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Importancia de Límites en Crianza

Los límites que ponen los padres sirven para delimitar un espacio donde los niños pueden crecer y desarrollarse de manera libre. La ausencia de límites puede traer consecuencias negativas para la educación de los niños. Al aplicar límites de manera razonable y respetuosa, los niños aprenden sus derechos y desarrollan autocontrol.
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Importancia de Límites en Crianza

Los límites que ponen los padres sirven para delimitar un espacio donde los niños pueden crecer y desarrollarse de manera libre. La ausencia de límites puede traer consecuencias negativas para la educación de los niños. Al aplicar límites de manera razonable y respetuosa, los niños aprenden sus derechos y desarrollan autocontrol.
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FORMACION DE LÍMITES

Los límites que tratarán de poner los padres son como una moldura imaginaria
que sirve para contener un espacio donde los niños pueden crecer y crear
libremente, desarrollando su autonomía y habilidades sociales. Siempre
haciéndolo sin salirse de la frontera impuesta por dicha demarcación.
La ausencia de límites y normas en la familia puede traer consecuencias negativas
para la educación de los niños.

El miedo de los padres a poner límites


La manera de aplicar los límites a los niños dependerá del estilo parental que se
utilice en la educación de los hijos.
Emplear ciertos límites puede instaurar dudas sobre la ideología que tienen los
padres y crearles un conflicto. Muchas veces se mal entiende la idea de que
aplicar límites va ligado a una crianza autoritaria, lo que conlleva un mal desarrollo
del niño. Debido a esto, la preocupación de muchos padres es la de no ser
demasiado estrictos para no traumatizar al pequeño, es decir ser negligentes en la
educación de los hijos. Algo que no ocurre cuando los padres ponen normas para
delimitar algunos comportamientos del pequeño por su bien.
Para muchos padres es difícil decir que no y mantenerse firmes con los hijos, pero
es necesario hacerlo para la educación del niño. Las normas y límites se deben
entender como una muestra de cariño hacia los pequeños. Al hacerlo, el niño
aprende cuáles son sus derechos, desarrolla el sentido de la protección y el
cuidado. Además, los padres a través de los límites hacen saber al hijo lo que se
espera de él, lo que hace que este desarrolle su autocontrol y convivencia familiar.
Simultáneamente al hecho de saber decir no y mantenerse firmes en las
decisiones, los padres deben contar también con paciencia y constancia.

Como aplicar los límites


No hay una fórmula mágica ni estandarizada de cómo hacerlo. Cada situación
será encarada desde los recursos emocionales y las expectativas que tiene
puestas el adulto en el niño, teniendo en cuenta su estadio del desarrollo en el que
se encuentre el pequeño y las características propias del niño.
Cuando se incorporan las normas en la educación de los hijos a de hacerse de
una manera consciente. Los límites han de ser razonables y respetuosos con la
integridad del niño. Por eso, cuando se pongan límites se considerarán aspectos
como:
 Que las normas y los límites que se van a utilizar deben ser claros para el
adulto ya que él será el encargado de transmitírselas a los niños de una
manera comprensible para que las entiendan.
 Transmitir las normas y los límites de manera positiva. De esta manera es
más fácil para el niño entender mejor las cosas que puede hacer y no las
que no puede hacer.
 Es importante que el niño entienda que las normas se respetan porque
tienen sentido para él y no porque las dice el adulto.
 Decir no con sentido. Si el niño siente que se hace de una manera arbitraria
se generará en él un sentimiento de rabia y frustración.
Por otro lado, son importantes las consecuencias que provienen de las normas.
Estas hacen que el niño se autorregule. Por ello, deben de ser coherentes para
que el niño respete la regla. Es decir, que la consecuencia no sea exagerada y
que su cumplimiento sea real.
Cuando el niño cumpla la norma es vital el refuerzo positivo para que sienta que
vale la pena esforzarse para autorregularse.
Las consecuencias permiten que el niño se autorregule. Estas deben de ser
coherentes para que el niño respete la regla al saber que experimentara algo que
no le agrade.

FUNCIÓN DEL PSICOPEDAGOGO EN TORNO A LA


FAMILIA Y ESCUELA
En el ámbito escolar la labor del psicopedagogo está orientada a atender la
individualidad del alumno que forma parte de esa institución, al seguimiento en sus
procesos y modalidades de aprendizaje, a las características de los vínculos que
establece con el objeto de aprendizaje, sus docentes y sus grupos de pares y a la
atención de las subjetividades y posibilidades que ese niño o adolescente posee.
Se podría decir entonces que la pertinencia del que hacer psicopedagógico dentro
del ámbito institucional se sitúa en la prevención primaria y secundaria,
acompañando y evaluando procesos de aprendizaje para evitar la aparición de
dificultades de dicha índole y elaborando recursos y/o estrategias de intervención
para la acción.
Posiblemente en el interior de la escuela se presenten variadas problemáticas
vinculadas a la historia familiar y personal de los sujetos, razón por la cual el
abordaje requerirá que el psicopedagogo se encuentre en permanente análisis,
reflexión e intercambio con muchos otros actores -docentes, psicólogos,
trabajadores sociales, fonoaudiólogos, etc.- dentro y fuera del ámbito de la
institución educativa. Puede ser muy propicia la mirada de otras disciplinas para
situaciones específicas donde posiblemente las herramientas o estrategias que las
mismas aporten complementen nuestra labor, la enriquezcan o interroguen las
prácticas ejercidas.
Es probable que al insertarnos en la institución nos encontremos con demandas y
necesidades explicitadas por el equipo directivo de la misma y a las que
intentaremos atender; pero también puede suceder -y en buena hora si ello
ocurre- que con el paso del tiempo nuestra observación nos muestre otras
necesidades que pueden o no coincidir con las presentadas al inicio de nuestro
trabajo allí. En este caso, es importante poder orientar el trabajo de forma que se
genere la demanda real y no quede en un supuesto únicamente del
psicopedagogo, esto es, que la institución sea capaz de apropiarse de esa
demanda. De esta manera se contribuirá a un abordaje íntegro, que posibilite
verdaderos cambios en la institución.
Necesariamente debería comenzarse por un diagnóstico institucional, los
instrumentos para tal fin podrían ser:
 Observación de la institución es todos sus aspectos: niveles educativos con
los que cuenta y en el cual desempeñaremos la tarea psicopedagógica,
características edilicias, ubicación geográfica, contexto social, población de
alumnos que asisten y características de esa población, población docente
con la que se cuenta y grado de pertenencia de los mismos a la institución,
etc.
 Registro o documentación de las situaciones observadas, aquellas
relacionadas a la dinámica institucional y su identidad, la modalidad de
comunicación entre los diferentes actores de la misma, metodologías
educativas empleadas por el cuerpo docente, conflictos que surgen
frecuentemente y estrategias utilizadas para resolver los mismos, red
establecida con instituciones cercanas y recursos con los que se cuenta
para el desarrollo de la tarea educativa.
 Registro de aquellos aspectos relevantes y en directa relación con la
demanda y necesidades presentadas por el equipo de gestión al momento
de incorporarnos a la institución.
En función del diagnóstico psicopedagógico institucional se orientará luego la
intervención y la modalidad de la misma. En este momento es necesario tener
presente que dicha modalidad de intervención debe estar en estrecha relación con
el bagaje, la formación de base del psicopedagogo y la corriente de abordaje con
la cual se adhiere para el abordaje y la tarea a llevar a cabo.

En la familia
En la actualidad, una buena parte de estos programas están basados en la
intervención psicopedagógica y la comunitaria que tienen como objetivos
generales ayudar a los padres a optimizar el escenario de desarrollo y de
educación familiar, a la vez que potencian las redes de apoyo formal e informal
con que cuenta la familia. En particular, la intervención psicopedagógica se ocupa
de mejorar la calidad de los procesos de enseñanza y aprendizaje en el escenario
educativo familiar, mediante la estimulación de los procesos intencionales de
cambio en los sujetos.
El cambio hacia la optimización del escenario se consigue incidiendo en el
fortalecimiento de las competencias personales, al tiempo que se potencia la
autoestima y la autonomía de los individuos.
Todo ello, con el máximo respeto hacia los cursos evolutivos concretos y las
transiciones vitales que experimentan los destinatarios de la intervención. Desde
este punto de vista, los programas deben fomentar las competencias parentales,
mejorar las relaciones de pareja y, en general, apoyar los procesos de apego entre
los miembros de la familia. Respecto a las relaciones entre padres e hijos los
programas deben introducir mejoras en el ambiente educativo familiar de modo
que éste resulte estimulante para el desarrollo de los hijos y propiciar estilos de
regulación del comportamiento que promuevan una buena adaptación a su
entorno social.
Otra faceta importante de la intervención psicopedagógica consiste en potenciar
las relaciones de la familia con otros sistemas importantes como la escuela o el
mundo del ocio. En cualquier caso, estamos hablando de una intervención
caracterizada por una planificación adecuada de los apoyos necesarios para las
familias, prioritariamente preventiva y coordinada con otros servicios y/o
instituciones embarcados en la misma tarea.
Desde la perspectiva comunitaria, un programa no debe quedarse como una
acción aislada dirigida únicamente a mejorar las habilidades parentales. Para
incrementar su eficacia, debe concebirse como un recurso más dentro de la red de
apoyo social que se teje para ayudar a las familias a reestablecer sus nexos con la
comunidad o bien a mejorarlos.
Así, los Programas de Educación de Padres conviven con otras modalidades de
apoyo familiar, como son los programas basados en visitas al hogar, los grupos de
apoyo o autoayuda, las ludotecas, entre otras.
Desde el ámbito comunitario, los programas deben partir de un análisis de las
necesidades de apoyo social de las familias, los recursos con los que se cuenta y
plantearse la eliminación de las barreras de acceso a dichos recursos.
También deben fomentar la participación ciudadana en aquellas actividades que
potencien los estilos de vida saludables, la calidad de vida, el bienestar y la
cohesión social.
En suma, mediante los apoyos brindados desde ambos enfoques de intervención,
los padres y madres pueden aprender a mejorar sus habilidades interpersonales y
sus prácticas educativas, a diseñar ambientes de aprendizaje adecuados para sus
hijos, aprender habilidades para enfrentarse a situaciones estresantes personales
y familiares, y de esta forma, prevenir una amplia variedad de problemas sociales.
Generalmente son los equipos interdisciplinares de menores los que suelen llevar
a cabo la intervención familiar y los que ponen en marcha los programas de
Educación para Padres. Pero en algunas ocasiones, como veremos en este
monográfico, estos equipos de menores trabajan con investigadores universitarios,
fomentando así la necesaria colaboración entre la práctica y la investigación
académica.
Fruto de estos trabajos en colaboración suelen surgir programas estructurados
encaminados a cubrir diversas necesidades de las familias y enmarcados en
diversas áreas de intervención. Estos esquemas de colaboración conjunta son, a
nuestro juicio, ideales para promover el progreso y la innovación en las prácticas
de intervención familiar.
Asimismo, la implementación de estos programas mediante convenios de
colaboración entre instituciones asegura su continuidad en el tiempo y permite ir
mejorando en sucesivas ediciones la calidad de dichos programas.

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