EQUITATIVO,
JUSTO, Y RECTO
Justo eres tú, oh Jehová, Y rectos tus juicios.
Salmo 119:137
Dios es absolutamente recto. Siempre obra con justicia y equidad.
Invariablemente hace lo que es justo.
De hecho, una manera fácil de entender el sentido de rectitud, o justicia, es
concentrarse en las primeras letras: re-c-t-i...(recto); j-u-s-t-i... (justo).
Eso es. Dios Hace lo que es recto sin excepción.
Daniel habló elocuentemente de la rectitud y justicia de Dios:
Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en el día de hoy
lleva todo hombre de Judá, los moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca
y los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión
con que se rebelaron contra ti.... Por tanto, Jehová veló sobre el mal y lo trajo
sobre nosotros; porque justo es Jehová nuestro Dios en todas sus obras que ha
hecho, porque no obedecimos a su voz (9:7, 14).
Aquí el profeta vindicó al Señor por todo lo que Él había hecho, aunque la
mayoría había sido medicina amarga para el pueblo. En efecto, dijo:
“Señor, Tú eres recto, y has obrado justa y honorablemente. ¡Hemos
recibido exactamente lo que merecíamos!”
El Señor dijo: Proclamad, y hacedlos acercarse, y entren todos en consulta; ¿quién
hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y
no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí (Is.
45:21).
Justo es un sinónimo de recto. El Señor es Dios justo y Salvador. Ningún
otro dios puede compararse a Él.
Pablo amaba el morar en la justicia de Dios. Por ejemplo, en Romanos 3, él
explica cómo el plan de salvación del evangelio resuelve un dilema
espiritual. Explica cómo un Dios justo puede justificar a pecadores injustos
y seguir siendo justo al hacerlo. No pasa por alto el pecado ni lo excusa. Él
paga la pena completa del pecado en la muerte sustitutoria de Su amado
Hijo. Ahora Dios puede justificar a todos aquellos que reciben a Su Hijo
como Señor y Salvador. Esta solución al dilema divino está expresado
poéticamente por el himnólogo Albert Midlane (1825-1909):
De Dios la rectitud y justicia perfecta
En la sangre del Salvador es atestiguada;
Es en la Cruz de Cristo que vemos trazada
Su justicia, empero con gracia maravillosa.
No podía Dios al pecador pasar por alto,
Pues su pecado demanda que sea muerto;
Mas vislumbramos en la Cruz de Cristo
Cómo puede Dios salvarnos siendo justo.
El pecado es en el Salvador cargado,
En Su sangre es pagada la deuda del pecado;
La Justicia Severa ya no queda demandando,
Ya está la Misericordia sus bienes dispensando.
Es puesto en libertad el pecador que cree,
Y logra decir: “Por mí el Salvador murió”;
Y dice, señalando la expiatoria sangre:
“Ésta alcanzó mi ansiada paz con Dios”.
El salmista dijo: “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz
se besaron” (Sal 85:10). Lo supiera o no, el salmista estaba anticipando el
Calvario.
Allí la misericordia pudo desbordarse libremente para los pecadores que
creen, porque allí se encontraron todas las demandas de la verdad. La paz
pudo ser ofrecida por la fe, porque la cuestión del pecado se había tratado
con justicia. En la Cruz, de una manera muy especial, los atributos de Dios
se encontraron en una unión llena de amor y gozo.
La verdad de la rectitud y justicia de Dios, está designada para tener una
influencia práctica en nuestras vidas. Si Él es recto, justo, e imparcial,
también debemos serlo nosotros, especialmente porque somos Sus
representantes. Uno de los rasgos del cristiano es la práctica de la justicia
(1 Jn. 3:10). Debemos esforzarnos por tener siempre una conciencia libre
de ofensa hacia Dios y los demás. Esto significará que nosotros seremos
justos en todos nuestros tratos. Seremos escrupulosamente honestos;
nuestra palabra será de fiar. Evitaremos cualquier contacto con tratos no
muy claros, evadirnos de los impuestos, sobornar, meternos en fraudes,
quebrantar la ley, o pesos y balanza falsos. Seremos imparciales, no
favoreciendo a los nuestros, haciendo que nuestros beneficios lleguen tanto
a los justos como a los injustos. No juzgaremos por las apariencias;
juzgaremos con juicio justo. No aumentaremos la cuenta de gastos
personales, y no cambiaremos
aun jurando en daño propio (Sal. 15:4). Esto es, seguimos con los
acuerdos, contratos, y tratos en el trabajo, a pesar de lo que pueda
costarnos.
También, entonces, debemos alabar la justicia de Dios. Debemos estar
agradecidos de que Él nos salva con justicia, y continúa perdonándonos
justamente después que hemos sido salvados (1 Jn. 1:9), y porque Él es
justo y recto en todos Sus tratos para con nosotros. Aun cuando Él nos
aflige, es justo al hacerlo así. Es una bendición inefable el saber que
nuestro Dios es infinitamente justo.
La rectitud de Dios es prácticamente sinónima con su justicia, y esto
conlleva serias implicaciones para los que no son salvos. Cuando el Señor
se siente en el gran trono blanco, Su juicio será absolutamente justo. Su
veredicto estará basado en la verdad, toda la verdad, y nada más que la
verdad. No mostrará respeto alguno por las personas. Sus juicios tratarán
con los secretos de los hombres tanto como con sus pecados de hecho y
omisión. Sus decisiones se basarán en el perfecto conocimiento de todo, y
será completamente imparcial. Ningún pecador debe jamás pedir justicia a
Dios; pues, si recibiésemos justicia, todos seríamos juzgados y
condenados. ¡Es gracia lo que necesitamos! Bien lo expresó Count
Nicolaus von Zinzendorf
(1700-1760):
Jesús, son Tu sangre y Tu justicia
Mi belleza, y mi ropaje de gloria,
Teniendo mundos radiantes por vestidura
Yo levantaré con gozo mi cabeza.