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Aguiar Paula - Pensar El Cuidado Como Problema Social

Este documento discute el cuidado como un problema social interdisciplinario. Explica que el cuidado incluye tareas vitales para sostener la vida diaria y la reproducción entre generaciones. Históricamente, estas tareas han recaído principalmente en mujeres y familias con baja remuneración y valor social. El documento también analiza cómo los feminismos han cuestionado la organización del cuidado y la división sexual del trabajo en las sociedades capitalistas.

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Aguiar Paula - Pensar El Cuidado Como Problema Social

Este documento discute el cuidado como un problema social interdisciplinario. Explica que el cuidado incluye tareas vitales para sostener la vida diaria y la reproducción entre generaciones. Históricamente, estas tareas han recaído principalmente en mujeres y familias con baja remuneración y valor social. El documento también analiza cómo los feminismos han cuestionado la organización del cuidado y la división sexual del trabajo en las sociedades capitalistas.

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Pensar el cuidado como problema social

Paula Lucía Aguilar

¿Hay algún modo de seguir luchando por la autonomía


en distintas esferas, sin abandonar las demandas que
nos impone el derecho de vivir en un mundo de seres
por definición físicamente dependientes unos de otros,
físicamente vulnerables al otro? (Butler, 2006)

Nosotras movemos el mundo, nosotras lo paramos.


(Consigna Convocatoria Paro Internacional de Mujeres, 2017)

1. Cuidar
En los últimos años, la categoría de cuidado (del inglés care) ha cobrado re-
levancia en la problematización teórica y política de la domesticidad. Circula
en las protestas callejeras por las condiciones de vida y trabajo, se ha in-
corporado al vocabulario de recomendaciones técnicas de los organismos
internacionales de desarrollo, es parte de animadas discusiones en los acti-
vismos feministas y de lesbianas, gays, transgénero, transexuales, bisexua-
les e intersexuales (LGTTBI), revitaliza los debates acerca de las políticas
sociolaborales y permea la producción académica de las ciencias sociales
en general y de la economía (feminista) en particular. Su construcción en el
debate público, como problema social, aporta el alarmante diagnóstico de
una “crisis de los cuidados” y condensa elementos nodales de la reflexión
sobre la reproducción de la vida, no solo en las sociedades capitalistas, sino
también en sus posibles alternativas futuras (Vega y Gutiérrez, 2014).
El cuidado es vital. Todo ser humano requiere cuidados y es capaz de
brindarlos en algún momento de su existencia. ¿A qué llamamos cuidados?
Básicamente a todas aquellas tareas necesarias para el sostenimiento de
la vida cotidiana y de su reproducción intergeneracional. El concepto de
cuidado involucra tanto el conjunto de prácticas que constituyen la acción
material y física de cuidar, como la preocupación, el interés, el afecto y la
atención que recaen sobre aquellos que, por distintas razones, requieren de
cuidados (Molinier y Legarreta, 2016). La reflexión acerca del cuidado tiene

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• Los derroteros del cuidado •

por premisa la vulnerabilidad de la vida humana, su carácter social y, por


tanto, interdependiente (Carrasco, 2001; Carrasco, Borderías y Torns, 2011).
El cuidado moldea relaciones sociales y afectivas, comprende la dimensión
de la intimidad personal y también involucra políticas públicas. Reflexionar
críticamente acerca del cuidado supone interrogarnos acerca de lo que cons-
tituye una vida digna de ser vivida y discutir los modos en que las sociedades
se organizan en torno a estas respuestas. En suma, la cuestión del cuidado
condensa miradas interdisciplinarias sobre el lazo social.
Las tareas de cuidado se realizan día tras día, principalmente en los ho-
gares –entendidos como unidad doméstica– aunque de ningún modo se li-
mitan a sus fronteras. Tampoco se reducen al ámbito estrictamente familiar
o a los lazos de parentesco. La composición de las unidades domésticas, su
amplitud y definición varían entre sociedades y a lo largo del ciclo vital de sus
integrantes (Jelin, 1984). Además, se despliegan tareas de cuidado en hospi-
tales, centros de enseñanza, geriátricos y organizaciones comunitarias, con
distintos grados de profesionalización y feminización. Las actividades de
cuidado remuneradas en sectores como la salud, la educación y el servicio
doméstico son mayoritariamente desempeñadas por mujeres.
La definición de quiénes reciben y brindan cuidados, los espacios y tiem-
pos en los que estas tareas se realizan y la distribución de responsabilidades
entre las familias/unidades domésticas, las comunidades, el Estado y el mer-
cado van dando forma a diferentes esquemas de organización social de los
cuidados (Esquivel, Faur y Jelin, 2012). En sociedades de baja provisión de
servicios públicos de cuidado, como en la Argentina, la responsabilidad por
estas tareas esenciales recae de manera primordial sobre las familias y den-
tro de ellas, en las mujeres, jóvenes y niñas (Enríquez y Marzonetto, 2016).
La capacidad de trasladar o derivar las tareas en quienes puedan substituir
el cuidado familiar no remunerado depende de los recursos económicos con
los que se cuente y, por tanto, es diferente según la clase social de la que se
trate (Rodríguez Enríquez, 2012).
Aquellas personas que cuidan a cambio de un salario pertenecen a sec-
tores postergados de la sociedad y, en general, se encuentran en posiciones
precarias en el mercado de trabajo. En muchos casos, las tareas son reali-
zadas por migrantes recientes, sin protección alguna. Cada año, numerosas
mujeres dejan sus lugares de origen en busca de mejores condiciones de
vida y trabajo, realizando tareas de cuidado para terceros y dejando al cui-
dado de allegados a los niños, niñas y adultos dependientes de su núcleo

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• Gabriela N. Guerrero, Karina Ramacciotti y Marcela Zangaro (comps.) •

familiar (Pérez Orozco, 2009). Este fenómeno da lugar a lo que se conoce


como “cadenas globales del cuidado”, que profundizan la precariedad antes
mencionada. Una mirada atenta a la intersección entre género, clase y etnici-
dad es indispensable para comprender sus circunstancias y complejizar las
profundas desigualdades en las que viven inmersas.
Históricamente, los feminismos han cuestionado los modos en que se
organiza lo doméstico en las sociedades capitalistas –y no solo en ellas–,
su división sexual del trabajo y las relaciones de poder desigual que atravie-
san los hogares. La creciente y sostenida incorporación de las mujeres al
trabajo fuera del hogar suscitó una profunda reconfiguración de las tareas de
cuidado y con ello, su puesta en cuestión. Así, desde mediados de los años
sesenta, donde otrora solo se reconocía amor, abnegación e inclinaciones
naturales al altruismo conjugadas en femenino, las luchas y los escritos fe-
ministas lograron hacer inteligibles las tareas de cuidado como un principio
básico de la (re)producción de la fuerza de trabajo y, por ende, de la produc-
ción de valor (Federici, 2017).
El mayor desafío teórico y político fue (y es) discutir la narrativa impe-
rante del proceso de advenimiento de la modernidad capitalista y las con-
secuencias para la vida social derivadas de la separación tajante entre la
unidad doméstica y la unidad productiva. La crítica feminista a la separación
analítica de las esferas en las que se desarrollan la producción y la repro-
ducción permitió desafiar las fronteras de lo público y lo privado (Rodríguez
y Cooper, 2005). Dicho de otro modo, logró demostrar que la división entre
esferas es artificial y que, en el ámbito doméstico, considerado privado e
íntimo, también se desarrolla un proceso de producción: aquel que garantiza
la disponibilidad de la mercancía fuerza de trabajo. Las tareas de cuidado en
la vida cotidiana son fundamentales para que los cuerpos puedan insertarse
en el mercado laboral. La producción de conocimiento sobre este tema se ha
ido sedimentando por décadas hasta conformar una perspectiva analítica
específica: “la perspectiva del cuidado”. Este concepto entrama tradiciones
diversas de reflexión sobre la relación entre la esfera de la producción mer-
cantil, centrada en el mercado, y la reproducción material y simbólica de la
vida social.
Las tareas de cuidado constituyen un trabajo. Sin embargo, gran parte
de estas actividades cotidianas y repetitivas se realizan sin ser siquiera re-
conocidas como tal, naturalizando su carácter no remunerado (Glenn, 2000).
La remuneración y el reconocimiento como trabajo son fundamentales a la

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• Los derroteros del cuidado •

hora de jerarquizar su función social en las sociedades capitalistas contem-


poráneas, cuyo funcionamiento está asentado sobre las tareas de cuidado.
Al mismo tiempo, cuidar es una actividad que conlleva costos afectivos y
económicos que trascienden las divisiones establecidas entre lo público y lo
privado (Hochschild, 2008). Existe toda una serie de afectos presentes en las
relaciones de cuidado que no suelen aflorar en los análisis y que son parte de
su humana complejidad: amor, hastío, paciencia, desagrado, coerción, entre-
ga, deseo, deber, impaciencia, manipulación e, incluso, violencia.
Es posible distinguir dentro de las tareas no remuneradas el trabajo do-
méstico propiamente dicho –limpieza del hogar y preparación alimentos–,
el trabajo de cuidados –que tiene una dimensión relacional, de contacto con
otros–, y lo que se identifica como la gestión mental de los cuidados –man-
tener la atención y la preocupación sobre las tareas de cuidado, aun cuando
no las concretemos directamente– (Pérez Orozco, 2017). Paradójicamente,
tanto las tareas de cuidado esenciales para el sostenimiento de la vida como
quienes las realizan a diario sufren un proceso de desvalorización social.
Esta posición subalterna alcanza incluso a cuidadoras y cuidadores que ejer-
cen la tarea de modo remunerado y profesional, y sufren condiciones labora-
les desjerarquizadas y de bajos salarios, además de graves consecuencias
subjetivas ¿Quién cuida a quienes cuidan?

2. Una cuestión interdisciplinaria


La construcción del cuidado como cuestión o problema social (Grassi, 2003)
anuda discusiones provenientes de campos disciplinares múltiples. Desde la
Economía Política de cuño feminista se propone la “Economía del Cuidado”
como corriente crítica dentro de la disciplina. Esta línea incorpora las labores
reproductivas no remuneradas al análisis económico, a las que el énfasis
disciplinar clásico sobre el ámbito de la producción mercantil dejó de lado
por considerarlas sin valor económico. La reflexión sobre el cuidado expan-
de los límites de aquellas tareas que son consideradas trabajo, complejiza
el cálculo del valor de la fuerza de trabajo e incorpora nuevos elementos al
cálculo de la producción de riqueza. Asimismo, permite revisar desde una
nueva perspectiva las características que adoptan los regímenes de bien-
estar contemporáneos (Martínez Franzoni, 2008; Pérez Orozco, 2017; Rodrí-
guez Enríquez, 2012).
En la disputa por una economía alternativa, la Economía Social y Soli-
daria o la Economía Popular han ido incorporando los aportes de la Econo-

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• Gabriela N. Guerrero, Karina Ramacciotti y Marcela Zangaro (comps.) •

mía Feminista y de Cuidados a su reflexión, al tiempo que agregan desafíos


teóricos. La superposición entre unidad doméstica y unidad productiva que
se evidencia en los emprendimientos de la economía social y en la cotidia-
neidad de la economía popular constituye un desafío para el pensamiento
económico binario que separa en esferas escindidas la producción de la vida
y, por tanto, no logra captar las diferencias que tal indistinción supone para
la organización del trabajo. Además, las propias definiciones del conjunto
de tareas que comprende el llamado “trabajo doméstico” varían según las
características y los recursos de los que disponga la unidad doméstica en
cuestión (Frega, 2017). Sin embargo, está latente el riesgo de que la Econo-
mía, en sentido amplio, y la Economía Feminista, en particular, se transfor-
men en la única grilla de inteligibilidad y comprensión de los desafíos que
el debate sobre los cuidados postula para la vida social. En estos debates,
de manera implícita, está la pregunta sobre qué significa una buena vida,
que no se responde solo desde la ciencia económica, aunque esta provea
herramientas adecuadas para la estrategia política de valorización y reivindi-
cación de las tareas de cuidado y de quienes las realizan.
En el campo de estudios sobre política social, la agenda propuesta por
la perspectiva del cuidado actualiza nudos temáticos clásicos relacionados
con la domesticidad y el rol de las familias en la satisfacción de necesidades
y en la provisión de bienestar. Discutir la organización social de los cuida-
dos pone sobre la mesa la posibilidad misma de su desmercantilización –de
satisfacer esta necesidad por vías no mercantiles–, establece una tensión
analítica con la naturalizada responsabilidad familiar por estas tareas y re-
quiere discutir la responsabilidad estatal. En este punto, la mirada feminista
sobre las políticas sociales ha permitido revisar y complejizar las conceptua-
lizaciones del régimen de bienestar, incorporando la organización social de
los cuidados al esquema y destacando el rol de comunidades y familias en
su provisión. El esquema del “diamante del cuidado” (Razavi, 2007; Daly &
Lewis, 2000), con el que se complejizan estas interacciones, apunta en esta
dirección analítica. La figura se refiere a un rombo que representa en forma
gráfica la arquitectura de la provisión de cuidado entre cada uno de los ac-
tores involucrados –Estado, familias, mercado, comunidad– y las relaciones
que sostienen entre sí.
Por su parte, en la dimensión micro del análisis de políticas sociales, la
perspectiva del cuidado profundiza la indagación sobre las prácticas de cui-
dado comunitario, así como también las rutinas de asistencia y acompaña-

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• Los derroteros del cuidado •

miento de distintos actores y grupos. Cabe destacar que uno de los campos
pioneros y más prolíficos en la investigación acerca del cuidado es aquel que
estudia los afectos, las prácticas y las consecuencias subjetivas del cuidado
de enfermos y dependientes en el ámbito de la salud.
En el nivel del diseño de las políticas sociales existen elementos a revisar
a la hora de poner en juego una “perspectiva del cuidado”. En los últimos
años, por ejemplo, el diseño de las políticas de promoción de emprendimien-
tos socioproductivos destinados a mujeres en situación de pobreza e indi-
gencia con gran cantidad de hijos no ha contemplado la necesidad de servi-
cios de cuidado al exigir cumplimiento de requisitos de asistencia educativa
o capacitación laboral: básicamente, estos requisitos eran muchas veces
incumplidos porque esas mujeres no contaban con quien cuide a los niños
y niñas o con una mínima red de contención. Al mismo tiempo, ciertas polí-
ticas de impulso a la economía social tienden a desconocer a las cooperati-
vas que brindan servicios de cuidado, organizadas comunitariamente como
rubro en el que podrían inscribir su actividad laboral. Empero, priorizan las
cooperativas de cuño productivo y, por tanto, omiten el carácter de trabajo
y, por ende, la necesidad de reconocimiento y remuneración de las tareas de
cuidado comunitario (Fournier, 2017). Así y todo, existen interesantes expe-
riencias cooperativas de cuidadoras que disputan los sentidos del cuidado y
de la forma cooperativa como modo de organización.
Los debates en torno al cuidado también abrevan en tópicos clásicos
de la Antropología y la Sociología y aportan a su reflexión teórica. En el pri-
mer caso, a través de las Etnografías de la vida cotidiana, los lazos familia-
res y comunitarios, los estudios de Antropología del trabajo, Antropología
económica y la conformación de la unidad doméstica y las estrategias de
reproducción con perspectiva de género. En el segundo, a través de la pro-
fundización de la reflexión sobre las categorías de cuidado, trabajo produc-
tivo y reproductivo, las relaciones intergeneracionales o “ciclo de vida”, las
jerarquías sociales y los procesos de estratificación social y desigualdad de
género. En este sentido, los aportes de la perspectiva del cuidado permiten
complejizar definiciones clásicas de pobreza por ingresos a partir de herra-
mientas de cuantificación, como las encuestas de uso del tiempo, que habili-
tan la conceptualización de la llamada “pobreza de tiempo” (Esquivel, 2014),
que afecta desigualmente a varones y mujeres. La distribución de las tareas
de cuidado y su organización social constituyen un eje fundamental para
analizar la desigualdad social contemporánea (Faur, 2014).

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• Gabriela N. Guerrero, Karina Ramacciotti y Marcela Zangaro (comps.) •

Por último, desde la Filosofía y el campo jurídico se propone una serie de


debates en torno a una “ética del cuidado” y los deberes y derechos que invo-
lucra, destacando los aspectos éticos y normativos de la responsabilidad de
cuidar a sí mismo y a los demás, sus alcances y límites. Si el cuidado es un de-
recho –a cuidar, a ser cuidado y al autocuidado–, ¿cómo y bajo qué circuns-
tancias sería posible ejercer un “derecho a no cuidar”? Ubicar al cuidado en el
campo de los derechos humanos a partir de las convenciones internacionales
sobre la protección de los derechos del niño o de los adultos mayores implica
además la posibilidad de hacer exigible su cumplimiento a los estados y su
incorporación transversal a las políticas públicas (Pautassi, 2014).
Esta complejidad interdisciplinar exige cierta atención a los procesos de
viaje y traducción de las categorías y las prácticas. Tal como mencionamos
al inicio, la categoría de cuidado mantiene en su significado, traducido al es-
pañol, la doble dimensión de una serie de prácticas, pero también de una
cierta atención y gestión mental de tareas y afectos. El proceso de traduc-
ción, sin embargo, no es solo entre idiomas diferentes, sino también entre
disciplinas: ¿qué alcances y límites poseen las tradiciones de pensamiento
de la Economía, la Antropología, la Sociología o el campo jurídico cuando se
refieren a los cuidados? ¿Cuáles son los mecanismos de traducción que se
producen al incorporarse la categoría a las políticas públicas, estadísticas o
acciones concretas? ¿Qué se gana y qué se pierde en el camino? Por último,
la necesidad de visibilizar los complejos procesos sociales que supone el
cuidado implica, entre otras prácticas, su medición. Las diferentes técnicas
de registro constituyen otro modo de la traducción fundamental: la cons-
trucción de indicadores, el agrupamiento de las tareas, el registro (o no) de
la simultaneidad temporal en su realización, la revisión de los estándares
internacionales de comparabilidad y la consideración de la voz de quienes
las llevan a cabo.

3. Aportes y desafíos
El cuidado como problema social implica una mirada sistémica e interdis-
ciplinaria, que pone en relación las prácticas cotidianas con elementos es-
tructurales pero no reduce a ellas su explicación. En este sentido, recupera
el foco analítico en la división sexual del trabajo para pensar los procesos
de acumulación del capital, la sostenibilidad de la vida y el valor de la fuerza
de trabajo. Visibiliza las formas más precarias de inserción en el mercado de
trabajo, sin desatender las formas de discriminación racial o étnica, de clase

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• Los derroteros del cuidado •

y etaria, cuestionando la desvalorización de un conjunto de tareas nodales.


Desafía además el diseño de políticas públicas en virtud de su universalidad
(Danani, 2017): la vulnerabilidad humana.
Al proponer la consideración de la vida y su sostenimiento diario por so-
bre la centralidad mercantil, intensifica la politización de la vida cotidiana
como un núcleo de la transformación radical de la sociedad, sus vínculos
e instituciones. Ciertamente, existe un alto riesgo de cooptación de las pro-
puestas críticas aquí esbozadas en versiones políticamente correctas y, por
lo tanto, menos radicalizadas. Como todo conocimiento situado y en pers-
pectiva, la indagación sobre el cuidado existe, se nutre y no debería alejar-
se de los saberes y prácticas de las luchas feministas y de las disidencias
sexuales. En ese horizonte de transformación, todo avance es provisorio.
El Paro Internacional de Mujeres, en 2017, mostró la potencia de pensar
críticamente y, en la medida de lo posible, suspender la realización de las
tareas de cuidado. La organización de la lucha alrededor del trabajo remune-
rado y no remunerado permitió visibilizar las tareas cotidianas y (re)politizar
los espacios en los que se realizan. Sin embargo, una vez instalada la visibi-
lidad del trabajo no remunerado de las mujeres, niñas y jóvenes que lo llevan
a cabo, es necesario comenzar a desarmar la asimilación entre mujeres jó-
venes y niñas como las personas “más adecuadas” o “naturalmente inclina-
das” para cumplir con estas tareas. La estrategia de visibilización, necesaria
y urgente, puede tener también efectos inesperados, como el reforzamiento
del rol de cuidadora como necesariamente femenino. Esto es fundamental
a la hora de ampliar las identidades y los cuerpos que pueden ocupar esas
tareas y promover una redistribución social de los cuidados.
En este punto es importante romper la fragmentación de los estudios
acerca del cuidado, por ejemplo, en determinados grupos sociales –niños,
adultos mayores o situaciones de discapacidad o enfermedad– o profesio-
nes –enfermería, cuidadores, entre otras– y entablar diálogos más fluidos,
que permitan captar los elementos comunes y las necesidades específicas.
Para ello, es clave la desfamiliarización de los análisis acerca del cuidado. No
solo para dejar de considerar al ámbito familiar (nuclear o extendido) como
responsable primario de los cuidados sino también para incorporar otras fi-
guras que están presentes en las prácticas concretas del cuidado y que no se
consideran como amistades, redes extendidas comunitarias y hasta grupos
de afinidad religiosos o políticos, entre otros. En la comunidad LGTTBI es muy
usual que quienes requieren de cuidados no estén cerca de sus núcleos fami-

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• Gabriela N. Guerrero, Karina Ramacciotti y Marcela Zangaro (comps.) •

liares o encuentren la estructura sanitaria especialmente hostil a sus necesi-


dades y requerimientos específicos de salud. De esta manera, el anonimato
de las grandes ciudades y las situaciones que afectan a quienes viven lejos
de sus lugares de origen exigen repensar también las estrategias a conside-
rar, tanto en la investigación como en las políticas públicas.
Estudiar las prácticas de cuidado supone indagar los modos concretos
de regulación de la vida cotidiana –dispositivos, normas, tiempos y espa-
cios– y sus alternativas. Permite ampliar la multiplicidad de las formas de
vida posibles y su inteligibilidad. Al cuidar y cuidarnos es posible reproducir
la “normalidad” –androcéntrica, heteronormativa y patriarcal– o resquebra-
jarla en disidencias. Proponer modos alternativos de organizar socialmente
los cuidados implica cuestionar la relación entre el Estado y la sociedad, lo
público y lo privado y los esquemas de provisión de bienestar. Asimismo,
requiere de un estudio profundo de los mecanismos de construcción de las
posiciones de subalternidad de quienes se encargan de aquellas tareas.
La investigación sobre cuidados tiene por delante una agenda plagada de
desafíos. Es preciso ampliar y profundizar las indagaciones que nos permi-
tan especificar los rasgos singulares que adopta el cuidado contemporáneo.
Sería auspicioso que surjan trabajos situados con perspectiva de género y
que, a través de estrategias metodológicas, puedan complementar técnicas
cualitativas y cuantitativas. Incluso, que incorporen datos sobre salarios y
distribución del tiempo; pero sería relevante también que existieran estudios
sobre los sentidos atribuidos al acto de cuidar, los afectos involucrados, los
objetos y elementos utilizados, sus condiciones de posibilidad material. Del
mismo modo, tal como hemos dicho, es necesario vincular las discusiones
académicas y universitarias con los espacios de creación y debate de alter-
nativas. Participar en aquellos foros donde aun las perspectivas en aparien-
cia utópicas amplían los límites de las prácticas de cuidar y la imaginación
de las estrategias posibles.
Estudiar el cuidado es problematizar la reproducción de la vida cotidiana
y social. Participar del debate nos exige discutir cómo se resuelve la satis-
facción de las necesidades y se sostiene la vida en el capitalismo y en sus
potenciales alternativas. Instalar y discutir el cuidado en la agenda pública
constituye un modo potente de politización de la domesticidad. Lo privado
se vuelve público. Lo personal, político.

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• Los derroteros del cuidado •

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