamentos. Tenían cubierta de ceni­
za la cabeza, y las manos atadas á la espalda, como unos
miserables condenados. En vano quería Petronio con­
vencerlos de la locura de resistir al señor del mundo.
A todas estas exhortaciones, respondían: «No quere­
mos combatir, pero queremos morir antes de ver violada
la ley de nuestros padres.» Cuarenta días permane­
cieron en actitud suplicante, echados en tierra, presen­
tando el cuello á la espada de los soldados romanos, ne­
gándose á sembrar sus tierras, y no queriendo otra pers­
pectiva que la muerte, si el Templo debía sufrir realmente
una profanación tan odiosa. Petronio no resistió á esta
demostración de una fe que un escéptico podía no com­
prender, pero que un verdadero romano tenía que admi­
rar. Procuró primeramente ganar tiempo encargando á los
artistas de Sidón que fabricaban la estatua del nuevo
dios, que nada descuidasen para entregarle una obra
maestra. Después, acabó por determinarse á escribir al em­
perador los obstáculos que le detenían, el hambre inminen­
te, porque el pueblo se negaba á sembrar, el levantamien­
to general del país, la muerte de toda una nación á la que
era preciso, no combatirla, sino degollarla. A riesgo de
perder su propia vida, pidió nuevas órdenes. Al mismo
tiempo, una diputación de judíos de Alejandría llegaba á
Poma, para suplicar, de su parte, al dios Calígula que re­
nunciase á hacerse adorar en las sinagogas de Egipto. Fi
lón, más que octogenario, y uno de los hombres más dis­
tinguidos de aquel tiempo, figuraba en el número de los
embajadores. El nos ha legado un relato conmovedor de
esta dolorosa entrevista, en la que unos emisarios absolu­
tamente respetables por sus convicciones y sus virtudes,
tuvieron que humillarse á los pies de un loco y contar
con su omnipotencia. Después de haberlos hecho correr de
(1) Ant., XVIII, 2 y sig.; Legat. ad Caium, XIII-XVII.
228 MONSEÑOR LE CAMUS

Roma á Campania y de Campania á Roma, dignóse por


fin Calígula recibirlos en la casa de Mecenas, que acababa
de unir á la de Lamia, cuyas nuevas magnificencias en
aquel día visitaba.
Ante aquel personaje estrambótico que se llamaba el em­
perador, de alta estatura, pero mal proporcionada, de tez
pálida, de ojos hundidos y feroces, que ora se ejercitaba
como un actor en tomar aires terribles, ora quería echár­
selas de dios, vestido de un manto pintado y esmaltado de
piedras preciosas, arrastrando un largo vestido de seda,
llevando brazaletes y calzado de mujer, y con frecuencia
una barba de oro, agitando en sus manos febriles el cadu­
ceo de Mercurio ó el rayo de Júpiter W, se postraron tem­
blando. Desde las primeras palabras, Calígula los inte­
rrumpió reprochándoles brutalmente el no querer adorar­
le. Después de las chanzas más groseras, haciéndolos
correr jadeantes detrás de él de sala en sala, escuchándo­
los un momento, alejándose al instante, los despidió en
estos términos: «Pobres gentes, son más locos que malva­
dos por no saber que yo soy dios.»
Era aquella una época extraña, en que el mundo entero
obedecía á un monstruo semejante. Así se comprende la
desesperación de los judíos cuando vieron que, á pesar de
todas sus embajadas y súplicas, el horrible sacrilegio
sería consumado. Por toda respuesta á las prudentes re­
presentaciones de Petronio, el emperador le hizo escribir
la orden de suicidarse, si no quería ser degollado por el
verdugo. Al mismo tiempo, el dios desatendido hacía va­
ciar en Roma su propia estatua, y se proponía, yendo á
Egipto, llegar hasta Jerusalén para instalarla en el Santo
de los Santos. En el frontispicio del edificio sagrado debía­
se inscribir: «Templo del nuevo Júpiter, el ilústre Cayo.»
Afortunadamente, como lo había dicho Filón, cuanto más
la causa parecía estar perdida ante el emperador, tanto
más debía esperarse ganarla ante Dios. El 24 de Enero
(1) Ant., XIX, ]; Suetonio, Galíg., L. 52; Séneca, de Constantia, XVIII,
de Beneficiis, II, 12.
LA OBEA DE LOS APÓSTOLES 229

del año 41, la espada de Quereas, hiriendo al miserable,


vino de repente á salvar la vida del honrado Petronio y
á devolver el ánimo al pueblo judío, librando á Poma del
monstruo que la oprimía.
Pero este concurso de circunstancias, tan lleno de peli­
gros y de sorpresas, no había contribuido poco á mantener
la paz religiosa en Palestina. La Iglesia, no obstante com­
partir las angustias del judaismo, trabajaba en desen­
volverse y organizarse. Vemos que, desde esta época, con­
taba en Judea, en Galilea y en Samaría, con muchas comu­
nidades distintas viviendo vida individual, pero formando
una sola Iglesia W. La misma fe, la participación en los
mismos bienes espirituales, la obediencia á la misma jerar­
quía, de la cual Pedro era el jefe, el Obispo, ó el Inspector
principal, constituían desde entonces esta unidad podero­
sa que debía asegurar su vida. Para mejor afirmarla y
mantenerla, aquel á quien Jesús había confiado el cuidado
y el derecho de apacentar las ovejas y los corderos, aquel
mismo Simón Pedro, que hemos visto siempre á la cabeza
del Colegio Apostólico, salía de vez en cuando de la Ciudad
Santa é iba á consagrar con su presencia y su autoridad
los desenvolvimientos progresivos del Evangelio. Quería
ver de cerca y bendecir el bien que habían hecho los otros
Apóstoles ó Evangelistas. Su satisfacción debía ser gran­
de al comprobar que en todas partes, «en Judea, en Gali­
lea, en Samaria, iba estableciéndose, procediendo en el
temor de Dios, y llena de los consuelos del Espíritu Santo»,
como dice el historiador sagrado.
En el curso de una de estas excursiones pastorales fué
cuando visitó á los santos ó la comunidad de Lidda. Lidda,
la antigua Lod de los hijos de Benjamín í‘2), y más tarde la
Diospolis de los romanos, que la reedificaron después de
haberla arruinado (3), era, al decir de Josefo (4>, una ciudad
(1) La verdadera lección es i¡ ¡xkv oi>v eKK\r¡tría, y se ve que, para el histo­
riador sagrado, la Iglesia es una, conteniendo las diversas Iglesias disemi­
nadas en las tres provincias de Palestina.
(2) I Paralip., VIII, 12; Esdras II, 33, Nehem., XI, 34.
(3) B. J., II, 19, 1; IV, 8,1. -(4) Ant., XI,- 6, 2.
15 T. IV
230 MONSEÑOR LE CAMUS

bastante grande. Subsiste hoy todavía, aunque muy dis­


minuida, en medio de una llanura agradablemente plan­
tada de olivos y de higueras, á una jornada de Jerusalén,
en uno de los caminos que van á Jafa, en el burgo de Lud,
en el punto de donde partía la vía antigua que conducía
á Cesárea. No sería imposible que hubiese sido, desde aque­
lla época, el centro de cierta corriente intelectual. Sabe­
mos, en efecto, por el testimonio de los rabinos, que, poco
tiempo después, una escuela célebre se había establecido
en ella y era dirigida, hacia el año 68, por Gamaliel, el
segundo de este nombre W. El éxito de la Buena Nueva
en un medio semejante se explicaría con facilidad, pues
donde quiera que el espíritu humano se ocupaba en cosas
serias, había sitio para el Evangelio.
La llegada de Pedro fué un acontecimiento considerable
en la pequeña comunidad, y particularmente dichoso para
un pobre enfermo llamado Eneas. ¿Era del número de los
fieles, ó simplemente pariente de algún discípulo? Nada
nos autoriza á zanjar esta cuestión. Su nombre griego
hace tan sólo suponer que era, ó de origen pagano, ó por
lo menos judío helenista. Hacía ocho años que este pobre
hombre estaba postrado en cama, atacado de parálisis.
La reputación de Pedro, cotno taumaturgo, había llegado
á Lidda. Sin titubear, le fue presentado el enfermo. Pedro,
comprendiendo que un milagro aprovecharía á la causa
del Evangelio, preguntó á Jesús, en el fondo de su cora-
zóñ, y el Maestro apoyó su parecer. «Eneas—dijo Pedro,
—el Señor Jesucristo te cura; levántate, y hazte tú mismo
la cama.» Al momento se levantó; había recobrado el uso
de sus miembros. Todos los habitantes de Lidda y de la
llanura de Sarona, que comprobaron el pro'digio, conclu­
yeron que Jesús, en cuyo nombre se obraban tales mila­
gros, era realmente el Mesías, y creyeron en Él.
Esta vez se proponían, si no pedir la resurrección de
un muerto, por lo menos esperarla. Así se explican las?1
(1) Lightfoot, Chor. cent», XVI*
LA OBRA. DE LOS APÓSTOLES 231
diligencias que hicieron cerca del jefe de los Apóstoles los
fieles de una población vecina, Joppe, actualmente Jaffa.
Una señora muy caritativa y muy apreciada de la comu­
nidad cristiana acababa de morir. Nada sabemos, ni de
su edad, ni de su estado. ¿Era viuda ó virgen, consagrada
al servicio de los pobres? Nada lo indica; pero si su nom­
bre Tabita, que significa gacela, respondiese á sus cualida­
des físicas, obligaría á concluir que en su continente ó en
su mirada, tenía algo de la gracia nativa ó de la dulzura
características de este amable animal ^ Pero, prescindien­
do de toda relación física, era costumbre dar á las jóvenes
el nombre de las flores más bellas ó de los animales más
encantadores. El de Dorcas, en particular, que es lo mis­
mo que Tabita, era muy común entre los griegos y los ju ­
díos l2K Probablemente Tabita era de familia helenista.
Joppe, puerto de mar abierto á todos los extranjeros, era
una ciudad muy heterogénea. Por esto el historiador nota
que Tabita se llamaba también Dorcas, según que se pro­
nunciara su nombre en siró caldeo ó en griego. La exce­
lente señora llevaba una vida enteramente consagrada á
obras buenas y limosnas. Sin temor de engañarnos, y con
respetuosa admiración, podemos saludar en ella la prime­
ra manifestación histórica de la Hermana de la Caridad.
Pero todas sus generosidades no habían doblegado la cruel
muerte, y la iglesia de Joppe lloraba amargamente á la
infatigable bienhechora que acababa de perder. El dolor
era tan general que había sido necesario, contra todos los
usos, transformar en una especie de capilla ardiente la
sala superior de la casa, y exponer en una camilla el ca­
dáver lavado y perfumado de la madre de los pobres (3*. Los1
(1) Cant., II, 9, 17; IY, 5; VII, 3.
(2) B. J., IV, 3, 5. Vayyikra Rabba, sec. 19: «Tabitha ancilla Gamalie-
lis.» (V. Lightfoot, ChoroQraph. ad Aíatth., XVIII. Lucrecio, IV, verso 1164,
etc. Eliano, Hist. ant., XIV, 14).
(3) La sala superior ó cenáculo, según dijimos, servía de oratorio, y esta
innovación de transformarla en una especie de santuario donde cada uno
iba á rezar en torno del cadáver de Tabita, revela el camino inmenso que
los discípulos habían hecho fuera del judaismo. Nosotros visitamos en Jafa,
uno de los sitios tradicionales á los que va unido el recuerdo de esta santa
232 MONSEÑOR LE CAMUS

recuerdos de bondad generosa, de amable dulzura, de tier­


na caridad, dan, aun á la severa fisonomía de los muertos,
algo así como una seductora aureola que cada uno se com­
placía en ir á contemplar.
Sea que algunos hubiesen deseado sencillamente ver á
Pedro presidir un duelo tan grande y moderar el dolor
general, sea que otros hubiesen concebido la vaga esperan -
za de un milagro, enviaron á dos hombres para decir al
jefe de los Apóstoles: «Ven, sin perder un momento.» Pe­
dro, conmovido por tan triste nueva, siguió á los dosemi
sarios. Llegado á Joppe, á la casa de la difunta, se le hizo
subir á la sala superior, esta vez, sin la menor duda, con la
segunda intención de invitarle á dar una prueba manifies­
ta de su valimiento cerca de Dios. Encontróse allí en
presencia del más conmovedor espectáculo. Todas las po­
bres viudas socorridas por Tabita se habían reunido en tor­
no del lecho fúnebre, como para dar un asalto decisivo á
su corazón. Cuando entró, comenzaron, entre lamentos y
con aquellos gestos que caracterizan toda escena patética
en Oriente, á mostrarle los vestidos, túnicas ó mantos que
llevaban y que les había hecho Dorcas, la Gacela, cuando
vivía. Hay que haber visto un duelo fúnebre en aquel país,
para comprender los ruidosos panegíricos que cada pobre
debió pronunciar á la gloria de su bienhechora. Sin hacerse
de rogar, algunos improvisadores tomau por turno la pa­
labra, y el coro de las lloronas no tarda en inventar un
estribillo. Ante el elocuente testimonio tributado á la
caridad de la difunta y del dolor universal de los fieles,
mujer. Á través de los sicómoros y algarrobos, se llega á una pequeña ne­
crópolis judía costeando un montecillo poco elevado. Después de nuestro
primer viaje se ha excavado en ella el sepulcro llamado de Tabita, y hemos
tenido la satisfacción de encontrarlo enlosado y provisto de una escalera
para bajar á él. Según otra tradición, la venerable sepultura debería buscar­
se más seguramente, á diez minutos de allí, en dirección al sur, detrás de im
bosquecillo de pinos. Allí los propietarios entierran sus propios difuntos.
Sea lo que fuese del sepulcro, interesa visitar, en la misma casa del propie­
tario, un cuarto superior sin duda parecido al que sirvió para exponer el
cadáver de la excelente señora. (2V. Voyage aux Pays bibliques, vol. I, pá­
gina 173).
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 233

Pedro d o se mantuvo insensible, y resolvió pedir á Dios


el milagro que, sin atreverse á decirlo, cada uno deseaba.
Habiendo despedido á la multitud, en recuerdo sin du­
da de lo que había visto hacer al Maestro se quedó
solo con la difunta, y cayendo de rodillas, oró. La ora­
ción debió ser fervorosa. Las lágrimas ardientes de los
que lloraban á su caritativa bienhechora eran razones po­
derosas que podía alegar para defender, delante del
Señor, la causa de tantos desgraciados. El Maestro le
atendió. Pedro tuvo conciencia de ello, y, lleno de santo
entusiasmo, miró el cadáver exclamando: «Tabita, le­
vántate.» Y la muerta abrió los ojos. Y, al ver á Pedro,
se incorporó en el lecho, como para rendirle homenaje.
Este le tendióla mano, y ella se levantó. Pedro, llaman­
do entonces á los fieles y á las viudas, les entregó viva á
aquella á quien tanto habían llorado.
Semejante prodigio tuvo una resonancia inmensa en
Joppe, y el número de los que creyeron en Jesús fué con­
siderable. La ciudad era además importante. Una tradi­
ción antigua la suponía construida antes del diluvio. Ja-
fet la habría más tarde reedificado, dándole su nombre. Su
puerto, aunque muy expuesto á los vientos del sudoeste
y en parte obstruido por las arenas, había seguido siendo
largo tiempo el único puerto de Palestina. Allá habían si­
do desembarcados los materiales destinados para construir
el antiguo y el nuevo Templo De allí partían los na­
vios que iban á cambiar con Occidente las riquezas de
Oriente, y á uno de ellos subió Jonás ^ para evitar ir á
iNínive á cumplir la misión que Dios le había impuesto.
Más de una vez saqueada y reconstruida, Joppe había pa­
sado sucesivamente de manos de los judíos á las de los si­
rios; después había sido conquistada por los romanos, y ora
concedida, ora quitada á los judíos, según el capricho de
los señores de Poma. En aquel momento histórico y des-1
(1) Marc., Y, 40.
(2) II P a r a lip II, 16; Esdras, III, 7.
(3) Jonás, I, 3.
234 MONSiSÑOK LiS CAMUS

puós de la deposición de Arquelao, había sido anexionada á


la provincia romana de Siria. La reciente construción por
Herodes el Grande del puerto de Cesárea no había impe­
dido que siguiese siendo uno de los centros comerciales de
la costa. La mezcla de todas las naciones hacía de ella un
medio poco menos que independiente en presencia del ju­
daismo jerárquico. Pedro juzgó que, entre esta población
de marinos, de obreros, de pequeños mercaderes, era posible
hacer conquistas para el Evangelio, y quedóse allá algún
tiempo. Sea que los ricos judíos hubiesen hecho poco caso
de él y de su predicación, sea que hubiese querido mos­
trarse sobre todo el hombre de los pequeños y de los hu­
mildes, albergóse en casa de un modesto obrero, Simón el
curtidor. Quizá también, siendo la profesión de Simón re­
putada impura por el judaismo más correcto (1), Pedro ha­
bía querido mostrar que los discípulos del Evangelio de­
bían libertarse de escrúpulos que no son ni el fruto ni el
principio de la verdadera piedad. Los curtidores vivían
ordinariamente relegados á un mismo barrio. Tuvieron el
honor de tener entre ellos al jefe de los Apóstoles, que.
quizá durante muchos meses ejerció allí su ministerio.
Todavía se enseña en Jaffa, no lejos del faro, una casa que
ocupa el sitio tradicional de aquella en que habría recibi­
do hospitalidad. Es una pequeña mezquita, construida so­
bre una antigua iglesia. En los muros muy gruesos se ven
vetustas piedras, y el adoquinado, así como las dos hiladas
inferiores del edificio, se remontan á una fecha no menos
lejana. El manantial que se encuentra en el interior pudo
ser antiguamente utilizado para una instalación del zu­
rrador, y el sitio mismo, no lejos del mar, responde bas­
tante bien á las indicaciones del libro de los Hechos (3í. No1
(1) Así, sabemos, según, Ketubboth, fol. 77,1, que si un curtidor se casa­
ba ocultando su profesión á su mujer, ésta tenía derecho al divorcio. T em
el tratado Kiddushin, fol. 82, 2, se dice: «El mundo no puede vivir sin cur­
tidores, pero desgraciado del curtidor!»
(2) Aquí San Lucas emplea la misma fórmula de que se sirvió para indi­
car la duración de las predicaciones de Pablo en Damasco: Trepas lxawís
(3) N. Voy. aux pays bibliq., vol. I, p. 170.
LA OBEA DE LOS APOSTOLES 235

se sube sin emoción, por una escalera deteriorada, a la pe­


queña azotea de Djamat-el Thabieh. Este techo, en forma
de bóveda aplastada, no es ciertamente el mismo en que
Dios significó á Pedro sus deberes para con los gentiles,
pero hay derecho para decir que la escena debió pasar
en una casa del todo parecida, y esto le basta al alma del
peregrino.
CAPITULO II

Pedro y el centurión Cornelio


Cómo Pedro y los otros comprendían la admisión de los paganos en la Igle­
sia.—Cornelio, centurión de la cohorte Italiana en Cesárea.—La visión
que tuvo en su plegaria.—Sus emisarios á Joppe.— El éxtasis dé Pedro so­
bre la casa del curtidor.— Lo que Dios ha purificado no es impuro.—
Pedro en casa de Cornelio.—La Pascua de Pentecostés de los gentiles.
(Hechos, X, 1-48.)
Según hemos indicado ya, se engañaría el que atribu­
yese á Pedro y á los demás Apóstoles, aun á los más adic­
tos al mosaísmo, el pensamiento de excluir para siempre
á los gentiles de la predicación del Evangelio, y, por con­
siguiente, de la salvación. ¿Acaso no habían recibido la or­
den de instruir todas las naciones y de bautizarlas? ¿No
había prometido el Señor atraer á sí, una vez levantado
de la tierra, el mundo entero? ¿No eran evidentes los orá­
culos de los antiguos profetas sobre la transformación de­
finitiva y religiosa de la humanidad? Todos los pueblos
de la tierra y sus reyes ¿no debían dirigirse á la luz levan­
tada en Jerusalén, inclinarse ante el verdadero Dios y to­
mar parte en su culto? Sí, seguramente, y el triunfo final
y universal del Evangelio era un punto muy sólido de su
fe. Pero esta fe se acomodaba con un error inmenso y, sin
embargo, muy general, según el cual estas predicciones no
debían cumplirse antes de que los hijos de Israel hubie­
sen entrado en masa en el reino de Dios. Entre tanto, era
preciso ser ó hacerse israelita para poder ser cristiano, co­
mo si la Sinagoga fuese el vestíbulo obligado de la
Iglesia, y el judaismo, con todos sus ritos, la sola puerta
del reino celeste. Á decir verdad, la misión de Moisés ha-
LA OBiiA DE LOS APÓSTOLES 237
bía sido divina, y, como tal, aprobada altamente por Je­
sús. Por tanto, á la buena fe de algunos y á los prejuicios
nacionales de todos podía parecer difícil admitir que su
obra no fuese más que una superfetación. Puesto que Dios
había dicho que todo incircunciso debía ser excluido de su
pueblo en la Antigua Alianza, ¿cómo era posible ser admití
do, sin la circuncisión, á formar parte de la Iglesia, en la
Nueva Alianza, más perfecta que la otra? Si el Evangelio
pretendía ser como el coronamiento de la Ley. ¿no era por
la Ley por donde debía irse al Evangelio?
Y á pesar de las tentativas animosas de Esteban y de
Felipe, á pesar de las miras expuestas por Pablo en nom­
bre del Señor, se insistía en este argumento de que, sien­
do divina la obra de Moisés, á Dios sólo correspondía de­
cir claramente si era necesario sacrificarla De hecho,
Dios se encargó de resolver por sí mismo todas las obje­
ciones.
Había, en la Cesárea del litoral, un hombre llamado
Cornelio, centurión de la cohorte dicha la Italiana. Si su
nombre no le ligaba directamente á la antigua gens Cor­
nelia, prueba á lo menos que era romano y que había sido
criado en el seno del paganismo. Sin embargo, su alma,
trabajada, como otras muchas, en aquella época, por la ne­
cesidad de una religión, habíase elevado á la concepción
de un Dios único y de deberes personales para con Dios.
«Era—dice el historiador sagrado,—hombre religioso, y
temeroso de Dios con toda su familia.» No hay pruebas de
que hubiese sido atado al judaismo con algún signo exte­
rior. Al contrario, veremos que Pedro le califica de extran­
jero (¿mó^vXos), lo cual, sin eufemismo, quería decir gentil.
Monoteísta por principios y piadoso por instinto, tenía una
consideración particular por esta religión judía que, pre­
dicando al Dios único, honrábale con un coito tan filial y
tan respetuoso. Además extendía gustoso á la misma na­
ción israelita el secreto afecto que sentía por el mosaísmo.
(1) Por donde se ve que la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés no
había dado á los Apóstoles la plena luz sobre todas las cosas.
238 MONSEÑOR LE CAMUS

Las numerosas limosnas que distribuía entre los judíos me­


nos afortunados le conquistaban la estimación de todos
los demás, pues no se estaba habituado á encontrar tales
simpatías en el extranjero opresor, y las de éste eran tan­
to más apreciables cuanto Cornelio, en calidad de coman­
dante de la cohorte Italiana, era, en realidad, el primer
soldado de Roma en tierras de Palestina.
En toda legión, la cohorte Italiana Ú) era aquella que se
componía de voluntarios italianos, mientras que las otras
nueve estaban formadas de soldados que se reclutaban de
ordinario en los respectivos países de su residencia ^ . En
caso de motín, se contaba con ella, siendo la manera de
constituirla la mejor garantía de su fidelidad. Servia, pues,
como de guarda pretoriana á los representantes de la au­
toridad de Roma. Á fines del año 40, aún había un procu­
rador en Palestina l3), Marcelo, el cual debía pronto ser
reemplazado por Agripa, un rey de la elección del empe­
rador Claudio. Como sus predecesores, Marcelo residía ha­
bitualmente en Cesárea, la capital política de Palestina
Después de medio siglo, esta ciudad, construida con mag­
nificencia extrema por Herodes el Grande en el sitio de la
antigua torre de Estratón, había adquirido considerable
importancia. Su puerto, perfectamente cerrado a los vien­
tos impetuosos del mediodía por una ancha escollera que
detenía las arenas y donde se estrellaban las olas de aque­
lla costa peligrosísima era un refugio muy solicitado de1
(1) Algún03 se han engañado entendiendo por esta cohorte la décima
parte de la Jjtffio itálico,, mencionada en Tácito, U is tI, 59, 64. lío han ob­
servado que el historiador romano habla de ella sólo en tiempo del empera­
dor Otón. Bajo Calígula y Claudio no existía. Dión Casio (LX, 24) y Sueto-
nio (Ñero., XIX) nos dicen que fué instituida en tiempo de Nerón. La co­
horte Italiana de que aquí se trata es sin duda la de voluntarios italianos,
mencionada en una inscripción descubierta por Gruter (Inscrip., p. 431,1).
(2) Ant., XIV, 10. m '
(3) La presencia de la cohorte Italiana en Cesárea autoriza a creer, como
lo hemos hecho, que la visión de Pedro tuvo lugar antes del año 41, fecha
-del nombramiento de Agripa como rey de Judea.
(4) Tácito (Hist., II., 29) la llama Caput Judaeae.
(5) Sabido es que, hoy todavía, los buques deben con frecuencia capear
•en alta mar para evitar catástrofes en las costas de Siria. En nuestro pn-
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 239
los buques que frecuentaban aquellos parajes. Docks es­
paciosos, muelles sombreados sirviendo de paseos, palacios
espléndidos, un teatro, un estadio, un foro, un anfiteatro,
un conjunto de fortificaciones bien dispuestas, habían ase­
gurado la preponderancia política á una ciudad que, por su
situación junto al mar, era particularmente apreciada de
los romanos. La población era muy heterogénea, consti­
tuida en su mayor parte por griegos, fenicios y sirios de
toda clase. El paganismo tenía allá su asiento oficial. Jo-
sefo nos cuenta que en la entrada del puerto, el edificio
más visible por su situación y su magnificencia era el Se-
basteum, templo de Augusto y de Roma, donde el empe­
rador y la ciudad estaban representados por estatuas co­
losales que recordaban el famoso Júpiter de Olimpia y la
Juno de Argos. Por tanto, es de creer que, en los últimos
tiempos, se había fundado una comunidad cristiana en este
medio extraño, donde la idolatría y el judaismo corrían
parejas. Vimos que el diácono Felipe vivía en aquella ciu­
dad, y su familia debió de haber sido un núcleo alrededor
del cual se habían agrupado otros prosélitos. ¿Quién sabe
si las circunstancias no habían puesto en contacto á Cor­
nelio con alguno délos discípulos del Evangelio? Veremos
á Pedro hablarle de Jesús y de su obra, como si nada de
esto fuese nuevo para él. ¿Quién podría asimismo decir si,
habiendo ya entrevisto las armonías del Cristianismo, el
Centurión, con su alma ávida de verdad y de justicia, no
había llegado á desear un poco más de luz para abrazar
definitivamente la nueva religión de que se le había ha­
blado? Este santo deseo debía traducirse por ardientes
súplicas, y esto es quizá lo que insinúa el historiador sa­
grado, cuando termina el retrato moral del honrado sol­
dado diciendo que no cesaba de invocar al Dios verdadero,
Á cuyo conocimiento había llegado á elevarse.
Un día, sobre las tres de la tarde—era el momento de
la oración para los judíos, y Cornelio seguía sin duda sus
•mer viaje á Oriente, vimos los paquebotes no poder desembarcar á los pa­
sajeros en Jaffa y dos navios encallar el mismo día en la costa de Seleucia.
240 MONSEÑOR LE CAMUS

usos—el piadoso Centurión tuvo una visión. Un ángel se-


le presentó, y, llamándolo por su nombre, le dijo: «Corne
lio.» El soldado romano, por muy incapaz que fuese de
temblar ante los hombres, no pudo librarse de un vivo pa­
vor ante el mensajero celestial. Pero mirándole con más
atención, respondióle: «¿Qué quieres de mí, Señor?» Y
dijo el ángel: «Tus oraciones y tus limosnas han subido
hasta arriba en el acatamiento de Dios, haciendo memo
ria de ti.» Las buenas obras de Cornelio no han precedido
su fe, sino que la han seguido, realizándolas porque creía,
no en el Mesías venido, pero en el Mesías prometido.
«Despacha pronto emisarios á Joppe—prosiguió el ángel
—en busca de un tal Simón, por sobrenombre Pedro, el
cual se hospeda en casa de otro Simón, curtidor, cerca del
mar; éste te dirá lo que te conviene hacer.» Del diácono
Felipe, que debía hallarse en Cesárea, y del resto de los
Apóstoles, que estaban en Jerusalén, no se habla. El ángel
hace que Cornelio se dirija al jefe oficial del Colegio Apos­
tólico, como si solamente el llavero de la Iglesia tuviese el
derecho, por una invitación solemne, de abrir oficialmente
la puerta á los paganos. Habiendo hablado de esta suerte,
el mensajero celestial desapareció. Sin perder un instante,
Cornelio llamó á dos de sus criados y á uno de sus solda­
dos, cuyas disposiciones religiosas conocía; contóles lo su­
cedido y los envió á Joppe.
De Cesárea á Joppe, atravesando ora los altos acanti­
lados y las arenas del mar, ora grandes pantanos cubier­
tos de cañas, nosotros empleamos poco más de quince ho­
ras W. Los emisarios no pudieron hacer este camino de
una tirada. Suponiendo que la pequeña caravana hubiese
partido aquella misma tarde, á eso de las cuatro, debió
acampar cerca del Nahr Abu Zaburah, torrente que parte
de las montañas de Efraím, para emprender de nuevo la
(1) Salidos de Jaffa á las 6 de la mañana, llegamos á El-Kakón, en me­
dio de marismas, hacia las 9 de la noche, sin haber podido servirnos de un
carruaje de tres caballos que nos precedía con los equipajes. Allá pasárnosla
noche, á cielo descubierto, para llegar, después de muchas peripecias, á las
dos del día siguiente, junto á las ruinas de Cesárea.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 241
marcha el día siguiente y llegar á Joppe hacia mediodía.
Era aquella la hora misma en que Dios, en un éxtasis en­
viado al jefe de los Apóstoles, iba á completar lo que ha­
bía tan felizmente preparado la visión de Cornelio. Pedro
acababa de subir á la plataforma de la casa en que se al­
bergaba, para ponerse en oración. Era la hora de sexta, y
todo fiel sabía cual era el homenaje debido á Dios antes
de la comida. En Oriente y sobre todo en los países en que
la lluvia no escasea, como en Jaífa, en Jerusalén, en Na-
plusa, las azoteas están ligeramente convexas para mejor
rechazar la humedad. En el lenguaje común, se les asimi­
la a una bóveda, y cuando el historiador sagrado nos di­
ce que Pedro estaba sobre la doma (-1), entiende indicar
que oraba al aire libre y no en el departamento superior
de la casa (2). Los orientales apenas temen al sol del
mediodía, sobre todo cuando se trata de entregarse á
la oración oficial. Desde la azotea del curtidor, Pedro
podía contemplar el ancho mar—el espectáculo de las
grandes fuerzas de la naturaleza eleva al hombre á
Dios—ó, según su devoción, orar vuelto el rostro hacia
Jerusalén <3). Pero el transporte religioso del alma no su­
prime las necesidades del cuerpo. El Apóstol estaba, sin
duda, en ayunas y extenuado de fatiga. Sintió hambre
muy viva. Pues bien, mientras preparaban la comida, sobre­
vínole un éxtasis. Semejante estado moral supone el alma
libertada momentáneamente de la envoltura terrestre y
viviendo fuera de las impresiones del mundo material.
Tiene fija la mirada en el mundo de las cosas invisibles y
se halla plenamente dispuesta á recibir las divinas mani­
festaciones. Sobre su cabeza, Pedro vió los cielos rasgados
hasta sus profundidades. De ellos bajaba algo, á manera de
(1) Traducimos literalmente la frase sur le dóme, que se ajusta con exac­
titud á éiri to dCH/xa. —N. del T.
(2) Sin razón San Jerónimo, y otros con él, han creído que aquí se trata­
ba de la sala superior vwepiZov, donde se reunían también para rezar. La dis­
tinción entre el inrepgov y el SUpa está perfectamente señalada en los Libros
Santos {IV Reyes, XXIII, 12; Mat., X, 27; Luc., XII, 3, etc.).
(3) Daniel, Vi, 10.
242 MONSEÑOR LK CAMUS

un gran lienzo atado por los cuatro cabos, que una mano
invisible descolgaba hacia la tierra. Ahora bien, en aquel
mantel, así levantado en forma de vaso cuadrangular, se
hallaban todos los cuadrúpedos y los reptiles que viven
en la tierra y las aves que vuelan por los cielos. Una
voz dijo entonces: «Pedro, levántate, mata y corneé Pe­
dro exclamó: «No haré tal, Señor, pues jamás he comido
cosa profana é inmunda.» Pero la voz añadió: «Lo que
Dios ha purificado, no lo llames tú profano.» Esto se repi­
tió por tres veces, y el vaso se remontó al cielo, donde
desapareció.
Pedro se preguntó al instante el significado de seme­
jante visión. Había tenido hambre, y quiza su repugnan­
cia en comer alimentos profanos le había llevado á un es­
tado de inanición que habíale producido el desfalleci­
miento y el éxtasis. Dios le decía, pues, que había sido-
suprimida, en lo sucesivo, toda clasificación entre anima­
les puros é impuros, y que esta parte de la Ley mosaica
debía desvanecerse ante la luz vivificadora del Evangelio
y al soplo más refrigerante de la nueva Ley. Pero la visión
tenía un alcance más elevado. El alma del Apóstol sentía
un hambre mucho más violenta que la del cuerpo. Llama­
ba con todas sus fuerzas el desenvolvimiento del reino de
Dios aquí bajo, y la visión respondía sobre todo á este
grito de la naturaleza superior. La cruz ha suprimido lo
puro v lo impuro entre las razas humanas, mejor aun que
entre los animales, y todos los hombres, unidas las manos
en un apretón fraternal, pueden proclamar su perfecta
igualdad en el Calvario. Pedro no lo comprende todavía,
pero los acontecimientos se lo harán palpar muy pronto.
En efecto, en tanto que^liscurría entre sí sobre el sen­
tido real de la celeste manifestación, los emisarios de Cor­
nelio, después de mucho buscar, llegaban á la puerta del
curtidor Simón, y preguntaban, en alta voz, en la calle, si
se alojaba allí otro Simón, por sobrenombre Pedro. Desde
lo alto de la casa, el Apóstol podía oirlos; pero, absorto en
sus meditaciones, parece, según el relato sagrado, que no-
LA OBRA DK LOS APÓSTOLES 243r

oyó realmente sino la voz interior del Espíritu Santo, que


le decía: «Mira, ahí están tres hombres que te buscan. Le­
vántate, baja y vete con ellos sin el menor reparo, porque
yo soy el que los ha enviado.» Pedro, postrado hasta en­
tonces en actitud de orar, se levantó y presentóse á los que
preguntaban por él. «Vedme aquí—les dijo—yo soy aquel
á quien buscáis; ¿cuál es el motivo de vuestro viaje?» Los
emisarios le respondieron: «El centurión Cornelio, varón
justo y temeroso de Dios, estimado y tenido por tal de to­
da la nación judía, recibió aviso del cielo, por mediación
de un santo ángel, para que te enviara á llamar y escucha­
se lo que tú le digas.» Esta categórica invitación que, en
otras circunstancias habría desconcertadq por completo á
Pedro, parecióle muy natural. Estaba* relacionada de un
modo harto visible con lo que acababa de suceder en la
azotea para no responder á ella favorablemente. Para po­
ner desde luego en práctica lo que Dios acababa de reve­
larle, Pedro, sin pensar ya en que sus interlocutores eran
gentiles, los introdujo, á pesar de ser totalmente impuros,
á los ojos del judaismo, en la casa donde se alojaba, para
que compartiesen con él la hospitalidad que le había si­
do concedida.
Al día siguiente, partió con ellos para Cesárea, acom­
pañándole algunos de los hermanos que estaban en Joppe.
Deseaban vivamente escoltarle y quizá también ver lo que
sucedería. El trayecto se dividió, como la primera vez, en
dos partes, y Cornelio no vió realizarse en él y en los su­
yos la misericordia de lo alto, sino hasta después de cua­
tro días de espera. El ardiente neófito había calculado de
antemano la hora en que llegaría el visitante extraordina­
rio á quien esperaba, y, tanto para honrarlo como para
que su visita fuese útil también á otros, había reunido en
su morada á sus parientes y á sus amigos. Conocida es la so.
lemne etiqueta que se guarda en jQriente en las reuniones,
á que asiste un personaje distinguido, y nuestra vivacidad
meridional se admira singularmente del silencio y de la
inmovilidad que transforma en otras tantas estatuas á una
244 MONSEÑOR LE CAMUS

veintena de hombres sentados en su diván. Tan pronto co­


mo á través de las puertas abiertas del departamento de
honor, Cornelio vió que Pedro penetraba en el patio de su
casa, corrió á su encuentro, y, postrándose á sus pies, con
el rostro pegado al suelo, pareció, no sólo cumplir con un
deber de cortesía, sino rendirle, una especie de homenaje
reservado á la divinidad. Mas Pedro le levantó diciendo:
«Álzate, que yo no soy más que un hombre como tú.» Y,
hablando familiarmente con él, entró en la sala de recep­
ción. A pesar de ser numerosa la concurrencia, Pedro no se
sintió cohibido, sino que, dirigiéndose á todos, les habló en
los siguientes términos: «Vosotros sabéis que á un judío
su religión ^Me prohíbe juntarse ó allegarse á un extran­
jero. Pero Dios me 'ha mostrado, también á mí(2), que á
ningún hombre he de considerar como común ó inmundo.
Por lo que, luego que he sido llamado, he venido sin difi­
cultad. Ahora os pregunto, ¿por qué me habéis llamado?»
, Pedro no ignoraba la aparición del ángel á Cornelio, pues
se había enterado de ella por los emisarios del Centurión;
pero, tanto para la edificación de la asamblea como para
la satisfacción personal de su huésped, quería hacerle re-
(1) La palabra adé/urov parecería suponer que había en la Ley de Moisés
una prohibición categórica sobre este punto. No era así; solamente las pres­
cripciones rabínicas, que habían acabado por tener fuerza de ley, denuncia­
ban como abominables ciertas relaciones entre judíos y paganos, tales como
dormir bajo el mismo techo, comer en la misma mesa. ¿Acaso los judíos de
Jerusalén no se habían abstenido de entrar en el pretorio de Pilato por te­
mor de contaminarse! (Juan, XVIII, 28.) Los autores profanos nos ense­
ñan con que escrúpulo se conformaban los de la dispersión á estas prescrip­
ciones. ¿Quién ignora el pasaje de Tácito (Hist., V, 5): «Adversus omnes alios
hostile odium, separati epulis, discreti cubilibus...» ó los versos de Juvenal
(Sat., XIV, 103):
Non monstrare vias, eadem nisi sacra colenti,
Quaesitum ad fontem solos deducere verpos.
De que algunos hicieran caso omiso de semejante prescripción, no se dedu­
ce que no fuese universalmente admitida. El ejemplo del mercader Ananías
en la corte de Izates, rey de AÉiabena (Ant., XX, 2, 4), nada prueba, porque
no éStá probado que aquel no fuese cristiano.
(2) La expresión k¿hoI alude visiblemente á las revelaciones concedidas
á Pablo sobre la vocación de los gentiles, y de las cuales Pedro había sido
advertido sin provecho. En lo sucesivo ya no duda.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 245
petir públicamente la manifestación celestial que había te­
nido lugar en su casa.
«Cuatro días hace hoy—respondió el Centurión—que
yo estaba orando en mi casa, á la hora nona, cuando he
aquí que un varón (1>, vestido de blanco, se me puso delan­
te, y me dijo: Cornelio, tu oración ha sido oída, y se ha
hecho mención de tus limosnas en la presencia de Dios.
Envía, pues, á Joppe, y haz venir á Simón, por sobrenom­
bre Pedro, el cual está alojado en casa de otro Simón, el
curtidor, cerca del mar, el cual venido te hablará. Al pun­
to, pues, envié por ti, y tú me has hecho la gracia de ve­
nir. Ahora, pues, henos aquí, delante de Dios, para escu­
char cuanto el Señor te haya mandado decirnos.» Mués­
trase aquí Cornelio realmente soldado, en la claridad, la
decisión y la lealtad que son la nota característica del len­
guaje militar. Tomando entonces Pedro la palabra, dijo en
tono solemne que revelaba la emoción de su alma: «Sí,
acabo verdaderamente de conocer que Dios no hace acep­
ción de personas, sino que en cualquiera nación, el que le
teme y obra bien, merece su agrado.» Mucho ha tardado
el Apóstol en desechar sus prejuicios israelitas y penetrar­
se de esta verdad; pero hoy, ante la doble manifestación
celestial y las piadosas disposiciones de su auditorio, des­
vanecidas sus últimas dificultades, proclama categórica­
mente que todo hombre virtuoso, sea cual fuese su raza,
puede entrar en la Iglesia, y que la salud está á la dispo­
sición de quien desea obtenerla.
De otra parte, en esta teoría nada hay que favorezca el
indiferentismo religioso. Afirma Pedro la indiferencia de
la nacionalidad y no la de la religión, la del nacimiento y
no la de la fe. Por lo demás, no predica sino aquello que
recuerda haber oído predicar á Jesús, sintiendo no haber­
lo entonces comprendido suficientemente. La vocación de
(1) Aquí, como en Mat., XXVIII, 2-3, los ángeles toman forma huma­
na, sin que se hable de las alas que el simbolismo les ha atribuido (*).
(*) De otra parte, este simbolismo encontró algún fundamento en los
querubines del Propiciatorio (Éxodo, XXV, 20) y en los serafines asistentes
al trono de Jehová (Isaías, VI, 6).—N. del T.
16 T. IV
246 MONSEÑOR LE CAMUS

todos los pueblos á la luz divina constituye el fondo mis­


mo del Evangelio. «Todo esto—añade Pedro—está confor­
me con la palabra que Dios ha enviado á los hijos de Is­
rael, anunciándoles la buena nueva de la paz por Jesucris­
to.» En efecto, Dios no había dejado á los judíos en la ig­
norancia de que el mundo entero sería llamado á conocer
la verdad y recibir su gracia. Las profecías sobre Jafet re­
fugiándose en las tiendas de Sem sobre los pueblos sen­
tándose al pie del monte Sión, sobre el Pastor universal^
¿qué significaban sino la fusión de las razas rehabilitadas
por el más fecundo de los sacrificios, y la paz de la salud
ofrecida á todos los hombres de buena volontad por Aquel
que quita los pecados del mundo, Jesucristo? «Este—ex­
clama Pedro—es el Señor de todos.» Ciertamente, Él ha
sido constituido jefe de la familia humana y rey universal
de los pueblos. Todos los hombres, puestos sobre el mismo
pie de igualdad, le están igualmente subordinados, y pue­
den hacer valer idénticos derechos para ser contados en el
número de los vasallos felices de su reino.
«Vosotros no ignoráis como se han realizado las prome­
sas divinas, comenzando por Galilea, después del bautis­
mo de Juan, hasta la Judea entera. Vosotros sabéis como
Jesús de l^azaret, ungido por Dios con el Espíritu Santo
y su virtud, pasó haciendo bien y curando á todos los que
estaban bajo la opresión del demonio.» Acontecimientos tan
sorprendentes habían tenido alguna resonancia en todo el
país, y Pedro podía suponer que sus oyentes no los igno­
raban por completo. El hecho mismo de que, por orden de
Dios, enviasen á buscar á uno de los que habían andado
mezclados directamente en ellos, ¿no probaba el interés-
que sentían? Deseaban, pues, de labios autorizados la con­
firmación de aquellos relatos. Pedro la ofrece, porque ha
visto con sus ojos y oído con sus oídos. Ha sido testigo de
la vida, testigo de la muerte, testigo de la resurrección
de Jesucristo. Esto da un alcance irresistible á sus pala-1
(1) Véase to!. II, p. 392, nota.—N. del T.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 247
bras. Las medirá, sin embargo, según el alcance religioso de
sus oyentes, que poco antes eran politeístas, y á quienes no
conviene precipitar de nuevo en sus viejos errores. En Jesús
mostrará sobre todo la humanidad como envuelta por Dios
y elevada á un grado de santidad y de poder extraordina­
rios. De la divinidad, no ha dicho sino una palabra, escapada
como un grito á su ardiente fe: «¡Jesús es el señor de to­
do y de todos!» Y con habilidad y prudencia, deja al
instante este orden de ideas, pasando á bosquejar á gran­
des rasgos la historia de la actividad mesiánica.
prosigue,—Dios estaba con Él; y nosotros somos
testigos de todas las cosas que hizo en el país de Judea y
en Jerusalén. Quitáronle la vida, colgándole en una cruz;
pero Dios le resucitó al tercer día, y dispuso que se deja­
se ver, no de todo el pueblo, sino de los predestina­
dos por Dios para testigos, de nosotros que hemos comido
y bebido con Él, después que resucitó de entre los muer­
tos. Pues bien, mandónos que predicásemos y testificáse­
mos al pueblo, que Él es el que está por Dios constituido
juez de vivos y de muertos. Del mismo testifican los Pro­
fetas, que cualquiera que cree en Él, recibe en virtud de
su nombre la remisión de los pecados.» La religión nueva
consiste, pues, en creer en un Mediador que quita el peca­
do de sus fieles. Este Mediador es juez soberano, el único
que puede reconocer a los suyos para recompensarlos. Na­
da más cierto que su mediación. Habíanla predicho los
Profetas, y Él mismo la ha afirmado, mandando á todos
sus Apóstoles que hicieran de ella el punto capital de su
enseñanza. Ahora bien, no podía engañarse ni engañar á
los demás, porque el fondo de su naturaleza era la bon­
dad, la sabiduría, la santidad. Pasta, para convencerse de
ello, seguirle en los diversos períodos de su vida pública.
¿No tenía, por otra parte, en su mano el poder de Dios, al
obrar sus milagros? ¿Podía Dios apoyar á un falsario? ¿Po­
día, sobre todo, sancionar su vida y su doctrina, si ellas
no eran conformes a la justicia y á la verdad, permitiendo
el mayor de sus milagros, su resurrección? Pues bien, Dios
248 MONSEÑOR LE CAMUS

lo resucitó al tercer día, bastante tarde para que su muer­


te constase con toda certeza, bastante pronto para que no
se desesperase de sus promesas. En seguida mostróle vivo
á los fieles. La multitud no merecía este favor, pero los
predestinados, los verdaderos amigos, lo obtuvieron, y en­
traron con el Resucitado en aquellas reiteradas relaciones
de la vida común y de la intimidad que habían tenido con
Él antes de su muerte. El mismo que esta hablando po­
dría decir que, entre estos testigos, él obtuvo un sitio de
honor. En el acento de su alma, puede juzgarse de su con­
vencimiento.
Todo hace suponer, en efecto, que Pedro se puso á desen­
volver, con su acostumbrado calor, la magnífica tesis con­
vertida en Evangelio oral, y de la que había comenzado
por hacer un suscinto resumen. El auditorio estaba sub
yugado por su palabra de fuego, y los corazones, prepai a­
dos desde largo tiempo por humanas virtudes, abríanse
por sí mismos á la gracia divina. El cielo no resistió á los
ardientes deseos de los que querían entrar en el nuevo rei­
no. Tomando de repente la iniciativa, indicó á Pedro que
no faltaba sino consumar la obra de misericordia y dar á
los paganos el abrazo fraternal. En efecto, mientras el
Apóstol hablaba, descendió el Espíritu Santo sobre la pia­
dosa asamblea. Aquello fue un nuevo Pentecostés, el de
los gentiles. Al decir de Pedro, los fenómenos sobrenatu­
rales que la caracterizaron fueron los mismos que se habían
producido en otro tiempo en Jerusalén (1). Los fieles de
la circuncisión, que habían llegado con el Apóstol, que­
daron asombrados ante aquel espectáculo. ¡Luego ya no
eran perros aquellos gentiles sobre los cuales el Espíritu
Santo se dignaba bajar y permanecer! Realmente, los incir­
cuncisos se habían puesto a hablar en lenguas nuevas, ala­
bando á Dios con palabras desconocidas é inusitados acen­
tos. No era ya posible disputarles el derecho de entrar en el
(1) Parece concluyente la frase que va á emplear en seguida: Spiritum
Sanctum acceperunt sicut et nos. Comp. cap. XI, 17, todavía más categó­
rico.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 249
Reino, después de ver que en él se instalaban con todas
las prerrogativas .de los obreros de la hora primera. En­
tonces Pedro exclamó: «¿Quién puede negar el agua del
bautismo á los que, como nosotros, han recibido también
el Espíritu Santo?» ¿Acaso el bautismo del Espíritu no
era superior al bautismo del agua? Y, supuesto que el cie­
lo había concedido aquél, ¿podía éste ser denegado por los
hombres? Dios, forzaba, pues, la mano á Pedro, asegu­
rándole, según el hermoso pensamiento de San Juan Cri-
sóstomo, con el milagro verificado entre aquellos gentiles,
un argumento sin réplica ante los judíos de Jerusalen.
¿Qué podía temer en lo sucesivo, toda vez que la plena
justificación de su conducta había sido escrita por la ma­
no divina? Pedro ordenó bautizar á los nuevos discípulos
en nombre del Señor Jesucristo.
No los bautizó él mismo, quizá para obligar á los cir­
cuncisos llegados de Joppe á dar la mano á la grande y
decisiva innovación. De otra parte, el bautismo que en­
tonces fué administrado no debía producir ni la ablución
del pecado ni la gracia, pues seguía á la infusión del Es­
píritu Santo; todo lo más podía ser el símbolo de la trans­
formación que exteriormente ^ iba á sufrir la vida de
Cornelio y de todos los suyos. Aquellos generosos neófitos
se sumergieron en el agua lustral para hacer entender que
habían muerto completamente para el mundo y que esta­
ban dispuestos á no vivir en adelante sino para Jesucristo.
Grande era la dicha de todos. Los nuevos hermanos
suplicaron al Apóstol que no los afligiese con una marcha
precipitada. Cedió Pedro á sus deseos y quedóse algunos
días en casa de Cornelio Así, el Nazareno extendía su
mano sobre los hijos de Roma para tomar posesión de
ellos, y los vencedores del mundo comenzaban á arrodi­
llarse ante el Crucificado. Por primer discípulo entre ellos,12
(1) Claro está que el bautismo de agua imprimió carácter y produjo uu
aumento de gracia y virtudes Sobre este pasaje véase Santo Tomás, Sum-
ma Theol., 3.a, q. 69, 4, ad 2; q. 72, 6, ad 3.—N. del T.
(2) Hechos, X, 48.
250 MON8EÑOK LE CAMÜS

no escogió Jesús ni á un filósofo, ni á un orador, ni á un


político, sino á un soldado. La lealtad, la generosidad, la
fuerza de carácter exigida por la profesión de las armas,
son virtudes preparatorias del heroísmo de la vida cris­
tiana. De los cuatro centuriones mencionados en nues­
tros Evangelios ó en el libro de los Hechos, no se dice
nada que no sea honroso y consolador W. El de Cesárea
parece haber sido el tipo del hombre honrado. A juzgar
por el repetido dictamen que San Lucas diseña de sus
virtudes, podemos decir que era digno de mandar el bata­
llón de gentiles que subía al asalto de la Ciudad de Dios
y se preparaba á forzar piadosamente las puertas de la
Iglesia. No fue solamente de noble raza, pues pertenecía
al primer pueblo del mundo y quizás á la familia más ilus­
tre de este pueblo: fue sobre todo un gran corazón. No se
ha notado bastante el ánimo y la buena intención con que
reunió en torno suyo á sus parientes y á sus amigos para
que fuesen testigos de su acto de fe en el Evangelio, y
asociárselos, si posible fuese. Este hombre había apetecido
la luz para los suyos tanto como para sí mismo, y la obtu­
vo según sus deseos. Lo que no había tal vez previsto era
que, detrás de sí, estaba toda la gentilidad, en espera de
que, para ir á la Iglesia, le abriese una brecha en el ju­
daismo legal, por la que, en su seguimiento, tanto en
Oriente como en Occidente, se precipitó entusiasta y ge­
nerosa. Poco tiempo después de estos sucesos, Jesús tenía
discípulos, no sólo entre los paganos de Antioquía, sino
también entre los de Poma y en el palacio mismo de los
Césares.1
(1) En efecto, el de Cafarnaúm había estado admirable al pedir á Jesú»
la curación de su criado (Mat., VIII, 5). El del Calvario se golpeó el pecho
gritando que el crucificado era verdaderamente el Hijo de Dios (I/aí.,
XXVII, 54). Cornelio es aquí un justo entre los paganos. Finalmente, el que
acompañará á Pablo á Poma se mostrará lleno de benevolencia para con el
prisionero á quien conduce (H e c h XXVII, 3, 43).
CAPITULO III

Pedro, de regreso á Jerusalén, justifica su conducta


S entim ientos que debió experim entar viviendo con gentiles. Cóm o se apre­
ció su conducta en Jerusalén .—Los de la circuncisión. Pedro se defien­
de.—Todo lo que se ha hecho, D ios lo ha hecho.— Su respuesta im pone
silencio á unos y llena de entusiasm o á otros. (Hechos, X I, 1-1S).

Difícil es darse cuenta de las impresiones, ó mejor, de


las sorpresas que un judío tal como el Apóstol Pedro de­
bió experimentar durante el tiempo que vivió en compa­
ñía de una familia de origen pagano. Ideas, costumbres,
lenguaje, prácticas, todo era nuevo, si no extraño, para el.
Verdad es que la gracia de lo alto irradiable en las almas
y, que por este lazo superior, el predicador se sentía de la
misma familia que los convertidos; pero la gracia no des­
truye la naturaleza. Fuera dé la luz común á los hijos del
Evangelio, ¿cuán diferente era todo entre ellos y él! Pe­
dro, con su buen sentido y su rectitud de aldeano galileo,
debió de apreciar los elementos buenos y malos que había
en aquellas razas fuertes y generosas de la gentilidad, las
cuales, "á pesar de no haber recibido la revelación divina,
llevaban en el corazón nobles cualidades y reales virtudes.
El pagano era sensual, pero generoso; lleno de supersti­
ciones, pero deseoso de hallar la verdad; violento y dulce;
hombre y niño; antítesis completa del judio, que, correcto
. según la Ley, mostrábase por todas partes egoísta, orgu­
lloso, sin misericordia, sin corazón. Por más que sufriese in
teriormente, el Apóstol no pudo abstenerse de hacer entre
los suyos y los gentiles un paralelo en el cual correspon­
día á éstos el mayor número de méritos. Entonces Pedro
recordó muchas frases del Maestro, las cuales, como sepul-
252 MONSEÑOR LE CAMÜS

tadas en el olvido, en el fondo de su alma, subían de nue­


vo a la superficie, imponiéndose con su evidencia, y en las
que Jesús había mostrado su preferencia para con los pu­
blícanos, los pecadores y los paganos. Cuanto más de cer­
ca lo estudiaba todo, tanto más comprobaba que la repro­
bación de unos y la elección de otros serían la última
palabra de lo por venir y la gran lección preparada al
mundo por la justicia de Dios. Lo cierto es qué los lazos
que unieron á Pedro con la familia de Cornelio fueron una
feliz preparación de su apostolado entre los gentiles y le
proporcionaron quizá relaciones en Eoma, donde aconteci­
mientos imprevistos debían pronto procurarle ocasión de
ejercer su ministerio.
Entre tanto la nueva de lo que acababa de suceder en
Cesárea se había rápidamente extendido en Jerusalén. Los
Apostóles y los hermanos anunciábanse mutuamente, con
sentimientos diversos, que los paganos habían acogido la
palabra de Dios. Buen número de ellos, sobre todo entre
los helenistas, debieron alegrarse. En la obra de Pedro,
veían la obra de Esteban, el universalismo evangélico que
acababa de triunfar. Veían además el mundo abierto á la
actividad apostólica, y gustosos, en la perspectiva de se­
mejante conquista, sacrificaban sus últimos prejuicios ju­
daicos. Otros, que el historiador sagrado llama los de la
circuncisión, y que, más adictos á Moisés que á Jesucris­
to, constituyeron uno de los graves peligros de la Iglesia
primitiva, estaban descontentos. En otra parte dijimos
cuál era su origen y cuáles sus tendencias (1). En esta fla­
grante violación de la Ley, denunciaban un sacrilegio.
¿Acaso no había distinguido el mismo Dios, en el mundo
manchado por el pecado, lo puro de lo impuro, al hijo de
Abraham de los hijos de las naciones? Entrar en relacio­
nes familiares, íntimas y sobre todo religiosas, con aque­
llos que no eran de Dios, ¿no era pisotear la religión de
Moisés y hacerse criminal? Por esto, en su tenaz cegue-
(1) Véase pág. 130.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 253 -

dad, mostrábanse dispuestos á hacer ó dejar que se hicie­


se el proceso del jefe mismo de los Apóstoles. De estos
falsos hermanos, que encontraremos siempre, exclusivistas,
porfiados y violentos, camarilla temible, irradiando desde
Jerusalén á Galacia, en Gorinto, en Roma, y doquiera el
elemento judío apoyará sus pretensiones, puede muy bien
decirse que eran, sólo en apariencia, miembros de la joven
Iglesia. Lo que caracteriza al verdadero fiel, no es ni el
nombre, ni las prácticas exteriores, ni la invocación: «Se­
ñor, Señor tb,» sino la conformidad del corazón con el
Evangelio. La mayor parte de aquellos sacerdotes que,
después de la elección de los diáconos, habían aceptado el
Evangelio (2), sin renunciar quizás á sus funciones en el
Templo, debieron ser el alma de este partido, desde en­
tonces tan extrañamente obstinado en defender los cadu­
cados derechos del ritualismo judío. Quería el Evangelio
en la Ley, y, para mantenerlo en ello, á todo se atrevía,
aunque se opusiese á las prescripciones más explícitas de
Jesús. No hay que asociarle ni con Juan, ni con Pedro, ni
con Santiago, ni con otro alguno de los Apóstoles. Su au­
toridad le venía de sí mismo. Sus miembros se recomen­
daban por su condición, su ciencia, quizá su fortuna, pero
sobre todo por su celo por la Ley. Es posible que alguien,
entre los fieles, quizá también entre los Apóstoles, hubiese
sufrido alguna vez su influencia; pero suponer que este
partido hubiese jamás dominado la Iglesia, sería un error
y una injusticia. Causó un verdadero daño, sin llegar á
imponerse. No conocemos los nombres de sus jefes. La
actitud que adoptan en esta ocasión prueba claramente
que no tenían conciencia, ni de la humildad que convenía
a los verdaderos fieles, ni de la importancia que debía dar­
. se a las prácticas de la nueva religión. Con alguna imper­
tinente presunción piden al jefe de la Iglesia cuentas de
su conducta en materia absolutamente religiosa, y, no sin
acrimonia, le hacen cargos por haber entrado en casa de
(1) Mat., V il, 21.
(2) H ech.N l,!.
264 MONSEÑOR LE CAMUS

los paganos y haber recibido hospitalidad. Si no le repro­


chan el que haya administrado el bautismo y abierto las
puertas de la Iglesia á los incircuncisos, es sin duda por­
que no conocen toda la importancia del hecho. Tal es el
partido irreconciliable, que aparece aquí por vez primera,
y al que será preciso dirigir más tarde las palabras enér­
gicas y severas de Pablo á los de la circuncisión. Entre­
tanto, incapaz de tratar con miramiento á cualquiera que
parezca romper con Moisés, levanta hoy la voz contra Pe­
dro, exclamando: «¿Cómo has entrado en casa de personas
incircuncisas, y has comido con ellos?» Una tradición muy
antigua dice que Cerinto fué uno de los que con más ar­
dor formuló esta recriminación.
Es de creer que, detrás de estos falsos discípulos del
Evangelio, se agrupaban tímidamente, pero profunda­
mente afligidos, algunos verdaderos creyentes sometidos
á su influencia. No reclamaban públicamente, pero cuchi­
cheaban preguntándose cómo Pedro legitimaría su con­
ducta. Apiadóse éste de sus escrúpulos, y mostrando para
con los débiles una deferencia que no deshonra jamas a
los fuertes, comenzó, sin inmutarse, la narración ordenada
de lo que había ocurrido en Cesárea.
«Estaba yo en la ciudad de Joppe en oración—dijo— y
’Np en éxtasis una visión de cierta cosa que iba descendien­
do, á manera de gran lienzo descolgado del cielo por las
cuatro puntas, que llegó junto á mí. Mirando con aten­
ción, me puse á contemplarle, y le vi lleno de animales
cuadrúpedos terrestres, de fieras, de reptiles y de volátiles
del cielo. Al mismo tiempo oí una voz qüe me decía: Pe­
dro, levántate, mata y come. Yo respondí: De ningún mo­
do, Señor, porque hasta ahora no ha entrado jamás en mi
boca cosa profana ó inmunda. Mas la voz del cielo hablán- .
dome segunda vez, me replico: Lo que Dios ha purificado,
no lo llames tú impuro. Esto sucedió por tres veces, y lue­
go todo aquel aparato fue recibido otra vez en el cielo.»
«Pues bien, he aquí que en aquel mismo punto llegaron
á la casa en que estaba yo hospedado tres varones, que
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 255

eran enviados á mí de Cornelio. Y me dijo el Espíritu,


que fuese con ellos sin escrúpulo alguno. Vinieron asimis­
mo estos seis hermanos que me acompañan, y entramos en
casa de aquel varón (1), el cual nos contó como había vis­
to en su .casa (2) á un ángel, que se le había presentado di­
ciendo: Envía á Joppe, y haz venir á Simón, por sobre
nombre Pedro, quien te dirá las cosas necesarias para tu
salvación y la de toda tu familia. Habiendo yo, pues, em­
pezado á hablar, descendió el Espíritu Santo sobre ellos,
como descendió al principio sobre nosotros. Entonces me
acordé de lo que decía el Señor:—Juan á la verdad ha
bautizado con agua, mas vosotros seréis bautizados con el
Espíritu Santo.—Pues si Dios les dió á ellos la misma
gracia, y del mismo modo que á nosotros, que hemos creí­
do en nuestro Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponer­
me al designio de Dios?»
La argumentación era irresistible. En la distribución
de sus dones, Dios no distingue entre judíos y paganos, y
éstos han tenido como aquéllos su Pentecostés; ¿querrá el
hombre arrogarse el derecho de ir contra los designios del
cielo? El Señor ha pedido á los paganos, no la circunci­
sión, sino la fe, para darles el Espíritu Santo; ¿con qué tí­
tulo, Pedro hubiese sido más exigente para administrarles
el bautismo de agua, que es inferior al bautismo en el Es­
píritu? Pues bien, si debió bautizar y admitir en la Igle­
sia á aquellos á quienes Dios acababa de aceptar por hi­
jos, y que desde entonces eran sus propios hermanos, con
mayor razón estaba autorizado para recibir entre ellos
hospitalidad. Nada más lógico y más concluyente.
Por esto se nos dice que, después de haber hablado Pe­
dro, todos se callaron. Podían haber negado los hechos
alegados, pero allí estaban para mantenerlos los seis hom­
bres que habían ido de Joppe á Cesárea y de Cesárea á
(1) Pedro no lo nom bra; no hace resaltar ninguno de sus títu los, ningu­
na de su s virtudes. Todo esto sería in ú til á su tesis, que debe apoyarse úni-
«am ente en lo que D ios ha hecho, no en el m érito de los hom bres. S in em ­
bargo, em plea, para designarle, el térm ino de distinción toO ávdpis.
(2) E sto hacía im posible toda superchería.
256 MONSEÑOK LE CAMUS

Jerusalén. En consecuencia, los partidarios exagerados de


la Ley, prefirieron guardar silencio, esperando reanudar la
discusión más adelante y en circunstancias menos desfa­
vorables. Los otros, que, influidos por instigadores y sin
conocer los detalles, habíanse turbado con sobrada ligere­
za, pasaron al punto de la desconfianza al entusiasmo. Se
les abrían nuevos horizontes. Comenzaron, pues, á glorifi­
car al Señor, que dirigía con tanta misericordia el des­
arrollo progresivo de su Iglesia, y decían: «¡Luego tam­
bién á los gentiles les ha concedido Dios la penitencia pa­
ra alcanzar la vida!»
CAPITULO IV

El mismo tema puesto en practica en Anti q

Predicación evangélica fuera de ^ V o q u i- A l saber


—En la costa fenicia.-En la «la dican 4 1„, griegos.-
que Pedro ha bautizado á
Prim icias de la gentilidad. ( Hecho*, X I, 19,-2 )■

V ide. »Esteban
tirio , » > • había
p— arroja
» « o r í s¡nl S¿uda? los" más ar­
de los predicadores de v ^ ’en p aiestina, y cuando
dientes. Predicaron primer ^ p] fanatismo judío,
se vieron acosados “ as ¿ países, las relaciones eran
r /f— ^ " X ° continúan por naves en lacos-
y P0 r.° ^o ZP Tw ddeela^ f p Pa ie^ moneda8
ta Fenicia (1>( ^ deeB8U8
la verdadera
principa-
etimología de su nomb , y Uevaban una palmera)
les ciudades, Sidon, T , > ^ Canaan ó de Kena),
había sido primeramen e áram la tierra alta, co­
ja tierra V V ° P° T hablar ^ u leDgua que
mo decían los hebreos a ]a femu¡a de las leu
allí se hablaba pertenecía n ^ hebreo de los Li­
guas semíticas, sino que orm diferentes dialectos <2'.

r ^ r S ir b T a n visto llegar desde el principio


V e* ia etimología con— admitida ^embargo, = nt,
Manuel í hi*t. anc. de V p“ V l - N . del T.
Pl'tt? * • L ^ s>emit" p- 107 y 1 '
258 MONSEÑOR LE CAMUS

á los judíos cosmopolitas cuyo genio mercantil no perdía


ocasión de hacer fortuna. En las principales ciudades, Tiro,
Sidón, Berita, Biblos, Arad, había sinagogas. Allí comen­
zaron á anunciar el Evangelio los predicadores expulsa­
dos de Jerusalén, siendo de suponer que no fue infructuo­
sa su labor, pues Pablo saludará más tarde, por lo menos
en Tiro y en Sidón (1), florecientes comunidades cristia­
nas.
En condiciones análogas se hallaba la isla de Chipre.
Aunque separada del continente por un brazo de mar, no
dejaba de mirar hacia la costa fenicia, por sus puertos
más frecuentados, y de mostrarse unida á la madre patria
por sus más caras tradiciones. Sabido es que, por su con­
figuración, el norte de esta isla carecía de abrigo seguro
para las embarcaciones. Prolongábanse allí las montañas en
dunas muy altas y rojizos acantillados hasta las orillas del
mar. Por el contrario, al oriente y mediodía, sus numero­
sas bahías estaban pobladas de ciudades ricas y comercia­
les. Á Salamina, Cicio, Amatonta, Pafos, arribaban diaria­
mente naves de la costa fenicia. Desde el tiempo de los
macabeos, habíanse establecido allí numerosos judíos <12'.
BajoHerodes, se desarrolló su influencia, y tomaron par­
te muy activa en la explotación de las minas de cobre
emprendida por este rey, con permiso de Augusto (3). Sá­
bese también que á principios del segundo siglo de nues­
tra era creyéronse bastante fuertes para levantarse con­
tra los cipriotas; acaudillados por un tal Artemio, hicie­
ron grandísima matanza, y Adriano se encargó de casti­
garlos. Pues bien, los portadores de la Buena Nueva pre­
dicaron en la isla, como habían predicado á lo largo de la
costa fenicia.
Creciendo siempre sü ardor, dirigieron sus miradas á la
misma capital de Siria, Antioquía, á donde se llegaba fá­
cilmente, ora desde Fenicia, ora desde Chipre, por el puer-
(1) Hechos, X X I, 3-4, y X X V II, 3.
(2) I Mac., XV, 23.
(3) Ant., X V I, 4, 5.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 25&-
to entonces muy animado de Seleucia. La gran ciudad,,
edificada por Nicator al pie del monte Silpio y en las ri­
beras del Orón tas, era uno de los centros de Oriente en
que había más judíos, los cuales disfrutaban de importan­
tes privilegios desde los Seleucidas, que habían rivalizado-
con los Tolomeos de Egipto en atraerse, á fuerza de favo­
res, á aquellos semitas, preciosos auxiliares de su políti­
ca th. Los emperadores romanos habían sancionado y au­
mentado sus prerrogativas (2), de suerte que en Antioquía,.
lo mismo que en Alejandría, los judíos tenían un a la b a r-
co ó magistrado, y, bajo la jurisdicción de un consejo de
setenta ancianos, como recuerdo del Sanedrín, goberná­
banse según sus propias leyes <3). Las investigaciones que
hemos hecho en el emplazamiento de la antigua ciudad
nos han inducido á creer que, como en Alejandría, también
ocupaban la parte oriental de la ciudad, ó el cuartel edi­
ficado por Calinico. No lejos de allí, cerca de la puerta ac­
tual de San Pablo, había creado su protector Agripa un
vasto arrabal para secundar sin duda su rápido desenvol­
vimiento. Cuenta Josefo que Herodes, deseoso de corres­
ponder á la benevolencia de los antioqueños para con sus
nacionales, había hecho construir, en esta misma dirección,
la prolongación de un soberbio corso , empedrado de már­
mol blanco y adornado de pórticos en cada uno de sus la­
dos. Esta hermosa calle atravesaba la ciudad de un extre­
mo á otro Yense todavía los restos, desde la puerta de
San Pablo hasta la entrada de la moderna Antakieh. Pro­
tegidos así por todos, estaban los judíos en Antioquía co­
mo en su propia casa. Habíales sido devuelta y guarda­
ban cuidadosamente una parte de los vasos sagrados, arre­
batados en otro tiempo por Epifanes del Templo de Jeru-
salón (5). Dos querubines dorados, procedentes también de
la Casa de Dios para adornar el triunfo de los opresores,
(1) Ant., XII, 3, 1 ; B. J., VII, 3, 3;C . Apion., II, 4.
(2) B. J., V il, 3, 3. Comp. VII, 5, 2.
(3) Filón, in Flaco. S., X.
(4) Ant., XVI, 5, 3.
(5) B. J., VII, 3, 3.
260 MONSEÑOR LE CAMU8

habían dado su nombre á una de las puertas de la ciudad,


En Antioquía había más de una sinagoga (1). Era, por
tanto, muy natural que se pensase en predicar allí la
Buena Nueva.
Dondequiera que se hallase, tenía Israel el derecho de
ser evangelizado el primero. Por esto dirigiéronse á él ante
todo los predicadores. El vivo deseo que latía en el fondo
de su alma los hubiese llevado á anunciar á todos la reli­
gión que era para todos; mas, por grande que fuese su ce­
lo, no habían recibido orden de inaugurar semejante apos­
tolado, y el historiador sagrado precisa que en un princi­
pio hablaron del Evangelio solamente á los judíos. Un
mismo sentimiento de obediencia al orden jerárquico insti­
tuido por el Maestro, fué el que, después de haber conte­
nido á Pablo, impidió también el que éstos intentasen el
paso decisivo y minasen, sin autorización explícita, el mu­
ro secular que había hecho de Israel un pueblo aparte. En
vano comprendían que se les abrían los brazos y que subía
á sus labios el grito de su corazón, para invitar á todas las
criaturas al conocimiento de Jesucristo; el deber les exi­
gía dominar los impulsos de su impaciencia y mantener­
se quietos, esperando la señal de la madre Iglesia. Sólo
después que Pedro hubo dado esta señal bautizando al
Centurión, siguieron ellos las inspiraciones de su celo uni­
versalista. Este punto capital no ha sido observado sufi­
cientemente por la crítica moderna. Por vez primera y de
un modo formal, son desmentidas aquí las teorías que pre­
tenden mostrarnos, en la naciente Iglesia, dos corrientes
opuestas, que habrían sido respectivamente personifica­
das ñor Pedro y Pablo. La correlación entre las ideas
puestas en práctica por el jefe de los Apóstoles en Cesá­
rea y la predicación de algunos discípulos á los griegos de
Antioquía, aunque no esté explícitamente indicada en el
libro de los Hechos, no por esto deja de ser menos evi-
(1) Dícese que en el año 39 de J.-C., en un conflicto entre dos facciones,
fueron incendiadas las sinagogas de la ciudad. Véase Malala, libro X; y
Fasti sacri, p. 263, n.° 1579.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 261
dente Los precursores de Pablo no evangelizaron á los
griegos hasta después que Pedro hubo evangelizado y bau­
tizado á un romano y su familia. Jamás se ha invocado
mejor el argumento: post hoc, ergo propter hoc. '
Aquellos ardientes predicadores de ideas más amplias
que las que dominaban en Jerusalén, pertenecían-todos á
la clase de los judíos helenistas. Habían vivido en perpe­
tuo contacto con los paganos. A los hombres de prejuicios
y de miras estrechas, nada puede serles más útil que ha­
llarse mezclados á los más diversos pueblos, oir sostener
todas las doctrinas y encontrar en su camino todos los
errores. Al salir del estrecho círculo en que vivían en la
eterna rutina de una vida estacionaria ó egoísta, apren­
den á considerar libremente la verdad. Aquéllos, habiéndo­
la por fin conocido y abrazado, querían generosamente di­
fundirla. Procedían unos de esta isla de Chipre que acaba­
mos de describir, donde el humillante espectáculo de las
pasiones viles de la humanidad debía inspirar á toda alma
honesta el deseo de una rehabilitación universal. Llega­
ban otros de aquella costa de África, donde, entre Egipto
y Cartago, había sido fundada Cirene, másjde seis siglos
antes de Jesucristo, por una colonia griega, en una fértil
meseta que baja en terraplenes hasta el mar. Después de
la muerte de Alejandro, había pasado Cirenaica al domi­
nio de los reyes egipcios, que habían atraído á los judíos
asegurándoles toda suerte de ventajas. Como Alejandro,
suponían que esta raza inteligente, activa, religiosa, ami­
ga de la autoridad y fiel á sus juramentos, sería un buen
ejemplo entre gentes sin moralidad, turbulentas, de mala
fe, y dispuestos siempre á conspirar. Por otra parte, es
probable que, por dinero, se organizaban fácilmente los ju­
díos en una especie de policía secreta Los romanos ha­
bíanlos conservado con todas sus prerrogativas en Cirenai­
ca, unida al gobierno de la isla de Creta. Al lado de estos
cireneos y de estos cipriotas, debió de haber también sirios
(1) Hechos, XI, 19.
(2) Y. 5osefo, C. Apion., II, 4; Ant., XIV, 7, 2,
17 T. IV
262 MONSEÑOR LE CAMUS

y asiáticos, frutos benditos de la predicación de Esteban o


de Pablo en las sinagogas de Jerusalén (1). Deseaban to­
dos ellos imitar el celo y hacer que prevaleciesen las ideas
de los que los habían ganado para el Evangelio. No cono­
cemos sus nombres. Todo lo que se puede conjeturar, es
que Lucio, llamado el Cirineo, Manahén, hermano de le­
che de Herodes Antipas, y Simón el Negro, de quien ha­
blaremos más tarde, fueron los principales de entre ellos.
Bernabé estaba todavía en Jerusalén, y Pedro no podía
hallarse entonces en Antioquía, por más que se ha soste­
nido lo contrario, según el testimonio mal comprendido de
ciertos autores eclesiásticos (2|. Si, al decir que fundo esta
ilustre Iglesia, se da á entender que la gobernó, ó también
que jerárquicamente la organizó más tarde, nada tenemos
que objetar; suponer que fue de los primeros en anunciar
allí el Evangelio, es imposible de toda evidencia 12(3).
El auditorio al cual se dirigieron los predicadores, for­
mábanlo, no los judíos helenistas(4)—nada habría habido
de sorprendente en esto, pues ellos mismos pertenecían á
esta categoría de judíos,—sino los griegos, es decir, los
paganos ó los gentiles. En medio de su población frívo-
(1) Hechos., II, 10; VI, 9; IX, 29.
(2) Eusebio, C h r o n S. Jerónimo, Vir. ill., I; S. León el Grande, Epís­
tola 96. • •. j
(3) No se ve, en efecto, en qué se apoya la opinión que pretende mez­
clar el nombre de Pedro con los orígenes de la Iglesia de Antioquía. Los
hechos suscitan aquí las más insuperables dificultades. Si Pedro hubiese
cooperado á la fundación de la primera Comunidad antioqueña, su nombre
debería haber sido por lo menos pronunciado en estas circunstancias. Aho­
ra bien, nada hay de esto. De otra parte, la misión confiada á Bernabé de
ir á inspeccionar lo que ocurría en la capital de Siria prueba sobradamente
que el Jefe de los Apóstoles no estaba allí. Que Pedro visitóla más tarde,
esto es cierto. La creencia común, según veremos, es que la gobernó también
por algún tiempo. Pero, en el momento de su fundación, el Apóstol, según
todas las probabilidades, estaba en Palestina y en Jerusalén.
(4) No se comprende que todos los manuscritos, á excepción de dos
^ D.), lleven 'EWijywrás en vez de "EXXijro!. Esa lección es absolutamente
condenada por el contexto. La antítesis entre el fxév del vers. 19 y el dé del
vers. 20 es evidente. Las versiones siriaca, árabe, copta, etripica, como tam­
bién la Vulgata, tradujeron como si el texto llevase "EXAi^as. Eusebio (H . E .t
II, 2), san Crisóstomo y Teofilacto hicieron otro tanto. La continuación del
relato supone lógicamente que, sea cual fuese la verdadera lección, aquí se
trata de los gentiles y no de los judíos helenistas.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 263
la, turbulenta, voluptuosa, Antioquía contaba con algu­
nas almas trabajadas por la inquietud y el deseo de la ver­
dad. De aquí la sorprendente facilidad con que eran aco­
gidos los innovadores, cualquiera que fuese su procedencia.
Esta vez los recién llegados no eran altivos ni bulliciosos,
sino modestos y buenos. En su alegría dulce y tranquila,
en su mirada inspirada, en su misterioso lenguaje, dejaban
adivinar el incomparable tesoro encerrado en su alma.
Instóseles á que hablaran, se explicaran, enseñaran el se­
creto de su dicha, y ellos tuvieron la gran caridad de ha­
cer lo que se les pedia. Habiendo hablado primeramente
al oído, gritaron muy pronto desde los tejados. Así comen­
zó aquella predicación á toda criatura, que el Maestro ha­
bía profetizado y descrito.
Estaba con ellos la mano del Señor. Removían las al­
mas, turbábanlas santamente, y arrojando en tods^s partes
la semilla, veían nacer frutos abundantes. Fue, en efecto,
considerable el numero de los que creyeron y se convir­
tieron. Saludemos en ellos las primicias de la gentilidad y
la primera Iglesia, nacida fuera de la Sinagoga, en una
tierra de libertad. *
I
CAPÍTULO V

Bernabé, enviado á Antioquía, aprueba el movimiento


universalista y va á buscar á Pablo á Tarso
para asegurar el éxito
Diversas impresiones en Jerusalén.—Bernabé es escogido para ir á ver loque
sucede en A ntioquía.-Sentido de esta elección.-A prueba la predica­
ción á los gentiles y se determina á generalizarla.—Su viaje á Tarso. En­
trevista con Pablo.—Vuelve de nuevo con él á Antioquía. ( Hechos, XI,
22-25.)
H* Jjfc.
La noticia de estas conversiones de gentiles causó en
Jerusalén una impresión de gran sorpresa en unos y de
vivo descontento en otros. Resultaba cada vez mas evi­
dente que la nueva religión, aceptada ó rechazada por Is­
rael, había resuelto abrirse camino á través de las nacio­
nes, para marchar á la conquista del mundo entero. Por
esto rompía con tanta audacia los viejos moldes del ju­
daismo y alistaba bajo su bandera á todos los hombres de
buena voluntad, viniesen de donde viniesen y cualquiera
fuese M sangre que por sus venas corría. El Templo, la
Ciudad Santa, la Tierra prometida, iban, pues, á perder su
razón de ser. Esto era duro para muchos judíos, ¿mas qué
partido tomar? Sin embargo, tales eran el orden providen­
cial y la significación evangélica. Debían desaparecer to­
dos los lazos materiales y sensibles de pueblo ó de ciudad
para dar lugar á lazos espirituales é invisibles, negación
categórica del formalismo judío. El pueblo de Dios, seña­
lado en adelante con un signo interior, estaba llamado á
adorar en espíritu y en verdad, más bien en su alma que
en un templo, y á formar un reino sin otras fronteras que
las del mundo mismo, con el distintivo de una admirable
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 265

unión en una misma fe y una misma caridad, en la comu­


nidad de unas mismas esperanzas.
Entre los discípulos, los mejor penetrados de las pala­
bras del Maestro: «Instruid á todas las naciones W», salu­
daban con entusiasmo este glorioso porvenir, y ponían de
buen grado á la Iglesia en estos caminos, anchos como la
caridad del Padre celestial. Los judíos obstinados clama­
ban contra semejante escándalo. Estaban aferrados á su
eterna tesis de que, por el pecado, todo fue manchado en
el mundo, hombres, bestias y seres inanimados; que plugo
á Dios escoger para sí una sola raza de la humanidad, al­
gunas categorías entre las bestias, determinados días del
año, una comarca en el mundo, y que esta elección les ha­
bía comunicado una pureza inalienable. No tener en cuen­
ta esta antigua fe de Israel, equivalía á rematar en here­
je y apóstata. Entre los dos campos flotaban buen número
de indecisos que temían la novedad, aunque fuertemente
conmovidos por el éxito que Dios parecía asegurarles. Re­
solviéronse á estudiar más de cerca el asunto enviando al
instante á un sujeto de confianza que lo examinara todo, y
que diera después cuenta de su misión. Fué delegado Ber­
nabé, uno de los corazones más animosos de la Iglesia pri­
mitiva.
Bernabé tenía ciertamente relaciones con los nuevos
predicadores de Antioquía, pues era judío helenista como
ellos y compatriota de los de Chipre. La elección era, por
lo tanto, excelente, y del todo adecuada á la nueva direc­
ción que imprimía Dios á su Iglesia. ¿No había sido Ber­
nabé el protector de Pablo convertido, y quizás el parti­
dario de sus ideas universalistas? Espíritu muy abierto,
alma generosa, se reconocía en él bastante prudencia para
no tolerar ninguna temeridad, y bastante dulzura y habi­
lidad para no contristar á los antioqueños, chocando in­
tempestivamente con ellos. Los Apóstoles querían evitar
toda división entre la nueva comunidad de Antioquía y la
(i) Mat, XXVIII, 19.
266 [Link]Ñ0B LE CAMDS

de Jerusalén. Bernabé, después de pesarlo todo bien, de­


bía dar oficialmente á aquélla, si la creía digna, su título
de filiación y, por decirlo así, su reconocimiento canóni­
co, animándola en su rápido crecimiento. Recorrió todo el
país hasta Antioquía, siguiendo sin duda paso á paso las
huellas de los predicadores, si no por Chipre, por lo menos á
lo largo de la costa fenicia, y comprobando en todas partes
que aquéllos habían trabajado realmente por la gloria de
Dios. Pero donde su obra le sorprendió más particularmen­
te y le llano de grandísimo consuelo, fué en la capital de
Siria. Vió allí, brillante é irrecusable, la gracia de lo alto
sobre la joven Iglesia. Los dones celestiales habían consa­
grado esta maravillosa conversión de los gentiles(1). Allí
había pasado, sin duda, algo análogo á las divinas mani­
festaciones que habían revelado el dedo de Diosen el bau­
tismo de Cornelio y de su familia en Cesárea. Puesto que
el cielo continuaba manifestando tan claramente su volun­
tad," y abriendo las puertas de su reino á cualquiera que
quería entrar, no había más que seguir el irresistible movi­
miento. Era la hora de instruir á todas las naciones y bauti­
zarlas en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Con su naturaleza recta y su ardiente fe, comenzó Ber­
nabé por manifestar públicamente su satisfacción por lo
que se había hecho, y sobre todo su alegría por lo que
Dios quería hacer. Exhortó á la joven comunidad á man­
tenerse, según sus resoluciones, unida al Señor con un co­
razón firme y estable. Este hijo de consolación ó de exhor­
tación, como así era llamado (2), tuvo buenas palabras pa­
ra todos. Es propio de los varones de Dios completar, con
el ejemplo de sus virtudes, la demostración de las verda­
des que anuncian. De esta suerte la joven comunidad vió
acrecentarse rápidamente sus proporciones.12
(1) Puede esto deducirse de las primeras palabras del vers. 23: Qui...
cum vidisset gratiam Dei, gávissus est.
(2) Es natural relacionar el sobrenombre de Bernabé, viós irapaK\i]<rem, da­
do al entusiasta levita de Chipre ( Hechos, IV, 36), y el verbo TapeKáXei, del
que se sirve aquí el historiador para caracterizar su acción benévola y per­
suasiva sobre la joven comunidad de Antioquía.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES * 267
Una vez entrado en los caminos que Dios le mostraba, j
Bernabé sólo pensó en desplegar toda la actividad de que j
era capaz. Con la modestia y la abnegación que formaban .
el fondo de su noble carácter, se consideró incapaz de di- |
rigir por sí solo la gran campaña que, comenzando por un j
apostolado restringido, debía tener por resultado la evan- ^
gelización del mundo entero. Pensó entonces en Pablo, a ¡
quien, recién convertido, había presentado á la Iglesia de J
Jerusalén, y que á la sazón vivía en Tarso con su familia, ■.<
esperando con la más viva impaciencia ser oficialmente lia- j
mado á la misión que Dios le reservaba. No ignoraba to- = i
do lo que, en el alma de este joven, había de ardor para :
la gloria del Maestro, de caridad para con el mundo ex- .j
traviado, y de elocuencia para hacer triunfar la causa que j
en él tendría su abogado. Ahora bien, la causa de los gen- j
tiles era la misma que la Providencia le reservara el día de ;
su conversión. En sus confidencias de Jerusalén, Pablo ha­
bía ciertamente revelado á su protector las miras del cielo ^
sobre este particular.
De Antioquía á Tarso hay tres días de marcha. Berna- !
bé determinóse á presentarse allí sin demora. Debió de se- j
guir la vía romana, cuyos vestigios se ven aun. Pasando j
sucesivamente por Bagraz, el desfiladero de Betán y Ale- .
jandreta, rodeó la ribera oriental del golfo, siguiendo un
camino que se confunde con la playa cuando no está abier­
to en la roca. Por Iso, Mopsuesta y Adana, llegó á la gran­
de y hermosa ciudad de Tarso. ¿Entró por la vieja puerta j
romana que nosotros encontramos todavía en pie, si bien ¡
despojada de sus antiguos ornamentos? Es probable. Una ¡
hornacina que mira al mediodía, vacía hoy, encerraba en­
tonces la divinidad tutelar de la ciudad. Aquel dios de pie- j
dra, como también el soldado romano que montaba la ¡
guardia bajo la bóveda arqueada que subsiste todavía, vie­
ron pasar con mirada igualmente indiferente á aquel judío
cipriota que llegaba á toda prisa, recogida la túnica, cu­
bierto de polvo y bordón en mano. ¿Quien hubiese sospe­
chado entonces la misión, hostil al viejo estado de cosas y !
268 MONSEÑOR LE CAMUS

fatal al paganismo, que Bernabé iba á llenar? Todo indu­


ce á creer que el decidido discípulo encontró á Pablo en
casa de su padre W. Algunos han supuesto que en ella
continuaba la misma vida de recogimiento y de meditación
que había llevado en Arabia. Piensan otros que se ejerci­
taba en discurrir con los maestros de la ciencia pagana pa­
ra mejor combatirlos, cuando la hora de la lucha llegara»
Sobre este punto, no nos da ninguna indicación el histo­
riador sagrado. Difícil es, sin embargo, representarse al
ardiente convertido resignándose á vivir en la inacción,
después de haber hecho resplandecer tan valientemente su
celo en Damasco y en Jerusalén, sobre todo cuando se re­
cuerda que su permanencia en Tarso duró quizás más de
un año. Para aquella alma llena de Jesucristo, no era ya
tiempo de ocuparse en bellas letras, ó en filosofía pagana»
A semejantes trabajos, en adelante poco en armonía con
sus santas preocupaciones, había debido entregarse en otra
época de su vida, en su juventud. ¿Por qué no habría sido
el apóstol de su país y el fundador de aquellas Iglesias de
Cilicia, que visitó más tarde para confirmarlas en la fe
y la obediencia á los preceptos de los Apóstoles y de los
ancianos? Cuando las circuntancias ó la malicia humana
condenan al reposo á las almas generosas, éstas se consue­
lan trabajando, con menos esplendor sin duda, pero casi1
(1) Es muy lastimoso que la tradición no haya indicado con seguridad el
lugar donde nació y vivió el gran Apóstol. En Tarso se nos mostró dos si­
tios, tan poco recomendables el uno como el otro por argumentos serios. El
uno está en casa del agente consular de América, donde se ha hallado re­
cientemente dentro de un pozo una lápida de mármol, con restos de una
inscripción relativa á Pablo. No han sabido decirnos, ni siquiera aproxima­
damente, su contenido. Hace algunos años que este mármol fué robado al
propietario. En el interior, la casa tiene todo el aspecto de un viejo concen­
to. El pozo, que puede examinarse bajando á él una gran linterna, es no­
table por su hermosa y sólida construcción. En el otro sitio vimos una
mezquita, que ocupa seguramente el asiento de una vetusta iglesia. En su­
ma, no sólo no se encuentra en Tarso una reliquia autorizada de Pablo,
¡pero ni siquiera hemos visto allí una iglesia levantada en su honor! Espe­
ramos que las excavaciones recientemente emprendidas darán algún satis­
factorio resultado. Tarso fué en otro tiempo una ciudad harto floreciente
para que no haya importantes ruinas enterradas.
(2) jHechos, XY, 41. Comp. Galat., I, 21.
I

LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 269

siempre con provecho efectivo, para el triunfo de la verdad.


Sería muy duro tener que sacrificar, por los caprichos de
los malos y de los enemigos de la luz, un año siquiera de
vida, cuando se considera la obra que Dios espera de nos­
otros y el poco tiempo que nos concede para realizarla.
Los dos amigos debieron de alegrarse al encontrarse de
nuevo. De buen grado nos los representamos, en la azotea*
de la casa de Pablo, conversando largamente sobre los gra­
ves sucesos acaecidos tanto en Antioquía como en Cesá­
rea, y sobre el cambio que se obraba en las ideas de los
discípulos en Jerusalén. Tiene un encanto indecible la
conversación sobre las pintorescas plataformas de las ca­
sas de Tarso, cuando la brisa de la tarde las regala con los
frescos perfumes de los rosales, de los jazmines y de los
naranjos en flor. El panorama es espléndido, la luz dulce y
la calma profunda. Al norte de la vasta llanura, y coma
inmenso terraplén que la resguarda, el Tauro yergue sus
nevadas cumbres, blancas y rosadas bajólos resplandores del
sol poniente, en tanto que, más abajo, sus sombrías estri­
baciones dibujan en el cielo azul una larga serie de capri­
chosas y profundas escotaduras, como escaleras cortadas á
medida por gigantes. De una de ellas nace el Cidno, que
precipita sus aguas glaciales en un lecho muy desigual*
por entre fértiles campiñas, y, después de haber atravesa­
do el asiento desierto de la vieja ciudad, va á perderse en
las lagunas del Regma, estanque del antiguo puerto, que
los aluviones han invadido. En todas partes crece esplén­
dida la vegetación, y tan sólo algunos minaretes logran
dominar el vasto y gracioso bosquecillo que oculta á Tarso
en una cuna de verdor. Bajo aquel cielo puro, en medio de
una atmósfera embriagadora, ante aquella hermosa natu­
raleza, bastan pocas palabras para lanzar al alma á esfe­
ras donde encuentra pronto á Dios y su luz. Bernabé,
hombre poderoso en la persuasión, no necesitó hacer gran­
des esfuerzos para ganar á Pablo á una causa de la que
* había sido el pr|naero y el más ardiente promovedor. Sus
palabras caían como aceité sobre la llama para avivarla.

\
270 MONSEÑOR LE CAMUS

Al anuncio de tan felices nilevas, que llevaban muy na­


turalmente consigo la invitación, tan impacientemente es­
perada, de poner manos á la obra, parécenos ver la fiso­
nomía del joven de Tarso, iluminarse, sus ojos levantarse
al cielo, sus manos cruzarse sobre el pecho, en señal de
acción de gracias. Era la hora de Dios y la suya. Levan­
tóse diciendo: «Heme aquí, estoy dispuesto.»
Jesús había enviado á los Apóstoles y los discípulos, de
dos en dos, á anunciar el reino de los cielos. De Tarso par­
tieron también, dándose la mano, los dos predicadores, di­
rigiéndose á Antioquía. La brecha estaba abierta, y el
joven ejército á cuyo esfuerzo era debida, reclamaba jefes
autorizados para seguir adelante. Pues bien, los dos hom­
bres que la Providencia les enviaba, se completaban mu­
tuamente. Si Pablo era entonces de un ardor excesivo,
Bernabé podía templarlo por una benévola longanimidad.
Separados, podrían haber comprometido el éxito de tan
peligrosa campaña. Sosteniéndose mutuamente, debían
asegurar sin sacudidas muy violentas la emancipación de­
finitiva de la Iglesia cristiana. No sin alguna impaciencia
se les esperaba en Antioquía; no sin un santo entusiasmo
llegaron los viajeros allá.
La mies del Padre de familia, madura en el campo de la
humanidad por siglos de sufrimiento, de sequía, de esté­
riles aspiraciones se les aparecía, no ya limitada a una
ciudad ó una provincia, sino tan vasta como el mundo.
Soplaba la gracia de Dios en sus almas un valor indoma­
ble y deseos de sacrificios no menos grandes que la mise­
ria de la humanidad. Era el caso de repetir viéndolos apa­
recer: ¿Quam pulchripedes evangelizaútium bona! (1). An­
tioquía había visto llegar, después de un siglo sobre todo,
triunfadores y señores sanguinarios; llegábanle, por fin,
salvadores.
(1) Isaías* LII, 7.
CAPITULO VI

Antioquía evangelizada por Pablo y Bernabé


Antioquía en el siglo primero de nuestra era.—Topografía probable de otro
tiempo.—Carácter de su población muy mezclada.—Llegada de Pablo á
aquel medio.—Donde se formaban sus auditorios.—Resultado conso­
lador de semejante apostolado. (Hechos, XI, 25 26).
La ciudad donde entraron Pablo y Bernabé era en
aquel entonces una de las más hermosas y ricas del mun­
do. El vasto paralelógramo donde se asentó, encuéntrase
todavía dibujado muy claramente entre el Silpio al sur y
el Orontas al Norte. Su extensión era de cuatro kilóme­
tros de largo por dos de ancho, sin contar la montaña.
Viejos muros romanos, restaurados por Justiniano, seña­
lan en un largo surco de ruinas su caprichoso perímetro.
A partir de la puerta de San Pablo, elévanse en zigzag
hacia la cresta del Estauro, descienden y remontan en
cremallera á través del barranco de las Puertas de Hierro,
enlazan la antigua ciudadela y corren á la cima del Silpio,
hacia occidente, á una altura de trescientos metros hasta
la extremidad del Orocasiades, de donde, por una súbita
traspuesta, bajan de nuevo á la llanura. B-estos de torres
cuadradas señalan la sucesión de los principales puntos de
defensa, espaciados en un ámbito de quince kilómetros,
comprendiendo en él la parte destruida, pero fácil de vol­
ver á hallar, que costeaba el río. Este cordón fortificado,
que á distancia produce el efecto de una frágil cinta de
hilo, no medía menos de cinco metros de ancho por dieci­
siete de alto. Servía de escalera para, subir á la acrópolis.
El sitio donde fué la yieja Antioquía, si bien muy desola­
dlo, sigue siendo de loé más grandiosos. En el pequeño
272 MONSEÑOR LE CAMUS

valle donde crece una vegetación exuberante, sin ayuda


de la mano del hombre, tiende el Orontas sus rápidas
aguas y derrama una frescura que la brisa, soplando regu­
larmente en aquellas gargantas anchas y profundas, impi­
de que sea insalubre. Bajo el cielo puro, la sombría mon­
taña, surcada de líneas rojizas, se escalona en rocas calcá­
reas que el rayo parece haber quemado, y donde se abren,
como en una inmensa colmena, algunas grutas, especie de
tumbas, que, durante dieciocho siglos, algunos solitarios
no han cesado de habitar. En días de borrasca, los torren­
tes que descienden de aquellas alturas en innumerables
cascadas agrietan el suelo, y corriendo á través de los an­
chos y profundos canales que surcan las calles de Antio­
quía moderna, van á precipitarse al río, después de haber
exhumado los tesoros escondidos de la ciudad antigua.
Antioquía, desde que fué edificada por Seleuco Nicator,
ha sufrido por lo menos dos temblores de tierra cada siglo.
De esta suerte ha sido enterrada periódicamente bajo sus
propias ruinas por capas vivientes. Nada más frecuente,
ahondando en el suelo, que encontrar piedras preciosas,
brazaletes, perlas, objetos de oro, obras de arte, en una
palabra, toda clase de recuerdos de una rica y hermosa
civilización ll).
En medio de espaciosos jardines, algunos cipreses, naci­
dos en las ruinas, sobresalen entre grupos de almendros,
de mirtos ó de laureles, y parecen velar sobre este sepul­
cro tantas veces abierto para tragar á los que se atreven á
edificar allí sus moradas, y que, á pesar de los trastornos
periódicos del suelo, florecerá de nuevo el día en qiie la
barbarie musulmana le permita vivir.
Tres reyes habían construido la soberbia capital. El
primero, Seleuco Nicator, que transportó allí la ciudad
de Antigonia, echó desde luego sus fundamentos cerca
(1) En Antioquía sorprendiónos una tempestad que no duró menos de
veinticuatro horas. Los relámpagos, los truenos, una lluvia diluviana
causaban estragos. Después, asistimos á la paciente rebusca de los habitan­
tes de la ciudad en las arenas removidas por Jas aguas bajadas del monte-
con la abundancia furiosa y la devastadora rapidez de verdaderos torrente^
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 273
del río, donde está la moderna Antioquía, y transformó la
montaña en acrópolis, Iopolis, como segunda ciudad que
debía proteger la primera. Creciendo siempre la población,
edificó Calinico una nueva ciudad hacia oriente, que se
juntó inmediatamente á las otras dos, siguiendo la mon­
taña que le servía de poderosa defensa al mediodía, mien­
tras que al norte era protegida por el río. Finalmente,
Antiocó III el Grande, ó quizás, Antioco IV Epifanes,
quiso fundar una cuarta ciudad al lado de las otras tres, y
formar así una Tetrápolis> Abrió en el Orón tas un brazo
artificial, indicado ya al Norte por una pequeña corriente
de agua, el actual Nahr-el-Koassich; y en la isla así for­
mada estableció la ciudad nueva con su palacio real. Nada
más grandioso que este grupo de cuatro ciudades, conser­
vando cada una sus primitivas defensas, y, sin embargo,
encerradas juntas en un recinto general erizado de formi­
dables fortificaciones. Había allí, armoniosamente utiliza­
dos, torrentes, el Onopnietas ó Firmino y el Toiba, picos
abruptos, montes allanados, un río, una isla, inmensas
avenidas adornadas de columnatas, como en Gerasa ó en
Palmira, y más bellas que las de Samaría, palacios, tem­
plos, basílicas, arcos de triunfo, teatros, hipódromos, edi­
ficios públicos de toda suerte. Restos de estas espléndidas
construcciones, sobre todo hacia oriente, cubren todavía
el suelo de una inmensa sábana de mármoles blancos ex­
trañamente mutilados, y donde, de vez en cuando, el Onop-
nietas y el Orontas, saliendo de madre, se complacen en
exhumar columnas porfiroideas ó espléndidos sarcófagos.
En estas ruinas, que, por todas partes, emergen del
suelo á significativas elevaciones, jamás se han emprendi­
do excavaciones serias. Los turcos consumen su energía
en hacer imposible estos trabajos; de suerte que para re­
constituir la ciudad antigua, teatro importante de nues­
tros orígenes cristianos, queda tan sólo el recurso de pe­
dir á la historia y á la imaginación lo que hace tiempo
que debiera haber sacado á la luz del día con mayor cer­
teza el azadón de los buscadores.
274 MONSEÑOR LE CAMUS

Sabido es qúe las ciudades griegas, construidas de or­


dinario al pie de una acrópolis, se parecen casi todas por
la distribución regular de sus monumentos en el flanco de
la montaña, en torno del foro y entre dos ó tres callea
principales, que debían facilitar la circunvalación en sen­
tidos diversos. Así fueron Atenas, Corinto, Esmirna, Éfe-
so. En la cima de la montaña fortificada, edificaban el
templo del dios protector de la ciudad; en las pendientes,,
los santuarios de algunas divinidades privilegiadas: Pan,
Venus, Esculapio, Marte y Baco; más abajo, los teatros, el
anfiteatro; hacia el centro de la ciudad, el foro, las basí­
licas, los edificios públicos, los palacios. Así fué construida
Antioquía, según los antiguos. El templo de Júpiter Ce-
rauno coronaba las cumbres de la acrópolis hacia ponien­
te, allí donde Seleuco había fundado á Iopolis. El águila
que lleva el rayo es uno de los símbolos que se encuentra
con más frecuencia en las medallas de Antioquía. En los
flancos del Silpio, algunas ruinas indican aún que estaban
allí agrupados los santuarios de otras divinidades tutela­
res. Todas tuvieron allí su sitio, incluso Caronte, el sinies­
tro nauta de los Infiernos. Su gigantesca cabeza, esculpi­
da en uno de los abruptos picos, dominaba por completo
la ciudad. Era, según se creía, un talismán eficaz para
ahuyentar la peste. El terrible barquero de laEstigia, de­
biendo alguna benevolencia á sus devotos, mostrábase me­
nos apresurado en llamar á su barca á los que veneraban
su horrorosa imagen.
En la parte baja del monte, encontramos los sitios pro­
bables del anfiteatro y del teatro que precedía al templo
de Baco. Tiberio había colocado allí las colosales estatuas
de los Dioscuros de caballos blancos, Amfión y Zeto, imi­
tación del toro Farnesio, la obra colosal de Apolonio y de
Taurisco de Tralles. Dos grandes calles paralelas atravesa­
ban la ciudad de oriente á occidente. La una, llamada de
Tiberio, era la menos hermosa, tocaba al teatro y al anfi­
teatro, extendiéndose casi á todo lo largo del pie de la
montaña. La otra, con el nombre de Gran Avenida de los
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 275
Pórticos, había sido terminada por Herodes el Grande,
según hemos dicho en otra parte. Era de mucho la más
ancha y la más adornada de la ciudad, y medía cuatro
kilómetros de largo. Era el sitio de reunión de los desocu­
pados, de los paseantes, del gran mundo, el centro de una
febril agitación. Por ella pasaban los carros que iban al
circo, los soberbios caballos del desierto que piafaban so­
bre las losas de mármol, los esclavos llevando en literas á
sus amos ahitos, y las mujeres exhibiéndose á la puesta,
del sol con todo el lujo y la coquetería de las hijas de Orien­
te. Una tercera calle, que bajaba del pie de la montaña
por la puerta del Medio donde Tiberio había hecho instalar
á Pómulo y Perno amamantados por la loba, cortaba las
otras dos en ángulo recto, bajo arcos de triunfo de cuatro
caras, cubiertos de esculturas y de estatuas. Atravesaba
el ágora para terminar en el N infeo, en las orillas del río.
Allí, bajo el edificio semicircular, en medio de flores y de
aguas que caían en cascadas, ante las estatuas de las nin­
fas y de los dioses, recitaban versos algunos poetas. En el
ágora, agitábanse los mercaderes y el bajo pueblo, tratan­
do sus negocios en confusa mezcla de lenguas de Oriente
y Occidente. En la basílica de César, administrábase jus­
ticia, en tanto que algunos retóricos enseñaban la elocuen­
cia en el Museo reconstruido por Tiberio. Las agudezas con
que esmaltaban sus lecciones hacían fortuna en aquella ciu­
dad maliciosa y frívola. Veíase errantes, acá y allá, en las
exedras ó salas de los baños, á algunos filósofos sin discí­
pulos. Los orientales viven más de impresiones que de ra­
zonamiento. Aquella población voluptuosa y ruidosa pre­
fería igualmente á todo, los teatros y los juegos públicos.
En esto se encerraban sus grandes predilecciones. Apasio­
nábase por un actor, un bestiario, un cochero, y no vacila­
ba en amotinarse en honor suyo. Tenía necesidad de la re­
ligión, porque la religiosidad estaba en sus instintos de ra­
za; y la había escogido según sus gustos, adoptando el
culto del placer. Sus alegres heteras, conducidas por los
más honorables habitantes de la ciudad, iban con frecuen-
276 MONSEÑOR LE CAMUS

cia á Dafne para venerar á Apolo y celebrar infames mis­


terios bajo mirtos y laureles. Las fiestas de Baco y de Ve­
nus, ó de Maiuma, autorizaban las exhibiciones más inde­
centes, durando semanas enteras la orgía. Bajo un clima
delicioso, la vida fácil lleva á la inmoralidad, y la mezcla
de razas á la más escandalosa corrupción. Según nos dicen
los historiadores y los satíricos griegos y latinos, Antio­
quía valía poco más ó menos lo que Corinto. Los extran­
jeros que iban allí no tardaban en sufrir la influencia de
las costumbres sirias, y sabemos que la misma Boma se
quejaba amargamente de que en ella se enervasen sus
soldados.
Aliábase esta depravación de costumbres con un gusto
universal por todas las supersticiones. Una cultura inte­
lectual más brillante que seria, era insuficiente para pre­
servar de una credulidad ciega y obstinada á la clase al­
ta. Antioquía era la víctima ciega y voluntaria de todos
los hechiceros. Sabido es que el mismo Germánico, en
aquel extraño medio ambiente, no resistió á la suges­
tión general por los amuletos y los talismanes. Á la puer­
ta de los templos, ante los altares de las encrucijadas, al­
gunos magos, rodeados de numerosa multitud, cuchichea­
ban sus secretos, y algunos charlatanes caldeos vendían
remedios infalibles para conjurar el viento aquilón, las fie­
bres, los mosquitos y los escorpiones. Junto á innumera­
bles termas donde, con el lujo más refinado, la ciudad en­
tera iba á buscar, según expresión de Apolonio de Tiana,
en el abuso de los baños prolongados, la decrepitud de
una vejez precoz, había histriones que daban representa­
ciones grotestas y obscenas, tocadores de flauta que se
entregaban á danzas lascivas, y cantores que, con numen
siempre insolente, ya que no espiritual, recitaban las cho­
carrerías más groseras. A través de este mundo de ocio­
sos, de charlatanes, de libertinos, de devotos, de presumi­
dos, de curiosos, un hormiguero activo se ocupaba de
negocios, de comercio, de transacciones de toda especie, y
•echaba en esta mezcla caprichosa de lisonja y de barbarie,
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 277
de espíritu malicioso y de tontería, de prodigalidad y de
egoísmo, de lujo y de placer, la nota grave del trabajo y
de la especulación, que acaba de pintarnos al vivo este
medio tan extrañamente compuesto.
Era, en efecto, prodigioso el movimiento comercial en la
vasta metrópoli de Siria. Por hermosas vías, del Norte,
del Mediodía y sobre todo de las orillas del Eufrates, lle­
gaban allí caravanas numerosas y ricamente cargadas. Un
enjambre de ágiles embarcaciones, yendo y volviendo de
Antioquía á Seleucia, cambiaba productos de Oriente y de
Occidente, y transformaba la capital de Siria en vasto al­
macén. En este tráfico internacional, el elemento judío
desempeñaba, como siempre, un papel muy importante.
De buen grado se aceptaban sociedades comerciales con
los hijos de Israel, para llevar á buen término las más difí­
ciles transacciones. Los judíos habían acabado por tener en
sus manos una parte de la fortuna pública, y era preciso
contar con ellos. Aunque vivían en un barrio aparte, y su
régimen era poco menos que autónomo, mezclábanse con
la burguesía ó con la muchedumbre para explotarlos/ Por
lo tanto, és lógico suponer que los primeros predicadores
del Evangelio, confundidos desde luego con ellos, pudie­
ran muy fácilmente entrar en relaciones con la población
antioqueña y anunciarle la palabra divina. Por grande que
fuese el rebajamiento del nivel moral, aún había almas
generosas que buscaban la verdad, llenas de admiración
por la virtud. En el fondo de todo oriental, hay siempre
aquella necesidad de religión de que hemos hablado, y que
las prácticas supersticiosas sólo satisfacen incompletamen­
te. Entre los mismos griegos, no era raro encontrar cora­
zones disgustados del culto de la materia, que contenían as­
piraciones más elevadas que el grosero politeísmo importa­
do de la madre patria á las orillas del Orontas, donde no
había ni poetas ni artistas que lo idealizaran. Solamente
que unos y otros, absorbidos por el tumulto de la vida
bulliciosa, arrastrados por el torbellino de los placeres
más embriagadores, sin guía para buscar la luz del cielo,
18 T IV
278 MONSEÑOR LE CAMUS

vivían y morían perdidos entre la multitud. El fuego ds


Nehemías, mezclado con el barro, esperaba un rayo de sol
para encenderse. Este rayo bendito le llego al fin por el
Evangelio.
Después de haber atravesado los largos arrabales de la
ribera derecha y el puente sobre el Orón tas, quizas el que
subsiste todavía, Pablo entró en la capital de Siria, donde
encontró ciertamente algo de Tarso su patria, con una
mezcla de razas más considerable, una corriente intelec­
tual menos desarrollada y la más cínica corrupción. Ber­
nabé debió de conducir á su amigo al barrio judío. Ha­
biéndole presentado á la pequeña Iglesia de Antioquía,
como en otro tiempo a la de Jerusalen, púsole al corriente
de lo que se había hecho y de lo que se debía hacer. El
nuevo soldado de Jesucristo no deseaba otra cosa que to­
mar parte al momento en la lucha empeñada.
¿Qué medios de acción escogieron los dos amigos, y có­
mo debemos representarnos esta primera evangelización
de la gentilidad? ¿Dónde tuvo lugar y qué incidentes ofre­
ció? Falta en el historiador sagrado la respuesta á estas
preguntas. Sin duda los dos Apostóles hablaron en las si-
nag°gas; pero ¿concurrían á ellas solamente los judíos y los
prosélitos, ó eran admitidos también los paganos? ¿Prefi­
rieron mezclarse con la población comercial ó también con
el pueblo bajo, é inaugurar modestamente su apostolado
en la tienda del mercader o en el taller del obrero, a tra­
vés de las relaciones ordinarias del negocio y del trabajo?
Es posible; pero la población de Antioquía parece haber
sido muy tolerante en punto á doctrinas, y nada nos im­
pide suponer que, después de haber estudiado el terreno
algunos días, Pablo se arriesgase á mezclarse en las conver­
saciones del ágora, á disertar en las exedras de las termas,
bajo la columnata de las basílicas y de la calle de los Pór­
ticos^ en fin, á presentarse quizás hasta en la escuela de los
retóricos. En todo caso, sabemos que así lo hizo en Éfeso
y en Atenas. La tradición ha señalado una calle, llamada,
del Sangón, donde, no lejos del templo de todos los dioses,
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 279

predicó Pablo oficialmente el Evangelio Este es quizás


el sitio en que fué edificada más tarde la iglesia llamada
Ti-ftXtuá, es decir, antigua. Así, al lado de los ídolos de los
falsos dioses, en el centro mismo de la ciudad, abrió muy
pronto el palenque donde llamó á los paganos para conven­
cerlos y convertirlos. Por el contrario, el lugar donde re­
unía á los discípulos consagrados ya por el bautismo, era
la gruta de que habla Teodoreto, y que puede verse
todavía cerca de las ruinas del convento de San Pablo.
Por largo tiempo, sobre todo en días de persecución, los
fieles de Antioquía gustaron de reunirse en ella, siendo
dicha gruta uno de los pocos recuerdos auténticos de una
época tan gloriosa1(2).
Bernabé, por su parte, prodigóse liberalmente en esta
primera campaña, y su palabra, llena de unción y de po­
der, contribuyó á asegurar el buen éxito. Los dos ami­
gos predicaron un año entero en medio de la joven Iglesia,
y el número de los prosélitos que hicieron es calificado de
multitud conveniente uarós) ó satisfactoria por el his­
toriador sagrado. No sabemos que se hubiese puesto tra­
bas al ardor de su celo. Esta tolerancia de los antioqueños
contrastaba singularmente con el fanatismo judío que
acababa de levantar una nueva persecución en Jerusalén.
(1) M alala, libro X: «Praedicantem illic prim üm verbum in vico dicto
Singonis próxim o Pantheoni.»
(2) Y . Notre Voyage aux pays bibliques, vol. III, pág. 73 y sig.
CAPÍTULO VII

Persecución en Jerusalén
Herodes Agripa I.—Vicisitudes de su existencia.- Llega á ser rey de los ju­
díos.—Su natural perverso.—Por política, quiere agradar á sus nuevos súb­
ditos y se hace perseguidor.—Muerte de Santiago, hermano de Juan.—
Prisión de Pedro.—Su milagrosa evasión.—En casa de María, madre de
Juan Marcos.—Santiago, hermano del Señor.—Desdicha de Herodes. ( He­
chos, XII, 1-19).
Efectivamente, en Jerusalén, el poder civil acababa de
declararse enemigo de la Iglesia, y la situación era grave.
Sin duda que, desde el principio, los Apóstoles habían su­
frido la hostilidad del Sanedrín; pero el pueblo estaba con
ellos. Más tarde, éste hizo causa común con el Sanedrín y
mató á Esteban. Sin embargo, la autoridad pública, repre­
sentada desde el año 37 al año 41 por Marcelo y Marulo,
procuradores de Samaría y de Judea, y sobre todo por Vi-
telio y Petronio, gobernadores generales de Siria, habíase
mantenido ajena á sus violencias, hasta que llegó á Jeru­
salén un rey, nombrado por Claudio, y que, por tradición
de familia, era menos indiferente que los romanos á las
cuestiones religiosas, mostrando sobre todo un deseo más
vivo de agradar á sus nuevos vasallos.
Este rey era el nieto de Herodes el Grande, conocido
en la historia con el nombre de Herodes Agripa I. Su vi­
da, de las más agitadas, parece algo novelesca y es un tris­
te ejemplo del éxito que, en días turbulentos, pueden ob­
tener los hombres más despreciables á fuerza de habilidad
y audacia. Educado en Roma con Druso, hijo de Tiberio,
disipó rápidamente en la crápula los bienes que su madre
Berenice, le había transmitido de la herencia de Aristóbu-
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 281
lo, su padre. Cuando Druso murió, Tiberio atribuyó su
fin prematuro á su libertinaje y echó de su corte á Agripa
y á todos los que habían sido cómplices de sus excesos.
Acosado por sus acreedores, el descendiente de Herodes
fué á ocultarse en un pequeño castillo de Idumea, donde,
desesperado, sin recursos, pensaba suicidarse, cuando Ci-
pro, su mujer, hizo que se apiadase de su suerte Herodías,
hermana del culpable disipador, unida incestuosamente á
su tío Herodes Antipas. La familia de los Herodes daba,
con repugnante cinismo, ejemplo de toda clase de inmora­
lidades. Los homicidios, el incesto y la traición llenan su
historia.
Agripa, nombrado edil de Tiberíades, cerca de los suyos,
no soportó largo tiempo esta situación desairada que, por
otra parte, su tío tenía cuidado de hacerle sentir. El
asesino de Juan Bautista no había perdido el hábito de
beber con exceso y de llegar al insulto y también á la
crueldad, cuando se extraviaba su razón, á la última hora
del festín. Á consecuencia de un incidente sobrevenido en
la mesa, Agripa partió súbitamente de Tiro, donde á la
sazón se hallaba, y refugióse al lado de Flaco, uno de sus
antiguos amigos de Roma, elevado á gobernador de Siria.
Pero encontró allí un adversario en su propio hermano
Aristóbulo que logró alejarlo.
Entre tanto Tiberio había comprendido que Druso no
había muerto en la crápula, sino envenenado por Sejano,
á quien abofeteara, habiéndose prestado Livia, la propia
mujer de Druso, á ayudar al ofendido á satisfacer su ren­
cor. Quizás el viejo emperador se mostraría menos hostil
á los que le recordasen un hijo tiernamente querido y tan
cruelmente arrebatado en la flor de su edad. Agripa, fal­
to de recursos, consideró esta hipótesis como su última
tabla de salvación. Tomó á préstamo, al interés del doce
y medio por ciento, veinte mil dracmas de un antiguo li­
berto de su madre, y procuró embarcarse para Roma. He-
rennio Capito, gobernador de Jamnia, le hizo prender co­
mo deudor de trescientas mil dracmas que había arrebatado
282 MONSEÑOR LE CAMUS

del tesoro público, durante su permanencia en Roma, y no


las había restituido aún. Agripa, con aquella pérfida flexi­
bilidad que constituía el fondo de su carácter, pareció re­
signarse; pero, llegada la noche, escapóse y ganó Alejan­
dría, donde el cdabarco de los judíos, Alejandro, consintió
en prestar, no á él, pues no le juzgaba digno de ninguna
confianza, sino á su esposa Cipro, que le había encantado
con sus dulces palabras, doscientas mil dracmas con la es­
peranza de reembolsar con creces esta suma importante
en días mejores. Sin embargo, tanto desconfiaba de las lo­
cas prodigalidades del príncipe, que sólo entregó treinta
mil al contado, prometiendo dar el resto cuando los fugiti­
vos estuvieran en Italia.
Llegado á Puzolo, pidió Agripa una audiencia á Tibe­
rio, quien, en la roca de Caprea, procuraba ahogar sus re­
mordimientos en incalificables orgías. Habíale ya acogi­
do con benevolencia el emperador, cuando una carta de
Herennio cambió súbitamente sus buenas disposiciones.
Tiberio, que, toda su vida, había sido el más severo de los
administradores, no comprendía, ni aun en el momento de
su muerte y en medio de todas sus maldades, que se pu­
diese defraudar el tesoro público y ganar el pleito contra
la administración imperial. Exigió que Herodes pagase
primeramente su deuda, después de lo cual consentiría en
recibirle. Antonia, madre de Germánico y de Claudio, en
recuerdo de Berenice, en otro tiempo su amiga íntima,
adelantó entonces dinero suficiente al príncipe judío para
regularizar su situación. Poco después,el samaritano Talo,
liberto de Tiberio, creyendo en la estrella del nieto de He­
rodes, jugó sobre su porvenir y constituyóse en su acree­
dor único por un millón de dracmas, después de haber re­
embolsado á todos los otros prestamistas. Tiberio admitió
definitivamente á Agripa en la corte; pero como el terrible
viejo estaba al termino de su odiosa carrera, Agripa se
apresuró ante todo de obtener el favor de su probable su­
cesor, Calígula, pero con tan poca reserva, que un día su
cochero Eutiques, acusado de haber robado unos vestidos
LA OBKA DE LOS APÓSTOLES 283

de su amo, no encontró mejor medio de venganza que re­


velar al emperador la imprudente impaciencia con que
Herodes deseaba su muerte y el advenimiento de Calígu-
la, en perjuicio de un nieto, que debía ser el sucesor
natural del siniestro anciano. Acto continuo, Tiberio hizo
encarcelar ai que había sido torpe siquiera una vez en su
vida.
Emperador seis meses después, trocó Calígula las ata­
duras de hierro de su amigo por cadenas de oro del mismo
peso, y del prisionero hizo un rey, dándole por Estados
la Iturea y la Traconítida de Filipo, el Líbano y la Abile-
na de Lisanias En vano su tío Antipas y su hermana
experimentaron la más violenta envidia de una fortuna
tan súbita y tan inesperada. Pero nada en lo sucesivo
debía impedir sus éxitos. En tanto que el tetrarca partía
para Roma con Herodías contando con hacer que se le
concediera también el título de rey y destruir el crédito
de su sobrino y cuñado, una carta de éste se le anticipó
denunciándole como enemigo del imperio. Calígula, al re­
cibirle, contentóse con preguntarle insidiosamente si tenía
provisión de armas. Antipas respondió afirmativamente
y se perdió así, creyendo recomendarse. Sin otra informa­
ción, el emperador, convencido de que conspiraba contra
el imperio con el parto Artabán, desterróle á las Galias, y
dio á Agripa su tetrarquía de Galilea
Cuando Calígula cayó bajo el puñal de Quereas, procu­
ró Herodes, con su temperamento hipócrita y . adulador,
recomendarse á Claudio, desempeñando, entre el y el Se­
nado, un papel en el que su carácter vil nos ha sido des­
piadadamente revelado por Josefo. Claudio, convencido
de que le debía el imperio, colmóle de nuevos favores. Sa-
maria y Judea fueron añadidas á sus Estados. Tuvo así
un reino más vasto que el de su abuelo, con una renta
anual de diez millones de dracmas. Talo, el especulador
samaritano, había, pues, empleado bien su dinero. Es de1
(1) Ant., XVIII, 6, 10.
(2) Ant., XVIII, 7, 2; B. J., II, 9, 6.
284 MONSEÑOR LE CAMUS

creer, en efecto, que el rey de los judíos se ocupó entonces


en pagar sus deudas. Á muchos les pareció que en su
reinado el cielo se complacía en renovar sus favores al de­
caído Israel. El país, poco menos que recobrada su inde
pendencia, esperó encontrar de nuevo en sus reyes un re­
flejo de sus antiguas glorias, quizás también á su Mesías
En realidad, Agripa nada descuidó para alimentar estas
ilusiones y hacer olvidar su odioso pasado. Edificó pala­
cios, anfiteatros, pórticos, baños. Jerusalén vió ensancharse
sus murallas y se engrandeció con un barrio nuevo, que
recibió el nombre de Bezeta. Tanto que la autoridad ro­
mana se inquietó, y Claudio creyó deber llamar al rey á
la prudencia. Parecía que los judíos no habían tenido ja­
más un príncipe más simpático y más de su agrado que
éste. Por todas partes se le veía observante celoso y pro­
tector oficial de la Ley Tenía sus complacencias en la
Ciudad Santa, mezclábase en las ceremonias, ofrecía sa­
crificios, colgaba como ex voto, en el gazofilacio del Tem­
plo, las cadenas de oro que le diera Calígula, cedía el paso
á los entierros ó á las bodas que encontraba, y buscaba
así, por todos los medios, afirmar sus sentimientos reli­
giosos. Cuentan los rabinos que un día, durante la fiesta
de los Tabernáculos, como leyese el Deuteronomio en alta
voz y de pie en el atrio del Templo, habiendo llegado al
pasaje que dice: «No podrás alzar por rey á hombre de
otra nación que no es tu hermano <3),» paróse de pronto,
y, recordando su origen idumeo, se deshizo en lágrimas.
Quizás el hipócrita, formado en la escuela de Tiberio, que­
ría con esta fingida emoción sondear los sentimientos de
sus vasallos. La multitud, satisfecha de estos escrúpulos,
comenzó á gritar: «No temas, Agripa, tú eres hermano
nuestro (4).» En realidad, corría por sus venas sangre as-
monea por su abuela Marianna, que, de parte de Hircano
íl) V. Tertuliano, Adv. Haeres., cap. 1; Epifanio Haeres, XXI, 1.
*2) Ant., XIX, 7, 3.
(3) ^ Deut., XVII, 15.
(4) * Mischna, tratado Sota , VII, 8.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 285
II, su abuelo, emparentaba con los Macabeos. Empera
mostrábase sobre todo su hermano por su respeto á la
Ley. Él, que había pasado su vida en el más desvergonza­
do libertinaje, alardeaba de excesivamente escrupuloso
por cualquiera impureza legal. Ni una sola vez omitía el
sacrificio cotidiano, cuidábase de buen grado de los
menores detalles del culto llegando hasta pagar las ofren
das de los nazires demasiado pobres para cumplir sus va
tos W. En el fondo, y á pesar de estas hipócritas manifes
taciones, en él no había muerto el viejo libertino, el escép­
tico sanguinario, el loco, que había inspirado, según se
dice á Calígula una parte de sus criminales extra va
gancias, y le veremos, después de haber perseguido la Igle­
sia para defender el mosaísmo, no resistir al placer de
ultrajar el mosaísmo para hacerse adorar.
Con un pasado tan detestable, Agripa era el hombre á
quien el partido religioso debía explotar. Á veces pa­
rece cómodo á los príncipes malvados hacerse absolver
de sus crímenes poniendo su espada y su crédito al servi­
cio de cualquiera empresa fanática. Aquí las circunstan­
cias se prestaban maravillosamente á este acuerdo entre
el brazo secular, que sólo deseaba obligar á la autoridad
religiosa, y esta autoridad, que se estremecía de rabia
viendo la actitud independiente de los partidarios de la
nueva religión frente á la Ley. Los discípulos de Jesús
no sólo perseveraban en sus pretensiones, sino que frater­
nizaban con los incircuncisos. ¿Podía imaginarse un reto
más atrevido á las viejas creencias y á las santas prerro­
gativas de Israel? En vano algunos discípulos daban mues­
tras de querer tener la barca de Pedro amarrada á la»
orilla, pues era evidente que izaba velas y procuraba
hacerse á la mar en dirección á las naciones. El éxito
Universal que se atribuía á los predicadores de la nueva
doctrina hacía esta perspectiva más desesperante para
el viejo partido judío. Hablábase vivamente de esto. La
(1) A nt, XIX, 6, 1; 7, 3.
(2) Dión Casio, LIX, 24.
286 MONSEÑOR LE CAMUS

sorda cólera del Sanedrín, las murmuraciones del pueblo,


las públicas recriminaciones de los más violentos, acaba­
ron por señalar al rey lo que debía hacer, si quería agra­
dar á todos. Teniendo que tomar el partido de los lobos
ó el de las ovejas, no desmintió sus instintos de raza, y se
hizo perseguidor. En Roma, había visto cómo se organi­
zaban la proscripción y el crimen. No era nuevo para él
este juego terrible del despotismo pisoteando la justicia y
la vida humana. Comenzó, por tanto, la persecución, y
muchos fieles tuvieron que sufrir. Favorecer á los delato­
res, recompensar á los traidores, en una palabra hacer da­
ño, debía ser un triunfo para el regio discípulo de Tiberio
y el amigo de Calígula. »
Queriendo dar un golpe de gran resonancia, comenzó
por Santiago, hermano de Juan. Supuso quizás que el
Hijo del Trueno era la cabeza de la comunidad disidente.
Á lo menos se le debió señalar como uno de los más ar­
dientes promovedores de la predicación á los gentiles. Hí-
zole matar. Así, de los dos hijos de Zebedeo, el uno murió
el primero de todos los Apóstoles, y el otro el último. San­
tiago desapareció en el momento en que el reino de Jesús
iba á romper las trabas del judaismo y á tomar, con su
verdadera forma, su legítimo desenvolvimiento. El marti­
rio de este Apóstol fué, sin duda, la respuesta del Maes­
tro á la súplica de Salomé, deseando para su primogénito
una primacía muy diferente. Juan, por el contrario, ce­
rrando el siglo apostólico, vió la Iglesia extendida en todo
el mundo romano y jerárquicamente organizada. Tuvo
también su puesto de honor, pero desde otro punto de vis­
ta. En todo caso, los dos hermanos estaban á la altura del
martirio. Sufriéronlo el uno y el otro, con la diferencia de
, que, si Juan salió sano y salvo del aceite hirviente, San­
tiago apuró la copa de que hablara el Maestro, y fué bau­
tizado con el terrible bautismo de sangre, inaugurado por
Jesucristo Fué decapitado. Agripa, que había visto cor-1
(1) Mat., XX, 23.
LA OBRA DE L08 APÓSTOLES 287

tar la cabeza de Quereas, de Lupo y de otros muchos, se


complació en infligir este género de suplicio, en que los
desgraciados no evitaban un prolongado sufrimiento sino
á condición de mantener muy erguida ó inmóvil la cabeza
para que ésta fuese abatida de un solo tajo Según la
ley judía, el suplicio de Santiago, condenado por un cri­
men religioso, debía ser la lapidación. Juan Bautista ha­
bía sido decapitado porque Herodías había pedido en un
plato su cabeza ensangrentada.
Causa admiración ver al historiador sagrado mencionar
en dos palabras solamente ^ la muerte del primer Após­
tol mártir, que, por otra parte, es el único cuyo trágico fin
señala el libro de los Hechos. Del suplicio de Esteban nos
había suministrado más detalles y sin embargo, San­
tiago era, no solamente uno de los Doce, sino uno de los
tres privilegiados que habían visto el poder del Maestro
en la resurrección de la hija de Jairo, su gloria en la tras­
figuración y su angustia en Getsemaní. En este sorpren­
dente laconismo, no hay que buscar quizás sino una de
las pruebas de escrupulosa fidelidad tan frecuentes en el
mencionado libro. El historiador quiso solamente decirnos
lo que encontraba en sus documentos auténticos, aunque
le pareciese incompleto. Á fines del siglo II, Clemen­
te de Alejandría recogió una conmovedora tradición,
que da á la muerte de Santiago un rasgo de semejanza
con la de Esteban rogando por sus verdugos El infeliz
que había arrastrado á Santiago al tribunal del juez, fué
de tal manera trastornado, oyéndole rendir a Jesús el mas
valiente testimonio, que al punto se declaró prosélito de
la nueva religión. Conducido al suplicio, pidió perdón al
Apóstol. Éste reflexionó un momento; después, tendién-
(1) En el apócrifo de Abdías, Hist. Apost., leemos á propósito de San­
tiago: «Cervicem spiculatori porrexit.»
(2) Hechos XII, 2: occidit... gladio.
(3) En la iglesia armenia cismática del monte Sión, venérase el lugar
donde Santiago habría sido decapitado. Difícil sena precisar si este sitio
corresponde á una cárcel antigua ó á una plaza pública. _
(4) Eusebio transcribe en su Hist. eccles., II, 9, este pasaje del séptimo
libro de las Hypotyposes de Clemente de Alejandría.
288 MONSEÑOR LE CAMUS

dolé los brazos, díjole: «La paz sea contigo,» y le dió el


beso fraternal. Poco después el verdugo cortaba las dos
cabezas, para demostrar á todos que se debía respetar la
ley de Moisés y sobre todo temer á sus representantes.
El éxito obtenido por el rey Agripa ante el Sanedrín con
estos actos de violencia, animóle á continuar. Costábale
poco comprar con la sangre de algunos hombres inofensivos
la popularidad que necesitaba su política. Por lo demás, la
firme actitud de la joven Iglesia, que no se dejaba intimi
dar, era de todo punto á propósito para excitar su furor-
Persuadiósele que en adelante debía herir la cabeza. Ahora
bien, la cabeza no era Santiago, sino Pedro. El rey se apo­
deró de Pedro, y lo encarceló. Para impresionar más á la
multitud, pues todo era calculado en casa de Herodes,
quiso que esto fuese en el momento mismo de la Pascua del
año 44 No sólo el pueblo de Jerusalén, sino todos los
peregrinos llegados para la solemnidad fueron así testigos
del celo desplegado por el rey en proteger la vieja religión
de Israel contra los innovadores. A fin de indicar mejor la
importancia de este golpe de mano, se decidió que el pri­
sionero fuese entregado á la custodia de cuatro piquetes,
de cuatro soldados cada uno. Debía estar bajo llave hasta
después del séptimo día de las fiestas pascuales. El plazo
concentraría naturalmente en el prisionero la atención de
la ciudad entera y de los extranjeros. El solemne juicio que
preparaba Herodes y la ejecución del prisionero, aca­
barían de impresionar muy vivamente todo el país.
Relevándose los cuatro piquetes en cada una de las
cuatro vigilias de la noche, resultaba que uno solo estaba
realmente en funciones, mientras los otros tres dormían
en el cuerpo de guardia. De los cuatro hombres que vela
ban, dos se apostaban á la puerta del calabozo y dos al1
(1) Era, según el historiador sagrado, durante los dias en que comían el
pan sin levadura, es decir, durante la semana pascual (D e u t XVI, 8; Exo­
do, XII, 18; 3fat., XXVI, 17); pero no precisa qué día.
(2) Según el texto (Hechos, XII, 4), Herodes se proponía presidir el tri
bunal en presencia de todo el pueblo y juzgar á Pedro para condenarlo á
muerte: producere eum populo, ávaya-ytiv airrbv \a«.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 289

interior, al lado mismo del prisionero. No era raro que éste


estuviese atado con sus cadenas á los soldados que lo cus­
todiaban W, á fin de que resultase imposible todo conato
de evasión. Mientras que Pedro estaba así vigilado en la
cárcel, la Iglesia, consternada de ver á su jefe aherrojado
y destinado á una muerte segura, no cesaba de dirigir al
cielo sus más ardientes súplicas para conjurar aquel mal
irreparable. Necesitábase un milagro, que era pedido con
conmovedora insistencia, y que plugo á Dios conceder á
última hora.
Era la noche misma que precedía al día fatal: Pedro,
quitadas las sandalias, el manto y el ceñidor, había deja­
do caer á sus pies su larga túnica, y dormía plácidamente
como si nada tuviese que temer para el día siguiente. Dos
soldados, sentados el uno á su derecha y el otro á su iz­
quierda, teníanlo ligado con una doble cadena. Probable­
mente dormían como él. De repente un ángel del Señor
aparece en la cárcel y la llena de un vivo resplandor.
Apoyando fuertemente la mano en el costado de Pedro,
le despierta, diciendo: «Levántate presto.» Y cayéronse las
cadenas de las manos del cautivo. «Ponte el ceñidor, y cál­
zate las sandalias,»—añade el ángel.—Pedro lo hace y el
ángel agrega: «Toma tu capa, y sígueme.» Pedro le si­
guió, no creyendo en la realidad de su liberación por un
ángel, sino suponiendo más bien que era juguete de un
eueño. Entretanto, ni los guardias que estaban en el inte­
rior, ni los que permanecían en la puerta de la cárcel, y
por entre los cuales fué preciso pasar, habían visto ni oído
nada. Un poder superior cerraba sus ojos y sus oídos. El
ángel y el prisionero tampoco fueron detenidos por la
puerta de hierro que daba acceso á la ciudad, la cual se les
abrió por sí misma. Salidos por ella, caminaron hasta el ex­
tremo de una calle, y el ángel desapareció. Cuando Pedro
se halló solo y libre, en medio de la ciudad, comprendió el
r (l) Y. Ant., XVIII, 6, 7, donde Herodes Agripa es atado á uno de sus
guardias. Séneca {Epist. Y) alude á esta costumbre: «Quemadmodum eadem
catena et militem et custodian! copulat.> Y. Plinio, {Epist. X, 65).
290 MONSEÑOR LE CAMUS

milagro que Dios acababa de obrar en su favor, y excla­


mó, como un hombre que recobra los sentidos: «¡Ahora sí
que conozco que el Señor ha enviado verdaderamente su
ángel, y librádome de las manos de Herodes y de la ex
pectación de todo el pueblo judío! (1).» Su primer pensa­
miento fué ir á llamar á la casa de María, madre de Juan-
Marcos, donde los fieles acostumbraban á reunirse para la
oración en común, sobre todo en horas de angustia y de
tribulación. Ora la cárcel de Pedro hubiese sido la forta
leza Antonia, ora más probablemente una de las torres del
palacio de Herodes, es lo cierto que el ángel y el prisionero
se dirigieron hacia el interior de la ciudad, llegando no le­
jos del punto, casi central, donde la tradición jacobita, tanto
más seria cuanto que está representada por una secta más
antigua, coloca la casa de María. Si bien es cierto que algu
nos de semejantes sitios han podido perderse en el decur­
so de las edades, no puede negarse que debieron ser cono­
cidos muy exactamente en el origen y cuidadosamente
preservados. Éste formó parte, sin duda, del patrimonio
de la naciente Iglesia. María, tía, si no hermana de Berna­
bé (2), siguiendo el ejemplo de su generoso pariente, ha­
bía puesto á disposición de la comunidad (3) su propia mo­
rada, y los discípulos estaban allí como en su casa. El
título de hijo que Pedro da á Juan Marcos pruébala inti­
midad en que vivía con su familia.
Llegado, pues, á casa de Maíra, el Apóstol llamó á la
gran puerta que daba á la galería interior del patio y á
la calle (4). Una jovencita (5), de nombre Rodé (6), perso-
(1) Los hebraísmos que abundan en este relato: apposuit ut apprehen-
deret, vers. 3; de omni expectatione, vers. 11, etc., revelan el documento ara-
meo de que Lucas se sirve aquí.
(2) En Coios., IY, 10, Marcos es calificado de primo hermano, ó
también de sobrino de Bernabé.
(3) Hech., IV, 34 y siguientes. '
(4) Las casas importantes tenían la entrada debajo de un pórtico. El tex­
to la indica con las palabras tt¡v dvpav rov tvXwvos.
(5) Esta jovencita, iraidícnci), era probablemente la sirvienta de la casa,
Com. Mat., XXVI, 69; Marc., XIV, 66, 69; Luc,, XXII, 56; Juan, XVIII,
17; Gal., IV, 22.
(6) L a verdadera form a del nombre, tom ado de la lengua griega, es Rho~
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 291

nificación primera de aquel orden de porteros que des­


empeñó un papel tan importante en las catacumbas*
acercóse callandito para saber quién llamaba á semejante
hora. La comunidad cristiana, después de la muerte de
Santiago y del arresto de Pedro, estaba bajo la impresión
del más legítimo terror. Todo debía esperarlo de parte de
los perseguidores. Por esto Podé guárdase bien de abrir.
Oye la voz del que llama. ¡Qué sorpresa! Es la de Pedro.
¿Cómo engañarse, puesto que Pedro frecuenta la casa, y
le ha oído tantas veces hablar en la asamblea cristiana,
con aquel acento galileo que tan fácilmente le descubría
Su alegría es tan grande que, perdiendo la cabeza, en lu~
gar de abrir, entra precipitadamente para anuneiar que
Pedro está allí. «Tú estás loca», exclaman todos. Mas
como sostiene con energía que verdaderamente es el, di­
cen con miedo: «Sin duda será su ángel(2).» Pedro seguía
llamando á la puerta. Abren por fin, y, al verle, todos
quedan asombrados. El Apóstol, temiendo con justo moti­
vo la manifestación ruidosa de su alegría después del pri-
dé ó Rhodéh. Significa rosal, com o Tamar (Tham ar) significa palmera; S u ­
sana (Schuschanna) lirio-, etc.
(1) Mat., XXVI, 73. _
(2) Creían comúnmente los antiguos que cada hombre tenía un genio tu­
telar que le seguía paso á paso. Censorino, gramático del siglo III, si bien
era pagano, habla de este genio, como nosotros del ángel de la guarda: «Ge­
nius est deus, cujus in tutela ut quisque est, vivit» (de Die natali, cap. III),
y más adelante: «Genius ita nobis assiduus observator appositus est, ut ne
puneto quidem temporis longius abscedat, sed ab útero matris exceptos ad
extremum vitaediem comitetur.» Todos conocemos la historia del demonio
de Sócrates y del mal genio de Bruto en Filipos. Los rabinos nos hablan de
ángeles que toman la forma de los hombres á quienes protejen, ora de Moi­
sés (Debbarim Rabia, fol. 290, 4), ora de Salomón (Midras Cohelet, fol. 87,
4). La fe en los ángeles protectores formaba parte de la dogmática judía
(Gen., XLVIII, 16; Salmo, XXXIII, 8; XC, 11; Rdes., V, 6), y Jesús la con­
firma recordándonos que cada uno de nosotros, aun los niños, tiene su ángel
que ve el rostro de Dios (Mat., XVIII, 10. Comp. Hebr., I, 11). Supónese,
pues, que el ángel de Pedro ha tomado su forma y su voz para anunciar su
muerte. Quizás también, en la turbación en que se hallaban, imaginaron
que el espíritu del muerto, ó mejor, el fantasma de Pedro, muerto en la cár­
cel, había vuelto del otro mundo para anunciar su martirio. Esta última ex­
plicación, si bien estaría en armonía con la creencia popular que atribuía á
,
los muertos el poder de manifestarse alguna vez tales cuales fueron en vida,
no lo está con el texto, que lleva ángel ¿LyyeXot, debiendo en tal caso decir
7rveü/xa.
292 MONSEÑOR LE CAMUS

mer momento de muda sorpresa, hízoles señal de conte­


nerse. Al mismo tiempo, se puso á contarles como Dios le
había sacado de la cárcel. Cada uno pudo ver entonces
que el Señor no quería que fuesen exterminados todos los
suyos. Si era bueno que hubiese mártires para escribir en
sangre el Evangelio, convenía que quedasen predicadores
para anunciarlo. Si le plugo ver morir animosamente
á unos, juzgó á propósito salvar á los demás. Tal era la
armonía de i plan providencial. La asamblea manifestaba
el más vivo entusiasmo. «Haced saber esto á Santiago y
á los hermanos,» añadió Pedro, y, saliendo al punto, ale­
jóse de Jerusalén.
El Santiago de quien se trata aquí es el que figura en
la lista de los Apóstoles como jefe del tercer grupo el
cual, hijo de Cleofás y de María, hermana ó más bien cu­
ñada de la Virgen Santísima, resultaba ser primo herma­
no de Jesús A la muerte de su padre ó quizás de José,
(1) Vida de Nuestro Señor Jesucristo, vol. I, p. 456.
(2) Creemos haber establecido claramente en otra parte ( Vida de N. S. J .,
vol. I, p. 199) la filiación de este Santiago llamado hermano del Señor.
Aunque piensen lo contrario Orígenes, Eusebio, Gregorio Nizeno, Cirilo de
Alejandría, San Epifanio, San Hilario, San Ambrosio y muchos autores
eclesiásticos, ni Santiago, ni los otros personajes llamados hermanos y her­
manas de Jesús, parecen haber sido hijos de José, el cual, según los citados
autores, era viudo cuando se casó con María, y los había tenido de su pri­
mera mujer, ó quizás también de la viuda de su hermano Cleofás, en virtud
de la ley del levirato. Nada, en efecto, prueba esta filiación, y todo indica
que ha de haber otra. Sin duda, la hipótesis pareció buena á aquellos apo­
logistas para explicar la existencia de hermanos de Jesús, manteniendo la
integridad virginal de María. En realidad, era tan inútil como gratuita. La
ciencia imparcial está obligada, ante todo, á admitir que la opinión que
atribuye á María otros hijos además de Jesús, hiere de frente la creencia in­
variable y universal de la Iglesia. En Oriente como en Occidente, se ha glo­
rificado siempre su perpetua virginidad. Además, para conservar á la pala­
bra hermanos su riguroso sentido, hay que hacer caso omiso de una serie de
argumentos que prohiben tomar á Santiago y á los otros por verdaderos hi­
jos de María. Bastará reproducir uno que nos parece perentorio. Así, es evi­
dente que cuando, en el presente vers. 17 del cap. XII, San Lucas nos ha­
bla de Santiago sin otra indicación, no puede tratarse sino de un personaje
conocido ya del lector. Ahora bien, el lector de los Hechos no conocía más
que dos hombres de este nombre, Apóstoles los dos: el uno, hermano de Juan,
muerto ya por Herodes, y, por consiguiente, fuera de discusión, y el otro,
hijo de Al feo, de quien se trata aquí. Pero este último tenía por lo menos
un hermano; porque, cuando, en la lista de los Apóstoles, San Lucas desig­
na á Judas como hermano de Santiago, se refiere ciertamente al Apóstol de
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 293
parece que él, sus tres hermanos, sus hermanas y su ma­
dre formaron con María y Jesús una misma familia. De
aquí el título de hermano del Señor con que fué honrado
por la primitiva Iglesia. ¿Debió su elevado puesto en la
comunidad de Jerusalén á este glorioso parentesco, ó á
sus austeras virtudes, de que pronto hablaremos? Es pro­
bable. Su espíritu rigorista y su apego al judaismo le re­
comendaban poco para la evangelización exterior. Pedro
le encargó la dirección de la Iglesia de Jerusalén, dejan-
este nombre, á quien ha nombrado en último lugar. Por tanto, Judas, lo
mismo que Santiago, es hijo de Alfeo ó de Cleofás, doble forma que en grie­
go tomaba indistintamente el nombre arameo Klophah. Ahora bien, la mu­
jer de este Cleofás ó Alfeo tiene por nombre María. Se la llama hermana ó
cuñada de la Virgen Santísima, madre de Santiago el Menor {Mat., XXVII,
56; Marcos, XV, 40) y de José. En consecuencia, siendo Judas hermano de
Santiago, debe ser también hijo de esta María y de Cleofás. Pues bien, pre­
cisamente á aquellos á quienes se llama hermanos de Jesús, se les da los
nombres de Santiago, José, Simón y Judas {Mat., XIII, 55). ¿Habrá que
admitir que Jesús tuvo cuatro hermanos y cuatro primos hermanos llevan­
do exactamente los mismos nombres1?Porque Simón, ó Simeón, fué también,
según la tradición primitiva (Eusebio, H. E., III, 11) primo hermano de
Jesús y elegido, por este título, obispo de Jerusalén, á la muerte de su her­
mano Santiago. Hegesipo dice que su padre Cleofás era hermano de José.
¿Es admisible esta persistente y absoluta identidad de los mismos nombres
entre los miembros de dos ramas colaterales de una misma familia1? Segura­
mente que no. Non sunt multiplicanda entia praeter necessitatem, se dica
en teología. Este es aquí el caso. Un solo grupo de cuatro hermanos basta
plenamente para explicarlo todo, si el nombre de hermanos se extiende á los
primos hermanos, lo que no es inusitado, siempre que las circunstanciae
contribuyen á estrechar los lazos de sangre y las relaciones de familia. Este
grupo, por cada uno de sus miembros, comenzando por Santiago, y según
textos precisos, se une directamente á Cleofás y á María, su esposa, como
á sus autores naturales. De ninguno de ellos se dice que fuese hijo de José
y de María; llamándolos sencillamente hermanos de Jesús {Mat., XIII, 55;
Marcos, VI, 3), lo que no es absolutamente lo mismo y puede parecer que
constituye una diferencia intencionada. La solución más sencilla de una di­
ficultad, que la verdadera ciencia renuncia á promover en lo sucesivo, está,
por tanto, en suponer que María, mujer de Cleofás, tuvo de su marido y no
de su cuñado José (porque el texto Mapía i] to D KXutto. parece indicar que si
Cleofás no vivía ya, lo que nada lo prueba, había, empero, sido esposo de su
mujer con suficiente realidad para dejarle su nombre), á Santiago, Judas,
José, Simón, y probablemente tres hijas. Muerto José, y quizás también
Cleofás, vivieron Jesús y su madre María con la familia de su tía; y como
los niños se educaron j untos, fueron calificados de hermanos, no siendo en
realidad más que primos (*).
(*) Véase Duran, Les fréres du Seigneur, en la Revue Bibliqne, 1908,
janvieí.—N. del T.
19 T. IV
294 MONSEÑOR LE CAMVS

dolé quizás por consejero á Juan, quien, con su natural lleno-


de caridad, debía suavizar lo que había de excesivamente
áspero en el alma toda judía del hijo de Cleofás. Según
apreciación de Pablo, estos dos Apóstoles fueron junta­
mente con Pedro las columnas de la naciente Iglesia
Veremos, en efecto, que, desde el principio, la influencia
de Santiago fué muy considerable. La orden que da Pedra
aquí de ir á comunicarle lo que acaba de suceder prueba
que el primo del Señor era ya un personaje importante.
La milagrosa evasión debió tener lugar de madrugada;
de otra suerte, la última guardia, al relevar la tercera, ha­
bría notado la desaparición del prisionero, y habría dado
dé noche el grito de alarma. Según el historiador sa­
grado, los soldados no advirtieron la evasión hasta que
era ya de día. Entonces, consternados, desesperados, no
comprendiendo nada, inquirieron en vano lo que se había
hecho de Pedro. Herodes, furioso de no obtener ninguna
aclaración sobre este inexplicable asunto, hizo dar tor­
mento por lo menos á los cuatro que estaban de centinela
en la última vigilia. En vano se los torturó, pues no po­
dían decir lo que no sabían. El asunto terminó muy mal
para ellos. Fueron enviados al suplicio. Así lo ordenábala
ley romana. Los guardias eran condenados á sufrir la pe­
na de los detenidos que dejaban escapar. De aquí la des­
esperación de aquel carcelero que, en Filipos, quería darse
la muerte, cuando Pablo y Silas fueron milagrosamente
librados de la prisión (12)34. Por lo demás, no estaba en el
carácter de Herodes el interesarse por unos pobres solda­
dos (3). Amaba poco al ejército, el cual le pagaba con la
misma moneda (4). Avergonzado de su fracaso y hastiado
de su oficio de perseguidor, aprovechó la primera ocasión
para dejar á Jerusalén marchándose á Cesárea.
(1) GcUat., II, 9.
(2) Hechos, XVI, 27.
(3) Véase lo que dice Filón de su crueldad (Legat. ad Caiwm, página..
1034).
(4) Ant., XIX, 9.
CAPÍTULO VIH

Herodes Agripa, el perseguidor, va á morir á Cesárea


Lo que determinó á Herodes Agripa á abandonar á Jerusalén.—Extrava­
gancias de su carácter.—Sueña en su apoteosis.—Juegos en honor de
Claudio y querella con los fenicios.—Extraña escena en el teatro.—Rela­
to de Josefo y de San Lucas.—La mano de Dios.—Muerte del rey impío.
—Se maldice su memoria. (Hechos, XII, 19-24).
¿Hay que ver además, en esta precipitada partida de
Herodes, un signo de turbación personal y secreta que el
rey habría experimentado á consecuencia de un aconteci­
miento tan extraordinario como la evasión de Pedro, atri­
buida, primeramente con reserva por los fieles, y después
más ruidosamente por el rumor público, á una interven­
ción sobrenatural? Es bastante probable. El alma de los
perseguidores experimenta súbitos terrores que se apode­
ran de ellos, y los obligan á huir de los lugares y de los
hombres que fueron testigos de sus criminales empresas.
Estas punzantes angustias, fruto ordinario del remordi­
miento, no eran cosa nueva en la perversa familia de los
Herodes. Agripa, en particular, había podido ser testigo
de los sombríos desvarios de su tío Antipas, avergonzado
por el recuerdo de Juan Bautista decapitado. Sea como
fuese, comprendió que el papel de perseguidor tenía sus
inconvenientes. Para no continuar desempeñándolo, de­
sertó del campo de batalla, y, dejando que los judíos de
Jerusalén arreglaran sus querellas religiosas, se fué á vivir
con los paganos de Cesárea, para pedir á una vida menos
correcta distracciones más agradables.
Josefo da de este traslado una explicación que pudo
servir al rey para disimular su despecho y ocultar su ver-
296 MONSEÑOR LE CAMUS

dadera derrota. Debíase, en aquellos días, celebrar juegos


on Cesárea y dar fiestas públicas en honor de Claudio, que
había vuelto sano y salvo de su expedición á Bretaña M.
Eran esperados grandes personajes, y Agripa debía estar
allí para recibirlos -12). Sin embargo, esta diligencia en ir á
presidir unos regocijos paganos para organizar con ellos su
propia apoteosis, al día siguiente de haber ofrecido su pro­
tección al fariseísmo haciéndose perseguidor, permite ver lo
que había de inconsecuente en su alma criminal. Por lo de­
más, tenemos otras razones para creer que su celo religio­
so no era más que un cálculo hipócrita, al que daba tre­
gua siempre y cuando convenía á su interés y á sus pa­
siones. Cuenta Josefo que en Jerusalén se murmuraba de
la facilidad escéptica con que iba de los judíos á los paga­
nos y del Templo al teatro. Uno de los más célebres rabi­
nos de aquel tiempo, Simón, había tenido además el valor
de denunciar esta extraña conducta ante el pueblo reunido,
y de declarar que el rey, manchándose con el contacto de
los gentiles, no debía ser admitido en el recinto del Tem­
plo reservado por Moisés á sólo los israelitas fieles. He­
rodes era demasiado hábil para ofenderse de un ataque
violento en la forma, pero legítimo en cuanto al fondo.
Contentóse con llamar á Cesárea á aquel doctor excesiva­
mente celoso, y habiéndole hecho sentar, más muerto que
vivo, muy cerca de él en el teatro, rogóle con mucha cal­
ma que le dijese si encontraba algo malo en la represen­
tación que se daba, y si semejantes distracciones se opo
nían á la ley de Moisés. Por miedo y por lisonja, sin duda,
mejor que por convicción, el rigorista rabino exclamó que
no había nada reprensible y pidió perdón de su invectiva
contra el rey, teniéndose por muy dichoso de salir tan bien
(1) Esta vuelta tuvo lugar hacia fines de Abril, en el año 44. (Véase
Dión Casio, LX, 14-16, 21-23). Corresponde exactamente á la indicación de
San Lucas, que parece colocar la muerte de Herodes poco después de Pas­
cua. Otros han supuesto que Herodes murió durante los juegos quinquena­
les instituidos por su abuelo en honor de Augusto y restablecidos por él en
honor de Claudio. Tenían lugar cada cinco años, el l.°de Agosto.
(2) Ant., XIX, 8, 2.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 297
librado. El rey, por su parte, debió de reconocer que el doc­
tor tenía algún mérito al poner de acuerdo, en el fondo de
su conciencia, á Moisés con las exhibiciones inmorales del
teatro ó las sangrientas luchas de la arena. Para demos
trarle su agradecimiento, le hizo un rico regalo y le envió
de nuevo á sus estudios de casuística Estas habilidades
no impedían que Herodes sintiese vivamente y soportase
con impaciencia que en Jerusalén se arrogasen el derecho
de juzgar su conducta, y con sobresaltos, con humoradas,
se complacía en desafiar orgullosamente tales pretensio­
nes. Exasperado de haberse rebajado al papel de perse­
guidor para agradar al partido religioso, ahora se compla­
cía, de repente, en vivir como un pagano, para mostrar a
todos el poco caso que hacía de los unos y de los otros y
su profundo desprecio de la humanidad.
En aquel momento, eran muy tirantes las relaciones con
los fenicios de Tiro y de Sidón, ¿Por qué motivos? Lo ig­
noramos. El historiador sagrado nos dice que Herodes es­
taba muy irritado contra ellos. Si no podía hacerles la
guerra, porque eran súbditos de Loma y parte integrante
de Siria, le era fácil inquietar su comercio, que se alimen­
taba del trigo de Galilea, de Samaria, de Judea y de
otros países, y se bacía por caravanas hasta la costa de
Palestina {2). Por sí mismos, los territorios de Sidón y de
Tiro eran insignificantes ó incapaces de alimentar la po­
blación de las dos grandes ciudades por ellos rodeadas, y
eran todavía más insuficientes para el inmenso tráfico que
los fenicios hacían con las islas, el África y todo el Occi­
dente. Prohibir la exportación de las cosechas desde el Lí­
bano hasta Gaza, ó solamente cargar con excesivos dere­
chos de entrada y de salida todo lo que llegaba á los
puertos de Jafa y de Cesárea, era, para los comerciantes
de Sidón y de Tiro, una medida desastrosa. Á fin de pre-12
(1) Ant., XIX, 7, 4. .
(2) En todo tiempo, habían sido muy constantes las relaciones comerciar
les entre los dos pueblos (I I I Beyes, Y, 9, 11; Esdras, III, 7; Ezeq.,
X X Y1,17). ,
398 MONSEÑOR LE CAMUS

venirla ó hacer que cesara, resolvieron calmar al rey con


un paso capaz de halagar su amor propio. Enviósele una
embajada de paz. Herodes quiso aprovechar las fiestas
que iban á celebrarse, para recibirla ante todo el pueblo.
Era una ocasión de probar su alto poder y el triunfo de
su política, que humillaba así á sus orgullosos vecinos.
¿Quién podría además decir todo lo que había soñado su
cabeza, no menos accesible á las ideas más incoherentes
que la de su amigo y maestro en punto á insania, el odio­
so Calígula? Cuando vemos á este escrupuloso observante
de la Ley en Jerusalén soñar de pronto en ir, por la más
pueril de las supercherías, á echárselas de dios en el tea­
tro de Cesárea y hacerse allí adorar, nos preguntamos si
los vicios de su juventud no habían dejado en su pobre
cerebro alguna vena de locura.
Era el segundo día de los juegos públicos. Los fenicios
habían ganado á su causa á Blasto, un criado que Agripa
había probablemente llevado de Roma W, y le había hecho
su chambelán ó su hombre de confianza. Blasto había lo­
grado apaciguar el enojo del rey. Se convino en que la
embajada sería recibida, y que la reconciliación oficial se
haría en el teatro. Agripa hizo disponerlo todo en vista
de la deslumbradora exhibición que su espíritu enfermo
había soñado. Conociendo, mejor que nadie, el fondo de
aquellos pueblos orientales, tan crédulos en su grosera
idolatría y tan envilecidos por su servidumbre secular,
contaba con imponerse á su admiración y también á su
adoración. Un vestido blanco, cubierto de láminas de pla­
ta para reflejar los rayos del sol y hacer así pensar en los
luminosos habitantes del Olimpo, una actitud solemne y
digna de los antiguos héroes, un hermoso discurso perfec­
tamente cadencioso y solemnemente declamado, parecían­
le que debían asegurar el éxito de su apoteosis. En efecto,1
(1) Su nombre por lo menos nos mueve á creerlo. (V. Wetstein, ad loe). Era
muy común entre los romanos. Recientemente todavía, lo he notado en un
cipo del museo Guimet en París. El praefectus cubículo fué un personaje
importante en la historia de la Roma imperial. (Y. Suet., [Link]., XYI).
T.A OBRA DE LOS APÓSTOLES 299

-desde la mañana, presentóse en el teatro con su rico tra­


je, y, para recibir la embajada fenicia en presencia de todo
el pueblo, esperó allí que los rayos del sol, reflejados por
su brillante vestido, formasen en torno suyo una especie
de divina fulguración ó de nimbo celestial
La orientación del teatro, cuyas ruinas visitamos á
quinientos metros al sur de la Cesárea de las Cruzadas, de­
trás del antiguo puerto y cerca de las murallas de la Cesá­
rea de Herodes, era de noreste á sudoeste. La gradería
había sido cortada en las colinas que forman, en este sitio,
un hemiciclo enteramente natural. Como la mayor parte
de los teatros griegos, éste estaba dispuesto de tal suerte
que permitía á los espectadores reposar sus miradas, mas
allá del escenario, en el movible y majestuoso espectáculo
que ofrece en el horizonte el hermoso mar azul. Cuando
se levantaba el velarium , á las primeras horas del día,
el sol, sin incomodar á los asistentes, abrigados por el
muro del recinto, iluminaba directamente con sus rayos el
escenario. Herodes había hecho levantar allí su tribunal.
La comedia estaba preparada con todos sus detalles. El
rey había cuidado de rodearse de cortesanos muy al co­
rriente de sus deseos y capaces de inspirar a la multitud el
feliz pensamiento de proclamarle dios. Él mismo, en el dis­
curso que dirigió á la embajada, nada descuidó, ni en el fon­
do ni en la forma, para sumir á la concurrencia en la más1
(1) No se mostró, en efecto, en el palco real. El texto dice que se sentó
en el birria, ó en la plataforma de lo alto, desde la que los gobernadores roma­
nos y los generales administraban justicia. Así, Pilatos, juzgando á Jesús, se
había sentado en el Lithostrotos. El birria, había sido levantado en el esce­
nario. Para comprender mejor este incidente, es necesario completar el rela­
to de los Hechos con el de Josefo, A n t XIX, 8, 2. ^
(2) Después de las muchas dificultades que tuvimos que vencer para lle­
gar á Cesárea, una de nuestras más vivas satisfacciones fué comprobar que
el teatro estaba realmente orientado de tal manera que, á eso de las 9 de la
mañana, el sol debía inundar el escenario. De tan vasta construcción no
queda sino la cavea, abierta en la toba y obstruida por fragmentos de co­
lumnas de granito rosa. Subsisten también algunos fragmentos del muro
del proscmium. En la parte alta del recinto se levantan algunos arcos abo­
vedados. La vista del mar era de las más pintorescas, pero en días de tem­
pestad, el ruido de las olas debía ahogar la voz de los actores. Véase nuestro
artículo sobre Cesárea en el Dict. Bíbligue de Mr. Vigouroux.
______________________ MONSEÑOR LE CAMUS

entusiasta admiración y conseguir el efecto teatral que se


había propuesto. Esperaba un éxito que debía hacer épo­
ca en su vida. Después de lo cual, en lugar de escribir so­
lamente en las monedas acuñadas con su efigie: EL GRAN
REY AGRIPA, AMIGO DE CÉSAR(1), habría grabado:
EL DIVINO AGRIPA, y su orgullo habría quedado sa­
tisfecho. ¿Por ventura el imbécil Claudio, en cuyo honor
estaba de fiesta el mundo romano, había merecido más que
el ser elevado a la categoría de los dioses, y su paseo do
quince días por la isla de los bretones había sido, en su
género, una exhibición menos ridicula que la suya?
En tanto que él hablaba, el grupo de los aduladores so
puso a impulsar á la multitud, manifestando por sus ges­
tos y sus aplausos la más viva admiración. Gritábase:
^¡No es un hombre, es un dios!» Josefo, de acuerdo con
el historiador sagrado, añade que asustados por el res­
plandor fulgurante del vestido real, muchos en actitud
suplicante decían: ^¡Muéstrate benévolo! Si hasta hoy te
hemos solamente respetado como hombre, en lo sucesivo
te trataremos como un dios.» Y añade el historiador judío
que el rey no los reprendió, sino que aceptó sus crimina­
les homenajes.
El insensato daba asi la medida de su valor moral. Dios
detesta mas aun la hipocresía orgullosa que la crueldad.
Un ángel, quizás el mismo que había libertado á Pedro,
hirió al punto al rey sacrilego, y le enseñó que no debía
tratar de arrebatar jal Señor la gloria de que sólo Él era
digno. La mano de un ángel es tan terrible para ejercer la
justicia como consoladora para producir misericordia. Éste
hirió al culpable en el vientre El falso dios murió roíde
por los, gusanos (8>. En la helmintiasis, los gusanos, ó ascá-
(1) Tenemos medallas suyas con la inscripción: BA2IAET2 MErA2
ArPIIlIIA2 #IA0KAI2AP. De muy buen grado se atribuía oficialmente el tí­
tulo de grande.
(2) Se ha observado que así mueren de ordinario los más crueles tiranos;
Antioco Epifanes ( I I Mac., IX, 5-9), Herodes el Grande (A nt, XVII, 6 , 5),
el emperador Galerio (Eusebio, H. E., VIII, 16), por no hablar de Sila y de
otros muchos.
(3) Los autores se han perdido en hipótesis (Bartholinus, de Mvrbit
LA 0BEA DE LOS APÓSTOLES 301
rides, pueden obstruir el intestino y, perforándolo, deter­
minar una peritonitis. El enfermo experimenta entonces
los dolores abdominales más agudos, como los de que ha­
bla Josefo describiendo el estado del re}7. El menor con­
tacto los exaspera. Pronto se contrae la fisonomía del pa­
ciente, sobrevienen vómitos muy dolorosos, la respiración
se acelera, después, al quinto día, el mal parece ceder.
Un sudor, bienhechor en apariencia, brota de todos los
miembros: se tiene confianza. De repente el rostro se pone
lívido, ha llegado la muerte.
Tal parece haber sido la suerte de Agripa, que llevaba
sin duda en sus entrañas los tristes frutos de una juven­
tud desenfrenada. Josefo no habla sino de dolores abdo­
minales muy violentos. San Lucas, el historiador médico,,
determina la causa diciendo que los gusanos le royéronlos
intestinos Según Josefo, el rey habría hecho, antes de
morir, tristes reflexiones sobre su loco orgullo. «¡Vuestro
dios—decía á sus amigos,—se muere!» Y reconociendo en
bibl., cap. XXIII; Mead, de Morb. bib., cap. XY) sobre la especie precisa
de la enfermedad que se lo llevó. Según muchos, había muerto de phtiria-
sis, ó enfermedad pedicular (Plinio, H. N., XXVI, 86). Pero una cosa es el
piojo, <pOelp, otra cosa el gusano, okú\7¡£. De otra parte hay que pensar en
una enfermedad que acarree más rápidamente la muerte, pues el rey expiró
cinco días después.
(1) Por lo demás, es interesante comparar los relatos de estos dos auto­
res, muy independientes el uno del otro y, sin embargo, visiblemente para­
lelos. Precisan, en efecto, de común acuerdo que Herodes murió en Cesárea,
donde había llegado poco antes; que fué atacado de repente por un mal ful­
minante, en medio de una asamblea, que él presidía adornado con un es­
pléndido vestido, y mientras era aclamado como si fuese un dios; en fin, que
murió herido por la justicia celeste por no haber rechazado tan sacrilegos
halagos. En cuanto á detalles, á pesar de su variedad, los dos historiadores
no se contradicen. Los dolores abdominales de que habla Josefo no exclu­
yen los gusanos de que habla San Lucas, y los cinco días de sufrimientos
que él supone corresponden muy bien al tiempo que necesitaron los gusanos
para determinar una peritonitis y la muerte. Josefo, mencionando la apari­
ción de un buho sobre la cabeza del rey en medio de su loca apoteosis, in­
dica, desde un punto de vista popular, lo que hubo de misterioso, ó mejor
de providencial, en una muerte tan repentina. San Lucas, al decir que un
ángel de Dios hirió al rey se propone hablar de una acción sobrenatural in­
visible. Por fin, Josefo cuenta que la asamblea en que el rey se exhibía con
tanta extravagancia tenía lugar con ocasión de unos juegos en honor del
emperador. San Lucas habla de una embajada de fenicios que pudo coinci­
dir con estas fiestas públicas.
302 MONSEÑOB LE CAMUS

su mal la mano de la Providencia, parecía someterse con


resignación. Pero Josefo, al final de su relato, ha sacrifi­
cado visiblemente la exactitud histórica al deseo de hacer
filosofar á su héroe. Su testimonio resulta sospechoso.
Por lo demás, confiesa que el ejército no participó en
modo alguno de su admiración por Agripa. La muchedum­
bre que, según él, lloraba y oraba con ceniza y cilicio an­
tes de su muerte, llenó en seguida su memoria de ultrajes,
como si el afecto que el pueblo le había demostrado no
hubiese sido sino la forma engañosa de un temor servil.
Los soldados entraron en palacio, y, robando las estatuas
de sus hijas, expusiéronlas en los lupanares de la ciudad,
©n los terrados de las casas, para mancharlas con impu­
dencia sin ejemplo. Fueron organizados banquetes, en que
se desbordó cínicamente la alegría pública; los convidados,
con la cabeza perfumada y adornada de coronas, entregá­
ronse á libaciones en honor de Oaronte, el barquero de los
infiernos, que acababa de recibir á tan ilustre pasajero.
Aunque esta actitud insultante, al día siguiente de una
apoteosis abortada, hubiese sido exclusiva de los soldados
y de los paganos que vivían en Cesárea y en Sebaste, no
demostraría menos que son muy discutibles las virtudes
atribuidas á Agripa por Josefo. De ordinario la voz de la
justicia se deja oir sobre la tumba de los reyes.
Éste murió á la edad de cincuenta y cuatro años, des­
pués de haber reinado cuatro bajo Calígula y tres bajo
Claudio. Dejaba tres hijas y un hijo de diecisiete años,
que á Claudio le pareció demasiado joven para sentarlo en
el trono. Por lo demás, la política romana debió compren­
der que andaba por malos caminos, al resucitar estas pe­
queñas pero peligrosas realezas de Oriente, y la ocasión
pareció propicia para que ésta fuese suprimida. Judea
quedó, por tanto, bajo la inmediata jurisdicción de Poma
y fué de nuevo administrada por procuradores, salvo que,
en lo espiritual, dependió de Herodes, rey de Calcida.
Éste había, en efecto, pedido y obtenido de Claudio un
poder omnímodo sobre el Templo y su tesoro, y al pro-
LA OBEA DE LOS APÓSTOLES 303 I

pió tiempo el derecho de nombrar á los sumos sacerdotes.


Esta separación de los dos poderes, aunque parecía ra­
zonable, no debía tener resultados más satisfactorios. Sin
embargo, el nuevo jefe religioso, por hallarse lejos de Je­
rusalén, mezclóse mucho menos en las querellas de secta
que parecían haber apasionado á su hermano Agripa, y,
la Iglesia de Jerusalén, sacudida un momento por la tem­
pestad, adquirió, en la calma relativa que siguió á la
muerte del perseguidor, nueva fuerza de expansión y de
desenvolvimiento. Herodes, rey de Calcida, usó de su de­
recho sobre el soberano sacrificador destituyendo al sumo
sacerdote Elioneo y nombrando en su lugar á José, hijo
de Cami, hombre más insignificante y más pacífico. Con
respecto á los discípulos del Evangelio, parece no haberse
mostrado hostil. El procurador, llegado de Roma, llama-
base Cuspio Fado, y no carecía ni de habilidad ni de ener­
gía. Corría el año 44 de Jesucristo.
CAPÍTULO IX

Pedro, perseguido, lleva el Evangelio fuera de


Palestina
Dónde fué Pedro al abandonar á Jerusalén.—El apostolado no es solamen­
te el episcopado.—Pedro predica en Roma desde el año 45 al año 49.—In­
ducciones diversas.—No reaparece allí hasta más tarde.—Entre sus dos
permanencias tienen lugar sus grandes misiones.—Esto basta á la tesis
católica y responde mucho mejor á la idea que se forma de su celo de
Apóstol. (Hechos, XII, 17).
Tal fué el miserable fin del perseguidor. ¿Qué había sido
del perseguido? Pedro desaparece en adelante del escena
rio, donde había desempeñado, hasta entonces, el papel
principal, y el autor del libro de los Hechos no lo condu­
cirá de nuevo allí hasta seis años después, en tiempo del
Concilio de Jerusalén; después de lo cual no se hablará
más de él. ¿Qué hizo desde el año 44 al 50, en tanto que
Pablo emprendía sus grandes misiones? Faltos de indica­
ciones precisas en San Lucas, debemos aquí entrar en el
terreno de las hipótesis.
Las frases del libro de los Hechos: «Y partiendo de allí,
se fué á otro lugar (1),» no pueden significar sencillamente
que Pedro fué á esconderse en casa de cualquier amigo
en Jerusalén ó en sus contornos. Dicen algo más que esto.
Suponen un traslado importante, un viaje, una larga au­
sencia. Dios no había librado milagrosamente al Apóstol
de las manos de Herodes para dejarle el derecho de expo-
(1) El texto: «Et egressus abiit in alium locum», parece indicar un
viaje importante. ¿Pero, acaso no es sorprendente que el historiador no se­
ñalase su término, siquiera con una palabra? Quizás en este silencio deses­
perante para nosotros, hay que ver otra prueba de su fírme resolución de no
decir sino lo que sabía, sin añadir nada á las fuentes que consulta.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 305

nerse á caer de nuevo en ellas. Si salió de casa de la madre


de Juan-Marcos, sin tomarse ni siquiera tiempo para ir
personalmente á avisar á Santiago de su liberación, fué
porque se marchaba á toda prisa, y por largo tiempo, de
Jerusalén. Pablo y Bernabé no lo encontrarán en ella,
cuando vayan á llevar sus limosnas á la comunidad cris­
tiana. En el año 44, el último día de las fiestas pascuales,
Pedro abandonó, por tanto, no sólo la Ciudad Santa, sino
también los Estados del perseguidor.
Para sustraerse con seguridad á las pesquisas de sus
enemigos, su camino más corto era ganar, ora el desierto,
hacia Egipto ó Siria, ora el mar, por Joppe. Este ultimo
partido, en una época en que la policía no tenía los medios
de acción y de información que en nuestros días posee, era
de mucho el más pronto y el más prudente. Pedro tenía
relaciones en esta ciudad, donde, recientemente aún, su
apostolado no había sido infructuoso. Algunos amigos de­
bieron apresurarse á ocultar allí su huida. Cada día bar­
cos mercantes se hacían á la vela desde Joppe hacia Ale­
jandría, la costa fenicia, las islas, Grecia é Italia. En cada
uno de estos países, Pedro estaba seguro de encontrar im­
portantes centros judíos. Partió, y sea que, por una ca­
sualidad providencial, el navio al que había subido se di­
rigiese á Boma, sea que, habiéndose puesto en camino sin
destino fijo, hubiese recibido de lo alto la inspiración de ir
á llevar á la capital del Occidente la Buena Nueva que
otros predicaban con tanto fruto en Antioquía, la metró­
poli del Oriente, llegó á Italia y á la misma Boma. Allí
debió encontrar algunos discípulos que había bautizado en
Jerusalén, si, lo cual no es imposible, no los tenía por
compañeros de viaje. Sostenido por ellos, dedicó á la pre­
dicación del Evangelio los años de aparente inacción que
separan su precipitada partida de Jerusalén y su apari­
ción en la asamblea conciliar reunida en esta ciudad, ha­
cia el año 51. Oreemos, por tanto, que los antiguos auto­
res eclesiásticos tenían derecho á hablar de un viaje de
Pedro á Boma, más de veinte años antes de su muerte.
306 MONSEÑOR LE CAMUS

Solamente que lo anticiparon en demasía. Hasta la mitad


del año 44, no se aleja Pedro de Palestina, y dirige per­
sonalmente la naciente Iglesia de Jerusalén. Se le encuen­
tra siempre el primero en el sitio de peligro y de honor.
Por otra parte, es dudoso que la evangelización en el ex­
tranjero, aun limitada á las sinagogas, hubiese entrado en
sus miras antes de la predicación en Samaría y aun antes
de la visión de Joppe. Pero si se sufrió una equivocación
al anticipar demasiado un primer viaje de Pedro á Roma,
no por esto había menos motivo para afirmar su realidad.
Dos veces debió predicar el Apóstol en la capital del im­
perio, la primera, después de haber escapado de las manos
de Herodes en Jerusalén, la segunda, antes de su marti­
rio bajo Nerón. Entre estas dos idas de Pedro á Roma ó
estas dos tomas de posesión de la Ciudad Eterna, trans­
currieron cerca de veinte años durante los cuales prodiga
en otra parte su actividad.
Sería, en efecto, tener una idea muy poco exacta de los
tiempos apostólicos representarse, á partir de la hora pre­
sente en que el Evangelio inaugura la conquista del mun­
do, á Pedro estacionándose largo tiempo en Jerusalén, en
Antioquía ó en Roma. No hay que confundir el apostolado
con el episcopado. El obispo permanece entre su rebaño,
en su sede, para apacentar y vigilar; el apóstol viaja,
posui vos ut eatis W, y esparce por el mundo la palabra de
Dios. He aquí por qué ningún Apóstol, ni siquiera Santia­
go, fué realmente obispo en el sentido actual de la pala­
bra. Eran todos ellos algo más, pues Jesucristo los había
instituido padres de los obispos, ó, si se quiere, obispos de
la Iglesia universal. Cuando hubieron cumplido su misión,,
es decir, cuando se abrió el tercer período de la Iglesia
primitiva, sus poderes extinguiéronse con ellos, menos en
Roma, donde, siendo indispensables á la unidad y al go­
bierno de la Iglesia, se trasmitieron y resumieron en una
sola cabeza, la del sucesor de Pedro, jefe de los Apóstoles.,1
(1) Juan , XV, 16.
LA OBRA DE LOS APÓ8TOLE8 307
Este legítimo sucesor es el que quedó como vicario de Je­
sucristo. La sucesión de la primacía comenzó y fué recogi­
da allí donde Pedro murió mártir. Para asegurar su legi­
timidad, importa poco que viviera allí más ó menos tiem­
po como obispo. Aunque no hubiese ido sino para tomar, á
última hora, la dirección de la Iglesia romana, y dar el
glorioso testimonio de su sangre, nada tendríamos que
cambiar de nuestras afirmaciones sobre la indiscutible pri­
macía de sus sucesores, á los cuales legó mucho menos el
episcopado de Poma que el episcopado del mundo (1). En
otros términos, los que han recogido su herencia le han
sucedido en el apostolado más necesariamente que en el
episcopado. La sucesión en el apostolado era indispensable,
en sí misma, para la vida de la Iglesia; la sucesión en la
sede episcopal de Roma no lo era sino para dar testimonio
de la legitimidad de la sucesión en el apostolado. Si, en
estas difíciles cuestiones, ha habido divergencias de opi­
nión, el concilio Vaticano las ha radicalmente suprimido.
La sede episcopal de Roma no interviene más que como
signo visible, que permite á todo fiel reconocer donde está
el jefe de la Iglesia. Pero aunque Roma fuese tragada por
un súbito cataclismo, la Iglesia, ora directamente, ora por
delegados titulares, escogería un jefe para perpetuar, co­
mo en lo pasado, en Italia ó en otra parte, la sucesión
de los Papas, y nada se habría cambiado en la admirable
economía de su gobierno. Por consiguiente, la cuestión del
larguísimo episcopado de Pedro en Roma no interesa en
manera alguna al dogma católico. Es además dudoso que
desde el punto de vista exegético pueda ser defendida, á
menos de admitir que Pedro, habiendo fundado la Iglesia
de Roma, constituyóse su Obispo, salvo no residir entre
su rebaño sino hasta quince ó veinte años después. Pero,
sin hablar de las dificultades de esta hipótesis <2), ¿no es
(1) San Crisóstomo dice con razón (in Johan. hom. LXXXV1I) que
Pedro no fué establecido obispo de Jerusalén, porque Jesucristo le había
hecho obispo de toda la tierra.
(2) ¿Cómo comprender que Pablo, escribiendo á los romanos, no tenga
ni una palabra para su Obispo, ni una alusión á su organización bajo un
308 MONSEÑOR LE CAMÜS

esto preocuparse demasiado con el episcopado en detrimen­


to del apostolado, y empequeñecer, encerrándolas en miras
más bien escolásticas que escriturarias, las grandes figuras
de los Apóstoles? Ni Pablo, ni Pedro, ni quizás ninguno
de los Doce, á excepción de Santiago en Jerusalén, limi­
tóse al gobierno exclusivo de una comunidad, y, por lo tan­
to, es más prudente buscar en todas partes las huellas de
su apostolado que fijar muy temprano la sede de su epis­
copado.
Dejando de considerar la cuestión desde el punto de
vista que se adoptó por tiempo quizás excesivo, bastará
para gloria de Pedro establecer que, poco después del
año 44, evangelizó á ítoma, echando así los fundamentos
de aquella ilustre Iglesia, cediendo en seguida á Pablo el
honor de trabajar en ella á su vez, y no tomando él mis­
mo hasta el último momento la dirección oficial, para vin­
cularle, como perpetua herencia, todas las prerrogativas
de su gloriosa primacía. De la segunda parte de esta tesis,
que es la principal, hablaremos más adelante. Basta, para
el desenvolvimiento regular de nuestra histórica exposi­
ción, indicar aquí en qué nos fundamos para decir que Pe­
dro predicó en Roma hacia el cuarto año del reinado de
Claudio.
Notemos ante todo, dándoles la importancia que se me­
recen, dos hechos poco menos que decisivos. El primero es
que antes del año 58, fecha probable de la Epístola a los
romanos, existía en la capital del imperio una importan­
te congregación cristiana. El segundo consiste en que toda
la antigüedad atribuye á Pedro la gloria de haber funda­
do con Pablo, la Iglesia de Roma, y, en el testimonio tri­
butado á su apostolado colectivo, da invariablemente á
Pedro una prioridad que no es tan sólo de honor, sino
también de tiempo.
Que, desde mediados del siglo primero, hubo en la ca­
pital del imperio un grupo de discípulos iniciados en la
pastor, y que, más tarde, llegase á Roma sin visitar á Pedro, si estaba pre­
sente, ó sin rendir homenaje á sus derechos, si estaba ausente?
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 309
nueva religión, es evidente, pues Pablo les dirige la más
hermosa de sus Epístolas, felicitándoles porque «su fe es co­
nocida del mundo entero (1).» Este testimonio que el Após­
tol tributa á su activo celo parece estar de acuerdo con
algunas indicaciones de la historia profana. ¿Qué eran, en
efecto, las quejas de Claudio contra el desenvolvimiento
funesto de las supersticiones extranjeras (2\ y las acusa­
ciones de Casio, en pleno Senado, contra los esclavos que
en masa se consagraban á los cultos extranjeros, ó, según
añade, á cultos que no son tales sino el grito de alar­
ma del paganismo en presencia de los progresos del Evan­
gelio? ¿Había algo que pudiese parecer más extraño y más
extranjero á los politeístas romanos que la religión todo
espiritualista de Jesús? Era también para ellos tan impal­
pable, tan invisible, tan incomprensible, que la confundían
con el ateísmo, externa sacra, decían, aut nulla. Esta re­
ligión sin ídolos, sin dioses de madera ó de piedra, que,
según las declaraciones de Casio, abrazaban en masa los
esclavos, era el Cristianismo. Los pobres encontraban su
consuelo en esta doctrina, que enseñaba la fraternidad
humana y prometía á los humildes la rehabilitación y las
alegrías de la vida futura.
Al lado del poder público, y más enérgicamente que él,
¿no protestaba también el judaismo en sus sinagogas,
contra innovadores que parecían salir de su seno, pero de
cuyas tendencias y doctrinas renegaba? Los motines que
suscitó, los gritos que dió, fueron harto alarmantes para
que el apacible Claudio se inquietara por ello. Después
de haber vacilado algún tiempo entre obrar con severidad
contra tanta gente, y contentarse con prohibir las reunio­
nes W de aquellos perturbadores del orden público, acabó
por expulsar, bajo el nombre de judíos, sin distinción, á los1234
(1) «Fides vestra annuntiatur in universo mundo.> (Rom., I, 8).
(2) Quia externae superstitiones valescunt.» (Tácito, Annal. XI, 15).
(3) «Quibus diversi ritífs, externa sacra aut nulla sunt.» (Annal,
XIV, 44).
(4) Dión Casio, L X , 6.
20 T. IV
310 MONSEÑOR LE CAMUS

defensores de la Ley y á los predicadores del Evangelio


Tendremos la prueba de ello en Corinto Aquila y Priscila
eran, en efecto, cristianos, antes que Pablo los conociese,
pues no se dice que tuviera que convertirlos. El mismo
Pedro debió ser del número de los expulsados, y entonces
volvió de nuevo á Palestina *3í.
Y si el que provocó en Roma este rápido desarrollo de la
joven Iglesia, tan amenazador para los paganos como odio
so á los judíos, no fue el Apóstol, ¿á quién se atribuirá es­
te honor? ¿A algunos discípulos bautizados por él al día si­
guiente de Pentecostés, y vueltos á Roma de donde habían
quizás salido(4), de suerte que, por ellos, si bien de una mane­
ra indirecta, Pedro sería siempre el fundador de la Iglesia
romana? Pero entonces, ¿cómo se explica que la explosión
del descontento de los judíos y de su odio no tuviera lu­
gar sino hasta quince ó dieciséis años más tarde, coin­
cidiendo exactamente con el tiempo en que Pedro no esta­
ba ya en Jerusalén? El período de incubación habría sida
muy largo y la explosión muy repentina. ¿No parece más
natural suponer que había sobrevenido en Roma una ac­
ción nueva y particularmente poderosa; que se había pro­
ducido una nueva efusión del Espíritu, con un predicador
distinto de los conversos desconocidos en el primer momen
to; una evangelización generosa, emprendida en virtud de1234
(1) «Judaeos, impulsore Chresto, assidue tumultuantes, Roma expulit.».
(Suetonio, Glaud., XXV). El motivo del tumulto está indicado á través de
un error fácil de comprender en un pagano que, no viendo la posibilidad de
que un muerto apasionase á los vivos, convirtió á Cristo en Cresto, porque
este nombre le era más familiar.
(2) Hechos, XVIII, 2.
(3) Orosio, apoyándose en un pasaje de Josefo que no conocemos, dice
que los judíos fueron expulsados de Roma entre el 49 y el 50. En realidad es
poco probable que los judíos hubiesen sido echados en los primeros años del
reinado de Claudio. Este emperador mostró, para con ellos, una bene­
volencia inagotable, mientras á su lado estuvo Herodes Agripa II, su joven
favorito. Hizo fijar en todas partes edictos ventajosos para ellos (Ant,, XIX,
5, 2.-3) Petronio recibió la orden de defender sus intereses (Ant., XIX, 6, 3).
Herodes Agripa, nombrado rey de Calcida, salió de Roma en el año 49 {Ant.,
XIX, 9, 2; XX, 1, 1-2; XX, 5, 2, etc.). Desde entonces, privados sus compa­
triotas de su protección, todo fué posible.
( 4) V. Hechos, II, 10: «et advenae Romani.»
l a o b r a d e lo s a p ó s t o l e s 311
principios universalistas que éstos no podían tener, y que,
resultado práctico de los últimos sucesos ocurridos en Je-
rusalén después de la conversión de Cornelio, debía exci­
tar, aquí como en Palestina, el furor de los judíos contra
el predicador? ¿Acaso no encontraremos en la misma fiso­
nomía de la Iglesia de Roma, tal como nos la deja entre­
ver la Epístola de Pablo, algo que recuerda las enseñan­
zas especiales de Pedro y la señal misma de la mano que
la fundó? En todo caso, podemos desde ahora observar
que Pablo le escribe con un santo respeto, como si vene­
rase en ella la obra de un Apóstol más grande que él. Ade­
más y sobre todo, ¿cómo explicar que ni una sola voz en
la antigüedad niegue á Pedro el honor de haber fundado
esta Iglesia, y esto es lo que debería haber hecho, si no
hubiese sido cierto que la había evangelizado antes de Pa
blo? En el conjunto de testimonios que establecen la pa­
ternidad de los dos Apóstoles respecto de ella, no hay una
sola nota discrepante, conviniendo todos en conceder á
Pedro la prioridad ¿Es sencillamente por deferencia á su
categoría entre los Apóstoles? Pero esto sería una injusti­
cia, si Pablo hubiese predicado en Roma antes de él. La
prioridad no es aquí cuestión de honor, sino de mérito.
Sin contar que a este testimonio general de los antiguos
Padres se junta la afirmación más explícita de Eusebio y
de San Jerónimo, que hablan del largo episcopado de Pe­
dro en Roma, afirmación que puede muy bien ser errónea,
si se la entiende de una permanencia continua en la capi­
tal, pero que, por el contrario, es muy exacta, si, limitada
á veinte años, como lo es en Eusebio, indica tan sólo que
el jefe de los Apóstoles tomó posesión de Roma hacia el
año 45, y que volvio allí, hacia el año 66, para morir. Si
Pedro no llegó por primera vez á Roma hasta después del1
(1) Ignacio mártir dice en su epístola á los romanos (IV): <Non sicut
Petrus et Paulus praecipio vobis.> Dionisio de Corinto (en Eusebio, H. E,,
II, 25) declara que <Pedro y Pablo evangelizaron á Italia.» San Ireneo
(Haer., III, 1; y en Eusebio, H . E., V, 8) da la prioridad á Pedro, al ates­
tiguar que «San Mateo publicó su Evangelio mientras Pedro y Pablo predi­
caban en Roma y fundaban allí la Iglesia.»
312 MONSEÑOR LE CAMU8

cautiverio de Pablo, pudo constituirse jefe de la Iglesia


que había en esta ciudad; pero en realidad, a pesar del
testimonio unánime de la tradición, no fué su fundador.
Ahora bien, si no fué allí entre los años 45 y 50, no llegó
sino hasta después de Pablo.
Hacia el año 50, vérnosle en el concilio de Jerusalén. En
él intervalo está en Antioquía(1), donde, según todas las
probabilidades, reside algún tiempo, autorizando con esta
permanencia la antigua tradición de su episcopado, ó me­
jor, de su enseñanza apostólica, en esta ciudad1(2). En el
año 58, no está en liorna, y ni siquiera el recuerdo de su
primera visita parece tan vivo, que Pablo, en su Epístola,
se crea obligado á dedicarle una alusión. Si al dirigir sus
saludos á los principales personajes de la comunidad ro­
mana, no nombra á Pedro, es porque éste no estaba allí;
de otra suerte, este olvido sería inexcusable. Tampoco
estaba cuatro años más tarde, cuando el Apóstol de los
gentiles fué á justificarse ante César. Hay más, el libro
de los Hechos, que termina hacia el año 64, no le nombra;
lo cual, si hubiese estado al frente de esta Iglesia, sería
también una laguna muy extraña, en el viviente cuadro
que nos traza de la acogida hecha por la comunidad cris­
tiana á Pablo prisionero, y de las controversias que éste
tuvo que sostener, solo, contra los judíos. Cuando Pablo,
durante su primera detención, escribe á Filemón, á los fie­
les de Colosas ó de Éfeso y á los de Filipos, no menciona
á Pedro; por el contrario, señala(3) un despertar entre los
cristianos de Roma y un incremento de celo entre los pre­
dicadores, lo que supone un período antecedente de sopor
y desfallecimiento, incompatible con la presencia del jefe
(1) Galat.) II, 11. .
(2) Esta tradición, representada por San Jerónimo (de Vir. illust., cap.
IX in Galat. II), Eusebio ( R. E ., III, 36), Orígenes ( in Luc. hom. VI) y so­
bre todo San Crisóstomo ([Link]. de Laudib . sancti Ignatii, y además in
Act. X III, 9), no puede defenderse sino colocando la permanencia de Pedro
en Antioquía después de la salida de Pablo y de Bernabé para su primera
misión.
(3) Filip. I, 12-14.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 313
de los Apóstoles y poco honroso para él, si hubiese estado
allí. Sería necesario desconocer los generosos ardores de su
alma para admitir que, estando presente, hubiese dejado que
la sal perdiese su sabor ó permitido que el espíritu de emu­
lación y de envidia se levantase contra la evangelizacion de
Pablo. En todo caso, éste debía por caridad separar la cau­
sa de Pedro, si estaba entonces en Poma, de la causa de
los espíritus inquietos, á quienes condena con palabras en­
cubiertas.
Lactancio y el Líber pontificalis no están, en consecuen­
cia, muy mal inspirados cuando dicen que Pedro no se es­
tableció definitivamente en Roma hasta el imperio de Ne­
rón*11. Solamente que, para ser exactos y suprimir insolu
bles dificultades, habrían debido observar que, desde el
cuarto año de Claudio, había fundado esta Iglesia, ins­
truyendo en ella, como más tarde en las provincias del
Ponto, de Galacia, de Capadocia, de Asia, de Bitinia y de
Mesopotamia, á los judíos ó á los prosélitos que había bau
tizado el día dé Pentecostés y á los que en torno de éstos
iban á agruparse. La serie de los acontecimientos se des­
arrolla entonces sin dificultad(21. Pedro predica en Roma,
(1) El Líber pontif. dice: «Hic Petrus ingressus in urbem Romam sub
Nerone Caesare.» (Y. Lactancio, de Mort. Persec., II).
(2) La teoría de una doble ida de Pedro á Roma, muy desgraciadamente
negada por nuestros antiguos apologistas, apóyase, sin embargo, en la mis­
ma tradición romana. Debemos al eminente arqueólogo de Rossi el descu­
brimiento de muy importantes testimonios que aclaran la cuestión. Había­
mos leído lo que este infatigable investigador había escrito sobre las bote-
llitas de Monza; pero agradónos conversar con él. Declaróse muy resuelta­
mente partidario de un doble viaje de Pedro á Roma, Así legitimaba de
Rossi la institución de dos fiestas distintas para honrarlas dos sedes que el
Apóstol había sucesivamente ocupado en la capital del imperio, en un in­
tervalo de unos veinte años. Parecíale que una de ellas, la que se celebraba
en Febrero, se había convertido, por una lamentable equivocación, en el de­
curso del tiempo, en la fiesta de la cátedra de Pedro en Antioquía. En efec­
to, antes del siglo XI, era celebrada en la iglesia vaticana con gran concurso
de obispos y de fieles como una fiesta romana. Creíase que la escena del Tu
es Petrus, en el camino de Cesárea, había tenido lugar en Febrero. El día de
esta fiesta era llamado dies S. Petri epularum, porque coincidía con las fe­
rial ia, reminiscencia del paganismo. La fiesta de Enero existía también. Lo
que legitimaba estas dos fiestan poco menos que similares, era que en reali­
dad creíase venerar el recuerdo de una doble enseñanza ó de un doble apos­
tolado de Pedro en Roma. Había dos puntos muy distintos en que, en con-
3!4 M0NSKÑ0K LE CAMUS

hasta que su apostolado es interrumpido por la agitación


ruidosa de los judíos en sus sinagogas y la expulsión ge­
neral de los semitas, que fué su consecuencia. Solamente
que, en el momento en que todos, judíos y cristianos, par­
tieron para el destierro, en realidad la Iglesia de Roma
estaba ya fundada. Pedro, no sólo había abierto el surco,
sino que había sembrado también el campo. Terminado el
diciones muy diferentes de tiempo y de medio, Pedro había evangelizado á
los romanos. La tradición conocía en Roma una cátedra primera: «SEDES
U B I PRIUS SE D IT S. PETRUS,» lo que suponía una segunda, porque
un prius exige un posterius. Tal es el argumento que el señor de Rossi lia
establecido sobre uno de sus descubrimientos arqueológicos más interesan­
tes. (Y. Bullet. archéolog., 18G7, mayo yjunio).
En tiempo de San Gregorio el Grande, el presbítero Juan, habiendo ido
en peregrinación á Roma, llevó de allí, para la reina Teodelinda, unas
botellitas llenas de aceite de las lámparas que ardían en los santuarios más
famosos. Estas botellitas, han sido encontradas nuevamente en Monza, y en
una de ellas, como también en un papiro que contiene la nomenclatura ge­
neral, dicho presbítero había escrito, con la ortografía y la lengua de su
tiempo: OLEO DE SE D E U B I PRTUS SED IT S. PETRUS. Esta ins­
cripción es absolutamente distinta de la que se refiere al sepulcro de Pedro
y á la sede vaticana. Refiérese á un santuario que, según el orden topográ­
fico seguido por el peregrino, precedía á los de la vía Salaria. Pues bien,
precisamente, en tiempo de San Gregorio, se veneraba una silla de San Pe­
dro «ínter viam Nomentanam et Salariam novam,» en el cementerio Ostria-
no, <ad nymphas Petri, ubi Petrus baptizabat,» etc. En el mismo lugar
donde había primitivamente bautizado, habíase colocado y venerábase su
primera sede. La tradición antigua decía también que Pedro, cuando su
primera estancia en Roma, habíase establecido desde luego en el monte
Aventino (Bullet. a rch éo l1867, p. 43 46, 48, 86, 88), pero que no tardó, á
fin de evitar violencias que á cada momento eran de esperar del furor délos
judíos, en trasladarse cerca del Campo de los Pretorianos, donde estaba más
libre y más seguro, gracias á la vecindad de la fuerza pública. Precisamente
cerca de este campo estaba el coemeterium Ostríanum, llamado más tarde
majus, no porque sea mayor que el de Calisto ó de Domitila, sino porque
era el primero por orden de antigüedad. ¿Es en la parte del cementerio de
Santa Inés donde el señor de Rossi ha creído encontrar las criptas ad
nymphas Petri , ó cerca del cementerio de Priscila, como quiere su ilustre
discípulo, nuestro amigo Marucchi, y en la propiedad del senador Pudente,
donde hay que buscar este sitio venerable? No nos atreveríamos á resolver
esta cuestión, pero las inscripciones sepulcrales sobre las cuales el señor Ma­
rucchi ha llamado nuestra atención nos inducen á creer que su indicación es
la más exacta. Por otra parte, esto no puede modificar en nada nuestra tesis,
porque uno y otro cementerio estaban cerca del Campo de los Pretorianos.
La tradición de una doble ida de Pedro á Roma estaba igualmente tan
bien establecida desde la más alta antigüedad, que en el siglo VI da lugar
á la más singular de las distracciones (V. Libe,r pontificalis, vol. I, p. 50, tan
notablemente editado y discutido por el presbítero señor Duchesne), sufrida
por el autor del catálogo de Félix IV, que hace entrar á Pedro en Romaba-
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 315

destierroW, reconstituyóse la comunidad, y Pablo le es­


cribió, no como á una Iglesia que debía fundarse, sino co­
mo á un ejército que se ha hecho ilustre por el heroísmo con
que ha soportado el destierro y afirmado su fe. Lo que hay
que reconocer altamente es que, evangelizándola por escrito
ó de viva voz, continuó la obra de Pedro, ocupado, según
veremos más tarde, en evangelizar otras regiones, sin pre­
tender despojarle ó suplantarle; y es justo que, después
de haber regado, como él, con su sangre, el teatro de su
supremo apostolado, reciba, juntamente con el, el título de
fundador de la Iglesia romana.
Pedro no volvió probablemente a Poma hasta fines del
año 63, para inaugurar aquella organización jerárquica de
las Iglesias, que fué el coronamiento de la obra apostólica,
y cuyo verdadero promotor en Oriente, como veremos
más adelante, fué San Juan. Pero no anticipemos los su­
cesos. .
Basta, por el momento, haber establecido el siguiente
dilema: ó Pedro fué á Roma antes del año 50, ó no fundó la
Iglesia romana; porque desde el año 50 al 62 no estaba
en la capital del imperio, siendo Pablo el que dirigía
este centro cristiano. Ahora bien, según la tradición mas
antigua y más universal, Pedro fundó la Iglesia romana,
y finalmente la gobernó como obra suya; por tanto, había
ido allí antes del año 50, anticipándose, unos trece años,
á la Epístola de Pablo y, diecisiete quizás, á su apostola­
do, de suerte que Pablo no hizo sino regar lo que Pedro
había plantado. Después de esto, los veinte ó veinticinco
años de episcopado de Pedro en Roma, piensese de ellos
lo que se quiera <2), parecen establecer sobre todo la anti­
jo Nerón y declara con todo, poco después, que fué veinticinco años obispo
de esta ciudad. La afirman además dos clases de testigos que parecen con­
tradecirse, pero que todos tienen razón: Eusebio, San Jerónimo y Orosio, de
una parte, asegurando que Pedro fué á Roma bajo Claudio, y Lactancio con
el Líber Ponttácalis, de otra, declarando que llegó allí bajo Nerón,
(1) Á fines del reinado de Claudio ó al advenimiento de Nerón; pues
•uando Pablo escribe á los romanos, Priscila y Aquila han vuelto á Roma.
(3) La tradición que fija en veinticinco años el episcopado de Pedro en
Roma se remonta solamente á fines del siglo IV , Ademas, no se la encuentra
316 MONSEÑOR LE CAMUS

quísima convicción de que Pedro había ido muy pronto á


la caípital del imperio, y, en este sentido, la crítica seria
los recibe de muy buen grado. La explicación de estos años
es exacta, si se dice que se cuentan desde el día en que
Pedro evangelizó á Roma por primera vez, hasta el día
en que murió, incluyendo en la suma aquellos años duran­
te los cuales, habiendo reaparecido en Jerusalén, consa­
gróse, desde las orillas del Eufrates al Ponto Euxíno y al
siempre legitimada por los cálculos de los que la representan. El Catalog.
Líber., lista muy antigua de los soberanos pontífices, redactado á mediados
de,dicho siglo, precisa que Pedro íué obispo de Roma veinticinco años, un
mes y nueve días, de suerte que habiendo muerto el 29 de junio del año 65,
bajo el consulado de Nerva y de Vestino, habría debido llegar á Roma el
año 40 de Jesucristo. ¿(Jomo concordar esto con su presencia y su muy ac­
tivo apostolado en Palestina hasta la persecución de Herodes, que comenzó
á reinar en Jerusalén el año 41, y murió el 44? El Chrónicon de Eusebio, en
el texto griego que poseemos, no habla de estos veinticinco años. La traduc­
ción armenia dice: «El Apóstol Pedro, después de haber fundado la Iglesia
de Antioquía, parte para Roma, predica allí el Evangelio, y allí reside veinte
años como obispo de esta [Link] San Jerónimo traduce del mismo modo el
pasaje de Eusebio, salvo que pone veinticinco donde los armenios leen veinter
y donde, segú^el texto griego, parece que Eusebio no había puesto nada. Por
otra parte, (de Vir. ill., cap. I). San Jerónimo no habla de una permanencia
en Aútioquía, pero nos deja ver como sacaba su cuenta de veinticinco años:
«Secundo Glaudii imperatoris anno, ad expugnandum Simonem Magnum,
Romam pergit, ibique viginti quinqué annis cathedram sacerdotalem;tenuit,
naque ad ültimum annum Neronis, id est decimum quartum. A quo et af-
fixus cruci, etc., etc.» Del año 43, que es el segundo de Claudio, al 68, que
es el décimocuarto y último de Nerón, hay en efecto veinticinco años. ¿De
donde sacó San Jerónimo que Pedro fué á Roma el año segundo y no el ter­
cero de Claudio? Probablemente del número veinticinco que tenía á la vis­
ta. Pero la indicación natural del libro de los Hechos es que la muerte de
Herodes siguió de cerca á la liberación milagrosa de Pedro. Ahora bien, He­
rodes murió el 44. Pedro no podía haber ido á Roma el 43. La autoridad en
que se funda el santo doctor es muy probablemente el pasaje en que Euse­
bio (H. E., II, 14) refiere que Pedro fué á Roma bajo Claudio, para comba­
tir los errores de Simón Mago. Eusebio, que, por otra parte, no precisa el
año, había á su vez tomado su indicación de San Justino. (H. E., II, 13-14).
En todo caso los unos y los otros han encontrado en este último mucho más
de lo que hay; porque decir que Pedro fu é á Roma bajo Claudio, no es en
manera alguna decir que residió allí. Su presencia en Jerusalén hacia el
año 50, y en Antioquía algún tiempo después, prueba lo contrario. Lo que
resulta con bastante limpieza de todos estos testimonios de la Escritura
y de la tradición combinados, es que Pedro fundó realmente la Iglesia de
Roma bajo Claudio,, hacia el año 44 ó 45, y que después de haber fundado y
visitado otras muchas en Oriente, en Corinto y otras partes, volvió nueva­
mente allí para administrarla á fines del reinado de Nerón. (V. Dionisio de
Corintio en Eusebio, H. E., II, 25).
LA OBEA DE LOS APÓSTOLES ______________ 317

Mediterráneo, á la evangelización de los circuncisos. Orí­


genes, citado por Eusebio, dice, en efecto, que el jefe de
los Apóstoles parece haber predicado en Oriente en las
regiones donde estaban agrupados los judíos de la disper­
sión, «después de lo cual, yendo á Roma, fué allí crucifica­
do cabeza abajo, según él mismo lo había pedido Nada
tiene de imposible la fundación de una Iglesia en Babilo­
nia, y hasta confiamos demostrar que dicha fundación es
probable. Mas si se pretende que Pedro, el primero de los
enviados del Señor y de los mensajeros del Evangelio*
puesto que era el jefe de los Apóstoles, fué el que menos
viajó de todos ellos; si se quiere representarlo fijo en Ro­
ma, como un obispo en su sede, durante veinticinco años*
no sólo se choca de frente con todas las indicaciones escri­
turarias, sino que también y sobre todo se desconoce singu­
larmente el carácter de devoradora actividad propio de los
hombres de la época apostólica. Es, en particular, un agra­
vio para el más activo de los Apóstoles, creer que fue el
menos emprendedor y el más estacionario, sin ninguna
utilidad, pues las prerrogativas de sus sucesores no de­
pendían en manera alguna de la duración de su episco­
pado.
(1) H. ¿?„ III, I, 4. Comp. Epifanio, Haeres., XXVI, 6.
CAPITULO X

Dispersión de los Apóstoles


<La persecución apresura la dispersión de los Doce.—Lote de cada uno, se­
gún la tradición.—Santiago, hermano del Señor.—Juan, Andrés y los
otros.—El mundo invadido por el ejército de Jesucristo. (Marcos, XVI,
15, 20).
La última vez que se hace mención del grupo apos­
tólico es á propósito de la admisión de Cornelio y de su
familia en la Iglesia W. Hasta este momento, los Doce ha­
bían permanecido en Jerusalén, dando incesantemente
testimonio del Evangelio en el interior de las casas ó tam­
bién bajo los pórticos del Templo, y confirmando con mi­
lagros la verdad de sus discursos Después de la muer­
te de Santiago el Mayor y la detención de Pedro, en el
momento en que el hambre desola el país, no se habla más
<le ellos, y la Iglesia de la Ciudad Santa es gobernada por
ancianos. Esto prueba que, por temor á las violencias de
Herodes, y movidos también, sin duda por las declaracio­
nes de Pedro á propósito de la conversión de los gentiles,
habíanse dispersado para ir, según la orden del Maestro,
á inaugurar la evangelización del mundo entero.
¿Habíalos reunido Pedro por última vez, antes de aban­
donar á Palestina? ¿Habíales comunicado el santo y seña
para la gran batalla que debía darse al paganismo? ¿Abrió
solemnemente á sus hermanos las puertas del mundo que
«ra preciso conquistar? León el Grande indicó elocuente­
mente esta escena solemne, consagrada por el arte (3). Es
(1) Hechos, XI, 1.
(2) Hechos, IV, 33; V, 42; II, 42, etc.
(3) Serm. LXXX, 3. Rufino, H. E., I, 9, había contado antes de él, según
T.A OBRA DE LOS APÓSTOLES 319
posible que la orden de avisar á Santiago y a los herma­
nos, dada por Pedro á los fieles reunidos en casa de Ma­
ría, no fué sino una cita para un lugar determinado fuera
de Jerusalén. Si los Apóstoles acudieron, tanto para feli­
citar á su jefe milagrosamente escapado de la muerte, co
mo para recibir sus órdenes, aquel fué ciertamente el sitio
del postrer adiós. Gustosos nos representamos aquella su­
prema reunión, en que los Doce, penetrados aun de la
bendición y de la palabra ardiente de Pedro, que les ha
recordado las bondades del Maestro, se separan después
de abrazarse. En su frente irradia un resplandor celestial.
Su mano aprieta enérgicamente el bastón de viajero que
será su cayado ó su cetro. Para luchar contra el enemigo
no tienen sino la fe en el Maestro que los envía, y, sin
embargo, se adivina que su triunfo es seguro. Por estos
aldeanos galileos, pobres, ignorantes, sin experiencia, será
vencido,el paganismo, como Goliat lo fué por David, pas­
tor de Belén.
Según Apolonio, un antimontanista de fines del siglo II,
la tradición primitiva aseguraba que los Apóstoles habían
permanecido doce años en Jerusalén después de la As­
censión, dispersándose luego por el mundo (1^. Esta fecha
no difiere mucho de la que nosotros admitimos.
¿Cómo fueron repartidas las naciones? Primeramente
debió proveerse el gobierno de la Iglesia madre, la cual,
expuesta siempre á las más violentas tempestades, recla­
maba un piloto prudente y cuya autoridad fuese incontes­
tada. Los Apóstoles designaron por unanimidad, para esta
difícil misión, á Santiago, hermano del Señor Clemente
una antigua tradición, como se habían repartido el mundo los Apóstoles.
Véase también Eusebio, H. E., III, 1. Los antiguos martirologios colocaban
«n el día 15 de Julio la fiesta de la Separación de los Apóstoles.
(1) Eusebio, H. A\, V, 18. Clemente de Alejandría ( Strom ., VI, 5) con­
firma esta misma tradición: «Transcurridos doce años, saldréis de Jerusalén,
dispersándoos por el mundo, á fin de que nadie diga: No hemos oído la pa­
labra^
(2) Hegesipo, citado por Eusebio, dice: <AtaS¿xerai Sé rr¡v ’E kkXijo-ícu'
rwr ¿iroffT&Xwy ó ádeXipbs rod Kvpíov, k. t . A.» Idéntico testimonio encontramos en
los más antiguos martirologios romanos, los cuales señalan el 27 de Diciem­
bre para la fiesta de la Ordenación de Santiago por los Apóstoles.
320 MONSEÑOR LE CAMUS

de Alejandría precisa qUe la iniciativa de esta elección es


debida á Pedro y á los hijos de Zebedeo, lo que supondría
que se hizo antes de la persecución de Herodes W. Por lo
demas, es preciso reconocer que todo contribuía á que se
le apreciara en la Iglesia jerosolimitana: su vida austera,
su parentesco con Jesús, y una fe ardiente que, según se
decía, le había merecido una aparición especial del divino
Resucitado. En efecto, el evangelio de los hebreos ^ cuen­
ta que habiendo jurado Santiago no comer desde el día en
que había bebido el cáliz del Señor en la Santa Cena ^
hasta que viera á Jesús resucitado, tuvo la dicha de ver
al Maestro, el cual le dijo: «Hermano mío, come tu pan,
porque el Hijo del Hombre se ha levantado de entre los
que duermen.» Su temperamento tranquilo, pero enérgico,
era religioso al modo de los más severos judíos. Cuenta
Hegesipo que jamás bebió vino ni cerveza, ni comió carne,
ni se cortó el cabello. Las unciones con aceite ó los baños
refrescantes parecíanle un lujo del que se privó toda su
vida. Fué una especie de Juan Bautista, pero con un celo
que el espíritu del Evangelio había dulcificado. La influen­
cia del Maestro, conservando en esta alma, severa por na­
turaleza, el amor de la mortificación y el culto austero de
la Ley, habíale comunicado un gusto particular para la
oración y la santa costumbre de ofrecer sus mortificacio­
nes para la conversión del pueblo. Vestido siempre de li­
no, gustaba de rogar á solas en el Templo, y tan frecuen­
te era su oración, que sus rodillas se habían endurecida
como la callosa piel de los camellos del desierto.
El pueblo no podía dejar de estar lleno del más grande
respeto para con este santo que por sus virtudes pertene­
cía á la vez á la Antigua y á la Nueva Alianza. Llamá-1
(1) V. Eusebio, H . E., II, 1. La crónica de Alejandría dice: «quem ia
thronum collocavit sanctus Petrus», sirviéndose de una expresión que res­
pondía mejor á las costumbres del tiempo de Heraclio, en que fué redactado
este Chronicon paschale, que á la época apostólica.
(2) y . en San Jerónimo, De Vir. illus., II.
(3 ) Esto prueba una vez más que Santiago fué hijo de Alfeo y uno do
los Doce, porque solamente los Doce comieron la Pascua con Jesús.
' l a o b r a d e lo s a p ó s t o l e s 321
banle el Justo, ó también la F ortaleza del pueblo , Obliam.
El mismo partido jerárquico, aunque profundamente irri­
tado contra los discípulos de Jesús, parece haberse mostra­
do respetuoso con él. Hegesipo, de quien tomamos todos es­
tos detalles pretende que se le permitía entrar en el
atrio de los sacerdotes, cuando iba al Templo á orar. Sea
como fuese, reunía en sí todas las cualidades necesarias
para asegurar, si realmente hubiese sido posible, la recon­
ciliación déla Iglesia con la Sinagoga. Santiago daba, por
decirlo así, la mano á la una y á la otra, y honraba muy
•sinceramente lo pasado mirando con confianza lo por ve­
nir. Juzgóse, por tanto, conveniente dejarlo en la brecha
abierta, porque, mejor que cualquier otro, podía preparar
la capitulación de los enemigos del Evangelio. Según al­
gunos, fue nombrado obispo de Jerusalén por el mismo
Jesucristo (2\ Pero esto es una manera de expresarse que
no debe entenderse de una intervención directa del Señor.
Eligióle por mediación de los Apóstoles, y, á pesar del
texto de Clemente de Alejandría citado poco ha, todo in­
duce á creer que esto no fué hasta después de la muerte
de su homónimo, el hijo de Zebedeo, y en víspera de la
dispersión de los Doce. De otro modo no se explicaría que
«el súbito fanatismo de Herodes no hubiese herido al jefe
mismo de la Iglesia de Jerusalén. De otra parte, hasta
aquel momento, no había necesidad de' Pastor especial allí
donde todo el cuerpo apostólico y Pedro estaban presen­
tes. Veremos más tarde á este hermano del Señor dedi­
cándose á su obra pastoral. La figura del primer obispo de
Jerusalén es una de las que hay que estudiar con gran in­
terés, cuando se quiere comprender el siglo apostólico.
Le fué dado Juan como consejero. El discípulo amado,
en tanto que evangelizaba las pequeñas ciudades de Pa­
lestina organizando en ellas las nuevas comunidades, pa­
rece haber conservado su domicilio en la Ciudad Santa,
donde vivía al lado de María, la venerada madre que Je-
(1) H egesipo, en Eusebio, H. E , II, 23.
(2) E pifauio, Haeres., L X X V III; Crisóstom o, Hom. X I in I Cor., VII.
322 MONSEÑOR LE CAMUS

sús le confiara al morir. Complacíase en el recogimiento-


su alma contemplativa, y la hora de su actividad no de­
bía sonar hasta que todos los otros hubiesen muerto. Loa
hombres del pensamiento no aparecen de ordinario sino-
después de los hombres de acción, é incumbe á la filosofía
terminar sus trabajos, organizando la gran síntesis. Pabla
no dejó de mencionarlo como una de las tres columnas da
la Iglesia que tuvo la dicha de encontrar en Jerusalén.
El lote de Andrés, hermano de Pedro, habría sido des­
esperante para un alma menos firme que la suya. Dirigió­
se á aquellos escitas que ni Ciro ni Alejandro habían
podido reducir, y que, bajo los diversos nombres de godoa
y de hunos, preparábanse á invadir el mundo romano.
Las grandes colonias griegas de la ribera meridional del
Ponto Euxino, Heraclea, Sinope, Trapezo, habrían sido
los centros de operación con que se habría consolado de su
impotencia sobre las nómadas del norte. Los judíos le ha­
brían martirizado en Sinope; pero, milagrosamente cura­
do, habría vuelto á Neocesárea, á Sarnosata, y de allí á
Jerusalén, á fortalecer su ardor junto á la cuna de la
Iglesia. Poco después, habría remontado hacia el Norte, á
Bizancio, donde habría dejado á Estaquis por obispo. Fi­
nalmente, habría muerto en Patras, al marchar á Boma,,
donde pensaba quizás reunirse con su hermano Pedro. Po­
seemos la historia, muy adornada por la leyenda, pero en
el fondo auténtica, de su glorioso martirio. Su sublime in­
vocación á la cruz, en el momento de morir, es digna de
un alma heroicamente generosa y creyente
Bartolomé ó Natanael, el honrado y rudo discípulo de
Cana, marchó á las comarcas de la India, donde, según se12
(1) Eusebio, H. E., II, 23.
(2) Eusebio, H. E., 3, 1; Nicéforo, H. E., II, 39; Focio citando á Hesi-
quio, Cod., 269. En las Acta apovrypha de Tischendorf, se encuentran dos
opúsculos, rechazados por Eusebio ( H. E., III, 25) como obra de falsarios
herejes. En el uno, Acta Andreae, léese el interrogatorio que precedió a la
sentencia de muerte del valiente Apóstol. En el otro, Acta Andreae et Mat.-
thiae, se encuentra la historia de Matías salvado por Andrés, en el momento
en que iba á ser devorado por unos antropófagos.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 323
dice, difundió el Evangelio de San Mateo. Panteno, filó­
sofo de Alejandría, habiendo ido á predicar á aquellos
lejanos países, comprobó con sorpresa que le había prece­
dido allí la Buena Nueva. Encontró nuestro primer Sinóp­
tico escrito en arameo, y dijéronle que lo tenían de Bar­
tolomé Según una antigua tradición, el animoso predi­
cador habría sido desollado vivo en Armenia.
Tomás dirigióse también á aquellos mismos países, ó me­
jor, según Orígenes (2\ á los partos; pero otros atribuyen
esta misión á Mateo.
Éste, sin embargo, es citado más comúnmente como
Apóstol de Etiopía (3). El peajero de Oafarnaúm habría
sido martirizado en Nadaber. Clemente de Alejandría ha­
bla de sus austeras virtudes. Su ascetismo y su profunda
abnegación recordaban la vida de los esenios (4).
Judas, Lebeo ó Tadeo, habría sido enviado por Tomás á
Abgar, rey de Edesa (5).
Simón el Celador, siguiendo la costa septentrional de
Africa, habría llegado hasta las islas Británicas í6); pero
otros, con mayor verosimilitud, le hacen predicar y morir
en Babilonia (7).
Sea lo que fuere de estas tradiciones, harto diversas
para que tengan fundamento, impónese el hecho de que,
á partir de este momento, el mundo está abierto á los he­
raldos del Evangelio, quedando cerrado el primer ciclo del
desarrollo de la Iglesia. Hanse roto, en efecto, los lazos
que unían á los Apóstoles con la Tierra Santa. Doce años,
y quizá más, se ha necesitado para conseguir este resulta­
do capital; pero queda asegurado en lo sucesivo. El pro­
yecto de repartirse el mundo para transformarlo, que ha­
bría sido una locura en hombres del pueblo, impotentes
para hacer prevalecer sus ideas, resultaba una falta d&1
(1) Eusebio, H. E., V, 10.
(2) Ibid., III, 1.
(3) Nicéforo, H. E., II, 39; Fortunato, de Senat., VII.
(4) Paedagog., II, 1.
(5) Eusebio, H. E., 1, 13.
(6) Nicéforo, VIII, 30.—(7) Beda, Retract. in Act., I, 13.
324 MONSEÑOR LE CAMUS

sentido para judíos absolutamente opuestos, por instinto,


á toda difusión de la verdad religiosa fuera de Jerusalén
y, más aún, á todo contacto religioso con los paganos. Ad­
mitir que los Apóstoles obraron por cuenta propia, sería
admitir lo imposible. Su proceder es una de las pruebas
más concluyentes de la divinidad del Cristianismo. Fué
preciso que un poder superior empujara, de grado ó por
fuerza, aquellas cabezas duras, aquellos corazones estrechos,
aquellos particularistas endurecidos, á hacer de semejante
apostolado el supremo fin de su vida. Dios, permitiendo que
la Sinagoga y Herodes levantasen, en su malicia,la persecu­
ción en Jerusalén, supo, como siempre,en el gobierno provi­
dencial del mundo, sacar bien del mal, y arrojar fuera del
sagrado recinto, donde había estado encerrada muchos si­
glos,la luz que el mundo tanta impaciencia esperaba. Desde
este momento la cuestión de la evangelización de los gen­
tiles queda resuelta desde el punto de vista, no solamen­
te teórico, sino sobre todo práctico. Pedro, marchándose á
las naciones extranjeras, bien que sigan siendo su princi­
pal objetivo los judíos y sus sinagogas, da el ejemplo, y
los otros le siguen. Es realmente injusta para él y tam­
bién para sus colegas la suposición de que sólo Pablo ó
Bernabé señalaron oficialmente sus huellas en este camino.
Pablo esperaba todavía en Tarso la señal de Jerusalén;
Bernabé no soñaba en evangelizar á Antioquía, cuando
Dios, queriendo que Pedro fuese el promotor ordinario
de las grandes resoluciones en su Iglesia, le empujaba,
á pesar de todos sus prejuicios judíos, á bautizar á Corne-
lio y á I03 de su casa. Yímosle defender animosamente su
conducta demostrando, ante la Iglesia, que había obrado
conforme al derecho y al deber, y, como consecuencia, ins­
pirar á los Doce á seguir su ejemplo. Su discurso parecía,
en realidad de verdad, transmitir á cada uno de ellos el
santo y seña que él mismo había recibido: «¡Levántate y
come!» Debía considerarse bueno todo lo que las circuns­
tancias iban á ofrecer al celo de cada uno, é introducir en
el reino de Dios todas las almas que ardientemente lo lla-*^
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 325

maban, cualquiera fuese su condición social y su naciona­


lidad. Habiendo la persecución precipitado los aconteci­
mientos, parece lógico suponer que todos, por celo y por
prudencia, salieron en aquel momento de Jerusalén.
El silencio que guarda el libro de los Hechos sobre sus
misiones y sus trabajos no debe sorprendernos más que el
que en lo sucesivo rodeará la obra misma del jefe de los
Apóstoles. Pedro, en efecto, no reaparecerá sino una sola
vez, y como por accidente, en la segunda parte de los re­
latos de San Lucas, en la asamblea de Jerusalén. El papel
preponderante va á pasar á Pablo, probablemente porque
las fuentes en que el historiador se inspiró no decían nada
más de Pedro. Para el período de su vida que pasó en Pa­
lestina, Pedro tuvo amigos que resumieron los principales
incidentes. Cosa parecida sucedióle á Pablo para una par­
te de sus viajes, y estas notas diversas constituyeron los
materiales esenciales del libro de los Hechos. Cuanto á los
otros Apóstoles, que no contaron con algún amigo que
consignara por escrito sus trabajos, se han quedado sin
historia. Injusto sería suponer que su celo no se manifestó
en real y fecunda actividad.
Fué dichoso para los heraldos del Evangelio el momen­
to aquel en que, con el corazón encendido de caridad, el
alma inundada de luz, el poder divino en sus manos, salu­
daron por vez postrera el Templo, la Ciudad Santa y los
grandes recuerdos que allí dejaban, para marchar á la con­
quista del mundo. No sabían á donde iban, pero el soplo
<le Dios hinchaba las velas de los bajeles en que habían
subido; su voz los llamaba á través de los desiertos, de los
ríos, de las montañas, y el Espíritu Santo, mostrándoles el
mundo entero, pueblos bárbaros y ciudades civilizadas,
gritábales: «Mata y come, porque todo es puro después
del sacrificio del CalvarioPodemos ignorar las peripe­
cias de la gran batalla, pero sabemos—tenemos la prueba
de ello en el mundo moderno,—que los que la dieron la ma­
naron.
21 T. IV
CAPITULO XI

El hambre en Jerusalén

L os emigra<Jos en Antioquía—Hambre profetizada por Agab.-La Iglesia


de Antioquía acude al socorro de la de Jerusalen. Misión de Pablo y de
Bernabé.—Los Ancianos en Jerusalén.—Helena e Izates quizás discípulo»
del Evangelio.—Sus limosnas—Situación dolorosa de la Iglesia de Jeru­
salén. (Hechos, X I, 27-30).
Con esta santa emigración se relaciona, sin duda, la
llegada á Antioquía de aquellos profetas de quienes habla
el libro de los Hechos, y que forman una categoría aparte
entre los predicadores del período apostólico. De igual
modo que, en el Antiguo Testamento, la misión de los
profetas no consistió únicamente en anunciar lo por venii,
sino sobre todo en mover los espíritus, recordándoles los
derechos de Dios y sus propios deberes, en animar y ame­
nazar, en reprender y consolar, mezclando a sus discursos,
siempre que convenía, como sanción de sus amenazas o de
sus promesas, las miras sobrenaturales que Dios les conce­
día sobre lo por venir. Así, en la nueva Ley, el don de pro­
fecía era un carism a especial otorgado á ciertos oradores
que, embargados por el espíritu de Dios, hablaban a las
almas un lenguaje particularmente inflamado, ora impe­
tuoso, ora extático, para llevarlas al amor y á la imitación
del Señor Jesús. Algunas veces recibían también, además
de un poder extraordinario de enseñanza, milagrosas re­
velaciones sobre futuros acontecimientos, y este privilegio
daba mayor autoridad a sus palabras. Sin embargo, San
Pablo no coloca ni los discursos ni las predicciones de es­
tos por encima de toda censura; así, escribía más tarde á
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 327
los Corintios: «No haya más de dos ó tres que hablen en
la asamblea cristiana, y los demás juzguen W.»
La llegada de estos predicadores de un orden aparte
debió de producir viva sensación en la joven comunidad
de Antioquía, al evidenciar que los dones extraordinarios
pasaban del medio judío, donde eran desconocidos y per­
seguidos, á la nueva Iglesia. Nada nos impide creer que
los profetas, ante los paganos convertidos de Antioquía,
se complacieron en denunciar severamente la infidelidad
de Jerusalén, siempre obstinada, á pesar del llamamiento
de Dios, en cerrar los ojos á la luz, y enemiga irreconci­
liable de Jesús y del Evangelio. Uno de ellos, en medio
de sus discursos, tuvo una sobrenatural intuición de las
próximas desgracias que la cólera celeste reservaba á la
prevaricadora ciudad, y, bajo la influencia del Espíritu
Santo, predijo que un hambre grande haría estragos en el
mundo entero y muy particularmente en Judea Su
nombre era hebreo <3), Agab ó Agabos, con terminación
griega, y debía ser todavía joven, pues lo encontraremos
de nuevo, dieciséis años más tarde, en Cesárea, suplicando
á Pablo que no suba á Jerusalén y profetizándole de la
manera más dramática los peligros que allí correría. Si era
fácil, aun sin ser profeta, saber que el hambre había hecho
estragos en Roma, el primer y el segundo año del reinado
(1) l Cor., XIV, 29 (*).
(*) El P. Scio pone la siguiente nota de Estío: «Y los otros profetas di­
gan lo que sienten: si es el Espíritu de Dios el que los hace hablar, y si lo
que dicen, es conforme á la sana doctrina.»—N. del T.
(2) La expresión: en toda la tierra, é<p' 6\ijy rr¡¡t oiKovfiévrjv, no puede en­
tenderse de todo el globo, pues más tarde veremos que de los países vecinos
llegaron socorros á Palestina. Los judíos entendían por col ha’arets, toda la
tiet'ra, su propio país. {Rut., I, 1; I I Reyes, XXIV, 8.) Josefo, hablando de
Acab, dice que hizo buscar á Elias por toda la tierra, [Link], rwoov rijv qíkovpé-
vr¡p, para designar á Palestina {Ant., VIII, 13, 4). Los griegos reducían con
frecuencia esta expresión general á los límites de su país, y los romanos á
los de su imperio. Aquí, sin embargo, la predicción de Agab, aun suponien­
do que tuviese un sentido general, podría ser legitimada (*).
(*) El texto de Rut dice: ba’aréis, en la tierra, no becol ha’arets. Por lo
demás, entiéndase que esta frase tiene algunas veces, no siempre, significado
restrictivo.—N. del T.
(3) Deriva de ’agab, querido, como Agapetós en griego, ó de jagah, lan­
gosta. *
328 MONSEÑOR LE CAMUS

de Claudio, en 42 y 43, lo que determinó á este emperador


á tomar medidas para lo por venir, y en particular á cons­
truir, en la desembocadura del Tiber, un puerto que per­
mitiese descargar trigo en invierno (1), lo era mucho me­
nos prever que el azote iba á atravesar el mar y descar­
gar, dos ó tres años más tarde, en Palestina De allí
debía volver atrás y desolar á Grecia 12(3)4,el año noveno de
aquel emperador, para asolar de nuevo á Roma el año un­
décimo W. Así cumplióse la profecía en su sentido más ge­
neral. En la aplicación particular que iba á verificarse en
Palestina, la profecía resultó, para la Iglesia de Antioquía,
una ocasión de testimoniar su filial adhesión y toda su
c a r id a d á la Iglesia de Jerusalén. Durante los dieciocho
meses (5) que transcurrieron entre la predicción de Agab
y su cumplimiento, preparáronse los fieles de Antioquía
para enviar, cada uno según sus medios, socorros á los her­
manos que iban á encontrarse en extremada pobreza. La
joven Iglesia de los gentiles tuvo ocasión propicia de mani­
festar sus ideas amplias y generosas. A sus ojos, no había
ya entre los hombres, sobre todo entre aquellos que esta­
ban señalados con el signo de Cristo, ni judíos ni bárbaros,
sino solamente hermanos; los males de aquéllos eran sus
propios males, y quería aliviarlos.
Según Josefo (6), el hambre devastó cruelmente á Jeru­
salén, al final del gobierno de Cuspio Fado y al principio
del de Tiberio Alejandro, judío renegado, hijo del alabar-
co de Alejandría, y desde el año 46 al 47. Tan pronto co­
mo llegó á Antioquía la triste nueva fueron enviados Ber­
nabé y Pablo para llevar á los atribulados hermanos los
(1) Suetonio, Claud., XX; Dión Casio, IX; Aurel. Vict., Caes., IV.
(2) Ant., XX, 2, 5; Euseb., H. E., II, XI.
(3) Euseb , Chron., I, p. 79.
(4) Suetonio, Claud., XIX; Tácito, Ann., XII, 43.
(5) Agab y los otros profetas fueron á Jerusalén después de la muerte de
Herodes Agripa, y en los comienzos del año 45. El hambre anunciada devas­
tó á Jerusalén al final del gobierno de Cuspio Fado y al principio del de*Ti-
berio Alejandro, 46-47. (Ant., XX, 2, 5; V, 2).
(6) Ant., ibid. Comp. Eusebio, H. E., II, XI, y Chron., p. 79,
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 329

recursos que se habían recogido l2'1\ No estaban ya en Je


rusalén los Apóstoles, pues el historiador no los menciona,
y los dos delegados depositaron sus ofrendas en manos de
los Ancianos. Estos Ancianos ó Presbíteros, que figuran
aquí por vez primera, eran varones que tenían la experien­
cia de los años y servían de consejeros á la comunidad
religiosa, en tanto que los diáconos, más jóvenes y más
activos, desempeñaban el oficio de limosneros y con fre­
cuencia de predicadores. La institución de los Ancianos,
Zeqaním , funcionaba últilmente en las Sinagogas. Juz­
góse conveniente introducirla en la Iglesia. Las mismas
sinagogas se habían inspirado en la organización primiti­
va del pueblo de Dios (2). Moisés había tomado al Anciano
con toda su autoridad de jefe de familia ó de tribu, de la
tienda del nómada, donde se le encuentra todavía con su
mismo título de cheiJch, y había hecho de él una de las
ruedas de su maravillosa constitución. Los Ancianos des
empeñaron, por otra parte, un papel importante en calidad
de consejo nacional, en la mayor parte de los pueblos. El
concurso que un gobierno puede recibir de un senado, sa­
biamente moderador de toda actividad demasiado exube­
rante, no puede menos de aprovechar al verdadero pro­
greso. Los Apóstoles colocaron, pues, al lado de los obispos
y con ellos, al frente de las comunidades cristianas, un
grupo de hombres, venerables por la edad y sobre todo
por la autoridad moral, que aseguran la ciencia y la pie­
dad. Parecen además haber estado tan directamente uni­
dos á los obispos, que en seguida se confunden con ellos.
Diríase que se trataba de dos diferentes nombres de un
mismo cargo <3), empleándose sobre todo el de Ancianos
(1) No se ve por qué muchos exégetas han supuesto que la misión de
Bernabé y de Pablo precedió á la aparición del hambre. En toda esta parte
del relato bíblico, los acontecimientos están clasificados con la libertad á que
tiene derecho el historiador que relata una serie de hechos complejos y en­
marañados.
(2) Éxodo, III, 16; IV, 29; Jos., XXIV, 1 y 31; I Reyes, VIII, 4, etcéte­
ra; Esdras, V, 5; VI, 7, 14, etc.
(3) Así, Pablo, despidiéndose de los Ancianos de Efeso á quienes había
convocado en Mileto, les dice que el Espíritu Santo los había establecido
330 MONSEÑOR LE CAMUS

en las comunidades de origen judío, y el de Obispo en las


de origen griego. Deberemos insistir en esta importante y
difícil cuestión, cuando sea preciso estudiar más tarde la
Iglesia cristiana en su período de organización. Resolver­
la en este momento sería anticiparse al desarrollo tan ma­
ravillosamente progresivo y ponderado de la jerarquía
católica. Baste saber que los Ancianos de Jerusalén, di­
rectores y vigilantes de la Iglesia madre, recibieron los
dones llevados á Antioquía, y los distribuyeron á los fieles
más necesitados.
Aquí se coloca muy naturalmente la historia de una
mujer bienhechora, Helena de Adiabena, esposa y madre
de reyes, que se distinguió, durante aquella carestía, por
su inagotable caridad. Josefo, contando muy largamente
su vida, dícenos que había abrazado la religión judía (1'.
¿No habría sido más exacto decir que, convertida por un
predicador del Evangelio, había adoptado la religión de
Jesucristo? Hay en esta mujer una caridad que traspasa
la nota judía, y en la historia de su conversión, algo que
hace pensar muy naturalmente en las dichosas conquistas
de los primeros propagadores del Evangelio *2).
Helena era hermana y esposa de Monobazes, rey de
una provincia de Asiria llamada Adiabena. El segundo hijo
que dió á su marido fué bien pronto el objeto de las prefe­
rencias paternales. Una voz misteriosa había profetiza­
do su porvenir. Se le llamó Izates. Muy pronto inspiró
á sus hermanos la más violenta envidia, y Monobazes de­
bió pensar en ponerlo en seguridad, alejándolo de su corte.
Confiólo á Abennerig, rey de Mesena. Este apreció en se-
Obispos para gobernar la Iglesia de Dios. E scribiendo á Tito, le encarga ins­
titu ir en las diversas ciudades de Creta Ancianos cuya vida sea absoluta­
m ente correcta; «porque—d ice—es preciso que un obisjfo sea irreprochable».
(Y . Tito , I, 5-7; I Timot., III, 1-7; Hechos, XX, 17, 28). A sí se explicaría qui­
zás la presencia sim ultánea de m uchos obispos en una m ism a Iglesia (Fi-
l i p I, 1; Hechos, XX, 18; Santiago, V, 14). San Pedro recom ienda á los An­
cianos que apacienten el rebaño y ejerzan en él el oficio de obispos, ¿ttktíco-
-trovvTes ( I Pedro, V, 2. V éase San Jerónim o in Epístola ad Titum).
(1) Ant., XX, 2-4.
(2) Véase Orosio, VII, 6, y Moisés de Corena, II, 35.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 331

guida sus raras cualidades, y, habiéndole dado su hija en


matrimonio, le encargó la administración de una de sus
má.R importantes provincias. Pero el viejo Monobazes no
quería descender al sepulcro sin haber visto nuevamente
este hijo predilecto.
Habiéndole llamado, confióle como principado, el país
de CarreB, y murió poco después. La reina conocía sus de­
seos. Con mucha habilidad hizo pasar la corona a la cabe­
za de Izates, en detrimento de un hermano mayor, que
aceptó, sin embargo, la regencia, en tanto que el nuevo
rey llegase de su lejana provincia. Á fin de evitar turbu­
lencias, los otros hermanos habían sido encarcelados, y se
trataba también de matarlos. Izates reprobó este criminal
proyecto, y, habiéndoles devuelto la libertad, eñviolos,
con sus propios hijos, como rehenes, los unos a Poma, los
otros al rey de los partos. Esta bondad de alma es me­
nos sorprendente en este joven principe, cuando se sabe
que, desde algún tiempo, vivía muy entregado á pensa­
mientos religiosos, y deseoso de elevar su vida moral a la
altura de las luces sobrenaturales que había recibido. En
efecto, mientras estaba en el campo de Espasina, un judio
que llevaba el mismo nombre de aquel que había bautiza­
do á Saulo en Damasco, le había iniciado en el conocimien­
to del verdadero Dios. Después de haber ganado a sus
ideas religiosas á las mujeres del harén, ofreciéndoles ob­
jetos de tocador, pidió ser puesto en relaciones con el pro­
pio Izates, y le convirtió también. De suerte que, cuando
éste debió volver á Adiabena, no queriendo separarse de
Ananías, se lo llevó consigo á su reino.
Ahora bien, casi al mismo tiempo—era la época en que,
después de la muerte de Esteban, salidos de Palestina los
partidarios de las ideas universalistas, comenzábase á de­
cir, un poco en todas partes, que era preciso evangelizar
á los gentiles,—otro judío había inducido también a He­
lena, la reina madre, á adoptar la religión monoteísta. Es
de creer asimismo que este predicador le había abierto
horizontes más anchos que la teología formalista de los
332 MONSEÑOR LE CAMUS

rabinos; porque, Izates habiendo pensado hacerse circun­


cidar, su madre se opuso vivamente, y Ananías se juntó á
ella para representar al rey que se podía servir á Dios y
agradarle sin someterse á aquella práctica legal, por más
que pareciese esencial al judaismo. Semejante manera de
considerar y de resolver el caso de conciencia real ¿acaso
no indica que en el casuista había algo más que las miras
estrechas de un rabino judío? Juzgar superflua la circun­
cisión, si, por otra parte, se practicaba generosamente la
ley de Dios, ¿no era propio de un misionero cristiano de la
escuela de Pablo? Otro judío, galileo de origen, y llamado
Eleazar, llegó entonces y mostróse partidario implacable
de la circuncisión, lo que determinó al rey timorato á eje­
cutar su primer proyecto. ¿Por ventura este recién llegado
moralista no nos recuerda el partido de los discípulos judai­
zantes, obstinados con tanto ardor en practicar, aun des­
pués del bautismo, las observancias legales y sobre todo
la circuncisión? Eleazar, misionero galileo, es rigorista;
Ananías, que había oído quizás á Pablo, es partidario re
suelto de la emancipación del hombre respecto de la Ley.
Cuando la reina vió que todo marchaba á pedir de boca
en el reino de su hijo, deseó ir en peregrinación á la Ciu­
dad Santa, para adorar á Dios en su Templo, dice Josefo,
mas quizás también para ver de cerca á los testigos del
Evangelio y los lugares donde se obrara la gran revelación
divina. Autorizóla su hijo y hasta la acompañó durante
muchos días, testimoniando así su profunda pena de no
seguirla. Colmóla de riquezas, de las que hizo el mejor
uso la piadosa señora. Su presencia en Jerusalén coinci­
dió, en efecto, con la época de la gran carestía. La gente
moría de hambre. Su buen corazón y su real generosidad
se mostraron á la altura de la miseria pública. Sin perder
un momento, envió á sus servidores á comprar en Alejan­
dría todo el trigo que se encontró, é higos secos en ChL
pre. Cifraba toda su felicidad en ser así la providencia de
los pobres. Informado su hijo de loque sucedía en Judea*
envió él mismo á los Jefes del pueblo, quizás á los ancia-
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 331

nos de la Iglesia, grandes sumas de dinero para subvenir


á los padecimientos de los más necesitados. Izates y su
madre estaban unidos, por los lazos más íntimos del alma,
á la Ciudad y al pueblo de Dios. Monobazes, que, reivin­
dicando su derecho de primogenitura, sucedió á su her­
mano menor, cuidó de hacer transportar allí sus restos.
Helena había construido de antemano, para sí y para sus
dos hijos, tres sepulcros, de que Pausanias habla como de
una maravilla Levantábanse en forma de pirámides, a
tres estadios de la ciudad, frente á frente de la torre de
las Mujeres, hoy Puerta de Damasco W. Así, desde aque­
lla época, Jerusalén ejercía en las almas piadosas este po­
der de atracción que, desarrollándose en el decurso de los
siglos, se traducirá por tantas célebres peregrinaciones*
que tendrán su heroica generalización en las cruzadas.
Josefo que de propósito deliberado no habla jamás del
Cristianismo, aun cuando deba hacer mención de perso­
nas que fueron cristianas, no puede impedir, por su in­
completo testimonio, que entreveamos en esta conversión
de Izates, de su madre y de su familia, y sobre todo en la
historia de sus hermosas virtudes, un elemento transfor­
mador más poderoso que el judaismo en decadencia. Estn
elemento no fué otro que el fuego sagrado encendido por
Jesús en el mundo. Así, el Evangelio comenzaba á produ­
cir sus efectos hasta en el alma de los barbaros, haciendo
germinar en ella, con la fe, las más nobles inspiraciones de la
caridad. El rabinismo quiso reivindicar para sí como suyos
todos los miembros de esta excelente familia, que en su
mayor parte vivieron en Jerusalén hasta su ruina. En su
afán de considerar como suyos á tan gloriosos prosélitos,
no observó que, si éstos profesaron realmente las doctri­
nas que él les atribuye, y si el árbol se conoce por sus fru­
tos, tales personajes fueron ciertamente cristianos, porque12
(1) Pausanias, lib. VIII, cap. 16.
(2) No sería imposible que hubiesen ocupado el sitio en que acaban de
establecerse los dominicos, y donde había sido edificada la basílica de San
Esteban. Véase Notre Voyage aux Pays bibliques, vol. II, p. 57.
334 MONSEÑOR LE CAMUS

hablaban muy visiblemente el lenguaje del Evangelio (1).


No sabemos exactamente la duración de la estancia de
Bernabé y de Pablo en la Ciudad Santa. Bien que el ob­
jeto principal de su visita fué llevar limosnas á la comu­
nidad, sabemos que hicieron aprobar entonces, una vez
más, sus proyectos de evangelizar á los gentiles. Tito es­
taba con ellos, y el mismo Pablo nos dirá lo que sucedió en
esta segunda visita á la Ciudad Santa No creemos, en
efecto, que sea posible relacionar con el viaje para la re
unión conciliar, que fué el tercero, lo que cuenta muy ex­
plícitamente del segundo. Más tarde se verán las razones
en que nos apoyamos y que nos han parecido decisivas.
Este segundo viaje de Pablo fué motivado por una revela­
ción, la profecía de Agab, y por el estado de la Iglesia de
Jerusalén, azotada por el hambre, no turbada por los ju ­
daizantes. Pedro, llegado de Boma, se hallaba allí con
Santiago y Juan, y aprobaron plenamente la conducta de
Pablo y Bernabé en el asunto de la evangelización de los
gentiles. Los judaizantes perdieron el pleito en su preten­
sión de imponer la circuncisión á Tito. Las limosnas lleva­
das por los delegados de Antioquía probaban claramente
la filial deferencia y el afecto que profesaban á la madre
Iglesia de Jerusalén los gentiles convertidos al Evange
lio. Ésta heredaba, por tanto, los privilegios de la Sinago­
ga. En efecto, habíase visto, en todo tiempo, á los judíos
de la dispersión, ansiosos de acudir al socorro de los de Je­
rusalén, afligidos por la guerra ó el hambre í3'. Los paga­
nos convertidos se proponían perpetuar tan respetables y
tan útiles tradiciones. Tan hermosos sentimientos fueron
debidamente apreciados y se recomendó á Pablo y á Berna­
bé que los fomentasen entre los gentiles, continuando ellos123
(1) Comp. Baba Bathra, 11, a; Joma, 37, a; Nazir, 19, b; Schabbath, 6,
8, b, en el Talmud de Babilonia, con Mat., VI, 1 y sig.
(2) Y. Galat., II, 1 y sig.
(3) Aún hoy día, los judíos de Jerusalén viven de las limosnas de sus
hermanos esparcidos por todo el mundo. Di cese además que esto es para al­
gunos un medio de hacer fortuna. Estas limosnas se distribuyen siempre por
cabeza (Jaluqáh) y según la dignidad ( Qedimáh).
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 335 ■í

mismos sus colectas y caritativas diligencias W. Los tiem­


pos malos que atravesaba la ciudad y los desórdenes que
iban á seguirse hasta su definitiva ruina, tales como nin­
gún pueblo los ha conocido jamás, explican, en parte, la
constante miseria de la comunidad jerosolimitana. Á par­
tir de la llegada de Cumano, hubo una serie no interrum­
pida de rebeliones y de represiones. Los ánimos estaban en
un estado inconcebible de excitación y de fiebre. Aun an­
tes de la aparición de la secta de los Sicarios, manos cri­
minales destruían las aldeas, incendiaban las mieses y
sembraban par doquiera la devastación y el espanto. Los
que hasta entonces habíanse mostrado simplemente de­
fensores acérrimos del formalismo j udío, con el nombre de
fariseos, dejábanse arrastrar al más ciego fanatismo, has­
ta convertirse en aquellos Qenaim ó Celadores, que se ser­
vían del puñal, cuando sus palabras y sus ejemplos no
obtenían resultado. Querían toda la Ley con las adiciones
que en ella había introducido la tradición rabínica. Diríase
que aquellos insensatos, habiendo desconocido la reden­
ción nacional por Jesucristo, y esperándola de un movi­
miento religioso, según una falsa interpretación de los
Profetas, soñaban en una perfección formalista que hiciese
violencia al cielo. De esta suerte sus excesos precipitaron
la catástrofe final.
Los discípulos del Evangelio, por grande que fuese su
espíritu de mansedumbre y de resignación, tuvieron mu­
cho que sufrir, no pudiendo prestarse á exigencias siem -
pre crecientes y que, haciendo retroceder violentamente
el Evangelio, tendían á variar las condiciones de la Re­
dención. Perseguidos, despojados, sin trabajo, sin recur­
sos, mal recibidos en todas partes, conocieron la miseria
bajo todos sus aspectos. Fueron mártires aquellos heroicos
creyentes, que murieron de hambre por la verdad. Por
esto veremos á Pablo inquietarse vivamente por recoger
en todas partes limosnas para sustentarlos y temer siem-(l)
(l) Gal., n , 10.
336 MONSEÑOR LE CAMUS

pre, á pesar de su abnegación, no llevarles suficientes con­


suelos. Este cuadro de la vida precaria, intranquila, dolo-
rosa, de la comunidad de Jerusalén, contrasta singular­
mente con el del feliz desarrollo que adquiría la nueva
Iglesia de Antioquía. La mano paternal de Dios se retira­
ba visiblemente de Israel y se extendía hacia los gentiles.
CAPÍTULO XII

Los cristianos en Antioquía


Necesidad de designar oficialmente á los discípulos del Evangelio.—La pa­
labra CRISTIANO en su origen, su significado, sus resultados.—Camino
rápidamente recorrido por la Iglesia.—Su nuevo nombre prueba que, de­
finitivamente desligada de la Sinagoga, es dueña de sí misma en lo suce­
sivo.—Conclusión del período de emancipación. (Hechos, XI, 26).
En efecto, la Iglesia de Antioquía había visto crecer
muy rápidamente el número de sus prosélitos. La mayor
parte llegábanle de poblaciones paganas, y sus heterogé­
neos grupos, que hablaban griego, siriaco ó latín, habían­
le quitado su fisonomía exclusivamente judía de los pri­
meros tiempos. Si sus miembros tenían la misma fe que
los fieles de Jerusalén; si se amaban también unos á
otros; si se reunían para la oración en común y la fracción
del pan, no es menos cierto que, de buen grado, dejaban
penetrar su real independencia respecto de la l9y mosai­
ca. Desde entonces se debió cesar de confundirlos con los
judíos. Eran de otra procedencia, de otra raza y tenían
otras aspiraciones. Para designarlos, fué necesaria una
denominación especial. ¿Quién la inventó? La historia no
lo dice.
No fueron los judíos, porque éstos habrían temido pro­
fanar el título de Mesías ó de Cristo, dándolo á una secta
para con la cual afectaban aún más desprecio que odio.
Su fanatismo consentía en darles el nombre de Nazarenos
ó Galileos W; jamás los hubiesen llamado discípulos del
Mesías.1
(1) Hechos, XXIV, 5. Comp. Juan, I, 46; Lucas, XIII, 2.
338 MONSEÑOR LE CAMU3

Muchos han creído que lo escogieron los mismos fieles*


para afirmar públicamente su origen, y se asegura que uno
de los más ilustres miembros de la joven Iglesia, Evodio,
lo inventó y comenzó á usarlo Á primera vista, podría
parecer extraño que se hubiesen atrevido á compararse de
esta suerte con los partidarios armados de los señores de
este mundo, césares, reyes, pretendientes de toda clase (12)3,
cuando su jefe, muerto doce años antes, no era más que
un nombre vano para los incrédulos. Sin embargo, esto
entusiasmo de los recién convertidos se explicaría por el
ardiente deseo que tenían de dar á conocer á todos, pro­
nunciando su nuevo título, á Aquel que llenaba sus almas
con su amor, con su fe, con sus influencias. Llamarse
C r is t ia n o s , era, por el solo nombre, predicar á J e s u c r is ­
t o . Á tomar por sí mismos una denominación,—y era pre­
ciso determinarse pronto á ello, puesto que la Iglesia, de­
jando de ocultarse en el círculo de los amigos, comenzaba
á vivir en pleno día,—aquellos que hasta entonces se ha­
bían llamado «Discípulos, Creyentes, Hermanos, Elegi­
dos, Santos, Viadores,» pudieron verdaderamente com­
prender que, en Antioquía, estaban bastante emancipados
del judaismo y sobre todo bastante unidos á la vida y ála
persona del Maestro para llamarse con el título de éste.
En efecto, el título del Salvador es Cristo, mientras que
su nombre es Jesús (3). En sí nada hay que á lo dicho se
(1) V. Malala, Ghronograph., X, y Suidas, II, 3930, a, edic. Gaisford.
Quizás estos autores pensaron muy sencillamente que si este nombre había
sido dado por primera vez á los fieles de Antioquía, y si Evodio había sido
su primer obispo, éste debía haberlo inventado.
(2) En efecto, en el mismo sentido se había dicho: pompeyanos, cesaria-
nos, berodianos, y debía decirse: otonianos, vitelianos, etc.
(3) «Christus non proprium nomen est, dice Lactancio ( Div. Inst., IV, 7),
sed nuncupatio potestatis et regni.> La confusión en semejante materia era
habitual á los paganos: «Auctor nominis hujus Christus, Tiberio imperitan-
te, per procuratorem Pontium Pilatmn supplicio affectus erat,» dice Táci­
to, Anual., XV, 44. Si los discípulos hubiesen escogido por sí mismos su
nueva denominación, quizá se habrían atenido más directamente al verda­
dero nombre de su Maestro. San Epifanio ( Haer., XXIX, 4) dice que una
de los nombres más antiguos de los cristianos fué el de 'Ie<r<rcúoi. Tal es el
que ha tomado una de las grandes órdenes religiosas de los tiempos moder­
nos, los Jesuítas.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 339

oponga, y es necesario reconocer que la elección era muy


acertada, para hacer entender que Cristo era el pensa­
miento habitual de sus discípulos, su exclusivo afecto y
toda su vida. La divisa de Pablo: Mihi vivere Christus
est -123), compendiada en una sola palabra, derivada del tí­
tulo mismo que había motivado la condenación dél Maes­
tro, y que constituye su eterna gloria, resultaba el santo
y seña de las almas que luchaban por el bien, el nombre
patronímico de los creyentes, su acta de inalienable no­
bleza. .
Con todo, si fué así, ¿por qué los discípulos no lo adop­
taron en seguida y más comúnmente en sus discursos y en
sus escritos(2)? Se ha supuesto más generalmente, y con
alguna verosimilitud, que les fué dado, ó bien oficialmen­
te por la policía romana ó la administración civil de la
ciudad, que tenían necesidad de designar de alguna mane­
ra la nueva corporación, muy poderosa ya, ó bien como so­
brenombre, por la población antioqueña, dispuesta siem­
pre á mostrar su espíritu burlón, y fastidiada de encon­
trar incesantemente el nombre de Cristo en los labios de
los prosélitos(3). En realidad, de los dos únicos pasajes del
Nuevo Testamento en que se encuentra, estaríamos casi
autorizados para concluir que se tomaba en una acepción
humillante. Agripa dice irónicamente á Pablo: «Poco fal­
ta para que me persuadas á hacerme cristiano í4'»; y Pe-
(1) Filip., I, 21. '
(2) Sólo se em plea dos veces en el N u evo Testam ento, y esto m ás de
quince años después. ( Hech., XXVI, 28; I Pedro , IV , 16).
(3) Tácito parece indicar el origen malo de esta palabra: «Quos per fla-
gitia invisoa, vulgus Christianos appellabat.» (Ann., XV, 44). Sabido es que
el pueblo malicioso de Antioquía gustaba de los apodos. Amiano (Hist.,
XXII, 14) dícenos que á Juliano le llamaban Gercops, Barba de macho ca­
brío, Oto, Efialtes de los grandes trancos. (V. Filostrato, Vita Apolla III,
16). Procopio, P. B., II, 8, consagra todos estos testimonios: «TeXoíois re ko.1
arabía licav&s ?xoj'rat.>(*)
(4) Hechos, XXVI, 28.
(*) D ice así A m iano: «Ridebatur enim u t cercops, hom o brevis hum eros
exten tan s angustos et barbam praeseferens hircinam , grandiaque incedens
tanquam O ti frater et E phialtis, quorum proceritatem H om erus in im m en-
sum to llit.»—N . del T.
340 MONSEÑOR LE CAMUS
dro, después de manifestar que este nombre ha sido dado
á los discípulos para acarrearles malos tratamientos, de­
clara (1) que hay que aceptarlo sin avergonzarse, y dirigir­
lo á gloria de Dios. ^ Xpumavós es una palabra griega con
terminación latina aros (anus), en lugar de yros, tros, «<«, que
presentarían una fisonomía mas correcta. Pero en una
época en que Poma había importado casi en todas partes,
con sus administradores y sus soldados, el uso de su len­
gua, encuéntranse, en el griego vulgar, ya que no en el de
los buenos autores, estas formas híbridas <3' que, con innu­
merables neologismos, demuestran la completa fusión en­
tre la raza conquistadora y los pueblos conquistados. A
considerar la sola forma de la palabra, no hay mayor ra­
zón para atribuirlo a la administración romana que al
pueblo chancero de Antioquía. De una y otra parte se ha­
bría dicho Xpt<mavoí. ^
Por lo demás, si hubo mala intención en los que imagi­
naron primeramente este nombre, Dios se encargo de des­
quitarse, haciéndolo glorioso entre todos y para siempre.
Hebreo en cuanto expresa la idea de Mesías, griego en
cuanto á su esencia, y latino en cuanto á su terminación,
recuerda, por esta triple relación, la inscripción colocada
sobre la cabeza del Crucificado, que, también ella, tuvo la
feliz suerte de publicar gloriosamente, en las tres lenguas
del mundo civilizado, lo que los enemigos habían escrito
irrisoriamente. Nomcn 6t ottibti. La inscripción y el nom­
bre fueron una profecía. Del mismo modo que, según aqué­
lla, aunque imaginada por el escepticismo burlón de un
romano,’ Jesús ha sido realmente rey del mundo, así, se­
gún éste, de origen quizá no menos sospechoso, los Ckis-123
(1) I Pedro, IV, 16. m . , .
(2) Estos dos textos bíblicos, lo mismo que el de Tácito, prueban que el
nombre cristiano era despreciado y perseguido; pero no se refieren á su ori­
gen Schneller, U Apotre Paul et le monde anden, trad. Gindraux,p.96, es­
cribe: «Et deja r eglise d’ Antioche était puissante, elle avait su donner, á
ses membres ce nom de chrétiens. Así opinan otros muchos autores, y esta
parece la interpretación más literal de Hechos, XI, 26.—N. del T.
(3) Así decíase: Tpa\\ia*ós. En Htchos5 XX, 4, se lee Acrtavtat ( )
(*) Véase Renán, Les Apotres, chap. XIII.—N. del T.
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 341
t ia n o s han resultado la ilustre familia, la viva semejanza,
la expansión indefinida del Cristo á través de las edades:
Christianus alter Christus. Quien ha querido llevarlo con
dignidad, ha debido comenzar por doblegar su inteligen­
cia á la fe, su voluntad á la obediencia, su corazón al
amor, hacer del pensamiento de Cristo su propio pensa­
miento, de sus virtudes sus propias virtudes, por mucho
que esto costase á su mala naturaleza; y, magullado, que­
brantado, transformado por las violencias que se había
impuesto, ha dado por fin el grito de triunfo: ¡S o y c r is ­
t ia n o ! ¡C h r is t ia n u s s u m ! Cuando se puede pronunciar
esta exclamación con la certeza de que responde en nos­
otros á UDa sublime realidad, lo demás no importa; porque,
á los ojos de la verdadera sabiduría, toda grandeza, toda
alegría, toda esperanza están en esta íntima convicción de
haber llegado á ser el hombre la representación viva y
una especie de personificación auténtica de Jesucristo. En
su arrogancia y en su fe santamente inspiradas, estaba
admirable aquel intrépido mártir de Lión que, á todas
las preguntas de los perseguidores sobre su nombre, su
patria, su familia, respondía invariablemente: «¡C h r is t ia -
NUS SUMÍ1*!»
¡Extraña ironía de las cosas! El mismo nombre inven­
tado por algún soldado beodo, por policías desorientados
ó por sofistas burlones, pronunciado por ellos, al azar, sin
importancia, ó como una injuria, ha venido á ser el grito
de las santas resoluciones, la respuesta del alma á todas
las objeciones de la carne, el honor del hombre dueño de
sí mismo y superior á sus opresores, el punto de partida
y el coronamiento de toda virtud como de toda civiliza­
ción, el epíteto que va estrechamente unido á todo lo
grande que, durante diecinueve siglos, se ha hecho para
el triunfo de la verdad, de la justicia y de la libertad.
Pedro escribía que debe glorificarse á Dios en este nom­
bre í2). ¿Quién podría decir la serie de victorias que él ha
(1) Eusebio, H. E., Y, p. 202.
(2) IP edro, IV, 16.
22 T. IV
342 MONSEÑOR LE CAMUS

presidido, desde el día en que resonando en los pretorios,


en el anfiteatro, en las hogueras, hizo temblar los procón­
sules, dominó el rugido de las fieras y convirtió a los mis­
mos verdugos? El hombre, débil y frágil, lo ha afrontado
todo, la fuerza brutal, las seducciones del placer, los argu­
mentos de la incredulidad, y lo ha vencido todo, diciendo:
« j S o y c r i s t i a n o !» Este es el nombre que gritó al mundo
para renegarlo, á la soledad para poblarla, al sufrimiento
moral para mitigarlo, al aguijón de la carne para embotar­
lo; y, como un sagrado talismán, este nombre ha obrado
prodigios en todas partes. ¿Acaso no nos dice la historia
que de repente resultó tan difundido y tan poderoso, que
Juliano el Apóstata quiso suprimirlo (1)? Era un elocuente
llamamiento á la nueva religión, formaba los Apóstoles y
agrupaba los discípulos. Aun hoy día, repitiendo: « ¡ S o y
c r i s t i a n o !» , nuestros misioneros surcan los mares, atra­
viesan las montañas, y hacen retroceder el error y la
barbarie. Lo han repetido para consolarse ó animarse el
obrero en el trabajo, el soldado en el campo de batalla,
el filósofo en sus meditaciones. No hay mejor oración fú­
nebre para los que lo han llevado con dignidad. De la
choza al palacio, de la cuna al sepulcro, del fondo de los
valles á la cima de las montañas, del pecho extenuado del
pobre á la coronada testa de los reyes, de las catacumbas
á la catedral, la cruz nos recuerda que debemos ufanarnos
de este gran nombre y poner en el nuestra esperanza.
« ¡ S o y c r i s t i a n o !» Este es el grito que ha cambiado la
faz del orbe, introduciendo en él la justicia para todos, la
bondad y la independencia del alma, la verdadera digni­
dad humana, la fraternidad universal. Un pueblo jamás la
borra impunemente de su constitución, y menospreciarlo
es suicidarse.
Los apologistas de los primeros siglos jugaron, más da
una vez, con la forma particular que, por error ó por con­
sonancia, daban á esta palabra los paganos (2). Escribíase
(1) Juliano, Epp., V II, IX ; Gregor., N az., O raí., I II, 81.
(2) No es seguro que el mismo San Pedro no preludiara esta aproxima-
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES 343
con frecuencia Chrestiani por Christiani, no siendo raro
encontrar ejemplos de esto en las piedras de los viejos ce­
menterios romanos. La confusión de Suetonio llamando
Chrestus al jefe de la secta, es tanto menos excusable,
cuanto la t¡ de los griegos se procunciaba como la i de los
latinos, y Cresto era un nombre muy común en Roma
Pero Cresto no era solamente un nombre de varón: en
griego, era también un adjetivo calificativo que significaba
bueno, excelente. En este sentido podía decir Clemente
de Alejandría que los discípulos del Cristo «eran excelen
tes de nombre y de hecho í3-.» Y Tertuliano, dirigiéndose
á los paganos, exclamaba: «Aunque nos llamáis errónea­
mente Grestianos (porque ni siquiera tenéis noticia cierta
del nombre), expresa éste suavidad y benignidad En
el francés arcaico se había admitido, y se conserva toda­
vía su forma errónea, pues se escribía Chrestien, y hoy
se dice Chrétien (5).
Pero lo que da á la aparición de este nombre, en las
lenguas humanas, su incomparable importancia, es que
comprueba la definitiva emancipación de la Iglesia subyu­
gada hasta entonces por el judaismo. Es el acta de naci-
ción al escribir: «si es caso que habéis gustado 6ti x^crrós ó K úpios,) I Pedro,
II, 3.
(1) Ner., XVI; Claud., XXV; Lactancio, Instit. div., IV, 8. Nada más
común que el nombre Cresto entre los judíos de Roma y entre los esclavos.
(Cicerón, Epist. fam., II, 8; Orelli, 2414; Marcial, V il, 55; de Rossi, Rom.
sott., tav. XXI, 4).
(2) Recuérdese, sin embargo, la controversia entre la escuela de Reu-
chlin y la de Erasmo sobre la pronunciación del griego. Adviértase también
que algunos autores no admiten que se refiera á Jesús el párrafo de Sueto­
nio citado en la pág. 310.—N. del T.
(3) Strom., II, 4, 10: x/w?<rr°í Te eíaip kal Xéyovrai. Véase Justino, Apol.
1, IV.
(4) Apol. III: «Sed quum et perperam Chrestiani nuncupamur á vobis
(nam nec nominis certa est notitia penes vos), de suavitate et benignitate
compositum est.» Comp. ad Natal., I, 3.
(5) Más tarde imaginóse otra etimología de la palabra, y se supuso que
los cristianos eran así llamados porque eran los Ungidos del Señor. (V. San
Jerónimo sobre el Salmo CV, 15; San Ambrosio, de obitu Valent.; Tertulia­
no, Apol. III). Teofilacto, ad Antolyc., I, 12, dice explícitamente: «Totfnov
treicev Ka\oú/xeda xpurriavol St i Xí>‘<fy¿e0a ÍXaiov 0 eou.» ( * )
(*) Esta etimología es comúnmente admitida.—En catalán antiguo se de­
cía también crestiá.—N. del T.
344 MONSEÑOR LE CAMU3

miento oficial de una nueva sociedad. Por él comienza á figu­


rar en la historia de la humanidad, inaugurándose una era
aparte que no había tenido ni tendrá jamás otra que la
iguale. En una época en que se acuñaban tantas medallas
Dara conservar el recuerdo de guerras criminales, de obras
insignificantes y de elogios enfáticos que la adulación mul­
tiplicaba bajo todas las formas, la falsa justicia de los hom­
bres se desdeñó de acuñar una en honor de la sociedad,
cuya gloria, influencia y porvenir debían exceder á los de
todos los cesares, reyes y emperadores reunidos. Por otra
parte, Cristo reivindicaba homenajes menos vulgares. Los
discípulos que habían tomado su nombre cuidarían de ser
otras tantas medallas vivientes destinadas á sacar á luz,
y sobre todo á poner en acción, el verdadero poder del
jefe cuyos soldados se decían. Hiciéronlo así, siendo inne­
gable que les cupo el honor de diseñar en su alma, con
más elocuencia que en troqueles de oro y de bronce,
las virtudes y la vida de Aquel que deseaba ser honra­
do, con los mismos títulos que Dios, en espíritu y en
verdad.
Desde este momento, vendrán los judíos á agruparse, si
así lo quieren, sin privilegio especial de que no gocen los
griegos y los' bárbaros, en torno de la Iglesia cristiana.
Ésta, desprendida del seno de su madre, va á suplantarla,
vivir vida propia y atender libremente á sus gloriosos des­
tinos Su nuevo nombre prueba su existencia, revela su
autoridad é indica su bandera.
Este resultado capital sólo lo logran los hijos del Evan­
gelio después de diecisiete años de lucha, de paciencia
y de fe, al lado de la Sinagoga, madrastra desconfiada y
formalista endurecida. En un medio tan impenetrable,
es necesario que una serie de persecuciones haga ger­
minar y manifestarse la fuerza de difusión que es la nota
característica de la Iglesia. Los primeros disentimientos,
entre judíos palestinos y judíos helenistas dan ocasión
á la elección de siete diáconos. Éstos, escogidos sobre
todo entre los hombres de fuera, predican ideas más
LA OBBA DE LOS APÓSTOLES 345
amplias que las de los palestinos. Esteban las sella
heroicamente con su sangre. Entonces salen de Jeru­
salén sus compañeros, y, respirando con mayor como­
didad, procuran dar curso á sus ideas universalistas.
Primeramente en Samaria y en el camino de Gaza des­
pués, Felipe oye que el Espíritu le ordena cumplir
sin tardanza las palabras del Maestro: «Seréis mis tes­
tigos en toda la Judea, y Samaria, y hasta el cabo del
mundo (1),» y obedece. Otros prosiguen su obra de evan­
gelizaron, á lo largo de la costa fenicia, en Chipre, y
hasta Siria. En adelante se ven volar por todos lados las
chispas del incendio, que la Sinagoga no puede circuns­
cribir. Sin salir de los centros adictos al judaismo, se hace
mar adentro el Evangelio. Un golpe súbito de la Provi­
dencia convierte á Pablo, el perseguidor, en uno de los mas
fieles discípulos de la Buena Nueva. Al derribarle, Diosle
grita en el fondo de su corazón que su misión consistiría
en evangelizar á los gentiles, y vuelve de su retiro de
Arabia, convencido de que debe inaugurar esta misión sin
tardanza; pero su proposición no encuentra eco en el grupo
apostólico. Después de haber conferenciado con Pedro, aló­
jase de Jerusalén, para ir á Tarso á esperar pacientemente
que el mismo Dios hable un poco más fuerte á aquellos
que no han querido escucharle. En todas partes, salvo en
Jerusalén, que se obstina en el parlamentarismo irreducti­
ble, se afirma la urgencia de abrir á la humanidad entera
las puertas del Peino. En efecto, Dios habla á Pedro
en la azotea de un curtidor y le conduce á Cesárea, para
que dé el golpe decisivo á los viejos muros del judaismo.
En un abrir y cerrar de ojos, y como vuela el rayo en el
espacio, la nueva llega á Siria. El jefe de los Apóstoles
cuenta en breves palabras, para legitimarla ante los de
Jerusalén, la revolucionaria innovación de Cesárea, que
otros prosiguen en Antioquía. De suerte que en lugar de
perder el tiempo en discusiones, la Iglesia anda. Esto es
(1) Hechos, I, 8.
346 MONSEÑOR LE CAMUS

providencial, porque Jerusalén vaá ser un centro inhabi­


table, una ciudad maldita, y la Iglesia deberá apresurarse
á salir de allí, si no quiere permanecer entre sangre, sucie­
dades y crímenes. Dentro de sus muros no habrá sitio pa­
ra los hijos de Dios, hasta que llegue la hora de que ella
misma deje de asentarse en el monte Sión.
Mas he aquí que en cambio, en la gran metrópoli de Si­
ria, entre aquellos mercaderes ó soldados, llegados de to­
das partes y dispuestos á llevarse consigo, á los cuatro
vientos del cielo, la divina semilla; en aquellas plazas pú­
blicas en que se dan cita el lujo, la frivolidad, la holganza,
el espíritu malicioso, el escepticismo y la credulidad; en
aquellas asambleas de retóricos y de filósofos, totalmen­
te desconcertados, se pronuncia un nombre nuevo: J e ­
su c r is t o . Refiérese la vida y la muerte de Aquel que lo
llevó, su resurrección gloriosa, su ascensión triunfante. Los
nuevos predicadores anuncian la humanidad tocando al
cielo por uno de sus miembros, y el cielo bajado á la tierra,
es decir, la realización del sueño de rehabilitación, duran­
te largos siglos acariciado por la humanidad caída é infe­
liz. Esta Buena Nueva hace estremecer de entusiasmo todas
las almas dignas de escucharla. El ideal de la belleza moral,
de la verdad, de la bondad, no deja jamás insensible al
hombre honrado. Pues bien, este ideal que fascina el espí­
ritu y el corazón, es Jesucristo. Aclámanle numerosos pro­
sélitos. Piden alistarse bajo su bandera, ser sus discípulos
y sus soldados. La mano de los predicadores los sumerge
en el agua que los reyes Seleucidas y los conquistadores
romanos hablan conducido del Casio con miras muy dife­
rentes, y dejan en ellas, con el hombre viejo, su impureza
pagana. Radiantes de luz y de gracia, salen de estas pisci­
nas santificadas, griegos, sirios, asiáticos, romanos, todos,
en el paternal abrazo de Pablo ó de Bernabé, salúdanse
como hermanos, y, dándose la mano, constituyen la socie­
dad nueva, el pueblo escogido, un sacerdocio real*1), la
(1) I Pedro, II, 9.
LA OBEA DE LOS APÓSTOLES 347

Iglesia de Dios. Se los reconocerá en su vida casta, en su


ejemplar justicia, en su paciencia llena de dulzura, en su
inagotable caridad, en su deseo de ganar prosélitos. Entre
ellos, todo discípulo será apóstol, y el joven ejército va
pronto á intimar al viejo mundo que se rinda a discre­
ción. Su definitiva y oficial denominación de C r i s t i a n o
¿no ha sido tomada, por ventura, en señal de esperan­
za, no de la lengua de Jerusalen, que es la de lo pasado,
sino de la lengua de la Gentilidad, que es la de lo por
venir? .
De esta suerte se ha cerrado solemnemente la primera
etapa de la Iglesia, en el siglo apostólico. Del Cenáculo a
Antioquía, el trecho es largo. Los Doce han resultado un
pueblo, y este pueblo quiere llegar a ser la humanidad y
tener su Pentecostés permanente, en el que, sin milagro»
resuenen, en los labios de todos, todas las lenguas del mun­
do. «¡Oh Iglesia de Dios!—diremos con el profeta,—rego­
cíjate; ensancha el sitio de tú tienda, no seas escasa, haz
largas tus cuerdas, y refuerza las estacas De Antioquía,
el país de la libertad, llama á ti el Occidente como el Orien­
te. Irradiarás á derecha y á izquierda, y germinará tu se­
milla en todos los pueblos, en términos que las naciones
de la tierra te pertenecerán. No temas, el porvenir es
tuyo.» .
Y la gentilidad, estéril hasta entonces para con Dios,
dará gritos de alegría, viendo su repentina fecundidad. Su
Creador es su esposo. Con amor eterno, se ha compadeci­
do de ella. Su Eedentor es el Santo de Israel. «Dárnoste
gracias, ¡oh Dios!—cantara la Iglesia nueva con Clemen­
te de Eoma (2),—porque el nombre de tu Cristo es invocado
sobre nosotros.» Título de nobleza, acta de bautismo, carta
de emancipación, este nombre dirá, mejor que todo, lo que
ella es respecto de su Dios, de quien lo toma, respecto
del judaismo, de quien la separa, y respecto de la huma-
(1) Isaías , LIV, 2-4. . . ..
(2) «Gratias agimus tibia quoniam nomen Chnsti tui mvocatum eat super
nos.>
348 MONSEÑOB LE CAMUS

nidad, á la cual, dejando de ser nacional, abre su seno


materno.
Y POR PRIMERA VEZ, EN ÁNTIOQUÍA, LOS DISCÍPULOS
FUERON LLAMADOS CRISTIANOS W
(1) Hechos, X I, 26.

F in DEL TOMO CUARTO


ÍNDICE
pías.
P r ó l o g o ....................................................................................................................................................... 6
Prefacio de la primera edición...............................................’
Introducción....................................................................................I4
LA OBRA DE LOS APÓSTOLES
FUNDACIÓN DE LA IOLESIA CRISTIANA
PR IM E R A PARTE
COMIENZOS DE LA IGLESIA EN JERUSALÉN Ó LA IGLESIA
Y LOS JUDÍOS

CAPÍTULO PRIMERO
La jo v e n I g l e s ia s e r e c o n s t it u y e e n e l r e c o g im ie n t o

Los discípulos en el Cenáculo.—Días de piadoso recogimiento.—


Composición de la pequeña Iglesia.—Vacante de Judas.—Moción ofi­
cial de Pedro.—Lo que se requiere para ser promovido al Apostolado.
—Matías y Barsabas.—Dios habla por la suerte.—Matías fué real­
mente el Apóstol duodécimo. (Hechos, I, 12-26)..................................41
CAPÍTULO II
El P e n t e c o s t é s c r is t ia n o

La mañana de Pentecostés.— Venida milagrosa del Espíritu San­


to.—El don de lenguas.—En qué consistió.—Razonamientos de la
multitud.—Respuesta de Pedro.—Su primer discurso apologético.
—Dios designó á Jesús como Mesías; los judíos le crucificaron como
criminal.—¿Quién tenía razón?—Felices resultados de esta primera
predicación. (Hechos. II, 1 41)............................................................ 52
*

CAPÍTULO III
V id a e d if ic a n t e d e l o s p r im e r o s c r is t ia n o s

Situación preponderante de los Apóstoles.—Instruyendo á los pro­


sélitos, crean la unión de los espíritus.—La Eucaristía acaba la unión
350 ÍNDICE
PÁQS.
de los corazones.—A gapes fraternales.— B olsa com ún.—R espeto á la
ley m osaica.— Fuerza que da la vida de com unidad rigurosam ente
observada.—A um ento de prosélitos.— E l paganism o se suicida en R o­
ma, m ientras que la Iglesia nace en Jerusalén. (Hechos, II, 42-47;
1 7 ,3 2 -3 5 ).................................................................................................................. ' - 74

C A P ÍT U L O IV
P odro t J uan , d e s p u é s d e l a c u r a c ió n d e u n t u l l id o , arengan al
PUEBLO Y SON ENCARCELADOS
Pedro y Juan subiendo al T em plo.— L a Puerta H erm osa.— E l tu ­
llido de nacim iento.— ¡E n el nombre de Jesucristo de Nazaret, anda!
— E m oción general y discurso de Pedro en el peristilo de Salom ón.—
Doble resultado: prisión de los dos predicadores y el número de los
fieles elevado á cinco mil. (Hechos, 1II-IV, 4)...........................................84
C A P ÍT U L O Y
P edro y J uan delante del S a n e d r ín
El Sanedrín propone á los dos Apóstoles la cuestión de hecho.—Su
noble respuesta.—Los acusados acusadores desús jueces.—El nombre
de Jesús y su poder.—Embarazo délos sanedritas y su procedimien­
to de intimidación.—Non possumus non loqui.—Los dos Apóstoles
puestos en libertad.—Plegaria de la Iglesia.—Nueva comunicación
del Espíritu Santo. (Hechos, 1Y, 5 - 3 1 ) . ..............................................93
C A P ÍT U L O V I
La m e n t ir a d e A n a n ía s y d e S a f ir a co ntrastando con la b elleza
MORAL DE LA IGLESIA
Continuación de la vida feliz y desarrollo de la caridad entre los
fieles.—Los que venden sus tierras.—José Bernabé.—Combinación
hipócrita de Ananías y de Safira.—Severidad del castigo.—Temor
respetuoso que inspiran los Apóstoles.—Multitud de curaciones mi­
lagrosas.—La sombra de Pedro.—La severidad no menos necesaria
que la bondad en el desarrollo de la Iglesia. (Hechos, IV, 32-V", 16). 100
C A P ÍT U L O V II
P or seg u n d a v ez se pr e n d e L los A pó stoles y so n llev a d o s ante
el G ran C o n s e jo
El valor de los predicadores hace que se los aprisione por segunda
Tez.—Su liberación milagrosa. —Desengaño del Sanedrín en sesión.
L os A póstoles, á quienes se busca en la cárcel, están predicando en
el T em p lo — A ceptan ir á explicarse ante los jueces.—V igoroso dis-
ÍNDICE 351
PÍO S.
«urso de P edro.—Intervención saludable de G am aliel.— Su hábil m o­
ción y sus resultados.— L os azotados, satisfechos de haber sufrido
por Jesucristo, vanse de nuevo á predicar. (Hechos, V, 17-42). . . 109

SEG U N D A PARTE
PRIMEROS RESPLANDORES DE LA IGLESIA FUERA DE JERUSALÉN
Ó LA IGLESIA Y LOS HELENISTAS

C A P ÍT U L O P R IM E R O
I n s t it u c ió n d e l o s D iá c o n o s

Prim era nube que se levanta en la Iglesia naciente.—Jud íos hele­


nistas y Judíos palestinos.—C onvocación de todos los fieles.— Propo­
sición de los A póstoles.—E lección de siete diáconos.—Su consagra­
ción solem ne por los A póstoles.—E l orden del diaconado rem onta á
la institución de los siete elegidos. (Hechos, V I, 1-7). . . .122
C A P ÍT U L O I I
T e n t a t iv a de E s t e b a n p a r a e m a n c ip a r d e l ju d a ís m o l a I g l e s ia .
E s A PED R EA D O
E locuentes polém icas del diácono E steban en las sinagogas.— Su
am plitud de miras: es el precursor de P ablo.—Su acusación ante el
Sanedrín, A pología del joven diácono.—Id ea general y desarrollo de
su discurso.—F in tum ultuoso del proceso.— E steban ve al Hijo del
Hombre.— M uere inspirándose en su ejem plo.—U n o de sus verdugos
hará revivir su idea. (Hechos, V I, 8-15; V il, 1-60).........................................132
C A P ÍT U L O III
L a p e r s e c u c ió n d e P ablo o b l ig a a l a I g l e s ia c r is t ia n a á s a l ir d e
J erusa lén

L a irritación de los fariseos encuentra un instrum ento terrible en


Saulo de Tarso. Form ación intelectual y moral de este joven.—Su
fam ilia.—E l títu lo de ciudadano rom ano.— Su doble nom bre.— E l
joven discípulo de G am aliel en lo moral y en lo físico.— N o estaba
casado y no había visto á Jesús. —Lo que hacía contra los cristianos.
— Prim eros resultados de su persecución. ( Hechos, V III, 1-4; TYTT
4; Gálatas, I, 13)........................................................................... 150

C A P ÍT U L O IV
La I g l e s ia , s a l id a d e J erusalén , o f r e c e , p o r l a in ic ia t iv a d b l
d iá c o n o F e l ip e , la salud á los s a m a r i t a n o s
L o que determ inó al diácono F elip e á ir a predicar en Sam aría.—
S i a llí estaban dispuestos á proclam ar á un M esías.— P apel que a llí
352 ÍNDICE
PAOS.

desempeñaba Simón el Mago.—Su enseñanza gnóstica y pagana.—


Efecto maravilloso de la predicación de Felipe.—Pedro y Juan van á
consagrar lo que el diácono helenista ha emprendido tan bien. Simón
quiere comprar el derecho de comunicar el Espíritu Santo.—Respues­
ta indignada de Pedro.—Horror que el recuerdo del mago inspiró á
la Iglesia primitiva. ( Hechos, VIII, 4-25)...................................................
CAPÍTULO V
B a jo l a in s p ir a c ió n d e l o a l t o , F e l ip e a d m it e e n l a I g l e s ia
Á un eu n u c o pa g a n o

Las últimas barreras legales.—Felipe y el eunuco etíope en el cami­


no de Gaza.- La lectura del capítulo L ili de Isaías.—Felipe da su
lección de exégesis.—El bautismo, signo y conclusión de la fe. - Feli­
pe continúa su apostolado universalista. (Hechos, VIH, 26-40). • 1
CAPÍTULO VI
La C o n v e r s ió n d e Saulo
Saulo reclama plenos poderes contra los cristianos.—Lo que le es­
peraba en el camino de Damasco.—Victoria de Jesús de Nazaret.
Ciego y conducido por la mano, entra en la ciudad. La casa de Ju­
das en la calle Recta.—Ananías y su misión.- Saulo recobra la vis­
ta, recibe el bautismo y da testimonio á Jesucristo. (Hechos, IX,
1-22; XXII. 4-16; XXVI, 10-20)................................................................
CAPITULO VII
P a b l o s e r e t ir a á A r a b ia

Época probable en que hay que colocar su permanencia en Arabia.


—Razones exegéticas.—Argumento moral, necesidad del silencio al
siguiente día de las grandes crisis de la vida.—¿Prescindió Pablo del
Cristo de la historia para no conocer sino el de la conciencia?—Cómo
se obró su formación religiosa y teológica.—Lugar donde se retiró.
( Gálatas, I, 13-18). ...................................................................................
CAPÍTULO VIII
P ablo c o n v e r t id o p r e d ic a e n D a m asco y e n J erusa lén

Pensamiento dominante de Pablo después de su permanencia en


Arabia, y lo que él llama su Evangelio.-Su. predicación convencida
y triunfante en las sinagogas de Damasco.—Peligro que corre de par­
te de los judíos.—Su evasión y su partida para Jerusalén. Impre­
siones probables del viaje.-E s sospechoso á todos en la Ciudad
Santa.—Bernabé lo presenta á los Apóstoles.—La conferencia con
ÍNDICE 253
PAOS.
Pedro. Predicación a los helenistas.—Persecusión.—Partida para
Cesárea y Tarso. ( Hechos, IX, 22-30; II, Cor., XI, 32-33; Galat., I,
18-19; Heeh.. XXII, 17-21)........................................................... . ! 210

TERCERA PARTE
EMANCIPACIÓN DE LA IGLESIA EN ANTIOQUÍA Ó LA IGLESIA
DE LOS CRISTIANOS

CAPÍTULO PRIMERO
U n a v is iia pa sto r a l d e P edro
Idea que Pablo dejaba á Pedro al abandonar á Jerusalén.—Paz ge­
neral y desarrollo de la joven Iglesia.—Causa religiosa y sobre todo
política.—Calígula quiere ser adorado de los judíos-Pedro visitando
las comunidades cristianas.—En Lidda cura al paralítico Eneas.—En
Joppe resucita á la caritativa dama Tabita.—Permanencia en casa
del curtidor Simón. (Hechos, IX, 31-43)......................................................
CAPÍTULO II
P e d r o y e l c e n t u r ió n C o r n e l io
Cómo Pedro y los otros comprendían la admisión de los paganos en
la Iglesia. Cornelio, centurión de la cohorte Italiana en Cesárea.-
La visión que tuvo en su plegaria.-Sus emisarios á Joppe.—El éx­
tasis de Pedro sobre la casa del curtidor.—Lo que Dios ha purificado
no es impuro. Pedro en casa de Cornelio.-La Pascua de Pentecos­
tés de los gentiles. (Hechos, X, 1-48).........................................
CAPÍTULO III
P e d r o , d e r e g r e s o A J e r u s a l é n , j u s t if ic a s u c o n d u c t a
Sentimientos que debió experimentar viviendo con gentiles.—Có­
mo se apreció su conducta en Jerusalén.-L o s de la circuncisión —
Pedro se defiende.-Todo lo que se ha hecho, Dios lo ha hecho.-Su
respuesta impone silencio á unos y llena de entusiasmo á otros (H e­
chos, XI, 1-18)...................................................... ''
CAPÍTULO IV
El m ism o t e m a p u e s t o e n p r íc t ic a e n A n t io q u ía
Predicación evangélica fuera de Jerusalén después de la muerte de
Esteban.—En la costa fenicia.—En la isla de Chipre.—En Antioquía.
354 ÍNDICE

— A l saber que Pedro ha bautizado á un centurión rom ano, predican


á los griegos.—Prim icias de la gentilidad. ( Hechos, X I, 19-21). .
CAPÍTULO Y
B e r n a b é , e n v ia d o á A n t io q u ía , a p r u e b a e l m o v im ie n t o u n iv e r s a
LISTA Y VA Á BUSCAR Á PABLO Á TARSO PARA, ASEGURAR EL ÉXITO
Diversas impresiones de Jerusalén—Bernabé es escogido para ir á
ver lo que sucede en Antioquía.—Sentido de esta elección.—Aprueba
la predicación á los gentiles y se determina á generalizarla.—Su via­
j e á T a rs o . -Entrevista con Pablo.—Vuelve de nuevo con el a An- ^
tioquía. ( Hechos, XI, ......................................................................... 1,6
CAPÍTULO VI
A n t io q u ía e v a n g e l iz a d a p o r P a b lo y B e r n a b é
Antioquía en el siglo primero de nuestra era.—Topografía probable
de otro tiempo.-Carácter de su población muy mezclada.-Llegada
de Pablo á aquel medio.—Donde se formaban sus auditorios.—Besul-
tado consolador de semejante apostolado. {Hechos, XI, 25 26). . - 27
CAPÍTULO V il
P e r s e c u c ió n e n J e r u s a l é n
Herodes Agripa I —Vicisitudes de su existencia.—Llega á ser rey
de los judíos.—Su natural perverso.- Por política, quiere agradar a
sus nuevos súbditos y se hace perseguidor.- Muerte de Santiago,
hermano de Juan.-Prisión de Pedro.-Su milagrosa evasión.-En
casa de María, madre de Juan Marcos.-Santiago, hermano del be-
ñor.—Desdicha de Herodes. ( Hechos, XII, 1-19). . . • •
CAPITULO VIII
H e r o d e s A g r ip a , e l p e r s e g u id o r , v a á m o r ir á C e s á r e a
Lo que determinó a Herodes Agripa á abandonar á Jerusalén.—
Extravagancias de su carácter.—Sueña en su apoteosis.—Juegos en
honor de Claudio y querella con los fenicios.—Extraña esceim en e
teatro.-Relato de Josefo y de San Lucas.-La mano de Dios.
Muerte del Rey im pío.-Se maldice su memoria. (Hechos, A ll, 19-24;. 295 .

CAPITULO IX
P e d r o , p e r s e g u id o , l l e v a e l E v a n g e l io f u e r a d e P a l e s t in a
Dónde fué Pedro al abandonar á Jerusulén—El apostolado no es
solamente el episcopado.-Pedro predica en Roma desde el ano 45 al
ÍNDICE 355
PAOS.
año 49.—Inducciones diversas.—No reaparece allí hasta más tarde.—
Entre sus dos permanencias tienen lugar sus grandes misiones.—
Esto basta á la tesis católica y responde mucho mejor á la idea que
se forma de su celo de Apóstol. {Hechos, XII, 17)..................................... 304
CAPÍTULO X
D is p e r s ió n d e lo s A p ó st o l e s
La persecución apresura la dispersión de los Doce.—Lote de cada
uno, según la tradición.—Santiago, hermano del Señor.—Juan, An­
drés y los otros.—El mundo invadido por el ejército de Jesucristo.
(Marcos, XVI, 15, 20)...................................................................................... 318
CAPÍTULO XI
El ham bre en J erusalén

Los emigrados en Antioquía. —Hambre profetizada por Agab.—


La Iglesia de Antioquía acude al socorro de la de Jerusalén.—Misión
de Pablo y de Bernabé.—Los Ancianos en Jerusalén.—Helena é Iza-
tes quizás discípulos del Evangelio.—Sus limosnas.—Situación dolo-
rosa de la Iglesia de Jerusalén. {Hechos, XI, 27-30)................................. 326-
CAPÍTULO XII
L O S C R IS T IA N O S E N A N T IO Q U ÍA
Necesidad de designar oficialmente á los discípulos del Evangelio.
—La palabra CRISTIANO en su origen, su significado, sus resulta­
dos.—Camino rápidamente recorrido por la Iglesia.—Su nuevo nom­
bre prueba que, definitivamente desligada de la Sinagoga, es dueña
de sí misma en lo sucesivo.—Conclusión del período de emancipa­
ción. (Hechos, XI, 26)...................................................................................... 337
VICARIATO GENERAL
DE I j A

DIÓCESIS DE BARCELONA

Por lo que á N os toca, concedem os nuestro perm iso para publicarse el


libro titulado: L os O r íg e n e s d e l C r is t ia n is m o , Tom o cuarto, Segunda
parte, La Obra de los Apóstoles, escrito en francés por M ons. L e Cam us,
O bispo que fué de La R ochela y Saintes, y traducido al castellano por
el Dr. D on Juan B .a Codina y Form osa, Pbro., m ediante que de nuestra
orden ha sido exam inado y no contiene, según la censura, cosa alguna con­
traria al dogm a católico y á la sana moral. Im prím ase esta licencia al prin­
cipio ó final del libro y entregúense dos ejem plares del m ism o, rubricados
por el Censor, en la Curia de nuestro Vicariato.

Barcelona, 11 de Septiembre de 1909.

El Vicario Capitular,
P. A.
J o sé P a l m a r o l a , Gob. eclco.
Por mandado de Su Señwía,
L ie. J osé M.a d e R os , Pbro.
. Serio. Can.
F
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