El abanderado
Alphonse Daudet
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I
El regimiento estaba en batalla sobre un
repecho de la vía férrea, sirviendo de blanco a
todo el ejército prusiano amontonado en
frente, bajo el bosque. Se fusilaban a ochenta
metros. Los o ciales no cesaban de gritar:
—¡Al suelo!
Pero ningún soldado quería obedecer y el ero
regimiento seguía de pie, agrupado alrededor
de una bandera. En ese gran horizonte de sol
poniente, de trigos en espiga y de pastos de
ganado, aquella masa de hombres,
atormentados y envueltos en el manto
inmenso de la humareda confusa, tenía el
aspecto de un rebaño sorprendido a campo
raso en el primer torbellino de un huracán
formidable.
El hierro caía como una lluvia sobre el repecho
en donde no se oía sino la crepitación de la
fusilería, el ruido sordo de las gábatas rodando
entre la fosa y las balas que vibraban
eternamente de un extremo a otro del campo
de batalla, como las cuerdas tendidas de un
instrumento siniestro y retumbante. De cuando
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en cuando la bandera que se alzaba sobre las
cabezas, agitándose al viento de la metralla,
perdíase entre el humo; y una voz grave y era,
hacía oír, dominando el estrépito de las armas
y las quejas y juramentos de los heridos, estas
breves palabras:
—¡A la bandera, hijos míos, a la bandera!
Entonces un o cial, vago como una sombra,
ágil como una echa, desaparecía un instante
entre la niebla roja; y la heroica enseña volvía a
desenvolver sus pliegues por encima de la
batalla.
Vein dós veces había caído. Vein dós veces su
asta, bia aún, fue heredada de la mano de un
moribundo por un valiente que volvía a
levantarla. Y cuando, ya por la noche, lo que
quedaba del regimiento —un puñado de
hombres apenas— se ba ó lentamente en
re rada, aquel pabellón ya no era sino un
andrajo glorioso en manos del sargento
Hormus, vigésimo tercio abanderado de la
jornada.
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II
El tal sargento Hormus era un viejo tonto que
casi no sabía ni escribir su nombre y que había
empleado veinte años en ganar los galones que
adornaban la manga de su casaca. Todas las
miserias del expósito y todos los atontamientos
del cuartel se re ejaban en su frente baja, en
su espalda abovedada por el saco, en su rostro
inconsciente de soldado humilde. Además
tenía el defecto de ser algo tartamudo; mas
para ser abanderado no se necesita gran
elocuencia y la misma tarde de la batalla su
coronel le dijo:
—Tú enes la bandera, mi bravo sargento;
guárdala.
Y sobre su viejo uniforme de campaña, bien
pasado ya a causa de la lluvia y el fuego, la
can nera sobrecosió al instante, une
cordoncillo dorado de subteniente.
Ese orgullo, único en su vida de humildad,
irguió el cuerpo del viejo militar; y la costumbre
de caminar encorvado, con los ojos bajos, se
cambió desde entonces en el hábito de
marchar orgullosamente, con la mirada en alto
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para ver otar el fragmento de tela que se
mantenía en sus manos, siempre derecho,
siempre ero, por encima de la muerte, por
encima de la traición y por encima de la
derrota.
Nadie ha visto, en época alguna, un hombre
tan dichoso como Hormus, cuando en los días
de batalla tenía el asta entre las manos
a rmándola en su estuche de cuero negro. Ni
hablaba ni se movía; y serio como un
sacerdote, tenía el aspecto de guardar una cosa
sagrada. Toda su vida, y toda su fuerza estaban
concentradas en esos dedos que se crispaban
al rededor de un harapo glorioso sobre el cual
rodaban las balas. Sus ojos llenos de ereza,
miraban de frente a los prusianos, y parecían
decir:
—Atreveos pues; tratad siquiera de venir a
robármela.
Pero nadie, ni aun la misma muerte, lo
intentaba. Después de Borny, después de
Gravelo e, después de las batallas más
terribles, la bandera con nuaba su camino,
deshecha, agujereada, transparente, llena de
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heridas; mas era siempre el viejo Hormus quien
la llevaba.
III
Después llegó sep embre, el ejército en Metz,
el bloqueo, y esa larga parada en el fango
donde rodaban los cañones sin dirección y
donde las primeras tropas del mundo
desmoralizábanse por el ocio y por la falta de
víveres y de no cias, muriendo de ebre y de
fas dio al pie de sus fusiles.
Ni los jefes ni los soldados creían ya en cosa
alguna; solo Hormus guardaba aún la
con anza. Su harapo tricolor le hacía creer en
todo; y mientras él lo sen a a su lado, estaba
seguro de que nada se había perdido.
Desgraciadamente, como ya nadie se ba a, el
coronel guardaba las banderas en su casa
misma, en un barrio de Metz; y el bravo
subteniente vivía como una madre que tuviese
a su hijo en nodriza, pensando en él sin cesar.
Cuando el fas dio lo atormentaba, hacía un
viaje a Metz, de donde regresaba contento
después de mirar su bandera siempre en el
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mismo si o, siempre tranquila, siempre
recostada majestuosamente contra el muro.
Esos viajes que él veri caba en una sola
jornada, hacían nacer en su alma el valor y la
paciencia; hacíanle sonar con campos de
batalla, con marchas gloriosas y con las grandes
enseñas tricolores otando a lo lejos sobre las
trincheras prusianas.
La orden del día del mariscal Bazaine, hizo
rodar por erra las bellas ilusiones. Una
mañana, Hormus vio, al despertarse, mucha
agitación en el campamento. Los soldados,
reuniéndose en grupos, murmuraban,
animándose y excitándose con gritos de rabia;
levantando los puños hacia un punto de la
ciudad como si sus cóleras designasen a un
culpable.
—¡Atrapadle!
—¡Fusilémosle!
Y los o ciales guardaban silencio, apartándose
del bullicio, avergonzados de haber leído a
cincuenta mil valientes, bien armados aún, aún
vigorosos, la orden del mariscal que los
entregaba sin combate al enemigo.
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—¿Y las banderas? —preguntó Hormus
palideciendo.
Las banderas también habían sido entregadas
con los fusiles, con el resto de los equipajes,
con todo.
— ¡Ra... Ra... Rayo de Dios! —balbuceó el
pobre hombre—. En todo caso aún no tendrán
la mía.
Y, ligero como una bala, se echó a correr hacia
la ciudad.
IV
También en Metz la animación era inmensa.
Los guardias nacionales, los guardias móviles y
los burgueses, se agitaban gritando; las
diputaciones recorrían las calles vibrantes y
precisadas, dirigiéndose a la casa del mariscal.
Hormus no veía nada, no oía una palabra;
hablando consigo mismo, subía a grandes
pasos la calle del Faubourg.
—¡Robarme mi bandera! ¡Acaso es posible
robar una bandera! ¡Acaso enen derecho! Si
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les quiere dar algo a los prusianos que les dé lo
suyo, sus carrozas doradas, su vajilla magní ca
traída de Méjico. Pero mi pabellón... El
pabellón es mío... El pabellón es mi dicha, mi
fortuna... ¡Y yo prohibo terminantemente que
lo toquen!
Todas estas frases incompletas, estaban
cortadas por la marcha y por la tartamudez.
Pero en el fondo él tenía su idea: una idea bien
rme, bien precisa: tomar la bandera, llevarla
otante al seno del regimiento y pasar luego
sobre el vientre de los prusianos con todos los
que quisieran seguirle.
Cuando llegó al n de su camino, ni siquiera le
dejaron entrar. El coronel, furioso también, no
quería recibir a nadie.
Pero el viejo Hormus no entendía así el asunto
y jurando, gritando y empujando al plantón:
—Mi bandera —decía—, dadme mi bandera.
Al n se abrió una ventana:
—¿Eres tú, Hormus?
—Sí, mi coronel, yo...
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—Todos los pabellones están en el Arsenal, no
enes necesidad sino de presentarte ahí para
que te den un recibo.
—¿Un recibo? ¿Para qué?
—Es la orden del mariscal.
—Pero, coronel...
—¡Déjame en paz!
Y la ventana se cerró.
El viejo Hormus vaciló como si estuviese
borracho y repi ó entre dientes:
—¡Un recibo! Un recibo.
Al n púsose en marcha por segunda vez, no
pensando sino en que su bandera estaba en el
Arsenal y que era necesario volverla a ver,
costara lo que costara.
V
Las puertas del Arsenal estaban
completamente abiertas para dejar el paso
libre a los carros prusianos que esperaban su
cargamento en el pa o inmenso. Hormus
sin ó, al entrar, que un escalofrío agitaba sus
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nervios. Todos los demás abanderados,
cincuenta o sesenta o ciales silenciosos e
indignados, estaban allí... Y todos aquellos
hombres tristes, con las cabezas desnudas,
agrupándose detrás de los enormes carros
sombríos, daban a la escena un aspecto de
en erro. La lluvia aumentaba la emoción de
tristeza.
Los pabellones del ejército de Bazaine estaban
amontonados en un rincón, confundiéndose
sobre el suelo fangoso. Nada más terrible que
el espectáculo de esos fragmentos de rica seda,
pedazos de franjas de oro y de astas
trabajados, arreos gloriosos echados por erra
y manchados de lluvia y de lodo. Un o cial de
administración los iba cogiendo, uno por uno; y
al nombre de su regimiento, pronunciado en
alta voz, cada abanderado se acercaba para
recoger un recibo. Derechos e impasibles, dos
o ciales prusianos vigilaban el cargamento.
¡Y vosotros os ibais así, oh santos jirones
gloriosos! Desplegando vuestros agujeros y
barriendo tristemente la erra, como banda de
pájaros que tuviesen las alas rotas. ¡Vosotros
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os ibais con la vergüenza de las grandes cosas
humilladas; y cada uno de vosotros se llevaba
un pedazo de la Francia! El sol de las largas
jornadas dejó su sello entre vuestras arrugas
marchitas. Vosotros guardáis, en las marcas de
las balas, el recuerdo de muchos héroes
desconocidos que cayeron muertos, al azar,
bajo vuestras franjas tricolores.
—Ya llegó tu turno, Hormus... Ahí te llaman...
Vea buscar tu recibo...
Se trataba de un recibo cuando una bandera
francesa, la más bella, la más mu lada, la suya
estaba delante de sus ojos? El viejo sargento se
guraba estar aún allá arriba, de pie sobre el
repecho de la vía férrea. Su ilusión le hacía oír
de nuevo el canto de las balas, el ruido de las
gábatas que rodaban y la voz robusta del
coronel:
—A la bandera, hijos míos, a la bandera...
Luego, sus vein dós camaradas muertos y él,
vigésimo tercio abanderado, precipitándose a
su vez para levantar y sostener el pobre
pabellón que vacilaba falto de brazo. ¡Ah! ese
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día había jurado defenderlo, guardarlo hasta la
muerte. Y ahora...
Sólo de pensarlo, toda la sangre del corazón le
subía a la cabeza. Ebrio, sin sen do, lanzóse
sobre el o cial prusiano arrancándole su
enseña idolatrada, para agitarla de nuevo entre
sus manos, para levantarla aún, bien alta, bien
recta y para gritar:
—¡A la ban...
Pero su grito fue cortado entre su garganta; y
sin ó temblar el asta, que se escapaba de sus
manos. En ese aire malsano, en ese aire de
muerte que pesa terriblemente sobre las
ciudades rendidas, la bandera no podía otar...
Nada de orgulloso, nada de ero podía vivir
ahí. Y el viejo Hormus cayó fulminado.
FIN
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