Etapas y procesos en la historia de América Latina
Autor: Guerra Vilaboy, Sergio
Veracruz- México
Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales
1997
Cuaderno de trabajo no. 2
Colonia; Historia indígena; Historia; Capitalismo; América Latina;
Doc. de trabajo / Informes
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Etapas y procesos en la historia de América Latina
SERGIO GUERRA VILABOY
Xalapa, Veracruz Noviembre de 1997
Presentación
I. La transición del régimen feudal-colonial al capitalismo dependiente.
1. La independencia de América Latina (1790 - 1829)
a) La fase haitiana (1789 1816 - 1826- 1804)
b) Primera fase de la lucha independentista en Hispanoamérica (1808 - 1816)
c) Segunda fase de la lucha independentista en Hispanoamérica y Brasil()
2. Formación de los Estados Nacionales (1826 - 1885)
a) Fase de predominio conservador (1826 - 1850)
b) Las reformas liberales (1850 - 1885)
II. El capitalismo dependiente.
1. Inicios de la gran expansión imperialista (1885 - 1929)
a) Predominio indiscutido del capital británico (1885 - 1898)
b) Comienzos de la expansión imperialista norteamericana (1898 - 1918)
c) América Latina entre la primera posguerra y la gran crisis económica (1918 -1929)
2. Crisis del Estado Liberal y hegemonía de Estados Unidos (1929-1959)
Presentación
En este trabajo se ofrece una visión cronológica de las principales etapas y
procesos de la historia de América Latina. La propuesta de periodización
está destinada a facilitar la labor de síntesis y la comprensión de los
momentos fundamentales por los que han atravesado en su evolución los
pueblos de este subcontinente, poniendo de relieve los momentos más
trascendentes, que impusieron saltos en la continuidad histórica y nuevas
características en el desarrollo de la sociedad latinoamericana. Para ello se
relacionan y jerarquizan una serie de elementos que dan fundamento a una
periodización científica de la historia de América Latina, con énfasis en las
relaciones económico-social y sus diferentes procesos.
Las fechas que separan cada una de las etapas sólo tienen por finalidad
señalar en forma aproximada -pues el proceso histórico no puede medirse
con una exactitud matemática- el momento en que los cambios en la
sociedad latinoamericana fueron de tal envergadura que abrieron en nuestra
opinión otro periodo. De ahí que los años seleccionados con ese propósito,
que por lo general se refieren a importantes acontecimientos políticos, juegan
un limitado papel indicativo o simbólico y a cada uno de ellos le corresponde
una desigual significación en el desarrollo histórico.
También debe advertirse que en las etapas contemporáneas se hace
más difícil dibujar con precisión las grandes líneas del proceso histórico, lo
que explica que en los tiempos más recientes los periodos sean más cortos
y mayor el peso de los acontecimientos de tipo político, hasta que la
necesaria distancia temporal, junto a los avances de futuras investigaciones,
permitan nuevas definiciones.
Una periodización de esta naturaleza, también plantea otros
problemas. La enorme diversidad de situaciones y el desarrollo desigual de
los países latinoamericanos, obliga a un análisis comparativo que pase por
encima de muchos acontecimientos de valor local y otras particularidades,
para intentarseguir el curso de los elementos esenciales del proceso histórico
desde una perspectiva global. Sin duda a facilitar esta tarea contribuye la
íntima vinculación de los pueblos de este continente, no sólo cimentada en
nexos culturales o de cercanía geográfica, sino en una larga y atribulada
historia común. Nacida de un mismo pasado de explotación colonial, la
identidad latinoamericana se forjó a lo largo de varios siglos de lucha contra
la opresión extranjera. Por eso la valoración de este permanente conflicto
es otro elemento indispensable a la hora de fijar las etapas y definir los
procesos en la historia de América Latina.
Sobre la base de esa dimensión continental ha sido elaborada la
siguiente disección de la historia de una región que, tras diversas y
sucesivas denominaciones a lo largo de varios siglos, terminó por conocerse
como América Latina. En un primer momento el territorio equivocadamente
encontrado por Cristóbal Colón en su travesía al Occidente careció de su
propio apelativo, pues el gran almirante murió convencido de que había
llegado a la antesala del tan ansiado oriente. Cuando los castellanos se
dieron cuenta del error, lo bautizaron como Indias Occidentales, nombre que
caería en desuso hacia el siglo XVIII ante el más sonoro de América. Esta
palabra había sido sugerida en 1507 por un cosmógrafo alemán en honor de
Americo Vespuccio, a quien por otra equivocación le atribuyó el hallazgo del
nuevo territorio. En definitiva América acabó por prevalecer como
denominación del también llamado Nuevo Mundo, cuya existencia como
Continente independiente sólo pudo ser comprobada fehacientemente en
1741 cuando Vitus Bering recorrió el estrecho que lleva su apellido.
También en el siglo XVIII se popularizó el empleo de América del sur,
América meridional, América española e Hispanoamérica -o Iberoamérica
cuando se incluía a Brasil- para distinguir a las colonias de Madrid de las
inglesas, que darían lugar a los actuales Estados Unidos y Canadá.
Inconforme con muchos de estos términos, que tendían a perpetuar los
vínculos con la metrópoli, Francisco Miranda, enfrascado entonces en los
prolegómenos de la lucha independentista, ideó el de Colombia para señalar
a la totalidad de las posesiones de España en este hemisferio, tradición que
seguirían Simón Bolívar y otros próceres hasta la creación en 1819 de una
república con ese nombre, fruto de la unión de Nueva Granada y Venezuela.
Tras la desintegración de ese gran estado en 1830, el apelativo de Colombia
fue propuesto por otras personalidades para referirse a todo el vasto
territorio al sur de Estados Unidos, como hicieron el panameño Justo
Arosemena, el granadino José María Samper y el puertorriqueño Eugenio
María de Hostos, aunque luego tuvo que ser abandonado al adoptarse en
1861 como título oficial de una república americana.
Casi simultáneamente los franceses lanzaban el término América
Latina, asociado a las aventuras expansionistas sobre este hemisferio del
Imperio de Napoleón III y que pretendía fundamentar una especie de
panlatinismo. A pesar de que esta denominación nació con aquella impronta
colonialista -la intervención francesa a México de 1861 a 1867-, el uso de
América Latina resurgió con gran fuerza a fines del siglo XIX y principios del
XX aunque ahora con una definida connotación anti-norteamericana, cuando
algunos pensadores de este Continente, encabezados por José Enrique
Rodó, esgrimían el legado de la tradición latina (Ariel) para contraponerlo al
brutal expansionismo anglosajón (Calibán). América Latina, nombre que
incluso fuera utilizado en varias ocasiones por el propio José Martí - quien
prefería el más entrañable de "nuestra América" -, sirve hoy para designar a
los países ubicados del río Bravo a la Patagonia, incluyendo al Caribe de
lengua inglesa y holandesa, Brasil, las antiguas colonias francesas y los
grandes conglomerados indígenas (territorios a los que sin éxito Haya de la
Torre pretendió catalogar como Indoamérica), y es el que por tanto
utilizamos en este texto
Sergio Guerra Vilaboy
I. La transición del régimen feudal-colonial al capitalismo
dependiente:
La larga y penosa transición del llamado feudalismo colonial al capitalismo
dependiente y subdesarrollado demoró más de un siglo. Aun cuando sus años
decisivos se extiendan a nivel global de fines del siglo XVIII a las postrimerías del
XIX, fue un proceso gradual y oscilante de imposición del capitalismo a través de
sucesivas revoluciones, contrarrevoluciones y reformas. Aunque las raíces de las
relaciones capitalistas se pierden en la época colonial, puede considerarse que la
independencia de la mayoría de las posesiones de España y Portugal en este
Continente comenzó a despejar el camino para la plena imposición de las nuevas
relaciones de producción. Ello fue el resultado de diferentes momentos cumbres del
proceso de imposición del capitalismo en América Latina.
1. La independencia de América Latina (1790 - 1826)
La emancipación de América Latina formó parte del ciclo revolucionario que, a
nivel mundial, se inauguró a fines del siglo XVIII, bajo el influjo de las concepciones
anti-feudales de la burguesía europea. El movimiento independentista que comenzó
en 1790 con la Revolución de Haití tuvo como antecedente la liberación de las trece
colonias inglesas de Norteamérica. El estallido de la gran contienda anticolonialista,
extendida hasta 1826, fue facilitado primero por la revolución francesa de 1789 y
después por la crisis política generada por la expansión napoleónica sobre España y
Portugal. Así, el inicio de las revoluciones burguesas en Europa puso a la orden del
día en América Latina el problema de la independencia.
a) La fase haitiana (1789 - 1804)
Donde con más fuerza se hicieron sentir las agudas contradicciones sociales
y étnicas existentes en las colonias europeas de América fue en el área antillana, al
estallar en Saint Domingue la primera revolución de masas que triunfó en el
hemisferio occidental. Aquí la marcada congruencia entre condición étnica y social
desencadenó un conflicto aparentemente racial pero que, en última instancia, tenía
su origen en profundas contradicciones de clase. Al margen de los factores internos
que la desencadenaron, la Revolución Haitiana estuvo influida de forma muy directa
por los acontecimientos que entonces sacudían Europa (Revolución francesa). De
esta manera en 1790 comenzó la rebelión de los mulatos (Oge, Rigaud) contra el
dominio de los plantadores blancos, los grands blancs. En 1791 estalló la revolución
de los esclavos encabezada por Toussaint Louverture, que devino a principios del
XIX, ante los intentos napoleónicos de restablecer el viejo sistema de dominación
(1802), en una contienda independentista dirigida por Dessalines, Christophe y
Petion que terminó por fundar en 1804 el primer estado independiente de la América
Latina.
b) Primera fase de la lucha independentista en Hispanoamérica (1808 - 1816)
En la mayoría de los territorios hispanoamericanos las guerras de
independencia se desarrollaron en dos fases: 1808-1815 y 1816-1826. La primera de
ellas, iniciada con la formación de juntas de gobierno dominadas por los ricos criollos,
se caracterizó, en sentido general, por las rebeliones armadas paralelas, espontáneas
y descoordinadas, con tácticas y estrategias particulares y diferentes, que tuvieron por
escenarios principales las colonias de México, Venezuela, Nueva Granada, Quito,
Río de la Plata y Chile. En muchos de estos lugares el curso de la contienda se vio
afectado por una larga indefinición de los objetivos políticos, lo cual llevó a establecer
gobiernos autónomos que seguían reconociendo la soberanía de Fernando VII y
obviaban cualquier propuesta de transformación social. Las juntas de Cartagena,
Buenos Aires, Santiago de Chile y Caracas, por ejemplo, se limitaron a disponer o
legalizar, según el caso, la libertad de comercio, para satisfacer los intereses de sus
promotores (plantadores y comerciantes criollos), perjudicados con los privilegios
mercantiles de los peninsulares y las incapacidades del mercado metropolitano para
absorber la producción agropecuaria de sus colonias.
En forma simultánea en casi todas las antiguas posesiones españolas de
América se vertebró una corriente reformista de carácter autónomo, nutrida también
con representantes de las clases privilegiadas. Temerosos de las consecuencias del
enfrentamiento armado con la metrópoli, depositaron sus esperanzas de cambios,
igualdad de derechos entre criollos y españoles y gobierno propio en la buena
voluntad hispana, ilusiones alentadas por la presencia de diputados americanos en
las Cortes de Cádiz. El fracaso de las reformas liberales metropolitanas, la
reimplantación del absolutismo por Fernando VII (1784-1833), y los éxitos patriotas,
terminarían por hacer languidecer esta tendencia criolla.
Para enfrentar la tácita insurrección que significó la formación de juntas en
Hispanoamérica se levantaron los realistas indistintamente llamados godos,
sarracenos, chapetones, gachupines o conservadores, por lo general españoles:
funcionarios, grandes comerciantes, arrendatarios e intermediarios de los monopolios
de la Corona y la mayoría del clero que, en virtud del Real Patronato, formaba parte
de la burocracia colonial. A través de la Iglesia, y valiéndose del fanatismo religioso o
de las tradiciones paternalistas de la Corona, los realistas - a cuyas filas también se
integró el sector más conservador de la aristocracia criolla - lograron en muchas
ocasiones manipular a capas y clases populares, artesanos, peones, esclavos y
sobre todo pueblos indígenas para situarlos contra la independencia.
Durante la fase de 1808 a 1815, en los principales teatros del conflicto bélico, la
lucha se vio lastrada por la conducción oligárquica, que pretendía romper la tutela
española sin afectar la tradicional estructura socio-económica. La dirección de las
capas privilegiadas criollas trajo por consecuencia el predominio de fuerzas de clase,
terratenientes y grandes propietarios en general, que ocupaban el lugar de una
burguesía prácticamente inexistente. Para este sector aristocrático, puesto a la
cabeza de la lucha, la independencia era concebida como una especie de conflicto
en dos frentes: "hacia arriba" contra la metrópoli y "hacia abajo" para impedir las
reivindicaciones populares y cualquier alteración del statu quo. A su vez, para una
parte apreciable de las masas populares, la aristocracia criolla aparecía como su
explotador inmediato. Eso explica por qué entre 1808 y 1815 la participación del
pueblo en la lucha emancipadora fuera limitada en algunas regiones, asumiera una
actitud expectante en otras o llegara incluso a ser atraída en forma temporal por las
consignas demagógicas de la contrarrevolución realista, como sucedió en Venezuela
durante la II República.
El temor a que se desencadenara una incontrolada sublevación popular, en
particular de esclavizados negros o del campesinado indígena, castró en muchas
colonias las potencialidades de liberación y provocó una incondicional fidelidad a la
Corona por parte de la élite criolla. Esto último fue lo ocurrido en zonas tan diferentes
y alejadas entre sí como Perú y Cuba, donde todavía estaba fresca la conmoción
provocada por la rebelión de Túpac Amaru (1780) y la revolución haitiana (1790-
1804) respectivamente.
A diferencia de lo sucedido en el resto de Hispanoamérica a fines del siglo XVIII,
los terratenientes y comerciantes peruanos fortalecieron sus vínculos con la
burocracia peninsular en reacción a las libertades borbónicas y la pérdida de la
minería y mercados del Alto Perú, provocada con la creación del Virreinato en el
Plata (1776), que los había situado en condiciones desventajosas frente a la
competencia de sus antiguos subordinados de Buenos Aires. Así, el comercio de la
colonia con España bajó de 5 barcos anuales a 3 y sólo de 500 toneladas cada uno.
En Cuba una situación económica bien distinta llevó a resultados análogos. Los
plantadores/esclavistas de la isla disfrutaban de un boom económico sin
precedentes, que lametrópoli supo canalizar por medio de sostenidas concesiones.
Otro factor a tomar en cuenta para entender la actitud de las clases privilegiadas
está relacionado con el mayor o menor grado de polarización social y racial. Allí
donde las confrontaciones étnicas y de clase eran muy agudas, la aristocracia criolla
mantuvo por más tiempo una posición contraria a la independencia. La profundidad
del compromiso de la oligarquía blanca con la lucha anticolonial fue, al parecer,
directamente proporcional a su peso en el conjunto de la población: 4% en
Guatemala, 8% en Haití, del 13 al 15% en el Bajo y Alto Perú, 21 % en México, 23 %
en Brasil, del 22 al 27% en Nueva Granada y 40% en Venezuela y el Río de la Plata.
La pobre participación popular en esta fase de la guerra independentista, el
exagerado papel atribuido a las ciudades en la estrategia militar, el carácter
fragmentario y local de los gobiernos criollos y sus múltiples contradicciones
intestinas (centralistas y federalistas, republicanos y monárquicos, radicales y
moderados) fueron los elementos principales que llevaron al fracaso, entre 1814 y
1815, a los principales focos de la insurrección. También el marcado antagonismo
entre las clases populares y la aristocracia criolla permitió a la contrarrevolución
realista encontrar asideros para la restauración del antiguo orden colonial. A ese
trágico desenlace contribuyó la llegada de tropas frescas a América, trece
expediciones con más de veintiséis mil hombres después del restablecimiento de
Fernando VII en el trono español y la anulación de la Constitución entre marzo y
mayo de 1814.
Solo el Río de la Plata logró sobrevivir a la reconquista realista de 1814-1815.
Gracias a su mayor lejanía de Europa y al imprevisto desvío en altamar de la flota de
Morillo hacia Venezuela, originalmente financiada por los comerciantes gaditanos
para reabrir Buenos Aires al mercado metropolitano. Otro factor decisivo fue el
valladar levantado por las guerrillas populares: en la frontera norte montoneras y las
"republiquetas" en el Alto Perú. En favor de los argentinos también operó su
condición de región ganadera, que permitió movilizar una temible caballería irregular
gaucha, en contraste con las dificultades de los ejércitos patriotas para reclutar
hombres en áreas de predominante población indígena o esclavizada. Algo parecido
sucedió en los llanos de Venezuela después de 1816.
A pesar de los límites impuestos a la lucha independentista por las clases
dominantes criollas, en algunas colonias estallaron verdaderas revoluciones
populares, corno sucedió en México con la espontánea guerra campesina desatada
desde 1810 por Hidalgo y Morelos. También en el Virreinato del Río de la Plata,
particularmente en la Banda Oriental (Artigas), en el Paraguay (doctor Francia), la
sierra andina (Pumacahua) y sin un centro definido en el Alto Perú (Azurduy,
Warnes, Muñecas, Arenales, etc.), la lucha independentista estuvo acompañada en
estos años de una vigorosa participación de masas, estimuladas por los decretos
sociales (1810) de la Junta de Mayo de Buenos Aires inspirados por el ala criolla
revolucionaria (Mariano Moreno). Todos estos movimientos populares representaron
el punto más alto alcanzado por la revolución independentista hispanoamericana y a
la vez fueron portadores de una novedosa concepción del estado y la sociedad que
durante un tiempo logró sobrepasar y poner en crisis el restringido marco político-
institucional y social trazado para la emancipación por la aristocracia criolla. En forma
menos definida en el Perú y Alto Perú.
c) Segunda fase de la lucha independentista en Hispanoamérica y
Brasil (1816 - 1826)
Durante los años de 1814 y 1815 se cierra la primera fase de la lucha
independentista en Hispanoamérica ante los éxitos de las armas realistas, favorecidas
con la terminación de las guerras napoleónicas y el restablecimiento de Fernando VII
en el trono español. En Chile la "Patria Vieja", carcomida por las contradicciones
intestinas de la aristocracia criolla (Carrera versus O'Higgins), sucumbió en
Rancagua y obligó a los sobrevivientes a buscar refugio en la vecina provincia de
Cuyo a fines de 1814. La II República de Venezuela fundada por Bolívar - en nada
diferente en su condición elitista a la Primera creada por Miranda-, se eclipsó a
principios de 1815 debido a su incapacidad para obtener una base de masas y
detener la ofensiva contrarrevolucionaria de los insumisos llaneros de Boves. En
México, 1815 terminó con el triunfo definitivo de los realistas, sostenidos por la propia
oligarquía local, sobre la guerra campesino=indígena levantada desde 1810 por
Hidalgo y Morelos. La "Patria Boba" neogranadina, debilitada por las luchas entre la
aristocracia centralista de Bogotá (Nariño) y la federalista de las provincias (Camilo
Torres), agonizaba desde fines de 1815, proceso acelerado por el desembarco en sus
costas del ejército español de Morillo. Previamente, en 1812, el movimiento
independentista en Quito, conducido por la aristocracia terrateniente serrana (los
Montúfar), había colapsado. En el Virreinato del Perú, bastión peninsular, la masiva
sublevación mestizo-indígena de 1814 encabezada por Pumacahua concluyó al año
siguiente sangrientamente aplastada, para tranquilidad de la oligarquía conservadora
peruana. Sólo el Río de la Plata, pese a la anarquía política y las contradicciones
internas promovidas por las intenciones hegemonistas de Buenos Aires (Saavedra,
Rivadavia, Pueyrredón, Alvear, etc.), resistió al desastre general, gracias a la
protección de los montoneros de Salta y las guerrillas populares del Alto Perú. Pero
aquí también la situación era desesperada en 1816: el descalabro de las
"republiquetas", la irrupción portuguesa contra la revolución oriental de Artigas, las
amenazas de invasiones realistas procedentes del Norte y desde la propia metrópoli,
junto a la inoportuna derrota patriota de Rondeau en Sipe Sipe, a fines de 1815,
pusieron el territorio argentino al borde de la capitulación. Con razón los realistas de
Europa y América festejaron ruidosamente el triunfo de Sipe Sipe como el fin de la
lucha independentista.
A pesar de la profunda crisis de las fuerzas emancipadoras, la guerra resurgió
con todo vigor entre 1816 y 1817, lo que marca el inicio de la segunda fase. A lo
largo de este período (1816-1826), por dos vías bien diferentes se alcanzó la
liberación de las colonias de España y Portugal, con las únicas excepciones de Cuba
y Puerto Rico. En México el movimiento revolucionario retrocedió en sus
perspectivas de transformación social hasta desembocar, por métodos casi pacíficos,
en una independencia monárquico-conservadora (Iturbide); algo parecido fue lo
ocurrido en Centroamérica y Brasil. En cambio, para el resto del Continente, la
emancipación sólo fue posible mediante una cruenta lucha armada que culminó
exitosamente la dilatada y costosa guerra contra la metrópoli, estableciendo una
serie de repúblicas. En estas regiones, al ejército correspondió un papel decisivo en
la independencia. Partiendo de sólidas bases logísticas en Venezuela (Los Llanos) y
el Río de la Plata (Cuyo), los ejércitos de Bolívar y San Martín, imbuidos de una
estrategia de lucha continental -aunque distantes en sus perspectivas político-
sociales-, liberaron no sólo sus respectivas patrias, sino también Nueva Granada,
Quito, Chile, Perú y el Alto Perú, para imponer en Ayacucho la capitulación definitiva
de España, que culminó quince años de guerra.
Bolívar fue el mejor exponente del genio militar y político de la independencia,
avalado por sus ideales de integración y brillantes victorias de armas, resumió lo más
avanzado del pensamiento revolucionario en la segunda etapa de la lucha de
liberación. El ejército bolivariano portador de la iniciativa revolucionaria logró en
forma temporal la abolición de la esclavitud y la servidumbre, eliminación de
privilegios y gravámenes feudales, repartos agrarios, etc., como única institución
realmente organizada en el campo patriota compensó tanto la extrema debilidad del
componente burgués de la revolución como la derrota de los representantes más
radicales del movimiento popular (Hidalgo y Morelos en México, Moreno y Artigas en
el Río de la Plata y en menor medida Carrera y Rodríguez en Chile), aunque algunas
de sus medidas sociales tuvieron más un carácter declarativo que práctico. Estos
reveses fueron, sin embargo, las premisas que permitieron concretar un virtual bloque
de clases anticolonial que en varios lugares -de manera paradigmática en
Venezuela- amplió la base social de la lucha independentista tras un programa más
acorde con las posibilidades históricas, aunque bajo la hegemonía recompuesta de la
aristocracia criolla. A la formación de este amplio frente poli-clasista también
contribuyó el terror contrarrevolucionario desatado por los realistas en las áreas
reconquistadas, que afectó sin distinción de clases o raza a los diferentes estratos de
la sociedad hispanoamericana, y creó las condiciones para una mayor participación
popular y la unidad patriota. En estas nuevas circunstancias, las guerrillas, que
gozaban de un auténtico respaldo de masas, devinieron en importante auxiliar de los
ejércitos libertadores, aunque castradas de cualquier posibilidad de edificar su propia
alternativa de poder, como algunas lo intentaron en la etapa anterior. Ese fue el
restringido papel asignado a las "republiquetas" altoperuanas, las montoneras de
Güemes y las guerrillas chilenas o peruanas, incapacitadas para superar el estricto
control de la aristocracia criolla y radicalizar el programa emancipador.
Pero las atrevidas campañas de Bolívar y San Martín tuvieron otro efecto:
atemorizar al ala conservadora de la aristocracia criolla, hasta entonces fiel aliada de
España. El sensible cambio en la correlación de fuerzas, que desde principios de la
década de 1820 -victorias de Maipú y Boyacá- se inclinaba a favor de los
libertadores, compulsó al sector criollo conservador a romper con la metrópoli y
aceptar la inevitable independencia. El oportuno giro aristocrático, principalmente en
los bastiones realistas de Perú, México y Centroamérica, les permitiría llenar el vacío
de poder creado con la retirada de España y la manifiesta incapacidad de los
libertadores para sustituir a la Corona en forma efectiva después de conseguida la
emancipación. Además, en estas regiones la ruptura con la metrópoli fue precipitada
por las peligrosas perspectivas que se abrían para las élites enfeudadas con los
triunfos liberales de la península ibérica. Las revoluciones de enero y agosto de 1820
en España y Portugal dividieron las fuerzas colonialistas en liberales y absolutistas y
abrieron una profunda crisis política en las metrópolis, que restringió sus
capacidades para contrarrestar el movimiento independentista. Incluso el gobierno
español llegó a dar instrucciones a los virreyes para negociar la paz y cierta
autonomía con los patriotas, a cambio del reconocimiento de su soberanía en
América. Ese fue el ambiente que rodeó, entre 1820 y 1821, las entrevistas del
General Morillo con Bolívar, del Virrey del Perú con San Martín y del General
O'Donojú con Iturbide.
La difícil coyuntura por la que atravesaba España, durante la segunda fase de la
emancipación, explica que de 1816 a 1826 disminuyera notablemente la llegada de
nuevas tropas a América, sobre todo después que Riego sublevara en Cádiz (1820)
a la ambiciosa expedición de reconquista que allí se preparaba. La última expedición
española de cierta significación fue la despachada a Lima en mayo de 1819, antes
que la sublevación de Riego cerrara definitivamente toda posibilidad de enviar nuevos
ejércitos en 1823 (tras el restablecimiento del absolutismo de Fernando VII por los
"cien mil hijos de San Luis") compuesta de 11 transportes y 1 barco de guerra, que
conducían 2 800 hombres y 8 mil fusiles, esa expedición nunca llegó completa a su
destino, pues fue interceptada por la marina argentina.
Imposibilitadas España y Portugal de enviar refuerzos a América en los
momentos decisivos, dividido el campo realista como consecuencia de las pugnas
políticas metropolitanas, conseguido apoyo externo, básicamente inglés, y resueltos
los principales problemas internos que lastraban la lucha durante la primera fase, los
países latinoamericanos consiguieron uno tras otro la independencia en el lapso de
1821 a 1825.
2. Formación de los Estados Nacionales (1826 - 1885)
La historia de América Latina se desarrolla después de la derrota del
colonialismo hispano portugués y hasta la década del ochenta del siglo XIX en un
complejo proceso de formación de la conciencia y el Estado Nacional. La
independencia de las metrópolis europeas en el siglo XIX si bien significó un
importante paso de avance histórico al conseguir la emancipación política y dar inicio
al ciclo revolucionario dirigido a imponer el capitalismo en América Latina, no fue
capaz de modificar las estructuras económicas y sociales coloniales. El triunfo
alcanzado con la emancipación no pudo despejar el camino para un desarrollo
independiente, frustrado por la acción de las grandes potencias y las clases más
reaccionarias. A pesar de los esfuerzos unificadores de Bolívar (Congreso de
Panamá, 1826), el antiguo imperio español de ultramar se dividió en varias
repúblicas, desvinculadas entre sí, facilitando así las fuerzas descentralizadoras que
impidieron la consolidación de grandes unidades estatales en Hispanoamérica,
muestra de lo cual fue el fracaso de la gran Colombia (1830), la Confederación
Peruano Boliviana (1839) y la federación del Centro de América (1839-1848), así
como la desintegración, entre 1813 y 1828, del antiguo Virreinato del Plata en cuatro
estados: Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay. En este listado también puede
incluirse la creación de la República Dominicana tras su separación en 1844 de Haití,
que manu militari había unificado en 1821 bajo la dirección del Presidente Boyer. En
el caso del Brasil el proceso fue inverso como resultado de costosas guerras civiles
en las cuales las fuerzas centrípetas se impusieron en 1848 sobre diversos
movimientos secesionistas y regionales (los Cabanos en Pará, Alagoas y
Pernambuco, la República farroupliha de Río Grande do Sul, la revolución praiera y
la República bahiana, entre otros), gracias a que la oligarquía brasileña cerró filas en
torno a la monarquía para conservar sus privilegios -en particular la esclavitud-, unido
a la atracción ejercida por el emergente centro cafetalero del área de Río de Janeiro.
Desde el punto de vista de su contenido clasista, la revolución de
independencia tuvo en América Latina un carácter potencialmente capitalista. Al no
poderse vertebrar un fuerte componente social burgués, faltó la imprescindible base
social para cumplir las tareas históricamente maduras de demoler las relaciones pre-
capitalistas (coloniales). En esas condiciones, las nuevas naciones latinoamericanas
adquirieron una fisonomía semi-feudal, burguesa sólo en embrión. La hipertrofia del
factor institucional, la anarquía política y el caudillismo militar fueron ingredientes
directamente vinculados a la debilidad de los elementos constitutivos del Estado y la
Nación, esto es, las estructuras clasistas propias de la sociedad burguesa. La
etapa de formación de los estados nacionales en América Latina puede ser
subdividida en dos fases, de 1826 a 1850 y de 1850 a 1885.
a) Fase de predominio conservador (1826 - 1850)
Tras la emancipación, el ala conservadora de la aristocracia terrateniente
criolla, integrada por los grandes hacendados más apegados a las relaciones pre-
capitalistas (coloniales), aliados con la Iglesia católica, se impuso sobre el sector
agrícola relativamente debilitado de los propietarios en proceso de aburguesamiento y
de los comerciantes, de ideología liberal, para mantener el atrasado sistema socio-
económico que poco se diferenciaba del existente en la colonia. Ello fue una
consecuencia del carácter incompleto de la revolución de independencia que llevó al
poder a los sectores enfeudados, mientras los elementos auténticamente capitalistas
y burgueses quedaron en cierta forma marginados. No sólo se conservó el viejo
sistema impositivo, sino también las relaciones feudales y esclavistas y un régimen
de propiedad típicamente pre-capitalista, todo lo cual entorpecía, junto a la
inexistencia de un mercado nacional integrado y al aislamiento del exterior, el
desarrollo de las actividades económicas y comerciales, obstaculizando la
acumulación de capital y el crecimiento de la naciente burguesía. Exponentes de este
tipo de régimen conservador fueron las dictaduras de Juan Manuel de Rosas en el Río
de la Plata (1829-1852), Rafael Carrera en Guatemala (1840- 1865), Antonio López
de Santa Anna en México y José Antonio Páez en Venezuela, por sólo mencionar los
más significativos.
En el curso de este proceso de estabilización conservadora de la sociedad, se
fueron desarrollando las fuerzas sociales que potencialmente podían intentar
imponer el capitalismo o presionar para realizar reformas de carácter más o menos
radical, como hicieron en esta etapa Valentín Gómez Farías en México (1833-1834) y
Mariano Gálvez en Guatemala (1831-1838) cuando infructuosamente se propusieron
llevar adelante la llamada primera reforma liberal.
Una excepción en el periodo lo constituyó el gobierno dictatorial del doctor
Francia en Paraguay (1813-1840), quien expulsó del poder a la aristocracia criolla
local, expropió a la Iglesia y los terratenientes, propiciando el desarrollo de una
sociedad campesina, dominada por un poderoso estado paternalista. Las medidas
proteccionistas del doctor Francia, junto al aislamiento del exterior, propiciaron cierto
desarrollo de las artesanías, algo que también se produjo en la década del treinta en
algunos países dominados por regímenes conservadores, como ocurrió en Chile con
Diego Portales y en México con Lucas Alamán.
La permanente crisis económica y fiscal fue otra de las características de la
mayoría de los países latinoamericanos en este periodo -Cuba, el Río de la Plata,
Brasil y en menor medida Chile y Venezuela son las principales excepciones-,
cuando se completó el proceso de constitución de los dos partidos tradicionales, el
liberal y el conservador. Típicas organizaciones de élite, expresaban las luchas inter-
oligárquicas de las clases dominantes, o sea, el enfrentamiento del clero y los
terratenientes señoriales de economía natural a un grupo social emergente:
latifundistas no vinculados a mayorazgos, comerciantes, intelectuales, profesionales,
pequeños propietarios, que introdujeron un componente modernizador en los
conflictos clasistas al hacer suyo un programa de avance capitalista.
De manera indirecta a ello también contribuyó el hecho de que, aprovechando la
orfandad de los nuevos estados, bosquejados en lo interno sólo a medias, Inglaterra
se fue convirtiendo en acreedora y principal suministradora de bienes
manufacturados, teniendo por bases las casas comerciales establecidas desde
principios de siglo en los principales puertos de la América Latina. En cambio
Estados Unidos no pudo competir con los comerciantes ingleses, por lo que sólo
pudo dejar en 1823 una declaración programática de sus aspiraciones de dominio en
el Continente: doctrina Monroe; aunque entre 1836 y 1848 terminaron arrebatándole
a México la mitad de su territorio y después extendieron sus intereses expansionistas
a Nicaragua y otros países centroamericanos (William Walker 1855-1860) y Panamá
(Tratado Mallarino-Bidlack de 1848), tras la firma en 1850 de un modus vivendi en la
zona con Inglaterra (Tratado Clayton-Bulwer).
b) Las reformas liberales (1850-1885)
Una serie de trasformaciones de orientación burguesa de corte liberal sacudió
a la América Latina a partir de mediados del siglo XIX, ante el empuje del avance
capitalista a escala internacional y el tremendo impacto de la oleada revolucionaria
europea de 1848. Entre sus causas se hallaba el significativo retroceso
experimentado después de la independencia, que llevó al establecimiento en casi
todas partes de un orden conservador encargado de restablecer la esclavitud, el
tributo indígena y el régimen de mayorazgos.
Las revoluciones liberales de esta etapa adquirieron características distintas en
cada uno de los países latinoamericanos donde se llevaron a cabo, determinadas por
las tareas objetivas y el grado de desarrollo de la conciencia burguesa, aunque fue
muy frecuente que las transformaciones se realizaran como resultado de reformas
"desde arriba". El ascenso de la burguesía y las relaciones capitalistas precedió,
acompañó o sucedió al triunfo de las emergentes fuerzas políticas liberales. Estos
procesos, iniciados con la revolución de medio siglo en Colombia (1849) y la de
Ayutla en México (1854), se desarrollaron en muchas partes de América Latina en
diferentes momentos del periodo, aunque sus reformas fueron más significativas
donde mayor peso tenía la herencia feudal colonial. Así puede considerarse que, en
buena medida, las reformas liberales se desarrollaron en México de 1854 a 1861 con
Benito Juárez; de 1849 a 1854 y de 1861 a 1864 en la actual Colombia bajo la
dirección de José Hilario López y Tomás Cipriano de Mosquera; en Venezuela a
partir de la Guerra Federal (1859), verdadera revolución campesina, y el gobierno de
1870 a 1888 de Antonio Guzmán Blanco; en Centroamérica se generalizó después
de la reforma guatemalteca de Justo Rufino Barrios (1871) y cerró con la tardía de
José Santos Zelaya en Nicaragua en 1893, casi simultánea a la llevada adelante por
Eloy Alfaro en Ecuador (1895).
Pero como ya había sucedido con la independencia, tampoco las reformas
liberales pudieron imponer a plenitud la formación capitalista, pues la aguda debilidad
socio-económica de la naciente burguesía no le permitió actuar como clase
hegemónica de avanzada ni como elemento aglutinador de los intereses nacionales.
El lugar que le correspondía al frente de las luchas anti-feudales y democráticas fue
ocupado por sectores que no pertenecían a la burguesía moderna en sentido
estricto, la aristocracia terrateniente, los comerciantes y la intelectualidad, que
cumplían con muchas limitaciones la función de una clase inexistente en la
articulación del interés nacional general de las fuerzas anti-feudales y anticlericales. A
esto deben agregarse, las propias limitaciones de la intelectualidad y la pequeña
burguesía democrática para actuar de enlace entre el movimiento popular y las
fuerzas sociales hegemónicas a escala nacional.
Al no incluir en sus demandas la decisiva cuestión agraria, a la que estaban
ligados los principales problemas sociales de América Latina, el proyecto liberal se vio
incapacitado de vertebrar una alternativa viable democrático-transormadora del
desarrollo capitalista. Todo ello conspiró contra la estructuración de un amplio bloque
de cambios, lo que sin duda restringió los alcances de las transformaciones liberales
de la segunda mitad del siglo XIX.
Por eso en ninguna parte de América Latina las reformas liberales hicieron
desaparecer el latifundio, sino que, por el contrario, beneficiaron a los terratenientes
laicos a expensas de la gran propiedad eclesiástica, a la vez que los comerciantes se
hacían también dueños de tierras -muchas de ellas pertenecientes a los indígenas,
con lo cual se sentaron las bases para la futura integración de una poderosa
oligarquía terrateniente burguesa a escala nacional aliada al capital extranjero. Con
sus limitaciones, la reforma liberal puede ser definida como un intento no concluido
de revolución burguesa, al margen de diferencias y particularidades regionales. La
aplicación de la legislación liberal en materia agraria y laboral -casi siempre
impulsada "desde arriba"- agudizó, en lugar de resolver, el problema de la utilización
de la tierra y la explotación del indio.
En general las reformas liberales en América Latina siguieron un curso menos
radical que la desarrollada por Benito Juárez en México al devenir, bajo la presión de
una intervención extranjera (Imperio de Maximiliano, 1864-1867) en una gesta de
liberación nacional; proceso casi paralelo al de la guerra de independencia cubana
de 1868 a 1878, iniciada por Carlos Manuel de Céspedes, y la que tuvo lugar en
Santo Domingo contra la restauración española (1862-1865). Aunque casi todas
tuvieron un definido carácter anti-clerical y anti-feudal, solo complementaron a
medias su papel impulsor de las transformaciones burguesas. Si bien en todas partes
se extendieron las relaciones capitalistas, avanzó el proceso de integración nacional,
se instauró el derecho burgués frente a los privilegios y fueros del viejo régimen
conservador y el monopolio territorial de la Iglesia fue quebrado -allí donde era
realmente importante: es el caso de México, Guatemala o Nueva Granada-, no
obstante subsistió, e incluso en algún sentido se amplió, la explotación servil de la
población aborigen y el predominio de la gran propiedad terrateniente. De todos
modos, ello favoreció el ascenso de la burguesía terrateniente y de algunos sectores
de las capas medias urbanas e incluso hubo países donde comenzó a despuntar, a
contrapelo del capital extranjero, una muy incipiente burguesía nacional (Brasil,
Argentina, Chile, México) y aparecieron los primeros núcleos obreros.
Casi paralelamente se produjo el predominio comercial de Inglaterra, favorecido
por la política librecambista adoptada por los liberales, con efectos desastrosos para
la economía latinoamericana. El desplazamiento de las artesanías por la industria
europea fue un proceso largo desde su inicio a fines del siglo XVIII. Alrededor de
1850 la irrupción de las mercancías extranjeras se intensificó, penetrando en
profundidad el mercado latinoamericano, favorecidos por sus bajos costos de
producción, la modernización de los transportes y la disminución de las tarifas
aduaneras.
De esta forma el vertiginoso desarrollo de la revolución industrial en
determinados países de Europa Occidental y fundamentalmente en Inglaterra, no
sólo tuvo por consecuencia la destrucción de los pequeños productores
metropolitanos, sino también aniquiló a los artesanos de los territorios más atrasados
al mismo ritmo con que estas áreas se integraban al mercado mundial en formación y
se extendían a escala internacional las relaciones capitalistas. Así la industria
europea, y en primer lugar la británica, fue controlando el mercado latinoamericano
tal como sucedía en casi todas partes al conjuro de la revolución industrial, mientras
el capitalismo se imponía como sistema mundial.
En consecuencia miles de talleres artesanales que abastecían el consumo
popular fueron aplastados por la desleal competencia de las mercancías importadas
de Europa Occidental y de Estados Unidos. En muchos lugares del Continente los
artesanos se organizaron en esta etapa para luchar por leyes proteccionistas y
contra la indiscriminada importación de los artículos industriales europeospunto más
alto se registró en Bogotá cuando los artesanos colombianos, vertebrados en
sociedades democráticas y aliados a un sector del liberalismo (draconianos)
encabezados por el General José María Melo, llegaron a ocupar el poder en la
capital durante seis meses (1854).
II. El capitalismo dependiente
En América Latina el establecimiento y consolidación de las relaciones
capitalistas fue consecuencia del extraordinario crecimiento de la economía
latifundista de exportación, en función de los intereses de la burguesía no
manufacturera y de las necesidades de las grandes potencias industriales. Ese
proceso estuvo favorecido por la capacidad de la burguesía comercial
latinoamericana para aprovechar y conservar en su acumulación formas de
producción y explotación pre-capitalistas. Ello explica la liquidación de las artesanías
y su sustitución por las mercancías importadas de los países europeos y Estados
Unidos. Estos problemas se relacionan con las limitaciones de las revoluciones
burguesas en América Latina y la formación de un capitalismo dependiente. Aquí el
desarrollo capitalista siguió el derrotero impuesto por la oligarquía exportadora
asociada y subordinada al capital extranjero, por lo cual no se pudo generar un
crecimiento industrial sino un capitalismo deforme. Las causas que imposibilitaron un
desarrollo capitalista integral y la creación en el siglo XIX de una completa industria
nacional no sólo se relacionan con las inmaduras condiciones internas, sino también
con la decisiva influencia del factor externo. Nos referimos a la desfavorable
coyuntura histórica, pues ya se organizaba una división mundial capitalista del trabajo
que conduciría a los países más atrasados a ocupar el lugar de simples exportadores
de materias primas y artículos no elaborados, en un injusto orden internacional que
aún perdura. Esa relación desigual fue impuesta a fines del siglo pasado mediante la
dominación por parte de las potencias imperialistas de los sectores claves de la
economía latinoamericana, que cercenó cualquier posibilidad de desarrollo
independiente. Con ello la economía de América Latina experimentó un crecimiento
notable pero deformado y se hizo más vulnerable a las crisis capitalistas.
1. Inicios de la gran expansión imperialista (1885 - 1929).
Los países latinoamericanos se desenvuelven desde fines del siglo XIX en un
contexto histórico mundial caracterizado por la introducción de los núcleos del
sistema capitalista metropolitano en su proceso de producción y no sólo como se
había hecho hasta entonces, limitado a la esfera de la circulación. Con esa
modificación, las potencias industriales, en respuesta a las necesidades de sus
monopolios, se convirtieron ya no sólo en exportadores de mercancías, sino también
de capitales, dando origen a una agresiva política recolonizadora. Paralelamente
cobraba fuerza la lucha de las grandes potencias industriales por la posesión de las
fuentes de materias primas, los mercados y por un nuevo reparto del mundo.
Para la América Latina los efectos de ese proceso fueron múltiples. La
penetración del capital extranjero impuso a este Continente una estructura
socioeconómica dependiente, en un esquema de división internacional del trabajo en
el cual se asignó a las naciones latinoamericanas la simple condición de
exportadores de materias primas y alimentos e importadores de mercancías
elaboradas. Las bases de esta desigual relación fueron creadas mediante el dominio
por parte del capital extranjero de la producción, el transporte y la comercialización
de los artículos latinoamericanos, liquidando cualquier posibilidad de desarrollo
propio. Así, a unos se les llevó a especializarse en la producción de azúcar, bananos,
guano o petróleo, mientras a otros les correspondía el suministro de carnes, cereales,
salitre, estaño o café, en correspondencia con la orientación que ya España había
impuesto a sus colonias en las postrimerías de su Imperio de ultramar.
El fracaso de los intentos de ciertos sectores del liberalismo por vertebrar una
revolución "desde abajo" facilitó el triunfo de una vía oligárquica de transición al
capitalismo, basada en un compromiso de clase entre las distintas facciones
aristocráticas antes en pugna. La venta de las propiedades eclesiásticas, la división
de las comunidades indígenas y el crecimiento sin precedentes de la economía
agrario-minera exportadora fueron, entre otros, factores que sirvieron de fundamento
para liquidar las viejas pugnas de clase entre liberales y conservadores. Por estos
motivos la definitiva imposición del capitalismo en América Latina no produjo una
sustancial modificación de la atrasada estructura agraria, sino que, por el contrario, el
latifundio se fortaleció, preservándose muchas características de la economía pre-
capitalista. Ese proceso fue favorecido por la capacidad de la burguesía comercial
latinoamericana para aprovechar y conservar en su acumulación formas de
producción y explotación pre-capitalistas. El aburguesamiento de los viejos
terratenientes o la aparición de un nuevo sector de latifundistas asociados a
intereses comerciales reflejaba la gradual transición a un nuevo orden económico y
social en América Latina.
La homogenización de los terratenientes, interesados en aplicar sólo de manera
parcial las relaciones de tipo burgués, facilitó el ascenso al poder desde fines del
siglo XIX de los círculos más reaccionarios del liberalismo. Junto a la consolidación
del estado liberal oligárquico se configuró una "nueva" élite en cada país
latinoamericano, diferente en cierta forma a la precedente por su vinculación y
dependencia mucho más directa con el capital extranjero y por su más completa
integración a escala nacional. Así se establecieron dictaduras de corte liberal-
positivista al estilo de Porfirio Díaz en México (1876-1911), Guzmán Blanco en
Venezuela (1870-1889), Varela y Latorre en Uruguay (1875-1880), Juan Vicente
Gómez en Venezuela (1908-1935) y Estrada Cabrera en Guatemala (1898-1920). A
ellas puede sumarse, entre otras, la República Velha en Brasil, fundada en 1889, tras
la caída del Imperio de Pedro II, por el Ejército y un grupo de políticos positivistas
que proponían un tipo de Estado similar en más de un aspecto al implantado por los
"científicos" en el México porfirista. La República oligárquico-liberal, despojada de
todo vestigio democrático, se conformó así en íntima asociación con el capital
extranjero.
Al margen de la estructuración de la oligarquía nacional, del vertiginoso
crecimiento de las capas medias y la pequeña burguesía, fue en estos años cuando
se registró la aparición de los primeros conglomerados apreciables de obreros en
América Latina. Ello fue posible gracias a las necesidades de fuerza de trabajo
calificada, que produjeron las masivas construcciones de líneas férreas, sistemas de
comunicaciones y transportes, silos de cereales, ingenios de azúcar, explotaciones
mineras, frigoríficos, instalaciones portuarias y mediante el avance de ciertas
industrias como la textil, aunque el ritmo de este proceso, como el del propio
capitalismo, fue desigual en los países latinoamericanos. Por esas razones, los
sindicatos y primeros partidos obreros surgieron en América Latina donde se
desarrollaban con mayor rapidez y profundidad las relaciones de producción
capitalistas (Argentina, Chile, México y Uruguay).
a) Predominio indiscutido del capital británico (1885 -1898).
Hasta esta época Inglaterra se había conformado con monopolizar el comercio
desde afuera, pero desde la segunda mitad del siglo XIX trató de asegurar su
posición privilegiada dominando no sólo la comercialización de los productos y el
crédito, sino también la producción y el transporte de las materias primas dentro de
los países latinoamericanos. Por esa razón desde esa época y hasta la crisis
capitalista de 1929 las inversiones extranjeras se caracterizaron, junto con la
preponderancia inglesa a nivel continental, por la creación de toda una infraestructura
que facilitara la explotación eficaz de las materias primas y su exportación. O sea,
comenzó la era de las llamadas inversiones tradicionales o de tipo colonial:
ferrocarriles, telégrafos, instalaciones portuarias, teléfonos, frigoríficos, electricidad,
etc. Todo con vistas a facilitar la exportación de los productos que requería la
moderna industria capitalista europea y norteamericana. Al mismo tiempo se
intensificó la actividad minera, desarrollándose nuevas ramas. Con la formación de
las grandes urbes latinoamericanas se creó un mercado para ciertos productos que
por sus características no podían ser importados, como la electricidad.
Estos cambios tuvieron una gran repercusión en la América Latina. Hasta
ese momento los productores nacionales habían tenido una participación importante
en laexplotación de los recursos naturales, pero en lo sucesivo el capital extranjero se
esforzaría por dominar directamente esos recursos, así como las fuentes de materias
primas que la industria requería. Como resultado de ello los países latinoamericanos
fueron convirtiéndose en una especie de semi-colonias de las grandes potencias
industriales.(Caso de La Petrolia del Táchira en Venezuela)
La penetración del capital extranjero estuvo acompañada de la implantación de
un esquema de división internacional del trabajo vinculada al mercado mundial que
terminó por especializar a los países latinoamericanos en uno o dos productos de
exportación: países exportadores de productos agrícolas de clima templado como
Argentina y Uruguay con carnes y cereales; países exportadores de productos
agrícolas tropicales como Brasil, Colombia, Ecuador, América Central, Venezuela y el
Caribe con azúcar, café, cacao, bananos, tabaco, etc.; países exportadores de
productos minerales como México, Chile, Perú y Bolivia con plata, cobre, salitre,
estaño y petróleo.
A esta época corresponde también la consolidación del dominio británico en el
Continente como resultado de dos sangrientas contiendas fratricidas entre países
latinoamericanos, la Guerra de la Triple Alianza de Argentina, Brasil y Uruguay contra
Paraguay (1864-1870) y la del Pacífico entre Chile, Perú y Bolivia (1879-1883); así
como la derrota del primer gobierno nacionalista que intentó frenar la penetración del
capital británico, el de José Manuel Balmaceda en Chile, por el alzamiento
oligárquico de 1891.
Los primeros episodios de la rivalidad entre Estados Unidos e Inglaterra en la
etapa del capitalismo monopolista tuvieron también lugar en esta etapa. En los años
de 1881 a 1882 los intereses de ambas potencias aparecieron enfrentados en la
Guerra del Pacífico. En este conflicto Inglaterra apoyó al gobierno chileno, para
quedarse con los ricos yacimientos salitreros en disputa con Bolivia y Perú,
enfrentamiento que terminó con la derrota de las aspiraciones de Estados Unidos.
Casi paralelamente Washington diseñó su proyecto panamericano con el propósito
fundamental de contrarrestar la creciente influencia inglesa en el Continente, idea
que fructificó en 1889 en lo que sería la 1ª Conferencia de las naciones americanas,
pero cuyos resultados quedaron por debajo de las expectativas de sus promotores.
Pero el choque más agudo entre las dos potencias fue en 1895, con motivo de los
problemas fronterizos entre la Guayana británica y Venezuela, que determinaron el
envío por el gobierno de Estados Unidos de la nota Olney, que acusaba a Inglaterra
de violar la doctrina Monroe.
b) Comienzos de la expansión imperialistanorteamericana (1898 - 1918)
A finales del siglo XIX Estados Unidos, con la guerra contra España de 1898,
inició una violenta ofensiva expansionista que combinó los viejos métodos
colonialistas con las más modernas formas de penetración del capitalismo. El interés
por apoderarse de las últimas colonias españolas en este hemisferio, Cuba y Puerto
Rico, no sólo tenía que ver con su valor material -fuente de materias primas y
mercados-, sino también con su importancia estratégica como futuras bases de
operaciones para la irrupción del capital norteamericano por el resto del Continente.
Los siguientes pasos de esa ofensiva estuvieron relacionados a la firma con Inglaterra
del Tratado Hay-Pauncefote (1901), que dio luz verde a Estados Unidos para
apoderarse de Panamá (1903) y concluir la vía canalera iniciada por los franceses a
fines del siglo XIX, así como llevar después adelante una serie de intervenciones
militares en el Caribe y Centroamérica bajo el amparo del corolario Roosevelt (1904)
a la doctrina Monroe. La primera víctima de su aplicación fue la República
Dominicana (1905), a la que seguirían otras intervenciones militares, entre ellas
Nicaragua (1909), México (1914 y 1917), Haití (1915) y Santo Domingo (1916). Como
parte de esa ofensiva desenfrenada, Estados Unidos logró convertir al Caribe en un
verdadero mare nostrum norteamericano, mediante una brutal expansión
intervencionista (garrote) y los más sutiles mecanismos de dominación económica,
diplomacia del dólar (zanahoria). Esa política agresiva, típica de una potencia
imperialista que llegaba tarde al reparto del mundo, terminó por convertir a los países
de la región en un rosario de repúblicas bananeras o en simples eslabones de una
cadena de virtuales protectorados sometidos al absoluto control del monopolio
yanqui.
En vísperas de la primera guerra mundial las inversiones de Estados Unidos en
la región de Centroamérica y el Caribe alcanzaban la magnitud de las inglesas.
Ambas potencias tenían capitales estimados en poco más de mil millones de dólares
cada una, aunque el panorama global del Continente seguía favorable a Inglaterra.
Para esa fecha las inversiones extranjeras en América Latina ascendían a unos 8 mil
500 millones de dólares, de los cuales 3 mil 700 correspondían a Inglaterra, 1 700 a
Estados Unidos, 1 200 a Francia, 900 a Alemania y el resto a otros países. La
penetración alemana era básicamente de carácter comercial y se había intensificado
a partir de la década del ochenta, hasta alcanzar el tercer puesto en el comercio
exterior del Continente; y sus inversiones, ubicadas en el Cono Sur y ciertas partes de
América Central, se dirigían principalmente a plantaciones de café, electricidad y la
minería.
El comienzo de la primera guerra mundial trajo aparejado una repentina
desarticulación del comercio exterior latinoamericano y una contracción de las
exportaciones, las que sólo retomaron su ritmo expansivo después de 1916. El
propio conflicto favoreció también un rápido incremento de los precios y ciertas
dificultades con los abastecimientos, debido a la orientación bélica de la economía
europea y los efectos de la guerra submarina de Alemania. Todo ello determinó una
reorientación del comercio exterior de América Latina hacia Estados Unidos y en
algunos países un incipiente proceso de industrialización.
c) América Latina entre la primera posguerra y la gran crisis
económica (1918 - 1929)
Este es un periodo de nuevos avances de la expansión económica de los
Estados Unidos sobre América Latina. La apertura del canal de Panamá en 1914
favoreció la invasión del capital y las manufacturas norteamericanas sobre los países
del Pacífico, Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú y Chile. Los capitales norteamericanos
iniciaron entonces sus operaciones en gran escala en América del Sur y en unos
pocos años (1919-1929) duplicaron sus inversiones de 2 mil millones de dólares a 5
mil. Este descomunal desarrollo de la expansión norteamericana fue casi absoluto en
la etapa anterior, sobre todo en América del sur, en estos años se hizo sentir la
presencia norteamericana por primera vez, principalmente en el área
centroamericana y del Caribe. Los infortunios de Alemania y Francia y el
desplazamiento de Inglaterra como eje financiero y comercial del mundo dieron la
pauta para la futura hegemonía norteamericana en todo el continente. Estas
circunstancias crearon la coyuntura para que Estados Unidos penetrara al cono sur,
zona de predominio británico, afectada por las crecientes modalidades parasitarias
del capital inglés. Ello estuvo asociado también al fin de la era del ferrocarril, cuando
la emergente industria automotriz norteamericana estuvo capacitada para hacerle
frente a los viejos sistemas británicos de transportación.
Por otra parte la ocupación militar norteamericana de varios países de
Centroamérica y el Caribe alimentó los sentimientos de rebeldía en vastos sectores
populares de América Latina. De ahí la espontánea reacción armada de campesinos
en Haití (les cacos encabezados por Charlemagne Peralte) y República Dominicana
(los gavilleros) e incluso la resistencia a las agresiones directas de Estados Unidos
de sectores gubernamentales nacionalistas-liberales como el nicaragüense José
Santos Zelaya (1909), el dominicano Federico Henríquez y Carvajal (1916), el
venezolano Cipriano Castro (1908) así como Francisco I. Madero y Venustiano
Carranza en la extraordinaria revolución mexicana de 1910-1917, representativa del
estallido de violentas revueltas campesinas, junto al auge de las luchas obreras y la
formación de partidos comunistas bajo el impulso que representó el triunfo de la
revolución rusa (1917). Otras expresiones fueron la radicalización de las capas
medias (Reformas de Córdoba extendía después por casi toda la América Latina, el
tenentismo brasileño, coronado por la legendaria marcha de la Columna Prestes,
etc.), así como el auge de movimientos populares antiimperialistas como el de
Augusto César Sandino en Nicaragua y la fundación de Ligas Antiimperialistas, junto
a la creación en México (1924) de la Alianza Popular Revolucionaria Americana
(APRA) por Víctor Raúl Haya de la Torre.
Desde otra perspectiva, el estallido de la primera guerra provocó la
desvinculación temporal de algunos países de sus proveedores tradicionales,
principalmente aquellos ubicados en la zona de influencia inglesa, y ello impulsó el
crecimiento e hizo posible el ascenso de nuevos grupos burgueses decididos a
desplazar a la vieja oligarquía exportadora. La tendencia a relevar a los tradicionales
grupos de poder por emergentes grupos burgueses o pequeño burgueses, se
generalizaría en América Latina después de 1929, sin que por ello la burguesía
comercial y terrateniente perdiera en lo fundamental su preeminencia económica. Sus
manifestaciones en esta etapa se expresaron en el Uruguay con los regímenes
ballistas y sobre todo durante el gobierno de Batlle y Ordoñez de 1911 a 1915; en la
Argentina con el predominio del Partido Radical de Hipólito Irigoyen, en particular
durante su mandato de 1916 a 1922 y en México como resultado de la primera
revolución social del siglo XX. Pero el carácter del proceso de industrialización por
"sustitución de importaciones" -que por razones estructurales y coyunturales agota
sus posibilidades en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial- no propició
abiertos antagonismos entre la naciente burguesía industrial y la oligarquía
tradicional. Incluso hubo casos, como México (Carranza, Obregón y Calles) y el
Brasil de la Republica Velha, de temprana asociación entre ambas. En otras
ocasiones se trataba de empresarios medios, muchas veces de origen inmigrante,
que prosperaban en los intersticios de un mercado dominado por el gran comercio
importador, nacional o extranjero.
2. Crisis del Estado Liberal y hegemonía de EstadosUnidos (1929 - 1959)
Los acontecimientos de 1929 marcaron un punto de viraje para la economía y
la sociedad latinoamericanas. Sus efectos se dejaron sentir en forma directamente
proporcional a las deformaciones sufridas por los distintos países en el proceso de
integración a la división internacional del trabajo.
En este período se produjo, bajo los embates de la crisis económica de 1929,
el descalabro del tipo de Estado, caracterizado por el laissez faire, establecido en los
países latinoamericanos con las reformas liberales, a la vez que se producía el
desplazamiento definitivo de Inglaterra por Estados Unidos y se acentuaba la
dependencia neocolonial de la América Latina. Ello trajo aparejado, tras la conclusión
de la segunda guerra mundial, los años del absoluto predominio norteamericano en
lo económico, político, militar e institucional, que le permitió crear un verdadero
bloque latinoamericano al servicio de sus intereses mundiales de dominación.